Viviendo en el fuego de Dios
El apóstol Pablo en 2 Timoteo 1:6 le dijo: “…aviva el fuego del don de Dios que está en
ti…”
Que ardas en fuego no depende de Dios, sino más bien de ti, de tus acciones. Cuando elijes a
Dios como tu objetivo principal y te sometes a Dios tu vida arde como una antorcha encendida
que jamás se apagara y más bien llamara la atención entre tanta oscuridad.
Cuando estamos en el fuego de Dios nos gozamos en su presencia y anhelamos más y más de
Dios, Cuando anhelamos la presencia de Dios en nuestras vidas y queremos que el more en
nosotros decimos que es el tiempo de permitir que el fuego de Dios consuma mis malos
hábitos, ( pensemos en algunos ejemplos de malos hábitos en jóvenes de ahora ... luego
pensamos en que estamos haciendo para ser diferentes y traer a otros jóvenes a los pies del
señor ) es tiempo de dejar quemar lo malo y dejar lo bueno, el Espíritu Santo está listo para
ayudarte y moverse poderosamente en tu vida, solo necesita que se lo pidas y permitirle
quemar tus iniquidades, quemar tu falta de amor hacia tu familia, tu falta de perdón, quemar
tu mal carácter, tus malos pensamientos, tu hablar, tu forma de actuar, y quemar tu falta de
santidad e integridad.
Cuando aprendemos a vivir en el fuego entendemos que cada que el fuego esta por apagarse,
o que la leña está por terminarse debemos atizarlo, sóplalo y dejar que arda, dejar que se
encienda por el poder del Espíritu Santo El deseo de Dios es que su fuego arda en el corazón
de sus hijos continuamente. Levítico 6:12-13 “El fuego encendido sobre el altar no se apagará,
sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana, y acomodará el holocausto sobre él, y
quemará sobre él las grosuras de los sacrificios de paz. El fuego arderá continuamente en el
altar, no se apagará”...
El fuego del Espíritu de Dios debe permanecer encendido en nuestro corazón. La Biblia nos
enseña diversas obras que hace el fuego, y son fundamentales en la vida cristiana:
a) Genera calor y luz. De esta manera evitamos caer en el frio espiritual de la rutina religiosa, y
podemos ver con mayor claridad el panorama de nuestra vida para tomar decisiones correctas.
b) El fuego purifica y prueba. Así como el fuego limpia el oro y la plata, el fuego divino de la
prueba nos lleva a crecer en Cristo y a desechar aquellas cosas que no deben estar en nuestra
vida.
c) El fuego genera energía y poder. En la fiesta de pentecostés según Hechos dos, los ciento
veinte fueron llenos de poder para cumplir con la gran comisión.
Dios es un Dios de Fuego y que también responde con fuego: En el primer libro de los reyes se
nos cuenta una historia impactante y es que el pueblo había dejado de servir a Dios, por seguir
a dioses ajeno (I Reyes 18: 20-40).
En el versículo 24 el profeta de Dios retó a los profetas de baal, diciendo el Dios que responda
con fuego que ese sea Dios, entonces los profetas de baal clamaron a su Dios desde ese
momento hasta el mediodía, y no hubo quien los escuchara y siguieron clamando hasta las tres
de la tarde y no hubo ninguna voz que respondiera, cuando el profeta de Dios tomó su lugar
dice la palabra que él restauró el altar de Dios. Restaurar el altar de Dios significa restaurar tu
comunión con Dios y tu relación con él, para ser transformados.
