Lucely Obando Cabezas
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El PSICÓLOGO
EN EL CONTEXTO
HOSPITALARIO.
UN PROFESIONAL
DE LA SALUD
IMPRESCINDIBLE
C ITA ESTE CAPÍTU LO
Obando Cabezas, L. (2020). El psicólogo en el contexto hospitalario. Un profesional
de la salud imprescindible. En Obando Cabezas, L. & Ordoñez, E. (Eds. científicos).
Reflexiones y experiencias en la psicología en contextos de asistencia médica. Un análisis
desde la psicología social de la salud (pp. 18-40). Cali, Colombia: Editorial Universidad
Santiago de Cali.
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El psicólogo en el contexto hospitalario
Un profesional de la salud imprescindible
CAPÍ T U LO I
El PSICÓLOGO EN EL CONTEXTO
HOSPITALARIO. UN PROFESIONAL
DE LA SALUD IMPRESCINDIBLE
Lucely Obando Cabezas
Universidad Libre Seccional, Cali
Orcid: https://orcid.org/0000-0002-8770-2966
“Tantos años de trabajo en el hospital me enseñaron a dar más
que a recibir, me enseñaron que una sonrisa de agradecimiento
de un paciente, de un colega, de un médico son nuestra mejor
retribución y feedback de que estamos trabajando bien y con
mucho amor. Hacer Psicología en las instituciones hospitalarias
nos hace ser mejores seres humanos y mejores profesionales”.
Bárbara Zas (2011)
Introducción
C
onsiderándose como un hecho observable que los psicólogos
todavía no tienen claramente reconocido un lugar indiscutible
y vital en el sistema institucional sanitario del país, en el
siguiente texto se realiza una reflexión sobre las posibles causas de
esta situación. Se recogen en el texto variadas razones que intentan
reafirmar la importancia de este profesional en el medio hospitalario,
señalando al final que los psicólogos deben aprender a asumir como
parte de su cotidianidad, un vínculo profesional irremediablemente
conflictivo y expuesto a tensiones en las instituciones sanitarias al
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Lucely Obando Cabezas
ser infranqueables toda la serie de divergencias que se dan entre
los principios fisiológicos y materialistas que promueven en estos
espacios la medicina tradicional y una psicología imbuida y formada a
partir de otros principios, comúnmente nombrados como metafísicos.
La inclusión de la figura del psicólogo en los entornos hospitalarios
es un logro que todavía no termina de concretarse. Aunque desde
el congreso en el que se constituyó la Organización Mundial de
la Salud (WHO, 2006) se estableció que en los procesos salud-
enfermedad estaban implicados elementos psicológicos, físicos y
sociales (Garibay y Hernández, 2003), este supuesto no fue suficiente
para que se pensara al psicólogo como una pieza fundamental en
los entornos de salud pública. La historia de la efectiva inserción de
la psicología en los contextos institucionales de salud es realmente
corta (Duque, Grau y Hernández, 2005) y efecto de una intensa lucha
que ha implicado cambios notables en el proceder profesional de
quienes laboran en el sector de la salud, incluyendo a los mismos
psicólogos.
Oficialmente se señala que la psicología de la salud nació en los
Estados Unidos de Norteamérica en la primera mitad de la década del
setenta del siglo XX, hace un poco más de 40 años (Piña y Rivera, 2006),
fecha equivalente en Colombia, cuando se empezaron a desarrollar
aplicaciones clínicas de Biofeedback en instituciones de salud, en
el marco de lo que se conocía como medicina comportamental,
para mejorar el tratamiento médico de ciertas afecciones orgánicas
como la hipertensión arterial, el dolor de cabeza tensional, y las crisis
asmáticas en niños, entre otros (Flórez, 2006). Según lo menciona
Flórez, el movimiento de expansión de la psicología de la salud
en Colombia comenzó en la década de los años 80 en el siglo XX
cuando se crearon amplios grupos de trabajo profesional en centros
de atención en salud y surgieron las cátedras de psicología de la
salud en los programas formales de psicología, con el incremento
consiguiente de proyectos de investigación, programas de extensión,
y tesis de grado sobre tópicos propios de la psicología de la salud y
se empezaron a realizar foros, conferencias, simposios, seminarios y
congresos relacionados con la psicología de la salud (Flórez, 2006).
Sin embargo, aún con tales conquistas, diversas fuentes bibliográficas
registran que aún hoy día se mantiene la hegemonía del modelo
biomédico y no se le ha concedido al psicólogo una clara ubicación
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El psicólogo en el contexto hospitalario
Un profesional de la salud imprescindible
en el sistema de salud pública (Troncoso, & Suazo, 2007; Londoño,
Valencia y Vinaccia. 2006).
Un sujeto ajeno al entorno hospitalario podría creer que el principio
base para posibilitar el trabajo del psicólogo en un entorno
en que es el médico el actor principal de los procedimientos de
atención en salud es fácil de intuir. Por un lado, a la medicina y los
profesionales conexos se les asigna la labor de estudiar e intervenir
terapéuticamente al cuerpo, y por otro, a la psicología se le encarga
la tarea de realizar lo correspondiente con la mente. Este reparto
de funciones que parece connatural a lo que es el ser humano, en
aquellos escenarios institucionales de la salud pública en los que se
ha sostenido de modo tajante, se ha conducido a una trivialización
del trabajo del psicólogo, la mayoría de las veces visto como
innecesario en circunstancias en que la atención a lo corporal ha
sido lo primordial.
