ERRORES MÁS COMUNES EN LA REDACCIÓN DE TEXTOS
Con respecto a la puntuación, como norma general,
la coma señala una pausa breve, el punto y coma indica una pausa
entre dos periodos que no son claramente autónomos, y
el punto señala el fin de una oración. Es importante recordar que
abusar de la coma suele complicar el texto de modo innecesario.
También cabe insistir en que el sujeto y el predicado han de ir
juntos, no se han de separar por coma ni en el caso de sujetos
largos.
Los acrónimos, siglas y abreviaturas pueden escribirse sin punto
(es correcto UCM, ONU, CSIC, ANABAD). Los plurales de las
abreviaturas sí precisan punto en los plurales (VV. AA., CC. OO.,
SS. AA. RR., uu. mm.). En cuanto al plural de las siglas, son
invariables en la escritura (“las ONG”, “varias ONG”; “muchos CD”),
aunque en el uso oral tiendan a tomar marca de plural (“oenejés”,
“cedés”).
Hay una norma referida a escribir números en letra hasta el 20
(dos, diecinueve), y tras esta cifra en número (57, 1000).
Personalmente, me inclino más por desarrollar con letras los
números en vez de poner las cifras arábigas (escribiendo “los años
setenta” en vez de “los años 70”), salvo que tengan decimales o
sean números muy altos, caso en el que se copiarían los números
(“le pagó 80.778’2 maravedís”).
Hay que evitar anacolutos, silepsis y solecismos que pueden
romper tanto la concordancia nominal como quebrantar las leyes de
la concordancia en el género o el número de las palabras. Es
común leer “son gente” (en vez de usos correctos como “es gente” o
“son gentes”). También se acostumbra a escribir discordancias tales
como “la mayoría de los investigadores piensan” (en vez de usos
correctos como “los investigadores piensan” o “la mayoría
[…] piensa”).
Se ha de evitar usar catalanismos erróneos, por ejemplo, el del
verbo auxiliar haber. Por ejemplo, las expresiones “han habido
estudios”, “aunque hayan habido investigadores” deben sustituirse
por el uso correcto del verbo, es decir, “ha habido estudios” y
“aunque haya habido investigadores”.
Recuérdese el uso correcto del adverbio. Se debería utilizar de
forma comedida, sin abusar de él, cuando es necesario, es decir,
para modificar al verbo. Así, es correcto escribir “trabaja duramente”
(verbo + adverbio), mientras que es incorrecto “trabaja duro” (verbo
+ adjetivo). El adjetivo complementa al sustantivo, así que si se
quiere usar esa combinación sería preferible decir “es un trabajo
duro”.
Es importante asegurarse del valor de las palabras con
determinados vocablos que la sociedad acostumbra a utilizar de
forma imprecisa. Por ejemplo, se usa el adjetivo “listado” para
referirse al sustantivo “lista” (aunque ya la ha admitido la RAE como
válida en alguna de sus últimas revisiones), o se abusa del verbo
“visionar” en vez del sencillo “ver”. También, es común confundir
ciertos sustantivos con disciplinas científicas, como “clima” con
“Climatología”, o “densidad demográfica” con “Demografía”. Huelga
recordar que, por ejemplo, en la Prehistoria no existían ni la
Climatología ni la Demografía, cuyas desinencias (-logía, -grafía)
desvelan son disciplinas científico técnicas, pero sí se puede de
hablar de clima o de densidad demográfica en la prehistoria.
Asimismo, en ocasiones la acentuación puede hacer que
confundamos las palabras. En una transcripción paleográfica, por
ejemplo, hay que tener claro qué se quiere expresar, si consta una
rúbrica y se indica su presencia con el sustantivo “rúbrica”; o, si el
fedatario ha rubricado, y en tal caso se escribe sin acento, “rubrica”,
la tercera persona singular del verbo rubricar.
Asimismo, se ha de huir de usos preposicionales incorrectos y
vulgares como “en base a” (y sustituir la expresión por algo correcto
como “sobre la base de”), o como “por contra”, que une de dos
preposiciones modo incorrecto (lo correcto sería decir “por el
contrario”). Otra sugerencia: en vez de decir “en relación
a”, dígase “en relación con” o “con relación a”.
