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Timor Oriental: Comentario Con Ocasión de La Próxima Cumbre de La APEC ( )

Este documento describe la trágica situación en Timor Oriental, donde las fuerzas militares indonesias han estado cometiendo atrocidades contra la población durante 24 años desde su invasión. Actualmente, antes de la cumbre de la APEC, el ejército indonesio está destruyendo sistemáticamente lo que queda de la infraestructura y la población de Timor Oriental. El documento argumenta que Occidente ha sido cómplice de estas atrocidades y que ahora tiene la oportunidad y la responsabilidad de poner fin a la tragedia
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Timor Oriental: Comentario Con Ocasión de La Próxima Cumbre de La APEC ( )

Este documento describe la trágica situación en Timor Oriental, donde las fuerzas militares indonesias han estado cometiendo atrocidades contra la población durante 24 años desde su invasión. Actualmente, antes de la cumbre de la APEC, el ejército indonesio está destruyendo sistemáticamente lo que queda de la infraestructura y la población de Timor Oriental. El documento argumenta que Occidente ha sido cómplice de estas atrocidades y que ahora tiene la oportunidad y la responsabilidad de poner fin a la tragedia
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Timor Oriental: Comentario con ocasión de la próxima cumbre de la APEC. Noam Chomsky.

Timor Oriental: Comentario con ocasión de la próxima cumbre


de la APEC (*)

En la conferencia de la APEC se deberían tratar muchas cuestiones significativas a largo plazo, pero
una de ellas es de vital importancia y de urgencia absoluta. Todos sabemos de qué se trata, y por qué
se debe situar en un primer plano de preocupación y -lo que es más importante- de acción inmediata.
Esta conferencia proporciona una oportunidad que puede que no se vuelva a repetir: la oportunidad de
poner fin a la tragedia de Timor Oriental, que una vez más alcanza proporciones alarmantes. Las
fuerzas militares indonesias que invadieron Timor Oriental hace 24 años, y que han estado
aterrorizando y masacrando a sus habitantes desde entonces, se encuentran ahora mismo, mientras
escribo, en pleno proceso de destruir sádicamente lo que queda: la población, las ciudades y los
pueblos. No podemos saber lo que están planeando, pero no es descartable una solución cartaginesa.

La tragedia de Timor Oriental ha sido una de las más pavorosas de este terrible siglo. Por otra parte,
también es de particular importancia moral para nosotros, por la más simple y obvia de las razones: la
complicidad occidental ha sido directa y decisiva. El previsible corolario también incluye que, a
diferencia de los delitos de los enemigos oficiales, estos se podrían haber detenido por medios que
siempre han estado, y que siguen estando, disponibles. La actual ola de terror y destrucción se inició a
principios de este año, con el pretexto de que las atrocidades eran llevadas a cabo por "milicias
incontroladas". Pronto se reveló que las milicias eran fuerzas paramilitares armadas, organizadas y
dirigidas por el ejército indonesio, que también participó de forma directa en sus "actividades
delictivas", tal y como las describió Ali Alatas, ministro de Asuntos Exteriores de Indonesia, con
intención de mantener a estas alturas la vergonzosa pretensión de que la "institución castrense" que
dirige los crímenes intenta detenerlos.

Los integrantes de las fuerzas militares indonesias son comúnmente descritos como "malhechores". Es
un calificativo que no les hace justicia. Los más importantes son las unidades del Kopassus enviadas a
Timor Oriental para llevar a cabo las acciones que las han hecho tan famosas como temidas. Cuando el
terror empezaba a aumentar, David Jenkins, veterano corresponsal en Asia, informó que "según creen
muchos observadores, tienen la labor de dirigir las milicias". El Kopassus es la "unidad de fuerzas
especiales de asalto" creada a imagen y semejanza de los boinas verdes de EEUU, y recibió
"entrenamiento regular con las fuerzas australianas y estadounidenses hasta que su comportamiento se
hizo demasiado molesto para sus amigos extranjeros". Benedict Anderson, uno de los intelectuales
indonesios más importantes, observa que son "legendarias por su crueldad" y añade que, en Timor
Oriental, "el Kopassus se ha convertido en pionero y ejemplo de todo tipo de atrocidades", como
violaciones sistemáticas, torturas, ejecuciones, y organización de bandas criminales.

