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PECADOS
&
CONFESIONES
Ángela Cebollón Meza
III
Todos los derechos reservados ©2016
Ángela Cebollón Meza
fridasbajelis@[Link]
ISBN-13: 978-1544100470
ISBN-10: 1544100477
PRIMERA EDICIÓN
Diseño y arte
L.D.G. Rolfi Mauricio Pérez
Edición y maquetado
Colectivo Editorial
plumasnegraseditorial@[Link]
IV
PRÓLOGO
VI
CONTENIDO
Aube .................................................... 3
La Saloppe .......................................... 31
VII
VIII
PECADOS
&
CONFESIONES
2
Aube
3
“Querida, señora, que tenga un excelente día. Su
sonrisa es espectacular. Disculpe el atrevimiento.”
No podía dar crédito a que se atreviera a hacer ese
tipo de aseveraciones cuando sólo teníamos un par de
horas de habernos visto. No le di importancia y seguí con
mis labores. La vida transcurrió su curso y un fin de
semana me lo topé en el súper. Casi no lo reconocí por su
vestimenta deportiva y porque estaba de espaldas frente
a mí. No omito decir que, mientras estaba cerca de él, me
percaté de su cuerpo atlético, su trasero musculoso y su
olor a desodorante fresco. Debo confesar que siempre me
he sentido atraída por los fisicoculturistas y éste, a pesar
de no serlo en su totalidad, tenía un físico extraordinario.
Se marchó tranquilamente y fue cuando me di cuenta de
que era él. Me quedé anonadada y sonreí para mis
adentros.
La cacería comenzó cuando nos enviamos mensajes
de manera asidua. Deseos de buenos días y alguno que
otro cumplido pululaban en nuestras charlas. Sin
embargo, el destino ya había elegido los títeres de
Afrodita.
Esa noche caía una lluvia torrencial. Mi carro estaba
averiado y tenía que utilizar un vehículo de alquiler para
llegar a casa. Debido a la tormenta ningún alma
circulaba por el camino. Así que después de haber
realizado algunas llamadas para que alguno de mis
familiares me rescatara y todas resultaran negativas,
resolví hablarle. De manera gustosa aceptó ir por mí y
trasladarme a donde quisiera. Llegó en el transcurso de
diez minutos. Debido a la ropa húmeda las formas de mi
cuerpo se evidenciaban claramente, además de que los
traidores de mis pezones mostraban el frio que tenía.
Cuando llegó al lugar, de manera caballerosa, me puso su
chamarra y encendió la calefacción. Aun así, tiritaba de
frío. Él se reía y afirmaba que parecía una dulce gatita
mojada. Mientras avanzaba la camioneta me di cuenta
que nos desviábamos del camino. Cuando se percató de mi
lenguaje facial me dijo que me llevaría primero a su casa
para secarme, prestarme una muda de ropa seca y tomar
una taza de té caliente. Estaba estupefacta. No daba
crédito a tanta gentileza. Acepté sin dudarlo.
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Llegamos a su casa y era muy acogedora. No había
nadie. Sólo el recibimiento de su gato pequeño que
enseguida frotó su cuerpo a mis pantorrillas. Me invitó a
sentarme mientras iba a su recámara. Cuando regresó no
traía la muda de ropa sino una bata de baño, sandalias y
toallas. Traté de negarme pero me tomó de los brazos y
me dijo con voz tierna: “No quiero que pesque un resfriado,
bella dama, por favor no me obligue a enojarme. Estamos
en confianza. Siéntase como en su casa.”
Me fui a la ducha y sentí el agua caliente que
brindaba consuelo a mi cuerpo friolento. Sentí el olor a
hierbas que perfumaban mi piel y su efecto relajante.
Sequé con total parsimonia las gotas de agua en mi cuerpo
y cuando salí había una camiseta, unos pants y un par de
medias deportivas. Me los puse y encontré a Edgar en la
cocina. Me detuve en la puerta y observé plácidamente su
cabello entre plateado, su cuello largo, su piel morena y
su fornido cuerpo. Avancé hacia él y le di las gracias. Me
invitó a sentarme y me sirvió una infusión de limón.
Charlamos un poco y no pude evitar mirar su boca
carnosa, su mentón remarcado, sus ojos grandes y
expresivos, sus cejas pobladas. Entonces, me di cuenta de
lo atractivo que era.
Nos percatamos de la rapidez del tiempo y nos
apuramos para partir pero un nuevo problema comenzó.
Mis zapatos estaban escurriendo. Nos carcajeamos y me
tomó de la mano moviendo la cabeza. Fuimos a su
recámara y sacó un par de una colección amplia en
tonalidades y tipos. Elegí el que creí que mejor me
quedaría. Tuve problemas para amarrarlos y él se agachó
para ayudarme. Cuando intentamos incorporarnos
quedamos frente a frente. Nos miramos fijamente y me
tomó de la nuca con delicadeza. Me plantó un beso muy
tierno y sentí su perfume a madera. Enseguida sentí
pulsaciones en mi estómago y la piel se me erizó. No sé
cuánto duró el beso pero sentí que le di parte de mi aliento
de vida. Cuando nos separamos agaché la cabeza y él me
tomó del mentón afirmando con voz sensual:
“Linda: nada pasará que tú no desees. Eres hermosa.
Desde que te vi me declaré fiel centinela de tu belleza.
Estoy aquí para cumplir tus deseos”
5
Acto seguido me empujó delicadamente a la pared.
Me volvió a besar pero con más pasión. Mordisqueaba mis
labios mientras su pulgar derecho jugaba con mi pezón
erecto. La otra mano se ocupó de acariciar mis pompas y
caderas. Me sentí mareada y me perdí en ese momento de
frenesí. Mi respiración comenzó a agitarse y entonces
sentí su sexo erguido en mi pubis. Poco a poco replegó su
cuerpo junto al mío como si la pasión fuera un fuego que
nos quemara de manera sincronizada. No pudimos más y
coloqué mis piernas abrazando su cintura. Me llevó a la
cama y siguió besándome. Poco a poco me quitó los pants,
la chamarra y los calcetines. Besaba cada centímetro de
piel que iba dejando al descubierto. Yo no me cansaba de
tocar su espalda ávidamente con mis manos y de pegar mi
sexo con el suyo.
Cuando me quitó la camiseta me abandoné por
completo. Con sus pulgares tocó mi jubón y la base de mis
senos. Su lengua caliente inspeccionaba mi cuello. Luego
sentí el peso de su cuerpo sobre el mío, me preparé para
la embestida pero fallé. Sus dedos se introdujeron en mi
sexo y jugó con mi clítoris excitado, mientras mordía con
fuerza mis pezones. Gemía de placer. Cuando sentí que ya
no podía más le pedí que me tomara. Me cargó y arremetió
con fuerza su sexo contra mi cuerpo en la pared. Hizo
alarde de su fuerza y vigor y me penetró muchas veces.
Cuando llegó el orgasmo me sentí desfallecida. Por su
parte, vi su cara de total placer y apenas la exclamación
de un suspiro fuerte.
Cuando terminamos nos dirigimos al baño y
tomamos una ducha. Lavó con cariño y ternura mi cuerpo.
Yo me limité a abrazarlo y darle algunos besos.
Cuando me llevó a casa eran las tres de la mañana.
Sabía que me esperaba una revolución de reclamos, pero
lo vivido con Edgar bien los valió.
Vivimos un romance fugaz de tres meses, pues fue
transferido a otra zona de las fuerzas armadas. De vez en
cuando sueño con su forma de hacerme el amor. Tal vez
nunca volvamos a vernos pero guardo aún su calor.
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Aventura de un fin de semana
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sonrisas. De repente su celular sonó. Se disculpó y se alejó
para responder la llamada. Cuando me dio la espalda
pude admirar su bien trabajado trasero, su espalda
ancha, sus piernas torneadas y su cabello crespo. ¡No
podía dar crédito al gran hombre atractivo en que se había
convertido! Terminó su llamada y se disculpó porque
debía marcharse. Me dio su tarjeta y yo le di la mía.
Ambos nos sorprendimos de nuestros éxitos profesionales,
pues él se desempeñaba como socio en una firma de
abogados de gran renombre, mientras que yo era la
gerente de un corporativo de marketing. Nos despedimos
con un beso apresurado y cada quien se marchó a su
destino.
Pasó una semana sin que volviera a saber de él
cuando mi secretaria me anunció su llamada. Era él, cuya
voz por teléfono sonaba firme y seductora. Me invitó a una
boda para ese fin de semana. No pude negarme dado que
se desarrollaría en uno de mis estados favoritos, Hidalgo,
a tan sólo dos doras de donde trabajábamos. No tuvo que
persuadirme mucho para que aceptara.
Los días de la semana pasaron apresuradamente,
dado que tenía que dejar todo en orden para que no
surgieran contratiempos. Siempre me destaqué por ser
una maniaca en la planeación y organización, por lo que
casi hago perder la paciencia de mi amada secretaria.
Al fin llegó el viernes y debía arreglar todo mi
equipaje para ese fin de semana. Opté por algunos jeans,
botas, chamarra de piel y un sombrero muy chic, que
pocas veces utilizaba. Lo más complicado fue decidir mi
atuendo para la boda. Al cabo de casi tres horas logré
hacerlo: un vestido strapless amarillo, con un escote en la
espalda; unas zapatillas coquetas, no muy altas, con
pedrería y un bello conjunto de lencería de encaje blanco.
Mi cabello me lo había ya arreglado un día antes en el
salón de belleza, al igual que mi uñas, las cuales lucían
impecables. Dieron las dos de la mañana cuando me fui a
dormir.
Llegó en su camioneta a la hora acordada, me ayudó,
como todo un caballero, a subir mi equipaje y nos
dirigimos a la ciudad. Durante el trayecto platicamos de
nuestras vidas y me agradó escuchar que era soltero, que
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su trabajo lo absorbía mucho, pero que en sus tiempos
libres frecuentaba a un grupo de artistas e intelectuales.
