Mis
papis y yo jugamos a las escondidas
HAYDEN ASH
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Otras Obras de Hayden Ash
Sobre la escritora
Nota de la traductora
La siguiente es una obra de ficción dirigida exclusivamente a lectores adultos. Todos los personajes son
mayores de 18 años y ninguno tiene relación de sangre. Todos los nombres, personajes, lugares y eventos
mencionados en esta obra son producto de la imaginación de la escritora o se utilizan de manera ficticia.
Cualquier coincidencia con eventos, lugares o personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
Derechos de autor © 2023 por Hayden Ash Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de este libro se puede reproducir de ninguna manera, ni por medio electrónico, ni mecánico,
incluidos sistemas de almacenamiento o recuperación de información, son el consentimiento por escrito de
la escritora, excepto para ser utilizada en breves citas para la reseña de un libro.
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Uno
—A y, por favor, no conduzcas tan rápido —me quejo mientras mi
amiga, Kaci, aprieta el pie contra el pedal—. ¡Voy a vomitar!
Cada vez que entramos en la autovía, Kaci cree que estamos en
una carrera de autos. Entiendo que esté bien pasarse un poco del límite máximo
de velocidad, pero no le veo el sentido a arriesgar nuestra seguridad para llegar a
algún lado diez minutos antes.
—Pues, nadie te dijo que trajeras una taza llena de café caliente cuando te
recogí. —Kaci pone los ojos en blanco—. No deberías beber cafeína. Has estado
bastante nerviosa últimamente.
—Oh, cierra el pico. ¡La cafeína es una droga maravillosa! —Me cruzo de
brazos—. Y no me puedo permitir reemplazar este atuendo, así que por favor no
me hagas arruinarlo conduciendo como una desquiciada.
—Ay, qué triste. —Mi amiga niega con la cabeza—. Cambiando de tema,
¿cómo te fue con la cita de Bumble?
—Ay, ni me preguntes. La pregunta me hará vomitarme encima, y eso sí que
me arruinaría la ropa. —Me apoyo contra el asiento y hago una mueca.
—Has tenido malas citas durante un tiempo ya —señala Kaci—. Peor creo
que esta es la primea que te produce arcadas. Esperaba que las cosas hubieran
mejorado para ti a esta altura.
—Kaci, no dejaba de preguntarme si me pasaba algo —me quejo—. Le dije
que todo iba bien, pero insistía e insistía e insistía…
—Ay, Dios, detesto eso. —Kaci suelta un suspiro.
—¿Ves? —le respondo con una pregunta—. Y luego, mientras me
acompañaba a su coche, vio una rata o algo y se asustó mucho. Creo que quizás
hasta lloró. No estoy segura porque no lo pude mirar a los ojos después de eso.
Kaci se cubre la boca para no reírse delante de mí. Intenta controlarse tanto,
que el rostro se le sonroja.
—Ay, dime que no crees que soy una harpía —le pido preocupada—. Ni
siquiera lo pude besar al final de la noche. Y era muy, pero muy atractivo.
Mi amiga comienza a reírse tanto que por unos instantes deja de prestarle
atención a la carretera.
Kaci y yo somos estudiantes del primer año de la universidad. Desde que nos
conocimos, nos llevamos a la perfección. Sin embargo, siento como si
comenzara a verme como una patética perdedora que no puede atraer a ningún
hombre de calidad.
La mayoría de los estudiantes de la universidad piensan mal de mí porque
todos viven en las zonas cercanas a la ciudad, y yo vivo en el campo. Por eso,
cuento mucho con la amistad de Kaci para sobrevivir los próximos cuatro años.
Hablando de vivir en la ciudad… ¡detesto estar aquí! Ni siquiera sé por qué
intento encajar. Las construcciones constantes, los sonidos de las sirenas, las
bocinas de los carros…
¡Gossip Girl me mintió! Y regresaré a casa en cuanto termine la universidad.
—¿Qué voy a hacer contigo? —Kaci apoya la cabeza hermosa contra el
respaldo.
—¿No te quieres juntar más conmigo? —le pregunto, aunque estoy
demasiado alterada como para oír la respuesta—. ¿Acaso no soy la persona que
creías que era cuando…?
—¡Ay, Dios, cierra el pico! —Me sonríe—. Te adoro, Heather. Solo nos
conocemos hace un par de meses, pero siento como si fuéramos hermanas.
