Emil Cioran
Cioran
Emil
colección condición humana
Sobre Emil Cioran: Emil Cioran compuso las anotaciones, aforis- Emil Cioran, uno de los pensadores europeos más leí-
«Cioran hace pensar y, sobre todo, hace mucha
compañía.»
mos y fragmentos que conforman Ventana a la
nada hacia 1944, cuando el genial y prodigioso
VENTANA dos y citados por los públicos más diversos, nació en
Rasinari (Rumanía) en 1911 y falleció en París en 1995.
VENTANA A LA NADA
Javier Cercas
intelectual rumano llevaba siete años «pudrién-
dose gloriosamente» en el Barrio Latino de Pa-
A LA NADA Estudió filosofía en Bucarest y, tras una corta estancia
en Berlín, recaló en París en 1937, donde se instaló has-
ta el final de sus días. Tusquets Editores ha publicado
«Su prosa es un caudal de hallazgos estilísticos y gol- rís, según propia confesión. El manuscrito que- la casi totalidad de su obra, en la que destacan títulos
pes de ingenio.» dó abandonado sin, apenas, más revisiones, y no como Cuadernos. 1957-1972 y En las cimas de la deses-
Rafael Narbona será redescubierto hasta muchos años después peración, con los que iniciamos la Biblioteca Emil Cio-
en la Biblioteca Literaria Jacques Doucet de la ran en 2020.
Sobre Cuadernos. 1957-1972: capital francesa.
«Un volumen formidable. … En cualquier página
A lo largo de estas páginas, Cioran destila un co-
por la que se abra puede dar comienzo una lectura de
rrosivo (mal)humor transido de infinita nostalgia
cinco minutos o de una hora, tan rica que cada vez será
como si nunca antes se hubiera visto esa página.»
por una nada que es fuente de infinitas posibilida- Biblioteca Emil Cioran
des. Desengañado a menudo, escéptico casi siem-
Antonio Muñoz Molina, Babelia, El País
pre, el autor transita como un dios ocioso a través 5/3
«Uno de los más grandes escritores en lengua france- de sus obsesiones: la vida como una herida lace-
sa; uno de los filósofos imprescindibles del siglo xx.» rante, el papel lenitivo del arte y la convicción de
Patxi Lanceros, La Esfera de Papel de El Mundo
que la intensidad es la única excusa de una existen-
cia efímera.
«Un observador profundo e inmortal.»
Toni Montesinos, La Razón
PVP 18,00 € 10272468
Ilustración de la cubierta: © Chamo San
9 788490 669143 Diseño de la cubierta: Planeta Arte & Diseño
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Emil Cioran
VENTANA A LA NADA
Traducción del francés de Mayka Lahoz
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Título original rumano: Fereastra spre nimic
Título original francés: Fenêtre sur le rien
1.ª edición: febrero de 2021
© Éditions Gallimard, París, 2019
© de la traducción: Mayka Lahoz, 2021
Reservados todos los derechos de esta edición para
Tusquets Editores, S.A. – Avda. Diagonal, 662-664 – 08034 Barcelona
www.tusquetseditores.com
ISBN: 978-84-9066-914-3
Depósito legal: B. 294-2021
Fotocomposición: David Pablo
Impresión y encuadernación: Unigraf, S.L.
Impreso en España
Queda rigurosamente prohibida cualquier forma de reproducción, dis
tribución, comunicación pública o transformación total o parcial
de esta obra sin el permiso escrito de los titulares de los derechos de
explotación.
El papel utilizado para la impresión de este libro está calificado como
papel ecológico y procede de bosques gestionados de manera sostenible.
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Índice
Prólogo de Nicolas Cavaillès . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
Ventana a la nada. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13
Apéndice
«Fragmentos» (1948). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 221
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Ventana a la nada
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El imbécil basa su existencia en lo que es. No ha des-
cubierto lo posible, esa ventana a la Nada...
La imbecilidad es el arraigo supremo, innato, una
indistinción de la naturaleza, y se vanagloria de los
peligros que ignora. Puesto que no hay nadie menos
oprimido que el imbécil, y la opresión es señal de un
destino alejado de la indolencia y del anonimato de la
felicidad.
