Lalluvia
temprana
ylalluvia
tardía
JOAQUÍN YEBRA SERRANO
LAS LLUVIAS TEMPRANA Y TARDÍA
Pr. Joaquín Yebra.
Madrid, verano, 2018.
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CONTENIDO:
· Introducción.
· El Derramamiento del Espíritu Santo.
· ¿A Quién Pertenece el Crecimiento de la Cosecha?
· ¿Qué Nos Toca Hacer a Nosotros?
· ¿Qué es lo Fundamental que Hemos de Hacer por Nuestra Parte?
· ¿Cuál es el Propósito de Dios para Nosotros?
· ¿Esperamos Ver que se Reavive Toda la Iglesia Institucional?
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INTRODUCCIÓN
La tierra de Israel era y es un territorio de valles y colinas regadas por la lluvia.
La promesa del Señor fue que no faltaría la lluvia siempre que el pueblo caminara por los
mandamientos y decretos divinos:
Deuteronomio 11:10-17:
“La tierra a la que vas a entrar para tomarla no es como la tierra de Egipto, de donde
habéis salido, donde sembrabas tu semilla y regabas con tu pies, como huerto de
hortaliza.
La tierra a la que vais a entrar para tomarla es tierra de montes y de vegas, que bebe las
aguas de la lluvia del cielo; una tierra de la que cuida YHVH, tu Dios.
Siempre están sobre ella los ojos de YHVH, tu Dios, desde el principio del año hasta el fin.
Si obedecéis cuidadosamente a los mandamientos que yo os prescribo hoy, amando a
YHVH, vuestro Dios, y sirviéndole con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, yo
daré la lluvia a vuestra tierra a su tiempo, la temprana y la tardía, y tú recogerás tu grano,
tu vino y tu aceite.
Daré también hierba en tu campo para tus ganados, y comerás hasta saciarte. Guardaos,
pues, que vuestro corazón no se deje engañar y os apartéis para servir a dioses ajenos a
inclinaros delante de ellos; no sea que se encienda el furor de YHVH sobre vosotros,
cierre los cielos y no haya lluvia, ni la tierra dé su fruto, y perezcáis bien pronto en esa
buena tierra que os da YHVH.”
Bajo la figura de la lluvia temprana y la lluvia tardía que caen al tiempo de la siembra y de
la cosecha, respectivamente, los profetas hebreos anunciaron el derramamiento de la
gracia de Dios en una medida extraordinaria sobre el pueblo del Señor, el remanente fiel.
¿Quiénes forman ese remanente fiel?
El Señor responde en su Santa Palabra, según leemos en el libro de Apocalipsis:
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Apocalipsis 12:17:
“Los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo.”
Apocalipsis 14:12:
“Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe
de Jesús.”
Vemos que la verdadera iglesia se distingue por el carácter de los fieles. Y el “remanente”
es la designación del pueblo de Dios en el tiempo del fin, caracterizado por la observancia
de los Mandamientos de Dios y la fe de nuestro Señor Jesucristo.
En esos términos conviene tener muy presentes las palabras del Apóstol Pedro:
1ª Pedro 3:10-15:
“Porque el que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua del mal y sus
labios no hablen engaño; apártese del mal y haga el bien, busque la paz y sígala, porque
los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones, pero el
rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal.
¿Quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien? Pero también si
alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os
amedrentéis por temor a ellos, ni os inquietéis.
Al contrario, santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre
preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os
demande razón de la esperanza que hay en vosotros.”
“Santificar a Dios” ha de ser no sólo de labios, sino como un compromiso de vida.
En cuanto al “testimonio de Jesucristo”, se nos explica en Apocalipsis que se trata del
“espíritu de profecía”:
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Apocalipsis 19:10:
“El testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía.”
Apocalipsis 1:1-2:
“La revelación de Jesucristo que Dios le dio para manifestar a sus siervos las cosas que
deben suceder pronto. La declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, el
cual ha dado testimonio de la palabra de Dios, del testimonio de Jesucristo y de todas las
cosas que ha visto.”
Ese es el cumplimiento de la profecía de nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio:
Evangelio según Mateo 23:34:
“Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y
crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en
ciudad.”
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EL DERRAMAMIENTO DEL ESPÍRITU SANTO.
El derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, después de la Pascua de
Jesús, fue el comienzo del derramamiento de la lluvia temprana, y sus resultados fueron
gloriosos.