Por mi parte le expliqué todo lo que había hecho durante
mi temporada universitaria y mi inserción en el mundo
laboral. El tiempo transcurrió rápidamente y llegamos a
nuestro destino: una hermosa hacienda del Siglo XIX se
dejaba ver en todo su esplendor. Uno de los caballerangos
nos recibió y nos condujo a la casa grande, donde ya nos
esperaba un pequeño coctel de bienvenida. Adrián me
presentó con sus amigos, intercambiamos unas cuantas
palabras, y posteriormente fuimos con la encargada de
asignar habitaciones.
No me sorprendió que en lugar de asignarnos dos
cuartos nos dieran sólo uno, y como si se tratara de un
complot, era el último del corredor, a un lado de la capilla.
Llegamos a la habitación espléndidamente decorada,
y Adrián se metió a bañar mientras yo desempacaba e
instalaba mi artillería para embellecerme. Pasaron veinte
minutos cuando salió con la toalla alrededor de su
estrecha cintura y perlas de agua bañando su torso. ¡En
ese instante supe que iba hacerlo mío esa misma noche!
No obstante, guardé la compostura de una mojigata bien
adiestrada y fingí ignorarlo. Me dispuse a bañarme con
total parsimonia cuando, a mitad de mi baño, Adrián tocó
la puerta para avisarme que iría a las caballerizas a dar
un recorrido con sus amigos y que en una hora regresaba
por mí. Dije estar de acuerdo y continué con mi baño.
Me arreglé con sumo esmero que hasta aplaudí mi
obra final. Lucía hermosa con mi atuendo y mi peinado.
Me sentí tan bella que me saqué una foto para evidenciar
mi esplendor. Me perfumé hasta las pantorrillas y me
puse el labial carmín que tanto me gustaba.
Adrián llegó por mí y al abrir la puerta pude
disfrutar su lenguaje corporal de asombro. Me abrazó
fuertemente y susurró en mi oído lo bella que me veía. Lo
tomé del brazo y acudimos a la capilla.
Durante la ceremonia no dejaba de mirarme y yo
correspondía sus miradas con sonrisas y guiños. La cena
y el baile transcurrieron muy animosos y las copas no se
hicieron esperar. Después de algunas botellas de vino
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vacías en la mesa, mi temperatura empezó a subir. ¡Era
hora de atacar!
Me despedí de todos argumentando estar cansada y
me marché a la habitación. Enseguida hube llegado, me
desprendí de mi ropa y sólo me quedé con la lencería. Puse
en el buró algunos lubricantes, condones, vendas y aceite
calorífico. Media hora transcurrió para que Adrián hiciera
acto de presencia. Me vio recostada en la cama.
Observé de reojo cómo se deshizo de su ropa y sólo se
quedó con su bóxer puesto. Deleité mi pupila con sus
labrados abdominales y su destacado miembro masculino.
Se acercó a mí y me besó apasionadamente. Nuestras
lenguas de fuego se entrelazaron y sus manos comenzaron
acariciar mi sexo. Me estremecí de emoción. Se acostó a
un lado mío y besó mi cuello, mi espalda, mientras sus
manos ahora exploraban mis pechos debajo del sostén.
Pudo sentir mis pezones erectos y yo pude sentir la
presión sanguínea de su pene ya erguido. Acarició mis
nalgas suaves y les dio algunos mordiscos. Fue una
mezcla de risas y placer. Cuando trató de someter mis
manos viré mi posición rápidamente y me coloqué sobre
su pelvis. Le susurré que se dejara someter a mi entera
voluntad y él aceptó gustosamente con un toque de risa.
No perdí tiempo y lo amagué de manos y pies, no sin antes
liberar a su sexo para admirar todo su esplendor. Acto
seguido le puse aceite calorífico en labios, pecho, ingles y
pene. Como si se tratara de un caramelo delicioso lamí
con calma y gran placer cada una de sus partes. Él se
retorcía de placer y yo lo disfrutaba.
Luego coloqué mi monte de Venus cerca de su cara,
me excitaba el hecho que pudiera oler mis ganas de deseo
por él. Adrián no se limitó y se las ingenió muy bien para
meter su lengua en mis labios. Yo metí su miembro a mi
boca mientras contoneaba mi sexo en su boca, de manera
pausada y sincronizada con cada una de mis lamidas.
Cuando sentí que se acercaba el momento de la
penetración me subí sobre su puñal y apenas introduje la
punta, mientras empezaba a besarlo y mordisquear sus
pezones. Eso fue suficiente para que se desatara, me
tomara entre sus brazos, se hincara, abriera mis piernas
y me penetrara sin tapujos ni piedad. Lo hizo de manera
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eufórica y no pude dejar de gemir, sobre todo cuando bebía
de mis pechos ávidamente y pasaba de uno al otro con
gran velocidad.
Al cabo de unos minutos me cargó y me empujó hacia
la pared. La penetración fue aún más profunda. Hundió
su virilidad hasta el fondo de mi intimidad y juntos
llegamos al orgasmo. Pude sentir su simiente dentro de
mí y el ligero temblor de sus piernas.
Apenas me bajó vi su pene aún erguido y no
desaproveché la oportunidad. Corrí a la cama, abrí mis
nalgas y le mostré el lubricante. No dudó ni un instante.
Me lo colocó enseguida y hundió su sexo en mí. Amasó
salvajemente mis senos y nuevamente llegamos al clímax.
Terminamos y nos recostamos sobre la alfombra del piso,
desnudos, cansados y satisfechos.
Ahora son las seis de la mañana y Adrián aún
duerme. Me deslizo bajo las sábanas y empiezo a rendir
tributo a su sexo. ¡Quiero empezar con buen humor la
mañana!
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El amante anónimo
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abrí paso entre la multitud y ¡al fin entré! Mis amigos se
hallaban en un rincón degustando su habitual botella de
vodka. Al paso de un par de horas de risas, fumarolas de
cigarro y coqueteos, con miradas que destellaban deseo,
empecé a sentir cierto aburrimiento. Poco a poco mis
amigos fueron desapareciendo hasta que me quedé, como
la mayoría de las veces, como centinela de la mesa y las
bebidas.
Estaba sentado, cruzado de piernas, tratando que mi
paladar encontrara un poco de placer en la bebida pero
era casi imposible pues el vodka no está en mi repertorio
de bebidas preferidas. De repente un mesero llegó a mi
lado y me entregó una copa de whisky. Díjome: ─Esta
bebida se la envía el caballero que está sentado en la
barra. ¡Que la disfrute!
Me quedé atónito. De manera discreta giré mi cabeza
y lo vi. Alcé mi copa para agradecer el gesto y él hizo lo
mismo.
Después de cinco minutos me paré al baño y desde
una esquina me acomodé para observarlo a mi entero
gusto. Era un varón de aproximadamente cuarenta
años. Cuerpo muy ejercitado y barba prominente; cabello
con algunos hilos de plata, que le daban cierto toque de
elegancia y una vestimenta formal. Cabe destacar que
llevaba su camisa con el segundo botón abierto para
presumir su vello espeso y abundante. Como si nos
conectáramos telepáticamente volteó hacia mi lado, pero
no pudo descubrirme.
Cuando regresé a mi lugar ya estaban mis amigos en
la mesa. No hice bulla alguna y tomé mi copa de whisky.
Sentí una mirada penetrante en mi nuca y de repente
una mano se posó en mi hombro. Era él. Me invitó a bailar
y un tanto apenado rechacé la invitación pero su mirada
se clavó en la mía y su mano me sujetó con tal fuerza que
ya no pude negarme para acompañarlo a la pista.
Al ritmo de algunas canciones ochenteras nos
conectamos de inmediato con los pasos de baile. Parecía
que éramos compañeros bailarines de antaño. Él me
sonreía y yo le correspondía. Cuando la música cambio de
género empezó lo mejor.
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Él adoptó una actitud muy varonil y con mucha
sensualidad pegaba su cuerpo al mío. Sentía el latido de
su corazón en mi espalda y sus manos recorrían
ávidamente mis pectorales.
Con un poco más de confianza pegó su sexo a mis
nalgas y pude sentir su miembro erguido. De manera
intencional lanzó su vaho en mi cuello y pude
estremecerme.
La pieza de baile terminó y me tomó de la mano. Nos
fuimos a la barra. Tomamos un par de copas más y
hablamos sobre cultura, arte y música. ¡Ese tipo era un
ser exquisito! ¡Además de seductor… culto! ¡La mezcla
perfecta para mí! Perdí la noción del tiempo y mi amigo
Juan fue a verme para decirme que era momento de irnos.
Cuando me incorporé para despedirme, nuevamente me
tomó, pero esta vez mediante una sutil súplica me pidió
quedarme y le dio una tarjeta de presentación a mi amigo.
─Soy Arturo. ¡Mucho gusto! Yo me encargo de llevar
a su amigo a casa. Aquí tiene mi tarjeta y mi auto es el
Mustang convertible negro que está afuera. Puede tomar
las placas si gusta, por si sospechara de su servidor.
Mi amigo y yo hicimos estallar una carcajada y le
hice una seña a mi amigo, la cual supo descifrar muy bien,
pues era la que ellos utilizaban para que los dejáramos
hacer su santa voluntad.
Nos quedamos una hora más en el antro y luego me
invitó a su casa.
Me subí a su auto de lujo y pude ver que gozaba de
una excelente economía. Lo confirmé cuando llegamos a
unos departamentos lujosos en Santa Fe. Subimos al
quinto piso y entramos a su hogar; minimalista, elegante
y acogedor. Me preguntó: ─¿Gustas algo de beber?
¿Whisky? ¿Cognac? ¿Vino tinto?
Me intimidé un poco, porque ya me sentía un tanto
mareado, pero me atreví a pedir otra copa de whisky.
¡Qué más daba si ya había roto todas mis reglas de
comportamiento y estaba en los brazos de la adrenalina y
la aventura!
