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El Principe Feliz y Otros Cuentos (Trad. Ursula R. Hestes)

El documento describe la vida y obra del escritor irlandés Oscar Wilde. Explica que Wilde encontró en los cuentos un medio adecuado para expresar su teoría del "arte por el arte". Destaca que en la Universidad de Oxford alcanzó notoriedad por su brillantez e ideas originales sobre el arte y la vida. Más tarde triunfó como dramaturgo y narrador en Londres, aunque también sufrió una dramática caída y fue encarcelado debido a un proceso judicial.

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El Principe Feliz y Otros Cuentos (Trad. Ursula R. Hestes)

El documento describe la vida y obra del escritor irlandés Oscar Wilde. Explica que Wilde encontró en los cuentos un medio adecuado para expresar su teoría del "arte por el arte". Destaca que en la Universidad de Oxford alcanzó notoriedad por su brillantez e ideas originales sobre el arte y la vida. Más tarde triunfó como dramaturgo y narrador en Londres, aunque también sufrió una dramática caída y fue encarcelado debido a un proceso judicial.

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El

esteticista Oscar Wilde encontró en los cuentos el medio más adecuado de dar
forma a su teoría de «el arte por el arte».
La novela y la obra teatral, otros géneros que cultivó, precisan, en efecto, de la
creación de unos personajes coherentes y unas situaciones mínimamente verosímiles.
En cambio, el cuento permite a su autor los mayores excesos de fantasía sin
constreñirle con reglas.
En sus cuentos, Oscar Wilde pone de manifiesto su ideal de la belleza como único
valor, y alcanza logros inigualados.

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Oscar Wilde

El príncipe feliz y otros cuentos


Cuentos escogidos - 05

ePub r1.0
Titivillus 08.01.2023

Página 3
Título original: The Happy Prince and Other Tales
Oscar Wilde, 1888
Traducción: Úrsula R. Hesles
Ilustraciones: V. Moreno López

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

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INTRODUCCIÓN

A principios del siglo que ahora vivimos —concretamente: el 1 de diciembre de


1900— hubo una hora parisiense y triste, otoñal y húmeda, como suele serlo la hora
de los entierros históricos. Un breve cortejo avanzaba por las sendas del cementerio
de Bagneux. El muerto era un tal Monsieur Sebastián Melmoth, que había dejado
este mundo, y probablemente algunas deudas, en un modesto hotel de la rue de
Beaux Arts. Pero el muerto del que hablamos se llamaba realmente Oscar Wilde,
desde su nacimiento y para la eternidad… No tardó mucho en ser trasladado al
famoso cementerio del Père Lachaise, que, extendido en los lugares castizos de
Ménilmontant, es una residencia de muertos que tiene el buen gusto de parecerse a
un jardín. Oscar Wilde iba a descansar allí de toda una vida intensa y azarosa, y en
compañía de buena gente. Nada menos que de Eloísa y Abelardo, los de los amores
filosóficos y torturados. Por allí anda el poeta Alfred de Musset, cumplido su deseo
de dormir a la sombra de un sauce llorón. Y Sarah Bernhart, y el delicado Chopin…
Pero Oscar Wilde había hecho en su vida muchas, muchísimas frases, y no sería
extraño que, de serle posible, se hubiese inclinado en su nueva y definitiva morada
ante alguno de tantos epitafios chuscos, como, por ejemplo, el que bajo el nombre y
profesión del difunto revela el deseo de su viuda: «Espérame mucho tiempo…».
Porque, ciertamente, Oscar Wilde pertenece a la clase de los escritores
«lapidarios». Si tomamos uno de esos socorridos diccionarios de citas y de dichos
célebres, el escritor irlandés aparece como uno de los más eficaces «proveedores»,
comparable en la cantidad con Shakespeare y con Séneca, con San Mateo y con
Napoleón, sin olvidar al latino Horacio, a La Fontaine y, por supuesto, a nuestro
gran Cervantes…
Pero dejemos la necrópolis y las improbables suposiciones para venir, aunque
sea en breve noticia, a la vida y obra de esta figura que no ha cesado de crecer en el
tiempo. Oscar Fingal O’Flaherty Wills Wilde nació en Dublín el 16 de octubre de
1854. El ambiente de su casa debía predisponerlo a la literatura. Su padre, que
ejercía la medicina con fama internacional, era también escritor: heterodoxo y
estrafalario, tanto en sus escritos como en la vida. La madre escribía artículos de un
nacionalismo encendido y llegó a ser muy popular bajo el seudónimo de Speranza.
No es extraño que a Oscar, desde sus primeros años, lo atrajeran las lenguas
clásicas. Oscar Wilde pasó su infancia y adolescencia en Irlanda. Ganó premios,
becas. Y una de estas becas lo llevó a la Universidad de Oxford. Fue, quizá, la época
dorada de toda su existencia. No se había hundido aún en las turbulencias que luego
lo destruirían, pero contaba ya con la notoriedad e incluso con la admiración de sus

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compañeros y profesores, asombrados por la brillantez y originalidad de sus ideas
sobre el arte y sobre la vida.
Por si fuera poco, el joven estudiante alcanzó pronto la oportunidad de viajar.
Nada menos que la sugerente Italia, la Grecia mitológica… Cuando acabó sus
estudios en Oxford, ya era definitivamente famoso, y nadie se hubiera atrevido a
discutirte el liderazgo del movimiento estético que defendía la teoría de «el arte por
el arte». Entonces acentuó su separación obstinada de todo cuanto fuera gregario,
para vestir y comportarse a su aire. Y viajó por América, invitado a dar una serie de
conferencias que tuvieron gran repercusión en la vida cultural del país. Visitó París,
siempre rodeado por los halagos del mundo (y del demonio… y de la carne). En junio
de 1883, sin haber cumplido los treinta años, volvía a Nueva York para el estreno de
Vera, su primera obra teatral.
Y justamente al llegar a la treintena de edad, como si quisiera entrar en una
etapa de madurez y consolidación sentimental, se casó con Constance Lloyd, de la
que tuvo dos hijos. Oscar y Constance se instalaron en Londres y convirtieron su
casa en el corazón literario y artístico de la gran ciudad. Fueron unos años fecundos,
en los que Wilde consiguió la máxima celebridad como narrador, poeta, ensayista,
periodista y dramaturgo. Destaquemos La importancia de llamarse Ernesto, El
abanico de Lady Windermere, Un marido ideal, Una mujer sin importancia,
Salomé (escrita originalmente en francés y representada en París con todos los
honores por Sarah Bernhardt en 1896). Y al lado de la obra teatral, su novela El
retrato de Dorian Gray, mal recibida por la crítica y motivo de escándalo para los
lectores. Su libro de cuentos EL PRINCIPE FELIZ Y OTROS RELATOS fue
publicado en 1888 por David Nutt, con ilustraciones de Walter Crane y Jacob Hood.
Además de la tirada normal, se hizo una tirada especial de 75 ejemplares firmados
por el autor y el editor. El ejemplar que perteneció a Oscar Wilde y del que gustaba
leer los cuentos a sus hijos fue comprado por un librero en la venta de muebles y
objetos personales de Oscar Wilde, que se hizo por mandato judicial para pago de
sus deudas. En la actualidad pertenece a la colección de Danald F. Hyde, de New
Jersey (según la biografía de O. W. por H. Montgomery Hyde).
Pero acaso fuera demasiada felicidad… De ser la persona más mimada de
aquella sociedad hipócrita, Oscar Wilde pasó a las dramáticas vicisitudes de un
proceso que lo llevó a la cárcel y a sufrir las más grandes humillaciones de quienes
tan exageradamente lo habían ensalzado antes. El horror de unas prisiones crueles, y
en nada cumplidoras de su misión de regenerar a los delincuentes, ha quedado
grabado magistralmente en dos obras maestras: De profundis y La balada de la
cárcel de Reading. El escritor cumplió su condena legal, pero sólo para comenzar
con la condena más verdadera: la del acabamiento, hasta dar en el anonimato.
Hay una confidencia de Oscar Wilde muy conocida. Es aquélla en que confiesa
haber puesto su genio en su vida, mientras que en sus libros sólo habría puesto el
talento, especie de cualidad menor. Difícil asunto el de separar lo que atañe a la vida

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y lo que corresponde a la obra de un gran artista. Pero leyendo EL PRINCIPE
FELIZ y los cuentos que acompañan a esta pieza maestra, mal podría negársele al
creador irlandés una humanidad y una ternura que se sobreponen a los errores de
una existencia escabrosa. Aunque tantas veces haya latido en el vaivén de las
pasiones, sólo un corazón que no esté definitivamente perdido puede haber inventado
el corazón del príncipe generoso y a su fiel colaboradora, la golondrina: «las dos
cosas más valiosas que haya en la ciudad —ordenó Dios a uno de sus ángeles…».

Ursula R. Hesles

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EL PRÍNCIPE FELIZ

En la parte alta de la ciudad, sobre una esbelta columna, estaba la estatua del
Príncipe Feliz. Toda ella aparecía cubierta de láminas de oro fino, por ojos tenía dos
brillantes zafiros, y un gran rubí rojo resplandecía en el puño de su espada.
Por eso era muy admirada.
—Es tan hermosa como una veleta —decía uno de los concejales, que quería
hacerse notar por su buen gusto—. Sólo que menos útil —añadía por miedo a que la
gente creyera que no tenía sentido práctico, lo cual no era cierto en verdad.
—¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? —preguntaba una sensata madre a su
hijo que lloraba porque quería la luna—. El Príncipe Feliz no tiene caprichos ni llora
por nada.
—Me encanta que haya alguien en el mundo que sea feliz —murmuraba un
hombre desilusionado de la vida, contemplando la maravillosa estatua.
—Parece un ángel —decían los niños del Hospicio al salir de la catedral, con sus
vistosas capas granate y sus inmaculados mandilones blancos.
—¿Cómo podéis saberlo? —decía el profesor de Matemáticas— si nunca habéis
visto uno.
—¡Ah!, pero los hemos visto en sueños —respondían los niños.
Y el profesor de Matemáticas fruncía el ceño con aire severo, pues él no aprobaba
que los niños soñaran.

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Una noche voló hasta la ciudad una pequeña golondrina. Hacía ya seis semanas
que sus compañeras habían emigrado a Egipto, pero ella se había quedado rezagada,
porque estaba locamente enamorada del Junco más hermoso. Lo había encontrado al
principio de la primavera, cuando ella revoloteaba por el río persiguiendo a una
mariposa amarilla, y se había sentido tan fascinada por su fino talle que se paró para
hablar con él.
—¿Puedo amarte? —dijo la Golondrina, que quería ir al asunto sin rodeos.
A lo que el Junco asintió con una profunda reverencia. Entonces la Golondrina
voló y voló a su alrededor, rozando el agua con las alas y haciendo surcos de plata.
Así fue su noviazgo, que duró todo el verano.
—Es un noviazgo ridículo —gorjeaban las otras golondrinas—; él es un pobretón
y además tiene demasiada familia —y en efecto, el río estaba atestado de juncos.

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Conque cuando vino el otoño, todas las golondrinas levantaron el vuelo.
Cuando se fueron sus compañeras, ella se sintió sola y empezó a cansarse de su
amante. «No tiene conversación» —se decía—, «y me temo que es un coqueto
porque está siempre flirteando con la brisa». Y ciertamente, siempre que soplaba la
brisa, el Junco se movía con gracia coquetona. «Reconozco que es muy hogareño —
continuaba—, pero a mí me gusta viajar y a mi marido tendría que gustarle también».
—¿Vendrás conmigo? —le dijo ella finalmente.
Pero el Junco negó con la cabeza, estaba demasiado apegado a su casa.
—Has estado jugando conmigo —gimoteó la Golondrina—. Me voy a las
Pirámides. ¡Adiós!
Y se fue volando. Voló todo el día, y al anochecer llegó a la ciudad.
—¿Dónde me cobijaré? —se preguntó—. Espero que la ciudad tenga previsto un
sitio para recibirme.
Entonces vio la estatua sobre la gran columna.
—Me refugiaré ahí —se dijo—, está bien situada y con aire fresquito.
Y así fue cómo se posó precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.
—Tengo una habitación de oro —murmuró mirando alrededor. Y se dispuso a
dormir. Pero justo al ir a meter la cabeza bajo el ala, le cayó encima un goterón de
agua.
—¡Qué cosa más rara! —exclamó—, no hay ni una nube en el cielo, las estrellas
brillan y relucen y sin embargo está lloviendo. Este clima del norte de Europa es
malo de veras. Al Junco sí que le gustaba la lluvia, pero claro, eso era por puro
egoísmo.
Entonces cayó otra gota.
—¿Para qué sirve una estatua si no nos resguarda de la lluvia? —se dijo—;
buscaré una buena chimenea con tejadillo —y decidió irse volando. Pero antes de que
hubiera abierto las alas, cayó una tercera gota. Miró hacia arriba, y vio… ¡Ah! ¿Qué
es lo que vio?
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados en lágrimas, que rodaban por sus
mejillas de oro. Su cara era tan hermosa a la luz de la luna que la Golondrinita se
conmovió.
—¿Quién eres? —le dijo.
—Soy el Príncipe Feliz.
—Y entonces, ¿por qué lloras? —preguntó la Golondrina—, me has puesto como
una sopa.
—Cuando estaba vivo y tenía corazón humano —respondió la estatua—, no sabía
lo que eran lágrimas, pues yo vivía en el Palacio de la Despreocupación, donde no se
permite la entrada al dolor. De día jugaba con mis amigos en el jardín y de noche
bailaba en el Gran Salón. Alrededor del jardín había un muro altísimo, pero nunca me
importó saber lo que había tras él, pues todo a mi alrededor era hermoso. Mis
súbditos me llamaban el Príncipe Feliz, y lo era en verdad, si es que el placer es la

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felicidad. Así viví y así morí. Y ahora que estoy muerto ellos me han instalado aquí,
tan alto, que veo toda la fealdad y todo el sufrimiento de mi ciudad. Y aunque mi
corazón sea de plomo, yo sólo siento penas.
—¡Cómo! ¿No es de oro puro? —dijo la Golondrina para sus adentros. Ella era lo
bastante educada como para hacer ninguna clase de observación personal en voz alta.
—Allá lejos —continuó la estatua en voz baja y melodiosa—, allá lejos en una
callejuela, hay una pobre casa. A través de una de las ventanas, que está abierta, veo a
una mujer sentada a una mesa. Tiene la cara demacrada y ajada y las manos bastas y
enrojecidas, acribilladas de pinchazos de aguja, porque es costurera. Está bordando
pasionarias en un vestido de raso para que lo luzca la más bella dama de honor de la
Reina en el próximo baile de la Corte. En un rincón de la habitación yace en cama su
hijito enfermo. Tiene fiebre, y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua
del río, por eso llora. Golondrina, Golondrina, Golondrinita, ¿querrías arrancar el rubí
de la empuñadura de mi espada y llevárselo? Yo tengo los pies sujetos a este pedestal
y no puedo moverme.

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—Me esperan en Egipto —respondió la Golondrina—. Mis amigas estarán
volando arriba y abajo del Nilo y hablando con los grandes lotos. Pronto irán a
dormir a la tumba del Gran Rey. El mismísimo Rey está allí, en su féretro pintado.
Envuelto en lienzo amarillo y embalsamado con especias. Tiene un collar de jade
verde pálido alrededor del cuello y sus manos parecen hojas secas.
—Golondrina, Golondrina, Golondrinita —repitió el Príncipe—, ¿no querrías
quedarte conmigo una noche y ser mi mensajera? El niño está tan sediento, y la
madre está tan triste…
—A mí no me gustan los niños —contestó la Golondrina—. El verano pasado,
cuando estaba yo en el río, había dos niños gamberros, los hijos del molinero, que
siempre me estaban tirando piedras. Nunca me acertaron, es verdad; las golondrinas
volamos muy rápidas y, además, pertenezco a una familia famosa por su agilidad;
pero así y todo, era una falta de respeto.
Pero el Príncipe Feliz parecía tan triste que a la Golondrinita le dio pena:
—Hace mucho frío aquí —dijo—, pero me quedaré contigo una noche y seré tu
mensajera.
—Gracias, Golondrinita —respondió el Príncipe.
Entonces la Golondrina arrancó el soberbio rubí de la espada del Príncipe y voló
llevándolo en el pico por encima de los tejados de la ciudad.
Pasó la torre de la catedral, donde estaban los ángeles de mármol blanco. Pasó el
Palacio y hasta ella llegó el ruido del baile. Una linda muchacha salió a la terraza con
su enamorado.
—¡Qué hermosas son las estrellas! —le decía él—. ¡Y qué bonito el amor!
—Espero que esté listo mi vestido para el baile de gala de la Corte —respondió
ella—. He encargado que me lo borden con pasionarias: pero las costureras son tan
holgazanas…
Pasó por encima del río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos.
Pasó el Ghetto, y vio a los judíos viejos negociando y pesando monedas en balanzas
de cobre. Llegó al fin a la casucha y miró adentro. El niño tosía febrilmente en su
camastro y la madre se había quedado dormida muerta de cansancio. Entró de un
brinco y posó el gran rubí sobre la mesa, junto al dedal de la mujer. Luego revoloteó
suavemente alrededor de la cama, abanicando la frente del niño con sus alas.
—¡Qué fresco más rico siento! —dijo el niño—. Debo de estar mejor —y cayó en
un sueño delicioso.
Entonces la Golondrina regresó volando junto al Príncipe Feliz y le contó lo que
había hecho.
—Es curioso —observó ella—, pero qué a gusto me encuentro ahora, aunque
haga tanto frío.

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—Es porque has hecho una buena acción —dijo el Príncipe.
Y la Golondrinita se puso a pensar y se quedó dormida. El pensar le hacía siempre
quedarse dormida.
Al amanecer voló hasta el río y se bañó.
—¡Qué fenómeno más raro! —exclamó el profesor de ornitología, que cruzaba el
puente—. ¡Una golondrina en invierno!
Y escribió una larga carta al periódico local. Todo el mundo la comentó, y eso que
estaba tan amazacotada de palabras que no pudieron entenderla.
—Esta noche me voy a Egipto —se decía la Golondrina, y sólo de pensarlo estaba
animadísima.
Visitó todos los monumentos públicos, y se sentó un rato en lo alto del
campanario de la iglesia. Dondequiera que iba los gorriones gorjeaban y se decían
unos a otros: «¡Qué forastera más distinguida!». Así que lo pasó muy bien.
Cuando salió la luna, la Golondrina voló junto al Príncipe Feliz.
—¿Quieres algo para Egipto? —gritó—. Me largo para allá ahora mismo.
—Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe, ¿no querrías quedarte
conmigo una noche más?
Me esperan en Egipto —respondió la Golondrina—. Mis amigas volarán mañana
hasta la segunda catarata. El hipopótamo reposa allí entre los cañaverales, y sobre un
gran trono de granito se sienta el dios Memnón. El dios Memnón vigila las estrellas
toda la noche, y cuando brilla el lucero de la mañana lanza un grito de alegría y
vuelve a quedar en silencio. A mediodía, los leones pelirrojos vienen a beber a la
orilla del río. Sus ojos son como aguamarinas verdes y su rugido es más atronador
que el rugido de las cataratas.
—Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe—, allá abajo, al otro
lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa
llena de papeles, y en un vaso, a su lado, hay un ramito de violetas marchitas. Tiene
el pelo negro y rizado, sus labios son tan rojos como la granada, y tiene ojos grandes
y soñadores. Lucha por terminar una obra para el director del teatro, pero tiene
demasiado frío para seguir escribiendo. No hay fuego en su hogar y está extenuado de
hambre.
—Me quedaré contigo otra noche más —dijo la Golondrina, que realmente tenía
buen corazón—. ¿Le llevo otro rubí?
—¡Ay!, no tengo más rubíes —dijo el Príncipe—. Todo lo que puedo dar son mis
ojos. Son dos zafiros fuera de serie, que fueron traídos de la India hace miles de años.
Arráncame uno de ellos y llévaselo. Él se lo venderá al joyero, y con el dinero
comprará leña para la lumbre y podrá terminar su obra.
—Mi querido Príncipe —dijo la Golondrina—, yo no puedo hacer eso —y se
echó a llorar.
—Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe—, haz lo que te
mando.

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Así que la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hasta la buhardilla del
estudiante. Fue muy fácil entrar por un agujero que había en el tejado. La Golondrina
se coló por él como una flecha en la habitación. El muchacho tenía la cabeza hundida
en sus manos, así que no la oyó revolotear, y cuando levantó la mirada vio el hermoso
zafiro entre las violetas marchitas.
—Se me empieza a estimar —exclamó—; esto debe ser de algún admirador rico.
Ahora ya puedo terminar mi obra —y se puso todo contento.
Al día siguiente, la Golondrina voló hasta el puerto. Se posó en el mástil de un
gran navío y observó a los marineros que sacaban con cuerdas enormes cajas de la
bodega.
—¡Eh, iza! —gritaban según salía cada caja.