Éxodo capítulo tres, versículo uno a tres: “Un día en que Moisés estaba cuidando el rebaño de
Jetro, su suegro, que era sacerdote de Madián, llevó las ovejas hasta el otro extremo del
desierto y llegó a Horeb, la montaña de Dios. Estando allí, el ángel del Señor se le apareció
entre las llamas de una zarza ardiente. Moisés notó que la zarza estaba envuelta en llamas,
pero que no se consumía, así que pensó: «¡Qué increíble! Voy a ver por qué no se consume la
zarza»”
Esta es una historia muy conocida por todos nosotros. La Palabra nos enseña que Moisés se
encontraba al otro lado del desierto pastoreando las ovejas de su suegro, y llega a la montaña
de Horeb. Horeb significa: desierto, lugar desolado, montaña del terreno seco— llamado
también “el Monte De Dios.” Y fue usado por Dios en la vida de muchas personas en diferentes
tiempos. Estando allí, Dios se le muestra a Moisés en una zarza ardiente, pero lo que llama la
atención de Moisés no es que la zarza está ardiendo en llamas, ya que era común en el
desierto que las zarzas ardieran y fueran consumidas por el fuego como resultado del intenso
calor del desierto. Lo que llama la atención de Moisés es que la zarza no era consumida por el
fuego, no era reducida a cenizas, y Moisés dice, “¡Wow! Qué increíble. Voy a ver porque no se
consume la zarza.”
¿Porqué no era consumida la zarza? Porque no era cualquier fuego el que estaba en ella; era el
fuego de la presencia de Dios que ardía en ella. Era el fuego de la presencia de Dios que estaba
en ella. Que privilegio, el de esta zarza, poder ser usada por Dios para sus propósitos para algo
tan grandioso.
¿Qué es una zarza? Es un arbusto seco, espinoso, resistente, y difícil de someter, qué crees en
forma desordenada sin un lugar fijo, y con muchas raíces. Vemos que la zarza no tiene ninguna
cualidad en ella, que es un arbusto seco, y que lo que tiene son espinas. Pero vemos que
cuando la presencia de Dios llega a ella— cuando el fuego de Dios está en ella— es
transformada y santificada y usada por Dios para sus propósitos, cambiando así la vida de todo
un pueblo. Nosotros hoy podemos vernos reflejados en esta historia. Cuando venimos al
Señor, somos como este arbusto seco: desordenado, rebeldes, llevados de un lugar a otro,
necesitado de hidratarnos de agua de vida. Pero cuando la presencia de Dios llega a nosotros,
cuando la presencia de Dios entra en nosotros, somos como esa zarza ardiente; el fuego de
Dios entra en cada uno de nosotros, y somos transformados y santificados para poder ser
usados por Dios en la vida de muchas personas.
La Palabra nos dice que somos llamados como instrumento de Dios para toda buena obra. Él
nos escogió, Él nos llamó para publicar sus alabanzas, para mostrarle al mundo quién es Él,
para reflejar a través de nuestras vidas la presencia de Dios en cada uno de nosotros. Así como
esta zarza llama la atención de Moisés, así nosotros en este tiempo somos usados por Dios
para mostrarle al mundo su presencia, y el poder, y la grandeza de nuestro Dios.
Sabemos que esos desiertos en la vida del cristiano representan todos esos tiempos difíciles,
esas circunstancias duras por la que tenemos que pasar cada día en nuestro caminar, esos
tiempos de oscuridad, de necesidad, esos tiempos donde necesitamos ver algo, recibir aquello
que nos va a llenar nuestro corazón. Pero si la presencia de Dios está en nosotros, si el fuego
de Dios está en nosotros, somos como esa zarza que arde en el desierto, esa zarza que no es
consumida, sino que mantienen el fuego de la presencia de Dios en ella. Si nosotros estamos
pasando por alguna circunstancia difícil, pero la presencia de Dios está en nosotros, esa
presencia es ese fuego que nos sostiene y que nos mantiene, que llena nuestro corazón de
esperanza y de fuerza cada día.
Vemos que estamos pasando tiempos difíciles, que estamos viviendo hoy en día tiempos de
gran oscuridad, tiempos de necesidad, tiempos de dificultad, de tristeza, de dolor, de muerte.
Pero, ¡hoy! en este día, el Señor nos ha llamado a nosotros como su pueblo, como su Iglesia,
para que seamos como esa zarza que refleja la presencia De Dios— para que otros puedan
llegar a Él a través del reflejo de Cristo que ven en nuestras vidas, que ven en nuestro rostro.
