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Libro Viento

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libro al

viento

Una c a mpa ñ a de f om en to
a l a l e ct ur a de l a se c r eta r í a
de c ultur a r ec r ea c ión y dep ort e
y e l in s ti t uto di s t r i ta l
de l a s a rt e s – ida rt es

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libro al
viento
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ra

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t
tui
L as aventuras
de Pinocho
l i b r o a l v i e n t o i n i c i a l
Historia de una marioneta
Carlo Collodi
Traducción de
Fredy Ordóñez
alcaldía mayor de bogotá
Gustavo Petro Urrego, Alcalde Mayor de Bogotá C ontenido
secretaría distrital de cultura, recreación y deporte
Clarisa Ruiz Correal, Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte

instituto distrital de las artes – idartes


Santiago Trujillo Escobar, Director General
Bertha Quintero Medina, Subdirectora de Artes
Julián David Correa Restrepo, Gerente (e) del Área de Literatura
Valentín Ortiz Díaz, Asesor
Paola Cárdenas Jaramillo, Coordinadora de Programas de Lectura
Javier Rojas Forero, Asesor administrativo Un tal Pinocho 9
Laura Acero Polanía, Asistente de dimensión Antonio García Ángel

secretaría de educación del distrito Capítulo i 23


Óscar Sánchez Jaramillo, Secretario de Educación
Cómo fue que el maestro Cereza, carpintero, encontró un
Nohora Patricia Buriticá Céspedes, Subsecretaria de Calidad y Pertinencia
José Miguel Villarreal Barón, Director de Educación Preescolar y Básica pedazo de madera que lloraba y reía como un niño.
Sara Clemencia Hernández Jiménez, Luz Ángela Campos Vargas,
Carmen Cecilia González Cristancho, Equipo de Lectura, Escritura y Oralidad Capítulo ii 26
El maestro Cereza le regala el pedazo de madera a su amigo
Geppetto, que lo acepta para fabricarse una marioneta mara-
villosa que sabe bailar, hacer esgrima y dar saltos mortales.

Capítulo iii 30
Al volver a casa, Geppetto comenzó de inmediato a fabricar
la marioneta y la llamó Pinocho. Primeras travesuras de la
Título original: Le avventure di Pinocchio, Carlo Collodi marioneta.
Primera edición: Bogotá, noviembre de 2012
© de esta edición Instituto Distrital de las Artes – idartes Capítulo iv 34
© Fredy Ordónez, por la traducción, 2012
La historia de Pinocho con el Grillo parlante, en la que se ve
Ilustraciones: Enrico Mazzanti, Florencia, 1883; Carlo Chiostri, Florencia, 1902.
cómo a los niños malos les fastidia ser corregidos por quien
Todos los derechos reservados. Esta obra no puede ser reproducida, parcial o totalmente, sabe más que ellos.
por ningún medio de reproducción, sin consentimiento escrito del editor.

[Link] Capítulo v 37
isbn 978-958-57317-9-0
Pinocho tiene hambre y busca un huevo para hacerse una
tortilla, pero en el mejor momento la tortilla sale volando
Edición: Antonio García Ángel
Diseño gráfico: Óscar Pinto Siabatto por la ventana.

Impreso en Bogotá por Exprecard’s


5
con tenido con t enid o

Capítulo vi 40 Capítulo xv 74
Pinocho se queda dormido con los pies sobre el caldero y la Los asesinos persiguen a Pinocho y, después de haberlo
mañana siguiente se despierta con los pies completamente alcanzado, lo cuelgan en la rama de un roble gigante.
quemados.
Capítulo xvi 78
Capítulo vii 42 La bella Niña del pelo turquesa hace recoger a la marione-
Geppetto vuelve a casa, rehace los pies de la marioneta y le ta, la mete y manda llamar a tres médicos para saber si está
da el desayuno que el pobre hombre había traído para él. viva o muerta.

Capítulo viii 46 Capítulo xvii 82


Geppetto le rehace los pies a Pinocho y vende su propio Pinocho come azúcar, pero no quiere purgarse. Cuando ve los
abrigo para comprarle una cartilla. sepultureros que vienen a llevárselo, entonces resuelve pur-
garse. Luego dice una mentira y, de castigo, le crece la nariz.
Capítulo ix 50
Pinocho vende la cartilla para ir al teatro de marionetas. Capítulo xviii 88
Pinocho se encuentra de nuevo con la Zorra y el Gato y va
Capítulo x 53 con ellos a sembrar las cuatro monedas de oro en el Campo
Las marionetas reconocen a su hermano Pinocho y le hacen
de los Milagros.
una gran fiesta. En el mejor momento sale la marioneta
Comefuego y Pinocho corre el peligro de salir mal librado. Capítulo xix 94
A Pinocho le roban sus cuatro monedas de oro y, de castigo,
Capítulo xi 56 resulta cuatro meses en prisión.
El Comefuego estornuda y perdona a Pinocho, que luego
salva de la muerte a su amigo Arlequín. Capítulo xx 98
Liberado de la prisión, toma el camino de regreso a la casa
Capítulo xii 60 del Hada. Pero, a lo largo del camino, se encuentra con una
El titiritero Comefuego le regala cinco monedas de oro a Pi- serpiente horrible y luego cae en una trampa.
nocho, para que se las lleve a su padre Geppetto, y Pinocho
se las deja birlar dela Zorra y el Gato y se va con ellos. Capítulo xxi 102
Pinocho es atrapado por un campesino, que lo obliga a traba-
Capítulo xiii 66 jar de perro guardián en un gallinero.
La Hostería del Cangrejo Rojo.
Capítulo xxii 105
Capítulo xiv 70 Pinocho descubre a los ladrones y, en recompensa por su
Pinocho, por no hacer caso a los buenos consejos del Grillo fidelidad, es puesto en libertad.
parlante, se topa con los asesinos.
6 7
con tenido con t enid o

Capítulo xxiii 109 Capítulo xxxi 159


Pinocho llora la muerte de la hermosa Niña del pelo turque- Pinocho, en vez de convertirse en un niño, se va con su amigo
sa, luego encuentra un palomo que lo lleva hasta la orilla del Pabilo al País de los Juguetes.
mar y se arroja al agua para auxiliar a su padre Geppetto.
Capítulo xxxii 167
Capítulo xxiv 115 A Pinocho le salen orejas de burro y entonces se convierte en
Pinocho arriba a la Isla de las Abejas Industriosas y se reen- un burro de verdad y comienza a rebuznar.
cuentra con el Hada.
Capítulo xxxiii 174
Capítulo xxv 122 Convertido en un burro de verdad, lo llevan a una venta
Pinocho promete al Hada volverse bueno y ponerse a donde lo compra el director de una compañía de payasos, el
estudiar, porque está cansado de ser una marioneta y quiere cual quiere enseñarle a bailar y a saltar obstáculos. Pero una
convertirse en un niño de bien. noche empieza a cojear y entonces lo compra otro para hacer
con su piel un tambor.
Capítulo xxvi 126
Pinocho va con sus compañeros de escuela a la orilla del mar Capítulo xxxiv 184
para ver al terrible tiburón. Pinocho, arrojado al mar, es devorado por los peces y vuelve
a ser una marioneta como antes. Pero mientras nada para
Capítulo xxvii 130 salvarse, es tragado por un terrible tiburón.
Hay un gran combate entre Pinocho y sus compañeros, uno
de los cuales resulta herido, razón por la que Pinocho es Capítulo xxxv 193
arrestado por los carabineros. Pinocho se encuentra en el cuerpo del Tiburón a… ¿A quién
se encuentra? Lee este capítulo y lo sabrás.
Capítulo xxviii 138
Pinocho corre el peligro de que lo friten en una sartén como Capítulo xxxvi 200
un pescado. Finalmente Pinocho deja de ser una marioneta y se convierte
en un niño.
Capítulo xxix 144
Vuelve a la casa del Hada, que le promete que a partir del día
siguiente dejará de ser una marioneta y se convertirá en un
niño. Gran desayuno para festejar este gran acontecimiento.

Capítulo xxx 153


Pinocho, en vez de convertirse en un niño, se escapa a escon-
didas con su amigo hacia el País de los Juguetes.

8 9
a ntonio g ar cía á ng el

Un tal Pinocho 1. Y con ustedes, Carlo Collodi

En ese límite peligroso también fluyó la vida de Carlo


Collodi, el creador de Pinocho, Carlo Lorenzo Filip-
po Giovanni Lorenzini nació el 24 de noviembre de
1826 en Florencia, Italia. Su madre era camarera y su
padre cocinero en la casa de los Duques Ginori. La pa-
reja tuvo nueve hijos, de los cuales sobrevivieron tres:
el mayor, Carlo, el tercero, Paolo, nacido en 1829, y el
Pinocho comparte con Sherlock Holmes, Drácula y último, Ippolito, en 1842.
James Bond la paradoja de ser conocido por todos pero De niño, Carlo estudió en una de las Escuelas Pías,
leído por muy pocos. Es sin duda la marioneta más fa- fundadas en 1597 para dar una educación basada en la
mosa de la historia, pero esto se debe más a incontables fe y las letras a los niños pobres y abandonados. A los
ediciones abreviadas y la película de Walt Disney que al once años ingresa en el seminario de Colle Val d’Elsa.
libro original. En esta oportunidad, los lectores de Libro A los dieciséis se sale del seminario y pasa a estudiar
al Viento tienen en sus manos Las aventuras de Pinocho Retórica y Filosofía con los clérigos escolapios. Un año
en traducción exclusiva y texto íntegro. Estas páginas después encuentra trabajo en la librería Piatti, dirigida
contienen un relato insospechado, con resonancias ab- por el paleógrafo Giuseppe Aiazzi, quien le encarga la
surdas y tintes del más descarnado realismo, episodios redacción de un boletín bibliográfico. Con este motivo,
de redención y crueles hundimientos, inestables tránsi- consigue licencia eclesiástica para leer libros prohibi-
tos entre lo risueño y lo macabro, concesiones y trans- dos por la Iglesia y el duque Leopoldo II.
gresiones al cuento de hadas, ambigüedades morales que Carlo alcanza la adultez en el decennio di prepara-
caracterizan a Pinocho y los demás personajes. Por ese zione, la década de 1850 a 1860, cuando Italia se movía
filo transita la buena, la verdadera literatura, aquella que hacia la unificación y en contra del control austríaco.
describe Robert Browning en su Apología del obispo Blo- Como tantos de su generación, en 1848 se enlista como
ugram y que utilizó Pamuk como epígrafe de una novela: voluntario en la primera y fallida guerra de indepen-
«Nos interesa el límite peligroso de las cosas. / El ladrón dencia. Ese mismo año regresa a Florencia y funda el
honesto, el asesino sensible, / el ateo supersticioso». diario satírico Il lampione, publicación de tendencia

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u n tal pino cho a ntonio g ar cía á ng el

nacionalista cuya intención es «iluminar a quien anda resucita Il lampione, que había sido censurado hacía
en tinieblas». Será prohibido por el gobierno y no vol- once años. En el 62 figura como director escénico del
verá a ver la luz hasta 1860. En ese decenio de prepa- teatro La Pergola. En el 64 su hermano Paolo, que tiene
ración para la independencia definitiva de Italia lleva un buen puesto en la administración de la casa Ginori,
una intensa actividad periodística en diferentes publi- consigue que lo nombren secretario de segunda clase
caciones, haciendo crónicas teatrales, literarias y musi- en la prefectura de Florencia. Finalmente tiene un suel-
cales, escribiendo artículos bajo diferentes nombres, así do discreto, pero eso no evita que siga acosado por las
como cuatro comedias y un par de libros humorísticos. deudas. En 1868, cuando cuenta con 42 años, Collodi
Se sabe también que lleva una vida sumamente desor- forma parte del grupo que debe compilar el Diccionario
denada; es un jugador furioso y desafortunado, se llena de la Lengua Italiana. Allí conoce al filólogo y lexicó-
de deudas y se entrega al alcohol. grafo Giuseppe Rigutini, quien le aconsejará dedicarse
En 1859, cuando estalla la segunda guerra de a la literatura para la infancia.
independencia, se enrola de nuevo como voluntario, En 1875, Collodi traduce los cuentos de Perrault
esta vez en el Regimiento de Caballería de Novara. y los publica en un volumen titulado Racconti delle fate.
A su vuelta a Florencia, luego de la paz de Villafran- Además recibe el encargo de revisar el Giannetto, un
ca, el secretario del gobierno provisional toscano le libro didáctico que se utilizaba en las escuelas, escrito
encarga controvertir a un tal Eugenio Albèri, quien por Alessandro Luigi Parravincini cuarenta años atrás.
ha lanzado un escrito invitando a los toscanos a La literatura para niños era una innovación del siglo
desconfiar del programa unitario. Carlo Lorenzini xix en Italia (y en cualquier otro lugar). Para entonces
emplea su aguda pluma en responder con un opús- no había distinciones estrictas entre libros para jóve-
culo titulado ¡El señor Albèri tiene razón! Diálogo nes o adultos, pero en ese entonces el país estaba for-
apologético, y en él firma con el apellido Collodi, pueblo mándose como nación, encontraba una identidad que
de la Toscana donde nació su madre. Desde entonces requería formar valores comunes. Tras la unificación
consagra el pseudónimo de Carlo Collodi, que había política era necesaria la unificación cultural, pues como
empleado por primera vez en un artículo de 1856. bien dijo Leopardi: «Ya hicimos a Italia, ahora debemos
La unificación italiana y el cambio de política le hacer a los italianos». De ese impulso saldrá Il Viaggio
otorgan a Collodi nuevos y contradictorios oficios. En per l’Italia di Giannettino, algo así como El viaje por Ita-
1860 forma parte de la Comisión de censura teatral y lia de Juanito, que buscaba «darle a los niños una idea

13 14
u n tal pino cho a ntonio g ar cía á ng el

de su nuevo y glorioso país». Collodi también escribiría


2. Una niñería bien paga
un texto de matemáticas y una gramática de Giannet-
tino, libros que le dieron cierta fama en el ámbito de la Las aventuras de Pinocho fueron escritas a regañadien-
educación pública. El éxito de la serie Giannettino ge- tes. Collodi tenía ya el primer capítulo unos ocho o
neró otro personaje, protagonista de un libro homóni- nueve meses antes de que lo contactara el Giornale per
mo: Minuzzolo, un niño que todo el tiempo se burla de i bambini. Lo envió con una carta al administrador,
los intentos por enseñarle a ser bueno. Así, Giannettino Guido Biagi, que decía «Ahí te mando esta niñería, haz
es un antecedente del viaje como motivo central de Las con ella lo que te parezca. Pero si la publicas, págame
aventuras de Pinocho —al País de los muertos, al País bien, para que me den ganas de continuarla». Biagi la
de los Gaznápiros, al País de las Abejas Industriosas, publicó y se la pagó bien, pero Collodi remoloneaba
allende el mar—, mientras Minuzzolo anticipa la des- hasta la exasperación. En el Giornale publicaban cartas
obediencia, la burla a la autoridad. excusándose con los pequeños lectores cada vez que
En 1880, Ferdinando Martini, quien había tra- salía una edición sin las aventuras de Pinocho. Collo-
bajado junto a Collodi en la elaboración del dicciona- di escribía sin releer los capítulos anteriores, indolente
rio de la lengua, funda el Giornale per i bambini, para ante los errores argumentales o de continuidad, con evi-
aprovechar el nuevo mercado editorial. Martini llama a dente dejadez. Con afán de librarse de este libro que lo
Collodi y le pide una colaboración. El 7 de julio de 1881 aburría, el autor concibió una estructura trágica: en el
sale a la calle el número 1 del Giornale, con los primeros capítulo final, que iba a ser el número xv, el muñeco de
capítulos de Pinocho en la página 3. En 1883 se publica madera muere ejecutado como castigo a sus travesuras.
el último capítulo. Poco después será editado en forma La Zorra y el Gato le amarran los brazos y lo ahorcan
de libro. En 1886 muere su madre. En ese mismo año colgándolo del Gran Roble. Luego lo abandonan a su
Martini le cede la dirección del Giornale per i bambini. suerte « Y no tuvo aliento para decir más. Cerró los ojos,
Collodi seguirá publicando recopilaciones de sus ar- abrió la boca, estiró la pata y, dando una grande sacudi-
tículos, unos recuerdos de infancia y aún escribió La da, se quedó como tieso». Al Giornale per i bambini lle-
linterna mágica de Giannettino. Fue su último trabajo. gan airadas cartas de protesta. Muchos lectores ansiosos
El 26 de octubre de 1890, en la puerta de su casa, cayó por saber más y muchos cabos sueltos por atar. A Biagi
fulminado por un aneurisma. Le faltaba un mes para y Martini les toma cuatro meses convencer a Collodi de
cumplir 64 años. continuar su historia. Más adelante el autor se tomará

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u n tal pino cho a ntonio g ar cía á ng el

un respiro de seis meses sin escribir. Al igual que Gep- «Había una vez…» pero a continuación el narrador
petto, Collodi creó algo que había cobrado vida propia. aclara que no se trata de un rey sino de un pedazo de
Collodi, como Kafka, tenía muy poca confianza madera parlante. A propósito, entre las muchas pregun-
en la trascendencia de su obra, pero Pinocho ha sido tas que desata Pinocho es si su personalidad se forma a
traducido a cientos de lenguas, incluida una muer- medida que Geppetto trabaja la madera y la convierte en
ta como el latín. Tolstoi escribió una versión rusa marioneta. Ese mismo trozo de madera pudo desarro-
llamada Las aventuras de Buratino. De él se han ocu- llar otra psiquis al tallarlo como un animal o un santo.
pado Benedetto Croce, Julián Marías, Italo Calvi- Aunque pretende dar un mensaje moralizante, Las
no, Alberto Manguel y Paul Auster. Las adaptaciones aventuras de Pinocho no pueden escapar de las contra-
cinematográficas se cuentan por decenas, entre ellas la dicciones: Geppetto es un tierno viejecito, pero sus veci-
de Walt Disney y la de Roberto Begnini, además de rare- nos dicen que «es un verdadero tirano con los niños»; el
zas como La venganza de Pinocho y Pinocho en el espacio titiritero Comefuego se apiada de Pinocho y, generoso,
sideral, para no mencionar la deuda que tienen el Ed- le entrega cinco monedas de oro, pero a cambio decide
ward Scissorhands de Tim Burton y la Inteligencia Arti- quemar en la hoguera al Arlequín; el Hada del pelo tur-
ficial de Spielberg-Kubrick con esta marioneta viviente. quesa es buena, pero tortura a Pinocho haciéndole creer
Por si fuera poco, Pinocho ha propiciado una avalancha que ella ha muerto por su culpa; en el País de los Gazná-
iconográfica y de mercadeo que incluye afiches, posta- piros lo encierran en la cárcel por bueno e ingenuo. El
les, calendarios, muñecos de todos los materiales, com- mismo protagonista es tachado de «bobalicón», «peque-
posiciones musicales, obras de teatro, rompecabezas, ño granuja», «malvado», «travieso», «bribón», «bribon-
juegos de mesa, un parque temático y algunas obras de zuelo», «asquiento», «melindroso», «pillo», «pilluelo»,
arte moderno. «En la historia de las religiones pop», dice «sinvergüenza», «vagabundo» y «marioneta bellaca»; su
Umberto Eco, «creo que tan solo el Ratón Mickey ha so- deseo es convertirse en un niño de carne y hueso, pero
brepasado este éxito». no es tan claro qué beneficio traiga ello cuando todos los
Pese al poco afecto que prodigó Collodi a su niños que aparecen en el cuento son traicioneros, imbé-
creatura y la pereza que tenía de escribirla, el resultado ciles, desobedientes, avaros y sucios.
va más allá de la fábula ejemplar y el simple cuento de Rebbeca West, en el epílogo a la edición de New
hadas. Las primeras líneas ya plantean la transgresión York Review of Books dice que el libro trata del «en-
a las leyes del género, pues comienza con la típica frase frentamiento entre la conformidad colectiva y la

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u n tal pino cho a ntonio g ar cía á ng el

creatividad individual». Una y otra vez, Pinocho se humor negro, juegos de palabras, diálogos absurdos
dejará llevar por sus instintos y terminará recibiendo —«¿Qué lo trae por acá?», «Las piernas»— y escenas
duras reprimendas. El personaje no sólo es ahorcado memorables, como los cuatro conejos de las pompas
sino robado, apuñalado, secuestrado, azotado con láti- fúnebres, el caracol gigante que se demora nueve horas
go, golpeado en la cabeza, encadenado como un perro; en bajar cuatro pisos, la serpiente que literalmente se
además en una ocasión sus piernas se queman y en otra muere de risa, la transformación en burro, el pescador
por poco termina frito en una sartén. Cabe recalcar que que en vez de pelo tiene hierba en la cabeza y el tiburón
Pinocho, por su parte, mata al grillo parlante cuando gigante, para enumerar algunos ejemplos de esa imagi-
éste lo está sermoneando, le arranca una zarpa al Gato nería que emparenta al libro de Collodi con los paisajes
de un mordisco y ve agonizar a su amigo Pabilo. El li- y escenas de Lewis Carroll, y también con la Commedia
bro de Collodi está en las antípodas de la edulcorada y dell’arte y la novela de aventuras.
sosa versión que en 1940 hizo Disney, con una mario- Esa niñería que Collodi no quería escribir ya tiene
neta ingenua y despistada, personaje amigable que no 130 años, sus misterios aún no han sido revelados por
despierta ningún recelo ni se enfrenta a los calvarios completo y su encanto prevalece entre los lectores de
del original. Ni mata a Pepegrillo. Frente al Pinocho de todas las edades.
Disney sólo queda maravillarse ante los recursos téc- Nos complace inaugurar nuestra colección Inicial
nicos y la puesta en escena, pero el de Collodi escon- de Libro al Viento, dirigida al público infantil, con este
de múltiples interpretaciones, desde la alegoría bíblica clásico de todos los tiempos. Así como la extensión de
hasta las reflexiones sobre la post-humanidad, desde Pinocho no fue un obstáculo para los niños de su época,
las lecturas psicoanalíticas hasta los enfoques políticos esperamos que tampoco lo sea en los tiempos que co-
y antropológicos. Incluso existe un estudio de lógica so- rren. Pensamos que los padres podrán leer cada día una
bre la Paradoja de Pinocho: si Pinocho dijera «Mi nariz parte de este libro a sus hijos, y así reproducir el mismo
está creciendo» sería falso, y por tanto le crecería la na- esquema de literatura por entregas con el que fue con-
riz, pero si le crece dejaría de ser falso, entonces dejaría cebido. Tendrán la oportunidad de pasar buenos ratos
de crecerle, pero al no crecerle volvería a ser falso el enfrente de estas páginas. La diversión, sin duda, está
enunciado, y así, ad infinitum. garantizada.
Después de tanta prosa gótica sobre Pinocho, se
hace necesario recordar que el texto está salpicado de Antonio García Ángel

19 20
L as aventuras
de Pinocho
Historia de una marioneta
Carlo Collodi
ca rlo col lodi

Apenas el maestro Cereza vio ese pedazo de leño,


se emocionó y, frotándose las manos de la felicidad,
murmuró a media voz:
—Este pedazo de madera apareció justo a tiem-
po: quiero hacer con él la pata de una mesa.
Dicho esto, tomó entre sus manos un hacha afila-
da y comenzó a pulirlo y a desbastarlo; pero en el mo-
mento en que iba a dar el primer hachazo, se quedó con
I el hacha suspendida en el aire, porque oyó el hilo de
una voz que le rogaba:
Cómo fue que el maestro Cereza, carpintero, encontró —¡No me vaya a golpear muy fuerte!
un pedazo de madera que lloraba y reía como un niño. Ante esta petición, imagínense cómo quedó el
buen hombre del maestro Cereza.
Había una vez… Repasó con la mirada toda la habitación tratando
—¡Un rey! —dirán de inmediato mis pequeños de descubrir de dónde había salido esa voz, y no vio a
lectores. nadie; buscó debajo de la silla, y nada; buscó dentro del
No, niños, están equivocados. Había una vez un armario que siempre estaba cerrado, y nada; buscó entre
pedazo de madera. la viruta y el serrín, y nada; abrió la puerta de la tienda
No era una madera de lujo, sino un simple pedazo para echar una mirada a la calle, y nada. ¿Será que…?
de leña, de esos que durante el invierno se meten en —¡Claro! —dijo entonces riendo y rascándose la
las estufas y en las chimeneas para encender el fuego y peluca—. Me he imaginado la voz. Retomemos el tra-
calentar las habitaciones. bajo.
No sé cómo sucedió, pero el hecho fue que un Volvió a blandir el hacha y encajó un poderosísi-
buen día este pedazo de madera apareció en la tienda mo golpe sobre el pedazo de madera.
de un viejo carpintero cuyo nombre era Antonio, pero a —¡Ay, me has hecho daño! —gritó lamentándose
quien todos llamaban maestro Cereza, porque la punta la misma vocecita.
de su nariz siempre estaba lustrosa y rojiza como una Esta vez el maestro Cereza se quedó de una pieza,
cereza madura. con los ojos desorbitados por el miedo, la boca abierta y

23 24
l a s av e ntu r a s de pino c ho ca rlo col lodi

la lengua que le colgaba hasta el mentón, como el mas- —¡Déjame! ¡Me haces cosquillas por todo el
carón de una fuente. cuerpo!
Apenas pudo volver a hablar, y temblando del Esta vez el pobre maestro Cereza cayó como ful-
miedo, balbuceó: minado. Cuando volvió a abrir los ojos, estaba sentado
—¿Pero de dónde habrá salido esta vocecita que sobre el piso.
ha dicho ay?… Aquí no hay ningún alma. ¿Será acaso Parecía trastornado e incluso la punta de la nariz,
que este pedazo de madera aprendió a llorar y a quejar- que era tan rojiza siempre, se le puso blanca del susto
se como un niño? No lo puedo creer. Este leño acá… tan terrible.
es un pedazo de leña para la chimenea, como todos los
demás, capaz de calentar, si se arroja al fuego, una olla
de fríjoles… ¿O será que…? ¿Hay alguien escondido II
dentro? Si hay alguien escondido, tanto peor por él. ¡Ya
lo pongo en su lugar! El maestro Cereza le regala el pedazo de madera a su
Y diciendo así tomó firmemente entre sus manos amigo Geppetto, que lo acepta para fabricarse una ma-
este pobre pedazo de leño y comenzó a golpear con él rioneta maravillosa que sabe bailar, hacer esgrima y
las paredes de la habitación. dar saltos mortales.
Luego se puso a escuchar, a ver si oía alguna vo-
cecita lamentarse. Espero dos minutos, y nada; cinco En ese momento alguien tocó a la puerta.
minutos, y nada; diez minutos, y nada. —Pase, pase —dijo el carpintero, aún sin fuerzas
—Ya entiendo —dijo entonces esforzándose por para ponerse en pie.
reír y acomodándose la peluca—. Esa vocecita que ha Entonces entró en la tienda un viejo vivaz cuyo
dicho ay me la he inventado yo. ¡Volvamos al trabajo! nombre era Geppetto; pero los muchachos del barrio,
Y como había experimentado un gran miedo, in- porque les gustaba verlo rabiar, lo llamaban con el apo-
tentó ponerse a canturrear para darse un poco de ánimo. do de Papillita, pues su peluca amarilla guardaba una
Por el momento, dejó el hacha a un lado, cogió gran semejanza a una papilla de maíz.
el cepillo para pulir el pedazo de madera y, a medida Geppetto estaba furiosísimo. ¡Ay del que lo lla-
que pulía de arriba abajo, oyó la misma vocecita que le mara Papillita! Se volvía una fiera y no había modo de
decía riendo: calmarlo.

25 26
l a s av e ntu r a s de pino c ho ca rlo col lodi

—Buen día, maestro Antonio —dijo Geppetto—. —¡No!


¿Qué hace ahí tirado en el piso? —¡Sí!
—Les enseño a las hormigas a contar. Y calentándose cada vez más, pasaron de las pa-
—Que le aproveche. labras a los hechos y, agarrándose, se mordieron y se
—¿Y qué lo ha traído hasta acá? zarandearon el uno al otro.
—¡Las piernas!… Usted sabe, maestro Antonio, Cuando dejaron de pelear, el maestro Antonio
que he venido a pedirle un favor. tenía en sus manos la peluca amarilla de Geppetto y
—Aquí estoy, para servirle —respondió el carpin- Geppetto la peluca entrecana del carpintero.
tero levantándose. —¡Devuélveme mi peluca! —gritó el maestro An-
—Esta mañana se me ha ocurrido una idea. tonio.
—¿Cuál sería? —Y tú devuélveme la mía y hagamos las paces.
—He pensado en fabricarme una linda marioneta Los dos viejitos, después de haber recuperado
de madera, pero una marioneta maravillosa, que sepa cada uno su peluca, se estrecharon las manos y juraron
bailar, hacer esgrima y dar saltos mortales. Con esta ser buenos amigos toda la vida.
marioneta quiero darle la vuelta al mundo, y ganarme —Entonces, compadre Geppetto —dijo el carpin-
así un pedazo de pan y un vaso de vino. ¿Qué le parece? tero en señal de paz—, ¿cuál es el favor que me venía a
—¡Felicitaciones, Papillita! —gritó la misma vo- pedir?
cecita, desde quién sabe dónde. —Quisiera un poco de madera para fabricar mi
Al oír que lo llamaban Papillita, el compadre Gep- marioneta. ¿Me la puede dar?
petto se puso rojo como un pimentón de la rabia y, dán- El maestro Antonio, todo contento, fue de inme-
dose vuelta hacia el carpintero, le dijo enfurecido: diato a tomar del mostrador ese pedazo de madera que
—¿Por qué me ofende? le había causado tanto pavor. Pero cuando fue allí para
—¿Quién lo ofendió? entregárselo a su amigo, el palo se sacudió y, escapán-
—Me acaba de llamar Papillita. dosele bruscamente de las manos, fue a estrellarse con
—¿Yo? Yo no he dicho nada. fuerza contra las frágiles tibias del pobre Geppetto.
—¡Entonces fui yo!… Claro que fue usted. —¡Ah! ¿Pero es con estos modales, maestro An-
—¡No! tonio, que usted regala sus cosas? ¡Casi me deja cojo!
—¡Sí! —¡Le juro que no fui yo!

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l a s av e ntu r a s de pino c ho ca rlo col lodi

—¡Entonces habré sido yo! III


—Toda la culpa es de este palo.
—Claro que sé que es de este palo: pero fue usted Al volver a casa, Geppetto comenzó de inmediato a fa-
el que me lo tiró sobre las piernas. bricar la marioneta y la llamó Pinocho. Primeras tra-
—¡Yo no se lo tiré! vesuras de la marioneta.
—¡Mentiroso!
—Geppetto, no me ofenda; si no, lo llamo Papillita. La casa de Geppetto era un cuartico en un primer
—¡Asno! piso, debajo de una escalera, al que le llegaba poca luz.
—¡Papillita! El mobiliario no podía ser más austero: una burda si-
—¡Burro! lla, una cama regular y una mesita a punto de caerse.
—¡Papillita! En la pared del fondo se veía una chimenea con el fue-
—¡Bestia horrible! go encendido; pero el fuego estaba pintado y, junto al
—¡Papillita! fuego, había dibujada una olla que hervía alegremente
Al oír que lo llamaban Papillita por tercera vez, y arrojaba una nube de humo que parecía humo de
Geppetto perdió la compostura, se lanzó sobre el car- verdad.
pintero y se dieron una tremenda paliza. Apenas entró a la casa, Geppetto tomó sus he-
Cuando se acabó la batalla, el maestro Antonio tenía rramientas y se puso a tallar y a hacer su marioneta.
dos arañazos en la nariz y el otro, dos botones menos en el «¿Qué nombre le pondré? —se preguntó—. Quie-
chaleco. Empatadas las cuentas, se estrecharon las manos ro llamarla Pinocho. Este nombre le traerá fortuna. Co-
y juraron ser amigos para toda la vida. nocí una familia entera de Pinochos: Pinocho el padre,
Geppetto tomó entonces su gran pedazo de ma- la madre y los hijos, y todos la pasaban bien. El más rico
dera y, tras agradecerle al maestro Antonio, se volvió de ellos vivía de pedir limosna».
cojeando a su casa. Cuando encontró el nombre de su marioneta, co-
menzó a trabajar en forma y le hizo el pelo, luego la
frente y finalmente los ojos.
Imagínense su sorpresa cuando, luego de concluir
los ojos, se dio cuenta de que se movían y lo miraban
fijamente.

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Geppetto, viendo cómo lo veían esos dos ojos de Y Pinocho, en vez de devolverle la peluca, se la
madera, casi se lo toma a mal y dijo con tono desapa- puso en la cabeza, lo que lo hizo sentir un poco ahogado.
cible: Luego de ese insolente gesto, Geppetto se puso
—Ojos de madera, ¿por qué miran así? triste y melancólico como nunca había estado en la vida
Nadie respondió. y, volviéndose hacia Pinocho, le dijo:
Luego de los ojos, hizo la nariz; pero la nariz, ape- —¡Pequeño granuja, no te he acabado de fabri-
nas hecha, comenzó a crecer, y creció y creció, hasta car aún y ya le comienzas a faltar el respeto a tu padre!
convertirse en poco tiempo en una narizota de nunca ¡Mal, jovencito, muy mal!
acabar. Y se secó una lágrima.
El pobre Geppetto se esforzaba en recortarla, pero Faltaban por hacer las piernas y los pies.
cuanto más la recortaba y reducía, más larga se volvía Cuando Geppetto terminó de hacer los pies, sin-
esa nariz impertinente. tió una patada en la punta de la nariz.
Después de la nariz hizo la boca. «Me la merezco —dijo entonces para sí—. Debí
No había acabado de hacer la nariz, y ya comen- pensarlo antes; ahora es tarde».
zaba a reírse y a burlarse. Tomó entonces a la marioneta bajo el brazo y la
—¡Deja de reírte! —dijo Geppetto molesto; pero puso sobre el suelo de la habitación, para que caminara.
fue como hablar con una pared—. ¡Deja de reírte, te Pinocho tenía las piernas entumecidas y no sabía
repito! —le gritó amenazante. moverse y Geppetto lo llevaba de la mano para ense-
Entonces la boca dejó de reírse, pero sacó toda la ñarle a dar un paso tras otro.
lengua. Cuando las piernas se le desentumecieron, Pino-
Geppetto, para no arruinar lo que había hecho, cho comenzó a caminar por sí mismo y a correr por la
fingió no haberse dado cuenta y siguió trabajando. Des- habitación; hasta que, tras enfilar hacia la puerta de la
pués de la boca, le hizo el mentón, luego el cuello, la casa, saltó a la calle y escapó.
espalda, la barriga, los brazos y las manos. Y el pobre Geppetto se puso a correr detrás de
Apenas terminó las manos, Geppetto sintió que él sin poderlo alcanzar, porque el travieso de Pinocho
desaparecía su peluca. Miró hacia arriba y… ¿qué vio? andaba a saltos como una liebre y, golpeando sus pies
Vio la peluca amarilla en la mano de la marioneta. de madera sobre el empedrado de la calle, hacía un es-
—¡Pinocho!… Dame ya mi peluca. cándalo como de veinte pares de zuecos campesinos.

