¿Estás endureciendo tu corazón?
Por eso, como dice el Espíritu Santo: Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan
sus corazones, como sucedió en la rebelión, en aquel día de prueba en el desierto.
Hebreos 3:7-8 NVI
Para entender mejor las causas y soluciones de un corazón endurecido, es
importante comprender el significado bíblico amplio de la palabra "corazón". La
Biblia considera que el corazón es el centro de la personalidad humana, que
produce las cosas que normalmente atribuimos a la "mente". Por ejemplo, las
Escrituras nos dicen que el dolor; los deseos; el gozo; el entendimiento; los
pensamientos y el razonamiento; y, lo más importante, la fe y el creer son producto
del corazón. Además, Jesús nos dice que el corazón es portador del bien y del mal y
que lo que sale de nuestra boca -bueno o malo- comienza en el corazón.
Así que cada vez que nos disponemos a leer la palabra de Dios o nos exponemos a
escuchar un sermón o una reflexión, estamos aceptando oír la voz de Dios,
conocer su voluntad para nuestras vidas, saber qué es lo que Él quiere y no quiere
que hagamos. Por medio de su palabra leída o escuchada recibimos guía para
luego decidir qué hacemos con esa guía, podemos abrir nuestro corazón, aceptar la
guía y seguir las ordenanzas del Señor o podemos endurecer nuestro corazón,
rechazar la guía y menospreciar las ordenanzas del Señor.
La palabra del Señor nos advierte ¡No endurezcas tu corazón! Pero, ¿Qué significa
endurecer? Algunos sinónimos de esta palabra son deshumanizarse, encallecerse,
insensibilizarse, embrutecerse, acorazar.
El acto de acorazar o amurallar nuestro corazón contra la palabra nos hace
insensibles a la palabra y nos conduce a una mayor necedad.
Todas estas palabras nos dan a entender que endurecer nuestro corazón a la
palabra escuchada o leída es peligroso porque el acto de acorazar o amurallar
nuestro corazón contra la palabra nos hace insensibles a la palabra y nos
conduce a una mayor necedad.
Cada vez que rechazamos el evangelio estamos colocando un ladrillo más fuerte
delante de nuestro corazón a la verdad de Dios. Esto es debido a que obtenemos
más conocimiento de la obra salvadora de Dios, pero esta no es suficientemente
para cautivarnos ya que amamos más nuestro pecado y no lo queremos dejar para
seguir a Cristo.
CAUSAS DE UN CORAZÓN ENDURECIDO
El pecado hace que los corazones se endurezcan, especialmente el pecado
continuo y no arrepentido. Ahora bien, sabemos que "si confesamos nuestros
pecados, [Jesús] es fiel y justo para perdonar nuestros pecados" (1 Juan 1:9).
Sin embargo, si no confesamos nuestros pecados, éstos tienen un efecto
acumulativo e insensibilizador en la conciencia, lo cual dificulta incluso distinguir el
bien del mal. Y este corazón pecador y endurecido equivale a la "conciencia
cauterizada" de la que habla Pablo en 1 Timoteo 4:1-2. La Escritura aclara que si
continuamos incansablemente en el pecado, llegará un momento en que Dios nos
entregará a nuestra "mente depravada" y nos dejará salirnos con la nuestra. El
apóstol Pablo escribe sobre la ira y el abandono de Dios en su carta a los Romanos,
donde vemos que los "hombres impíos y malvados que detienen la verdad" son
finalmente entregados a los deseos pecaminosos de sus corazones endurecidos
(Romanos 1:18-24).
El orgullo también hará que nuestros corazones se endurezcan. La "soberbia de tu
corazón te ha engañado...que dices en tu corazón: ¿Quién me derribará a
tierra?...de ahí te derribaré, dice el Señor" (Abdías 1:3-4). Además, la raíz de la
dureza del corazón del Faraón era su orgullo y arrogancia. Incluso frente a las
tremendas pruebas y al testimonio de la poderosa mano de Dios, el corazón
endurecido del Faraón le hizo negar la soberanía del único y verdadero Dios. Y
cuando el corazón del rey Nabucodonosor "se ensoberbeció, y su espíritu se
endureció en su orgullo, fue depuesto del trono de su reino, y despojado de su
gloria... hasta que reconoció que el Altísimo Dios tiene dominio sobre el reino de los
hombres, y que pone sobre él al que le place" (Daniel 5:20-21). Por lo tanto, cuando
nos inclinamos a hacer las cosas a nuestra manera, pensando que podemos "actuar
por nuestra cuenta", sería sabio recordar lo que el rey Salomón nos enseñó en
Proverbios 14:12 y 16:25: "Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin
es camino de muerte".
CIERRE
Entonces, ¿cuál es el antídoto para este tipo de problemas del corazón? Lo primero
y más importante es reconocer el efecto que esta enfermedad espiritual tiene en
nosotros. Dios nos ayudará a ver la condición de nuestro corazón cuando le
pidamos: "Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis
pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino
eterno. Salmos 139:23-24 RVR1960
Dios puede sanar cualquier corazón una vez que reconocemos nuestra
desobediencia y nos arrepentimos de nuestros pecados. Sin embargo, el verdadero
arrepentimiento es más que un simple y decidido sentimiento de firmeza. El
arrepentimiento se manifiesta en una vida cambiada.
Después de arrepentirnos de nuestros pecados, los corazones duros comienzan a
sanarse cuando estudiamos la Palabra de Dios. "¿Con qué limpiará el joven su
camino? Con guardar tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado...En mi
corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti" (Salmo 119:9-11).
La Biblia es nuestro manual de vida, ya que "es inspirada por Dios, y útil para
enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2 Timoteo 3:16). Si
queremos vivir la vida en plenitud, tal y como Dios quiere, necesitamos estudiar y
obedecer la Palabra escrita de Dios, que no sólo mantiene un corazón suave y puro,
sino que nos permite ser "bendecidos" en todo lo que hacemos (Josué 1:8; Santiago
1:25).
Los corazones también se pueden endurecer cuando sufrimos percances y
decepciones en la vida. Nadie es inmune a las pruebas aquí en la tierra. Sin
embargo, al igual que el acero se forja con el martillo del herrero, también nuestra fe
puede fortalecerse con las pruebas que encontramos en los valles de la vida. Así
como Pablo alentó a los romanos: "Y no solo esto, sino que también nos gloriamos
en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia,
prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de
Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue
dado" (Romanos 5:3-5).