¡Hoy es nuestro tiempo! Hoy es el tiempo de reflejar a nuestro Dios, para mostrar la grandeza
de nuestro Señor. Entre más oscura es la noche, más brilla la luz de Cristo en nosotros. Entre
más oscura son las tinieblas, más reflejamos la misericordia y el amor y la grandeza de nuestro
Dios, a través de nuestras vidas. Este es nuestro tiempo para ser como esa zarza que brillaba y
que no se consumía por el fuego de la presencia de Dios. Es el fuego de la presencia de Dios en
nosotros lo que va a reflejar que Dios está en cada uno de nosotros.
2 Timoteo 1:6 nos dice: “Por eso te recomiendo que avives la llama del don de Dios que
recibiste cuando te impuse las manos.” La Palabra nos llama a mantener encendido ese fuego,
avivar el fuego de la presencia de Dios en nosotros, a buscar constantemente que esa llama en
nuestro corazón está encendida para poder reflejar la presencia de Dios en cada uno de
nosotros.
¿Cómo podemos hoy, en este tiempo, mantener ese fuego encendido en nosotros? ¿Cómo
podemos nosotros en medio de todas estas circunstancias avivar la llama del don de Dios que
está en cada uno de nosotros?
La Palabra nos enseña en el libro de Jeremías capítulo 23:29, “¿Acaso no es mi Palabra como
fuego y martillo que pulveriza la roca? dice el Señor.” Su Palabra es fuego. Si su Palabra
permanece en nosotros, si nosotros nos movemos conforme a su palabra y cada día, comemos
de ese pan de ese pan celestial que viene a nuestras vidas, ese fuego permanece en nosotros
constantemente.
Esa llama no se consume sino que arde en cada uno de nosotros cada vez que nosotros
permanecemos en la Palabra, buscamos de las escrituras, estudiamos y buscamos esa Palabra
de Dios en nuestras vidas. Ese fuego permanece en nosotros cuando escuchamos su voz,
cuando Él nos habla al oído para decirnos su santa Palabra, esa Palabra se convierte fuego en
nuestro corazón. Y nuestro corazón arde por la presencia de Dios porque es la Palabra que sale
de la boca de Dios en nosotros, la que puede mantener encendido nuestro corazón.
Segunda de Crónicas, capítulo siete, versículo uno nos dice que “Cuando Salomón terminó de
orar, descendió fuego del cielo y consumió el holocausto y los sacrificios, y la gloria del Señor
llenó el templo.” Cada vez que nosotros buscamos la presencia de Dios en oración, cada vez
que nosotros nos levantamos cada mañana con una ofrenda de gratitud, con una ofrenda de
alabanza, con una ofrenda de adoración a nuestro Dios, su presencia permanece en nosotros,
y ese fuego que está en nosotros no es consumido. Cada vez que nosotros levantamos nuestra
voz a nuestro Dios, buscando su presencia, y dándole nuestro corazón en gratitud a Dios, ese
fuego de la presencia de Dios permanece en nosotros, aún en medio de la dificultad y aún en
medio de la necesidad, aún en el desierto. Aún donde quiera que nosotros estemos pasando
toda circunstancia difícil, ese fuego permanece en nosotros, si la alabanza y la adoración y la
gratitúd está en nuestros corazones a nuestro Señor.
Este es el tiempo oportuno para la Iglesia. Este es el tiempo para el cual el Señor nos ha estado
preparando por tantos años para poder mostrar la gloria de Dios, porque entre más oscuro
está, más tenemos que brillar como hijo de Dios. Este es nuestro tiempo. Este es nuestro
tiempo demostrarle al mundo quién es nuestro Dios, a que hemos sido llamados a reflejar la
gloria de nuestro Dios; a mostrar las bondades de nuestro Dios; a decirle a todo mundo que
nuestro Dios es un Dios grande, un Dios santo, un Dios lleno de amor, y un Dios de
misericordia; que está esperando por aquellos que hoy dicen, “Yo quiero ser esa luz en medio
de la oscuridad.” Este es nuestro tiempo donde Dios nos ha llamado para mostrar su gloria y
para llevar su presencia en nosotros