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Historia Y Sociologia de La Medicina: Henry Sigerist Selecciones

Este documento presenta una selección de escritos del historiador médico Henry E. Sigerist traducidos al español por el Dr. Gustavo Molina G. Cubre temas como la evolución de la profesión médica a través de la historia, la filosofía de la higiene, la historia social de la medicina, el desarrollo de especialidades como la ginecología y la patología y terapia del cáncer, figuras históricas como Hipócrates y Paracelso, y la importancia de la medicina social. El

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Historia Y Sociologia de La Medicina: Henry Sigerist Selecciones

Este documento presenta una selección de escritos del historiador médico Henry E. Sigerist traducidos al español por el Dr. Gustavo Molina G. Cubre temas como la evolución de la profesión médica a través de la historia, la filosofía de la higiene, la historia social de la medicina, el desarrollo de especialidades como la ginecología y la patología y terapia del cáncer, figuras históricas como Hipócrates y Paracelso, y la importancia de la medicina social. El

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HISTORIA

Y
SOCIOLOGIA
DE LA
MEDICINA

HENRY SIGERIST

SELECCIONES

Editado y traducido por:

DR. GUSTAVO MOLINA G.

BOGOTA, COLOMBIA - 1974


HENRY ERNEST SIGERIST

SELECCIONES

HISTORIA Y SOCIOLOGIA

DE LA MEDICINA

Editado y traducido por:

Dr. Gustavo Molina Guzmán


Profesor de Salud Pública
Ex-Medico Servicio Nacional de Salud-Chile y de
la Organización Mundial de la Salud.

Bogotá, Colombia
1974.
Se agradece el uso y gentil AUTORIZACION para traducir, reproducir o extraer
sus artículos a las siguientes Revistas y casas Editoriales.

BULLETIN OF THE NEW YORK ACADEMY OF MEDICINE. 1933 dec. Vol. 9:661.
1936 Nov. Vol. 12: 597-609. 1932. vol. 8:642-653.

BULLETIN OF THE INSTITUTE OF THE HISTORY OF MEDICINE Vol. 1:133-147


feb. 1942 Vol.8:3-21, Jan. 1940.

WESTERN JOURNAL OF SURGERY, OBSTETRICS AND GYNECOLOGY. Vol.


48:715-722, Dec. 1940.

AMERICAN JOURNAL OF OBSTETRICS AND GYNECOLGY. The C.V. Mosby


Company, St. Louis. Vol.42:174-722, Oct. 1941. Developments and Trends in
Gynecology.

UNIVERSITY OF PENNSYLVANIA PRESS. Studies in the History of Science.


Medieval Medicine. Pp1-16, 1941.

PROCEEDINGS OF THE ANNUAL CONGRESS ON MEDICAL EDUCATION,


HOSPITAL AND LICENSURE. pp. 18-19. Feb. 1953.

BRITISH POST GRADUATE MEDICAL FEDERATION, London, England. Athlone


Press. Lectures on the Scientific Basis of Medicine. Vol. 11:1-16 1953-54.

ARCHIV FUR KULTURGESCHICHTE V.9: 158-168,1929.

SIGMA XI QUATERLY Vol. 22:8-12. Mar. 1934.

NEW YORK COLUMBIA UNIVERSITY PRESS. The March of Medicine. pp. 28-51.
1941.

INTERNATIONAL RECORD OF MEDICINE 168:383-391.1955

YALE UNIVERSITY. pp. 463-481. Spring 1938.

JOURNAL OF THE ASSOCIATION OF MEDICAL STUDENTS. pp.616-618. April


1939.
Todos los derechos reservados.

@herederos del Dr. Gustavo Molina Guzmán.


Primera Edición Editorial Guadalupe Bogotá 1974.

Primera reimpresión Bogotá 2007.

La Federación Colombiana de Asociaciones de Salud Pública (1) dedica esta


selección de los mejores pensamientos y trabajos del eminente colega Henry E
Sigerist, a los jóvenes Profesionales y Alumnos de Medicina y carreras afines.

El esfuerzo del Profesor Molina al editar, traducir y condensar estos escritos,


bajo circunstancias difíciles, es un aporte valioso y necesario ala formación
cultural y social de estudiantes, profesionales y trabajadores de salud del
continente. Ellos encontraran aquí orientación, información y estímulo para
comprender el real propósito de la medicina frente al paciente y la comunidad, y
para servir mejor a sus pueblos, previniendo y curando la enfermedad.

También encontraran el apoyo histórico-social en sus esfuerzos para “…liberar


al hombre, a millones de hombres, de los mecanismos sociales que los
convierten en esclavos de la necesidad y en seres indefensos que rinden
diariamente su tributo a la enfermedad, la inhabilitación y la muerte
prematura”.

FASALUD – Bogotá, julio de 1974.

(1) Asociación Colombiana de Médicos de Salud Pública (Acomsap);


Asociación Colombiana de Odontólogos de Salud Publica: Asociación
Colombiana de Enfermeras de Salud Pública; Asociación Colombiana de
Ingenieros de Salud Pública; Asociación de Veterinarios de Salud Pública;
Asociación Colombiana de Educadores de Salud Pública; Asociación
Colombiana de Estadísticos de Salud Pública y Asociación Colombiana
de Administradores de Salud Pública.
INDICE

Prólogo del Editor……………………….…………………………………………...ix.


La Mente de un Hombre………………….………………………………………..xii.
H. E. Sigerist: Pensador y Hombre de Acción…………………………..……..xv.

Capitulo I
La Profesión Médica a través de la Edades…………………………..………..19

Capítulo II
La Filosofía de la Higiene…………………….…………………………………….32

Capitulo III
Historia Social de la Medicina………………...……………...…………………..40

Capitulo IV
Progresos y Tendencias en Ginecología………..………………………………..49

Capitulo V
Bases históricas de las enfermedades industriales y ocupacionales………63

Capitulo VI
Desarrollo histórico de la patología y la terapia del cáncer…………………..77

Capitulo VII
¿Qué sabemos de Hipócrates?..................................................................87

Capitulo VIII
Las termas (spas) americanas en perspectiva histórica………………………103

Capitulo IX
Medicina Medieval…………………………………………………………….……….111

Capitulo X
Acotaciones sobre la práctica de los cirujanos medievales……….…..………119

Capitulo XI
Ciencia e Historia……………………………………………………………………….125

Capitulo XII
Posición de William Harvey en la historia del pensamiento europeo…….…139

Capitulo XIII
La fundación de la Anatomía en el Renacimiento……………………………….147

Capitulo XIV
Paracelso visto a los cuatrocientos años…………………………………………..153
Capitulo XV
Aporte de la Medicina al progreso de la civilización…………………………….165
Capitulo XVI
Medicina Socializada…………………………………………………………………..177

Capitulo XVII
Medicina Socializada en el extranjero……………………………………………..189

Capitulo XVIII
El estudiante de medicina y los problemas sociales que confronta
la medicina social hoy…………………………………………………………………195

Capitulo XIX
Educación Universitaria……………………………………………………………….205

Capitulo XX
Orientaciones sobre que leen y como escriben los médicos…………………..217
PROLOGO.

El propósito de este libro es el de contribuir a llenar un vacío importante en la


formación del médico moderno de América Latina.

La práctica de la profesión en las complejas comunidades de hoy, exige, como


nunca, conocer y comprender las bases históricas y sicológicas de la relación
médico-paciente. El buen funcionamiento de los servicios de salud requiere de
profesionales informados sobre los aspectos económicos y sociales de la
medicina. Ambos son el resultado de una larga evolución, en cada época, por el
juego de fuerzas sociales, que es posible y necesario conocer y entender.

Los programas habituales de nuestras escuelas médicas no ofrecen a sus


estudiantes una enseñanza satisfactoria en estas materias. La formación
posterior del egresado tampoco brinda, con rara excepción, oportunidad para el
estudio de la historia de la medicina y de sus relaciones con otras disciplinas,
con la dinámica social y la cultura humana.

El resultado es que la gran mayoría de los médicos carecen de elementos


científicos –criterios e información- para orientar su pensamiento y su
conducta profesional, funcionaria, gremial y aún ciudadana. Este es un defecto
reconocido por los líderes de la educación en cada país, así como por los
organismos internacionales de salud. En reiterados Seminarios y Comités de
Estudio, se ha lamentado la escasez de textos y materiales docentes sobre los
fundamentos históricos y sociológicos de la salud y la enfermedad, la medicina
y la profesión médica.

Para satisfacer en alguna medida tal necesidad, se publica esta selección de


conferencias y ensayos escritos por Henry E. SIGERIST, con la intención
declarada de ofrecer orientación a los médicos para abordar racionalmente sus
problemas de hoy y de mañana, más inspiración y estímulo para hacer su
aporte generacional al progreso de la medicina y la civilización.

A causa de su carácter universal y trascendente, no extraña que las ideas y


métodos de SIGERIST sigan siendo actuales, casi a 20 años de su muerte, para
los jóvenes profesionales y estudiantes de países que no conoció. Nacido en
París y educado en Suiza, llegó a ser Director del Instituto de Historia de la
Medicina de las Universidades de Leipzig, desde 1925 y Johns Hopkins, 1932-
1947. Muchos le consideraron el mayor historiador médico contemporáneo y el
creador de esta especialidad. Pero todos aceptan su concepción de la medicina
como una institución social, como una expresión más de la cultura de la época.
Pensador eminente y gran humanista, a la vez maestro de la acción social, fue
un inconformista irreductible al servicio del ideario democrático y bienestar
humano. Desde que lo conociéramos, hace ya tres décadas, conservamos vivo el
impacto de su personalidad y de sus originales planteamientos, que siguen
siendo todavía singulares, distintos de cualquier otra literatura afín. De allí
arranca nuestro empeño de viejo profesor en este esfuerzo para traspasarlos y
difundirlos ampliamente entre las nuevas generaciones.
La selección de los temas y los artículos ha sido muy influenciada por la
experiencia del editor en el uso de ese material, en trabajos bibliográficos y de
seminarios, con largas y variadas cohortes de profesionales y estudiantes de
Chile, Puerto Rico, Colombia, Cuba Venezuela y casi cada país de América.
Estas 20 selecciones abarcan un amplio campo de la medicina preventiva y
social, y los temas centrales de la organización para distribuir servicios de
salud, que SIGERIST llama “sociología médica”. Con gran erudición y amenidad,
sin más detalle que el ejemplo indispensable, cautiva y arrastra la mente del
lector, prendido a un hilo mágico de síntesis a través de las edades. Allí están
imperecederos, sus enfoques luminosos de la ginecología y la posición social de
la mujer, o de las enfermedades ocupacionales y el impacto de la Revolución
Industrial, así como del nacimiento de la anatomía a impulsos del Renacimiento,
o de los grandes descubrimientos desde Hipócrates hasta Harvey y Roenteng,
cada uno engarzando en constelación o momento histórico; o su vibrante
llamado a la juventud para capacitarse o comprometerse en la pugna por el
progreso social.

Este libro tiene particular valor para los profesionales que se inician y
estudiantes de medicina y carreras afines, entregándoles un rico mensaje
intelectual, cultural y técnico, que tiene plena vigencia hoy y, creemos, la
seguirá teniendo en el resto del siglo. Pues las enseñanzas vivas de la historia
son puestas al servicio de las demandas e inquietudes actuales. De esta manera
SIGERIST ofrece un enfoque cultural y crítico indispensable para la propia
formación y una fuente muy útil para clarificar dudas y enseñar a otros, que es
la eterna tarea diaria del médico. Por su concepción original del propósito de la
medicina como ciencia social, también tiene interés para los intelectuales y
cultures de otras disciplinas humanistas y científicas.

La selección ha sido difícil, a causa de la extensa y variada bibliografía


producida por SIGERIST. Tampoco ha sido fácil suprimir, en varios artículos,
repeticiones de conceptos, datos y situaciones, que recurren, naturalmente, en
conferencias dadas en fechas y lugares distintos; así como eliminar o extractar
eruditas referencias de interés especializado. Pareció que era inevitable esta
simplificación, para facilitar el uso de una obra de carácter general, dirigida a
atareados profesionales y estudiantes de esta era. Vano ha sido, de seguro, el
esfuerzo para evitar que se perdiera mucho de la gracia del estilo y la armónica
belleza de cada conferencia, agravado por la deformación inherente a toda
traducción. Recomiendo a quienes puedan gozar la versión original de estos
artículos en las fuentes indicadas o en la pareja de libros editados por en inglés
por M.D. Publications1.

Pero se ha conservado intacta la enseñanza derivada de la posición personal, el


estilo de vida de SIGERIST. Su existencia ofrece a todo médico un ejemplo de
independencia y coraje intelectual, en horas negras de la historia europea y
norteamericana, que se transpira leyendo cualquiera de los artículos
seleccionados. Semejante calidad de versión, más fiel y adaptada a las
necesidades e intereses de Latinoamérica, podía ser mejor hecha por propio

1
Henry E Sigerist. “On the History of Medicine”, edited by Felix Martí-Ibáñez y Henry E Sigerist. On the
Sociology of Medicine”, edited by Milton I Roemer;M.D. Publications inc., New York, 1960.
editor, que viene estudiando y difundiendo las ideas de SIGERIST desde que
fuera su alumno en Baltimore, en 1942. La coyuntura para una tarea de esta
especie fue creada por las perturbaciones políticas ocurridas el último año en
Chile, que sometieron a muchos médicos a un período prolongado de
inactividad forzosa, congregados, con largas horas para leer y pensar, en una
verdadera “cárcel de doctores”. Allí fue traducido este rico material y, luego,
seleccionado y extractado una y otra vez, a base de las sugerencia profesionales,
distribuidos en un amplio rango de edad (29 a 68 años), orientación y
especialidad –traumatólogo, nefrólogo, psiquiatra, reumatólogo, médico general,
otorrinólogo, cancerólogo, dos cirujanos, cuatro pediatras, y cinco
administradores de salud pública- casi todos ellos con experiencia docente.
Para cualquier editor, es una rara y preciada ocasión, obtener por anticipado, el
juicio y discusión de un grupo de lectores seleccionados. Particularmente activa
fue la ayuda de nuestro amigo, el profesor de neurocirugía , Dr. Héctor
Valladares A.

Es grato testimoniarles aquí el reconocimiento a esta colaboración que importa


un singular tributo a la memoria de HENRY E. SIGERIST, gran humanista,
enamorado de la libertad y defensor del individuo y sus derechos humanos.

Santiago de Chile, mayo de 1974.

DR. Gustavo Molina G.


Profesor de Salud Pública y ex-médico del Servicio Nacional de Salud (Chile) y
de la Organización Mundial de la Salud.
HISTORIA Y SOCIOLOGIA DE LA MEDICINA TREINTA AÑOS DESPUES.

Como profesional de la salud ocupacional constituye para mí motivo de gran


satisfacción la iniciativa de ilustres colegas colombianos de reimprimir el texto
traducido y editado por mi padre durante su exilio en Colombia en1974.
Texto que por la notable personalidad del profesor de historia de la
Medicina de la Universidad Johns Hopkins, Henry Sigerist y por las condiciones
en que fué traducido en una América Latina plagada de dictaduras militares
merece ser conocido por las nuevas generaciones de trabajadores de la salud de
nuestra América.
Para los diferentes profesionales de salud pública de América Latina que
venían a la prestigiosa Escuela de Salud Pública de esta universidad de Estados
Unidos las clases de Henry Sigerist los incorporaban a toda la riqueza histórica
de la lucha por la salud de países como Alemania. Inglaterra o Francia, donde
este autor había vivido y trabajado.
Es así como cuando el profesor Molina-Guzmán es detenido por la
autoridades militares surgidas en Chile del Golpe de Estado de Septiembre de
1973 y confinado en la ignominiosa “cárcel de médicos” junto a otros colegas
que apoyaron al Gobierno de Salvador Allende, la traducción del texto de
Sigerist pasa a ser una tarea que los une y mantiene con esperanzas en
momentos muy difíciles. Resulta también simbólico que sea en la cárcel de
médicos de Santiago donde se lleva a cabo esta traducción.
Meses después, exilado en Colombia, se lleva a cabo en Bogota la edición y
distribución de este libro, que tuvo gran aceptación en estudiantes y
trabajadores de la salud de universidades de Colombia y países vecinos.
Durante los años 80 se hicieron esfuerzos diversos por parte de profesionales de
Colombia y de Cuba para reeditar este texto, los que resultaron estériles.
Mirando el acontecer de las luchas por una salud más democrática y
participativa como parte consustancial de la transformación de nuestras
sociedades latinoamericanas, en Bolivia, Chile, Ecuador , Brasil, Venezuela y
Cuba, aparece muy oportuno el que en este momento histórico podamos contar
con nuevos ejemplares del texto de Sigerist en español cuyo nacimiento tuvo
lugar en una cárcel de médicos en Chile bajo la Dictadura Militar por iniciativa
de un gran trabajador de la salud latinoamericana.
Gracias colegas y compañeros de Colombia.

Gustavo Molina Martínez, Santiago, Julio de 2007.

Esta obra se reedita en el marco del 50 aniversario de la muerte del Dr. Henry
Ernest Sigerist (1891-1957) y del 20 aniversario del asesinato del Dr. Héctor
Abad Gómez (1921-1987). En Homenaje a ellos, a sus alumnos y al Movimiento
de la Medicina Social Latinomericana en particular a los compañeros (as) y
hermanos (as) de Chile especialmente a los Drs. Gustavo Molina Guzmán y
Salvador Allende. A su sueño de salud para todos que sigue vivo.

Giovanni Apráez Ippolito (transcripción a medio magnético) Agosto de 2007.


LA MENTE DE UN HOMBRE

Recuerdo de Martí-Ibáñez.

El Dr. Félix Martí-Ibáñez, fallecido en mayo de 1972, es bien conocido en el


continente, sobre todo por su dedicación a la historia de la medicina.
Una de sus contribuciones más destacadas fue la edición en inglés de 29
escritos de Henry E. Sigerist sobre historia de la medicina y otros temas,
destinados principalmente al consumo norteamericano y europeo. A modo de
introducción a dicha obra Martí-Ibáñez preparó un brillante e inspirado ensayo,
bajo el título “La Mente de un Hombre”. Dicho ensayo constituye más que un
homenaje a la personalidad de nuestro maestro Sigerist, a su “inconformismo”,
a su ejemplo de idealismo, coraje y grandeza. Es más que un tributo a su prosa
clara y amena, de estilo pulcro y lúcido, puesta al servicio de una metodología
nueva, aplicable a cualquier estudio histórico-médico. Es, a la vez, un análisis
incisivo de las ideas y concepciones originales de SIGERIST, enmarcadas en
una amplia perspectiva histórica y realizando, con emocionada admiración, el
propósito permanente de orientar todos sus estudios en apoyo y estímulo a la
vocación del médico, en sus diarias tareas.

Dicho ensayo destaca también, reiteradamente, el gran mérito de SIGERIST de


considerar a la medicina una ciencia social y a la historia médica un aspecto de
la cultura general de cada época, tal como lo hace Milton Roemer, en la página
siguiente, en su propia introducción a la sociología de la medicina.

Martí-Ibáñez anunció allí, con agudeza, que los médicos y estudiantes de


medicina continuarían leyendo a SIGERIST y asimilando sus ideas, en los años
por venir, como lo hemos hecho todos los que tuvimos el privilegio de ser sus
alumnos y de recibir su inspiración y enseñanzas, para convertir a la medicina
en un verdadero servicio social. Por que tales esfuerzos y experiencias son poco
conocidas en Latinoamérica, habíamos preparado un extracto de esa
Introducción para estas Selecciones en español. Lamentablemente no hemos
obtenido la autorización para reproducir aquí esas ricas expresiones, junto a
nuestro recuerdo póstumo de Martí-Ibáñez. Sin duda, de estar con nosotros, él
hubiera brindado el mismo apoyo entusiasta que el Dr. Roemer para dar a
conocer a las nuevas generaciones de latinoamericanos, la personalidad de
SIGERIST y de su aporte al progreso de la medicina y de la humanidad.

EL EDITOR.
H. E. SIGERIST: UN PENSADOR Y UN HOMBRE DE ACCION,
INTERNACIONALISTA DE LA MEDICINA SOCIAL.

Extractos del Prefacio al libro “On the Sociology fo Medicine” y otros escritos por
Milton I. Roemer.1

Sigerist escribió cientos de ensayos sobre sociología de la medicina y muchos de


sus escritos son en verdad estudios sociológicos, así como varios de sus libros2.
Cualquier selección es ardua tarea. Así aunque esos 31 ensayos3 cubren cuatro
continentes y numerosos tópicos especiales además de sus conceptos filosóficos
generales, ha quedado excluido mucho del rico pensamiento que inspirara a
una legión de sus jóvenes médicos alumnos norteamericanos.

Empleaba el término en un sentido muy específico y distinto de la acepción que


hoy le dan los sociólogos. Sociología médica, para Henry Sigerist, significaba el
estudios de los problemas y de los patrones o sistemas de atención médica
existentes en la realidad de los diferentes países. Colocaba el énfasis en las
discusiones del día y en los métodos para organizar los servicios de salud,
mientras abarcaba las condiciones pasadas bajo la historia médica.

Por cierto, no es posible trazar una línea rígida entre una y otra. Todos sus
estudios históricos son sociológicos, en la medida que encaran los
acontecimientos dentro del marco social de las diversas épocas y lugares. Al
reverso, sus ensayos primariamente sociológicos, incluyen siempre el análisis
de la amplia perspectiva histórica.

Los cientistas sociales modernos se concentran en el estudio de fenómenos


cuidadosamente observados y cuantificados. En su estilo, Sigerist enfocó el
acontecer social con un amplio miraje, percibiendo relaciones y derivando
conclusiones, sin medir los detalles. Claro que trató los datos cuantitativos con
el mayor respeto y los utilizo cuando estaban disponibles. Su genio particular,
sin embargo, no fue como analista del detalle sino sintetizando, ensamblado
innumerables piezas de evidencia, para llegar a la esencia de los cambios
médico-sociales y a predecir las tendencias futuras, para actuar sobre ellos.

Se describió siempre como un optimista, en cuanto creía que la sociedad


llegaría eventualmente a resolver sus problemas derivados de la enfermedad, la

1
Sigerist, H. E. On the Sociology of Medicine”, M.D. Publications. Inc. New York, 1960. “A tribute to
Henry Ernesto Sigerist”. Milton I Roemer. Journal of History of Medicine and Allied Sciences, Vol. II, No
4, 1947.
2
Nota del Editor – Una lista incompleta de esos libros incluye: The Great Doctors, New York, Norton.
1933. Man and Medicine, 1930. Medicine and Human Welfare, 1941. Civilitation and Disease, 1943.
Medicine and Health in Sovietic Union, New York. Citadel Press, 1947. The University at the Crossroads,
1946. American Medicine, 1934. Landmarks in the history of Hygene, London Oxford Press, 1956. Más de
dos proyectos sobre Servivios de Salud en la India, 1946 y en la Provincia de Saskatchewan, Canada, 1947.
Basado en Publicaciones de [Link], en especial: “Henry Ernest Sigerist: Internationalist of Social
Medicine. Journal of Historiy of Medicine and Allied Sciencies, Vol. XIII, 2:299-243, 1958.
3
Sigerist, H.E. Op. cit.
guerra y la miseria, mediante mejores formas de organización social. Miraba
estos planes con una noble sencillez, defendiéndolos incansablemente en cada
oportunidad. En todos los escritos, reitera su esbozo de esquema ideal de
organización para la atención médica.

Para los lectores de hoy, muchos de sus planteamientos parecen obvios; sin
embargo, en su hora, distaban de ser aceptados y a menudo fueron muy
controvertidos. Varias de sus metas fijadas en el pasado, como ideales de la
medicina futura han sido logradas o se encuentran a nuestro alcance. Formuló
severos juicios críticos al status quo y aunque la gran crisis del 30 había
enseñado aun a los más recalcitrantes que Estados Unidos no era el mejor de
los mundos, era fatal que su evaluación tan abierta de las fuerzas sociales le
acarreara dificultades y le conquistara más de un enemigo. Es notable, sin
embargo, que este hombre sin miedo alcanzara tanta libertad individual, pese a
su filosofía heterodoja. Nadie discutía su valía y cuando los dirigentes de
sociedades doctas y conservadoras buscaban una exposición original y brillante
sobre cualquier aspecto de la historia médica, tenían que acudir al colega de
Baltimore. Por eso SIGERIST pertenece a todos aquellos que en América
aspiraban a un mundo mejor, en que los beneficios de la ciencia alcanzaran a
todos. Pero más que nada pertenece a los jóvenes, hombres y mujeres en cuyas
pupilas brillantes se refleja el alba del mañana. Pertenece a los jóvenes porque
es joven y siempre lo será. Pertenece a la juventud de cada generación

Pese a su vasta erudición, Sigerist fue un hombre de acción y escribió siempre


de una manera destinada a motivar e inspirar. No Pierde ocasión para derivar
de la historia, lecciones y guías útiles a las tareas del momento, destacando el
estudio y la comparación de los aspectos sociales de la atención médica en
diversos países. Para lograrlo, solía formular observaciones de gran alcance,
que condensan y destilan en pocas líneas vastos periodos históricos o complejos
problemas contemporáneos. Sabía darle significado estimulante a los hallazgos
médico-sociales de otros autores y reforzarlos con sus propios datos, a menudo
obtenidos mediante observaciones de primera mano a través del mundo.

Pero hizo mucho más que entregarnos conocimientos y escritos. Dotado de


fuerte inclinación y talento para la acción, se convirtió en el amigo y consejero
de médicos, internos y estudiantes que trataban de formar organizaciones y
periódicos de carácter nacional. Ayudó en la década del 40 programar sus
reuniones contra la fuerte oposición al movimiento social de la juventud. Prestó
firme liderato a la Asociación Americana de Historia de la Medicina, dándole
nueva vida, estimulando sus capítulos locales y enriqueciendo el Boletín del
Instituto de Johns Hopkins hasta convertirlo en un órgano de toda la
Asociación. Impulso y dirigió la Asociación Médica Americano-Soviética y dejo
sentir su influencia en Europa, Centro y Sudamérica, participando activamente
en reuniones internacionales. Siguiendo su inclinación y en respuesta a
crecientes demandas, tomó parte en la solución o estudio de problemas
prácticos de esos años serían los esquemas para organizar la atención médica
durante la guerra en los Estados Unidos; o un activo trabajo en el Comité
Medico Asesor de la Unión de Trabajadores de Automóviles (CIO), un título del
cual se mostró siempre muy orgulloso; o el impulso al desarrollo de las termas,
sacando partido de una enfermedad que lo obligó a reposo y tratamiento
rehabilitador; o, todavía, la organización de los servicios médicos en la Provincia
de Saskatchewan (Canadá), India y China.

En verdad, su vida personal, sus enseñanzas y sus servicios a la humanidad,


son todos de carácter internacional, constituyendo una verdadera encarnación
del internacionalismo en el trabajo de salud.

Henry Sigerist escribió, actuó y vivió como ciudadano del mundo.

Ithaca, New York, octubre 5 de 1959.

MILTON I. ROEMER, M.D.


PRIMERA PARTE

HISTORIA MEDICA GENERAL

I – LA PROFESION DEL MEDICO A TRAVES DE LAS EDADES∗

Los rasgos característicos de la profesión médica en cada época están


determinados, en muy amplio grado, por la actitud de la sociedad hacia el
cuerpo humano y su valoración de la salud y la enfermedad. El propósito de la
medicina fue siempre el mismo: curar la enfermedad y eventualmente,
prevenirla. La medicina siempre significó servicio; y por lo tanto, en todos los
tiempos, se requerían en el médico ciertas cualidades: pronta disposición para
ayudar, conocimiento acerca de la naturaleza de la enfermedad y destreza en la
curación. Sin embargo, el modelo médico ideal varía considerablemente, en los
diferentes períodos de la historia, de acuerdo con la estructura de la sociedad
en cada época y su concepción general del mundo.

La medicina primitiva era de carácter muy complejo. Mientras los achaques


pasajeros no requerían explicación y eran tratados por el paciente y familiares
mediante drogas, dietas, y otros medios racionales, las enfermedades serias
debían ser explicadas, y la explicación era mágica o religiosa. Se creía que
alguien le había hecho mal al paciente, fuera otro hombre o un demonio,
induciendo un objeto en su cuerpo por medios mágicos o sacándole algo
esencial para la vida. En otros casos, se creía que la deidad había enviado la
enfermedad como castigo al pecado o que un demonio había tomado posesión
del cuerpo del paciente. De acuerdo con esta idea la terapia era mágica o
religiosa, ya que un objeto debía ser eliminado o la parte removida del cuerpo
tenía que ser devuelta, la divinidad aplacada o el demonio expulsado. Por lo
tanto, el médico de la sociedad primitiva era a la vez médico, sacerdote y brujo.
Su nombre varía de “hombre de la medicina” entre los indios norteamericanos,
a “shaman” como le llaman las tribus de Siberia. Su vida era dura. Su pago
dependía del éxito del tratamiento. Si el paciente moría, el propio médico podía
ser inculpado de haber causado el daño. Siendo perito en el arte de la magia se
pensaba que no sólo podía remover un hechizo sino que también era capaz de
causar mal por medios mágicos. En muchas tribus el ”shamanismo” era
hereditario; en otras, se nacía predestinado, según indicaban diversos signos al
nacer (niños con un diente) o en la niñez (sobrevivir a un accidente
ordinariamente fatal). El joven era entrenado por otro shaman hasta que era
consagrado y se independizaba. En algunas tribus africanas, este “hombre de la
medicina” era un campesino, como cualquier otro miembro de la tribu y
practicaba su arte sólo ocasionalmente, mientras que en la mayoría de las
tribus, el shaman vivía segregado aparte de los demás.


Presentado ante la Academia de Medicina de New York, octubre de 1933.
En Babilonia, los médicos eran sacerdotes. En una civilización de carácter
enteramente religioso, todas las ciencias eran parte de la teología. Su propósito
era mantener a los dioses bien dispuestos o aplacarlos cuando estaban
ofendidos. A fin de conocer sus intenciones, había que observar los augurios o
signos por medio de los cuales se revelaban. Todas la ciencias en Babilonia
empezaron así y también la medicina. El médico-sacerdote observaba las
estrellas, el resplandor de una llama, una gota de aceite dejada caer en el agua
o los órganos de animales sacrificados, para conocer el hado del paciente y ser
capaz de contrarrestrarlo. Pero también los síntomas de la enfermedad eran
augurios que debían ser atentamente observados e interpretados. Gran cuidado
se dedicó a describir y a estudiar esos síntomas, ofreciendo así a la medicina
posibilidades racionales, sin descuidar la actitud religiosa. El tratamiento
consistía, principalmente, en exorcismos y muchos textos describen
gráficamente al sacerdote-médico, vestido con una capa roja, un cuervo en una
mano y un halcón en la otra, pronunciando sus conjuros sobre el paciente.

En todas las épocas, su profesión confiere al médico gran poder. Sabe de


venenos y maneja libremente poderosas fuerzas químicas, físicas y biológicas.
Se le entregan secretos que también dan poder sobre el paciente. Cualquier
abuso de este poder constituye una seria amenaza para la sociedad, la cual
siempre trato de protegerse estableciendo normas para regular la conducta del
médico. Las primeras disposiciones de esta especie se encuentran en el código
de Hamurabi (año 2000 a.C.), donde ya figura un tarifado. Los honorarios del
cirujano variaban de acuerdo a la posición social de sus enfermos. Además se le
hacía responsable por sus actos y en caso de muerte durante una operación, se
le cortaba la mano derecha. Reglas similares se conocen en la antigua Persia,
en un libro de los Avesta, el Videvdat, que contiene disposiciones muy
interesantes, según las cuales no se permitía a un cirujano ejercer su práctica
hasta que llevaba con éxito tres operaciones, no en Persas, sino en infieles.

En Egipto los médicos pertenecen a la clase de los escribas. También solían ser
sacerdotes, pero no necesariamente como en Babilonia. Recibían su formación
en escuelas conectadas con las cancillerías, las cortes o los templos,
destacando On, Menfis, Tebas y Sais.

En la Era Greco-Romana

Cuando los griegos comienzan a viajar, reconocen en Imhotep, el dios egipcio de


la salud, a su propio Asclepio. Sin embargo, eran dos deidades enteramente
distintas: primero, originariamente un hombre, un gran erudito del tiempo del
rey Doser, fue más tarde divinizado. Asclepio, Esculapio de los romanos, era en
cambio un demonio local de Tesalia, una deidad del mundo subterráneo. Según
la leyenda fue sustraído del útero de su madre por Apolo, cuyas flechas le
habían causado la muerte. El niño Asclepio fue llevado a la cueva del centauro
Quirón, quien le enseñó las virtudes medicinales de las plantas y muchos
conjuros, llegando a convertirse en un médico que curo muchos enfermos y aún
resucitó algunos muertos. Zeus castigó tal osadía con su rayo divino.
Esta leyenda tiene profundo significado: la interferencia del médico en las leyes
de la naturaleza no es obvia, sino que representa una gran perturbación. Y
Platón sentía la necesidad de justificar al médico, argumentando que la
sociedad necesita ciudadanos sanos. Asclepio fue adorado en muchos templos y
se pensó que sus sacerdotes, los Asclepíades, fueron los primeros doctores
griegos. Esto, sin embargo, no es correcto. La medicina practicada en dichos
templos consistía en curas milagrosas. Era una medicina puramente religiosa,
que nada tenía que ver con el arte de curar originado en las escuelas de los
filósofos pre-socráticos y que encuentra su más alta expresión en la escuela de
Hipócrates. Los médicos hipocráticos se llamaron también Asclepíades, pues se
organizaron en una especie de gremio cuyo patrón era Asclepio.

El médico griego era, no obstante, un artesano. Recibía su adiestramiento como


aprendiz de otro doctor. Igual que los demás artesanos, viajaba mucho y
practicaba su arte mientras vagaba. No había muchos médicos en la antigua
Grecia, solamente las ciudades mayores tenían su propio médico, cuyo salario
era fijado mediante un impuesto especial. En tiempos de guerra o epidemia, se
nombraban médicos de emergencia, pero en los pueblos menores no los había y
sus servicios eran prestados exclusivamente por médicos viajeros que
acertaban a llegar por allí.

No nos gusta la idea de este médico griego, artesano, yendo de ciudad en


ciudad, golpeando puertas y ofreciendo sus servicios como lo haría un herrero o
zapatero. Pero no cabe duda que así ocurría. Varios tratados hipocráticos lo
describen de modo muy ilustrativo. Había muy poca privacidad en las
relaciones médico-paciente. La “consulta” del doctor, el “iatreion”, igual que el
taller de cualquier artesano, estaba abierto a todo el mundo, y los problemas
médicos se discutían abiertamente en la plaza del mercado. La llegada
simultánea de dos médicos al mismo pueblo, por coincidencia, dada lugar a
una fiera competencia. De nuevo, los escritos hipocráticos cuentan cómo
muchos doctores trataban de atraer la atención de los pacientes vistiéndose de
modo extravagante, perfumándose profusamente o exhibiendo instrumentos
llamativos. El doctor Ludwig Edelstein ha demostrado de modo convincente,
que el arte del pronóstico alcanzó en la medicina griega tal alto desarrollo
principalmente a causa de las condiciones peculiares de la práctica profesional.
El médico que llegaba a una pequeña ciudad era generalmente desconocido
para la población. El modo mejor de asegurarse una buena reputación era
haciendo un pronóstico correcto y diciéndole al paciente en seguida cual era su
enfermedad, aún sin formular preguntas.

La posición social del médico hipocrático no era elevada, correspondía a un


artesano que trabajaba para ganarse la vida. Y, sin embargo, entre todos los
artesanos era uno de los más estimados, a causa de la actitud de los griegos
hacia el cuerpo humano.

El mundo griego admiraba lo sano y lo perfecto. La salud era considerada como


el mejor bien. El hombre ideal, para los griegos, era el ser armonioso cuyo
equilibrio de cuerpo y alma lo hace noble, hermoso y perfecto. La enfermedad
era considerada una gran maldición, pues aparta al hombre de su estado de
perfección y lo convierte en un ser inferior. Por consiguiente, el médico cuya
función es mantener y restaurar la salud, fue tan altamente estimado como
podía serlo un artesano.
Ya en los escritos homéricos encontramos ese verso, a menudo citado, diciendo
que un doctor es un hombre que vale tanto como muchos otros hombres juntos.

En Roma, los primeros médicos fueron esclavos, de conocimientos muy


primitivos. A partir del siglo VI a. C., comienza la inmigración de médicos
griegos. En su mayoría aventureros, encontraron una fuerte oposición; sin
embargo, pronto fueron reconocidos sus conocimientos superiores y como las
continuas guerras requerían muchos cirujanos militares, se cambió la política
hacia los médicos extranjeros, atrayendo hacia Roma al mayor número posible.
En el año 46 a. C., Julio César ofreció a todos los médicos griegos nacidos libres,
el derecho a la ciudadanía romana, un presente en verdad muy notable.
Augusto ordenó caballero a su médico personal, Musa. Y nuevos privilegios
fueron otorgados a los doctores; libres de impuestos, del servicio militar, de la
obligación de recibir huéspedes y de aceptar cargos públicos. Pero ahora surge
la gran pregunta: ¿Quién era médico en la antigüedad? No existía forma alguna
de control estatal ni Universidad que pudiera dar un título reconocido. Mientras
mayores los privilegios, mayor era la tentación de autollamarse médico para
gozar de esos beneficios. Así aparece la necesidad de algún grado de restricción
y en tiempo de Antonio Pío, se aprueba un “numerus clausus” limitando esos
privilegios a un número de 5,7 o 10 doctores por ciudad, de acuerdo a su
tamaño. Se les llamó “vale doctis” y para obtener su rango, debían demostrar
que poseían conocimientos médicos. De este modo, se instituyó una especie de
licencia, que protegía los derechos de los médicos competentes.

Muchas familias tenían su médico de familia. Le pagaban un salario anual, a


cambio del cual trataban a toda la familia durante el año. Uno de estos médicos
de la corte ganaba alrededor de $ 12.000 anuales. Pero sabemos de doctores en
la capital cuyo ingreso alcanzaba a $ 15.000. Y había facultativos y cirujanos
que hasta $ 2.000 y $ 10.000 por sus operaciones o tratamientos especiales.
Esto era, por cierto, excepcional.

A través de inscripciones, sabemos de la existencia de sociedades médicas del


Imperio Romano. Su principal propósito era el culto común a sus patrones
Esculapio e Hygiea. Pero algunas de ellas perseguían acrecentar los
conocimientos de los facultativos y estimular su celo profesional. La sociedad
médica Efeso ofrecía anualmente premios a la curación más brillante efectuada
pro uno de sus miembros o a la invención del mejor instrumento quirúrgico.

Bajo la Edad Media y el Cristianismo.

La posición del individuo enfermo y del médico en la sociedad cambió


radicalmente con el cristianismo. Esta nueva enseñanza se dirigía al enfermo,
al débil, al paralítico, en agudo contraste con las viejas religiones, que se
dirigían a individuos puros y perfectos. ¿No llevó a cabo curaciones el propio
Cristo? Mientras que el mundo semítico, la enfermedad era considerada como
un castigo al pecado, y entre los griegos era causa de inferioridad, en el mundo
cristiano, la enfermedad significaba purificación y gracia. El individuo enfermo
es una persona que participa de la gracia de Dios. Preocuparse de él es la
obligación del cristiano y beneficia el alma de quien practica esta buena acción.
Se erigieron hospitales y, a partir del siglo VI, los conventos y monasterios
dedican su especial cuidado al enfermo. Pero el cuidado del enfermo no es
medicina. Cristo había curado sin drogas. Apenas si había lugar para el médico
en la sociedad cristiana primitiva, y la medicina griega era considerada un arte
pagano. Los pupilos cristianos de Galeno eran excomulgados por dedicarse a
esta ciencia idólatra. Incansablemente se trata de justificar al médico, citando
las palabras del Eclesiastés, según las cuales este debe ser honrado porque es
necesario y porque también él es creatura de Dios. Reconociendo que el
enfermo podía ser mejor atendido, no sólo prestándole cuidados sino también
tratamiento médico, la Iglesia se reconcilió con la antigua medicina. Casiodoro,
el gran Canciller de Teodorico, en el siglo VI, tenía libros médicos en su
biblioteca y los Benedictinos, imitando su ejemplo, también empezaron a
estudiar medicina.

A comienzos de la Edad Media, la mayor parte de los médicos eran monjes. Los
monasterios disponían de piezas especiales dedicadas a la atención de los
enfermos y los claustros se convirtieron en centros de estudios de la medicina,
Allí se copiaban o compilaban libros médicos, y no siempre sin espíritu crítico.
Un monje del monasterio de San Gall, copiando el herbario de Pseudo-Apulecio,
eliminó las plantas que no crecían en su país y las reemplazó describiendo
yerbas nativas. Sin embargo la literatura médica de la primera Edad Media no
fue original, sino compilada de fuentes antiguas, de este modo indirectamente
la medicina y los principios de la terapia griega fueron respetados y seguidos.

Dado que los médicos medievales pertenecían al clero, sus patrones éticos eran
fijados por la iglesia, y continuaron siéndolo en períodos posteriores de la Edad
Media cuando muchos laicos ingresan también a la profesión, a causa de que
médicos y pacientes, eran en todo caso antes que nada, cristianos. La iglesia
dictaminó que era deber de un enfermo consultar un doctor. Quien eludía un
tratamiento se dañaba a sí mismo, lo cual es pecado, igual que el suicidio. El
servicio médico es para preservar la vida, lo mismo que el comer y el beber, y es
deber de todo cristiano, hacer todo lo posible para cuidar la morada de su alma.
Un enfermo cristiano no podía consultar a un médico árabe o judío, so pena de
excomunión. La superioridad de estos médicos era tan evidente, sin embargo,
que resulto imposible hacer respetar esta orden. Por otra parte, es obligación
del médico tratar a cualquier enfermo, aun los casos incurables, en agudo
contraste con las antiguas tradiciones griega y oriental, cuyos médicos
consideraban falta de ética atender un caso que no podía beneficiar con sus
servicios. Se establecía también que el doctor tenía la obligación de curar
gratuitamente a los enfermos pobres, y en algunos casos, aún regalarles los
medicamentos. El médico era responsable de sus actuaciones y debía respetar
las tradiciones.

La Iglesia no aprobaba, empero que sus ministros practicaran la medicina.


Después de todo era un arte terrenal. Especialmente inadecuado para los
sacerdotes era considerada la cirugía, debido a que cualquier operación podía
ser fatal, y no estaba bien permitirles realizar una actividad que pudiera
conducir a la muerte. A partir de 1131, se aprueban edictos restringiendo el
trabajo médico de los clérigos. El cuarto concilio de Letran, en 1215, les prohibe
participar en cualquier acto quirúrgico, de ahí que los cirujanos cada vez más
fueron laicos.

En el siglo X empieza a formarse una escuela médica en Salerno, que florece en


siglo XII, a impulso de las nuevas traducciones de los libros médicos árabes al
latín. Esta escuela no fue fundada por la Iglesia y sus médicos eran clérigos o
laicos. Su principal importancia consiste en haber creado una nueva literatura
que, si bien no era completamente original, siguiendo las fuentes árabes y
antiguas, acrecentó considerablemente el saber médico de su tiempo. En 1224,
el Emperador Federico II publicó decretos sobres las condiciones médicas del
Imperio, que tienen particular interés porque, por primera vez en la historia
europea, se regula estrictamente la práctica de la medicina por medio de una
ley. El derecho a ejercer la medicina pasó a depender de la capacidad de
cumplir ciertos requisitos, el currículo comprendía tres años de filosofía, cinco
de medicina y uno de práctica. El candidato tenía que aprobar un examen en
Salerno, después del cual obtenía una licencia.

Salerno es la primera facultad médica del mundo occidental. Fue seguida por la
creación de universidades en toda Europa. Durante los siglos XII y XIII, se
hicieron muchas nuevas traducciones de libros médicos del árabe al latín,
siendo la principal tarea de las universidades interpretar y asimilar la nueva
literatura. El método usado fue la dialéctica aristotélica y el resultado el
escolasticismo, en Oriente y Occidente. La educación médica era puramente
teórica.

Sería un error suponer que en la Edad Media la medicina era principalmente


mágica. Existía una medicina religiosa, seguramente, como siempre existió,
hasta hoy. Y es evidente que en un período en que todas las ciencias eran
dominadas por la teología, la influencia de los elementos religiosos fue mayor
que en otras épocas. Pero los principios rectores de la práctica médica eran los
mismos de la ciencia griega, como lo demuestran los textos médicos y los
Concilios en que los doctores discutían casos definidos.

En el siglo XII, nos encontramos con una cirugía altamente desarrollada, cuyas
raíces son difíciles de seguir. Ello se explica porque en la Italia de entonces, los
cirujanos se formaban en las universidades y existían textos, mientras que
fuera de ella los cirujanos eran artesanos, sin educación, que no sabían escribir.
Operaciones se hacían siempre, pero no oímos hablar de ellas. La cirugía tiene
una tradición distinta de la medicina, en mucho independiente de toda
literatura y transmitida por vía oral de padre a hijo y de maestro a discípulo. En
la mayor parte de Europa los cirujanos, igual que otros artesanos, estaban
organizados en corporaciones. Eran barberos o, en los países germanos,
encargados de los baños; su campo se limitaba al tratamiento de heridas y la
cirugía menor. A comienzos del siglo XII, en París, se fundan los colegios San
Cosme y San Damián, cuyos miembros se dividían en dos categorías: los
cirujanos de capa larga, entre los cuales todavía hay clérigos y los de capa corta.
Interminables conflictos surgían entre los cirujanos mismos, entre ellos y los
médicos.
Desde la fundación de las universidades, el médico pasa a ser un hombre
estudioso, un doctor; y así ha sido desde entonces. En la Edad Media cristiana,
las profesiones eran consideradas una vocación, una misión divina que
importaba obligaciones definidas hacia Dios y nuestros semejantes. El ascenso
del capitalismo trajo una concepción diferente. Se da gran relieve a los aspectos
económicos y la profesión pasa más y más a ser un medio de ganarse la vida.
En honor a la profesión médica, debe decirse que la vieja concepción medievales
ha preservado hasta nuestros días, más que en la mayoría de las profesiones.
Jamás he oído de un Ingeniero construyendo un puente sin remuneración. Sin
embargo, a partir del siglo XVI los aspectos económicos adquieren importancia
creciente en el desarrollo de la profesión.

Los médicos se reclutaban de las clases medias. Lo mejor que podía ocurrirles
era ser médico permanente de una persona de alto rango. Esto les daba un
ingreso fijo y la oportunidad consiguiente de dedicar la mayor parte de su
tiempo al trabajo caritativo. El monarca tenía un cuerpo de médicos y cirujanos
de cámara, y la aristocracia eclesiástica o mundana, imitaba su ejemplo. En los
países más democráticos, como Suiza, el médico no estaba contratado por la
corte de un noble sino por una familia o grupo de familias. El médico de familia
es la forma democrática del médico de cámara.

Tiempos Modernos y Contemporáneos.

El advenimiento de la democracia en el siglo XIX y fines del XVIII, abolió los


privilegios de clase, y la profesión se abrió a todo el mundo. El individualismo y
el liberalismo se imponen. La salud y la enfermedad eran asunto privado de
cada individuo, tanto que en Alemania, en 1869, a instancias de la Sociedad
Médica de Berlín, la práctica médica se abrió a cualquiera que deseara ejercerla,
aún a quienes jamás habían estudiado medicina. Este es un ejemplo típico del
liberalismo del siglo XIX. La ley se basaba en los argumentos de que siempre
habían existido curanderos, que siempre los habría, que el hombre tenía un
derecho natural a elegir a su tratante, y que las gentes, siendo razonables
sabrían distinguir un doctor verdadero del falso. En gran medida, Rudolf
Virchow fue responsable de este paso.

La democracia representó, sin lugar a dudas, un gran progreso. Dio a todos una
oportunidad. Y como los grandes ideales humanitarios cristianos estaban vivos,
quienes alcanzaban el éxito sentían que era su deber ayudar a quines no
habían triunfado en la vida. Se hacia mucha caridad y se construyeron más
hospitales que nunca.

El médico del siglo XIX era miembro de una profesión liberal altamente
respetada. Se tenía en alta estima la educación académica y se premiaba a sus
poseedores con grandes privilegios sociales. Las ciencias naturales habían
crecido a pasos agigantados, y el doctor como representante de dichas ciencias,
era aún más estimado. Aunque muy pocos médicos se enriquecían, en su gran
mayoría tenían ingresos satisfactorios, que les permitían atender gratuitamente
a los pobres. Durante mucho tiempo los hospitales eran exclusivamente
caritativos y, evidentemente, la mayoría de sus médicos trabajaban sin
remuneración alguna. Todavía puedo recordar cunado en Europa, el facultativo
no enviaba cuentas a las familias que atendía y recibía de ellas cierta cantidad
de dinero para la pascua.

Esos tiempos se fueron. El mundo ha cambiado y la profesión médica esta


atravesando ahora por una de sus mayores revoluciones de la historia. No es
una revolución de la medicina sino de los servicios médicos. Durante el siglo
XIX, la profesión estuvo absorbida por los problemas de la investigación. La
medicina ha hecho más progresos y se ha hecho más eficiente que en cualquier
período de su evolución. Mientras toda clase de esfuerzos han tendido a
impulsar el progreso de nuestro conocimiento sobre los mecanismos de la
enfermedad, comparativamente poco se ha hecho para organizar la atención
médica. Y en verdad, poco había que hacer mientras el servicio médico,
organizado sobre líneas tradicionales, seguía siendo eficiente.

Hoy la situación ha cambiado por completo, y debido a varias razones. La


medicina es cada vez más técnica y especializada. Desde el siglo XVIII las
escuelas médicas empiezan a dedicar parte creciente de sus actividades a la
investigación. En el siglo XIX los métodos de investigación alcanzan una gran
complejidad, de modo que también debe especializarse el investigador. A
consecuencia de ello, la enseñanza también se especializa de modo creciente,
ya que la mayoría de las universidades europeas se guiaban por el principio de
que un tema médico solo debía ser enseñado por quienes lo habían investigado
activamente. En 1833, Johannes Muller fue nombrado en Berlín profesor de
Anatomía, Fisiología y Patología. A su muerte la cátedra tuvo que ser divida en
tres. El próximo paso, finalmente, fue la especialización de la práctica médica,
que aún sigue creciendo.

La especialización en medicina no es un fenómeno nuevo. Cuando Heródoto


viajó a Egipto, en el siglo V a. C., encontró especialistas por todas partes,
doctores para todos los órganos y enfermedades. Lo mismo ocurría en el
Imperio Romano. Mientras que los médicos hipocráticos eran médicos generales,
en los últimos siglos del Imperio, se multiplicaban los especialistas. O sea que
en todas las civilizaciones se alcanzó un punto en que el conocimiento médico
parecía demasiado vasto para ser dominado por un solo hombre, y la
especialización surgía por una necesidad. Gracias a ella la medicina ha llegado
a ser más eficiente que nunca. Y sin embargo, tiene sus desventajas. El médico
que toda su vida trata un número limitado de enfermedades, fatalmente se
vuelve unilateral. Por otra parte, el paciente que al comienzo consultaba
primero a su médico de familia quien lo refería al especialista, ahora se
diagnostica el mismo los órganos afectados y decide a que especialista acudir.
Una tentativa muy promisoria para salir de esta situación es el desarrollo de la
medicina de grupo, en que los doctores de diversas especialidades organizan un
consultorio en conjunto.

Lo que hizo posible el progreso del médico fue el crecimiento gigantesco de las
ciencias naturales. Un extraordinario desarrollo se produjo al mismo tiempo en
otro campo –la tecnología- y su resultado fue la industrialización del mundo
moderno. La misma fuerza elemental que hizo posible el progreso médico, había
cambiado el aspecto del mundo de modo tan profundo que resulta difícil para el
doctor encontrar su lugar en esta sociedad, dirigida por la férrea necesidad
económica. El número de doctores creció y surgió una ruda competencia.
Mientras que su colega de ayer ni se preocupaba de sus cuentas, hoy tiene que
comercializar sus servicios. Tiene que determinar el valor monetario de cada
atención que presta, igual que cualquier comerciante. Mientras más eficiente,
más complicada y más cara se hace la medicina, y más difícil le resulta al
médico prestar atención gratuita. Nos encontramos hoy, pues, ante una
situación muy seria, en que se corre el riesgo de ver como un gran progreso se
desbarata a causa de un desajuste en su aplicación.

Hace tiempo que se intentó encarar esta situación en Europa, introduciendo el


seguro social. El seguro contra la enfermedad fue implantado en Alemania por
primera vez, no por los socialistas sino por Bismarck y los conservadores, una
circunstancia a menudo ignorada. Para la comunidad, el seguro contra la
enfermedad es el modo más económico de prestar atención a los pacientes
pobres, ya que los hace financiar su atención a ellos mismos, economizando
una parte de su salario para caso de enfermedad. Es evidente que este seguro
ha tenido notable influencia sobre la salud de los habitantes de diversos países
europeos. Muy poco después de haber perdido la guerra y de pasar hambrunas
y revoluciones, las condiciones de salud en Alemania eran tan buenas como en
las naciones victoriosas. Ciertamente, ello se debió, en un amplio grado a su
régimen de seguro obligatorio contra la enfermedad. Y sin embargo, no cabe
duda que los diferentes sistemas que hoy funcionan en Europa, tienen
deficiencias muy serias. Un nuevo tipo de servicio médico ha emergido, pero
muy orientado a preservar las viejas modalidades. En su mayor parte los
doctores son pagados por cada atención y como los recursos de las compañías
de seguros no son ilimitados, los honorarios son a veces muy inadecuados. Por
otra parte médicos y pacientes cometen abusos, haciendo necesario implantar
controles. El resultado ha sido una gigantesca máquina administrativa y una
burocracia sin fin.

El próximo paso en esta evolución correspondió a Rusia, donde toda la


población trabajadora esta asegurada contra la enfermedad, y donde el médico
tiene la misma posición que otras profesiones tienen ya en otros países, como el
sacerdote, el juez o el maestro.

Los médicos tenemos una fuente de espíritu de cuerpo. Tenemos una gloriosa
historia de la cual estamos legítimamente orgullosos. Al revés de otras
profesiones, lo que nos une a todos –sea que trabajemos al lado de la cama del
enfermo, en los laboratorios u oficinas- es que no tenemos sino un propósito:
servir al enfermo.

Hemos desarrollado poderosas organizaciones profesionales, desde el comienzo


de la historia. Los médicos griegos tenían sus corporaciones, sus códigos y su
ética, al igual que los cirujanos medievales. Los médicos de la Edad Media
pertenecían a facultades que eran organizaciones muy poderosas. A partir del
siglo XVI se desarrollan las sociedades médicas, que hoy tienen una enorme
influencia en el mundo entero. Todo ello nos hace necesariamente muy
conservadores; pero debemos tener el valor de encarar la situación actual
abiertamente. No debemos tener miedo a las palabras que tan a menudo son
incorrectas y de significado oscuro para quienes las usan. Tenemos una
profesión muy absorbente y desde el día que entramos a la escuela de medicina,
tenemos que trabajar arduamente, lo cual nos deja poco tiempo para mirar y
descubrir lo que ocurre a nuestro alrededor. De este modo, bien puede ser que
muchos de nosotros no nos hayamos compenetrado de cuán rápidamente está
cambiando el mundo. Hay una fuerte tendencia a abandonar el individualismo.
La salud y la enfermedad ya no son considerados asuntos privados de cada
persona. En muchos países se han dictado leyes para “imponer” salud. La
sociedad se siente más y más responsable del bienestar de todos sus miembros.
Ha puesto al alcance de todos, los medios para recuperar y mantener la salud y,
en cambio, muy bien puede exigir salud al individuo. Puede no gustarnos esta
evolución; pero no podemos contrariarla. Todos dependemos unos de otros. Si
grandes sectores de la población sufren, es obvio que todo el resto será afectado.
Para nosotros médicos, la idea de que un órgano enfermo compromete todo el
organismo debería ser familiar.