Los celosos sufren de un exceso de imaginación. Se
complacen en lo que no ven. Los celos no son más que
el tormento de los sentidos en lo invisible. Nada los
perturba más que la certeza. Un celoso absolutamente
seguro de no ser engañado no puede amar, porque no
podría hacer nada sin la tortura de lo probable. En
una época de suplicios en la que la tentación de la
mujer no definiera su aliento, sería un mártir. Hay en
los celos un deseo [dor]1 de sufrir a toda costa.
1. Cioran emplea aquí el término «dor», sin equivalente en
francés pero que a menudo se compara (lo hizo Cioran) con la
saudade portuguesa o bien con la Sehnsucht alemana: está em-
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*
El más mínimo pensamiento presente en el seno de
la sexualidad refleja insinceridad. Las mujeres saben
muy bien por qué sienten horror por los filósofos...
La mayoría de la gente cuya boca se deprava oculta
así la vergüenza que siente al decir: corazón. Chapo-
tea en la pornografía por exceso de pudor. He encon-
trado más lágrimas entre los cínicos que entre aque-
llos que tienen el deseo en los labios.
Solo he tenido tiempo para las decepciones. Lo que
no tenía que ver con ellas me parecía ofrecer un res-
piro insultante para el sudor de los mortales. Cuando
hacer algo —hacer cualquier cosa— es una fuente de
angustia, la amargura se convierte en la justificación
de tu ausencia.
parentado con «el deseo doloroso, con el duelo, con la tristeza,
con la melancolía, con la nostalgia, con la languidez, con la
morriña, con el estado afectivo del deseo erótico, con el dolor
interior» (según Anca Vasiliu en el Vocabulaire européen des phi-
losophies, Seuil / Le Robert, París, 2004, pág. 326). Cioran le
consagró un artículo publicado en 1943: «Le “dor” ou la nostal-
gie» (en Œuvres, Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, París,
2011, págs. 1259-1263). (Todas las notas corresponden a la edi-
ción original francesa.)
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¿Qué pueden esperar aún de un hombre que desde la
aurora hasta el crepúsculo se esfuerza en convertir en
definición cualquier absurdidad constatada bajo el sol?
Solo he conocido una pródiga e insistente languidez
[dor] por las mujeres y por la nada.
Me he tomado la muerte en serio. Me he impuesto
sobre ella.
Nuestra incapacidad para aullar hace de nosotros
unos asesinos virtuales.
No hay nada, en todo aquello que le sucede a la gente,
que merezca ser elevado al rango de concepto. En
todas partes no son más que cosas de los sentidos...,
pero que se redimen en su locura. La intensidad es la
única excusa de esta vida efímera.
Caminando por la calle, a menudo me hago pregun-
tas sobre el esfuerzo cultural que priva a los mortales
de los escupitajos de asco o de piedad que inspiran, y
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me pregunto si la sinceridad tiene un enemigo mayor
que la urbanidad...
Esas banales melodías que transforman el último ele-
mento de nuestra sangre en símbolo de lágrimas, y
ciudades costrosas en Venecias, e intoxican nuestro
aliento con su irrealidad...
Fuera del amor y del sufrimiento, el universo parece
un triste marco forjado por la imaginación de algún
topo.
Ninguna palabra bajo el sol está a la altura del alma.
Y cuando falta la clave de la locura sonora, se en-
cuentra en el pesar [dor] de las lágrimas un consuelo
a esa impotencia lingüística.
Lo sublime lo pierde todo cuando es expresado. No
tiene estilo. Trasladados a la palabra humana, los úl-
timos paisajes de la naturaleza o del corazón se ase-
mejan a desastres de mal gusto, o bien a terribles bo-
badas. La perfección excluye cualquier susurro.
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El encanto de la música nos colma porque esta flota
por encima de la bajeza de las existencias controla-
das. Escapa tanto al ser como al no ser. Es el único
arte que tiene que ver no con lo que existe, sino con
nuestro devenir en lo irreal.
