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Antropología de Lo Barrial: Estudios Sobre Producción Simbólica de La Vida Urbana

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Antropología de lo barrial

Estudios sobre producción simbólica de la vida urbana


COLECCIÓN CIENCIAS SOCIALES
NOVEDADES

Mujeres en situación de violencia familiar


Rosa Entel

Niñez, pobreza y adopción


Florencia Altamirano

Trabajo social hoy


María Eva Castro - Ñora Raque! Rubio - Geraldine Ponce - María Martina Jasse - María Cecilia Bottini
Claudia Aab - María de los Angeles Brusco - Rita Cristina Rodríguez - Rubén Aroldo Santillán - María
Cristina Ventura - Ana Inés Facal - Alicia Valli - Gladys Aguilar - Olga Garmendia - Ana María Compan María
de los Ángeles Commisso - Ester H. Alvarez -Sandra C. García - Estela M. Ray - Elsa A. Torres

Las metamorfosis del clientelismo político


Miguel E. V. Trotta

Los vínculos familiares. Reflexiones desde la práctica profesional


Liliana Sarg

Trabajo social y enfoque gestáltico. Una propuesta holística para la práctica cotidiana
Lidia S Reynoso - Liliana Calvo

Trabajo social con Adultos Mayores. Intervención profesional desde una perspectiva
clínica Liliana Cordero - Silvia Cabanillas - Gladys Le re huno! i
La discapacidad: una cuestión de derechos humanos
Carlos Erales - Carlos Ferrares (compiladores)

Reconfigurando el Trabajo Social. Perspectivas y tendencias contemporáneas


Olga Lucia Vélez Restrepo

Sobre tesis y tesistas. Lecciones de enseñanza - aprendizaje


Gloria Edel Mendioca

Calidad de vida y desgaste profesional. Una mirada del síndrome del burnout
Graciela Tonon

Expresiones colectivas y práctica política. Jornadas de Trabajo Social


Varios autores

Abuso sexual infantil intrafamiliar. Abordaje desde el Trabajo Social


Marta del Carmen Podestá - Ofelia Laura Rovea

Las Organizaciones de la Sociedad Civil. Un camino para la construcción de ciudadanía


Laura Acotto

Código de Ética Profesional - Trabajo Social


Colegio de Asistentes Sociales o Trabajadores Sociales de la Provincia de Buenos Aires

Reflexiones acerca del Trabajo Social en las cárceles


José Antonio Acevedo

Formación Académica en Trabajo Social. Una apuesta política para repensar la


profesión Universidad Nacional de Entre Ríos Facultad de Trabajo Social

Trabajo Social y las nuevas configuraciones de lo social


Seminario Internacional. Varios autores.
Antropología de lo barrial
Estudios sobre producción simbólica de la vida urbana

Ariel Gravano

ESPACIO
EDITORIAL
Buenos Aires
Gravano, Ariel
Antropología de lo barrial: estudios sobre producción simbólica de la vida
urbana. - 1* ed. - Buenos Aires: Espacio, 2003. 296 p.; 23x16 cm. - (Ciencias
sociales)

ISBN950-802-172-1

1. Vida Urbana I, Título


CDD 307.336 2

ESPACIO
EDITORIAL
editora - distribuidora
importadora - exportadora
Bolívar 547 - 3° P. of. 1
(106ÓAAK) Ciudad Autónoma de
Buenos Aires
Te!: 4331-1945 E-mail:
espacioedit® ciudad.com. ar

Armado y diseño de tapa: Claudia Solari


Corrección: Ernesto Gutiérrez
Coordinación y Producción editorial: Osvaldo Dubini

La reproducción total o parcial de este libro, en cualquier forma que sea, idéntica o
modificada, escrita a máquina, por sistema "multigraph", mimeógrafo, impreso por
fotocopia, fotoduplicación, etc., no autorizada por los editores, viola derechos reservados.
Cualquier utilización Hebe ser previamente solicitada.
LA FOTOCOPIA
1' edición 2003 MATAAL LIBRO Y ES UN DELITO
1" reimpresión 2009

Impreso en la Argentina - Printed in Argentina Queda hecho el


depósito que marca la ley 11.723

© 2003 Espacio Editorial ISBN 950-802-172-1

Este libro se laminó de imprimir en el mes de Julio de 2009


en INDUSTRIAS GRÁFICAS ENRIQUE MUSSO S.R.L.
Buenos Aires ■ Argentina ■ 15-4086-4059
emartesgrafi [email protected]
Agradecimientos

Estos trabajos -dentro de mi tesis de doctorado en la Universidad de Buenos


Aires fueron comenzados o mediados de los ochenta. He trabajado con
continuidad des de entonces, pero las condiciones de a-premio (no premio)
económico y laboral propias del sector científico nacional (padezco ser
investigador del CONICET), me obligaron o realizarlo con lineo punteado en
algunos períodos. Quiero expresar mi reconocimiento a Carlos Herrón, por su
generosa dirección y disponibilidad del Instituto de Ciencias Antropológicas
déla Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A., como lugar de trabajo. Aún con
fechas que se me han venido encima (presupuesto universitario mediante), ese
espacio físico e institucional resultó fundamental en una larga etapa de mis
estudios. Y quiero recordar a Ester Kaufman, por haberme facili tado también
espacio para mis toreas, durante olro período. De varios de mis cole gas y
amigos he aprendido mucho de lo que volqué en la tesis. Hasta los tomé, sin
querer-casi-, como "informantes". Algunos por ser (o actuar) como de barrio,
otros por /o contrario. Y o lo largo de todo el trabajo luché por no mechar mis
propias vivencias barriales en los análisis. Seguro que no /o logré. Pero ahora,
desde esta página inicial-final, puedo blanquear mi identidad barrial, la
profunda, la del siempre antes.

Yo nací en Avellaneda
donde se templa el acero,
eran todos pobrecitos,
pero ningún traicionero '.

Quiero dedicar el traba/o o los mujeres y hombres, viejos y jóvenes que desde los
barrios me dieron lo letra de la melodía que intenté hilvanar; a los alumnos (que ya no
son) a los que convoqué en mis primeros pasos de investigación empírica; o Rosana
Guber; a los bibliotecarios; al personal no docente; a la memoria de los entrañables
Liliana Guzmán y Carlos Cruz.

A Patricia, de la que recibí un apoyo único; a mis hijos/a, a los que no dejé de dedicar
tiempo por mi trabajo, espero; a mi madre, chica de su casa pero barría/; a la tía Nelly; y
a mi padre, un muchacho que muy temprano dejó su barrio para estar en mi corazón.

Ariel Gravano

' Estrofa tomada de un vecino.


Ariel Gravano1
Doctor en Ciencias Antropológicas (Universidad de Buenos Ai
res), investigador de Carrera del Consejo Nocional de Investi
gaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y profesor titular
de Antropología Urbana en la Universidad Nacional del
Centro de la Provincia de Buenos Aires (Facultad de
Ciencias So ciales, Olavarría).
Dicta continuamente seminarios de post-grado en diversas
uni versidades e institutos de Argentina. Con el titulo de la
tesis de doctorado que sirve de base a este libro dictó un
seminario dentro de la Maestría en Ciencias Humanas de la
Cuenca del Plata de la Universidad de la República, en
Uruguay, y en la Maestría en Arquitectura y Diseño Urbano
de la Universidad Mayor de San Andrés en La Paz, Bolivia.
Ha actuado como consultor del Relevamiento sobre Imagina
rios Urbanos del Plan Estratégico de la ciudad de Campana
(Provincia de Buenos Aires], como director de la investigación
sobre imaginarios urbanos del Programa de Rediseño del Es
pacio Público del Centro Poiesis de la Facultad de
Arquitectura y Urbanismo de la UBA y como consultor
metodológico del relevamiento de los imaginarios barriales
del Programa Patri monio Urbano, Memoria, Comunidad y
Planeamiento (Con venio entre la Facultad de Arquitectura y
Urbanismo de la UBA, el Gobierno de la Ciudad de Buenos
Aires y el Pratt's Graduate Center for Planning de New York).
Se desempeña como coor dinador y facilitador organizacional
de programas de desarro llo local y barrial.
Es autor de numerosos trabajos, publicados en revistas espe
cializadas.

1
Para comunicarse con el autor, dirigirse a la dirección
electrónico [email protected]
Prefacio
Celebro que Ariel Gravano haya encontrado el tiempo para adaptar al formato de un
libro su importante y voluminosa tesis doctoral. Para lo ocasión de la defensa pública de
dicho trabajo, como integrante del jurado, al cual me había invitado Carlos Herrón, tuve
que exponer como es norma el resultado de la evaluación y, no confiando demasiado
en mi memoria, di lectura a la síntesis de mis impresiones sobre el conjunto de la
investigación y del texto.
Aquellas notas un tanto informales, ya que sólo el acta recoge el dictamen formal,
fueron apreciadas en su momento por el autor, quien se reconoció en la lectura que yo
había hecho de su producción. Ahora y ante la inminencia de una publicación, me
comprometió a reiterarlas bajo forma de prólogo.
Quizás estaría tentada de decir aquí mucho más o abordar aspectos diferentes, pero se
mezclarían otras lecturas y otras reflexiones inspiradas en el incesante devenir de lo
historia, del tránsito personal y profesional por otras ciudades, por las historias que
suceden en las ciudades. En otras ciudades, en cualquier lugar, uno ya no puede,
sencillamente, dejarse vivir distraídamente sin aplicar el escalpelo de la mirada
antropológico. Arte y parte de la profesión. Forma específica e intencional de mirar, que
ya instalada como una segunda naturaleza, nos coloca siempre en situación de ver el
lado contingente, socialmente construido de diferencias sociales, el carácter cultural y/o
arbitrario de usos y costumbres, de formas de pensamiento, de formas de culto, de
estilos arquitectónicos, de organización del tránsito, de motivos representa dos en
monumentos, etc. etc. La propia materialidad de los mercados, de la econo
mía de mercado, tiene diferentes resoluciones según cada contexto... No pretendo aquí
extenderme sobre el punto, sino simplemente evocar la espesura en la que nos
internamos, cada vez que partimos en pos de un objeto de estudio, sobre todo cuando
se colocan escenarios urbanos en el centro de la indagación. Las grandes ciudades
concentran complejidades extremas y cambiantes, densidad fenoménica que pone a
prueba esquemas teóricos y metodológicos de la antropología contemporánea. Ante
tanto desafío, podría pensarse que la antropología se frenó en las puertas de los urbes,
o que se replegó buscando refugio en laboratorios, en simuladores virtuales, o que se
autolimitó al estudio de grupos pequeños y/o controlables. Sin embargo se puede
constatar que en todas partes, y cada vez más, la disciplina asume riesgos, no evita los
multitudes, ni los grandes espacios. En esa línea inscribo el trabajo de Gravano,
reconociendo el coraje tranquilo con el cual se presentó ante la enormidad de barrios
populosos y populares, mundos densos y diversificados en sí mismos, entrelazados
dentro de la complejidad de la gran ciudad de Buenos Aires y su Región Metropolitano.
En primer lugar destaco el mérito de problematizar en tomo al barrio, revisando
exhaustivamente antecedentes de aproximaciones al tema, en un ordenamiento tem
poral y disciplinario (que, me informa el autor, irá en otro libro). Luego propone
categorías innovadoras para desentrañar la lógica de la producción de sentido
por parte de actores sociales en su cotidianeidad, en términos culturales stricto
sensu, es decir como puesta en práctica colectiva de asignación de funciones
instrumentales y simbólicas, las razones prácticas (en términos bourdianos) de
la teoría inconsciente de todos y cada uno- y por lo tanto como matriz de
acción, de directivas de vida en grupos etarios y en lugares concretos,
historizados.
En esa empresa llega a descubrir gran variedad de ángulos para captar el
barrio, o más bien para aclarar de qué estamos hablando cuando hablamos de
un barrio, de los barrios como categorías distinguibles de lo urbano. A. Grava no
persigue definirlo casi indefinible, es decir (recurro aquí a terminología de la
etnografía africanista) abordar el sutil e intransferible espíritu -el hau- de la cosa
barrial, eso que compone lo barrial como estado y como calificativo distintivo.
Coloca en un primer plano la paradoja de lo barrial, que cuanto más parece
desaparecer, por lo menos así lo expresan los discursos identitarios, más temas
y/o valores provee para su reproduc ción. En el imaginario o historia base, que
hístoríza el presente, como dice Gravano y como lo cuentan los adultos que
encuentra en e! barrio, pero sobre todo en los nuevos mapas mentales que
resueltamente vivencian los jóvenes.
Algo más sobre el hau de las cosas: es lo que no se pierde, verdadero "resto"
que permanece adherido por el sentido social-histórico. Un objeto puede ser
donado, transmitido, transferido, pero el hau o "resto" de sentido lo persigue, de
forma tal que se independiza de la contingencia de personajes o circunstancias
concretos. Sentido puro que es captado en otro nivel... se vuelve memoria y
afecto que envuelve a la cosa, más allá de su propia transformación. Amistades
de barrio, lealtades o rivalida
des de barrio, actitudes y discursos, reivindicaciones, que tienen un sentido
connotado y que designan posiciones específicas dentro de la sociedad global.
En cuanto al soporte material, el territorio que contiene y conforma al barrio,
compone un temo recurrente de imaginarios individuales y colectivos, y remite
sin duda a lo que Gastón Bachelard llamaba "la imaginación material" de las
ciudades y barrios. Estamos ya hablando del arraigo, de la fijación de un punto
en el continuum urbano y global, de la necesidad de reconocer(se) un lugar en
la ciudad -contexto y continente
ineludible para los urbícolas: a mayor expansión social, urbana y demográfica se
constata mayor definición y reconocimiento del lugar "propio". Rodeados de no
lugares (como apuntó certeramente M. Auge) o de espacios cada vez más
ajenos - intransitables a veces por apropiaciones exclusivas y excluyentes-, los
actores sociales tienden cada vez más a marcar locaciones o localidades, a fijar
ejes de circulación, que permiten re-crear, re-conocer el ámbito de validez de un
universo domesticado, donde operen relaciones y normas conocidas.
Para habitantes de barrios, en una ciudad cada vez más exigente y masificada,
la lucha por la sobrevivencia paso también por la lucha contra la tendencia a la
anomia ola vida sin identificaciones estructurantes, aspecto que trae a luz
claramente el traba jo de Gravano. Algunos antropólogos ya hablan de nuevos
acomodamientos urba nos, cuando los ciudades se expanden más alió de lo
imaginable y se convierte en
cuestión de vida o muerte que los habitantes produzcan estrategias y reconozcan la
importancia de la pertenencia en un espacio controlable, reconocible. Cada "tribu" en su
territorio al caer la noche? A la importancia del territorio se agrego lo ineludible exigencia
del hábitat, de una vivienda como lugar fijo, principio y fin de los itinerarios cotidianos.
Mientras leía las páginas (muchas más en su versión original) del trabajo de Gravano, se
me representaba con claridad lo profundamente antropológico del tema: el barrio como
objeto intelectual, lugar donde poner a trabajar la teoría antropológica; en ese sentido, la
investigación y el texto de Gravano revelan la "puesta en acto" -en barrios de Buenos
Aires y por parte de sus habitantes- de recursos universales del pensamiento, del instinto
vital. Podemos visualizar la conexión y la lucho de los individuos dentro de sistemas que
los preceden, y los exceden: el más ¡oven de los "muchachos de barrio" o de la chica "de
su casa" viviendo su destino marcado y que llego hasta los límites que predefinen las
macro voluntades económico-políticas. Así los historias de Villa Lugano y Lugano I y II,
barrios y complejos habitacionales, fluyen desde una realidad atrapada en procesos de
desindustrialización, de tercerización de la economía, de mundialización en fin. Aspecto
que da cuenta de esta tensión: contradicción entre la educación como valor coda vez
más exigido por el Estado, las instituciones y por ende por la familia, junto a la falta
evidente de lugar social/cultural para jóvenes estudiantes de barrios periféricos y pobres.
Temas que ve A. Gravano en Buenos Aires y que se corresponden con lo que vio Loïc
Wacquant en ciudades de USA, donde algunos barrios pueden ser caracterizados como
prisiones sin muros, Cárceles de la Miseria (2000), como los llamó Wacquant; o con lo
que recogió Pierre Bourdieu como testimonios de La Miseria del Mundo (1999).
Gravano demuestra asimismo hacia dónde apunta la mirada agudo de lo antropo logía
en una de sus especializaciones: reconocer y describir esos procesos, descubrir reglas
de producción desigual sentido de la ciudad, demostrar la relación dialéctica entre el
pensamiento y el medio. En la misma empresa desnaturaliza procesos, cues tiona o
interroga desde otro lugar los prejuicios, creencias y mitos urbanos - los de tal o cual
barrio "son violentos" o también "son gente de trabajo" o son "todos solida rios". Como
analogía etnográfica puedo citar que en el barrio del Cerro, de Monte video, esa cualidad
de "ser solidarios" auto-atribuida, y repetida por la ciudad como un eco, cubre siempre
cualquier asomo de sentimientos o actitudes intolerantes para con los nuevos vecinos
más pobres.
Es decir que también hacia adentro de los barrios actúan mecanismos de exclusión y
estigmatización, porque están inmersos y sometidos a similares condiciones por la
sociedad global. Y no se trata de que la mirada antropológico levante -sobre su terreno
de investigación- una visión encantada, uno idealización de comunidad inte
grada. La violencia larvada corre también adentro de los barrios, se comunica en
actitudes y en lenguaje. Barrio contra barrio? Y si, de eso también se nutre la identidad y
va a veces contra la corriente, contra la solidaridad de clase. En este proceso, no hay
que desconocer el protagonismo de los medios de comunicación, la construcción
mediática sobre los barrios que termina afectando a lo barrial, produciendo etiquetas
que son usadas, resemantizadas en las relaciones sociales. Así se produce un proble
ma, simbólico y funcional, que afecta la vida misma de las personas concretas, cuan do
al dar cuenta de un domicilio en un barrio etiquetado como "violento" o "margi nal" las
cubre una sospecha que tiene origen en ese proceso de etiquetaje social. En ese
proceso, la ciudad se diferencia en colores y temperaturas: barrios rojos, barrios
calientes...
Finalmente, me hubiera gustado, y espero que se hayo equilibrado en este nuevo
formato, que Grava no se permitiera a sí mismo más espacio en el texto, que dejara fluir
su sensibilidad más allá de la constricción a lo académicamente correcto. Estaba
convencida desde las primeras páginas, que era importante conocer lo que él había
encontrado, buscando desde la superficie hacia el fondo de lo barrial. Cuando habla el
autor y cuando hablan los actores sociales, se mezcla el placer de encontrarse con
hallazgos antropológicos y con figuras de estilo populares, con inspiración literaria. A
modo de postdata, y recuerdos del camino como para seguir discutiendo sobre la
cuestión de lo barrial con una perspectiva más universal, en la línea de desconstrucción
de mitos sobre supuestas homogeneidades de toda aldea, de la comunidad aldeana
como sociedad sin fisuras ni diferencias: haciendo trabajo de campo en el pueblito de
Tifra, -no más de 1500 personas contando incluso a los muchos jefes de familia,
trabajadores emigrados, ausentes por largos períodos- en la región berbere de Argelia,
me costó darme cuenta que esa variedad en las relaciones y las costumbres, en la
tensión que percibía objetivamente, se vinculaban con la existencia de cuatro barrios
bien diferenciados y que correspondían a los grandes grupos parentales de origen.
Cada una de las fuentes de agua, adonde se aprovisionaban las mujeres del pueblo,
tenía una razón histórico-territorial-social que iba más allá de una lógica utilitaria; cada
barrio tenía su tradición, sus personajes reconocidos, sus formas de integración y de
exclusión.
En las rutas me tocó recoger personas que esperaban al borde del camino y que luego
se bajaban en lugares sin referentes específicos aparentes, pero que eran reco nocidos
como tal o cual lugar, por algún signo que yo no lograba visualizar de inmediato.
Tal como pueden ser imperceptibles las fronteras entre barrios de similares condicio nes
socioeconómicas, en Buenos Aires, Montevideo o cualquier otra ciudad, hasta que
captamos el sentido producido sobre esos territorios. Tarea de antropólogo, que está
servida por A. Gravano con entusiasmo y calidad profesional en este trabajo, que queda
así presentado.
Sonnia Romero Gorski
Paris, marzo 2003.

Introducción

Objeto y camino
Gran parte de la vida social contemporánea se presenta en una variedad de
situaciones que suelen ser definidas, desde los discursos hegemónicos, como
problemas urbanos. Se los ve como realidades caóticas que deben
solucionarse, ¡o que coloca en el debate el tema del orden urbano y la trans
formación social. La mayoría de esos problemas ocurre en barrios. Sin embar
go, la temática barrial no suele aparecer, en los discursos profesionales, como
algo determinante de los contenidos de esos problemas, sino más bien como
escenario o continente (aunque particularizado) donde esos problemas pue den
ser encontrados. Como realidad espacial, administrativa o incluso social, el
barrio es considerado casi como una condición natural, en el que se tienen en
cuenta el habitar y el convivir en una parte del espacio urbano. Para esta
perspectiva, el barrio parece jugar un papel instrumental respecto de otras
determinaciones, localizadas materialmente en instancias a las que se atribu ye
mayor importancia social y política. No obstante, llama la atención la
recurrencia de la noción de barrio en el plano de las significaciones, dentro de
prácticas, discursos y situaciones muy diversas.
Para el imaginario disciplinar profesional del diseño urbano, el barrio se
erige como modelo de estilo de convivencia, referenciado en el típico paisaje
de casas bajas y hasta en los complejos habitacionales. Y se lo asocia tanto al
espacio abierto y público, cuanto a los barrios cerrados. El barrio aparece
también como un símbolo en contextos donde se intentan destacar determi
nados valores considerados positivos, como las relaciones primarias, la
tradicionalidad, la autenticidad, la pertenencia a las bases populares, la soli
daridad, la virilidad; o negativos como la vulgaridad, la baja categoría o la
promiscuidad informativa (el chisme), entre otros. También se plantea el ser o
no ser de barrio, más que de tal o cual barrio. Valores, creencias e identificacio
nes alrededor de los cuales se llega a debatir incluso sobre cuál barrio es más
barrio y quién es más de barrio.
Cabe preguntarse si esta variedad de significados es propia sólo de cierto
tipo de sociedades urbanas o procesos de urbanización. Para esto tendremos
que observar los procesos históricos de surgimiento y vinculación entre lo
barrial, lo urbano (y lo preurbano) y lo social en general, de modo de tener un
marco de referencia amplio. Y luego tener en cuenta las explicaciones acerca
del papel del barrio en la vida social. Anticipamos nuestra sospecha de que la
secundarización de lo barrial quizá provenga de la ilusión positivista que pre-
Antropología de lo barrial
12
tende encontrar las determinaciones principales de la realidad en ciertos locus
cosificados, asociados a las ¡deas clásicas de Estado, clase social, sistema de
producción y poder central (fábrica, oficina pública, sindicato, partido político). A
nuestro entender, esos lugares no son más que referentes empíricos en donde
pueden hallarse indicadores directos y mediatos de ejes determinan
tes, pero no adquieren el valor de la determinación como algo dado. Las asam
bleas barriales surgidas en Buenos Aires a fines de 2001 bien podrían consi
derarse muestras de un debate que de ninguna manera puede iniciarse natu
ralizando esos lugares fuera de los contextos que les dan significación.
Pretendemos mostrar un estudio antropológico sobre el barrio como espa cio
simbólico-ideológico y referente de identidades sociales urbanas. Se ha
desarrollado mediante un análisis comparativo de la realidad barrial contem
poránea en diferentes contextos urbanos de la Región Metropolitana de Bue nos
Aires. Se trata de comprender lo barrial como producción ideológico-sim bólica
(como parte del imaginario social urbano), además de la consideración del
barrio como elemento de la reproducción y la transformación social. En
términos más específicos, se pretende: a) interpretar qué hay "detrás" de lo
barrial como símbolo; b) determinar los mecanismos de producción de sentido
mediante los cuales los actores sociales en distintos tipos de barrios estable cen
relaciones de identidad social y cultural referenciadas en cada barrio en su vida
cotidiana, y c) establecer las razones históricas de esas construccio nes
ideológico-simbólicas y de esas identidades.
El barrio parece ocupar un papel de "fantasma urbano", parafraseando la
definición de Armando Silva (1992): todos lo mentan y está ahí, en el espacio
material y físico de la ciudad, pero poco se ha sistematizado su significación
profunda como producción de sentido1, ideológica (Herrén 1986) o de desplie
gue y constitución de identidades (Gravano 1991). En suma, en su carácter de
enigma, tal como se lo podría concebir siguiendo los enfoques metodológicos
acerca de la producción simbólico-histórica de Mijail Bajtin (1980) 2. En un nivel
estratégico, se estipularon como objetivos específicos de estas investigacio
nes: l) sistematizar el marco histórico y teórico sobre el concepto de barrio y la
problemática barrial en su diversidad y unidad, y 2) analizar los significados de
lo barrial en forma concreta y empírica, mediante un análisis en diferentes
contextos urbanos, tomando como ámbito general de las muestras la Región
Metropolitana de Buenos Aires.

