0% encontró este documento útil (0 votos)
53 vistas274 páginas

Gilgamesh: Rey de Uruk y Semidiós

Este documento presenta el prólogo de la novela "Gilgamesh el Rey" escrita por Robert Silverberg y traducida al español por Domingo Santos. Narra la infancia de Gilgamesh en la ciudad de Uruk y recuerda el día en que fue llevado al templo para presenciar la partida de su padre, el rey Lugalbanda, quien fallecía luego de una larga enfermedad.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
53 vistas274 páginas

Gilgamesh: Rey de Uruk y Semidiós

Este documento presenta el prólogo de la novela "Gilgamesh el Rey" escrita por Robert Silverberg y traducida al español por Domingo Santos. Narra la infancia de Gilgamesh en la ciudad de Uruk y recuerda el día en que fue llevado al templo para presenciar la partida de su padre, el rey Lugalbanda, quien fallecía luego de una larga enfermedad.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Robert

Silverberg

Gilgamesh, el rey

Colección dirigida por Domingo Santos

Título original: Gilgamesh the King

Traducción: Domingo Santos

1984 by Agberg, Ltd.

Ediciones Destino, S.A.

Consejo de Ciento, 425. 08009 Barcelona

Primera edición: febrero 1988

ISBN: 84-233-1581-9

Depósito legal: B. 5.862 — 1988

Impreso por Sirven Grafic, S.A.

Caspe, 113. 08013 Barcelona

Impreso en España — Printed in Spain

Este libro es para Diana


1

Hay en la ciudad de Uruk una gran plataforma de ladrillo cocido que era el
terreno de juegos de los dioses, mucho antes del Diluvio, en tiempos en que la
humanidad aún no había sido creada y sólo ellos habitaban la Tierra. Cada
siete años, durante los últimos diez mil años, hemos pintado de blanco los
ladrillos de esa plataforma con un enlucido de yeso, para que reluzca como un
espejo bajo el ojo del sol.

La Plataforma Blanca es el dominio de la diosa Inanna, a quien está


consagrada nuestra ciudad. Muchos reyes de Uruk han erigido templos sobre
la plataforma para que ella los use; y de todos esos santuarios de la diosa
ninguno era más grande que el edificado por mi real abuelo el héroe
Enmerkar. Mil artesanos trabajaron durante veinte años para construirlo, y la
ceremonia de su consagración duró once días y once noches ininterrumpidos,
y durante ese tiempo la luna fue envuelta cada noche en un profundo manto
de luz azul, como un símbolo del placer de Inanna.

— Somos hijos de Inanna -cantaba la gente-, y Enmerkar es su hermano, y ella


reinará entre nosotros para siempre jamás.

Ahora ya no queda nada de ese templo, porque lo hice derribar cuando subí al
trono, y erigí otro mucho más espléndido en su lugar. Pero en su tiempo era
una de las maravillas del mundo. Es un lugar que siempre tendrá un
significado especial para mí: en su recinto, un día de mi infancia, los primeros
asomos de la sabiduría descendieron sobre mí, y mi vida fue moldeada, y fui
orientado en una dirección de la que no había regreso.

Eso ocurrió el día en que los sirvientes de palacio me arrancaron de mis


juegos para que viera a mi padre el rey, el divino Lugalbanda, embarcar para
el último de sus viajes.

— Lugalbanda marcha al seno de los dioses. -me dijeron-, donde vivirá


eternamente con ellos en medio de la alegría, bebiendo de su vino y comiendo
de su pan. -Creo y espero que estuvieran en lo cierto; pero muy bien puede
ser el caso que el último viaje de mi padre lo llevara, en vez de a la Tierra del
No Retorno, a la Casa del Polvo y la Oscuridad, donde su fantasma camina
penosamente de un lado para otro como un pájaro con las alas mutiladas,
alimentándose de arcilla seca. No lo sé.

Y yo soy ése a quien llamáis Gilgamesh. Soy el peregrino que lo ha visto todo
dentro de los confines de la Tierra, y mucho más allá; soy el hombre a quien
se le dieron a conocer todas las cosas, las cosas secretas, las verdades de la
vida y de la muerte, muy especialmente las de la muerte. He copulado con
Inanna en el lecho del Sagrado Matrimonio; he matado demonios y hablado
con dioses; yo mismo soy dos partes dios, y sólo una parte mortal. Aquí en
Uruk soy rey, y cuando camino por las calles camino solo, porque no hay
nadie que se atreva a acercárseme demasiado. No me gusta que sea así, pero
ya es demasiado tarde para cambiar las cosas: soy un hombre aparte, un
hombre solo, y eso seguiré siendo hasta el fin de mis días. En una ocasión
tuve un amigo que era el corazón de mi corazón, el yo de mi yo, pero los
dioses me lo arrebataron y nunca volverá.

Mi padre Lugalbanda debió conocer una soledad muy parecida a la mía,


porque también era rey y dios, y un gran héroe en su día. Seguro que esas
cosas lo mantuvieron apartado de los hombres normales, como me han
mantenido apartado a mí.

La huella de mi padre aún se halla clara en mi mente después de todos esos


años: un hombre de anchos hombros y recio pecho, que iba desnudo de
cintura para arriba en todas las estaciones, vestido sólo con su larga falda de
volantes desde la cintura hasta los tobillos. Su piel era lisa y tostada por el
sol, como cuero pulido, y tenía una espesa y rizada barba negra, a la manera
de la gente del desierto, aunque, al revés que ellos, se afeitaba el cráneo. Lo
que mejor recuerdo son sus ojos, negros y brillantes y enormes, que parecían
llenar toda su frente: cuando me cogía en brazos y me alzaba hasta la altura
de su rostro, a veces tenía la impresión de que podía llegar a flotar hacia
delante y penetrar en el enorme pozo de aquellos ojos y perderme para
siempre dentro del alma de mi padre.

Le veía raras veces. Había demasiadas guerras en las que luchar. Año tras
año guiaba los carros para sofocar algún levantamiento en nuestro díscolo
estado vasallo de Aratta, muy lejos al este, o para hacer retroceder a las
tribus merodeadoras de los páramos que avanzaban hacia Uruk para robar
nuestro grano y nuestro ganado, o para desplegar nuestra fuerza ante una de
nuestras grandes ciudades rivales, Kish o Ur. Cuando no estaba lejos en las
guerras, eran los peregrinajes que debía realizar a los lugares santos, en
primavera a Nippur, en otoño a Eridu. Incluso cuando estaba en casa tenía
poco tiempo para mí, preocupado como estaba por los festivales y rituales del
año, o las reuniones con la asamblea de la ciudad, o los procedimientos de la
corte de justicia, o la supervisión de los interminables trabajos que había que
hacer para mantener nuestros canales y diques. Pero me prometió que
cuando llegara el momento me enseñaría las cosas propias de los hombres e
iríamos juntos a cazar leones en las tierras pantanosas. Ese momento no llegó
nunca. Los malignos demonios que flotan siempre encima de nuestras vidas,
aguardando cualquier momento de debilidad en nosotros, son infatigables; y
cuando yo tenía seis años una de esas criaturas consiguió penetrar los altos
muros de palacio y se apoderó del alma de Lugalbanda el rey, y lo barrió del
mundo.

Yo no tenía la menor idea de lo que estaba ocurriendo. En esos días la vida


sólo era juego para mí. El palacio, ese formidable lugar de entradas
fortificadas por torres y fachadas con intrincados nichos y altivas columnas,
era mi casa de juegos. Corría todo el día de un lado para otro con una
incansable energía, gritando y riendo y cayéndome constantemente de
bruces. Incluso entonces era la mitad más alto que cualquier otro chico de mi
edad, y fuerte en concordancia; así que escogía a chicos mayores que yo como
compañeros de juegos, siempre los más rudos, los hijos de los palafreneros y
los coperos, porque no tenía ningún hermano.
Así que jugaba a carros y guerreros, o me peleaba, o luchaba con garrotes. Y
de pronto un día una horda repentina de sacerdotes y exorcistas y magos
empezó a ir y venir por dentro de palacio, y fue modelada una imagen de
arcilla del demonio Namtaru y colocada cerca de la cabeza del postrado rey, y
fue llenado un brasero con cenizas y una daga metida dentro, y al tercer día
al anochecer fue sacada la daga y clavada en la imagen de Namtaru y la
imagen fue quemada en la esquina de la pared, y se sirvieron libaciones de
cerveza, y fue sacrificado un cerdo joven y su corazón ofrecido para aplacar al
demonio, y se roció agua, y no dejaron de cantarse plegarias; y cada día
Lugalbanda luchaba por su vida y perdía un poco más en la lucha. No se me
dijo ni una palabra de esto. Mis compañeros de juegos parecían más mustios y
como avergonzados de estar corriendo y gritando y luchando a los garrotes
conmigo. Yo no sabía por qué. No me dijeron que mi padre se estaba
muriendo, aunque creo que lo sabían y sabían también las consecuencias que
reportaría su muerte.

Luego, una mañana, un sirviente de palacio vino hasta mí y me llamó:

— ¡Deja tu garrote, muchacho! ¡No más juegos! ¡Hoy tienes que hacer un
trabajo de hombre! -Me condujo a bañarme y me vistió con mi mejor túnica de
brocado, y colocó en mi frente mi cinta de chapa de oro y lapislázuli, me llevó
a los aposentos de mi madre la reina Ninsun. Porque dentro de poco tendría
que acompañarla al templo de Enmerkar, me dijo.

Entré en sus aposentos, sin comprender el porqué de todo aquello, puesto que
aquél no era un día sagrado, que yo supiera. Encontré a mi madre vestida de
una manera magnífica con una capa de brillante lana carmesí y con su tocado
reluciendo con cornalina y topacio y calcedonia, y cubrepechos dorados de los
que colgaban amuletos de marfil con forma de peces y gacelas. Había
oscurecido sus ojos con kohl y pintado sus mejillas de verde oscuro, de modo
que parecía una criatura recién salida del mar. No me dijo nada, pero colocó
en torno a mi cuello una figurilla de piedra roja del demonio de los vientos
Pazuzu, como si temiera por mí. Pasó ligeramente su mano por mi mejilla. Su
contacto era frío.

Luego salimos al gran salón de las fuentes, donde nos aguardaba mucha
gente. Y desde allí partimos en procesión, la procesión más grande que jamás
haya visto, hasta el templo de Enmerkar.

Una docena de sacerdotes abrían el camino, desnudos como deben ir los


sacerdotes cuando acuden delante de un dios, y una docena de princesas
también, igualmente desnudas. Tras ellos avanzaban dos docenas de fornidos
guerreros que habían luchado en las campañas de Lugalbanda. Iban
abrumados en sus armaduras completas, incluidos los cascos de cobre, y
llevaban sus hachas y sus escudos. Sentí pena por ellos, teniendo en cuenta
que era el mes de abu, cuando el azote del verano cae pesadamente sobre la
Tierra, y no llueve, y el calor es un peso insoportable. Detrás de los guerreros
venían los miembros de la casa de Lugalbanda: despenseros, doncellas,
coperos, bufones y acróbatas, caballerizos, carreros, jardineros, músicos,
bailarinas, barberos y todos los demás. Todos ellos iban vestidos con sus
mejores galas, con ropas más elegantes de las que nunca les hubiera visto, y
llevaban los utensilios de sus respectivas profesiones como si se encaminaran
a esperar a Lugalbanda. Conocía a la mayoría de aquella gente. Servían en el
palacio desde antes de que yo naciera. Sus hijos eran mis compañeros de
juegos, y a veces había comido en sus casas. Pero cuando les sonreí y les
saludé desviaron la mirada, y sus rostros eran solemnes.

La última persona de aquel grupo era alguien que me resultaba


particularmente querido. Me deslicé de mi lugar en la parte de atrás de la
procesión para caminar a su lado. Era el viejo Ur-kununna, el arpista de la
corte: un hombre de largas piernas y blanca barba, de aspecto muy serio pero
con alegres ojos parpadeantes, que había vivido en todas las ciudades de la
Tierra y conocía todos los himnos y todas las leyendas. Cada tarde cantaba en
el patio Ninhursag de palacio, y yo me sentaba a sus pies hora tras hora
mientras él tocaba su arpa y cantaba el relato del matrimonio de Inanna y
Dumuzi, o el descenso de Inanma al mundo inferior, o la historia de Enlil y
Ninlil, o del viaje del dios-luna Nanna a la ciudad de Nippur, o la del héroe
Ziusudra, que construyó la gran barca gracias a la cual la humanidad
sobrevivió al Diluvio, y que fue recompensado por los dioses con la vida
eterna en el paraíso sobre la Tierra que es conocido como Dilmun. También
nos cantaba baladas de las guerras de mi abuelo Enmerkar con Aratta, y la
famosa de las aventuras de Lugalbanda antes de que fuera rey, cuando en sus
vagabundeos entró en un lugar donde el aire era venenoso, y casi perdió la
vida, pero fue salvado por la diosa. Ur-kununna me había enseñado algunas
de aquellas canciones, y me había enseñado también cómo tocar su arpa. Su
actitud hacia mí era siempre cálida y tierna, sin mostrar jamás impaciencia.
Pero ahora, cuando corrí a su lado, se mostró extrañamente remoto: como
todos los demás, no dijo nada, y cuando le señalé que me gustaría llevar su
arpa agitó negativamente la cabeza de una forma casi brusca. Entonces mi
madre me llamó con un siseo y me ordenó que volviera al lugar que ella y sus
cinco doncellas ocupaban al final de la procesión.

Descendimos las interminables hileras de los escalones de palacio, y entramos


en la Calle de los Dioses, y recorrimos el Sendero de los Dioses que conduce
al recinto de Eanna donde se hallan los templos, y subimos la multitud de
escalones hasta la Plataforma Blanca, y la cruzamos, cegados por el reflejo de
la brillante luz del sol, hasta el templo de Enmerkar. A lo largo de todo el
camino las calles estaban alineadas con silenciosos ciudadanos, miles de ellos:
toda la población de Uruk debía estar allí.

En los escalones del templo estaba Inanna, aguardando para recibirnos. Al


verla temblé. Desde tiempos muy antiguos Uruk y todo lo que había en su
interior le pertenecían, y temía su poder. La que estaba allí de pie era por
supuesto la sacerdotisa Inanna de carne humana, y no la diosa. Pero por
aquel entonces yo no conocía la diferencia entre ellas, y creía estar en
presencia de la propia Reina de los Cielos, la Hija de la Luna. Lo cual era en
cierto modo, puesto que la diosa se encarna en la mujer, aunque siendo tan
joven aún no había captado aquella sutileza.

La Inanna que nos admitió en el templo aquel día era la vieja Inanna, de
rostro de halcón y ojos terribles, y no la más hermosa pero no por ello menos
feroz en quien la diosa se encarnaría a continuación. Iba ataviada con una
brillante capa de piel escarlata, dispuesta sobre un armazón de madera, de
modo que se alzaba majestuosamente desde sus hombros y se alzaba por
encima de su cabeza. Lugalbanda llevaba los pechos desnudos y pintados en
las puntas. Sus brazos mostraban adornos de cobre con forma de serpientes,
porque la serpiente es la criatura sagrada de Inanna; y en torno a su garganta
llevaba enrollada no una serpiente de cobre sino una viva, de un grosor de
dos o tres dedos, pero adormecida por el terrible calor, sin molestarse
siquiera en asomar su lengua bífida. Cuando pasamos por su lado, Inanna nos
roció con agua perfumada de una jarra de oro y nos habló con bajos
murmullos canturreados. No usó el lenguaje de la Tierra, sino el secreto
lenguaje-misterio de los adoradores de la diosa, aquellos que siguen la
Antigua Manera que se seguía en la Tierra antes de que los míos bajaran a
ella desde las montañas. Todo aquello me resultaba aterrador, porque era tan
solemne y tan fuera de lo normal.

Dentro de la gran nave del templo estaba Lugalbanda.

Yacía tendido sobre una gran losa de pulido alabastro, y parecía dormir.
Nunca me había parecido tan regio: en vez de su habitual falda de volantes
llevaba un manto de lana blanca y una túnica azul oscuro ricamente bordada
con cuentas de plata y oro, y su barba había sido espolvoreada con polvo de
oro, de modo que relucía como el fuego del sol. Junto a su cabeza reposaba,
en lugar de la corona que había llevado durante toda su vida, la cornuda
corona de un rey que es al mismo tiempo un dios. Al lado de su mano
izquierda estaba su cetro, decorado con anillos de lapislázuli y mosaicos de
conchas marinas brillantemente coloreadas, y al lado de la derecha una
soberbia daga con la hoja de oro, una empuñadura de lapislázuli incrustada
en oro, y una funda hecha con tiras de oro entretejidas en un calado que
parecía de aplanadas hojas de hierba. Apilado ante él, en el suelo, había un
inmenso montón de tesoros: pendientes y anillos de oro y plata, copas de
plata batida, tableros para dados, cajas de cosméticos, jarras de alabastro con
perfumes exóticos, arpas doradas y liras con cabeza de toro, un modelo en
plata de su carro y uno de su esquife de seis remos, cálices de obsidiana,
sellos cilíndricos, vasijas de ónice y calcedonia, cuencos de oro, y muchas más
cosas semejantes cuya profusión no podía creer. De pie, alineados en torno al
catafalco de mi padre, en los cuatro lados, estaban los grandes señores de la
ciudad, quizá veinte de ellos.

Ocupamos nuestros lugares delante del rey, mi madre y yo en el centro del


grupo. Los sirvientes de palacio se arracimaron a nuestro alrededor, y los
guerreros con sus armaduras nos flanquearon por los dos lados. Desde el
patio del templo nos llegó el gran retumbar hueco del lilissu, que es el timbal
que en la única otra ocasión que suena es en el momento de un eclipse de
luna. Luego oí el sonido más ligero de los pequeños tambores balag y el
agudo chillido de los silbatos de arcilla cuando Inanna entró en el templo
precedida por sus desnudos sacerdotes y sacerdotisas. Se dirigió hacia el
lugar elevado al fondo de la nave, allá donde en un templo de An o de Enlil
habría una efigie del dios; pero en el templo de Inanna en Uruk no son
necesarias las efigies, porque la propia diosa mora entre nosotros.

Entonces empezó una ceremonia de cantos y letanías, gran parte de ellos en


el lenguaje de la Antigua Manera, que entonces no comprendía en absoluto y
ahora apenas entiendo, puesto que la Antigua Manera es religión de mujeres,
religión de diosas, y la guardan para sí mismas. Hubo libaciones de vino y
aceite, y fueron traídos un toro y un carnero, y sacrificados, y su sangre
rociada sobre mi padre, y fueron vaciadas siete bandejas de agua como otros
tantos dones a los siete planetas, y hubo muchas otras acciones sagradas. La
serpiente de Inanna despertó y se movió entre sus pechos, y asomó su lengua,
y fijó sus ojos en mí, y yo sentí miedo. Notaba la presencia de la diosa a todo
mi alrededor, intensa, sofocante.

Me acerqué al siempre amable Ur-kununna y susurré:

— ¿Está muerto mi padre?

— No debemos hablar, muchacho.

— Por favor. ¿Está muerto? Dímelo.

Ur-kununna bajó la vista desde su gran altura hacia mí, y vi la blanca luz de
su sabiduría resplandecer en sus ojos, y su ternura, y su amor hacia mí, y
pensé: cómo se parecen sus ojos a los de Lugalbanda, qué grandes y oscuros,
cómo llenan su frente. Dijo con mucha suavidad:

— Sí, tu padre está muerto.

— ¿Y qué significa estar muerto?

— No debemos hablar durante la ceremonia.

— ¿Estaba muerta Inanna cuando descendió al mundo inferior?

— Durante tres días, sí.

— ¿Y era como estar dormido?

Sonrió y no dijo nada.

— Pero luego despertó y volvió, y ahora está de pie delante de nosotros.


¿Despertará también mi padre? ¿Volverá para gobernar de nuevo Uruk, Ur-
kununna?

Ur-kununna agitó la cabeza.

— Despertará, pero no volverá para gobernar Uruk. -Luego se llevó los dedos
a los labios, y no habló de nuevo, dejándome para que pensara en el
significado de la muerte de mi padre mientras la ceremonia proseguía a mi
alrededor. Lugalbanda no se movía; no respiraba; sus ojos estaban cerrados.
Era como si durmiera. Pero tenía que ser algo más que el sueño. Era la
muerte. Cuando Inanna descendió al mundo inferior y fue asesinada, se
produjo un gran desánimo en los cielos y Padre Enki hizo que fuera traída de
muevo a la vida. ¿Haría Padre Enki que Lugalbanda fuera traído también de
nuevo a la vida? No, no creía que lo hiciera. ¿Dónde estaba pues ahora
Lugalbanda, adonde iba a viajar a continuación?
Escuché los cantos, y oí la respuesta: Lugalbanda estaba de camino al palacio
de los dioses, donde moraría eternamente en compañía de Padre-Cielo An y
Padre Enlil y Padre Enki el sabio y compasivo, y todos los demás. Sería
agasajado en el salón de fiestas de los dioses, y bebería vino dulce y cerveza
negra con ellos. Y pensé que no era un destino demasiado malo, si de hecho
era allí donde iba. ¿Pero cómo podíamos estar seguros de que iba allí? ¿Cómo
podíamos estar seguros? Me volví de nuevo a Ur-kununna, pero estaba con los
ojos cerrados, cantando y balanceándose. Así que fui dejado solo con mis
pensamientos de muerte y mi lucha por comprender lo que le ocurría a mi
padre.

Luego los cantos terminaron, e Inanna hizo un gesto, y una docena de los
señores de la ciudad se arrodillaron y alzaron sobre sus hombros la enorme
losa de alabastro donde yacía mi padre, y la sacaron del templo por la entrada
lateral. Los demás les seguimos, mi madre y yo a la cabeza de la procesión, y
la sacerdotisa Inanna al final. Cruzamos la Plataforma Blanca, descendimos
por su parte más alejada, y nos encaminamos hacia el este un centenar de
pasos, hasta detenernos en la recortada sombra del templo de An. Vi que
había sido excavado un gran pozo en la seca y arenosa tierra entre la
Plataforma Blanca y el templo de An, con una pronunciada rampa que
conducía hasta el fondo. Nos dispusimos en un grupo junto al arranque de la
rampa, y todos los habitantes de la ciudad, en número de miles, formaron un
gran anillo en torno a todo el recinto.

Entonces ocurrió algo inesperado: las doncellas de mi madre la reina la


rodearon y empezaron a quitarle sus ricos y costosos adornos, uno a uno,
hasta que estuvo desnuda a la brillante luz del sol, a plena vista de toda la
ciudad. Pensé en el relato del descenso de Inanna, en cómo, mientras se
hundía más y más profundamente en el mundo inferior iba arrancándose sus
vestiduras hasta quedar completamente desnuda, y me pregunté si también
mi madre se estaba preparando para descender al pozo. Pero no era ése el
caso. La dama de compañía Alitun, que se parecía tanto a mi madre Ninsun
que parecían hermanas, avanzó unos pasos y se quitó también sus ropas,
hasta quedar igualmente desnuda; y las otras doncellas empezaron a ponerle
a Alitum la capa carmesí de mi madre y los adornos de su tocado y sus
cubrepechos, y Las ropas más sencillas de Alitum a mi madre. Cuando
hubieron terminado, era difícil decir quién era Ninsun y quién Alitun, porque
el rostro de Alitun había sido untado con pintura verde como el de mi madre.