Hay una lección que puede ser deducida de la historia. Esta es que la posición
del médico en la sociedad no es jamás determinada por el médico mismo, sino
por la sociedad que sirve. Podemos oponernos al progreso, podemos retardarlo,
pero nunca podemos detenerlo.

La historia de la profesión médica ha alcanzado hoy un punto crucial, y es


nuestra tarea mantener la eficiencia de una noble profesión, que no sólo tiene
gran pasado, sino un futuro aún más esplendoroso. Quiero terminar repitiendo
algo que he escrito antes: nunca como ahora la sociedad ofrece al médico tanta
influencia y un campo tan amplio de actividad. Ciertamente, nunca como hoy
puede el médico ser un estadista, es “Asclepios políticos” visualizado por Platón.
II – LA FILOSOFIA DE LA HIGIENE∗.

Sir William Osler llamó al siglo XIX, el siglo de la medicina preventiva. No cabe
duda que es en este campo donde la medicina moderna alcanzó sus mayores
logros. La lepra, la peste, la viruela y la rabia ya no acortan la duración de
nuestra vida, cuya expectativa media es casi el doble de hace cien años. Los
grandes maestros de la ciencia de la higiene pública, entre los cuales destaca
William T. Sedwick, han mejorado los métodos de la ciencia aplicada del
saneamiento práctico. En todos los países del mundo se gastan cada año
sumas cuantiosas para mejorar las condiciones sanitarias, y jamás ha sido
dinero mejor invertido. Hemos decidido combatir la enfermedad con todos los
medios disponibles. Una batalla gigantesca tiene lugar en todo el orbe, contra la
enfermedad, el enemigo más peligroso de la especie humana. Su bandera es el
lema enunciado por Hermann T. Biggs, adoptado como divisa por el
Departamento de Salud del Estado de Nueva York: “la salud pública se puede
comprar; dentro de los límites naturales, cualquier comunidad puede
determinar su propia tasa de mortalidad”.

Mi propio trabajo no está centrado en el saneamiento práctico. He dedicado mis


estudios a la investigación de la historia de la medicina, y más precisamente, de
las relaciones de la medicina con la civilización en general. La evolución de la
medicina no puede ser estudiada por separado; ella es una faceta de la cultura
general de los tiempos y ha sido siempre muy influenciada por la
“Weltanschauung” general.

Por muchos años me ha fascinado la historia de la higiene. He investigado su


desarrollo a través de los diferentes períodos. Permitidme presentar hoy una
revisión sumaria de las ideas, y en particular, del trasfondo cultural y filosófico
que condujeron al desarrollo de la higiene moderna.

Es obvio que los medios y los métodos usados en la prevención de la


enfermedad provienen de la medicina y de la ciencia. Y sin embargo, el que
tales recursos sean o no aplicados, no depende sólo de la medicina, sino y en
especial de las tendencias sociales y filosóficas de la época. La higiene
solamente puede tener éxito, si la población responde. Las medidas sanitarias
jamás pueden ser puestas en práctica por un solo médico. Ellas requieren la
cooperación de los gobiernos. Unos cuantos ejemplos ilustrarán mejor este
punto de vista.

Sabemos poco de las raíces de la higiene. Empíricamente, guiado por su


instinto, el hombre a distinguir lo bueno de lo dañino. El sabor de ciertas
hierbas era un indicador parcial de sus efectos, y debemos admitir que algunos
conocimientos higiénicos fueron adquiridos empíricamente en épocas muy
tempranas. La medicina primitiva era de carácter muy complejo, con sus tres
distintos componentes: empírica, mágica y religiosa. La enfermedad era


Presentado en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, el 1 de diciembre de 1931. Conferencia Anual
a la memoria de Sedwick.
atribuida a la influencia de espíritus malignos, que se creía tomaban posesión
del enfermo; por lo tanto los medios para protegerse contra ella eran mágicos y
también religiosos. Usando amuletos y procedimientos brujos, la gente trataba
de contrarrestar las influencias malignas.

En un estado más avanzado de la civilización, esos pensamientos antes


generalmente aceptados, pasaron a ser considerados meras supersticiones; la
religión alcanza un plano superior y en los antiguos cultos encontramos las
raíces más importantes del pensamiento higiénico. Todas las viejas religiones
exigían al hombre que entraba al templo, a la presencia de su dios, que
estuviera limpio. Por cierto, se entendía limpieza espiritual, pero
necesariamente ésta debería tener una expresión exterior. El sacerdote vestía
hábitos impecables, evitaba tocar cosas sucias y también debía estar limpio el
hombre que llegaba a adorar a su dios. Así, aunque la limpieza era tomad en
sentido espiritual, tuvo grandes consecuencias higiénicas. Todos los antiguos
cultos requerían esta limpieza; pero sus preceptos aparecen tal vez más
claramente definidos en el Levítico, que contiene muchas normas regulando la
vida diaria del judío. Estas leyes no estaban basadas en un racionamiento
higiénico, no obstante sirvieron para mejorar esas condiciones. Se postulaba
que sólo habían de separarse para el consumo animales limpios, libres de
enfermedades o heridas y que debían ser beneficiados vivos con un cuchillo sin
melladuras. De este modo solo se consumía ganado en perfecto estado y el
método de carneada aseguraba una libre sangría que preservaba mejor la
carne.

Lo mismo valía para las otras leyes. El hombre sucio debía purificarse antes de
entrar al templo, mediante un ritual que requería un baño personal y el lavado
de sus ropas. La suciedad es contagiosa. Quien toca una persona sucia, se hace
impuro. La mujer mestruando se consideraba no limpia durante siete días.
Igual la parturienta desde el momento de los dolores hasta cuarenta días
después del parto, si nacía un hombre, y hasta ochenta días si era una niña. La
gonorrea fue conocida en el antiguo Oriente y el hombre con secreción uretral
era ubicado fuera del campamento; todas sus pertenencias eran consideradas
sucias y él mismo permanecía impuro hasta siete días después de curado,
cuando debía purificarse bañándose y lavando sus ropas. Aún más impuro se
consideraba a quienes sufrían una enfermedad llamada Zaraath y que
probablemente incluía la lepra; el sospechoso debía ser denunciado y traído
ante el sacerdote para ser examinado y aislado. Cuando en la Edad Media, la
lepra se extendió profusamente por toda Europa y los médicos se reconocieron
incapaces de combatirla, fue la Iglesia quien enfrento la enfermedad aplicando
las indicaciones contenidas en el Levítico. Los leprosos fueron aislados en todas
partes y los mismos principios se aplicaron en el siglo XIV cuando la gran
epidemia asoló a Europa. O sea, que los propósitos rectores de la higiene
pública no derivaron de conceptos médicos, sino de ordenanzas religiosas
originadas en el antiguo Oriente.

Y del judaísmo hemos heredado otra institución de gran significación higiénica:


el día semanal de descanso. En Babilonia, se consideraban de mala suerte los
días séptimo, décimocuarto, vigésimoprimero y vigésimooctavo. No se trabajaba
en tales días. Los judíos adoptaron esa costumbre de los babilonios, pero les
dieron mayor significación ética: se convirtió en el día del Señor, dedicado al
descanso y a la oración. La cristiandad y el Islam hicieron suya esta costumbre,
que se ha demostrado de gran valor higiénico.

La gran contribución de los griegos fue haber creado un sistema de higiene


personal que marca un ejemplo para todas las épocas. No los movía ninguna
consideración médica sino su actitud hacia el cuerpo humano. Para los griegos,
la salud era el mayor de los bienes, ya que su ideal era el hombre perfectamente
equilibrado, física y mentalmente, sano y hermoso. Así, el ideal estético era al
mismo tiempo un ideal higiénico. La educación tendía a formar un ser
armonioso; no era unilateral, adiestraba tanto el cuerpo como la mente. A partir
de los seis años, el niño griego era llevado a la palestra y aprendía ejercicios
físicos. A los dieciséis, se le enseñaba de las armas en el gimnasio. Disponemos
de una interesante descripción sobre como debía vivir el hombre para ser sano,
en un escrito del doctor Diocles de Karistos en el siglo IV. Dice que uno debería
levantarse antes de la salida del sol, cómo lavarse y cepillarse los dientes; dos
veces al día se debe ir al gimnasio. Se recomienda solo dos comidas diarias y
platos sencillos.

Pero en Grecia, la higiene respondía también a leyes religiosas. Las


encontramos especialmente en una escuela que fue a fundar el filósofo
Pitágoras, en Samos al sur de Italia, en el siglo VI a.C., y que tenía más bien el
carácter de una orden religiosa. Sus miembros debían llevar una vida digna.
Estaban sometidos a una dieta dirigida a mantener su equilibrio y hacerlos
resistentes contra las perturbaciones del mundo exterior. La ideas de Pitágoras
tuvieron marcada influencia sobre la medicina griega y son las principales
responsables de la teoría de los cuatro humores, que se suponía constituían el
sustrato de la vida y la enfermedad. A los griegos corresponde, pues, haber
desarrollado una higiene personal altamente refinada. Pero no debemos olvidar
que ésta no era generalizada, sino limitada a los altos estratos sociales. La gran
masa del pueblo, los esclavos, campesinos y jornaleros estaban excluidos.

Corresponde a los romanos el mérito de haber desarrollado la salud pública.


Una organización sanitaria efectiva sólo es posible cuando existe un gobierno
fuerte y estable. Grecia estaba divida en pequeños estados, luchando entre sí
casi todo el tiempo, mientras que en Roma las condiciones eran mucho más
centrípetas y su capacidad y fuerza de organización di un tremendo ímpetu a la
salud pública. Ya en los tiempos remotos de los reyes, se aprobaron leyes
disponiendo el entierro de los muertos fuera de la cuidad. Todavía podemos ver
los arcos de la Cloaca Máxima y los 11 acueductos, aductores del agua que se
distribuía a la ciudad por 18 cañerías. Cuatro bastan hoy para hacer de Roma
hoy la ciudad mejor abastecida de Italia. Según las descripciones disponibles,
en el siglo IV d. C., existían once grandes termas, 856 baños, 1352 pilas y
fuentes y 11 vertientes. Casi todas las casas tenían cisterna y desde el año 11 a.
C., no se pagaba impuesto por el agua.

Al término de la antigüedad, la higiene personal se deteriora. De un medio se


convirtió a un fin en sí. El resultado fue contrario a lo buscado: el deporte se
convirtió en espectáculo; el baño dejó de ser un medio de limpieza para
conducir al afeminamiento. El mundo estaba decayendo.
El Cristianismo produjo una fuerte reacción. La nueva religión encontraba sus
discípulos entre las clases más bajas, que tenían poco o ningún interés en la
higiene, y mantenían una actitud enteramente diferente hacia el cuerpo
humano. La concepción cristiana era dualista: cuerpo y alma se contraponen, y
lo que importa es el alma. ¿Por qué, entonces, preocuparse del cuerpo, la parte
terrenal y pecadora del hombre? Es evidente que tal actitud no era favorable
para el desarrollo de la higiene y los grandes logros de la antigüedad se
desvanecen, no sólo por la dureza de los primeros siglos de la Edad Media, con
sus continuas guerras, sino principalmente a causa de esa actitud diferente.
Sin embargo también en la Edad Media, las gentes querían llevar una vida sana
y feliz. Es verdad que el cuerpo es nuestra parte perecedera, pero es la morada
del alma y debe por tanto ser protegida y cuidada; de ahí que la iglesia se
reconcilia con la medicina y apoyo los esfuerzos para mejorar las condiciones
sanitarias. Conocemos un gran número de “regimina sanitatis”, conteniendo
principalmente sencillas reglas sobre salud, en prosa y en verso. El más
conocido es el régimen atribuido a la escuela de Salerno, traducido a muchos
idiomas. Se construyeron baños públicos, donde uno podía darse un baño de
vapor y recibir los consejos del cirujano-barbero.

La mayoría de los textos quirúrgicos de la época incluyen un capítulo llamado


“De Decoratione”, en el cual se discuten asuntos cosméticos y de higiene.

Con la llegada del Renacimiento, reviven los ideales griegos y se desarrolló una
sociedad cuyo norte moral es la humanidad, lo cual significó el más alto
desarrollo posible del hombre entre sus congéneres, el más alto desarrollo de la
personalidad. El arte y las instituciones griegas fueron estudiadas con avidez y
se aspiraba a volver a vivir como los griegos. Cabía esperar que tal actitud
conduciría a un renacimiento de la higiene griega, pero no fue así. ¿Por qué?
Porque el ideal educacional del Renacimiento, aunque antiguo por cierto, no era
el ideal platónico del hombre armonioso, sino el ideal de Quintiliano, del “homo
Ciceroniano”. Era unilateral, tendiendo a desarrollar la calidad mental del
individuo y sus habilidades retóricas. No extraña que las condiciones sanitarias
fueran todavía muy malas y siguieran siendo precarias durante siglos. La
mortalidad, sobre todo entre los niños, era aterradora. La peste nunca se
extinguía y terribles epidemias de difteria, tuberculosis, sarampión, tifus,
tifoidea asolaban a la población. Las primeras estadísticas vitales se
compilaban en el siglo XVII y, a pesar de ser muy imperfectas, llamaron la
atención pública hacia las terroríficas tasas de mortalidad. Todo el mundo tenía
miedo; uno sentía que la población estaba amenazada y que algo había que
hacer. Durante el siglo XVIII, la higiene mejoró considerablemente y estos
progresos no fueron debidos tanto a los esfuerzos médicos, como a las
condiciones políticas y a la filosofía de la época. En un gobierno absolutista, el
monarca se siente responsable por sus súbditos; es para el pueblo lo que el
padre para sus hijos. El ordena lo que debe hacerse para estar sano y prohíbe
lo que es dañino. La salud es cuidada o impuesta por medio de la policía. No es
casualidad que John Peter Frank llamara su famoso libro: “Un sistema
completo de Policía Médica” Frank es el principal representante de esta
tendencia absolutista. Su ideal es un sistema de policía con un código o libro de
leyes que ordenan a la gente lo que debe hacer para mantenerse sanos, desde
su nacimiento hasta su muerte. Según Frank hasta los procesos más íntimos
de la vida deben ser regulados por estas leyes policiales. Podemos definir esta
modalidad como “higiene desde arriba”.

Pero simultáneamente, se puede apreciar una nueva tendencia a parejas con el


despertar de las masas convulsionadas durante el siglo XVIII. En 1762, aparece
el “Contrato Social” de Jean Jacques Rousseau. En abierta oposición al
concepto del gobierno absolutista, sostenía que los hombres son, por naturaleza
buenos, pero manejados desde arriba por la tiranía y la corrupción; la gente es
desgraciada porque no se ilustra, se enferma por ignorante. Debe ser educada
sobre todo en lo concerniente a la salud y la enfermedad. Nada bueno puede
venirle al pueblo desde arriba; tienen que ayudarse a si mismos y pueden
hacerlo porque son razonables. Y así nace una “higiene desde abajo”. Aparece
una profusa literatura y se fundan muchos periódicos para enseñar los
métodos de la higiene. Son las teorías que condujeron finalmente a la
Revolución Francesa.

La misma tendencia puede observarse en los Estados Unidos, donde algunos


filántropos, como Benjamín Franklin, desplegaron gran esfuerzo para mejorar la
salud de la gente modesta. A instigación de dos líderes de Carolina del Norte, se
traduce al inglés y se adapta a las condiciones norteamericanas, el más famoso
catecismo de salud de la época, escrito por el médico alemán Bernhard
Christoph Faust, en 1794. Cuatro años aparece la edición americana en Nueva
York.

Casi al mismo tiempo se descubre al niño y surge un poderoso movimiento en


favor del bienestar de la infancia. También había que libertar al niño, que había
sido dejado en manos de niñeras y tutores que no comprendían sus
necesidades. Los problemas de la educación eran objeto de apasionadas
controversias. El filántropo se empeñaba en desprender la educación de la
religión, al menos en la religión positiva, que había de ser reemplazada por la
teología natural. Y el siglo se cierra con el gran descubrimiento de la
vacunación.

La Revolución Francesa no sólo fue seguida de una reacción en el ámbito


político, sino también el campo de la higiene. En el siglo XVIII, todo el mundo se
interesaba en los problemas de la higiene y del bienestar común. A comienzos
del siglo XIX, el burgués enriquecido no está muy interesado en la suerte de sus
semejantes. Pero ya se está anunciado una nueva revolución, la Revolución
Industrial. Las nuevas máquinas alteran la estructura entera de la sociedad, la
población crece tremendamente y grandes masas viven en las condiciones más
miserables. Surge una nueva clase, el proletariado industrial cuya situación
higiénica es aterradora. Las gentes se sienten amenazadas de nuevo, y cuando
el cólera invade el mundo allá por la década del treinta, la conciencia pública
general experimenta un brutal despertar. La burguesía reconoce por fin, que las
malas condiciones de salud amagan su propia existencia, y así, en 1843, se
establece en Inglaterra una comisión para estudiar el estado sanitario de todo el
país, todo lo cual condujo a la dictación de la primera ley de salud pública en
1848.

El nuevo movimiento higiénico empezó en Inglaterra. En otos países se hablaba


mucho de la higiene, se escribían libros por montones y se derrochaban
consejos teóricos. Inglaterra tomó la delantera en la aplicación práctica, y es
natural preguntarse por qué este país se convierte en el centro de la avanzada
higiénica en la mitad del último siglo. La razón es obvia. La higiene presupone
un ideal definido de lo que es el hombre sano. Mientras en el continente
europeo, la educación era unilateralmente intelectual, en Inglaterra era
humanística en el verdadero sentido de la palabra. Era el viejo ideal griego del
hombre bien equilibrado, mental y corporalmente armonioso. El deporte era un
componente esencial de la educación británica y donde quiera se le cultiva
seriamente, se crean las condiciones para la higiene personal. Por otra parte, la
salud pública requiere un gobierno internamente fuerte. Alemania estaba divida
en pequeños estados, Francia e Italia pasaban de una revolución a otra,
mientras Inglaterra vivía bajo las mejores condiciones de estabilidad interna a
semejanza del Imperio Romano en la antigüedad.

De Inglaterra, el movimiento se propagó por todo el mundo. Los grandes


descubrimientos biológicos proporcionaron nuevos métodos, que hacen posible
combatir la enfermedad de modo cada vez más eficiente, conduciendo al
proceso en que nos hallamos activamente empeñados todavía, y en el que
vuestro Instituto de Tecnología juega un papel tan importante. Y sin embargo,
debo repetir que la medicina solo jamás será capaz de vencer la enfermedad. Así
lo ilustra, de modo particularmente gráfico, el trabajo hecho aquí en los
Estados Unidos, para prevenir la tuberculosis y las enfermedades venéreas.
Mientras la campaña contra la tuberculosis, hincada iniciada a principios del
siglo, ha tenido un éxito rotundo, la profilaxis de las enfermedades venéreas
hasta aquí ha sido un fracaso. La explicación es fácil. Las razones no se
encuentran en el campo de la medicina, pues conocemos bien la naturaleza de
ambas enfermedades y el tratamiento de la sífilis es, probablemente, más fácil.
De nuevo, la explicación tiene una raíz cultural. La tuberculosis es considerada
por la población como una desgracia, en tanto que la sífilis es un castigo al
pecado. Las enfermedades venéreas están, todavía, cubiertas por un velo que
hace difícil combatirlas abiertamente. Por consiguiente, para lograr el éxito, la
campaña debe empezar cambiando la actitud global de la población hacia ellas.

Desde cualquier ángulo que abordemos estos problemas, una y otra vez
encontramos que la higiene y la salud pública, igual que la medicina en general,
no son sino un aspecto del conjunto de la civilización de la época, y son
determinadas, en un amplio grado, por las condiciones culturales de su tiempo.
III – LA HISTORIA SOCIAL DE LA MEDICINA∗
Quisiera llamar vuestra atención hacia un área de estudios en la historia de la
medicina, que ha sido considerablemente descuidada en el pasado. Si ustedes
abren cualquier texto de historia médica y tratan de tratan de encontrar cuales
eran las condiciones sanitarias rurales de en Francia durante el siglo XVIII, o
qué significa la enfermedad para la familia de un artesano en el mismo período,
de ordinario no hallaran información alguna. Sabemos mucho acerca de la
historia de los grandes descubrimientos médicos, pero muy poco acerca de su
aplicación y a quienes beneficiaban. Los grandes logros de la clínica francesa en
mismo período, las condiciones de salud de la población industrial eran atroces.
Por largo tiempo, este enfoque bibliográfico ha sido el más popular entre los
historiadores médicos y de los libros que escribían: era un enfoque muy
atrayente, a causa de su fuerte contenido humano, que se prestaba mucho para
la dramatización. Así la historia parecía como el libre juego de hombres de
genio, que hacían sus descubrimientos poseídos por un deseo de encontrar la
verdad. Había gran interés en los “primeros”, quién descubrió primero una
enfermedad o quien practicó una operación. A lo largo de mis estudios, he
encontrado que muchos hallazgos fueron hechos simultáneamente por varios
individuos. Hay genios potenciales presentes en todo momento y, muy a
menudo, las circunstancias determinan que se realicen o no, y a que temas
aplicaran su genio. Pasteur era un químico y consideraba su principal tarea,
aclarar el secreto de la vida, estudiando la estructura de la materia;
circunstancia externas lo llevaron al campo de la patología, donde habría de
hacer sus mayores contribuciones.

Más de una vez, he escandalizado a mis auditorios médicos, diciendo que la


medicina no es tanto una ciencia natural como una ciencia social. La meta de
la medicina es social: no se trata sólo de curar una enfermedad y restaurar un
organismo. Su objetivo es mantener al hombre adaptado a su ambiente, como
un miembro útil de la sociedad, o readaptarlo, según sea el caso. Para lograr
este propósito, la medicina aplica, constantemente, los métodos de las ciencias
naturales; no obstante, su objetivo último es social. En cada acto médico, hay
siempre dos partes afectadas, el médico y el enfermo, o en un sentido más
amplio, el cuerpo médico y la sociedad. La medicina no es sino el complejo de la
relaciones múltiples entre estos dos grupos. Por consiguiente, su historia no
puede limitarse a la ciencia, las instituciones y los personajes de la medicina,
debe incluir también la historia del paciente y del médico en la sociedad, así
como la historia de las relaciones entre uno y otro. De este modo, la historia se
convierte en historia social, y espero poder mostrarles a continuación, que este
enfoque es promisor y puede contribuir a una mejor comprensión de los
problemas sociales de la medicina que hoy estamos enfrentando.

Posición social del enfermo.


Leído ante la Academia de Medicina de California en San Francisco, el 11 de marzo de 1940.
La posición del hombre enfermo en la sociedad ha cambiado apreciablemente a
los largo del tiempo. Hay todavía tribus primitivas que abandonan a quien
padece de una seria enfermedad: la sociedad le teme como a un muerto y huye
de él, en forma que está socialmente fallecido, antes de morir físicamente. En
tribus más civilizadas, el enfermo es considerado víctima de fuerzas malignas,
la brujería, espíritus malvados o las iras de alguna divinidad. En la cultura
semítica, aparece una posición distinta el paciente es una víctima, sin duda,
pero sufre en castigo al pecado, sea cometido por él, sus familiares o su clan.
Esta antigua actitud ha perdurado por siglos y milenios, cargando al enfermo
con el estigma de pecador. En la Edad Media, las epidemias y otras catástrofes
naturales fueron consideradas, a menudo, castigos impuestos por Dios. Y hasta
hace no mucho tiempo, había quienes creían que las enfermedades mentales
eran el resultado de una vida desordenada y que las afecciones era el castigo
lógico a la promiscuidad sexual.

Distinta fue, de nuevo, la posición social del enfermo en la antigua Grecia. En


un mundo de belleza y equilibrio la enfermedad era considerada una maldición
y el enfermo era un ser inferior, lo cual hizo su situación particularmente difícil.

La Cristiandad brindó al hombre enfermo una posición preferencial en la


sociedad, que jamás había tenido. La nueva religión prometía la curación y la
redención de toda la humanidad doliente, a los pobres, los oprimidos, los
pecadores y a los enfermos. El Cristianismo libró al enfermo del fardo que antes
soportara, dejando de ser considerado un ser inferior o alguien que debía ser
castigado por pecar. Sufriendo, el hombre cargaba la cruz de Cristo y se
requería compensarlo en el más allá. Cuidar al prójimo enfermo pasó a ser una
obligación. Al incorporarse a la comunidad cristiana, todo individuo se
convertía en miembro de una familia y así como la familia debe cuidar de sus
hijos enfermos, la familia cristiana es responsable de sus hermanos enfermos.
Cuando el cristianismo llegó a ser la religión oficial del Imperio Romano, la
sociedad como tal asumió responsabilidad por el cuidado del enfermo.

Desde el comienzo de nuestra era, el paciente ha mantenido esta posición


preferente en la sociedad. Cuidarlo en su desgracia, fue un deber caritativo
durante la Edad Media. Hoy lo es todavía más. Sabemos que si grandes
sectores de la sociedad están enfermos, ellos representan una amenaza para el
conjunto. Es un asunto de sentido común médico ofrecer atención al enfermo
indigente y prevenir las epidemias y enfermedades serias. De manera creciente,
hemos adoptado el punto de vista de que el hombre tiene derecho a la salud o,
más correctamente, tiene derecho al acceso de todos los recursos que la ciencia
médica puede ofrecer, para proteger o recuperar su salud. Este derecho era
justificado en 1847por un médico alemán, Salomón Neuman, argumentado que
el Estado se había comprometido a proteger la propiedad de todas las personas
y que la única propiedad de los pobres es su fuerza de trabajo, que depende por
completo de su salud. No parece necesario, hoy, tal justificación en un Estado
cuya constitución garantiza la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Si
ha de proteger esos derechos como inalienables y si persigue promover el
bienestar en general, parece obvio que la salud deba ser una preocupación
fundamental del gobierno.
Posición social del médico.

El médico de la sociedad primitiva, que era a la vez sacerdote y brujo, sabía


como aplacar a los dioses, conjurar las brujerías y tenía experiencia en el uso
de las yerbas. Debía consultar con los oráculos para conocer la naturaleza de la
enfermedad de una persona y ser capaz de curarla.

Con el desarrollo de la civilización, esta función triple se repartió. En todos los


tiempos hubo pacientes que buscaron mejoría en la religión y no en la medicina;
cada cultura dio lugar a formas definidas de medicina religiosa, cultos curativos.
En la antigua Grecia, fue el culto a Asclepios, en cuyos templos se hacían curas
milagrosas. En el período romano fue tan popular, que otros dioses entraron a
competir y los pacientes colmaron estos templos de curación, a través de todo el
mundo antiguo. En la primitiva iglesia cristiana, los enfermos eran tratados
mediante oraciones. En la Edad Media, se pensaba que los enfermos mentales
estaban poseídos por espíritus malignos y su tratamiento lógico eran los
conjuros y exorcismos. Y hasta nuestros días, la iglesia católica y las sectas
protestantes han practicado la curación por la fe, de modo que la medicina
religiosa realmente ha sobrevivido a través de los tiempos.

La creencia en magia y brujería tiene también una larga historia. Lo que una
vez fue considerado ciencia legítima, fue más tarde llamado superstición; pero
concientemente o no, todavía la gente usa amuletos o lleva a cabo gestos o
acciones para contrarrestar la influencia de signos malignos. Y hasta no hace
largo tiempo, muchas mujeres fueron perseguidas como brujas.

El componente racional, empírico de la medicina primitiva, evolucionó a parejas


con el desarrollo de la civilización, hacia un sistema de medicina que excluía lo
transcendental que estaba basado en la observación y la razón. El medico
hipocrático ya no era sacerdote y mucho menos brujo. Era un artesano y se lo
formaba como tal. Entraba al servicio de un maestro como aprendiz, lo
acompañaba al lecho de los enfermos, lo ayudaba a preparar los medicamentos
y a operar, mientras iba aprendiendo a observar los síntomas de la enfermedad,
a evaluarlos para conocer el futuro del paciente y a manejar los tratamientos y
curaciones. Cuando él mismo llegaba ser un maestro, practicaba
independientemente, de ordinario, como médico viajero. Sólo las ciudades
mayores tenían doctores residentes, a los que se les permitía cobrar por sus
servicios, garantizándoseles un ingreso mínimo. Los pueblos pequeños eran
atendidos por médicos que iban ofreciendo sus servicios de puerta en puerta
igual que cualquier otro artesano. Si había bastantes enfermos en el pueblo el
doctor arrendaba un taller, el “iatreion” donde examinaba y trataba a los
pacientes que le traían, trasladándose al próximo pueblo, una vez concluido el
trabajo. En una sociedad que no daba licencia a los médicos, no había garantía
sobre sus conocimientos; cualquiera podía llamarse médico y cobrar honorarios.
Lo único que lo legitimaba era su reputación.

De allí el gran énfasis que se daba a la “doxa”, reputación en la antigua ética


médica. Reputación era el premio del juramento hipocrático – “ y si cumplo este
juramento y no lo quebranto, séame dado ganar reputación entre todos los
hombres”-. Igual que otros artesanos, el doctor griego vendía sus servicios por
dinero. Los vendía a quien podía comprarlos y era generalmente aceptado que
quien carecía de dinero, carecía de atención médica.

Las cosas cambiaron con la llegada del cristianismo. Se generalizó la opinión de


que todo el mundo debía se atendido, rico o pobre y recibir todos los cuidados
que la ciencia médica pudiera darle. A comienzos de la Edad Media la mayoría
de los doctores eran clérigos, mantenidos por la iglesia, y sus servicios eran
caritativos; estas condiciones profesionales se mantuvieron por varios siglos,
aún después que muchos laicos ingresaron a su práctica. Numerosos médicos
recibían estipendios de la iglesia para darles independencia económica, otros
tenían cargos pagados al servicio de la ciudad, como médicos municipales, y
otros estaban asimilados como médicos de la cámara en la corte de algún noble,
laico o eclesiástico. En su práctica privada, todos debían cumplir los rigurosos
estándares aprobados por las facultades médicas, que actuaban como su
corporación gremial. La competencia era escasa o nula. El mundo medieval era
un mundo estático, en que cada uno nacía con un status bien definido y donde
todos los aspectos de la vida estaban regulados por con plena autoridad.

Las condiciones vuelven a cambiar en el siglo XVI, cuando empieza a


desarrollarse un nuevo orden económico, que apelaba a la libre iniciativa y a los
valores individuales de cada hombre. Había nacido una nueva filosofía política,
el liberalismo. Las autoridades tradicionales eran resistidas y combatidas. Se
reformó la iglesia, el mayor poder de la Edad Media, se rompió la autoridad de
los gremios, que regulaban la vida industrial. También surgió la oposición
contra Aristóteles, Galeno, Avicea y demás autoridades en el campo de la
ciencia y la medicina. Las facultades médicas ofrecieron una lucha desesperada
para conservar su poder tradicional; pero en vano. Como ellas no se abrieron a
la nueva ciencia, se fundan academias que se convierten en centros de
investigación; el poder de regular la práctica médica es asumido, gradualmente,
por entidades estatales.

Este nuevo orden afectó de manera muy profunda a la profesión médica. Se


encontró en un mundo competitivo en que las profesiones dejaron de ser
misiones divinas y pasaron a ser un modo de ganarse la vida. De nuevo, los
doctores tuvieron que vender sus servicios a quienes podían comprarlos, como
había hecho el médico-artesano griego; pero, al mismo tiempo perduró y aun se
extendió, el punto de vista cristiano, según el cual todo el mundo, pobre o rico,
tenía derecho a la atención médica. De aquí surgió una contradicción que
todavía estamos sufriendo. Por un largo tiempo la profesión médica se resistió a
ser incorporada al nuevo orden económico. Los doctores seguían deseosos de
obtener cargos rentados. Ya no sólo los nobles tenían su médico de cámara,
sino también las familias de la clase media, que pasaban a su médico de familia
una suma anual, considerada razonablemente dentro de sus recursos; si un
doctor servía a un número suficiente de familias, se hacía económicamente
independiente y podía dedicar gran parte de su tiempo a la atención de los
pobres. Los doctores lucharon heroicamente contra la comercialización de la
medicina; pero, en un mundo regido por duras necesidades económicas,
tuvieron que vender sus servicios, compitiendo entre sí, para poder subvenir su
manteción. No es por accidente que la profesión organizó sociedades médicas y
estableció códigos de ética y de etiqueta durante el siglo XIX. Fue la última
tentativa desesperada para proteger a la práctica médica de alguno de los
peores aspectos de la competencia comercial.

La relación médico-paciente.

Examinemos ahora la historia de la relación entre el médico y el paciente.


Originariamente, fue una relación privada entre dos personas, que a nadie más
concernía. Sin embargo, aún la mirada superficial a la historia revela una
fuerte tendencia de la medicina a convertirse en una institución social. Médico
y paciente son dos personas que se ponen en contacto, merced a un acuerdo
individual; pero, al mismo tiempo, ambos pertenecen a grupos sociales, y ya
desde los primeros tiempos, la sociedad demostró interés en los actos del
médico. La profesión le entrega al doctor una suma considerable de poder,
colocado libremente en sus manos fuerzas físicas, químicas y biológicas. Entra
en todos los hogares y conoce secretos que la gente no divulgaría a ninguna
otra persona. Tiene derecho a cobrar honorarios por un servicio cuyo valor el
paciente no lo puede estimar. La ignorancia, la avaricia y todas las formas del
mal uso del poder del médico, representan una seria amenaza para la sociedad,
la cual trató, por tanto, de protegerse estableciendo normas y reglamentos de
conducta profesional.

Es así como se encuentran normas sobre tarifado y otros aspectos del ejercicio
profesional ya en el año 2000 a.C., en el Código de Hamurabi, igual que entre
los antiguos persas. Los griegos no aprobaron reglas estatales sobre la práctica
de la profesión; pero el juramento de Hipócrates prueba fehacientemente que
existían estándares reconocidos.

El primer comienzo de licencia médica aparece en Roma. Como los emperadores


ofrecieron crecientes privilegios ciudadanos a los doctores, se estimó necesario
exigirles que mostraran credenciales para ser incluidos dentro de la cuota
máxima de médicos fijada a cada ciudad. Y bajo el imperio de Federico II, en el
siglo XIII, se tomó un paso importante en el sur de Italia, para proteger a la
sociedad de la ignorancia médica, que incluían la exigencia del candidato a ser
sometido a examen ante los maestros de Salerno, en presencia de un
comisionado estatal. Ningún médico podía ejercer sin una licencia. Las
farmacias se hallaban bajo estricto control del Estado. El ejemplo de Federico II
y de la escuela de Salerno fue pronto seguido por otros países europeos.

El estado no solo protege a la sociedad exigiendo que los médicos adquieran


una cantidad definida de conocimientos, sino que también les impone el
cumplimiento de una serie de órdenes y normas, hoy incorporadas al Código
Penal de la mayoría de las naciones. El secreto profesional está protegido por la
ley y el médico es responsable de sus acciones ante los tribunales; puede ser
juzgado si causa daño al paciente, razón por la cual muchos doctores contratan
seguro contra riesgos llamados de mala práctica profesional.

La sociedad no sólo reglamentó la conducta de los doctores, sino que asumió


algunas funciones médicas. Se encontró que muchas tareas eran de tal
magnitud que rebasaban la capacidad del facultativo individual y requerían el
poder del Estado. Desde temprano, en la antigüedad, el saneamiento de las
viviendas y la protección de los grupos contra las enfermedades epidémicas,
pasaron a ser funciones administrativas estatales. A través de la Edad Media, la
salud pública fue una destacada función de la administración municipal y su
campo se ha ampliado considerablemente, con el progreso de la medicina. Cada
vez que la medicina privada era incapaz de resolver un problema, los servicios
públicos tenían que hacerse cargo. Así ocurrió con la atención de los enfermos
mentales y tuberculosos, o los indigentes en hospitales públicos; en años
recientes, la lucha contra la mortalidad maternal e infantil y contra las
enfermedades venéreas ha pasado a ser una función pública dominante. Y, en
cada país, una gran parte del trabajo médico está en manos de organismos
estatales.

El ámbito de la medicina se amplió considerablemente en cada siglo. El médico


de hoy es el consejero psicológico del educador y la higiene mental empieza a
jugar un papel de importancia creciente. Es, también, consejero científico y
psicológico de los tribunales sin cuya cooperación la administración de la
justicia no sería posible. El médico tiene que determinar la causa de muerte y
aconsejar al juez acerca de la responsabilidad del criminal; los psiquiatras son
cada vez más consultados antes de dictar una sentencia que no sólo castigue,
sino que también rehabilite al criminal.

Los cambios económicos han tenido una gran influencia sobre la medicina. El
surgimiento de la industria, a partir de fines del siglo XVIII, ha creado toda una
serie de nuevos problemas. Los trabajadores han tenido que ser protegidos
contra nuevos riesgos. Todos los países civilizados han aprobado leyes que
garantizan la compensación y el tratamiento de los obreros víctimas de
accidentes industriales o de enfermedades, forzando así a los empresarios a
tomar medidas para reducir los riesgos de salud. A medida que se desarrollaba
la industria, progresaba la medicina. Muchas vidas que estaban
irremisiblemente condenadas hace 50 años, hoy pueden ser salvadas. El
progreso de la medicina, sin embargo, la encareció de tal manera, que grandes
sectores de la población ya no son capaces de pagar los servicios que necesitan.
Y se ha creado así una situación paradójica: disponemos de los medios para
eliminar muchas enfermedades que, sin embargo, siguen presentes entre
nosotros, debido a que no somos capaces de aplicar nuestros conocimientos
científicos a todos los que necesitan tratamiento.

Mientras la medicina progresaba, a impulso de los grandes avances científicos


del siglo XIX, la estructura de la sociedad también experimentó cambios básicos,
a consecuencia de la Revolución Industrial. Hace 100 años, en los Estados
Unidos, igual que en todos los países industrializados, una de cada cinco
personas con trabajo pagado, era asalarida, mientras que hoy cuatro de cinco
son obreros o empleados que viven de un salario o de un sueldo. Donde la
mayoría de las gentes depende, de sus ingresos, del mercado del trabajo y
pueden perder su empleo, por cualquiera fluctuación, se crea necesariamente
una fuerte sensación de inseguridad y, como resultado, una fuerte demanda de
esquemas que garanticen al pueblo, una cierta dosis de seguridad social.
La situación se agudizó hace mucho tiempo y ya en el siglo XIX, se buscaron
mecanismos y recursos para ofrecer atención médica a personas de bajo ingreso,
sobre otras bases que no fuera la caridad. En Rusia, allá por 1864, se
estableció un sistema completo de servicios médicos estatales para los distritos
rurales, financiado a través de impuestos. En Alemania, el seguro social
obligatorio de enfermedad se implantó en 1883, siendo adoptado más tarde por
un país tras otro en Europa, y en años recientes, por 4 repúblicas
sudamericanas.

La sociedad también ha adquirido una conciencia creciente del fardo económico


que representa la enfermedad. Las condiciones de salud han mejorado mucho;
pero disponemos de conocimientos que nos capacitan para mejorarlas aún más.
Todavía sufrimos, en cada país, incontables casos de enfermedades
innecesarias y muchas muertes prematuras. La planificación social es tan
requerida en el campo médico, como en cualquier otra actividad humana.

El problema es universal. Aún este análisis tan esquemático ha debido mostrar


que las condiciones han cambiado. La sociedad en que vivimos es muy diferente
de aquella de nuestros antepasados. El médico ya no es un “shaman”, un
artesano, ni un sacerdote. Tiene nuevas tareas, nuevas funciones y nuevas
armas. Una nueva ciencia médica, al servicio de un nuevo tipo de sociedad,
necesariamente requiere nuevas formas de organización médica.

Pienso que el enfoque sociológico de la historia de la medicina nos da una mejor


comprensión del pasado, al mismo tiempo que nos ayudad a planificar para el
futuro.
IV – PROGRESOS Y TENDENCIAS EN GINECOLOGIA∗

No trataré de cubrir la historia de la ginecología en una presentación tan breve.


Sería un esfuerzo vano, a parte de que todos Ustedes están familiarizados con
los hechos descollantes en la historia de vuestra ciencia y arte. Mi tarea será
diferente. Centrado en torno a la ginecología, quisiera hacer unas pocas
observaciones históricas generales, para mostrarles que existen dos aspectos
definidos en la historia de la medicina. A menos que consideremos ambos,
jamás lograremos formarnos un cuadro global de su desarrollo. En verdad, hay
dos historias de la medicina. Una es la historia de la ciencia médica en sí. Ella
nos enseña cómo el hombre descubrió gradualmente la estructura del cuerpo
humano, la función de sus órganos, los mecanismos de la enfermedad, los
medios para diagnosticar las condiciones mórbidas y para evaluarlas en la
formulación de un pronóstico, y los métodos de tratamiento. A medida que
mejora el conocimiento, se hacen más eficaces las armas para prevenir y curar
la enfermedad. Pero ésta es sólo una parte del cuadro, que tiene otro aspecto, a
saber: la historia social y cultural de la medicina. El saber solo no basta, ni
será eficaz, a menos que seamos capaces de aplicarlo. La sociedad debe estar
preparada para aceptar el consejo médico y es aquí donde encontramos que las
opiniones religiosas o filosóficas, y las condiciones económicas y sociales que
han ejercido una gran influencia y han determinado, en amplio grado, el éxito o
el fracaso de la medicina.

Hay otro punto que debe ser tomado en cuenta. La investigación científica fue
aplicada en cada época a los temas que entonces parecían importantes, pero su
valoración también cambia, considerablemente, al influjo de factores no
médicos. La pediatría moderna no podía desarrollarse antes que la química
alcanzara cierto nivel, pero tampoco antes de reconocer que el niño es más que
un adulto pequeño y aceptar el cambio de su posición en la sociedad. Igual
ocurrió con la ginecología. La actitud de la sociedad hacia la mujer y su
posición en la estructura social, fueron factores tan importantes en la historia
de la especialidad como ciencia médica. Quisiera ilustrarlo pensando
rápidamente con ustedes a través de las distintas épocas.

Un punto decisivo en la historia de la ginecología deriva del hecho que el sexo


juega un papel muy importante en la vida de la mujer y constituye para ella
una carga más pesada. La naturaleza le ha impuesto la mesturación, un largo
embarazo, los dolores del parto y el período de lactancia. Eso explica dos
actitudes básicas. La mujer es periódicamente debilitada por su vida sexual,
requiriendo protección. Se ve obligada a depender de alguien, abriendo la
puerta a la explotación. La historia de la explotación de la mujer por el hombre
no tiene fin. Quienquiera que haya viajado por los países del mediterráneo
oriental, tiene grabado en su mente el cuadro familiar de una mujer caminando
con pesadas cargas en sus brazos y cabeza, seguida por su esposo y señor
fumando, confortablemente montado en un burro. Aún en nuestra propia
sociedad, discriminamos constantemente en contra de las mujeres, pagándoles


Presentado en la 66ava Reunión Anual de la Sociedad Americana de Ginecología, en mayo de 1941.
menor salario por igual trabajo. Discriminamos en contra de las maestras
casadas y de las doctoras y estudiantes de medicina, hasta en nuestros propios
hospitales.

Por otra parte, por dar nacimiento a la vida, la mujer se convierte en un objeto
de veneración. Es fértil como el suelo. El misterio de la creación tiene lugar en
la mujer, como en la naturaleza. Esta fue objeto de culto, y también lo es la
mujer. La Gran Madre es una deidad de las primeras civilizaciones. Se han
excavado estatuillas neolíticas representando a una mujer, que es todo sexo y
no cabe duda que corresponde a una divinidad. En algunas tribus, los muertos
eran enterrados con su cabeza cubiertas con conchas ornamentales, que
simbolizaban los órganos genitales femeninos, la puerta de la vida y debían
ayudar al difunto a volver de nuevo al mundo. Esta función de la mujer, como
creadora de la vida, le dio poder y prestigio en ciertas épocas, lo que explica la
organización matriarcal de muchas tribus primitivas.

La fertilidad masculina fue raramente cuestionada y aún hoy, cuando una


familia no tiene hijos, primero se sospecha de la mujer y es difícil convencer a
un marido que la responsabilidad puede ser suya.

El hecho de que el misterio de la creación tenga lugar en la mujer, llevo a


pensar que el útero debía ser un órgano especial y, frecuentemente, se le
considero como un organismo vivo independiente, con movimientos propios,
dotado con deseos y caprichos. Uno de los más antiguos documentos médicos,
el papiro ginecológico de Kahun, escrito en el tercer milenio a. C., describe al
útero como irritado o perezoso o desplazándose a lugares que no le
corresponden. Todas estas condiciones fueron estimadas causas de enfermedad.
La palabra histeria, que todavía usamos, no significa sino enfermedad del
“hystera”, útero en griego. En un exorcismo medieval, que he encontrado en un
manuscrito del siglo décimo, el sacerdote se dirige al útero, conjurándolo a
permanecer en el lugar que Dios le ha asignado y a no seguir vagando por el
cuerpo, causando enfermedad. En las ofrendas votivas, el útero es a menudo
representado como un animal, de preferencia un sapo. Aún en la terapia
racional, ciertos procedimientos, como la fumigación con drogas fragantes,
perseguían “aplacar” al órgano.

Debido a que el sexo jugaba un papel tan importante en la existencia de la


mujer y a que la nueva vida provenía de ella, se le impusieron más tabúes que
al hombre. En todos los antiguos cultos, se la consideró impura durante los
períodos mestruales, el parto y el puerperio, no pudiendo entrar al templo y
permaneciendo contagiosa hasta ser sometida a la purificación. Todo lo cual le
daba una posición de aislamiento social. El concepto de limpieza era puramente
espiritual, pero tenía la ventaja de protegerla contra el trato sexual durante la
mestruación y el período de involución uterina. Estas viejas nociones,
familiares para nosotros desde el Levítico, se mantienen vivas no solo entre los
judíos sino también en todo el mundo musulmán. He oído que en Bosnia, no se
permite a las mujeres dar a luz en el hogar, para evitar que este se contamine.
El parto tiene lugar en el establo, entre una cabra y una vaca, siendo las
infecciones bastante frecuentes.
El parto era considerado era considerado era considerado un proceso fisiológico
normal, y por tanto, no era materia de la medicina. En la sociedad más
primitiva, cuando llegaba su hora la mujer se iba al bosque o al río y, después
de un rato, volvía con su hijo recién nacido. En caso de ser necesario, la
ayudaba una mujer que ya hubiera pasado por esta experiencia y, por ende,
sabía de que se trataba. Así ocurre todavía hoy en todo el mundo. Y cuando las
mujeres empezaron a prestar esta ayuda profesionalmente, se convirtieron en
matronas. La institución de la partería u obstetricia ha jugado un papel de
extraordinaria importancia en la historia de la medicina. Hasta hace pocos
siglos, la matrona era el ginecólogo y el obstetra de la sociedad. Había adquirido
conocimientos y destrezas empíricamente y, además, era la confidente de las
mujeres; ella, y no el médico, era consultada en todos los asuntos relativos al
sexo.

Habiendo sido educado en Europa, donde las matronas como institución siguen
establecidas, tengo un alto respeto por el trabajo de estas mujeres. Las he visto
actuando en las aldeas montañosas del Cáucaso y en las tribus africanas. En
tanto que la sociedad no pueda ofrecer un obstetra adiestrado a cada mujer que
lo necesita, corresponde a la matrona un rol muy importante y hay situaciones
en las cuales puede lograr más que el médico. Tiene más tiempo para
acompañar a la parturienta y, a menudo está más próxima al pueblo, pertenece
al él, habla su lenguaje y está familiarizada con sus costumbres.

Antigüedad y Edad Media.

No sabemos cuándo la ginecología pasó a formar parte de la medicina. Apenas


el hombre empezó a observar los síntomas de las enfermedades y a razonar
sobre ellos, vio que las mujeres sufrían de dolores peculiares, de flujos,
secreciones e hinchazones; que sus períodos solían ser irregulares y que el
parto no era siempre un proceso fisiológico. Los papiros egipcios y las tabillas
cuneiformes de Babilonia mencionan síntomas y tratamientos ginecológicos. La
magia jugó un papel relativamente importante en esta área de la medicina. Se
usaban amuletos. Ninguna mujer egipcia empezaba su trabajo de parto, sin
tener a su alcance una pequeña estatua de la diosa Thoeris, con forma de
hipopótamo. Herótodo cuenta que la medicina egipcia era altamente
diferenciada y que había especialistas para cada órgano y enfermedad. Pero no
habla de especialistas para los órganos femeninos, por la sencilla razón que los
órganos y enfermedades de las mujeres eran el dominio de matrona. Ella era el
especialista.

En la Grecia antigua, la posición social de la mujer variaba considerablemente


según la Tribu. Entre los dorios de Esparta, las muchachas tomaban parte
activa en los ejercicios físicos de los hombres y eran adiestradas para ser
madres de soldados. Las condiciones eran muy distintas entre los jonios, donde
la joven crecía en el hogar, usaba velo en las calles y era casada por sus padres.
Se dedicaba a las tareas domésticas y su ginecólogo era la matrona.

Un movimiento hacia la emancipación surge en los siglos V y VI a. C., Platón


postulaba iguales derechos y obligaciones para hombres y mujeres, incluyendo
el deber de ir a la guerra. Aristóteles consideraba a la mujer un ser inferior, un
hombre incompleto; pero también quería que mejorara su posición social. Se
empezó a prestar atención creciente a la mujer y sus enfermedades, tendencia
que se refleja en los escritos hipocráticos. Por regla general, los médicos no
tratan enfermedades ginecológicas, pero las estudian y discuten y las matronas
les consultan casos difíciles cada vez con mayor frecuencia. Las afecciones
femeninas aparecen en la literatura médica desde Hipócrates hasta las escuelas
médicas de Alejandría, Roma y Soranus, y no cabe duda que los doctores
griegos y romanos tenían considerables conocimientos en la materia. Se
describieron correctamente muchos síntomas y se trataban las enfermedades
con medicamentos y dietas. Se practicaban operaciones como la embriotomía y
la versión podálica.

Un punto merece discusión separada, ya que plantea algunos problemas, a


saber la actitud de la antigüedad hacia el aborto. El juramento hipocrático
prohíbe al médico practicar el aborto, lo cual es más bien asombroso, pues
sabemos que se practicaba con mucha frecuencia a través de la antigüedad y
que algunos filósofos lo recomendaban como un medio para regular la
población. Las criaturas débiles y paralíticas eran destruidas sin vacilar y es
difícil comprender cualquier inhibición frente al aborto. Sólo conozco dos
explicaciones posibles. El juramento parece ser un documento muy viejo,
reflejando unas condiciones de una época en que la medicina era una ciencia
familiar secreta; puede haber estado ligado con ciertos movimientos religiosos,
como el Orfismo, que prohibían la destrucción de la vida en cualquier forma.
Otra posibilidad es que se ordene al médico abstenerse de practicar el aborto,
porque se debe dejarlo a cargo de quien propiamente le corresponde, esto es la
matrona, tal como el juramento prohibía al médico el ejercicio de la cirugía.

La situación cambia completamente con el advenimiento del Cristianismo.


Surgida como una religión que prometía la curación y la redención física y
espiritual, se dirigía al débil y al doliente, al pecador y al paralítico, y asignó al
enfermo una posición preferente en la sociedad. Se declaró que era un deber
social atender al enfermo y el arte de cuidarlo floreció como nunca antes. La
actitud hacia la medicina pagana no era, de modo alguno cordial en un
comienzo. Como religión, el Cristianismo estaba primariamente interesado en la
salud del alma y se requería mucha interpretación de la doctrina, para justificar
el cuidado del cuerpo y para conciliar el nuevo credo con la ciencia antigua.

La actitud hacia la mujer no fue en absoluto favorable al desarrollo de la


ginecología. Hombres y mujeres fueron declarados iguales ante Dios,
espiritualmente, en el más allá; pero en todo otro respecto, la mujer era
considerada un ser inferior. El hombre fue creado del barro, pero la mujer
provenía de su costilla. Eva trajo el pecado al mundo y su culpa es responsable
de los dolores del amor y de los sufrimientos del parto. Un padre de la iglesia
llamó a la mujer “jauna diaboli”, la puerta del infierno.

Estas concepciones influenciaron también la actitud hacia el sexo. Los griegos


aceptaron las relaciones sexuales como algo natural, como un proceso
fisiológico que, a veces, era recomendado por razones de higiene. El
cristianismo lo considero un pecado, salvo que fuera practicado por personas
casadas, con el propósito definido de procrear hijos. Origenes llegó hasta el
extremo de postular que el acto sexual debía ser ejecutado desapasionadamente
y, aún así, jamás en la misma pieza donde se oraba. La salvación del alma y el
propósito de la vida. El aborto era considerado un asesinato de carácter
particularmente condenable, porque impedía que un ser humano llegara hasta
el bautismo. En la disyuntiva de salvar a la madre o al hijo, el médico debía
sacrificar a la madre, sin vacilar, pues ella ya estaba bautizada y preparada
para ir al más allá, mientras que el niño, sin bautismo, sería relegado al limbo.
La anticoncepción era peor aún, pues impedía la creación de un ser humano. El
cristianismo impuso tabúes muy rígidos en materias sexuales, bajo los cuales el
mundo occidental había de sufrir por muy largo tiempo.

También en la Edad Media existían algunas formas de veneración por la mujer.


Era el culto de María, una virgen que había concebido sin pecado. Durante el
auge de la caballería, surgió el culto a la mujer, pero fue corta duración, tenía
muchos elementos paganos y estaba limitado a un grupo reducido. En general,
a través de la Edad Media, se la mantuvo relegada al hogar y al servicio del
hombre.

Tales condiciones no fueron favorables para el desarrollo de la ginecología y


cuesta registrar algún progreso durante este período. La ginecología y la
obstetricia estaban en manos de las matronas y sus prácticas seguían las líneas
tradicionales, basadas en reminiscencias de la antigüedad. Las “mulieres
Salernitanae” eran matronas especialistas en el tratamiento de enfermedades
de la mujer. La literatura consistía principalmente en catecismos, desde el
Mustio en el siglo VI d. C., hasta el “Rosengarten” de Roesslin en 1513.

El Renacimiento y los tiempos modernos.

Una revolución se produce durante el Renacimiento, en éste como en otros


campos culturales. Surge en Europa Occidental una nueva sociedad, muy
diferente del mundo estático de la Edad Media con sus memorias rigurosas. Se
destaca el valor del individuo y se hace el llamado a la iniciativa y la libre
competencia. Cambia la actitud hacia la mujer y se oyen voces pidiendo su
liberación. El gran humanista Erasmo de Rótterdam, en uno de sus
“Colloquies”, pone estas frases en labios de una mujer: “Los hombres son
tiranos, nos usan como juguetes…Nos usan como sus lavanderas o cocineras y
nos excluyen cuidadosamente de toda otra función. Que sigan a cargo de las
tareas del gobierno y de la guerra; pero la madre debería al menos tener voto en
el manejo de sus hijos”. Otro humanista. Cornelio Agrippa, en un documento
publicado en latín, en Antwerp en 1529, “Disquisición sobre la nobleza y
preexcelencia del sexo femenino”, va todavía más lejos diciendo: “Contrariando
toda ley divina y violando con impunidad la justicia natural, la tiranía del
hombre ha privado a la mujer de la libertad con que fue dotada al nacer…De
niña, se la mantiene ociosa en el hogar. Como si fuera incapaz de funciones
más altas, sólo se le permite tocar el hilo y la aguja”. Sin embargo tiene
legítimos títulos para reclamar sus derechos. Su parte en la crianza de los hijos
es mucho más importante que la del hombre. Ella alimenta a esas frágiles
criaturas y vigila su desarrollo. ¿Y acaso, no es tan inteligente como el otro
sexo? Tiene mayor intuición y agudeza de espíritu. Guiada por un instinto
privilegiado de su naturaleza, a menudo ve las cosas más correctamente que los
filósofos y los eruditos”.

