NIETZSCHE Y LA Ci e NCIA
MARIO BUNGE
¡Fiat uita, pereat Qtritas! (Níetzschc y Millán de Astray)
Sólo en el breve período intermedio de su trayectoda atormen-
tada y alucinada respetó Nietzsche a la ciencia C). Es la etapa en
que hace la revisión crítica (confiriendo a este vocablo una exten-
sión muy generosa : Nietzsche no conoció la crítica, sino la vitupe-
ración) del schopenhauerismo y del wagnerismo de su juventud; el
período semipositivista en que prepara su sistemático ataque a los
valores tradicionales de la cultura, a todo valor qut:: no responda
afirmativa y rotundamente a la pregunta: ¿es útil a la vida?
En esta fase de su evolución mental -o de su pathos espiritual~
cree vislumbrar en el darwínísmo -y en la Biología en general- su
concepción zarathústrica de la vida, su "filosofía de la vida", con .
la que se anticipara a Dilthey y a Bergson. En este fugaz período de
su permanente crisis y convalecencia, hace del conocimiento en ge-
neral, y del científico en particular, la finalidad de la vida. Pero no
el conocimiento puro (siempre despotricó contra todo "purismo":
fué toda su vida un rabioso pragmatista, le plus éclatant) le plus in-
trépide et le plus insensé des pragmatistesJ al decir de Berthelot),
sino el que sirve estrechamente a un fin, en el fondo moral, y social
en el trasfondo. Pero ésta fué una etapa efímera, como todas las
suyas; su respeto por la ciencia -como todo respeto por lo desco-
nocido- fué pasajero, acabando por triunfar Dionysos, lo demo-
níaco. ;
Las ideas esenciales de Nietzsche son anticientíficas, antírracio-
nalistas. Pero sobre todo acientíficas: él mismo confesó ingenuamen-
te no entender mucho de ciencia (más le preocupaban el hombre de
ciencia y la utilización de la ciencia por el hombre) : "Yo sé muy
poco de los resultados de la ciencia". Confesión innecesaria, como
lo evidencian la puerilidad y tosquedad de sus opiniones sobre las
{1) Nos hemos servido de las Obras completas de F. N., en la traducción algo libre
de E. Ovejero y Maury {Madrid, Aguilar, 1932-35), en 14- tomos. La "crítica" de la ciencia
se halla, sobre todo, en los tomos I, II, XI y XII.
NIETZSCHE Y LA CIENCIA
distintas ciencias C). El creador de Wille zur M acht nunca dispuso
de la voluntad suficiente para estudiar a fondo materia alguna, aun-
que varias veces se lo propuso (como cuando quiso fundar científica-
mente "su" teoría del eterno retorno). La actitud del solitario de Sils
María ante cualquier problema, en particular el del conocimiento
(en el cual evidenció su zarathústrica ignorancia) puede resumirse
eri un grupo de aforismos (toda su obra es en realidad un montón
inarticulado de aforismos fragmentarias e incompletos, de pequeños
enigmas de solución apenas esbozada). Y demasiado a menudo de
anatemas apocalípticos, de maldiciones llenas de desprecio -ese des-
precio tan característico del impotente--, furor y extraordinario re-
lumbre destructivo.
Pero interesa su actitud general ante el conocimiento, y en es-
pecial ante la ciencia. Porque -aparte de su enorme y no siempre
reconocida influencia sobre el pensamiento contemporáneo--, Nietz-
sche fué un producto ·típico de la decadencia de la cultura europea
(que él mismo se encargó de denunciar y ridiculizar) y en general
de la decadencia de la Filosofía iniciada con el positivismo y culmi-
nada con el antiintelectualismo moderno. En tal sentido, Nietzsche
es, no sólo un precursor directo y legítimo, sino ya un exponente
característico de buena parte de la llamada Filosofía moderna. Aun-
que así no lo reconozcan muchos filósofos de oficio, para quienes un
Nietzsche, un Kcyserling, un Coudenhove-Kalergi, un Spengler o un
Rosenbe·rg son teorizadores excesivamente exaltados -¡e impruden-
tes!- de la exaltación de la violencia, de la sangre, de los instintos,
del suelo, del mito. Ello no significa que Nietzsche sea -como tam-
poco lo son muchos de sus sucesores- en puridad un filósofo: es
ante todo un lírico impetuoso y atormentado, .un literato fragmenta-
rio e inmaturo, un aristócrata rebelde y dolorido con wagneriana
pretensión de profeta; podría calificárscle más bien como pensador-
poeta, o poeta-filósofo, junto con Lucrecio, Dante, Gothe, Pascal y
Kierkegaard, tipos culturales y mentales propios de toda época, y
no exclusivos del siglo XIX, como cree Karl Jaspers.