Jenkins escribió que los altos mandos del Kopassus, entrenados en Estados Unidos, adoptaron las
tácticas del programa estadounidense "Phoenix", que se aplicó en Vietnam del Sur y que supuso el
asesinato de decenas de miles de campesinos y de muchos de los líderes sudvietnamitas, así como "las
tácticas empleadas por los Contras" en Nicaragua a partir de las lecciones que recibieron de sus
mentores de la CIA, lecciones que no será preciso recordar. Los terroristas de estado "no se limitan a
perseguir a los independentistas más radicales, sino también a los moderados, a las personas con
influencia en su comunidad. "Es Phoenix", según comentaba una importante fuente de Yakarta, y
tienen intención de "aterrorizar a todo el mundo": a las ONG, a la Cruz Roja, a Naciones Unidas y a
los periodistas.

Todo ello fue mucho antes del referéndum y de las atrocidades desatadas a partir de entonces. Hay
buenas razones para compartir el juicio de un alto cargo occidental en Dili: "No se equivoquen. Todo
esto se dirige desde Yakarta. No es una situación en la que unos cuantos grupos de una milicia
andrajosa se encuentran fuera de control. Es una operación militar desde el principio hasta el final,
como todo el mundo sabe".

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Timor Oriental: Comentario con ocasión de la próxima cumbre de la APEC. Noam Chomsky.

El alto cargo hizo las declaraciones desde el campamento de Naciones Unidas en el que se habían
refugiado los observadores de la ONU, los últimos periodistas y miles de aterrorizados ciudadanos de
Timor que huían de la persecución de los agentes paramilitares de Indonesia. En aquel momento, hace
unos días, Naciones Unidas calculó que se había expulsado de forma violenta a 200.000 personas,
aproximadamente un cuarto de la población, con un número desconocido de asesinatos y daños
materiales por valor de miles de millones de dólares. En opinión de la ONU, se tardarían varias
décadas en reconstruir la infraestructura básica del territorio, en el mejor de los casos. Y puede que el
ejército tenga objetivos aún más ambiciosos.

La historia de horror había continuado en los meses previos al referéndum del treinta de agosto. En
julio, periodistas australianos citaban fuentes diplomáticas, de la iglesia y de las propias milicias para
informar de que "están acumulando cientos de modernos rifles de asalto, granadas y morteros, para
utilizarlos si la opción autonómica [permanecer en Indonesia] es derrotada en las urnas". Los
periodistas advertían que las milicias dirigidas por el ejército podrían estar planeando una ocupación
violenta de casi todo el territorio si se expresaba la voluntad popular a pesar del terror. Todo ello era
del conocimiento de los "amigos extranjeros" que también sabían cómo detener el terror y que sin
embargo prefirieron mantener una actitud dilatoria, dudosa, evasiva y ambigua que los generales
indonesios podían interpretar, fácilmente, como una "luz verde" para que llevaran a cabo su macabro
trabajo.

En una demostración de extraordinario heroísmo y de valentía, casi toda la población participó en las
elecciones, aunque muchos tuvieron que salir de sus escondites para votar. Enfrentándose al terror y a
una intimidación brutal, votaron mayoritariamente a favor del derecho de autodeterminación,
sancionado desde hace mucho tiempo por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y por el
Tribunal Internacional.

Las fuerzas de ocupación indonesias reaccionaron de forma inmediata, y del modo anunciado por los
observadores que se encontraban en el terreno. Se inició una operación bien planeada con las armas
que se habían acumulado y con las fuerzas que se habían movilizado. Procedieron a eliminar a
cualquiera que pudiera contar al mundo la terrible historia y cortaron las comunicaciones mientras
masacraban y expulsaban a decenas de miles de personas a un destino desconocido, sin dejar de
quemar y de destruir, asesinando a curas y monjas y quién sabe a cuántas otras desventuradas víctimas.
Dili, la capital, fue prácticamente destruida. En cuanto a lo sucedido en el campo, donde el ejército
puede actuar sin testigos, sólo se puede adivinar lo que ha sucedido.

Incluso antes de las últimas atrocidades, fuentes de la Iglesia -de gran credibilidad- habían informado
sobre el asesinato de entre 3000 y 5000 personas en 1999; es decir, una cifra muy superior a la escala
de atrocidades en Kosovo antes de los bombardeos de la OTAN. Y el porcentaje puede alcanzar el
nivel de Ruanda si los "amigos extranjeros" se limitan a realizar tímidas declaraciones de
desaprobación mientras insisten en que la seguridad interna de Timor Oriental "es responsabilidad del
gobierno de Indonesia, y no deseamos quitarles esa responsabilidad", la posición oficial del
Departamento de Estado de EEUU pocos días antes del referéndum del 30 de agosto.