—Gracias. —Le sonrío alegre—. Yo también.
—Pero me duele verte infeliz —me explica Kaci—. ¿Qué necesitas para
sentirte mejor?
—Un chico atractivo con una verga gigante. —Me río, pero no es del todo
una broma—. Oh, y sería agradable tener algo de dinero para variar.
—Mmm —comenta mi amiga mientras tomamos la salida para ir a la
universidad—. Bueno, no, no importa. No creo que sea algo que tú harías…
—¿Algo como qué? —exijo saber—. ¡Dime de una vez!
—Hace un par de noches, conocí a un sujeto en una discoteca —comienza
Kaci y suena algo perdida en sus pensamientos—. Al parecer, él y un amigo
tienen un evento mensual para todos los abogados del bufete.
—¿Ah, sí?
—Le pagan a una chica de la universidad un montón de dinero para jugar a
las escondidas con ellos —continúa mi amiga—. Pero hay un tiempo límite de
diez minutos.
—¿Y? —le pregunto confundida—. ¿Acaso es una especie de recuerdo de la
infancia que tienen e intentan recrear?
—Espero que no —responde Kaci—. Heather, si te encuentran dentro de ese
período de tiempo, te cogen.
—¿Qu…? ¿Qué? —le pregunto—. ¿Juegan a ver cuál tendrá sexo con la
chica?
—No, todos tendrán sexo contigo. —Kaci se relame los labios rosados y
suaves—. Se turnan para penetrarte con las vegas grandes y duras…
—Aguarda… ¿Acaso tú “has jugado” con ellos? —Los ojos se me agrandan
de par en par.
—No, pero tengo una amiga que sí —me responde—. Dijo que son todos
inmensos.
—Oh, por Dios…
—Y también me dijo que los chicos se la cogieron muy duro y muy rico.
Dijo que jamás experimentó nada más brutal —continúa Kaci—. Para serte
honesta, mientras me lo contaba, no puede evitar fantasear con los cuerpos
atractivos y musculosos de esos hombres tomando el mío. Me mojé toda de
imaginar que me hacían sentir diez orgasmos mientras se iban turnando para
penetrarme.
Las palabras de Kaci me provocan una ola de deseo en la rajita. Me estoy
humedeciendo de pensar en lo zorra que sería si participara de ese juego
pervertido de las escondidas.
Sin embargo, mi amiga tiene razón. Yo jamás haría algo tan depravado.
Ni siquiera sé quiénes son esos sujetos, lo único que sé es que son abogados.
Pero ¿qué tipo de defensores del sistema judicial de este país organizarían un
juego tan retorcido a nivel moral?
A juzgar por el tono de Kaci, me doy cuenta de que quiere que lo haga.
Quiere que sea el conejillo de indias mientras explora los límites de su
curiosidad sexual.
Aunque mi amiga es demasiado dulce como para admitirlo, sé que debo
participar de este juego para demostrarle a Kaci que puedo ser tan zorra como
sus otras amigas de la universidad.
Diablos, y además necesito el dinero con desesperación.
Obviamente no soy una prostituta. No tendría sexo por dinero. Pero si lo
disfruto y forma parte del juego, no veo nada malo con eso…
—Aguarda, entonces, ¿solo me pagan si no me encuentran en los primeros
diez minutos? —le pregunto.
—Te pagan de cualquier manera —responde Kaci—. Te enviaré un enlace a
la casilla de Dropbox del sujeto. Tiene un montón de información acerca del
evento. Dice que no quiere que las mujeres que participan no sepan en qué se
van a meter.
—Está bien —le digo y extraigo el teléfono de entre mis muslos porque me
gusta el calor que irradia.
La casilla de Dropbox del sujeto está llena de imágenes y videos de
universitarias con cualquier tipo de cabello y cuerpo.
La primera que abro es una pelirroja delgada con ojos de color zafiro que
chupa una verga de tamaño monstruoso con lujuria mientras otras nueve vergas
forman un círculo alrededor de su cabeza como una suerte de halo.
Abro varias más y noto que se van volviendo más despiadados mientras
avanzo. Observo cómo les estiran los coñitos más allá del límite que me imagino
y, a juzgar por las expresiones de agonía que tienen en el rostro, más allá de lo
que soportan.
