LUMEN GENTIUM Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA
Universalidad y catolicidad del único Pueblo de Dios
13. Todos los hombres son llamados a formar parte del Pueblo de Dios. Por lo cual este Pueblo, siendo uno
y único, ha de abarcar el mundo entero y todos los tiempos para cumplir los designios de la voluntad de
Dios, que creó en el principio una sola naturaleza humana y determinó congregar en un conjunto a todos sus
hijos, que estaban dispersos (cf. Jn., 11,52).
Para ello envió Dios a su Hijo a quien constituyó heredero universal (cf. He., 1,2), para que fuera
Maestro, Rey y Sacerdote nuestro, Cabeza del nuevo y universal pueblo de los hijos de Dios. Para ello, por
fin, envió al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, que es para toda la Iglesia, y para todos y cada uno de
los creyentes, principio de asociación y de unidad en la doctrina de los Apóstoles y en la unión, en la
fracción del pan y en la oración (cf. Act., 2,42).
Así, pues, de todas las gentes de la tierra se compone el Pueblo de Dios, porque de todas recibe sus
ciudadanos, que lo son de un reino, por cierto no terreno, sino celestial. Pues todos los fieles esparcidos por
la haz de la tierra comunican en el Espíritu Santo con los demás, y así "el que habita en Roma sabe que los
indios son también sus miembros".
Pero como el Reino de Cristo no es de este mundo (cf. Jn., 18,36), la Iglesia, o Pueblo de Dios,
introduciendo este Reino no arrebata a ningún pueblo ningún bien temporal, sino al contrario, todas las
facultades, riquezas y costumbres que revelan la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que tienen de bueno, las
favorece y asume; pero al recibirlas las purifica, las fortalece y las eleva.
Pues sabe muy bien que debe asociarse a aquel Rey, a quien fueron dadas en heredad todas las naciones
(cf. Sal., 2,8) y a cuya ciudad llevan dones y obsequios (cf. Sal., 71 [72], 10; Is., 60,4-7; Ap., 21,24).
Este carácter de universalidad, que distingue al Pueblo de Dios, es un don del mismo Señor por el que la
Iglesia católica tiende eficaz y constantemente a recapitular la Humanidad entera con todos sus bienes, bajo
Cristo como Cabeza en la unidad de su Espíritu.
En virtud de esta catolicidad cada una de las partes presenta sus dones a las otras partes y a toda la
Iglesia, de suerte que el todo y cada uno de sus elementos se aumentan con todos lo que mutuamente se
comunican y tienden a la plenitud en la unidad.
De donde resulta que el Pueblo de Dios no sólo congrega gentes de diversos pueblos, sino que en sí
mismo está integrado de diversos elementos, Porque hay diversidad entre sus miembros, ya según los
oficios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos; ya según la condición y
ordenación de vida, pues muchos en el estado religioso tendiendo a la santidad por el camino más arduo
estimulan con su ejemplo a los hermanos.
Además, en la comunión eclesiástica existen Iglesias particulares, que gozan de tradiciones propias,
permaneciendo íntegro el primado de la Cátedra de Pedro, que preside todo el conjunto de la caridad,
defiende las legítimas variedades y al mismo tiempo procura que estas particularidades no sólo no
perjudiquen a la unidad, sino incluso cooperen en ella.
De aquí dimanan finalmente entre las diversas partes de la Iglesia los vínculos de íntima comunicación
de riquezas espirituales, operarios apostólicos y ayudas materiales. Los miembros del Pueblo de Dios están
llamados a la comunicación de bienes, y a cada una de las Iglesias pueden aplicarse estas palabras del
Apóstol: "El don que cada uno haya recibido, póngalo al servicio de los otros, como buenos administradores
de la multiforme gracia de Dios" (1 Pe., 4,10).
Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que prefigura y promueve la
paz y a ella pertenecen de varios modos y se ordenan, tanto los fieles católicos como los otros cristianos, e
incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios.
Los fieles católicos
14. El sagrado Concilio pone ante todo su atención en los fieles católicos y enseña, fundado en la Escritura
y en la Tradición, que esta Iglesia peregrina es necesaria para la Salvación. Pues solamente Cristo es el
Mediador y el camino de la salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y El, inculcando
con palabras concretas la necesidad de la fe y del bautismo (cf. Mc., 16,16; Jn., 3,5), confirmó a un tiempo
la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como puerta obligada.
Por lo cual no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia católica fue instituida por Jesucristo
como necesaria, rehusaran entrar o no quisieran permanecer en ella.
A la sociedad de la Iglesia se incorporan plenamente los que, poseyendo el Espíritu de Cristo, reciben
íntegramente sus disposiciones y todos los medios de salvación depositados en ella, y se unen por los
vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del régimen eclesiástico y de la comunión, a su
organización visible con Cristo, que la dirige por medio del Sumo Pontífice y de los Obispos.
Sin embargo, no alcanza la salvación, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien no perseverando en la
caridad permanece en el seno de la Iglesia "en cuerpo", pero no "en corazón". No olviden, con todo, los
hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia
especial de Cristo: y si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse,
serán juzgados con mayor severidad.
