0% encontró este documento útil (0 votos)
392 vistas3 páginas

La Liebre en La Luna

La Liebre en la Luna era amiga de un gran árbol que le contaba historias sobre una niña que jugaba y cantaba en sus ramas. Cuando el árbol fue talado, la Liebre recolectó sus semillas y las plantó con polvo de luna para que crecieran nuevos árboles estrellados. Ahora, cada otoño la Liebre brinca entre los árboles dejando polvo de luna para guiar a los niños a encontrar regalos escondidos en Pascuas.

Cargado por

Gustavo Daniel
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
392 vistas3 páginas

La Liebre en La Luna

La Liebre en la Luna era amiga de un gran árbol que le contaba historias sobre una niña que jugaba y cantaba en sus ramas. Cuando el árbol fue talado, la Liebre recolectó sus semillas y las plantó con polvo de luna para que crecieran nuevos árboles estrellados. Ahora, cada otoño la Liebre brinca entre los árboles dejando polvo de luna para guiar a los niños a encontrar regalos escondidos en Pascuas.

Cargado por

Gustavo Daniel
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La Liebre en la Luna

Una vez hace mucho tiempo, la vieja Liebre en la Luna miró hacia abajo desde su hogar lunar
desde donde espiaba a un árbol. Y no era un árbol ordinario. Era fuerte y alto y majestuoso con un
enorme y ancho tronco que llegaba más alto que cualquier otro árbol.

Sus raíces crecían profundamente en la tierra y sus ramas bailaban alto en los cielos. Y porque las
puntas de sus hojas casi cosquilleaban la suave y peluda piel de los pies de la Liebre en la Luna, se
hicieron muy buenos amigos rápidamente. Cada mes el árbol esperaba y esperaba que su amigo
especial la Liebre apareciera, y por esas pocas noches cuando la Luna brillaba fuerte y llena, los dos
amigos se sentaban junto a las estrellas destellantes a conversar.

Hablaban y hablaban y hablaban sobre todas las cosas que se esperaría que un árbol estrellado y una
Liebre en la Luna hablaran y nunca se quedaron sin cosas para hablar. La Liebre amaba
especialmente escuchar historias del árbol sobre la niña pequeña que a menudo venía a visitarle en la
tierra. El árbol le contó a la Liebre cómo a veces la niña traía su manta, sus juguetes y tacitas de té y
hacía picnics en su falda. Y mientras la niña crecía grande y fuerte comenzó a trepar sus ramas, lento
al principio, y luego cada vez más rápida y más intrépida, hasta que sus pequeños pies saltaban por el
tronco del árbol tan rápido que le hacían cosquillas por todos lados y no podía evitar sacudir sus hojas
de tanta risa. Sin embargo la parte favorita del árbol, era cuando la niña alcanzaba las hojas más altas
y se acurrucaba en su suave corteza, cantando toda la tarde.

“El sol sube, la vida crece.


Pequeñas semillas de luz sembramos El
sol baja, la vida descansa
Y junto a la naturaleza anidamos”

La Liebre suspiró cuando árbol describió el canto y cómo resonaba a través de su corteza y se hundía
en lo profundo de sus raíces para quedarse con él, dándole compañía en esas noches oscuras cuando
la Liebre no venía.

La Liebre estaba contenta de que el árbol tuviera a la niña y de que la niña tuviera al árbol. Pero una
noche, cuando el brillo del otoño había tocado ya las hojas, el árbol tuvo algunas noticias
inesperadas. En unos días el granjero iba a venir a cortar el árbol para poder usar su madera para
construir una casa buena y fuerte para la familia de la niña. El árbol estaba emocionado y orgulloso
por su nuevo trabajo pero se sentía un poco triste de que la niña ya no tuviese un árbol para trepar o
cantar. Y entonces, el árbol se inclinó muy cerca de su amigo la Liebre y susurrándole, le preguntó si
podía ayudarle a dejar a la niña un regalo muy especial.