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—¡Me voy a Egipto! —gritó la Golondrina, pero, nadie le hizo caso y cuando
salió la luna regresó volando junto al Príncipe.
—Vengo a decirte adiós —se lamentó.
—Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe—, ¿no vas a quedarte
conmigo otra noche más?
—Es invierno —respondió la Golondrina—, y la fría nieve llegará pronto. En
Egipto el sol es cálido en las palmeras verdes, y los cocodrilos, tendidos en el barro,
miran perezosamente a su alrededor. Mis compañeras habrán hecho sus nidos en el
Templo de Baalbec, mientras las palomas rosas y blancas las miran y se arrullan. Mi
querido Príncipe, tengo que dejarte, pero nunca te olvidaré, y la primavera que viene
te traeré de allí dos hermosas joyas en lugar de las que has regalado. El rubí será más
rojo que la rosa más roja, y el zafiro será tan azul como el océano.
—Allá, en la plaza de abajo —dijo el Príncipe Feliz—, hay una pequeña cerillera.
Se le han caído las cerillas al arroyo y se le han estropeado todas. Su padre le pegará
si no lleva dinero a casa, y por eso está llorando. No tiene zapatos ni medias, y tiene
la cabecita al aire. Anda, arráncame el otro ojo y dáselo para que no le pegue su
padre.
—Estaré contigo una noche más —dijo la Golondrina—, pero no puedo
arrancarte el ojo. Te quedarías completamente ciego.
—Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe—, haz lo que yo te
mando.
Así que la Golondrina arrancó el otro ojo del Príncipe y alzó el vuelo con él. Se
lanzó en picado hacia la cerillera y le dejó caer la joya en la palma de la mano.
—¡Qué cristalito más precioso! —exclamó la muchacha, y corrió a casa, riendo.
Entonces la Golondrina volvió junto al Príncipe.
—Ahora que estás ciego —le dijo—, me quedaré contigo para siempre.
—No, Golondrinita —dijo el pobre Príncipe—, tienes que irte a Egipto.
—Me quedaré contigo para siempre —repitió la Golondrina, y se durmió a los
pies del Príncipe.
El día siguiente se lo pasó con el Príncipe, posadita en su hombro y contándole
historias de lo que había visto en tierras extrañas. Le contó de los ibis rojos, que
permanecen en largas filas a orillas del Nilo y pescan peces de colores con el pico; de
la Esfinge, tan vieja como el mundo, que vive en el desierto y lo sabe todo; de los
mercaderes, que caminan lentamente junto a sus camellos mientras pasan las cuentas
de los rosarios de ámbar con los dedos; del Rey de las Montañas de la Luna, que es
tan negro como el ébano y adora un enorme cristal; de la gran serpiente verde, que
duerme en una palmera y tiene veinte sacerdotes que la alimentan con pastelillos de
miel, y de los pigmeos en guerra con las mariposas.
—Querida Golondrinita —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero
más maravilloso que nada es el sufrimiento de los hombres y las mujeres. No hay

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mayor misterio que el sufrimiento. Vuela sobre mi ciudad, Golondrinita, y cuéntame
lo que allí veas.
Así que la Golondrina anduvo volando sobre la gran ciudad.
Vio la alegría de los ricos en sus magníficas casas, mientras los mendigos se
sentaban a sus puertas.
Voló por míseros barrios, y vio las pálidas caritas de los niños hambrientos que
miraban con tristeza las calles sombrías.
Bajo el arco de un puente, dos niños yacían entrelazados, uno en brazos del otro,
para darse calor.
—¡Qué hambre! —decían.
—Está prohibido acostarse aquí —les gritó el guardia, y los niños se alejaron,
perdiéndose bajo la lluvia.
Entonces la Golondrina regresó, siempre volando, y contó al Príncipe todo lo que
había visto.
—Estoy cubierto de oro fino —dijo el Príncipe—, despégalo hoja a hoja y dáselo
a mis pobres; los humanos creen que el oro da la felicidad.
Hoja a hoja de oro fino fue arrancando la Golondrina, hasta que el Príncipe Feliz
quedó sin brillo ni belleza. Luego llevó hoja a hoja de oro fino a los pobres, y las
caras de los niños recobraban sus coloretes, y reían y jugaban en la calle.
—¡Ya tenemos pan! —se les oía gritar.
Al fin vino la nieve, y tras la nieve la helada. Las calles parecían de plata de tanto
como brillaban y relucían; largos carámbanos como puñales de cristal colgaban de los
aleros de las casas, todo el mundo vestía pieles y los niños llevaban gorras rojas y
patinaban en el hielo.
La pobre Golondrinita tenía cada vez más frío, pero no quería dejar al Príncipe,
porque ya lo quería muchísimo. Picoteaba las migajas a la puerta del panadero
cuando el panadero no la veía, y trataba de entrar en calor batiendo y batiendo las
alas.
Pero un día supo que iba a morir. Sólo tenía fuerzas para volar hasta el hombro
del Príncipe una vez más.
—¡Adiós, mi querido Príncipe! —murmuró—. ¿Me dejas que te bese la mano?
—Me alegra que te vayas a Egipto por fin, Golondrinita —dijo el Príncipe—, te
has quedado aquí demasiado tiempo; pero bésame en los labios, porque te amo.

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—No me voy a Egipto —dijo la Golondrina—. Voy a la Morada de la Muerte. La
Muerte es la hermana del Sueño. ¿No es verdad?
Y besando al Príncipe en los labios, cayó muerta a sus pies.
En ese mismo instante, un extraño chasquido sonó en el interior de la estatua,
como si algo se hubiera roto. El hecho es que el corazón de plomo se había partido en
dos. Verdaderamente fue una helada horrorosa.
A la mañana siguiente, muy temprano, cruzaba el alcalde por la plaza en
compañía de los concejales. Al pasar junto a la columna levantó la vista y miró a la
estatua:
—¡Dios mío!, en qué mal estado está el Príncipe Feliz —se lamentó.
—¡Es verdad, qué deteriorado está! —exclamaron los concejales, que estaban
siempre de acuerdo con el alcalde—; la verdad, parece un pordiosero.
—¡Un pordiosero! —repitieron a coro los concejales.
—¡Y hasta hay un pájaro muerto a sus pies! —añadió el alcalde—. Tendríamos
que dar un bando prohibiendo a los pájaros venir a morir aquí.
El secretario, en el acto, redactó una nota con la iniciativa del alcalde.
El caso es que acordaron demoler la estatua del Príncipe Feliz.
—Lo que ya no es bonito, no es necesario —dictaminó el profesor de Arte de la
Universidad.
Fundieron, pues, la estatua en un horno, y el alcalde convocó una sesión del
Ayuntamiento para decidir lo que iban a hacer con el metal.
—Desde luego —dijo el alcalde— deberíamos hacer otra estatua, la mía, por
ejemplo.
—O la mía, o la mía —fueron diciendo cada uno de los concejales.
Se pelearon violentamente entre ellos. Cuando les oí por última vez, todavía
seguían a vueltas con el asunto.
—¡Qué cosa más rara! —dijo el capataz de la fundición. No hay manera de fundir
este corazón de plomo en el horno. Habrá que tirarlo para chatarra.
Así que lo arrojaron en un montón de desperdicios, donde estaba también la
Golondrina muerta.
—Tráeme las dos cosas más valiosas que haya en la ciudad —ordenó Dios a uno
de sus ángeles.
Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pajarillo muerto.
Has acertado en la elección —dijo Dios—, pues en mi jardín del Paraíso este
pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz entonará mis
alabanzas.

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EL RUISEÑOR Y LA ROSA

—Ella dijo que bailaría conmigo si le llevaba rosas rojas —se lamentó el joven
estudiante—, y no hay ni una rosa roja en mi jardín.
Desde su nido en la encina el ruiseñor lo estaba oyendo, observándolo asombrado
por entre las hojas.
—¡No hay ni una rosa roja en mi jardín! —se lamentaba el estudiante, sus bellos
ojos arrasados en lágrimas.
—¡Ah, de qué cosas tan insignificantes depende la felicidad! He leído todo lo que
los sabios han escrito; todos los secretos de la filosofía me pertenecen, y por culpa de
una rosa roja tengo que ver mi vida destrozada.
—He aquí por fin un verdadero enamorado —se dijo el ruiseñor—. Noche tras
noche lo he cantado sin conocerlo, noche tras noche he contado su historia a las
estrellas, y ahora puedo verlo con mis propios ojos. Su pelo es negro como la flor del
jacinto, y sus labios son rojos como la rosa de sus deseos. Pero la pasión ha tornado
su rostro pálido como el marfil y la pena le ha marcado con su sello la frente.

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—El príncipe da un baile mañana por la noche —murmuraba el joven estudiante
—, y mi amada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el
amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en mis brazos, ella reclinará su cabeza
en mi hombro y estrecharé su mano entre las mías. Pero no hay rosas rojas en mi
jardín, así que me sentaré solo y ella pasará de largo a mi lado. No me hará caso y me
destrozará el corazón.
—He aquí al verdadero enamorado —se dijo el ruiseñor—. Lo que yo canto, él lo
siente: lo que es alegría para mí, es pena para él. Ciertamente, el amor es cosa
maravillosa. Es más precioso que las esmeraldas y más valioso que los ópalos finos.
Perlas y granadas no pueden comprarlo, porque no se expone en el mercado. No se le
compra a los mercaderes ni puede ser pesado en la balanza del oro.
—Los músicos se colocarán en el estrado —decía el joven estudiante— y tocarán
sus instrumentos de cuerda, y mi amada bailará al son del arpa y del violín. Bailará
con tal gracia que su pie no rozará el suelo, y los cortesanos, ataviados con sus
mejores galas, se apiñarán a su alrededor. Mas no bailará conmigo, porque yo no
tengo rosa roja que darle —y dejándose caer sobre el césped, hundió el rostro en sus
manos y lloró.
—¿Por qué llora? —preguntó una lagartija verde que pasaba junto a él con la cola
tiesa.

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—¡Eso!, ¿por qué? —dijo una mariposa que revolotea persiguiendo a un rayo de
sol.
—¡Eso!, ¿por qué? —susurró una margarita a su vecina, con su tenue vocecilla.
—Llora por una rosa roja —dijo el ruiseñor.
—¿Por una rosa roja? —exclamaron todos—. ¡Qué ridiculez!
Y la lagartija, que era un tanto cínica, soltó una carcajada con todas sus ganas.
Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció
silenciosamente en la encina reflexionando en el misterio del amor.
De repente, extendió sus pardas alas y alzó el vuelo. Como una sombra pasó
sobre la arboleda, y como una sombra planeó sobre el jardín.
En el centro del parterre había un hermoso rosal y, al verlo, voló hacia él y se
posó en una ramita.
—Dame una rosa roja —le gritó— y te cantaré mi más dulce canción.
Pero el rosal sacudió la cabeza.
—Mis rosas son blancas —respondió—; tan blancas como la espuma del mar y
más blancas que la nieve en la montaña. Pero vete a ver a mi hermano, que crece
alrededor del viejo reloj de sol, y quizá él te pueda dar lo que deseas.
Así que el ruiseñor voló hasta el rosal que crecía alrededor del viejo reloj de sol.
—Dame una rosa roja —le gritó— y te cantaré mi más dulce canción.
Pero el rosal sacudió la cabeza.
—Mis rosas son amarillas —respondió—, tan amarillas como el cabello de la
sirenita que se sienta en un trono de ámbar, y más amarillas que el narciso que florece
en el prado antes de que llegue el segador con su guadaña. Pero vete a ver a mi
hermano, el que crece bajo la ventana del estudiante, y quizá él te pueda dar lo que
deseas.
Así que el ruiseñor voló hasta el rosal que crecía bajo la ventana del estudiante.
—Dame una rosa roja —le gritó— y yo te cantaré mi más dulce canción.
Pero el rosal sacudió la cabeza.
—Mis rosas son rojas —respondió—, tan rojas como las patas de la paloma, y
más rojas que los grandes abanicos de coral que se mecen en el fondo del mar. Pero el
invierno ha congelado mis venas y la escarcha ha marchitado mis brotes, y la
tormenta ha tronchado mis ramas y no tendré ni una rosa este invierno.
—Sólo quiero una rosa roja —dijo el ruiseñor—, ¡una rosa roja solamente! ¿No
hay ningún medio de que la consiga?
—Hay un medio —respondió el rosal—, pero es tan terrible que no me atrevo a
decírtelo.
—Dímelo —dijo el ruiseñor—. Yo no tengo miedo.
—Si quieres una roja roja —dijo el rosal— tienes que crearla con música al claro
de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Tienes que cantarme, con tu pecho
contra una espina. Tienes que cantar para mí toda la noche y la espina se clavará en tu
corazón, y tu sangre y tu vida deberán correr por mis venas y hacerse mías.

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—La muerte es un precio muy alto para una rosa roja —se lamentó el ruiseñor—
y la vida es muy querida para todos. Es tan grato posarse en el verde bosque y mirar
al sol en su carro de fuego, y a la luna en su carro de perlas. Dulce es la fragancia del
espino y dulces son las campanillas que se esconden en el valle, y el brezo que
florece en la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida, y ¿qué es el corazón
de un pájaro comparado con el corazón de un hombre?
Así que extendió sus pardas alas y se elevó por los aires. Pasó sobre el jardín
como una sombra, y como una sombra cruzó el bosque.
El joven estudiante estaba aún tendido en la hierba, tal como lo había dejado, y
aún no se habían secado las lágrimas en sus bellos ojos.
—¡Alégrate! —gritó el ruiseñor—, alégrate; tendrás tu rosa roja. La crearé con
música al claro de luna, y la teñiré con sangre de mi corazón. Sólo te pido a cambio
que seas un verdadero amante, pues el amor es más sabio que la filosofía y más
poderoso que el poder. Sus alas son color fuego y color de fuego es su cuerpo. Sus
labios son dulces como la miel y su aliento como el incienso.
El estudiante levantó la vista desde el césped y escuchó, pero no pudo
comprender lo que decía el ruiseñor, porque él sólo sabía las cosas que están escritas
en los libros.
Mas la encina lo comprendió, y se puso triste, pues amaba al pequeño ruiseñor
que había construido el nido en sus ramas.
—Cántame una última canción —murmuró—; me sentiré sola cuando tú te hayas
ido.
Así que el ruiseñor cantó para la encina y su voz fue como agua sonora de una
fuente argentina.
Cuando terminó su canción, el estudiante se levantó y sacó un cuadernillo y un
lápiz del bolsillo.
—Tiene estilo —se dijo a sí mismo paseando por la alameda—, no se le puede
negar; pero ¿tiene sentimiento? Me temo que no. De hecho, es como la mayoría de
los artistas, todo estilo, pero nada de sinceridad. No se sacrificaría por los demás.
Sólo piensa en la música, y todo el mundo sabe que el arte es egoísta. Con todo, hay
que admitir que hay notas hermosísimas en su voz. ¡Qué pena que no signifiquen
nada, o que al menos no tengan algún sentido práctico!
Y se fue a su habitación, se tumbó en su camastro y se puso a pensar en su amor;
hasta que al cabo de un rato, se quedó dormido.
Cuando la luna brilló en los cielos, el ruiseñor voló hasta el rosal y puso su pecho
contra la espina. Cantó toda la noche, con su pecho contra la espina, y la fría luna de
cristal se inclinó para escucharlo. Cantó toda la noche y la espina se clavaba más y
más hondo en su pecho, y la sangre de su vida manaba de su corazón.
En primer lugar cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y una
muchacha. Y en la rama más alta del rosal brotó una rosa maravillosa, pétalo a pétalo,
canción a canción. Al principio era pálida, como la niebla que flota sobre el río;

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pálida como los pies de la aurora y plateada como las alas del amanecer. Tal la
imagen de una rosa en un espejo de plata, como la imagen de una rosa en un lago, así
era la rosa que brotó en la rama más alta del rosal.
Pero el rosal pidió al ruiseñor que se apretase más contra la espina.
—Apriétate más, ruiseñorcito —decía el rosal—, o llegará el día antes de que esté
terminada la rosa.
Así que el ruiseñor se apretó más contra la espina, y su canto se hizo clamor, pues
cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una doncella.
Un delicado arrebol cubrió los pétalos de la rosa, como el rubor en la cara del
novio cuando besa los labios de la novia. Pero la espina no había alcanzado aún el
corazón del ruiseñor, y el corazón de la rosa seguía blanco, pues sólo la sangre del
corazón de un ruiseñor puede teñir de carmesí el corazón de una rosa.

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Y el rosal gritaba al ruiseñor que se apretase más contra la espina.
—Apriétate más, ruiseñorcito —pedía el rosal—, o llegará el día antes de que la
rosa esté terminada.
Así que el ruiseñor se apretó aún más contra la espina, y la espina le alcanzó el
corazón, con una aguda punzada de dolor. Cuanto más amargo era su dolor, más
crecía su canto alborozado, pues el ruiseñor cantaba al amor que se realiza en la
muerte, al amor que no acaba en la tumba.
Y la rosa maravillosa se tornó púrpura, como la rosa roja del cielo de Oriente.
Púrpura era la corona de pétalos, y púrpura como un rubí se le puso el corazón.
Pero la voz del ruiseñor comenzó a desfallecer, y sus alitas empezaron a batir y un
velo cubrió sus ojos. Su canto se hizo más y más débil y el ruiseñor sintió que algo se
ahogaba en su garganta.
Lanzó un último trino. La blanca luna que lo oyó se olvidó de la aurora y quedó
rezagada en el cielo. La rosa roja lo oyó y se estremeció en un éxtasis abriendo sus
pétalos al aire frío de la mañana. El eco lo llevó hasta su cueva en las montañas
arrancando de sus sueños a los dormidos pastores. Flotó por entre los cañaverales del
río, que llevaron su mensaje al mar.
—¡Mirad, mirad! —gritó el rosal—, ¡ya está terminada la rosa!
Pero el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre la alta hierba con la espina
clavada en el corazón.
A mediodía, el estudiante abrió la ventana y miró afuera.

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—¡Anda! ¡Qué suerte! —exclamó—, ¡una rosa roja! En mi vida he visto una rosa
como ésta. Es tan hermosa que estoy seguro de que tiene un nombre larguísimo en
latín —e, inclinándose, la arrancó.
Entonces se puso el sombrero y corrió a casa del profesor con la rosa en la mano.
La hija del profesor estaba sentada a la puerta haciendo un ovillo de seda azul,
con su perrito echado a los pies.
—Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja —le dijo el estudiante—.
Aquí tienes la rosa más roja del mundo. La llevarás esta noche junto a tu corazón, y
cuando bailemos juntos, ella te dirá cuánto te amo.
Pero la muchacha frunció el ceño.
—Me temo que no va con mi vestido —respondió ella—, y, además, el sobrino
del chambelán me ha mandado joyas de verdad, y ya se sabe que las joyas valen más
que las flores.
—Está bien, a fe mía que eres una ingrata —dijo el estudiante con ira, y arrojó la
rosa, que fue a caer en el arroyo. Una rueda de carro le pasó por encima.
—¡Ingrato! —dijo la muchacha—. Te diré lo que eres, un grosero, y, después de
todo, ¿quién eres tú? Un simple estudiante. ¡Vamos! No creo que tengas nunca
hebillas de plata en los zapatos como las que tiene el sobrino del chambelán.
Y levantándose de la silla se metió en casa.
—¡Qué cosa más tonta es el amor! —dijo el estudiante cuando se vio de regreso
—. No es ni la mitad de útil que la lógica, pues no prueba nada, dice siempre cosas
que no van a ocurrir, y le hace creer a uno cosas que no son ciertas. En realidad, no es
nada práctico y, en estos tiempos, ser práctico es el todo. Volveré de nuevo a la
filosofía y al estudio de la metafísica.
Así que, vuelto a su habitación, sacó un voluminoso y polvoriento libro, y se puso
a leer.

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EL GIGANTE EGOÍSTA

Todas las tardes, al volver de la escuela, los niños iban a jugar al jardín del
Gigante.
Era un precioso y extenso jardín, con suave y verde césped. Por aquí y por allá
había hermosas flores que parecían estrellas sobre la hierba, y había doce
melocotoneros que en primavera se cubrían con delicadas flores de colores
nacarados, y en otoño daban abundantes frutos. Los pájaros, posados en los árboles,
cantaban tan dulcemente que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.
—¡Qué felices somos aquí! —se gritaban unos a otros.
Un día volvió el Gigante. Había ido a visitar a su amigo, el Ogro de Cornualles, y
se había quedado con él siete años. Al cabo de los siete años, él había dicho todo lo
que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió regresar a su propio
castillo. Cuando llegó vio a los niños que jugaban en el jardín.

