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Descartes y Hume: Racionalismo vs Empirismo

Este documento presenta una introducción al Módulo 2 sobre la Modernidad. Se explica que se analizarán las posturas filosóficas clave que dieron origen a la Modernidad y su influencia en áreas como las ciencias sociales. El documento también presenta los objetivos del módulo y contiene información sobre René Descartes y su filosofía del racionalismo como representante emblemático de la Modernidad.

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Descartes y Hume: Racionalismo vs Empirismo

Este documento presenta una introducción al Módulo 2 sobre la Modernidad. Se explica que se analizarán las posturas filosóficas clave que dieron origen a la Modernidad y su influencia en áreas como las ciencias sociales. El documento también presenta los objetivos del módulo y contiene información sobre René Descartes y su filosofía del racionalismo como representante emblemático de la Modernidad.

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Módulo 2: Modernidad 1: Ruptura y nuevo comienzo

En este módulo veremos un desarrollo de las posturas más importantes que dieron origen a la Modernidad filosófica, poniendo
el énfasis en aquellos conceptos que han sido claves para el pensamiento de Occidente en áreas tan diversas como las ciencias
sociales y humanas, el arte y la política

La influencia de la Modernidad ha llegado hasta nuestros días y representa, por un lado, la base del progreso de las sociedades
occidentales más avanzadas, y, por el otro, la confrontación del ser humano con las consecuencias de sus acciones.

Objetivos del módulo

 Comprender los conceptos claves que determinan la Modernidad, y lo nuevo.


 Dar cuenta de la mirada crítica presente en todo el pensamiento moderno.

¿Qué es la modernidad?

El video es una breve introducción animada a la Modernidad, sus inicios y contexto histórico, muy útil para ampliar el
marco cultural del momento que estamos tratando.

Bully Magnets. (2018) ¿Qué es la modernidad? Recuperado 21 de noviembre de 2019:


[Link]

Introducción a la unidad
¿Cuál es el giro fundamental que marca el origen de la Modernidad?

Contenidos de la unidad

1- Introducción de la Modernidad.
2- René Descartes y el racionalismo.

En esta unidad trataremos el origen de la Modernidad filosófica de la mano del filósofo francés René Descartes. El pensamiento
cartesiano marca una ruptura profunda con el pensamiento medieval que se caracterizaba por el teocentrismo, es decir, la
consideración de Dios como fuente de toda verdad y justicia; por ello se considera que la característica fundamental del
medioevo es el teocentrismo. Descartes, por su parte, quiere refundar el conocimiento sobre la base de principios racionales
que son indubitables. Después de un profundo camino reflexivo, que parte de la duda radical frente a todo lo que le han
enseñado, nuestro filósofo llega a la primera gran certeza, la existencia del yo. Con este camino minucioso y racional, Descartes
pone al hombre concreto, contenido en el pronombre personal en primera persona: yo, en tanto ser pensante y racional, como
fundamento de todo saber. Con esto se produce el pasaje del teocentrismo radical, al antropocentrismo moderno.

En el caso de un pensador sistemático como Descartes, es muy importante, seguir sus reflexiones paso por paso, sin saltearse
ninguno y respetar el orden, ya que se encuentran lógicamente encadenados.

Tema 1: Introducción a la Modernidad


En los inicios de la Edad Moderna, aproximadamente en el siglo XVI, se van a repensar en Europa los conocimientos que habían
sido tenidos por certeros durante los veinte siglos anteriores, revisándose sus mismas fuentes. Una gran cantidad de teorías,
pilares del conocimiento científico, religioso, político y filosófico, se desmoronaron. Frente a las certezas que se tenían, se
levantan profundas incertidumbres, la duda se hace presente.

 Por ejemplo la astronomía aristotélica geocentrísta que aseguraba que la Tierra permanecía inmóvil en el centro del
Universo, tuvo que retroceder ante la iniciativa de Copérnico y su teoría que sostiene que el centro del Universo es el
Sol, y que la Tierra gira en torno a él: teoría heliocéntrica.
 Otro suceso de ruptura en la desconfianza hacia los saberes establecidos fue la llegada del hombre europeo a América.
Este suceso cuestionaba la verdad bíblica de los tres continentes, ya que se había llegado a un cuarto continente no
contemplado por el libro sagrado; además de que demostraba que la Tierra no era plana.

Estas y otras circunstancias históricas obligaron a inspeccionar los principios del conocimiento humano, produciéndose
un proceso de secularización, es decir, un proceso de separación de ámbitos de conocimientos.

 Solo se produce un desplazamiento que irá del teocentrismo de la Edad Media –Dios como el centro de la existencia
humana– al antropocentrismo del Renacimiento (siglo XV) en adelante, lo que significa poner al hombre como el centro
de la reflexión.

