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Odiseo y los feacios en la Odisea

Odiseo se presenta ante los feacios y relata brevemente sus aventuras desde que partió de Troya. Explica cómo fueron llevados por los vientos a la tierra de los cícones, donde saquearon su ciudad pero luego fueron derrotados. Más tarde llegaron al país de los lotófagos y al de los cíclopes, donde Polifemo los atrapó en su cueva y se comió a varios de sus hombres. Odiseo planea cómo escapar de la cueva del cíclope.

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Odiseo y los feacios en la Odisea

Odiseo se presenta ante los feacios y relata brevemente sus aventuras desde que partió de Troya. Explica cómo fueron llevados por los vientos a la tierra de los cícones, donde saquearon su ciudad pero luego fueron derrotados. Más tarde llegaron al país de los lotófagos y al de los cíclopes, donde Polifemo los atrapó en su cueva y se comió a varios de sus hombres. Odiseo planea cómo escapar de la cueva del cíclope.

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Canto ix

Odiseo se da a conocer ante los feacios.


Y el astuto Odiseo les relató lo que sigue.
—Mi nombre es Odiseo, y soy hijo de Laertes. Los hombres me
conocen por mi ingenio. Tengo mi casa en Ítaca, la isla donde se alza
el monte Nérito, que se ve desde el mar. Alrededor hay otras islas:
Same, Duliquio y la umbrosa Zaquinto. Es áspera la tierra de Ítaca,
mi patria, pero cría varones excelentes. No existe tierra alguna más
dulce para mí.

Odiseo llora al escuchar el canto de Demódoco. Ilustración de John Flaxman, 1810.

• 75 •
Homero

”Y aun cuando Calipso me tuvo prisionero para hacerme su


esposo, y la engañosa Circe62 me retuvo en su palacio, jamás me
persuadieron en mi ánimo ni una ni la otra: para quien alejado de los
suyos habita en tierra extraña, por más que sea en un palacio esplén-
dido, nada es más grato que la propia casa y la propia familia.

Odiseo inicia el relato de sus aventuras. Los cícones.


”Pero te contaré cómo fue mi regreso desde Troya, decretado
por Zeus, lleno de sufrimientos y pesares. De Troya me llevaron los
vientos al país de los cícones,63 en Ísmaro. Saqueamos la ciudad y
matamos a quienes la habitaban. Luego nos repartimos equitativa-
mente el botín y las mujeres. Insté a mis compañeros a que nos reti-
ráramos con prisa. No pude persuadirlos. ¡Insensatos! Y mientras en
la costa mis hombres comían y bebían con exceso, los cícones que
habían conseguido escapar llamaron a los otros que vivían tierra
adentro. Eran muy numerosos y valientes, además de más diestros
en la lucha. Se presentaron al rayar el alba, innumerables como las
hojas y las flores que en primavera brotan. Nos combatieron junto a
los navíos. Logramos contenerlos durante todo el día; pero al atarde-
cer nos derrotaron, y encontraron la muerte seis aqueos. Los demás
escapamos como nos fue posible, esperando hasta último momento
por si acaso volvían los que al fin no volvieron. Y una vez que zarpa-
mos, Zeus, el que amontona las nubes, levantó una tempestad, que
cubrió de negrura la tierra y el océano.
”Extraviamos el rumbo y los vientos rasgaron nuestras velas.
Las recogimos, pues, y logramos llevar la nave hasta una playa, don-
de permanecimos dos días con sus noches, mientras la angustia y el
cansancio nos roían el alma. Al tercer día, una vez más partimos con
velas desplegadas.

62 Circe: diosa hechicera, hija del Sol y Perseis.


63 Cícones: tribu de Tracia.

• 76 •
Odisea

Los lotófagos.
”Y habríamos llegado a salvo a nuestra patria, si el viento y el
oleaje no hubieran desviado nuestra nave, al doblar en el cabo de
Malea,64 conduciéndonos lejos, más allá de Citera.65 Durante nueve
días nos arrastraron vientos enemigos. Al décimo llegamos al país de
los lotófagos,66 que solo comen flores. Bajamos a la costa y cargamos
agua fresca. Después mis compañeros comieron al costado de las na-
ves. Escogí a dos de ellos y a un heraldo, y los mandé a informarse
quiénes vivían en aquellas tierras. Enseguida partieron, y pronto se
toparon con los hombres comedores de loto, quienes, en vez de ha-
cerles algún daño, les regalaron lotos para que los comiesen. Tan
pronto como degustaron aquel fruto dulcísimo se olvidaron de todos
los pesares y los abandonó el deseo del regreso, y prefirieron quedarse
allí, con los lotófagos. A pesar de sus lágrimas, me los llevé conmigo
y los até a los bancos de las cóncavas naves. Inmediatamente ordené a
los otros que zarparan, temiendo que olvidasen el regreso si probaban
la flor ellos también. Me hicieron caso y enseguida azotaban las olas
con los remos.