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—¿Qué estáis haciendo aquí? —gritó con voz muy áspera, y los niños escaparon
corriendo—. Mi jardín es mío y sólo mío —dijo el Gigante—; todo el mundo tiene
que entenderlo, y no permitiré que nadie más que yo juegue en él.
Así que levantó una tapia muy alta todo alrededor y puso un letrero:

PROHIBIDO EL PASO
BAJO PENA DE MULTA

Era un gigante muy egoísta.


Los pobres niños no tenían ahora dónde jugar. Intentaron jugar en la carretera,
pero la carretera era muy polvorienta y llena de pedruscos, y a ellos no les gustaba.
Cogieron la costumbre de vagabundear alrededor de las altas tapias, cuando salían de
la escuela, y entonces hablaban del hermoso jardín que había allí dentro.
—¡Qué felices éramos allí! —se decían unos a otros.
Luego llegó la primera y hubo florecillas y pajaritos por todas partes. Sólo en el
jardín del Gigante egoísta era aún invierno. A los pájaros no les apetecía cantar en él
porque no había niños, y los árboles se olvidaron de florecer. Una vez, una hermosa
flor sacó la cabeza fuera del césped, pero cuando vio el letrero le dio tanta pena de los
niños que se metió de nuevo en la tierra y se puso a dormir. Los únicos que estaban
satisfechos eran la nieve y la escarcha.

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—La primavera se ha olvidado de este jardín —exclamaban—, así que viviremos
aquí todo el año.
La nieve cubrió el césped con su gran manto y la escarcha pintó de plata a todos
los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a que se quedara con ellos, y vino.
Iba vestido de pieles y bramaba todo el día por el jardín, derribando chimeneas.
—Éste es un sitio delicioso —decía—, tenemos que decirle al granizo que venga
a visitarnos.
Y el granizo vino. Todos los días, durante tres horas, repiqueteaba en el tejado del
castillo hasta que rompió la mayor parte de las tejas de pizarra, y luego corrió por
todo el jardín tan deprisa como pudo. Iba vestido de gris y su aliento era como el
hielo.
—No entiendo por qué viene tan retrasada la primavera —decía el Gigante
egoísta, sentado a la ventana y mirando a su frío y blanco jardín—. ¡Esperemos que
cambie el tiempo!
Pero la primavera no llegaba nunca, ni tampoco el verano.
El otoño trajo frutos dorados a todos los jardines, pero no trajo ninguno al jardín
del Gigante.
—Es demasiado egoísta —decía.
Y siempre era invierno allí, y el viento del Norte, y el granizo y la escarcha y la
nieve danzaban por entre los árboles.

* * *

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Una mañana, el Gigante estaba despierto, tumbado en la cama, cuando oyó una
música deliciosa. Sonaba tan melodiosamente en sus oídos que pensó que debían ser
los músicos del rey que pasaban por allí.
En realidad, era sólo un pardillo que cantaba fuera, cerca de su ventana, pero
hacía tanto tiempo que el Gigante no había oído cantar a un pájaro en su jardín, que
aquello le pareció la música más hermosa del mundo. Entonces el granizo dejó de
danzar sobre su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar y un perfume exquisito
llegó hasta él a través de la ventana abierta.
—Creo que por fin ha llegado la primavera —dijo el Gigante.
Y saltó de la cama y miró afuera.
¿Y qué vio?
Pues vio un espectáculo maravilloso. A través de un pequeño agujero en la tapia
se habían colado los niños y estaban encaramándose en las ramas de los árboles. En
cada árbol que veía había un chiquillo. Y los árboles estaban tan contentos de que
hubieran vuelto los niños, que se habían cubierto de flores y agitaban sus ramas
dulcemente sobre las cabezas de los pequeños. Los pájaros revoloteaban alrededor y
gorjeaban de felicidad y las flores aparecían por entre el verde césped y reían. Era
una escena encantadora. Sólo en un rincón seguía siendo invierno. Era el rincón más
alejado del jardín, y allí había un niño muy pequeño. Era tan pequeño que no llegaba
a las ramas del árbol, y daba vueltas alrededor, llorando con amargura. El pobre árbol
estaba aún cubierto de escarcha y nieve, y el viento del Norte soplaba y rugía por
encima de él.
—¡Aúpa, pequeñín! —decía el árbol, y le alargaba sus ramas tan bajo como
podía, pero el niño era demasiado pequeño.
Y el corazón del Gigante se enterneció al mirar afuera.
—¡Qué egoísta he sido! —se dijo—; ahora comprendo por qué la primavera no
quería venir aquí. Voy a poner a ese pobre pequeñuelo en lo alto del árbol, y luego
derribaré la tapia, y mi jardín será el sitio de recreo de los niños.
Estaba arrepentido de veras por lo que había hecho.
Así que bajó sigilosamente las escaleras, abrió la puerta de entrada con suavidad
y salió al jardín. Pero cuando lo vieron, los niños se asustaron tanto, que salieron
todos corriendo, y el jardín se puso invernizo de nuevo.
Sólo el niño pequeño no había huido porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas
que no vio venir al Gigante. El Gigante avanzó con cuidado por detrás y lo levantó
cariñosamente con sus manos hasta lo alto del árbol. Y el árbol floreció en el acto, y
vinieron los pájaros y cantaron en él, y el pequeñín extendió los brazos y se los echó
al cuello al Gigante, y lo besó.
Cuando los otros niños vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo
y con ellos llegó la primavera.

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—Desde ahora éste es vuestro jardín, pequeñines —dijo el Gigante, y cogió un
hacha grande y echó la tapia abajo. Y cuando la gente iba al mercado a mediodía,
vieron al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto
jamás.
Jugaron todo el día, y al anochecer fueron a decirle adiós al Gigante.
—Pero ¿dónde está vuestro compañerito? —les preguntó—, ¿el niño que subí al
árbol?
El Gigante lo quería más que a ninguno, porque el niño le había dado un beso.
—No sabemos nada —respondieron los niños—, se ha ido.
—Decidle que venga mañana sin falta —dijo el Gigante.
Pero los niños dijeron que no sabían dónde vivía y que no lo habían visto antes, y
el Gigante se puso muy triste.
Todas las tardes, cuando acababa la escuela, venían los niños a jugar con el
Gigante. Pero el pequeñín al que amaba tanto el Gigante, no fue visto nunca más. El
Gigante era muy amable con todos los niños, pero echaba de menos a su primer
amiguito, y hablaba de él con frecuencia.
—¡Cómo me gustaría verlo! —solía decir.
Pasaron los años, y el Gigante se hizo muy viejo y débil. No podía jugar ya, así
que se sentaba en un sillón enorme a mirar los juegos de los niños, y mientras
admiraba su jardín.
—Tengo muchas flores hermosas —se decía—, pero no hay flores más hermosas
que los niños.
Una mañana de invierno miraba por la ventana mientras se estaba vistiendo. Ya
no odiaba al invierno, pues sabía que era simplemente que la primavera dormía y que
las flores descansaban.
De repente, se frotó los ojos asombrado y miró con atención. Era ciertamente una
visión maravillosa. En el rincón más alejado del jardín había un árbol completamente
cubierto de preciosas flores blancas. Sus ramas eran doradas, frutos plateados
colgaban de ellas, y debajo estaba el pequeñín que él amaba tanto.
El Gigante bajó las escaleras alborozado y salió al jardín. Atravesó el césped a
toda prisa y llegó junto al niño. Y cuando estuvo muy cerca se le puso la cara roja de
indignación:
—¿Quién se ha atrevido a herirte a ti? —le dijo.
Pues en las palmas de las manos del niño había las huellas de dos clavos, y las
huellas de dos clavos estaban también en sus piececitos.
—¿Quién se ha atrevido a herirte a ti? —gritó el Gigante—, dímelo, que cojo mi
espada y lo mato.
—No —respondió el niño—, éstas son las heridas del amor.
—¿Quién eres? —dijo el Gigante, y un extraño temor se apoderó de él,
haciéndole caer de rodillas delante del pequeñuelo.
El niño sonrió al Gigante, y le dijo:

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—Tú me dejaste una vez jugar en tu jardín; hoy vendrás conmigo a mi jardín, que
es el Paraíso.
Y cuando los niños llegaron corriendo aquella tarde, encontraron al Gigante
tendido bajo el árbol, muerto, y todo cubierto de flores blancas.

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EL AMIGO FIEL

Una mañana, el viejo Rata de Agua sacó la cabeza de su agujero. Tenía ojos
brillantes como cuentas de abalorios, tiesos bigotes grises y el rabo como un largo
cordón de goma negra. Los patitos que nadaban en el estanque parecían una bandada
de canarios amarillos, y su madre, toda blanca con sus patas rojas, se esforzaba en
enseñarles a meter la cabeza dentro del agua.
—No seréis nunca de la buena sociedad si no aprendéis a meter la cabeza —les
decía continuamente.
Y de vez en cuando les enseñaba cómo tenían que hacerlo. Pero los patitos no le
hacían caso. Eran tan jóvenes que no sabían la ventaja que supone ser de la buena
sociedad.
—¡Qué niños más desobedientes! —exclamó el viejo Rata de Agua—, merecían
que de verdad los ahogaran.
—¡De eso nada! —protestó la Pata—; todos tenemos que aprender a hacer las
cosas y los padres tienen que tener toda la paciencia que haga falta.

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—¡Ah!, yo no sé nada de sentimientos paternales —dijo Rata de Agua—. No soy
padre de familia. De hecho, no he estado casado nunca, ni tengo intención de hacerlo.
El amor está muy bien en cierto sentido, pero la amistad vale mucho más. La verdad
es que no conozco nada en el mundo más noble o más raro que una amistad fiel.

—Y dígame, por favor, ¿cuál es su idea de los deberes de un amigo fiel? —


preguntó un Pardillo verde que estaba posado en un sauce muy cerca de allí y había
escuchado la conversación.
—Sí, eso es justamente lo que me gustaría saber a mí —dijo la Pata. Y se fue
nadando hasta el final del estanque y metió la cabeza en el agua para dar buen
ejemplo a sus hijos.
—¡Qué pregunta más tonta! —chilló Rata de Agua—. Un amigo fiel es el que
demuestra fidelidad, eso desde luego.

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—¿Y qué haría usted a cambio? —dijo el pajarillo, columpiándose sobre una
ramita plateada y sacudiendo sus pequeñas alas.
—No le comprendo —respondió Rata de Agua.
—Permítame que le cuente una historia a propósito de eso —dijo el Pardillo.
—¿Se refiere a mí esa historia? —preguntó Rata de Agua—. Si es así, la
escucharé, pues me gustan mucho los cuentos.
—Se le puede aplicar a usted —respondió el Pardillo. Y de un vuelo se posó en el
borde del estanque y contó la historia de El amigo fiel.

* * *

—Érase una vez —comenzó el Pardillo— un honrado muchacho que se llamaba


Hans.
—¿Era muy distinguido? —preguntó Rata de Agua.
—No —respondió el Pardillo—. No creo que fuera nada distinguido, salvo por su
buen corazón y su graciosa y risueña carita redonda. Vivía él solo en una pequeñísima
casa de campo y todos los días trabajaba en su jardín. En toda la campiña alrededor
no había jardín tan bonito como el suyo. Crecían allí clavellinas y alhelíes, capselas y
saxífragas. Había rosas rojas, rosas amarillas y crocus lila y oro, violetas moradas y
blancas. El escaramujo y la cardamina, la mejorana y la albahaca silvestre, las
prímulas, los lirios, los narcisos y los claveles, florecían según su época, con el paso
de los meses, ocupando una flor el sitio de otra flor, de manera que siempre había
cosas hermosas para la vista y gratos aromas para el olfato.
El pequeño Hans tenía muchísimos amigos, pero el más fiel de todos ellos era el
gran Hugo el molinero. Realmente, el molinero era tan fiel al pequeño Hans, que no
pasaba jamás por su jardín sin asomarse a la tapia y coger un buen ramillete de flores
o un puñado de hierbas aromáticas, o sin llenarse los bolsillos de ciruelas y cerezas si
era el tiempo de la fruta.
—Los amigos verdaderos lo comparten todo —solía decir el molinero.
Y el pequeño Hans asentía con la cabeza y sonreía, y se sentía muy orgulloso de
tener un amigo con tan nobles ideas.
A veces, sin embargo, los vecinos pensaban que era raro que el rico molinero no
diera nunca nada a cambio al pequeño Hans, y eso que tenía un centenar de sacos de
harina almacenados en su molino, y seis vacas lecheras, y un gran rebaño de ovejas
de lana; pero Hans nunca se preocupó por semejantes cosas, y nada le agradaba tanto
como escuchar las cosas maravillosas que solía decir el molinero sobre el desinterés
de la verdadera amistad.

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Así pues, el pequeño Hans cultivaba su jardín. Durante la primavera, el verano y
el otoño se sentía muy feliz, pero cuando llegaba el invierno y no tenía ni frutas ni
flores que llevar al mercado, sufría muchísimo de frío y hambre, y tenía que irse con
frecuencia a la cama sin cenar más que unas pocas peras secas o algunas nueces
rancias. En el invierno, además, se sentía muy solo, pues el molinero no iba entonces
a verlo.
—No está bien que vaya a ver al pequeño Hans mientras dure la nieve —decía el
molinero a su mujer—, pues cuando la gente está en apuros, hay que dejarla en paz y
no importunarla con visitas. Ésa es al menos la idea que yo tengo de la amistad, y
estoy seguro de estar en lo cierto. Así que esperaré hasta que llegue la primavera, y
entonces le haré una visita; podrá darme un gran cesto de prímulas, y eso le hará
feliz.
—Eres de lo más considerado con los demás —respondía su mujer, sentada en su
cómodo sillón junto al gran fuego de leña de pino—. Muy considerado en verdad. Da
gusto oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que el mismo cura no diría cosas tan
hermosas como las que tú dices, aunque viva en una casa de tres pisos y lleve un
anillo de oro en el dedo meñique.
—¿Y no podríamos invitar a venir aquí al pequeño Hans? —dijo el más pequeño
de los hijos del molinero—. Si el pobre Hans está en apuros, yo le daría la mitad de
mis gachas y le enseñaría mis conejos blancos.

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—¡Cuidado que eres tonto! —gritó el molinero—, la verdad es que no sé para qué
te mando a la escuela. Parece que no aprendes nada. Si el pequeño Hans viniera aquí
y viera nuestra hermosa lumbre, y nuestra buena cena, y nuestro gran barril de vino
tinto, podría volverse envidioso, y la envidia es la cosa más horrible, y puede echar a
perder el buen natural de cualquiera. No permitiré de ninguna manera que se eche a
perder el buen natural de Hans. Soy su mejor amigo, y siempre velaré por él y tendré
buen cuidado de que no caiga en tentaciones. Además, si el pequeño Hans viniera
aquí, podría pedirme que le prestara harina al fiado, y yo no podría hacerlo. La harina
es una cosa y la amistad es otra, y no hay por qué confundirlas. Esas palabras se
escriben de diferente manera y significan diferentes cosas. Todo el mundo puede
verlo.
—¡Qué bien hablas! —dijo la mujer del molinero, sirviéndose un gran jarro de
cerveza caliente—; la verdad, oyéndote hablar me entra un sopor como si estuviera
en la iglesia.
—Mucha gente obra bien —respondió el molinero—, pero poca gente habla bien,
lo que demuestra que hablar es con mucho la cosa más difícil de las dos. Y la más
bonita, con mucho.
Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo pequeño, quien se sintió tan
avergonzado de sí mismo, que bajó la cabeza, poniéndose colorado hasta las orejas y
dejando caer las lágrimas en el té. Ahora bien, era tan joven, que tenéis que
perdonarlo.
—¿Es ése el final de la historia? —preguntó Rata de Agua.
—De ningua manera —respondió el Pardillo—, es el principio.
—Entonces está usted de lo más anticuado —dijo Rata de Agua—. Todo buen
narrador hoy en día empieza por el final, y luego vuelve hasta el principio y termina
por la mitad. Ése es el nuevo método. Escuché todo eso el otro día a un crítico que
paseaba con un joven junto al estanque. Habló ampliamente del asunto, y estoy
seguro que tenía razón, pues llevaba lentes azules y era calvo, y siempre que el joven
hacía alguna observación, él respondía siempre «¡Bah!». Pero, se lo ruego, continúe
con su historia. Me gusta mucho el molinero. Yo tengo también toda clase de
hermosos sentimientos, por eso nos une una gran simpatía.
—Bueno —dijo el Pardillo brincando ora sobre una pata, ora sobre la otra—, tan
pronto acabó el invierno, y empezaron las prímulas a abrir sus estrellas amarillo
pálido, el molinero dijo a su mujer que iba a ver al pequeño Hans.
—¡Pero qué buen corazón tienes! —exclamó su mujer—. Siempre estás pensando
en los demás. Y acuérdate de coger el cesto grande para las flores.
Así que el molinero ató las aspas del molino con una recia cadena de hierro y bajó
la colina con el cesto al brazo.
—Buenos días, pequeño Hans —dijo el molinero.
—Buenos días —dijo Hans apoyándose en el azadón y sonriendo de oreja a oreja.
—¿Qué tal has pasado el invierno? —preguntó el molinero.

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—Bien, la verdad —exclamó Hans—, eres muy amable preguntándome, muy
amable realmente. Me temo que he pasado mis malos ratos, pero ahora la primavera
ha llegado, estoy muy contento y todas mis flores van de primera.
—Hemos hablado de ti con frecuencia durante el invierno —dijo el molinero— y
nos preguntábamos qué sería de ti.
—¡Qué amable! —dijo Hans—. Yo temía que te hubieras olvidado de mí.
—Hans, me sorprendes —dijo el molinero—; la amistad nunca olvida. Eso es lo
más hermoso que tiene, pero me temo que tú no entiendas la poesía que hay en la
vida. A propósito, ¡qué bonitas están tus prímulas!
—Sí que están bonitas —dijo Hans—, y es una gran suerte para mí que tenga
tantas. Voy a llevarlas al mercado y a vendérselas a la hija del Burgomaestre, y con el
dinero me compraré otra vez mi carretilla.
—¿Comprarte otra vez tu carretilla? ¿No querrás decir que la has vendido? ¡Qué
estupidez!
—Bueno, el hecho es —dijo Hans— que me vi obligado a hacerlo. Ya ves, el
invierno fue muy duro para mí, y realmente no tenía dinero para comprar pan. Así
que primero vendí los botones de plata de mi traje de los domingos, luego vendí mi
cadena de plata, luego vendí mi flauta y por último vendí mi carretilla. Pero ahora
voy a comprar todo de nuevo.
—Hans —dijo el molinero—, te daré mi carretilla. No está en muy buen estado,
ciertamente, se le ha caído un lateral y los radios de las ruedas no son de fiar, pero, a
pesar de todo, te la daré. Sé que es una generosidad de mi parte, y mucha gente
pensará que soy un insensato por deshacerme de ella, pero yo no soy como el resto
del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad, y además tengo una
carretilla nueva para mí. Sí, no te preocupes más. Te daré mi carretilla.
—Bueno, realmente, eso es muy generoso por tu parte —dijo el pequeño Hans, y
su graciosa cara redonda resplandeció de felicidad—. Puedo repararla fácilmente
porque tengo una plancha de madera en casa.
—¡Una plancha de madera! —dijo el molinero—. ¡Cómo!, eso es justo lo que
necesito para la techumbre de mi granero. Tiene un boquete enorme, y si no lo tapo,
se me mojará el trigo. ¡Qué suerte que lo dijeras! Es extraordinario cómo una buena
acción engendra siempre otra. Te he dado mi carretilla y ahora tú me das tu tabla.
Desde luego, la carretilla vale mucho más que la tabla, pero la verdadera amistad no
repara en cosas así. Te lo ruego, tráemela ya mismo y me pondré a trabajar en mi
granero hoy sin falta.
—Eso está hecho —exclamó el pequeño Hans, y corrió al cobertizo y sacó el
tablón a rastras.
—No es una tabla muy grande —dijo el molinero al examinarla— y me temo que
después que haya hecho el arreglo de la techumbre no va a quedar nada para que
arregles tú la carretilla, pero eso, desde luego, no es culpa mía. Y ahora que te he

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dado mi carretilla supongo que querrás darme unas flores a cambio. Aquí tienes el
cesto, y cuida de llenarlo hasta los bordes.
—¿Hasta los bordes? —dijo el pequeño Hans, más bien pesaroso, pues realmente
era un cesto muy grande, y él sabía que si lo llenaba no le quedarían flores para el
mercado, y estaba deseando recuperar sus botones de plata.