 La mirada ya no estará puesta exclusivamente en lo celestial y ultraterreno, sino en lo mundano, en lo terreno. Como
muestra podría pensarse la pintura y sus dibujos centrados en el cuerpo humano desnudo, lo cual hace “surgir” la
naturaleza ocultada durante siglos. Pero no solo se busca presentar al cuerpo como pura naturaleza, también se busca
conocer a la naturaleza en grande, contraponiendo este conocimiento a las versiones detalladas por la Biblia. En este
escenario de dudas e incertidumbres ocurre un hecho histórico destacable y fundamental respecto al conocimiento: la
Revolución Científica. Ésta tuvo su inicio a fines del siglo XVI con Nicolás Copérnico (1473/1543) en astronomía y con
Andrés Vesalio (1514/1564) en anatomía, y su culminación a fines del siglo XVIII con Isaac Newton (1642/1727).

 De este modo, se puede comprender por qué el centro de discusión y problematización del hombre moderno fue el
ámbito gnoseológico, es decir, el campo del conocimiento. Toda esta ambientación, más la conciencia de los errores
con los que se había tropezado y sostenido durante tanto tiempo inclinaron a un grupo de pensadores a revisar las
fuentes del conocimiento humano, a preguntarse por la naturaleza, origen y alcance de dicho conocimiento. Ello
generó, en cuanto al conocimiento, el surgimiento de dos líneas de respuestas que tensionó gran parte del
pensamiento filosófico moderno: racionalismo/empirismo.

“En efecto buscando los fundamentos últimos de cómo conocemos, las discusiones se centraron en dos posiciones bien
delimitadas. Una, el racionalismo, que dirá que todo conocimiento se inicia en la razón; otra, el empirismo, que sostendrá que
todo conocimiento nace de la experiencia sensible. Nosotros estudiaremos ambas posiciones: la de René Descartes, como
representante del racionalismo y la de David Hume, como impulsor del empirismo.”

Tema 2: René Descartes y el racionalismo


Filosofía de la duda

Retomar algunas de las temáticas puntualizadas por Descartes (1596/1650) nos permite ver en él al representante más
emblemático de la modernidad. Dicho filósofo francés comienza a hacerse cargo de esa duda europea llevándola como
metodología de sus proyectos reflexivos. Lo primero que encuentra en esa reflexión respecto al pasado es que éste le ha dejado
al menos una enseñanza y es la de no volver a caer en los errores de aquel pasado, para lo cual tendrá que hacer un análisis
exhaustivo de todo los conocimientos heredados, debido a que todavía no se había hallado ninguna verdad absolutamente
segura. Así intentará radicalizar la duda. Dice:

"Hace ya mucho tiempo que me he dado cuenta de que, desde mi niñez, he admitido como verdaderas una porción de
opiniones falsas, y que todo lo que después he ido edificando sobre tan endebles principios no puede ser sino muy dudoso e
incierto; desde entonces he juzgado que era preciso seriamente acometer, una vez en mi vida, la empresa de deshacerme de
todas las opiniones a que había dado crédito, y empezar de nuevo, desde los fundamentos, si quería establecer algo firme y
constante en las ciencias” (Descartes, 1961, p. 43).

Descartes es consciente de los errores del pasado y adelanta con estas palabras lo que va a ser su trabajo para salir de ese
estado de incertidumbre respecto de la herencia recibida. Para deshacerse de esas opiniones que considera falsa comenzará su
labor caracterizada por la desconfianza y la precaución.

Desconfianza frente a los conocimientos previos, y precaución de no asentir como verdadero aquello de lo que no se está
absolutamente seguro. De esta manera, valiéndose de la duda metódica, iniciará primeramente una tarea destructiva que
implicaba poner en duda todos los conocimientos recibidos, para luego comenzar la tarea constructiva.
En principio entonces habrá que derribar todos los conocimientos que no sean seguros hasta llegar a uno que resista el
examen de la duda. La duda será el tamiz por donde Descartes hará pasar todo los conocimientos existentes y si hay algo que
se resiste y no pasa por esa especie de colador, ese será un conocimiento seguro y certero.

Entonces la duda se convierte en el camino, en el instrumento o en el medio para llegar a una verdad que sea absolutamente
indubitable, siendo esta verdad, clara y distinta, el objetivo último de Descartes. La duda así se transforma en el método, y
tenemos aquí una primera característica de la duda, la de ser metódica.

Además de esta primera característica habrá otras. Por ejemplo, será universal, porque Descartes va a dudar de todos los
conocimientos sin excepción. También radical, pues dudará de las raíces o fuentes del conocimiento. Hiperbólica, pues la
desconfianza será llevada a la exageración. Racional, debido a que estará conducida por la razón. Y, por último, la duda será
teleológica (la palabra telos en griego significa fin) porque la duda tiene un fin: alcanzar la verdad. La duda no es un fin en sí
misma, es un medio para alcanzar la verdad, una vez alcanzada desaparece.

Crítica al saber sensible y racional

Ahora bien, veamos cómo emprende el camino que lo va a conducir a la verdad poniendo todo en duda. En principio, cuando
vaya a querer dudar de cosa por cosa se topará con un primer inconveniente. Dicho inconveniente es que no va a poder hacerlo
porque no le daría la vida, moriría antes de ver concluida su tarea.