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—¡Agárrenlo, agárrenlo! —gritaba Geppetto, pe- Unos y otros murmuraban.


ro la gente que iba por la calle, viendo que corría como —Pobre marioneta —decían algunos—, tiene ra-
un bárbaro, se detenía encantada a mirarlo y se reía a zón de no volver a casa. ¡Quién sabe cómo lo maltratará
más no poder. ese tipejo de Geppetto!
Al final, y por suerte, apareció un carabinero, que, Y los demás asentían maliciosamente.
oyendo todo ese alboroto y creyendo que se trataba de —Ese Geppetto parece un caballero, pero es un
un potro que se hubiera rebelado contra su dueño, se verdadero tirano con los niños. Si le dejamos esa pobre
plantó valientemente en mitad de la calle, con el firme marioneta entre las manos, es capaz de hacerla pedazos.
propósito de detenerlo y de impedir mayores desgracias. En resumen, tanto dijeron y tanto hicieron, que
Pero Pinocho, cuando avistó a lo lejos al carabine- el carabinero puso en libertad a Pinocho y condujo a la
ro que le impedía el paso, se le ocurrió pasar entre las cárcel al pobre de Geppetto. Este, no teniendo palabras
piernas, pero fracasó. para defenderse, lloraba como un ternerito y, camino
El carabinero, sin moverse un ápice, lo agarró de de la prisión, balbuceaba sollozando:
la nariz (era una nariz desproporcionada, que parecía —¡Malvado hijo! ¡Y pensar que he penado tanto
hecha aposta para ser agarrada por carabineros) y se lo por hacerlo una marioneta de bien! Pero es mi culpa:
devolvió a Geppetto en las manos, quien, con el propó- debí pensarlo antes.
sito de corregirlo, quiso darle un buen jalón de orejas. Lo que sucedió después fue una historia de no
Pero imagínense cómo quedó cuando, al buscar las ore- creer y se las contaré en los siguientes capítulos.
jas, no las pudo encontrar. ¿Y saben por qué? Porque,
en el afán de tallarlo, se había olvidado de hacerlas.
Entonces lo tomó por el pescuezo y, mientras lo IV
llevaba de vuelta, le dijo amenazadoramente poniéndo-
le un dedo en la cabeza: La historia de Pinocho con el Grillo parlante, en la que
—Vamos rápido a casa. ¡En cuanto lleguemos, va- se ve cómo a los niños malos les fastidia ser corregidos
mos a arreglar cuentas! por quien sabe más que ellos.
Pinocho, tras esta cantilena, se tiró al suelo y no
quiso caminar más. Entre tanto, los curiosos y los vagos Les diré, entonces, niños, que mientras el inocente
comenzaron a rodearlos y a hacer corrillo. Geppetto era conducido a la prisión, aquel travieso de

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Pinocho, al quedar libre por el carabinero, se fue a zan- Así nunca les irá bien en este mundo y, tarde o tempra-
cadas por entre los campos, para llegar más pronto a no, se arrepentirán por esto amargamente.
casa. Y era tanto su afán que saltaba arbustos altísimos, —Di lo que quieras, Grillo mío, haz lo que te plaz-
setos de ciruelas y fosos llenos de agua, tal cual como ca. Pero yo mañana temprano me voy de aquí, porque,
lo haría un cabrito o una liebre perseguida por unos si me quedo, me sucederá lo que les sucede a todos los
cazadores. niños, y me mandarán a la escuela y, a las buenas o a
Al llegar al frente de la casa, encontró la puerta las malas, me tocará estudiar. Y yo, para ser sincero, de
entreabierta. La empujó, entró y, apenas pudo poner estudiar no tengo ganas. Me divierte más correr detrás
cerrojo, se echó en el suelo, dejando escapar un gran de las mariposas y subir a los árboles a tomar los nidos
suspiro de satisfacción. de los pájaros.
Pero la dicha le duró poco, porque oyó en la habi- —¡Pobre bribonzuelo! ¿Es que no sabes que, ac-
tación a alguien que hizo: tuando así, de grande te convertirás en un soberano
—Cri-cri-cri. burro y que todos se burlarán de ti?
—¿Quién me llama? —dijo Pinocho asustado. —¡Quítate, Grillo de mal augurio! —gritó Pinocho.
—Yo. Pero el Grillo, que era paciente y filósofo, en vez
Pinocho se volteó y vio un enorme Grillo que su- de tomarse a mal esta impertinencia, siguió con el mis-
bía lentamente por el muro. mo tono de voz:
—Dime, Grillo, ¿y tú quién eres? —Y si no te da la gana de ir a la escuela, ¿por qué
—Yo soy el Grillo parlante y vivo en esta habita- no aprendes al menos un oficio, para ganarte honrada-
ción hace más de cien años. mente un pedazo de pan?
—Pero esta habitación me pertenece —dijo la ma- —¿Quieres que te lo diga? —replicó Pinocho, que
rioneta— y, si me puedes hacer el favor, quiero que te comenzaba a perder la paciencia—. Entre todos los ofi-
vayas inmediatamente. cios del mundo, solo hay uno que de verdad me gusta.
—No me voy a ir de acá —respondió el Grillo— —¿Y cuál es?
antes de decirte una verdad. —El de comer, beber, dormir, divertirme y vaga-
—Vete, esfúmate. bundear de la mañana a la noche.
—¡Ay de esos muchachos que se rebelan contra sus —Para tu información —dijo el Grillo parlante
padres y abandonan caprichosamente la casa paterna. con su habitual calma—, todos los que se dedican a

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hacer eso casi siempre terminan en un hospital o una hambre y el hambre, en un abrir y cerrar de ojos, se vol-
prisión. vió en un hambre de lobos, un hambre incontrolable.
—Cuidado, Grillo de mal augurio… Hazme eno- El pobre Pinocho corrió hasta el fogón donde ha-
jar, y te va a ir mal. bía una olla que hervía y tuvo la intención de destaparla
—Pobre Pinocho, me das lástima. para ver qué había dentro. Pero la olla estaba pintada
—¿Por qué te doy lástima? sobre la pared. Imagínense cómo quedó. Su nariz, que
—Porque eres una marioneta y, sea lo que sea, tie- ya estaba larga, se le hizo más larga por lo menos cuatro
nes la cabeza de palo. dedos más.
Dichas estas últimas palabras, Pinocho saltó enfu- Entonces se puso a correr por la habitación y a
recido y, agarrando del mostrador un martillo de ma- hurgar en todos los cajones y todas las alacenas en bus-
dera, lo lanzó contra el Grillo parlante. ca de un pan, al menos un pedazo de pan duro, un hue-
Quizás no contaba con darle, pero desgraciada- so roído por un perro, una polenta mohosa, la espina
mente le dio, y por la cabeza, tanto que el pobre Grillo de un pez, una cereza, en suma, cualquier cosa para
apenas tuvo el aliento para decir cri-cri-cri y quedar es- masticar. Pero no encontró nada, nada, absolutamente
tampado contra la pared. nada.
Y mientras tanto el hambre aumentaba cada vez
más y el pobre Pinocho no le quedaba aliento más que
V para bostezar, y daba unos bostezos tan grandes que a
veces le llegaban hasta las orejas. Y después de haber
Pinocho tiene hambre y busca un huevo para hacerse bostezado, escupía, y sentía salírsele el estómago.
una tortilla, pero en el mejor momento la tortilla sale Entonces, llorando y desesperándose, decía:
volando por la ventana. —El Grillo parlante tenía razón. He hecho mal re-
belándome contra mi padre y huyendo de casa… Si mi
En cuanto comenzó a anochecer, Pinocho, recordando padre estuviera acá, ahora no me encontraría muriendo
que no había comido nada, sintió un retortijón de tri- a punta de bostezos. ¡Oh, qué horrible enfermedad es
pas, que se parecía mucho al apetito. el hambre!
Pero el apetito en los niños va a gran velocidad y, Y en ese momento le pareció ver arriba de la ba-
de hecho, después de pocos minutos, el apetito se volvió sura algo redondo y blanco que parecía un huevo de

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gallina. En un segundo dio un brinco y le cayó encima. comenzó a llorar, a gritar, a golpear el suelo con los pies
Era un huevo de verdad. de la desesperación, y llorando decía:
La alegría de la marioneta es imposible de descri- —El Grillo parlante tenía razón. Si no me hubiese
bir: es necesario imaginársela. Casi creyendo que era escapado de casa, ahora no estaría a punto de morir de
un sueño, jugaba con el huevo entre las manos, lo toca- hambre. ¡Oh, qué horrible enfermedad es el hambre!
ba, lo besaba, y besándolo decía: Y como el cuerpo le gruñía más que nunca, y no
—¿Y ahora cómo voy a cocinarlo? Me haré una sabía cómo acallarlo, pensó en salir de casa y darse una
tortilla… No, es mejor cocinarlo en una cazuela… ¿Y vuelta por el pueblo vecino, con la esperanza de encon-
no será más sabroso si lo frito en una sartén? ¿Y si lo trar alguna persona caritativa que le diera una limosna
cocino en agua?… No, la manera más rápida es hacerlo para comprar un pedazo de pan.
en una cazuela: tengo muchas ganas de comérmelo.
Dicho y hecho, puso una cazuela sobre un caldero
lleno de brasas ardientes, y puso en la cazuela, en vez de VI
aceite o mantequilla, un poco de agua y, cuando el agua
comenzó a hervir, ¡tac!… Rompió la cáscara del huevo Pinocho se queda dormido con los pies sobre el caldero
e hizo el gesto para verterlo adentro. y la mañana siguiente se despierta con los pies comple-
Pero, en vez de la clara y la yema, se escapó un po- tamente quemados.
llito muy alegre y ceremonioso que, haciendo una gran
reverencia, dijo: Era una noche de invierno. Tronaba muy fuerte y re-
—Muchas gracias, señor Pinocho, por haberme lampagueaba como si el cielo se fuera a encender y un
ahorrado el trabajo de romper la cáscara. Hasta luego, viento frío y lacerante, silbando rabiosamente y levan-
que esté bien y saludes a todos. tando una inmensa nube de polvo, hacía crujir y estre-
Dicho esto, extendió las alas y, enfilando hacia mecer todos los árboles del campo.
la ventana, que estaba abierta, voló hasta perderse de Pinocho sentía un gran miedo de los truenos y los
vista. rayos; solo que el hambre era más fuerte, motivo por el
La pobre marioneta se quedó ahí como hechiza- cual entornó la puerta de la casa y emprendió la carrera:
da, con los ojos fijos, la boca abierta y los pedazos de en cien saltos llegó hasta el pueblo, con la lengua afuera
cáscara en la mano. Apenas se repuso de la sorpresa, y agitado como un perro de caza.

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Encontró todo oscuro y desierto. Las tiendas esta- pies, encharcados y enlodados, sobre un caldero lleno
ban cerradas, las puertas de la casa cerradas, las venta- de brasas ardientes.
nas cerradas y en las calles ni siquiera un perro. Parecía Y ahí se durmió. Y mientras dormía a los pies, que
el país de los muertos. eran de madera, se les prendió el fuego y poco a poco se
Entonces Pinocho, presa de la desesperación y del le carbonizaron hasta volverse cenizas.
hambre, se pegó a la campanilla de una casa y la hizo Sin embargo Pinocho seguía durmiendo y ron-
sonar prolongadamente, diciéndose: «Alguno tendrá cando, como si los pies no fueran suyos. Finalmente, al
que aparecer». alba se despertó, porque alguien tocó la puerta.
En efecto, se asomó un vecino, que tenía puesto el —¿Quién es? —preguntó bostezando y restregán-
gorro de dormir, y le gritó enfurecido: dose los ojos.
—¿Qué quiere a esta hora? —Soy yo —respondió una voz.
—¿Me podría hacer el favor de darme un poco Era la voz de Geppetto.
de pan?
—Espérame ahí que ya vuelvo —respondió el vie-
jo, que creía estar tratando con alguno de esos mucha- VII
chos atolondrados que se divierten haciendo sonar los
timbres de las casas por la noche, para molestar a la Geppetto vuelve a casa, rehace los pies de la marioneta
gente de bien que duerme tranquilamente. y le da el desayuno que el pobre hombre había traído
Después de medio minuto, la ventana se volvió a para él.
abrir y la misma voz del vecino llegó hasta Pinocho:
—Hazte debajo y pon el sombrero. El pobre Pinocho, que aún tenía los ojos abotargados,
Pinocho alzó su sombrerito, pero, mientras lo ha- no se había percatado de que tenía los pies chamusca-
cía, sintió que le caía agua de una enorme palangana dos, por lo cual, apenas oyó la voz de su padre, saltó del
que lo emparamó de la cabeza a los pies, como si fuera taburete para quitar el cerrojo, pero, tambaleándose, se
el florero de un geranio marchito. fue contra el suelo y ahí quedó tendido cuan largo era.
Volvió a casa bañado como un pollito y agotado Y al darse contra el piso hizo el mismo ruido que
por el cansancio y el hambre. Y como no tenía fuer- habría hecho un saco de cucharas arrojadas desde un
zas para pararse derecho, se quedó sentado y apoyó los quinto piso.

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—¡Ábreme! —gritaba Geppetto desde la calle. eres un niño malo, te lo mereces», y yo le dije: «¡Cui-
—Padre mío, no puedo —respondía la marioneta dado, Grillo!», y él me dijo: «Tú eres una marioneta y
llorando y arrastrándose por el suelo. tienes la cabeza de madera», y yo le tiré el mango de
—¿Por qué no puedes? un martillo y murió, pero fue su culpa, porque yo no
—Porque me comieron los pies. quería matarlo, prueba de eso es que puso una cazuela
—¿Y quién te los comió? sobre las brasas encendidas del caldero, pero el polli-
—El gato —dijo Pinocho, viendo el gato que con to se escapó y dijo: «Hasta luego, saludos por casa», y
las patas delanteras se entretenía jugando con unos tro- el hambre era cada vez más grande, razón por la cual
zos de madera. ese viejito con gorro, asomándose por la ventana, me
—¡Ábreme, te digo! —repitió Geppetto—, ¡si no, dijo: «Hazte debajo y pon el sombrero», y yo, con ese
cuando entre, el gato voy a ser yo! chorro de agua encima (porque pedir un poco de pan
—No puedo pararme, créeme. Oh, pobre de mí, no es vergüenza, ¿cierto?), me regresé rápido a la casa
pobre de mí, que me tocará ir de rodillas toda la vida… y, como seguía con mucha hambre, puse los pies en el
Geppetto, creyendo que todos estos lloriqueos caldero para secarme, y tú volviste y ya estaban com-
eran otra travesura de la marioneta, pensó en resolver pletamente quemados, aunque el hambre seguía y ya no
todo este asunto y, trepándose al muro, se metió a la tengo pies…
casa por la ventana. Y el pobre Pinocho comenzó a llorar y gritar tan
Ya quería comenzar a reprenderlo, pero entonces, fuerte, que podía escucharse a cinco kilómetros de dis-
cuando vio a su Pinocho echado en el suelo y de verdad tancia.
sin pies, se enterneció y, tomándolo del cuello, se puso Geppetto, que de todo ese discurso inconexo ha-
a darle besos, a consentirlo y a hacerle mil monerías y, bía entendido solo una cosa —que la marioneta se esta-
con los lagrimones que se le caían por las mejillas, le ba muriendo del hambre—, sacó del bolsillo tres peras
dijo sollozando: y extendiéndoselas le dijo:
—Pinochito mío, ¿cómo fue que te quemaste los —Estas tres peras eran para mi desayuno, pero te
pies? las doy con gusto. Cómetelas; ¡buen provecho!
—No lo sé, padre, pero créeme que ha sido una —Si quieres que me las coma, hazme el favor de
noche de pesadilla, de la que nunca me voy a olvidar. pelarlas.
Tronaba, relampagueaba y yo tenía mucha hambre y —¿Pelarlas? —exclamó Geppetto sorprendido—.
entonces el Grillo parlante me dijo: «Está bien: como
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Jamás hubiera pensado, hijo mío, que eras tan asquien- —Si acaso estas cáscaras y estos corazones de pera.
to y tan melindroso para comer. ¡Qué mal! En este —¡Está bien! —dijo Pinocho—, si no hay nada
mundo, desde pequeños es necesario acostumbrarse a más, comeré un pedazo de cáscara.
comer de todo, porque nunca se sabe qué nos puede Y comenzó a masticar. Al principio torció un
pasar. ¡Suceden tantas cosas! poco la boca, pero luego, una tras otra, devoró en un
—Tienes razón —sollozó Pinocho—, pero nunca suspiro todas las cáscaras, y después de las cáscaras los
comeré una fruta que no esté pelada. No soporto las corazones; y cuando acabó con todo, se sacudió las ma-
cáscaras. nos feliz y dijo regocijándose:
Y el buen hombre de Geppetto, sacando su cuchi- —¡Ya por fin estoy satisfecho!
llo y armándose de santa paciencia, peló las tres peras, y —Ves, entonces —observó Geppetto—, que tenía
puso las cáscaras en una esquina sobre la mesa. razón cuando te decía que era necesario no ser muy so-
Luego de que Pinocho en dos bocados se comió la fisticado ni muy refinado del paladar. Querido mío, no
primera pera, tuvo el gesto de arrojar el corazón, pero se sabe nunca qué puede pasar en este mundo. ¡Suceden
Geppetto se lo impidió diciéndole: tantas cosas!
—No lo botes: todo en este mundo puede ser útil.
—Pero el corazón no me lo voy a comer —gritó la
marioneta, volviéndose como una víbora. VIII
—¡Quién sabe! ¡Suceden tantas cosas! —repitió
Geppetto sin alterarse. Geppetto le rehace los pies a Pinocho y vende su propio
Y entonces los tres corazones de pera, en vez de abrigo para comprarle una cartilla.
ser arrojados por la ventana, fueron puestos en una es-
quina de la mesa junto con las cáscaras. La marioneta, apenas dejó de tener hambre, comenzó
Tras ser comidas o, para decirlo mejor, devoradas de inmediato a quejarse y a llorar, porque quería un par
las tres peras, Pinocho bostezó exageradamente y dijo de pies nuevos.
lloriqueando: Pero Geppetto, para castigarlo por sus travesuras,
—¡Sigo teniendo hambre! lo dejó llorar y desgañitarse medio día; luego le dijo:
—Pero, niño mío, no tengo nada más para darte. —¿Y por qué debería rehacerte los pies? ¿Para ver
—¿Nada nada? que escapas de nuevo de la casa?

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—Te lo juro —dijo la marioneta—: de hoy en ade- Apenas la marioneta se dio cuenta de que tenía
lante seré bueno. pies, saltó de la mesa donde estaba acostado y comenzó
—Todos los niños —replicó Geppetto—, cuando a hacer mil piruetas y mil maromas, como si hubiera
quieren obtener algo, hablan así. enloquecido de la felicidad.
—Te juro que iré a la escuela, estudiaré y me gra- —Para recompensarte por todo lo que has hecho
duaré con honores. por mí —dijo Pinocho a su padre—, quiero ir ya a la
—Todos los niños, cuando quieren obtener algo, escuela.
repiten la misma historia. —¡Felicitaciones, mi niño!
—¡Pero yo no soy como los otros niños! Yo soy —Pero para ir a la escuela me hace falta algo con
mejor que los otros y siempre digo la verdad. Te prome- que vestirme.
to, papá, que aprenderé un arte y que seré el consuelo y Geppetto, que era pobre y no tenía en el bolsillo ni
el soporte de tu vejez. un centavo, le hizo entonces un trajecito con un papel
Geppetto que, a pesar de su cara de tirano tenía de flores, un par de zapatos con la corteza de un árbol y
los ojos llenos de lágrimas y el corazón ensanchado por un gorro con miga de pan.
el amor que le inspiraba su pobre Pinocho en ese es- Pinocho corrió a verse en el reflejo de una palan-
tado lastimoso, no respondió nada. Pero, tomando sus gana llena de agua y quedó tan contento, que dijo pa-
herramientas de trabajo y dos pedazos de leña seca, se voneándose:
puso a trabajar con gran dedicación. —¡Parezco todo un señor!
Y, en menos de una hora, los pies quedaron he- —Es verdad —le dijo Geppetto—, porque, tenlo
chos: dos piecitos esbeltos, acabados, perfectos, como si siempre presente, no es el traje el que hace al señor, sino
hubieran sido modelados por un artista genial. la limpieza del traje.
Entonces Geppetto le dijo a la marioneta: —A propósito —añadió la marioneta—, para ir a
—Cierra los ojos y duerme. la escuela me falta otra cosa; de hecho, me falta lo más
Y Pinocho cerró los ojos y fingió dormir. Y mien- importante y lo mejor.
tras se hacía el dormido, Geppetto, con un poco de pe- —¿De qué hablas?
gamento disuelto en cáscara de huevo, encajó los dos —Me falta la cartilla.
pies en su lugar, y los pegó tan bien, que ni siquiera se —Tienes razón; ¿pero cómo hacer para que ten-
veían las junturas. gas una?

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—Muy fácil: ve donde un librero y la compras. IX


—¿Y el dinero?
—Yo no tengo. Pinocho vende la cartilla para ir al teatro de mario-
—Yo tampoco —añadió el buen hombre ponién- netas.
dose súbitamente triste.
Pinocho, si bien era un niño alegre, se puso triste Cuando dejó de nevar, Pinocho, con su maravillosa car-
también él: porque la miseria, cuando es de verdad mi- tilla nueva debajo del brazo, tomó la calle que lo llevaba
serable, la entienden todos, incluso los niños. a la escuela y, en el camino, especulaba con mil razona-
—¡No hay problema! —gritó Geppetto de repente mientos y mil castillos en el aire, cada uno más fabuloso
poniéndose de pie y, agarrando el viejo abrigo de fustán que el anterior.
todo remendado, salió corriendo de casa. Y pensando así se decía:
Poco después regresó. Y cuando volvió tenía en «Hoy en la escuela quiero ya aprender a leer, ma-
la mano la cartilla para su hijo, pero no el abrigo. El ñana aprenderé a escribir y pasado mañana aprenderé
pobre hombre estaba en mangas de camisa. Y afuera a contar. Luego, con mi habilidad, ahorraré mucho di-
nevaba. nero que guardaré en el bolsillo, pues quiero darle a mi
—¿Y el abrigo, papá? padre un bonito abrigo de paño. Pero, ¡qué digo! Se lo
—Lo vendí. haré todo de plata y oro con botones de brillantes. Ese
—¿Por qué lo vendiste? pobre hombre se lo merece de verdad, porque, en suma,
—Porque me acaloraba. por comprarme los libros, se quedó en mangas de ca-
Pinocho entendió la respuesta al vuelo y, no pu- misa… ¡y con este frío! Solo los padres son capaces de
diendo frenar el ímpetu de su buen corazón, saltó al tales sacrificios».
cuello de Geppetto y comenzó a besarlo por toda la Mientras así, conmovido, decía esto, le pareció oír
cara. a lo lejos una música de pífanos y tambores: pi-pi-pi,
pi-pi-pi, zum-zum-zum.
Se paró y se puso a escuchar. Esos sonidos so-
naban a lo lejos de una larguísima calle que conducía
a un pueblecito levantado en una playa al lado del
mar.

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—¿Qué es esta música? Lástima que deba ir a la —Cuatro pesos.


escuela, pues si no… Pinocho, que era presa de la fiebre de la curiosi-
Y se quedó ahí confundido. De cualquier modo, dad, perdió cualquier reserva y le dijo sin pena al jo-
era necesario tomar una decisión: o a la escuela o a es- venzuelo con el que hablaba:
cuchar los pífanos. —¿Me prestarías cuatro pesos y te los devuelvo
—Hoy iré a escuchar los pífanos, y mañana iré a la mañana?
escuela: para ir a la escuela siempre hay tiempo —dijo —Te los daría con gusto —le respondió el otro en
finalmente este pilluelo, alzando los hombros. tono de burla—, pero justamente hoy no te los puedo
Dicho y hecho, enfiló por la calle y se puso a co- dar.
rrer dando grandes zancadas. Cuanto más se acercaba, —Te vendo mi chaqueta por cuatro pesos —le
más nítido oía el sonido de los pífanos y los golpes a dijo entonces la marioneta.
los bombos: pi-pi-pi, pi-pi-pi, pi-pi-pi, zum, zum, zum, —¿Y qué quieres que haga con una chaqueta de
zum. papel florido? Si llueve, no hay manera de quitársela de
Al cabo se encontró en medio de una plaza lle- encima.
na de gente, la cual se apiñaba en torno a una enorme —¿Quieres entonces comprarme mis zapatos?
caseta de madera, cubierta por una tela pintada de mil —Solo me servirían para encender el fuego.
colores. —¿Y cuánto me das por mi gorro?
—¿Qué hay en esa caseta? —preguntó Pinocho, —¡Sería una gran adquisición! ¡Un gorro de miga
volviéndose a un muchachito del lugar. de pan! Los ratones podrían venir a comerse mi cabeza.
—Lee el cartel y lo sabrás. Pinocho estaba decidido. Iba a hacer su última
—Lo leería con gusto, pero justamente hoy no sé oferta, pero le faltaba valor: dudaba, vacilaba, sufría. Al
leer. final dijo:
—¡Felicitaciones! Entonces te lo leeré yo. En ese —¿Quieres darme cuatro pesos por esta cartilla
cartel de letras rojas como el fuego está escrito: gran nueva?
teatro de las marionetas. —Yo soy un niño y no compro nada de niños
—¿Y hace mucho que comenzó la función? —le respondió su pequeño interlocutor que tenía mu-
—Ya va a comenzar. cho más juicio que él.
—¿Y cuánto cuesta la entrada?

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—Por cuatro pesos yo compro la cartilla —gritó En cierto momento, de repente, Arlequín dejó
un revendedor de paños usados que presenciaba la con- de recitar y, volviéndose al público y señalando con la
versación. mano a alguien al fondo de la platea, comenzó a gritar
Y el libro fue vendido sin más trámite. ¡Y pensar en tono dramático:
que el buen hombre de Geppetto se había quedado en —¡Dioses del firmamento! ¿Sueño o estoy des-
casa temblando del frío en mangas de camisa para po- pierto? ¿No es acaso Pinocho ese que está allá?
der comprarle la cartilla a su hijito! —Es el mismísimo Pinocho —gritó Polichinela.
—El mismo —aulló la señora Rosaura, que hacía
de flor en la parte de atrás del escenario.
X —¡Es Pinocho, es Pinocho! —gritaron en coro
todas las marionetas, saliendo de los bastidores—. ¡Es
Las marionetas reconocen a su hermano Pinocho y le Pinocho! ¡Nuestro hermano Pinocho! ¡Viva Pinocho!
hacen una gran fiesta. En el mejor momento sale la ma- —¡Pinocho, ven acá conmigo! —clamó Arle-
rioneta Comefuego y Pinocho corre el peligro de salir quín—. ¡Ven a que te abracen tus hermanos de palo!
mal librado. Ante esta afectuosa invitación, Pinocho dio un
brinco y pasó del fondo de la platea hacia delante, a los
Cuando Pinocho entró en el teatrino de marionetas, su- puestos de lujo. Luego, con otro salto, de los puestos de
cedió algo que casi desencadena una revolución. lujo se montó en la cabeza del director de orquesta, y de
Es necesario saber que el telón estaba arriba y la allí se lanzó al tablado.
función ya había comenzado. Es imposible imaginarse los abrazos, los estru-
Sobre el escenario se veían a Arlequín y a Polichi- jones, los pellizcos de amistad y los cabezazos de ver-
nela que discutían entre ellos y, como era su costumbre, dadera y sincera hermandad que Pinocho recibió, en
se amenazaban con darse bofetones y bastonazos. medio de la confusión, de los actores y actrices de aque-
El público, todo atento, soltaba grandes carcaja- lla compañía dramático-vegetal.
das al presenciar la disputa de estas dos marionetas que Este espectáculo fue conmovedor, sobra decirlo.
actuaban y se insultaban con tanta propiedad, como si Pero el público de la platea, viendo que la función no
fueran dos animales racionales y dos personas de este proseguía, se impacientó y se puso a gritar:
mundo. —¡Que siga la función, que siga la función!

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El esfuerzo fue en vano, porque las marionetas, bastante seca y estoy seguro de que, si lo boto al fuego,
en vez de continuar la representación, redoblaron el es- aportará al fuego del asado con una bonita llamarada.
cándalo y la bulla y, montando a Pinocho sobre sus es- Arlequín y Polichinela al principio titubearon.
paldas, lo llevaron victorioso hacia las luces del teatro. Pero aterrorizados por las miradas de su dueño, obede-
Entonces salió el titiritero, un hombre tan feo que cieron y al rato volvieron a la cocina, cargando en los
asustaba con solo mirarlo. Tenía una barba negra como brazos al pobre Pinocho, que, sacudiéndose como una
un garabato de tinta y era tan larga que le llegaba hasta anguila fuera del agua, gritaba desesperadamente:
el suelo: basta decir que, cuando caminaba, se la pisaba —¡Padre mío, sálvame! No quiero morir, no quie-
con los pies. Su boca era enorme como un horno, sus ro morir.
ojos parecían dos lámparas de vidrio rojo encendidas
y con sus manos hacía chasquear un látigo hecho de
serpientes y colas de zorro. XI
La súbita aparición del titiritero los enmudeció a
todos: nadie volvió a respirar. Se hubiera podido oír el El Comefuego estornuda y perdona a Pinocho, que lue-
vuelo de una mosca. Esas pobres marionetas, hombres go salva de la muerte a su amigo Arlequín.
y mujeres, temblaban como hojas.
—¿Por qué viniste a alborotar mi teatro? —pre- El titiritero Comefuego (este era su nombre) parecía
guntó el titiritero a Pinocho, con el vozarrón de un orco un hombre pavoroso, no digo que no, sobre todo por
con gripa. esa barba negra que, como un mandil, le cubría todo
—Créame, ilustrísimo, que la culpa no es mía. el pecho y todas las piernas; pero en el fondo no era un
—¡Cállate! Esta noche arreglaremos cuentas. hombre malvado. Una prueba de esto era que, cuando
De hecho, al final de la función, el titiritero fue a tuvo en frente al pobre Pinocho que trataba de zafarse
la cocina, donde se le preparaba, para la cena, un gran de mil maneras gritando: «No quiero morir, no quiero
cordero, que giraba ensartado en el asador. Y como fal- morir», comenzó a conmoverse y apiadarse; y después
taba leña para terminarlo de cocinar, llamó a Arlequín de haber resistido un buen rato, al final no pudo más y
y a Polichinela y les dijo: dejó escapar un sonorísimo estornudo.
—Tráiganme acá esa marioneta que se encon- Tras este estornudo Arlequín, que hasta ese mo-
traron… Parece una marioneta hecha de una madera mento se había sentido triste y se había deshecho como

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un sauce llorón, se le iluminó la cara y, arrimándose a más leña para asar ese cordero asado, y tú, para decirte
Pinocho, le susurró: la verdad, en este caso me hubieras hecho un gran fa-
—¡Buenas noticias, hermano! El titiritero estor- vor. Pero me apiadé y solo me queda armarme de pa-
nudó y esto es señal de que se ha compadecido por ti y ciencia. En vez de ti, pondré a quemar en el asador a
entonces te has salvado. alguna marioneta de mi compañía. ¡Gendarmes!
Porque es necesario saber que, mientras todos A esta orden, aparecieron de inmediato dos gen-
los hombres, cuando alguien los conmueve, lloran o, darmes de madera, largos largos, secos secos, con el
por lo menos hacen el amague de secarse las lágrimas, pelo de la cabeza iluminado y un sable desenfundado
Comefuego, al contrario, cada vez que se enternecía de en la mano.
verdad tenía el vicio de estornudar. Era un modo como Entonces el titiritero les dijo con voz agónica:
cualquier otro de dar a conocer a los demás la sensibi- —Agarren a Arlequín, amárrenlo bien y luego
lidad de su corazón. arrójenlo al fuego. Quiero que mi cordero quede bien
Después de haber estornudado, el titiritero, ha- asado.
ciéndose el gruñón, le gritó a Pinocho: ¡Imagínense al pobre Arlequín! Fue tanto su pa-
—¡Deja ya de llorar! Tus lamentos me han abier- vor, que las piernas se le doblaron y cayó de bruces en
to un hueco en el estómago… siento un ansia que casi, el suelo.
casi… —y estornudó dos veces más. Pinocho, ante este desgarrador espectáculo, fue a
—¡Salud! —dijo Pinocho. lanzarse a los pies del titiritero y, llorando desconsolado
—Gracias. ¿Y tu padre y tu madre aún están vi- y bañando en lágrimas todos los pelos de la larguísima
vos? —le preguntó Comefuego. barba, comenzó a decir con voz suplicante:
—Mi padre, sí; a mí madre nunca la conocí. —¡Piedad, señor Comefuego!
—¡Quién sabe qué disgusto sería para tu viejo pa- —Aquí no hay señores —replicó duramente el ti-
dre si decidiera echarte ahora mismo entre estos car- tiritero.
bones ardientes! ¡Pobre viejo, lo compadezco!… —y —¡Piedad, señor caballero!
estornudó tres veces más. —Aquí no hay caballeros.
—¡Salud! —¡Piedad, señor comendador!
—¡Gracias! Por lo demás, es necesario que me —Aquí no hay comendadores.
compadezcan también a mí, porque, como ves, no tengo —¡Piedad, su excelencia!

