El trilema político de Rodrik:
globalización/soberanía nacional/democracia
(capítulo del libro de Kepa Bilbao Ariztimuño Capitalismo. Crítica de la ideología capitalista del «libre» mercado.
El futuro del capitalismo. Talasa, 2013)
Con Joseph Stiglitz, Dani Rodrik, uno de los mayores expertos
mundiales en la globalización, sin rechazar los beneficios que
aporta esta y el capitalismo cuando se trata de dar rienda suelta a
la energía colectiva de las sociedades humanas en el ámbito de la
economía, es quizás una de las voces críticas más penetrantes y
sugerentes de la actual globalización económica. Su posición se
sitúa en un punto intermedio entre los hiperglobalizadores y los
antiglobalizadores. Tanto Stiglitz como Rodrik nos dicen que
otro mundo, otra globalización es posible. Nos proponen una
globalización que no funcione solamente para los ricos y
poderosos, sino también para todos los pueblos incluyendo a
aquellos de los países más pobres y que priorice profundizar la democracia de base de
cada nación frente a una integración económica profunda que la erosione o vacíe. La
tesis principal de Rodrik es que la globalización máxima y la democracia son
irreconciliables por la sencilla razón de que su objetivo no es mejorar el
funcionamiento de la democracia sino acomodar intereses financieros y comerciales
que buscan mercados al coste más bajo posible.
El profesor de Harvard estudia el efecto de la globalización en los aspectos comercial
y financiero en un marco, como el actual, donde el ámbito territorial y decisorio de lo
político, el Estado nación, no coincide con el ámbito territorial de lo económico, el
mundo. Para Dani Rodrik, este desequilibrio que se da entre el alcance nacional de
los Estados y la naturaleza global de los mercados constituye el talón de Aquiles de la
globalización económica. A diferencia de los mercados nacionales que cuentan con
sus respectivas instituciones políticas y reguladoras fuertes, los mercados globales
padecen una gobernanza débil que los hace propensos a la inestabilidad. No existe un
banco central, una agencia reguladora global ni otras instituciones reguladoras
internacionales y, por supuesto, no existe democracia global. En La paradoja de la
globalización, en cuyo subtítulo se pregunta acerca del papel de la democracia en el
futuro de la economía mundial, plantea que nos enfrentamos a lo que denomina el
trilema político de la economía mundial.1 Sostiene, a contracorriente de las
posiciones neoliberales dominantes, q u e no es posible tener hiper-globalización,
democracia política y un Estado nacional competente. Según su análisis solamente
dos de las tres premisas del trilema son compatibles al mismo tiempo, pero nunca
tener las tres simultáneamente y en su esplendor. Es decir, (1) la democracia se
debilita en el marco del Estado nación si éste está integrado profundamente en la
1 Dani Rodrik, Ibid, pp. 203-227, Antoni Bosch, Barcelona, 2011.
economía internacional; (2) la democracia puede convivir con la globalización si se
articulan fórmulas de gobernanza transnacional y se debilita el Estado nación; (3) la
democracia y el Estado nación son compatibles solamente si retrocede la
globalización.
En el primer marco de hiperglobalización se renuncia a la democracia. La
hiperglobalización o una globalización plena sin trabas y el Estado nación
funcionarían bien en un mundo en el que los únicos servicios que proveen los
gobiernos son aquellos que garantizan el buen funcionamiento de los mercados.
Podemos imaginar un mundo de esta clase, y es en el que pensaba Tom Friedman
cuando acuñó el término camisa de fuerza dorada: el mismo traje, las mismas reglas
para todos los países, es la que nos traerá riqueza. En este mundo el objetivo de los
gobiernos consiste en ganar la confianza de los mercados para poder atraer comercio
y entradas de capital. La receta es clara: oferta monetaria restringida, gobiernos
pequeños, impuestos bajos, mercados laborales flexibles, desregulación, privatización
y apertura por todas partes. Puesto que la hiperglobalización de Toom Friedman no
permite que los países se desvíen de estas reglas, la política nacional se reduce a
elegir entre Coca-Cola y Pepsi-Cola. Todos los demás sabores, especialmente los
locales, se quedan fuera. Puedes tener así, al mismo tiempo, tu globalización y tu
nación Estado, siempre y cuando mantengas la democracia a raya. Y Rodrik se
pregunta, ¿hemos de renunciar a la democracia si queremos conseguir una economía
mundial totalmente globalizada?. En este marco, como estamos comprobando en
Europa, la democracia sale seriamente perjudicada. La más evidente manifestación se
encuentra en la implantación de gobiernos tecnócratas no electos en Grecia e Italia.