Entonces, y este es el momento en el que la duda se hace radical, va a dudar no de cada cosa en particular (si es de noche o es
de día; si está lloviendo o no, por ejemplo) sino de las fuentes del conocimiento como son los sentidos y la razón. Es más fácil y
rápido derribar un edificio desde sus cimientos que hacerlo piso por piso. Por eso dudará de los “cimientos”, fundamentos o
principios del conocimiento (sentidos y razón), dado que dudando de estos, todo lo que conocemos por intermedio de ellos
queda puesto en duda.

Comencemos por el primero de esos cimientos o fuentes del conocimiento, como es el conocimiento sensible. Para poner en
duda el conocimiento sensible realiza dos argumentos:

 Los usos externos: Nos alerta de cuántas veces los sentidos nos han engañado ya sea en lo lejano como en lo pequeño.
La torre que vemos a cien metros la medimos con una regla y mide veinte centímetros, mientras que cuando nos
acercamos es mucho mayor a la magnitud expresada; otras veces vemos agua a lo lejos que la cercanía desmiente.
Pero en lo pequeño también, por ejemplo algo visto de cerca con una lupa nos da otra visión diferente a que si lo
hiciésemos sin dicho instrumento. Con lo cual, el filósofo recomienda no volver a confiar en alguien que nos ha
engañado al menos una vez.
 Los sentidos internos: Se valdrá de un argumento relacionado con el sueño. Para lo cual escribe que si bien puedo
dudar de lo anterior: “No puede razonablemente dudarse *…+ que estoy aquí, sentado junto al fuego, vestido con una
bata, teniendo este papel en las manos, y otras cosas por el estilo.”(Descartes, 1961, p.44)
Parece imposible dudar de algo tan patente como de determinadas tareas que realizamos a diario. Pero Descartes
insiste: “Sin embargo, he de considerar aquí que soy hombre y, por consiguiente, que tengo costumbre de dormir y de
representarme en sueños las mismas cosas y aun a veces menos verosímiles que esos insensatos [los dementes]
cuando velan”(Descartes, 1961, p.44)
Su desconfianza va en aumento cuando duda acerca de si podemos quedarnos tranquilos respecto a lo que
realizamos, es decir: ¿verdaderamente lo estamos haciendo o soñando? ¿Escribo estas líneas o sueño que las escribo?
Pues:
Si pienso en ello con atención, me acuerdo de que, muchas veces, ilusiones semejantes me han burlado mientras
dormía; y, al detenerme en este pensamiento, veo tan claramente que no hay indicios ciertos para distinguir el sueño
de la vigilia, que me quedo atónito, y es tal mi extrañeza, que casi es bastante a persuadirme de que estoy
durmiendo” (Descartes, 1961, p.45)
Con estos argumentos quiere asegurar que no es posible trazar un límite preciso que separe el sueño de la vigilia. A
quién no le ha sucedido haber sufrido el terror de una persecución que terminó siendo un mal sueño, pero sentida con
la misma realidad que se experimenta en la vigilia.

Ahora bien, una vez puesto en duda el conocimiento sensible a partir de los dos argumentos precedentes, hará otros dos
argumentos respecto al conocimiento racional, que era la otra fuente o principio del conocimiento. La razón también suele
engañarnos, especialmente cuando hacemos razonamientos que tienen una serie de pasos. Escribe:
En vista de que hay hombres que se engañan al razonar y cometen paralogismos, aún en las más simple materia de
geometría, y juzgando que yo estaba tan sujeto a equivocarme como cualquier otro, rechace como falsas todas las razones
que antes había aceptado por demostración. (Descartes, 1980, pp. 71/72)

Siguiendo a Descartes podríamos pensar este sencillo ejemplo: si dijese que una casa construida por 10 albañiles se termina
en 10 días, estaríamos pronto a decir, con un simple cálculo matemático, que con 20 albañiles se tardará 5 días, y con 40, 2
días y medio, con 80, un poco más de un día. Es decir que si persistiéramos y sumásemos más albañiles la casa quedaría
construida en menos de una hora. Esto es absurdo por diferentes motivos, uno de ellos es la espera requerida en la
consistencia de ciertos materiales para que la obra continúe.

Aquí quien engaña es la razón, no los sentidos. Esto pone en vilo a los argumentos racionales, dejando abierta la posibilidad de
que todos sean falaces. Sin embargo hay otros razonamientos que no necesitan de pasos como los anteriores y complican más la
situación de los conocimientos racionales. El razonamiento anterior está dentro de los razonamientos mediatos, porque como
en el ejemplo de los albañiles lleva un proceso, tienen unos pasos que hacen que si algo falla en ese proceso se cometa error. Sin
embargo, como vimos, no fue difícil dudar de estos razonamientos. Al reanudar su indagación Descartes encuentra que hay otro
tipo de razonamientos que son inmediatos, que no requieren de pasos, no se desarrollan mediante un proceso, serían las
llamadas intuiciones, de las cuales su verdad parece indubitable. Una cuenta matemática extensa puede hacernos caer en el
error si equivocamos algo en su proceso, pero,

 ¿Sucedería lo mismo cuando decimos que “el todo es mayor que la parte”, o, “toda cosa es idéntica a sí misma”?
Pareciera que aquí es imposible la duda.
 ¿Cómo podría dudarse de estos denominados principios? Aparecen ante nuestra razón la imposibilidad de poner en
duda estas verdades, su verdad sería incuestionable.