Como alguna vez propusieron Gerard Althabe (1984), Peter Ñas (1983) O J. Gutwirth
(1987).
Como parte del escenario urbano, ha recibido hasta ahora escasos tratamientos
antropológicos que pongan el acento en los "tránsitos de significados" (Hannerz, 1976),
como trama densa entre el cruce de la perspectiva interpretativa cultural propia de la
visión antropológica y el análisis social del proceso de reproducción social (Giddens,
1987 y Bourdieu & Passeron, 1995), para poder aportar una mayor comprensión como
representación y realidad (al estilo de las propuestas que -en otros planos- han
desarrollado Edmund Leach (1978) o Clifford Geertz (1987) en Antropología, y Jurij
Lotman (1979) y Vladirnir Propp (1970 y 1974) en los análisis de significados históri
cos).
13
En principio, se destacan dos necesidades para las que la noción de ba rrio
parece servir de respuesta conceptual: a) la de denotar la situación de
diferenciación y desigualdad dentro de la ciudad, y servir de indicador del
proceso de segregación en el uso y estructuración del espacio urbano y b) la
necesidad de connotar determinados valores e ideales, que hacen a la con
vivencia y a la calidad de la vida urbana en comunidad. Esto coloca el objeto en
la relación inicial entre lo urbano —como marco general— y lo barrial, como
realidad específica.
La vida urbana históricamente representó un mejoramiento de las condi
ciones de vida de vastos sectores sociales, debido a sus ventajas comparati vas
respecto a zonas pauperizadas del campo o de centros menores. Es el proceso
que dio origen a los fenómenos migratorios clásicos, que formaron ciudades o
cambiaron radicalmente el rostro de éstas, al acelerarse lo que Christian
Topalov llamara el "efecto útil de aglomeración" (1979), esto es: el valor de uso
de la ciudad misma. Lo urbano, empero, no se agota en el con cepto de ciudad,
sino que abarca los sistemas espaciales que integran la reproducción necesaria
de la vida social y material, como resultado de ese efecto de concentración
espacial para la reproducción del capital (Castells, 1974 y 1983; Portillo, 1991;
Singer, 1981, y Topalov). Como producción, la ciudad —marca de lo urbano
pero no su única manifestación— implica hablar de un asentamiento espacial
determinarte, que ha pasado a formar parte de las condiciones de la producción
material y a ser instrumento del proceso de dominio socio-político (Weber,
1979). Su contradicción principal, dentro del ca pitalismo, está dada por el
carácter necesariamente socializado de su exis tencia material (la ciudad como
un recurso), simbólica (la ciudad como un dere cho) y la apropiación privada de
su espacio.
En términos de constitución misma del fenómeno urbano, las ciudades pa recen
crecer por medio de sus barrios, estableciéndose en su interior marcas de
diferenciación. Por eso, un primer contexto de necesidad impone a la no ción de
barrio un sentido de diferenciación espacial física y social, cuyo resul tado más
notorio es la segregación urbana, que desde los distintos paradigmas teóricos
ha sido considerada variable independiente (por ej., algunos estu diosos de la
escuela de Chicago) o consecuencia de los procesos histérico estructurales que
enmarcan y determinan lo urbano (Engels). La institucionalización del derecho
ciudadano a hacer uso público de la ciudad siempre ha estado relacionada con
una consideración de la vida urbana aso ciada a la Modernidad y a cierto grado
de calidad de las condiciones materia les y espirituales de esa vida moderna.
Este sería un segundo contexto de necesidad de la noción de barrio, que lo
connota con un sentido de vida comu nitaria "digna". El barrio mismo, de
acuerdo con esta perspectiva, constituiría un consumo colectivo al que debería
tener derecho cualquier ciudadano. Hoy, la retirada del Estado de Bienestar de
la provisión y control de los consumos colectivos urbanos —que ni el capital ni
el salario directo jamás cubrieron en su totalidad—, principalmente la vivienda y
toda la infraestructura urbana, ha profundizado la crisis estructural de las
ciudades y ponderado en la agenda
Antropología de lo barrial
14
política las movilizaciones de vecinos y ciudadanos. Éstas se encarnan en una
gramática y semántica colectivas donde los contextos barriales han generado
una producción ideológica determinada, capaz de condicionar comportamien
tos y visiones.
En la primera parte del libro se analizan y se reconstruyen las lógicas alre
dedor de las cuales lo barrial adquiere valores ideológico-simbólicos en la vida
cotidiana, tomando como fuente los medios de difusión. Luego se analizan los
procesos históricos de surgimiento y vinculación entre lo barrial, lo urbano
(incluyendo lo pre-urbano) y lo social en general, tomando como fuente la
producción de los historiadores de lo urbano. A partir de aquí, se plasma en
una primera aproximación un modelo formado por el conjunto de variables de
lo barrial, resultado de una sistematización de interrogantes, propósitos E
hipótesis emanados de esos primeros análisis, a lo que se suma un balance de
los enfoques teóricos. La conclusión principal es que los aspectos menos
desarrollados son los referidos a las variables que tienen que ver con la di
mensión simbólica y los mecanismos de construcción de las identidades
referenciadas en el espacio barrial. En la segunda parte, se expone el análisis
de casos concretos, partiendo en principio de las carencias teóricas y la
reformulación de las variables y su focalización. Se enmarca el proceso urbano
y los barrios en la Región Metropolitana de Buenos Aires. Con estos elemen
tos, se pasa a un último capitulo, en el que se pretende sistematizar la totali
dad del trabajo y, sobre todo, el aporte propio a la indagación sobre la proble
mática barrial.
Si nos guiáramos por el consejo de Umberto Eco sobre la formulación de un
"título secreto" para un trabajo, el nuestro sería algo así como: Antropología de
lo barrial: un estudio antropológico del barrio como espacio, símbolo, identidad,
ideología y cultura, en el marco de la realidad urbana actual, con vistas a
descubrir el o tos papeles históricos jugados y a jugar por lo barrial —como
producción de sentido— dentro de los procesos de reproducción y
transformación social. Bien, ahora el titulo no es secreto.

Polisemia y ambivalencias
En torno a la noción de barrio se abre un abanico de debates que hacen a
cuestiones generales de la teoría y la práctica social y a las problemáticas
específicas de numerosas disciplinas. Empezando por la pregunta —como dice
Kevin Lynch— sobre "s/ todos deben vivir en barrios o nadie debe hacerlo",
cuando se trata de discutir el planeamiento urbano. "Sería interesante —en
consecuencia— saber bajo qué condiciones resulta útil el concepto de barrio,
para quién y de qué modo" (Lynch, 1985: 278). Las acepciones más
generalizadas de palabras como barrio (que, proveniente del árabe, pasa en el
siglo IX al español, significando —en ese entonces— "afuera de una ciudad",
"el exterior de una ciudad" [Vidart 1995] o vecindario en castellano,
neighborhood o district en inglés, quartier en francés, etc., que se pueden
hallar, por lo común, en los diccionarios; nos hablan de "agrupamiento
espontáneo de individuos [...] con
Introducción
15
contactos frecuentes entre sí" (Petroni & Kenigsberg, 1966) y "partes en que se
dividen los pueblos grandes" (Espasa-Calpe, 1936). Como se ve, aparecen las
¡deas de la distancia al centro urbano, como parte dentro de un todo, y las
relaciones primarias frecuentes y no institucionales (espontáneas). En la
polisemia de las categorizaciones compartidas entre los ámbitos académicos,
de gestión, y en la vida cotidiana de amplios sectores sociales, la cuestión se
complica, ya que el barrio puede aparecer como apropiación de la acepción
específicamente arquitectónica, urbanística y espacial, como opuesto al cen
tro de la ciudad, como opuesto al conjunto de "tugurios" o villas miseria, o
como antípoda de la parte "moderna" de cualquier ciudad. A la vez, al centro
de la ciudad también se lo suele llamar barrio, lo mismo que a la villa miseria y
al complejo moderno de departamentos. Y también se lo usa como indicador
de la puja de clases —o de los consumos colectivos de las clases—, cuando se
coloca como parte de la utopía urbanística de determinados sectores, que la
manifiestan en consignas como "barrio sí, villa no"3.
La definición de Pierre George —una de las clásicas— lo sitúa como unidad
significativa e identitaria: "La unidad básica de la vida urbana es el barrio. Se
trata a menuda de una antigua unidad de carácter religioso, de una parroquia
que todavía subsiste, o de un conjunto funcional [...] Siempre que el habitante
desea situarse en la ciudad, se refiere a su barrio. Si pasa a otro barrio, tiene la
sensación de rebasar un limite [...] Sobre la base del barrio se desarrolla la vida
pública y se articula la representación popular. Por último —y no es el hecho
menos importan te—, el barrio posee un nombre, que le confiere personalidad
dentro de la ciudad" (George, 1969: 94). Y parecería que el barrio se halla
desde tiempos inmemoriales en la conciencia colectiva de los pueblos;
atravesar los limites del barrio, por ejemplo, ha sido típicamente descripto como
parte de un ritual (Van Gennep, 1960), e nirse al otro barrio" puede significar
nada menos que pasar a! otro mundo, o a l'eternité (Maraval & Pompidou,
1976: 149). Hablar de significación implica situarnos ante valoraciones hechas
por sujetos e intere ses sociales, con sus aspectos tanto transformadores como
encubridores. Apuntaremos a una primera problematización que considere al
barrio como un signo (en sentido amplio), cuyo referente pueda admitir
diversas interpreta
ciones, según su anclaje y entrecruce entre ciertos actores, determinados
social e históricamente.

Ver —para Argentina— desde Segre (1964) hasta Oszlak (1992), para citar extremos
temporales.

Aproximaciones barriales
La ñata contra el barrio

Uno de los tópicos más vigorosos de la ritualidad y el imaginario barrial


porteño (de la ciudad de Buenos Aires) es el bar, el cafetín de la asidua parada
de la sociabilidad segunda, después de la familiar, donde se aprende la filoso
fía de la vida en la vida misma, y que plasmara el tango con la figura de 'Va
ñata contra el vidrio", desde donde el mundo refleja un imaginario cóctel '"de
sabi hondos y suicidas", fárrago de personajes, paradojas, símbolos y utopías4.
¿Cómo aparece el barrio en el imaginario social generalizado, principalmente
en el sentido común y los discursos públicos y notorios (políticos y
massmediáticos)? ¿Cómo se ve el mundo a través de ese vidrio-barrio imagi
nario?
Saqueaos los unos a los otros
En los sucesos de saqueos y represión de finales de la década del 'SO, en
reiteradas ocasiones y por diversos medios, fue denunciado por los vecinos del
Gran Buenos Aires y Rosario que la policía fomentaba "el enfrentamiento entre
barrios". Se vieron imágenes de jóvenes parapetados detrás de barri
cadas, ostentando palos y armas de fuego, "para defender el barrio" o a la
espera de la "invasión" de los del "otro barrio". Los policías —además de
advertirles sobre la "amenaza" lindante— hasta les habían sugerido el uso de
vinchas para identificarse claramente entre uno y otro bando barrial. Estos
enfrentamientos, sin embargo, actualizaban —según los testimonios— viejas
"picas"5, casi siempre producto de la distinción social entre barrios, o dentro
incluso de un mismo barrio (por ej., el de los chetos [ricos] y el de los gronchos
[pobres]). Pero también —y este punto fue acentuado por la policía— entre

Se nace referencia a la letra del tango Cafetín de Buenos Aires, de Enrique Santos
Discépolo.
"Pica" es una rivalidad mantenida entre dos bandos o grupos, que se aguijgnean
mutuamente durante un cierto tiempo y, en ocasiones puntuales, buscan la oportuni
dad
de demostrar quién de ellos es el mejor de acuerdo con ciertos valores, y le hace
pasar un mal rato al otro. No se agota en el contexto barrial: la "pica" puede darse
entre las distintas fuerzas de un mismo ejército, entre grupos o corrientes estéticas,
entre facultades dentro de la misma universidad, o entre carreras dentro de la misma
facultad, y aflora en forma plena en guerras, otorgamiento de premios, concursos,
distribución de partidas presupuestarias, etc. V, por supuesto, puede darse también a
nivel de naciones, y manifestarse con pasión en las guerras, la mayoria de las veces
entre países limítrofes.
La ñata contra el barrio
19
barrios de una misma condición de pobreza. A las oposiciones ínter e
intrabarríales, basadas sobre la distinción socio-económica, se sumaba la opo
sición interbarríal, sin distinción socio-económica.
"Hace quince años tenía la misma impresión —relataba un cronista de un
diario proclamado de izquierda acerca de lo acontecido en su propio barrio—:
hay dos San Miguel...[uno, mío, el de los pobres; el otro, el de] los trepa (como
se llamaba entonces a los chetos). Ayer ambos recuerdos se hicieron certeza.
El San Miguel de las barriadas pobres llenó de fogatas el atardecer, armó
cientos de barricadas... dejando cortinas metálicas deformadas por los
golpes... y góndolas vacías, se ajustaban unas [sic] inentendibles vinchas rojas
y tenían palos en las manos. Hablaban de defender el barrio... Otras veinte
cuadras hacia adentro... el barrio 5armiento [donde] las cabezas lucían vinchas
blancas y otros desarrapados, también con palos, decían que estaban
defendiendo el barrio"6. A pesar de apelar a ía locución "inentendible" —que
parecería pretender producir el efecto de englobar al lector en esa misma falta
de comprensión del cronista—, se muestra que el uso de las vinchas resulta,
para el cronista, algo inentendido, no obstante ser conocedor del barrio y sus
distinciones sociales internas. Es como si se supusiera más lógica la oposición
entre barrios (o partes de barrios) pobres y ricos, pobres y trepas, gronchos y
chetos, que entre partes o barrios igualmente pobres. Y esta suposición actúa
en realidad de freno para que el cronista detecte (o al menos suponga) la
existencia de otra lógica; una racio nalidad por la cual pueda explicarse el
enfrentamiento entre barrios pobres, que —y esto es lo más importante— es lo
que él mismo está observando y registrando (sólo que parece no entenderlo,
de acuerdo con su lógica). Lo que la policía parecía hacer, en este caso, era
sólo aprovecharse e incentivar una oposición ya existente en el imaginario
social urbano, entre los distintos grupos y actores barriales.
¿Qué decían los vecinos de esto? "La policía nos dijo que así [con las
vinchas] nos indentificaban mejor desde los helicópteros... Nosotros somos
vecinos trabajadores, y estamos desesperados, no tenemos nada para comer."
Acá parecería que la policía iría a tomar partido, o defender la causa de algún
barrio en particular, para lo cual necesitaba identificar a ciertos vecinos mejor,
desde el poder visual de los helicópteros. Pero éstos decían: "Queremos
comer, porque nos estamos cagando de hambre; también Queremos
protegernos de los de Villa Mitre, que no sólo roban supermercados, sino que
van a venir a arrasar con nuestras casas y violar a nuestras mujeres y asaltar el
único almacén que nos queda, mientras la policía no hace nada por
protegernos". La campana se agita para uno y otro lado: la policía aparece
protegiendo y desprotegiendo, las casas aparecen como presas de
arrasamientos posibles, las mujeres como objetos de violaciones posibles y el
almacén (que "nos queda") parecería pasar raudamente —en esa imagen— a
ser de todos, o sea del barrio. Los hechos reales, sin embargo, constatarían
solamente, como datos, los asaltos a supermercados. No se conoce una sola
crónica de esos días que registrara vio

Diario Nuevo Sur, 1/6/89.


Antropología de lo barrial
20
laciones ni de domicilio ni de mujeres, y sólo esporádicamente se avanzó so bre
algún almacén. Todo eso quedaría dentro del imaginario, categoría que ahora
se torna evidentemente eficiente, como conjunto cruzado de imágenes sobre el
espacio urbano vivido o representado por distintos grupos (en este caso,
barriales y de poder), con autonomía relativa o a una cierta distancia con los
hechos de la realidad, como lo prueban las distintas imágenes de los vecinos,
por un lado, y del cronista, por el otro. En la ciudad de Buenos Aires, más
precisamente en el barrio de Núñez, durante varias tensas horas los vecinos y
comerciantes esperaron (cerrando ventanas, vidrieras y puertas) a las "hordas
de villeros" que —se rumoreaba— irían a "invadir el barrio". El imaginario
producía comportamientos reales y todos los negocios fueron cerrados durante
medio día, a pesar de no lindar el barrio con ninguna villa.
Pero los saqueos no fueron cuestión de "villas" en ninguno de los centros
urbanos conmocionados. En el sur de la ciudad de Rosario comenzaron en dos
barrios obreros que en los últimos tiempos habían sufrido un acelerado proce so
de desempleo: el barrio Fonavi, poblado mayormente por metalúrgicos
desocupados y donde residían los despedidos de los frigoríficos. Sólo en un
segundo momento los actos de violencia se extendieron al cordón de villas
miseria. Cuentan los rosarinos que la policía abordó a los vecinos de uno de
aquellos barrios que habían iniciado los saqueos y les dijo que vendrían
"extremistas" de las villas, que les tiraran "a las patas" o los mataran sin
problemas7. Es decir: los verdaderos saqueadores eran alertados por la poli
cía para que se protegieran de eventuales saqueadores villeros y, de paso, se
llevaran alguno a mejor vida. Los vecinos escucharon, esperaron toda la noche
y finalmente "no pasó nada". Ni vinieron los otros, ni ellos salieron de su barrio.
Nuevamente la amenaza de guerra parecía producir la paz, el ima
ginario parecía ser más real que la realidad y las coloraturas barriales se
reteñían de significados e imágenes dispares, según los actores e intereses.
Más recurrentes que las referencias a enfrentamientos fueron los titulares, fotos
y testimonios que mostraban a cada barrio como un todo en la tarea de saquear
e incluso reivindicar esos saqueos ("todo el barrio vació las góndolas"). Cuando
el gobierno acusó de esos delitos a ciertos 'activistas", los partidos políticos
aludidos declararon —no sin orgullo— que sus militantes estaban en las calles
"porque son del barrio". "Lo que ocurrió fue el resultado de ¡a bronca de la
gente; nuestros simpatizantes estaban allí, es cierto, pero porque eren del
barrio"8, decía un dirigente de un partido de izquierda, de escaso caudal
electoral, apelando aparentemente a un sentido legitimador que tendría el
barrio, como una especie de aval de pertenencia a la realidad concreta, de la
que la izquierda ha sido acusada de estar ajena, en Argentina.
La idea de una heterogeneidad barrial paradójicamente asociada al barrio
actuando como un todo, parecería corroborarse también por las numerosas
denuncias, hechas por propietarios de supermercados pequeños, sobre el

Dato proporcionado por el Prof. Edgardo Garbulsky.


6
Diario Página 12, 28/5/89.
La ñata contra el barrio
21
accionar saqueador de gente de condición acomodada, residente en el mismo
barrio, a los que "apunté con la escopeta y me di cuenta de que era el
profesional que me compra todos los días, llevándose una botella de whisky".
Este tipo de testimonio fue el de mayor difusión televisiva, con el evidente
propósito de impugnar las justificaciones de los saqueos como producto del
hambre colec
tiva real. En los medios que podríamos rotular como pro-gubernamentales en
aquel momento, se trató de justificar tanto la represión policial (luego de re
clamarla cuando ésta resultaba "inoperante") como la reacción de los particu
lares perjudicados por los saqueos. Y el barrio quedaba, dentro de estas
imágenes hiper propagadas por la televisión, por un lado, como agente de los
saqueos, si se trataba de barrios "marginales" (villas), y por otro lado, como
víctima eventual, si se trataba de barrios "normales" (no villas). El hecho es que
no hubo ningún barrio invadido por ninguna villa ni por ningún otro barrió. Pero,
—como en el chiste de quien supuestamente espantaba elefantes chas
queando sus dedos, y cuando se le señalaba que allí no había elefantes res
pondía: "Eso demuestra que da resultado"—, bien podría respondérsenos, en
forma un tanto paradójica, que no hubo enfrentamientos porque las rivalidades
interbarriales fueron lo suficientemente fuertes como para impedirlos. Un
ejemplo de cómo las representaciones —en este caso de las identidades
barriales— inciden o producen las acciones.

La notoriedad oculta de los barrios estigmatizados


Que se asocie a ciertos barrios con armas, delitos y violencia no es algo
exclusivo de tiempos de crisis y conmociones nacionales. Las páginas policiales
de los diarios o de noticieros televisivos cotidianamente se hacen eco de su
cesos violentos que son atribuidos a la propia identidad de algunos barrios, y
se asocian al imaginario colectivo con que se concibe la misma ciudad en sus
partes "bravas": delincuencia, promiscuidad, conductas amorales, drogas,
patotas, caos y descontrol. Dos de las zonas que se destacan por estas atri
buciones son, en la ciudad de Buenos Aires, San Telmo (considerado un "ba
rrio histórico", pues se conservan edificaciones de la época colonial) y Ciudad
Oculta (la clásica "gigantesca villa miseria").
En San Telmo había, entre 1980 y 1990, un centenar de casas "tomadas"
(habitadas en forma ilegal). Es muy frecuente allí la realización de razzias por
parte de la policía. Un concejal neoliberal de derecha pidió en una ocasión un
censo de población, remarcando que "es una verdadera vergüenza que en
pleno barrio histórico, visitado por turistas de todo el mundo, se levante esta
muestra de promiscuidad y abandono material" 9. Cinco'años más tarde, un
vecino incre
pó a otro (peruano él) por arrojar basura a un patio interno. Éste, "luego de
beber copiosamente", mató al otro con un revólver, lo que justificó una nota
editorial del centenario diario La Nación (de orientación conservadora), donde
se manifestó que el episodio ponía al descubierto la realidad de un barrio en

Página l2, 28/6/88.


Antropología de lo barrial
22
acelerado proceso de "deteriorio físico y moral", ya que la casa en donde se
había desencadenado el crimen era usurpada, poblada por "bandas dedicadas
a cometer todo tipo de atropellos", compuestas por extranjeros residentes ile
gales, que básicamente se ocupaban de hurtar carteras de damas y maleti nes
de caballeros, por lo que —se ufanaba el editorial— quedaba comprobado que
se esté en presencia de "punguistas internacionales". Además de tener en el
barrio la oferta de todo tipo de drogas, podía verse debajo de los puentes de
las monumentales y modernas autopistas —seguía describiendo el edito rialista
— a estos "peligrosos desocupados", "en condiciones de indisimulable pre
cariedad" (¿quién querría disimular? ¿El editorialista?). Finalmente, lo peor que
se señalaba (y justificaba la mayor de las alarmas) era caer en la cuenta de
que este "ghetto peligroso e incontrolable" se hallaba "a pocos metros del
centro de la ciudad y la sede del Gobierno [nacional]"10.
La liberalidad de este tipo de pretensiones de argumentación, ¿será exclu
siva de este prejuicioso editorialista y de aquél edil? ¿O estarán representan do
el pensamiento de una gran franja de la población urbana, que incluye también
a los habitantes de San Telmo, y no exclusivamente a los chetos7 Nos queda
claro, al menos, que el hilo argumental tiene su base en un problema de
imagen más que de condiciones reales de existencia: los turistas extranje ros
tienen ante ellos esa muestra indisimulable e intolerable a pasos del cen tro y
de la Casa Rosada. Lo que podría implicar que lejos del centro de la ciudad y
del poder, tanto deterioro físico y moral sería tolerable, lógico, y no sería
necesario disimularlo. ¿Dentro de qué lógica? Parecería que el problema es la
imagen del barrio más que la situación de precariedad —realmente
¡ndisimulable— de esa gente. Y, por otra parte, no es posible haliar este tipo de
asociaciones entre un crimen y la tipificación de un barrio entero ("ghetto
peligroso e incontrolable") cuando se trata de crímenes ocurridos en barrios
donde no residen extranjeros pobres hacinados en conventillos o casas to
madas. La identidad del barrio es traída a colación cuando se trata de esos
barrios. ¿Por qué será? ¿Para qué servirá? ¿A quién le servirá?
"Entre 1985 y 1986 hubo en Ciudad Oculta el más alto número en toda la
Capital de personas muertas por la policía en situaciones en las que no estaban
cometiendo delito alguno. En un año, seis fueron abatidas por no acatar la voz
de alto y siete durante un procedimiento de identificación. Al asumir el
comisario Juan Pirker la jefatura de la Policía Federal, relevó al jefe de la
seccional 42S. y la ma sacre se detuvo por arte de magia" (Verbitzky, 1989: 9).
Los asaltos tipo redada a la Ciudad Oculta llevados a cabo Üegalmente en
horas de la madrugada por la Policía Federal, nunca exhibieron demasiada
eficiencia en sus resultados. El 14 de octubre de 1987 se realizó una batida
gigantesca, con perros, armas de todo calibre, tanquetas y carros de asalto,
anunciada luego como "relevamiento sanitario y habitaciona!", con médicos y
asistentes sociales incluidos. De las 30.000 personas que habitaban la villa,
sólo se detuvo a cinco, que tenían la captura recomendada. Sin embargo, la
villa de por sí continúa jugando, para

Diario La Nación, 11/3/93.


La ñata contra el barrio
23
el imaginario colectivo, un papel de mancha negra' dentro de la ciudad, ence
rrada en la paradoja de ser uno de los lugares más notorios de Buenos Aires,
precisamente por ser oculto.
¿El imaginario actúa por simple y libre capricho inventivo, estigmatizando
sin razón alguna partes de la ciudad, sin asidero en hecho alguno? ¿Nada hay
en la realidad que se parezca al menos a lo que la gente (cierta gente) piensa
de esas partes? En la misma proporción que debemos considerar al imagina
rio social como productor, condicionante o determinante de conductas, no po
demos atribuirle una falsedad total en sus contenidos ni un desfasaje absolu to
respecto a esa realidad, como si supusiéramos que todos los habitantes de la
ciudad sufren una enajenación idéntica que se plasma en las mismas repre
sentaciones de contenidos. Seguramente funcionarán acá tradiciones y asun
ciones del sentido común. Cuando éstas son alimentadas, provocadas o inclu
so producidas por los medios masivos de difusión, los aparatos del Estado y la
cultura en general, adquieren vigencia siempre y cuando se encuentren rei
nantes antes en el sentido común dominante. El barrio territorial, por ejem plo,
representa una jurisdicción quizá tan o más importante dentro del mundo del
delito (los clásicos territorios de los hampones) como de la estructura ad
ministrativa formal de las policías y municipalidades. Eso es un "hecho" fuerte
mente arraigado en ¡as suposiciones colectivas. ¿De dónde proviene? ¿Es un
puro invento? La novela policial negra de la época de esplendor de la Chicago
gangsteril puede poner al día al lector más desprevenido sobre el papel del
slum, o barrio bajo, dentro del prototipo de ciudad capitalista. Es una zona tan
sórdida y oculta como conocida, porque "todos saben lo que pasa allí". Como
rasgo de identidad, su importancia se ha extendido —al menos en su califica
ción— a la totalidad del mundo urbano, a la totalidad del mundo capitalista y —
quizá— a la totalidad eventual de los barrios, como coto de acciones delictivas.
La prueba está en que, ante la debacle socialista y reconversión al capitalismo
de la ex Unión Soviética, "varios grupos organizados de delincuentes se
reparten los barrios de Moscú"11.
No se nos escapa que la vinculación "natural" entre determinadas identi dades
barriales con lo delincuencial se registra desde que surgen en la histo ria los
problemas urbanos y los barrios comienzan a ocupar, en la estipulación de
esos problemas, sin duda el papel de indicadores espaciales, sociales y
culturales, de acuerdo con cada tipificación. Acá queremos señalar, en forma
expresa, qué ocurre cuando una parte de la ciudad adquiere una determina da
identidad barrial que podemos llamar —retomando el rótulo novelístico—
negras, que acciona como clave para la preadjudicación de sentidos o signifi
cados a esos espacios urbanos, el de los otros11. Porque es importante
destacar la manera como se constituye imaginariamente el espacio barrial del
noso

Diario Clarín, 16/1/89.


Para el caso de la Región Metropolitana de Buenos Aires, los trabajos de Rosana
Guber, Ester Hermitte (et al.) y Carlos Herrén describen la forma como se entretejen
las tipificaciones estereotipadas y mutuas referenciadas en la identidad villera y la
identidad barrial "digna" (no «¡llera, no manchada).
24 Antropología de lo barrial tros: apuntando hacia el otro desde el poder de la
categonzación y la construcción del estigma. Y en esta categoría se debe incluir, por
supuesto, al lector-destinatario-cómplice de la novela negra, como al ciudadano-
vecino-cómplice de la leyenda negra de esas partes de la ciudad ocultas por
hiperconocidas, la de los barrios mancha.

