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La vida del Buscón: Picaresca y sátira

Este documento narra la vida del protagonista, llamado Pablos, desde su niñez. Creció en Segovia, hijo de un barbero llamado Clemente Pablo y de Aldonza de San Pedro. Sus padres tuvieron diferencias sobre qué oficio debía seguir Pablos, pero él siempre quiso ser caballero. Asistió a la escuela donde destacó por su inteligencia, ganándose el favor del maestro y otros niños de familias principales, aunque también despertó envidias.

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La vida del Buscón: Picaresca y sátira

Este documento narra la vida del protagonista, llamado Pablos, desde su niñez. Creció en Segovia, hijo de un barbero llamado Clemente Pablo y de Aldonza de San Pedro. Sus padres tuvieron diferencias sobre qué oficio debía seguir Pablos, pero él siempre quiso ser caballero. Asistió a la escuela donde destacó por su inteligencia, ganándose el favor del maestro y otros niños de familias principales, aunque también despertó envidias.

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Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quién había que

imitar en el oficio, mas yo, que siempre tuve pensamientos de


caballeros desde chiquito, nunca me apliqué a uno ni a otro.
Decíame mi padre; «Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica,
sino liberal». Y de allí a un rato, habiendo suspirado, decía: «De
manos. Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas que
los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto: unas veces nos
destierran, otras nos azotan y otras nos cuelgan? No lo puedo decir
sin lágrima —lloraba como un niño el buen viejo, acordándose de
las que le habían batanado las costillas—: porque no querrían que,
donde están, hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros».
Las andanzas de Pablos de Segovia constituyen una de las cimas
de la novela picaresca española, así como una de sus realizaciones
más personales. Aunque Francisco de Quevedo (Madrid, 1580 -
Villanueva de los Infantes, 1645) se acogió en esta obra de juventud
al patrón narrativo del Lazarillo y el Guzmán de Alfarache, la
autobiografía de un personaje sin honra y de baja extracción social
le interesó menos en sí misma que como espacio idóneo para dar
rienda suelta a su ingenio. De Quevedo afirmó su primer biógrafo
que «en cuanto escribió, quiso singularizarse», y buena prueba es
esta novela, que, más allá del género al que pertenece, resulta una
completa miscelánea burlesca, en la que se dan cita las principales
tradiciones cómicas del Quinientos (desde las jácaras a los cuentos
folclóricos, pasando por las facecias y los apotegmas), aderezadas
con la prodigiosa agudeza verbal del autor y con unos tipos
humanos de genial desmesura, factores todos que convierten al
Buscón (nunca reconocido como suyo, ni siquiera mencionado, por
Quevedo) en uno de los logros absolutos de nuestra lengua y
nuestra literatura.
Esta obra clásica se publica aquí de acuerdo con el texto crítico más
autorizado y con más de 1400 notas a pie de página que lo hacen
fácilmente inteligible, pero sin entretenerse en pormenores inútiles.
También al final, figura un estudio sobre el autor y la obra y otros
materiales complementarios.
Francisco de Quevedo

La vida del Buscón


Edición de Fernando Cabo Aseguinolaza

ePUB r1.0
Yorik 13.05.13
Francisco de Quevedo, 1626
Edición, notas y estudio: Fernando Cabo Aseguinolaza

Editor digital: Yorik


ePub base r1.0
TÍTULO. El título recoge el sugerido por el epígrafe que encabeza el tercero
de los libros en que se divide la obra: Libro tercero y último de la primera
parte de la vida del Buscón. No obstante, el códice Bueno lleva el título de
Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo de
vagamundos y espejo de tacaños; pero, dado que la portada en que aparece
tiene letra del siglo XIX y que coincide con el que lleva la primera edición
(Zaragoza, 1626), debe suponerse que se trata de una adición tardía al
manuscrito original que reproduce la denominación de la edición príncipe.
De cualquier manera, sólo hay coincidencias parciales entre los títulos que
encabezan los manuscritos (La vida del Buscón, llamado don Pablos en C;
La vida del Buscavida, por otro nombre D. Pablos en S), y ninguno de
ellos, ni tampoco los de las ediciones, parece atribuible al autor.
La «Carta dedicatoria» que figura en los manuscritos S y C y el
prologuillo «Al lector», incluido en la primera edición, tampoco parecen
deberse a Quevedo.
LIBRO PRIMERO

CAPÍTULO PRIMERO
En que cuenta quién es el Buscón

Yo, señora,[1] soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente Pablo, natural


del mismo pueblo, ¡Dios le tenga en el cielo! Fue, tal como todos dicen;[2]
de oficio barbero, aunque eran tan altos sus pensamientos, que se corría de
que le llamasen así,[3] diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de
barbas.[4] Dicen que era de muy buena cepa, y, según él bebía, es cosa para
creer.
Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y
nieta de Andrés de San Cristóbal. Sospechábase en el pueblo que no era
cristiana vieja,[5] aun viéndola con canas y rota,[6] aunque ella, por los
nombres y sobrenombres de sus pasados, quiso esforzar que era decendiente
de la gloria.[7] Tuvo muy buen parecer, para letrado;[8] mujer de amigas y
cuadrilla, y de pocos enemigos, porque hasta los tres del alma aun no los
tuvo por tales;[9] persona de valor y conocida por quien era.[10]
Padeció grandes trabajos recién casada,[11] y aun después, porque malas
lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as
de oros.[12] Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras
les daba con el agua, levantándoles la cara para el lavatorio, un mi
hermanico de siete años les sacaba muy a su salvo los tuétanos de las
faldriqueras.[13] Murió el angélico de unos azotes que le dieron en la cárcel.
[14] Sintiólo mucho mi padre, por ser tal que robaba a todos las voluntades.
[15]

Por estas y otras niñerías estuvo preso,[16] y rigores de justicia, de que


hombre no se puede defender,[17] le sacaron por las calles. En lo que toca de
medio abajo, tratáronle aquellos señores regaladamente: iba a la brida,[18]
en bestia segura y de buen paso, con mesura y buen día.[19] Mas, de medio
arriba, ecétera; que no hay más que decir para quien sabe lo que hace un
pintor de suela en unas costillas.[20] Diéronle docientos escogidos,[21] que
de allí a seis años se le contaban por encima de la ropilla.[22] Más se movía
el que se los daba que él, cosa que pareció muy bien. Divirtióse algo con las
alabanzas que iba oyendo de sus buenas carnes, que le estaba de perlas lo
colorado.[23]
Mi madre, ¿pues no tuvo calamidades? Un día, alabándomela una vieja
que me crió, decía que era tal su agrado, que hechizaba a cuantos la
trataban. Y decía, no sin sentimiento: —«En su tiempo, hijo, eran los virgos
como soles: unos amanecidos y otros puestos, y los más en un día mismo
amanecidos y puestos».[24] Hubo fama que reedificaba doncellas,
resuscitaba cabellos encubriendo canas, empreñaba piernas con pantorrillas
postizas.[25] Y con no tratarla nadie que se le cubriese pelo, solas las calvas
se la cubría, porque hacía cabelleras;[26] poblaba quijadas con dientes; al
fin, vivía de adornar hombres y era remendona de cuerpos.[27] Unos la
llamaban zurcidora de gustos; otros, algebrista de voluntades
desconcertadas; otros, juntona; cuál la llamaba enflautadora de miembros y
cuál tejedora de carnes, y, por mal nombre, alcagüeta.[28] Para unos era
tercera, primera para otros y flux para los dineros de todos.[29] Ver, pues,
con la cara de risa que ella oía esto de todos era para dar mil gracias a Dios.
Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quién había de imitar
en el oficio, mas yo, que siempre tuve pensamientos de caballero desde
chiquito, nunca me apliqué a uno ni a otro. Decíame mi padre: —«Hijo,
esto de ser ladrón no es arte mecánica, sino liberal».[30] Y de allí a un rato,
habiendo suspirado, decía: —«De manos.[31] Quien no hurta en el mundo,
no vive. ¿Por qué piensas que los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto:
unas veces nos destierran, otras nos azotan y otras nos cuelgan? No lo
puedo decir sin lágrimas —lloraba como un niño el buen viejo, acordándose
de las que le habían batanado las costillas—:[32] porque no querrían que,
donde están, hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros.[33] Mas de
todo nos libró la buena astucia. En mi mocedad, siempre andaba por las
iglesias, y no de puro buen cristiano.[34] Muchas veces me hubieran llorado
en el asno, si hubiera cantado en el potro.[35] Nunca confesé, sino cuando lo
mandaba la Santa Madre Iglesia. Preso estuve por pedigüeño en caminos, y
a pique de que me esteraran el tragar y de acabar todos mis negocios con
dieciséis maravedís: diez de soga y seis de cáñamo.[36] Mas de todo me ha
sacado el punto en boca, el chitón y los nones. Y con esto y mi oficio he
sustentado a tu madre lo más honradamente que he podido».
—¿Cómo a mí sustentado? —dijo ella con grande cólera—. Yo os he
sustentado a vos y sacádoos de las cárceles con industria y mantenídoos en
ellas con dinero.[37] Si no confesábades, ¿era por vuestro ánimo o por las
bebidas que yo os daba? ¡Gracias a mis botes![38] Y si no temiera que me
habían de oír en la calle, yo dijera lo de cuando entré por la chimenea y os
saqué por el tejado.
Metílos en paz, diciendo que yo quería aprender virtud resueltamente y
ir con mis buenos pensamientos adelante, y que para esto me pusiesen a la
escuela, pues sin leer ni escribir no se podía hacer nada. Parecióles bien lo
que decía, aunque lo gruñeron un rato entre los dos. Mi madre se entró
adentro, y mi padre fue a rapar a uno —así lo dijo él—, no sé si la barba o
la bolsa: lo más ordinario era uno y otro.[39] Yo me quedé solo, dando
gracias a Dios porque me hizo hijo de padres tan celosos de mi bien.

CAPÍTULO SEGUNDO
De cómo fue a la escuela y lo que
en ella le sucedió

Otro día,[1] ya estaba comprada la cartilla y hablado el maestro.[2] Fui,


señora, a la escuela. Recibióme muy alegre, diciendo que tenía cara de
hombre agudo y de buen entendimiento. Yo, con esto, por no desmentirle,
di muy bien la lición aquella mañana. Sentábame el maestro junto a sí,
ganaba la palmatoria los más días por venir antes y íbame el postrero por
hacer algunos recados a la señora (que así llamábamos la mujer del
maestro).[3] Teníalos a todos con semejantes caricias obligados;[4]
favorecíanme demasiado, y con esto creció la envidia en los demás niños.
Llegábame, de todos, a los hijos de caballeros y personas principales, y
particularmente a un hijo de don Alonso Coronel de Zúñiga, con el cual
juntaba meriendas.[5] Íbame a su casa a jugar los días de fiesta y
acompañábale cada día. Los otros, u que porque no les hablaba u que
porque les parecía demasiado punto el mío,[6] siempre andaban poniéndome
nombres tocantes al oficio de mi padre. Unos me llamaban don Navaja,
otros don Ventosa; cuál decía, por disculpar la invidia, que me quería mal
porque mi madre le había chupado dos hermanitas pequeñas de noche;[7]
otro decía que a mi padre le habían llevado a su casa para que la limpiase de
ratones (por llamarle gato); unos me decían «zape» cuando pasaba, y otros
«miz».[8] Cuál decía: —«Yo la tiré dos berenjenas a su madre cuando fue
obispa».[9]
Al fin, con todo cuanto andaban royéndome los zancajos, nunca me
faltaron,[10] gloria a Dios. Y aunque yo me corría,[11] disimulaba. Todo lo
sufría, hasta que un día un muchacho se atrevió a decirme a voces hijo de
una puta y hechicera; lo cual, como me lo dijo tan claro (que aun, si lo
dijera turbio, no me diera por entendido),[12] agarré una piedra y
descalabréle. Fuime a mi madre corriendo que me escondiese; contéla el
caso; díjome:
—Muy bien hiciste, bien muestras quién eres; sólo anduviste errado en
no preguntarle quién se lo dijo.
Cuando yo oí esto, como siempre tuve altos pensamientos, volvíme a
ella y roguéla me declarase si le podía desmentir con verdad:[13] u que me
dijese si me había concebido a escote entre muchos,[14] u si era hijo de mi
padre. Rióse y dijo:
—¡Ah, noramaza!,[15] ¿eso sabes decir? No serás bobo: gracia tienes.
Muy bien hiciste en quebrarle la cabeza, que esas cosas, aunque sean
verdad, no se han de decir.
Yo, con esto, quedé como muerto, y dime por novillo de legítimo
matrimonio,[16] determinado de coger lo que pudiese en breves días y
salirme de en casa de mi padre: tanto pudo conmigo la vergüenza.
Disimulé; fue mi padre, curó al muchacho, apaciguólo y volvióme a la
escuela, adonde el maestro me recibió con ira, hasta que, oyendo la causa
de la riña, se le aplacó el enojo, considerando la razón que había tenido.
En todo esto, siempre me visitaba aquel hijo de don Alonso de Zúñiga,
que se llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente.[17] Que yo
trocaba con él los peones si eran mejores los míos,[18] dábale de lo que
almorzaba y no le pedía de lo que él comía, comprábale estampas,
enseñábale a luchar, jugaba con él al toro y entreteníale siempre. Así que,
los más días, sus padres del caballerito, viendo cuánto le regocijaba mi
compañía, rogaban a los míos que me dejasen con él a comer y cenar, y aun
a dormir los más días.
Sucedió, pues, uno de los primeros que hubo escuela por Navidad, que,
viniendo por la calle un hombre que se llamaba Poncio de Aguirre, el cual
tenía fama de confeso,[19] que el don Dieguito me dijo:
—Hola, llámale Poncio Pilato y echa a correr.
Yo, por darle gusto a mi amigo, llaméle Poncio Pilato. Corrióse tanto el
hombre, que dio a correr tras mí con un cuchillo desnudo para matarme, de
suerte que fue forzoso meterme huyendo en casa de mi maestro, dando
gritos. Entró el hombre tras mí, y defendióme el maestro de que no me
matase, asigurándole de castigarme. Y así luego —aunque señora le rogó
por mí, movida de lo que yo la servía, no aprovechó— mandóme desatacar,
[20] y, azotándome, decía tras cada azote: —«¿Diréis más Poncio Pilato?».

Yo respondía: —«No, señor»; y respondílo veinte veces, a otros tantos


azotes que me dio. Quedé tan escarmentado de decir Poncio Pilato, y con tal
miedo, que, mandándome el día siguiente decir, como solía, las oraciones a
los otros, llegando al Credo —advierta V. Md. la inocente malicia—, al
tiempo de decir «padeció so el poder de Poncio Pilato», acordándome que
no había de decir más Pilatos, dije: «padeció so el poder de Poncio de
Aguirre».[21] Diole al maestro tanta risa de oír mi simplicidad y de ver el
miedo que le había tenido, que me abrazó y dio una firma en que me
perdonaba de azotes las dos primeras veces que los mereciese.[22] Con esto
fui yo muy contento.
En estas niñeces pasé algún tiempo aprendiendo a leer y escrebir.[23]
Llegó —por no enfadar— el de unas Carnestolendas, y, trazando el maestro
de que se holgasen sus muchachos, ordenó que hubiese rey de gallos.[24]
Echamos suertes entre doce señalados por él, y cúpome a mí. Avisé a mis
padres que me buscasen galas.
Llegó el día, y salí en uno como caballo, mejor dijera en un cofre vivo,
[25] que no anduvo en peores pasos Roberto del Diablo,[26] según andaba. Él

era rucio, y rodado el que iba encima, por lo que caía en todo.[27] La edad
no hay que tratar: biznietos tenía en tahonas.[28] De su raza no sé más de
que sospecho era de judío, según era medroso y desdichado.[29]
Iban tras mí los demás niños todos aderezados.[30] Pasamos por la plaza
(aun de acordarme tengo miedo), y, llegando cerca de las mesas de las
verduras (Dios nos libre), agarró mi caballo un repollo a una, y ni fue visto
ni oído cuando lo despachó a las tripas, a las cuales, como iba rodando por
el gaznate, no llegó en mucho tiempo.[31]
La bercera —que siempre son desvergonzadas— empezó a dar voces;
llegáronse otras y, con ellas, pícaros,[32] y alzando zanorias garrofales,
nabos frisones, tronchos y otras legumbres, empiezan a dar tras el pobre rey.
[33] Yo, viendo que era batalla nabal,[34] y que no se había de hacer a

caballo, comencé a apearme; mas tal golpe me le dieron al caballo en la


cara, que, yendo a empinarse, cayó conmigo en una —hablando con perdón
—[35] privada.[36] Púseme cual V. Md. puede imaginar. Ya mis muchachos
se habían armado de piedras y daban tras las revendederas, y descalabraron
dos.
Yo, a todo esto, después que caí en la privada, era la persona más
necesaria de la riña.[37] Vino la justicia, comenzó a hacer información,
prendió a berceras y muchachos, mirando a todos qué armas tenían y
quitándoselas, porque habían sacado algunos dagas de las que traían por
gala,[38] y otros espadas pequeñas. Llegó a mí, y, viendo que no tenía
ningunas, porque me las habían quitado y metídolas en una casa a secar con
la capa y sombrero, pidióme, como digo, las armas, al cual respondí, todo
sucio, que, si no eran ofensivas contra las narices, que yo no tenía otras.
Quiero confesar a V. Md. que, cuando me empezaron a tirar los tronchos,
nabos, etc., que, como yo llevaba plumas en el sombrero, entendiendo que
me habían tenido por mi madre y que la tiraban, como habían hecho otras
veces, como necio y muchacho, empecé a decir: —«Hermanas, aunque
llevo plumas, no soy Aldonza de San Pedro, mi madre», como si ellas no lo
echaran de ver por el talle y rostro.[39] El miedo me disculpó la ignorancia,
y el sucederme la desgracia tan de repente.
Pero, volviendo al alguacil, quísome llevar a la cárcel, y no me llevó
porque no hallaba por dónde asirme: tal me había puesto del lodo. Unos se
fueron por una parte y otros por otra, y yo me vine a mi casa desde la plaza,
martirizando cuantas narices topaba en el camino. Entré en ella, conté a mis
padres el suceso, y corriéronse tanto de verme de la manera que venía, que
me quisieron maltratar. Yo echaba la culpa a las dos leguas de rocín
esprimido que me dieron.[40] Procuraba satisfacerlos, y, viendo que no
bastaba, salíme de su casa y fuime a ver a mi amigo don Diego, al cual hallé
en la suya descalabrado, y a sus padres resueltos por ello de no inviarle más
a la escuela. Allí tuve nuevas de cómo mi rocín, viéndose en aprieto, se
esforzó a tirar dos coces, y, de puro flaco, se le desgajaron las dos piernas, y
se quedó sembrado para otro año en el lodo, bien cerca de espirar.
Viéndome, pues, con una fiesta revuelta, un pueblo escandalizado, los
padres corridos, mi amigo descalabrado y el caballo muerto, determinéme
de no volver más a la escuela ni a casa de mis padres, sino de quedarme a
servir a don Diego u, por mejor decir, en su compañía, y esto con gran gusto
de los suyos, por el que daba mi amistad al niño. Escribí a mi casa que yo
no había menester más ir a la escuela, porque, aunque no sabía bien escribir,
para mi intento de ser caballero lo que se requería era escribir mal,[41] y que
así, desde luego,[42] renunciaba la escuela por no darles gasto, y su casa
para ahorrarlos de pesadumbre. Avisé de dónde y cómo quedaba, y que
hasta que me diesen licencia no los vería.

CAPÍTULO TERCERO
De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel

Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje,[1] lo uno por


apartarle de su regalo y lo otro por ahorrar de cuidado. Supo que había en
Segovia un licenciado Cabra,[2] que tenía por oficio el criar hijos de
caballeros, y invió allá el suyo, y a mí para que le acompañase y sirviese.
Entramos, primero domingo después de Cuaresma, en poder de la
hambre viva,[3] porque tal laceria no admite encarecimiento.[4] Él era un
clérigo cerbatana,[5] largo sólo en el talle;[6] una cabeza pequeña; los ojos,
avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan
hundidos y escuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes;
[7] la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico,[8] entre Roma y Francia,[9]

porque se le había comido de unas búas de resfriado,[10] que aun no fueron


de vicio porque cuestan dinero; las barbas, descoloridas de miedo de la boca
vecina, que, de pura hambre, parecía que amenazaba a comérselas; los
dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y
vagamundos se los habían desterrado;[11] el gaznate, largo como de
avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a buscar de comer
forzada de la necesidad; los brazos, secos; las manos, como un manojo de
sarmientos cada una; mirado de medio abajo, parecía tenedor u compás, con
dos piernas largas y flacas;[12] su andar, muy espacioso:[13] si se
descomponía algo, le sonaban los güesos como tablillas de San Lázaro;[14]
la habla, ética;[15] la barba, grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y
él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su
cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese: cortábale los cabellos un
muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol, ratonado con mil
gateras, y guarniciones de grasa;[16] era de cosa que fue paño, con los
fondos en caspa.[17] La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque
no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de
cuero de rana; otros decían que era ilusión: desde cerca parecía negra, y
desde lejos entreazul.[18] Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños.[19]
Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y el bonetón, teatino
lanudo.[20] Cada zapato podía ser tumba de un filisteo.[21] ¿Pues su
aposento? Aun arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que
no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo,
y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era
archipobre y protomiseria.[22]
A poder déste, pues, vine y en su poder estuve con don Diego, y la
noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática
corta, que aun por no gastar tiempo no duró más.[23] Díjonos lo que
habíamos de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora de comer.
Fuimos allá. Comían los amos primero, y servíamos los criados.[24]
El refitorio era un aposento como medio celemín.[25] Sentábanse a una
mesa hasta cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos y, como no
los vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo, el cual, de flaco,
estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse y dijo:
—¿Cómo gatos? ¿Pues quién os ha dicho a vos que los gatos son
amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois
nuevo. ¿Qué tiene esto de refitorio de jerónimos para que se críen aquí?[26]
Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me susté cuando advertí que
todos los que vivían en el pupilaje de antes estaban como leznas, con unas
caras que parecía se afeitaban con diaquilón.[27] Sentóse el licenciado Cabra
y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio ni fin.[28]
Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una
dellas peligrara Narciso más que en la fuente.[29] Noté con la ansia que los
macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo güérfano y solo que
estaba en el suelo.[30] Decía Cabra a cada sorbo:
—Cierto que no hay tal cosa como la olla,[31] digan lo que dijeren; todo
lo demás es vicio y gula.
Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con que
dejaba la barba pavonada de caldo.[32] Acabando de decirlo, echóse su
escudilla a pechos, diciendo:
—Todo esto es salud y otro tanto ingenio.
«¡Mal ingenio te acabe!», decía yo entre mí,[33] cuando vi un mozo
medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos, que parecía
que,la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas de la
carne, apenas;[34] y dijo el maestro en viéndole:
—¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale.[35] Coman, que
me huelgo de verlos comer.
Y, tomando el cuchillo por el cuerno,[36] picóle con la punta y
asomándole a las narices, trayéndole en procesión por la portada de la cara,
meciendo la cabeza dos veces, dijo:
—Conforta realmente y son cordiales—, que era grande adulador de las
legumbres.[37]
Repartió a cada uno tan poco carnero,[38] que, entre lo que se les pegó
en las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo,
dejando descomulgadas las tripas de participantes.[39] Cabra los miraba y
decía:
—Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas.
¡Mire V. Md. qué aliño para los que bostezaban de hambre! Acabaron
de comer y quedaron unos mendrugos en la mesa y, en el plato, dos pellejos
y unos güesos; y dijo el pupilero:
—Quede esto para los criados, que también han de comer. No lo
queramos todo.
—¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado —decía yo—, que
tal amenaza has hecho a mis tripas![40]
Echó la bendición y dijo:
—Ea, demos lugar a la gentecilla que se repapile,[41] y váyanse hasta las
dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo que han comido.
Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la boca. Enojóse
mucho y díjome que aprendiese modestia, y tres u cuatro sentencias viejas,
[42] y fuese.

Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio malparado y que mis


tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte que los otros, arremetí al
plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres mendrugos los dos y
el un pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido entró Cabra, diciendo:
—Coman como hermanos, pues Dios les da con qué. No riñan, que para
todos hay.
Volvióse al sol y dejónos solos. Certifico a V. Md. que vi al uno dellos,
que se llamaba Jurre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se
comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre
tres no le acertaban a encaminar las manos a la boca. Pedí yo de beber, que
los otros, por estar casi en ayunas, no lo hacían,[43] y diéronme un vaso con
agua; y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si fuera lavatorio
de comunión,[44] me le quitó el mozo espiritado que dije.[45] Levantéme con
grande dolor de mi alma, viendo que estaba en casa donde se brindaba a las
tripas y no hacían la razón.[46] Diome gana de descomer, aunque no había
comido, digo, de proveerme,[47] y pregunté por las necesarias a un antiguo,
y díjome:
—Como no lo son en esta casa, no las hay.[48] Para una vez que os
proveeréis mientras aquí estuviéredes, dondequiera podréis; que aquí estoy
dos meses ha y no he hecho tal cosa sino el día que entré, como agora vos,
de lo que cené en mi casa la noche antes.
¿Cómo encareceré yo mi tristeza y pena? Fue tanta, que, considerando
lo poco que había de entrar en mi cuerpo, no osé, aunque tenía gana, echar
nada dél.
Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que qué haría él
para persuadir a las tripas que habían comido, porque no lo querían creer.
Andaban váguidos en aquella casa como en otras ahítos.[49] Llegó la hora
del cenar; pasóse la merienda en blanco, y la cena, ya que no se pasó en
blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y candil y dos bendiciones,
porque se dijese que cenábamos con bendición.[50]
—Es cosa saludable —decía— cenar poco, para tener el estómago
desocupado.
Y citaba una arretahíla de médicos infernales. Decía alabanzas de la
dieta y que se ahorraba un hombre de sueños pesados,[51] sabiendo que, en
su casa, no se podía soñar otra cosa sino que comían.[52] Cenaron y
cenamos todos, y no cenó ninguno.[53]
Fuímonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don Diego dormir,
él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí,[54] y yo
aconsejándole que lo hiciese; aunque últimamente le dije:
—Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que, en
la pendencia de las berceras, nos mataron, y que somos ánimas que estamos
en el purgatorio. Y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre, si
alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones y nos saca de penas con
alguna misa en altar previlegiado.[55]
Entre estas pláticas y un poco que dormimos, se llegó la hora de
levantar. Dieron las seis, y llamó Cabra a lición. Fuimos y oírnosla todos.
[56] Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de manera mi

hambre, que me desayuné con la mitad de las razones, comiéndomelas.[57]


Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó el mozo de Cabra,
diciendo que una cuaresma topó muchos hombres, unos metiendo los pies,
otros las manos y otros todo el cuerpo, en el portal de su casa, y esto por
muy gran rato, y mucha gente que venía a sólo aquello de fuera; y,
preguntando a uno un día que qué sería (porque Cabra se enojó de que se lo
preguntase), respondió que los unos tenían sarna y los otros sabañones y
que, en metiéndolos en aquella casa, morían de hambre, de manera que no
comían desde allí adelante.[58] Certificóme que era verdad, y yo, que conocí
la casa, lo creo. Dígolo porque no parezca encarecimiento lo que dije.
Y volviendo a la lición, diola y decorámosla.[59] Y prosiguió siempre en
aquel modo de vivir que he contado; sólo añadió a la comida tocino en la
olla por no sé qué que le dijeron,[60] un día, de hidalguía allá fuera.[61] Y
así, tenía una ceja de yerro toda agujereada como salvadera,[62] abríala y
metía un pedazo de tocino en ella, que la llenase, y tornábala a cerrar y
metíala colgando de un cordel en la olla para que la diese algún zumo por
los agujeros y quedase para otro día el tocino. Parecióle después que en esto
se gastaba mucho y dio en sólo asomar el tocino a la olla. Dábase la olla por
entendida del tocino, y nosotros comíamos algunas sospechas de pernil.[63]
Pasábamoslo con estas cosas como se puede imaginar. Don Diego y yo
nos vimos tan al cabo, que, ya que para comer, al cabo de un mes, no
hallábamos remedio, le buscamos para no levantarnos de mañana. Y así,
trazamos de decir que teníamos algún mal. No osamos decir calentura,
porque, no la teniendo, era fácil de conocer el enredo. Dolor de cabeza u
muelas era poco estorbo. Dijimos, al fin, que nos dolían las tripas y que
estábamos muy malos de achaque de no haber hecho de nuestras personas
en tres días,[64] fiados en que, a trueque de no gastar dos cuartos en una
melecina,[65] no buscaría el remedio. Mas ordenólo el diablo de otra suerte,
porque tenía una que había heredado de su padre, que fue boticario. Supo el
mal, y tomóla y aderezó una melecina,[66] y, haciendo llamar una vieja de
setenta años, tía suya, que le servía de enfermera, dijo que nos echase
sendas gaitas.[67]
Empezaron por don Diego. El desventurado atajóse,[68] y la vieja, en
vez de echársela dentro, disparósela por entre la camisa y el espinazo y
diole con ella en el cogote, y vino a servir por defuera de guarnición la que
dentro había de ser aforro.[69] Quedó el mozo dando gritos; vino Cabra y,
viéndolo, dijo que me echasen a mí la otra, que luego tornarían a don
Diego. Yo me resistía, pero no me valió, porque, teniéndome Cabra y otros,
me la echó la vieja, a la cual, de retorno, di con ella en toda la cara. Enojóse
Cabra conmigo, y dijo que él me echaría de su casa, que bien se echaba de
ver que era bellaquería todo. Yo rogaba a Dios que se enojase tanto que me
despidiese, mas no lo quiso mi ventura.
Quejábamonos nosotros a don Alonso, y el Cabra le hacía creer que lo
hacíamos por no asistir al estudio. Con esto no nos valían plegarias. Metió
en casa la vieja por ama, para que guisase de comer y sirviese a los pupilos,
y despidió al criado porque le halló, un viernes a la mañana, con unas
migajas de pan en la ropilla.[70] Lo que pasamos con la vieja, Dios lo sabe.
Era tan sorda, que no oía nada: entendía por señas; ciega y tan gran
rezadora, que un día se le desensartó el rosario sobre la olla y nos la trujo
con el caldo más devoto que he comido.[71] Unos decían: —«¡Garbanzos
negros! Sin duda son de Etiopia».[72] Otro decía: —«¡Garbanzos con luto!
¿Quién se les habrá muerto?». Mi amo fue el primero que se encajó una
cuenta y, al mascarla, se quebró un diente. Los viernes solía inviar unos
güevos con tantas barbas, a fuerza de pelos y canas suyas, que pudieran
pretender corregimiento u abogacía.[73] Pues meter el badil por el cucharón
y inviar una escudilla de caldo empedrada era ordinario.[74] Mil veces topé
yo sabandijas, palos y estopa de la que hilaba en la olla.[75] Y todo lo metía
para que hiciese presencia en las tripas y abultase.
Pasamos en este trabajo hasta la Cuaresma.[76] Vino, y, a la entrada
della, estuvo malo un compañero. Cabra, por no gastar, detuvo el llamar
médico hasta que ya él pedía confisión más que otra cosa. Llamó entonces
un platicante, el cual le tomó el pulso y dijo que la hambre le había ganado
por la mano en matar aquel hombre.[77] Diéronle el Sacramento, y el pobre,
cuando le vio —que había un día que no hablaba— dijo:
—Señor mío Jesucristo, necesario ha sido el veros entrar en esta casa
para persuadirme que no es el infierno.
Imprimiéronseme estas razones en el corazón. Murió el pobre mozo,
enterrámosle muy pobremente, por ser forastero, y quedamos todos
asombrados.[78] Divulgóse por el pueblo el caso atroz, llegó a oídos de don
Alonso Coronel y, como no tenía otro hijo, desengañóse de los embustes de
Cabra y comenzó a dar más crédito a las razones de dos sombras, que ya
estábamos reducidos a tan miserable estado. Vino a sacarnos del pupilaje y,
teniéndonos delante, nos preguntaba por nosotros.[79] Y tales nos vio, que,
sin aguardar a más, tratando muy mal de palabra al licenciado Vigilia,[80]
nos mandó llevar en dos sillas a casa.[81] Despedímonos de los compañeros,
que nos seguían con los deseos y con los ojos, haciendo las lástimas que
hace el que queda en Argel, viendo venir rescatados por la Trinidad sus
compañeros.[82]

CAPÍTULO CUARTO
De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares

Entramos en casa de don Alonso, y echáronnos en dos camas con mucho


tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos de la
hambre. Trujeron esploradores que nos buscasen los ojos por toda la cara, y
a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial,[1] que al fin
me trataban como a criado, en buen rato no me los hallaron. Trujeron
médicos y mandaron que nos limpiasen con zorras el polvo de las bocas,
como a retablos, y bien lo éramos de duelos.[2] Ordenaron que nos diesen
sustancias y pistos.[3] ¿Quién podrá contar, a la primera almendrada y a la
primera ave, las luminarias que pusieron las tripas de contento?[4] Todo les
hacía novedad. Mandaron los dotores que, por nueve días, no hablase nadie
recio en nuestro aposento, porque, como estaban güecos los estómagos,
sonaba en ellos el eco de cualquiera palabra.
Con estas y otras prevenciones, comenzamos a volver y cobrar algún
aliento, pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y
alforzadas;[5] y así, se dio orden que cada día nos las ahormasen con la
mano del almirez.
Levantábamonos a hacer pinicos dentro de cuarenta días y aún
parecíamos sombras de otros hombres y, en lo amarillo y flaco, simiente de
los Padres del yermo.[6] Todo el día gastábamos en dar gracias a Dios por
habernos rescatado de la captividad del fierísimo Cabra, y rogábamos al
Señor que ningún cristiano cayese en sus manos crueles. Si acaso,
comiendo, alguna vez nos acordábamos de las mesas del mal pupilero, se
nos aumentaba la hambre tanto, que acrecentábamos la costa aquel día.[7]
Solíamos contar a don Alonso cómo, al sentarse en la mesa, nos decía males
de la gula (no habiéndola él conocido en su vida). Y reíase mucho cuando le
contábamos que en el mandamiento de No matarás metía perdices y
capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el
consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el matarla, y aun
el herirla, según regateaba el comer.[8]
Pasáronsenos tres meses en esto, y, al cabo, trató don Alonso de inviar a
su hijo a Alcalá, a estudiar lo que le faltaba de la Gramática. Díjome a mí si
quería ir, y yo, que no deseaba otra cosa sino salir de tierra donde se oyese
el nombre de aquel malvado perseguidor de estómagos, ofrecí de servir a su
hijo como vería. Y, con esto, diole un criado para ayo, que le gobernase la
casa y tuviese cuenta del dinero del gasto, que nos daba remitido en cédulas
para un hombre que se llamaba Julián Merluza.[9] Pusimos el hato en el
carro de un Diego Monje; era una media camita, y otra de cordeles con
ruedas para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo, que se llamaba
Baranda,[10] cinco colchones, ocho sábanas, ocho almohadas, cuatro
tapices, un cofre con ropa blanca y las demás zarandajas de casa. Nosotros
nos metimos en un coche, salimos a la tardecica,[11] una hora antes de
anochecer, y llegamos a la media noche, poco más, a la siempre maldita
venta de Viveros.[12]
El ventero era morisco y ladrón, que en mi vida vi perro y gato juntos
con la paz que aquel día.[13] Hízonos gran fiesta y, como él y los ministros
del carretero iban horros (que ya había llegado también con el hato antes,
porque nosotros veníamos de espacio)[14] pegóse al coche, diome a mí la
mano para salir del estribo y díjome si iba a estudiar. Yo le respondí que sí.
Metióme adentro, y estaban dos rufianes con unas mujercillas, un cura
rezando al olor.[15] Un viejo mercader y avariento, procurando olvidarse de
cenar, andaba esforzando sus ojos que se durmiesen en ayunas; arremedaba
los bostezos, diciendo: «Más me engorda un poco de sueño que cuantos
faisanes tiene el mundo». Dos estudiantes fregones, de los de mantellina,
panzas al trote, andaban aparecidos por la venta para engullir.[16] Mi amo,
pues, como más nuevo en la venta y muchacho, dijo:
—Señor güésped, déme lo que hubiere para mí y mis criados.
—Todos lo somos de V. Md.[17] —dijeron al punto los rufianes— y le
hemos de servir. ¡Hola, güésped!, mirad que este caballero os agradecerá lo
que hiciéredes. Vaciad la dispensa—. Y, diciendo esto, llegóse el uno y
quitóle la capa y dijo:
—Descanse V. Md., mi señor —y púsola en un poyo.[18]
Estaba yo con esto desvanecido y hecho dueño de la venta.[19] Dijo una
de las mujeres:
—¡Qué buen talle de caballero! ¿Y va a estudiar? ¿Es V. Md. su criado?
Yo respondí, creyendo que era así como lo decían, que yo y el otro lo
éramos.[20] Preguntáronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el uno de
los estudiantes se llegó a él medio llorando y, dándole un abrazo
apretadísimo, dijo:
—¡Oh, mi señor don Diego, ¿quién me dijera a mí, agora diez años,[21]
que había de ver yo a V. Md. desta manera? Desdichado de mí, que estoy tal
que no me conocerá V. Md.!
Él se quedó admirado, y yo también, que juráramos entrambos no
haberle visto en nuestra vida. El otro compañero andaba mirando a don
Diego a la cara y dijo a su amigo:
—¿Es este señor de cuyo padre me dijistes vos tantas cosas? ¡Gran
dicha ha sido nuestra conocelle según está de grande! ¡Dios le guarde! —y
empezó a santiguarse.
¿Quién no creyera que se habían criado con nosotros? Don Diego se le
ofreció mucho, y, preguntándole su nombre, salió el ventero y puso los
manteles y, oliendo la estafa, dijo:
—Dejen eso, que después de cenar se hablará, que se enfría.
Llegó un rufián y puso asientos para todos y una silla para don Diego, y
el otro trujo un plato. Los estudiantes dijeron:
—Cene V. Md., que, entre tanto que a nosotros nos aderezan lo que
hubiere, le serviremos a la mesa.[22]
—¡Jesús! —dijo don Diego—, V. Mds. se sienten, si son servidos.
Y a esto respondieron los rufianes (no hablando con ellos):[23]
—Luego, mi señor, que aún no está todo a punto.
Yo, cuando vi a los unos convidados y a los otros que se convidaban,
afligíme y temí lo que sucedió. Porque los estudiantes tomaron la ensalada,
que era un razonable plato, y, mirando a mi amo, dijeron:
—No es razón que, donde está un caballero tan principal, se queden
estas damas sin comer. Mande V. Md. que alcancen un bocado.
Él, haciendo del galán, convidólas. Sentáronse y, entre los dos
estudiantes y ellas, no dejaron sino un cogollo, en cuatro bocados, el cual se
comió don Diego. Y, al dársele, aquel maldito estudiante le dijo:
—Un agüelo tuvo V. Md., tío de mi padre, que jamás comió lechugas; y
son malas para la memoria, y más de noche, y éstas no son buenas.[24]
Y, diciendo esto, sepultó un panecillo, y el otro, otro. ¿Pues las mujeres?
Ya daban cuenta de un pan, y el que más comía era el cura con el mirar
sólo. Sentáronse los rufianes con medio cabrito asado y dos lonjas de tocino
y un par de palomas cocidas, y dijeron:
—Pues, padre, ¿ahí se está? Llegue y alcance, que mi señor don Diego
nos hace merced a todos. ¡Pesia diez, la Iglesia ha de ser la primera!
No bien se lo dijeron, cuando se sentó.
Ya, cuando vio mi amo que todos se le habían encajado, comenzóse a
afligir. Repartiéronlo todo y a don Diego dieron no sé qué güesos y alones,
diciendo que «del cabrito el huesecito y del ave el aloncito» y que el refrán
lo decía.[25] Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves. Lo demás
se engulleron el cura y los otros. Decían los rufianes:
—No cene mucho, señor, que le hará mal.
Y replicaba el maldito estudiante:
—Y más, que es menester hacerse a comer poco para la vida de Alcalá.
[26]

Yo y el otro criado estábamos rogando a Dios que les pusiese en


corazón que dejasen algo. Y ya que lo hubieron comido todo, y que el cura
repasaba los güesos de los otros, volvió el un rufián y dijo:
—¡Oh, pecador de mí! No habernos dejado nada a los criados. Vengan
aquí V. Mds. ¡Ah, señor güésped!, déles todo lo que hubiere; vea aquí un
doblón.
Tan presto saltó el descomulgado pariente de mi amo (digo el
estudiantón) y dijo:
—Aunque, V. Md. me perdone, señor hidalgo, debe de saber poco de
cortesía. ¿Conoce, por dicha, a mi señor primo? Él dará a sus criados, y aun
a los nuestros si los tuviéramos, como nos ha dado a nosotros.
Y volviéndose a don Diego, que estaba pasmado, dijo:
—No se enoje V. Md., que no le conocían.
Maldiciones le eché cuando vi tan gran disimulación, que no pensé
acabar.
Levantaron las mesas, y todos dijeron a don Diego que se acostase. Él
quería pagar la cena, y replicáronle que no lo hiciese, que a la mañana
habría lugar. Estuviéronse un rato parlando.[27] Preguntóle su nombre al
estudiante, y él dijo que se llamaba tal Coronel. ¡En los infiernos descanse,
dondequiera que está! Vio al avariento que dormía y dijo:
—¿V. Md. quiere reír? Pues hagamos alguna burla a este mal viejo, que
no ha comido sino un pero en todo el camino y es riquísimo.
Los rufianes dijeron:
—Bien haya el licenciado; hágalo, que es razón.
Con esto, se llegó y sacó al pobre viejo, que dormía, de debajo de los
pies unas alforjas y, desenvolviéndolas, halló una caja, y, como si fuera de
guerra, hizo gente.[28] Llegáronse todos, y, abriéndola, vio ser de alcorzas.
[29]Sacó todas cuantas había y, en su lugar, puso piedras, palos y lo que
halló; y, encima, dos o tres yesones y un tarazón de teja.[30] Cerró la caja y
púsola donde estaba, y dijo:
—Pues aún no basta, que bota tiene el viejo.
Sacóla el vino y, desenfundando una almohada de nuestro coche,
después de haber echado un poco de vino debajo, se la llenó de lana y
estopa y la cerró.[31] Con esto, se fueron todos a acostar para una hora que
quedaba o media, y el estudiante lo puso todo en las alforjas y, en la capilla
del gabán, le echó una gran piedra[32] y fuese a dormir.
Llegó la hora de caminar; despertaron todos, y el viejo todavía dormía.
Llamáronle, y, al levantarse, no podía levantar la capilla del gabán. Miró lo
que era; y el mesonero, adrede, le riñó, diciendo:
—¡Cuerpo de Dios!, ¿no halló otra cosa que llevarse, padre, sino esa
piedra? ¿Qué les parece a V. Mds., si yo no lo hubiera visto? Cosa es que
estimo en más de cien ducados, porque es contra el dolor de estómago.[33]
Juraba y perjuraba, diciendo que no había metido él tal en la capilla.
Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar, de cena sólo, treinta
reales,[34] que no entendiera Juan de Leganés la suma.[35] Decían los
estudiantes:
—No pide más un ochavo.[36]
Y respondió un rufián:
—No, si no, burlárase con este caballero delante de nosotros; aunque
ventero, sabe lo que ha de hacer. Déjese V. Md. gobernar, que en mano está.
[37]

Y, tosiendo, cogió el dinero, contólo y, sobrando del que sacó mi amo


cuatro reales, los asió, diciendo:
—Éstos, le daré de posada, que a estos pícaros con cuatro reales se les
tapa la boca.
Quedamos sustados con el gasto.[38] Almorzamos un bocado, y el viejo
tomó sus alforjas y, porque no viésemos lo que sacaba y no partir con nadie,
desatólas a escuras debajo del gabán; y, agarrando un yesón, echósele en la
boca y fuele a hincar una muela y medio diente que tenía, y por poco los
perdiera. Comenzó a escupir y hacer gestos de asco y de dolor; llegamos
todos a él, y el cura el primero, diciéndole que qué tenía. Empezóse a
ofrecer a Satanás. Dejó caer las alforjas. Llegóse a él el estudiante y dijo:
—¡Arriedro vayas, cata la cruz![39]
Otro abrió un breviario; hiciéronle creer que estaba endemoniado, hasta
que él mismo dijo lo que era y pidió que le dejasen enjaguar la boca con un
poco de vino,[40] que él traía bota. Dejáronle, y, sacándola, abrióla y,
echando en un vaso un poco de vino, salió con la lana y estopa un vino
salvaje, tan barbado y velloso, que no se podía beber ni colar.[41] Entonces
acabó de perder la paciencia el viejo, pero, viendo las descompuestas
carcajadas de risa, tuvo por bien el callar y subir en el carro con los rufianes
y las mujeres. Los estudiantes y el cura se ensartaron en dos borricos,[42] y
nosotros nos subimos en el coche; y no bien comenzó a caminar cuando
unos y otros nos comenzaron a dar vaya,[43] declarando la burla. El ventero
decía:
—Señor nuevo, a pocas estrenas como ésta, envejecerá.[44]
El cura decía:
—Sacerdote soy; allá se lo diré de misas.[45]
Y el estudiante maldito voceaba:
—Señor primo, otra vez rásquese cuando le coman y no después.[46]
El otro decía:
—Sarna de V. Md., señor don Diego.[47]
Nosotros dimos en no hacer caso; Dios sabe cuán corridos íbamos.
Con estas y otras cosas, llegamos a la villa; apeámonos en un mesón, y
en todo el día, que llegamos a las nueve, acabamos de contar la cena
pasada, y nunca pudimos en limpio sacar el gasto.

CAPÍTULO QUINTO
De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo

Antes que anocheciese, salimos del mesón a la casa que nos tenían
alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago, patio de estudiantes donde
hay muchos juntos, aunque ésta teníamos entre tres moradores diferentes no
más.[1]
Era el dueño y güésped de los que creen en Dios por cortesía o sobre
falso; moriscos los llaman en el pueblo.[2] Recibióme, pues, el güésped con
peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento. Ni sé si lo hizo porque
le comenzásemos a tener respeto u por ser natural suyo dellos, que no es
mucho que tenga mala condición quien no tiene buena ley.[3] Pusimos
nuestro hatillo, acomodamos las camas y lo demás y dormimos aquella
noche.
Amaneció, y helos aquí en camisa a todos los estudiantes de la posada a
pedir la patente a mi amo.[4] Él, que no sabía lo que era, preguntóme que
qué querían, y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me acomodé entre
dos colchones y sólo tenía la media cabeza fuera, que parecía tortuga.[5]
Pidieron dos docenas de reales; diéronselos, y con tanto comenzaron una
grita del diablo, diciendo:
—Viva el compañero, y sea admitido en nuestra amistad. Goce de las
preeminencias de antiguo.[6] Pueda tener sarna, andar manchado y padecer
la hambre que todos.
Y con esto (¡mire V. Md. qué previlegios!) volaron por la escalera, y al
momento nos vestimos nosotros y tomamos el camino para escuelas.
A mi amo, apadrináronle unos colegiales conocidos de su padre, y entró
en su general;[7] pero yo, que había de entrar en otro diferente y fui solo,
comencé a temblar. Entré en el patio, y no hube metido bien un pie, cuando
me encararon y empezaron a decir: —«¡Nuevo!». Yo, por disimular, di en
reír, como que no hacía caso; mas no bastó, porque, llegándose a mí ocho u
nueve, comenzaron a reírse. Púseme colorado; nunca Dios lo permitiera,
pues, al instante, se puso uno que estaba a mi lado las manos en las narices
y, apartándose, dijo:
—Por resucitar está este Lázaro, según olisca.[8]
Y con esto todos se apartaron, tapándose las narices. Yo, que me pensé
escapar, puse las manos también y dije:
—V. Mds. tienen razón, que huele muy mal.[9]
Dioles mucha risa y, apartándose, ya estaban juntos hasta ciento;
comenzaron a escarrar y tocar al arma,[10] y en las toses y abrir y cerrar de
las bocas, vi que se me aparejaban gargajos. En esto, un manchegazo
acatarrado hízome alarde de uno terrible, diciendo:[11]
—Esto hago.
Yo entonces, que me vi perdido, dije:
—¡Juro a Dios que ma…!
Iba a decir te,[12] pero fue tal la batería y lluvia que cayó sobre mí,[13]
que no pude acabar la razón. Yo estaba cubierto el rostro con la capa, y tan
blanco, que todos tiraban a mí; y era de ver cómo tomaban la puntería.[14]
Estaba ya nevado de pies a cabeza, pero un bellaco, viéndome cubierto
y que no tenía en la cara cosa, arrancó hacia mí diciendo con gran cólera:
—¡Basta, no le deis con el palo! —que yo, según me trataban, creí
dellos que lo harían.
Destapéme por ver lo que era, y, al mismo tiempo, el que daba las voces
me enclavó un gargajo en los dos ojos.[15] Aquí se han de considerar mis
angustias. Levantó la infernal gente una grita que me aturdieron. Y yo,
según lo que echaron sobre mí de sus estómagos, pensé que, por ahorrar de
médicos y boticas, aguardan nuevos para purgarse.
Quisieron tras esto darme pescozones, pero no había dónde sin llevarse
en las manos la mitad del afeite de mi negra capa,[16] ya blanca por mis
pecados. Dejáronme, y iba hecho zufaina de viejo a pura saliva.[17] Fuime a
casa, que apenas acerté, y fue ventura el ser de mañana, pues sólo topé dos
o tres muchachos, que debían de ser bien inclinados, porque no me tiraron
más de cuatro u seis trapajos y luego me dejaron.[18] Entré en casa, y el
morisco que me vio, comenzóse a reír y a hacer como que quería
escupirme. Yo, que temí que lo hiciese, dije:
—Tené, güésped, que no soy Ecce-Homo.[19]
Nunca lo dijera, porque me dio dos libras de porrazos, dándome sobre
los hombros con las pesas que tenía. Con esta ayuda de costa, medio
derrengado, subí arriba, y, en buscar por dónde asir la sotana y el manteo
para quitármelos,[20] se pasó mucho rato. Al fin, le quité y me eché en la
cama, y colguélo en una azutea.
Vino mi amo y, como me halló durmiendo y no sabía la asquerosa
aventura, enojóse y comenzó a darme repelones con tanta prisa, que, a dos
más, despierto calvo. Levantéme dando voces y quejándome, y él, con más
cólera, dijo:
—¿Es buen modo de servir ése, Pablos?[21] Ya es otra vida.
Yo, cuando oí decir «otra vida», entendí que era ya muerto, y dije:
—Bien me anima V. Md. en mis trabajos.[22] Vea cuál está aquella
sotana y manteo, que ha servido de pañizuelo a las mayores narices que se
han visto jamás en paso,[23] y mire estas costillas.
Y con esto, empecé a llorar. Él, viendo mi llanto, creyólo, y, buscando la
sotana y viéndola, compadecióse de mí, y dijo:
—Pablo, abre el ojo, que asan carne.[24] Mira por ti, que aquí no tienes
otro padre ni madre.
Contéle todo lo que había pasado, y mandóme desnudar y llevar a mi
aposento, que era donde dormían cuatro criados de los güéspedes de casa.
Acostéme y dormí; y con esto, a la noche, después de haber comido y
cenado bien, me hallé fuerte y ya como si no hubiera pasado por mí nada.
Pero, cuando comienzan desgracias en uno, parece que nunca se han de
acabar, que andan encadenadas, y unas traían a otras.[25] Viniéronse a
acostar los otros criados y, saludándome todos, me preguntaron si estaba
malo y cómo estaba en la cama. Yo les conté el caso y, al punto, como si en
ellos no hubiera mal ninguno, se empezaron a santiguar, diciendo:
—No se hiciera entre luteranos. ¿Hay tal maldad?[26]
Otro decía:
—El retor tiene la culpa en no poner remedio.[27] ¿Conocerá los que
eran?
Yo respondí que no, y agradecíles la merced que me mostraban hacer.
Con esto, se acabaron de desnudar, acostáronse, mataron la luz, y dormíme
yo, que me parecía que estaba con mi padre y mis hermanos.
Debían de ser las doce, cuando el uno dellos me despertó a puros gritos,
diciendo:
—¡Ay, que me matan! ¡Ladrones!
Sonaban en su cama, entre estas voces, unos golpazos de látigo. Yo
levanté la cabeza y dije:
—¿Qué es eso?
Y apenas la descubrí, cuando con una maroma me asestaron un azote
con hijos en todas las espaldas.[28] Comencé a quejarme; quíseme levantar;
quejábase el otro también; dábanme a mí sólo. Yo comencé a decir:
—¡Justicia de Dios!
Pero menudeaban tanto los azotes sobre mí, que ya no me quedó (por
haberme tirado las frazadas abajo)[29] otro remedio sino el de meterme
debajo de la cama. Hícelo así, y, al punto, los tres que dormían empezaron a
dar gritos también. Y como sonaban los azotes, yo creí que alguno de fuera
nos daba a todos.
Entre tanto, aquel maldito que estaba junto a mí se pasó a mi cama y
proveyó en ella y cubrióla,[30] volviéndose a la suya. Cesaron los azotes, y
levantáronse con grandes gritos todos cuatro, diciendo: —«Es gran
bellaquería, y no ha de quedar así». Yo todavía me estaba debajo de la
cama, quejándome como perro cogido entre puertas,[31] tan encogido que
parecía galgo con calambre. Hicieron los otros que cerraban la puerta, y yo
entonces salí de donde estaba y subíme a mi cama, preguntando si acaso los
habían hecho mal. Todos se quejaban de muerte.
Acostéme y cubríme y torné a dormir; y como, entre sueños, me
revolcase, cuando desperté, halléme proveído y hecho una necesaria.[32]
Levantáronse todos, y yo tomé por achaque los azotes para no vestirme.[33]
No había diablos que me moviesen de un lado. Estaba confuso,
considerando si acaso, con el miedo y la turbación, sin sentirlo, había hecho
aquella vileza, o si entre sueños. Al fin, yo me hallaba inocente y culpado, y
no sabía cómo disculparme.
Los compañeros se llegaron a mí, quejándose y muy disimulados, a
preguntarme cómo estaba. Yo les dije que muy malo, porque me habían
dado muchos azotes. Preguntábales yo que qué podía haber sido, y ellos
decían:
—A fe que no se escape, que el matemático nos lo dirá.[34] Pero,
dejando esto, veamos si estáis herido, que os quejábades mucho.
Y diciendo esto, fueron a levantar la ropa con deseo de afrentarme. En
esto, mi amo entró diciendo:
—¿Es posible, Pablos, que no he de poder contigo? Son las ocho, ¿y
estáste en la cama? ¡Levántate enhoramala!
Los otros, por asegurarme,[35] contaron a don Diego el caso todo y
pidiéronle que me dejase dormir. Y decía uno:
—Y si V. Md. no lo cree, levantá, amigo.
Y agarraba de la ropa. Yo la tenía asida con los dientes por no mostrar la
caca. Y cuando ellos vieron que no había remedio por aquel camino, dijo
uno:
—¡Cuerpo de Dios, y cómo hiede!
Don Diego dijo lo mismo, porque era verdad, y luego, tras él, todos
comenzaron a mirar si había en el aposento algún servicio.[36] Decían que
no se podía estar allí. Dijo uno:
—¡Pues es muy bueno esto para haber de estudiar!
Miraron las camas, y quitáronlas para ver debajo, y dijeron:
—Sin duda debajo de la de Pablos hay algo; pasémosle a una de las
nuestras, y miremos debajo della.
Yo, que veía poco remedio en el negocio y que me iban a echar la garra,
fingí que me había dado mal de corazón.[37] Agarréme a los palos, hice
visajes;[38] ellos, que sabían el misterio, apretaron conmigo, diciendo:
—«¡Gran lástima!». Don Diego me tomó el dedo del corazón y, al fin, entre
los cinco me levantaron. Y al alzar las sábanas, fue tanta la risa de todos,
viendo los recientes, no ya palominos, sino palomos grandes, que se hundía
el aposento.[39]
—¡Pobre dél! —decían los bellacos (yo hacía del desmayado)—; tírele
V. Md. mucho de ese dedo del corazón.[40]
Y mi amo, entendiendo hacerme bien, tanto tiró que me le desconcertó.
Los otros trataron de darme un garrote en los muslos,[41] y decían:
—El pobrecito agora sin duda se ensució, cuando le dio el mal.
¡Quién dirá lo que yo sentía, lo uno con la vergüenza, descoyuntado un
dedo, y a peligro de que me diesen garrote! Al fin, de miedo de que me le
diesen (que ya me tenían los cordeles en los muslos), hice que había vuelto,
y por presto que lo hice (como los bellacos iban con malicia), ya me habían
hecho dos dedos de señal en cada pierna. Dejáronme diciendo:
—¡Jesús, y qué flaco sois!
Yo lloraba de enojo, y ellos decían adrede:
—Más va en vuestra salud que en haberos ensuciado. Callá.
Y con esto me pusieron en la cama, después de haberme lavado, y se
fueron.
Yo no hacía a solas sino considerar cómo casi era peor lo que había
pasado en Alcalá en un día, que todo lo que me sucedió con Cabra. A
mediodía me vestí, limpié la sotana lo mejor que pude, lavándola como
gualdrapa,[42] y aguardé a mi amo que, en llegando, me preguntó cómo
estaba. Comieron todos los de la casa y yo, aunque poco y de mala gana. Y
después, juntándonos todos a parlar en el corredor, los otros criados,
después de darme vaya,[43] declararon la burla. Riéronla todos, doblóse mi
afrenta, y dije entre mí: —«Avisón, Pablos, alerta».[44] Propuse de hacer
nueva vida, y con esto, hechos amigos, vivimos de allí adelante todos los de
la casa como hermanos, y en las escuelas y patios nadie me inquietó más.

CAPÍTULO SESTO
De las crueldades de la ama y travesuras que hizo

«Haz como vieres» dice el refrán, y dice bien. De puro considerar en él,
[1]vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos,[2] y más, si pudiese,
que todos. No sé si salí con ello, pero yo aseguro a V. Md. que hice todas
las diligencias posibles.
Lo primero, yo puse pena de la vida a todos los cochinos que se
entrasen en casa y a los pollos de la ama que del corral pasasen a mi
aposento. Sucedió que un día entraron dos puercos del mejor garbo que vi
en mi vida. Yo estaba jugando con los otros criados, y oílos gruñir, y dije al
uno: —«Vaya y vea quién gruñe en nuestra casa». Fue y dijo que dos
marranos. Yo, que lo oí, me enojé tanto, que salí allá diciendo que era
mucha bellaquería y atrevimiento venir a gruñir a casa ajena. Y, diciendo
esto, envásole a cada uno,[3] a puerta cerrada, la espada por los pechos, y
luego los acogotamos.[4] Porque no se oyese el ruido que hacían, todos a la
par dábamos grandísimos gritos como que cantábamos, y así espiraron en
nuestras manos.[5]
Sacamos los vientres, recogimos la sangre y, a puros jergones,[6] los
medio chamuscamos en el corral, de suerte que, cuando vinieron los amos,
ya estaba todo hecho, aunque mal, si no eran los vientres, que aún no
estaban acabadas de hacer las morcillas. Y no por falta de prisa, en verdad,
que, por no detenernos, las habíamos dejado la mitad de lo que ellas se
tenían dentro y nos las comimos las más como se las traía hechas el cochino
en la barriga.[7]
Supo, pues, don Diego el caso y enojóse conmigo de manera que obligó
a los huéspedes (que de risa no se podían valer) a volver por mí.[8]
Preguntábame don Diego que qué había de decir si me acusaban y me
prendía la Justicia. A lo cual respondí yo que me llamaría a hambre, que es
el sagrado de los estudiantes;[9] y que, si no me valiese, diría que, como se
entraron sin llamar a la puerta como en su casa, que entendí que eran
nuestros. Riéronse todos de las disculpas. Dijo don Diego: —«A fe, Pablos,
que os hacéis a las armas».[10] Era de notar ver a mi amo tan quieto y
religioso y a mí tan travieso, quel uno exageraba al otro o la virtud o el
vicio.
No cabía el ama de contento conmigo, porque éramos dos al mohíno;
habíamonos conjurado contra la despensa.[11] Yo era el despensero Judas,
de botas a bolsa, que desde entonces hereda no sé qué amor a la sisa este
oficio.[12] La carne no guardaba en manos de la ama la orden retórica,
porque siempre iba de más a menos.[13] No era nada carnal, antes, de puro
penitente, estaba en los güesos.[14] Y la vez que podía echar cabra u oveja,
no echaba carnero, y si había güesos, no entraba cosa magra.[15] Era
cercenadora de porciones como de moneda,[16] y así hacía unas ollas éticas
de puro flacas,[17] unos caldos que, a estar cuajados, se pudieran hacer
sartas de cristal dellos. Las Pascuas, por diferenciar, para que estuviese
gorda la olla, solía echar cabos de vela de sebo; y así decía que estaban sus
ollas gordas por el cabo.[18] Y era verdad, según me lo parló un pabilo que
yo masqué un día.[19]
Ella decía, cuando yo estaba delante:
—Mi amo, por cierto que no hay servicio como el de Pablicos, si él no
fuese travieso. Consérvele V. Md., que bien se le puede sufrir el ser
bellaquillo por la fidelidad; lo mejor de la plaza trai.
Yo, por el consiguiente, decía della lo mismo, y así teníamos engañada
la casa. Si se compraba aceite de por junto,[20] carbón o tocino,
escondíamos la mitad y, cuando nos parecía, decíamos el ama y yo:
—Modérese V. Md. en el gasto, que en verdad que, si se dan tanta prisa,
no baste la hacienda del Rey. Ya se ha acabado el aceite (o el carbón). Pero
¿tal prisa le han dado? Mande V. Md. comprar más, y a fe que se ha de lucir
de otra manera. Denle dineros a Pablicos.
Dábanmelos y vendíamosles la mitad sisada y, de lo que comprábamos,
sisábamos la otra mitad; y esto era en todo. Y si alguna vez compraba yo
algo en la plaza por lo que valía, reñíamos adrede el ama y yo. Ella decía:
—No me digas a mí, Pablicos, que éstos son dos cuartos de ensalada.[21]
Yo hacía que lloraba, daba voces, íbame a quejar a mi señor y apretábale
para que inviase al mayordomo a sabello, para que callase la ama, que
adrede porfiaba. Iban y sabíanlo,[22] y con esto asegurábamos al amo y al
mayordomo, y quedaban agradecidos, en mí, a las obras y, en el ama, al
celo de su bien. Decíale don Diego, muy satisfecho de mí:
—¡Así fuese Pablicos aplicado a virtud como es de fiar! ¿Toda ésta es la
lealtad que me decís vos dél?
Tuvímoslos desta manera, chupándolos como sanguijuelas. Yo apostaré
que V. Md. se espanta de la suma de dinero que montaba al cabo del año.
Ello mucho debió de ser, pero no debía obligar a restitución, porque el ama
confesaba y comulgaba de ocho a ocho días y nunca la vi rastro de
imaginación de volver nada ni hacer escrúpulo, con ser, como digo, una
santa.[23]
Traía un rosario al cuello siempre; tan grande, que era más barato llevar
un haz de leña a cuestas.[24] Dél colgaban muchos manojos de imágines,
cruces y cuentas de perdones que hacían ruido de sonajas.[25] Bendecía las
ollas y, al espumar, hacía cruces con el cucharón.[26] Yo pienso que las
conjuraba por sacarles los espíritus, ya que no tenían carne.[27] En todas las
imágines decía que rezaba cada noche por sus bienhechores; contaba ciento
y tantos santos abogados suyos, y en verdad que había menester todas estas
ayudas para desquitarse de lo que pecaba. Acostábase en un aposento
encima del de mi amo y rezaba más oraciones que un ciego.[28] Entraba por
el Justo Juez, y acababa en el Conquibules, que ella decía, y en la Salve
Rehína.[29] Decía las oraciones en latín, adrede, por fingirse inocente,[30] de
suerte que nos despedazábamos de risa todos. Tenía otras habilidades: era
conqueridora de voluntades y corchete de gustos, que es lo mismo que
alcagüeta;[31] pero disculpábase conmigo diciendo que le venía de casta,
como al rey de Francia sanar lamparones.[32]
¿Pensará V. Md. que siempre estuvimos en paz? Pues ¿quién ignora que
dos amigos, como sean cudiciosos, si están juntos, se han de procurar
engañar el uno al otro? —«Ésta ha de ser ruin conmigo, pues lo es con su
amo», decía yo entre mí.[33] Ella debía de decir lo mismo, porque chocamos
de embuste el uno con el otro y por poco se descubriera la hilaza.[34]
Quedamos enemigos como gatos y gatos, que, en despensa, es peor que
gatos y perros.[35]
Yo, que me vi ya mal con el ama y que no la podía burlar, busqué
nuevas trazas de holgarme y di en lo que llaman los estudiantes correr o
arrebatar.[36] En esto me sucedieron cosas graciosísimas, porque, yendo
una noche a las nueve (que anda poca gente) por la Calle Mayor, vi una
confitería y, en ella, un cofín de pasas sobre el tablero,[37] y, tomando vuelo,
vine a agarrarle y di a correr. El confitero dio tras mí, y otros criados y
vecinos. Yo, como iba cargado, vi que, aunque les llevaba ventaja, me
habían de alcanzar y, al volver una esquina, sentéme sobre él y envolví la
capa a la pierna de presto y empecé a decir, con la pierna en la mano,
fingiéndome pobre:
—¡Ay! ¡Dios se lo perdone, que me ha pisado!
Oyéronme esto, y en llegando, empecé a decir:
—Por tan alta Señora…
Y lo ordinario de la hora menguada y aire corrupto.[38] Ellos se venían
desgañifando,[39] y dijéronme:
—¿Va por aquí un hombre, hermano?
—Ahí adelante, que aquí me pisó, loado sea el Señor.
Arrancaron con esto y fuéronse. Quedé solo, llevéme el cofín a casa,
conté la burla y no quisieron creer que había sucedido así, aunque lo
celebraron mucho. Por lo cual, los convidé para otra noche a verme correr
cajas.
Vinieron y, advirtiendo ellos que estaban las cajas dentro la tienda y que
no las podía tomar con la mano, tuviéronlo por imposible; y más por estar el
confitero, por lo que sucedió al otro de las pasas, alerta. Vine, pues, y,
metiendo, doce pasos atrás de la tienda, mano a la espada, que era un
estoque recio, partí corriendo y, en llegando a la tienda, dije: —«¡Muera!»,
y tiré una estocada por delante del confitero.[40] Él se dejó caer pidiendo
confesión, y yo di la estocada en una caja, y la pasé y saqué en la espada, y
me fui con ella. Quedáronse espantados de ver la traza y muertos de risa de
que el confitero decía que le mirasen, que sin duda le había herido y que era
un hombre con quien él había tenido palabras. Pero, volviendo los ojos,
como quedaron desbaratadas, al salir de la caja, las que estaban alrededor,
echó de ver la burla y empezó a santiguarse que no pensó acabar. Confieso
que nunca me supo cosa tan bien.
Decían los compañeros que yo solo podía sustentar la casa con lo que
corría, que es lo mismo que hurtar, en nombre revesado.[41] Yo, como era
muchacho y oía que me alababan el ingenio con que salía destas travesuras,
animábame para hacer muchas más. Cada día traía la pretina llena de jarras
de monjas, que les pedía para beber y me venía con ellas:[42] introduje que
no diesen nada sin prenda primero.[43]
Y, así, prometí a don Diego y a todos los compañeros de quitar una
noche las espadas a la mesma ronda.[44] Señalóse cuál había de ser, y
fuimos juntos, yo delante, y, en columbrando la justicia,[45] lleguéme con
otro de los criados de casa, muy alborotado, y dije:
—¿Justicia?
Respondieron:
—Sí.
—¿Es el corregidor?[46]
Dijeron que sí. Hinquéme de rodillas y dije:
—Señor, en sus manos de V. Md. está mi remedio y mi venganza, y
mucho provecho de la república. Mande V. Md. oírme dos palabras a solas,
si quiere una gran prisión.[47]
Apartóse; ya los corchetes estaban empuñando las espadas y los
alguaciles poniendo mano a las varitas.[48] Yo le dije:
—Señor, yo he venido desde Sevilla siguiendo seis hombres los más
facinorosos del mundo, todos ladrones y matadores de hombres, y entre
ellos viene uno que mató a mi madre y a un hermano mío por saltearlos,[49]
y le está probado esto. Y vienen acompañando, según los he oído decir, a
una espía francesa;[50] y aun sospecho por lo que les he oído, que es… —y,
bajando más la voz, dije— Antonio Pérez.[51]
Con esto, el corregidor dio un salto hacia arriba y dijo:
—¿Y dónde están?
—Señor, en la casa pública.[52] No se detenga V. Md., que las ánimas de
mi madre y hermano se lo pagarán en oraciones, y el Rey acá.
—¡Jesús! —dijo—, no nos detengamos. ¡Hola, seguidme todos! Dadme
una rodela.[53]
Yo entonces le dije, tornándole a apartar:
—Señor, perderse ha V. Md. si hace eso, porque antes importa que todos
V. Mds. entren sin espadas, y uno a uno, que ellos están en los aposentos y
traen pistoletes y, en viendo entrar con espadas, como saben que no la
puede traer sino la justicia,[54] dispararán. Con dagas es mejor, y cogerlos
por detrás los brazos, que demasiados vamos.[55]
Cuadróle al corregidor la traza, con la cudicia de la prisión. En esto
llegamos cerca, y el corregidor, advertido, mandó que debajo de unas
yerbas pusiesen todos las espadas escondidas en un campo que está enfrente
casi de la casa; pusiéronlas y caminaron. Yo, que había avisado al otro que
ellos dejarlas y él tomarlas y pescarse a casa fuese todo uno, hízolo así.[56]
Y, al entrar todos, quedéme atrás el postrero y, en entrando ellos mezclados
con otra gente que entraba, di cantonada y emboquéme por una callejuela
que va a dar a la Vitoria,[57] que no me alcanzara un galgo.
Ellos, que entraron y no vieron nada, porque no había sino estudiantes y
pícaros (que es todo uno), comenzaron a buscarme y, no hallándome,
sospecharon lo que fue; y yendo a buscar sus espadas, no hallaron media.
¿Quién contara las diligencias que hizo con el retor el corregidor?[58]
Aquella noche anduvieron todos los patios, reconociendo las caras y
mirando las armas. Llegaron a casa, y yo, porque no me conociesen, estaba
echado en la cama con un tocador y con una vela en la mano y un cristo en
la otra,[59] y un compañero clérigo ayudándome a morir, y los demás
rezando las letanías. Llegó el retor y la justicia y, viendo el espectáculo, se
salieron, no persuadiéndose que allí pudiera haber habido lugar para cosa.
No miraron nada, antes el retor me dijo un responso. Preguntó si estaba ya
sin habla, y dijéronle que sí; y, con tanto, se fueron desesperados de hallar
rastro, jurando el retor de remitirle si le topasen,[60] y el corregidor de
ahorcarle fuese quien fuese.[61] Levantéme de la cama, y hasta hoy no se ha
acabado de solenizar la burla en Alcalá.[62]
Y, por no ser largo, dejo de contar cómo hacía monte la plaza del
pueblo,[63] pues de cajones de tundidores y plateros y mesas de fruteras
(que nunca se me olvidara la afrenta de cuando fui rey de gallos) sustentaba
la chimenea de casa todo el año. Callo las pinsiones que tenía sobre los
habares, viñas y güertos en todo aquello de alrededor.[64] Con estas y otras
cosas, comencé a cobrar fama de travieso y agudo entre todos.
Favorecíanme los caballeros y apenas me dejaban servir a don Diego, a
quien siempre tuve el respeto que era razón por el mucho amor que me
tenía.