Se han de evitar tanto queísmos como dequeísmos. Para huir de
los segundos, hay gente que acaba cayendo en los primeros, error
de la misma magnitud -y mérito- que el anterior. Recuérdese que
los verbos preposicionales requieren el uso de la preposición. Así,
es correcto escribir “acuérdense de que vamos todos” (e incorrecto
“acuérdense que vamos todos”), “le informamos de que ha de
acudir” (e incorrecto “le informamos que ha de acudir”), así como “le
advierten de que es necesario” (e incorrecto “le advierten que es
necesario”). Cabe recordar que ciertos verbos cambian de sentido
con o sin preposición. Este es el caso del verbo advertir, que
también se puede usar sin la preposición de, pero entonces su uso
cambia. Así, es correcta la frase “advirtió que había una mancha en
el cuadro”, al igual que es correcta “el docente advierten de que es
preciso estudiar”.
El gerundio es una forma verbal no personal que en general indica
una acción simultánea, o de movimiento (“cuando llegué, Ana
estaba estudiando”; “al llegar a clase entré silbando”). El problema
es que se usa y abusa del gerundio, sobre todo en publicaciones de
jurisprudencia. Mientras se desconozcan las excepciones y
particularidades de su uso, es preferible evitarlo. Para profundizar al
respecto, se puede acudir a cualquier manual de estilo de los
citados en la bibliografía.
También se debe evitar la construcción errónea formada por “decir
de + infinivo”, de donde resulta por ejemplo la expresión “dijeron de
ir”, que es errónea. Se puede sustituir por las construcciones
correctas basadas en las fórmulas “decir que + subjuntivo” (“dijeron
que fuésemos”), o “decir que + indicativo (“dijimos que iríamos”). Si
se duda sobre cómo usarlo, es fácil evitar esas construcciones
usando el verbo hablar, pues “hablar de + infinitivo” sí es correcto
(“hablaron de eso, hablaron de ir”).
Es incorrecto usar el infinitivo introductor, que consiste en utilizar
un infinitivo como si fuese independiente de ninguna persona, sin
indicación del sujeto. Así, es erróneo comenzar una frase con las
siguientes fórmulas: “Afirmar que […]”, “Empezar diciendo que […]”,
o “Lo primero, agradecer a los organizadores la invitación”. Su uso
correcto ha de formar perífrasis, como “Deseamos comenzar
agradeciendo a […]” o “Quiero agradecer a los presentes […]”;
“Deseamos afirmar que […]” o “Quiero afirmar que […]”; “Para
empezar, cabría decir que […]”.
Se debe prestar atención a los usos incorrectos de a +
infinitivo (aceptados sólo en el lenguaje administrativo), como “la
documentación a entregar para solicitar la beca” o “el temario a
estudiar para el examen de la oposición”, o “los pasos a realizar son
los siguientes”. Su uso correcto se consigue con la
preposición para o formando perífrasis, como: “la
documentación que se debe entregar”, “el temario que se ha de
estudiar”, o “los pasos para realizar el estudio son los siguientes”.
Se ha de distinguir el uso del verbo deber, que tiene sentido de
obligación, del sentido del verbo deber de, con sentido de duda o
probabilidad. Es correcto escribir “debes estudiar para conocer la
materia” o “si ha aprobado el examen el vago de tu hermano, debe
de ser fácil aprobar”. Sin embargo, es incorrecto decir “debes de
estudiar para conocer la materia”, o “si ha aprobado el examen el
vago de tu hermano, debe ser fácil aprobar”.
Los nombres de personas, en principio, deben respetar la fórmula
original con la que firme -o firmase cada quien-, sin ser traducidos al
castellano (salvo en casos donde se usen otros alfabetos, como el
griego o el chino). En español es preferible decir William
Shakespeare (que no Guillermo Shakespeare), Jane Austen (en vez
de Juana Austen), o Bernard Vincent (no Bernardo Vicente). En
cambio, los nombres de países y de ciudades sí se traducen
cuando en castellano cuentan con la correspondiente traducción.
Por ejemplo, al redactar en esta lengua se debe escribir Londres
(no London), Inglaterra (no England), o Pekín (no Beijing). Con
respecto al uso dado referido a ciudades y lugares de España, hay
diversas normas contradictorias. En este blog recomiendo hacer un
uso clásico recién citado, utilizando el nombre en castellano para
expresarse en castellano (por ejemplo, La Coruña, siguiendo el
mismo criterio con que digo Oporto), y usar las palabras en
otro idioma para expresarse en el otro idioma (como A Coruña en
gallego, Porto en portugués, etc.).