Defensa de la blancura del barrio


Han existido casos en que los vecinos denunciaron en forma conjunta tanto
a los grupos delincuentes como a la policía, y se armaron contra ellos. Y en
esas ocasiones fue reivindicada por sus pobladores la "verdadera" identidad de
cada barrio, contra aquellas imágenes negativas y estigmatizantes que los
consideraban como partes negras de la ciudad. "La justicia nunca llega a eslos
barrios pobres", se autoconvencieron los pobladores de Ciudad Oculta y, en
febrero de 1988, expulsaron por mano propia a una banda de delincuentes
residente en la villa, que operaba —según denunciaron la comisión barrial, la
capilla local y la pastoral villera— con la connivencia de algunos funcionarios
policiales. "Es que aquí pasa lo mismo que en todos los barrios de Buenos Aires,
hay de todo", repetían, Impugnando la negra fama de la villa que, explicaban, es
"por ser pobre". "A Ramón lo mataron [los policías] porque sí nomás, porque
tenían ganas de pegarle un tiro a alguien y le tocó a él", relataba un vecino del
complejo habitacional Ejército de los Andes, en Cludadela Norte, hacia el oeste
de la Capital Federal, en diciembre de 1986. "Nosotros no vamos a negar que
aquí hay patotas, delincuentes y aguantaderos, pero sabemos que la policía los
tiene bien identificados y nunca los han detenido; cuando allanan el barrio, a los
departamentos que ellos utilizan jamás los 'visitan"'. Los vecinos —según ellos
mismos dicen — , en su mayoría obreros, terminaron armándose para defen
derse a dos puntas. Como una saga recurrente en la Región Metropolitana, los
relatos de allanamientos, muertes y torturas por parte de la policía se
entrecruzan con la defensa del barrio como entidad de pertenencia, a la que se
asigna, desde adentro, el cuestionamiento de lo que se le endilga desde afuera,
como si a lo negro se le contrapusiera la blancura del "nosotros" barrial: "Aquí,
en este barrio, todos somos gente de trabajo y muchos ni tienen dónde; es
injusto que además tengamos que soportar las peleas entre patotas y los
allanamientos que nada solucionan".
Sin embargo, el barrio Ejército de los Andes, también llamado "Fuerte Apa che"
(con clara e irónica connotación épico-guerrera que evoca al caótico far west de
la ley del revólver), fue allanado en octubre de 1992 por un ejército, pero no de
los andes sino de policías (140 hombres), que "se tirotearon" du rante cuatro
horas con seis presuntos narcotraficantes chilenos, matando a uno, no pudiendo
evitar que el resto huyera, e hiriendo a una veintena de vecinos. Ineficiencia
reiterada el 12 de marzo de 1993, cuando 80 agentes federales rodearon el
barrio, hicieron explotar una puerta —que, luego se constató, no tenía cerradura
— , provocando rajaduras en todo el edificio. En esa ocasión detuvieron a un
hombre, una abuela de 62 años, un joven de 18,
La ñata contra el barrio
25
un chico de 11 y una bebita de dos años, a los que hicieron salir encapuchados
(incluida la beba). Cuando la policía provincial quiso acercarse, ya que era su
jurisdicción, el barrio hervía de indignación: "La gente nos quería matar", tes
timonió un uniformado. ¿Es posible pensar que se pueda actuar de esta ma
nera tan torpe e ineficiente, pero tan focalizada sólo en ciertos barrios? ¿O más
que ineficiencia y mera crueldad estaríamos en presencia de acciones
condicionadas por esas imágenes negras que "todo lo dicen" y predisponen? El
final reciente del cuento fue la lisa y llana demolición de parte del complejo,
motorizada por las palabras del gobernador de turno: "pero antes se desalojará
a la gente", ya que el fantasma de! imaginario barrial insinuado en ciertos
graffitti y titulares de diarios de letra amarilla dictaba: que lo demuelan con la
gente adentro.
Los vecinos de estos lugares tejen explicaciones que van desde la
estigmatización de la propia policía (convertida así en enemigo principal del
barrio, pero a la que se denuncia como inoperante porque se le exigen accio
nes eficientes contra los otros, los "verdaderos" delincuentes), hasta
contextualizaciones políticas, donde el barrio organizado representa la im
pugnación de la fama negra: "Cada vez que empiezan a amontonarse los
tarííazos, cuando la cosa económica se pone espesa, cuando un barrio como
éste comienza a organizarse, con la pastora! social y los partidos, justo cuando
sacamos la cabeza del pozo, trácate, nos invaden", declaraba un vecino de
Ciudad Oculta luego de ser invadidos por 1.500 policías13. Dentro el imaginario
social urbano circulan y se distribuyen estas imágenes de acuerdo con el mapa
de los espacios distin tivos categorizados como inferiores, marcados, los que
son considerados desde el sentido común como "malos ambientes" de la
ciudad, las manchas negras de! espacio urbano, construidos desde el sentido
que pretende concebir a la ciudad, muchas veces en forma paradójica, como
una unidad, pero que nece sita de sus chivos expiatorios, los barrios culpa,
defendidos sólo por sus resi dentes.

"Barrio sí, villa [y asentamientos] no"


Como unidad distintiva, el barrio emerge también cuando, por ejemplo, se
informa que "fue ocupado todo un barrio por intrusos", en los casos de viviendas
construidas como parte de planes de adjudicación oficiales, lo que en ocasio
nes también ha ocasionado enfrentamientos violentos. Los casos son
numerosísimos y casi siempre coincidentes con períodos de gobiernos consti
tucionales o en vías de constituirse, o cercanos a procesos electorales, esto es:
aparentemente respetando la lógica de la mayor movilización social y po lítica y
el clientelismo a flor de piel. Los enfrentamientos más comunes son entre la
policía y los intrusos, o entre éstos y los adjudicatarios, o entre adjudicatarios
intrusos en sus propias viviendas y la Justicia, cuando ha teni do lugar alguna
cuestión controvertida. Si bien estos hechos pueden vincular

Página 12, 18/10/87.


26 Antropología de lo barrial
se con las ocupaciones ilegales de unidades de viviendas, de diverso tipo, o
con la subdivisión de grandes casas en unidades habitacionales mínimas, en el
caso de la toma de complejos lo que se da en forma recurrente es la reivin
dicación, de parte de los vecinos legales como de los intrusos, del barrio como
ideal- de convivencia urbana. Reivindicación que se relaciona estrechamente
con la más notoria, que opone el "barrio digno" a la villa miseria. Esto podría
explicarse porque, en la gran mayoría de los casos, los intrusos en departa
mentos de monobloques han sido residentes de villas a los que les habían
prometido dichas viviendas, pero también porque el barrio puede cumplir el
papel de utopía respecto a la vida en la villa, dado que esta reivindicación tiene
fundamental vigencia también dentro de las villas mismas. La síntesis se da en
consignas como: "Esto debe ser un barrio, no una villa", "Nosotros queremos un
barrio, no una villa". La Coordinadora de Núcleos Habitacionales Transitorios y
Villas de Capital Federal declaraba, en 1987, por intermedio de uno de sus
dirigentes: "Nosotros no queremos que se vuelva al método de la topadora, que
utilizaban los militares; insistimos en que se obtenga la titularidad de las tierras
y asi que otra vez no las ocupe nueva gente, y sigan siendo siempre villas
marginales y no barrios dignos"11. Se trataría de un cambio cualitativo auto-
requerido por los villeros hacia su propia condición de ocupantes ilegales pero
legitimados por su derecho a la vivienda; no a cualquier vivienda (la casilla de
la villa, al fin y al cabo, lo es) sino a la vivienda digna, cuyo contexto urbanístico
vendría a ser el barrio, como el opuesto de la villa. ¿Por qué? Según dirigentes
y asistentes, porque el barrio tendría orden, una disposición del espacio
organizada según pautas urbanas, y no sería un mero aglomerado de
viviendas separadas apenas por el pasillo de la villa. Lo que se contrapondría a
la imagen de la villa caótica seria el barrio ordenado, con sus calles, sus
plazas, sus espacios con destino comunitario y público. Sin embargo, cuando
los villeros —siguiendo su consigna de barrio sí, villa no— decidieron ocupar
terrenos para auto-construir barrios, el imaginario colectivo no los concibió
como tales, sino que pareció proyectar sobre ellos la misma imagen de la villa
caótica, pero esta vez sin prestar aparentemente mayor atención a los
indicadores externos de esa misma imagen de caos.
En enero de 1988, doscientas cincuenta familias ocuparon terrenos en La
Matanza; eran vigiladas por la policía, mientras detrás del cordón azul se for mó
otro, de vecinos habitantes del barrio Ciudad Evita, que trataban de impe dir el
avance de los nuevos, convencidos de que esas tierras debían ser "para un
proyecto de viviendas serías y no para una toldería". Esto, a pesar de que un
representante del gobierno municipal les había prometido a los ocupantes una
regularización de los planos y toda la ayuda posible para organizar allí un
"barrio digno". Los dirigentes del grupo ocupante aseguraron (con sorna y
satisfacción) que en la Villa "22 de Enero", de donde provenían, había una
capilla, cloacas y hasta un colegio "que envidiarían los de el barrio de enfren
te"1S. Para la misma época, los vecinos de varios barrios de Bernal y Wilde,
14
Páginal2, 14/10/87.
15
Págmal2, 28/1/88.
La nota contra el barrio
27
exponían en sus carteles: "i No a los asentamientos!", en protesta por la toma de
terrenos por parte de "carenciados". Decía la crónica: "En Lomas de Zamora, 3.000
familias carecientes ocuparon un amplio predio en un lugar llamado El Olim po;
marcaron los lugares para una escuela, plaza, comisaría, jardín de infantes, sala de
primeros auxilios e iglesia, y ocuparon el resto, comenzando a construir las viviendas
precarias. 'Un lugar que antes servía para matar gente', según dijo uno de ellos"16.
Rosana Guber explica que la identidad social villera se construye con dos
características manifiestas: la pobreza y la inmoralidad. La primera es una cate goría
relativa, pues se establece por comparación ante la carencia de satisfac ción de las
necesidades básicas. A pesar de que el villero reconoce una mejora en su situación, ya
que la mayoría son migrantes de zonas aisladas y despro vistas de todos los beneficios
que puede brindar una ciudad —trabajo, escola ridad, salud, luz eléctrica, etc.—, la
carencia de recursos necesarios actúa como efecto multiplicador de la pobreza. Si bien
el villero reconoce esta situación de carencia, la relativiza de acuerdo con la
mencionada mejora con su arribo a la ciudad ("los beneficios relativos que redundan de
vivir en una villa miseria"), y explica su pobreza a través de argumentos sobrenaturales
o terrenos, recono ciendo limitaciones cuyas causales, en general, quedan lejos de su
alcance. En estas personas, explícita o implícitamente, aparecen los deseos de
movilidad socioeconómica y el valor negativo de la pobreza. Ante la falta de oportunida
des, el villero —dice Guber— recurre a diversas estrategias para satisfacer sus
necesidades, a través de las redes sociales solidarias y el mercado informal. El mismo
hecho de vivir en la villa sería una prueba del "propio esfuerzo" y de la genuina
capacidad de un individuo para hacer frente a sus necesidades. La otra característica, la
inmoralidad, es una atribución extra-villera, resignificada por el villero, "quien la admite y
la sustenta". Sabe que declarar "soy villero" puede generar sospechas sobre su
moralidad, ya que la villa es considerada como un "antro", y él comparte esa opinión.
Aunque reconoce que en su vecin dario habitan delincuentes, señala que no es un
"producto natural" de la villa, sino de extra-villeros que operan en el lugar y además lo
usan como refugio transitorio ("trastienda de la ciudad"), ya que es un lugar propicio
para burlar la persecución policial. Y también a la asignación de inmoralidad
corresponde la ocupación ilegal de la tierra, en la que confluyen la incertidumbre y la
ilegalidad. "La línea fronteriza Que separa a villeros de no-villeros es el ámbito de
residencia [...]; las condiciones de ocupación del suelo y la vivienda homologan a todos
aquellos que comparten un estigma," Ser villero es un estigma que se aprende. Siendo
definitorio de un estereotipo negativo, obliga al residente de la villa a ocultar su
identidad —como el factor que lo diferencia con los extra-villeros—, sobre todo a
aquellos que tienen o vislumbran posibilidades de ascenso social. Como no siempre es
posible ocultar su condición, la persona se declara "carenciado", o adopta una actitud
de inferioridad defensiva o agresiva, o como aliado de los no villeros, etc. Pero también
reivindica la conversión de su espacio

Clarín, 8/2/88.
Antropología de lo barrial
28
asumidamente ilegal y caótico, en la imagen espaci.ilmente ordenada, moral
mente digna y des-estigmatizadora del barrio, al que se le dice sí, en oposición
a la villa.
Los enfrentamientos entre residentes en barrios y aquellos que —aspirando
a hacerlo— ocupan pacíficamente en forma ilegal terrenos linderos con esos
barrios, parecería, ser una nueva forma de actualizar en el imaginario social
urbano la oposición entre las partes negras de la ciudad y los barrios blancos.
Aun encontrándonos ahora con que estas ocupaciones se realizan bajo la
consigna explícita de colocar el orden del barrio como una meta a conseguir. A
esas ocupaciones, para distinguirlas en forma precisa de las villas y de los
barrios ya constituidos, se las ha llamado asentamientos. Sin reducirse a una
cuestión de nomenclatura, debajo de la realidad de una villa bien organizada o
de un asentamiento bien planificado y ordenado, bien podría adivinarse que,
dentro de los sentidos con que los vecinos de los barrios intentaron expulsar a
los invasores, tiene plena vida el fantasma de la imagen de lo que podríamos
llamar el caos antibarrial, aplicado convenientemente a las partes negras de la
ciudad y que parecería proyectarse tanto sobre las villas como sobre los
asentamientos. Todo esto a! mismo tiempo que los villeros reivindican y
reclaman su reconocimiento como constructores de un orden barrial, figura
simbólica que, en el fondo, parecerían compartir ambos bandos. Para unos es
algo aparentemente ya constituido, mientras para los otros es algo por lograr. Y
la ambigüedad señalada de quienes no ven barrio aun donde los indicadores
del orden barrial son ostensivos, nos habilitaría para hacer la pregunta de si se
trata en realidad de un mismo sentido de lo barrial que sostienen estos dos
grupos, o el barrio aquí no es más que un atajo ideológi co para justificar o
amparar determinadas actitudes entre los grupos.

Barra de barrio
En términos generales, la violencia urbana es un fenómeno tan notorio como
problemático, pero la mayor parte de las veces se ve reducido conceptualmente
a su aspecto exclusivamente delincuencial, al menos desde los grandes medios
de difusión, por donde se expresan la opinión pública, la de los expertos y la del
Estado. La nota común es concebir como violencia sólo a las agresiones físicas
sufridas por el ciudadano individual, en desmedro de la violencia simbólica y la
agresión social, como la segregación y la estigmatización de grupos y sectores.
Además, parecería que se piensa sólo en términos de conductas individuales
desviadas de la norma media (o de la clase media) y cuyo contexto no iría más
allá del lugar físico donde ocurren (la calle, el transporte). Cuando se trata de
establecer causas puntuales de esos hechos se las reduce a la familia "mal
constituida", a individuos "marginales" ("los inadaptados de siempre"), con que
se compone el cuadro de las "patolo gías" urbanas, de acuerdo con una
extrapolación biologicista muy recurrente y cuyos antecedentes teóricos se
remontan a la clásica Escuela de Chicago y a sus modelos desviacionistas, que
tomaban a lo que podríamos llamar la
Lo ñola contra el barrio
29
media americana como paradigma de la vida urbana querible, por digna y
"normal". El barrio —corporizado en determinadas identidades barriales— cons
tituiría, según estas concepciones dominantes, una marca de la distribución
aparentemente desigual de la violencia y la moral urbana a lo largo y a lo ancho
de la ciudad. Para corroborar esto, basta dirigirse a las páginas policiales de
cualquier periódico y detenerse en las tipificaciones apriorísticas acerca de
tales o cuales barrios calificados como "verdaderos aguantaderos". Sin
embargo, el barrio, actuando como eje protagóníco de la violencia dife renciada
dentro de la ciudad, emerge con significativa presencia en el "pro blema"
conocido como barra de la esquina, barra brava o patota, que en forma también
recurrente se ve tratado por aquellas mismas opiniones dominantes como
facetas de un mismo fenómeno. Así como —a apriori al menos— no puede
atribuirse ni el mismo carácter ni la misma causa a la totalidad de la violencia
urbana, tampoco resulta conveniente englobar la totalidad de refe rencias que
se hacen desde el sentido común a la delincuencia juvenil, las barras o las
patotas. Un ejemplo de esto se hace evidente en las pintadas de aerosol con
los nombres de cada barra en los frentes de los edificios. Están las que se
identifican en términos abiertamente ideológicos (desde nazis a anarquistas), o
con nombres de grupos de rock; ambos tipos semejando fe nómenos similares
de Europa. Y están las que se identifican con los nombres de los barrios en
donde residen o tienen sus paradas esos grupos de jóve nes. Los alumnos de
algunos colegios secundarios de Buenos Aires, por ejem plo, suelen diferenciar
entre las "patotas" de tal o cual barrio y. las de los "nazis" que los agreden. Sin
embargo, a ambos tipos de barras se les atribu ye tener un lugar de base, casi
siempre mencionando un barrio (Borgna, 1989). En enero de 1987, en la
localidad de Caseros, se enfrentaron a golpes de puño y elementos
contundentes varios grupos de jóvenes. Fue a la salida de un local bailable y el
saldo incluyó dos jóvenes muertos y numerosos heridos. Los distintos medios
recogieron testimonios de los vecinos que hablaron de "un barrio aterrorizado
por temor a las represalias" entre las barras. ¿Por qué? Porque los ejes de
aglutinación e identificación de las barras se refleja ba en sus nombres: los de
Wilüam Morris, los de Martín Coronado, los de Fernández Moreno, los de
Santos Lugares; todas referencias a sus bases barriales. Si bien puede
establecerse, entonces, una diferencia entre los agrupamíentos juveniles
establecidos al calor de tal o cual identidad barriaf y otros tipos de barras,
podría ser que lo barrial, o algunos de los mecanismos que se desencadenan
en la construcción de esas identidades, constituyera un eje de identificación o
diferenciación presente —con distintos matices— en casi todos esos
acotamientos grupales, tanto desde afuera de los grupos como desde su
interior.

El barrio del fútbol


El 30 de junio de 1989 una bala se detiene dentro del corazón de Germán
Ventura, de 18 años, en el barrio de Parque de los Patricios. Como "motivo"
Antropología de lo barrial
30
de la muerte, los diarios citan el hecho de "ser de Huracán". Los agresores
fueron señalados como parte de la barra brava de San Lorenzo, la que "se ha
hecho dueña de las calles del barrio, acentuando una rivalidad futbolística
alimen tada en casi un siglo de 'picas de barrio". Este es simplemente un
ejemplo entre muchísimos que podrían citarse. Constituyen acontecimientos
violentos en los que aparece la imagen de que los que se enfrentan son
distintos barrios. Tanto, que se acepta la existencia de rivalidades "eternas"
directamente en
tre barrios —casi siempre linderos—, no entre tales o cuales grupos o perso
nas. Estos conflictos latentes y patentes van mucho más allá de la simpatía por
uno u otro club y están jalonados por un número no reducido de muertes
violentas, casi siempre de jóvenes.
La policía es acusada muchas veces de tener animadversión contra un
"barrio entero", como en el caso del club Nueva Chicago, donde "todo
Mataderos fue atacado por personal policial", según denuncias de vecinos a los
medios de difusión. Suele pasar que el barrio se levante como eje de distinción
en el seno de una misma simpatía futbolera, como fue el caso de la puja dentro
de la barra brava de la hinchada del club Boca Juniors, porque "ahora la vamos
a liderar los que verdaderamente somos del barrio" 17- La cuestión hubo de
dirimirse entre varias decenas de hombres jóvenes y a golpes de puño,
patadas y cadenazos; todos de Boca, pero de un lado los del barrio y, del otro,
los otros. Con lo que tendríamos, entonces, que la identidad barrial
trascendería el color futbolístico, para constituirse, en este último caso, en una
especie de variable independiente respecto al amor por la camiseta. También
se da el caso de las "eternas rivalidades" entre clubes del mismo barrio, como
son los casos de Defensores de Belgrano y Excursionistas en el barrio de
Belgrano, o Chacarita y Atlanta. Y los casos más comunes, que constituyen las
rivalidades (expiicadoras de agresiones incluso institucionales, como la de la
policía, y hasta de muertes) entre distintos barrios.
La relación entre fútbol y barrio se sitúa en otra dimensión cuando este
último se utiliza para referir a valores trascendentes. Recién transferido al
medio europeo, el futbolista Ariel Ortega fue figura destacada por los medios,
tanto que un intelectual del fútbol, ex-jugador, técnico y gerente, Jorge Valdano,
para graficar mejor sus elogios, expresó: "Fue un debut ilusionante, Ortega
tiene una extraña capacidad para desconectarse de todo lo que lo rodea [en el
sentido de no marearse por el triunfo]... él trae las armas de su barrio: la
habilidad, la gambeta..." 18.

Los barrios fusilados


En los últimos años, tanto en la Capital Federal como en su conurbano y en
las grandes ciudades del interior del país, han abundado episodios en donde lo
barrial tuvo un papel de relevancia. Es el caso de las denuncias de jóvenes

18
Revista El Porteño, junio de 1989. Clarín, 9/3/97.
Lo ñola contra el barrio
31
"fusilados" por el "gatillo fácil" de la policía en plena vía pública, y que fueron
reivindicados luego por "todo el barrio" como inocentes, pero no sólo por no ser
delincuentes, sino precisamente por ser "muchachos de barrio". El 8 de mayo
de 1987 son abatidos por la policía tres jóvenes trabajadores en una esquina
de Ingeniero Budge, en el partido de Lomas de Zamora. La policía y el
gobierno provincial (radical) acusaron desde un principio a los "delincuentes de
frondoso prontuario" de estar armados y haber atacado a la comisión po
licial, siendo refutados por las numerosas pruebas en contrario, y que harían
(cinco años más tarde) que se condenara a los agentes. Pero nos interesa ver
con qué elementos los vecinos levantaron su reivindicación, además de la
inocencia de los jóvenes asesinados. "Estos jóvenes no salen ni siquiera del
barrio", afirmaba León Zimmerman, abogado de un testigo de lo que pasó a
llamarse "el caso Budge", y añadía lo que entendía era la causa del accio
nar policial y gubernamental en conjunto: "Existe una necesidad de mantener
en calma estas barriadas populares, porque, si no, pueden resultar explosivas y
molestas para algunos [...] el sistema los necesita como reserva de mano de
obra. Entonces hay que mantener el orden creando el temor, por medio del
'gatillo fácil"'13. O sea, el barrio popular en su conjunto considerado víctima y
objeto de la agresión estatal por razones de la lógica dominante del siste
ma socioeconómico de explotación, y a su vez la mención del barrio para
avalar la inocencia (ni siquiera salían de él).
El 28 de junio de 1987 es asesinado en Lanús el militante político "barrial"
Osvaldo Villanueva, ignorándose quiénes fueron los autores (Clarín, 29/6/87).
El 20 de enero de 1988 muere un joven en Rosario en circunstancias similares
a las de Budge (Clarín, 22/1/88). El 5 de junio, ante la muerte de dos jóvenes en
San Francisco Solano, los vecinos reclamaron, organizados mediante la
Coordinadora de Asentamientos, originariamente creada para luchar por la
tierra y la vivienda digna: "No nos engañan con esa mentira de decir que fue un
enfrentamiento entre patotas, los mató la policía. Javier Sotelo y Agustín
Ramírez fueron muertos por su rebeldía juvenil y porque estaban dando
películas acá en el barrio". Un diputado nacional afirmó que este caso "tiene
más connotaciones políticas que la matanza de Ingeniero Budge y se produce
porque para muchos ser joven es un delito"; rememorando una frase acuñada
durante la última dictadura militar20. "En este barrio es preferible cruzarse con
una patota que con un patrullero", se oyó decir a un joven en Solano, "iNo era
un ladrón!, era un mu chacho de barrio, modelo de trabajador, sólo estaba ahí
como diente", reivindica ban los vecinos de Monte Grande contra un titular de
periódico que se refería a la muerte de un joven a manos de un comerciante
que había sido asaltado y había disparado su arma contra quien tenía el
aspecto de ser el ladrón. Eí cura párroco y el "barrio todo" salieron a
desmentirlo. "Acá somos pobres pero decentes; ponga, señor periodista, que
Marcelo era un muchacho de barrio y que esta no es ninguna villa, como se
dijo: esto es un barrio"21
19
Revista Fin de Siglo, octubre de 1988.
20
Página l2, 22/6/88.
21
Clarín, 23/8/86.
Antropología de lo barrial
32
En los episodios de La Tablada del 23 de enero de 1989, cuando un grupo
de civiles atacó un destacamento militar y fue reprimido, uno de los primeros
detenidos en las proximidades del cuartel resultó ser un joven cuya libertad fue
inmediatamente exigida por los vecinos pues, en realidad, "no tenía nada que
ver", ya que era simplemente "un muchacho del barrio""'2. Metido en un
automóvil por la policía, pudo ser salvado de que lo reventaran —tal lo que le
prometían— sólo por la fuerza del reclamo barrial.
A partir del caso Budge se escalonaron una serie de acontecimientos simi
lares, con grandes movilizaciones barriales, casi siempre en barrios pobres,
populares, de residencia obrera. Si bien el caso de denuncias de fusilamientos
policiales a jóvenes siguió dándose en otros tipos de lugares, lo común siem pre
fue el abatimiento de muchachos que ocupaban, en todos los casos, el espacio
público barrial. Lo que sí aconteció sólo en aquellos barrios fue la reivindicación
de la memoria de las victimas como "muchachos de barrio". ¿Sen tiría todo el
barrio, tal como parecen reflejar los medios periodísticos, que era afrentado en
su dignidad? ¿Ofendía más ese sentimiento la estigmatización como zonas
negras en boca de funcionarios, policías y titulares de diarios y noticieros, que
las muertes en sí? ¿Es la violencia la que genera estas reaccio nes barriales, o
hay algo previo que brinda'los contenidos con los cuales ca nalizar la
reivindicación? Es dificil arriesgar respuestas unívocas, pero el caso es que la
recurrencia de los enfrentamientos barrio/policía, en donde el signi ficado del
barrio ha adquirido estos contenidos de globalidad y reivindicación, nos obliga a
indagar sobre sus razones históricas más allá de la contextualización en
episodios de violencia, en forma similar a lo que hemos sugerido para los
procesos de violencia social (saqueos, etc.). El interrogante sería, entonces,
¿qué hay "detrás" de este ser de barrio?
El barrio participado
La seguridad urbana se ha convertido en un tema de proclamada prioridad
y, como parecerían decir los testimonios vistos hasta aquí, engloba como parte
del problema tanto a la delincuencia como a la policía. Y los barrios son el con
texto específico en donde emergen carencias y reclamos, si bien la unidad
operativa de la gestión pública sigue siendo mayormente la ciudad y no el con
texto barrial, a pesar de los intentos de descentralización. No obstante, ya en el
Primer Encuentro de Seguridad Urbana, realizado en 1988, se concluyó que
uno de los abordajes más imperiosos al problema de la inseguridad (que suele
encabezar las encuestas sobre problemas que preocupan a la opinión pública)
es el del logro de una "ciudad democrática", que sea "sentida como el lugar al que se
pertenece con simpatía", y la clave es la relación de identidad que debería
establecerse entre la gente y su pertenencia a ese lugar en donde —entre otras
cosas— podría pretenderse que, por ejemplo, "La comisaría sea como un club
de barrio para la gente" (Página 12, 25/10/88). Para arribar a las metas de

Nuevo Sur, 30/8/89.