CAPÍTULO SÉTIMO
De la ida de don Diego, y nuevas de la muerte
de su padre y madre, y la resolución que tomó
en sus cosas para adelante
En este tiempo, vino a don Diego una carta de su padre, en cuyo pliego
venía otra de un tío mío llamado Alonso Ramplón,[1] hombre allegado a
toda virtud y muy conocido en Segovia por lo que era allegado a la justicia,
[2] pues cuantas allí se habían hecho de cuarenta años a esta parte han

pasado por sus manos. Verdugo era, si va a decir la verdad, pero una águila
en el oficio;[3] vérsele hacer daba gana a uno de dejarse ahorcar. Éste, pues,
me escribió una carta a Alcalá, desde Segovia, en esta forma:
«Hijo Pablos —que por el mucho amor que me tenía me llamaba así—:
[4]

»Las ocupaciones grandes desta plaza en que me tiene ocupado Su


Majestad no me han dado lugar a hacer esto; que si algo tiene malo el servir
al Rey, es el trabajo, aunque se desquita con esta negra honrilla de ser sus
criados.[5]
»Pésame de daros nuevas de poco gusto. Vuestro padre murió ocho días
ha con el mayor valor que ha muerto hombre en el mundo;[6] dígolo como
quien lo guindó.[7] Subió en el asno sin poner pie en el estribo.[8] Veníale el
sayo baquero que parecía haberse hecho para él.[9] Y, como tenía aquella
presencia, nadie le veía con los cristos delante que no le juzgase por
ahorcado.[10] Iba con gran desenfado, mirando a las ventanas y haciendo
cortesías a los que dejaban sus oficios por mirarle. Hízose dos veces los
bigotes.[11] Mandaba descansar a los confesores y íbales alabando lo que
decían bueno.
»Llegó a la N de palo,[12] puso el un pie en la escalera, no subió a gatas
ni despacio y, viendo un escalón hendido, volvióse a la justicia y dijo que
mandase aderezar aquél para otro, que no todos tenían su hígado.[13] No os
sabré encarecer cuán bien pareció a todos.
«Sentóse arriba,[14] tiró las arrugas de la ropa atrás, tomó la soga y
púsola en la nuez. Y viendo que el teatino le quería predicar,[15] vuelto a él,
le dijo:
»—Padre, yo lo doy por predicado; vaya un poco de Credo, y acabemos
presto, que no querría parecer prolijo.
»Hízose así. Encomendóme que le pusiese la caperuza de lado y que le
limpiase las barbas. Yo lo hice así. Cayó sin encoger las piernas ni hacer
gesto; quedó con una gravedad que no había más que pedir. Hícele cuartos
y dile por sepoltura los caminos.[16] Dios sabe lo que a mí me pesa de verle
en ellos, haciendo mesa franca a los grajos.[17] Pero yo entiendo que los
pasteleros desta tierra nos consolarán, acomodándole en los de a cuatro.[18]
»De vuestra madre, aunque está viva agora, casi os puedo decir lo
mismo, porque está presa en la Inquisición de Toledo, porque desenterraba
los muertos sin ser murmuradora.[19] Halláronla en su casa más piernas,
brazos y cabezas que en una capilla de milagros.[20] Y lo menos que hacía
era sobrevirgos y contrahacer doncellas.[21] Dicen que representará en un
auto el día de la Trinidad, con cuatrocientos de muerte.[22] Pésame que nos
deshonra a todos, y a mí principalmente, que, al fin, soy ministro del Rey, y
me están mal estos parentescos.
»Hijo, aquí ha quedado no sé qué hacienda escondida de vuestros
padres; será en todo hasta cuatrocientos ducados. Vuestro tío soy y lo que
tengo ha de ser para vos. Vista ésta, os podéis venir aquí, que, con lo que
vos sabéis de latín y retórica, seréis singular en el arte de verdugo.[23]
Respondedme luego, y, entre tanto, Dios os guarde».
No puedo negar que sentí mucho la nueva afrenta, pero holguéme en
parte: tanto pueden los vicios en los padres, que consuela de sus desgracias,
por grandes que sean, a los hijos.
Fuime corriendo a don Diego, que estaba leyendo la carta de su padre,
en que le mandaba que se fuese y que no me llevase en su compañía,
movido de las travesuras mías que había oído decir. Díjome que se
determinaba ir y todo lo que le mandaba su padre; que a él le pesaba de
dejarme —y a mí más—. Díjome que me acomodaría con otro caballero
amigo suyo para que le sirviese. Yo, en esto, riéndome, le dije:
—Señor, ya soy otro, y otros mis pensamientos; más alto pico, y más
autoridad me importa tener.[24] Porque, si hasta agora tenía como cada cual
mi piedra en el rollo, agora tengo mi padre.[25]
Declaréle cómo había muerto tan honradamente como el más estirado,
[26] cómo le trincharon y le hicieron moneda,[27] cómo me había escrito mi

señor tío, el verdugo, desto y de la prisioncilla de mama; que a él, como a


quien sabía quién yo soy, me pude descubrir sin vergüenza. Lastimóse
mucho y preguntóme que qué pensaba hacer. Dile cuenta de mis
determinaciones. Y, con tanto, al otro día, él se fue a Segovia harto triste, y
yo me quedé en la casa disimulando mi desventura.
Quemé la carta, porque, perdiéndoseme acaso, no la leyese alguien, y
comencé a disponer mi partida para Segovia con fin de cobrar mi hacienda
y conocer mis parientes, para huir dellos.
LIBRO SEGUNDO

CAPÍTULO PRIMERO
Del camino de Alcalá para Segovia, y de lo que
le sucedió en él hasta Rejas, donde
durmió aquella noche

Llegó el día de apartarme de la mejor vida que hallo haber pasado. Dios
sabe lo que sentí el dejar tantos amigos y apasionados,[1] que eran sin
número. Vendí lo poco que tenía, de secreto, para el camino y, con ayuda de
unos embustes, hice hasta seiscientos reales. Alquilé una mula y salíme de
la posada, adonde ya no tenía qué sacar más de mi sombra.[2] ¿Quién
contara las angustias del zapatero por lo fiado, las solicitudes del ama por el
salario, las voces del güésped de la casa por el arrendamiento? Uno decía:
—«¡Siempre me lo dijo el corazón!»; otro: —«¡Bien me decían a mí que
éste era un trampista!».[3] Al fin, yo salí tan bienquisto del pueblo, que dejé
con mi ausencia a la mitad dél llorando, y a la otra mitad riéndose de los
que lloraban.[4]
Yo me iba entretiniendo por el camino, considerando en estas cosas,
cuando, pasado Torote,[5] encontré con un hombre en un macho de albarda,
[6] el cual iba hablando entre sí con muy gran prisa y tan embebecido,[7]

que, aun estando a su lado, no me vía.[8] Saludéle y saludóme; preguntéle


dónde iba, y, después que nos pagamos las respuestas,[9] comenzamos luego
a tratar de si bajaba el turco y de las fuerzas del Rey.[10] Comenzó a decir de
qué manera se podía conquistar la Tierra Santa y cómo se ganaría Argel,[11]
en los cuales discursos eché de ver que era loco repúblico y de gobierno.[12]
Proseguimos en la conversación, propia de pícaros, y venimos a dar, de
una cosa en otra, en Flandes. Aquí fue ello que empezó a suspirar y a decir:
[13]
—Más me cuestan a mí esos estados que al Rey, porque ha catorce años
que ando con un arbitrio que, si como es imposible no lo fuera, ya estuviera
todo sosegado.
—¿Qué cosa puede ser —le dije yo— que, conviniendo tanto, sea
imposible y no se pueda hacer?
—¿Quién le dice a V. Md. —dijo luego— que no se puede hacer?
Hacerse puede, que ser imposible es otra cosa. Y si no fuera por dar
pesadumbre, le contara a V. Md. lo que es; pero allá se verá, que agora lo
pienso imprimir con otros trabajillos, entre los cuales le doy al Rey modo
de ganar a Ostende por dos caminos.[14]
Roguéle que me los dijese; y, al punto, sacando de las faldriqueras un
gran papel,[15] me mostró pintado el fuerte del enemigo y el nuestro, y dijo:
—Bien ve V. Md. que la dificultad de todo está en este pedazo de mar;
pues yo doy orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de allí.
Di yo con este desatino una gran risada,[16] y él entonces, mirándome a
la cara, me dijo:
—A nadie se lo he dicho que no haya hecho otro tanto, que a todos les
da gran contento.
—Ése tengo yo por cierto —le dije— de oír cosa tan nueva y tan bien
fundada. Pero advierta V. Md. que ya que chupe el agua que hubiere
entonces, tornará luego la mar a echar más.
—No hará la mar tal cosa, que lo tengo yo eso muy apurado —me
respondió— y no hay que tratar;[17] fuera de que yo tengo pensada una
invención para hundir la mar por aquella parte doce estados.[18]
No le osé replicar de miedo que me dijese que tenía arbitrio para tirar el
cielo acá bajo. No vi en mi vida tan gran orate. Decíame que Joanelo no
había hecho nada,[19] que él trazaba agora de subir toda el agua de Tajo a
Toledo de otra manera más fácil.
Y sabido lo que era,[20] dijo que por ensalmo:[21] ¡mire V. Md. quién tal
oyó en el mundo! Y, al cabo, me dijo:
—Y no lo pienso poner en ejecución, si primero el Rey no me da una
encomienda,[22] que la puedo tener muy bien y tengo una ejecutoria muy
honrada.[23]
Con estas pláticas y desconciertos, llegamos a Torrejón,[24] donde se
quedó, que venía a ver una parienta suya. Yo pasé adelante, pereciéndome
de risa de los arbitrios en que ocupaba el tiempo, cuando, Dios y
enhorabuena,[25] desde lejos vi una mula suelta y un hombre junto a ella a
pie, que, mirando a un libro, hacía unas rayas que medía con un compás.
Daba vueltas y saltos a un lado y a otro y, de rato en rato, poniendo un dedo
encima de otro, hacía con ellos mil cosas saltando. Yo confieso que entendí
por gran rato (que me paré desde lejos a vello) que era encantador y casi no
me determinaba a pasar.[26] Al fin, me determiné, y, llegando cerca,
sintióme, cerró el libro, y, al poner el pie en el estribo, resbalósele y cayó.
Levantéle, y díjome:
—No tomé bien el medio de proporción para hacer la circumferencia al
subir.[27]
Yo no le entendí lo que me dijo y luego temí lo que era, porque más
desatinado hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntóme si iba a Madrid
por línea recta o si iba por camino circumflejo. Yo, aunque no lo entendí, le
dije que circumflejo. Preguntóme cúya era la espada que llevaba al lado.[28]
Respondíle que mía, y, mirándola, dijo:
—Esos gavilanes habían de ser más largos, para reparar los tajos que se
forman sobre el centro de las estocadas.[29]
Y empezó a meter una parola tan grande,[30] que me forzó a preguntarle
qué materia profesaba.[31] Díjome que él era diestro verdadero y que lo
haría bueno en cualquiera parte.[32] Yo, movido a risa, le dije:
—Pues, en verdad, que por lo que yo vi hacer a V. Md. en el campo
denantes, que más le tenía por encantador, viendo los círculos.[33]
—Eso —me dijo— era que se me ofreció una treta por el cuarto círculo
con el compás mayor,[34] continuando la espada para matar sin confesión al
contrario, porque no diga quién lo hizo, y estaba poniéndolo en términos de
matemática.
—¿Es posible —le dije yo— que hay matemática en eso?
—No solamente matemática —dijo—, mas teología, filosofía, música y
medicina.[35]
—Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa arte.[36]
—No os burléis —me dijo—, que agora aprendo yo la limpiadera contra
la espada, haciendo los tajos mayores, que comprehenden en sí las aspírales
de la espada.
—No entiendo cosa de cuantas me decís, chica ni grande.
—Pues este libro las dice —me respondió—, que se llama Grandezas
de la espada,[37] y es muy bueno y dice milagros; y, para que lo creáis, en
Rejas, que dormiremos esta noche, con dos asadores me veréis hacer
maravillas.[38] Y no dudéis que cualquiera que leyere en este libro matará a
todos los que quisiere.
—U ese libro enseña a ser pestes a los hombres u le compuso algún
dotor.[39]
—¿Cómo dotor? Bien lo entiende —me dijo—, es un gran sabio, y aun
estoy por decir más.[40]
En estas pláticas, llegamos a Rejas. Apeámonos en una posada, y, al
apearnos, me advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso con
las piernas y que, reduciéndolas a líneas paralelas, me pusiese perpendicular
en el suelo. El güésped, que me vio reír y le vio, preguntóme que si era
indio aquel caballero, que hablaba de aquella suerte. Pensé con esto perder
el juicio. Llegóse luego al güesped y díjole:
—Señor, déme dos asadores para dos o tres ángulos,[41] que al momento
se los volveré.
—¡Jesús! —dijo el güesped—, déme V. Md. acá los ángulos, que mi
mujer los asará; aunque aves son que no las he oído nombrar.
—¡Qué! ¡No son aves! —dijo volviéndose a mí—. Mire V. Md. lo que
es no saber. Déme los asadores, que no los quiero sino para esgrimir; que
quizá le valdrá más lo que me viere hacer hoy, que todo lo que ha ganado en
su vida.
En fin, los asadores estaban ocupados, y hubimos de tomar dos
cucharones. No se ha visto cosa tan digna de risa en el mundo. Daba un
salto y decía:
—Con este compás alcanzo más y gano los grados del perfil.[42] Ahora
me aprovecho del movimiento remiso para matar el natural.[43] Ésta había
de ser cuchillada; y éste, tajo.[44]
No llegaba a mí desde una legua y andaba alrededor con el cucharón; y,
como yo me estaba quedo, parecían tretas contra olla que se sale.[45] Díjome
al fin:
—Esto es lo bueno, y no las borracherías que enseñan estos bellacos
maestros de esgrima, que no saben sino beber.
No lo había acabado de decir, cuando de un aposento salió un mulatazo
mostrando las presas,[46] con un sombrero enjerto en guardasol y un coleto
de ante debajo de una ropilla suelta y llena de cintas,[47] zambo de piernas a
lo águila imperial,[48] la cara con un per signum crucis de inimicis suis,[49]
la barba de ganchos con unos bigotes de guardamano,[50] y una daga con
más rejas que un locutorio de monjas.[51] Y, mirando al suelo, dijo:
—Yo soy examinado y traigo la carta,[52] y, por el sol que calienta los
panes,[53] que haga pedazos a quien tratare mal a tanto buen hijo como
profesa la destreza.
Yo, que vi la ocasión, metíme en medio, y dije que no hablaba con él, y
que así no tenía por qué picarse.
—Meta mano a la blanca,[54] si la trai,[55] y apuremos cuál es verdadera
destreza,[56] y déjese de cucharones.
El pobre de mi compañero abrió el libro y dijo en altas voces: —Este
libro lo dice, y está impreso con licencia del Rey, y yo sustentaré que es
verdad lo que dice, con el cucharón y sin el cucharón, aquí y en otra parte,
y, si no, midámoslo.
Y sacó el compás y empezó a decir: —«Este ángulo es obtuso…». Y
entonces el maestro sacó la daga y dijo:
—Yo no sé quién es Angulo ni Obtuso, ni en mi vida oí decir tales
hombres; pero, con ésta en la mano, le haré yo pedazos.
Acometió al pobre diablo, el cual empezó a huir, dando saltos por la
casa, diciendo: —«No me puede dar, que le he ganado los grados del
perfil».[57] Metímoslos en paz el güésped y yo y otra gente que había,
aunque de risa no me podía mover.
Metieron al buen hombre en su aposento, y a mí con él. Cenamos y
acostámonos todos los de la casa. Y, a las dos de la mañana, levántase en
camisa y empieza a andar a escuras por el aposento, dando saltos y diciendo
en lengua matemática mil disparates. Despertóme a mí y, no contento con
esto, bajó al güésped para que le diese luz, diciendo que había hallado
objeto fijo a la estocada sagita por la cuerda.[58] El güésped se daba a los
diablos de que lo despertase, y tanto lo molestó, que le llamó loco.[59] Y con
esto, se subió y me dijo que, si me quería levantar, vería la treta tan famosa
que había hallado contra el turco y sus alfanjes.[60] Y decía que luego se la
quería ir a enseñar al Rey, por ser en favor de los católicos.
En esto, amaneció. Vestímonos todos, pagamos la posada, hicímoslos
amigos a él y al maestro, el cual se apartó diciendo que el libro que alegaba
mi compañero era bueno, pero que hacía más locos que diestros, porque los
más no le entendían.

CAPÍTULO SEGUNDO
De lo que le sucedió hasta llegar a Madrid, con un poeta

Yo tomé mi camino para Madrid, y él se despidió de mí por ir diferente


jornada.[1] Y ya que estaba apartado,[2] volvió con gran prisa y, llamándome
a voces, estando en el campo, donde no nos oía nadie, me dijo al oído:
—Por vida de V. Md., que no diga nada de todos los altísimos secretos
que le he comunicado en materia de destreza y guárdelo para sí, pues tiene
buen entendimiento.
Yo le prometí de hacerlo. Tornóse a partir de mí, y yo empecé a reírme
del secreto tan gracioso.
Con esto, caminé más de una legua que no topé persona.[3] Iba yo entre
mí pensando en las muchas dificultades que tenía para profesar honra y
virtud,[4] pues había menester tapar, primero, la poca de mis padres y, luego,
[5] tener tanta, que me desconociesen por ella.[6] Y parecíanme a mí tan bien

estos pensamientos honrados,[7] que yo me los agradecía a mí mismo. Decía


a solas: —«Más se me ha de agradecer a mí, que no he tenido de quien
aprender virtud, ni a quien parecer en ella, que al que la hereda de sus
agüelos».[8]
En estas razones y discursos iba,[9] cuando topé un clérigo muy viejo en
una mula, que iba camino de Madrid. Trabamos plática, y luego me
preguntó que de dónde venía. Yo le dije que de Alcalá.
—Maldiga Dios —dijo él— tan mala gente como hay en ese pueblo,
pues falta entre todos un hombre de discurso.[10]
Preguntéle que cómo o por qué se podía decir tal de lugar donde asistían
tantos doctos varones. Y él, muy enojado, dijo:
—¿Doctos? Yo le diré a V. Md. qué tan doctos; que habiendo más de
catorce años que hago yo en Majalahonda, donde he sido sacristán,[11] las
chanzonetas al Corpus y al Nacimiento,[12] no me premiaron en el cartel
unos cantarcicos;[13] y, porque vea V. Md. la sinrazón,[14] se los he de leer,
que yo sé que se holgará.
Y, diciendo y haciendo,[15] desenvainó una retahíla de coplas
pestilenciales; y por la primera, que era ésta, se conocerán las demás:

Pastores, ¿no es lindo chiste,[16]


que es hoy el señor San Corpus Christe?
Hoy es el día de las danzas
en que el Cordero sin mancilla
tanto se humilla,
que visita nuestras panzas
y, entre estas bienaventuranzas,
entra en el humano buche.
Suene el lindo sacabuche,[17]
pues nuestro bien consiste.
Pastores, ¿no es lindo chiste?

—¿Qué pudiera decir más —me dijo— el mismo inventor de los


chistes? Mire qué misterios encierra aquella palabra pastores: ¡más me
costó de un mes de estudio!
Yo no pude con esto tener la risa, que a borbollones se me salía por los
ojos y narices,[18] y, dando una gran carcajada, dije:
—¡Cosa admirable! Pero sólo reparo en que llama V. Md. señor San
Corpus Christe. Y Corpus Christi no es santo, sino el día de la institución
del Sacramento.[19]
—¡Qué lindo es eso! —me respondió, haciendo burla—; yo le daré en el
calendario,[20] y está canonizado, y apostaré a ello la cabeza.
No pude porfiar, perdido de risa de ver la suma inorancia. Antes le dije
cierto que eran dignas de cualquier premio y que no había oído cosa tan
graciosa en mi vida.[21]
—¿No? —dijo al mismo punto—, pues oya V. Md. un pedacito de un
librillo que tengo hecho a las once mil vírgines, adonde a cada una he
compuesto cincuenta otavas,[22] cosa rica.
Yo, por escusarme de oír tanto millón de otavas, le supliqué que no me
dijese cosa a lo divino.[23] Y así, me comenzó a recitar una comedia que
tenía más jornadas que el camino de Jerusalén.[24] Decíame: —«Hícela en
dos días, y éste es el borrador». Y sería hasta cinco manos de papel.[25] El
título era El arca de Noé.[26] Hacíase toda entre gallos y ratones, jumentos,
raposas, lobos y jabalíes, como fábulas de Isopo.[27] Yo le alabé la traza y la
invención,[28] a lo cual me respondió:
—Ello cosa mía es, pero no se ha hecho otra tal en el mundo, y la
novedad es más que todo; y, si yo salgo con hacerla representar, será cosa
famosa.
—¿Cómo se podrá representar —le dije yo—, si han de entrar los
mismos animales, y ellos no hablan?
—Ésa es la dificultad; que, a no haber ésa, ¿había cosa más alta? Pero
yo tengo pensado de hacerla toda de papagayos, tordos y picazas,[29] que
hablan, y meter para el entremés monas.
—Por cierto, alta cosa es ésa.
—Otras más altas he hecho yo —dijo— por una mujer a quien amo. Y
vea aquí novecientos y un sonetos y doce redondillas —que parecía que
contaba escudos por maravedís—[30] hechos a las piernas de mi dama.[31]
Yo le dije que si se las había visto él; y díjome que no había hecho tal
por las órdenes que tenía, pero que iban en profecía los concetos.[32]
Yo confieso la verdad: que, aunque me holgaba de oírle, tuve miedo a
tantos versos malos y así comencé a echar la plática a otras cosas.[33]
Decíale que veía liebres, y él saltaba: —«Pues empezaré por uno donde la
comparo a ese animal»; y empezaba luego. Y yo, por divertirle,[34] decía:
—«¿No ve V. Md. aquella estrella que se ve de día?». A lo cual, dijo:
—«En acabando éste, le diré el soneto treinta, en que la llamo estrella;[35]
que no parece sino que sabe los intentos dellos».[36]
Afligíme tanto con ver que no podía nombrar cosa a quél no hubiese
hecho algún disparate, que, cuando vi que llegábamos a Madrid, no cabía de
contento, entendiendo que de vergüenza callaría; pero fue al revés, porque,
por mostrar lo que era, alzó la voz en entrando por la calle. Yo le supliqué
que lo dejase, poniéndole por delante que, si los niños olían poeta, no
quedaría troncho que no se viniese por sus pies tras nosotros, por estar
declarados por locos en una premática que había salido contra ellos de uno
que lo fue y se recogió a buen vivir.[37] Pidióme que se la leyese si la tenía,
muy congojado. Prometí de hacerlo en la posada. Fuímonos a una, donde él
se acostumbraba apear, y hallamos a la puerta más de doce ciegos. Unos le
conocieron por el olor, y otros por la voz. Diéronle una barahúnda de
bienvenido; abrazólos a todos, y luego empezaron unos a pedirle oración
para el Justo Juez en verso grave y sonoro, tal que provocase a gestos;[38]
otros pidieron de las ánimas. Y por aquí discurrió, recibiendo ocho reales de
señal de cada uno. Despidiólos y díjome:
—Más me han de valer de trecientos reales los ciegos,[39] y así, con
licencia de V. Md., me recogeré agora un poco para hacer alguna dellas, y,
en acabando de comer, oiremos la premática.
¡Oh vida miserable! Pues ninguna lo es más que la de los locos que
ganan de comer con los que lo son.[40]

CAPÍTULO TERCERO
De lo que hizo en Madrid, y lo que le sucedió
hasta llegar a Cercedilla, donde durmió
Recogióse un rato a estudiar herejías y necedades para los ciegos. Entre
tanto, se hizo hora de comer. Comimos, y luego pidióme que le leyese la
premática. Yo, por no haber otra cosa que hacer, la saqué y se la leí. La cual
pongo aquí por haberme parecido aguda y conveniente a lo que se quiso
reprehender en ella. Decía en este tenor:
Premática del desengaño
contra los poetas güeros, chirles y hebenes[1]

Diole al sacristán la mayor risa del mundo y dijo:


—¡Hablara yo para mañana![2] Por Dios, que entendí que hablaba
conmigo, y es sólo contra los poetas hebenes.
Cayóme a mí muy en gracia oírle decir esto, como si él fuera muy
albillo o moscatel.[3] Dejé el prólogo y comencé el primer capítulo, que
decía:
«Atendiendo a que este género de sabandijas que llaman poetas son
nuestros prójimos y cristianos,[4] aunque malos; viendo que todo el año
adoran cejas, dientes, listones y zapatilla[5] haciendo otros pecados más
inormes, mandamos que la Semana Santa recojan a todos los poetas
públicos y cantoneros como a malas mujeres, y que los prediquen,[6]
sacando cristos para convertirlos.[7] Y para esto señalamos casas de
arrepentidos.
»Iten, advirtiendo los grandes buchornos que hay en las caniculares y
nunca anochecidas coplas de los poetas de sol, como pasas a fuerza de los
soles y estrellas que gastan en hacerlas,[8] les ponemos perpetuo silencio en
las cosas del cielo, señalando meses vedados a las musas, como a la caza y
pesca, porque no se agoten con la prisa que las dan.
»Iten, habiendo considerado que esta seta infernal de hombres
condenados a perpetuo conceto,[9] despedazadores del vocablo y
volteadores de razones han pegado el dicho achaque de poesía a las
mujeres,[10] declaramos que nos tenemos por desquitados con este mal que
las hemos hecho del que nos hicieron en la manzana. Y, por cuanto el siglo
está pobre y necesitado,[11] mandamos quemar las coplas de los poetas,
como franjas viejas,[12] para sacar el oro, plata y perlas, pues en los más
versos hacen sus damas de todos metales, como estatuas de Nabuco».[13]
Aquí no lo pudo sufrir el sacristán y, levantándose en pie, dijo:
—¡Mas no, sino quitarnos las haciendas! No pase V. Md. adelante, que
sobre eso pienso ir al Papa y gastar lo que tengo. Bueno es que yo, que soy
eclesiástico, había de padecer ese agravio. Yo probaré que las coplas del
poeta clérigo no están sujetas a tal premática y luego quiero irlo a averiguar
ante la justicia.[14]
En parte me dio gana de reír, pero, por no detenerme, que se me hacía
tarde, le dije:
—Señor, esta premática es hecha por gracia, que no tiene fuerza ni
apremia, por estar falta de autoridad.
—¡Pecador de mí! —dijo muy alborotado—; avisara V. Md. y
hubiérame ahorrado la mayor pesadumbre del mundo. ¿Sabe V. Md. lo que
es hallarse un hombre con ochocientas mil coplas de contado y oír eso?[15]
Prosiga V. Md., y Dios le perdone el susto que me dio.
Proseguí diciendo:
«Iten, advirtiendo que, después que dejaron de ser moros —aunque
todavía conservan algunas reliquias—,[16] se han metido a pastores, por lo
cual andan los ganados flacos de beber sus lágrimas, chamuscados con sus
ánimas encendidas, y tan embebecidos en su música, que no pacen,[17]
mandamos que dejen el tal oficio, señalando ermitas a los amigos de
soledad, y a los demás, por ser oficio alegre y de pullas, que se acomoden
en mozos de mulas».[18]
—¡Algún puto, cornudo, bujarrón y judío —dijo en altas voces—
ordenó tal cosa![19] Y si supiera quién era, yo le hiciera una sátira con tales
coplas, que le pesara a él y a todos cuantos las vieran de verlas. ¡Miren qué
bien le estaría a un hombre lampiño como yo la ermita![20] ¡O a un hombre
vinajeroso y sacristando,[21] ser mozo de mulas! Ea, señor, que son grandes
pesadumbres ésas.
—Ya le he dicho a V. Md. —repliqué— que son burlas y que las oiga
como tales.
Proseguí diciendo que por estorbar los grandes hurtos, mandábamos que
no se pasasen coplas de Aragón a Castilla, ni de Italia a España,[22] so pena
de andar bien vestido el poeta que tal hiciese y, si reincidiese, de andar
limpio un hora. Esto le cayó muy en gracia, porque traía él una sotana con
canas, de puro vieja, y con tantas cazcarrias,[23] que, para enterrarle, no era
menester más de estregársela encima. El manteo,[24] se podían estercolar
con él dos heredades.
Y así, medio riendo, le dije que mandaban también tener entre los
desesperados que se ahorcan y despeñan y que, como a tales,[25] no las
enterrasen en sagrado, a las mujeres que se enamoran de poeta a secas.[26] Y
que, advirtiendo a la gran cosecha de redondillas, canciones y sonetos que
había habido en estos años fértiles, mandaban que los legajos que por sus
deméritos escapaban de las especerías fuesen a las necesarias sin apelación.
[27] Y, por acabar, llegué al postrer capítulo, que decía así:

«Pero advirtiendo, con ojos de piedad, a que hay tres géneros de gentes
en la república tan sumamente miserables, que no pueden vivir sin los tales
poetas, como son farsantes,[28] ciegos y sacristanes, mandamos que pueda
haber algunos oficiales públicos desta arte, con tal que puedan tener carta
de examen de los caciques de los poetas que fueren en aquellas partes,[29]
limitando a los poetas de farsantes que no acaben los entremeses con palos
ni diablos,[30] ni las comedias en casamientos,[31] ni hagan las trazas con
papeles o cintas.[32] Y a los de ciegos, que no sucedan en Tetuán los casos,
[33] desterrándoles estos vocablos: cristián, amada, humanal y pundonores;
[34] y mandándoles que, para decir la presente obra, no digan zozobra.[35] Y

a los de sacristanes, que no hagan los villancicos con Gil ni Pascual,[36] que
no jueguen del vocablo,[37] ni hagan los pensamientos de tornillo,[38] que,
mudándoles el nombre, se vuelvan a cada fiesta.
»Y, finalmente, mandamos a todos los poetas en común que se descarten
de Júpiter,[39] Venus, Apolo y otros dioses, so pena de que los tendrán por
abogados a la hora de su muerte».
A todos los que oyeron la premática pareció cuanto bien se puede decir,
y todos me pidieron traslado de ella.[40] Sólo el sacristanejo empezó a jurar
por vida de las vísperas solenes, introibo y Chiries,[41] que era sátira contra
él, por lo que decía de los ciegos, y que él sabía mejor lo que había de hacer
que naide. Y últimamente dijo: —«Hombre soy yo que he estado en un
aposento con Liñán y he comido más de dos veces con Espinel».[42] Y que
había estado en Madrid tan cerca de Lope de Vega como lo estaba de mí,[43]
y que había visto a don Alonso de Ercilla mil veces,[44] y que tenía en su
casa un retrato del divino Figueroa,[45] y que había comprado los
greguescos que dejó Padilla cuando se metió fraile, y que hoy día los traía,
y malos.[46] Enseñólos, y dioles esto a todos tanta risa, que no querían salir
de la posada.
Al fin, ya eran las dos, y, como era forzoso el camino, salimos de
Madrid. Yo me despedí dél, aunque me pesaba, y comencé a caminar para
el puerto.[47] Quiso Dios que, porque no fuese pensando en mal, me topase
con un soldado. Iba en cuerpo y en alma:[48] el cuello en el sombrero, los
calzones vueltos, la camisa en la espada, la espada al hombro, los zapatos
en la faldriquera, alpargates y medias de lienzo,[49] sus frascos en la pretina
y un poco de órgano en cajas de hoja de lata para papeles.[50] Luego
trabamos plática.[51] Preguntóme si venía de la Corte. Dije que de paso
había estado en ella.
—No está para más —dijo luego—, que es pueblo para gente ruin. Más
quiero, ¡voto a Cristo!, estar en un sitio, la nieve a la cinta,[52] hecho un
reloj,[53] comiendo madera, que sufriendo las supercherías que se hacen a
un hombre de bien.[54] Y en llegando a ese lugarcito del diablo, nos remiten
a la sopa y al coche de los pobres en San Felipe,[55] donde cada día, en
corrillos, se hace Consejo de Estado y guerra en pie y desabrigada.[56] Y en
vida nos hacen soldados en pena por los cimenterios;[57] y, si pedimos
entretenimiento, nos envían a la comedia, y, si ventajas, a los jugadores.[58]
Y, con esto, comidos de piojos y güéspedas, nos volvemos en este pelo a
rogar a los moros y herejes con nuestros cuerpos.[59]
A esto le dije yo que advirtiese que en la Corte había de todo, y que
estimaban mucho a cualquier hombre de suerte.
—¿Qué estiman? —dijo muy enojado—, si he estado yo ahí seis meses
pretendiendo una bandera,[60] tras veinte años de servicios y haber perdido
mi sangre en servicio del Rey, como lo dicen estas heridas.
Y quiso desatacarse;[61] y dije:
—Señor mío, desatacarse más es brindar a puto que enseñar heridas.[62]
Creo que pretendía introducir en picazos algunas almorranas.[63] Luego,
en los calcañares,[64] me enseñó otras dos señales, y dijo que eran balas; y
yo saqué, por otras dos mías que tengo, que habían sido sabañones. Y las
balas pocas veces se andan a roer zancajos.[65] Estaba derrengado de algún
palo que le dieron porque se dormía haciendo guarda y decía que era de un
astillazo.[66] Quitóse el sombrero y mostróme el rostro: calzaba diez y seis
puntos de cara,[67] que tantos tenía en una cuchillada que le partía las
narices. Tenía otros tres chirlos,[68] que se la volvían mapa a puras líneas.
—Éstas me dieron —dijo— defendiendo a París,[69] en servicio de Dios
y del Rey, por quien veo trinchado mi gesto;[70] y no he recibido sino
buenas palabras, que agora tienen lugar de malas obras. Lea estos papeles
—me dijo—, por vida del licenciado; que no ha salido en campaña, ¡voto a
Cristo!, hombre, ¡vive Dios!, tan señalado.[71]
Y decía verdad, porque lo estaba a puros golpes. Comenzó a sacar
cañones de hoja de lata y a enseñarme papeles,[72] que debían de ser de otro
a quien había tomado el nombre. Yo los leí y dije mil cosas en su alabanza y
que el Cid ni Bernardo no habían hecho lo que él.[73] Saltó en esto y dijo:
—¿Cómo lo que yo?, ¡voto a Dios!, ni lo que García de Paredes, Julián
Romero y otros hombres de bien,[74] ¡pese al diablo! Sé que entonces no
había artillería, ¡voto a Dios!, que no hubiera Bernardo para un hora en este
tiempo.[75] Pregunte V. Md. en Flandes por la hazaña del Mellado y verá lo
que le dicen.[76]
—¿Es V. Md., acaso? —le dije yo.
Y él respondió:
—¿Pues qué otro? ¿No me ve la mella que tengo en los dientes? No
tratemos desto, que parece mal alabarse el hombre.[77]
Yendo en estas conversaciones, topamos en un borrico un ermitaño con
una barba tan larga,[78] que hacía lodos con ella,[79] macilento y vestido de
paño pardo.[80] Saludamos con el Deo gracias acostumbrado, y empezó a
alabar los trigos y, en ellos, la misericordia del Señor. Saltó el soldado y
dijo:
—¡Ah, padre!, más espesas he visto yo las picas sobre mí; y, ¡voto a
Cristo!, que hice en el saco de Amberes lo que pude,[81] ¡sí juro a Dios!
El ermitaño le reprehendió que no jurase tanto, a lo cual dijo:
—Padre, bien se echa de ver que no es soldado, pues me reprehende mi
propio oficio.[82]
Diome a mí gran risa de ver en lo que ponía la soldadesca, y eché de ver
que era algún picarón gallina,[83] porque ya entre soldados no hay
costumbre más aborrecida de los de más importancia, cuando no de todos.
El ermitaño le dijo:
—Y ¿dónde dejó V. Md. el saco de Amberes, que ése me parece de las
Navas, y que sería de más abrigo el de Amberes?[84]
Rióse mucho el soldado de la pregunta, y el ermitaño de su desnudez. Y,
con tanto, llegamos a la falda del puerto, el ermitaño rezando el rosario en
una carga de leña hecha bolas, de manera que, a cada avemaría, sonaba un
cabe.[85] El soldado iba comparando las peñas a los castillos que había visto
y mirando cuál lugar era fuerte y adónde se había de plantar la artillería. Yo
iba mirando tanto el rosariazo del ermitaño, con las cuentas frisonas,[86]
como la espada del soldado.
—¡Oh, cómo volaría yo con pólvora gran parte deste puerto —decía—
y hiciera buena obra a los caminantes!
—No hay tal como hacer buenas obras —decía el santero, y pujaba un
suspiro por remate. Iba entre sí rezando a silbos oraciones de culebra.[87]
En estas cosas divertidos,[88] llegamos a Cercedilla.[89] Entramos en la
posada todos tres juntos, ya anochecido. Mandamos aderezar la cena —era
viernes— y, entre tanto, el ermitaño dijo:
—Entretengámonos un rato, que la ociosidad es madre de los vicios;
juguemos avemarías.[90]
Y dejó caer de la manga el descuadernado.[91] Diome a mí gran risa el
ver aquello, considerando en las cuentas. El soldado dijo:
—No, sino juguemos hasta cien reales que yo traigo, en amistad.
Yo, cudicioso, dije que jugaría otros tantos; y el ermitaño, por no hacer
mal tercio, acetó y dijo que allí llevaba el aceite de la lámpara,[92] que eran
hasta ducientos reales. Yo confieso que pensé ser su lechuza y bebérsele,[93]
pero ansí le sucedan todos sus intentos al turco.
Fue el juego al parar,[94] y lo bueno fue que dijo que no sabía el juego y
hizo que se le enseñásemos. Dejónos el bienaventurado hacer dos manos y
luego nos la dio tal, que no dejó blanca en la mesa.[95] Heredónos en vida.
[96] Retiraba el ladrón con las ancas de la mano,[97] que era lástima. Perdía

una sencilla y acertaba doce maliciosas.[98] El soldado echaba a cada suerte


doce votos y otros tantos peses, aforrados en por vidas. Yo me comí las
uñas, y el fraile ocupaba las suyas en mi moneda.[99] No dejaba santo que
no llamaba. Nuestras cartas eran como el Mesías, que nunca venían y las
aguardábamos siempre.[100]
Acabó de pelarnos.[101] Quisímosle jugar sobre prendas, y él, tras
haberme ganado a mí seiscientos reales, que era lo que llevaba, y al soldado
los ciento, dijo que aquello era entretenimiento, y que éramos prójimos, y
que no había de tratar de otra cosa.
—No juren —decía—, que a mí, porque me encomendaba a Dios, me
ha sucedido bien.
Y como nosotros no sabíamos la habilidad que tenía de los dedos a la
muñeca, creímoslo, y el soldado juró de no jurar más, y yo de la misma
suerte.
—¡Pesia tal! —decía el pobre alférez (que él me dijo entonces que lo
era)—, entre luteranos y moros me he visto, pero no he padecido tal
despojo.
Él se reía a todo esto. Tornó a sacar el rosario para rezar. Yo, que no
tenía ya blanca, pedíle que me diese de cenar y que pagase hasta Segovia la
posada por los dos, que íbamos in puribus.[102] Prometió hacerlo. Metióse
sesenta güevos;[103] ¡no vi tal en mi vida! Dijo que se iba a acostar.
Dormimos todos en una sala con otra gente que estaba allí, porque los
aposentos estaban tomados para otros. Yo me acosté con harta tristeza; y el
soldado llamó al güésped y le encomendó sus papeles, en las cajas de lata
que los traía, y un envoltorio de camisas jubiladas. Acostámonos. El padre
se persinó, y nosotros nos santiguamos dél. Durmió; yo estuve desvelado,
trazando cómo quitarle el dinero; el soldado hablaba entre sueños de los
cien reales, como si no estuvieran sin remedio.
Hízose hora de levantar. Pedí yo luz muy aprisa. Trujéronla, y el
güésped, el envoltorio al soldado y olvidáronsele los papeles. El pobre
alférez hundió la casa a gritos, pidiendo que le diese los servicios. El
güésped se turbó y, como todos decíamos que se los diese, fue corriendo y
trujo tres bacines, diciendo:
—He ahí para cada uno el suyo. ¿Quieren más servicios?[104] —que él
entendió que nos habían dado cámaras.[105]
Aquí fue ella que se levantó el soldado con la espada tras el güésped,
[106] en camisa, jurando que le había de matar porque hacía burla dél, que se

había hallado en la Naval,[107] San Quintín y otras,[108] trayendo servicios


en lugar de los papeles que le había dado. Todos salimos tras él a tenerle y
aun no podíamos. Decía el güésped:
—Señor, su merced pidió servicios; yo no estoy obligado a saber que,
en lengua soldada, se llaman así los papeles de las hazañas.
Apaciguámoslos y tornamos al aposento. El ermitaño, receloso, se
quedó en la cama, diciendo que le había hecho mal el susto. Pagó por
nosotros, y salímonos del pueblo para el puerto, enfadados del término del
ermitaño y de ver que no le habíamos podido quitar el dinero.
Topamos con un ginovés, digo con uno destos antecristos de las
monedas de España,[109] que subía el puerto con un paje detrás, y él con su
guardasol, muy a lo dineroso. Trabamos conversación con él. Todo lo
llevaba a materia de maravedís, que es gente que naturalmente nació para
bolsas. Comenzó a nombrar a Visanzón y si era bien dar dineros o no a
Visanzón;[110] tanto, que el soldado y yo le preguntamos que quién era
aquel caballero. A lo cual respondió, riéndose:
—Es un pueblo de Italia,[111] donde se juntan los hombres de negocios,
que acá llamamos fulleros de pluma,[112] a poner los precios por donde se
gobierna la moneda.
De lo cual sacamos que en Visanzón se lleva el compás a los músicos de
uña.[113] Entretúvonos el camino contando que estaba perdido porque había
quebrado un cambio que le tenía más de sesenta mil escudos.[114] Y todo lo
juraba por su conciencia; aunque yo pienso que conciencia en mercader es
como virgo en cantonera,[115] que se vende sin haberle. Nadie, casi, tiene
conciencia, de todos los deste trato, porque, como oyen decir que muerde
por muy poco, han dado en dejarla con el ombligo en naciendo.
En estas pláticas, vimos los muros de Segovia, y a mí se me alegraron
los ojos, a pesar de la memoria, que, con los sucesos de Cabra, me
contradecía el contento. Llegué al pueblo y, a la entrada, vi a mi padre en el
camino, aguardando ir en bolsas, hecho cuartos,[116] a Josafad.[117]
Enternecíme y entré algo desconocido de cómo salí, con punta de barba,
bien vestido.
Dejé la compañía y, considerando en quién conocería a mi tío, fuera del
rollo,[118] mejor en el pueblo, no hallé nadie de quien echar mano.
Lleguéme a mucha gente a preguntar por Alonso Ramplón, y nadie me daba
razón dél, diciendo que no le conocían. Holgué mucho de ver tantos
hombres de bien en mi pueblo, cuando, estando en esto, oí al precursor de la
penca hacer de garganta y a mi tío de las suyas.[119] Venía una procesión de
desnudos, todos descaperuzados, delante de mi tío, y él, muy haciéndose de
pencas,[120] con una en la mano, tocando un pasacalles públicas en las
costillas de cinco laúdes, sino que llevaban sogas por cuerdas. Yo, que
estaba notando esto con un hombre a quien había dicho, preguntando por él,
que era yo un gran caballero, veo a mi buen tío que, echando en mí los ojos
—por pasar cerca—, arremetió a abrazarme, llamándome sobrino. Penséme
morir de vergüenza. No volví a despedirme de aquel con quien estaba.
Fuime con él, y díjome:
—Aquí te podrás ir mientras cumplo con esta gente;[121] que ya vamos
de vuelta, y hoy comerás conmigo.
Yo, que me vi a caballo y que en aquella sarta parecería punto menos de
azotado, dije que le aguardaría allí. Y así, me aparté tan avergonzado, que, a
no depender dél la cobranza de mi hacienda, no lo hablara más en mi vida
ni pareciera entre gentes.
Acabó de repasarles las espaldas, volvió y llevóme a su casa, donde me
apeé y comimos.
CAPÍTULO CUARTO
Del hospedaje de su tío, y visitas, la cobranza
de su hacienda y vuelta a la Corte

Tenía mi buen tío su alojamiento junto al matadero, en casa de un aguador.


Entramos en ella, y díjome: —«No es alcázar la posada,[1] pero yo os
prometo,[2] sobrino, que es a propósito para dar expediente a mis negocios».
[3] Subimos por una escalera, que sólo aguardé a ver lo que me sucedía en lo

alto, para si se diferenciaba en algo de la de la horca.


Entramos en un aposento tan bajo, que andábamos por él como quien
recibe bendiciones, con las cabezas bajas. Colgó la penca en un clavo,[4]
que estaba con otros de que colgaban cordeles, lazos, cuchillos, escarpias y
otras herramientas del oficio. Díjome que por qué no me quitaba el manteo
y me sentaba;[5] yo le dije que no lo tenía de costumbre. Dios sabe cuál
estaba de ver la infamia de mi tío,[6] el cual me dijo que había tenido
ventura en topar con él en tan buena ocasión, porque comería bien, que
tenía convidados unos amigos.
En esto, entró por la puerta, con una ropa hasta los pies,[7] morada, uno
de los que piden para las ánimas;[8] y, haciendo son con la cajita, dijo:
—«Tanto me han valido a mí las ánimas hoy, como a ti los azotados:
¡encaja!».[9] Hiciéronse la mamona el uno al otro.[10] Arremangóse el
desalmado animero el sayazo y quedó con unas piernas zambas en
greguescos de lienzo,[11] y empezó a bailar y decir que si había venido
Clemente. Dijo mi tío que no, cuando, Dios y enhorabuena,[12] devanado en
un trapo,[13] y con unos zuecos, entró un chirimía de la bellota, digo, un
porquero.[14] Conocíle por el (hablando con perdón) cuerno que traía en la
mano.[15]
Saludónos a su manera, y tras él entró un mulato zurdo y bizco,[16] un
sombrero con más falda que un monte y más copa que un nogal,[17] la
espada con más gavilanes que la caza del Rey, un coleto de ante.[18] Traía la
cara de punto, porque a puros chirlos la tenía toda hilvanada.[19] Entró y
sentóse, saludando a los de casa; y a mi tío le dijo:
—A fe, Alonso, que lo han pagado bien el Romo y el Garroso.[20]
Saltó el de las ánimas y dijo:
—Cuatro ducados di yo a Flechilla, verdugo de Ocaña, porque aguijase
el burro y porque no llevase la penca de tres suelas cuando me palmearon.
[21]

—¡Vive Dios! —dijo el corchete—, que se lo pagué yo sobrado a


Juanazo en Murcia, porque iba el borrico con un paseo de pato y el bellaco
me los asentó de manera que no se levantaron sino ronchas.[22]
Y el porquero, concomiéndose,[23] dijo:
—Con virgo están mis espaldas.[24]
—A cada puerco le viene su San Martín —dijo el demandador.[25]
—De eso me puedo alabar yo —dijo mi buen tío— entre cuantos
manejan la zurriaga,[26] que, al que se me encomienda, hago lo que debo.
Sesenta me dieron los de hoy y llevaron unos azotes de amigo, con penca
sencilla.
Yo, que vi cuán honrada gente era la que hablaba mi tío,[27] confieso
que me puse colorado, de suerte que no pude disimular la vergüenza.
Echómelo de ver el corchete y dijo:
—¿Es el padre el que padeció el otro día,[28] a quien se dieron ciertos
empujones en el envés?[29]
Yo respondí que no era hombre que padecía como ellos. En esto, se
levantó mi tío y dijo:
—Es mi sobrino, maeso en Alcalá, gran supuesto.[30]
Pidiéronme perdón y ofreciéronme toda caricia.[31] Yo rabiaba ya por
comer y por cobrar mi hacienda y huir de mi tío. Pusieron las mesas; y por
una soguilla, en un sombrero, como suben la limosna los de la cárcel,
subían la comida, de un bodegón que estaba a las espaldas de la casa, en
unos mendrugos de platos y retacillos de cántaros y tinajas. No podrá nadie
encarecer mi sentimiento y afrenta. Sentáronse a comer, en cabecera el
demandador. Diciendo: —«¡La Iglesia en mejor lugar! Siéntese, padre»,
echó la bendición mi tío, y, como estaba hecho a santiguar espaldas,
parecían más amagos de azotes que de cruces.[32] Y los demás nos sentamos
sin orden. No quiero decir lo que comimos; sólo, que eran todas cosas para
beber. Sorbióse el corchete tres de puro tinto. Brindóme a mí el porquero;
[33] me las cogía al vuelo y hacía más razones que decíamos todos.[34] No
había memoria de agua, y menos voluntad della.[35] Parecieron en la mesa
cinco pasteles de a cuatro.[36] Y tomando un hisopo, después de haber
quitado las hojaldres, dijeron un responso todos, con su requiem aeternam,
por el ánima del difunto cuyas eran aquellas carnes.[37] Dijo mi tío:
—Ya os acordáis, sobrino, lo que os escribí de vuestro padre.
Vínoseme a la memoria. Ellos comieron, pero yo pasé con los suelos
solos y quedéme con la costumbre;[38] y así, siempre que como pasteles,
rezo un avemaría por el que Dios haya.
Menudeóse sobre dos jarros; y era de suerte lo que hicieron el corchete
y el de las ánimas, que se pusieron las suyas tales,[39] que, trayendo un plato
de salchichas (que parecía de dedos de negro),[40] dijo uno:
—¡Qué mulata está la olla!
Ya mi tío estaba tal, que, alargando la mano y asiendo una, dijo, con la
voz algo áspera y ronca, el un ojo medio acostado y el otro nadando en
mosto:[41]
—Sobrino, por este pan de Dios que crió a su imagen y semejanza, que
no he comido en mi vida mejor carne tinta.
Yo, que vi al corchete que, alargando la mano, tomó el salero y dijo:
—«Caliente está este caldo» y que el porquero se llevó el puño de sal,
diciendo: —«Es bueno el avisillo para beber»,[42] y se lo choclo en la boca,
[43] comencé a reír por una parte y a rabiar por otra.

Trujeron caldo, y el de las ánimas tomó con entrambas manos una


escudilla, diciendo: —«Dios bendijo la limpieza»; y alzándola para
sorberla, por llevarla a la boca se la puso en el carrillo y, volcándola, se asó
en caldo y se puso todo de arriba abajo que era vergüenza. Él, que se vio
así, fuese a levantar y, como pesaba algo la cabeza, quiso ahirmar sobre la
mesa,[44] que era destas movedizas,[45] trastornóla, y manchó a los demás; y
tras esto decía quel porquero le había empujado. El porquero que vio quel
otro se le caía encima, levantóse y, alzando el instrumento de güeso,[46] le
dio con él una trompetada. Asiéronse a puños y, estando juntos los dos y
teniéndole el demandador mordido de un carrillo, con los vuelcos y
alteración, el porquero vomitó cuanto había comido en las barbas del de la
demanda. Mi tío, que estaba más en su juicio, decía que quién había traído a
su casa tantos clérigos.[47]
Yo, que los vi que ya, en suma, multiplicaban,[48] metí en paz la brega,
desasí a los dos y levanté del suelo al corchete, el cual estaba llorando con
gran tristeza. Eché a mi tío en la cama, el cual hizo cortesía a un velador de
palo que tenía,[49] pensando que era convidado. Quité el cuerno al porquero,
el cual, ya que dormían los otros, no había hacerle callar, diciendo que le
diesen su cuerno, porque no había habido jamás quien supiese en él más
tonadas, y que le quería tañer con el órgano.[50] Al fin, yo no me aparté
dellos hasta que vi que dormían.
Salíme de casa, entretúveme en ver mi tierra toda la tarde, pasé por la
casa de Cabra, tuve nueva de que ya era muerto y no cuidé de preguntar de
qué, sabiendo que hay hambre en el mundo.
Torné a casa a la noche, habiendo pasado cuatro horas, y hallé al uno
despierto y que andaba a gatas por el aposento buscando la puerta y
diciendo que se les había perdido la casa. Levantéle y dejé dormir a los
demás hasta las once de la noche, que despertaron; y, esperezándose,
preguntó mi tío que qué hora era. Respondió el porquero, que aún no la
había desollado,[51] que no era nada sino la siesta y que hacía grandes
buchornos.[52] El demandador, como pudo, dijo que le diesen su cajilla:
—«Mucho han holgado las ánimas para tener a su cargo mi sustento».[53] Y
fuese, en lugar de ir a la puerta, a la ventana y, como vio estrellas, comenzó
a llamar a los otros con grandes voces, diciendo quel cielo estaba estrellado
a mediodía y que había un gran eclís.[54] Santiguáronse todos y besaron la
tierra.[55] Yo, que vi la bellaquería del demandador, escandalicéme mucho y
propuse de guardarme de semejantes hombres.
Con estas vilezas y infamias que vía yo, ya me crecía por puntos el
deseo de verme entre gente principal y caballeros.[56] Despachélos a todos
uno por uno lo mejor que pude; acosté a mi tío, que, aunque no tenía zorra,
tenía raposa;[57] y yo acomodéme sobre mis vestidos y algunas ropas de los
que Dios tenga,[58] que estaban por allí.
Pasamos desta manera la noche. A la mañana, traté con mi tío de
reconocer mi hacienda y cobralla.[59] Despertó diciendo que estaba molido
y que no sabía de qué. El aposento estaba, parte con las enjaguaduras de las
monas, parte con las aguas que habían hecho de no beberlas,[60] hecho una
taberna de vinos de retorno.[61] Levantóse, tratamos largo en mis cosas, y
tuve harto trabajo por ser hombre tan borracho y rústico. Al fin, le reduje a
que me diera noticia de parte de mi hacienda,[62] aunque no de toda, y así
me la dio de unos trecientos ducados que mi buen padre había ganado por
sus puños y dejádolos en confianza de una buena mujer a cuya sombra se
hurtaba diez leguas a la redonda.
Por no cansar a V. Md., vengo a decir que cobré y embolsé mi dinero el
cual mi tío no había bebido ni gastado,[63] que fue harto para ser hombre de
tan poca razón, porque pensaba que yo me graduaría con éste y que,
estudiando, podría ser cardenal; que, como estaba en su mano hacerlos,[64]
no lo tenía por dificultoso. Díjome, en viendo que los tenía:
—Hijo Pablos, mucha culpa tendrás si no medras y eres bueno, pues
tienes a quién parecer.[65] Dinero llevas; yo no te he de faltar, que cuanto
sirvo y cuanto tengo, para ti lo quiero.
Agradecíle mucho la oferta.
Gastamos el día en pláticas desatinadas y en pagar las visitas a los
personajes dichos. Pasaron la tarde en jugar a la taba mi tío, el porquero y
demandador.[66] Este jugaba misas como si fuera otra cosa.[67] Era de ver
cómo se barajaban la taba: cogiéndola en el aire al que la echaba y
meciéndola en la muñeca, se la tornaban a dar. Sacaban de taba como de
naipe, para la fábrica de la sed,[68] porque había siempre un jarro en medio.
Vino la noche; ellos se fueron; acostámonos mi tío y yo, cada uno en su
cama, que ya había prevenido para mí un colchón. Amaneció, y, antes quél
despertase, yo me levanté y me fui a una posada sin que me sintiese. Torné
a cerrar la puerta por de fuera y echéle la llave por una gatera.
Como he dicho, me fui a un mesón a esconder y aguardar comodidad
para ir a la Corte. Dejéle en el aposento una carta cerrada que contenía mi
ida y las causas, avisándole que no me buscase, porque eternamente no lo
había de ver.
CAPÍTULO QUINTO
De su huida, y los sucesos en ella hasta la Corte

Partía aquella mañana del mesón un arriero con cargas a la Corte. Llevaba
un jumento; alquilómele, y salíme a aguardarle a la puerta fuera del lugar.
Salió, espetéme en el dicho y empecé mi jornada. Iba entre mí diciendo:[1]
—«Allá quedarás, bellaco, deshonrabuenos, jinete de gaznates».[2]
Consideraba yo que iba a la Corte, adonde nadie me conocía,[3] que era
la cosa que más me consolaba, y que había de valerme por mi habilidad.
Allí propuse de colgar los hábitos en llegando y de sacar vestidos nuevos
cortos al uso.[4] Pero volvamos a las cosas quel dicho mi tío hacía, ofendido
con la carta, que decía en esta forma:
«Señor Alonso Ramplón:
»Tras haberme Dios hecho tan señaladas mercedes como quitarme de
delante a mi buen padre y tener a mi madre en Toledo, donde, por lo menos,
sé que hará humo,[5] no me faltaba sino ver hacer en V. Md. lo que en otros
hace. Yo pretendo ser uno de mi linaje; que dos es imposible, si no vengo a
sus manos y trinchándome,[6] como hace a otros. No pregunte por mí ni me
nombre, porque me importa negar la sangre que tenemos.[7] Sirva al Rey, y
adiós».
No hay que encarecer las blasfemias y oprobios que diría contra mí.
Volvamos a mi camino. Yo iba caballero en el rucio de la Mancha,[8] y bien
deseoso de no topar nadie, cuando desde lejos vi venir un hidalgo de
portante,[9] con su capa puesta, espada ceñida, calzas atacadas y botas, y al
parecer bien puesto,[10] el cuello abierto, más de roto que de molde,[11] el
sombrero de lado. Sospeché que era algún caballero que dejaba atrás su
coche; y ansí, emparejando, le saludé. Miróme y dijo:
—Irá V. Md., señor licenciado,[12] en ese borrico con harto más
descanso que yo con todo mi aparato.
Yo, que entendí que lo decía por coche y criados que dejaba atrás, dije:
—En verdad, señor, que lo tengo por más apacible caminar quel del
coche, porque, aunque V. Md. vendrá en el que trai detrás con regalo,
aquellos vuelcos que da inquietan.
—¿Cuál coche detrás? —dijo él muy alborotado.[13]
Y, al volver atrás, como hizo fuerza, se le cayeron las calzas, porque se
le rompió una agujeta que traía,[14] la cual era tan sola que, tras verme
muerto de risa de verle, me pidió una prestada. Yo, que vi que, de la camisa,
no se vía sino una ceja y que traía tapado el rabo de medio ojo,[15] le dije:
—Por Dios, señor, si V. Md. no aguarda a sus criados, yo no puedo
socorrerle, porque vengo también atacado únicamente.[16]
—Si hace V. Md. burla —dijo él, con las cachondas en la mano—,[17]
vaya, porque no entiendo eso de los criados.
Y aclaróseme tanto en materia de ser pobre, que me confesó, a media
legua que anduvimos, que, si no le hacía merced de dejarle subir en el
borrico un rato, no le era posible pasar adelante por ir cansado de caminar
con las bragas en los puños;[18] y, movido a compasión, me apeé y, como él
no podía soltar las calzas, húbele yo de subir. Y espantóme lo que descubrí
en el tocamiento, porque, por la parte de atrás, que cubría la capa, traía las
cuchilladas con entretelas de nalga pura.[19] Él, que sintió lo que le había
visto, como discreto, se previno diciendo:
—Señor licenciado, no es oro todo lo que reluce. Debióle parecer a V.
Md., en viendo el cuello abierto y mi presencia, que era un conde de Irlos.
[20] ¡Cómo destas hojaldres cubren en el mundo lo que V. Md. ha tentado!
[21]

Yo le dije que le aseguraba de que me había persuadido a muy


diferentes cosas de las que vía.
—Pues aún no ha visto nada V. Md. —replicó—; que hay tanto que ver
en mí como tengo, porque nada cubro. Veme aquí V. Md. un hidalgo hecho
y derecho, de casa de solar montañés,[22] que, si como sustento la nobleza,
me sustentara, no hubiera más que pedir. Pero ya, señor licenciado, sin pan
y carne, no se sustenta buena sangre, y, por la misericordia de Dios, todos la
tienen colorada, y no puede ser hijo de algo el que no tiene nada.[23] Ya he
caído en la cuenta de las ejecutorias, después que, hallándome en ayunas un
día, no me quisieron dar sobre ella en un bodegón dos tajadas;[24] pues,
¡decir que no tiene letras de oro![25] Pero más valiera el oro en las píldoras
que en las letras,[26] y de más provecho es. Y, con todo, hay muy pocas
letras con oro. He vendido hasta mi sepoltura, por no tener sobre qué caer
muerto; que la hacienda de mi padre Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de
Ampuero, que todos estos nombres tenía, se perdió en una fianza. Sólo el
don me ha quedado por vender, y soy tan desgraciado que no hallo nadie
con necesidad dél, pues quien no le tiene por ante le tiene por postre, como
el remendón, azadón, pendón, blandón, bordón y otros así.[27]
Confieso que, aunque iban mezcladas con risa, las calamidades del
dicho hidalgo me enternecieron. Preguntéle cómo se llamaba y adonde iba y
a qué. Dijo que todos los nombres de su padre: don Toribio Rodríguez
Vallejo Gómez de Ampuero y Jordán.[28] No se vio jamás nombre tan
campanudo, porque acababa en dan y empezaba en don, como son de
badajo.[29] Tras esto dijo que iba a la Corte, porque un mayorazgo roído,
como él, en un pueblo corto olía mal a dos días y no se podía sustentar,[30] y
que por eso se iba a la patria común adonde caben todos y adonde hay
mesas francas para estómagos aventureros.[31] —«Y nunca, cuando entro en
ella, me faltan cien reales en la bolsa, cama, de comer y refocilo de lo
vedado,[32] porque la industria en la Corte es piedra filosofal, que vuelve en
oro cuanto toca».[33]
Yo vi el cielo abierto y, en son de entretenimiento para el camino, le
rogué que me contase cómo y con quiénes y de qué manera viven en la
Corte los que no tenían, como él; porque me parecía dificultoso en este
tiempo, que no sólo se contenta cada uno con sus cosas, sino que aun
solicitan las ajenas.
—Muchos hay désos —dijo—, y muchos de estotros. Es la lisonja llave
maestra, que abre a todas voluntades en tales pueblos. Y porque no se le
haga dificultoso lo que digo, oiga mis sucesos y mis trazas y se asegurará de
esa duda.[34]