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Al oírse llamar excelencia, el titiritero de inme- por la barba del titiritero, fue a darle un cariñosísimo
diato estiró la boca y, de repente más humano y cordial, beso en la punta de la nariz.
dijo a Pinocho: —¿Entonces me salvé? —preguntó el pobre Arle-
—Bueno, ¿qué quieres de mí? quín, con un hilo de voz que apenas se escuchaba.
—Te pido que le concedas el indulto al pobre Ar- —Te salvaste —respondió Comefuego, y luego
lequín. añadió suspirando y meneando la cabeza:
—Ya no más indultos. Si te he perdonado la vida —¡Está bien! Por esta noche me resignaré a co-
a ti, debo echarlo al fuego a él, porque quiero que mi merme el cordero medio crudo, pero, la próxima vez,
cordero se dore bien. ¡ay del que le toque!
—En este caso —gritó fieramente Pinocho, ir- Con la noticia del perdón obtenido, las marione-
guiéndose y botando su gorro de miga de pan—, en este tas corrieron sobre el escenario y, prendidas las luces y
caso sé cuál es mi deber. ¡Adelante, señores gendarmes! las lámparas como en una velada de gala, comenzaron a
Átenme y arrójenme entre las llamas. No, no es justo saltar y a bailar. Cuando llegó el alba, seguían bailando.
que el pobre Arlequín, mi verdadero amigo, deba morir
por mí.
Estas palabras, pronunciadas en voz alta y con XII
acento heroico, hicieron llorar a todas las marionetas
que estaban presentes en el escenario. Los mismos gen- El titiritero Comefuego le regala cinco monedas de oro
darmes, aunque eran de palo, lloraban como dos corde- a Pinocho, para que se las lleve a su padre Geppetto, y
ritos recién nacidos. Pinocho se las deja birlar de la Zorra y el Gato y se va
Comefuego al principio se mantuvo impertérrito con ellos.
como un pedazo de hielo, pero luego poco a poco co-
menzó él también a conmoverse y a estornudar. Y tras Al día siguiente Comefuego llamó aparte a Pinocho y
cuatro o cinco estornudos, abrió afectuosamente los le preguntó:
brazos y le dijo a Pinocho: —¿Cómo se llama tu padre?
—Eres un gran muchacho: ven acá y me das un —Geppetto.
beso. —¿Y qué hace para ganarse la vida?
Pinocho corrió y, trepándose como una ardilla —Ser pobre.

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—¿Y gana mucho? —¡Pobre padre! Pero, si Dios quiere, de hoy en


—Gana lo suficiente para no tener nunca un cen- adelante no volverá a sentir frío.
tavo en el bolsillo. Imagínese que, para comprarme la —¿Por qué?
cartilla de la escuela, debió vender el único abrigo que —Porque me he vuelto un gran señor.
tenía: un abrigo que, con parches y remiendos, era un —¿Un gran señor tú? —dijo la Zorra y comenzó
desastre. a reírse grosera y burlonamente; y el Gato también se
—Pobre diablo, me da pesar. Ten estas cinco mo- reía, pero para disimular se peinaba los bigotes con las
nedas de oro. Ve y se las llevas y salúdalo de parte mía. patas delanteras.
Pinocho, como era de suponer, agradeció mil ve- —No hay nada de qué reírse —vociferó Pinocho
ces al titiritero, abrazó una a una a todas las marionetas resentido—. Lamento aguarles la fiesta, pero estas que
de la compañía y, fuera de sí de la alegría, emprendió su ven aquí son cinco preciosas monedas de oro.
camino de regreso a casa. Y mostró las monedas que le había regalado Co-
Pero no había alcanzado a hacer medio kilómetro, mefuego.
cuando se encontró en el camino a una Zorra coja de Al simpático sonido de estas monedas, la Zorra,
un pie y un Gato ciego de los dos ojos, que iban por involuntariamente, estiró la pata que parecía como
ahí, ayudándose entre ellos como buenos compañeros encogida y el Gato entornó los dos ojos que parecían
de infortunio. La Zorra, que era coja, caminaba apo- dos linternas verdes. Pero luego los cerró de repente,
yándose en el Gato, y el Gato, que era ciego, se dejaba de modo que Pinocho no alcanzó a darse cuenta de
guiar por la Zorra. nada.
—Buen día, Pinocho —le dijo la Zorra, saludán- —Y ahora —le preguntó la Zorra—, ¿qué quieres
dolo amablemente. hacer con esas monedas?
—¿Cómo es que sabes mi nombre? —preguntó la —Antes que nada —respondió la marioneta—,
marioneta. quiero comprarle a mi padre un bonito abrigo nuevo,
—Conozco bien a tu padre. de oro y plata, con botones de brillantes. Y luego quiero
—¿Dónde lo viste? comprar una cartilla para mí.
—Lo vi ayer en la puerta de su casa. —¿Para ti?
—¿Y qué hacía? —Sí, porque quiero ir a la escuela y ponerme a
—Estaba en mangas de camisa y temblaba del frío. estudiar de verdad.

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—¡Mírame a mí! —dijo la Zorra—. Por el estúpi- —¿A dónde?


do afán de estudiar, perdí una pierna. —Al País de los Gaznápiros.
—¡Mírame a mí! —dijo el Gato—. Por el estúpido Pinocho lo pensó un momento y luego dijo re-
afán de estudiar, perdí la vista en cada uno de mis ojos. sueltamente:
En ese momento, un Mirlo blanco, que estaba —No, no quiero ir. Estoy cerca de casa y ya quie-
apostado en la acera de la calle, dijo a su vez: ro llegar a ver a mi padre, que me espera. Quién sabe
—Pinocho, no les hagas caso a tus malos compa- cuánto ha suspirado ayer al no verme regresar. Por des-
ñeros; si lo haces, ¡te arrepentirás! gracia, he sido un mal hijo y el Grillo parlante tenía ra-
Pobre Mirlo, ¡mejor no hubiera hablado! El Gato, zón cuando decía: «A los niños desobedientes no les va
dando un gran salto, se le fue encima y, sin darle tiempo bien en este mundo». Y yo lo he comprobado a mi pe-
a musitar una palabra, se lo zampó de un bocado, con sar, porque han ocurrido muchas desgracias, e incluso
plumas y todo. ayer por la noche en la casa del Comefuego he corrido
Luego de comérselo y de haberse limpiado la boca, peligro… ¡Brrr! Me dan escalofríos de solo acordarme.
cerró los ojos y volvió a hacerse el ciego como antes. —Entonces —dijo la Zorra—, ¿quieres irte a tu
—Pobre Mirlo —dijo Pinocho al Gato—, ¿por qué casa? Ve, tanto peor para ti.
lo has tratado tan mal? —¡Tanto peor para ti! —repitió el Gato.
—Fue para darle una lección. Para que aprenda —Piénsalo bien, Pinocho, porque le estás dando
que, la próxima vez, no debe inmiscuirse en los asuntos una patada a la suerte.
de los demás. —¡A la suerte! —repitió el Gato.
Ya habían llegado a mitad de la calle, cuando la —Tus cinco monedas de oro se convertirían, de
Zorra, deteniéndose de repente, dijo a la marioneta: un día para otro, en dos mil.
—¿Quieres multiplicar tus monedas de oro? —¡Dos mil! —repitió el Gato.
—¿Cómo así? —¿Pero cómo es posible que se vuelvan tantas?
—¿Quieres convertir tus cinco miserables mone- —preguntó Pinocho, con la boca abierta del asombro.
das de oro en cien, o mil, o dos mil? —Te lo explico de inmediato —dijo la Zorra—. Es
—¡Por supuesto! ¿Qué hay que hacer? necesario saber que en el País de los Gaznápiros hay un
—Muy fácil. En vez de regresar a tu casa, deberías terreno bendito, al que todos llaman el Campo de los
venir con nosotros. Milagros. Tú haces en este terreno un pequeño hueco y

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metes adentro, por ejemplo, una moneda de oro. Luego «Qué gente valiosa», pensó para sí Pinocho. Y, ol-
vuelves a llenar el hueco con tierra, lo riegas con dos vidándose ahí mismo de su padre, de su abrigo nuevo,
cubetas de agua de la fuente, echas una pizca de sal y a de la cartilla y de todos sus buenos propósitos, dijo en-
la noche te vas tranquilamente a dormir. Mientras tan- tonces a la Zorra y al Gato:
to, la moneda germina y florece, y a la mañana siguien- —Vamos entonces: voy con ustedes.
te, al volver al campo, ¿con qué te encuentras? Con un
árbol cargado con tantas monedas de oro como granos
puede haber en una espiga en el mes de junio. XIII
—Entonces —dijo Pinocho cada vez más asombra-
do—, ¿si yo entierro en este terreno mis cinco monedas de La Hostería del Cangrejo Rojo.
oro, a la mañana siguiente cuántas monedas encontraré?
—Es un cálculo facilísimo —respondió la Zo- Tras caminar y caminar y caminar, cuando la tarde ya
rra—, un cálculo que puedes hacer con los dedos de iba a morir, llegaron muertos del cansancio a la Hoste-
la mano. Pon que cada moneda te reporte quinientas ría del Cangrejo Rojo.
monedas: multiplica quinientos por cinco, y a la maña- —Detengámonos acá —dijo la Zorra—. Coma-
na siguiente tendrás en tu bolsillo dos mil quinientas mos un poco y reposemos unas horas. A medianoche
monedas, contantes y sonantes. reemprenderemos el viaje, para lograr llegar mañana al
—¡Oh, qué maravilla! —gritó Pinocho, bailando alba al Campo de los Milagros.
de la alegría—. Apenas recoja esa cantidad de monedas, Entraron a la Hostería y se sentaron los tres en
cogeré dos mil para mí y los otros quinientos se los daré una mesa, pero ninguno de ellos tenía apetito.
a ustedes dos de regalo. El pobre Gato, sintiéndose gravemente indispues-
—¿Un regalo para nosotros? —exclamó la Zorra, to del estómago, no pudo comer otra cosa que treinta
con un gesto de desdén y casi ofendida—. ¡Dios nos libre! y cinco salmonetes con salsa de tomate y cuatro por-
—¡Dios nos libre! —repitió el Gato. ciones de tripas a la parmesana, y como la tripa no le
—Nosotros —retomó la Zorra— no trabajamos parecía suficientemente aliñada, tres veces pidió man-
por intereses mezquinos: nosotros trabajamos única- tequilla y queso rallado.
mente para enriquecer a los demás. La Zorra también habría devorado con gusto
—¡A los demás! —repitió el Gato. cualquier cosa, pero como el médico le había ordena-

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do una dieta rigurosísima, se debió contentar apenas venga a tomarnos». Pero cuando Pinocho estaba en la
con un liebre de sabor dulzón, acompañada de pollos y mejor parte, cuando extendió la mano para coger una
gallos tiernos. Después de la liebre se hizo llevar, para manotada de estas monedas y metérselas al bolsillo, se
completar, un guiso de perdiz, conejo, rana, lagarto y despertó de repente por tres violentísimos golpes en la
uva del paraíso. Y luego no quiso nada más. La comida puerta de su habitación.
le había producido tantas náuseas, decía ella, que no Era el hostelero que venía a decirle que ya era me-
podía acercarse nada a la boca. dianoche.
El que menos comió fue Pinocho. Pidió un mon- —¿Y mis compañeros ya están listos? —le pre-
toncito de nueces y un pedazo de pan, y dejó en el plato guntó la marioneta.
las dos cosas. El pobre, con el pensamiento fijo en el —Más que listos. Partieron hace dos horas.
Campo de los Milagros, se había indigestado anticipa- —¿Y por qué tanta prisa?
damente con las monedas de oro. —Porque el Gato recibió una embajada en la que
Cuando terminaron de cenar, la Zorra dijo al hos- se le informaba que el gato mayor, enfermo de sabaño-
telero: nes en los pies, estaba en peligro de muerte.
—Danos dos buenas habitaciones, una para el —¿Y pagaron la cena?
señor Pinocho y otra para mí y mi compañero. Antes —¡Cómo se le ocurre! Son personas muy educa-
de proseguir el viaje nos echaremos una siesta. Sin em- das para haberlo injuriado de esa manera.
bargo recuerda que, a medianoche, queremos que nos —¡Lástima! Me hubiera gustado ser víctima de
despierten para continuar nuestro viaje. esa afrenta —dijo Pinocho, rascándose la cabeza. En-
—Sí, señores —respondió el hostelero, y picó el tonces preguntó:
ojo a la Zorra y al Gato como diciendo: «Ya entendí. —¿Y dónde dijeron que me iban a esperar?
Estoy con ustedes». —En el Campo de los Milagros, mañana al des-
Apenas Pinocho se metió a la cama, se durmió y puntar el alba.
comenzó a soñar. Y soñaba que estaba en mitad de un Pinocho pagó una moneda de oro por su cena y
campo, y que este campo estaba lleno de árboles carga- por la de sus compañeros, y luego partió.
dos de racimos, y que estos racimos estaban llenos de Pero se puede decir que se marchó a tientas, por-
monedas de oro, que, al balancearse por el viento, ha- que afuera de la Hostería era tal la oscuridad que no se
cían zin, zin, zin, como queriendo decir: «quien quiera podía ver más allá de la punta de la nariz. Y en el campo

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no se oía el aleteo de una hoja. Solamente algunos pá- —Quiero seguir adelante.
jaros nocturnos, que atravesaban la calle de una acera —El camino es traicionero…
a la otra, venían a batir sus alas en la nariz de Pinocho, —Quiero seguir adelante.
que, saltando hacia atrás del miedo, gritaba: «¿Quién —Recuerda que los niños que quieren actuar se-
está ahí?», y el eco de las colinas alrededor repetía des- gún su capricho, tarde o temprano se arrepienten.
de lejos: «¿Quién está ahí?¿Quién está ahí?¿Quién está —Otra vez las mismas historias. Buenas noche,
ahí?». Grillo.
Mientras caminaba, vio en el tronco de un árbol —Buenas noche, Pinocho, y que el cielo te salve
un animalito que titilaba con una luz pálida y opaca, de los chaparrones y de los asesinos.
como una veladora dentro de una lámpara de porcelana Apenas dijo estas últimas palabras, el Grillo par-
transparente. lante se apagó de repente como se apaga una vela al so-
—¿Quién eres? —le preguntó Pinocho. plarla, y el camino se hizo más oscuro que antes.
—Soy la sombra del Grillo parlante —respondió
el animalito, con una vocecita débil que parecía venir
del más allá. XIV
—¿Qué quieres de mí? —dijo la marioneta.
—Quiero darte un consejo. Regresa y lleva las Pinocho, por no hacer caso a los buenos consejos del
cuatro monedas que te quedan a tu pobre padre que Grillo parlante, se topa con los asesinos.
llora y se desespera por no verte.
—Mañana mi padre será un gran señor, porque «De verdad —se dijo la marioneta reanudando el via-
estas cuatro monedas se volverán dos mil. je—, ¡cómo somos de infortunados nosotros los niños!
—No te confíes de quienes prometen hacerte rico Todos nos gritan, todos nos reprenden, todos nos dan
de la noche a la mañana. Por lo general, o están locos o consejos. Si se lo permitiéramos, todos se volverían
son embaucadores. Hazme caso, vuelve a casa. nuestros padres y nuestros maestros: todos, incluso
—Yo en cambio quiero seguir adelante. los Grillos parlantes. Miren: como no he querido hacer
—Ya es tarde… caso de ese fastidioso Grillo, quién sabe cuántas des-
—Quiero seguir adelante. gracias, según él, me deberían ocurrir. Debería inclu-
—La noche es oscura… so encontrarme con asesinos. Menos mal no creo en

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asesinos, ni he creído nunca en ellos. Para mí, los asesi- se les veían los ojos por dos rotos en los sacos— que él
nos fueron inventados aposta por los papás para asustar solo era una pobre marioneta y que ni siquiera tenía en
a los niños que quieren salir por la noche. Y aunque el bolsillo un centavo de mentiras.
me los encontrara en la calle, ¿me darían miedo? Ni —¡Vamos, vamos, menos charla y más dinero!
en sueños. Me les enfrentaría gritando: “Señores ase- —gritaron amenazadoramente los dos maleantes.
sinos, ¿qué quieren de mí? Les recuerdo que conmigo Y la marioneta hizo con las manos y con la cabeza
no se juega. Vayan calladitos a ocuparse de sus cosas”. el gesto de que no tenía nada.
Gracias a mi locuacidad, esos pobres asesinos, ya me —Saca el dinero o morirás —dijo el asesino de
parece verlos, huirían como el viento. Y en caso de que mayor estatura.
fueran tan maleducados para no huir, entonces huiría —¡Morirás! —repitió el otro.
yo y zanjaría el asunto…». —Y después de matarte a ti, mataremos a tu padre.
Pero Pinocho no pudo concluir su razonamiento, —¡No, no, no, a mi padre no! —gritó Pinocho
porque en este punto le pareció oír detrás suyo un lige- desesperado, pero al gritar así, las monedas le sonaron
rísimo crujir de hojas. en la boca.
Se volvió para mirar, y vio en la oscuridad dos si- —¡Ah, bribón! Con que escondiste el dinero de-
luetas negras, como envueltas en dos sacos de carbón, bajo de la lengua… ¡Escúpelo ya!
las cuales corrían detrás de él a saltos y en las puntas de Y Pinocho, quieto.
los pies, como si fueran fantasmas. —Ah, ¿te haces el sordo? Espérate que te lo hare-
«De verdad están acá», dijo para sí y, sin saber mos escupir.
dónde esconder sus cuatro monedas de oro, las escon- De hecho uno de ellos aferró a la marioneta por
dió en la boca, justo debajo de la lengua. la punta de la nariz y el otro lo agarró por la barbilla, y
Luego intentó escapar. Pero no había dado el pri- comenzaron a sacudirlo violentamente, cada uno hacia
mer paso, cuando se sintió sujeto por los brazos y oyó un lado distinto, a ver si lograban abrirle la boca. Pero
dos voces horribles y cavernosas que le dijeron: no hubo manera. La boca de la marioneta parecía cla-
—¡La bolsa o la vida! vada y remachada.
Pinocho, al no poder responder pues tenía las mo- Entonces el asesino más bajo de estatura sacó un
nedas en la boca, hizo mil muecas y pantomimas, para cuchillo y, a modo de palanca, se lo fue poniendo en-
dar a entender al par de encapuchados —de los que solo tre los labios, pero Pinocho, ágil como un relámpago, le

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mordió la mano con los dientes y, después de habérsela profundísimo, lleno de agua sucia, color café, lechosa.
arrancado de un mordisco, la escupió. E imagínense su ¿Qué hacer? «¡Uno, dos, tres!», gritó la marioneta y,
asombro cuando, en vez de una mano, se dio cuenta de lanzándose después de tomar un gran impulso, saltó
que había escupido la zarpa de un gato. al otro lado. Y los asesinos también se lanzaron, pero
Envalentonado con esta primera victoria, forcejeó como no habían hecho bien el cálculo… rataplán, ca-
y se liberó de las garras de los asesinos y, saltando so- yeron en medio del foso. Pinocho, al oír el ruido sordo
bre los setos al lado del camino, comenzó a huir por el con el que caían al agua, gritó riendo y sin dejar de
campo, y los asesinos a correr detrás de él como perros correr:
persiguiendo una liebre. Y el que había perdido su zar- —Buen baño, señores asesinos.
pa corría, sin saberse cómo, con una sola pierna. Y cuando ya se los imaginaba bien ahogados, se
Después de correr quince kilómetros, Pinocho no volteó a mirar y se percató de que seguían corriendo
pudo más. Entonces, viéndose perdido, se trepó a un detrás de él, siempre envueltos en sus sacos y chorrean-
pino altísimo y se sentó en la rama más alta. Los asesi- do agua como dos canastos desfondados.
nos intentaron montarse también ellos, pero, al llegar a
la mitad del tronco, se resbalaron y, al precipitarse con-
tra el suelo, se rasparon las manos y los pies. XV
Pero no por esto se dieron por vencidos. Reco-
gieron un montón de leña seca, la pusieron al pie del Los asesinos persiguen a Pinocho y, después de haberlo
pino e iniciaron un fuego. Y en menos de lo que canta alcanzado, lo cuelgan en la rama de un roble gigante.
un gallo el pino comenzó a encenderse y a arder. Pino-
cho, viendo que las llamas subían cada vez más, y dado Entonces la marioneta, perdiendo el ánimo, estuvo a
que no quería terminar como un pollo asado, dio un punto de lanzarse a la tierra y darse por vencido, cuan-
gran salto desde la punta del árbol, y siguió corriendo do, al mirar en torno, vio en medio del oscuro verde de
a través del campo y los viñedos. Y los asesinos detrás, los árboles, a lo lejos, el blanco destello de una casita
siempre detrás, sin cansarse nunca. cándida como la nieve.
Mientras comenzaba a apagarse el día y no de- «Si tuviese el aliento de llegar hasta esa casa, qui-
jaban de perseguirlo, Pinocho de repente no pudo zás pueda salvarme», se dijo.
continuar, pues se encontró ante un foso enorme, Y sin dudarlo un instante, reemprendió la carrera

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a toda velocidad en medio del bosque. Y los asesinos agarrado del cuello. Y las mismas dos voces que gru-
siempre detrás. ñían amenazadoramente le dijeron:
Y después de una correr por casi dos horas, ja- —Ya no te vas a escapar.
deante, llegó a la puerta de la casita y tocó. La marioneta, viendo tan cerca la muerte, tembló
Nadie respondió. tan fuertemente, que al sacudirse le sonaban las juntu-
Volvió a tocar con más fuerza, porque sentía cada ras de sus piernas de palo y las cuatro monedas de oro
vez más cerca el rumor de los pasos y la respiración pe- que tenía escondidas debajo de la lengua.
sada y afanosa de sus perseguidores. El mismo silencio. —¿Entonces? —le preguntaron los asesinos—,
Notando que tocar no lo iba a llevar a nada, co- ¿quieres abrir la boca, sí o no? ¿No contestas?… Deja
menzó desesperado a darle patadas y puños a la puerta. no más, que esta vez te la abriremos nosotros.
Entonces se asomó a la ventana una hermosa niña, con Y sacaron dos cuchillos largos y afilados como na-
el pelo turquesa y la cara blanca como una imagen de vajas y le asestaron dos golpes en medio de los riñones.
cera, los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el Pero la marioneta, para su fortuna, estaba hecha
pecho que, sin mover los labios, dijo con una vocecita de una madera durísima, motivo por el cual las hojas,
que parecía venir del otro mundo: rompiéndose, se deshicieron en mil partes y los asesinos
—En esta casa no hay nadie. Todos están muertos. se quedaron con el mango de los cuchillos en la mano.
—Ábreme entonces tú —gritó Pinocho llorando —Ya entendí —dijo uno de ellos—: es necesario
e implorando. colgarlo. ¡Colguémoslo!
—Yo también estoy muerta. —¡Colguémoslo! —repitió el otro.
—¿Muerta? ¿Y entonces qué haces ahí en esa ven- Dicho y hecho: le ataron las manos detrás de la
tana? espalda y, haciendo un nudo corredizo en el cuello, lo
—Espero el ataúd que me va a llevar. amarraron y lo dejaron colgando de un ramo de una
Apenas dijo esto, la Niña desapareció y la ventana gran planta, denominada el Gran Roble.
se cerró sin hacer ruido. Luego se quedaron ahí, sentados sobre la hierba,
—Oh, hermosa Niña del pelo turquesa—gritaba esperando a que la marioneta pataleara por última vez.
Pinocho—, ábreme por favor. Ten piedad de este pobre Pero la marioneta, después de tres horas, seguía con
niño perseguido por los asesis… los ojos abiertos, la boca cerrada y pataleaba más que
Pero no pudo terminar la palabra, porque se sintió nunca.

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Al fin, aburridos de esperar, se volvieron hacia Pi- XVI


nocho y le dijeron sarcásticamente:
—Hasta mañana. Cuando volvamos mañana aquí, La bella Niña del pelo turquesa hace recoger a la mario-
esperamos que tengas la decencia de encontrarte bien neta, la mete y manda llamar a tres médicos para saber
muerto y con la boca abierta. si está viva o muerta.
Y se fueron.
Entre tanto, se había levantado un viento impe- En ese momento en que el pobre Pinocho, colgado por
tuoso de más allá de los montes que soplaba y rugía con los asesinos en una rama del Gran Roble, parecía más
rabia, zarandeando al pobre ahorcado, meciéndolo vio- muerto que vivo, la bella Niña del pelo turquesa se aso-
lentamente como el badajo de una campana que estu- mó por la ventana y, compadecida ante la vista de aquel
viera de fiesta. Y ese balanceo le provocaba agudísimos infeliz que, ahorcado, iba y venía al capricho del viento
dolores y el nudo corredizo, apretándose cada vez más tramontano, batió tres veces las manos y dio tres pe-
al cuello, le quitaba la respiración. queños golpes.
Poco a poco sus ojos se empañaron. Y si bien sen- A esta señal, se sintió un gran ruido de alas que
tía acercarse la muerte, también esperaba a que, de un volaban con vertiginosa fogosidad, y un gran Halcón
momento a otro, apareciera un alma caritativa que lo fue a posarse en el alféizar de la ventana.
ayudara. Pero cuando, tras esperar y esperar, vio que —¿Qué quieres ordenar, mi preciosa Hada?
nadie aparecía, absolutamente nadie, lo asaltó el re- —dijo el Halcón bajando el pico en señal de reverencia
cuerdo de su pobre padre… y balbució casi moribundo: (porque es necesario saber que la Niña de pelo turque-
—¡Oh, padre mío! ¡Si tú estuvieras acá!… sa era a fin de cuentas una bondadosísima hada que
Y no tuvo aliento para decir más. Cerró los ojos, desde hacía más de mil años vivía en la vecindad de
abrió la boca, estiró la pata y, dando una grande sacudi- ese bosque).
da, se quedó como tieso. —¿Ves tú aquella marioneta que pende de la rama
del Gran Roble?
—La veo.
—Pues vuela hacia ella, rompe con tu poderosísi-
mo pico el nudo que la sostiene en el aire y, con delica-
deza, déjala tendida sobre la hierba al lado del Roble.

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El Halcón tomó vuelo y después de dos minutos cojines de la carroza y tráemela aquí. ¿Entendiste?
volvió diciendo: El Perro callejero, para mostrar que había enten-
—Lo que me ordenaste ya está hecho. dido, agitó tres o cuatro veces la funda de raso azul que
—Y cómo la encontraste, ¿viva o muerta? tenía detrás y partió como un caballo bereber.
—Al verla, parecía muerta, pero aún no debe de En poco tiempo se le vio salir en una hermosa ca-
estar muerta, porque apenas deshice el nudo corredizo rroza color aire, toda adornada con plumas de canario
que le apretaba el cuello dejó escapar un suspiro y bal- y forrada adentro con nata batida y pasteles saboyanos.
bució a media voz: «Ahora me siento mejor». Cien parejas de ratones tiraban de la carroza, y el Pe-
Entonces el Hada, batiendo las manos y dando rro callejero, sentado en el pescante, hacía chasquear la
dos pequeños golpes, hizo aparecer un magnífico Perro fusta a izquierda y derecha, como un chofer que tiene el
callejero, que caminaba orondo sobre las patas traseras, temor de llegar tarde.
tal cual como si fuera un hombre. No había pasado siquiera un cuarto de hora,
El Perro callejero estaba vestido de cochero, con cuando la carroza volvió y el Hada, que estaba esperan-
una elegante librea. Tenía en la cabeza un sombrero de do sobre el vano de la casa, tomó del cuello a la pobre
tres puntas galoneado de oro, una peluca blanca con marioneta, la llevó a un cuarto que tenía las paredes de
rizos que le llegaban hasta el cuello, una chaqueta color madreperla y mandó a llamar de inmediato a los médi-
chocolate con botones brillantes y con dos grandes bol- cos más famosos de los alrededores.
sillos para guardar los huesos que le regalaba su dueña, Y los médicos fueron llegando uno tras otro: pri-
unos pantalones cortos de terciopelo carmesí, medias mero un Cuervo, más tarde una Cigarra y al final un
de seda, escarpines recortados y, por detrás, una suerte Grillo parlante.
de funda de raso azul para meter dentro la cola, en los —Señores, quisiera saber de ustedes —dijo el
momentos de lluvia. Hada, dirigiéndose a los tres médicos reunidos en tor-
—¡Ven acá, Medoro! —dijo el Hada al Perro ca- no al lecho de Pinocho—, quisiera saber si esta desven-
llejero—. Ven rápido y engancha la más hermosa ca- turada marioneta está viva o está muerta.
rroza de mi escudería y toma el camino del bosque. Ante esta invitación el Cuervo, adelantándose a
Cuando llegues al Gran Roble, encontrarás tendida todos, midió el pulso a Pinocho, luego le tocó la nariz,
sobre el pasto una pobre marioneta medio muerta. el dedo meñique del pie y, cuando hubo palpado bien,
Recógela con cuidado, acomódala despacio sobre los pronunció solemnemente estas palabras:

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—Según mi parecer, la marioneta está bien muer- se dieron cuenta de que quien lloraba y sollozaba era
ta, pero si por desgracia no lo estuviera, entonces esto Pinocho.
sería indicio de que está bien viva. —Cuando el muerto llora, es señal de que se va a
—Lo lamento —dijo la Cigarra—, pero debo con- curar—dijo solemnemente el Cuervo.
tradecir al Cuervo, mi ilustre amigo y colega: para mí, —Me duele contradecirlo, mi ilustre amigo y co-
por el contrario, la marioneta está bien viva; si por des- lega —añadió la Cigarra—, pero, según mi opinión,
gracia no lo estuviera, esto sería señal de que de verdad cuando el muerto llora, es señal de que no quiere morir.
está muerta.
—¿Y usted no dice nada? —preguntó el Hada al
Grillo parlante. XVII
—Yo digo que el médico prudente, cuando no
sabe lo que dice, lo mejor que puede hacer es quedarse Pinocho come azúcar, pero no quiere purgarse. Cuan-
callado. Por lo demás, a esta marioneta la conozco des- do ve los sepultureros que vienen a llevárselo, entonces
de hace ya un tiempo. resuelve purgarse. Luego dice una mentira y, de castigo,
Pinocho, que desde entonces había estado inmó- le crece la nariz.
vil como un verdadero pedazo de madera, tuvo una es-
pecie de espasmo que lo hizo sacudirse en el lecho. Apenas los tres médicos salieron de la habitación, el
—Esta marioneta —continuó diciendo el Grillo Hada se acercó a Pinocho y, después de tocarle la fren-
parlante— es un redomado bribón. te, se dio cuenta de que era presa de una fiebre brutal.
Pinocho abrió los ojos y los volvió a cerrar de Entonces dejó caer un polvito blanco en medio
nuevo. vaso de agua y, ofreciéndoselo a la marioneta, le dijo
—Es un pillo, un sinvergüenza, un vagabundo… amorosamente:
Pinocho escondió la cara debajo de las sábanas. —Bébelo, y en pocos días estarás curado.
—Esta marioneta es un hijo desobediente que Pinocho vio el vaso, torció la boca y luego pregun-
matará de un infarto a su pobre padre. tó con voz melindrosa:
En este punto se oyó en la habitación un sonido —¿Es dulce o amargo?
sofocado de llantos y sollozos. Imagínense cómo que- —Es amargo, pero te hará bien.
daron todos cuando, al levantar un poco las sábanas, —Si es amargo, no lo quiero.

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—Hazme caso: bébelo. Entonces el Hada, con la paciencia infinita de una


—A mí lo amargo no me gusta. buena madre, le puso en la boca otra bolita de azúcar y
—Bébelo y, cuando la bebas, te daré una bolita de luego le puso enfrente el vaso.
azúcar para quitarte el sabor de la boca. —Así no lo puedo beber —dijo la marioneta, ha-
—¿Dónde está la bolita de azúcar? ciendo mil muecas.
—Aquí —dijo el Hada, sacándola de una azuca- —¿Por qué?
rera de oro. —Porque me incomoda la almohada que tengo
—Quiero primero la bolita de azúcar y luego be- debajo de los pies.
beré ese menjunje amargo. El Hada le quitó el almohadón.
—¿Me lo prometes? —¡Es inútil! Tampoco así lo puedo beber.
—Sí. —¿Qué más te molesta?
El Hada le dio la bolita y Pinocho, después de ha- —Me molesta que la puerta de la habitación esté
berla mordisqueado y tragado en un instante, dijo rela- entreabierta.
miéndose los labios: El Hada fue y cerró la puerta.
—¡Sería muy bueno que el azúcar fuera una medi- —En suma —gritó Pinocho, a punto de llorar—,
cina! Me purgaría todos los días. ¡no quiero beber este brebaje amargo, no, no, no!
—Ahora mantén la promesa y bébete estas gotas —Hijo mío, te arrepentirás.
de aguas, que te devolverán la salud. —No me importa.
Pinocho tomó de mala gana el vaso en la mano y —Tu enfermedad es grave.
metió dentro la punta de la nariz, luego se lo acercó a —No me importa.
la boca, volvió a meter la punta de la nariz y finalmente —La fiebre te llevará en pocas horas al otro mundo.
dijo: —No me importa.
—¡Está muy amargo, está muy amargo! No lo —¿No tienes miedo de la muerte?
puedo beber. —Nada de miedo… Prefiero morir a beber ese feo
—¿Cómo lo puedes decir si ni siquiera lo has pro- remedio.
bado? En este punto, la puerta de la habitación de abrió
—¡Me lo imagino! Alcanzo a sentir el olor. Antes de par en par y entraron cuatro conejos negros como la
quiero otra bolita de azúcar… y luego lo beberé. tinta que llevaban sobre la espalda un pequeño ataúd.

