0% encontró este documento útil (0 votos)
181 vistas2 páginas

Reflexiones sobre el Universo y la Humanidad

El documento describe la experiencia del autor después de leer el libro de Stephen Hawking sobre el origen del universo. Al salir a caminar, observó a una pareja paseando a su perro y se dio cuenta de las profundas diferencias entre los seres vivos y los seres humanos. Los seres humanos pueden pensar, amar y comprender el universo de una manera que los animales y la materia inerte no pueden. Esta observación le hizo apreciar el misterio de la naturaleza humana y su capacidad única para descubrir los secretos

Cargado por

Fixa Do santos
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
181 vistas2 páginas

Reflexiones sobre el Universo y la Humanidad

El documento describe la experiencia del autor después de leer el libro de Stephen Hawking sobre el origen del universo. Al salir a caminar, observó a una pareja paseando a su perro y se dio cuenta de las profundas diferencias entre los seres vivos y los seres humanos. Los seres humanos pueden pensar, amar y comprender el universo de una manera que los animales y la materia inerte no pueden. Esta observación le hizo apreciar el misterio de la naturaleza humana y su capacidad única para descubrir los secretos

Cargado por

Fixa Do santos
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

UNA EXPERIENCIA QUE ME OBLIGÓ A PENSAR

Esa noche había terminado de leer La historia del tiempo, el libro en que
Stephen Hawking expone los últimos hallazgos de la física cuántica y su
relación con la teoría del Big Bang, sobre el origen del universo.
Todo su contenido me había interesado; pero su última frase me había
conmovido profundamente: “...si descubrimos una teoría completa, con el
tiempo habrá de ser, en sus líneas maestras, comprensible para todos y no
únicamente para unos pocos científicos, y la gente corriente será capaz de
tomar parte en la discusión de por qué existe el universo y por qué existimos
nosotros”.
“Si encontramos una respuesta a esto, sería el triunfo definitivo de la razón
humana, porque entonces conocemos el pensamiento de Dios”.
Cerré el libro y salí a caminar.
Era un cielo inmenso de estrellas y un aroma penetrante de primavera.
Necesitaba pensar.
Había descubierto una visión del universo.
Y había conocido un hombre de una inteligencia, de una tenacidad y de un
amor a la vida como pocos. Sus aportes científicos para la explicación del
origen del universo no era menos importantes que su testimonio humano: su
lucha, desde los dieciocho años, contra una enfermedad que lo había
confinado a una silla de ruedas.
Desde allí pensaba con la ayuda de su computador personal y hablaba por
medio de un sintetizador, ya que una operación lo privó del habla. Eran las
maravillas del universo y la maravilla del hombre.
El universo con la sabiduría de sus leyes ordenadoras.
El hombre con su capacidad única de penetrar en el misterio de todas esas
leyes, y descubrir el sentido del universo y de su propia vida.
Y fue salir a la vereda y encontrarme con aquella escena, que por primera
vez me resultó sobre cogedora.
Todo era absolutamente simple y cotidiano.
Pero tuvo la fuerza de mostrarme en un instante, con la claridad de una
intuición imperecedera, la unidad original de todo lo material, y la maravilla
única y original del ser humano, que trasciende infinitamente la materia.
Una pareja de jóvenes paseaba, acompañando a su perro sujetado por una
cuerda extensible. Animal, juguetón, se acercó a un árbol de paraíso que
bordeaba la vereda de baldosas amarillas y, entrando al pequeño cantero de
tierra seca e hizo lo que todos los perros.
No escuché ninguna palabra ni sonido.
¡Pero comprendí tantas cosas en aquel flash de la realidad!
Todo era materia: la pareja de novios, el perro, el árbol, la tierra y las
baldosas. Y Stephen Hawking. Y su computador personal. Y todas las estrellas
que iluminan la noche.
¡Pero cuanta diferencia! ¡Y qué abismal!
Desde la materia inerte, al vegetal fijado en la tierra, al animal capaz de
sensibilidad y movimiento propio, pero incapaz de comprender ni de cambiar
nada... hasta el hombre. Esa pareja que soñaba su amor. O Stephen Hawking,
con su deslumbrante inteligencia y su tenaz rebeldía ante el misterio del
universo que anhelaba descifrar.
Desde la tierra y las baldosas que “están”... hasta el ser humano que “piensa”
y “ama”, y necesita ser conocido y amado. ¡El hombre!
“El único que puede ser malo, porque es el único que puede ser bueno”2
¡Qué hondo sentí el misterio de ésta “materia pensante y amante” que
somos! Éste ser espiritual que, más allá de oler, de ver, de oír y de recordar
como los animales, es capaz de saber que huele, de saber que recuerda y de
saber que sabe... Y de instalar un telescopio espacial para fotografiar las
“radiaciones flotantes” que confirman el estallido de Big Bang, hace quince
millones de años...
Cuando regresé de la caminata y miré mi radio - reloj - despertador, tomé
conciencia de que el paseo había durado más de una hora. Tan absorto lo
había vivido que me había parecido un tiempo sin duración. Intenso y
placentero.
Más de una hora.
Y que no era el tiempo de la baldosa, ni del árbol, ni del perro.
Esa hora tenía en mi experiencia una densidad que los cronómetros no
podían medir.
Porque el misterio de nuestra condición humana me había sustraído de ellos.

Introducción a la psicología. Julio Cesar Labaké (Págs.: 14-15)

También podría gustarte