CAPÍTULO SESTO
En que prosigue el camino y lo prometido
de su vida y costumbres
—Lo primero, ha de saber que en la Corte hay siempre el más necio y el
más sabio, más rico y más pobre, y los extremos de todas las cosas: que
disimula los malos y esconde los buenos;[1] y que en ella hay unos géneros
de gentes, como yo, que no se les conoce raíz ni mueble ni otra cepa de la
de que decienden los tales. Entre nosotros nos diferenciamos con diferentes
nombres: unos nos llamamos caballeros hebenes; otros, güeros, chanflones,
chirles, traspillados y caninos.[2]
Es nuestra abogada la industria.[3] Pagamos las más veces los estómagos
de vacío, que es gran trabajo traer la comida en manos ajenas.[4] Somos
susto de los banquetes, polilla de los bodegones, cáncer de las ollas y
convidados por fuerza.[5] Sustentámonos, así, del aire y andamos contentos.
[6] Somos gente que comemos un puerro y representamos un capón.[7]

Entrará uno a visitarnos en nuestras casas, y hallarán nuestros aposentos


llenos de güesos de carnero y aves, mondaduras de frutas, la puerta
embarazada con plumas y pellejos de gazapos; todo lo cual cogemos de
parte de noche por el pueblo para honrarnos con ello de día.[8] Reñimos en
entrando el huésped: —«¿Es posible que no he de ser yo poderoso para que
barra esa moza? Perdone V. Md., que han comido aquí unos amigos, y estos
criados…», etc. Quien no nos conoce cree que es así, y pasa por convite.
¿Pues qué diré del modo de comer en casas ajenas? En hablando a uno
media vez, sabemos su casa, vámosle a ver, y siempre a la hora de mascar,
[9] que se sepa que está en la mesa. Decimos que nos llevan sus amores,

porque tal entendimiento, etc. Si nos preguntan si hemos comido, si ellos no


han empezado, decimos que no. Si nos convidan, no aguardamos a segundo
envite, porque destas aguardadas nos han sucedido grandes vigilias.[10] Si
han empezado, decimos que sí; y, aunque parta muy bien el ave, pan o carne
el que fuere, para tomar ocasión de engullir un bocado, decimos: —«Ahora
deje V. Md., que le quiero servir de maestresala, que solía, Dios le tenga en
el cielo (y nombramos un señor muerto, duque o conde), gustar más de
verme partir que de comer». Diciendo esto, tomamos el cuchillo y partimos
bocaditos, y al cabo decimos: —«¡Oh, qué bien güele! Cierto que haría
agravio a la guisandera en no probarlo. ¡Qué buena mano tiene!». Y,
diciendo y haciendo,[11] va en pruebas el medio plato: el nabo por ser nabo,
el tocino por ser tocino y todo por lo que es. Cuando esto nos falta, ya
tenemos sopa de algún convento aplazada.[12] No la tomamos en público,
sino a lo escondido, haciendo creer a los frailes que es más devoción que
necesidad.
Es de ver uno de nosotros en una casa de juego, con el cuidado que
sirve y despabila las velas, trai orinales, cómo mete naipes y soleniza las
cosas del que gana; todo por un triste real de barato.[13]
Tenemos de memoria, para lo que toca a vestirnos, toda la ropería vieja.
Y como en otras partes hay hora señalada para oración, la tenemos nosotros
para remendarnos. Son de ver, a las mañanas, las diversidades de cosas que
sanamos; que, como tenemos por enemigo declarado al sol, por cuanto nos
descubre los remiendos, puntadas y trapos, nos ponemos, abiertas las
piernas, a la mañana, a su rayo, y en la sombra del suelo vemos las que
hacen los andrajos y hilachas de las entrepiernas.[14]
Es de ver cómo quitamos cuchilladas de atrás para poblar lo de
adelante;[15] y solemos traer la trasera tan pacífica, por falta de cuchilladas,
[16] que se queda en las puras bayetas.[17] Sábelo sola la capa, y

guardámonos de días de aire y de subir por escaleras claras o a caballo.[18]


Estudiamos posturas contra la luz, pues, en día claro, andamos las piernas
muy juntas y hacemos las reverencias con solos los tobillos, porque, si se
abren las rodillas, se verá el ventanaje.
No hay cosa en todos nuestros cuerpos que no haya sido otra cosa y no
tenga historia.[19] Verbi gratia: bien ve V. Md. —dijo— esta ropilla; pues
primero fue greguescos, nieta de una capa y bisnieta de un capuz, que fue
en su principio, y ahora espera salir para soletas y otras cosas.[20] Los
escarpines, primero son pañizuelos, habiendo sido toallas, y antes camisas,
hijas de sábanas;[21] y, después de todo, los aprovechamos para papel y en
el papel escribimos,[22] y después hacemos dél polvos para resucitar los
zapatos,[23] que, de incurables, los he visto hacer revivir con semejantes
medicamentos.
¿Pues qué diré del modo con que de noche nos apartamos de las luces,
porque no se vean los herreruelos calvos y las ropillas lampiñas?;[24] que no
hay más pelo en ellas que en un guijarro, que es Dios servido de dárnosle en
la barba y quitárnosle en la capa. Pero, por no gastar con barberos,
prevenimos siempre de aguardar a que otro de los nuestros tenga también
pelambre y entonces nos la quitamos el uno al otro, conforme lo del
Evangelio: «Ayudaos como buenos hermanos».[25]
Traemos gran cuenta en no andar los unos por las casas de los otros, si
sabemos que alguno trata la misma gente que otro. Es de ver cómo andan
los estómagos en celo. Estamos obligados a andar a caballo una vez cada
mes, aunque sea en pollino, por las calles públicas;[26] y obligados a ir en
coche una vez en el año, aunque sea en la arquilla o trasera.[27] Pero, si
alguna vez vamos dentro del coche, es de considerar que siempre es en el
estribo, con todo el pescuezo de fuera, haciendo cortesías, porque nos vean
todos, y hablando a los amigos y conocidos, aunque miren a otra parte.[28]
Si nos come delante de algunas damas,[29] tenemos traza para rascarnos
en público sin que se vea. Si es en el muslo, contamos que vimos un
soldado atravesado desde tal parte a tal parte y señalamos con las manos
aquellas que nos comen, rascándonos en vez de enseñarlas. Si es en la
iglesia, y come en el pecho, nos damos sanctus, aunque sea al introibo,[30]
levantámonos y, arrimándonos a una esquina en son de empinarnos para ver
algo, nos rascamos.
¿Qué diré del mentir? Jamás se halla verdad en nuestra boca. Encajamos
duques y condes en las conversaciones, unos por amigos, otros por deudos;
y advertimos que los tales señores o estén muertos o muy lejos.
Y lo que más es de notar es que nunca nos enamoramos sino de pane
lucrando;[31] que veda la orden damas melindrosas, por lindas que sean. Y
así, siempre andamos en recuesta:[32] con una bodegonera, por la comida;
con la güéspeda, por la posada; con la que abre los cuellos, por los que trai
el hombre.[33] Y aunque, comiendo tan poco y bebiendo tan mal, no se
puede cumplir con tantas, por su tanda todas están contentas.
Quien ve estas botas mías, ¿cómo pensará que andan caballeras en las
piernas en pelo, sin media ni otra cosa? Y quien viere este cuello, ¿por qué
ha de pensar que no tengo camisa? Pues todo ello le puede faltar a un
caballero, señor licenciado, pero cuello abierto y almidonado, no. Lo uno,
porque así es gran ornato de la persona y, después de haberle vuelto de una
parte a otra, es de sustento, porque se cena el hombre en el almidón, con sus
fondos en mugre,[34] chupándole con destreza.[35]
Y al fin, señor licenciado, un caballero de nosotros ha de tener más
faltas que una preñada de nueve meses,[36] y con esto vive en la Corte; y ya
se ve en prosperidad y con dineros, y ya en el espital.[37] Pero, en fin, se
vive, y el que se sabe bandear es rey con poco que tenga.
Tanto gusté de las estrañas maneras de vivir del hidalgo y tanto me
embebecí,[38] que, divertido con ellas y con otras,[39] me llegué a pie hasta
las Rozas,[40] adonde nos quedamos aquella noche. Cenó conmigo el dicho
hidalgo, que no traía blanca y yo me hallaba obligado a sus avisos,[41]
porque con ellos abrí los ojos a muchas cosas, inclinándome a la chirlería.
[42] Declaréle mis deseos antes que nos acostásemos. Abrazóme mil veces,

diciendo que siempre esperó que habían de hacer impresión sus razones en
hombre de tan buen entendimiento. Ofrecióme favor para introducirme en
la Corte con los demás cofadres del estafón, y posada en compañía de
todos.[43] Acetéla, no declarándole que tenía los escudos que llevaba, sino
hasta cien reales solos. Los cuales bastaron, con la buena obra que le había
hecho y hacía, a obligarle a mi amistad.
Compréle del huésped tres agujetas, atacóse, dormimos aquella noche,
madrugamos y dimos con nuestros cuerpos en Madrid.
LIBRO TERCERO Y ÚLTIMO
DE LA PRIMERA PARTE DE LA VIDA
DEL BUSCÓN

CAPÍTULO PRIMERO
De lo que le sucedió en la Corte luego que llegó
hasta que amaneció

Entramos en la Corte a las diez de la mañana. Fuímonos a apear, de


conformidad, en casa de los amigos de don Toribio. Llegó a la puerta.
Llamó; abrióle una vejezuela muy pobremente abrigada, rostro cáscara de
nuez, mordiscada de faciones, cargada de espaldas y de años.[1] Preguntó
por los amigos, y respondió, con un chillido crespo,[2] que habían ido a
buscar.[3] Estuvimos solos hasta que dieron las doce, pasando el tiempo él
en animarme a la profesión de la vida barata,[4] y yo en atender a todo.
A las doce y media, entró por la puerta una estantigua vestida de bayeta
hasta los pies,[5] punto menos de Arias Gonzalo,[6] que al mismo Portugal
empalagara de bayetas.[7] Habláronse los dos en germanía,[8] de lo cual
resultó darme un abrazo y ofrecérseme. Hablamos un rato, y sacó un
guante, con diez y seis reales, y una carta, con la cual, diciendo que era
licencia para pedir para una pobre, lo había allegado. Vació el guante y sacó
otro, y doblólos a usanza de médico.[9] Yo le pregunté que por qué no se los
ponía, y dijo que por ser entrambos de una mano, que era treta para tener
guantes.[10] A todo esto, noté que no se desarrebozaba y pregunté, como
nuevo, para saber la causa de estar siempre envuelto en la capa; a lo cual
respondió:
—Hijo, tengo en las espaldas una gatera acompañada de un remiendo de
lanilla y de una mancha de aceite;[11] que en mi hato, aunque caminéis a
cualquiera parte, nunca saldréis de la Mancha,[12] que parece que hago
caravanas para lechuza u que retozo con algunos candiles.[13] Este pedazo
de arrebozo lo disimula todo.[14]
Desarrebozóse, y hallé que debajo de la sotana traía gran bulto. Yo
pensé que eran calzas,[15] porque eran a modo dellas, cuando él, para
entrarse a espulgar, se arremangó, y vi que eran dos rodajas de cartón que
traía atadas a la cintura y encajadas en los muslos, de suerte que hacían
apariencia debajo del luto;[16] porquel tal no traía camisa ni greguescos, que
apenas tenía qué espulgar según andaba desnudo.[17] Entró al espulgadero y
volvió una tablilla, como las que ponen en las sacristías,[18] que decía
«Espulgador hay», porque no entrase otro. Grandes gracias di a Dios,
viendo cuánto dio a los hombres en darles industria, ya que les quitase
riquezas.[19]
—Yo —dijo mi buen amigo— vengo del camino con mal de calzas[20]
y, así, me habré menester recoger a remendar.
Preguntó si había algunos retazos; que la vieja recogía trapos dos días
en la semana por las calles, como las que tratan en papel,[21] para acomodar
jubones incurables, ropillas tísicas y con dolor de costado de los caballeros.
Dijo que no y que por falta de harapos se estaba, quince días había, en la
cama, de mal de zaragüelles,[22] don Lorenzo Íñiguez del Pedroso.[23]
En esto estábamos, cuando vino uno con sus botas de camino y su
vestido pardo,[24] con un sombrero, prendidas las faldas por los dos lados.
[25] Supo mi venida de los demás y hablóme con mucho afecto. Quitóse la

capa y traía —¡mire V. Md. quién tal pensara!— la ropilla de paño pardo la
delantera, y la trasera de lienzo blanco con sus fondos en sudor.[26] No pude
tener la risa, y él, con gran disimulación, dijo:
—Haráse a las armas y no se reirá.[27] Yo apostaré que no sabe por qué
traigo este sombrero con la falda presa arriba.
Yo dije que por galantería y por dar lugar a la vista.
—Antes por estorbarla —dijo—. Sepa que es porque no tiene toquilla y
que así no lo echan de ver.[28]
Y, diciendo esto, sacó más de veinte cartas y otros tantos reales,
diciendo que no había podido dar aquéllas. Traía cada una un real de porte y
eran hechas por él mismo.[29] Ponía la firma de quien le parecía, escribía
nuevas que inventaba a las personas más honradas y dábalas en aquel traje,
[30] cobrando los portes.[31] Y esto hacía cada mes, cosa que me espantó ver

la novedad de la vida.
Entraron luego otros dos, el uno con una ropilla de paño,[32] larga hasta
el medio valón,[33] y su capa de lo mismo, levantado el cuello porque no se
viese el anjeo,[34] que estaba roto. Los valones eran de chamelote,[35] mas
no era más de lo que se descubría, y lo demás de bayeta colorada. Éste
venía dando voces con el otro, que traía valona por no tener cuello,[36] y
unos frascos por no tener capa,[37] y una muleta con una pierna liada en
trapajos y pellejos por no tener más de una calza.[38] Hacíase soldado y
habíalo sido en los alojamientos y hasta la mar.[39] Contaba estraños
servicios suyos[40] y, a título de soldado, entraba en cualquiera parte. Decía
el de la ropilla y casi greguescos:
—La mitad me debéis, o por lo menos mucha parte, y si no me la dais,
¡juro a Dios…!
—No jure a Dios —dijo el otro— que, en llegando a casa, no soy cojo y
os daré con esta muleta mil palos.
Sí daréis, no daréis; y en los mentises acostumbrados, arremetió el uno
al otro y, asiéndose, se salieron con los pedazos de los vestidos en las
manos a los primeros estirones, y no fue mucho. Metímoslos en paz y
preguntamos la causa de la pendencia. Dijo el soldado:
—¿A mí chanzas?[41] ¡No llevaréis ni medio! Han de saber V. Mds. que,
estando hoy en San Salvador,[42] llegó un niño a este pobrete y le dijo que si
era yo el alférez Joan de Lorenzana, y dijo que sí, atento a que le vio no sé
qué cosa que traía en las manos. Llevómele y dijo, nombrándome alférez:
—«Mire V. Md. qué le quiere este niño». Yo que luego entendí la flor,[43]
aceté. Recibí el recado, y con él doce pañizuelos, y respondí a su madre;
que los inviaba a algún hombre de aquel nombre. Pídeme agora la mitad. Yo
antes me haré pedazos otra vez que tal dé. Todos los han de romper mis
narices.
Juzgóse la causa en su favor. Sólo se le contradijo lo del sonar con ellos,
mandándole que los entregase a la vieja para honrar la comunidad haciendo
dellos unos cuellos y unos remates de mangas que se viesen y representasen
camisas; que el sonarse estaba vedado en la orden, si no era en el aire u de
saetilla a coz de dedo.[44]
Era de ver, llegada la noche, cómo nos acostamos en dos camas, tan
juntos que parecíamos herramienta en estuche.[45] Pasóse la cena de en
claro en claro. No se desnudaron los más, que, con acostarse como andaban
de día, cumplieron con el preceto de dormir en cueros.

CAPÍTULO SEGUNDO
En que prosigue la materia comenzada y
cuenta algunos raros sucesos

Amaneció el Señor, y pusímonos todos en arma.[1] Ya estaba yo tan hallado


con ellos como si todos fuéramos hermanos;[2] que esta facilidad y dulzura
se halla siempre en las cosas malas. Era de ver a uno ponerse la camisa de
doce veces, dividida en doce trapos, diciendo una oración a cada uno, como
sacerdote que se viste.[3] A cuál se le perdía una pierna en los callejones de
las calzas y la venía a hallar donde menos convenía asomada. Otro pedía
guía para ponerse el jubón, y en media hora se podía averiguar con él.[4]
Acabado esto, que no fue poco de ver, todos empuñaron aguja y hilo
para hacer un punteado en un rasgado y otro. Cuál, para culcusirse debajo
del brazo,[5] estirándole, se hacía L. Uno, hincado de rodillas, arremedando
un cinco de guarismo,[6] socorría a los cañones.[7] Otro, por plegar las
entrepiernas, metiendo la cabeza entre ellas, se hacía un ovillo. No pintó tan
estrañas posturas Bosco como yo vi,[8] porque ellos cosían y la vieja les
daba los materiales, trapos y arrapiezos de diferentes colores,[9] los cuales
había traído el soldado.
Acabóse la hora del remedio —que así la llamaban ellos—,[10] y
fuéronse mirando unos a otros lo que quedaba mal parado. Determinaron de
irse fuera, y yo dije que antes trazasen mi vestido,[11] porque quería gastar
los cien reales en uno y quitarme la sotana.[12]
—Eso no —dijeron ellos—. El dinero se dé al depósito, y vistámosle de
lo reservado. Luego señalémosle su diécesi en el pueblo,[13] adonde él solo
busque y apolille.[14]
Parecióme bien. Deposité el dinero, y, en un instante, de la sotanilla me
hicieron ropilla de luto de paño;[15] y acortando el herreruelo,[16] quedó
bueno. Lo que sobró de paño trocaron a un sombrero viejo reteñido;[17]
pusiéronle por toquilla unos algodones de tintero muy bien puestos.[18] El
cuello y los valones me quitaron,[19] y en su lugar me pusieron unas calzas
atacadas con cuchilladas no más de por delante,[20] que lados y trasera eran
unas gamuzas. Las medias calzas de seda aun no eran medias,[21] porque no
llegaban más de cuatro dedos más abajo de la rodilla; los cuales cuatro
dedos cubría una bota justa sobre la media colorada que yo traía. El cuello
estaba todo abierto, de puro roto.[22] Pusiéronmele y dijeron:
—El cuello está trabajoso por detrás y por los lados.[23] V. Md., si le
mirare uno, ha de ir volviéndose con él, como la flor del sol con el sol;[24] si
fueren dos y miraren por los lados, saque pies;[25] y, para los de atrás, traiga
siempre el sombrero caído sobre el cogote, de suerte que la falda cubra el
cuello y descubra toda la frente.[26] Y al que preguntare que por qué anda
así, respóndale que porque puede andar con la cara descubierta por todo el
mundo.[27]
Diéronme una caja con hilo negro y hilo blanco, seda, cordel y aguja,
dedal, paño, lienzo, raso y otros retacillos, y un cuchillo; pusiéronme una
espuela en la pretina, yesca y eslabón en una bolsa de cuero,[28] diciendo:
—Con esta caja puede ir por todo el mundo sin haber menester amigos
ni deudos; en ésta se encierra todo nuestro remedio. Tómela y guárdela.
Señaláronme por cuartel para buscar mi vida el de San Luis;[29] y así,
empecé mi jornada, saliendo de casa con los otros, aunque por ser nuevo me
dieron, para empezar la estafa, como a misacantano,[30] por padrino el
mismo que me trujo y convirtió.
Salimos de casa con paso tardo, los rosarios en la mano; tomamos el
camino para mi barrio señalado. A todos hacíamos cortesías: a los hombres,
quitábamos el sombrero, deseando hacer lo mismo con sus capas;[31] a las
mujeres hacíamos reverencias, que se huelgan con ellas y con las
paternidades mucho.[32] A uno decía mi buen ayo: —«Mañana me traen
dineros»; a otro: —«Aguárdeme V. Md. un día, que me trai en palabras el
banco».[33] Cuál le pedía la capa, quién le daba prisa por la pretina; en lo
cual conocí que era tan amigo de sus amigos, que no tenía cosa suya.[34]
Andábamos haciendo culebra de una acera a otra por no topar con casas de
acreedores. Ya le pedía uno el alquiler de la casa, otro el de la espada y otro
el de las sábanas y camisas; de manera que eché de ver que era caballero de
alquiler, como mula.[35]
Sucedió, pues, que vio desde lejos un hombre que le sacaba los ojos,
según dijo, por una deuda, mas no podía el dinero.[36] Y, porque no le
conociese, soltó de detrás de las orejas el cabello, que traía recogido, y
quedó nazareno,[37] entre ermitaño y caballero lanudo,[38] plantóse un
parche en un ojo y púsose a hablar italiano conmigo. Esto pudo hacer
mientras el otro venía, que aún no le había visto, por estar ocupado en
chismes con una vieja. Digo de verdad que vi al hombre dar vueltas
alrededor como perro que se quiere echar; hacíase más cruces que un
ensalmador y fuese diciendo:[39] —«¡Jesús!, pensé que era él. A quien
bueyes ha perdido…», etc.[40] Yo moríame de risa de ver la figura de mi
amigo. Entróse en un portal a recoger la melena y el parche, y dijo:
—Éstos son los aderezos de negar deudas. Aprendé, hermano, que
veréis mil cosas déstas en el pueblo.
Pasamos adelante y, en una esquina, por ser de mañana, tomamos dos
tajadas de alcotín y agua ardiente de una picarona,[41] que nos lo dio de
gracia después de dar el bienvenido a mi adestrador. Y díjome:
—Con esto vaya el hombre descuidado de comer hoy;[42] y, por lo
menos, esto no puede faltar.
Afligíme yo, considerando que aún teníamos en duda la comida, y
repliqué afligido por parte de mi estómago. A lo cual respondió:
—Poca fe tienes con la religión y orden de los caninos.[43] No falta el
Señor a los cuervos ni a los grajos ni aun a los escribanos,[44] ¿y había de
faltar a los traspillados?[45] Poco estómago tienes.[46]
—Es verdad —dije—; pero temo mucho tener menos, y nada en él.
En esto estábamos, y dio un reloj las doce; y, como yo era nuevo en el
trato,[47] no les cayó en gracia a mis tripas el alcotín, y tenía hambre como
si tal no hubiera comido. Renovada, pues, la memoria con la hora,[48]
volvíme al amigo y dije:
—Hermano, éste de la hambre es recio noviciado. Estaba hecho el
hombre a comer más que un sabañón,[49] y hanme metido a vigilias.[50] Si
vos no lo sentís, no es mucho que, criado con hambre desde niño, como el
otro rey con ponzoña, os sustentéis ya con ella.[51] No os veo hacer
diligencia vehemente para mascar,[52] y así yo determino de hacer la que
pudiere.
—¡Cuerpo de Dios —replicó— con vos! Pues dan agora las doce, ¿y
tanta prisa? Tenéis muy puntuales ganas y ejecutivas, y han menester llevar
en paciencia algunas pagas atrasadas. ¡No, sino comer todo el día! ¿Qué
más hacen los animales?[53] No se escribe que jamás caballero nuestro haya
tenido cámaras; que antes, de puro mal proveídos, no nos proveemos.[54] Ya
os he dicho que a nadie falta Dios. Y si tanta prisa tenéis, yo me voy a la
sopa de San Jerónimo,[55] adonde hay aquellos frailes de leche como
capones,[56] y allí haré el buche.[57] Si vos queréis seguirme, venid, y si no,
cada uno a sus aventuras.
—¡Adiós! —dije yo—; que no son tan cortas mis faltas, que se hayan de
suplir con sobras de otros. Cada uno eche por su calle.
Mi amigo iba pisando tieso y mirándose a los pies.[58] Sacó unas
migajas de pan que traía para el efeto siempre en una cajuela y
derramóselas por la barba y vestido, de suerte que parecía haber comido.[59]
Ya yo iba tosiendo y escarbando,[60] por disimular mi flaqueza,
limpiándome los bigotes, arrebozado y la capa sobre el hombro izquierdo,
[61] jugando con el decenario, que lo era porque no tenía más de diez

cuentas.[62] Todos los que me vían me juzgaban por comido,[63] y, si fuera


de piojos,[64] no erraran.
Iba yo fiado en mis escudillos, aunque me remordía la conciencia el ser
contra la orden comer a su costa quien vive de tripas horras en el mundo.[65]
Yo me iba determinando a quebrar el ayuno y llegué con esto a la esquina
de la calle de San Luis, adonde vivía un pastelero.[66] Asomábase uno de a
ocho tostado[67] y, con aquel resuello del horno, tropezóme en las narices, y
al instante me quedé, del modo que andaba, como el perro perdiguero con el
aliento de la caza, puestos en él los ojos. Le miré con tanto ahínco, que se
secó el pastel como un aojado.[68] Allí es de contemplar las trazas que yo
daba para hurtarle;[69] resolvíame otra vez a pagarlo.
En esto, me dio la una. Angustiéme de manera que me determiné a
zamparme en un bodegón de los que están por allí.[70] Yo, que iba haciendo
punta a uno,[71] Dios que lo quiso, topo con un licenciado Flechilla,[72]
amigo mío, que venía haldeando por la calle abajo,[73] con más barros que
la cara de un sanguino,[74] y tantos rabos,[75] que parecía chirrión con
sotana,[76] pulpo graduado u mercader que cargaba para Italia.[77] Arremetió
a mí en viéndome, que, según estaba, fue mucho conocerme. Yo le abracé.
Preguntóme cómo estaba; díjele luego:
—¡Ah, señor licenciado, qué de cosas tengo que contarle! Sólo me pesa
de que me he de ir esta noche y no habrá lugar.
—Eso me pesa a mí —replicó—, y, si no fuera por ser tarde, y voy con
prisa a comer, me detuviera más, porque me aguarda una hermana casada y
su marido.
—¿Que aquí está mi soña Ana?[78] Aunque lo deje todo, vamos, que
quiero hacer lo que estoy obligado.[79]
Abrí los ojos oyendo que no había comido. Fuime con él y empecéle a
contar que, una mujercilla que él había querido mucho en Alcalá,[80] sabía
yo dónde estaba y que le podía dar entrada en su casa. Pegósele luego al
alma el envite, que fue industria tratarle de cosa de gusto.[81]
Llegamos, tratando en ello, a su casa. Entramos. Yo me ofrecí mucho a
su cuñado y hermana, y ellos, no persuadiéndose a otra cosa sino a que yo
venía convidado por venir a tal hora, comenzaron a decir que si lo supieran
que habían de tener tan buen güésped que hubieran prevenido algo. Yo cogí
la ocasión y convidéme, diciendo que yo era de casa y amigo viejo y que se
me hiciera agravio en tratarme con cumplimiento.
Sentáronse y sentéme. Y, porque el otro lo llevase mejor, que ni me
había convidado ni le pasaba por la imaginación, de rato en rato le pegaba
yo con la mozuela, diciendo que me había preguntado por él y que le tenía
en el alma y otras mentiras deste modo; con lo cual llevaba mejor el verme
engullir, porque tal destrozo como yo hice en el ante, no lo hiciera una bala
en el de un coleto.[82] Vino la olla, y comímela en dos bocados casi toda; sin
malicia, pero con prisa tan fiera, que parecía que aun entre los dientes no la
tenía bien segura. Dios es mi padre, que no come un cuerpo más presto el
montón de la Antigua de Valladolid, que le deshace en veinte y cuatro
horas,[83] que yo despaché el ordinario, pues fue con más prisa que un
extraordinario el correo.[84] Ellos bien debían notar los fieros tragos del
caldo y el modo de agotar la escudilla,[85] la persecución de los güesos y el
destrozo de la carne. Y, si va a decir verdad, entre burla y juego, empedré la
faltriquera de mendrugos.[86]
Levantóse la mesa. Apartámonos yo y el licenciado a hablar de la ida en
casa de la dicha. Yo se lo facilité mucho. Y estando hablando con él a una
ventana, hice que me llamaban de la calle y dije:
—¿A mí, señor? Ya bajo.
Pedíle licencia, diciendo que luego volvía. Quedóme aguardando hasta
hoy, que desparecí por lo del pan comido y la compañía deshecha.[87]
Topóme otras muchas veces, y disculpéme con él contándole mil embustes
que no importan para el caso.
Fuime por las calles de Dios, llegué a la puerta de Guadalajara y
sentéme en un banco de los que tienen en sus puertas los mercaderes.[88]
Quiso Dios que llegaron a la tienda dos de las que piden prestado sobre sus
caras, tapadas de medio ojo, con su vieja y pajecillo.[89] Preguntaron si
había algún terciopelo de labor extraordinaria. Yo empecé luego, para trabar
conversación, a jugar del vocablo,[90] de tercio y pelado y pelo y apelo y
pospelo,[91] y no dejé güeso sano a la razón. Sentí que les había dado mi
libertad algún seguro de algo de la tienda y yo, como quien no aventuraba a
perder nada, ofrecílas lo que quisiesen. Regatearon,[92] diciendo que no
tomaban de quien no conocían. Yo me aproveché de la ocasión, diciendo
que había sido atrevimiento ofrecerles nada, pero que me hiciesen merced
de acetar unas telas que me habían traído de Milán,[93] que a la noche
llevaría un paje; que les dije que era mío por estar enfrente aguardando a su
amo, que estaba en otra tienda, por lo cual estaba descaperuzado. Y para
que me tuviesen por hombre de partes y conocido,[94] no hacía sino quitar el
sombrero a todos los oidores y caballeros que pasaban[95] y, sin conocer a
ninguno, les hacía cortesías como si los tratara familiarmente. Ellas se
cegaron con esto y con unos cien escudos en oro que yo saqué de los que
traía con achaque de dar limosna a un pobre que me la pidió.[96]
Pareciólas irse, por ser ya tarde, y así me pidieron licencia,
advirtiéndome con el secreto que había de ir el paje. Yo las pedí por favor y
como en gracia un rosario engazado en oro,[97] que llevaba la más bonita
dellas, en prendas de que las había de ver a otro día sin falta.[98] Regatearon
dármele.[99] Yo les ofrecía en prendas los cien escudos, y dijéronme su casa
y, con intento de estafarme en más, se fiaron de mí y preguntáronme mi
posada,[100] diciendo que no podía entrar paje en la suya a todas horas por
ser gente principal.
Yo las llevé por la calle Mayor y, al entrar en la de las Carretas, escogí
la casa que mejor y más grande me pareció. Tenía un coche sin caballos a la
puerta. Díjeles que aquélla era y que allí estaba ella y el coche y dueño para
servirlas. Nombréme don Álvaro de Córdoba y entréme por la puerta
delante de sus ojos. Y acuérdome que, cuando salimos de la tienda, llamé
uno de los pajes, con gran autoridad, con la mano. Hice que le decía que se
quedasen todos y que me aguardasen allí; que así dije yo que lo había dicho.
Y la verdad es que le pregunté si era criado del comendador mi tío. Dijo
que no; y con tanto, acomodé los criados ajenos como buen caballero.
Llegó la noche escura, y acogímonos a casa todos. Entré y hallé al
soldado de los trapos con una hacha de cera que le dieron para acompañar
un difunto,[101] y se vino con ella. Llamábase éste Magazo, natural de Olías;
[102] había sido capitán en una comedia y combatido con moros en una

danza.[103] A los de Flandes decía que había estado en la China; y a los de la


China, en Flandes. Trataba de formar un campo y nunca supo sino
espulgarse en él.[104] Nombraba castillos y apenas los había visto en los
ochavos.[105] Celebraba mucho la memoria del señor don Juan,[106] y oíle
decir yo muchas veces de Luis Quijada que había sido honra de amigos.[107]
Nombraba turcos, galeones y capitanes; todos los que había leído en unas
coplas que andaban desto.[108] Y como él no sabía nada de mar, porque no
tenía de naval más del comer nabos,[109] dijo, contando la batalla que había
vencido el señor don Juan en Lepanto, que aquel Lepanto fue un moro muy
bravo, como no sabía el pobrete que era nombre del mar. Pasábamos con él
lindos ratos.
Entró luego mi compañero, deshechas las narices y toda la cabeza
entrapajada,[110] lleno de sangre y muy sucio. Preguntámosle la causa, y
dijo que había ido a la sopa de San Jerónimo y que pidió porción doblada,
[111] diciendo que era para unas personas honradas y pobres.[112]

Quitáronselo a los otros mendigos para dárselo, y ellos, con el enojo,


siguiéronle y vieron que, en un rincón detrás de la puerta, estaba sorbiendo
con gran valor. Y, sobre si era bien hecho engañar por engullir y quitar a
otros para sí, se levantaron voces; y tras ellas, palos; y tras los palos,
chichones y tolondrones en su pobre cabeza.[113] Embistiéronle con los
jarros, y el daño de las narices se le hizo uno con una escudilla de palo que
se la dio a oler con más prisa que convenía. Quitáronle la espada, salió a las
voces el portero y aun no los podía meter en paz. En fin, se vio en tanto
peligro el pobre hermano, que decía: —«¡Yo volveré lo que he comido!», y
aun no bastaba; que ya no reparaban sino en que pedía para otros y no se
preciaba de sopón.[114]
—¡Miren el todo trapos, como muñeca de niños, más triste que
pastelería en Cuaresma,[115] con más agujeros que una flauta y más
remiendos que una pía y más manchas que un jaspe y más puntos que un
libro de música[116] —decía un estudiantón destos de la capacha,[117]
gorronazo—;[118] que hay hombre en la sopa del bendito santo que puede
ser obispo u otra cualquier dignidad, y se afrenta un don Peluche de comer!
[119] ¡Graduado estoy de bachiller en artes por Sigüenza![120]

Metióse el portero de por medio, viendo que un vejezuelo que allí


estaba decía que, aunque acudía al brodio,[121] que era decendiente de los
godos y que tenía deudos.[122] Aquí lo dejó,[123] porque el compañero
estaba ya fuera desaprensando los güesos.[124]

CAPÍTULO TERCERO
En que prosigue la misma materia hasta
dar con todos en la cárcel
Entró Merlo Díaz, hecha la pretina una sarta de búcaros y vidros,[1] los
cuales, pidiendo de beber en los tornos de las monjas, había agarrado con
poco temor de Dios.[2] Mas sacóle de la puja don Lorenzo del Pedroso,[3] el
cual entró con una capa muy buena, la cual había trocado en una mesa de
trucos a la suya,[4] que no se la cubriera pelo al que la llevó, por ser
desbarbada.[5] Usaba éste quitarse la capa, como que quería jugar, y ponerla
con las otras, y luego, como que no hacía partido,[6] iba por su capa y
tomaba la que mejor le parecía y salíase. Usábalo en los juegos de argolla y
bolos.
Mas todo fue nada para ver entrar a don Cosme, cercado de muchachos
con lamparones,[7] cáncer y lepra, heridos y mancos, el cual se había hecho
ensalmador con unas santiguaduras y oraciones que había aprendido de una
vieja.[8] Ganaba éste por todos, porque si el que venía a curarse no traía
bulto debajo de la capa, no sonaba dinero en faldriquera, o no piaban
algunos capones, no había lugar. Tenía asolado medio reino. Hacía creer
cuanto quería, porque no ha nacido tal artífice en el mentir; tanto, que aun
por descuido no decía verdad. Hablaba del Niño Jesús, entraba en las casas
con Deo gracias, decía lo del «Espíritu Santo sea con todos»… Traía todo
ajuar de hipócrita: un rosario con unas cuentas frisonas; al descuido hacía
que se le viese por debajo de la capa un trozo de diciplina salpicada con
sangre de las narices;[9] hacía creer, concomiéndose,[10] que los piojos eran
silicios y que la hambre canina eran ayunos voluntarios.[11] Contaba
tentaciones; en nombrando al demonio, decía «Dios nos libre y nos
guarde»; besaba la tierra al entrar en la iglesia; llamábase indigno; no
levantaba los ojos a las mujeres, pero las faldas sí.[12] Con estas cosas, traía
el pueblo tal, que se encomendaban a él, y era como encomendarse al
diablo. Porque él era jugador y lo otro: ciertos los llaman y, por mal
nombre, fulleros.[13] Juraba el nombre de Dios unas veces en vano y otras
en vacío.[14] ¿Pues en lo que toca a mujeres?, tenía seis hijos, y preñadas
dos santeras.[15] Al fin, de los mandamientos de Dios, los que no quebraba,
hendía.
Vino Polanco, haciendo gran ruido, y pidió su saco pardo, cruz grande,
barba larga postiza y campanilla.[16] Andaba de noche desta suerte,
diciendo: —«Acordaos de la muerte, y haced bien para las ánimas…», etc.
Con esto cogía mucha limosna y entrábase en las casas que veía abiertas. Si
no había testigos ni estorbo, robaba cuanto había; si le topaban, tocaba la
campanilla y decía con una voz quél fingía muy penitente: —«Acordaos,
hermanos…», etc.
Todas estas trazas de hurtar y modos extraordinarios conocí,[17] por
espacio de un mes, en ellos. Volvamos agora a que les enseñé el rosario y
conté el cuento. Celebraron mucho la traza, y recibióle la vieja por su
cuenta y razón para venderle.[18] La cual se iba por las casas diciendo que
era de una doncella pobre y que se deshacía dél para comer. Y ya tenía para
cada cosa su embuste y su trapaza.[19] Lloraba la vieja a cada paso,
enclavijaba las manos y suspiraba de lo amargo;[20] llamaba hijos a todos.
Traía, encima de muy buena camisa, jubón, ropa, saya y manteo, un saco de
sayal roto de un amigo ermitaño que tenía en las cuestas de Alcalá.[21] Ésta
gobernaba el hato, aconsejaba y encubría.
Quiso, pues, el diablo, que nunca está ocioso en cosas tocantes a sus
siervos, que yendo a vender no sé qué ropa y otras cosillas a una casa,
conoció uno no sé qué hacienda suya. Trujo un alguacil, y agarráronme la
vieja, que se llamaba la madre Labruscas.[22] Confesó luego todo el caso y
dijo cómo vivíamos todos y que éramos caballeros de rapiña.[23] Dejóla el
alguacil en la cárcel, y vino a casa y halló en ella a todos mis compañeros, y
a mí con ellos. Traía media docena de corchetes, verdugos de a pie,[24] y dio
con todo el colegio buscón en la cárcel, adonde se vio en gran peligro la
caballería.

CAPÍTULO CUARTO
En que trata los sucesos de la cárcel, hasta salir la vieja azotada,
los compañeros a la vergüenza y él en fiado

Echáronnos, en entrando, a cada uno dos pares de grillos y sumiéronnos en


un calabozo. Yo, que me vi ir allá, aprovechéme del dinero que traía
conmigo y, sacando un doblón,[1] díjele al carcelero:
—Señor, óigame V. Md. en secreto.
Y para que lo hiciese, dile escudo como cara.[2] En viéndolos,[3] me
apartó.
—Suplico a V. Md. —le dije— que se duela de un hombre de bien.
Busquéle las manos, y, como sus palmas estaban hechas a llevar
semejantes dátiles,[4] cerró con los dichos veinte y seis,[5] diciendo:
—Yo averiguaré la enfermedad y, si no es urgente, bajará al cepo.[6]
Yo conocí la deshecha,[7] y respondíle humilde. Dejóme fuera, y a los
amigos descolgáronlos abajo.
Dejo de contar la risa tan grande que, en la cárcel y por las calles, había
con nosotros; porque, como nos traían atados y a empellones, unos sin
capas y otros con ellas arrastrando, eran de ver unos cuerpos pías
remendados,[8] y otros aloques de tinto y blanco.[9] A cuál, por asirle de
alguna parte sigura, por estar todo tan manido,[10] le agarraba el corchete de
las puras carnes, y aun no hallaba de qué asir, según los tenía roídos la
hambre. Otros iban dejando a los corchetes en las manos los pedazos de
ropillas y greguescos.[11] Al quitar la soga en que venían ensartados, se
salían pegados los andrajos.
Al fin, yo fui, llegada la noche, a dormir a la sala de los linajes.[12]
Diéronme mi camilla. Era de ver algunos dormir envainados, sin quitarse
nada; otros, desnudarse de un golpe todo cuanto traían encima, como
culebras;[13] cuáles jugaban. Y, al fin, cerrados, se mató la luz. Olvidamos
todos los grillos. Era de ver a los que no tenían cama llegar y asir de los
pies al acostado, y sacarlo arrastrando en medio de la sala y encajarse en la
cama, y aquél asir de otro para acomodarse.
Estaba el servicio a mi cabecera.[14] Vime forzado, a intercesión de mis
narices, a decirles que mudasen a otra parte el vedriado.[15] Y sobre si le
viene muy ancho o no,[16] como si me hubieran tomado la medida con el
bacín, tuvimos palabras.[17] Usé el oficio de adelantado,[18] que es mejor a
veces serlo de un cachete que de un reino,[19] y metíle a uno media pretina
en la cara.[20] Él, por levantarse aprisa, derramóle, y al ruido despertó el
concurso. Asábamonos a pretinazos a escuras; y era tanto el mal olor, que
hubieron de levantarse todos.
Alzóse el grito.[21] El alcaide, sospechando que se le iban algunos
vasallos,[22] subió corriendo, armado, con toda su cuadrilla. Abrió la sala,
entró luz y informóse del caso: condenáronme todos. Yo me disculpaba con
decir que en toda la noche me habían dejado cerrar los ojos.[23] El carcelero,
pareciéndole que por no dejarme zabullir en lo hondo le daría otro doblón,
[24] asió del caso y mandóme bajar allá.[25] Determinéme a consentir, antes

que a pellizcar el talego más de lo que lo estaba. Fui llevado abajo;


recibiéronme con arbórbola y placer los amigos.[26]
Dormí aquella noche algo desabrigado. Amaneció el Señor, y salimos
del calabozo. Vímonos las caras, y lo primero que nos fue notificado fue dar
para la limpieza,[27] como si en una noche lo hubiera yo ensuciado todo,[28]
so pena de culebrazo fino.[29] Yo di luego seis reales; mis compañeros no
tenían qué dar, y así, quedaron remitidos para la noche.
Había en el calabozo un mozo tuerto, alto, abigotado, mohíno de cara,
[30] cargado de espaldas y de azotes en ellas. Traía más hierro que Vizcaya:
[31] dos pares de grillos y una cadena de portada. Llamábanle el Jayán.[32]

Decía que estaba preso por cosas de aire;[33] y así sospechaba yo si era por
algunos fuelles, chirimías o abanicos,[34] y decíale si era por algo desto.
Respondía que no, que eran cosas de atrás.[35] Yo pensé que pecados viejos
quería decir; y averigüé que por puto. Cuando el alcaide le reñía por alguna
travesura, le llamaba botiller del verdugo y depositario general de culpas.
[36] Otras veces le amenazaba diciendo:

—¿Qué te arriesgas, pobrete, con el que ha de hacer humo?[37] Dios es


Dios, que te vendimie de camino.[38]
Había confesado éste y era tan maldito, que traíamos todos con
carlancas,[39] como mastines, las traseras y no había quien se osase
ventosear, de miedo de acordarle dónde tenía las asentaderas.
Éste hacía amistad con otro que llamaban Robledo, y por otro nombre el
Trepado.[40] Decía que estaba preso por liberalidades; y, entendido, eran de
manos en pescar lo que topaba.[41] Éste había sido más azotado que
postillón:[42] no había verdugo que no hubiese probado la mano en él. Tenía
la cara con tantas cuchilladas, que, a descubrirse puntos, no se la ganara un
flux.[43] Tenía menos las orejas y pegadas las narices, aunque no tan bien
como la cuchillada que se las partía.[44]
A éstos se llegaban otros cuatro hombres, rapantes como leones de
armas,[45] todos agrillados, gente de azotes y galeras, chilindrón legítimo.
[46] Decían ellos que presto podrían decir que habían servido a su Rey por

mar y por tierra.[47] No se podrá creer la notable alegría con que aguardaban
su despacho.[48]
Todos éstos, mohínos de ver que mis compañeros no contribuían,[49]
ordenaron a la noche de darlos culebra de cáñamo con una soga dedicada al
efeto.[50]
Vino la noche. Fuímonos ahuchados a la postrera faldriquera de la casa.
[51] Mataron la luz. Yo metíme luego debajo de la tarima. Empezaron a

silbar dos dellos, y otro a dar sogazos. Los buenos caballeros, que vieron el
negocio de revuelta, se apretaron de manera las carnes ayunas —cenadas,
comidas y almorzadas de sarna y piojos—, que cupieron todos en un
resquicio de la tarima. Estaban como liendres en cabellos o chinches en
cama. Sonaban los golpes en la tabla; callaban los dichos. Los bellacos, que
vieron que no se quejaban, dejaron el dar azotes y empezaron a tirar
ladrillos, piedras y cascote que tenían recogido. Allí fue ella que uno le
halló el cogote a don Toribio y le levantó una pantorrilla en él de dos dedos.
[52] Comenzó a dar voces que le mataban. Los bellacos, porque no se

oyesen sus aullidos, cantaban todos juntos y hacían ruido con las prisiones.
[53] Él, por esconderse, asió de los otros para meterse debajo. Allí fue el ver

cómo, con la fuerza que hacían, les sonaban los güesos.


Acabaron su vida las ropillas. No quedaba andrajo en pie. Menudeaban
tanto las piedras y cascotes, que, dentro de poco tiempo, tenía el dicho don
Toribio más golpes en la cabeza que una ropilla abierta.[54] Y no hallando
remedio contra el granizo, viéndose, sin santidad, cerca de morir San
Esteban,[55] dijo que le dejasen salir, quél pagaría luego y daría sus vestidos
en prendas. Consintiéronselo, y, a pesar de los otros, que se defendían con
él, descalabrado y como pudo, se levantó y pasó a mi lado.
Los otros, por presto que acordaron a hacer lo mismo, ya tenían las
chollas con más tejas que pelos.[56] Ofrecieron para pagar la patente sus
vestidos,[57] haciendo cuenta que era mejor entrarse en la cama por
desnudos que por heridos. Y así, aquella noche los dejaron y a la mañana
les pidieron que se desnudasen, y se halló que, de todos sus vestidos juntos,
no se podía hacer una mecha a un candil.
Quedáronse en la cama, digo envueltos en una manta, la cual era la que
llaman ruana,[58] donde se espulgan todos. Empezaron luego a sentir el
abrigo de la manta, porque había piojo con hambre canina y otro que, en un
brazo ayuno dellos, quebraba ayuno de ocho días; habíalos frisones y otros
que se podían echar a la oreja de un toro.[59] Pensaron aquella mañana ser
almorzados dellos. Quitáronse la manta, maldiciendo su fortuna,
deshaciéndose a puras uñadas.
Yo salíme del calabozo, diciéndoles que me perdonasen si no les hiciese
mucha compañía, porque me importaba no hacérsela. Torné a repasarle las
manos al carcelero con tres de a ocho[60] y, sabiendo quién era el escribano
de la causa,[61] inviéle a llamar con un picarillo.[62] Vino, metíle en un
aposento y empecéle a decir, después de haber tratado de la causa, cómo yo
tenía no sé qué dinero. Supliquéle que me lo guardase y que, en lo que
hubiese lugar, favoreciese la causa de un hijodalgo desgraciado que, por
engaño, había incurrido en tal delito.
—Crea V. Md. —dijo después de haber pescado la mosca—[63] que en
nosotros está todo el juego y que, si uno da en no ser hombre de bien, puede
hacer mucho mal. Más tengo yo en galeras de balde, por mi gusto, que hay
letras en el proceso. Fíese de mí y crea que le sacaré a paz y a salvo.[64]
Fuese con esto y volvióse desde la puerta a pedirme algo para el buen
Diego García, el alguacil,[65] que importaba acallarle con mordaza de plata,
y apuntóme no sé qué del relator,[66] para ayuda de comerse cláusula entera.
[67] Dijo:

—Un relator, señor, con arcar las cejas,[68] levantar la voz, dar una
patada para hacer atender al alcalde divertido,[69] hacer una acción,[70]
destruye a un cristiano.
Dime por entendido y añadí otros cincuenta reales. Y, en pago, me dijo
que enderezase el cuello de la capa y dos remedios para el catarro que tenía
de la frialdad del calabozo; y últimamente me dijo, mirándome con grillos:
—Ahorre de pesadumbre, que, con ocho reales que dé al alcaide, le
aliviará; que ésta es gente que no hace virtud si no es por interés.
Cayóme en gracia la advertencia. Al fin, él se fue, yo di al carcelero un
escudo;[71] quitóme los grillos.
Dejábame entrar en su casa.[72] Tenía una ballena por mujer y dos hijas
—del diablo— feas y necias, y de la vida,[73] a pesar de sus caras. Sucedió
que el carcelero —se llamaba tal Blandones de San Pablo, y la mujer doña
Ana Moráez—[74] vino a comer, estando yo allí, muy enojado y bufando.
No quiso comer. La mujer, recelando alguna gran pesadumbre, se llegó a él
y le enfadó tanto con las acostumbradas importunidades, que dijo:
—¿Qué ha de ser, si el bellaco ladrón de Almendros,[75] el aposentador,
[76] me ha dicho, teniendo palabras con él sobre el arrendamiento, que vos

no sois limpia?
—¿Tantos rabos me ha quitado el bellaco?[77] —dijo ella—; por el siglo
de mi agüelo,[78] que no sois hombre, pues no le pelastes las barbas. ¿Llamo
yo a sus criadas que me limpien?
Y volviéndose a mí, dijo:
—Vale Dios que no me podrá decir que soy judía como él, que, de
cuatro cuartos que tiene, los dos son de villano, y los otros ocho maravedís,
de hebreo.[79] A fe, señor don Pablos, que si yo lo oyera, que yo le acordara
de que tiene las espaldas en el aspa del San Andrés.[80]
Entonces, muy afligido, el alcaide respondió:
—¡Ay, mujer, que callé porque dijo que en ésa teníades vos dos o tres
madejas![81] Que lo sucio no os lo dijo por lo puerco, sino por el no lo
comer.[82]
—Luego, ¿judía dijo que era? ¿Y con esa paciencia lo decís? ¡Buenos
tiempos![83] ¿Así sentís la honra de doña Ana Moráez, hija de Esteban
Rubio y Joan de Madrid,[84] que sabe Dios y todo el mundo?
—¡Cómo! ¿Hija —dije yo— de Joan de Madrid?
—De Juan de Madrid el de Auñón.[85]
—Voto a Dios —dije yo— que el bellaco que tal dijo es un judío, puto y
cornudo.[86]
Y volviéndome a ellas:
—Joan de Madrid, mi señor, que esté en el cielo, fue primo hermano de
mi padre. Y daré yo probanza de quién es y cómo; y esto me toca a mí. Y si
salgo de la cárcel, yo le haré desdecir cien veces al bellaco. Ejecutoria tengo
en el pueblo, tocante a entrambos, con letras de oro.[87]
Alegráronse con el nuevo pariente y cobraron ánimo con lo de la
ejecutoria; y ni yo la tenía, ni sabía quiénes eran. Comenzó el marido a
quererse informar del parentesco por menudo. Yo, porque no me cogiese en
mentira, hice que me salía de enojado, votando y jurando. Tuviéronme,
diciendo que no se tratase más dello. Yo, de rato en rato, salía muy al
descuido con decir:[88] —«¡Joan de Madrid! ¡Burlando es la probanza que
yo tengo suya!».[89] Otras veces decía: —«¡Joan de Madrid, el mayor! Su
padre de Joan de Madrid fue casado con Ana de Acevedo, la gorda». Y
callaba otro poco.
Al fin, con estas cosas, el alcaide me daba de comer y cama en su casa,
y el escribano, solicitado dél y cohechado con el dinero, lo hizo tan bien,
que sacaron a la vieja delante de todos en un palafrén pardo a la brida,[90]
con un músico de culpas delante.[91] Era el pregón: —«¡A esta mujer, por
ladrona!». Llevábale el compás en las costillas el verdugo, según lo que le
habían recetado los señores de los ropones.[92] Luego seguían todos mis
compañeros, en los overos de echar agua,[93] sin sombreros y las caras
descubiertas. Sacábanlos a la vergüenza, y cada uno, de puro roto,[94]
llevaba la suya de fuera.
Desterráronlos por seis años. Yo salí en fiado, por virtud del escribano.
Y el relator no se descuidó, porque mudó tono, habló quedo y ronco, brincó
razones y mascó cláusulas enteras.

CAPÍTULO QUINTO
De cómo tomó posada, y la desgracia que le sucedió en ella

Salí de la cárcel. Halléme solo y sin los amigos. Aunque me avisaron que
iban camino de Sevilla a costa de la caridad,[1] no los quise seguir.
Determinéme de ir a una posada, donde hallé una moza rubia y blanca,
miradora, alegre, a veces entremetida y a veces entresacada y salida.[2]
Zaceaba un poco.[3] Tenía miedo a los ratones.[4] Preciábase de manos y,
por enseñarlas, siempre despabilaba las velas,[5] partía la comida en la
mesa; en la iglesia, siempre tenía puestas las manos;[6] por las calles, iba
enseñando siempre cuál casa era de uno y cuál de otro; en el estrado, de
contino tenía un alfiler que prender en el tocado;[7] si se jugaba a algún
juego, era siempre el de pizpirigaña,[8] por ser cosa de mostrar manos.
Hacía que bostezaba, adrede, sin tener gana, por mostrar los dientes y hacer
cruces en la boca.[9] Al fin, toda la casa tenía ya tan manoseada, que
enfadaba ya a sus mismos padres.
Hospedáronme muy bien en su casa, porque tenían trato de alquilarla,
[10] con muy buena ropa, a tres moradores. Fui el uno yo, el otro un

portugués, y un catalán. Hiciéronme muy buena acogida.


A mí no me pareció mal la moza para el deleite, y lo otro la comodidad
de hallármela en casa: di en poner en ella los ojos. Contábales cuentos que
yo tenía estudiados para entretener; traíalas nuevas, aunque nunca las
hubiese; servíalas en todo lo que era de balde. Díjelas que sabía
encantamentos y que era nigromante, que haría que pareciese que se hundía
la casa y que se abrasaba, y otras cosas que ellas, como buenas creedoras,
[11] tragaron. Granjeé una voluntad en todos agradecida, pero no enamorada,
[12] que, como no estaba tan bien vestido como era razón —aunque ya me

había mejorado algo de ropa por medio del alcaide, a quien visitaba
siempre, conservando la sangre a pura carne y pan que le comía—,[13] no
hacían de mí el caso que era razón.
Di, para acreditarme de rico que lo disimulaba, en enviar a mi casa
amigos a buscarme cuando no estaba en ella. Entró uno, el primero,
preguntando por el señor don Ramiro de Guzmán, que así dije que era mi
nombre; porque los amigos me habían dicho que no era de costa mudarse
los nombres y que era útil.[14] Al fin, preguntó por don Ramiro, «un hombre
de negocios rico, que hizo agora tres asientos con el Rey».[15]
Desconociéronme en esto las huéspedas y respondieron que allí no vivía
sino un don Ramiro de Guzmán, más roto que rico,[16] pequeño de cuerpo,
feo de cara y pobre.
—Ese es —replicó— el que yo digo, y no quisiera más renta al servicio
de Dios que la que tiene a más de dos mil ducados.
Contóles otros embustes, quedáronse espantadas, y él las dejó una
cédula de cambio fingida, que traía a cobrar en mí,[17] de nueve mil
escudos. Díjoles que me la diesen para que la acetase, y fuese.
Creyeron la riqueza la niña y la madre y acotáronme luego para marido.
[18] Vine yo con gran disimulación, y, en entrando, me dieron la cédula,

diciendo:
—Dineros y amor mal se encubren,[19] señor don Ramiro. ¿Cómo que
nos esconda V. Md. quién es, debiéndonos tanta voluntad?
Yo hice como que me había disgustado por el dejar de la cédula y fuime
a mi aposento. Era de ver cómo, en creyendo que tenía dinero, me decían
que todo me estaba bien, celebraban mis palabras, no había tal donaire
como el mío. Yo, que las vi tan cebadas,[20] declaréle mi voluntad a la
muchacha, y ella me oyó contentísima, diciéndome mil lisonjas.
Apartámonos; y, una noche, di para confirmarlas más en mi riqueza:
cerréme en mi aposento, que estaba dividido del suyo con sólo un tabique
muy delgado, y, sacando cincuenta escudos, estuve contándolos en la mesa
tantas veces, que oyeron contar seis mil escudos. Fue esto de verme con
tanto dinero de contado,[21] para ellas, todo lo que yo podía desear, porque
dieron en desvelarse para regalarme y servirme.
El portugués se llamaba o siñor Vasco de Meneses, caballero de la
cartilla, digo de Christus.[22] Traía su capa de luto,[23] botas,[24] cuello
pequeño y mostachos grandes. Ardía por dona Berenguela de Robledo, que
así se llamaba. Enamorábala sentándose a conversación y suspirando más
que beata en sermón de Cuaresma.[25] Cantaba mal, y siempre andaba
apuntado con él el catalán,[26] el cual era la criatura más triste y miserable
que Dios crió;[27] comía a tercianas, de tres a tres días,[28] y el pan tan duro,
que apenas le pudiera morder un maldiciente.[29] Pretendía por lo bravo, y si
no era el poner güevos, no le faltaba otra cosa para gallina,[30] porque
cacareaba notablemente.[31]
Como vieron los dos que yo iba tan adelante, dieron en decir mal de mí.
El portugués decía que era un piojoso, pícaro, desarropado;[32] el catalán me
trataba de cobarde y vil. Yo lo sabía todo, y a veces lo oía, pero no me
hallaba con ánimo para responder. Al fin, la moza me hablaba y recibía mis
billetes. Comenzaba por lo ordinario: «Este atrevimiento, su mucha
hermosura de V. Md…»; decía lo de «me abraso», trataba de «penar»,
ofrecíame por esclavo, firmaba el corazón con la saeta… Al fin, llegamos a
los túes,[33] y yo, para alimentar más el crédito de mi calidad, salíme de
casa y alquilé una mula y, arrebozado y mudando la voz, vine a la posada y
pregunté por mí mismo, diciendo si vivía allí su merced del señor don
Ramiro de Guzmán, señor del Valcerrado y Vellorete.[34] «Aquí vive —
respondió la niña— un caballero de ese nombre, pequeño de cuerpo.» Y,
por las señas, dije yo que era él y las supliqué que le dijesen que Diego de
Solórzana, su mayordomo,[35] que fue de las depositarías,[36] pasaba a las
cobranzas y le había venido a besar las manos.[37] Con esto me fui, y volví a
casa de allí a un rato.
Recibiéronme con la mayor alegría del mundo, diciendo que para qué
les tenía escondido el ser señor de Valcerrado y Villorete. Diéronme el
recado. Con esto, la muchacha se remató, cudiciosa de marido tan rico, y
trazó de que la fuese a hablar a la una de la noche por un corredor que caía
a un tejado, donde estaba la ventana de su aposento.
El diablo, que es agudo en todo, ordenó que, venida la noche, yo,
deseoso de gozar la ocasión, me subí al corredor y, por pasar desde él al
tejado que había de ser, vánseme los pies y doy en el de un vecino escribano
tan desatinado golpe, que quebré todas las tejas y quedaron estampadas en
las costillas. Al ruido, despertó la media casa y, pensando que eran ladrones
—que son antojadizos dellos los deste oficio—,[38] subieron al tejado. Yo,
que vi esto, quíseme esconder detrás de una chimenea, y fue aumentar la
sospecha, porque el escribano y dos criados y un hermano me molieron a
palos y me ataron a vista de mi dama, sin bastarme ninguna diligencia. Mas
ella se reía mucho, porque, como yo la había dicho que sabía hacer burlas y
encantamentos, pensó que había caído por gracia y nigromancia y no hacía
sino decirme que subiese, que bastaba ya. Con esto, y con los palos y
puñadas que me dieron, daba aullidos; y era lo bueno que ella pensaba que
todo era artificio y no acababa de reír.
Comenzó luego a hacer la causa[39] y, porque me sonaron unas llaves en
la faldriquera, dijo y escribió que eran ganzúas y, aunque las vio, sin haber
remedio de que no lo fuesen. Díjele que era don Ramiro de Guzmán, y rióse
mucho. Yo, triste, que me había visto moler a palos delante de mi dama y
me vi llevar preso sin razón y con mal nombre, no sabía qué hacerme.
Hincábame de rodillas, y ni por ésas ni por esotras bastaba con el escribano.
Todo esto pasaba en el tejado, que los tales, aun de las tejas arriba
levantan falsos testimonios.[40] Dieron orden de bajarme abajo, y lo hicieron
por una ventana que caía a una pieza que servía de cocina.

CAPÍTULO SESTO
Prosigue el cuento, con otros varios sucesos

No cerré los ojos en toda la noche, considerando mi desgracia, que no fue


dar en el tejado, sino en las manos del escribano. Y cuando me acordaba de
lo de las ganzúas y las hojas que había escrito en la causa,[1] echaba de ver
que no hay cosa que tanto crezca como culpa en poder de escribano.[2]
Pasé la noche en revolver trazas.[3] Unas veces me determinaba a
rogárselo por Jesucristo[4] y, considerando lo que le pasó con ellos vivo, no
me atrevía.[5] Mil veces me quise desatar, pero sentíame luego y
levantábase a visitarme los nudos, que más velaba él en cómo forjaría el
embuste que yo en mi provecho. Madrugó al amanecer y vistióse a hora que
en toda su casa no había otros levantados sino él y los testimonios.[6]
Agarró la correa y tornóme a repasar las costillas, reprehendiéndome el mal
vicio de hurtar como quien tan bien le sabía.
En esto estábamos, él dándome y yo casi determinado de darle a él
dineros,[7] que es la sangre con que se labran semejantes diamantes,[8]
cuando, incitados y forzados de los ruegos de mi querida,[9] que me había
visto caer y apalear, desengañada de que no era encanto sino desdicha,
entraron el portugués y el catalán; y en viendo el escribano que me
hablaban, desenvainando la pluma, los quiso espetar, por cómplices, en el
proceso.[10]
El portugués no lo pudo sufrir y tratóle algo mal de palabra, diciendo
que él era un caballero «fidalgo de casa du Rey» y que yo era un «home
muito fidalgo» y que era bellaquería tenerme atado.[11] Comenzóme a
desatar y, al punto, el escribano clamó: —«¡Resistencia!»; y dos criados
suyos, entre corchetes y ganapanes,[12] pisaron las capas, deshiciéronse los
cuellos, como lo suelen hacer para representar las puñadas que no ha
habido, y pedían favor al Rey.[13] Los dos, al fin, me desataron, y viendo el
escribano que no había quien le ayudase, dijo:
—¡Voto a Dios que esto no se puede hacer conmigo y que, a no ser Vs.
Mds. quien son,[14] les podría costar caro! Manden contentar estos testigos
y echen de ver que les sirvo sin interés.
Yo vi luego la letra:[15] saqué ocho reales y díselos, y aun estuve por
volverle los palos que me había dado; pero, por no confesar que los había
recibido, lo dejé y me fui con ellos,[16] dando las gracias de mi libertad y
rescate.
Entré en casa con la cara rozada de puros mojicones y las espaldas algo
mohínas de los varapalos.[17] Reíase el catalán mucho y decía a la niña que
se casase conmigo, para volver el refrán al revés, y que no fuese tras
cornudo apaleado, sino tras apaleado cornudo.[18] Tratábame de resuelto y
sacudido,[19] por los palos. Traíame afrentado con estos equívocos. Si
entraba a visitarlos, trataban luego de varear; otras veces, de leña y madera.
Yo, que me vi corrido y afrentado y que ya me iban dando en la flor de
lo rico,[20] comencé a trazar de salirme de casa;[21] y, para no pagar comida,
cama ni posada, que montaba algunos reales, y sacar mi hato libre, traté con
un licenciado Brandalagas, natural de Hornillos,[22] y con otros dos amigos
suyos, que me viniesen una noche a prender. Llegaron la señalada y
requirieron a la güéspeda que venían de parte del Santo Oficio y que
convenía secreto.[23] Temblaron todas, por lo que yo me había hecho
nigromántico con ellas. Al sacarme a mí callaron; pero, al ver sacar el hato,
pidieron embargo por la deuda, y respondieron que eran bienes de la
Inquisición. Con esto no chistó alma terrena.
Dejáronles salir y quedaron diciendo que siempre lo temieron. Contaban
al catalán y al portugués lo de aquellos que me venían a buscar; decían
entrambos que eran demonios y que yo tenía familiar.[24] Y cuando les
contaban del dinero que yo había contado, decían que parecía dinero, pero
que no lo era. De ninguna suerte persuadiéronse a ello.
Yo saqué mi ropa y comida horra.[25] Di traza, con los que me ayudaron,
de mudar de hábito y ponerme calza de obra y vestido al uso,[26] cuellos
grandes y un lacayo en menudos:[27] dos lacayuelos, que entonces era uso.
Animáronme a ello, poniéndome por delante el provecho que se me siguiría
de casarme con la ostentación, a título de rico, y que era cosa que sucedía
muchas veces en la Corte; y aún añadieron que ellos me encaminarían parte
conveniente y que me estuviese bien,[28] y con algún arcaduz por donde se
guiase.[29] Yo, negro cudicioso de pescar mujer,[30] determinéme. Visité no
sé cuántas almonedas y compré mi aderezo de casar.[31] Supe dónde se
alquilaban caballos y espetéme en uno el primer día, y no hallé lacayo.[32]
Salíme a la calle Mayor y púseme enfrente de una tienda de jaeces,[33]
como que concertaba alguno. Llegáronse dos caballeros, cada cual con su
lacayo. Preguntáronme si concertaba uno de plata que tenía en las manos.
Yo solté la prosa[34] y, con mil cortesías, los detuve un rato. En fin, dijeron
que se querían ir al Prado a bureo un poco,[35] y yo, que si no lo tenían a
enfado, que los acompañaría. Dejé dicho al mercader que si viniesen allí
mis pajes y un lacayo,[36] que los encaminase al Prado. Di señas de la librea
y metíme entre los dos y caminamos.[37] Yo iba considerando que a nadie
que nos veía era posible el determinar cuyos eran los lacayos ni cuál era el
que no le llevaba.[38]
Empecé a hablar muy recio de las cañas de Talavera y de un caballo que
tenía porcelana,[39] encarecíales mucho el Roldanejo que esperaba de
Córdoba.[40] En topando algún paje, caballo o lacayo, los hacía parar y les
preguntaba cúyo era y decía de las señales y si le querían vender,[41] hacíale
dar dos vueltas en la calle y, aunque no la tuviese, le ponía una falta en el
freno y decía lo que había de hacer para remediarlo. Y quiso mi ventura que
topé muchas ocasiones de hacer esto. Y porque los otros iban
embelesados[42] y, a mi parecer, diciendo: —«¿Quién será este tagarote
escuderón?»,[43] porque el uno llevaba un hábito en los pechos y el otro una
cadena de diamantes (que era hábito y encomienda todo junto),[44] dije yo
que andaba en busca de buenos caballos para mí y a otro primo mío, que
entrábamos en unas fiestas.
Llegamos al Prado y, en entrando, saqué el pie del estribo y puse el
talón por defuera y empecé a pasear. Llevaba la capa echada sobre el
hombro y el sombrero en la mano.[45] Mirábanme todos; cuál decía:
—«Este yo le he visto a pie»; otro: —«¡Hola!, lindo va el buscón».[46] Yo
hacía como que no oía nada y paseaba.
Llegáronse a un coche de damas los dos y pidiéronme que picardease un
rato.[47] Dejéles la parte de las mozas y tomé el estribo de madre y tía.[48]
Eran las vejezuelas alegres, la una de cincuenta y la otra punto menos.[49]
Díjelas mil ternezas, y oíanme; que no hay mujer, por vieja que sea, que
tenga tantos años como presunción. Prometílas regalos y preguntélas del
estado de aquellas señoras, y respondieron que doncellas, y se les echaba de
ver en la plática. Yo dije lo ordinario: que las viesen colocadas como
merecían; y agradóles mucho la palabra colocadas. Preguntáronme, tras
esto, que en qué me entretenía en la Corte.
Yo les dije que en huir de un padre y madre, que me querían casar
contra mi voluntad con mujer fea y necia y mal nacida, por el mucho dote.
[50] —«Y yo, señoras, quiero más una mujer limpia en cueros,[51] que una

judía poderosa, que, por la bondad de Dios, mi mayorazgo vale al pie de


cuatro mil ducados de renta[52] y, si salgo con un pleito que traigo en
buenos puntos,[53] no habré menester nada.» Saltó tan presto la tía:[54]
—¡Ay, señor, y cómo le quiero bien! No se case sino con su gusto y
mujer de casta, que le prometo que, con ser yo no muy rica, no he querido
casar mi sobrina, con haberle salido ricos casamientos, por no ser de
calidad. Ella pobre es, que no tiene sino seis mil ducados de dote,[55] pero
no debe nada a nadie en sangre.[56]
—Eso creo muy bien —dije yo.
En esto, las doncellicas remataron la conversación con pedir algo de
merendar a mis amigos. Mirábase el uno a otro, y a todos tiembla la barba.
[57] Yo, que vi ocasión, dije que echaba menos mis pajes,[58] por no tener
con quien inviar a casa por unas cajas que tenía.[59] Agradeciéronmelo, y yo
las supliqué se fuesen a la Casa del Campo al otro día,[60] y que yo las
inviaría algo fiambre. Acetaron luego; dijéronme su casa y preguntaron la
mía. Y, con tanto, se apartó el coche, y yo y los compañeros comenzamos a
caminar a casa.[61]
Ellos, que me vieron largo en lo de la merienda, aficionáronse y, por
obligarme, me suplicaron cenase con ellos aquella noche. Híceme algo de
rogar, aunque poco, y cené con ellos, haciendo bajar a buscar mis criados y
jurando de echarlos de casa. Dieron las diez, y yo dije que era plazo de
cierto martelo y que, así, me diesen licencia.[62] Fuime, quedando
concertados de vernos a la tarde, en la Casa del Campo.
Fui a dar el caballo al alquilador y, desde allí, a mi casa. Hallé los
compañeros jugando quinolicas.[63] Contéles el caso y el concierto hecho, y
determinamos de enviar la merienda sin falta y gastar docientos reales en
ella.[64]
Acostámonos con estas determinaciones. Yo confieso que no pude
dormir en toda la noche con el cuidado de lo que había de hacer con el dote.
Y lo que más me tenía en duda era el hacer dél una casa o darlo a censo,[65]
que no sabía yo cuál sería mejor y de más provecho.