Entonces vi a uno de mis compañeros de: juegos, Enkihegal, el hijo del


jardinero Girnishag, que caminaba lentamente hacia mí entre dos sacerdotes.
Le llamé cuando se acercó. Pero no me respondió. Sus ojos eran vidriosos y
extraños. No pareció reconocerme, pese a que apenas ayer había hecho una
carrera con él, de un lado a otro del gran patio de Ninhursag, ocho veces sin
parar.

Entonces los sacerdotes empezaron a quitarme mi ropa de brocado y se la


pusieron a Enkihegall, y a mí me pusieron su ropa más basta. Me quitaron
también la banda dorada de mi cabeza, y se la pusieron en la suya. Yo era tan
alto como él, aunque él era tres años mayor, y mis hombros eran igual de
anchos que los suyos. Cuando hubimos cambiado nuestras ropas dejaron a
Enkihegal de pie a mi lado, del mismo modo que Alitum estaba de pie al lado
de mi madre.

Luego se acercó un carro trineo, tirado por dos asnos. Los lados de su
armazón estaban decorados con mosaico azul, rojo y blanco, y en sus paneles
laterales había cabezas doradas de leones con melenas de lapislázuli y
conchas; y en su interior había apilados grandes montones de tesoros.
Entonces el auriga Lu-dingirra, que había conducido muchas veces el carro de
guerra de mi padre, avanzó unos pasos. Dio un largo sorbo de una enorme
jarra de vino que: habían preparado los sacerdotes, y emitió un seco sonido y
agitó la cabeza como si el vino fuera amargo, y montó en el carro y lo condujo
lentamente rampa abajo hasta el profundo pozo. Dos caballerizos caminaron a
su lado para guiar y calmar a los asnos. Después le siguieron un segundo y un
tercer carro, y cada uno de los aurigas y cada uno de los caballerizos bebió
del vino. Al pozo fueron las vasijas de cobre y plata y obsidiana y alabastro y
mármol, los tableros de juegos y los vasos, cálices, un juego de cinceles y una
sierra hecha de oro, y muchas otras cosas, todas magníficas. Luego los
guerreros con sus armaduras descendieron al pozo; y luego algunos de los
sirvientes de palacio, los barberos y jardineros y algunas de las mejores
damas de compañía, con el pelo peinado en trenzas doradas, y con tocados de
cornalina y lapislázuli y conchas. Todos ellos bebieron del vino. Y todo en
silencio, excepto el rítmico batir del timbal-lilissu.

Después de eso, un cierto gran señor de la ciudad que había figurado entre
los que transportaron el catafalco de mi padre desde el templo se situó a su
lado. Tomó la cornuda corona que yacía a su lado, la alzó muy arriba y la
mostró a todos, resplandeciente al sol. Tengo prohibido escribir el nombre
por el que era conocido ese señor, porque más tarde se convirtió en rey de
Uruk, y uno no puede escribir o pronunciar el nombre de nacimiento de
alguien que se ha convertido en rey; pero el nombre de rey que tomó era
Dumu-zi. Y el que habría de convertirse en Dumuzi elevó la cornuda corona
hacia el sur y hacia el este y hacia el norte y hacia el oeste, y luego la colocó
en la cabeza de mi padre, y un gran grito brotó del pueblo de Uruk.

Sólo un dios lleva una corona cornuda. Me volví a Ur-kununna y dije:

— Mi padre, ¿es ahora un dios?

— Sí -dijo con voz baja el viejo arpista-. Lugalbanda se ha convertido en un


dios.

Entonces yo también soy un dios, pensé. Una vertiginosa sensación de


excitación extrema me invadió. O al menos -eso me dije- soy en parte dios.
Una parte de mí tiene que ser todavía mortal, supuse, puesto que he nacido
de carne mortal. Sin embargo, el hijo de un dios tiene que ser en cierto grado
un dios, ¿no es así? Era muy atrevido pensar aquello. Pero más tarde
confirmaría que ése era exactamente el caso, puesto que soy en parte un dios,
aunque no enteramente.

— Y si él es un dios, entonces, ¿regresará de la muerte como han hecho otros


dioses que murieron antes? -pregunté.
Ur-kununna sonrió y dijo:

— Esas cosas nunca son seguras, muchacho. Es un dios, pero creo que no
volverá. Ahora mira y dile adiós.

Vi tres robustos ayudas de cámara y tres aurigas alzar la losa de alabastro e


iniciar el descenso del pozo con ella. Antes de alzarla habían bebido un sorbo
del vino amargo. No volvieron a salir del pozo; nadie de los que había bajado
había vuelto a subir. Dije a Ur-kununna:

— ¿Qué es ese vino que beben todos?

— Proporciona un sueño pacífico -respondió.

— ¿Y todos están durmiendo ahí abajo en el suelo?

— En el suelo, sí. Al lado de tu padre.

— ¿Lo beberé yo también? ¿Y tú?

— Lo beberás, sí, pero no hasta dentro de muchos años, creo. Pero yo lo


beberé dentro de unos pocos momentos.

— ¿Así que dormirás en el suelo al lado de mi padre?

Asintió.

— ¿Hasta mañana por la mañana?

— Para siempre -dijo.

Pensé en todo aquello.

— Oh. Tiene que ser algo muy parecido a morir, entonces.

— Muy parecido a morir, muchacho.

— Y todos los demás que han bajado ahí al pozo, ¿van a morir también?

— Sí -dijo Ur-kununna.

Volví a pensar en todo aquello.

— ¡Pero morir es algo terrible! ¡Y beben el vino sin un murmullo, y bajan a la


oscuridad con paso firme!

— Es terrible ir a la Casa del Polvo y la Oscuridad -dijo Ur-kununna-, y vivir


deslizándose por las sombras y alimentándose de arcilla seca. Pero los que
vamos con tu padre iremos a la morada de los dioses, donde le serviremos
eternamente. -Y me contó el privilegio que significaba el morir en compañía
de un rey. Vi la blanca luz de la sabiduría brillar de nuevo en sus ojos, y una
expresión de sublime alegría. Pero entonces le pregunté si podía estar seguro
de que iba a ir a la morada de los dioses con Lugalbanda, y no a la Casa del
Polvo y la Oscuridad, y la luz de sus ojos se apagó, y sonrió tristemente y
respondió que nada es nunca seguro, y muy particularmente eso. Y acarició
mi mano, y se volvió, y tocó una pequeña melodía con su arpa, y avanzó y
bebió del vino y bajó al pozo, cantando mientras lo hacía.

Otros bajaron al pozo también, sesenta o setenta personas en total. Los dos
últimos fueron la mujer Alitum, llevando la capa y las joyas de mi madre, y el
muchacho Enkihegal, llevando las mías; y comprendí que ellos iban a morir en
nuestro lugar. Eso me llenó de miedo, pensar que, si las costumbres hubieran
sido un poco diferentes, yo podía haber tenido que beber el vino y bajar al
pozo. Pero el miedo fue sólo pequeño entonces, porque en aquella época aún
no comprendía por entero la muerte, sino que pensaba que no era más que
una especie de sueño.

Entonces callaron los tambores, y los obreros empezaron a lanzar paladas de


tierra rampa abajo, al pozo, donde fue recubriéndolo todo, los carros trineo y
los asnos y los tesoros y los ayudas de cámara y las damas de compañía y los
sirvientes de palacio y el cuerpo de mi padre, y el arpista Ur-kununna.
Después de eso, los artesanos se pusieron a trabajar sellando la rampa con
ladrillos de tierra sin cocer, de modo que al cabo de unas cuantas horas no se
distinguía el menor rastro de lo que yacía debajo.

Los que quedábamos de los que habíamos formado la procesión original


regresamos al templo de Inanna.

Ahora éramos un grupo mucho más pequeño: mi madre y yo y los grandes


señores de la ciudad y otra gente importante, pero ninguno de los sirvientes
de palacio ni los guerreros, porque todos ellos estaban en el pozo con mi
padre. Nos agrupamos delante del altar, y sentí de nuevo la presencia de la
diosa, muy cerca de mí, casi asfixiándome. Una confusión de complejidades
pugnaba por invadir mi espíritu. Nunca me había sentido tan solo, tan
perdido. El mundo sólo contenía misterios para mí. Tenía la impresión de
soñar despierto. Miré a mi alrededor, buscando a Ur-kununna. Pero por
supuesto no estaba allí, y las preguntas que pensaba hacerle no me serían
contestadas. Lo cual me proporcionó la primera comprensión del significado
de la muerte, que era que aquellos que están muertos se hallan más allá del
alcance de nuestras palabras, y no te responderán cuando te dirijas a ellos. Y
tuve la sensación como si me hubieran tendido un trozo de carne asada
ensartada en una brocheta, y me la hubieran quitado en el momento en que
iba a darle el primer mordisco, y me hubieran dejado sólo con un pedazo de
aire entre los dientes.

Hubo más retumbar de tambores y cantos, y pensé un millar de cosas


distintas acerca de la muerte. Pensé que mi padre se había ido para siempre;
pero eso no era realmente tan malo, puesto que se había convertido en un
dios y así me convertía a mí en parte en un dios, y de todos modos nunca
había tenido mucho tiempo para mí debido a sus ausencias en las guerras,
aunque había prometido enseñarme algún día las cosas propias de los
hombres. Claro que podía aprender esas cosas de alguna otra persona. Pero
Ur-kununna se había ido también. Nunca volvería a oír sus canciones. Y el
muchacho Enkihegal, mi compañero de juegos, y su padre Girnishag el
jardinero, y todos aquellos otros que habían formado parte de mi vida
cotidiana…, todos se habían ido, ido, ido. Dejándome sólo con un pedazo de
aire entre los dientes.

¿Y yo? ¿Iba a morir yo también?

No dejaré que me ocurra eso, me prometí. No a mí. Soy en parte un dios. Y


aunque los dioses mueren a veces, como Inanna murió una vez cuando bajó al
mundo inferior, no mueren para mucho tiempo. Yo tampoco lo haré. Juro que
nunca dejaré que la muerte me atrape. Porque hay muchas cosas en el mundo
que ver, me dije, y hay una multitud de grandes hazañas que hay que realizar.
Desafiaré a la muerte: eso decidí. Venceré a la muerte. No tengo más que
desprecio hacia la muerte, y no cederé ante ella. ¡Muerte, no eres digna de
mí! ¡Muerte, te conquistaré!

Y entonces pensé que si de alguna forma moría, bien, soy en parte un dios y
estoy destinado a ser rey, y a mi muerte seré trasladado arriba a los cielos
como Lugalbanda. No tendré que bajar a la horrible Casa del Polvo y la
Oscuridad como deben hacerlo los mortales ordinarios.

Y entonces pensé no, nada de eso es seguro. Incluso Inanna bajó a ese lugar,
aunque fue traída de vuelta de él; pero si yo bajo a él, ¿seré traído de vuelta?
Y sentí un gran temor. No importa quién seas, pensé, no importa cuántos
sirvientes y guerreros sean puestos a dormir en el pozo funeral para servirte
en la postvida, sigues pudiendo ser enviado a ese oscuro y horrible lugar. El
desdén hacia la muerte que había sentido un momento antes dio paso al
miedo, un miedo abrumador que barrió mi alma como el gran helor del
invierno. Una sensación extraña entró en mi mente, el tipo de sensación que
acude cuando uno duerme, y no supe si en aquel momento estaba soñando o
despierto. Había una presión en mi cabeza, parecía que quisiera estallar. Era
una sensación que nunca antes había experimentado, aunque iba a
experimentarla muchas veces más tarde, a lo largo de mi vida, y de una forma
mucho más intensa que aquel primer y ligero contacto. Un dios estaba
intentando entrar en mí. De eso estaba seguro, aunque no sabía de qué dios
se trataba.

Pero incluso entonces supe que era un dios y no un demonio, y que traía un
mensaje para mí, que era: Serás rey, y un gran rey, y luego morirás, y puede
que no consigas evitar ese destino, por mucho que lo intentes.

No acepté al dios y su mensaje. No había espacio en mi alma para admitir


todavía aquellas cosas. Sólo era un niño. En el caos de mi interior vi la figura
de la muerte ante mí, toda ella garras afiladas y alas que se agitaban sin
cesar, y grité desafiante: "¡Escaparé de ti!" Y por un instante sentí una gran
valentía, pero un instante después cedió su sitio al temor, y al temor, y al
temor. Ahora todos duermen en el pozo al lado de Lugalbanda, pensé.
¿Cuándo dormiré yo? ¿Y dónde?

El vértigo me dominó. El dios golpeaba a las puertas de mi mente, pidiendo


permiso para entrar. Pero yo no podía ni ceder ni resistirme, porque estaba
paralizado por el temor a la muerte, algo que nunca me había afligido antes.
Me tambaleé y tendí la mamo en busca del apoyo de Ur-kununna, pero él no
estaba allí, y caí al suelo del templo, y permanecí tendido allí no sé cuánto
tiempo.

Unas manos me alzaron. Unos brazos me rodearon.

— Lo ha abrumado el dolor -dijo alguien.

No, pensé. No siento dolor. El viaje de Lugalbanda es cosa de Lugalbanda. Es


mi propio viaje el que me preocupa, no el suyo, porque su problema es morir y
el mío es vivir. Así que no era el dolor lo que me había arrojado al suelo, sino
el dios, intentando entrar en mi alma mientras yo permanecía de pie allí
envuelto en el temor. Pero no les dije eso.
2

En el mes de kisilimu, cuando las fuertes lluvias del invierno barren como
guadañas la Tierra, los dioses otorgaron un nuevo rey a Uruk. Esto ocurrió en
la primera hora del mes, es decir, en el momento en que el nuevo creciente de
la luna apareció por primera vez. Se produjo el batir de tambores y el chillar
de trompetas, y nos dirigimos a la luz de las antorchas hasta el recinto de
Eanna, a la Plataforma Blanca, al templo edificado por mi abuelo Enmerkar.

— ¡Ha venido un rey! -gritaba la gente por las calles-. ¡Un rey! ¡Un rey!

Una ciudad no puede estar mucho tiempo sin un rey. Hay que servir a los
dioses, es decir, deben efectuarse las ofrendas adecuadas en los momentos
adecuados, porque nosotros somos sus criaturas y sus servidores: así que
tiene que haber grano, tiene que haber carne. De moda que tienen que
perforarse pozos y hay que dragar y ampliar los canales y los campos deben
mantenerse verdes en tiempos de sequía y los animales tienen que ser
engordados. Para conseguir todas estas cosas hay que mantener el orden, y
es sobre el rey sobre quien recae esa carga. Él es el pastor de la gente. Sin un
rey todas las cosas se desmoronan y se convierten en ruina, y las necesidades
de los dioses, para cubrir las cuales nos crearon, no son atendidas.

Habían sido erigidos tres tronos en la gran nave del templo. El de la izquierda
tenía el signo de Enlil, y el de la derecha el signo de An. Pero el trono del
centro estaba flanqueado a cada lado por el alto haz de cañas, dobladas en la
parte superior, que es el signo de la diosa; porque Inanna mantiene el poder
sobre Uruk.

Sobre el trono de Enlil descansaba el cetro de la ciudad, y sobre el trono de


An estaba la corona dorada que había llevado mi padre cuando era rey. Pero
en el torno del centro se sentaba la sacerdotisa Inanna, tan resplandeciente
que al mirarla me dolían los ojos.

Esa noche no llevaba ropa alguna. Pero distaba mucho de estar desnuda,
porque su cuerpo estaba cubierto completamente de adornos, cuentas de
lapislázuli cayendo en cascada sobre sus pechos, una placa triangular de oro
sobre sus ingles, una trenza dorada en su pelo, una cinta de oro en torno a
sus caderas, una joya en su ombligo, joyas en las caderas y en la nariz y en los
ojos, dos juegos de pendientes con la forma de la nueva luna, uno de oro y el
otro de bronce. Tras todo aquello su piel estaba profusamente untada de
aceite; resplandecía a la luz de las antorchas como si estuviera iluminada por
una luz interior.

Detrás y a los lados de los tronos permanecían de pie los oficiales de la corte
que no habían bajadlo al pozo con Lugalbanda: el alguacil, el mantenedor del
trono, el chambelán de la guerra y el chambelán del agua, el secretario de
estado, el supervisor de pesca, el recaudador de impuestos, el jefe de
mayordomos, el maestro de límites, y muchos más. Al único que no vi entre
ellos fue al gran señor que había colocado la corona cornuda de la divinidad
en la cabeza de mi padre muerto. Faltaba por una buena razón, porque él era
el hombre que había elegido Inanna para asumir el reinado a partir de aquel
día, y en aquellos tiempos al rey no se le permitía entrar en el templo de la
diosa hasta que ella le indicaba que lo hiciera. En tiempos posteriores hice
que esa costumbre fuera alterada. La llamada del nuevo rey al templo tardó
varias horas en producirse, o al menos eso creo recordar. Primero vinieron las
plegarias y las libaciones, la invocación de cada dios por turno, comenzando
con los menores, Igalimma que es el portero de los dioses y Dunshagana su
ayudante, y Enlulim el divino cabrero y Ensignum el dios de los aurigas, y así
tantos otros que apenas puedo recordarlos a todos, hasta que llegamos
finalmente a Enki y Enlil y An. Ya era tarde y notaba pesados mis párpados, y
me costaba mantenerme despierto.

Y cada vez me sentía más terriblemente inquieto. Nadie parecía recordar que
yo estaba allí, o a nadie parecía importarle. Los cantos resonaban y
resonaban, y en un momento determinado me escabullí en la oscuridad más
allá de la luz de las antorchas y encontré una entrada a un pasadizo que
conducía a un laberinto de capillas menores. Creí oír allí el agitar de
invisibles alas, y raspantes risas muy lejanas. Me invadió el temor y deseé
estar de regreso en la gran estancia. Pero fui incapaz de hallar el camino de
vuelta. Llamé desesperado a Lugalbanda para que me guiara.

Pero en vez de Lugalbanda fue una de las doncellas de Inanna la que acudió a
buscarme, una muchachita alta de resplandecientes ojos de diez u once años.
Todo lo que llevaba encima era siete tiras de cuentas azules en torno a su
cintura y cinco amuletos de concha rosa en las puntas de su pelo, y su cuerpo
estaba pintado por delante y por los lados con motivos de serpientes que
bajaban hacia sus pies. Se echó a reír y dijo:

— ¿Adonde vas, hijo de Lugalbanda? ¿Estás buscando la puerta del mundo


inferior?

Desdeñé la burla en su voz. Me erguí en toda mi estatura, aunque ella siguió


siendo más alta que yo, y dije:

— Déjame en paz, niña. Soy un hombre.

— ¡Ah, un hombre! ¡Eres un hombre! ¡Sí, lo eres, hijo de Lugalbanda! ¡Eres


realmente un gran hombre!

No pude decir si se estaba burlando de mí o no. Empecé a estremecerme de


rabia hacia ella, y de rabia interior hacia mí mismo, porque no comprendía a
qué estaba jugando conmigo. Entonces yo era demasiado joven. Me tomó por
la mano, tiró de mí hacia ella, como si yo fuera una muñeca, y apoyó mi
mejilla contra los brotes de sus nacientes pechos. Olí su intenso perfume.

— Pequeño diosecillo -murmuró, y su tono rozó de nuevo los límites entre la


ironía y la deferencia. Me acarició y me llamó por mi nombre, muy
familiarmente, y me dijo el suyo. Cuando yo me debatí e intenté liberarme,
ella cogió mis manos entre las suyas y tiró de nuevo de mí de modo que mis
ojos miraran directamente a los suyos. Me sujetó firmemente y susurró
ansiosamente-: ¡Cuando seas rey, yaceré en tus brazos!

En aquel momento su tono no tenía el menor asomo de burla.

La miré desconcertado. De nuevo sentí aquella extraña presión en mi frente


que era el dios intentando abrirse camino al borde de mi alma, pero sólo fue
un momento.'Mis labios temblaron, y creí que iba a echarme a llorar, pero no
me lo permití.

— Ven -dijo-. No debes perderte la ceremonia de la coronación, pequeño


diosecillo. Un día necesitarás saber cómo se hacen estas cosas.

Me llevó de vuelta a la gran nave en el momento en que se iniciaba el gran


estallido de la música, las flautas y las flautas dobles, las largas trompetas, los
címbalos y las panderetas. El nuevo rey había hecho finalmente su entrada.
Iba desnudo hasta la cintura, con sólo una falda de volantes. Encendió una
bola de incienso y depositó ofrendas delante de cada uno de los tronos, un
cuenco de oro lleno de oloroso aceite perfumado, y una jarra de plata, y una
túnica ricamente bordada. Luego tocó el suelo con su frente delante de
Inanna, y lo besó, y le entregó un cesto de paja trenzada lleno a rebosar con
cereales y frutos secos. Entonces la diosa se alzó del trono y se irguió
resplandeciendo como un faro a la luz de las antorchas.

— Soy Ninpa, la Dama del Cetro -dijo con una voz tan profunda que no pude
creer que fuera la de una mujer; y tomó el cetro real del trono de Enlil y se lo
tendió al rey-. Soy Ninmenna la Dama de la Corona -dijo, y tomó la corona de
oro del trono de An y la colocó sobre la cabeza del rey. Luego lo llamó por su
nombre de nacimiento, que a partir de aquel momento no volvería a ser
pronunciado nunca; y luego lo llamó con su nombre de rey, diciendo-: Tú eres
Dumuzi, el gran hombre de Uruk. Eso decretan los dioses.

Los sonidos de sorpresa en la gran nave fueron inconfundibles: jadeos,


murmullos, toses. Lo que no comprendí hasta mucho después fue la razón de
esa sorpresa, que era que el nuevo rey había elegido denominarse con el
nombre de un dios, y no precisamente un dios menor. Nadie que recuerde
había hecho eso antes.

Conocía a Dumuzi el dios, por supuesto. Cualquier niño sabe su historia: el


divino pastor que cortejó a la diosa Inanna y la ganó como esposa, y reinó
como dios en Uruk durante treinta y seis mil años, hasta que Inanna, para
poder conseguir su rescate de los demonios del mundo inferior que la
retenían cautiva, lo vendió a ellos para que ocupara su lugar bajo tierra.
Elegir ese nombre para reinar era realmente extraño. Porque la historia de
Dumuzi es la historia de la derrota del rey por la diosa. ¿Era ése el destino
que el nuevo rey de Uruk deseaba para sí? Quizá sólo había tomado en
consideración la grandeza del primer Dumuzi, y no su traición y su caída a
manos de Inanna; o quizá no había tenido en cuenta nada. Era Dumuzi, y era
el rey.