La lluvia temprana ha sido derramada y seguirá siéndolo hasta el fin del tiempo.
Por eso es que la presencia del Santo Espíritu de Dios ha de morar en la Iglesia de Cristo,
el remanente fiel, hasta la consumación de todas las cosas.
¿Cuál es el propósito de la lluvia temprana?
Los israelitas se refirieron a la lluvia con estos términos “lluvia temprana” y “lluvia tardía”.
La primera lluvia cae en los meses de Octubre y Noviembre.
Se trata del tiempo de siembra. La tierra está apelmazada y seca, y la lluvia temprana la
empapa y vuelve blanda, pues de lo contrario no se podría arar y así prepararla para la
siembra de la simiente.
Esta lluvia es imprescindible para que la semilla germine.
Sin ella, la simiente no puede germinar y dar fruto, sino que se seca y resulta infructuosa.
Bajo la influencia de los aguaceros fertilizantes surgirán los brotes tiernos.
A menos que la lluvia temprana caiga, no habrá vida. El brote verde no surgirá, pues esa
lluvia temprana será la que perfeccione a la semilla.
La germinación de la simiente representa el comienzo de la vida espiritual, y el desarrollo
de la planta es una bella figura del crecimiento del cristiano en el conocimiento del Señor
y de su gracia divina.
Como en la naturaleza, así también en la gracia no puede haber vida sin crecimiento.
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Por eso es que la lluvia temprana tiene un comienzo, cuando nuestra “tierra”, la de
nuestro corazón, es ablandada para recibir y acoger la simiente del Evangelio, para que
reconozcamos la realidad de nuestro pecado, nos arrepintamos y entreguemos nuestro
corazón a Jesucristo, recibiéndole como nuestro único Señor y Salvador, personal, eterno
y todo suficiente.
En cada grado de desarrollo de la vida cristiana necesitamos la renovación de esa lluvia
temprana, pues de lo contrario nuestro corazón, el antropomorfismo para nuestra
conciencia, volverá a endurecerse, como la tierra que sin la lluvia se apelmaza y convierte
en un seco terrón donde la semilla depositada se seca y naturalmente muere.
Muchos han dejado en gran medida de recibir la lluvia temprana. No han obtenido todos
los beneficios que Dios ha provisto para ellos, porque los han despreciado
infravalorándolos hasta llegar a olvidarlos.
Sus oídos se han vacunado contra la Palabra de Dios, lo que ha insensibilizado su
corazón a la voz del Santo Espíritu de Dios.
Esperan que esa falta sea suplida por la lluvia tardía, pero cuando venga esa lluvia
tardía, y se dispongan a abrir sus corazones para recibirla, puede que lamentablemente
sea demasiado tarde.
Quienes eso hacen están sin duda cometiendo un terrible error.
Es Dios quien empezó la obra con la lluvia temprana, y Él la consumará, haciéndonos
completos en Cristo Jesús para el día de su Segundo Adviento.
No debe haber descuido de la gracia representada por la lluvia temprana.
Sólo aquellos que están viviendo a la altura de la luz recibida, recibirán más luz.
Ahora bien, ¿cuál es el propósito de la lluvia tardía?
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La lluvia tardía madurará la cosecha de la tierra. Es la lluvia de gracia que prepara al
remanente fiel para la Segunda Venida de Cristo.
Pero a menos que la lluvia temprana haya caído, no habrá vida. El brote verde no habrá
surgido.
A menos que la lluvia temprana haya hecho su obra, la lluvia tardía no podrá perfeccionar
ninguna semilla que no haya sido germinada.
Libro del profeta Zacarías 10:1:
“Pedid a YHVH lluvia en la estación tardía. YHVH hará relámpagos, y os dará lluvia
abundante y hierba verde en el campo a cada uno.”
El profeta insta a su pueblo a pedir la lluvia temprana al Dios Eterno, y no a los Baales,
deidades a las que atribuían los poderes de la fertilidad los pueblos circunvecinos de
Israel.
La lluvia tardía caía en toda la Siria Palestina, nombre con el que el Imperio Romano
designaba a la tierra de Israel, en la primavera, cuando maduraban las cosechas de la
cebada y del trigo, en los días de la fiesta de “Shavuot”, es decir, las “Siete Semanas” que
median entre la festividad de “Pésaj”, “La Pascua” y Shavuot”, “Pentecostés”, es decir,
“Los Cincuenta Días”.