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—Bueno, realmente —respondió el molinero—, como te he dado mi carretilla no
creo que sea mucho pedirte unas cuantas flores. Puedo estar equivocado, pero yo
creía que la amistad, la verdadera amistad, estaba libre de todo egoísmo.
—Mi querido amigo, mi mejor amigo —protestó el pequeño Hans—, dispon de
todas las flores de mi jardín. Para mí es mucho más importante tu buena opinión que
mis botones de plata.
Y corrió a arrancar todas sus preciosas prímulas, y llenó el cesto del molinero.
—Adiós, pequeño Hans —dijo el molinero marchando hacia la colina, con el
tablón al hombro y el gran cesto en la mano.
—Adiós —dijo el pequeño Hans, y empezó a cavar alegremente, de tan contento
que estaba con lo de la carretilla.
Al día siguiente, estaba en el porche sujetando con clavos una madreselva,
cuando oyó la voz del molinero, que lo llamaba desde la carretera. Bajó de la escalera
y atravesó corriendo el jardín y se asomó por encima de la tapia.
Era el molinero, con un gran saco de harina a la espalda.
—Mi pequeño Hans —dijo el molinero—, ¿te importaría llevarme este saco de
harina al mercado?
—¡Oh!, lo siento mucho —dijo Hans—, pero hoy estoy atareadísimo. Tengo que
clavar toda mi enredadera, regar todas mis flores y pasar el rodillo por el césped.
—Pero hombre —dijo el molinero—, yo creía que teniendo en cuenta que te voy
a dar mi carretilla, no te negarías a complacerme.
—¡Oh!, no digas eso —exclamó el pequeño Hans—. No me negaría por nada del
mundo.
Y corrió a buscar su gorra, y se alejó trabajosamente con el gran saco al hombro.
Hacía un calor enorme y la carretera estaba llena de polvo. Antes de que Hans
hubiera llegado hasta el sexto mojón, estaba tan cansado que tuvo que sentarse a
descansar. Sin embargo, continuó valientemente, y al fin llegó al mercado. Tras
esperar allí algún tiempo, vendió el saco de harina a buen precio, y volvió a casa en el
acto, pues tenía miedo de encontrar ladrones en el camino si se retrasaba en volver.
—De verdad que ha sido un día duro —se dijo el pequeño Hans al meterse en la
cama—, pero me alegro de no haberme negado, pues el molinero es mi mejor amigo,
y, además, va a darme su carretilla.
A la mañana siguiente, el molinero vino temprano a buscar el dinero del saco de
harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado que aún no se había levantado de la
cama.
—¡Palabra! —dijo el molinero—, eres de lo más holgazán. Teniendo en cuenta
que te voy a dar mi carretilla, ya podrías trabajar un poco más. La holgazanería es un
gran vicio, y a mí no me gusta que ninguno de mis amigos sea holgazán o perezoso.
No te parezca mal que te lo diga así de claro. Desde luego no lo haría si no fuera tu
amigo. Pero ¿de qué sirve la amistad si uno no puede decir exactamente lo que
piensa? Cualquiera puede decir cosas amables y tratar de agradar o lisonjear, pero un

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verdadero amigo dice siempre las cosas desagradables, y no le importa causar pena.
Al contrario, si es verdaderamente un amigo sincero, lo prefiere, pues sabe que lo está
haciendo bien.
—Lo siento mucho —dijo el pequeño Hans, restregándose los ojos y quitándose
el gorro de dormir—, pero estaba tan cansado que pensé que podía quedarme en la
cama un poco más y oír cantar a los pájaros. ¿Sabes que yo trabajo mejor después de
oír cantar a los pájaros?
—Bueno, me alegro —dijo el molinero dándole una palmada en el hombro al
pequeño Hans—, pues quiero que vengas al molino tan pronto como te vistas y que
me arregles el techo del granero.
El pobre pequeño Hans estaba deseando ponerse a trabajar en su jardín, pues
hacía dos días que no regaba las flores, pero no le gustaba decir que no al molinero,
que era tan buen amigo para él.

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—¿Crees que sería poco amable si dijera que estoy ocupado? —preguntó
vergonzosamente, con tímida voz.
—Bueno, realmente —respondió el molinero— no creo que sea mucho pedirte,
teniendo en cuenta que te voy a dar mi carretilla; pero, desde luego, si no quieres ir,
ya lo haré yo.
—¡Ah!, de ningún modo —exclamó el pequeño Hans. Y saltando de la cama se
vistió y fue al granero.
Trabajó allí durante todo el día, hasta la puesta del sol, y al anochecer vino el
molinero para ver cómo iba la cosa.
—¿Has arreglado ya el boquete del techo, pequeño Hans? —le gritó el molinero
con voz jovial.
—Ya está todo arreglado —respondió el pequeño Hans bajando de la escalera.
—¡Ah! —dijo el molinero—, no hay trabajo más delicioso que el que se hace
para los demás.
—Es una gran suerte poder escucharte —respondió el pequeño Hans sentándose y
secándose el sudor de la frente—, una gran suerte. Pero me temo que yo no tendré
nunca tan hermosas ideas como las que tú tienes.
—¡Oh!, ya te vendrán —dijo el molinero—, pero tienes que esforzarte más. Por
ahora sólo posees la práctica de la amistad; pero algún día poseerás también la teoría.
—¿De veras lo crees? —preguntó el pequeño Hans.
—No tengo la menor duda —respondió el molinero—, pero ahora que ya has
arreglado el techo, harías mejor en irte a casa y descansar, porque quiero que lleves
mañana mis ovejas al monte.
El pobrecito Hans no se atrevió a decir nada, y a la mañana siguiente, bien
temprano, el molinero trajo sus ovejas hasta cerca de la casita, y Hans las condujo al
monte. Le llevó todo el día ir hasta allí y volver, y cuando regresó estaba tan cansado
que se quedó dormido en su sillón y no se despertó hasta bien entrada la mañana.
—¡Qué rato más delicioso voy a pasar en mi jardín! —dijo, y se puso a trabajar
en el acto.
Pero por una causa o por otra no era nunca capaz de atender a sus flores del todo;
su amigo el molinero estaba siempre dando vueltas a su alrededor y enviándolo a
largos recados, o pidiéndole que le ayudara en el molino. El pequeño Hans se sentía
muy desconsolado algunas veces, temiendo que sus flores fueran a pensar que las
había olvidado, pero se consolaba con la idea de que el molinero era su mejor amigo.
—Además —solía decir—, me va a dar su carretilla, y eso es un acto de pura
generosidad.
Así que el pequeño Hans trabajaba para el molinero, y el molinero decía toda
clase de cosas hermosas sobre la amistad, que Hans anotaba en una libreta para leer a
la noche, porque era un alumno aplicado.
Entonces ocurrió que una noche estaba el pequeño Hans sentado junto al fuego
cuando sonó un fuerte golpe en la puerta. Era una noche horrorosa, y el viento

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soplaba y rugía alrededor de la casa tan terriblemente que al principio pensó que era
simplemente la tormenta. Pero se oyó un segundo golpe, y después un tercero más
fuerte que los otros.
—Será algún pobre viajero —se dijo el pequeño Hans, y corrió a la puerta.
Era el molinero, con un farol en una mano y un grueso bastón en la otra.

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—Mi querido Hans —dijo el molinero—. Estoy en un gran apuro. Mi hijito se ha
caído de una escalera y está herido, y yo voy a buscar al médico. Pero vive tan lejos y
hace tan mala noche, que se me ha ocurrido que fueses tú en mi lugar. Tú sabes que te
voy a dar mi carretilla, y sería justo que a cambio hicieras algo por mí.
—Claro que sí —exclamó el pequeño Hans—. Me alegra que hayas venido a
pedírmelo, y me pondré en marcha en el acto. Pero tendrías que dejarme el farol, pues
la noche está tan oscura que temo caer en una zanja.
—Lo siento mucho —respondió el molinero—, pero es mi farol nuevo y sería una
gran pérdida para mí si le pasara algo.
—Bueno, no importa, me arreglaré sin él —dijo el pequeño Hans, y cogió su
grueso abrigo de piel y su confortable gorra roja; se lió la bufanda al cuello y se puso
en marcha.
¡Qué horrible tormenta había! La noche estaba tan oscura que el pequeño Hans
apenas podía ver, y el viento era tan fuerte que casi no podía tenerse en pie. Sin
embargo, fue muy valiente y tras andar casi unas tres horas llegó a casa del médico y
llamó a su puerta.
—¿Quién es? —gritó el médico, sacando la cabeza por la ventana de su
dormitorio.
—El pequeño Hans, doctor.
—¿Qué deseas, pequeño Hans?
—El hijo del molinero se ha caído de una escalera y se ha lastimado, y el
molinero quiere que vaya usted enseguida.

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—¡Está bien! —dijo el médico, y mandó traer su caballo, sus gruesas botas y su
farol. Bajó las escaleras y cabalgó hacia la casa del molinero, y el pequeño Hans
caminaba penosamente tras él.
Pero la tormenta iba de mal en peor, la lluvia caía a torrentes, y el pequeño Hans
no podía ver por dónde iba, ni seguir al caballo. Acabó por perder el camino y vagó
por el terreno pantanoso, que era un sitio muy peligroso, lleno de hoyos profundos, y
allí se ahogó el pobre pequeño Hans. Al día siguiente, unos cabreros encontraron su
cuerpo flotando en una gran charca de agua, y lo llevaron a su casita.
Todo el mundo fue al entierro del pequeño Hans, pues era muy popular, y el
molinero presidió el duelo.
—Como era su mejor amigo —decía el molinero—, es justo que ocupe el sitio de
honor —así que marchó a la cabeza del cortejo con un largo manto negro, y de vez en
cuando se limpiaba los ojos con un enorme pañuelo de hierbas.

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—El pequeño Hans es, sin duda, una gran pérdida para todos —dijo el herrero
cuando acabó el funeral y ya estaban todos sentados cómodamente en la taberna,
bebiendo vino con especias y comiendo pastas.
—Una gran pérdida para mí, sobre todo —respondió el molinero—, porque yo le
había dado prácticamente mi carretilla, y ahora la verdad es que no sé qué hacer con
ella. Me estorba en casa y está en tan mal uso que no me darán nada por ella si
quisiera venderla. Ya tendré buen cuidado de no dar nada nunca más. Uno sufre
siempre por ser generoso.

* * *

—¿Y bien? —dijo Rata de Agua después de una larga pausa.


—Y bien, pues éste es el final —dijo el Pardillo.
—¿Pero qué fue del molinero? —preguntó Rata de Agua.
—¡Ah!, la verdad es que no lo sé —replicó el Pardillo—, y ni siquiera me
importa.
—Es evidente que usted no peca de simpático —dijo Rata de Agua.
—Me temo que no ha entendido usted la moraleja del cuento —puntualizó el
Pardillo.
—¿La qué? —chilló Rata de Agua.
—La moraleja.
—¿Quiere usted decir que la historia tiene una moraleja?
—Ciertamente —dijo el Pardillo.
—Bueno, realmente —dijo Rata de Agua enfadadísimo— creo que usted debía
habérmelo dicho antes de empezar. Si lo hubiera hecho, a buen seguro que no lo
habría escuchado. En realidad, le habría dicho simplemente «¡Bah!», como el crítico.
Pero todavía puedo decírselo ahora; y soltando un «¡bah!» a voz en grito, dio un
coletazo con el rabo y se metió en su agujero.
—¿Y qué le parece a usted este Rata de Agua? —preguntó la Pata, que vino
chapoteando unos minutos después—. Tiene un montón de buenas cualidades, pero
yo soy maternal y no puedo ver a un solterón empedernido sin que se me llenen los
ojos de lágrimas.
—Me temo que le he molestado —respondió el Pardillo—. El hecho es que yo le
he contado un cuento con moraleja.
—¡Ah! Eso es siempre una cosa muy peligrosa —dijo la Pata.
Y yo soy de la misma opinión.

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EL FAMOSO COHETE

El hijo del rey iba a casarse, y se celebraban grandes festejos con tal motivo. Un
año entero había esperado a la novia, que, al fin, había llegado. Era una princesa rusa
que había venido desde Finlandia en un trineo tirado por seis renos. El trineo parecía
un gran cisne de oro, y entre las alas del cisne iba echada la princesita. Su largo
manto de armiño la cubría hasta los pies, en la cabeza llevaba un gorrito de tisú de
plata, y era tan pálida como el Palacio de Nieve en que había vivido siempre. Eran
tan pálida, que a su paso por las calles todo el mundo se admiraba: «¡Parece una rosa
blanca!», exclamaban, y le arrojaban flores desde los balcones.
El príncipe la estaba esperando a la puerta del Castillo para recibirla. Él tenía los
ojos soñadores color violeta y los cabellos como oro fino. Al verla, hincó la rodilla en
tierra y besó su mano.
—Vuestro retrato era hermoso —murmuró—, pero vos sois aún más hermosa que
vuestro retrato.
Y la princesita se ruborizó.

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—Antes parecía una rosa blanca —dijo un pajecillo a su vecino—, pero ahora
parece una rosa roja.
Y toda la corte estaba fascinada.
Durante los tres días siguientes, todo el mundo repetía: «Rosa blanca, rosa roja,
rosa roja, rosa blanca». Y el rey ordenó que le doblaran la paga al paje. Como él no
tenía paga alguna, no ganó mucho con ello, pero el hecho fue considerado como un
gran honor y debidamente publicado en la «Gaceta» de la Corte.

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Pasados aquellos tres días, se celebró la boda. Fue una ceremonia magnífica. El
novio y la novia marcharon con las manos enlazadas bajo un dosel de terciopelo
púrpura bordado de pequeñas perlas. Luego hubo un gran banquete oficial que duró
cinco horas. El príncipe y la princesa se sentaron al fondo del Gran Salón y bebieron
en una copa de cristal purísimo. Sólo los verdaderos enamorados podían beber en
aquella copa, pues si labios falsarios la tocaban, se empañaba, volviéndose gris y
mate.
—¡Está claro que se aman! —dijo el pajecillo—, ¡tan claro como el cristal!
Y el rey le dobló la paga por segunda vez.
—¡Qué honor! —exclamaron todos los cortesanos.
Tras el banquete hubo un baile. El novio y la novia salieron a bailar juntos la
Danza de la Rosa, y el rey había prometido tocar la flauta. Tocaba muy mal, pero
nadie se atrevió nunca a decírselo, porque para eso era el rey. Además, sólo sabía dos
tonadas y nunca estaba seguro de cuál de las dos era la que estaba tocando; pero daba
igual, pues hiciera lo que hiciera, todo el mundo exclamaba: «¡Delicioso!
¡Delicioso!».
El último número del programa consistía en una gran quema de fuegos artificiales
que debían ser lanzados exactamente a medianoche. La princesita no había visto
fuegos artificiales en su vida, así que el rey había ordenado que el Pirotécnico Real
estuviera de servicio el día de la boda.
—¿Cómo son los fuegos artificiales? —preguntó ella al príncipe una mañana,
paseando por la terraza.
—Son como la Aurora Boreal —dijo el rey, que siempre respondía a las
preguntas que iban dirigidas a los demás—, sólo que mucho más naturales. A mí me
gustan más que las estrellas, porque siempre sabes cuándo van a aparecer, y son tan
deliciosos como la música de mi flauta. Ya verás.
Así pues, habían instalado una gran plataforma al fondo del jardín real, y tan
pronto como el Pirotécnico Real hubo puesto cada cosa en su sitio, los fuegos
artificales empezaron a charlar unos con otros.
—El mundo es hermoso de veras —exclamó un pequeño buscapiés—. Mirad esos
tulipanes amarillos. ¡Pues bien!, ni aunque fueran realmente petardos serían más
bonitos. Estoy muy contento de haber viajado. Los viajes ilustran y hacen olvidar los
prejuicios que uno tiene.
—El jardín del rey no es el mundo, incauto buscapiés —dijo una cola de cometa
—. El mundo es un lugar inmenso y te llevaría tres días recorrerlo en su totalidad.
—Cualquier sitio que ames, es el mundo para ti —exclamó meditabunda la rueda
de Santa Catalina, que en su juventud había tenido una unión sentimental con una
vieja caja de madera de pino y se vanagloriaba de su corazón destrozado—; pero el
amor no se estila ya, los poetas lo han matado. Han escrito tanto sobre él, que nadie
los cree, y no me sorprende. El amor verdadero sufre en silencio. Yo misma recuerdo
que una vez… Pero eso ya no importa. El romanticismo es cosa del pasado.

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—¡Qué tontería! —dijo la cola de cometa—. El romanticismo no muere nunca.
Es como la luna, que vive siempre. El novio y la novia, por ejemplo, se quieren
muchísimo. Oí hablar de ellos esta mañana a un cartucho de papel de estraza que
estaba en el mismo cajón que yo y que sabía las últimas noticias de la Corte.
Pero la rueda de Santa Catalina meneó la cabeza:
—¡El romanticismo ha muerto! ¡El romanticismo ha muerto! ¡El romanticismo ha
muerto! —murmuró. Ella era una de esas personas que a fuerza de repetir una cosa
una vez y otra terminan creyéndolo.
De repente se oyó una áspera y seca tos, y todos miraron a su alrededor. Venía de
un estirado y arrogante cohete, que estaba atado al extremo de una larga vara. Él tosía
siempre antes de hacer cualquier observación, para atraer la atención del oyente.
—¡Ejem!, ¡ejem! —dijo, y todo el mundo escuchó, excepto la pobre rueda de
Santa Catalina que seguía meneando la cabeza y murmurando: «¡El romanticismo ha
muerto!».
—¡Orden!, ¡orden! —gritó un petardo que tenía algo de político y solía tomar
parte relevante en las elecciones locales, de modo que sabía cómo usar las
expresiones parlamentarias.
—Completamente muerto —murmuró la rueda de Santa Catalina. Y se durmió.
Cuando el silencio fue total, el cohete tosió por tercera vez y comenzó. Hablaba
con voz clara y lentísima, como si estuviera dictando sus memorias, mirando siempre
por encima del hombro de la persona a la que se dirigía. En verdad, tenía un aire de lo
más distinguido.
—¡Qué suerte para el hijo del rey —observó— casarse el mismo día que me van a
lanzar a mí! Realmente, ni preparado de antemano resultaría mejor para él; pero los
príncipes siempre tienen suerte.
—¡Dios mío! —dijo el pequeño buscapiés—, yo creía que era todo lo contrario,
que nos lanzaban a nosotros en honor del príncipe.
—En vuestro caso, puede ser —respondió el cohete—, y, efectivamente, no tengo
la menor duda de que sea así. Pero lo mío es diferente. Yo soy un cohete muy famoso
y vengo de una familia no menos famosa. Mi madre fue la rueda de Santa Catalina
más célebre de su tiempo, y fue renombrada por la gracia de su baile. Cuando hizo su
gran aparición ante el público, giró en redondo diecinueve veces antes de apagarse, y
cada vez que daba una vuelta, lanzaba al aire siete estrellas rojas. Tenía tres pies y
medio de diámetro, y estaba hecha de la mejor pólvora. Mi padre era un cohete como
yo, y de origen francés. Voló tan alto que la gente tuvo miedo de que no volviera
nunca más a la tierra. Volvió, sin embargo, porque era de muy buena condición, e
hizo un descenso de lo más brillante, derramando una lluvia de oro. Los periódicos
hablaron de su hazaña en términos muy halagadores, y hasta la «Gaceta» de la Corte
lo calificó como el triunfo del arte pilotécnico.
—Pirotécnico, pirotécnico, dirá usted —dijo una bengala—. Yo sé que es
pirotécnico porque lo he visto escrito en mi caja de hojalata.

