Febrero: Argenis Rodríguez
Febrero: Argenis Rodríguez
Argenis Rodríguez
Febrero
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CO L ECCIÓN F EBREROSyABRI L E S
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CO LECCIÓNFE BR E ROSyABR I LE S
Los febreros y abriles tienen significados más que históricos.
Son fechas y hechos que nos hablan, entre otras cosas, de la
valentía del pueblo, de la aparición pública del hombre que
devolvió los sueños y la esperanza a un país que clamaba por un
verdadero y profundo cambio. Han pasado treinta años desde ese
momento histórico, de ese 4 de febrero de 1992, cuando pudimos
conocer el rostro de ese hombre que había iniciado, años atrás, las
circunstancias que determinarían aquel “Por ahora”.
Los eventos que determinaron las acciones del 4F tienen sus
antecedentes en el 27 de febrero de 1989. El pueblo —como tantas
veces se lo escuché a decir al comandante Chávez—
“se les adelantó”, salió a la calle a protestar contra las medidas
neoliberales del segundo Gobierno de Carlos Andrés Pérez.
Toda revolución tiene su contrarrevolución. Es por ello que
la frase: “Todo once tiene su trece” debemos recordarla, porque
siempre tendremos que volver a ella. Hace veinte años vivimos
el golpe de Estado contra el comandante Chávez y el pueblo
venezolano, auspiciado por sectores empresariales e imperiales.
Nada ha cambiado desde entonces.
Estos febreros y abriles nos recuerdan cuál es nuestro destino
revolucionario, nuestra ética como militantes de un camino que
dejó sembrado nuestro comandante Hugo Chávez.
Nuestra historia, aunque reciente, ha producido un
abundante y prolífico material para su lectura y estudio.
Esta colección es una muestra del trabajo de historiadores,
cronistas y escritores para que viejas y nuevas generaciones
asistan a la memoria de las luchas del pueblo.
Francisco de Quevedo
I
RESOLANA
1
La mujer salió al patio con la cesta de ropa para colgar
cuando divisó al negro. Al principio la mujer se asustó,
aunque el negro, de pie, con los brazos separados, había
puesto cara-de-caridad, de quien está en la mala, pero
que no desea hacer el mal ni lo ha hecho nunca.
La mujer, cesta en mano, miró el alambre donde solía
colgar la ropa y se volteó para volver a ver al negro, pues
no lo había visto bien. A mí se me hace que este se escapó
de alguna parte o anda huyendo, se dijo. Y por poco no gritó:
“¡Qué susto! ¡Válgame Dios! ”. Pero algo en la actitud del
negro la contuvo.
La casa de la mujer era la más distante del barrio. El
silencio lo invadía todo. El calor era sofocante a esa hora del
mediodía y el negro sudaba la franela a rayas. Tenía la cara
lubricada por el sudor y del pelo chicharrón le caían gruesas
gotas de agua, porque al parecer el negro había metido la
cabeza en un balde de agua o en el molino donde bebía agua
el ganado. Tenía el pantalón lleno de barro y los zapatos
tan negros como los pies de tanto andar a la intemperie por
caminos polvorientos o aguas encharcadas.
El negro no llevaba medias. Ni falta que le hacían en la
situación en que se encontraba. En todo caso se las quitó y las
lanzó por ahí o se robó los zapatos sin pensar en las medias.
El negro había corrido un buen trecho, había descansado y
se había puesto a marchar de nuevo. El recorrido lo había
hecho a pie, evitando carreteras. Había pasado en silencio
frente a casas como esta, pero los perros o los niños lo
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ahuyentaban. Aunque su último contacto con una persona
fue con una mujer (no diferenciaba a una niña de una mujer
porque todas le parecían iguales).
Pasó todo un día escondido en una casa de adobes con
una ventana de hierro. La gente, supuso, dormía sobre los
colchones tirados en el piso, y sus moradores eran mujeres.
Mujeres hechas y derechas. O niñas, lo que era igual.
Al frente corría una quebrada y por las conversaciones
se enteró que la dueña de la casa paría esa noche. Por la tarde
escuchó el grito de la muchachada que salía de la escuela que
estaba detrás y a los pocos segundos entró una mujer o una
niña a la que golpeó en la cabeza. No quería matarla porque
lo suyo era disfrutar de sus víctimas mientras vivieran. Pero
la niña (era una niña) se le zafó, le lanzó una patada y procuró
correr hacia la puerta. El negro, casi instintivamente, la haló
por la larga cabellera, la estrechó contra la pared, la mordió
en el cuello y después en la boca, donde le buscó la lengua y
se la arrancó de un tajo.
La niña vivía aún cuando el negro la violentó. Vivía
todavía cuando volvió a poseerla. Para la tercera vez el negro
comprendió que estaba muerta. La hurgó con una cabilla, se
la metió hondo en la vagina y la traspasó. Está más muerta
que el carajo, se dijo.
De afuera se oía la música de una rocola o la conversa-
ción de la gente que vivía del otro lado de la quebrada y que
jugaba dominó. A eso de las diez vinieron y tocaron la puerta.
—Qué raro, yo la vi entrar –dijo una mujer–. Yo le venía
a decir que la mamá había parido.
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El negro no hizo ningún ruido. Estuvo acostado sobre el
cuerpo sintiendo nuevas erecciones.
Poco rato después que las mujeres se fueron salió por
la ventana y caminó por los predios de la escuela. En alguna
parte estaban friendo chinchurrias y celebrando una fiesta.
Pasó por la quinta deshabitada, cruzó la avenida Bolívar, que
era una calle de una sola vía y se internó por la quebrada.
Todavía tuvo tiempo de acostarse debajo de un viejo alero
cuando oyó los gritos.
—¡La mataron!
—¡La violaron!
—¡Era la mayor!
—¡Y la mamá acababa de parir! ¡Pobre Alida!
Entonces se levantó, corrió por la noche toda y por todo
el día cuando llegó al solar y contempló a la señora gorda,
joven si se ponía a compararla con otras mujeres que había
visto, tocado o golpeado, y le dijo las primeras palabras:
—Estoy perdido y no soy de aquí.
—Pues, señor, está en Cagua –respondió la mujer de
caderas anchas y senos prominentes.
El negro la contempló como si la desnudara o ya la
hubiera hecho suya. Era como si ya hubiera sido de él en otro
tiempo, en el pasado.
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A la mujer no se le escapó un solo gesto del hombre. Le
dio la espalda, pero no lo perdía de vista mirándolo por
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encima del hombro. De ese modo terminó de colgar la
ropa y con prisa se dirigió a la puerta de la casa.
El hombre no se había movido. Continuaba sudando y
echando largas ojeadas a la lejura. Hasta lograba ver una
urbanización con sus alamedas y sus carros estacionados
bajo el intenso sopor del mediodía.
Uno que otro gallo cantó y un gato pasó con lentitud, se
humedeció las patas delanteras con la lengua y prosiguó en
su incierta caminata.
Cuando la mujer traspuso la puerta de zinc el hombre
dio dos pasos, titubeó y se dijo: Carajo, estoy en la misma
Cagua. Hay que ver lo que he corrido por la noche y parte
del día de hoy.
Se acercó a la casa de adobes y cartón piedra, una casa
de dos cuartos en la que se podía divisar una cocina en uno de
ellos y una cama en el otro.
El hombre de unos treinta años, más negro que moreno
y con los ojos más rojos que negros, caminó levantando el
polvo del patio y tocó la puerta.
—Mejor se aleja –respondió la mujer–. Mi marido y mis
hijos están por llegar.
—Yo lo que quiero es agua –atinó a decir el hombre, que
buscaba al mismo tiempo una ranura más ancha para mirar
hacia adentro–. Yo lo que quiero es una poquita de agua
–repitió.
—Ya se le siente que a más de agua quiere comer y tal
vez otra cosa.
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—No, señora, yo con un vaso de agua me conformo. A lo
más dos y me voy.
—Ya le dije que se fuera.
Y la mujer le pasó la tranca a la puerta, luego se agachó
y sacó un machete de debajo de la cama. Se sentó.
—Ahora sí me jodí yo con este culito –se dijo la mujer en
voz baja.
—Señora, que yo no me le he expresado mal.
—Pero cualquiera lo conocería y adivinaría lo que piensa.
—¿Cómo va usted a adivinar lo que pienso? ¿Acaso lee
usted los pensamientos?
—Más de lo que usted cree. ¿O por qué piensa usted que
yo me he trancado por dentro y lo estoy esperando con lo que
usted menos se imagina?
—Entonces me voy.
—Váyase.
—Me voy –dijo el negro mirando la casa, la pequeña
ventana, la puerta que acaso no resistiera dos empujones y
la cuerda de tender la ropa.
A lo lejos se oyó el motor de un camión.
—Señora, usted no entiende y se le niega a un cristiano.
—Mire, arranque antes de que sea demasiado tarde.
Algunos gallos cantaron respondiéndose. Una camio-
neta pasó por la carretera levantando polvo amarillo.
—Cualquiera de esos carros que usted oye pudiera ser
el de mi marido. O usted no lo entiende.
—Yo...
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—Yo –lo interrumpió la mujer– no voy a pasar todo el
santo día encerrada en este infierno.
—Bueno, me voy –dijo el hombre y como si ya lo hubiera
calculado todo, partió en carrera contra la puerta y la reventó.
—¡Ay, el diablo! –gritó la mujer. Gritó como una rata
acorralada a la que le han encajado un hierro caliente en la
barriga.
El hombre se había colado y la mujer le había lanzado un
machetazo por arriba y por la fuerza se le quedó clavado en
la pared. Trató de halarlo, sacarlo, rescatarlo cuando sintió
un golpe en la nuca. Después más golpes repetidos y bien
lanzados contra los costados, la cara y el abdomen. Al caer,
el negro dijo:
—Se lo tenía merecido.
Se fijó en torno suyo. Sacó el machete. Se paseó por las
dos habitaciones y tomó agua levantando la tinaja. Así como
bebió se dejó caer un chorro en la cabeza sin dejar de estar
atento a la mujer, a la puerta y a las dos pequeñas habita-
ciones. Se sentó en un filo de la cama. Todo había sido rápido.
Del techo colgaban algunas hojas de ruda, unas pencas de
sábila y una mano de cambur verde. Se comió una cebolla,
rebuscó en las tapias y encontró un pedazo de cochino frito.
Comió con calma ahora con el machete debajo del sobaco
izquierdo.
La mujer, al caer, se había roto la cabeza con la piedra
de pisar los aliños y el vestido blanco se le había subido. No
tenía ni pantaletas ni sostenes. El negro le arrancó el trapo
enterizo, la vio desnuda, se le montó vestido, abriéndose sólo
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la bragueta y después de satisfacerse y respirar profundo,
sentado sobre las piernas de la mujer que sangraba por la
boca, se dijo: Ni malo. Y eso que ha sido de día.
Se levantó, volvió a beber agua, esta vez con un cántaro
de metal y con el machete que no había soltado en ningún
instante, le lanzó un golpe al cuello de la mujer de derecha
a izquierda y le desprendió la cabeza que voló por los aires.
Le parecía normal y hasta satisfactorio que terminara
de esa forma una mujer (o una niña) que se le había resistido.
Aunque encontró ropa de hombre en uno de los cuartos, se
acostó en la cama porque supuso a la mujer sola y se durmió.
En el sueño tuvo varias erecciones y habló en voz alta.
Cuando se despertó eran pasadas las seis. Se cambió de
ropa. En esta ocasión no se olvidó de ponerse medias y se
llevó un dinero que encontró en un frasco bocón.
Por el cansancio no se había dado cuenta de que había
dormido al lado de la cabeza de la mujer, que había saltado
quién sabe desde dónde al único y bien proporcionado mache-
tazo. Mala suerte, pensó. Y eso que esta desconfió bastante.
Y se marchó.
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En La Encrucijada pidió una arepa de pernil y se
la comió de pie, mirando hacia todas partes. La gran
parada estaba atestada de autobuses, carros por
puesto, camionetas de pasajeros y grandes camiones de
transporte. Se fijaba hacia todos los lados como la vez
que lo sorprendieron tocando a la niña en El Valle. Iba
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a cada hora a casa de su madrina y se sentaba al lado de
la niña que veía televisión y le metía la mano izquierda
por debajo y le tocaba la totona. A veces su madrina lo
dejaba solo y él se insinuaba más, le metía la punta del
dedo largo y se iba.
Fue un sábado a mediodía. Se presentó con unas cotufas
y se las ofreció a la niña. Su padrino pasó hacia la cocina y dijo
algo que él oyó claramente:
—¿Tú no crees que Pedro está tocando a Patricia por
debajo?
—No, qué va. Yo hasta la dejo sola con él.
Pedro oyó pero su deseo era tan incontenible que
continuó tocándola. Después sintió el golpe en la oreja y cayó
al suelo.
—¡Coño ’e madre! –le gritó el padrino.
Supo que lo habían denunciado a la PTJ, pero él ya se
encontraba en Puerto Cabello trabajando con unos pesca-
dores de sardinas.
Un diciembre regresó a Caracas y se ubicó por los lados
de La Puerta de Caracas. Dormía en una casa que estaban
demoliendo. Poco después empezó a trabajar para la pana-
dería de un portugués que le confió una moto.
Por el centro comercial pasaba toda clase de gente.
Conoció a una muchacha llamada Rita, a la que convidaba
todos los días a bajar a La Guaira. Rita le respondía que no,
que era menor de edad, que su mamá no la perdonaría y que
hasta la sacaría de la casa. “¿Y entonces?”. “Nos ponemos
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a vivir juntos”. “¡No, qué va!”. La cogió por ahí, como por
juego y cada vez que la veía le decía lo mismo y la convidaba
a bajar al mar. Rita tenía catorce años y estudiaba primer
año de bachillerato. Aunque en casa eran muy pobres y la
madre era la que se mataba haciendo empanadas para un
restaurante, Rita vestía bien, igual que su hermana Grace.
Pedro recorría casi toda la ciudad en moto. Una noche
llevó a una muchacha a Monte Piedad y se quedaron
durmiendo juntos. Luego Pedro iba todos los días y se
quedaba con Natalí. Dormían juntos. Se acostumbraron.
Pero ella tenía unas salidas que él no le conocía. Se aparecía
cuando quería y no le gustaba dar explicaciones.
—Lo mío es lo mío y lo tuyo es lo tuyo –le respondía a
Pedro, que a veces molesto se iba a beber cerveza. Llegaba
borracho y si Natalí no estaba la esperaba con una lata en la
mano. Y si estaba la invitaba a beber y se dormían bebiendo.
Una noche se emborrachó más de la cuenta y se durmió. Soñó
que entraba de improviso en la casa de sus padrinos y se le
encimaba a la niña y cuando ya la iba a poseer se despertaba.
Al despertarse maldecía a Natalí porque se sentía con ganas
y se dormía y regresaba al sueño de la niña. Cuando Natalí
llegó y lo despertó, Pedro le brincó, la agarró por el cuello y
la lanzó a la cama.
—¡Suéltame, que me ahogas!
—¡Puta! –respondió él y la golpeó. Le rompió el vestido.
Natalí gritó y Pedro le puso la mano en la boca y la golpeó
con el puño derecho. La poseyó desmayada y luego procedió
a ahorcarla con la correa.
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Natalí abrió los ojos al mismo tiempo que abría la boca y
se ponía morada.
—Ya estás, coño.