En este marco científico y social, la ginecología no podía sino progresar. En el


siglo XVI, se echan las bases de una nueva anatomía humana, descriptiva y
sistemática. Todos los anatomistas de la época estudian los órganos femeninos.
Los dibujos de Leonardo, representando al niño “in útero”, son los primeros en
romper la larga tradición de láminas diagramáticas que ilustraban los
catecismos a partir de Musio. Vesalio observó que los huesos de la pelvis no se
separaban durante el parto. Falopio describió las trompas. Aranzio describió
deformidades pelvianas.

A base de esta nueva anatomía, surgió una nueva cirugía, beneficiando de


inmediato a la ginecología y obstetricia. En Francia, Ambrosio Paré, no sólo se
convierte en padre de la cirugía, sino que tenía interés en la obstetricia y la se
llamaba así mismo “accoucheur”, además de cirujano. Tanto el como su
discípulo Guillemeau, practicaron la versión podálica, indujeron
prematuramente el parto en casos de hemorragia y suturaron el perineo. La
cesárea había sido practicada en cadáveres, por siglos desde que la vieja ley
romana prohibía enterrar a ninguna mujer embarazada sin antes sacar el feto.
Pero ahora se practicó la operación en la mujer viva, no por los castradores de
cerdas como lo sostiene la leyenda, sino por los cirujanos más competentes.
Guillemeau describe 5 casos de cesárea, 3 de ellas practicadas por él mismo en
presencia de Paré y las restantes a cargo de otros cirujanos. Todos murieron.
Los tiempos no estaban aun maduros para la cirugía abdominal mayor.

Las matronas seguían siendo los prácticos principales de la obstetricia y la


ginecología, pero con frecuencia se comprometían a llamar al cirujano en casos
difíciles. Muchas de ellas estaban al servicio de las ciudades y su profesión era
estrictamente controlada. Se les sometía a examen y debía atenerse a los
honorarios establecidos. En el siglo XVI, la ciudad de Ratisbon estableció
pensiones de vejez e invalidez para las matronas.

El siglo XVII fue un período de grandes tensiones y contrastes. Mientras


descartes inauguraba la hora del racionalismo, se desencadenaba la
Contrarreforma, florecía la intolerancia religiosa, Campanella era torturado y
Giordano Bruno moría quemado en una pira. En la misma época, en tanto que
el gobierno absolutista prevalecía en Francia, España y otros países, florecía la
democracia en Inglaterra y Holanda. Las mujeres francesas, cada vez más
capaces de hablar, reclamaban acceso a la educación superior. Es el momento
en que Moliére escribe sus “Femmes Savantes” y sus “Precieuses Ridicules”.
Florece en Francia el salón, donde los científicos son invitados a dar cuenta de
sus descubrimientos ante una audiencia de hombres y mujeres. Es una era
mecánica. Las matemáticas tienen muchos cultores y alcanzan un gran
desarrollo, que nos recuerdan los nombres de Descartes, Newton, Leibnitz y
Pascal. En física, la dinámica y sobre todo la hidrodinámica ocupan el primer
plano, como campos de estudios impuestos a los cientistas por las necesidades
prácticas. Las vías acuáticas constituían las principales rutas comerciales. El
viaje de Constantinopla a Venecia demoraba tres veces más por tierra que por
mar, y mientras la carreta de ruedas no cargaba más de dos toneladas, los
barcos de tamaño medio transportaban más de 600. todas estas tendencias se
reflejan en la medicina y también en la ginecología.

En el siglo XVII, la anatomía se convierte en “anatomía animata”, anatomía


dinámica. William Harvey funda una nueva fisiología, pero era también un
embriólogo. La embriología es otra forma de anatomía dinámica y sus estudios
fueron de gran beneficio para la ginecología. Van Horne declara que los
testículos femeninos contenía óvulos. Steno llama pro primera vez a los ovarios
por su nombre y de Graff escribe, en 1672, su monografía clásica sobre los
órganos genitales femeninos. En 1677, fueron vistos los espermatozoides.

Francia vive su gran centuria, el siglo de Luis XIV y su principal ginecólogo,


Mariceau, publica en 1668 un tratado que es ampliamente usado en toda
Europa.

Es también un gran periodo de período de expansión y colonización en Holanda,


que desarrolló sus vías marítimas más que cualquier otro país. Henrik Van
Deventer era un herrero que se hizo médico y, a causa de su interés en los
problemas mecánicos, se dedicó a la ortopedia. Su esposa era matrona y lo
interesó en el estudio de la arquitectura y la mecánica de la pelvis, tema al que
hace importantes contribuciones. No extraña que esta era mecánica haya
producido el más valioso instrumento obstétrico, el forceps. Inventado por un
barbero cirujano, Cahmberlen, fue mantenido como un secreto de familia, y
descubierto independientemente por Jean Palfyn: fue aprobado por la Academia
de Paris en 1723.

La educación de las matronas mejoró considerablemente. En 1630, asistían a


cursos regulares en Francia, en el Hotel Dieu. En Alemania eran instruidas por
los cirujanos municipales. Grandes nombres pertenecen a este período, como
Loousie, Marguerite du Tertre y Justine Siegemundin. Eran obstetrices muy
diestras y sus libros circulaban profusamente.

La ginecología contemporánea.

En el siglo XVIII, la ginecología se hizo anatómica. A partir de Vesalio, se


observan los cambios patológicos que ocurren en los órganos y Teófilo Bonet ha
compilado esos hallazgos en su “Sepulchretum” de 1679. Sin embargo, fue
Morgagni quien, en 1761, hecho las bases de la moderna anatomía patológica y
creó un método de investigación seguido desde entonces. En el tercer volumen
de sus “De Sedibus et Causis Morborum”, discutió los cambios patológicos de
los órganos genitales femeninos. En los años siguientes se escriben muchas
disertaciones sobre tales temas y el método de Morgagni es seguido por Bichat y
Virchow, quienes rastrearon los cambios anatómicos en los tejidos y en las
células. A base de estos estudios, fue posible definir nítidamente las diversas
enfermedades ginecológicas; la mayoría de las entidades reconocidas hoy fueron
identificadas durante ese período, siguiendo esa tendencia.
Tan pronto como se crea la anatomía patológica, se plantea una nueva tarea en
el diagnóstico clínico, cuyo propósito es reconocer cambios anatómicos en el
organismo vivo mediante medios físicos. Por eso es que la percusión y la
auscultación fueron introducidos entonces, pasando a ser los principales
métodos de diagnóstico físico. Y fue Lejumeau de Kergaradec quien tuvo la
brillante idea de aplicar el estetoscopio para auscultar los latidos del feto.

El siglo XVIII fue una centuria internacionalista; cada país hace su aporte a la
ginecología. En Inglaterra William Smellie y William Hunter publican un
excelente atlas del útero grávido. Y mejoran tanto las condiciones de atención
del parto como las facilidades para la preparación de las matronas.

Y en el siglo XIX, la terapéutica se hace anatómica, explicando el tremendo


desarrollo de la cirugía. La anestesia general, la asepsia y la antisepsis rompen
las barreras tradicionales, que habían limitado su progreso. La anestesia y la
asepsia fueron descubiertas porque la medicina ya había alcanzado el punto en
que la cirugía ya no era el “ultimun refugium” al que se recurría cuando todos
los demás métodos habían fracasado, sino que se había convertido en una meta
primaria. Estos progresos revolucionaron la ginecología y la obstetricia. Ahora
podían practicarse operaciones abdominales mayores. Se podía remover
grandes tumores sin peligro para la vida del paciente y la operación cesárea
dejó de ser un acto desesperado. El desarrollo de la cirugía también dio lugar a
un nuevo tipo de hospital y el número de partos en maternidades aumentó
considerablemente. En este gran crecimiento, jugaron un papel importante los
cirujanos de Estados Unidos y me basta recordar los nombres sólo de Ephraim
McDowell y James Mario Sims.

Hoy día el ciclo se ha cerrado. El enfoque anatómico, inaugurado en el


Renacimiento ha sido aplicado en un campo tras otro en toda la medicina y,
ahora, nos encontramos en la era fisiológica. La fisiología se encuentra en el
primer plano de todas las consideraciones. Ya no operamos una retroflexión
meramente porque el útero no se mantiene en la posición prescrita por los
libros: la función es considerada por sobre todo. También han sido de gran
estímulo para la obstetricia y la ginecología, los nuevos descubrimientos
fisiológicos, en particular de las hormonas y vitaminas.

No puedo discutir los progresos más recientes, ni necesito hacerlo, debido a que
la ginecología que ustedes practican representa la experiencia de los últimos 50
años. Quisiera llamar vuestra atención, no obstante, a la historia social de este
período, que ha sido frecuentemente subestimada.

La revolución industrial fue el evento de más profunda influencia sobre todo el


siglo XIX y sobre nuestros propios tiempos. La industrialización creo empleos
no sólo para hombres sino también para mujeres y niños. Ellas se incorporaron
al proceso de la producción en número creciente. Las industrias textiles
descansaban casi por entero sobre el trabajo femenino, pero las mujeres
también trabajaban en las minas subterráneas y otras industrias, hasta que la
legislación fabril puso término a uno de los perores abusos de la historia. El
resultado fue un gran deterioro de las condiciones de salud, particularmente,
entre las mujeres. Hay un aumento notable de la población, sobre todo de los
grupos indigentes, que viven hacinados, en los suburbios y barrios bajos de las
ciudades, en condiciones higiénicas atroces. A menudo olvidamos que al mismo
tiempo que la clínica francesa florecía y la medicina moderna hacia enormes
progresos, la situación sanitaria era sumamente mala. El informe de Villermé
en Francia, 1840 y de Chadwick en Inglaterra, en 1842, lo describen de modo
muy elocuente.

La industrialización tuvo otros resultados. Las mujeres estaban haciendo


trabajos de hombres; el desarrollo de la industria habría sido imposible sin ellas.
Era de justicia elemental que compartieran, no sólo el trabajo sino también los
derechos del hombre, y que tuvieran iguales oportunidades de educación y
acceso a las profesiones. Se sentía que deberían tener voz en la administración
del estado. Y así empezó una larga lucha contra los intereses creados del
hombre, que no careció de dramáticos episodios. Las mujeres ganaron en la
mayoría de los países civilizados, al menos en gran parte. Sus conquistas son
discutidas y puestas a prueba, ahora en los países fascistas.

Todos estos sucesos tienen un claro impacto sobre la ginecología. Pueden las
mujeres tener iguales derechos y estarles abiertas todas las ocupaciones. La
sociedad moderna necesita su trabajo; pero ella sigue siendo mujer y acarrea la
carga adicional de su sexo. Crea mercancías y servicios, pero también crea
nuestros hijos y tiene derecho a una protección adicional. No puede
considerarse libre e igual, mientras el embarazo signifique la pérdida de su
empleo, y mientras no se garanticen las vacaciones regulares pagadas y el
descanso necesario durante el embarazo y después del parto, sin pérdida de
salario. Debe disponer con facilidad de hogares maternales, salacunas y demás
medios para la protección y recuperación de su salud.

La tensión de la vida industrial pesa fuertemente sobre la joven y la mujer


trabajadora, causando desequilibrios de toda clase, que la llevan a buscar el
consejo del ginecólogo. Mi colega Slheim de Leipzig acostumbraba decir que el
período mestrual es como un reloj, que acusa de inmediato cualquier alteración
en el delicado organismo femenino, sea por retrazo, adelanto u otra
perturbación. Las molestias ginecológicas llevan a la mujer hasta donde el
médico, pero su dolencia puede no ser necesariamente el resultado de una
enfermedad ginecológica. La causa puede ser un desajuste sicológico o social, y
el ginecólogo que sólo fuera un cirujano estaría completamente desarmado ante
el caso.

La ginecología como la palabra indica, es la ciencia de la mujer en salud y en la


enfermedad, de sus procesos fisiológicos y patológicos y de todos los problemas
que le son peculiares. De ahí que el ginecólogo no solamente debe ser un
cientista natural sino que además, debe saber abordar sus problemas con un
amplio enfoque psicológico y social.

He mostrado que el ginecólogo tiene dos antepasados: el cirujano fue su padre y


la matrona su madre. Del primero heredó técnicas, conocimientos, destrezas;
de la madre recibió, además, el sentido humano. A semejanza de la matrona de
la antigüedad, él debe ser un confidente de las mujeres que le consultan cada
vez que tiene problemas, sea por molestias orgánicas o no.
En ginecología y obstetricia, igual que en cualquier otro campo de la medicina,
el problema urgente de nuestros días es cómo hacer accesible los conocimientos
de que disponemos a todos las personas que lo necesitan. Hemos realizado
grandes progresos y han podido ser salvadas muchas vidas que, ayer, se habían
perdido irremisiblemente. Pero todos sabemos que la situación podría ser
mucho mejor de lo que es. Pese a todos los progresos, con todo el conocimiento
y equipo disponible, sólo en los Estados Unidos perdemos anualmente cerca de
9.000 madres jóvenes, a consecuencia del embarazo y el parto, muchas de ellas
innecesariamente. Cada año más de 180.000 mujeres pasan a través del
sacrificado período del embarazo y del parto, para terminar en un niño que
nace muerto o que fallece durante su primer año de vida. Queda aun mucho
por hacer. La ciencia y la tecnología progresaron como nunca antes. A
consecuencia de ello, la medicina avanzó, la estructura de la sociedad son
totalmente distintas de lo eran hace sólo 150 años. Es obvia la necesidad de
hacer los ajustes necesarios.

Ustedes, como individuos y como grupo, son líderes en su campo. A través de


vuestras investigaciones, han impulsado considerablemente el progreso de la
ciencia de la ginecología. Vuestra sociedad fue fundada en 1876 y pueden estar
ustedes legítimamente orgullos de los logros alcanzados en el camino recorrido;
pero deben recordar que desde 1876, el mundo ha cambiado profundamente.
Los nuevos problemas sociales han llegado a ser muy agudos y estoy seguro
que, también en este campo, el país está esperando vuestro liderato.
V- BASES HISTORICAS DE LAS ENFERMEDADES
INDUSTRIALES Y OCUPACIONES∗
El destino del hombre es trabajar para mantenerse. Tiene que producir y
recolectar los alimentos requeridos por su organismo y los elementos para
protegerse de las inclemencias del clima y hacer la vida más fácil y agradable.
El mayor progreso en la historia de la civilización humana fue su paso del
período paleolítico al neolítico, de la simple recolección de alimentos a la etapa
de su producción, en el que ya había aprendido a cultivar las plantas,
domesticar los animales y perfeccionar sus herramientas. El hombre luchó
contra la naturaleza y la está conquistando gradualmente, merced a su
inteligencia, destreza e inventiva. Las fuerzas productivas, animadas e
inanimadas, activas y pasivas, el hombre y sus materias primas, el obrero y sus
herramientas, fueron los factores decisivos de la historia.

El hombre tiene que trabajar para vivir –y es bueno que así sea-. El trabajo le
da significado a nuestra vida y la ennoblece. Nos permite crear valores
materiales e inmateriales, sin los cuales la existencia no valdría la pena. Si la
sociedad ha progresado, se ha debido al esfuerzo cooperativo de todos sus
miembros. El hombre tiene el deber de trabajar, pero también debería tener el
derecho al trabajo.

El trabajo equilibra nuestra vida y es, por lo tanto, un factor esencial para la
salud. Y sin embargo, todos sabemos que en el ejercicio de sus ocupaciones, el
hombre está expuesto a toda clase de riesgos que amenazan su vida. Siempre
ha sido así, cualquiera fuera su labor. El hombre de la Edad de Piedra, cazando
o recogiendo sus alimentos, estaba expuesto a accidentes, como lo evidencian
las huellas de fracturas en los huesos del período neolítico.

La producción aumenta a parejas con el desarrollo de la civilización. Las nuevas


ocupaciones crean nuevos riesgos. Las condiciones de trabajo en una época y
país determinado constituyen un criterio importante para conocer una
civilización. Y cuando miramos la nuestra desde este ángulo, ciertamente no
tenemos razones para sentirnos orgullosos de su pasado.

Tenemos la tendencia a valorar una civilización por sus obras de arte.


Admiramos las pirámides y los templos del antiguo Egipto, que han sobrevivido
centurias y milenios; pero olvidamos que fueron construidas con sangre y
lágrimas de miles de seres humanos. En la antigüedad, el trabajo fue
principalmente esclavista. Las pirámides fueron construidas por esclavos
estatales cuya vida no tenía valor alguno y eran reemplazados con cada guerra.
Todavía podemos ver en pinturas y relieves murales, a los obreros egipcios
trabajando bajo el látigo. La suerte de los operarios no era mucho mejor y
podemos percibir, todavía, sus voces de rebelión. La literatura egipcia ha
conservado, junto a una masa de textos religiosos escritos en alabanza de los


Conferencia Wesley M, Carpenter, dictada el 19 de octubre de 1936.
dioses, unos pocos fragmentos que nos hablan de la dura vida de las gentes.
Así se lee en los Papiros Sallier:

“Nunca he visto a un herrero actuando como embajador o a un fundidor


enviado en alguna misión; pero he visto al obrero metalúrgico en trabajo,
encadenado a la boca del horno. El albañil, expuesto a todos los riesgos e
inclemencias del tiempo, trabaja sin ropas; sus brazos están rendidos de fatiga,
su comida se mezcla con tierra y desperdicios. El barbero agota sus brazos para
llenar su estómago. El tejedor a domicilio está peor que las mujeres: doblando
con las rodillas cargando su vientre, apenas puede respirar. El lavandero en los
muelles es vecino de los cocodrilos. El tintorero apesta a huevos de pescado:
sus ojos fatigados, sus manos trabajan sin cesar”.

Admiramos las famosas estatuillas griegas en bronce que llenan nuestros


museos, peor no pensamos en los mineros que proveyeron el material o en los
que extrajeron el carbón para hacer el bronce, cavando diez horas en estrechas
galerías, sofocados por el calor y el humo. Por regla general, eran prisioneros de
guerra o convictos.

Como agudos observadores que eran, los antiguos médicos notaron la


influencia de ciertas ocupaciones sobre la salud del trabajador, y se encuentra
bastante información dispersa a través de toda la literatura griega y romana.
Hipócrates describe correctamente un caso de envenenamiento por plomo 1 .
Plinio habla de la influencia perniciosa del plomo, mercurio y azufre sobre
quienes manejan estos metales 2 . Los poetas Marcial, Juvenal y Lucrecio,
reflejando las opiniones de los legos, escriben acerca de los peligros de ciertas
ocupaciones, las enfermedades de los obreros del azufre3, y de los herreros4, las
venas varicosas de los agoreros (4) y el duro destino de los mineros del oro5.
Pero nada se hizo para protegerlos. Ellos mismos tenían que ayudarse, como
describe Plinio, que “las personas empleadas en las fabricas de minio se
protegían la cara con máscaras hechas de pellejo de vejiga, a fin de evitar el
polvo que era altamente pernicioso; esta cobertura era bastante para permitir la
visión” (2). Quienes servían para entretener al pueblo, los gladiadores, sí que
recibían atención médica; y Galeno comenzó su carrera como doctor de una
escuela de gladiadores en Bérgamo.

Los antiguos médicos no tenían, en realidad, interés en la salud de los


trabajadores manuales. Su atención estaba dedicada casi exclusivamente a la
clase alta. Es característico que Celso piensa que la medicina se originó entre
los filósofos quienes, llevando un modo antihigiénico de vida, estaban
naturalmente interesados en corregirlo 6 . El autor del tratado hipocrático
“Peridiaites” contiene normas dietéticas especiales para aquellas gentes que,

1
“Epidemics”, VI, 25; Ed. Littré V, 164-166.
2
Plinio. “Natural History”, XXXIV, 50; XXXIII, 40.
3
Marcial. “Epigrams”, XII, 57, 14.
4
Juvenal. “Satires”, X, 130, VI; 397.
5
Lucrecio. VI, 811.
6
Celso. Prohoem, 6-7.
debido a sus ocupaciones, no pueden dedicar tiempo a la atención de su salud7.
Jamás se le habría ocurrido prescribir norma alguna a los artesanos o
trabajadores.

No debemos olvidar, sin embargo, que la tecnología antigua era de muy


pequeña. Por lo común los artesanos operaban al aire libre, como todavía lo
hacen en Oriente, de modo que los riesgos eran inmensamente mayores que en
los siglos posteriores, cuando el desarrollo tecnológico alcanzó mayores
proporciones.

La civilización antigua creó grandes valores culturales, pero de una cultura


compartida sólo por una pequeña clase alta, y para cuyo florecimiento, fue
necesario una gran cuota de sufrimientos y sacrificio de incontables vidas
humanas. Los accidentes no estaban limitados al trabajo, sino que ocurrían
también en algunas actividades recreativas. La cirugía hipocrática fue
especialmente de los huesos y refleja las experiencias de los cirujanos en los
gimnasios, donde deben haber sido muy frecuentes las fracturas, luxaciones y
otras lesiones.

Enfermedades ocupacionales en los tiempos modernos.

La Edad Media si hizo apenas alguna contribución a este campo y hemos de


esperar hasta fines del siglo XV, para empezar a encontrar una literatura
especial dedicada a las enfermedades ocupacionales.

¿Por qué entonces? Por varias razones. La medicina había progresado y los
médicos estaban interesados vivamente en descubrir nuevas enfermedades.
Pera hay también otras razones: económicas. El volumen del comercio había
crecido enormemente, creando una gran necesidad de metales, especialmente
oro y plata, para acuñar moneda, como medio de intercambio. Los viajes de
exploración no respondían, tanto a un interés científico, como a la búsqueda de
metales preciosos. Además, las armas de fuego eran usadas con mayor
frecuencia, provocando una fuerte demanda de hierro, cobre y plomo. Los
depósitos superficiales estaban agotados y se necesario cavar a mayor
profundidad, lo que evidentemente creó riesgos mucho mayores. Al mismo
tiempo, en muchos países, los campesinos fueron desalojados, separados de
sus medios de producción y se convirtieron en proletarios que no tenían otra
cosa que vender, sino su fuerza de trabajo. Y muchos fueron a la industria.

Las “morbi-metallici” fueron las primeras enfermedades profesionales que


atraen la atención de los autores médicos. En 1743, un doctor alemán de
Augsburg, Ulrico Ellenbog, escribió un pequeño panfleto de 7 páginas impresas
(“Sobre los inocuos Gases y Humos Venenosos”). Augsburg era famosa en esos
tiempos por sus herreros y Ellenbog, que al parecer tenía varios de ellos entre
su clientela, observó que varias de sus molestias eran probablemente debidas a
sus condiciones de trabajo. Escribió su panfleto como un memorandum
describiendo los peligros de los vapores del ácido nítrico, mercurio, carbón,

7
“Peri diaites” III, 68; Ed. Littré VI, 594.
plomo y otros metales. Aconsejaba a los herreros trabajar, en cuanto fuera
posible, al aire libre, taparse la boca cuando salían gases y, en el estilo de la
época, recomendaba oler numerosas drogas como medida de protección. El
memorandum circuló en copias manuscritas en los talleres y fue impreso
alrededor de 1524. Debe haber sido muy popular pues sólo se sabe de la
existencia de una copia. Fue reproducido en un facsímil en 19278.

Pero se trataba simplemente simplemente de un breve memorandum. La


primera monografía sobre enfermedades profesionales es debida a Paracelso
quien, a causa de su interés en la química, visitaba muchas minas, sobre todo
las de Villach en Karnsten, donde su padre ejercía su profesión. Viviendo y
trabajando con los mineros, obtuvo informaciones de primera mano sobre sus
espantosas condiciones de trabajo y los riesgos muy serios a que estaban
expuestos. La monografía de Paracelso es sólo un comienzo. A partir de
entonces, ningún otro escritor sobre minería deje de mencionar las
enfermedades peculiares a esa industria. Buen ejemplo de este tipo de
literatura es la obra de Agrícola “De Re Metallica”9 publicada en 1556. Dice en
el libro VI:

“Sólo me queda hablar de las molestias y accidentes de los mineros y de los


métodos que pueden protégelos, pues deberíamos dedicar siempre más cuidado a
mantener nuestra salud –para cumplir libremente las funciones corporales- que a
obtener ganancias. De estas enfermedades, algunas afectan las articulaciones,
otras los ojos y, finalmente, algunas son mortales”.

Y a continuación describe los diversos riesgos que amenazaban a los mineros;


el exceso de agua que se acumula a menudo en los pozos, enfriándolos hasta
dañar a los obreros; el polvo que “tiene cualidades corrosivas y destruye los
pulmones e infunde la consunción en el cuerpo; así, en las minas de los Montes
Cárpatos se encuentran mujeres que se han casado 7 veces, pues todos los
maridos han muerto prematuramente, a causa de esta terrible consunción”. El
aire estancado produce dificultad para respirar, cuya prevención habría de ser
la ventilación mecánica. O el aire está infestado con ponzoña que causa edemas
y parálisis. Se informa que no son raros los accidentes: los obreros resbalaban
en las escaleras de los pozos, quebrándose los brazos, piernas o la nuca; o
cayendo hasta el pantano donde se ahogan. Suelen ocurrir deslizamientos de
tierra, como en Ramelsberg, donde “400 mujeres perdieron sus esposos” en un
día. En varias minas, se han hallado hormigas venenosas. Y finalmente se
describe un riesgo que nosotros ya no conocemos: “En algunas minas, aunque
pocas, hay pestes letales; son demonios de feroz aspecto…; demonios de esta
clase se combaten y ahuyentan con oración y ayuno”.

Varios médicos alemanes escribieron monografías especiales sobre


enfermedades de los mineros, destacando Martín Pansa, “Consilium

8
Ulrich Ellenbog, Von den gifftigen beses Tempffen und Reuchen, Eine gewerbehgienische Schrift des
XV. Hahrhunderts, heraysgegeben vib Franz Koelsch und Friedrich Zoepff, Munich, 1927.
9
Georgius Agricola, “De Re Metallica”, traducido de la primera edición Latina de 1556, por H. C. Hoover
y L. H. Hoover, Londres, 1912.
Peripneumoniacum”, 1614; Leornardo Ursinus, “De Morbis Metallariorum”.
Leipzig,1652; Samuel Stockhausen, “De Lythargyrii Fumio Noxo Morbico…”, y
Suchlandius, “De Paralysi Metalloriorum”, Utrecht, 1693.

Sin duda, la minería era la ocupación más peligrosa de todas y, por tanto, fue
atendida primero. En el siglo XVII, se empieza a escribir libros sobre afecciones
de otros grupos ocupacionales, menos relacionados con los obreros que con la
clase alta, los cortesanos, los eruditos y hombres de letras en general; pero
luego también, con soldados y marineros, a causa de que la fuerza de combate
dependía, en buena medida, de las condiciones de salud. Y se encuentran
dispersas a lo largo de la literatura médica de este siglo, un gran número sobre
enfermedades ocupacionales. La centuria de Sydenhan estaba naturalmente
interesada en las entidades mórbidas y los esfuerzos a describir los casos
clínicos con exactitud. Pero también era el siglo de los iatromecanicistas, que
intentaban explicar el cuerpo humano, mecánicamente, comparando los
órganos con herramientas; y por lo tanto estaban muy interesados en las
máquinas y en los instrumentos comparando los órganos con herramientas; y
por lo tanto, estaban muy interesados en las máquinas y en los instrumentos.

Nace la especialidad.

Y entonces, en 1700, el médico italiano Bernardino Ramazzini pública su


famoso libro “De Morbis Artificum Diatriba”, cuya traducción inglesa aparece en
1705 bajo el título “Un Tratado sobre las Enfermedades de los Artesanos”
mostrando la influencia de oficios determinados sobre el estado de salud, con
los mejores métodos para evitarlas o corregirlas y sugerencias útiles dignas de
ser consideradas al reglar la curación de todas la enfermedades inherentes a los
artesanos. (Ediciones posteriores en la inglés en 1746 y 1750). Es el primer
texto sobre enfermedades ocupacionales. Lo acabo de releer y me parece un
excelente libro, un verdadero clásico de la medicina. Es a la historia de estas
enfermedades lo que el libro de Vesalio a la anatomía, de Harvey a la fisiología y
de Morgani a la patología. Bien valdría la pena reimprimir la traducción
completa, pues no sólo tiene interés medico, sino que contiene muy buena
información sobre las condiciones del trabajo en su época10.

Ramazzini era un distinguido médico y profesor de la Universidad de Modena y


en 1700, año en que aparece su libro, es llamado a la Universidad de Papua. Al
describir las enfermedades de los “Limpiadores de Letrinas” (Capitulo XIV), nos
cuenta como se interesó por este tema:

“El siguiente accidente nos sirvió de punto de partida para escribir este Tratado
de Enfermedades de los Artesanos. En esta ciudad, que es muy populosa para
su tamaño y de construcción alta y hacinada, es costumbre que esa limpieza
fuera hecha en los edificios de oficinas cada 3 años. Mientras los hombres
empleados en este trabajo estaban limpiando mi edificio, observé que un uno de
ellos trabajaba con gran ansiedad y empeño; y movido a compasión, pregunte a

10
Algunos extractos fueron reimpresos por Herman Goodman, N, York, 1933. El texto latín original fue
reimpreso con una introducción, por F. C. Mayer, en Budapest, 1928.
ese pobre hombre, por qué no lo hacía más calmadamente y evitaba agotarse con
excesiva tensión. Levantando sus ojos del tétrico estanque, el infeliz respondió
que sólo ellos que lo habían tratado, podían imaginar la agonía de estar más de
cuatro horas en aquel lugar, que era tan penoso como quedar ciego de repente.
Cuando abandonó el lugar, examiné de cerca sus ojos y los encontré muy rojos y
nublados, sin brillo. Pregunté si tenía algún remedio habitual para ese trastorno y
contestó que el único medio era correr de inmediato a la casa y confinarse por un
día en una pieza oscura, lavándose los ojos con agua tibia, de cuando en cuando;
con este método, encontraba que su dolor se calmaba un poco. Le interrogué,
entonces, si sentía algún dolor de cabeza, calor en la garganta o dificultad para
respirar y sí acaso el dolor afectaba la nariz o le ocasionaba náuseas. Respondió
que no sentía ninguna de esas molestias, que las únicas partes que sufrían eran
los ojos y que si continuaba mucho tiempo en el mismo trabajo, sin interrupción,
quedaría ciego en un corto tiempo, como le había ocurrido a otros. De inmediato
se dio una palmada en los ojos y corrió a su casa. Más tarde averigüé que varios
limosneros de la ciudad, empleados antes en ese trabajo, estaban muy cortos de
vista o absolutamente ciegos”.
Así decidió estudiar las enfermedades peculiares a otras ocupaciones, visitando
talleres, conversando con las gentes y estudiando las condiciones en que
trabajaban. “los talleres o casa de trabajo de los artesanos son las únicas
escuelas en que pudimos encontrar algún conocimiento satisfactorio sobre
estas materias; y de estos lugares he tratado de escoger todo aquello que mejor
pueda satisfacer el paladar de los curiosos; pero, sobre todo, sugerir aquellas
precauciones que puedan servir para prevenir y curar las enfermedades a que
están habitualmente los artesanos”.

Estudió la literatura disponible y se convenció cada vez más, de que las


enfermedades ocupacionales desempeñaban un papel muy importante en la
vida de una comunidad.

“Debemos admitir que algunas artes acarrean no pocos daños a los respectivos
artesanos y que los mismos medios que les sirven para mantener la vida y la de
sus familias, son a menudo la causa de graves morbos, que los apuran a
abandonar este mundo. Pues bien, habiendo observado esto frecuentemente en el
curso de mi práctica, entregue todos mis pensamientos a escribir un Tratado
sobre las Enfermedades de los Artesanos y Artífices”

Estaba plenamente conciente de que su tema era nuevo y que tal libro no podía
menos que ser de “ejecución imperfecta”; sin embargo, logró cubrir el tema de
forma muy completa, describiendo los distintos oficios y sus riesgos e indicando
los métodos para prevenir las enfermedades o para curarlas, cuando habían
ocurrido. Su terapéutica, por cierto, corresponde a las tendencias del día,
siendo un iatromecanicista igual que muchos de sus contemporáneos de Italia.
Pero el libro está lleno de sentido común e inaugura una nueva era en la
historia del tema.

De él se deriva otra contribución muy importante: desde entonces, cuando el


medico interroga a un paciente, le preguntará cual era su ocupación. Ramazzini
expone así tal necesidad de hacerlo:
“Por lo tanto, cuando el médico es llamado a visitar una persona de la clase más
pobre y humilde, yo le aconsejaría que no empiece por tomarle el pulso apenas
entre a la pieza, sin averiguar acerca de las circunstancias del paciente; ni
quedarse de pie, en una postura de tránsito apresurado, para prescribir cuando
está envuelta la vida del hombre, sino sentarse al lado del paciente, por
miserable que sea el lugar y preguntarle cuidadosamente sobre aquellas cosas
que tanto los preceptos de nuestro arte, como los deberes de humanidad,
requieren que conozcamos. El divino Hipócrates nos aconseja que cuando un
médico visita un paciente, debe indagar muchas cosas, planteando preguntas al
paciente y a sus acompañantes… A lo cual me atrevo a agregar una pregunta
más, a saber, cuál es su oficio. Pues esta pregunta no sólo puede importar para
la causa mórbida, sino que la creo muy conveniente y en pacientes vulgares
absolutamente necesaria. Pero encuentro que raramente se le da importancia en
el curso habitual de la práctica, o, si el médico lo sabe sin preguntar, apenas si la
toma en cuenta : en circunstancias que una simple mirada a la ocupación podría
ser de gran utilidad para facilitar la curación”.

Morgagni en su famoso libro “De Sedibus et Causis Morborum”, de 1761, ya


menciona la ocupación anterior de casi todos los casos que describe.

Ramazzini dio al mundo médico un texto en que se esboza un campo nuevo. Su


reconocimiento de dos grandes grupos de enfermedades, unas debido a los
materiales y otras al tipo de trabajo, era en realidad muy acertado y fue
compartido por la mayoría de los médicos que escribieron sobre el asunto en los
años posteriores. Su libro fue una mina de información, a menudo consultada
durante los siglos XVIII y XIX. En realidad el siglo XVIII tuvo muy poco que
agregar a lo que Ramazzini había dicho. La obra de Hecquet “La Médicine, la
Chirurgie et la Pharmacie des Pauvres”, publicada en 1740, contiene meros
extactos de Ramazzini y los dos diccionarios médicos más populares
(Dictionnaire de Santé, París, 1760; Dictionnaire de Médicine, París, 1772) en
que se describen las enfermedades ocupacionales, se basan en Hecquet. Los
médicos sabían como prevenir muchos accidentes y sin embargo, casi nada se
hizo en el siglo XVIII para proteger a los trabajadores, que debían cuidarse ellos
mismos como mejor podían. No obstante, la industrialización de Europa
progresaba más rápidamente que antes. La máquina de vapor introducida en la
industria minera y textil, aceleró el desarrollo, creó nuevas condiciones de
trabajo, y al mismo tiempo, nuevos riesgos.

Impacto de la Revolución Industrial.

En el siglo XIX, comenzando por Inglaterra, la población industrial creció


enormemente y vivía y trabajaba en condiciones higiénicas desastrosas. La tasa
de mortalidad era alta y la duración de la vida excesivamente corta. La opinión
pública fue sacudida por el informe de un comité investigador en Manchester
en 1795. las clases gobernantes reconocieron que un proletariado enfermo
constituía una amenaza para su propia salud. Otro informe sobre “The Sanitary
Conditions of the Laboring Population”, de 1838, revela que la situación no ha
mejorado sino, por el contrario, es aún peor. Cifras impresionantes aparecen en
un excelente librito publicado en 1832 por un médico de Leeds, C. Turner
Thackrah, “ The Effects of Arts, Trades and Profesions, and of Civic Status and
Habits of Living, on Health and Longevity”. En esa ciudad, 1821, ocurría 1
muerto por cada 55 habitantes, comparada con 1 por cada 74 en los distritos
rurales vecinos. “Al menos 450 personas mueren, pues, en la villa de Leeds a
causa de los perniciosos efectos de las fábricas, el hacinamiento de la población
y de las consecuencias de los malos hábitos de vida”. Tal era la conclusión de
Thackrah, que luego prosigue:

“Cada día sacrificamos al estado artificial de la sociedad, una o tal vez dos
víctimas cuyo destino al naturaleza había ahorrado. La destrucción de 450
personas, año tras año, en la Villa de Leeds, no puede ser considerado un asunto
insignificante por ningún espíritu benévolo. Menos todavía pueden ser objeto de
indiferencia la salud dañada, las enfermedades insidiosas, la decadencia física y
mental de los nueve décimos sobrevivientes. Y no sólo en Leeds. Podemos probar
que todas nuestras grandes ciudades manufactureras exhiben un exceso igual o
mayor de mortalidad y exceso que crece con la magnitud de la población. Si
supusiéramos que 50.000 personas mueren anualmente en Gran Bretaña por
efecto de la fábricas, la condición civil y la intemperancia conectada a las
condiciones y ocupaciones, estoy convencido que nuestra estimación sería muy
inferior a la verdad. ¿Podemos mirar con apatía tal elevada mortalidad superflua,
tal derroche de vida humana? Sin duda que, por humanidad y por ciencia, hace
largo tiempo se requiere un examen de nuestros empleos y condiciones cívicas”.

Thackrah escribió su valeroso libro para “agitar la opinión pública sobre el


tema”. Tenía plena conciencia de que la clase alta no quería que el asunto fuera
discutido: pero estaba convencido que las condiciones podían y debían mejorar.

“La mayoría de las personas que reflexionen sobre esta materia se sentirán
inclinadas a aceptar que, en una medida considerable, nuestros empleos son
dañinos para nuestra salud; pero creen o declaran creer, que dichos males no
pueden ser contrarrestados y que su investigación sólo puede producir dolor y
descontento. Basado en los hechos y la observación, yo respondo que, en muchas
de nuestras ocupaciones, los agentes perniciosos pueden ser eliminados o
reducidos inmediatamente. Se toleran muchos males, a pesar de de que sus
medios de corrección son conocidos y fáciles de aplicar. El descuido y apatía son
dos principales obstáculos. Pero, aún cuando no existiera un remedio inmediato,
será muy raro que la observación y la discusión no logren encontrar alguno.
Debemos aún agregar que es imposible que la mente humana aborde con
honradez y perseverancia un tema de esa naturaleza, sin lograr un efecto
decisivo”.

El trabajo de los médicos era importante; pero, obviamente, la situación sólo


podía mejorar mediante la legislación. La primera ley industrial sobre la Salud y
Moral de los Aprendices, fue aprobada en 1802 y seguida, en los próximos años
por diversas leyes que eliminan los peores abusos, especialmente en la
explotación de las mujeres y los niños. No obstante la situación seguía siendo
bastante mala.

En Francia, correspondió al informe del Prefecto de Policía, Dubois, en 1807,


divulgar las terribles condiciones de salud de la población industrial. Los
médicos franceses tampoco estaban inactivos. En 1822. Ph. Patissier publicó
una traducción francesa del libro de Ramazzini, a la que agregó sus propias
observaciones. Reconoció que, como base para futuras investigaciones, deben
compilarse estadísticas sobre la tasa de muerte en diversas ocupaciones, y el
mismo recogió tales datos para 1807, tomando las muertes ocurridas en los
hospitales de París. La relación entre la tasa de mortalidad y los salarios fue
claramente vista por Villermé, quien publicó en 1840 estadísticas muy
interesantes. ¿Qué se debería hacer? Patissier sugirió las siguientes medidas.
Primero, prohibir por completo todos los oficios peligrosos o, si esto se
demuestra imposible, autorizar este trabajo solamente a los condenados a
muerte cuya pena ha sido conmutada por trabajos forzados. Segundo investigar
como mejorar las condiciones de trabajo, aplicando medidas de higiene
industrial. Tercero, instalar baños públicos fácilmente accesibles a los
trabajadores. Cuarto, compensar a los obreros lesionados durante su trabajo y
darles una pensión de vejez. En 1822, había en Francia 120 Sociedades de
Previsión, cubriendo 40.000 obreros. Eran sociedades de beneficio mutual
organizadas por la sociedad filantrópica.
Alemania se industrializó mucho más tarde y, notablemente, fue el informe de
un oficial de reclutamiento militar, el primer llamado de atención al público,
sobre las condiciones de salud de la población trabajadora. Viajando por la
región del Rhin, encontró una situación tal que el ejército pronto carecería de
reclutas. En 1869, la Unión Alemana del Norte dispuso en su código industrial
que “cada empresario debe establecer, a su propio costo, todos los aparatos
necesarios para salvaguardar a sus empleados de los peligros contra su salud y
su vida”. El seguro social fue introducido en ese país en 1883 y, como incluía
los accidentes y la enfermedad, se adoptaron las disposiciones para ofrecer
servicio médico a la población trabajadora.

En los Estados Unidos, la literatura sobre enfermedades ocupacionales se inicia


con una disertación sobre “La influencia de los Oficios, Profesiones y
Ocupaciones”, escrita a instancias de la Sociedad Médica de New York11, en
1837. La primera legislación sobre fábricas le sigue a mediados del siglo y se
desarrolla más bien lentamente.

No es hasta el siglo XX que se vino a operar una efectiva mejoría de las


condiciones de trabajo. La I Guerra Mundial se demostró un poderoso estímulo.
Los trabajadores eran escasos y, por consiguiente, su salud era muy importante.
Se desarrolla la investigación; se crean cátedras de higiene industrial en unas
pocas universidades; se establecen museos en varios países, exhibiendo las
fuentes de riesgos industriales y el modo de prevenirlos. Los progresos más
importantes fueron debidos a actos legislativos, cuyos principios son comunes a
todos los países: inspección médica de las empresas industriales; comunicación
obligatoria de enfermos o incapacitados. En 1906, en una revisión de la Ley de
Compensación de los Obreros de 1897, Inglaterra incluyó 31 enfermedades
industriales. Esta ley tuvo gran influencia en los Estados Unidos.

11
Occupation and Health, Vol. II, Geneva, International Labour Office, 1934,p.381.
Es natural que la Unión Soviética prestará enorme atención a los accidentes y
enfermedades industriales. Se crearon institutos de investigación a lo largo de
la Unión y la salud de la población trabajadora mejora, no solamente mediante
medidas de higiene industrial, sino también a través de la reducción de las
horas de trabajo, el descanso y la recreación organizada, y un sistema de
medicina socializada que ofrece atención médica universal.

No puede caber duda que las condiciones de trabajo han mejorado


considerablemente en casi todos los países civilizados y sin embargo, Ustedes
saben tan bien como yo, que todo lo logrado hasta ahora es apenas un
comienzo. En una sociedad altamente industrializada, donde la máquina no
está restringida a los talleres sino también ha invadido las calles, los riesgos
serán cada vez mayores. Reducirlos a un mínimo solo es posible merced al
esfuerzo cooperativo del médico, el ingeniero, estadista y el educador.
VI – DESARROLLO HISTORICO DE LA PATOLOGIA Y
TERAPIA DEL CANCER∗
Cuando estudiamos la historia de una enfermedad, podemos y debemos
abordarla desde ángulos diferentes. La primera pregunta que debemos
contestarnos se refiere a su frecuencia. Queremos saber cuán vieja es, hasta
qué época de la historia podemos pesquisarla, cuándo fue observada por
primera vez y cuando fue descrita. Al mismo tiempo, queremos saber donde
ocurría la enfermedad, si se difundió ampliamente o estaba limitada a países
determinados. Finalmente, queremos saber si la enfermedad tenía en los viejos
tiempos las mismas características de hoy o si ha cambiado de carácter, como
ha sucedido en muchos casos. A fin de resolver tales problemas, tenemos que
investigar toda la literatura disponible, médica y no médica y, cada vez que sea
posible, estudiaremos los restos humanos, los huesos y los tejidos blandos de
las momias egipcias.

Nuestro próximo interés es saber cómo fue tratada por los médicos en las
distintas épocas, ¿qué hizo el doctor para obtener su curación y, eventualmente,
para prevenirla, y qué resultados fueron obtenidos con determinados
tratamientos? La terapia de los primeros tiempos fue principalmente empírica.
Guiados por su instinto, los hombres intentaron toda clase de drogas y toda
clase de tratamientos dietéticos, a fin de curar la enfermedad. Así se adquirió
una vasta suma de conocimientos y muchas drogas descubiertas entonces, se
siguen usando hoy. La terapia, sin embargo, no fue siempre empírica y, en
muchos casos, fue dirigida por consideraciones teóricas. Aun en los primeros
tiempos, encontramos un fuerte deseo de establecer relaciones de causalidad.
El origen de la enfermedad y sus mecanismos tenían que ser explicados. Los
hechos observados, las características clínicas, eran tan numerosas, que se
requería una teoría para entenderlos y manejarlos.

Este punto nos conduce a un tercer enfoque en el estudio de la historia de una


afección. Después que sabemos dónde y cuándo ocurría y qué se había hecho
para combatirla, queremos saber lo que el doctor pensaba de ella, cuáles eran
sus ideas acerca de la naturaleza de esa enfermedad.

La historia de la patología tiene que ver con variados grupos de lesiones.


Algunas de ellas se han extinguido, como por ejemplo la “enfermedad de la
transpiración”, que constituye el estudio de un fenómeno puramente histórico.
Carecemos de observaciones personales y tenemos que confiar en las que han
hecho otras personas y nos han sido transmitidas en la literatura. Hay otro
grupo de enfermedades cuyos rasgos clínicos fueron bien conocidos hace ya
siglos, pero cuya causa y mecanismos patológicos fueron conocidos en tiempos
recientes. Tal es el caso de la mayoría de las afecciones infectocontagiosas.
Cuando estudiamos sus historia, el mayor conocimiento que hoy tenemos
acerca de ellas, nos ayuda mucho a seguir su huella a través de la literatura
médica. La historia de tales enfermedades habría llegado a su fin: todavía
existen, pero las conocemos y sabemos cómo combatirlas. Me parece que en la


Presentado ante la Academia de Medicina de New York, el 20 de octubre de 1932.
evolución de todas las enfermedades, podemos distinguir tres etapas. La
primera puede ser llamada a la fase empírica o especulativa; muchas de sus
características clínicas son conocidas y es tratada con métodos empíricos, con
mayor no menor éxito. Luego viene una segunda etapa, en se descubre la causa
y el mecanismo de la enfermedad. Finalmente tenemos una tercera y última
fase cuando, basados en ese conocimiento, podemos combatirla más
exitosamente. En la historia de la tuberculosis, por ejemplo, hemos alcanzado
esta última etapa. Gracias a los hallazgos de Koch y otros, conocemos
completamente la enfermedad y no dudo que algún día será eliminada.

Hay un último grupo de enfermedades, cuya naturaleza real todavía es


desconocida y para las cuales no disponemos de una cura satisfactoria. Este es
el caso del cáncer, que plantea al historiador médico una tarea muy
insatisfactoria. No puedo hablaros de momentos cumbres en la historia del
cáncer, de períodos de grandes descubrimientos, ni de olas de entusiasmo,
como se observaron cuando Koch descubrió el bacilo tuberculoso, o Schaudin
las espiroquetas o cuando Erlich produjo su salvarsan. La historia del cáncer es
una historia árida, llena de frustraciones. Está todavía en su primera etapa. La
enfermedad sigue presente entre nosotros, amenazando a la sociedad humana
más que nunca; y el hecho que particularmente nos intriga es que estamos
encarando un problema biológico que no encaja dentro de nuestras
concepciones generales de biología. Sin embargo, aún en esta situación, una
exploración histórica puede demostrar algún interés. También la historia de los
errores puede ser fuente de alguna enseñanza Y después de todo ¿no hay
heroísmo en la batalla perdida?

Con toda probabilidad, que los tumores malignos se han presentado en todas
las épocas y lugares. Cada vez que ubicamos documentos médicos –papiros
egipcios o tablillas cuneiformes de Babilonia o los manuscritos de la vieja india-
siempre encontramos descripciones relacionadas con tumores malignos. Y lo
que es más importante, tenemos huesos de un hombre histórico primitivo,
mostrando evidencia de tales tumores.

En la literatura médica del antiguo Oriente, las referencias son escasas. Sin
embargo, hay un pasaje importante del Papiro Ebers, del siglo XV a. C., donde
se menciona un tumor y se dice que no debe ser tocado, queriendo significar
que en tal caso el tratamiento podía ser fatal1. Es evidente de que carecemos de
datos estadísticos sobre la frecuencia de tumores en la antigüedad, pero deben
haberse presentado más bien a menudo, pues encontramos muchas referencias
a ellos en la literatura médica griega. Ya las hay abundantes en la colección
Hipocrática. Luego, en el siglo II d.C., cientos de pasajes dedicados al cáncer y a
otros tumores, en las obras de Galeno; su monografía especial sobre tumores
constituye nuestra fuente más importante. A partir de la Edad Media, no hay
un solo libro quirúrgico que no contenga al menos un capítulo sobre el tema.

Las descripciones encontradas en la antigua literatura no son, en modo alguno,


inequívocas. En muchos casos, es completamente imposible decidir a qué clase
de tumor se refiere. ¿Cómo podía ser de otra manera? Una diferenciación

1
“Papiro Ebers”, traducido por H. Joachim, Berlín, 1890;p.193.
precisa no era posible sin el microscopio: y antes había que descubrir la célula
y echar las bases de la histología. Nuestra sistematización de los tumores
presuponía la obra de Bichat, Schwann, Johannes Müller, Virchow y otros. Aún
hoy el diagnóstico puede ser difícil en muchos casos, y sabemos cuán a menudo
hay que hacer una biopsia para aclararlo al microscopio.

Debemos tratar de comprender la situación en que se encontraban los antiguos


médicos. ¿Qué es lo que veían? Una protuberancia en la superficie del cuerpo –
que crecía y, ocasionalmente, se ulceraba-. Observaron que había
protuberancias de carácter inflamatorio: eran calientes, rojas y dolorosas, en un
paciente febril y más tarde podían supurar. Pero observaron otras hinchazones
de carácter completamente distintas. También crecían, pero de modo mucho
más lento. Algunas se sentían blandas, como la parte adiposa del cuerpo y por
un tiempo, parecían inocuas. Otras eran, sin embargo, muy malignas e
Hipócrates las llamó “karkinos o karkinoma”; y “skirros”, cuando se palpaban
particularmente duras. Tal enfermedad era incurable.

Como no se practicaba la disección de cadáveres, solamente fueron observados


los tumores superficiales; y fue principalmente el cáncer de la mama el que
atrajo la atención de los médicos. Según Galeno, su apariencia de cangrejo le
dio el nombre a la enfermedad. Andando el tiempo, también se vieron tumores
en sitios ocultos, como el cuello uterino y el ano. Algunas veces se palparon
tumores en la cavidad abdominal y, por analogía se supuso que debían ser
similares a los observados en la superficie.

Así, pues, un resultado de la investigación histórica es que el cáncer, los


tumores malignos en conjunto, es una enfermedad de toda la humanidad. No
está restringida a país, raza o período.

Seguir la historia del cáncer a través de la literatura antigua es bastante difícil,


sobre todo a causa de la confusa nomenclatura. La misma palabra significa
distintas enfermedades para diferentes autores. No debemos olvidar que la
medicina griega tiene mil años de historia y que las concepciones encontradas
en los escritos hipocráticos fueron considerablemente modificadas en los siglos
consiguientes. Otro motivo de dificultad para identificar una afección descrita
en la antigüedad es que la mayoría de las escuelas griegas tenían una
concepción muy distinta de la nuestra. Ellos no consideraban y describían las
enfermedades como una entidad mórbida, sino como síntomas o grupos de
síntomas. Será tarea de los investigadores, examinar cuidadosamente toda la
literatura griega, a fin de averiguar qué es lo que los griegos efectivamente
sabían acerca del cáncer2.

¿Cuál era la antigua terapéutica para esta enfermedad? En muchos casos, su


rasgo sobresaliente era la ulceración, y se usaban los tratamientos que en
cualquier úlcera. Se aplicaban drogas y sales metálicas –de cobre y plomo, más
tarde de azufre ya arsénico-, preparados que se habían demostrado eficientes

2
El libro de Jacob Wolff “ Die lehre von der krebskrankheit” Vols I, II y III, Jena; 1907-1913 es muy
valioso para los períodos más recientes. En el capítulo relativo a la antigüedad, utiliza fuentes secundarias y
dista mucho de ser satisfactorio.
en otras lesiones y que ayudaban al proceso de granulación. Tales tratamientos
han sido recomendados desde Hipócrates, aún hasta nuestros días. A veces, el
autor informaba que había obtenido buenos resultados y que el tumor había
curado; hoy sabemos que con toda probabilidad no se trataba de cáncer. La
mayoría de los autores, sin embargo, no esperaban mucho de tales remedios e
intentaron otras curaciones. Trataron de destruir sea cauterizándolo o, más
tarde, resecándolo con el bisturí. Pero estos tratamientos quirúrgicos también
dieron malos resultados, a cauda de que los cirujanos no tenían anátomo-
patológicos ni la técnica operatoria necesaria para intervenciones tan radicales.
Hasta que renunciaron; y la resignación de los médicos más sobresalientes de
la antigüedad alcanza tal vez su mejor expresión en la famosa “Enciclopedia” de
Celso. Dice así:
“Algunos médicos usaron remedios cáusticos; otros cauterizaron y otros
operaron con el bisturí. Los remedios sin embargo, nunca le hicieron bien a
nadie. Al contrario, los tumores fueron activados por la cauterización y
crecieron más rápido, hasta que el paciente fallecía. Cuando fueron resecados,
reaparecían después que la cicatriz se había formado y también acarreaban la
muerte. Es muy difícil diferenciar un tumor benigno que puede ser tratado, de
un cáncer que no puede ser curado. Todo lo que podemos hacer es vigilar y ver
qué ocurrirá”.

A pesar de la resignación, siempre hubo cirujanos que trataron de ayudar al


paciente operándolo. Celso mismo lo recomienda en ciertos casos, como ser
tumores de los labios, y Leonidas cirujano de Alejandría parece d.C., operaba
sólo cuando el tumor estaba muy avanzado, “a sanis partibus” y cauterizaba
toda la herida.

El pesimismo, sin embargo, prevaleció durante varios siglos. Un cirujano de


Salerno, Rogers, cuenta que vio operar algunos cánceres del útero, sin
resultado; los pacientes morían mucho más pronto que sin ningún tratamiento.
Un siglo más tarde, otro gran cirujano expone, con notable cordura, que el
cáncer no debe tocado si crece en aquellas partes del cuerpo que están “nervis,
venis et arteriis intricatis”. Todos concuerdan que solamente podrían tener éxito
operaciones radicales en tumoraciones que empiezan a crecer; pero tales
intervenciones eran apenas posibles en aquellos tiempos, sin anestesia
satisfactoria y sin medios para prevenir la infección. Que el cáncer fuera
operado o no, dependía del temperamento del cirujano, siendo los resultados
casi iguales con rara excepción.

La historia de la terapia del cáncer es opaca. Los principios que seguimos hoy,
esto es la eliminación lo más radical posible del tumor, fueron descubiertos en
la remota antigüedad. Nuestros métodos quirúrgicos son mucho más eficientes
que los de entonces y, además de bisturí, disponemos del radium y de los rayos
X para destruir el tumor, pero, todavía, no hemos descubierto ningún principio
nuevo.