El bienestar del pueblo de Israel dependía íntimamente de las dos temporadas de lluvia,
la temprana y la tardía.
Cuando las lluvias se demoraban, el pueblo de Israel hacía oración y ayuno en el plano
nacional y en el individual.
De ahí se desprende que en el curso de las Sagradas Escrituras veamos los
derramamientos del Espíritu Santo bajo la ilustración de estas dos temporadas de lluvia
sobre la tierra.
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En el libro del profeta Oseas se nos anuncia que si nos volvemos al Señor, es decir, si nos
arrepentimos, Él nos avivará y sanará las heridas producidas por el pecado, y además
vendrá sobre nosotros con el derramamiento de su lluvia de bendición.
Oseas 6:1-3:
“Venid y volvamos a YHVH, pues él nos destrozó, mas nos curará; nos hirió, mas nos
vendará. Después de dos días nos hará revivir, al tercer día nos levantará, y viviremos
delante de él. Esforcémonos por conocer a YHVH; cierta como el alba es su salida.
Vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana viene a la tierra.”
Pero nosotros no debemos quedarnos satisfechos esperando que la lluvia primaveral
caiga, vital para la maduración de la mies, sino que hemos de pedirla, cada uno para su
campo.
Nuestro Señor espera que no permanezcamos de brazos cruzados ante sus promesas,
sino que diligentemente caminemos por la senda de la obediencia hacia el cumplimiento
de todas las cosas.
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¿A QUIÉN PERTENECE EL CRECIMIENTO DE LA COSECHA?
El crecimiento y perfeccionamiento de la semilla no pertenece al hombre dueño del
campo, dueño de su vida, sino al verdadero Dueño que es el Señor.
Sólo Dios puede madurar la cosecha. Pero hay algo que nos corresponde hacer a
nosotros: Debemos colocarnos en el canal de bendición para recibir el agua del cielo que
abundantemente nos es prometida.
Debemos aprovechar todos los medios de gracia, todas las oportunidades que nuestro
Señor nos brinda:
La oración, el estudio de las Sagradas Escrituras, la congregación cristiana para
estimularnos al amor y a las buenas obras.
¿Cuándo recibiremos la lluvia tardía?
El segundo capítulo del libro del profeta Joel es sumamente esclarecedor al respecto:
Sonará la trompeta en Sión ante la alarmante situación en que se hallará la iglesia
separada del remanente fiel en los días anteriores a la Segunda Venida de nuestro Señor
Jesucristo.
Será el momento en el que un gran contingente de la cristiandad nominal se encontrará
dentro de la gran organización mundial que la Sagrada Escritura presenta bajo la
designación de “Babilonia la Grande”.
La situación mundial será tan grave que el remanente fiel intercederá ante Dios, como se
describe en Joel 2:15-18, 28-32:
“¡Tocad trompeta en Sión, proclamad ayuno, convocad asamblea, reunid al pueblo,
santificad la reunión, juntad a los ancianos, congregad a los niños, aun a los que maman,
y salga de su alcoba el novio y de su lecho nupcial la novia!
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Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de YHVH, y digan: Perdona,
YHVH, a tu pueblo, y no entregues al oprobio a tu heredad para que no la dominen las
naciones.
¿Por qué han de decir entre los pueblos: ‘¿Dónde está su Dios?’ Y YHVH, solícito por su
tierra, perdonará a su pueblo…
Después de esto derramaré mi Espíritu sobre todo ser humano, y profetizarán vuestros
hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán
visiones.
También sobre los siervos y las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Haré
prodigios en los cielos y en la tierra, sangre, fuego y columnas de humo. El sol se
convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el día, grande y espantoso, de
YHVH.
Y todo aquel que invoque el nombre de YHVH, será salvo; porque en el monte Sión y en
Jerusalem habrá salvación, como ha dicho YHVH, y entre el resto al cual él habrá
llamado.”
“Después de esto” nos habla del tiempo del fin, cuando Dios promete derramar su Santo
Espíritu abundantemente y sin distinciones de género, ni de edad, ni de carácter social.
De ese modo se cumplirá la antigua petición de Moisés de que todo el pueblo de Dios
recibiera el don del Espíritu:
Números 11:26-29:
“En el campamento habían quedado dos hombres, uno llamado Eldad y el otro Medad,
sobre los cuales también reposó el Espíritu.