Esas horas que pasas consumido por el ardiente re-
mordimiento de no haber encontrado un lugar donde
morir, de haber arruinado tu final por pereza... Son
las horas del amor.
Entre todas las fórmulas de la salvación y yo se inter-
pone un alma que está tan empapada de nada como
de existencia.
La muerte es la prolongación —sin conciencia— de
un implacable insomnio..., una vigilia eterna fuera del
espíritu.
El amor es la demencia de las fosas nasales. Ese efí-
mero aroma de carne y de putrefacción...
... Pero sin él, respirar sería una depravación in-
decible.
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*
Las mujeres me han inspirado más la sensación de
mi desaparición que todos los cementerios de la Tie-
rra. Si no, no habría multiplicado los argumentos
para excusar a esa criatura accidental, contra la evi-
dencia del vacío.
El hombre se salvaría si las lágrimas sobrevivieran a
los ojos. Pero de Níobe y de Hécuba no hemos hecho
más que estatuas. Las mayores compasiones solo du-
ran lo que dura un monumento.
No habría sacrificado tanto tiempo al amor si no hu-
biera visto en él la prueba más solemne y más inútil
que existe bajo el sol. Desde el encuentro de Adán con
Eva, la cadena de la vanidad suma un eslabón con
cada desesperación.
Cada mañana, mis ojos se abren con más curiosidad
que el primer día de la Creación del mundo y con más
indiferencia que el día de su Finalización.
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Las ideas, las cosas o la gente solo me atraen por su
grado de imposibilidad.
Me han gustado todas las creencias hasta el momento
en que han empezado a predicar la salvación. Sus pre-
guntas y sus constataciones son magníficas, pero man-
chadas en la parte «positiva» de sus soluciones. La re-
ligión concierne al hombre, a la gente; la poesía, al
individuo. Así que la poesía es, de todas las mentiras
que traman los mortales, la que menos miente. Nin-
gún verso ha ofrecido nunca nada a nadie. El consuelo
—incluso negativo, como en el budismo— refleja la es-
trechez filosófica de un deterioro en la fórmula, en la
seguridad que ofrece cualquier fórmula, mientras que
un verso te deja en una soledad acrecentada y más ver-
dadera.
La carne nos inspira una vacilación entre el desvane-
cimiento causado por sus encantos y un asco sobre-
natural. El amor descansa directamente en una con-
tradicción actual y sin salida.
Entre la vigilia y el sexo la oposición es más pro-
funda y más necesaria que entre Dios y el Diablo.
Si hubiera podido llorar por mi existencia, haría ya
mucho tiempo que me habría convertido en un filó-
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sofo racionalista. Pero las lágrimas sin ejercicio se
interponen entre cualquier homenaje al espíritu y yo.
Con excepción de Bach, cualquier arranque sonoro se
parece a una breve cantinela farfullada.
El tiempo es un hijo bastardo de nuestro embrutecido
corazón, venido al mundo para secar nuestra sangre.
En el insomnio, el cuerpo expía el espíritu.
El tiempo desenrolla el hilo del alma entre la repug-
nancia y la idolatría.
El lenguaje mudo del horror es la lengua materna del
silencio.
Dichosos los momentos en los que resisto al desvane-
cimiento en la poesía gracias al pudor del concepto,
gracias a la teoría..., acto de decencia, rechazo del sus-
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piro... Cuando se sabe suficiente filosofía para conse-
guir no ser ya uno mismo, ¿para qué sirve el pensa-
miento, si no es para ser otro?
Alguien debería emplear un arranque de honestidad
y sinceridad para afirmar esto:
Todo lo que los otros piensan me parece absur-
do..., sacado de la nada y sin fundamento. Lo que
hace sufrir a fulano, sus preferencias, sus decisiones,
no lo entiendo. El mundo se compone de vecinos im-
penetrables. Los otros han sacrificado su vida por
nada; lo Importante no lo ha descubierto nadie, nadie
se ha dedicado a ello. A mi alrededor observo desti-
nos sustituibles; nada decisivo ni irrevocable.