Ideas sobre la naturaleza del cáncer.


Vamos ahora al problema de ¿qué pensaban los médicos del cáncer? ¿cómo
explicaban el fenómeno de la tumoración? Es obvio que las teorías al respecto,
habían de concordar con las concepciones patológicas generales de los diversos
períodos. Para seguir la huella de las teorías sobre el cáncer en detalle, habría
que investigar la historia entera de la patología. Todo lo que puedo hacer es
singularizar algunas de las teorías más importantes. La medicina griega
distinguió tres diferentes clases de tumores. Uno era el crecimiento fisiológico,
“secundum naturam”, del organismo que se desarrolla, del útero durante el
embarazo o de los senos en la pubertad y la mujer adulta. Otro “supra
naturum”, era el crecimiento anormal pero sólo por su cantidad, como el callo
que se forma luego de una fractura. Y por fin hay el “preater naturum”, un
crecimiento patológico anormal, el tumor.

De acuerdo con las tareas fisiológicas de Galeno, que se expandieron y


sistematizaron las opiniones hipocráticas, había cuatro “humores” en el
organismo humano: sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema. Si estaban bien
equilibrados, el hombre estaba sano; una ruptura en su equilibrio significaba
enfermedad. La teoría de los cuatro humores no era en absoluto mala;
explicaba muchos hechos y, como hipótesis de trabajo, dio buenos resultados.
En el caso de los tumores, evidentemente también el equilibrio se había
alterado. ¿Cuál humor era responsable? Galeno culpó a la bilis negra. Le
parecía que las personas en que ésta predomina fisiológicamente, estaban
predispuestas a los tumores. Se creía que la bilis negra se espesaba, dando así
origen a la aparición del tumor.

Los patólogos griegos sabían que hay en el cuerpo humano, una capacidad
natural de curación, que tiende a restablecer el balance de la salud perdida. La
manera cómo este poder trabaja aparece perfectamente clara en los procesos
inflamatorios: el edema inflamatorio se transformaba en pus y éste era
eliminado; así la “materia pecans” abandonaba el cuerpo y el equilibrio se
restablecía. En los casos de cáncer, sin embargo, parecía que el poder curativo
del organismo no trabajaba; no había curación natural de los tumores. Las
reglas que el doctor seguía habitualmente para ayudar al organismo en sus
tendencias curativas no servían en este caso. O sea que, en la antigüedad y tal
como hoy, el cáncer no calzaba dentro de la concepción patológica general. Era
un problema enigmático para el cual no se podía encontrar soluciones
satisfactorias, aunque Galeno y muchos otros no lo admitían.

La teoría de Galeno tuvo también consecuencias en el tratamiento. Siendo el


resultado de una perturbación en el mecanismo de los humores, el cáncer tenía
un origen constitucional interno y debía ser tratado también internamente. En
efecto, Galeno describe una dieta para los pacientes cancerosos y, además,
procura influenciar los humores, mediante sangrías y purgativos. Las teorías de
Galeno tanto como la hipótesis de los humores, esto es, a través de la Edad
Media, el Renacimiento y bien avanzado el siglo XVIII.

En el Siglo XVII, sin embargo, se buscó una nueva explicación, acorde con las
nuevas concepciones patológicas de la época. El descubrimiento de los vasos
linfáticos jugó un rol muy importante. Se pensó que la linfa transportaba el
material cancerígeno y, más que eso, era responsable de la formación de los
tumores. Los hipotéticos humores de la medicina griega ya no satisfacían al
médico. Se había avanzado mucho en el reino de la ciencia. Ya no se pensaba
que los portadores del equilibrio de la salud fueran humores, sino fuerzas
físicas o sustancias químicas. Tal sustancia era la linfa. Sus alteraciones –
coagulación o espesamiento- podrían ser responsables del origen del cáncer. La
Escuela francesa, así como John Hunter, avanzaron en esta teoría, que acarreó
nuevos progresos adicionales en la terapéutica, como la operación o extirpación
de los ganglios y la destrucción de los vasos linfáticos en las áreas vecinas al
tumor. Las operaciones se hicieron cada vez más radicales, como por ejemplo
en el caso del cáncer del seno, donde se llegó a remover el pectoral mayor,
temiendo que pudiera ser afectado por la linfa.

De particular interés son las opiniones de John Hunter, a quien apreciamos


más a medida que más estudiamos sus obras. El también creía en la teoría de
la linfa coagulada, pero no compartía las concepciones mecánicas ingenuas del
siglo pasado. Sus nociones son enteramente biológicas: el cáncer es para él,
una parte del cuerpo, comparable a un órgano, alimentado por los vasos del
organismo. Y en consecuencia, trató de aislar el tumor, comprimiendo o ligando
los vasos sanguíneos que afluían hacia él.

Sin embargo, la teoría linfática no era satisfactoria. Las dudas fueron


expresadas principalmente por Morgagni. En sus disecciones, encontró un
número muy grande de tumores y estaba convencido de que eran mucho más
que el resultado de la coagulación de la linfa. Pero no podía encontrar un
explicación mejor. En 1773, la Academia de Lyon ofreció un premio a la mejor
respuesta para la pregunta “¿Qué es cáncer?”. Se lo ganó un joven llamdo
Bernard Peyrihle, mediante una tesis que resume muy bien el conocimiento de
la época. “Tiene que haber un virus especial del cáncer”, dijo, “que es
responsable de la alteración de la linfa”. Trató de hacer experimentos,
inyectando a un perro material cancerígeno tomado de un tumor del seno. Por
desgracia, el experimento no llegó a término; el perro ladraba de modo tan
terrible que su esposa lo mató.

En 1802 se fundó en Inglaterra, una sociedad para estudiar la naturaleza y


tratamiento del cáncer. Repartió un cuestionario a todos los médicos
prominentes, incluyendo preguntas que no podían ser más sensatas. “¿Cuáles
son los síntomas para diagnosticar el cáncer?” “¿Cuál es la naturaleza del
cáncer, principalmente su anatomía patológica?” “¿Es el cáncer una
enfermedad primaria o puede desarrollarse a partir de otra enfermedad?” “¿Es
hereditario?” etc. Desgraciadamente la sociedad se disolvió cuatro años más
tarde, sin obtener resultados importantes.

Era demasiado avanzada para su tiempo. El año 1802, en que se formó esa
sociedad, moría en París Javier Bichat, un médico que abrió los horizontes a la
investigación anátomo-patológica. Sus métodos habían de ser aplicados pronto
a la investigación de los tumores y, especialmente, del cáncer. En esta línea
Bichat, la escuela francesa realizó trabajos muy meritorios. Laennec fue el
primero en diferenciar los tumores homoplásticos de los heteroplásticos.
También como un tumor independiente al cirro, que era considerado a menudo
como una condición precancerosa3. Luego, se planteó la teoría celular y
Johannes Müller la aplicó a los tumores, describiendo al cáncer como el
resultado de formaciones celulares específicas dentro de los tejidos conjuntivos
de un órgano. Le sigue el trabajo de Wirchow sobre los tumores heteropláticos,
que son interpretados como proliferaciones de las células del tejido conjuntivo,
en respuesta a alguna irritación. Thiersch y Waldeyer le introducen importantes
modificaciones y, entonces, Cohnheim expone su teoría de la base congénita del
cáncer. Finalmente, el siglo XX se dedica, de modo preferente, a la investigación
experimental, hecha posible gracias al progreso en química fisiológica4. Hoy
sabemos inmensamente más que nunca sobre la biología del cáncer. Y sin
embargo, el problema todavía no está resuelto. En los últimos 50 años, han
surgido muchas teorías, pero todas sean han demostrado erradas. Nuestra
terapéutica es mucho más eficiente que antes; y sin embargo, no hemos
encontrado nada nuevo. Hemos seguido los principios y mejorado los métodos
que ya poseían los griegos, y nuestros resultados distan mucho de ser
satisfactorios. Recuerdo que el gran cirujano de Berlín, August Bier, me dijo un
día: “Si un gran cientista, al final de su carrera brillante quiere hacer el loco, se
dedica al problema del cáncer”. Desgraciadamente, así ha ocurrido en muchos
casos. Y sin embargo, mientras más fuerte sea el enemigo, mayor energía e
inteligencia deberemos poner en juego, para desenmascararlo y combatirlo.

Tengo la impresión personal de que el problema del cáncer no es meramente


biológico y de laboratorio, sino que pertenece, en cierta medida, al ámbito de la
filosofía. Esta X en la patología del cáncer, es un principio que aún no
comprendemos. Mientras podemos entender la mayoría de los procesos
patológicos, como reacciones de defensa o como procesos de curación, aquí
enfrentamos un hecho que no encaja en absoluto dentro de nuestras
concepciones biológicas generales. Afortunadamente hemos superado la era
especulativa en medicina. Sabemos que no basta pensar una teoría para que
sea cierta, sino que debe ser demostrada y probada experimentalmente. No
obstante, todos los experimentos requieren cierta preparación filosófica. Y tengo
la sensación de que, en materia de cáncer, muchos experimentos fueron
iniciados sin la debida base filosófica, resultando, en consecuencia, inútiles.

3
Ver el excelente editorial de Fielding H. Garrison on the history of cancer. Bulletin of the New York
Academy of Medicine. (ser. 2) 2 (4): 179-185, 1926.
4
“Experimental Cancer, an Historical Retrospect” por E. B. Krumbhaar del Philadelphia General Hospital.
Annals of Medical History, 7, 1925.
VII – QUE SABEMOS DE HIPOCRATES1
Hace ya más de cien años, el filólogo y filósofo francés Emile Littré inició la
publicación del Corpus Hippocraticum, que tardo veinte años. El décimo
volumen apareció en 1861, dando cima a una tarea gigantesca.

Esta nueva edición reveló una actitud renovada frente a Hipócrates. Por más de
dos mil años, la figura del padre de la medicina, había inspirado el arte de
curar y las obras transmitidas bajo su nombre habían sido copiadas y
reproducidas muchas veces. La medicina había progresado durante este largo
período; Vesalio, Harvey, Morgagni y muchos otros habían echado las bases de
un nuevo sistema médico. Los libros hipocráticos habían perdido su carácter de
textos; pero el mundo médico seguía venerándolos a la vez que admiraba el
agudo sentido de observación de los doctores hipocráticos, su razonamiento
sólido al evaluar los síntomas mórbidos y su terapéutica cuidadosamente
equilibrada. Nos hallábamos sentimentalmente ligados a Hipócrates y su figura
todavía estaba tan viva que, al empezar el siglo XIX, en la Escuela de Medicina
reorganizada de París, se crea una cátedra especial sobre medicina hipocrática
y casos raros.

La escuela francesa prosperó. Las ciencias naturales se desarrollaban a pasos


agigantados. La medicina científica tenía un comienza esplendoroso y crecía
con una rapidez hasta entonces desconocida. La cátedra hipocrática murió de
muerte natural. Había llegado el momento de mirar a Hipócrates, no como un
semidios sino como un médico griego del siglo V a. C.; y al Corpus
Hippocraticum no como un libro de revelaciones, sino como una expresión
literaria de la Grecia de esa época.

Aparece entonces Emile Littré. Aplicando los métodos críticos de la filología


clásica al estudio de los manuscritos conocidos en ese tiempo, reconstituye el
texto original en griego. Luego lo interpreta y lo traduce al francés, y a modo de
introducción a cada uno de los tratados, escribió otras tantas disertaciones
muy eruditas acerca de los complejos problemas del Corpus Hippocraticum.

De esta manera, Littré creó una imagen precisa de Hipócrates y de la medicina


hipocrática, familiar para quienes estudian la historia de la medicina. El trabajo
iniciado por él no se detuvo y desde entonces se ha escrito mucho sobre el tema.
Me ha parecido útil referir, en síntesis, los estudios hechos en los últimos años
y examinar como ha cambiado nuestra concepción e imagen de la medicina
hipocrática.

¿Quién era Hipócrates?

Un médico muy conocido, profesor del arte de curar, un Asclepiade nacido en


Cos, que vivió hacia fines del siglo V y primera mitad del siglo IV. Todo lo que

1
Extractos del trabajo publicado en el Bulletin of The institute of History of Medicine 2:190,1934. Se ha
omitido o condesado extensos párrafos, de gran erudición y de valor casi exclusive para especialistas, N.
del T.
sabemos de fuentes contemporáneas son dos citas en los “Diálogos” de Platón
(Protágoras 311b y Phaidros 270c)2. Siglos más tarde, cuando ya ocupa una
posición central surge la leyenda en torno en su nombre, que puede tener base
o ser la expresión final de antiguas tradiciones, pero, en ausencia de
documentos auténticos, debemos aceptarla como leyenda, sin atribuirle mayor
valor histórico.

Las excavaciones alemanas recientes (3) en la isla de Cos probaron,


contrariando las tradiciones, que el culto de Asclepios fue introducido años
después de la muerte de Hipócrates; su primer altar data del año 350 a. C., y
su primer templo fue construido a comienzos del tercer siglo. O sea que todas
las historias sobre la relación de Hipócrates con el Asclepieion son imaginarias,
lo que tal vez vale también para las demás historias. Estas excavaciones
revelaron, sin embargo, numerosas inscripciones y otras pruebas de la
floreciente actividad de la escuela médica de Cos en el segundo y tercer siglo, y
de sus relaciones con el Asclepieion. Herzong cree haber encontrado la
inscripción sepulcral de Tesalos, hijo de Hipócrates.

Seguimos, pues, sabiendo muy poco sobre el padre de la medicina. Sin embargo,
los médicos de nuestros días, igual que los doctores de la Roma imperial,
quieren saberlo todo acerca de su vida. Y donde no hay fuentes históricas, la
imaginación y el poeta entran a reemplazarlas. Así, en 1923, en su introducción
al tratado “Epidemias” en alemán, Sticker (4) bosqueja una imagen de
Hipócrates, especie de fábula de encantadora ingenuidad, que nada tiene que
ver con él. Lo mismo ocurre con otra publicación mucho más pretenciosa, la
disertación inaugural de Gastón Baissette (5), éxito de librería traducido al
alemán (6) y al italiano en 1933. Es una biografía novelada brillantemente
escrita, que los doctores cansados de novelas policiales, pueden leer antes de
dormirse. Recogiendo cuanto se había escrito de Hipócrates en 2000 años,
inventa toda una gran imagen de lo que un viejo médico debió haber sido. No
hay daño en hacerlo, siempre que recordemos que estamos leyendo una ficción
y no historia. En la portada figura el busto del filósofo estoico Crisipo,
conservado en el Museo Británico y un tiempo atribuido a Hipócrates. Nos
alegra saber que los dos próximos libros del autor serán verdaderas novelas, y
admiramos el gusto literario y la liberalidad de una facultad de medicina que
aceptó este libro como una tesis de grado.

Las fuentes de información sobre la medicina hipocrática.

Hay varias versiones del Corpus Hippocraticum en griego:


La edición más completa disponible es todavía la de Littré (7); no obstante ser
buena, tiene el defecto de basarse casi por entero en los manuscritos existentes
entonces, siendo que hay otros muy útiles para dilucidar pasajes oscuros.

Entre 1894 y 1902, Ihlberrg y Kühlewein publican los dos primeros tomos (8)
de un texto mejorado, que no se continuó, pendiente de una edición crítica de
todos los textos médicos griegos, que iba a hacer la Academia de Prusia.

2
Ver lista de referencias al final del capítulo.
En 1927, vino aparecer el primer volumen de este Corpus Medicorum
Gregorum prusiano, editado por Heiberg (9), severamente criticado por los
filólogos.

La Biblioteca Clásica Loeb publicó en 1931 (10) una edición en 4 tomos, cuyo
texto fue revisado y mejorado por un competente filólogo, W. S. Jones.

También se han hecho ediciones monográficas de unos 5 tratados aislados (11).


Otra fuente importante para reconstruir los textos primitivos son los
comentarios a los obras de Hipócrates escritos por Galeno, quien pudo usar
manuscritos al menos 800 años más cercanos que los nuestros a los materiales
originales. No hay una edición crítica de Galeno y seguimos obligados a usar la
de Kühn (12) de 1833; la agotadora tarea de estudiar y editar todos los escritos
de Galeno, algunos conservados sólo en versión árabe, prosigue desde hace más
de 25 años.

En conjunto la situación deja de ser satisfactoria y seguimos esperando un


nuevo texto. Yo desearía que la espléndida colección Guillaume Budé incluyera
un Hipócrates completo en su programa.

Hay también varias traducciones disponibles en lenguas modernas del Corpus


Hippocraticum.

- El texto de Loeb en inglés contiene parte de las obras de Hipócrates en 4


tomos; es una excelente traducción manuable y bien presentada, siendo de
lamentar que haya omitido varios tratados importantes, como “Epidemias” II y
IV-VII, los 4 libros sobre enfermedades y los escritos ginecológicos. Esta
omisión es más seria a causa de que la otra traducción inglesa, de Adams (13),
es también incompleta.

- En alemán tampoco hay una traducción satisfactoria; la Grimm de 1839 (14)


es muy antigua y difícil de encontrar; la más reciente de Duch (15) usa un
lenguaje técnico pseudomédico moderno, que ha desfigurado los conceptos.
Para satisfacer la demanda médica alemana, se han escrito varias antologías
(16) de valor discutible.

- En francés se contaba con la obra clásica de Littré, difícil de superar, aunque


sus 10 volúmenes son cada vez más escasos y caros, por la cual se dicidió
reimprimir una edición revisada. Los dos primeros volúmenes han aparecido
(17), pero constituyen una desilusión, pues no se ha revisado críticamente la
traducción ni se han tomado en cuenta las investigaciones y trabajos
publicados en los últimos 100 años. Profusamente ilustrado con figuras baratas,
propias de “La Vie Parisiense”, puede ser álbum popular entre los Internos, pero
es una falta de respeto hacia Hipócrates. Littré y la historia médica en general.
Recomiendo a todos leer u obtener una copia del viejo Littré, el verdadero,
publicado por J.B. Bailliere et Fils, 19 rue Hautefeuille, París, en rústica, no
ilustrado.
El Corpus Hippocraticum y sus autores.

Ya en la antigüedad, se observó que los numerosos que los numerosos tratados


que forman el Corpus no podían haber sido escritos por una misma persona; tal
era su diversidad de estilo y de conceptos, a veces antagónicos. Y surgieron las
preguntas lógicas ¿cuáles eran las “obras genuinas de Hipócrates”? ¿quiénes
eran los otros autores? ¿qué contenía la colección y cuáles eran los conceptos
de los médicos hipocráticos?

Toda la colección está escrita en dialecto jonio. Pero numerosas investigaciones


basadas en los métodos de la crítica literaria, el estudio de diferencias
gramaticales y de estilo, se han orientado a establecer grupos de tratados de
fuente común o afín, sin alcanzar conclusiones definitivas.

-El libro “Sobre los Aires, Aguas y lugares” consta, según Edelstein (18), de dos
tratados sin conexión entre sí; los capítulos 12 a 24 contienen una antropología
comparada de Europa y Asia; los primeros 11 capítulos son un tratado
pronóstico que enseña a los médicos a observar el ambiente y sacar
conclusiones sobre la naturaleza de las enfermedades prevalentes, de modo que
puedan saber mucho acerca de quienes les consultan, de inmediato, sin hacer
preguntas.

-“De la Medicina Antigua” es atribuido por Wellmann (19) a un médico


pitagórico seguidor de Alameón, que defiende la posición de sus maestros, a
quienes llama fundadores de la medicina, contra los puntos de vista dietéticos
de la escuela de Cnidia.

-“Sobre la Epilepsia”, para el mismo Wellmann (20), constituye una unidad, en


contra de la opinión de otros, para quienes los capítulos 14-17 no son parte
integrante de este tratado, atribuido a un médico de la escuela de Croton o de
la antigua escuela de Cnidia. Temkin (21) concluye que este es un tratado de
divulgación escrito por un médico para enseñar que la epilepsia no es más
sagrada que cualquier otra enfermedad, y que si es curable con drogas y sobre
todo, con una dieta adecuada, si el tratamiento se inicia precozmente.

“Los Aforismos” es, sin duda, el escrito hipocrático más popular, reimpreso,
traducido o comentado uno y otra vez; fue por siglos la Biblia de los médicos y a
menudo mencionado por los legos. Pero se trata de una popularidad tardía, ya
que Nachmanson (22), ha encontrado muy pocas referencias, estudiando la
antigua literatura no médica.

Los tratados “Sobre las Fracturas” y “Sobre las Articulaciones” son partes,
según Schleiermacher (23), de un texto quirúrgico más amplio y que esos
títulos fueron dados por un autor muy posterior, entre 200 y 150 a. C. El
tratado pseudohipocrático “Epistolas” es un aporte interesante a la leyenda de
Hipócrates, pues contiene un capítulo “Tratado sobre la Rabia”, bastante
desconocido, que Diller (24) piensa es una edición muy posterior, obra de un
humorista que imita el estilo hipocrático.
Parecía así haber indicaciones claras de los textos originados en la escuela de
Cnidios; y aquellos que los contradecían, con toda probabilidad, debían ser de
Cos. Hay un tratado que lleva su marca de origen en el propio título “Pronóstico
de Cos”. Y era costumbre atribuir a Hipócrates los mejor calidad o más
atrayentes para los médicos: esa eran las “obras genuinas”, en tanto que las
otras fueron atribuidas a los discípulos. Pero el descubrimiento de los llamados
“Anonymous Londinenses” causó un vendaval, pues contiene extractos
compilados por un discípulo de Aristóteles, Menon, quien atribuye a Hipócrates
opiniones similares a las encontradas en “Sobre los Vientos”, considerado
decididamente como un tratado pseudohipocrático (25). Ludwig Edelstein ha
demostrado del modo más convincente, en el último capítulo de su obra (18),
que no es posible, con certeza atribuir a Hipócrates ningún escrito definido. No
sabemos nada acerca de su actividad literaria; conectarlo con cualquier tratado
es simple suposición. Y luego intenta explicar por qué se llamó Corpus
Hippocraticum a esta colección, y cuál es el proceso a través del cual, ya en la
antigüedad, los tratados fueron atribuidos a Hipócrates y no a otro médico.

Según Edelstein, Hipócrates no fue una figura aliente y señera para sus
contemporáneos, era un médico de fama y un profesor de medicina entre
muchos otros. Poco se sabía de su vida y su trabajo; de otro modo, las
referencias no serían tan escasas. Ya los primeros médicos de
Alejandría se interesaron en la historia de la medicina; y en un importante
testimonio de la época (Scholion a Ilias, 11, 515), se dice que la dietética fue
introducida por Herodikos y perfeccionada por Hipócrates, Praxágoras y Crisipo.
Estos tres nombres dirigentes son mencionados juntos, empezando por
Hipócrates que era el más viejo. La biblioteca alejandrina contenía muchos
libros clásicos griegos, del siglo V y IV, que deben haber sido anónimos en el
momento en que los trajeron a Alejandría. Tan pronto como se despierta el
interés en Hipócrates, los médicos y filólogos alejandrinos se esforzaron en
discernir cuáles de esos textos anónimos podían ser obra suya. Y así se forma
el primer núcleo de escritos hipocráticos.

Con el correr del tiempo, la fama de Hipócrates crece. En la opinión de Celso, ya


no aparece como el hombre que perfeccionó la dietética, sino como un escritor
más antiguo (“vetustissimus auctor”), como el más digno de ser recordado. Y es
evidente que se le atribuyeron nuevos tratados anónimos. Este proceso
continuó, siendo Hipócrates endiosado más ampliamente. Para la Roma
imperial, el siglo V fue la Edad de Oro de Grecia, el tiempo de los grandes
clásicos, e Hipócrates era uno de ellos. Erotianus lo considera comparable a
Homero. Según Galeno, representa el ideal del médico (26). Ya era el padre de la
medicina y, naturalmente, toda la literatura médica de las edades de oro le fue
atribuida, aunque las mentes más críticas tenían dudas sobre la autenticidad
de algunos tratados.

No cabe duda que esta es una hipótesis. No puede haber certidumbre, cuando
el material es tan escaso; pero me parece la hipótesis más luminosa formulada
sobre el tema y considero que Edelstein ha hecho la mayor contribución sobre
el problema de Hipócrates desde el tiempo de Littré. Su libro encontró,
naturalmente gran oposición. Lo que decía era tan sorprendentemente nuevo
que requería un enorme esfuerzo de pensamiento de parte de los médicos y
filólogos. Nunca olvidaré aquella tarde de 1930 en que dio una conferencia
sobre estas investigaciones en el Instituto de Historia de la Medicina de Leipzig.
Habló dos horas sin ningún papel. La audiencia entera estaba hechizada. Los
jóvenes tenían la sensación de estar escuchando una charla completamente
original, y los viejos filólogos presentes rindieron tributo a su joven colega. Pero
los ataques empezaron después de publicado el libro: los críticos médicos veían
en él a un iconoclasta; los lingüistas, temerosos de verse obligados a revisar sus
teorías, expresaron sus reproches en términos generales y lo atacaron en
detalles.
Se acaba de publica una impórtate contribución en el campo contrario.
En un estudio paralelo al de Edelstein, Dreichgraber (27) distingue tres grupos
de tratados

- el primer grupo comprende “Epidemias” I y II y “Pronostikon”, escritos


cerca del año 410;

- un segundo grupo está conformado pro II, IV y VII escritos entre 399 y
395, “Humores” y los Tratados Quirúrgicos. Ambos grupos están muy
relacionados entre sí y están conectados con el tratado de Polybos
“Naturaleza del Hombre”, con “Aires, Aguas y Lugares” y “Epilepsia”, que
sería obra de una sola persona.

- un tercer grupo incluye “Epidemias” V y VII, una serie de notas


principalmente terapéuticas escritas cerca del año 360.

En la segunda parte de su estudio, Dreichgraber analiza las tradiciones de


Hipócrates y sus discípulos y, aunque no puede ofrecer ninguna prueba,
sostiene firmemente que el primer grupo es obra de Hipócrates y que el segundo
fue escrito bajo su influencia cercana. Esta monografía es un modelo de
erudición pero no me convenció. La interpretación parece arbitraria y, a
menudo, traída de los cabellos.

Cerrando el siglo II d. C, Galeno evita afiliarse a ninguna escuela, es un


ecléctico; pero reconoce a un maestro, Hipócrates, de quien se considera digno
sucesor. Temkin (28) ha mostrado que el siglo IV, bajo la poderosa influencia de
Galeno, el hipocratismo se encuentra firmemente establecido, y es tanto médico
como filosófico; los sabios y doctores de Alejandría son “iatrosophistae”.
También estudia la progresiva canonización de las obras de los dos maestros
hasta los días de la conquista árabe.

El juramento hipocrático.

Toda otra serie de problemas relativos a la profesión médica en aquellos


tiempos, se plantea cuando se estudia el llamado Juramento Hipocrático y
demás estudios deontológicos. Dreichgraber ha publicado (29) un excelente
análisis sobre las concepciones éticas de este viejo documento, en que reconoce
dos partes. La primera luego de invocar a los dioses, es una especie de
documento legal, un contrato entre maestro y discípulo. En los viejos tiempos,
la medicina era el saber o la ciencia secreta, inviolable, de ciertas familias,
transmitida sólo de padres a hijos. Con el correr del tiempo, se aceptaron
estudiantes ajenos a la familia y la primera parte del juramento enseña que
éstos fueron adoptados, asumiendo los derechos y deberes de sus miembros.
Mientras esta parte refleja condiciones históricas peculiares, la segunda parte
postula las obligaciones generales del médico hacia la sociedad, en mucho de
acuerdo con las nociones éticas de la sociedad griega contemporánea. El médico
que las cumpla fielmente acrecentará su reputación (“doxa”) y reforzará la
confianza pública en la profesión. Sin embargo, algunas de esas obligaciones
exigen del médico, mucho más que de un ciudadano o profesional corriente;
pero no se olvide que, salvo una, todas las reglas son meras prohibiciones. No
dicen lo que el médico debe hacer par ser un buen doctor, sino que indica las
acciones prohibidas, de que debe abstenerse. Un solo párrafo –“Conservaré mi
arte y mi vida pura e inmaculada”- contiene una promesa positiva.

Sin duda, éste es un gran documento; su sola enorme influencia lo prueba. No


obstante, cuando lo examinamos críticamente –y es nuestro deber de
historiadores-, se ve que los motivos utilitarios distan mucho de estar ausentes.
¿Cuál es, después de todo, la última meta? ¿qué busca el médico cumpliendo
con lealtad su juramento? Reputación. “Si cumplo este juramento, sin
traicionarlo, séame dado ganar para siempre reputación entre los hombres,
para mi vida y para mi arte”. Ganar prestigio, reputación, no es sin embargo, el
más alto ideal que podamos concebir.

En el transcurso de los siglos, Hipócrates se convirtió en el padre de la


medicina, una figura ideal. Pero él y sus seguidores contemporáneos eran seres
humanos, muy humanos. Tenían que ganarse la vida, vendiendo sus servicios;
y quienes trabajaban por dinero no eran estimados altamente en la sociedad
griega. Pensamos en los médicos hipocráticos como dignos caballeros de barba,
divulgado rica sabiduría; así como cultivamos una imagen sentimental del viejo
médico de familia. Barba tenían los médicos hipocráticos, pero en todo lo demás
debemos imaginarlos actuando de modo muy parecido a quienes lo hacen hoy
quienes viven cerca del Oriente. Y sabemos que muchos de ellos eran
individuos muy astutos.

Debemos a Edelstein habernos acercado a la realidad. Siendo filólogo, y no


médico, estaba libre del peso de 2500 años tradición profesional y podía leer los
escritos hipocráticos mucho más objetivamente. En su obra ya citada (18), se
interesa en investigar por qué la medicina hipocrática daba tanta importancia
al pronóstico, debiendo estudiar cuáles eran las condiciones de la práctica
médica en Grecia. El médico hipocrático era un artesano, y de ordinario
practicaba su oficio o arte, viajando igual que los otros artesanos, de pueblo en
pueblo.

Por regla general, era desconocido para los enfermos; como no existía ningún
sistema de licencia, cualquiera podía autollamarse médico y atender enfermos
por dinero.

Para un doctor llegado como extraño, la manera mejor y más rápida de ganar
reputación y la confianza del pueblo, sin duda era hacer un pronóstico correcto,
que el paciente y su familia podían confirmar. Un médico que podía decir
enseguida que tenía el enfermo y le iba a pasar, no podía sino impresionar a la
gente, si su pronóstico era acertado. Estas condiciones peculiares de la práctica
médica en el antigua Grecia explicarían, según Edelstein, la posición central del
pronóstico en la medicina hipócratica.
Pienso se hay otras razones, además, vinculadas a la estructura de la medicina
griega, al concepto hipocrático de la enfermedad. Sin embargo, estos estudios
han dado gran impulso a nuestros conocimientos y tendremos que
reconciliarnos con la idea de que los médicos hipocráticos no eran semidioses,
sino humildes mortales, buscando la verdad, errando, gozando y sufriendo
igual que nosotros.

Hipócrates comentado por médicos contemporáneos.

Solamente unos pocos tratados fueron vertidos al latín en la temprana Edad


Media. Aunque “Los aforismos” eran muy discutidos y comentados a fines del
período, las autoridades dominantes eran Galeno y Avicena. El Renacimiento
revive el interés en Hipócrates y desde entonces su fama crece. Se le define
como el doctor ideal y cada periodo lo mira de modo diferente, atribuyéndole
todas las cualidades que echan de menos en sus propios facultativos.

Innumerables trabajos han sido escritos por médicos, sobre Hipócrates y la


medicina Hipócrates. Pueden agruparse en tres categorías.

I. El primer grupo, y más numeroso, comprende estudios hechos sin


espíritu crítico o conocimiento de las fuentes; son mera compilación
de otros textos y perpetúan errores a través de generaciones. No los
mencionamos; mientras más pronto se olviden, mejor.
II. Hay un segundo grupo de trabajos dedicados a examinar el contenido
médico del Corpus Hipocraticum, que tienen extraordinario valor, ya
que el filólogo en sus investigaciones sólo puede llegar hasta un cierto
límite, más allá del cual se requiere conocimientos sobre la
enfermedad y la medicina como un todo. Solamente un médico podrá
pesar que enfermedades fueron observadas, cuáles eran los
fundamentos de las teorías formuladas, o qué procedimiento
terapéutico tenía valor. El facultativo interesado en tales estudios
debe tener algunos conocimientos filológicos e, idealmente, asociarse
con historiadores y lingüistas. Buenos ejemplos, son el trabajo de
Sticker (30) sobre la fiebre y la inflamación en los escritos
hipocráticos y el de Temkin ya citado (21) sobre “Epilepsia”. Este son
campo abierto, en que serán muy bienvenidos mayores estudios sobre
las enfermedades escritas en el Corpus Hippocraticum, su terapia, así
como sobre dietética. Hay otras dos monografías dignas de mencionar
aquí, aunque no sean médicas y sólo hablen ocasionalmente de
Hipócrates, a saber: el estudio de William Arthur Heidel sobre las
concepciones, ideales y métodos de la ciencia entre los antiguos
griegos (31); el ahora del profesor G. Senn sobre el desarrollo de los
métodos de investigación biológica (32), así como sus artículos sobre
los experimentos relatados en los escritos hipocráticos (33).
III. El tercer grupo incluye trabajos sobre la medicina hipocrática como
un todo,-su “espíritu”- desde el punto de vista puramente médico. La
medicina se ha hecho altamente eficiente, pero a la vez altamente
técnica y mecanizada. Muchos doctores, descontentos con la
situación actual, se sienten impedidos a “retornar a Hipócrates”.
Interpretan los escritos hipocráticos a su manera, valorando no el
conocimiento técnico sino la actitud general de los médicos
hipocráticos hacia la naturaleza y la enfermedad. Escribe sobre
Hipócrates, a fin de ejercer influencia sobre la medicina moderna. Un
ejemplo típico es la serie de artículos de gran cirujano de Berlín,
Agust Bier (34,35), cuyas frases iniciales caracterizan
admirablemente toda su posición "la esencia del hipocratismo, al cual
debemos volver bajo cualquier circunstancia, ese concepto de physis
(naturaleza), con sus conceptos subordinados de constitución, la
mezcla buena y mala del cuerpo, la extracción y la reversión"

Esa misma actitud expresada en un libro del bacteriólogo Hans Much,


"Hipócrates el Grande", cuyo título es usado como un mero símbolo o
bandera, tras el cual formula sus ideas generales sobre medicina (36). En
Italia, Librorio Guffré ha escrito un estudio similar (37) y Arturo Castiglioni
ha publicado un buen análisis de la tendencia general del neohipocratismo
(38). Este es un movimiento claramente romántico; y no es por accidente
que se desarrolla principalmente en aquellos dos países, en el que el estado
y la sociedad descansan en una filosofía mística irracional.

Dos periódicos médicos aparecen bajo el hombre de "Hipócrates", en


Alemania y Francia, de muy diverso carácter. El primero fundado en 1928,
como un foro independiente abierto a todas las opiniones y temas
planteados por profesionales honestos, deseosos y capaces de contribuir al
progreso de la medicina. Poderosas organizaciones médicas y publicitarias
bloquearon la publicación de asuntos como psicoanálisis y homeopatía. A
pesar de gran entusiasmo inicial, fue un fracaso y se interrumpió en 1933.
Hoy es un pequeño periódico provinciano y sectario (39). En Francia, "La
Reveu d’humanisme Medicale" fundada en 1933, no es ni pretende ser un
periódico erudito, sino un medio de mantener informados a los médicos
sobre arte y ciencias, este general, de la medicina y la literatura, y sobre que
ocurre en el mundo de la filosofía, la psicología la biología, música, etc. (40).
¿Es esto humanismo médico? Probablemente no el periódico, fundado por el
profesor de historia médica en la facultad de París, Dr. Laignel-Lavastine, es
original es su propósito y sirve una función, que no carece de importancia.

Es una gran cosa de la profesión médica tengan en Hipócrates un ideal


viviente, un héroe a quien venerar e imitar pero, ello no debe impedir al
historiador buscar la verdad al investigar sus fuentes, con espíritu crítico,
ocasionalmente tendrá que destruir algunas ilusiones. El ideal permanecerá
incólume.

El propósito de esta revisión tan fragmentaria ha sido presentar un cuadro


sumario de las distintas actividades desarrolladas en el campo de la
investigación hipocrática. Se han hecho y prosiguen importantes trabajos,
que deberían ser cuidadosamente considerados por todos los médicos que
hablan y escribe sobre Hipócrates.

REFERENCIAS.

2. A lo que podemos agregar una inscripción en Delphi: Pomtov, "Hipócrates und die
Asklepiaden in Delphi", Klio 15:144.

3. R. Hertzog, Reilige Gesetze von Kos, Abhandlungen der Preussischen Akademie


der Wissnschaften, Phil. Hist. Klasse nr. 6, 1928.

4. Hippookrates, “Der Volskkrankheiten erstes und drittes Buch” aus dem


Griechischen übersetzt, eingeleitet und erlauter, Klassiker der Medizin, vol. 28,
Leipzig, 1923.

5. Paris. 1931, Bernard Grasset.

6. Leben und lehre des Hippokrates, Stuttgart, Leipzig, 1932.

7. Oeuvres Completes d’Hippocrate, Traduction Nouvelle, avec le Texte Grec en


regard..., par E. Littré, París, 1839-1861, 10 volumes.

8. Hippokratis Opera Quae Feruntur Omnia, rec. H Keuhlewein, 1894-1902, Leipzig,


2 vols.

9. Hippocrates, ed. I L. Heiberg, Corpus Medicorum Gregorum, Vol. I, 1, Leipzig and


Berlin, 1927.

10. Hippocrates, con una traducción inglesa por W. H. S. Jones (Vol. III por E. T.
Withington), Londres, New York, 1923-1931, 4 tomos.

11. Theodor Gompertz, “ Die Apologie der Heilkunst” Leipzig, 1910; F. C. Unger,
“Liber Hippocraticus de Corde”, Leiden, 1923; “Hippocratis de Aere, Aquis Locis” de
G. Gunddermann, Bond 1911; G. Putzger, “Hippocratis Quae Feruntur Epistulae ad
Codicum Fidem Recensitae”, Wurzen 1914.

12. “Claudii Galeni Opera Omnia”, ed. C. C. Kühn, Leipzig, 1821-1833, 22 Tomos.

13. “The Genuine Works of Hippocrates”. Traducido del griego por Francis Adama,
Londres, 1849, 2 tomos; New York 1929.

14. “Hippocrates, Werke” J. F. C. Grimm, Glogau, 1837-1839; 2 tomos.

15. “Hippocrates”, Semmtliche Werke”, Robert, München; 1895-1900., 3 tomos.

16. “ Hippokrates, Grundsaetze seiner Schriftensammlung”, Eich Ebstein, Leipzig,


sin fecha; “Hippokrates, eine Auslese seiner Gedankin über kraken Menschen und
über dei Heilkunts” ppr Arnold Sack, Berlin, 1927; “Hippokrates Brevier” por Karl
Krayl, Stuttgart, 1929.

17. “Hippocrate, Oeuvres Completes” ilustrado por Kunn-Regnier, prefacio y


comentarios del profesor Roger, traducción de Littré, París, 1932-33, tomos 2 hasta
ahora (1934).
18. Luewig Edelstein, “ Die Sammlug der Hippokratischen Schriften”, Problemata,
Forschungen zur klassischen Philologie, No. 4, Berlín, 1931.

19. Archiv. Für Geschichte der Medizin 23:299-305, 1930.

20. Archiv. Für Geschichte der Medizin 22:290-312, 1929.

21. Owsei Temkin, “The Doctrine of Epilepsy in the Hippocratie Writings”, Bulletin
of the Institute of the History of Medicine. 1:277-322, 1933. Geschichte der
Naturwissenschaften und der Medizin (Berlín) 4(1);97-102,1933.

22. Ernest Nachmanson, “Zum Nachleben der Aphorismen” Quellen und Studien
Geschichte der Naturwissenschaften und der Medizin (Berlín), 1931.

23. W. Schleiermacher, “ Die Komposition der Hippokratischen Scchrit”, Philologus


74 (N. F. 38):273-300, 1929.

24. H. Diller, “ Ðie Sogenannte sweite Fassung des 19. Hoppakrates briefes”.
Quellen und Studien Geschichte der Naturwissenschaften und der Medizin (Berlín)
3(4):35-44,1933.

25.”Annonymi Londinensis ex Aristoletris Iatricis Menoniis”, ed. H. Diels,


Supplementum Aristotelicum III, 1, Berlin, 1893.

26. Ver Ernest Wenkebach, Quellen und Studien Geschichte der


Naturwissenschaften und der Medizin (Berlín) 3 (4):155-175,1933. Ver también H.
Diller “Zur Hippokratesauffassung des Galen”, Hermes 68:167-181,1933.

27. K. Dreichgraeber, “Die Epidemien und das Corpus Hippocraticum”,


Abhandlungen der Preussischen Akademie der Wissenschaften, Phil. Hist. Klasse,
Berlin, pp.172, 1933.

28. Orsei Temkin, “Geschichte des Hippokratismus in ausgehenden Altertum”,


Kyklos. Jahrbuch für Geschichte und Philosophie der Medizin, Leipzig 4:1-80,1932.

29. Karl Dreichgraeber, “ Die aerztliche Standesethik des hippokratischen Eides”


Quellen und Studien zur Geschichte der Naturwissenschaften und der Medizin
(Berlín) 3(2):29-49,1932.

30. Georg Sticker, “Fieber und Entzündung bei den Hippokratikern” Archiv. Für
Geschichte der Medizin 20:150-170, 1928.

31. W arhtu Heidel, “The Heroic Age of Science”? Carneggie Institution of


Washington, Publication Nr. 42, Baltimore, 1933.

32. G. Senn – Veroeffentlichungen der Schweizerischen Gesellschaft für Geschichte


der Medizin und der Naturwissenchafte, VIII, Aarau, 1933.

33. G. Senn, Archiv. Für Geschichte der Medizin 22: 217-289, 1929; Verhandlungen
der Naturforschenden Geselleschaft, Basel 41:109-128,1931.

34. Agust Bier, “Hippokartismus”, Münchener Mediz. Wochenschift 77: 2193,


[Link], etc.
35. Agust Bier, Hippokrateische Studien” Quellen und Studien Geschichte der
Naturwissenschaften und der Medizin (Berlín) 3(2):1-28,1930.

36. Hans Much, “Hippokrates der Grosse”, Stuttgart, Berlin, 1926.

37. Liborio Giuffré, “ La Dottrina d’Hippocrate”, Palermo, 1933-XI.

38. Arturo Castiglioni, “L’Orientaziones Neoippocratico del Pensiero Medico


Contemporaneo”, Torino, 1933-XL.

39. Hippokrates, Zeitschrift für Einheitsbestrebungen der Gegenwartsmedizin. El


título actual es: Hippokrates Zeitschrift für praktische Medizin, Organ für
Einheitsbestrebungenin der Medizin, Hippokrates-Verlag, Stuttgart, Leipzig.

40. Hippocrate, Reveu d’Humanisme Medical, París, 15 Rue du Sommerard.


VIII – LAS TERMAS (SPAS) AMERICANAS EN PERSPECTIVA
HISTORICA∗

ESTRACTOS. –Omitidos muchos detalles históricos o de procedimientos que


tienen principal interés para los Estados Unidos. (N. del T.)

Para el médico europeo que llega a los Estados Unidos, es impresionante


descubrir el uso tan limitado que hace este país de sus fuentes minerales. La
situación es tan radicalmente distinta en Europa, que requiere explicación y
análisis.

Las fuentes minerales atrajeron la atención de las gentes desde muy temprano,
a causa de la temperatura, color, gusto y olor de sus aguas. Instintivamente
fueron usadas, para el baño o la bebida, por personas que padecían variadas
dolencias. Una vez que encontraban en ellas alivio a sus dolores, pronto se
afirmaba su reputación. Dondequiera que llegaron las legiones romanas,
hicieron uso extenso de las termas medicinales y se han encontrado objetos de
ese origen en numerosos spas europeos1. La existencia de muchas de ellas fue
olvidada en los agitados siglos de la Edad Media temprana, pero fueron
descubiertas en las centurias posteriores y en el Renacimiento2. Esta
resurrección de las termas no fue debida solamente al deseo de poner tales
fuerzas curativas naturales a disposición de las gentes y a el mejoramiento del
sistema de carreteras que facilitó los viajes; fue también el resultado del
desarrollo de la ciudad. Mientras la gente vivió en el campo, no sintió la
necesidad de pasar su vacación en un ambiente distinto. Pero el habitante de la
urbe, que vivía todo el año confinado dentro de sus muros, desarrolló el deseo
de abandonar la ciudad por unas pocas semanas cada año, para pasarlas en
una atmósfera completamente diferente. Muchas fuentes minerales se
encuentran ubicadas en paisajes muy agradables, a menudo de regiones
montañosas, de clima vivificante. ¿Qué cosa más lógica para una familia de
recursos, que pasar unas pocas semanas en un spa? En él, aquellos familiares
que no estaban enfermos encontraban buena compañía, recreación y
diversiones, y quienes sufrían alguna enfermedad crónica, podían obtener
tratamientos que los aliviaban considerablemente. Así muchos spas europeos
llegaron a ser sanatorios o campamentos generales de salud y lugares de
reunión de moda para veraneantes, buscados por igual por sanos y enfermos.


Leído ante el Club de Historia Médica de Jonh Hopkins, el 3 de noviembre de 1941.
1
La literatura europea sobre la historia de la balneología es muy rica. Entre los estudios generales se puede
ver Alfred Martin “Deustches Badewesen i vergangene Tagen:, Jena, 1906; Von Oefele, “Geschichte der
Balneologie und der Grenzgebiete in der Neuzeit” in handbuch der Geschicchte der Medizin,
herausgegeben von Neuburger und Pagel, Jena, 1903, v. 2: p.589; Bernhard Maximilian Lersch
“Geschichte der Balneolgie, Hydropsie und Pegologie, etc” Würzburg, 1863.
2
A. C. Klebs, “Balenology in Middle Ages” Transactions of the American Climatological and Clinical
Association 32:15-37,1916.
Otros de difícil acceso, como los Pfeffers en Suiza, cuya fuente se halla en el
fondo de una profunda quebrada, no tenían entretenciones que ofrecer, pero
sus aguas eran famosas y usadas por una corriente interminable de pacientes,
pese a las penalidades del viaje.

Los autores médicos antiguos y medievales mencionan las termas medicinales y


sus poderes curativos. Las virtudes de las aguas de Pozzuoli y otros spas fueron
descritos en panfletos o monografías especiales en la Edad Media. El despertar
el interés científico durante el Renacimiento, atrajo la atención de los médicos
hacia las termas3. Paracelso fue precursor también en este campo y, teniendo
tanta experiencia en química como en medicina, visitó muchos spas europeos y
analizó sus aguas. En sus escritos, menciona con frecuencia el uso de las
termas en medicina y publicó en 1535, una pequeña monografía sobre Pfeffers,
lugar muy visitado entonces por pacientes sifilíticos. A partir del Renacimiento,
la literatura sobre balneoterapia crece de modo considerable.

Los spas europeos han sido usados por más de 2000 años. Las teorías médicas
cambian: las doctrinas de Galeno dominan la medicina durante casi 15 siglos;
Paracelso las combate y desarrolla una nueva teoría basada en conceptos
químicos; los iatroquímicos y los iatrofísicos, mecanicistas y espiritualistas
tienen sus períodos de moda, hasta que se desarrollaba una ciencia médica,
fundada en la anatomía y en otras ciencias naturales. Pero, cualesquiera que
fueran las teorías, a lo largo de más de 2000 años, los pacientes fueron a los
spas, se bañaron en sus aguas, las bebieron y encontraron alivio. Cada una de
esas teorías fue utilizada para explicar los efectos de las aguas medicinales. Las
explicaciones cambiaron con pero siempre hubo resultados: en cada siglo,
muchos pacientes se beneficiaron con sus curaciones termales.

Hoy se han creado institutos en varios spas europeos y se estudia el efecto de


sus aguas, en clínicas y laboratorios. Los estudiantes reciben instrucción sobre
su uso. En mi tiempo, en la Universidad de Zurich, recibíamos enseñanza
teórica general en el curso de farmacología; las indicaciones terapéuticas de las
termas eran discutidas en todas las clínicas. Una vez al año, todos los
estudiantes visitaban uno de los spas famosos del país donde, además de la
oportunidad de estudiar las facilidades del lugar, los médicos y autoridades
sanitarias locales les ofrecían clases y demostraciones clínicas. Así, en el curso
de seis años, llegábamos a ver los diversos tipos de spas y aprender lo que se
podía esperar de ellos.

Muchas de esas termas europeas pertenecen y son administradas por las


comunidades o el Estado, pero en todo caso funcionan sobre bases comerciales.
Están ansiosas de atraer visitantes y su propaganda no siempre es
estrictamente científica. Los intereses comerciales y los intereses médicos con
frecuencia chocan. Una situación nueva ha surgido en la Unión Soviética,
donde todos los sanatorios y casas de salud con todas sus facilidades, son
propiedad de instituciones públicas y manejados como un servicio público4,

3
Ver la collección “De Balneis”, Venecia 1553, que contiene los textos antiguos y medievales más
importantes, sobre la materia.
4
Ver H. E. Sigerits. “Socialised Medicine in the Soviet Union” New York, 1937, pp.181-189.
administrados por las autoridades sanitarias, sin ninguna interferencia
comercial. La ciencia de las termas y de las casas de salud ha alcanzado mayor
desarrollo que en cualquier otro país. Un instituto central de investigación, en
Moscú dotado de laboratorios y de una división clínica, dirige y coordina las
actividades de institutos locales de investigación establecidos en numerosas
ciudades y en todas las termas importantes más de un millón de pacientes son
tratados cada año en los spas, de ordinario por cuenta de los fondos del seguro
social o de los sindicatos. El desarrollo de estos servicios ha sido una de las
más brillantes realizaciones de la medicina soviética, y no hay duda de que el
programa se expandirá después de la guerra.

En los Estados Unidos la situación es completamente distinta. El país es muy


rico en fuentes minerales, sobre todo en las montañas Rocallosas y en los
Apalaches. No creo que haya en Europa alguna agua mineral que no pueda ser
igualada en Norteamérica. 8326 fuentes han sido ubicadas en las 2717 áreas
en las que se ha encontrado aguas termales5; 424 de esas áreas son usadas
comercialmente y en 321 de ellas se han establecido, en algún momento, casas
de salud. Parece una cifra impresionante; pero muchas han sido abandonadas
y muchas otras han alcanzado un desarrollo mínimo, con acomodaciones
deficientes, escasas facilidades médicas y ninguna actividad investigación. De
modo que el número de spas que pueden compararse con los mejores de
Europa no pasan hoy de una docena.

De acuerdo con la tradición, los primeros en usar médicamente las fuentes


minerales fueron los indios, y se dice que llamaron la atención del hombre
blanco sobre los poderes curativos de sus aguas. Varias termas encontraban en
uso en Virginia en los días de la colonia, y muchas otras fueron descubiertas
más tarde en las montañas de ese Estado, de manera que en 1830 era
costumbre hacer una gira por las termas, usando sus aguas en sucesión; era
una actividad más bien social, ya que cada spa ofrecía variadas entretenciones.
Otros famosos spas se desarrollaron a comienzos del siglo XIX, destacando
Saratoga en el Estado de Nueva York, alcanzando un período de gran
popularidad a mediados del siglo. Las termas americanas no eran tan famosas
por sus aguas como por sus hipódromos, casinos, teatros y otras
entretenciones. Eran refugios para ociosos ricos, con elegantes hoteles y
parques. Las aguas eran usadas, por cierto porque era la moda, pero en general
era un mero accesorio y pretexto para la vida social. Al fin del siglo se produce
su declinación. Muchos spas fueron abandonados; otros todavía muestran
reliquias de antiguo esplendor, hoteles gigantescos cerrados la mayor parte del
tiempo, o casinos convertidos en museos polvorientos.

Hay varias razones para esta declinación. Al comienzo de este siglo, y las
termas tenían que competir otros sitios de descanso, en especial playas como
Newport y Atlantic City. Su fama y popularidad no estaba basada, como en
Europa, en el poder curativo de sus aguas, sino en atractivos accesorios, toda
suerte de diversiones y entretenimientos, que podrían encontrarse en cualquier
sitio de descanso. Al mismo tiempo, allá por 1890, la medicina americana se
estaba haciendo científica. Se había abierto la escuela de medicina de Johns

5
W. P. Beazell, “The Spas in the Easter United States” Legislative document N. 70, Albany 1930.
Hopkins, con su hospital, y en cuyas salas y laboratorios se formaban los
médicos. La mayoría de las termas eran de propiedad particular y
administradas con criterio comercial; con frecuencia su propaganda era
exagerada y no inspiraba confianza a estos doctores entrenados científicamente.
El paso lógico habría sido establecer institutos de investigación para determinar
con seriedad los efectos posibles del tratamiento balneológico. Pero el país
estaba muy ocupado reorganizando escuelas y hospitales; otros problemas
científicos parecían más urgentes y, salvo raras excepciones, los médicos
descartaron las termas. Si se preguntaba a un doctor americano medio que
piensa hoy de la balneoterapia y los sanatorios o casas de salud, sonreirá
irónicamente y contestará que no hace daño, pero apenas si es más que una
especie de psicoterapia. Mientras que en Europa se presta atención creciente a
la balneología, la medicina norteamericana en su conjunto persiste en
descuidarla. Hay varias razones para explicar esta actitud peculiar.

La primera es que los pacientes en este país, por regla general, son todo menos
pacientes. Quieren ser "arreglados" rápidamente, mediante una operación si es
posible y sino, al menos con inyecciones. El tratamiento en sanatorios o casas
de reposo requiere varias semanas y su longitud no atrae al enfermo promedio,
sin hablar de lo que cuesta. La dificultad estriba en que las enfermedades
crónicas no pueden ser curadas rápidamente.

Pero hay otra razón más complicada, de carácter social y económico. En Europa,
desde la Edad Media, todos los spas tenían "baños gratuitos” para indigentes
que recibían considerables donaciones. Y cuando en el siglo IX y XX se
implantó el seguro social, en un país tras otro, el tratamiento en sanatorios y
casas de salud fue puesto al alcance de grandes grupos de asalariados con
cargo a sus fondos. El seguro de enfermedad envió muchos pacientes a los spas,
o sea que, en Europa, estos tratamientos no eran un privilegio de los ricos. En
los [Link]., carecemos de seguro social y de la organización para enviar masas
de gentes de escasos recursos a estos centros de tratamiento y descanso,
costeando sus gastos de viaje, alojamiento y, lo que es más importante, la
pérdida de varias semanas de salario. Como están las cosas en los [Link]., los
spas son primariamente para personas de recursos. La gente rica, sin embargo,
prefiere acudir a las termas altamente desarrolladas de Europa, con un océano
que lo separa de su oficina y dónde están ciertos de encontrar médicos
altamente competentes con toda clase de facilidades más las entretenciones que
dichos lugares ofrecen corrientemente.

Se ha estimado que en 1930, 100 mil norteamericanos se trataron en los spas


europeos, invertiendo 100 millones de dólares.

En consecuencia, la mayoría de las ternas de los [Link]., ha seguido siendo


centros sociales, más famosos por sus campos de golf que por sus aguas, y
nuestros estudiantes de medicina no reciben enseñanza sobre la materia, de
modo que la mayoría de los médicos cree que el tratamiento en los spas es una
estafa o en el mejor de los casos, una superstición médica glorificada, si acaso
no un fraude europeo organizado.
Es muy anticientífico negar la experiencia de más de 2000 años, sólo porque no
disponemos de una teoría elaborada para explicar todos los fenómenos en
detalle. Habría sido necio negar la existencia del relámpago porque la
electricidad no era todavía conocida. Más de una vez, la experiencia ha
presidido a la ciencia en medicina. Nuestras drogas más valiosas -quinina, opio,
digital, mercurio y otras- fueron usadas muchos siglos antes que la
farmacología pudiera explicar su acción. De modo muy pertinente, Baudisch ha
observado que algo similar ocurrió con la helioterapia6.