Se sentó a mi lado. Me acercó mi copa y me plantó un
beso apretado. Me ruboricé pero me gustó porque fue
inesperado. Él sólo sonrió. Puso algunos blues, apagó la
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luz y nos quedamos en penumbra. Me recostó en su
canapé. Su mano acarició suavemente mi muslo mientras
su lengua se dirigía a mi cuello, dándome, de vez en
cuando pequeñas mordidas en mis orejas. Empecé a gemir
de placer y coloqué mis manos en su cadera. Subió a mi
boca y me sorbió el aliento. Rápidamente me despojó de
mi camisa y mordisqueó mis pezones. Mis labios buscaron
los suyos ansiosamente. ¡Estaba muy excitado! Acto
seguido se quitó su pantalón y se bajó su ropa interior.
Con delicadeza tomó mi cabeza y la colocó en su centro de
placer. Lamí con dulzura su miembro y disfruté su calor
y la humedad en mi boca. Era de gran tamaño y poseía
una exquisita circunferencia. Él se recargó en el respaldo
del sillón y acarició mis nalgas.
Cuando se sintió satisfecho de mi trabajo oral nos
dirigimos a su habitación, mientras nos despojábamos de
nuestras ropas en el camino como si quisiéramos dejar las
huellas de nuestro encuentro furtivo.
Al llegar a la cama me colocó de espaldas hacia él y
arremetió contra mí. Grité de dolor y placer. Entonces
empezó a penetrarme con mucho vigor y sentí como mis
testículos iban a estallar de placer. Cuando estaba a
punto eyacular se detuvo súbitamente y metió mi
miembro en su boca; ésta se enroscó magistralmente y con
gran tino que me vine en ella y caí desfallecido en la cama.
¡Nunca nadie me había tomado así!
Pero aún había más. Apenas logré medio reponerme
y volvimos al sillón. Me sentó a la orilla y se posó sobre
mí. Nuevamente me penetró una y otra vez mientras
mordisqueaba mis labios con una desmedida ansia. Llegó
el momento del orgasmo y los dos gritamos de placer. Me
abrazó y nos quedamos recostados en la alfombra.
Después de saciados nuestros instintos nos fumamos un
cigarro y me llevó a casa. Eran las seis de la mañana. No
nos despedimos. Sólo hubo una mirada de un ¡hasta
pronto! Se marchó a toda velocidad y yo me quedé
observando cómo se desvanecía su presencia por la
ventana. Nunca más lo volví a ver pero dejó una gran
huella en mi diario de pasión.
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El amor de Seleley
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Por mi parte solté una carcajada ruidosa y le dije que
no tenía que recordarme a mi madre. ─No tengo ninguna
intención de ligármelo ─dije─. Aún no cierro el círculo
emocional de mi anterior pareja ¡No seas melodramática!
─Exclamé.
Después acordamos reunirnos en una cafetería para
cenar. Esta vez no me esmeré tanto en mi arreglo
personal. Acudí con un pantalón semiholgado que apenas
dejaba entrever mis protuberancias traseras, una blusa
blanca con cuello de tortuga y unos tacones de altura
media.
Todos estuvimos puntuales excepto Gilberto. Él llegó
cuando casi culminábamos con la merienda. Mis amigos
tuvieron que partir para realizar sus deberes maritales
mientras yo me quedaba acompañando al susodicho.
Mientras engullía con gusto su pasta yo miraba de reojo
cada una de sus facciones. Entonces vi que tenía una piel
muy clara, un rostro endurecido, unos ojos grandes y muy
oscuros, una nariz muy pequeña y afilada, y una boca
mediana y sensual. De repente sus ojos se encontraron
con los míos y no puede evitar cierta turbación. Traté de
disimular, apurando la taza de café a mis labios. Cuando
hubo terminado nos incorporamos lentamente y nos
dirigimos hacia su auto. Mientras caminábamos, me daba
cuenta de su espalda ancha, sus bíceps y tríceps bien
trabajados, su trasero muy bien erguido y sus piernas
largas que rellenaban de forma exquisita sus jeans.
Cuando desactivó la alarma me llevé una sorpresa al
contemplar que su carro no era más que una camioneta
negra Lobo, de último modelo. Estaba altísima y como
buen seductor, me dio la mano para subir en ella. Sentí
su aroma a madera y cuero.
Las notas de música ranchera y algunas melodías
vernáculas se hicieron sonar. Así empezó a entonar
algunas canciones, a las cuales me uní con mi voz suave.
Me invitó a dar un paseo por el mirador de la ciudad
y nos perdimos en el ambiente taciturno de la noche. El
olor a tierra mojada pululaba por doquier. La oscuridad
de la noche le daba ciertas tonalidades violetas, grisáceas
y verdes intensas al follaje. El cielo aún estaba empañado
con algunas nubes ligeramente lechosas y yo comenzaba
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a aletargarme. Entonces se aproximó a mi cuerpo y me
preguntó si podía abrazarme. Antes de emitir algún
sonido, me sujetó por la cabeza y me dio un beso ansioso,
apasionado, candente. Lo empujé y le di una cachetada.
─¡Esa no es la forma de tratar a una dama, cabrón!─ Me
bajé enervada y avancé muy decidida a la carretera. Me
alcanzó con unos cuantos pasos y me cargó con fuerza.
Grité asustada y traté de golpearlo en cualquier parte de
su cuerpo pero su alta estatura se imponía. Me pegó a la
camioneta y sacó de la cabina un ramo de rosas rojas. Se
hincó y me pidió perdón. ─Lo lamento, hermosa, pero
debes saber que desde que te vi me gustaste mucho. Moría
por besar esa boquita. Además, tú tienes la culpa por ser
tan guapa, ¿Qué nadie te lo ha dicho? Te las iba a dar
desde que llegué al restaurante pero no quería ser
molestado por tus amigos.
Me sentí totalmente desconcertada.
Si bien era cierto que no era la forma adecuada de
tener un acercamiento íntimo, también lo era que me
había excitado. De hecho, aún sentía ciertas palpitaciones
en mi sexo, que aún seguía recreando esa sensación cálida
y húmeda en mi boca. ─Sea como sea, no quiero que lo
vuelvas hacer─ le dije. Adopté el papel de una novia
ofendida y le pedí que me llevara a casa. En el camino no
dije ni una sola palabra. Al llegar a mis aposentos le di las
gracias antes de que se bajara a abrirme la puerta y la
azoté fuertemente. Me vio descender enojada con las
rosas maltratadas.
A la mañana siguiente, al salir del trabajo, me lo topé
en la puerta. Ahí estaba con sus flamantes gafas de sol,
su aire exquisitamente pulcro y con un ridículo globo, con
la leyenda "¡Perdóname!" Me sentí una estúpida ñoña. Me
aproximé hacia él y con mi rostro encolerizado le dije:
─¡Eres una pesadilla! ¿Qué diablos estás haciendo aquí?
¿Ahora qué pretendes?─. Me sonrío tiernamente y me
invitó a comer. ─Si con esta salida me libro de ti, entonces
acepto─ exclamé. Me llevó a un restaurante de comida
francesa. Me tranquilicé con las copas de vino tinto y al
fin di mi brazo a torcer. Platicamos tranquilamente y así
supe que era casado, con dos vástagos, con una posición
económica muy favorable y una vida muy liberal. La vida
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castrense de capitán le otorgaba muchos beneficios
sociales, razón por la cual él mismo aceptaba tener
debilidad por las mujeres, el vino y el juego. En resumen,
se trataba de un macho de los años sesentas. Es digno de
mencionar que, como buen tapatío, era cantante, alegre y
muy guapo. Él no supo mucho de mí. Para ser franca
apenas si le comenté que acababa de tener una ruptura
marital y que tenía un hijo de ocho años, que vivía con mi
tía en mi natal Hidalgo. La conversación creó una
ambiente de confianza y las diferencias se dispersaron.
Después de mostrarse un tanto dubitativo me confesó que
quería intentar una relación amorosa, abierta e
incondicional. ─No dejas de sorprenderme, Gil. Apenas
nos hemos visto tres veces, desconoces mucho de mí y
¿osas en proponerme este noviazgo? ¡Estás loco!─ le dije
con un tono de burla. Por primera vez lo sentí incómodo y
chasqueó la boca… ─Eres una mujer muy guapa ─dijo─
pero dura de roer. Eso no me hace retroceder, al contrario
excita más mi perseverancia. ¡Debes estar segura que no
voy a descansar hasta que me des el sí, muñequita!─ Me
dio un leve apretón de manos y mis piernas temblaron al
sentir su fuerza.
Mi abuela decía que no debemos decir: “De esa agua
no he de beber”, porque es precisamente en esa en la que
nos ahogamos. Sabia filosofía popular arremetió en mi
destino. En un mes ya estaba con él disfrutando las mieles
del placer.
Es indiscutible que tenía un cuerpo muy apetecible.
Me encantaba estrujar sus nalgas duras y rasguñar su
espalda musculosa. Escuchar sus gemidos en el acto
sexual, me prendía tanto que no perdía la oportunidad de
mordisquear sus orejas y sus labios. La forma en que me
poseía y me penetraba causaba torrentes de placer en mi
vientre. Amaba sentir su miembro engrandeciéndose
dentro de mí, mientras mis pechos rogaban por ser
posados en su boca y mis caderas se agitaban con un
frenesí locuaz. Mis piernas abrazaban su cintura y sentía
esa lava ardiente que me hacía explotar. Hacer el amor
con él era toda una aventura. Era un hombre que hacia
destacar sus experiencia y osadía. Lo hacíamos en todos
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lados; cines, supermercados, parques solitarios, terrazas,
miradores, matorrales, moteles, escaleras, etc.
Era la primera vez que la loba se adueñaba de mi
espíritu. No me importaba el dónde, el cómo, ni el cuándo,
sólo anhelaba ser suya. Hubo muchas noches en las que
nos entregábamos con tanta lujuria, que al llegar el alba
nuestros cuerpos se negaban aún a separarse. Asistía a
mis labores con mi sexo adolorido de tanto desfogue, las
ojeras debían ser difuminadas con plastas interminables
de maquillaje y mi humor andaba por las nubes.
