“Dos lecciones” y “El maestro y la lectura”, Garrido, Felipe (1999), en El buen lector se hace, no
nace. Reflexiones sobre lectura y formación de lectores, México, Ariel, pp. 23-25 y 55-63
DOS LECCIONES Quienes hayan cursado el cuarto año de primaria hacia 1952, en el Instituto
México -¡de feliz memoria!-, en esta tantas veces imperial ciudad, sufrieron quizá, como yo, el
horror de ser alumnos de Ruin Ruin Ruanocuajo, como en cómplice secreto, al fondo del patio,
llamábamos algunos al malamente apodado Señor Ruano o, en otras palabras, al titular de nuestro
grupo, que tal vez era el 40 B. De todas las hazañas de este lastimoso ejemplar del docente que
vive en competencia con los educandos, para que quede claro quién sabe y quién manda y quién
castiga, quiero recordar solamente una, que me parece importante porque muestra cómo un
maestro refuerza los hábitos de los estudiantes, aun cuando no lo anime esa intención. A veces he
dicho que esto que voy a relatar sucedía todos los días. En este momento me parece exagerado.
Ahora creo que más bien era en algunas ocasiones; los lunes, de seguro. Lo importante es que en
mi memoria pueda cobrar tanta importancia como para pensar que era cotidiano. El caso es que el
Señor Ruanocuajo trascendía ese día a loción y vaselina más que de costumbre, se colocaba de pie
detrás del escritorio, aclaraba la garganta y nos pedía que sacáramos del pupitre tal o cual libro, lo
abriéramos en la página zutana y copiáramos la lección que comenzaba allí. Cuarenta y tantos
pupitres se abrían a la vez, aparecían cuadernos y libros, cuarenta y tantas cabezas se inclinaban
disciplinadas y unos segundos después se escuchaba en el salón sólo el rasgar de los lápices en el
papel. Con grave riesgo de su tranquilidad y su promedio, a veces alguien se atrevía a alzar la vista
para ver en qué ocupaba ese tiempo el profesor. En tales circunstancias, veía a Ruano sacar de
bajo el sobaco izquierdo un ejemplar del Esto, extenderlo en el escritorio y embeberse, próximo al
orgasmo, en la lectura de hazañas deportivas y taurinas de fin de semana. (Debo reconocer, en un
aparte, que el mayor favor que Ruano podía otorgar a uno de sus alumnos era prestarle durante el
recreo, algunas raras veces que andaba de buenas, su ejemplar del periódico.) No recuerdo
absolutamente nada que Ruano me haya enseñado, excepto a leer el Esto; pero estoy seguro de
que eso lo hizo muy bien con la mayor parte de sus alumnos, y a veces me permito tenerle cierta
gratitud por ese beneficio que seguramente él nunca se propuso damos. Bajo la regadera, cuando
pienso en estas cosas, confirmo la fuerza avasalladora de la imitación, del ejemplo, y me pregunto
si yo he sido capaz de aprovechar la estrategia pedagógica de Ruano, aunque sea en favor de
textos que el Esto jamás recogería en sus páginas. II Unos años después, seguramente ya en
secundaria, en el mismo edificio de la calle de Amores, hubo otro maestro, de geografía, que clase
tras clase nos engañaba con el mismo truco. Llegaba al salón con un texto diverso que, según
decía, había encontrado por casualidad en el camión, en el patio, en la biblioteca de la escuela.