Pedro saltó de la cama, se bebió otra lata y se sentó en la
única silla del cuarto. Al rato, antes de amanecer, envolvió el
cuerpo de Natalí en una sábana y lo metió debajo de la cama.
Bastante tiempo les va a costar encontrarte, se dijo.
Recogió su ropa, sacó la moto y se fue a la panadería.
Pedro tenía el apellido de la mujer que lo había criado en
la calle Cajigal de los Jardines del Valle. La señora Valecillos
solía dormir con él y a partir de cierta edad (a estas alturas
cree que tiene treinta, pero puede tener menos) comenzó a
jugar con él en la cama, a tocarlo por debajo de los granos y a
chupárselos. Se conocía a todas las familias que vivían en las
veredas. Entraba en todas las casas. Le gustaba perseguir
a los perros y apalearlos. Y a veces gritaba en medio de la
calle:
—¡Maté uno!
Perseguía los gatos y le gustaba amarrarles una cabuya
por el pescuezo y alzarlos lentamente hasta que morían. Se
hizo hombre desde muy temprano. Luego vino cuando la
señora Valecillos lo llevó a casa de la que le dijo:
—Esta es tu madrina.
Y también conoció al padrino y a Patricia, la niña que
para ese entonces contaba cuatro años.
Luego estuvo yendo siempre a la casa de la madrina y
tocando a Patricia por debajo de las piernas hasta que su
padrino lo corrió a pescozones y lo denunció. No regresó a
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casa de la madre porque la encontraba muy vieja y además
le repugnaba que ella le metiera su lengua en la boca. Una
noche por poco no la ahorcó.
—Muchacho, ¿qué te pasa? –gritó la vieja aterrorizada.
—Usted hiede.
Ahora Pedro, en la Encrucijada de Cagua, no hallaba
hacia dónde dirigir sus pasos. Habló con el portugués del
restaurante y se ofreció para barrer y pasar coleto.
—Aunque sea por la comida, don.
El portugués lo examinó y respondió:
—Ya tengo otro muchacho. Pero le voy a dar un consejo.
Usted es joven y en Magdaleno están buscando policías.
—Y ¿dónde queda Magdaleno?
—Cualquiera lo lleva. Si se aguanta por ahí yo mismo lo
mando.
Pedro caminó por el terminal. Vio los letreros de los
periódicos. Unos policías habían asaltado un camión blin-
dado y se habían llevado unos cuantos millones. Entró en el
baño y cuando fue a orinar sintió una erección. Tenía algo así
como veinticuatro horas que no se acostaba con una mujer.
¿Y si regresara?, se dijo e imaginó a la mujer tirada en el piso
de tierra del rancho. Comenzó a darse hacia adelante y hacia
atrás. Se dobló. Se dominó para no gritar.
Cuando salió tenía la cara reluciente.
—Ese es el hombre.
Pedro se volvió rápidamente. O corro o me encaramo,
fue la frase que se le vino a la cabeza.
—Ese es.
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Era el portugués que se lo señalaba a un hombre chato,
fornido, de color blanco y con un sombrero tirado hacia atrás.
—Véngase, pues –le gritó el portugués desde atrás del
mostrador donde se exhibían las arepas y los perniles.
Pedro caminó con lentitud, sorteando los charcos de
agua. Encima parecía que iba a llover. El portugués dijo:
—Él es quien lo va a llevar.
El hombre, al volante de su camioneta rústica, le hablaba
de los problemas con su mujer.
—Tenemos una casa, vea usted –decía el hombre–, y yo
quiero venderla y compartir los reales. Pero ella no quiere.
Ella cree que yo tengo otra mujer y que lo que quiero es
irme. Piensa que la voy a abandonar con los hijos. Y ni que
sea una muchacha. Es una vieja y mis hijos son mayores.
Trabajan. Una de ellas, ya la va a conocer, es la secretaria de
la jefatura.
Pedro miraba la carretera negra. Recordó a Rita. La
recordó la mañana que el dueño de la panadería le entregó
un dinero para que lo fuera a depositar. El jefe empezaba
a creer en él. A confiar en él. Eran dieciocho mil bolívares.
Cualquier pelusa. Agarró el paquete, se lo metió al bolsillo
de la chaqueta y partió en la moto. Ahora lo escondo, pongo la
denuncia en la policía y digo que me robaron. Busco el dinero
y me voy con Rita. Vio a Rita cuando iba a entrar en el super-
mercado y le gritó:
—¡Chama!
Rita lo conocía como Julio César. Llevaba unos blue
jeans y una camisa rosada. Era pequeña y delgadita. Pero
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no le quitó la vista de los pezones hasta que se aproximó a la
moto.
—Vamos a La Guaira.
—Mira, mano, salí a hacerle un mandado a mi mamá.
—Vamos, chama, y regresamos enseguida.
—Pero eso sí, te apuras.
—Claro, chama. Nos vamos por la carretera vieja. En
media hora estamos allá. Y una hora después aquí mismo.
—Bueno, Julio César, voy a confiar en ti.
—Anda, súbete. Tengo un billete, chama.
—¿De qué?
—De mi trabajo, pues.
—Pero ¿tuyo?
—Mío, claro. Me lo gané. Ya renuncié. Era lo que me
correspondía.
La moto subió por la vieja carretera empedrada. En
el primer botiquín Pedro se bajó y regresó con una bolsa
repleta de cervezas. Abrió una y se la bebió mientras prendía
la moto. Rita no quiso beber. Más adelante volvió a dete-
nerse para beber otra. Luego recordó que se había parado
cuatro veces antes de inventar que iba a entrar al cemen-
terio a llevarle flores a su papá que estaba enterrado por ahí.
Dejaron la moto y Pedro, bebiendo seguido, iba recogiendo
flores y haciendo un ramillete. En la primera tumba lo colocó
y luego quiso atraer a Rita.
—No, Julio César, que yo no tengo experiencia.
—Vamos –y la golpeó en el cuello. La muchacha cayó y
Pedro la desnudó con calma. La baboseó por todo el cuerpo y
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luego procedió a poseerla. Le costó penetrarla. Había termi-
nado tres veces cuando Rita despertó y comenzó a gritar.
—¡Mira –gritó–, tengo sangre!
—Eso no es nada, mi amor. Ven, que yo te limpio.
—No, Julio César, no. Estoy asustada. Me malograste.
—Ven, ya te dije que no es nada.
Y volvió a asaltarla al tiempo que la golpeaba en la nuca
con el canto de la mano derecha. Resopló. Respiró hondo. Le
mordió las teticas y le arrancó una. Luego la otra y mientras la
poseía la apretó por el cuello, le buscó la lengua y se la mordió
hasta cortársela. Cuando se recompuso se dio cuenta de que
Rita no respiraba. Mejor así, pensó. La arrastró y la cubrió
con unas chamizas. Le colocó el pantalón, las pantaletas y la
camisa rosada debajo del cuello. “Me hubiera gustado vivir
con ella. Pero se resistió, tuvo miedo”. Se vistió, se pasó un
peine por la cabeza y sacó la moto con el motor apagado. Bajó
de nuevo a Caracas y en el centro comercial se encontró con
Grace.
—¿Y Rita? –le preguntó Grace.
—No la he visto.
—Ella dijo que iba a verse contigo.
—No puede ser. Yo vengo de depositar un dinero.
Grace se perdió entre la gente del automercado.
Y ahora ese hombre con su cháchara lo distraía de los
recuerdos de Rita, del día que la vio por primera vez, de
cuando salieron. Si yo hubiera tenido paciencia todavía estu-
viera conmigo.
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—Bueno, amigo, esto es Magdaleno –le dijo el hombre
y lo sacó de su ensueño–. Hacia allá, en la esquina queda la
prefectura.
Pedro se bajó, hizo como que se dirigía a la prefectura
y se devolvió. Entró en un billar donde se adormilaba un
hombre sentado en una silla y pidió una cerveza. El hombre,
con lentitud, con un sombrero que le cubría la frente, caminó,
se puso detrás del mostrador y se agachó para sacar una
cerveza. La abrió y la colocó sobre una servilleta.
Pedro se bebió la cerveza de un trago y pidió otra. Desde
allí se divisaba la iglesia. En la plaza había unos burros. La
soledad era completa.
4
No es por nada. O en todo caso para él no era nada.
Pero en cuanto vio a la muchacha sentada detrás del
escritorio sintió una erección y unas terribles ganas de
estrangularla.
La muchacha era de tez blanca, cabello amarillo y dientes
blancos, brillantes. Su cuello era largo y sus senos grandes.
Después cuando se levantó, Pedro le contempló la redondez
de las piernas.
—¿Usted es el nuevo?
—Vengo en busca de este puesto.
—No es mucho, pero el pueblo es barato comparado con
Maracay o La Villa. ¿Tiene experiencia?
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—Fui policía en Caracas –mintió–, pero de eso hace
tres años.
—¿Y cédula?
—Sí, cómo no.
—¿Ha manejado armas?
—Sí –volvió a mentir (las únicas armas que había mane-
jado eran las de sus manos).
—¿Tendrá cuidado con un revólver? En este pueblo no
sucede nada, pero es necesario ser precavido.
—¿Y dónde voy a dormir?
—Aquí. Usted era el segundo agente que nos hacía falta.
Hay tan poco que hacer aquí que Miguel cuando no está
durmiendo se encuentra en el bar de la esquina.
La muchacha sonrió.
—¿Puedo quedarme de una vez?
—Claro. Es usted joven, sano y al parecer decidido.
Bueno, eso lo digo yo.
Pedro miró hacia adentro. Había un solo cuarto con
rejas.
—¿Sabe que fue su padre el que me trajo?
—No he hablado con él. En todo caso yo vivo con una
amiga que se ocupa del dispensario. Papá vive en casa, pero
se la pasa en pleitos con mi mamá.
—Los años.
—Sí. Llevan veinte años juntos. Ahora no se soportan.
Han peleado por todo y ahora se pelean por la venta de la casa
y la repartición del dinero. Por eso me fui. Esos no son mis
problemas. En la primera oportunidad me voy a Maracay o a
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Caracas. Interrumpí mis estudios; espero continuarlos. Me
gusta el diseño. Muy poco tiempo me queda aquí.
Sea por lo que fuere, la sencillez o la humildad del
hombre, la joven había hablado con franqueza.
—Aquí tiene las llaves de las rejas de adentro y las de
la puerta de la calle, aunque la puerta de la calle no se cierra
nunca. Así somos aquí de confiados.
Esa primera noche Pedro durmió sobre la parte baja de
la litera. Miguel, el otro policía, se había ido a La Villa y había
regresado con el alba. Estaba borracho, saludó torpemente,
se desvistió y se acostó en la parte de arriba. Su cuerpo llenó
el cuarto de alcohol y sudor.
Pedro se bañó en el patio con una manguera. A las nueve,
cuando llegó la secretaria, estaba fresco y peinadito. Saludó
y salió a dar una vuelta. En el bar vio al hombre que lo había
traído en la camioneta.
—¿Conoció a mi hija?
—Perfecto.
—¿Y qué tal?
—Todo perfecto. Una perfección.
El hombre lo invitó a una cerveza. Allí Pedro tenía que
comer y firmar y luego la secretaria, por cuenta del gobierno,
pagaría por él.
—Voy a Caracas y vengo –dijo el hombre.
Cuando Pedro regresó a la jefatura se quedó mirando
a la muchacha, que leía una novela. Se alejó un poco por si
podía divisarle las piernas por debajo de la mesa. No pudo y
empezó a imaginárselas sudadas, blancas, rosadas. Se creyó
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mareado y se agarró las manos por detrás de la espalda hasta
molestarse. En eso hizo su aparición Miguel.
—Usted se la corrió anoche –dijo la muchacha.
—Sí, señorita.
—Y bien fea.
—Tiene razón.
Miguel era un moreno de baja estatura, cuadrado. Tenía
varias cicatrices en la cara. Se había levantado no sabía
cómo, de un sitio a otro. O de un hato a un río y de un río a otro
hato. Sus recuerdos los tenía grabados en coplas y él mismo
se llamaba “el poeta del pueblo”, como se llamaban tantos
otros en la región. Se sabía largos poemas de memoria. Eran
poemas aprendidos de tanto oírlos en velorios, durante
fiestas, en la Cruz de Mayo, en hatos, cacerías, en galleras.
Ahora le dolía la cabeza y pidió permiso para salir. Se rio un
rato mientras estuvo repitiendo los versitos que se aprendió
anoche:
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por gusto, pensaba que Margot, la secretaria, no se le iba a
entregar nunca. Ella quería más. Una persona de posición.
Un buen trabajo. Algunos estudios. Abandonar el pueblo.
Se acostó en medio del calor sofocante y comprendió que
nunca tendría una mujer por las buenas. Ninguna. Y él se
la pasaba necesitado de mujer. De la lengua y de los pezones
de las mujeres. Ver a una mujer desnuda en una revista le
provocaba matar. Siempre se estaba metiendo en los baños
de los bares hasta quedar exhausto por sus propias manos.
Y aun así no se aliviaba. Perseguía las piernas de una mujer
por cuadras enteras. Y si podía se metía en un autobús y
se complacía acercándosele a una muchacha.Y ahora esta
Margot que estaba allí detrás de un escritorio donde no
hacía nada, o muy poco, lo estaba soliviantando. Se abrió el
pantalón, se lo bajó y se dio duro. De eso lo sacó Miguel.
—Aquí no hay mujeres –dijo Miguel–. Si quieres vete a
La Villa y págate una. O cásate. Tú eres joven.
Pedro sintió algo muy parecido a la vergüenza o a la
rabia.
A mediodía, después que Margot salió a almorzar, Pedro
dejó sentado a Miguel en la litera y se fue a darle una vuelta
al pueblo. Pasó por la iglesia, el bar, las casas de enfrente.
Rodeó la plaza que esperaba un busto del Libertador y se
encaminó hacia el dispensario. Afuera había mucha gente
esperando. Mujeres desnutridas o preñadas o niños en el
esqueleto que iban por una inyección o unas píldoras. A esta
hora el dispensario estaba resguardado por una alambrada.
¿Adónde iba un hombre como él? Le habían entregado un
31
uniforme azul, un rolo, una pistola y una gorra. En Caracas,
en las grandes ciudades, un camarero renco, chueco, levan-
taba a una mujer porque la invitaba a comer o a beber. Pero
hasta para ser camarero había que estudiar.
Pasó el padre de Margot en su camioneta. No lo vio o no
se dio cuenta. O iba bebido. O en todo caso, ¿quién era él para
que nadie lo viera o lo saludara?
Se encaminó hacia la casa del padre de Margot. Todavía
no le conocía el nombre. Soy malo para los nombres y los
apellidos, se decía. Soy malo para muchas cosas. Para
trabajar. Para barrer. Para montar un hogar. Para que
confíen en mí. Mis manos no me respetan.
Se detuvo al lado del jeep rústico. La casa contaba con
sus rejas y algún valor debía tener, ya que se la disputaban.
De pronto lo llamaron:
—¡Pedro, mi amigo!
Era el viejo que salía descalzo y sin camisa. Y Pedro,
que se sintió joven, fuerte y capaz de acabar con una persona
como si jugara, se dijo: Dios le da pan al que no tiene dientes.
La envidia se le salió del cuerpo por el hombre que bebía
de una perolita de cerveza y se reía. Ese viejo borracho,
rechoncho y mofletudo lo tenía todo. A este viejo extrover-
tido y gritón se le había ido la hija mayor por algo más que
una falla.