Al paso de medio año decidimos probar cosas más
excitantes, a saber, como juguetes sexuales, posturas
inimaginables y juegos perversamente eróticos. Un
viernes por la tarde pasó por mí a la casa de Ariana y me
llevó a un motel nuevo en las afueras de la ciudad. Nos
metimos a bañar y antes de que me secara el cuerpo me
puso una toalla en los ojos. Me puso un aceite calorífico en
el cuerpo que olía a sándalo. Me puso una tanga de
caramelo y en los pezones colocó un poco de chocolate.
Acto seguido, me recostó en la cama y me colocó unas
esposas. Se acomodó a un lado y con su dedo índice
acarició mi clítoris. Mis pezones se pusieron erectos y él
aprovechó para pasar su lengua alrededor de ellos.
Después, besó mis brazos, axilas, rodillas, piernas y se
detuvo en el triángulo de su perdición ¡Devoró la tanga de
dulce! Después, me dio una lamida en los labios mayores
y mordisqueó suavemente los menores. Luego, introdujo
su lengua de forma frenética y deslizó sus manos hacia
mis pechos. Exclamé suspiros de placer mientras un elixir
escapaba de mi entrepierna.
Cuando terminó de saciarse, me quitó las esposas sin
desvendarme y me cargó abriéndome las piernas. Me llevó
al sofá y arremetió fuertemente contra mí. Sentía
vibraciones en mi monte de Venus, causadas por un
vibrador en su miembro. Lo sujeté por el cuello y elevé mi
pelvis. El placer era avasallador. Me hizo gritar hasta que
llegué al clímax. Me sorprendió que no eyaculara, así que
supuse que aún había otra sorpresa. No me equivoqué.
Pasaron apenas cinco minutos cuando me incorporó y me
condujo a la pared. Separó mis piernas y con su mano
sujeto las mías hacia arriba. Pude sentir su hombría en
20
mis nalgas. Empezó a rozarme suavemente mientras que
con la otra mano acariciaba mis pezones. Me decía: ─¡Eres
la mejor amante que he tenido! ¡Me subyuga la manera
en que te dejas coger!
─¡Me fascinan tus gemidos ─dijo─, tu humedad, tu
cuerpo, toda tú me enloqueces! ─Cuando terminó de
pronunciar la última frase sentí un dolor agudo en mi
puerta trasera. Me hizo recordar mi primera vez ¡Dolía
pero me gustaba! Sentí como su arma se desplegaba
lentamente en mí. Exclamé un gemido entremezclado de
placer y molestia. Sin salirse de mí, me llevó nuevamente
a la cama, me sujetó por las caderas, me penetró hasta el
fondo y sentí su esencia caliente en mí. Luego, los dos
caímos fulminados de cansancio.
Esa fue la última noche que nos vimos. Al día
siguiente había sido asignado a un nuevo Servicio en otro
estado, a miles de kilómetros de donde yo estaba.
Aún en las noches lo siento, lo sueño, lo imagino. Con
él fui la ramera que siempre quise ser. Ahora me conformo
con mi vida de mojigata, esperando que alguien más
llegue a mi vida. La diferencia será que no seré un
aprendiz, sino una mujer de experiencia en las artes
amatorias…
21
El sueño de Frida
22
Mientras caminaba sentí como un hormigueo invadía todo
mi cuerpo ¡Diablos, no es una cita sino una simple
invitación a cenar! Me dije para mis adentros. Te observé
con una sonrisa, mientras tú me correspondías con un
apretón de manos. Nos adentramos a mi hogar, cuya mesa
estaba ya dispuesta con dos copas, esperando a ser
servidas por ti. Iniciamos nuestra charla sobre los
compañeros de la escuela, luego pasamos de José Alfredo
a Lila Downs. Mientras más te escuchaba más sentía una
conexión muy profunda contigo. La noche avanzaba
rápidamente y debo confesar que deseé tanto detener esos
momentos. Ya con algunas consecuencias etílicas fuimos
a la sala y jugamos cartas. Perdí algunas rondas y me
pediste que me quitara el vestido. Mis sentidos estaban
perdidamente embriagados de ti. Permití que me tocaras
mis pechos. Era una mezcla de querer y rechazar. Mi voz
decía que no, pero mi cuerpo exigía ser recorrido por ti.
Cuando te acercaste un poco más a mi intimidad me dio
mucho miedo. Nunca había tenido una experiencia de este
tipo, a saber, tener un amorío fuera de una relación
establecida. Me preguntaste si me llevabas a la cama y
respondí dos veces que no. Te diste por vencido y el juego
terminó cuando afirmaste que tenías que irte. Te pedí que
te quedaras diez minutos más, aunque ahora creo que
pude haberte pedido que te quedaras toda la noche. Te
despediste, no sin antes tocar mis curvas redondeadas y
me dieron ganas de besarte, pero me contuve. Te conduje
a tu carro y yo me quedé sola en la habitación. Entonces
soñé… Soñé que… después de darte un largo y
apasionado beso me sujetaba de tu cuello y me conducías
a la cama. Me abrazabas fuertemente y podía sentir tu
respiración agitada. Tu mano tocó el dorso de mi espalda
y mi mano recorrió tu rostro. Nos miramos fijamente. Ibas
a decir algo pero yo te interrumpí con un beso más.
Entonces, deslizaste tus manos en mis piernas y me
despojaste del vestido. Yo dirigí mis manos a tu
cremallera. Desabotoné tu camisa lentamente mientras
me alborotaba el cabello. Me dijiste que era una pequeña
traviesa y me tomaste de las piernas para colocarme
frente a ti. Me abrazaste por detrás y acariciaste mis
brazos. Mi sostén cayó a la cama. Acariciaste con mucho
23
cuidado mis pezones erectos. Mordiste mi nuca y yo sentí
que iba a desmayarme. Te abracé y me abalancé sobre tu
pectoral. Besé cada centímetro de tu piel de mar. Pude
sentir tus estremecimientos, y me excitación creció al
escuchar tus suspiros. ¡No pudiste más! Me arrojaste a la
cama. Pude sentir tu virilidad restregándose a mi
intimidad. Nos besamos con locura y me dijiste que
querías hacerme el amor. Yo te dije que era muy pronto
para ello, pero que había formas alternativas de placer.
Te bajé los pantalones a los pies y me subí a tu cintura.
Empecé a mover mi cadera en círculos mientras lamia
tus pezones. Tú estrujaste mis nalgas fuertemente.
Después, me mordiste los labios con tal frenesí que el
dolor se convirtió en placer. Me sujetaste muy fuerte hacia
ti y te deleitaste con mis pechos. Al cabo de unos minutos
los dos sentimos llegar el orgasmo. Yo me estremecí en tus
brazos mientras sentía el calor y humedad de tu sexo,
cuyo torrente cristalino mojó mi prenda interior.
Nuevamente me pegué a tu tronco y tú me besaste en la
frente. Nos quedamos recostados en el aposento.
Ahora escribo esta carta mientras tú duermes
plácidamente, sin sospechar que cuando llegue la primera
aurora te asaltaré pero esta vez para hacerte el amor de
forma completa y total.
24
La dama de fuego
25
Y entonces comenzó el viaje a la aventura.
Primero, comencé a asistir a las reuniones de mi
madre con sus amigas. Con mi cara de ángel escuchaba
ávidamente sus discusiones sobre los hombres: intereses,
quejas, reclamos y fantasías. Mientras fingía jugar con mi
celular tomaba nota de todo sin perder detalle, pues si
quería cumplir mi cometido debía trazar bien la
estrategia.
Segundo, empecé a investigar más sobre la vida de
mi gran amor. La rastreé a través de redes sociales,
recabé información por medio de pláticas con otros
profesores, y cada vez que me era posible, cuando la
visitaba, astutamente disfrazaba preguntas banales con
cuestiones personales.
Tercero, tuve que pedir ayuda a uno de mis mejores
amigos, a saber, mi tío, pues, desde que mi padre había
fallecido, él era uno de mis grandes ejemplos y la persona
en la que más confiaba. De esa forma, le confesé mis
sentimientos, y aunque no estuvo de acuerdo del todo,
decidió apoyarme. Así, me dio sus mejores consejos de
seducción y me guio en la manera de vestir, actuar y
pensar con madurez. ¡Era increíble todo lo que estaba
haciendo por tener entre mis brazos a la maestra
Elizabeth!
Una vez que hube recabado todo lo que necesitaba,
comencé con el ataque. Mi vestimenta desaliñada y
juvenil cambió por una más formal y esporádicamente
casual. Adquirí una forma de hablar que demostraba un
buen nivel de lectura y gran persuasión. En los recesos,
en lugar de irme con mis amigos a la cacería de chicas, me
iba a los cubículos cercanos de mi amada para que me
viera, pero no iba ya a buscarla. ¡Tenía que atraer a la
presa por su propia voluntad!
Un lunes por la noche fui a buscarla a su cubículo.
Ella estaba encerrada y escuchaba música de las grandes
figuras del rock de los 80’s. Toqué la puerta y me sonrió.
Entré y me acerqué para saludarla con un beso en la
mejilla. Ambos aspiramos nuestras aromas y, por la
expresión de nuestras caras, deduje que las disfrutamos.
Entonces, le entregué un libro de sus escritores favoritos.
Le dije: ─Maestra, le traje este pequeño detalle en
26
agradecimiento a todo el conocimiento que nos compartió.
Ayer fui de compras a la librería y me acordé de usted, así
que no vacilé en traérselo. Pensé que le gustaría tenerlo.
Ella sonrió y me dio las gracias. Le correspondí con
una sonrisa malévola, la miré con gran deseo, me despedí
y me marché a toda prisa, argumentando que mi otro
profesor ya había entrado al salón.