Todo el contenido del Dropbox me excita. Pero hay una fotografía en
particular que me llama la atención más que ninguna. Es una joven rubia que se
parece un poco a mí.
Está boca abajo mientras otro sujeto le mete un rabo de elefante en el coñito
apretado y la embiste contra el suelo de hormigón.
Unos escalofríos me recorren la columna vertebral. El calor se me acumula
en la entrepierna y me hace sentir muy débil.
Sin pensarlo, me meto la palma por las braguitas de algodón. Luego
comienzo a masajearme la rajita húmeda hasta que de repente recuerdo que mi
amiga está aquí. Literalmente está sentada a menos de medio metro de distancia.
—Ha pasado mucho tiempo desde que has tenido un buen orgasmo, ¿no,
Heather? —Kaci me mira entretenida—. No hace falta que te detengas por mí.
Créeme cuando te digo que he visto cosas mucho peores que a otra chica
masturbándose delante de mí.
—¿De verdad? —le pregunto—. ¡No, no, no puedo!
—Sí que puedes. —Kaci me empuja la mano más adentro de las bragas—. Y
lo harás. Ahora, cierra los ojos, Heather. Y ponte a trabajar.
Hago lo que me instruye mi amiga y cierro los párpados. Luego comienzo a
tocarme mientras fantaseo con tener un montón de vergas gigantes delante de mí.
A la primera, le daría placer con la boca, mientras tomaría dos con mis
manos y les pediría a otros dos hombres que me llenen mis agujeritos.
Bueno, supongo que no tendría que pedírselos. Se limitarían a tomar lo que
quieran de mí. Oh, por todos los cielos, esto me está excitando muchísimo…
Cuanto más seriamente considero hacerlo, más abrumada me siento en lugar
de estar excitada.
Mi pequeño coñito no puede con tanto, ¿verdad?
Tengo la rajita caliente y pegajosa cuando me deslizo un dedo por el canal
estrecho.
Reclino el asiento hacia atrás y comienzo a dibujar círculos sobre el clítoris
sensible.
Aunque siento mucho placer en todo el cuerpo, no puedo tener un orgasmo
con mi amiga mirándome.
Frustrada, extraigo la mano de las braguitas y me acomodo los pantalones
sobre la cintura.
—Está bien —le digo abruptamente—. Lo haré.
—¿De verdad? —me pregunta Kaci y se ve muy impresionada.
—Sí —le respondo—. Creo que me puedo permitir hacer algo de lo más
estúpido durante un día.
Dos
L uego de la clase, me meto en el coche y conduzco hacia la dirección que
me dio Kaci. Sé que, si me concedo tiempo para pensar, terminaré
acobardándome.
Por supuesto que en el trayecto no puedo dejar de imaginarme muchas cosas.
Pero, por suerte, no queda muy lejos. Por algún motivo, estos sujetos quieren
jugar a este jueguito en el corazón de la ciudad.
En el cielo oscuro comienzan a brillar varias estrellas mientras aguardo en la
dirección indicada. ¿Será que la apunté mal?
No, la verifiqué con Kaci una y otra vez hasta que me dijo que dejara de
preguntarle por eso.
De pronto, recibo un mensaje de texto de un número que no reconozco. Me
instruye que conduzca hacia la plaza de aparcamiento que se encuentra cruzando
la calle.
No me gusta nada que mi amiga les haya dado mi número de teléfono a estos
hombres. Pero supongo que solo es para coordinar el encuentro.
Todos los colores que vi en la calle parecen desaparecer cuando entro en la
plaza de estacionamiento. Cuanto más me adentro, más plateado y negro se torna
todo.
Bajo la mirada a mis manos y me doy cuenta de que se ven más pálidas de lo
normal, casi de un blanco invernal, como si estuviera muerta.
—¡Allí está bien! —oigo una voz masculina que me habla cuando llego al
último piso del parque—. Bájate. Deja las llaves en el arranque.
Vaya, pero qué mandón… Me pregunto si esté será el “amigo” de Kaci.
—Eh, ¿no me puedo quedar con las llaves y apartar el coche yo misma? —le
pregunto—. Es el auto de mi amiga, y me quiero asegurar de que…
—Deja las llaves en el volante y sal del carro —me repite con un tono más
autoritario.
—Bueno, de acuerdo… —repongo nerviosa.
Antes de abrir la puerta del conductor, se me acelera la mente, que me grita
que ponga la reversa y me largue de aquí.