Nietzsche quería destruir la "tabla de los valores" aceptados y
crear otra nueva C) . Los valores que quiere destruir son los cultu-
(2) Opiniones que, como todas las suyas, no pueden tomarse muy en serio: no sólo
por su afán enfermizo de parecer original, independiente y rebelde ( ¡ cuando no hubo hombre
más influído y atado a su siglo que él!), sino porque, de los 19 años que abarca su producción
digamos seria (de 1869 a 1888) por lo menos diez -los más originales- fueron dominarlos
inte<mitentemente por la locura -ahuyentada y nuevamente exacerbada por las drogas-
que le condujo primero al aislamiento (soledad forzosa, nada heroica, y que sobre todo
hizo furor en los salone5 finiseculares) y finalmente (1900) al sepulcro, hoy celosamente guar-
dado por los Obermenschen que él vaticinó. Para Nietzsche, como para Rousseau y Kicrke·
gaard, vale la sentencia de Fichte: Tal como es el hombre, así es su filosofía.
( 3) El "creador de valores" es el aristócrata distinguido, como el "caudillo ético" será
para Nicolai Hartmann el "descubridor de valores"; la gran diferencia entre la axiología
nietzscheana y la absolutista de Hartmann reside en que Nietzsche quería una "trasvaluaci6n
de todos los valores", en tanto que los que se proclaman sus discípulos no admiten rebelión
alguna contra la rígida y "objetiva" tabla de los valores: es la diferencia que existe entre la
aapiraci6n y el mantenimiento de un objetivo.
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rales -lo declara con claridad-, los ·distintivos de la especie hu-
mana (de esa humanidad que debía ser reemplazada por un puñado
de "superhombres" que descansara sobre la sumisión de los esclavos).
Los científicos, filosóficos, éticos, estéticos, religiosos, artíticos, y so-
bre todo los valores sociales y políticos peligrosos para la casta junker
de la cual -junto con su admirado Bismarck- era vr .ero desafo-
rado. Aniquilarlos y reemplazarlos por nuevos valores, ..iefinidos por
su eficacia (siempre el pragmatismo) en la tarea de elevar en eJ
hombre (precisemos, en el noble) la voluntad de poderío: los valo~
res que constituyen la «moral de los señores". La cultura debilita,
y el débil debe ser dominado y suprimido (mediante la "muerte
piadosa", que se encargó de ofrecer a su posteridad).
"¡ Ciencia! ¿Qué es la ciencia? -exclama, y en seguida respon-
de : - La experiencia de los hombres por sus instintos y el instinto
de conocer sus instintos". En esta frase se resume toda la epistemo-
logía de Nietzsche. El único mundo verdadero es el de los instintos,
el \de los sentidos, el de los impulsos vitales: este falso idealista es
siempre -a veces en el fondo y otras abiertamente- un feroz sen-
sualista, un groserísimo materialista. El sumo bien es la vida instin-
tiva, no como puro vegetar animal, sino como libre manifestación
de la voluntad de dominio; no la voluntad del placer reposado, sino
la peligrosa de la acción, la lucha, y por ella el dominio. Es por ello
que, durante un instante, se ilusiona en que la fisiología irá en su
auxilio para edificar la nueva jerarquía de los valores (estos ya ab-
solutos: sólo son relativos los valores imperantes). Quiere interesar
en el estudio de su axiología a médicos y fisiólogos. "En efecto, sería
preciso, ante todo, que todas las tablas de valores, todos los impera-
tivos de que hablan la historia y los estudios etnológicos, fuesen acla-
rados y explicados por su lado fisiológico antes de tratar de interpre-
tarlos por la psicología ... "
De esa vida pasional Nietzsche no excluye el conocimiento; pero
hace con él algo peor, al trasmutarlo -con esa alquimia verbal apren-
dida de los románticos- en "instinto de conocimiento", sirviente de
la todopoderosa voluntad de dominio. Instjnto que luego negará,
para rebajarlo aun más: "No hay "instinto de conocimiento": el
intelecto no hace más que servir a los diversos instintos". La inteli-
gencia al servicio de la vida instintiva, al servicio de la "bestia ru-
bia", que por bárbara e inculta salvará a Europa de la cultura, del
excesivo razonamiento, del estúpido parlamentarismo. El gran poeta
rechaza el conocimiento como tal: "Yo quiero tratarle como pasión".