La ñata contra el barrio
33
una convivencia urbana segura, la participación vecinal ha resultado ser uno de los
recursos al que más asiduamente se ha apelado, al menos en los discursos.
Participación entendida en general como presencia física dei vecino en las acti vidades
de las instituciones intermedias de su barrio, que abarcan desde las genéricamente
"culturales" hasta las llamadas de "recuperación de la identi dad barrial". Fue durante la
administración radical de la ciudad de Buenos Aires en los ochenta cuando comenzó a
implementarse la recuperación de la "historia viva de los barrios", a través de la
propuesta de que los propios vecinos fueran quienes protagonizaran el "rescate",
mediante encuentros, exposiciones audiovisuales, jornadas de reflexión, espectáculos y
talleres (Programa Cultural en Barrios, 1986). 'Los vecinos comenzamos a recuperar el
pasado para comprender nuestro presente", rezaban las consignas. En 1986, la
Secretaría de Cultura de la Municipalidad produjo un programa de televisión donde se
reflejó parte de la política cultural "hacia ios barrios". Su titulo fue precisamente
"Participación". Y las respuestas y propuestas de los vecinos eran, coincidentes, en
exaltar los valores de la convivencia barrial y comunitaria.
Además de la recuperación de la identidad y la historia barriales, otra faceta de este
tipo de acciones —que toman al barrio como ámbito específico y ponde rado— son las
ligadas al deporte". Un tercer aspecto de "recuperación", donde el barrio cumple un
papel proclamadamente importante desde el Estado, es la descentralización
administrativa. Este ha sido el tema central del discurso go bernante en los últimos años
—independientemente de los gobiernos—. La instalación de juzgados barriales en la
ciudad de Buenos Aires, apunta a aten der cuestiones de "convivencia vecinal", por
medio de juicios orales. Y en los planes sobre transferencia de la educación pública
desde las instancias nacio nales, pasando por las provinciales y las municipales, se
culminaría en instan cias de "participación comunitaria barriales", lo que algunos críticos
han interpre tado como manejo de las escuelas y de sus planes de estudio por los
vecinos más influyentes de cada barrio, ya que serían éstos los que mantendrían eco
nómicamente cada establecimiento. En cuarto término, el barrio ha servido tam bién
para proclamaciones de "recuperación cívico-política". Durante la gestión 1984-1989, se
intentaron formar Consejos para la Consolidación de la Demo cracia. En los anuncios se
decia que la libertad debía crecer "desde los barrios", desde sus organizaciones
intermedias, con la participación de la gente.
Son todas instancias donde se convoca e invoca la participación (cultural, deportiva,
administrativa y política) de los vecinos, y en las cuales el barrio funcio naría como
ámbito destacado, por poseer valores intrínsecos como la cohesión, la pertenencia, la
identidad y la integración comunitarias. Parece que el barrio constituiría, en este
sentido, un valor en sí mismo, al que se debería apelar con tra la apatía cívica y el "dejar
hacer" a las cúpulas dirigentes. Lo paradójico es

En casi todos los gobiernos constitucionales el deporte ha estado estrechamente


asociado al barrio. En los Juegos Barriales de los últimos años en la Capital Federal
han participado alrededor de 90 clubes. Los anuncios municipales llamaban a partici
par
"en su propio barrio, sin tener que trasladarse". Entre los fines planteados se citaban
[a integración y participación comunitarias, para "recuperar el terreno perdido durante
la época de autoritarismo" (Clarín, 15/9/86).
34 Antropología de lo barrial
que en los discursos de estos dirigentes aparece con mayor asiduidad el conjun
to de llamados a la participación barrial a los no dirigentes, con lo que
tendríamos así dos tipos de actores: a) los que participan y llaman a participar,
y b) los que son llamados a participar porque —para los primeros— no
participan. En las con vocatorias se piensa mayormente en un barrio compuesto
por instituciones (pú blicas, cívicas, municipales, sociales, religiosas,
educativas, culturales, deporti vas); y el parámetro de la participación y de la no
participación, en estos casos, se reduce a la presencia de los miembros de
esas organizaciones y organismos dentro de sus ámbitos físicos, de sus
edificios, para las ocasiones en que son convocados por los dirigentes desde
las instituciones.

El barrio perdido de los medios


Una noción de lo histórico como una reconstrucción de la identidad barrial
"perdida", dentro de la realidad urbana, aparece en numerosas publicaciones
barriales, en donde el barrio mismo es visto como una permanente pérdida y
donde se reivindica con explícito sentido de nostalgia la necesidad de la histo
ria barrial como un "rescate" de esa identidad. Los periódicos editados por
asociaciones voluntarias de vecinos destacan la necesidad de conocer más a
fondo el propio barrio, y abonan esta actividad con relatos recogidos de viejos y
reconocidos residentes arraigados casi siempre desde los orígenes mismos del
barrio o, si no, tomando como referencia libros y revistas de varias déca
das de antigüedad, sobre la base de la labor de aquellos que se han consti tuido
voluntaria y aficionadamente en historiadores de cada barrio. Se propo nen ese
rescate de la identidad barrial haciendo hincapié en el afecto y el recuerdo del
pasado histórico como "historia menuda pero importante, respecto a lo que se
sobreentiende como Gran historia" (Del Pino, 1986: 16). En la prensa masiva
nacional, las referencias a los barrios coinciden con estos significados de las
publicaciones de barrio. Se asocia el barrio a ""viejo rincón", "de ayer a hoy", "a
pesar del olvido", "lo que se va", "languidecía", "recinto de la memoria de
generaciones", "cargado de historia", "conserva viejas costumbres", "guarda la
memoria", "donde todavía se conserva el alma de barro y asfalto", etc.; donde lo
que es calificado como nuevo, "invasor", irrumpiente y representativo del pro
greso, se opone al alma y a la esencia del barrio.
El registro y análisis de la presencia del barrio en las letras de canciones
requeriría un trabajo particular. El tango daría múltiples ejemplos". Sin em bargo,
son muchos los géneros en donde juega un rol protagónico; recuérde se el
Pedro Navaja del panameño Rubén Blades o algunas de las canciones del
norteamericano Bruce Springsteen (Pérez de Albéniz, 1985), sin retrotraernos

24 En la memoria tanguera tarareada en los barrios pueden hallarse sin esfuerzo


referencias al barrio: "Almagro, Almagro de mi vida..." (de Almagro, de Tirnarli y San
Lorenzo); "Barrio, que tenes el alma inquieta de un gorrión sentimental" (de Barrio, de
Gardel y Le Pera); "Barrio de tango, luna y misterio..." (de Barrio de tango, de Troilo y
Manzi); o "Qué me hablas ds New York, qué me hablas de París, a mi déjame en mi
barrio [...] aquí nací, aquí he amado y aquí tendré que morir" (.4 mí déjame en mi
barrio, de Edmundo Rivero).
La ñata contra el barrio
35
a los clásicos del rock inglés (Frith, 1978). Lo mismo ocurre con la literatura, e!
teatro (Por ej., Osvaldo Dragún y su Historia de mi esquina) y la historieta. La
televisión también ha dado muestras, por ejemplo con la personificación de "las
vecinas" de los actores Jorge Luz y Jorge Porcel, y la entrevista para el
periódico "La Voz del Rioba", hecha por Minguito (Juan Carlos Altavista) y El
Preso (Vicente Larrussa).
La cuestión barrial se vincula con los medios de comunicación masiva de
otras maneras, tanto en los aspectos emisivos como de la recepción. Para las
empresas medidoras del rating televisivo, por ejemplo, los indicadores que
sirven para aglutinar al público receptor en niveles sociales de audiencia coin
ciden con distinciones espaciales con cierta correspondencia con las barriales.
En los últimos años, las radios "comunitarias" de frecuencia modulada, cuyo_
alcance no va más allá de uno o pocos barrios, se han establecido —en algu
nos casos— en función de una búsqueda de alternativas comunicacionales
independientes, y en ellas tiene una presencia creciente la valoración y los
llamados explícitos a la participación ligada a la problemática barrial. Y en las
radios del circuito formal, el barrio aparece en una forma curiosa: haciendo las
veces de patronímico de los oyentes que llaman por teléfono o envían correos
electrónicos y que, de esta forma, dejan sentada su identidad personal
mediante su barrio: "Nos llamó Fulana, de Almagro" o "Mengano, de Boedo".
Identidades que adquieren una dimensión colectiva y distintiva en ¡os medios
específicamente callejeros, como los graffitti ("Lugano, capital del peronismo") y
los carteles de publicidad {"Núñez, ciudad universitaria", "Belgrano, un país").

El barrio como base popular auténtica


En un nivel de trascendencia simbólica e identificatoria, el barrio parece
expresar el pulso de las identidades culturales más profundas: "Las tres raíces
culturales argentinas son el cabecita negra, el gallego y el taño. Ahora los tres
troncos están desprestigiados y por eso el ascenso social significa que la gente
huya de sus barrios. Por esta razón tiene peso el psicoanálisis en la Argentina,
porque al cortarse las raices se provoca desarraigo y anomia". Esto decía en
1989 el entonces secretario de Cultura Julio Bárbaro (justicialista), enlazando
ele
mentos de gran variedad, e indudable importancia, referenciados en el barrio
(diario Sur: 30/7/89). Los mismos que —desde el otro partido político mayori
tario en Argentina— fueran valorados como propios de un proceso de moder
nización, trascendente a las ideologías: "En los barrios se confirma la evidencia
de la tendencia hacia la transformación de ios sectores tradicionales ligados al
trabajo, en beneficio de ios vinculados a los servicios, la tecnología, la
computación y la robótica" (Germán López, radical, en Clarín, 15/0/85).
Los intentos de reconstrucción de las historias barriales se referencian con la
residencia actual o pretérita, en el mismo barrio, de personajes sobresa lientes
de la vida pública —artística, política o deportiva nacional—: "Acá en el barrio
tenemos la casa donde vivió Fulano, antes de hacerse famoso". En primer
lugar, se lo asocia con el valor de la autenticidad, en oposición a la vida cosmo-
36 Antropología de lo barrial
polita y extraña de lugares y situaciones que aparentemente estarían aleja dos de ese
contexto de base del personaje famoso, de su origen barrial. En segundo término, el
barrio parece representar una extracción que, en la ma yoría de los casos, se relaciona
con la noción de lo popular, pero en donde se destaca principalmente si el personaje
tuvo o no actitudes consecuentes con ese origen y con los valores que representa. Y se
focaliza en quienes han podido ascender en la escala socio-económica y acceder a la
notoriedad públi ca; lo que se sintetiza las frases, para el primer caso, 'salir de pobre" y,
para el segundo "salir del barrio". Lo importante no es haberse ido, sino seguir siendo
de barrio, o bien no olvidarse de ese origen cíe abajo, que el barrio representa. En una
ocasión se transmitía por televisión un reportaje a una rueda de jubi lados; las preguntas
rondaban por las nacionalidades: "yo soy de Paraguay", "Yo vine de Italia", etc. El
último sonrió con picardía y respondió: 'Yo shoy de Pompesha"21.
El ejemplo de los futbolistas profesionales es sintomático, por la idolatría que
produce el fútbol como fenómeno popular. En 1974, la selección nacional queda
eliminada del Campeonato Mundial que se jugaba en Alemania Federal. En esos días
muere el presidente Juan Domingo Perón. Al regreso de la delega
ción, un diario reportea al jugador Rene Houseman, quien expresa su pesar por la
muerte de su líder y su apego a la villa del Bajo Belgrano (en Buenos Aires), desde
donde había emergido a la fama y a la carrera profesional. El periódico titula la nota de
esta manera: "Auténtico: 'A mí déjame en mi barrio'. Houseman se enorgullece de ser
argentino, villero y peronista, Europa no llega a tentarlo"26. Ser de barrio, reivindicarlo y
recordarlo, se coloca a la par de las mayores con
secuencias de la identidad social, tanto nacional como política.
La oposición entre el barrio —como símbolo del origen auténtico— y lo forá neo o lo no
nacional, como sinónimo de potencial pérdida de esa autenticidad, es recurrente con
referencia a personajes notorios, dentro del contexto de la diáspora argentina de los
últimos años. Escritores, actores, políticos, han ex presado casi con unanimidad su
vínculo afectivo con el barrio, fortalecido con el exilio o la lejanía. Una década después
de las palabras de Houseman, otro medio publicaba el regreso de "Héctor Alterío: un
actor entre dos mundos que siempre regresa al barrio" (Clarín Revista). El haberse ido
físicamente del barrio parecería estar inversa y proporcionalmente relacionado con
reivindicar su memoria (o su eterno regreso) como muestra de autenticidad popular. Por
eso, quedarse en el mismo barrio, a pesar de la fama, implica mucho más que la mera
localización en la geografía urbana; tanto que las palabras pueden en ocasiones
apretujarse (en torno a la noción de barrio) en una abigarrada condensación de
símbolos: "Vivo en el barrio de Las Latas porque ... cuanto vale más salir a la calle y
llamar a cada vecino por su nombre ...es como el fútbol, el fútbol es picardía, es jugar
descalzo en el baldío ¿me interpreta?" (declaraciones

Pompeya (pronunciado con la "y" arrastrada del habla portera) es uno de los barrios
populares emblemáticos de la ciudad de Buenos Aires.
26
Diario Noticias, 7/7/74.
La ñata contra el barrio
37
del director técnico de Rosario Central, Julio Zoff; Clarín, 20/7/87). Y a muchos
años de aquel regreso de Houseman, los diarios continúan destacando que
vive en el mismo barrio (la villa miseria ya no existe), como signo de no haber
perdido vínculos con su origen y con sus afectos más profundos. Esos que se
expresan también cuando el barrio se asocia a los sentimientos íntimos y
privados, en oposición a la vida profesional, pública y notoria. Enrique Macaya
Márquez, uno de los comentaristas de fútbol más notorios, y con fama de
mesurado, estaba siendo interrogado sobre su labor profesional. Inquisitivo, el
cronista le preguntó de qué club concreto él era "hincha" (aficionado), quizá
con el propósito de poner bajo sospecha la pretendida imparcialidad que los
aficionados al fútbol requieren de un relator. La respuesta fue seca: "Sí es
cierto, pero ese es un amor de barrio" 27.
¿Qué ocurre cuando los personajes notorios son políticos? Acá se pasa a
acentuar la asociación del barrio con las bases populares que el político pro
clama representar. Durante la campaña electoral de 1989, el vehículo que
transportaba al candidato Carlos Menem por toda la ciudad de Buenos Aires
circulaba entre mucha gente por la avenida Rivadavia. Menem —cuenta la
crónica— empezó a señalar una esquina, ordenó detener el ómnibus, pidió un
micrófono y dijo: "/Vo puedo pasar por esta esquina sin recordar que aquí había
un bar que trae a la memoria la vida de barrio y el tango de la ñata contra ei
vidrio; de purrete yo viví aquí cerca y en ese bar aprendí billar, escoba, truco,
tute..." Fue ovacionado y un hombre le gritó: "Lo que pasa es que vos sos del
pueblo, Carlitos" 28. Tres años más tarde, un dirigente del movimiento de
jubilados, frente al Congreso de la Nación, le espetaba —frente a las cámaras
— al minis
tro de Economía del presidente Menem: "Dr. Cavallo, usted dice que somos
demagogos; ipor qué no baja a los barrios, a ver cómo hay gente que pasa ham
bre!" (26 de agosto de 1992).
El barrio vendría a configurar el símbolo de la residencia de la base social
que el político popular dice representar, ya que lo contrario equivaldría a re
presentar sólo a la "cúpula" del poder. Por eso los políticos —sobre todo en
campaña electoral— acostumbran a "caminar los barrios", proclamando que no
lo hacen sólo en campaña electoral, esto es: afirmando que no se olvidan de
sus bases populares. La noción de barrio representa a las bases, y el
personaje de la cúpula que quiera tener su apoyo debe obligadamente "ba
jar". Barrio, base y bajar no sólo parecerían poseer un mismo componente
lingüístico sino también semántico, referenciado socialmente. Incluso un partido
político policlasista como el Justicialista referencia celo samente parte de su
identidad obrera y popular en determinados barrios y no en otros. Aun después
de 1993, en que el voto mayoritario de los barrios de clase "alta" se volcó por
primera vez hacia el justicialismo menemista, las dis tinciones barriales resultan
indicadores precisos del carácter de base de las expresiones políticas. Sigue
hoy sin ser lo mismo, dentro del discurso partida
27
Página l2, 12/2/89: 19.
2S
Página l2, 12/5/89: 3.
Antropología de lo barrial
38
rio peronista de la ciudad de Buenos Aires, provenir de las bases de Lugano
que de las de Barrio Norte. Y esto no es nuevo, al igual que en todo movimien to
masivo. En ocasiones se reitera por diversos medios que cuando en la década
del '60 ganó las elecciones el candidato peronista Andrés Framini y las Fuerzas
Armadas le impidieron asumir el poder, corrió por la ciudad el rumor de que las
bases peronistas irían a "incendiar Barrio Norte". Como contraparte, fue
recurrente la amenaza de "bombardeo al nido de ratas", como llamaban los
"gorilas" (contrarios al peronismo) al barrio de Lugano.
Barrios hay muchos, pero representativos de las bases populares y de
determinados contenidos políticos asociados a lo popular serían sólo los ba rrios
obreros, de clase trabajadora. Un poco la síntesis entre el político y el futbolista
es el ejemplo del jugador Claudio Morressi. Cuando un periodista lo inquirió
sobre la probable influencia en su conciencia política de tener un her mano
desaparecido durante la dictadura del general Videla, su respuesta fue: "No, ¡o
de la política ya viene de casa: puede ser que influyera que mi viejo nos
contaba lo del 17 de octubre [de 1945]", y remata: "Aparte, uno nadó en un
barrio, no te voy a decir obrero, pero sí de clase baja, como Parque Patricios
[don de] desde muy temprano palpamos las injusticias" 29.
Aunque, en general, en el discurso político, la mención del barrio —cuando
no se explícita que se habla de barrios "bacanes", "garcas" o "ricos"— es sinó
nimo de bases populares, hay veces que el barrio parece representar de por sí
a las bases, sin que se haga expresa mención de lo popular. Por ejemplo, al
reproche de "no bajar a los barrios", que se le hace a muchos dirigentes
políticos, se le suele sumar la directa acusación por "haberse ido del barrio", tal
como hizo en un debate televisivo el candidato a diputado del partido radical
Dante Caputo con su par neo-liberal Adelina de Viola, a quien reprochó haber
"abandonado su propio barrio, no como yo" (mayo de 1989). Otros ejem
plos pueden servir para ver de qué manera la pertenencia no ya a un barrio
sino a ser de barrio se utiliza para calificar implícitamente de popular. El 31 de
enero de 1989, en un programa de televisión, el dirigente de izquierda Luis
Zamora establecía tajantemente sus diferencias ideológicas y políticas res
pecto al grupo civil armado que había asaltado el cuartel del Ejército de La
Tablada, haciendo hincapié en que los soldados de la guardia "pertenecen al
pueblo"; y relataba así su visita a uno de esos soldados heridos: "Estuve con el
conscripto Díaz, un pibe de barrio".
Ser de barrio, ser de abajo, pero una bajeza entendida como exaltación de
valores como lo popular y lo auténtico. Al contrario de un sentido degradante
que también parecería coexistir con el anterior y también vinculado con perso
najes notorios. Es cuando el barrio se usa para desvalorizar una conducta o
una manifestación que se supone debería ser más trascendente, por lo públi ca
y no cotidiana. Aquí el barrio vendría a representar una parcialidad degra dada
dentro de una totalidad trascendental: lo que vale menos artísticamen te, por
ejemplo, pasa a ser "de barrio"; lo que vale menos deportivamente,
29
Página 12, 21/7/87: 12.
La ñata contra el barrio
39
entonces es "de barrio". En esta línea, la información promiscua del chisme
barrial (recurrentemente atribuido a las mujeres) tiene la particularidad de
convertir en imagen pública aspectos de la vida privada y, asimismo, es un
sinónimo de poca seriedad, informalidad y bajeza. Por eso, cuando lo que se
espera es un intercambio de opiniones "serio" y lo que se produce es un
desprolijo cruce de epítetos y alusiones narrativas sobre aspectos privados, se
apela a la noción de barrio. Al acentuarse la polémica interna en el servo del
partido político Unión del Centro Democrático, un diario publicó —sobre una
fotografía de las dirigentes de ese partido María Julia Alsogaray y Adelina D. de
Viola— este título: "Broncas de barrio" (Páginal2, 23/4/89; 6). ¿Estas ambi
güedades dependerán exclusivamente de los intereses disímiles representa dos
en los distintos contextos de uso de la noción de barrio? ¿O la capacidad de
condensación del barrio, cuando actúa como un símbolo —como señalába mos
más arriba— podría contener generosamente todos estos sentidos apa
rentemente contradictorios?

Barrio y luchas
Ligada a la tarea institucional barrial se encuentra la acción vecinalista, la
cual, en el caso de Buenos Aires, tiene una larga trayectoria, que en los años
de proclamas de apertura y profundización democrática se in tentó reimpulsar, y
adquirió un nuevo sentido con las movilizaciones del verano 2001-2002. Las
jornadas históricas de la actividad vecinal orga nizada han estado enmarcadas
en las grandes luchas en el terreno de la reproducción social y por los
consumos colectivos y de servicios urba nos, en distintas épocas y contextos,
que en los inicios de la decada del '80 hicieron eclosión en todo el Gran Buenos
Aires. A partir de allí pare cieron actualizarse, adquiriendo básicamente tres
formas: a) reclamos contra desalojos y tarifazos, en los barrios donde los
servicios estaban instalados; b) reclamos por su funcionamiento, luego que se
privatiza ran, durante el gobierno justicialista, y c) reclamos por la instalación de
los servicios en los asentamientos autoconstruidos. ¿Con qué significa dos de lo
barrial se desarrollaron estas acciones y estas luchas? ¿Con qué concepto de
lo que es el barrio actuaron los distintos grupos de vecinos? ¿Podríamos
anticipar que, para las tres formas, el concepto prevaleciente se situaría
cercano al barrio como ámbito local de reivindi cación del uso de la ciudad como
totalidad de servicio, como consumo colectivo, dentro del derecho ciudadano
más específico? En el tercer caso se sumaría seguramente el sentido de barrio
como comunidad digna, como ideal, al estilo de la consigna "barrio si, villa no".
La asociación del barrio a los conflictos sociales puede llevarnos a buscar la
relación entre el barrio y la clase social en los Imaginarios. Además de los ya
vistos, también podemos ver cómo el barrio se utiliza para tipificar épocas e
identidades, como las mutaciones en la composición de las clases, cuando se
suele tomar a los barrios como indicadores. Para mostrar la desigualdad so-
Antropología de lo barrial

cial se suelen señalar dos dualidades en la ciudad de Buenos Aires: 7a falta de


energía eléctrica es purgada por los barrios más pobres pero no por la City
financiera [zona de negocios]" (Mario Wanfield, en Páginal2, 8/2/89); sin
embargo, la diferencia no sólo se plantearía —para el caso de la suspensión
de este con
sumo colectivo— entre el centro y los barrios, sino entre distintos barrios,
representativos de distintas clases. En efecto, durante los cortes de energía de
1989, que abarcaron la totalidad del territorio nacional, barrios como La
Recoleta —residencia prototípica de las clases dominantes— no sufrieron nin
guno; y cuando se implemento la práctica del cepo para los automóviles mal
estacionados se eximió de dicha sanción a los automóviles mal estacionados
del mismo barrio.
El tópico recurrente de la segregación urbana como fenómeno universal
dentro del capitalismo encuentra también en los barrios indicadores específi
cos. Una de las muestras evidentes de la política de segregación racial en
Sudáfrica fue la existencia ostensible de barrios de negros y barrios de blan
cos- Los primeros, segregados, agredidos y reprimidos en forma oficial desde
siempre, y los segundos, atacados cuando las luchas contra el régimen racista
se acrecentaron. Como cuenta la crónica: "Por primera vez en la historia de
este país, jóvenes mestizos y negros atacaron dos barrios residenciales de
blancos, siendo repelidos con disparos"30. Desde hace mucho tiempo, las
mismas crónicas internacionales recogen noticias de disturbios étnico-barriales
y sociales en las zonas segregadas de gran cantidad de ciudades de los
países industrializados, cuyos hitos más notorios fueron, en la ultima década
del siglo, París y Los Angeles. Pero quizá la nota mas llamativa, en lo que hace
a los conflictos sociales en donde lo barrial adquiere importancia destacada, se
haya dado en las luchas por los consumos colectivos urbanos en la ciudad de
México, con la aparición de Superbarrio: un hombre con contextura física de
luchador profesional, con un atuendo similar al de Superman o el Chapulín
Colorado, de colores rojo y amarillo, calzado con zapatillas y enmascarado al
estilo Batman, se une a las movilizaciones de vecinos por reclamos urbanos
diversos. Su origen se remonta a la formación de la Asamblea de Barrios,
luego del terremoto de 1985, cuando el gobierno corrupto se declaró impotente
para dar respuestas a la reconstrucción de las zonas más afectadas,
coincidentes con los barrios más pobres, por ser construidos sin recaudos
antisísmicos. A alguien de la Asamblea se le ocurrió que la figura de un
justiciero podía representarlos simbólicamente y en forma personificada en sus
reclamos ante el Estado y contra los propietarios de los inmuebles. Y hasta hoy
Superbarrio ejecuta combates simbólicos con sus enemigos más acérrimos,
uno de los cuales ya había sido estereotipado en el Señor Barriga de la serie
televisiva El Chavo (Gilbert & Pérez, 1989).
El barrio tiene una importancia dentro de la vida cotidiana actual que lo
trasciende y lo involucra en los conflictos sociales, sobre todo en el ámbito de
la reproducción social. Cabría interrogar sobre la relación concreta entre es

30
Clarín, 6/9/93; 24.
La ñata contra el barrio
41
tos significados emergentes de lo barrial con las representaciones simbólicas
de las contradicciones sociales propias de la esfera de la producción, tal como
sugiere la copla coreada por una manifestación de vecinos y amas de casa,
quienes al ritmo de cacerolas y tachos protagonizaron la llamada Marcha de la
Tristeza, el 3 de setiembre de 1988, en el barrio de Flores (Buenos Aires),
unificados en su protesta contra los aumentos de tarifas anunciados por el
gobierno comunal y nacional radical:

"A ver, a ver,


quién defiende los salarios
el que llora en su casa o
el que lucha por el barrio,"
Quince años después, los cacerolazos de las capas medias se han conver tido
en parte consistentes del paisaje convulsionado de las Asambleas Barriales,
con focalización en el centro financiero junto al piquete del conurbano, uno de
cuyos ejes de aglutinación también se asienta en la movilización barrial. Am
bos fenómenos tomaron como foco escénico y protagónico el ámbito barrial 31.