En ambos casos, los gobiernos no solamente se han visto obligados a acatar todas las
exigencias impuestas por los mercados, Bruselas y el FMI, sino que además cualquier
intento de someter dichas demandas a consulta popular ha resultado inviable.
La segunda opción es el modelo de gobierno global, consiste en la posibilidad de ir
sacrificando paulatinamente el Estado nación y construir redes sólidas de democracia
transnacional que sean compatibles en escala, espacio y poder con la globalización.
Requiere la creación de una comunidad política global que sea muchísimo más
ambiciosa de todo lo que hemos conocido hasta ahora o que sea probable que la
pongamos en práctica en un futuro no muy lejano. Requeriría que la democracia
creara reglas globales que se apoyaran en mecanismos de responsabilidad muchos
más complejos de los que tenemos hoy. Una gobernanza global democrática de este
tipo, dice Rodrik, es una quimera. Podríamos imaginarnos algún tipo de federalismo
global como sería el caso del modelo estadounidense expandido a nivel mundial. Un
caso menos ambicioso para Rodrik, a escala regional, siendo la excepción que pone a
prueba la regla, es la Unión Europea, en el que se pueden apreciar las dificultades de
conseguir una unión política lo suficientemente robusta para defender una integración
económica profunda y eso que Europa, dice, comprende a un grupo
comparativamente pequeño de naciones con niveles de ingresos similares y con
trayectorias históricas similares. Rodrik se muestra escéptico respecto a esta opción
de un gobierno mundial, sobre todo por razones fundamentales más que prácticas. En
su opinión existe demasiada diversidad en el mundo para meter con calzador a las
naciones con unas reglas comunes. Es improbable que los gobiernos nacionales cedan
un control significativo a instituciones transnacionales, y las reglas armonizadoras no
beneficiarían a sociedades con necesidades y preferencias diversas. Ve la
hiperglobalización incompatible con la democracia. En cualquier caso, dice, el
federalismo real a escala global está por lo menos a un siglo de distancia.
La tercera opción -que es por la que se decanta Rodrik- consiste en limitar la
globalización para fortalecer la democracia y la soberanía nacional que priorice los
objetivos sociales y económicos nacionales sobre los de las empresas
multinacionales, los grandes inversores y bancos transnacionales. Una delgada capa
de reglas internacionales que deje un amplio espacio de maniobra a los gobiernos
nacionales es una globalización mejor. Permite hacer frente a los males de la
globalización a la vez que conserva sus grandes ventajas económicas.
En su propuesta se incluyen algunas de las reivindicaciones del movimiento
antiglobalización o altermundista como la tasa a las transacciones financieras que
propuso Joseph Tobin hace más de 25 años, la eliminación de los paraísos fiscales, la
reforma de las principales instituciones financieras y comerciales, etc. Considera que
la forma más eficiente y socialmente deseable de globalización no es una máxima
hiperglobalización que escape a cualquier mecanismo efectivo de gobernanza, sino
fórmulas ponderadas que equilibren las fundamentales ganancias del comercio
internacional y los compromisos razonables de los poderes públicos con sus
sociedades en materia de bienestar y democracia. Critica la globalización vista desde
el Consenso de Washington de los años 90, con sus recomendaciones de economías
abiertas, privatizaciones y desregulaciones, Estado más pequeño e
internacionalización de las finanzas. Rodrik apuesta por volver a una nueva versión
del multilateralismo del sistema de Bretton Woods que dominó el sistema
internacional entre 1950 y 1980, el cual logró un crecimiento sin precedentes y el
progreso social, con la aceptación plural de los controles de capital, liberalización del
comercio limitada y la participación en la definición de política industrial.
Necesitamos, dice Rodrik, una globalización inteligente, no una globalización
máxima. Las democracias tienen el derecho a proteger su organización social, y
cuando este derecho interfiere con los requisitos de una economía global, es esta la
que debe dejar paso.
Es cierto que en el desarrollo y exposición de Rodrik no se precisan cómo se pueden
identificar en la práctica los límites a poner a la globalización, dónde está la frontera
que distingue una globalización limitada de una hiperglobalización, ni cuales son las
reglas mínimas internacionales que permitirían conectar los distintos Estados nación.