Una vez terminado el rito el nuevo rey encabezó la procesión tradicional hasta
palacio para la fase final de su ceremonia de investidura, seguido por todos
los altos dignatarios de la ciudad. Yo también regresé a palacio, pero sólo
para ir a mi dormitorio. Mientras dormía, los señores del reino presentaron
sus regalos a Dumuzi y depositaron sus distintivos y otras insignias de su
oficio ante él para que tuviera el derecho de elegir a sus propios funcionarios.
Pero desde siempre la costumbre había sido que tales cambios no se
producían nunca el día de la coronación, y así Dumuzi declaró, como habían
declarado todos los reyes antes que él:

— Que todo el mundo siga ocupando su puesto.

De todos modos, los cambios no tardarían en producirse. El más importante


para mí fue que mi madre y yo abandonamos el palacio real que había sido mi
hogar durante toda mi vida, y nos instalamos en una espléndida pero mucho
menos imponente morada en el distrito de Kullab, al oeste del templo de An.
Fue al servicio de An al que mi madre dedicó el resto de su vida, como su
suma sacerdotisa. Ahora es una diosa por derecho propio, así lo decreté, para
que pudiera reunirse con Lugalbanda. Porque si él está en los cielos, es de
justicia que ella esté a su lado. Y aunque he dicho que no creo que él esté en
los cielos, puede: que sí esté, y en ese caso sería muy poco delicado por mi
parte el no enviar a Ninsun para que se reunieran con él allí.

En aquellos tiempos me resultó difícil comprender por qué me veía obligado a


abandonar el palacio.

— Dumuzi es ahora el rey -me explicó mi madre-. La asamblea lo ha elegido,


la diosa lo ha reconocido. El palacio le pertenece. -Pero sus palabras eran
como el soplo del seco viento sobre la llanura. Dumuzi podía ser rey, no me
importaba; pero el palacio era mi hogar.

— ¿Volveremos a él después de que Inanna mande a Dumuzi al mundo


inferior? -pregunté, y ella pareció preocupada y me dijo que nunca volviera a
decir aquellas palabras. Pero luego, con voz más suave, añadió:

— Sí, creo que volverás a vivir en el palacio algún día.

Aquel Dumuzi era joven y fuerte y vigoroso, y procedía de una de las más
grandes familias de Uruk, un clan que durante mucho tiempo se había
ocupado del sacerdocio del templo de Inanna y la supervisión de la pesca, y
muchas otras altas funciones. Era apuesto y de prestancia regia, con un pelo
denso y una recia barba ensortijada.

Sin embargo, parecía haber en él algo blando y desagradable, y no


comprendía por qué había sido elegido rey. Sus ojos eran pequeños y carentes
de brillo, y sus labios carnosos, y su piel era como la de una mujer. Imaginaba
que se la hacía frotar con aceites cada mañana. Lo desprecié desde el primer
momento de su reinado. Quizá lo odiaba simplemente porque había sido
elegido rey en el lugar que había ocupado mi padre; pero creo que no sólo era
por eso. En cualquier caso, ahora no siento el menor odio por él. Sólo piedad:
porque, más aún que el resto de nosotros, el estúpido Dumuzi fue sólo un
juguete de los dioses.
3

Entonces mi vida se hizo muy distinta. Mis días de juegos habían terminado,
mis días de aprendizaje empezaron.

Puesto que era un príncipe de la estirpe de Enmerkar y Lugalbanda, no tenía


que asistir a la casa pública de las tablillas, donde se enseñaba a los hijos de
los mercaderes y capataces y administradores de los templos a ser escribas.
En vez de ello, iba cada día a una pequeña habitación de techo bajo en un
pequeño y antiguo templo en la parte este de la Plataforma Blanca, donde un
sacerdote de cráneo y rostro afeitados daba clase particular a ocho o nueve
muchachos de alta cuna. Mis compañeros de clase eran los hijos de los
gobernadores, embajadores, generales y sumos sacerdotes, y se sentían muy
orgullosos de sí mismos. Pero yo era el hijo de un rey.

Eso me creó dificultades. Yo estaba acostumbrado a los privilegios y a las


prioridades, y exigía mis derechos habituales. Pero en la clase yo no tenía
derechos. Era grande y fuerte, pero no era ni el más grande ni el más fuerte,
porque algunos de los otros muchachos eran cuatro o cinco años mayores que
yo. Las primeras lecciones que aprendí fueron dolorosas.

Mis principales torturadores eran dos. Uno era Bir-hurturre, el hijo de


Ludingirra, que había sido maestro de los aurigas de mi padre y que había
bajado al pozo de la muerte a dormir con él. El otro era Zabardi-bunugga, el
hijo de Gungunum, el sumo sacerdote de An. Creo que Bir-hurturre me odiaba
porque su padre había tenido que morir cuando había muerto el mío. Nunca
llegué a comprender por entero el motivo de la inquina de Zabardi-bunugga
hacia mí, aunque posiblemente creció sobre la base de algunos antiguos celos
que había sentido su padre hacia Lugalbanda. Pero los dos se mostraron
decididos, fueran cuales fuesen sus razones, a hacerme ver claramente que
mi alto rango y mis privilegios habían terminado cuando la corona pasó al rey
Dumuzi.

En la clase ocupé la primera fila. Era mi derecho estar delante de los otros.
Birhurturre dijo:

— Esa silla es mía, hijo de Lugalbanda.

Por la forma en que dijo hijo de Lugalbanda , sonó como si dijera hijo de
Apaleador de estiércol o hijo de Recogedor de basura .

— La silla es mía -le dije calmadamente. Me parecía que era algo evidente por
sí mismo, que no necesitaba ni defensa ni explicación.

— Ah. Entonces la silla tiene que ser tuya, hijo de Lugalbanda -respondió, y
sonrió.
Cuando regresé tras la pausa del mediodía descubrí que alguien había bajado
al río y capturado un sapo amarillo, y lo había ensartado en medio de mi
asiento. Todavía no estaba muerto. A uno de sus lados alguien había dibujado
el rostro del espíritu maligno Rabisu, el que se agazapa junto a las puertas, y
al otro lado estaba dibujado el pájaro de las tormentas Imdugud, sacando la
lengua.

Liberé el sapo y me volví a Bir-hurturre con él.

— Al parecer has olvidado tu comida en mi silla -dije-. Toma. Eres tú quien


tiene que comérsela, no yo.

Lo sujeté por el pelo y acerqué el sapo a su boca.

Bir-hurturre tenía diez años. Aunque no era más alto que yo, tenía unos
hombros muy anchos y era extremadamente fuerte. Me sujetó por la muñeca,
tiró de mi mano hasta que me obligó a soltar su pelo, y la hizo bajar hasta mi
costado. Nadie me había hecho nunca antes algo parecido. Sentí que la rabia
brotaba en mi interior como un torrente en invierno descendiendo hacia la
llanura.

— ¿No quiere compartir su asiento con su hermano? -preguntó Zabardi-


bunugga, que nos miraba divertido.

Me liberé de la presa de Bir-hurturre y lancé el sapo contra el rostro de


Zabardi-bunugga.

— ¿Mi hermano? -exclamé-. ¡El tuyo! ¡Tu hermano gemelo! -Efectivamente,


Zabardi-bunugga era sorprendentemente feo, con una nariz chata que parecía
un botón y un recio y estropajoso pelo que crecía a ralos mechones en su
cabeza.

Los dos se lanzaron a la vez contra mí. Me sujetaron con los brazos a la
espalda y se burlaron y me abofetearon. Nunca había sido tratado tan
afrentosamente en palacio, ni siquiera en los juegos más violentos: nadie se
había atrevido a ello.

— ¡No me toquéis! -grité-. ¡Cobardes! ¡(Cerdos! ¿No sabéis quién soy?

— Eres Bugal-lugal, hijo de Lugal-bugal -dijo Bir-hurturre, y ambos se rieron


como si hubieran dicho algo sumamente ingenioso.

— ¡Un día seré rey!

— ¡Bugal-lugal! ¡Lugal-bugal!

— ¡Os haré pedazos! ¡Y echaré los trozos al río para que se los coman los
peces!

— ¡Lugal-bugal-lugal! ¡Bugal-lugal-lugal!
Creí que el alma iba a estallar en mi pecho. Por un momento no pude ni
respirar, ni ver, ni pensar. Me tensé, me debatí, di un puntapié, y oí un
gruñido, y otro puntapié, y esta vez oí un gemido. Uno de ellos me soltó y me
liberé del otro, y salí corriendo de la clase, no por miedo de ellos sino por
miedo de que matara a alguno de los dos mientras me dominaba la locura. El
maestro y su ayudante regresaban en aquel momento de comer. En la
ceguera de mi furia corrí directamente hacia ellos, y me sujetaron y me
retuvieron hasta que me hube calmado. Señalé hacia la clase, donde Bir-
hurturre y Zabardi-bunugga me miraban y hacían muecas y me sacaban la
lengua, y pedí que fueran ejecutados de inmediato. Pero el maestro se limitó a
responder que yo había abandonado mi puesto sin permiso, le había hablado a
él sin permiso; y me llevó al esclavo encargado de aquellos menesteres para
que me diera unos varazos por mi indisciplina. Aquella no fue la última vez
que esos dos me atormentaron, y ocasionalmente se les unieron algunos de
los otros, los más grandes al menos. Descubrí que no podía hacer nada contra
aquella persecución. El maestro y su ayudante se ponían siempre de su lado, y
me dijeron que debía contener mi lengua, que debía dominar mi
temperamento. De modo que escribí los nombres de mis enemigos, tanto mis
compañeros de escuela como mis tutores, a fin de hacerlos desollar vivos
cuando fuera rey. Pero cuando llegué a comprender las cosas un poco mejor,
algún tiempo después, destruí aquellas listas.

Escribir y leer fueron las primeras cosas que aprendí. Es importante para un
príncipe comprender esas cosas. ¡Imaginad confiarlo todo a la honestidad del
escriba y de los ministros de uno cuando los mensajes van y vienen en el
campo de batalla, o cuando se mantiene correspondencia con el rey de otro
país! Si un gobernante no puede leer, puede engañársele de cualquier forma,
y un hombre puede ser traicionado y arrojado en manos de sus enemigos.

Me gustaría poder afirmar con sinceridad que mi razón para dedicarme a esas
artes era tan astuta y previsora como eso. Pero la verdad es que ninguna de
esas nociones principescas había entrado en mi mente. Lo que me atraía de la
escritura era la idea que tenía de que se trataba de algo mágico. Ser capaz de
elaborar algún tipo de magia, ésa o cualquier otra, era algo tremendamente
atractivo. Parecía milagroso que las palabras pudieran ser capturadas como
halcones en vuelo, y aprisionadas en una tablilla de arcilla roja, y liberadas de
nuevo por alguien que conociera el arte necesario para ello. Al principio ni
siquiera creía que fuese posible algo así.

— Inventas las palabras a medida que finges leerlas -le dije al maestro-.
Pretendes que tienen significado, ¡pero simplemente te las inventas!

Tendió fríamente la tablilla a su ayudante, que leyó en ella todo lo que había
dicho el maestro, palabra a palabra. Luego llamó a uno de los chicos mayores
de otra clase, e hizo lo mismo; y luego fui azotado en los nudillos por dudar.
Ya no dudé más. Esa gente -simples mortales, ni siquiera dioses- tenían
alguna forma de hacer que las palabras brotaran de la arcilla y vivieran. Así
que presté mucha atención mientras el ayudante del maestro me mostraba
cómo preparar las blandas tablillas de arcilla, cómo hacer un estilo con una
caña afilando en cuña una de sus puntas, cómo hacer las marcas que son la
escritura apretando el estilo contra la tablilla. Y me esforcé en comprender
las marcas.

Comprenderlas resultó enormemente difícil al principio. Las marcas eran


como las huellas que deja una gallina en la arena. Aprendí a descubrir en
ellas las diferencias que les daban su significado. Algunas de las marcas
representaban sonidos, na y ba y ma y cosas así, y algunas otras significaban
ideas, como dios o rey o arado , y algunas mostraban cómo había de
interpretarse una palabra en relación con las otras palabras que la rodeaban.
Finalmente capté la esencia de aquella magia maravillosa. Descubrí que podía
hacer casi sin esfuerzo que las marcas conservaran su significado a mis ojos,
de modo que luego pudiera mirar la tablilla y leer de ella una lista de cosas:
"oro, plata, bronce, cobre", o "Nippur, Eridu, Kish, Uruk", o "flecha, jabalina,
lanza, espada". Por supuesto, nunca podría leer como lee un escriba,
recorriendo rápidamente las columnas de una tablilla y extrayendo toda su
riqueza de significados y matices: esa es tarea de la devoción de toda una
vida, y yo tenía otras tareas. Pero aprendí bien mis signos escritos, y los
conozco bien, y jamás podré ser engañado por algún subordinado traidor que
intente hacerme creer otra cosa.

Aprendimos también sobre los dioses, y la forma en que fue hecho el mundo, y
el descubrimiento de la Tierra. El maestro nos dijo cómo los cielos y la tierra
habían surgido del mar, y el cielo había sido puesto entre ellos, y habían sido
modelados la luna y el sol y los planetas. Habló del brillante y resplandeciente
Padre Cielo An, que decreta lo que debe hacerse, y de Ninhursag la gran
madre, y de Enlil el señor de las tormentas, y del sabio Enki y el radiante sol
Utu, la fuente de la justicia, y la fría y plateada Nanna, la que gobierna la
noche; y por supuesto habló mucho de Inanna la dueña de Uruk. Pero cuando
habló de cómo había sido creada la humanidad me entristeció y me irritó: no
porque fuéramos creados para ser los siervos de los dioses, lo cual dudo, sino
porque la obra fuera realizada de una forma tan cruel y torpe.

¡Porque mirad, mirad cómo fue hecho el trabajo, y cómo sufrimos a causa de
la estupidez de nuestros creadores!

Hubo un tiempo en que los dioses vivían como mortales en el planeta,


cultivando el suelo y cuidando sus rebaños. Pero puesto que eran dioses no se
dignaban trabajar en sus tareas, y así el grano se marchitó y el ganado murió,
y los dioses empezaron a sentir hambre. A raíz de lo cual la madre mar
Nammu acudió a su hijo Enki, que moraba ociosamente en la feliz región de
Dilmun, donde el león no mata y el lobo no ataca a la oveja, y le contó la
tristeza y los apuros de sus compañeros dioses.

— Levántate de tu jergón -le dijo- y utiliza tu sabiduría para crear servidores


que realicen nuestras tareas y cuiden de nuestras necesidades.

— Oh madre mía -respondió Enki-, puede hacerse. -Le dijo que penetrara en el
abismo y recogiera un puñado de arcilla de las profundidades del mar;
[Link] Enki y su esposa la madre tierra Ninhursag y las ocho diosas del
nacimiento tomaron la arcilla y la modelaron, y crearon el cuerpo y los
miembros del primer ser mortal, y dijeron:

— Nuestros servidores tendrán este aspecto.


Enki y Ninhursag, desbordantes de alegría ante lo que habían conseguido,
dieron una gran fiesta para todos los demás dioses, y les mostraron la forma
en que la creación de la humanidad iba a hacer más placentera sus vidas.

— Ved -les dijo Enki-, cada uno de vosotros tendrá su propiedad en la tierra, y
esos seres realizarán vuestro trabajo y proveerán a vuestras necesidades.
Esos serán los siervos que trabajen, y sobre ellos colocaremos
administradores y alguaciles e inspectores y comisionados, y por encima de
ellos reyes y reinas, que vivirán en palacios como hacemos nosotros, con
despenseros y chambelanes y cocheros y damas de compañía. Y todas esas
criaturas trabajarán día y noche por y para nosotros. -Los dioses aplaudieron,
y bebieron muchas jarras de vino y de cerveza, y todos se emborracharon
gloriosamente.

En su embriaguez, Enki y Ninhursag siguieron haciendo seres de la arcilla.


Hicieron uno que no tenía órganos ni masculinos ni femeninos, y dijeron que
sería un eunuco para guardar el harén real; y rieron mucho con ello. Y luego
hicieron seres con esta y esa otra enfermedad, del cuerpo o del espíritu, y
también los dejaron sueltos por el mundo. Y finalmente hicieron uno cuyo
nombre era "Nací Hace Mucho Tiempo", cuyos ojos eran apagados y cuyas
manos temblaban, y que no podía ni sentarse, ni estar de pie, ni doblar las
rodillas. De esta forma llegó la vejez al mundo, y la enfermedad y la locura y
todo lo demás que es maligno…, como la ebria broma del dios Enki y Ha diosa
madre su esposa, la diosa Ninhursag. Cuando la madre de Enki, la madre mar
Nammu, vio lo que éste había hecho, lo exilió, en su furia, al profundo abismo,
donde mora hoy. Pero el daño estaba hecho; los dioses borrachos habían
hecho su broma; y nosotros sufrimos a causa de ella, y siempre sufriremos.
No puedo irritarme con ellos por habernos hecho sus siervos y sus criaturas,
pero, ¿por qué nos hicieron tan imperfectos?

Le hice al maestro esta pregunta, y me hizo azotar los nudillos por haber
preguntado.

Aprendí otras cosas que me confundieron y asustaron. Aprendí las historias y


leyendas de los dioses, las mismas que el arpista Ur-kununna había cantado
en el patio de palacio. Pero de algún modo, cuando las historias brotaban de
los labios de aquel dulce y gentil viejo creaban una cálida luz de placer en mi
alma, mientras que cuando las oí con la seca y precisa voz del maestro, con su
rostro eternamente fruncido, parecieron transformarse en cosas oscuras e
inquietantes. Ur-kununna había hecho que los dioses parecieran alegres y
benévolos y sabios; pero en las palabras del maestro los dioses parecían
estúpidos, despiadados y crueles. Y sin embargo eran los mismos dioses; y sin
embargo eran las mismas historias; y sin embargo también eran las mismas
palabras. ¿Qué había cambiado? Ur-kununna había cantado a los dioses
amando y festejando y trayendo la vida. El maestro nos ofrecía unos dioses
inseguros y pendencieros que arrojaron la oscuridad sobre el mundo sin
advertencia ni piedad. Ur-kununna vivía en la alegría, y caminó a su muerte
sin quejarse, sabiendo que era amado por los dioses. El maestro me enseñó
que los mortales deben vivir sus vidas en un temor interminable, porque los
dioses no son compasivos. Y sin embargo son los mismos dioses: el sabio Enki,
el noble Enlil, la hermosa Inanna. Pero el sabio Enki había creado la vejez
para nosotros, y las debilidades de la carne. El noble Enlil, en su insaciable
lujuria, había violado a la joven diosa Ninlil, pese a sus gritos de dolor, y había
engendrado en ella la luna. La hermosa Inanna, para librarse del mundo
inferior, había vendido a su esposo Dumuzi a los demonios. Los dioses, pues,
no son mejores que nosotros: igual de mezquinos, igual de egoístas, igual de
negligentes. ¿Cómo no había visto todas estas cosas, cuando escuchaba al
arpista Ur-kununna? ¿Era tan sólo porque yo era demasiado joven para
comprender? ¿O era que al calor de sus canciones los hechos de los divinos
adquirían un aspecto distinto?

El mundo que el maestro me reveló era un mundo triste y azaroso. Y sólo


había una escapatoria de ese mundo, a una postvida que era aún más dura y
aterradora. ¿Qué esperanza había, pues? ¿Qué esperanza para cualquiera de
nosotros, ya fuera rey o mendigo? Eso era lo que los dioses habían hecho por
nosotros; y los propios dioses eran igual de vulnerables y estaban igual de
asustados: ahí tenemos a Inanna, desnudándose en su descenso al infierno, de
pie, desnuda ante la reina del mundo inferior. ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! No
hay esperanza, pensé, ni aquí ni en ningún otro lugar después.

Duros pensamientos para un muchacho tan joven, incluso un muchacho que


es hijo de un rey, y que es dos partes dios y una parte mortal. Me sentía lleno
de desesperación. Un día salí, solo, al lado de la ciudad que da al río, y miré
por encima de la muralla, y vi los cadáveres flotando en el agua, los cuerpos
de aquellos que no podían costearse un entierro. Y pensé: todo es lo mismo,
mendigo o rey, rey o mendigo, y no hay significado en ninguna parte.
¡Lúgubres pensamientos! Pero al cabo de un tiempo los arrojé fuera de mi
mente. Era joven. No podía pasarme toda la vida obsesionándome con tales
cosas.

Más tarde vi la verdad dentro de la verdad: que aunque los dioses son tan
despiadados y tan caprichosos como nosotros, también se produce el caso de
que nosotros podemos hacernos tan elevados como los dioses. Pero aún me
faltaba mucho tiempo para aprender esa lección.
4

Debido a que hay en mí sangre divina, crecí rápidamente a un tamaño y una


fuerza extraordinarios. A los nueve años era más grande que cualquiera de los
muchachos de la escuela del pequeño templo, y ya no tenía problemas con los
compañeros como Bir-hurturre u Zabardi-bunugga. De hecho, me
consideraban como su líder, y jugaban a los juegos que yo decía, y me cedían
el primer asiento en todo. La única diferencia entre nosotros era que ellos
tenían pelo en sus cuerpos y en sus mejillas, y yo no.

Fui a un sabio en el distrito de Kullab y le compré, por noventa se de plata y


media sila de buen vino, una poción hecha de polvo de raíces de enebro, jugo
de casia, antimonio, lodo y algunas otras cosas, que se suponía aceleraba el
surgir de la virilidad. Froté la poción bajo mis brazos y en mis ingles, y
quemaba como un millar de demonios. Pero pronto empezó a brotar el pelo en
mi cuerpo, tan recio como el de cualquier guerrero.

Dumuzi emprendió una serie de campañas militares contra Aratta, contra la


ciudad de Kish, y contra las tribus salvajes Martu del desierto. Yo era
demasiado joven para tomar parte en esas guerras. Pero ya me estaba
entrenando todos los días en el manejo de la jabalina, la espada, la maza y el
hacha. Debido a mi estatura, los otros muchachos temían enfrentarse a mí en
los entrenamientos, y tenía que practicar can los guerreros jóvenes. Un día,
mientras luchaba con el hacha con un guerrero llamado Abbasagga, hendí su
escudo por la mitad con un sólo golpe, y dejó caer su arma y abandonó
corriendo el campo. Tras lo cual me resultó difícil hallar oponentes, incluso
entre los hombres. Durante un tiempo practiqué a solas y estudié el arte del
arco y de la flecha, aunque ésa es un arma usada solamente por los
cazadores, no por los guerreros. El primer arco que hicieron para mí era
demasiado débil, y lo partí mientras intentaba tensarlo; Luego compré un
costoso arco de distintas maderas hábilmente laminadas juntas, cedro y
morera y abeto y sauce, que servía mejor a mis propósitos. Aún lo conservo.

Otra cosa que aprendí fue el arte de la edificación. Estudié la mezcla de


masillas y morteros a base de betunes y otros tipos de breas, la fabricación de
ladrillos, el enlucido y pintado de paredes, y muchas otras cosas humildes, y a
pleno calor del día trabajé, sudando, entre los artesanos, profundizando en
mis habilidades. Una de las razones de que hiciera esto es muestra costumbre
de educar a los príncipes en tales cosas, de modo que puedan jugar el papel
que les corresponde en la construcción y dedicatoria de nuevos edificios y
murallas. Sé que en otros lugares los príncipes y los reyes no hacen más que
cabalgar y cazar y divertirse con mujeres, pero aquí las cosas no son así. Por
encima y más allá del asunto de las responsabilidades; que esperaba tener
que asumir algún día, sin embargo, encontraba divertido dominar esas
habilidades. Fabricar ladrillos y colocarlos en hileras para que formaran un
muro me proporcionaba un poderoso sentimiento de realización, tan fuerte
como cualquier otro que me proporcionaran empresas más heroicas: en
algunos sentidos incluso más fuerte. Y había también algo voluptuoso en
fabricar adobes, mezclar la arcilla y la paja, apretar la húmeda masa en el
molde, retirar el exceso con el borde de la mano.