—¡Ven, Pedro, échate una!
Y el hombre, que también por los versos era un gran pico
de plata, recitó al tiempo que le pasaba un brazo por el cuello:
32
A toditas las mujeres
les tengo gran afición
pero más a las muchachas
que alégranme el corazón.
5
—¿Cómo amaneció?
—Bien
—¿Durmió bien?
—Sí. Sí. ¿Y usted?
—Ya sabe.
—¿Se acostumbra?
—Sí, señorita.
—Es usted muy joven.
—Bueno, no sabría decirlo.
—¿Y eso por qué?
—No conocí padres sino a una mujer que se decía tía mía.
—Es muy común eso.
—Para mí es común. Normal.
De la plaza se pasaron para la acera del Bar y Billar
Magdaleno. Margot parecía más alta. Más blanca. Más sana.
Sus dientes más brillantes y sus mejillas más rosadas. Sus
senos se movían a cada uno de sus pasos. En un segundo se
encontraron en la puerta de la prefectura.
—Me pregunto dónde estará Miguel.
33
—En La Villa, seguramente.
—O en un jolgorio. O durmiendo. Es tan bueno, servicial
y amable.
—Así es, señorita. Como usted lo dice. Y sabe expre-
sarse muy bien.
Ya adentro Margot se puso detrás del escritorio, colocó
el bolso en el espaldar de la silla. Dijo:
—¿No le parece esto como muy fastidioso? ¡Todos los
días lo mismo!
Pedro se quedó de pie. En la sala había otra silla en
la que todavía no se había sentado. Del techo colgaba un
ventilador que Margot mantenía apagado para evitar que
el viento le alborotara el cabello. Margot, en arreglarse su
larga cabellera, gastaba bastante tiempo. Se sentaba frente
a un espejo, se sacaba las cejas calmosamente y, por último,
se pintaba los labios. En las mejillas apenas si se empolvaba
un poco.
Pedro, que no hacía más que observarla y a veces
recordar que a Miguel lo había arrempujado bien arrempu-
jado contra la pared, tenía la garganta atragantada dicién-
dose: “No, me voy a dominar. Puedo perder el sentido y
hacerlo aquí mismo”. Y las manos detrás de la espalda casi
se las rompía con las uñas. La miró por tanto tiempo que
Margot, riendo de que fuera ella el objeto de la desespera-
ción del hombre, susurró:
—Bueno, ¿qué le pasa a usted, Pedro?
—Ah, no, nada, señorita. Solo pensaba.
—¿Y en qué, si se puede saber?
34
—Bueno, en irme. En eso.
Margot, que en el dispensario veía la televisión y leía
algunas revistas de moda, pensaba pintarse su cabello
amarillo y hacérselo como canoso. Eso le daría el aire de una
mujer de mundo, de mujer mucho mayor. Su cabello liso, un
poco ondulado, la hacía parecerse a ciertas actrices de cine
o televisión y pensaba que si llegaba a Caracas se pasearía
por algunas televisoras y seguro que enseguida la descubri-
rían. O trabajaría de día haciendo lo que hacía aquí y luego
se inscribiría en una escuela de modelaje o de diseño. Ahí
estaba esa señora Herrera que aquí no era nadie, se fue a
Nueva York y ahora impone la moda. En las revistas aparece
con el rey de España, con la reina Sofía y las infantas. Va a
lo más granado de la sociedad neoyorkina y tanto es así que
los periodistas escriben que ya olvidó su idioma natal y solo
se expresa en inglés, francés o italiano. Bueno, es lo que ella
había leído o leía en todas esas revistas.
—Y yo, señor Pedro, y yo que no he salido de aquí y que
no he pasado de Maracay. Yo también me voy a ir. Anótelo. A
lo mejor hasta nos encontramos en el mismo autobús.
Margot se rio con toda su boca y Pedro sonrió. Se había
clavado las uñas de la mano izquierda en la mano derecha y
tenía miedo de lanzársele encima y ahorcarla ahí mismo en
el escritorio.
En varios de sus viajes a Maracay a Margot le habían
propuesto que trabajara en una agencia de seguros. Así se
lo dijo a Pedro, que pensó que se le iba. Y Pedro, que jamás
había visto y mucho menos intimado con una joven tan
35
hermosa, sufrió cierto estremecimiento. En todos aquellos
días pensaba en la estrangulación y en la violación. Pero
ahora pensaba en conservarla viva para él solo y presintió
una soledad, una desesperación, una angustia. No sabía qué.
Recordó el cadáver de Miguel sobre la litera de arriba e
imaginó un incendio que borrara toda huella. Su obsesión era
Margot. Pasó un rato allí sudando sin hallar qué responder o
respondiendo a cosas que no entendía. Sí, señorita. Sí, seño-
rita. Y mientras ella pensaba en grandes viajes, en triunfos,
en cursos rápidos y sencillos, Pedro recordó la noche en que
se robó un taxi, pasó por La Bodeguita del Medio, recogió a
una muchacha que le pidió llevarla a El Valle y él lo que hizo
fue volverse, golpearla en la cabeza, conducir hacia la Pana-
mericana, salirse de la autopista y detenerse en el parque
Vinicio Adames. La sacó por las piernas. Era tan hermosa
como Margot. La desvistió, la golpeó varias veces más y
después de estrangularla la poseyó. Al otro día se enteró de
que la muchacha trabajaba en el Concejo Municipal y que
le gustaba frecuentar aquellos bares de artistas. Haría lo
mismo. Era su técnica. Solo que Magdaleno era un pueblo de
dos centenares de personas y Caracas una ciudad de cinco
millones de habitantes. La ahorcaría y enseguida sabrían
que fue él. Quemaría el billar de la esquina. Quemaría la
prefectura. Hiciera lo que hiciera pensarían en él y se echa-
rían en su busca.
—Y sabe una cosa, agente Pedro... ¿Valecillos, no?
—Sí, Valecillos.
36
—Bueno, me iré. En Caracas hay miles de hoteles, de
residencias para señoritas...
—Y en poco tiempo...
—... en poco tiempo estaré en el Tamanaco, en una pista
pulida como un espejo, en una planta de televisión. Desde
chiquitita esas han sido mis ambiciones.
—Señorita...
—Diga, Pedro.
—... ¿y si yo me fuera con usted?
—¿Por qué? Yo puedo hacerlo sola.
—¿Sin protección?
—Si yo me fuera con usted pensarían mal y no me acep-
tarían en ninguna parte.
—Yo solo quiero protegerla, que no le suceda nada.
—Eso lo sé.
Más tarde, en la litera donde tenía oculto el cadáver de
Miguel, que empezaba a oler mal, Pedro volvió a imaginar el
incendio.
37
6
El hombre llamado Eustoquio Castillo, de los Castillo
de San Cristóbal, le dijo a Pedro que pasara.
—¿Y ya tomó café? ¡Mujer, trae dos cafecitos!
La mujer que se presentó después con dos pocillos
de café era, más que delgada, esquelética y tenía un color
tierrúo, morado o moreno tirando a negro. Sin embargo, las
hijas le habían salido blancas. Eran cinco hembras y Margot,
que era la mayor, no hablaba de su casa ni de sus padres. Su
confidente era Josefina Ramírez, la encargada del dispen-
sario, y era a Josefina a quien le decía que de un momento a
otro se iría.
—Puedo ser modelo. O puedo seguir como secretaria.
Me voy. No soporto a mi mamá, ni a mis hermanas y mucho
menos a ese hombre que dice que es mi padre.
Josefina, por boca de Margot, se había enterado de que
el hombre golpeaba a su mujer cuantas veces quería y por las
noches, cuando se iba a acostar hediondo a cerveza, le decía:
—Vamos, échate p’allá.
Y se pasaba hacia las camas de las menores que estaban
separadas apenas por una cortina. Así se estuvo pasando
cada noche hasta que las muchachas crecieron y se rebelaron
negándosele o amenazándolo con una denuncia.
—Un día voy y lo denuncio en Maracay –le dijo cierta
vez Margot a Josefina.
También Margot le confesó a Josefina que el padre había
amenazado a todas sus hijas con una hojilla o un cuchillo.
38
El hombre, en unas bermudas, bebía con ganas.
—Aquí, amigo, no sucede nada. A usted lo emplearon
para suplir una vacante y el gobierno quiere pleno empleo.
Ande, beba –porque después del café, abrieron las latas y se
sentaron en unas silletas de cuero.
—Aquí, en este rincón, sudo yo mis peas, –dijo el amo de
la casa.
Pedro vio a la mujer. Le vio las piernas delgadas y vari-
cosas y se dijo que a Castillo le sobraban razones para aban-
donarla. Si no se va, pensó Pedro, es por las hijas. Más por
las menores. Castillo llamó a las niñas para que saludaran al
forastero, ese hombre de pelo niche que vestía uniforme de
la justicia o de la seguridad. Pedro al principio le había dicho
a Castillo:
—A mí su hija Margot, cuando me entregó los imple-
mentos, me remachó que yo estaba aquí para proteger a la
colectividad y no para matar.
Por la tarde las niñas jugaron en el corral y todas pare-
cían asustadas o casi en trance de llorar. La madre, que las
llamó desde adentro, les sirvió unos platos de atol que las
muchachas rechazaron. La mujer entonces murmuró:
—No faltará quien lo mate. Llevo más de veinte años
en esto y ahora quiere sacudirse de mí para quedarse con
la casa. Pero su carácter le va a resultar una tragedia. No
faltará quien le dispare o lo desaparezca.
La mujer caminó con los pies descalzos desde el corredor
a la cocina y cuando salió de la cocina volvió a decir delante de
sus hijas:
39
—Sí, no faltará quien lo mate. O se mate él mismo.
Pedro, que había visto entrar a las muchachas, pensó en
esas niñas a merced de ese hombre que tal vez se le parecía.
Recordó a Margot. Se dijo: Esa se fue al carajo. Se fue por
culpa de este retaco del carajo que está sin afeitar y tiene la
quijada cuadrada y habla en voz alta. A su mujer, mientras
Pedro estuvo presente, la insultaba con dos o tres palabras:
—¡Vamos, muévete, y trae esas cervezas!
La mujer salió y regresó a la casa en varias oportuni-
dades, siempre para servirle al hombre. Con respecto a
Pedro, era como si no existiera. Una vez sus piernas delgadas
y esqueléticas llamaron la atención de Pedro, a este le dio
por imaginar a la mujer acostada en una cama y a Castillo
muerto en el corredor. De eso lo sacó una ojeada que le dio a
la quinta. La casa era grande y lucía limpia.
—¿Qué le pasa, mano? –le preguntó Castillo.
—En absoluto. Hoy no he hecho nada.
Se levantó, se despidió tocándose la gorra y se fue con
la imagen de Margot. La encontraba en el escritorio. Se le
iba por detrás y la estrangulaba con un hilo encerado. Ya
había salido de Miguel y el olor estaría por brotar del patio
y penetrar al escritorio o los alrededores de la prefectura.
Miguel tenía trazas de hombre bravo, pero se confió. Nada
más esperó que se presentara por la noche para meterle
un disparo en la nuca. Lo colocó en cuatro patas, se sació
quejándose ruidosamente y después que lo levantó y lo lanzó
contra la litera de arriba, lo arropó con la cobija y la almo-
hada. Como se asqueó se bañó con la manguera, se secó con
toda la calma y al rato se sentó pensando. Este es el primer
40
paso. El segundo es Margot y el tercero es el incendio. De mí
van a decir que morí chamuscado.
Pedro caminó por una larga calle engransonada. Se
recostó de la puerta del billar y puso la atención en dos
campesinos que hablaban de las mulas. Pidió una cerveza.
Después los campesinos hablaron de un papelón que nece-
sitaban y, poco después, desaparecieron. La cerveza, se dijo
Pedro, no me hace nada. Mejor me cambio para el ron, que
es más fuerte y me hará dormir. Y pidió la botella de ron. Se
fue a la jefatura. No había comido en todo el día, pero eso le
hacía bien en estas circunstancias. Soñaba con mujeres a las
que ya iba a poseer o sencillamente se despertaba mojado.
Se acostó y estuvo bebiendo hasta quedarse dormido con la
botella encima del pecho.
7
Ese día la gente que pasó por la acera del billar y se
llegó hasta la esquina de la prefectura sintió un mal
olor, pero se lo achacó a un perro muerto en un mato-
rral que habían cogido como basurero. El basurero
en cuestión estaba sembrado de carrizos secos, latas,
pequeñas matas de espino, manzanitas del diablo y uno
que otro chaparro. Antiguamente se levantó allí una
casa de palma que se derrumbó cuando la epidemia
de la gripe española y el paludismo asolaron la región.
Por cierto que la misma gripe que causó estragos en el
antiguo Magdaleno mató al hijo preferido del dictador
41
Juan Vicente Gómez, quien se atrincheró en Maracay
provisto de unos guantes negros que jamás volvió a
sacarse. De esto nadie se acordaba, así como nadie ha
sabido jamás de dónde sacaron el nombre del pueblo.
A todas luces, eso piensan algunos, acaso se le deba a
un loco que tenía por mal nombre Papagayo y que iba
de caserío en caserío armado de un garrote con el que
perseguía a los muchachos que lo llamaban por ese
apodo o le lanzaban piedras. Más tarde un jodedor o un
agricultor fundó una pulpería para pagarles en espe-
cies a sus peones y bautizó a las pocas casas que allí se
levantaron con el ostentoso paradigma de La Bragueta.
Luego fueron apareciendo otras casas en torno a la
iglesia que levantó un cura a quien llamaban El Sufrido
y que vivía con dos hermanas. Bueno, estas son suposi-
ciones, cosas que no tienen asidero porque fue a partir
del año cincuenta cuando se creó la jefatura y comen-
zaron con el registro de los niños, o con el registro de los
muertos que luego eran enterrados en un terreno que
hoy exhibe una capilla y una alambrada.
La gente, de vivir, vivía de un puesto público en Maracay,
La Villa o San Francisco. La mayoría de los hombres eran
conuqueros o policías y las mujeres, a partir del tamaño (no
de la edad), se desempeñaban como secretarias.
Había un bar atendido por su dueño, quien era ayudado
por la mujer que preparaba la comida para los poquísimos
que comían ahí.
42
De ocurrir algo, en el pueblo no ocurrió más que un hecho
que fue agrandado. Se trataba de unos vecinos, compadres
para más señas, que se cayeron a tiros por una mujer. Hubo
un solo herido al que las balas le llevaron los testículos, los
riñones, los pulmones y los dos brazos y logró sobrevivir.
Se le veía convaleciente debajo de un mamón. Se curó solo,
engordó y vivió hasta los setenta y ocho años, mientras que
su agresor y compadre murió casi joven en un accidente de
tránsito. ¿Qué más hubo? Nada, que yo sepa. O tal vez los
gobiernos de la democracia le dieron a este caserío la deno-
minación de municipio, empezaron a construir una plaza que
todavía espera por el busto del Libertador y se presentó el
señor Castillo, de los Castillo de San Cristóbal, con una jubi-
lación que le había otorgado la Penitenciaría General de San
Juan de los Morros y se mandó a fabricar la casa que ahora le
pelea a su mujer. La cuestión es que el señor Castillo se hizo
influyente, viajaba continuamente y gracias a sus buenos
oficios hicieron el dispensario y fundaron la jefatura en la
que pusieron al frente a la señorita Margot.