Por paradójico que puede parecer, el vínculo entre la medicina y
la psicología en contextos hospitalarios no se ha fortalecido ni se
fortalece de una aparente necesaria división del trabajo que se piensa
como obvia para una armoniosa relación profesional y una efectiva
consumación de los objetivos de intervención que asumen los
trabajadores de la salud. En ese orden de ideas, en el siguiente texto
se analizan algunas de las razones por las cuales los psicólogos aún
siguen encontrando resistencias para convertirse en profesionales
de la salud fundamental e imprescindible en instituciones sanitarias
como hospitales o centros de salud.
La tradición en la relación medicina- psicología.
La Medicina y la Psicología han sido dos campos profesionales
dedicados a tratar con el sufrimiento humano cuyos vínculos han
sido muy estrechos, pero históricamente desequilibrados. En los
antecedentes de la psicología moderna se lee como supuesto que
el vínculo que desarrolla la psicología con la medicina beneficia
más a la primera que a la segunda. Es decir, se partía de creer que
si había una de estas disciplinas que demandaba tomar en cuenta
los descubrimientos y explicaciones que se realizaban en la otra,
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Lucely Obando Cabezas
era la psicología, dado que esta última era una ciencia incipiente,
expuestos a presupuestos metafísicos difíciles de erradicar en su
seno, por lo que debía ser tutoriada en su línea de pensamiento.
En este orden de ideas, la psicología nació como disciplina en una
relación de dependencia conceptual con las ciencias naturales, en
especial con la Fisiología (Salcedo, 2009; Sprung y Sprung, 1983;
Foucault, 1994; Boring, 1992).
La psicología moderna, la psicología emancipada de la filosofía,
dueña del codiciado reconocimiento de ciencia, inició su transcurrir
disciplinario como una psicología médica (Foucault 1957;
Garret, 1958; Wertheimer, 1912), una psicología signataria de los
presupuestos de la fisiología, que creó modelos de explicación a
partir de las metáforas que facilitaba la ciencia médica. Los padres
de la psicología moderna, Gustav Theodor Fechner, Hermann Von
Helmholtz y Wilhem Wundt fueron médicos que pretendieron hacer
de esta reciente disciplina una rama de la ciencia fiel seguidora de
los mismos presupuestos mecanicistas o materialistas de la fisiología
tradicional. Estos padres de la Psicología científica defendían un
juramento que Hermann Von Helmholtz, Emil Du Bois y Brucke
formularon del siguiente modo:
No existe en el organismo otras fuerzas activas que las fuerzas
químicas y físicas corrientes. En aquellos casos que, por el
momento, no pueden ser explicados por estas fuerzas, se
debe tratar de hallar la forma o vía especifica de la acción de
estas últimas, mediante el método fisicomatemático, o bien
suponer la existencia de nuevas fuerzas, iguales en dignidad a
las fuerzas fisicoquímicas inherentes a la materia y reducibles
a la fuerza de atracción y repulsión (Du Bois Citado por Jones,
1970, p. 51).
Tal juramento entrañó, para quienes lo asumieron con fervor,
la adopción de postulados materialistas para la compresión de
conducta y los padecimientos humanos, en los que sólo se reconocían
como válidas las entidades o fenómenos que se adecuaban a los
parámetros que exigía la categoría de la materia, tal como los físicos
lo habían modelado. Supuso igualmente encaminar el análisis de
lo humano hacia el mecanicismo, esto es, conducirlo conforme
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El psicólogo en el contexto hospitalario
Un profesional de la salud imprescindible
con las premisas de la mecánica clásica (Mora, 1983): causalismo,
abordaje analítico o reduccionista y elementarismo. A lo anterior
se le agregaba una convicción determinista de la fenomenología
humana, que establecía que toda realidad estaba de antemano
fijado, condicionado y establecido por los eventos precedentes,
sin posibilidad alguna de presentarse variaciones en lo que habrá
de ocurrir. Y finalmente, el juramento de Helmontz implicaba la
postulación de leyes universales en lo humano, fijando para la
psicología el objetivo de inferir principios absolutamente universales
que rigen el comportamiento de los fenómenos estudiados. Estos
preceptos fueron los que inicialmente se intentaron incluir en la
estructura conceptual de la psicología científica.
Esta disciplina fue a lo largo del siglo XIX y principios del XX una
psicología pensada por fisiólogos en la que se procuró materializar
elementos metafísicos como la mente, los pensamientos y demás
componentes del hombre no directamente observable o palpable por
el investigador científico Foucault (1994). Siguiendo este esquema,
los primeros psicólogos científicos adoptaron el mecanicismo como
la visión de mundo que podía explicar el funcionamiento de la
mente. Intentaron entonces, explicar los procesos psíquicos como
no determinados, regidos, regulados o direccionados por un sujeto
cognoscente, es decir, el yo, como sujeto de la enunciación, en otras
palabras, quien habla, independientemente de lo que habla.