Dejé pasar una semana y volví al terreno de juego.
Acudí a su oficina para pedirle acompañamiento en un
proyecto. Fijamos un par de citas para la semana, y cada
vez que iba le llevaba algún detalle: chocolates, bebidas o
panecillos.
Cuando culminé mi trabajo fui a visitarla. Esta vez
fui a jugarme una de mis cartas más peligrosas, la de
invitarla a cenar. Evidentemente tuve que actuar con
gran astucia. Le dije que como el equipo le estaba muy
agradecido queríamos invitarla como agradecimiento.
Ella se sorprendió un tanto, pero, luego de persuadirla un
poco, aceptó. ¡Mi coartada había funcionado!
La cita era en un restaurante modesto, pero bonito.
La cocina era de autor y, como había averiguado que mi
maestra gustaba de la comida gourmet, no dudé en elegir
ese lugar. Para evitar sospechas invité a uno de mis
compañeros de clase, el más serio y discreto de todos, pues
debía cerciorarme de que no hubiera complicaciones
futuras. Estábamos esperándola cuando la vi llegar.
Vestía un pantalón blanco ajustado a las caderas, una
blusa anaranjada que apenas dejaba ver un poco de su
excelso jubón, y un maquillaje que hacía resaltar sus
hermosos ojos verdes. En cuanto se acercó a nosotros me
levanté inmediatamente, le puse la silla, y le ayudé a
colocar su bolso en el perchero. Se sorprendió de mi
caballerosidad y atención. Después de agradecerme
preguntó por los demás y, con una cara fingida de enojo,
le dije que los demás habían cancelado. Lamentó el hecho
y el mesero me salvó de dar más explicaciones, porque
llegó en el momento justo para tomar la orden.
La cena transcurrió de forma tranquila y amena. De
vez en cuando bromeábamos sobre algunos compañeros y
maestros, y yo no perdía la oportunidad de dirigirle de
vez en cuando miradas de deseo a mi amada. Esta vez sí
27
noté que se percató de ello y me evadió. Al cabo de un par
de horas mi compañero anunció su partida y mi maestra
quiso unírsele. Sin embargo, la persuadí de que me
acompañara a degustar unos postres y una botella de vino
(la cual ya había averiguado que era de sus favoritas), y
al fin aceptó.
Como sabía que era amante de la repostería, pedí
cuatro ejemplares. Así, teníamos que compartir para
degustarlos. Aproveché un momento para convidarle de
uno y le di una cucharada en la boca. Nuevamente pude
ver su desconcierto, pero esta vez acompañado de
aceptación y participación en el juego. Cuando ella me
convidó del suyo, llevé la cuchara a mi boca lentamente,
metí el bocado como si me imaginara introducir mi boca
en la suya y paladeé con parsimonia su sabor y textura
mientras cerraba los ojos. Ella hizo estallar una sonrisa y
dijo estar contenta de encontrar a alguien que tuviera el
mismo grado de disfrute por la comida.
Como ya era un poco tarde, y sabía que no tenía auto,
me ofrecí a llevarla a su casa. Ella aceptó gustosa. Pagué
la cuenta y nos dirigimos a su hogar. En el camino puse
la música de trova. Así, desfilaron las melodías de
Delgadillo, Sabina, Aute, y otros más. Los dos
tarareábamos las canciones y, cuando llegamos frente a
la puerta de su vivienda, le expresé que me encantaría
pasar más tiempo con ella. Hizo una pausa antes de
hablar y me invitó a pasar. ¡Sí, había logrado entrar a su
escondite!
Me senté en su sala y me ofreció un vodka. No dudé
en aceptar. Puse mi música en su reproductor y seguimos
platicando. De vez en cuando rozaba sus manos con mi
vaso, acomodaba su cabello, mientras mi mirada la
acorralaba por todos lados. Nos acabamos media botella
de licor y la vi un tanto mareada. Entonces, decidí
seducirla.
Cuando se paró a la cocina, a dejar los vasos, la seguí
y me coloqué detrás de ella. Le hice sentir mi sexo entre
sus nalgas y la tomé por la cintura. Elizabeth se
sorprendió y se volteó, pero no le di tiempo para
reaccionar. Enseguida, la pegué a mi cuerpo, la tomé por
la cabeza y le di un beso tratando de absorber todo su
28
aliento. Ella trató de rechazarme, pero mis brazos
aprisionaron su espalda y la obligué a caminar hacia la
pared. La pegué hacia ella, le sostuve con mi mano las dos
de ella, mientras que la otra tomaba su cabeza para
pegarla más hacia mi boca.
Pude sentir su deseo y su olor de mujer. Me despegué
un poco de su boca pero ella siguió besándome. ¡La tenía
en el punto que quería! Me echó los brazos al cuello y la
tomé entre mis brazos. La cargué y me la llevé al sofá no
sin antes apagar las luces.
La recosté en el sofá y la besé, esta vez con ternura.
Mis dedos empezaron a explorar su exquisito cuerpo.
Acaricié su cuello, apenas rocé sus senos y empecé a
desabotonar la blusa. Después, acaricié su vientre, mi
dedo índice rozó su sexo y sentí su estremecimiento. Una
vez que tuve su torso expuesto la incorporé hacia mí y le
ayudé a que me despojara de mi camisa. Mientras
extendía mis brazos, logré desabotonar su sostén. Cuando
sus pechos, color nácar, quedaron al descubierto pude
apreciar sus pezones exquisitamente rosados, que se
abrían como pétalos, para ser homenajeados por mi boca.
Primero los acaricié, mis labios los apretaron suavemente
y cuando los sentí erectos arremetí con mi lengua. Empecé
a succionarlos con cierto salvajismo y ella empezó a gemir
y a pegar mi cabeza en ellos.
Después, la desprendí de su pantalón y zapatos y
besé el empeine de sus pies. Subí por sus pantorrillas,
hasta encontrarme frente a sus bragas de algodón. Abrí
suavemente sus piernas y besé sus muslos. Avancé hasta
el interior de ellos y apenas mordisqueé sus labios encima
de sus bragas. Mi amada Beatriz se estremeció aún más.
Introduje mi mano en su sexo, en lo que la volvía a besar
en su boca. Sentí su calor y la humedad de su sexo. Mis
dedos empezaron a deslizarse de un lado para otro,
acariciando su vulva y pellizcando delicadamente su
clítoris. ¡La temperatura aumentó totalmente! Me quitó
con gran rapidez mi cinturón, pantalón y bóxer. Quedé al
desnudo y ella admiró mi sexo perfectamente erguido.
Como no la vi con intenciones de rendirle honores, fui yo
el que lo hizo hacia el suyo. Le quité su ropa interior, abrí
sus piernas y hundí mi cara en su intimidad. Mi lengua
29
se deleitó con cada lamida, succión y mordisco, que
provocaban gemidos en mí ahora amante y cómplice de
placer. No paré de estimular su triángulo venusino hasta
que estalló de placer. Sentí su miel en mi boca y el
estremecimiento de sus piernas en mis hombros.
Cuando la vi tendida en el sillón, con el cabello
desaliñado, con su perfecta desnudez y su sonrisa de
placer, no pude dejar de excitarme más. Así, me posé
sobre ella y hundí mi daga en sus labios hinchados de
placer. Arremetí intensamente mientras mordía sus
senos y estrujaba sus nalgas. Sentí como el calor me
quemaba y quise morir en la hoguera del placer.
Entonces, la levanté, le pedí que se sujetara fuerte y la
pegué en la pared. Mi sexo se abrió paso aún más en su
profundidad de mujer y no pude evitar lamer sus pechos,
como si se tratara de dar placer a ambos al mismo tiempo.
Cuando llegamos al clímax mi simiente se abrió paso con
gran libertad y ella dejó escapar un grito de unión.
Cansados y casi sin fuerzas nos tomamos de la mano
y nos dirigimos al sillón. No hubo palabras, sólo miradas
y abrazos. Me vestí y me despedí de ella con un beso tierno
en la boca.
Al día siguiente un ramo de rosas la esperaba en su
oficina, con un anillo y una nota que decía:
“No quiero que este sueño se acabe. Con este anillo me
someto a tu voluntad de por vida. Ahora mi ser te
pertenece. Toma tu decisión. Atentamente A”.
30
La Saloppe
31
doble moral! Nos ponemos la máscara de lo que los demás
quieren y necesitan ver, pero adentro existe una quimera
que exige ser liberada. En ese sentido yo no era la
excepción. Evidentemente siempre fui muy cuidadoso con
mis affairs.
Ese día me percaté de sus zapatos de plataforma
muy altos. Vi sus pantorrillas con músculo abundante y
bien delineado, que combinaba con su perfecto bronceado
chocolate. Me detuve más tiempo en el ángulo sacro-
coxígeo. Unas caderas muy anchas, unidas a un trasero
esponjoso, carnoso, el cual invitaba a dar un par de
manotazos o estrujones. La cintura era pequeña y su
tronco un tanto corto. Los hombros vestían una blusa
coral, con algunos agujeros que dejaban entrever su piel
desnuda. La cabellera era larga y oscura. Estaba por
definir si tenía unas orejas pequeñas o si eran los
pendientes de plata que causaban ese efecto, debido a su
gran tamaño; cuando empujó su derrière a la altura de mi
pelvis. Cuando se dio cuenta, se levantó ipso facto y con
una risita nerviosa se disculpó. Adopté una postura
amable y le dije que no tenía importancia, mientras le
ayudaba a recoger sus monedas ¡Tuve que dominar muy
bien mis neuronas para no evidenciar la excitación que
me había causado! Fue tan rápida la escena que no pude
distinguir bien su rostro, sólo mi memoria sensorial había
registrado su voz infantil y melosa. Me marché a la mesa
del rincón a beber mi soda gasificada y mi comida escasa
en sabor y calidad, como era lo habitual. Me enfrasqué en
un estado de ataraxia, cuando a la media hora recordé que
una alumna se había inscrito para una asesoría de
literatura. Me incorporé con prisa, deposité los restos de
comida en el bote de basura y hasta olvidé mis lentes de
sol en la mesa. Cuando llegué a mi escritorio, la
estudiante no había llegado, razón por la cual me
tranquilicé y me salí al baño a lavar mis dientes y
perfumar mi cuello y muñecas. La mejor herencia que
recibí de mi padre fue ese esmero en el arreglo personal,
además de ciertas reglas de seductor que nunca fallaban.