CAPÍTULO SÉTIMO
En que se prosigue lo mismo, con otros sucesos
y desgracias que le sucedieron

Amaneció, y despertamos a dar traza en los criados, plata y merienda.[1] En


fin, como el dinero ha dado en mandarlo todo y no hay quien le pierda el
respeto, pagándoselo a un repostero de un señor,[2] me dio plata y la sirvió
él y tres criados.
Pasóse la mañana en aderezar lo necesario, y a la tarde ya yo tenía
alquilado mi caballito. Tomé el camino, a la hora señalada, para la Casa del
Campo. Llevaba toda la pretina llena de papeles,[3] como memoriales,[4] y
desabotonados seis botones de la ropilla y asomados unos papeles.[5]
Llegué, y ya estaban allá las dichas y los caballeros y todo.[6] Recibiéronme
ellas con mucho amor, y ellos llamándome de vos,[7] en señal de
familiaridad. Había dicho que me llamaba don Filipe Tristán, y en todo el
día había otra cosa sino don Filipe acá y don Filipe allá. Yo comencé a decir
que me había visto tan ocupado con negocios de Su Majestad y cuentas de
mi mayorazgo, que había temido el no poder cumplir y que, así, las
apercibía a merienda de repente.[8]
En esto, llegó el repostero con su jarcia,[9] plata y mozos; los otros y
ellas no hacían sino mirarme y callar. Mandéle que fuese al cenador y
aderezase allí,[10] que entre tanto nos íbamos a los estanques.[11] Llegáronse
a mí las viejas a hacerme regalos,[12] y holguéme de ver descubiertas las
niñas,[13] porque no he visto, desde que Dios me crió, tan linda cosa como
aquélla en quien yo tenía asestado el matrimonio:[14] blanca, rubia,
colorada, boca pequeña, dientes menudos y espesos,[15] buena nariz, ojos
rasgados y verdes, alta de cuerpo, lindas manazas y zazosita.[16] La otra no
era mala, pero tenía más desenvoltura y dábame sospechas de hocicada.[17]
Fuimos a los estanques, vímoslo todo y, en el discurso, conocí que la mi
desposada corría peligro en tiempo de Herodes,[18] por inocente.[19] No
sabía, pero como yo no quiero las mujeres para consejeras ni bufonas, sino
para acostarme con ellas, y si son feas y discretas es lo mismo que acostarse
con Aristóteles o Séneca o con un libro,[20] procúrolas de buenas partes para
el arte de las ofensas;[21] que, cuando sea boba, harto sabe si me sabe bien.
[22] Esto me consoló. Llegamos cerca del cenador, y, al pasar una enramada,

prendióseme en un árbol la guarnición del cuello y desgarróse un poco.


Llegó la niña y prendiómelo con un alfiler de plata, y dijo la madre que
inviase el cuello a su casa al otro día, que allá lo aderezaría doña Ana, que
así se llamaba la niña.
Estaba todo cumplidísimo; mucho que merendar, caliente y fiambre,
frutas y dulces. Levantaron los manteles y, estando en esto, vi venir un
caballero con dos criados por la güerta adelante y, cuando no me cato,[23]
conozco a mi buen don Diego Coronel. Acercóse a mí y, como estaba en
aquel hábito,[24] no hacía sino mirarme. Habló a las mujeres y tratólas de
primas; y, a todo esto, no hacía sino volver y mirarme. Yo me estaba
hablando con el repostero, y los otros dos, que eran sus amigos, estaban en
gran conversación con él.
Preguntóles, según se echó de ver después, mi nombre, y ellos dijeron:
—«Don Filipe Tristán, un caballero muy honrado y rico». Veíale yo
santiguarse. Al fin, delante dellas y de todos, se llegó a mí y dijo:
—V. Md. me perdone, que por Dios que le tenía, hasta que supe su
nombre, por bien diferente de lo que es; que no he visto cosa tan parecida a
un criado, que yo tuve en Segovia, que se llamaba Pablillos, hijo de un
barbero del mismo lugar.
Riéronse todos mucho, y yo me esforcé para que no me desmintiese la
color y díjele que tenía deseo de ver aquel hombre, porque me habían dicho
infinitos que le era parecidísimo.
—¡Jesús! —decía el don Diego—, ¿cómo parecido? El talle, la habla,
los meneos, hasta en esa señal de la frente, que en V. Md. debe de ser herida
y en él fue un palo que le dieron entrando a hurtar unas gallinas.[25] ¡No he
visto tal cosa! Digo, señor, que es admiración grande y que no hay cosa tan
parecida.
—Dolo al diablo —dije yo—;[26] ¿y no ahorcaron ese ganapán?[27]
Entonces las viejas, tía y madre, dijeron que cómo era posible que a un
caballero tan principal se pareciese un pícaro tan bajo como aquél. Y,
porque no sospechase nada dellas, dijo la una:
—Yo le conozco muy bien al señor don Filipe, que es el que nos
hospedó por orden de mi marido, que fue gran amigo suyo, en Ocaña.
Yo entendí la letra,[28] y dije que mi voluntad era y sería de servirlas con
mi poco posible en todas partes. El don Diego se me ofreció y me pidió
perdón del agravio que me había hecho en tenerme por el hijo del barbero.
Y añadía:
—No creerá V. Md.: su madre era hechicera y un poco puta;[29] y su
padre, ladrón; y su tío, verdugo; y él, el más ruin hombre y más mal
inclinado tacaño del mundo.[30]
Yo decía con unos empujoncillos de risa: —«¡Gentil bergantón!,
¡Hideputa pícaro!». Y, por de dentro, considere el pío letor lo que sentiría
mi gallofería.[31] Estaba, aunque lo disimulaba, como en brasas.
Tratamos de venirnos al lugar. Yo y los otros dos nos despedimos, y don
Diego se entró con ellas en el coche. Preguntólas que qué era la merienda y
el estar conmigo; y la madre y tía dijeron cómo yo era un mayorazgo de
tantos ducados de renta y que me quería casar con Anica, que se informase
y vería si era cosa, no sólo acertada, sino de mucha honra para todo su
linaje.
En esto pasaron el camino hasta su casa, que era en la calle del Arenal a
San Filipe.[32] Nosotros nos fuimos a casa juntos, como la otra noche.
Pidiéronme que jugase, cudiciosos de pelarme.[33] Yo entendíles la flor y
sentéme.[34] Sacaron naipes; estaban hechos.[35] Perdí una mano. Di en irme
por abajo y ganéles cosa de trecientos reales;[36] y, con tanto, me despedí y
vine a mi casa.
Topé a mis compañeros, licenciado Brandalagas y Pero López, los
cuales estaban estudiando en unos dados tretas flamantes. En viéndome, lo
dejaron, cudiciosos de preguntarme lo que me había sucedido. Yo venía
cariacontecido y encapotado;[37] no les dije más de que me había visto en
un grande aprieto. Contéles cómo me había topado con don Diego y lo que
me había sucedido. Consoláronme, aconsejando que disimulase y no
desistiese de la pretensión por ningún camino ni manera.
En esto, supimos que se jugaba en casa de un vecino boticario juego de
parar.[38] Entendíalo yo entonces razonablemente, porque tenía más flores
que un mayo y barajas hechas lindas.[39] Determinámonos de ir a darles un
muerto (que así se llama el enterrar una bolsa);[40] invié los amigos delante,
entraron en la pieza y dijeron si gustarían de jugar con un fraile que acababa
de llegar a curarse en cas de unas primas suyas,[41] que venía enfermo y
traía talegos como el brazo y una calza de doblones.[42] Crecióles a todos el
ojo y clamaron:[43]
—¡Venga el fraile norabuena!
—Es hombre grave en la orden —replicó Pero López— y, como ha
salido, se quiere entretener, que él más lo hace por la conversación.[44]
—Venga, y sea por lo que fuere.
—No ha de entrar nadie de fuera, por el recato —dijo Brandalagas.
—No hay tratar deso —respondió el güésped—; ni criados.[45]
Con esto, ellos quedaron ciertos del caso, y creída la mentira. Vinieron
los acólitos,[46] y ya yo estaba con un tocador en la cabeza,[47] por disimular
la corona y fingir la enfermedad;[48] sahuméme con paja y afeitéme de
tercianas,[49] con una color de cera amarilla, y mi hábito de fraile,[50] unos
antojos y mi barba,[51] que por ser atusada no desayudaba.[52] Entré muy
humilde, sentéme, comenzóse el juego. Ellos levantaban bien.[53] Iban tres
al mohíno, pero quedaron mohínos los tres,[54] porque yo, que sabía más
que ellos, les di tal gatada que,[55] en espacio de tres horas, me llevé más de
mil y trecientos reales. Di baratos[56] y, con mi «¡loado sea Nuestro
Señor!», me despedí, encargándoles que no recibiesen escándalo de verme
jugar,[57] que era entretenimiento y no otra cosa. Los otros, que habían
perdido cuanto tenían, dábanse a mil diablos.[58] Despedíme, y salímonos
fuera.
Venimos a casa a la una y media y acostámonos después de haber
partido la ganancia. Consoléme con esto algo de lo sucedido y, a la mañana,
me levanté a buscar mi caballo y no hallé por alquilar ninguno; en lo cual
conocí que había otros muchos como yo. Pues andar a pie pareciera mal, y
más entonces, fuime a San Filipe y topéme con un lacayo de un letrado, que
tenía un caballo y le aguardaba,[59] que se había acabado de apear a oír
misa. Metíle cuatro reales en la mano, porque, mientras su amo estaba en la
iglesia, me dejase dar dos vueltas en el caballo por la calle del Arenal, que
era la de mi señora.
Consintió, subí en el caballo y di dos vueltas calle arriba y calle abajo
sin ver nada; y, al dar la tercera, asomóse doña Ana. Yo, que la vi y no sabía
las mañas del caballo ni era buen jinete, quise hacer galantería: dile dos
varazos, tiréle de la rienda; empínase y, tirando dos coces, aprieta a correr y
da conmigo por las orejas en un charco.[60] Yo, que me vi así, y rodeado de
niños que se habían llegado y delante de mi señora, empecé a decir:
—¡Oh, hi de puta! ¡No fuérades vos valenzuela![61] Estas temeridades
me han de acabar. Habíanme dicho las mañas, y quise porfiar con él.
Traía el lacayo ya el caballo, que se paró luego. Yo torné a subir, y, al
ruido, se había asomado don Diego Coronel, que vivía en la misma casa de
sus primas. Yo, que le vi, me demudé. Preguntóme si había sido algo; dije
que no, aunque tenía estropeada una pierna. Dábame el lacayo prisa, porque
no saliese su amo y lo viese, que había de ir a Palacio.
Y soy tan desgraciado que, estándome diciendo el lacayo que nos
fuésemos, llega por detrás el letradillo y, conociendo su rocín,[62] arremete
al lacayo y empieza a darle de puñadas, diciendo en altas voces que qué
bellaquería era dar su caballo a nadie. Y lo peor fue que, volviéndose a mí,
dijo que me apease con Dios, muy enojado. Todo pasaba a vista de mi dama
y de don Diego: no se ha visto en tanta vergüenza ningún azotado. Estaba
tristísimo de ver dos desgracias tan grandes en un palmo de tierra. Al fin,
me hube de apear; subió el letrado y fuese. Y yo, por hacer la deshecha,[63]
quedéme hablando desde la calle con don Diego y dije:
—En mi vida subí en tan mala bestia. Está ahí mi caballo overo en San
Filipe,[64] y es desbocado en la carrera y trotón.[65] Dije cómo yo le corría y
hacía parar. Dijeron que allí estaba uno en que no lo haría, y era éste deste
licenciado. Quise probarlo. No se puede creer qué duro es de caderas; y con
mala silla, fue milagro no matarme.
—Sí fue —dijo don Diego—, y, con todo, parece que se siente V. Md.
de esa pierna.
—Sí siento —dije yo—, y me querría ir a tomar mi caballo y a casa.
La muchacha quedó satisfecha y con lástima de mi caída, mas el don
Diego cobró mala sospecha de lo del letrado, y fue totalmente causa de mi
desdicha, fuera de otras muchas que me sucedieron. Y la mayor y
fundamento de las otras fue que, cuando llegué a casa, y fui a ver una arca,
adonde tenía en una maleta todo el dinero que me había quedado de mi
herencia y lo que había ganado, menos cien reales que yo traía conmigo,
hallé quel buen licenciado Brandalagas y Pedro López habían cargado con
ello y no parecían.[66] Quedé como muerto, sin saber qué consejo tomar de
mi remedio. Decía entre mí: —«¡Malhaya quien fía en hacienda mal
ganada, que se va como se viene! ¡Triste de mí! ¿Qué haré?». No sabía si
irme a buscarlos, si dar parte a la justicia. Esto no me parecía bien, porque,
si los prendían, habían de aclarar lo del hábito y otras cosas, y era morir en
la horca. Pues seguirlos, no sabía por dónde. Al fin, por no perder también
el casamiento, que ya yo me consideraba remediado con el dote, determiné
de quedarme y apretarlo sumamente.[67]
Comí y a la tarde alquilé mi caballico y fuime hacia la calle; y, como no
llevaba lacayo, por no pasar sin él, aguardaba a la esquina, antes de entrar, a
que pasase algún hombre que lo pareciese, y, en pasando, partía detrás dél,
haciéndole lacayo sin serlo, y, en llegando al fin de la calle, metíame detrás
de la esquina hasta que volviese otro que lo pareciese, metíame detrás y
daba otra vuelta.
Yo no sé si fue la fuerza de la verdad de ser yo el mismo pícaro que
sospechaba don Diego, o si fue la sospecha del caballo del letrado, u qué se
fue, que don Diego se puso a inquerir quién era y de qué vivía, y me
espiaba. En fin, tanto hizo, que por el más extraordinario camino del mundo
supo la verdad; porque yo apretaba en lo del casamiento por papeles
bravamente,[68] y él, acosado de ellas, que tenían deseo de acabarlo,
andando en mi busca, topó con el licenciado Flechilla, que fue el que me
convidó a comer cuando yo estaba con los caballeros. Y éste, enojado de
cómo yo no le había vuelto a ver,[69] hablando con don Diego y sabiendo
cómo yo había sido su criado, le dijo de la suerte que me encontró cuando
me llevó a comer y que no había dos días que me había topado a caballo
muy bien puesto y le había contado cómo me casaba riquísimamente.
No aguardó más don Diego y, volviéndose a su casa, encontró con los
dos caballeros del hábito y cadena amigos míos, junto a la Puerta del Sol, y
contóles lo que pasaba y díjoles que se aparejasen y, en viéndome a la
noche en la calle, que me magulasen los cascos;[70] y que me conocerían en
la capa que él traía, que la llevaría yo. Concertáronse y, en entrando en la
calle, topáronme y disimularon de suerte los tres, que jamás pensé que eran
tan amigos míos como entonces. Estuvímonos en conversación, tratando de
lo que sería bien hacer a la noche, hasta el avemaría.[71] Entonces,
despidiéndose los dos, echaron hacia abajo, y yo y don Diego quedamos
solos y echamos a San Filipe. Llegando a la entrada de la calle de la Paz,
dijo don Diego:
—Por vida de don Filipe, que troquemos capas,[72] que me importa
pasar por aquí y que no me conozcan.
—Sea en buen hora —dije yo.
Tomé la suya inocentemente y dile la mía. Ofrecíle mi persona para
hacerle espaldas,[73] mas él, que tenía trazado el deshacerme las mías, dijo
que le importaba ir solo, que me fuese.
No bien me aparté dél con su capa, cuando ordena el diablo que dos que
lo aguardaban para cintarearlo por una mujercilla,[74] entendiendo por la
capa que yo era don Diego, levantan y empiezan una lluvia de espaldarazos
sobre mí. Yo di voces, y, en ellas y la cara, conocieron que no era yo.
Huyeron, y yo quedéme en la calle con los cintarazos. Disimulé tres o
cuatro chichones que tenía y detúveme un rato, que no osé entrar en la calle,
de miedo. En fin, a las doce, que era a la hora que solía hablar con ella,
llegué a la puerta; y, emparejando, cierra uno de los que me aguardaban por
don Diego con un garrote conmigo y dame dos palos en las piernas y
derríbame en el suelo;[75] y llega el otro y dame un trasquilón de oreja a
oreja y quítanme la capa,[76] y déjanme en el suelo, diciendo: —«¡Así pagan
los pícaros embustidores mal nacidos!».[77]
Comencé a dar gritos y a pedir confisión. Y como no sabía lo que era —
aunque sospechaba por las palabras que acaso era el güésped de quien me
había salido con la traza de la Inquisición, o el carcelero burlado, o mis
compañeros huidos, y, al fin, yo esperaba de tantas partes la cuchillada, que
no sabía a quién echársela;[78] pero nunca sospeché en don Diego ni en lo
que era—, daba voces: —«¡A los capeadores!».[79] A ellas vino la justicia;
levantáronme y, viendo mi cara con una zanja de un palmo y sin capa ni
saber lo que era, asiéronme para llevarme a curar. Metiéronme en casa de
un barbero, curóme, preguntáronme dónde vivía y lleváronme allá.
Acostáronme, y quedé aquella noche confuso, viendo mi cara de dos
pedazos y tan lisiadas las piernas de los palos, que no me podía tener en
ellas ni las sentía, robado y de manera que ni podía seguir a los amigos, ni
tratar del casamiento, ni estar en la Corte, ni estar fuera.

CAPÍTULO OTAVO
De su cura y otros sucesos peregrinos
He aquí a la mañana amanece a mi cabecera la güéspeda de casa, vieja de
bien, arrugada y llena de afeite, que parecía higo enharinado,[1] niña si se lo
preguntaban,[2] con su cara de muesca entre chufa y castaña apilada,[3]
tartamuda,[4] barbada y bizca y roma; no le faltaba una gota para bruja.[5]
Tenía buena fama en el lugar, y echábase a dormir con ella y con cuantos
querían;[6] templaba gustos y careaba placeres.[7] Llamábase la Paloma;[8]
alquilaba su casa y era corredora para alquilar otras. En todo el año no se
vaciaba la posada de gente.
Era de ver cómo ensayaba una muchacha en el taparse,[9] lo primero
enseñándola cuáles cosas había de descubrir de su cara. A la de buenos
dientes, que riese siempre, hasta en los pésames; a la de buenas manos, se
las enseñaba a esgrimir;[10] a la rubia, un bamboleo de cabellos y un asomo
de vedijas por el manto y la toca estremado;[11] a buenos ojos, lindos bailes
con las niñas y dormidillos,[12] cerrándolos, y elevaciones, mirando arriba.
Pues tratada en materia de afeites, cuervos entraban y les corregía las caras
de manera que, al entrar en sus casas, de puro blancas, no las conocían sus
maridos.[13] Enlucía manos y gargantas como paredes,[14] acicalaba dientes,
arrancaba el vello. Tenía un bebedizo que llamaba Herodes, porque, con él,
mataba los niños en las barrigas y hacía malparir y mal empreñar.[15] Y en
lo que ella era más estremada era en arremedar virgos y adobar doncellas.
[16] En solos ocho días que yo estuve en casa, la vi hacer todo esto.[17] Y,

para remate de lo que era, enseñaba a pelar y refranes que dijesen las
mujeres.[18] Allí les decía cómo habían de encajar la joya:[19] las niñas, por
gracia; las mozas, por deuda; y las viejas, por respeto y obligación.
Enseñaba pediduras para dinero seco y pediduras para cadenas y sortijas.[20]
Citaba a la Vidaña, su concurrente en Alcalá, y a la Plañosa, en Burgos, a
Muñatones la de Salamanca.[21]
Esto he dicho para que se me tenga lástima de ver a las manos que vine
y se ponderen mejor las razones que me dijo. Y empezó por estas palabras,
que siempre hablaba por refranes:[22]
—De donde sacan y no pon, hijo don Filipe, presto llegan al hondón; de
tales polvos, tales lodos; de tales bodas, tales tortas. Yo no te entiendo, ni sé
tu manera de vivir; mozo eres, no me espanto que hagas algunas travesuras
sin mirar que, durmiendo, caminamos a la güesa:[23] yo, como montón de
tierra,[24] te lo puedo decir. ¡Qué cosa es que me digan a mí que has
desperdiciado mucha hacienda sin saber cómo y que te han visto aquí ya
estudiante, ya pícaro y ya caballero, y todo por las compañías! Dime con
quién andas, hijo, y diréte quién eres; cada oveja con su pareja.[25] Sábete,
hijo, que de la mano a la boca se pierde la sopa.[26] Anda, bobillo, que si te
inquietaban mujeres, bien sabes tú que soy yo fiel perpetuo,[27] en esta
tierra, de esa mercaduría y que me sustento de las posturas, así que enseño
como que pongo,[28] y que nos damos con ellas en casa;[29] y no andarte con
un pícaro y otro pícaro, tras una alcorzada y otra redomadona,[30] que gasta
las faldas con quien hace sus mangas.[31] Yo te juro que hubieras ahorrado
muchos ducados si te hubieras encomendado a mí, porque no soy nada
amiga de dineros. Y por mis entenados y difuntos,[32] y así yo haya buen
acabamiento, que aun lo que me debes de la posada no te lo pidiera agora, a
no haberlo menester para unas candelicas y hierbas[33] —que trataba en
botes,[34] sin ser boticaria, y, si la untaban las manos,[35] se untaba y salía de
noche por la puerta del humo.[36]
Yo, que vi que había acabado la plática y sermón en pedirme, que, con
ser su tema, acabó en él, y no comenzó, como todos hacen,[37] no me
espanté de la visita,[38] que no me la había hecho otra vez mientras había
sido su güésped, si no fue un día que me vino a dar satisfaciones de que
había oído que me habían dicho no sé qué de hechizos y que la quisieron
prender y escondió la calle;[39] vínome a desengañar y a decir que era otra
de su nombre.[40]
Yo la conté su dinero y, estándosele dando, la desventura, que nunca me
olvida, y el diablo, que se acuerda de mí, trazó que la venían a prender por
amancebada y sabían que estaba el amigo en casa.[41] Entraron en mi
aposento; como me vieron en la cama, y a ella conmigo, cerraron con ella y
conmigo y diéronme cuatro o seis empellones muy grandes y arrastráronme
fuera de la cama.[42] A ella la tenían asida otros dos, tratándola de alcagüeta
y bruja. ¡Quién tal pensara de una mujer que hacía la vida referida!
A las voces del alguacil y a mis quejas, el amigo, que era un frutero que
estaba en el aposento de adentro, dio a correr. Ellos, que lo vieron y
supieron por lo que decía otro güésped de casa que yo lo era,[43] arrancaron
tras el picaño y asiéronle, y dejáronme a mí repelado y apuñeado. Y con
todo mi trabajo,[44] me reía de lo que los picarones decían a la Guía;[45]
porque uno la miraba y decía: —«¡Qué bien os estará una mitra, madre, y lo
que me holgaré de veros consagrar tres mil nabos a vuestro servicio!».[46]
Otro: —«Ya tienen escogidas plumas los señores alcaldes, para que entréis
bizarra».[47] Al fin, trujeron el picarón y atáronlos entrambos. Pidiéronme
perdón y dejáronme solo.
Yo quedé algo aliviado de ver a mi buena güéspeda en el estado que
tenía sus negocios; y así no tenía otro cuidado sino el de levantarme a
tiempo que la tirase mi naranja.[48] Aunque, según las cosas que contaba
una criada que quedó en casa, yo desconfié de su prisión, porque me dijo no
sé qué de volar y otras cosas que no me sonaron bien.
Estuve en la casa curándome ocho días, y apenas podía salir; diéronme
doce puntos en la cara, y hube de ponerme muletas. Halléme sin dinero,
porque los cien reales se consumieron en la cura, comida y posada; y así,
por no hacer más gasto no tiniendo dinero, determiné de salirme con dos
muletas de la casa y vender mi vestido, cuellos y jubones, que era todo muy
bueno. Hícelo, y compré con lo que me dieron un coleto de cordobán viejo
y un jubonazo de estopa famoso,[49] mi gabán de pobre,[50] remendado y
largo, mis polainas y zapatos grandes,[51] la capilla del gabán en la cabeza;
[52] un cristo de bronce traía, colgando del cuello, y un rosario.

Impúsome en la voz y frases doloridas de pedir un pobre que entendía


de la arte mucho;[53] y así, comencé luego a ejercitallo por las calles.
Cosíme sesenta reales que me sobraron en el jubón; y, con esto, me metí a
pobre, fiado en mi buena prosa.[54] Anduve ocho días por las calles,
aullando en esta forma, con voz dolorida y realzamiento de plegarias:
—«¡Dalde, buen cristiano, siervo del Señor, al pobre lisiado y llagado; que
me veo y me deseo!».[55] Esto decía los días de trabajo, pero los días de
fiesta comenzaba con diferente voz y decía: —«¡Fieles cristianos y devotos
del Señor, por tan alta princesa como la Reina de los Ángeles, Madre de
Dios, dalde una limosna al pobre tullido y lastimado de la mano del
Señor!». Y paraba un poco, que es de grande importancia, y luego añadía:
—«¡Un aire corruto, en hora menguada,[56] trabajando en una viña, me
trabó mis miembros, que me vi sano y bueno como se ven y se vean,[57]
loado sea el Señor!».
Venían con esto los ochavos trompicando,[58] y ganaba mucho dinero. Y
ganara más, si no se me atravesara un mocetón mal encarado, manco de los
brazos y con una pierna menos, que me rondaba las mismas calles en un
carretón y cogía más limosna con pedir mal criado. Decía con voz ronca,
rematando en chillido: —«¡Acordaos, siervos de Jesucristo, del castigado
del Señor por sus pecados! ¡Dalde al pobre lo que Dios reciba!». Y añadía:
—«¡Por el buen Jesú!»; y ganaba que era un juicio.[59] Yo advertí, y no dije
más Jesús, sino quitábale la s y movía a más devoción.[60] Al fin, yo mudé
de frasecicas y cogía maravillosa mosca.[61]
Llevaba metidas entrambas piernas en una bolsa de cuero, y liadas, y
mis dos muletas. Dormía en un portal de un cirujano con un pobre de
cantón,[62] uno de los mayores bellacos que Dios crió. Estaba riquísimo y
era como nuestro retor;[63] ganaba más que todos, tenía una potra muy
grande,[64] y atábase con un cordel el brazo por arriba y parecía que tenía
hinchada la mano y manca y calentura, todo junto.[65] Poníase echado boca
arriba en su puesto y con la potra defuera, tan grande como una bola de
puente,[66] y decía: —«¡Miren la pobreza y el regalo que hace el Señor al
cristiano!». Si pasaba mujer, decía: —«¡Ah, señora hermosa, sea Dios en su
ánima!». Y las más, porque las llamase así, le daban limosna y pasaban por
allí aunque no fuese camino para sus visitas. Si pasaba un soldadico:
—«¡Ah, señor capitán!», decía; y si otro hombre cualquiera: —«¡Ah, señor
caballero!». Si iba alguno en coche, luego le llamaba señoría, y si clérigo en
mula, señor arcediano. En fin, él adulaba terriblemente. Tenía modo
diferente para pedir los días de los santos. Y vine a tener tanta amistad con
él, que me descubrió un secreto con que, en dos días, estuvimos ricos. Y era
que este tal pobre tenía tres muchachos pequeños que recogían limosna por
las calles y hurtaban lo que podían;[67] dábanle cuenta a él, y todo lo
guardaba. Iba a la parte con dos niños de la cajuela en las sangrías que
hacían dellas.[68] Y tomé el mismo arbitrio, y él me encaminó la gentecica a
propósito.[69]
Halléme en menos de un mes con más de docientos reales horros.[70] Y
últimamente me declaró, con intento que nos fuésemos juntos, el mayor
secreto y la más alta industria que cupo en mendigo, y la hicimos
entrambos. Y era que hurtábamos niños cada día: entre los dos, cuatro o
cinco; pregonábanlos, y salíamos nosotros a preguntar las señas y decíamos:
—«Por cierto, señor, que le topé a tal hora, y que si no llego, que le mata un
carro; en casa está». Dábannos el hallazgo,[71] y veníamos a enriquecer de
manera que me hallé yo con cincuenta escudos, y ya sano de las piernas,
aunque las traía entrapajadas.[72]
Determiné de salirme de la Corte y tomar mi camino para Toledo, donde
ni conocía ni me conocía nadie. Al fin, yo me determiné; compré un vestido
pardo,[73] cuello y espada, y despedíme de Valcázar, que era el pobre que
dije, y busqué por los mesones en qué ir a Toledo.

CAPÍTULO NOVENO
En que se hace representante, poeta y galán de monja

Topé en un paraje una compañía de farsantes que iban a Toledo.[1] Llevaban


tres carros, y quiso Dios que, entre los compañeros, iba uno que lo había
sido mío del estudio, en Alcalá, y había renegado y metídose al oficio.
Díjele lo que me importaba ir allá y salir de la Corte; y apenas el hombre
me conocía con la cuchillada y no hacía sino santiguarse de mi per signum
crucis.[2] Al fin, me hizo amistad,[3] por mi dinero, de alcanzar de los demás
lugar para que yo fuese con ellos.
Íbamos barajados hombres y mujeres,[4] y una entre ellas, la bailarina,
que también hacía las reinas y papeles graves en la comedia, me pareció
estremada sabandija.[5] Acertó a estar su marido a mi lado, y yo, sin pensar
a quien hablaba, llevado del deseo de amor y gozarla, díjele:
—A esta mujer, ¿por qué orden la podremos hablar, para gastar con su
merced unos veinte escudos, que me ha parecido bien por ser hermosa?
—No me lo está a mí el decirlo, que soy su marido —dijo el hombre—,
ni tratar deso; pero sin pasión, que no me mueve ninguna, se puede gastar
con ella cualquier dinero, porque tales carnes no tiene el suelo,[6] ni tal
juguetoncica.[7]
Y diciendo esto, saltó del carro y fuese al otro, según pareció, por darme
lugar que la hablase.
Cayóme en gracia la respuesta del hombre, y eché de ver que éstos son
de los que dijera algún bellaco que cumplen el preceto de San Pablo de
tener mujeres como si no las tuviesen,[8] torciendo la sentencia en malicia.
Yo gocé de la ocasión, habléla, y preguntóme que adonde iba y algo de mi
vida. Al fin, tras muchas palabras, dejamos concertadas para Toledo las
obras. Íbamonos holgando por el camino mucho.
Yo, acaso, comencé a representar un pedazo de la comedia de San
Alejo, que me acordaba de cuando muchacho,[9] y representélo de suerte
que les di cudicia. Y sabiendo, por lo que yo le dije a mi amigo que iba en
la compañía, mis desgracias y descomodidades, díjome que si quería entrar
en la danza con ellos. Encareciéronme tanto la vida de la farándula, y yo,
que tenía necesidad de arrimo y me había parecido bien la moza,
concertéme por dos años con el autor.[10] Hícele escritura de estar con él, y
diome mi ración y representaciones.[11] Y con tanto, llegamos a Toledo.
Diéronme que estudiar tres o cuatro loas y papeles de barba,[12] que los
acomodaba bien con mi voz. Yo puse cuidado en todo y eché la primera loa
en el lugar. Era de una nave, de lo que son todas, que venía destrozada y sin
provisión;[13] decía lo de «éste es el puerto», llamaba a la gente «senado»,
[14] pedía perdón de las faltas y silencio, y entréme. Hubo un víctor de

rezado,[15] y, al fin, parecí bien en el teatro.


Representamos una comedia de un representante nuestro;[16] que yo me
admiré de que fuesen poetas, porque pensaba que el serlo era de hombres
muy doctos y sabios, y no de gente tan sumamente lega. Y está ya de
manera esto, que no hay autor que no escriba comedias ni representante que
no haga su farsa de moros y cristianos;[17] que me acuerdo yo antes, que si
no eran comedias del buen Lope de Vega, y Ramón,[18] no había otra cosa.
Al fin, hízose la comedia el primer día, y no la entendió nadie; al
segundo, empezámosla, y quiso Dios que empezaba por una guerra y salía
yo armado y con rodela,[19] que, si no, a manos de mal membrillo, tronchos
y badeas acabo.[20] No se ha visto tal torbellino, y ello merecíalo la
comedia, porque traía un rey de Normandía, sin propósito, en hábito de
ermitaño y metía dos lacayos por hacer reír; y al desatar de la maraña, no
había más de casarse todos,[21] y allá vas. Al fin, tuvimos nuestro merecido.
Tratamos todos muy mal al compañero poeta, y yo principalmente,
diciéndole que mirase de la que nos habíamos escapado y escarmentase.
Díjome que, jurado a Dios, que no era suyo nada de la comedia, sino que,
de un paso tomado de uno y otro de otro, había hecho aquella capa de pobre
de remiendo y que el daño no había estado sino en lo mal zurcido.[22]
Confesóme que los farsantes que hacían comedias todo les obligaba a
restitución, porque se aprovechaban de cuanto habían representado, y que
era muy fácil, y que el interés de sacar trecientos o cuatrocientos reales les
ponía aquellos riesgos. Lo otro, que, como andaban por esos lugares, les
leían unos y otros comedias: —«Tomámoslas para verlas, llevámonoslas y,
con añadir una necedad y quitar una cosa bien dicha, decimos que es
nuestra». Y declaróme cómo no había habido farsante jamás que supiese
hacer una copla de otra manera.
No me pareció mal la traza, y yo confieso que me incliné a ella por
hallarme con algún natural a la poesía; y más, que tenía yo conocimiento
con algunos poetas y había leído a Garcilaso; y así, determiné de dar en el
arte. Y con esto y la farsanta y representar, pasaba la vida. Que pasado un
mes que había que estábamos en Toledo, haciendo comedias buenas y
enmendando el yerro pasado, ya yo tenía nombre, y habían llegado a
llamarme Alonsete, que yo había dicho llamarme Alonso;[23] y por otro
nombre me llamaban el Cruel, por serlo una figura que había hecho con
gran aceptación de los mosqueteros y chusma vulgar.[24] Tenía ya tres pares
de vestidos y autores que me pretendían sonsacar de la compañía.[25]
Hablaba de entender de la comedia, murmuraba de los famosos,
reprehendía los gestos a Pinedo, daba mi voto en el reposo natural de
Sánchez, llamaba bonico a Morales,[26] pedíanme el parecer en el adorno de
los teatros y trazar las apariencias;[27] si alguno venía a leer comedia, yo era
el que la oía.[28]
Al fin, animado con este aplauso, me desvirgué de poeta en un
romancico y luego hice un entremés, y no pareció mal. Atrevíme a una
comedia y, porque no escapase de ser divina cosa,[29] la hice de Nuestra
Señora del Rosario. Comenzaba con chirimías, había sus ánimas de
purgatorio y sus demonios, que se usaban entonces, con su «bu, bu», al
salir, y «ri, ri», al entrar; caíale muy en gracia al lugar el nombre de Satán
en las coplas y el tratar luego de si cayó del cielo y tal.[30] En fin, mi
comedia se hizo, y pareció muy bien.
No me daba manos a trabajar,[31] porque acudían a mí enamorados, unos
por coplas de cejas y otros de ojos, cuál soneto de manos y cuál romancico
para cabellos. Para cada cosa tenía su precio, aunque, como había otras
tiendas, porque acudiesen a la mía, hacía barato.[32]
¿Pues villancicos? Hervía en sacristanes y demandaderas de monjas;[33]
ciegos me sustentaban a pura oración, ocho reales de cada una,[34] y me
acuerdo que hice entonces la del Justo Juez,[35] grave y sonorosa, que
provocaba a gestos.[36] Escribí para un ciego, que las sacó en su nombre, las
famosas que empiezan:[37]

Madre del Verbo humanal,


Hija del Padre divino,
dame gracia virginal, etc.

Fui el primero que introdujo acabar las coplas como los sermones, con
«aquí gracia y después gloria», en esta copla de un cautivo de Tetuán:[38]

Pidámosle sin falacia


al alto Rey sin escoria,
pues ve nuestra pertinacia,
que nos quiera dar su gracia
y después, allá, la gloría.
Amén.
Estaba viento en popa con estas cosas, rico y próspero, y tal, que casi
aspiraba ya a ser autor.[39] Tenía mi casa muy bien aderezada, porque había
dado, para tener tapicería barata, en un arbitrio del diablo, y fue de comprar
reposteros de tabernas y colgarlos.[40] Costáronme veinte y cinco o treinta
reales, y eran más para ver que cuantos tiene el Rey, pues por éstos se veía
de puro rotos y por esotros no se verá nada.[41]
Sucedióme un día la mejor cosa del mundo, que, aunque es en mi
afrenta, la he de contar. Yo me recogía en mi posada, el día que escribía
comedia, al desván, y allí me estaba y allí comía; subía una moza con la
vianda y dejábamela allí. Yo tenía por costumbre escribir representando
recio, como si lo hiciera en el tablado.[42] Ordena el diablo que, a la hora y
punto que la moza iba subiendo por la escalera, que era angosta y escura,
con los platos y olla, yo estaba en un paso de una montería y daba grandes
gritos, componiendo mi comedia,[43] y decía:

Guarda el oso, guarda el oso,


que me deja hecho pedazos
y baja tras ti furioso;

que entendió la moza —que era gallega—,[44] como oyó decir «baja tras ti»
y «me deja», que era verdad y que la avisaba.[45] Va a huir y, con la
turbación, písase la saya y rueda toda la escalera, derrama la olla y quiebra
los platos y sale dando gritos a la calle, diciendo que mataba un oso a un
hombre. Y, por presto que yo acudí, ya estaba toda la vecindad conmigo
preguntando por el oso; y aun contándoles yo como había sido ignorancia
de la moza, porque era lo que he referido de la comedia, aun no lo querían
creer. No comí aquel día. Supiéronlo los compañeros, y fue celebrado el
cuento en la ciudad. Y destas cosas me sucedieron muchas mientras
perseveré en el oficio de poeta y no salí del mal estado.
Sucedió, pues, que a mi autor —que siempre paran en esto—, sabiendo
que en Toledo le había ido bien, le ejecutaron no sé por qué deudas y le
pusieron en la cárcel,[46] con lo cual nos desmembramos todos y echó cada
uno por su parte. Yo, si va a decir verdad, aunque los compañeros me
querían guiar a otras compañías, como no aspiraba a semejantes oficios y el
andar en ellos era por necesidad, ya que me vía con dineros y bien puesto,
no traté de más que de holgarme.
Despedíme de todos; fuéronse, y yo, que entendí salir de mala vida con
no ser farsante, si no lo ha V. Md. por enojo, di en amante de red, como
cofia,[47] y por hablar más claro, en pretendiente de Antecristo,[48] que es lo
mismo que galán de monjas.[49] Tuve ocasión para dar en esto porque una, a
cuya petición había yo hecho muchos villancicos, se aficionó en un auto del
Corpus de mí, viéndome representar un San Juan Evangelista (que lo era
ella).[50] Regalábame la mujer con cuidado y habíame dicho que sólo sentía
que fuese farsante,[51] porque yo había fingido que era hijo de un gran
caballero, y dábala compasión. Al fin, me determiné de escribirla lo
siguiente:

CARTA

«Más por agradar a V. Md. que por hacer lo que me importaba, he dejado la
compañía; que, para mí, cualquiera sin la suya es soledad. Ya seré tanto más
suyo, cuanto soy más mío. Avíseme cuándo habrá locutorio,[52] y sabré
juntamente cuándo tendré gusto», etc.

Llevó el billetico la andadera.[53] No se podrá creer el contento de la buena


monja sabiendo mi nuevo estado. Respondióme desta manera:

RESPUESTA

«De sus buenos sucesos, antes aguardo los parabienes que los doy, y me
pesara dello a no saber que mi voluntad y su provecho es todo uno.
Podemos decir que ha vuelto en sí. No resta agora sino perseverancia que se
mida con la que yo tendré. El locutorio dudo por hoy, pero no deje de
venirse V. Md. a vísperas,[54] que allí nos veremos, y luego por las vistas,[55]
y quizá podré yo hacer alguna pandilla a la abadesa.[56] Y adiós», etc.

Contentóme el papel, que realmente la monja tenía buen entendimiento y


era hermosa. Comí y púseme el vestido con que solía hacer los galanes en
las comedias; fuime derecho a la iglesia, recé y luego empecé a repasar
todos los lazos y agujeros de la red con los ojos, para ver si parecía, cuando,
Dios y enhorabuena, que más era diablo y en hora mala, oigo la seña
antigua:[57] empieza a toser, y yo a toser; y andaba una tosidura de
Barrabás. Arremedábamos un catarro, y parecía que habían echado
pimiento en la iglesia. Al fin, yo estaba cansado de toser, cuando se me
asoma a la red una vieja tosiendo, y eché de ver mi desventura; que es
peligrosísima seña en los conventos, porque, como es seña a las mozas, es
costumbre en las viejas, y hay hombre que piensa que es reclamo de
ruiseñor, y le sale después graznido de cuervo.
Estuve gran rato en la iglesia, hasta que empezaron vísperas. Oílas
todas, que por esto llaman a los enamorados de monjas «solenes
enamorados», por lo que tienen de vísperas,[58] y tienen también que nunca
salen de vísperas del contento, porque no se les llega el día jamás.[59] No se
creerá los pares de vísperas que yo oí.[60] Estaba con dos varas de gaznate
más del que tenía cuando entré en los amores, a puro estirarme para ver,
gran compañero del sacristán y monacillo y muy bien recibido del vicario,
que era hombre de humor. Andaba tan tieso, que parecía que almorzaba
asadores y que comía virotes.[61]
Fuime a las vistas,[62] y allá, con ser una plazuela bien grande, era
menester inviar a tomar lugar a las doce, como para comedia nueva:[63]
hervía en devotos.[64] Al fin, me puse en donde pude. Y podíanse ir a ver,
por cosas raras, las diferentes posturas de los amantes: cuál, sin pestañear,
mirando, con su mano puesta en la espada y la otra con el rosario, estaba
como figura de piedra sobre sepulcro; otro, alzadas las manos y estendidos
los brazos, a lo Seráfico recibiendo las llagas;[65] cuál, con la boca más
abierta que la de mujer pedigüeña, sin hablar palabra, la enseñaba a su
querida las entrañas por el gaznate;[66] otro, pegado a la pared, dando
pesadumbre a los ladrillos, parecía medirse con la esquina; cuál se paseaba
como si le hubieran de querer por el portante, como a macho;[67] otro, con
una cartica en la mano, a uso de cazador con carne, parecía que llamaba
halcón. Los celosos era otra banda: éstos, unos estaban en corrillos riéndose
y mirando a ellas; otros, leyendo coplas y enseñándoselas; cuál, para dar
picón,[68] pasaba por el terrero con una mujer de la mano;[69] y cuál hablaba
con una criada echadiza que le daba un recado.[70]
Esto era de la parte de abajo y nuestra, pero de la de arriba, adonde
estaban las monjas, era cosa de ver también; porque las vistas era una
torrecilla llena de rendijas toda y una pared con deshilados,[71] que ya
parecía salvadera y ya pomo de olor.[72] Estaban todos los agujeros
poblados de brújulas;[73] allí se veía una pepitoria,[74] una mano y acullá un
pie; en otra parte había cosas de sábado,[75] cabezas y lenguas, aunque
faltaban sesos; a otro lado se mostraba buhonería:[76] una enseñaba el
rosario, cuál mecía el pañizuelo, en otra parte colgaba un guante, allí salía
un listón verde.[77] Unas hablaban algo recio, otras tosían; cuál hacía la seña
de los sombrereros, como si sacara arañas, ceceando.[78]
En verano, es de ver cómo no sólo se calientan al sol, sino se
chamuscan; que es gran gusto verlas a ellas tan crudas y a ellos tan asados.
[79] En ivierno, acontece, con la humidad, nacerle a uno de nosotros berros y

arboledas en el cuerpo. No hay nieve que se nos escape ni lluvia que se nos
pase por alto; y todo esto, al cabo, es para ver a una mujer por red y
vidrieras, como güeso de santo. Es como enamorarse de un tordo en jaula,
si habla, y, si calla, de un retrato. Los favores son todos toques, que nunca
llegan a cabes:[80] un paloteadico con los dedos.[81] Hincan las cabezas en
las rejas, y apúntanse los requiebros por las troneras. Aman al escondite. ¡Y
verlos hablar quedito y de rezado![82] ¡Pues sufrir una vieja que riñe, una
portera que manda y una tornera que miente! Y lo mejor es ver cómo nos
piden celos de las de acá fuera, diciendo quel verdadero amor es el suyo, y
las causas tan endemoniadas que hallan para probarlo.[83]
Al fin, yo llamaba ya «señora» a la abadesa, «padre» al vicario,
«hermano» al sacristán, cosas todas que, con el tiempo y el curso, alcanza
un desesperado. Empezáronme a enfadar las torneras con despedirme y las
monjas con pedirme.[84] Consideré cuán caro me costaba el infierno, que a
otros se da tan barato y en esta vida por tan descansados caminos.[85] Veía
que me condenaba a puñados y que me iba al infierno por sólo el sentido
del tacto. Si hablaba, solía, porque no me oyesen los demás que estaban en
las rejas, juntar tanto con ellas la cabeza, que por dos días siguientes traía
los hierros estampados en la frente y hablaba como sacerdote que dice las
palabras de la consagración.[86] No me veía nadie que no decía:
—«¡Maldito seas, bellaco monjil!», y otras cosas peores.
Todo esto me tenía revolviendo pareceres y casi determinado a dejar la
monja,[87] aunque perdiese mi sustento. Y determinéme el día de San Juan
Evangelista,[88] porque acabé de conocer lo que son las monjas. Y no quiera
V. Md. saber más de que las bautistas todas enronquecieron adrede y
sacaron tales voces, que, en vez de cantar la misa, la gimieron. No se
lavaron las caras y se vistieron de viejo. Y los devotos de las bautistas, por
desautorizar la fiesta, trujeron banquetas en lugar de sillas a la iglesia, y
muchos pícaros del rastro.[89] Cuando yo vi que las unas por el un santo, y
las otras por el otro, trataban indecentemente dellos, cogiéndola a mi monja,
con título de rifárselos,[90] cincuenta escudos de cosas de labor, medias de
seda, bolsicos de ámbar y dulces, tomé mi camino para Sevilla, temiendo
que, si más aguardaba, había de ver nacer mandrágoras en los locutorios.[91]
Lo que la monja hizo de sentimiento, más por lo que la llevaba que por
mí, considérelo el pío letor.

CAPÍTULO DÉCIMO
De lo que le sucedió en Sevilla hasta embarcarse a Indias

Pasé el camino de Toledo a Sevilla prósperamente, porque, como yo tenía


ya mis principios de fullero y llevaba dados cargados con nueva asta de
mayor y de menor y tenía la mano derecha encubridora de un dado (pues
preñada de cuatro, paría tres),[1] llevaba gran provisión de cartones de lo
ancho y de lo largo para hacer garrotes de morros y ballestilla,[2] y así no se
me escapaba dinero.
Dejo de referir otras muchas flores, porque, a decirlas todas, me
tuvieran más por ramillete que por hombre;[3] y también, porque antes fuera
dar que imitar, que referir vicios de que huyan los hombres. Mas quizá,
declarando yo algunas chanzas y modos de hablar,[4] estarán más avisados
los ignorantes, y los que leyeren mi libro serán engañados por su culpa.[5]
No te fíes, hombre, en dar tú la baraja, que te la trocarán al despabilar
de una vela.[6] Guarda el naipe de tocamientos, raspados o bruñidos,[7] cosa
con que se conocen los azares.[8] Y por si fueres pícaro,[9] letor, advierte
que, en cocinas y caballerizas, pican con un alfiler u doblan los azares para
conocerlos por lo hendido.[10] Si tratares con gente honrada, guárdate del
naipe, que desde la estampa fue concebido en pecado[11] y que, con traer
atravesado el papel, dice lo que viene.[12] No te fíes de naipe limpio,[13] que,
al que da vista y retén,[14] lo más jabonado es sucio. Advierte que, a la
carteta,[15] el que hace los naipes que no doble más arqueadas las figuras,
fuera de los reyes, que las demás cartas, porque el tal doblar es por tu dinero
difunto.[16] A la primera,[17] mira no den de arriba las que descarta el que da
y procura que no se pidan cartas u por los dedos en el naipe u por las
primeras letras de las palabras.[18]
No quiero darte luz de más cosas; éstas bastan para saber que has de
vivir con cautela, pues es cierto que son infinitas las maulas que te callo.[19]
Dar muerte llaman quitar el dinero,[20] y con propiedad; revesa llaman la
treta contra el amigo,[21] que de puro revesada no la entiende; dobles son los
que acarrean sencillos para que los desuellen estos rastreros de bolsas;[22]
blanco llaman al sano de malicia y bueno como el pan, y negro al que deja
en blanco sus diligencias.[23]
Yo, pues, con este lenguaje y con estas flores, llegué a Sevilla: con el
dinero de las camaradas,[24] gané el alquiler de las mulas; y la comida y
dineros, a los güéspedes de las posadas. Fuime luego a apear al mesón del
Moro,[25] donde me topó un condicípulo mío de Alcalá, que se llamaba
Mata, y agora se decía, por parecerle nombre de poco ruido, Matorral.[26]
Trataba en vidas y era tendero de cuchilladas,[27] y no le iba mal. Traía la
muestra dellas en su cara y, por las que le habían dado, concertaba tamaño y
hondura de las que había de dar.[28] Decía: —«No hay tal maestro como el
bien acuchillado»;[29] y tenía razón, porque la cara era una cuera,[30] y él un
cuero.[31] Díjome que me había de ir a cenar con él y otros camaradas,[32] y
que ellos me volverían al mesón.
Fui; llegamos a su posada,[33] y dijo:
—Ea, quite la capa vuacé y parezca hombre,[34] que verá esta noche
todos los buenos hijos de Jevilla.[35] Y porque no lo tengan por maricón,[36]
ahaje ese cuello y agobie de espaldas;[37] la capa caída, que siempre
nosotros andamos de capa caída;[38] ese hocico, de tornillo;[39] gestos a un
lado y a otro; y haga vucé de las j, h y de las h, j.[40] Diga conmigo: jerida,
mojino, jumo, pahería, mohar, habalí y harro de vino.[41]
Tomélo de memoria. Prestóme una daga, que en lo ancho era alfanje, y,
en lo largo, de comedimiento suyo no se llamaba espada, que bien podía.
—Bébase —me dijo— esta media azumbre de vino puro,[42] que, si no
da vaharada,[43] no parecerá valiente.
Estando en esto, y yo, con lo bebido, atolondrado, entraron cuatro
dellos, con cuatro zapatos de gotoso por caras,[44] andando a lo columpio,
[45] no cubiertos con las capas, sino fajados por los lomos;[46] los

sombreros, empinados sobre la frente, altas las faldillas de delante, que


parecían diademas;[47] un par de herrerías enteras por guarniciones de dagas
y espadas;[48] las conteras, en conversación con el calcañar derecho;[49] los
ojos, derribados;[50] la vista, fuerte; bigotes buidos,[51] a lo cuerno, y barbas
turcas, como caballos.[52]
Hiciéronnos un gesto con la boca, y luego a mi amigo le dijeron, con
voces mohínas, sisando palabras:[53]
—Seidor.
—So compadre[54] —respondió mi ayo.
Sentáronse; y, para preguntar quién era yo, no hablaron palabra, sino el
uno miró a Matorrales y, abriendo la boca y empujando hacia mí el lado de
abajo, me señaló. A lo cual, mi maestro de novicios satisfizo empuñando la
barba y mirando hacia abajo. Y con esto, se levantaron todos y me
abrazaron, y yo a ellos, que fue lo mismo que si catara cuatro diferentes
vinos.
Llegó la hora de cenar. Vinieron a servir unos pícaros, que los bravos
llaman cañones.[55] Sentámonos a la mesa; aparecióse luego el alcaparrón;
[56] empezaron, por bienvenido, a beber a mi honra, que yo, hasta que la vi

beber, no entendí que tenía tanta. Vino pescado y carne, todo con apetitos
de sed.[57] Estaba una artesa en el suelo llena de vino, y allí se echaba de
buces el que quería hacer la razón.[58] Contentóme la penadilla.[59] A dos
veces, no hubo hombre que conociese al otro.
Empezaron pláticas de guerra. Menudeábanse los juramentos. Murieron,
de brindis a brindis, veinte o treinta sin confesión, recetáronsele al Asistente
mil puñaladas,[60] tratóse de la buena memoria de Domingo Tiznado y
Gayón, derramóse vino en cantidad al ánima de Escamilla;[61] los que las
cogieron tristes, lloraron tiernamente al mal logrado Alonso Álvarez.[62] Y a
mi compañero, con estas cosas, se le desconcertó el reloj de la cabeza y
dijo, algo ronco, tomando un pan con las dos manos y mirando a la luz:
—Por ésta, que es la cara de Dios,[63] y por aquella luz que salió por la
boca del ángel, que si vucedes quieren, que esta noche hemos de dar al
corchete que siguió al pobre Tuerto.[64]
Levantóse entre ellos alarido disforme y, desnudando las dagas, lo
juraron. Poniendo las manos cada uno en el borde de la artesa,[65] y
echándose sobre ella de hocicos, dijeron:
—Así como bebemos este vino, hemos de beberle la sangre a todo
acechador.[66]
—¿Quién es este Alonso Álvarez —pregunté—, que tanto se ha sentido
su muerte?
—Mancebito —dijo el uno—,[67] lidiador ahigadado,[68] mozo de
manos y buen compañero.[69] ¡Vamos, que me retientan los dimoños!
Con esto, salimos de casa a montería de corchetes.[70] Yo, como iba
entregado al vino y había renunciado en su poder mis sentidos, no advertí al
riesgo que me ponía. Llegamos a la calle de la Mar,[71] donde encaró con
nosotros la ronda.[72] No bien la columbraron,[73] cuando, sacando las
espadas, la embistieron. Yo hice lo mismo, y limpiamos dos cuerpos de
corchetes de sus malditas ánimas al primer encuentro. El alguacil puso la
justicia en sus pies y apeló por la calle arriba dando voces.[74] No lo
pudimos seguir por haber cargado delantero.[75] Y, al fin, nos acogimos a la
Iglesia Mayor,[76] donde nos amparamos del rigor de la justicia y dormimos
lo necesario para espumar el vino que hervía en los cascos. Y vueltos ya en
nuestro acuerdo, me espantaba yo de ver que hubiese perdido la justicia dos
corchetes y huido, el alguacil, de un racimo de uvas, que entonces lo
éramos nosotros.
Pasábamoslo en la iglesia notablemente, porque, al olor de los retraídos,
[77] vinieron ninfas,[78] desnudándose para vestirnos.[79] Aficionóseme la

Grajales; vistióme de nuevo de sus colores.[80] Súpome bien y mejor que


todas esta vida; y así, propuse de navegar en ansias con la Grajal hasta
morir.[81] Estudié la jacarandina,[82] y en pocos días era rabí de los otros
rufianes.[83]
La justicia no se descuidaba de buscarnos. Rondábanos la puerta, pero,
con todo, de media noche abajo, rondábamos disfrazados.[84] Yo, que vi que
duraba mucho este negocio, y más la fortuna en perseguirme, no de
escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado, como obstinado
pecador, determiné, consultándolo primero con la Grajal, de pasarme a
Indias con ella[85] a ver si, mudando mundo y tierra, mejoraría mi suerte. Y
fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su
estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres.[86]
Página anterior: retrato de Quevedo en el frontispicio de la edición de
Epicteto y Phocílides en español con consonantes (Madrid, 1635).
NOTICIA DE FRANCISCO DE QUEVEDO
Y «LA VIDA DEL BUSCÓN»
POR
FERNANDO CABO ASEGUINOLAZA

EL AUTOR
Francisco de Quevedo y Villegas nació en Madrid el año 1580 en el
seno de una familia de ascendencia montañesa; tanto su madre
como su padre procedían de la Montaña santanderina,
concretamente del valle de Torenzo. No obstante, su medio más
próximo fue el de la Corte, en donde sus padres, y antes algunos de
sus antepasados, ejercieron lo que podríamos considerar como
puestos de funcionarios palaciegos de grado medio (azafata de la
reina, escribano de cámara…), aunque con una posición suficiente
como para poder acudir en los momentos difíciles a sus buenas
relaciones con algunos de los principales personajes de la época.
Estas circunstancias, la procedencia hidalga y su relación intensa
con el medio cortesano, definirían algunos de los aspectos básicos
de su visión del mundo y también de sus preocupaciones y vaivenes
biográficos, siempre en relación con el ámbito del poder social y
político.
La educación de Quevedo se ajustó de hecho a lo que se podría
esperar de sus circunstancias. Fue alumno de los jesuitas en Ocaña
(1597-1596), en donde adquirió la base de una sólida formación
humanística, y después se matriculó en la Universidad de Alcalá de
Henares. Allí alcanzó, tras cuatro años de estudios, el grado de
bachiller en Artes, y también allí, de acuerdo a lo que parece una
hipótesis probable, trabó amistad con el futuro duque de Osuna, con
el cual quizá viajó a Sevilla huyendo de algún tropiezo con la justicia.
Si es así, tenemos ya reunidos algunos de los lugares más
relevantes del Buscón: la Corte madrileña, la Alcalá universitaria y
Sevilla.
Poco después del traslado de la Corte a Valladolid (1600),
Quevedo se mudó también a la ciudad del Pisuerga con el propósito
de proseguir sus estudios universitarios. Ya que su madre había
muerto poco antes (el padre falleció en 1586), su estancia en
Valladolid se realiza bajo la tutela de Agustín de Villanueva, pariente
del escritor y hombre de gran influencia en la Corte. Y allí estará
hasta que, alcanzada la mayoría de edad, deje Valladolid para seguir
a la Corte a su nuevo emplazamiento madrileño, en 1606.
Fueron estos años una etapa de tanteos en lo que se refiere a la
carrera literaria. Quevedo no publica nada, excepción hecha de
algunas apariciones esporádicas como poeta en obras ajenas o en
las Flores de poetas ilustres (1605) de Pedro de Espinosa, una
antología que recogía textos de los mejores ingenios
contemporáneos. Ello nos muestra a un Quevedo que empezaba a
labrarse una notable reputación, al menos como poeta. Había
comenzado a darse a conocer, de hecho, durante sus años de
estudiante en Alcalá de Henares. Pero recién iniciada la tercera
década de su vida fue en Valladolid donde conocería el mundillo
literario y también sus primeros éxitos como poeta de vario registro.
Mantuvo entonces correspondencia con Justo Lipsio, el gran
referente intelectual del momento, y, en un orden diferente que nunca
será incompatibilidad, empieza a ganar fama con su talento burlesco
difundiendo opúsculos de este cariz.
Son sólo un conjunto de noticias aisladas las que tenemos de
este período. Datos escasos de una trayectoria literaria y vital que no
resuelven el problema cronológico del Buscón. Lo que debe ser
señalado, a pesar de ello, es el carácter sin ninguna duda
extraordinario que tiene un texto como el que nos interesa en fechas
anteriores a 1605. Hasta entonces ninguna obra extensa; en prosa,
nada más que papeles burlescos, como puedan ser la Premática que
este año de 1600 se ordenó, las Premáticas y aranceles generales,
la Premática contra los poetas güeros o las Capitulaciones de la vida
de la Corte. Y es innegable que ciertos motivos, numerosas
imágenes e incluso textos casi completos, como el referido a los
poetastros, serían retomados en el Buscón. Pero parece también
difícil de negar que, al hacerlo, se produce un salto cualitativo que
convoca todos estos materiales en una estructura diferente y, sobre
todo, más ambiciosa, tanto por su extensión como por su coherencia
interna y grado de elaboración.
La primera obra en prosa de alguna mayor ambición, escrita por
Quevedo todavía en la etapa vallisoletana, fue el Sueño del juicio
(hacia 1605), que se apresuró a dedicar, según las copias, al duque
de Lerma y al conde de Lemos; esto es, los aristócratas de mayor
influencia en este momento. Ya en Madrid, a partir de 1606,
desarrolló su vida en el ambiente cortesano al tiempo que velaba por
sus intereses económicos, especialmente los relativos a sus
derechos sobre el señorío de La Torre de Juan Abad, y ampliaba
cada vez más su espectro literario. Así, por ejemplo, incidió de lleno
en las preocupaciones políticas y morales con su Discurso de las
privanzas, escrito seguramente en estos primeros años en Madrid;
en la erudición polémica con su España defendida (1609); en las
traducciones filológicas del Pseudo-Phocílides, de Anacreonte o de
Jeremías. Y también dio continuidad en esta época a la serie de los
Sueños y conoció un éxito extraordinario, a partir de 1611, con las
jácaras, de tono germanesco y protagonistas patibularios, en donde
se afina hasta el extremo su capacidad para la agudeza grotesca.
Pero en esos mismos años estaba escribiendo también el
extraordinario conjunto de poemas morales que agruparía en la
colección Heráclito cristiano, cuarenta poemas que enviaría a su tía
Margarita en 1613.
Los años siguientes (1613-1618) fueron fundamentales para
Quevedo, aunque aparentemente decreciese su productividad
literaria. Llamado por su antiguo amigo el duque de Osuna, entonces
virrey de Sicilia, marchó a Italia y allí ejerció con intensidad su
ambigua posición como hombre de confianza del de Osuna. Viajó
incluso a Madrid como emisario suyo, entre otras cosas con el objeto
de allanar el camino para el nombramiento del duque como virrey de
Sicilia. Y cuando éste cayó en desgracia, tras la subida al trono de
Felipe IV, el escritor atravesó igualmente por momentos difíciles y,
cabe suponer, de una notable desorientación e inseguridad en sus
relaciones con la Corte.
Con todo, en seguida volvió a la actividad literaria. Ya en 1620
publicó, por encargo de los agustinos recoletos, un epítome
biográfico sobre Tomás de Villanueva. Tiene un particular interés este
dato porque nos lleva a considerar el hecho de que se trata de la
primera obra de su pluma que vio la letra impresa, excepción hecha,
claro es, de los poemas sueltos en los preliminares de distintos
volúmenes o antologados por Espinosa en sus Flores. Hasta
entonces parecía suficiente la difusión manuscrita de sus textos, que
podía hacer llegar a los lectores más pertinentes o dejar circular sin
mayor responsabilidad por su parte. Ahora sería un motivo tan
especial como la beatificación del religioso de Villanueva de los
Infantes lo que daría lugar a la primera excepción de la regla.
En los años inmediatos a la muerte de Felipe III (1621) Quevedo
cerró el ciclo de los Sueños con el Sueño de la muerte, terminó una
de sus obras más ambiciosas, Política de Dios, y escribió los
Grandes anales de quince días, en los que narraba los hechos que
se sucedieron en las jornadas posteriores a la muerte del rey, hechos
de los que había sido, además, testigo directo y muy interesado.
Prueba de su progresiva acomodación a la corte del nuevo
monarca y de su aproximación al nuevo valido, el Conde-Duque de
Olivares, es que se las arregló para acompañar a la expedición real
que viajó a Andalucía en 1624, pernoctando en sus posesiones
manchegas de La Torre de Juan Abad; y volvió a integrarse en la
comitiva que acompañó a Felipe IV en el viaje a Aragón de 1626. Se
ha presumido que llevó consigo alguna de sus obras, y lo cierto es
que al poco de su estancia en Zaragoza aparecieron impresos,
aunque sin su autorización explícita, varios textos suyos. Algo que,
como hemos visto, resulta extremadamente inusual en su proceder.
Excluir su participación, o al menos tolerancia tácita, en esta
repentina actividad editorial no parece verosímil. El caso es que en
Zaragoza se editaron en el mismo 1626 Política de Dios y el Buscón,
y en 1627 vieron la luz en Barcelona los Sueños junto a otros
opúsculos de tipo festivo. ¿Refleja todo ello la confianza de Quevedo
en su situación, al mismo tiempo que la prudencia de publicar los
textos fuera de Castilla? ¿O es la simple consecuencia de la
circulación incontrolada de manuscritos entre los cortesanos que
acompañan al rey? Más bien parece lo primero, aunque sea difícil
afirmar nada con total seguridad. En todo caso, y dejando ahora de
lado el Buscón, obsérvese que son todas obras recientes, con la
excepción de cuatro de los Sueños, aun cuando el último, que cierra
la serie, lo sea también, y justifica la vigencia y el interés de la
publicación de los restantes. Además, como veremos en seguida,
esta relación con la imprenta le acarrearía muy pronto problemas. Y
si en el caso de las otras obras se da la circunstancia de que
Quevedo las acabó publicando en ediciones autorizadas, respecto al
Buscón nunca dijo ni hizo nada, al menos de forma directa y
explícita. Ni siquiera cuando Luis Pacheco de Narváez denunció,
hacia 1630, ante el Santo Oficio el Buscón junto a otras obras de su
pluma que habían aparecido publicadas en los años previos. En el
Indice inquisitorial de 1632 se incluía entre las prohibidas un conjunto
de obras «impresas antes de 1631, hasta que por su verdadero
autor, reconocidas y corregidas, se vuelvan a imprimir». Entre ellas,
hay que suponerlo, el Buscón. El relato sobre Pablos quedó de
nuevo al margen, y en el Indice de 1640 se vería reducido, por
eliminación, al difuso conjunto de «libros, tratados impresos y
manuscritos» que su autor repudia.
Además de las denuncias y dificultades con la Inquisición, los
años que siguen hasta la muerte de Quevedo no arrojan más
claridad sobre su relación con el Buscón, aunque fueron muy fértiles
desde el punto de vista literario. Después de escribir El chitón de las
tarabillas (1630), la etapa de proximidad al Conde-Duque de Olivares
parece terminar. De hecho, la animadversión hacia él se reflejaría en
textos como La hora de todos y la Execración contra los judíos
(1633). Se inicia así un período que condujo a su detención
fulminante y encierro en San Marcos de León (1639-1643). Recobró
la libertad con la salud quebrantada, para morir el 8 de septiembre de
1645 en Villanueva de los Infantes.