En ese sentido, quisieron llevar hasta el paroxismo el supuesto
fisiológico de que el ser humano es una especie de máquina muy
sofisticada cuyos procesos psíquicos se producen sin que el sujeto
los regule, los controle o los dirija (Salcedo, 2009). Desde esta
perspectiva, en las explicaciones y formulaciones que se hacían del
ser humano había que excluir la noción de subjetividad, la de un
centro organizador de las experiencias que vive el individuo, puesto
que el ser humano era, al final de cuentas, concebido como un mero
teatro en el cual se asociaban sensaciones y respuestas motoras. El
hombre era una entidad que era adaptado por elementos externos.
No se adaptaba, sino que era adaptado.
No obstante este inicio en la disciplina psicológica, los elementos
metafísicos que se han atribuido al ser humano se lograron preservar
con el tiempo en la psicología, fundándose con ellos diversas
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Lucely Obando Cabezas
escuelas y líneas de investigación psicológicas como el psicoanálisis,
la psicología cognitiva, el humanismo y la psicología cultural.
Todas estas ramas investigativas han menguado notablemente la
influencia de la física y la fisiología en la psicología, conllevando
tal alejamiento a la promoción de una visión del ser humano muy
distinta a la perspectiva materialista que ha caracterizado durante
varios siglos a la medicina tradicional (Foucault 1994; salcedo,
2009). Como lo señaló Jerome Bruner (1991), gracias a la revolución
cognitiva se logró recuperar la mente en las ciencias humanas
después de un prolongado y frío invierno de objetivismo, y en tal
camino, el hombre empezó a ser pensado en la psicología como un
ser creador, sensitivo, con sentimientos y pensamientos, capaz de
determinar los derroteros de su vida.
Ante todo, ha sido la fenomenología y el psicoanálisis quienes
mostraron a los psicólogos un camino distinto al que se recorría de
mano de la fisiología (Foucault 1994), originando así, lo que Wilhem
Dilthey llamó una “Desnaturalización de la concepción del hombre”
(Gonzales, 1953). Si a consecuencia del positivismo reinante en la
medicina, todas las ciencias de la salud pensaron al hombre como
un ser absolutamente atado a las leyes que determinaban la
naturaleza orgánica, y por tal razón conceptualizaban cualquier tipo
de enfermedad como expresión de una anomalía fisiológica, como
sería una lesión estructural del cuerpo, un desorden congénito o
cierta cantidad no deseable, ni esperable, de alguna sustancia
orgánica, las psicologías que emergieron con el advenimiento del
siglo XX siguieron un nuevo camino que implicó entender que no
se aprehendía lo que era el ser humano con sólo profundizar en
el entendimiento de la naturaleza orgánica; se requería considerar
también la historia, la vida vivida por el sujeto con las producciones
espirituales que se han depositado sucesivamente en su tiempo de
existencia, como actos cristalizados no regulados ni originados por
los procesos naturales que rigen a su cuerpo. Es decir, la psicología
aprendió que en la génesis de los padecimientos que sufren los
sujetos no se encontraba solamente un proceso mecánico, ni una
evolución biológica; está también, y quizás primordialmente en
muchos casos, un movimiento propio de una entidad sujeta a
las circunstancias sociales e históricas que lo han visto nacer, una
estructura necesariamente unida a los significados formados socio
históricamente, y a los métodos trasmitidos por otros en el proceso
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El psicólogo en el contexto hospitalario
Un profesional de la salud imprescindible
de interacción social (Foucault 1994). Por consiguiente, para poder
comprender sus actividades, sus malestares, sus logros, resultaba
imprescindible dirigir el análisis a lo que Dilthey llamaba “los
productos del espíritu” (Gonzales, 1953): decisiones, pensamientos,
sentimientos, reacciones emocionales, alianzas sociales con otros.
Sólo de ese modo se obtenía una percepción más amplia de la
génesis de los malestares del sujeto.
En función a esta perspectiva, en el siglo XX la psicología se convirtió
en una ciencia del significado, una disciplina que comprende los
actos humanos como producidos por la aparición, evocación o
creación de una representación (Bruner, 1991). Toda forma de teoría
psicológica ubica desde entonces como fundamento de cualquier
acto humano, un proceso psicológico de orden emocional que está
relacionado con el manejo de representaciones, significados o ideas.
Y es a esa representación sobre la realidad, sobre sí mismo, sobre un
acontecimiento sufrido o anhelado por el sujeto, a lo que apunta la
intervención psicológica.
Esta conversión en la psicología fue, según Foucault, un logro
principalmente de Sigmund Freud, quien fue el que le confirió
más importancia a la significación en la psicología (Foucault 1994;
Salcedo, 2009). De acuerdo con Foucault (1994), fue en el curso de
la reflexión freudiana, como en la psicología, donde el análisis causal
se trasformó en génesis de las significaciones. Y fue allí cuando la
evolución cedió su lugar a la historia, y se substituyó el recurso
a la naturaleza por la exigencia de analizar el medio cultural. Así,
Freud hizo del sentido algo extensivo a toda conducta, incluso en
aquellas manifestaciones insignificantes como en las equivocaciones
del habla, o aún en el sueño. En todo acto del hombre está la
significación, tal como lo hará patente la revolución cognitiva en
la segunda mitad del siglo XX (Bruner, 1991). Aunque las más de
las veces estas aparecían ocultas a la consciencia, las significaciones
eran para Freud inmanentes a la conducta y eran aquellas que
la historia individual había constituido en el pasado en torno a
acontecimientos importantes (Foucault 1994).