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—Bueno, pues yo digo pilotécnico —respondió el cohete con tono severo. Y la
bengala se sintió tan apabullada que empezó en el acto a fastidiar a los buscapiés
pequeños para demostrar que también ella era una persona de cierta importancia.
—Decía yo —continuó el cohete—, decía yo… ¿Qué decía yo?
—Hablaba usted de usted mismo —respondió la cola de cometa.
—Ah, sí. Ya sabía yo que estaba hablando de algo interesante cuando fui
interrumpido tan groseramente. Detesto la grosería y la mala educación, porque soy
extremadamente sensible. No hay nadie en el mundo tan sensible como yo, se lo
aseguro.
—¿Qué es una persona sensible? —preguntó el petardo a la cola de cometa.
—Una persona que, porque tiene callos, pisa los pies a los demás —respondió la
cola de cometa en un ligero susurro, y el petardo a poco estalla de risa.
—Les ruego me digan de qué se ríen —preguntó el cohete—, yo no estoy
riéndome lo más mínimo.
—Me río porque soy feliz —respondió el petardo.
—Ésa es una razón muy egoísta —dijo el cohete con ira—. ¿Qué derecho tiene
usted a ser feliz? Debería pensar en los demás. En realidad, debería usted pensar en
mí. Yo pienso siempre en mí y todo el mundo debería hacer lo mismo. Eso es lo que
se llama simpatía. Es una hermosa virtud que yo poseo en alto grado. Supongamos,
por ejemplo, que me pasa algo esta noche, ¡qué desgracia para todos! El príncipe y la
princesa no podrían ser felices ya y su vida matrimonial se echaría a perder. En
cuanto al rey, creo que no se recuperaría jamás. La verdad, cuando me pongo a pensar
en la importancia de mi situación, casi no puedo contener las lágrimas.
—Si quiere usted hacer felices a los demás —dijo la cola de cometa—, haría
usted mejor en mantenerse seco.
—Ciertamente —exclamó la bengala, que estaba ahora de mejor humor—, eso es
de sentido común.
—¡Sentido común, efectivamente! —dijo el cohete con indignación—. Usted
olvida que yo soy extraordinario y nada común. ¡Vamos! Cualquiera puede tener
sentido común, con tal que no tenga imaginación. Pero yo tengo imaginación, y
nunca veo las cosas como son en realidad. Las veo como si fueran completamente
diferentes. Y en cuanto a mantenerme en seco… Por supuesto, no hay aquí nadie en
absoluto que pueda apreciar una naturaleza emotiva. Afortunadamente para mí, me
importa un bledo. Lo único que sostiene a uno en la vida es el convencimiento de la
inmensa inferioridad de los demás, y éste es un sentimiento que he cultivado siempre.
Pero ninguno de ustedes tiene corazón. Aquí están, riendo y pasándoselo bien, como
si el príncipe y la princesa no acabaran de casarse.
—Bueno, realmente —exclamó una pequeña bola de fuego—, ¿y por qué no? Es
una ocasión de regocijo, y cuando suba a toda marcha por el aire se lo contaré todo a
las estrellas. Las veréis parpadear cuando les cuente de la preciosa novia.

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—¡Ah! ¡Pero qué punto de vista tan trivial de la vida! —dijo el cohete—, claro
que era lo que yo esperaba. No hay nada en vosotros; sois hueros y vacíos. Puede que
el príncipe y la princesa vayan a vivir a un lugar donde haya un río profundo, y puede
que tengan un solo hijo, una criatura rubia con ojos violeta como los del príncipe; y a
lo mejor un día sale de paseo con su nodriza, y a lo mejor la nodriza se queda
dormida bajo un viejo saúco, y a lo mejor el niño se cae al río y se ahoga… ¡Qué
desgracia más horrible! ¡Pobre gente, perder a su único hijo! ¡Verdaderamente es
demasiado terrible! Yo no podría soportarlo jamás.
—¡Pero si no han perdido a su hijo único! —dijo la cola de cometa—, ¡ni les ha
ocurrido ninguna desgracia!
—Yo no he dicho que le haya ocurrido —respondió el cohete—, yo digo que
podía ocurrirles. Si ellos hubieran perdido a su hijo único, no habría nada más que
añadir. Odio a la gente que llora cuando se ha derramado la leche. Pero cuando pienso
que ellos podrían perder a su hijo único, la verdad es que me da una pena tremenda.
—Ya lo creo que está usted muy apenado —soltó la bengala—, la verdad es que
es usted la persona más apenada que he visto en mi vida.
—Y usted la persona más grosera que he visto en mi vida —dijo el cohete—.
Ustedes no pueden entender mi afecto por el príncipe.
—Vamos, hombre, usted ni siquiera lo conoce —refunfuñó la cola de cometa.
—Yo no dije nunca que lo conociera —respondió el cohete—. Lo que sí digo es
que si lo conociera, no sería su amigo en absoluto. Es arriesgado conocer a los
amigos.
—Haría usted bien en mantenerse seco —dijo la bola de fuego—. Eso es lo más
importante.
—Muy importante para usted, no tengo la menor duda —respondió el cohete—,
pero yo lloraré si me da la gana.
Y empezó a derramar lágrimas de verdad que corrieron por la vara abajo como
gotas de lluvia y casi ahogan a dos pequeños escarabajos que estaban precisamente
pensando en poner casa juntos y buscaban un bonito y seco lugar para instalarse en
él.
—Debe tener una verdadera naturaleza romántica —dijo la rueda de Santa
Catalina—, puesto que llora cuando no hay motivo alguno para llorar.
Y lanzando un hondo suspiro se puso a pensar en la caja de madera.
Pero la cola de cometa y la bengala estaban bastante indignadas y seguían
diciendo a voz en grito: «¡Qué memeces! ¡Qué memeces!». Ellas eran muy prácticas,
y siempre que objetaban algo decían que era una memez.
Luego apareció la luna como un maravilloso escudo de plata, y las estrellas
empezaron a brillar y llegó un sonido de música desde el palacio.
El príncipe y la princesa abrieron el baile. Bailaban con tanto primor que los
esbeltos lirios blancos se asomaban a la ventana para contemplarlos y las grandes
amapolas rojas movían la cabeza llevando el compás.

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Dieron las diez, y luego las once, y luego las doce, y con la última campanada de
la medianoche salieron todos a la terraza y el rey mandó venir al Pirotécnico Real.
—Que comiencen los fuegos artificiales —ordenó el rey.
Y el Pirotécnico Real hizo una gran reverencia y se dirigió hacia el fondo del
jardín. Llevaba seis ayudantes con él, cada uno de los cuales portaba una antorcha
encendida sujeta al extremo de una larga pértiga.
Fue un espectáculo realmente magnífico.
—¡Ssss! ¡Ssss! —hizo la rueda de Santa Catalina, que empezó a girar y girar.
—¡Bum! ¡Bum! —siguió la cola de cometa. Luego, los buscapiés danzaron por
todas partes y las bengalas hacían que todo pareciera rojo.
—¡Adiós! —gritó la bola de fuego al elevarse derramando chispitas azules.
—¡Bang! ¡Bang! —respondieron los petardos, que estaban disfrutando una
barbaridad.
Todos tuvieron un éxito enorme, menos el famoso cohete. Estaba tan húmedo de
haber llorado, que no pudo arder. Lo mejor que tenía era la pólvora, y estaba tan
mojada por las lágrimas, que había quedado inservible. Todos sus parientes pobres, a
los que no hablaba nunca sino con desprecio, estallaron en el cielo como maravillosas
flores de oro y estallidos de fuego.
—¡Bravo! ¡Bravo! —gritaba la Corte, y la princesita reía de placer.
—Supongo que me reservan para alguna gran ocasión —se dijo el cohete—, sin
duda alguna es así.
Y miraba a su alrededor, más engreído que nunca.
Al día siguieron vinieron los obreros a poner las cosas en orden.
—Evidentemente, ésta es una delegación —se dijo el cohete—. Los recibiré con
la dignidad apropiada.
Así que remangó las narices y comenzó a fruncir el ceño con severidad, como si
estuviera pensando en un asunto muy importante. Pero no repararon en él hasta que
ya se iban. Fue entonces cuando lo vio uno de ellos:
—¡Vaya! —gritó—. ¡Qué cohete más malo! —y lo tiró al foso por encima de la
tapia.
—¿Qué cohete más malo? ¿Qué cohete más malo? —dijo él, revoloteando por el
aire—. ¡Imposible! ¡Qué cohete más majo!, eso es lo que dijo el hombre. La verdad
es que malo y majo suenan casi igual…
Y cayó en el fango.

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—No es nada cómodo esto —observó—, pero sin duda se trata de algún balneario
de moda, y me han mandado para que recupere la salud. Tengo los nervios
destrozados y necesito descanso.
Entonces una ranita de ojos brillantes como piedras preciosas y abrigo verde
jaspeado nadó hacía él.
—¡Un recién llegado, por lo que veo! —dijo la rana—. Bueno, después de todo
no hay nada como el fango. A mí que me den tiempo lluvioso y una zanja para
hacerme feliz. ¿Cree usted que tendremos una tarde húmeda? Ojalá, pero el cielo está
todo azul y despejado. ¡Qué pena!
—¡Ejem! ¡Ejem! —dijo el cohete, y empezó a toser.
—¡Qué voz más deliciosa tiene usted! —exclamó la rana—, es casi como un
croar, y croar es, sin la menor duda, el sonido más melodioso del mundo. Esta noche
podrá usted escuchar a nuestra coral. Actuamos en el antiguo estanque de los patos,
junto a la casa del granjero, y tan pronto salga la luna, comenzamos. Es tan sublime
que todo el mundo se queda despierto para oírnos… Ayer mismo oí a la mujer del
granjero diciéndole a su madre que no había podido pegar ojo en toda la noche por
nuestra causa. Es de lo más agradable saberse uno tan popular.
—¡Ejem! ¡Ejem! —dijo el cohete con enfado. Estaba muy molesto por no poder
colocar ni una palabra.
—Una voz deliciosa, ciertamente —continuó la rana—. Espero que venga usted
al estanque de los patos. Voy a echar un vistazo a mis hijas. Tengo seis guapas hijas,
tengo miedo, no vaya a ser que el lucio pueda encontrarlas. Es un perfecto monstruo
que no dudaría en merendárselas a todas ellas. Bueno, adiós. Me ha encantado
nuestra conversación, se lo aseguro.
—¡Si usted llama a esto una conversación! —dijo el cohete—. Ha estado usted
hablando todo el tiempo. Eso no es una conversación.
—Alguien tiene que escuchar —respondió la rana—, y a mí me gusta hablarlo
todo. Eso ahorra tiempo y evita discusiones.
—Pero a mí me gustan las discusiones —dijo el cohete.
—No le creo —dijo la rana con compostura—. Las discusiones son una
ordinariez, y en la buena sociedad todo el mundo mantiene las mismas opiniones.
Adiós otra vez; veo a mis hijas allá lejos.
Y la ranita se fue nadando.
—Es usted una persona irritante —dijo el cohete— y muy mal educada. Me carga
la gente que sólo habla de sí misma, como hace usted, cuando quiere uno hablar de sí
mismo, como es mi caso. Eso es lo que yo llamo egoísmo, y el egoísmo es la cosa
más detestable, sobre todo para los de mi temperamento, pues bien conocido soy yo
por mí naturaleza simpática. Debería usted seguir mi ejemplo; seguro que no podría
encontrar mejor modelo. Aproveche ahora que tiene la oportunidad, porque me
volveré enseguida a la Corte, donde soy un gran favorito. De hecho, el príncipe y la

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princesa se casaron ayer en mi honor. Seguro que usted no sabe nada de eso, siendo
usted una provinciana…
—No se moleste en seguir hablándole… —dijo una libélula que estaba posada en
lo alto de una dorada espadaña—. No vale la pena, porque se ha ido.
—Bueno, pues ella se lo pierde, no yo —respondió el cohete—. No voy a dejar de
hablar sólo porque no haga caso. Me gusta escucharme. Es uno de mis mayores
placeres. Tengo conversaciones conmigo mismo con frecuencia, y soy tan inteligente
que a veces ni yo mismo entiendo una palabra de lo que digo.

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—Entonces quizá debiera usted dar un curso de filosofía —dijo la libélula.
Y desplegando sus preciosas alas de gasa, se echó a volar por el aire.
—¡Qué necia, no quedarse aquí! —dijo el cohete—. Estoy seguro de que no
tendrá ocasiones como ésta para cultivar su espíritu. Y, después de todo, a mí qué más
me da. Los genios como yo están seguros de ser apreciados algún día.
Y se hundió un poco más en el fango.
Pasado algún tiempo, una rolliza pata blanca nadó hacia él. Tenía las patas
amarillas y los pies palmeados, y estaba considerada una gran belleza por su manera
de contonearse.
—¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac! —dijo—, ¡qué aire más raro tiene usted! ¿Ofendo si
pregunto? ¿Nació usted así o es de resultas de un accidente?
—Es evidente que ha vivido usted siempre en el campo —respondió el cohete—,
de otro modo sabría usted quién soy yo. Pero le perdono su ignorancia. Sería
exagerado esperar que la gente fuera tan extraordinaria como uno. Se sorprendería
usted, sin duda, si supiera que yo puedo volar hasta el cielo y regresar derramando
una lluvia de chispas de oro.
—No me parece nada del otro jueves —dijo la pata—, pues no veo qué utilidad
pueda tener para nadie. Ahora bien, si usted pudiera arar los campos como el buey, o
tirar de un carro como el caballo, o cuidar las ovejas como el perro pastor, eso ya
sería otra cosa.
—Mi querida criatura —exclamó el cohete con un tono arrogante—, veo que
usted pertenece a la clase baja. Una persona de mi condición no tiene por qué ser útil.
Nosotros poseemos un encanto especial, y eso es más que suficiente. Yo no tengo
simpatía por ninguna clase de industria, sobre todo por esas que usted parece
recomendar. A decir verdad, he sido siempre de la opinión que el trabajo duro es el
refugio de la gente que no tiene otra cosa que hacer.
—Bueno, bueno —dijo la pata, que era de condición pacífica y no se peleaba
nunca con nadie—, cada cual tiene sus gustos. Espero, de todos modos, que venga a
fijar aquí su residencia.
—¡Oh, no, Dios mío! —exclamó el cohete—, yo soy sólo un visitante, un
visitante distinguido. El hecho es que encuentro este lugar más bien aburrido. Aquí
no hay ni sociedad ni soledad. En realidad, es esencialmente barriobajero.
Probablemente regresaré a la Corte, pues sé que estoy llamado a causar sensación en
el mundo.
—Yo pensé también una vez meterme en la vida pública —observó la pata—.
¡Hay tantas cosas que necesitan ser reformadas! Incluso presidí un mitin, hace algún
tiempo, y votamos propuestas condenando todo lo que no nos gustaba. Sin embargo,
parece que no tuvieron mucho efecto. Pero ahora estoy por la vida doméstica y velo
por mi familia.
—Yo estoy hecho para la vida pública —dijo el cohete— y en ella figura toda mi
familia, incluso hasta el más modesto de ellos. Siempre que aparecemos llamamos la

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atención. De esta vez no he actuado personalmente, pero cuando lo haga, será un
espectáculo magnífico. Por volver al tema de la vida casera: eso envejece a uno
rápidamente y distrae el espíritu de cosas más elevadas.
—¡Ah!, las cosas elevadas de la vida, ¡qué hermosas son! —dijo la pata—, y esto
me recuerda el hambre que tengo.
Y se fue nadando por la corriente abajo, diciendo «Cuac, cuac, cuac».
—¡Vuelva! ¡Vuelva! —gritaba el cohete—, todavía tengo mucho que contarle.
Pero la pata no le hizo ni caso.
—Me alegro de que se haya ido —se dijo el cohete—, tiene una mentalidad
claramente burguesa.
Y hundiéndose aún más en el fango, se disponía a reflexionar en la soledad del
genio cuando de repente dos chavales con blusones blancos vinieron corriendo a la
orilla del foso, con un puchero y unos haces de leña.
—Ésta debe ser la delegación —dijo el cohete, y adoptó una postura muy digna.
—¡Anda! —dijo uno de los chicos—, mira este palo viejo; qué raro que haya
llegado hasta aquí.
Y sacó el cohete del foso.
—Palo viejo —dijo el cohete—, ¡imposible! Palo bello, eso es lo que dijo. Palo
bello es muy halagador. De hecho, me toma por un dignatario de la Corte.
—¡Vamos a echarlo al fuego! —dijo el otro chico—; ayudará a hacer hervir el
puchero.
Así que apilaron la leña, pusieron en todo lo alto al cohete y prendieron fuego.
—¡Esto es magnífico! —gritó el cohete—, van a lanzarme en pleno día para que
pueda verme todo el mundo.
—Vamos a dormir un poco —dijeron los chicos—, y cuando despertemos estará
hirviendo el puchero.
Se echaron en la hierba y cerraron los ojos.
El cohete estaba muy húmedo y tardó mucho tiempo en arder. Al fin, sin
embargo, prendió el fuego en él.
—¡Ahora voy a dispararme! —gritó.

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Y se puso todo tieso y estirado.
—Sé que subiré más alto que las estrellas, más alto que la luna, más alto que el
sol. Subiré tan alto que…
¡Fizz! ¡Fizz! ¡Fizz!, y salió pitando por el aire.
—¡Delicioso! —gritaba—. Seguiré subiendo así siempre, ¡qué éxito estoy
teniendo!
Pero nadie lo vio.
Luego empezó a sentir que un extraño estremecimiento le corría por todo el
cuerpo.
—Ahora voy a estallar —gritaba—. Voy a incendiar el mundo entero, y haré tal
ruido que no se hablará de otra cosa en todo el año.
Y vaya si estalló.
—¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! —hizo la pólvora, que no podía hacer otra cosa.
Pero nadie lo oyó, ni siquiera los dos chicos, que estaban profundamente
dormidos.
El palo fue lo único que quedó del cohete. Y fue a caer sobre el lomo de un ganso
que se paseaba por la orilla del foso.
—¡Cielos! —chilló el ganso—. Llueven palos.
Y se lanzó apresuradamente al agua.
—Ya sabía yo que iba a dar el golpe —jadeó el cohete.
Y se acabó.

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EL JOVEN REY

Era la noche anterior al día fijado para su coronación, y el joven Rey se


encontraba solo, sentado en su hermoso aposento. Todos sus cortesanos se habían
despedido ya, con una gran reverencia, de acuerdo con las ceremoniosas costumbres
de la época, y se habían retirado al Gran Salón del Palacio para recibir las últimas
lecciones del Profesor de Protocolo. Había algunos que aún tenían modales
demasiado naturales, lo que en un cortesano, no necesito decirlo, es una gran
inconveniencia.
El mozalbete —pues sólo era un mozalbete de apenas dieciséis años— no sentía
ningún pesar de que se hubieran ido, y se había dejado caer con un profundo suspiro
de alivio sobre los blandos cojines de su canapé bordado. Y allí se quedó, tumbado,
con la mirada perdida y la boca abierta, como un bronceado fauno del bosque, o
como un joven animal de la selva recién atrapado por los cazadores.
Y ciertamente fueron los cazadores los que lo habían encontrado, topando con él
casi por casualidad, cuando medio desnudo y con el caramillo en la mano marchaba
tras el rebaño del pobre cabrero que lo había criado, y de quien siempre había creído

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ser hijo. Hijo de la hija única del viejo rey, casada en matrimonio secreto con un
hombre de clase inferior a la suya —un extranjero, que según algunos decían, por el
maravilloso encanto que tenía en su manera de tocar el laúd, había enamorado a la
joven Princesa; mientras otros hablaban de un artista de Rímini, al que la Princesa
había otorgado muchos, quizá demasiados honores, y que había desaparecido
súbitamente de la ciudad, dejando inacabado su trabajo en la catedral—, el niño había
sido arrebatado a la madre cuando sólo tenía una semana, mientras ella dormía, y
confiado a los cuidados de un simple campesino y a su mujer, que no tenían hijos, y
vivían en un lugar remoto del bosque, a más de un día de camino de la ciudad. La
pena, o la peste, como dictaminó el médico de la Corte; o como alguien sugirió, un
fulminante veneno italiano, administrado en una copa de vino con especias, acabó,
una hora después de su despertar, con la vida de la joven madre. Cuando el fiel
mensajero que llevaba al niño sobre la silla de su caballo detuvo su cansada
cabalgadura y llamó a la tosca puerta de la cabaña del cabrero, el cuerpo de la
Princesa estaba siendo depositado en una tumba cavada en el cementerio de una
iglesia abandonada, al otro lado de las puertas de la ciudad, una sepultura donde, al
decir de las gentes, había otro cuerpo enterrado: el de un joven de maravillosa y
exótica belleza, que tenía las manos atadas a la espalda con una cuerda y el pecho
acribillado de puñaladas.