Ideas de llegada y partida


Habíamos establecido como hipótesis de trabajo que detrás de los distin tos
usos de la noción de barrio debían subyacer elementos simbólicos comu nes,
construidos ideológicamente por los actores en situación. En consecuen
cia, los tomamos como significados en pugna, como una lucha latente por
imponer sentidos. Nos encontramos con choques de lógicas, como la raciona
lidad que subyace al no entendimiento del cronista de izquierda por la
autoadjudicación de identidades barriales diferentes en barrios de igual con
dición de pobreza. La hipótesis podría ser que se supone aquí que la pobreza
o situación social debería actuar como variable independiente para la atribu
ción de las identidades sociales, en este caso la barrial, y la realidad marcaría
lo contrario. La lógica opuesta estaría representada por el aprovechamiento
policial de la distinción previa de las rivalidades barriales, para controlar y
mantener la situación de orden gracias a las identidades barriales. Para esta
lógica, entonces, el que actuaría como variable independiente sería el barrio,
por encima de la condición social igualitaria. ¿Cuál de estas lógicas era la
compartida por los vecinos? Sus declaraciones muestran que compartirían la
representación de la identidad barrial como eje principal de determinación de

La notoriedad de las movilizaciones presentes nos exime de extendernos, pero baste


como muestra que, luego de una primera etapa de aglutinamiento en torno a
reivindicaciones políticas y económicas, sintetizadas en la consigna "que se vayan
todos", tanto las Asambleas como el movimiento piquetero pasaron a una etapa de
atención de los problemas concretos de los barrios.
Antropología de lo barrial
42
los comportamientos, sobre todo cuando prevaleciera la oposición barrio vs.
villa. Luego, la lógica del editorialista del diario de derecha y del concejal de
derecha sería la siguiente: resulta una contradicción lo negro de la ciudad cerca
del poder y del centro urbano, con lo que queda implícito que no resulta
ría extraño a esta lógica asociarlo -como algo natural- si estuvieran situados
lejos de esos centros (urbanos y políticos), es decir en los barrios naturalmen te
negros y no "históricos".
En general, vemos que el barrio no juega solamente el papel de ámbito
donde suceden cosas, sino que aparece actuando como un valor en si mismo,
como eje de asunciones, preconceptos y disyuntivas; no se presenta como una
condición neutra sino relevante y significativa. Si tomamos como referen
cia a los actores vistos, el barrio (en su forma abstracta) constituye un valor
principal cuando sirve de eje de distinción por encima de otros signos
atributivos, como es el caso de los hinchas de fútbol, las patotas barriales y los
militantes políticos. Es ostensiva además la afinidad de la noción de barrio con
la reivindicación o rescate de una vida perdida y añorada, un valor cons
tructor de una identidad social dolorida por el presente, por eso nostalgiosa
(dolor de nosotros), cuya recuperación —prácticamente imposible— puede
lograrse mediante el conocimiento del barrio, como "rescate" de lo propio. El
barrio, así, juega papeles intercambiables según los contextos de emergen
cia. Esto se puede ver en su relación con otros ámbitos concebidos como
valores, como la parte estigmatizada de la ciudad, que resultaría ser algo
trascendente a lo barrial, un valor de mayor peso, de mayor capacidad de
determinación, y frente at cual lo barrial se subordinaría. Pero no ocurre lo
mismo respecto a la condición social, para la que el barrio actuaría con mayor
trascendencia, como si fuera algo que puede asignarse o negarse, más allá de
determinados indicadores empíricos de tipo urbanístico, como ser el
monoblock, la villa, el barrio rico o el barrio pobre.
Otros de los valores condensados serian la dignidad, el orden, la inocen cia,
la cohesión, la integración, la tradición, la autenticidad y el sentido de
pertenencia social, de raíz cultural y de base popular. Y como nudo simbólico
aglutinador aparecería la figura del muchacho de barrio, como el significado
más naturalizado y autónomo en su función de asignar inocencia e impugna
ción de hecho frente a la acción oficial-dominante. Parecería que estamos en
presencia de lo barrial como algo genérico, capaz de ser esgrimido socialmen te
para establecer distinciones, dentro de las luchas por los significados. Y sería
un valor que trascendería la distinción dada por la atribución o identifica ción con
tal o cual tipo de barrio, con alguna identidad barrial particular. ¿Será este el
sentido unitario y más común de lo barrial que creíamos poder encon trar al
principio de nuestro recorrido?
La idea central que surge del análisis es que la identidad barrial actúa como
variable independiente en los casos de una misma condición socio-eco nómica
de los barrios y de otras situaciones que quedan relegadas en cuanto a
posibilidades de determinación de los comportamientos sociales. Una se gunda
consideración puede ser que una de las funciones que cumple es servir
La ñata contra el barrio
43
para la construcción de identidades estigmatizadas (los otros) y asumidas como
propias (el nosotros), independientemente del carácter físico-social de las
unidades espaciales referenciadas, lo que explicaría que lo que denomina mos
negritud se pueda extender tanto a la villa miseria como al complejo
habitacional, o aun al barrio "histórico". Una tercera complementa a la ante rior y
entiende que hay casos en que la identidad referenciada en la villa miseria
puede parangonarse con la identidad referenciada en un barrio "nor mal" (en
cuanto a la asunción del nosotros social —por ej. la acción de los vecinos
contra los delincuentes—) y con lo que denominamos defensa de la blancura
barrial, sumada a la función del barrio como símbolo (muchacho de barrio
contra el poder oficial). Pero el contenido axiológico de esta hipótesis es
secundario con relación a ías anteriores, ya que -en lo que vimos- lo que se
asume es la negación del carácter negro de la unidad en cuestión. Y una cuarta
consideración (complementaria de la segunda) nos dice que lo negro de ciertas
partes de la ciudad es trascendente aun a lo barrial, ya que abarca lo villero
(como su referente) y to barrial; lo que muestra nítidamente el mecanis mo del
estereotipo en la construcción de las identidades sociales segregadas en el
espacio urbano.
En síntesis, el barrio aparece, entonces, como realidad tangible y material y
como parte del imaginario; como práctica y como representación, como valor
cultural, identidad colectiva, especificidad espacial, polo de disyunción ideoló
gica y sede social de las más variadas relaciones y dinámicas. Podemos aglu
tinar tres sentidos de lo barrial: a) el barrio como componente de la reproduc
ción material de la sociedad, como espacio físico, parte de la ciudad; b) el
barrio como identidad social, atribuida y adscripta por los actores sociales; y c)
el barrio como símbolo y conjunto de valores condensados y compartidos so
cialmente. Intentaremos ver de qué manera coinciden estos primeros pasos
ordenatorios de los sentidos de lo barrial con realidades empíricas
sistemáticamente estudiadas y con la producción teórico-académica ocupada
de la problemática barrial; y, a continuación, cómo se relaciona con el surgi
miento de lo barrial en el proceso histórico de desarrollo de las ciudades.

El barrio en la historia

Desde el prisma heurístico de la Modernidad, de la mano de


lo urbano
¿Cuándo aparece e! barrio en la historia? ¿Por qué? ¿Cómo fueron los ba
rrios en las distintas épocas? ¿Qué significaciones se les dieron en cada uno
de esos momentos? Vamos a responder a estos interrogantes no por la bús
queda del mero pasado, sino desde nuestra problematización del presente
como relación histórica, de modo de observar las condiciones en que se nece
sitaron referenciar relaciones espaciales, de identidad social y representación
simbólica en el espacio barrial de cada época32. No es posible hallar referen
cias a barrio más que asociadas al fenómeno urbano, en ios asentamientos
que son definidos como ciudades, tanto las grandes (cities) como las peque ñas
(towns)3i: como una parte de una aglomeración urbana ("una de las partes en
que se dividen los pueblos grandes o sus distintos grupos de casas"; Espasa-Calpe,
1936). Será importante observar cuál podrá ser el criterio de esa participación
de la ciudad. Deberemos obligadamente, entonces, seguir el derrotero de esos
"pueblos grandes", equivalente al proceso de surgimiento, desarrollo y
consolidación del fenómeno urbano. Una triple coincidencia justifica nuestro
primer subtítulo; en primer lugar, la constatación de que la misma categoría de
lo urbano denota como su opuesto a todo lo previo a su propia existencia;
segundo, la evidencia de tal categorización como propia y resultado del
paradigma de la Modernidad en uno de sus aspectos más específicos; por
último, el hecho de la adscripción lógica de todos los historiadores de lo urbano
a tal perspectiva moderna y, en consecuencia, conformando la totali dad de las
fuentes a nuestra disposición para reconstruir no la historia de los barrios sino
los barrios en la historia.
Tanto para lo que Gordon Chiide llamó "revolución urbana" y Lewis Mumford
"implosión", y coincidentemente con la caracterización de los modos de pro

Un estudio de lo barrial a través de etapas pretéritas será posible sólo de dos modos:
rastreando en la documentación bruta, sobre la base de una determinada y previa
definición de barrio, o apelando a la obra de los historiadores y a su propia utilización
de ese término. Ambas alternativas tienen en común que no podemos ir a indagar
directamente a los actores protagonistas de cada momento acerca de sus propios
barrios y sus representaciones de ellos. La primera opción queda excluida de
nuestras propias fuerzas. Y la segunda nos impone irremediablemente encontrarnos,
en primer lugar, con las nociones de barrio de esos historiadores.
Incluso los llamados "clanes-barrio" de China son particiones en unidades ciánicas de
centros urbanos, no rurales (Johnson, 1968: 216).
El barrio en la historia
45
ducción antiguo y asiático, el surgimiento de lo urbano se da como resultado de la
existencia de un excedente de alimentos, capaz de lograr la reproduc ción de una
considerable cantidad de trabajadores y artesanos, base de la construcción de las
grandes obras arquitectónicas que componían esos cen tros urbanos (Childe, 1973: 174-
179). La constatación de las relaciones de clase es clave: Ya revolución urbana fue un
acontecimiento liberador [...] y constituyó la condición previa pars todo futuro progreso
de la ciencia y de la tecnología, creando en el terreno económico la primera
acumulación de capital necesario para una explotación más completa de los recursos
naturales de la tierra y, por lo tanto, para la emancipación del hombre de su
dependencia parasitaria de un medio no humano, [Pero] la revolución urbana creó tanta
pobreza como prosperidad; el capital requerido, fue acumulado gracias a los ahorros
obligatorios de las masas,, lo cual es sólo un eufemismo para expresar la explotación
de las masas" (Childe, 1968:90-91). ¿Dónde residirían estas masas? ¿Compartirían la
totalidad del espacio urbano naciente? ¿En qué partes de estos diversos tipos de
ciudades las podremos encontrar?

El barrio y el mundo del trabajo de los vivos


Mumford hace hincapié en que "el primer germen de ciudad está en el lugar ritual de
reunión que sirve como meta del peregrinaje" (Mumford, 1966: 17), razón por la cual
sitúa a la "ciudad de los muertos" como predecesora de la ciudad de los vivos (ibid.: 13).
El eje del proceso productivo tiene importancia en el relevamiento de diferenciaciones
dentro de estos centros urbanos. Es difícil mostrar en forma plena la "historia interna" de
las ciudades (Martindale, 1984: 16), que dé cuenta de otras partes más que los centros
ceremoniales, los tem
plos y predios deportivo-rituales u otras entidades arquitectónicas por el estilo, No
obstante, en ocasiones, se distinguen unidades interiores a las grandes urbes antiguas,
como es el caso de las "ciudadelas" amuralladas de la ciudad de Chan Chan, del reino
Chimú, en la costa norte de Perú (Rodríguez Suy Suy, 1968). También encontramos la
asociación entre la cuatripartición del Cuzco incaico en los conocidos suyos, y los
barrios de la ciudad actual (Zuidema 1968:46). Y ya sea en las ciudades-Estado como
en las ciudades menores, propias de los cacicazgos americanos, en todos los casos
encontramos la hete
rogeneidad o la diferenciación social. Pero los especialistas se han hecho cargo en
mayor medida de la descripción de las grandes obras monumentales, sobre todo de la
funebria principesca de ias ciudades, en desmedro de las viviendas del grueso de la
población. Al respecto, la hipótesis de la arqueóloga Bárbara Price nos dice, en relación
con los citados cacicazgos, que "no es el tratamiento diferencial en cuanto a la muerte
lo que distingue a la jerarquización de la estratifi
cación [social]. Más bien puede verse la expresión material de la estratificación social
en la disposición de la vivienda de los vivos. La muerte de un cacique es un
acontecimiento público y su sociedad le ofrece un montículo funerario elaborado y
costoso. Sin embargo, mientras vive, su casa no es necesariamente más amplia ni se
halla más artísticamente decorada o construida con materiales distintos de los usados
por sus seguidores" (Price, 1975: 69). Pone Price el acento en que es la
45 Antropología de lo barrial
contradicción entre "e/ capital y el trabajo" (ibid.) la verdadera causa de la dife
renciación social, tanto en los casos de desarrollo urbano de cacicazgos cuanto
de los estados, y allí donde esta estratificación se verifica es posible hallar,
como indicador efectivo, la diferenciación en la calidad y el tamaño de las vivien
das (por ejemplo, una "vivienda para élites"), no en los monumentos funerarios
ni en los edificios cívicos (ibid.: 70)34. Se apoya sn la evidencia arqueológica
sobre procesos de destrucción de esas sociedades urbanas tempranas autó
nomas —y con una menor diferenciación social— por parte de los grandes impe
rios de regadío, que sólo lograban volver a "integrar" nuevamente a esos pue
blos por medio de las nuevas religiones urbanas (Martindale, 1984: 16-17). En
efecto, "en las primeras ciudades, los barrios se alzaban sobre los territo rios
ocupados por las tribus que se habían asociado y confederado para formar la
ciudad" (Ledrut, 1976: 118). Y la vivienda se convierte en un indicador firme de
la diferenciación social. En Teotihuacán, cuenta Millón, "la concentración de los
restos de distintos tipos en zonas bien definidas hace pensar que grupos
artesanales tales como los alfareros o los tallistas de la piedra y la obsidiana
tendían a vivir juntos en sus propios barrios" (Millón, 1979: 98). Sjoberg señala
la residencia de la clase dominante en el centro de la ciudad primitiva, de esta
manera protegida y prestigiada a la vez, mientras "más alejadas del centro se
encontra ban las casas y talleres de los artesanos —aibañiles, carpinteros,
herreros, joye ros, alfareros— [...]- l-os diversos grupos artesanos, algunos de
los cuales pudie ron haber pertenecido en un principio a minorías étnicas
específicas, tendían a establecerse en barrios o calles especiales. Esta
conducta se ha dado de forma característica en las ciudades preindustriales de
todas las culturas, desde los tiem pos más primitivos hasta nuestros días"
(Sjoberg, op.cit.: 22). Los barrios apa recen, entonces, como ámbitos de
residencia del pueblo trabajador; pero, ¿en qué relaciones respecto a lo urbano
y con qué valoraciones?

La paradoja de ser una muestra pre-urbana


Es notable que estos prehistoriadores no sólo señalan la existencia de
barrios en las ciudades de este momento inicial, sino que aprovechan para
discurrir sobre el valor que este tipo de asentamiento podía tener para la
integración de estas sociedades: "Una disposición de este tipo, en la que los
ocupantes de las viviendas estuviesen unidos por una trama de intereses y
actividades comunes, habría sin duda fomentado la estabilidad social [...]. Si los
grupos con intereses comunes vivieran no sólo en el mismo edificio, sino, tam
bién en el mismo barrio, el problema del gobierno de la ciudad se habría simplifi
cado notablemente. Una organización así de grupos podría haber constituido un
nivel intermedio entre el individuo y el Estado. Los lazos de cooperación, de com
petencia o incluso de enfrentamiento entre los habitantes de los distintos ba

El punto de vista más clásico no contradice esta hipótesis: "La mayor parte de las construcciones
edificadas sobre infraestructuras bajas y en pequeñas dimensiones han desaparecido por completo, a!
haber sido realizadas con materiales perecederos; se sabe que muchas de ellas tenían una función
residencial" (Hammond, 1979: 79).
El barrio en la historia
47
rrios podrían haber creado un tipo de estructura social de gran cohesión interna"
(Millón, ibid.). Visión que enmarca teóricamente el papel social del barrio desde
tempranas épocas y cuya base serla considerarlo como una especie de puente
entre el mundo de la aldea pre-urbana y el de la ciudad ya constituida, razón por
la cual "los habitantes de las ciudades [antiguas], algunos de los cuales
permanecen en ciertos barrios de tipo aldea, dentro de las propias ciudades,
dan señales de revivir las raíces de la propia aldea en los nuevos suburbios"
(Dyckman, 1964: 169).
El barrio adquiere el contenido de muestra, dentro de la ciudad, de un
equivalente a la comunidad aldeana "integrada", previa al surgimiento del
fenómeno de concentración urbana. Sería ésta, a su vez, una manifestación de
la concepción culturalista y difusionista en los estudios de las sociedades
antiguas y "primitivas", capaz de evaluar como un mero proceso de "propa
gación de la forma urbana" el hecho de que en determinado momento históri co
aparecieran las ciudades en el planeta (Sjoberg, op.cit.: 24). Los historia dores
de lo barrial Jorg Kirschermann y Christian Muschalek registran en primer plano
este componente cultural del barrio, sólo que para ellos sería más bien una
consecuencia de las dos causas que determinaron la existen cia de los barrios
en las ciudades de la Antigüedad: la división del trabajo y las relaciones de
poder35. Distinguen los barrios del resto de las construccio nes religiosas,
administrativas y económicas. En la de Mohenjo-daro, a ori llas del Ganges, las
concentraciones de edificios funcionales para el Estado "crean una distancia
social y espacial respecto de los barrios de trabajo y de vivienda". En la
mesopotámica Ur, 'los barrios residenciales constituían el segunda anillo, la
ciudad externa". Las ciudades egipcias eran, a su vez, un muestrario de "la
división de la población en dominantes y dominados". Esto se ve con claridad
de acuerdo con los materiales de construcción, en el momento de la
reconstrucción arqueológica: mientras las grandes construcciones centrales de
la élite sacerdotal se han mantenido en pie por milenios, las viviendas de las
clases populares, construidas con ladrillos de barro secado al sol, pueden ser
reconstruidas sólo mediante inferencia y deducción, sobre la base de sus
huellas arqueológicas. En los restos de Kahun se distinguen dos barrios incluso
separados por una muralla, en donde queda claro dónde vivían los ricos y
dónde se aglutinaban los esclavos y demás trabajadores (ibid.). Lo mismo
señalan para Tell el Amarma, donde inclusive el "barrio obrero" estaba rodeado
por un muro que impedía el traspaso hacia las restantes zonas de la ciudad.
Con lo que tenemos plena corroboración de lo que Max Weber enunciara seis
décadas antes: "La división interior de la ciudad en barrios es común,
naturalmente, a la Antigüedad y a la Edad Media con las ciudades orientales y
del Lejano Oriente" (Weber, 1979: 1027). Esta consideración
"La diferenciación y separación de cada uno de los ámbitos urbanos como consecuencia de la diversa
organización del trabajo y de las relaciones de poder especiales —diversas formas de comportamiento
de los esclavos— reflejan con claridad la ubicación socioespacial de los barrios 'puros' en los planos
urbanísticos de aquellos tiempos. En los fructíferos valles fluvia
les de India, Mesopotamia y Egipto se formaron barrios urbanos primitivos, dotados de la
correspondiente organización social" (Kirschermann & Muschalek, 1980: 9).
Antropología de lo barrial
48
del barrio como elemento común a los tres tipos de ciudades cobra mayor
importancia en la medida en que sean tomadas en cuenta las diferencias entre
estos tipos. La principal de ellas —señalada con detenimiento por el mismo
Weber— es la ausencia de toda vinculación mégico-animista de cas
tas y clanes (con sus correspondientes tabúes espaciales) en las ciudades
clásicas del Mediterráneo (ibid.: 959).
El barrio se constituye en una parte ostensible de la ciudad de las socieda
des orientales, comúnmente consideradas —por los autores marxistas— den
tro del modo de producción asiático y distinguidas de las clásicas del Medite
rráneo. En primer lugar, como fracción distintiva de las funciones organizativas
de la ciudad en tanto unidad política; en segundo término, como indicador de la
diferenciación social y, por último, como una muestra pre-urbana en plena
concentración urbana.

El barrio en la Antigüedad Clásica: libertad y diferencia


La ciudad de la Antigüedad, en efecto, más que una ciudad de castas será
una ciudad de linajes y, fratrías militares, y en torno a ellas se organizarán los
barrios.
Dentro del modo de producción antiguo, los especialistas en su mayoría sitúan
los imperios esclavistas del Mediterráneo en general y del Mar Egeo en
particular. En ellos adquiere importancia crucial la categoría de ciudada no,
dentro de la comunidad urbana autónoma, la ciudad-polis (Southall, 1983: 12-
13). Tanto para Platón cuanto para Aristóteles, la ciudad, más que pre sentarse
en un plano meramente espacial, era sinónimo de organización social y política
(Mumford, 1966: 150-251; Dyckman, 1964: 183). ¿Cuál era el papel del barrio
dentro de la ciudad antigua clásica? En términos estructu rales, no encontramos
grandes variaciones respecto al de las ciudades del modo de producción
asiático, ya que el barrial sigue siendo el espacio desti nado a la residencia de
los sectores trabajadores, en su mayoría no ciuda danos y comúnmente
pertenecientes a etnias conquistadas. La ciudad de la Grecia antigua había
sido considerada —hasta las tesis de Childe— como el primer escalón del
surgimiento de la ciudad en la historia. En la actualidad tiene mayor aceptación
la idea menos clasico-céntrica de lo urbano que veni mos exponiendo. Sin
embargo, debemos reconocer que con las ciudades griegas se estabiliza una
manera de construcción de la ciudad con el sistema reticular de "parcelación
uniforme de los barrios" (Kirschenmann & Muschalek, 1980: 11), como sector
privado de la ciudad, distinguible asi de los edificios públicos y religiosos. Por
su parte, es en la Roma antigua donde se detecta el fenómeno ligado más
estrechamente a cualquier proceso de urbanización y, a su vez, en gran
medida provocador de él: el traslado de la población del campo a la ciudad.
Esto produjo el crecimiento acelerado de Roma, que llegó a contener —en
época de los Césares— a dos millones de habitantes, distri buidos en forma
harto diferenciada: por un lado las escasas, grandes y asoleadas residencias
de la clase dominante, con avanzadísimos sistemas
El barrio en la historia
49
sanitarios, calefacción y otros lujos; y por el otro, "la degradación de los ba rrios
y la miseria de la población" pobre, que debía soportar el encarecimiento y la
especulación inmobifiaria, incluso en forma directa por parte de algunos
gobernantes, lo que causaba el hacinamiento en habitaciones cada vez más
pequeñas superpuestas, de paredes cada vez más delgadas, oscuras e in
salubres (Kirschenmann & Muschaiek, 1980: 12).
Con todo el esquematismo que encierra el cuadro europeo-céntrico de las
épocas históricas, es posible hablar en términos genéricos de los barrios de las
ciudades de la Antigüedad, entonces; pero haciendo la salvedad, que, así como
cada tipo de sociedad tuvo "su" ciudad, el barrio organizado según las castas y
clanes de las concentraciones urbanas estamentales de Oriente —como mar
caba Weber— se diferencia del barrio organizado en fratrías militares y linajes
de la Grecia antigua, y de los míseros barrios donde se hacinaba el "proletaria
do" (ibid.) advenido a la Roma imperial. En esta relación entre ciudad como
todo y barrio como parte, o entre los tipos de ciudades y los tipos de barrios,
creemos importante destacar cómo ambos elementos son capaces de gene rar
identidades sociales. Todos los historiadores coinciden en señalar que a partir
del surgimiento del fenómeno urbano, la ciudad autónoma actúa, en primer
lugar, como factor de organización social de distintas agrupaciones y, además,
—decimos nosotros— como constructora de esas identidades. Así, la identidad
citadina se ilustra en la Antigüedad como unidad política guarnecida dentro de
sus murallas, en donde la esfera dominante de las relaciones socia les es 'Va
comunidad de los guerreros", y en la Edad Media —como veremos enseguida
— como conjunto de hermandades corporativas {Weber, op.cit.: 993- 964). La
ciudad de todos estos momentos históricos, en un proceso pronun ciado, posee
la nota común de ser —como afirmaba Childe, siguiendo a Marx y Engels pero
también a Weber— "un lugar de ascenso de la servidumbre a la libertad",
haciendo lugar al conocido dicho "el aire de la ciudad hace libre", donde se
apuntaba a la desaparición de las distinciones de tipo estamental y a la
acentuación de las diferencias de clase, de las que los barrios emergían como
Indicadores socio-espaciales específicos.

El barrio medieval: residencias y profesiones


La paradoja de la ciudad del Medioevo es que se consolidó como entidad
social a medida que se despoblaba y declinaba su pujanza, a partir de la deba
ele del Imperio Romano. Es que en el modo de producción feudal la ciudad
retrocede en cuanto a la proyección directa que podía hacerse de su
crecimiento poblacional en el seno de los imperios esclavistas antiguos. Los
señores construyen sus castillos fuera de las ciudades y la sociedad en su
conjunto, en sus rasgos genéricos, se ruraliza. Sin embargo, a la vez que se
solidifica el predominio económico de los feudales sobre los reyes, se
consolida en la ciu dad la administración central de tos negocios —sobre todo a
partir de los gran des viajes y exploraciones—, bajo el predominio de los
intereses de la naciente burguesía mercantil. Prueba de ello es que parte del
patriciado se ve obligado
Antropología de lo barrial
50
a domiciliarse en la ciudad para participar en esos negocios, ya que las posibi
lidades lucrativas de ésta atraen hacia ella ahora a los linajes nobles terrate
nientes, ranciamente "antimercantiles" (Weber, op.cit: 992-995).
Un rasgo exterior del barrio de la Edad Media es su semejanza con las
viviendas rurales e incluso con el ambiente campesino, en el que se mezcla ban
los animales domésticos junto a las casas. Si bien el feudalismo fue un modo de
producción basado en el trabajo rural, la prosperidad no brilló entre los
campesinos, lo que trajo como consecuencia la continuación del proceso de
afluencia a las ciudades comenzado en la Antigüedad. La imagen clásica que
plasma este proceso es la de la maloliente ciudad medieval abundante en
pobres, mendigos, vagabundos y enfermos. El arrinconamiento de estos po bres
en determinados barrios se ve convalidado, en algunos casos, por el trazado de
las calles que van paulatinamente parcelando la ciudad, de acuer do con las
pautas de la renta del suelo y de la separación tajante entre menesterosos y
pudientes (Kirschenmann & Muschalek, 1980: 14-21). En tér minos generales,
no puede afirmarse que constituyan el típico barrio obrero de la modernidad
industrial. Girando alrededor de esta comparación, se llega a tipificar, para la
edad Media, que "la ciudad era un conjunto cultural, dirigentes y pobres
parásitos vivían en una especie de simbiosis. Ni siquiera era preciso tanto como
ahora que ambas clases estuviesen separadas. La metrópoli medieval o
absolutista tradicional no tiene barrio bajo: los barrios pobres y ios mercados
calle jeros estaban contiguos a los palacios" (Hobsbawm, 1983: 176).
En los barrios del Medioevo mermó el poder de la comunidad local anterior a
la ciudad, en el contexto de las luchas entre los distintos estamentos. El poder
localizado en el barrio —como ayuntamiento— pasa a situarse como opuesto a
los gremios y las corporaciones. En Italia, esta oposición entre gremios y barrios
se muestra en el "popólo" medieval, compuesto por empre
sarios y artesanos, que luchan contra los ayuntamientos heredados de la ciudad
de linajes de la Antigüedad y se insertan en la puja ya instaurada contra los
nobles. En la ciudad de Londres, en el siglo XIV, el rey estableció la elección del
council por barrios, que un siglo más tarde sería eliminado por el poder de los
gremios. "La lucha de los estamentos dedicados a actividades lucrativas,
organizadas en los gremios, en tomo al poder de la ciudad, se manifestaba en la
oposición entre la elección de los representantes y funcionarios de la comunidad
por los barrios (ars) y sus representantes, en ios que predominaban los linajes
terratenientes, y la elección de los gremios (liveries), y el poderío creciente de
estos últimos se manifiesta en la dependencia de todos los derechos de burgués
de la pertenencia a una asociación profesional" (Weber, op.cit.: 996). Esto se da,
paradójicamente, en la época de mayor desarrollo del barrio como unidad de
interacción social, de acuerdo con lo revelado por la clásica obra de Mumford.
Para él, el barrio medieval es un modelo de "humanización" de la ciudad, en
contraposición, sobre todo, a la posterior ciudad industrial. Constituye el ámbito
de un proceso de descentralización y vida social particular, de relaciones
primarias y comunitarias. En el barrio de la Edad Media, la iglesia, por ejemplo,
no es algo exclusi-
El barrio en la historia
51
vamente sagrado sino también comunal, que tiene una función social bien
determinada, ya que alrededor de ella se desarrolfan las fiestas, la oratoria, el
teatro y las prácticas sociales barríales, tanto sagradas como profanas, tanto
formales o institucionales como cotidianas. Y lo mismo ocurre con plazas y
mercados.
El fenómeno de descentralización de instituciones y sus correspondientes
edificios era común y —valora Mumford— verdaderamente "a escala humana"
(Mumford, 1966: 375). Un reflejo de esto es la típica calle irregular del barrio
medieval, donde "grupos de artesanos o de edificios institucionales formaban
barrios autónomos o 'islas', sin que guardara relación la disposición de los
edificios con las vías públicas. En el interior de estas islas, y a menudo afuera,
los senderos señalaban las idas y venidas cotidianas de sus habitantes" (ibid.:
1966:376). Este aislamiento proviene también del origen amurallado de estos
barrios. En el siglo IX se descubre que la población rural no militarizada puede
proteger
se de las invasiones bárbaras del norte de Europa mediante la fortificación de
los poblados. Se produce, entonces, una comunidad entre ese asentamiento y
cada señor feudal en torno a un nuevo centro urbano, producto de la iden
tificación y centralización del original poblado disperso. Posteriormente, ese
suburbio se convierte en el centro de la ciudad, pero especializándose en
algunas funciones como, por ejemplo, la comercial o la industrial-artesana
(Mumford, 1959: 12). A su vez, otras partes de la ciudad adquieren identidad
como barrios de acuerdo con los tipos étnicos de residentes (por ejemplo, el
barrio judio, el barrio cristiano) y el tipo de actividades profesionales existen tes,
lo que llevará a establecer su relación con el distrito funcional: "En un sentido,
la ciudad medieval era un cúmulo de ciudades pequeñas, cada una de las
cuales gozaba de cierta autonomía y cada una estaba formada tan
naturalmente sobre la base de necesidades y propósitos comunes que sólo se
contribuía a enriquecer y completar el conjunto. La división de la ciudad en
barrios, cada uno de los cuales tenía su iglesia o sus iglesias, a menudo con un
mercado local, y siempre con su propio abastecimiento local del agua,
consistente en un pozo o una fuente, constituía un rasgo característico"
(Mumford, 1966: 378).
El barrio, en síntesis —como "integración en unidades residenciales prima
rias, compuestas por familias y vecinos"—, no es lo mismo que el distrito funcio
nal, instituido por "la profesión y los intereses" (Mumford, 1966: 379). Sin em
bargo la distinción no resultaría tan nítida, desde el momento en que como
ejemplos de la división en distritos funcionales se da la constitución de los
"barrios" de comerciantes, de universitarios, de artesanos, de funcionarios, de
militares; lo que estaría planteando que el significado de barrio se exten dería
hacia esa división. Esta aparente confusión es aceptada como una rea lidad
clásica dentro de los estudios urbanísticos. Para Raymond Ledrut, por ejemplo,
las corporaciones determinaban la identidad de cada barrio medie val: "En la
ciudad medieval, los barrios se constituían en tanto que realidades colectivas a
partir del estatuto social y profesional de la población residente" (Ledrut, 1976:
135). Quiere decir que aquella oposición señalada por Weber entre el barrio y
ta organización profesional parecería aquí problematizarse. Los gre
Antropología de lo barrial
52
mios serían considerados como factores tanto opuestos como germinales de la
constitución e identificación de determinados barrios. Por otra parte, ciertas
funciones urbanas quedarían en situación de oposición respecto al barrio y al
mismo tiempo —en un sentido directo o mediato— como formando parte de su
identidad.