Los cíclopes.
”Partimos con el ánimo afligido y muy pronto llegamos al país
de los soberbios cíclopes,67 pueblo sin ley que no cultiva el campo,
confiándose a los dioses inmortales, al que todo le nace sin semilla
ni arado. Ellos no deliberan en el ágora y carecen de leyes. Habitan
en las cumbres de montes escarpados, y cada uno gobierna a su mu-
jer y a sus hijos, sin importarles los demás en nada. Al lado de la isla

64 Malea: pequeña península del sureste del Peloponeso.


65 Citera: isla griega al sudoeste del Peloponeso.
66 Lotófagos: pueblo legendario que solía identificarse con una población del
noreste de África.
67 Cíclopes: hijos de Urano y Gea, son gigantes con un solo ojo en medio de la
frente; viven aislados, en cuevas, cuidando de sus ovejas. Son salvajes y
desconocen la vida en sociedad.

• 77 •
Homero

de los cíclopes hay otra más pequeña, apenas un islote. Allí desem-
barcamos en medio de la noche, y al punto nos echamos a dormir
aguardando la aurora.
”No bien se mostró Eos, la de dedos rosados, hija de la mañana,
recorrimos la isla, cazamos y comimos y bebimos del vino de los cí-
cones. Cuando cayó la noche, nos acostamos a dormir de nuevo. Y
cuando salió el sol, convoqué al ágora y dije a mis amigos:
”—Compañeros leales, permanezcan aquí. Con mi nave y mi
gente iré a enterarme quién habita en la isla que vemos desde aquí, y
si sus habitantes son soberbios, salvajes e injustos, o si acaso reciben
a sus huéspedes con amistad y temen a los dioses.
”Después nos despedimos y subimos a las naves. Y una vez
que llegamos a la cercana isla, divisamos una elevada gruta muy
cerca de la orilla, rodeada de altos pinos, encinas y un laurel, que
escondía la entrada. Un copioso rebaño de ovejas y de cabras pas-
taba alrededor. Allí vivía un monstruo alto como una montaña,
que alejado de todo cuidaba sus rebaños, y nunca frecuentaba al
resto de los cíclopes, porque era cruel de ánimo y albergaba sinies-
tros pensamientos.

La cueva de Polifemo.
”Entonces ordené a mis compañeros que se quedaran a cuidar
la nave y elegí solo a doce, los mejores. Nos pusimos a andar, llevan-
do con nosotros algunas provisiones y un gran odre rebosante de
dulce y negro vino, regalo de Marón, sacerdote de Apolo. Pronto lle-
gamos a la enorme gruta, y como no había nadie, decidimos entrar e
investigar. Nos sorprendió encontrar tanta abundancia: cestos llenos
de quesos, y establos rebosantes de corderos y cabritos. Me insistieron
mis hombres en que tomáramos de allí unos quesos y algunos ani-
males. Pero yo me negué, aunque en verdad habría sido lo más pru-
dente, porque deseaba conocer al cíclope y que me concediera dones
hospitalarios.