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Tal era, al menos, la historia que las gentes se susurraban al oído. Lo cierto fue
que el viejo Rey, estando en su lecho de muerte, fuera movido por el remordimiento
de su gran pecado o simplemente por el deseo de que el reino no saliera de su linaje,
hizo venir al mozalbete, y en presencia del Consejo del Reino lo reconoció como su
heredero.
Y parece ser que desde el momento mismo de su reconocimiento, el joven había
mostrado señales de aquella extraña pasión por la belleza que tanto iba a influir en su
vida. Los del séquito que lo acompañaba a las habitaciones reservadas para su
exclusivo servicio, hablaban a menudo de la exclamación de placer que brotó de sus
labios cuando vio las delicadas vestiduras y ricas joyas que le habían sido preparadas,
y de la salvaje alegría con la que arrojó su áspera túnica de cuero y su tosca capa de
piel de oveja. Echaba de menos, ciertamente, la libertad de la vida en el bosque, y se
mostraba rezongón en las aburridas ceremonias de la Corte, que le ocupaban buena
parte del día; pero el maravilloso palacio —Joyeuse, como lo llamaban— del que
ahora era dueño y señor, se le aparecía como un mundo nuevo recién estrenado para
su deleite; y tan pronto podía escapar de sus Consejos de estado o de sus audiencias,
se precipitaba por la gran escalera donde brillaban leones de bronce dorado y
escalones de pulido pórfido, para vagar después de sala en sala y de corredor en
corredor, como quien busca en la belleza el antídoto para el dolor, una especie de
remedio a la enfermedad.
En aquellos viajes a la descubierta, como él decía —y ciertamente, para él eran
verdaderos viajes a través de un país maravilloso—, lo acompañaban a veces los
esbeltos y rubios pajes de la corte, con sus manteos flotantes y su alegre revolotear de
cintas; pero con mayor frecuencia iba solo, comprendiendo a través de un certero
instinto, más bien una adivinación, que los secretos del arte se aprenden mejor en
secreto, y que a la Belleza, como a la Sabiduría, les gusta el adorador solitario.

* * *

De él se contaron muchas historias curiosas, referidas a aquella época de su vida.


Se dijo que un corpulento Burgomaestre, que había venido a pronunciar una florida
pieza de oratoria en nombre de los habitantes de la ciudad, lo había encontrado de
rodillas en adoración ante un gran cuadro que acababan de traer de Venecia y que
parecía anunciar el culto de nuevos dioses. En otra ocasión se le perdió de vista
durante varias horas, y tras una larga búsqueda lo habían descubierto en un camarín
de una de las torretas del lado norte del palacio, contemplando, como en éxtasis, una
gema griega en la que estaba tallada la figura de Adonis. Lo habían visto, según otra
historia, apretando sus cálidos labios contra la frente de mármol de una antigua

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estatua descubierta en el lecho de un río con motivo de la construcción de un puente
de piedra y que tenía una inscripción con el nombre del esclavo bitinio de Adriano.
Una noche entera, en fin, se la había pasado observando el efecto de la luz de la luna
sobre una imagen de plata de Endimión.
Todos los materiales raros y costosos lo fascinaban ciertamente, y en su ansia por
conseguirlos había enviado muchos mercaderes: unos, a comprar ámbar a los rudos
pescadores de los mares del Norte; otros, a Egipto en busca de aquellas extrañas
turquesas verdes que sólo se encuentran en las tumbas de los reyes, y que dicen que
tienen poderes mágicos; otros, a Persia por alfombras de seda y cerámica decorada; y
otros, a la India a comprar gasa y marfil veteado, piedras lunares y pulseras de jade,
maderas de sándalo, esmaltes azules y chales de lana fina.

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Pero lo que más le preocupaba era el traje que iba a llevar en su coronación, el
traje de oro tejido y la corona tachonada de rubíes, y el cetro con sus filas y anillos de
perlas. Realmente; eso era en lo que pensaba aquella noche reclinado en su lujoso
diván, contemplando el grueso leño de pino que ardía en la chimenea. Los diseños,
obra de los artistas más famosos de la época, habían sido sometidos a su aprobación
muchos meses antes, y él había dado las órdenes para que los artífices se pusieran a la
tarea noche y día, y que el mundo entero fuese registrado en busca de joyas dignas de
tal empeño. Se imaginaba a sí mismo de pie ante el altar mayor de la catedral con las
hermosas vestiduras regias, y una sonrisa jugueteaba remolona en sus aniñados
labios, e iluminaba con vivo resplandor sus oscuros ojos selváticos.
Al cabo de un rato, se levantó, dejó vagar sus ojos por la habitación tenuamente
alumbrada. De las paredes colgaban ricos tapices representando el Triunfo de la
Belleza. Un gran armario con incrustaciones de ágata y lapislázuli ocupaba uno de los
rincones, y frente a la ventana había un aparador curiosamente tallado con paneles
lacados de oro, sobre el que brillaban unas primorosas copas de cristal veneciano y
una taza de ónix con vetas oscuras. Pálidas amapolas bordadas en la colcha de seda
de la cama parecían haberse desprendido de las cansadas manos del Sueño, y esbeltos
junquillos de marfil estriado sostenían el dosel de terciopelo, del que surgían grandes
penachos de plumas de avestruz, como espuma blanca, hasta la pálida plata del techo
calado. Un sonriente Narciso de bronce verde sostenía un bruñido espejo por encima
de su cabeza. Sobre la mesa había un cuenco plano de amatista.
Afuera, él podía ver la enorme cúpula de la catedral, alzándose como una burbuja
por encima de las sombrías casas, y también a los aburridos centinelas que marcaban
el paso, arriba y abajo, por la brumosa terraza junto al río. A lo lejos, en un huerto,
cantaba un ruiseñor. Un tenue aroma de jazmín llegaba por la ventana abierta. El
príncipe apartó los oscuros rizos de su frente y, tomando el laúd, dejó que sus dedos
acariciasen las cuerdas. Sus párpados se dejaron caer pesadamente, y una extraña
languidez lo invadió. Nunca hasta entonces había sentido tan agudamente, o con tan
exquisito gozo, la magia y el misterio de las cosas hermosas.
Cuando sonaron las doce en el reloj de la torre, tocó una campanilla, y sus pajes
entraron y lo desvistieron con mucha ceremonia, derramando agua de rosas en sus
manos y esparciendo flores en su almohada. Unos instantes después que ellos
hubieran abandonado la habitación se quedó dormido.

* * *

Y mientras dormía tuvo un sueño, y éste fue su sueño:

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Estaba de pie en un desván, largo y bajo de techo, en medio del zumbido y el
estrépito de muchos telares. La escasa luz del día penetraba a través de las ventanas
enrejadas, y le dejaba ver las escuálidas siluetas de los tejedores inclinados sobre sus
bastidores. Niños pálidos, de aspecto enfermizo, estaban agachados sobre las enormes
vigas transversales. Cuando las lanzaderas corrían a través de la urdimbre, ellos
levantaban las pesadas tablillas, y cuando las lanzaderas se paraban, ellos dejaban
caer las tablillas y juntaban los hilos. Sus caritas estaban depauperadas por el hambre,
y sus delgadas manos se estremecían y temblaban. Unas mujeres macilentas cosían
sentadas a una mesa. Un olor terrible llenaba el lugar. El aire estaba viciado y espeso,
y las paredes chorreaban humedad.
El joven Rey se acercó a uno de los tejedores, permaneció junto a él y contempló
lo que estaba haciendo.
Y el tejedor lo miró furiosamente y le dijo:
—¿Por qué me miras? ¿Eres un espía enviado por nuestro amo?
—¿Quién es tu amo? —preguntó el joven Rey.
—¡Nuestro amo! —exclamó el tejedor con amargura—. Es un hombre como yo,
ni más ni menos. La diferencia entre nosotros es que mientras él lleva buena ropa, yo
llevo harapos, y mientras yo estoy muerto de hambre, él no sufre más que de hartura.
—El país es libre —dijo el joven Rey— y no sois esclavos de nadie.
—En la guerra —respondió el tejedor— los fuertes hacen esclavos a los débiles, y
en la paz los ricos hacen esclavos a los pobres. Tenemos que trabajar para vivir, y nos
pagan salarios tan escasos que nos morimos. Trabajamos todo el santo día para ellos,
y ellos amontonan oro en sus cofres; mientras, nuestros hijos mueren antes de tiempo,
y las caras de los que amamos se vuelven duras y malas. Nosotros pisamos la uva y
otros se beben el vino. Sembramos el trigo y nuestra mesa está vacía. Llevamos
cadenas, aunque nadie las vea; y somos esclavos, aunque los hombres nos llamen
libres.
—¿Y os ocurre igual a todos? —preguntó él.
—A todos —respondió el tejedor—, lo mismo a los jóvenes que a los viejos, a las
mujeres que a los hombres, a los niños pequeños que a los ancianos.
Los mercaderes nos oprimen y nosotros tenemos que aguantarnos. El sacerdote
pasa a caballo a nuestro lado desgranando las cuentas de su rosario, y nadie se ocupa
de nosotros. Por nuestras callejuelas sombrías se arrastra la Pobreza con sus
famélicos ojos, y el Pecado con su embrutecida cara le sigue de cerca los pasos. La
Miseria nos despierta por la mañana y la Vergüenza se sienta a nuestra mesa cuando
llega la noche. ¿Pero qué te importa a ti de todo eso? Tú no eres de los nuestros. Tu
cara es demasiado feliz.
Y con un gesto ceñudo se volvió de espaldas y accionó la lanzadera del telar, y el
joven Rey vio que la trama era de hilos de oro.

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Y completamente aterrado, dijo al tejedor:
—¿Qué vestido es ése que estás tejiendo?
—Es el vestido para la coronación del joven Rey —respondió—. ¿A ti qué te
importa?
Y el joven Rey dio un grito enorme y se despertó, y hete aquí que estaba en su
propio aposento, y por la ventana veía la luna llena, del color de la miel, como
colgando del cielo oscuro.

* * *

Y volvió a dormirse, y soñó, y éste fue su sueño:


Creía que iba en la cubierta de una enorme galera movida por los remos de cien
esclavos. Sobre una alfombra, junto a él, estaba sentado el patrón de la galera. Era
negro como el ébano, y llevaba un turbante de seda carmesí. Grandes aros de plata
colgaban de los pesados lóbulos de sus orejas, y en las manos tenía una balanza de
marfil.
Los esclavos estaban desnudos, salvo un andrajoso taparrabos, y cada uno iba
encadenado a su vecino. El sol abrasador caía a plomo sobre ellos, y los negros
corrían arriba y abajo por el pasillo de cubierta y los azotaban con látigos de cuero.
Ellos estiraban sus escuálidos brazos y tiraban de los pesados remos. Al golpeteo de
los remos, saltaba la espuma salada.

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Al fin llegaron a una pequeña bahía, y empezaron a sondear. Soplaba una ligera
brisa desde la playa, y la cubierta y la gran vela latina se cubrieron de un fino polvo
rojo. Tres árabes, montados en asnos salvajes, pasaron cabalgando y arrojaron lanzas
sobre ellos. El patrón de la galera cogió un arco decorado y su flecha alcanzó a uno
de ellos en la garganta, que cayó pesadamente sobre el borde del agua, mientras sus
compañeros se alejaban al galope. Una mujer envuelta en un velo amarillo los seguía
lentamente montada en un camello, y de vez en cuando volvía la mirada hacia el
cuerpo muerto.
Tan pronto como echaron el ancla y arriaron las velas, los negros bajaron a la
bodega y trajeron una larga escala de cuerda lastrada con plomo. El patrón de la
galera la arrojó por la borda, atando el extremo a dos puntales de hierro. Entonces los
negros cogieron al más joven de los esclavos, le quitaron los grilletes, le taparon las

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narices y las orejas con cera y le ataron una piedra grande a la cintura. Penosamente,
bajó por la escalerilla y desapareció en el mar. Unas burbujas brotaron en el sitio
donde se sumergió. Algunos de los otros esclavos miraban curiosamente por la borda.
En la proa de la galera un encantador de tiburones tocaba un tambor de manera
monótona.
Al cabo de un rato, el buceador salió de las aguas y se agarró jadeando a la escala,
con una perla en su mano derecha. Los negros se la arrebataron y le empujaron con
fuerza, echándolo de nuevo al agua. Los esclavos se quedaron dormidos sobre sus
remos.
Una y otra vez volvió a aparecer, y siempre que lo hacía traía con él una hermosa
perla. El patrón de la galera las sopesaba y las ponía dentro de una bolsita de cuero
verde.
El joven Rey intentaba hablar, pero parecía como si tuviera la lengua pegada al
paladar y sus labios se negaran a moverse. Los negros parloteaban entre ellos, y
empezaron a pelearse por una sarta de cuentas brillantes. Dos grullas volaban en
círculos sobre el barco.

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Por fin, el buceador salió a la superficie por última vez, y la perla que traía era
más linda que todas las perlas de Ormuz, pues tenía forma de luna llena, y era más
blanca que la estrella de la mañana. Pero el rostro del esclavo estaba extrañamente
pálido, y al caer él sobre la cubierta, la sangre brotó a borbotones de sus oídos y de su
nariz. Por un instante se estremeció, hasta quedar inmóvil. Los negros se encogieron
de hombros y arrojaron el cuerpo al mar.
Y el patrón de la galera se echó a reír. Y alargando la mano, tomó la perla, y
cuando la hubo contemplado, la apretó contra su frente e hizo una reverencia.
—Será —dijo— para el cetro del joven Rey.
Y les hizo a los negros una seña para que levaran el ancla.
Y cuando el joven Rey oyó esto, dio un gran grito y se despertó, y por la ventana
vio los largos dedos grises del alba agarrándose a las estrellas, que se desvanecían.

* * *

Y se quedó dormido de nuevo, y soñó, y éste fue su sueño:


Creía que vagaba a través de un oscuro bosque lleno de extraños frutos y bellas
flores venenosas. Las víboras silbaban a su paso, y los loros de brillante color
volaban, chillando de rama en rama. Enormes tortugas permanecían dormidas en el
fango caliente. Los árboles estaban llenos de monos y pavos reales.
Caminaba y caminaba hasta llegar a la linde del bosque y allí vio una inmensa
multitud de hombres que estaban trabajando en el lecho de un río seco. Se movían
entre los peñascos como si fueran hormigas. Cavaban pozos profundos en la tierra y
se metían en ellos. Algunos partían las rocas con grandes hachas; otros escarbaban en
la arena. Arrancaban los cactus de raíz y pisoteaban las flores rojas. Se movían a toda
prisa, llamándose unos a otros, y ni uno estaba ocioso.
Desde la oscuridad de una caverna, la Muerte y la Avaricia los vigilaban, y la
Muerte dijo:
—Ya me he cansado; dame la tercera parte de ellos y me iré.
Pero la Avaricia negó con la cabeza:
—Son mis siervos —respondió.
Y la Muerte le preguntó:
—¿Qué tienes en la mano?
—Tengo tres granos de trigo —contestó la Avaricia—. ¿A ti qué te importa?
—Dame uno —dijo la Muerte— para plantarlo en mi jardín; sólo uno, y me iré.
—No te daré ninguno —dijo la Avaricia, y escondió la mano entre los pliegues de
su túnica.

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Y la Muerte se echó a reír, y cogiendo una copa la metió en un charco de agua, y
de la copa salió la Fiebre Malaria. Con ella en la mano fue pasando por entre la
multitud y uno de cada tres se caía muerto. Una fría niebla iba tras ella y las
serpientes de agua corrían a su lado.
Y cuando la Avaricia vio que una tercera parte de aquella multitud había muerto,
se golpeó el pecho y sollozó. Golpeó su pecho estéril y gritó:
—Has matado a la tercera parte de mis siervos. Vete. Hay guerra en las montañas
de Tartaria, y los reyes de cada bando te están llamando. Los afganos han sacrificado
el buey negro y marchan al combate. Han golpeado en sus escudos con sus lanzas y
se han puesto los yelmos de hierro. ¿Qué tiene mi valle para que tú quieras quedarte?
Vete y no vuelvas nunca más.
—No —respondió la Muerte—. Hasta que no me hayas dado un grano de trigo no
me iré.
Pero la Avaricia cerró el puño y apretó los dientes:
—No te daré nada —murmuró.
Y la Muerte lanzó una carcajada, y tomando una piedra negra la arrojó hacia el
bosque, y de una espesura de cicutas silvestres salió la Fiebre con un vestido
llameante. Pasó por entre la multitud y los rozó, y cada hombre que ella rozaba
moría. A su paso se secaba la hierba.
Y la Avaricia se estremeció y puso ceniza en su cabeza:
—Eres cruel —gritó—, eres cruel. Hay hambre en las ciudades amuralladas de la
India y las cisternas de Samarcanda se han secado. Hay hambre en las ciudades
amuralladas de Egipto, y las langostas llegan del desierto. El Nilo no ha inundado sus
orillas, y los sacerdotes hacen rogativas a Isis y Osiris. Vete con los que te necesitan y
déjame a mis siervos.
—No —respondió la Muerte—. Hasta que no me des un grano de trigo no me iré.
—No te daré nada —dijo la Avaricia.
Y la Muerte se echó a reír de nuevo, y silbó entre sus dedos, y vino una mujer
volando por los aires. Llevaba escrito Peste en su frente y un montón de flacos buitres
revoloteaban a su alrededor. Cubrió el valle con sus alas y ni un solo hombre quedó
con vida.
Y la Avaricia huyó dando alaridos a través del bosque y la Muerte saltó sobre su
caballo rojo y se alejó al galope, y su galope era más veloz que el viento.

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Y del fondo del légamo salieron arrastrándose dragones y seres horribles con
escamas, y vinieron los chacales trotando por la arena, venteando el aire con sus
fauces.
Y el joven Rey lloró, y dijo:
—¿Quiénes eran esos hombres y qué buscaban?
—Rubíes para la corona de un rey —respondió alguien que estaba detrás de él.
Y el joven Rey tuvo un sobresalto y dándose vuelta vio a un hombre vestido de
peregrino con un espejo de plata en la mano.
Palideció y dijo:
—¿Para qué rey?
Y el peregrino respondió:
—Mira en este espejo y lo verás.
Y miró en el espejo y, al ver su propio rostro, dio un gran grito y se despertó, y la
brillante luz del día entraba a raudales en su habitación, y en los árboles del jardín
cantaban alegres los pájaros.

* * *

Y entraron el chambelán y los altos dignatarios del Estado a rendirle pleitesía, y


los pajes le trajeron el vestido de oro tejido y pusieron ante él la corona y el cetro.
Y el joven Rey los miró y vio lo hermosos que eran. Eran más hermosos que nada
de lo que había visto hasta entonces. Pero recordó sus sueños y dijo a sus nobles:
—Llevaos esas cosas de aquí, porque no me las voy a poner.
Y los cortesanos quedaron atónitos, y algunos rieron porque creían que estaba de
broma.
Pero les habló de nuevo con severidad y dijo:
—Llevaos esas cosas y quitadlas de mi vista. Aunque sea el día de mi coronación,
no las llevaré. Pues en el telar de la Pena y con las blancas manos del Dolor, ha sido
tejido este mi vestido. Hay Sangre en el corazón del rubí y hay Muerte en el corazón
de la perla.
Y les contó sus tres sueños.
Y cuando los cortesanos lo hubieron escuchado se miraron unos a otros
murmurando:
—A buen seguro que está loco; pues ¿qué es un sueño sino un sueño, y qué es una
visión sino una visión? No son cosas reales de las que haya que hacer caso. ¿Y qué
nos importan las vidas de los que trabajan para nosotros? ¿Es que tendrá un hombre
que no comer pan hasta que haya visto al sembrador, ni beber vino hasta que haya
hablado con el viñador?

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Y el chambelán habló al joven Rey y le dijo:
—Señor, os ruego que apartéis de vos esos negros pensamientos, y que os pongáis
este hermoso vestido y ciñáis esta hermosa corona a vuestra frente. Pues ¿cómo
conocerá la gente que sois un rey, si no vais ataviado de rey?
Y el joven Rey lo miró:
—¿Es así realmente? —preguntó—. ¿No me reconocerán como rey si no voy
ataviado de rey?
—No os reconocerán, mi señor —dijo el chambelán.
—Yo creía que había hombres que tenían porte de reyes —respondió él—, pero
puede que sea como tú dices. Y, sin embargo, no me pondré ese vestido, ni seré
coronado con esa corona, sino que saldré del palacio de la misma manera que llegué a
él.
Y ordenó que se fueran todos, salvo un paje que conservó como compañero, un
adolescente un año más joven que él. Lo retuvo, abrió un arcón pintado y sacó de él
la túnica de cuero y el manto de áspera piel que llevaba puestos cuando guardaba en
el monte las peludas cabras del cabrero. Se lo puso todo y tomó en su mano el tosco
cayado de pastor.
Y el pajecillo abrió admirado sus grandes ojos azules y le dijo sonriendo:
—Señor, veo vuestro vestido y vuestro cetro, pero ¿dónde está vuestra corona?
Y el joven Rey cogió una rama de espino que trepaba por su balcón, y doblándola
hizo un círculo con ella y se lo puso en la cabeza.
—Ésta será mi corona —respondió.
Y ataviado de tal manera salió de su aposento al Gran Salón donde estaban los
nobles esperándolo.
Y los nobles se divirtieron al verlo, y hubo incluso quienes le gritaron:
—Señor, el pueblo espera a su Rey y vos le mostráis a un pordiosero.
Y otros decían con ira:
—Es una deshonra para nuestro país, y es indigno de ser nuestro señor.
Pero él no replicó ni una sola palabra, sino que pasó ante ellos y bajó la escalera
de brillante pórfido y salió por las puertas de bronce, y, montando en su caballo,
cabalgó hacia la catedral, seguido de su pajecillo, que corría a su lado.
Y la gente se reía y decía:
—Es el bufón del Rey el que va a caballo.
Y se burlaban de él.
Pero el Rey tiró de las riendas y dijo:
—No, yo soy el Rey.
Y les contó sus tres sueños.
Y un hombre salió de entre la multitud y le dirigió estas agrias palabras:
—Señor, ¿no sabes que del lujo del rico se alimenta la vida del pobre? Tu pompa
y tus vicios nos dan el pan. Es duro trabajar para un amo, pero es aún más duro no
tener amo para el que trabajar. ¿Crees que nos van a alimentar los cuervos? ¿Y qué

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remedios tienes para estas cosas? ¿Dirás a los compradores, «Esto lo vas a comprar
por tanto», y al vendedor, «Esto lo vas a vender a este precio»? Creo que no. Así que
vuelve a tu palacio y ponte las púrpuras y la ropa fina. ¿Qué tienes tú que ver con
nosotros y con nuestros sufrimientos?