Sabía que ir a la universidad en la ciudad era un gran error. No tengo nada
que hacer en un sitio como este, con sujetos como este.
Alzo la mirada al desconocido que se me está acercando. Es un hombre
grande, pero el rostro no es lo que esperaba.
Tiene el mentón cuadrado y unos rasgos hermosos y con definición
angular… Es el tipo de rostro que uno esperaría ver en los comerciales de
perfumes. Parece como si se hubiera graduado de Yale, hubiera ido a hacer
trabajo humanitario a algún país del tercer mundo antes de comenzar a trabajar
en la empresa de su padre para finalmente heredarla. Pero cuando se trata de
tamaños, es lo que estaba esperando: increíblemente alto y robusto como un
tanque.
Con cautela, me bajo del coche de mi amiga. De inmediato, noto que hace un
frío congelante, un hecho extraño considerando que afuera, en el aire de la
noche, hace un calor sofocante.
—Esta es la última oportunidad de meterte en el coche y marcharte —me
advierte el hombre—. Tómate todo el tiempo que necesites para decidir si
quieres hacer esto. Porque cuando el juego comience, tendrás que participar
hasta el final.
—¿Durante diez minutos? Oh, ¿cómo podré hacerlo? —lo provoco, pero
descubro que no le gustan las bromas—. Estoy lista. Quiero hacerlo. De verdad.
—Los primeros dos minutos son para darte ventaja —me informa—. Los
hombres tendrán los ocho minutos restantes para encontrarte.
—Y, ¿me puedes recordar qué pasa si me encuentran? —le pregunto.
—Toman tu cuerpo durante todo el tiempo que quieran. —Aparta la mirada
de mis ojos—. No hay un límite de cantidad de veces que te pueden hacer tener
un orgasmo. Y no tienen que usar condón, aunque pueden hacerlo si así lo
prefieren.
—¿Sin condón? —le pregunto—. ¿Al menos se saldrán antes de acabar?
—No. —Niega con la cabeza—. ¿Alguna otra pregunta?
—Eh, una sola —me apresuro a responder y tomo nota mental de comprar la
píldora del día después de camino a casa más tarde—. ¿Cuántos sujetos
participarán? Oh, ¿y tú eres el que invitó a Kaci a participar?
—Para responder la primera pregunta, participarán diez hombres en el juego
—me explica—. Y, no. No soy el hombre que le extendió la invitación a Kaci
Kennon. Pero sí participaré del evento. ¿Alguna pregunta más?
Titubeando, me froto el cuello. Es un mal hábito que tengo cuando me pongo
muy nerviosa.
Todas las consecuencias potenciales de ponerme en una situación peligrosa
como esta comienzan a volverse demasiado reales. No sé nada de estos hombres,
y Kaci tampoco. Solo sabemos lo que su amiga le contó. Lo más inteligente es
regresar a casa.
Sin embargo, por algún motivo, no me puedo mover. Tengo un ardor que me
quema en el centro de mi ser y me lleva a querer jugar hasta el final. Quiero ver
qué placer existe al otro lado de mis miedos.
—No, creo que no —le respondo.
—En ese caso, será mejor que empieces a correr —responde.
—¿Por qué?
—Porque el juego ha comenzado —me gruñe, y una sonrisa débil se le forma
en la comisura de la boca atractiva.
De manera instintiva, echo a correr hacia la parte menos iluminada del
parque. Antes de llegar demasiado lejos, veo a nueve hombres enormes de pie al
lado de una camioneta cuatro por cuatro de color azul.
Todos son gigantes, musculosos y llevan puestas prendas negras. A pesar de
que es muy difícil ver en la penumbra, puedo notar cómo se les abultan los
brazos y los rabos. La imagen hace que las rodillas se me debiliten, como si
estuviera lista para darme por vencida.
Cada uno me recorre el cuerpo con la mirada cuando les paso por delante.
Mientras les chorrea la baba como a una manada de hienas muertas de hambre,
de pronto siento ganas de perder el juego a propósito.
Sin embargo, dejarme vencer podría arruinar parte de la diversión…
Tres
L o único que veo es oscuridad.
Corro con los brazos abiertos para no chocarme con nada.
Luego, por fin, veo un poco de luz.
Vaya, este aparcamiento parece no tener fin…
Como treinta segundos más tarde, oigo pasos que me persiguen. Corro más
rápido y comienzo a sentir el entusiasmo y la adrenalina de la persecución.