El otro se equivoca; el fracasado es el vecino. ¿Por
qué hace lo que hace? ¿Por qué no ha comprendido,
por qué no ha renunciado? En mi fuero interno, creo
que las calorías de entusiasmo o de desesperación
consumidas por el prójimo lo han sido en vano. ¿He
conocido alguna vez un solo destino que sea envidia-
ble? Todos nosotros envidiamos nuestra propia suer-
te. Por eso queremos vivir, sea como sea, a toda costa.
Puesto que el Yo es el absoluto cero de la criatura,
que esta no puede reemplazar por ninguna Divinidad.
Porque aplaza la muerte como problema, el hombre
conoce su salvación cotidiana, su dulce somnolencia
ante lo ineluctable.
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*
La enfermedad es la cima suprema a la que puede
acceder un cuerpo orientado hacia el espíritu. El gra-
do de resistencia a sus tentaciones indica el nivel de
conciencia alcanzado, así como la cantidad de positi-
vo de la que se es capaz. Saber extraer las virtudes de
una carne envuelta en muerte, sacar fruto de un pen-
samiento enfermo.
De los paisajes de la vida solo he probado los placeres
ilegítimos. Nunca me he considerado otra cosa que
no sea su hijo bastardo.
Como el espíritu nunca ha encontrado en su celo una
ley que compagine la devoción con el desenfreno de
los sentidos, el corazón toma sitio en el incalculable
espacio que separa el universo y el orden.
El estupor..., invariante de la soledad.
El esquema formal del corazón es menos válido que
la geometría de un espectro.
24
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*
Aquel que ha ascendido hasta la conciencia de la indi-
sociabilidad del pensamiento y la palabra considera
todo lo que no es estilo como el alimento espiritual de
los rebaños. Se necesitaría un Tratado de Expresión
que retomara el antiguo texto «En el principio fue el
Verbo» para darle un sentido literal. De la teología cae-
ríamos en el universo de las palabras, el único que nos
protege, con sus delicados pulidos, contra la banalidad
a la que nos obligan lo absoluto, la sinceridad y el mal
gusto. Los esfuerzos lingüísticos puros de cualquier
accidente sensorial extraen el Sentido al margen del
aburrimiento y de sus inconvenientes y lo hacen difícil
de comprender, paralelo a la pequeñez de la evidencia,
e incluso más allá. Con esos dorados con los que luego
cubrimos las palabras olvidamos que estas se han des-
prendido del alma, al igual que nuestro hastío.
Sentir nuestra putrefacción interior, vivirla como una
enfermedad, nos da la ilusión de salud. Puesto que
la enfermedad es activa, tiene un nombre, tiene un
destino, mientras que la deshiladura pasiva de nues-
tros miembros nos saca fuera del marco de los actos.
Soportar un mal que hemos comprendido significa
participar en el ritmo del devenir; sobrellevar uno que
sea incalificable nos arroja a las tinieblas anónimas
de la materia. Tal vez por eso la enfermedad es un
remedio eficaz contra el aburrimiento, mientras que
nuestra putrefacción interior nos engloba en su seno.
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*
La salud es una enfermedad incompleta.
El secreto de este vasto mundo sigue siendo impene-
trable para nosotros porque nadie ha encontrado la
fórmula de su sed de desaparición. El mismo mundo,
que todavía no sabe desaparecer, tampoco la ha en-
contrado.
Cada gota de pensamiento cava en el espacio la tum-
ba de otro pensamiento.
Levántate hasta el punto en que todo quede detrás de
ti..., empezando por ti mismo.
Esas miradas nostálgicas y maternales en las que te
hundes, embriagado, que te consuelan del destino
que soportas y del que podrías soportar... Los ojos
—y no la metafísica— nos curan del mal que acecha
nuestro desequilibrio esencial.
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Estremecimientos que surgen como una respuesta
inesperada a las fuerzas que han reprimido nuestros
impulsos de autoanulación. El tipo de seísmo que su-
pera las bromas de la naturaleza y que disminuye el
sentido o el peso de cualquier epidemia. Las profun-
didades en cuyo seno el suicidio se lamenta y descar-
ga la rabia de un pecado incapaz de alcanzar su últi-
ma forma.