Si hubieran dicho hace unos meses que la seguridad interna de Kosovo "es responsabilidad del
gobierno de Yugoslavia, y no deseamos quitarles esa responsabilidad", no serían tan hipócritas. Los
crímenes de Indonesia en Timor Oriental han sido incomparablemente mayores, incluso este mismo
año, por no hablar de sus actos durante los años de agresión y terror; respaldados por occidente, no
podemos permitirnos el lujo de olvidar. Pero dejando eso a un lado, Indonesia no tiene ningún derecho
sobre el territorio que invadió y ocupó, al margen del derecho que le concede el apoyo de las grandes
potencias. Los "amigos extranjeros" también saben que tal vez no fuera necesaria una intervención
directa en el territorio ocupado, aunque esté justificada. Bastaría con que EEUU hiciera una
declaración pública y clara para informar a los generales indonesios de que el juego ha terminado. A
fin de cuentas es la estrategia que EEUU ha llevado durante el último cuarto de siglo, cuando apoyaba
militar y diplomáticamente la invasión y las atrocidades dirigidas por el general Suharto, que consiguió
batir su propio y espeluznante récord con el apoyo de occidente y, frecuentemente, con su aclamación.
La propia administración de Clinton lo felicitó: "Es nuestro hombre", dijeron, cuando Suharto visitó
Washington poco antes de que cayera en desgracia por perder el control y quedar atrapado en las
órdenes del FMI.

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Timor Oriental: Comentario con ocasión de la próxima cumbre de la APEC. Noam Chomsky.

Si transformar la actual luz verde en una luz roja no bastara, Washington y sus aliados tienen medios
suficientes a su disposición: pueden detener la venta de armas a los asesinos; pueden iniciar juicios por
crímenes de guerra contra los líderes del ejército (amenaza que no es desdeñable); pueden cortar un
apoyo económico al que no aplican ambigüedad alguna; y pueden impedir la actuación de las
multinacionales y de las grandes empresas de energía occidentales, así como restringir otras
inversiones y actividades comerciales. Además, y si se demuestra que es necesario, no hay razón
alguna para no enviar fuerzas de pacificación que reemplacen al ejército terrorista de ocupación.
Indonesia no tiene autoridad alguna para "invitar" a una intervención extranjera, como pedía el
presidente Clinton; tampoco la tenía Sadam Huseín para pedir una intervención extranjera en Kuwait,
ni la Alemania nazi en Francia en 1944, por ejemplo. Pero la terminología que se utilice para disfrazar
el envío de fuerzas pacificadoras carece de importancia, siempre y cuando no sucumbamos a ilusiones
que nos impidan comprender lo que ha sucedido, y lo que presagia.

Apenas sabemos lo que están haciendo EEUU y sus aliados. El New York Times informa de que el
Departamento de Estado de EEUU "ha tomado la dirección de la gestión de la crisis, (...) en la espera
de poder hacer uso de los duraderos lazos entre el Pentágono y el ejército indonesio". La naturaleza de
esos lazos, que se han mantenido durante décadas, no es ningún secreto. Alan Naim, que sobrevivió a
la masacre de Dili de 1991 y que estuvo a punto de perder la vida, también en Dili, hace unos días,
aclara las relaciones actuales entre Indonesia y EEUU. En otro brillante éxito de investigación, Naim
acaba de revelar que inmediatamente después de la horrible masacre de docenas de refugiados que se
habían cobijado en una iglesia de Liquica, el máximo responsable del ejército de EEUU en el Pacífico,
el almirante Dennis Blair, ratificó el apoyo y la ayuda estadounidense al general indonesio Wiranto y
le propuso una nueva misión de entrenamiento de EEUU.

El día ocho de septiembre, la comandancia del Pacífico anunció que el almirante Blair va a ser
enviado de nuevo a Indonesia para transmitir la preocupación de EEUU. El mismo día, el secretario de
Defensa, William Cohen, informó que EEUU realizó operaciones conjuntas con el ejército de
Indonesia una semana antes del referéndum de agosto. "fue un ejercicio de entrenamiento conjunto
centrado en actividades humanitarias y de intervención ante desastres". Resulta sorprendente que
Cohen pueda decir algo así sin avergonzarse. El ejercicio de entrenamiento se puso en práctica en
cuestión de días, y de la forma habitual, tal y como podrá comprender todo el mundo -salvo los que
están ciegos por propia voluntad- tras escuchar años y años los mismos cuentos.