Se burla de la serena objetividad de la ciencia: "Yo quisiera quitar
a la ciencia algo de su solemnidad". Se ríe de su búsqueda paciente
y afanosa: "Hay que hacer que ésta [la ciencia] sea más peligrosa,
que exija más sacrificios, hay que abandonarla a sí misma". Debe
entrar a formar parte de la "vida peligrosa" y aventurera, debe so-
meterse al "sentimiento trágico de la vida", a la insaciable "volun-
NIETZSCHE Y LA CIENCIA 47
tad de dominio", ese Moloch siempre hambriento de valores espe-
cíficamente humanos.
Nietzsche no quiere ciencia, sino sabiduría; pero no una "sabi-
duría" contemplativa al estilo oriental y romántico, sino una "sabi~
duría" activa y de mando: Zarathustra es el Sabio de los primeros
estoicos, el Legislador de Rousseau, el Héroe de Carlyle, pero de
ningún modo el Santo del cristianismo, que adviene a la sabiduría,
que es bienaventuranza, por inmersión pasiva en el Ser; en Nietzsche
es el sujeto -un sujeto excepcional- quien se posesiona del objeto-
el hombre ordinario- por vía emocional, sí, pero esencialmente vio-
lenta y destructiva. La sabiduría que quiere Nietzsche toma de la
ciencia su poder de dominio, no su potencialidad creadora y liber-
tadora. En Nietzsche, el ideal estoico y roussoniano se pragmatiza y
se bestialit:a.
El invariable pragmatista admite que la ciencia "nos ha sido
muy útil", pues "ha conseguido cierto poder sobre la naturaleza".
Para él, la ciencia es "el dominio de la naturaleza para fines huma-
nos", pero no al modo de Bacon, pues el conocimiento es " una fa-
cultad con fines de mando". Comte le sugiere esta nueva maldición:
''Condenemos los excesos fantásticos de los matemáticos y de los me-
tafísicos: aunque sean necesarios como un experimentar las posibles
contingencias y trampas de tal método. La mayor parte del trabajo
intelectual en la ciencia es dilapidado; también en este campo es
aplicable el principio de la mayor estupidez posible". La ciencia, toda
la cultura, debe ser vigilada, pues "el saber mata la fuerza del ins·
tinto, no deja lugar para la acción" (recuérdese un párrafo casi
idéntico de Sprangcr y las conocidas máximas de Napoleón). Por otra
parte, la ciencia que le interesa por sus resultados ( ¡ desgraciadamen-
te la agricultura prusiana no podía prescindir de los abonos quími-
cos!) "alcanza pronto su fin, y un ulterior refinamiento no tendría
utilidad para los hombres". Ya se sabe demasiado; ¡basta! La som-
bra de Comte se proyecta aquí con contornos escalofriantes.
El hombre de ciencia le parece a este lírico demente -y en
realidad lo era en su país- bien poca cosa, un ser débil y sumiso
que "pierde la grandeza de los fines últimos" y "se arrodilla y se
arroja en brazos de la Iglesia, o del Gobierno, o de la opinión pú~
blica, o de la poesía, o de la música" (recuérdese que durante mucho
tiempo se prohibió a .sí mismo gozar de la música y escribir versos,
por ese permanente temor de caer nuevamente en el pecado wagne~
riano). Claro está que Nietzsche no rechaza en principio la humilla-
ción, el avasallamiento de la ciencia: quiere que sirva a la casta
aristocrática, y no a la "barbarie", a esa "clase vulgar de hombres"
(los burgueses primero y luego los obreros) que toma el poder "en
vez de la nobleza o de los sacerdotes". Se indigna contra el pacífico
académico que considera a la ciencia como algo severo, frío y seco:
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ésta "no es una visión conmovedora, no es un riesgo, no es un estar
solo contra todos los dioses y demonios".