Por supuesto, hay otras y más claras fuentes de placer, y otras sensaciones
más inmediatamente voluptuosas. También empecé muy pronto mi educación
en esas materias.

Mi primera maestra fue una pequeña cabrera estrábica a la que encontré en


la Calle del Escorpión un día de finales de invierno. Yo tendría diez u once
años y ella, supongo, debía ser un poco mayor que eso, puesto que tenía
pechos y pelos abajo. Me pidió que le diera la trencilla de oro que llevaba
enrollada en mi pelo y yo le dije:

— ¿Y tú qué me darás por ella?

Y ella se echó a reír y dijo

— Ven conmigo.

En un oscuro sótano, sobre un montón de vieja paja húmeda, pagó el precio


de la trencilla, aunque lo que hicimos fue más forcejear que copular. Ni
siquiera estoy seguro de que la penetrara realmente aquel día, tan novicio era
en aquellos asuntos. Pero nos encontramos de nuevo otras dos o tres veces, y
sé que lo que hicimos en esas otras ocasiones fue lo que realmente había que
hacer. Nunca le pregunté su nombre ni le dije el mío. Olía a leche de cabra y
a orina de cabra, y su rostro era áspero y su oscura piel toda manchada, y se
agitaba y escurría en mis brazos como una resbaladiza criatura del río. Pero
cuando la abrazaba me parecía tan hermosa como Inanna, y el placer que me
dio me golpeó tan fuerte como el relámpago de Enlil. Así fui iniciado en el
gran misterio, un poco antes de lo que se supone deben ocurrir estas cosas, y
de una forma altamente irregular.

Hubo muchas otras después de esta. La ciudad estaba llena de muchachitas


de rostro manchado dispuestas a irse por una hora con un joven y fornido
príncipe, y supongo que debí probar la mitad de ellas. Luego descubrí que los
mismos deleites, menos los crudos olores y las otras pequeñas
inconveniencias, podía obtenerlos también de las muchachas de clase
superior. Pocas me rechazaron, y supongo que aquellas que lo hicieron fue
solamente por temor a ser descubiertas y castigadas. Por mi parte, nunca
tenía bastante: sentía que cuando mi cuerpo se estremecía con ese éxtasis
entraba en comunión directa con los dioses. Era como ser lanzado en línea
recta al sagrado dominio. ¿Y no es ésa la verdad? El acto de engendrar es la
forma de entrar en todo lo que es sagrado. Hasta que lo has hecho, moras
fuera de los límites de la civilización; eres poco más que una bestia. El unir de
carne y espíritu en ese acto es lo que más nos acerca a los dioses. Me
descubrí pensando cada vez, en ese loco momento inmediatamente anterior al
derramamiento de mi semilla, que la que tenía debajo no era una vulgar
muchacha de Uruk, sino la orgullosa Inanna en persona…, la diosa, no la
sacerdotisa. Es un asunto sagrado.

Aparte esas altas consideraciones, debo añadir que muy pronto observé que
el copular era una forma maravillosa de calmar mi espíritu. Porque por aquel
entonces, y hasta muchos años después, herví a con turbulentos frenesíes
interiores que apenas compren-día y contra los que no tenía defensa. Creo
que mi ardiente lascivia brotaba no sólo de las pasiones normales de la carne
sino de algo mucho más profundo y oscuro, que era la dolorosa soledad que
me asaltaba como un lobo en la oscuridad. A menudo me creía el único ser
vivo en un mundo de estremecedores fantasmas. Sin padre, sin hermanos, sin
ningún auténtico amigo -separado de todos los demás por mi propia y extraña
cualidad de semidiós que cualquier simple podía ver que me envolvía-, me
hallaba hundido en una abrumadora vacuidad del alma. Me ardía y me helaba
a la vez como una montaña de hielo contra mi piel. Así que buscaba en las
mujeres y en las muchachas el único consuelo que podía encontrar. La
satisfacción de mi pasión le daba al menos unas horas de respiro a mi agitado
espíritu. Cuando me faltaba un mes para cumplir los doce años, uno de mis
tíos, tras observar en los baños que mi cuerpo se había convertido en el de un
hombre, me dijo:

— Esta tarde iremos al claustro del templo. Creo que ya ha llegado la hora
para ti.

Sabía lo que quería decir. Y no tuve el valor de decirle que no había


aguardado a la iniciación adecuada.

De modo que cuando el calor del mediodía hubo amainado un poco, nos
pusimos nuestros faldellines de fino lino blanco, y él dibujó una estrecha
franja roja cruzando mis hombros y cortó un mechón de mi pelo, y juntos
fuimos al templo de Inanna. Cruzamos el patio de atrás y atravesamos un
laberinto de habitaciones secundarias -talleres y almacenes para las
herramientas y la biblioteca donde se apilaban las tablillas sagradas- y
finalmente llegamos al claustro, donde las sacerdotisas del templo
aguardaban para servir a los adoradores.

— Ahora te entregarás a la diosa -me dijo mi tío. Por un horrorizado momento


me pregunté si habría arreglado las cosas para que entregara mi supuesta
virginidad a la propia Inanna. Quizá, de hecho, el hijo de un rey mereciera tan
encumbrada iniciadora. Por entonces me había vuelto un tanto fanfarrón, al
menos en mis pensamientos internos, e imagino que hubiera podido hallar el
valor necesario para copular con una diosa: pero abrazar a la suma
sacerdotisa era algo completamente distinto. Aquel rostro de rasgos de
halcón me intimidaba; eso y el pensamiento de su endurecida piel. Después
de todo, era mayor que mi madre. Sin duda había sido la más soberbia de las
mujeres en su época, pero ahora estaba envejeciendo y se decía que había
dejado de menstruar, y yo mismo había visto, cuando apareció en el último
festival de la cosecha, aceitada y enjoyada y prácticamente desnuda, que su
antigua magnificencia había huido de ella. Pero mis temores eran absurdos.
Inanna, fuera joven o vieja, se reservaba únicamente para el rey. La
sacerdotisa que mi tío había elegido para mí era una jugosa muchacha de
unos dieciséis años, con las mejillas pintadas de oro y una resplandeciente
joya roja montada en el lado izquierdo de su nariz.

— Soy Abisimti -dijo, llevando sus manos primero a sus pechos, luego a sus
caderas, en el sagrado signo de Inanna. Tras lo cual me condujo a su pequeña
habitación, mientras mi tío salía a cumplimentar él también a una sacerdotisa.
La habitación de Abisimti contenía una cama, una palangana, una imagen de
la diosa. Encendió las velas y realizó las libaciones y me llevó a la larga y
estrecha cama. Nos arrodillamos a su lado y dijimos juntos las plegarias, ella
muy solemnemente, tras lo que quemó en un brasero de cobre el mechón de
mi pelo que había cortado mi tío. Luego me quitó las ropas y me bañó con un
paño frío. Frunció el ceño a la vista de mi desnudez.

— ¿Qué edad tienes? -preguntó.

— Dentro de un mes cumpliré los doce.

— ¿Doce años? ¿Sólo doce? -Se echó a reír alegremente y dio unas palmadas-.
¡Entonces los dioses te han favorecido enormemente!

Yo no dije nada, me limité a mirar intensamente a través de su ligera túnica


de lino debajo de la cual eran medio visibles los altos y redondos pechos.

— ¡Estás muy ansioso! -exclamó-. ¡Es la primera vez que vas probar el gran
misterio, y apenas puedes aguardar un momento más!

No me atrevía a mentirle a una sacerdotisa, pero tampoco deseaba decirle la


verdad. Así que desvié la mirada, fingiendo embarazo.

Abisimti dejó caer su ropa. Pero antes de que pudiera poseerla tuvo que
recitarme largamente todo el significado esotérico del rito que estábamos a
punto de realizar, y que yo ya había comprendido por mí mismo, y luego
instruirme en el método y el arte: de la copulación. Eso también era
superfluo, pero lo soporté pacientemente. Luego pusimos en práctica sus
enseñanzas. Fingí una torpeza que había perdido hacía mucho tiempo. Aún
así, los ojos de Abisimti relucían cuando terminamos. ¿Era correcto, me
pregunté, que ella tomara tanto placer en aquello, siendo una sacerdotisa?
Pero más tarde comprendí que no sólo era correcto sino bendecido que las
sacerdotisas de Inanna gozaran de las devociones en el claustro del templo.
Una prostituta común puede odiar su trabajo y detestar a sus clientes quizá,
pero una sacerdotisa se dedica al más sagrado de todos los actos, que es
tender un puente en el gran abismo que separa a los mortales del dios. Eso es
cierto también para la prostituta normal, pero la prostituta no entiende de
tales asuntos.

De esta manera me deslicé hacia la completa virilidad. Creí ver la forma que
tomaría mi vida desenvolviéndose ante mí. Comería bien y bebería bien y
gozaría de muchas mujeres, y sería un guerrero y un sacerdote y un príncipe;
y un día Dumuzi moriría y yo sería llamado a ser rey de Uruk. No cuestionaba
nada de aquello. Era claramente mi destino. Aunque ya era muy consciente de
que los dioses eran caprichosos, no los consideraba estúpidos: ¿y quién mejor
para gobernar la ciudad, una vez alcanzara la edad, que el hijo de
Lugalbanda? Consideraba inevitable que la asamblea de la ciudad me eligiera
a mí una vez se cumpliera el tiempo de Dumuzi.

Pero mientras tanto Dumuzi era el rey. Y Dumuzi, aunque ya no joven -tenía al
menos veinticuatro años entonces- distaba mucho de ser viejo. Podía vivir
fácilmente otros veinte años, si tenía suerte en el campo de batalla. Eso era
mucho tiempo para que yo aguardara al trono. Una gran inquietud brotaba de
mí. Tenía que luchar para contenerla.
5

Un día, por aquel entonces, un esclavo que Llevaba el distintivo de Inanna


vino hasta mí mientras estaba practicando el lanzamiento de la jabalina y dijo:

— Debes venir ahora mismo al templo de la diosa.

Me condujo por serpenteantes corredores que nunca antes había visto, en las
profundidades del Templo de mi abuelo, o quizá incluso a su lado, en túneles
que descendían al interior de la Plataforma Blanca. A la parpadeante luz de
nuestras lámparas de aceite: vi que las salas que atravesábamos tenían altas
bóvedas y estaban adornadas con decoraciones de mosaico rojo y amarillo, lo
cual era extraño en aquel lugar (de perpetua noche. Había olor de incienso en
el aire, y humedad, como si las propias paredes estuvieran sudando. Aquél era
evidentemente alguna especie de santuario sagrado, quizá el de la propia
Inanna. Me sentí intranquilo ante aquel pensamiento, como me (ocurría
siempre cuando se trataba de algo demasiado íntimamente relacionado con
Inanna.

Oí el corretear de pequeños animalillos en la oscuridad, y el sonido de una


ronca y congestionada respiración. De tanto en tanto un corredor
intersectaba el nuestro, y vi lámparas que resplandecían muy a lo lejos. En
dos ocasiones cruzamos magos o exorcistas en plena tarea a la luz de una
vela, acuclillados en el embaldosado suelo y esparciendo harina de cebada y
olorosas ramas de tamarisco mientras pronunciaban sus conjuros. No nos
prestaron la menor atención. Poco después, mientras miraba a un cruce, tuve
un rápido atisbo de tres achaparradas criaturas marrones, bípedas, con
grandes pechos colgantes y patas de carnero alejarse trotando de nosotros.
Estoy seguro de que las vi. No tengo la menor duda de que eran demonios.
Supe que me hallaba en un lugar lleno de peligros, donde un mundo bordea al
otro, y cosas que se supone que son invisibles cruzan unos límites que no
deberían ser cruzados.

Seguimos nuestro camino, descendiendo cada vez más. Finalmente llegué a


una gran puerta incrustada con bronce que giró sobre una gran piedra
redonda negra encajada debajo del pavimento.

— Entra -dijo el esclavo.

Entré en una habitación larga y estrecha, profunda y oscura. Sus toscas


paredes de ladrillo estaban adornadas con pizarra negra y roja piedra caliza
incrustada en betún, y cuatro lámparas montadas en otros tantos candelabros
encajados altos en la pared proporcionaban una temblorosa luz. En el suelo
había encajados dos triángulos superpuestos de metal blanco formando la
silueta de una estrella de seis puntas.

En el centro de esa estrella había una mujer de pie, perfectamente inmóvil.


Esperaba encontrarme delante de la propia Inanna, pero ésta era alguna
sacerdotisa menor, más alta, más joven y más esbelta. Estuve seguro de
haberla visto antes, en las ceremonias de las diosas, cerca de Inanna y a su
derecha, vistiéndola y desvistiéndola según requería el rito: una doncella de
la diosa, del círculo interior del templo. Por un largo y silencioso momento la
miré, y ella me miró a mí. Su belleza era extraordinaria. Me aferró como una
gran mano que no pude eludir. Sentí el poder de su presa que agitaba mi
alma como los ardientes vientos del verano. Iba elaboradamente acicalada:
sus mejillas estaban coloreadas con una tonalidad amarillo ocre, sus párpados
superiores oscurecidos con kohl, los inferiores pintados de verde con
malaquita, y su denso y lustroso pelo había sido enrojecido con alheña.
Llevaba un lujoso atuendo, con el emblema del haz de cañas de Inanna
bordado cruzando su pecho. En un incensario que descansaba sobre un
trípode de plata ardía una bola de mirra. Sus ojos, oscuros y penetrantes,
recorrieron mi cuerpo de hombro a hombro, de cabeza a pies: parecía estar
tomando mis medidas.

Finalmente me saludó por mi nombre, mi nombre de nacimiento. Yo no tenía


nombre para ella así que no respondí. Me limité a permanecer de pie allí,
mirándola estúpidamente, con la boca abierta.

Entonces dijo, casi ferozmente:

— Bien, ¿me recuerdas?

— Te he visto sirviendo a Inanna en los ritos.

Sus ojos llamearon.

— Por supuesto que sí. Todo el mundo lo ha hecho. Pero tú y yo nos hemos
encontrado. Nos hemos hablado.

— ¿De veras?

— Hace mucho tiempo. Tú eras muy joven. Debes haberlo olvidado.

— Dime tu nombre, y sabré si nos hemos conocido.

— ¡Ah, me has olvidado!

— Olvido muy pocas cosas. Dime tu nombre -insistí.

Sonrió maliciosamente, y me dijo su nombre, que no debo transcribir aquí,


porque, como mi propio nombre de nacimiento, ha sido reemplazado por otro
más sagrado y debe ser abandonado para siempre. El sonido de su nombre
alzó el cerrojo de mi memoria, y del almacén de mi mente brotó una oleada de
recuerdos: tiras de cuentas azules, amuletos de conchas rosas, un cuerpo de
muchacha sinuosamente desnudo pintado con dibujos de serpientes, unos
pechos recién nacidos, un penetrante perfume. ¿Era esta mujer la misma que
aquella taimada muchachita? Sí. Sí. Sus pechos eran más que unos pequeños
brotes ahora, y su rostro se había hecho algo más ancho en las mejillas, y el
perverso destello de sus ojos estaba oscurecido por los cosméticos con que los
había pintado. Pero estaba seguro de ver todavía a la muchacha oculta dentro
de la mujer.

— Sí, ahora lo recuerdo -dije-. El día del nombramiento del nuevo rey, cuando
me perdí en el laberinto del templo, y tú viniste tras de mí, y me confortaste, y
me devolviste a la ceremonia. Pero has cambiado mucho.

— No tanto, creo. Ya estaba empezando a ser una mujer entonces. Había


sangrado tres veces la sangre de la diosa. Creo que mi aspecto no es muy
distinto ahora. Pero tú sí has cambiado por completo. Entonces sólo eras un
chiquillo.

— Fue hace seis años, o un poco más.

— ¿De veras? ¡Qué chiquillo más dulce eras entonces! -Me lanzó una
descarada mirada-. Pero ya no eres ningún chiquillo. Abisimti me dice que
eres un auténtico hombre.

Abrumado, avergonzado, exclamé:

— ¡Creía que los hechos de las sacerdotisas eran secretos sagrados!

— Abisimti me lo cuenta todo. Somos como hermanas.

Cambié mi peso de uno a otro pie, inquieto. Como la otra vez, hacía tanto
tiempo, sentía irritación e incertidumbre, porque era incapaz de decir si se
estaba burlando de mí. Me sentía extrañamente indefenso ante su astucia.
Había crecido, sí, pero ella también; y si bien yo no había pasado mucho de
los doce años, ella tenía al menos dieciséis, y por lo tanto seguía estando muy
por delante de mí. Había en ella como un borde afilado que me cortaba cada
vez que intentaba un avance.

Finalmente dije, un poco demasiado bruscamente:

— ¿Por qué estoy aquí? -Creí que ya era tiempo de que volviéramos a
encontrarnos. Primero te vi un día durante el festival, cuando estabas en el
templo llevando ofrendas. Mis ojos repararon en ti y me pregunté quién
serías, y pregunté a alguien: ¿Quién es ese hombre? Y me dijeron: No es un
hombre, sólo es un muchacho, el hijo de Lugalbanda. Me sorprendió que
hubieras crecido tan rápido, porque pensé que tenías que ser todavía muy
joven. Luego, unos pocos días más tarde, Abisimti dijo que un príncipe había
acudido a ella en el claustro y que ella lo había conducido a la virilidad, y yo le
pregunté de qué príncipe se trataba, y ella me dijo que era el hijo de
Lugalbanda. Pensé que debía hablar de nuevo contigo, después de oír a
Abisimti. Las palabras de Abisimti me hicieron sentir curiosidad hacia ti.

Me enfureció que siguiera siendo tan simple leer los significados dentro de
sus significados. ¿Estaba diciendo que deseaba ir al claustro conmigo? Así
parecía, o ¿para qué me habría hecho llamar, y por qué otro motivo sus ojos
me estarían estudiando tan sensualmente? Bien, me iría de buena gana con
ella…, ¡más que de buena gana! Su belleza me volvía loco, incluso entonces.
Pero no estaba seguro de que fuera eso lo que ella quería, y no me atrevía
poner el asunto a prueba, por temor a ser rechazado. Uno no puede obtener a
las sacerdotisas de Inanna por simple petición, sólo a aquellas que aguardan
en el claustro, que se han dedicado libremente a la sagrada prostitución. Es
motivo de vergüenza acercarse a las otras, que son puestas aparte como
esposas del dios, o del rey en el que el dios se ha encarnado. No sabía a qué
clase pertenecía ella. Y quizá aquello era un simple juego para ella, y yo sólo
su juguete, un hombre-muñeco ahora en vez del niño-muñeco que había sido
Ha otra ocasión. Sentí la tela de araña que estaba tejiendo a mi alrededor, y
me sentí perdido en ella.

— ¿Cómo te han ido las cosas? -preguntó-, ¿Qué has hecho? Yo nunca
abandono el templo; no poseo noticias de la ciudad, excepto los rumores que
me traen las doncellas. -Mi madre es sacerdotisa de An. Yo hago algunos
servicios en su templo. Estudio las cosas que estudian los jóvenes. Aguardo a
entrar por completo en mi edad adulta.

— ¿Y entonces?

— Haré lo que los dioses requieran de mí.

— ¿Te ha elegido ya algún dios para ser él?

— No -dije-. Todavía no.

— ¿Lo deseas?

Me encogí de hombros.

— Ocurrirá cuando ocurra.

— Inanna me eligió a mí cuando yo tenía siete años.

— Ocurrirá cuando ocurra -repetí.

— Cuando lo sepas, ¿vendrás a mí y me dirás de qué dios se trata?

Me miraba muy fijamente. Parecía estar reclamándome algo, y yo no podía


comprender por qué. Ni me gustaba. Pero su poder era intenso. Me oí a mí
mismo decir sumisamente:

— Sí, te lo diré. Si es eso lo que deseas.

— Eso es lo que deseo -dijo.

Algo se ablandó entonces en ella; aquel filo malicioso se apartó de ella, así
como la expresión que yo había interpretado como perversidad. Tomó un
amuleto de una bolsa que llevaba a la cintura y lo apretó contra mis manos,
una estatuilla de Inanna, con grandes pechos e hinchados muslos, tallada en
algún tipo de lisa piedra verde que nunca antes había visto. Parecía brillar
con una llama interior.

— Guárdala siempre contigo -dijo.

Me turbó tomarla de sus manos. Parecía como si el precio de aquella


estatuilla fuese mi alma.

— ¿Cómo puedo aceptar algo tan precioso? -dije.

— No puedes rechazarla. Sería un pecado devolver los regalos de una diosa,

— Los regalos de una sacerdotisa querrás decir.

— La diosa habla a través de sus sacerdotisas. Esto es tuyo, y mientras lo


lleves estarás bajo la protección del poder de la diosa.

Quizá sí. Pero me hacía sentir inquieto. En Uruk todos estamos bajo la
protección del poder de la diosa; pero pese a todo Inanna es una diosa
peligrosa, que trata a sus súbditos de formas misteriosas, y no es prudente
acercarse demasiado a ella. Mi padre había hecho su servicio a Inanna, como
debe hacerlo un rey de Uruk, pero siempre que había ido en privado a algún
templo había sido al del padre cielo An. Y yo mismo me sentía más cómodo
con Enlil de las tormentas que con la diosa. Pero no tenía otra elección más
que tomar el amuleto. Podía ser peligroso adorar a Inanna, pero era mucho
más peligroso irritarla

Cuando la dejé aquel día me sentía extraño, como si hubiera sido obligado a
entregar algo de gran valor. Pero no tenía la menor idea de lo que era.