Desde que las sacudidas de un amargo ideal me des-
pertaron del sueño de la vida, grito por todos los con-
fines del mundo la nada que me ocupa, nebuloso
tambor de mi propia ausencia. La sospechosa noble-
za de ese despertar es un luto que el espíritu no po-
dría abrazar sin abandonarse él mismo al olvido. De
esa dulce muerte uno se despierta aureolado con el
nimbo de una Resurrección maldita. El sueño es una
dote que, una vez perdida, no podrá ser reemplazada
por ninguno de los señuelos de la fe; la criatura opri-
mida coge cariño a su opresión, dado que no tiene a
nadie a quien pedir cuentas.
Estar o no estar dentro de la quimera. Cuando uno se
sacrifica a sí mismo y los sacrifica a ellos también, el
alma, el pueblo, la ciencia, la religión existen. Víctima
efectiva e inconsciente del tiempo, a la que se hace
responsable de las capacidades y de los excesos de las
delicadezas, sin la mancha del conocimiento...
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Pero cuando el espíritu asciende hasta la indife-
rencia de un bostezo y nivela los paisajes en su inim-
portancia, una ojeada arqueológica a los estratos del
ser nos lo muestra como un pasado que no ha tenido
lugar. ¿Hemos fundado nuestra existencia en un mito?
En el mito de la existencia.
La vida, los insaciables incendios de la carne y sus
extremas extenuaciones, los rayos del deseo y las gla-
ciaciones del espíritu, todo eso forma un sistema de
quimeras cuya frecuentación agranda nuestro cora-
zón, disminuye nuestro orgullo y nos hace crecer en
el ser y enflaquecer en la gloria. Saber y ser no pue-
den cohabitar en el flujo de nuestra sangre, cuyo co-
nocimiento es una sordina fatal. Mientras alimenta
esa fantasmagoría, el hombre se jacta de existir; pero,
cuando ya no quiere ni puede, se vanagloria de su
soledad en la nada.
El corazón prolonga su débil gemido y su alboroto
hasta que las señales del universo le revelan su insig-
nificancia. Sus latidos se vuelven entonces escasos,
como el aire y el espacio declinan alrededor del pen-
samiento que se ha desprendido del espectro y del
pretexto del ser.
El éxtasis constituye la única posibilidad de irrumpir
ingenuamente en lo irreal. Y la mística, la única ma-
nera de consolarse —con la nada— de la nada.
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*
Esos bancos en los que has tendido horizontalmente
tu aflicción... Esos jardines que podrían acoger la
imagen o la voz de tus menoscabos interiores, esos
estanques, esas fuentes y sus melodías líquidas, de
donde podría manar el lamento que tu alma no ha
vertido en ningún otro lugar del mundo.
Cada día, cada hora, cada instante rebosa de sufri-
miento y de tormento. Cuando se ven las cosas con
perspectiva, sin embargo, una mirada sutil sobrevue-
la los dolores y redime el infierno atravesado con un
consentimiento extraño. Cada uno de nosotros cree co-
nocer el destino más cruel, luego cada cual se discul-
pa por él y lo adorna retrospectivamente, hasta que
corre sobre ese destino que ha destruido su fortuna el
tupido velo de una suerte irreal. Esa indulgencia pa-
rece sugerir que la vida solo es posible a través de las
deficiencias de la memoria. Sin la disgregación —vi-
tal— de los recuerdos, o del recuerdo de nuestros su-
frimientos, el pasado resurgiría en nuestra miseria
actual y agravaría fatalmente la imposibilidad pro-
pia del instante presente. A la vida en general le damos
un sí que constantemente le negamos en particular.
La soportamos como totalidad, aunque no se trate más
que de una suma de cosas insoportables. Es la su-
perstición de un sol en un destino de tinieblas.