La luz solar fue usada, durante siglos, como un agente curativo. El raquitismo
era tratado por rayos ultravioleta. Para los "doctores científicos", esto eran era
superstición hasta que fueron descubiertas las vitaminas y se encontró que la
luz solar cambiaba el ergosterol de la piel en vitamina D. Hasta hace poco, la
química era bastante grosera; la microquímica está todavía en su infancia y
estamos empezando a comprender que unas pocas moléculas de algunos
compuestos químicos pueden provocar reacciones biológicas definidas. La
teoría de la disociación y el descubrimiento de la radioactividad estimularon
notablemente el estudio de las fuentes medicinales, y Baudisch ha destacado
cuán importante y esclarecedor es el concepto, emitido por Werner, de co-
valencia o valencia de coordinación en este campo particular (6).

La actitud científica hacia el tratamiento termal, en mi opinión, es utilizar las


fuerzas curativas naturales a base de la rica experiencia crítica de que se
dispone hoy y, al mismo tiempo, promover enérgicamente la investigación
crítica y de laboratorio. Hay síntomas alentadores de que la medicina
norteamericana está pensando a superar su escepticismo destructivo y está
desarrollando una actitud científica, también en este campo. Se marcó un
punto de inflexión cuando el Estado de Nueva York estableció un instituto de
investigación en las termas de Saratoga, el primero en su género en el
continente. La investigación es la fuente que nutre todas las actividades
médicas. Cuando la práctica se disocia de ella, pronto degenera en simple
rutina. La investigación intensiva es particularmente necesaria en un campo
como la balneología, que tiene una dilatada evolución empírica, pero una
historia científica muy corta.

Quisiera hacer un dramático llamado en pro del desarrollo de nuestras termas,


sanatorios y casas de la salud en los Estados Unidos. No solamente los
necesitamos para el tratamiento, sino también para la prevención de serias
enfermedades. Podremos usarlas como centros de reposo y recreación bajo
supervisión médica. Después de un año de duro trabajo en las fábricas o el
campo, cientos de miles de hombres y mujeres necesitan algo más que una
vacación. Necesitan recuperarse. El recolector de frutas después de una
estación de trabajo quebrantador, el minero que inhala polvo durante meses, el
metalúrgico que maneja metales fundidos al rojo, el trabajador textil que pasa
un año entero de pie frente al telar, el ascensorista que vive en una jaula, las
camareras y empleadas de tienda que se esfuerzan por ocultar su anemia y su
fatiga detrás del rouge y los coloretes, ¡cómo no se beneficiarían de unas pocas

6
Oskar Baudisch “Magic and Science in Natural Healing Waters”, Journal of Chemic Education
16:442,1939.
semanas en un terma o casa de salud! ¿Cómo seria hacerles un examen físico,
combinar la vacación con el tratamiento y curar sus dolencias menores, el
resultado del duro trabajo, antes de que se conviertan en enfermedades serias,
la iniciación de reumatismo, artritis, bronquitis, las enfermedades varicosas,
perturbaciones digestivas y trastornos ginecológicos? ¿No sería esta una
medicina preventiva muy sensata, a la vez que una política económica muy
cuerda?

Esta no es una utopía. Hay países donde se practica en amplia escala. Nosotros
también sabemos hacerlo. Todo lo que necesitamos es organización y
planificación inteligente.

En 1930, la Asamblea de Delegados de la Asociación Médica Americana,


autorizó la constitución de un Comité sobre termas y casas de salud en los EE.
UU. Al cabo de 4 años, el Comité esta preparando un lista de lugares
aprobados7. Y ha establecido los requisitos mínimos que debe reunir un spa
para ser incluido en la lista. Otra tarea ha sido preparar una serie de trabajos
científicos sobre varios aspectos de la balneoterapia.

Todo ello constituye un comienzo muy sensato pero muy modesto. No cabe
duda que en el futuro deberá abordar, entre otras las siguientes tareas:

1. – Insistencia sobre la necesidad de investigar, fundando nuevos


institutos de investigación en distintas termas y, con facilidades clínicas
y de laboratorio.
2. – Provisión de facilidades docentes, empezando por establecer becas de
investigación en los principales spas del país.
3. – Creación de una literatura, incluyendo textos, manuales y un periódico.
Organización de una Sociedad Americana para la Ciencia de las Termas
y de una Asociación Americana de Termas.
4. – Dar pasos para formular un amplio programa social que ponga estos
establecimientos al acceso de la masa de la población y los convierta en
poderosos centros de conservación del hombre.

7
Journal of the American Medical Association 118: 379, 1942. N. del T. – La edición en
IX – MEDICINA MEDIEVAL

La historia médica de cualquier período puede ser abordada desde dos ángulos
distintos, a saber: en sus realizaciones prácticas o en el ámbito de las ideas,
como un aspecto más de la cultura general de la época. Podemos estar más
interesados en las condiciones y riesgos de salud de un período, y en los
tratamientos y regímenes dietéticos usados en la curación y prevención de la
enfermedad. O podemos estar más atraídos por las ideas que orientan la acción
médica. En el presente artículo, intentaré determinar el lugar de la medieval en
la historia de la civilización, aludiendo sólo de paso a sus logros prácticos. La
medicina como arte es transmitida por vía oral y por la instrucción práctica de
padre a hijo y maestro a discípulo; mientras como que el estudio de la
medicina como ciencia descansa en los textos médicos, que son también parte
de la literatura de cada época, marcados con el sello de su estilo general.

La experiencia y el pensamiento griego constituyen su contenido básico. La


medicina griega transmitida hasta el mundo medieval, fue gradualmente
asimilada por éste, alcanzando una síntesis de rara armonía entre ambos
puntos de vista, hasta que al llegar al renacimiento, el mundo occidental se
revela contra las tradiciones. Vamos a examinar todo este proceso.

Precisa recordar que la medicina medieval tuvo dos centros de desarrollo, el


imperio musulmán en el Oriente y el mundo cristiano en el Occidente. (Uso
estos términos en beneficio de la brevedad, muy consciente de la presencia,
durante toda la Edad Media, de mahometanos en España y de cristianos en
Siria.).

El Oriente Musulmán.

En el siglo VII d. C., empujadas por la aridez de su suelo natal y disciplinadas


por un nuevo credo, la tribus árabes emigraron hacia el norte en busca de
tierras más fértiles. En menos de un siglo, fundaron un imperio que iba desde
los Pirineos hasta el río Indo. Eran tolerantes; no obligaban a nadie a
convertirse a la nueva fe, aunque los infieles pagaban altos impuestos y era
muy provechoso hacerse musulmán. Millones adoptaron una religión que,
después de todo, no difería mucho del cristianismo. El nuevo imperio estaba
unido por una fe común y, dada que el Corán no podía ser traducido, hablaba
una misma lengua.

Los conquistadores árabes eran multitudes rudas de jinetes, guerreros, a veces


poetas, con muy poca experiencia en las artes y oficios. Pronto descubrieron
que los pueblos subyugados tenían mejores arquitectos, pintores, ingenieros y
médicos. Los contrataron y luego empezaron a aprender de ellos. Alejandría era
todavía un centro del saber, aunque su famosa biblioteca había sido destruida.
Se hallaba oscurecida por corrientes místicas; pero seguía apoyándose en una
gran tradición; allí vivía a comienzos del siglo VII, Pablo de Egina, el último de
los recopiladores médicos griegos.
Otro centro intelectual más importante y dinámico era Gondischapur en Persia,
asilo de sabios refugiados. Filósofos griegos expulsados de Atenas por
Justiniano, cristianos heréticos y nestorianos perseguidos en Constantinopla o
Nisibis, se pusieron allí en contacto con el pensamiento de persas e hindúes.
Entre todas las ciencias la medicina era tal vez la más floreciente, centrada en
torno a un hospital y a una academia. El idioma sirio había pasado a ser el
lenguaje culto y muchas obras clásicas de filosofía, ciencia y medicina griegas
fueron traducidas a él.

O sea que los árabes encontraron en los territorios conquistados, la parte


principal de la literatura médica griega ya traducida a un idioma semita. Los
libros eran la gran fuente de conocimiento y más de un tratado de paz con el
imperio bizantino estuvo condicionado a la entrega o rendición de textos, en
especial de alquimia y medicina. Una vez que se disponía de la versión siria, era
fácil traducido al árabe, lo que permitía su lectura y uso por todos los que lo
requerían, desde los Pirineos hasta la India.

De esta manera, en el siglo VIII y IX fueron traducidos un gran número de


libros griegos, las obras de Galeno y sucesores, pero también los escritos
hipocráticos y “Materia Médica” de Dioscórides, este último bellamente
ilustrado y todavía hoy consultado en el Oriente. El principal “transmisor” o
intérprete fue Bunayn Ibn Ishaq, jefe de una escuela organizada de traductores
en Bagdad, donde la tradición le atribuye más de 90 alumnos. Los lingüistas
del día eran, eruditos cristianos que dominaban el sirio, griego, árabe y a
menudo el idioma persa. Habitualmente, traducían primero al sirio, para uso de
sus colegas cristianos y luego al árabe, para beneficio de los musulmanes. Igual
que los Ptolomeos, los califas Abatidas enviaban excursiones periódicas en
busca de manuscritos griegos para su biblioteca de Bagdad.

Y así, a fines del siglo IX, el mundo de habla árabe se hallaba en plena posesión
de la tradición médica griega. Era una ciencia que había perdido su momentum
y completado su ciclo; además era el saber de las gentes de otra raza y distinta
concepción. Sin embargo era la experiencia acumulada en siglos de
razonamiento y observación de innumerables hechos acerca de las
enfermedades y su tratamiento, a disposición del mundo islámico.

El Occidente Cristiano.

Las cosas transcurrían de forma similar, aunque algo diferente en el Occidente.


También aquí el hambre empujó a las tribus bárbaras hacia la fértil campiña
romana, iniciando una migración de naciones. Los pueblos germanos tenían
conocimientos médicos tan primitivos como los beduinos y también se pusieron
en contacto con una civilización mucho más avanzada. Pero, en vez de llevar
como los árabes una religión y un idioma que fueron adoptados por los pueblos
subyugados, los godos se convirtieron al cristianismo, que era la religión oficial
del imperio romano, he hicieron suyo el latín, que paso a ser por siglos el
lenguaje literario de quienes reconocían la autoridad de la iglesia romana.
Por más de 1000 años, los libros médicos habían sido escritos en griego a
través del mundo greco-romano y había muy pocos textos disponibles en latín.
Ahora, a impulsos de una gran demanda, se hacen muchas traducciones en
Oriente y Occidente, surgiendo a partir del siglo IV una nueva literatura médica
escrita directamente en latín. No era original y el valor de la recopilación
dependía de la fuente usada en los diversos centros intelectuales de occidente.
Uno de esos centros estaba ubicado en Noráfrica, donde uno de los amigos de
San Agustín, el doctor Vindisiano y su discípulo Teodoro Prisciano,
coleccionaron algunas obras importantes. Un africano, Celio Aureliano, tradujo
a Sorano, preservando la experiencia de la escuela metodista, de gran
influencia en las Edades Medias tempranas. Otro centro era Burdeos, donde el
Dr. Marcelo Burdegalensis compiló una colección muy popular de recetas. La
ciudad de Ravena, residencia de Teodorico, contaba en el siglo VI con una
escuela de medicina, cuyos profesores “iatrosophistae” traducían el canón
galénico al latín, así como había sido vertido al griego en Alejandría.

En la época en que Harem al-Rasid atraía sabios y artistas a su corte,


Carlomagno hacía lo mismo en Occidente, echando las bases de escuelas que
habían de alcanzar fama en Tours, Chartres, Reim. Al mismo tiempo, en las
abadías benedictinas de Monte Casino, Bobbio y Fulda, la antigua literatura era
estudiada, copiada y transmitida de generación en generación.

Pero el mundo musulmán estaba mucho más avanzado que Occidente en la


temprana Edad Media. Alrededor del 900, los árabes estaban en plena posición
de tradición médica griega, mientras en Occidente en pocas obras de Hipócrates,
Galeno, Sorano y otros, traducidas ya en el siglo VI, estaban casi olvidadas.
Algunos compendios sobre la orina, el pulso, dietas, sangrías, el pronóstico y la
farmacología formaban el grueso de la literatura antigua que perduraba en los
días carolingios.

Pero los árabes dominaron Sicilia por 200 años desde el 827 y permanecieron
en España hasta 1492. Durante las Cruzadas, aumentó el intercambio
intelectual y como los árabes estaban más avanzados en ciencia y medicina,
Europa empezó a aprender de ellos. En el siglo XI, Constantino, un africano de
origen y por tanto versado en lenguas orientales, viajo por todo el Oriente y llegó
a Monte Casino convertido en monje, trayendo muchos libros médicos árabes
que tradujo al latín, poniendo al alcance europeo a escritores griegos y árabes
hasta entonces desconocidos. Toledo, conquistada por Alfonso VI de Castilla en
1085, mantuvo su posición destacada bajo la dominación cristiana; se convirtió
así, en el centro desde el cual los conocimientos orientales fueron transmitidos
a Europa. Y ya a comienzos del siglo XIII el mundo occidental se hallaba en
plena posición de la tradición médica griega, igual que los árabes 300 años
antes; pero, además, había absorbido la experiencia de muchos sabios árabes.

Transmisión de la medicina griega.

La medicina griega transmitida a las Edades Medias en ambos lados del mundo,
era el producto de una larga evolución de sobre mil años. Las teorías médicas
reflejaban todas las escuelas de pensamiento desde los filósofos presocráticos a
Platón, Aristóteles, los estoicos, los epicúreos y los escépticos hasta las
extravagancias de los neoplatónicos y los neopitagóricos. Esta enorme masa de
literatura fue transmitida en un período relativamente corto, de modo casual y
sin ningún orden. No era tomada como una colección de documentos históricos,
sino que los médicos estudiaban, deseosos de aprender en ellos, cómo tratar a
sus pacientes y cómo entender los fenómenos de la salud y la enfermedad. Así
mirada, la tradición médica aparecía desconcertante, llena de contradicciones
con muchas de enfermedades y prescripciones ininteligibles. Una teoría fácil de
comprender para un médico griego familiarizado con las ideas de Pitágoras,
parecía extraña y ajena al pensar de un árabe o un clérigo cristiano de aquellos
días. Se requería mucha interpretación antes de asimilar el nuevo conocimiento;
y en ambos lados, se prepararon diccionarios de términos y manuales sobre
concordancias de opiniones similares o sobre conciliación de puntos
divergentes.

Pero la tradición griega no solo transmitió doctrinas, sino también métodos y


observaciones básicas. Enseñaba que la enfermedad es un proceso natural, no
distinto en esencia del proceso fisiológico. Enseñó que el cuerpo poseía un
poder natural de curación, que tendía a dominar las lesiones y a reestablecer el
equilibrio de la salud perdido, de modo que las acciones del médico debían a
estar dirigidas a reforzar y ayudar a esta “vis medicatrix naturale”. La tradición
griega enseñaba, además, cómo abordar al enfermo, qué preguntas hacerle,
cómo examinarlo y cómo evaluar sus síntomas con vistas a un pronóstico. La
literatura griega del período está llena de descripciones, que no han sido
superadas, sobre síntomas y cuadros mórbidos y contenía una riqueza de
información, acumulada en siglos de experiencia, acerca del tratamiento
dietético, farmacológico, físico y quirúrgico. Una vez que este conocimiento fue
asimilado, la medicina podía avanzar. Y así lo hizo, en Oriente y Occidente.

La medicina medieval.

Los siglos XI y XII fueron la edad de oro de la medicina árabe. Los principales
doctores ya no eran cristianos, sino musulmanes venidos de todas partes del
imperio, muchos de ellos persas. Nuevos hospitales se construyen en número
creciente, y no del tipo de posadas o casa para pobres de Occidente en ese
período, sino lugares donde los enfermos eran tratados y los doctores adquirían
experiencia y enseñaban. La lista de autores médicos que enriquecieron el
conocimiento es muy larga. Racés, acaso el más grande de sus clínicos, escribió
un texto enciclopédico “Continens” y breves tratados acerca de nuevas
enfermedades, como “Sobre la Viruela y el Sarampión” o “Cálculos en la Vejiga y
el Riñón”. Aplicando los antiguos métodos de observación y de estudio,
enriqueció considerablemente la medicina. Otro clínico eminente también persa,
Hali Abbaz adopta en su tratado de medicina una actitud crítica hacia los
maestros griegos o árabes, aceptando sólo lo que consideraba cierto. Todas las
secciones del imperio contribuyeron a este gran auge de la medicina árabe. Un
judío egipcio, Isaac, escribió notables monografías sobre la orina, fiebre, dietas
y drogas. Uno de sus alumnos, Ibn al-Jazzar adquiere renombre con un
pequeño libro de consejos dietéticos para viajeros, traducido al latín, griego y
hebreo. El mayor cirujano de la época, Abul Kasim, nació en España, cerca de
Córdoba. Y la lista llenaría muchas páginas. También un imperio que cubría
tan vasto territorio, obtenía una gran variedad de drogas terapéuticas de todos
los climas.

En la medicina medieval de Occidente, el trabajo de Constantino marca un


punto de inflexión y sus traducciones actuaron como un poderoso estímulo
para el receptivo grupo de la escuela de Salerno. Las influencias europea y
oriental convergían en esta activa ciudad comercial, donde un grupo de médicos
clérigos y laicos, atraían pacientes y estudiantes de toda Europa. En respuesta
a una fuente demanda de mejor literatura médica, compilaron pero también
escribieron muchos libros con observaciones prácticas y teorías propias. Y en
Montpellier surgía una nueva escuela que aprovechaba la segunda ola de
traducciones. Un importante aporte de otro carácter fue hecho por Federico II
en Italia, al fijar requisitos legales de estudio, examen y licencia para la
profesión médica.

Por cierto que para conocer al médico medieval y su trabajo, no bastan los
textos, los cuales, al igual que en nuestros días, tienen el carácter de
recopilaciones. Es preciso leer sus “Concilia” o discusiones de casos clínicos; y
hay que verlos combatiendo epidemias, como la muerte negra que asoló Europa
en 1348 y para lo cual no ofrecía solución la medicina antigua; o había que
verlos operando y atendiendo heridos de guerra.

Pero la medicina de la Edad Media es algo más que una mera reminiscencia de
la antigua Grecia, o un brote tardío de la medicina helenística. No era posible
para una civilización viviente tomar ideas y sistemas profundamente arraigados
en otra cultura, sin modificarlos. La Edad Media produjo, en Oriente y
Occidente, nuevas formas de expresión en la vida económica y social, el
gobierno, la ley, la teología, el arte y la literatura. También dio lugar a una
medicina esencialmente medieval, una síntesis que no ha sido bastante
investigada.

Una de sus expresiones destacada es el “Canon” de Avicena, que no podría ser


escrito en la antigüedad. Siendo uno de los más grandes médicos y filósofos del
Islam, intentó desarrollar un sistema de medicina completo, lógico y bien
elaborado. Muchos de sus elementos eran experiencia y pensamiento griegos,
filosofía aristotélica con ribetes de neoplatonismo; pero les agregaba el acerbo
de varios siglos de medicina árabe y una considerable experiencia personal. El
producto final ya no era griego, sino un exponente de la filosofía y la ciencia
musulmana, tan poderoso y persuasivo que dominó la medicina universal por
600 años.

En otra esfera de la cultura, el médico-filósofo Maimónides escribió “Los


Aforismos según Galeno” que tan poco son una mera repetición, sino pasajes
seleccionados con su criterio e interés particular, y elaborados en su propia
manera, creando así una rica síntesis del pensamiento griego, árabe y judío.
El mismo proceso de síntesis se aprecia en las obras de los médicos escoláticos
occidentales de los siglos XIII y XIV, Alberto Magno, Roger Bacon, Arnaldo de
Villanova o Pietro d’Abano, para citar sólo unos pocos. También Aristóteles,
Avicena y Galeno son sus maestros, los citan constantemente y siguen más sus
métodos. Pero hacen algo más, como buenos eruditos cristianos: guiados por la
teología, madre de la ciencia y el saber de su época, logran crear sistemas en
que la experiencia de la medicina llega a ser parte del concepto católico del
mundo. Y sus trabajos son, también, esencialmente medievales.

Fin del paralelismo oriente-occidente.

El paralelismo en el desarrollo de la medicina en Oriente y Occidente es


impresionante, pero explicable pro su común origen y situación similar de
ambos comienzos de la Edad Media. Mas difícil es explicar por qué y cómo este
paralelismo terminó.

La edad de oro de la medicina árabe fue breve. A partir de 1100, se observa una
declinación mantenida; todavía se hacen aportes factuales y se escriben
muchos libros, pero no hay progreso; no se mira al futuro sino al pasado,
apegados a la tradición. El mundo islámico ha permanecido medieval hasta
nuestros días, exceptuando unos pocos sectores que han adoptado recién
rasgos característicos del Occidente.

Por el contrario, en Europa el Renacimiento marcó un punto decisivo. Qué


fuerzas crearon un movimiento tan grande y profundo, es materia de
especulación. Había tanta acumulación primitiva de capital en un lado como en
otro, tal vez más que en Oriente; sin embargo, fue Europa la que desarrolló una
economía capitalista. Los árabes emprendieron viajes de exploración, mucho
antes que Europa pensara en buscar una ruta a la India; sin embargo, los
viajes causaron en ella una influencia mucho más profunda, afectando de raíz
su economía y originado una excitante experiencia. Uno de los rasgos
esenciales del Renacimiento es la actitud de rebelión contra las autoridades
tradicionales: la iglesia fue atacada y “reformada”; la pujante industria quebró
el poder de los gremios. Y también fue combatida la autoridad de las facultades
médicas, de tal modo que el poder de regular la práctica de la medicina fue
gradualmente absorbida por otros organismos.

A través de la Edad Media, la tradición griega impuso su autoridad y fue


aceptada por todos. Estuvo abierta a interpretaciones, pero jamás fue
cuestionada. Ahora los médicos del Renacimiento escribieron, sin ambaje,
libros como “Plinii et Aliorum Medicorum Erroribus”. Esta rebelión alcanzó
caracteres dramáticos, ocasionalmente, con Paracelso. De ordinario, fue menos
espectacular, pero no menos rebelión y pavimento el camino hacia una nueva
ciencia médica.
X- ACOTACIONES SOBRE LA PRACTICA DE LOS
CIRUJANOS MEDIEVALES∗

Había diferentes tipos de cirujanos en la última parte de la Edad Media. Los


médicos formados en las Universidades tenían conocimientos quirúrgicos, pero
meramente teóricos. Su función era examinar al paciente e indicarles la terapia
apropiada, la cual debía ser cumplida por los ayudantes del médico, el cirujano
o el apotecario.

Los cirujanos eran preparados como los demás artesanos y estaban


organizados en corporaciones de barberos-cirujanos, existentes en toda Europa,
a partir de comienzos del siglo XV. Desempeñaban una labor muy importante
en la sociedad, hallándose más cerca de la población que los médicos. Las
gentes de recursos tenían su barbero, que venía cada mañana para afeitarlos o
cortarles el pelo, pero también para sangrarlos periódicamente. Eran los
consejeros de la familia en todo asunto relativo a cosméticos o higiene personal.
Así, las enfermedades de la piel era campo de los cirujanos y cuando apareció la
sífilis, a fines del siglo XV, ellos fueron los primeros en tratarla, aplicando el
mercurio, que usaban para otras erupciones cutáneas.

En la mitad del siglo XIII, en París, se fundó el Colegio de San Cosme y Damián,
dirigido por los cirujanos de cámara del rey, que al mismo tiempo atendían
consultas gratuitas en el hospital. La historia relata muchos conflictos entre
aquellos cirujanos de adiestramiento superior y los que se formaron
simplemente como aprendices.

En Italia no era raro que ingresaran cirujanos a la escuela de medicina para


graduarse de doctores, ni que algunos médicos adquirieran conocimientos
quirúrgicos prácticos. Estos cirujanos-médicos son los autores de los textos de
cirugía más famosos de la Edad Media. Finalmente, hasta el día de hoy,
siempre hubo compositores, charlatanes y curanderos de la vista o de los
dientes, que realizaban operaciones sin autorización legal y eran a menudo
perseguidos.

Tenemos amplia información sobre la cirugía medieval. Se sabe que en el siglo


XIII, la curación de las heridas “per priman intentionen” era considerado lo
ideal y se recomendaba limpieza a los cirujanos, a fin de evitar la irritación; las
curaciones eran a menudo impregnadas con vino viejo, y se usaban esponjas
somníferas antes de operar. La impresión general es que la cirugía había
alcanzado en este período un alto nivel, que sólo volvería a lograr mucho más
tarde.


Publicado en Proceeding of the Annual Congreso on Medical Education, Hospitals and Licensure,
Febrero de1953, p. 18-19.
Sin embargo, sabríamos muy poco sobre la vida diaria del cirujano medieval y
su conducta junto al lecho del enfermo, si no fuera por las vívidas descripciones
encontradas en el tratado de Henri de Mondeville. Cirujano del rey de Francia,
viajaba con él o siguiendo a los ejércitos y fue profesor en Paris y Montpellier.
De mente muy crítica, solterón empedernido, no temía ni atacar al rey. Escribió
su tratado a partir de 1306 y si se han encontrado varios manuscritos editados
en el latín original por Pagel1 muy bien traducido al francés en 1893 2. Se
compone de 5 tomos, el primero de los cuales se inicia con instrucciones sobre
el uso de los números árabes, seguidos de un tratado de anatomía; en el
segundo discute las heridas y las úlceras; el tercero describe los abscesos y las
enfermedades de la piel; y el quinto es un “antidotarium” o colección de recetas
usadas por los cirujanos. Un cuarto tomo sobre fracturas y luxaciones no llegó
a ser escrito.

A través del libro, pero sobre todo a comienzos del segundo tomo, aparecen sus
comentarios sobre la práctica de la cirugía, a la cual se puede llegar, según él
por dos puertas: una es la teoría que se aprende leyendo y discutiendo; otra es
la práctica adquirida ayudando a un cirujano por largo tiempo. Quien desee
iniciarse iniciarse en la cirugía debe reunir cuatro requisitos: tolerar los malos
olores, cortar y mutilar con energía igual que un verdugo, saber mentir de
manera cortés, y saber conseguir dinero o regalos de sus pacientes.

Mondeville tenía opiniones muy definidas acerca de la superioridad relatividad


de la medicina y la cirugía a menudo controvertida (pag. 117 de la edición
francesa):

“la cirugía es indudablemente superior por las siguientes razones: 1. Cura


más enfermedades complicadas, frente a las cuales la medicina esta
inerme. 2. Cura afecciones que no pueden ser tratadas por otros medios, ni
por sí mismas, ni por la naturaleza ni por la medicina. 3. los resultados
quirúrgicos son visibles y manifiestos, mientras que el fruto de las
acciones médicas está escondido, para fortuna de muchos doctores. No se
nota cuando comenten un error o si matan al enfermo, no será
abiertamente, a la vista de todos. Pero si el cirujano comete un error
cuando está haciendo una incisión en la mano o en el brazo, todos los
pacientes lo ven y no puede ser atribuido a la naturaleza ni a la
constitución del paciente”.

Los siguientes pasos, resumidos, dan una descripción muy grafica de las
relaciones entre médicos y cirujanos (pag. 99):

“Aún en casos estrictamente quirúrgicos, si un médico astuto es llamado


primero, jamás llegará el cirujano a ver el caso. Peor aún, el médico le dirá
a su enfermo: “Señor, es evidente que los cirujanos son gente vana y fauta;

1
“Die Chirurgie des Henrich von Mondeville” Dr. J.L. Pagel, Berlin, 1832. A. Hischwald.
2
“Chirugie de Maitre Henri de Mondeville, Chirurgien de Phillipe le Bel Roi de France” escrito de 1306 a
1320, traducción francesa de E. Nicaise, París, F. Alcan, 1893.
son crueles y cobrar altos honorarios. Por otra parte Usted está débil y
delicado, y los gastos que demandará llamar al cirujano le afectarán
mucho. Por lo tanto, le aconsejo por su propio bien y por cariño hacia Usted,
no llamar a un cirujano; sin serlo yo mismo, trataré de aliviarlo, sin ayuda
de ellos”. Si las cosas no andan bien, el médico explicará al enfermo: “Le
dije desde el comienzo que yo no era cirujano; por simpatía hacia Usted,
hice lo que he hecho, en buena forma y de acuerdo al arte y la razón,
mejor que cualquier cirujano. Dios es testigo. Ahora estoy muy ocupado, no
podré atenderlo tanto como antes y le aconsejo llamar a un cirujano,
aunque con eso no mejorará más rápido…Le sugiero llamar a tal cirujano.
Es un hombre honrado, sin arrogancia y muy competente; conoce mejor su
arte que muchos cirujanos más famosos”. Y le recomendará a un cirujano
miserable, sin educación, un rufián completamente ignorante que no podrá
controlar los errores que el médico haya cometido, que estará sometido a
su autoridad y a quién podrá culpar de sus propias faltas pasadas y
futuras, reservándose honores y provecho, según sea el caso”.

Por su parte, sigue describiendo Mondeville, los cirujanos no lo hacían mejor:

“Si el cirujano es llamado primero para atender un caso estrictamente


médico, jamás aconsejará llamar a un doctor. Al contrario hará todo lo
posible para mantenerlo alejado, aduciendo varias razones como estas: los
médicos nada saben y nada hacen por el paciente, excepto hablarles y a
todos le dicen lo mismo; sea que el caso lo requiera o no, siempre purgan
al enfermo. Los cirujanos y la naturaleza curan cada día todas esas
enfermedades, sin ayuda de los médicos”

El asunto de los honorarios juega un papel muy destacado en todas las


discusiones de Mondeville (pag. 112):

“El cirujano que desee tratar en forma adecuada a sus pacientes debe,
primero que nada, arreglar la cuestión de sus honorarios. Si no los tiene
seguros no se puede concentrar en el caso…; lo examinará
superficialmente, con excusas y tardanzas. Si ha recibido sus honorarios,
las cosas serán diferentes; entonces, el ciego ve y el cojo corre porque
están obligados por el pago recibido.
El cirujano debe tener 5 puntos presentes en su mente: primero, su
honorario; segundo, evitar murmuraciones; tercero, operar cautamente;
cuarto, la enfermedad; y quinto, la resistencia del paciente”.

“El cirujano no debe dejarse engañar por las experiencias externas. Las
gentes ricas se ponen ropas modestas cuando van a consultar al cirujano;
pero aún si van ricamente vestidas, cuentan toda clase de historias para
que se les cobre menos. Cuando ven que el cirujano atiende a los pobres,
comentan que la caridad es una gran virtud, a la cual el cirujano esta
moralmente obligado; pero jamás admitirán que ellos están igualmente
obligados. Por eso yo les repito a esas gentes: “ustedes que tienen
bastante deben pagarnos por usted y tres más, para que yo pueda
curarlos después de haberles atendido a ustedes”. Pero se quedan
callados, y jamás he encontrado una persona bastante rica, o mejor
bastante honesta, cualquiera que fuera su estado, religioso o no, para
pagar lo que había prometido sin ser obligada o urgida a hacerlo”.

Mondeville tiene plena conciencia de la importancia de los factores psicológicos


en la cirugía. Se debe mantener alta la moral del paciente y alegarle la mente,
haciéndole oír música o prometiéndole pronta mejoría. No debe tener miedo de
mentir, si eso beneficia al enfermo (pag. 144). Por ejemplo, si el paciente es
canónigo, decirle que el obispo acaba de morir; el deseo de sucederlo puede
acelerar su recuperación. O los sueños deberían ser interpretados de manera
que ejerzan una influencia favorable.

Estas recomendaciones pueden parecernos faltas de ética. Pero no lo eran para


los contemporáneos de Mondeville. Nadie objetaba que un herrero o carpintero
discutiera abiertamente sus honorarios; y la cirugía hasta hace muy poco, era
también un oficio.
XI – CIENCIA E HISTORIA.∗

Hasta ahora, las conferencias de esa serie han tratado variados aspectos de la
ciencia moderna, como fundamento de la medicina actual. Me voy a permitir
mirar la ciencia desde un ángulo algo diferente. Al parecer la ciencia y la
historia tienen poco en común; raros son los cientistas interesados en ésta, y la
ciencia moderna es tan absorbente que deja poco tiempo para cualquier otro
estudio. Un científico que tuvo mucho renombre, me dijo una vez, que no
estaba interesado en estudiar historia, porque la estaba haciendo; ahora está
muerto y, por desgracia, muy poco de su obra ha resistido la prueba del tiempo.
Por su parte el historiador tiene un conocimiento muy pobre de la ciencia, poco
más de lo que aprendió de sus estudios secundarios. Sin embargo, ambas
tienen mucho más en común de lo que parece a primera vista; y, en verdad, la
separación neta entre ciencia y los conocimientos humanísticos es artificial y
constituye un desarrollo tardío de nuestra evolución cultural como resultado de
la especialización. No existía tal separación en el renacimiento. Girolamo
Fracastorio, de cuya muerte conmemoramos ampliamente el cuarto centenario
en 1953, era un médico que, por cierto, hizo importantes aportes al
conocimiento del contagio y de las enfermedades infecciosas, pero antes que
nada era un humanista que escribía poesía y tenía un rango de intereses
extraordinariamente amplio. Su contemporáneo, Paracelso, también médico,
escribió obras teológicas y filosóficas. Aún en el siglo XVIII, todavía no
encontramos esta separación tajante. Albert von Haller, que tal vez fue el
fisiólogo más ilustre de su época, entró a la escena literaria con un volumen de
poemas que ejerció gran influencia en la literatura alemana y en cierto modo, se
anticipó a Goethe. Escribió mucho sobre botánica, anatomía, fisiología y otos
temas científicos, pero también publicó tres novelas y varias obras teológicas.
Los grandes pensadores franceses de la edad de las luces –como Diderot,
D’albert, Rousseau, Voltaire- eran filósofos, poetas e historiadores, pero todos
estaban profundamente interesados en la ciencia. El gran desarrollo alcanzado
por las diversas ciencias en el siglo XIX y particularmente en el XX, es
responsable del divorcio entre las ciencias y el humanismo, que nos inclina a
veces a identificar a éste con la cultura y a las ciencias con la tecnología, lo cual
es completamente erróneo. El trabajo de científicos como Darwin o Haeckel ha
tenido una gran influencia sobre la perspectiva filosófica de las gentes de mi
generación. En una conferencia de la Organización Mundial de la Salud en
Nancy en 1952, prevaleció la opinión de que los estudiantes en medicina debían
ser ilustrados, cultos, que deberían tener una amplia visión humanística; y un
miembro de nuestro grupo observó, con toda propiedad, que la ciencia era
también cultura y que el adiestramiento científico del estudiante de medicina
estaba contribuyendo de manera muy poderosa a desarrollarles esa amplia
perspectiva.


Serie de Conferencias sobre Las Bases Científicas de la Medicina, patrocinadas por la Federación Médica
Británica de Post-Grado, Londres, 1954.
Todos sabemos que la ciencia tiene un futuro, tal vez esplendoroso. El progreso
logrado en pocas décadas desde mi graduación en 1917 ha sido estupendo. Sin
embargo, estamos demasiado inclinados a olvidar que también tiene un pasado,
y que el alto nivel actual, es la expresión y resultado de una larga evolución; por
otra parte, el historiador con demasiada facilidad olvida que la ciencia es uno
de los factores que más contribuye a moldear o plasmar la historia humana.
Querría discutir el tema de esta relación, desde dos ángulos: primero, deseo
destacar la importancia del factor tiempo en el desarrollo de las ciencias; y
segundo, hablaré brevemente sobre la ciencia como un elemento constructor de
la historia.

El momento histórico y el proceso científico.

No hay progreso en la poesía y el arte en general, como lo hay en las ciencias.


El poeta expresa los temores y esperanzas, alegrías y ansiedades de sus
contemporáneos, en un estilo dado, propio de la sociedad de ese período. No
tiene que basarse en la experiencia acumulada a través de los siglos; pero el
cientista, sí. Una observación puede ser muy correcta, se perdería si los
tiempos no están maduros y le falta fundamentos requeridos.

Permitidme citar un ejemplo muy sencillo de la literatura médica de la antigua


Grecia. Los médicos hipocráticos habían observado que en ciertos casos de
bronquitis, se oía un murmullo característico en el pecho, semejante al chirrido
del vinagre hirviendo. En caso de pleuresía seca, se escuchaba un ruido
singular como el roce de cuero nuevo. Y otras formas de pleuresía, remeciendo
al enfermo, lo que más tarde llamaríamos la “sucussio Hippocratis”, oían un
sonido peculiar. En otras palabras, en el siglo V a. C., los griegos habían
encontrado el principio de la auscultación. ¿Y por qué no lo desarrollaron? Por
la sencilla razón que no pensaban en términos de anatomía patológica. Desde
mediados del siglo XVIII, sabemos que muchos síntomas son la expresión
funcional de cambios anatómicos en los órganos y, por lo tanto, se han
discurrido métodos para percibir esos cambios, con nuestros sentidos, en el
enfermo. En 1761, el médico vienés Auenbrugger inventó la percusión y no fue
por accidente que este descubrimiento lo hiciera el hijo de un posadero que
golpeaba los barriles para saber si están llenos o vacíos. Tampoco es accidental
que fuera un buen músico, igual que Laenneec, ya que sólo gentes con buen
oído podían distinguir ligeras diferencias en los sonidos. Su libro es clásico; y es
interesante leer que le parecía oír cambios en el tórax en casos de nostalgia,
que sabemos no es una enfermedad pulmonar. La nostalgia es, sin embargo,
otro excelente ejemplo que demuestra cómo las opiniones médicas están a veces
condicionadas por factores externos y dependen de la época.

La nostalgia fue descrita como una entidad autónoma en su tesis de graduación


por Johannes Hofer, en la Universidad de Basilea, en 1611, bajo el título “De
Nostalgia Heimwehe”. Tuvo gran éxito, fue reimpresa y traducida. J.J.
Scheuchzer estudió el cuadro y lo atribuyo al aire. Los médicos suizos estaban
muy interesados en la enfermedad, en ese tiempo, debido a que los soldados
suizos, de servicio en el extranjero, ocasionalmente extrañaban de tal modo su
hogar que desertaban. Una acción tan deshonesta avergonzaba a la nación
entera; pero si esta nostalgia fuera una enfermedad física causada por cambios
en la presión atmosférica para montañeses enviados a vivir en tierras bajas,
había una buena excusa para la deserción.

Otro ejemplo de un extraña enfermedad condicionada por el tiempo es el


tarantismo, descrita en el sur de Italia, especialmente en Abulia, en la Edad
Media y el Renacimiento, y hasta el siglo XVII y XVIII. Era atribuida a la
picadura de una araña, la tarántula. Las gestes eran afectadas en la época de la
mayor calor, julio y agosto; súbitamente saltaban, quejándose de un dolor
agudo, como la picadura de abeja; algunos veían la araña y otros no, pero
sabían que debía ser la tarántula. Arrancaban a la calle y a la plaza de mercado,
bailando con gran excitación. Pronto se les juntaban otos vecinos que acaban
de ser mordidos o que habían sido picados en años anteriores, ya que la
enfermedad permanecía en el cuerpo y era reactivada por el calor estival. Se
sabía de gentes que habían tenido recaídas cada verano por 30 años. Todas las
edades eran afectadas, niños y viejos, aunque de preferencia hombres y sobre
todo mujeres en la plenitud de la vida. La mayoría de sus víctimas eran
campesinos pobres, pero no escapaban señoras y caballeros y aun dignos
monjes y monjas. Todos bailaban violentamente, con los adornos más
estrambóticos, vestidos con trajes raros y llenos de cintas de colores brillantes,
rojo, verde o amarillo, pero no podían tolerar la vista del color negro. Algunos
hacían tiras sus ropas, exhibiendo su desnudez, perdido todo sentido de pudor;
agitaban trapos rojos en sus manos, coronados con hojas de parra y blandiendo
ramas de vides. Algunos pedían espadas y actuaban como luchadores; otros se
flagelaban con látigos entre sí; las mujeres pedían espejos y aullaban haciendo
gestos indecentes. Algunos querían que los lanzaran al aire, mientras que otros
se revolcaban en la tierra como cerdos. Todos bebían vino a discreción,
hablando y actuando como borrachos. Debemos estos detalles a un distinguido
médico italiano, Baglivi, que estudio la enfermedad en el terreno.1

Había una sola cura para la enfermedad: la música y el baile. Bandas de


músicos recorrían la región en el acmé del verano, tocando la tarantella y
repitiendo la melodía interminablemente, hasta que las gentes caían abatidas
transpirando profundamente y quedaban curadas, al menos por ese año, pues
al año siguiente, la música de la tarantella reactivaría el veneno que se cría
presente en su organismo. Como buen iatromecanicista, Baglivi explicaba la
acción del veneno mecánicamente, pero ya a comienzos del siglo XVIII se
demostró que la picadura de la tarántula era tan inofensiva como la de una
avispa o una abeja. La explicación debía ser buscada en una dirección
completamente diversa y en 1621, el doctor Epiphanius Ferdinandus dijo que
esta enfermedad era una nueva especie de melancolía o alteración mental, una
neurosis muy comprensible, en una región donde tradicionalmente se
celebraban ritos orgiásticos, de carácter erótico como los de Dionisio, Remeter,
Cibele y otros. Con la llegada del cristianismo a esta población primitiva y de
creencias profundamente arraigadas, los ritos paganos fueron considerados
pecaminosos; pero sobrevivieron, tal vez en secreto, y un día cualquiera
surgieron a plena luz, como síntoma de una enfermedad que los legitimizaba.

1
Giorgio Baglivi “Disertatio de Anatome Morsu et Effectibus Tarantulae”, escrito en 1695 y publicado en
varias ediciones de su Opera Omnia. En inglés en varias ediciones de su “The Practice of Physick”. Ver
también H. E. Sigerist “ Civilization and Disease”, Ithaca, New York, 1943.
El hallazgo de murmullo en el tórax de ciertos enfermos hecho por los médicos
hipocráticos demostró que una observación correcta no puede desarrollarse y
perfeccionarse si los tiempos no están maduros. Retomando a los tiempos de
Hipócrates, podemos apreciar, sin embargo, que el razonamiento y la
observación correctos podían dar buenos resultados aunque la teoría fuera
errada. Así, los griegos supieron que la neumonía no siempre terminaba en
crisis y que a veces se formaba un empiema. Según su teoría, la neumonía era
una enfermedad flemática; la flema uno de los cuatro humores, se convierte en
pus, el cual se acumula en la cavidad pleural y tenía que ser eliminado por las
fuerzas naturales del organismo, vaciándose en los bronquios o a través de la
pared toráxica. Ellos sabían que este proceso tardaba largo tiempo, tanto que
muchas veces el paciente moría antes; el médico debía de tratar de ayudar a la
naturaleza, en su tendencia curativa, creando un camino artificial para la
salida del pus. El problema consistía, sin embargo, en ubicar la colección
purulenta y el sitio donde hacer la incisión; careciendo del método de percusión,
de los rayos X o la punción exploratoria a la que hoy podemos echar mano, no
tenía sino su capacidad de razonar. El empiema era un proceso inflamatorio
que desarrolla calor y el punto más caliente debería ser aquel donde se ha
acumulado la pus y se debe hacer incisión. Pero no era fácil ubicar dicha parte;
aplicar la mano sobre el pecho no daba bastante precisión y entonces
descubrieron un método sencillo; mezclaban arena fina en agua y aplicaban la
suspensión rápidamente en la espalda; el punto donde se secaba primero, debía
ser el más caliente y el sitio de elección para incindir.

Aristarco, de Alejandría, enseñó en el siglo III a. C., que el sol está fijo, la tierra
rota sobre su propio eje y al igual que los demás planetas, gira en torno al sol.
Hoy sabemos que tenía razón pero los tiempos no estaban maduros para su
descubrimiento; nadie le creyó, siendo acusado de impiedad, y el sistema
geocéntrico de Ptolomeo dominó la astronomía hasta la llegada de Copérnico.

Otro ejemplo ilustra muy gráficamente la importancia del factor tiempo en la


ciencia: es el trabajo del patólogo y anatomista alemán Jakob Henle. En un
libro notable sobre miasmas y enfermedades miasmático-contagiosas,
publicado en 1840, demuestra que el miasma es una sustancia que penetra
desde el exterior causando la enfermedad; ejemplo típico es la malaria, que es
adquirida de afuera y no por contacto. El contagio, en cambio, es producido en
el organismo y transmitido de un individuo a otro por contacto; prototipo es la
sífilis. Sin embargo, la mayoría de las enfermedades son miasmático-
contagiosas: el individuo adquiere el miasma desde el mundo externo y
desarrolla en su organismo un contagio, que es transmitido a otro. Tal es el
caso de la peste: el miasma se multiplica dentro y es traspasado a muchas
otras personas. Ahora bien, si el miasma y el contagio pueden producir la
misma enfermedad, deben ser idénticos y tienen que ser material vivo que se
desarrolla dentro del organismo, al igual que un parásito. El tratado de Henle
es una pieza maestra de lógica y todas sus afirmaciones básicas eran correctas;
sin embargo nadie reaccionó. ¿Por qué? De nuevo debido al factor tiempo: la
medicina alemana de 1840 recién se estaba liberando de las altas
especulaciones de la “Naturphilosophie”; la gente quería ver las cosas y no sólo
creer en ellas.
Veinte años, más tarde, Pasteur y Koch pudieron mostrar bajo el microscopio lo
que, efectivamente eran los miasmas y los contagios, satisfaciendo así el
espiritú inquisitivo de la era racionalista.

Celebrando en 1928, el tricentenario del descubrimiento de la circulación de la


sangre, nos preguntábamos por qué tuvo lugar en la primera mitad del siglo
XVII, ¿por qué no antes, por qué no después? Existieron brillantes anatomistas
en el siglo XVI y aún mucho antes, había sido descrita la circulación menor, sin
apreciar todo su significado. Para entender correctamente un nuevo avance
científico, debemos estudiarlo dentro del marco de la civilización general de ese
período, en todos sus aspectos: económico, social, literario, artístico, etc.
Cuando así lo hacemos en el caso de Harvey, pronto apreciamos que afines del
siglo XVI y comienzos del siglo XVII, se estaba operando un cambio
fundamental en la perspectiva que el hombre tenía del mundo. Surgía un nuevo
arte con Miguel Angel, que llamamos más tarde barroco, en contraste con el
arte clásico del Renacimiento, con sus figuras de límites netos y superficie bien
definidas y con una composición armoniosa y bien equilibrada. El artista
barroco, al contrario, veía el mundo en movimiento; los perfiles de sus imágenes
eran borrosos, en un juego de luz y sombra; en sus composiciones, ponía de
relieve la diagonal y una ventana abierta o un paisaje distante, daban a sus
composiciones una perspectiva más amplia y profunda. Su arte era dinámico,
no estático. El artista del Renacimiento se interesaba en lo que existe, el del
barroco en lo que ocurre. Hubo un cambio definido de lo estático a lo dinámico,
que observamos no sólo en el arte, sino también en la música empezando con
Caccini, en la física con Galileo y en las ciencias médicas con Harvey. Como
sabemos, era un anatomista; pero le fascinaba el movimiento y, en sus manos,
esa disciplina se convirtió en “anatomia animata”. Escribió otro libro,
curiosamente, sobre embriología, que es anatomía dinámica.

Cada ciencia necesita una base o fundamento sobre la cual pueda crecer. No
pudo haber fisiología científica sin anatomía, y la fisiología de hoy se nutre de
los descubrimientos físicos y químicos. El ejemplo de Harvey demuestra que un
progreso científico sólo puede ocurrir en una atmósfera determinada, que sigue
las tendencias generales de la época; y es obvio que las condiciones económicas
y sociales reinantes tienen una fuerte influencia sobre el desarrollo de la ciencia,
sea actuando como estímulo e incentivo o como un factor retardatario. La
antigua Grecia era una nación marítima y apenas sus barcos abandonaban el
Egeo, precisaban de conocimientos de astronomía que, a su vez, requería el
apoyo de las matemáticas. A través de la historia, la navegación ha sido un
gran estímulo científico: mientras más grandes los barcos y más lejos iban, se
necesitaban mayores conocimientos.

La economía esclavista, por el contrario, era un obstáculo para la ciencia.


Disponiendo de obra de mano abundante y barata, no había demanda de
máquinas que economizaran trabajo. Los griegos conocieron el principio de la
máquina de vapor; pero nunca la aplicaron. Una sociedad compuesta
principalmente por esclavos, pequeños campesinos y artesanos, no precisaba
de una mayor producción industrial; le bastaba la industria manual las
necesidades de la pequeña clase alta. Y así, las máquinas muy ingeniosas
descritas por Hero de Alejandría, quedaron en el papel. Las condiciones
cambiaron cuando el Imperio Romano se pacifica y los esclavos llegan a ser
cada vez más escasos y caros, y mucho más, cuando en la Europa cristiana se
suprime la esclavitud. Durante la Edad Media, la obra de mano escasea aún
más y se hacen grandes esfuerzos para utilizar la fuerza de los animales, el
agua y el viento.

En el Renacimiento, aumenta enormemente la demanda de metales, como


medio de intercambio y para las armas de fuego. Ya no bastan los depósitos
superficiales y se requieren nuevas máquinas, que causan nuevos riesgo de
salud. No es por accidente que las primeras monografías sobre enfermedades
ocupacionales, sobre todo de mineros, hayan sido escritas en este período.

Las gentes de mi generación hemos sufrido dos guerras mundiales. Ambas


causaron gran destrucción y sufrimiento interminable en el mundo entero; pero
no podemos negar que han dado un fuerte impulso a la ciencia. Podemos
recordar el progreso fantástico durante y después de la Primera Guerra. La
Segunda nos trajo el radar, el uso de la energía atómica y una rapidez en la
aplicación de las sulfas, la penicilina y el DDT, que habría sido imposible sin la
presión bélica. La guerra significa destrucción. Pero no es culpa de los
científicos si sus descubrimientos son usados para fines destructivos. Es la
culpa de los pueblos que no han aprendido todavía a desarrollar la organización
social que la nueva ciencia exige. En una caricatura del NEW YORKER, un
joven comunica a sus padres el deseo de ser cientista y uno de ellos responde
aterrorizado “pero, ¿no hay ya suficientes problemas en el mundo?” ¡Que lejos
estamos de los sueños del siglo XVIII y XIX!, cuando se suponía que la ciencia
sería el medio para liberar a las gentes, de una vez y para siempre, de las
cadenas de la enfermedad, la miseria y el hambre.

El factor tiempo afecta también, de manera apreciable, la rapidez con que un


descubrimiento es aceptado. La percusión de Auenbrugger fue una invención
muy valiosa y ofreció a los médicos un método de diagnóstico de extrema
utilidad; sin embargo, nadie le presto atención en su tiempo, y pasó casi medio
siglo antes de que fuera seriamente discutido y gradualmente aceptado. Se
requirió de toda la autoridad de Corvisart, médico de Napoleón, para que
empezara a ser utilizado, primero en Francia, luego en Inglaterra y por fin en la
patria de su autor, Austria y Alemania; para ello debió publicarse en 1808, una
traducción francesa del libro de Auenbrugger con voluminosos comentarios. Es
fácil encontrar la explicación para este tardío reconocimiento. El mismo año en
que aparecía el original de ese libro, en 1761, veía también la luz la obra de
Morgagni “De Dedibus et Causis Morborum pr Anatomen Indigatis”, que había
de convertirse en el fundamento de la anatomía patológica. Es decir, el
pensamiento anatómico no estaba todavía lo bastante generalizado par abonar
una buena acogida a la percusión.

En el siglo XVIII, Santorio construyó un termómetro para leer la temperatura de


pacientes febriles; pero en ese tiempo, nadie pensaba en medir la fiebre y
durante siglos los médicos siguieron creyendo que bastaba tocar la frente con la
mano, aunque Boerhaave, a principios del siglo XVIII y de Haen un poco más
tarde, usaban termómetros en sus clínicas de LIeden y Viena. Sólo a partir de la
segunda mitad del siglo XIX, se empieza a medir la temperatura de rutina. Por
el contrario, el descubrimiento de los rayos X se difundió con la rapidez de un
incendio. Doy unas pocas fechas para Francia, pero estoy seguro que se repiten
en otros países. Roentgen anunció su hallazgo el 28 de diciembre de 1895 y, a
las pocas semanas, el 10 de febrero, Charles Henry presentaba un informe a la
Academia Francesa de Ciencias. El 1º de abril se hacía una demostración
clínica ante la Sociedad de Cirugía y el 17 del mismo mes, se exhibían las
primeras máquinas francesas de Rayos X. El 6 de agosto, se hacían nuevas
demostraciones ante el Congreso Francés de Medicina2. ¿Por qué esta diferencia
en la aceptación en la aceptación del termómetro y de los Rayos X? De nuevo,
no es difícil encontrar la explicación. Poco se sabía de la fiebre antes del siglo
XIX y los médicos tardaron algún tiempo antes de pensar en términos
cuantitativos. En tanto que el descubrimiento de los rayos X para propósitos
diagnósticos, se ubicaba en la línea recta de la evolución médica y era la
coronación de un método precedido por la percusión, la auscultación y la
invención del oftalmoscopio, laringoscopio y otros aparatos que introducían
ampolletas eléctricas y espejos en cada cavidad del cuerpo, en una tentativa
para ver los cambios anatómicos que ocurren en los organismos vivos. Como los
rayos X permitían mirar a través del cuerpo, fueron ávidamente aceptados con
gran rapidez. También es importante recordar que Roentgen jamás patentó su
descubrimiento; pero aunque lo hubiera hecho, el método habría aceptado sin
demora.

El factor tiempo juega un papel importante también en otro sentido, para


ilustrarlo quiero retroceder a Paracelso y a su “ens astrale”, la primera de las
cinco esferas o entidades que determinan la vida del hombre en la salud y la
enfermedad. Las estrellas se mueven de acuerdo a leyes eternas y así lo hace
también la vida humana. La constelación caracteriza un momento dado y cada
individuo tiene su momento, su tiempo histórico, que afecta su vida en la salud
la enfermedad. Este es un pensamiento correcto y admirable. Hace 30 años yo
tuve una neumonía neumocócica complicada con un empiema y estuve muchos
meses enfermos. En el momento actual, la misma neumonía habría sido curada
en pocos días y se abría evitado el empiema. Los enfermos de anemia perniciosa,
diabetes, meningitis, erisipela, fiebre puerperal y muchas otras afecciones
tienen grandes posibilidades de sobrevivir en el día de hoy, mientras que
solamente ayer no tenían esperanzas. Por otra parte, los hombres de mi
generación tuvieron bastantes posibilidades de morir en el frente de batalla de
dos guerras. En otras palabras, el momento histórico no sólo tiene influencia
sobre los desarrollos científicos, sino que también condiciona la salud y la
enfermedad del hombre.

Influencia de la ciencia en la historia.