Vino a mi mente: “Nunca hagas esperar a una dama si
has concertado una cita, la demora podría hacerte perder
la oportunidad de causar una buena impresión”. Esbocé
32
una sonrisa malévola y me dirigí nuevamente a mi
escritorio. Cuando entré, una sorpresa me aguardaba. ¡La
chica, que media hora antes me había embarrado su
hermoso trasero, preguntaba por mí a la secretaria de la
recepción! Me quedé anonadado mientras esta última me
señalaba con su mano derecha. Ella sonrió un tanto
nerviosa y avanzó hacia mí. La saludé de forma cortés y
la conduje a la oficina. Se presentó de manera escueta y
fue directa al expresarme que necesitaba apoyo en
bibliografía de literatura mexicana y en la redacción de
un ensayo argumentativo. ¡Bendita carrera de
humanidades! ¡Fui de los pocos varones que no les
interesó recibir burlas de la familia por estudiar una
carrera con perfil para féminas!¡Si hubieran sabido que es
el lenguaje el arma por excelencia de la retórica y
demagogia, cuyo buen uso tiene el poder de dar infinitas
satisfacciones!
Me reí para mis adentros y eché un vistazo a mi
colección privada de libros preferidos. Así, le mostré
algunos tomos de Sor Juana, Octavio Paz, Efraín Huerta,
Rosario Castellanos, Isabel Allende, Ignacio Altamirano,
Jaime Sabines, etc. Le pedí que hojeara los libros y
tratara de delimitar algún género literario, escritor o
época. Soltó una carcajada y me expresó su
desconocimiento de algunos volúmenes. Traté de
explicarle muy someramente las obras mientras era
interrumpido en algunas ocasiones por sus preguntas. He
de admitir que pareciera que fingía desconocer, ya que al
analizar su discurso pude percibir que su léxico y estilo de
expresión pertenecían a una persona letrada. Al cabo de
una hora escogió los tomos de Sabines y Sor Juana, y
agendamos una reunión para el día siguiente.
Esa tarde llovió torrencialmente. Llegué a casa
mojado y con amenaza de resfriado. Me despojé de mi
vestimenta húmeda, me puse una pijama de algodón y
preparé un té caliente de azahar, endulzado con miel. Me
coloqué frente al ordenador y comencé a escribir:
33
SEDUSA
34
urgente. Le pedí que me esperara media hora. Cuando
llegué, la hallé hurgando mi estante de libros. ¡Lo sabía,
era una intelectual nata! Entré con una sonrisa de
sorpresa y ella se disculpó. Le dije que no tenía la menor
importancia y le hice la invitación a que dispusiera de los
libros que quisiera. Revisé su texto y una vez más pude
constatar su sapiencia sobresaliente. La felicité por su
labor y le auguré éxito en su trabajo. Ella me dio las
gracias y sacó mis gafas oscuras de su mochila. ¡Me
sorprendí de que ella las tuviera! El día que las olvidé, su
compañero, el cual había sido mi alumno y además
compartía con ella dos clases, se las entregó a ella para
que me las diera. Me regresó mis tomos y se despidió de
mí con un suave roce en mi espalda y un beso muy tronado
en la mejilla. Me pidió mi número para invitarme a comer
en alguna oportunidad que se suscitara y se marchó con
ese andar ligero y provocativo.
Cuando traté de acomodar los libros, se me cayó el de
Sabines. Salió una nota en papel amate con la estrofa :
35
delirio. Para devolver el detalle del chocolate y la nota, le
llevé la poesía que había escrito para ella.
Me recibió en la puerta con un efusivo abrazo. De su
piel se desprendía un olor dulce y suave. Me condujo a la
mesa, en la cual tenía ya dispuestas unas copas de whisky
y unas viandas muy apetecibles. Como buen glotón,
degusté cada platillo y embalsamé mi paladar con el
alcohol. No me sorprendió que viviera sola, ya que la
decoración de su hogar era un tanto modesta, pero muy
acogedora. De repente soltó una risa nerviosa y me dijo
que me pusiera cómodo. ─En un momento regreso, profe,
siéntase en su casa─ dijo. Acto seguido, se evaporó. No
sabía qué esperar y no hay nada más placentero que
esperar lo inesperado, si nos abandonamos al factor
sorpresa en el más amplio de sus sentidos, sin
empañarnos por prejuicios, siempre hay satisfacciones, ya
que no hay antecedente bueno o malo, sólo es lo que es.
Pasados cinco minutos salió de su recámara con un
leotardo rojo. Tenía un liguero del mismo color y unas
medias negras. Las medias copas de su traje resaltaban
sus senos perfectos y abundantes. Caminó decididamente
a mi lugar, me tomó del cuello de la chamarra y me arrojó
a su sillón. Me besó dulcemente mientras una de sus
manos acariciaba mi sexo ya erguido. Con mucha avidez
y remarcada velocidad me despojó del pantalón. Colocó su
mano en mi barba y besó mis crestas iliacas. Luego,
succionó mis tetillas con fuerza. ¡Vaya que era una gata
salvaje! Continuó bebiendo mi respiración y succionando
mi saliva. Se quitó una media y me cubrió los ojos. Me
ordenó con fuerza que no me moviera un solo centímetro.
Arrancó mis prendas que yacían atoradas en mis
pantorrillas y casi rompe mi bóxer. Cuando hubo
terminado mi tallo se hundió en su tierra húmeda y
caliente. Poseía una maestría en cada movimiento, en
cada lamida, una muy buena tolerancia en su cavidad
bucal. Cuando notó que estaba a punto de venirme, se
incorporó y me jaloneó a su cama. Escuché ruidos
extraños y me atemoricé cuando me ató, al parecer, con
su otra media y su liguero a las patas de su cama. Me
pidió que confiara en ella y me manifestó que expresara
en cualquier momento si deseaba abandonar el juego. ¡Ni
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loco que estuviera! ¡Esa mujer era una bomba! Sentí su
sexo húmedo cerca del mío y sentí una mezcla viscosa
escurriendo por mi cuerpo. Cuando me besó degusté el
chocolate líquido y amargo. Esparció el jarabe en ambos
cuerpos y lamió cada centímetro de mí. Sentía que mi sexo
iba a estallar. Cuando logré zafarme de una de sus
ataduras, ella me llevó la mano hacia su nalga y se colocó
en mi boca para que yo le rindiera los honores. No me
gustan los dulces pero, ¡esa combinación del chocolate con
su elixir femenino fue la gloria! Pandora gemía como gata
en celo y se amasaba los senos.
Una vez que se hubo complacido, me besó con
salvajismo, casi me arrancó mi labio superior. Mis
sentidos estaban enaltecidos. Se puso frente a mí y me
pidió que flexionara mis piernas. Me preguntó si podía
soportar su peso, a lo que yo contesté eufórico que sí. Me
quedé boquiabierto cuando hizo un split perfecto encima
de mis rodillas y se dejó caer lentamente en mi orgullo
varonil. Con voz imperativa exclamó: ─Esta vez harás
alarde de tu potencial físico, cada vez que caiga en ti, me
ayudarás a levantarme con la fuerza de tus piernas, te
dolerá al principio, pero te aseguro que el placer lo vale─.
No daba crédito a cómo una chica con aire tan ingenuo,
casi angelical, guardara tanta perversión y libertad
sexual.
Cuando estuvo a punto de darme un calambre, la
sostuve con mis brazos y me incorporé sentado. Puse a
prueba su maleabilidad y la acosté, colocando ambas
piernas alrededor de mi cabeza. Arremetí con fuerza y
vigor. Ella me daba unas fuertes nalgadas que me
provocaban mayor excitación. Estaba a punto de llegar al
clímax cuando me pidió que bañara su rostro con mi
sedimento lechoso. Cuando lo hice cerró sus ojos y disfrutó
la ceremonia. ¡Fue un acto afrodisiaco indescriptible! La
cargué entre mis brazos y nos metimos a la regadera. Nos
bañamos con agua fría pero ello avivó nuevamente su
pasión. Los besos encendieron nuevamente la hoguera y
me introduje esta vez en su cavidad trasera. Ella estaba
ensimismada. Tratamos de concluir ese momento de
pasión y nos fuimos a su alcoba. Cuando logró conciliar el
sueño, me marché dejándole mi escrito en su almohada.
37
Desde esa noche somos amantes ocasionales.
Me he convertido en su artífice sexual; incondicional,
siempre dispuesto, amante discreto, macho seductor.
Y ella, ella es mi saloppe préférée.
38
Sueño de Otoño
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de forma cuidadosa. Me envuelvo en una toalla blanca y
me miro al espejo. Observo mi pequeña boca carnosa y
delineada. Recuerdo las palabras de un colega que
afirmaba haber perdido la cordura por morder mis labios
dibujados. Esbozo una sonrisa. Miro mis ojos pequeños
almendrados y coquetos. Empiezo con el ritual de belleza.
Cremas perfumadas, espumas en el cabello, maquillaje
discreto, etc. Me dirijo a la sala. Me pongo mi conjunto
sastre blanco y mi calzado negro de charol. Doy el toque
final con un collar de perlas y un anillo de zafiro. Tomo mi
maleta y parto hacia el aeropuerto.
Llegué alrededor del mediodía. La gente pululaba
alrededor mío. No me intimido ante ese ambiente. Me
tomo mi tiempo. Tengo a Cronos de mi lado para realizar
mis actividades sin ser atacada por éste. En el trayecto
hacia el hotel te marco al móvil. Mientras suena no puedo
evitar que miles de mariposas revoloteen mi estómago.