Los catecúmenos que, por la moción del Espíritu Santo, solicitan con voluntad expresa ser incorporados a
la Iglesia, se unen a ella por este mismo deseo; y la madre Iglesia los abraza ya amorosa y solícitamente
como a hijos.
Vínculos de la Iglesia con los cristianos no católicos
15. La Iglesia se siente unida por varios vínculos con todos lo que se honran con el nombre de cristianos,
por estar bautizados, aunque no profesan íntegramente la fe, o no conservan la unidad de comunión bajo el
Sucesor de Pedro.
Pues conservan la Sagrada Escritura como norma de fe y de vida, y manifiestan celo apostólico, creen
con amor en Dios Padre todopoderoso, y en el hijo de Dios Salvador, están marcados con el bautismo, con el
que se unen a Cristo, e incluso reconocen y reciben en sus propias Iglesias o comunidades eclesiales otros
sacramentos.
Muchos de ellos tienen episcopado, celebran la sagrada Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen
Madre de Dios. Hay que contar también la comunión de oraciones y de otros beneficios espirituales; más
aún, cierta unión en el Espíritu Santo, puesto que también obra en ellos su virtud santificante por medio de
dones y de gracias, y a algunos de ellos les dio la fortaleza del martirio.
De esta forma el Espíritu promueve en todos los discípulos de Cristo el deseo y la colaboración para que
todos se unan en paz en un rebaño y bajo un solo Pastor, como Cristo determinó. Para cuya consecución la
madre Iglesia no cesa de orar, de esperar y de trabajar, y exhorta a todos sus hijos a la santificación y
renovación para que la señal de Cristo resplandezca con mayores claridades sobre el rostro de la Iglesia.
Los no cristianos
16. Por fin, los que todavía no recibieron el Evangelio, están ordenados al Pueblo de Dios por varias
razones. En primer lugar, por cierto, aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las promesas y del que
nació Cristo según la carne (cf. Rom., 9,4-5); pueblo, según la elección, amadísimo a causa de los padres;
porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables (cf. Rom., 11,28-29).
Pero el designio de salvación abarca también a aquellos que reconocen al Creador, entre los cuales están
en primer lugar los musulmanes, que confesando profesar la fe de Abraham adoran con nosotros a un solo
Dios, misericordiosos, que ha de juzgar a los hombres en el último día.
Este mismo Dios tampoco está lejos de otros que entre sombras e imágenes buscan al Dios desconocido,
puesto que les da a todos la vida, la inspiración y todas las cosas (cf. Act., 17,25-28), y el Salvador quiere
que todos los hombres se salven (cf. 1 Tim., 2,4).
Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a
Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el
dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna.
La divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte
no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia
divina, en conseguir una vida recta.
La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero, que entre ellos se da, como preparación evangélica, y dado
por quien ilumina a todos los hombres, para que al fin tenga la vida. pero con demasiada frecuencia los
hombres, engañados por el maligno, se hicieron necios en sus razonamientos y trocaron la verdad de Dios
por la mentira sirviendo a la criatura en lugar del Criador (cf. Rom., 1,24-25), o viviendo y muriendo sin
Dios en este mundo están expuestos a una horrible desesperación.
Por lo cual la Iglesia, recordando el mandato del Señor: "Predicad el Evangelio a toda criatura (cf. Mc.,
16,16), fomenta encarecidamente las misiones para promover la gloria de Dios y la salvación de todos.
Carácter misionero de la Iglesia
17. Como el Padre envió al Hijo, así el Hijo envió a los Apóstoles (cf. Jn., 20,21), diciendo: "Id y enseñad a
todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a
guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt.,
28,19-20).
Este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo recibió de los Apóstoles
con la encomienda de llevarla hasta el fin de la tierra (cf. Act., 1,8). De aquí que haga suyas las palabras del
Apóstol: " ¡Ay de mí si no evangelizara! " (1 Cor., 9,16), por lo que se preocupa incansablemente de enviar
evangelizadores hasta que queden plenamente establecidas nuevas Iglesias y éstas continúen la obra
evangelizadora.
Por eso se ve impulsada por el Espíritu Santo a poner todos los medios para que se cumpla efectivamente
el plan de Dios, que puso a Cristo como principio de salvación para todo el mundo. predicando el Evangelio,
mueve a los oyentes a la fe y a la confesión de la fe, los dispone para el bautismo, los arranca de la
servidumbre del error y de la idolatría y los incorpora a Cristo, para que crezcan hasta la plenitud por la
caridad hacia El.
Con su obra consigue que todo lo bueno que haya depositado en la mente y en el corazón de estos
hombres, en los ritos y en las culturas de estos pueblos, no solamente no desaparezca, sino que cobre vigor y
se eleve y se perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre.
Sobre todos los discípulos de Cristo pesa la obligación de propagar la fe según su propia condición de
vida. Pero aunque cualquiera puede bautizar a los creyentes, es, no obstante, propio del sacerdote el
consumar la edificación del Cuerpo de Cristo por el sacrificio eucarístico, realizando las palabras de Dios
dichas por el profeta: "Desde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes, y en todo
lugar se ofrece a mi nombre una oblación pura" (Mal., 1,11).
Así, pues ora y trabaja a un tiempo la Iglesia, para que la totalidad del mundo se incorpore al Pueblo de
Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo, y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda todo honor y
gloria al Creador y Padre universal.