Sin embargo, a pesar de ello Descartes había proyectado dudar de todo (carácter universal de la duda), por lo tanto de estos
principios también tendrá que dudar, pero ¿cómo? Es el instante en el que acude a un segundo argumento dentro de la crítica al
saber racional. Lo que va a hacer es exagerar la duda, la duda se va a hacer, como dijimos, hiperbólica: “Supondré *que+ algún
genio maligno de extremado poder e inteligencia pone todo su empeño en hacerme errar.” (Descartes, 1961, p. 48)

“En vista de que hay hombres que se engañan al razonar y cometen paralogismos, aún en las más simple materia de
geometría, y juzgando que yo estaba tan sujeto a equivocarme como cualquier otro, rechace como falsas todas las razones
que antes había aceptado por demostración” (Descartes, 1980, pp. 71/72)

El genio maligno y la primera Verdad con mayúsculas

En este momento Descartes, en el cual todos los conocimientos del mundo fueron puestos en duda introduce, para exagerar
dicha duda, una nueva herramienta de trabajo conocida como la hipótesis del genio maligno. Primeramente la existencia de este
genio es una hipótesis, lo que significa que nada garantiza su existencia como tampoco su no existencia. Este genio o ser
perverso lo que haría es hacernos creer una realidad equivocada, nos haría creer que 2 + 2 = 4 cuando podría ser 5. Nos
engañaría de tal manera que todo podría ser falso. En este sentido esta duda representa el punto más alto que la duda puede
alcanzar, la está forzando hasta su límite más exagerado. Pero es esta misma exageración que hace que la duda más radical, más
extrema, se convierta en certeza o certidumbre absoluta. Veamos como lo argumenta:

Inmediatamente después caí en la cuenta de que, mientras de esta manera intentaba pensar que todo era falso, era
absolutamente necesario que yo, que lo pensaba, fuese algo; y advirtiendo que esta verdad: pienso luego existo, era tan firme
y segura que ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos podían conmoverla, pensé que podía aceptarla sin
escrúpulos como el primer principio de la filosofía que andaba buscando. (Descartes, 1980, p. 72)

Es evidente que la perversidad y la astucia del genio maligno han encontrado un freno. En efecto, aunque me engañe, el genio
no podrá engañarme de algo, y es que mientras yo esté pensando que soy algo, lo sea. Podrá engañarme de quien sea pero no
de que sea. Aquí se daría la dialéctica engañador/engañado. Si hay un engañador tiene que haber un engañado. Yo que soy
engañado algo tengo que ser, sino el engaño caería en un no-ser, en la nada, y esto es absurdo. En la segunda de las
Meditaciones expresa:
Hay un no sé quién engañador sumamente poderoso, sumamente listo, que me hacer errar siempre a propósito. Sin duda
alguna, pues, existo yo también, si me engaña a mí; y por más que me engañe, no podrá nunca conseguir que yo no exista
mientras yo siga pensando que soy algo. De manera que *…+ siempre que digo ¨Yo soy, yo existo¨ o lo concibo en mi mente,
necesariamente ha de ser verdad. (Descartes, 1961, p. 52)

Así, con este refuerzo argumentativo expresado en su libro Meditaciones metafísicas, Descartes llega a la primera verdad
absoluta (pienso, existo), hacia la cual había orientado todo el empeño de su proyecto que abarcó desde su tarea destructiva de
todos los conocimientos hasta llegar a encontrar un cimiento firme desde donde construir o fundamentar el conocimiento
humano. Por más que la forcemos, por más hiperbólica que sea la duda, se topa con esta verdad absolutamente indubitable: “yo
soy, yo pienso”. Por eso como expresa Carpio:

El cogito, constituye el primer ¨primer principio¨ de la filosofía: primero desde el punto de vista gnoseológico y metodológico,
en la medida que constituye el primer conocimiento seguro, el fundamento de cualquier otra verdad *…+ y primero también
desde el punto de vista ontológico, porque me pone en presencia del primer ente indubitablemente existente –que soy yo
mismo en tanto pienso. (Carpio, 2004, p. 167

La cosa pensante y las ideas

Ahora bien, una vez llegado a la gran Verdad con mayúsculas: “sé que soy” es decir, que existo; Descartes se pregunta: ¿Qué es
lo que soy?

Examiné después atentamente lo que yo era, y viendo que podía fingir que no tenía cuerpo alguno *…+, pero que no podía
fingir que por ello yo no fuese, *…+ conocí por ello que yo era una sustancia cuya esencia o naturaleza toda es pensar…
(Descartes, 1980, p19)

Si, como dice Descartes, la esencia de mi yo es pensar, “soy una cosa que piensa”, entonces para poder determinar la naturaleza
propia de mi ser, tengo que determinar qué es el pensamiento, afirma entonces: “Entre mis pensamientos, unos son como las
imágenes de las cosas y solo a estos conviene propiamente el nombre de idea: como cuando me presento a un hombre, una
quimera, el cielo, un ángel o el mismo Dios” (Descartes, 1980, p 29). Prosigue con su análisis y llega a la conclusión de que entre
las ideas se pueden distinguir tres tipos:

 Las inadvertencias: Son las que provienen a partir de lo que observamos con los sentidos, como los colores, los
sabores, una nube, un hombre o un jarrón; es decir, nos vienen de afuera.
 Las ficticias: Ideas que pareciera que no pueden venir de afuera porque no parecen corresponder con nada real como
un centauro o una sirena; son por lo tanto, ideas producidas por mí, gracias a la imaginación.
 Las innatas: Ideas que no pueden provenir de realidades fuera de mi mente y que tampoco las pude haber producido
yo; por lo cual tienen que ser ideas que nacieron conmigo, es decir, son innatas.