El barrio de la modernidad excluida


El proceso de urbanización a partir de esta época discurrirá al calor de la
producción de nuevas formas de motorización de energía, base del creciente
proceso de industrialización de los países capitalistas de Europa. La primera
revolución industrial tendrá como principal floración espacial la ciudad indus
trial, con sus novedades y contradicciones. Esta concentración trascenderá
radicalmente la función de intercambio económico, para situarse como punto
de hiperconcentraaón demográfica y como ámbito específico del poderío polí
tico, acentuando —como una de sus consecuencias más ostensivas— la com
plejidad social. Las ciudades existentes hacia la finalización del Medioevo y el
paso a la Modernidad, adquirirán signos de profundas transformaciones no
sólo infraestructurales sino como generadoras de identidades sociales. Por un
lado, la aún imberbe internacionalización del capital había producido ya la casi
extinción de la autonomía de las ciudades, y algunos estudio sos califican como
de verdadera ruptura del fenómeno urbano lo produ cido entre este tipo de
asentamiento y el proceso posterior de desarrollo histórico de las ciudades
(S)oberg, op.cit.; 26). Esto ocurre gracias al despliegue de la etapa mercantil
del capitalismo europeo y se apoya en la expansión colonialista. Por otro lado,
hacia el fin de la Edad Media se pierde también la ciudad como hermandad,
con su símbolo religioso identificatorio, y con el sentido dominante de
protección correspondiente.
La ciudad moderna es autodefinida —desde la Modernidad misma— como
sinónimo de civilización, de cultura (refinada, erudita, libresca, del arte supe
rior), y ámbito excelso de la libertad del individuo; se la asocia a las institucio
nes, símbolos y normas de conducta más cercanas a la perfección civilizada y,
en términos ideológicos, a todo sistema de orden y a la idea de destino, "donde
el ritual se transforma en drama activo de una sociedad diferenciada y
conciente de sí misma" (Mumford, 1959: 12). Esta verdadera "obra cumbre del
arte humano", "modeladora de la mente", "haz rico de significado social" y
"forma y símbolo de una relación social integrada", crecerá, se multiplicará y,
aun dentro de su puja con las remoras feudales, seguirá vertebrándose en 'el"
sistema de asentamiento humano propio de la era moderna. Sin duda, la causa
más inmediata de su relumbre será su propio crecimiento, impulsado por la
concentración del comercio y la industria. A partir del 1600, por ejemplo, el
grado de concentración demográfica fue tal que algunas ciudades duplicaron
en poco tiempo su población, aumentando de esta manera la densidad. Para
nuestros fines inte resa detenernos a observar el modo de este crecimiento. Si
bien podría decir-
El barrio en la hisloria
53
se que una ciudad aumenta su población, previo haber delimitado lo que con
sideramos su espacio original (acordando desde ya sus límites), en realidad el
fenómeno producido podría categorizarse más como un cambio en la identi dad
misma de la ciudad, como un todo y en sus partes. Por ejemplo, en la ciudad
industrial se radicaron las industrias y su correspondiente sostén existencial: la
fuerza de trabajo. La ciudad misma resultó ser una parte funda mental de la
reproducción necesaria de esta clase obrera (además de un instrumento
especifico del dominio —Singer, 1980—). Del mismo modo, el sec tor terciario
continuó requiriendo espacios auto-constituidos como centrales para el sistema
todo, del que la ciudad era un indicador y un continente tam bién. Por lo tanto,
estos procesos de centralización y concentración constitu yen un aspecto del
crecimiento en extensión también, sobre todo teniendo en cuenta los procesos
de unificación de diversos centros urbanos, que durante el Medioevo gozaban
de autonomía distintiva.
La descripción de los procesos de "estiramiento" de los límites de las ciu
dades mediante expropiaciones de terrenos aledaños, hasta englobar a al deas
y pequeños centros urbanos cercanos, es lo que da lugar al surgimiento del
suburbio, poblado en un principio por las clases no trabajadoras. Esto explica
que en algunos barrios residenciales se comenzaran a prohibir los talleres e
industrias. Luego —en una gran diversidad de situaciones— fueron poblados
también por las clases trabajadoras expulsadas del campo, lo que explica que
adquirieran importancia las normas que empezaron a ordenar las relaciones
vecinales, de construcción y de comunicación urbana. Además, no se debe
olvidar que la nobleza amplia la ciudad, pero lleva siempre a sus sirvientes a
vivir en sus sótanos o en los tugurios que deja a su paso en los centros
industrializados, mientras ella se retira al suburbio a respirar aire más puro.
Tanto un suburbio cuanto una parte del centro no "aumentan" ni en ellos
"crece" la población, sino que ese acto es la constitución misma del su burbio y
de esa parte como algo distintivo de la totalidad urbana. Y esto ten drá
importancia para nosotros si en este proceso de extensión de espacios se
constituyen nuevos barrios o algunas de esas aldeas unidas a la ciudad mues
tran una cierta identidad distintiva dentro del todo.
El crecimiento de la ciudad industrial moderna toma, en consecuencia, la
policromía socialmente distintiva de los sectores sociales que la poblarán, pero
también, principal y mayoritariamente, el tono gris del humo y el hacinamien to.
Con la Modernidad crece el capital, en la medida que crece el trabajo que lo
produce. El primero se asienta en el valor y el otro habitará los barrios obreros
o "bajos". En contra de la opinión generalizada sobre la supuesta esponta
neidad en la formación de la ciudad y sus barrios correspondientes, en esta
época detectamos intentos explícitos de formar barrios y de influir desde el
Estado en la reforma espacial de muchas partes de la ciudad. En París, por
ejemplo, ya desde 1549 se trató de orientar la formación de barrios, o en
algunos casos de separar los barrios de inmigrantes de las residencias lujo sas
del centro. Lo mismo se documenta en la Amsterdam del siglo XVII. Los
mecanismos más recurrentes de estas regulaciones eran las orde
54 Antropología de lo barrial
nanzas que prohibían la construcción de ciertos edificios en determina das
zonas, implementando un proceso creciente de exclusión del espa cio
ciudadano destinado a las clases trabajadoras. Y en esto mucho ten dría que
ver el ensanche de las ciudades por medio de las grandes ave nidas y calles,
cuyo objetivo era la comunicación entre pares, esto es:
entre los sectores sociales no trabajadores, circunscribiendo de hecho el
espacio de residencia de éstos a los bolsones "bajos", que la visión marxista
definiría luego como en una relación de dependencia respecto a los espacios
de residencia de los ricos.
Uno de los procesos generalizados consistía en la insuficiencia del salario
para que los trabajadores pudieran acceder a viviendas propias, por lo que
debían alquilar las que dejaban los ricos, que se mudaban a la periferia de la
ciudad, lo que producía la subdivisión de las grandes casas en unidades de
vivienda menores, profundizando la concentración, el hacinamiento y las con
diciones de pobreza extremas: nEn los siglos XVII y XVIII casi la cuarta parte de
ia población europea se componía de desocupados y mendigos" (Mumford,
1959; 156). Cuando Mumford se refiere a los barrios posteriores a la Edad
Media, en forma predominante describe el barrio "bajo", dentro de la
ejemplificación de los aspectos nocivos y perjudiciales de la ciudad, como
confluencia de proce
sos de desintegración social y como consecuencia del crecimiento "caótico" de
las ciudades industriales. Es cuando se verifica "una cristalización de! caos; el
desorden se solidificó formando barrios miserables y los distritos fabriles [como]
áreas cíe perturbación social" (Mumford, 1959: 15). La arquitectura palaciega, la
urbanística principesca y la estrategia militar de seguridad, reflejada en el
trazado de calles y avenidas, marcan a la ciudad industrial moderna con el sello
del ejercicio del Estado absoluto y soberano. El diseño de las ciudades es
reflejo del miedo a los pobres y mendigos de parte de los nobles y reyes 36.
Desde un principio, lo paradójico de la ciudad industrial capitalista es que ella
provoca tantos problemas como las características que la distinguen y cua
lifican. La radicación de las industrias, la vivienda y demás condiciones de vida
de la fuerza de trabajo resultan una "virtud" del centro urbano, que permite la
des servilización de numerosos contingentes de población, pero a la vez se
convierte en un obstáculo al propio desarrollo libre que proclama para ellos. En
la ciudad industrial se equiparan los problemas del perseguido económico y
militar, del expulsado del campo, del obligado al paro forzoso, del mendigo y del
pobre, aunados todos como problemas de la ciudad, cuando —precisamente
para ellos— la ciudad aparece como la solución de sus males. Como señalan
Kirschenmann & Muschalek, "/os beneficios de los tiempos modernos no tenían
validez para estos grupos de población" (op.cit.: 23). Además, se declama la
liber tad precisamente cuando comienzan las regulaciones para satisfacer en
forma

Cálculos de la época dan cuenta de que un 60% de la población de París estaba


compuesta por mendigos e indigentes y un 30% no llegaba a nutrirse lo suficiente,
mientras un 9% vivía en forma acomodada y sólo un 1% se hallaba en "buena situa
ción"
(Kirschenmann & Muschalek, op.cit.: 24).
El barrio en la historia
55
mínima la reproducción de la fuerza de trabajo, junto al proceso de segregación
cada vez más patente. La historia de las ciudades es la historia de la pobreza y
de las clases trabajadoras, de sus luchas, derrotas y victorias. Y en la ciudad de
la Modernidad el panorama social se traduce en pobreza, migración y hambre,
junto a la libertad y el trabajo, indicados por el salario y la industria.
La Modernidad queda de hecho definida sobre la base de la posibilidad del
goce de sus beneficios y la restricción y exclusión de los mismos para las
grandes mayorías. En suma; el atractivo de la unidad y la totalidad
contenedoras de la ciudad moderna industrial conllevan la diferencia y la par
tición, de las que los barrios serán escenarios específicos. Cierto que la Mo
dernidad construirá una imagen y una identidad de la ciudad como ámbito
"natural" del concepto moderno de Historia, "donde la experiencia humana se
transforma en signos visibles" (Mumford, 1959: 11) y en marcas donde el tiem
po adquiere una envergadura totalizante: "Debido a la diversidad de sus es
tructuras temporales, la ciudad, en parte, escapa a la tiranía de un solo presente
y a la monotonía de un futuro que consiste en repetir un solo latido oído en el
pasado. Mediante una orquestación compleja del tiempo y del espacio, y
asimismo mediante la división del trabajo, la vida en la ciudad adquiere el
carácter de una sinfonía; las aptitudes humanas especializadas y los
instrumentos especializados producen resultados sonoros de un volumen y una
calidad que no podrían obtenerse empleando uno solo de ellos" (Mumford,
1959: 12). Pero, no obstante tamaña majestuosidad, el historiador no puede
obviar la constatación de los aspectos de ruptura social de la ciudad: "Cuando
la ciudad deja de ser un símbolo de arte y de orden actúa en forma negativa:
expresa y contribuye a dar mayor amplitud al hecho de la desintegración" (ibid.:
14). Y esa será la situación en la que el barrio de los trabajadores aparecerá
como indicador de "desintegración", muestra ostensiva de la diferenciación de
sujetos sociales y, de hecho, de una des igualdad social totalizada en la ciudad
y distribuida en los barrios.

El barrio obrero, tipificaciones y paradojas


La perspectiva culturalista nos describe a la ciudad industrial como aque
lla tipificada por rasgos particulares, como una "mayor fluidez en los sistemas
de clases", o por la presencia de la educación popular, de los medios de
comunicación de masas y el "desplazamiento de parte de la élite desde el centro
a la periferia urbana" (Sjoberg, op.cit.: 26). En general, se atribuye a la ciudad
a secas lo que se concibe como parte esencial del sistema capitalista,
fundamentalmente "que [las ciudades] abren los canales de la oportunidad y asi
dan mayor importancia como base de ia posición social y los logros que ai
nacimiento" (Davis, 1979: 304). A su vez, junto a estos rasgos progresivos se
describe ese conjunto de características negativas que se tomarán como
propias de la ciudad i ndustrial a secas; segregación, pobreza y
deshumanización de la vida social. Las tres son consideradas consecuen cias
de la complejidad social de los tiempos modernos. ¿Qué papel ocupa el barrio
en esos enfoques?
Antropología de lo barrial
56
En cuanto a la segregación y la pobreza, el barrio será el receptáculo de
viviendas donde se hacinan en forma disruptiva las clases trabajadoras urba
nas y aquellos sectores sociales "no integrados" a la maquinaria de empleo
formal. Esta posición asocia al barrio de trabajadores con el típicamente
desintegrado slum (Mumford, 1959: 205-214). Sus condiciones de vida quedan
comparativamente calificadas así: "Tanto los barrios viejos como ios nuevos [de
la ciudad industrial del siglo XIX] eran quizá más insalubres que las chozas de
la Europa medieval" (lbid.: 209). Y también se relaciona al barrio con la
presencia, dentro de las grandes ciudades de los siglos XIX y XX, de minorías
étnicas, adquiriendo el carácter de ghettos (Tauber, 1979). El Slum y el ghetto
aparecen como los puntos problemáticos de la ciudad moderna occidental.
Pero la realidad barrial típica del siglo XIX estará constituida por los barrios
obreros, que rodearán a las grandes industrias, cuyas viviendas, por ejemplo,
serán descriptas como "asoladoras" (Kirschenmann & Muschalek, op.cit.: 31) y
paradójicas, ya que, como señalaba Fassbinder, "como consecuencia de los
bajos salarios que perciben los proletarios es de suponer que, a medida que au
menta el número de trabajadores dentro de un barrio, disminuirá la capacidad
de pago del promedio de los habitantes; debido a esta causa, empeorarán las
condi ciones de las viviendas. Todo lo dicho tendrá refíejo en el hecho
observable de que cuanto peores son las viviendas de un barrio mayor es el
número de los que intentan encontrar alojamiento en él" (Barrios obreros
berlineses; citado por Kirschenmann & Muschalek, op.cit.: 50). Esto sin olvidar
la existencia de los barrios residenciales habitados por la burguesía, los barrios
comerciales y los nuevos suburbios que serán tildados también de barrios. El
fenómeno de traspaso y adaptación de los grandes caserones burgueses como
casas de inquilinato de los obreros se profundiza, transformando la Identidad
de los barrios o constituyendo esas mismas identidades.
Las condiciones generales de existencia de estos lugares pueden
categonzarse como una extensión cuantitativa de lo descripto para la ciudad
industrial en general, si bien el siglo XIX ve surgir lo mismo pero acentuado
hasta adquirir signos cualitativamente distintos, en los aspectos sociales,
políticos e ideológicos. Nos referimos al grado de importancia que tendrán en
este siglo las luchas sociales en relación con las luchas nacionales, junto a
procesos de acceso al poder real (la Comuna de París, por ejemplo), y al papel
creciente que asumen las reformas específicas dentro de las condiciones de
vida urbana, tanto en función de intereses de transformación como desde el
punto de vista de los capitalistas mismos. Paradójicamente, la asunción de la
problemática específicamente urbana será la que provoque un mayor número
de respuestas alternativas generales desde los reformadores sociales o
utopistas, que no estarán alejadas del horizonte ideológico en gestación de las
nuevas capas medias urbanas pequeño-burquesas, con sus ideales, valo res,
identidades y contradicciones. Y el barrio obrero se constituye no sólo en el
escenarlo de las luchas entre patronos y obreros, sino entre los obreros
mismos para usufructuar el espacio urbano, en una seguidilla de rencillas
barriales constantes que sabotean el espíritu de unidad de la clase y por el
El barrio en la historia
57
que "el sentimiento de comunidad [del proletariado] se tambalea y muere"
(Fassbinder, op.cit.). Además, el temor a las insurrecciones no será mayor que
el fastidio por la molesta presencia del pobre cerca de la residencia burguesa.
El primero se neutralizará con la construcción de las grandes avenidas y los
grandes parques desde donde se pueda usar la artillería contra las masas. Y
para los momentos de calma se utilizará a los agentes de policía, reclutados
en los mismos barrios pobres (Hobsbawm, 1978).
Una de las preguntas hechas desde algunos enfoques históricos de estos
procesos urbanos es en qué medida la vida en esos barrios incide en el desa
rrollo de los procesos políticos de la época. Y, consecuentemente, cómo se
establece la relación entre los órdenes público y privado respecto a los acto res
sociales residentes. Se identifica sin duda la "vida de barrio" con la vida, en las
calles de los barrios, y sus relaciones con el espacio semi-público de la
taberna (a la que penetraría la vida de barrio), donde el contacto entre los
actores individuales genera procesos culturales y políticos particulares
(Garrioch, 1986). Todo esto redunda en que se ponga en el tapete la cuestión
del para quién de la ciudad, desde donde se gestarán, a partir de esta época,
las respuestas alternativas, para las cuales la ciudad adquirirá el valor de
escenario ponderado en la discusión sobre las utopías sociales. Por eso se
desembocará, en el siglo XIX, en el planteo de "las grandes esperanzas", du
rante oposición a las cada vez más explícitas denuncias contra la ciudad in
dustrial (Benévolo, 1967: 30). Es el momento en que surgen las primeras
aproximaciones conceptuales sobre el fenómeno urbano y, como consecuen
cia de ello, de la realidad barrial.