Alberto Godínez alzaba sobre la tarima su pequeña humanidad -en ese momento ya casi todos los
del grupo eran más altos que él- y comenzaba a leer. Un silencio cabal se hacía en el aula y, a
veces, estallaba en una carcajada o en una exclamación de asombro, porque los breves
fragmentos que nos regalaba -la lectura debe haber sido cada vez de no más de seis o siete
minutos nos conmovían, nos divertían, nos abrían los ojos hacia posibilidades que no habíamos
imaginado. Godínez era un buen deportista, temible en la cancha porque tenía la obsesión de
ganar. Pero en lugar del Esto nos reveló la existencia de Rubén Daría, de Horacio Quiroga, de
Ramón López Velarde, de Mariano Azuela, de otros autores que nunca nombró pero cuyas
palabras sirvieron para concentrar la atención del grupo y para hacemos evocar otras formas de la
realidad, para ponemos en contacto con otras maneras de estructurar el lenguaje, para hacemos
ver que las palabras de todos los días podían vestirse de gala y de misterio. Este señor, que sí lo
era, nos hizo frecuentar textos literarios clase tras clase, hasta formamos la necesidad de que
geografía comenzara con unos versos, con una reflexión, con una historia. Nos enseñó que la
lectura y la literatura no eran coto de sus colegas, los maestros de literatura o de español, sino un
patrimonio de todos y un alimento, un ejercicio que no podía faltar un solo día. Muchas veces he
creído, y ahora lo repito, que la mejor manera de comenzar un día de clases, en cualquier nivel
educativo, en cualquier disciplina, es ver al maestro o a la maestra, de pie ante el grupo, con un
libro que no sea de texto en las manos; un libro que no persiga otro fin que el gozo de la lectura,
para leer unos pocos minutos. Sólo los necesarios para compartir esos secretos de la lectura que
constituyen su esencia y a los cuales nadie puede llegar si no es a través de la experiencia, del
ejercicio, de la frecuentación de la lectura misma. (1) 1 "Si los padres leyeran a sus hijos quince
minutos cada día; si los maestros leyeran a sus alumnos quince minutos cada día -no para estudiar
sino por gusto, por divertirse-; si lográramos fundar muchos rincones infantiles y talleres de
lectura. EL MAESTRO Y LA LECTURA A principios de 1972, la doctora María del Carmen Millán me
invitó a formar parte del pequeñísimo equipo que publicaba, semana a semana, la colección
SepSetentas. Desde entonces hasta la fecha, he tomado parte en algunas empresas edito¬riales de
la Secretaría de educación pública. Éstas incluyen, además de SepSetentas, la revista Siete, las
colecciones Sep-lnah, SepDocumentos y SepOchentas, la primera serie de Lecturas Mexicanas, la
colección Letra y Color y algunos libros sueltos como los seis tomos de El mundo antiguo, de José
Luis Martínez y, en 1993, el libro de Historia de México para cuarto año de primaria, que
actualmente está en uso. Hoy en día estoy a cargo de la Unidad de publicaciones educativas de la
SEP, que equivale a decir de los Rincones de lectura o los Libros del rincón: el único programa que
tiene la SEP dedicado exclusivamente a la formación de lectores. No a la enseñanza de la lectura y
la escritura, sino, lo repito porque es diferente y esencial, a la formación de lectores. Ahora me
pregunto si todo ese trabajo, a lo largo de lo que ya van siendo muchos años, de SepSetentas a la
fecha, ha tenido alguna utilidad para formar lectores. Me temo que no. Mejor dicho, estoy seguro
de que no. Dejando a un lado los Rincones de lectura. a los cuales volveré después, todas esas
colecciones no pretendieron formar lectores, sino apoyar al público lector y eso, por supuesto,
también es importante. Sostener a quienes ya leen, contribuir a su crecimiento como lectores,
completar la labor de las editoriales privadas, ampliar la oferta de libros, mantenerlos en precios
bajos es una necesidad tan apremiante como formar nuevos lectores. Si no se atiende, se corre el
peligro de perder, en un abrir y cerrar de ojos, todo lo que, después de muchos años de esfuerzo,
se cree ganado. Hay que atender a los lectores que ya se tiene, y hay que recordar que existe una
amplia gama, con necesidades diferentes: lectores primerizos, lectores formados, lectores
expertos. Nadie debería quedar desatendido. (1) Volvamos al punto de partida: la edición y la
distribución de libros, por ellas mismas, no son suficientes para formar lectores, aunque la
población esté alfabetizada. Aquí se equivocó Vasconcelos y han vuelto a tropezar otros
proyectos, porque no es fácil aprender esta lección. Lo habitual es que los lectores crean que las
ventajas de la lectura y los libros pueden ser comprendidas y aprovechadas ipso facto por quienes
no son lectores, pero la experiencia demuestra que no es así. Una vez que se cuenta con libros,
alguien tiene que acercamos a ellos. Formar lectores que sean capaces de comunicarse y
expresarse por escrito es una tarea adicional a la enseñanza de la lectura y la escritura. La
alfabetización y la disponibilidad de los libros son indispensables, pero creer que bastan es un
error tan grave que explica el fracaso de nuestras escuelas para formar lectores. N uestro sistema
educativo ha probado ser eficaz para enseñar a leer y escribir. Lo prueba la forma sostenida en
que, durante el último medio siglo, México ha logrado abatir los índices de analfabetismo, pese a
su enorme crecimiento demográfico. Hoy puede decirse que la población analfabeta se encuentra
allí donde las condiciones de marginación son tan graves que falta todo, incluso la escuela. En la
medida en que la educación básica continúe ampliando su cobertura, como lo ha hecho en los
últimos años, el analfabetismo irá siendo erradicado. Sin embargo, con pareja claridad, nuestro
sistema educativo ha probado su ineficacia para formar lectores que puedan servirse de la
escritura. Nuestro mayor problema de lectura no es el analfabetismo, sino el hecho de que
quienes asisten a la escuela no son lectores; quienes terminan una carrera universitaria no son
lectores; quienes logran hacer un posgrado no son lectores; la mayoría de nuestros maestros no
son lectores. ¿Qué significa lectores que puedan servirse de la escritura? Personas que leen de
manera voluntaria, no por obligación, y que son capaces de expresarse y comunicarse por escrito.