• 78 •
Odisea

”Encendimos el fuego, hicimos sacrificios, comimos de los que-


sos y esperamos. El cíclope llegó, transportando en sus brazos gran
cantidad de leña que traía para hacer su comida. La arrojó con estré-
pito en la entrada, y presas del terror huimos hacia el fondo de la gru-
ta. Hizo entrar el rebaño, y luego colocó un enorme peñasco a mane-
ra de puerta; tan grande era la roca, que ni veintidós carros de cuatro
ruedas que tiraran juntos habrían sido capaces de moverla. Acto
seguido se sentó a ordeñar las ovejas y las cabras. Después puso a
cuajar la mitad de la leche, y el resto lo guardó para bebérselo du-
rante la comida. Finalmente hizo el fuego, y al vernos nos habló:
”—¿Quiénes son, forasteros? ¿Desde dónde han venido por el mar?
¿Los trae algún negocio, o van sin rumbo fijo, igual que los piratas?
”El miedo que nos daban su ronca voz y su espantoso aspecto
nos encogía el corazón. De todos modos junté valor y pude hablarle:
”—Somos aqueos que venimos desde Troya, surcando el ancho
mar. Los vientos, caprichosos, nos impidieron el regreso a casa, y nos
trajeron hasta aquí. Luchamos en el ejército de Agamenón, famoso
en todo el mundo por su triunfo. Hemos venido en calidad de supli-
cantes. Te abrazamos las rodillas, para que nos recibas con bondad y
nos ofrezcas un regalo, como es costumbre entre los huéspedes. Sé
respetuoso de los dioses, y en especial de Zeus, ya que venimos como
suplicantes.
”Así hablé y él me dijo estas crueles palabras:
”—¿Eres tonto, extranjero, o vienes de muy lejos, que no sabes que
a nosotros los cíclopes no nos importan Zeus ni los dioses felices, porque
somos más fuertes? No les perdonaría la vida por temor a Zeus ni a
nadie. Pero dime en qué sitio has dejado tu nave cuando llegaste aquí.
”Me dijo esas palabras procurando engañarme; pero yo me di
cuenta de sus intenciones y así le respondí con otro engaño:
”—El que sacude el suelo, Poseidón, acabó con mi nave, tras ha-
cerla chocar contra las rocas de esta isla, pero mis compañeros y yo
fuimos capaces de salvar nuestras vidas.

• 79 •
Homero

“Por única respuesta, el cíclope atrapó a dos compañeros, como si


hubieran sido dos cachorros, y los arrojó al suelo, partiéndoles el cráneo
con el golpe. Acto seguido, los despedazó y se comió su carne y sus en-
trañas, y ni siquiera perdonó los huesos, como un león salvaje.
”Nosotros, aterrados, elevamos las manos, suplicándole a Zeus.
Cuando se hubo saciado de leche y carne humana, se echó a dormir
el cíclope. Entonces yo le hubiera atravesado el pecho con la espada
hasta llegar al hígado. Empero, me contuve al darme cuenta de que
no habríamos podido alzar la roca de la entrada y habríamos pereci-
do sin remedio. De modo que aguardamos, sollozando, la aurora.
”Cuando surgió la hija de la mañana, Eos, la de dedos rosados,
el cíclope hizo fuego y se sentó a ordeñar. Y después de cumplir esta
tarea, agarró a dos compañeros y se los devoró. Luego sacó a pastar
los animales, retirando la piedra de la entrada sin el menor esfuerzo,
y volvió a cerrar.
”Yo me quedé tramando la venganza, por si acaso Atenea me
otorgaba la victoria, hasta que al fin tomé una decisión. Al lado del
establo, el cíclope había puesto un gran tronco de olivo para que se
secara, del tamaño de un mástil. Yo separé una rama, del largo de dos
brazos extendidos, y con los compañeros la pulimos, la aguzamos de
un lado, luego la endurecimos en el fuego, y después la ocultamos
debajo del estiércol que cubría la gruta.
”El cíclope regresó al atardecer, arriando sus rebaños. Volvió a
cerrar la entrada con la puerta y se sentó a ordeñar como el día ante-
rior; al terminar, tomó a dos compañeros y se los devoró a manera de
cena. Entonces me acerqué, llevándole una copa del vino que traía-
mos, y le hablé de esta forma:
”—Escúchame, ¡oh cíclope! Toma este vino y bébelo. Verás que
se acompaña muy bien con carne humana. Lo traía en la nave para
ti, por si acaso querías ayudarnos. Pero nadie se iguala en cólera con-
tigo. ¿Cómo se acercarán otros, en adelante, si no sabes lo que es la
compasión?

• 80 •
Odisea

”Así le hablé, y tomó la copa y bebió el vino. Y tanto le gustó que


luego pidió más:
”—Dame más vino, huésped, y hazme saber tu nombre, para
que pueda darte un don hospitalario.
”Yo obedecí y volví a servirle vino. Tres veces le serví, y tres ve-
ces más vació la copa. Y cuando el vino le nubló la mente, le hablé de
esta manera:
”—Cíclope, me preguntas por mi nombre. Te lo revelaré, a cam-
bio del regalo que prometes. Mi nombre es Nadie; Nadie me llaman
mis amigos y mis padres.
”Me respondió con cruel talante el cíclope:
”—A Nadie me lo habré de comer último, y a todos los demás,
antes que a él: ese será mi don hospitalario.
”Y tras hablar así, cayó ebrio de vino y eructó y se quedó dor-
mido allí mismo, en el suelo. Entonces acerqué la punta de la esta-
ca a las brasas ardientes para calentarla, mientras les daba ánimo
a los otros, para que no temieran. Cuando ya estuvo al rojo vivo,
ellos se la clavaron en el ojo al cíclope, y yo me apoyé encima y la
hice girar. Mucha sangre brotaba alrededor de la caliente estaca
mientras la revolvía.