Estaban estos entre los inscritos, pero no habían venido al Tabernáculo. Y profetizaron en
el campamento.
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Un joven corrió a avisar a Moisés, y le dijo: Eldad y Medad profetizan en el campamento.
Entonces respondió Josué hijo de Nun, ayudante de Moisés, uno de sus jóvenes, y le dijo:
Señor mío Moisés, no se lo permitas.
Moisés le respondió: ¿Tienes tú celos por mí? Ojalá todo el pueblo de YHVH fuera
profeta, y que YHVH pusiera su Espíritu sobre ellos.”
Por falta de piedad y fe obediente, lamentablemente reducida a mera “creencia”, por no
tener a Jesús como único modelo, muchos han caído y siguen cayendo en los engaños
satánicos y en las tinieblas más profundas, aunque mantengan apariencia de piedad, pero
con sus actos niegan la eficacia de dicha piedad.
Ninguno podrá recibir el sello de Dios, la lluvia tardía, mientras viva en desobediencia a
nuestro Señor.
Recordemos cómo el Apóstol Pedro citó la profecía de Joel en aquel Día de Pentecostés
registrado en el capítulo 2 del libro de los Hechos de los Apóstoles, inmediatamente
después de la Pascua de nuestro Señor Jesucristo:
Hechos de los Apóstoles 2:17-21:
“En los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros
hijos y vuestras hijas profetizarán; y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos
soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas, en aquellos días
derramaré de mi Espíritu y profetizarán.
Y daré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra, sangre, fuego y vapor de
humo; el sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el día del
Señor, grande y glorioso. Y todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo.”
El Apóstol Pedro anunció bajo la unción del Santo Espíritu de Dios el derramamiento del
Consolador en los días postreros, mediante lo cual nuestro Señor usa a todos para salvar
a todos.
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Sin embargo, no fue entonces cuando se cumplió lo profetizado por Joel, sino que aquella
lluvia temprana iniciaría el proceso de la proclamación del Evangelio, cuyo final estaría
marcado por la lluvia tardía, acontecimiento que marcará la conclusión de la historia,
antes de la Segunda Venida de Cristo.
Como en todas las demás Escrituras, un remanente de fieles sobrevivirá al juicio divino:
Sofonías 3:10-13:
“De la región más allá de los ríos de Etiopía me suplicarán; la hija de mis esparcidos
traerá mi ofrenda.
En aquel día no serás avergonzada por ninguna de las obras con que te rebelaste contra
mí, porque entonces quitaré de en medio de ti a los que se alegran en tu soberbia, y
nunca más te ensoberbecerás en mi santo monte.
Y dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, el cual confiará en el nombre de
YHVH.
El resto de Israel no hará injusticia ni dirá mentira, ni en boca de ellos se hallará lengua
engañosa, porque ellos serán apacentados y reposarán, y no habrá quien los atemorice.”
La dispersión de los hijos de Dios tiene sus orígenes en los días de la construcción de la
Torre de Babel, según leemos en el capítulo 11 del libro de Génesis, pero en el
cumplimiento del tiempo Dios los traerá de vuelta a casa.
Este pasaje revela que el juicio de Dios en su Día Glorioso será de naturaleza
purificatoria, pues la razón por la cual “la hija de los esparcidos no será avergonzada” es
porque la mancha de todas sus maldades será borrada.
El remanente fiel será salvado del juicio condenatorio, y la gloriosa promesa del Señor es
que nuestras vidas serán modeladas en el seguimiento de nuestro Señor y viviendo en
humildad, integridad y confianza.
El resultado apoteósico es el canto de alabanza y regocijo del pueblo redimido:
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Sofonías 3:14-20:
“¡Canta, hija de Sión!
¡Da voces de júbilo, Israel!
¡Gózate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalem!
YHVH ha retirado su juicio contra ti;
Ha echado fuera a tus enemigos;
YHVH es Rey de Israel en medio de ti;
No temerás ya ningún mal.
En aquel tiempo se dirá a Jerusalem:
¡No temas, Sión, que no se debiliten tus manos!
YHVH está en medio de ti.
¡Él es poderoso y te salvará!
Se gozará por ti con alegría,
Callará de amor,
Se regocijará por ti con cánticos.