Una cosa es perseguir lo que quieres, pero es otra cosa completamente
diferente que te sigan, te den caza y sueñen contigo hasta que te desean tanto que
por fin te reclaman.
Mi cuerpo quiere que lo atrapen. Lo anhela.
Comienzo a imaginar que me quitarán las prendas hasta dejarme totalmente
desnuda en este mismo sitio.
Cielos, apuesto a que se pelearán entre ellos para decidir cuál me la mete
primero.
Y luego de que el primero me haya tomado, me compartirán…
Me escondo detrás de un contenedor de basura gigante y aguardo a que los
hombres me pasen por delante.
Un sudor frío me cubre la frente cuando echo a correr en la dirección opuesta
a la que tomaron.
—¡Está por aquí, caballeros! —oigo que dice uno.
Pronto oigo unos pasos que se me vuelven a acercar.
No sé precisamente cuánto tiempo ha transcurrido desde que comenzó el
juego. Pero sé que no puedo permitir que me encuentren tan rápido.
Dirán que no soy buena para este juego. Y quizás hasta me manden a casa,
¿quién sabe?
Me doy vuelta y salgo corriendo hacia el otro extremo del garaje. Luego
diviso la línea difusa de un coche y me agacho detrás de ella.
Me acuesto boca abajo y me arrastro lo más rápido que puedo sobre el suelo
que está más frío que un témpano de hielo. Luego me doy la vuelta y veo que
todos están de pie cerca de mí.
—Diablos, ¿creen que logró salir del garaje? —le pregunta uno a los otros.
—No, está cerca. Le estábamos pisando los talones, no pudo haber escapado
—responde otro.
Cierro los ojos. Sé que me van a encontrar, y siento menos temor si no lo
veo.
—Qué desilusión, pequeña. —Uno se ríe—. Te has olvidado de no ponerte
perfume.
Oh, no. Tiene razón.
Y eso quiere decir que me podrán encontrar por el olor…
Vuelvo a abrir los ojos y veo que avanzan hacia mí como una manada de
lobos hambrientos.
Intento hacer que mi cuerpo pequeño se vuelva más diminuto al acercarme
las rodillas a los senos.
—Me has impresionado —grita el mismo hombre—. ¡Casi nunca tenemos
que buscar tanto tiempo!
Me sonrojo y me empiezan a zumbar los oídos.
Todos echan a correr hacia el coche y se detienen a unos pocos metros.
—No la veo —se queja uno de los sujetos—. Diablos. Les dije a todos que
este juego era una idiotez. Tengo la verga a punto de explotar en los vaqueros, y
estamos persiguiendo a una chica como si tuviéramos cuatro años.
—Sí, estoy listo para castigar ese cuerpecito que tiene —añade otro.
—De acuerdo, separémonos. La mitad vaya por allí, y la otra mitad en esta
dirección —instruye el primer hombre. Comienzo a pensar que podría ser el
líder.
Cuando estoy a punto de soltar un suspiro de alivio, mi móvil empieza a
sonar. Lo extraigo de mis pantalones cortos y me doy cuenta de que es el mismo
número que me llamó para decirme que venga a este sitio.
Oh, por Dios, ¿acaso los dejé encontrarme con el estúpido teléfono?
Debo querer que me encuentren inconscientemente…
Muerta de pánico, considero meterme el móvil en la boca para que deje de
hacer tanto ruido. Por suerte, logro ponerlo en silencio rápido.
Me coloco boca arriba y miro hacia arriba desde el suelo.
Noto un montón de óxido. Es probable que nadie haya movido al coche de
este sitio en mucho tiempo. Diablos, quizás estos tipos lo colocaron como un
obstáculo para que el juego sea más desafiante.
¿Quiénes son estos tipos?
De pronto, oigo una gran zancada que pisa el cemento a unos centímetros de
mi rostro.
—Al parecer, has perdido, pequeña —me dice el jefe.
Cuatro
M e recoge de debajo del coche de lujo.
Con un brazo gigante envuelto en mi cuerpo, el jefe me lleva por el
suelo frío de cemento hacia los otros hombres.
—Creo que debe ser un récord, chicos —les dice—. Soy Carter, pequeña —
me susurra al oído antes de meterme la lengua.