Tampoco aborda, tal como él mismo lo reconoce, el problema de los bienes
comunales globales como el calentamiento global, el uso de recursos naturales
globales, como es la pesca en aguas internacionales, y la protección de las selvas
tropicales que sí requieren de una política e instituciones globales con objeto de ser
gestionados para el desarrollo de todos los pueblos. En todo caso, las prioridades y
los criterios de fondo por los que aboga el profesor de Harvard están claros. El debate
está servido y la salida por la que se opte al trilema que propone marcará el rumbo de
la globalización y el capitalismo en el futuro próximo.
En el marco regional de Europa, al calor de la situación de crisis, las discusiones y
desencuentros entre las distintas élites políticas y económicas está teniendo lugar de
una forma muy viva, debido fundamentalmente a las diferencias de intereses
económicos entre los distintos países. En cualquier caso, la óptica neoliberal en estas
discusiones es la predominante con resultados muy preocupantes para la
supervivencia de las distintas democracias nacional liberales, el autogobierno y el
bienestar social de la mayoría de la población, especialmente de la Europa del sur.
Si los sistemas democráticos de tipo liberal representativo son incapaces de
implementar soluciones políticas reales al dejar de ser los centros de decisión política,
entonces la idea de un poder representativo deja de tener validez. Como Habermas ha
criticado, la incapacidad que tienen los sistemas mundiales para funcionar
correctamente ha supuesto el derrumbe de las idealizaciones neoliberales, dejando al
descubierto la manifiesta incompetencia de los Estados nacionales y de sus
coaliciones para superar la crisis global y la del euro. Para el filósofo alemán, la
presión de la crisis y la histeria de los mercados han aplastado la democracia dentro
de la Unión Europea. El poder ha dejado de pertenecer a los ciudadanos y se lo han
apropiado instituciones como el Consejo Europeo, cuya legitimidad democrática es
bastante cuestionable. Critica la deriva tecnocrática y economicista de la Unión
Europea y sugiere básicamente que los tecnócratas han llevado a cabo, eficaz y
silenciosamente, un golpe de estado financiero. ¨En algún momento después de 2008,
dice Habermas, entendí que el proceso de expansión, integración y democratización
no se mueven automáticamente hacia adelante por su propia voluntad, que es
reversible, que por primera vez en la historia de la UE, en realidad estamos viviendo
un desmantelamiento de la democracia. No pensé que esto era posible. Hemos
llegado a una encrucijada¨2.
2 Se puede consultar la reseña completa en Spiegelonline ¨Habermas, the last European. A Philosopher´s Mission to
Save the EU¨, 25-11-2011, por Georg Diez.
En Hay alternativas, Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón, haciéndose eco
de estos problemas señalan cómo: ¨La estructura económica de los distintos
miembros de la Unión Europea es muy diferente y sus intereses en muchos casos son
incluso antagónicos, lo que hace que las políticas que convienen a determinados
grupos sociales de unos países resulten claramente perjudiciales para otros. Y si bien
los mecanismos de compensación pueden mitigar a veces los efectos dañinos que
conlleva aplicar determinadas políticas no siempre se acaba por resolver este
conflicto, que es uno de los grandes problemas de la Unión¨3. Lo que proponen los
autores como medidas prioritarias a nivel europeo son: un sistema fiscal potente,
unificado y progresivo; la aprobación de un nuevo estatuto para el Banco Central
Europeo; una fuerte regulación de los mercados financieros; la autosuficiencia
financiera y el control de capitales; el establecimiento de impuestos sobre las
transacciones financieras; la adopción de un nuevo modelo productivo; un sistema de
convenios colectivos a nivel europeo y la democratización de de las organizaciones
europeas. A escala global propugnan, la democratización de las instituciones
económicas internacionales; el impulso de los planes de estímulo; la renegociación de
la deuda; la regulación financiera internacional; el control de la ingeniería financiera
y del riesgo sistémico; un nuevo sistema monetario internacional; acabar con el
cinismo del comercio internacional; Gobierno y justicia económica global4.