Con respecto a los latinismos (in situ, ad hoc, in alvis), la Real
Academia tiene criterios cambiantes según las épocas, y actitudes
un tanto contradictorias, lo cual es complejo de explicar en pocas
palabras. Además, diversas editoriales también siguen criterios
dispares, a los que habrá que ajustarse si se da el caso. Por tanto,
sugiero que se elija uno de estos dos criterios y se siga
uniformemente. Si tratamos a los latinismos como palabras
extranjeras, los pondremos en cursivas (in situ, ad hoc, in alvis). Si,
por el contrario, entendemos que los latinismos ya forman parte de
nuestra lengua (como en su momento se aceptaron las palabras
data, culmen, desiderata, etc.), y si además en el Diccionario de la
RAE constan todas esas palabras en redonda, adoptaremos el
criterio de escribirlos en redonda (in situ, ad hoc, in alvis). Además
de todo ello, cabe mencionar que si se quieren usar latinismos más
vale usarlos apropiadamente, y, si no se sabe, lo mejor es olvidarse
de ellos e intentar hablar con corrección este idioma en la misma
lengua de inicio a fin, para evitar expresiones erróneas tales como
“a groso modo” o “de motu propio“.
Las comillas pueden utilizarse por diversas causas. Son necesarias
cuando se desea recalcar en cursivas algunos elementos del texto
sobre palabras entrecomilladas (por ejemplo, las cursivas en una
cita). Asimismo, las comillas son útiles para combinar con cursivas,
como en se hace en el presente texto. Pero normalmente, en un
trabajo universitario se puede prescindir de muchas de ellas, pues
son incómodas de leer. Cuando se usen varias comillas, se
seguirá un sistema de mayor a menor (« “ ‘ ’ ” »).
El abuso de comillas es otro mal común, pero hay casos donde se
requiere su uso, aunque muchas veces se tiende ya a sustituirlas
por cursivas, para aligerar la lectura. Por ejemplo, hoy día, en vez
de usar comillas para citar palabras extranjeras no aceptadas por la
Real Academia de la Lengua Española, se tiende a usar cursivas,
como “el resultado se sabía avant la lettre”. El mismo sistema de
cursivas se utiliza para recalcar o dar énfasis en ciertas palabras
(“el adjetivo con que le descalificó era demasiado explícito”).
Es aconsejable limitar el empleo de comillas a las citas literales
cortas (de menos de cuatro líneas). Las comillas exigen la
reproducción textual. Por tanto, para señalar cualquier elemento
textual que conste en el texto, aunque sea erróneo o haya caído en
desuso, se indicará con el vocablo sic entre corchetes que la cita es
textual (“La frase del códice decía que ‘estaban en los términos
[sic] de Madrid’ en tinta roja”).
Si la cita entrecomillada se interrumpe, y se omiten algunas
palabras, se han de incluir puntos suspensivos entre corchetes,
así, […]. Valga por caso el siguiente ejemplo: “Entre mis proyectos
más sensatos […] sobresale el de organizar una multitudinaria
rogativa que […] clame por la liberación de nuestros viejos
verbos faltar y quedar, hoy secuestrados por su medio
hermano restar”. Así, se omitiría la siguiente cita completa: “Entre
mis proyectos más sensatos, digno sin duda de amplios apoyos,
sobresale el de organizar una multitudinaria rogativa que, ante los
déspotas del micro deportivo, clame por la liberación de nuestros
viejos verbos faltar y quedar, hoy secuestrados por su medio
hermano restar”.
Es innecesaria la mímica acompañando a la expresión verbal que
dice “entre comillas”. Es redundante recalcar con las manos que se
dice una palabra entre comillas. Para mí es una incógnita adivinar
quién se lo inventó, pues si lo hubiera patentado se hubiera hecho
de oro. El gesto ha triunfado; se ha puesto de moda en todo el orbe.
En cualquier caso, y aunque de modo coloquial se utilice, su uso ha
de ser comedido en una exposición de un trabajo universitario. Un
buen discurso ha de saber defenderse con grandes argumentos
verbales. Además comentaré que creo que la gracia de ciertos
gestos o frases singulares radica en su originalidad, pero si se
ponen de moda y la sociedad en masa lo imita, a veces puede
cansar e incluso empobrecer el discurso, entre otras objeciones.
La barra tiene diversos usos en el lenguaje escrito. Principalmente
se utiliza en algunas abreviaturas (c/ por calle); para separar la
mención de día, mes y año en la expresión numérica de las fechas
(10/01/2012); para indicar una división en matemáticas; para
sustituir a una preposición en expresiones tales como 30 km/h; para
separar versos en textos poéticos (“Esto no es un libro: ¡qué
encierran los libros, /esos sarcófagos y sudarios!”) y para separar el
cambio de línea del original en transcripciones de portadas de
textos antiguos; para separar las distintas páginas jerarquizadas de
una dirección electrónica.