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—¿Qué quieren de mí? —gritó Pinocho, endere- —Lo que sucede es que los niños somos todos así.
zándose y aterrorizado sentándose en el lecho. Nos da más miedo la medicina que el mal.
—Hemos venido a llevarte —respondió el conejo —¡Qué vergüenza! Los niños deberían saber que
más grande. una buena medicina tomada a tiempo puede salvarlos
—¿A llevarme?… Pero aún no estoy muerto. de una enfermedad grave e incluso de la muerte.
—Todavía no, pero te quedan pocos minutos de —La próxima vez no me haré de rogar tanto. Me
vida, tras rechazar la bebida que te hubiera curado de acordaré de esos conejos negros con el ataúd sobre sus
la fiebre. espaldas… y entonces tomaré de inmediato el vaso en
—¡Oh, Hada mía, Hadita mía! —comenzó a chi- la mano, y de inmediato lo beberé.
llar la marioneta—, pásame rápido el vaso aquel. Apú- —Ahora acércate un momento y cuéntame cómo
rate, por favor, no quiero morir, no, no quiero morir. fue que te encontraste en las manos de esos asesinos.
Y tomó el vaso con las dos manos y se lo bebió de —Pasó que el titiritero Comefuego me dio algu-
un sorbo. nas monedas de oro y me dijo: «Toma, llévaselas a tu
—Está bien —dijeron los conejos—. Por esta vez padre», y yo, al andar por la calle, me encontré con la
hemos hecho el viaje en balde. —Y echándose de nuevo Zorra y el Gato, dos personas de bien que me dijeron:
el ataúd sobre la espalda, salieron de la habitación gru- «¿Quieres que esas cinco monedas se conviertan en mil
ñendo y murmurando entre dientes. o en dos mil? Ven con nosotros y te conduciremos al
El hecho es que a los pocos minutos Pinocho saltó Campo de los Milagros». Y yo les dije: «Vamos», y ellos
del lecho completamente sano; porque hace falta saber dijeron: «Detengámonos aquí en la Hostería del Can-
que las marionetas de madera tienen el privilegio de grejo Rojo, y después de la medianoche reemprende-
enfermarse en raras ocasiones y de curarse muy rápi- remos el viaje». Y, cuando me desperté, ya se habían
damente. ido. Entonces comencé a caminar de noche, en medio
Y el Hada, viéndolo correr y saltando por la habita- de la más impenetrable oscuridad, en la que me topé a
ción tan despierto y alegre como un tierno gallito, le dijo: los dos asesinos dentro de dos sacos de carbón que me
—¿Entonces mi medicina te hizo bien? dijeron: «Saca las monedas que tengas», y yo dije: «No
—Más que bien. ¡Me volvió a la vida! tengo», porque las cuatro monedas de oro las tenía es-
—¿Y entonces por qué te hiciste tanto de rogar condidas debajo de la boca, y uno de los asesinos inten-
para tomártela? tó meterme las manos a la boca, y yo con un mordisco

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le arranqué la mano y la escupí, pero en vez de una las paredes o la puerta de la habitación, y si alzaba un
mano escupí una zarpa de gato. Y los asesinos se pusie- poco la cabeza, corría el riesgo de picarle un ojo al Hada.
ron a perseguirme, y yo corra que corra, hasta que me Y el Hada lo miraba y reía.
alcanzaron y me colgaron en un árbol de este bosque y —¿Por qué te ríes? —le preguntó la marioneta,
me dijeron: «Mañana volveremos acá, y entonces esta- confusa y pensativa respecto de la nariz que crecía ante
rás muerto y con la boca abierta, y así nos podremos sus ojos.
llevar las monedas de oro que escondes bajo la lengua». —Río de las mentiras que dices.
—¿Y dónde tienes ahora esas cuatro monedas? —¿Por qué sabes que miento?
—le preguntó el Hada. —Las mentiras, hijo mío, se reconocen fácilmen-
—Las he perdido —respondió Pinocho, pero dijo te, porque hay de dos especies: están las mentiras de
una mentira, porque las tenía en el bolsillo. patas cortas y las mentiras de nariz larga. Las tuyas, por
Apenas dijo la mentira, su nariz, que ya era larga, cierto, son de nariz larga.
le creció dos dedos más. Pinocho, no sabiendo dónde esconderse de la ver-
—¿Y dónde las perdiste? güenza, intentó huir de la habitación. Pero no lo logró.
—En el bosque aquí cerca. Su nariz había crecido tanto, que no podía ir más allá
Tras esta segunda mentira, la nariz siguió creciendo. de la puerta.
—Si las perdiste en el bosque —dijo el Hada—, las
buscaremos y las encontraremos: porque todo lo que se
pierde en el bosque vuelve a aparecer. XVIII
—Ah, ya me acuerdo bien —agregó la marione-
ta enredándose—, no perdí las cuatro monedas de oro, Pinocho se encuentra de nuevo con la Zorra y el Gato y
sino que, sin darme cuenta, me las tragué al beberme va con ellos a sembrar las cuatro monedas de oro en el
la medicina. Campo de los Milagros.
Ante esta tercera mentira, la nariz se le alargó de
un modo tan extraordinario que el pobre Pinocho no Como se pueden imaginar, el Hada dejó que la ma-
podía girarse hacia ningún lado. Si se daba vuelta, gol- rioneta llorara y gritara una buena media hora, pues
peaba la nariz contra la cama o contra los vidrios de la su nariz no pasaba de la puerta de la habitación. Y lo
ventana; y si se daba vuelta hacia el otro lado, golpeaba hizo para darle una lección y para corregirle el feo vicio

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de decir mentiras, el más feo vicio que pueda tener un les. De hecho vio aparecer en el camino, ¿adivinen a
niño. Pero cuando lo vio transformado y con los ojos quién?… A la Zorra y al Gato, es decir a los dos compa-
desorbitados de la desesperación, movida por la piedad ñeros de viaje con los cuales había cenado en la Hoste-
batió las manos y, a esta señal, entraron a la habitación ría del Cangrejo Rojo.
por la ventana un millar de enormes pájaros llamados —¡Mira a nuestro querido Pinocho!—gritó la Zo-
Carpinteros, los cuales, posados todos sobre la nariz de rra abrazándolo y besándolo—. ¿Qué te trae por acá?
Pinocho, comenzaron a picotearlo una y otra vez, y en —¿Qué te trae por acá? —repitió el Gato.
pocos minutos esa nariz enorme y desproporcionada se —Es una larga historia —dijo la marioneta— y se
redujo a su tamaño natural. la contaré con calma. Sepan que la otra noche, cuando
—¡Cuán buena eres, Hada mía —dijo la marione- me dejaron solo en la hostería, me topé con unos asesi-
ta secándose los ojos—, y cuánto te quiero! nos por el camino.
—Yo también te quiero —replicó el Hada— y si —¿Unos asesinos?… Oh, pobre amigo. ¿Y qué
quieres permanecer conmigo, serás mi hermanito y yo querían?
seré tu hermanita. —Me querían robar las monedas de oro.
—Me quedaría con gusto… ¿pero mi pobre —¡Infames! —dijo la Zorra.
padre? —¡Infamísimos! —repitió el Gato.
—He pensado en todo. Tu padre ya fue avisado y, —Pero salí corriendo —continuó diciendo la
antes de que se haga de noche, estará aquí. marioneta— y ellos siempre estaban detrás persiguién-
—¿De verdad? —gritó Pinocho saltando de la ale- dome, hasta que me alcanzaron y me colgaron de una
gría—. Entonces, Hadita mía, si estás de acuerdo, quie- rama de aquel roble.
ro ir a su encuentro. No veo la hora de poder darle un Y Pinocho señaló el Gran Roble que estaba ahí a
beso a ese pobre viejo que ha sufrido tanto por mí. dos pasos.
—Ve entonces, pero intenta no perderte. Toma el —¿Se puede oír una historia más horrible? —dijo
camino del bosque y así seguro te lo encontrarás. la Zorra—. ¡En qué mundo estamos condenados a vi-
Pinocho partió y, apenas entró en el bosque, co- vir! ¿Dónde encontraremos refugio seguro nosotros los
menzó a correr como un cervatillo. Pero cuando llegó hombres de bien?
a cierto punto, casi enfrente del Gran Roble, se detuvo, Mientras hablaban así, Pinocho se dio cuenta de
porque le pareció haber oído gente entre los matorra- que el Gato estaba manco de la pata derecha de adelante,

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pues le faltaba toda la zarpa con sus garfas. Por lo cual consejo? ¿Por qué no vas a sembrarlas en el Campo de
le preguntó: los Milagros!
—¿Qué le ha sucedido a tu zarpa? —Hoy es imposible: iré otro día.
El Gato quería responder alguna cosa, pero se —Otro día ya será tarde —dijo la Zorra.
hizo un lío. Entonces la Zorra respondió aprisa: —¿Por qué?
—Mi amigo es muy modesto, y por eso no res- —Porque ese terreno fue comprado por un gran
ponde. Yo respondo por él. Mira que hace una hora nos señor y, a partir de mañana, no se le permitirá a nadie
hemos encontrado por el camino con un viejo lobo, sembrar allí su dinero.
casi muerto del hambre, que nos ha pedido limosna. —¿Y a cuánto estamos del Campo de los Milagros?
Como solo teníamos para darle la espina de un pesca- —Apenas a dos kilómetros. ¿Quieres venir con
do, ¿qué ha hecho mi amigo, que tiene un corazón de nosotros? En media hora estarás ahí: siembras las cua-
oro? Se ha arrancado con los dientes una zarpa de sus tro monedas, después de pocos minutos recoges dos mil
patas delanteras y la ha lanzado a esta pobre bestia, para y esta noche vuelves con los bolsillos repletos. ¿Quieres
que pudiera desayunarse. venir con nosotros?
Y la Zorra, diciendo así, se secó una lágrima. Pinocho dudó un poco al responder, porque se le
Pinocho, conmovido también él, se aproximó al vino a la mente la buena Hada, el viejo Geppetto y las
Gato susurrándole al oído: advertencias del Grillo parlante. Pero terminó hacien-
—¡Si todos los gatos se te parecieran, qué afortu- do lo que hacen todos los niños, sin ningún juicio y sin
nados los ratones! corazón; es decir, alzó un poco los hombros y les dijo a
—¿Y qué haces tú por estos lares? —preguntó la la Zorra y al Gato:
Zorra a la marioneta. —Vamos entonces: voy con ustedes.
—Espero a mi padre, que debe llegar de un mo- Y partieron.
mento a otro. Después de haber caminado medio día llegaron
—¿Y tus monedas de oro? a una ciudad que tenía por nombre Atrapamentecatos.
—Las tengo siempre en el bolsillo, menos una que Apenas entraron en la ciudad, Pinocho vio todas las
la gasté en la Hostería del Cangrejo Rojo. calles pobladas de perros pelados que bostezaban del
—Y pensar que, en vez de cuatro monedas, ¡po- hambre, de ovejas trasquiladas que temblaban del frío,
drías tener mil o dos mil! ¿Por qué no haces caso a mi de gallinas sin cresta y sin barbilla que pedían un grano

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de maíz de limosna, de enormes mariposas incapaces de —¿Hay algo más que hacer?
volar porque habían vendido sus bellísimas alas de colo- —Nada más —respondió la Zorra—. Ahora po-
res, de pavos sin cola que les daba vergüenza dejarse ver demos irnos. Vuelve en veinte minutos y encontrarás el
y de faisanes que pateaban en silencio, añorando sus re- árbol ya despuntando del suelo, con las ramas cargadas
fulgentes plumas de oro y plata perdidas para siempre. de monedas.
En medio de esta multitud de mendigos y pobres La pobre marioneta, fuera de sí de la alegría, les
vergonzantes, pasaban de tanto en tanto algunas carro- agradeció mil veces a la Zorra y al Gato, y les prometió
zas señoriles con alguna zorra, alguna urraca ladrona y un hermosísimo regalo.
algún pajarraco de rapiña. —Nosotros no queremos regalos —respondieron
—¿Y el Campo de los Milagros dónde está? —pre- los dos malandrines—. A nosotros nos basta con haber-
guntó Pinocho. te enseñado el modo de enriquecerte sin trabajar tanto
—Está aquí muy cerca. y más contentos que unas pascuas.
Dicho y hecho, atravesaron la ciudad y, al salir de Dicho esto, se despidieron de Pinocho y, deseán-
los murallas que la rodeaban, se detuvieron en un cam- dole una buena cosecha, se fueron a hacer sus cosas.
po que, por donde se le mirara, era semejante a cual-
quier otro campo.
—Hemos llegado —dijo la Zorra a la mario- XIX
neta—. Ahora agáchate, haz un hueco con las manos y
mete ahí adentro las monedas de oro. A Pinocho le roban sus cuatro monedas de oro y, de
Pinocho obedeció: cavó el hueco, puso ahí las castigo, resulta cuatro meses en prisión.
cuatro monedas que aún le quedaban y después volvió
a cubrir el hueco con un poco de tierra. La marioneta, al volver a la ciudad, comenzó a contar
—Ahora —dijo la Zorra—, ve a esa acequia veci- los minutos uno a uno y, cuando le pareció que ya era
na, toma un balde de agua y riega el terreno donde las el momento, retomó el camino que llevaba al Campo
sembraste. de los Milagros.
Pinocho fue a la acequia y, como no había por nin- Y mientras caminaba a paso apurado, el corazón
gún lado un balde, se sacó una zapatilla y, llenándola de le latía fuerte y hacía tic-tac, tic-tac, como un reloj de
agua, regó la tierra que cubría el hueco. Luego preguntó: sala cuando funciona de verdad. Y pensaba:

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«¿Y si, en vez de mil monedas, me encontrase en —Al fin —gritó Pinocho enojándose—, ¿se puede
las ramas del árbol con dos mil?¿Y si en vez de dos mil saber, Papagallo maleducado, de qué te ríes?
me encontrase con cinco mil? ¿Y si fueran más bien cien —Río de esos gaznápiros que creen en todas las
mil? ¡Oh, qué gran señor en el que me convertiría! Qui- tonterías y que se dejan entrampar por quien es más
siera tener un gran palacio, mil caballitos de madera y vivo que ellos.
mil escuderías para divertirme, una bodega llena de ro- —¿Acaso hablas de mí?
soli y alquermes, y alacenas repletas de confites, tortas, —Sí, hablo de ti, pobre Pinocho, de ti que eres
caramelos de almendra y barquillos rellenos de crema». tan ingenuo que crees que el dinero se puede sembrar y
Así, fantaseando, se fue aproximando al campo, y cosechar en los campos, como si se tratara de sembrar
ahí se detuvo a ver si había algún árbol con las ramas fríjoles y calabazas. También yo lo creí un día y hoy no
cargadas de monedas, pero no vio nada. Dio cien pasos tengo plumas. Hoy (¡pero muy tarde!) me he conven-
más, y nada. Entró en el campo y fue derecho al lugar cido de que, para ganar honestamente algún dinero, es
donde había cavado el hueco y enterrado sus monedas, necesario saberlo ganar o con el trabajo de las propias
y nada. Entonces se puso meditabundo y, olvidando manos o con la inteligencia de la cabeza.
las reglas de la urbanidad y la buena crianza, sacó una —No te entiendo —dijo la marioneta que ya co-
mano del bolsillo y se rascó largamente la cabeza. menzaba a temblar del susto.
En ese momento le zumbó en los oídos una gran —¡Está bien! Me explicaré mejor —añadió el Pa-
carcajada y, al volverse, vio sobre un árbol un gran Pa- pagallo—. Debes saber entonces que, mientras estabas
pagallo, que se despiojaba las pocas plumas que tenía. en la ciudad, la Zorra y el Gato volvieron a este campo,
—¿Por qué te ríes? —le preguntó Pinocho con voz tomaron las monedas de oro enterradas y luego huye-
alterada. ron como el viento. ¡Y valiente el que sea capaz de al-
—Río, porque al despiojarme me he hecho cos- canzarlos!
quillas bajo de las alas. Pinocho se quedó con la boca abierta y, sin que-
La marioneta no respondió. Fue a la acequia y, lle- rer dar fe a las palabras del Papagallo, comenzó con las
nando con agua la misma zapatilla, se puso de nuevo a re- manos y las uñas a excavar el terreno que había regado.
gar la tierra con la que había recubierto las monedas de oro. Cavó y cavó y cavó y terminó haciendo un hueco tan
Pero la misma risa, aun más fastidiosa que antes, profundo que habría podido caber entero un haz de
se hizo sentir en la soledad silenciosa de aquel campo. heno. Pero las monedas no estaban ahí.

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Preso de la desesperación, volvió corriendo a la sido por un afortunado acontecimiento. Porque es ne-
ciudad y se fue derecho a los tribunales, para denunciar cesario saber que el joven Emperador que reinaba en
ante el Juez a los dos malandrines que lo habían robado. la ciudad de los Atrapamentecatos, tras una victoria
El Juez era un simio de la familia de los gorilas, un sobre sus enemigos, mandó organizar grandes fiestas
viejo simio respetable por su avanzada edad, su barba públicas, espectáculos de fuegos artificiales, carreras de
blanca y, sobre todo, sus gafas de oro, sin lentes, que caballos y ciclistas y, como muestra de su total regocijo,
estaba obligado a llevar siempre por una inflamación en quiso que fueran abiertas las cárceles y dejaran salir a
un ojo que lo atormentaba desde hacía tiempo. todos los malandrines.
Pinocho, ante la presencia del Juez, contó con pe- —Si los demás salen de prisión, yo también quie-
los y señales el vil engaño del que había sido víctima, ro salir —dijo Pinocho al carcelero.
dio el nombre, el apellido y la descripción de los malan- —Tú, no —respondió el carcelero—, porque no
drines, y remató pidiendo justicia. eres como los demás.
El Juez lo escuchó magnánimo, se interesó viva- —¿Perdón? —replicó Pinocho—. Yo también soy
mente por el relato, se enterneció, se conmovió y, cuan- un malandrín.
do la marioneta no tenía más que decir, alargó la mano —En este caso tienes toda la razón —dijo el car-
e hizo sonar una campanilla. celero y, levantándose la gorra, abrió la puerta de la pri-
A esta campanada, aparecieron de repente dos sión y lo dejó salir.
mastines vestidos de gendarmes.
Entonces el Juez, señalándoles a Pinocho, les dijo:
—A este pobre diablo le han robado cuatro mo- XX
nedas de oro: agárrenlo y métanlo sin demora en una
prisión. Liberado de la prisión, toma el camino de regreso a la
La marioneta, oyendo esta sentencia, quedó tan casa del Hada. Pero, a lo largo del camino, se encuentra
sorprendida que no logró musitar palabra para protes- con una serpiente horrible y luego cae en una trampa.
tar. Y los gendarmes, para no perder tiempo, le taparon
la boca y lo condujeron a una celda. Imagínense la dicha de Pinocho al sentirse libre. Sin
Y allí estuvo cuatro meses, cuatro larguísimos pensarlo un instante, salió rápido de la ciudad y enfiló
meses. Y pudo haber estado más tiempo, si no hubiera por el camino que debía llevarlo a la casita del Hada.

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Como era temporada de lluvias, el camino estaba largo del camino; tenía la piel verde, los ojos de fuego
empantanado y el lodo le llegaba hasta las rodillas. Pero y la cola puntuda que humeaba como una chimenea.
la marioneta no se daba por enterada. Ansioso por vol- Imposible imaginarse el miedo de la marioneta,
ver a ver a su padre y a su hermanita de pelo turquesa, que, tras alejarse más de medio kilómetro, se sentó so-
corría y daba saltos como un perro lebrel, y al correr le bre un montón de piedras, esperando a que la Serpiente
llegaba el barro hasta la coronilla. Entre tanto, se decía se fuera de una buena vez y dejara libre el camino.
a sí mismo: Esperó una hora, dos horas, tres horas, pero la
«¡Cuántas desgracias me han ocurrido!… Y me Serpiente seguía ahí, e incluso de lejos se veía el llamear
las merezco, porque soy una marioneta testaruda y de sus ojos y la columna de humo que le brotaba de la
quisquillosa… y quiero hacer siempre lo que se me cola.
da la gana, sin hacer caso a aquellos que me quieren Entonces Pinocho, armándose de valor, se acercó
y que tienen un juicio mil veces mejor que el mío… a pocos pasos de distancia y, con una dulce vocecita,
Pero me he propuesto, de aquí en adelante, cambiar insinuante y sutil, dijo a la Serpiente:
de vida y volverme un niño juicioso y obediente. Sí, —Disculpe, señora Serpiente, ¿me podría hacer el
ya me di cuenta de que a los niños desobedientes no favor de hacerse un poco a un lado, para que yo pueda
les sale nada bien y no dan pie con bola… ¿Mi padre pasar?
me habrá esperado? ¿Me lo encontraré en la casa del Fue como hablarle a una pared: nada se movió.
Hada? Hace tanto tiempo que no lo veo, que me mue- Entonces, con la misma vocecita dijo:
ro por consentirlo y llenarlo de besos… ¿Y el Hada —Debe saber, señora Serpiente, que voy a mi
me perdonará mis malas acciones?… Y pensar que casa, donde me está esperando mi padre, a quien hace
he recibido de ella tantas atenciones y cuidados tan mucho tiempo no veo… ¿Me permite proseguir mi ca-
amorosos… Y pensar que, si hoy estoy vivo, es gracias mino?
a ella… ¿Es posible un niño más desagradecido y sin Esperó una señal en respuesta a esta petición,
corazón que yo?». pero no hubo ninguna; al contrario, la Serpiente, que
Mientras decía esto, se detuvo de repente asusta- hasta entonces parecía llena de vida, se quedó inmóvil
do y se devolvió unos pasos. y casi completamente rígida.
¿Qué fue lo que vio? —¿Será que se murió? —dijo Pinocho, frotándose
Había visto un gran Serpiente que se estiraba a lo las manos de la felicidad; y sin perder tiempo, tuvo el

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gesto de saltarle por encima para pasar a la otra parte XXI


del camino. Pero no había acabado de alzar una pierna,
cuando la Serpiente se irguió súbitamente como un re- Pinocho es atrapado por un campesino, que lo obliga a
sorte, y la marioneta, al echarse aterrada para atrás, se trabajar de perro guardián en un gallinero.
tropezó y cayó en el suelo.
Y se precipitó de tan mala manera, que se le que- Pinocho, como se pueden imaginar, se puso a llorar, a
dó la cabeza atrapada en el fango del camino y las pier- chillar, a suplicar: pero eran llantos y gritos inútiles, por
nas tiesas en el aire. no se veía ninguna casa alrededor y por el camino no
Ante el espectáculo de esta marioneta que pata- se veía un alma.
leaba frenética para poderse zafar, la Serpiente le dio tal Y se hizo de noche.
ataque de risa que, de tanto reír, del esfuerzo que hizo Un poco por el dolor que le producía el cepo en el
de reírse tan soberanamente, se le reventó una vena del que estaban atrapadas sus piernas y un poco por el te-
pecho: y esta vez sí murió de verdad. mor de encontrarse solo y en medio de la oscuridad del
Entonces Pinocho reanudó su carrera para llegar campo, la marioneta sintió que se desmayaba, cuando,
a la casa del Hada antes de que oscureciera. Pero al rato, de repente, vio pasar una Luciérnaga sobre su cabeza;
no pudiendo soportar las punzadas del hambre, se coló la llamó y le dijo:
en un campo con la intención de coger unos pocos ra- —Oh, Luciernaguita, ¿me harías el favor de libe-
cimos de uva moscatel. ¡Ojalá nunca se le hubiera ocu- rarme de este suplicio?
rrido! —¡Pobre niño! —respondió la Luciérnaga, de-
Apenas se aproximó a las viñas, crac… sintió que teniéndose compadecida a mirarlo—. ¿Cómo fue que
le atenazaban las piernas dos hierros filudos que le hi- quedaste con las piernas atrapadas entre esos hierros
cieron ver todas las estrellas del cielo. afilados?
La pobre marioneta había quedado presa de una —Me metí en el campo a coger un par de racimos
trampa, puesta ahí por unos campesinos, para atrapar de estas uvas y…
las grandes garduñas que eran el flagelo de todos los —¿Pero las uvas eran tuyas?
pollos del lugar. —No…
—¿Y entonces quién te enseñó a tomar las cosas
que no te pertenecen?

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—Tenía hambre… me murió el perro que cuidaba de noche, tú tomarás su


—El hambre, querido mío, no es una buena ra- lugar. Por hoy serás el perro guardián.
zón para apoderarse de las cosas que no nos pertene- Dicho y hecho: le puso en el cuello un enorme co-
cen. llar cubierto de puntas de latón y se lo ajustó de modo que
—¡Es verdad, es verdad! —gritó Pinocho lloran- no pudiera sacar la cabeza. El collar estaba unido a una
do—, no lo volveré a hacer. larga cadena de hierro, y la cadena estaba fija en la pared.
En este punto el diálogo se interrumpió por un —Si esta noche —prosiguió el campesino— co-
muy sutil ruido de pasos que se aproximaban. Era el mienza a llover, puedes ir a echarte en esa caseta de
dueño del campo que venía en puntas de pie a ver si madera, donde está la paja que siempre sirvió de lecho
alguna de esas garduñas que vienen por la noche a co- a mi pobre perro durante cuatro años. Y si por desgra-
merse las gallinas había caído en la trampa. cia vienen los ladrones, acuérdate de parar las orejas y
Y fue grandísima su sorpresa cuando, al sacar la ponerte ladrar.
linterna de debajo del abrigo, se dio cuenta de que, en Después de esta última advertencia, el campesino
vez de una garduña, lo que había era un niño. entró en la casa, cerró la puerta y puso seguro y el pobre
—¡Ah, ladronzuelo! —dijo el campesino enfure- Pinocho se quedó acurrucado sobre la era más muerto
cido—. ¿Con que eras tú el que te llevabas mis gallinas? que vivo, a causa del frío, el hambre y el temor. Y cada
—No, yo no —gritó Pinocho, sollozando—. Yo tanto, metiéndose rabiosamente las manos en el collar
solo entré al campo a coger un par de racimos de uva. que le apretaba el cuello, decía gimiendo:
—Quien se roba las uvas es muy capaz de robarse —¡Me lo merezco, claro que me lo merezco! He
también las gallinas. Ya verás, te daré una lección que querido hacerme el vivo, he sido un vago; he hecho
nunca se te va a olvidar. caso a mis malvados compañeros, y por esto la mala
Y al abrir la trampa, aferró a la marioneta por el suerte no me deja en paz. Si hubiera sido un niño de
pescuezo y la cargó hasta la casa como si fuera un cor- bien, si hubiese tenido ganas de estudiar y esforzarme,
derito recién nacido. si me hubiera quedado en la casa con mi padre, a esta
Al llegar a la era al frente de la casa, la arrojó al hora no me encontraría acá, en medio del campo, ha-
suelo y, poniéndole un pie en el cuello, le dijo: ciendo de perro guardián en la casa de un campesino.
—Ya es tarde y quiero irme a dormir. Arreglare- ¡Oh, si pudiera volver a nacer!… Pero ya es tarde, hay
mos cuentas mañana. Mientras tanto, y como hoy se que tener paciencia.

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Tras este pequeño desahogo que le brotaba del co- —¿Muerto? ¡Pobre bestia! ¡Era tan bueno!…
razón, entró en la casita y dormido se quedó. Pero, a juzgar por tu apariencia, tú también pareces un
perro noble.
—Discúlpeme, pero yo no soy un perro.
XXII —¿Qué eres entonces?
—Soy una marioneta.
Pinocho descubre a los ladrones y, en recompensa por —¿Y trabajas de perro guardián?
su fidelidad, es puesto en libertad. —Por desgracia: es un castigo.
—Pues bien, te propongo el mismo trato que tenía
Llevaba dormido plácidamente más de dos horas, con el difunto Melampo. ¿Quieres?
cuando cerca de la medianoche fue despertado por un —¿Y cuál era ese trato?
cuchicheo de voces extrañas que parecían provenir de —Vendremos una vez a la semana, como antes,
la era. Asomó la punta de la nariz y vio reunidas cua- a visitar de noche este gallinero y nos llevaremos ocho
tro bestias de pelaje oscuro, que parecían gatos. Pero no gallinas. De estas gallinas, nos comeremos siete y te
eran gatos: eran garduñas, animalejos carnívoros a los daremos una a ti, con la condición, por supuesto, que
que les fascinan los huevos y los pollos tiernos. Una de finjas dormir y no se te cruce por la cabeza ladrar ni
estas garduñas, alejándose de sus compañeras, fue a la despertar al campesino.
casita y dijo en voz baja: —¿Y Melampo hacía esto? —preguntó Pinocho.
—Buenas noches, Melampo. —Lo hacía y entre él y nosotros siempre estába-
—Yo no me llamo Melampo —respondió la ma- mos de acuerdo. Entonces duerme tranquilamente y
rioneta. ten la seguridad que, antes de irnos, te dejaremos al
—¿Y entonces quién eres? lado de tu casa una gallina bien desplumada para que
—Yo soy Pinocho. desayunes mañana. ¿Entendiste bien?
—¿Y qué haces ahí? —Demasiado bien —respondió Pinocho, y me-
—Soy el perro guardián. neó la cabeza de un modo amenazante, como si hubiera
—¿Y Melampo dónde está?, ¿dónde está el perro querido decir: «¡Ya verás!».
que vivía en esta casita? Cuando las cuatro garduñas se sintieron tranqui-
—Murió esta mañana. las, se fueron directamente al gallinero que estaba justo

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cerca de la caseta del perro y abrieron con los dientes Luego, acercándose a Pinocho, comenzó a con-
y las uñas la puerta de madera y se deslizaron adentro sentirlo y, entre otras cosas, le preguntó:
una por una. Pero no habían acabado de entrar, cuando —¿Cómo hiciste para descubrir la confabulación
sintieron la puertecita cerrarse violentamente. de estas cuadro ladronzuelas? Y saber que Melampo, mi
El que la cerró fue Pinocho, que, no contento con fiel Melampo, ¡nunca se dio cuenta de nada!
haberla cerrado, puso enfrente, para mayor seguridad, La marioneta pudo haber contado todo lo que
una enorme piedra a modo de tranca. sabía; es decir, habría podido contar los vergonzosos
Y luego comenzó a ladrar y, ladrando como si pactos que había entre el perro y las garduñas, pero,
fuera de verdad un perro guardián, hacía con la voz: acordándose de que el perro estaba muerto, pensó rá-
bu-bu-bu. pido para sí: «¿De qué sirve acusar a los muertos? Los
Con los ladridos el campesino saltó de la cama y, muertos muertos están, y lo mejor que se puede hacer
luego de tomar el fusil y asomarse por la ventana, pre- con ellos es dejarlos en paz».
guntó: —Cuando llegaron las garduñas, ¿estabas dormi-
—¿Qué pasó? do o despierto? —continuó preguntando el campesino.
—Hay ladrones —respondió Pinocho. —Dormía —respondió Pinocho—, pero las gar-
—¿Dónde están? duñas me despertaron con sus chismorreos, y una vino
—En el gallinero. hasta acá a decirme: «Si prometes no ladrar y no des-
—Ya bajo. pertar al dueño, te regalaremos una gallina bien pela-
En efecto, en menos de lo que canta un gallo, el da». ¿Entiende?, ¡tuvieron las desfachatez de hacerme
campesino bajó y entró corriendo al gallinero y, des- semejante propuesta! Porque yo seré una marioneta
pués de haber atrapado y encerrado en una bolsa a las con todos los defectos del mundo, pero jamás sirvo de
cuatro garduñas, les dijo con genuina alegría: cómplice a la gente deshonesta.
—¡Al fin las tengo en mis manos! Podría castigar- —¡Muy bien, muchacho! —gritó el campesino,
las, pero así de malo no soy. Me contentaré con llevarlas dándole una palmada en la espalda—. Estas actitudes
mañana al hostelero del pueblo vecino, que las pelará y te honran. Y para demostrarte mi agradecimiento, te
las cocinará como si fueran liebres. Es un honor que no dejaré libre para que puedas volver a casa.
merecen, pero los hombres generosos como yo no les Y le quitó el collar de perro.
damos importancia a estas minucias.