Como en día de fiesta
Apartaré de ti la desgracia;
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Te libraré del oprobio que pesa sobre ti.
En aquel tiempo yo apremiaré a todos tus opresores;
Salvaré a la oveja que cojea y recogeré a la descarriada.
Cambiaré su vergüenza en alabanza y renombre en toda la tierra.
En aquel tiempo yo os traeré;
En aquel tiempo yo os reuniré
Y os daré renombre y fama
Entre todos los pueblos de la tierra,
Cuando levante vuestro cautiverio ante vuestros propios ojos, dice YHVH.”
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¿QUÉ NOS TOCA HACER A NOSOTROS?
Nos toca limpiar el templo de nuestra alma de toda contaminación de carne y de espíritu.
Para eso, nuestro Señor nos da la presencia de la bendita Persona del Espíritu Santo.
Los que resisten la tentación y soportan la prueba y la vencen son los que estarán
preparados para la traslación a la Casa del Padre:
Juan 14:1-3, son palabras de nuestro Señor Jesucristo pronunciadas muy poco antes de
su Pasión por nosotros, y van dirigidas primeramente a sus apóstoles abatidos ante la
perspectiva del pronto regreso del Señor a la Casa del Padre, de donde había venido,
pensando que quedarían solos y abandonados.
Estas son palabras de nuestro bendito Señor y Salvador que no nos cansamos de repetir:
“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.
En la Casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho;
Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez
y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis.”
¿Qué ocurrirá en la tierra antes de los juicios de Dios?
Antes que los juicios de Dios caigan sobre esta tierra, habrá entre el pueblo de Dios, la
Iglesia fiel, el remanente santo, un avivamiento de la piedad primitiva, cuando todos los
discípulos eran de un solo corazón y una sola alma, y las señales del Señor abundaban.
El Espíritu del Señor será derramado sobre todos sus hijos e hijas, cual no se ha visto
nunca desde los tiempos apostólicos.
Esa obra está prefigurada por lo que aconteció en aquel día de Pentecostés relatado en el
capítulo 2 del libro de los Hechos de los Apóstoles.
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Como la lluvia temprana fue dada en la efusión del Santo Espíritu al principio del
ministerio de la Iglesia, para hacer crecer la preciosa semilla del Evangelio Eterno, así
también la lluvia tardía será dada al final de dicho ministerio para hacer madurar la
cosecha.
Podemos afirmar que la lluvia temprana produce la conversión, mientras que la lluvia
tardía desarrollará un carácter semejante a Cristo.
En ningún momento de nuestra vida cristiana podemos prescindir de la lluvia temprana.
Su recepción no es de una vez para siempre. Al igual que la llenura del Espíritu Santo, se
trata de una experiencia que hemos de renovar cada día.
No podemos prescindir de la lluvia que nos capacitó para comenzar nuestra vida de
seguimiento de Jesucristo.
Las bendiciones recibidas en ocasión de la lluvia temprana nos serán necesarias hasta el
mismísimo fin de nuestros días sobre la tierra.
Los derramamientos de la lluvia temprana son los que producen en nosotros la
perseverancia en el discipulado cristiano, nuestro crecimiento en la gracia de Dios y en el
conocimiento de Jesucristo, así como el fruto de la mansedumbre y la humildad de
corazón.
La buena obra que ha sido comenzada, será consumada por nuestro Señor mediante el
derramamiento de su lluvia, la renovación en el Espíritu Santo.
Recordemos siempre que el Santo Espíritu Consolador busca morar en cada alma, para
llenarnos hasta rebosar.
Si le damos la bienvenida como quien es, seremos hechos completos en Cristo, saturados
por su Divina Persona con pensamientos santos, afectos nobles y las buenas obras que
Dios ha puesto delante de nosotros para que caminemos por ellas.
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Así serán reemplazados nuestros pensamientos impuros, los sentimientos perversos y los
actos rebeldes, por la obra del Santo Espíritu de Dios, para que toda la gloria y la honra
sean del Señor y no de nuestra factura meritoria.
Lamentablemente, estamos ya dentro de la apostasía profetizada para los últimos
tiempos, en la cual avanzamos a pasos muy acelerados.
Muchos han perdido de vista a nuestro Señor Jesucristo, y como resultado son muchos
los círculos religiosos en los que tampoco hay Evangelio que predicar.