Odiseo y sus hombres ciegan al cíclope Polifemo.


Detalle de un ánfora del siglo vii a. C.

• 81 •
Homero

”El cíclope dio un grito espeluznante, que retumbó por toda la


caverna, y nosotros corrimos a escondernos, mientras él se arranca-
ba la estaca y la arrojaba lejos de allí con furia, y llamaba a los gritos
al resto de los cíclopes. Cuando oyeron sus gritos acudieron algunos,
y detrás de la roca le preguntaron qué lo atormentaba:
”—Polifemo, ¿por qué gritas de esa manera en la divina noche,
tan enojado, despertándonos? ¿Algún hombre te roba las ovejas? ¿O
acaso alguien intenta matarte con engaño o con la fuerza?
”Y respondió el robusto Polifemo desde adentro:
”—¡Amigos míos! Nadie me mata con engaño, no con fuerza.
”Y ellos le contestaron:
”—Pues si estás solo y nadie te hace daño, no podrás evitar la en-
fermedad que te ha enviado Zeus. ¡Pídele ayuda a Poseidón, tu padre!
”Y luego se marcharon.
”Yo me reía para mis adentros de cómo había logrado el enga-
ño del nombre. El cíclope, gimiendo dolorido, retiró el gran peñasco
de la puerta y se sentó en la entrada, por si lograba capturar a alguien
que intentara salir con las ovejas. ¡Qué iluso, si esperaba que fuera
tan ingenuo! Yo me puse a pensar cómo salir de aquella desgraciada
situación, y se me ocurrió un plan: había unos carneros hermosos y
muy bien alimentados; con varillas de mimbre los até de tres en tres,
y cada compañero se colgaba del vientre del medio, mientras los otros
dos lo protegían. Yo mismo me aferré al vientre del más grande. Así
permanecimos, aguardando la aparición de Eos.
”Cuando al fin se mostró la hija de la mañana, los carneros sa-
lieron presurosos a pastar. El cíclope palpaba sus lomos para ver si
estábamos nosotros sobre ellos. Así mis compañeros salieron de la
cueva sin que él lo notara. El último en salir fue el que me transpor-
taba, que era su favorito. Y tras palparlo, el cíclope le dijo:
”—¡Mi querido carnero! ¿Por qué hoy eres el último en salir
de la cueva, cuando siempre salías el primero? Sin duda has de extra-
ñar el ojo de tu amo, a quien cegó un malvado que se llamaba Nadie.

• 82 •
Odisea

¡Si pudieras hablar y me dijeras dónde se está ocultando de mi có-


lera, esparciría sus sesos por la cueva!
”Y tras hablarle así, lo dejó ir. Cuando nos alejamos un trecho
prudencial, me solté del carnero y luego hice lo propio con mis com-
pañeros. Arriamos los carneros a la nave, apurándonos todo lo que
nos fue posible y procurando no hacer ruido alguno.
”¡Qué alegría sintieron los demás al ver que habíamos vuelto!
¡Cómo lloraban por los otros, muertos! Una vez que cargamos el
ganado, partimos en la nave a toda prisa. Cuando nos alejamos lo
suficiente para estar a salvo, y que pudiera el cíclope escucharme
todavía, le espeté estas palabras, hirientes y mordaces:
”—¡Cíclope! ¡No debiste emplear tu gran fuerza para comerte
a los amigos de un varón indefenso! Han hallado castigo tus acciones,
ya que te has atrevido a comerte a tus huéspedes en tu propia
morada.
”Así dije, irritando aun más su corazón. Comenzó a arrojar
rocas contra la embarcación, pero las esquivamos. Y aunque mis
compañeros querían disuadirme e intentaban callarme, volví a
gritar furioso:
”—Cíclope, si algún hombre te pregunta quién te ha dejado
ciego, tú dile que Odiseo, el hijo de Laertes, habitante de Ítaca, te
privó de tu ojo.
”Entonces, Polifemo lanzó un suspiro y dijo:
”—¡Oh dioses!, se han cumplido los pronósticos que me vatici-
naron que sería privado de la vista por mano de Odiseo. Sin embargo,
esperaba que fuera un hombre alto y fuerte; y es un hombre pequeño,
débil y despreciable, quien me ha dejado ciego, con la ayuda del vino.
Pero ayúdame, padre Poseidón, tú que abrazas la tierra. Cumple lo
que te pido: que Odiseo, que tiene en Ítaca su casa, no regrese jamás
a su palacio. Y si acaso los dioses ya han dispuesto que vuelva, que
sea tarde y mal, en nave ajena, muertos sus compañeros, y que halle
un nuevo mal en su morada.