Esta lectura hermenéutica que constituyó la psicología alrededor
del padecimiento humano es la que permitió que se volviera
más independiente de los descubrimientos y presupuestos de las
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Lucely Obando Cabezas
ciencias médicas. A partir del distanciamiento con la fisiología,
se hizo factible el aporte conceptual de la psicología a distintos
ámbitos académicos, como el que corresponde al de la salud, y con
la medicina, cambiaron los intercambios conceptuales, profesionales
e influencia disciplinarias.
Sin embargo, a pesar de los avances en investigaciones en la
Psicología de la Salud y de los logros obtenidos en las prácticas
profesionales de psicólogos en contextos institucionales de salud,
todavía no resulta claro para muchos directivos y personal trabajador
de contextos de sanitarios la importancia de una perspectiva que
reconozca la incidencia de lo psicológico en todos los niveles de
atención de las enfermedades orgánicas, quizás a causa de ese
lastre metafísico que para muchos es inaceptable. Esta circunstancia
es la que puede explicar que son los médicos psiquiatras los
que, comúnmente, elaboran las guías para el manejo de algunos
problemas psicológicos que se presentan en las instituciones de
salud pública (Londoño, Valencia y Vinaccia. 2006), o que la práctica
profesional del psicólogo en tales escenarios quede reducida al nivel
terciario, que es cuando ya ha emergido un problema psicológico
en un paciente hospitalizado y no resulta del todo convenientes o
efectivas las técnicas de tratamiento médico tradicionales (Londoño,
Valencia y Vinaccia. 2006).
Lo curioso de lo anterior es que lo que suele ser objeto de repudio
en la psicología, por parte de algunos médicos, representa el pasado
mismo de la medicina (Foucault, 1998). Según lo menciona Foucault,
en su célebre tesis doctoral, Historia de la locura en la época clásica,
antes que se institucionalizara la medicina en los hospitales, en el
siglo XVII, los médicos lidiaban con una entidad abstracta llamada
“sinrazón”, a la que de un modo u otro encontraban como causa de
todos los padecimientos orgánicos de las personas.
En razón a tal modo de pensamiento, el médico del siglo XIX
reconocía que el éxito de sus terapias modernas sólo podía darse
si recurría a las figuras inmemoriales del padre y juez, familia y
ley. El médico sabía que si seguía los viejos ritos del Orden, de la
Autoridad y del Castigo en su labor profesional diaria su eficiencia
incrementaba (Foucault, 1998). Pero la positivización del saber
médico con el materialismo que impuso la física moderna llevó a
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El psicólogo en el contexto hospitalario
Un profesional de la salud imprescindible
desconocer la importancia del vínculo que se daba entre el paciente
y su doctor. La psicología, en un medio hospitalario, logra entonces
restituir al pensamiento médico la posibilidad de un diálogo con
aquello abstracto y metafísico que se tramita a través del vínculo con
otros y que hace presencia tozuda y repetida en las enfermedades
orgánicas, resistiéndose a los médicos contemporáneos y su ciencia.
De cierta forma, el psicólogo salvaguarda su actuación profesional
ilustrando con su praxis clínica los beneficios que trae para la salud del
paciente realizar un movimiento contrario al que desde el siglo XVIII
se fijó como objetivo para el médico: Descubrir la enfermedad en el
enfermo. Dice Foucault (2007), que, en la medicina, la enfermedad
se concibe como oculta en el enfermo como un criptograma y su
método clínico a lo que apunta es a la observación de lo superficial,
de lo que pasa a ese paciente y de lo que dice el paciente que le
pasa, todo con la pretensión de develar lo que no se revela a la
simple y directa mirada. “En la clínica la enfermedad es el objeto del
interés del médico y su portador es en sí mismo algo indiferente.
El enfermo es sólo aquello, a través de lo cual se da el texto a leer,
a veces complicado y enredado. En la clínica, el enfermo es el
accidente de su enfermedad, el objeto transitorio del cual este se ha
apropiado”, (Foucault, 2007, p. 92).
Pues bien, si el médico, conducido por sus afanes disciplinarios de
objetividad, pretende descubrir la enfermedad en el enfermo, el
psicólogo busca recorrer el camino inverso; sugiere revelar en el
enfermo, el sujeto, que hay en la enfermedad, más allá de cualquier
confirmación orgánica que esta última tenga. La labor profesional
de los psicólogos en medios hospitalarios en muchos casos ha sido
empoderar factores y elementos, que desde las certezas materialistas
de la medicina no se han considerado en ningún momento o han
sido minimizados en su importancia, pero que cuando lograron
ser atendidos en los pacientes que lo han requerido, conllevaron a
resultados o logros terapéuticos que han sorprendido al personal
de salud. Esto implica un ineludible punto de confrontación de la
psicología con el discurso médico predominante y obliga a todo
psicólogo a asumir como parte de su cotidianidad un vínculo
profesional irremediablemente conflictivo y expuesto a tensiones
en las instituciones sanitarias al ser infranqueables toda la serie
de divergencias que se dan entre los principios fisiológicos y
26
Lucely Obando Cabezas
materialistas que promueven en estos espacios la medicina
tradicional y una psicología imbuida y formada a partir de otros
principios, comúnmente nombrados como metafísicos.