Estas son las ideas matemáticas o principios lógicos, tales como el principio de no contradicción que afirma que una cosa no
puede ser y no ser al mismo tiempo. Aquí Descartes demostró la indudable existencia del yo, y su naturaleza como cosa
pensante, es decir, como conciencia.

Mentira la verdad IV: Descartes, Meditaciones Metafísicas

Es un capítulo de un programa de filosofía llamado Mentira la verdad, Se explican en él, utilizando la exposición y la
dramatización para explicar el camino que recorre Descartes en sus Meditaciones, para llegar al “Pienso, luego
existo”

Canal Encuentro (2016) Mentira la verdad IV: Descartes, Meditaciones metafísicas. Recuperado el 27 de noviembre
de 2019, de: [Link]

Cierre de la unidad
¿Cuál es el giro fundamental que marca el origen de la Modernidad?

El pasaje del teocentrismo al antropocentrismo.


Conclusión

Con la afirmación del cogito, Descartes coloca al hombre, a ser pensante y racional por excelencia como el centro en
torna al cual el mundo gira. La existencia indubitable del yo constituye la primera gran verdad absoluta, fundamento
indubitable de todo conocimiento posterior. Con este análisis se produce el pasaje del teocentrismo al
antropocentrismo, y esto determina el comienzo de la Modernidad.

Lectura obligatoria

 Carpio, A.(2004) Carpio, Adolfo (2004); Principios de Filosofía, Buenos Aires, Argentina, Editorial Glauco.
Capítulo VIII El Racionalismo. PP. 160-172
 Como, M. (2010); Fundamentos de la filosofía Occidental; Buenos Aires, Argentina; Leuka 2010. Capítulo V
La Filosofía Moderna: s. XVIII y XIX. PP. 77-86.

Introducción a la unidad
¿Cuál es una de las consecuencias del empirismo para la certeza en el yo?

Contenidos de la unidad

1- David Hume y el empirismo inglés.

En esta unidad, veremos el pensamiento de David Hume, filósofo empirista. El empirismo inglés es una corriente que
fue muy crítica con el racionalismo cartesiano. Esta corriente parte de la base de que la razón no es una facultad
ilimitada, como sostenían los racionalistas; por el contrario, ellos sostenía que todo el conocimiento proviene de las
percepciones sensibles. Hume lleva estos principios a su máxima expresión, y con ello, ataca de plano algunas de las
ideas base del racionalismo. Fundamentalmente, nos centraremos en la crítica a la certeza acercad e la existencia del
yo.

Convocamos a ver el video que contextualiza algunas de las cuestiones analizadas en la unidad. También,
recomendamos ver el video, leer el material de lectura del módulo articuladamente con la bibliografía obligatoria,
dado que todos los recursos se complementan.

Tema 1: David Hume y el empirismo inglés


David Hume nació en Edimburgo en 1711 y murió en 1776. Entre sus influencias más destacadas están John Locke (1632/1704) y
George Berkeley (1685/1753). Hume pertenece a la tradición empirista de la filosofía inglesa que, a diferencia de la filosofía
racionalista (Descartes, por ejemplo), tiene una preocupación menor por cuestiones metafísicas, dándole primacía a la
experiencia sensible.

Ahora bien: ¿qué significa participar de la tradición que sustenta la corriente empirista del conocimiento?

 ASPECTO PSICOLÓGICO: Primero, participar de la premisa de que todo conocimiento tiene su naturaleza o se origina en
la experiencia, y en particular en la experiencia de los sentidos, en la experiencia sensible.
 ASPECTO EPISTEMOÓGICO: En segundo lugar significa estar de acuerdo con la opinión de que todo conocimiento debe
ser justificado recurriendo a los sentidos.

Al mismo tiempo se mantuvo la creencia que afirmaba que no sólo el conocimiento se adquiere mediante la experiencia y se
justifica o valida a partir de ella, sino también de que no hay otra realidad más allá de aquella a la que se accede mediante los
sentidos. Esta afirmación, inscrita en el denominado naturalismo, pone en duda determinadas realidades metafísicas
inaccesibles a los sentidos, como por ejemplo Dios, alma, ideas platónicas, la existencia de una substancia o cosa, como una
realidad última que se mantiene idéntica y permanente, o el “yo”, el cual se mantendría constante a pesar de las alteraciones
anímicas como la tristeza o la alegría.