• 83 •
Homero

”Así rogó, y su padre lo escuchó.


”Cuando al fin regresamos a la isla donde las otras naves aguar-
daban, bajamos el ganado y pasamos el día celebrando un banquete,
no sin antes hacerle sacrificio a Zeus del carnero preferido del cíclope.
Pero el dios no hizo caso de nuestro sacrificio, y meditaba ya cómo
perder mis naves y a los fieles compañeros.
”Cuando llegó la noche nos echamos a dormir en la playa,
y no bien surgió Eos, hija de la mañana, la de dedos de rosa,
desatamos amarras y partimos, con el ánimo triste, pero felices
de salvar la vida.”

• 84 •
Canto x

Eolo.
”Arribamos a Eolia, donde habitaba Eolo, el guardián de los
68

vientos, querido por los dioses. Nos hospedó en su espléndido palacio,


nos deleitó con música y banquetes y nos hizo preguntas sobre Troya,
que yo le contesté como corresponde.
”Pasamos allí un mes, y al expresarle yo que deseaba partir, el
rey no me retuvo. Por el contrario, me entregó un regalo valiosísimo:
un cuero de buey de nueve años, en que había encerrado los mugido-
res vientos, con excepción del Céfiro.69 Ató el cuero a la nave con un
hilo de plata a fin de que ninguno se escapara, y nos envió el Céfiro
para que nos llevara de regreso.
”Navegamos sin pausa nueve días con sus noches, y al décimo
pudimos divisar la tierra patria, donde vimos hogueras encendidas
en la costa. Todo ese tiempo yo había gobernado el timón de la nave,
sin cedérselo a nadie, para llegar más rápido. Pero en aquel momen-
to tan feliz, me sentí fatigado, y el sueño me venció.

68 Eolia: isla flotante en donde se encuentra la mansión de Eolo, identificada con


la actual isla de Strómboli, al norte de Sicilia.
69 Céfiro: viento del oeste, suave y agradable.

• 85 •
Homero

”Mientras yo dormitaba, mis hombres discutían, creyendo que en el


cuero que Eolo me había dado yo guardaba riquezas. Uno de ellos dijo:
”—¡Cuán querido y honrado es este hombre! ¡Muchos y muy
valiosos objetos se ha traído como botín70 de Troya, y nosotros vol-
vemos con las manos vacías! ¡Y ahora ha recibido esto de Eolo! Vea-
mos cuánto oro y plata hay en el cuero.
”Fue así que desataron, ¡insensatos!, el cordón para ver lo que
había dentro.
”Los vientos, desatados, soplaron a su antojo y nos llevaron lejos
otra vez. Finalmente volvimos a la isla de Eolia, soportando vientos hu-
racanados, mientras lloraba la tripulación y yo me lamentaba de su in-
gratitud. No bien desembarcamos, me presenté ante Eolo en el palacio.
”El rey, al verme entrar, me preguntó, asombrado:
”—¿Qué haces otra vez aquí, Odiseo? ¿Acaso no te di todo lo
necesario para volver a casa?
”Y yo le contesté, con pesar en el alma:
”—La insensatez de mi tripulación y un sueño inoportuno han
causado este daño. Sin embargo, este mal tiene remedio: tú puedes
ayudarme una vez más.
”Tras un largo silencio, Eolo respondió, con el ánimo airado:
”—¡Vete de aquí cuanto antes, miserable! Yo no puedo ayudar a
un hombre que se ha hecho odioso ante los dioses.

