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Aventuras de Rigoberto

Rigoberto era el último dragón sobre la tierra. Vivía en una cueva con tres cabezas y sufría para conseguir comida. Un día conoció a Rosalina, una niña que iba a ser sacrificada a él, pero en vez de comérsela, compartieron una merienda. Rosalina invitó a Rigoberto a vivir con su familia, donde se hizo popular atracción turística. Rigoberto pasó el resto de sus días feliz y cuidado, comiendo sus tortitas favoritas de anís.

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Aventuras de Rigoberto

Rigoberto era el último dragón sobre la tierra. Vivía en una cueva con tres cabezas y sufría para conseguir comida. Un día conoció a Rosalina, una niña que iba a ser sacrificada a él, pero en vez de comérsela, compartieron una merienda. Rosalina invitó a Rigoberto a vivir con su familia, donde se hizo popular atracción turística. Rigoberto pasó el resto de sus días feliz y cuidado, comiendo sus tortitas favoritas de anís.

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Aventuras de Rigoberto, el último dragón


sobre la tierra
Magda Donato
Había una vez un dragón que tenía tres cabezas, y guardaba una princesa
encerrada en un castillo.
La princesa se pasaba la vida en lo alto de una almena, mirando a lo lejos,
a ver si llegaba algún héroe a libertarla.
Así, llevaba la pobre, esperando, día tras día, sus buenos cuatro o cinco siglos.
La princesita se iba haciendo algo vieja, y el dragón se iba poniendo bastante
achacoso; hasta padecía reuma.
Un día, la princesa le llamó y le dijo:
—Mira, Rigoberto (el dragón se llamaba Rigoberto), me he enterado de que
los héroes dehoy ya no se entretienen en libertar a princesas
cautivas, ni en luchar contra dragones. Prefieren irse en unos aparatos que
vuelan por los aires,como las alfombras mágicas de antes, a tirar
.bombas y destruir ciudades. Así es que ya me he
cansado de esperar.
—¿Y qué vamos a hacer, mi ama? —preguntó
el dragón con inquietud.
—Yo —contestó la princesa— pienso irme
por ahí, a ver si encuentro marido, aunque no

sea ni príncipe, ni héroe. En cuanto a ti, Rigoberto, lo siento, pero no puedo


llevarte conmigo,pues en las casas modernas, parece ser que
no hay sitio donde meter dragones. Así que tepagaré tres meses de sueldo, y
arréglatelas comopuedas.
Con que el pobre dragón quedó cesante, y
se lanzó a buscar por ahí la manera de ganarsela vida.
Pero resulta que el tener tres cabezas es una incomodidad muy grande para
andar por el mundo. Entre otras razones, son muy costosas de alimentar, de
modo que Rigoberto veía esfumarse
con rapidez el dinero que le dio la princesaal despedirle.
Con este motivo, tenía grandes quebraderos de cabeza y, claro, eran
quebraderos de tres. Otro inconveniente era que no solían estar nunca de
acuerdo las tres. Por ejemplo, cuando Rigoberto se detenía en una encrucijada,
indeciso acerca del camino que le convenía tomar, cada cabeza
.

quería tirar hacia otro lado, y con este motivo se armaban entre las tres
discusiones muy desagradables.
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Un día, al pasar por un pueblo, una pandilla de chamacos traviesos, de esos


que no quieren a los animalitos, se armaron de palos y fueron a pegarle al
dragón que, asustadísimo, intentó huir. Pero como una de las cabezas tiraba
hacia la izquierda, otra hacia la derecha, y la de en medio opinaba que lo
mejor era subirse a un árbol, Rigoberto se hizo un lío con tantas opiniones
contradictorias, y no se movió, y los agresores le abollaron las tres cabezas.
¡Y hay que ver el dineral que se gastó después, en vendas y árnica, para
curarse tantos chichones!

Disgustadísimo, el pobre Rigoberto acabó refugiándose en una cueva, al pie


de una altamontaña, y haciendo de vez en cuando alguna
incursión por los pueblos cercanos, en busca de alimento.
Allá se iba nuestro buen dragoncito, arrojandohumo por las narices, y llamas y
rugidos por las bocas. Las gentes al verle huían con espanto.
Entonces él se apoderaba de algún corderillo, o de unos gansos, o unos
conejos o unas gallinas, se los llevaba a su cueva, y tenía comida
para unos días.
Claro que esto era un verdadero robo, y como Rigoberto siempre
fue un dragón honrado, le remordía un poco la conciencia. Pero ¿qué
iba a hacer? Tampoco era cosa de dejarse morir de hambre; y el no tener un
pedazo de pan quellevarse a las tres bocas resultaba para él tres
veces más doloroso que para cualquiera de nosotros.
Estas incursiones del dragón tenían aterrados a todos los habitantes de aquella
comarca. Y como la gente es tan fantasiosa, dieron en decir que se llevaba
también niños, y hasta personasmayores, y que era muy malo y muy feroz, y
en fin, que le levantaron toda clase de calumnias.
Hasta que un día, se reunieron en consejo los vecinos más sabios de todos los
pueblos de los alrededores,para decidir cómo se podrían defender
de tan terrible monstruo.
Cada uno contó algún cuento que sabía, de esos de dragones. Pero en casi
todos esos cuentos sale algún héroe que mata al dragón. Y
por más que buscaron e indagaron, por ahí no había ningún héroe, sino
solamente zapateros, o leñadores, albañiles o abarroteros, y ninguno sabía de
matar dragones, sobre todo de
tres cabezas.
En algunos cuentos, el héroe es un niño
deseoso de alcanzar gloria y fortuna; pero
tampoco encontraron
niños de ésos. Los de aquellos pueblos preferían jugar al
3

futbol y hasta ir a la escuela, mejor que vivir grandes aventuras.