La noche siguiente, cuando la Liebre una vez más se levantó en el cielo estrellado, el árbol le
preguntó si estaba lista. Y claro que lo estaba, la Liebre estiró sus grandes y fuertes patas traseras y
tap, tap, tap, tap, tap. Entonces con un gran impulso, saltó de la Luna hacia el árbol donde brincó y
brincó por las ramas del árbol hacia abajo. Y sus suaves y peludos pies saltaron de rama en rama
haciéndole cosquillas por todos lados y se rió tan fuerte que todas sus hojas de otoño cayeron a la
tierra también. La Liebre aterrizó con un gran salto y
una risotada en la pila de hojas de otoño y entonces se fue saltando a esconderse en el pasto.
Escondida, esperó y esperó y esperó hasta que la luz de la mañana llegó, trayendo con ella al granjero
y a la niña.

La Liebre se quedó en su escondite mientras el granjero trabajaba duro, y el árbol finalmente se


desplomó en la tierra, y entonces tal y como lo había prometido, la Liebre rápidamente saltó a la
acción. Siendo muy cuidadosa de no ser vista, brincó presurosamente de rama caída en rama caída,
recolectando cada una de las semillas que ahora yacían en el pastizal, y cuando su trabajo hubo
terminado, brincó con la misma prisa devuelta a su escondite.

La Liebre miró mientras la niña ayudaba su padre a recolectar todas las ramas, grandes y pequeñas, y
a subirlas ordenadamente al viejo tráiler enganchado a la parte de atrás del tractor. Cuando la carga
estuvo llena y el trabajo estuvo hecho, los dos subieron al tractor y se marcharon.

Al día siguiente la Liebre se quedó escondida nuevamente. Esta vez la niña llegó sola y se sentó todo
el día en la enorme huella que había ahora donde antes había estado el árbol, y cantó.
“El sol sube, la vida crece.
Pequeñas semillas de luz sembramos El
sol baja, la vida descansa
Y junto a la naturaleza anidamos”

La Liebre estaba feliz de escuchar finalmente la canción de la niña y sonaba tan hermosa como se la
había imaginado. La niña continuó cantando hasta que el sol comenzó lentamente a hundirse en el
cielo, y entonces ella paró, se levantó y caminó hacia su casa.

Y justo cuando la primera estrella de la noche apareció en el cielo, la Liebre se puso a trabajar. Toda
la noche trabajó haciendo exactamente lo que el árbol le había pedido. Tap, tap, tap, tap, tap hacía
con sus patas traseras peludas mientras brincaba hacia adelante y hacia atrás, y cuando la última
estrella de la noche desapareció del cielo, la Liebre hubo acabado su tarea y solo entonces estiró una
vez más esas grandes y fuertes patas traseras y tomó un enorme salto desde la tierra hasta su hogar
lunar.

La mañana próxima cuando la niña llegó, notó algo brillando en el pasto. Y a unos metros de
distancia notó algo más brillando entre la hierba, y luego uno más, y luego uno más, hasta que todo
el pastizal parecía estar lleno de extraños destellos.

“¿Qué será?”, se preguntó con asombro.

Lentamente caminó hasta el destello más cercano y encontró sorprendida un pequeño nido
prolijamente tallado en la suave hierba. Y ahí, sentado en una pequeña y prolija pila de hojas de
otoño, había un manojo de pequeñas y redondas semillas del árbol, cada una cubierta de un polvo
plateado destellante.

Una gran sonrisa se dibujó a través del rostro de la niña mientras corría hacia el cobertizo del jardín y
volvió con la vieja cesta de herramientas y una pala. Rápidamente recogió cada
una de las semillas teniendo especial cuidado de recolectar todo el polvo plateado también, y cuando
hubo reunido todo, comenzó a cavar hoyos en la tierra. Llevó muchos días e incluso semanas, pero
para cuando los frescos y crujientes vientos de Otoño casi habían hecho paso al frío Invierno, la niña
había plantado cada semilla, arropándolas en la tibia tierra con una fina manta de destellante polvo
plateado de la Luna.

Y ahora cada año, al llegar el Otoño cuando la Luna brilla fuerte y llena, la Liebre en la Luna tiene
muchísimos árboles estrellados a los que hacer cosquillas y sacarles las hojas a risotadas, mientras
brinca y brinca bajando hacia la Tierra nuevamente.

Y cuando llega, con un gran tap, tap, tap, tap, tap de sus fuertes patas traseras, se pone a trabajar,
siempre con cuidado de dejar un destello de polvo plateado de Luna para que brille con la luz del sol
y así mostrar a los niños dónde encontrar los nidos llenos de tesoros la mañana del Domingo de
Pascuas.

También podría gustarte