Y cuando esto acontece, las redes de Babilonia la Grande cae sobre ellos.
El resultado es la inmensa desgracia de la “gracia barata”, la que cuando se niega al
Señor como único Soberano, la gracia de Dios se convierte en libertinaje, y a lo “bueno”
se le llama “malo” y a lo “malo” se le llama “bueno”.
En medio de ese contexto, quienes hayan despreciado la lluvia temprana, no podrán
apreciar los beneficios de la lluvia tardía.
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¿QUÉ ES LO FUNDAMENTAL QUE HEMOS DE HACER POR NUESTRA PARTE?
Mediante la oración de fe debemos pedir a nuestro Señor que la lluvia temprana siga
cayendo en nuestras vidas, una porción mayor cada día, para asemejarnos a nuestro
Señor, el Autor de nuestra salvación.
La mayor y más urgente necesidad de nuestras vidas, y por tanto de toda la Iglesia de
Dios, el remanente fiel, es un reavivamiento espiritual, una vuelta a la piedad verdadera.
Procurar ese reavivamiento debería ser el gran anhelo de nuestros corazones.
Ahora bien, no pensemos que Dios no esté dispuesto a derramar sus bendiciones, sino
que en todo caso somos nosotros quienes no estamos dispuestos a recibirlas.
Nuestro Padre Celestial está más dispuesto a conferir la unción de su Espíritu Santo, que
nosotros a anhelarlo y pedirlo.
Hemos olvidado que Jesús nos ha dicho que si nosotros siendo malos sabemos dar
buenas dádivas a nuestros hijos, cuánto más está nuestro Padre celestial dispuesto a
darnos su Santo Espíritu a quienes se lo pidamos.
¿Cuál ha de ser nuestro primer paso?
Mediante el arrepentimiento, es decir, el darnos la vuelta dejando atrás nuestra vana
manera de vivir -ese es siempre el primer paso- la confesión sincera de nuestros
pecados, la humillación genuina, la reconciliación entre los hermanos y la oración
ferviente, recibiremos todas las bendiciones prometidas por nuestro Señor, sin que falte
una sola.
Muchos cristianos nominales necesitan recibir la gracia transformadora del Espíritu Santo
en sus corazones.
Esa es la lluvia temprana. Es obra que sólo el bendito Paráclito puede realizar en cada
corazón dispuesto.
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Ese reavivamiento significa una reorganización de nuestra vida y de la vida de la iglesia,
una transformación de nuestras ideas, hábitos y prácticas.
Dios, quien se ha dado por entero en el sacrificio de su Hijo Unigénito, uno con Él, no
aceptará nada menos que una entrega sin reservas.
Por eso es que el verdadero cristiano mantiene abiertas hacia el cielo las ventanas de su
alma.
Eso significa vivir en el compañerismo de nuestro Señor Jesucristo, dejándonos guiar por
su mano poderosa.
Nuestra voluntad ha de estar rendida por entero a nuestro Señor.
Nuestro mayor deseo ha de ser parecernos a nuestro Salvador, por cuanto es lo que a
Dios más agrada y a nosotros más nos conviene.
Los mandamientos que eran antes pesadas cargas, se vuelven bajo la lluvia temprana en
delicias, en el más hondo anhelo de nuestro corazón.
¿Puede salvarnos la Ley de Dios?
Cumplir los mandamientos no puede salvarnos, no a causa de la debilidad de la Ley de
Dios, que es perfecta y convierte el alma, sino a causa de la debilidad de nuestra vieja
naturaleza carnal.
Por eso es que somos salvados por la gracia y la misericordia divina para andar por sus
mandamientos, en los cuales se revela el carácter de Dios nuestro Señor.
Jesús ha prometido que si le amamos, guardaremos sus mandamientos, pues no nos
faltará nunca la provisión de su gracia.
No podemos cometer la osadía de pretender usar al Espíritu Santo.
Es el Espíritu Santo quien anhela ardientemente usarnos a nosotros:
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Filipenses 2:13:
“Porque Dios es quien en vosotros produce así el querer como el hacer su buena
voluntad.”
Sin embargo, muchos no quieren someterse a eso, sino que pretenden manejarse a sí
mismos.
Han olvidado que no somos nuestros, que no nos pertenecemos, sino que hemos sido
comprados al precio de la vida de Jesús de Nazaret.