─¡Hola hermosa! Es un placer escuchar tu dulce voz. ¿Qué
tal el vuelo? ¿Nos vemos para cenar? No me das tiempo de
contestar y me dejo llevar por la emoción. ¡Después de
tanto tiempo, al fin nos veremos nuevamente!
─Claro cariño. En cuanto me aloje te haré saber el
número de la habitación en la que estoy.
Después de mandarnos un fuerte abrazo, colgamos
los auriculares con una sonrisa pícara pero amorosa. El
conductor no puede evitar preguntarme si mi viaje es de
placer o de negocios, a lo que yo respondo con un guiño de
ojo ¡Eso poco importa cuando ambas cosas se hacen con
pasión!
Después de ver la cara amable del botones y de darle
su respectiva propina, me dispongo a dejar mi saco en la
silla. Me quito los zapatos y dejo que mis pies hagan
contacto con la alfombra. Disfruto la superficie gélida. De
pronto llaman a la puerta y yace frente a mi cara un
arreglo extraordinario de girasoles, rosas rojas y rosas de
castilla. Mis ojos brillan de regocijo. Firmo de recibido, lo
coloco en el buró y veo una pequeña carta: “Para la mujer
más hermosa que ha dado un nuevo significado a mi
vida”. No puedo evitar dar un suspiro y dejar caerme en
la cama.
40
Son las dos de la tarde apenas. Tengo un hambre
atroz. Salgo a la calle a comer en un restaurante humilde,
cuya gastronomía me haga revivir los sabores de antaño.
Engullo de manera gustosa la comida típica de la zona y,
después de satisfecha, paseo por las calles. Visito las
avenidas aledañas al Centro Histórico, observo las
construcciones eclécticas del barroco, plateresco y
churrigueresco. Mi espíritu nacionalista sale a relucir. El
reloj marca las seis, hora que debo considerar para mi
pronto regreso al hotel, ya que mi amor arribará a las
ocho. De manera apresurada me interno en un
supermercado y adquiero unas velas, aceites aromáticos,
un buen Sauvignon, una hogaza de pan y una charola de
jamón serrano, con una excelsa mezcla de quesos.
La lluvia decidió acompañarme hacia mi trayecto al
hotel. Mis ropas estaban mojadas y mi piel estaba erizada.
Me desvestí y comencé a preparar mi escenario de pasión.
Tomé tres rosas del arreglo y esparcí sus suaves pétalos
en la cama en forma de corazón. De la puerta hacia la
cama tracé una vereda con el mismo material. Agregué
unas velas blancas con aroma a vainilla. La pequeña
mesa que estaba en el lado izquierdo la desplacé al centro
de la habitación. Coloqué la botella de vino y dispuse la
comida.
Tomé un baño de agua tibia. Mi cuerpo sintió el calor
de forma agradable. Mis músculos se relajaron. Quité las
perlas de agua con demasiado esmero. Perfumé cada
rincón de mi ser. Me puse las prendas que ya había
preparado una noche anterior y pude percatarme que el
vestido negro que se adhería perfectamente a las curvas
de mi cuerpo, exponían sobremanera a una mujer sensual
y con cierto toque erótico. Cepillé mi cuerpo capilar y el
esponjado se hizo notar. Ello daba un toque salvaje y,
hasta cierto punto, desaliñado. Me acomodé los senos en
el escote y culminé con el maquillaje de mis labios.
Sonó la puerta. Mi corazón se detuvo por un instante.
Mis pies y pantorrillas temblaron. Se me hizo un hueco en
el estómago. Abrí la puerta y apareciste tú. Un hombre
fornido, con una sonrisa tierna y maliciosa. Vestías un
traje negro una corbata roja. El aroma de tu Eternity
invadió mi olfato. Enseguida te rodeé con mis brazos y tú
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me tomaste por la cintura. Nos dimos un beso apasionado
y lento. Te tomé de la mano y te conduje hacia la mesa.
Me tomaste suavemente de las manos y exclamaste tu
euforia al estar conmigo. Repentinamente sacaste un
clavel rojo de tu saco. Te agradecí el gesto con un beso en
tu frente. Pronto nuestra charla giró en torno a Neruda,
Benedetti, Mistral, Baudelaire, León, Sor Juana, etc.
Reíamos como dos pequeños, quienes escuchan historias
de intriga, y cuya atención no acepta el más mínimo
parpadeo. Recordé de forma súbita que mi celular tenía
música preparada para nuestra velada. Las notas de jazz
y ópera invadieron nuestro espacio mágico. Al filo de un
par de horas, unas cuantas copas de vino y del exquisito
calor propagado por las velas, empezamos a sentir la
necesidad de despojarnos de nuestras ropas.
Te quitaste el saco y yo me dispuse a cambiar mi
atuendo. Cuando me incorporé para hacerlo me detuviste
con un beso candente. Tu mano izquierda se posó en mi
cadera y la derecha en mi nalga. Me estrujaste con
frenesí. Yo acaricié tus cabellos y te mordí el labio. Dimos
un par de pasos y me pegaste a la pared. Sentí tu sexo
erguido en mi entrepierna. Me sujetaste las muñecas
arriba de mi cabeza con una mano, mientras la otra se
colaba debajo de mi vestido y se posaba sobre mi pezón
perfectamente erecto. Dejé escapar unos leves gemidos.
Mi sexo se empezó a contraer.
Mi mano buscó tu bragueta y la bajé lentamente.
Escuché tu respiración entrecortada. Suavemente me
diste la vuelta y sentí tu miembro en medio de mis nalgas.
Ahora jugueteabas con las aureolas de mis pechos. Sentí
tu vaho caliente en mi nuca. Mi piel se erizó.
Desabotonaste con tu boca cada broche de mi vestido, el
cual cayó en la alfombra. Entonces te miré a los ojos y
volví a besarte mientras deslizaba mis dedos sobre tu
esternón para despojarte de la camisa y la corbata.
Continué con tu cinturón y el pantalón. Pude apreciar en
la penumbra tu arma levantada y decidida a penetrar mi
interior. La acaricié suavemente. Pude sentir el vaivén de
su circulación. Me besaste el jubón y me condujiste a la
cama. Te hincaste ante mí y besaste mis piernas de seda.
Con mucha parsimonia me despojaste de las medias y del
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liguero. Besaste mis muslos y sentiste los temblores que
empezaban a arrancarme suspiros continuos. Tomé tu
cabeza y la conduje a mi sexo. Abriste suavemente la
comisura de mis labios e introdujiste tu lengua cálida,
húmeda y perfectamente resbalosa. Percibiste mi olor de
mujer, aroma a almizcle, comino y clavo. Di un grito de
placer al sentir un mordisco en mi clítoris excitado. De
forma salvaje me volqué hacia ti. Puse mi sexo sobre tu
miembro y cabalgué en tus colinas. El roce de nuestras
pieles avivó más nuestra pasión. Entonces me arrancaste
el corsette y mis pechos saltaron desnudos. Te lanzaste
hacia ellos y los chupaste con avidez. Tu dedo índice
jugueteó con mi clítoris nuevamente. Busqué de manera
desesperada tu miembro y empecé a acariciarlo de forma
frenética. No pudiste más y te liberaste de tu bóxer. Tu
tallo mostró un color púrpura del cual pendían perlas
transparentes. De forma cuidadosa colocaste mi boca en
tu ofrenda. Yo le rendí tributo por unos minutos.
Después de haberte provocado espasmos me tomaste
delicadamente y me colocaste en el suelo. Abriste mis
piernas cuya parte intermedia desbordaba un elixir
cálido. Entonces, ¡No dudaste más¡ Me penetraste una y
otras vez hasta que escuchaste mis gemidos de placer. Mi
interior se aferraba a tu sexo y nos hicimos entonces uno.
Ambos estábamos perfectamente unidos y la energía fluía
armoniosamente. El éxtasis llegó cuando los dos vertimos
nuestro ser uno en el otro. Ambos temblamos y nuestros
vientres se desquiciaron de frenesí. Al culminar, sin
salirte de mí, me abrazaste, me besaste y me dijiste:
¡Te amo Afrodita! Nunca te vayas de mi vida…
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Tarde de musas
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través de tus caricias. Me observaste con cierta ternura
mientras tus dedos recorrían mis piernas trémulas y
frescas. Avanzaste lentamente hacia mi sexo para
constatar mi temperatura y comprobaste que me moría de
ganas por volver a ser tuya. Besaste mi frente, mi nariz,
mis labios, mi jubón, hasta que llegaste a mi ombligo.
Traté de desprenderte de tu saco, pero debido a mi
nerviosismo, no pude hacerlo. Me volviste a sonreír y tú
misma te despojaste de él. Observé tu blusa negra, cuyos
botones me hacían una invitación abierta para ser
desprendidos con mis dientes. ¡Mi piel se erizó de
imaginar tus pechos en mi boca! Di un vuelco en la cama
y quedé encima de ti. Sentí con mi sexo el tuyo. Empecé a
mover de arriba hacia abajo mi pelvis, para iniciar
nuestro ritual de pasión. Acto seguido, desabotoné tu
blusa y metí mi cara entre tus hermosas montañas.
Aspiré tu olor y mis manos ávidas bajaron tu cierre del
pantalón. Juguetearon mis dedos índice y cordial con tu
monte de Venus. Te estremeciste y mi deseo por ti creció
aún más. Te quité el pantalón y descendí lentamente por
tu cuerpo. Besé tus tobillos, tus rodillas, tus piernas. Poco
a poco me acerqué a tu triángulo de adoración. No quise
apresurarme y lo besé sobre tu ropa interior. Mis dedos
jugaron en tus crestas iliacas y tomé tus manos para
colocarlas en mis senos perfectamente erectos. Después
de unos cuantos minutos te di un apasionado beso. Mi
pierna jugó con tu entrepierna. La temperatura iba en
aumento. Rodamos en la cama como si quisiéramos
fusionarnos una con otra y nos abrazamos fuertemente.