LA OBRA

De estas peculiares circunstancias, en especial de la reserva de


Quevedo respecto al Buscón, se deriva la dificultad, hasta ahora
irresoluble, para datar la obra. No hay por el momento ningún dato
conocido que permita resolver esta incógnita. A diferencia de lo que
ocurre con otros textos suyos que también circularon en forma
manuscrita, carecemos con relación al Buscón de referencias
concretas de tipo externo, como podría ser la datación directa o
indirecta de los manuscritos. Tampoco contamos con menciones
explícitas de terceros: de hecho ni siquiera se relaciona a Quevedo
abiertamente con el Buscón hasta la primera publicación impresa en
1626. De otro lado, la impronta de esta obra en la literatura española
de la época sólo se ha reconocido de forma nítida en textos
posteriores a 1619 (año del regreso definitivo de Nápoles): entre
otros casos, el Pedro de Urdemalas, de Alonso Jerónimo de Salas
Barbadillo, o el Lazarillo de Manzanares (ambos de 1620).
Así las cosas, parece digna de consideración la hipótesis de que
el Buscón fuese objeto de varias revisiones y que su primera versión
sea menos juvenil de lo que viene siendo común suponer entre la
crítica. Se descubre en él la influencia de la Segunda parte del
Guzmán (1604) y hay referencias internas, nunca diáfanas, que
hacen pensar en un período posterior, al menos, a 1606.
Porque lo cierto es que resulta ser un relato de una gran
complejidad literaria y de una no menor heterogeneidad compositiva.
La tensión básica de la escritura de Quevedo —que su primer
biógrafo, Pablo Antonio de Tarsia, resumió en un «En cuanto
escribió, quiso singularizarse»— queda bien patente también en esta
ocasión. No hace falta insistir en su relación con la tradición
picaresca, que se había reavivado a partir del enorme éxito del
Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, publicado en 1599, al que
muy pronto siguieron numerosos émulos con diferentes perspectivas
acerca de este atractivo modelo literario. Sin embargo, también se
congregan en el texto quevediano otros géneros y formas menores,
de carácter agudo y festivo por lo general, que le dan un carácter
extremadamente peculiar. Se ha hablado incluso de miscelánea en
este aspecto, dada la tendencia de la obra a incluir modelos y
tradiciones formales diversos, algo que, en otro nivel, es también
propio del Guzmán y de otras muchas obras narrativas
contemporáneas. Pero lo peculiar de Quevedo posiblemente sea la
extraordinaria densidad de estas inserciones, que a veces son de un
detallismo muy minucioso. En el nivel superior, y como simple
muestra, cabe apreciar las distintas voces que irrumpen en el relato
de Pablos, a veces a partir de encuentros del protagonista con orates
como el arbitrista, el maestro de esgrima o el soldado, que
constituyen una galería inolvidable de seres que parecen encerrados
en su propio discurso, sin posibilidad alguna de salir de él: idiotas en
el sentido estricto del término. En otras ocasiones se trata, en
cambio, de verdaderos «microgéneros» que se incrustan con gran
eficacia y pertinencia en el desarrollo narrativo. Recuérdese la
Premática contra los poetas hueros (II, 3), la hilarante carta de
Alonso Ramplón (I, 7) o incluso las explicaciones de don Toribio a
modo de guía y aviso sobre la vida en la Corte (II, 6), que concilian
diversos modelos y géneros burlescos autónomos.
La relación del Buscón con la realidad contemporánea es sobre
todo literaria y textual. Puede considerarse, pues, una relación
mediata o indirecta si se quiere, pero en absoluto irrelevante. El
grueso del material literario del que parte Quevedo son los géneros
bajos, del ámbito de lo risible y burlesco, como, para mencionar una
tradición suficientemente expresiva, la comedia del Quinientos, que
proporciona algunos patrones básicos para figuras como la del
militón o la del ermitaño. Se trata de un material que remite a un
proceso prolongado de conformación, por cauces y con
manifestaciones muy heterogéneos, que debe entenderse como el
resultado de una labor modalizadora de largo alcance, perceptible
ahora desde la perspectiva proporcionada por textos como el
nuestro.
Si tomamos como muestra el célebre jamelgo del rey de gallos (I,
2), percibiremos la presencia de una amplia tradición descriptiva que,
además de a nombres como Teófilo Folengo, nos lleva a algunos de
los principales representantes de la rica poesía burlesca del siglo XVI:
ahí están Cristóbal de Castillejo y Sebastián de Horozco. En el
episodio pupilar de Alcalá (I, 3) subyace una tópica estudiantil bien
surtida de antecedentes, como los de Juan Arce de Otálora,
Horozco, Luis de Pinedo, Cristóbal de Villalón, Francisco Narváez de
Velilla y, por supuesto, Mateo Alemán. Si atendemos, en cambio, a
personajes como el ama de Alcalá (I, 6) o el sacristán coplero y su
composición al Señor San Corpus Christe (II, 2), topamos con algún
recuerdo de Horacio y con tradiciones humanísticas como la de la
ironía sobre la santa ignorancia, asociadas, a su vez, a ciertas
formulaciones, como las del santoral facticio y burlesco, que
conducen hasta la Edad Media. Casi en cualquier dirección que nos
movamos surge este cúmulo de motivos, personajes y temas, cuyo
precedente inmediato radica en el siglo anterior, pero que con
frecuencia hunde sus raíces en la época clásica.
Habría que añadir, por supuesto, todo el acervo de cuentos
tradicionales, facecias y apotegmas, un sustrato sin el cual serían
impensables obras como el Buscón. Sin olvidar tampoco la crítica de
costumbres —como modos de vestir, tratamientos, formas de
religiosidad, juramentos— que fue formalizándose en misceláneas,
diálogos o tratados específicos como, por poner un caso, el Galateo
español de Lucas Gracián Dantisco (1593). Y qué decir de la poesía
erótica, que surge, inopinada, en el juego del vocablo —«de tercio y
pelado y pelo y apelo y pospelo»— que Pablos desarrolla
maliciosamente ante unas damas tapadas (III, 2).
No obstante, lo más reconocible de la narración quevedesca es el
presentarse como la relación autobiográfica ficticia de un individuo
escandalosamente deshonroso, de hecho un criminal, y de
raigambre social despreciable; hablando siempre, claro está, desde
la perspectiva literaria e ideológica de Quevedo. Con distintos
matices, en ello hay una radicalización y posiblemente también una
subversión de la novedad fascinante que supuso el Lazarillo a
mediados del siglo anterior y que continuó, con talante distinto, el
Guzmán. Hacia esos textos mira con especial intensidad el Buscón,
tanto a través de algunos episodios y personajes como, en un nivel
más general, mediante ciertos aspectos llamativos de la organización
de la autobiografía: genealogía deshonrosa, servicio a amos —sólo
uno en el caso de Pablos—, proceso de aprendizaje, etcétera. E
incluso en el hecho de dejar suspendida la conclusión de su
peripecia vital.
Esta obra de Quevedo ha sido también objeto de frecuentes
reproches, especialmente a la luz de su comparación con el Lazarillo
y el Guzmán. Muchas veces se le ha afeado, incluso ya en su propio
tiempo pero sobre todo por parte de la crítica decimonónica, su
querencia por los elementos escatológicos o la virulencia y la
crueldad de muchos pasajes. Contemporáneamente, sustituyendo el
reproche moral o pudibundo por el formalista, se ha lamentado un
aparente desvío de la tradición que conduciría hasta la verosimilitud
de la novela decimonónica. Y también se le ha achacado a su autor
el dejarse llevar por el puro juego verbal en detrimento de valores
más hondos de la construcción literaria. Muchas de estas
observaciones señalan, al cabo, que el Buscón no encaja en los
modelos literarios y estéticos que se atribuyen a lo que para nosotros
es la novela picaresca y en la que se presupone que tiene su lugar el
relato de Pablos. Empero la vena literaria del Buscón no es la del
realismo decimonónico, al menos según su entendimiento más
estereotipado, sino que tiene más que ver con el ámbito de lo que,
también modernamente, se entiende como grotesco, con un notable
componente burlesco y paródico. Es en esa línea precisamente
como adquieren su sentido la mayor parte de los aspectos del
Buscón que de otro modo sólo se pueden entender como excesos,
desviaciones o prontos típicos de la irreflexividad juvenil.
Dentro de la propia obra de Quevedo, las afinidades más
relevantes en lo que se refiere al diseño del narrador y protagonista
de la obra se encuentran en los lugares donde construye una primera
persona abiertamente ficticia. Textos, en suma, como las Cartas del
Caballero de la Tenaza o las jácaras del ciclo de Escarramán, en
donde irrumpe con una gran eficacia burlesca e ideológica una forma
de expresión en primera persona que subraya la degradación del
supuesto enunciador y que actúa como cauce para el exhibicionismo
más descarnado. Lo mismo que sucede, dentro de nuestra obra, con
la carta de Alonso Ramplón (I, 7). Se trata de una forma radicalmente
autodescalificadora, en la que se sobreponen de modo muy patente,
aunque siempre implícitos, los acentos de la voz autorial. Es una voz
impostada la de estos personajes. Un resultado al que se llega a
través de una estilización muy agresiva o, con otras palabras,
abiertamente manipuladora. Desde el punto de vista literario, éste es
uno de los logros fundamentales del arte de Quevedo.
La voz de su narrador no se concibe desde el efecto de
perspectiva ni a partir de la pretensión de verosimilitud psicológica,
sino sobre la base de este espeso entramado de tradiciones
descriptivas, agudezas y apodos, géneros burlescos, parodias de
modelos discursivos, que, en el bastidor de una trayectoria biográfica
más bien simple, convergen en una creación sin duda muy
intencionada.
Es aquí donde cobra un inusitado relieve la figura de don Diego
Coronel de Zúñiga, que, tras mucho tiempo de haber sido
considerada como la contrafigura positiva de Pablos, ha terminado
por revelar una turbiedad de intención que tiñe buena parte del texto.
La clave para ello ha sido la consideración del linaje de los Coronel
bajo el prisma de su origen converso y del hecho de que Quevedo
coincidiese con algunos de sus miembros. Y no es sólo que el
significado del desvelamiento de la verdadera identidad de Pablos
por parte de su antiguo amo en el libro III se vuelva dudoso, sino que
el mismo comportamiento de don Diego y sus supuestas primas
adquiere unas connotaciones al menos equívocas. En efecto, las
primas de don Diego casi actúan como busconas, haciéndose invitar
por Pablos, y ya no pasa desapercibido el desmedido afán por casar
a las niñas que muestran sus mayores. De otro lado, el hecho de que
don Diego sea tratado de primo por las doncellas, eufemismo para
referirse a menudo al amante o incluso al rufián, y el que compartan
además residencia, fomenta la desconfianza sobre la verdadera
naturaleza de su relación, especialmente si consideramos lo peculiar
de la actitud recelosa y vigilante del pretendido hidalgo. Extraña
también es la actitud de los amigos de don Diego, quienes, tras
haber atraído a Pablos junto a las damas, tan pronto escurren el
bulto ante la posibilidad de aflojar la bolsa como juegan con cartas
marcadas o se muestran dispuestos a apalear nocturna y
alevosamente a Pablos. Por no hablar del intrigante episodio del
intercambio de capas y la paliza subsiguiente.
Por primera y única vez, el lector tiene la sensación de que lo que
en verdad está ocurriendo va mucho más allá de lo que Pablos
percibe, o al menos de lo que cuenta: considérense, por ejemplo, los
comentarios de la Paloma, cuando Pablos se recupera de sus
heridas, refiriéndose a don Diego, su amigo y las dos muchachas
(«un pícaro y otro pícaro … una alcorzada y otra redomadona»). Y
seguramente lo más importante de todo esto es que se hace patente
que más allá de la facilidad para el mote, para la violencia verbal
explícita o al menos transparente, hay también en el Buscón una
capacidad alusiva más indirecta, y por ello más difícil de captar. Así,
por ejemplo, no dejan de ser interesantes las perspectivas abiertas
ante el dato de que la familia de los Villanueva, a la que pertenecían
Agustín de Villanueva —pariente político y tutor de Quevedo durante
su etapa en Valladolid— y su hijo Jerónimo de Villanueva, tenía
ascendencia conversa y era conocida como Cabra.
Esta capacidad para la alusión y la introducción de aspectos no
inmediatos ni evidentes ha visto dificultada su percepción por la
rotundidad y efectismo del estilo y por la violencia y agresividad de
las burlas más aparentes. Algo semejante se podría decir de la
coherencia estructural del texto: su distancia del patrón valorativo
que se ha venido aplicando a la tradición novelística ha impedido
muchas veces el apreciar del todo la presencia de otros principios
organizativos. Es patente, por ejemplo, que Pablos describe una
trayectoria en la que tanto su pretensión de ascender socialmente
como el sentimiento obsesivo de vergüenza constituyen un sustrato
determinante. Pero no es necesario recurrir a explicaciones
psicoanalíticas ni preconizar la consistencia psicológica del
personaje para justificarlas. Parecen más bien motivos claves en la
interpretación quevediana de la picaresca, y precisamente por ello el
discurso de Pablos los integra de una forma recurrente. En esa
misma dirección adquieren sentido las reiteraciones que a lo largo de
toda la obra hacen hincapié en la familia del personaje como un
recordatorio permanente de su identidad. Sin embargo, las
repeticiones pueden ser también indicio de diferencias y cambios.
Son varias las veces en que se reiteran determinados motivos quizá
para mejor resaltar que el papel de Pablos ha variado, pasando de
testigo o incluso víctima a participante activo. Si Pablos criticaba al
clérigo poeta como hacedor de «coplas pestilenciales» y
componedor de oraciones como la del «Justo Juez» con que
proporcionar material a los ciegos, él mismo acabará por dedicarse al
negocio (III, 9) ya casi al cabo de su narración. Si se vio engañado
por la apariencia santurrona de un ermitaño que lo terminó
desplumando con la baraja, más tarde Pablos se disfrazará de fraile
para, repitiendo el ardid, aligerar mejor la bolsa de sus compañeros
de partida. Por último, el banquete grotesco al que asistió asombrado
en la residencia de su tío el verdugo tendrá su réplica en el singular
simposio en el que compartirá mantel, como uno más de ellos, con
los desuellacaras sevillanos.
El Buscón es, en fin, una obra de enorme densidad literaria en la
que la fuerza de algunos de sus componentes anima con demasiada
frecuencia las lecturas reductivas. Con seguridad, carecemos aún de
muchas de sus claves e incluso de la perspectiva adecuada para
aproximarnos a una obra que, a pesar de recurrir constantemente a
otros textos y tradiciones previas, tiene una indudable originalidad.
La cuestión decisiva es la de la peculiaridad del modo de
representación propio de este texto tan estudiado y, aún hoy,
irreductible en buena medida al asedio crítico.

EL TEXTO

El texto del Buscón que aquí se edita es, con mínimas alteraciones,
el correspondiente a uno de los tres manuscritos que, además de las
ediciones que se suceden a partir de 1626, nos han transmitido esta
obra de Quevedo: concretamente el manuscrito que se guarda en la
Fundación Lázaro Galdiano de Madrid y se conoce como B o Bueno,
por haber sido Juan José Bueno, bibliotecario de la Universidad de
Sevilla en el siglo XIX, su primer poseedor conocido. La razón básica
para la elección de este testimonio radica en su calidad —es una
copia muy cuidada, con toda probabilidad muy próxima al autor— y
en la plausible hipótesis de que se trate de la última versión de la
obra.
Los otros dos manuscritos son conocidos como S y C, el primero
por hallarse en Santander, en la Biblioteca Menéndez Pelayo, y el
segundo porque formó parte del archivo de la Catedral de Córdoba
(actualmente se encuentra entre los fondos de la Real Academia
Española). Ambos parecen corresponder a estadios anteriores en la
realización del Buscón.
Todo ello sugiere un proceso extenso en la elaboración del
Buscón, a lo largo del cual Quevedo habría vuelto sobre el texto para
modificarlo de forma sustancial. En este proceso acaso haya que
incluir también algunas de las ediciones, las cuales, aunque nunca
fueron autorizadas explícitamente por Quevedo, podrían acaso
transmitir intervenciones directas del autor. Sería el caso hipotético
de la princeps de Zaragoza de 1626(E) y, según algunos estudiosos,
el de una edición contrahecha publicada en Barcelona en 1628. Y
téngase en cuenta también que es muy posible que el manuscrito B
sea de hecho posterior a las primeras ediciones impresas.
Como se puede apreciar, la situación es extraordinariamente
compleja, en especial por la falta de consenso crítico entre los
especialistas. De otro lado, hay que insistir una vez más en el hecho
de que no hay ninguna constancia de que Quevedo se haya referido
nunca de manera directa a su obra, a pesar de que todo indica que la
tuvo muy presente en distintos momentos de su vida. Como desde
luego la tuvieron sus enemigos, que tomarían el Buscón como uno
de los blancos predilectos para sus ataques.
La cuestión remite en último término a las prácticas de escritura
de Quevedo, entre las que destaca su afán de revisión y
reelaboración de textos, motivos y hallazgos verbales, y a su relación
no siempre clara con la imprenta, entre otras cosas por las
responsabilidades a que daba lugar.
La tradición editorial de la obra conoce distintas fases que
dependen de la mayor o menor atención a los manuscritos y a las
distintas valoraciones de que éstos han sido objeto. Hasta 1852, las
ediciones del Buscón parten de la princeps, o más exactamente de
las dos ediciones de Madrid de 1648, a su vez dependientes de la de
Zaragoza de 1626. Posteriormente, y durante casi sesenta años, el
de Aureliano Fernández Guerra será el Buscón por excelencia. En su
edición se hizo patente por primera vez una preocupación textual
rigurosa, aunque no fuese don Aureliano más allá de corregir las
presuntas deficiencias de E (la princeps) a la luz de otras ediciones
antiguas. A partir de 1917, los manuscritos empezarían a ser
utilizados en la labor editorial. Ese año el hispanista francés
Raymond Foulché-Delbosc editó la obra con la novedad de haberse
servido de una copia, al parecer incompleta, de la lista de variantes
del manuscrito B elaborada por Aureliano Fernández Guerra, para
corregir las lecturas que éste consideraba erróneas en la princeps,
que seguía siendo el texto de referencia. En 1927 Américo Castro
realizó una edición de la obra basada en el manuscrito S. La
siguiente nueva edición no se hizo esperar: en el mismo año de 1927
Robert Selden Rose dio a conocer la suya, en la que, aun utilizando
E como soporte básico, tenía en cuenta tanto el elenco de variantes
de B como el manuscrito S. Y en 1932 Luis Astrana Marín añadía, en
la preparación del texto para su edición de las Obras completas de
Quevedo, una fuente inédita, como era una copia del códice
perteneciente a la catedral de Córdoba (manuscrito C).
Folio 38r del manuscrito B; el texto se corresponde con el de las pp. 39-40 de la presente
edición.

Pero el hito fundamental de la tradición editorial moderna del


Buscón fue indudablemente la edición crítica realizada en 1965 por
Fernando Lázaro Carreter. Frente a la situación tan confusa que se
había creado con el uso irregular y un tanto arbitrario de los distintos
testimonios, acometió un pormenorizado examen de las variantes de
los impresos y manuscritos primitivos y concluyó que Quevedo había
realizado dos versiones del texto: la más antigua sería la identificada
con el manuscrito B, mientras que la segunda redacción,
considerada como definitiva, es a la que apuntaría el arquetipo [X],
que Lázaro trató de reconstruir con la ayuda de los que consideraba
sus tres testimonios básicos: S, C y E. Al mismo tiempo desestimaba
la intervención del escritor en las primeras ediciones de su obra.
La unanimidad a que dio lugar el trabajo de Lázaro se rompió con
la edición realizada por Edmond Cros en 1988, donde con
argumentos de distinta índole invertía el estado de cosas aceptado,
al postular B como segunda versión de la obra, y por tanto referencia
fundamental para una edición adecuada del texto quevediano. Poco
después, en 1990, Pablo Jauralde hacia pública su propia edición del
manuscrito Bueno, que consideraba transmisor de la única versión
que se podría atribuir a Quevedo. A partir de ese momento, el
manuscrito B parece haber alcanzado un papel editorial conforme al
prestigio que tuvo ya desde las primeras noticias que circularon
sobre él. No obstante, las cuestiones abiertas en el debate sobre el
texto del Buscón siguen siendo numerosas y de hondo calado. Las
fundamentales son las siguientes: primero, ¿a qué momento de la
carrera literaria de Quevedo corresponde B?; segundo, ¿en qué
medida intervino el escritor en los demás testimonios y qué clase de
relación guardan entre sí?; tercero, ¿han de ser consideradas
algunas de las ediciones como resultado de la intervención de autor
sobre su texto?; y por fin, ¿cuándo escribió Quevedo el Buscón?

LA CRÍTICA
La presente edición se basa en la publicada en la «Biblioteca
Clásica» de Editorial Crítica en 1993, donde se recoge mi
argumentación en favor de la posterioridad e idoneidad del
manuscrito Bueno y se incluye un análisis detenido de los asuntos
sólo esbozados aquí. Con respecto a la cuestión crucial del texto de
la obra deben tenerse en cuenta, conjuntamente con las
introducciones de las ediciones ya mencionadas y los trabajos en
que Cros y Jauralde adelantaban sus planteamientos, los
argumentos expuestos por Alfonso Rey en una serie de
publicaciones que se inicia el año 1991. Puede verse, por ejemplo,
«Para una nueva edición crítica del Buscón», Hispanic Review, LXVII
(1999), pp. 34-35, y «Las variantes de autor en las obras de
Quevedo», La Perinola, IV (2000), pp. 309-339, en donde se da
noticia de sus anteriores trabajos. Pablo Jauralde reitera y
contextualiza su posición en el marco de una interpretación general
de la obra en «Enmiendas ideológicas al Buscón», La Perinola, II
(1998), pp. 87-103. Es también muy apreciable, especialmente por
su anotación, la edición de Ignacio Arellano (Espasa Calpe, Madrid,
1993).
Resulta de gran interés en numerosos puntos la visión general de
la obra que plantea Paul J. Smith en Quevedo. El buscón, Grant &
Cutler, Londres, 1991. Sobre la biografía de Quevedo y otras muchas
cuestiones conexas es ahora ineludible el libro de Pablo Jauralde
Francisco de Quevedo (1580-1645), Castalia, Madrid, 1998.
Si las disparidades a la hora de establecer la fecha o el texto son
grandes, no lo son menos las que afectan a la interpretación y
valoración del sentido último de la obra. Leo Spitzer, en «El arte de
Quevedo en el Buscón» (recogido en Gonzalo Sobejano, ed.,
Francisco de Quevedo, Taurus, Madrid, 1978, pp. 123-184), y
Fernando Lázaro Carreter, en su trabajo de 1961 «Originalidad del
Buscón» (reimpreso sin notas como estudio preliminar de la edición
de la «Biblioteca Clásica»), defendieron el ingenio, especialmente
desde una perspectiva lingüística, como el factor decisivo de la obra,
aunque el primero insistía en relacionarlo con el desengaño barroco
y el segundo destacaba su gratuidad. Esta concepción va de la
mano, por lo general, de una datación temprana del texto, como ya
hicieran en su tiempo estudiosos como Narciso Alonso Cortés (1918)
o Robert Selden Rose (1927). Precisamente para situar el ingenio
lingüístico quevedesco en su contexto histórico, social y literario son
fundamentales el libros de Maxime Chevalier Quevedo y su tiempo:
la agudeza verbal, Crítica, Barcelona, 1992, y el de Monique Joly La
bourle et son interprétation, Université de Lille III, Lille, 1986. Un
punto de vista contrario, proclive incluso al entendimiento alegórico
de la obra y más centrado en el análisis de la acción que en el estilo,
defendieron autores británicos como Alexander Parker, en Los
pícaros en la literatura. La novela picaresca en España (1599-1753),
Gredos, Madrid, 1975, o Terence E. May, «Good and Evil in the
Buscón: A Survey», Modern Language Review, XLV (1950), pp. 319-
335.
A propósito de la construcción interna del Buscón siguen
resultando muy sugerentes los libros de C.B. Morris The Unity and
Structure of Quevedo's «Buscón», University of Hull, Hull, 1965, y de
Gonzalo Díaz-Migoyo Estructura de la novela. Anatomía del
«Buscón», Fundamentos, Madrid, 1978. Muchas observaciones
relevantes, aunque en sentido contrario a las anteriores, se
encuentran también en el artículo de Domingo Ynduráin «El Quevedo
del Buscón», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, LXII (1986),
pp. 77-136. Ejemplo de una posición que también disiente como
cuestión de principio de la proyección de categorías críticas y
teóricas contemporáneas a una obra como la de Quevedo son las
observaciones de Pablo Jauralde en «El Buscón como relato», en
Jean Canavaggio, ed., La invención de la novela, Casa de
Velázquez, Madrid, 1999, pp. 213-231.
En relación con lo anterior se sitúan asimismo los esfuerzos por
ahondar en la figura del narrador y en su relación con el autor. Como
muestra de este lugar crítico que ha requerido la atención de gran
parte de quienes se han aproximado a la obra, cabe mencionar un
trabajo de Edward Williamson, «The Conflict between Author and
Protagonist in Quevedo's Buscón», Journal of Hispanic Philology, II
(1977), pp. 45-60, y otro de William Clamurro, «Interpolated
Discourse in the Buscón», Revista de Estudios Hispánicos, XV
(1981), pp. 443-458. Ambos inciden en la presencia de tendencias
contradictorias en la articulación interna de la obra.
Jenaro Talens, desde el ámbito español, fue pionero en el
planteamiento de una interpretación política del texto de Quevedo en
Novela picaresca y práctica de la transgresión, Júcar, Madrid, 1975.
René Quérillacq ha apuntado en una dirección semejante, aunque
insistiendo en el alineamiento del escritor con los puntos de vista
nobiliarios, en «Des leçons du Buscón», Mélanges offerts à Maurice
Molho, Éditions Hispaniques, París, 1988, pp. 479-490.
Con una orientación no tan unívocamente política, pero decisiva
para entender aspectos cruciales de la naturaleza literaria y también
ideológica del Buscón, deben tenerse en cuenta los trabajos de
Edmond Cros, con su insistencia en la dimensión carnavalesca de la
obra. Destacan en este aspecto sus libros L'Aristocrate et le carnaval
des gueux. Étude sur le «Buscón» de Quevedo, CERS (Université
Paul Valéry), Montpellier, 1975, e Ideología y genética textual. El
caso del «Buscón», Planeta-Cupsa, Madrid, 1980. En este sentido,
las consideraciones sobre las peculiaridades de la risa que el texto
solicita y sobre el sentido último de su componente burlesco han
ocupado un lugar cada vez más importante en la reflexión crítica. En
este terreno ha destacado Maurice Molho, con varios ensayos en los
que, entre otras cosas, ha puesto de relieve la capacidad extrañante
y distanciadora de la burla quevedesca: Introducción al pensamiento
picaresco, Anaya, Salamanca, 1972; «Más sobre el picarismo de
Quevedo: Buscón y Marco Bruto», Mester, IX (1980), pp. 75-93.
Ya Molho había relacionado la obra de Quevedo con la disolución
del «pensamiento picaresco». Francisco Rico, por su parte, lo situó
en el marco de la pérdida de pertinencia de los hallazgos formales y
estructurales del Lazarillo y el Guzmán en La novela picaresca y el
punto de vista, Seix-Barral, Barcelona, 1970 (nueva edición ampliada
en 2000). Otros estudiosos, como Michel y Cécile Cavillac («A
propos du Buscón et du Guzmán de Alfarache», Bulletin Hispanique,
LXXV, 1973, pp. 114-131) o Richard Bjornson («Quevedo's
Anihilation of the Picaro», Iberoromania, IV, 1974, pp. 41-66), han
insistido en la inversión de los presupuestos de los relatos picarescos
previos por parte de la obra de Quevedo.
Mención aparte merece la consideración de aspectos concretos
del texto que abrieron nuevas vías para la interpretación de la obra.
Seguramente el más llamativo de todos ellos es el que gira en torno
a la desconcertante figura de Diego Coronel de Zúñiga. Dos trabajos
de mediados de los años 70 que recordaban el origen converso de
este linaje tuvieron una gran influencia sobre la crítica posterior:
Carrol B. Johnson, «El Buscón: D. Pablos, D. Diego y D. Francisco»,
Hispanófila, LI (1974), pp. 1-26, y Agustín Redondo, «Del personaje
de don Diego a una nueva interpretación del Buscón», Actas del V
Congreso Internacional de Hispanistas, Burdeos, 1977, vol. II, pp.
699-711. Volvió así a un primer plano de atención la evidente
insistencia de la obra en la cuestión de la pureza de sangre, como
demuestra el trabajo de Henry Ettinghausen «Quevedo's Converso
Picaro», Modern Language Notes, CII (1987), pp. 241-254.
Como revisión general de las cuestiones que sigue suscitando la
obra destaca el trabajo de Carlos Vaíllo (también editor destacado
del Buscón) «El Buscón, la novela picaresca y la sátira: nueva
aproximación», en S. Fernández Mosquera, coord., Estudios sobre
Quevedo, Universidade de Santiago, Santiago de Compostela, 1995,
pp. 265-279.

A continuación se incluyen seis fragmentos de comentarios e


interpretaciones del Buscón en los que se pueden reconocer algunos
de los problemas básicos señalados por la crítica, pero también
algunas de las principales orientaciones y patrones valorativos de la
obra. A veces éstos se expresan de una forma ciertamente radical e
incluso reductiva; sin embargo, siempre resultan iluminadores por su
capacidad para resaltar distintos aspectos del conjunto. El contraste
que su lectura sucesiva provoca no es la consecuencia menos
interesante de la selección. El primer pasaje es contemporáneo de la
obra: se trata del texto preliminar dirigido «Al lector» y situado al
frente de la edición de Zaragoza, 1626. El segundo de los
fragmentos, de Fernando Lázaro («Originalidad del Buscón», pp.
XXIII-XXIV), expresa con rotundidad una de las líneas interpretativas
del Buscón: la que lo entiende como juego de ingenio desrealizado,
por utilizar un término orteguiano. En el tercero, Gonzalo Díaz-
Migoyo (Estructura de la novela, pp. 55-56) apunta a la debatida falta
de calor humano del personaje y trata de explicarla como un efecto
estructural propio de la estrategia narrativa. Carroll B. Johnson («El
Buscón: D. Pablos, D. Diego y D. Francisco», p. 9) señala el efecto
de ciertas recurrencias de la trama y las preguntas que se plantean
ante uno de los episodios más desconcertantes de la obra, preguntas
que aluden al contexto extraliterario. En el quinto pasaje
seleccionado, Edmond Cros (Ideología y genética textual, p. 156)
recuerda alguna de las claves de su interpretación de la obra a partir
de la postulación de determinadas prácticas rituales y de la relación
del Buscón con la literatura carnavalesca. El peso decisivo de la
tradición literaria y del afán de sobrepujamiento de Quevedo es, por
último, lo que destaca como guía interpretativa Domingo Ynduráin
(«El Quevedo del Buscón», p. 78).

Qué deseoso te considero, lector o oidor (que los ciegos no pueden


leer), de registrar lo gracioso de don Pablos, príncipe de la vida
buscona. Aquí hallarás en todo género de picardía (de que pienso
que los más gustan) sutilezas, engaños, invenciones y modos
nacidos del ocio para vivir a la droga; y no poco fruto podrás sacar
dél si tienes atención al escarmiento. Y cuando no lo hagas,
aprovéchate de los sermones, que dudo nadie compre libro de burlas
para apartarse de los incentivos de su natural depravado. Sea
empero lo que quisieres. Dale aplauso, que bien lo merece, y,
cuando te rías de sus chistes, alaba el ingenio de quien sabe
conocer; que tiene más deleite saber vidas de pícaros, descritas con
gallardía, que otras invenciones de mayor ponderación. Su autor ya
le sabes; el precio del libro no le ignoras, pues ya le tienes en tu
casa, si no es que en la del librero le hojeas, cosa pesada para él y
que se había de quitar con mucho rigor, que hay gorrones de libros
como de almuerzos y hombre que saca cuento leyendo a pedazos y
en diversas veces y luego le zurce. Y es gran lástima que tal se
haga, porque éste mormura sin costarle dineros: poltronería bastarda
y miseria no hallada en el Caballero de la Tenaza. Dios te guarde de
mal libro, de alguaciles y de mujer rubia, pedigüeña y carirredonda.

La conclusión de cuanto estamos diciendo es obvia: lo que don


Francisco hizo en su Buscón, más que un «libro de burlas», fue un
libro de ingenio. Ambas cosas existen: hay burla de aquella
humanidad extravagante fuera de los límites de la convención, la ley
y la norma que el autor respeta. Pero esto ocurre en mínima
proporción. Domina en el Buscón, sobre todo, una burla de segundo
grado, una burla por la burla misma, reflexivamente lograda, que no
se dirige al objeto —con todas sus consecuencias sentimentales—,
sino que parte de él en busca del concepto. El perfil novelesco del
libro es sólo el marco, dentro del cual el ingenio de Quevedo —«¡las
fuerzas de mi ingenio!»— alumbra una densa red de conceptos. Para
ello desnutre, desvitaliza de toda intención no ingeniosa el campo de
operaciones, para aplicar en seguida sobre todos sus puntos el
recurso a la agudeza. Desbridado el tejido, cortadas sus conexiones,
hinca el bisturí a fondo, sin emoción. Ésta existe, claro, pero no en el
camino que media entre el espectáculo y el observador, sino en el
que, desde el ojo, conduce a la mente. Aquí es, en la tarea de
elaborar el dato, mutarlo y asociarlo, donde la emoción se instala.
Quevedo experimenta un sentimiento puro de creador; digámoslo sin
rodeos: un sentimiento estético. El Buscón es una novela estetizante.
FERNANDO LÁZARO CARRETER

La insensibilidad de Pablos impide que su conducta narrada vaya


acompañada de los cambiantes estados de ánimo normales en sus
ficticias circunstancias. A pesar de su constante presencia en
escena, a pesar de las rigurosas desventuras a que está sujeto y a
pesar de la evidente urgencia y seriedad de su deseo, Pablos no
pasa de ser un personaje plano, como los llamaba E.M. Forster.
Parece un «tour de force à rebours» el someter a un personaje a la
variedad de experiencias a que está sometido éste y, sobre todo, a
una tensión anímica tan fructífera como la consistente en la
obtención de una idea en contradicción flagrante con su condición
original, sin dotarle de rasgos humanizadores. Querido o involuntario
por parte del autor —pero ¿por qué no del narrador?—, el hecho es
que Pablos ni se presta a efusiones de lectura ni tiene calor humano.
El vacío que ello crea alrededor del personaje es demasiado
conspicuo, es un silencio a voces. El texto parece interesado en
presentar al actor bajo cierto tipo exclusivo de iluminación. Lo que le
ocurre a Pablos no le está ocurriendo a un hombre, sino a una figura
literaria, a una entelequia. El símil del actor es perfectamente
aplicable al personaje del Buscón: se trata en él de un papel sin actor
textualmente discernible, un fantasma, un vacío, que soporta ciertas
actuaciones. GONZALO DÍAZ-MIGOYO

La acción del capítulo 20 [III, 7] se culmina con el castigo de Pablos


ordenado por don Diego y a cargo de los «amigos» que ya
conocemos, precedido por el tantas veces pasado por alto castigo
intentado para don Diego y a cargo de no sabemos quién. Vale la
pena insistir sobre este doble castigo, porque constituye el remate de
todo el proceso de mutuos engaños y explotaciones, por otro nombre
«amistad», que hemos visto elaborarse en torno a Pablos y don
Diego, empezando por lo de «Llámale Poncio Pilato y echa a correr»
[I, 2], Cuando don Diego le dice: «Por vida de don Felipe, que
troquemos capas, que me importa pasar por aquí y que no me
conozcan», lo que es pura verdad, está repitiendo aquella primera
actuación de tantos años antes. Lo que haya hecho con la mujercilla
(¿la clásica seducción engañosa bajo palabra de esposo?) guarda
relación de analogía con su deseo de infamar al pobre Poncio
Aguirre, y es igual en los dos casos su deseo de que Pablos sufra las
consecuencias de ello. Pablos, el explotable, empieza su relación
con don Diego evitándole un castigo y proporcionándole un placer
sádico, y la termina de la misma manera. Y como de costumbre, no
sabe dónde echar la culpa: «y al fin yo esperaba de tantas partes la
cuchillada, que no sabía a quién echársela (pero nunca sospeché en
don Diego ni en lo que era)». El quebrantamiento del punto de vista
narrativo, que tanto nos preocupa como críticos literarios, es
explicable en función de un conflicto entre el Quevedo pensador
socio-político y el Quevedo artista. Por una parte, el desenlace de la
ficción, que debe narrarse en primera persona para no salirse de las
normas del género picaresco, exige que Pablos sea destruido por la
inevitable acumulación de su pasado. Por otra, Quevedo quiere
hacer entrever que la familia de don Diego Coronel, y sobre todo el
mismo don Diego, no son todo lo que parecen ser. Las dos
exigencias necesitan que el lector sepa más acerca de don Diego de
lo que Pablos pudiera saber; de ahí que éste describa
conversaciones y acontecimientos que no presencia. CARROLL B.
JOHNSON

Se presenta la obra de Quevedo como una expresión original dentro


de la literatura carnavalesca (una especie de revés del Carnaval). En
este caso, el tema del hambre está desconectado de cualquier
contexto socioeconómico: no es más que un motivo folklórico tratado
de manera original. Esta ausencia de toda la problemática de la
pobreza y de los vagabundos en que se fundamenta en parte el
discurso reformista de Guzmán de Alfarache y que se nota en la
programación genética del texto de Lazarillo de Tormes representa
un primer desplazamiento ideológico significativo dentro de la novela
picaresca. Nos remite a la postura reaccionaria de Quevedo en el
campo de la reforma de la beneficencia, tal como está expresada en
La constancia y paciencia de Job y en Virtud militante, en donde está
valorizada la figura del Sanctus Pauper y la concepción tradicional
del valor redentor de la limosna. Tal vacío semiológico sitúa de una
vez el Buscón: trátese en efecto de la temática de la pobreza, o —
como lo veremos más adelante— de la macroestructura del texto
narrativo, del punto de emergencia de la voz del narrador o del
estatuto del signo, los indicios de los mecanismos de inversión del
Buscón con arreglo a sus dos ilustres precedentes hacen del texto de
Quevedo una contra-picaresca que, a su vez, permite entender mejor
las dos anteriores. Como escribe Jean Vilar: «Reaccionario, el
mensaje oculto de la violenta alegoría pseudopicaresca inventada
por Quevedo no es menos significativo a la larga que la esperanza
constructiva más moderna que brilla debajo de las cenizas de las
maceraciones de Guzmán. Son complementarios para quien quiere
tratar de interpretar —sin que se espere jamás acertar en ello— el
inagotable tesoro de las mentalidades españolas del Siglo llamado
de Oro». EDMOND CROS

A mi entender, sólo desde la tradición literaria, y, simultáneamente,


desde las creaciones contemporáneas se puede no ya valorar, sino
comprender el sentido de la obra que nos ocupa. Quevedo sólo trata
temas ya elaborados en otros textos anteriores pero que siguen
siendo utilizados en obras coetáneas, próximas. La utilización de
dichos temas por nuestro autor no supone imitación emuladora, sino
competencia: se trata de superar lo hecho por otros dejando la marca
personal en determinados planteamientos, tipos y figuras de manera
que no sólo incluya —y neutralice— los antecedentes, sino que
cualquier reelaboración posterior resulte imposible o caiga en la
imitación directa de su Buscón. Esto implica que el valor de los
logros quevedescos hay que percibirlo en relación con los
antecedentes, en el grado de modificación y transformación
intensificadora a que los somete.
Ahora bien, la presencia de los textos contra los que Quevedo
escribe es tan fuerte que sólo en relación con ellos pueden
entenderse ciertas partes del Buscón; me refiero a los errores,
descuidos, contradicciones, olvidos, etc., pues en definitiva son
elipsis fácilmente reconstituibles si se tienen en la cabeza los
modelos completos que ofrecen todos los elementos de relación,
sintácticos y lógicos … Pero no sólo esto, lo que constituía el mayor
mérito de las dos primeras novelas picarescas, la trabazón
argumental, el desarrollo progresivo de la historia, la articulación de
los sucesos, puede ser casi eliminada por Quevedo precisamente
porque remite y se apoya en ellas. DOMINGO YNDURÁIN
BIBLIOGRAFÍA CITADA

La presente lista recoge las referencias bibliográficas citadas con mayor


frecuencia en las notas al pie.