Fui llamado varias veces más en los meses siguientes a la cámara de


audiencias al extremo de aquel corredor de demonios y magos a mucha
profundidad bajo el templo de Enmerkar. Cada vez era lo mismo: una
conversación no conclusiva, un desconcertante despliegue de flirteos
amenazadores que no conducían a ninguna pare, y al final una sensación de
que ella había jugado conmigo a un juego cuyas reglas no comprendía. A
menudo tenía algún pequeño regalo para mí, pero cuando yo le traje uno ella
no lo aceptó. Deseaba saber muchas cosas: noticias de la corte, de la
asamblea, del rey. ¿Qué era lo que yo había oído? ¿Qué se decía en palacio?
Era insaciable. Empecé a mostrarme cauteloso con ella, diciendo poco,
respondiendo a sus preguntas de la forma más breve y vaga que me era
posible. No sabía lo que ella deseaba de mí. Y temía el poder de su belleza,
que sabía era lo bastante fuerte como para barrerme a la destrucción. Con
cualquier otra hubiera podido decir, pese a mi juventud: "Vamos, ven
conmigo, yace conmigo" ¿Pero cómo podía decirle algo así a ella ? Escudada
como estaba por el aura de la diosa, era inalcanzable hasta que ella diera su
consentimiento. A una de sus palabras, a un simple gesto de uno de sus
dedos, hubiera caído de rodillas ante ella. Pero ella no pronunciaba la
palabra. No hacía el gesto con el dedo. Yo rezaba para que los dioses me
entregaran en sus brazos, alguna de esas veces que enviaba a por mí. Pero
aunque la calidez de su sonrisa decía una cosa, el helado destellar de sus ojos
decía otra, y me mantenía apartado de ella como si yo fuera un eunuco.
Parecía estar más allá de mi alcance. Pero yo no había olvidado la
sorprendente cosa que me había dicho en mi infancia, el día de la coronación
de Dumuzi: Cuando seas rey, yaceré en tus brazos .
6

Luego fue el mes de tashritu, la estación del año nuevo, cuando el rey entra
en Sagrado Matrimonio con Inanna y renacen todas las cosas. Es el tiempo en
que el dios cruza el umbral del templo comió una retumbante tormenta y
lanza su semilla dentro" de la diosa, y vuelven las lluvias después de la larga,
dura y seca muerte en vida que es el verano.

Es el mayor y más sagrado festival de Urulk, del que depende todo lo demás.
Los preparativos ocupan a todo el mundo en la ciudad durante semanas
mientras el verano se desvanece. Lo que ha sido mancillado durante el año
debe ser purificado mediante sacrificios y fumigaciones. Aquellos ritualmente
polutos por nacimiento, los miembros de las castas impuras, deben salir fuera
de las murallas y construir un poblado temporal para ellos. Los animales
débiles y deformados deben ser sacrificados. Todas las casas y edificios
públicos que necesitan reparaciones son arreglados, y se sacan las
decoraciones festivas. Luego, finalmente, llegan los desfiles, conducidos por
arpistas y timbaleros. Las prostitutas se visten con pañuelos de brillantes
colores y la capa de la diosa. Los hombres adornan su costado izquierdo con
ropas de mujer. Sacerdotes y sacerdotisas pasean por las calles las
ensangrentadas espadas, las hachas de doble filo, con que se han realizado
los sacrificios. Los bailarines dan brincos y saltan a la cuerda. En su templo,
Inanna se baña y se aplica ungüentos y se reviste con los ornamentos
sagrados, el gran anillo de cornalina y las cuentas de lapislázuli y la
resplandeciente placa de oro en sus ingles, y las joyas para su ombligo y sus
caderas y su nariz y sus ojos, y los pendientes de oro y bronce, y los adornos
de marfil para los pechos. Y el dios Dumuzi, el portador de fertilidad, entra en
el rey, que se dirige en bote al distrito del templo y cruza el umbral del
santuario de Eanna, conduciendo una oveja y sujetando a un chico. Se
detienen todos en el porche del templo, sacerdotisa y rey, diosa y dios,
mientras toda la ciudad lanza vítores de alegría; y luego entran, al dormitorio
que ha sido preparado para ellos, y él la acaricia y penetra en ella y ara en
ella y arroja su fructífera semilla en su seno. Así ha sido desde el principio,
cuando sólo existían los dioses y el reinado aún no había descendido de los
cielos.

El día de la luna nueva que señalaba el inicio del nuevo año fui con todos los
demás a la Plataforma Blanca, para aguardar fuera del templo de Enmerkar a
que aparecieran Inanna y Dumuzi. Un ligero viento, húmedo y fragante,
soplaba del sur. Era el viento que llamamos el tramposo, que promete la
primavera pero que en realidad anuncia el invierno.

El rey apareció por el extremo occidental de la plataforma, con su oveja, con


su chico. La multitud se abrió para dejarle pasar mientras subía lentamente
los peldaños que conducían al templo. Su aspecto era espléndido. La luz del
dios estaba sobre él, y su cuerpo resplandecía desde dentro.

Supongo que hay algo acerca de la realización del Sagrado Matrimonio que
exalta a todos los hombres. Aquella era la sexta vez que Dumuzi había
efectuado el rito desde que había sido coronado rey, y cada año, mientras le
observaba cruzar la plataforma, me había sentido asombrado por la
admiración que inspiraba en mí aquel hombre que en todas las demás
ocasiones me parecía tan ordinario, tan flojo de alma. Pero cuando el dios
está en el rey, el rey es un dios. Nunca podré olvidar el aspecto que tenía mi
padre la noche de este rito, cuando, poderoso, grande e inmenso, sin mirar a
ningún lado mientras cruzaba junto al lugar donde mi madre y yo
permanecíamos de pie mirando, penetraba en el templo, y volvía a salir con
Inanna a su lado, y tendía las manos hacia la gente de La ciudad, y entraba de
nuevo para llevar a la diosa a su dormitorio. Pero el aspecto de Lugalbanda
había sido siempre majestuoso. Jamás hubiera esperado que Dumuzi fuera
capaz de rivalizar su magnificencia; y no obstante, cada año, en esa noche en
particular, lo conseguía.

Esta noche, sin embargo, parecía estar ocurriendo algo desacostumbrado.


Normalmente, el rey y la sacerdotisa salen para mostrarse juntos en el
instante en que el creciente de la nueva luna aparece por encima del templo.
Pero esta noche el momento llegó y pasó, y la puerta del templo siguió
cerrada. No sé durante cuánto tiempo esperamos. Parecieron horas. Nos
miramos los unos a los otros con ojos interrogadores, pero nadie se atrevió a
hablar.

Luego, finalmente, la gran puerta de bronce se abrió de par en par y la


sagrada pareja apareció. Ante su vista, el silencio se hizo más intenso: era
como un abismo de inmovilidad que englobaba todos los sonidos del mundo.
Pero sólo por un instante. Un momento más tarde empezó a oírse un bajo
murmurar y sisear, mientras los que ocupaban las primeras filas de la
multitud se transmitían su sorpresa.

Desde donde yo estaba, muy atrás, fui incapaz al principio de decir qué era lo
que se apartaba de lo habitual. Allí estaba Dumuzi con su resplandeciente
corona y su atuendo real azul oscuro ricamente bordado; allí estaba Inanna,
muy cerca a su lado. Luego me di cuenta de que la mujer que llevaba los
sagrados ornamentos de marfil y oro y cornalina y lapislázuli no era Inanna, o
al menos no la Inanna que había aparecido todas aquellas noches anteriores,
cada año, a lo largo de mi vida. Esa mujer había sido baja y recia de cuerpo, y
esta parecía haber sido modelada en una consistencia más delicada, esbelta,
casi frágil, y alta, pues sus hombros llegaban virtualmente a la altura de los
de Dumuzi. Y, cuando un momento más tarde imaginé quién debía ser,
comprendí que estaba a punto de perder lo que nunca había sido mío, y que
era impotente para impedirlo.

Tenía que ver su rostro. Me abrí camino hacia delante, empujando a la gente
con mis hombros como si fueran palos secos.

A una distancia de veinte pasos miré directamente a sus ojos, y capté la


oscura malicia que brillaba en ellos. Sí, por supuesto, era ella, traída
bruscamente de su cámara subterránea a las alturas del poder sagrado de
Uruk: ya no doncella de la diosa, sino de pronto, sorprendentemente, la
propia Inanna. No pude moverme. Una terrible pesadez se apoderó de mis
piernas y las arraigó al pavimento. Sentí un nudo en la garganta, como si
fuera un terrón de arena que no pudiera ni tragar ni expulsar.

Me miró pero no pareció verme, aunque yo era más de una cabeza más alto
que las personas más altas que me rodeaban. La ceremonia la había
consumido enteramente. Observé mientras su mano tendía a Dumuzi el
sagrado recipiente blanco de miel, y recibía de él el sagrado cuenco de
cebada. Les oí intercambiar las palabras del rito:

— Mi sagrada joya, mi maravillosa Inanna -dijo Dumuzi. Y ella:

— Oh mi esposo Dumuzi, eres mi auténtico amor.

Con voz densa, dije a alguien que estaba de pie a mi lado:

— ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Inanna?

— Esta es Inanna.

— ¡Pero esa muchacha no es la suma sacerdotisa!

— Desde esta noche sí lo es -respondió el otro. Y alguien, a mi otro lado,


añadió-: Dicen que la vieja estaba enferma, y empeoraba de día en día, y
luego murió a la hora del atardecer. Pero ya tenían a otra preparada para ser
consagrada. La trajeron apresuradamente para bañarla y vestirla, y se casará
con Dumuzi esta noche. Por eso se ha producido este retraso.

Oí las palabras resonar en las cavernas de mi mente: se casará con Dumuzi


esta noche , y creí que iba a derrumbarme sobre el pavimento.

El rey paladeó un sorbo del recipiente de miel, y se lo devolvió a ella para que
pudiera libar un sorbo también. Unieron sus manos y vaciaron el cuenco de
cebada al suelo, y derramaron la dorada miel sobre la semilla. Los músicos
del templo hicieron sonar sus instrumentos y cantaron el himno de la unión
del dios y de la diosa. Ya casi todo había terminado ahora. Dentro de unos
pocos momentos entrarían de muevo. En el divino dormitorio, las doncellas
despojarían a la diosa de sus anillos y cuentas y cubrepechos y la brillante
hoja triangular de oro que cubría sus ingles, y luego él la acariciaría, y le
hablaría con las palabras del Sagrado Matrimonio, y luego…, y luego…

No podía seguir mirando más tiempo.

Me di la vuelta y me alejé de la plataforma como un toro furioso, empujando a


todos los que no se apartaban de mi camino con la suficiente rapidez. A mis
espaldas oía la música de los címbalos y las flautas. No podía soportar aquel
sonido. Ahora ya deben estar en el dormitorio, pensé, y él la está tocando,
acariciando sus lugares secretos, la boca de él contra la boca de ella,
cubriéndola con su cuerpo, penetrándola…

Corrí ciegamente de un lado para otro en la oscuridad, sin saber dónde iba y
sin importarme tampoco. Un dolor que había conocido demasiado a menudo
estaba abrumándome de nuevo. Me sentía solo, rechazado, un extraño en mi
propia ciudad. No tenía ni padre ni hermano ni esposa, ni siquiera nadie a
quien pudiera llamar realmente amigo. Mi soledad era como un muro de
fuego a mi alrededor. Ansiaba poder recurrir a alguien -a cualquiera-, pero no
había nadie. Todo lo que podía hacer era correr; y corrí y corrí hasta que creí
que mi pecho iba a estallar. Finalmente me descubrí avanzando tambaleante
por las desiertas calles del distrito conocido como del León, donde se hallan
los barracones militares. No era por accidente que mis pies me habían llevado
allí: cuando ese tipo de ceguera cae sobre nosotros, somos guiados por los
dioses. Por aquel entonces, en el centro del distrito del León había un templo
consagrado a la divinidad de Lugalbanda, erigido allí por Dumuzi en los
primeros tiempos de su reinado: nada grande ni majestuoso, sólo una imagen
de mi padre un poco mayor que su tamaño real, iluminada desde abajo por
tres pequeñas lámparas de aceite que ardían día y noche, un tributo bastante
pequeño para un gran rey que se había convertido en un dios. Me dejé caer
ante él y me agarré fuertemente a los ladrillos de su base. Y bruscamente
sentí algo extraño y familiar penetrar en mi mente. Era la misma sensación
extraña que me había asaltado por primera vez el día de los ritos funerarios
de mi padre, y que me había tocado de una forma más ligera dos o tres veces
en los años transcurridos desde entonces: algo parecido a una presión contra
mi frente, la sensación de grandes alas invisibles aleteando contra mi alma.
Pero esta vez era mucho más poderoso que nunca antes. No había forma de
resistirse a su fuerza. Sentí un hormigueo en mi piel, un embotamiento
general. Capté un débil sonido zumbante, como el que uno oye cuando una
distante bandada de langostas se alza en el cielo del atardecer y avanza por
encima de la llanura. Y luego el zumbido se hizo más fuerte, como si las
langostas estuvieran ahora al alcance de la mano y densas nubes negras de
ellas oscurecieran el rostro del sol. Noté el acre olor de velas ardiendo,
aunque no había velas a mi alrededor. Afuera en las calles y en los edificios
cercanos a mí se alzó un frío fuego azul que barrió sobre mí oleada tras
oleada, envolviéndome sin quemarme. Me levanté, o mejor floté sobre mis
pies. Vi ante mí un túnel, perfectamente redondo, con lisas paredes
resplandecientes de las que irradiaba una brillante luz azul. Fui arrastrado
hacia ella. Cedí a su empuje. Oí el lento y rítmico resonar de un tambor, más y
más fuerte a cada golpe. Me sentía carente de voluntad, completamente
esclavizado por el poder del dios, y eso me aterraba más profundamente de lo
que nunca me hubiera sentido aterrado en toda mi vida. Porque me sentía
perdido, me sentía arrastrado hacia abajo a un lugar de destrucción donde
todas las identidades se mezclan en el fuego azul que lo consume todo.

Una voz suave que surgió detrás de mi oído derecho dijo:

— No temas nada. Lugalbanda está contigo. Existe un pacto entre nosotros


por todo el tiempo que se aproxime.

Con esas palabras, todo el temor y el pesar y el dolor huyeron de mí, y conocí
una alegría sin límites, un interminable arrebato, una sensación de profundo
éxtasis.

No había peligro. Un dios estaba conmigo, y yo estaba seguro. Ahora no me


resistí a nada. Un dios estaba conmigo. Con cada inhalación inhalaba
divinidad. Me rendí por completo. Finalmente dejé que el dios fluyera a través
de las paredes de mi alma y entrara y me poseyera hasta lo más íntimo.
No temas nada. Lugalbanda está contigo .

Dancé una danza alocada, rugiendo y golpeando el suelo con mis pies.
Lugalbanda colocó en mis manos un tambor, y lo golpeé y canté sus
alabanzas. La energía me atravesó de parte a parte, y un gran calor. Corrí
hacia delante sin temor a nada, entrando en el túnel azul, siguiendo un
remolineante y oscilante globo de intensa luz púrpura que resplandecía como
un pequeño sol delante de mí. Corrí durante toda la noche sin cansarme, a
través de todos los distritos de la ciudad, a través del distrito del León y del
de las Cañas y del de la Colmena, a través de Kullab y Eanna más allá del
palacio real, subiendo los peldaños de la Plataforma Blanca y volviendo a
bajarlos, entrando y saliendo de este y de aquel otro templo, pasando junto a
las cervecerías, las tabernas, los prostíbulos, el mercado de especias, los
muelles fluviales, los corrales para el ganado, los mataderos y tenerías, la
calle de los escribas y la calle de los adivinos. Bajé la vista al corazón de la
tierra y vi demonios y fantasmas afanándose en ígneas cavernas. Me recliné
en el brazo derecho de Lugalbanda y crucé los cielos, y vi a los grandes dioses
muy lejos en sus esferas de cristal, y les saludé. Descendí de nuevo al mundo
y viajé de tierra en tierra, y moré temporalmente en Dilmun la bendecida, y
en Meluhha y Makan, y en las Montañas del Cedro guardadas por demonios, y
en muchos otros lugares distantes, llenos de maravillas y milagros que jamás
hubiera creído, de estar en mi sano juicio.

No recuerdo lo que ocurrió después. Pero de pronto era por la mañana, y me


encontré tendido boca arriba en el suelo, despatarrado, en una calle frente al
santuario de Lugalbanda.

Me sentía tan rígido y dolorido como si una serie de monstruos hubieran


estado doblando cada uno de mis miembros por el lado equivocado. No tenía
la menor idea de cómo había ido a parar al lugar donde estaba, ni lo que
había ocurrido la noche anterior. Pero resultaba claro que había pasado la
noche durmiendo al cielo raso, y sabía que debía haber estado haciendo cosas
extrañas. La mandíbula me dolía miserablemente y notaba la lengua hinchada
y dolorida -quizá me la había mordido una o dos veces-, y había saliva seca en
mi barbilla y en mi ropa. Dos soldados jóvenes de aspecto desconcertado
estaban inclinados sobre mí.

— Creo que está vivo -dijo uno de ellos.

— ¿De veras? Sus ojos son como cristal. Hey, ¿estás vivo? ¡A ti te lo digo!

— Habla más consideradamente. Es el hijo de Lugalbanda.

— Eso no significa nada, si está muerto.

— Pero está vivo. Mira, respira. Sus ojos se mueven.

— Sí, es cierto. -Y a mí-: ¿Eres realmente el hijo de Lugalbanda? Oh, creo que
sí lo eres. Llevas un anillo de príncipe. Anda, ven. Deja que te ayudemos.

Aparté su mano.
— Puedo arreglármelas -dije con voz como cobre oxidado-. ¡Apartaos,
apartaos!

De alguna forma conseguí ponerme en pie, no sin mucho vacilar y


tambalearme. Los soldados aguarda-ron a unos pasos, preparados para
sostenerme, con expresión algo aprensiva, supongo, debido a mi tamaño. Pero
mantuve mi equilibrio. Uno de ellos guiñó un ojo y dijo:

— Has estado celebrando el Matrimonio un poco demasiado, ¿eh, mi señor?


Bien, eso no es ningún pecado. ¡Gloria a ti, mi señor! ¡Gloria al nuevo año!

El Matrimonio. ¡El Matrimonio! Los recuerdos volvieron como una avalancha,


y con ellos el dolor. Inanna, Dumuzi, Dumuzi, Inanna.

Me di la vuelta, estremeciéndome, recordándolo ahora todo. Y aquella terrible


sensación de soledad, de saber que había permanecido solo bajo las
indiferentes estrellas, volvió a mí. De nuevo me atravesó una tormenta del
espíritu que hizo que los dolores y magulladuras de mi debilitado cuerpo no
parecieran nada.

Fruncieron el ceño.

— ¿Te encuentras bien? ¿Hay algo que podamos hacer por ti?

— Simplemente dejadme -dije débilmente.

— Como desees, mi señor. -Se encogieron de hombros y empezaron a alejarse


calle abajo-. ¡Las dulzuras de Inanna recaigan sobre ti, mi señor! -me dijo uno
de ellos por encima del hombro. Y el otro se rió y le dijo-: Y este año tienen
que haber sido auténticas dulzuras. ¿No la viste? ¿A la joven, quiero decir?

— ¡Oh, por supuesto que la vi! ¡Qué goces habrá conseguido el rey de ella! -
¡Ya basta! -gruñí.

Y otra vez ellos, ya distantes:

— ¡La diosa ha muerto! ¡Viva la diosa!

Luego desaparecieron, y quedé solo con mi dolor y mi pena y los quebrantos


de mi cuerpo y mi desconcierto. Pero no estaba enteramente solo. Seguía
sintiendo la presencia divina, cálida y resplandeciente muy atrás en aquel
lugar detrás de mi oreja derecha, diciendo: No temas nada. No temas nada .
Porque ahora Lugalbanda estaba conmigo, dentro de mí, y permanecería allí
para siempre.
7

A principios del nuevo año, cuando el festival del Sagrado Matrimonio


terminó al fin y se hubieron celebrado los ritos funerales de la anterior
sacerdotisa, fui requerido a presencia de La Que Ahora Era Inanna. Era un
requerimiento que difícilmente podía rechazar. Sin embargo, me sentía reacio
a verla, ahora que la sombra de Dumuzi había caído entre los dos como una
espada.

Tres pequeñas esclavas del templo, que me miraban con ojos muy abiertos
como si pensaran que yo era una especie de demonio gigante, me condujeron,
a la estancia de la diosa en el más sagrado sector del distrito de Eanna. Ya no
teníamos que encontrarnos más en oscuras capillas a lo largo de los
fantasmagóricos túneles debajo del templo. La estancia donde me recibió era
una majestuosa sala de ladrillo encalado, con agujereadas paredes por las que
penetraban fieras lanzas de luz solar. A lo largo de la línea donde las paredes
se unían al cielo había una curiosa hilera de extrañas decoraciones, hinchados
globos escarlatas que se parecían mucho a pechos. Quizá eso fuera lo que
pretendían ser. La diosa, en uno de sus atributos, es la gran prostituta, la
reina del deseo.

Aguardé allí durante mucho tiempo, caminando de un lado para otro, antes de
que llegara ella. Entró majestuosamente en la habitación, acompañada por
cuatro pajes que cargaban con los grandes haces de cañas de enlazadas
puntas, de la mitad de la altura de un hombre, que iban allá donde fuera
Inanna. Despidió a los pajes con un rápido gesto y quedamos a solas.

Se irguió alta ante mí. Su aspecto era espléndido y triunfante y terrible. Pude
ver que había todavía algo de muchacha en ella, pero no mucho. Desde la
última vez que había hablado con ella se había visto transformada en algo
más allá de mi alcance y más allá de mi comprensión.

Pensé en ella tendida, desnuda, en el abrazo del rey que es el dios, durante la
noche del Sagrado Matrimonio, que fue la primera noche de su sumo
sacerdocio, y el sabor de la bilis ascendió hasta mis labios.

Iba ataviada con una sencilla túnica adornada con borlas que la cubría de la
cabeza a los pies, dejando sólo desnudo su hombro izquierdo. Su oscuro pelo
estaba peinado con raya en medio y peinado con una gruesa trenza que se
enrollaba en torno a su cabeza. Sus mejillas estaban ligeramente teñidas con
amarillo ocre y sus párpados oscurecidos con kohl, pero aparte esto no
llevaba ningún cosmético. El único signo tangible de su nuevo rango era una
delicada guirnalda de cadena de oro, entretejida con el motivo de la serpiente
de la diosa, que ceñía su frente. Pero había otros signos más sutiles. El aura
del poder la rodeaba. Las radiaciones celestes resplandecían bajo su piel.

La miré, pero mis ojos no pudieron encontrarse con sus ojos. Sólo podía
pensar en su cuerpo agitándose bajo el de Dumuzi, labios contra labios, la
mano de él entre los muslos de ella, y me sentía arder de pesar y vergüenza.

Luego me recordé que la mujer que se erguía frente a mí no era simplemente


alguien a quien había deseado una vez. Era la encarnación del más alto poder
que existía en el mundo; era la propia diosa. El abismo que se abría entre
nosotros era inmenso. A su lado, yo y todos mis mezquinos deseos no éramos
nada.

— ¿Y bien? -dijo ella al cabo de un largo silencio.

Le hice el signo de la diosa.

— Reina de los Cielos y de la Tierra -murmuré-. Madre Divina. Primera Hija


de la Luna.

— Mírame.

Alcé los ojos. Fueron incapaces de alcanzar los suyos.

— ¡Mírame! ¡A los ojos, directamente! ¿Por qué este terror? ¿Tan alterada
estoy?

— Sí -susurré-. Muy alterada.

— ¿Y me temes?

— Sí. Te temo. Eres Inanna.

— Ah. ¡ La Reina de los Cielos y de la Tierna! ¡ La Divina Madre! ¡ La Hija de


la Luna!

Se llevó una mano a la boca y reprimió una risita, y luego la risita escapó
como una estridente carcajada.

Sorprendido, tembloroso, hice una y otra vez el signo de la diosa.