—¿Es hija o hijastra?
—Yo no sé. Lo mejor es no meterse en eso.
—No me concierne.
—Para mí que la mayor está buenísima.
—No hay duda. De eso ni hablar.
43
grandes libros, los nombres de los recién nacidos, bautizados
o muertos.
A la muchacha, de buena estatura, de senos grandes que
saltaban a cada paso, de pelo amarillo y largo, no había quien
no la siguiera con la vista y la deseara.
Desde su trabajo (o pieza convertida en oficina) se entre-
tenía oyendo los boleros de Antonieta, las baladas de José
Luis Rodríguez y los merengues de las Chicas del Can que
le llegaban claritos desde la rocola del billar. Ahora quien la
volvía loca era la voz de José Luis Rodríguez, del que se creía
enamorada “platónicamente”.
—Y de irme a Caracas –se le apreciaba de cuando en
cuando– lo primero que haría sería sufrirme por verlo.
8
Pedro, por la noche, llegó temprano. Se acostó como lo
venía haciendo desde hacía diez días y esperó la entrada
de Miguel.
Pedro se estiró vestido y con el revólver “reglamen-
tario” en las manos. De un tiempo a esta parte no dormía. Se
levantaba, escupía, orinaba, se masturbaba continuamente
y luego volvía a acostarse para volver a levantarse al cabo
de un rato.
Esta noche, después de casi dos semanas en Magdaleno,
menos podía dormir. Si no se acordaba de Margot, se acor-
daba de Miguel. Por Miguel no sentía nada, pero en ciertos
momentos, mientras lo observaba borracho, se imaginaba
44
asediándolo, diciéndole: “¿Qué? ¿Quieres abusar de mí?”.
O matándolo y después poniéndolo en cuatro patas sobre la
litera de abajo. Que fue lo que hizo esa noche.
No bien lo oyó entrar se levantó y ni siquiera le permitió
desvestirse. Cuando lo tuvo de espaldas le disparó en la
cabeza y antes que el cuerpo del agente se enfriara, lo tumbó
en la litera, lo desnudó, lo colocó aún caliente de rodillas y lo
violó, gritando, quejándose y diciéndose: ¡Es la primera vez
que lo hago con un hombre, verraco!
Lo encontró por la mañana encurrujado. Le pareció una
muñeca. Lo levantó con todas sus fuerzas y lo lanzó contra
la litera de arriba. El tipo hedía por negro, por borracho o
porque no se aseaba. Durante la noche, Pedro había dormido
como un tronco a fuerza de ron.
Pedro se bañó con la manguera del patio, se vistió, se
peinó con el peine que cargaba siempre en el bolsillo de atrás
del pantalón y salió a tomar café. Margot no había llegado
aún.
En el bar estaban dos viejos con un diario atrasado
comentando unos sucesos ocurridos en Panamá y hablando
de los pájaros arroceros que volaban por las tardes hacia el
sur.
Pedro no leía bien o le costaba leer. Saludó, pidió una
tortilla con café con leche, firmó y se levantó a darle la reco-
rrida al pueblo. Bordeó la iglesia, caminó hasta la puerta del
cementerio, se regresó y fue al dispensario y se adelantó
hasta la casa del que alguna vez fue secretario de la Peniten-
ciaría General de Venezuela.
45
Los hombres del pueblo manejaban unos pequeños
camiones de estaca donde cargaban los productos agrícolas
que vendían en el mercado de Maracay. Fue lo que aprendió.
Distinta hubiera sido su vida si tuviera el engendre o el cuero
con una mujer. Regresó por la calle, que era la más larga del
pueblo. Si mataba sentía placer y si no mataba sentía placer
con solo pensar que mataba e imaginaba muchas formas de
hacerlo. Cuando subió a la acera de la plaza vio acercarse a
Margot. Traía una minifalda azul y sus rodillas rosadas lo
soliviantaron y pensó que no le brincaba porque estaba en
plena calle y eran las nueve de la mañana. Pero sintió una
erección incontrolable. Creía que se le notaba el bulto y la
saludó de lado.
Poco después yacía en la litera de abajo jugando con el
revólver y ojeando la entrada.
La cárcel era una casa vieja a la que habían transformado
en cárcel colocándole una puerta de rejas. La oficina estaba en
la entrada y todo el que por allí pasaba veía a Margot tecleando
en la máquina o haciendo las anotaciones en el libro. Todos los
que se acercaban a la puerta la saludaban o se recostaban un
rato a hablar con ella.
9
Pedro había arrinconado a Miguel contra la pared y lo
había tapado con la cobija y la almohada. Esa noche no
pudo dormir mirando el bulto del cuerpo del exagente.
Había un mal olor agrio, una hedentina que crecía más
46
y más o eso era lo que le parecía. Se levantó varias veces
a orinar y se bañó de nuevo con la manguera. Aunque
era temprano, había oscurecido y en el bar alguien oía
merengues y boleros. Ladraban los perros y una que
otra persona pasaba por la acera.
10
Charraca
charraca
charraca
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El dueño del bar, que leía los periódicos y revistas y tenía
un televisor y una radio, estaba al tanto de todo.
11
—Hay un agente, el agente del que te estoy hablando
que me propone protección y aunque confíe en él... Yo
no sé... No me gusta su pelo malo, ni me gusta cómo se
para ahí enfrente desde que llegó y con las manos detrás
y conversando solo con sus labios y con el resplandor de
sus dientes. ¿Y qué es protección para mí? Nada. Yo
podría irme a Maracay, vivir en una pensión, trabajar en
los seguros y subir. O luego dar el gran salto a Caracas y
ya en Caracas veremos...
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Pedro recogió la ropa del exagente Miguel y la apiló
debajo de la litera. Palos, escobas, sillas, mesas, papeles,
lo que pudiera arder lo fue regando por el pequeño
patio. Solo separó un maletín de lona donde colocó dos
camisas, un pantalón, los revólveres y el peine.
Trancó la puerta de la calle y regresó a su litera.
13
Margot no podía ver al padre a los ojos y el padre se los
buscaba siempre. Como la mayor, sabía lo que estaba
48
sucediendo con sus hermanas. ¿Y así y todo qué puede
hacer una? Dependía del viejo porque el puesto se lo
había buscado él. ¡Qué sucio! Prefería matar o matarme
antes que volver a dejarme tocar por ese mamarracho.
En último caso me empleo como sirvienta en una casa
de familia. Mi mamá me decía:
—¡Ojalá nunca lo hubiera conocido!
¿Y si incitara a Pedro contra el padre?
14
Cantaron los gallos. ¿Qué protección le puedo propor-
cionar yo? Es la primera vez que siento algo por una
mujer. Timidez. Me sudan las manos y no quiero matar.
Como a las otras. La tendré blanca, hermosa bajo mis
ojos. Completamente mía. Ya lo es y ella no lo sabe.
El mal olor del exagente se fue expandiendo. Por la
mañana será peor y cuando entre la señorita dirá:
—¡Fo! ¿Qué hiede?
Y es ahí cuando tendré que actuar.
15
Margot se durmió y tuvo un sueño intranquilo. Soñó que
volaba. Que tenía poderes. Que hablaba otros idiomas.
Que había un baile en la plaza. Cambió de sueño y así
como antes se vio bailando con un desconocido que se le
49
presentó como licenciado, soñó que luchaba contra su
padre debajo de unas cortinas. Lograba dominarlo y lo
ultimaba a martillazos y le preguntaba: “¿No era esto
lo que querías?”.
16
Pedro amaneció sentado en el filo de la litera. Ya se
acerca la hora de que se presente la señorita, pensó. Y
volvió a bañarse con la manguera. Se enjabonó todo el
cuerpo y pensó en cómo podía disponer de los demás.
¿Por qué?
Yo no sé, se dijo en voz baja. No sé por qué hago lo
que hago.
Era muy temprano y pasaba poca gente por la acera.
Era gente que se dirigía a tomar el autobús a Maracay o a La
Villa. A San Francisco se iba a pie.
17
Josefina, la encargada del dispensario, se levantó con
el alba. Era una mujer mayor ya, de más de cuarenta
años, pero se pintaba y tenía sus pretensiones. En cierta
ocasión publicó un aviso en Últimas Noticias ofrecién-
dose como una mujer de menos edad, casa propia y
profesión segura.
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La vinieron a visitar dos italianos con los que se paseó
por la plaza. Las mujeres del pueblo comentaron que los
italianos eran “bellísimos”, pero al otro día desaparecieron y
no volvieron más. Las más entrépitas dijeron:
—Eran una belleza, pero claro, la pobre...
Y Josefina era chata, retaca, pobre como la que más, con
un solo sueldo y cualquiera se desencantaba. Se desencan-
taban los del pueblo, los de Maracay, que se daban ínfulas
de ciudad, y hasta su amiga Margot que solo la consideraba
como la “querida comadre”.
Amanecía. Josefina se pintaba, se ponía unos pantalones
apretados y al asomarse y ver aquellos niños esqueléticos
gritaba:
—¡Bueno, la fila, y vayan pasando los primeros!
Por entre ese rimero de niños y mujeres pálidas pasaba
Margot desde hacía tres meses.
18
Margot, a su edad, se creía invencible, intocable. Sabía
que aquello que le había hecho su padre no era amor y
le repugnaban ciertos hombres. No obstante, le encan-
taba su belleza y contemplarse en los espejos. Porque
el amor brutal, de golpes y de “ponte ahí” de su padre
no era amor. El amor, como en el cine o en la televisión,
tenía que ser dulce, suave y recíproco. “Tú me quieres
y yo te quiero”.
51
19
Pedro no durmió en toda la noche. Tenía el maletín
de lona al lado de la litera y estaba de civil. Le había
quitado el poco dinero al muerto, aunque yo no mato
por dinero, se dijo.
De allí a La Encrucijada y de La Encrucijada a Caracas,
donde se desenvolvería mejor. Estaba cansado de los
pueblos, de los campos, del calor pegajoso. Había adquirido
experiencia. Era agente.
20
En cuanto entró Margot y dijo: “¡Qué mal huele aquí!”,
Pedro le saltó por detrás, la arrastró hasta el patio y la
ahorcó con el fino cordel encerado.
La marca en el cuello era tan fina que a Pedro le parecía
estarla viendo viva. La tendió en el patio, la desnudó con
cuidado y por un rato se quedó contemplándola. Era hermosa
así, desnuda. Le espantó las hormigas y los bachacos que se
habían subido a su cuerpo blanco, liso, de vellos amarillos y la
besó desde los pies a la boca. Lloró y se dijo: Nunca hubiera
sido nada. No soy nada. No seré nada nunca. Y la poseyó
con suavidad. Luego reaccionó y gritó:
—¡Puta! ¡Fuiste con tu padre y quién sabe con cuántos
más!
Y la levantó con toda la fuerza y la lanzó contra el cadáver
de Miguel. Enseguida se dio a la tarea de prenderle fuego a
la litera y con la candela de la chamusquina fue incendiando
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toda la cárcel y salió cuando el fuego se expandió al billar y al
solar del basurero.
21
22
53
—¡Mi comadre! ¡Ay, mi comadre! ¡Margot! ¡Busquen a
Margot!
23
El incendio corrió bajo los resoles del cielo de Aragua
y cercó a unos policías que estaban desvalijando un
camión de Bancarios Unidos.
Por allí pasó Pedro a la carrera con un maletín en las
manos. El autor del atraco, un inspector de policía que lo vio,
le dio la voz de alto, pero la candela lo hizo desistir y corrió
con sus hombres.
A los guardianes del transporte los habían ultimado y la
candela había empezado a comérselos.
24
… Ahora, de que estuvieran asombrados, no. Nada de
eso. Una de ellas había visto de cómo una mujer y sus
dos hijas intentaron asesinar al marido y padre para
heredarlo en vida, a escasos cuarenta y dos años. Allí, en
esa casa, trabajó Miriam, la que seguía a Chuchita, y vio
como lo tramaron todo. Primero lo apuñalaron y cuando
lo creyeron muerto, lo lanzaron por un desfiladero. No
obstante, el hombre no habló. No quiso declarar contra
su mujer y sus hijas.
Apareció en un hospital y la familia, notificada del “acci-
dente”, fue, lo rescató y se lo llevó a la casa y, en compañía del
54
amante de la mujer (que ya se había instalado en la mansión)
y las dos hijas, lo remataron a golpes y fueron y lo lanzaron
en el mismo lugar.
La viuda heredó la fortuna y las hijas se fugaron a Miami
con sus novios o amantes.
Así eran de fáciles las cosas en Venezuela. ¿No robaba la
amante del presidente y de paso no mandaba a golpear a los
periodistas y a amenazar a todo aquel que la fotografiara?
55
(—¿ Y qué de la vieja?
—A la vieja se la coge el comisario).
Porque al fin y al cabo todo acababa en la leyenda, el
chiste o algún versito:
56
Las dos muchachas, dependientas de la tienda Pepe
Ganga, hablaban en voz baja cada vez que podían.
Un hombre de edad indeterminada y con un maletín de
lona en la mano izquierda entró y pidió un pañuelo.
—¿De qué color? –preguntó Chuchita.
—Es igual. Lo importante es que sirva.
57
II
LAGUNA AZUL
1
La mujer y el hombre entraron en el bar. El sitio estaba
casi a oscuras y no había nadie en la larga barra. Del
techo colgaban unos jamones y unas ristras de ajo.
Los dueños, unos portugueses, se quejaban de la situa-
ción. Hablaban mal del gobierno, del anterior presidente
de la República y de una secretaria que se había fugado con
cierta cantidad de dinero. Lo que comentaban lo habían leído
en los periódicos o lo habían escuchado en una radio que
tenían sobre una máquina de colar café.
Eran dos portugueses y bebían apoyados del marco de
la cocina. El dueño era de apellido Piloto y hacía poco había
sufrido una operación de la próstata. El otro portugués era
su hijo y los que le hacían compañía y bebían cerveza eran el
italiano que vendía pescado fresco y el encargado del café La
Hacienda.
El hombre y la mujer pasaron a la soledad del bar. De
alguna parte salía la voz de José José. El hombre dijo:
—Con esta situación lo que me puedo beber es un ron.
¿Y tú?
—Una cerveza.
En todo caso lo que pidieron era lo más barato en la lista
de las consumiciones. La mujer se bebió un trago de cerveza
y dijo:
—Te lo he dicho y te lo repito por última vez. No acepto
más llamadas de tu última mujer.
61
El hombre alto, delgado, con un bigotico blanco
respondió:
—Eso es mentira. Son imaginaciones tuyas.
—¿Mías? ¿Y por qué te llama?
—¿Cuándo llama?
—Cuando no estás en casa y encima me insulta.
El hombre se bebió el ron, tosió y levantó el vaso de
agua. No respondió y la mujer continuó.
—¿Por qué tienes sus fotos allí? ¿Por qué hablas de ella?
¿Por qué se casó con otro y continúa llamándote?
—¿Vas a volver a empezar con lo mismo? Mira que los
señores que están cerca de la puerta de la cocina se están
dando cuenta.
—¿Y a mí qué me importa?
El hombre, vestido con una combinación de pantalón
gris y chaqueta negra, la miró y le echó el humo del cigarrillo
en la cara.
La mujer abrió sus negros ojos pero se dominó y más
bien lo recordó riéndose, jugando a las adivinanzas en el
apartamento y ella diciéndole: “Tienes los ojos de burro,
¿sabes? Los ojos de burro son los más bonitos”.