Cuando ponemos nuestra voluntad por delante de la de nuestro Señor, nosotros mismos
somos quienes impedimos que nos llegue y sature el Don Celestial.
Sólo esperando humildemente en Dios, velando por tener su dirección y su gracia, se
derrama el Espíritu en los corazones.
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¿CUÁL ES EL PROPÓSITO DE DIOS PARA NOSOTROS?
El Señor anhela que nos acerquemos más a su Hijo Jesucristo para recibir la preparación
necesaria para el día del gran encuentro, en la Segunda Venida de nuestro Señor
Jesucristo con poder y gran gloria, para arrebatar, para rescatar, de este mundo a su
pueblo, el remanente fiel que anda en la perseverancia de la fidelidad, en los
mandamientos de Dios y la fe de Jesús.
Apocalipsis 14:12:
“Aquí está la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la
fe de Jesús.”
La voz griega “ypomoné” conlleva los significados de “paciencia” y “perseverancia”
Esto significa que nos toca a nosotros remediar los defectos de nuestro carácter, limpiar el
templo de nuestra alma, del hombre interior, de toda contaminación, y para lograrlo Dios
nos otorga todas las herramientas precisas en su Palabra y en la bendita Persona de su
Santo Espíritu.
Recordemos que no hay nada que Satanás -¡Dios le reprenda!- tema tanto como que el
pueblo de Dios despeje el camino quitando todo impedimento al fluir del Santo
Consolador, quien trae consigo la lluvia temprana, y traerá la tardía.
Recordemos lo que nos dice la Palabra del Señor en Zacarías 4:6:
“No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho YHVH de los ejércitos.”
Vendrá la lluvia tardía y la bendición de Dios llenará cada alma purificada de toda
contaminación.
Nuestra obra hoy consiste en rendir nuestro ser a Jesucristo para ser preparados para
recibir el refrigerio prometido, el bautismo con el Espíritu Santo, el sello imborrable de
nuestra pertenencia al Redentor.
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El gran derramamiento del Espíritu Santo en la lluvia tardía, que iluminará toda la tierra
con su gloria, no acontecerá mientras la lluvia temprana no haya hecho su obra.
Necesitamos mantener limpio el aljibe de nuestro corazón y ponerlo boca arriba.
No necesitamos preocuparnos por la lluvia tardía. Vendrá en el día de Dios por Él
establecido.
Lo que nos corresponde a nosotros es mantener limpio el recipiente, nuestro aljibe, que
es nuestro corazón, para recibir el derramamiento de la lluvia tardía.
Nos toca ponerlo boca arriba y bien abierto, dispuesto para recibir la lluvia celestial.
La respuesta a nuestro anhelo de ser llenos del Espíritu Santo puede venir con celeridad
repentina y con poder abrumador, o puede demorarse durante algún tiempo, para que
aprendamos a esperar y nuestra fe sea probada.
Pero Dios sabe cómo y cuándo responder a nuestra plegaria.
Lo importante es que mantengamos abierto nuestro canal con el cielo, donde Jesucristo
glorificado, como Sumo Sacerdote del orden de Melquisedec, intercede por nosotros en el
Santuario Celestial, el verdadero, el no hecho de manos humanas, el que no pertenece a
esta creación, del cual el Tabernáculo Terrenal fue figura y sombra.
El asunto grande e importante que nos corresponde es entregar nuestro corazón y
nuestra mente al Autor de la vida y de nuestra Salvación, desechando toda envidia y
malicia, y como humildes suplicantes velar y esperar en sus promesas.
Jesús, nuestro Representante ante el Trono Celestial, y Cabeza del Remanente Fiel,
anhela reinar en nuestros corazones porque nos ama con amor eterno.
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¿ESPERAMOS VER QUE SE REAVIVE TODA LA IGLESIA INSTITUCIONAL?
El tiempo del reavivamiento de toda la iglesia institucional nunca llegará.
Solamente el remanente fiel estará dispuesto para semejante experiencia, por cuanto
habrá salido de Babilonia la Grande:
Apocalipsis 18:4-5:
“Y oí otra voz del cielo, que decía: ¡Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes
de sus pecados ni recibáis parte de sus plagas! Porque sus pecados han llegado hasta el
cielo y Dios se ha acordado de sus maldades.”
El Señor hace distinción entre una organización y quienes la constituyen.