Permitidme ahora unas pocas observaciones acerca de la ciencia como elemento


modelador de la historia. Los hechos son generalmente conocidos y me limitaré
a comentar el impacto sobre la sociedad y, en particular, de algunos desarrollos
recientes en el mundo occidental. Cuando la agricultura era primitiva y la

2
H. Péquignot, “la médécine et le monde moderne”, Les Temps Modernes 9:773,1953.
industria estaba en manos de artesanos operando en pequeña escala, muy poca
ciencia era necesaria y aplicada en el proceso de la producción. Pero a partir del
Renacimiento, el pensamiento y los descubrimientos científicos, empiezan a
ejercer una influencia creciente. Los viajes de exploración del siglo XVI
causaron una profunda impresión en la sociedad occidental; se encontraron
nuevos continentes con plantas, animales y razas humanas desconocidas para
los griegos. El cuerpo humano fue explorado por Vesalio y sus colegas, y el
universo por Copérnico y sus seguidores. El descubrir del mundo amplió
enormemente la perspectiva del hombre, en un proceso que se continúa en el
siglo XVIII, con Newton, Galileo, Kepler y muchos otros. Al mismo tiempo,
Harvey, Descartes y Borelli mostraban que el cuerpo humano era una especie
de sistema mecánico al cual se aplicaban las leyes físicas; el microscopio
descubrió un mundo de seres vivos infinitamente pequeños. Y un
descubrimiento seguía a otro. En el siglo XVIII fue la electricidad. Luego la
química tuvo su gran revolución, y se inventó la máquina a vapor.
Profundamente interesados en la ciencia, los filósofos se convirtieron en sus
principales divulgadores y propagandistas. La Revolución Francesa entronizó a
la razón; y la razón es la esencia de la ciencia.

Y así, en Europa primero y poco más tarde en Norteamérica, la ciencia pasa a


ser un factor determinante de la historia. Surgen nuevas industrias y el
producto industrial crece enormemente en cantidad y mejora en calidad. Las
poblaciones de todos los países industriales aumentan, a causa de que los
nuevos medios de transporte permiten traer alimentos desde regiones distantes,
mucho más allá de la capacidad de su propio suelo. A fines del siglo pasado y
comienzos del nuestro, la ciencia directamente creó nuevas industrias –
eléctricas, químicas, de alimentos y cosméticos- dando lugar a una segunda
revolución industrial, que afectó al mundo tan intensamente como la primera.
La fisión del átomo puede muy bien inaugurar una tercera revolución industrial,
esperamos para bien y no para la destrucción de la humanidad.

Esta industrialización ha creado en el Occidente un nuevo orden económico y


social. La mayor parte de los habitantes se convirtieron en obreros asalariados
o empleados a sueldo, cuya existencia dependía de un mercado de trabajo,
sobre el cual no tenían control. Las clases trabajadoras se organizaron en
combativos sindicatos y partidos políticos. La polarización de la sociedad en
izquierdas y derechas es un proceso en el centro del cual nos debatimos todavía
hoy. La industrialización occidental ha creado también una nueva perspectiva
política. Las fuentes de materias primas son indispensables para alimentar las
industrias y los mercados extranjeros, para absorber sus productos,
conduciendo así a cada país occidental a construir su propio imperio colonial.

En el campo de la biología, la teoría de la evolución de Darwin ha ejercido una


profunda influencia sobre el pensamiento religioso y filosófico, al punto que su
enseñanza es prohibida en partes de los Estados Unidos. Gracias a la ciencia, el
nivel material general de la vida se ha elevado, por lo menos en algunos países
occidentales. La vida se ha hecho más segura y confortable y disfrutamos de
una infinidad de artefactos. Se rinde culto a la ciencia y no hay mejor
recomendación para una pasta dentrífica que hacerle propaganda atribuyéndole
base científica. El nombre de Einstein es universalmente respetado, aunque
muy pocas personas comprenden cuál ha sido su contribución.
Sin embargo, también hay muchas frustraciones. Las industrias aplican los
principios científicos en su producción; pero, por cierto, no lo hacen libremente.
Sabemos de un gran número de patentes que son adquiridas por diversas
firmas, para suprimirlas, evitar la competencia o seguir usando su vieja
maquinaria anticuada. Los gobiernos no actúan científicamente. Consultan a
los hombres de ciencia, y contratan centenas y miles de expertos. Pero sus
políticas son siempre el resultado de una componenda: los conflictos de
intereses son inevitables. La política exterior es todavía menos científica. Si
pudieramos explotar los recursos del mundo y organizar la producción,
distribución y consumo a lo largo de líneas científicas, se podría elevar
considerablemente el nivel de vida. Pero todos sabemos cuan difícil es este
problema. El socialismo es una tentativa para organizar la vida de una nación
de manera científica y nos queda por ver cuán exitosos serán sus resultados.

Cuando algunos de nosotros hablábamos, hace 30 años, de las implicaciones


sociales de la ciencia, nadie escuchaba. En los textos corrientes de historia, la
palabra ciencia, de ordinario, no era ni siquiera mencionada. La situación ha
cambiado y hoy disponemos, en todos los grados, de textos excelentes que
reconocen plenamente el importante papel que la ciencia ha jugado en el
desarrollo histórico del mundo occidental. El cientista, por otra parte, esta
comenzando a adquirir conciencia de sus responsabilidades sociales. No sólo es
un experto: también desempeña su función como ciudadano experto.

La historia de la ciencia puede enseñarnos mucho. Con demasiada frecuencia,


en nuestras escuelas, es enseñada de modo dogmático y sin relación a su
marco cultural. Se transmite a los estudiantes un cuerpo de conocimientos
simplificados y cuidadosamente digeridos, que ellos aceptan como cosa natural.
La educación de postgrado forma especialistas de alta eficiencia pero, a menudo
muy poco o nada educados fuera de su especialidad. El mundo académico se
ha sometido tan fácilmente a la dictadura en muchos países, porque estaba
formado por especialistas que nada sabían más allá de los estrechos límites de
su campo. Si deseamos formar un ciudadano capaz de pensar científicamente,
y un cientista preparado para participar en la acción social, tenemos que
mejorar nuestros métodos de enseñanza. En mi opinión, una manera de
lograrlo y muy promisoria, es enfocar la ciencia, no sólo técnicamente, sino
también histórica, filosófica y sociológicamente.
XII – POSICION DE WILLIAM HARVEY EN LA HISTORIA
DEL PENSAMIENTO EUROPEO∗
Este año el mundo médico está celebrando la memoria de un hombre que, hace
300 años, publicó un pequeño librito, sin pretensiones, que había de marcar un
punto de inflexión en el desarrollo de la biología y la medicina científica. Es el
médico inglés William Harvey, quien descubrió la circulación de la sangre en su
“Exercitatio Anatomica de Motu Cordis et Sanguinis in Animalibus”, aparecido
en Frankfurt am Main.

Si este descubrimiento solo significara resolver un problema médico, yo no lo


habría elegido como tema de mi discurso, conmemorando la fundación de la
Universidad. Pero estamos frente a una cuestión mucho más amplia de la
historia cultural. El problema del movimiento de la sangre ilustra el profundo
cambio ocurrido en la medicina científica desde la antigüedad hasta los tiempos
modernos. Este descubrimiento muestra también, con claridad particular, cómo
la actitud general de un período afecta a todas las creaciones de la mente y
penetra hasta los campos más remotos del conocimiento humano.

Harvey ha sido elogiado sin cesar y en los términos más ardorosos. Pero igual
que ante otras gestas de esta magnitud, no han faltado las mentes pequeñas
que, señalando precursores, han tratado de aminorar su contribución, negarle
originalidad y aún acusarle de plagio. ¡Como si todo descubrimiento no tuviera
precursores! Como si todo descubrimiento no estuviera flotando en el aire por
años y no hubiera sido anticipado y semiformulado por muchos, siendo sin
embargo, llevado a cabo y definido para siempre por un solo hombre. No; no es
necesario ensalzarlo más. Yo quisiera más bien tratar de evaluar la posición de
Harvey en la historia del pensamiento europeo y clarificar su contribución, a la
luz de la concepción del mundo de su época.

La circulación de la sangre antes de Harvey.

En la más remota antigüedad encontramos huellas de especulaciones acerca de


la naturaleza y significado de la sangre. Ciertas sustancias deben haber
parecido vitales aún para el hombre primitivo: los alimentos, el aire y también
la sangre, que se hallaba en todas partes del cuerpo y manaba de las heridas.
También desde tiempos antiguos, el corazón debe haber causado especial
atención, como el órgano ubicado en el centro del organismo y en movimiento
constante, que batiendo suave o violentamente, acompañaba todas las
emociones y sólo se detenía con la muerte. El fresco paleolítico de un elefante
con un misterioso corazón dibujado en su interior demuestra la preocupación
del hombre primitivo.


Discurso leído en la ceremonia aniversaria de la Universidad de Leipzig, 7 de junio, 1928.
Todas las especulaciones fisiológicas trataban de relacionar esas sustancias
vitales del mundo externo, el aire y los nutrientes, con la sangre, sustancia vital
del mundo interior. Hay asomos de dicha teoría en la antigua doctrina egipcia
del sistema vascular, precisada por los griegos. Aristóteles decía que el corazón
es al organismo lo que el sol es para el cosmos: la fuente de calor corporal, el
origen de los vasos y el asiento de la razón. Es el “punctum saliens”, el punto
más vital, el que primero se desarrolla en cualquier organismo.

Más tarde en la antigüedad, encontramos bien elaborada la teoría de Galeno,


que había de dominar por 1.500 años, hasta que Harvey viene a refutarla.
Según ella, los alimentos van desde el colon hasta el hígado, a través de la
venas y allí se transforman en sangre. Esta fluye hacia todo el organismo,
llegando por la vena cava a la mitad derecha del corazón; aquí la corriente
sanguínea se divide: una parte fluye hacia el pulmón descargando los residuos
del organismo; la otra se escurre a través a través del septum hacia la mitad
izquierda del corazón. En este punto la sangre se mezcla con el aire, llegando al
corazón desde el pulmón por las venas pulmonares. La sangre fluye a todo el
organismo desde la parte izquierda del corazón, por vía de la aorta, es
enteramente distinta de la sangre de las venas, que transporta otro principio y
contiene aire.

El movimiento de la sangre no era concebido como fluyendo en una dirección


en una dirección centrífuga, sino más bien como un misterioso flujo y reflujo
similar a las corrientes del Euripos (un canal entre Grecia y la isla Emboca) que
también al parecer sin razón, cambiaban de dirección varias veces al día y aún
dentro de una hora. Este es un fenómeno natural que intrigó grandemente a los
antiguos y fue explicado científicamente sólo hace unas décadas.

Mirada en su integridad, era una teoría construida con gran lógica. Explicaba
muchas cosas como la diferencia entre la sangre arterial y venosa, y entre el
aire expirado e inhalado. Ofrecía una visión íntima de las relaciones entre los
alimentos, sangre, aires, calor corporal y el organismo. Reconoce a la sangre
como portadora de todas las sustancias vitales. Se caracterizaba por ser una
teoría puramente cualitativa y descriptiva, sin ningún esfuerzo para medir esas
cualidades. Los conceptos de tiempo y número le eran completamente. Nos
enfrentamos a un mundo científico de pensar enteramente ajeno al nuestro. La
Edad Media y el Renacimiento mantuvieron la teoría de Galeno sobre el
movimiento de la sangre.

Durante el siglo XVI, la medicina científica experimentaba un profundo cambio,


personificado en la figura de Vesalio, fundador de la anatomía humana. Sus
estudios permitieron conocer mejor la estructura del corazón y empiezan a
surgir dudas sobre la teoría de Galeno, a medida que se plasma el pensamiento
orgánico y mecanicista. Los poros del septum, por donde debía pasar la sangre
a la cámara izquierda, no aparecían; tampoco fueron vistos antes y nadie los
encontraba; pero esto no impedía creer en su existencia porque la teoría lo
requería. Ahora, sin embargo, se empieza a dudar, si bien con timidez. El siglo
XVI renunció a resolver el problema de la circulación de la sangre y,
Francastoro una de sus brillantes figuras, lo expresó muy bien diciendo que
sólo Dios conocía los movimientos del corazón. El pensamiento del día era
estático. Se había agotado el conocimiento de la estructura del cuerpo y, al
igual que en los tiempos griegos, no encontrando respuesta, creen las
especulaciones filosóficas acerca de su función. Esta posición cambia
radicalmente en el siglo XVII. Y así llegamos a Harvey.

El descubrimiento de Harvey y su significado.

Nació en Folkestone en 1578, estudió tres años en Padua como discípulo de


Fabricio de Acquapendente, en el círculo de anatomistas que mantenían viva la
tradición de Vesalio. Vuelto a Inglaterra, practica la medicina hasta que el 1615
es nombrado profesor de anatomía en el Colegio de Médicos de Londres. Los
manuscritos de una clase dictada en ese año, demuestran que ya entonces
tenía una imagen muy clara de la circulación de la sangre; pero tardó 13 años
en hacer público su hallazgo, en 1628, hace hoy 300 años.

Miremos más de cerca su trabajo. En apariencia no era revolucionario en


absoluto. A primera vista, Harvey impresionaba como fiel aristotélico en su
evaluación del corazón, su comparación con el sol en el cosmos o el monarca de
un estado. Su disertación es tomada del escolaticismo: “Natura nil facit
frustata”. Cada una de sus afirmaciones es probada racionalmente, pero
proviene de la inspección y examen “sensu patere”. Para ello disecó muchos
animales. He aquí los resultados de esas investigaciones:

Cualquiera que tome en su mano el corazón latiendo animal abierto, observará


que el órgano se encoje y endurece. Al revés de lo que se creía antes, esta
contracción del corazón, el sístole, el la fase activa de su movimiento: la sangre
es lanzada a las arterias y esto causa el latido del pulso. El estudio concentrado
de las válvulas cardíacas clarificó el significado de las aurículas, que no fue
bien conocido en la antigüedad, y de la dirección de la corriente sanguínea en
las diversas partes del corazón.

Antes de Harvey, la circulación menor ya había sido descrita por Colombo, el


segundo sucesor de Vesalio y también mencionada antes, perdida en un trabajo
teológico “Christianismi Restituito”, de Miguel Server, quemado por Calvino.

Harvey pudo verificar este hallazgo. Era verdad que toda la sangre pasaba a
través de los pulmones pasaba. Pero ¿qué más? Desde la cámara izquierda del
corazón, la sangre era forzada a todo el cuerpo por la aorta. ¿Y qué le pasaba?
¿a dónde iba?

Surge una línea de especulación enteramente nueva: Harvey estimó la cantidad


de sangre expulsada durante cada sístole en dos onzas. Si el corazón late 72
veces por minuto, en una hora tendremos 72 x 60x 2= 8640 onzas, o sea tres el
peso del cuerpo. ¿de dónde viene esta enorme cantidad de sangre? ¿de los
alimentos? ¿por nueva formación incesante? La cifra parece imposible. ¿Y a
dónde va? ¿a los tejidos? También esto es imposible. La única explicación
posible sería entonces que la sangre pasa de las arterias al corazón y no hay
otra vía que las venas. El próximo era probar que la corriente sanguínea fluye
en las venas en una sola dirección, centrípeta. Simplemente empuñando la
mano o poniendo un dedo sobre las venas superficiales del brazo o mediante la
observación muy de cerca, era posible demostrar que las válvulas de las venas –
descritas tan minuciosamente por Frabicius, maestro de Harvey- estaban
dispuestas de tal manera que hacía imposible el flujo centrífugo de la sangre.

El círculo estaba ahora completo. La circulación había sido descubierta. Del


corazón izquierdo y a través de las arterias, fluye a todo el organismo,
encuentra su camino a través de resquicios en los tejidos (los capilares aún no
estaban descubiertos), hacia las venas, pasando por la aurícula derecha al
ventrículo derecho, y de aquí a través del pulmón a la aurícula izquierda y de
nuevo al ventrículo izquierdo.

Harvey se conformó con su descubrimiento fundamental. Dejó de lado


problemas como la significación del aire inspirado, el origen del calor corporal y
otros que reconoció eran imposibles de resolver de momento. No trató de
establecer un sistema completo cerrado, conformándose con describir lo que
podía probar por observación directa. También esto dio muestras de grandeza y
originalidad.

Si comparamos la teoría de Galeno sobre los movimientos de la sangre, con la


teoría de Harvey, vemos dos mundos totalmente diversos. La antigua teoría es
cualitativa, aunque basada en la observación y el razonamiento; Harvey se basa
en la observación cuantitativa. La concepción de tiempo, que era extraña a la
ciencia griega, fue introducida por él en un esfuerzo para explicar fenómenos
biológicos de acuerdo con su longitud, tamaño y duración. La ciencia griega
jamás abordó problemas dinámicos y el cambio como tal no fue objeto de
investigación científica, según ha demostrado Dingler1 en forma categórica. Al
revés, ahora se piensa en el cambio y así, el problema de los movimientos de la
sangre pudo ser resuelto.

El método de Harvey fue el método experimental. En la antigüedad también,


ocasionalmente se hicieron experimentos, pero de carácter cualitativo y
descriptivo, fuera de la esfera de la ciencia, en tanto que los experimentos del
siglo XVII eran causales y cuantitativos. Los experimentos de Hervey eran
sumamente sencillos, aun primitivos; pero ello no impedía que su método de
trabajo y su investigación de la naturaleza fuera experimental.

Por fin, en las manos de Harvey, la anatomía adquirió un nuevo carácter, de


“anatomía animata”; se convirtió en fisiología. La idea fundamental se incorporó
a la medicina. El trabajo de Harvey marcó el comienzo de una nueva era en la
medicina científica. Su método es, todavía hoy, el nuestro.

No debemos satisfacernos con esta conclusión. Ahora que hemos examinado


todo el material, trataremos de determinar la posición de Harvey en la historia
del pensamiento europeo. ¿Por qué la idea funcional penetró la medicina
precisamente a comienzos del siglo XVII? ¿por qué no antes? ¿por qué no

1
Hugo Dingler “Das Experiment, sein Wesen und Seine Geschichte”, Munich, 1928; Stephen d’Irsay
“Time-Impled Function: An Hsitorical Apereu, Kyklos 1:52-59, 1928.
después? ¿Cuáles fueron las influencias, las fuerzas determinantes de ese
período?

En el siglo XVI ocurrió un cambio fundamental en la actitud general hacia el


mundo. Cambió la relación entre el individuo y el universo; y esta nueva visión
hacia el mundo encontró su expresión primero en el arte. El nuevo arte, viene a
lograr su pleno desarrollo en el próximo siglo, es el arte barroco. El pintor
clásico compone sus cuadros y figuras de una manera lineal, cerrada, unificada
mientras que el pintor barroco desleía o dispersaba todo en movimiento,
haciendo sus imágenes tridimensionales. Los artistas barrocos rompieron las
barreras de las formas circunscritas; la unidad se convirtió en multiplicidad y
los límites se hicieron borrosos, esfumados en el claroscuro. Estas obras de arte
expresaban dos diferentes de mirar la naturaleza, dos conceptos totalmente
distintos del mundo. Por un lado, los hombres vieron lo perfecto, lo completo, lo
finito, lo tangible; y por otro lado, el movimiento, el devenir, el infinito. El
barroco es mucho más que un estilo artístico. Es la expresión de una manera
de mirar el universo, que se reflejo en todos los campos –literatura, música, las
modas, el gobierno, la vida en general y también la ciencia.

Volviendo a la medicina, la anatomía llenaba las mentes del siglo XVI y tenía
como su objeto de estudio una sustancia perfecta, finita, tangible y
armoniosamente proporcionada. En la primera mitad del siglo, el médico que
mira a un ser humano como cientista, se sentía fascinado por la estructura del
cuerpo e impulsado a estudiarlo en su integridad y armonía. Cien años más
tarde, el médico actúa de manera completamente distinta: igual que el artista,
no ve el ojo del hombre sino su visión. Ya no es el cuerpo limitado, sino los
movimientos ilimitados del cuerpo y de sus partes lo que le fascina. Y así nace
la anatomía animata, la fisiología, cuyo objeto es el movimiento. Cada problema
fisiológico conduce a las fuentes de la vida y abre las puertas al infinito.

Harvey es el primer médico penetrado por el concepto de lo barroco y el primero


que formula esta nueva idea en medicina. Fue un anatomista que no sólo vio la
forma del cuerpo sino también su movimiento. Sus experimentos se originaron
no en la estructura del corazón sino en el pulso y la respiración, los dos
movimientos fundamentales del ser mientras vive. Harvey no sólo escribió sobre
circulación de la sangre. También le debemos un importante trabajo en
embriología, otra forma de anatomía dinámica. El tema de la embriología es
igualmente el movimiento, el cambio. Harvey sigue siendo un pensador
dinámico.

Claro que la fisiología presupone anatomía, así como el arte barroco sucede al
clásico. Es obvio que Harvey tuvo precursores y que todo este proceso de
desarrollo ha sido gradual. Pero fue Harvey quien dio una expresión a esta
nueva perspectiva.

Por estas razones, la fisiología y la idea funcional en medicina son un producto


del barroco. Harvey se asemeja a hombres como Miguel Angel y Galileo, este
último representando un cambio similar, de lo estático a lo dinámico, en el
campo de la física. La idea funcional de la medicina permeó todo el siglo XVII y
buena parte del XVIII. Es posible hablar de la medicina barroca sin ningún
escrúpulo. La anatomía es empujada a la retaguardia. Las escuelas médicas
dominantes, iatrofisicas y iatroquímicas, fueron esencialmente dinámicas. Los
síntomas de la vida y de la enfermedad fueron buscados en el movimiento. Por
cierto, las investigaciones anatómicas no cesaron en esos siglos. La ciencia al
revés del arte, utiliza el progreso y no hace a un lado las formas anteriores de
pensamiento.

Las ideas funcional y anatómica, el concepto estático y dinámico en la medicina


occidental, se han desalojado uno a otro periódicamente. Hacia fines del siglo
XVII la anatomía estaba de nuevo arriba, solo para ser desplazada en nuestros
días por el pensamiento funcional.

La historia de la circulación de la sangre, como la historia de la ciencia en


general y de la medicina en particular, demuestra su estrecha relación con la
historia de la cultura. La historia de un problema médico jamás puede ser
aislada como un hecho aislado, sino en íntima conexión con otras ciencias,
siempre en el territorio de una “universitas literatum”
XIII – LA FUNDACION DE LA ANATOMIA EN EL
RENACIMIENTO.∗

Cuando hablamos de la fundación de la anatomía humana, de inmediato


pensamos en dos médicos griegos que vivieron en Alejandría entre los siglos IV
y III a. C. Herófilo y Erasístrato. Sus nombres han sobrevivido a los siglos, como
parte de nuestra nomenclatura anatómica, aunque no eran especialistas sino
médicos generales cuyos escritos cubren todo el campo de la medicina. Herófilo
fuertemente influenciado por la escuela de Cos, escribió libros famosos sobre el
pulso, drogas y obstetricia, y también un tratado de anatomía, de por lo menos
tres tomos. Los fragmentos que se conservan acusan un profundo conocimiento
del ojo, las membranas del cerebro, las meninges: los órganos genitales y el
duodeno; y se le atribuye el mérito de haber reconocido la verdadera naturaleza
de los nervios. Disecó numerosos animales y ocasionalmente, cuerpos humanos;
de acuerdo con antigua tradición, en Alejandría se realizaban vivisecciones en el
hombre.

Erasístrato fue todavía un mejor anatomista. Los fragmentos de sus dos obras
contienen buenas descripciones del corazón, el hígado y el cerebro; fue el quien
distinguió las dos clases de nervios, sensoriales y motores. Pero llegó aun más
lejos. Siendo un estudiante de Cnidos, escuela que siempre tendió a localizar
las dolencias, reconoció que las enfermedades deben tener una sede y que ésta
debe ser buscada en los órganos. En sus disecciones, había encontrado
alteraciones que parecían estar relacionadas con la enfermedad causante de la
muerte.

Ambos fundaron escuelas que perduraron, haciendo de Alejandría el centro de


estudios anatómicos a través de la antigüedad. Cuando en el siglo II d. C.,
Galeno quiso estudiar anatomía, tuvo que ir a Alejandría y nos cuenta que era
el único lugar donde encontrar un esqueleto; es verdad que ya no se
practicaban las disecciones humanas y había que apoyarse en lo encontrado al
disecar monos, cerdos y otros animales. De tal manera que hubo anatomía
antes del Renacimiento. Pero también existió antes en Alejandría, ya en el siglo
VI a. C., en Grecia, cuyos filósofos eran a la vez cientistas y no podían dejar de
observar los cuerpos de los animales, de la misma manera que cualquier otro
fenómeno de la naturaleza, siempre buscando la causa primera de todas las
cosas.

Todavía, yendo más atrás, encontramos que siempre hubo algún conocimiento
de anatomía. Tan pronto como el hombre empezó a articular un lenguaje,
inventó nombres para designar las partes del cuerpo, como lo hace niño. Eran
inevitables las observaciones anatómicas, cada vez que se sacrificaban animales
para la cocina o el altar. Y el hombre primitivo debe haberse impresionado


Publicado en Sigma XI Quarterly, 22:8-12, mayo de 1934.
antes del Renacimiento por ciertas peculiaridades anatómicas, como aquel
antepasado paleolítico que dibujó, en una cueva de España, el perfil de un
elefante y en su interior el corazón. Vestigios de esa anatomía cósmica mítica se
conservan todavía en los nombres del laberinto, el monte de Venus, la manzana
de Adán o la primera vértebra cervical, Atlas, sosteniendo la cúpula del cráneo.

Cuando se hacían operaciones, el cirujano tenía que saber algo de anatomía.


Así lo evidencia el libro más antiguo que se conserva, el papiro quirúrgico de
Edwin Smith, del viejo reino de Egipto. La anatomía es, pues, una ciencia muy
antigua; pero tenía entonces un carácter completamente distinto. Era
puramente topográfica y limitada a ciertas regiones; como la cirugía estaba
restringida –aún hasta el siglo XIX- a un pequeño número de operaciones, era
posible intervenir con éxito aun conociendo muy poco del cuerpo humano.
Luego después, la anatomía antigua era de base completamente animal; en
Alejandría, se describieron ocasionalmente órganos humanos, pero nunca “in
situ” ni de modo sistemático. Y por cierto, tenía un lugar enteramente distinto
en el sistema médico. Se estudiaba la estructura del cuerpo, al igual que las
plantas o minerales, como parte del reino de la naturaleza. Un doctor no
consideraba imperativo estudiar anatomía, ya que en la concepción de la
medicina griega, los síntomas no eran referidos al organismo; el concepto de la
enfermedad no era ontológico y cualquier esfuerzo de sistematización se refería
a diversos tipos de personas más bien que a las distintas enfermedades.
Erasístrato tuvo una posición única en la medicina griega, anticipándose en
muchos siglos; pero sus tentativas de establecer un sistema anatómico de la
medicina fracasaron, así tan poco Aristarco encontró aceptación para su
sistema heliocéntrico. La escuela de los empiristas en Alejandría declaraba
abiertamente que la anatomía de nada servía al doctor, punto de vista
compartido por los metodicistas. Y a medida que el mundo antiguo envejece,
crece la influencia dominante de Hipócrates, del hombre que había curado sin
anatomía.

La fundación de la anatomía es, por lo tanto, un producto neto de nuestra


medicina occidental, cuyos doctores sintieron la necesidad arrolladora de
conocer íntimamente el cuerpo humano, derribando todos los tabús que lo
rodeaban. Siempre se pensó que el cuerpo humano pertenecía al dominio del
médico; pero no así el cadáver, la actitud hacia el cual obedecía a concepciones
estéticas, éticas y religiosas. Se creía que el cadáver era algo santo o impuro,
que no debía ser tocado sin necesidad. La actitud cristiana de contraponer el
cuerpo y el alma, no era en absoluto favorable al desarrollo de la anatomía. Pero
a pesar de todo, las barreras fueron derribadas y, a partir del siglo XIV, se
empiezan a disecar cadáveres, primero en Bologna y luego en otras
universidades. De las primeras, no tenían propósitos de investigación; eran más
demostraciones para ilustrar los textos. En la convicción de que los griegos
sabían todo lo que era necesario conocer sobre el cuerpo humano, las
disecciones, las disecciones eran útiles para comprender mejor sus
afirmaciones.

El Renacimiento marca el punto de inflexión en la actitud hacia la anatomía y


hacia el cuerpo humano en general. La palabra “Renacimiento” es un término
técnico tomado de la historia del arte y usado por primera vez por Vasari, que
se generaliza después de la publicación clásica de Burckhardt “Die Kultur des
Renaissance in Italien” en 1860. ¿Qué significa el Renacimiento en medicina?
Ciertamente no es el resurgir de un aprendizaje, puesto que hubo tanta
instrucción y sabiduría en la Edad Media. Tampoco es un renacer de la
literatura médica griega, que venía siendo estudiada a través de las
traducciones del árabe desde el siglo XI. Mucho más que todo eso, fue un
renacer del espíritu inquisitivo de los griegos, en una nueva actitud del hombre
hacia sus semejantes y hacia el mundo entero. Lo humano pasa a ser el ideal
de la nueva sociedad –que floreció primero en Italia- significando el más alto
desarrollo posible de la personalidad individual. Y como siempre que emergen
fuertes personalidades, las autoridades tradicionales corren peligro. Un aspecto
esencial de este período es el descubrimiento de un gran mundo desconocido
para los griegos: nuevos continentes con nuevas especies de animales, plantas
y razas humanas; pero también se redescubre el microcosmos, el ambiente
natural que rodea al hombre. La naturaleza es mirada con ojos diferentes y la
investigación del cuerpo humano es parte de esta gran aventura. Otra vez se
adquiere conciencia de su belleza que se intenta representar en toda su gloria.
Si los artistas medievales en general, no logran representar el cuerpo desnudo
con exactitud anatómica, no es por falta de oportunidades para estudiarlo, sino
a causa de su diferente actitud hacia el cuerpo. El artista comenzó a estudiarlo
examinando las antiguas estatuas, excavadas en número creciente, y
observando la naturaleza. La Venus de Botecilli es claramente inspirada en la
Venus de Mediciano, desenterrada en ese tiempo. Sin embargo, algunos artistas
no estaban satisfechos, querían conocer la estructura del cuerpo debajo de la
piel. El príncipe de tales investigadores fue Leonardo da Vinci.

Una ola de entusiasmo acogió la publicación de Richter con los dibujos


anatómicos y científicos de Leonardo, en la década de 1880. Fue calificado
como el primer real cientista del mundo occidental y su trabajo fue abordado
emocionalmente, sin espíritu crítico. Estudios más objetivos posteriores,
tratando de resolver el enigma de su personalidad, en su mayoría cometen el
error de medirlo con patrones equivocados, ora desde el ángulo del positivismo
moderno o del punto de vista del idealismo especulativo. Leonardo tenía que ser
examinado como un hombre del Renacimiento y esto ha sido admirablemente
hecho por Ernst Cassirer. Hijo ilegítimo, nunca asistió a la universidad. Fue un
atípico cientista aficionado. Violento opositor de la ciencia escolástica
tradicional, planteaba en cada paso la diferencia tajante entre los descubridores
y los meros imitadores. Su trabajo marco el desplazamiento desde los libros
hacia la naturaleza, desde la revelación en las palabras hacia la revelación el los
hechos. Las matemáticas eran para él la esencia misma de todo saber, el cual
no es sino medición. Todo lo expresaba en términos de proporciones, siendo
ésta concepción no sólo matemática y lógica sino también estética. Así, se crea
el vínculo entre Leonardo el científico tratando de investigar la naturaleza, y
Leonardo el artista recreando la naturaleza en sus obras. La naturaleza es el
dominio de las formas perfectas y es regida por la necesidad: esta formulación
de su concepto de las leyes naturales hace de Leonardo un científico. La
naturaleza es dominada por la razón. Experiencia y razón no son
contradicciones; son dos principios. La experiencia alcanza su meta en las
matemáticas, así como estas fructifican en la experiencia.
Pero el estudio del hombre ocupa el primer lugar entre los intereses y
preocupaciones de Leonardo: las proporciones del cuerpo humano, el aspecto
plástico de sus contornos; más allá, desnuda la piel y diseca el organismo.
Fruto de este estudio son miles de dibujos destinados a un libro completo de
anatomía descriptiva, a partir de la concepción. Leonardo estaba al día en la
literatura y algunos dibujos ilustran observaciones encontradas en los libros.
Sin embargo, jamás se quedo satisfecho con lo que había leído; siempre fue
hasta el cadáver experimentando, tomando notas y haciendo dibujos. No
alcanzó a terminar su libro y, a su muerte los dibujos fueron esparcidos a los
cuatro vientos. Todo el trabajo de su vida, artístico y científico, permaneció
inconcluso, como el torso o fragmento impresionante de una estatua inacabada.
No es raro si se piensa que estaba tratando de recrear el cosmos entero.
Leonardo es una figura única que resulta difícil de ubicar en el Renacimiento:
estaba interesado en la función, en la dinámica, cuando la ciencia del siglo XVI
era estática, y sólo cien años más tarde abordaría la dinámica.

El estudio del cuerpo humano también atrajo a los doctores y, a fines de siglo,
un grupo importante de anatomistas practicaban disecciones y dejaron buenas
descripciones de órganos: Achillini, Capri di Bologna, Benedetti y Zerbi de
Padua.

Pero el verdadero fundador de la Anatomía fue Vesalio, inclinado a esos


estudios desde la niñez y nombrado profesor de anatomía y cirugía en Padua a
los 23 años. A los cuatro meses de nombrado, publicó su primer Atlas
Anatómico, 6 ilustraciones del esqueleto y del sistema arterial y venoso. Al
descubrir que la antigua anatomía era animal, se empeño en describir de modo
sistemático y completo la estructura del cuerpo humano. Con la ayuda de un
muy buen artista, a los 27 años publicó en Basilea, en 1543 los 7 tomos de “De
Corpori Humani Fabrica”, una gran obra y un precioso libro de 663 páginas
tamaño folio y más de 300 ilustraciones. Al mismo tiempo, apareció un
“Epitome” que Torinus, Rector de la Universidad de Basilea, tradujo al alemán
como texto para los cirujanos. Esta obra despertó gran entusiasmo por los
estudios anatómicos y su cátedra de Padua acogió a líderes como Realdo
Colombo que describe la circulación pulmonar, Gabriel Falopio y Frabizio
Acquapendente, maestro de Harvey.

El libro de Vesalio apareció en el mismo año que “De Revolutionibus Orbium


Coelestium” de Copérnico, Al echar las bases de la anatomía, Vesalio colocó los
fundamentos de la medicina moderna, marcando 1543 el comienzo de una
nueva era. A partir de entonces, la anatomía se convirtió en la base férrea de la
medicina y, más que eso, en un método de pensamiento. La historia médica
desde Vesalio es, en buena medida, la historia de la aplicación de los métodos
anatómicos. Paso a paso, un campo tras otro fue conquistado por este nuevo
método en el siglo XVII, la anatomía se convirtió en “anatomía animata” y nació
una anatomía fisiológica. En el siglo XVIII la patología se hizo anatómica,
originando un nuevo concepto ontológico de la enfermedad, desde entonces
atribuida y ligado a los órganos. El diagnóstico paso a ser el diagnóstico de los
órganos; la percusión y la auscultación fueron introducidas para pesquisar los
cambios anatómicos. El último campo por conquistar era el tratamiento, que
hasta media el siglo XIX seguía tradicional; el paso final fue el desarrollo de la
cirugía moderna.

Hoy este ciclo está, en cierto modo, concluido. El método anatómico ha sido
aplicado en todos los campos de la medicina y una nueva era, fisiológica, ha
comenzado.
XIV – PARACELSO VISTO A LOS CUATROCIENTOS AÑOS (∗)

Paracelso llegó a morir a Salzburgo, en 1543, a los 48 años de edad, enfermo,


agotado por una vida de lucha, amargado y escarnecido. Dejó sus escasos
bienes terrenales a uno que otro amigo y a los pobres, y sus manuscritos a un
barbero-cirujano. Escribió muchos libros sobre una gran variedad de temas
médicos, filosóficos y teológicos; pero en vida solo logró publicar unos pocos y
muchos siguen todavía inéditos.

Esta es una de las razones que hacen difícil presentar una imagen cabal de
Paracelso. La autorizada edición de Sudhoff (1) comprende 14 volúmenes
dedicados a la medicina y filosofía de la naturaleza, que debían ser seguidos por
10 tomos de escritos teológicos, de los cuales sólo uno ha sido publicado. Están
escritos en el lenguaje alemán del siglo XVI, que aun no disponía de
expresiones adecuadas para las ciencias naturales; tales palabras tenían que
ser acuñadas y su interpretación en las obras de Paracelso no es fácil. Otra
dificultad es que su pensamiento –aunque fuera un cientista del Renacimiento-
estaba profundamente enraizado en el misticismo germano medieval, cuya
literatura es preciso conocer para entenderlo.

Tratemos de ubicar a Paracelso en el tiempo y el espacio para tener un cuadro


más vivo de su personalidad. Su padre era médico y ejercía en una aislada zona
montañosa de Suiza de imponente soledad, con esas rocas escarpadas y
cubiertas de nieve durante largos inviernos, que estimulan la inquietud por
mirar más allá de los cerros y han empujado a tantos suizos al servicio exterior
y ultramarino. En esa atmósfera creció Paracelso, de una estirpe alemana de
gentes vigorosas y trabajadores asiduos, “urdidos en lino tosco y no en blanda
seda”. En estrecho contacto con la naturaleza, guiado por su padre que era un
humanista y una gran botánico, aprendió muy joven el amor por el estudio de
las plantas, animales y minerales y lo acompañaba en sus visitas a los
enfermos.

Nació en 1493, el año que Colón volvía de descubrir un mundo nuevo, en un


período de expansión, viajes y rebelión. En toda Europa Occidental, un
despertar sacudía el mundo estático y autoritario de la Edad Media, dominado
por la Iglesia, en que la salvación del alma era el fin de la vida humana, por
sobre toda consideración. Esta sociedad en que cada uno nacía con un status
rígido, era el mejor mundo creado por Dios para todos los tiempos, y los
aspectos de la vida estaban regulados por las autoridades. Y este mundo
empieza a derrumbarse. Aumenta el comercio, gentes modestas se enriquecen,
el feudalismo empieza a desintegrarse; los maestros de las corporaciones se
hacen comerciantes; trabajadores libres se contratan por salario en número
creciente. Emerge así un nuevo orden económico que buscaba la libertad de
comercio y competencia, apelando a los aspectos individuales del hombre.

(∗) Leído el 23 de enero de 1941 en la academia de Medicina de Nueva York, en la 6ª serie de conferencias
para el público, titulada “Arte y Romance en Medicina”.
(1) Karl Sudhoff “Theophrast von Hohenheim gen. Paracelsus Saemtliche Woerke: I Abteilung,
Medizinische naturwissensschftliche und philosophische“. Munich, 1922-1933, 14 volúmenes.
Este mundo no podía desarrollarse bajo las rígidas de la Edad Media y las
autoridades tradicionales son completamente combatidas. También fue
enfrentado el poder de las facultades médicas que regulaban la profesión igual
que una corporación gremial. Se plantean abiertas dudas sobre las palabras de
Aristóteles, Galeno, Avicena y otros, hasta aquí jamás cuestionadas. Se
describen nuevas especies de plantas y nuevas enfermedades que los griegos no
conocieron.

En este ambiente, la familia se traslada en 1502 al pueblo minero de Villach,


donde el Dr. Von Hohenhiem padre es nombrado médico municipal, aspiración
de los doctores de la época. Paracelso completa su primera educación en una
abadía benedictina de la vecindad, pero también acompañando a las visitas a
su padre y asistiendo a los hornos y fundiciones y a la escuela de minas, donde
adquiere una formación en química que raras personas, y ningún médico,
poseían. Decidido a seguir esta carrera, estudia artes en la Universidad de
Viena y Medicina en Ferrara. Sabemos poco de este período; pero escritos
posteriores revelan su desilusión de las universidades todavía imbuídas en el
espíritu escolástico, donde libros y no la naturaleza ocupaban el primer plano
de todos los estudios; ellas resultaban intolerables para quien estuvo desde
niño en contacto con la naturaleza y las minas, así como con los enfermos. Se
estudiaba anatomía, pero Vesalio aun no aparecía; y no se aprendía clínica. La
mayor parte de la enseñanza consistía en interpretar los textos; las antiguas
teorías eran todavía aceptadas y el tratamiento seguía todavía las líneas
tradicionales.

Paracelso tenía un personalidad muy fuerte para amoldarse y decidió ir a


estudiar lo que deseaba fuera de las Universidades. ¿De quién? De cualquier
fuente: barberos-cirujanos, artesanos, mineros, viejas mujeres, abades,
eruditos, etc. ¿Dónde? Para eso comprendió que debería viajar y empezó un
recorrido que duraría casi toda su vida, a través de Europa desde Italia a
Portugal y Suecia a Lituania y hasta las islas griegas de Rodas y Samos hasta la
lejana Constantinopla, Creta y Alejandría. En todas partes fue ejerciendo la
medicina, aprendiendo y, ocasionalmente, enseñando a unos pocos jóvenes que
lo seguían. Jamás dejó de visitar las minas y termas minerales. Siempre
preguntando y discutiendo con la gente con las gentes y con los cirujanos y
doctores locales, pero también con los obispos y eruditos, como adquirió vastos
conocimientos, vio una gran variedad de enfermedades bajo muy distintas
condiciones, valorando la gran influencia del ambiente. También aprendió
nuevos tratamientos y desarrollo su propia terapeútica.

En el siglo XVI, las enfermedades eran tratadas principalmente con drogas,


aplicando la “materia médica” de Galeno muy enriquecida con las medicinas
árabes. Dominaban los principios farmacológicos basados en la teoría de las
cualidades. Los remedios compuestos tenían a veces 20 y más ingredientes.
Paracelso se opuso a esta polifarmacia, en que una droga neutraliza a otra. Sus
recetas eran muy sencillas con pocas drogas y buscando siempre, con afán, lo
que hoy llamaríamos el principio eficaz. Su experiencia química lo llevo a usar
metales y minerales, recurriendo extensamente a compuestos de azufre, plomo,
antimonio, mercurio, cobre y hierro. Con frecuencia empleó drogas tan potentes
como el opio. Muchos de sus remedios no calzaban con la teoría de Galeno, lo
cual demostraba, según él, que la teoría era errada y que la acción de los
medicamentos debía ser explicada por principios diferentes. Es difícil decir si el
empleo de perlas, corales, oro y remedios similares fue resultado de su
experiencia o de sus puntos de vista astrológicos.2

Posición doctrinaria.

No hay duda de que Paracelso fue un buen médico, que obtenía éxito donde
otros fracasaban. Fue mejor doctor que la mayoría de sus contemporáneos
gracias a sus dos grandes maestros, “experientia ac ratio”. La observación y el
razonamiento correcto son todavía los métodos básicos de la medicina. Si bien
profundamente enraizado en la Edad Media, era no obstante un hombre del
Renacimiento que se sublevó contra las autoridades tradicionales. No,
“perscrutamini scripturas”, sino “perscrutamini naturas rerum”; o sea que la
investigación médica no debería consistir en la exploración de los libros y su
interpretación según la lógica aristotélica, sino que debería ser investigación
científica.

Paracelso quería ser más que un buen médico práctico. Quería entender las
cosas. ¿Por qué hay enfermedades en el mundo? ¿Cuál es su causa? ¿Qué es
enfermedad? ¿Por qué el hombre decae y muere? ¿Por qué se vuelve loco? ¿Qué
es el hombre? Mientras viaja y trata pacientes, reflexiona sobre lo que ve y
escribe mucho. No en latín que era una lengua extranjera e inducía a pensar en
términos escolásticos; sino que pensaba y escribía en su lengua natal, el
germán alemánico; cuando no disponía de una palabra para expresar su
concepto, creaba nuevos términos.

Su libro más sugerente es el “Volumen Paramirum”, que tardó 20 años en


completar, en 1530 y no fue publicado hasta 1562. Es el fruto más maduro de
su pensamiento y una filosofía de la medicina, tan estimulante hoy como
entonces. No es fácil de leer y hace mucha falta una buena traducción al inglés.
Usa terminología de su época; pero si nos damos el trabajo de interpretarla, el
libro nos impresiona como muy moderno3. el “Volumen Paramirum” discute las
cinco esferas que determinan la vida del hombre en la salud y la enfermedad. El
hombre es un microcosmos; es en pequeño lo que el mundo es en grande. El
mundo es Dios y la naturaleza; lo mismo es el hombre. Si queremos entender al
hombre, debemos estudiar a Dios y la naturaleza.

La primera esfera es el “ens astrale”. ¿Qué significa? Las estrellas se mueven


con leyes eternas; igual la vida del hombre. La constelación caracteriza un
momento dado. Cada individuo tiene su momento, su tiempo histórico que
afecta vida, salud y enfermedad. Este es un admirable pensamiento. Un niño
nacido en España hoy estará expuesto a mayor número de enfermedades
diferentes que el nacido en 1900. El paciente de neumonía o anemia perniciosa

2
H.E. Sigerist “Laudanum in the Works of Paracelsus”. Bulletin of the History of Medicine 9:530-
544,1941.
3
La mejor interpretación es la de J.D. Achelis “Paracelsus Volumen Paramirum”, Jena, 1928.
tiene mejores perspectivas que hace 25 años. En otras palabras, el momento
histórico en que vivimos tiene gran influencia sobre nuestra vida física y
Paracelso lo expresa simbólicamente, refiriéndose a las estrellas.

La segunda esfera se llama “ens veneno”. El hombre es parte de la naturaleza;


vive en un ambiente físico del cual obtiene la energía y la materia requerida
para sostener su vida. Pero de allí también le vienen los venenos y todos los
estímulos anormales que causan la enfermedad. Todo lo que viene de la
naturaleza, por lo tanto, es bueno y malo a la vez, es alimento, veneno y
remedio. Es la dosificación lo que determina su efecto. Y este es el “ens veneno”.

Pero no hay dos individuos exactamente iguales, aunque sean contemporáneos


en el “ens astrale”; sabemos que no hay dos personas con idéntica escritura y
huellas digitales. Cada hombre nace con un natural o índole propio y, en gran
medida, lleva su destino dentro de sí. Esta es la tercera esfera, “ens naturale”.

Igual que los animales, el hombre tiene cuerpo y mente, forman una unidad y
se condicionan mutuamente. Pero el hombre es de una calidad especial, tiene
conciencia de si mismo y de su pasado; no sólo siente dolor sino que es capaz
de reflexionar sobre él y de formular conceptos abstractos. Lo que le da una
posición especial en el mundo es el espíritu: el hombre es un ser espiritual y de
este hecho, de esta cuarta esfera “ens espirtuale”, también se originan
enfermedades.

Estas son las cuatro esferas que determinan la naturaleza humana, el orden
cuadrangular en que ella se desenvuelve. Cuando el individuo está bien
adaptado, goza de buena salud; pero en cualquiera de estas cuatro esferas
puede originarse la enfermedad y el hombre vuelve entonces, a su condición
normal en la quinta esfera, “ens Dei”.

En otros escritos, Paracelso ha explicado más concretamente el proceso


material de la salud y la enfermedad. El cuerpo humano no consiste solamente
de los 4 humores elementales; la sangre, la flema, la bilis negra y la bilis
amarilla no juegan el papel que les atribuye la de Galeno. Lo importante es que
en cada órgano se encuentran tres principios: el combustible, el volátil y el
incombustible que perdura como la ceniza. Paracelso los llamó sulfuro,
mercurio y sal. Y llamó “arqueo” al principio vital, a la fuerza que hace vivo un
organismo.

De estas observaciones se desprende que Paracelso era un vitalista y un


espiritista. Profundamente religioso, era en esencia un místico; pero al mismo
tiempo era un científico, más versado en química que casi cualquier
contemporáneo, y ha tratado de combinar, en su sistema médico, el
espiritualismo con la ciencia moderna. Vivió en una época que tendía a
formular sistemas completos, globales, que explicaran todos los fenómenos de
la vida en la salud y la enfermedad. Todavía no se habían aprendido las
limitaciones autoimpuestas de la ciencia moderna; no admitía que hubiera
cosas todavía desconocidas en la naturaleza.
Sus experiencias y tropiezos de reformador.

Esta era una doctrina nueva y muy diferente de la medicina tradicional, en


abierta oposición a la doctrina escolástica. Paracelso se fue convenciendo, cada
vez más, de que tenía una misión en el mundo, que la medicina debía ser
“reformada” y que el debía ser su lucero. Para ello trata de establecerse a firme
en un lugar, imprimir sus libros y enseñar a estudiantes. Su temperamento
apasionado, una impaciencia a menudo impertinente y una adhesión
inquebrantable a sus principios, hicieron fracasar varias tentativas en aquellos
años. En 1524 establece su práctica en Salzburgo, pero es arrestado por su
compromiso indirecto en la Guerra de los Campesinos. Se traslada entonces a
Estrasburgo, inscribiéndose en el Registro Municipal a fines de 1526. Desde
aquí su gran reputación se extiende pronto, sobre todo hacia el vecino centro de
Basilea, cuya universidad y editoriales descollaban universalmente. Si bien
ninguno de sus libros había sido publicado, Paracelso parece haber sido muy
conocido, en especial por sus éxitos en el tratamiento de enfermedades
quirúrgicas y la gota. Así atiende y mejora al gran pintor Frobenio, evitándole la
amputación de un pie y también mejora a su huésped, Erasmo de Rótterdam.
Por recomendación de estos influyentes personajes, la ciudad de Basilea le
ofrece el cargo de Médico Municipal, recién vacante, que llevaba aparejada al
mismo tiempo la función de profesor en la facultad médica de la universidad.

Sus sueños más ambiciosos parecían coronados: podía formar estudiantes y


adiestrarlos en la medicina “reformada” que él había creado; podría imprimir
sus libros, poniendo fin al viajar incesante. Asume su cargo en 1527, y anuncia
su primer curso para el 5 de junio. La invitación a su clase inaugural se
apartaba violentamente de lo tradicional: fue impresa (primeras frases de
Paracelso que se imprimen) y repartida a muchos colegas, además de pegada en
las paredes. Su contenido era todo el programa de una nueva medicina,
formulando con la agresividad que revelan los párrafos siguientes:

“El arte de la medicina ha decaído, pero nosotros lo libraremos de sus peores


errores. No siguiendo lo que enseñaron los antiguos, sino por nuestra propia
observación de la naturaleza, confirmada en una extensa práctica y una larga
experiencia. ¿Quién no sabe que la mayoría de los doctores comenten hoy
terribles errores, con grave daño para sus pacientes, por aferrarse con
demasiada ansiedad a las enseñanzas de Hipócrates, Galeno, Avicena y otros?”
“¿Cada día dilucidaré públicamente, con gran laboriosidad y ventaja para los
auditores, libros sobre la práctica de la medicina, la medicina interna y la
cirugía, escritos por mí mismo…” “…Sí uno de vosotros, queridos lectores,
desea penetrar estos divinos misterios y sondear las profundidades de la
medicina, que venga a oírme en Basilea…” “…digo a vía de ejemplo, que no creo
en la vieja doctrina de la complexiones y de los humores, que se cree falsamente
pueden explicar todas las enfermedades. Porque estas doctrinas prevalecen,
hay tan pocos médicos con un conocimiento preciso de la enfermedad, sus
causas y sus días críticos. Hasta luego, venid con buena voluntad a estudiar
nuestra tentativa para reformar la medicina”

Notable desafío a una facultad médica, ya prejuiciado en su contra, por no


haber sido consultada al nombrarlo, por no haber podido presentar diplomas o
credenciales (tal vez perdidos en sus andanzas) y por sus hábitos irregulares de
vida, chocantes para profesores respetables. En vez de la toga y el bonete
académicos, circulaba con ese sombrero ribeteado de cochero pintado por
Holbein. Bebía con largueza, usaba un lenguaje grosero y no se comportaba en
absoluto como un profesor.

En esta atmósfera hostil, enseñó con gran entusiasmo y ajustado a su


programa, patología y terapéutica, preparación de remedios y su prescripción,
diagnóstico por medio del pulso y la orina, catarsis y flebotomía, heridas y
enfermedades quirúrgicas. No interpretaba los clásicos griegos árabes del modo
acostumbrado. Las conferencias de medicina eran en latín; pero enseñaba
cirugía en alemán, aunque se dirigía a los estudiantes de medicina, lo que
también era chocante.

La facultad lo combatió con energía, hostilidad que Parcelso espera y podía


resistir, confiando como todo reformador en las nuevas generaciones, los
médicos del futuro. Los estudiantes lo acompañaron al comienzo, participando
en alegres hogueras alimentados con libros de Avicena y otros. Pero luego no lo
entendieron y se pusieron al lado de la facultad. Ellos también querían ser
doctores respetables algún día. Profundamente herido, Paracelso debió pedir
ayuda y protección en las autoridades municipales en contra de los estudiantes.
Luego se vio injustamente envuelto en un juicio de honorarios, terminando por
escapar de la ciudad, en 1528, para empezar otra vez su peregrinaje, solitario y
derrotado, pero más convencido que nunca de la importancia de su misión.

Su obra escrita.

Vuelto a Alsacia, en Colmar, llevaba una gran cantidad de notas y materiales


preparados febrilmente para sus clases, algunos ya elaborados en forma de
libro. Pero antes, sintió la necesidad de justificar sus enseñanzas ante sí mismo
y el mundo y lo hizo en un libro llamado “Paragramun”. (No sabemos que
significa el título; le gustaban los nombres misteriosos comenzando con para,
como Para-gramun, Para-mirum, Para-celso). Escrito en un lenguaje
apasionado, agresivo, versa sobre los 4 pilares de la medicina.

El primer pilar es la filosofía, no escolástica tradicional de la Edad Media, sino


la ciencia de la naturaleza, que todavía en el siglo XVII era llamada la “nueva
filosofía”. “¿Quién puede ser mejor preceptor que la naturaleza misma?. Y a
medida que el médico madura en su conocimiento, ¿qué es la naturaleza sino
filosofía, y qué es filosofía sino naturaleza invisible?”.

El segundo pilar es la astronomía. El cielo es para la criatura lo que el padre


para su hijo. Trabaja dentro de nosotros y no podremos comprender a la
humanidad sino sabemos reconocer su tiempo y sujeción cósmicos. El tercer
pilar es la química, que Paracelso cultivó con afán a través de su vida, viajando
siempre con sus aparatos. Le dio un nuevo propósito a esta disciplina, no ya
crear oro, plato o el elixir de la vida, sino preparar medicamentos eficaces y
descubrir los procesos biológicos. “La naturaleza es el archi-químico, el más
insigne, y debemos imitarla o no seremos más que sucios cocineros”. O sea,
tenía muy clara ya la noción de que muchos procesos biológicos no son sino
reacciones químicas. Finalmente el cuarto pilar de la medicina es el amor. No
puede ser buen médico quien no tenga un alto concepto ético de su misión.

Impedido de propagar su evangelio por vía oral, Paracelso dedicó los años
siguientes a escribir febrilmente sus ricas experiencias: numerosas monografías
sobre enfermedades de los mineros, la primera en el tema; un libro sobre
enfermedades mentales; estudios sobre gota y otras afecciones del metabolismo,
como diríamos hoy, sobre tratamientos de las heridas y otras lesiones
quirúrgicas; sobre aguas minerales y acción curativa de las termas y casas de
la salud; muchos libros sobre farmacología, describiendo como preparar
remedios. También tuvo dificultades para publicar sus obras. Por fin consigue
en Nürenberg, una de las ciudades más ilustradas y progresistas de la época,
publicar un manual de ocho páginas acerca del tratamiento de la sífilis y una
monografía sobre la misma enfermedad, que era entonces muy difundida, así
como un folleto sobre las termas medicinales de Pfabres. La facultad de
medicina de Leipzig desalentó al editor que quería publicar otras obras. El
único libro importante aparecido en vida de Paracelso fue el “Grosse
Wundarzney”, que tuvo gran éxito y fue reimpreso varias veces en Ulms y
Augsburgo alrededor de 1536. Otros vinieron a ser publicados solamente entre
1589 y 1591 por uno de sus discípulos, Johannes Huser.