En aquel tiempo no le habían importado las fotos de nadie,
pero de una parte a ese día su odio era transparente, no solo
contra él, sino contra los sitios que habían visitado juntos.
—Continúas igual que antes, visitando sitios sucios y
oscuros, fíjate en este.
La mujer soltaba chispas. El hombre se bebió el ron y
dijo que se iba. Masculló:
62
—Yo no voy a andar pagando nada para que encima me
insultes.
Y ella, levantándose:
—Solo te importan las taguaras y cada día te pareces
más a ellas.
El hombre, mucho mayor que la mujer, se paró y pidió
la cuenta.
Los hombres allí adentro estaban embebidos en una
conversación, pero la música que salía de las paredes la hacía
borrascosa. Los hombres no estaban conformes con nada. El
negocio iba de mal en peor. A uno se le alcanzó a oír que se iba
del país o algo por el estilo.
63
—Después estuvimos.
—Pero ya no era lo mismo. ¿O es que has llegado a la
edad en que se te olvida todo?
—Puede ser. Pero no quiero discutir ni que andes por ahí
y menos esta noche.
—Eso has debido pensarlo antes, cuando te creías
prepotente y que podías olvidarte de mí.
—Pero yo te quiero.
—E hiciste bastante para que yo te quisiera. También
se te olvidó que no me dejabas coger el teléfono porque me
imaginabas teniendo otras amantes o presumías la exis-
tencia de otros hombres.
—Olvida eso.
—Y las fotos. Y los insultos. Me llamabas puta delante
de cualquiera. ¿Y sabes por qué? Porque yo sí lo había aban-
donado todo por ti. Abandoné el trabajo. O dejé de ir porque
tú me lo impedías. Total un día me pasaron un memorándum.
—¿Y qué te dije yo?
—Que me fuera de tu casa. Yo no olvido nada.
—¿Y bien?
—Que me sentía una mantenida. Que ni siquiera me
podía ir a un cine sola. Que no podía recibir la llamada de un
amigo. Que no podía llamar a la tienda de mi papá.
La lluvia arreció y la pareja se recostó en la pared del
bar. El hombre hizo el ademán de volver a entrar y la mujer
corrió hacia la calle y le sacó la mano a un taxi que pasaba.
El hombre gritó:
—¡Eh, pare usted!
64
Pero el taxi, con la furibunda mujer en el asiento trasero,
ya había arrancado.
El hombre regresó al bar. Los dos portugueses, el
italiano y el representante del café La Hacienda continuaban
charlando al fondo.
Pidió un ron con un chorrito de limón. Se acercó el dueño
del bar, limpió la barra con un pañito que tenía en el hombro
y sirvió aquella bebida que parecía agua sucia. El hombre se
tomó el ron sin respirar y pidió otro y de la misma manera
se lo tragó. Si no me rasco no duermo, pensó, contemplando
con estupidez los jamones y las ristras de ajo que pendían
del techo.
3
Después que Sara desapareció, Francisco vio pasar a
los cuatro hombres que lo rozaron y se disculparon. Se
sacudieron la ropa con violencia y golpearon los zapatos
contra el piso dejando un reguero de barro. Miraron en
torno y todavía, sin sentarse, pidieron una botella de
whisky. Se sentaron detrás de la mampara que anun-
ciaba el baño de caballeros.
Primero esos hombres estuvieron hablando en voz baja
y mientras el aguacero arreciaba y la botella se vaciaba
subieron el tono de las voces y recordaron el nombre de
varios burdeles.
65
—En Altamira, tú sabes, donde de entrada te obsequian
un whisky, te puedes pasear por todas las habitaciones. Pero
eso te cuesta mil quinientos bolívares.
Otro, uno bajito y de lentes, echó el cuento de un burdel
en San Bernardino donde fue con una italianita y después
con otra que llegaba cuando él ya se iba.
Los dueños del bar callaron y los oyeron. Francisco, casi
a la salida, esperando que escampara, también los oyó.
Cuando los cuatro hombres pidieron la segunda botella
un camarero colombiano que bajó del piso de arriba les dijo
que tenían que pagar la primera.
—¿Y eso? –respondió el más alto–. Vestía un flux negro
con rayas blancas.
—Es la ley –dijo el cantinero.
—La ley es que uno consume y paga cuando se va a
retirar y yo no me voy a ir con este aguacero.
—Yo no me opongo, pero el dueño dice que a botella
servida, botella cancelada.
El mesonero, que llevaba poco tiempo en estos menes-
teres, había sido mecánico y acomodador de carros en un
garaje. Este era su primer día en el Bar y Lunchería Laguna
Azul. Llovía y una pareja que había estado en la puerta había
peleado. La mujer se había ido en plena lluvia y el hombre se
había quedado ahí bebiendo solo.
No obstante, los hombres no bajaron la voz y uno de ellos
se levantó y se presentó como torero.
—A mí no me importa –dijo el colombiano.
—Bueno, te vamos a torear.
66
Y el hombre alto y de traje a rayas, calmadamente, se
colocó unos lentes oscuros en una noche más oscura que sus
propios lentes, levantó el mantel rojo de la mesa vecina y le
gritó al más chaparro de todos:
—¡Pásamelo!
—¿A mí? –preguntó el colombiano como si estuviera
soñando o viviendo una pesadilla.
—Sí. Tú.
El tipo del traje a rayas movió el mantel como un capote.
—Tú, gocho, no conoces el toreo de salón.
—Este tipo no conoce ni a su madre –dijo el hombre
chaparro, cuadrado y mirando fijamente al mesonero. Se
le acercó y lo empujó, asestándole un cuchillo en el cogote.
El colombiano, que no había sentido nada pero sangraba, no
embistió. Solo atinó a decir ¡ah! y se fue contra el piso.
—Primer toro –dijo el hombre de los lentes oscuros,
sacudiendo el mantel–. Ahora pásame al portugués –añadió.
—¿Cuál portugués?
—Cualquiera de esos –y señaló a los hombres que
estaban cerca de la cocina. Dos se habían puesto de pie.
—Vamos, chico, muévete. Manda al portugués o al
italiano. ¿O no sabes distinguir a un portugués de un italiano?
Francisco, en la puerta, pensó en correr hacia la calle
oscura y solitaria bajo el gran chaparrón. Miró al mesonero
manando sangre por la nuca, miró a los hombres que sacaban
cuchillos y pistolas y comenzaban a disparar hacia el italiano
que vendía pescado, el representante del café La Hacienda
y el portugués, que era el dueño del negocio. Los vio caer al
67
mismo tiempo que miraba hacia la calle oscura y la lluvia que
arreciaba.
Entonces el de los lentes oscuros y el traje negro a rayas
le gritó:
—Tú, tranquilo.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Por esto.
Y el hombre, soltando el paño o capote, lo apuntó en la
frente y le disparó.
—Por eso. ¿Viste?
Caminó, se le puso a un lado, lo contempló y le disparó en
la cabeza. Francisco rebotó contra el piso.
—Esta vaina –dijo el hombre guardándose el revólver–
se estaba poniendo fastidiosa.
4
En la esquina hablaban los tipos de los tantos asesi-
natos que habían cometido. Yo los oía a medias.
Sus alabanzas se referían a Dios, al candidato a gober-
nador por Miranda que se había robado unos carros y al cual
apoyaban y al partido de gobierno en el que militaban.
Eran cuatro hombres jóvenes y fuertes. Pero ya se les
veía la maluqueza en los rostros. Dos usaban bigotes y a uno
le faltaba un diente. El otro tenía lentes negros.
Bebían y comían y uno llamó al mesonero y le dijo:
—Dame un pedazo de carne a la brasa.
—¿Grande o pequeño? –preguntó el mesonero.
68
—Grande –respondió el hombre joven, que saltó del
asiento y se dirigió por entre las atiborradas mesas abrién-
dose ya la bragueta–. Caballeros –leyó, agachó la cabeza,
empujó la puerta y entró.
—Ese es un verraco –dijo el tipo que carecía de un
diente–. Por lo menos se ha tirado a cuatro.
—Y sabe soltar los puños –dijo el de bigotes negros y
bien puliditos.
—¿Que si sabe?–dijo el del diente menos–. Ese fue el
que le rompió el tímpano a aquel médico que acusaron de
drogadicto.
—¿Ese fue?
—El mismo. Es mi compadre. Yo fui el que lo recomendé
para los Trabajos Especiales.
—¿Su nombre de pelea es Ernesto?
—Exacto. Y donde pone el ojo pone la bala.
—Mira, muchacho, tráete cuatro más, pero los sirves
bien servidos.
Era un radiante mediodía después de una noche tempes-
tuosa con rayos, truenos y centellas.
5
El hombre que regresaba del baño y observaba la barra,
las mesas y las estanterías pensó: Me gusta este lugar, y
cuando llegó junto a sus compinches, dijo:
69
—Allá, al fondo, están leyendo en un periódico las fecho-
rías que cuatro o cinco personas cometieron en el Bar Laguna
Azul. ¿Cómo les parece?
El hombre se sacó los lentes oscuros del bolsillo del paltó
y, con calma, mirando a este o al otro, se los colocó.
—Me gusta este lugar –dijo un tipo retaco de amplias
espaldas.
—Si supieras que eso fue lo que pensé de regreso del
baño –repitió el hombre de los lentes oscuros. Se estiró el
pelo hacia atrás con ambas manos.
—Bonito el sitio, sí señor. Y la gente es atractiva.
70
III
27 y 28 DE FEBRERO
6 A. M.
—¡Coño, mujer, muévete! ¡Vamos, levántate!
—Ya estoy levantada.
—Anoche soñé que al fin salía de ti.
—No has salido porque no tienes bolas.
—Encima eres grosera.
—Es lo que te vengo oyendo desde que nos casamos. La
misma cantaleta.
—Bueno, el café.
—El café ya está listo.
—¿Y qué te pasa que no me lo traes?
—Está en la mesa de la sala.
—¡Maldita vieja!
—No te llevo más de dos años y eso lo sabes desde que
nos casamos.
—Pero cada día te pones más vieja y no has pasado de
lo que eres.
—Sí. Estudié enfermería y trabajé como enfermera
mientras te mantenía para que te graduaras de abogado.
—¡Vieja de mierda!
—Y lo seguiré siendo mientras continúes viviendo aquí
y no termines de definirte.
—¡Vieja!
En el rostro de Gustavo había odio, agresividad y asco.
Odiaba a la mujer. No la soportaba y aún continuaba a su
lado a pesar de los cuatro hijos y la mujer que lo esperaba
en San Agustín del Sur. A Gustavo le gustaba vestir bien
y desde que se había graduado se lo hizo ver a sus vecinos.
73
Antes había sido un pobre diablo. Un empleado de la Tele-
fónica. Susana se había quedado como simple enfermera. Se
conformó con casarse con él y tenerle los hijos. Gustavo, por
su parte, quiso ser abogado, ingeniero o médico. La abogacía
le resultó más fácil en una universidad privada y se graduó
en cinco años. Anteriormente le había gustado aparentar
lo que no era, pero desde que le entregaron el título en un
lujoso paraninfo al que asistió el presidente de la República
ya no era el mismo. No ejercía. Continuaba como técnico en
la Telefónica pero se atiborró los bolsillos de tarjetas:
7 A. M.
Los portugueses estaban levantando la santamaría
cuando una veintena de muchachos lanzó las sillas y las
mesas contra el suelo, asaltó el mostrador de arepas y
las cajas de Maltín Polar y corrió por la avenida.
74
El hombre de los periódicos lo vio todo y sonrió.
—Las cosas que ocurren –le dijo a la señora que le pedía
una revista.
—¿Todos los días? La señora con rollos en la cabeza y
pantuflas estuvo a punto de gritar.
—Una que otra vez, pero no todos los días.
—¡Ay, Dios mío! Me entró una angustia al ver a tantos
vándalos juntos.
8 A. M.
Los portugueses, de apellido Pita, recogieron las sillas,
las montaron sobre las mesas y volvieron a cerrar.
—Hoy no se despacha
dijo el mayor.
—¿Y por qué? ¿Por qué? –preguntó el vecino que cada
día bajaba a tomarse un café negro bien cargado.
—¿Y usted no se dio cuenta, señor?
—Sí, lo vi todo.
—Bueno, la radio habla de muertos, atracos, asaltos y
tiroteos. ¿Tampoco ha oído la radio hoy?
—No, la verdad que no.
—Bueno, póngale atención a lo que pasa en Guarenas.
8:30 A. M.
El periodiquero, que hacía un viaje expreso desde
Charallave, decidió cerrar.
75
—No hay periódicos –dijo–. Me voy.
—Deme cualquiera.
—Si le vendo a usted, tendré que venderle a todos y no
sé cuándo llegaré a casa.
—Déme el que tenga a mano.
—Oiga, amigo, los periódicos que tengo aquí no dicen
nada de lo que está pasando. Regrese a su casa y prenda la
radio o la televisión. Yo me voy.
Y tal como era: bajo, gordo, redondo, caminó a pasos
cortos pero rápidos hasta la avenida Victoria y trató inútil-
mente de encontrar un taxi o un autobús.
9 A. M.
... por el día, muy de mañana, abrió los ojos. No sabía qué
hora era. Lo único que recordaba era que al fin se había
decidido a ser su mujer. Llevaban dos años trabajando
juntos. Se habían gustado desde un principio, pero a
Zulay la cohibía su marido. Aunque ya había dejado de
amarlo “le daba algo como así ir con otro hombre”. Pero
Miguel Martán era diferente. Técnico en computación.
Sabía varios idiomas y nunca se había casado a pesar
de sus cuarenta años. De modo que cuando él la llamó,
muy de mañana para ella, Zulay, todavía adormilada, le
respondió que sí.
—Pero tranca, mi amor. Anoche me obligaste a acom-
pañarte hasta tarde. Sí, sí, sí, ¡dejaré que me beses como tú
quieras!
76
Y cuando se volvió a dormir sonreía como una pícara.
10 A. M.
Todas, con sus maridos, vivían en la parte alta de la
quinta. Allí terminaba la calle y el cerro que comen-
zaba al mismo pie de la calle se llamaba Los Sin Techo.
Edelmira, recién casada con un ingeniero de cítricos,
dormía en un cuarto con su hermana menor. Cuando su
marido regresaba de Villa de Cura, donde trataba de
hacer unos injertos de limón y mandarina, se iban a un
hotel en la avenida Los Ilustres a pasar la noche y a
repasar los diarios donde ofrecían apartamentos. Los
traspasos estaban por las nubes. Se quejaban del “arre-
juntamiento” en que vivían y la madre les decía:
—¡No embromen! Quédense aquí.
Anoche nada más fue domingo y hoy lunes Edelmira se
despertó con nuevas ilusiones. Apenas Julio se despidió se
sentó en una mesa de la sala y diseñó la siguiente tarjeta:
Edelmira de Aguilera
Juguetería
Calle Real del Cementerio.
Quinta “La Luci”
77
el campo, en las afueras de la ciudad, y dormía en un galpón.
Ella le había hablado de sus ambiciones, pero por primera
vez, con grandes ilusiones, se había sentado a la mesa a
diseñar la tarjeta de presentación.
11 A. M.
—¿Y cuál es tu arrechera?
—Guá, que cojo un autobús, le pago al chofer con un
fuerte y me dan dos caramelos de vuelto.