Aquellos que disfrutan la lectura, la han convertido en una actividad cotidiana, comprenden lo que
leen – o se dan cuenta de que no comprenden y hacen lo necesario para superar ese obstáculo-, y
pueden hacerse entender por escrito. (Entre paréntesis: la causa más importante para nuestro
fracaso escolar en la formación de lectores es que, en lugar de promover el gusto por la lectura y
la comprensión del texto, seguimos insistiendo en aspectos mecánicos, como la velocidad y la
dicción.) Lo que no se entiende no se ha leído y para comprender lo que leemos hace falta
aprender a gozar la lectura. La mayoría de nuestros alumnos y maestros van simulando la lectura a
lo largo de la vida, forzados por la necesidad, comprendiendo a medias lo que leen, y ¿cómo
puede alguien dedicar tiempo a una operación tan frustrante? Mientras no le perdamos el miedo
al placer en el aula y no aceptemos que leer debe ser una operación gozosa, no podremos formar
los lectores que necesitamos. ¿Para qué necesitamos lectores que lean y escriban? Los
necesitamos para vivir mejor. Para tener un país más fuerte, más justo, más libre, más próspero y
más crítico. No para que todos sean escritores, como dice Rodari, sino para que nadie sea esclavo.
No es verdad, es una gran falacia, muy peligrosa, que la lectura y la escritura tengan que ver
solamente con la educación y la cultura. No es cierto que sean asuntos que deban preocupar
solamente a los profesores de español y de literatura. La lectura y la escritura tienen que ver con
todos los órdenes de la vida. La lectura y la escritura deben ser preocupaciones de todos los
docentes, no importa cuál sea su especialidad. Necesitamos maestros lectores, que puedan
escribir, porque sin duda serán mejores, dentro y fuera del aula. Muchas veces, los he escuchado
reconocer, con resignación, que no son lectores. ¿Hasta cuándo vamos a aguantarlo? ¿Hasta
cuándo los maestros vamos a seguir aceptando que no somos buenos lectores? Deberíamos
protestar, deberíamos exigir y exigimos ser mejores lectores. Deberíamos dedicar más tiempo a
leer y leer más libros, mejores libros, de muchas materias y de literatura: novelas, teatro, cuentos,
poesía, ensayos. Un lector no está completo si no lee literatura. Habremos formado lectores
capaces de servirse de la escritura cuando los alumnos y los maestros hayamos conseguido
apropiamos de la cultura escrita. Y esto debería implicar la formación de la familia como lectora.