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XXIII que murió de dolor


tras haber sido abandonada
Pinocho llora la muerte de la hermosa Niña del pelo por su hermanito pinocho
turquesa, luego encuentra un palomo que lo lleva hasta
la orilla del mar y se arroja al agua para auxiliar a su Cuando la marioneta mal pudo deletrear estas
padre Geppetto. palabras… Bueno, imagínense cómo quedo. Cayó pos-
trada en el suelo y, cubriendo con mil besos el mármol
Apenas Pinocho dejó de sentir el peso humillante del fúnebre, estalló en lágrimas. Lloró toda la noche y la
collar, se dedicó a correr a través de los campos y no mañana siguiente, al alba, seguía llorando, a pesar de
se detuvo ni un solo minuto, hasta que no alcanzó el que en sus ojos no quedaban ya lágrimas. Y sus gritos
camino principal que debía conducirlo hasta la casita y lamentos eran tan desgarradores y agudos, que todas
del Hada. las colinas alrededor repetían su eco. Y llorando decía:
Al llegar al camino principal, se volvió y miró —Oh, Hadita mía, ¿por qué te moriste? ¿Por qué,
abajo la llanura, y divisó a simple vista el bosque, don- en vez de ti, no me morí yo, que soy tan malo, mientras
de infortunadamente se había encontrado a la Zorra y tú eras tan buena?… ¿Y mi padre, dónde estará? ¡Oh,
al Gato, y vio, en medio de los árboles, alzarse la punta Hadita mía, dime dónde puedo encontrarlo, porque
del Gran Roble, en el cual había estado colgado. Pero, quiero estar con él y nunca, nunca, nunca más aban-
por más que observaba, no le fue posible descubrir la donarlo!… ¡Oh, Hadita mía, dime que no es verdad
pequeña casa de la hermosa Niña del pelo turquesa. que estás muerta! Si de veras me quieres, si quieres a tu
Entonces tuvo una suerte de triste presentimiento hermanito, resucita, vuelve a la vida como antes!… ¿No
y, poniéndose a correr con toda la fuerza que quedaban te disgusta verme solo y abandonado por todos?… Si
en sus piernas, se encontró en pocos minutos en el pra- llegan los asesinos, me colgarán de nuevo en la rama de
do, donde una vez se levantó la blanca casita. Pero la un árbol, y entonces moriré para siempre. ¿Qué quieres
blanca casita no estaba. Había, en cambio, una pequeña que haga solo en este mundo? Ahora que te he perdido
roca de mármol, en la cual se podían leer estas doloro- a ti y que no está mi padre, ¿quién me dará de comer?
sas palabras: ¿Adónde iré a dormir por las noches? ¿Quién me hará
aquí yace una chaquetica nueva? ¡Oh, sería mejor, cien mil veces
la niña del pelo turquesa mejor morir de una vez! ¡Sí, quiero morir!…

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Y mientras se desesperaba de este modo, intentó se le metió en la cabeza buscarte en los lejanos países
arrancarse el pelo, pero su pelo, al ser de madera, no del Nuevo Mundo.
podía ni siquiera agarrarse. —¿Cuánto hay de aquí a la playa? —preguntó Pi-
En ese momento pasó por arriba un enorme Pa- nocho con incontenible ansiedad.
lomo, que, planeando lento con sus alas extendidas, le —Más de mil kilómetros.
gritó desde una gran altura: —¿Mil kilómetros? ¡Oh, Palomo mío, qué bueno
—¿Dime, niño, qué haces allá abajo? sería tener tus alas!
—¿No lo ves? ¡Lloro! —dijo Pinocho alzando la —Si quieres ir, yo te llevo.
cabeza hacia la voz y restregándose los ojos con las —¿Cómo?
mangas de la chaqueta. —A horcajadas sobre mi grupa. ¿Pesas mucho?
—Dime —añadió ahora el Palomo—, ¿no cono- —¿Pesar? Al contrario, soy ligero como una plu-
ces, por casualidad, entre tus compañeros, una mario- ma.
neta que tiene por nombre Pinocho? Y ahí, sin decir más, Pinocho saltó sobre la grupa
—¿Pinocho?… ¿Dijiste Pinocho? —repitió la ma- del Palomo y, poniendo una pierna acá y la otra allá,
rioneta saltando de repente—. ¡Yo soy Pinocho! como hacen los jinetes, gritó todo contento:
El Palomo, ante esta respuesta, descendió veloz- —Galopa, galopa, caballito, que me urge llegar
mente y fue a posarse en tierra. Era más grande que un pronto.
pavo. El Palomo emprendió el vuelo y en pocos minutos
—Entonces conoces a Geppetto —preguntó a la llegó tan alto, que casi tocó las nubes. Al llegar a esta
marioneta. altura extraordinaria, la marioneta tuvo la tentación
—¿Que si lo conozco? ¡Es mi pobre padre! ¿Acaso de volverse hacia abajo y mirar, y esto le produjo tanto
te ha hablado de mí? ¿Me puedes llevar a él? ¿Está vivo? miedo y tales mareos que, para evitar el peligro de caer-
Respóndeme por favor: ¿sigue vivo? se, se agarró, con los brazos, muy fuerte del cuello de su
—Lo dejé hace tres días en una playa junto al mar. emplumada cabalgadura.
—¿Qué hacía? Volaron todo el día. Al atardecer el Palomo dijo:
—Se fabricaba un bote para atravesar el Océano. —Tengo mucha sed.
Son más de cuatro meses que ese pobre hombre recorre el —Y yo mucha hambre —añadió Pinocho.
mundo buscándote y, no habiéndote podido encontrar, —Detengámonos en este palomar unos minutos y

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luego reanudaremos el viaje, para lograr llegar mañana, allá del mar, y el mar hoy estaba picado y el bote está a
al despuntar el día, a la playa junto al mar. punto de volcarse.
Entraron en un palomar desierto, donde solo ha- —¿Dónde está el bote?
bía una palangana llena de agua y una canasta repleta —Míralo allá —dijo la viejita señalando un pe-
de arvejas. queño bote, que, visto a la distancia, parecía la cáscara
La marioneta, en su vida, había podido soportar de una nuez y, adentro, un hombre pequeñito peque-
las arvejas: su sola mención le daban náuseas y le re- ñito.
volvían el estómago; pero esa noche se las comió hasta Pinocho dirigió su mirada hacia esa parte y, des-
reventar y, cuando iba a terminar, se volvió hacia el Pa- pués de haber observado atentamente, lanzó un grito
lomo y le dijo: agudísimo:
—Nunca habría creído que las arvejas eran tan —¡Ese es mi padre, ese es mi padre!
ricas. Entre tanto el bote, batido por las olas, ora des-
—Hay que convencerse, niño mío —replicó el Pa- aparecía entre las grandes oleadas, ora volvía a flotar.
lomo—, que, cuando hay hambre, uno come lo que hay, Y Pinocho, empinado sobre la punta de una roca, no
y en estos casos incluso las arvejas resultan exquisitas. paraba de llamar a su padre por su nombre y de hacerle
El hambre no se pone con caprichos ni sabe de antojos. señales con las manos, el pañuelo e incluso con el gorro
Hicieron una corta siesta, descansaron y volvie- de su cabeza.
ron a volar. A la mañana siguiente llegaron a la playa Y al parecer Geppetto, a pesar de estar muy lejos
junto al mar. de la playa, reconoció a su hijo, porque se quitó también
El Palomo dejó en tierra a Pinocho y, para aho- el gorro y, haciendo infinidad de gestos, le dio a enten-
rrarse la molestia de que le agradecieran el hecho de der que con gusto volvería, pero el mar estaba tan pica-
haber realizado una buena acción, retomó el vuelo y do que le impedía remar y, así, aproximarse a la tierra.
desapareció. De repente se elevó una ola gigante y la barca des-
La playa estaba llena de gente que gritaba y gesti- apareció. Esperaron a que el bote volviera a flote, pero
culaba viendo hacia el mar. no se dejó ver de nuevo.
—¿Qué sucede? —preguntó Pinocho a una viejita. —¡Pobre hombre! —dijeron entonces los pesca-
—Sucede que un pobre padre, al perder a su hijo, dores, que se habían reunido en la playa y, murmuran-
se le ocurrió meterse en un bote para ir a buscarlo más do una oración, se dispusieron a regresar a sus casas.

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Pero en un momento oyeron un grito desespera- montándose, jugaban con él, como si fuera una ramita
do y, mirando hacia atrás, vieron a un jovencito que, en o un pedazo de paja. Al final, y para su fortuna, se le-
la punta de un peñasco, se tiró al mar gritando: vantó una ola tan potente e impetuosa, que lo arrojó a
—¡Quiero salvar a mi padre! la arena de la orilla.
Pinocho, al ser de madera, flotaba fácilmente y El golpe fue tan fuerte que, al estrellarse contra el
nadaba como un pez. Ora se veía desaparecer bajo el suelo, le crujieron todas las costillas y todas las coyun-
agua, llevado por el ímpetu de la marea, ora reapare- turas, pero se consoló de inmediato diciendo:
cía afuera con una pierna o un brazo, lejísimos ya de la —¡De la que me salvé una vez más!
tierra. Al final lo perdieron de vista y no lo vieron más. Y al tiempo, poco a poco, el cielo se serenó, el sol
—¡Pobre muchacho! —dijeron entonces los pes- se dejó ver en todo su esplendor y el mar se tornó tran-
cadores, que se habían reunido en la playa, y, murmu- quilísimo y bueno como el aceite.
rando una oración, se dispusieron a regresar a sus casas. Entonces la marioneta extendió sus ropas al sol
para secarlas y se puso a mirar aquí y allá si por casuali-
dad, en aquella inmensa extensión de agua, había un bote
XXIV con un hombrecito adentro. Pero después de haber visto
bien, no vio ante sí nada más que el cielo, el mar y la vela
Pinocho arriba a la Isla de las Abejas Industriosas y se de algún barco, pero tan lejana que parecía una mosca.
reencuentra con el Hada. —¡Si supiera al menos cómo se llama esta isla!
—decía—. ¡Si supiera al menos si esta isla está habitada
Pinocho, animado por la esperanza de alcanzar a ayu- por gente de bien, quiero decir, por gente sin el vicio de
dar a su pobre padre, nadó toda la noche. colgar niños en las ramas de los árboles! ¿A quién se lo
¡Y qué horrible nadada fue! Diluvió, granizó, tro- puedo preguntar? ¿A quién, si aquí no hay nadie?
nó pavorosamente y hubo ciertos relámpagos que ha- Esta idea de encontrarse íngrimo solo en medio
cían que pareciera de día. de aquel gran país deshabitado le produjo tal melan-
Al alba, logró ver a poca distancia una larga franja colía, que estuvo a punto de ponerse a llorar. Cuando
de tierra. Era una isla en medio del mar. de repente vio pasar, muy cerca de la orilla, un gran
Entonces hizo todo lo posible por llegar a aque- pez que se paseaba tranquilamente, con toda la cabeza
lla playa, pero sin éxito. Las olas, persiguiéndose y fuera del agua.

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No sabiendo su nombre para llamar su atención, —¿Acaso es tan grande ese Tiburón? —preguntó
la marioneta le gritó fuerte, para hacerse oír: Pinocho, que ya comenzaba a temblar del miedo.
—Ey, señor pez, ¿me permitiría hacerle una pre- —¡Que si es grande! —respondió el Delfín—.
gunta? Para que te hagas una idea, te diré que es más grande
—Incluso dos —respondió el pez, que era en rea- que una casa de cinco pisos y que tiene una bocaza tan
lidad un Delfín muy elegante, de los que había pocos en ancha y profunda, que tranquilamente se podría tragar
todos los mares del mundo. un tren con la locomotora encendida.
—¿Me haría el favor de decirme si en esta isla hay —¡Madre mía! —gritó asustada la marioneta, que
algún lugar donde se pueda comer, sin peligro de ser se vistió de nuevo afanosamente y se volvió hacia el
comido? Delfín y le dijo:
—Sí, por supuesto —respondió el Delfín—, pero —Hasta pronto, señor pez, disculpe las molestias
se encuentra un poco lejos de aquí. y mil gracias por su amabilidad.
—¿Y qué camino debo tomar para llegar allá? Dicho esto, tomo rápido el sendero y comenzó a
—Debes tomar ese sendero de allí a la izquierda caminar rápidamente, tan rápidamente que parecía co-
e ir derecho siguiendo tu nariz. No hay modo de que te rriendo. Y al menor ruido, se volvía a mirar hacia atrás,
pierdas. por el temor de verse perseguido por el terrible Tibu-
—Dígame otra cosa. Usted que anda todo el día rón, grande como una casa de cinco pisos y un tren con
y toda la noche por el mar, ¿de casualidad no se ha en- la locomotora encendida en la boca.
contrado con el botecito en el que andaba mi padre? Después de media hora de camino, llegó a un
—¿Y quién es tu padre? lugar denominado el País de las Abejas Industriosas.
—El padre más bueno del mundo, así como yo Las calles hormigueaban de personas que iban y ve-
soy el hijo más malo que se pueda imaginar. nían dedicadas a sus ocupaciones: todas trabajaban,
—Con la borrasca que ha hecho esta noche —res- todas tenían algo que hacer. Por más que se lo busca-
pondió el Delfín—, el botecito se debe haber hundido. ra, era imposible encontrar siquiera un ocioso o un
—¿Y mi padre? haragán.
—A esta hora se lo habrá tragado el terrible Tibu- —Ya entendí —dijo de inmediato el bribón de Pi-
rón que desde hace unos días ha venido a propagar el nocho—. Este país no está hecho para mí. Yo no nací
exterminio y la desolación en nuestras aguas. para trabajar.

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Pero el hambre lo atormentaba, pues ya habían ofendida—. Para que sepas, ¡yo jamás he trabajado de
pasado veinticuatro horas sin que probara bocado, ni burro; nunca he tirado carretas!
siquiera un plato de arvejas. —Bien por ti —respondió el carbonero—. Enton-
¿Qué hacer? ces, muchacho, si de verdad sientes que vas a morir de
Solo había dos maneras para satisfacer el hambre: hambre, cómete dos buenas porciones de tu soberbia y
o pedir trabajo, o mendigar una moneda o un pedazo trata de no indigestarte.
de pan. —Después de algunos minutos pasó por la calle
Pero pedir limosna le avergonzaba, porque su pa- un albañil que llevaba a las espaldas un saco lleno de
dre le había enseñado que solo los viejos y los enfer- cal.
mos tenían derecho a pedirla. Los verdaderos pobres —¿Me harías el favor, buen hombre, de darle una
del mundo, merecedores de asistencia y de compasión, moneda a este pobre niño que bosteza del hambre?
son los que, por razones de edad o enfermedad, están —Con gusto. Ven conmigo a llevar esta cal —res-
condenados a no poder ganarse el pan con el trabajo pondió el albañil— y te daré cinco en vez de una.
de sus propias manos. Todos los demás tienen la obli- —Pero la cal es pesada —replicó Pinocho— y a mí
gación de trabajar, y si no trabajan y sufren de hambre, no me gusta cansarme.
peor para ellos. —Si no quieres cansarte, entonces, muchacho, di-
En ese momento pasó por la calle un hombre ata- viértete bostezando, y que te haga provecho.
reado que, él solo, jalaba con gran esfuerzo dos carretas —En menos de media hora pasaron otras veinte
llenas de carbón. personas y a todas Pinocho les pidió una limosna, pero
Por su aspecto, a Pinocho le pareció un buen todas le respondieron:
hombre; entonces se le acercó y, agachando la mirada —¿No te da vergüenza? En vez de vagabundear,
por la vergüenza y en voz baja, le dijo: ve a conseguirte un trabajo y aprende a ganarte el pan.
—¿Me haría el favor de darme una moneda? Sien- Finalmente pasó una buena señora que llevaba
to que me voy a desmayar del hambre. dos jarras de agua.
—Una moneda no —respondió el carbonero—, —Me permitirías, buena señora, que beba un sor-
sino cuatro, con la condición que me ayudes a jalar has- bo de agua de tu jarra —dijo Pinocho reseco por la sed.
ta la casa estas dos carretas de carbón. —Bebe, niño mío —dijo la señora, dejando las
—¡Me sorprende! —respondió la marioneta casi dos jarras en el suelo.

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Cuando Pinocho sació su sed como si fuera una Después de calmar poco a poco las punzadas del
esponja, masculló a media voz secándose la boca: hambre, alzó la cabeza para agradecer a su benefacto-
—Ya no tengo sed. Ahora quisiera saciar mi ra, pero no acababa de verla, cuando le salió un oooh
hambre. maravillado, y quedó ahí encantado, con los ojos muy
La buena mujer, oyendo estas palabras, añadió de abiertos, con el tenedor en el aire y con la boca llena de
inmediato: pan y coliflor.
—Si me ayudas a llevar a casa una de estas jarras —¿Qué es toda esta maravilla? —dijo riendo la
de agua, te daré un buen pedazo de pan. buena mujer.
Pinocho vio la jarra y no dijo ni sí ni no. —Usted es… —respondió Pinocho balbucean-
—Y además del pan te daré un plato de coliflor do—, usted es… usted… usted se me parece… usted
aderezado con aceite y vinagre —agregó la buena se- me recuerda a… sí, sí, la misma voz… el mismo pelo…
ñora. sí, sí, sí… usted también tiene el pelo turquesa… ¡como
Pinocho echó otra ojeada a la jarra y no dijo ni ella!… ¡Oh, mi Hadita, mi Hadita!… ¡Dime que eres
sí ni no. tú!… ¡No me hagas sufrir más! ¡Si supieras!… ¡He llo-
—Y después de la coliflor, de daré un dulce relle- rado tanto, he sufrido tanto!…
no de rosoli. Y al decir esto, Pinocho lloraba incontrolable-
Seducido por la idea de probar este dulce, Pino- mente y, arrodillándose, abrazaba las rodillas de esa
cho no se supo resistir y, con ánimo resuelto, dijo: mujercita misteriosa.
—¡Está bien! Te llevaré la jarra hasta la casa.
La jarra estaba muy pesada, y la marioneta, no
pudiendo llevarla con las manos, se resignó a llevarla XXV
encima de la cabeza.
Al llegar a la casa, la buena mujer hizo sentar a Pinocho promete al Hada volverse bueno y ponerse a
Pinocho en una mesa servida, y le puso enfrente el pan, estudiar, porque está cansado de ser una marioneta y
la coliflor aderezada y el dulce. quiere convertirse en un niño de bien.
Pinocho no comió: devoró. Su estómago parecía
un cuartel que hubiera estado vacío y deshabitado des- Al principio la mujercita comenzó a decirle que ella no
de hacía cinco meses. era la pequeña Hada de pelo turquesa, pero luego, al

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verse descubierta y no queriendo continuar el teatro, —¿Y es que acaso no lo soy?


terminó reconociéndolo y le dijo a Pinocho: —¡Claro que no! Los niños bueno son obedientes,
—Marioneta bellaca, ¿cómo te diste cuenta de que en cambio tú…
era yo? —Yo nunca obedezco.
—Es el gran amor que te tengo quien me lo ha —Los niños buenos tienen amor por el estudio y
dicho. por el trabajo, y tú…
—¿Te acuerdas? Me abandonaste siendo niña y —Yo, al contrario, soy un haragán y un vagabun-
ahora me encuentras como una mujer: casi podría ser do todo el tiempo.
tu madre. —Los niños buenos siempre dicen la verdad…
—Me encantaría, porque así, en vez de mi her- —Y yo solo digo mentiras.
manita, serías mi madre. Hace tanto tiempo que me —Los niños buenos van con gusto a la escuela…
consume el deseo de tener una madre como todos los —Y a mí la escuela me produce dolores en todo
niños… Pero, ¿cómo hiciste para crecer así de rápido? el cuerpo. Pero a partir de hoy puedo cambiar de vida.
—Es un secreto. —¿Me lo prometes?
—Enséñamelo: yo también quisiera crecer un —Te lo prometo. Quiero volverme un niño bueno
poco. ¿No lo ves? Siempre soy tan bajito… y ser la consolación de mi padre… ¿Dónde estará mi
—Pero tú no puedes crecer —replicó el Hada. pobre padre ahora?
—¿Por qué? —No lo sé.
—Porque las marionetas no crecen más. Nacen —¿Tendré la fortuna de volverlo a ver y poderlo
marionetas, viven como marionetas y mueren como abrazar?
marionetas. —Creo que sí; de hecho, estoy segura.
—Oh, estoy cansado de ser siempre una marione- Y fue tal la alegría de Pinocho al oír esta respues-
ta —gritó Pinocho, dándose un bofetón—. Ya es hora ta, que tomó las manos del Hada, y las besó con tanta
de que me convierta en un hombre. devoción, que parecía fuera de sí. Luego, alzando el ros-
—Y en uno te convertirás, si sabes ganártelo. tro y mirándola amorosamente, le preguntó:
—¿De verdad? ¿Y qué puedo hacer para merecerlo? —Dime, madrecita: ¿entonces no es verdad que
—Algo sencillísimo: habituarte a actuar como un tú estás muerta?
niño bueno. —Parece que no —respondió sonriendo el Hada.

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—Si tú supieses el dolor y el nudo en la garganta —Hijo mío —dijo el Hada—, esos que hablan así
que se me hizo cuando leí «AQUÍ YACE…». terminan casi siempre en una cárcel o en un hospital. El
—Lo sé. Y por esto te he perdonado. La sinceri- hombre, por principio, nazca rico o pobre, está destina-
dad de tu dolor me mostró que tenías un buen corazón. do en este mundo a hacer algo, a ocuparse, a trabajar.
Y de los niños de buen corazón, aunque sean un poco ¡Ay de los que se dejan arrastrar por el ocio! El ocio es
pillos y maleducados, siempre se puede esperar algo: es una feísima enfermedad y es necesario curarla rápido,
decir, siempre se puede esperar que tomen el buen ca- desde pequeños; si no, cuando somos grandes, ya no
mino. Por eso fue que vine a buscarte. Seré tu madre… nos podemos curar.
—¡Oh, qué alegría! —gritó Pinocho, saltando de Estas palabras afectaron a Pinocho, que alzando
la felicidad. vivamente la cabeza dijo al Hada:
—Tú me obedecerás y harás siempre lo que te —Estudiaré, trabajaré y haré todo lo que me di-
diga. gan, porque, en resumen, esta vida de marioneta ya me
—¡Claro, claro que sí! tiene harto, y quiero volverme un niño a como dé lugar.
—A partir de mañana —añadió el Hada—, co- Tú me lo prometiste, ¿no es así?
menzarás a ir a la escuela. —Sí, te lo prometí. Ahora todo depende de ti.
Pinocho de inmediato se puso menos alegre.
—Luego elegirás un arte o un oficio que te guste.
Pinocho se puso serio. XXVI
—¿Qué murmuras entre dientes? —preguntó el
Hada con tono dolido. Pinocho va con sus compañeros de escuela a la orilla
—Decía… —gimoteó la marioneta a media voz— del mar para ver al terrible tiburón.
que es como tarde para ir a la escuela…
—No, señor. Ten presente que para instruirte y Al día siguiente, Pinocho fue a la escuela.
aprender nunca es tarde. ¡Imagínense a esos granujas cuando vieron entrar
—Pero no quiero aprender ningún arte ni ningún en su escuela a una marioneta! Soltaron una carcajada
oficio. de nunca acabar. Uno se burlaba de él; otro le quitaba la
—¿Por qué? gorra de la mano. El de más allá lo jalaba del saco, este
—Porque me cansa trabajar. de acá intentaba pintarle bigotes bajo la nariz y aquel

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otro trató incluso de amarrarles los hilos de los pies a Su único defecto es que era muy amiguero y, entre
las manos, para hacerlo bailar. sus amigos, había muchos pícaros conocidísimos por
Al principio Pinocho se hizo el desenvuelto y no las pocas ganas que tenían de estudiar y destacarse.
hizo caso. Pero finalmente, sintiendo que perdía la pa- El maestro se daba cuenta de esto todos los días
ciencia, se volvió hacia aquellos que más lo fastidiaban e incluso la buena Hada no dejaba de repetirle una y
y jugaban con él, y les dijo con gesto serio: otra vez:
—Cuídense, muchachos: yo no vine acá a ser su —¡Ten cuidado, Pinocho! Esos compañeros de
bufón. Yo respeto a los demás y espero ser respetado. escuela tuyos terminarán tarde o temprano haciéndote
—¡Bravo, tontarrón! Hablaste como un libro—au- perder el amor al estudio y, tal vez, trayéndote alguna
llaron esos bribonzuelos, desternillándose de la risa. Y desgracia.
uno de ellos, más impertinente que los demás, alargó la —¡No va a pasar nada! —respondía la marioneta,
mano con el propósito de agarrar la marioneta por la alzando los hombros y tocándose la mitad de la frente
punta de la nariz. con el índice, como diciendo: «A mí me sobra la sen-
Pero no alcanzó, porque Pinocho estiró la pierna satez».
debajo de la mesa y le encajó una patada en el tobillo. Entonces sucedió que un buen día, mientras ca-
—¡Uy, qué pies tan duros! —gritó el niño sobán- minaba hacia la escuela, se topó con un corrillo de sus
dose el morado que le había hecho la marioneta. amigotes, que se acercaron y le dijeron:
—¡Y qué codos! Más duros que los pies —dijo —¿Sabes la gran noticia?
otro que, por sus groseras burlas, se había ganado un —No.
codazo en el estómago. —Aquí cerca en el mar llegó un tiburón gigante
El hecho es que después de esa patada y ese coda- como una montaña.
zo, Pinocho se ganó la estima y la simpatía de todos los —¿De verdad?… ¿Será el mismo tiburón que es-
niños de la escuela, y todos lo consentían y le deseaban taba cuando se hundió mi pobre padre?
bien. —Nosotros vamos a la playa a verlo. ¿Quieres venir?
Incluso el maestro lo elogiaba, porque lo veía —No, quiero ir a la escuela.
atento, estudioso, inteligente y era siempre el primero —La escuela no importa. Vamos a la escuela ma-
en entrar a la escuela y siempre el último en pararse ñana. Una clase más o una menos no va a hacer que
cuando se terminaban las clases. dejemos ser los mismos burros.

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—¿Y qué va a decir el maestro? XXVII


—Que el maestro diga lo que quiera. Igual le pa-
gan por refunfuñar todo el día. Hay un gran combate entre Pinocho y sus compañeros,
—¿Y mi madre? uno de los cuales resulta herido, razón por la que Pino-
—Las madres nunca saben anda —respondieron cho es arrestado por los carabineros.
esos malandrines.
—¿Saben qué voy a hacer? —dijo Pinocho—. Al Cuando arribó a la playa, Pinocho dio de inmediato
tiburón quiero verlo por razones personales… pero iré un vistazo al mar, pero no logró ver ningún tiburón. El
a verlo después de la escuela. mar estaba liso como el cristal de un espejo.
—¡Pobre tonto! —insistió uno del corrillo—. —¿Y dónde está el tiburón? —preguntó volvién-
¿Crees que un pez de ese tamaño va a estar allí espe- dose a sus compañeros.
rando que tú aparezcas? Apenas se aburra, se dirigirá a —Se habrá ido a desayunar —respondió uno de
otro lado, y quien lo vio lo vio. ellos riendo.
—¿Cuánto tiempo hay de aquí a la playa? —pre- —O se habrá echado en la cama para echar una
guntó la marioneta. siesta—añadió otro riendo más alto que nunca.
—En un hora, se puede ir y volver. De estas respuestas absurdas y de esas risas estú-
—¡Entonces vamos! ¡Y quien llegue primero es el pidas, Pinocho entendió que sus compañeros le habían
mejor! —gritó Pinocho. hecho una fea broma, dándole a entender una cosa que
Anunciada así la señal de partida, ese corrillo de no era cierta; y tomándosela a mal, les dijo con rabia:
bribones, con sus libros y cuadernos bajo el brazo, se —¿Y ahora? ¿Qué provecho sacan con haberme
pusieron a correr, a campo traviesa, y Pinocho siempre hecho creer esa historia del tiburón?
iba delante de todos, como si tuviera alas en los pies. —El provecho es claro —respondieron en coro los
De tanto en tanto, miraba hacia atrás y se burlaba muy traviesos.
de sus compañeros, a los que ya había tomado una con- —¿Cuál?
siderable ventaja. Al verlos jadeantes, agotados, polvo- —El de hacerte perder la escuela y hacerte venir
rientos y con la lengua afuera, se reía a carcajadas. En con nosotros. ¿No te da vergüenza ser tan juicioso y di-
ese momento el desdichado no sabía de los pavores y de ligente en las clases? ¿No te avergüenza estudiar tanto?
las horribles desgracias con las que se iba a encontrar. —¿Y si yo estudio, a ustedes qué les importa?

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—A nosotros nos importa muchísimo, porque —¡Cucú! —hizo la marioneta, poniéndose el ín-
nos haces quedar en ridículo frente al maestro. dice en la punta de la nariz, para burlarse.
—¿Por qué? —¡Pinocho, la vas a pasar muy mal!
—Porque los alumnos que estudian hacen que —¡Cucú!
nos ignoren a nosotros, que no queremos estudiar. Y —¡Te va a ir como a un burro!
nosotros no queremos que nos ignoren: ¡también noso- —¡Cucú!
tros tenemos nuestro amor propio! —¡Te vamos a romper la nariz!
—¿Y entonces qué debo hacer para que estén con- —¡Cucú!
tentos? —Ahora el cucú te lo voy a dar yo —gritó el más
—Debes aburrirte también tú de la escuela, las osado de aquellos bribones—. Toma este adelanto, y
clases y el maestro, que son nuestros tres grandes ene- sírvetelo de cena esta noche.
migos. Y diciendo esto le propinó un puño en la cabeza.
—¿Y si yo quiero seguir estudiando? Pero esto fue, como suele decirse, un toma y daca,
—No te volveremos a prestar atención y a la pri- porque la marioneta, como era de esperar, respondió de
mera oportunidad nos la pagarás. inmediato con otro puño, y ahí, de un momento a otro,
—En verdad me hacen reír —dijo la marioneta la pelea se generalizó y encarnizó.
sacudiendo la cabeza. Pinocho, si bien estaba solo, se defendía como un
—¡Ey, Pinocho! —gritó entonces el niño más héroe. Con sus durísimos pies de madera lograba muy
grande mirándolo a los ojos—. No vengas a fanfarrone- bien tener a sus enemigos a una respetable distancia.
ar, no te hagas tanto el gallito… Porque si tú no tienes Adonde sus pies llegaban, dejaba un moretón de re-
miedo de nosotros, nosotros no tenemos miedo de ti. cuerdo.
Recuerda que tú estás solo y nosotros somos siete. —Entonces los niños, molestos por no poder
—Siete como los pecados mortales —dijo Pino- vencer a la marioneta, se les ocurrió recurrir a los pro-
cho riéndose. yectiles y, desprendiéndose de los libros de la escuela,
—¿Oyeron? Nos ha insultado a todos. ¡Nos dijo comenzaron a lanzarle los silabarios, las gramáticas,
pecados mortales! los Giannettino, los Minuzzolo, los cuentos de Thouar,
—Pinocho, pídenos perdón por lo que dijiste… O el Pulcino de Baccini y otros textos escolares. Pero la
si no, ¡lo pagarás caro! marioneta, que tenía buenos reflejos y era ágil, siempre

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lograba hacer la pirueta a tiempo, de modo que los vo- Uno de esos bribones levantó el volumen y, apun-
lúmenes, pasándole por encima de la cabeza, termina- tándole a la cabeza de Pinocho, se lo arrojó con toda la
ban cayendo en el mar. fuerza de su brazo. Pero en vez de darle a la marioneta,
¡Imagínense los peces! Los peces, creyendo que le cayó en la cabeza a uno de sus compañeros, que se
esos libros eran para comer, corrían a buscarlos en des- puso blanco como un trapo lavado y apenas alcanzó a
bandada, pero, después de haber mordido alguna página decir estas palabras:
o alguna portada, la escupían ahí mismo, haciendo con —¡Mamita, ayúdame… me muero!
la boca un gesto que parecía decir: «Esto no es para noso- Y entonces se desplomó sobre la arena de la playa.
tros; estamos habituados a alimentarnos mucho mejor». A la vista de aquel moribundo, los niños aterrori-
Entre tanto la guerra cada vez se hacía más feroz, zados emprendieron la fuga y en pocos minutos ya no
cuando he aquí que un enorme Cangrejo, que había sa- se veía ninguno.
lido del agua y poco a poco se había trepado hasta la Pero Pinocho permaneció ahí y, aunque se sentía
playa, gritó con un vozarrón de trombón agripado: también más muerto que vivo, esto no le impidió correr
—¡Ya basta, rufianes! Estas guerras entre niños a mojar su pañuelo en el agua del mar para ponérselo
nunca terminan bien. Siempre acaban en una desgracia. en la frente a su pobre compañero de escuela. Mientras
¡Pobre Cangrejo! Fue como si predicara al viento. lo hacía, no dejaba de llorar desesperada e inconsola-
Incluso ese pillo de Pinocho, volviéndose para mirarlo blemente y de llamarlo por su nombre diciéndole:
de modo amenazador, le dijo groseramente: —¡Eugenio, pobre Eugenio!… ¡Abre los ojos y
—¡Cállate, Cangrejo de mal agüero! Harías mejor mírame!… ¿Por qué no me respondes? No fui yo el que
comiéndote un par de pedazos de liquen para curarte te hizo daño. Créelo, no fui yo… ¡Abre los ojos, Euge-
de tu mal de garganta. Vete a la cama e intenta sudar. nio! Si sigues con los ojos cerrados, me voy a morir yo
En ese momento los niños, que ya habían acaba- también… Oh, Dios mío, ¿cómo haré ahora para vol-
do de lanzar sus libros, vieron ahí cerca los libros de la ver a casa? ¿Con qué cara voy ahora a presentarme a
marioneta y se apoderaron de estos en un santiamén. la buena de mi madre?… ¿Qué será de mí? ¿A dónde
Entre estos libros había un volumen encuaderna- huiré? ¿Dónde me podré esconder?… ¡Oh, mejor, mil
do con cartón rojo, con el lomo y las puntas de perga- veces mejor sería todo si hubiera ido a la escuela! ¿Por
mino. Era un Tratado de aritmética. ¡Imagínense cómo qué les he hecho caso a esos compañeros que son mi
era de pesado! desgracia? ¡El maestro me lo advirtió! ¡Mi mamá me lo

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repetía: “Ten cuidado de esos malos compañeros”! Pero —Mío.


soy un terco, un testarudo: dejo que hablen todos y lue- —Suficiente: no hay más que decir. Párate ya y
go hago lo que se me da la gana. Y entonces me toca ven con nosotros.
arrepentirme… Y así, desde que estoy en el mundo, no —Pero yo…
puedo actuar bien ni por un cuarto de hora. Dios mío, —¡Ven con nosotros!
¿qué será de mí? —Pero yo soy inocente…
Y Pinocho continuaba llorando, chillando, dán- —¡Ven con nosotros!
dose golpes en la cabeza y llamando al pobre Eugenio, Antes de partir, los carabineros llamaron a algu-
cuando de repente sintió un rumor de pasos sordos que nos pescadores, que en ese momento pasaban por ahí
se aproximaba. en su barca cerca de la playa y les dijeron:
Se volvió: eran dos carabineros. —Les encargamos a este jovencito herido en la ca-
—¿Qué haces ahí tirado en el suelo? —pregunta- beza. Llévenselo a casa y cuídenlo. Mañana volveremos
ron a Pinocho. a verlo.
—Acompañando a mi compañero de escuela. Entonces se volvieron a Pinocho y, después de
—¿Le pasó algo malo? ponerlo entre los dos, lo exhortaron con tono cas-
—Parece que sí… trense:
—¡Muy malo! —dijo uno de los carabineros, aga- —¡Adelante! ¡Camina rápido si no quieres que te
chándose y observando a Eugenio de cerca—. Este niño vaya peor!
está herido en una sien: ¿quién le hizo esa herida? Sin necesidad de que se lo repitieran, la mario-
—¡Yo no! —balbuceó la marioneta, que ya se esta- neta comenzó a caminar por ese sendero que conducía
ba quedando sin aliento. al pueblo. Pero el pobre diablo ni siquiera sabía en qué
—Si no has sido tú, ¿entonces quién? mundo estaba. Sentía que se encontraba en un mal sue-
—¡Yo no! —repitió Pinocho. ño. Estaba fuera de sí. Sus ojos veían todo doble, las
—¿Y con qué objeto fue herido? piernas le temblaban, la lengua se le quedaba pegada al
—Con este libro —y la marioneta recogió del sue- paladar y no podían siquiera pronunciar una palabra.
lo el Tratado de aritmética encuadernado en cartón y Sin embargo, en medio de aquella especie de pusila-
pergamino, para mostrárselo al carabinero. nimidad y entontamiento, una espina afiladísima se le
—¿Y este libro de quién es? enterraba en el corazón: la idea de tener que pasar bajo

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la ventana de la casa de su buena Hada, en medio de los XXVIII


carabineros. Habría preferido morir.
Habían ya llegado y estaban por entrar en el pue- Pinocho corre el peligro de que lo friten en una sartén
blo, cuando un ventarrón le arrancó su gorro y la dejó como un pescado.
a más de diez pasos.
—¿Me permiten —dijo la marioneta a los carabi- Durante esa carrera desesperada, hubo un momento
neros— que vaya a recuperar mi gorro? terrible, un momento en el que Pinocho se creyó per-
—Ve, pero hazlo aprisa. dido: porque es necesario saber que Alidoro (este era el
La marioneta fue, recogió su gorro, pero en vez de nombre del perro mastín) en su feroz persecución casi
ponérselo en la cabeza, se lo puso en la boca entre los lo alcanzó.
dientes y entonces comenzó a correr desenfrenadamen- Basta decir que la marioneta sentía detrás de sí, a
te hacia la playa del mar, veloz como la bala de un fusil. un palmo, el jadeo afanoso de esa bestia e incluso sentía
Los carabineros, juzgando que sería difícil alcan- el vaho caliente de su aliento.
zarlo, le azuzaron un gran mastín que había ganado el Por fortuna, la playa estaba ya cerca y el mar se
primer premio en todas las competencias de perros. encontraba a pocos pasos.
Pinocho corría y el perro corría más que él, por lo que Apenas llegó a la playa, la marioneta dio un
toda la gente se asomaba a las ventanas y se agolpaba grandísimo salto, como lo hubiera podido hacer un
en la calle, ansiosa de ver el resultado de esta carrera renacuajo, y fue a caer en medio del agua. Alidoro, al
feroz. Pero no pudieron darse ese gusto, porque el pe- contrario, quiso detenerse, pero, impulsado por el ím-
rro mastín y Pinocho levantaron a lo largo del camino petu de la carrera, entró en el agua también él. Y este
tal polvareda, que después de pocos minutos ya no fue desventurado no sabía nadar, por lo que comenzó a agi-
posible ver nada. tar las patas para mantenerse a flote: pero cuanto más
pataleaba, más se hundía.
Cuando logró sacar la cabeza, se vio al pobre pe-
rro asustado y aturdido, y ladrando gritaba:
—¡Me ahogo! ¡Me ahogo!
—¡Muérete! —le dijo Pinocho desde lejos, al verse
ya fuera de peligro.

