Juan Rulfo: sus cartas de amor a Clara Aparicio
En los siguientes escritos encontramos a un Juan Rulfo enamorado, merodeando en sus recuerdos
sobre lo que hace tan importante a su amada. Como una historia con un ritmo exquisito, Rulfo
conoció a Aparicio, quien después sería su esposa, cuando tenía 24 años y ella 13. Llevaron una
relación epistolar durante 7 largos y poéticos años, por ello sus entrañables cartas a su esposa son
bastante conocidas.
Chiquilla:
¿Sabes una cosa?
He llegado a saber, después de muchas vueltas, que tienes los ojos azucarados. Ayer nada menos
soñé que te besaba los ojos, arribita de las pestañas, y resultó que la boca me supo a azúcar; ni
más ni menos, a esa azúcar que comemos robándonosla de la cocina, a escondidas de la mamá,
cuando somos niños.
También he concluido por saber que los cachetitos, el derecho y el izquierdo, los dos, tienen sabor
a durazno, quizá porque del corazón sube algo de ese sabor.
Bueno, la cosa es que, del modo que sea, ya no encuentro la hora de volverte a ver.
No me conformo, no; me desespero.
Ayer pensé en tí, además, pensé lo bueno que sería yo si encontrara el camino hacia el durazno de
tu corazón; lo pronto que se acabaría la maldad a mi alma.
Por lo pronto, me puse a medir el tamaño de mi cariño y dio 685 kilómetros por la carretera. Es
decir, de aquí a donde tú estás. Ahí se acabó. Y es que tú eres el principio y fin de todas las cosas.
Querida Chachinita:
¿Nunca te he contado el cuento de que me caes re bien? Pues si? ése ya lo sabes te voy a contar
otro. Ahí tienes que había una vez un muchacho más loco, que toda la vida se la había pasado
sueñe y sueñe. Y sus sueños eran, como todos los sueños puras cosas imaginarias? […] Bueno, la
historia es muy larga y voy a dar un brinco. Vinieron los años buenos en que comenzó a ver
acercarse un sueño. El mejor de todos. Grande y enormemente hermoso. Era una muchachita rete
horripilante que levantaba la ceja para mirar a los seres despreciables que iban a su lado. Así era
de lejos. Pero más cerca, cuando se veía todo lo que ella era claramente, cuando uno se asomaba
a sus ojos, el cariño cegaba todas las demás cosas y uno ya jamás quería separarse de su lado. Ese
sueño que eres tú todavía dura. Durará? siempre, porque siento como que ?estás dentro de mi
sangre y pasas por? mi corazón a cada rato. […]
De verdad, cuídate mucho, come y duerme bien y sueña con los angelitos y no con esta cosa
maligna que soy yo.
Pero no me olvides.
Y que siempre seas igual, Chachinita adorada.
Juan
Muchachita:
No puedo dejar pasar un día sin pensar en ti. Ayer soñé que tomaba tu carita entre mis manos y te
besaba. Fue un dulce y suave sueño. Ayer también me acordé de que aquí habías nacido y bendije
esta ciudad por eso, porque te había visto nacer.
No sé lo que está pasando dentro de mí; pero a cada momento siento que hay algo grande y noble
por lo que se puede luchar y vivir. Ese algo grande, para mí, lo eres tú. Esto lo he sabido desde
hace mucho, más ahora que estoy lejos lo he ratificado y comprendido.
Estuve leyendo hace rato a un tipo que se llama Walt Whitman y encontré una cosa que dice:
El que camina un minuto sin amor,
Camina amortajado hacia su propio funeral.
Y esto me hizo recordar que yo siempre anduve paseando mi amor por todas partes, hasta que te
encontré a ti y te lo di enteramente.
Clara, mi madre murió hace 15 años; desde entonces, el único parecido que he encontrado con
ella es Clara Aparicio, alguien a quien tú conoces, por lo cual vuelvo a suplicarte le digas me
perdone si la quiero como la quiero y lo difícil que es para mí vivir sin ese cariño que ella tiene
guardado en su corazón.
Mi madre se llamaba María Vizcaíno y estaba llena de bondad, tanta que su corazón no resintió
aquella carga y reventó.
No, no es fácil querer mucho.
Juan
Algo ocurre cuando leemos a un autor, de algún modo nos sentimos más cercanos a él, a sus más
profundos pensamientos o proyecciones. Pero algo más íntimo sucede aún más cuando
accedemos a las cartas que alguna vez envió a una persona que era importante para él.