— ¡Sí, me temes! -exclamó, incapaz de retener su loca hilaridad. Señaló


imperiosamente-. ¡Abajo, humíllate ante mí! ¡Estúpido! ¡Oh, qué chiquillo
eres! ¡Reina de los Cielos y de la Tierra! ¡Primera Hija de la Luna!

No podía comprender su risa, un campanilleo incontrolable. Me aterró. Hice


una vez más el signo de la diosa. Nunca había hecho otra cosa más que
asombrarme, incluso cuando era sólo una desnuda chiquilla de brillantes ojos
con unos pechos que recién empezaban a brotar, riendo y abrazándome
fuertemente en el corredor y profetizándome grandes cosas. Y la taimada
joven sacerdotisa, flirteando maliciosamente conmigo, confundiéndome: no
podía comprenderla en ninguno de los dos casos. Pero esto era demasiado,
esta burla de la diosa, ahora que ella era una diosa. Estaba asustado. Me
estremecía de miedo. Apelé en silencio a Lugalbanda para que me protegiera.
Al cabo de un momento se calmó un poco, y yo me sentí algo más
tranquilizado. Dijo con suavidad: -Sí, ahora soy diferente. Soy Inanna. Pero
siempre lo fui: ¿entiendes eso? ¿Crees que la diosa no sabía desde el principio
de los tiempos que iba a elegir mi cuerpo cuando hubiera terminado con el
anterior? Y ahora ha llegado mi turno. ¿Estabas ahí la noche del Matrimonio?

— Estuve ahí, sí. En primera fila. Me miraste directamente, pero nunca me


viste.

— El fuego de la diosa cegaba mis ojos esa noche.

— O el fuego del dios -dije temerariamente.

Me miró, sorprendida y repentinamente furiosa. Sus mejillas enrojecieron


bajo el ocre amarillo y sus ojos llamearon. Pero su furia pareció esfumarse tan
rápidamente como había aparecido. Sonrió y dijo:

— Ah, ¿es eso, Gilgamesh? ¿Es eso lo que te corroe?

No pude hablar. Mis mejillas llamearon. Miré mis pies.

Ella avanzó hacia mí y tomó mi mano entre las suyas. Dijo con suavidad:

— Te digo: no pienses nada sobre él. ¡Nada! Fue un rito, que cumplí como era
mi deber, y eso fue todo. Fue la diosa quien lo abrazó, y no la sacerdotisa. Eso
no cambia nada entre tú y yo. ¿Lo entiendes?

Cuando seas rey, yaceré en tus brazos.

Alcé la vista, y nuestros ojos se encontraron de frente por primera vez aquel
día.

— Creo que sí.

— Que así sea, pues.

Guardé silencio. Ella seguía siendo demasiado poderosa para mí. Su fuerza
era abrumadora. Luego, al cabo de un tiempo, dije:

— ¿Cuál fue el nombre con el que me llamaste hace un momento?

— Gilgamesh.

— Pero ése no es mi nombre.

. -Lo será -respondió-. Gilgamesh: El Que Es Elegido. Reinarás con ese


nombre. Es un nombre de los antiguos, del pueblo de la diosa, que gobernó la
Tierra hace mucho tiempo. Llegó hasta mí en un sueño, cuando la diosa me
habló por primera vez. Lo pronunció: Gilgamesh. Gilgamesh .

— Gilgamesh.
— Gilgamesh el rey.

— Decir eso es impío. Dumuzi es el rey.

— ¡Gilgamesh el rey! ¡Dilo! ¡Dilo!

Me estremecí de nuevo.

— Déjame, Inanna, te lo suplico. Si los dioses quieren hacerme rey, lo seré a


su debido tiempo. Pero Dumuzi es quien ocupa ahora el trono. No me llamaré
rey ante ti, no ahora, no aquí en la casa de la diosa.

La ira volvió a sus ojos. No le gustaba que se le resistieran.

Luego se encogió de hombros y pareció arrojar de su mente en un momento


todo lo que habíamos estado diciendo. Con una voz distinta, llana, práctica,
dijo:

— ¿Por qué me ocultas cosas?

Aquello me sobresaltó.

— ¿Ocultar?

— Tú sabes lo que me estás ocultando.

Sentí una presión detrás de mi oído derecho, una advertencia. Entonces supe
lo que ella quería que le dijera, y temí dejárselo saber. No dije nada. Hablar
con ella era como cruzar un torrente de resbaladizo fondo; en cualquier
momento puedes perder pie: y verte arrastrado por la corriente.

— ¿Por qué me ocultas cosas, Gilgamesh?

— No debes llamarme por ese nombre.

— Supongo que no. Pero no me eludirás tan fácilmente.

— ¿Por qué crees que te estoy ocultando algo?

— Sé que lo estás naciendo.

— ¿Puedes ver en mi mente?

Sonrió de forma enigmática.

— Quizá pueda.

Me obligué a mantener una resistencia obstinada.

— Entonces no tengo secretos para ti. Ya lo sabes todo -dije.


— Quiero oírlo de tus labios. Pensé que vendrías a mí hace días para
decírmelo; y cuando no lo hiciste, te he hecho llamar. Has cambiado. Hay algo
muevo dentro de ti.

— No -dije-. Tú eres quien ha cambiado.

— Tú también -dijo Inanna-. ¿No te pedí que cuando un dios te eligiera


vinieras a mí y me dijeras de qué dios se trataba?

La miré, asombrado.

— ¿Sabes eso?

— Es fácil de decir.

— ¿Cómo? ¿Puedes verlo en mi rostro?

— Puedo sentirlo casi desde el otro lado de la ciudad. Ahora tienes un dios
dentro de ti. ¿Puedes negarlo?

Agité negativamente la cabeza.

— No, no negaré eso.

— Prometiste decírmelo cuando fueras escogido. Fue una promesa.

Aparté la vista de ella y dije abatido:

— Ser elegido es una cosa muy íntima.

— Fue una promesa -insistió.

— Creí que estabas demasiado ocupada para verme…, el festival del


Matrimonio, el funeral de la antigua Inanna…

— Fue una promesa -dijo de nuevo.

Todo un lado de mi cabeza estaba pulsando. Me sentía impotente ante ella.


Lugalbanda , rogué, guíame , ¡guíame! Pero todo lo que podía sentir era el
pulsar.

— Dime el nombre del dios que te protege ahora -exigió.

— Tú sabes todas las cosas -aventuré-. ¿Por qué tengo que decirte lo que ya
conoces?

Aquello la divirtió, pero también la irritó. Se apartó de mí y paseó arriba y


abajo por la habitación, y tomó sus grandes haces de cañas y los apretó
fuertemente, y no me miró. Hubo un silencio que me ató como bandas de
bronce. Me sentí ahogar bajo su fuerza. No es baladí revelarle a alguien tu
dios personal: significa rendir una porción de la fuerza que ese dios te
proporciona. Todavía no me sentía lo suficientemente seguro de mi propia
fuerza como para permitirme una rendición de aquel tipo. Pero del mismo
modo tampoco estaba lo bastante seguro como para negarle a Inanna el
conocimiento que me pedía. Se lo había prometido a una sacerdotisa, pero era
la diosa quien me exigía ahora que cumpliera mi promesa.

Dije, muy lentamente:

— El dios que ha entrado en mí es mi padre, el héroe Lugalbanda.

— Ah -exclamó-. ¡Ah!

No dijo nada más, y el terrible silencio descendió de nuevo.

— No debes decírselo a nadie -murmuré.

— ¡Soy Inanna! -exclamó, furiosa-. ¡Nadie me da órdenes!

— Sólo te pido que no lo digas. ¿Representa tanto pedirte eso?

— No debes pedirme nada.

— Sólo prométeme…

— No hago promesas. Soy Inanna.

La fuerza de la diosa llenó la habitación. La auténtica presencia divina crea


una gelidez mucho más profunda que el más frío viento invernal, porque
sorbe hacia ella todo el calor de la vida; y en aquel momento sentí que Inanna
tomaba el mío, lo bombeaba fuera de mí, convirtiéndome en un simple
cascarón helado. No podía moverme. No podía hablar. Me sentí joven,
estúpido e inocente. Vi alzarse ante mí a la auténtica diosa encarnada, con
unos ojos amarillos resplandeciendo como los de un animal de presa en la
noche.
8

Unos días más tarde, cuando regresaba a mi casa tras un día de


entrenamiento con la jabalina, hallé una tablilla sellada encima de mi cama.
Recuerdo que era el decimonono día del mes: siempre el menos afortunado de
los días. Rompí apresuradamente el envoltorio de arcilla marrón y leí el
mensaje que contenía, y lo leí de nuevo, y lo leí una tercera vez. Aquellas
pocas palabras inscritas en la tablilla me impresionaron fuertemente. Me
arrastraron en un breve instante lejos del confort de mi ciudad nativa y me
lanzaron a una vida de exilio, como si no fueran unas meras palabras, sino el
tormentoso aliento de Enlil, el sumo dios.

La tablilla decía: Huye inmediatamente de Uruk. Dumuzi quiere tu vida .

Estaba firmada con el sello de Inanna. Mi respuesta inmediata fue de ciego


desafío. Mi corazón latió alocadamente; mis manos se convirtieron en puños.
¿Quién era Dumuzi para atreverse a amenazar al hijo de Lugalbanda? ¿Qué
tenía que temer de una torpe babosa como él? Y también pensé: el poder de la
diosa es más grande que el poder del rey, así que no tengo necesidad de huir
de la ciudad. Inanna me protegerá. Mientras caminaba de un lado para otro
cíe mi cuarto, en el calor de mi ira, uno de mis sirvientes entró en la
habitación. Vio mi rabia y empezó a retroceder, pero le dije que se quedara.

— ¿Qué ocurre? -pregunté.

— Dos hombres, oh señor… Vinieron dos hombres…

— ¿Quiénes eran?

Por un momento su boca luchó por formar las palabras. Finalmente consiguió
decir:

— Esclavos de Dumuzi, creo. Llevaban su banda roja al brazo. -Sus ojos


brillaban con miedo-. Traían consigo cuchillos, mi señor. Los llevaban ocultos
entre sus ropas, pero vi su brillo. Mi señor… Mi señor…

— ¿Te dijeron qué querían?

— Hablar contigo, dijeron. -Tartamudeaba. El miedo hacía que el aspecto de


su rostro fuera paludo y enfermizo-. Les d-d-dije que estabas con la d-diosa, y
respondieron que volverían…, que r-r-regresarían esta tarde…

— Ah -dije lentamente-. Entonces es cierto. -Lo cogí por su túnica y lo atraje


hacia mí y susurré-: ¡Vigila! Si los ves rondar por aquí, ¡avísame de inmediato!

— ¡Lo haré, oh señor!


— ¡Y no le digas a nadie dónde podrían hallarme!

— ¡Ni una palabra, oh señor!

Lo despedí, y se marchó inmediatamente. Empecé a pasear de nuevo de un


lado a otro de la habitación. Me di cuenta de que tenía la garganta seca y
temblaba, más de rabia y desaliento que de miedo. ¿Qué otra cosa podía
hacer excepto huir? Comprendía la locura de lo que había estado pensando
hacía unos momentos, cuando me había mostrado tan atrevido. Podía ser
valiente, sí; pero seguramente moriría en el empeño. ¡Qué engreído había
sido! Preguntándome quién era Dumuzi, cómo podía amenazar al hijo de
Lugal-banda. Bien, Dumuzi era el rey, y mi vida estaba en sus manos si así lo
decretaba. Y si Inanna tuviera alguna forma de protegerme, ¿me hubiera
enviado aquel aviso diciéndome que huyera? Me enfrentaba a un terrible
vacío. Sabía que no podía demorarme ni un momento, ni siquiera para buscar
explicaciones. En el tiempo de un parpadeo, Uruk estaba perdida para mí.
Debía marcharme y hacerlo rápidamente, sin tan siquiera pararme a decirle
adiós a mi madre, o a arrodillarme ante el santuario de Lugalbanda. En este
mismo momento los dos asesinos que Dumuzi había elegido podían estar
regresando en mi busca. No podía vacilar.

No tenía intención de estar fuera mucho tiempo. Buscaría refugio en alguna


otra ciudad para unos cuantos días, o si era necesario un par de semanas,
hasta que pudiera averiguar qué había hecho para convertirme en el enemigo
del rey, y cómo podía repararlo. En aquellos momentos no me daba cuenta de
que iniciaba cuatro años de exilio. Pero eso es lo que fueron.

Torpemente, con manos temblorosas, reuní unas cuantas pertenencias. Metí


tanta ropa como pude en una bolsa que pudiera llevar al hombro, y tomé mi
arco y mi espada, y el amuleto de Pazuzu que mi madre me había dado hacía
mucho tiempo, y la pequeña estatuilla de piedra verde de la diosa que había
recibido de Inanna cuando ella era solamente una sacerdotisa. Había
adquirido una tablilla donde estaban inscritas varias frases mágicas, cosas
para usar en caso de heridas o enfermedad, y lo llevé todo conmigo, junto con
una bolsita de piel con la droga que uno quema para mantener alejados a los
fantasmas en el desierto. Finalmente cogí un cuchillo pequeño de estilo
antiguo con el mango enjoyado, no muy útil pero que me era muy querido
porque me lo había dado Lugalbanda al regreso de una de sus guerras.

A la primera guardia de la noche, cuando empezaban a aparecer las estrellas,


me deslicé fuera de mi casa y me encaminé con paso cauteloso hacia la
Puerta Norte a través del estrecho laberinto de las calles. Caía una ligera
lluvia. Volutas de humo blanco se alzaban hacia el cada vez más oscuro cielo,
procedentes de las lámparas de diez mil casas. Me dolía miserablemente el
corazón. Nunca antes había abandonado Uruk. No tenía la menor idea de lo
que había más allá de los muros de la ciudad. Estaba en mareos de los dioses.

Elegí ir a la ciudad de Kish. Eridu o Nippur estaban mucho más cerca y eran
más fáciles de alcanzar; pero Kish parecía una elección más segura. Dumuzi
tenía gran influencia en Eridu o Nippur, pero Kish le era hostil. No quería
llegar a un lugar donde fuera detenido de inmediato y enviado de vuelta a
Uruk como una atención al rey de Uruk. Era muy probable que el rey Agga de
Kish no sintiera ninguna necesidad de hacerle favores a Dumuzi; y recordé
que Lugalbanda había hablado a menudo de él como un resuelto guerrero, un
buen oponente, un hombre de honor. A Kish, pues: a ofrecerme a la piedad de
Agga.

Kish se hallaba a una gran distancia al norte, una marcha de varios días. No
podía ir por el río. No había ninguna forma fácil de que un bote pequeño o
una almadía pudiera viajar corriente arriba por el rápido Buranunu, y era
demasiado arriesgado para mí intentar deslizarme a bordo de alguna de las
grandes naves reales a vela que recorrían el río entre las ciudades. Pero sabía
que había un sendero de caravanas que flanqueaba la orilla oriental del río. Si
lo seguía hacia el norte y ponía un pie delante del otro, más pronto o más
tarde llegaría sin lugar a dudas a Kish.

Caminé vivamente, y de vez en cuando corrí a un ligero trote, y pronto Uruk


desapareció en la oscuridad a mis espaldas. No me detuve hasta la hora
media de la noche. Por entonces tenía la sensación de estar lejos de casa, de
haberme embarcado en un gran viaje que me llevaría hasta uno de los
rincones más alejados del mundo, un viaje que nunca iba a terminar. Como no
ha terminado hasta el día de hoy.

Aquella noche dormí en un campo recién airado, envuelto en mi capa y con la


lluvia cayendo sobre mi rostro. Pero dormí, y dormí profundamente. Me
levanté al amanecer, y me bañé en el lodoso canal de algún granjero, y tomé
un desayuno de higos y pepinos. Luego seguí mi camino hacia el norte. Me
sentía incansable, lleno de una inagotable energía, y no me preocupó en
absoluto caminar durante todo el día. El dios que residía en mi interior me
conducía, como siempre, a hazañas más que mortales.

El paisaje era más hermoso de lo que nunca hubiera imaginado. El cielo era
enorme y luminoso: temblaba con la presencia divina. La primera y tierna
hierba de otoño estaba empezando a brotar en las suaves praderas de la
amplia y fértil llanura fluvial tras la dura sequía del verano. A lo largo de los
canales se alzaban mimosas, sauces y álamos, cañas y juncos, todos ellos
llenos de nuevos brotes. El oscuro río Buranunu discurría a mi izquierda,
alzándose muy por encima de su cauce en el lecho de su propio légamo. En
algún lugar, muy lejos hacia el este, sabía que se hallaba el segundo gran río,
el rápido y salvaje Idigna, que forma el otro límite de la Tierra: porque cuando
hablamos de la Tierra, nos referimos al territorio entre los dos ríos. Todo lo
que se extiende más allá nos es desconocido; lo que hay entre ellos es el
dominio que nos ha sido entregado por los dioses.

De los ríos surgen dificultades y peligros: terribles torrentes, inundaciones


mortales, pero de ellos también brota la fertilidad, y vi signos de ese gran don
por todas partes. Todo esto se lo debemos al Padre Enki. Cuentan la historia
del dios sabio que tomó la forma de un toro salvaje, y hundió su gran falo en
los secos lechos de los dos ríos y arrojó en ellos su semilla en poderosos
chorros que los llenaron con la dulce y resplandeciente agua de la vida. Así es
siempre: el agua del padre proporciona fecundidad a la Tierra, que es nuestra
madre. Fue también Enki quien, una vez hubo llenado los ríos con su fértil
flujo, concibió los canales que conducen el agua del río hasta los campos, y
trajo los peces y las redes a las marismas, y la hierba verde a las colinas, y los
cereales y verduras a las tierras cultivadas, y el ganado a los pastos, y
depositó cada uno de éstos en las manos de un dios especial.

Había oído esas cosas del arpista Ur-kunumna, y del maestro en la escuela;
pero entonces sólo me habían parecido palabras. Ahora se habían vuelto
realidad. Vi los ricos campos de labor de trigo y cebada. Vi las palmeras
datileras cargadas de frutos aún no maduros. Vi las moreras y los cipreses, las
viñas llenas de resplandecientes racimos, los almendros y nogales, los
rebaños de bueyes y cabras y ovejas. La Tierra estaba cargada de vida. En las
lagunas a lo largo de los canales vi revolcarse los búfalos, grandes bandadas
de pájaros de brillante plumaje, y una gran abundancia de tortugas y
serpientes. En una ocasión vi un león de negra melena; pero él no me vio a
mí. Ansiaba ver un elefante, de los que había oído maravillosos relatos, pero
los elefantes estaban en algún otro lugar en aquella estación. De los demás
animales, sin embargo jabalíes y hienas, chacales y lobos, águilas y buitres,
antílopes y gacelas-, había una multitud.

Cuando estaba en los lugares salvajes, cazaba liebres y gansos para comer, y
también encontraba bayas y nueces. En los poblados los granjeros me
recibían y compartían conmigo sus judías y sus guisantes y sus lentejas, su
cerveza, sus dorados melones. No dije a nadie mi nombre ni de dónde venía;
pero mi prestancia era la de un joven príncipe, y quizá por eso se mostraban
tan hospitalarios conmigo. En cualquier caso, es una ofensa a los dioses darle
la espalda a un pacífico extranjero. Las muchachas de esas granjas de buen
grado me mantenían caliente por las noches, y lamenté tener qué abandonar
a más de una, y luché conmigo mismo para rechazar el deseo de llevarme
conmigo a alguna de esas tiernas compañeras. Pero cada vez vencí, y siempre
me marché de los poblados solo y solo estaba cuando finalmente llegué a la
gran ciudad de Kish.

Mi padre acostumbraba a hablar generosamente de Kish.

— Si hay alguna ciudad que pueda proclamar con justicia ser igual a Uruk -
decía- ésa es Kish. -Pensé que tenía razón.

Como Uruk, Kish se extiende cerca del Buranunu, de modo que prospera con
el comercio fluvial entre ciudad y ciudad y con el comercio marítimo que sube
río arriba procedente de las tierras oceánicas. Al igual que Uruk, está
amurallada y es segura. La habita mucha gente, aunque no tanta como en
Uruk, que es probablemente la ciudad más grande del mundo: mis
recaudadores de impuestos, en el quinto año de mi reinado, censaron noventa
mil personas, incluidos los esclavos. Creo que Kish sólo tiene dos tercios de
esta cantidad, lo cual sigue siendo de todos modos un número elevado.

Largo tiempo antes de que Uruk se hiciera grande, Kish había alcanzado ya el
más alto poder en toda la Tierra. Eso fue cuando el reino descendió de los
cielos por segunda vez, después de que el Diluvio hubiera destruido las
anteriores ciudades. Kish se convirtió entonces en la sede del reino, cuando
Uruk era sólo un poblado. Recuerdo al arpista Ur-kununna cantarnos la
historia de Etana, rey de Kish, el que trajo la estabilidad a toda la Tierra y fue
aclamado en todas partes como gobernante absoluto. Fue Etana quien se
elevó a los cielos con la ayuda de un águila cuando, debido a que no había
tenido descendencia, fue en busca de la planta de la fecundidad, que sólo
crece en los cielos.

El maravilloso viaje de Etana de Kish le trajo el heredero que deseaba; pero


pese a ello Etana mora hoy en la Casa del Polvo y la Oscuridad, y Kish ya no
domina toda la Tierra. En la época en que Enmeba-raggesi era rey de Kish, la
grandeza había empezado a crecer ya en Uruk. Meskiaggasher, hijo del sol, se
convirtió en nuestro rey, cuando Uruk aún no era Uruk, sino sólo los dos
poblados de Eanna y Kullab. Meskiaggasher hizo que Enmebaraggesi
reparara en él. Después de él vino mi abuelo el héroe Enmerkar, que creó
Uruk a partir de los dos poblados; y después de él, Lugalbanda. Y bajo esos
dos héroes ganamos nuestra libertad de Kish y alcanzamos toda nuestra
grandeza, de la que he sido depositario durante todas estos años.

En la época de mi juventud Enmebaraggesi llevaba muerto mucho tiempo y su


hijo Agga era rey en Kish. Tuve mi primer atisbo de la ciudad en un brillante y
soleado día de invierno: alzándose majestuosa sobre la lisa llanura del
Buranunu, tras una muralla de muchas torres pintadas de deslumbrante
blanco, llenas de largas y flameantes banderas esmeraldas y carmesíes. Vi
que Kish era un lugar con dos jorobas, con dos centros gemelos en el este y
en el oeste y un distrito bajo entre los dos. Los templos de Kish se alzaban
sobre plataformas mucho más altas que la Plataforma Blanca de Uruk, con
escalones que subían y subían hasta que parecían entrar en el cielo. Aquello
me pareció una gran cosa, situar las casas de los dioses tan cerca de los
cielos, y cuando reedifiqué los templos de Uruk tuve en mente las altas
plataformas de Kish. Pero eso fue muchos años más tarde.

No estaba preparado para las maravillas de Kish. Todo a mi alrededor parecía


gritar: "Soy grande, soy todopoderosa, soy la ciudad invencible." Y yo tan sólo
era un muchacho, que había salido de su casa por primera vez. Pero no había
lugar para el miedo en mi corazón.