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La naturaleza nos ha dado el sueño, inconsciencia re-
versible, para curarnos del daño que el estado de vi-
gilia inflige a la materia. Aquellos que han perdido el
sueño son excluidos de los beneficios de ese resta-
blecimiento cotidiano, y arrastran consigo, en el seno
tanto de sus noches como de sus días, su sed de des-
canso, incapaces de encontrar una compostura tras
unos párpados siempre entreabiertos. Y cuando un
adormilamiento los sustrae provisionalmente de su
adversidad, sueños bañados en sudor y atestados de
monstruos fatigan su cuerpo con menos piedad aún
de lo que lo hace su celo cuando no duermen. Las pe-
sadillas escarban en la materia de la salud y carco-
men la semilla de su equilibrio, como la médula de la
mañana. ¡Ojalá pudieran por fin deslastrarse de esos
sueños engendrados en la angustia de la carne y en
un alma horrorizada de sí misma, de todos esos sue-
ños que se han depositado en el fondo de su concien-
cia como las heces de su interminable infierno noc-
turno, para purificarse de la herencia de todas esas
noches desaparecidas en la presencia subterránea de
un veneno de lucidez! Se curarían súbitamente de ese
desafortunado descanso, tan turbio, en cuyo seno el
tiempo aplasta cualquier esperanza acumulada; ya
no tendrían necesidad de aumentar con un exceso de
suspiros el fardo de su remordimiento y de su conde-
nación.
La naturaleza nos ha ofrendado todas las noches.
Para algunos, estas permiten una huida balsámica
fuera del propio destino; para otros, no son más que
los diferentes e ineluctables rostros de un mismo des-
tino.
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*
A veces desearía un universo menos dependiente del
misterio que un ballet de Rameau.
La música deshace la antinomia de un infinito actual.
Todo es reversible, salvo el dolor.
En los tiempos en que pisoteaba con indolencia el
tormento del alma, el Estremecimiento pesaba más
que la Palabra en la balanza del deseo. Entonces
creía que, si multiplicaba en mi sangre y en mi supli-
cio las vibraciones de todo tipo, estas acrecentarían
mi talento y mi gloria. El suspiro sublimado con una
pomposidad infernal y el ceño fruncido por encima
del caos me ahorraban el recurso al lenguaje. El grito
me revelaba a mí mismo con más autoridad que el
acorde del espíritu condensado en una frase. En esa
confusión de los sentidos, yo todavía ignoraba el po-
der de esculpir en la palabra alguna estatua sonora.
Luego vinieron el Verbo, guardián del corazón, y el
esfuerzo tendente al Verbo, como una necesidad de
aplacar los estallidos interiores y de consolidar las
distancias mantenidas con respecto a uno mismo.
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*
Nacido para no comer ni saborear en este bajo mun-
do el más mínimo fruto que esté desprovisto de vene-
no o de gusanos. Los sentidos, que lo desgracian todo
—con el desmoronamiento general de las cosas y la
pérdida de su forma natural—, no puedo conocerlos,
ni tampoco los paisajes del mundo, desportillados por
un yo envenenado. Como el pensador antiguo, tiendo
a creer que el alma fue arrancada del fuego, pero en
modo alguno para comulgar con los fundamentos del
ser, sino solo para que se consuma. Puesto que la
fuerza del alma es su necesidad de cenizas.
Compadecida de las Tinieblas, la Luz descendió para
salvarlas, pero finalmente fue vencida por ellas. Esta
es la fábula que se cuenta en uno de los tratados ma-
niqueos consagrados al mal en este bajo mundo.
Ese proceso prosigue en cada uno de nosotros. La
Luz entra en el alma para purificarla, y luego se pierde
en ella para siempre. Explicación no menos arbitraria
que la de la antigua fábula. Pero ¿por qué deberíamos
renunciar a nuestros caprichos cuando explicamos la
Caída?
Hacemos todas las distinciones por nuestra propia
voluntad. La confusión universal nos obliga a ese su-
plemento de inutilidad. El análisis es un lujo que el
hombre cultiva para demostrarse a sí mismo que do-
mina todas las definiciones..., excepto la de su propia
razón de ser.
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*
Nada nos merma menos que la ausencia de locura.