Variables, haberes y
deberes teóricos de lo
barrial

Distribuyamos en un mapa conceptual el conjunto de variables tratadas


hasta ahora. Distinguimos en principio los aspectos que tienen que ver con el
concepto más restringido, que acota el barrio al espacio físico-arquitectónico de
una parte de la ciudad; lo que podemos llamar espacialidad de lo barrial.-Se
articulan a éstos la cuestión de las marcas, los límites y la consideración de!
barrio como unidad física, y su actuación como referente tangible de identida
des y símbolos. En segundo término, lo que se podría llamar escenificidad del
barrio, entendido como recinto o escenario social, en el que se aglutina la
problemática social general y a lo que cabe preguntar en qué medida pueden
establecerse, para cada uno de esos problemas urbanos, relaciones de de
terminación o subordinación, o bien cómo se traducen cada uno de estos
problemas en las realidades barriales particulares. En tercer lugar, la
funcionalidad estructural del barrio, o el rol que juega dentro de la estructura
socio-urbana. Definida la ciudad por su papel en la reproducción social y mate
rial, como un recurso cuyo valor de uso abarca diferentes funciones, el barrio
conforma una porción de este proceso. ¿Cuáles son los usos urbanos especí
ficos del barrio que se distinguen de los consumos generales del espacio que
ejerce la ciudad en forma amplia? La respuesta a este interrogante está en los
distintos tipos de ciudades constituidos a través de la historia, cada uno de los
cuales desarrolló, a su vez, barrios donde ciertas características funcio nales
resaltaban del resto, como la residencial, la localización comercial, in dustrial,
administrativa, y se articulan otras variables como el poder local, el
centralismo, las organizaciones intermedias y las unidades administrativas.
Estas tres variables (espacialidad, escenificidad y funcionalidad) adquieren
sentido dinámico en una dimensión estructural dentro del sistema urbano, que
sitúa el barrio como insumo de la reproducción necesaria de las clases
trabajadoras, resultado de la división del trabajo y de la distribución desigual de
la urbanización, en oposición a los espacios centrales de las ciudades,
apropiados por las clases dominantes. Este carácter estructural-dinámico de lo
barrial se podría sintetizar con el término segregacionalidad, con el que apun
tamos al barrio como consecuencia de la lucha de clases en el ámbito de la
reproducción social referenciada en el espacio, y que antes habíamos resumi do
en lo que llamamos el primer contexto denotativo del significado de barrio. Se
asocia al sentido paradójico de ser aquellas partes de la ciudad que más
atractivas se tornan para las masas que forman la fuerza de trabajo —en
actividad o en reserva— en la misma medida en que se deterioran sus condi
ciones materiales. Este proceso constituye la pobreza y exclusión urbanas,
Variables, haberes y deberes teóricos de lo barrial
59
que se distinguen de la rural en cuanto a sus ventajas comparativas, por la
cercanía relativa con los satisfactores de consumos colectivos que, en la ciu
dad, resultan al menos reivindicables. El barrio juega, entonces, el papel de
indicador espacial y variable dependiente de la diferenciación social y la lucha
de clases. Ubicamos luego lo que podemos llamar intersticiatidad de lo barrial,
como espacio en el que confluyen lo público y lo privado y donde emerge lo
popular. Lo barrial abarca el espacio de la interacción primaria y se distingue
del espacio urbano destinado a los centros y monumentos religiosos y estata
les, pero no se reduce al espacio doméstico, que en la Modernidad se consti
tuirá en paradigma de lo privado.
Es posible distinguir, asimismo, las relaciones de inclusividad de lo barrial,
como parte de un todo. Esto pone en consideración las diferentes relaciones
del barrio con el escenario mayor que lo abarca, la ciudad. El paradigma de la
Modernidad gesta la ponderación de determinados valores que actúan como
ejes de diferenciación entre los lugares centrales y las partes barriales. La idea
de centralidad de lo urbano va pareja a la de penfericidad de lo barrial. La idea
de "barrio bajo" pre-moderno es el resultado de esta diferenciación: parte de la
ciudad que queda por debajo o al margen de lo moderno-urbano y marcado
principalmente por su carácter "caótico" y "marginal". Desde aquí se constituye
también la necesidad de la "integración" de las partes disfuncionales o
"patológicas", a las que la noción de movilidad social da alien to,
referenciándose en los diferentes tipos de barrio. 5e establecen, enton
ces, las posibilidades de cambio o adaptación a los modos de vida central
mente concebidos como urbanos. Y esto se verifica en la teoría y en la asun
ción de los actores, como constatamos con el lema de la relación entre el barrio
reivindicado y la villa miseria. Sin embargo, no debemos olvidar la atri bución de
centralidad al barrio cuando se lo confronta con la parte negra de la ciudad. El
barrio mismo actuaría como una problematizadón del componente totalizador
de la ciudad.
En torno a las diversidades barriales, tanto en la dimensión sincróni ca como
en la histórica se plantean otras tres variables, relacionadas entre sí: la identidad, la
segmentalidaü y la tipicidad. La identidad social referenciada en distintos barrios es lo que
definimos cuando los actores o grupos sociales asumen identificarse o
pertenecer a determinados barrios, como forma de distinguirse y condicionar
las conductas colectivas. La hipótesis ya expuesta dice que la identidad barrial
actúa como variable independiente en los casos de una misma condición socio-
económica de los barrios. La segmentalidad es la particularidad que tienen los
barrios de incluir en su interior a sectores con identidades heterogéneas, sin
perder la relación de unidad dentro de la misma identidad barrial. Por ejemplo,
el funcionamiento interno de grupos sociales como las barritas. La tipicidad es
la atribución de categorlzaciones genéricas, dicotómicas y estereotipadas sobre
determinadas identidades barriales, cuando se recorta con cierta autonomía la
relación entre los problemas urbanos y el barrio como soiución ideológica,
cuando las iden-
Antropología de lo barrial
60
tidades estigmatizadas actúan como variables independientes, al ser usadas
prejuiciosamente como "causas" de esos problemas, dando como resultado
que no se tome conciencia de las determinaciones reales de esos problemas.
Se recordarán las hipótesis que establecían, por un lado, que la negritud de
ciertas partes de la ciudad es trascendente aun a lo barrial, ya que abarca la
villa (como su referente) y el barrio (por ej., de monobloques, o aun el
"histórico") y, por el otro, que una de las funciones cumplidas por estas
asunciones es servir tanto para la cons
trucción de identidades desde lo propio (el nosotros), cuanto para las
estigmatizaciones (los otros), independientemente del carácter físico social de
las unidades espaciales. Por último, se vio cómo la identidad referenciada en la
villa miseria se parangona con la identidad de los
barrios y con lo que denominamos defensa de la blancura barrial. Pueden
diferenciarse, a continuación, las variables que refieren a aspectos
significacionales y simbólicos. Hablamos de la capacidad de lo barrial para cons
truir y ser construido por el imaginario social; lo que podríamos llamar la
imaginalidad de lo barrial. De acuerdo con esta variable, el barrio actúa como
referente de una representación, de una imagen sostenida por actores. Junto a
su carácter físico-espacial pasa a ser un conjunto de rasgos, atributos, signos
ubicables en la esfera ideológico-simbólica y ligada a la relación entre esas
imágenes y las ocupaciones del espacio barrial concreto. En términos históricos
lo colocábamos en las imágenes ciánicas, fratriales, gremiales y de clase social,
según las épocas. La relación contrastante entre las marcas urbanas de lo
barrial y las vivencias barriales, se manifiesta en el desfasaje entre las unida
des administrativas, circunscripcionales y distritales, y los barrios concretos vivi
dos por los vecinos. Y la imaginalidad también tiene importancia en la reivindica
ción de lo barrial como utopia o aspiración, en relación con las condiciones y
calidad de vida urbana, de la misma manera que un sentido connotativo lo
situaba como ideal de vida comunitaria, humana y digna dentro de la totalidad
urbana, lo que podríamos llamar idealidad, cuando la noción de barrio es en sí
misma idealizada, tanto hacia el pasado cuanto hacia el futuro.
Dentro del conjunto de variables asociadas a la capacidad de lo barrial para
ser representativo o sustituto de valores, debemos incluir, entonces, lo que —
para continuar con los neologismos— podríamos llamar simbolicidad de lo
barrial. Los valores así construidos por los actores en situación tienen en el
barrio su referente socio-espacial, que se refleja en la producción de sentido del
imaginario urbano, con representaciones no sólo no coincidentes con las
marcas físicas sino hasta contradictorias. Entre los más recurrentes (además de
la referida idealidad) está la emergencia como símbolo de las bases popu
lares, de cohesión e integración social, de orden, inocencia, tradición, autenti
cidad y pertenencia, pero también degradación. El barrio mismo aparece como
un valor principal cuando sirve de eje de distinción por encima de otros signos
atributivos, como es el caso de los hinchas de fútbol, las patotas barriales y los
militantes políticos, condensándonse de modo más específico en la figura del
muchacho de barrio. Esta trascendencia simbólica de lo barrial, como valor 1
Variables, haberes y deberes teóricos de lo barrial
61
en si mismo, compartido por distintos grupos sociales, podría plantear la posi
bilidad de constituirse en cultura, entendida como sistema de representacio
nes y prácticas compartidas socialmente en torno a valores distintivos; poten
cialidad a la que vamos a llamar cultuncidad de lo barrial.
Finalmente, se nos plantea la articulación de los interrogantes e hipótesis
desglosados hasta ahora, principalmente la trascendencia o subordinación del
barrio dentro de la totalidad urbana, donde se apuntaría a establecer sus
relaciones con los niveles de determinación social estructurales de la socie
dad moderna y, en segundo término, a delinear su papel como valor de trans
formación y alternativa social.
Por razones de espacio dedicamos enteramente otro trabajo a los marcos
teóricos del barrio y lo barrial, que en parte ya hemos esbozado en otra
publicación (Gravano, 1995). Aquí ofrecemos sólo las conclusio nes (con el
riesgo de ofrecer poco basamento probatorio para los no conocedores de la
bibliografía).
En principio, nos encontramos ante una visión mecanicista ahistórica y otra
dialéctica e histórica, que tienen efectos en el tratamiento de los fenómenos
asociados a lo barrial. La primera hunde sus raíces en el idealismo de los
utopistas comunítarístas del siglo XIX y se desarrolla en plenitud en el
tipologismo weberlano de la escuela de Chicago y dualismos diversos del pen
samiento social actual, principalmente amparados en la ideología de la inte
gración-adaptación funcional-desarrollista. La segunda no constituye un cor pus
ordenado ni armado, sino un conjunto de ofertas y contraofertas teóricas que
tienen al marxismo como telón de fondo y emergencias notorias, como la teoría
de la dependencia y la teoría del conflicto. Ambas posiciones conforman una
unidad de opuestos que pueden complementarse, a partir de una para doja
inicial: desde el marxismo —y su basamento en los procesos histórico
estructurales y las contradicciones sociales— se edificó una visión fundadora
del fenómeno urbano (con Federico Engels); pero la lectura literal del argu
mento de la ciudad como variable dependiente del proceso social general tuvo
como efecto un interregno teórico, desde la asunción de esperar que los
problemas urbanos hallaran soluciones definitivas en la revolución social, lo
que dio como resultado un relativo estancamiento de los aportes teóricos
específicos sobre el urbanismo. Del otro lado, los teóricos e ideólogos
funcionalístas e idealistas construyeron un conjunto de formulaciones especí
ficas acerca de lo urbano, al considerarlo variable independiente de las gran
des determinaciones, y sin tener en cuenta las condiciones materiales de cla se
que formaban su marco. Ambas tendencias, más que repelerse se necesi tan;
unas por totalistas pero no específicas y otras por específicas pero no
totalistas. Y así como nos resulta difícil aceptar el ahistoricismo urbanicísta sin
criticarlo desde el materialismo histórico; el deductivísimo y la hipertrofia de
posturas totalistas nos aparecen insuficientes al momento de dar cuenta de
procesos concretos. Nuestro balance respecto del barrio en la teoría social
intenta recuperar lo que nos resulta pertinente a nuestro objeto y plantear
aquello que esté vacante de indagación.
Antropología de lo barrial
62
El paradigma compuesto por la oposición entre lo moderno y !o tradi cional
sitúa a lo urbano dentro del primer término, en tanto en el polo opuesto
quedaría la comunidad aldeana pre-urbana. Esta fue actualiza da, primero,
ideológicamente por las utopías (socialistas del siglo XIX) y luego teóricamente
por [as tipologías (de cuño weberiano). La primera corriente planteó soluciones
ahistóricas a las problemáticas urbanas modernas, sobre la base ilusoria de
que el ordenamiento urbano y el sistema social eran lo mismo y que la
"naturaleza humana" resultaba opuesta de por sí a la complejidad de la ciudad
industrial. Tradujeron su oposición al sistema y sus reclamos de reforma social
en términos de reordenamíento espacial-urbano, sobre la base de la noción de
comuni dad. El idealismo filosófico que les imbuía no les hizo ver la inserción
inevitable dentro del sistema capitalista industrial de las realidades que
intentaban Inventar. No cuestionaron, así, el sistema de clases, y reem plazaron
la actividad política contra éste por el voluntarismo de tipo salvacionista.
Sustancializaron la concentración urbana capitalista alre dedor de la industria y
no fueron más allá de los síntomas que deseaban eliminar, cuyos indicadores
principales eran colocados en los barrios obre ros. Oponían la noción de
comunidad a la de barrio, concentrando en éste la carga negativa de los
centros industriales modernos.
Esta misma oposición sirvió de base para los enfoques tipológicos. Al dilema
sobre las posibilidades de vida humana comunitaria en el seno de las "jaulas de
hierro" (Weber) se lo despojó de las intenciones reformistas, para integrarlo en
la construcción de modelos empíricamente constatables que partirían de los
datos de la ciudad real del industrialismo. Una paradoja de base enmarca la
emergencia del dilema, al preconcebirla como un obstáculo natural e inevitable
para el desarrollo pleno de la vida comunitaria, repre
sentada, a su vez, por las relaciones de vecindad en la ciudad misma, lo que
denominamos idealidad de lo barrial-comunitario. Estas tipificaciones han
sufrido diversos vaivenes, ai ritmo del eje del orden y desorden urbano.
Precisamente la teoría de la desorganización o del desvío, señala que lo que se
aparta de la imagen de la clase media constituiría el foco de la urbanística (los
problemas urbanos) y de la ciencia social en general (los grupos desvia
dos). Más que la ciudad como laboratorio (como enunciara Robert Park), fueron
los barrios distintos respecto a esa media los que se constituyeron en tubos de
ensayo de la emergente ciencia de los fenómenos urbanos. Se articulan aquí
las distintas atribuciones del barrio bajo como realidad caótica o desordenada
de por sí o respondiendo a un orden típico y particular, cuya causa se sitúa en
la cultura originaria de sus pobladores, en su continuidad tradicional, o en el
surgimiento de situaciones inéditas que encontraban en la cultura la forma de
posicionarse estratégicamente en los contextos de conflicto social entre grupos
migrantes y la sociedad mayor (cuya imagen no era otra que la de la clase
media). Esta relación de causalidad mecánica entre fenómenos sociales
emergentes no dejó de estar presente en la pro ducción sobre el urbanismo
central y sobre la urbanización subalterna, si
Variables, haberes y deberes teóricos de lo barrial
63
bien hubo quienes pretendieron ast'mir una crítica que (salvo desde el mar
xismo) muy pocas veces tomó un carácter antagónico. El planteo de fondo, en
efecto, partía de una concepción de las clases sociales no como el resul tado de
intereses y contradicciones sino como conglomerado mecánico y yuxtapuesto,
basado ¡decimente en la integración homeostática (teoría del equilibrio; ver
Gravano, 2003). Es lo que se refleja tanto en las teorías del slum, de la
comunid?d, de la vecindad, de la margínalldad (desde la moder nización), en las
que permanentemente subyace la dicotomía entre un polo dinámico —el
moderno— y otro esencialmente estático —el barrial — . Los datos más
notorios de los barrios que sirven para corroborar estas formulaciones —la
pobreza y la problemática social — , son explicados por la polaridad en sí y sus
causas son, en el fondo, atribuidas a los barrios mjs mos. El dualismo de fondo
se ha transformado hoy en una serie de dicoto mías renovables, que fluyen y
adquieren estatuto de objetos, al compás de las modas académicas.
Estos enfoques mantienen la integración social (al mundo de la clase me dia
típica) como parámetro básico y universal del paradigma, manifestando así su
soclocentrismo. Y cuando se plantea en términos culturales, aparece con
nitidez el etnocentrismo. Los barrios que constituyen sus objetos, en tan to,
quedan subsumidos en sus explicaciones inherenciales. Estas visiones ocultan
la segregación, cuando no la justifican, en aras de la neutralización de los
conflictos sociales. El conflicto social ocupa, dentro de estos planteos, el rol de
un obstáculo, no de una motorización de la dinámica social. Por eso se destaca
el papel de la noción de "pérdida". La comunidad barrial, en relación a la vida
urbana moderna, aparece siempre como algo que se pierde. Las rela ciones de
vecindad, respecto al crecimiento del urbanismo, también "se pier den". Sería
algo así como la preconcepción de una puja donde hay marcados de antemano
ganadores y fracasados (lo urbano venciendo al barrio).
El modelo de la sociología funcionalista, principalmente norteamericana,
cierra en su balance ideológico y empírico pues está soldado a su base
dualistica y tipológica, sostenido por su concepción mecanicista de las clases
sociales, y amparado por un positivismo metodológico que le hace ver en la
realidad indicadores que en su mayoría obedecen a los contenidos de las
representaciones de las capas medias. De ahí su amplia aceptación y su vi
gencia actual como parte de la ideología con la que se opera respecto a las
políticas y acciones urbano-barriales. Coincide, además, con las tipificaciones
más recurrentes en el sentido común, para ías cuales en gran medida ha
servido de sustento teórico. La consideración de ciertos barrios tipificados de la
ciudad concebida como variable independiente, capaz de condicionar com
portamientos sociales e individuales, se transforma en usina de muchas de las
asunciones sobre lo barrial que describimos en otra parte de este trabajo,
titulada La ñata contra el barrio.
En contrapartida, se plantea la necesidad de recuperar la idea de la totali
dad y unidad del mundo tradicional y moderno, desarrollado y subdesarrolla do,
central y periférico, y de sus relaciones dialécticas de oposición dentro de
Antropología de lo barrial
64
esa unidad. El barrio, en el marco de estas relaciones, pasa a ser una parte de
un todo interrelacionado y en interrelación con él, no una comunidad cerra da.
Dentro de esa relación de totalidad, es necesario ponderar el papel
estructurante e histórico (generador de contradicciones) de la lucha de cla ses.
En ella el barrio ocupa el lugar de indicador de los procesos de segrega ción
urbana. Los contrastes de clase (de la que los barrios son marcas físicas) se
dan por la apropiación del excedente urbano dentro de la propia unidad ciudad,
entendiendo por urbano el valor de uso de la ciudad como insumo necesario
para la reproducción material y social.
La visión dialéctica de este proceso de constitución de lo urbano y lo barrial
desbarata la posibilidad del dicotomismo esencialista, pero ia re lación de
totalidad que genera no es suficiente si no da cuenta de los procesos concretos
situados a nivel de la vida diaria de los actores so cíales sujetos a esta
determinación histórica y estructural. Esta crisis de la hipertrofia deductivista de
la totalidad es subsanada mediante los enfoques que tratan de proyectar la
misma mirada dialéctica en el inte rior de los procesos y no se conforma sólo
con las grandes líneas exter nas a esos procesos. Por eso reafirmamos que lo
importante no es consi derar a las realidades barriales fuera o dentro de la
lucha de clases, sino concebirlas desde la perspectiva de la lucha de clases.
Resulta indispensa ble la teoría de la dependencia, pero proyectada desde la
visión de la inde pendencia, que dé cuenta de las relaciones de subordinación y
poder en los barrios, hacia los barrios y desde los barrios, en términos de
desafío interpretativo más que de hiper deducción abstracta.
Al interesarnos el problema de la generación de significados, principal mente
los que sirven para constituir identidades, obligadamente debere mos situarnos
en un proceso de construcción de hegemonía y poder, desde el plano
meramente significativo y comunicativo hasta el más complejo de lo que en
términos marxistas sería un problema de conciencia social, de la cual la
producción ideológica constituye un fenómeno más amplio. A nosotros nos
interesará indagar el modo como se construye esa identidad respecto al barrio
y finalmente responder al porqué histórico de existencia y genera ción de esa
construcción ideológica. Estos últimos niveles de análisis son los que han
servido para fundamentar el reclamo, que compartimos con Jesús Martín-
Barbero, acerca de la necesidad de profundizar en la dimensión sim bólico-
cultural-histórica de los barrios como ámbitos de un valor simbólico todavía
secundarizado en las investigaciones, que promueve nuestra pos tura de
focalizar un estudio antropológico del barrio y no sólo de lo que acontece en el
barrio.
Al plantear la inserción de esa trama de significados dentro de todo proce so
de lucha ideológica y no sólo de los efectos simbólicos, el barrio estará
representado obligadamente por las voces de quienes lo viven, desde la asun
ción con que Waiter Benjamín nos inspira a pararnos ante la producción ideo
lógica y cultural, que es lo que mostraremos en los capítulos siguientes.

Realidades barriales
El proceso urbano
y los barrios en Buenos Aires

Vamos a plantear la necesidad de investigar ia producción de sentido con


referencia al barrio sobre la base de dos ejes: la identidad y la simbolicidad del
barrio en función de nuestro interrogante principal so bre su significación. Desde
un enfoque inductivo-deductivo, trataremos de hacer el primer acercamiento
semiótico —tal como lo planteara Yurij Lotman (1979)— al concepto central, en
términos antropológicos: no un significado abstracto sino el que los actores dan
al barrio. Para esta tarea, apelaremos a lo que llamamos teoría de la alternidad
de la pro ducción ¡deológico-cultural, que desarrollaremos en el capitulo siguien
te. Tomaremos la producción de sentido que construye una relación de
identidad en torno al espacio barrial. El propósito es encauzar nuestras
indagaciones hacia un fenómeno constituido en la historia no como algo en sí,
sino dentro de relaciones de contradicción e interdependencia, tanto en su
constitución interna cuanto en su contexto global. Asi, tra taremos de
introducirnos en ios mecanismos internos de esa producción histórica de
sentido que tiene al barrio como referente.
Para definir nuestras unidades de observación, en principio, apuntare mos al
barrio extenso, se lo conciba o no como vecindario (de relaciones primarias), de
acuerdo con sus marcas externas, para pasar así al barrio vivido por los
actores. Este ir y venir entre lo estructural y lo vivido, lo personal y lo histórico,
nos impone también Introducirnos en el proceso urbano de la Región
Metropolitana, donde ubicaremos nuestras investiga ciones. Decidimos
comenzar la investigación en un barrio de la ciudad de Buenos Aires visto
desde el imaginario generalizado como típicamente "obre ro" y "medio", pero
fundamentalmente como "un barrio": Villa Lugano. En forma paralela, hemos
realizado trabajos menos intensivos en dos barrios de las mismas
características (Parque de los Patricios, de la misma ciudad, y Gerli, en el
partido de Avellaneda, de la RM) que nos sirvieron para dise ñar una
aproximación a un modelo de identidad referenciada en este tipo de barrios. De
ahi nos dejamos conducir por los ejes y contenidos de la investigación misma y
pasamos a estudiar un complejo habitacional cerca no en la geografía y lejano
en los significados del barrio-barrio. Luego nos distribuimos en varios y distintos
barrios de la Región para verificar nues tras hipótesis emergentes de los
trabajos que fuimos escalonando. Final mente, complementamos los estudios
sobre las representaciones simbóli cas de lo barrial con el enfoque acerca de
las prácticas barriales.
El proceso urbano y los barrios en Buenos Aires 67

La matriz inicial
El proceso de urbanización del Litoral argentino entre finales del siglo XIX y
mediados del XX, ha estado subordinado a la inserción del país dentro de (as
relaciones internacionales de producción e intercambio (división interna cional
del trabajo), en el contexto de la dependencia de los centros económico
financieros dominantes (británico, norteamericano y multinacional globalizado,
según los momentos). La dependencia del desarrollo urbano respecto de la
estructura económica no implicó una correspondencia directa mente sincrónica.
Según sostienen Vapnarsky & Gorojovsky (1990), la etapa de factoría agro-
exportadora, que en términos económicos había finalizado entre 1914 y 1930,
continuaría su expresión urbana (entendiendo por ésta la distribución espacial
de los mercados de consumo y mano de obra) hasta mediados del presente
siglo. ¿Cuál fue esta expresión urbana? En primer lugar, la reapropiación por
parte de la ciudad-puerto Buenos Aires, de las prerrogativas que gozaba
durante el régimen feudal colonial. En segundo término, para el desarrollo
urbano central, el país en ciernes continuó atado al eje agro-exportador, cuya
marca más patente fue el sistema de comunica ción ferroviario, matriz a su vez
del surgimiento y crecimiento de centros urbanos regionales, todo en relación
de dependencia con Buenos Aires. El signo urbano más evidente de este
proceso fue la macrocefalia porteña, política, económica y cultural, opuesta (en
rigor, desde sus clases dirigentes) al desarrollo del mercado interno y de una
industrialización nacional relativa mente autónoma (lo que habría invalidado, de
hecho, un crecimiento urbano desequilibrado entre las distintas regiones del
país). La densificación de las concentraciones, principalmente Buenos Aires y
Rosario, adquirió un carác ter aceleradísimo37. La ciudad de Buenos Aires pasó
de alojar 150.000 habi tantes en 186S, a 433.000 en 1887 y 1.500.000 en 1913,
incrementando su población, entre 1869 y 1947, unas 25 veces. Para mediados
del siglo XIX vivía en ella más del 30% de la población nacional, estimada en
17 millones. ¿Cuáles contigentes, cultural y socialmente hablando, corporizaron
este hiper crecimiento urbano? Principalmente eran el resultado de la
inmigración transoceánica, ya que, como demostrara James Scobie, por cada
europeo radicado en el ámbito rural, diez se iban a ocupar de actividades
urbanas (Scobie, 1986). Italianos y españoles en su mayoría, imprimirían en la
reali dad urbana una huella no sólo étnica y social (el grueso eran fuerza de
trabajo expulsada del campo y las ciudades europeas) sino también cultural,
constructora de identidades urbanas, cuya tipicidad mucho iba a tener que ver
con las realidades barriales de los grandes centros urbanos.
En Buenos Aires, este proceso se manifestó dentro de una morfología ur
bana clásica del fenómeno llamado "primacía" (respecto a su región de in

Mientras en 1869 sólo un 28% de la población argentina vivía en ciudades, en 1895 ese porcentaje
subía a! 37% ; en 1914 a jn 53%; en 1947 a un 62%, y en 1960 a un 72%, alcanzando casi un 80 por
ciento al finalizar la década del sesenta (Vapnarsky S Gorojovsky, 1990: 14).
Antropología de lo barrial
68
fluencia), con un sistema radiocéntrico de urbanización cuyo nodo principal fue
el puerto38. Los afluentes migratorios externos se asentaron en forma mísera y
pretendidamente efímera en el centro de una ciudad cuyas clases dominantes
miraban cada vez con mayor obnubilación estética y formal hacia París, más
que a su interior regional o nacional. Hacia el sur de la ciudad —ya abandonado
por la élite, luego de la epidemia de fiebre amarilla de 1871—, los barrios La
Boca y Barracas habían compuesto el primer anillo de residencia de la fuerza de
trabajo, en las cercanías de las primeras fuentes de empleo (talleres
artesanales e industrias livianas). Las misérrimas condiciones de vida en los
conventillos (ocho personas en una pieza) inauguraban el marco de contrastes
urbanos en el que transcurriría el siglo. Desde su centro, la ciudad comenzó a
extenderse en forma tentacular, ayudada luego por la red tranviaria, hacia los
nuevos barrios. Al oeste y al norte, invadiendo zonas de quintas y según los
ejes del ferrocarril: Flores y Belgrano. La conurbancíón de la otrora Gran Aldea
estaba en marcha —hacia los años veinte— en forma anárquica y acelerada, a
pesar de los primeros ensayos reguladores (Bases, 1989: 21). Según Horacio
Torres (1975: 290), hacia 1910 comienza el acceso a la propie dad urbana de
poco menos de la mitad de los primeros inmigrantes europeos, que coincide con
su ascenso social, lo que en términos urbanos va a configurar el proceso de
suburbanización de la ciudad. Este traslado desde el conventillo al resto de la
ciudad o a sus suburbios no implicará de todas ma neras un cambio más que
para este sector, ya que aun el paisaje urbano de inquilinatos de La Boca, por
ejemplo, continuará con su función de residencia. mísera y hacinante hasta
muchas décadas después. Lo que cambiaría sería el lugar de origen de sus
habitantes, no sus condiciones de vida (Grillo, 1988; Lacarrieu, 1990 y 1993).
Entre la crisis de los treinta y mediados de los cuarenta, se acentúa un proceso
firme de industrialización (sustitución de importaciones), que es in ductor de una
suburbanización por loteos para vivienda unifamiliar de la fuer za de trabajo
industrial. Se produce un crecimiento urbano extensivo con baja densidad. La
industria se localiza en ejes de circulación que adquieren la típica morfología
urbana de casas de una planta y obrera —San Justo, San Martín, Munro,
Avellaneda-Lanús—. El Estado de Bienestar se impondrá como necesi dad
estructural y como resultado de las luchas sociales. Comenzará a actuar en el
terreno de la provisión de vivienda social. A partir de 1945 se acrecien tan los
planes estatales de vivienda, que toman dos modalidades: por un lado, el
crédito inmobiliario personal, que expande la alfombra urbana hacia el Gran
Buenos Aires, acompañado de la autoconstrucción, que constituye un
fenómeno constante hasta la actualidad y cuyo indicador más patente es la
proporción de propietarios suburbanos, que pasa del 43% en 1947 al 67% en

Al puerto, la ciudad —habitada por quienes vivían de él— le daba "la espalda" en
términos urbanísticos. Precisamente es la construcción del puerto la que produce la
paradoja de escindir la ciudad de su río durante la década del 'SO, y una centuria
después se reforzaría con la construcción del "último barrio": Puerto Madero, producto
de la gentríficación.
El proceso urbano y los barrios en Buenos Aires
69

1960. Por otro lado, comienza a producirse la edificación de grandes conjun tos
habitacionales, que se construyen —según los expertos— sin correspon der
con la trama urbana pre-exístente, por lo que se constituyen en enclaves que
rompen el tejido urbano y conforman verdaderas barreras que impiden la
integración de ciertas áreas (Bases: 24). Son intentos de crear barrios de nue
vo tipo, cuyas contradicciones se continúan debatiendo hoy día, y que tratare
mos luego en particular. No obstante, en otros barrios que se construyen desde
el sector público durante el primer peronismo, preponderan el ideal del estilo
arquitectónico californiano por sobre el racional megalómano de propie dad
horizontal (Caveri, 1976: 192): la casita baja, obrera, tipo chglecito. Para
dójicamente, durante esta época, más precisamente entre 1950 y 1952, se
registra la mayor inversión histórica por parte del sector público en vivienda
popular, en tanto no se logra reducir el agudo déficit habítacional y surge el
fenómeno que signará una nueva etapa del desarrollo urbano, estrechamen te
ligado —por aparente oposición— al fenómeno barrial: la villa miseria o "de
emergencia". Entre 1947 y 1970 la aglomeración metropolitana crece en ex
tensión bajo estas tres modalidades {barrio, compiejo y villa), pasando de 19 a
31 kilómetros de radio teórico, en tanto la densidad baja de 80 a 56 habitan tes
por kilómetro cuadrado. Mientras la población de la región no llega a dupli
carse, la superficie urbanizada se sextuplica.

La ciudad crece por sus barrios


Nunca existió en Buenos Aires una delimitación estricta de las superficies
barriales; los límites entre cada unidad distintiva se instalaron en el imaginario
social subordinados a identidades de diverso origen. La industrialización y las
comunicaciones tuvieron mucho que ver en esto. Algunos historiadores con
cuerdan en afirmar que la formación de los barrios se da por la delimitación
parroquial —San Nicolás de Bari, Monserrat—, por una inicial identificación en
torno a pulperías cercanas a polos laborales, como saladeros, barracas, cuarte
les, —Caballito, Liniers—, encrucijadas de caminos —Belgrano—, estaciones
de ferrocarril —Almagro, Flores—, la extensión de la vía tranvial y las
consecuen cias de los remates subdivisorios de grandes quintas y chacras
(Luqui Lagleyze, 1994: 250). El epicentro de la región, la ciudad de Buenos
Aires, creció desde la orilla del río hacia el sur primero, hacia el norte luego, y
se abrió en el semi abanico de la tierra interior hacia el oeste, de acuerdo con
las extensiones de transporte y el crecimiento industrial y de servicios. En el
interior de la ciudad de Buenos Aires, entre 1920 y 1945, se reafirma el barrio
como tipicidad urbana. La extensión tranviaria (Scobie asocia directamente "e/
tranvía y los barrios", como parte de una misma configuración urbana y
cultural) permitirá la comuni cación y a su vez la diferenciación entre el centro
de la ciudad y enclaves de identidad nueva, donde —según los historiadores—
el desarrollo de un localis mo provinciano se verá permanentemente
contrarrestado y desafiado por aquella posibilidad de intercambio rápido y
asimétrico desde el centro. Podemos decir que nacen los barrios a la par del
prestigio que adquieren "las luces del centro" para los imaginarios surgidos en
esos mismos barrios.
Antropología de lo barrial
70
Un equipamiento local también emerge en esta época como amalgama
tanto morfológica como comunitaria, aun cuando sus antecedentes puedan
hundirse en la sociabilidad semi-rural o aun de los pueblos de provincias. Clu
bes sociales y deportivos, cafés de la esquina, cines de barrio, bibliotecas
populares, definen este paisaje barrial compartido en sus formas (Baudizzone
et al., 1988: 31). El pasaje de las viviendas colectivas (incluso desde los
conventillos) a la "casita propia" fue acompañado por el estrechamiento de
lazos de solidaridad mecánica horizontal entre vecinos que compartían tanto la
ocupación del mismo espacio urbano como un mismo origen y extracción social
(García Delgado & Silva, 1985: 69): la típica matriz social para la típica vida de
barrio. Una de las manifestaciones más características de esta vida la
constituyó el fenómeno social de proliferación de las sociedades de fomento,
agrupaciones vecinales voluntarias nucleadas en torno a las necesidades de
los nuevos barrios.
Los historiadores coinciden en que el fomentísmo comenzó con la funda ción
de asociaciones de ayuda mutua y la cooperación entre vecinos de ba rrios
relativamente homogéneos social y étnicamente, en su mayoría inmigrantes
europeos. Las demandas cubiertas por las sociedades de fomento durante el
período de auge, en las décadas del veinte al cuarenta, apuntaban al proceso
de arraigo de unidades de vivienda nucleares de los sectores populares en
barrios cuya tipicidad principal estaba dada por la marca urbana de sus casas
bajas, de gente de trabajo que accedía a ellas por extensión espacial hacia
barrios nuevos, dada por el crecimiento de la clase obrera de origen
ultramarino, tanto en la etapa de Industrialización plena del Litoral como durante
la crisis del treinta. Respecto de esta primera etapa del movi miento es posible
hablar de un protagonismo basado sobre la participación activa de los vecinos y
la utilización de la sociedad de fomento para canalizar reclamos urbanos
concretos. La primera protesta fomentista de notoriedad callejera se da en
1920, con la ocupación del Concejo Deliberante por vecinos que denunciaban
fraudes en la adjudicación de viviendas construidas por la Municipalidad de la
ciudad de Buenos Aires. Se extiende hasta la época que Luis Alberto Romero
llama "el repliegue en los barrios", entre 1930 y 1943, cuando, a consecuencia
del golpe de Estado del general Uriburu y "cerrados 'os caminos de la
participación en la gran escena política, los sectores populares se replegaron
en los ámbitos celulares de la sociedad, en una serie de organizaciones que se
desarrollaron en los barrios y en las cuales era posible mantener una cierta
experiencia de participación igualitaria" (Romero, 1985: 68). Durante la década
del treinta, la presencia de las sociedades de fomento se expandió, al ritmo de
la extensión de las ciudades y las necesidades básicas de todo proceso de
urbanización "espontánea", frente a las cuales el Estado no se hacía cargo si no
se le reclamaba. Podría hablarse de una segunda etapa dentro de la
constitución de barrios de 'casitas bajas" más heterogéneos en su composi
ción social, a los que poco a poco comienzan a agregarse las familias de
migrantes internos, desde las provincias pobres. Como describen García
Delgado a Silva: "Se introducen nuevos valores, ya que si la primera genera
ción había resuelto sus problemas dentro del mundo étnico, los hijos de los
El proceso urbano y los barrios en Buenos Aires
71