Y más le indigna que los fabricantes y comerciantes utilicen a la
ciencia en propio provecho. Olvida entonces su pragmatismo ( ¡las
uvas verdes!) y exclama: "¡Amar a la ciencia sin pensar en su uti~
lidad !". Desearía ponerla -y muy en particular la ~iología, en lo
que también se adelantó a sus tímidos contemporár vs- al servicio
de sus ideales antisociales y cavernícolas. Y su impotencia se traduce,
como siempre, en profecías y maldiciones: "Llegan tiempos en que
se librarán luchas por el dominio de la tierra, y estas luchas se ha-
rán en nombre de doctrinas filosóficas. Y a ahora se forman los pri-
meros grupos de fuerzas, que se ejercitan en el gran principio de la
afinidad de sangre y de raza".
El aspirante a profeta bíblico combate la verdad; no sólo la es-
tablecida, sino "lo verdadero": combate toda "teoría de un mundo
verdadero", se rebela contra aza tiranía de la verdad'"'. Exalta el
error: "El error es la base del conocimiento, de la apariencia". El
error no es una alimaña dañina, y tampoco un momento inevitable
de un proceso necesario, que por ello mismo tiene su función crea-
dora. No, hay que quedarse en el error: "Debemos amar y cultivar
el error; es el regazo materno del conocimiento". No sólo el error in~
voluntario sino el deliberado, la mentira; "La mentira pasa a ser
para nosotros condición necesaria para la vida,' (¿quién lo duda?).
N o es la verdad lo que interesa : son las creencias las que mueven
al hombre. Y "lo que necesita ser demostrado para ser creído no
vale gran cosa".
La ciencia no establece "verdades" sino apariencias, ilusiones;
el hombre "engendra de sí mismo una multitud de errores ópticos y
de limitaciones"; de todas las así formadas "sólo subsisten las opi-
niones con las cuales se hace compatible la vida orgánica". Por ejern~
plo, la investigación histórica sólo es útil y viva cuando es impulsada
por un "propósito 1vital"; esto es, cuando, lejos de pretender estable-
cer verdades, trata de proporcionar argumentos favorables. La ver-
dad está "muerta siempre de antemano": sólo amalgamada con
"otros errores e instintos" puede vitalizarse. "Ninguno de ellos [los
filósofos] ha comprendido la inutilidad de la verdad para la vida y
la subordinación de la vida a una perspectiva de ilusión".
r<La falsedad de un concepto no es para mí una. objeción con-
tra él; la cuestión está en qué medida estimula la vida, conserva la
vida y la raza. Sinceramente creo que las más falsas opiniones son
precisamente para nosotros las más indispensables" ( subr. M. B.).
¿A quién pertenece esta sentencia tenebrosa? Al resentido y fracasa-
do filólogo o a un «übermenych" actual? ¿Qué opina Rosenberg
sobre la verdad, sino lo que su maestro dejó escrito cincuenta años
antes de la aparición de El mito del siglo XX? En este último im·
preso se lee : "para nosotros, verdad no significa lo lógicamente co-
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rrecto o falso, sino que se busca una respuesta orgamca : ¿fecundo
o estéril?". Nadie negará que Nietzsche fué profeta, triste profeta,
por cierto. Como cuando profiere: "Nosotros somos espíritus impa~
cientes y fogosos que sólo creemos en verdades que se adivinan: que-
rer demostrarlo todo nos hace antipáticos; huímos al aspecto de los
sabios y de sus cadenas de silogismos". Odio, pero más aun temor
a la verdad, y por sobre todo a que la ciencia y sus verdades se di~
fundan en esa "repugnante mediocridad democrática''. Es que "No
todas las verdades son buenas para todos", explica a su amigo Lanzky.
Las ideas de Nietzsche no constituyen tanto un sistema filosó-
fico (f) como una vaga y oscura, más sentida que pensada "visión
del mundo", más apropiada a un demente demoníaco que a un filó-
sofo de verdad. Concepción biologista en general, como es sabido.