Por fin, un vecino recordó un cuento, en que
un país asolado por un dragón espantoso acuerda entregarle cada año una
jovencita de quince años; con esto, el monstruo se daba por satisfecho, y
dejaba en paz a los demás.
Todo el mundo encontró la idea excelente y además muy realizable, porque
eso sí, había
por ahí muchísimas niñas quinceañeras. Se hizo un sorteo entre todas ellas, y
le tocó en suerte, mejor dicho en mala suerte, el ser sacrificada, a
una joven muy mona, llamada Rosalina.
Con que su mamá le dio una cestita con rica merienda para el camino, y
Rosalina se despidió de todos, y se fue hacia la cueva del dragón, para
que se la devorase.
Al llegar, oyó unos gemidos de dolor que partían el alma: “¡Ay, ay, ay!” Eran
dos bocas
del dragón las que así se lamentaban; la tercera boca, la tenía el pobre
Rigoberto hecha una lástima, toda llagada, llena de quemaduras que le dolían
horriblemente.
—¿Qué te ha pasado, dragón? —preguntó
Rosalina.
—Verás —explicó Rigoberto—; es que mi oficio de dragón, me impone la
necesidad de asustar a la gente, arrojando humo y llamas. Y claro, para
conseguirlo, no es cosa de encenderme una caldera dentro del estómago. Así
es que empleo el procedimiento de los titiriteros de circo, que consiste en
tomar en la garganta un buche de alcohol y prenderle fuego. Pero hoy me
equivoqué, lo encendí antes de tiempo, y me ha quemado una boca.
Rosalina sintió una gran pena, porque tenía buen corazón, y sabía que se debe
uno compadecer de los que sufren, así sean pajaritos, dragones,
u otros seres por el estilo.
Precisamente traía un bálsamo que su mamámetió en su cestita por si se
lastimaba los pies al caminar hacia la montaña. Se lo puso al dragón
en las pupas que tenía en la boca, y esto le alivió mucho.
—Ya no me duele —exclamó Rigoberto contentísimo—.
¡Qué alegría! ¡Muchas gracias!
—Y ahora —preguntó Rosalina—, ¿me vas a devorar?
—¡Qué va! —protestó Rigoberto—. ¿Por quién me tomas? Si a mí no me
gustan nada las niñas de quince años. Prefiero los dulces.
—¡Qué bueno! Entonces vamos a merendar
juntos.
4

Y Rosalina sacó de su cestita un mantel, lo desgarró en tres trozos y puso cada


uno de ellos en cada uno de los cuellos de Rigoberto, a modo
de servilleta.
Después sacó su merienda de pasteles, emparedados de pavo trufado, pan de
dulce, yun termo lleno de café con leche y lo repartió todo con el dragón, que
estaba encantado.
Sobre todo, ciertas tortitas de anís le entusiasmaron, porque decía que le
sentaban muy bien para el estómago.
Cuando se acabaron las provisiones, Rosalinapreguntó:
—Y ahora, ¿qué haremos?
—Ahora —dijo
Rigoberto— no tendré más remedio que bajar a los
pueblos, en busca de corderos para que nos los comamos crudos, mañana.
—¡Uy, no! A mí no me gustan los corderos crudos —protestó la niña.
—A mí tampoco me hacen mucha gracia, no
te creas; pero no tengo dinero para comprar golosinas.
—Se me ocurre una idea —exclamó entonces Rosalina—. Vente conmigo a
vivir a casa de mispapás; ya no tendrás que quemarte, arrojando llamas por la
boca, y yo me divertiré mucho paseándome
montada sobre ti.
—¿Montarte sobre
mí? —exclamó Rigoberto, ofendido en su dignidad de dragón—. Eso no
puede ser.
¿Qué diría la gente?
Pero Rosalina insistió, y le hizo tantos mimos que le convenció, y la dejó
montar. Así, se fueron hacia el pueblo y, en el camino, lo pasaron muy bien,
porque la niña tiraba piedrecitas a lo lejos, y el dragón corría a atraparlas con
sus tres bocas a la vez.
Los papás de Rosalina vivían en una casita color crema, rodeada de un lindo
jardín; allí colocaron al dragón para que guardara la casa, y espantara a los
ladrones.
De todos los pueblos vecinos, y hasta de grandes ciudades, acudió gente a ver
al dragoncito que estaba precioso, pues Rosalina le había adornado las cabezas
con listones de raso, y la cola con un magnífico cascabel dorado.
Entonces, los papás de Rosalina colocaron a la entrada un cartel que
decía:
R
El éxito fue tan grande que organizaron días de moda, aumentaron los precios
y los jueves
regalaban globitos y todo.
5

Con lo cual los papás de Rosalina ganaron muchísimo dinero, y Rigoberto, el


último dragón sobre la tierra, acabó su existencia tranquilo, mimado y feliz,
comiendo, a diario, tortitas de anís.
Aquí puede verse el dragón de tres cabezas más
mundo. La alegría de los niños y la

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