Los lestrigones.
”Al ver que era imposible conseguir el auxilio de Eolo, regresé
cabizbajo. Volvimos a zarpar, y durante seis días navegamos, hasta que
al fin al séptimo llegamos al país de Lestrigonia.71 Todos mis com-
pañeros amarraron sus naves en el puerto, pero yo la dejé amarrada

70 Botín: conjunto de las armas, provisiones y demás posesiones de un ejército


vencido y de los cuales se apodera el vencedor.
71 Lestrigonia: ciudad legendaria habitada por gigantes caníbales que devoran a los
extranjeros, y a la que se suele ubicar en la isla de Córcega.

• 86 •
Odisea

a un peñasco, a bastante distancia. Luego envié a dos hombres junto


con un heraldo, para que averiguaran qué gente vivía allí. Al punto
se pusieron en camino, y enseguida encontraron a una joven que
recogía agua de un arroyo. Ella les indicó dónde quedaba el palacio
del rey, y fueron hacia allá.
”Al entrar, encontraron a la reina, que era mucho más alta que una
mujer común, y más fornida. Ella no dijo nada, pero mandó a llamar al
rey Antífates, que cuando entró y vio a mis compañeros, agarró a uno
de ellos y se lo devoró. Los otros escaparon, aterrados, de regreso a las
naves, mientras el rey Antífates daba gritos de aviso por toda la ciudad.
”Enseguida acudió una multitud de fuertes lestrigones, que más
que hombres parecían gigantes, y se pusieron a arrojar peñascos de
gran tamaño contra nuestras naves. Los fuertes lestrigones atrapaban
a nuestros compañeros como a peces y se los devoraban. Yo corté las
amarras de mi barco, y al punto insté a los hombres a remar. La nues-
tra fue la única nave que logró huir de la desgracia.

Circe.
”Luego llegamos a la isla de Eea,72 donde vive Circe, la hechicera
de las hermosas trenzas. Tras atracar, bajamos de la nave y nos echa-
mos a dormir dos días y dos noches seguidos, agotados por semejante
esfuerzo. Al tercer día yo me levanté y busqué un mirador. Desde allí
pude ver el palacio de Circe. Al volver, encontré a los compañeros con
el ánimo triste, sollozando por los hechos del lestrigón Antífates y la
violenta cólera del cíclope. De nada nos servía lamentarnos: los dividí
en dos grupos y asigné a cada uno un capitán. Yo mandaría a uno, y
Euríloco sería el capitán del otro. Hicimos un sorteo y le tocó al grupo
de Euríloco inspeccionar el área.
”En el medio de un valle se encontraba el palacio de la hechicera
Circe. Alrededor, había animales feroces, lobos y leones, a los que Circe

72 Eea: isla que suele localizarse en la costa oeste de Italia.

• 87 •
Homero

había hechizado dándoles un mágico brebaje. Pero estos animales no


atacaron a los hombres de Euríloco, sino que con la cola les hicieron
fiesta, como hacen los perros con sus amos. Los hombres, temerosos,
se detuvieron ante las puertas del palacio. Oyeron desde allí a Circe
que cantaba con voz melodiosa mientras tejía. Polites, uno de los
hombres, dijo:
”—Debe ser una diosa o una mujer quien canta mientras teje.
¿Por qué no la llamamos?
”Así les dijo y ellos la llamaron a voces. Circe vino enseguida, les
abrió la puerta y los invitó a pasar. Los hombres la siguieron, todos me-
nos Euríloco, que sospechaba que se trataba de alguna trampa. La dio-
sa hizo sentar en cómodos sillones a los hombres y les dio de comer y
de beber, pero con la comida mezcló un brebaje mágico, para hacer que
los hombres se olvidaran completamente de su patria y del regreso. Una
vez que comieron y bebieron, Circe los tocó con su varita, y al punto los
convirtió en cerdos. Luego los encerró en unos chiqueros. Tenían de los
cerdos la cabeza y el cuerpo, y la piel y la voz, pero aún conservaban la
inteligencia humana. Encerrados, lloraban, mientras Circe les daba de
comer bellotas y otras cosas que a los cerdos les gustan.
”Euríloco volvió sin demora a la cóncava nave, para informarme
sobre lo ocurrido. Era incapaz de contener el llanto y se le había he-
cho un nudo en la garganta. Cuando al fin pudo relatarnos lo que
había visto, me colgué la espada y le ordené que fuera conmigo, para
indicarme cómo llegar a la mansión de Circe; pero él, abrazando mis
rodillas, me dijo estas palabras:
”—No me obligues a ir, te lo suplico: pues yo sé que de allí no
volverás trayendo de regreso a nuestros compañeros. Huyamos ense-
guida los que estamos presentes, que aún podemos escapar de aquí.
”Y yo le contesté:
”—Euríloco, tú quédate a comer y beber al lado de la nave. Pero
yo iré, que así me lo exige el deber.
”Dicho esto, me alejé de la nave y del mar.