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Léxico: Alonso Hernández, José Luis, Léxico del marginalismo del Siglo de
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Notas
[1]La narración de Pablos, como la de Lázaro y al contrario de la de
Guzmán, se finge dirigida a un narratario individualizado; en este caso una
mujer, aludida indistintamente con el término señora o con el tratamiento
de cortesía vuestra merced. <<
[2]Se trata de una fórmula ponderativa, semejante a otras del estilo de tal
como bueno, aunque en este caso resulta ambigua y con propósito chistoso,
ya que lo que se diría sobre Clemente Pablo, y que su hijo confirma ahora
de modo indirecto, no tendría presumiblemente intención elogiosa alguna.
<<
[3] se corría: ‘se avergonzaba’. <<
[4] tundidor: ‘operario encargado de igualar el pelo de los paños con unas
tijeras’. Se trata de dos perífrasis de carácter eufemístico con una clara
connotación que apunta hacia el verdadero quehacer del padre de Pablos en
cuanto expoliador de sus clientes: sastre y tundidor son términos asociados,
en el ámbito de la germanía, con cierto tipo de ladrones, y aun con el
latrocinio en general. Además, y en tercer lugar, ambas expresiones delatan
la verdadera y ridícula naturaleza de sus altos pensamientos. <<
[5] La abundancia de ‘santos’ entre los apellidos de los antepasados
maternos de Pablos denuncia su procedencia conversa. Los sobrenombres,
referidos algo más abajo, son los ‘apellidos’, en un sentido general;
cristiana vieja: ‘la que no tiene sangre judía o morisca’. <<
[6]rota: ‘harapienta, vestida con ropa remendada o rasgada’. El verla con
canas la confirma, en sentido estricto, como ‘vieja’; y el ir rota, como
pobre, al contrario de lo que tópicamente se atribuía a los conversos. <<
[7]
esforzar: ‘argumentar una opinión, apoyándola con razones’.
«gloria» aparece sustituido por «letanía» en X. <<
[8]
Además de referirse a la apariencia física, parecer era el ‘dictamen de un
hombre de leyes (letrado) sobre determinada cuestión legal’. <<
[9] hasta los tres del alma: esto es, ‘el mundo, el demonio y la carne’. <<
[10]La posible ironía sobre persona de valor (‘que tiene precio, prostituta’)
se conjuga con la expresión peyorativa conocida por quien era, que se
refiere, con reticencia, al conocimiento general por parte de sus convecinos
de la verdadera conducta y condición de Aldonza.
En X, puede leerse, en vez de «para letrado … era», lo siguiente: «y fue tan
celebrada, que, en el tiempo que ella vivió, casi todos los copleros de
España hacían cosas sobre ella». <<
[11] trabajos: ‘penalidades’. <<
[12]El padre de Pablos es tildado de ladrón —introducía dos dedos (bastos)
para robar dinero (as de oros)— y quizá, más remotamente, de cornudo
consentido (basto: ‘pene’). <<
[13]a su salvo: ‘sin perjuicio propio’; faldriqueras: ‘bolsillos; bolsas,
cosidas al sayo, donde usualmente se guardaba el dinero’. <<
[14] Se evitaba por lo general el castigo público de los delincuentes
infantiles, mientras que a los de más edad se les infligía a lomos de un asno
que recorría las principales calles del lugar. <<
[15]«Esto es, que ‘se hacía agradable a todos’ y, al mismo tiempo, que
‘robaba a todos hasta la voluntad’» (A. Rey Hazas). Las referencias
aparecidas en las notas de esta edición remiten a la lista bibliográfica de las
páginas finales. <<
[16]
niñerías: si bien parece aludir a la escasa relevancia de los hurtos de
Clemente, apunta también al empleo de menores para sus delitos. <<
[17] hombre: ‘uno’, como indefinido. <<
[18] ‘en silla con borrenes y largos estribos’, según una de las dos
principales escuelas de equitación; pero hay que entender la expresión
irónicamente: ‘llevaba los pies colgando, sin apoyo de estribos’, o bien ‘iba
el asno conducido por el ronzal’. Véanse las notas [8] de I, 7 y [90] de III,
4. <<
[19] ‘con serenidad y confianza’. <<
[20]
suela se refiere metonímicamente, por ser ambas de cuero, a la ‘penca o
azote del verdugo’, que éste maneja con la misma propiedad que el pintor el
pincel. <<
[21] Es decir, ‘doscientos azotes de los mejores’. <<
[22] ropilla: ‘chaleco corto que se llevaba encima del jubón’. <<
[23]Irónica alusión a la sangre derramada con motivo de los azotes. Los
condenados, desnudos de medio cuerpo, eran paseados a lomos de un asno
por ciertas calles establecidas, mientras el verdugo los azotaba y el
pregonero hacía saber a voz en grito los delitos que eran castigados de tal
modo, deteniéndose la comitiva para ello en lugares también prefijados. La
serenidad y desparpajo con que recibe Clemente el castigo remiten a la
tradicional jactancia de los jaques.
En vez de «y rigores … colorado», se puede leer en X lo siguiente:
«aunque, según a mí me han dicho después, salió de la cárcel con tanta
honra, que le acompañaron docientos cardenales, sino que a ninguno
llamaban “señoría”. Las damas diz que salían por verle a las ventanas, que
siempre pareció bien mi padre a pie y a caballo. No lo digo por vanagloria,
que bien saben todos cuán ajeno soy della». <<
[24]Aquellos que Aldonza recompone a quienes quieren pasar por vírgenes
o doncellas son los virgos amanecidos, los cuales, tras haber prestado su
servicio, se convierten en virgos puestos, o desaparecidos, como soles.
El fragmento «Y decía … puestos» no aparece en X, donde se lee en
cambio: «Sólo diz que se dijo no sé qué de un cabrón y volar, lo cual la
puso cerca de que la diesen plumas con que lo hiciese en público». <<
[25]Esto es, según una práctica frecuente, ‘hacía y colocaba pantorrilleras’
para disimular la delgadez de las pantorrillas de galanes y damas. <<
[26] ‘pese a que a nadie se la cubría pelo, puesto que eran unos
desventurados, sólo las calvas encontraban solución a su desgracia —y, por
tanto, se la cubría pelo—, merced a las pelucas de Aldonza’. Juego, no del
todo claro, con la frase hecha no cubrir pelo, que, además de en su sentido
inmediato, se refiere a la persona que ha sufrido una desgracia o es, en
general, desventurada. Téngase en cuenta, por demás, que, en este tipo de
contextos, la calvicie suele ser tomada por síntoma de haber padecido
enfermedades venéreas. <<
[27]remendona de cuerpos: por cuanto daba remedio a sus deficiencias con
distintas prótesis; pero, secundariamente, también ‘alcahueta’. Falta en X el
fragmento «empreñaba … cuerpos». <<
[28] algebrista es el ‘componedor de huesos’; enflautar es la acción de
‘introducir una cosa en otra’, sin que sea ajeno al término un notable eco
erótico (flauta: ‘pene’). La base de las distintas imágenes, que motejan a
Aldonza de alcahueta, se halla en la idea de la unión de dos personas por
intermediación de una tercera.
El paso «otros, juntona … carnes» falta en X. <<
[29]tercera, además de ser un ordinal, puede referirse a la ‘medianera o
alcahueta’, así como designar una suerte perteneciente a un juego de cartas;
primera o prima puede entenderse igualmente como ordinal, pero también
tiene la acepción bien conocida de ‘prostituta’, y cabe entender por primera,
asimismo, tanto un juego de cartas como un lance especial de su desarrollo.
Por su parte, la palabra flux, frecuentemente empleada en forma metafórica,
tiene aquí el sentido de lance ganador en la partida de naipes. Por tanto,
«ser “flux para los dineros de todos” equivale a sacarles los dineros a todos,
tanto a los que ella sirve de tercera [alcahueta] como de primera
[prostituta]» (G. Colón). <<
[30]Clemente trata de convencer a su hijo de que sus pensamientos de
caballero —en el sentido de ‘deseos de llegar a ser caballero’— no
constituyen obstáculo para el ejercicio del robo, puesto que éste no debe ser
considerado una ocupación artesanal (arte mecánica), cuya práctica hacía
decaer de la nobleza, y no supone, por tanto, desdoro alguno a sus
pretensiones. <<
[31]Tras esta apostilla, liberal debe entenderse como ‘ágil, veloz, hábil’,
resultando así un chiste dilógico. Véase la nota [41] de III, 4. <<
[32] batanado: ‘bataneado, golpeado’. De batán: ‘artefacto hidráulico
compuesto de grandes mazos de madera que, movidos por un eje, golpean
los paños para darles cuerpo’. <<
[33] Esta afirmación será motivo de uno de los cargos contra Quevedo
incluidos en la virulenta invectiva El tribunal de la justa venganza (1635):
«como a irreverente y sin respecto a los que gobiernan y nos conservan en
justicia». <<
[34]Alusión al asilo eclesiástico que sustraía de la acción de la justicia a los
delincuentes acogidos en una iglesia, y, quizá también, al robo de bolsas y
cepillos en el lugar sagrado. <<
[35]
Se refiere al asno en que se paseaba a los condenados por la justicia
mientras eran azotados por el verdugo, y al instrumento de tortura conocido
como potro, donde se les hacía confesar (cantar). <<
[36]esteraran el tragar: ‘ahorcasen’; ya que si esterar es ‘poner una estera o
esteras en el suelo’, cuando se habla de la garganta —el tragar—, hemos de
pensar, metonímicamente, en una soga de cáñamo; pedigüeño en caminos
es una forma burlesca y agermanada de motejar al salteador. Quizá el
número dieciséis (16) sugiera la imagen de la horca. <<
[37] industria: ‘ingenio’; mantenido: ‘alimentado’. <<
[38] ‘vasijas con pócimas y ungüentos’, propias de brujas y boticarios. <<
[39]rapar: ‘afeitar o cortar el pelo con navaja’, y metafóricamente, «tomar
alguna cosa con fuerza, violencia o engaño» (Covarrubias). <<
[1] ‘Al día siguiente’. <<
[2] hablar se utiliza aquí como verbo transitivo. <<
[3]palmatoria: ‘pequeña vara de la que se servían los maestros, a veces
añadiéndole unas cuerdas, para azotar a los muchachos’; ganar la
palmatoria era el ‘privilegio, que tenía el que primero llegaba, de aplicar la
palmatoria a los compañeros acreedores de tal castigo’; pero, de forma
lexicalizada, es equivalente a ‘llegar el primero’ a cualquier lugar. <<
[4] caricias: ‘favores, halagos’. <<
[5]juntaba meriendas, que alude a una antigua costumbre infantil, puede
referirse igualmente a la coincidencia de ambos en los mismos intereses. <<
[6] punto: ‘presunción, orgullo’. <<
[7]Una de las acusaciones más frecuentes de las que recaían sobre las brujas
era la de sorber sangre de niños. <<
[8]gato: ‘ladrón’, en germanía; zape y miz: ‘apelativos que sirven para
rechazar y atraer a los gatos’ y, por lo tanto, para tratar como a gato, esto es,
ladrón, al interpelado. <<
[9]Esto es, ‘cuando fue condenada a la vergüenza pública’; quizá en un auto
inquisitorial por hechicera, o quizá por la justicia ordinaria con el cargo de
alcahueta. La práctica de cubrir la cabeza de los condenados con una
coroza, donde figuraban sus culpas, y la semejanza de aquélla con una mitra
explican el chiste. Era costumbre, por otro lado, que los curiosos,
especialmente los niños, arrojasen todo tipo de hortalizas a su paso. <<
[10]royéndome los zancajos: ‘murmurando sobre mí’; zancajos, en sentido
estricto, son los talones, y ello permite el equívoco en no me faltaron, que
puede entenderse, dependiendo del sujeto, como ‘nunca me ofendieron los
compañeros’ o, literalmente, como ‘nunca me quedé sin los talones’. <<
[11]
me corría: ‘me avergonzaba’, pero también ‘me escapaba’. «El segundo
sentido, y base del chiste, se fundamenta en la frase anterior» (B. Ife). <<
[12] En lugar de «no me diera por entendido», dice X: «no me pesara». <<
[13]En X, entre «y» y «roguéla», se lee: «dije: —“Ah, madre, pésame sólo
de que ha sido más misa que pendencia la mía”. Preguntóme que por qué, y
díjela que porque había tenido dos evangelios». <<
[14]
Dado que escote es la ‘parte que corresponde a cada una de las personas
implicadas en un gasto común’, el chiste sugiere la dudosa paternidad de
Clemente Pablo, haciendo de Pablos ‘hijo pegadizo’. <<
[15] ‘noramala, en hora mala’. <<
[16]El término novillo apunta, indirectamente, a los ‘cuernos’ de Clemente
Pablo. El toro, padre del novillo, así como en general los animales de
cuerna, son símbolo frecuente del marido engañado.
El paso «y dime … matrimonio» falta en X. <<
[17]
«El adverbio naturalmente sugiere algo así como ‘por naturaleza’ o ‘por
mi alegre natural’, pero lo que viene después indica bien a las claras que
naturalmente aquí quiere decir ‘porque yo le daba de lo mío sin exigirle
nada, y a todos nos gusta recibir algo a cambio de nada’» (C. B. Johnson).
<<
[18] peones: ‘peonzas’. <<
[19] confeso: ‘cristiano nuevo, descendiente de judíos’. <<
[20]luego: ‘en seguida, al punto’; desatacar: ‘desatar las calzas del jubón’,
al cual se hallaban atacadas por unos cordones, de cabos metálicos,
llamados agujetas. <<
[21] La anécdota es adaptación de un cuentecillo tradicional. <<
[22]firma: «llaman en las escuelas de niños a un papel firmado que suele dar
el maestro a algún muchacho en que le perdona el castigo por una, dos o
tres veces» (Autoridades). <<
[23] La frase falta en X. <<
[24] Se trata de una costumbre eminentemente escolar que llevaba a los
estudiantes a salir, normalmente el domingo de Carnaval, en procesión
burlesca por las calles, así como a correr gallos, esto es, apedrear o cortar la
cabeza de uno de estos animales, para lo cual era colgado de una cuerda.
Uno de los muchachos era elegido, o, como en este caso, sorteado, jefe de
los demás con el título de rey de gallos, y normalmente montaba un caballo
o bien un asno. <<
[25]
Era frecuente el empleo del cuero de caballo para recubrir cofres: se
apunta, pues, a lo ralo del pelo del rocín. <<
[26]Roberto del Diablo, personaje legendario de origen medieval, hijo de
los duques de Normandía, fue concebido por mediación del diablo y llevó,
durante la primera parte de su existencia, una vida de tropelías y desmanes
hasta la conversión que hace de él hombre de Dios, y ya no del Diablo. <<
[27]rucio es el ‘caballo de color pardo claro o grisáceo’. Si además tiene
manchas de color más oscuro, se dice que es rucio rodado. Hay aquí, sin
embargo, un equívoco, al aplicarse el último adjetivo al jinete, que rueda
por los suelos a cada paso. Los ‘malos’ pasos de la frase anterior
constituyen, por tanto, una silepsis, ya que, aplicados a Roberto del Diablo,
se refieren a sus andanzas, y, cuando se relacionan con el caballo, sugieren
su calidad de cojitranco. <<
[28] Es proverbial la edad avanzada de los caballos de panadero. <<
[29]Ya que los judíos tenían, según la tradición antisemita, fama de cobardes
y timoratos. <<
[30] aderezados: ‘disfrazados’, y quizá también ‘provistos de cencerros y
almireces con que alborotar’.
Es de notar que todo el pasaje anterior —«uno como caballo …
aderezados»— presenta en X una versión distinta: «un caballo ético y
mustio, el cual, más de manco que de bien criado, iba haciendo reverencias.
Las ancas eran de mona, muy sin cola; el pescuezo, de camello y más largo;
tuerto de un ojo y ciego del otro; en cuanto a edad, no le faltaba para cerrar
sino los ojos; al fin, él más parecía caballete de tejado que caballo, pues, a
tener una guadaña, pareciera la muerte de los rocines. Demostraba
abstinencia en su aspecto y echábansele de ver las penitencias y ayunos: sin
duda ninguna, no había llegado a su noticia la cebada ni la paja. Lo que más
le hacía digno de risa eran las muchas calvas que tenía en el pellejo, pues, a
tener una cerradura, pareciera un cofre vivo.
»Yendo, pues, en él, dando vuelcos a un lado y otro como fariseo en paso, y
los demás niños todos aderezados tras mí —que, con suma majestad, iba a
la jineta sobre el dicho pasadizo con pies—». <<
[31]
‘dada la extremada longitud del gaznate del animal, el repollo hubo de
hacer tan largo recorrido antes de llegar a su destino, que no pudo por
menos que demorarse’. <<
[32] pícaros: ‘mozos, ganapanes’. <<
[33]garrofales y frisones son dos adjetivos, muy del gusto de Quevedo, que
encarecen el tamaño del objeto al que se refieren; garrofal o garrafal se
aplica a un ‘cierto tipo de guindas de buen tamaño’; deriva, en último
término, de garrofa (algarroba); frisón, por su parte, se refiere a una ‘raza
de caballos procedente de Frisia (Holanda) y conocida por la espectacular
alzada de sus ejemplares’. <<
[34]Juego de palabras basado en la homofonía, y, dada la época, también en
la falta de una diferenciación gráfica estricta entre las voces nabal, de nabo,
y naval, de nave. <<
[35] Irónica disculpa por lo que se supone una expresión poco decorosa. <<
[36] privada: ‘letrina’, pero también «plasta grande de suciedad o
excremento echada en el suelo en la calle» (Autoridades). El escatológico
va ser uno de los núcleos semánticos del libro. <<
[37] Juego de palabras, puesto que necesaria, como sustantivo, significa
‘letrina’. <<
[38] por gala: ‘como adorno’. <<
[39]La supuesta confusión de Pablos se debe a la costumbre de emplumar a
las brujas: «cuando se las sacaba a la vergüenza, se las ponía una caperuza
llena de plumas de gallo, y desnudándolas las espaldas y untándoselas de
miel, se las montaba en un borrico, se las paseaba así por las calles, yendo
el verdugo echándolas a puñados plumas de aves de las que llevaba su
criado en una espuerta, de suerte que las llenaba de ellas» (B. Castellanos).
<<
[40] Una legua equivale a algo más de cinco kilómetros y medio. A pesar de
haberse referido reiteradamente al equino con el nombre de caballo, ahora
Pablos lo llama rocín, apelativo más acorde con el reticente «como caballo»
utilizado en primera instancia: «Rocín es el potro que, o por tener edad o
estar maltratado o no ser de buena raza, no llegó a merecer el nombre de
caballo» (Covarrubias). <<
[41]No parece, en efecto, que Pablos vaya desencaminado. El desdén de la
nobleza, o de cierta nobleza, hacia las letras venía de antiguo; de ahí que la
impericia en la escritura y la lectura de los caballeros fuese censurada
frecuentemente en los siglos XVI y XVII, y también objeto de sátira y burla.
<<
[42] ‘desde ese mismo momento’. <<
[1]El pupilaje consistía en poner al estudiante bajo la tutela de un bachiller
o licenciado que también hacía las veces de administrador y huésped del
joven. <<
[2]Se ha notado la frecuente utilización de nombres de animales para
denominar a varios de los personajes de la obra, según unos como marca de
ascendencia judía, según otros, y no necesariamente en forma contradictoria
con lo anterior, como recurso humorístico. <<
[3]en poder de la hambre viva: «conceptuoso juego de palabras, basado, por
una parte, en una alusión burlesca al Dómine Cabra como encarnación
viviente del hambre personificada, y por otra en el hecho de que allí donde
no es posible matar el hambre, por no haber nada que comer, se está
evidentemente en poder del hambre viva» (A. Vilanova). <<
[4] laceria: ‘miseria, penalidad’. <<
[5]cerbatana: ‘pieza de artillería de poco calibre; especie de culebrina’ y, de
forma translaticia, ‘todo lo que es hueco, estrecho y largo’. De otro lado,
obsérvese el característico procedimiento quevediano de utilizar un
sustantivo para adjetivar a otro. <<
[6] largo: ‘alto’, pero también ‘dadivoso’. De ahí el chiste dilógico. <<
[7]cuévanos: ‘cestos de mimbre, de gran tamaño y de anchura decreciente,
que se emplean, sobre todo, en la vendimia’. Por otra parte, la lobreguez de
las tiendas era tópica. <<
[8]Porque a las momias les falta característicamente la nariz.
El apodo «de cuerpo … pico» falta en X. <<
[9]«Tenía la nariz aplastada (roma) y desfigurada como si hubiese padecido
la sífilis o el mal francés (Francia)» (A. Castro). Aunque —observa Rey
Hazas— «a renglón seguido, dice que no debió ser por esta enfermedad
(vicio), ya que cuesta dinero, sino por un resfriado (o romadizo, de ahí el
juego Roma-Francia)». <<
[10] búas: ‘bubas’. <<
[11]El destierro era, junto a los azotes y las galeras, una de las penas
reservadas a los vagabundos, según recogen distintas disposiciones legales
desde principios del siglo XVI. <<
[12] Los tenedores de la época tenían dos púas. <<
[13] espacioso: ‘reposado’. <<
[14]‘tres tablillas, unidas por un cordel, de cuyo sonido, al ser agitadas, se
valen los leprosos para pedir limosna y advertir de su presencia’. <<
[15]ética: ‘cierto tipo de calentura’. Uno de sus síntomas es el tener «la
habla delgada» (Menor daño). <<
[16] bonete: ‘birrete eclesiástico’, pero también, por su semejanza,
‘fortificación exterior en las plazas o castillos con forma de cola de
golondrina’. De ahí el juego de palabras con guarniciones: ‘adorno o gala’,
pero asimismo ‘dotación de soldados para la defensa de una fortificación’;
ratonado: ‘roído por los ratones’; gateras: ‘orificios en puertas o paredes
para que puedan entrar y salir los gatos’, y por extensión ‘rotos o agujeros
en las prendas de vestir’ (véase la nota [11] de III, 1). <<
[17] fondos en: «parece tomado del lenguaje de la fabricación de paños,
donde es el campo sobre el que se tejen, o bordan, o pintan las labores en
las telas» (I. Arellano). <<
[18]La concepción del color de la sotana del dómine como una ilusión
parece sustentarse irónicamente en la tradición aristotélica. <<
[19] ceñidor: ‘cinto o cordón para la cintura, frecuente en muchos hábitos
religiosos’. El desaliño indumentario de Cabra, en especial la falta de
ceñidor, pudiera ser indicio de lujuria, o, más probablemente, de hipocresía.
<<
[20]teatino: ‘religioso perteneciente a la orden fundada por San Cayetano de
Thiene y Juan Pedro Caraffa’; solían ser los encargados de acompañar a los
condenados a muerte en sus últimos momentos; lanudo: ‘de lanas’, como
ciertos animales. <<
[21]
«Cuando queremos encarecer la estatura grande de un hombre, decimos
que es un filisteo» (Covarrubias). Quizá por identificar a ese pueblo con
Goliath. <<
[22] Dignidades imaginarias, o meras formas de intensificación por los
prefijos, según el modelo de protonotario o archidiácono. Adviértase,
además, su carácter recapitulatorio y conclusivo del retrato recién expuesto,
según lo exigido por la tradición escolar. <<
[23] El juego de palabras con gastar es común. <<
[24] Tal era la costumbre. <<
[25] refitorio: ‘refectorio, comedor’; celemín: ‘medida de capacidad
equivalente a la doceava parte de una fanega, esto es, 4,62 litros, y el cajón
usado para tomarla’. Se implica, pues, la angostura, y quizá la forma, del
comedor de Cabra. <<
[26]Las costumbres relajadas de los jerónimos, en lo que toca a comer y
beber, eran tópicas.
Esta pregunta maliciosa se omite en la otra versión de la obra. <<
[27]susté: ‘asusté’; lezna: ‘punzón muy agudo utilizado por los zapateros’;
afeitar: ‘ponerse afeites’; diaquilón: ‘ungüento medicinal’, cuya pertinencia
en este pasaje tiene que ver, probablemente, con su color blanco. Quiere
decirse que los pupilos se hallaban extremadamente delgados y pálidos. <<
[28]No tanto porque la comida fuese casi inexistente como porque no tenía
ni entrante, o ante —principio—, ni postre —fin—, a pesar de que los
pupileros estaban obligados a incluirlos en el menú. <<
[29]Narciso: ‘joven que despreciaba el amor, mas que, al ir a beber en una
fuente y contemplar su propio rostro, se enamoró de sí mismo e, indiferente
ya al resto del mundo, se dejó morir’. <<
[30]suelo: ‘fondo de la escudilla’. Las anécdotas y chistes que aquí se
incluyen son tradicionales. <<
[31]
olla: ‘guisado en el que la carne es el elemento fundamental’. Nótese
que esa ‘olla’ es el transparente líquido que antes Pablos llamaba ‘caldo’.
<<
[32]pavonada: ‘de color azul oscuro’, como el de la cola del pavón o pavo
real. <<
[33] decía yo entre mí: ‘decía para mí’. <<
[34]
a vueltas de la carne: ‘en medio de la carne’; apenas, porque casi no la
había. El nabo es manjar que menudea en los pupilajes. <<
[35]
Parece una clara reminiscencia, y aun sobrepujamiento, del Lazarillo.
Dice el escudero al llegar Lázaro con una uña de vaca: «Dígote que es el
mejor bocado del mundo y que no hay faisán que ansí me sepa». <<
[36] Es decir, por el mango, ya que éstos se hacían de cuerno. <<
[37]
cordiales: ‘beneficiosos para el corazón’.
Todo el pasaje «Y, tomando … legumbres» falta en X. <<
[38]
Además del ante y postre, que Cabra omite, un almuerzo o comida
normal se componía del caldo u olla y un plato de carne. <<
[39] consumió: ‘agotar, gastar’; pero consumir es también «tomar el
sacerdote el cuerpo y la sangre de Cristo» (Covarrubias). Por tanto, «si se
consume todo no queda nada para otros comulgantes, que quedan
descomulgados, “sin poder comulgar, porque no ha quedado nada”. El uso
de descomulgar se provoca por la dilogía de consumir, y una vez que se
utiliza, el floreo verbal atrae de participantes, otra vez con juego literal de
la expresión religiosa, relativa a la excomunión de los que tratan con
excomulgados» (Ignacio Arellano). <<
[40]El anuncio de Cabra, dada la calidad de la comida, se vuelve amenaza
para el estómago hambriento de Pablos. <<
[41] se repapile: ‘se harte, se sacie’. <<
[42]
Posiblemente a propósito de la risa descompuesta de Pablos, ya que era
un comportamiento frecuentemente censurado como, entre otras cosas,
propio de hombres vanidosos. <<
[43] En efecto, se consideraba perjudicial el beber en ayunas. <<
[44]«Parte de la antigua liturgia de la misa en la que el oficiante, tras haber
preparado el cáliz y pronunciado las palabras del caso —“Offerimus tibi,
Domine, calicem…”—, lo cubre, sin haber llegado a beber de él, inciensa el
pan y el vino y se lava las manos» (R. S. Rose). <<
[45]espiritado: ‘el que, por ser muy delgado, parece que consta sólo de
espíritu’. <<
[46]brindar: ‘convidar o incitar a beber’; hacer la razón: ‘corresponder al
brindis, bebiendo’. No es necesario, pues, suponer que Pablos hubiese
llegado a beber algo. Más bien se sugiere lo desaconsejable de un lugar
donde, a pesar de ser incitadas a hacerlo, las tripas no llegan a probar el
líquido. <<
[47] proveer: ‘defecar’. <<
[48] Véase la nota [37] de I, 2. <<
[49] váguido: ‘vaguido, que padece vahídos’. <<
[50]Juego de palabras con el término bendición. Hacer alguna cosa con
bendición es ‘hacerla a gusto y satisfacción de todos’.
En la otra versión, en vez del fragmento «y la cena … bendición», se lee:
«cenamos mucho menos, y no carnero, sino un poco del nombre del
maestro: cabra asada. Mire v. m. si inventara el diablo tal cosa». <<
[51]El ocultar la avaricia o la miseria so capa de higiene o virtud es un
tópico afín a la tradición picaresca desde el Lazarillo. <<
[52]Por la creencia clásica, y de hecho generalizada, de que las tribulaciones
diurnas eran el asunto primordial de los sueños nocturnos. <<
[53]
Esta poliptoton no ha quedado sin eco. Así, se lee en el Gregorio
Guadaña: «hablaba setenta y dos lenguas juntas y no hablaba ninguna». <<
[54] trazando: ‘tramando’; véase la nota [36] de I, 6 <<
[55]cuenta de perdones: ‘cuenta a modo de las del rosario, pero más grande,
a la que se le supone capacidad de indulgencia en sufragio de las ánimas del
purgatorio’; altar previlegiado: ‘porque mediante la misa celebrada en él se
logra indulgencia plenaria para el alma del difunto a quien se dedica’. <<
[56]Añade X: «ya mis espaldas y ijadas nadaban en el jubón, y las piernas
daban lugar a otras siete calzas; los dientes sacaba con tobas, amarillos,
vestidos de desesperación». <<
[57]Hay una disemia en el empleo del verbo comer, que, además de en su
acepción primaria, se utiliza en el sentido de ‘omitir sílabas o palabras
hablando confusamente’. <<
[58]Nueva disemia; aquí comían debe entenderse también en el sentido de
‘picaban’.
X añade, más arriba, tras «diciendo que»: «él había visto meter en casa,
recién venido, dos frisones y que, a dos días, salieron caballos ligeros que
volaban por los aires; y que vio meter mastines pesados y, a tres horas, salir
galgos corredores; y que…», continuando a partir de aquí como B. <<
[59] ‘la recitamos, o quizá aprendimos, de memoria, de coro’. <<
[60] La fórmula no sé qué, extendidísima en la época, es empleada
frecuentemente en la obra a modo de reticencia irónica. <<
[61]
Como es sabido, a los judíos no les está permitido comer cerdo, por lo
que su consumo servía, por contra, para blasonar de cristiano viejo. <<
[62]salvadera: ‘útil de escritorio, agujereado en su parte superior, con
arenilla para enjugar la tinta fresca’. <<
[63] pernil: ‘muslo del cerdo’. <<
[64] no haber hecho de nuestras personas: ‘no haber defecado’. <<
[65] melecina: ‘lavativa, enema’, y también la jeringa con que se aplica. <<
[66]El doble significado de melecina —‘purga y jeringa’— hace que el
texto parezca aquí incongruente. S y E, quizá con afán corrector, añaden, al
tenía una anterior, los términos jeringa y receta, respectivamente. <<
[67] Lo mismo que ‘melecinas’. <<
[68]
atajóse: ‘se cortó, por vergüenza o miedo’. Parece indicarse que don
Diego no mantuvo la postura requerida. <<
[69]Chiste con términos propios del vestir: guarnición es el ‘adorno externo
a modo de gala’ (véase la nota [16]) y aforro, lo mismo que ‘forro’, esto es,
‘tela que reviste internamente una pieza de ropa por abrigo o refuerzo’. <<
[70] Véase la nota [22] de I, 1. <<
[71]
El rosario es el aditamento tópico de la hipocresía de las viejas
medianeras y amas. Como muestra, véase el ama de Alcalá en I, 6. <<
[72] Esta parece ser la acentuación normal en la época; etiope: ‘negro’. <<
[73] viernes … güevos: recuérdese que el viernes era día de abstinencia de
carne; corregimiento u abogacía: el principal distintivo físico del tipo
satírico del letrado era la larga barba. <<
[74]badil: ‘pala propia para recoger las brasas y cenizas de chimeneas o
braseros’; el ama, pues, lo usaba en vez del cucharón. Cuando se miga o se
hacen sopas en la escudilla, se dice que esta está empedrada; por tanto, se
sugiere en este caso que flotaban en el caldo inmundicias. <<
[75] sabandijas: ‘reptiles e insectos de pequeño tamaño’; estopa: ‘los
desechos más bastos del lino o el cáñamo tras el rastrillado’. Se apunta a la
tradicional suciedad de las amas de pupilaje, en especial en lo referido a sus
manipulaciones culinarias. <<
[76]trabajo: ‘penuria’. Recuérdese que Pablos y don Diego habían llegado
al pupilaje el «primero domingo después de Cuaresma»: parece cumplirse
ahora un año de estancia con Cabra. <<
[77]platicante: ‘practicante, aprendiz de médico en prácticas’; ganar por la
mano: ‘adelantarse, anticiparse’. La capacidad mortífera de los galenos, y,
como vemos, incluso la de los practicantes, es un componente fundamental
del tipo satírico. <<
[78] asombrados: ‘espantados’. <<
[79] Se sobreentiende que porque no los reconocía, tal era su aspecto. <<
[80] Es apodo que tacha a Cabra de ruin y miserable. <<
[81] sillas: ‘sillas de manos’. <<
[82]
Por Trinidad, se refiere a la orden de los trinitarios, que, como los
mercedarios, se ocupaban de recoger dinero con que liberar a los presos en
poder del turco. <<
[1]trabajo: véase la nota [11] de I, 1; imperial: «se toma muchas veces por
especial y grande en su línea» (Autoridades). <<
[2]zorras: ‘zorros; colas de zorro, o en general tiras de piel, unidas a un
mango, utilizadas para sacudir el polvo’; retablo de duelos: se dice de la
‘persona en que se acumulan muchos trabajos y miserias’. <<
[3]sustancia es el ‘caldo que se da al enfermo que no puede tomar alimentos
sólidos’, y pisto, ‘la sustancia que se extrae del ave’. Se trata de la
alimentación característica del convaleciente. <<
[4]almendrada: ‘leche de almendras’; luminarias: ‘luces que se ponen en
torres y ventanas como señal de regocijo’. <<
[5]alforzadas: ‘dobladas hacia dentro, acortadas’; alhorza o alforza es el
‘dobladillo con que se rematan algunas prendas de vestir’. <<
[6]hacer pino significa ‘ponerse en pie’; de ahí que, con el diminutivo
plural, pinitos o pinicos, se designe el caminar vacilante del niño o del
convaleciente de alguna enfermedad. Padres del yermo: ‘eremitas’, tales
como los de la Tebaida. <<
[7] costa: ‘gasto de manutención’. <<
[8]Estamos ante una muestra de un juguete de ingenio procedente de la
tradición aguda del XVI: la paradoja del pecador; en este caso, la del
avariento que, beneficiándose de una interpretación laxa del quinto
mandamiento, se acoge a él para autorizar burlescamente su mezquindad.
<<
[9]Las funciones que se reservan a este criado son, más que las de ayo, las
de mayordomo o administrador, según será considerado más abajo, pero en
ocasiones ambos empleos tienden a confundirse. Por cédulas hay que
entender ‘pagarés’. En Julián Merluza tenemos otra muestra de apellido
animalesco; véase la nota [2] de I, 3. <<
[10]Baranda: «deriva del caló baranda … de barandar … ‘castigar’,
‘azotar’, en alusión a la autoridad del mayordomo» (Iventosch). <<
[11] a la tardecica: ‘a la caída de la tarde’. <<
[12] Famosa venta situada en el camino de Madrid a Alcalá, de gran
tradición literaria. Gran parte de su renombre es debido a las gentes de mal
vivir que, al parecer, la frecuentaban. Obsérvese, de otra parte, la
incoherencia del texto al suponer que don Diego y compañía pudieran
haberla alcanzado en tan poco espacio. No se olvide que parten de Segovia.
<<
[13] perro: ‘morisco’, peyorativamente. Sobre gato y la acepción de
‘ladrón’, véase la nota [8] de I, 2. <<
[14]ministros: ‘mozos, ayudantes’; ir horros: «estar o ponerse de acuerdo
varios para ir contra otros» (Léxico). <<
[15] mujercillas: ‘prostitutas’, por eufemismo; al olor: es decir, ‘atraído por
la presencia de las mujeres’ (véase el texto correspondiente a la nota [77] de
III, 10). Este último es uno de los comentarios considerados reprensibles
por el Tribunal de la justa venganza. <<
[16]mantellina: ‘especie de capa corta propia de fregonas y estudiantes
pobres’; panzas al trote: ‘gorrones’. Se trata de estudiantes cuyo modo de
vida es el servicio a los compañeros de más posibles.
Esta presentación de los huéspedes que don Diego y Pablos encuentran en
la venta aparece aquí más desarrollada que en X, donde se lee: «y estaban
dos rufianes con unas mujercillas, un cura rezando al olor, un viejo
mercader y avariento procurando olvidarse de cenar, y dos estudiantes
fregones, de los de mantellina, buscando trazas para engullir». <<
[17] lo se refiere a criados. <<
[18] poyo: ‘banco arrimado a la pared’. <<
[19] desvanecerse: ‘ufanarse, vanagloriarse’. <<
[20] Esto es, Pablos y Baranda, el mayordomo. <<
[21] ‘hace diez años’. <<
[22]
«El truco de ayudar a servir la mesa era el más socorrido para invitarse:
Quevedo lo repetirá en III, 6» (P. Jauralde). <<
[23] ‘sin que don Diego se hubiese dirigido a ellos’. <<
[24]
¿Posible referencia a la supuesta capacidad anafrodisíaca de la lechuga?
En la otra versión, el pasaje quizá apoya más esta interpretación: «[Un
agüelo tuvo V. Md., tío de mi padre,] que en viendo lechugas se desmayaba;
¡qué hombre era tan cabal!». <<
[25]Si tal refrán existe, no he podido documentarlo. Parece creación de
Quevedo.
Este fragmento («diciendo … aves») falta en X. <<
[26]El hambre aparejada a la vida estudiantil es un tópico bien conocido. De
otro lado, esta justificación irónica de la carencia presente en virtud de la
preparación para un futuro de nuevas carencias parece asimismo
tradicional. <<
[27] parlando: ‘de charloteo’. <<
[28]caja: «se utiliza casi siempre como recipiente de comida» (P. Jauralde);
pero también puede ser el tambor con que se atrae a los deseosos de
alistarse en el ejército. De ahí el hacía gente. <<
[29] alcorzas: ‘especie de tortas recubiertas por una pasta dulce’. <<
[30]tarazón: ‘trozo’.
En este caso, la versión del manuscrito B morigera notablemente el
contenido escatológico del texto. En X, en vez de «y encima … teja», se
dice: «luego se proveyó sobre lo dicho, y encima de la suciedad puso hasta
una docena de yesones». <<
[31] la se refiere, evidentemente, a bota. <<
[32]capilla: ‘capuchón’; gabán: ‘capote rústico’. La capilla se utilizaba con
frecuencia a modo de bolsa. <<
[33] A algunas piedras se les atribuían propiedades curativas, si bien solía
tratarse de piedras preciosas. <<
[34] reales: ‘monedas de plata’; eran la base del sistema monetario. Los
oficiales artesanos, hacia 1627, raramente superaban el salario de seis reales
por jornada. <<
[35]
Juan de Leganés era un mozo rústico, sin formación alguna, y muy
popular por su habilidad natural para el cálculo. <<
[36]
Es decir, ‘no pide ni siquiera un ochavo más de lo que es justo’; ochavo:
‘moneda de cobre de poco valor’. <<
[37]estar algún asunto en mano indica que se tiene por resuelto o bien
encauzado. <<
[38]sustados: ‘asustados’.
Todo el pasaje —desde «No pide más» hasta «gasto»— aparece muy
ampliado respecto a X: «Como hemos de servir a v. m. en Alcalá, quedamos
ajustados con el gasto». <<
[39]Arriedro vayas: como ‘vade retro’. Según se aclara en seguida, tratan al
viejo de endemoniado. <<
[40] enjaguar: ‘enjuagar’, por metátesis. <<
[41]El vino es salvaje por metáfora, ya que el retrato tradicional del
‘hombre salvaje’, frecuente en relatos de caballerías, sentimentales y
pastoriles, lo representa como un ser velloso y barbado. <<
[42]En la otra versión, el borrico era sólo uno. Y a ello había objetado el
Tribunal de la justa venganza por considerar indigno del sacerdote la
comunidad de cabalgadura con los estudiantes. <<
[43] dar vaya: ‘dar matraca’. <<
[44] estrenas: ‘iniciaciones, estrenos’. <<
[45]decírselo de misas es una locución irónica común para declinar el pago
de una deuda o la devolución de un favor. Y más irónica aún en boca de un
cura. <<
[46] coman: véase la nota [58] de I, 3. <<
[47] «sarna de V.Md. es aquí una expresión contrahecha a partir de la
fórmula ‘servidor de v. m.’, con la que antes, por cierto, se había jugado»
(B. Ife); adviértase además la inmediatez de la dilogía con el verbo comer,
que explica el chiste: el estudiante se declara, como la sarna, dispuesto a
comer a costa de don Diego. <<
[1]La puerta de Santiago, hoy desaparecida, se encontraba en las cercanías
de la calle e iglesia del mismo nombre, al norte de la ciudad. Por patio de
estudiantes, habrá que entender ‘manzana de edificios habitados por
estudiantes con un patio común’; ésta se refiere a casa. <<
[2]En la otra versión de la obra, aparece además el siguiente comentario:
«que hay muy grande cosecha desta gente, y de la que tiene sobradas
narices y sólo les faltan para oler tocino; digo esto confesando la mucha
nobleza que hay entre la gente principal, que cierto es mucha». <<
[3]Equívoco en los términos condición y ley; condición se refiere tanto a la
naturaleza o carácter de una persona como a su nacimiento; y tener buena
ley se dice de las personas fieles y leales, pero también alude a los
principios religiosos o ley divina. <<
[4] patente: ‘tributo que el novato debe entregar a los veteranos’. <<
[5] Es imagen que se repite en otros textos. <<
[6] Esto es, ‘de veterano’. <<
[7]
general: «En Salamanca las aulas se llaman generales por ser comunes y
admitirse en ellas todos los que quieren entrar a oír liciones» (Covarrubias).
<<
[8]Alusión al Lázaro evangélico, que fue resucitado cuatro días después de
su muerte; olisca: ‘huele mal, hiede’. <<
[9]«Es decir, Pablos paga al estudiante con la misma moneda, achacándole
el mal olor que le han atribuido a él» (A. Rey Hazas). <<
[10]escarrar: ‘esgarrar’; tocar al arma: ‘tocar a rebato’. La imagen se
fundamenta en el ruidoso carraspeo estudiantil. <<
[11]hízome alarde: ‘me mostró’; alarde significa ‘la formación militar en
que se exhibe y hace reseña de la tropa y armamento’. <<
[12]
Esto es, Pablos iba a decir «mate», cuando fue interrumpido.
La lectura transcrita «—Juro a … te» es la de S; la de B es la siguiente:
«Juro a Dios que me a … Iba a decir “te”». <<
[13] batería: ‘estrago causado por proyectiles’; en este caso, gargajos. <<
[14]En blanco hay una dilogía entre la acepción que lo identifica con un
color determinado —con el que Quevedo identifica comúnmente la saliva—
y la que lo hace sinónimo de ‘diana, objetivo hacia el que se dispara’.
Obsérvese además la sucesión de imágenes militares: tocar al arma,
batería, alarde. <<
[15] ¿‘en el entrecejo’? <<
[16]afeite: ‘adorno, cosmético’, en sentido irónico, por supuesto; negra:
‘color del tejido’, y también ‘desventurada’. <<
[17] zufaina: ‘jofaina, palangana’; y, más específicamente, ‘escupidera’. <<
[18]
trapajo: «el paño vil con que se limpian las mesas y los bancos»
(Covarrubias); quizá aquí tenga el sentido de ‘gargajo’. <<
[19]Ecce homo son las palabras con que Pilatos, habiéndose lavado las
manos, alude a Jesús (San Juan, 19, 5). Pablos, por tanto, moteja al huésped
de judío, al identificarlo con los participantes en la Pasión de Cristo. Es
preciso atender también al sentido coloquial que en español tiene Ecce
homo: ‘persona lacerada y de aspecto lastimoso’. <<
[20]ayuda de costa: ‘cantidad suplementaria al salario entregada para cubrir
gastos extraordinarios’; aquí se refiere, claro está, a la paliza del huésped
que se ha añadido a la humillante novatada estudiantil. El manteo es una
‘especie de capa larga, propia de clérigos y estudiantes’, que se llevaba
sobre la sotana, asimismo larga y propia de escolares y clérigos. Véase la
nota [16], de I, 4. <<
[21]Es ésta la primera vez que se menciona el nombre del protagonista,
cuyas connotaciones distan de enaltecedoras. <<
[22] trabajos: véase la nota [11] de I, 1. <<
[23]pañizuelo: ‘pañuelo moquero’; en paso: esto es, ‘en las representaciones
iconográficas de la Pasión que se portan en andas en las procesiones de
Semana Santa’. Pablos, pues, está motejando de judíos a los estudiantes. <<
[24]Refrán que advierte de la necesidad de tomar conciencia de una realidad
nueva. Marca, según se ha advertido, uno de los momentos fundamentales
de la vida del pícaro. <<
[25] Probable eco de los catenati labores de Marcial (Epigramas, I, 15). <<
[26] El procedimiento irónico de encarecer alguna acción cruel
atribuyéndola a infieles o herejes lo utiliza Quevedo en otras ocasiones. <<
[27] retor: «El rector de la Universidad, elegido en el Colegio de San
Ildefonso cada año, tenía a su cargo el mantenimiento del orden» (C.
Vaíllo). <<
[28]azote con hijos: ‘látigo de varias colas’. Este tipo de bromas nocturnas
eran tradicionales entre pajes y criados. <<
[29] frazadas: ‘mantas’. <<
[30] proveyó: véase la nota [47] de I, 3. <<
[31]Es expresión frecuente para hacer notar la situación de quien se
encuentra sin escapatoria posible. En vez de «cogido», B lee por error
«cegido». <<
[32] necesaria: véase la nota [37] de I, 2. <<
[33]
achaque: «la escusa que damos para no hacer lo que se nos pide o
demanda» (Covarrubias). <<
[34]matemático: ‘astrólogo’, el capaz de inquirir de las estrellas lo que para
los demás es insondable. Se supone que se trata de algún estudiante de tal
disciplina, entonces no bien diferenciada de las matemáticas. <<
[35] Esto es, ‘por afianzarlo en la burla’. <<
[36] servicio: ‘especie de bacín en el que proveerse; bacinilla’. <<
[37] mal de corazón: ‘desmayo’. <<
[38] visajes: ‘gestos, muecas’. <<
[39]Se trata de un chiste, ya que palominos son los ‘pequeños restos de
excremento que pueden quedar en la ropa’. <<
[40]Porque era creencia popular que existía una relación directa entre ese
dedo, el tercero de la mano izquierda, y el corazón, a cuyo mal
funcionamiento se atribuían por lo general los desmayos. <<
[41]
dar garrote es ‘constreñir un miembro o articulación, rodeándolo con
una cuerda y tirando después de ella’; esto es, ‘hacer un torniquete’. Era
remedio indicado contra los desmayos y la apoplejía. <<
[42]gualdrapa: ‘especie de cobertor que se pone sobre el lomo y ancas de
las cabalgaduras para proteger al jinete del sudor y pelo de éstas’. Parece
indicarse, pues, que Pablos lavó la sotana como prenda que estaba sucísima.
<<
[43] parlar: véase la nota [27] de I, 4; dar vaya: véase la nota [43] de I, 4. <<
[44] Avisón: ‘Atención’. Véase la nota [24] de este mismo capítulo. <<
[1]de puro… (o a puro): ‘a fuerza de…’. Aparece la construcción
repetidamente en este capítulo. <<
[2] Esta declaración de Pablos parece señalar la culminación de todo un
período de su vida. Obsérvese que el término bellaco ha sido utilizado
reiteradamente durante el capítulo anterior para referirse a los agresores del
protagonista. <<
[3] envásole: ‘le hundo la espada hasta el puño’. <<
[4] acogotamos: ‘apuntillamos’. <<
[5] espiraron: ‘expiraron, murieron’. <<
[6] Normalmente los jergones se rellenaban de paja. <<
[7] El paso «y nos … barriga» falta en X. <<
[8] ‘a salir en mi defensa’. <<
[9] Es decir, Pablos aduciría el hambre, común entre estudiantes, como
descargo de su acción y amparo frente a sus consecuencias penales, del
mismo modo que los delincuentes buscan la protección eclesiástica (el
sagrado), refugiándose en los templos. Se trata de un juego de palabras, a
partir de expresiones hechas como ‘llamarse aldana (antana)’ o ‘llamarse
(a) iglesia’. Véase la nota [34] de I, 1. <<
[10]
‘os acostumbráis, os adaptáis’. Sin duda esta acomodación de Pablos al
nuevo ambiente debe relacionarse con el final del capítulo precedente. <<
[11]dos al mohíno: ‘cuando dos personas se confabulan contra una tercera’;
en este caso, figuradamente, la despensa; despensa: ‘gasto ordinario’. <<
[12]despensero: ‘administrador y encargado de la compra diaria’. Existe el
refrán «Desde Judas el traidor, todo despensero es ladrón». Judas era, de
entre los apóstoles, el encargado de esa tarea, y parece que mostraba en su
desempeño cierta tendencia a la sisa (‘robo’, aunque en rigor es un ‘cierto
tipo de impuesto’). Las botas y la bolsa, ésta ya en los evangelios, son dos
motivos tradicionalmente vinculados a la figura del Iscariote. <<
[13] Parece referirse Pablos a la dispositio y, concretamente, a la
conveniencia para el orador de utilizar primero los argumentos más débiles
y reservar los de mayor relevancia para el final de su parlamento, creando
así un clímax. O quizá, en el mismo sentido, a la ordenación por extensión e
intensidad creciente de los miembros de un período. <<
[14]Hay una antítesis entre carnal —el tiempo del año que se come carne, o,
más específicamente, el que la come— y penitente —aquel que practica la
abstinencia, sobre todo en Cuaresma—. <<
[15] cosa magra: ‘carne sin grasa, de primera’. <<
[16]
cercenar: ‘detraer, sisar’.
«Era cercenadora … moneda» falta en X. <<
[17] olla: véase la nota [31] de I, 3. Porque son flacas —sin carne—, están
éticas las ollas. Se invierte así la relación normal causa-efecto, en la que es
la calentura quien determina la delgadez del enfermo. Véase la nota [15] de
I, 3. <<
[18]
por el cabo: ‘en extremo’. Recuérdese la escasa higiene del ama de
Cabra: nota [75] de I, 3. <<
[19]pabilo: ‘cordón que está en el centro de la vela para que arda y
alumbre’.
Este pasaje —«y así decía … día»— no aparece en la otra versión de la
obra. <<
[20] de por junto: ‘al por mayor’. <<
[21] cuarto: ‘moneda de cobre equivalente a cuatro maravedís’. <<
[22]Aquí, como en la oración anterior, saber tiene el sentido de ‘informarse
de algo, averiguar’. <<
[23] de ocho a ocho días: posiblemente, ‘cada poco, continuamente’. <<
[24]Recuérdese el rosario del ama de Cabra: véase la nota [71] de I, 3;
barato: ‘fácil, cómodo’. <<
[25] cuentas de perdones: véase la nota [55] de I, 3. <<
[26] espumar: ‘retirar la espuma que se forma en la olla al hacerse’. <<
[27]Tampoco aparece este pasaje —desde «que hacían ruido»— en la otra
versión de la obra. <<
[28]Como se sabe, los ciegos eran grandes rezadores de oficio. Y parece que
lo hacían de forma no del todo inteligible y con tendencia a la extremosidad
expresiva. <<
[29]Se trata de oraciones bien conocidas en la época y, propias, en especial
la primera, de los ciegos. Conquibules: deformación de «Quicumque vult
salvus esse…», primeras palabras del Credo de San Atanasio. <<
[30] por fingirse inocente: ‘para hacerse la tonta’, que era conducta
frecuentemente achacada a los hipócritas. El latín, insinúa Pablos, le
permitía al ama deformar, no sin malicia, las oraciones. <<
[31] conqueridora: ‘conquistadora’; corchete: ‘cierre, broche’ y,
metafóricamente, ‘el ayudante del alguacil que prende a los delincuentes’.
Véase la nota [28] de I, 1. <<
[32]
Eso se creía vulgarmente; lamparones: ‘escrófula, inflamación de los
ganglios del cuello’. <<
[33] Véase la nota [33] de I, 3. <<
[34]se descubriera la hilaza: ‘saliese a la luz el verdadero trasfondo de una
persona o un asunto’. <<
[35] En vez de «Esta ha de ser … perros», se lee en X la siguiente facecia,
que constituye la variante más extensa de todo el texto: «Sucedió que el
ama criaba gallinas en el corral; yo tenía gana de comerla una. Tenía doce o
trece pollos grandecitos, y un día, estando dándoles de comer, comenzó a
decir: —“¡Pío, pío!”; y esto muchas veces. Yo que oí el modo de llamar,
comencé a dar voces y dije: —“¡Oh, cuerpo de Dios, ama, no hubiérades
muerto un hombre o hurtado moneda al rey, cosa que yo pudiera callar, y no
haber hecho lo que habéis hecho, que es imposible dejarlo de decir!
¡Malaventurado de mí y de vos!”.
»Ella, como me vio hacer extremos con tantas veras, turbóse algún tanto y
dijo: —“Pues, Pablos, yo ¿qué he hecho? Si te burlas, no me aflijas más”.
—“¡Cómo burlas, pesia tal! Yo no puedo dejar de dar parte a la Inquisición,
porque, si no, estaré descomulgado”. —“¿Inquisición?”, dijo ella; y empezó
a temblar. “Pues, ¿yo he hecho algo contra la fe?” —“Eso es lo peor” —
decía yo—; “no os burléis con los inquisidores; decid que fuesteis una boba
y que os desdecís, y no neguéis la blasfemia y desacato”. Ella, con el
miedo, dijo: —“Pues, Pablos, y si me desdigo, ¿castigaránme?”.
Respondíle: —“No, porque sólo os absolverán”. —“Pues yo me desdigo”
—dijo—, “pero dime tú de qué, que no lo sé yo, así tengan buen siglo las
almas de mis difuntos”. —“¿Es posible que no advertisteis en qué? No sé
cómo lo diga, que el desacato es tal que me acobarda. ¿No os acordáis que
dijisteis a los pollos: pío, pío; y es Pío nombre de papas, vicarios de Dios y
cabezas de la Iglesia? Papaos el pecadillo”.
»Ella quedó como muerta, y dijo: —“Pablos, yo lo dije, pero no me perdone
Dios si fue con malicia. Yo me desdigo; mira si hay camino para que se
pueda escusar el acusarme, que me moriré si me veo en la Inquisición”.
—“Como vos juréis en una ara consagrada que no tuvisteis malicia, yo,
asegurado, podré dejar de acusaros; pero será necesario que estos dos
pollos, que comieron llamándoles por el santísimo nombre de los pontífices,
me los deis para que yo los lleve a un familiar [‘ministro de la Inquisición’]
que los queme, porque están dañados. Y, tras esto, habéis de jurar de no
reincidir de ningún modo”. Ella, muy contenta, dijo: —“Pues llévatelos,
Pablos, agora, que mañana juraré”. Yo, por más asegurarla, dije: —“Lo peor
es, Cipriana” —que así se llamaba— “que yo me voy a riesgo, porque me
dirá el familiar si soy yo, y entre tanto me podrá hacer vejación. Llevadlos
vos, que yo pardiez que temo”. —“Pablos” —decía cuando me oyó esto—,
“por amor de Dios que te duelas de mí y los lleves, que a ti no te puede
suceder nada.”
»Dejéla que me lo rogase mucho, y al fin —que era lo que quería—,
determinéme, tomé los pollos, escondílos en mi aposento, hice que iba
fuera, y volví diciendo: —“Mejor se ha hecho que yo pensaba. Quería el
familiarcito venirse tras mí a ver la mujer, pero lindamente te le he
engañado y negociado”. Diome mil abrazos y otro pollo para mí, y yo fuime
con él adonde había dejado sus compañeros, y hice hacer en casa de un
pastelero una cazuela, y comímelos con los demás criados. Supo el ama y
don Diego la maraña, y toda la casa la celebró en extremo; el ama llegó tan
al cabo de pena, que por poco se muriera. Y, de enojo, no estuvo dos dedos
—a no tener por qué callar— de decir mis sisas». <<
[36]trazas: ‘ardides, procedimientos ingeniosos’; como se aclara algo más
abajo, correr quiere decir, en argot de estudiantes, ‘robar al descuido,
huyendo con el botín a la carrera’. <<
[37]cofín: ‘cesta de esparto o mimbre utilizada, por lo general, para el
transporte de la fruta’; tablero: ‘mostrador’. <<
[38] hora menguada: ‘hora infeliz, desgraciada’, astrológicamente; aire
corrupto: ‘mal aire’ al que se le atribuían, como aún se hace popularmente,
ciertos tipos de parálisis. Eran fórmulas comunes entre los mendigos y
pedigüeños. <<
[39] desgañifando: ‘desgañitando, gritando hasta enronquecer’. <<
[40]
La estocada es un ‘golpe que se da de punta con el estoque, que es una
espada larga, clavándolo’. <<
[41] revesado: ‘oscuro, difícil’. Esto es, ‘en la jerga estudiantil’. <<
[42]pretina: ‘especie de cinturón o faja, donde se usaba guardar ciertos
objetos’. Se alude a la costumbre existente en los conventos de dar de beber
a quien lo solicitaba. <<
[43] «Entiéndase: fui el iniciador, el que provocó que las monjas no diesen
nada sin la previa entrega de una prenda» (J. Ciruelo). Véase la nota [2] de
III, 3. <<
[44]ronda: ‘patrulla nocturna, formada por corchetes, alguaciles y, a veces,
el corregidor, encargada de evitar desórdenes, para lo cual solía requisar las
armas de los noctámbulos’. <<
[45] columbrando: ‘viendo’, en germanía. <<
[46] corregidor: ‘regidor de la ciudad por delegación real’. <<
[47] prisión: ‘captura, detención’. <<
[48]
Los corchetes estaban subordinados a los alguaciles, quienes portaban a
modo de insignia, como símbolo de su autoridad, una vara. <<
[49] saltearlos: ‘asaltarlos’. <<
[50]La palabra espía tenía género gramatical femenino, independientemente
del sexo de la persona referida. <<
[51]Antonio Pérez, antiguo secretario de Felipe II, había sido encarcelado,
tras caer en desgracia por sospechas de traición, bajo la acusación de
complicidad en el asesinato de Escobedo, secretario del rey. Después de su
huida en 1590, se refugió primero en Aragón y más tarde, a partir de 1593 y
hasta su muerte en 1611, en Francia. Se le consideraba principal inspirador,
desde su refugio francés, de una red de espionaje. <<
[52] casa pública: ‘casa llana o mancebía’. <<
[53] rodela: ‘protección que se colocaba en el pecho’. <<
[54] Puesto que estaba vedado el llevar armas en las mancebías. <<
[55]Las dagas tienen una marcada connotación rufianesca; otras dagas en II,
1 y III, 10. <<
[56] Obsérvese el anacoluto. <<
[57]di cantonada: ‘les di esquinazo, desaparecí súbitamente de su vista’. La
Victoria es un convento frente a cuya fachada principal desemboca la calle
del mismo nombre, cerca de la puerta de Santa Ana. «La mancebía quizá se
hallaba extramuros» (A. Castro). <<
[58] retor: véase la nota [27] de I, 5. <<
[59] tocador: ‘gorro de dormir’; cristo: ‘crucifijo’. <<
[60] remitirle: ‘entregarlo a la justicia ordinaria’. <<
[61] «aunque fuese hijo de un grande» se dice en X. <<
[62] solenizar: ‘celebrar, encarecer’. <<
[63] hacía monte: ‘robaba, me quedaba con todo cuanto podía atrapar’ <<
[64]pinsiones: ‘tasas, rentas’, irónicamente; habares: ‘terrenos sembrados
de habas’. Al parecer, estas incursiones por las huertas cercanas eran otro
lugar común de la vida estudiantil. <<
[1] pliego: aquí ‘sobre o paquete con cartas’. <<
[2]Entiéndase: ‘por lo muy allegado que era…’; justicia: ‘cierta virtud’,
pero también ‘ejecución’. <<
[3] Esto es, ‘competente en grado sumo’. <<
[4] No falta quien sugiera otras razones algo más comprometedoras, y
literales, para que Ramplón llame a Pablos hijo. <<
[5] negra: ‘trabajosa, que exige grandes esfuerzos’. <<
[6] hombre: ‘nadie’; véase la nota [17] de I, 1. <<
[7] lo guindó: ‘lo ahorcó’, en germanía. <<
[8] Ya que el asno no los tenía; véase la nota [18] de I, 1. <<
[9]sayo baquero: ‘especie de bata o hábito que se cerraba por detrás’.
Además de ser útil para cabalgar, era la vestimenta característica de los
condenados a muerte. Una vez más, como en I, 1, se incide en la prestancia
y desparpajo, e incluso coquetería, de los condenados a suplicio público. <<
[10]
‘nadie de los que lo veían pasar precedido por los crucifijos lo tomaba
por el condenado’; cristo: véase la nota [59] de I, 6; ahorcado: ‘el
condenado a morir en la horca’. <<
[11]‘se los peinó dos veces’. Los bigotes, tanto más si largos y dirigidos
hacia arriba, eran atributo de valentones. <<
[12]
‘la horca’, por su forma semejante: dos maderos verticales unidos por
uno horizontal. <<
[13] hígado: ‘ánimo, valor’. <<
[14]El condenado se sentaba en la parte superior de la escalera que llevaba
al madero superior de la «N de palo», o en la misma viga, desde donde era
precipitado al vacío. Véase la nota [2] de II, 5. <<
[15] Véase la nota [20] de I, 3. <<
[16]
Hícele cuartos: ‘lo descuarticé’. Los cadáveres de algunos condenados a
muerte eran, como castigo suplementario, descuartizados y expuestos en los
caminos, normalmente en la entrada de las ciudades. <<
[17] mesa franca: ‘comida ofrecida libremente a quien la desee’. <<
[18] Esto es, en los pasteles de a cuatro: ‘especie de empanadillas,
hojaldradas y, por lo general, rellenas de carne, que costaban cuatro
maravedís’. Eran los pasteles más baratos; por ello, en la literatura de la
época abundan las insinuaciones, o bien acusaciones directas, sobre la
dudosa calidad y naturaleza del relleno. Véase la nota [37] de II, 4. <<
[19]De nuevo se juega con el sentido lexicalizado y literal de una frase
hecha: desenterrar los muertos es ‘murmurar de los difuntos’. Pablos
apunta al empleo por parte, de su madre de distintas partes de los cadáveres
para sus prácticas hechícenles.
X añade: «Dícese que daba paz cada noche a un cabrón en el ojo que no
tiene niña». <<
[20] milagros: figuradamente, ‘exvotos; objetos —frecuentemente
reproducciones en cera de miembros del cuerpo— que se depositan en los
templos como testimonio, y agradecimiento, de alguna curación milagrosa’.
<<
[21] sobrevirgos: ‘virgos falsos o contrahechos’; contrahacer doncellas:
‘falsificar vírgenes’. Véase la nota [24] de I, 1. <<
[22]
Equívoco, favorecido por el verbo representar, entre ‘auto de fe’, en el
que sí había de intervenir Aldonza, y ‘auto sacramental’; cuatrocientos de
muerte: ‘pena consistente en cuatrocientos azotes, que normalmente
ocasionaba la muerte del condenado’. <<
[23] Sólo irónicamente cabe entender tal currículo para un verdugo. <<
[24] Nueva referencia a la ambición social de Pablos (pensamientos), así
como nueva expresión de un deseo de cambiar su actitud vital. No se
olviden los cuatrocientos ducados que espera heredar. Véase la nota [30] de
I, 1. <<
[25]Nuevo, y brutal, equívoco: tener alguien su piedra en el rollo vale por
‘ser respetable y de consideración’; pero rollo, en sentido estricto, significa
‘picota u horca de piedra’. <<
[26]«Recuérdese el refrán “más estirado que don Rodrigo en la horca”» (A.
Rey Hazas). La dilogía se fundamenta en el ‘estiramiento’ del cuello del
ahorcado, de un lado, y en la acepción de estirado como «el fantástico y
pulido, que procura estirar el cuerpo todo y ir muy derecho» (Covarrubias).
<<
[27] Es decir, ‘lo hicieron cuartos’; véase la nota [21] de I, 6. <<
[1] apasionados: ‘aficionados, bien inclinados’, y también ‘acongojados,
afligidos’. Debe entenderse como adjetivo de amigos. La dilogía que
entraña prepara el chiste con que culmina el párrafo. <<
[2] ‘no quedaba nada, sino mi sombra, en la posada’. <<
[3]
trampista: ‘sablista, mal pagador’; «como si fuera Pablos, y no D. Diego
o el mayordomo, quien pagara el salario al ama y el arrendamiento al
huésped» (D. Ynduráin). <<
[4] La base del chiste es tradicional. <<
[5]‘arroyo que desemboca en el río Henares entre Alcalá y Torrejón’. Era
usual en la lengua antigua que los nombres de los ríos no llevasen artículo.
Más abajo: «el agua de Tajo». <<
[6]‘mulo de carga’; albarda: ‘pieza acolchada del aparejo de las bestias de
carga que les protege el lomo’. <<
[7] hablando entre sí: ‘hablando solo’; embebecido: ‘absorto, distraído’. <<
[8] ‘veía’; es la forma etimológica. <<
[9] ‘después que nos hubimos respondido’. <<
[10] Los rumores sobre los movimientos del turco en el Mediterráneo,
reavivados de vez en cuando, fueron incesantes durante más de un siglo,
hasta convertirse en asunto predilecto para conversaciones ociosas e,
incluso, en sinónimo de charla vana e intrascendente. Por ello se califica
más abajo la que aquí se desarrolla como ‘propia de pícaros’. Véase la nota
[56] de II, 3. <<
[11]
Argel, como capital floreciente de los corsarios berberiscos, fue motivo
de preocupación constante durante todo este período para el imperio
español, que intentó su conquista de forma tan repetida como infructuosa.
<<
[12]Pablos define al arbitrista como especie o tipo de demente; repúblico:
«el hombre que trata del bien común» (Covarrubias), aunque aquí es
adjetivo. Se inicia con esta figura una galería de locos que incluirá,
inmediatamente, al diestro esgrimidor y al sacristán coplero. <<
[13]Aquí fue ello que: ‘he aquí que’; modismo para llamar la atención sobre
lo que se va a contar. <<
[14] Ostende: ‘ciudad flamenca que resistió un asedio de tres años, hasta
septiembre de 1604, mantenido por fuerzas españolas al mando del marqués
de Spínola, que hubo de afrontar el socorro marítimo que prestaba la
armada inglesa a la ciudad’. El régimen con la preposición a del
complemento directo de cosa no era extraño; algo más abajo: «mirando a un
libro». Y también lo contrario; igualmente en este capítulo: «venía a ver una
parienta suya». <<
[15] faldriqueras: véase la nota [13] de I, 1. <<
[16] risada: ‘carcajada, risotada’. Véase la nota [42] de I, 3. <<
[17]‘no tiene vuelta de hoja’; apurado: ‘aclarado, averiguado’. Véase más
abajo: «apuremos cuál es verdadera destreza». <<
[18]El estado es una medida empleada para medir calados o alturas,
equivalente, de manera aproximada, a la estatura de un hombre. <<
[19]Joanelo: ‘Juanelo Turriano’, arquitecto, matemático y relojero lombardo
que ideó un artificio hidráulico con el que subir el agua desde las cercanías
del puente de Alcántara al Zocodóver toledano. <<
[20] ‘Y aclarado el procedimiento’ <<
[21]‘por encanto, con prontitud extraordinaria y de modo desconocido’;
ensalmo: ‘curación supersticiosa por medio de oraciones y bendiciones’.
Una vez más, se juega aquí con el sentido literal y fraseológico de la
expresión. <<
[22]
encomienda: ‘dignidad u honor que llevaba aparejada la percepción de
una renta’, por ejemplo, la admisión en una orden militar. <<
[23] ejecutoria: ‘certificado de hidalguía’, que se otorgaba tras litigar por
ella el interesado y era requisito para la concesión de alguna encomienda. El
muy honrada que la califica no deja de arrojar la sombra de una duda sobre
ella. <<
[24] Torrejón: ‘localidad situada entre Alcalá y Madrid’. <<
[25]
Es un modismo común, casi vulgar, sin un sentido muy preciso: ‘he aquí
que; fue ello que’. <<
[26] Véase la nota [33]. <<
[27]‘no calculé bien la distancia…’; medio de proporción: en esgrima,
depende de la medida o alcance de las espadas. La jerga geométrica que
emplea para describir algo tan trivial como el error de cálculo al subirse a la
mula delata de entrada al desconocido como un delirante maestro de
esgrima. <<
[28]cúya: ‘de quién’. El interés del diestro por la espada es más técnico que
patrimonial: la pregunta inquiere «por el nombre del espadero» (A. Castro);
de lo cual se deduce que Pablos, a juzgar por su respuesta, no la ha
comprendido. Los malentendidos, según vemos, son uno de los
fundamentos de la fuerza satírica de estos diálogos. <<
[29]gavilanes: ‘los hierros cruzados que resguardan la empuñadura de la
espada, formando la guarnición’; reparar: ‘defenderse de los golpes
contrarios’; tajos: en esgrima, ‘cortes que se dan con la espada de derecha a
izquierda’. <<
[30] parola: ‘palabrería banal y de poco sentido’. <<
[31] Debe entenderse en sentido académico; esto es, ‘qué disciplina
enseñaba o cultivaba’. Se trata de una burla patente de la pedantería del
personaje; aunque un capítulo del Libro de las grandezas de la espada, de
Luis Pacheco de Narváez, lleva por título: «Las partes y señales en lo
exterior y compostura en los miembros que ha de tener el que la hubiere de
profesar [la verdadera destreza]». Véase la nota [37]. <<
[32]diestro: ‘maestro de esgrima’; que lo haría bueno: ‘que estaría dispuesto
a demostrarlo’. <<
[33]Se refiere Pablos a los círculos, o cercos, que brujos y brujas trazaban
en el suelo para conjurar al diablo. <<
[34]se me ofreció: ‘se me ocurrió’; treta: en esgrima, ‘golpe’, como, por
ejemplo, el tajo, el revés y la estocada; cuarto círculo: ‘la cuarta parte del
círculo que, imaginariamente, rodea la espada del contrario’, esto es, a la
altura del pecho; compás: ‘movimiento de pies’. <<
[35]Tales afirmaciones del diestro también están inspiradas en pasajes del
Libro de las grandezas de la espada, donde no se duda en afirmar, por
ejemplo, que la destreza «alumbra el entendimiento y lo satisface con sus
demostraciones evidentes». <<
[36]
La sátira contra los médicos y la medicina les atribuía una capacidad
eminentemente homicida. <<
[37] Luis Pacheco de Narváez, enemigo personal de Quevedo y probable
inspirador de la figura del «diestro verdadero», publicó el año 1600 el Libro
de las grandezas de la espada, especie de método de esgrima para aprender
«a solas, sin necesidad de maestro que le enseñe». Fue sólo uno de los
libros que sobre esa materia escribió. <<
[38]asadores: ‘varas de metal terminadas en punta para ensartar y poner al
fuego lo que se quiere asar’. <<
[39] Véase la nota [36]. <<
[40]
Evidentemente, el diestro ha tomado dotor en un sentido diferente que
Pablos. <<
[41]Los ángulos que forman el brazo con la espada o con el cuerpo son un
elemento básico de la doctrina de Pacheco de Narváez, expuesta por lo
general en jerga geométrica. <<
[42]compás: véase la nota [34]; gano los grados del perfil: ‘gano la
posición, cuando el contrario me opone un flanco’. <<
[43]movimiento remiso es el que consiste en apartar la espada hacia un lado,
y movimiento natural es el de bajar la espada, en línea con el brazo,
disponiéndola para la acometida. <<
[44] Son golpes con la espada. <<
[45]tretas: véase la nota [34]. «Como Pablos permanece inmóvil, su figura
recuerda al maniquí con que hacían sus prácticas los esgrimidores; pero,
como el arma es un cucharón, el maniquí se transforma en una olla. Las
estocadas del espadachín, pues, semejan el modo en que el cocinero
remueve la olla con la cuchara para evitar que se derrame» (B. Ife).
Recuérdense los gestos del ama de Alcalá cuando espumaba la olla con el
cucharón (I, 6): resultaban bendiciones. <<
[46]
Los mulatos tenían reputación bien ganada de valentones; presas: ‘los
colmillos’, se dice de las fieras. <<
[47]guardasol: ‘parasol, sombrilla’; coleto: ‘especie de chaleco corto y muy
escotado’; los de ante eran muy apreciados por resistir bien las cuchilladas.
Sobre ropilla, véase la nota [22] de I, 1; cintas: ‘cordones de seda que, a
diferencia de las agujetas, que son de cuero, se llevan por gala’. Tanto el
sombrero, que es enjerto en guardasol por las largas faldas o alas que lo
aproximan a una sombrilla, como el coleto de ante son piezas
características de la vestimenta de valentones y bravos. Hubo premáticas