En esta misma línea, son cada vez más numerosas las voces que abogan por
replantear el equilibrio entre la globalización y una soberanía nacional y europea que
salvaguarde los derechos sociales y económicos de la mayoría que tanto ha costado
conseguir. De hecho, si Europa no ha caído en una depresión social como la que se
dio en los años treinta del siglo pasado ha sido gracias a las redes de protección y
seguridad social existentes del cada vez más menguado Estado de bienestar.
Una de las consecuencias más significativas del colapso de la economía neoliberal,
con su culto al “mercado autorregulador”, ha sido el resurgimiento del gran
economista inglés John Maynard Keynes. Una buena parte de la izquierda hace suyos
los criterios keynesianos como los más apropiados, tanto para defender el Estado del
bienestar como para hacer frente a la crisis. Para Walden Bello, uno de los
representantes más destacados de la desglobalización y defensor de una
transformación de la economía en profundidad, el keynesianismo proporciona
algunas respuestas a la situación actual, pero no proporciona la clave para superarla.
En su opinión, el keynesianismo es principalmente un instrumento para reavivar las
economías nacionales pero la globalización ha complicado de manera importante este
problema. Como ocurriera con el keynesianismo en el marco nacional, lo que él llama
la ¨Socialdemocracia Global¨, entre los que se encontrarían, entre otras
personalidades políticas e intelectuales influyentes a nivel mundial, los economistas
Jeffrey Sachs, Paul Krugman y Joseph Stiglitz, busca en el marco global un nuevo
3 Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón, Hay Alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social
en España, p.167, Ediciones Sequitur/ATTAC, 2011.
4 Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón, ibidem, p.175 y ss., Ediciones Sequitur/ATTAC, 2011.
compromiso de clase que venga acompañado de nuevos métodos para contener o
minimizar la tendencia del capitalismo a la crisis. Así como la vieja socialdemocracia
y el New Deal, dice Bello, estabilizaron el capitalismo nacional, la función histórica
de la ¨socialdemocracia global¨ sería la de hacer lo mismo, pero esta vez a escala
global. En su opinión, ¨El capitalismo global ha enfermado debido a sus
contradicciones inherentes, pero lo que se precisa no es una segunda ronda de
keynesianismo. La profunda crisis internacional exige severos controles de la libertad
de movimiento de los capitales, regulaciones estrictas de los mercados, tanto
financieros como de mercancías, y un gasto público ciclópeo. Sin embargo, las
necesidades de la época van más allá de estas medidas keynesianas: se necesita una
redistribución masiva de la renta, atacar sin treguas ni compases de espera,
directamente, el problema de la pobreza, una transformación radical de las relaciones
de clase, la desglobalización y, acaso, la superación del capitalismo mismo, si hay
que atender a las amenazas de cataclismo medioambiental¨5.
Ahora bien, como toda discusión sobre alternativas, esta no es una cuestión
meramente técnica, es un problema de fuerza social, de contar con el apoyo social
suficiente para llevarlas adelante y poder político para realizarlas. En este sentido, se
puede decir que las fuerzas sociales que podrían hacer frente al auge del
conservadurismo y el neoliberalismo económico existen en diversa medida en cada
país, pero es del todo insuficiente y muy débil a nivel trasnacional. Este vacío y, a su
vez, necesidad apremiante se ha hecho más evidente con la actual crisis.
Si nos remitimos al marco regional europeo, para enfrentarse a la orientación
hegemónica neoliberal liderada hoy por la canciller Merkel, los partidarios de esa otra
Europa más social tendrán que oponer un amplio movimiento social, plural y
unificado en torno a unos objetivos políticos concretos que cuenten con un amplio
respaldo social en muchos de los países que la conforman y, a su vez, se dote de las
correspondientes expresiones institucionales para actuar con operatividad y eficacia.
5 Walden Bello, Keynes: ¿Un hombre actual?, [Link], 2009. El sociólogo, politólogo y activista
filipino Walden Bello fue uno de los intelectuales de referencia de la primera oleada antiglobalización emergida a
finales del pasado siglo en Seatle. Frente a la globalización neoliberal, Walden Bello fue -junto con los miembros de
Focus on the Global South- el primero en proponer la desglobalización como una alternativa sobre todo para los
países en desarrollo, aunque considera que dicha alternativa es también pertinente para las economías capitalistas
centrales, ¿Llegó la hora de poner fin a la globalización?, [Link], 2009. Autor, entre otros, de
Desglobalización. Ideas para una nueva economía mundial, Barcelona, Icaria/Intermón Oxfan, 2004.