Carter me toma las tetas a través de la blusa mientras el resto de los hombres
forman un círculo a mi alrededor. Luego, todos se me acercan.
Comienzan a quitarme las prendas hasta que solo me queda puesto el sostén
y las braguitas. El aire frío es como un sinfín de agujas que se me clavan en la
piel expuesta.
—¡Oh, por Dios! —exclamo—. ¿De verdad va a ocurrir esto?
—¿Es la que tú has reclutado, Ben? —le pregunta el jefe a uno de los
hombres.
—Es la amiga —responde con un gruñido el aludido—. Se ve mejor. Aunque
apuesto que no lo sabe. No parece ni la mitad de engreída que la otra…
—Ya es suficiente —lo interrumpe Carter—. Lo importante es que la
encontramos. Y, como la has reclutado, Benjamin, ten por sentado que tendrás tu
tiempo con ella.
Una sonrisa traviesa le cruza el rostro a Carter mientras me sostiene contra
su torso, que parece el tronco de un árbol.
Intento escabullirme de los brazos de Carter, pero es demasiado fuerte y
apenas logro moverme un centímetro.
Al cabo de unos instantes, diez pares de manos grandes y fuertes comienzan
a frotar cada parte de mi cuerpo.
Uno de ellos me apoya sobre el suelo. Luego, los hombres comienzan a
meterme mano por la ropa interior, me manosean las tetas, el coñito y hasta el
culito.
No dejo de resistirme. Pero no me lleva mucho tiempo aceptar que estoy
rodeada. Soy de ellos…
Luego de manosearme entera con las manos callosas, algunos me mantienen
en una posición.
Carter se arrodilla sobre mí y comienza a inclinar el rostro lentamente.
El jefe me quita las bragas, y siento la lengua de otro que me lame los
pliegues suaves.
—Oh, sí —oigo la voz ronca de un hombre que acerca el rostro a mis partes
femeninas—. Sabe como un dulce, chicos.
Bajo la mirada y veo que mis juguitos hacen que le brillen los labios bajo la
luz tenue y fluorescente que cuelga del cielorraso.
Carter me sujeta el rostro y me obliga a mirarlo. Clavo la vista en sus ojos
esmeralda al tiempo que otro hombre me sujeta la cintura delgada.
Me obligan a echar una mano hacia atrás y cerrarla sobre la verga pulsante
de otro sujeto.
Sin dudarlo, comienzo a masturbar el rabo gigante. Y, pronto, noto la fuerza
y la energía que tiene.
—Tienes manos pequeñas. Pero sí que sabes cómo usarlas, princesa. —Oigo
un gemido profundo y asumo que proviene del hombre al que estoy
masturbando.
De repente me siento abrumada por el placer caliente que se me enciende en
la entrepierna. Quien sea que tenga la cabeza enterrada entre mis muslos es un
experto a la hora de provocar mi clítoris sensible con su boca.
Cierro los ojos y dejo que cada movimiento de la lengua me produzca
euforia en todo el cuerpo.
A mis espaldas, Carter me quita el sostén, y me invade una nueva ola de
deseo al oírlo caer al suelo.
—Deja que estas preciosuras respiren, ¿no? —me dice.
El jefe utiliza las palmas gigantes para apretarme las tetas y me va dejando
una seguidilla de besos en el cuello.
Luego me pellizca los pezones endurecidos. Se me escapa un gruñido gutural
de la garganta, y hace eco en el aparcamiento vacío.
Las piernas me comienzan a temblar como si estuvieran a punto de
quebrarse.
No puedo aguantar la cantidad de placer absurda que se me arremolina en el
interior y en la rajita y acabo en la boca de quien me esté comiendo el coñito.
El orgasmo explosivo que acabo de tener, me hace sentir muy débil.
Carter está sentado a mis espaldas y me jala hacia arriba para apoyarme
contra su torso duro como una piedra. Inclino la cabeza contra su hombro ancho,
desesperada porque me posea la boca.
Aunque se producen muchos ruidos a mi alrededor, el único que tiene mi
atención total es el del cinturón que se abre.
De las sombras, emerge un hombre mayor gigante, con el cabello grueso y
rubio y los ojos azules. Camina hacia mí y me sonríe.
Lo observo quitarse los vaqueros. Luego me guiña un ojo lleno de confianza
al tiempo que saca el gran rabo por el agujero de los bóxers.