—¿No son hermanos el rico y el pobre? —preguntó el joven Rey.


—Sí —respondió el hombre—, y el hermano rico se llama Caín.
Y los ojos del joven Rey se llenaron de lágrimas y cabalgó entre las
murmuraciones del pueblo, y el pajecillo tuvo miedo y lo abandonó.
Y cuando llegó al gran pórtico de la catedral, los soldados avanzaron con sus
alabardas y le dijeron:
—¿Qué buscas aquí? Nadie más que el Rey puede entrar por esta puerta.
Y su rostro enrojeció de ira y les dijo:
—Yo soy el Rey.
Y apartando sus alabardas, pasó y entró en el templo.

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Y cuando el anciano obispo lo vio llegar con sus ropas de cabrero, se levantó
atónito de su trono y salió a su encuentro y le dijo:
—Hijo mío, ¿son éstas las vestiduras de un rey? ¿Y con qué corona he de
coronarte, y qué cetro colocaré en tu mano? En verdad que éste tendría que ser un día
de alegría para ti y no un día de humillación.
—¿Es que puedo vestir con alegría lo que ha sido confeccionado con pena? —
dijo el Rey.
Y le contó sus tres sueños.
Y cuando el Obispo lo hubo oído, frunció el ceño y dijo:
—Hijo mío, soy un anciano, y en el invierno de mis días sé que son muchas las
cosas malas que se hacen en el ancho mundo. Los feroces salteadores bajan de las
montañas, y secuestran a los niños y los venden a los moros. Los leones están al
acecho de las caravanas y saltan sobre los camellos. Los jabalíes arrancan de raíz el
trigo en los valles, y los zorros roen las viñas en las laderas. Los piratas devastan las
costas y queman los barcos de los pescadores y les quitan los aparejos. En las salinas
viven los leprosos; viven en chozas de caña y nadie puede aproximarse a ellos. Los
mendigos vagan por las ciudades, y comparten su comida con los perros. ¿Puedes tú
evitar que pasen estas cosas? ¿Harás del leproso tu compañero de cama y sentarás al
mendigo a tu mesa? ¿Hará el león lo que le mandes y te obedecerá el jabalí? Aquel
que creó la miseria ¿no es por ventura más sabio que tú? Por eso no puedo alabar lo
que has hecho, y además te pido que vuelvas al Palacio y alegres el rostro y vistas las
vestiduras que convienen a un rey, y yo te coronaré con la corona de oro, y pondré en
tu mano el cetro de perlas. Y en cuanto a tus sueños, no pienses más en ellos. La
carga de este mundo es demasiado pesada para que pueda soportarla un hombre solo,
y el dolor del mundo es demasiado para que lo sufra un solo corazón.
—¿Y eres tú quien dice eso, y en esta casa? —preguntó el joven Rey. Y
caminando a grandes pasos, pasó ante el Obispo, subió las gradas del altar y se
detuvo ante la imagen de Cristo.
Se detuvo ante la imagen de Cristo, y a su mano derecha y a su mano izquierda
estaban los maravillosos vasos de oro, el cáliz con el vino dorado y los pequeños
frasquitos con los santos óleos. Se arrodilló ante la imagen de Cristo y los grandes
cirios ardían jubilosamente junto al enjoyado sagrario, y el humo del incienso subía
en finas espirales azules hacia la cúpula. Inclinó la cabeza para orar, y mientras, los
sacerdotes, con sus rígidas capas pluviales, se alejaron cautelosamente del altar.
Y de repente se oyó un espantoso tumulto que llegaba desde la calle, y penetraron
los nobles con las espadas desenvainadas y agitando penachos de plumas y escudos
de bruñido acero.
—¿Dónde está ese soñador de sueños? —gritaban—. ¿Dónde está ese Rey
vestido como un pordiosero, ese jovenzuelo que trae la vergüenza sobre nuestro
Estado? Venimos a matarlo porque es indigno de gobernar sobre nosotros.

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Y el joven Rey inclinó su cabeza de nuevo y oró, y cuando hubo acabado su
oración se levantó y volviéndose hacia ellos los miró con tristeza.
Y he aquí que, a través de las vidrieras artísticas, entró el sol a raudales cayendo
sobre él, tejiendo en torno suyo un vestido mucho más hermoso que aquel que había
sido creado para su placer. El seco cayado floreció cubriéndose de lirios más blancos
que las perlas. El seco espino floreció y se llenó de rosas más rojas que los rubíes.
Más blancos que las perlas eran los lirios y sus tallos eran de plata fina. Más rojas que
rubíes eran las rosas y sus hojas eran de oro pulido.
Allí quedó de pie, vestido de Rey, y las puertas del enjoyado sagrario se abrieron
de par en par y desde el cristal de la custodia surgió una maravillosa y mística luz.
Allí quedó inmóvil, vestido de rey, y la Gloria de Dios llenó el lugar y los santos en
sus labradas hornacinas parecían tomar vida. Con el hermoso vestido regio
permaneció inmóvil ante ellos, y el órgano lanzó su música atronadora, y los
trompeteros hicieron sonar sus trompetas y los niños del coro cantaron.
Y el pueblo cayó de rodillas atemorizado, y los nobles envainaron sus espadas y
le rindieron vasallaje, y el Obispo palideció y le temblaron las manos.
—Uno más grande que yo te ha coronado —exclamó, y se arrodilló ante él.
Y el joven Rey bajó del altar mayor y regresó a su palacio por entre la multitud.
Pero nadie se atrevió a mirarlo a la cara, pues era semejante a la cara de un ángel.

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EL NIÑO-ASTRO

Eranse una vez dos pobres leñadores que volvían a su casa a través de un gran
bosque de pinos. Era invierno, y hacía una noche de frío horrible. Una gruesa capa de
nieve cubría la tierra y las ramas de los árboles; el hielo acumulado hacía crujir las
ramas más débiles a uno y otro lado del camino, cuando ellos pasaban; y cuando
llegaron a la Cascada de la Montaña, la encontraron inmóvil, suspendida en el aire,
porque había sido besada por el Rey de los Hielos.
Hacía tanto frío que hasta los animales y los pájaros estaban sin saber qué hacer.
—¡Uuuh! —aullaba el lobo, cojeando por entre los matorrales con el rabo entre
las patas—, qué tiempo más horrible, ¿por qué no hace algo el Gobierno?
—¡Uit! ¡uit! ¡uit! —piaban los pardillos verdes—. La anciana Tierra ha muerto, y
la han amortajado con su blanco sudario.
—La Tierra va a casarse, y se ha puesto su vestido de novia —se decían las
tórtolas en un susurro. Tenían sus rojas patitas ateridas de frío, pero creían un deber
enfocar la situación desde un punto de vista romántico.

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—¡Qué tonterías! —gruñó el lobo—. Os digo que todo esto es culpa del
Gobierno, y al que no me crea, me lo como.

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El lobo tenía gran sentido práctico y nunca le faltaban buenos argumentos.
—Bueno, por lo que a mí respecta —dijo el pájaro carpintero, que era un filósofo
nato—, yo me carcajeo de las teorías cuando las cosas están claras. Si una cosa es así,
pues es así, y ahora lo que hace es un frío de horror.
La verdad es que el frío era tremendo. Las pequeñas ardillas, que vivían en el
interior del gran abeto, se frotaban los morritos unas a otras para darse calor, y los
conejos, agazapados en sus madrigueras, ni siquiera se aventuraban a echar una
mirada afuera. Los únicos seres que parecían disfrutar eran los grandes búhos
cornudos. Tenían las plumas casi tiesas por la escarcha, pero les traía sin cuidado y
miraban alrededor con sus grandes ojos amarillos, llamándose unos a otros a través
del bosque:
—¡Tu-juit! ¡Tu-ju! ¡Tu-juit! ¡Tu-ju! ¡Qué tiempo más delicioso tenemos!
Y los dos leñadores continuaban su camino sin parar, soplándose los dedos con
fuerza, y pateando con sus botazas claveteadas sobre la nieve endurecida. Una vez se
cayeron dentro de un hoyo cubierto de nieve, y salieron de él más blancos que los
molineros cuando las ruedas del molino están moliendo. Y otra vez resbalaron sobre
la dura y tersa capa de hielo, allí donde el agua de la charca estaba congelada, y se les
desparramó la leña de los haces, y tuvieron que recogerla de nuevo y volverla a atar.
Y otra vez creyeron que se habían perdido y se asustaron muchísimo, pues sabían que
la nieve es cruel con los que se duermen en sus brazos. Pero ellos tenían fe en el buen
San Martín que vela por los caminantes, y volviendo sobre sus pasos, caminaron con
prudencia y, al fin, llegaron hasta la linde del bosque y vieron a lo lejos, en el valle
que se extendía a sus pies, las luces de su pueblo.
Estaban tan contentos de verse a salvo que se echaron a reír estrepitosamente, y la
tierra les pareció como una flor de plata, y la luna como una flor de oro.
Pero cuando se calmó su risa, se entristecieron al acordarse de su pobreza, y uno
de ellos dijo al otro:
—A qué viene esta alegría, si la vida es para los ricos y no para los que son como
nosotros. Más nos hubiera valido morir de frío en el bosque o que nos hubieran
devorado las fieras.
—Verdaderamente —respondió su compañero—, a unos tanto y a otros tan poco.
La injusticia ha hecho las partijas en el mundo, y sólo fue equitativa en el reparto de
la desgracia.
Y mientras iban lamentándose de sus miserias, sucedió esta cosa extraña. Cayó
del cielo una estrella muy brillante y hermosa. Se deslizó por un costado del
firmamento, pasando junto a otras estrellas en su carrera, y a los leñadores, que la
contemplaban admirados, les pareció que había caído detrás del bosquecillo de sauces
que estaba junto a un pequeño redil, no más lejos que un tiro de piedra.

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—¡Anda! ¡Una olla de oro para quien la encuentre! —exclamaron los dos, y
echaron a correr en su afán por el oro.
Y uno de ellos corrió más que su compañero y lo dejó atrás; se abrió paso por
entre los sauces, llegó al otro lado, y ¿qué es lo que vio? Pues ciertamente una cosa
de oro caída sobre la blanca nieve. Así que se apresuró hacia allí y agachándose puso
sus manos encima, y era un manto de tisú de oro, primorosamente bordado de
estrellas, y plegado en muchos dobleces. Gritó a su compañero para decirle que había
encontrado el tesoro caído del cielo, y cuando el compañero llegó se sentaron los dos
en la nieve y desdoblaron los pliegues del manto para repartirse las monedas de oro.
Pero, ¡ay!, allí no había ni oro, ni plata, ni tesoro de ninguna clase, sino un niño
pequeñín que estaba dormido.
Y uno de ellos dijo al otro:
—Qué mal acaba nuestra esperanza, ¡bien poca suerte tenemos! ¿Qué provecho
puede tener un niño para un hombre? Dejémosle aquí y sigamos nuestro camino, ya
que somos pobres y tenemos nuestros propios hijos y no podemos dar a otro el pan
que les pertenece.
Pero su compañero le respondió:
—Nada de eso, sería una maldad dejar que el niño pereciera aquí en la nieve. Soy
tan pobre como tú y tengo muchas bocas que alimentar y bien poco en el puchero,
pero, a pesar de todo, me lo llevaré conmigo a casa y mi mujer lo cuidará.
Así que cogió al niño con ternura, lo envolvió en el manto para resguardarlo del
tremendo frío y echó monte abajo hacia el pueblo, dejando asombrado a su
compañero por tanta necedad y blandura de corazón.
Y cuando llegaron al pueblo, le dijo su compañero:
—Como tú te quedas con el niño, dame a mí el manto, pues es justo que
repartamos las cosas.
Pero él le respondió:
—De ninguna manera, el manto no es ni tuyo ni mío, sino del niño. —Y con un
«¡Vete con Dios!» se fue a su casa y llamó a la puerta.

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Cuando le abrió su mujer y vio que su marido volvía sano y salvo, le echó los
brazos al cuello y lo besó; le ayudó a descargar los haces de leña, le quitó la nieve de
las botas y le dijo que entrara.
Pero él le contestó:
—He encontrado algo en el bosque, y te lo traigo para que lo cuides. —Y no se
movía del umbral de la puerta.
—¿Qué es? —exclamó ella—. Enséñamelo, pues la casa está vacía y nos hacen
falta muchas cosas.
Y él abrió el manto, y le mostró el niño dormido.
—¡Ay, hombre de Dios! —murmuró ella—, ¿no tenemos ya suficientes hijos,
para que traigas un niño abandonado a nuestro hogar? ¡Y quién sabe si no nos traerá
mala suerte! ¿Y cómo lo cuidaremos?
Y se puso furiosa contra él.
—No, no, es un Niño-Astro —respondió él.
Y le contó de qué extraña manera lo había encontrado.
Pero ella no se apaciguaba, sino que se burló de él y le dijo agriamente:
—Nuestros hijos carecen de pan ¿y vamos a alimentar un hijo ajeno? ¿Quién va a
cuidar de nosotros? ¿Y quién nos va a dar de comer?
—No digas eso, Dios cuida hasta de sus gorriones y los alimenta —respondió el
hombre.
—¿Acaso los gorriones no mueren en invierno? —contestó ella—. ¿Y no estamos
ahora en invierno?
Pero el hombre no respondía ni se movía del umbral.
Un viento cortante venido del bosque entraba por la puerta abierta, haciendo
temblar a la mujer, que, tiritando, le dijo:
—¿No vas a cerrar la puerta? Entra un aire helado en casa, y me muero de frío.
—En la casa donde hay un corazón duro, ¿no habrá siempre un aire helado?
Sin decir una palabra, la mujer se arrimó al fuego.
Y tras unos momentos se volvió y lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Y él
entró rápidamente y le puso al niño en los brazos, y ella lo besó y lo acostó en la
misma cuna donde estaba su hijo pequeño. Al día siguiente por la mañana, el leñador
cogió el curioso manto de oro y lo guardó en un arcón; y un collar de ámbar que
llevaba el niño puesto al cuello lo cogió la mujer del leñador y lo guardó también en
el arcón.

* * *

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Y así fue creciendo el Niño-Astro con los hijos del leñador; se sentaba a la misma
mesa y era su compañero de juegos. Y cada año que pasaba se volvía más hermoso;
tanto, que los habitantes del pueblo estaban maravillados, pues mientras ellos eran
cetrinos y de pelo negro, él era blanco y delicado como el marfil, y sus bucles
parecían la flor del narciso. También sus labios eran como los pétalos de una roja flor,
y sus ojos semejaban violetas a la orilla de un río de agua cristalina, y su cuerpo se
erguía esbelto como los narcisos de un prado donde no entrara la guadaña del
segador.
Pero tanta belleza lo inclinaba a la maldad. Crecía orgulloso, cruel y egoísta.
Despreciaba a los hijos del leñador y a los otros chicos del pueblo, diciendo que eran
de baja condición, mientras él era de noble estirpe, porque había nacido de una
Estrella. Y se hizo el amo de todos ellos y los llamaba sus siervos. No tenía piedad
con los pobres, ni con los ciegos o tullidos, ni con los desheredados de cualquier
clase; antes al contrario, les arrojaba piedras obligándoles a retroceder hasta el
camino real y los mandaba a mendigar el pan a otra parte, de tal suerte que nadie,
salvo quien estuviera fuera de la ley, volvía dos veces a aquel pueblo a pedir limosna.
Estaba tan pagado de su belleza, que despreciaba a los débiles y poco agraciados,
mofándose de ellos.

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Él se amaba a sí mismo; y en el verano, cuando el viento está en calma, se
tumbaba junto al pozo, en el huerto del cura, y contemplaba la maravilla de su rostro
y reía embelesado contemplando su propia hermosura.
El leñador y su mujer se lo reprochaban con frecuencia, diciéndole:
—Nosotros no te hemos tratado como tratas tú a los pobres abandonados que no
tienen a nadie que los socorra. ¿Por qué eres tan cruel con los que necesitan
compasión?
El viejo cura lo llamaba también con frecuencia y trataba de inculcarle el amor a
las criaturas, diciéndole:
—La mosca es tu hermana. No le hagas daño. Los pajarillos que vuelan por el
bosque tienen derecho a su libertad. No te diviertas poniéndoles trampas. Dios creó a
la babosa y al topo y cada uno ocupa su lugar. ¿Quién eres tú para traer el dolor al
mundo de Dios? Hasta el ganado de los campos entona alabanzas al Señor.
Pero el Niño-Astro no hacía caso de sus palabras; fruncía el ceño, se burlaba,
volvía con sus compañeros y los mangoneaba a su antojo. Y sus compañeros lo
seguían, porque era hermoso, y el más rápido en las carreras, y sabía bailar y tocar la
flauta y componer música. Y dondequiera que el Niño-Astro los llevaba, ellos lo
seguían; y lo que el Niño-Astro les mandaba hacer, ellos lo hacían. Y cuando con una
caña afilada le saltaba los empañados ojos al topo, ellos reían. Y cuando tiraba
piedras a los leprosos, ellos reían también. Y en todo los gobernaba, y sus corazones
se volvieron tan duros como el suyo.

* * *

Y he aquí que un día pasó por el pueblo una pobre pordiosera. Sus ropas estaban
rotas y andrajosas, sus pies ensangrentados por el duro camino que había recorrido, y
todo su aspecto era lamentable. Agotada, se sentó a la sombra de un castaño para
descansar.
Cuando el Niño-Astro la vio, dijo a sus compañeros:
—¡Eh, mirad! Allí, sentada, una asquerosa mendiga bajo aquel bonito y frondoso
árbol. Vamos, echémosla de aquí, pues es fea y desagradable.
Así que se aproximó y le tiró piedras burlándose de ella, y ella lo miraba con ojos
aterrorizados, sin apartar su mirada de él. Y cuando el leñador, que estaba cortando
leña en un bosquecillo cercano, vio lo que estaba haciendo el Niño-Astro, corrió a
reprenderle, y le dijo:
—Eres duro de corazón y no sabes lo que es piedad. ¿Qué mál te ha hecho esta
pobre mujer para que la trates así?