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—¡Ayúdame, Pinocho! ¡Sálvame de la muerte!… a un lugar seguro y, dando una ojeada a la playa, vio
Al oír estos gritos desgarradores la marioneta, sobre un escollo una suerte de gruta de la que salía un
que en el fondo tenía un corazón excelente, se conmo- larguísimo penacho de humo.
vió y volviéndose hacia el perro le dijo: —En esa gruta —se dijo entonces—, debe haber
—Pero si te ayudo a salvarte, ¿prometes no moles- fuego. ¡Tanto mejor! Iré a secarme y a calentarme, y lue-
tarme más y dejar de perseguirme? go… ¡ya veré que resulta después!
—¡Te lo prometo! ¡Te lo prometo! Apúrate por fa- Cuando adoptó esta determinación, se aproximó
vor, si lo dudas medio minuto más estaré muerto. al arrecife, pero, en el momento en que se disponía a
Pinocho titubeó un momento, pero luego, acor- escalar, sintió algo debajo del agua que subía, subía y
dándose de que su padre le había dicho miles de veces subía y que lo transportó en el aire. Trató de escapar,
que uno nunca se arrepiente de hacer una buena ac- pero ya era tarde, porque con gran asombro se encontró
ción, fue nadando a alcanzar a Alidoro y, agarrándolo atrapado en una red gigante en medio de un revuelo de
por la cola con las dos manos, lo llevó sano y salvo a la peces de todos los tamaños y todas las formas que se
arena seca de la playa. agitaban y debatían como almas desesperadas.
El pobre perro ni siquiera se podía parar. Había Y al mismo tiempo vio salir de la gruta un pesca-
bebido, sin quererlo, tanta agua salada, que se había dor tan feo que parecía un monstruo marino. En vez de
hinchado como un balón. Por lo demás la marioneta, pelo tenía en la cabeza una mata tupidísima de hierba
no queriendo confiarse en exceso, consideró prudente verde, verde era la piel de su cuerpo, verdes los ojos, ver-
echarse nuevamente al mar y, alejándose de la playa, de la barba larguísima que le llegaba hasta el suelo. Pare-
gritó al amigo rescatado: cía un inmenso lagarto parado sobre las patas traseras.
—Adiós, Alidoro, que tengas buen viaje y saluda Cuando el pescador sacó la red del mar, gritó todo
de mi parte a los de tu casa. contento:
—Adiós, Pinocho —respondió el perro—, mil —¡Divina Providencia! También hoy podré har-
gracias por haberme salvado de la muerte. Me has he- tarme de peces.
cho un gran favor y en este mundo se siembra lo que se «Al menos yo no soy un pez», se dijo Pinocho,
cosecha. Si surge la oportunidad, te devolveré el favor. recobrando un poco de valor.
Pinocho continuó nadando, manteniéndose La red llena de peces fue llevada adentro de la
siempre cerca de la orilla. Finalmente le pareció llegar gruta, una gruta oscura y ahumada, en medio de la cual

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se freía una gran sartén de aceite que tenía un olorcito a —Ya entendí: debe ser un cangrejo de mar.
cera capaz de cortar la respiración. Entonces Pinocho, mortificado por sentirse con-
—Ahora veamos qué peces cayeron —dijo el pes- fundido por un cangrejo, dijo con tono resentido:
cador verde e introduciendo en la red una manaza tan —¡Pero qué cangrejos ni qué ocho cuartos! ¡Ten-
desproporcionada, que parecía la pala de un panadero, ga cuidado con cómo me trata! Para su información,
sacó una manotada de salmonetes—. ¡Estos buenos sal- soy una marioneta.
monetes! —dijo mirándolos y oliéndolos complacido. —¿Una marioneta? —respondió el pescador—. Si
Y después de haberlos olfateado una vez más, los echó te soy sincero, el pez marioneta es una especie nueva
en un cuenco sin agua. para mí. Mejor así: te comeré con más ganas.
Luego repitió más veces la misma operación y, a —¿Comerme? ¿Acaso no entiende que yo no soy
medida que fue sacando los otros peces, sentía que se le un pez? ¿No ve que hablo y razono como usted?
hacía agua a la boca y relamiéndose decía: —Es verdad —añadió el pescador—. Y como veo
—¡Buenas estas merluzas! que eres un pez que tiene la suerte de hablar y razonar
—¡Exquisitos estos mújoles! como yo, tendré contigo las debidas consideraciones.
—¡Deliciosos estos lenguados! —Y estas consideraciones serían…
—¡Sabrosos estos meros! —En señal de amistad y de especial estima, te de-
—¡Apetitosas estas anchoas! jaré la elección de cómo quieres ser cocinado. ¿Quieres
Como pueden imaginárselo, las merluzas, los mú- que te fría en una sartén o prefieres que te cocine en
joles, los lenguados, los meros y las anchoas fueron a una cazuela con salsa de tomate?
dar desordenadamente al cuenco a acompañar los sal- —A decir verdad —respondió Pinocho—, si me
monetes. toca elegir, prefiero que me dejes libre, para poder vol-
El último que quedó en la red fue Pinocho. ver a mi casa.
Apenas el pescador lo sacó, abrió del asombro sus —¡No seas chistoso! ¿Te parece que voy a des-
grandes ojos verdes, exclamando confundido: aprovechar la oportunidad de probar un pez tan raro?
—¿Qué tipo de pez es este? Peces de este tipo no No se encuentra todos los días un pez marioneta en es-
recuerdo haber comido nunca. tos mares. Déjame a mí: te freiré en una olla junto con
Y volvió a observarlo atentamente y, después de los otros peces, y esto será lo mejor para ti. Ser frito en
haberlo visto bien por todos lados, dijo: compañía es siempre un consuelo.

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El infeliz de Pinocho, al oír estas palabras, comen- XXIX


zó a llorar, a chillar, a suplicar, y llorando decía:
—¿Por qué no fui a la escuela?… He debido hacer Vuelve a la casa del Hada, que le promete que a partir
caso, y ahora lo estoy pagando… del día siguiente dejará de ser una marioneta y se con-
Y como forcejeaba al igual que una anguila y ha- vertirá en un niño. Gran desayuno para festejar este
cía esfuerzos increíbles por zafarse de las garras del pes- gran acontecimiento.
cador verde, este tomó la corteza de un junco y, después
de atarlo de pies y manos como un salami, lo echó al En el momento en que el pescador estaba a punto a bo-
fondo del cuenco con los demás. tar a Pinocho en la olla, entró en la gruta un enorme
Entonces, sacando una taza de madera llena de perro que había llegado ahí atraído por el apetitoso olor
harina, se puso a enharinar todos esos peces y, a me- de la fritura.
dida que los iba enharinando, los echaba a freír dentro —¡Vete! —gritó el pescador amenazándolo, con la
de la olla. marioneta enharinada en la mano.
Los primeros en bailar en el aceite hirviendo fue- Pero el pobre perro tenía un hambre feroz y, gi-
ron las pobres merluzas, luego fueron los meros, los moteando y meneando la cola, parecía decir:
mújoles, los lenguados y finalmente las anchoas. Enton- —Dame un pedazo de fritura y de dejo en paz.
ces fue el turno de Pinocho, que, al verse tan cercano a —¡Vete, te estoy diciendo! —le repitió el pesca-
la muerte (¡y qué horrible muerte!), fue presa de tantos dor y movió la pierna haciendo el gesto de lanzarle una
temblores y tuvo tanto miedo, que no tuvo ni voz ni patada.
aliento para suplicar. Entonces el perro que, cuando tenía hambre de
¡El pobre niño suplicaba con los ojos! Pero el pes- verdad, no estaba habituado a dejarse amedrentar, se
cador verde, sin siquiera determinarlo, le dio cinco o puso a ladrar al pescador, mostrándole sus terribles col-
seis vueltas en la harina, y quedó tan bien cubierto de millos.
la cabeza a los pies, que parecía una marioneta de yeso. En cierto punto, se oyó en la gruta una vocecita
Luego lo tomó de la cabeza y… muy débil que decía:
—¡Sálvame, Alidoro! ¡Si no me salvas, me fritan!
El perro reconoció de inmediato la voz de Pino-
cho y se percató con gran asombro de que la vocecita

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salía de ese pedazo enharinado que el pescador tenía Alidoro, riendo, extendió su pata diestra a la ma-
en la mano. rioneta, que se la estrechó fuerte fuerte en señal de gran
¿Entonces qué hizo? Dio un gran salto, mordió amistad. Y después cada uno cogió su camino.
aquel pedazo enharinado y, teniéndolo cuidadosamen- El perro retomó el camino hacia su casa y Pino-
te entre los dientes, salió de la gruta veloz como un re- cho, al quedarse solo, fue a la cabaña que estaba ahí
lámpago. cerca y le preguntó a un viejo que estaba en la puerta
El pescador, furiosísimo de ver que le arrebataban calentándose al sol:
un pez que se habría comido con gusto, se puso a perse- —Dígame, buen hombre, ¿usted sabe algo de un
guir al perro, pero después de un tramo le dio un acceso pobre niño herido en la cabeza llamado Eugenio?
de tos y debió volver atrás. —El niño fue traído por unos pescadores a esta
Entre tanto Alidoro, reencontrando el sendero cabaña y ahora…
que lo conducía a la ciudad, se detuvo y delicadamente —¡Ahora está muerto!… —interrumpió Pinocho
puso en el suelo a su amigo Pinocho. con inmenso dolor.
—¡Cuánto te agradezco! —dijo la marioneta. —No: ahora está vivo y ya volvió a su casa.
—No hace falta —replicó el perro—: tú me salvas- —¿De verdad verdad? —gritó la marioneta sal-
te y yo te lo debía. Ya sabes: en este mundo es necesario tando de la alegría—. ¿Entonces la herida no era grave?
que nos ayudemos los unos a los otros. —Pero pudo ser gravísima y volverse mortal
—¿Pero cómo resultaste en esa gruta? —respondió el viejo—, porque le arrojaron a la cabeza
—Estuve siempre tirado en esa playa, más muerto un libro grandísimo encuadernado en cartón.
que vivo, cuando el viento me trajo de lejos un olor a —¿Y quién se lo tiró?
fritura, y este hizo que se me abriera el apetito, y en- —Un compañero de su escuela, un tal Pinocho.
tonces le seguí la pista. Si hubiera llegado un minuto —¿Y quién es este Pinocho? —preguntó la mario-
después… neta haciéndose la desentendida.
—¡Ni lo digas! —gritó Pinocho que temblaba to- —Dicen que es un sinvergüenza, un vago, una
davía del miedo—. ¡Ni lo menciones! Si tú llegas un verdadera pesadilla.
minuto más tarde, a esta hora estaría bien frito, comi- —¡Calumnias, todas calumnias!
do y digerido. Brrrr… ¡Me vienen escalofríos de solo —¿Tú conoces a este Pinocho?
pensarlo! —De vista —respondió la marioneta.

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—¿Y tú qué opinas de él? —le preguntó el viejo. —Niño mío, lo único que tengo para que te vistas
—A mí me parece un buen hijo, lleno de ganas es la bolsa donde tengo los altramuces. Si lo quieres,
de estudiar, obediente, amoroso con su padre y con su tómala, aquí está.
familia… Y Pinocho no hizo que se lo repitiera: cogió la
Mientras la marioneta enfilaba una a una todas bolsa que estaba vacía y, después de haber hecho con
estas mentiras, se tocó la nariz y se dio cuenta de que las tijeras un agujero al fondo y dos huecos a los lados,
se le había alargado más de un palmo. Entonces todo se lo puso como una camisa. Y así, ligero de ropas, se
asustado comenzó a gritar: encaminó hacia el pueblo.
—No me haga caso, buen hombre, de todo lo que Pero en el camino no lograba sentirse tranquilo,
le acabo de decir, pues conozco muy bien a Pinocho hasta el punto de dar un paso atrás y uno adelante, pues
y le puedo asegurar yo también que es de verdad un se decía a sí mismo:
sinvergüenza, un desobediente y un vagabundo que, en —¿Cómo haré para presentarme a mi buena Ha-
vez de ir a la escuela, se va con sus compañeros a hacer dita? ¿Qué dirá cuando me vea?… ¿Podrá perdonarme
pilatunas. esta segunda travesura? Apuesto a que no me la perdo-
Apenas pronunció estas palabras, su nariz se re- na: ¡oh, de verdad no me la va a perdonar! Y me lo me-
cortó y volvió a su tamaño natural, al que tenía antes. rezco: porque soy un pilluelo que promete corregirme
—Y, a todas estas, ¿por qué estás completamente y nunca cumplo.
blanco? —le preguntó de repente el viejo. Arribó a la ciudad cuando ya era de noche y, por-
—Le contaré… sin darme cuenta, me he apoyado que hacía helaje y el agua llovía a cántaros, fue directo
contra un muro que estaba pintado de blanco —respon- a la casa del Hada, con la firme resolución de tocar a la
dió la marioneta, avergonzándose de confesar que lo puerta para que le abrieran.
había enharinado como un pez para freírlo en una olla. Pero cuando estuvo ahí le faltó el ánimo y, en vez
—¿Y qué pasó con tu chaqueta, tus pantalones y de tocar, se alejó corriendo unos veinte pasos. Luego vol-
tu gorra? vió una segunda vez a la puerta, y tampoco se decidió.
—Me he encontrado con unos ladrones y me los Se aproximó una tercera vez, y nada. La cuarta vez tomó
han quitado. Dime, buen hombre, ¿no tendrías por ca- temblando el aldabón de hierro y dio un suave golpecito.
sualidad algo para que me vista, al menos hasta que Esperó y esperó y finalmente, después de media
pueda volver a casa? hora, se abrió una ventana en el último piso (la casa

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tenía cuatro pisos) y Pinocho vio asomarse un enorme Y la ventana se cerró.


Caracol que tenía una lámpara en la cabeza; este le dijo: Pasó un tiempo y llegó la medianoche, luego un
—¿Quién es a esta hora? toque, luego las dos de la mañana, y la puerta siempre
—¿El Hada se encuentra? —preguntó la marioneta. cerrada.
—El Hada duerme y no quiere ser despertada. Entonces Pinocho, perdiendo la paciencia, aferró
¿Pero tú quién eres? con rabia el aldabón de la puerta para tocar de manera
—Soy yo. que se oyera en toda la casa, pero el batiente, que era de
—¿Y quién es «yo»? hierro, se volvió de repente un anguila viva que, esca-
—Pinocho. pándose de sus manos, desapareció en un arroyuelo de
—¿Cuál Pinocho? agua en mitad de la calle.
—La marioneta; yo estaba en la casa con el Hada. —¿Ah, sí? —gritó Pinocho cada vez más cegado
—Ah, ya entiendo —dijo el Caracol—: espérame por la cólera—. Si el aldabón huye, seguiré tocando a
ahí, que ya bajo y te abro. patadas.
—Apúrate, por favor, porque muero del frío. Y dando unos pasos para atrás, mandó una so-
—Muchacho, soy un caracol, y los caracoles nun- lemne patada en la puerta de la casa. El golpe fue tan
ca tenemos prisa. fuerte, que el pie penetró en la madera hasta la mitad.
Pasó una hora, pasaron dos, y la puerta no se Y cuando la marioneta intentó sacarlo, todos sus es-
abría. Por lo que Pinocho, que temblaba del frío, del fuerzos fueron en vano, porque el pie había quedado
miedo y del agua que lo empapaba, se resolvió a tocar incrustado como un clavo remachado.
por segunda vez, más fuerte esta vez. ¡Imagínense al pobre Pinocho! Debió pasar el res-
Al segundo toque, se abrió una ventana del tercer to de la noche con un pie en el suelo y el otro por el aire.
piso y se asomó el mismo Caracol. Finalmente al alba del día siguiente la puerta se
—Caracolito mío —gritó Pinocho desde la ca- abrió. Ese esforzadísimo Caracol, para bajar del cuar-
lle—, hace dos horas que espero, y dos horas, con esta to piso al primero, solo tuvo que dedicar nueve horas.
noche, parecen más de dos años. Apúrate, por favor. Además, hace falta aclarar que además sudó copiosa-
—Muchacho —le respondió desde la ventana este mente.
bicho toda paz y toda flema—, muchacho, soy un cara- —¿Qué hace tu pie ahí clavado en la puerta?
col, y los caracoles nunca tienen afán. —preguntó riendo a la marioneta.

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—Ha sido una desgracia. Mira, Caracolito precio- Cuando recobró la consciencia, se encontró acos-
so, te contaré si logras liberarme de este suplicio. tado sobre un sofá y el Hada estaba junto a él.
—Niño mío, aquí hace falta un leñador… Y yo no —Te perdono también esta vez —le dijo el Hada—,
soy una leñadora. ¡pero te vas a meter un problema si vuelves a hacer una
—Ruégale al Hada de parte mía… de las tuyas!
—El Hada duerme y no le gusta que la despierten. Pinocho prometió y juró que iba a estudiar y a
—¿Pero qué quieres que yo haga, clavado todo el comportarse debidamente. Y mantuvo la palabra el res-
día en esta puerta? to del año. De hecho, tras los exámenes se ganó el honor
—Diviértete contando las hormigas que pasan de ser el mejor de la escuela y sus actitudes, en general,
por el camino. fueron juzgadas tan loables, que el Hada toda contenta
—Tráeme al menos algo de comer, porque siento le dijo:
que me voy a desmayar. —Mañana finalmente tu deseo será satisfecho.
—¡De inmediato! —dijo el Caracol. —¿Cuál?
En efecto, después de tres horas y media, Pinocho —Mañana dejarás de ser una marioneta de palo y
lo vio regresar con una bandeja de plata en la cabeza. te convertirás en un niño con todas las de la ley.
En la bandeja había un pan, un pollo asado y cuatro Quien no haya visto la alegría de Pinocho, ante
albaricoques maduros. esta noticia tan anhelada, nunca podrá imaginársela.
—Esta es la comida que te envía el Hada —dijo Todos sus amigos y compañeros de escuela fueron in-
el Caracol. vitados al día siguiente a una gran comida en la casa
Al ver esas delicias, la marioneta experimentó un del Hada, para festejar juntos el gran acontecimiento. Y
gran consuelo. Pero cuál fue su desengaño cuando, co- el Hada había hecho preparar doscientas tazas de café
menzando a comer, se percató de que el pan era de yeso, con leche y cuatrocientos panes con mantequilla. Ese
el pollo de cartón y los cuatro albaricoques de alabas- día prometía ser maravilloso y alegre, pero…
tro, pintados como si fueran de verdad. Desgraciadamente, en la vida de las marionetas
Quería llorar, quería abandonarse a la desespera- hay siempre un pero que lo estropea todo.
ción, quería arrojar la bandeja y todo lo que tenía, pero,
en vez de esto, sea por el gran dolor o por la debilidad,
se desmayó.

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XXX Hada, que era como su mamá, y cantando y bailando


atravesó el umbral de la puerta y salió de casa.
Pinocho, en vez de convertirse en un niño, se escapa a En poco más de una hora todos sus amigos ha-
escondidas con su amigo hacia el País de los Juguetes. bían sido invitados. Algunos aceptaron de inmediato
y de corazón; otros al principio se hicieron de rogar,
Como es natural, Pinocho le pidió permiso al Hada cuando supieron que el pan para mojar en el café con
para ir a la ciudad a hacer las invitaciones, y el Hada leche iba a tener mantequilla por todos lados, termina-
le dijo: ron diciendo: «Sí, iremos para darte gusto».
—Buen, ve a invitar a tus compañeros a la comida Ahora es necesario saber que Pinocho, entre sus
de mañana, pero acuérdate de volver a casa antes de que amigos y compañeros de escuela, tenía uno al que que-
se haga de noche. ¿Entendiste? ría más y era su preferido; se llamaba Romeo, pero to-
—Prometo estar de regreso en una hora —res- dos lo llamaban «Pabilo», pues era delgado, enjuto y
pondió la marioneta. espigado, tal como el pabilo nuevo de un velón.
—¡Ten cuidado, Pinocho! Los niños siempre es- Pabilo era el niño más vago y travieso de toda la
tán listos a hacer promesas, pero las más de las veces no escuela, pero Pinocho lo quería mucho. De hecho, fue el
las saben cumplir. primero que fue a buscar para invitarlo a la comida, pero
—Pero yo no soy como los demás: yo, cuando no lo encontró. Volvió una segunda vez, y Pabilo no es-
digo algo, lo cumplo. taba. Regresó una tercera vez, e hizo el camino en vano.
—Ya veremos. En todo caso, si desobedeces, tanto ¿Dónde poderlo pescar? Buscó en un lado y en
peor para ti. otro, y finalmente lo vio escondido en el pórtico de la
—¿Por qué? casa de unos campesinos.
—Porque los niños que no hacen caso a los con- —¿Qué haces ahí? —le preguntó Pinocho acer-
sejos de quien sabe más que ellos siempre les sucede cándose.
alguna desgracia. —Espero la medianoche para partir.
—¡Ya lo sé! —dijo Pinocho—. Pero no me vuelve —¿Adónde vas?
a pasar. —Lejos, muy lejos.
—Ya veremos si dices la verdad. —¡Y yo que he ido a tu casa tres veces!…
Sin decir más, la marioneta se despidió de la buena —¿Qué quieres de mí?

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—¿No sabes del gran acontecimiento? ¿No sabes —¿Pero cómo se pasan los días en ese País de los
la suerte que tengo? Juguetes?
—¿Cuál? —Se pasan jugando y divirtiéndose de la mañana
—Mañana dejo de ser una marioneta y me vuelvo a la noche. Por la noche te vas a dormir y a la mañana
un niño como tú y como los demás. siguiente comienza de nuevo todo. ¿Qué te parece?
—Que te aproveche. —¡Uhm! —exclamó Pinocho y meneó ligeramen-
—Mañana, por esto, espero para que vengas a co- te la cabeza, como diciendo: “Es una vida que querría
mer en mi casa. yo también”.
—Pero ya te dije que parto esta noche. —Entonces, ¿quieres venir conmigo? ¿Sí o no?
—¿A qué hora? Decídete.
—Dentro de poco. —No, no, no. Ahora le prometí a mi Hada vol-
—¿Y adónde vas? verme un niño de bien y quiero mantener la promesa.
—Voy a vivir en un país… que es el país más ma- Mejor dicho, como veo que el sol se está poniendo, te
ravilloso del mundo: ¡una verdadera dicha! tengo que dejar, pero te deseo un buen viaje.
—¿Y cómo se llama? —¿Adónde corres con tanto afán?
—Se llama el País de los Juguetes. ¿Por qué no vie- —A mi casa. Mi buena Hada quiere que vuelva
nes conmigo? antes de que caiga la noche.
—No, ¡no puedo! —Espera un par de minutos más.
—¡Te equivocas, Pinocho! Créeme, si no vienes, —Se me hace muy tarde.
te arrepentirás. ¿Dónde vas a encontrar un lugar mejor —Solamente dos minutos.
para nosotros los niños? Allí no hay escuelas, no hay —¿Y si después el Hada me regaña?
maestros, no hay libros. En ese país bendito no se es- —Déjala que te regañe. Cuando te haya regañado
tudia jamás. El jueves no se estudia y cada semana está lo suficiente, se calmará —dijo ese pilluelo de Pabilo.
compuesta de seis jueves y un domingo. Imagínate que —¿Y cómo vas a hacer? ¿Te vas a ir solo o en com-
las vacaciones de otoño comienzan el primero de enero pañía?
y terminan el último día de diciembre. ¡Este es el país —¿Solo? Seremos más de cien niños.
que de verdad quiero! ¡Así deberían ser todos los países —Y el viaje, ¿lo hacen a pie?
civilizados! —Dentro de poco pasará por aquí un carro que

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me debe conducir hasta la frontera del aquel país ma- —Adiós, Pabilo: que tengas buen viaje, diviértete
ravilloso. y acuérdate de vez en cuando de tus amigos.
—¡Cuánto daría por ver pasar el carro ahora! Dicho esto, la marioneta dio dos pasos reanudan-
—¿Por qué? do su camino, pero entonces, deteniéndose y volvién-
—Para verlos partir a todos ustedes. dose hacia su amigo, le preguntó:
—Quédate aquí un rato más y nos verás. —¿Pero estás completamente seguro de que en ese
—No: quiero volver a casa. lugar todas las semanas tienen seis jueves y un domingo?
—Espera un par de minutos más. —¡Segurísimo!
—Me he demorado demasiado. El Hada debe es- —¿Y en serio las vacaciones principian el primero
tar preocupada por mí. de enero y terminan el último día de diciembre?
—¡Pobre Hada! ¡Debe pensar que te han comido —¡No hay duda!
los murciélagos! —¡Qué hermoso lugar! —repitió Pinocho, escu-
—Pero entonces —añadió Pinocho—, ¿de verdad piendo con gran satisfacción. Luego, con ánimo resuel-
estás seguro de que en ese país no hay escuelas? to, añadió de afán: —Entonces, adiós de verdad, y buen
—Ni una sola. viaje.
—¿Ni tampoco maestros? —Adiós.
—Ni siquiera uno. —¿Dentro de cuánto partirán?
—¿Y no hay ninguna obligación de estudiar? —Dentro de poco.
—Ninguna en absoluto. —¡Qué lástima! Si solo faltara una hora, podría
—¡Qué bello lugar! —dijo Pinocho, que ya se em- esperar.
pezaba a ilusionar—. ¡Qué bien suena! Nunca he esta- —¿Y el Hada?…
do, pero ya me lo imagino. —Ya voy tarde… y volver a casa una hora antes o
—¿Por qué no vienes tú? una hora después va a ser lo mismo.
—Es inútil que me tientes. Ya prometí a mi buena —¡Pobre Pinocho! ¿Y si el Hada te regaña?
Hada volverme un niño juicioso y no quiero faltar a mi —Está bien: la dejaré que me regañe. Cuando me
palabra. haya regañado lo suficiente, se calmará.
—Entonces adiós y salúdame a los de primaria y a Entre tanto ya se había hecho noche y había os-
los de bachillerato… si te los encuentras por ahí. curecido. Pero en cierto momento vieron moverse a lo

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lejos una lucecita y les llegó un sonido de cascabeles y Pero el aspecto más singular era el siguiente: que
un toque de trompeta, tan agudo y sofocado que pare- estas doce parejas, es decir estos veinticuatro burritos,
cía el silbido de un zancudo. en vez de estar herrados como suelen estarlo las bestias
—¡Helo aquí! —gritó Pabilo, parándose inmedia- de tiro, tenían en las patas unas botinas de hombre he-
tamente. chas con cuero blanco.
—¿Qué? —preguntó en voz baja Pinocho. ¿Y el conductor del carro?
—Es el carro, que viene a llevarme. Entonces, Imagínense un hombre más ancho que alto, tier-
¿quieres venir o no? no y untuoso como una bola de mantequilla, con una
—¿Pero es verdad —preguntó la marioneta— que carita de pomarrosa, una boquita que reía siempre y
en aquel país los niños no tienen nunca la obligación una voz meliflua y sutil, como la de un gato que trata de
de estudiar? ganarse los favores de la dueña de la casa.
—¡Nunca, nunca jamás! Todos los niños, apenas lo veían, quedaban en-
—¡Qué hermoso lugar, qué hermoso, qué mara- cantados y hacían competencia para montarse en su
villa! carro y ser conducidos por él hacia esa buena vida co-
nocida en la carta geográfica con el seductor nombre
del País de los Juguetes.
XXXI De hecho, el carro ya estaba lleno de niños entre
los ocho y los doce años, montados unos sobre los otros
Pinocho, en vez de convertirse en un niño, se va con su como anchoas enlatadas. Estaban mal, estaban embuti-
amigo Pabilo al País de los Juguetes. dos, no podían casi respirar, pero ninguno decía nada,
nadie se lamentaba. El consuelo de saber que en pocas
Finalmente el carro llegó y lo hizo sin hacer el más mí- horas llegarían a ese sitio donde no había libros, ni es-
nimo ruido, porque sus ruedas estaban hechas de esto- cuelas, ni maestros los ponía tan felices, y a la vez tan
pa y andrajos. resignados, que no sentían ni las incomodidades, ni el
Lo tiraban doce parejas de burritos, todos del cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni el sueño.
mismo tamaño, pero de diverso pelaje. Apenas el carro se detuvo, el Hombrecito se vol-
Eran pardos, o blancos, o entrecanos, o de gran- vió hacia Pabilo y, con mil muecas y de mil maneras, le
des rayas amarillas y turquesa. preguntó sonriendo:

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—Dime, querido niño mío, ¿quieres venir tú tam- Pinocho no respondió, pero dejó escapar un sus-
bién a este dichoso país? piro; luego, otro suspiro; hubo un tercer suspiro, y fi-
—Claro que quiero ir. nalmente dijo:
—Pero te advierto, querido mío, que en el carro ya —Ábranme lugar: yo también quiero ir.
no hay puesto. Como ves, está repleto. —No hay puesto —replicó el Hombrecito—, pero
—¡Está bien! —respondió Pabilo—, si no hay para mostrarte cuán complacidos estamos de que ven-
puesto adentro, me acomodaré aquí sentado en las va- gas, puedo cederte mi puesto en el [Link] haré el
rales del carro. camino a pie.
Y dando un salto, se montó a horcajadas en los —No, no puedo permitirlo. Prefiero entonces su-
varales. birme en la grupa de alguno de estos burritos —gritó
—Y tú, precioso —dijo el Hombrecito mostrán- Pinocho.
dose más obsequioso—, ¿qué vas a hacer? ¿Vienes con Dicho y hecho: se acercó al burrito derecho dela
nosotros o te quedas? primera pareja e hizo el gesto de quererlo cabalgar; pero
—Yo me quedo —respondió Pinocho—. Quiero la bestia, volviéndose en seco, le dio un gran hocicazo
volver a mi casa: quiero estudiar y ganarme los honores en el estómago y lo arrojó volando por el aire.
de la escuela, como hacen todos los niños buenos. Imagínense la risotada impertinente y desquicia-
—¡Que te aproveche! da de todos esos niños que presenciaron la escena.
—¡Pinocho! —dice entonces Pabilo—, hazme caso: Pero el Hombrecito no se rio. Se aproximó amo-
ven conmigo y te aseguro que la vamos a pasar bien. rosísimo al burrito rebelde y, haciendo el gesto de darle
—¡No, no, no! un beso, le arrancó con un mordisco la mitad de la oreja
—Ven, la vamos a pasar bien —gritaron al tiempo derecha.
un centenar de voces desde dentro del carro. Mientras tanto Pinocho, poniéndose de pie enfu-
—Y si voy con ustedes, ¿qué le diré a mi buena recido, se impulsó y de un salto se montó en la grupa del
Hada? —dijo la marioneta que comenzaba a titubear y pobre animal. Y fue un salto tan hermoso que los niños,
a dar su brazo a torcer. dejando de reír, comenzaron a exclamar: «Viva Pino-
—No te llenes la cabeza con melancolías. Piensa cho» y a desgranar aplausos que nunca se acababan.
que vamos a un lugar donde tendremos de hacer albo- Pero de repente el burrito alzó las dos patas tra-
roto de la mañana a la noche. seras y, dando un fortísima sacudida, arrojó a la pobre

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marioneta a la mitad de la calle sobre un montón de —¡Tenlo en mente, tontarrón! Los niños que de-
grava. jan de estudiar y les dan la espalda a los libros, a las
Entonces todos se desternillaron de risa, pero el escuelas y a los maestros, para dedicarse enteramente
Hombrecito, en vez de reír, se sintió poseído de gran a los juegos y a las diversiones, no les queda otra que
amor por el inquieto burrito, al que, con un beso, le qui- acabar mal… Yo lo sé por experiencia… y te lo puedo
tó la mitad de la otra oreja. Luego le dijo a la marioneta: decir. Vendrá un día en que llorarás tú también, como
—Vuelve a montar, sin miedo. Este burrito tenía hoy lloro yo… pero entonces será tarde.
un grillo en la cabeza. Pero le he dicho un par de pala- A estas palabras susurradas quedamente, la ma-
britas y espero así haberlo amansado y vuelto razonable. rioneta, asustada más que nunca, saltó de la grupa y fue
Pinocho se montó y el carro comenzó a moverse, a tomar a su burro por el hocico.
pero en el momento en que los burritos galopaban y el E imagínense cómo quedó cuando se dio cuenta
carro corría sobre el empedrado del camino principal, de que su burro lloraba… ¡y lloraba como un niño!
le pareció a la marioneta oír una voz queda y apenas —Ey, señor —gritó entonces Pinocho al dueño del
inteligible que le dijo: carro—, ¿sabe qué está pasando? Este burro llora.
—Pobre bobalicón, has querido hacer lo que te da —Déjalo llorar: ya reirá cuando sea el momento.
la gana, pero te arrepentirás. —¿Pero acaso usted le ha enseñado a hablar?
Pinocho, un poco asustado, miró hacia aquí y ha- —No, ha aprendido él solo a mascullar algunas
cia allá intentando descifrar de dónde venía la voz, pero palabras, tras haber estado tres años en una compañía
no vio a nadie: los burritos galopaban, el carro andaba, de perros amaestrados.
los niños dormían en el carro, Pabilo roncaba como un —¡Pobre bestia!
lirón y el Hombrecito, sentando en el pescante, cantu- —Vamos, vamos —dijo el Hombrecito—, no per-
rreaba entre dientes: damos nuestro tiempo viendo llorar un burro. Vuélvete a
montar y vamos: la noche está fresca y el camino es largo.
Todos por la noche duermen, Pinocho obedeció sin chistar. El carro reanudó su
y yo no duermo jamás… carrera y, a la mañana siguiente, al alba, arribaron feliz-
mente al País de los Juguetes.
Luego de medio kilómetro, Pinocho oyó la misma Este país no se parecía a ningún otro país del mun-
vocecita débil que le dijo: do. Su población estaba toda compuesta por niños. Los

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más viejos tenían catorce años, los más jóvenes apenas imaginárselo, se volvieron amigos de todos. ¿Cuál era el
ocho. ¡En las calles reinaba una alegría, un barullo, una más contento, cuál el más feliz de todos?
gritería para enloquecerse! Pandillas de traviesos por En medio de las inagotables diversiones y conti-
todo lado: estaban los que jugaban con las canicas, al nuos esparcimientos, las horas, los días y las semanas
tejo o con una pelota; otros iban en bicicleta o se balan- pasaban como relámpagos.
ceaban montados en un caballo de madera; estos juga- —¡Oh, qué gran vida! —decía Pinocho todas las
ban a la gallina ciega, esos se perseguían, otros, vestidos veces que por casualidad se topaba con Pabilo.
de payasos, echaban fuego por la boca; unos actuaban, —¿Ves que tenía razón? —replicaba este últi-
o cantaban, o hacían saltos mortales, o se divertían ca- mo—. ¡Y pensar que tú no querías venir! ¡Y pensar que
minando con las manos en el suelo y los pies por el aire; se te había metido en la cabeza volver a la casa de tu
había quienes jugaban con el aro, quien se paseaba ves- Hada, para perder el tiempo estudiando!… Si hoy te
tido de general con el casco de papel y un escuadrón de has liberado del fastidio de los libros y de las escuelas,
cartón; niños que reían, gritaban, llamaban, batían las me lo debes a mí, a mis consejos, a mis favores, ¿no
manos, fisgoneaban, imitaban a las gallinas al poner un crees? Los verdaderos amigos son los que te hacen estas
huevo. En suma, era tal el pandemonio, el batiburrillo, grandes atenciones.
el alboroto desenfrenado, que era necesario meterse al- —Es verdad, Pabilo. Si hoy soy un niño absoluta-
godón en los oídos para no quedarse sordo. En todas las mente contento, es gracias a ti. ¿Y sabes qué me decía
plazas se veían teatrinos de tela, poblados de niños de el maestro de ti? Me decía siempre: «No hagas lo que
la mañana a la noche, y en todos los muros de las casas hace ese travieso de Pabilo; Pabilo es una mala com-
se leían, escritas con carbón, frases del siguiente tenor: pañía y no podría aconsejarte nada distinto de hacer
«Vivan los jugetes» (en vez de «juguetes»), «No que- el mal».
remos más hescuelas» (en vez de «escuelas»), «Abajo —¡Pobre maestro! —replicó el otro, meneando
Larin Metica» (en vez de «la aritmética») y otras perlas la cabeza—. Sé por desgracia que me tenía tirria y que
similares. se divertía calumniándome. Pero yo soy generoso y lo
Pinocho, Pabilo y todos los demás niños que perdono.
habían hecho el viaje con el Hombrecito, apenas pu- —¡Gran corazón! —dijo Pinocho, abrazando
sieron pie en la ciudad, se fijaron de inmediato en la afectuosamente al amigo y dándole un beso en medio
gran barahúnda y, en pocos minutos, como es fácil de los ojos.