—¿Y eso?
—Pues me respondió: “¿Usted no sabe lo que está
pasando?”. “No”, le respondo yo. “Bueno –me dice él–, bájese
y compruébelo”. Y cuando veo hacia atrás lo que oigo es una
rumba de plomo.
—¿Y por eso te tardaste?
—Por eso nada más no, sino porque toda la ciudad está
trancada y de todas partes disparan.
—Pero yo aquí no he oído ningún disparo.
—Pero eso es aquí. Dentro de poco ya verás.
—Tú exageras. Mira, chico, yo sé que estabas con otra.
No me vengas con mentiras porque yo te conozco y, además,
te pusiste una corbata, te cambiaste los pantalones y traes
chaqueta. ¡Yo nunca te había visto así!
El hombre iba a responder cuando vio caer a la mujer y
cuando volteó recibió un balazo en el pecho.
Intentó levantarse pero sangraba. No sentía dolor
alguno. Se desmayó.
78
Los de la jara dijeron:
—¿Viste cómo le dimos a esos dos?
—¡Cómo no!
—Una orden es una orden.
—¿Cuál? –preguntó el chofer.
—Bueno, el toque de queda.
—Pero si todavía no ha empezado.
—Pero nosotros nos hemos adelantado.
12 M.
—A Néstor y al Gordo los mataron en Charallave.
—Yo lo leí en el periódico.
—El trabajo no se les dio.
—Se detuvieron mucho. Han debido atracar, salir del
banco disparando para asustar a la gente y volar en los
carros. Pero el Gordo se quedó a mirar como un idiota y el
vigilante lo mató de un escopetazo. Los disparos atrajeron a
la jara que los emboscó y cayó Néstor. Eso no se hace. Como
no se hace lo que ha hecho Luisito con nosotros.
Los muchachos se sentaron bajo el puente de la avenida
Lecuna.
—Esto es lo que le vamos a dar –dijo Leo y se tocó la
cintura.
—Se llevó más de cien mil y yo tengo que resolver a mi
mamá y a mi hermana que ya está por meterse a puta.
Los muchachos buscaron la sombra. Pasaron algunas
carajitas. Los muchachos pensaron en caerles encima,
79
arrastrarlas hasta el basural y violarlas ahí mismo. Pero el
Luis era lo primero.
—No, pana, con billete nos metemos en un buen sitio con
dos o tres dominicanas y sin problemas.
—Cierto.
Habían hecho un trabajo y hacía cuatro días que le habían
entregado la mercancía al Luisito para que la vendiera en
la avenida Urdaneta, pero el Luisito había desaparecido.
Se habían metido en una quinta de Chuao por una ventana
y habían caído encima de una mesa. Registraron los tres
pisos, lo metieron todo en una bolsa de plástico y cuando
iban saliendo la casualidad los enfrentó con el dueño de la
casa. Alberto disparó al no más verlo. Llegaron al CCCT
en una sola carrera y se montaron en un San Ruperto. Al
otro día leyeron que el muerto era hermano del presidente
del Banco Central. “Esto es paja”, se dijeron y tiraron el
periódico. Subieron por el callejón de San Agustín, le entre-
garon el material al Luisito y estos eran días que no se había
presentado.
—Cuatro días, pana, y en casa ladrando.
—En la mía se están comiendo un cable.
—Y yo tengo necesidad de una jeva.
—Y yo de una jeva, whisky y polvo.
—Coño, me estás adivinando los pensamientos.
—Y eso no es lo grave, lo grave es que estamos a tres
cuadras de la PTJ y nos estamos exponiendo.
—Al Luisito hay que darle.
—Coronamos una buena faena y el Luisito, que es
maricón y todo, nos da rolo.
80
—Mira, pana, súbete p’arriba y ve a ver lo que ves. Estoy
oyendo pepazos.
1 P. M.
Él ya la estaba esperando en el apartamento n.˚ 24 del
hotel Odeón. Cuando ella empujó la puerta, preguntó:
—¿Y no fue de aquí de donde se lanzó la muchacha
aquella de Araure?
—No, mi amor, del último. Estaba en compañía de su
más íntima amiga y de un amigo. Bebieron, se hicieron varios
pases de polvo y la muchacha, en estado del recepcionista,
que era muy celoso, se lanzó al vacío.
—¿Y cómo sabes tú todo eso?
—Yo leo los periódicos y oigo la radio.
—Entonces, ¿yo no leo los periódicos ni oigo la radio?
—No te pongas así. A propósito...
—No me interrumpas, que no quiero molestarte. Esta
mañana terminé con Gustavo. Definitivamente. Ahora
podré quedarme contigo toda la noche...
—De eso quería hablarte.
—Pero no me interrumpas.
—Yo no te interrumpo, sino que quiero que te recojas
temprano porque hoy vamos a cerrar el Metro a las cinco de
la tarde. Hay una orden del presidente de la República. Las
cosas no están buenas. Hay saqueos. Ha habido muertos.
Las cosas se van a poner peor. Yo mismo tengo que regresar
en este instante.
81
—¿Y me dejas?
—Te estoy poniendo al tanto. Regresa al apartamento.
En este hotel tampoco puedes quedarte. Hay peligro. No
habrá taxis a partir de las tres o las cuatro. Tienes que
ponerte a salvo. ¿Y Gustavo?
—No creo que se presente esta noche. Y menos si salió
hacia la casa de su amante –Susana recordó a Gustavo.
Gustavo era violento, en su juventud fue guardia nacional.
Apresaba a los contrabandistas en la frontera, les decomisaba
la mercancía y la vendía. Se hizo de una fortuna, montó varios
establecimientos de perros calientes en el litoral y estaba
en la pomada–. Después que me conoció a mí y se enamoró,
me perdió el respeto por mi falta de virginidad y porque yo
le confesé que le llevaba tres años. ¿De dónde le vino esa
arrechera a un hombre que estaba cansado de acostarse con
putas, de violar carajitas por el grado de distinguido que
ostentaba y hacer lo que quería como miembro de las Fuerzas
Armadas Nacionales? No sé qué me creyó, cuando yo misma
le confesé que un conocido de la casa me violó. Lo complací
en todo antes de casarnos. Lo de la rabia, el odio y los golpes,
me lo pregunto y mira que no lo sé –ahora, después de dieci-
séis años, había empezado a salir con un ingeniero del Metro,
que aunque casado y todo, la respetaba. Le pagaba lo que se
ganaba en el Hospital de Niños. Así Gustavo no sospechaba–.
Porque yo venía aquí. Vengo... lo espero y luego regreso a
casa. Pero no olvido la noche en que una mujer arrebatada y
en estado se lanzó del último piso y dejó escrito:
Vean hacia abajo y me descubrirán.
82
1:15 P. M.
La gente corría.
—¿Qué pasa?
—¿Qué pasa? ¡Que están disparando!
Dos mujeres entraron a Parque Central por la avenida
México. Era mediodía y los tiros arreciaban.
—Quítate los zapatos –le dijo la de rojo a la de verde–.
—Me da asco caminar descalza –respondió la del
traje verde.
—Me da vergüenza llevar los zapatos en la mano. Todo
esto me da asco.
La del traje rojo dijo:
—En cambio todo esto para mí es divino. Me encanta
mojarme cuando llueve. Me gusta meter los pies en los
charcos. Me acuerdo de mi pueblo.
La gente corría.
—Algo pasa en la calle –dijo la de verde.
La gente cerraba los negocios. Un portugués dijo:
—Yo nunca he visto algo semejante.
Las mujeres corrieron de prisa y se confiaron en el
policía que sonreía y que las apuntaba con una escopeta, y se
le aproximaron.
—Agente –dijo la de rojo.
El agente, no más la oyó, le disparó en el cuello. La de
verde gritó y corrió hacia el edificio Caroata. Fue una carrera
tan imbécil como inútil. El policía la agarró por el brazo. Le
dijo que estaba detenida y la arrastró al módulo policial.
83
—¡Terrorista! –dijo.
—¿Terrorista?
—Y es peligrosa.
—Déjala por mi cuenta.
—Yo la vi primero.
La empujaron, la lanzaron al suelo y le arrancaron la
ropa. El policía de la escopeta que había dejado la puerta
abierta para que los otros vieran, se desabrochó la bragueta
y la penetró.
—¿Y nosotros? –dijeron los demás.
—Ya va. A estas ñángaras hay que aleccionarlas.
Se reía. Le mordía las tetas y la golpeaba. Le arrancó los
pezones con los dientes.
Al rato salió con la escopeta recortada. No se sentía satis-
fecho. Estas mujeres se asustan fácilmente, se dijo. Mujeres
buenas las de Morón, sobre todo las niñas de escuela, a las
cuales se les arranca la lengua de un mordisco.
A la salida volvió a disparar y esta vez le tumbó el brazo
a un muchacho.
—¡Agente!
—Toma tu agente –le respondió el policía y le disparó
nuevamente en el suelo–. De una cosa puedes estar seguro:
no me gustan los maricones.
Y se puso a seguir a una mujer que caminaba con rapidez,
zarcillos, pulseras, pelo recién lavado.
Yo sé adónde va esta, y la apuntó por detrás. Escasos
segundos después le dio la voz de alto.
84
1:30 P. M.
Yo solo sé que días antes de separarse dieron una gran
fiesta. Fueron sus amistades. Las artistas. La Prieto. La
Parías. La Machado. La Canelón y ellos dos, que repre-
sentaban una bonita pareja, se disputaban un disco:
2 P. M.
—Oye, mi amor, yo no quiero que la policía venga aquí y
se ponga a registrar y yo esté aquí. Yo todavía soy una
mujer casada.
85
—Descuida, que con un ejecutivo del Metro no se meten.
Además, eres mayor de edad.
—Pero pueden llevarme, aparecer en un periódico, rese-
ñarme, inventarme una historia. A mí se me olvidó confe-
sarte que Gustavo perteneció a las Fuerzas Armadas Nacio-
nales y no olvida una cara, recuerda miles de expedientes,
está pendiente de cada caso.
—Tranquila. ¿Acaso él ya no se fue?
—Se va y vuelve.
—Tranquila.
—Has debido llevarme a otra parte. Yo me merezco algo
mejor. Hace una semana que se mató esa muchacha aquí y
todavía no saben si fue por drogas, por un embarazo o porque
estaba borracha y celosa de la amiga que se la trajo engañada
(eso lo dijo la prensa) desde Araure. Es muy fácil engañar a
una muchacha de veinte años.
—Vamos, mi amor, si no, no lo vamos a disfrutar. Olvida
todo eso aunque sea por un instante. Dentro de un poco
te tendrás que ir. ¿No oyes como unos fogonazos desde el
Cementerio o de la Universidad? Voy a tener que llevarte.
Quieta. Tranquila. Mañana será otro día y esa gente que se
ha rebelado volverá a su sitio. No tiene otro remedio. Vamos
a poner la radio suavecito. Ya vas a ver como Rafael te calma.
¿Va?
—Va.
Contemplaron una humareda desde la ventana. Estaban
desnudos debajo de las sábanas y el hombre la tenía prieta
contra sus piernas morenas, sudorosas, olorosas a monte o a
un perfume de pino.
86
—Eres una potranca –le dijo.
—Sí, mi amor.
—Eres una linda potranca. Pareces un caballito.
—Sí, mi amor.
Se besaron.
Se durmieron y cuando se despertaron él, sobresaltado,
le dijo:
—¡Vamos! ¡De prisa! Que la plomamentazón está
llegando por estos lados.
—¡Dios mío y mis hijas solas o quién sabe dónde! Pero tú
no eres culpable de nada.
—Nada de eso. Ninguno de los dos es culpable. Se han
portado mal contigo. La gente le teme a la soledad.
El hombre se sentó, se colocó unas pantuflas y se enca-
minó hacia el baño.
Susana volvió a dormirse.
Minutos después la sobresaltó el timbre de la puerta.
—Ve a abrir –le dijo al hombre–. A mí esos golpes en la
puerta me dan miedo.
—Yo voy. No te preocupes.
Se puso la toalla en la cintura y cuando se asomó a la
puerta lo empujaron y le dispararon en el estómago.
—¿Es esta la puta? –preguntó uno de los hombres
señalando.
—Parece que no.
—Desaparécete, pues.
Susana comenzó a gritar desesperadamente. La habían
dejado sola con un muerto en una habitación desconocida
87
donde antes se habían suicidado otras personas, o donde
habían asesinado a una mujer.
3 P. M.
—Coño, pana, arriba hay una rumba de plomo.
—¿Por qué?
—La policía está disparando contra todo el mundo.
—¿Y qué viste?
—¿Que qué vi? Nada menos que al Bombona descar-
gando su Beretta contra los tombos.
—¡Coño con el Bombona!
—¡Entonces sí, ahora sí le podemos caer a unas carajitas
y meterlas en el basural!
3:30 P. M.
El Bombona le había caído a una peluquería de mujeres.
—¡Vamos, todas pa’l baño que esto es un atraco!
Las mujeres se aguantaron en sus sillas. La peluquería
estaba ubicada entre dos restaurantes. Enfrente estaba la
Librería Destino.
—¡Vamos, pues! ¿Qué esperan? A desnudarse y a tirarse
al suelo y nada de gritos.
Las mujeres, sin chistar, se desnudaron. Algunas se
quedaron en pantaletas y sostenes, y en lugar de mirar al
atracador, comenzaron a examinarse las unas a las otras.
Una negra, mirando hacia la rubia, dijo:
88
—Yo creía que era auténtica.
—¡A callarse! –dijo el Bombona al tiempo que se hacía
de bolsos, relojes, pulseras, zarcillos, dinero y anillos.
Al salir se encontró con el tiroteo y con un tombo que
lo apuntaba. Disparó. El tombo cayó. Al bajar a la avenida
Lecuna se detuvo la jara.
—¡Alto, coño ’e madre!
Y el Bombona disparó sin abandonar el botín.
El Luisito les había metido rolo con una mercancía y
ahora, apertrechado como estaba, no iba a abandonar esta.
Disparó mientras corría hacia San Agustín. En la
esquina de la iglesia, al lanzarse por el matorral, vació la
cacerina de la pistola.
Se combatía hacia los lados del Nuevo Circo y de las
Fuerzas Armadas.
—¡Coño, y yo solo cuando este es el momento de caerle
a todas esas tiendas!
3:15 P. M.
La rubia agarró a la negra por las mechas y la lanzó
contra uno de los espejos.
—¿Qué viste? ¿Es que no soy auténtica?
La negra se levantó. No respondió de inmediato, pero le
descargó un pote de crema fría en la frente.
—¡Nojoda! ¿Quieres pelear? ¡Ya vas a ver a una mujer
arrecha!
89
Las que pudieron salir corrieron hacia el sótano. La
negra le asestó dos patadas en la cara a la rubia.
Dijo:
—Te la echas de mucho, ¡eh!, y tienes el coño negro. ¿Por
qué no te lo mandas a pintar también?
3:20 P. M.
—Oiga, hermano, llamamos de El Universal. ¿No es
ese el Palacio de Miraflores? Bueno, óyeme pues, te
habla Medina, el de Sucesos. Yo no me puedo conformar
con un parte de la policía. ¿Dónde está el presidente?
¿Cuáles son los planes para solucionar esta situación?
Bueno, okey, okey, okey, no más preguntas. ¿Entonces?
—¿Quiere saber lo que está ocurriendo?