Para Hume, en cambio, la única realidad la constituyen las impresiones, que serían las percepciones o contenidos de
conciencia que recibimos de forma inmediata por los sentidos.

En otras palabras, las impresiones es lo que captamos por los sentidos aquí y ahora, de forma directa. Mientras que a las
percepciones que no son inmediatas –por ejemplo algo que no está presente, que no es actual– las apoda ideas. Antes de
comenzar a analizar las diferencias que existen entre ambas subrayemos que para John Locke (1632/1704), empirista como
Hume, venimos al mundo como una “tabula rasa”, como un pizarrón en blanco, y en la medida que vamos adquiriendo
“experiencias” ese pizarrón se va completando. En cambio para el racionalismo venimos con algunos conocimientos desde el
nacimiento, con las llamadas ideas innatas.

Una vez formulada esta diferencia entre racionalismo y empirismo, en función de volver a las mencionadas nociones de
impresiones e ideas, veamos cuáles serían los presupuestos teóricos de los cuáles parte Hume:

Todas las percepciones de la mente humana se reducen a dos clases distintas, que denominaré IMPRESIONES e IDEAS. La
diferencia entre ambas consiste en los grados de fuerza y vivacidad con que inciden sobre la mente y se abren camino en
nuestro pensamiento o conciencia. A las percepciones que entran con mayor fuerza y violencia las podemos denominar
impresiones; e incluyo bajo este nombre todas nuestras sensaciones, pasiones y emociones tal como hacen su primera
aparición en el alma. Por ideas entiendo las imágenes débiles de las impresiones, cuando pensamos y razonamos (Hume,
1984, p. 87)

En principio, vemos que las percepciones –que podríamos definir como todo contenido de la conciencia– varían según su grado
de fortaleza o de violencia. Así, las percepciones más débiles o ideas son copias de las percepciones fuertes o impresiones. No es
lo mismo estar sintiendo un dolor que recordarlo; tampoco lo es imaginar un estado de bienestar cualquiera que atravesar dicho
estado. Esto nos lleva a decir que toda idea a la base requiere de una impresión. A su vez señalará Hume que las impresiones las
podemos clasificar en impresiones de la sensación e impresiones de la reflexión. Las primeras provienen de los sentidos externos
(tacto, oído, etc.) y están referidas al mundo exterior.

Un ejemplo de éstas sería un olor, un sabor, un ruido. En cambio, las segundas, las impresiones de la reflexión, o capacidad de
la mente para percibirse a sí misma, hacen referencia a nuestro mundo interior. Una impresión de la reflexión sería la
situación de alegría que me embarga en este instante.

Ideas compuestas y su formación

Pasemos a hacer algunas precisiones a partir de la clasificación que realiza Hume de las impresiones y de las ideas:

 SIMPLES: No pueden descomponerse en unidades más simples. Un color, tanto como impresión o idea, es simple.
 COMPUESTAS (COMPLEJAS): Pueden descomponerse en unidades más simples. Una fruta como la naranja, tanto como
impresión o idea, es compuesta, pues es factible descomponerla en elementos más simples. En efecto, una naranja
posee olor, textura, sabor, color.

Ahora bien, cómo se formarían las ideas más complejas si a ello sumamos la afirmación de Hume de que toda idea deriva de una
impresión. Para Hume, las ideas compuestas se forman por medio de agrupación o combinación de ideas simples, por medio de
la “asociación” de ideas simples. ¿Qué significa esto?

Tomemos la idea de centauro, idea cuyo alejamiento de una percepción originaria o impresión es obvia. Sin embargo esta idea
se formó de una combinación o asociación que realiza el espíritu. De modo que el espíritu mezcla o compone, divide o une las
ideas simples. Lo hace mediante la asociación de ideas simples que sigue tres principios o reglas denominadas leyes de
asociación de las ideas: semejanza, contigüidad y causa y efecto. Hume las explica de este modo:

Creo que nadie dudará de que estos principios sirven para conectar ideas. Un cuadro conduce nuestros pensamientos hacia el
original [semejanza]; cuando se menciona un departamento de un edificio naturalmente se sugiere una conversación o una
pregunta acerca de los otros [contigüidad]; y si pensamos en una herida apenas podemos evitar que nuestra reflexión se
refiera al dolor consiguiente *causa y efecto+” (Hume, 1988, p. 58)
Una vez anunciadas dichas leyes de asociación o combinación, lo cual nos permite comprender cómo se forma en nosotros, con
la sola impresión, las ideas más complejas, estamos en condiciones de presentar dos argumentos para dar razón de que aún
nuestras ideas más débiles copian a las percepciones más intensas.

1- El caso de la idea de Dios podría servir de ejemplo para observar que aún las ideas más compuestas se apoyan en ideas
débiles copiadas de una impresión anterior. Si bien nunca pudimos haber tenido la impresión de Dios, sí es factible
tener frente a nosotros la presencia de un hombre bueno, sabio, bello, y elevadas esas cualidades al infinito se hace
viable representarnos la idea de Dios.
2- El segundo argumento va a remitirse a asegurar que la carencia de una impresión hace imposible la formación de una
idea. Es decir, si alguien de nacimiento nació sordo, no podrá formarse la idea del sonido agudo o grave. En efecto, si la
impresión falta, la idea también, pues, recordemos que toda idea deriva de una impresión, pues la pregunta siempre
vigente para Hume es “¿de qué impresión se deriva la supuesta idea?” (Hume, 1988, p.37).