El inconmensurable error de los que piensan que el
orgullo del hombre se debe a la imagen que este se
hace del mundo y a su postura hacia ella. ¿En qué
medida ha sido debilitado por la cosmología moder-
na? Frente a las grandes dimensiones, ni la Tierra ni
el humano pueden aspirar a la realidad. La ciencia se
esfuerza en demostrar su invisibilidad. Pero ¿en qué
momento alcanzó la altanería de la criatura esas in-
mensas proporciones? El orgullo es la respuesta del
hombre a su irrealidad, y sus actos, su lucha contra la
evidencia de su nada. En los tiempos en que la Tierra
era el centro del universo, no era necesario ni estaba
justificado reaccionar. Hoy, y mañana aún más, el
único soporte del ser es un yo infinito.
Desde los lamentos hasta las plegarias, hay, bajo cual-
quier prosa y más allá de ella, vías de comunión para
las almas heridas, excluidas del equilibrio de las pala-
bras y que nunca han conocido la más mínima gota
de sangre o de sudor en reposo.
La música es la derrota suprema en la forma, pa-
tria invisible de todos los gafes, estación absoluta de
esa prosa solidificada que se llama «existencia».
33
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*
De todas las invenciones del espíritu, ninguna de las
que están impregnadas de fe, de ardores o de «ideales»
ha vencido al tiempo. Las que ha aireado el entusias-
mo de los mortales nos parecen ridículas o penosas.
¿Hay un solo pensamiento «elevado» que no parezca
fastidioso para una mirada intransigente? Soportamos
los tonos patéticos del pasado solo como las exclama-
ciones de un destino inseparable de nuestro impase. La
Antigüedad sobrevive por sus desconsoladas reflexio-
nes, y no por las nobles soluciones de la Ciudad. Por la
tragedia, por los moralistas, y no por la moral.
La duración se solidariza con los pensamientos
que escatima la duda, con los puntos suspensivos de
la razón. El carácter escéptico de un espíritu pisotea
el tiempo, el cual, sin embargo, absorbe su inclina-
ción a la esperanza y tira a la basura del devenir cual-
quier producto de un pensamiento que haya favoreci-
do. Cualquier adhesión parece pueril, un magro fruto
de nuestra debilidad y de la indulgencia del paso del
tiempo, al igual que la fe, cualquier fe mediante la
cual el individuo cree rozar la eternidad, a la que en
realidad mata. La huida contra la ausencia —ideal-
mente—, ¿sería la mortaja que el hombre extiende
sobre su propia duración?
Solo las dudas perduran, puesto que las preguntas
sin respuesta coinciden con el estado de eterno in-
cumplimiento de la vida, y roban al tiempo el secreto
inscrito en su insoluble dimensión.
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Sería fácil para mí contener mediante algún subterfu-
gio este desánimo invasivo. Si las ideas están ahí, al
alcance de la mano de nuestra debilidad, es para ayu-
darnos a arrostrar el fardo que nos empuja hacia nues-
tro ataúd interior, hacia las mortajas con que se cubre
nuestra carne cansada. ¿No nos pasamos el tiempo
engendrando teorías con el único fin de perseverar,
gracias a ese refugio abstracto, más allá de nuestro re-
chazo interior? ¿Acaso no han sido concebidas todas
esas armas del espíritu por una cobardía sin igual?
... Pero permaneciendo idéntico a mí mismo, me
hundo en los cimientos de todas las tumbas. Basta
con liberar esas voces encerradas dentro de mí para
que el silencio se transforme en trompeta final del
enmohecimiento humano.
Si hay algo inexplicable, oscuro y sobrecogedor, es el
ritmo, es el empecinamiento del corazón en una co-
media que solo gusta a los sometidos.
Se detiene tanta gente a medio camino porque no se ha
ejercitado en la disciplina del aislamiento. Cualquiera
podría realizar grandes cosas con esa audacia. Pero
huir de la soledad es la mejor manera de permanecer
fuera de uno mismo. Y esa huida es una característi-
ca fundamental del hombre.