Cada movimiento llega con una retractación implícita. El día anterior a la reunión de la APEC (*), el 9
de septiembre, Clinton anunció la interrupción de los lazos militares, pero sin detener la venta de
armas, y mientras tanto declaraba que Timor Oriental "sigue formando parte de Indonesia", aunque no
lo sea ni lo haya sido nunca. El almirante Blair comunicó la decisión al general Wiranto. No es
necesario ser irónico para contemplar las actuales relaciones secretas con un escepticismo justificado
por el pasado histórico: por mencionar un caso reciente, Clinton se las arregló para evitar las
restricciones ordenadas por el Congreso de EEUU al entrenamiento de militares indonesios tras la
masacre de Dili. Pero la crónica anterior es mucho peor desde los primeros días de la invasión
autorizada por EEUU. Mientras la publicidad política de EEUU condenaba la agresión, Washington la
apoyaba en secreto con un nuevo envío de armas, que fue incrementado por la administración de
Carter cuando las matanzas alcanzaron niveles de genocidio en 1978. Fue entonces cuando la Iglesia y
otras fuentes de Timor Oriental intentaron hacer público el cálculo de 200.000 muertos que fue
aceptado años más tarde, después de negarlo constantemente.

Todos los estudiantes occidentales, todos los ciudadanos mínimamente preocupados por las relaciones
internacionales, deberían conocer la honrada y franca descripción de los primeros días de la invasión
de boca del senador Daniel Patrick Moynihan, que entonces era embajador de EEUU ante Naciones
Unidas. El Consejo de Seguridad ordenó a los invasores que se retiraran de inmediato, pero no se tomó
ninguna medida. En sus memorias, publicadas hace 20 años, cuando el terror alcanzó su punto más
alto, Moynihan explicó las razones: "Estados Unidos deseaba que las cosas salieran de ese modo", y él
cumplió con el deber de "trabajar para conseguirlo". En cuanto a lo que sucedió, Moynihan comenta
que en pocos meses fueron asesinados 60.000 ciudadanos de Timor, "casi la proporción de bajas
sufridas por la Unión Soviética durante la II Guerra Mundial". Fin de la historia. Aunque no en el
mundo real.

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Timor Oriental: Comentario con ocasión de la próxima cumbre de la APEC. Noam Chomsky.

Las cosas han seguido igual desde entonces, aunque no sólo en EEUU. Gran Bretaña tiene un pasado
particularmente odioso, al igual que Australia, Francia y otros muchos países. Su enorme
responsabilidad, por sí misma, debería obligarlos a actuar, y no sólo para detener las atrocidades, sino
para reparar lo sucedido, aunque se limitaran a hacer un miserable gesto de compensación por sus
crímenes.

Las razones de la postura occidental son evidentes. Lo han dejado bien claro, con una sinceridad
brutal. "El dilema es que Indonesia importa, y Timor Oriental, no", declaraba un diplomático
occidental en Yakarta hace unos días. Podría haber añadido que no se trata de ningún "dilema", sino
más bien de un procedimiento estándar. Elizabeth Becker y Philip Shenon, especialistas en Asia del
New York Times, explicaban la negativa de EEUU a intervenir cuando informaban de que la
administración de Clinton "ha llegado a la conclusión de que Indonesia, un país con grandes riquezas
minerales y más de 200 millones de personas, es mucho más importante para EEUU que la
preocupación por el destino político de Timor Oriental, un pequeño y empobrecido territorio habitado
por 800.000 personas que aspira a la independencia". Con semejantes conclusiones, su destino como
seres humanos ni siquiera aparece en la pantalla del radar. El Washington Post cita a Douglas Paal,
presidente del Asia Pacific Policy Center (APPC), para informar sobre los hechos de la vida: "Timor es
un bache en la carretera a Yakarta, y tenemos que pasarlo. Indonesia es un lugar enorme y esencial
para la estabilidad de la región".

Incluso sin la certificación secreta del apoyo del Pentágono, los generales indonesios pueden leer ese
tipo de declaraciones y llegar a la conclusión de que tienen vía libre para hacer lo que quieran.

Durante los últimos días se ha mencionado repetidamente la analogía con Kosovo. Pero es una
comparación inapropiada, en muchos aspectos cruciales. El caso de Irak y Kuwait es mucho más
parecido, aunque quede muy por debajo de la escala de atrocidades y de la culpabilidad de EEUU y de
sus aliados. Aún hay tiempo, aunque muy poco, para evitar la atroz consumación de una de las
tragedias más espantosas de un siglo horrible que se dirige a un final aterrador y violento.

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