O mejor, metabiológica. Tuvo, sin embargo, un momento en que le
sedujo más la concepción mecanicista, "no como explicación demos-
trada del mundo [¡no como ciencia!] sino como una concepción
que impone la mayor severidad y disciplina [cosa que siempre envidió
por no poseerla al par que quería imponerla a los demás] y trata
de desterrar toda sentimentalidad". Cree hallar en el método me-
cánico más nobleza, y sobre todo una "renuncia al concepto", al
igual que en la matemática (idéntico error al de Gothe). Momen-
táneamente le seduce el pensamiento mecánico pues cree que llevará
a cabo su sueño dorado, la muerte del concepto (aquí ya reniega
de Gothe y se acerca a Carlyle) : "Terminará con la formación de
un sistema de signos: renunciará a explicar, abandonará el concepto
de 'causa y efecto'". Durante un segundo exclama: "La explica-
ción mccanicista del mundo es un ideal". Le cautiva la posibilidad
de que el "superhombre" pueda someter al mundo que le rodea --el
natural tanto como el social- como a una máquina: ¡sin chistar!
El hombre de la masa es necesario para el "superhombre", y para
ello hay que hacerlo "lo más utilizable posible y aproximarlo, hasta
donde se pueda, a la máquina, que no se equivoca nunca". Porque
"Una cultura elevada [aristocrática] no puede edificarse sino sobre
un vasto terreno, sobre una sana mediocridad, fuertemente conso-
lidada ... " "Por mucho tiempo aun, el fin único debe consistir en
la disminución del hombre, pues es preciso, ante todo, crear una
gran base sobre la cual pueda elevarse la raza de los hombres fuertes" ...
Nietzsche dota de garras al romanticismo alemán ( Spengler,
quien le reconoce como maestro, le dotará de pezuñas) . Quiere lim-
piarle de sentimentalismo: quiere que el rosal romántico sólo con-
serve raíces, savia y espinas. Su "filosofía del mito" no es contempla-
tiva: tiene un valor pragmático; como lo será después para Rosenberg,
{4) ¿Cómo habrían de sistemati:zarse el absurdo, la contradición permanente y viciosa,
la afirmación apodíctica, la locura? Nietz~che pretendió poner ua por.o de ol'dcn en sus
ideas, y hasta se propuso para ello pasar "seis años de meditaci6n y de silencio". Niza puede
más que él, el discípulo del "filósofo de la voluntad".
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el mito no sólo encierra la máxima sabiduría de la raza, sino que la
mitología -no la historia o la sociología- ha de ser la "ciencia"
normativa de la vida. Y recuérdese que buena parte de la Filología,
inaugurada por los románticos, no fué sino mitología, descripción y
exaltación de los mitos de los "rubios arios", como los llamara el
admirador de Gobi .;au que fuera Nietzsche. Este rechaza, en con-
secuencia, la historia como ciencia: los románticos alemanes y su
maestro Burckhardt (a quien conociera durante su profesorado en
Basilea) le habían enseñado que la historia no es una penosa y erudita
reconstrucción de la realidad pretérita, sino una "evocación mágica
del pasado". Esta fué la raíz de su "filosofía de la vida", mezcla
informe y sombría de historicismo romántico, metafísica schopen-
haueriana y materialismo biológico (o mejor dicho vitalista, meta-
biológico). Claro está que esto no es una Filosofía, por tolerante
que sea la definición del filosofar. Pero ¿acaso lo es la de los teori-
zadores de la violencia que le sucedieron?
En definitiva, puede verse que la actitud de Nietzsche frente a
la ciencia es, en general, negativa. Cuando no lo es, constituye en
realidad algo mucho peor: una pretensión !imitadora -más brutal
pero menos minuciosa que la de Comte- y pragmática en el peor
sentido: en el sentido de deformación, de prostitución de la ciencia
como sacerdotisa del Moloch rubio. Nietzsche se ha adelantado en
varios años -por mantener vivo lo peor de la tradición romántica-
al movimiento de la "crítica de las ciencias", y en general al irra-
cionalismo contemporáneo. Lo que esta reacción le debe no ha sido
siempre claramente reconocido. Hay a veces antecedentes de familia
que es preferible callar ...
Buenos Aires, 25-5-44.