Además de esos y otros usos prácticos, el abuso de la barra en la
redacción es un mal común demasiado difundido actualmente. Si de
mí dependiese, recomendaría prescindir de ella en un texto normal,
dado que el castellano es suficientemente rico como para tener que
depender de esos signos tan incómodos de leer. Opiniones aparte,
la barra se suele utilizar de modo tan abundante como erróneo para
marcar pretendidas ambigüedades como el típico y/o (que no existe
en español correcto). Dicho uso se ha de sustituir mediante la
elección entre dos opciones opuestas, la y conjunción copulativa
(inclusiva), o la conjunción disyuntiva o. Así, es correcto escribir “los
alumnos y profesores” pero incorrecto escribir “los alumnos y/o
profesores”. Otro ejemplo del uso de la o disyuntiva en una frase
podría ser: “o apruebas o suspendes”.
Guste o no (¡a mí, nada!), la Real Academia Española también ha
admitido colocar la barra entre dos palabras, o entre una palabra y
un morfema, para indicar la existencia de varias opciones posibles;
en este caso se escribe sin espacios y puede sustituirse por
paréntesis. Así, según la RAE es correcto decir “los/as alumnos/as”,
“los(as) profesores(as)”, “los(as) alumnos(as)”. Este uso en mi
opinión empobrece y ralentiza la lectura, y con las facilidades que
ofrece el ordenador no tiene mucho sentido su presencia. Para
generalizar con el género o el número propongo otras alternativas
elegantes que hunden su raíz en el protocolo tradicional (no hace
falta ser una persona radical para proponer esto), que se pueden
aplicar a fórmulas usadas en cartas y correos electrónicos, del estilo
de las siguientes: “Estimadas alumnas, estimados alumnos”
(serviría el ejemplo para profesoras y profesores, o amigas y
amigos), “Estimadas y estimados estudiantes” (aplíquese a
docentes o a colegas). Una fórmula aún más sencilla es suprimir las
marcas de género buscando alternativas como “Buenos días” (en
vez de “Buenos días a todos”), o “el trabajo que debéis hacer” (en
vez de “el trabajo que los alumnos han de hacer”).
Es importante atender a los usos concretos de las mayúsculas,
porque se tiende a abusar de ellas cuando no corresponde. Es
particularmente útil recordar ciertos ejemplos utilizados con
frecuencia en estudios de Humanidades. Además de los consabidos
nombres propios (Antonio Domínguez Ortiz, San Lorenzo de El
Escorial, llevan mayúsculas los siguientes nombres:
Los sobrenombres y apodos que sustituyen o acompañan al
nombre propio (el escribano Luis Monzón “el Viejo” dijo eso).
Los nombres de editoriales (Espasa-Calpe, Editorial Hernando), y
no el sustantivo editorial cuando no está incluido en el nombre
propio.
Los nombres y apellidos de dinastías (los Austrias).
Los tratamientos abreviados (Vds., Ud., D., Dª., Dr.), que cuando se
desarrollan han de ir en minúsculas (ustedes, usted, don, doña,
doctor).
Los nombres geográficos que aglutinan pueblos con características
comunes (Centroamérica, Oriente Medio, Castilla-La Mancha,
Tercer Mundo).
Las palabras que designan divinidades únicas (Dios, Zeus) y los
apelativos referidos a Dios, Cristo y la Virgen o los libros sagrados
(el Corán, la Biblia), pero no las religiones (catolicismo,
protestantismo).
Los nombres de entidades o asociaciones (Real Academia de la
Lengua, Fundación Española de Historia Moderna).
Los nombres de ciencias, disciplinas o materias de estudio (“A Juan
le gustaba el arte y estudió Historia del Arte”).
Los nombres de fechas importantes escritas con letras y de edades,
periodos y grandes acontecimientos (el Barroco, el Dos de Mayo, la
Edad Moderna, la Revolución Francesa). Los adjetivos
correspondientes se escriben en minúsculas (la sociedad
bajomedieval, la sociedad barroca). No se escriben con mayúsculas
los nombres de generaciones (generación del 27), ni tampoco los
movimientos político-sociales o ideologías (comunismo).
Los nombres de exposiciones y jornadas de renombre (Feria del
Libro, Exposición Universal).
Los nombres de textos legales (la Ley 16/85 del Patrimonio
Histórico Español).
La primera palabra de una obra literaria (“Cervantes escribió La
ilustre fregona”. “He leído La rebelión de las masas”).
Las formas de gobierno que marcan una época (la II República),
pero no la forma genérica de gobierno (la monarquía española, la
república francesa).
Es aconsejable completar estas breves indicaciones con manuales
o monográficos sobre redacción y estilo. También existen
repertorios incluso en Internet, como se cita algún ejemplo en otra
pestaña de esta web.