Con la mirada clavada en el bulto del rubio, no puedo evitar relamerme los
labios. Pero luego pienso en cómo se sentirá esa cosa descomunal en mi interior.
¡Y sé que quiero que me meta ese rabo gigante y me coja, pero es demasiado
grande!
El rubio gigante se lanza sobre mí.
Y sin aviso alguno, me clava toda la longitud dura como una piedra en la
rajita. Me llena a rebosar con su carne.
Comienzo a retorcerme, a patear, dar puñetazos e incluso muerdo al gigante
de cabello claro mientras lucho por soportar su tamaño extraordinario.
Me está estirando más allá de mis límites. Y comienzo a temer que me puedo
llegar a desmayar del dolor.
Cuando alzo la vista, veo a seis o siete hombres desnudos que comienzan a
masturbarse mientras observan cómo me debato entre el suelo y el cuerpo
esculpido del rubio.
Me sujeto al desconocido mientras me embiste hasta devastar mi coñito.
—Puedes ser más duro con ella, Ben —oigo que le dice Carter—. ¿O tengo
que recordarte que nuestra primera regla es no contenerse jamás?
—De acuerdo —responde el gigante y me embiste más profundo con su
verga venosa.
Siento la palma áspera de alguien sobre la boca, pero no es la del hombre que
me está cogiendo porque él tiene las dos manos sobre mis tetas.
Aprieto las paredes del coñito alrededor del rabo del rubio. Lo siento pulsar y
se le hincha aún más que cuando me penetró.
Carter me mete un pulgar por la comisura de la boca.
Comienzo a succionarlo como si fuera un chupete. Supongo que, de alguna
forma, sí lo es…
—Oh, sí, es la que hemos estado buscando, chicos —gruñe Carter—. Ya es
suficiente, Ben. Es la hora de mi turno con ella, aunque lo haya adelantado…
Cinco
D e repente, me apartan con brusquedad de la verga de Ben, y me quedo
sintiéndome muy vacía.
Carter me ayuda a incorporarme y me sujeta del brazo. A
continuación, me apoya contra la pared más cercana y me aplasta el cuerpo
delgado contra ella.
El jefe me hace arquear la espalda y separar las piernas para penetrarme por
detrás. Aunque la temperatura fría me produce dolor en las manos, apoyo las
palmas contra el cemento mientras me embiste sin piedad.
—¡Ay, por Dios! —grito—. ¡Ay, por Dios, no te detengas! ¡Sí, cógeme bien
rico! ¡Dame duro!
El resto de los hombres se unen a la acción. Varias manos grandes y pesadas
me sujetan y jalan de mi carne.
Me derrito en el calor que emiten sus palmas callosas.
Carter me sujeta las muñecas mientras me coge y me las lleva a la espalda
como si estuviera a punto de colocarme las esposas.
El rabo le crece más y más en mi interior estrecho hasta que empieza a
sentirse como una piedra gigante.
El aparcamiento se llena de los sonidos resbaladizos de mi rajita empapada
mientras Carter me embiste sin cesar.
Me da un golpe duro en la nalga y me obliga a ceñir la rajita y echar el
trasero hacia atrás para encontrarme con su verga cada vez más rápido.
—¿Sabías que sabes coger mejor que cualquier chica de tu edad? Cielos, la
mayoría de las mujeres no pueden manejar una verga como tú —me gruñe Carter
al oído.
—¿De… de verdad? —Suelto un gemido y pongo los ojos en blanco.
Carter jala de mi cabello rubio, lo recoge en una cola de caballo y me obliga
a ponerme de rodillas. Luego dirige mi boca hacia el miembro de otro sujeto.
—No hace falta que vayas con cuidado, Michael —le dice Carter.
Mientras chupo la nueva verga, le paso las uñas por el torso musculoso y
peludo que parece esculpido en piedra.
Como el rabo es tan gordo, no me lo puedo meter entero en la boca.
Sin embargo, lo intento. Y, mientras lo hago, la baba me chorrea por el
mentón y me cae sobre las tetas. Mientras tanto, el sujeto empuja la cabeza de la
verga hasta tocarme el fondo de la garganta.
Carter sale de mí y me vuelve a penetrar. Luego, mientras me embiste el
coñito, varios de los otros hombres me levantan del suelo.
Me vuelvo a deshacer en un orgasmo intenso que me llena de placer.