Las entidades pueden formar parte de Babilonia, pero dentro de ella puede haber
hombres y mujeres que aman al Señor y le son fieles.
De ahí que el Señor en su misericordia se dirija a ellos llamándoles a salir para no recibir
el justo juicio que sobrevendrá sobre ella.
Hay muchas personas en las iglesias que lamentablemente no están convertidas al Señor,
sino a una organización o denominación.
Son cristianos nominales, que no han nacido del Espíritu Santo, de lo alto, de la simiente
incorruptible.
Son quienes no se unirán a la oración ferviente y eficaz.
Son quienes no anhelan la llegada del cumplimiento de la esperanza bienaventurada y
manifestación gloriosa de nuestro Dios y Salvador Jesucristo.
Hemos de tenerlos muy presentes en nuestras oraciones, pues hay muchos cristianos
nominales que después de toda una vida eclesial llegan un día a dejarse empapar por la
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lluvia temprana, porque Dios les ama y en su paciencia ha venido obrado en sus
corazones.
Nuestra oración por la iglesia nominal es un ministerio de suma importancia.
Y en el tiempo que tenemos por delante veremos a muchos verdaderos fieles salir de la
Gran Ramera para unirse al remanente fiel, los que guardan los mandamientos de Dios y
la fe de Cristo Jesús.
Podemos estar seguros de que cuando el Santo Espíritu de Dios sea derramado, los que
no recibieron la lluvia temprana porque no la apreciaron, no verán ni entenderán el valor
de la lluvia tardía.
Lamentablemente, la lluvia tardía les pasará completamente inadvertida.
¿Son una misma cosa el sellamiento de los días finales y la lluvia tardía?
Antes de que la obra de Dios sea completada, y la lluvia tardía selle al pueblo de Dios, el
remanente fiel, recibiremos el derramamiento del Espíritu Santo representado bajo la
figura de la lluvia tardía.
Solamente habrá dos clases de sellamientos al llegar al final de los tiempos: El de los
redimidos por la preciosa sangre de Cristo, y el de los sellados con la marca de la Bestia.
2ª Timoteo 2:19:
“Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: ‘Conoce el Señor a los que
son suyos’ y ‘Apártese de maldad todo aquél que invoca el nombre de Cristo’.”
Nuestro Padre Celestial no nos exige de nuestras manos lo que Él sabe que no puede
esperar de nosotros.
El Amado no espera de nosotros grandes cosas, hazañas gloriosas, sino simple y
llanamente espera fidelidad.
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Nuestras limitaciones nunca serán impedimento para que Dios nos ame con un amor
inefable.
Dios desea que su pueblo trabajemos fervientemente para cumplir el propósito que nos ha
sido asignado.
Hemos de orar en busca de poder, esperar poder y recibir poder, a fin de crecer hasta la
medida de la estatura de nuestro Señor Jesucristo, la plena estatura del Señor y Siervo
Sufriente, quien vendrá en el día establecido por el Padre Eterno como Mesías Triunfante.
Si no cultivamos la piedad personal no entenderemos el privilegio que se nos ha otorgado,
siendo llamados al arrepentimiento de nuestros pecados, y a la fe de Cristo que hemos de
testificar al mundo.
No podemos olvidar que el arrepentimiento y la fe son regalos de Dios.
La lluvia tardía nunca refrigerará y vigorizará a los indolentes que no usan las facultades
que Dios nos ha concedido, ni quienes se han conformado con una experiencia de
recepción de la lluvia temprana, pero no han vuelto al Señor en busca de la renovación de
esa lluvia que ablanda la tierra, es decir, nuestro corazón, para recibir las semillas del
Verbo que Dios anhela que germinen en todos sus hijos e hijas.
Bajo las figuras de la lluvia temprana y la lluvia tardía se nos muestra la necesidad de la
gracia divina en cada una de las etapas de la experiencia cristiana.
Al igual que en aquel Día de Pentecostés después de la Pasión de nuestro Señor y
Salvador Jesucristo, habrá quienes lamentablemente crean que estamos “llenos de
mosto” y nos acusarán de fanatismo.
No nos toca a nosotros juzgarles sino interceder por ellos, rogando a nuestro Señor que
obre en sus corazones para que se abran a la lluvia temprana, sin la cual la tardía no
podrán discernirla y recibirla.
¡Ven Señor Jesús!
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