Los niños necesitan estar rodeados de gente que lea y que hable de lo que lee. Esta apropiación de
la cultura escrita sólo puede darse si hay un contacto permanente, diario, con muchas clases de
textos -sobre todo, libros para leer, pero también envases, periódicos, carteles, mapas, directorios,
libros de texto-. Porque la escritura tiene funciones diversas: de expresión, de experiencia, de
comunicación, de información, de construcción de conocimiento, de apertura de horizontes. Y no
hay manera de dominar esta diversidad de funciones si no se está en contacto con ellas. En su
mayoría, la población de nuestras escuelas lleva una vida familiar apartada de la lectura y la
escritura. Por eso la escuela tiene un papel tan importante en la formación de lectores. Para la
mayoría de nuestros niños, la única oportunidad que tienen de conocer modelos de lectura y
escritura se da en este espacio. Sin embargo, la mayoría de las escuelas también se encuentran
lejos de la cultura escrita, y la limitan a los estrechos márgenes de los libros de texto. Buena parte
de los maestros y maestras, incluso los dedicados a la enseñanza de la lectura y la escritura no son,
ellos mismos, lectores ni se sirven de la escritura. Por eso no basta con la sola entrega de libros
para que los maestros y los alumnos se acerquen a la lectura. Para la mayoría, la lectura es una
actividad extraña. Bastaría mandarles balones de futbol o de volibol para que los aprovecharan;
pero no sucede lo mismo con los libros. Mientras cualquier maestro o alumno sabe qué hacer con
un bate y una pelota, no cualquiera sabe qué hacer con libros que no son para estudiar ni para
seguir el programa, sino para leer. La formación escolar de lectores y escritores requiere tres
condiciones básicas: En primer lugar, una alfabetización de calidad que dé prioridad a la
comprensión del texto y al uso significativo de la escritura -es decir, a un uso que tenga un interés
real para el usuario-. En segundo lugar, el «contacto frecuente, diario, con textos diferentes,
completos e interesantes. Por último, el diálogo con otros usuarios del sistema de lectura y
escritura que sean más experimentados, más competentes, más capaces y, por lo tanto, de los
cuales sea posible aprender. Volvamos ahora a Rincones de lectura, un programa que hasta ahora
ha repartido en todas las escuelas primarias oficiales del país casi 33 millones de ejemplares, para
formar en cada escuela una colección de libros para leer. Este acervo no es simplemente un grupo
de libros, sino un fondo editorial cuidadosamente planeado, con más de 500 títulos, dos juegos de
naipes y cinco cintas grabadas con música y canciones. Los libros son de literatura (42%) -cuentos,
novelas, teatro, poesía, rimas, trabalenguas-;(2) de testimonio y tradiciones (22%); de información
(28%) -historia, astronomía, animales, viajes, ecología, física, química, matemáticas y otras
materias-, y de actividades, de hacer cosas como papirolas y juegos para el patio de la escuela
(8%). Aproximadamente 35 % por ciento son de autores de otros países, sobre todo
hispanoamericanos, y más de la mitad son coediciones con editoriales privadas. Hay también
libros para los maestros y los padres de familia -poco más de medio centenar- porque los niños
necesitan estar rodeados de adultos lectores. Rincones de lectura ha buscado que los textos
publicados estén completos y tengan un significado inteligente, vinculado con la vida real de los
niños y las comunidades de nuestro país. Muchos de estos libros pueden ser complementarios de
los programas de estudio, por su información, pero en principio todos ellos son independientes de
los objetivos pedagógicos; su propósito es dar a los alumnos la oportunidad de leer materiales
diversos: para formarse y progresar, un lector tiene que hacer lectura;; distintas. Por eso mismo,
los Libros del rincón son de todos tamaños y formas, con ilustraciones, tipografía y diseño de todas
clases. No son libros para "enseñar a leer", sino para formar lectores. Son libros que tienen cierta
complejidad gramatical, sintáctica y de léxico. La complejidad propia de la cultura escrita; la
complejidad necesaria para que los textos comuniquen realmente un significado inteligente y
tengan interés. La complejidad propia de los usos vivos de la escritura, en contraste con los usos
artificiales, reducidos, orientados a fines pedagógicos específicos, que habitualmente proponen los
libros de texto. Los libros escritos para enseñar a leer, para cubrir un programa escolar o transmitir
enseñanzas morales, son por lo común excesivamente simples; incurren en el paradójico riesgo de
enseñar a los niños los aspectos mecánicos de la escritura y la lectura, y al mismo tiempo alejarlos
de su comprensión, pues desvirtúan el lenguaje vivo; en general son aburridos y no invitan a la