Algunos de los presupuestos que orientan la
intervención psicológica en el medio hospitalario.
Los psicólogos que trabajan o han trabajado en contextos hospitalarios
saben por experiencia propia que infortunadamente aún se pueden
encontrar profesionales de la medicina entregados por entero a la
creencia de que el éxito o fracaso de sus intervenciones dependen
sólo de sus habilidades técnicas y conocimientos fisiológicos,
sin concederle ninguna importancia a otra serie de factores que
aprendieron a desdeñar con su formación, como son los que se
relacionan con lo psicológico. Sin embargo, el trabajo cotidiano
del psicólogo en un contexto hospitalario muestra, especialmente
a todos aquellos quienes todavía consideran que lo psicológico no
existe o es secundario, que este aspecto de lo humano tiene una
enorme importancia, y que cuando las personas encargadas de
velar por la salud de los pacientes lo descuidan, esto puede traer
caras consecuencias para esos pacientes.
Ciertamente la psicología tiene mucho por hacer en las instituciones
de salud dedicadas a atender las afecciones orgánicas de las personas.
Su labor profesional no comienza cuando los procedimientos
técnicos que emplea la medicina resultan inoperantes para concretar
los múltiples fines de salud física de los pacientes atendidos.
Muchos de los éxitos terapéuticos que obtienen los médicos con los
pacientes, pueden implicar para estos últimos verdaderas catástrofes
existenciales, como cuando a un paciente se le salva la vida o se
le cura de una agresiva infección a través de una intervención
clínica que establece como necesario la pérdida de una parte de
su cuerpo, que pudo haber sido muy limitada, pero que conlleva a
enormes problemas de adaptación en el paciente, en contraste con
otros individuos que han tenido una pérdida física más significativa
(Williamson, 1995; Belon y Vigoda, 2014; Horgan y MacLachlan,
2004; Juárez, Holguín y Salamanca; 2006).
La psicología es una de las profesionales de salud que se encuentra
en los contextos hospitalarios para recordar a todo el personal de
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El psicólogo en el contexto hospitalario
Un profesional de la salud imprescindible
salud que los resultados de una intervención, como puede ser una
operación quirúrgica, no se restringe a lo que acontece en una sala
de operaciones. Desborda ese plazo de tiempo en el quirófano, para
implicar lo ocurrido antes de entrar a la sala o lo que sigue después
de la intervención médica. Por ello, la necesidad de atender factores
psicológicos como el estilo de vida del sujeto, su deseo de vivir,
las redes de apoyo a las que se encuentra integrado, su carácter y
estado de ánimo dominante, sus expectativas y sueños en la vida y
los problemas que afronta en el momento de la intervención. Los
buenos resultados de una intervención quirúrgica pueden depender
enormemente de esos factores (Cárdenas, Quiroga, Restrepo, y
Cortés, 2005; Giacomantone y Mejía, 1994; Moix, 1994; Pedroche y
Quiles, 2000).
Circunstancias como las mencionadas muestran que la intervención
psicológica debe ser transversal a la atención centrada en lo orgánico,
acompañando a todo el conjunto de actuaciones profesionales que
requiere el paciente, y hasta ayudando a concretar, por expresa
voluntad del paciente, en el marco de su autonomía, y muy a pesar
de las graves consecuencias que eso pueda tener para su salud, el
tipo de intervención que está dispuesto a recibir para salvar su vida
o curarse de un grave padecimiento (Parra, 2003; Pérez, 2010; Ruiz
1993).
Pero la intervención psicológica tiene como su principal obstáculo
para su desarrollo en contextos de salud pública, un principio
que Foucault (2007) data desde el siglo XVIII: sólo al médico le
corresponde descubrir las marcas indudables de la verdad de la
enfermedad en el sujeto. Es decir, sólo el médico es considerado
competente para juzgar si un individuo está enfermo o no, cuáles
serían las causas de esa enfermedad, cuál intervención requiere,
por cuánto tiempo la necesita y qué grado de incapacidad le deja.
Conforme a este principio, todo el peso de las decisiones que haya
que tomarse para procurar la salud del paciente recae en el juicio
del médico; él y sólo él puede introducir a alguien en el mundo de
la salud y sacarlo del mundo de la enfermedad; él y sólo él permite
distinguir al hombre sano de aquel que no lo es (Foucault, 2007).
Este principio que lleva a cubrir con un manto de magno poder y
sapiencia al médico, se constituye en un serio impedimento para
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Lucely Obando Cabezas
la intervención del psicólogo por varias razones. En primer lugar,
por cuanto supeditan la actuación profesional de la psicología a la
autorización que le quiera conceder un galeno. En ese sentido, ante
problemáticas de salud en las que se han reconocido la incidencia
de los factores psicológicos en las posibilidades de recuperación,
es perfectamente factible que el galeno de turno en una unidad
de servicio de atención hospitalaria impida de tajo la intervención
psicológica, por la razón que él considere pertinente. Ahora bien,
si ante la enfermedad orgánica creemos que es el médico quien
detenta todo el saber sobre ella, no sólo los profesionales no
médicos dedicados igualmente a procurar la salud de los pacientes
van a tener limitadas posibilidades de intervención, sino que además
quedará muy reducía la responsabilidad del paciente con el proceso
patológico que sufre.