Cualquier vocación significa poder estar a solas
con uno mismo. Cada vez que ya no lo conseguimos,
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somos la sombra de nosotros mismos. Nunca hubo
en el pasado una ley de la existencia solitaria, ni un
camino que permitiera a los deseos contentarse con-
sigo mismos. Ante nosotros, los paisajes cambian
para excitar nuestra sed de algo más, como si el
alma hubiera sido hecha para el mundo, para lo que
no es ella.
¡Señor! No me has dado nada. Ni siquiera soy dueño
de mí mismo. El tiempo sigue siendo incomprensible,
como la sonrisa de un ciego, y me lo paso salmodiando
opiniones inconexas que no conciernen a nadie. ¿Es
posible que todo —y Tú el primero— no sea más que
la demencial perorata de un espíritu en plena caída?
Tus objetos —a veces superiores, a veces inferiores a
mis aspiraciones— no puedo tocarlos, y voy de un
lado para otro, entre la angustia y la indiferencia, con
mi ignorancia y con mi maldición.
Los tesoros ancestrales en los que Tú alojaste la
esperanza están hoy destruidos, en estos tiempos
horribles que someten mi destino a convulsiones sin
que la vida me conceda su piedad.
Mis ojos, desterrados de todos los paisajes, mis
labios, acorralados por los miasmas, los encantos y
las esencias, ya no me atrevo a unirlos, ni a forjar
una sensibilidad decente en las proximidades de mi
sangre.
Alrededor de este corazón, el Asco, el Odio y el
Hastío encabezan un baile infernal, y en su ruidoso
corro ahogan sus latidos. ¿Qué podría emanar de esas
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ciénagas sensoriales, o bien del aburrimiento en el
que se han encenagado mis miembros? En cuanto a
esas manos agotadas de haber cavado tanto para su
última morada, ¿con qué fuerzas podrían unirse en
una plegaria cuando todo —en este muy bajo mundo—
las degrada?
Incapaz de encontrar el más mínimo fruto en tu
herencia, mendigo ante la Nada las sobras de tus bie-
nes. ¿Cuál podría ser mi alimento, si me fallo a mí
mismo y me inflijo esta laceración por criaturas se-
dientas de amargura y de fracaso? Frente a todo lo
que podría haber sido, solo he conseguido tomar ca-
minos inoportunos, que me han alejado de mí mismo
y me han dejado desnudo en el vacío del tiempo.
Es suficiente con ser [C’est assez que d’être],*1 tenía por
costumbre decir Madame de Lafayette con su triste
delicadeza... El simple hecho de ser, tal como se sien-
te durante las crueles suspensiones de la duración, es
espantoso, en efecto, pues con la inmensidad de su
vacío empequeñece las visiones trágicas más sangui-
nolentas. Edipo o Macbeth palidecen ante algunas re-
velaciones existenciales inesperadas, que a veces nos
abruman, en los silencios del tiempo. Como si nues-
tra sangre coagulara y se petrificara, sin tener ya fuer-
zas para alimentar esta vida absurda; como si nues-
tros huesos se endurecieran y perdieran su validez, en
1. Los términos en cursiva seguidos de un asterisco están
en francés en el texto original.
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lo sucesivo incapaces de llevar durante mucho más
tiempo el fardo de nuestros miembros a través de las
extensiones de la duración... El aburrimiento es una
tragedia sin conflicto, es un conflicto virtual; su falta
de desenlace arroja al individuo a lo insoluble, a un
abismo de inmortalidad sin fondo, mientras que el
héroe —que ignora la servidumbre de lo posible—
avanza con precisión y con seguridad hacia su fin.
Los pensamientos humanos son inscripciones mor-
tuorias cuyas reverencias no están dirigidas más que
a la Lombriz, la única que saca provecho de la eter-
nidad.
Nuestras tristezas prolongan en el tiempo el secre-
to inconcluso que la sonrisa de alguna momia al-
berga.
Conocer su cerebro, en eso se agota el drama fisioló-
gico del hombre.
Los únicos instantes favorables son aquellos que nos
expulsan fuera del tiempo.
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