Me presenté ante las murallas de Kish, y un taciturno y barbudo guardián de


la puerta salió, blandiendo perezosamente la maza de bronce de su función.
Me miró de arriba a abajo como si yo no fuera absolutamente nada, sólo un
trozo de carne caminando sobre dos piernas. Le devolví su insolencia con la
mirada. Y con la mano apoyada ligeramente en la empuñadura de mi espada,
le dije:

— Dile a tu amo que el hijo de Lugalbanda ha venido de Uruk para saludarle.


9

Esa noche cené en platos de oro en el palacio de Agga el rey, y así empezó mi
estancia de cuatro años en Kish.

Agga me recibió cálidamente: no sé si por respeto a mi padre, o por una hábil


intención de utilizarme contra Dumuzi. Es muy probable que por ambas
cosas, porque era un hombre de honor, como me habían dicho, pero también
era en cada fibra de su cuerpo un monarca, cuya intención era utilizar todo lo
que llegara a sus manos en beneficio de su ciudad.

Era un hombre robusto de rosada piel, carnoso y de amplia cintura, amante


de la cerveza y la carne. Su cabeza estaba totalmente desprovista de pelo. Se
la hacía afeitar cada mañana en la habitación del trono de su palacio, ante
una audiencia de cortesanos y funcionarios. Las hojas que utilizaban sus
barberos estaban hechas de un metal blanco que nunca antes había visto, y
eran muy afiladas. Agga dijo que era hierro, lo cual me sorprendió, porque
tenía entendido que el hierro era un material mucho más oscuro y que no
tenía mucha utilidad: es blando y no puede mantener un borde afilado. Pero
más tarde le pregunté a un chambelán, que me dijo que era una clase especial
de hierro que había caído del cielo en la región de Dilmun, y estaba mezclado
con otro metal sin nombre que era el que le daba su color y su dureza
especiales. Muchas veces desde entonces he deseado temer una provisión de
ese metal para mis armas, y el secreto del trabajarlo, pero he sido incapaz de
conseguir ninguna de las dos cosas.

Sea como sea, nunca he visto a un hombre tan apuradamente afeitado como
Agga. Los altos funcionados de su trono también llevaban el cráneo" afeita-do,
excepto aquellos cuyos antepasados se remontaban a los pueblos del desierto,
cuyo denso y rizado pelo resulta demasiado difícil de afeitar. Puedo
comprender eso, porque mi pelo es similar, como lo era el del Lugalbanda.
Supongo que debe haber algo de sangre del desierto en mí: mi altura y la
textura de mi pelo y barba parecen confirmar esa suposición, aunque mi nariz
no es tan aguileña y afilada como la de ellos Casi todas las ciudades de la
Tierra tienen a varios de esos descendientes de los hijos del desierto dentro
de sus murallas, y en Kish había más que en ningún otro lugar que haya visto
nunca. Debían representar casi la mitad de la población, y oía su lenguaje, tan
distinto del nuestro, casi tan a menudo como oía éste.

Agga sabía que yo había tenido que huir de Dumu-zi. Parecía saber mucho de
lo que ocurría en Uruk; mucho más, de hecho, que yo. Pero no me resultaba
sorprendente que un rey tan poderoso como Agga mantuviera una red de
espías en la ciudad que era su mayor rival. Lo que me sorprendió fue la fuente
de donde procedía su información. Pero eso no lo supe hasta mucho más
tarde.

— ¿Qué hiciste para que el rey se volviera de este modo contra ti? -me
preguntó Agga.
Eso era lo mismo que yo me había estado preguntando. Era extraño que
Dumuzi decidiera de pronto considerarme como un enemigo, después de
prestar tan poca atención a mi persona durante los seis o siete años
transcurridos desde la muerte de mi padre. Durante ese tiempo yo no había
desafiado de ningún modo su poder. Aunque era fuerte y alto por encima de
mi edad, todavía estaba muy lejos de cualquier tipo de protagonismo en el
gobierno de la ciudad. Seguro que tanto Dumuzi como los demás eran muy
conscientes de eso. Si alguna vez en mi niñez había alardeado de que me
convertiría en rey algún día, sólo habían sido charlas de niños, mientras el
reinado de mi padre Lugalbanda estaba aún fresco en mi memoria. Todos los
sueños de poder real que hubiera podido tener desde entonces -y no podía
negar que los había tenido-, había sabido mantenerlos enteramente para mí.

Pero mientras me sentaba a la mesa de Agga considerando estas cosas,


recordé que había alguien más en Uruk que se había dedicado al pasatiempo
de predecir mi destino, y que parecía no tener ninguna duda de que yo sería
rey. ¿Acaso no me había susurrado los placeres que íbamos a compartir
cuando llegara ese día? ¿Acaso no había ido tan lejos como a imaginar el
nombre bajo el cual iba yo a reinar?

Y estaba muy cerca de los oídos de Dumuzi.

— ¿Qué pensaría Dumuzi -le pregunté a Agga- si llegara a sospechar que el


divino Lugalbanda ha entrado en mi alma, y que su divino espíritu residía
ahora en mí?

— Ah, ¿es ése el caso? -dijo rápidamente Agga, con ojos brillantes.

Tomé mi jarra de cerveza y di un sorbo, y no ofrecí ninguna respuesta.

Al cabo de un momento, y tras observarme atentamente, dijo:

— Si ése fuera el caso, o si Dumuzi creyera simplemente que era el caso…,


bien, entonces creo que parecerías alguien muy peligroso a sus ojos. Sabe
muy bien que él no vale ni cinco pelos de la barba de tu padre. Teme incluso
el nombre de Lugalbanda. Sin embargo, Lugalbanda muerto no constituye
ninguna amenaza para el trono de Dumuzi.

— Sí, seguramente es así.

— Ah -dijo Agga, sonriendo-, pero si llegara saberse en Uruk que el espíritu


del gran y valeroso Lugalbanda había ido a residir al fornido cuerpo del noble
hijo de Lugalbanda, y si ese hijo estuviera creciendo hacia una edad en que
podía esperar jugar algún papel en el gobierno de la ciudad…, bien, sí
entonces parecerías alguien peligroso a los ojos Dumuzi, alguien realmente
peligroso…

— ¿Lo bastante peligroso como para hacerme asesinar?

Agga volvió hacia arriba las palmas de sus manos.


— ¿Qué dice el proverbio? ¿"El cobarde ve leones allá donde los valientes solo
ven gatos"? Yo, si fuera Dumuzi, no tendría miedo al fantasma de Lugalbanda.
Pero yo no soy Dumuzi, y él ve las cosas de distinta manera. -Me sirvió más
cerveza, haciendo un gesto al esclavo de que se alejara y llenando él mismo la
jarra-. Si de hecho es Lugalbanda el dios que te ha elegido, y no me
sorprendería que ése fuera el caso, entonces sabes que lo menos prudente
que puedes hacer es permitir que Dumuzi tenga alguna sospecha de ello.

— Sí, lo comprendo. Pero, haya sabido lo que haya sabido Dumuzi, no lo ha


sabido por mí.

— Lo ha sabido por alguien, sin embargo, y ese alguien tiene que haberlo
sabido por ti. ¿No es así?

Asentí con la cabeza.

— Entonces has hablado negligentemente con algún amigo que no es un


amigo, y has sido traicionado, ¿eh? ¿No es así?

Dije con los labios apretados:

— ¡Le pedí que no dijera ni una palabra de ello a nadie! Pero ella no me lo
prometió. De hecho se puso furiosa cuando le pedí que me lo prometiera.

— Aja. ¿Ella?

Mi rostro enrojeció.

— Te estoy diciendo más de lo que debería revelar.

Apoyó una mano encima de la mía.

— ¡Muchacho, muchacho, no me estás diciendo nada que ya no sepa! Pero


aquí estás a salvo de Dumuzi. Estás bajo mi protección, y ninguna traición
puede alcanzarte en mi ciudad. Vamos. Vamos, toma más cerveza. ¡Qué dulce
brebaje es éste! La cebada con la que se fabrica está reservada enteramente
para uso del rey. ¡Vamos, bebe, muchacho, bebe! ¡Bebe!

Y bebí, y bebí un poco más. Pero mi mente seguía clara, porque ardía con una
rabia que quemaba toda embriaguez que hubiera podido provocarme la
cerveza de Agga. No cabía la menor duda de que ella había ido corriendo a
Dumuzi con la historia al momento mismo de saberla de mi boca, sin pensar
ni una sola vez que con ello me estaba traicionando y poniendo en peligro mi
vida. ¿O era eso lo que pretendía? ¿Traicionarme? ¿Por qué? No podía ver
ninguna razón para ello. Quizá había sido mera imprudencia el que le dijera a
Dumuzi aquello que yo le había suplicado que no revelara a nadie. Pero
también podía haber seguido algún designio demasiado sutil para que yo lo
comprendiera. No entendía nada de todo aquello, sólo que tenía que haber
sido ella quien había provocado mi exilio revelando mí secreto al hombre que
más probablemente podía verse amenazado por él. En ese momento ardía
tanta rabia en mi interior que si ella hubiera estado a mi alcance la hubiera
estrangulado, por muy sacerdotisa que fuera.

La furia se calmó al cabo de un rato. Permanecimos sentados juntos hasta


última hora de la noche, Agga y yo, y él me contó historias de sus guerras con
Lugalbanda, y del día en que ambos se habían enfrentado en combate
singular fuera de las murallas de Kish, con las hachas golpeando contra los
escudos hora tras hora hasta que llegó la oscuridad, sin que ninguno de los
dos hubiera podido infligirle una herida al otro. Siempre había tenido a mi
padre en la más alta consideración, dijo, incluso cuando juraron ser enemigos
hasta la muerte. Luego ordenó que fuera abierto otro barril de cerveza -yo
estaba sorprendido de la forma en que bebía; no era extraño que tuviera tanta
carne sobre sus huesos-, y a medida que se volvía nebuloso con el alcohol
también lo hacían sus historias, hasta el punto que apenas podía seguirlas.
Empezó a hablar de las campañas de su propio padre Enmebaraggesi y las de
mi abuelo Enmerkar, historias de guerras disputadas cuando él apenas era un
niño, y luego derivó a una serie de confusas leyendas de la antigua Kish que
implicaban a reyes que sólo eran nombres para mí, y nombres extraños
además: Zukakip, Buanum, Mashda, Arurim, y otros. Mientras la embriaguez
y el sueño le iban venciendo, yo me sentía cada vez más despierto. Pero tuve
la impresión de que estaba mucho menos nebuloso de lo que parecía, y que no
dejaba de observarme con una atenta vigilancia: porque no debía olvidar que
aquel viejo que tenía delante era rey de Kish, el gran gobernante de una gran
ciudad, el superviviente de un centenar de sangrientas batallas, el hombre
más astuto, quizá de toda la Tierra.

Me asignó una serie de estancias dentro del palacio real, todas ellas muy
espléndidas, y me envió concubinas en cualquier cantidad que yo deseara; y
al cabo de un tiempo me concedió una esposa. Su nombre era Ama-sukkul.
Era una hija de sus propias ingles, nacida de una de sus sirvientas, de trece
años y virgen. Cuando me la ofreció no supe qué decir, porque no estaba
seguro de la conveniencia de casarme con una mujer de una ciudad extraña; y
pensé que debía obtener al menos el consentimiento de mi madre Ninsun.
Pero Agga tenía la fuerte convicción de que un príncipe visitante de Uruk no
debía permanecer en Kish sin esposa. No era difícil ver que lo ofendería
profundamente si despreciaba su hospitalidad mostrando) desdén hacia su
hija. Un matrimonio en Kish, estimé, no iba a representar ninguna atadura en
mi ciudad natal, si alguna vez estimaba deseable liberarme de él. Así que
tomé a la primera de mis esposas. Ama-sukkul era una muchacha alegre, de
pechos redondos y sonrisa dulce, aunque tenía poco que decir: creo que no
habló ni una sola vez, excepto para responder a algo, en todo el tiempo de
nuestro matrimonio. Me hubiera gustado estar más unidos. Pero los dioses no
me han dado la buena suerte de abrir mi corazón a una mujer en el
matrimonio. He tenido esposas, sí: un rey debe tenerlas. Pero todas han sido
unas extrañas para mí. Sé por qué es así. Me atreveré a decirlo aquí, aunque
lo veréis por vosotros mismos a medida que se despliegue el relato de mis
años. Es porque durante toda mi vida he estado ligado de una extraña e
insondable manera a esa mujer de oscura alma, la sacerdotisa Inanna, que
nunca podrá ser mi esposa a la manera usual del matrimonio pero que no ha
dejado sitio en mi corazón para las demás mujeres. La he amado y la he
odiado, a menudo ambas cosas a la vez; y en ese forcejeo del alma me he visto
tan atado a esa mujer que no he podido probar el tipo común de amor
doméstico con ninguna otra. Ésa es la verdad. ¿Quién es el que cree que las
vidas de los reyes y los héroes son fáciles?

Agga me ató a él de otra manera aún, obligándome a jurar una alianza que se
suponía debía durar toda mi vida, aunque llegara a convertirme en rey de
Uruk.

— Yo he jurado protegerte -explicó-, y tú debes jurarme a cambio lealtad.

Medité en ello, en si no estaría vendiéndole vergonzosamente Uruk


convirtiéndome yo en su vasallo. Pero cuando me arrodillé en privado y pedí a
Lugalbanda que me guiara, no oí nada dentro de mi alma que me dijera que
era un error prestar juramento. Una cosa que tomé en consideración fue que
en un cierto sentido todo el mundo en la Tierra seguía debiéndole lealtad a
Kish, puesto que sobre Kish era donde había descendido por primera vez el
reinado tras el Diluvio, y nunca había sido retirado formalmente por los dioses
desde entonces. Así que, prestando juramento, lo único que hacía era
confirmar una fidelidad que ya tenía una especie de existencia en las
sombras. También cruzó por mi mente que representaría poca diferencia el
que hubiera reconocido a Agga como mi señor, cuando fuera rey en Uruk,
siempre que no se me requiriera pagarle tributo o someterme a sus órdenes;
y no había nada en el juramento que hiciera referencia a ninguna de las dos
cosas. Así que juré. Juré por la red de Enlil mi lealtad al rey de Kish.

Mi regreso a Uruk en un plazo de días o semanas, como había imaginado al


principio, quedaba descartado por completo. Poco después de mi llegada a
Kish, llegaron unos emisarios de Dumuzi y le pidieron a Agga, con tacto pero
firmemente, que me entregara a ellos.

— El hijo de Lugalbanda es echado en falta en Uruk -dijeron, muy


circunspectamente-. Nuestro rey desea su consejo, y quiere disponer de su
fuerte brazo para la batalla.

— Ah -respondió Agga, haciendo girar los ojos y adoptando una expresión de


profundo pesar-, pero el hijo de Lugalbanda se ha convertido también en mi
hijo, y no desearía por nada separarme de él. Decidle a Dumuzi que moriría
de dolor si el hijo de Lugalbanda tuviera que abandonar Kish tan pronto.

Y en privado Agga me dijo que sus espías le habían informado que Dumuzi
estaba fuera de sí por el temor de que yo estuviera organizando un ejército en
Kish para derrocarle. Me dijo que en Uruk había sido proclamado enemigo de
la ciudad, y que seguramente sería asesinado si alguna vez caía en las garras
de Dumuzi. De modo que me quedé en Kish. Pero conseguí enviarle a mi
madre noticias de que estaba bien y próspero y que sólo esperaba el momento
más propicio para volver a casa.

Descubrí que Kish no era una ciudad muy distinta de Uruk en muchos
aspectos. En Uruk comemos carne y pan, y bebemos cerveza y vino de dátiles,
y lo mismo en Kish. Tanto en Uruk como en Kish las ropas eran de lana o de
lino, según la época del año, y la moda imperante era muy similar en ambos
lugares. Las calles de Uruk eran estrechas y tortuosas, excepto los grandes
bulevares, e iguales eran las calles de Kish. Las casas eran de techo plano en
Uruk, de un piso o a veces dos, de ladrillo cocido abajo, ladrillo de barro
revestido de yeso blanco arriba, y lo mismo en Kish. Los idiomas que se
hablaban en Uruk eran los mismos que los que se hablaban en Kish; en Kish
se escribía sobre tablillas de arcilla del mismo modo que en Uruk, y los
caracteres que inscribían en ellas eran los mismos. La única diferencia, y era
grande para mí, estribaba en los dioses. Los templos principales de Uruk, por
supuesto, son los dedicados a Inanna y al Padre Cielo An. En Kish nadie niega
la grandeza de An o el poder de Inanna; pero los templos de Kish están
dedicados al Padre Enlil, el señor de las tormentas, y a la gran madre
Ninhursag. Eso era lo que me resultaba extraño, hallarme constantemente en
presencia de esos dioses y no de los de Uruk. Siento más miedo que amor
hacia Inanna la diosa, pero también hay amor, y es difícil vivir en un lugar
donde Inanna no está presente. Aunque todo puede parecer idéntico
externamente, es distinto internamente: en Kish hasta el aire tiene un color
distinto, y su sabor es diferente también, porque uno no respira a Inanna con
cada bocanada. Fue en Kish donde obtuve finalmente un conocimiento
completo de las artes de la guerra, cuyo aprendizaje había retrasado un tanto
últimamente: porque me había convertido ya en un hombre en años, y más
que en un hombre en tamaño y fuerza, pero nunca había probado el sabor de
la batalla. Agga me proporcionó ese primer sabor, y más aún…, de hecho todo
un banquete, asado y vino en grandes cantidades.

Sus guerras tenían lugar en el este, en el áspero y montañoso reino de Elam.


Esta nación es rica en muchas cosas de las que nosotros carecemos
enteramente en la Tierra: madera, menas de cobre y estaño, y piedras tales
como alabastro, obsidiana, cornalina, ónice. Y nosotros tenemos cosas de
valor para ellos: el producto de nuestros ubérrimos campos, nuestra cebada y
nuestro trigo y nuestros albaricoques y limones, y también nuestra lana y
nuestro lino. Así que hay buenas razones para el comercio entre Elam y las
ciudades de la Tierra, pero los dioses no lo quieren así: por cada año de paz
que tenemos con los elamitas, hay tres años de guerra. Descienden a las
tierras bajas en incursiones constantes, y nosotros enviamos nuestros
ejércitos para hacerles retroceder, y luego para quitar-, les los bienes que
necesitamos.

El padre de Agga, el real Enmebaraggesi, consiguió grandes victorias en Elam


y por un tiempo lo sometió al dominio de Kish. Pero en tiempos de Agga los
elamitas volvieron a estar levantiscos. Ahora había guerra a todo lo largo de
la frontera. Así pues, en mi segundo año de exilio partí con el ejército de Kish
a esa amplia llanura barrida por los vientos tras la que se extiende Susa, la
capital de Elam.

Había soñado sueños de batalla durante muchos años, desde los tiempos de
mi infancia, cuando mi padre, en casa en un breve respiro entre sus guerras,
me contaba historias de carros y de jabalinas. Había jugado a las batallas en
los campos de Uruk, trazando planes de formaciones y conduciendo a mis
compañeros de juegos en salvajes cargas contra invisibles enemigos. Pero
existe un cántico de guerra que sólo los oídos de un guerrero pueden oír, un
sonido agudo y penetrante que atraviesa el estancado aire corno la hoja de
una espada, y hasta que has oído esta canción no eres un guerrero, no eres un
hombre. No supe de esa canción hasta que la oí, por primera vez, junto a las
aguas de un río llamado el Karkhah, en la Tierra de Elam.
Durante toda la noche, bajo una brillante luna, nos preparamos para el
ataque, aceitando lo que estaba hecho de madera o cuero, puliendo todo lo
que era de bronce hasta que resplandecía. El cielo era tan claro que podíamos
ver los dioses caminar por él, grandes y oscuras figuras cornudas, azules
contra la oscuridad, dando largas zancadas de nube en nube. El rostro
gigantesco de An, calmado, observándolo todo, parecía llenar el cielo. El Gran
Enlil estaba sentado en su trono, conjurando tormentas en distantes tierras.
El poder de esos dioses era ardiente y duro en el aire, como el viento de la
fiebre. Encendimos fuegos en su honor y sacrificamos bueyes, y bajaron hacia
nosotros, de modo que pudimos captar la presión de su divino peso contra
nuestros corazones. Y al amanecer, sin haber dormido ni una hora, me
coloqué mi resplandeciente casco y me vestí con un corto faldellín de piel de
oveja con una bragadura de cuero debajo y subí a mi carro como si aquel
fuera mi vigésimo año en los campos de guerra.

Sonaron las trompetas. El grito de batalla rugió en doscientas gargantas:

— ¡Por Agga y Enlil! ¡Por Agga y Enlil!

Oí mi propia voz, profunda y ronca, gritar esas mismas palabras, palabras que
nunca hubiera imaginado que llegara a pronunciar:

— ¡Por Agga y Enlil!

Y partimos llanura adelante.

El nombre de mi auriga era Namhani. Era un hombre de anchos hombros y


pecho de barril de la ciudad de Lagash que había sido vendido a Kish cuando
era un muchacho, y no había conocido otro negocio que la guerra: las
cicatrices lo cubrían como cintas honoríficas, algunas de un color rojo furioso,
algunas casi desvanecidas hacía tiempo en la oscuridad de su piel. Se volvió a
mí y me sonrió justo antes de cargar. No tenía dientes, sólo cuatro o cinco
muñones amarillentos y retorcidos.

Agga me había proporcionado un espléndido carro: de cuatro ruedas, no de


dos ruedas como se entrega normalmente a los novicios. El hijo de
Lugalbanda, me dijo, no puede montar nada menor. Para tirar de él, el rey
había proporcionado cuatro robustos asnos, rápidos y fuertes. Yo mismo había
ayudado a Namhani a colocarles los arreos, asegurando las cinchas,
encajando yugo y collar, sujetando las riendas a las anillas en sus belfos
superiores. Eran buenos animales, pacientes, astutos. A veces me pregunto
cómo sería ir a la batalla con un carro tirado por poderosos caballos de largas
piernas, en vez de por nuestros plácidos asnos: pero soñar en uncir caballos,
esos salvajes y misteriosos animales del montañoso nordeste, es como soñar
en uncir un torbellino. Dicen que en las tierras de más allá de Elam la gente
ha hallado una forma de domesticar caballos y montarlos, pero creo que es
una mentira. De tanto en tanto, en distantes regiones, he tenido atisbos de
negros caballos corriendo como fantasmas por valles barridos por la
tormenta. No veo ninguna forma en que esas criaturas, si es que pueden ser
capturadas, puedan llegar a ser dominadas para nuestro uso.
Namhani sujetó las riendas y se inclinó hacia delante, contra la piel de
leopardo que cubría el armazón del carro. Oí el gruñir del eje, el crujir de las
ruedas de madera. Luego los asnos cogieron el ritmo y mantuvieron un paso
regular, y avanzamos bamboleándonos sobre la suave y esponjosa tierra hacia
la oscura línea de elamitas que aguardaban a lo largo del horizonte.

— ¡Por Agga! ¡Por Enlil!

Y yo, gritando con todos los demás, añadí mis propios gritos de guerra:

— ¡Lugalbanda! ¡Padre Cielo! ¡Inanna! ¡Inanna! ¡Inanna!