Entonces me sometí a tu voluntad. Te ayudé a quitarte tu
tanga mientras mordisqueabas mis labios. Fuiste a mis
senos, sentí tu humedad y esas chispas de placer que
anuncian la llegada de un orgasmo. Tu boca parecía
devorar mis pechos pequeños, tu lengua me recorría
ávidamente los pezones y tus dientes amenazaban con
hacerme explotar de dolor y placer. Tus dedos intrusos se
inmiscuyeron en mi sexo y abrieron las puertas de la
felicidad. El elixir del deseo salía por la ranura. Tomé
entre mis manos tu trasero carnoso y le di su merecido:
nalgadas que te hicieron gritar y gemir de placer.
Estábamos frenéticas. El sudor escurría por nuestros
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cuerpos como una lluvia de fuego. Estrujé tu cadera
contra mí; sentí el vaho de nuestros labios. Sentí la
urgencia de hacerte mía y, sin dudarlo, me incorporé
violentamente y abrí tu santuario. Bebí tu savia
transparente y caliente. Mi lengua se enredó en tu clítoris
y socavé tus paredes de seda. Me sujetaste fuertemente
de los cabellos y me gritabas que siguiera sin parar.
Cuando empecé a cansarme mis manos se dirigieron a tu
cueva y arremetieron contra ella hasta hacerte explotar.
No me satisfice con ello y puse mi intimidad contra la
tuya. Volví a moverme frenéticamente hasta que las dos
estallamos de placer.
Mis sentidos intentaron abandonarme por un
momento. Me coloqué a tu lado y acaricié tu cabello largo.
Te besé la frente y poco a poco cerraste los ojos de
cansancio. Tu rostro dibujó una sonrisa de placer. Cuidé
tu sueño y me levanté para marcharme. Te dejé esta nota
para que sepas cuánto disfruto hacer el amor con una
mujer como tú, aunque no conozca toda tu vida, tan sólo
unas cuantas palabras en tres días. ¡Volveré pronto,
amada mía!
Tuya, A.
46
Un paseo con Afrodita
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kilos de más. De hecho, para mí constituyen una fuente
de ternura, una invitación a los abrazos. Si mi hermana
estuviera leyendo mis pensamientos me diría que las
pansas son un mero estorbo para realizar actividades y
que destilan fealdad. Yo la tomaría por loca. Entonces, veo
tu parte inferior. No me gusta concentrarme en el
armamento. Nunca he sido de aquellas mujeres que sólo
ven el bulto para aceptar o rechazar una invitación.
Siento que las apariencias engañan y siendo franca, no
puse atención en el volumen. Sólo visualicé su pantalón
de mezclilla oscura bien ajustado a sus piernas y sus
zapatos negros. Me agrada la forma en que se viste,
formal pero con esencia muy suya. Suspiré hondamente y
me dirigí a la cama. El alcohol me había relajado lo
suficiente para entregarme a los brazos de Morfeo.
Habíamos ya convivido seis ocasiones y yo ya no
podía disimular mi enamoramiento. Mi mente repasaba
asiduamente estrategias para conquistarlo. Trazaba una
infinidad de planes para besarlo, confesarle lo mucho que
me gustaba, acariciar cada centímetro de piel, despeinar
su cabello. ¡Estaba enloquecida! ¡Diantres, nunca me pasó
algo similar! Si bien es cierto que mis experiencias no
eran vastas, también lo era que ningún varón me había
descontrolado de tal manera. Así que no lo pensé más y
decidí atacar.
Le llamé un viernes y le pedí que me acompañara el
sábado después de clase a un lugar increíble. Se mostró
dubitativo y buscó algún pretexto para decir que no sabía,
porque tenía muchos pendientes que terminar. Mi cara se
puso triste y rompí el lápiz con el que estaba escribiendo
del nerviosismo ¡Menos mal que no estaba frente a mí
para notar la torpeza de mi lenguaje corporal! Asentí con
la cabeza y le dije que no se preocupara. De repente me
dijo que me llamaría esa misma noche para confirmar. Un
brillo de esperanza se apoderó de mí ser. Esperé
impacientemente su llamada pero eran ya las doce, por lo
que me di por vencida y me fui a dormir. Un mensaje a las
dos de la mañana me despertó. ¡Era él aceptando mi
invitación y me culpaba de acelerar sus actividades para
estar conmigo! Lejos de sentirme culpable me sentí
halagada. Me incorporé de la cama muy somnolienta, pero
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lo suficientemente emocionada para adecuar el itinerario
de unas cuantas horas. Elegí mis atuendos de manera
muy meticulosa y volví a recostarme en la litera. No podía
dormir de la emoción, por lo que resolví escuchar música
de Silvio Rodríguez, Aute, Delgadillo, Ofelia Medina,
Guadalupe Pineda y Joaquín Sabina. Me metí a la tina
para refrescarme un poco. Cerré los ojos y la frase: “Y
morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te
mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque
amores que matan nunca mueren” taladró mi cerebro.
Una epifanía trató de apoderarse de mí pero la hice
pedazos. Tomé una toalla para secar las perlas de agua de
mi cuerpo, me sequé el cabello y me acomodé en el sofá.
No supe cuánto tiempo me quedé dormida, hasta que
escuché tocar el timbre. Era la vecina que necesitaba
llamar a su esposo porque se sentía mal. Le presté mi
celular y el reloj sonó anunciando que eran las seis de la
mañana. Me vestí con total parsimonia. Me perfumé cada
extremidad de mi cuerpo. Me refresqué el aliento con el
enjuague y me miré al espejo. Mi rostro destilaba un brillo
muy especial. Llegué al restaurante convenido y
desayunamos delicioso. Antes de que François pagara la
cuenta lo tomé de las manos y le pedí que se sentara. No
lo solté en ningún momento, lo miré fijamente a los ojos y
le pedí que fuéramos amantes por un día. Se quedó
atónito y aseveró no comprender nada. Le expresé lo
mucho que me gustaba y le volví a solicitar que fuera mío
un día.
─Sé que no es fácil para ti ─dije─, pero sólo te pido
que me complazcas un día. Déjame mostrarte lo mucho
que te quiero, permíteme compartirte lo mejor de mí, no
te pido absolutamente nada. Lo que pase hoy no
repercutirá en tu futuro. Si lo dispones puedo alejarme de
ti en cuanto regresemos.
Él me miró, me dio un beso en la frente y me tomó de
la mano para dirigirnos a la caja. Me sonrió y me preguntó
si estaba segura de lo que estaba haciendo. Aseveré con la
cabeza y con un grave ¡Sí, estoy segura!
El zenit acribillaba nuestros ojos. La carretera
desprendía un halo de vapor que parecía sofocar a
cualquier réptil que se atreviera a pasar por el rumbo.
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Íbamos hacia una comunidad rural. Yo la escogí debido a
que no quería que ninguno de los dos tuviera problemas
con sus respectivas parejas. Después de una hora
llegamos al centro. Nos bajamos del auto y caminamos
tomados de la mano. En algunas ocasiones posaba su
brazo sobre mi hombro y yo en su cintura. Me sentía
soñada. Al llegar a la iglesia traté de explicarle su
arquitectura neoclásica, sus figuras estofadas, sus
retablos del siglo XVIII, los personajes en sus pechinas,
las decoraciones en los transeptos. Me miraba con una
sonrisa pícara e intervenía en mi explicación para
abundar sobre algún punto que llegara a olvidar.
Al cabo de unos instantes nos dirigimos a una
laguna. Para mi fortuna estaba totalmente desierta. Sólo
los cenzontles causaban alboroto con su canto. Nos
sentamos en la orilla del manto acuífero y me abrazó.
Sentí su loción fresca exquisita. Le acaricié la mejilla y le
di un apasionado beso. Él me recostó suavemente y me dio
un beso tierno, muy largo, mientras yo acariciaba su
cabello. Me miró y me dijo que era una chica muy especial,
ya que tenía muchas virtudes. Sonreí y lo abracé
fuertemente hacia mí. Volvió a besarme, pero esta vez con
pasión, yo correspondí con unos leves mordiscos. Mientras
besaba mi cuello, su mano se deslizaba hacia mi pecho.
Desabotonó suavemente mi blusa y jugueteó con mis
senos sin tocar los pezones. Me estremecí de nervios y
deseos. Luego, acarició mis muslos y ya no pude disimular
mi respiración agitada. Así que me incorporé y lo empujé
al suelo. Me subí en su entrepierna y me agaché para
besarlo. Lo despojé enseguida de su camisa y besé cada
centímetro de piel. Contonee mis caderas hasta sentir su
protuberancia. Él estaba extasiado. De repente se paró y
me cargó para conducirme al carro. Yo cerraba los ojos y
me perdía en sus besos. Me bajó el short, me estrujó las
nalgas y me besó los pechos. Sólo fue cuestión de unas
cuantas arremetidas de su miembro en mi tanga para que
los dos quedáramos exhaustos. Así, sin penetración, sólo
besos, caricias, estrujes, jadeos. Me abrazó nuevamente,
nos besamos tiernamente y nos vestimos. Eran ya las
cinco de la tarde, hora de despertar de este hermoso
sueño…
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SOBRE LA AUTORA
Ángela Cebollón Meza; nació en el estado de Hidalgo
el 01 de octubre de 1983. Profesora de tiempo completo
en la Universidad Tecnológica de Cancún (UT-C).
Su especialidad es la Lingüística y ha impartido cursos
de francés, inglés y redacción en español.
Actualmente es directora de la revista Novuscientifica
6.0. En sus ratos libres se dedica a escribir poesía y
cuento erótico.
Su libro de poesía "Vivencias" cuenta con el manejo de la
métrica y la metáfora exactas dentro de la poesía erótica;
y ha participado en las antologías de poesía "Entre tus
manos" y "Luciérnagas y libélulas", editadas por Plumas
Negras Editorial.
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