En virtud de lo expuesto se abre la pregunta de ¿cuándo una idea tendría validez? Se podría inferir que una idea tendrá realidad
o, en otros términos, será válida objetivamente cuando copie exactamente a la impresión, es decir, cuando concuerde con la
impresión. La idea de centauro no sería válida debido a que no hay impresión de caballo y hombre a un mismo tiempo o a la vez.
En este sentido, la ausencia de dicha impresión indica que la idea carece de validez, no es objetiva. Aceptar estas aserciones
implica inmediatamente que nos preguntemos qué sucedería, para el empirismo que representa Hume, con las ideas
compuestas de causalidad, de substancia o cosa y de yo o alma, ya que estas son ideas esenciales para la postura racionalista.
Revisemos una de ellas, tan atinente a estudiantes de Psicología.

Crítica de la idea de yo o alma

De las tres ideas, vamos a hacer el recorrido analítico de una de ellas: la idea de yo o alma. Para ello, a continuación, iremos
transcribiendo un extenso párrafo que se encuentra en el Tratado de la naturaleza humana, más precisamente en el libro I,
parte IV, sección VI, titulado De la identidad personal. En él Hume examina la idea del yo, llevándonos a distintos tipos de
controversias:

Algunos filósofos se figuran que lo que llamamos nuestro YO es algo de lo que en todo momento somos íntimamente
conscientes; que sentimos su existencia y su continuidad en la existencia, y que, más allá, de la evidencia de una
demostración, sabemos con certeza de su perfecta identidad y simplicidad. La sensación más intensa, la más violenta pasión,
en vez de distraernos de esa contemplación –dicen– lo único que hacen es inculcarla con mayor intensidad, y llevarnos a
advertir la influencia que tienen sobre el yo, sea por dolor o por placer. Querer aducir más pruebas sería debilitar su evidencia,
pues no existe prueba derivable de un hecho de la que podamos ser tan íntimamente conscientes, ni queda nada de que
podamos estar seguros si dudamos de nuestro propio yo.” (Hume, 1984, p. 397)

Quizá la certeza de Descartes del yo como intuición que tengo de mí mismo –de un yo que existe realmente como cosa
pensante, que se mantiene como una cosa o substancia permanente e idéntica a sí misma a través de todos los cambios–
pareciera caer desplomada frente a la argumentación expresada por Hume.

Es decir, no habría evidencia alguna de nuestro yo, carecería de realidad, pues para él no parece haber ninguna impresión del
yo, o de esa substancia psíquica, más si recordamos que en Hume realidad es sinónimo de impresión. Hay impresiones de los
“accidentes” del yo, (tristeza, alegría, angustia), pero no del yo. Continuando su examen agrega:

¿De qué impresión podría derivarse esta idea [del yo]? Es imposible contestar a esto sin llegar a una contradicción y a un
absurdo manifiesto. Y sin embargo, esta es una pregunta que habría necesariamente que contestar si lo que queremos es que
la idea del yo sea clara e inteligible. Tiene que haber una impresión que dé origen a cada idea real. Pero el yo o persona no es
ninguna impresión, sino aquello a que se supone que nuestras distintas impresiones e ideas tienen referencia. Si hay alguna
impresión que origine la idea del yo, esa impresión deberá seguir siendo invariablemente idéntica durante toda nuestra vida,
pues se supone que el yo existe de ese modo. Pero no existe ninguna impresión que sea constante e invariable. Dolor y placer,
tristeza y alegría, pasiones y sensaciones se suceden una tras otra, y nunca existen todas al mismo tiempo. Luego la de idea
del yo no puede derivarse de ninguna de estas impresiones, ni tampoco de ninguna otra. Y en consecuencia no existe tal idea.
(Hume, 1984, p. 397)

El yo o alma en este sentido no sería un soporte de los estados psíquicos o accidentes del alma. Es decir, estos estados psíquicos
(la angustia, la tristeza, la alegría) no se “apoyarían” en algo llamado yo, como si éste permaneciese estable e idéntico con los
cambios de los estados anímicos, como si debajo de dichos estados de ánimos habría un “algo” simple y siempre idéntico a sí
mismo que nombramos con el término yo.