El trabajo psicológico en instituciones de salud pública se sostiene
al ilustrar la relevancia que tiene el sujeto obliterado en la atención
objetivista del médico; el enfermo dispone de un saber sobre su
enfermedad que puede brindar una posible explicación de por qué
el sujeto tiene la enfermedad que padece, como también ofrece
un inventario de cuáles son las herramientas psicosociales de las
que dispone el individuo en esta adversidad existencial, ya sea para
encontrar una vía de cura a su padecimiento o para lidiar con esta y
sus consecuencias. En efecto, en la enfermedad no hay sólo pérdidas
y supresiones.
Hay que tener en cuenta que del mismo modo que una enfermedad
puede suprimir temporal o permanentemente determinadas
acciones, funciones o conductas, puede exaltar otras o hacer
emerger alguna de ellas no previstas por el sujeto. En el proceso
mórbido el enfermo no sólo es víctima de supresiones y liberaciones
caóticas que puede impactar totalmente la historia de vida de
un individuo; en dicho estado hay igualmente un proceso de
reorganización, redireccionamiento y reconfiguración de las
condiciones de existencia del individuo, en el intento que hace el
mismo por afrontar la situación mórbida. Por eso, el personal de
salud debe ser un facilitador de la responsabilidad del paciente con
su padecimiento para que este pueda actuar en conformidad a la
desgracia física que experimenta, más allá de los aspectos negativos
que ella puede ocasionar.
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El psicólogo en el contexto hospitalario
Un profesional de la salud imprescindible
Hoy en día, la salud implica, trabajar considerando a la persona
como un sujeto autónomo y capaz de tomar decisiones
sobre su salud o la falta de ésta. Por lo tanto, todas las
decisiones sanitarias ya no dependen sólo del criterio de unos
profesionales cualificados, sino que el enfermo es la persona
que arbitra su propia estrategia y decide cómo quiere ser
atendido… Cuidar de un individuo enfermo es acompañar a
la persona en una de sus experiencias de vida. Contempla la
dignidad de la persona con la compatibilidad de las técnicas
y medios terapéuticos, donde coexisten técnica y humanismo
(Llaurado, 2013, p. 3).
Estas acotaciones permiten señalar que la autoridad del psicólogo
para intervenir en la enfermedad orgánica de un individuo no está
finalmente en sus conocimientos de las técnicas psicológicas; está
en el decir del paciente que guarda un saber que indica cómo
el fenómeno morboso se integra al universo real de vida que ha
tenido, configurado a partir de las elecciones, gustos, actividades,
renuncias y esfuerzos que ha realizado durante su existencia.
En última instancia, son los pacientes que atienden día a día los
psicólogos y los efectos que originan sus intervenciones en ellos,
lo que va a justificar el trabajo profesional que estos realizan en un
contexto hospitalario, no la ciencia en sí misma que se ostenta con
la psicología.
El psicólogo en el medio hospitalario está para mostrar al personal
sanitario que deben estar capacitados para identificar el sentido que
el propio paciente le da a la salud y enfermedad, dado que su visión
de estos aspectos definen las actitudes y conductas de dependencia
al personal sanitario, al igual que el proceso cognitivo esencial y
particular de cómo vivir la enfermedad y disfrutar de la salud, como
una parte inherente a la propia vida y por tanto desde la facultad de
actuar con autonomía, sin una relación jerarquizada entre el usuario
y el profesional de la salud (Llaurado, 2013).
30
Lucely Obando Cabezas
Las implicaciones de revelar el enfermo que hay
en la enfermedad.
Son varias las implicaciones que trae revelar el enfermo que hay en
la enfermedad y no son de menor importancia. Para empezar, se
impone como necesidad la adopción de un pensamiento complejo
de la etiología de las afecciones orgánicas a partir de la inclusión
en el análisis de la relación que se establece entre el paciente y
su enfermedad. Esto quiere decir que es necesario dar crédito al
hombre mismo y no solamente a las abstracciones orgánicas que
ha creado la medicina moderna sobre las enfermedades físicas. El
reconocimiento del hombre concreto que somos todos obliga a un
cambio en la lucha que diariamente desarrollan los profesionales
de salud en las instituciones sanitarias, la cual debe dejar de estar
centrada exclusivamente en las enfermedades para desplazarse hacia
el cuidado de la persona enferma en la totalidad de su dimensión
biopsicosocial (Llaurado, 2013). Esto es posible a condición de
buscar las causas de la enfermedad en el hombre real que es cada
individuo, con una vida psicológica propia, atado a unas condiciones
sociales y materiales concretas y no en una abstracción fisiológica
que lo reduce a ser simple cuerpo, mera carne palpitante. Dicho en
otros términos, la salud y la enfermedad es un resultante sistémico,
efecto de numerosas instancias que lo determinan, en el que la
personalidad, ese constructo psicológico de común uso en las teorías
de la psicología de la salud, media como una instancia fundamental
en tanto se encuentra “encargada de la toma de decisiones respecto a
otras instancias subordinadas, como las necesidades o motivaciones
individuales, las representaciones y las normas sociales, las relaciones
con el medio social, las reacciones emocionales y los estilos de vida
individuales” (Jiménez, 2015, p. 166).