—Sí —dice Carter—. Sin dudas, lo puede manejar.
Casi aparto la boca de la verga peluda y dura del hombre para preguntarle
qué cree que puedo manejar. Pero varios hombres me tienden una trampa y me
azotan con los rabos en el rostro.
Cada miembro de la banda lucha por tener su turno conmigo.
Pero antes de que otro hombre tome el control, Carter me vuelve a hacer
arrodillar, y la verga del hombre peludo me vuelve a penetrar la boquita.
Carter me sujeta de atrás de la cabeza y me coge el rostro hasta que siento
que la verga se estremece contra mi lengua.
—¡Eres muy especial! ¡Puedes tragar mucha verga, pequeña! —Carter suelta
un gruñido.
Mientras tanto, el rubio se coloca a mis espaldas.
Me hace echar la colita hacia atrás hasta que quedo en cuatro patas. Luego,
me aprieta las caderas y me entierra la punta latente del rabo en el culito.
La sensación dolorosa de que me desgarran me hace atragantar con la verga
de Carter. La saliva me chorrea de la boca y le cae sobre las rodillas y los pies.
—¡Ay, por Dios, por ahí no! —Intento decir con una verga gigante en la
boca.
Una euforia increíble reemplaza el dolor opresor mientras comienzo a
aceptar el inmenso tamaño del rubio en mi agujerito más estrecho.
—Esta niña es más estrecha que la mayoría que hemos traído aquí. Pero no
llora ni la mitad que las otras —oigo que dice el rubio—. Eso me gusta. Oh, sí,
me gusta mucho.
Alzo la mirada a los ojos verdes de Carter. Se ven más oscuros ahora y, sin
embargo, brillan con una crueldad llena de orgullo al mismo tiempo.
Retira la erección de mi boca y se vuelve a arrodillar. Luego me coloca sobre
su verga.
Mientras me entierro en ella, el rubio se mueve conmigo, y solo disminuye
un poco el ritmo de las embestidas para que nos estabilicemos en la nueva
posición.
El resto de los hombres se masturban los rabos gigantes y duros y los acercan
a mi rostro. Me obligan a lamerles, escupirles y chuparles cualquier verga que se
me acerca a los labios.
—Llénala de semen, Ben —le instruye Carter al rubio—. ¡Castiga ese
trasero!
Dejo caer la cabeza contra el hombro ancho del rubio. Las palabras de Carter
parecen haberle alimentado los movimientos, que se vuelven más bruscos.
De pronto, los dos explotan en mi interior. Y, por supuesto, me provocan otro
orgasmo que me hace caer por el abismo con los dos.
Mientras el resto de la banda me sigue acercando los rabos del tamaño de un
elefante al rostro, siento que el culo y el coñito comienzan a chorrear la lechita
de Carter y el rubio.
Cuando terminan de vaciarse en mi interior, se apartan.
—Se acabó el tiempo —le anuncia Carter al resto del grupo—. El dinero se
encuentra en la guantera de tu coche, pequeña.
Intento hablar, pero estoy demasiado dolorida y exhausta como para hacer
nada. Me limito a yacer sobre el suelo de hormigón frío.
—Espero que lo vuelvas a intentar pronto —grita Carter mientras él y los
otros se alejan—. Nunca eres demasiado grande como para jugar a las
escondidas.
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Sobre la escritora
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Soy una autora de erótica que disfruta escribir historias inapropiadas y hacer que la gente se sienta
incómoda con lo pervertida que soy.
Cada uno de mis relatos eróticos es como un automóvil deportivo acelerado que aguarda a que abras la
primera página. En cuanto lo haces, la luz del semáforo se pone en verde ; )
Nota de la traductora
E stimados lectores: Gracias por haber llegado al final de este relato. Si lo
disfrutaron, Hayden y yo les agradeceríamos que lo califiquen en Amazon
y, si es posible, escriban una reseña (no se preocupen, no tiene que ser
larga). Aunque no lo crean, esto nos ayuda mucho a llegar a más lectores que
pueden disfrutar de este género.
Mientras trabajo continuamente para traerles nuevos relatos de Hayden todas
las semanas, los invito a que visiten mi página web y descubran otras obras que
he traducido de este género: [Link]
Nuevamente, gracias por elegirnos.
¡Nos vemos pronto con más relatos ardientes llenos de tabú!
Su traductora, Caro