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Y así ya eran cinco meses que duraba esta dicha haber visto: vio su imagen embellecida por un magnífi-
de divertirse y jugar los días enteros, sin ver un solo co par de orejas de burro.
libro ni una escuela, cuando Pinocho, despertándose, Dejo a ustedes que imaginen el dolor, la vergüen-
tuvo, como se suele decir, una desagradable sorpresa, za y la desesperación del pobre Pinocho.
que lo puso de inmediato de mal humor. Comenzó a llorar, a chillar, a darle cabezazos a la
pared, pero cuanto más se desesperaba, más sus orejas
crecían y se volvían peludas hacia las puntas.
XXXII Al sonido de esos gritos agudísimos, entró en la
habitación una hermosa Marmotica que vivía en el piso
A Pinocho le salen orejas de burro y entonces se con- de arriba, la cual, viendo a la marioneta en tal agitación,
vierte en un burro de verdad y comienza a rebuznar. le preguntó afanosamente:
—¿Qué sucede, mi querido vecino?
¿Y esta sorpresa cuál fue? —Estoy enfermo, Marmotica mía, muy enfer-
Se lo diré, mis queridos y pequeños lectores: la mo… y enfermo de un padecimiento que me da miedo.
sorpresa fue que Pinocho, despertándose, espontánea- ¿Tú sabes tomar el pulso?
mente le da por rascarse la cabeza, y al rascarse se da —Un poquito.
cuenta de… —Mira entonces si por casualidad tengo fiebre.
¿Adivinen de qué se da cuenta? La Marmotica alzó la pata derecha y, después de
Se da cuenta, con grandísimo asombro, de que las haber palpado el pulso a Pinocho, le dijo suspirando:
orejas le habían crecido más de un palmo. —Amigo mío, lamento darte una mala noticia.
Ustedes saben que la marioneta, desde su naci- —¿Cuál?
miento, tenía las orejas chiquitas chiquitas, tanto que a —Tienes una fiebre muy fea.
simple vista ni siquiera se veían. Imagínense cómo que- —¿Y qué fiebre es esa?
dó cuando se dio cuenta de que sus orejas, durante la —La fiebre del burro.
noche, estaban tan largas como dos escobillas. —No sé cuál es esta fiebre —respondió la mario-
Fue rápido a buscar un espejo, para poderse ver, neta, que por desgracia la estaba sufriendo.
pero, al no encontrar un espejo, llenó de agua una pa- —Ya te explico —añadió la Marmotica—. Debes
langana y, viendo su reflejo, vio lo que nunca debió saber que dentro de dos o tres horas no serás ya una

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marioneta ni tampoco un niño… allí no estudiaremos, allí nos divertiremos de la maña-


—¿Y qué seré entonces? na a la noche y viviremos siempre alegres».
—Dentro de dos o tres horas te convertirás en un —¿Y por qué seguiste el consejo de ese falso ami-
burrito hecho y derecho, como los que tiran la carreta y go, de ese mal compañero?
llevan las coles y las lechugas al mercado. —¿Por qué? Porque, Marmotica mía, soy una ma-
—¡Oh, pobre, pobre de mí! —gritó Pinocho co- rioneta sin juicio… y sin corazón. Oh, si hubiera teni-
giéndose con las manos las dos orejas, y jalándoselas y do una pizca de corazón, nunca habría abandonado a
tratándoselas de arrancar como si fuesen las orejas de la buena Hada, que me quería como una madre y que
otro. había hecho tanto por mí… Y a esta hora no sería una
—Querido mío —replicó la Marmotica para con- marioneta, sino un niño de bien como tantos. Pero si
solarlo—, ¿qué quieres hacer ahora? Este es tu destino. me llego a encontrar a Pabilo, ¡que se tenga! Le voy a
Esto estaba escrito en los decretos de la sabiduría: to- poner los puntos sobre las íes.
dos los niños vagos que se aburren con los libros, las E hizo el gesto de querer salir. Pero cuando esta-
escuelas y los maestros y pasan sus días entre juguetes y ba en la puerta, se acordó de que tenía orejas de burro
diversiones terminan tarde o temprano transformados y, avergonzándose de mostrarlas en público, ¿qué se le
en pequeños burros. ocurrió? Tomó una gran gorra de algodón y, poniéndo-
—¿De verdad es siempre así? —preguntó sollo- sela en la cabeza, se la caló hasta la nariz.
zando la marioneta. Luego salió y se puso a buscar a Pabilo por todos
—Por desgracia es así. Y ahora las lágrimas son lados. Lo buscó en las calles, en las plazas, en los teatri-
inútiles. ¡Era necesario pensarlo antes! nos, en todas partes, pero no lo encontró. Preguntó por
—Pero la culpa no es mía: la culpa, créelo, Mar- él a todos los que se encontraba, pero nadie lo había visto.
motica, es toda de Pabilo. Entonces fue a buscarlo a su casa y, al llegar a la
—¿Y quién es este Pabilo? puerta, tocó.
—Un compañero mío de la escuela. Yo quería —¿Quién es? —preguntó Pabilo, desde dentro.
volver a casa, quería ser obediente, quería seguir estu- —Soy yo —respondió la marioneta.
diando, ser aplicado… pero Pabilo me dijo: «¿Por qué —Espera un momento, ya te abro.
quieres aburrirte estudiando? ¿Para qué quieres ir a la Después de media hora la puerta se abrió e imagí-
escuela? Más bien ven conmigo, al País de los Juguetes: nense cómo quedó Pinocho al entrar a la sala y ver a su

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amigo Pabilo con un gran gorro en la cabeza, encasque- —Sácame de una duda, mi querido Pabilo: ¿has
tado hasta la nariz. tenido alguna enfermedad en las orejas?
Al ver ese gorro, Pinocho casi sintió consuelo y —¡Nunca! ¿Y tú?
pensó en ese instante para sí: «¿Será que mi amigo sufre —¡Nunca! Pero desde esta mañana siento rasqui-
la misma enfermedad que yo tengo? ¿Tendrá la fiebre ña en una oreja.
del burro?». —A mí me pasa lo mismo.
Y fingiendo no darse cuenta de nada, le preguntó —¿También a ti?… ¿Y cuál es la oreja que te molesta?
sonriendo: —Las dos. ¿Y a ti?
—¿Cómo estás, querido Pabilo? —Las dos. ¿Será la misma enfermedad?
—Muy bien: como un ratón dentro de un queso —Me temo que sí.
parmesano. —¿Quieres hacerme un favor, Pabilo?
—¿Lo dices en serio? —¡Con gusto! ¡De todo corazón!
—¿Y por qué habría de mentirte? —¿Me dejas ver tus orejas?
—Discúlpame, amigo: ¿y entonces por qué tienes —¿Por qué no? Pero primero quiero ver las tuyas,
en la cabeza ese gorro de algodón que te cubre hasta las querido Pinocho.
orejas? —No, primero muéstramelas tú.
—Me lo ha recetado el médico, porque me pegué —No, querido. Primero tú y después yo.
en esta rodilla. Y tú, querida marioneta, ¿por qué llevas —Está bien —dice entonces la marioneta—, haga-
ese gorro de algodón encasquetado hasta la nariz? mos un pacto de buenos amigos.
—Me lo ha recetado el médico, porque me duele —Te oigo.
este pie. —Levantemos los dos el gorro al mismo tiempo,
—¡Oh, pobre Pinocho! ¿te parece?
—¡Oh, pobre Pabilo! —Sí, me parece.
A estas palabras siguió un larguísimo silencio, du- —Entonces, pon atención —y Pinocho comenzó a
rante el cual los dos amigos no hicieron más que obser- contar en voz alta—: ¡uno!… ¡dos!… ¡tres!
varse el uno al otro en plan de burla. A la palabra de tres, los dos niños tomaron sus
Finalmente la marioneta, con una vocecita meli- gorros de la cabeza y los lanzaron al aire.
flua y aflautada, le dijo a su compañero. Y entonces sucedió algo increíble, si no hubiera

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pasado de verdad. Sucedió que Pinocho y Pabilo, cuan- —Ijá, ijá, ijá.
do se vieron víctimas de la misma desgracia, en vez de En ese momento tocaron a la puerta y una voz de
mortificarse y lamentarse, comenzaron a acariciarse afuera dijo:
sus orejas desmesuradamente grandes y, después de mil —¡Abran! Soy el Hombrecito, soy el conductor
monerías, acabaron soltando una sonora carcajada. del carro que los trajo a este país. ¡Abran ya o se van a
Y siguieron riendo tanto que no podían mante- meter en problemas!
nerse en pie, hasta que, en el momento de mayor al-
borozo, Pabilo de repente se calló y, tambaleándose y
cambiando de color, le dijo a su amigo: XXXIII
—¡Ayuda, ayuda, Pinocho!
—¿Qué pasa? Convertido en un burro de verdad, lo llevan a una
—Ay, no logro pararme en las dos piernas. venta donde lo compra el director de una compañía de
—Yo tampoco puedo —gritó Pinocho gimiendo y payasos, el cual quiere enseñarle a bailar y a saltar obs-
bamboleándose. táculos. Pero una noche empieza a cojear y entonces lo
Y mientras hablaban así, quedaron a gatas y, ca- compra otro para hacer con su piel un tambor.
minando con las manos y con los pies, comenzaron a
dar vueltas por la habitación. Y, al tiempo que corrían, Viendo que la puerta no se abría, el Hombrecito la
sus brazos se convirtieron en patas, sus caras se alarga- abrió con una violentísima patada y, luego de entrar en
ron y se volvieron hocicos y sus espaldas se cubrieron la sala, dijo con su habitual risita a Pinocho y a Pabilo:
con un pelaje grisáceo, manchado de negro. —¡Muy bien, niños! Han rebuznado bien; los he
¿Pero saben cuál fue el momento más feo para es- reconocido al instante. Vengan acá.
tos dos desdichados? El momento más feo y más humi- Al oír estas palabras los dos burritos se sintieron
llante fue cuando les empezó a salir por detrás una cola. abatidos, cabizbajos; tenían las orejas abajo y la cola en-
Vencidos ahora por la vergüenza y el dolor, intentaron tre las patas.
llorar y quejarse por su destino. Desde el principio, el Hombrecito los sobó, los
¡Ojalá nunca lo hubieran hecho! En vez de gemidos acarició, los palpó; luego, sacó un peine y comenzó a
y lamentos, salieron rebuznos de burro, y rebuznando peinarlos muy bien.
sonoramente hacían los dos en coro: Y cuando de tanto peinarlos los dejó lustrosos

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como dos espejos, les puso el cabestro y los condujo Cuando fue conducido al establo, el nuevo dueño
a la plaza de mercado, con la esperanza de venderlos y le llenó el pesebre de paja, pero Pinocho, después de
obtener así alguna ganancia. haber probado un bocado, la escupió.
Y los compradores, de hecho, no se hicieron es- Entonces el dueño, refunfuñando, le llenó el pese-
perar. bre de heno, pero tampoco el heno le gustó.
Pabilo fue comprado por un campesino a quien se —Ah, ¿no te gusta tampoco el heno? —gritó el
le había muerto el burro el día anterior y Pinocho fue dueño enfurecido—. Déjame a mí, hermoso burrito,
vendido al director de una compañía de payasos y sal- que si tienes caprichos, ya sabré como quitártelos.
tadores de cuerda, el cual lo compró para amaestrarlo Y, para corregirlo, le propinó un latigazo entre las
y así ponerlo a saltar y bailar junto con las otras bestias patas.
de la compañía. Pinocho, del gran dolor, comenzó a llorar y a re-
¿Ya entendieron, mis queridos lectores, cuál era buznar, y rebuznando dijo:
el trabajo al que se dedicaba el Hombrecito? Este ho- —Ijá, ijá, no puedo digerir la paja.
rrible monstruo, que parecía dulce como la miel, iba —Entonces cómete el heno —replicó el dueño,
cada tanto con un carro a dar vueltas por el mundo y que entendía perfectamente la lengua de los burros.
recogía con promesas y con halagos a todos los niños —Ijá, ijá, el heno hace que me duela el cuerpo.
vagabundos que se aburrían de los libros y las escuelas —¿Pretenderás entonces que alimente a un burro
y, después de haberlos subido en su carro, los conducía como tú a punta de pechugas de pollo y galantina de
al País de los Juguetes, para que se la pasaran jugando, pollo —agregó el dueño cada vez más airado y asestán-
alborotando y divirtiéndose. Más tarde, cuando esos dole un segundo latigazo.
pobres niños ingenuos, a punta de jugar siempre y no Tras este segundo latigazo Pinocho, por pruden-
estudiar jamás, se volvían burros, él entonces muy con- cia, se quedó callado y no volvió a musitar palabra.
tento se los adueñaba y los llevaba a vender a las ferias y Cerraron el establo y Pinocho quedó solo y, como
al mercado. Y así, en pocos años, había logrado hacerse ya llevaba varias horas sin haber comido, comenzó
una considerable fortuna. a bostezar por el hambre y, al bostezar, abría la boca
Eso que le sucedió a Pabilo, no lo sé; por otro como si fuera un horno.
lado, sé que Pinocho tuvo desde los primeros días una Al final, no habiendo nada más en el pesebre,
vida durísima y agotadora. se resignó a masticar un poco de heno y, después de

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haberlo masticado bien, cerró los ojos y se lo tragó. Llegó finalmente el día en que su dueño pudo
«Este heno no está mal —dijo para sí—, pero, ay, anunciar un espectáculo verdaderamente extraordina-
si hubiera seguido estudiando… A esta hora, en vez de rio. Los carteles de varios colores, pegados en las esqui-
heno, podría comer un pedazo de pan fresco y un buen nas, decían así:
trozo de salami. ¡Qué se le va hacer!…».
A la mañana siguiente, despertándose, buscó en el GRAN ESPECTÁCULO DE GALA
pesebre otro poco de heno, pero no lo encontró, porque Por esta noche
se lo había comido todo por la noche. tendrán lugar los habituales saltos
Entonces tomó un bocado de paja picada, pero en y sorprendentes ejercicios
el momento en que la masticaba, se dio cuenta de que realizados por todos los artistas
el sabor de la paja no se parecía en nada al risotto a la y todos los caballos de la compañía
milanesa ni a los macarrones a la napolitana. y además
—¡Qué se le va a hacer! —repitió, sin dejar de será presentado por primera vez
masticar—… Que al menos mi desgracia pueda servir el famoso
de lección a todos los niños desobedientes y que no tie- BURRO PINOCHO
nen ganas de estudiar… ¡Qué se le va a hacer! denominado
—¡Ya basta! —gritó el dueño, entrando en ese LA ESTRELLA DEL BAILE
momento en el establo—. ¿Crees acaso, mi querido bu- El teatro estará iluminado como si fuera de día
rrito, que yo te compré únicamente para darte de comer
y de beber? Te compré para que trabajes y me hagas Esa noche, como pueden imaginárselo, una hora
ganar un buen dinero. ¡Párate, no te quedes ahí! Ven antes de que comenzara el espectáculo, el teatro estaba
conmigo al circo y allá te enseñaré a saltar los obstácu- lleno a reventar.
los, a romper con la cabeza toneles de cartón y a bailar No había ni un solo puesto libre, ni una silla sin
el vals y la polca parado en las patas traseras. ocupante, ni un palco vacío, ni siquiera pagándolos a
El pobre Pinocho, por amor o por fuerza, debió precio de oro.
aprender todas estas cosas, pero, para aprenderlas, fue- Las gradas del circo hormigueaban de niños y niñas
ron necesarios trece meses de clases y muchos latigazos de todas las edades, que estaban ansiosos por ver bailar
que lo dejaron pelado. al famoso burro Pinocho.

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Al finalizar la primera parte del espectáculo, el —¡Mi respetable público! No estoy aquí para
Director de la compañía, vestido con un saco negro, mentirles sobre las grandes dificultades que he debido
pantalones blancos y botas de piel que le llegaban más enfrentar para comprender y someter a este mamífero,
arriba de las rodillas, se presentó al nutridísimo público mientras pacía libre de montaña en montaña en las lla-
y, haciendo una gran venia, inició con gran solemnidad nuras tórridas. Observen, les pido, cuánto salvajismo
este delirante discurso: traslucen sus ojos, por lo que, siendo vanos todos los
—¡Respetable público, damas y caballeros! métodos para domesticarlo al modo de los cuadrúpe-
“Este humilde servidor, estando de paso por esta dos civilizados, he debido recurrir con frecuencia al
ilustre metrópoli, ha querido tener el honor, qué digo, afable dialecto del azote. Pero con cada gentileza mía,
el placer de presentar a este inteligente y conspicuo au- en vez de hacerme querer por él, me he granjeado su
ditorio un célebre burro que tuvo ya el honor de bailar animadversión. No obstante yo, siguiendo el sistema
ante la presencia de Su Majestad el Emperador, en las de Gales, encontré en su cráneo una diminuta Carta-
principales cortes de Europa. go ósea que la misma Facultad de Medicina de París
«Y dándoles las gracias a todo ustedes, les pido que reconoció como el bulbo regenerador del pelo y de la
nos ayuden con su magnífica y animada concurrencia». danza pírrica. Y por esto quise amaestrarlo en el baile,
Este discurso estuvo acompañado por muchas además de para el salto de obstáculos y de los toneles de
carcajadas y aplausos, pero los aplausos se redoblaron cartón. ¡Admírenlo y después júzguenlo! Pero antes de
y se convirtieron en una suerte de huracán ante la apa- despedirme de ustedes, permítanme, señoras y señores,
rición del burro Pinocho en mitad de la pista del circo. invitarlos al espectáculo de mañana por la noche; en
Estaba engalanado como para una fiesta. Tenía unas caso de que el día amenace lluvia, el espectáculo, en vez
riendas nuevas de piel brillante, con broches y botones de mañana por la noche, se pospondrá hasta la mañana
de latón, dos camelias blancas en las orejas, la crin di- siguiente, a las once de la mañana de ese día.
vidida en muchos flecos atados con lazos de seda roja, Y el Director hizo otra ampulosísima reverencia y,
una gran faja de oro y plata alrededor del estómago, y volviéndose hacia Pinocho, le dijo:
la cola toda trenzada con cintas de terciopelo carmesí y —¡Vamos, Pinocho! Antes de dar principio a sus
azul celeste. Era, en suma, un burrito adorable. rutinas, ¡saluda a este respetable público, caballeros,
El Director, al presentarlo al público, añadió estas damas y niños!
pocas palabras: Pinocho, obediente, dobló las dos rodillas de

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adelante sobre el suelo y se mantuvo arrodillado hasta —¡Oh, Hadita, Hadita mía!
que el Director, restañando el látigo, no le gritó: Pero, en vez de estas palabras, le salió de la gar-
—¡Al paso! ganta un rebuzno tan sonoro y prolongado que hizo
Entonces el burrito se paró sobre las cuatro pa- reír a todos los espectadores y especialmente a los niños
tas y comenzó a girar alrededor de la pista, caminando que estaban en el teatro.
siempre al paso. Entonces el Director, para enseñarle y hacerle en-
Después de un rato el Director gritó: tender que no es de buena educación ponerse a rebuz-
—¡Al trote! nar frente al público, le dio con el mango del látigo un
Y Pinocho, obediente a la orden, emprendió el baquetazo en el hocico.
trote. El pobre burrito, sacando su lengua un palmo, se
—¡Al galope! puso a lamerse el hocico por lo menos cinco minutos,
Y Pinocho arrancó a galopar. creyendo que así iba a aliviar el dolor que sentía.
—¡A la carrera! —y Pinocho se puso a correr ve- Pero cuál no sería su desesperación cuando, vol-
lozmente. Pero en el momento en que corría como un viéndose a ver una segunda vez, vio que el palco estaba
caballo bereber, el Director, alzando el brazo en el aire, vacío y que el Hada había desaparecido…
dio un pistoletazo. Sintió que se moría: los ojos se le llenaron de lá-
Al instante el burro, fingiéndose herido, cayó y grimas y comenzó a llorar desconsoladamente. Sin em-
quedó acostado en la pista, como si fuera un moribun- bargo nadie se dio cuenta y, mucho menos, el Director,
do de verdad. el cual restañando el látigo le dijo:
Parándose del suelo en medio de una salva de —¡Sé bueno, Pinocho! Ahora muéstrales a estos
aplausos, gritos y palmadas que llegaban a las estrellas, señores con qué gracia sabes saltar los aros.
se le ocurrió alzar la cabeza y, entonces, vio en un palco Pinocho lo intentó dos o tres veces, pero cada vez
a una bella señora que lucía un collar de oro, del cual que se aproximaba al aro, en vez de superarlo, pasaba có-
pendía un medallón. En el medallón estaba pintado el modamente por abajo. Al final dio un salto y pasó a tra-
retrato de una marioneta. vés de él, pero las patas de atrás se le quedaron enredadas
«¡Ese es mi retrato!… ¡Esa señora es el Hada!», en el aro, y cayó al otro lado de frente contra el suelo.
dijo para sí, reconociéndola de inmediato. Y dejándose Cuando se levantó estaba cojo y, con gran esfuer-
vencer por una gran alegría, intentó gritar: zo, pudo regresar a la cuadra.

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—¡Que salga Pinocho! ¡Queremos al burro! ¡Que Pinocho, con ese peso al cuello, se precipitó al
salga el burrito! —gritaban los niños de la platea, con- fondo y el comprador, teniendo siempre agarrada la
movidos por el triste incidente. soga, se sentó sobre una piedra, a la espera de que el
Pero el burrito esa noche no se volvió a dejar ver. burrito se muriera ahogado, para luego quitarle la piel.
A la mañana siguiente el veterinario, es decir el
médico de las bestias, cuando lo visitó declaró que ha-
bía quedado cojo para toda la vida. XXXIV
Entonces el Director dijo a su mozo de cuadra:
—¿Qué quieres que haga con un burrito cojo? Pinocho, arrojado al mar, es devorado por los peces y
Se la pasaría tragando gratis. Llévalo a la plaza y re- vuelve a ser una marioneta como antes. Pero mientras
véndelo. nada para salvarse, es tragado por un terrible tiburón.
Al llegar a la plaza, encontraron rápidamente un
comprador, que le preguntó al mozo de cuadra: Después de cincuenta minutos durante los cuales el bu-
—¿Cuánto quieres por este burrito cojo? rrito duró bajo el agua, el comprador dijo, discurriendo
—Veinte liras. para sí:
—Te doy veinte sueldos. No creas que lo compro —A esta hora mi pobre burrito cojo ya debe estar
porque me resulte útil: lo compro únicamente por la bien ahogado. Saquémoslo entonces y hagamos con su
piel. Veo que tiene la piel bastante dura, con la que qui- piel un buen tambor.
siera hacerme un tambor para la banda musical de mi Y comenzó a tirar de la soga con la que lo había
país. atado de una pata, y tiró y tiró y tiró, y al final vio apa-
Dejo que se imaginen, niños, el placer que experi- recer sobre el agua… ¿Adivinen? En vez de un burrito
mentó el pobre Pinocho, cuando supo que estaba desti- muerto, vio aparecer sobre el agua una marioneta viva,
nado a volverse un tambor. que se agitaba como una anguila.
Sucedió que el comprador, apenas pagó sus veinte Viendo aquella marioneta de madera, el pobre
sueldos, condujo al burrito a la orilla del mar y, colgán- hombre creyó estar soñando y se quedó ahí entonteci-
dole una piedra al cuello y amarrándolo por una pata do, con la boca abierta y los ojos que se le salían.
con una soga que tenía en la mano, le dio de improviso Recuperado de la sorpresa inicial, dijo sollozando
un empujón y lo arrojó al agua. y lamentándose:

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—¿Y el burrito que he arrojado al mar dónde está? escapé de casa… y un buen día, al despertar, me en-
—Ese burrito soy yo —respondió la marioneta contré transformado en un burro con largas orejas…
riendo. y una larga cola. ¡Qué vergüenza se apoderó de mí!…
—¿Tú? Una vergüenza, querido patrón, que, por san Antonio
—Yo. bendito, ojalá nunca vaya a experimentar usted! Y así
—¡Ah, estafador! ¿Pretendes burlarte de mí? me llevaron a vender al mercado de los burros, y fui
—¿Burlarme de usted? Todo lo contrario, caro pa- comprado por el Director de una compañía ecuestre, el
trón: le estoy hablando en serio. cual se puso en la tarea de hacer de mí un gran bailarín
—¿Pero entonces por qué hace un instante eras y un gran saltador de aros. Pero una noche, durante el
un borrico y ahora, luego de estar en el agua, te has espectáculo, hice en el teatro un mal movimiento, me
convertido en una marioneta de palo? caí y quedé cojo de las dos patas. Entonces el Director,
—Será el efecto del agua del mar. El mar causa ese no sabiendo qué hacer con un burrito cojo, me mandó
tipo de efectos. a revender, y usted me ha comprado.
—¡Ten cuidado, marioneta, ten cuidado!… No —¡Por desgracia! Y he pagado veinte sueldos. ¿Y
creas que te vas a divertir a costa mía. ¡Te vas a meter ahora quién me devuelve mis míseros veinte sueldos?
en problemas si se me acaba la paciencia! —¿Y para qué me compró? ¡Usted me compró
—Bueno, patrón: ¿quiere saber la verdadera his- para hacer con mi piel un tambor!… ¡Un tambor!
toria? Desáteme esta pata y se la contaré. —¡Por desgracia! ¿Y dónde encontraré ahora otra
Y el buen hombretón del comprador, curioso de piel?…
conocer la verdadera historia, le desató el nudo de la —No se eche a la pena, patrón. ¡Hay muchos bu-
soga con que lo tenía amarrado; Pinocho, al encontrar- rros en este mundo!
se libre como un pájaro en el aire, se puso a hablarle de —Dime, bribón, ¿y tu historia termina aquí?
esta manera: —No —respondió la marioneta—, un par de pala-
—Tienes que saber que yo era una marioneta bras más y la termino. Después de haberme comprado,
de palo, como me ves ahora, pero se me había metido usted me condujo a este sitio para matarme, pero enton-
en la cabeza volverme un niño como hay tantos en el ces, cediendo a un sentimiento piadoso de humanidad,
mundo. Sin embargo, por las pocas ganas de estudiar prefirió amarrarme una piedra al cuello y arrojarme al
que tenía y por hacer caso a las malas amistades, me fondo del mar. Este sentimiento de delicadeza le hace

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grandísimo honor, por el que le debo eterno agradeci- al maderamen, porque, como ve, soy de madera durí-
miento. Por lo demás, querido patrón, esta vez usted ha sima. Pero después de los primeros mordiscos, estos
arreglado cuentas sin el Hada. peces glotones se dieron cuenta de que la madera no
—¿Y quién es esta Hada? era materia para sus dientes y, nauseados por esa co-
—Es mi madre, la cual se parece a todas las buenas mida indigesta, se fueron, para un lado o para el otro,
madres que quieren el bien para sus hijos y no los pier- sin volverme siquiera a darme las gracias. Y he aquí el
den de vista jamás, y los asisten amorosamente en cada cuento de cómo, al tirar de su soga, se encontró con una
desgracia, incluso cuando estos niños, por sus travesuras marioneta viva, en vez de un burrito muerto.
y sus malos comportamientos, merecerían ser abandona- —Me río de tu historia —vociferó el comprador
dos y dejados a la merced de sí mismos. Decía entonces enfurecido—. Sé que gasté veinte sueldos en comprarte
que la buena Hada, apenas me vio en peligro de ahogar- y quiero mi dinero de regreso. ¿Sabes qué voy a hacer?
me, me envió un banco de innumerables peces, que, cre- Te llevaré de nuevo al mercado y te revenderé por peso
yéndome un burro muerto, comenzaron a comerme. ¡Y como leña seca para encender la chimenea.
qué mordiscos los que me daban! Nunca hubiera creído —Revéndeme: por mí está bien —dijo Pinocho.
que los peces eran tan glotones como los niños… Unos Pero diciendo esto, dio un gran salto y se echó al
me comieron las orejas, otros el hocico, otros el cuello y agua. Y nadando alegremente y alejándose de la playa,
la crin, otros más la piel de las patas, los de allá el pelaje gritaba al pobre comprador:
del lomo… y entre los demás hubo un pececito tan ama- —Adiós, patrón: si tiene necesidad de una piel
ble que se dignó incluso a comerme la cola. para hacerse un tambor, acuérdese de mí.
—De hoy en adelante —dijo el comprador ho- Y luego reía y seguía nadando. Y después de un
rrorizado, juro nunca volver a probar ningún pescado. poco, volviéndose hacia atrás, gritaba más fuerte:
Me disgustaría enormemente abrir un salmonete o una —Adiós, patrón: si tiene necesidad de un poco de
merluza frita y encontrarme adentro la cola de un burro. leña seca para encender la chimenea, acuérdese de mí.
—Pienso igual que usted —respondió la mario- Y en un abrir y cerrar de ojos se había alejado tan-
neta riendo—. Por lo demás, debe saber que cuando to, que casi ni se podía ver; es decir, se veía solamente
los peces terminaron de comerme toda esa cáscara de sobre la superficie del mar un puntico negro que cada
burro que me cubría de la cabeza a los pies llegaron, tanto estiraba las patas fuera del agua y hacía cabriolas
como es natural, a la osamenta… o, para decirlo mejor, y saltos, como un delfín de buen humor.