Por otro lado, se aprende a reconocer el papel central que cumple
cada paciente en el proceso de intervención médica. Cuando no
se integra en el análisis clínico las formas existenciales concretas
del individuo que se encuentran vinculadas con la emergencia de
la enfermedad orgánica, además de no poderse determinar las
condiciones que la han hecho posible, se cae en una visión pasiva
del sujeto con su enfermedad. Esta visión pasiva hace del paciente
31
El psicólogo en el contexto hospitalario
Un profesional de la salud imprescindible
una mera víctima de una infortunada desgracia con forma de
enfermedad, como también un no protagonista de los procesos de
intervención que se requieren implementar para procurar aliviar o
controlar su padecimiento orgánico.
Con el reconocimiento del protagonismo que tiene cada paciente
con su enfermedad se da un cambio en el tipo de atención que
puede recibir del personal de salud, el cual pasa a centrarse en
“ayudar a que la persona enferma encuentre y adapte sus propios
recursos, de forma adecuada, adoptando conductas sanas frente a
la nueva situación y con la mayor brevedad posible. Atrás queda la
jerarquía profesional-paciente del pasado y dónde el paciente se
convierte en el máximo protagonista sin pérdida de autonomía”
(Llaurado, 2013, p. 3).
La intervención en salud al paciente es un acto que realmente respeta
a la persona que lo necesita cuando “su autonomía y la participación
activa es parte fundamental para satisfacer sus necesidades básicas.
La calidad ética del cuidado se centrará en la realización de cuidados
según lo haría la misma persona y considerando sus valores y
creencias” (Llaurado, 2013, p. 3). De este modo, si “desde siempre
el objetivo básico de cualquier profesional sanitario era disminuir
las causas de la enfermedad, tratarla y curarla, o bien, ayudar al
enfermo en el proceso de la muerte aliviando dolor y el sufrimiento,
… hoy este concepto de práctica sanitaria hacia el enfermo ha
cambiado y todos comprendemos que más allá de la curación o
no de la enfermedad, los profesionales deben velar por la salud de
las personas minimizando la pérdida de autocontrol y fomentando
la autonomía de los pacientes desde la ética del cuidar” (Llaurado,
2013, p. 4).
Otra de las implicaciones del reconocimiento del sujeto que
hay en la enfermedad está en que se vuelve fundamental el
acompañamiento multidisciplinar al sujeto con un proceso mórbido.
El reconocimiento de la voz y responsabilidad que tiene el paciente
con su enfermedad permite no sólo que el médico pueda encontrar
un campo de intersubjetividad con el enfermo y no de objetividad
naturalista frente al fenómeno morboso; igualmente, posibilita la
constitución de un campo de encuentro interdisciplinario con otros
profesionales de la salud. Es indiscutible, que en escenarios de salud
32
Lucely Obando Cabezas
pública, el médico sigue siendo el instrumento terapéutico más
potente dentro del conjunto del sistema sanitario, pero necesita
fórmulas y estrategias que le ayuden a mantener un equilibrio
dinámico ante los requerimientos que impone las metas de salud
de sus pacientes, ejerciendo un liderazgo personal, pero también
un liderazgo compartido con el paciente, con los miembros de los
equipos y en el marco del sistema sanitario al que pertenece.
Independientemente de las enormes dificultades que tiene el
sistema de salud en Colombia (véase, Calderón et al, 2011; Guerrero,
Gallego, Becerril-Montekio & Vásquez, 2011), las instituciones en
salud estarían jurídica y conceptualmente obligadas a adoptar una
visión psicosocial de la salud que posibilite la participación activa de
diversos profesionales de la salud. Algunos de estos profesionales,
como pueden ser los trabajadores sociales y los psicólogos, a través
de su praxis disciplinar muestran que las afectaciones en la salud de
una persona no se restringen únicamente a la esfera individual, sino
que se extienden al sistema al que pertenece ese individuo y que
estas afectaciones pueden resultar decisivas en las consecuencias
que trae las intervenciones médicas. En términos generales, los
espacios de encuentro que tiene un médico con otros profesionales
no médicos son las oportunidades que tiene el galeno de adquirir
nuevas herramientas para concretar objetivos de salud en un entorno
tan complejo como puede ser un medio hospitalario.
Y finalmente, el reconocimiento del enfermo en la enfermedad obliga
a volver la atención psicosocial a los otros actores que participan
en el proceso de intervención, al mismo personal de salud. Este es
un trabajo que se conoce con el nombre de Humanización Salud y
supone un esfuerzo por atenuar las consecuencias que han implicado
los modelos de atención sanitaria basados en la tecnificación de
la medicina, la eficiencia administrativa, la reducción de gastos y
el recorte de personal en salud en los hospitales (Hoyos, Cardona
y Correa, 2008; Correa y Arrívillaga; 2007). Como se anuncia en
diversos portales web de hospitales en el mundo, los planes de
humanización de la asistencia sanitaria buscan incrementar la
empatía del personal de salud con los pacientes y que se mejoré así
el respeto y la confianza de estos últimos con los primeros.