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Y el Niño-Astro enrojeció de ira, y pateando el suelo de rabia dijo:
—¿Quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer? Yo no soy hijo tuyo para
que tenga que obedecerte.
—Dices verdad —respondió el leñador—. Pero yo tuve compasión de ti cuando te
encontré en el bosque.
Y al oír estas palabras, la mujer lanzó un fuerte grito y cayó desmayada. El
leñador la llevó a su casa para que la cuidara su mujer, y cuando volvió en sí, le
ofrecieron comida y bebida, y trataron de consolarla.
Pero ella no quería comer ni beber y preguntó al leñador:
—¿No dijiste que encontraste al niño en el bosque? ¿Y no hace hoy diez años de
eso?
Y el leñador respondió:
—Sí, lo encontré en el bosque, y hoy hace justamente diez años.
—¿Y qué señales encontraste con él? —dijo ella—. ¿No llevaba al cuello un
collar de ámbar? ¿No estaba envuelto en un manto de tisú de oro bordado de
estrellas?
—Así es —respondió el leñador—, fue exactamente como tú dices.
Y sacando del arcón donde estaban guardados el manto y el collar de ámbar, se
los enseñó.
Al verlos, la pobre se echó a llorar de alegría y dijo:
—Es mi hijito, al que perdí en el bosque. Te lo ruego, manda a buscarlo
enseguida, porque he recorrido el mundo entero en su busca.
Así que el leñador y su mujer salieron y llamaron al Niño-Astro y le dijeron:
—Entra en casa y allí encontrarás a tu madre que está esperándote.
El niño entró corriendo, sorprendido y radiante, pero cuando vio quién era la que
estaba esperándole, se echó a reír desdeñosamente y dijo:
—Vamos, ¿dónde está mi madre? Aquí no veo más que a esta vil pordiosera.
Y la mujer le respondió:
—Yo soy tu madre.
—Tú estás loca —gritó el Niño-Astro, furioso—. Yo no soy tu hijo, tú eres una
pordiosera fea y andrajosa. Vete lejos de aquí y que no vea yo más esa sucia cara.
—No, no, tú eres de verdad el hijito que me nació en el bosque —gritó ella. Y
cayendo de rodillas, lo rodeó con sus brazos—. Los bandidos te raptaron, y te
abandonaron para que murieras —murmuró ella—, pero yo te reconocí nada más
verte, y también he reconocido las señales: el manto de tisú de oro y el collar de
ámbar. Ven conmigo, te lo ruego, pues he recorrido el mundo entero en tu busca. Ven
conmigo, hijo mío, pues necesito tu cariño.
Pero el Niño-Astro no se movió del sitio y le cerró las puertas de su corazón, y no
se oía más que el llanto lastimero de la mujer.
Al fin él le habló, y su voz fue dura y amarga:

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—Si de verdad eres mi madre —dijo—, mejor sería que te hubieras quedado por
ahí lejos, en vez de venir a avergonzarme; yo me creía el hijo de una estrella, y no el
hijo de una pordiosera como tú dices que soy. Así que ¡vete de aquí y que yo no te
vea más!
—¡Ay de mí, hijo mío! —lloró ella—. ¿No me darás siquiera un beso antes de
que me vaya? Por lo mucho que he sufrido para encontrarte.
—No —dijo el Niño-Astro—, eres demasiado repugnante. Antes besaría yo a una
víbora o a un sapo que a ti.
Entonces la mujer se levantó, y se fue hacia el bosque llorando amargamente; y
cuando el Niño-Astro vio que se había ido, se puso contento, y volvió con sus
compañeros para seguir jugando.
Pero cuando lo vieron venir, se burlaron de él diciéndole:
—¡Anda!, pero si eres más asqueroso que el sapo, y tan repugnante como la
víbora. Vete de aquí, que no queremos jugar contigo.
Y lo echaron del jardín.
El Niño-Astro frunció el ceño y se dijo:
—¿Qué es lo que me dicen? Iré al pozo y me miraré en el agua, y ella me dirá lo
guapo que soy.
Así que fue al pozo y se miró en el agua, pero he aquí que su rostro era como el
de un sapo y su cuerpo era escamoso como el de una víbora. Y dejándose caer en la
hierba, lloró y se dijo:
—A buen seguro que esto es un castigo por mi pecado. He renegado de mi madre,
y la he echado y he sido orgulloso y cruel con ella. Iré y la buscaré por todo el mundo
y no descansaré hasta encontrarla.
Entonces llegó la hija pequeña del leñador, y poniéndole sus manos en los
hombros le dijo:
—¿Qué importa que hayas perdido tu hermosura? Quédate con nosotros, yo no
me burlaré de ti.

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Y él contestó:
—No, porque he sido cruel con mi madre, y me ha sido enviada esta desgracia
como castigo. Tengo que marcharme lejos y vagar por el mundo hasta que la
encuentre y me dé su perdón.
Y salió corriendo hacia el bosque y llamó a su madre para que volviera, pero no
hubo respuesta. La llamó todo el día, y a la puesta del sol se echó a dormir en un

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lecho de hojas, y los pájaros y los animales huían de él, porque recordaban su
crueldad, y quedó solo, salvo el sapo que lo miraba fijamente, y la cautelosa víbora
que pasó junto a él arrastrándose.
Al despuntar el día se levantó y cogió unas bayas amargas de los árboles y se las
comió, y siguió de nuevo su camino a través del inmenso bosque, derramando
lágrimas amargas. Y a toda criatura que encontraba, le preguntaba si había visto a su
madre por casualidad.
Dijo al topo:
—Tú que andas bajo tierra. Dime, ¿está mi madre allí?
Y el topo respondió:
—Tú cegaste mis ojos, ¿cómo quieres que la vea?
Dijo al pardillo:
—Tú que vuelas por encima de los altos árboles y ves el mundo entero. Dime,
¿puedes ver a mi madre?
Y el pardillo respondió:
—Tú recortaste mis alas para divertirte, ¿cómo quieres que vuele?
Y a la pequeña ardilla que vivía sola en el abeto le dijo:
—¿Dónde está mi madre?
Y la ardilla respondió:
—Tú has matado a la mía, ¿es que también quieres matar a la tuya?
Y el Niño-Astro lloró y agachó la cabeza, y pidió perdón a las criaturas de Dios, y
siguió su camino a través del bosque en busca de la pordiosera. Y al tercer día llegó al
otro lado del bosque y bajó al llano.

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Cuando pasaba por los poblados, los niños se burlaban de él y le tiraban piedras,
y los aldeanos no lo dejaban ni dormir en sus establos por miedo a que trajera la
negra al trigo almacenado, tan repugante era su aspecto, y los mozos lo echaban, y
nadie tenía piedad de él. Tampoco consiguió oír nada, en ninguna parte, acerca de la
mendiga que era su madre, y así recorrió el mundo por espacio de tres años. A veces
le parecía verla en el camino, frente a él, y la llamaba, y corría tras ella hasta que los
guijarros hacían sangrar sus pies. Pero jamás podía alcanzarla; y los que vivían junto
al camino, siempre negaban haber visto a la mendiga o a alguien que se le pareciera,
y se burlaban de su dolor.
Vagó por el mundo durante tres años, y no halló amor ni bondad ni caridad para
él, pues el mundo era igual al que él mismo había creado en los días de su gran
orgullo.
Y un anochecer llegó hasta la puerta de una ciudad fuertemente amurallada que se
alzaba junto a un río; cansado y con los pies ensangrentados, intentó entrar, pero los
soldados que montaban la guardia pusieron sus alabardas atravesando la entrada y le
dijeron ásperamente:
—¿Qué se te ha perdido en esta ciudad?

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—Busco a mi madre —respondió él—, y os suplico que me dejéis entrar, pues
quizá está en esta ciudad.
Pero ellos se burlaban de él, y uno de los soldados, sacudiendo la negra barba que
tenía, apoyó su escudo en el suelo y dijo:
—La verdad, tu madre no va a alegrarse cuando te vea, pues eres más feo que el
sapo de la charca y que la víbora que se arrastra por el cieno. Largo de aquí. Largo.
Tu madre no vive en esta ciudad.
Y otro, que sostenía un estandarte amarillo en la mano, le dijo:
—¿Quién es tu madre y por qué la buscas?
Y él respondió:
—Mi madre es un mendiga como yo, y me pesa haberla tratado cruelmente; os
suplico que me dejéis pasar para que me dé su perdón, si es que se ha quedado en esta
ciudad.
Pero ellos no se lo permitieron, y le aguijoneaban con sus lanzas.
Y cuando ya se marchaba llorando llegó uno que llevaba una armadura con
florones dorados y casco donde lucía un león alado, y preguntó a los soldados quién
era el que solicitaba entrar.
Y ellos le dijeron:
—Es un pordiosero, hijo de una pordiosera, y lo hemos echado de aquí.
—No —exclamo riéndose—, podemos vender este horror de criatura como
esclavo, y su precio será una jarra de vino dulce.
Y un viejo de cara maligna, que pasaba por allí, dijo en alta voz:
—Por ese precio me lo quedo yo.

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Y cuando hubo pagado lo convenido, cogió al Niño-Astro de la mano y lo
condujo a la ciudad.
Después de recorrer muchas calles, llegaron hasta una puertecilla abierta en un
muro que cubrían las hojas de un granado. El viejo golpeó la puerta con un anillo de
jaspe tallado y la puerta se abrió. Bajaron seis escalones de bronce y se encontraron
en un jardín lleno de adormideras negras y jarras verdes de arcilla. El viejo sacó
entonces de su turbante una bufanda de seda estampada, y le vendó con ella los ojos
al Niño-Astro, y le hizo avanzar hacia adelante. Y cuando le quitó la venda de los
ojos, el Niño-Astro se encontró en una mazmorra, alumbrada por una lámpara de
cuerno.
El viejo puso ante él un tajo con un pedazo de pan mohoso y le dijo:
—Come.
Y agua salada en una taza, y le dijo:
—Bebe.
Y cuando el niño hubo comido y bebido, el viejo se fue, cerrando la puerta tras él
y asegurándola con una cadena de hierro.

* * *

A la mañana siguiente, el viejo, que era en verdad el más hábil de los magos de
Libia y había aprendido su arte de uno que moraba en las tumbas del Nilo, entró y lo
miró con severidad, y le dijo:
—En un bosque cercano a la puerta de esta ciudad de Giaours hay tres monedas
de oro. Una es de oro blanco, otra es de oro amarillo, y el oro de la tercera es rojizo.
Hoy tienes que traerme la moneda de oro blanco, y si no me la traes, te daré cien
latigazos. Vete rápido y a la puesta del sol te estaré esperando en la puerta del jardín.
Y mira que traigas el oro blanco, o te arrepentirás, pues eres mi esclavo y te he
comprado por el precio de una jarra de vino dulce.
Y le vendó los ojos con la bufanda de seda estampada y lo condujo a través de la
casa y del jardín de adormideras, y subieron los cinco escalones de bronce y, abriendo
la puertecilla con la ayuda de su anillo, lo dejó en la calle.

* * *

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El Niño-Astro salió por la puerta de la ciudad y llegó al bosque del que le había
hablado el Mago.
Ahora bien, este bosque era muy bonito para verlo desde fuera, y parecía lleno de
pájaros cantores y fragantes flores, y el Niño-Astro penetró en él alegremente.
Aunque aquella belleza de bien poco le valía a él, pues dondequiera que iba, ásperas
zarzas y espinos brotaban de la tierra y lo rodeaban, y crueles ortigas le pinchaban, y
el cardo le traspasaba con sus púas, de modo que se encontró en un estado
lamentable. No pudo encontrar por ninguna parte la moneda de oro blanco que le
había dicho el Mago, aunque la estuvo buscando desde el amanecer hasta el mediodía
y desde el mediodía hasta la puesta del sol. Y al anochecer volvió sus pasos hacia
casa llorando amargamente, pues sabía la suerte que le aguardaba.
Pero cuando llegó a la linde del bosque oyó como un gemido de alguien que se
quejara y que salía de un matorral, y olvidándose de su propio pesar corrió hacia allí
y vio una pequeña liebre cogida en una trampa preparada por un cazador.

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Y el Niño-Astro se apiadó de ella y la soltó, diciéndole:
—Yo no soy más que un esclavo, pero puedo darte la libertad.
Y la liebre le contestó:
—Verdaderamente me has dado la libertad, ¿y qué te daré yo a cambio?
Y el Niño-Astro le dijo:
—Estoy buscando una moneda de oro blanco, y no la encuentro por ninguna
parte, y si no se la llevo a mi amo, me azotará.
—Ven conmigo —dijo la liebre— y te conduciré hasta ella, pues sé dónde está
escondida y con qué propósito.
Y el Niño-Astro siguió a la liebre, y ¿qué creéis que vio? Pues en la hendidura de
un gran roble vio la moneda de oro blanco que estaba buscando. Lleno de alegría, la
cogió y dijo a la liebre:
—El favor que te hice me lo has devuelto con creces, y la compasión que tuve
contigo me la has devuelto centuplicada.
—No —respondió la liebre—. Yo he hecho contigo lo mismo que tú hiciste
conmigo.
Y desapareció corriendo velozmente, y el Niño-Astro regresó a la ciudad.
Y sucedió que a la puerta de la ciudad estaba sentado un leproso. Tenía la cara
cubierta con un capuchón de lienzo gris, y a través de los agujeros, para que pudiera
ver, brillaban sus ojos como dos carbones encendidos. Cuando vio venir al Niño-
Astro, golpeó su escudilla de madera y, sonando su campanilla con estrépito, lo llamó
diciéndole:
—Dame una moneda o me moriré de hambre. Porque me han arrojado de la
ciudad y nadie tiene piedad de mí.

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—¡Ay! —exclamó el Niño-Astro—, sólo tengo una moneda en mi bolsa, y si no
se la llevo a mi amo, me azotará, pues soy su esclavo.
Pero el leproso rogó y suplicó hasta que el Niño-Astro se apiadó de él, y le dio la
moneda de oro blanco.
Y cuando llegó a la casa del Mago, éste le abrió la puerta, le hizo entrar y le dijo:
—¿Traes la moneda de oro blanco?
Y el Niño-Astro respondió:
—No la traigo.
Entoces el Mago se abalanzó sobre él y le pegó y puso ante él un tajo vacío y le
dijo:
—Come.
Y una taza vacía y le dijo:
—Bebe.
Y lo encerró de nuevo en la mazmorra.
A la mañana siguiente, el Mago vino de nuevo y le dijo:
—Si no me traes hoy la moneda de oro amarillo, te guardaré como esclavo y te
daré trescientos latigazos.
Así que el Niño-Astro se fue al bosque y estuvo todo el santo día buscando la
moneda de oro amarillo, pero no pudo encontrarla por ninguna parte, y al anochecer
se dejó caer al suelo y se echó a llorar, pero cuando estaba llorando llegó la pequeña
liebre que él había soltado del cepo.
Y la liebre le dijo:
—¿Por qué lloras? ¿Y qué buscas en el bosque?
Y el Niño-Astro respondió:
—Busco una moneda de oro amarillo que está escondida aquí, y si no la
encuentro, mi amo me azotará y me guardará como esclavo.
—Sígueme —dijo la liebre, y salió corriendo por el bosque hasta llegar a una
charca de agua. Y en el fondo de la charca estaba la moneda de oro amarillo.
—¿Cómo podré agradecértelo? —dijo el Niño-Astro—, porque ésta es la segunda
vez que me salvas.
—No, tú fuiste el primero en tener compasión de mí —dijo la liebre, y
desapareció corriendo velozmente.
El Niño-Astro cogió la moneda de oro amarillo, la metió en su bolsa y se fue
deprisa hacia la ciudad. Pero el leproso que lo vio venir, corrió a su encuentro y,
arrodillándose, gritaba:
—Dame una moneda o moriré de hambre.
Y el Niño-Astro le dijo:
—Sólo tengo en mi bolsa una moneda de oro amarillo, y si no se la llevo a mi
amo, me azotará y me guardará como esclavo.
Pero el leproso le suplicaba tan angustiosamente, que el Niño-Astro se
compadeció de él y le dio la moneda de oro amarillo.

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Y cuando llegó a la casa del Mago, éste le abrió la puerta, le hizo entrar y le
preguntó:
—¿Traes la moneda de oro amarillo?
Y el Niño-Astro le respondió:
—No, no la traigo.
Entonces el Mago se abalanzó sobre él y le pegó y lo cargó de cadenas y lo metió
de nuevo en la mazmorra.
Y a la mañana siguiente vino el Mago y le dijo:
—Si me traes hoy la moneda de oro rojizo te dejaré libre; pero si no me la traes,
te mataré.
Así que el Niño-Astro se fue al bosque y pasó todo el día buscando la moneda de
oro rojizo, pero no la encontró por ninguna parte. Y al anochecer se sentó y se puso a
llorar, y cuando estaba llorando llegó la pequeña liebre, y le dijo:

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—La moneda de oro rojizo que estás buscando está en la cueva que hay detrás de
ti. Así que no llores más y alégrate.
—¿Cómo podré agradecértelo? —exclamó el Niño-Astro—, pues ésta es la
tercera vez que me has salvado.
—No, tú fuiste el primero en tener compasión de mí —dijo la liebre, y
desapareció corriendo velozmente.
Y el Niño-Astro entró en la cueva, y encontró la moneda de oro rojizo en el
rincón más alejado. Entonces la puso en su bolsa, y se volvió apresuradamente a la
ciudad. Y el leproso que lo vio venir se plantó en medio del camino y lo llamaba
gritando:
—Dame la moneda de oro rojizo, si no quieres que me muera.

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Y el Niño-Astro tuvo piedad de él una vez más y le dio la moneda de oro rojizo
diciéndole:
—Tu miseria es mayor que la mía.
Pero su corazón se entristeció porque sabía el destino cruel que le aguardaba.

* * *

Pero hete aquí que cuando atravesaba la puerta de la ciudad los guardias lo
saludaron presentando armas y diciéndole:
—¡Qué hermoso es nuestro señor!
Y una gran muchedumbre lo siguió gritando:
—¡En verdad que no hay nadie más hermoso en todo el mundo!
Y el Niño-Astro, llorando, se decía:
—Se burlan de mí y hacen mofa de mi desgracia.
Y era tanto el gentío, que el muchacho se perdió y fue a dar al fin a una gran
plaza, donde estaba el palacio del Rey.
Y se abrieron las puertas del palacio, y los sacerdotes y los altos dignatarios de la
ciudad salieron a su encuentro rindiéndole homenaje y pleitesía.
—Tú eres nuestro señor, el que estábamos esperando, y el hijo de nuestro Rey.
Y el Niño-Astro les respondió:
—Yo no soy hijo de rey, sino hijo de una pobre mendiga. Y ¿cómo decís que soy
hermoso, si sé que tengo un aspecto desgraciado?
Entonces el personaje que tenía la armadura con florones de oro incrustados y
casco donde lucía un león alado, le presentó su escudo y exclamó:
—¿Quién ha dicho que mi señor no es hermoso?
Y el Niño-Astro se miró y he aquí que su rostro era el mismo que había sido
antes: había recuperado su belleza, y con sus ojos veía lo que nunca antes había visto.
Y los sacerdotes y los altos dignatarios se arrodillaron diciendo:
—Estaba escrito hace largo tiempo por los profetas que en este día vendría el que
tiene que reinar sobre nosotros. Por tanto, acepte nuestro señor esta corona y este
cetro, y sea en toda justicia y misericordia nuestro Rey.
Pero él les dijo:
—Yo no soy digno, porque negué a mi madre que me dio la vida, y no descansaré
hasta que la haya encontrado y consiga su perdón. Dejadme ir, pues tengo que vagar
de nuevo por el mundo y no puedo quedarme aquí aunque me ofrezcáis la corona y el
cetro.
Y mientras hablaba volvió el rostro hacia la calle que conducía a la puerta de la
ciudad y he aquí que entre la multitud que se apretujaba alrededor de los soldados,

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vio a la mendiga que era su madre; y a su lado, al leproso que solía estar sentado al
borde del camino.
Y un grito de alegría brotó de sus labios. Entonces atravesó la plaza a todo correr
y fue a arrodillarse ante su madre; le besó los pies, que estaban cubiertos de heridas, y
los regó con sus lágrimas. Inclinó su cabeza hasta tocar el polvo, y sollozando, como
el que siente rompérsele el corazón, le dijo:

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—Madre, te negué en la hora de mi orgullo, acéptame en la hora de mi humildad.
Madre, te di odio. Dame tú amor. Madre, yo te rechacé. Recibe ahora a tú hijo.
Pero la mendiga no respondió ni una palabra.
Entonces él se abrazó a los blancos pies del leproso y le dijo:
—Por tres veces tuve piedad de ti. Ruega una vez siquiera a mi madre para que
tenga piedad de mí.
Pero el leproso no le respondió una sola palabra.
Y él, sollozando de nuevo, le dijo:
—Madre, mi sufrimiento es mayor de lo que puedo soportar. Dame tu perdón y
déjame volver al bosque.
Y la mendiga, poniéndole la mano sobre su cabeza, le dijo:
—Levántate.
Y el leproso, poniéndole la mano sobre su cabeza, le dijo también:
—Levántate.
Y él se levantó y los miró, y ¿qué es lo que vio? Pues que un Rey y una Reina
estaban ante él.
Y la Reina le dijo:
—Éste es tu padre al que socorriste.
Y el Rey dijo:
—Ésta es tu madre cuyos pies has lavado con tus lágrimas.
Y los dos lo abrazaron y lo besaron. Luego lo llevaron al palacio, lo vistieron con
hermosos ropajes y pusieron la corona sobre su cabeza y el cetro en su mano. Y reinó
sobre la ciudad que se alzaba junto al río, y fue su dueño y señor. Mostró gran justicia
y clemencia con todos. Desterró al Mago perverso; envió ricos presentes al leñador y
a su mujer, y a los hijos de éstos los cubrió de grandes honores. No consintió la
crueldad con los pájaros ni con los animales, sino que enseñó el amor, la bondad y la
caridad. Dio de comer a los pobres y vistió al desnudo, y el país conoció la paz y la
prosperidad.
Pero no reinó largo tiempo, pues había sido tan grande su sufrimiento y tan
amargas sus penas, que murió al cabo de tres años, y el que le sucedió fue un mal rey.

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