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En tanto Pinocho nadaba a su gusto, vio en mi- —¡Apúrate, Pinocho, por favor! —gritaba balando
tad del mar un escollo que parecía de mármol blanco, la bella Cabrita.
y sobre el escollo, una hermosa Cabrita que balaba Y Pinocho nadaba desesperadamente con los bra-
amorosamente y le hacía señales para que se acer- zos, con el pecho, con las piernas y con los pies.
cara. —¡Corre, Pinocho, tienes al monstruo ya muy
El asunto más singular era este: que la lana de la cerca!
Cabrita, en vez de ser negra o blanca, o de ambos co- Y Pinocho, haciendo acopio de todas sus fuerzas,
lores, como la de las otras cabras, era turquesa, de un redoblaba el empeño de su carrera.
modo refulgente que hacía recordar muchísimo el pelo —¡Cuidado, Pinocho!… ¡el monstruo te alcanza!…
de la bella Niña. ¡Ahí está, ahí está!… ¡Muévete por favor o te tragará!
¡Dejo que ustedes se imaginen si el corazón del Y Pinocho nadaba más rápido que nunca, más y
pobre Pinocho comenzó a latir más fuerte! Redoblando más y más, como la bala de un fusil. Y ya estaba a punto
sus esfuerzos, se dedicó a nadar hacia el escollo blanco de arribar al escollo, y ya la Cabrita, inclinándose hacia
y, estando a medio camino, súbitamente salió del agua el mar, le ofrecía sus dos patitas para ayudarlo a salir
y se le vino encima la horrible cabeza de un monstruo del agua…
marino, con la boca abierta de par en par con la fuer- ¡Pero ya era tarde! El monstruo lo había alcanza-
za de una vorágine, y tres filas de dientes que habrían do: el monstruo, aspirando fuertemente, se tragó a la
asustado con solo verlas pintadas. pobre marioneta como si fuera el huevo de una gallina,
¿Y saben cuál era ese monstruo marino? y lo devoró con tanta violencia y avidez, que Pinocho,
Ese monstruo marino era, nada más ni nada me- precipitándose adentro del cuerpo del Tiburón, se dio
nos, aquel descomunal tiburón mencionado otras veces un golpe tan brutal, que quedó inconsciente por al me-
en esta historia y que, por los desastres que causaba y nos quince minutos.
su insaciable voracidad, era denominado el Atila de los Cuando volvió en sí del pasmo, no atinaba siquie-
peces y de los pescadores. ra a comprender en qué mundo se encontraba. En torno
Imagínense el pavor que el pobre Pinocho experi- a sí reinaba una gran oscuridad, pero era una oscuridad
mentó al ver aquel monstruo. Buscó esquivarlo, irse por tan negra y espesa, que le parecía haber entrado de ca-
otro lado, pero esa inmensa boca abierta se le acercaba beza en un calamar lleno de tinta. Se puso a escuchar y
más y más con la velocidad de una saeta. no oyó nada: solamente, de tanto en tanto, sentía en el

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rostro ráfagas de viento. Al principio no entendía cuál —Tampoco yo quiero ser digerido —añadió el
era el origen de aquel viento, pero luego comprendió Atún—, pero soy muy dado a filosofar y me consuelo
que salía de los pulmones del monstruo. Porque es ne- pensando en que, cuando se nace atún, hay más digni-
cesario advertir que el Tiburón sufría de asma y, cuan- dad en morir bajo el agua que bajo el aceite.
do respiraba, era como si soplara la tramontana. —¡Tonterías! —exclamó Pinocho.
Pinocho primero se las ingenió para darse un —Es mi opinión —replicó el Atún— y todas las
poco de ánimo, pero cuando fue evidente que se en- opiniones, como dicen los atunes políticos, deben res-
contraba encerrado en el cuerpo del monstruo marino, petarse.
entonces comenzó a llorar y a chillar, y gimiendo decía: —En todo caso, yo quiero irme de aquí… quiero
—¡Auxilio, auxilio! ¡Oh, pobre de mí! ¿No hay na- huir.
die que pueda salvarme? —Huye, si eres capaz.
—¿Quién quieres que te salve, desventurado? — —¿Es muy grande este tiburón que nos ha engu-
dijo en esa oscuridad un vozarrón cascado de guitarra llido? —preguntó la marioneta.
desafinada. —Imagínate que su cuerpo tiene más de un kiló-
—¿Y quién habla así? —preguntó Pinocho, sin- metro, sin contar la cola.
tiéndose helar del miedo. Mientras conversaban en la oscuridad, a Pinocho
—Soy yo: un pobre Atún, devorado por el Tibu- le pareció entrever a lo lejos una suerte de claridad.
rón junto contigo. ¿Y tú qué pez eres? —¿Qué será esa lucecita a lo lejos? —dijo Pino-
—Yo no tengo nada que ver con los peces. Yo soy cho.
una marioneta. —Será algún compañero de infortunio que estará
—Y entonces, si no eres un pez, ¿por qué te hiciste esperando como nosotros ser digerido.
tragar del monstruo? —Quiero ir a encontrarlo. ¿No podría ser acaso
—Yo no me hice tragar: fue él quien me tragó. ¿Y algún pez veterano que pueda enseñar el camino de sa-
ahora qué vamos a hacer en esta oscuridad? lida?
—Resignarse y esperar a que el Tiburón nos di- —Ojalá lo fuera. Te lo deseo, de corazón, querida
giera a los dos. marioneta.
—¡Pero yo no quiero ser digerido! —vociferó Pi- —Adiós, Atún.
nocho, volviendo a llorar. —Adiós, marioneta, y buena suerte.

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—¿Cuándo nos volveremos a ver? Ante esta imagen el pobre Pinocho sintió una
—¡Quién sabe!… Es mejor no ponerse a pensar alegría tan grande e inesperada, que estuvo a nada de
en eso. ponerse a delirar. Quería reír, quería llorar, quería de-
cir un montón de cosas, y en vez de esto gimoteaba
confusamente y balbuceaba palabras incomprensibles.
XXXV Finalmente, fue capaz de dar un grito de felicidad y,
abriendo los brazos y lanzándose al cuello del viejito,
Pinocho se encuentra en el cuerpo del Tiburón a… ¿A comenzó a gritar:
quién se encuentra? Lee este capítulo y lo sabrás. —¡Oh, padrecito mío! ¡Finalmente te encontré!
¡Ahora sí nunca más te voy a volver abandonar, nunca,
Pinocho, apenas le dijo adiós a su buen amigo Atún, se nunca más!
movió tambaleándose en medio de aquella oscuridad, y —¿Entonces mis ojos no me están mintiendo?
comenzó a caminar a tientas dentro del cuerpo del Ti- —replicó el viejo restregándose los ojos—. ¿Entonces tú
burón, dirigiéndose poco a poco hacia aquella claridad eres de verdad mi querido Pinocho?
que titilaba a lo lejos. —¡Sí, sí, soy yo, soy yo! ¿Y tú ya me perdonaste,
Y al caminar sintió que sus pies chapoteaban en cierto? ¡Oh, padrecito mío, cómo eres de bueno!… Y
unos charcos de agua pegajosa y resbaladiza, y esa agua pensar que yo… Oh, ¡si supieras cuántas desgracias he
tenía un olor tan fuerte a pescado frito, que le parecía tenido que sufrir y cuántas cosas me han salido mal!
estar en mitad de la cuaresma. Imagínate que el día que tú, pobre papá, vendiste tu abri-
Y cuanto más andaba, la claridad se hacía más go y compraste la cartilla para que yo fuera a la escuela,
fuerte y nítida, hasta que al fin arribó y, al llegar… ¿qué me escapé para ver a las marionetas, y el titiritero me
encontró? Nunca lo adivinarían: se encontró con una quería echar al fuego para cocinar un cordero, y que fue
mesa puesta, una vela encima sobre una botella de cris- aquel el que me dio las cinco monedas de oro para que
tal verde y sentado a la mesa un viejito todo blanco, te las llevara, pero fue ahí cuando me encontré a la Zo-
como si fuese de nieve o crema de leche, que estaba ahí rra y al Gato que me llevaron hasta la Hostería del Can-
echándoles el diente a unos pescaditos vivos, tan vivos grejo Rojo, donde comieron como lobos, y al partir yo
que a veces, mientras se los comía, se le escapaban de de noche, solo, me encontré a los asesinos, que se pusie-
la boca. ron a perseguirme, y yo corrí, y ellos detrás, pisándome

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los talones, hasta que me colgaron de una rama del está por ahogarse», y yo, de lejos, te reconocí de inme-
Gran Roble, adonde la bella Niña del pelo turquesa diato, porque me lo decía el corazón, y te hice señas
mandó una carroza para salvarme, y los médicos, cuan- para que volvieras a la playa.
do me fueron a visitar, dijeron de inmediato: «Si no está —Yo también te reconocí —dijo Geppetto—, y
muerto, es señal de que está vivo», y entonces se me sa- hubiera querido volver a la playa, pero no sabía cómo.
lió una mentira, y la nariz comenzó a crecerme y no me El mar estaba picado y una oleada tumbó la barca. En-
cabía por la puerta de la habitación, razón por la cual tonces un horrible Tiburón, que estaba cerca, apenas
me fui con la Zorra y el Gato a enterrar las monedas de me avistó en el agua me comenzó a perseguir y, sacando
oro, pues una la había gastado en la hostería, y el Pa- la lengua, me engulló como si fuera un pastelillo.
pagallo se puso a reír, y en vez de dos mil monedas no —¿Y hace cuánto que estás encerrado aquí den-
encontré nada, por lo que el Juez, cuando supo que ha- tro? —preguntó Pinocho.
bía sido robado, me hizo ahí mismo meter en prisión, —Desde aquel día… Deben ser ahora como dos
para dar una satisfacción a los ladrones, y mientras yo años: dos años, Pinocho mío, que me han parecido dos
caminaba, vi un racimo de uvas en el campo, pero caí siglos.
en una trampa, y el campesino me puso el collar de su —¿Y cómo has hecho? ¿Dónde encontraste la
perro para que cuidara el gallinero, pero reconoció mi vela? Y los fósforos para encenderla, ¿quién te los dio?
inocencia y me dejó ir, y la Serpiente, con la cola que —Ya te contaré todo. Antes debes saber que la
parecía una chimenea, principió a reír y se le estalló misma borrasca que volcó mi barquita hizo zozobrar
una vena en el pecho, y así volví a la casa de la Niña, también un buque mercante. Todos los marinos se sal-
que estaba muerta, y el Palomo, viendo que lloraba, me varon, pero la mercancía se hundió y el mismo Tibu-
dijo: «He visto a tu papá fabricándose un bote para irte rón, que ese día tenía un excelente apetito, después de
a buscar», y yo le dije: «Oh, si yo tuviese alas», y él me haberme tragado, se tragó también el buque.
dijo: «¿Quieres ir donde tu padre?», y yo le dije: «¡Claro —¿Cómo? ¿Se lo tragó todo de un bocado? —pre-
que sí! ¿Pero quién podría llevarme?», y él me dijo: «Te guntó Pinocho maravillado.
llevo yo», y yo le dije: «¿Cómo?», y él me dijo: «Móntate —Todo de un bocado: y escupió solamente el
sobre la grupa», y así volamos toda la noche, y luego a palo mayor, porque se le había quedado entre los dien-
la mañana todos los pescadores que observaban el mar tes como si fuera una espina. Para mi gran fortuna, ese
me dijeron: «Hay un pobre hombre en una barquita que buque estaba cargado de carne en conserva, galletas,

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panes, botellas de vino, uvas pasas, queso, café, azúcar, Y sin decir más, Pinocho tomó la vela entre las
velas y cajas de fósforos. Con todos estos favores divi- manos y, llevándola adelante para alumbrarse, dijo a su
nos, pude arreglármelas dos años, pero hoy me quedan padre:
las últimas porciones: en la despensa ya no hay nada, —Sígueme y no tengas miedo.
y esta vela que ves prendida es la última vela que me Y así caminaron un buen trecho y atravesaron el
queda. cuerpo y el estómago del Tiburón. Pero, cuando llega-
—¿Y entonces?… ron donde empezaba la gran garganta del monstruo, se
—Y entonces, querido mío, nos quedaremos en detuvieron y dieron una ojeada para decidir el momen-
la oscuridad. to oportuno de la fuga.
—Pues, padrecito mío —dijo Pinocho—, no hay Es necesario advertir que el Tiburón, al ser muy
tiempo que perder. Es necesario que pensemos en la viejo y sufrir de asma y de palpitaciones del corazón,
manera de huir. estaba obligado a dormir con la boca abierta, por lo
—¿Huir? ¿Y cómo? que Pinocho, asomándose al principio de la garganta y
—Escapando de la boca del Tiburón y echarse al mirando hacia arriba, pudo ver, afuera de esa enorme
mar y nadar. boca abierta de par en par, el cielo estrellado y una be-
—Tienes razón, pero yo, querido Pinocho, no sé llísima luz de luna.
nadar. —Este es el momento preciso para escapar —su-
—¿Y qué importa?… Tú te montas a mis espaldas surró entonces volviéndose hacia su padre—. El Tibu-
y yo, que soy un buen nadador, te llevaré sano y salvo rón duerme como un lirón, el mar está en calma y hay
hasta la playa. luz como si fuera de día. Ven entonces, padre mío, de-
—¡No te ilusiones, niño mío! —replicó Geppetto, trás de mí, y dentro de poco estaremos salvados.
sacudiendo la cabeza y sonriendo melancólicamente—. Dicho y hecho, subieron por la garganta del
¿Crees que una marioneta, de apenas un metro como monstruo marino y, al llegar a la enorme boca, comen-
tú, tiene la fuerza suficiente para llevarme a nado en las zaron a caminar en puntas de pie sobre la lengua: una
espaldas? lengua tan larga y tan ancha que parecía el sendero de
—¡Inténtalo y verás! En todo caso, si es seguro un jardín. Y ya estaban a punto de dar el gran salto y se
que vamos a morir, al menos tendremos el consuelo de iban a lanzar al mar, cuando el Tiburón estornudó y, al
morir abrazados. hacerlo, dio una sacudida tan violenta, que Pinocho y

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Geppetto se encontraron impulsados hacia atrás, con XXXVI


tan mala suerte que se encontraron de nuevo en el estó-
mago del monstruo. Finalmente Pinocho deja de ser una marioneta y se
En el gran golpe de la caída la vela se apagó y pa- convierte en un niño.
dre e hijo quedaron a oscuras.
—¿Y ahora?… —preguntó Pinocho poniéndose Mientras Pinocho nadaba a su gusto para alcanzar la pla-
serio. ya, se dio cuenta de que su padre, que estaba a caballo
—Ahora, hijo mío, estamos perdidos. sobre su espalda y tenía las piernas metidas en el agua,
—¿Por qué perdidos? Dame la mano, papá, y trata no paraba de temblar como si sufriera de fiebre terciana.
de no resbalarte. ¿Temblaba de frío o de miedo? ¡Quién sabe!…
—¿A dónde me llevas? Quizás un poco por una razón y un poco por la otra.
—Debemos reintentar la fuga. Ven conmigo y no Pero Pinocho, creyendo que ese temblor era por el mie-
tengas miedo. do, le dijo para confortarlo:
Dicho esto, Pinocho tomó a su padre por la mano —¡Ánimo, papá! En pocos minutos pisaremos
y, caminando siempre en puntas de pie, volvieron a su- tierra y estaremos a salvo.
bir juntos por la garganta del monstruo, luego atravesa- —¿Pero dónde está esa bendita playa? —preguntó
ron toda la lengua y saltaron las tres hileras de dientes. el viejito poniéndose cada vez más inquieto y achinan-
Sin embargo, antes de dar el gran salto, la marioneta do los ojos como hacen los sastres cuando van a enfilar
dijo a su padre: un aguja—. Miro para todos lados y no veo otra cosa
—Móntate a caballo sobre mi espalda y abrázame que cielo y mar.
fuerte. Déjame el resto a mí. —Pero yo además veo la playa —dijo la marione-
Apenas Geppetto se acomodó bien sobre la espal- ta—. Para tu información, yo soy como los gatos: veo
da del hijo, Pinocho, segurísimo de lo que hacía, se lan- mejor de noche que de día.
zó al agua y comenzó a nadar. El mar estaba tranquilo El pobre Pinocho fingía estar de buen humor,
como el aceite, la luna esplendía con toda su claridad y pero, en realidad, comenzaba a desmoralizarse: las
el Tiburón seguía durmiendo con un sueño tan profun- fuerzas le fallaban, su respiración se volvía pesada y
do que no lo habría despertado un cañonazo. afanosa; en suma, no podía más y la playa seguía es-
tando lejos.

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Nadó hasta que tuvo aliento, luego volteó la cabeza el cual era de una complexión tan gruesa y robusta, que
para ver a Geppetto y dijo con voz entrecortada: parecía un ternero de dos años.
—¡Papá… ayúdame… porque muero! Llegados a la ribera, Pinocho saltó a la tierra pri-
Y padre e hijo estaban a punto de hundirse, cuan- mero, para ayudar a su padre a hacer lo propio. Luego
do oyeron una voz de guitarra desafinada que dijo: se volvió hacia el Atún y con voz conmovida le dijo:
—¿Quién muere? —Amigo mío, ¡has salvado a mi padre! No ten-
—Mi pobre padre y yo. go suficientes palabras para agradecerte. Permíteme al
—Esta voz me es conocida. ¡Tú eres Pinocho! menos que te dé un beso en señal de eterno reconoci-
—El mismo. ¿Y tú? miento.
—Soy el Atún, tu compañero de prisión en el El Atún sacó la cabeza fuera del agua y Pinocho,
cuerpo del Tiburón. arrodillándose sobre la tierra, le dio un muy afectuoso
—¿Y cómo hiciste para escapar? beso en la boca. En este instante de espontánea y viví-
—Seguí tu ejemplo. Tú fuiste el que me enseñó el sima ternura, el pobre Atún, que no estaba acostum-
camino y, después de que huiste tú, seguí yo. brado, se sintió tan conmovido, que avergonzándose de
—Mi Atún, llegaste justo a tiempo. Te pido por el que lo vieran llorar como un niño, volvió a meter la
amor que les tienes a tus atuncitos: ayúdanos o estamos cabeza dentro del agua y desapareció.
perdidos. Y se hizo de día.
—Con gusto y de todo corazón. Agárrense los dos Entonces Pinocho, ofreciendo su brazo a Geppetto,
a mi cola y déjense llevar. En pocos minutos estarán en que apenas tenía aliento para tenerse en pie, le dijo:
la orilla. —Apóyate en mi brazo, querido padre, y vamos.
Geppetto y Pinocho, como pueden imaginárselo, Caminaremos despacio, como las hormigas, y cuando
aceptaron en el acto la invitación. Pero, en vez de aga- nos cansemos, reposaremos en el camino.
rrarse a la cola, juzgaron más cómodo acomodarse en —¿Y adónde vamos a ir? —preguntó Geppetto.
el lomo del Atún. —En busca de una casa o de una cabaña, donde
—¿Estamos muy pesados? —le preguntó Pi- nos puedan dar un trozo de pan y un poco de paja que
nocho. nos sirva de lecho.
—¿Pesar? Ni un poquito: me parece tener encima No habían dado cien pasos, cuando vieron a la ori-
las conchas de un par de almejas —respondió el Atún, lla del camino dos feos pordioseros pidiendo limosna.

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Eran el Gato y la Zorra, pero estaban irreconoci- Y así diciendo, Pinocho y Geppetto continuaron
bles. Imagínense que el Gato, a fuerza de fingir ceguera, tranquilamente su camino, hasta que, dados otros cien
se había vuelto ciego de verdad. Y la Zorra, envejecida, pasos, vieron al fondo de un sendero, en medio del
roñosa y renca, ni siquiera tenía cola. Así es: esa triste campo, una hermosa cabaña toda de paja y con el techo
ladronzuela, caída en la más inmunda miseria, se vio cubierto de teja y ladrillo.
obligada un día a vender su bellísima cola a un mer- —Esa cabaña debe estar habitada por alguien
cachifle ambulante, que la compró para hacerse un es- —dijo Pinocho—. Vamos a tocar la puerta.
pantamoscas. Y en efecto fueron y tocaron la puerta.
—¡Oh, Pinocho! —gritó la Zorra lloriqueando—, —¿Quién es? —dijo una vocecita desde adentro.
ten un poco de caridad de estos dos enfermos. —Somos un pobre padre y un pobre hijo, sin pan
—¡Enfermos! —repitió el Gato. y sin techo —respondió la marioneta.
—¡Adiós, avivatos! —respondió la marioneta—. —Giren el pomo y la puerta se abrirá —dijo la
Me engañaron una vez, pero no lo van a volver a hacer. misma voz.
—Créelo, Pinocho, ¡somos pobres y desgraciados Pinocho giró el pomo y la puerta se abrió. Ape-
de verdad! nas entraron, miraron a un lado y al otro y no vieron
—¡De verdad! —repitió el Gato. a nadie.
—Si son pobres, se lo merecen. Y recuerden ese —¿El dueño de casa dónde está? —dijo Pinocho
proverbio que dice: «Dinero robado no queda sembra- asombrado.
do». Adiós, avivatos. —¡Heme aquí, arriba de ustedes!
—¡Ten compasión de nosotros! Padre e hijo se volvieron a mirar el techo y vieron
—¡De nosotros! sobre un travesaño al Grillo parlante.
—¡Adiós, avivatos! Y recuerden ese proverbio que —¡Oh, mi querido Grillito! —dijo Pinocho salu-
dice: «Harina del diablo, toda se vuelve salvado». dándolo cálidamente.
—¡No nos abandones! —¿Con que ahora me llamas tu querido Grillito?
—¡… ones! —repitió el Gato. ¿Pero te acuerdas cuando, para echarme de tu casa, me
—¡Adiós, avivatos! Recuerden ese proverbio tiraste un martillo?
que dice: «¡Quien roba la capa de su vecino muere sin —¡Tienes razón, Grillito! Échame a mí… Tírame
camisa!». ahora un martillo a mí, pero ten piedad de mi pobre padre.

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—Tendré piedad del padre y del hijo también. Pinocho fue a toda prisa a la casa del hortelano
Pero he querido recordarte el feo gesto tuyo, para ense- Juan, y este le dijo:
ñarte que en este mundo, cuando se puede, es necesario —¿Cuánto quieres de leche?
mostrarse corteses con todos, si queremos gozar de las —Un vaso entero.
mismas cortesías los días de necesidad. —Un vaso de leche cuesta un sueldo. Tienes que
—Tienes razón, Grillito, tienes razón y voy a gra- dármelo primero.
bar en la mente las lecciones que me das. Pero dime: —No tengo ni siquiera un centavo —respondió
¿cómo has hecho para comprarte esta bella cabaña? Pinocho mortificado y afligido.
—Esta cabaña me la regaló ayer una graciosa Ca- —Mal, apreciada marioneta —replicó el hortela-
bra, que tenía la lana de un bellísimo color turquesa. no—. Si no tienes ni siquiera un centésimo, yo no tengo
—¿Y la Cabra a dónde fue? —preguntó Pinocho tampoco un poco de leche.
con vivísima curiosidad. —¡Está bien! —dijo Pinocho e hizo el gesto de
—No lo sé. irse.
—¿Y cuándo volverá? —Espera un momento —dijo Juan—. Entre tú y
—No volverá jamás. Ayer partió toda afligida y al yo podemos llegar a un acuerdo. ¿Quieres ponerte a gi-
balar parecía decir: “Pobre Pinocho, ahora no lo veré rar la noria?
más: ¡el Tiburón a esta hora ya se lo debe haber devo- —¿Qué es una noria?
rado!”. —Es ese instrumento de madera que sirve para
—¿Ha dicho así?…¡Entonces era ella… era ella!… sacar el agua de la cisterna que va a regar las hortalizas.
¡Era mi querida Hadita!… —comenzó a gritar Pinocho, —Lo intentaré.
sollozando y llorando inconteniblemente. —Entonces, tráeme cien baldes de agua, y en
Cuando lloró lo suficiente, se restregó los ojos, compensación te daré el vaso de leche.
preparó su lecho de paja, y acostó ahí al viejo Geppetto. —Está bien.
Luego le preguntó al Grillo parlante: Juan condujo a la marioneta a la huerta y le ense-
—Dime, Grillito, ¿dónde podría encontrar un ñó la manera de manejar la noria. Pinocho se puso de
vaso de leche para mi pobre padre? inmediato a trabajar, pero antes de haber acabado su
—A tres kilómetros de acá, vive el hortelano Juan tarea, ya estaba bañado de sudor de la cabeza a los pies.
que tiene vacas. Ve donde él, que tiene la leche que buscas. Nunca se había esforzado de tal manera.

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—Hasta ahora este trabajo de hacer girar la noria da—. ¡Cómo! ¿Tenías burros por compañeros de escue-
—dijo el hortelano— lo había hecho mi burrito, pero la? ¡No me quiero imaginar lo mucho que estudiaban!
hoy ese pobre animal está en las últimas. La marioneta, sintiéndose mortificada por estas
—¿Me llevas a verlo? —dijo Pinocho. palabras, no respondió, sino que tomó el vaso de leche
—Con gusto. casi caliente y regresó a la cabaña.
Apenas Pinocho entró en el establo, vio un bonito Y desde aquel día en adelante, por más de cinco
burrito echado sobre la paja, reducido por el hambre meses, continuó levantándose cada mañana antes del
y la fatiga. Cuando pudo verlo con más cuidado, dijo alba, para ir a girar la noria y ganarse así el vaso de
para sí, sintiéndose perturbado: «¡Pero si yo sé quién es leche que tanto bien le hacía a la disminuida salud de
este burrito! ¡A este yo lo conozco!». su padre. Pero no se contentó con esto, porque, con el
Y agachándose cerca de él, le preguntó en el idio- tiempo, aprendió a fabricar canastas y cestos de mim-
ma de los burros: bre, y con las monedas que recogía, contribuía juicio-
—¿Quién eres? samente a todos los gastos diarios. Entre otras cosas,
A esta pregunta, el burrito abrió los ojos mori- construyó él solo una elegante carretilla para sacar de
bundos y respondió balbuciendo en el mismo dialecto: paseo a su padre, a tomar el sol y un poco de aire.
—Soy Pa… bi… lo. Y a la luz de las velas, por la noche, se dedicaba
Y después cerró los ojos y expiró. a leer ya escribir. Había comprado en el pueblo vecino
—¡Oh, pobre Pabilo! —dijo Pinocho a media voz. por pocos centavos un libro gordo al cual le faltaban la
Y tomando una manotada de paja, se secó una lágrima portada y el índice, pero que igual le servía para hacer
que le bajaba por el rostro. sus lecturas. En cuanto a escribir, utilizaba una ramita
—¿Te conmueves tanto por un burro que no tie- afilada como pluma, y no teniendo ni tintero ni tinta,
ne nada que ver contigo? —dijo el hortelano—. ¿Qué lo teñía en una botellita llena de jugo de mora y cereza.
debería hacer yo que lo compré con dinero contante y El hecho es que con su buena voluntad y su inge-
sonante? nio por trabajar y salir adelante, no solo logró mantener
—Es que… era un amigo mío. desahogadamente a su padre, sino que, además, había
—¿Tu amigo? podido ahorrar para comprarse un vestido nuevo.
—Un compañero de escuela. Una mañana dijo a su padre:
—¿Cómo? —vociferó Juan soltando una carcaja- —Me voy al mercado cercano a comprarme una

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chaqueta, un gorro y un par de zapatos. Cuando regrese sentir! ¡Oh, pobre Hadita! ¡Pobrecita!… Si tuviera un
a casa —agregó riendo—, estaré tan bien vestido, que millón, correría a llevárselo… Pero solo tengo cuarenta
me confundirás con un gran señor. monedas… Estas de acá, con las que iba de camino a
Y saliendo de casa, comenzó a correr todo alegre comprarme un vestido nuevo. Tómalas, Caracol, y llé-
y satisfecho. En un punto, oyó que alguien pronunciaba vaselas rápido a mi buena Hada.
su nombre y, volviéndose, vio a un hermoso Caracol —¿Y tu vestido nuevo?
que sacaba la cabeza por un matorral. —¿Qué importancia tiene mi vestido nuevo?
—¿No me reconoces? —dijo el Caracol. Venderé incluso estos harapos que tengo encima, para
—No estoy seguro… poder ayudarla. Ve, Caracolito, ayúdala, y regresa aquí
—¿No te acuerdas de ese Caracol que servía a la dentro de dos días, cuando espero poder darte algo más
Hada de pelo turquesa? ¿No recuerdas aquella vez en de dinero. Hasta ahora he trabajado para mantener a mi
que bajé a abrirte y tú te quedaste con el pie atrapado padre: desde hoy trabajaré cinco horas más para man-
en la puerta? tener a mi buena madre. Adiós, Caracol, y nos vemos
—Me acuerdo de todo —gritó Pinocho—. Res- dentro de dos días.
póndeme, Caracolito, ¿dónde se encuentra mi buena El Caracol, contra su costumbre, comenzó a volar
Hada? ¿Qué hace? ¿Me ha perdonado? ¿Se acuerda aún como una luciérnaga bajo el gran sol de agosto.
de mí? ¿Todavía me quiere? ¿Está muy lejos de aquí? Cuando Pinocho regresó a su casa, su padre le
¿Puedo ir a buscarla? preguntó:
A todas estas preguntas hechas precipitadamente —¿Y el vestido nuevo?
y sin tomar aliento, el Caracol respondió con su habi- —No pude encontrar ninguno que me quedara
tual flema: bien. ¡No importa!… Lo compraré después.
—Pinocho mío, la pobre Hada se encuentra pos- Esa noche Pinocho, en vez de trasnochar hasta las
trada en la cama de un hospital. diez, se mantuvo despierto hasta después de medianoche
—¿En un hospital? y, en vez de hacer ocho canastas de mimbre, hizo dieciséis.
—Por desgracia. A causa de mil infortunios, se Luego se fue a la cama y se quedó dormido de in-
enfermó gravemente y ahora no tiene siquiera para mediato. Y en el sueño le pareció ver al Hada, hermosa
comprarse un pedazo de pan. y muy sonriente, la cual, después de haberle dado un
—¿De verdad?… ¡Oh, qué gran dolor me haces beso, le habló de esta manera:

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l a s av e ntu r a s de pino c ho ca rlo col lodi

—¡Muy bien, Pinocho! Por tu buen corazón, te de un muchacho con el pelo castaño, los ojos celestes y
perdono todas las travesuras que has hecho hasta hoy. un aire alegre y festivo como una pascua.
Los niños que ayudan amorosamente a sus padres en En medio de todas estas maravillas que se suce-
sus días malos y en la enfermedad merecen todo el dían una tras otra, Pinocho no sabía si estaba pasando
honor y el afecto, aunque no puedan ser citados como de verdad o si estaba soñando con los ojos abiertos.
modelos de obediencia y de buena conducta. Sigue jui- —¿Y dónde está mi padre? —gritó de repente y, al
cioso de aquí en adelante y serás feliz. entrar a la habitación de al lado, se encontró con el viejo
En este punto el sueño concluyó y Pinocho se des- Geppetto sano, activo y de buen humor, que, habiendo
pertó, abriendo los ojos de par en par. retomado de una vez su oficio como tallador de made-
Ahora imagínense cuál fue su sorpresa cuando, ra, estaba diseñando una hermosísima cornisa adorna-
al despertar, se dio cuenta de que no era más una ma- da con hojas, flores y cabezas de distintos animales.
rioneta de madera, sino que se había convertido en un —Sácame de una duda, padre: ¿cómo te explicas
niño como los demás. Dio una ojeada en torno y, en vez todos estos cambios repentinos? —le preguntó Pino-
de las habituales paredes de paja de la cabaña, vio una cho, saltándole al cuello y cubriéndolo de besos.
hermosa habitación amoblada y arreglada con sencillez —Este cambio repentino en la casa es todo mérito
y elegancia. Saltando de la cama, se encontró con un tuyo —dijo Geppetto.
vestido nuevo y un par de botas de piel que lo hicieron —¿Por qué mérito mío?
parecer salido de un cuadro. —Porque cuando los niños malos se vuelven bue-
Apenas se vistió, se metió espontáneamente las nos, tienen la virtud de adoptar un aspecto completa-
manos en los bolsillos y sacó un pequeño monedero de mente nuevo e irradiar alegría a su familia.
marfil sobre el cual estaban grabadas estas palabras: «El —Y el viejo Pinocho de madera, ¿dónde quedó?
Hada del pelo turquesa restituye al querido Pinocho las —Míralo acá —respondió Geppetto, y le señaló
cuarenta monedas y le agradece por su buen corazón». una gran marioneta apoyada en una silla, con la cabeza
Al abrirlo, en vez de ducados de cobre, había cuarenta ladeada, los brazos colgantes y las piernas cruzadas y
cequíes de oro recién acuñados. medio dobladas; parecía un milagro que pudiera tener-
Después fue a verse a un espejo y le pareció que se en pie.
era otro. No vio el reflejo de la marioneta de madera de Pinocho se volteó a verlo. Y después de que lo ob-
siempre, sino que vio la imagen despierta e inteligente servó un momento, se dijo con gran complacencia:

211 212
71 Pütchi Biyá Uai. Precursores.
Antología multilingüe de la literatura indígena
contemporánea en Colombia i
l a s av e ntu r a s de pino c ho
Miguel Rocha Vivas

72 Pütchi Biyá Uai. Puntos aparte.


«¡Cómo era de gracioso cuando era una mario- Antología multilingüe de la literatura indígena
contemporánea en Colombia ii
neta! ¡Y cómo estoy de contento ahora que soy un niño Miguel Rocha Vivas
de verdad». 73 Glosario para la Independencia:
palabras que nos cambiaron

76 El fútbol se lee
Darío Jaramillo Agudelo · Álvaro Perea Chacón
Mario Mendoza · Ricardo Silva Romero
Fernando Araújo Vélez · Guillermo Samperio
Daniel Samper Pizano · Óscar Collazos
Luisa Valenzuela · Laura Restrepo
Pablo R. Arango · Roberto Fontanarrosa

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