• 88 •
Odisea

Circe transforma en cerdo a uno de los compañeros de Odiseo.


Dibujo sobre un altar del siglo vi a. C.

”Cuando iba por el valle y me acercaba a la mansión de Circe,


se apareció el dios Hermes, adoptando la figura de un joven radiante
de hermosura. Tomándome la mano, me habló de esta manera:
”—¿Dónde vas, infeliz, sin conocer esta región? Transformados en
cerdos, tus amigos se encuentran encerrados en sólidos chiqueros en la
casa de Circe. De querer liberarlos, la misma suerte correrías tú. Pero
quiero ayudarte: te daré esta raíz, que oficiará de antídoto contra
cualquier brebaje que Circe quiera darte. Cuando ella te golpee con
su vara, tú sacarás la espada y la amenazarás. Ella se asustará y te
invitará a que duermas con ella. No la rechaces, pero pídele que te
jure que no maquinará ningún mal contra ti.
”Luego de estas palabras, me hizo entrega de una planta: su raíz
era negra y era blanca su flor, como la leche. Los dioses la conocen con
el nombre de moly, y solo ellos pueden arrancarla. Luego el dios se mar-
chó, y yo llegué al palacio de la hechicera Circe. Cuando llamé a la puer-
ta, Circe vino, me abrió, y me invitó a pasar. Yo la seguí, confieso, con
temor. Me hizo sentar en un sillón hermoso y me dio de beber en una
copa de oro. Cuando hube bebido, me tocó con su vara y me espetó:

• 89 •
Homero

”—¡Anda, vete al chiquero a revolcarte junto a tus compañeros!


”Pero la poción no había hecho efecto. Saqué la espada y me
abalancé sobre ella. Circe, lanzando un grito, se arrojó a mis rodillas
y dijo, entre lamentos:
”—¿Quién eres y de qué país procedes? Ningún otro mortal re-
sistió mis brebajes. Seguramente, tú eres Odiseo: Hermes ya me ad-
virtió de tu venida. Pero vayamos a la cama ahora: que crezca entre
nosotros la confianza.
”Así dijo la diosa, y yo le contesté:
”—¿Cómo me pides que confíe en ti, si has convertido en cer-
dos a los míos, y hace instantes quisiste hacerme a mí lo mismo?
No enfundaré la espada ni dormiré contigo a menos que prometas
por los dioses inmortales que no maquinarás ningún daño en mi
contra.
”Eso le dije y ella elevó el juramento que yo le demandaba. Lue-
go vinieron sus cuatro criadas, que calentaron agua para que me ba-
ñara, y me trajeron ropas limpias y me dieron comida. Pero yo no
quería comer, y me quedé sentado, cabizbajo. Al verme en ese estado,
Circe me preguntó qué me ocurría:
”—¿Por qué estás así, mudo, Odiseo y no quieres probar estos
manjares? Ya no debes temer, pues te he jurado por los dioses que
nada tramaría contra ti.
”Y yo le respondí:
”—¿Quién comería, Circe, mientras están los suyos transformados
en cerdos? Si en verdad tienes buena voluntad, libera a mis amigos.
”Eso dije, y ella salió rumbo al chiquero y les untó a mis hombres
un brebaje distinto. Enseguida perdieron la pelambre, el hocico y
la cola, y recobraron su figura humana, aunque estaban más jóve-
nes y más altos que antes. Cuando me vieron, me reconocieron y
me dieron la mano, agradecidos. Pronto en toda la casa resonaba
un llanto conmovido, y hasta la misma Circe se apiadó, diciendo
estas palabras:

• 90 •
Odisea

”—Ingenioso Odiseo, de linaje divino, den tregua a sus pesa-


res. Yo sé cuánto han sufrido en el mar y en la tierra. Pero ahora
es momento de comer y beber y recobrar las fuerzas que tenían
cuando partieron de sus casas, en Ítaca.
”Así habló, y escuchamos su consejo. Pero, al cabo de un año,
que pasamos de banquete en banquete, me llamaron aparte mis ami-
gos y me dijeron esto:
”—Compañero, es momento de pensar en la patria, si acaso has
de salvarte y volver con los tuyos.
”Así dijeron, y al ponerse el sol, subí al lecho de Circe y le rogué:
”—Circe, mi corazón está impaciente por retornar a casa, e
iguales ansias sienten mis amigos. Es hora de que cumplas tu prome-
sa de ayudarme a volver.
”Circe me respondió:
”—Ingenioso Odiseo, no permanezcan más en mi palacio si ya
no lo desean. Pero antes de que vuelvas a tu casa, te espera un nuevo
viaje: irás a la mansión de Hades73 y Perséfone,74 para pedirle orácu-
lo75 al alma de Tiresias,76 el adivino ciego, que conserva su mente
intacta todavía. Entre todos los muertos, solamente a él le concedió
Perséfone razón e inteligencia. Los otros no son más que sombras
pasajeras.
”Al oír sus palabras, mi corazón dio un vuelco. Rompí a llorar,
y mi alma no quería vivir ni ver la luz del sol. Y cuando al fin las
lágrimas cesaron, le dije estas palabras:

73 Hades: dios de los muertos, hermano de Zeus y Poseidón. Habita el mundo subterráneo,
también llamado Hades, en el que reina junto con su esposa Perséfone.
74 Perséfone: hija de Zeus y Deméter, Perséfone fue raptada por Hades, su tío,
mientras recogía flores en el campo. Su madre suplicó a Zeus que se la
devolvieran, y este dispuso que la joven pasara mitad del año en el Hades y
la otra mitad junto a su madre en el Olimpo.
75 Oráculo: mensaje profético inspirado por los dioses.
76 Tiresias: uno de los adivinos más famosos de la mitología griega. Fue cegado
por Palas Atenea en castigo por haberla visto desnuda.

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Homero

”—Circe, ¿quién va a guiarme en este viaje? Ningún hombre ha


llegado hasta el Hades jamás en un negro navío.
”Me contestó la diosa:
”—Ingenioso Odiseo, no te preocupes más. No habrá necesidad
de guía en este viaje. Tú despliega las velas de tu nave y siéntate en cu-
bierta. El viento ha de llevarte a través del océano, hasta la playa don-
de crece el bosque tupido, propiedad de la diosa Perséfone, con sus
árboles negros. Amarra allí tu nave y encamínate a la mansión de Ha-
des. En el lugar en donde el Piriflegetón y el Cocito desaguan en el río
Aqueronte,77 hallarás una roca. Ve hasta allí, cava un hoyo y ofrece
libaciones en honor de los muertos. Primero has de ofrecerles leche y
miel, vino a continuación y finalmente agua. Espolvorea todo con ha-
rina y suplica a los muertos, prometiéndoles hacerles sacrificios cuan-
do llegues a Ítaca, y también que a Tiresias le inmolarás aparte un
buen carnero negro. Después presta atención a las aguas del río: por
ellas observarás que vienen muchas almas de difuntos. Ordénales en-
tonces a los tuyos que maten animales con la espada y que los quemen
y supliquen a los dioses y a Hades y a Perséfone. Desenvaina la espada
y no permitas que los muertos se acerquen a la sangre antes de inte-
rrogar al adivino. Cuando llegue Tiresias, te indicará el camino y la
forma en que habrás de regresar a Ítaca, y cuánto tardarás.
”Así me dijo Circe, y pronto llegó Eos, la del trono de oro. En-
tonces fui a buscar a mis amigos que dormían. Pero tampoco pude
regresar esta vez con la tripulación completa e íntegra. Elpénor, el
más joven de mis hombres, había subido borracho a la terraza y se
había quedado dormido. Cuando escuchó los ruidos que venían del
palacio, trató de levantarse, pero se tropezó y se cayó del techo, se
rompió las vértebras del cuello y su alma se hundió en la mansión
de Hades.

77 Aqueronte: río infernal que deben atravesar las almas en su ingreso al mundo de
los muertos, con la ayuda del barquero Caronte.

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Odisea

”Antes de la partida, dije a mis compañeros:


”—Sin duda creerán que estamos yendo a casa, a la querida
patria. Pues bien, Circe nos ha indicado que hemos de hacer un viaje
a la mansión de Hades y Perséfone, a pedirle a Tiresias que nos dé su
oráculo.
”Cuando les dije esto, rompieron a llorar y se tiraban del cabello.
Pero con lamentarse no consiguieron nada. Afligidos, subimos a la
nave. Circe se presentó y nos dejó un carnero y una oveja negros, y
luego se alejó sin ser notada. ¿Quién puede ver a un dios si no quiere
ser visto?”

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