—¿Eso no fue lo que te pregunté?
—¡Bueno, coño ‘e madre, si quieres saber lo que está
pasando lánzate a la calle, arriésgate, quémate ese culo!
—¡Aló, aló, aló!
3:30 P. M.
Las calles estaban tomadas por el hampa. Un solitario
policía quiso golpear a un hombre más joven y más
fuerte y fue lanzado contra el suelo.
Unos días antes, Antonio cobró y se fue a beber con
Belissa. Antonio tenía tiempo que no se acostaba con
Belissa y Belissa estaba molesta. Belissa se fue y Antonio
90
la pasó en grande comiendo y bebiendo, pero tuvo miedo de
acostarse con una puta. Visitó dos burdeles y las mujeres le
parecieron sucias.
—¿Cuánto es? –preguntó.
—Trescientos, mi amor.
Las mujeres lo miraron y se apartaron. Él no estaba
limpio que digamos. Llevaba una semana con la misma ropa
y no se había afeitado.
Antonio salió del burdel y caminó hasta el Congreso y
allí vio la pelea. Según tenía entendido la policía estaba en
huelga y la gente bebía ron en torno al Concejo Municipal,
la Gobernación y el Congreso. En estos días personas que
se hacían pasar por policías o soldados habían violado a una
geóloga y a una familia franco-canadiense. Al niño cana-
diense enfrente de su madre le habían metido un palo por el
recto.
Antonio caminó hacia la esquina de La Torre. La gente
corría. Unos iban hacia abajo y otros hacia arriba. Todos
iban desorientados porque, de pronto, disparaban de un lado
como del otro. La gente corría contra las balas o hacia las
balas.
Antonio, sudoroso, se metió en un bar.
—Perdón, señora –le preguntó a una mujer–, ¿cómo se
llama este lugar?
—El Parador.
—Sí. Tiene que llamarse así; un lugar donde se respira
tranquilidad y hay aire acondicionado tiene que llamarse El
Parador.
91
Antonio transpiraba.
—Perdón, señora –dijo–, ¿dónde está la lista de precios?
—No está escrita, pero ¿qué quiere beber?
—Un whisky.
—110.
En comparación con los otros bares el whisky era barato.
Tal vez la mujer lo confundió con uno de la policía secreta o
con un inspector.
Le sirvieron y al levantar el vaso lo dejó caer. Eso hizo
que todos en la barra se volvieran y lo miraran, pero todo no
fue más que un instante. Si hubiera asesinado a una persona
y pasado lo mismo se hubiera sentido frustrado.
La mujer, pequeña, rubia, de ojos azules le sirvió otro
whisky y Antonio se vio en la necesidad de pagar los dos.
—¿Y el vaso? –preguntó.
—Descuide –le respondió la mujer.
Pero además del whisky derramado pagó el vaso.
Era muy tarde. Salió y no había taxis. Se hizo ilusiones
con la fichera, pero en eso mandaron a desocupar y un negro
de dentadura blanca se la llevó.
Antonio salió a la calle solitaria. Dos camiones militares
pasaron disparando y sonando sirenas.
Antonio se lanzó al suelo, rampó hasta el puente y trató
de dormirse sobre unos cartones. Allí, a su lado, había gente
bebiendo.
Se acordó de Belissa. Sus grandes senos. Aquellas tetas
que le mamó de pie, en el bar, sentados. Se durmió y se dijo:
Mañana la llamo y le propongo que volvamos a casarnos.
92
—¡José! –gritaron.
Él creía que era con él y al levantarse le metieron un
balazo.
4 P. M.
—¿Te has dado cuenta?
—¿Qué?
—El ejército está tomando la esquina.
—Debe ser para proteger la mueblería del coronel
Fábregas.
—Sí, porque fue lo único que no saquearon por aquí.
Edelmira y su hermana menor, Esther, se acercaron un
poco más a la ventana.
Los soldados dispararon de inmediato. La metralla
subió al cerro y luego bajó hacia la calle y las quintas cuyas
puertas y ventanas aún permanecían abiertas.
Edelmira solo alcanzó a decir: “¡Julio!”.
Y cuando el viejo se acercó y gritó: “¡Asesinos!”, también
cayó acribillado.
—¡No disparen! –gritó Esther–. ¡Hay heridos! –la
respuesta fue una tercera balacera que tumbó la parte de
arriba de la quinta.
5 P. M.
El ingeniero Julio Aguilera, que se había devuelto
en el Carmen porque estaban deteniendo a todos los
93
automovilistas, se encontró con un cordón de poli-
cías, guardias nacionales y soldados a la entrada del
Cementerio.
—¡Vamos, hacia atrás!
Y las bocas de los fusiles lo amenazaban. El humo, la
metralla y la candela subían desde el barrio Los Sin Techo,
Coche y El Valle.
—¡Edelmira, Dios mío, cuánto me va a costar olvidarte!
—¡Atrás, gran carajo!
—Yo, señor, mire...
El guardia lo golpeó a través de la ventanilla.
—Yo, señor, mire...
—¡Atrás, hijo de puta, o disparo! Julio miraba la candela
y oía la metralla. Se iba a devolver. No sintió el tiro en la
cabeza.
6 P. M.
La multitud corría de un sitio a otro, acorralada por los
disparos de los francotiradores y los soldados que, sin
detenerse, disparaban a discreción sobre todo el que se
movía.
Una mujer con un niño en los brazos soltó el llanto. Otra
mujer, con tacones altos, caminaba adelante, aguantán-
dose. Varios hombres con televisores y cornetas de radio la
siguieron.
—Sigue, mamacita.
94
La mujer de los tacones se sacó los zapatos y procuró
correr. Más adelante la atajaron, la lanzaron contra el cerro
de la Roca Tarpeya. Aunque desde arriba disparaban hacia
abajo, los hombres que cercaron a la mujer no le hicieron
ningún caso a la plomazón.
—¡Vamos, que tengo hambre!
Algunos hombres con más apetencia que los otros dispa-
raron y mataron a tres.
La mujer con el vestido roto corría hacia el cerro.
La bajaron a tiros y, ensangrentada como estaba,
abusaron de ella.
7 P. M.
—¡Paso, coño, paso!
Soldados a pie tomaron El Peaje, levantaron varios
cadáveres y los acostaron sobre la acera de la farmacia San
Pablo.
Esperaron. Llegó un camión y luego lanzaron los cadá-
veres en el volteo.
7:30 P. M.
El tipo, pequeño, de un metro sesenta de estatura, se
paró sonriente. Tenía un palillo en la boca y se lo pasaba
de un lado a otro con la lengua.
La calle bajaba hacia la avenida Sucre y subía hacia
Cútira. El pequeño, llamado Puerto Rico por su propio
padre, miró hacia arriba.
—Esos carajos no van a bajar. Es hora de que estuvieran
aquí. Si bajan nos vamos al este. Allí es donde está la muna y
95
no hay fórmulas. Además de que nos tienen miedo, tenemos
al papaúpa de nuestra parte.
Hablaba con desprecio y de hecho le insuflaba valor a
sus compinches. La Salazar Lengua, a dos pasos de él, le
transmitía el pensamiento a los cinco que esperaban detrás
con la disposición de disputarse el territorio y liquidar, de
una vez por todas, con los de Cútira. Los de Cútira bajaron
una noche, mataron a un pobre diablo que hablaba por el
teléfono público, dispararon contra la casa de Puerto Rico
y le metieron un balazo al padre que ya llevaba cinco años
en una silla de ruedas sin poder moverse ni hablar. Ahora el
Puerto Rico, a sus dieciocho años de edad, quería vengar al
padre y acabar con todos los pandilleros de la parte alta del
cerro. Los espero hasta la madrugada, se dijo. Se lo comu-
nicó a la Salazar Lengua y continuó de un lado a otro, fiján-
dose en los automovilistas que desaceleraban, lo saludaban
y le entregaban algún dinero “para la causa y la tranqui-
lidad que regresaba desde que había suplantado al padre”.
Cinco hombres, entre ellos un portugués que perma-
necía impasible ante el volante del Corolla, esperaban con
las armas en las manos.
El Puerto Rico, con sus pequeñas, retacas y abiertas
piernas, estaba solo en medio de la calle oscura. Antes de
llegar y tomar posiciones, uno les hizo el mandado de quebrar
todos los bombillos.
Puerto Rico tenía una pistola en la cintura, otra en la
media derecha y otra en un carrier de mujer.
96
8 P. M.
El presidente, dirigiéndose a la nación, decía: “Esto
no es una dictadura. Si esto fuera una dictadura ya el
gobierno hubiera dominado la situación con el ejército”.
9 P. M.
El ministro de Defensa, casi soltando el aliento, pidió la
ayuda de todo el mundo.
10 P. M.
El hombre corría de portal en portal cuando lo detuvo
la patrulla.
—¿Y usted, adónde va?
—A ninguna parte.
—¿Y entonces?
—A mí solo me dijeron en el litoral que durante un toque
de queda se podía ir de una parte a otra escondiéndose en los
portales.
—¡Sigue, coño ‘e madre!
Y cuando el transeúnte solitario se fue a meter en el
próximo portal, le volaron la tapa de los sesos.
11 P. M.
Los balazos retumbaban en la noche en forma de
círculos.
97
Una camioneta con un hombre en el techo venía rozando
por Los Próceres.
—¡Paso, un herido! ¡Paso, un herido!
Palabras que tal vez no oyeron bien los soldados acos-
tados detrás de la venta de jugos Doña Juana porque uno se
levantó y le lanzó una granada.
La camioneta voló por los aires y cayó en el parque
infantil.
—¡Coño, le di! –dijo el soldado.
Los muñones de los heridos y de los muertos estaban
regados en el parque. El capitán se presentó y caminó hasta
la orilla del pozo de sangre.
—Esos carajos iban con un cargamento de armas hacia
la universidad.
Quiso conocer al soldado que tuvo tan buena puntería.
—¡Chusma, chusma!
—¡Malandros!
—¡Choros!
—¡Ñángaras!
—Así es, hijos. ¡Hay que darle duro a esos ñángaras!
El capitán, que venía de hacer un curso de insurrección
civil en Panamá, saltó del jeep.
—La orden es matar a todo el mundo. Nada de
culipandeos.
Los soldados, de pie, saludaron.
—... y menos ahora, que acaban de asesinar al mayor
Carlez.
98
LA MEDIANOCHE
Los hombres bebían y jugaban dominó con sus mujeres
y sus niños cuando hizo acto de presencia la patrulla.
—¡El comando negro!
—¡El escuadrón de la muerte!
—¡El fin de las insurrecciones civiles!
—¡De los vagos!
—¡De los saqueadores!
—¡De los delincuentes!
—¡Nada, señores, nosotros estamos con el orden!
—¡Aplaca, Señor, tu ira! –exclamó una mujer con vestido
desteñido y una teta afuera.
—... tu justicia...
—¡Mátalos! ¡Que no hablen! ¡A ellos solo se les da una
oportunidad!
Las balas pegaron en los cuerpos, las paredes, los
porrones y las botellas.
1 A. M.
99
—Señora, eso de rico, rico, rico ha sido premiado en
todas las emisoras. Por eso es usted tan pervertida.
—Doctor, en este momento en que yo no creo en usted ni
en lo que me ha prometido, ¿me permite que lo mate?
Y la mujer, con una frialdad digna de la invasión de los
bárbaros, le disparó con una pistola cuyas balas se oían como
mascadas de chicle. El otro saltó de la cama y se encerró en
el escaparate.
2 A. M.
—¿Y entonces, coronel?
—Hay que acabar con lo que se pueda antes de que
amanezca.
—¿Y la orden?
—Mire, hijo, ahí hay un hombre de lentes oscuros que
lo menos que es es general y que no quiere a nadie vivo en
este país.
—¿Y eso?
—La gente, hijo, es la peste.
—¿Civiles?
—Sí, esta es una insurrección civil. Si nos descuidamos,
los muertos seremos nosotros.
—¿Y esos muertos?
—A la fosa común.
3 A. M.
—Hemos acabado con no menos de diez mil personas y
esta ciudad aún me da miedo.
—¡Un soldado no habla de ese modo!
100
—¡Sargento!
—¡Soldados, fusilen a este traidor!
4 A. M.
Dos muchachos estaban disparando desde el edificio
Sutrinam. Disparaban al aire. Hacia el cerro. Hacia la
desierta avenida.
—¡Chamo, el Luisito la dañó!
—¿Por qué lo dices?
—Porque yo mismo lo maté. Venía con un chaleco de
policía. Yo acababa de caerle a una peluquería de mujeres
cuando lo veo venir hacia mí. Le metí un solo pepazo.
5 A. M.
—¡Soldados, todavía es noche! ¡La orden de Hassan es
matar!
6 A. M.
Los tacones de la conserje despertaron a todos los
inquilinos. Los inquilinos del pequeño edificio creían
que la conserje pasaba la noche fuera para rebuscarse.
Pero al parecer no era así porque ahí la oían bajar.
—Es que no podía salir.
—Igual hubiera salido. Para esas hay salvoconducto.
—¡Mal pensado!
—Nada de discutir. Y menos en esta situación. Mira que
me debes una. ¿Qué hay de beber?
—En absoluto.
101
—¿Cómo?
—No hay ni café.
—¿Ni café?
—Ni azúcar.
—¿Nada?
—¡Nada, vago!
—¡Nojoda contigo, que si te lanzo por esa ventana nadie
te va a cobrar!
—¡Lánzame, pues!
—¡Vas a ver!
7 A. M.
La gente de los edificios vecinos que escucharon
el grito de la mujer y el golpe en el suelo no se atre-
vieron a asomarse. Con un toque de queda era peli-
groso asomarse a una ventana y lo mejor era esperar
hasta las ocho o las nueve para bajar a cerciorarse. Los
soldados continuaban disparando a la loca o a donde se
les antojara.
8 A. M.
El ministro de la Defensa, que se había tomado todas
las atribuciones, convocó a una rueda de prensa.
—Hagan pasar a toda esa gente.
—Paso, señores, es el Cardenal.
—¿Y qué coño viene a hacer un Cardenal en una vaina
que es para los periodistas?
—Quién sabe. A lo mejor quiere santificar este despacho.
102
9 A. M.
El presidente, que no había pegado los ojos en dos días,
telefoneó a Ítalo.
—General.
—¡Presidente!
—Traiga más soldados del interior.
—Han llegado diez aviones.
—Entonces desaloje a los soldados de esta región.
—Hecho, señor.
—Dígale a esa gente que aquí se puede hablar, que
vuelvan a sus casas y que a partir del primero de marzo
tendrán un aumento de dos mil bolívares.
—¡Sí, señor!
10 A. M.
No había terminado de hablar el ministro de la Defensa
cuando recibió una llamada del Jefe de Prensa de
Palacio.
—¿Cierto?
—Como lo oye.
—¿Cuántos?
—Treinta.
—¿De aquí?
—¡Colombianos, cálese esa!
—¡Coño!
103
—¿Qué carajo buscaban esos tipos intentando apode-
rarse del Palacio con el presidente adentro?
—Lo voy a averiguar.
—Ojo, general, que la insurrección nos puede venir de
los vecinos.
—¡Carajo con la hermana República!
—El presidente llamó a Barco. Barco no sabe nada.
—¡Las fronteras! ¡Las fronteras!