que limitaban su uso. Véanse las notas [17] y [18] de II, 4 y [47] de III, 10.
<<
[48] «Las piernas están torcidas hacía adentro, como las de la figura
estilizada del águila heráldica» (L. Schwartz Lerner). El andar zambo
estaba también relacionado con la figura del valentón. <<
[49]‘cuchillada, chirlo’. Era expresión corriente tomada de la forma de
persignarse: «Per signum crucis, de inimicis nostris libera nos…».
Obsérvese que en el texto se sustituye nostris por suis. Véase más abajo la
nota [2] de III, 9. <<
[50]ganchos: ‘gavilanes de la daga o espada en forma de S’; guardamano:
‘cazoleta de la guarnición de la espada que protege la mano que la empuña’.
Se implica, pues, la forma y tamaño desmesurados de la barba y bigote del
mulato. Véase la nota [11] de I, 7. <<
[51]Hay una silepsis en el término rejas: ‘herrajes de la guarnición de la
espada’; pero también ‘barrotes que separan a las monjas de sus visitantes
en los locutorios’. Compárese esta descripción con la del corchete mulato
de II, 4. <<
[52]Esto es, era un maestro de esgrima, ya que estaba en posesión de la
carta de examen que lo acreditaba como tal. Pacheco de Narváez «en 1624
consiguió del rey el título de Maestro Mayor de las Armas y obtuvo la
merced de que se le nombrase examinador de todos los demás maestros de
esgrima» (R. Selden Rose). <<
[53] panes: ‘trigales’. <<
[54]blanca: ‘la espada de verdad, que, al contrario de la negra (utilizada en
las prácticas), tenía punta’. <<
[55]Repárese en que el diestro no ha dado muestra de ceñir espada alguna
hasta el momento. <<
[56] apuremos: véase la nota [17]. <<
[57] Véase la nota [42]. <<
[58]Objeto fijo debe entenderse como ‘blanco inapelable’; estocada sagita:
‘tipo de estocada que se emplea como contragolpe’; en términos
geométricos, la sagita es la ‘porción de recta comprendida entre el punto
medio del arco del círculo y el de su cuerda’; cuerda: en sentido
geométrico: ‘recta que une los dos extremos de un arco’. Es, pues, un tipo
de acometida, descrito en términos geométricos, que el diestro juzga
irreparable. <<
[59] Véase la nota [12]. <<
[60]«Hay un capítulo en el libro de Pacheco que enseña “cómo se defenderá
el que trajere espada de un turco y su alfanje”. Es punto muy importante y
curioso» (A. Castro). <<
[1] ‘por llevar distinto camino’. <<
[2] Y ya que…: ‘y una vez que…’. <<
[3]‘caminé durante más de una legua sin encontrar a nadie’. Recuérdese que
la legua equivale a algo más de cinco kilómetros y medio; persona actúa
aquí como pronombre indefinido. <<
[4] entre mí pensando: ‘reflexionando, pensando para mí’. <<
[5] Aquí, excepcionalmente, ‘después, en segundo lugar’. <<
[6] que me desconociesen por ella: ‘que, merced a ella, no me
reconociesen’. Esta declaración debe entenderse en el contexto de la
creciente vergüenza familiar del protagonista al tiempo que como una
prolongación de las ideas que sobre estos particulares expone Pablos desde
el principio de la obra. <<
[7]
Los pensamientos de Pablos no son honrados porque sean virtuosos, sino
porque tienen por asunto la honra. Véase la nota [23] de II, 1. <<
[8]Vindicación tópica de la virtud personal, que debe entenderse de forma
irónica. <<
[9] discursos: ‘meditaciones, cavilaciones’. <<
[10] Esto es, ‘un hombre razonable, sensato’. <<
[11]Majalahonda: ‘Majadahonda’. Al parecer, a sus habitantes se los
suponía necios; lo mismo que a los sacristanes. <<
[12] chanzonetas: ‘cancioncillas con estribillo, al modo de las letrillas y
villancicos, de asunto religioso y tono regocijado’; como los villancicos
navideños tradicionales. <<
[13]cartel: ‘escrito en que se hacía público, en este caso, el resultado de las
justas poéticas convocadas con motivo de alguna celebración’. <<
[14] ¿La de quienes no se los premiaron, o la de los ‘cantarcicos’? <<
[15] ‘dicho y hecho’; es la forma corriente de la expresión en la época. <<
[16] chiste: ‘un cierto tipo de composición poético-musical’. <<
[17]sacabuche: ‘instrumento musical, de funcionamiento semejante a un
trombón’, y muy a propósito para la «música alegre y regocijada»
(Covarrubias) que acompaña a las chanzonetas. <<
[18] a borbollones: ‘a borbotones, atropelladamente y de forma
incontenible’. Véase la nota [42] de I, 3. <<
[19]No cabe mayor exponente de la necedad del clérigo que el de confundir
con un santo el Corpus Christi; y que aún porfíe. Los miembros del
Tribunal de la justa venganza reprocharán a Quevedo las palabras de
Pablos, al remitir éste descuidadamente al día y no al cuerpo de Cristo. <<
[20]
le daré en el calendario: ‘lo encontraré en el calendario, dando así razón
segura de su existencia’. <<
[21]le dije cierto: ‘le dije con seguridad y aire convincente’; tan graciosa:
‘con tanto donaire’ y a la vez ‘tan de chacota’. <<
[22]oya: ‘oiga’; es forma arcaica. Las once mil vírgenes son las santas
mártires, compañeras de Santa Úrsula, que, volviendo de Roma, fueron
muertas por los hunos en Colonia. Nótese que el poema resultante supera el
medio millón de octavas. <<
[23] ‘de tema sacro’. <<
[24] jornadas: ‘los actos de una determinada pieza dramática’, y también
‘los días de viaje que requiere un itinerario’. <<
[25]Tal desafuero es tópico en la figura del mal poeta de comedias. Cada
mano está formada por veinticinco pliegos. «En su Arte nuevo de hacer
comedias, Lope constata que, todavía en su niñez, escribió obras de a pliego
la jornada, de modo que la extensión de la pieza del clérigo resulta
verdaderamente amedrentadora» (B. Ife). <<
[26]
Uno de los reproches más extendidos en relación al tipo satírico del
comediógrafo es el de rebuscar sus asuntos en la Historia Sagrada. <<
[27] Esopo. <<
[28] la traza y la invención: ‘el plan de la obra y la ocurrencia’. <<
[29] picazas: ‘urracas’. <<
[30]Es decir, ‘parecía como si contase en maravedís una cantidad que
ascendía a escudos’, por lo desorbitado del número. Téngase en cuenta que,
a principios del siglo XVII, un escudo equivalía a unos cuatrocientos
maravedís. <<
[31]Lo cual confirma la extravagancia suma de este poeta, por ser las
piernas materia vedada por el decoro a la lírica amorosa, al menos en esos
términos. <<
[32]en profecía: aquí, ‘por adivinación, carentes de base real’, o quizá ‘por
adelantado, anticipándose a los hechos’; concetos: ‘conceptos, símiles e
imágenes agudos’. Se habían convertido, como se sabe, en uno de los
procedimientos poéticos fundamentales. Recuérdense, por ejemplo, los
Conceptos espirituales y morales (1600, 1606 y 1612), de Alonso de
Ledesma. <<
[33] ‘cambiar de conversación’. <<
[34] ‘desviar su atención’. <<
[35]Esto es, ‘la comparo o la identifico metafóricamente con una estrella’;
véase la nota [8] de II, 3. <<
[36] intentos: ‘propósitos, fines’. <<
[37]premática: ‘pragmática, ordenanza legal’. La referencia al poeta loco
seguido por los niños parece deudora de Horacio (Epístola a los Pisones,
vv. 455 y ss.). <<
[38] Véanse las notas [28] y [29]29 de I, 6. <<
[39] Era frecuente que los poetas compusiesen coplas especialmente
destinadas a los ciegos, quienes quedaban obligados a entregar a aquéllos
una parte de sus ganancias. La del ciego, especialmente en su actividad
como rezador y recitador público, era una figura particularmente denostada.
Véase el texto correspondiente a la nota [34] de III, 9. <<
[40] Véase la nota [12] de II, 1. <<
[1] Las premáticas burlescas constituyen uno de los géneros paródicos de
origen oral con más éxito desde mediados del siglo XVI, y también de los
que más popularidad dieron al autor del Buscón. En este caso concreto, se
trata de la adaptación de un texto anterior del propio Quevedo.
güeros, chirles y hebenes: ‘vanos e insustanciales’, metafóricamente; güero
es el ‘huevo sin fecundar’; los chirles son los ‘excrementos del ganado
lanar’, pero chirle, como adjetivo, se emplea despectivamente con el
sentido de ‘inútil y sin sustancia’; hebenes se dice de unas ‘uvas silvestres y
de poco jugo que se dan en racimos largos y ralos’. Más abajo (II, 6): «unos
nos llamamos caballeros hebenes; otros, güeros, chanflones, chirles,
traspillados y caninos». <<
[2]‘¡Haberlo dicho!’ «Expresión con que se reconviene a uno después que
ha explicado una circunstancia que antes omitió» (L. de Montoto). <<
[3]Se refiere Pablos, llevado por las palabras del sacristán, a otros tipos de
uvas más apreciadas que las hebenes, dando a entender la alta opinión que
el poeta tenía de sí mismo. Aunque albillo puede tomarse también por
‘inocente o ignorante’; y moscatel «llaman al hombre que fastidia por su
falta de noticias e ignorancia» (Autoridades). <<
[4] sabandijas: aquí con el sentido de ‘gente despreciable e insignificante’.
<<
[5]Se refiere a las prendas y recuerdos de la amada que estos poetas
‘melibeos’ convierten, en virtud de la retórica cortés, en objeto de
adoración; listones: ‘cintas’. <<
[6]Tal era, en efecto, lo usado con las prostitutas: se las reunía en cuaresma
para sermonearlas y después, a las que lo solicitaban, se las conducía a
algún convento de ‘arrepentidas’ (véase más abajo); poetas públicos y
cantoneros: «creación quevedesca hecha a imitación burlesca de mujeres
públicas y cantoneras (prostitutas), para sugerir que trafican con sus versos
como las putas con su carne» (A. Rey Hazas). <<
[7]Entre otros extremos a los que recurrían los predicadores para mejor
lograr sus fines estaba el de exhibir calaveras y crucifijos. También era
costumbre que los predicadores diesen a besar un crucifijo a las
arrepentidas. <<
[8]Alusión al abuso formulístico de imágenes y símiles con astros lucíferos
en la descripción de la amada dentro del marco de la tradición petrarquista.
<<
[9]seta: ‘secta’; conceto: véase la nota [32] de II, 2. Es perceptible el tono
‘inquisitorial’ de esta premática, que identifica a los poetas chirles con
pecadores, herejes, idólatras y, ahora, sectarios; si bien todo ello forma parte
de la tradición burlesca. <<
[10] volteadores: ‘malabaristas’. <<
[11] el siglo: ‘el mundo terreno’. <<
[12]franjas: ‘piezas tejidas con oro y otras materias valiosas para adorno’;
se solían quemar cuando estaban ya ajadas para recuperar parte de los
materiales con que se habían confeccionado. <<
[13] Nabuco: ‘Nabucodonosor’. Se alude al episodio bíblico, narrado en
Daniel, 2, del sueño de Nabucodonosor, monarca de Babilonia, con una
estatua cuya cabeza era de oro, el pecho de plata, las caderas de bronce, las
piernas de hierro y los pies de hierro y barro. Las damas que los poetas
pergeñan son, pues, como ídolos con los pies de barro. <<
[14] «En la protesta del sacristán hay toda una alusión a las sinuosas
relaciones Iglesia-Estado, y a las exenciones tributarias del estamento
religioso» (P. Jauralde). <<
[15] hombre: véase la nota [17] de I, 1; de contado: ‘al menos, con certeza’.
<<
[16] reliquias: ‘restos, vestigios’; y aquí también ‘resabios’. <<
[17]Hace referencia la premática a las modas sucesivas del romancero
morisco y pastoril y se burla de las convenciones de este último;
embebecidas: véase la nota [7] de II, I. <<
[18]Tradicionalmente se les atribuía a los mozos de mulas —‘mozos que
acompañaban a los viajeros al cuidado de las caballerías’—, y, en general, a
carreteros, cocheros, viajeros y gente del camino, una especial afición y
maestría para echar pullas —‘burlas orales frecuentemente obscenas o
escatológicas’—. <<
[19] bujarrón: ‘maricón’. <<
[20]Ya que el principal atributo físico del ermitaño en la tradición literaria
era su barba luenga. <<
[21]Estos adjetivos son creación de Quevedo. El primero es, quizá, un cruce
de «vinajeras» y «vinagroso» (‘de mal carácter, avinagrado’); o puede que
sea, más probablemente, un adjetivo de nuevo cuño que califica al sacristán
por su frecuentación de las vinajeras, al modo de otros tan quevedescos
como «dineroso», «aguanoso», «vinoso»… <<
[22] Alusión de tono purista a la imitación de la poesía italiana y a la
influencia, sobre la castellana, de la poesía de la escuela aragonesa.
Obsérvese la manera anómala de construir el estilo indirecto, que, aun
utilizando formas de imperfecto, mantiene la primera persona del verbo. <<
[23]cazcarrias: ‘las manchas de lodo que se adhieren a los bajos de las
prendas de vestir’. <<
[24] manteo: véase la nota [20] de I, 5. <<
[25] desesperados: eufemísticamente, ‘suicidas’. <<
[26] ¿‘el poeta que no tiene otra actividad’? <<
[27]Esto es, ‘que aquellos papeles que, por su deplorable calidad, no fueran
útiles ni siquiera como envoltorio de las especias en los comercios del ramo
se empleasen inexcusablemente en las letrinas como papel higiénico’. Para
envolver las especias se solía utilizar el papel viejo de desecho. <<
[28] farsantes: ‘gente de teatro’. <<
[29]carta de examen: véase la nota [52] de II, 1, y nótese que trata a los
poetas como a practicantes de un oficio mecánico o artesano; cacique: ha de
entenderse, más que en su sentido actual, en el original de ‘señor de
vasallos en tierras bárbaras’. Casi en un destello, presenta a los poetas como
indígenas de una tierra extraña: en aquellas partes. <<
[30] poetas de farsantes: ‘autores dramáticos’. El señalado era el
característico final regocijado y tumultuoso de los entremeses, y que
también tópicamente les era achacado. <<
[31] Lo cual constituía un desenlace no menos socorrido que el anterior. <<
[32]Es decir, ‘que no fundamenten el enredo a partir de billetes amorosos o
cintas, como prendas de amor, que equivocan su destinatario’; trazas: véase
la nota [28] de II, 2. <<
[33]Se refiere a las coplas de cautivos, muy frecuentes en boca de los
ciegos. Véase la nota [38] de III, 9. <<
[34]En la obra de Quevedo, se satiriza con cierta frecuencia el léxico de
estas coplas, que buscaba sobre todo facilitar la rima. Véase una ilustración
en III, 9. <<
[35] Alusión a la recitación descuidada de muchos ciegos. <<
[36]Nombres rústicos de pastores habituales en la tradición pastoril, ya
desde Juan del Encina, y en su versión a lo divino. <<
[37] ‘que no hagan juegos de palabras’. <<
[38]pensamientos de tornillo: ‘conceptos de ida y vuelta, desertores o de
varios usos’; como los llamados soldados de tornillo, quienes se fugaban de
su regimiento, tras cobrar la paga de enganche, para, en ocasiones, enrolarse
en otro y cobrar de nuevo. <<
[39]que se descarten: propiamente, ‘que desechen cartas en el juego’; y
aquí, ‘que renuncien, que prescindan’. <<
[40] traslado: ‘copia’. <<
[41]Una vez más toma términos litúrgicos por nombres de personajes o
santos, como antes «San Corpus Christe». Véase la nota [19] de II, 2. <<
[42] Pedro Liñán de Riaza (muerto en 1607) fue un poeta muy celebrado y
uno de los creadores del romancero nuevo. Vicente Espinel (1550-1624) fue
poeta, músico y autor (aunque sin duda años después de haber comido con
el sacristán) del Marcos de Obregón. <<
[43]Lope de Vega (1562-1635) era sin duda alguna el literato más popular
del momento. <<
[44]
Alonso de Ercilla (1533-1594) debe su renombre fundamentalmente a la
obra La Araucana. <<
[45]Francisco de Figueroa (hacia 1530-1588 o 1589), que pasó gran parte de
su vida en Italia, fue un poeta muy apreciado por sus contemporáneos. <<
[46] Los greguescos eran una especie de calzones holgados. Y
verdaderamente debían de estar ya ‘malos’ los de Pedro de Padilla (1550-
1594), fraile carmelita y autor del Jardín espiritual (1585), puesto que su
entrada en la orden se produjo en el año 1584. No se olvide el aspecto
desaliñado y la avanzada edad del sacristán. <<
[47] El de Fuenfría, que atraviesa el Guadarrama. <<
[48]Iba en cuerpo y en alma: ‘Iba miserablemente, sin abrigo ni aparato
alguno’ y, no obstante, ‘llevaba todo encima’. <<
[49] alpargates: ‘alpargatas’. <<
[50]frascos: posiblemente, ‘los recipientes donde los arcabuceros guardaban
la pólvora’: pretina: véase la nota [42] de I, 6; órgano … para papeles: ‘los
tubos de metal donde los soldados llevaban las fes (o fees) —informes,
certificaciones— de sus servicios de armas’, y que constituían uno de los
elementos más característicos de la apariencia del soldado pretendiente.
Todo este pasaje —«Iba en cuerpo … papeles»— no figura en X. <<
[51] ‘Inmediatamente entablamos conversación.’ <<
[52] a la cinta: ‘por la cintura’. <<
[53]
hecho un reloj: ‘armado hasta los dientes’, «armado y amenazador
como las figuras que en los relojes de torre daban la hora» (A. Castro). <<
[54]supercherías: conserva el sentido original italiano de ‘abuso, desmán,
atropello’. <<
[55]la sopa: ‘la sopa boba, la comida que cada día se entregaba en los
conventos a los necesitados’; coche de los pobres en San Felipe: ‘las gradas
del monasterio de San Felipe el Real, en la entrada de la Calle Mayor’, que
acogían un célebre mentidero y lugar de reunión de ociosos, entre ellos
muchos soldados. <<
[56] Referencia irónica al Consejo de Estado, el órgano consultivo más
importante del Reino, y a la guerra ‘de verdad’ (en pie y desabrigada) a
partir de las charlas y cambios de impresiones sobre cuestiones militares y
de ‘alta política’ que mantendrían los malinformados contertulios de San
Felipe. Véase la nota [10] de II, 1. <<
[57]soldados en pena: ‘soldados errantes y desasosegados, que andan
lamentándose como almas en pena’. <<
[58]entretenimiento: ‘pensión, subsidio’, y también ‘diversión’; ventajas:
‘prebendas, mejoras sociales o económicas’, y ‘ganancia anticipada que se
concede al jugador menos avezado’. Se explica así la dilogía sarcástica del
pasaje. <<
[59]
en este pelo: ‘así de desasistidos, con esta precariedad’.
Es éste —«Y en llegando … cuerpos»— un nuevo fragmento que no
aparecía en la otra versión. Véase el comentario a la variante anterior. <<
[60] Es decir, ‘solicitando que me asignasen el mando de una compañía’. <<
[61] ‘bajarse los greguescos’; veáse la nota [20] de I, 2. <<
[62]brindar a puto: ‘incitar o tentar a los homosexuales’. Véase la nota [46]
de I, 3. <<
[63]‘trataba de hacer pasar por heridas de pica (picazos) lo que no eran sino
almorranas’.
Tampoco estas líneas —«y quiso desatacarse … almorranas»— forman
parte de X, donde en cambio se lee: «Y enseñóme una cuchillada de a
palmo en las ingles, que así era de incordio como el sol es claro». <<
[64] calcañares: ‘talones o zancajos’. <<
[65]
De nuevo se juega con el sentido recto y fraseológico de la expresión.
Véase la nota [10] de I, 2. <<
[66] Además del ‘golpe dado por un fragmento de lanza al romperse’,
astillazo es el nombre que recibe un determinado tipo de fullería. Quizá no
mienta, pues, el soldado y deba la quiebra a sus malas artes en el juego.
Una vez más estamos ante un pasaje —«Y las balas … astillazo»— que no
figura en X. <<
[67]Los puntos servían para medir tanto la talla del calzado como el tamaño
de las cicatrices, según los que habían sido necesarios para suturar la herida.
De ahí el chiste, que sustituye el de pie esperado por de cara. <<
[68] chirlos: ‘cuchilladas en el rostro’, características de valentones y
rufianes. <<
[69]a París: véase la nota [14] de II, 1. «Iría el alférez con las tropas de
Alejandro Farnesio, que obligaron al hugonote a levantar el sitio de París en
1590» (A. Castro). <<
[70] gesto: ‘rostro’. <<
[71]
hombre: véase la nota [6] de I, 7; señalado: ‘destacado’, y también
‘marcado por las cicatrices’. <<
[72]No debe pasar desapercibida la ironía con que se emplea el término
cañones —‘cilindros metálicos en que se guardan las fes de los servicios
prestados (papeles)’—, que contrapone la actividad del soldado como
pretendiente a la de militar. <<
[73]El Cid y Bernardo del Carpio son héroes de la Edad Media cuya fama se
extendió fundamentalmente a través de sendos ciclos de romances, hasta el
punto de convertirse en paradigmas proverbiales de la antigua valentía
española. <<
[74] Diego García de Paredes (1466-1530) alcanzó gran fama por su fuerza
física y valor militar, exhibidos sobre todo bajo las órdenes del Gran
Capitán; participó en las batallas de Seminara, Ceriñola y Garellano. Julián
Romero se distinguió en las Guerras de Flandes bajo el mando de don Luis
de Requesens; participó en el saco de Amberes. <<
[75] Esta idea había alcanzado carácter tópico. <<
[76]Mellado es nombre harto sospechoso por su frecuencia entre gente
hampona. De hecho la relación entre la figura del soldado y la del rufián
valentón es una de las claves de este episodio. <<
[77]hombre: véase la nota [17] de I, 1. En efecto, ‘alabarse a uno mismo
envilece’, según un adagio latino. <<
[78] Véase la nota [20]. <<
[79]
hacía lodos con ella: ‘de tan larga que era, se le adhería el barro del
camino’. <<
[80] Se refiere al sayal, tela muy basta con que se hacía el saco, que era la
vestimenta predilecta de estos penitentes. Véanse las notas [16] y [21] de
III, 3. <<
[81]Alude al asalto y saqueo de Amberes, realizado en noviembre de 1576
por las tropas españolas que, tras la muerte de Luis de Requesens, se habían
quedado sin mando y sueldo durante varios meses. El hice …lo que pude
del alférez no deja de resultar irónico, dada la naturaleza del episodio. <<
[82]El jurar de continuo es uno de los rasgos caracterizadores del soldado
fanfarrón y, en general, de los personajes de la vida airada. Estas
connotaciones explican el comentario inmediato de Pablos. <<
[83] «Al cobarde decimos gallina por ser medrosa» (Covarrubias). <<
[84]Aludiendo a la batalla de las Navas de Tolosa (1212), el ermitaño
bromea con dos sentidos de la palabra saco —‘saqueo’ y ‘prenda de vestir
tosca’—, sugiriendo el aspecto desastrado del militón.
Esta intervención del santero no forma parte de X. <<
[85]
cabe: ‘el choque de una bola con otra en el juego de la argolla, de
manera que la impulse más allá de la raya que delimita el campo de juego’.
Véase la nota [71] de I, 3. <<
[86] frisonas: véase la nota [33] de I, 2. <<
[87]entre sí: ‘para sí’. Quizá sea pertinente recordar la creencia popular en la
capacidad hipnótica del silbo de las serpientes para atraer a sus víctimas. En
este caso, el ermitaño tahúr utiliza sus costumbres piadosas, como la
serpiente su silbido, para encandilar a aquellos a quienes se apresta a
desplumar.
«No hay tal … culebra» falta así mismo en la otra versión. <<
[88] divertidos: ‘distraídos’. <<
[89]
Entre los puertos del Guadarrama y Navacerrada, a cinco leguas y
media de Segovia. <<
[90]Quizá, ‘juguemos con las cuentas del rosario (avemarías) a modo de
fichas’. Téngase en cuenta lo que dice Pablos inmediatamente y que el
soldado propone jugar ‘en serio’, con dinero. Era propio de fulleros el
proponer jugar sin dinero para después, una vez aficionados los
concurrentes, poder dejarlos sin blanca. <<
[91] el descuadernado: ‘la baraja’. <<
[92]
por no hacer mal tercio: ‘por no perjudicar o estorbar [‘la pretensión de
jugar en tercio, esto es, jugar entre tres’]’; el aceite de la lámpara: ‘el
dinero que daban los fieles para su provisión’. <<
[93] Es creencia popular que las lechuzas beben aceite. <<
[94]
Es un juego de envite, especialmente favorable a todo tipo de fullerías,
en el que se apuesta sobre la carta que saldrá antes. Véase más abajo:
«Nuestras cartas eran como el Mesías…». <<
[95] ‘se quedó con todo’; blanca: ‘moneda de muy poco valor’. <<
[96] ‘Nos dejó sin nada’. <<
[97]Metáfora que equipara la parte baja de la palma de la mano con las
ancas de un animal. El ermitaño iba haciendo a un lado el dinero que
ganaba empujándolo con la parte inferior de la mano, quizá de forma
desdeñosa. <<
[98] «Los adjetivos se refieren más al jugador que a las jugadas: él perdía
una mano como un simple, para infundir confianza a sus compañeros, y a
continuación ganaba maliciosamente, con trampas, las doce siguientes» (B.
Ife). <<
[99]Las uñas son el símbolo máximo de la rapiña y el robo. Véase más
abajo la nota [113]. <<
[100]
La creencia judía de que el Mesías está todavía por venir ha sido
empleada tradicionalmente para motejar a los conversos de tales. <<
[101] ‘dejarnos sin blanca, arruinarnos’. <<
[102] ‘desnudos, sin nada’. <<
[103]
La razón de que la cena consista en huevos radica en ser el viernes día
de abstinencia (véase la nota [73] de I, 3), pero más difícil es explicar la
enorme cantidad de ellos que toma el ermitaño. <<
[104]Es evidente la confusión chistosa entre dos acepciones del término
servicios: ‘hojas o fes de las actividades militares’ y ‘bacines u orinales’.
<<
[105] cámaras: ‘diarrea, descomposición’. <<
[106] Aquí fue ella que: véase la nota [13] de II, 1. <<
[107] ‘la batalla de Lepanto, en 1571’. <<
[108]La batalla de San Quintín tuvo lugar en 1557. Si tenemos en cuenta
todos los hechos de armas en que el alférez dice haber tomado parte, resulta
la suya una carrera extraordinariamente larga que situaría el encuentro con
Pablos, de aceptar los veinte años que dice llevar al servicio del Rey, como
mucho en el año 1577, lo cual no parece plausible: «Se trata de una
hipérbole que pone de manifiesto lo fantástico de las hazañas del supuesto
soldado» (D. Ynduráin). <<
[109]Desde la segunda mitad del siglo XVI, Génova se había convertido en el
centro financiero de Europa, y la Corona española, dado lo irregular de los
ingresos americanos y lo costoso de las continuas guerras, hubo de recurrir
al crédito —los famosos asientos— de los banqueros genoveses, como
anteriormente a los de los alemanes, para conseguir liquidez. Pablos los
llama antecristos por ser ‘perseguidores’ de las monedas de España, como
los anticristos lo son de los buenos creyentes. <<
[110]Besanzón, capital del Franco-Condado y en la zona de influencia
económica de Lyon, fue sede de importantes ferias internacionales de
valores entre 1536 y 1568. <<
[111]
No se trata de un error. Aun cuando se seguía utilizando con frecuencia
el nombre de Besanzón, los genoveses habían trasladado sus ferias a
Plasencia (Piacenza), en Italia, en donde los ‘banchieri di conto’ se reunían
cuatro veces al año para fijar el curso de los cambios. <<
[112]‘jugadores de ventaja que se hacen con el dinero ajeno mediante
contratos y triquiñuelas financieras en los despachos (pluma), y no con la
baraja y en los garitos’. <<
[113]
La uña, relacionada con sustantivos como gato o gatada y verbos
como aruñar, es en la literatura de la época, y especialmente en Quevedo,
símbolo del hurto y la rapiña. Véase la nota [8] de I, 2. <<
[114] cambio: ‘cambista o prestamista’, y, a veces, ‘banco’. <<
[115] cantonera: ‘prostituta callejera’. <<
[116] en bolsas, hecho cuartos: véase la nota [27] de I, 7. <<
[117] El valle de Josafat es el escenario anunciado del Juicio Final. <<
[118] Véase la nota [25] de I, 7. <<
[119]precursor de la penca: ‘pregonero’, por cuanto precede, anunciándolos,
al verdugo y al reo: muy probablemente la expresión es remedo paródico de
precursor de Cristo, apelativo que se aplica por antonomasia a Juan el
Bautista; penca es el ‘azote de cuero’ que emplea el verdugo (véanse las
notas [20] y [23] de I, 1); hacer de garganta: ‘vocear el pregón con las
culpas de los azotados’; y a mi tío [hacer] de las suyas: lo que, en su caso,
es tanto como ‘azotar’. Por eso puede Pablos ‘oírlo hacer’, de acuerdo con
las imágenes de tipo musical que siguen. <<
[120]haciéndose de pencas: fraseológicamente, ‘haciéndose de rogar’, pero
aquí, jugando con la expresión, ‘aplicando el castigo con lenidad’, ya que,
como veremos (nota [21] de II, 4), había sido sobornado para ello. <<
[121]Hay que suponer, por lo que dice Pablos a continuación, que su tío con
estas palabras le está indicando una montura para que pueda acompañar el
cortejo. No se olvide que los condenados solían montar también, aunque
asnos o machos de albarda. Se explica así la resistencia de Pablos a figurar
en la sarta. <<
[1] Véase la nota [100] de III, 2. <<
[2] prometo: ‘aseguro’. <<
[3]Como quedará claro más adelante, y se anuncia ahora con la descripción
del lugar que habita, Alonso Ramplón se halla plenamente inmerso en el
submundo de la delincuencia. El matadero solía atraer la presencia de
rufianes y valientes, sin entrar en la pésima reputación de los jiferos y
matarifes. Además, la de aguador era considerada una ocupación vil. <<
[4] penca: véase la nota [119] de II, 3. <<
[5] Pablos todavía viste a lo estudiante. Véase la nota [20] de I, 5. <<
[6] Es decir, ‘cómo me encontraba yo viendo la infamia tan patente de mi
tío’. <<
[7]ropa: ‘especie de sobretodo’; solía ir por encima del sayo (véase la nota
[11]). <<
[8] O lo que es lo mismo y como se dice más abajo: un animero, el
‘encargado de reunir dinero con que ofrecer misas en sufragio de las ánimas
del purgatorio’. <<
[9] ‘¡chócala!’ <<
[10]Se dice mamona a un gesto de menosprecio y a veces, como en este
caso, de carácter amistoso que consiste en coger la cara del otro con la
mano, aplastándole la nariz con el índice. <<
[11]El sayo o sayón era un ‘vestido de hombre con faldas’, que podía, en
especial cuando se trata del sayón, llegar hasta los tobillos. Recuérdese, por
otra parte, que también era zambo el espadachín mulato de II, 1. En
determinados contextos, tal rasgo físico, por identificarse con el modo de
andar característico de los monos, connotaba lujuria. <<
[12] Véase la nota [25] de II, 1. <<
[13] devanado: ‘envuelto, liado’. <<
[14]
Lo llama chirimía de la bellota por el cuerno que los porqueros hacían
sonar para reunir a sus animales. A él se alude inmediatamente. <<
[15]Añade X: «y para andar al uso, sólo erró en no traelle encima de la
cabeza». <<
[16]mulato: véase la nota [46] de II, 1. El ser zurdo y bizco lo prejuzga
negativamente, especialmente si, como veremos, resulta ser un corchete;
véase la nota [22]. <<
[17] falda: ‘el ala del sombrero que tendía hacia abajo’. <<
[18]gavilanes: véase la nota [29] de II, 1; coleto de ante: véase la nota [47]
de II, 1. <<
[19]cara de punto: véase la nota [67] de II, 3; la expresión metafórica
hilvanada a chirlos —nota [68] de II, 3— se crea sobre la frase hecha coser
a puñaladas. Obsérvese que se repiten los rasgos fundamentales del mulato
de II, 1, aunque aquí el retrato se basa en el equívoco sistemático y no en el
apodo. <<
[20]Nombres de carácter marcadamente germanesco. Romo pudiera aludir al
efecto de alguna pendencia o quizá de la sífilis sobre la nariz del personaje
(véase la nota [9] de I, 3); Garroso remite a ‘garras’ y, por tanto, a las ideas
de rapiña y latrocinio. La frase en su conjunto es equívoca: en un primer
momento parece decir que ambos delincuentes ‘han expiado
suficientemente sus crímenes’, pero, más tarde, se impone el sentido de
‘han sobornado con una cantidad elevada’ al agente de la justicia. <<
[21]Con el adecuado soborno, el verdugo podía apremiar el paso de la
cabalgadura, con lo cual se reducía el tiempo del paseo ‘por las calles
acostumbradas’ y, en consecuencia, el número de azotes que recibía el
penado; y, como se ve, hasta podía emplear una u otra penca según el caso;
palmearon: eufemismo por ‘azotaron’. <<
[22]‘se lo pagué yo en vano a Juanazo, porque el borrico fue con paso lento
y cansino y recibí los azotes estipulados’. Nótese el juego entre los asentó y
no se levantaron; además, ronchas tiene el sentido añadido de ‘perjuicios
económicos mediante engaño’, y levantar ronchas, el fraseológico de
‘mortificar o causar pesadumbre’. No debe extrañar que el paseado sea
corchete, dada la mala fama de los ministros de la justicia. <<
[23]
concomiéndose: por burla, ‘moviendo los hombros y la espalda como el
que se restriega a causa de alguna comezón’. <<
[24] Es decir, ‘sin rastro de azote’. <<
[25]‘limosnero, el que pide por Dios para los pobres, las ánimas o alguna
obra pía’; en este caso, ‘animero’. <<
[26] zurriaga: ‘látigo, penca’. <<
[27] Obsérvese el uso transitivo de hablar. Véase la nota [2] de I, 2. <<
[28]El mulato se dirige a Pablos tratándolo como a clérigo, sin duda por
haberlo tomado por tal a causa del manteo y sotanilla estudiantiles que lleva
(véase la nota [20] de I, 5). Entre otros eufemismos, se utiliza el verbo
padecer para referirse al suplicio o los azotes a que la justicia sometía a los
delincuentes. <<
[29] empujones en el envés: eufemísticamente, ‘azotes’. <<
[30]
supuesto: ‘persona importante, de elevada posición’; ya que suposición
puede entenderse como ‘dignidad, lustre’. <<
[31] caricia: véase la nota [4] de I, 2. <<
[32]santiguar espaldas: ‘azotar’, por los movimientos del brazo, hasta cierto
punto similares. Esta metáfora burlesca prepara el comentario inmediato,
que invierte el parangón: ahora es la bendición lo que se asemeja a los
azotes.
El pasaje «Diciendo … cruces» falta en la otra versión de la obra. <<
[33] Brindóme: véase la nota [46] de I, 3. <<
[34] Pasaje difícil por su concentración y contenido metafórico: «Teniendo
en cuenta que todo el paso juega con el doble sentido de razón
(‘correspondencia a brindis’ y ‘cosa razonable’) mi propuesta sería de
reconstruirlo de la siguiente forma: el porquero brindaba a Pablos, pero,
antes de que éste pudiese corresponderle, él mismo se hacía la razón; así
que el porquero hacía más razones (‘bebía’) de cuantas razones (‘cosas
razonables’) decían los demás comensales» (A. Gargano). Por tanto, las se
refiere catafóricamente a razones, en el doble sentido expuesto; de ahí el me
las cogía al vuelo (‘entendía’ y ‘anticipaba’). Véase la nota [46] de I, 3. <<
[35]
«Nótese la serie: razón [entendimiento], memoria y voluntad» (D.
Ynduráin); es decir, las potencias del alma. <<
[36] Véase la nota [18] de I, 7. <<
[37] Se insiste, llevándola al extremo, en la tradición sobre los sospechosos
rellenos de los pasteles de a cuatro; aquí, como se ve enseguida, no sólo se
sugiere abiertamente que éstos incluyen carne humana, sino que, de forma
algo más velada, Ramplón insinúa inmediatamente que se trata de la del
padre de Pablos. <<
[38]suelos: las ‘bases de los pasteles’, que eran de hojaldre (compárese con
la nota [30] de I, 3); «suelo, al ser la primera persona singular del verbo
soler, sugiere costumbre» (B. Ife). <<
[39] las suyas: ‘sus ánimas’. <<
[40] Hay chistes similares en otros textos de Quevedo. <<
[41]un ojo medio acostado: ‘un ojo entreabierto’, o, si se prefiere, ‘medio
cerrado’; a partir de la frase hecha dormir los ojos (‘entreabrirlos’); el otro
nadando en mosto: dada la gran cantidad injerida, el vino es el fluido que
recorre el cuerpo del borracho. <<
[42] avisillo: ‘aperitivo’, porque despierta (avisa o llama) la sed. <<
[43]se lo chocló: ‘se lo embutió’. Choclar, en el juego de la argolla, es
‘pasar el bolo por el aro dispuesto al efecto’. <<
[44] ahirmar: ‘apoyarse, afirmarse’. <<
[45]
movedizas: ‘portátiles’; téngase en cuenta que no existía el comedor
como dependencia y conjunto de muebles específicos. <<
[46] ‘el cuerno’. <<
[47]Nueva referencia a Pablos, que se cubre con un manteo; véase la nota
[28]. Evidentemente, el plural clérigos se justifica por los efectos
multiplicadores de la borrachera del verdugo. <<
[48]Hay un equívoco: en suma puede entenderse como ‘definitivamente’ y
‘al sumar’. «El sentido de la frase es que el verdugo no sólo suma (ve
doble), sino que multiplica (tantos clérigos)» (D. Ynduráin). <<
[49] velador: ‘candelero’. <<
[50] órgano: posiblemente es una referencia burlesca al cuerno. <<
[51] desollar la zorra es ‘dormir la mona o la borrachera’. <<
[52] Los propios del sofoco producido por la ingestión alcohólica. <<
[53]‘Demasiado han descansado ya las ánimas, habida cuenta de que
depende de ellas mi sustento’. <<
[54]
Forma vulgar de ‘eclipse’. Los eclipses eran tenidos por signos de mal
agüero. <<
[55] A manera de conjuro. <<
[56] por puntos: ‘inconteniblemente’. <<
[57]Manera reticente y chistosa de decir que estaba borracho. Partiendo de
que zorra, en una de sus acepciones, significa ‘borrachera’, el que es su
sinónimo en la acepción recta —raposa— pasa, burlescamente, a serlo
también en la otra. <<
[58] Los verdugos tenían derecho a las vestimentas de los ajusticiados. <<
[59] reconocer: ‘establecer y admitir el monto de una deuda’. <<
[60]Esto es, ‘entre vómitos y orines’; enjaguaduras: ‘el agua sucia después
de fregar con ella’; monas: ‘borracheras’. <<
[61] ‘de vinos devueltos (vomitados y orinados)’. <<
[62] le reduje: ‘lo forcé, logré de él’. <<
[63]Teniendo en cuenta que en la carta de I, 7 se hablaba de ‘hasta
cuatrocientos ducados’, Ramplón se ha bebido y gastado alrededor de cien.
<<
[64]Equívoco muy corriente entre la dignidad eclesiástica y las ronchas que
levantaba Alonso Ramplón. Véase la nota [23] de I, 1. <<
[65]Nótese el sarcasmo, ya que, al principio de II, 2, se lamentaba Pablos
por no haber tenido «de quien aprender virtud, ni a quien parecer en ella».
<<
[66]La taba es el astrágalo; y también el juego en el que se emplea el de un
carnero, tirándolo al aire, de manera que según la forma en que caiga gana
uno u otro de los jugadores. <<
[67] Véase la nota [90] de II, 3. <<
[68]fábrica de la sed: burlescamente, ‘el dinero para comprar el vino que
bebían entre todos’, ya que fábrica es el ‘fondo que suele haber en las
iglesias para gastos del culto’; hay que suponer, pues, que con el dinero de
los que iban perdiendo se mantenía lleno el jarro. <<
[1] entre mí diciendo: véase la nota [33] de I, 3. <<
[2]jinete de gaznates: ‘verdugo’, porque solía éste montarse a horcajadas
sobre los hombros del ahorcado para acelerar su muerte. <<
[3]El buscar el anonimato, en este caso de la Corte, para mejor lograr su
intento es una de las notas comunes en la representación de los medradores.
<<
[4]Esto es, ‘cambiar el ropaje estudiantil por uno más adecuado para la
nueva vida en la Corte’. <<
[5]
Pablos da por seguro que será condenada por la Inquisición a morir en la
hoguera. Véase la nota [22] de I, 7. <<
[6]‘y me trincha (hace cuartos)’. Es un anacoluto característico del estilo
oral del Buscón. <<
[7] Véase la nota [6] de II, 2. <<
[8]Se trata de uno de los pasajes más debatidos de la obra, al haberse
querido ver en él una referencia al Quijote. <<
[9] de portante: ‘apresuradamente, deprisa’. <<
[10]El viajero va vestido como caballero a la moda y aun con cierto lujo. El
llevar la espada ceñida es un signo externo de hidalguía, frente a, por
ejemplo, la manera de llevarla los rufianes y jaques. Las calzas atacadas,
que cubrían toda la pierna y se unían al jubón mediante las agujetas (véase
la nota [20] de I, 2), eran un signo de distinción social; lo mismo que las
botas, sujetas incluso a imposición cuando rebasaban determinada altura.
<<
[11]el cuello abierto: los cuellos adquirieron a principios del siglo XVII
grandes proporciones y se puso de moda el abrirlos, es decir, componerlos,
de acuerdo, por ejemplo, con las caprichosas formas de los cuellos de
lechuguilla, utilizando para ello unos moldes especiales; se explica así la
apostilla más de roto que de molde. <<
[12]
señor licenciado: «se llama vulgarmente al que viste hábitos largos o
anda en traje de estudiante» (Autoridades). <<
[13]Significativa reacción que posiblemente haya que relacionar con el
hecho de que viniese de portante. <<
[14] Véase la nota [10]. <<
[15]Es decir, ‘traía medio culo (rabo) al aire, porque le faltaba una parte de
la camisa’, la cual se vestía en contacto directo con el cuerpo. «Sólo se ve
una ceja (y no las cejas, que eran ‘ciertas guarniciones que echan a los
vestidos en los extremos’), y ello porque únicamente tiene un trozo de
camisa» (A. Rey Hazas); tapado … de medio ojo: ‘a medio tapar’, como las
mujeres que cubrían sólo parte de su rostro, dejando el ojo izquierdo
visible. <<
[16] Posiblemente, ‘con una sola agujeta’. <<
[17] cachondas: vulgarmente, ‘calzas’. <<
[18]
A pesar de no ser un sinónimo exacto, aquí bragas vale, igual que antes
cachondas, por ‘calzas’. <<
[19]cuchilladas: ‘cortaduras que se hacían en las calzas para dejar ver la
entretela o forro, normalmente de color y tejido distintos’. <<
[20] El conde de Irlos o conde Dirlos es un personaje del romancero,
perteneciente al ciclo carolingio. <<
[21]Recuérdese que el hojaldre es lo que recubre el contenido de los
pasteles o empanadillas. Véase la nota [18] de I, 7. <<
[22]Se proclama, por tanto, ‘hidalgo de sangre’. La Montaña santanderina
era considerada la cuna por excelencia de la nobleza e hidalguía españolas;
y la pretensión de proceder de ella, por tópica y generalizada, fue objeto
corriente de sátira. <<
[23] hijo de algo: ‘hidalgo’. <<
[24] ejecutoria: véase la nota [23] de II, 1. <<
[25]En efecto, a veces las ejecutorias se pintaban con letras de oro. Véase la
nota [87] de III, 4. <<
[26] Las píldoras se doraban por fuera para disimular su sabor amargo. <<
[27]La burla del abuso del don, en principio reservado a la nobleza de
sangre, es muy frecuente en las letras de la época. El juego de palabras, de
hecho, puede considerarse tradicional. <<
[28]Toribio es un nombre de sugerencias burlescas; particularmente, se
asocia en la obra de Quevedo al ‘montañés pelón’. <<
[29] También puede considerarse tradicional el chiste. <<
[30] Nótese la anfibología. <<
[31]mesa franca: véase la nota [17] de I, 7; estómagos aventureros:
‘gorrones’, recuérdese la expresión panzas al trote en I, 4. <<
[32] refocilo: ‘alegría, disfrute’. <<
[33]industria: ‘ingenio o destreza que tiene como fin el engaño’. Véase la
nota [37] de I, 1. <<
[34] trazas: véase la nota [36] de I, 6. <<
[1]Se trata de afirmaciones que abundan en el tópico quinientista que pinta
la Corte como lugar de confusión y mundo abreviado. <<
[2] hebenes, güeros, chirles: véase la nota [1] de II, 3; chanflones: ‘falsos,
contrahechos’, como puedan serlo ciertas monedas; traspillados:
‘desfallecidos, consumidos por la falta de alimento’; caninos: ‘famélicos’.
A la luz de estas palabras de don Toribio, parecen poco verosímiles sus
afirmaciones anteriores a propósito de la casa de solar montañés. <<
[3] Véase la nota [33] de II, 5. <<
[4] trabajo: véase la nota [11] de I, 1. <<
[5]Son todas metáforas que ponen de manifiesto el carácter parásito de los
caballeros chanflones. <<
[6]De ahí la frecuente equiparación del necesitado con el camaleón, que,
según se creía, se alimentaba del aire. <<
[7] representamos: ‘aparentamos’. <<
[8] de parte de noche: ‘de noche, por la noche’. <<
[9]
mascar: vale vulgarmente por ‘comer de forma ansiosa y descompuesta’.
<<
[10] vigilias: ‘abstinencias de carne’, o, más en general, ‘ayunos’. <<
[11] Véase la nota [15] de II, 2. <<
[12]
aplazada: ‘citada, convocada’; esto es, ‘tenemos cita concertada con la
sopa boba’. Véase la nota [55] de II, 3. <<
[13]En la época era habitual el orinar en público, a no ser en presencia de
damas; soleniza: ‘celebra, encarece’; barato: ‘el dinero que el que gana en
el juego reparte entre quienes le han prestado algún servicio e, incluso,
entre los mirones’. <<
[14]El utilizar la sombra a modo de espejo es una costumbre que Quevedo
ridiculiza en otras ocasiones.
En la otra versión, el objeto de la exposición al sol con las piernas abiertas
es más evidente por cuanto se añade: «y con unas tijeras las hacemos la
barba a las calzas. Y como siempre se gastan tanto las entrepiernas». <<
[15] cuchilladas: véase la nota [19] de II, 5. <<
[16]Evidente chiste dilógico con el término cuchilladas, utilizado aquí en su
sentido recto frente al indumentario de la frase anterior. <<
[17] La bayeta es un género de tela ligera que se utiliza para el luto y
también para servir de forro o entretela a las calzas atacadas (véase la nota
[19] de II, 5). Parece indicar don Toribio, entonces, que la parte de atrás de
las calzas se quedaba con sólo el forro, puesto que la tela más aparente se
utilizaba para remendar la parte de delante. <<
[18]escaleras claras: quizá, las ‘escaleras que entre escalón y escalón tienen
un espacio vacío’, de manera que, desde debajo de ellas, se puede ver al que
sube. <<
[19]Estas metamorfosis de las prendas, que Quevedo convierte en
genealogía, constituyen un tópico satírico de la caracterización de
pobretones y miserables. <<
[20]ropilla: véase la nota [22] de I, 1; greguescos: véase la nota [46] de II,
3; capuz: ‘especie de capote cerrado por delante, con capucha’; soleta:
‘plantilla de la media, para reforzarla’. <<
[21]escarpines: ‘especie de calcetines’; pañizuelo: ‘pañuelo’. Nótese que las
distintas prendas tienen, lógicamente, una extensión inversamente
proporcional a la proximidad del parentesco con las que efectivamente lleva
don Toribio. <<
[22] Se fabricaba el papel a partir de telas y lienzos de desecho. <<
[23]Los zapatos, por su tufo, se asemejan a cadáveres que deben ser
resucitados. Véase la nota [8] de I, 5. <<
[24]El herreruelo es un tipo de capa corta, caracterizado por tener un
pequeño cuello en lugar de la capucha tradicional. <<
[25]
Las llamadas a la fraternidad son frecuentes en las distintas epístolas del
Nuevo Testamento, especialmente en las de San Pablo y San Pedro, más
que en los Evangelios propiamente dichos. <<
[26]Esto es, ‘aunque sea como condenados expuestos a la vergüenza
pública’. Véase la nota [23] de I, 1. <<
[27]arquilla: ‘pequeño compartimento para llevar el equipaje, situado en la
trasera, o parte de atrás, del coche’. <<
[28]estribo: «asiento y ventanilla correspondientes a la portezuela del coche,
y la misma portezuela» (A. Castro). El mejor lugar, por tanto, para ser visto
desde fuera. <<
[29]
‘Si sentimos picor’, a consecuencia de la picadura de algún parásito.
Véase la nota [58] de I, 3. <<
[30] ¿‘nos santiguamos aunque sea en el introito…’? <<
[31] pane lucrando: ‘por interés’. <<
[32] en recuesta: ‘galanteando, requiriendo en amores’. <<
[33]abra los cuellos: véase la nota [11] de II, 5; hombre: véase la nota [17]
de I, 1. <<
[34]el hombre: véase la nota [17] de I, 1; fondos en mugre: véase la nota
[17] de I, 3. <<
[35]
No se olvide que el almidón «es una cierta pasta que se hace del trigo
remojado, lavado y exprimido, como leche que se cuaja» (Covarrubias). <<
[36]faltas: equívoco entre las acepciones ‘defectos o carencias’ y ‘ausencia
de la menstruación en el embarazo’. <<
[37] espital: ‘asilo, hospital’. <<
[38] Véase la nota [7] de II, 1. <<
[39] divertido: ‘distraído’; véase la nota [34] de II, 2. <<
[40] A unos veinte kilómetros al noroeste de Madrid. <<
[41] avisos: ‘consejos, advertencias’. <<
[42]chirlería: neologismo burlesco para referirse al ‘modo de vida peculiar
de los caballeros chirles’. Obsérvese que los reiterados ‘pensamientos de
caballero’ de Pablos parecen encontrar su desenlace con este ingreso en la
«chirlería». <<
[43] cofadres: ‘cofrades’. <<
[1]Nuevo retrato de vieja, en todo adecuado al tipo satírico. Recuérdense las
amas de I, 3 y I, 6.
En X, en vez del pasaje «rostro … años», se lee simplemente: «y muy
vieja». <<
[2] crespo: ‘irritado, destemplado’, figuradamente. <<
[3]
buscar: «en el sentido que hoy se da vulgarmente a ‘buscarse la vida’ …
De este sentido de buscar, sale buscón: ‘caballero de industria’» (A.
Castro). <<
[4] Adviértase el sentido religioso de ‘profesión’ y que los caballeros
chanflones aparecían caracterizados como una cofradía; vida barata:
‘chirlería’. <<
[5]estantigua: ‘fantasma, visión demoníaca’, y, por metáfora, ‘espantajo, ser
de aspecto grotesco’; bayeta: ‘tela típica del luto’, véase la nota [17] de II,
6. <<
[6]Personaje del romancero que representa el honor y dignidad de la ciudad
de Zamora tras el asesinato de Sancho II, sitiador de la plaza, a manos del
traidor Vellido Dolfos. A causa de su avanzada edad, no pudo responder
personalmente al reto de Diego Ordóñez, lugarteniente del difunto rey, pero
envió a sus cinco hijos, todos los cuales encontraron la muerte. <<
[7]Dada la fama de melancólicos y tristes que tenían en la época los
portugueses, a quienes además se les atribuía gran afición a las largas capas
de bayeta.
El doble parangón amplificatorio comprendido en el fragmento «punto …
bayetas» falta en X, que lee: «más raída que su vergüenza». <<
[8] germanía: ‘la jerga de jaques y germanes o rufianes’. <<
[9]El llevar los guantes doblados en la mano era uno de los atributos del
tipo satírico del médico. <<
[10]para tener guantes: «la expresión era disémica ‘para parecer poseerlos’
y, en lenguaje figurado, ‘para tener gratificaciones, regalos’ como los
médicos» (J. Ciruelo); guantes, en efecto, puede tener el sentido de
‘agasajo, gratificaciones’ o incluso ‘soborno’. <<
[11]gatera: véase la nota [16] de I, 3; lanilla: ‘tela ligera de lana, para
vestidos de verano’. <<
[12] Chiste que juega con el nombre de la región castellana; muy vinculado a
la tradición burlesca sobre vestimentas precarias. <<
[13] hago caravanas: ‘hago méritos’. Recuérdese la creencia que supone a
las lechuzas grandes bebedoras de aceite (véase la nota [93] de II, 3). <<
[14]Todo el pasaje «que en mi hato … algunos candiles» es exclusivo del
manuscrito B. Por otra parte, en la oración que sigue, X lee, en vez de
«disimula todo», «cubre, y así se puede andar». <<
[15]Véase la nota [10] de II, 5. Las calzas, cuya aparatosidad llegó a ser
objeto de burla y reprensión, eran prenda obligada para un caballero que se
preciase. <<
[16]luto: ‘el capuz (véase la nota [20] de II, 6) o capa larga, hasta el suelo,
de bayeta en que consistía el traje de luto’. <<
[17]Ya que lo que se espulgaba era, fundamentalmente, la ropa; de modo
que, paradójicamente, el pretender hacerlo, cuando no hay qué espulgar, se
convierte en una afectación hipócrita. <<
[18] espulgadero: ‘la habitación donde se espulgaban’; tablilla: ‘cartel,
rótulo’. «La tablilla de la puerta del espulgadero se parecía a las que ponen
en las sacristías que dicen: “Hoy se saca ánima”, etc.» (A. Castro). <<
[19] industria: véase la nota [33] de II, 5. <<
[20] mal de calzas: eufemística e irónicamente, ‘con las calzas rotas’. <<
[21] Véase la nota [22] de II, 6. <<
[22]
Véase la nota [20]; zaragüelles: una especie de ‘calzones’, de carácter
humilde. <<
[23]La apariencia aristocrática del nombre debe aquilatarse a la luz del valor
en germanía de pedro: ‘vestido afelpado propio de ladrones nocturnos’ y
‘cerrojo de puertas o ventanas’. <<
[24]Las botas de camino y el vestido pardo, en contraste con el negro
habitual en la Corte, señalan que el recién llegado viste como si llegara de
un viaje. <<
[25] faldas: véase la nota [17] de II, 4. <<
[26] Sobre la construcción fondos en, véase la nota [17] de I, 3. <<
[27] Haráse a las armas: véase la nota [10] de I, 6. <<
[28] toquilla: ‘la cinta perteneciente al sombrero’. <<
[29]
de porte: ‘de gastos de envío’, que, como se ve, debían ser pagados por
quien recibe la carta. <<
[30]honradas: «‘distinguidas’: entregaba las cartas, como diríamos hoy, en
‘las mejores casas’» (A. Castro); en aquel traje: recuérdese que va vestido
«de camino». <<
[31]
Era usual en la época servirse de los viajeros para llevar el correo; ello
explica el engaño. Se trata de una estafa bastante común. <<
[32] ropilla: véase la nota [22] de I, 1. <<
[33]‘hasta el muslo’: el valón es un ‘tipo de calzones o greguescos,
procedentes de Valonia (Bélgica)’. <<
[34] ‘tela basta, de la usada para los cuellos’. Se traía de Anjou (o Angeo).
<<
[35] ‘tejido de seda lujoso, normalmente estampado o con aguas’. <<
[36]‘traía un cuello sencillo por no tener para uno abierto o de lechuguilla’;
valona: ‘adorno sencillo consistente en una tira de lienzo que caía sobre
hombros y espalda’. <<
[37]frascos: véase la nota [50] de II, 3. Hay que suponer que el llevar
frascos, aparentando así ser soldado, lo eximía de la capa. <<
[38]trapajos: ‘trapos’, despectivamente. Véanse las notas [18] de I, 5 y
[110] de III, 2. <<
[39] alojamientos: ‘los lugares, frecuentemente casas particulares, en que
posaban las tropas, mientras no entraban en acción’. Es decir, había sido
soldado de tornillo o churrullero (véase la nota [38] de II, 3) que desertaba
al llegar al puerto de embarque.
En la otra versión, en vez de la apostilla «en los alojamientos y hasta en la
mar», se leía, con sentido equivalente, «pero malo y en partes quietas». <<
[40] servicios: véase la nota [104] de II, 3. <<
[41] chanzas: ‘argucias, triquiñuelas’. Véase la nota [4] de III, 10. <<
[42]
La plazuela situada antaño ante el templo del mismo nombre en la calle
Mayor, zona de encuentro ciudadano. <<
[43] flor: ‘engaño, embeleco’ y, más estrictamente, ‘fullería’. <<
[44]u de saetilla a coz de dedo: ‘o con un capirotazo’. En vez de estas
palabras, encontramos en X lo que sigue: «y las más veces sorbimiento,
cosa de sustancia y ahorro. Quedó esto así». <<
[45]‘pequeña caja portátil para determinados instrumentales’, normalmente
de costura o cirugía. <<
[1]‘nos preparamos para combatir’ y, figuradamente, ‘nos metimos en
faena’. <<
[2]hallado: ‘a gusto’; como si todos fuéramos hermanos: de hecho,
constituyen una cofradía, aunque paródica. <<
[3]
Puesto que también las vestiduras sagradas del sacerdote se componen de
doce piezas, cada una con valor simbólico. De «alusión descompuesta y
desvergonzada» se califica en el Tribunal de la justa venganza. Obsérvese
que es sólo una más entre las comparaciones y términos que hacen, ya
desde los capítulos precedentes, de la cofradía de caballeros chirles un
remedo de orden religiosa. <<
[4] averiguar con él: ‘entender con el jubón’. <<
[5] culcusir: ‘coser o remendar de mala manera’. <<
[6] arremedando: ‘semejando, remedando’. <<
[7]cañones: ‘medias largas con pliegues a modo de gala’. Pero nótese la
presencia de términos del ámbito militar, utilizados en sentido figurado,
desde el inicio del capítulo: «ponerse en arma», «empuñaron», «socorría a
los cañones». <<
[8]Bosco: Jerónimo van Aeken (1419-1516), conocido como el Bosco por
ser natural de Hertogenbosch (Holanda). Algunas de sus obras se hallaban
en El Escorial, donde pudo haberlas contemplado Quevedo. Se refiere a él
en varias ocasiones. <<
[9] arrapiezos: ‘harapos, andrajos’. <<
[10] «como si fuera una hora canónica. Recuérdese lo que había dicho don
Toribio a Pablos: “Y como en otras partes hay hora señalada para oración,
la tenemos nosotros para remediarnos” (II, 6)» (A. Gargano). <<
[11] trazasen: ‘ideasen ingeniosamente’. Vease la nota [36] de I, 6. <<
[12]
Junto al manteo, formaba la indumentaria estudiantil que aún llevaba
Pablos. Véanse las notas [20] de I, 5 y [28]de II, 4. <<
[13] diécesi: ‘diócesis, distrito’. <<
[14]apolille: ‘se busque la vida a costa ajena’; recuérdese que polilla tenía el
sentido general de ‘parásito’. Véase la nota [5] de II, 6. <<
[15] ropilla: véase la nota [22] de I, 1. <<
[16] herreruelo: véase la nota [24] de II, 6. <<
[17] trocaron a: ‘cambiaron por’. <<
[18] toquilla: véase la nota [28] de III, 1; algodones de tintero: ‘especie de
mecha, no necesariamente de algodón, que se introducía en el tintero para
regular la tinta tomada por la pluma y evitar que se derramase’. No se
olvide que se pretende vestirlo de negro, como, por otra parte, corresponde
al traje cortesano. <<
[19] valones: véase la nota [33] de III, 1. <<
[20] calzas atacadas con cuchilladas: véanse las notas [10] y [19] de II, 5.
<<
[21]Las calzas, cuando no eran enteras, consistían en muslos —la parte
superior— y medias o medias calzas, que debían llegar hasta la rodilla. <<
[22] Véase la nota [11] de II, 5. <<
[23]
trabajoso: ‘defectuoso, deteriorado’.
«El cuello está trabajoso» no figura en B. <<
[24] la flor del sol: ‘el girasol’. <<
[25] sacar pies es ‘retirarse hacia atrás sin volver la espalda’. <<
[26] falda: véase la nota [17] de II, 4. <<
[27] Juego entre el sentido fraseológico, equivalente a ‘andar con la cabeza
alta, sin recato ni temor’, y literal de andar con la cara descubierta. <<
[28]
pretina: véase la nota [42] de I, 6; eslabón: ‘pieza de metal en forma de
doble anillo con que se percute el pedernal para hacer chispa’. <<
[29]cuartel: lo que antes diécesi, ‘distrito’. La zona de la calle San Luis, en
las cercanías de la Puerta del Sol, y más concretamente la llamada Red de
San Luis, tenía una reputación picaresca bien acreditada. <<
[30] misacantano: ‘el sacerdote recién ordenado que celebra misa por
primera vez, en la cual normalmente actúa como padrino aquel otro que lo
ordenó’. Véase la nota [3]. Este pasaje fue también reprobado, al juzgarlo
irreverente, por el Tribunal de la justa venganza. <<
[31] Se trata de un equívoco muy repetido en la época. <<
[32]Malicioso juego dilógico con los términos reverencias y paternidades.
El primero, además de referirse a ‘cortesías’, apunta al ‘título que se da a
sacerdotes y religiosos’, concertando así con el segundo término. Pero éste
añade aún la acepción de ‘calidad genética de padre’. <<
[33] me trai en palabras: ‘me da largas’. <<
[34] Parece ser un chiste tradicional. <<
[35]
Las mulas de alquiler tenían muy mala fama y son un término de
comparación de carácter marcadamente degradatorio. <<
[36] Entiéndase: ‘sacarle el dinero’. <<
[37] ‘quedó con melena’; nazareno: ‘especie de anacoreta judío que vive
retirado del mundo y se deja crecer cabello y barba’; «y así llamamos
cabellera nazarena a la que traen algunos ermitaños o peregrinos, que les
cae sobre los hombros» (Covarrubias). <<
[38]ermitaño: véase la nota [20] de II, 3; caballero lanudo: véase la nota
[20] de I, 3.
En vez de «ermitaño», X lee «Verónica». <<
[39]ensalmador: ‘el curandero que se vale de rezos y bendiciones para
sanar’. Véase la nota [21] de II, 1. <<
[40]A quien bueyes ha perdido, cencerros le suenan en el oído, dice una de
las variantes del refrán aludido, sugiriendo que el dueño cree hallar lo
perdido por doquier. El texto parece aquí contradictorio: apenas se entiende
la sorpresa del acreedor, ya que éste no había llegado a ver al acompañante
de Pablos antes de su transformación. <<
[41]alcotín: es un término sin documentar y, por tanto, sin un significado
conocido preciso; quizá algún tipo de ‘fruta confitada’. De hecho, el
aguardiente junto al dulce confitado constituía el desayuno tradicional. Era
habitual la presencia de vendedores callejeros que ofrecían estos productos.
<<
[42] hombre: véase la nota [17] de I, 1. <<
[43] Véase la nota [3]. <<
[44]Probable eco del versículo evangélico: ‘Mirad cómo las aves del cielo
no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial
las alimenta’ (San Mateo, 6, 26). Hay, de otro lado, una asimilación de los
escribanos con aves como cuervos y grajos mediante la dilogía implícita del
término plumas, el instrumento laboral por antonomasia de aquéllos. <<
[45]Sobre caninos y traspillados, véase la nota [2] de II, 6. Más allá del
significado recto de los términos, se alude a los miembros de esta orden o
cofradía paródica de buscavidas; como podría decirse ‘dominicos’ o
‘jerónimos’. <<
[46] ‘Eres poco sufrido, tienes poco valor’. <<
[47] trato: ‘negocio, oficio’. <<
[48] Ya que las doce era la hora de comer por excelencia. <<
[49]el hombre: véase la nota [17] de I, 1; comer más que un sabañón: véase
la nota [58] de I, 3. <<
[50] noviciado, vigilias: véase la nota [3]. Véase, asimismo, la nota [10] de
II, 6. <<
[51]«Se cuenta que Mitrídates, rey del Ponto (132-63 a.C.), se familiarizó
con los venenos más violentos, para inmunizarse contra su efecto» (A.
Castro). Nótese la traslación semántica que hace del hambre algo que puede
servir de alimento y sustentar. <<
[52]Véase la nota [9] de II, 6; y más abajo, como plasmación del sentido del
verbo, la «prisa tan fiera» y los «tragos fieros» de Pablos cuando se hace
invitar a comer. <<
[53]Véase la nota [51] de I, 3. La disimulación de la miseria tras esta clase
de argumentos especiosos forma parte de una tradición satírica con
antecedentes como los puestos en boca del escudero del Lazarillo. <<
[54] Véase la nota [47] de I, 3. <<
[55] Esto es, ‘la sopa boba del convento de San Jerónimo’. <<
[56]‘rollizos como capones cebados con harina disuelta en leche’. Véase la
nota [26] de I, 3. La comparación maliciosa se sustenta en el color del
hábito, formado por túnica blanca con escapulario, capilla y manto pardos.
<<
[57] ‘comeré’. <<
[58]pisando tieso: ‘pisando firme y reciamente’. El andar airoso es motivo
frecuente en la descripción de estos caballeros famélicos. <<
[59]Las migajas sobre el vestido ya habían sido indicio o sospecha de haber
comido en I, 3, cuando Cabra se fundamenta en ellas para despedir a su
criado «un viernes por la mañana». <<
[60]
escarbando: ‘hurgando en la dentadura con un palillo o mondadientes’.
Es uno de los motivos más célebres en torno a los hidalgos empobrecidos,
aunque sean falsos o chanflones. <<
[61]Parece recordarse el famoso pasaje del Lazarillo en el que se presenta al
escudero al salir de casa, ciñendo «un sartal de cuentas gruesas del
talabarte. Y con un paso sosegado y el cuerpo derecho … echando el cabo
de la capa sobre el hombro». <<
[62] El decenario es un ‘rosario abreviado formado por diez cuentas
pequeñas y otra más gruesa, además de una cruz de remate y un anillo con
que sujetarlo al dedo’. ¿Sugiere Pablos que el suyo no era sino un trozo de
rosario? <<
[63] Véase la nota [49]. <<
[64] En B se lee «fueran» en lugar de «fuera». <<
[65] horras: ‘libres’ y, por ello, ‘exentas de cualquier pago’. <<
[66]Hay testimonios literarios de la época referentes a la venta de pan en
esta calle. <<
[67] Esto es, ‘un pastel de ocho maravedís’. Véase la nota [18] de I, 7. <<
[68]‘como alguien afectado por el mal de ojo’, cuyo síntoma más claro suele
ser el súbito adelgazamiento y debilitamiento que experimenta la víctima.
<<
[69]las trazas que yo daba: ‘los recursos o procedimientos ingeniosos que
se me ocurrían’. <<
[70] zamparme: ‘meterme de golpe’. <<
[71]‘enfilándolo’; «hacer punta, propiamente, es ‘volar el halcón en
diversas direcciones, subiendo y bajando, antes de lanzarse sobre la presa’»
(A. Castro). <<
[72] También se llamaba Flechilla el verdugo de Ocaña mencionado en II, 4.
<<
[73]
haldeando: ‘moviendo el manteo, como licenciado que era, al andar’.
Véase la nota [20] de I, 5. <<
[74]barros: ‘salpicaduras de lodo’ y también, por dilogía, ‘manchas rojizas
del rostro’; sanguino: ‘hombre de complexión sanguínea, colorado’. <<
[75]rabos: ‘deshilachaduras o flecos que cuelgan de las ropas largas, como
el manteo o la sotana estudiantiles’ y también ‘las salpicaduras de lodo que
se adhieren a ellas’. Evidentemente, son signos del desaliño y de la carencia
de cabalgadura de aquellos a quienes adornan. <<
[76]chirrión: ‘carro de dos ruedas, muy frecuente en las calles madrileñas’.
Se utilizaba para el transporte de la basura; de ahí la imagen. <<
[77]pulpo graduado: partiendo de que rabos son también las ‘extremidades
del pulpo’, observa Covarrubias que «cuando alguno trae el manteo
desharrapado por bajo y lleno de lodos, decimos traer más rabos que un
pulpo»; y ya que el que lo trae es un universitario, y viste como tal, se
explica el adjetivo graduado. No entiendo el tercer parangón.
El fragmento «pulpo … Italia» falta en X. <<
[78] soña: ‘señora’. <<
[79]Recuérdese aquí que el ‘comer en casas ajenas’ forma parte de la vida
chanflona expuesta por don Toribio en II, 6. De hecho, los invitados
gorrones constituyen un tipo ampliamente extendido en la literatura de la
época. <<
[80] mujercilla: véase la nota [15] de I, 4. <<
[81]envite: aquí, figuradamente, ‘ofrecimiento’; industria: véase la nota [37]
de I, 1. <<
[82]Chiste dilógico a partir de la acepción de ante como ‘entrada o primer
plato’ en un menú y como ‘piel curtida de alce o búfalo’ con que se hacían
los coletos. Véanse las notas [28] de I, 3 y [47] de II, 1. <<
[83] Era la creencia popular que la tierra del cementerio de Nuestra Señora
de la Antigua había sido traída de Tierra Santa por los cruzados, y se le
atribuía la propiedad de descomponer en muy poco tiempo los cadáveres
allí enterrados. <<
[84]Hay en este pasaje una sucesión de silepsis; despachar puede significar
‘resolver o tramitar un negocio’ o ‘enviar’, y, metafóricamente, ‘comer,
engullir’; ordinario, en relación con lo anterior, puede entenderse como ‘lo
que se come normalmente en una casa’ —o quizá ‘el plato principal’ en
oposición al ante y al postre— y al tiempo como ‘el correo ordinario que
llega con periodicidad semanal’. De ahí el parangón: extraordinario se
refiere al ‘envío postal que exige especial celeridad’. <<
[85]Recuérdense los «fieros bocados» con que el escudero daba cuenta del
pan cedido por Lázaro en la obra anónima. <<
[86]empedré la faltriquera de mendrugos: uso figurado a partir de la
expresión empedrar la escudilla del caldo (‘cubrirla de sopas de pan’);
véase la nota [74] de I, 3; faltriquera: véase la nota [13] de I, 1. <<
[87]Alusión al refrán El pan comido y alzada la mesa, la compañía
deshecha, que se aplica a los ingratos. <<
[88]La puerta de Guadalajara, correspondiente a una zona de la calle
Mayor, en sí misma centro comercial por excelencia, era famosa por los
mercaderes y plateros allí instalados. Los cuales atraían, como se verá
inmediatamente, la presencia de busconas (las que piden prestado sobre sus
caras), tratando de hacerse regalar joyas u otras cosas por algún galán
incauto. <<
[89]tapadas de medio ojo: véase la nota [15] de II, 5. Se trata de dos
busconas, como parece indicar esa referencia a su vieja y pajecillo,
‘alcahueta y recadero’, compañía tópica de daifas. <<
[90] Véase la nota [37] de II, 3. <<
[91]pelado: ‘calvo’, quizá a causa de la sífilis, y también ‘pobre’; pospelo:
‘contrapelo’. «Es un juego del vocablo típico de matracas, pullas y fisgas»
(A. Rey Hazas). Probablemente debamos imaginar un juego de palabras
procaz, a modo de insinuación sexual (libertad). <<
[92] regatearon: ‘rehusaron’. <<
[93] Las telas de Milán eran especialmente estimadas. <<
[94] de partes: ‘de buenas prendas, dotado de virtudes y cualidades’. <<
[95] oidores: ‘jueces de los más altos tribunales’. <<
[96] con achaque: ‘con el pretexto’; véase la nota [33] de I, 5. <<
[97] engazado: ‘engarzado’. <<
[98] en prendas: ‘en fianza, como garantía’. <<
[99] Regatearon: véase la nota [92]. <<
[100] preguntáronme mi posada: ‘me preguntaron por mi casa, por mi
residencia’. <<
[101]Se solía, en ocasiones, recurrir a mendigos para que llevasen las hachas
de cera, dando así más lustre a los cortejos fúnebres. <<
[102]Quizá Olías del Rey, en la provincia de Toledo; y puede que haya una
referencia chistosa al hedor desprendido por el militón. <<
[103] Hay que suponer que en una ‘danza de espadas’ o, más
específicamente, en una ‘morisca’; esto es, en bailes en que se finge una
lucha con espadas o bastones. <<
[104]
campo: además del sentido corriente, conviene que se tenga presente
también el sentido de ‘ejército en campaña’. <<
[105]
En el anverso de los ochavos, monedas de muy poco valor (dos
maravedís), figuraba un castillo. <<
[106] ‘don Juan de Austria’. Recuérdense las pretensiones similares del
alférez Mellado en II, 3. <<
[107]Luis Méndez de Quijada fue ayo de don Juan de Austria y ocupó
cargos de relieve en la corte de Carlos V. Murió en 1570 luchando en la
campaña de las Alpujarras. <<
[108] Véase la nota [33] de II, 3. <<
[109] Véase la nota [34] de I, 2 <<