inmigrantes comienzan a sentirse con más derecho ciudadano y a peticionar al


Estado. En consecuencia, las sociedades de fomento pierden ía homogeneidad
social e ideológica de sus comienzos" (García Delgado & Silva, 1985: 70). Con
el primer gobierno peronista, las sociedades de fomento adquieren un creci
miento paradójico, ya que son integradas para la discusión y resolución de los
problemas municipales en las llamadas Juntas Comunales, pero al costo de las
contradicciones ideológicas surgidas a partir de la adhesión o no al
justicialismo, lo que implicaría en algunos casos una disociación para la
militancia. Al darse un crecimiento de la participación de la clase obrera y
demás sectores populares en otras organizaciones (sindicatos, unidades
básicas), que se aglutinan mayoritariamente bajo la identidad peronista, se abre
una competencia de hecho con las organizaciones vecinales tradiciona
les de raigambre socialista, tanto en sus afanes movilizadores como en sus
funciones respecto a la sociedad política y el Estado.
El derrocamiento del peronismo corta la vinculación formal entre las socie
dades de fomento y el poder político, al eliminarse las Juntas Vecinales y pro
hibirse en forma expresa las "actividades políticas" dentro de las organizacio
nes vecinales. En su relación con el Estado, queda situado nuevamente un
"vecinalismo de petición", como lo llaman García Delgado & Silva. Sin embargo,
a partir del re-encauce semi-constitucional de 1958 a 1966, las sociedades de
fomento se sumarán a los nuevos movimientos urbanos de la época. Los ba
rrios, empero, compondrán un mosaico cuya relativa homogeneidad cultural —
dada por los componentes recién nombrados— no será incompatible con una
indudable diversidad social, verificada por las distinciones entre barrios de
disímil prestigio y "categoría". De esta manera, durante las décadas del
cincuenta y el sesenta los ejes del prestigio urbano pasarán por tres conjun tos
conformados, al norte, por Samo Norte™ -Belgrano, al noroeste por Villa
Devoto, al Centro por Flores-Caballito, en forma proporcional a la
estigmatización del sureste (La Boca-Barracas) y el extremo suroeste de la
ciudad (Villa Soldati Villa Lugano-Mataderos), los barrios más industriales.
Decíamos que sólo en el imaginario se distingue a los barrios en forma
nítida. Es imposible tener un panorama de las realidades barríales sin un ac
ceso a parte de ese imaginario. La idea misma de centro es propia del imagi
nario y del Centro (el clásico "trocen" de los porteños) de la ciudad más toda
vía. Esta oposición entre centro y barrios {para parafrasear al texto de Scobie)
debería redimensionarse agregando la ¡dea de "centros barriales", de Florencio
Escardó, que expresa y pinta en su ensayo Geografía de Buenos Aires: "[Quien
recorre la ciudad se encontrará con numerosos] 'centros de barrio', con sus
cines, sus cafés, sus negocios, sus habitúes, su historia, sus tipos, su mística,
en los que vive gente que no conoce el obelisco" (Escardó, 1966: 36).
Detengámonos en este autor, para ver cómo se verifica nuestra asunción del
barrio como
El Barrio Norte "no existe" para la historiografía positivista barrial, ya que engloba lo
que recibe oficiosamente los nombres de Recoleta y Retiro. Si apuntamos al imagina
rlo
social, en cambio, vemos que es uno de los barrios de mayor incidencia en la ciudad
de Buenos Aires, como símbolo de "clase alta", "pituca", "garca", "cheta".
Antropología de lo barrial

pre-texto para referir valores que hacen a un más allá apto para la interpreta
ción simbólica (que incluye la ironía). "Buenos Aires no es una unidad: sus
barrios son diversos, múltiples, cada uno con su personalidad y su estilo.
Barracas, intenso y laborioso, sencillo pero sin humildad, con esquinas para
esperar mujeres que nunca llegarán ... Belgrano, millonario de árboles
altísimos, lujoso y sin vida, con mucho de mausoleo, con calles solemnes y
sombreadas, que cruza de vez en cuando un anglosajón que pasea su perro ...
barrio exquisito, prestigioso y ajeno, que parece habitado exclusivamente por
gerentes de banco y gente que tiene un pantalón de franela que usa con un
saco de otro color, y cuando habla entrecasa de nosotros dice: 'los nativos'.
Villa Crespo, comercial, futbolístico, con aire de ghetto ... Villa Devoto, habitada
en chalets, por gente que no tiene bastante para vivir en Belgrano. La Boca,
mito turístico y caserío que no termina nunca de desembarcar ... barrio que
sería una magnifica fuente de recursos si los porteños fuésemos capaces de
industrializar el miedo. Y Flores, que tuvo quintas y corsos y kermeses y una
aristocracia supérstite de 'quiero y no puedo': que sigue con humos de
grandeza y fuerza centrípeta [repitiendo] Va gente de Flores'. Y los barrios
obreros de verdad, Nueva Pompeya, Nueva Chicago, Versalíes, Villa Mazzini,
Saavedra, Patricios. [...] Inmensa, fragmentada, plurifacética [Buenos Aires] ...
es una ciudad adolescente, sin posesión de sí misma" (Escardó, op.cit.: 37-38).
Este adolecer de una centralidad, paradójicamente repulsada en cada identidad
barrial, nos coloca en una especie de plano superpuesto al barrio como
escenario y a cada barrio como escenario. Parecería orientarnos hacia una
lectura por encima de las estructuras y formas edilicias, para detectar que los
barrios no sólo surgieron o se formaron con gente sino por la gente.

El macro-contexto urbano de la década del sesenta


La expansión económica dentro de la dependencia produce asimetrías so
ciales y regionales y es matriz a su vez de procesos de urbanización y creci
miento desequilibrado, cuyo indicador más notorio es el déficit habitacional,
ante el cual el Estado aparecía —promediando el siglo— dando respuestas
parciales e ineficientes, a la par de manipuladoras. Nuevos contingentes se
habían sumado al escenario social, sobre todo del interior del país a los gran
des centros urbanos, extendiéndolos y multiplicando los tipos de asentamientos
donde se reproduciría la fuerza de trabajo. Es lo que José Luis Romero (1983)
llama la "ciudad de masas", marco productor de luchas urbanas crecientes, que
tuvieron como consecuencia la organización de diversos movimientos, como la
Federación de Villas y Barrios de Emergencia. No es casual que la
institucionalización de este movimiento, como antes el fomentista, se corres
pondiera con períodos de convivencia no dictatorial. Las distintas manifesta
ciones de los movimientos urbanos tuvieron delante un mismo enemigo ideo
lógico y económico, que estaba al acecho para actuar desde el poder político
directo, ya que la democracia formal no resultaba suficiente dique de conten
ción a sus desarrollos. ¿Qué había ocurrido con la matriz urbana que se des
cribió para el inicio de los últimos cuarenta años?
El proceso urbano y los barrios en Buenos Aires
73

Con la dictadura de Onganía (1966) se da una vuelta de tuerca más a la


profundización de la dependencia, con un entrelazamiento estrechísimo entre
los intereses monopólicos nacionales y los internacionales, dentro de una
relativa industrialización sustitutiva en expansión y con el amparo del intento
explícito de despejar el camino de la "modernización" sin los molestos obstá
culos de ia democracia, aunque con el aprovechamiento del consenso, inclui do
el vecinal. Una opinión pública hegemonizada ideológicamente por nuevas
capas medias urbanas favorecidas por la expansión económica ayudó a ga nar
ese consenso, oscilando entre el temor a las masas obreras y sus propios
impulsos de cierta autonomía relativa. El gobierno de Onganía da piedra libre
de una vez por todas (desde la clase dominante) a lo que se venía prometiendo
desde el derrocamiento de Perón: modernizar y racionalizar el país "anacróni
co", liberalizar las relaciones económicas y sociales de modo de no atarse al
proyecto estatista de la democracia de masas de signo comunista o peronista.
Alcanzar, en última instancia, el sueño argentino pequeño y mediano burgués
del desarrollo individual, ia movilidad social y el progreso, que por fin ubicaría a
esíe país europeo que somos en ei sitial que merecía de potencia acomodada
en el concierto capitalista. Las contradicciones entre este espejismo y el país
real se irían a reflejar en forma casi directa dentro de los avatares post-
golpístas. Las soluciones más recurrentes Fueron otros golpes dentro del
golpe, que sumaron fracasos tras fracasos a los que las grandes
movilizaciones de fines de la década pondrían su sello distintivo, aunque no
homogéneo. Entre las bambalinas del poder se continuaron deslizando las
mismas siluetas de inte reses, aunque cambiaran los nombres y los titulares de
los cargos, en un proceso que recién se transformaría cuaiitativamente en
1976. Entre tanto, el país crecía, al ritmo de una expansión cada vez mayor. Se
acrecentaron las extensiones urbanas a lo largo y ancho del país, con
predominio de los ejes de primacía industrial y comunicacional. Lo más notorio
queda reflejado en la relación entre el crecimiento anual medio total de la
población del país {que para 1970 fue de un 16%) y el de la población de la
Región Metropolitana de Buenos Aires, con un 22 por ciento. En la misma
región urbana de mayor tamaño del país y con un porcentaje de primacía del
50%, el crecimiento vegetativo del período censal '60-70 fue dei 10,2%,
mientras el producido por migraciones externas (incluidas las de países
lindantes) fue del 3,2% y por migraciones internas de un 8,6% (Brito & Maur,
1990: 15).
Estas cifras señalan la primera vez en el siglo que el crecimiento vegetativo
superó al migratorio, modificando de esta manera la matriz anterior. Indican,
además, la reproducción directa de los contingentes urbanizadores (y sobre
todo suburbanizadores) de los períodos anteriores: hijos y nietos de la migra
ción externa europea, e hijos y nietos de las migraciones internas de! '40-'50.
¿Dónde y de qué manera se habían instalado, expandiendo de tal forma los
paisajes urbanos? La instalación de grandes plantas fabriles comenzó a for mar
en esta época un segundo cinturón de localidades industriales de la RMBA,
ubicado en un radío de 40 kilómetros aproximadamente desde el centro de la
ciudad. La lógica de la espacializacíón llevó a estas industrias a establecerse
74 Antropología de lo barriaI
en función de las principales vías de comunicación. Surgieron así los llamados
Eje Sur (alrededor de las rutas 1 y 2), con Berazategui y Ensenada, Eje Su
doeste (en torno a la ruta 3), en San Justo e Isidro Casanova; el Eje Oeste (ruta
7), en Merlo, y el Eje Norte (Panamericana=Acceso Norte), con Gral. Pacheco,
Garin y Pilar. Este patrón de asentamiento industrial no se subordinó a la
residencia anterior de la fuerza de trabajo. Produjo concentraciones nuevas sin
infraestructuras urbanas capaces de mantener esos nuevos lugares con relativa
calidad residencial y, por otro lado, sobrecargó el transporte en las mismas vías
dentro de la región. Dio comienzo al proceso de relleno intersticial de las zonas
vacantes entre aquel crecimiento tentacular sobre los ejes del transporte, sin
que se desarrollaran corredores anulares que unieran funcionalmente esas
áreas, lo que produjo el aislamiento interlocal de con
centraciones cuya vía principal de comunicación estaba sólo enfilada hacia
Buenos Aires.
Aquel inicial y paulatino proceso de suburbani;ación extensiva y de baja
densidad de la matriz anterior fue adquiriendo un carácter implosivo, multipli
cado y ya neta y ostensivamente urbano más que suburbano. Los problemas
de aquella matriz de la etapa anterior a los sesenta se agravaban al ritmo de
esta expansión alrededor de la ciudad central, mientras en ella misma el cre
cimiento en intensidad de ocupación (cuya tipología fundamental se basaba
sobre la propiedad horizontal) "no era acompañado de un mantenimiento o
mejoramiento de los standars de espacio público, ni cualitativa ni
cuantitativamente" (Baudizzone & otros, 1988: 31). El problema principal era la
falta de vivienda urbana. Para principios de los '70 se calculaba un déficit
habitacional de 2,4 millones de unidades, cifra que involucraba al 40% de la
población nacional, en tanto un 40% de ese déficit afectaba al 55% de la
población. Esta pobla ción estaba imposibilitada de resolver el problema de la
vivienda por sus pro pios medios y caía entonces dentro del área de acción del
Estado asistencialista y benefactor, propio de la etapa de expansión. Estaba
compuesta por clase obrera no calificada, habitantes de villas miseria; pero en
una situación igual mente necesitada de vivienda se encontraban los sectores
obreros sindicalizados, que finalmente serían beneficiados por políticas de
cooptación, como se verá más adelante en uno de los casos estudiados.

La matriz urbano actual: estructura e imaginario en la


posmodernidad
La Región Metropolitana de Buenos Aires incluye hoy la Ciudad Autónoma de
Buenos Aires (Capital Federal) y veintiséis partidos del Conurbano Bonae rense,
incluidos los del llamado tercer cinturón. El área contiene unos 11.500.000 de
habitantes. El distrito federal concentra el 28% de la población de la Región y el
7,2% de su territorio (Di Pace & otros, 1992: 67). Nos situa mos en la Región, ya
que abarcamos barrios de la ciudad de Buenos Aires y del Conurbano. La
alfombra urbana de la RMBA difícilmente pueda ser tratada de acuerdo con
distinciones formales, sobre todo cuando nuestro objeto de
El proceso urbano y los barrios en Buenos Aires
75

estudio apunta al imaginario y a las identidades sentidas. Los dos cinturones o


coronas que rodean a la Capital se han densificado al ritmo de la instalación
industrial y terciaria, básicamente paralela al eje fluvial. Hoy Buenos Aires ha
producido —mediante las políticas fiscales y urbanísticas— el desplazamiento
de las industrias hacia su periferia, y el resto de la Región en conjunto sufre las
consecuencias de la recesión iniciada a principios de [os sesenta y agudizada
luego en forma multiplicada. Entre 1974 y 1985, la caída de la cantidad de
establecimientos productivos fue de un 48%. La tercera parte de la población
de los partidos que conforman el Conurbano tiene —según las versiones ofi
ciales— necesidades básicas insatisfechas. Un escenario de relocalización y de
terioro industrial {básico en toda la zona), con una extensión multiplicada de la
margínalidad urbana (particularmente las villas miseria), una creciente masa de
población expoliada respecto a los consumos colectivos y expulsada del
mercado laboral formal, con procesos de aglomeración dispersa y, sobre todo
en la Capital Federal, con una privatización inédita del espacio público (Bases,
op.cit., Flores, 1993). La extensión de los barrios de la Región se ha producido
dentro de esta matriz de crecimiento caótico'111, suburbanización precaria, ex
clusión respecto a los servicios y prevalencia de las lógicas de la radicación
industrial y del régimen inmobiliario mercantilista, dentro de un marco de
metropolitanízacion en una economía dependiente, bajo el predominio de la
hiperconcentración económica transnacional.
Parte de esta matriz se manifiesta a nivel urbano con la ruptura de las
tramas barriales clásicas en damero a partir de la construcción de complejos
habitacionales, autopistas e hipermercados. Los efectos de esta matriz se
fueron evidenciando con los cíclicos episodios de tomas de terrenos y vivien
das y formación de barrios mediante asentamientos41. Y parte de esta misma
matriz produce modificaciones materiales y en el imaginario, que incluyen "pér
didas" de identidades y visiones. En éstas, el barrio ocupa un lugar de impor
tancia como síntoma de una crisis que se presenta a veces como resultado del
choque de lo típico contra el "progreso", que desde nuestra visión teórica
definimos en términos de dependencia, privatización y expoliación de los es
pacios urbanos, entre ellos, el barrial.
Lo cierto es que ese imaginario hoy se elabora con mucho de lo que se
describe como generalidad para el conjunto de ciudades en la posmodernidad,
tanto en la condición del espacio como en la constitución de una cosmovisión
de lo global y lo fragmentario de ese mismo espacio y sus modos de habitarlo,
entre "ciudadanos y consumidores" (García Canclini, 1995). Martín-Barbero se
ñala (1994), entre las notas principales de la ciudad posmoderna y sus cultu
ras, un proceso de generación de nuevas formas de sociabilidad y de identi
dades, caracterizadas por la circulación comunicaciona! y física desde el para
digma de la información, la des-espacialización como borradura de la memoria
y de la identidad de los sitios urbanos, el descentramiento de la ciudad, su

Ver una crítica a la "lógica del desorden" en Oszlack, 1992: 61.


Ver: Fara, 1985; Merklen, 1991; Iñigo Carrera S Podestá, 1990.
Antropología de lo barrial
76
des-urbanización y el desuso de los espacios públicos, la ruralización de la
ciudad por las migraciones y su efecto en la cultura del rebusque, la pérdida de
los lugares como referentes cargados de sentido, la precariedad de los mo dos
de arraigo, la diversidad de tribus urbanas más que la generalidad de la masa,
la sustitución de la interacción comunicativa por la textualidad informa tiva y el
"ocio claustrofílico" (Gubern, 1993), los "no lugares" (Auge, 1994) y el
anonimato. Todo como matriz, a su vez, de la imperiosa necesidad de recons
truir solidaridades que, para él, se configurarían paradigmáticamente en el
barrio.
En Buenos Aires, esto puede ejemplificarse con la "pérdida" del presti gio
del clásico Barrio Norte del status, por la "invasión masiva" de sectores de
clase media, por el rápido ascenso social de antiguos barrios periféricos —
Palermo Viejo, Bajo Belgrano, Caballito—, por "huidas" de la alta peque-ño
burguesía hacia lugares más "seguros" (los barrios privados), o de la clase
media en picada hacia espacios más precarios (villas, asentamientos,
inquilinatos, casas tomadas... la calle42). Hoy el trabajo está lejos de la vi
vienda, si bien hay mayores facilidades para la movilización. Pero los gran des
centros de atracción (colegios, facultades, clubes) "s*:an" a los jóvenes del
barrio. La imagen predominante, en suma, es la de la contracción de la vida
social al núcleo familiar, con prescindencia del trato vecinal, y la imagen de no
pertenencia al barrio, casi como lo expresó Marcos Winograd (1982); ¿Vivimos
en ciudades más que en barrios...?

En 1998 conocimos el censo hecho por el Gobierno Autónomo de Is Ciudad de


Buenos Aires, donde se detalla que, de las 1.000 personas que vivían en la calle,
todas hablan tenido un oficio y el 28% habían completado el secundario (acceso
directo a los resultados).

El barrio-barrio:
identidad e ideología

Perfiles barriales
"Antes se pescaba pejerrey en el Puente La Noria, no estaba contamina da
el agua. La Salada y el Matanzas eran lugares obligados para ir. Yo pesca ba
en el Matanzas- Había piletas: Punta Mogotes, Atalaya, Puente Doce; ahí
íbamos. Esto era como una isla, todo agua alrededor. Salías de Flores, si
venías de la Capital [sic] y te metías en el agua y por ahí aparecía Lugano. Por
eso había vida de barrio; a Lugano lo mató un poco la cercanía de la Capital"
(JC, 54, ex-obrero metalúrgico, profesor de secundario, parado en una esquina
del barrio).

"Lugano creció conmigo; perdóneme, la emoción es muy grande, es una emo ción
porque yo me crié en el barrio, nos vinimos, mis padres vinieron, yo era una criatura...
entonces, uno vio todo, vio todo crecer, las fábricas, vio asfaltar las calles, poner la luz
de mercurio; le pido disculpas, creo que todos los que vivimos aquí debemos sentir lo
mismo, perdón, pero soy un poco sentimental, vi todo esto crecer conmigo..." (FC, 78,
comerciante, en el bar del Club Yupanqui, en Villa Lugano).

"Yo quiero a Lugano porque primero que nací aquí, mis padres vinieron, mis
vecinos, la gente de mi edad vive toda aquí, fuimos al colegio juntos,
jugábamos, con Coqui, que de chico y de grandes ya nos frecuentamos,
vamos... no, íbamos al cine, que ya no está, por el cable y el video. Nos
encontrábamos, con amigos, caminamos por Lugano, que yo no puedo ca
minar, hay veces que dejo de caminar porque me paro a cada rato a charlar:
qué tal, cómo estás, que haces; es una forma de vida que ya estamos acos
tumbrados, que los viejos pienso que nos vamos a morir así, porque hay gente
que viaja, que tiene otros horizontes, pero acá la mayoría, los hijos también,
viven en Lugano, qué le va'cer..." (MT, 66, jubilada metalúrgica, en la verdulería
del yerno, una mañana de sol invernal).

"Y venían los vecinos a escuchar la radio a casa. Poníamos a Churrinche —usté
capaz que no lo sintió nombrar— a Juan Carlos Chiape; había muchas novelitas que
escuchábamos... era lo único que había, porque después salir no nos dejaban salir
tampoco, en aquél tiempo no dejaban como ahora. Antes íbamos todos a dar una
vuelta, íbamos todas juntas, éramos cinco hermanas y un varón, el Chiquito.
Antropología de lo barrial
78
Después aparecía mi mamá a ver dónde estábamos. íbamos de acá hasta la pla za...
Cuando éramos chicas pasaba el que apagaba las luces; nosotros dejábamos los
banquitos afuera, algún juguete, y él pasaba a la mañana y tiraba todo pa 'dentro, nadie
se llevaba nada" (ED, 70, jubilada metalúrgica, en una vereda de Riestra).

"Lo que pasa acá en Lugano decide un montón de cosas; lo que pasa en las
empresas es lo que pasa en el país, y en el barrio popular como éste también; no es
casual que Lorenzo [Miguel] esté aquí... Acá todavía hay lugar donde la gente trabaja y
está toda esta juventú desorientada, porque no es como antes..." (GG, 28, docente, en
la plaza del centro de Lugano).

"—Yo me crié acá; qué querés que te diga, para mí no hay como Lugano" (AB, 38,
ama de casa, en la vereda, dirigiéndose a otra vecina).
"—Era ¡o que decía yo, l'otro día se lo dije al muchacho que me hablaba y hablaba
de Laferrere, que se tuvo que ir. Ese de l'esquina del Tolo, que se junt..., que se ... bué,
no es que importe, pero que era novio de la Mina, la hija de Francisco y se... bué, ya
tienen chico... la cuestión é que se fue para el lado de Laferrere y me hablaba que ya los
chico se aclimataron, se adataron, porque nacieron ahí, que a él le costó: 'Uy, cómo
sufrí, Rosa', me decía, y la Mirta tamién, pero se están arreglando... Al principio él me
vino con que Laferrere esto, que Laferrere lo otro, pero a la final me reconoció que como
Lugano no hay" (RG, 50, vecina, misma vereda).
"—Mismo lo que yo digo... Yo me crié acá, con el barro por acá, los pasto por acá,
cuando íbamos a la escuela, ¿te acordes?" (MF, 65?, jubilada metalúrgica). "—Cómo no
me voy a acordar... pasaban las vaca; yo ... es lo que le digo siempre: yo cambiaría todo
lo que tengo no por los años menos que me den sino por la vida esa... Lugano..." (TF,
70, jubilada).
"—No, qué años, é por la época esa, que Lugano era todo una fiesta para
nosotros..."
"—Y no había maldá..."
"—Eso, no había maldá, jugábamo, eran todos pasto y agarrábamos mariposa y
hacíamos senderito entremedio y clavábamos las mariposas por las alitas en los pinches
para despué saber cómo teníamos que volver porque nos perdíamos..."
"—Era lindo todo eso..."
"—Qué queré que te diga, ya le decía yo al muchacho, a mi me gustaba más, yo no
digo que, a cade cual le gusta su tiempo, pero Lugano era eso..." "—Eran estupidece,
quién diría que con poco nos conformábame..."
"—Eran cosa sanas... porque la gente era más unida, sería porque había me nos
gente, se trataban más, era mejor un vecino que un familiar..."
"—No, pero ahora los vecinos no son malos tampoco..." "—
No, pero ahora uno se reconcentra más en su casa,.." "—
Ah, eso sí..."
El barrio-barrio: identidad e ideología
79

"—En cambio, ante, uno necesitaba algo, 'En Fulana, ¿me prestas cinco
centa vos?' y allá se venía tres cuadra..."
"—La verde, esa vida era linda..."
"'—Lugano es eso, que uno se sentía como en una gran familia, era
tranquilo; ahora es tranquilo igual, pero hay más ruido, hay más patota, más
que hay que cuidarse, es toda gente buena, yo Me gustaba más la vida esa,
las calles sin asfaltar, todo era mejor. A lo mejor parece de inorante decir esto,
que la juventú me diga: mira lo que dice... Pero me gustaba..."
"—Porque ahora todo adelantó, la juventú no se queda en el barrio, e
nosotro no nos dejaban salir, ante no te dejaban salir ni a la esquina, por
favo..."

"Lugano te da eso... recorriendo las calles vos encontras recuerdos... te


encontras con alguien que sabes que hay algo que tiene que ver con vos, no
sé... te acordes de aquél, del otro, que la hija quiere meter al chico en el
colegio, entonces vos le recomendás a alguien, hay esas cosas, todavía... Yo
necesito tal cosa, 'Ah, mira sé de tal que tiene, que te puede decir', y te
comentan... El otro día me encontré con una compañera de CAMEA, de mu
chos años, hacía mucho tiempo que no la veía, que después resultó que la hija
se casó con un primo mío y empezamos a recordar, ¿viste? Los tiem
pos de la fábrica, todas esas cosas, de vivirlas juntas, sabes aquél, que está...
Bueno, no es cosa de meterse en la intimida, pero uno recuerda... Eso te da
Lugano, es la manera clásica de un barrio... No sé, no sé si será por las casas,
que en departamentos ni te llevas. A mi hija le pasa; bueno, aunque ahora se
lleva con los vecinos, pero al principio le costó, cuando se mudó de Lugano,
claro... en Flores, hay departamento, es más difícil... Lugano te da más eso,
que por las cesas bajitas vos te llevas más, te encontras en la panadería; claro
con la gente de antes, porque también está quien no te saluda... Los hijos ya no
tienen ese conocimiento; por ejemplo, yo sé que mis hijos a la gente que yo
conozco de hace muchos años ellos no la conocen... Lo que pasa es que
vamos quedando con los recuerdos que te da el barrio y cada vez somos
menos..." (ME, 67, jubilada metalúrgica, en su casa, con el mate).
"La hija de ME, a su lado, suspiraba y decía: Sí, io que te da Lugano no lo
encontras en otro lado, pero yo no me puedo quejar porque desde que me
mudé la gente de allá es cada vez más accesible, ¿viste? No es como Lugano
(mirando a la madre), pero nos vamos acostumbrando... Para la nena ya es
distinto porque ella ya se está criando allá, y no es lo mismo que yo, que me
acuerdo de Lugano".

"—¿Lugano? ¿Qué es Lugano? Si vo sabe lo que é... Es un barrio, chabón, un


barrio con mayúscula, todavía sigue siendo un barrio, gracias a dio, por que
todavía no invadieron los edificios grandes, esos de los monobloque se quieren
morir, pero tampoco hay como en Flore, como en Caballito, que no digo Barrio
Norte; allá es un loquero, bocina, escape, grito, no se puede viví.

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