Los proyectos de humanización en las unidades de atención
hospitalaria son la forma como en las instituciones de salud pública
33
El psicólogo en el contexto hospitalario
Un profesional de la salud imprescindible
del siglo XXI recuerdan viejas enseñanzas de la medicina, como la
que hacía en el siglo XIX el médico alemán Ernst Von Leyden a sus
estudiantes: “el primer acto de un tratamiento es dar la mano al
paciente” (Leyden citado por Lasala, 2010, p. 273). Estas prácticas de
humanización se tornan cada vez más ineludibles ante la posibilidad
de que se materialice una profecía que fue célebremente hecha por
uno de los famosos visionarios de Silicon Valley, el hinduamericano
Vinod Khosla: “en el futuro, la mayoría del diagnóstico, la prescripción
y el monitoreo de los médicos, que consuma aproximadamente el
80% del tiempo total de doctores / internistas en medicina, serán
reemplazados por hardware, software y pruebas inteligentes”
(Khosla, 2016). Y, como lo advierte Vinod Khosla, el 80% de lo
que los médicos realizan podrá ser sustituido por la tecnología,
finalmente lo único que le puede dar sentido a la existencia de
un médico humano va a ser precisamente eso que fue desdeñado
en su formación materialista: Su humanidad. Esto es, en el futuro
cercano “los roles de los médicos / internistas probablemente serán
diferentes y se centrarán en los aspectos humanos de la práctica
médica como la empatía y elecciones éticas” (Khosla, 2016).
Conclusión
Resulta un equívoco creer que el trabajo conjunto del psicólogo
con el médico es fácil de darse, con sólo adoptar como guía de
intervención el dualismo ontológico que nuestra cultura señala y
define en nuestra condición humana. La experiencia en los medios
hospitalarios enseña que para que pueda operar el psicólogo con
el médico se necesita identificar no solo los objetivos comunes a
los que sirven ambos profesionales en una institución sanitaria,
sino también reconocer los puntos de desencuentro que pueden
darse entre la psicología y la medicina en el mundo institucional
de la salud pública.
En el siglo XIX William Osler, uno de los padres de la Medicina
Interna había llegado a sentenciar que la suerte del tuberculoso
dependía más de lo que tuviese en la cabeza que lo que hubiese
en el pulmón (Osler citado por Lasala, 2010, p. 273). Esto ilustra
la intuición que, casi desde tiempos antiguos, han tenido los
médicos de la importancia que poseen los factores psicológicos
34
Lucely Obando Cabezas
en los procesos mórbidos. Hoy en el siglo XXI, deberían resultar
innecesarios textos que insistan en la integración del psicólogo en
los medios hospitalarios, mucho más si se considera la abundante
literatura académica que hay al respecto, suficiente como para
convertir en una norma jurídica la contratación de un profesional
de la Psicología en cada ámbito institucional del servicio sanitario.
Pero la creación de la Psicología de la Salud no conllevó a que
durante las cuatro últimas décadas del siglo XX se promoviera
activamente la inclusión del psicólogo en cada medio hospitalario
existente, ni a la generación de un marco jurídico en todos los
países occidentales que reconociera, protegiera y regulará esta
profesión en dichos medios. Y aún en los países con mayor avance
al respecto, la realidad muestra que, en los hospitales, centros de
salud y otras instituciones con la labor misional de formar parte
de la red de salud pública de un municipio o nación, el modelo de
comprensión que predomina es el modelo tradicional biomédico
(Troncoso, & Suazo, 2007) que ha puesto en el materialismo
fisiológico la fuente causal primaria de todo proceso mórbido y
la fuente de alternativas de intervención para las enfermedades
orgánicas.
Infortunadamente, esta situación le confiere al psicólogo un rol
profesional de resistencia a la aplicación de los postulados de
una medicina moderna llevada hasta el extremo por una visión
objetivista del ser humano, que limita injustificadamente la
interacción personal que puede darse entre un profesional de la
salud y un paciente dentro de un contexto de valores humanistas.
Foucault (2007) había señalado que la Clínica Médica era desde el
siglo XVIII pedagógica, una especie de condensado de experiencias
anteriores. Es decir, su conocimiento se cristalizaba alrededor de
los saberes desmentidos, de las observaciones del fracaso de un
saber, las cuales motivaban el surgimiento de un nuevo saber en la
clínica. Pues bien, la psicología en el contexto de la salud pública
se ha configurado como un saber disciplinario que desmiente las
certezas de una visión positivista en la medicina que se ha anclado
en la sociedad desde los ideales de felicidad, progreso y control de
todos los riesgos a la existencia humana. La labor del psicólogo en
el medio hospitalario apunta a que el personal de salud que trabaja
en la institución, al igual que las personas que son atendidas en ella,
35
El psicólogo en el contexto hospitalario
Un profesional de la salud imprescindible
pueda encontrarse consigo mismo, como profesionales y personas
que son, pertenecientes a una sociedad con sus propias dinámicas
y características. Por tanto, la labor profesional del psicólogo no
va a ser en última instancia grata porque evoca con su presencia
y sus intervenciones, el carácter frágil y perecedero que son todos
los seres humanos.
36
Lucely Obando Cabezas
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