[110] entrapajada: ‘vendada con trapos’; véase la nota [38] de III, 1. <<
[111] sopa: véase más arriba la nota [55]. <<
[112] Esto es, ‘pobres vergonzantes’. <<
[113] tolondrones: lo mismo que ‘chichones’. <<
[114] sopón: ‘el que frecuenta la sopa boba y come de limosna’. <<
[115]Puesto que los pasteles tenían relleno de carne, no podían tomarse
durante el período de abstinencia; véase la nota [18] de I, 7. <<
[116]pía: ‘el caballo de piel a manchas, como si fuesen remiendos’; puntos:
‘notas de la escritura musical’ y ‘pequeñas roturas en las medias’. Se trata
de un parangón en equívocos de ascendencia oral que sigue la técnica de
retratos como el del mulato en II, 4. <<
[117]
‘espuerta o cesta de mimbre’; destos de la capacha: ‘que se dedica a
pordiosear’, por alusión a los ‘hermanos de la capacha’, los frailes de San
Juan de Dios, que pedían, acompañándose de una cesta, limosna para los
necesitados. <<
[118]
De gorrón: ‘capigorrón, estudiante pobre que frecuentemente se
empleaba como criado de alguno más rico, o bien pedía limosna’. <<
[119] un don Peluche: ‘un pelanas, un don Nadie’. <<
[120]
El de bachiller era el grado inferior de entre los universitarios, previo a
los de licenciado, doctor y maestro. Y la de Sigüenza era una de las
universidades menores; su desprestigio fue terreno abonado para la sátira o,
simplemente, la ironía. <<
[121]‘a la sopa boba’; brodio: ‘el caldo de berzas y mendrugos, hecho de
restos, que solían repartir entre los pobres algunas comunidades religiosas’
y, en general, cualquier ‘caldo chirle’. <<
[122] En vez de «de los godos» en X se dice «del Gran Capitán». <<
[123] La mayor parte de las ediciones acentúan dejo. <<
[124]estaba ya fuera: y, por tanto, lejos de las iras del pretencioso anciano,
gracias a la intercesión, tardía y ya poco arriesgada, del portero; recuérdese
que los demás sopones lo habían descubierto, todavía dentro del convento,
«en un rincón detrás de la puerta».
En B se lee «desamprensando», y no «desaprensando». <<
[1]pretina: véase la nota [42] de I, 6; búcaros: ‘vasos de barro oloroso muy
apreciados, en los que el agua adquiere su fragancia’; vidros: ‘vasos de
vidrio’. <<
[2]Obsérvese que anteriormente (I, 6) Pablos se atribuía en propia persona
esta estratagema para hurtar los recipientes, en su caso jarras, de las monjas.
<<
[3]sacóle de la puja: ‘lo dejó chiquito, lo sobrepujó’; Lorenzo del Pedroso:
véase la nota [23] de III, I. Téngase en cuenta la precariedad indumentaria
de este cofrade en aquel momento. <<
[4]trocado … a: véase la nota [17] de III, 2; por sinécdoque, mesa de trucos
debe entenderse aquí —a veces se dice sólo el nombre del juego— como ‘el
recinto en el que se juega a los trucos’; trucos: juego de habilidad semejante
al billar’. <<
[5] no se la cubriera pelo: se juega de nuevo con el sentido literal y
fraseológico de la expresión; véase la nota [26] de I, 1. <<
[6]‘como si no llegase a un acuerdo para jugar’; partido: ‘acuerdo,
avenencia’. <<
[7] Véase la nota [32] de I, 6. <<
[8]ensalmador: véase la nota [39] de III, 2; santiguaduras: ‘bendiciones
supersticiosas o santiguos’, de santiguar. Era frecuente la figura de la vieja
ensalmadora, o santiguadora, con resabios de hechicera. <<
[9]También el rosariazo del ermitaño tenía las cuentas frisonas (véase la
nota [86] de II, 3 y la nota [71] de I, 3); diciplina: ‘disciplina, flagelo’. <<
[10] Véase la nota [23] de II, 4; <<
[11] silicios: ‘cilicios’. <<
[12]El uso fraseológico del verbo levantar, al deslexicalizarse, sustenta
tanto éste como otros chistes quevedianos. Véase la nota [6] de III, 6. <<
[13]y lo otro: esto es, sobre ser aficionado al naipe, era cierto o fullero
(‘jugador de ventaja, tramposo’). <<
[14] Los juramentos y blasfemias, agravados frecuentemente por estar
puestos en boca de religiosos o supuestos devotos, aparecen
tradicionalmente ligados al vicio del juego. <<
[15]santeras: ‘beatas, ermitañas’; como sus colegas masculinos, de pésima
reputación. <<
[16]saco pardo: véase la nota [80] de II, 3; barba larga postiza: véase la
nota [20] de II, 3. <<
[17] trazas: véase la nota [36] de I, 6. <<
[18]
por su cuenta y razón: ‘a su conveniencia’. Nótese el juego de palabras
con las cuentas del rosario, reforzada por la repetición conté, cuento,
cuenta. <<
[19] trapaza: ‘artificio comercial fraudulento’. <<
[20]
enclavijaba las manos: ‘entrelazaba los dedos de las manos’; de lo
amargo: ‘con aflicción’. <<
[21]un saco de sayal: véase la nota [80] de II, 3; presumiblemente, amigo
debe ser considerado un eufemismo, dadas la patente hipocresía de la vieja
y la reputación pésima de los ermitaños. <<
[22]El nombre parece apuntar a las borracheras de la vieja; la labrusca es
una ‘especie de uva silvestre’. <<
[23] Según la construcción ‘aves de rapiña’; rapiña: ‘robo, expoliación’. <<
[24] verdugos de a pie: ‘verdugos de pacotilla, de poca monta’; recuérdese
que el verdugo era llamado también jinete de gaznates (véase la nota [2] de
II, 5). <<
[1]doblón: ‘moneda de oro, que podía tener distintos valores’. Aquí se
alude, según se verá, al ‘doblón de a dos [escudos de oro]’ o ‘doblón
sencillo’; los había también de ‘a cuatro’, de ‘a ocho’ y de ‘a diez’. <<
[2]dile escudo como cara: ‘puse el dinero por delante’. Figuradamente,
escudo se refiere al doblón mencionado, ya que los doblones tenían por una
cara el escudo de Castilla y León, y por la otra, la cruz de Borgoña; cara,
además, sugiere, teniendo en cuenta el empleo del verbo dar, el giro dar la
cara. <<
[3] Esto es, ‘los dos escudos que constituyen el valor del doblón’. <<
[4]palmas: ‘las de la mano’ y, secundariamente, ‘las de la palmera’; dátiles:
‘los frutos de la palmera’, pero aquí, fundamentalmente, por el juego
semántico con palmas, ‘dádivas, sobornos’. <<
[5] Es decir, ‘los veintiséis reales que valía el doblón’. <<
[6]El carcelero, preparando el terreno, contesta, amenazante, como si Pablos
hubiese alegado alguna enfermedad para no bajar al calabozo; cepo:
‘instrumento hecho de dos maderos con unos orificios donde se prenden los
pies’, por seguridad o, como aquí, por castigo. <<
[7] ‘fingimiento, disimulación’; hacer la deshecha: ‘disimular’. <<
[8]Véase la nota [116] de III, 2; pero nótese que aquí pías funciona como
adjetivo. <<
[9] ‘en parte tapados, en parte al aire’; aloque: ‘clarete, frecuentemente
mezcla de vino blanco y tinto’. En la lengua burlesca de Quevedo funciona
como sinónimo de ‘mezcolanza’ o incluso, cuando actúa como calificativo,
de ‘manchado, impuro’. <<
[10]manido: «ajado, pasado» (A. Castro). Dado que manir es ‘macerar,
adobar o, simplemente, guardar la carne para que se ponga tierna’, es
posible un juego de palabras con las puras carnes. <<
[11]ropillas: véase la nota [22] de I, 1; greguescos: véase la nota [46] de II,
3. <<
[12]Irónicamente, por oposición a los calabozos, ‘el lugar mejor acomodado
destinado a los condenados por delitos menos graves o bien a los nobles’;
sin olvidar que «la nobleza en la prisión consiste en la buena bolsa»
(Desordenada codicia). <<
[13]
Referencia al cambio de piel, o ‘camisa’, de las culebras. Era lugar
común (Plinio, Historia natural, VII, XXXV). <<
[14]Véase la nota [104] de II, 3. A continuación, se lee en X: «y, a la media
noche, no hacían sino venir presos y soltar presos. Yo que oí el ruido, al
principio, pensando que eran truenos, empecé a santiguarme y llamar a
Santa Bárbara. Mas, viendo que olían mal, eché de ver que no eran truenos
de buena casta. Olían tanto, que por fuerza detenía las narices en la cama.
Unos traían cámaras y otros aposentos». <<
[15]
vedriado: ‘pieza de barro vidriada’, en este caso ‘orinal’ o, como se dice
más abajo, ‘bacín’. <<
[16] le viene muy ancho: «es más que lo que él merece» (Covarrubias); los
demás presos parecen reprocharle chulescamente a Pablos sus excesivas
pretensiones. E inmediatamente se añade un chiste a partir del sentido
literal del giro. <<
[17] ‘discutimos acaloradamente’. <<
[18] ‘gobernador de una provincia, por lo general fronteriza’; y, en sentido
literal, ‘anticipado, prevenido’. <<
[19]
cachete: ‘puñetazo’.
En vez de «un reino», en X se dice «Castilla». <<
[20] pretina: véase la nota [42] de I, 6. <<
[21] ‘Subió de tono el griterío.’ <<
[22] alcaide: ‘gobernador de la cárcel’, pero también ‘castellano de un
castillo’; de ahí el irónico empleo del término vasallos. <<
[23]
Se añade inmediatamente en X: «a puro abrir los suyos», creando de ese
modo un zeugma dilógico al entender por ojos ‘anos’. <<
[24]zabullir: ‘zambullir, meter de golpe’; lo hondo: ‘la zona de los
calabozos’, más segura y menos confortable. <<
[25] asió del caso: ‘aprovechó la oportunidad’. <<
[26] arbórbola: ‘griterío, algazara’. <<
[27]dar para la limpieza (o para el aceite): eufemismo por ‘pagar la patente
o contribución que hacen, en este caso, los presos recién llegados a los más
veteranos’. De nuevo, Pablos ironiza tomando el término en su sentido
inmediato. <<
[28]En lugar de la apostilla «como si … todo», en X se dice: «y no de la
Virgen sin mancilla». <<
[29]
culebrazo: de culebra, ‘la paliza de correazos, frecuentemente nocturna,
que recibe el preso novato que no se aviene con los veteranos’. <<
[30] ‘mal encarado, de gesto airado’; mohíno: ‘colérico’. <<
[31] Por la fama, casi proverbial, de las minas de hierro vizcaínas. <<
[32]En germanía jayán es equivalente de ‘rufián respetado por los demás,
valentón’; sugiere, como es el caso, un aspecto físico imponente. <<
[33]Confluyen varios sentidos, todos ellos por vía de figura, dando lugar al
equívoco: ‘cosas sin importancia, naderías’, ‘delaciones de un soplón’ y
‘relaciones homosexuales’. <<
[34]Por su relación con el aire, son todos estos términos de germanía para
‘soplones’ que difunden las culpas ajenas. <<
[35] Nuevo equívoco de tono reticente; esta vez, según se aclara a
continuación, entre ‘asuntos del pasado’ y ‘sodomía’. <<
[36]botiller: ‘el encargado de la bodega y, en general, la despensa del señor,
despensero’; depositario: ‘aquel bajo cuya custodia se deja algo mientras no
se hace cargo de ello su propietario’. Esto es, tilda al alcaide de servidor o
subordinado del verdugo y de responsable de tenerle siempre a punto
aquellos a quienes infligir el castigo. Véase la nota [24] de III, 3. <<
[37]La pena por sodomía era la hoguera. Advierte al alcaide que se guarde
de aquel que no tiene nada que perder. <<
[38] que te vendimie: en germanía, ‘que te mate’; de camino: ‘de paso’. <<
[39]carlanca: ‘collar de púas para preservar a los mastines de las
dentelladas de los lobos’. <<
[40]Téngase en cuenta que trepa es ‘la paliza que se da por castigo’ y que,
en ese contexto, el nombre de Robledo, que en sí mismo tiene fuertes
connotaciones germanescas, podría sugerir los bastones con que había sido
golpeado. <<
[41] liberalidades … de manos: véase la nota [31] de I, 1. <<
[42]‘más golpeado que un jamelgo (para hacerlo andar)’; postillón: «se
llama también al rocín flaco y trotón» (Autoridades). <<
[43] Nueva dilogía con el término puntos; esta vez con las acepciones
‘puntada con que se sutura una herida’ y ‘valor de las cartas de la baraja en
el juego’; flux: véase la nota [29] de I, 1. <<
[44] ‘Le faltaban las orejas’, por castigo de algún robo o, acaso, por
reincidente; pegadas: ‘cosidas, con cicatriz’, pero también hay que tener en
cuenta, y así el zeugma dilógico, la construcción pegar [dar] a uno una
cuchillada. <<
[45]rapantes: ‘rapaces, ladrones’, de rapar (véase la nota [39] de I, 1); al
tiempo, se produce la atracción paronímica, quizá también de etimología
burlesca, de rampantes, que es el término heráldico que se refiere a los
animales erguidos y con las garras tendidas de los escudos de armas. <<
[46]‘el no va más’; chilindrón: ‘combinación de sota, caballo y rey, que es
la suerte ganadora del juego del mismo nombre’; metafóricamente la
emplea Quevedo para referirse a ‘cualquier cosa que consta de tres
diferentes y sobrepuja a otras de su clase’. Aquí probablemente se aplica a
la serie agrillados, gente de azotes y galeras.
El fragmento «gente de … legítimo» no aparece en X, que incluye, en
cambio: «y condenados al hermano de Rómulo». <<
[47]Se decía ‘servir al rey en galeras’, y los presos adoptan irónicamente el
lenguaje oficial. <<
[48] ‘su envío a galeras’. <<
[49] mohínos: véase la nota [30]. <<
[50] culebra: véase la nota [29]. <<
[51]
‘Fuimos reunidos en el rincón más recóndito’; ahuchados: ‘guardados,
metidos’; de ahí el juego verbal con faldriquera (‘bolsillo’). <<
[52] pantorrilla: figuradamente, ‘chichón’. <<
[53] prisiones: aquí, ‘grillos’. <<
[54]golpes: además de su acepción más evidente, debe tenerse en cuenta la
de ‘cortes que se practicaban en las telas de los vestidos para dejar ver la
entretela’; ropilla abierta: quizá, la ‘ropilla con los dichos cortes,
presumiblemente en las mangas’. <<
[55] San Esteban: como es sabido, murió lapidado. Nótese la
adverbialización del nombre propio. <<
[56] chollas: vulgarmente, ‘cabezas’. <<
[57] Véase la nota [4] de I, 5; y, más arriba, la nota [27]. <<
[58]ruana: ‘manta de pésima calidad, raída’, «de que los pobres se sirven en
sus camas, y especialmente para espulgarse» (Autoridades). <<
[59] frisones: véase la nota [33] de I, 2. <<
[60] tres de a ocho: ‘tres reales de a ocho’ o, lo que es lo mismo,
‘veinticuatro reales’, esto es, ‘tres escudos de plata’. Recuérdese que antes
le había entregado veintiséis reales (véase la nota [5]). <<
[61]escribano: ‘el oficial público encargado de dar fe en los documentos y
procesos legales’. En este caso, sin duda se trata de uno de los llamados
escribanos del crimen, que entendían de los procesos —o causas— civiles.
<<
[62] picarillo: ‘mozo’, en régimen de lo comido por lo servido. <<
[63] ‘tras haber cogido el dinero’; mosca: en germanía, ‘dinero’. <<
[64] La denuncia de la corrupción y venalidad de los representantes de la
justicia en todos sus niveles, y concretamente en relación con la vida
carcelaria, es muy frecuente en la literatura de la época. <<
[65] Otro Diego García, alguacil aparece en un baile de Quevedo. <<
[66] relator: ‘letrado encargado de la relación de la causa’. <<
[67]ayuda de comerse: por analogía con ayuda de costa, ‘soborno para que
omitiese ciertos pasajes en la relación de la causa’. Véase la nota [57] de I,
3. <<
[68] arcar: ‘arquear, levantar’. <<
[69] ‘distraído’. <<
[70] ‘poner énfasis mediante un movimiento o ademán, accionar’. <<
[71] Véase la nota [2]. <<
[72] El alcaide solía gozar de vivienda aneja a la prisión, y no era
extraordinario que permitiese el acceso a ella de algunos presos principales.
<<
[73] ‘prostitutas’. <<
[74]Los apellidos son harto sospechosos; sobre San Pablo, véase la nota [5]
de I, 1; y sobre Moráez recuerda en exceso términos como moro o morisco.
<<
[75]
bellaco ladrón: expresión agresiva y de carácter lexicalizado limitada en
general a los contextos interlocutivos. <<
[76] ‘el encargado de buscar alojamiento en la Corte a los funcionarios’. <<
[77]
rabos: véase la nota [75] de III, 2. Evidentemente, Ana Moráez prefiere
tomar el comentario del aposentador en sentido literal. <<
[78] ‘por vida de mi abuelo’. <<
[79]
cuartos: equívoco entre ‘cuartas partes’, ‘cuarteles del blasón’ y
‘moneda equivalente a cuatro maravedís’. <<
[80]aspa del San Andrés: «la cruz en aspa del martirio de este apóstol, pero
también el aspa colorada cosida al saco amarillo o sambenito que debían
llevar los penitenciados por la Inquisición y que se colgaba luego en las
iglesias con los nombres infamados» (C. Vaíllo). <<
[81]El aspa era también ‘el utensilio empleado para formar madejas con lo
hilado’; de ahí el equívoco. <<
[82] Evidente zeugma dilógico con puerco. Véase la nota [61] de I, 3. <<
[83]
buenos tiempos: «por reprehensión, con ironía, se aplica a los relajados
y malos» (Autoridades) <<
[84]
El nombrar a dos progenitores masculinos puede ser «quizá, un chiste
malicioso; al igual que Pablos, Ana ha sido también hecha a escote» (F.
Lázaro Carreter). De ser así, no deja de resultar irónica, a su vez, la
apostilla inmediata de la buena mujer. <<
[85]Auñón es un pueblo; pero lo más relevante pudiera ser la atracción
paronímica respecto a uña y sus derivados. Véase la nota [113] de II, 3. <<
[86] Recuérdese una serie de insultos similar a ésta en II, 3 (nota [19]). <<
[87] Ejecutoria … letras de oro: véanse las notas [24] y [25] de II, 5. <<
[88] al descuido: ‘con descuido fingido’. <<
[89]Y así es, cosa de burlas, en efecto; pero aparenta querer decir: ‘no es
una nimiedad la prueba que yo tengo de su hidalguía’. <<
[90]en un palafrén pardo: irónicamente, ‘en un asno’; a la brida: véase la
nota [18] de I, I. <<
[91]músico de culpas: ‘el pregonero’, que antecede al grupo de culpados
entonando sus crímenes. Véase la nota [119] de II, 3. <<
[92] ‘los jueces’, por sus togas o ropones. <<
[93] ‘jumentos color melocotón, o quizá a manchas, de los aguadores’. <<
[94] Véase la nota [6] de I, 1. <<
[1] ‘pidiendo limosna’. <<
[2] De modo indirecto, se implica la promiscuidad sexual de la moza;
entremetida: ‘entrometida, impertinente’. La adición, a partir de este
término, de entresacada despierta las evidentes connotaciones sexuales de
los verbos meter y sacar, las cuales son corroboradas por la añadidura de
salida: ‘con apetito carnal desaforado’. <<
[3] Zaceaba: ‘Ceceaba’, por afectación. <<
[4] Debe entenderse como otro melindre propio de la coquetería de la moza.
<<
[5] despabilaba: ‘quitaba la parte ya quemada del pabilo o mecha’. <<
[6] ‘tenía las manos juntas, a la altura del pecho, en actitud de oración’. <<
[7]estrado: ‘tarima sobre la que las mujeres se sientan en cojines y, por
extensión, la habitación en la que se encuentra, y donde normalmente se
recibían las visitas’; de contino: ‘continuamente’. <<
[8]«juego de niños; uno de ellos pellizca las manos a los demás y dice:
“Pizpirigaña, / mata la araña, / un cochinito / muy peladito / ¿quién lo
peló?…”» (A. Castro). <<
[9]El hacer ostensibles de modo afectado manos y dientes por parte de la
mujer era considerado, en el contexto satírico, como una damería enfadosa;
y es un lugar común satírico el referir los subterfugios para exhibirlos. <<
[10] ‘tenían como negocio el hospedar…’. <<
[11] buenas creedoras: ‘crédulas o creederas’, quizá en implícita
contraposición con buenas creyentes. <<
[12] ‘Gané el agradecimiento de todos, pero no el amor.’ <<
[13] conservando la sangre: «anfibológicamente, ‘la de Pablos’, por cuanto
allí se alimentaba, y ‘la de Ana Moráez’, por sus pretensiones de cristiana
vieja» (P. Jauralde). <<
[14]no era de costa: ‘no costaba nada’. No es la primera vez, y tampoco la
última, en que Pablos busca un nombre más sonoro para acreditarse. Se
trata de un paso más en la serie de suplantaciones que éste ha llevado a cabo
desde su conocimiento de don Toribio. <<
[15] asientos: ‘contratos, frecuentemente de tipo crediticio’. <<
[16] roto: véase la nota [6] de I, 1. <<
[17]
cédula de cambio: ‘pagaré’ (véase la nota [9] de I, 4); a cobrar en mí:
‘que yo debía hacer efectiva’. <<
[18] acotáronme: ‘me tomaron, me reservaron’. <<
[19] Es refrán. <<
[20]‘tan encandiladas, tan prendadas’, por cuanto habían acudido al cebo,
que, por figura, también se entiende como ‘fomento o pábulo que se da a un
afecto o pasión’. <<
[21] de contado: véase la nota [15] de II, 3. <<
[22]«La Orden de Cristo era una orden militar portuguesa; pero con christus
se indicaba también “la cruz que precede al abecedario o alfabeto en la
cartilla, y enseña que en su santo nombre se han de empezar todas las
cosas” (Autoridades)» (A. Gargano). El chiste se burla indirectamente de
las pretensiones de hidalguía y tratamiento atribuidas tradicionalmente a los
portugueses. <<
[23] capa de luto: véase la nota [16] de III, 1. <<
[24]El gusto por las botas es otro de los rasgos indumentarios de la figura
del portugués tradicional. <<
[25]
Otro carácter tópico en la figura chistosa del portugués es el de su alma
enamoradiza, así como la expresión tierna y lánguida de ese amor. <<
[26]
apuntado: ‘enemistado, picado’. Téngase en cuenta que los dos parecen
competir, con estilo bien diferente, por la joven posadera. <<
[27]Parece haber una tradición que apunta a la miseria y pobreza catalanas;
recuérdese la mención dantesca a «l'avara povertà di Catalogna» (Paradiso,
VIII, 77); crió: ‘creó’. <<
[28]Porque las tercianas son unas fiebres intermitentes que sobrevienen al
enfermo cada tres días. <<
[29]morder: además del sentido recto, ‘murmurar, hablar mal de alguien en
su ausencia’. <<
[30] gallina: véase la nota [83] de II, 3. <<
[31]cacareaba: ‘fanfarroneaba, baladroneaba’; alusión al dicho cacarear y
no poner huevos (‘mucho ruido y pocas nueces’). <<
[32]
pícaro: aquí quizá lo mismo que ‘picaño’, «el andrajoso y despedazado»
(Covarrubias); desarropado: ‘desarrapado’. <<
[33]‘llegamos al tuteo’, en cuanto es indicio de gran confianza y trato
familiar, aunque no necesariamente de intimidad amorosa. <<
[34] Se trata de un señorío imaginario. <<
[35]El mayordomo solía ser el encargado de administrar la hacienda del
señor (véase la nota [9] de I, 4). <<
[36]
‘que venía de las depositarías’; depositaría : ‘lugar donde se depositan y
guardan caudales, tesorería’. <<
[37]
cobranzas: se supone que ‘las de algunos censos o las de rentas de su
señorío’. <<
[38] Esto es, ‘los escribanos’. <<
[39] causa: véase la nota [61] de III, 4. <<
[40] La frase admite varias interpretaciones: ‘incluso por encima de los
tejados levantan falsos testimonios’ o ‘incluso difaman a la divinidad’; tejas
arriba: lo divino, frente a tejas abajo (‘lo mundano’): nótese, además, la
dilogía de levantar, según se considere en sentido recto o como parte de la
frase hecha levantar falso testimonio. Véase la nota [6] de III, 6. <<
[1] causa: véase la nota [61] de III, 4. <<
[2] El fragmento «echaba de ver … escribano» falta en B <<
[3] Véase la nota [36] de I, 6. <<
[4] Unas: en B, «una». <<
[5]Pablos identifica a los escribanos, para tildarlos de judíos, con los
escribas evangélicos. <<
[6]De nuevo —véanse las notas [12] de III, 3 y [40] de III, 5—, se hace un
chiste a partir de los sentidos recto y fraseológico de levantar. <<
[7] Nótese el juego dilógico con dar. <<
[8] Dada la creencia popular de que los diamantes sólo podían labrarse
utilizando, bien otro diamante, bien sangre caliente de cabrón, entiéndase:
«la dureza del escribano sólo puede quebrarse con la sangre del soborno»
(J. Ciruelo). <<
[9] querida: ‘novia, amiga’. <<
[10]desenvainando … espetar: adviértase la equiparación de la pluma del
escribano con una arma ofensiva, en este caso, una espada. <<
[11] Las protestas del portugués son otra muestra de la puntillosidad que en
cuestiones de honor se les atribuía tradicionalmente. Véase la nota [22] de
III, 5. <<
[12]
Entiéndase, ‘buenos para todo, mas, en cualquier caso, infames’. Por si
no bastase la mala fama de los corchetes, los ganapanes —‘esportilleros o
mozos de cuerda’— eran tenidos por gente holgazana y de mal vivir. <<
[13] Esto es, ‘solicitaban a gritos la intervención de otros representantes de
la justicia’. <<
[14]A pesar del antecedente en plural, era corriente el uso de la forma
singular quien. <<
[15]‘me percaté inmediatamente del sentido de lo que decía’. Véase la nota
[28] de III, 7. <<
[16]
ellos puede referirse tanto a ‘los palos que no se decidió a devolver’
como a ‘sus salvadores’. <<
[17] mojicones: ‘puñadas, puñetazos’. <<
[18]
‘Tras cornudo, apaleado, y mandábanle bailar, y aun dicen que baila
mal’; tal es el refrán en versión de Correas. <<
[19]sacudido: equívoco entre el sentido más patente y el de ‘desenfadado,
desenvuelto’. <<
[20]Es decir, ‘ya iban descubriendo lo falaz de mi riqueza’. Véase la nota
[43] de III, 1. <<
[21] trazar: véase la nota [54] de I, 3. <<
[22]Tanto el lugar de nacimiento del licenciado como su nombre parecen
aludir al papel que desempeñará en seguida como falso agente inquisitorial.
<<
[23]
la señalada: esto es, ‘la noche señalada’; requirieron: ‘advirtieron como
agentes de la autoridad; intimaron’. <<
[24] familiar: ‘demonio personal que acompaña y sirve’. <<
[25] horra: ‘libre, sin detrimento económico’; véase la nota [65] de III, 2. <<
[26]
calza de obra: quizá ‘de punto’, pero más probablemente ‘bordada’. Era
prenda de cierto lujo y vistosa. <<
[27]
lacayo: probablemente ‘cinta larga de adorno’, y no, según su sentido
usual, ‘mozo de espuelas’; en menudos: ‘en calderilla, en fracción’. <<
[28]
encaminarían: ‘proporcionarían’ (véase la nota [69] de III, 8); parte
conveniente: aquí posiblemente ‘un buen partido’. <<
[29]
arcaduz: ‘cangilón de la noria’ y, figuradamente, ‘medio o expediente
adecuado para llevar algo a buen fin’. <<
[30] negro: ‘astuto, taimado’, pero también ‘desventurado’ e, incluso,
‘ansioso’ o ‘afanoso’; véase la nota [16] de I. 5. <<
[31]
almonedas: ‘lugares en que se procedía a la venta de distintos bienes
mediante subasta pública’. <<
[32]lacayo: frente al pasaje anterior, ‘mozo de espuelas que acompaña a pie
al señor, que va a caballo’. Era aditamento imprescindible para aparentar
señorío. <<
[33]La calle Mayor era la calle comercial por excelencia (véase la nota [88]
de III, 2); jaeces: ‘adornos para el caballo’. <<
[34] ‘solté la lengua’; prosa: ‘palabrería, labia’. <<
[35]Prado: ‘el paseo que se extendía desde lo que hoy es plaza de Cibeles
hasta la actual glorieta de Atocha’; era lugar famoso de galanteo, sobre todo
al anochecer, cuando las damas acudían frecuentemente en coche de
caballos, según se verá; a bureo: ‘a divertirse’. <<
[36] Se trata, por supuesto, de un fingimiento para darse aires de gran señor.
<<
[37]librea: ‘traje con ciertos distintivos que los grandes señores daban a sus
criados para que fuesen reconocidos como suyos’; caminamos: ‘nos
dirigimos hacia allí’, no se olvide que van a caballo. <<
[38] cuyos: véase la nota [28] de II, I. <<
[39] hablar muy recio: el hablar en alta voz, junto a, por ejemplo, la mala
letra (nota [41] de I, 2), era uno de los atributos satíricos de la figura del
caballero; cañas: el juego de cañas consistía en una ‘pugna deportiva
aristocrática, a modo de combate entre varias cuadrillas a caballo, en que se
utilizaban las cañas o bohordos como proyectiles; porcelana: ‘de color
blanco azulado’. <<
[40]
Roldanejo: probablemente sea el nombre de un caballo, ‘diminutivo de
Roldán’. <<
[41] cúyo era: ‘de quién era [se supone que el caballo]’; véase la nota [28] de
II, I. <<
[42] embelesados: ‘pasmados, perplejos’. <<
[43] ‘fantoche muerto de hambre’. <<
[44]hábito: ‘insignia de una orden militar’; que era hábito y encomienda
todo junto: comentario irónico sobre el poder de la riqueza; encomienda:
véase la nota [22] de II, 1. <<
[45] El llevar la capa sobre el hombro debía de ser un signo de prestancia;
recuérdese el momento en que Pablos se esforzaba por aparentar haber
comido: «Ya yo iba tosiendo y escarbando, por disimular mi flaqueza,
limpiándome los bigotes, arrebozado y la capa sobre el hombro izquierdo»
(II, 2). <<
[46] Debe suponerse que lindo, que suele ser despectivo, se refiere al
afectado modo de vestir de Pablos y su pretenciosidad. Es la única vez que
el protagonista recibe en la obra el apelativo de buscón; véase la nota [3] de
III, 1. <<
[47] picardease: ‘tontease, enredase’. <<
[48] estribo: véase la nota [28] de II, 6. <<
[49]
‘poco menos’. Pero nótese que se utiliza un léxico propio de los juegos
de cartas; cincuenta puede entenderse como una suerte particular
consistente en tal suma de puntos por una combinación específica de cartas.
<<
[50] dote tenía género masculino en la época. <<
[51] limpia: ‘limpia de sangre’; en cueros: ‘sin nada, sin dote’ y ‘desnuda’.
<<
[52]al pie de: ‘casi, cerca de’; ducado: ‘moneda de cuenta que equivalía a
once reales de plata (374 maravedís)’; como referencia, recuérdense los
trescientos ducados que heredó de su padre. Se trata de una cantidad
ciertamente capaz de despertar la codicia de las damas. <<
[53] ‘con buenas perspectivas’. <<
[54] tan: aquí con el sentido de ‘muy, extremadamente’. <<
[55]
No tan pobre: véase la nota [52]; claro que, en cuestión de dotes, el
mentir o el exagerar eran frecuentes. <<
[56]‘no tiene nada que envidiar a nadie en cuestión de linaje’, pero admite
otras interpretaciones menos favorables. <<
[57]
Son dos versos del romance fronterizo A la muerte de don Alonso de
Aguilar. <<
[58] echaba menos: ‘echaba de menos’. <<
[59]cajas: por excelencia, ‘las que contienen alimentos o confituras’; véase
la nota [28] de I, 4. <<
[60]Además de zona de caza real, la Casa de Campo, al oeste de la ciudad,
era un lugar de recreación muy frecuentado por los madrileños a partir del
arreglo de sus jardines en el año 1556, y sitio predilecto para citas y
convites entre enamorados. <<
[61] caminar: véase la nota [37]. <<
[62] martelo: ‘galanteo’. <<
[63] quinolicas: ‘quínolas, juego de cartas parecido a la primera’. <<
[64]Se trata de una cantidad considerable; compárese con los pequeños
sobornos al carcelero o al escribano, o con lo que constituía el jornal de un
peón de la construcción de Valladolid en los primeros años del siglo XVII:
entre cuatro reales y cuatro reales y medio. <<
[65] Esto es, ‘cederlo a otra persona a cambio de una renta’. <<
[1] dar traza en: ‘resolver con alguna argucia lo relativo a’; véase la nota
[36] de I, 6. Las meriendas no eran, como se verá por los preparativos de
Pablos, un compromiso irrelevante; además la merienda solía ser ocasión
típica de escaramuzas amorosas. <<
[2]repostero: ‘encargado, en casa de los señores, del servicio de la mesa y
de la plata correspondiente’. <<
[3] pretina: véase la nota [42] de I, 6. <<
[4]‘como si fuesen documentos de negocios’; memorial: ‘escrito dirigido al
juez o a alguna autoridad en que se solicita alguna gracia o se insta a la
resolución de algún asunto pendiente’. <<
[5] ropilla: véase la nota [22] de I, 1. <<
[6] y todo: ‘también’. <<
[7]Una familiaridad acaso excesiva, lindante en lo despectivo y grosero; era
tratamiento reservado a inferiores, como criados y mozos, y en ocasiones a
amigos íntimos. <<
[8]‘las prevenía para una merienda improvisada’, como las comedias o los
versos de repente. <<
[9] jarcia: ‘enseres, aparejo’. <<
[10]cenador: ‘en los jardines, espacio ameno normalmente cubierto por una
enramada o un tejadillo y a menudo con algún lugar donde poder sentarse’.
<<
[11] Los que había en la Casa de Campo; véase la nota [60] de III, 6. <<
[12] regalos: ‘halagos, atenciones’. <<
[13]Entiéndase: ‘sin el rebozo que les tapaba la cara’, en señal de confianza
y quizá por coquetería. Véase la nota [89] de III, 2. <<
[14]
asestado: ‘dirigido ofensivamente’; nótese el uso del verbo asestar, que
convierte matrimonio en equivalente a una arma ofensiva. <<
[15] espesos: ‘apretados, muy juntos’. <<
[16]Al parecer, estaban de moda las manos grandes; zazosita: ‘ceceante, por
afectación’ (véase la nota [3] de III, 5). <<
[17]desenvoltura tenía sentido peyorativo, cercano al de ‘desvergüenza’;
hocicada: ‘besuqueada’, esto es, ‘experimentada en las lides amorosas’. <<
[18] desposada: ‘prometida’. <<
[19] Entiéndase: ‘por boba’. <<
[20] bufonas: en este caso, ‘discretas, entendidas’. Este tipo de
apreciaciones, que relacionan discreción con fealdad y hermosura con
bobería, es muy característico de la misoginia de Quevedo. <<
[21]de buenas partes: ‘de buenas prendas’ y también, en sentido sexual,
‘bien dotada’; arte de las ofensas: ‘trato carnal’. <<
[22] Nótese el juego dilógico con saber. <<
[23] ‘cuando me quiero dar cuenta, de forma inesperada’. <<
[24] ‘vestido de aquella manera’. <<
[25] El fragmento «hasta en esa … gallinas» falta en X. <<
[26] Dolo: ‘Doylo’. <<
[27] Tampoco forma parte de X esta intervención de Pablos. <<
[28]
Véase la nota [15] de III, 6. No deja de resultar sorprendente la rapidez
con que la señora se apresta a corroborar la ficción de Pablos. Y por cierto
que la mención a Ocaña no parece inocente. <<
[29] «y un poco puta» es comentario que sólo aparece en B. <<
[30]tacaño: ‘taimado, bellaco’.
X lee: «y más mal inclinado que Dios tiene en el mundo». <<
[31]Nótese que ha cambiado el destinatario de la narración de Pablos;
gallofería: ‘vida poltrona, bellaquería’; parece referirse con tal término al
conjunto de su vida anterior, que ahora le interesa ocultar.
En vez del pasaje «Yo decía … gallofería», se lee en X: «¿Qué sentiría yo
oyendo decir de mí, en mi cara, tan afrentosas cosas?». <<
[32]Esto es, en la zona de la Puerta del Sol; actualmente la calle del Arenal
discurre entre ésta y la plaza de la Opera (véase la nota [55] de II, 3).
Obsérvese el empleo del verbo ser para indicar posición. <<
[33] Véase la nota [101] de II, 3. <<
[34] flor: véase la nota [43] de III, I. <<
[35] hechos: ‘amañados, marcados’. <<
[36] irme por abajo: probable referencia a la trampa conocida como ida. <<
[37] encapotado: ‘ceñudo’. <<
[38] Véase la nota [94] de II, 3. <<
[39] ‘conocía innumerables fullerías y tenía barajas estupendas de cartas
marcadas’; flor: véase la nota [43] de III, 1; mayo: ‘árbol adornado con
flores y frutas en torno al cual se festeja la primavera’; barajas hechas:
véase la nota [35]. <<
[40]En la jerga de los fulleros, éstas, como otras similares en torno al verbo
matar, son expresiones equivalentes de ‘quitar el dinero’. Véase el texto
correspondiente a la nota [20] de III, 10. <<
[41]cas: casa. De manera más específica, X lee «fraile benito» en el lugar de
«fraile». <<
[42]talego: ‘bolsa de tela alargada y estrecha en que se solía llevar el
dinero’; calza: en este caso, sinónimo de ‘talego’.
«Talegos como … doblones» es una variante respecto a X, que lee, menos
enfáticamente: «mucho del real de a ocho y escudo». <<
[43] Crecióles …el ojo: ‘se alegraron, codiciosos’. <<
[44] conversación: ‘plática, trato’ y, eufemísticamente, ‘juego’. <<
[45] Entiéndase: ‘no entrarán ni los criados’. <<
[46]
‘los que acompañan al oficiante en el altar’; y aquí, paródicamente, los
‘cómplices’ o ‘compinches’ que colaboran con Pablos. <<
[47] tocador: véase la nota [59] de I, 6. <<
[48] corona: ‘tonsura’. <<
[49] ‘me maquillé para aparentar que estaba enfermo de tercianas’;
tercianas: véase la nota [28] de III, 5. <<
[50]
Todo el fragmento «por disimular … amarilla, y» falta en X; además, y
según ocurría más arriba, también X especifica aquí «fraile benito». <<
[51] antojos: ‘anteojos’. <<
[52]atusada: ‘cortada muy ceñidamente, rapada’; ya que «era la costumbre
cortar el pelo y la barba del enfermo para conservar su fuerza» (B. Ife).) <<
[53] levantaban: quizá ‘alzaban, cortaban la baraja’, lo cual tenía una
incidencia directa sobre la posibilidad de ser mano y sobre las cartas que
tocaban a cada jugador. Este momento era terreno abonado para las
fullerías. <<
[54]Hay un juego de palabras. Iban tres al mohíno: ‘estaban compinchados
[contra Pablos]’ (vease la nota [11] de I, 6); pero mohínos en sentido
estricto significa ‘disgustado, airado’. <<
[55]gatada: «el hurto que se hace con engaño, astucia y simulación»
(Autoridades). <<
[56] baratos: véase la nota [13] de II, 6. <<
[57] encargándoles: ‘encareciéndoles’. <<
[58]Recuérdese el episodio del ermitaño de II, 3; parece como si Pablos
hubiese invertido a su favor la situación de entonces. Por otra parte, el
hacerse pasar los tahúres por hombres de religión para mejor lograr sus
fines es procedimiento bien acreditado. <<
[59] tenía [el lacayo]: ‘sujetaba, cuidaba’; le se refiere, por supuesto, al
letrado. <<
[60] Se repite lo sucedido en el episodio del rey de gallos. <<
[61]Puesto que probablemente se trata de un no enfático, entiéndase: ‘¡Ojalá
fueseis un valenzuela!’; valenzuela: ‘casta de caballos, muy apreciada en la
época por su capacidad para la carrera y por su pronta y precisa
acomodación a las órdenes del jinete’. <<
[62] Nótese el tono despechado de Pablos; rocín: véase la nota [40] de I, 2.
<<
[63] ‘por enmendar el entuerto, disimulando’; véase la nota [7] de III, 4. <<
[64] overo: véase la nota [93] de III, 4. <<
[65]desbocado: «el caballo que no obedece el freno y, puesto en la carrera,
no sabe parar» (Covarrubias); trotón: ‘hecho a andar al trote’. Pablos se las
da de buen jinete, capaz de corregir los vicios o limitaciones de su montura.
<<
[66] ‘aparecían’. <<
[67] apretarlo: ‘apresurar su resolución’. <<
[68]
Esto es, ‘trataba de forzar un compromiso de matrimonio por escrito’;
papeles: «escrituras» (Covarrubias). <<
[69]Probablemente haya que entender: ‘enojado por la manera en que lo
había dejado plantado’ en casa de su hermana (III, 2). <<
[70] magulasen: ‘magullasen’. <<
[71]el avemaría: ‘el anochecer’, pues a esa hora se tocaban las campanas y
rezaba el ángelus. <<
[72]La capa, sobre todo si era de color, era una referencia de primer orden
para reconocer a alguien, ya que el modo de vestir de la época permitía
ocultar totalmente el rostro. <<
[73] ‘protegerlo, encubrirlo’. <<
[74]cintarearlo: ‘darle cintarazos, golpes con la espada envainada o de
llano’ y, por extensión, también con otros objetos. <<
[75] cierra … conmigo: ‘me acomete, arremete contra mí’. <<
[76] trasquilón: aquí, ‘cuchillada’. <<
[77] embustidores: ‘embusteros, embaucadores’. <<
[78] ‘atribuírsela’. <<
[79] capeadores: ‘ladrones de capas’, por lo general nocturnos. <<
[1] Por lo arrugado, higo; y, por el afeite o ‘maquillaje’, enharinado. <<
[2]
El de las «ancianas incrédulas de años» que pretenden pasar por niñas es
uno de los motivos predilectos de la sátira quevediana contra las viejas. <<
[3]
chufa y castaña apilada: parangones del rostro arrugado de la huéspeda;
castaña apilada: ‘la que se ha secado al fuego para conservarla’. <<
[4] Considérese como equivalente de ‘enfadosa, insufrible’. <<
[5]En lugar de «arrugada y llena de afeite… bruja», X lee: «edad de marzo
—cincuenta y cinco— con su rosario grande y su cara hecha en orejón o
cáscara de nuez, según estaba arada». <<
[6]
Recuerdo del refrán «Cobra buena fama y échate a dormir para perderla»
(Correas). <<
[7]Es decir, ‘era alcahueta’; templaba: posiblemente en el sentido figurado
de ‘acordar las cuerdas de un instrumento’; carear: ‘poner frente a frente’.
Véase la nota [28] de I, 1. <<
[8] En la versión de X, recibe el nombre de «tal de la Guía». <<
[9]ensayaba: ‘adiestraba’ la Paloma a la muchacha; en el taparse: véanse
las notas [15] de II, 5 y [89]89 de III, 2. <<
[10] Véase la nota [9] de III, 5. <<
[11] vedijas: ‘mechones, matas de pelo’. <<
[12]dormidillos: ‘gestos para entornar lánguidamente los párpados por
coqueteo’. <<
[13] cuervos: figuradamente, ‘mujeres de tez oscura’. <<
[14]La comparación satírica del maquillaje con el revocar fachadas y
paredes era usual; enlucir: ‘enjalbegar’. <<
[15]Los chistes y motes a partir de Herodes y la matanza de los inocentes
abundan en Quevedo. Véase el texto correspondiente a la nota [19] de III, 7.
El fragmento «Enlucía manos … empreñar» falta en X. <<
[16] Véase la nota [24] de I, 1. <<
[17]La Paloma, también «bruja y un poco puta», alcahueta, experta en
cosmética, asesora de seducciones y restauradora de virgos, se asemeja
mucho a la propia madre de Pablos a través del común trasfondo
celestinesco. Véanse las notas [24] y siguientes de I, 1. <<
[18]
pelar: véase la nota [101] de II, 3; los refranes eran el rasgo estilístico
fundamental de las viejas como tipo literario, según atestiguan, entre otras,
Celestina, Muñatones o Gerarda. <<
[19] encajar la joya: ‘pedir o hacerse regalar la joya’ por sus galanes. <<
[20] pediduras: ‘maneras de pedir’; dinero seco: ‘dinero contante y sonante’.
<<
[21]
concurrente: ‘colega’.
En vez de «a Muñatones la de Salamanca», se incluye en X la aposición
«mujeres de todo embustir». <<
[22] Como se ha indicado (nota [18]), los refranes son un importante
elemento caracterizador de estas viejas taimadas, pero han de entenderse a
la luz de su palpable intención satírica. <<
[23]
no me espanto: ‘no me maravillo, no me extraño’; güesa: ‘huesa,
tumba’. <<
[24]«Dícese por los muy viejos» (Correas); evidentemente, partiendo de una
célebre metáfora bíblica. <<
[25]Explica Autoridades «que cada uno se contenga en su estado … sin
pretender ser mayor». De otro lado, el refrán anterior —Dime con quien…
— parece contradecirse con éste, y, en todo caso, nótese que las palabras de
la vieja arrojan una luz nada favorable sobre los caballeros (más abajo: un
pícaro y otro pícaro) y damas (una alcorzada y otra redomadona) con
quien trató Pablos en el capítulo precedente. <<
[26]
El refrán «da a entender la poca seguridad que hay aun en lo que parece
que está en la mano» (Autoridades). <<
[27]fiel: ‘inspectora, supervisora’; en sentido estricto, el fiel es el ‘encargado
de velar por la correcta utilización de pesos y medidas por los comerciantes,
así como por la calidad del género’. <<
[28]‘me mantengo tanto de los gestos que enseño para atraer a los clientes
como de los precios que fijo para los servicios de las prostitutas’. Nótese la
silepsis de posturas, en especial a través del que enseño, que apunta a varias
acepciones posibles como ‘afeites o emplastos’, ‘gestos provocativos de las
prostitutas’ o ‘posiciones en el acto sexual’; posturas (…que pongo): «el
precio en que se pone alguna cosa venal» (Covarrubias). <<
[29]
‘porque hay de sobra, ellas [las mujeres] son baratas en mi casa’; danse
con ellas: «cuando las cosas abaratan» (Correas). <<
[30]alcorzada: ‘meliflua, melindrosa’ y puede que ‘cubierta de afeites’, ya
que alcorza era ‘la pasta de azúcar y almidón con que se recubrían distintos
dulces’; redomadona: ‘astuta, taimada’ y quiza también ‘aficionada a los
potingues’, a partir de redoma. <<
[31] Quizá, ‘estafa o despluma a aquel que recibe sus favores’. <<
[32] entenados: léase aquí en el sentido más amplio de ‘antepasados’. <<
[33]
Elementos necesarios para sus prácticas hechíceriles.
«para unas candelicas y hierbas» falta en el manuscrito B. <<
[34] botes: véase la nota [38] de I, 1. <<
[35] ‘si le daban dinero’. <<
[36]‘se aplicaba, como bruja que era, ungüentos alucinógenos y abandonaba
la casa por la chimenea (puerta del humo)’. <<
[37]tema: ‘obsesión’, pero también ‘la proposición o thema, normalmente
una cita de la Biblia, que se situaba en el comienzo de los sermones cultos y
se desarrollaba, a continuación, a partir de la divisio’. <<
[38] espanté: véase la nota [23]. <<
[39] escondió la calle: quizá haya que suponer que ocultó por arte
nigromántica su calle a los ojos de quienes iban a detenerla. <<
[40]
Lee X: «que era otra Guía; y no es de espantar que, con tales guías,
vamos todos desencaminados». Véase la nota [8]. <<
[41] El amancebamiento estaba, en efecto, castigado por ley. <<
[42] cerraron con ella y conmigo: véase la nota [75] de III, 7. <<
[43] Entiéndase: ‘que yo era un huésped’. <<
[44] trabajo: véase la nota [11] de I, 1. <<
[45]Nótese que el nombre atribuido a la vieja hasta ahora es Paloma; veánse
las notas [8] y [40]. <<
[46] mitra: burlescamente, ‘coroza’; véase la nota [9] de I, 2. <<
[47]Véase la nota [39] de I, 2; «Bizarro era sobre todo el traje de los
soldados, en el cual destacaba el sombrero con plumas» (A. Gargano). <<
[48]Sumándose, por tanto, a los lanzadores de frutas y hortalizas contra la
bruja y amancebada, aunque extraña, por inusual, el proyectil elegido para
ello. <<
[49] coleto: véase la nota [47] de II, 1. <<
[50]gabán: véase la nota [32] de I, 4; de pobre: por los remiendos, que
afectan necesidad para mover a la limosna. <<
[51] polainas: ‘especie de medias rústicas’. <<
[52] capilla: véase la nota [32] de I, 4. <<
[53]frases: ‘frasis, modos de expresión’, y aquí concretamente ‘fórmulas
bribiáticas’. <<
[54] prosa: véase la nota [34] de III, 6. <<
[55]Frase que expresa cuidado, fatiga o afán y que era utilizada como
fórmula por los mendigos. <<
[56] aire corruto … hora menguada: véase la nota [38] de I, 6. <<
[57]
Es una sabia práctica en estas peticiones el desear el bien del que el
mendigo carece. <<
[58] ochavos: ‘monedas de cobre de valor escaso’. <<
[59] ‘que era cosa admirable’. <<
[60]
«La pronunciación Jesú es regresión de Jesucristo, y se usó mucho en la
Edad Media … En la exclamación vulgar andaluza ¡Jozú! sobrevive esa
pronunciación» (A. Castro). <<
[61] mosca: véase la nota [63] de III, 4. <<
[62] ‘de los que piden por las esquinas’. <<
[63]Estaba riquísimo: el atribuir la posesión de importantes cantidades de
dinero a algunos de estos pobres es un nuevo lugar común.
y era como nuestro retor: conviene recordar en este punto el personaje de
Micer Morcón en el Guzmán (I, III, 3), a quién tenían los pobres romanos
nada menos que por «generalísimo». <<
[64] potra: ‘hernia’. <<
[65]Estamos ante otro motivo bien conocido de la literatura bribiática: el
fingimiento de taras físicas o enfermedades. <<
[66] ‘adorno de piedra esférico en los antepechos de los puentes’. <<
[67] El alquiler de niños es otra de las prácticas aparejadas a la mendicidad.
<<
[68]
niños de la cajuela: ‘niños postulantes con fines píos’; cajuela: ‘cepillo,
especie de hucha’, recuérdese la caja del animero en II, 4. <<
[69] encaminó: véase la nota [28] de III, 6. <<
[70] horros: ‘limpios, ahorrados’. <<
[71] hallazgo: entiéndase ‘la recompensa por el hallazgo’. <<
[72] Véase la nota [110] de III, 2. <<
[73] Es decir, ‘de viaje’; véase la nota [24] de III, 1. <<
[1] paraje: «parador, mesón» (A. Castro). La compañía es de las
denominadas de la legua o ambulantes, mucho más relajadas en su
organización y actividades que las de título u oficiales. Solían ser aquéllas,
además, refugio de gente perdida. <<
[2]Nótese la ambigüedad de la construcción, que permite entender per
signum crucis literalmente o como sinónimo de ‘cuchillada’; véase la nota
[49] de II, 1. <<
[3]‘me hizo merced o favor’, pero atiéndase a la intencionalidad de la
apostilla inmediata. <<
[4] barajados: ‘entremezclados’. <<
[5]Véase la nota [4] de II, 3; aunque aquí sabandija tiene evidentemente
otro sentido, quizá con la connotación de ‘inquieta, revoltosa’. <<
[6] suelo: ‘mundo’. <<
[7]El cinismo del comediante es propio de la figura del sufrido o
consentidor, y téngase también en cuenta la libertad de costumbres
achacada a los faranduleros. <<
[8]‘Dígoos, pues, hermanos, que el tiempo es corto. Sólo queda que los que
tienen mujer vivan como si no la tuvieran’ (I Corintios, 7, 29). La alusión a
San Pablo desapareció en la edición impresa de 1626. <<
[9]Hay una Comedia de San Alejo de carácter escolar, publicada por Juan
López de Ubeda en su Cancionero general de la Doctrina Christiana
(1579), y que, como tal, fue objeto de representaciones infantiles. <<
[10] ‘el director y empresario de la compañía’. <<
[11]Era habitual la concertación entre el autor y el actor de las condiciones
de la entrada de éste en la compañía; ración: ‘cantidad fija diaria durante el
tiempo del contrato’; representaciones: ‘cantidad por representación’. <<
[12]loas: ‘composiciones breves a modo de prólogo, recitadas generalmente
por un solo actor, que, desarrollando frecuentemente un símil, se planteaban
al modo de una solicitud de atención, silencio y benevolencia para la obra
que venía a continuación y los actores que la representaban’; papeles de
barba: ‘papeles graves, de rey, padre u hombre mayor’. <<
[13]En efecto, el tópico de la nave en mar proceloso era muy del uso en las
loas. <<
[14]Una de las apelaciones al público más repetidas en las loas, las más de
las veces enfáticas y laudatorias en este punto. <<
[15] ‘hubo un murmullo no muy entusiasta de aprobación’; víctor:
«exclamación aprobatoria, correspondiente al moderno ¡bravo!» (A.
Castro); de rezado: ‘murmurado’. Véase el texto correspondiente a la nota
[82]. <<
[16] representante: ‘actor’. <<
[17]La actividad como poetas de autores y representantes era, en efecto,
algo habitual, al menos desde Lope de Rueda. <<
[18]El mercedario fray Alonso Remón (1561-1632) fue escritor dramático
muy encomiado en su época; y sus trabajos fueron «los más después de los
del gran Lope», dejó escrito Cervantes. <<
[19] rodela: véase la nota [53] de I, 6. <<
[20] badea: ‘especie de melón de mala calidad’. <<
[21] Véase la nota [31] de II, 3. <<
[22]Otro de los tópicos sobre los poetas, y en especial sobre los de
comedias, era el acusarlos de plagio. Por otro lado, parece que era
especialmente habitual en las compañías de la legua. <<
[23]
Nuevo nombre fingido, que contrasta notablemente con los anteriores:
don Ramiro de Guzmán y don Felipe Tristán. <<
[24] mosqueteros: ‘el público masculino de menor poder adquisitivo, que
veía en pie la obra desde el fondo del patio’; de ellos, y de sus ruidosos
juicios, dependía en buena medida el éxito o fracaso de la representación.
<<
[25]tres pares de vestidos: entiéndase ‘tres vestidos’, y no ‘seis’; par, o en
su caso pares, tenía con frecuencia un valor puramente enfático o intensivo.
<<
[26] Son, los tres, actores muy famosos de la primera mitad del siglo XVII.
<<
[27]Entiéndase: ‘se requería mi opinión acerca de la escenografía y sus
recursos técnicos’; apariencias: ‘efectos escénicos, tramoyas’; más
concretamente, se refiere a las ‘apariciones sorpresivas sobre el escenario
de algún actor o figura’. <<
[28]Entre los que merodean en torno a los miembros de las compañías,
además de aspirantes a actores y enamorados de las actrices, abundan los
poetas sin suerte buscando la oportunidad de leer sus comedias. <<
[29]Evidente dilogía de divina, que significa ‘de asunto religioso’ y
también, irónicamente, ‘excelsa’. <<
[30]bu, bu… ri, ri: «voces como de interjección de rabia o de aullido por
modo gracioso, puestas en la boca del diablo cuando representa»
(Autoridades). Pablos utiliza todos los estereotipos propios de las ‘comedias
de santos’ en la realización de su obra, particularmente el del diablo que
irrumpe ruidoso y vociferante.
Satán: Quevedo ironiza en alguna otra ocasión acerca de esta forma,
relacionándola con el lenguaje amanerado y repetitivo de algunos autos
sacramentales, villancicos y oraciones (nota [37]).
En lugar de «caíale», B lee «caíle». <<
[31] No me daba manos: ‘No daba abasto’. <<
[32] ‘hacía rebaja en el precio’. <<
[33] demandaderas de monjas: ‘recaderas de los conventos’. <<
[34] Véase la nota [39] de II, 2. <<
[35]Véase la nota [29] de I, 6 y el texto correspondiente a la nota [38] de II,
2. <<
[36] Nótese que son casi los mismos términos que los utilizados en II, 2. <<
[37]Sobre el particular vocabulario de estas oraciones y coplas, véase la
nota [34] de II, 3. <<
[38] Entiéndase ‘sobre un cautivo en Tetuán’; véase la nota [33] de II, 3. <<
[39]autor: véase la nota [10].
B lee «espiraban» en vez de «aspiraban», que es lectura de X. <<
[40] Esto es, Pablos utiliza como reposteros (‘tapices, a menudo con las
armas del señor, que cubren las paredes de los aposentos para adornarlos y
aislarlos del frío, o también las cabalgaduras por adorno’) las telas que se
acostumbraba a poner a modo de puerta en la entrada de las tabernas, cuya
calidad, como se puede suponer, era ínfima. <<
[41]
Nuevo equívoco; ser para ver puede entenderse como ‘ser dignos de
admiración’ o ‘servir para ver a su través’. <<
[42] tablado: ‘escenario’. <<
[43] en un paso de una montería: ‘en un pasaje sobre una cacería’. <<
[44]
De Galicia eran oriundas, tópicamente, las mozas de las posadas; y
además tal procedencia solía tomarse en mala parte. <<
[45]
Debe verse aquí no sólo ingenuidad en la muchacha, sino también lo
que hay de desaforado e irregular en el mal poeta de comedias que es
Pablos. <<
[46] ejecutaron: entiéndase ‘el embargo de bienes’. <<
[47]Por las rejas o celosías de los locutorios conventuales, semejantes a las
redecillas de los tocados femeninos. <<
[48] Véase la nota [109] de II, 3. <<
[49]
Puede considerarse como una figura corriente en la época y, hasta cierto
punto, tolerada socialmente. Téngase en cuenta la relajación de la vida
conventual y el número muy elevado de monjas enclaustradas sin una
vocación decidida. <<
[50] Esto es, ‘la monja era evangelista’ o, lo que es lo mismo, ‘pertenecía a
la facción, de las monjas de su convento, devota de San Juan Evangelistas y
hostil a San Juan Bautista y sus devotas, que constituían otra facción’. Hay
constancia de estas pugnas, que se harán explícitas algo más abajo, a través
de una tradición satírica que remite al siglo XVI. <<
[51] farsante: ‘hombre de teatro’. <<
[52] ‘estancia para las entrevistas de los monjes con los ajenos a la
comunidad’, pero aquí, particularmente, el ‘tiempo fijado para dichas
entrevistas’. <<
[53] andadera: lo mismo que ‘demandadera’; véase la nota [33]. <<
[54] vísperas: ‘una de las horas canónicas, que se reza hacia el anochecer’.
<<
[55]«Se llaman las galerías o ventanas desde donde se ve. Dícese
especialmente de los conventos de monjas» (Autoridades). <<
[56] hacer alguna pandilla a la abadesa: ‘engañarla, jugársela’. <<
[57] ‘consabida’. <<
[58] Porque se decía ‘vísperas solemnes’, ya que se rezaban con especial
solemnidad. Recuérdese que el sacristán de Majadahonda juraba por ellas
(II, 3). <<
[59] Esta frustración última de los galanes de monjas, condenados a no
consumar su amor, es uno de los aspectos más resaltados por Quevedo en su
visión del tipo. <<
[60] pares: véase la nota [25]. <<
[61]asadores: véase la nota [38] de II, I; virotes: ‘especie de saeta’;
«tragavirotes llamamos a los hombres muy derechos y muy severos, con
una gravedad necia, que no les compete a su calidad» (Covarrubias). <<
[62] Véase la nota [55]. <<
[63]Era a las doce cuando se abrían al público los corrales, aunque la obra
no empezaba hasta las dos, en invierno, o las cuatro, en verano. <<
[64] devotos de monjas: así eran conocidos los galanes de convento. <<
[65]Esto es, remedando la figura de San Francisco de Asís, el Seráfico, al
recibir los estigmas mientras oraba en el monte Alverna. <<
[66] querida: ‘amada’. <<
[67]
‘por el buen paso, por el andar ligero’ (véase la nota [9] de II, 5);
macho: ‘de albarda’. <<
[68] dar picón: ‘picar, incitar mediante una pulla o burla’, y aquí
particularmente ‘dar celos’. <<
[69]terrero: ‘explanada frente a un edificio’ y, por antonomasia, el ‘lugar
desde el que se hace el galanteo’. <<
[70] echadiza: ‘enviada confidencialmente’. <<
[71]vistas: véase la nota [55]; deshilados: metafóricamente, ‘huecos,
resquicios’. <<
[72] Ambos son ‘recipientes con agujeros’; la salvadera contiene los polvos
secantes con que enjugar la tinta fresca (nota [62] de I, 3), y el pomo de olor
se llena de sustancias aromáticas para perfumar las estancias. <<
[73]
brújulas: ‘atisbos, vislumbres’. En último término, se implica la visión
de meros indicios, partes del cuerpo y otros objetos, sobre los que
conjeturar acerca de la belleza, o incluso la identidad, de las monjas. <<
[74]«Un guisado que se hace de los pescuezos y alones del ave»
(Covarrubias). <<
[75]
Como el sábado era día de abstinencia atenuada en Castilla, se permitía
comer las ‘grosuras’ de los animales, «esto es, los sesos, pies, lenguas,
bofes, asaduras, pajarillas y otros menudos e interiores» (M. Herrero). <<
[76]
buhonería: ‘mercaduría de los vendedores ambulantes o buhoneros’ y,
más específicamente, ‘chucherías, baratijas’. <<
[77] Simbolizando la esperanza. <<
[78] Es un pasaje que ha merecido interpretaciones muy diferentes; quizá
pueda entenderse así: ‘las había que, para llamar la atención, como hacen
los vendedores de sombreros, chistaban a sus enamorados, con sonido
parecido al que se emplea para hacer salir las arañas de los agujeros en que
se refugian’. <<
[79] crudas: ‘indiferentes, esquivas’. <<
[80] ‘sus favores nunca llegan a mayores’; toques … cabes: términos del
juego de la argolla (nota [85] de II, 3), el primero se refiere —además de a
su acepción más evidente—, al ‘golpe sin consecuencias entre dos bolas’, y
el segundo al ‘golpe de lleno de una bola a otra, de forma que ésta traspase
los límites del campo’. <<
[81]‘hacer manitas’; paloteadico: de paloteado, «danza rústica que se hace
entre muchos, con unos palos como baquetas de tambor, con los cuales,
bailando, dan unos contra otros, haciendo ruido concertado al compás del
instrumento» (Autoridades). <<
[82] Véase la nota [15]. <<
[83]Dada la peculiar circunstancia de los galanteos conventuales, «monjas y
galanes se dedicaban a menudo a un replanteamiento de la problemática del
amor-virtud … con especial hincapié en cuestiones como la del secreto, la
humildad, la superioridad de la esperanza respecto a la posesión, etc.» (F.
Rico), herederas, en último término, de la concepción cortés del amor. Sin
duda, la monja trataba de convencer a Pablos de la preeminencia del amor
que excluye la consumación sexual. <<
[84]Uno de los reproches referentes a las monjas más repetidos es el de ser
interesadas. <<
[85]Quizá se trata de una alusión al «prostíbulo, que “hizo el infierno
barato”» (C. Vaíllo). <<
[86] Es decir, ‘de rezado’ (nota [15]), ‘susurrando’. <<
[87] revolviendo pareceres: ‘sopesando pros y contras, indeciso’. <<
[88]Esto es, el 27 de diciembre. La rivalidad entre bautistas y evangelistas
se acrecentaba con motivo de las fiestas de los respectivos juanes, en
diciembre y junio. <<
[89] ‘mozos del matadero’. <<
[90] ‘con el pretexto de organizar una rifa en favor de la monja’. <<
[91]Las creencias en torno a la mandrágora, cuya raíz tiene forma de
hombre, explican, el comentario, dadas las connotaciones sexuales de la
planta. <<
[1] dados cargados: ‘dados trucados’, normalmente mediante la
introducción en ellos de alguna materia pesada (nueva asta, frente al hueso
o asta de que se hacían los dados), como plomo o mercurio, para que caigan
siempre sobre el mismo lado; de mayor y de menor: según la carga
favorezca, respectivamente, la obtención del seis o del as. Adviértase
asimismo que se juega, como en la antigüedad, con tres dados; el cuarto es
el trucado. <<
[2]
garrotes de morros y ballestilla: ‘flores o fullerías que consisten en
marcar las cartas’. <<
[3] Véase la nota [39] de III, 7. <<
[4] chanzas: véase la nota [41] de III, I. <<
[5]Entiéndase: ‘y los que hayan leído mi libro tendrán la culpa, si son
engañados, pues cuentan con los medios para evitarlo’.
Quizá sea preferible la forma «leyeren», propia de X. <<
[6] ‘en un abrir y cerrar de ojos’; despabilar: véase la nota [5] de III, 5. <<
[7]‘marcas para reconocer las cartas por el tacto’, bien raspándolas o
puliéndolas. <<
[8] azares: ‘cartas contrarias’. <<
[9] Aquí, ‘mozo de cocina’; pero no se pierda de vista el pican inmediato.
<<
[10] pican con un alfiler: se trata de la flor conocida como verruguilla o
verrugueta, que consistía en imprimir sobre el haz del naipe la cabeza del
alfiler, «de modo que por el envés la señal semejaba una verruguilla» (F.
Rodríguez Marín). <<
[11] estampa: ‘imprenta’. <<
[12]Quizá aluda a las pintas, ‘sistema de rayas que permitía saber de qué
carta se trataba sin necesidad de descubrirla completamente’; atravesado,
además de referirse a la disposición gráfica de las pintas en el naipe, podría
sugerir las consecuencias negativas del juego al provocar la enemistad entre
la «gente honrada». <<
[13] ‘nuevo, sin marcar’. <<
[14]Esto es, ‘para el que da sus cartas a ver (da vista) al cómplice y se
guarda o retiene algunas cartas (retén) en el momento de barajar’. <<
[15]‘una variante del juego del parar’ (véase la nota [94] de II, 3); al
parecer, el rey daba el triunfo al que llevaba el juego o banquero, lo que
explica que, inmediatamente, reciba un tratamiento distinto al de otras
figuras. <<
[16] doblar: ‘hacer un pliegue’ y ‘tocar a muerto’. <<
[17] ‘Al juego de la primera.’ <<
[18]‘atiende a que los naipes desechados en el descarte no se queden en la
parte superior del montón, para evitar que el fullero pueda recuperarlos, y
que no intercambien señas los otros jugadores con el objeto de cederse
cartas’. <<
[19] maulas: ‘engaños, trampas’. <<
[20] Véase la nota [40] de III, 7. <<
[21] revesa: «traicionar a uno so capa de amistad» y en el juego,
derivadamente, «la fullería que un fullero hace a otro con el que
aparentemente está de acuerdo» (Léxico). <<
[22] dobles: ‘ganchos’; los sencillos, haciendo un juego de palabras con
dobles, son los ‘incautos o pardillos’; rastrero: ‘matarife, el empleado en el
rastro o matadero’, y aquí, metafóricamente, el ‘fullero’, porque mata. <<
[23] «Al hombre sencillo llaman blanco; al fullero y saje doble llaman
negro» (Fiel desengaño, II, 15); al que deja en blanco sus diligencias:
entiéndase ‘al que deja en nada los afanes del incauto’. <<
[24]‘compañeros de cuarto’. Era voz de género ambiguo; compárese más
abajo. <<
[25]Este mesón se hallaba en la «colación de Santa Cruz, a la entrada de la
judería» (C. Petit). <<
[26] Nombre de resonancias hamponas. <<
[27] Esto es, ‘se ganaba la vida como matón a sueldo’. <<
[28]Se tomaban como medida los puntos de sutura requeridos por las
heridas; véase la nota [67] de II, 3. <<
[29] Refrán, con numerosas variantes, que subraya que «ninguno está tan
bien en la teórica de las cosas como el que prácticamente ha pasado por
ellas» (Covarrubias); pero aquí acuchillado debe tomarse, ciertamente, al
pie de la letra. <<
[30]‘especie de coleto o chaleco’, normalmente acuchillado (véase la nota
[19] de II, 5); de ahí la metáfora. Para una dilogía similar a la aquí
implícita: nota [16] de II, 6. <<
[31]
‘borracho’, ya que cuero es también el pellejo en que se guarda el vino.
Nótese la paranomasia cara, era, cuera, cuero. <<
[32] Aquí, ‘compañeros, colegas’. <<
[33] Véase la nota [100] de III, 2. <<
[34]vuacé: «entre la multitud de formas que ofrecía este tratamiento
[vuestra merced], ésta era la usada con pícaros y germanes» (A. Castro). <<
[35]‘Sevilla’; se trata de remedar gráficamente la aspiración de la sibilante
propia del valentón. Sevilla constituía, además, la meca de la valentía y
bravura. <<
[36] ‘afeminado, pusilánime’. <<
[37]ahaje: ‘manosee, arrugue’; ya que los jaques «tratan más de parecer
bravos que lindos» (Vida de Corte); el andar cargado de hombros es
también rasgo tópico de los Valentones. <<
[38]Téngase en cuenta el sentido fraseológico de la expresión andar de capa
caída. <<
[39] «mal gesto, pliegue de la boca con cara de enfado» (Léxico). <<
[40]Se trata de «hablar a lo sevillano», cosa propia de valentones (aunque
sean de Segovia), sembrando el discurso de consonantes aspiradas. <<
[41]Es decir, ‘herida, mohíno, humo, pajería, mojar, jabalí y jarro’; pahería:
‘la calle de la Pajería’, en Sevilla; mohar: ‘acuchillar’. <<
[42] media azumbre: alrededor de un litro. <<
[43] vaharada: ‘vaho, aliento’, se entiende que ‘con olor a vino’. <<
[44]Quizá, ‘con los rostros surcados de cicatrices’ y, en consecuencia, con
muchos puntos, tantos como los que miden los grandes zapatos que necesita
el afectado por el mal de la gota (véase la nota [67] de II, 3); o puede que
‘con las caras hinchadas y deformadas’. <<
[45] ‘bamboleándose’. <<
[46] Recuérdese lo dicho poco más arriba sobre las capas caídas. <<
[47]
Por su enorme tamaño; diademas: ‘las aureolas o coronas de los santos’.
Véanse las notas [47] de II, 1, y las [17] y [18] de II, 4. <<
[48] Véase la nota [29] de II, I. <<
[49]
Se implica la gran longitud del arma; contera: ‘remate de la vaina de la
espada’; calcañar: ‘talón’. <<
[50] Véase la nota [41] de II, 4. <<
[51]buido: ‘afilado, en punta’; se aplica generalmente a las armas blancas
(véase la nota [50] de II, I). <<
[52]Poco puede decirse de seguro sobre las barbas turcas, salvo que eran
largas y aparatosas. <<
[53]‘ahorrando palabras’; el laconismo era otra de las notas prototípicas de
estos matones. <<
[54]Seidor: ‘Servidor’; So: ‘Señor’; se trata de contracciones propias de la
jerga valentona. <<
[55] ‘criados e informadores de los valientes’. <<
[56] ‘fruto de la alcaparra’, que se toma en vinagre; sirve de aperitivo. <<
[57] ‘con ingredientes para provocar la gana de beber’. Véase la nota [42] de
II, 4. <<
[58]Lo desaforado del recipiente remite a los excesos de la comida en casa
de Alonso Ramplón (11,4); de buces: ‘de bruces’; hacer la razón: véase la
nota [46] de I, 3. <<
[59] Irónicamente, ya que se llama taza penada a la que tiene la boca
estrecha y el borde vuelto hacia fuera de modo que obliga a beber con
dificultad y poco a poco. <<
[60]Específicamente, se llamaba así al ‘corregidor’ de Sevilla; principal
representante, por tanto, de la justicia real en la ciudad. <<
[61] Se trata, a lo que parece, de valentones sevillanos famosos;
particularmente Escamilla gozó de gran notoriedad. <<
[62]Conocido poeta y jaque sevillano que murió en la horca por la inquina
del entonces Asistente de Sevilla, ocasionada por el apodo y, posiblemente,
las composiciones que le había dedicado. <<
[63]Era una denominación extendida para el pan en lenguaje coloquial,
especialmente al encontrar un pedazo tirado y alzarlo del suelo. <<
[64] Apodo de Alonso Álvarez. <<
[65] «Es parodia de los caballeros de la Tabla Redonda» (D. Ynduráin). <<
[66]Probablemente, ‘el que acecha a los delincuentes, buscando el momento
para detenerlos fuera de la protección del sagrado’. Al parecer, Alonso
Álvarez fue detenido, a pesar de haberse refugiado en la iglesia de Santa
Ana, durante una excursión nocturna. <<
[67] Mancebito: ‘jaque’. <<
[68]‘valeroso, con redaños’ (véase la nota [13] de I, 7); «es voz jocosa y
voluntaria que usó Quevedo» (Autoridades). <<
[69] mozo de manos: ‘el que es valiente y diestro con las armas’. <<
[70] ‘a la caza de corchetes’. <<
[71]«Hoy calle de García de Vinuesa» (R.S. Rose); entre la zona del Arenal
y la Catedral. <<
[72] Véase la nota [44] de I, 6. <<
[73] Véase también, en un contexto muy similar, la nota [45] de I, 6. <<
[74]Posiblemente, ‘confió el hacer justicia a sus pies, al huir entre gritos,
recurriendo de ese modo la sentencia de muerte segura a manos de los
bravos’. <<
[75] ‘por haber bebido en exceso’. <<
[76] ‘la Catedral’. <<
[77] al olor de: véase la nota [15] de I, 4. <<
[78] ninfas: ‘prostitutas’. <<
[79]Estas visitas no tenían nada de extraño, ni tampoco que las prostitutas
socorriesen —vestirnos— a los retraídos con su trabajo —desnudándose—.
<<
[80]‘me vistió y mantuvo a su costa’, parodiando la costumbre de que los
galanes vistiesen como señal alguna prenda de la amada; se sugiere, por
tanto, que Pablos, como en general los retraídos, actúa como rufián o chulo.
<<
[81] propuse: ‘determiné, decidí’; navegar en ansias: ‘vivir los afanes y
fatigas, de amor u otros, propios de la vida rufianesca’. <<
[82] Aquí probablemente ‘el lenguaje de los rufianes o germanía’. <<
[83] rabí: ‘maestro’. <<
[84] Recuérdese lo sucedido a Alonso Álvarez (nota [66]). <<
[85] América significaba para muchos perseguidos de la justicia la
posibilidad de una vida nueva. <<
[86] Tópico moral de ascendencia estoica. <<

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