—Mientras nos ocupábamos de un pueblo desarmado
como un ejército de ocupación, los vecinos esperaban apode-
rarse de Palacio, de Apure, Barinas y Bolívar, y de vaina si
no secuestran al mismo presidente.
11 A. M.
—Déle un parao a la pelea, general.
—Sí, presidente.
—¿Todo en orden?
—Solo resiste Guarenas.
—Métales un trancazo y retírese.
—¡Sí, señor!
EL MEDIODÍA
La foto mostró al presidente cansado, arrastrando los
pies.
La foto mostró al presidente agachando la cabeza para
entrar en el helicóptero.
La foto mostró al ministro de la Defensa indicando
algunas zonas de la ciudad. Sonreía.
104
1 P. M.
—Mi amor, este lavamanos sigue goteando.
—¿Y qué? ¡Coño!
—Que le pagaste al lampista y la gota sigue y sigue y el
baño está inundado.
—Déjalo que vuelva. Lo voy a matar. Me ha engañado.
—Amor, no te pongas así. Ya eso me lo demostraste.
—Te lo demostré una vez. La noche que nos casamos.
—Sí, amor, me asustaste. Pero eso no se va a repetir,
¿verdad?
—Tú lo dices.
2 P. M.
—Señor general.
—Sí, presidente.
—Me han dicho que usted tiene ambiciones.
—Sí, señor, las de protegerlo a usted.
—No, otras ambiciones.
—¿Como cuáles, presidente?
—Estamos hablando de un golpe de Estado.
—Presidente, si quiere renuncio y que la guerra la lleve
Hassan.
—No, primero me acaba con el bochinche.
3 P. M.
La prensa no podía entrar ni con salvoconductos.
105
—¡Mira, mano –gritó el negro–, nos echaste bola!
—¡Yo soy periodista!
—¡Mira, periodista, nos echaste paja!
La gente del bloque, asomándose a las ventanas o
paseándose por los pasillos, gritó:
—¡Nos están asesinando y ustedes nos tildan de malan-
dros! ¡Los malandros y asesinos están detrás de ustedes, en
la avenida Sucre!
4 P. M.
—¡Échale bola, negro, yo no quiero que me rodeen!
—Entre, licenciado.
—Esos carajos son capaces de asesinarnos por la sola
razón de que somos periodistas y andamos desarmados.
—No se olvide, licenciado, que hasta la diputada
Almosny ha dicho que la policía está penetrada por el hampa.
¿Qué hacen entonces aquí? Busquen en otro lugar.
—¡Échale bolas, pues!
5 P. M.
Yo salí sola. Dejé a mi papá comprando unos aguacates
debajo del puente de las Fuerzas Armadas. Le dije:
“Papá, no te voy a entregar el dinero porque te lo vas
a beber. Mi mamá me avisó”. “Okey, hija –me dice él–,
vete a casa”, y yo me fui al 23 de Enero a encontrarme
con Miguel. Con Miguel yo lo hacía en el ascensor o en el
106
carro que se acababa de robar. En Charallave yo tenía al
catire Ángel para casarme. La plomazón se dio cuando
Miguel y yo subíamos en el ascensor y, como él lo detuvo
en el séptimo mientras se lo chupaba y se quejaba ay,
ay, ay, supongo que nos agarraron desprevenidos. El
soldado que logró abrir el aparato le disparó y Miguel
cayó y enseguida que lo mata y lo empuja hacia abajo
me dice: “Ahora me lo haces a mí, rápido”. Cosa que hice
sin dilación y sin salir todavía del susto. Me bajó presa,
me empujó en la jaula y tuve que mamárselo a todos
antes de llegar a Fuerte Tiuna.
—¡Cédula!
—No tengo.
—¡Edad!
—14 años.
—¡Con ese tamañote! ¡Métala ahí, sargento!
—¡Teniente!
—¡Coño!, ¿este es un ejército o no?
—¡Teniente!
Y detrás del sargento entró el teniente que me dijo:
—Prepara todas esas camas y ven y acuéstate en la
primera que es la mía.
6 P. M.
La gente que rezó el rosario comentó:
—No se parece. La Micaela era delgada, chiquita, un
firifirito, y esta es gorda, grande y vieja.
107
—Vamos, vieja, que un muerto se hincha.
El ejército, para evitar un tumulto, tomó la calle y solo
permitió un reconocimiento.
7, 8 Y 9 P. M.
La Micaela, que leyó el diario que le llevó el teniente
que se la estaba fregando, dijo:
—Mira, en Charallave enterraron a otra por mí.
—Ya lo leí.
—No importa, mi amor, tú me ofreciste protección.
—¡Señorita, estamos en guerra! ¡Usted es una puta y
con la regla que la midieron la voy a medir yo!
Yo me asusté, pero en cuanto lo vi que se desnudaba no
pude aguantar la risa y nos reímos los dos.
10 P. M.
De modo que enterraron a otra por mí. Ya yo estaba
cansada de tender sábanas, servir comida y trabajar de
gratis. Además, el teniente García (un momento era
García, otro momento era Roberto y otro momento
Rodríguez) me mentía mucho. En la primera oportu-
nidad le dije:
—Mi amor (él me tenía contra un ropero de acero), mi
amor, permíteme llamar, después volveré a ser tuya.
Me hizo suya de pie y al cabo de un rato, serio y con la
mano en la pistola, gritó en ese tono militar que tienen todos
los militares:
108
—¡Así que tiene familia! ¡Llámela, pues!
Y fue cuando llamé y hable con mi mamá, los vecinos y
mi papá que me dijo:
—¡Pero negra, aquí ya te enterramos ayer!
11 P. M.
Por la noche las ráfagas de metralla dieron cuenta de
varios ladrones de carro, de una abogada que venía de
cumplir años con su salvoconducto pegado en el para-
brisas de su Corolla y de una arquitecta de veintidós
años que se acababa de graduar.
Un soldado vio a un hombre parado debajo de un poste
y le dijo:
—¡Corre!
Y el hombre lo miró fríamente.
—¡Corre!
El hombre permanecía de pie en actitud digna sin
moverse. Ni siquiera espabilaba.
—¡Ah! ¿No te vas a mover?
El hombre continuaba sin espabilar.
—¡Ah, qué arrecho! –dijo el soldado y lo acribilló.
LA MEDIANOCHE
—Presidente –dijo el ministro de la Defensa–, la guerra
nos ha costado dos hombres: el mayor Carlez, que cayó
en El Valle, y un soldado de la Fuerza Aérea.
109
—¿Y qué opina usted, ministro?
—Que hemos aprendido mucho sobre el arte de la
guerra.
—Lo felicito.
110
IV
LA CATERVA
El portugués, atrincherado detrás del mostrador, ya
había bajado a dos malandros.
El portugués, con una treinta y ocho en la mano, había
disparado contra los dos que le dijeron:
—¡Arréchate!
En realidad, Joaquín D’Acosta nó se arrechó. Joaquín
D’Acosta se asustó y disparó. Mató a dos que quedaron
tendidos en la calle y su mujer, la negra (a los portugueses
nos gustan las negras), le gritaba desde arriba:
—¡Sube, Joaquín, sube!
—Párate, mujer, que voy a llamar a la policía.
Joaquín D’Acosta, de cuarenta y dos años, portugués
birriondo, echón, gustador de besar negras contra la cocina,
ahora, a pesar de que había matado a dos muchachos, estaba
cagado.
—¡Huye, mi amor! –le gritaba la negra desde la azotea.
—¡Tú, aguántate ahí!
—Huye, mi amor, ¡si no voy a creer lo que dicen de ti!
—¡Tú, cállate!
—¡Huye, portu, huye y nos vemos en el Tuy!
***
113
La tropa, desde sus camiones, disparaba hacia ventanas
y luces.
Era la orden.
La tropa, con jefes a su cabeza, comenzó a hacer
encuestas:
—¿Qué opina usted de un golpe de Estado?
El vendedor de periódicos bajaba su kiosco y se iba.
—¡Oye, Lucio!
—No hay prensa, mi amor, entiéndete con el oficial.
***
***
***
Mundial 12 Radio 03:
114
—La policía debe ir hacia Los Rosales. Todas las quintas
han sido asaltadas y hay una familia que lleva dos días resis-
tiendo desde una azotea.
***
—General.
—Diga.
—¿A cuántos ciudadanos hemos matado?
—Ni más ni menos de lo que usted calculó.
—¡Cuántos, coño!
—¡No grite a su superior, carajo!
—Usted, general, está por retirarse y no le interesa el
número de muertos. Bajo sus órdenes, sin exagerar, hemos
actuado como un ejército de ocupación y hemos asesinado a
más de diez mil personas.
—Yo no le pregunté eso.
—Yo leo estadísticas.
—¡Está despedido!
—De baja, general.
—¡Coño, váyase!
Cuando salí a la calle me gritaron:
—¡Ítalo salvó a la clase media!
La gente, estúpida por naturaleza, no se había enterado
de que Ítalo me había echado por incapaz. Lo que hice fue
sonreír e irme a casa. Ya era hora.
***
115
Hassan, en su casa:
—El presidente me va a ratificar.
Su mujer, fuera de sus cabales:
—Eres idiota, un asesino.
—¿Yo?
—Eso fue lo que ganaste.
—¿Por qué, mujer, por qué?
—Has mandado al ejército a asesinar a gente inocente.
No mataron a ningún delincuente, a ningún ladrón, a ningún
asesino. Te ensañaste contra gente trabajadora y te salió
bien.
—Yo obedecía órdenes de mi general Alliegro.
—Entonces, ¡cálatelas!
***
—¡Presidente!
—¡Aguántame las palabras, Antonio!
—¡Presidente!
—Dile a la loca esa que me comunique con Bush. Hay
muchas vainas que arreglar.
—¡Presidente!
—¡Al carajo con esas exclamaciones!
—Sí, presidente.
—Antonio, espero que seas de mi confianza. Uno no
puede confiar en un intelectual porque lo escribe o lo dice.
Pero tú eres del CEN. O sea, oyes y callas.
—¡Presidente!
116
—¡Coño, llama a Bush y ponme a la intérprete!
—Bush, presidente, acaba de invadir Panamá y no
atiende a nadie.
—Bush, el coño ‘e madre, está asesinando a todos los
agentes de la CIA que se acostaron con su mujer. Bush
es impotente. Esta es una demostración de valor, no ante
el pueblo americano, sino ante su mujer. Una mujer rubia,
elegante en sus tiempos, que sufría por un latino. Cuidado
con lo que vas a regar por ahí. Noriega hablaba mucho. Fue
amante de esa mujer. La mujer se enamoró de Noriega. Las
revistas no la quieren. Bush es policía. Reagan le da su opor-
tunidad y entonces se transforma en asesino incontrolable.
Liquida a Marcos, a Duvalier y al más peligroso, el que
hacía sollozar a la mujer: a Noriega. ¿Usted oye? Porque yo
también estuve a punto.
—El país lo sabe.
—Lo que no sabe el país es que Bush es loco, que puede
enviar un helicóptero y secuestrar a cualquier presidente.
—Estamos jodidos.
—Bush ha mandado un portaviones a las costas colom-
bianas. Me llamaron. Me dijeron: “¿Quiere el préstamo,
Pérez?”. Yo les dije que sí porque tengo el peo en las puertas.
—¿Y?
—Van a invadir Colombia como invadieron Panamá.
Las drogas son el motivo. Después seremos nosotros. ¡Yo
me voy a aguantar!
—¡Presidente!
***
117
—¿Y esto?
—¿Qué?
—Todo amaneció cagado.
—¡Yo no fui, mujer!
—¿Y quién, entonces?
—Yo no sé.
—¡Pero si aquí no vivimos sino tú y yo! Te cagaste en tu
silla de leer, en la cama, en la silla de la mesa para comer. Tus
pantalones y dos almohadas están cagados.
—Pero tú...
—¡Cállate! Estás cagado de miedo. Yo te sentí toda la
noche. Te levantabas a cada disparo, te dirigías a la cocina a
beber agua y te paseabas de un sillón a otro.
—¿Y yo me estaba cagando?
—Sí.
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***
118
Y me comí el primer bocado. Yo nunca había probado
una carne tan blandita y tan dulcita. Sabía a jamón dulce y
como era Navidad...
—¡Ayúdeme a vomitar, soldado!
—¿Y eso?
—¡Ese coño ‘e madre me dio a comer carne de mi propia
hija!
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119
—Concrétese, inspector.
—Perdón, comisario. Salían en una camioneta, metían
a las niñas de un colegio cercano a Bello Monte, se detenían
en lo más alejado de la urbanización y procedían a violarlas.
Y la vaina es que no se cogían sino a las que tenían diez años
o menos.
***
***
—¿Y entonces?
—El presidente tiene la palabra.
120
—No, el ministro de la Defensa.
—No, la palabra la tienen los Estados Unidos de
América. Si no hay plácet no hay golpe. Antes nos gober-
naban tiranos. Ahora son demócratas ladrones y juyilones.
—¿Y no hay plácet?
—No hay plácet. Usted ha visto como nos han retirado
a Pinochet y como nos han secuestrado a Noriega. No hay
plácet. A sus casas, a dormir y a esperar que el coloso del
Norte se desgaste por sí solo.
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121
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122
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En el edificio negro de Fedecámaras el presidente de
esa institución se dirigió a los socios:
—El presidente Pérez nos decretó la guerra. Por los
medios de comunicación ha dicho que esto es una guerra
de pobres contra ricos. De ahí los asaltos a nuestras urba-
nizaciones, a nuestros hijos. ¿A cuántos de nuestros hijos
no han asesinado por un carro en Macaracuay, Prados del
Este, La Trinidad, El Hatillo...? No respetan a nadie. A un
inspector. Al hijo de un ministro. A la mujer de un industrial.
A un médico. A una abogada. Acaban de asesinar a un inge-
niero porque se detuvo a la luz de un semáforo. ¿Y qué dicen,
señores, qué dicen? Hay que limpiar a las policías.
—Excúseme, señor. No es así. Hay que limpiar a los polí-
ticos que nos obligan a regalar aviones, pasajes, dinero para
sus queridas. Yo era el encargado de llevarle trescientos
millones semanales a la secretaria privada del gobierno
anterior.
—¿Usted? ¿Cómo es eso?
—Yo, mire usted, a mí me mandaban a buscar ese dinero
después de las carreras del hipódromo La Rinconada.
123
—¿Y dónde está esa señorita ahora, si solo tenía un
sueldo mensual de diez mil bolívares?
—Vive en tres mansiones. Una que tiene aquí, otra en
Miami, Florida, y otra en París.
—¿Y ahora es que lo viene a decir? ¡Nojoda con usted!
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124
La guerra, una guerra limpia, había dejado diez mil
muertos y más de veinte mil heridos.
—¿Y lo demás?
—Eso ya no es cosa mía.
—¿Entonces?
—Es cosa del hambre, del desempleo, del vacío político.
—¡General!
—No se preocupe, que el presidente me ha llamado para
informarme sobre mi retiro.
—¿Y qué va a hacer?
—Ya yo cumplí.
—¿Se le venció el plazo?
—Me voy a retiro.
—¿Y qué más?
—A prepararme para ser presidente de la República.
—¿Y por qué no lo fue con todo el ejército en la calle y el
poder en sus manos?
—A mí el presidente me hizo cargo de todo menos
del poder.
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126
ÍNDICE
I
Resolana / 11
II
Laguna azul / 59
III
27 y 28 de febrero / 71
IV
La caterva / 111
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