Cabrera, la prisión natural de 10.
000
soldados franceses derrotados en la
Guerra de la Independencia
En la isla se vivieron escenas terribles de agresiones
físicas, torturas, hambruna, desesperados intentos
de fuga, locura y hasta canibalismo
En 1807, Napoleón dominaba casi toda Europa. Sus ejércitos no conocían la
derrota y eran vistos por los países enemigos como fuerzas invencibles. Su sed
de poder tampoco conocía límite.
A finales de ese año, Napoleón quiso invadir Portugal. El Tratado de
Fontainebleau, firmado por Manuel Godoy, valido del rey de España Carlos IV de
Borbón; y Napoleón estipulaba la invasión militar conjunta de este país y el
posterior reparto de su territorio. Pero Francia traicionó a España. La invasión
de Portugal se produjo pero, mientras, la presencia de tropas francesas en
España fue aumentando.
El pueblo empezó a verlo como algo raro y amenazante. Y sus sospechas
tenían toda la solidez. Los franceses llegaron a ocupar diversas localidades
como Burgos, Salamanca, Pamplona, San Sebastián, Barcelona o Figueras.
65.000 soldados franceses, en total, campando a sus anchas por todo el
territorio. Ya quedaba claro que Napoleón había traicionado a España: su
objetivo real no era invadir sólo Portugal sino toda la península Ibérica, con el
objetivo de derrocar a la dinastía de los Borbones y suplantarla por su propia
dinastía, convencido de contar con el apoyo popular.
Pero no fue así. No contó con la indignación del pueblo, que acabó estallando el
2 de Mayo en Madrid en su famoso levantamiento popular. La llama prendió
también en muchos otros lugares de España. La Guerra de Independencia había
comenzado.
En junio de 1808, el general Dupont al frente de las tropas francesas, se dirigió
a Bailén para su conquista. Pero allí Francia se encontró con su primera derrota
en campo abierto de la historia del ejército napoleónico. 21 000 soldados al
mando de este general se enfrentaron a otro español, de unos 27.000, a las
órdenes del general Castaños.
El 22 de julio, se firmaron las denominadas Capitulaciones de Andújar. Según lo
pactado en dicho documento, los franceses debían abandonar Andalucía en el
menor tiempo posible. La pretensión inicial era concentrar a todos los
prisioneros para trasladarlos juntos hacia Sanlúcar y Rota y, una vez allí,
subirlos a los barcos que los llevarían hasta Francia. Sin embargo, el pacto no
se cumplió. Las autoridades españolas reconocieron que no tenían barcos
suficientes para transportar a los cerca de 18.000 prisioneros franceses. Se
solicitó entonces ayuda a los británicos para embarcarlos a todos, petición que
fue finalmente aceptada a principios de septiembre. Los jefes y oficiales
llegaron a Francia,y allí fueron acusados por Napoleón de ser los responsables
de la derrota sufrida en Bailén. Dupont cayó en desgracia y fue privado de todas
sus condecoraciones, para ser después recluido en prisión.
Pero, ¿qué pasó con los suboficiales y el resto de la tropa? Cuando llegaron a
Sanlúcar, los cerca de 14.000 supervivientes fueron hacinados en pontones
anclados frente a la costa. El Gobernador militar de Cádiz decidió deshacerse
de ellos trasladándolos lejos de allí. Finalmente, tras nueve meses de lenta
agonía en las prisiones flotantes, se ordenó su embarque hacia un rumbo
desconocido. 4.000 afortunados prisioneros fueron llevados a las Islas
Canarias, donde consiguieron integrarse entre la población. El resto,
aproximadamente unos 10.000 supervivientes, corrieron peor suerte.
Tras varios días de complicada travesía, los soldados derrotados divisaron
Mallorca. Su intención fue desembarcar allí. Pero las protestas de la población,
que no quería ver a los franceses ni en pintura, obligaron a desembarcarlos
en la Isla de Cabrera, un lugar de apenas dieciséis kilómetros cuadrados y sin
apenas vida. Algunos historiadores, incluso, lo han denominado el primer
campo de concentración de la historia. En ese momento, los soldados
franceses empezaron a descubrir que, a veces, lo peor de una guerra no se vive
en el campo de batalla.
Se calcula que casi 5.000 soldados franceses llegaron a Cabrera, aunque al
final fueron 11.381 soldados los que pasaron en algún momento por
ella. Todos ellos confiaron en que pronto Napoleón maniobraría para
devolverlos a Francia. Pero permanecieron allí durante años.
Cada semana llegaba un barco desde Mallorca con comida, pero no era
suficiente. La supervivencia se convirtió en un reto diario. Se vivieron en la isla
escenas terribles de agresiones físicas, torturas, hambruna, desesperados
intentos de fuga, locura y hasta canibalismo. El caos se apoderó de la isla y las
enfermedades producto de las deplorables condiciones de vida comenzaron a
adueñarse de sus cuerpos.
“La humanidad clama, se horroriza. Estremece al corazón más duro ver
abandonados tres mil o más hombres en una isla desierta e inhabitada, a la
intemperie, a la desnudez y hasta al hambre. Si ellos fueron crueles enemigos
con las armas, no debemos usar la represalia a sangre fría con el tormento más
atroz”, decía el diario de Palma en una de sus publicaciones en 1813. Tan solo
entre 3.000 y 4.000 consiguieron sobrevivir echando mano a las lagartijas,
insectos y cualquier cosa que pudieran llevarse a la boca.
El 17 de abril de 1814 terminaba por fin la Guerra de Independencia española
con la derrota de Napoleón y, un mes más tarde, los prisioneros franceses de
Cabrera quedaron en libertad. Todos ellos estaban enfermos y escuálidos. El
resto estaban muertos.
La leyenda en torno a Cabrera no acaba con la Guerra de la Independencia.
Algunas historias también cuentan que durante la Segunda Guerra Mundial, un
soldado alemán llamado Johannes Böckler tuvo un accidente de avión cerca de
la isla. Fue llevado a Cabrera con vida pero murió poco después y lo enterraron
cerca de la tumba de un pescador. Su cuerpo permaneció en Cabrera hasta el
año 1982, cuando se llevaron los restos a Cuacos de Yuste (Cáceres), donde
está el único cementerio de soldados alemanes fallecidos en España.
Algunas habladurías poco fundamentadas aseguran que los militares
españoles encargados de recuperar el cuerpo se equivocaron con la
identificación y rescataron los huesos del pescador. Y que el espíritu de Böckler
sigue recorriendo la isla de Cabrera agarrando a la gente del hombro para que,
al igual que él, ellos tampoco puedan salir de esta isla. Dicha leyenda aparece
en el libro "La mujer del reloj" (Ediciones B), una novela de Álvaro Arbina.