Sabemos poco de sus últimos trece años. Estuvo en St. Gail en 1531, pensando
quedarse allí; pero la comunidad estaba convulsionada por luchas religiosas y
Paracelso desistió. En aquellos años, parece haber atravesado por una
profunda crisis espiritual; era demasiado místico para adherir a la Reforma,
pero demasiado inconformista para aceptar la doctrina integral de la iglesia. En
la región montañosa de Suiza oriental, pasa varios años escribiendo la mayor
parte de sus libros teológicos, examinando a su propio modo los principios del
catolicismo. Parecía haber abandonado por completo la medicina; pero cuando
estalló una epidemia de peste en el valle de Inn, volvió a la lucha, escribió un
manual para combatir la enfermedad en la ciudad de Sterzing, y otra vez tomó
la pluma para justificar su vida y sus escritos en siete espléndidas
“Defensiones”; es su obra más personal y retrata al hombre mejor que
cualquiera de sus escritos anteriores.4 Y luego, continuó su vida errante,
practicando y escribiendo, hasta que vuelve a Salzburgo, donde muere
prematuramente.

Significado histórico.

¿Cuál es el significado de Paracelso a la luz de 400 años? Comparado con otros


grandes médicos y cirujanos del Renacimiento. Vesalio, Francastoro o Paré,
encontramos que su contribución es de carácter completamente distinto.
Vesalio creó una nueva anatomía que sirvió de un nuevo fundamento a un
nuevo sistema de medicina; su obra ha sido totalmente asimilada y hoy está
muerta. Lo mismo puede decirse de Francastoro y Paré. El primero escribió una
monografía clásica sobre enfermedades infecciosas; sabemos ahora que la
mayor parte de sus observaciones eran correctas y han sido aceptadas con el
tiempo, mientras se ha aprendido mucho más sobre el tema. Paré se convirtió

4
Se halla en prensa una traducción inglesa de “Defensiones” por Lilian C. Temkin.
en el padre de la cirugía y lo veneramos como tal; pero si leemos sus obras, lo
hacemos por razones puramente históricas.

Paracelso tiene una posición muy distinta en la evolución de la medicina. Igual


que los otros, hizo numerosas contribuciones concretas al progreso médico y
mejoró su arsenal y sus técnicas, sobre todo en el dominio de la terapéutica.
Siempre será recordado por la introducción de muchos medicamentos químicos.
Pero hizo infinitamente más, en cuanto abordó los problemas básicos del arte
de curar, preguntando el “cómo” y el “por qué”. Era un cientista en busca de
una filosofía de la medicina. Utilizó las experiencias médicas y científicas como
los materiales para crear una síntesis. Quería comprender el mundo en que
vivía y la parte que en él juega el hombre en salud y enfermedad. Se acercó a
estos problemas en la actitud de un vitalista y un espiritualista. Pronto,
Descartes había de mostrar otro enfoque de conclusiones más transcendentes.

Estemos o no de acuerdo con Paracelso, no podemos leer sus libros sin sentir
un fuerte estímulo y desafío. Los problemas que discutió aun no han sido
resueltos y por eso sus obras están vivas todavía hoy. Ellas nos hacen
comprender cuán primitiva y esquemática es nuestra teoría actual de la
medicina. Hemos acumulado una enorme cantidad de hechos, bien establecidos,
que son muy útiles, y base del proyecto médico. Pero necesitamos una filosofía
para conectarlos. Y aquí es donde Paracelso –y Descartes- todavía pueden
enseñarnos mucho.
XV – APORTE DE LA MEDICINA AL PROGRESO DE LA
CIVILIZACION.∗
Antes de discutir en qué ha contribuido la Medicina al progreso de la
civilización, cabe preguntarnos: ¿ha progresado en algo la civilización? ¿Somos
más civilizados que los atenienses del siglo V a. C.?, o los romanos de la era
Augusta o nuestros antecesores del siglo XIII, los hombres del Renacimiento?
¿Ha habido real progreso en poesía, música, bellas artes, en la
intercomunicación humana, que son la esencia de la civilización? ¿Hay más
amor en los países cristianos hoy, que en las antiguas comunidades cristianas?,
¿más compasión en los países budistas que en los tiempos de Asoka? Es
imposible contestar estas preguntas con un si o un no rotundo, porque el
concepto de progreso no se aplica a algunas de las más refinadas
manifestaciones de la mente humana. Tenemos grandes poetas, compositores y
pintores; pero nadie podría pretender que ha habido un progreso desde
Petrarca a Paul Valéry, de Bach a Rouault. Cada uno de esos grandes hombres
expresó en forma perfecta las aspiraciones de su tiempo, con los medios
disponibles en esa época. Después de dos conflagraciones mundiales y de
varias guerras disputadas con progresivo salvajismo y con los más viles
propósitos, no tenemos razón para estar orgullosos de nuestra civilización.

Voltaire combatió a lo largo de su vida por la abolición de la tortura como


procedimiento legal, pero todavía es empleada en muchos países. Tratamos de
humanizar la guerra por intermedio de la Cruz Roja, pero poblaciones civiles de
ciudades enteras continúan siendo aniquiladas. Mencionamos sólo a Guérnica,
Lídice e Hiroshima para recordar algunos de las más negras manchas de
nuestra civilización.

No obstante, a pesar de esas reversiones al salvajismo primitivo, algún progreso


se ha logrado. La civilización griega del siglo V a. C., sólo era compartida por
una pequeña clase alta, el mismo grupo que gozó de los beneficios de la
medicina hipocrática, porque esta no era una “medicina pauperum”. La gente
pobre o no tenía atención médica o tenía que buscarla en los templos, y aun allí
se esperaban sus regalos. La Roma de Augusto y sucesores producen grandes
hombres de estado, escritores y poetas; pero aquí de nuevo una clase alta
relativamente pequeña, prosperaba por el trabajo de innumerables esclavos en
el país y en las colonias. El hecho cierto es que había un inmenso proletariado
en el Imperio Romano, que ofreció terreno muy fértil para la aceptación y
difusión del cristianismo. La sociedad medieval, perfectamente integrada,
poseía grandes valores espirituales y artísticos, pero la inseguridad en que
vivían los individuos, era muy grande; la guerra, el hambre, las pestilencias
eran amenazas constantes. Las condiciones no eran mucho mejores en el
Renacimiento, ni era la vida muy segura en los siglos XVII y XVIII.

Cuando miramos al mundo de hoy, distinguimos entre países económicamente


avanzados y subdesarrollados. En grande sectores del globo y particularmente
en Asia, Africa y partes de Centro y Sud-América, millones de personas todavía,


Presentada en el XIV Congreso Internacional de Historia de la Medicina, el 17 de septiembre de 1954.
viven en horrenda miseria, pobres, ignorantes, enfermos, siempre desnutridos,
trabajando como coolíes o peones, la versión moderna de la esclavitud. Pero en
todos esos países se observa hoy día un tremendo despertar: se rompen
cadenas centenarias; la tierra está siendo redistribuida y quienes la cultivan,
pueden tener debida participación. El período colonial se acerca a su fin, y
gentes de todos los colores o razas, están rehusando ser explotadas para
beneficio de un amo extranjero. También como imperialismo económico y en
cualquier forma que pueda aparecer hoy en día, el colonialismo está destinado
a su destrucción. Los pueblos de la toda tierra quieren ser libres –libres para
determinar sus propios destinos-. Países como India y China están
experimentando, cada uno a su modo, un cambio en sus condiciones
económicas o más bien, un nuevo orden económico, que significa la liberación
de viejas costumbres religiosas y otros tabús, concomitante con un nuevo
florecimiento de la cultura, parecido a como nosotros lo hicimos en Occidente,
en el Renacimiento. Posiblemente no esté tan lejano el tiempo en que países de
Asia, Africa, América Central y del Sur, logren un estándar de vida material
comparable al de Europa Occidental y de los EE. UU. y tal vez en un nivel
superior.

En los países de Occidente, llamados económicamente avanzados, no puede


caber duda que la civilización ha progresado en un cierto sentido. La poesía, la
música y las bellas artes pueden no ser mejores que en el pasado; pero el
número de personas que participan en ellas, es infinitamente mayor. Los
trabajadores ya no son esclavos o siervos, coolíes o peones; son hombres libres
que trabajan bajo contrato y tienen poderosas uniones para protegerlos. La
producción de mercaderías y comodidades de todas clases ha crecido
considerablemente y el número de gentes que las disfrutan es mayor que nunca.
La vida en tiempos normales es más segura que en el pasado, todo lo cual
significa indudablemente que la civilización ha progresado. La cuestión, ahora,
es determinar cuanto ha contribuido la medicina a ese progreso.

Todos sabemos que un artista o un escritor enfermo pueden crear grandes


obras, Mozart padecía de tuberculosis cuando escribió su REQUIEM, como
Fragonard cuando pintó algunos de sus más famosos cuadros. Van Gogh sufría
de una grave psicosis y Paul Verlaine escribió algunos de sus más hermosos
poemas cuando estaba intoxicado con alcohol.

En otras palabras, la enfermedad no ha impedido a algunas gentes crear


grandes obras de arte y ha llegado a ser parte de su personalidad, y a
expresarse en su trabajo. Pero esas son excepciones. Hombres como Monet,
Cézanne, Matisse, PIcasso, Emile Zola, Thomas Mann y muchos otros nunca
habrían creado lo que hicieron si hubieran estado incapacitados por la
enfermedad. La buena salud del artista, así como del obrero y el campesino, es
prerrequisito para una civilización superior y no puede haber duda que, en este
respecto, las condiciones han mejorado extraordinariamente en Occidente.

Progresos demográficos
Un niño nacido en el siglo XVIII tenía muchas probabilidades de morir poco
después de nacer o tan pronto como, al calor del verano, aparecían diarreas
infantiles causando estragos entre los recién nacidos. En los años siguientes,
enfermedades infantiles como el sarampión, tos convulsiva, escarlatina, difteria
y muchas otras, amenazaban la vida de los niños. Al llegar la adolescencia, la
tuberculosis destruía muchas vidas jóvenes. La viruela era tan temida en el
viejo como en el nuevo mundo y se ha estimado que en el siglo XVIII, a pesar de
la inoculación, sólo en Londres, 2.000 personas morían anualmente de viruela.
El agua y los alimentos trasmitían enfermedades como fiebre tifoidea y
disentería, que no sólo causaban epidemias sino que eran endémicas en
muchos países. El cólera asoló tres veces al Occidente durante el siglo XIX. La
malaria, una enfermedad tropical, llegó al norte de Europa, igual que en
América.

Todo esto ha cambiado, y en los países económicamente desarrollados, las


condiciones de salud son mejores que nunca. Este enorme progreso puede ser
expresado en números. La tasa general de muertes en Londres, esto es, el
número de muertes anuales por 1.000 habitantes fue, en término medio, de 42
durante el período de 1681 a 1690. Bajó a 23 de 1846 a 1855, a 14,2 en 1929.
Ahora está entre 8 y 15 en los países avanzados. En forma similar, la tasa de
mortalidad infantil, o sea, el número de niños muertos durante el primer año de
vida por cada mil niños nacidos, es ahora entre 25 y 70 en los países avanzados.
Era 17, esto es 1,7%, en la ciudad suiza, Basilea, en 1951. En el siglo XVIII, la
tasa de mortalidad infantil era diez veces más alta en toda Europa. Como
resultado de la mejoría, el promedio de expectativa de vida al nacer, ha
aumentado en forma espectacular; se estima que era de 20 a 25 años en el siglo
XV; y oscila entre 60 y 70 actualmente, en Occidente. Ha habido un descenso
espectacular en la mortalidad por ciertas enfermedades. Como ilustración, la
siguiente comparación para Inglaterra y Gales; el número de muertos por
millón de población era:

1871 - 1880 1931 - 1940


Viruela 240 0
Tifoidea 320 5
Tifus 60 0
Tuberculosis respiratoria 2.130 601
Tuberculosis otras formas 750 121

Otro conjunto de cifras impresionantes procede del ejército de EE. UU. Por cada
seis hombres que murieron, no por heridas de guerra sino por enfermedad,
durante la segunda Guerra Mundial, murieron 160 durante la Primera Guerra,
250 durante la guerra hispano-americana de 1890 y 650 en el Ejército de la
Unión, durante la Guerra Civil de 1861 a 1865. Esta es una caída desde 100 a
1 en menos de un siglo. Estas pocas cifras ilustran muy gráficamente el
progreso de la medicina y su contribución a la civilización. Por supuesto,
debemos estar muy conscientes de que la medicina no es el único factor
responsable de esos avances; el estándar de vida más elevado y la
disponibilidad de más y mejores alimentos, habitaciones, vestuario, calefacción,
etc., han tenido probablemente mucho mayor influencia en la mejoría de esas
condiciones. Así lo ilustra una estadística publicada por Winslow. En un quinto
de la tierra habitada, la gente dispone de un término medio de:
Ingreso anual $ 461.00
Alimento consumido por día 3.040 calorías.
Médicos para 100.000 habitantes 106
Expectativa de vida 63 años

En los cuatro quintos restantes, sin embargo la gente dispone solamente de:

Ingreso anual $ 41.00


Alimento consumido por día 2.150 calorías.
Médicos para 100.000 habitantes 17
Expectativa de vida 30 años

Esto demuestra que la tarea, de ningún modo se ha completado. Grandes


sectores tiene un nivel de vida muy bajo y no disfrutan de todos los medios de
la medicina moderna. Aun en los países avanzados mucho queda por hacer. Las
enfermedades aguda ya no son las principales causas de mortalidad; las
enfermedades crónicas están en el primer plano. En los EE. UU., un país con
muy buenas condiciones de salud, 26.000.000 están incapacitados por
afecciones crónicas: enfermedades reumáticas, bronquitis crónicas,
enfermedades del corazón y circulación, asma, fiebre del heno, enfermedades
renales, psicosis y neurosis, diabetes, tuberculosis, úlceras gástricas y
duodenas. Hay todavía grandes enemigos no conquistados. Tales como
poliomielitis y cáncer. Pero no puede haber duda que se han logrado enormes
progresos. La vida en muchos países ha llegado a ser infinitamente más segura
y su duración se ha extendido considerablemente. Esto ha creado no obstante,
un nuevo problema sin solución, porque no es el fin tener una población
envejecida, de individuos seniles y decrépitos. La medicina todavía tiene que
encontrar caminos y medios para mantener la elasticidad de los tejidos,
particularmente del tejido conjuntivo.

¿Qué ha hecho la medicina, tanto o más eficiente que en el pasado? Fue la


ciencia, el hecho de que la medicina llegara a ser científica. No es exagerado
decir que, hasta el Renacimiento, la medicina europea, árabe, india y china no
eran muy diferentes entre sí.

Esto cambio durante los siglos XV y XVI, cuando la medicina europea empezó a
volcarse hacia la ciencia, lo que había de darle supremacía por varios siglos y
convertir a Europa en el centro del progreso médico. ¿Cuál fue el factor
responsable de este cambio de actitud? Creo que fue la gran experiencia del
Renacimiento, una experiencia que no tuvieron los árabes, los indios ni los
chinos. Nació un nuevo orden económico que apeló a lo individual en el hombre,
a la libre iniciativa, y se opuso a las autoridades tradicionales. El mundo fue
descubierto: nuevos continentes, el cuerpo humano, nuevos animales y plantas.
Había una nueva tendencia al realismo, un giro a la ciencia. H.M. Pachter, en
un fascinante libro sobre Paracelso, ha señalado muy correctamente, el
sorprendente paralelismo entre el Renacimiento y nuestro tiempo. Allá también
chocaron los imperialismos de España y Francia, fueron disputadas guerras
ideológicas, caliente y fría, en la Reforma; grandes trastornos sociales
ocurrieron con las guerras de los campesinos, y la nueva ciencia estuvo tan
confusa como la ciencia atómica lo está hoy.

Desde entonces la ciencia y la medicina marcharon cada vez, más


estrechamente unidas. Cada descubrimiento físico, químico y biológico, tenía
repercusiones en medicina, pronto o más tarde, y contribuía a su progreso. Y
¿quién hizo esos descubrimientos? Médicos en muchísimo casos. Los padres de
la botánica, quienes hicieron nuevos inventarios del reino vegetal, los Fuchs,
Brunfels y otros, fueron doctores que hicieron botánica buscando drogas. El
hombre que por primera vez, desde Aristóteles, hizo un nuevo índice completo
de los animales del mundo, Conrad Gessner, fue un médico municipal de
Zurich. J.J. Scheeuchzer, uno de los primeros paleontólogos, era médico, como
lo fueron Vesalio, Copérnico, Harvey, y muchos de los miembros de las
primeras academias. La práctica de la medicina era un medio para ganarse la
vida, pero desde el ámbito de su experiencia, en un esfuerzo para entender al
hombre en la salud y en la enfermedad, y al mundo en su amplitud, los
doctores llegaron a ser matemáticos como Leonhard Euler y Bernoullis; físicos
como William Gilbert; químicos como Hoffman y Stahl, y por supuesto biólogos.
Ellos no solo hicieron importantes contribuciones a la ciencia, sino que
perfeccionaron los métodos de la investigación científica y sobre todo el método
experimental, entre cuyos pioneros están William Harvey y Santorio. La ciencia
es uno de los aspectos más brillantes de la civilización, que verdaderamente ha
progresado y la medicina ha contribuido a este progreso por muchos siglos.

Me gustaría mencionar la relación entre filosofía y medicina. No sé si la filosofía


ha “progresado” desde los días de Platón y Aristóteles, pero ciertamente ha
habido un desarrollo. Decíamos antes que las teorías médicas antiguas, eran en
gran parte filosóficas. Los médicos sintieron la necesidad de interpretar el
fenómeno de la vida normal y patológica. Necesitaban una teoría para conectar
y relacionar la infinidad de los hechos observados empíricamente. Buscaron
teorías que les sirvieran de guía y las concibieron dentro de las categorías de
pensamientos filosóficos de su tiempo. No necesito destacar que no habría
habido medicina hipocrática sin el trabajo de los filósofos pre-socráticos y
particularmente de los pitagóricos y de Empédocles. El concepto de la armonía
y simetría era la base de todas las teorías médicas. La salud era el estado de
perfecto equilibrio, y la enfermedad aparecía cuando se rompía el balance. Esto
es tan cierto, hoy como lo fue entonces. Un estado de equilibrio presupone un
substrato material, no puede existir en el vacío. Las explicaciones cambiaron
con el curso del tiempo, y se pensó que los soportes del balance eran fuerzas,
humores, átomos, los elementos de la medicina india o china, o los tres
principios de Paracelso, puestos en movimiento, vivificados por el calor natural,
por Brahman, ying y yang, o por el “arqueo” paracelsiano. Nosotros operamos
con conceptos de química y física, tal vez un poco menos especulativos y más
cercanos a la verdad; pero nuestra teoría de la vida, no es en modo alguno,
puramente científica; todavía tiene muchos elementos especulativos.

Cada filosofía, sea la de Platón, Aristóteles, los estoicos, epicúreos, escépticos,


filosofía cristiana, vitalismo, materialismo, para mencionar solamente unas
pocas filosofías occidentales, se refleja en la medicina, y a todas ellas han
contribuido los médicos. Su conocimiento del hombre y del sufrimiento humano,
su estudio de la vida en la salud y la enfermedad, no podía sino estimular a
algunos de ellos e inducirlos a reflexionar acerca de las causas finales de la vida.
A lo largo de esta línea, la contribución más trascendente de la medicina ha
sido en el campo de la psicología. El primer impulso vino probablemente de la
filosofía. Wilhelm Wundt y su escuela, demostraron que muchos procesos
mentales podían ser medidos. La escuela rusa de neurofisiología de Sechenov,
Bektterev y principalmente de Pavlov, ejercieron y continúan ejerciendo una
tremenda influencia sobre la filosofía, la fisiología, la sociología y la conducción
de los asuntos humanos en general. La teoría de Pavlov de los reflejos
condicionados abrió amplios horizontes, mucho más allá del campo de la
fisiología; más impulsos vinieron de la psiquiatría. La clínica de Charcot en
París, atraía no solamente a médicos y estudiantes de medicina sino a filósofos,
escritores, artistas y gente de toda condición. Sus historias clínicas, así como
sus historias del Hotel-Dieu, de A. Trousseau, eran ansiosamente leídas y
servían como ejemplos a los jóvenes de la escuela naturalista de escritores. La
novela de los hermanos Goncourt, GERMINIE LACERTEUZ de 1865 y la
primera de Emile Zola, “THERESE RAQUIN” de 1867, están llenas de casos
clínicos. Ese gran cuadro de la sociedad francesa de Zola a fines del Segundo
Imperio, el “Rougon-Macquart”, es un estudio destacado de la herencia que
describe altos y bajos de la vida humana en todos sus aspectos y en el estilo
más realista, casi clínico. Toda la escuela estaba profundamente influenciada
por Claude Bernard quien en su “Introduction a la médicine expérimentale”, de
1865, exaltó la razón y describió los métodos seguidos por la ciencia para
interrogar la naturaleza y obligarla a responder nuestras preguntas. Zola,
inspirado por el libro de Bernard, escribió “Le roman expérimental”, en 1880,
que llegó a ser la biblia de escuela naturalista. Pero mucho antes, en 1859,
Víctor Hugo, ese gran poeta y político radical, en “La légende des siecles”, había
dicho que la misión del poeta y filósofo era abordar los hechos sociales como el
naturalista lo hace con los zoológicos.

De esto modo la medicina ha ejercido indudablemente una poderosa influencia


sobre la literatura, y no solamente en el siglo XIX. Hubo un tiempo en que la
literatura médica no sólo trasmitía observaciones e ideas sino que era al mismo
tiempo verdadera literatura. El poema de Fracastoro, de 1530, sobre la sífilis,
no es solamente un libro médico sino un poema de la épico, de gran belleza.

La psiquiatría ha tenido amplias repercusiones en muchos campos de la


civilización humana. El trabajo de hombres como Forel, Bleuler, Kraepelin,
Freíd, Adler, Jung, para mencionar solamente unos cuantos, enriqueció
grandemente nuestro conocimiento acerca del trabajo de la mente. Este mejor
entendimiento de las reacciones mentales del hombre, hizo posible mejorar la
educación en grado considerable y desarrollar una higiene mental, mediante la
cual una persona puede mantenerse adaptada a su medio ambiente
previniendo, que llegue a ser un antisocial. La higiene mental todavía esta en
pañales, esto es, sabemos cómo mantener a la gente ajustada, como miembros
felices y útiles de la sociedad y cómo prevenir el crimen en amplio grado; pero
las autoridades tardan mucho tiempo en aprovechar el progreso científico, a
menos que sea para propósitos de guerra, en cuyo caso hay fondos ilimitados
inmediatamente disponibles.
La nueva psiquiatría está también empezando a ejercer una profunda influencia
en la administración de justicia. Por siglos, el médico fue el consejero científico
de los tribunales. A él correspondía determinar la causa de la muerte y las
circunstancias bajo las cuales ocurrió, así como dominaba el amplio campo de
la medicina forense, que tiene una larga historia, a menudo conectada con la
salud pública. Hoy, el médico también se convierte de modo creciente, en
consejero psicológico del tribunal. Si un individuo se ha convertido en asocial y
ha cometido un delito, ya no deseamos tomar venganza o castigarlo. Deseamos
saber por qué se transformó en antisocial y reintegrarlo a la sociedad; para este
fin necesitamos una historia cuidadosa del caso, que engloba todos los factores
psíquicos, mentales y sociales. El tribunal necesita más que nunca el consejo
de los psiquiatras, para conocer la historia del caso y también para determinar
su tratamiento. En este campo particular, la medicina ha contribuido
grandemente o, más bien, está empezando a contribuir en una medida
creciente al progreso de la civilización.

Esto nos lleva al campo de la sociología, de la cual la medicina ha recibido


mucha información, pero a la que está contribuyendo más y más, a medida que
se convierte en una ciencia social. Mirando al futuro, debemos admitir que la
curación dejará de ser la principal tarea del médico, aunque todavía sea muy
importante. La medicina por necesidad debe transformase en medicina
preventiva. No tiene sentido permitir que la gente pierda la salud y sufra por
enfermedades que son evitables. Existen suficientes causas de sufrimiento en el
mundo, que no pueden ser tan fácilmente prevenidas. Las tareas más
importantes de la medicina serán la mantención y promoción de la salud, la
prevención de las enfermedades, el tratamiento o la curación cuando la
prevención ha fallado y finalmente la rehabilitación social o reintegración del
ex-enfermo a la sociedad. El puesto del doctor no estará en su oficina, sentado,
esperando a los pacientes; sino en la fábrica, en la mina, el campo, el barco,
donde quiera la gente se junta para trabajar. Su base de operaciones será el
centro de salud. Tal programa evidentemente requiere la estrecha cooperación
del médico con educadores, educadores físicos, trabajadores sociales,
administradores y legisladores. La relación entre medicina y sociología será
muy íntima.

La historia, nuestra imagen mental del pasado, que en gran parte determina
nuestras acciones, es indudablemente un aspecto importante de la civilización,
y pienso que en nuestro propio campo, la historia de la medicina nos ha dado
una visión más completa y más correcta del pasado. Nuestra contribución ha
sido destacar la significación de la salud y la enfermedad en cualquier sociedad
para mostrar, por ejemplo, lo que la prevalencia de la malaria o la
anquilostomiasis significan para la población de un país en un tiempo dado. La
historia de la medicina enseña que la literatura médica es parte esencial de la
literatura de su época y que tendríamos un cuadro muy incompleto de la
civilización de Grecia en el siglo V a. C., si despreciamos los escritos
hipocráticos. Hemos mostrado cuán profunda influencia ejercieron sobre la
sociedad del período, las grandes epidemias de la Edad Media: lepra, peste,
manía danzante, flagelantismo, ergotismo y otras, y la sífilis en el Renacimiento.
Tendríamos una noción incompleta de Leonardo Da Vinci, si lo estudiamos
como un artista e ignoramos sus trabajos científico-anatómicos y otros. El
impacto de la revolución industrial sobre la vida económica y social, es bien
conocido; pero la historia médica fue capaz de destacar en qué grado ella afectó
la salud del pueblo y qué nuevos problemas médicos creó. También fuimos
capaces de demostrar que los libros médicos, periódicos, relatos e historias
clínicas son a veces fuentes extremadamente valiosas para conocer la historia
social de una región. El médico que trató esclavos en una plantación no tenía
un fin interesado; simplemente registró lo que vio y lo que hizo. De este modo la
historia de la medicina ha contribuido indudablemente a un entendimiento más
profundo del desarrollo histórico.

Finalmente, me gustaría mencionar que muchos médicos han hecho


importantes contribuciones fuera de su campo médico. Un doctor francés
Théophraste Renaudot, fundó en 1630 una Bolsa del Trabajo, y en 1631, el
primer diario, la “GAZETTE DE FRANCE”. Guy Patin, llegó a ser famoso no por
su trabajo, sino por sus sarcásticas “LETTRES”, publicadas después de su
muerte y reimpresas repetidamente. Algunos de nuestros mejores novelistas
contemporáneos, hombres como Duhamel, Luc Durtain, Gottfried Benn, son
médicos, y su experiencia clínica, física y mental, se refleja en sus obras.
Muchos médicos fueron reformadores sociales. Auguste Forel, emprendió la
lucha contra el alcoholismo y los hábitos de beber, que embrutecen a grupos
sociales enteros, tiempos que tal acción era impopular y requería mucho coraje.
Con el mismo coraje luchó contra los tabús sexuales y por una vida sexual
normal y saludable. Tranquilizó muchas personas jóvenes que estaban
atemorizadas por las imaginarias consecuencias de la masturbación, que el
charlatán S. A. Tissot, había descrito en el siglo XVIII, en un libro que
desafortunadamente es todavía hoy reimpreso y vendido por debajo del
mostrador.

Deseo recordarles que el gran patólogo Rudolf Virchow fue, a través de toda su
vida, pero particularmente en sus años de juventud, un reformador social y
estadista muy activo. Tomó parte en el movimiento revolucionario de 1848, y,
aunque su periódico “DIE MEDIZINISCHE REFORM” fue de corta vida,
pavimentó el camino para importantes reformas médicas. Fue Virchow quien
acuñó la sentencia “Los médicos son los abogados naturales de los pobres, y los
problemas sociales caen en gran medida, dentro de su jurisdicción”. Ellos
deberían conocer las condiciones sociales mejor que nadie, dado que su
profesión los lleva a los hogares de todas las clases sociales y es su obligación
trabajar por la mejoría de esas condiciones. Tal es el deber de todos nosotros,
en cuanto practicamos no sólo medicina psicosomática sino también medicina
social, y como ciudadanos de países democráticos, con una gran
responsabilidad hacia la comunidad.

La Organización Mundial de la Salud, en el preámbulo de su constitución define


la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no
solamente la ausencia de enfermedades”. Postuló además, que “el goce del más
alto grado de salud que se puede lograr, es uno de los derechos de todo ser
humano sin distinción de raza, religión, credo político o condición económica o
social”. Y la aceptación de esos principios por todas las naciones miembros, es
una contribución muy grande de la medicina al progreso de la civilización.
XVI – MEDICINA SOCIALIZADA∗

“No creo que un enfermo tenga derecho a servicios médicos gratis, a menos que
carezca de casa, ropas y alimentos”, escribía el año pasado un profesor de una
Escuela de Medicina de clase A, miembro de la Asociación Médica Americana.
En otras palabras, si una sociedad es incapaz de darle trabajo a todos sus
miembros, es perfectamente normal que un cesante sea desalojado de su hogar
y deambule desnudo, hambriento y enfermo. Tal opinión no es solamente
bárbara sino totalmente disparatada. Nadie puede creer seriamente que ningún
grupo de trabajadores cesantes, se sentaría tranquilo esperando la muerte que
los alivie. Protestarían con violencia antes de morir de hambre, y cualquier
gobierno que comparta el punto de vista del profesor sería derrocado a la
primera gran crisis económica.

Si nuestro profesor representara la opinión general de la sociedad


Norteamericana, no habría razón para discutir el actual sistema de atención;
los servicios médicos podrían ser cómodamente vendidos en el mercado a quien
pudiera comprarlos. Nuestra sociedad, sin embargo, como cualquiera otra
sociedad civilizada pensó en forma diferente. Se dio cuenta que una nación
industrial moderna, altamente especializada, no puede funcionar en forma
normal, si un gran número de sus miembros están enfermos y constituyen una
ruinosa carga. La clase propietaria sabe muy bien además, que una clase
trabajadora enferma es una amenaza a su propia salud. La tuberculosis hoy
está confinada en gran medida a los grupos de bajos ingresos, pero las
enfermedades venéreas no han aprendido todavía a respetar la barreras de
clase.

La mayoría del pueblo está de acuerdo que en la sociedad tiene interés en


combatir la enfermedad y proporcionar atención médica a toda la población,
con prescindencia del estado económico del individuo. Esta es una
consideración puramente práctica y utilitaria; pero nuestra actitud también
está influenciada por motivos humanitarios. Después de todo, algunos de esos
ideales del siglo XIX, todavía están vivos. En toda sociedad hay miles de
personas perfectamente inútiles, la mayoría débiles mentales y psicópatas, que
nunca serán capaces de trabajar o de realizar algún aporte social. Y con todo no
los eliminamos, los consideramos ciudadanos infortunados que es preciso
alimentar y cuidar, proporcionándoles condiciones tolerables de vida y
esperando que la ciencia permita algún día permita reducir su número.

Muchas gentes en número creciente, piensa hoy que el hombre tiene derecho a
la salud. Ahora bien, la primera causa de enfermedad es la pobreza. Si somos
capaces de procurar trabajo a todo el mundo y garantizar un estándar de vida
decente a todo individuo deseoso de trabajar, cualquiera sea su inteligencia,
somos colectivamente responsables de la principal causa de enfermedad.


Extractos del trabajo publicado en The Yale Review, Primavera, 1938.
Lo menos que podemos hacer es tomar medidas para la protección y
restauración de la salud del pueblo a las cuales tiene un derecho innegable.

Aceptado que la atención médica debe ser accesible para todos, examinaremos
si en el actual sistema, la gente recibe efectivamente los servicios que necesita.
Existen doctores que pretenden muy ingenuamente, que no hay una persona en
los EE. UU., que no pueda obtener atención médica en caso de enfermedad, si
se toma la molestia de pedirla. Señalan orgullosamente que nuestros hospitales
tienen salas de caridad y que la profesión médica consciente de sus tradiciones
humanitarias siempre ha estado lista para cuidar a los pobres sin
remuneración.

Pero hay datos suficientes para demostrar que vastos sectores carecen de
atención médica adecuada. Los resultados preliminares de la Encuesta
Nacional de Salud de 1930, muestran que mientras más bajo es el ingreso de
una familia, mayor es la incidencia de enfermedad y menor el volumen de
atención médica recibida. Sabemos que cientos de miles de casos de
enfermedades son innecesarias y podrían haber sido prevenidas, que muchos
miles de personas mueren prematuramente y también sabemos que un tercio
de la población de este rico país no sólo esta mal alimentado, mal albergado y
mal vestido, sino también mal cuidado cuando se enferma.

Los hechos conocidos a través de diversas encuestas, son tan abrumadores,


que ni la Asociación Médica Americana ha podido ignorarlos debiendo admitir
que “un número variable de personas puede, en algún momento, no puede
conseguir suficientes servicios médicos.

Las condiciones actuales no sólo son deprimentes y nocivas para la sociedad,


sino además innecesarias y estúpidas. En un país que tiene tan espléndido
equipamiento médico. No hay país en el mundo con un mejor estándar de
médicos, oficiales sanitarios, enfermeras y asistentes sociales ni con mejores
facilidades hospitalarias y de laboratorio. Es casi un milagro cómo los EE. UU.,
en menos de medio siglo, se puso al día con la medicina europea y la sobrepasó
en muchos aspectos gracias a la riqueza acumulada y al buen criterio de sus
dirigentes médicos. Y sin embargo, un tercio de la población carece todavía de
servicios médicos suficientes y aún no se encaran muchas de las posibilidades
de la medicina preventiva.

Es fácil suponer la causa de este desajuste. Como resultado de los progresos de


la medicina, sus servicios han llegado a ser cada vez más caros. Hace cien años
una persona con un dolor abdominal indefinido iba a ver al doctor, quien le
formulaba algunas preguntas, le palpaba el abdomen y le prescribía un laxante.
El procedimiento no costaba mucho. La mayoría de las gentes podía cancelar el
honorario o si, eran totalmente indigentes, recibían consejos sin costos. En
muchos casos el enfermo mejoraba, como podía haber ocurrido sin consultar al
doctor. En algunos casos, sin embargo, pudo desarrollarse un tumor fatal.

Si el mismo enfermo consulta un médico hoy, le harán una serie de placas


radiológicas y otros exámenes de laboratorio que llevan al reconocimiento
temprano de una enfermedad cuando todavía es posible un tratamiento exitoso.
Es claro que tales exámenes son más costosos de lo que mucha gente puede
disponer, aún sin mencionar el pago del tratamiento.

En otras palabras, no sólo es difícil asegurarse una adecuada atención médica


para el indigente, sino para toda la familia de recursos moderados, digamos,
con un ingreso que no exceda de $3.000 o más, lo que incluye más de tres
cuartos de la población. El sistema de pago por servicio o por acto médico,
puede haber funcionado –dudo si alguna vez lo hizo- mientras la medicina tenía
poco que dar. Hoy día es imposible proteger efectivamente la salud de las gentes
bajo ningún sistema semejante debido a que se ha hecho demasiado amplia la
brecha entre el nivel científico de la medicina y el nivel económico de la
población. De ahí que si de veras pensamos que la salud del pueblo es una
preocupación básica de la sociedad, por fuerza debemos concebir otro sistema.

Un esquema de medicina socializada.

Esto ha sido ampliamente recocido, particularmente por las víctimas del actual
sistema, a saber, el enfermo y desde que el Comité sobre costos de la atención
médica, empezó su trabajo, la discusión sobre la reorganización sobre el
servicio médico no ha cesado. Ha sido y todavía es una discusión candente y
apasionada en la que se escuchan más argumentos emocionales que racionales.
Muchos médicos son brillantes especialistas en sus campos, pero
extraordinariamente pobres economistas y sociólogos –el resultado natural de
una educación puramente técnica y científica-. La discusión también se
reciente del hecho que muchos médicos manejan conceptos mal definidos.
Cualquier tipo de servicio médico que no fuera el tradicional fue
indiscriminadamente “medicina socializada”, un término vago que poca gente se
tomó la molestia de definir, un término que huele a socialismo y aún a
volcheviquismo y que, cualquiera sea su significado, ciertamente debe implicar
algo por completo ajeno a lo norteamericano.

Mientras proseguía la discusión se emprendieron experimentos para proveer


servicios médicos a grupos definidos. Algunos de esos esquemas eran buenos,
otros fútiles. Se comete un error frecuente, en discusiones y experimentos,
sobre todo en los planes recomendados por las organizaciones médicas: el
problema primario no es concebir un sistema que capacite al enfermo para
cancelar la cuenta del médico, sea a plazos o a través de esquemas de prepago
o de seguro. La consideración económica es secundaria. Nuestra preocupación
principal debe ser encontrar un sistema que nos permita llevar al pueblo, a
todo el pueblo el mejor servicio médico posible. Sabemos poco en medicina,
pero sabemos infinitamente más que hace cincuenta años y debemos aprender
aplicar nuestros conocimientos sin restricciones. Una vez sepamos lo que se
debe hacer y nos decidamos a hacerlo, entonces discutiremos los medios de
financiar semejante sistema de servicios médicos.

Seamos utópicos por un momento –sabiendo que más de una vez las utopías
han llegado a ser realidad- y visualicemos un sistema médico ideal, que permita
utilizar todos los recursos actuales de la ciencia médica. Todos concordarán
que tal sistema debe destacar el aspecto preventivo de la medicina. Cualquier
niño sabe que prevenir es mejor que curar, pero todavía, de cada 30 dólares
gastados hoy en atención médica, solamente uno se destina a prevención y
veintinueve se dedican al tratamiento, una evidencia más de que el actual
sistema es incapaz de organizar los servicios médicos de una manera racional.

¿Cuál sería entonces el plan ideal?

Tomemos como ejemplo un distrito administrativo, un condado o un grupo de


pequeños condados. La primera tarea sería establecer un centro médico que
comprenda: un hospital, un dispensario, un consultorio para tuberculosis, un
consultorio antivenéreo, un consultorio prenatal, maternidad y bienestar
infantil; una oficina de educación física, una oficina de información sobre salud,
laboratorios, un departamento de salud pública y cualquier unidad
especializada que las condiciones locales puedan requerir. Una región
industrial necesitará un departamento para la prevención y tratamiento de
accidentes y enfermedades ocupacionales. Una región malárica debería contar
con otros servicios especiales.

El centro de salud sería equipado con médicos de todas las especialidades,


administradores de salud pública, dentistas, farmacéuticos, enfermeras de
salud pública, trabajadores sociales y tecnólogos, listo para dar asistencia
médica completa: preventiva, diagnóstica y curativa.

Médicos generales pertenecientes al centro de salud se ubicarían en varios


núcleos de población, como avanzadas del centro, siempre en parejas: un
médico de experiencia y un hombre más joven. Serían dos para permitirles
vacaciones regulares y la posibilidad de asistir periódicamente a cursos de
postgrado y realizar trabajo clínico en el centro, de tiempo en tiempo.

Estos doctores ayudados por enfermeras y otros tecnólogos formarían la


estación de salud local, unidad periférica del centro. Trabajarían en estrecha
relación con él, enviando casos difíciles para examen o para ser hospitalizados y
recibir ayuda y consejo de los especialistas cuantas veces lo requieran. Una de
sus funciones más importantes sería el estudio y encuesta de las condiciones
de salud de su región. Encontrarán una familia en que la madre ha muerto de
tuberculosis y los niños están amenazados. Esa familia tendrá que ser
observada muy cuidadosamente. Sus condiciones de vida deberán ser
mejoradas; los niños serán examinados regularmente y se harían gestiones
para enviarlos de vacaciones a sitios saludables, cordillera o playa. En otra
familia se encontrará que el padre ha muerto de arteriosclerosis y su hermano
de nefritis, sabrán el punto débil de esta familia y en qué dirección concentrar
su atención.

Otra función de estos doctores locales sería de instruir a la población en


materias de salud. Deberán organizar un comité de ciudadanos y discutir con
ellos los problemas locales de salud, para asegurar su cooperación. Podrán
también tomar la iniciativa para organizar jardines infantiles, plazas de juego
para niños, clubes de cultura física e instituciones similares. Y en cualquier
tarea que emprendan estarán firmemente respaldados por el centro de salud.
Reuniones periódicas les darán la oportunidad para discutir sus experiencias.
En las ciudades, los centros de salud se establecerían en los distintos distritos
y en las grandes empresas, donde harán exámenes de ingreso y periódicos a los
trabajadores, no con el fin de determinar si serían empleados o no, sino que
para recomendar la ocupación más adecuada a cada uno. En una sociedad
altamente diferenciada como la nuestra, hay trabajo para casi cualquier
actividad física y grado de inteligencia.

Si la atención médica ha de ser accesible para todos, tiene que ser gratuita,
como la educación. Los médicos y demás personal recibirían salarios de
acuerdo con su experiencia y responsabilidad.

No hay necesidad de entrar en más detalles, para dar una idea clara del tipo de
medicina que tengo en mente. Es medicina socializada, un sistema bajo el cual
la atención médica no es vendida a la población ni dada como caridad sino que
es una función del estado, un servicio público al cual cada ciudadano tiene
derecho. Es un sistema que permite practicar la medicina preventiva a gran
escala y aplicar todos los recursos de la ciencia médica sin restricciones. Tal
sistema puede parecer utópico, pero no lo es, como que funciona en un sexto de
la tierra habitada, en la Unión Soviética. Rusia fue el primer país que estableció
un sistema completo de medicina socializada y lo hizo bajo increíbles
dificultades. Este sistema es bueno; funciona y en corto período de 1913 a 1936,
ha producido notables resultados. De acuerdo con fuentes oficiales la
mortalidad cayó de 30, 2 a 11,2 por cada mil habitantes; la mortalidad infantil
fue reducida en más de un 50%, mientras que la mortalidad por tuberculosis
pulmonar –todavía un serio problema en la URSS-fue reducida en una mitad.
Grandes progresos se han hecho en el combate de las enfermedades venéreas.
La incidencia de sífilis primaria decreció desde 25,7 por diez mil habitantes de
las ciudades a 1,8 y en las aldeas de 2,66 a 0,62. El cólera un pavoroso azote
en los días del zarismo ha sido casi abolido desde 1927. El tracoma una
enfermedad contagiosa de los ojos que estaba muy difundida muy difundida
entre las minorías nacionales y era responsable de miles de casos de ceguera,
decreció considerablemente; se ha hecho mucho progreso en el combate
antimalárico. En un país como Rusia, tales resultados habrían sido
inconcebibles bajo cualquier otro plan médico.

Ahora debemos discutir qué sistema de medicina socializada podría


desarrollarse en EE. UU., donde la estructura económica y social es tan
completamente diferente de aquella de la Unión Soviética. Primero que nada,
debemos recordar que hoy día no sólo se presta atención médica a base de pago
por servicio, sino bajo una variedad de sistemas.

Formas de medicina socializada en Estados Unidos.

Se han construido hospitales públicos en número creciente y actualmente más


del 60% de las camas son del gobierno y están manejadas por él. ¿Quién más
podía tomar a su cargo los miles de enfermos tuberculosos y mentales, los
inválidos, los ciegos y otras gentes incapacitadas. Y cada vez que se hicieron
urgentes nuevas tareas, el Gobierno tuvo que actuar y establecer servicios para
cuidado maternal y prenatal, para la atención de los niños preescolares y
escolares. Hoy solamente una décima parte del trabajo realizado por los
Servicios de Salud Pública, está dedicado a tareas tradicionales tales como el
control del abastecimiento del agua, sistema de alcantarillado, cuarentena y
otras y nueve décimas del trabajo consiste en nuevas tareas que la medicina
privada es incapaz de realizar. ¿Por qué no continuar en esta dirección y
satisfacer más ampliamente las necesidades futuras? ¿Por qué abandonar al
niño cuando deja la escuela? ¿Por qué los Servicios de Salud Pública no van
todavía más lejos y extienden su atención a hombres y mujeres en su sitio de
trabajo? Nuevos peligros amenazan su salud cuando se incorporan al proceso
de producción y la medicina privada sólo puede satisfacer sus necesidades en
grado mínimo.

El gobierno ha demostrado que es capaz de formar médicos, realizar


investigaciones y dar servicios preventivos y curativos eficaces. ¿Por qué no
expandir estas funciones gradualmente, para cubrir grupos más amplios de
población? La Asociación Médica Americana está muy conforme con entregar a
la agencia gubernamentales la atención de enfermos indigentes, liberando así a
los médicos privados del trabajo caritativo. Discutimos antes, sin embargo, que
no sólo los indigentes sino todas las familias de bajos ingresos necesitan más y
mejores servicios que no están en condiciones de comprar. ¿Por qué no podrían
los servicios públicos incorporar también este grupo? Entonces, la gran mayoría
de la población estaría servida por agencias públicas, y la medicina sería
verdaderamente socializada.

Sé cuales son las objeciones tradicionales a la medicina socializada.


Frecuentemente escuchamos que tal sistema nos llevaría a una “regimentación”,
mientras que la palabra adecuada es “organización”. ¿Por qué habría que
sentirse “regimentada” una persona al tener la posibilidad de presupuestar el
costo de la enfermedad y el privilegio de recibir todos los cuidados médicos que
necesita? No nos sentimos regimentados cuando enviamos nuestros niños a la
escuela, o cuando recurrimos a un tribunal para proteger nuestros derechos o
nuestro honor, o cuando llamamos al ministro de una Iglesia para obtener sus
consejos sin pagarle honorario. Nadie estaría obligado a tratarse y si un hombre
disfruta de su artritis, conservaría la libertad de retenerla. Las condiciones son
diferentes en el caso de enfermedades transmisibles, que constituyen una
amenaza directa para los demás. Esto ha sido reconocido desde hace mucho
tiempo y la sociedad ha tomado medidas para aislar al individuo contaminado
tanto como sea posible. En muchos países, la difusión de las enfermedades
venéreas es considerada una agresión criminal, perseguida por la ley. La salud
es un deber porque un hombre enfermo deja de ser útil a la sociedad y a
menudo se convierte en una carga. Pero es una obligación moral, no legal.
Gradualmente estamos reconociendo que la salud es mucho más que la
ausencia de enfermedad, que es algo positivo, una actitud alegre hacia la vida.

Otra objeción frecuentemente escuchada es que si los doctores fueran


asalariados y no tuvieran el incentivo de hacer dinero podrían descuidar sus
obligaciones; creo que tal suposición es un insulto a la profesión médica y es
muy extraño que esta objeción sea frecuentemente hecha por organizaciones
médicas. El código de ética de la Asociación Médica Americana explícitamente
establece que “la profesión médica tiene como su primer objetivo prestar
servicios a la humanidad, las recompensas o ganancias financieras deberían ser
una consideración subalterna”. ¿Qué más puede desear un doctor que tener
completa seguridad social y dedicar todo su tiempo y todas sus energías a sus
pacientes sin barreras económicas? No ejerzo desde hace largo tiempo pero he
ayudado a formar médicos por 17 años y me he mantenido en estrecho contacto
con muchos de mis antiguos estudiantes, que ahora están ejerciendo en
ciudades y distritos rurales. Más de una vez han venido a verme angustiados
porque no podían practicar el tipo de medicina que se les había enseñado.
Consideraciones económicas los obligaban a bajar los estándares y a transar.
Todo médico joven sabe de tales conflictos y muchas de las mejores mentes
ingresan al servicio de salud pública para escapar del mundo de los negocios.
Si la ambición de un hombre es llegar a ser rico no debe ingresar a la carrera
médica –una de las profesiones más exigentes- en la que muy poca gente llega a
ser rico. Miles de doctores trabajan por un salario y nadie puede negar que
están haciendo un buen trabajo, y cada vez que un puesto está vacante miles lo
solicitan, lo cual prueba que la idea de ser asalariado no es tan poco atrayente.
La medicina socializada estaría llena de incentivos para el doctor, podría
ascender a posiciones de mayor responsabilidad y su ingreso aumentaría de
acuerdo con ella.

Muchos temen que la libre elección del médico se vería limitada bajo la
medicina socializada. Insisten en que cada persona debería escoger el doctor en
que tiene la mayor confianza. No puede caber duda que la confianza es un
factor esencial en la relación médico-paciente. El viejo Séneca dijo: “nada es
más ventajoso para los inválidos que se cuidados por la persona que ellos
desean”. No deberíamos olvidar, sin embargo, que nuestro sistema actual
permite elegir su propio doctor a solamente muy pocas personas. El
consultante de un dispensario tiene que aceptar cualquier doctor que se
encuentre presente. En la mayoría de los distritos rurales hay solamente uno o
dos médicos; de este modo el paciente no tiene elección, y aún aquellos
enfermos que, en las ciudades, podrían hacer una amplia selección muy a
menudo llaman al médico de la vecindad, quien quiera que pueda ser. Es muy
difícil para un profano emitir juicio sobre la competencia de un médico. Si la
medicina fuera socializada, la libre elección de un doctor sería posiblemente
algo más limitada de lo que es hoy, pero siendo miembros de una organización,
los médicos estarían bajo cierto control. Tendrían amplias oportunidades para
estudios de post-grado, y los elementos incompetentes serían eliminados –lo
que es prácticamente imposible hoy-. Por otra parte la ciencia médica ha
progresado tanto y ha desarrollado tantos métodos objetivos de examen y el
estándar general de la profesión se ha elevado tanto en las últimas décadas,
que no se precisa de ser un genio para ser un médico competente.

Todos están de acuerdo en que la relación personal entre médico y paciente


debes ser preservada. Ningún enfermo quiere consultar a un comité cuando
está en dificultades, ni puede la medicina ser practicada por una corporación;
el paciente siempre llamará a un doctor y le abrirá su corazón; pero el hecho de
que este doctor sea miembro de un grupo organizado al cual puede pedir ayuda
y consejo, no deteriora la relación. Lo que echa a perder la relación es que el
doctor tiene que cobrar por cada atención y el enfermo tiene que pagar. Una vez
desaparecido el problema del dinero la relación entre el médico y el enfermo
llega a ser puramente humana. El valor de un artículo puede ser estimado muy
correctamente, mientras que es humanamente imposible estimar el valor de un
servicio médico en dólares y centavos. Los consejos dados por un doctor en
media hora de conversación pueden tener una tremenda repercusión en la vida
de un hombre, mientras que la más complicada operación puede ser
enteramente sin valor. Si le evitamos al doctor la lucha económica, lo dejamos
libre para practicar lo que la ciencia médica le ha enseñado.

No basta proporcionar atención médica a todos; no solamente importa la


cantidad, sino también la calidad del servicio. Mucha gente teme que la
medicina socializada rebajaría los estándares al desarrollar una cierta rutina.
No comparto esas aprehensiones. Si miramos alrededor encontramos que la
calidad del servicio proporcionado a la mayoría de la gente, es de calidad
inferior; exámenes y tratamientos necesarios no se realizan porque el enfermo
no puede afrontarlos. La educación médica de post-grado está en su infancia.
La más alta clase de atención es proporcionada en los hospitales donde los
doctores son miembros de grupos organizados. Esto es justamente lo que la
medicina socializada tiende a desarrollar. Intenta cubrir el vacío que existe
entre la práctica individual y hospitalaria, poniendo al médico general en
estrecho contacto con el centro de salud.

La más sería objeción a la socialización de la medicina en Norteamérica, es que


el control gubernamental traería necesariamente la política al campo médico. La
corrupción política ha sido observada más de una vez en el pasado y,
obviamente sería una catástrofe si los nombramientos fueran hechos no de
acuerdo a los méritos sino a consideraciones políticas. Todo el sistema sería
destruido si los equipos fueran reemplazados cada vez que un nuevo partido
llega al poder. La corrupción puede ocurrir en ciertas actividades
gubernamentales pero eso no significa que soborno y administración son
sinónimas. La interferencia política puede ser combatida por la opinión pública,
que ha decir verdad, se ha opuesto exitosamente más de una vez. Nadie puede
negar que el Servicio de Salud Pública de los EE. UU., es limpio y administrado
en la forma más competente y eficiente. Más de un Estado y ciudad han logrado
también mantener sus departamentos libres de la política. En el período de
transición en que estamos viviendo, el gobierno tendrá que tomar posesión de
muchas funciones de la sociedad que no podrían ser realizadas de otro modo y
si el país desea progresar de modo evolutivo más que por la vía revolucionaria,
tendrá que modificar sus hábitos políticos. El soborno y la corrupción
desacreditan las formas democráticas del gobierno y pavimentan el camino al
fascismo. Luchar implacablemente contra ellos es pelear por la causa de la
democracia.

El ciudadano promedio no está vitalmente interesado en la construcción de


caminos y puentes, pero si está muy preocupado por su salud y la de su familia.
La corrupción política en el campo médico no sería tolerada, sino firmemente
combatida por la opinión pública. De allí que sea completamente aceptable que
la socialización de la medicina no solamente puede traer salud al pueblo sino
también mejorar nuestras condiciones políticas.
Hace cincuenta años, la medicina norteamericana difícilmente contaba en el
mundo; hoy ha asumido una posición de liderazgo. Muy bien equipada
técnicamente, está todavía retrasada socialmente y sería una tragedia verla
arruinada por sus propios progresos. Millones de dólares se gastan cada año en
aumentar nuestros conocimientos acerca de la enfermedad. Es tiempo que
aprendamos a aplicar lo que sabemos. Ello requiere coraje y pensar sin
prejuicios. Una nueva frontera se ha abierto al médico y se requieren pioneros.
XVII – MEDICINA SOCIALIZADA EN EL EXTRANJERO∗
Cuando discutimos los esquemas existentes de servicios médicos organizados,
de ordinario miramos a Europa, donde los seguros médicos tienen una historia
de más de medio siglo, en Alemania, Inglaterra, Francia o países escandinavos.
Existen otros países, sin embargo, fuera de Europa Occidental, donde están
ocurriendo cambios muy interesantes. No estoy pensando en la Unión Soviética
donde, a diferencia de cualquier otro país y como es obvio en un estado
socialista, la medicina esta completamente socializada y todos los servicios
médicos son un servicio público. Totalmente planificada, su única dificultad es
todavía la escasez de personal y equipos.

Estoy pensando particularmente ahora, en dos países no europeos cuya


estructura económica y social es similar a la nuestra. Ambos están
demostrando que, bajo tales condiciones, es posible organizar servicios
universales o muy extensos: Nueva Zelandia y Chile.

Nueva Zelandia

Tiene una población de 1½ millones, 5% de los cuales son nativos. Es un país


agrícola, rico en tierras de pastoreo, lo que permite exportar maderas, carne,
mantequilla, queso y cueros. Tiene también minas de oro y se han desarrollado
algunas industrias.

Nueva Zelandia ha sido siempre conocida como un país progresista y como un


laboratorio para la experimentación social. Cuando el partido laborista tomó el
poder, en 1935, por una abrumadora mayoría, preparó un programa muy
amplio de seguridad social que fue adoptado por el parlamento en 1938. Bajo
este plan, el gobierno propone proveer:

I. – Un sistema general que comprende:1) Un servicio de consulta


médica general, gratuito para todos los miembros de la comunidad
que requieran atención; 2) Tratamiento gratis en hospitales y
sanatorios para todos; 3) Tratamientos y cuidados gratuitos en
hospitales psiquiátricos; 4) Medicamentos gratis; 5) Atención gratuita
en maternidades, incluyendo mantención de un hogar maternal.