lectura. Los Libros del rincón permiten y necesitan distintas lecturas. Potencian la capacidad del
lenguaje. No suelen ofrecer posibilidades obvias de uso pedagógico, pero se remiten a la
experiencia vital de los niños, tienen un interés auténtico, son divertidos y pueden realmente
formar lectores, si se utilizan en el aula y si se prestan a los alumnos para que los lleven a sus
casas. Su propósito es hacer una oferta de lectura que contribuya a enriquecer la visión del mundo
de los niños, los maestros y los padres. Los Libros del rincón, sin embargo, tienen que enfrentarse
a un obstáculo grave: en muchas escuelas no se usan. Hay directores y maestros cuya única
preocupación es que no se maltraten, o que no conceden ninguna importancia a la lectura y la
escritura y por lo tanto no saben dónde quedaron esos libros, o no encuentran tiempo para que
los alumnos los aprovechen. Por eso mismo, muchas veces quienes trabajan en la promoción de la
lectura carecen de presupuesto, de personal, de transporte, de teléfono, de papelería, de tiempo,
de escritorios. Este defecto es de nuestro sistema educativo y de nuestra sociedad, donde, en
realidad, la lectura todavía no importa todo lo que debería de importar. Es curioso que
continuamente se capacite a los maestros en una multitud de aspectos, por lo común mediante
materiales impresos, y sin embargo no se dediquen tiempo ni recursos para capacitarlos como
lectores.(3) Por fortuna esto va cambiando. A partir de 1994, Rincones de lectura incluye, como
una de sus tareas sustantivas, la capacitación de los maestros en técnicas de fomento a la lectura y
formación de lectores. La experiencia muestra que los profesores que reciben esta capacitación
cambian radicalmente su concepto respecto a la importancia de la lectura y aprovechan los Libros
del rincón, y otros libros. La experiencia muestra también que la mejoría en el rendimiento de sus
alumnos es tan patente, que aun quienes en un principio se muestran reticentes terminan por ser
entusiastas promotores de la lectura. Estos maestros finalmente comprenden que la lectura no es
un problema de los maestros de español ni de literatura. Que la lectura no es ni siquiera un
problema sólo de los maestros y de la gente de letras. No es algo que concierna solamente a la
educación y la cultura, de la misma manera que el deporte no es una cuestión exclusiva de los
deportistas. Todo el mundo puede beneficiarse del deporte y todo el mundo debe beneficiarse de
la lectura. Ser maestro debería ser sinónimo de ser lector. Es urgente que las normales se fijen
esta meta. No solamente clases teóricas sobre la lectura, sino talleres y círculos de lectura que
hagan lectores de literatura a los maestros. La formación de una conciencia que rechace la idea de
que un maestro puede no leer. La construcción de una cultura lectora que debe partir de la
escuela para abarcar toda la sociedad. Ser lector, para los maestros, debe ser una preocupación
personal y profesional. Ser lector, para los maestros, debe ir mucho más allá de las antologías que
a veces se preparan para ellos. A partir de estas obras elementales, los maestros deben acudir a
las bibliotecas y a las librerías, en un esfuerzo constante y creciente por hacerse cada vez lectores
más capaces, más ávidos, más curiosos, más completos. Un maestro debería estar siempre
leyendo dos o tres libros; debería llevar siempre consigo una novela, un libro de poemas o de
cuentos. Un maestro debe ser un lector bien formado, que conozca de primera mano nuestra
tradición literaria; debe ser también un lector curioso, ávido de novedades, atento a lo que se va
publicando. Son los maestros quienes pueden transformar el país en que vivimos, al través de la
lectura. La lectura de los maestros, de sus alumnos, de los padres de familia. Si los maestros no lo
hacen, nadie más podrá hacerla. En su corazón y en sus manos se encuentra esta tarea colosal. 1
Aunque pueden no tener una alta rentabilidad comercial, hay lectores y autores minoritarios que
sería suicida descuidar. En los años recientes han sido atendidos, de manera sobresaliente, por la
Dirección general de publicaciones de Conaculta. 2 De 1993 a 1999 estos materiales se repartieron
divididos en cinco paquetes, llamados Azulita, Cándido, Tomóchic, Siembra Menuda y Galileo. 3 El
limitado alcance del propio programa Rincones de lectura es una prueba de esto. En sus primeros
trece años de vida, el programa no ha alcanzado mayor cobertura que la escuela primaria. Fuera
de este espacio, la Secretaria de educación pública no tiene otros programas para la formación de
lectores, en otros niveles. Esta carencia es especialmente sensible en las normales, 'donde hacer
lectores a los alumnos debería ser una absoluta prioridad.