Término que haría referencia a una entidad existente, un yo como garantía ontológica. Es decir, mientras que la tristeza, la
alegría y las diferentes pasiones y sensaciones se sucederían discrecionalmente habría un ser que estaría siempre garantizando
el asiento estable de aquellos estados. Sigue Hume:

En lo que a mí respecta, siempre que penetro más íntimamente en lo que llamo mí mismo tropiezo en todo momento con una
u otra percepción particular, sea de calor o frío, de luz o sombra, de amor u odio, de dolor o placer. Nunca puedo atraparme a
mí mismo en ningún caso sin una percepción, y nunca puedo observar otra cosa que la percepción. Cuando mis percepciones
son suprimidas durante algún tiempo: en un sueño profundo, por ejemplo, durante todo ese tiempo no me doy cuenta de mí
mismo, y puede decirse que verdaderamente no existo. Y si todas mis percepciones fueran suprimidas por la mente y ya no
pudiera pensar, sentir, ver, amar u odiar tras la descomposición de mi cuerpo, mi yo resultaría completamente aniquilado, de
modo que no puedo concebir qué más haga falta para convertirme en una perfecta nada. Si tras una reflexión seria y libre de
prejuicios hay alguien que piense que él tiene una noción diferente de sí mismo, tengo que confesar que ya no puedo seguirle
en sus razonamientos. Todo lo que puedo concederle es que él puede estar tan en su derecho como yo, y que ambos somos
esencialmente diferentes en este particular. Es posible que él pueda percibir algo simple y continuo a lo que llama su yo, pero
yo sé con certeza que en mí no existe tal principio. (Hume, 1984, p. 397)

Recordemos que una idea tendrá validez cuando le corresponda una impresión semejante, si ésta faltase, la idea carecía de
objetividad. A raíz de esto podríamos preguntar: ¿qué impresión tenemos de nuestro yo?, o, ¿cómo es ese yo? Inmediatamente
caeríamos en la cuenta de que si bien tenemos impresión de nuestra tristeza o de la alegría que estoy viviendo en este preciso
instante como percepciones discontinuas y perecederas, no tenemos ninguna impresión de nuestro yo, el cual solo parece
presentarse “disfrazado” de alguno de los estados psíquicos. Pensemos un segundo, y reflexionemos acerca de qué pasaría si
nuestros estados psíquicos desapareciesen en su totalidad (la angustia, la alegría, el aburrimiento, la tristeza):

 ¿Seríamos capaces de asegurar la existencia de un yo? Es decir, quedaría “en pie” una cosa o substancia llamada “yo”,
sostén de los diferentes accidentes.
 ¿Tengo impresión de esa cosa llamada yo? O, reiteramos, solamente tenemos impresión de esos accidentes del yo o
alma: tristeza, aburrimiento, etc.

Parece esto bastante cierto si hiciésemos la experiencia de pensarnos libres de estados psíquicos, veríamos entonces que del yo
no tendríamos ninguna impresión, ya que éste se presentaría como algo diferentes a esos estados psíquicos particulares, y, sin
embargo, por más que busque, ninguna impresión aparece de mí mismo, ninguna impresión por fuera de aquellos estados. En
fin, la duda acerca de la existencia del yo crece y se materializa en esta crítica humana. Así lo que llamamos yo es solo la creencia
de un soporte en el que se despliega una sucesión vertiginosa de estados anímicos. Por eso parece anunciar que:

Dejando a un lado a algunos metafísicos de esta clase, puedo aventurarme a afirmar que todos los demás seres humanos no
son sino un haz o colección de percepciones diferentes, que se suceden entre sí con rapidez inconcebible y están en un
perpetuo flujo y movimiento (Hume, 1984, p. 397).

¿Cómo se forma esta idea de un yo? Podríamos decir que el hábito nos conduce a la creencia de que ese flujo de estados
psíquicos que se suceden con vertiginosidad se encuentra unido por una cosa que llamamos yo. Es decir que habría algo
permanente, siempre idéntico que sería el soporte donde se apoyarían las impresiones de la reflexión. Suponemos un algo
constante, pero solo tenemos, desde las indagaciones de Hume, percepciones de impresiones simples. La idea de yo no derivaría
de ninguna impresión, pues solo se tienen impresiones de alegría, de tristeza, angustia, pero ninguna impresión de lo que
llamamos yo.

David Hume- La aventura del pensamiento

Es un capítulo de un programa conducido por el filósofo español, Fernando Savater, en el que desarrolla aspectos
fundamentales de la vida y el pensamiento de David Hume. Sirve para completar y contextualizar algunos de los aspectos
tratados en la unidad.

tijobrae2 (s/f) Cap06- David Hume- La aventura del pensamiento. Recuperado el 27 de noviembre de 2019 de:
[Link]
Cierre de la unidad
¿Cuál es una de las consecuencias del empirismo para la certeza en el yo?

El yo pierde solidez, es sólo una idea especulativa.

Conclusión

Hemos visto, hasta aquí, el pensamiento empirista de David Hume. Se desarrolló la conformación de las ideas complejas a partir
de la percepciones directas; hasta llegar a la consideración de la debilidad de la idea de yo. Esta crítica, que confronta
directamente con el pensamiento de Descartes, quien había concluido la existencia absoluta del yo como primera gran verdad.
La postura de Hume abre la puerta a las teorías posteriores que criticaron la unidad sustancial de la conciencia.

Lectura obligatoria

 Carpio, Adolfo (2004); Principios de Filosofía, Buenos Aires, Argentina, Editorial Glauco. Capítulo IV completo
y Capítulo IX. PP. 181-193 y 195-196.
 Como, Martha (2010); Fundamentos de la filosofía Occidental; Buenos Aires, Argentina; Leuka. Capítulo V.
PP. 90-96 y 98-99.

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