II. – Cuando la organización y el financiamiento lo permitan, se


ofrecerán los siguientes servicios adicionales: 1) Anestesia; 2)
Laboratorio y radiología; 3) Consultas de especialistas; 4) Masaje y
kinesiterapia; 5) Transporte a y desde el hospital; 6) Atención dental;
y 7) Atención oftalmológica.

III. – Servicio gratuito de enfermería y ayuda doméstica en el hogar,


cuando se hayan entrenado los equipos necesarios.


Publicado en The Journal of Asociation of Medical Students, abril, 1939, p.116-118.
IV. – Para complementar las proposiciones anteriores, el gobierno
proyecta una extensa campaña educativa para la promoción de la
salud y la prevención de las enfermedades.

Se propone, además, cubrir los riesgos de invalidez, viudez y orfandad;


subsidios de enfermedad e incapacidad; alimentación para los desocupados;
ayuda a la familia desde el tercer hijo; pensión y retiro para los trabajadores
que sufren la “tisis del minero” y para veteranos de guerra; pensión de vejez
para todos, pobres y ricos, desde los 60 años de edad.

El plan se financiará con ingresos de tres fuentes: a)una contribución de seguro


social de un chelín por libra esterlina de salario y otros ingresos de todas las
personas (equivale a 8,5%); b)mantención del impuesto actual de una libra al
año para los hombres mayores de 20 años; c)aporte del Fondo Consolidado.

Nunca antes, fuera de la Unión Soviética, un país había concebido un esquema


tan amplio de seguridad social para la población entera. Su precio no es tan
alto, pensando en los muchos beneficios y en los riesgos que cubre. De acuerdo
con el director de Salud Pública, el médico general recibirá un “per cápita” de
15 chelines por cada individuo registrado en su lista, se estima un ingreso
término medio de 1.500 libras o 6000 dólares, más una compensación adicional
por movilización, atención de partos, anestesias y servicios similares. La
consulta de especialistas será remunerada conforme a una tarifa acordada en
conjunto. La práctica privada no será abolida, pero el director de salud piensa
que desaparecerá automáticamente. El gobierno intenta colocar el mayor
énfasis en la prevención de la enfermedad y realizar una vigoroza campaña para
instruir al público en materia de salud y profilaxis. Ya se ha creado un consejo
de investigación médica para promover y realizar estudios en relación con estas
materias.

Chile.

Tiene una población de 5 millones de habitantes, de los cuales sólo 120.000


son indios, una situación totalmente distinta de México. La parte norte del país
es minera con ricos depósitos de salitre y cobre. La zona central es básicamente
agrícola, mientras el sur, muy poco poblado, está cubierto de bosques.
Potencialmente es un país rico, con buenas posibilidades de desarrollo. Como la
mayoría de las repúblicas sudamericanas, tiene una economía semicolonial;
sus industrias fueron desarrolladas por el capital extranjero, de modo que las
utilidades salieron del país y la población siguió siendo pobre. Chile es una de
las repúblicas más progresistas y democráticas del continente. Desde 1853 se
desarrollaron asociaciones gremiales y en 1938 el Frente Popular llegó al
gobierno, agrupando todos los elementos avanzados. Desde 1924 se ha
desarrollado una legislación social que regula los contratos y horarios de
trabajo, los salarios, el trabajo de la mujer y el niño, arbitrajes, la organización
sindical, etc. El 8 de septiembre de ese año, se aprobó una ley introduciendo el
seguro de enfermedad e invalidez. La legislación sobre salud se extendió en los
años siguientes, de modo que Chile posee hoy una de las legislaciones sobre
seguridad social más completas y progresistas del mundo.
El Seguro Social es obligatorio para toda persona bajo 65 años, cuyo ingreso
sea menor de $12.000 al año y cuyo trabajo sea más físico que intelectual. Esto
engloba a la gran mayoría de la población, sobre todo porque en la agricultura
la gran mayoría son obreros. Personas que ganan más de $12.000 pueden
ingresar al Seguro Social, siempre que sean chilenos, menores de 45 años y
pasen un examen de salud realizado por un médico del seguro. El seguro se
financia con el 5% de los salarios aportados por el empleador, el 2% por el
obrero y el 1.5% por el Estado. Las personas que se aseguran voluntariamente
o que trabajan en forma independiente deben poner del 4,5 al 5,5% de sus
ingresos, según su actividad, aportando el Estado una cantidad igual.

El Fondo del Seguro Social es una corporación autónoma administrada por un


Consejo que representantes de todos los grupos afectados – el Gobierno,
empleadores, trabajadores y médicos-, presidido por el Ministro de Salud. Un
departamento técnico es responsable exclusivo del trabajo médico y tiene
sectores especiales de madre y niño, farmacia, tuberculosis, venéreas,
dentística, medicina industrial y otras. Los beneficios incluyen atención médica
completa, subsidio de enfermedad,, maternidad e incapacidad, pensiones de
vejez. Los enfermos son hospitalizados en establecimientos y sanatorios del
Estado, pagando el Seguro una tarifa convenida.

Al comienzo, los médicos eran pagados por servicio prestado; pero, en Chile
como en todas partes, este sistema se demostró insatisfactorio, originando
muchos abusos y burocracia. Entonces el Seguro empezó a organizar y
construir sus propias instituciones (consultorios), contratando médicos
remunerados con un salario para servir a tiempo completo o parcial. Hoy día, la
gran mayoría de los médicos está al servicio del Gobierno o del Seguro Social.
Este controla no menos de 598 instituciones médicas, a saber 141 consultorios,
324 centros rurales, 99 postas, 25 profilactorios antivenéreos, 6 dispensarios
antituberculosos y 3 sanatorios nocturnos. Un pediatra está disponible por
cada 500 niños y un ginecólogo-obstreta por cada 500 mujeres. Una vigorosa
campaña de salud se realiza en todo el país, alcanzando a remotas aldeas. El
presupuesto del Fondo crece constantemente, a parejas con el aumento de
salarios y de la demanda de servicios, de 96 millones en 1934-35 a 189
millones en 1938-39.

El capital acumulado por el Fondo ha sido invertido en empresas que refuerzan


los propósitos, empezando por una Central de Leche que abastece con leche
pasteurizada a la ciudad de Santiago; y una industria farmacéutica, el
Laboratorio Chile, que produce los medicamentos requeridos por la institución.

En mayo de 1938, se ha aprobado una nueva ley, muy progresista No. 6.174,
para reforzar la medicina preventiva. Dispone el examen periódico, al menos
una vez al año pero más a menudo si es necesario, de todos los obreros y
empleados afectos a las leyes de Seguridad Social. Su principal propósito es el
diagnóstico precoz y el tratamiento temprano de la tuberculosis, de la sífilis y
las enfermedades cardíacas y ocupacionales, con énfasis en las formas
recuperables. El examen “de medicina preventiva” incluye un test serológico y
de Rayos X, completado en los casos necesarios con la historia clínica y social,
y una información sobre las condiciones de trabajo de la persona examinada.

Si en el examen, se encuentra que el individuo no está enfermo, pero que está


en camino de serlo y que necesita reposo, el médico le otorga –como medida
preventiva- sea descanso completo o media jornada de trabajo; en ambos casos,
la pérdida de salario es compensada pro los fondos previstos por la ley 1% de
los salarios y sueldos.

Además, el Gobierno ha propuesto un plan habitacional a largo plazo y un


programa para reducir el costo de la vida. El terremoto que ha puesto a prueba
tan severamente al país y requerirá grandes recursos para la reconstrucción,
constituye un serio tropiezo; pero el Gobierno, muy sabiamente, intenta su
programa de reconstrucción con el plan de mejoría social.

Es vergonzoso ver que la derecha reaccionaria esté utilizando la catástrofe


nacional para obstruir esos programas sociales. Si el Frente Popular tiene éxito
y permanece en el poder, no hay duda que Chile será un ejemplo para todo el
continente americano. Se por mis amigos chilenos, que el pueblo está
determinado a defender sus conquistas sociales y que no se rendirá ante la
presión del fascismo internacional.

En el futuro, al estudiar los problemas y avances de la medicina social, no


miraremos solamente a Europa. En nuestro propio continente, y en otras partes
del mundo, se están realizando experimentos de gran significación, que nos
habrán de enseñar mucho.
XVIII – LOS ESTUDIANTES DE MEDICINA Y LOS
PROBLEMAS SOCIALES QUE CONFRONTA LA MEDICINA
HOY∗

Es un placer hablar con ustedes, jóvenes compañeros estudiantes. Me siento


como uno de vosotros. He sido un estudiante toda mi vida, ansioso de aprender.
Tal vez he visto más que muchos de ustedes y he tenido la buena suerte de vivir
y trabajar en varios países. Pero sé que debo aprender mucho más aún.

El hecho novedoso de reunirnos cerca de trescientos estudiantes de medicina y


algunos profesores de quince escuelas médicas, para discutir aspectos sociales
de la medicina, evidencia que todos sentimos un cambio en nuestro mundo.
Esta charla habría sido inconcebible en Norteamérica hace 20 años; no se les
habría ocurrido a los estudiantes de entonces que existieran problemas sociales
dignos de discutir. No quiere decir que no hubiera tales problemas en ese
tiempo; de ningún modo: pero la profesión médica se sentía segura. El médico
tenía un lugar definido en la sociedad y respondía al llamado de su profesión,
cierto de obtener un ingreso satisfactorio; las cosas han cambiado.

El tiempo marcha inexorablemente. No hay camino atrás. No hay sino un


camino para avanzar, el camino que nos lleva al futuro. Es inútil, puro
romanticismo, clamar por los buenos tiempos idos. Y además ¿cuán buenos
eran aquellos días de cruel competencia, cuando los más fuertes aplastaban a
los débiles sin misericordia, cuando danzábamos sobre un volcán?

Una nueva Medicina para una nueva Sociedad.

¿Qué ha cambiado? Para decirlo brevemente, en el mundo occidental se ha


desarrollado una nueva sociedad, altamente industrializada y especializada. Al
mismo tiempo, ha emergido una nueva ciencia médica, también altamente
técnica y especializada. Las ciencias naturales y la tecnología son las fuerzas
revolucionarias que transformaron a la sociedad y a la medicina. Fue un
proceso lento y gradual; pero ya ha llegado el día en que debemos darnos por
enterados. Frente a esa nueva situación, ¿qué vamos a hacer? Se intenta, por
todos los medios disponibles, preservar las viejas formas de servicio médico,
que estaban adaptadas a una sociedad y a una ciencia médica que ya no
existen. De aquí el desasosiego en nuestro mundo médico profesional.

Se habla mucho de ética médica y ustedes oirán a menudo que ser ético para
un doctor es ser conservador, viviendo en conformidad con las viejas
tradiciones de la medicina, basadas en el juramento hipocrático. Nada es más
erróneo. Es verdad que hay ciertos valores inmanentes en la profesión, que la
relación básica entre médico y enfermo ha sido siempre la misma; pero no hay
duda de que la ética médica ha cambiado profundamente; ella descansa en un
ideal médico definido, que no es fijado por los médicos sino por la sociedad que


Publicado en “The Bulletin of the Institute of History of Medicine”,4:411-422,may, 1936.
ellos sirven. Es obvio que si la sociedad se modifica, este ideal cambia y es muy
distinto si el médico funciona como un artesano, un sacerdote o un científico.

En la medicina, como en otros campos, se ha planteado un conflicto entre la


nueva realidad y la vieja forma. ¿Cuál será nuestra actitud? ¿Pararnos a un
lado dejando que las cosas ocurran y lamentándonos si nos disgustan los
cambios, o tomaremos una parte activa en la evolución que viene? Si queremos
hacer esto último, debemos ser capaces de analizar la situación; debemos tener
una conciencia histórica y formarnos una perspectiva amplia de las cosas.

Dentro de esta nueva realidad, empieza a cristalizar la noción de que todos los
habitantes de un país, cualquiera sea su raza, estado social y cuantía de salario,
tienen derecho a la mejor atención médica que el país pueda ofrecer. Ya se
reconoce que la salud del pueblo es esencial para el bienestar de la nación. No
obstante, los costos de producción han subido tanto, que los servicios médicos
se han hecho demasiado caros para que todos puedan aprovecharlos, dentro de
nuestro actual sistema de libre competencia. Que este sistema no podía operar
integralmente, es algo reconocido hace tiempo; y en todos los países
occidentales se observó una tendencia creciente del Estado a ejercer acciones
médicas. Muchas de tales funciones han llegado a ser parte de la
administración de un Estado moderno; en numerosos países, se le exige
reforzar el seguro de salud y no cabe dudas de que en todo el mundo crece la
tendencia a su intervención en estas materias. Es una tendencia justificada por
el éxito: nadie puede negar que los riesgos de morir y enfermar han sido
tremendamente reducidos, en parte gracias al trabajo médico organizado que se
realiza en las instituciones del estado.

El principio de los servicios médicos basados en la libre competencia ha sido


también sobrepasado por los organismos de caridad, que tienen enfermos
indigentes. Pero la caridad es una institución poco digna de confianza, porque
cuando los fondos son más necesarios, en tiempos de depresión económica, es
cuando están menos disponibles.

Y es así como, a pesar de todos los esfuerzos, sigue en pie el hecho de que
muchas personas en nuestra sociedad no reciben atención médica adecuada.
En verdad, la ciencia médica puede dar hoy infinitamente más de lo que la
gente recibe. Existen todavía miles de personas que mueren prematuramente,
cuyas vidas habrían podido ser prolongadas si el médico hubiera tenido la
oportunidad de intervenir a tiempo. Todavía tenemos enormes reservas de
conocimientos médicos que no se aplican en totalidad, a causa de factores
religiosos, sociales y económicos. Y no se crea que este desajuste es resultado
de la crisis económica actual. En el tope de la prosperidad de 1928, el Comité
de Costos de Atención Médica fue encargado de investigar por qué en un país
con el más alto estándar material alcanzado en el mundo, las condiciones eran
tales que muchos enfermos no recibían atención adecuada.

Esta es la situación que estamos afrontando ahora. Repito: existe un conflicto


entre una nueva realidad y una vieja forma de práctica. No es suficiente
interpretar el mundo; hay que cambiarlo para mejorarlo. Si las condiciones
médicas no son satisfactorias, ellas deben ser modificadas, en beneficio de la
salud del pueblo. Esta es la tarea de la generación joven. A ustedes no les
conviene permanecer al margen. No sólo está en peligro vuestro futuro personal
sino el bienestar de la sociedad que ustedes están sirviendo. Tendrán que tomar
parte activa en el cambio. No pueden esperar que los médicos viejos, los jefes de
las organizaciones profesionales, resuelvan todos los problemas. Son colegas
destacados que han realizado un espléndido trabajo en variados campos; pero
pertenecen a otra generación y si el antiguo sistema ha funcionado muy bien
para ellos, eso no significa que funcionará para ustedes ahora. Ellos alcanzaron
una alta posición entregando sus vidas a la profesión y, en su mayoría, no
tuvieron naturalmente tiempo para estudios de historia, sociología o economía.
Sin embargo, el problema que debemos resolver hoy no es principalmente
médico sino antes que nada social.

Vacíos en la formación del estudiante.

Cualquiera sea le futuro, la vida de vuestra generación no será fácil. Tenemos


que aceptarlo como un hecho; y después de todo, “pasarlo bien” es el ideal de
un animal pero no un ideal humano. Lo que cuenta en la vida es ser capaz de
realizar un trabajo creador, de entregar parte de uno mismo para mejorar el
mundo. Y esto es ahora más fácil que nunca, cuando todo está en proceso de
transformación. Puede objetarse que ustedes no tienen experiencia todavía y
esto es verdad; pero lo que ahora se necesita es mucho entusiasmo, coraje y
una voluntad de hierro, decididos a crear un mundo mejor.

Estoy anticipando vuestra pregunta, ¿qué haremos? Mi respuesta es: estudiar


historia, economía, política, sociología. Ya se que vuestro tiempo es limitado y
que el currículum médico es muy absorbente. Con todo, si quieren vivir y
actuar de modo consciente e inteligente, necesitan conocimientos de las
ciencias sociales. La idea no es convertirse en expertos en el tema, sino
aprender lo necesario para entender el mundo en que viven. Sin nociones de
historia, ni siquiera serán capaces de leer los diarios inteligentemente. Ella nos
enseña donde estamos hoy y qué tareas nos han sido asignadas. Y así como la
historia política nos orienta en el ámbito del mundo, la historia de la medicina
nos ayuda a entender nuestra situación médica. No se estudia y enseña historia
de la medicina para agobiarles con nombres y con fechas, sino para permitirles
mirar la medicina y vuestra práctica, como desde un planeta distante. El
historiador de la medicina se empeña en cambiar tendencias inconcientes en
concientes, de modo que podamos enfrentarlas y discutirlas abiertamente.

En su forma actual, la medicina es un servicio vendido por el médico y


comprado por el enfermo. Tiene, pues, un definido aspecto económico y debe
encajar dentro de un sistema económico. ¿Cómo podemos discutir cualquiera
de estos hechos, si no conocemos elementos de economía política, los
mecanismos de producción, qué son los salarios y qué es lo que determina la
riqueza y la pobreza de una sociedad? Sin economía política no es posible
comprender la historia, sea general o médica. Finalmente, tampoco es posible
desinteresarse de la sociología. El médico está sirviendo a la sociedad, tiene que
adaptarse a una estructura social dada; tiene que ver enfermos venidos de
todos los estratos sociales; y a menudo, debe tratar enfermedades que son
debidas a influencias ambientales. La mayoría de nuestros pacientes viven en
condiciones distintas y mucho peores que las nuestras. En mis seminarios,
pregunto siempre a los estudiantes si conocen la atmósfera de trabajo de una
mina o de una fundición. Muy pocos lo han hecho y sin embargo, es esencial
para el médico conocer bien las condiciones de vida y de trabajo de nuestros
pacientes, y los mecanismos responsables de tanta miseria y enfermedad.

Todas las escuelas médicas exigen a los estudiantes que postulan a su ingreso,
un entrenamiento mínimo definido en ciencias, que deben adquirir durante sus
años en el colegio; pero no les requieren ciencias sociales y, sin embargo, no
que los estudiantes de medicina deberían tener también, alguna formación en
esas ciencias. No olvidemos que la medicina, después de todo, es una ciencia
social, ya que la tarea del médico es mantener a su prójimo socialmente
adaptado, y readaptarlo según sea el caso.

No se puede cambiar al mundo mirando en el microscopio o con el tubo de


ensayo. La ciencia por la ciencia es aceptable en periodos de estabilidad. Y aún
así, nuestras dificultades de hoy se deben en parte a que nuestros antecesores
del último siglo orientaron todos sus esfuerzos al trabajo de laboratorio,
desdeñando el aspecto social de la medicina. En tiempos como los nuestros,
también el microscopio y el tubo de ensayo son armas poderosas. Necesitamos
de la ciencia, hoy más que nunca; varios países europeos han demostrado lo
que pasa cuando la ciencia y la razón son despreciados y cuando un Estado se
apoya en un ideal vago y místico. Necesitamos ciencia; pero mucho más
necesitamos aprender cómo usarla para enfrentar los problemas de la
humanidad. Y aquí, de nuevo, la historia ofrece una gran lección.

Los médicos son considerados líderes en la evolución social. Tal vez ellos están
mejor calificados que cualquier otro profesional para asumir una dirección
activa. Son científicos que aplican su ciencia a un propósito social y altamente
humanitario, en contacto estrecho con todas las clases de la sociedad. Pronto
ustedes serán médicos y, también, serán considerados miembros de la
inteligencia de la clase educada. Pero ¿están educados? Ciertamente que sí, en
cuanto a medicina se refiere, donde han recibido lo mejor que la educación
médica puede dar hoy. Sin embargo, ustedes admitirán que, políticamente, la
mayoría de los estudiantes de medicina de este país, son perfectos niños, a
pesar de tener el privilegio de influenciar con sus votos los destinos del país, en
cuanto ciudadanos responsables de una democracia. Para mí que vengo del
extranjero fue un choque ver que en este país mucha gente educada vota
emocionalmente o por tradición familiar, sin mayor estudio de los problemas.
Esta es una actitud peligrosa. Recuerdo que una vez en Alemania, preguntaron
a un colega en mi presencia si era nazi o socialista; y su respuesta fue “yo soy
un físico”. Todavía sigue siendo un físico, pero ahora le dicen lo que tiene que
pensar. No podemos propiciar la indiferencia política. Política es todo en la vida
y también en el campo médico. El que la medicina tenga éxito o fracase y el que
las ciencias prosperen o se debiliten, en último término dependen de la política.
Estamos luchando para mejorar la salud del pueblo y tenemos conocimientos
reales y efectivos para prevenir y curar gran número de enfermedades y para
salvar a muchas personas de una muerte prematura. Pero la aplicación integral
de nuestros conocimientos depende mucho más del estadista que de nosotros.
Sabemos muy bien, por ejemplo, la tremenda importancia que tiene el problema
habitacional para la salud; pero todo lo que podemos hacer los médicos es
señalar el hecho. La solución efectiva es política.

Qué hacer en la práctica.

Los jóvenes deben ser críticos, dudar de las autoridades y formular juicios
propios. Ustedes están preparados para hacerlo en el campo de la ciencia; pero
tan pronto como un cientista abandona su propio dominio, a menudo es tan
incapaz de crítica como el miembro de una tribu salvaje. Es tan cómodo
incorporarse a una iglesia, sea esta religiosa, política o científica; todos los
juicios y conceptos están formulados y uno recibe la respuesta lista, apropiada
para cada problema, y sólo tiene que repetir consignas. No quiero decir que no
deban incorporarse a ningún grupo. Muy por el contrario; el individuo aislado
es impotente y sólo la acción de grupo tiene peso; pero no lo hagan antes de
haber formulado sus propios juicios.

¿Cómo pueden los estudiantes de medicina adquirir conocimientos en historia,


economía política y sociología? Es obvio que los cursos pueden ayudar mucho y
los estamos dando en Johns Hopkins, con una respuesta estudiantil
demostrativa de que obedecen a una necesidad real. Hace años, inicie un curso
de sociología, que trazaba la evolución de la sociedad y de la profesión médica,
y de sus interrelaciones, a través de las edades, y que servía de base para
comprender los ensayos de organización médica hechos en otros países y la
situación en Norteamérica. Vale la pena enunciar los temas que incluía dicho
curso:
1. Evaluación de la posición del enfermo y del médico en la sociedad. La
enfermedad como un castigo en la sociedad semítica; como una
degradación del hombre entre los griegos; posición privilegiada del
enfermo desde comienzos de la era cristiana; la salud como un deber y
un derecho en la actualidad. El médico, sacerdote y brujo en las culturas
primitivas; artesano en la antigua Grecia; clérigo en la Edad Media
primitiva; un doctor en los tiempos modernos.
2. Servicios Médicos en las sociedades de la antigüedad.
3. La Edad Media. Cómo estaba organizada la medicina en los Estados
feudales. La medicina y los gremios. Las Universidades. La iglesia y la
medicina.
4. El ascenso del capitalismo; la medicina desde el Renacimiento hasta el
siglo XVIII.
5. La Revolución Industrial: efectos sobre la salud y la atención médica.
6. Cambios ocurridos en Alemania. Medicina socializada en el ducado de
Nassau, de 1818 a 1861. La Reforma de 1848. Historia del Seguro Social
de 1881 a 1933.
7. Filosofía política y medicina: a) Liberalismo: organización médica y
tendencias en Inglaterra, Francia y países Escandinavos.
8. Idem. b) Fascismo: organización médica y tendencias en Italia y Alemania.
9. Idem. c) Socialismo: la protección de la salud en la Unión Soviética.
10. La situación en Norteamérica: a) Información y tendencias; análisis de
los informes del Comité de Costos sobre Atención Médica.
11. Idem. b) Discusión de diversas experiencias actuales de organización
médica.
12. Conclusiones y perspectivas.

La mayoría de las escuelas médicas están empezando a reconocer la necesidad


de impartir alguna instrucción a lo largo de estas líneas; y en muchas de ellas
se dictan cursos sobre los aspectos económicos y sociales de la medicina. Pero
en general, se trata de una actividad aislada y más bien fortuita. En su mayoría,
las escuelas aún no comprenden que están llamadas a asumir liderazgo
también en este campo. Sus programas de investigación deben incluir la forma
y los medios de aplicar los conocimientos disponibles y no limitarse a
enriquecer lo que sabemos sobre las enfermedades, su curación y prevención.
En otras palabras, deben extender la investigación a la sociología de la
medicina. Con sus equipos altamente especializados y sus vastas facilidades
hospitalarias, las escuelas tienen oportunidad para experimentar sobre bases
muy amplias. Millones de dólares se gastan en investigaciones de laboratorio,
pero difícilmente se consigue dinero para estudiar, como podemos aplicar los
resultados de esas investigaciones, procurando el máximo beneficio a la
población. Departamentos o divisiones especiales, en los cuales médicos
puedan estudiar las implicaciones sociales de la medicina, mano a mano con
economistas, sociólogos y trabajadores sociales, serían los sitios ideales donde
educar a una generación de médicos con la debida orientación social.

Sin duda, los cursos son muy útiles, pero no bastan. Su propósito es inspirar,
estimular, desafiar al estudiante, mostrarle cuáles son los problemas y el
verdadero trabajo que debe hacer. Sé que vuestro tiempo es limitado; pero les
recomiendo invertir todas las horas posibles en estudiar y tratar de mantener
contacto con el mundo exterior a la escuela médica. Lean diarios de todas las
tendencias, para formarse una opinión propia. Lean revistas políticas, de las
cual hay tantas y excelentes en este país. Lean libros, no sólo de medicina; hay
más psicología en las novelas de Proust, Thomas Wolfe y otros, que en muchos
textos. Los clásicos son mina de sabiduría que debiera estar siempre a vuestro
alcance. Y donde quiera que vayan, mantengan sus ojos abiertos, observen y
reflexionen sobre lo que vean. Observación y razonamiento correcto son las
llaves de medicina; pero debemos usarlos también en todos los campos de la
actividad humana.

Sugiero, además, formar grupos de discusión. No hay nada más estimulante


que una discusión franca con compañeros estudiantes. Hace un año, los
alumnos de nuestra escuela organizaron espontáneamente un foro de
problemas sociales, dos tardes por mes, que ha sido un éxito con asistencia
promedio superior al centenar de estudiantes. Estos son algunos de los temas
discutidos el año recién pasado: los estudiantes de medicina en el mundo
moderno, la esterilización como un problema social, el fascismo, la medicina y
sus relaciones con la seguridad social, medicina preventiva en evolución, la
protección de la salud en la Unión Soviética, aspectos sociales del control de la
sífilis, ¿debería la vivienda ser un servicio público? Genética, esterilización y
orden social; ciencia, medicina y la vida corriente.
Si los estudiantes de medicina de este país están dispuestos a estudiar la
evolución social de la medicina, tendrán derecho justificado a opinar e influir en
las discusiones que se agitan en torno a los ajustes necesarios. La voz
individual se pierde; pero correctamente organizados, la joven generación
médica podría tener una enorme influencia. Después de todo se trata de su
propio futuro.

Cualquiera que sea vuestra posición, los invito a hacer el esfuerzo requerido
para entender los fundamentos de nuestra sociedad y para analizar sus rumbos
y tendencias. Recuerden que nunca podrán oponerse o combatir con éxito esos
rumbos, porque están más allá de vuestro control, porque son el resultado
inexorable de las bases mismas de las sociedad. Pero si los reconocen
claramente y están decididos a colaborar, a combatir si es preciso, entonces
serán capaces de acelerar el desarrollo y de crear un mundo mucho mejor.
XIX – EDUCACION UNIVERSITARIA∗

Deseo manifestar mi profunda gratitud por el honor que me ha conferido


vuestra Universidad, y que importa, al mismo tiempo, una expresión de vuestro
aprecio hacia el campo de investigación al que he dedicado mi vida. Y como no
es usual que un médico estudie la historia y la sociología de la medicina,
permitidme explicar cómo llegué a interesarme en el tema y rendir tributo a la
memoria de algunos grandes maestros. Si he podio hacer alguna contribución
en mi campo, por modesta que sea, ello es debido al trabajo duro, sin el cual
nada puede lograrse, pero también en muy amplio grado a la inspiración
recibida de notables profesores.

Mi primer recuerdo, a los 10 años de edad, es una escuela privada fundada en


Zurich por Fritz von Beust, hijo de un revolucionario alemán asilado después de
1848, ateo y socialista convencido, pero por encima de todo un científico. El
espíritu más liberal perneaba la escuela y la ciencia dominaba el currículum.
Un reloj de sol construido en el jardín y observado a través de las estaciones;
figuras, cuerpos geométricos y mapas hechos en relieve por nuestras manos;
excursiones y herbarios donde aprendimos a examinar la estructura de las
plantas y a diagnosticar su familia, me abrieron el reino de la naturaleza,
despertando -como en muchos otros alumnos-, un profundo interés en la
ciencia, que sólo vine a apreciar más tarde.

Los seis años siguientes en el “Gymnasium” de Zurich nos enseñaron a leer y


aún hablar fluidamente latín y griego, más alguna lengua moderna, bien
combinadas con estudios científicos. La gran influencia de ese periodo fue Otto
Markwart, un historiador apasionado, gran humanista discípulo de
Burckhardt, que electrizaba a sus alumnos. De él aprendí que la historia no es
un tema sino una fuerza viva que determina nuestras vidas. Su amplio enfoque
abarcaba todos los aspectos de la civilización. La atmósfera tradicional de gran
liberalismo del Gymnasium nos enseñó a organizar nuestro trabajo y provocó la
curiosidad intelectual, al punto que pasamos noches enteras discutiendo a
Platón, Darwin, Kant, Haeckel o Marx.

En esos años me interese en los estudios orientales y empecé a aprender árabe,


hebreo y un poco de sánscrito. Como la universidad de Zurich no era muy
fuerte en la materia, pase un año en Londres, aprendiendo mucho también de
India y China, como único estudiante del curso sobre Oriente. Rechazando el
consejo de los profesores de especializarme en alguna área del Oriente y
convencido por fin del error juvenil de querer abarcarlo todo, volví a los cursos
de ciencia ofrecidos en Zurich tanto a estudiantes generales como de medicina.
El gran maestro de ese año fue Arnold Lang, profesor de Zoología y Anatomía
Comparada, de quien aprendí como enseñar, como presentaba su tema, como
desarrollaba sus conferencias y como organiza sus cursos. Terminaba su curso
disculpándose por haber cubierto tan poca materia, pero diciendo que si le


Extractos de un discurso en Johannesburgh, Sud Africa, el 15 de noviembre de 1939, al recibir el grado de
Doctor Honoris causa en literature conferido por la Un iversidad de Witwatersrand.
habíamos seguido con atención, podríamos consultar y leer inteligentemente.
En verdad, trataba sólo unos pocos tópicos con gran detalle, presentando la
historia del problema y discutiendo los principios generales pertinentes, a la vez
que recreando bajo nuestros ojos un gusano o un pez en su evolución y
estructura. Uno no podía olvidar el largo proceso: se nos había permitido echar
una ojeada al taller de la naturaleza.

De nuevo surge la pesadilla de la especialización, dudando entre química,


zoología o botánica. Medicina pareció por fin más amplia y nunca lo he
lamentado. Sin duda es uno de los temas académicos más fascinantes, en la
medida en que lleva al estudiante a través de las cumbres y abismos de la vida
humana. De mis seis años en medicina, incluyendo uno en Munich, sobresalen
dos grandes maestros.

Friedrich von Müller, profesor de Clínica Médica en Munich, era un gran


médico y cientista, con una vasta cultura. Cada mañana examinaba y discutía
un caso típico con cuatro estudiantes mientras los demás, cientos de alumnos
disputándose asientos, observaban sin respirar. No se cansaba de decir que la
medicina no es difícil, siempre que se tenga una buena base, “que se conozca
bien la estructura del cuerpo, su función y de los mecanismos con que cuenta
el organismo para reaccionar contra las lesiones. El resto se reduce a la
observación y al razonamiento correctos”. Y esto es lo primero que aprendimos
de él: observar los fenómenos y razonar correctamente. Tan impresionante era
su enseñanza que aún recuerdo cada caso presentado y hasta la cara de
algunos pacientes.

Sauerbruch, profesor de Cirugía, joven, entusiasta y temperamental, era el tipo


intuitivo de gran imaginación y originalidad en sus investigaciones como en su
cirugía. Su clínica era espectacular y estimulante. Nos enseñó inmensamente
más que la cirugía: nos enseñó a pensar, a pensar en términos biológicos. Cada
conferencia era una obra maestra, bien redondeada, llena de ideas originales y
rica de inspiración. No es por accidente que Sauerbruch, como Müller y todos
los grandes maestros que tuve, estaba profundamente interesado en la historia
de la medicina y jamás perdía la oportunidad de hacer alcances históricos. Los
hombres que hacen historia han estado siempre conscientes de los procesos o
desarrollo en que estaban participando. Las enseñanzas de Sauerbruch
tuvieron profunda influencia en mi formación.

Sin perjuicio de mi gran entusiasmo en medicina, seguí interesado en los


estudios humanísticos, asistiendo a menudo a diversos cursos en el mismo
campus de Zurich y aun faltando a clases, para asistir a museos, teatros y
conciertos. Durante la estadía en Munich, accidentalmente tuve ocasión de
estar varias semanas en Venecia, olvidado de la medicina, en un mundo de arte
e historia. Y allí en la plaza de San Marcos, añorando el hospital, por primera
vez se me ocurrió que la historia de la medicina y de la ciencia podría constituir
un campo que combinara la satisfacción de mis variados intereses. Volví al
hospital a la mañana siguiente; y en las tardes comencé a estudiar la revista
“ISIS” recién inaugurada por George Sarton y las publicaciones de Karl Sudhoff,
formulando planes para preparar un trabajo sobre historia de las oxidaciones.
Así empecé el camino de esta especialidad.
Debo recordar una escuela que probablemente me enseñó tanto como la
Universidad, aunque no lo apreciara entonces; es el Cuerpo Médico del Ejército
Suizo donde debí servir dos años. Aprendí mucho médicamente atendiendo
tropas y civiles en condiciones difíciles, tanto cirugía como salud pública, que
despertó mi mayor interés. Pero también me puso en estrecho contacto con las
clases trabajadoras, cuyos problemas sociales había mirado hasta ahora
teóricamente o del ángulo sanitario. Los soldados anónimos fueron mis
maestros, fueran de origen campesino en los regimientos de caballería o
metalúrgicos en los de artillería. Me abrieron los ojos, en muchos problemas,
haciéndome comprender cuán poco sabía del mundo y mostrándome un campo
de actividad y de investigación tan importante tanto para el historiador como
para el médico. Tenían confianza en mí y discutían sus problemas y la guerra
de modo más racional y convincente que en el casino de oficiales. Suiza era un
lugar ideal para observar lo que pasaba en los países vecinos y obtener
información de todos lados, más cerca de la verdad que bajo el peso de la
propaganda unilateral. El carácter imperialista de la guerra se hacia pronto
manifiesto y no era difícil comprender el verdadero significado de la Revolución
Rusa.

Terminada la guerra, ya estaba clara mi decisión de estudiar historia médica,


sin vacilar ante la opinión de antiguos maestros, que juzgaban esta
especialidad como “una grata entretención para médicos jubilados, pero no una
carrera”. Y esta vez yo tenía la razón. Era claro para mí que la historia general
por fuerza seguiría siendo fragmentaria y llevaría a interpretaciones erradas,
mientras no incluyera la historia de la ciencia. Ya entonces sentí, aunque
vagamente, que la historia de la medicina estudiada en su sentido más amplio,
podía convertirse en un método capaz de contribuir a la contribución de
urgentes problemas médico-sociales.

Para completar mi formación en el nuevo campo, tuve la fortuna de empezar mi


carrera en el Instituto de Historia de la Medicina de Leipzig, donde Karl Sudhoff
fue más que un maestro, un padre que me proporcionó infinidad de materiales
y me prestó toda la ayuda y apoyo posibles. Trabajador infatigable –llegó a
publicar 40 ensayos en un año, sobre todo textos medievales-, de una
personalidad avasalladora, ejercía su tremenda influencia no a través de la
enseñanza, sino mediante sus escritos y contactos personales. El Instituto
fundado en 1905, para su hechura y su persona; tenía numerosos alumnos que
publicaban los textos en que él estaba interesado y los historiadores médicos de
todo el mundo acudían a consultarlo y a utilizar los recursos del Instituto.
Como su alumno y luego, su sucesor en la dirección del Instituto, mantuve por
largos años el contacto más íntimo y una verdadera devoción por Sudhoff. Con
profunda pena, nuestra relación cesó gradualmente, cuando ingresó al Partido
Nacional Socialista. Nunca pude entender completamente cómo un liberal y
racionalista de toda su vida, pudo convertirse en Nazi a los 80 años de edad.

Director del Instituto de Leipzig de 1925 a 1932, comprendí que no debía imitar
a mi antecesor, sino mantener el alto estándar desarrollando líneas propias de
trabajo. Sudhoff estaba primariamente interesado en el aspecto filológico de la
historia médica, en los textos y documentos que publicó por centenares. Yo me
había inclinado gradualmente al enfoque sociológico de la historia y a la
sociología de la medicina. Veía claro que la aplicación de nuestros
conocimientos médicos a la sociedad era dificultada por una variedad de
factores económicos, políticos, religiosos y filosóficos, que debían ser
investigados si habíamos de progresar. Sin descuidar los estudios filológicos,
me empeñé en impulsar la línea sociológica. Mi libro de aquellos años “Man and
Medicine” refleja esta actitud.

No puedo pretender que William H. Welch fue uno de mis maestros, aunque
aprendí mucho de él, como todos los que tuvieron la fortuna de trabajar cerca
de quien ha hecho más que nadie a favor del desarrollo de la medicina científica
en Estados Unidos. Ojalá hubiera aprendido más de él, sobre todo su manera
persuasiva, sin agresividad, de lograr un fin por medios diplomáticos. Pero los
temperamentos son diferentes. De nuevo fue mi privilegio suceder a un gran
hombre en la dirección del Instituto de Historia de la Medicina de la
Universidad de Johns Hopkins, una de las mayores del mundo y famosa por su
espíritu liberal y erudito. Lo que me ha atraído particularmente en ese país es
el dinamismo norteamericano y su audaz espíritu experimental, tan
profundamente diverso de la autosatisfacción y el sentimiento fosilizado de
superioridad tan corriente en Europa. La decisión de abandonar Alemania no
fue difícil en 1932, cuando todo iba de mal en peor y los días de libertad
académica estaban contados.

Señoras y señores: Pido excusas por esta larga historia personal en una
conferencia dedicada al tema de la educación universitaria. Pero en vez de una
discusión teórica, he preferido dar una demostración práctica, evocando la
figura de algunos grandes maestros académicos y discutiendo los factores que
contribuyen al éxito de la educación universitaria. Quisiera agregar unas pocas
observaciones.

Métodos de enseñanza y aprendizaje.

Sería difícil seguir una carrera como la que he descrito, en Sudáfrica o en


Norteamérica. Nuestros estudiantes están tan bien protegidos y se les aconseja
y guía tan de cerca, que difícilmente pueden cometer errores. Se piensa mucho
por ellos, de modo que apenas si tienen la oportunidad de descubrir las cosas
por sí mismos. Yo cometí infinidad de errores; pero gracias a ellos aprendí y
encontré mi propio camino.

Tengo una inquina particular contra los libros de texto, los únicos que
consultan muchos estudiantes. En lugar de leer a Platón o a Newton, el alumno
lee sobre ellos y piensa que los conoce, porque puede repetir unos pocos juicios
de segunda mano. Los textos presentan cualquier tema digerido y de un modo
simplificado; se los lee sin esfuerzo y se olvidan al día siguiente. No me
entiendan mal. Hay excelentes manuales y, usados juiciosamente, llenan una
importante función. Permiten orientarse rápidamente en un campo muy amplio.
Pero jamás pueden reemplazar el estudio de las obras originales.
Cuando un publicista quiere hacerle propaganda a un libro, lo anuncia como
“muy fácil de leer”; y el más alto elogio de un critico es destacar lo bien que el
libro se deja leer, significando que cualquier tonto puede leerlo sin esfuerzo. Y
sin embargo, todos sabemos que aquellos libros que más contribuyen a la
formación de nuestras mentes, los libros que hacen historia, son todo menos
“muy fáciles de leer”. Son los libros que nos cuestan, que leemos y releemos con
lápiz en la mano, conquistándolos página por página. Pero que una vez
dominados, son nuestros para siempre. Muchos temas son de suyo difíciles y
complejos; su presentación deja de ser verdadera, cuando se simplifican en
exceso. Sin trabajo, no se adquieren conocimientos, y no debemos tener miedo
de exigir grandes esfuerzos de nuestros alumnos.

La capa que llevamos esta noche es una costumbre medieval y nos recuerda
que la universidad occidental tiene una larga tradición y un gran pasado. De la
universidad del medioevo hemos heredado muchas formas externas, como la
organización en Facultades, los exámenes, los grados y también las dos
principales formas de enseñanza: “lectio” y “disputatio”.

En cualquier “lectio”, el profesor medieval leía e interpretaba un libro y los


estudiantes anotaban lo que oían. Los libros eran raros y escasos, de modo que
sus apuntes constituían el grueso de la biblioteca del estudiante. Las
condiciones han cambiado mucho hoy, desde que la imprenta ha hecho
accesible los libros a bajo costo. La función de la clase ya no es dictar un texto,
sino entregar al estudiante lo que no encontrará fácilmente en los libros, es
decir el contacto personal vivo entre hombre y hombre. Durante la conferencia
el profesor como un experto en su campo, piensa en voz alta y desarrolla sus
propios puntos de vista sobre el tema. Allí tiene la oportunidad ideal para
estimular a los alumnos, para despertar su curiosidad o provocarlos, en otras
palabras, para hacerlos pensar.

Podemos estudiar una sinfonía en la casa en nuestros discos; más no por eso
los conciertos son superfluos. En cada uno de ellos, escuchamos la
interpretación de un director determinado, a través de ese contacto magnético
entre la audiencia y la orquesta tan difícil de definir. El concierto, además, nos
inspira y estimula para estudiar música en que no habíamos pensado antes.

Como estudiante, yo usaba un método sencillo que encontraba muy útil.


Conociendo de antemano cual sería el tema de la clase o conferencia clínica, me
preparaba leyendo algo sobre él y luego tomaba las pocas notas más necesarias
para reconstruir la clase después. Los alumnos que escriben mucho no oyen.
En la tarde, consultaba varios libros sobre la materia y escribía un resumen de
todo lo oído y leído, así como mis dudas e impresiones personales, marcando
los puntos que requerían mayor estudio. Lo hacía en hojas sueltas para poder
agregar anotaciones.

En el “disputatio” medieval, profesor y alumnos discutían un tema, pesando los


pro y los contras de un argumento. Su equivalente moderno es el curso-
seminario que la universidad alemana desarrolló tan vigorosamente, y en que
los estudiantes toman parte activa presentando trabajos o dando cuenta de los
estudios hechos, siendo la función del profesor dirigir la discusión. Aquí tiene
una buena oportunidad para enseñar métodos de investigación y para mostrar
a los alumnos cómo abordar un problema, cómo obtener los hechos y cómo
interpretarlos.

El progreso de la ciencia moderna hizo necesarias nuevas formas de instrucción


académica, desconocidas en la universidad medieval: laboratorio y aprendizaje
clínico al lado de la cama de los enfermos. Estos nuevos métodos de enseñanza,
de tanto éxito en las ciencias naturales, comienzan a ser aplicados por las
ciencias sociales –la economía, la ciencia política y la sociología-. El mejor
curriculum consiste en un equilibrio armónico de las distintas formas de
enseñanza, la clase, el seminario y el trabajo práctico.

Función de la Universidad.

La tarea de la educación universitaria no es transmitir un cuerpo establecido de


conocimientos, porque tal cosa no existe. La ciencia y las humanidades
evolucionan día a día. Si un estudiante dejara la universidad, sin llevar más
que los conocimientos aceptados hasta el año de su graduación, pronto se
quedaría irremediablemente atrasado. La universidad debe enseñar mucho más
que hechos y teoría. Debe ayudar al estudiante a desarrollar sus capacidades y
a entrenarlo para pensar en forma independiente y crítica, de modo que pueda
formular sus propios juicios. Debe enseñarle métodos de estudio que lo
capaciten para mantener al día sus conocimientos. Debe abrirle horizontes y
guiarlo a formarse en una escala de valores correcta y a definir su actitud ante
la vida, en una palabra, su filosofía. Todo el trabajo debe ser hecho por el
propio estudiante. Nadie puede hacerlo por él. Pero la universidad lo ayuda
ofreciéndole el privilegio de vivir y trabajar durante varios años en estrecho
contacto con un grupo de personas que han dedicado sus vidas al progreso del
conocimiento.
Para que la instrucción académica sea fructífera, debe estar basada en la
investigación y sólo quienes han participado efectivamente en ella son
competentes para exponer adecuadamente un tema. El estudiante siente por
instinto si el profesor simplemente está extractando de un libro o si habla con
autoridad. Todos tenemos a veces que enseñar temas que no hemos explorado
personalmente; pero si somos investigadores, sabremos evaluar críticamente los
resultados alcanzados por otros. Sé muy bien cuán difícil es a menudo, para un
profesor continuar sus investigaciones. Muchos están recargados de labor
docente. Por otro lado, el rápido crecimiento de las universidades ha creado
tantas tareas administrativas que absorben por completo el tiempo y la energía
de los jefes de departamentos. También es imposible a los profesores evadir la
petición de ayuda o asesoría que les formulan el Estado u otros organismos,
como expertos en sus ramos. Los docentes académicos no deberían vivir
enclaustrados sino mantenerse en íntimo contacto con la vida, sintiendo el
pulso de la sociedad para servir a la cual están formando a la juventud. Y los
Departamentos deben ser administrados, pues no sólo son responsables de las
necesidades actuales sino que están formando colecciones y almacenando
experiencia para el futuro. Cada vez se hace más difícil ser profesor e
investigador al mismo tiempo, originando una situación que puede destruir la
universidad sino se encuentra solución.
Pese a todas las dificultades, el profesor académico debe seguir siendo un
investigador. Ello puede significar un trabajo arduo y el sacrificio de muchas
comodidades en la vida. Pero las compensaciones son infinitas.

Hay otro punto digno de vuestra atención. La universidad medieval era la


“universitas litteratum”. Su énfasis era la universalidad y la unidad del saber y
del aprendizaje. Es cierto que también formaba doctores y abogados; pero la
medicina y la ley eran parte de la filosofía general de la época y, por lo tanto,
estaban muy ligadas a la teología. Y los primeros estudiantes de medicina y
derecho fueron, durante muchos años, preparados en la facultad de artes. La
meta de la educación universitaria era producir un erudito bien equilibrado, un
ideal que se conservo cuidadosamente por centurias. La palabra doctor significa
erudito, algo que olvidamos a veces. Las condiciones cambiaron en el siglo XIX,
cuando el desarrollo de la ciencia condujo a la especialización creciente. Se
produce una profunda separación entre las humanidades y la nueva ciencia.
Muchas universidades de hoy son meros conglomerados de escuelas
profesionales, que apenas si mantienen algunas conexiones entre sí.

La especialización surgió como necesidad. Ningún hombre es capaz ya de


abarcar todo el ámbito del saber. Necesitamos especialistas altamente
entrenados. Pero necesitamos más que especialistas. Si hay tantos problemas
en el mundo de hoy y es tan difícil hacer los reajustes necesarios, en buena
parte se debe a que muchos dirigentes no son más que estrechos especialistas,
cuya educación general y política ha sido terriblemente descuidada.

El privilegio de vivir en una democracia nos impone no sólo obligaciones


profesionales sino también deberes ciudadanos. Tenemos responsabilidades
hacia nuestras familias e instituciones en que trabajamos, pero también hacia
la comunidad y la sociedad como un todo. ¿Cómo podemos esperar que un
Estado democrático funcione bien si quienes tienen la máxima educación,
entrenados en las universidades, son meros especialistas reacios a tomar
responsabilidad y abandonan el bienestar de la sociedad en manos de políticos
cuya única calificación es que este juego les gusta y beneficia?

Me parece que la universidad tiene aquí una función de extrema importancia.


No se trata de retroceder el reloj y volver a la Edad Media. Debemos seguir
formando especialistas altamente adiestrados, pero debemos equiparlos con
una formación más amplia. En Sudáfrica como en Inglaterra, los estudiantes
entran a las escuelas profesionales inmediatamente después de terminar sus
estudios secundarios; lo cual reduce grandemente sus oportunidades de
educación superior general. En los Estados Unidos, es un requisito de admisión
haber completado o hecho algunos años del curso regular de un colegio de artes
y ciencias. Esto es mucho mejor, pero no bastante. La educación general debe
continuar en la escuela profesional, correlacionada con sus temas específicos.
Cualquiera que sea la especialidad, toda persona debería estar familiarizada
con su historia, sociología, su filosofía. Así necesariamente, ampliará su
perspectiva y acrecentará su utilidad social.
Debemos tratar de poner puentes sobre la brecha que separa a las viejas
humanidades de la nueva ciencia, y a las ciencias sociales de las ciencias
naturales. Si logramos incorporar a las ciencias sociales y a las humanidades
en las ciencias naturales, seremos capaces de formar un cientista, mucho más
allá del estrecho especialista, consciente del lugar de la ciencia en el mundo y
de su función en la sociedad. Nada más alentador de ver como surgen ya
grandes cientistas, especialistas en sus respectivos campos –como J.B. Haldane,
J. Needlam o H. Levy en Inglaterra y J. Langevin en Francia- que sin descuidar
sus laboratorios, tienen plena conciencia de los problemas candentes de su
obra y están tomando parte activa en su solución.

Mi propia tarea, como profesor académico, está orientada a preparar médicos


enterados del momento histórico que viven, de su gran responsabilidad social y
de los aspectos económicos de la medicina; de modo que estén equipados para
asumir un papel inteligente y activo en la vida de la sociedad, y en la
organización de un sistema de los servicios médicos al alcance de todos, ricos o
pobres, blancos o negros.
XX – ORIENTACIONES SOBRE QUE LEEN Y COMO
ESCRIBEN LOS MEDICOS.

Nota del Editor.- Este es un trabajo extenso (7000 palabras) publicado en


Medical Writing, MD Internacional Symposium No. 2, MD Publications, 1956,
p.1-7. No obstante su riqueza cultural, no guarda relación directa con el resto
de estas Selecciones y vacilamos mucho antes de incluir un abstracto muy
condensado (1.100 palabras), más bien con el propósito de completar la imagen
de un SIGERIST, siempre preocupado de volcar su experiencia al servicio de los
médicos. En esencia, contiene consejos sobre la forma de escribir artículos y
conferencias técnicas, así como la guía ofrecida por un sabio maestro, en el
ocaso de su vida, para seleccionar las limitadas lecturas que pueden permitirse
profesionales atareados.

Por desgracia la casa que registró en 1956 la propiedad de este artículo, ha


cuestionado el derecho a reproducirlo bajo ninguna forma, lo cual sólo ha
llegado a nuestro conocimiento después de haberlo incluido en un reducido
número de anuncios de estas Selecciones, y cuando ya estaba en prensa. Nos
sentimos obligados a dar esta explicación y referencia para justificar nuestras
excusas ante quienes esperar leerlo.
El editor: Dr. Gustavo Molina Guzmán.

Médico, Universidad de Chile, 1936. Maestro Salud Pública, MPH, Johns


Hopkins University, 1942.

Epidemiólogo, Instituto Bacteriológico y Servicio Nacional de Salubridad.

Director de Unidades Sanitarias Antofagasta y Quinta Normal. Jefe División


Médica, Departamento Cooperativo Interamericano. Inspector del Servicio
Nacional de Salud, jubilado en 1967. Director de la V Zona Santiago, enero a
septiembre de 1973.

Profesor de Salud Pública, Escuela de Salubridad de Chile desde 1945 y


Universidad de Puerto Rico, 1961. Profesor de Medicina Preventiva y Social
Integrada en Ciencias Clínicas, Escuela de Medicina, Hospital San Borja, 1963-
1970.

Director, División Salud Pública, Oficina Sanitaria Panamericana, 1953-1958,


Consultor Educación Médica en varios países 1962-67.

Miembro del Cuadro de Expertos, Organización Mundial de la Salud desde


1952; y del Comité Asesor, Enseñanza Medicina Preventiva, Ofsanpam.

Presidente Federación de Estudiantes 1933. Fundador y presidente (1950-1952),


Sociedad Chilena de Salubridad. Fundador y Secretario (1950-1952),
Departamento Salud Pública, Colegio Médico de Chile. Fellow Asociación
Americana de Salud Pública. Royal Society of Public Health.

Autor del texto “Principios de Administración Sanitaria”, 1955 y 1961, y más de


30 artículos publicados en revistas de numerosos países.
SOBRE EL AUTOR

Henry Ernest Sigerist nació en París en 1891, de padres suizos. Desde los diez
años se educa en Zurich, cuyo Gymnasium lo inclina a los estudios linguísticos,
notable base y estímulo para su carrera posterior. Muy joven domina al francés,
alemán, italiano e inglés, tenía un buen comando de latín, griego y árabe,
dedicando un año viaja a Londres a estudiar hebreo, sánscrito y chino. Vuelve a
Zurich a completar su formación en ciencias y graduarse como médico en 1917.

Terminando su carrera, después de un año en Munich, se describía a sí mismo


como un estudiante enamorado de la medicina, pero siempre atraído por las
disciplinas humanísticas –historia, filología, sociología-, reticente a
especializarse, vacila durante un tiempo hasta que de vacaciones en Venecia,
descubre que “la historia médica de la ciencias podría ser un campo donde
combinar todos mis variados intereses”. Y a él se entrega con pasión absorbente
y gran talento, creando una especialidad en la que no ha sido superado.
Solamente intuía entonces, que los estudios históricos médicos, abordados en
amplio sentido, podían erigirse en un método aplicable a la solución de
urgentes problemas de la medicina actual.

Y desde 1919, se vincula al Instituto de Historia de la Medicina de Leipzig,


atraído por el renombre científico y brillante personalidad de su Director, Karl
Sudhoff, cuyo cargo había de suceder en 1925, imprimiéndole su propio sello
sociológico e internacional. En 1932 asume la dirección de Instituto de Historia
de la Medicina de Johns Hopkins, dando comienzo a quince años de mayor
producción intelectual y académica. A través de cursos, comités de expertos,
conferencias, varios libros y de una activa enseñanza y práctica de la medicina
social, su influencia se extiende de Europa y Norteamérica a India, Unión
Soviética, China y otras naciones. A su retiro en 1947, incólume en sus
definidas convicciones que atraían estudiantes de todas los países, la
Universidad de Yale lo designa investigador, mientras regresa a Suiza, con la
intención de escribir una historia de la medicina en 8 tomos, que quedó
inconclusa a causa de su muerte prematura en 1957.

Aunque su noción de la medicina como ciencia social se aceptará solo en forma


gradual y parcial en los Estados Unidos, fue designado Presidente de la
Asociación Americana de Historia de la Medicina y de la Sociedad de Historia de
la Ciencia; y sus descollantes trabajos fueron reconocidos al otorgarle las
medallas Welch y Sudhoff, así como grados honoríficos en España, Canadá,
Sudáfrica e Inglaterra.

En los años transcurridos su prestigio se consolida. Y cada día más, sus


concepciones dominan el campo de la historia de la medicina, influenciando de
manera decisiva y extensa, la investigación, la enseñanza y cualquier estudio
sobre esta materia. Más aun, sus ideas han adquirido una vigencia nueva, a
medida que una mejor comprensión de la historia y de la maduración natural
de la sociedad, en todos los continentes hacen evidente la verdadera función de
la medicina planteada en estas selecciones ya hace cuatro décadas.

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