El mío era el quinto carro: un gran honor, porque los cuatro que iban delante
del mío pertenecían al general y a tres de los hijos de Agga. Ocho o diez más
venían detrás de mí. Tras los resonantes carros avanzaban las columnas de
soldados de a pie, primero la pesada infantería, protegida por cascos y
gruesas capas de fieltro negro, con hachas en las manos, y luego los ágiles
escaramuceros, completamente desnudos, llevando sus lanzas o espadas
cortas. Mi propia arma era la jabalina. Tenía una docena de ellas, largas y
ligeras, magníficamente fabricadas, en mi carcaj. También llevaba un hacha
de doble filo para defenderme cuando se me hubieran agotado las jabalinas, y
una pequeña espada, poco más que una daga, muy manejable, por si todo lo
demás me fallaba.

Mientras avanzábamos a la carga hacia el enemigo, oí por encima del viento


una música como ninguna otra música que hubiera oído antes: una sola nota,
fuerte y penetrante, que empezó sorprendentemente débil pero creció y
creció hasta llenar todo el aire. Era algo parecido a los agudos sonidos que
hacen las mujeres cuando se plañen de la muerte del dios Dumuzi en el
festival de la cosecha; pero aquél no era un sonido plañidero. Era vibrante y
feroz y jubiloso, y de él brotaban luz y color. No necesité que nadie me dijera
qué música era aquella: era la canción de batalla, que brotaba de todas
nuestras almas al unísono. Porque nos habíamos fundido ahora en una única
criatura con una sola mente, todos los que cargábamos contra los elamitas, y
del calor de esa fusión brotaba la silenciosa canción que sólo los guerreros
pueden oír. Al mismo tiempo sentí el aura del dios descender sobre mí, el
sonido zumbante que comportaba, el resplandor dorado, la sensación de algo
enormemente extraño, que me decía que Lugalbanda se agitaba dentro de mí.
Me mantuve firme y tuve la sensación de que era una roca sumergida en un
oscuro río de rápida corriente, pero no sentí miedo. Quizá mi consciencia me
abandonara por un instante. Pero casi al momento siguiente fui plenamente
consciente de nuevo, tan consciente corno nunca lo había estado en mi vida.
Avanzamos a todo galope hacia la línea elamita.

Los elamitas no poseen carros. Lo que tienen es un gran número de


guerreros, y gruesos escudos, y una tosquedad de alma que algunos pueden
llamar estupidez, pero que creo que es auténtica valentía. Permanecían
densamente apretados delante de nosotros, hombres de recias barbas con
ojos tan oscuros como un mes sin luna, vestidos con chaquetillas de cuero gris
y sujetando feas lanzas de un modo enmarañado. No tenían rostros: sólo ojos
y pelo. Namhani lanzó un gran grito que era casi un rugido y condujo mi carro
directamente hacia el centro de la línea.

— ¡Enlil! -gritamos-. ¡Agga! -Y yo-: ¡Inanna! ¡Inanna!

La diosa guerrera nos precedía, derribando elamitas como los palos de un


juego. Cayeron chillando ante los cascos de los cuatro asnos, y el carro se alzó
y cayó como una nave abriéndose paso entre aguas turbulentas mientras las
ruedas pasaban sobre los cuerpos caídos. Namhani esgrimió una gran hacha
de largo mango con una afilada hoja curvada hacia dentro, tajando con ella
los cuerpos de los lanceros elamitas que se atrevían a acercársenos. Yo aferré
el mango de una jabalina en cada mano y apunté. Lugalbanda me había dicho
muchas veces que la tarea de la vanguardia es destruir el espíritu del
enemigo, de modo que los demás carros de batalla y la infantería que marcha
detrás de ellos pueda avanzar más libremente. Y la mejor forma de conseguir
eso, decía, es elegir a los hombres más grandes del otro bando, los oficia-les y
los héroes, y derribarlos los primeros.

Miré a mi alrededor. Sólo vi caos, un tumulto de formas apretujadas y lanzas


que se agitaban alocadamente. Luego descubrí a mi hombre. Cuando mis ojos
cayeron sobre él, la canción de batalla se hizo más fuerte y ardiente en mis
oídos, y el resplandor del espíritu de Lugalbanda ardió como la llama azul que
surge cuando la cepa datilera es arrojada sobre el fuego. Ése. Ahí. Mátalo, y
todo lo demás será más fácil.

Él también me vio. Era un caudillo de la montaña, con el pelo como pelaje


negro de un animal y un escudo que llevaba el rostro de un demonio, amarillo
con resplandecientes ojos rojos. Él también había comprendido la importancia
de matar primero a los héroes, y creo que me había seleccionado a mí comió
su héroe, aunque por aquel entonces yo difícilmente merecía ese apelativo.
Sus ojos brillaron salvajes; alzó su lanza.

Mi brazo derecho se alzó también, y arrojé la jabalina sin la menor vacilación.


La diosa afinó mi puntería: la jabalina se clavó en su garganta, en el angosto
lugar entre su barba y el borde superior de su escudo. La sangre brotó de sus
labios y sus ojos giraron desaforadamente. Dejó caer su lanza y se derrumbó
hacia atrás, agitando furiosamente las piernas.

Un gran grito, como el suspiro de un enorme animal, brotó de los hombres


que le rodeaban. Varios se inclinaron para arrastrarlo hasta un lugar seguro.
Eso abrió un hueco en los rangos elamitas, y Namhani se apresuró a meter el
carro por ahí. Lancé una segunda jabalina con mi mano izquierda con la
misma puntería que la primera, y otro alto guerrero se derrumbó. Entonces
nos hallamos en el corazón de las fuerzas enemigas, con otros cuatro o cinco
carros flanqueándonos. Vi a los hombres de Kish mirarme y señalar, y aunque
no pude oír lo que estaban diciendo, estaban haciendo el signo de los dioses
hacia mí, como si vieran un manto divino en el aire sobre mi cabeza.

Usé todas mis jabalinas y no desperdicié ninguna. Bajo la fuerza de la carga


de los carros, los elamitas se sumieron en confusión, y aunque lucharon
valientemente su causa estaba perdida desde los primeros minutos. Uno de
ellos consiguió llegar hasta mi carro y lanzar un tajo contra el asno de la
izquierda, hiriéndole gravemente. Namhani derribó al hombre con un golpe
de su hacha. Luego, saltando por encima de la lanza del carro, el bravo auriga
cortó las correas con su espada corta, liberando al animal herido para que no
nos frenara. Un elamita se situó a sus espaldas con la lanza apuntando a los
hombros de Namhani, pero lo derribé con un golpe de mi hacha, y me volví
justo a tiempo para enterrar el mango de mi hacha en el vientre de uno que
había saltado al carro desde atrás. Aquellos fueron los únicos momentos de
peligro. Los carros iban de un lado para otro, y dieron la vuelta para caer
sobre el enemigo desde la retaguardia, y por aquel entonces nuestros
soldados de a pie ya estaban en acción, avanzando en una temible falange de
once hombres de ancho. Así transcurrió el día para Kish. A la caía de la noche
el río corría rojo de sangre y celebramos una alegre fiesta, mientras los
arpistas cantaban nuestro valor y el vino corría sin parar. Al día siguiente nos
tomó casi hasta el atardecer dividir el botín, tanto había.

Combatí en nueve batallas y seis escaramuzas menores en aquella campaña.


Después de la primera batalla, mi carro mereció ocupar la segunda posición,
detrás del general pero delante de los de los hijos del rey. Ninguno de los
hijos del rey se mostró irritado conmigo por eso. Recibí algunas pequeñas
heridas aquí y allá, pero no fueron nada importante, y allá donde arrojaba mi
jabalina costaba la vida de algún enemigo. Por aquel entonces no había
cumplidlo los quince años; pero soy de sangre divina, y eso constituye una
diferencia. Incluso mis propios hombres parecían asustados de mí. Cuando
vencimos nuestra tercera batalla el general me llamó aparte y dijo:

— Luchas mejor que nadie que haya visto nunca. Pero hay una cosa que me
gustaría que no hicieras cuando te encuentres en medio del enemigo.

— ¿De qué se trata?

— Arrojas tu jabalina con cualquiera de tus dos manos. Querría que la


arrojaras con una mano o la otra, pero no con las dos.

— Pero puedo hacerlo igual de bien con la derecha que con la izquierda -dije-.
Y creo que siembra el terror entre el enemigo cuando me ven hacerlo.

El general sonrió débilmente.

— Sí, lo hace. Pero mis soldados también lo ven. Están empezando a pensar
que eres algo más que un mortal. Creen que tienes que ser un dios, porque
ningún hombre puede luchar de la forma que tú lo haces. Y eso puede
crearme problemas, ¿entiendes? Es una gran cosa tener a un héroe entre
nosotros cuando vamos a la batalla, sí; pero puede ser muy descorazonador
tener a un dios en nuestras filas. Cada soldado espera realizar cada día
milagros de valor, y esa esperanza refuerza su brazo en el campo de batalla.
Pero cuando sabe que nunca podrá convertirse en el héroe del día, porque
está compitiendo con un dios, eso mina su espíritu y pone un gran peso en su
corazón. De modo que arroja tus jabalinas con la derecha, hijo de Lugalbanda,
o con tu izquierda, pero con una o con la otra, no con las dos. ¿Has
entendido?

— He entendido -dije. Y a partir de entonces intenté usar sólo mi derecha


para arrojar la jabalina, en bien de los demás hombres. En el ardor de la
batalla, sin embargo, no resulta siempre fácil recordar que uno ha prometido
usar sólo una mano determinada para luchar. A veces, cuando cogía una
jabalina lo hacía con mi izquierda, y hubiera sido una pérdida de tiempo
pasarla a la derecha antes de arrojarla. De modo que, al cabo de un cierto
tiempo, dejé de preocuparme por aquellos asuntos. Vencimos en todas las
batallas. El general no volvió a decirme nada.
10

Al principio pensé muy a menudo en Uruk, luego no tan a menudo, y


finalmente casi nunca. Me había convertido en un hombre de Kish. Al
principio, oír en Kish informes de las gestas del ejército de Uruk contra las
tribus del desierto o alguna ciudad de las montañas orientales me hacía sentir
un cierto orgullo por lo que "habíamos" conseguido, pero luego me di cuenta
de que estaba pensando en el ejército de Uruk como en ellos en vez de
nosotros , y sus hazañas dejaron de interesarme por completo.

Y sin embargo sabía, cada vez que me molestaba en pensar en ello, que mi
vida en Kish no conducía a ninguna parte. Vivía en la corte de Agga comió un
príncipe, sí, y cuando llegaba la estación de hacer la guerra se me concedía
una gran precedencia en el campo, casi como si fuera un hijo del rey. Pero no
era un hijo del rey, y era consciente de que ya había subido tan alto como
podía en Kish: un príncipes, un guerrero, quizá algún día un general, pero
nada más. En Uruk hubiera podido ser rey.

Por otro lado, cada vez me sentía más turbado por la enormidad de aquel
aterrador abismo que me separaba de los demás hombres. Tenía camaradas,
sí, compañeros guerreros con los que podía beber o fanfarronear o ir con
mujeres. Pero sus almas estaban cerradas para mí. ¿Qué era lo que me
separaba de ellos? ¿Era mi gran estatura, o mi prestancia real, o la presencia
del dios que flota siempre a mi alrededor? No lo sabía. Sólo sabía que aquí,
como en Uruk, llevaba sobre mí la maldición de la soledad, y no había conjuro
que pudiera borrarla.

También pensaba a menudo en mi madre. Me entristecía que se viera


obligada ahora a envejecer sin un hijo a su lado. Le enviaba a veces noticias
mías a través de mensajeros secretos, y recibía de vuelta mensajes con los
sacerdotes que actuaban como correos entre las dos ciudades. Nunca me
preguntaba cuándo iba a regresar, y sin embargo sabía que esta idea no debía
apartarse jamás de su mente. También yo anhelaba arrodillarme ante el
santuario de mi padre y efectuar los ritos necesarios en su memoria. Porque
aunque sabía que su espíritu merodeaba en mi alma, y veía todo lo que yo
veía, eso no era excusa para que yo no cumpliera con los ritos que merecía su
fantasma. No podía realizar esos ritos en Kish. Ese fallo me atormentaba.

Como tampoco podía borrar de mi mente el recuerdo de la sacerdotisa


Inanna, sus brillantes ojos, su esbelto y elástico cuerpo. Cada año, cuando
llegaba el otoño y el momento del Sagrado Matrimonio en Uruk, me
imaginaba a mí mismo de pie entre la excitada multitud en la Plataforma
Blanca, viendo al rey y a la sacerdotisa, al dios y a la diosa, mostrarse ante el
pueblo; y una amarga angustia crecía en mi interior, al pensar que ella iba a
compartir su cama con Dumu-zi aquella noche. Me decía a mí mismo que me
había traicionado, o al menos me había sido infiel; y sin embargo seguía
resplandeciendo en mi mente, y la anhelaba. La sacerdotisa, como la diosa a
la que servía y que encarnaba, era para mí una figura peligrosa pero
irresistible. Su aura era de muerte y desastre, y sin embargo de pasión y de
alegrías de la carne, y a veces más aún que eso, la unión de dos espíritus que
es el auténtico Sagrado Matrimonio. Ella era mi otra mitad. Ella lo sabía y
siempre lo había sabido, desde aquella vez cuando yo era un niño perdido en
los oscuros corredores del templo de Enmerkar. Pero yo era un guerrero en
Kish, y ella era una diosa en Uruk; y yo no podía ir a ella, porque mi vida
estaba puesta a precio en mi ciudad natal por causa suya, o por imprudencia
suya.

En el cuarto año de mi exilio, un sacerdote de cabeza rapada, recién llegado


de Uruk, vino a mí en el palacio de Agga e hizo ante mí el signo de la diosa.
Tomó de su túnica una bolsita de piel de cabra negra y la puso en mi palma
diciendo:

— Es un signo para Gilgamesh el rey, de mano de la diosa.

Sólo había oído aquel extraño nombre, Gilgamesh, una vez, hacía mucho
tiempo. Y el sacerdote, al utilizarlo, dejó muy claro la única persona que podía
enviarme aquella bolsa.

Cuando el sacerdote hubo marchado abrí la bolsa en mis habitaciones


privadas. Dentro había un objeto pequeño y resplandeciente, un sello
cilíndrico, como el que empleamos en las cartas y otros documentos
importantes. Estaba tallado en una pieza de obsidiana blanca tan clara que la
luz la atravesaba tan fácilmente como si fuera aire, y el dibujo era intrincado
y muy elaborado, a todas luces la obra de un gran maestro. Llamé a un
escriba y le pedí que me trajera su mejor tablilla roja, e hizo rodar
cuidadosamente el sello contra la arcilla para ver la marca que dejaba.

Había dos escenas grabadas en el sello, ambas extraídas del relato del
descenso de Inanna a la tierra de la muerte. En un lado vi a Dumuzi, vestido
con atuendo noble, sentado orgulloso en su altivo trono. Ante él está de pie
Inanna, vestida con tela de saco: acaba de regresar de su estancia en el
infierno. Sus ojos son los ojos de la muerte, y sus brazos están alzadas para
arrojar una maldición sobre él: porque Dumuzi es el chivo expiatorio elegido
cuya muerte la liberará del mundo inferior. El otro lado del sello reflejaba la
secuela de aquella escena, un encogido Dumuzi rodeado por resplandecientes
demonios que lo hacen pedazos con sus hachas, mientras Inanna lo contempla
triunfante.

No creí que Inanna me hubiera enviado aquel sello simplemente para


despertar en mi mente algún recuerdo de aquel gran poema. No. El sello
tenía que ser un signo, una profecía, un claro mensaje. Alentó un fuego en mi
alma: la sangre empezó a fluir en mi interior como un río turbulento, y mi
corazón se alzó como un ave recién liberada de una trampa.

Pero la cautela volvió de inmediato, tras ese primer estallido de excitación.


Aunque hubiera interpretado correctamente el mensaje, ¿podía confiar en él,
o en ella? Inanna la sacerdotisa me había conducido ya una vez al peligro; e
Inanna la diosa, como todo el mundo sabe, es la más mortífera de todos los
dioses. Un mensaje que venía de la una, bajo los auspicios de la otra, podía
ser muy bien una invitación a la condena. Debía actuar cautelosamente.
Aquella tarde envié un mensaje a Uruk, por medio de uno de mis propios
esclavos, diciendo simplemente: "¡Te saludo, Inanna, gran dama de los cielos!
¡Sagrada antorcha, llenas el cielo con tu luz!" Eso es lo que canta el recién
entronizado rey, cuando entona su primer himno a la diosa: veamos cómo lo
toma ella. Firmé la tablilla con el nombre que ella me había dado, Gilgamesh,
y el símbolo real.

Un día o dos más tarde, Agga me llamó a la cámara del trono real, esa gran
estancia de paredes de alabastro llena de ecos donde le gustaba sentarse con
gran pompa hora tras hora, y dijo:

— Me han llegado noticias de Uruk de que Dumuzi el rey está gravemente


enfermo.

Me invadió una gran oleada de emoción, como el surgir de las aguas en un


manantial. Sentí la realización de que mi destino estaba empezando a
perfilarse. Esta es sin duda la confirmación del mensaje inscrito en imágenes
en el sello cilíndrico, me dije. He leído correctamente el mensaje: ella ha
empezado ya a trabajar con su mortal conjuro. Y Uruk será mía.

Pero a Agga me limité a decirle, encogiéndome de hombros:

— Esta noticia me causa muy poco dolor.

Agitó la cabeza, recién afeitada, cejas y barba y todo lo demás, calva como un
huevo. Tiró de sus papadas y se inclinó hacia delante hasta el punto que los
rosados pliegues de su desnudo estómago se amontonaron el uno encima del
otro, y me miró con ceñudo desagrado, ignoro si fingido o real. Finalmente
dijo:

— ¡Ah, invitas a la ira de los dioses con palabras como ésas!

Noté que mis mejillas se encendían.

— Dumuzi es mi enemigo.

— También lo es mío. Pero es un rey ungido de la Tierra, que lleva sobre sí la


bendición de Enlil. Su persona es sagrada. Su enfermedad debe apenarnos a
todos: y especialmente a ti, un hijo de Uruk y por lo tanto súbdito suyo. Tengo
intención de enviar una embajada a Uruk para aportar mis plegarias por su
recuperación. Y quiero que tú seas mi embajador.

— ¿Yo?

— Un príncipe de Uruk, de la estirpe de Lugalbanda, un valiente héroe…, no


puedo enviar a nadie mejor, ni siquiera a uno de mis propios hijos.

Sorprendido, dije:

— ¿Pretendes enviarme a la muerte, entonces? ¡Porque para mí no es seguro


ni siquiera ahora regresar a Uruk!
— Lo será -dijo suavemente Agga.

— ¿Cómo puedes estar seguro?

— Dumuzi sufre de una enfermedad mortal; ya no eres una amenaza para él.
Todo Uruk te dará la bienvenida, incluso Dumuzi. Eso representa una gran
ventaja para ti, muchacho: ¿acaso no lo ves?

— Si se está muriendo, sí. ¿Pero y si no lo está?

— Aunque no lo estuviera, un embajador tiene garantizado el salvoconducto.


Los dioses destruirían cualquier ciudad que violara ese juramento. ¿Crees que
Uruk se atrevería a poner las manos sobre el representante de Kish?

— Dumuzi lo haría. Si ese representante fuera el hijo de Lugalbanda.

— Dumuzi está muriéndose -dijo de nuevo Agga-. Pronto habrá necesidad de


un nuevo rey en Uruk. Enviándote a ti en este momento, te sitúo en la
posición más útil para ti. -Se alzó lentamente del trono y bajó hasta donde
estaba yo, y puso pesadamente sus manos sobre mis hombros, como lo haría
un padre; porque en realidad había sido virtualmente un segundo padre para
mí. El sudor resplandecía en su cráneo. Sentí su presencia física casi como
podría sentir la de un dios: era enorme, no solo corporalmente sino también
en su profundamente asentada autoridad real. Pero su aliento olía a cerveza.
No creía que Padre Enlil oliera a cerveza, ni An el Padre Cielo. Lentamente,
me dijo-: Todo esto es completamente cierto. Mi información me llega del más
alto poder en Uruk.

— ¿Del propio Dumuzi, quieres decir?

— De más alto.

Lo miré fijamente.

— ¿Estás en comunicación con ella ?

— Tu diosa y yo nos somos muy útiles el uno al otro.

En aquel momento toda la verdad vino a mí, y me golpeó como el fuego de los
dioses, de tal modo que por unos momentos me quedé sin aliento. Oí el
zumbar del aura del dios dentro de mi cerebro. Vi, envolviendo a Agga y a
todo lo que había en la estancia, un resplandor luminoso, dorado con
profundas sombras azules en su interior: el signo de la tempestad en mi
espíritu. Temblé. Apreté los puños y luché por permanecer erguido. ¡Qué
estúpido había sido! Inanna me había estado gobernando desde un principio.
Había maquinado la necesidad de mi huida de Uruk, sabiendo que yo iría a
Kish y que durante mi exilio me prepararía para reemplazar a Dumuzi en el
trono. Ella y Agga habían conspirado eso entre los dos; y Agga me había
enviado a sus guerras y me había entrenado para ser un príncipe y un líder, y
ahora yo estaba preparado; y ahora Dumuzi, que ya no era necesario, estaba
siendo empujado a la Casa del Polvo y la Oscuridad. Yo no era un héroe, sino
solo una marioneta, bailando a su melodía. Sería rey en Uruk, sí: pero la
sacerdotisa tendría el poder, ella y Agga a quien yo había prestado juramento.
Y el hijo que yo había engendrado a Ama-sukkul, hija del rey de Kish, sería rey
en Uruk después de mí, si el plan de Agga funcionaba hasta su florecimiento
final. Así, la semilla de Agga terminaría reinando en las dos grandes ciudades.

Sin embargo, podía volver todo aquello en mi propia ventaja, si iba con
cautela.

— ¿Cuándo debo partir para Uruk? -dije.

— Dentro de cuatro días, el día de la fiesta de Utu, que es un tiempo de buen


augurio para el comienzo de grandes aventuras. -La mano de Agga seguía
apretando aún fuertemente mi hombro-. Viajarás era majestad, y te recibirán
con alegría. Y llevarás contigo espléndidos regalos de mi parte para el tesoro
de Uruk, en reconocimiento por la amistad que existirá siempre entre tu
ciudad y la mía cuando seas rey.

La víspera de la fiesta de Utu, la luna, cuando apareció, fue cubierta por un


velo, que es un presagio interpretado generalmente como que el rey
alcanzará el más grande poder. Pero la luna no dijo a qué rey se refería…, si
Agga, el rey que ya era, o Gilgamesh, el rey que podía ser. Éste es el gran
problema con los presagios, y con los oráculos de todo tipo: dicen la verdad,
sí, pero uno nunca está seguro de qué verdad es realmente.
11

Mi viaje a Uruk fue como el de un rey ya entronizado, y mi entrada en la


ciudad fue como la de un triunfante conquistador.

Agga puso a mi servicio tres de sus más espléndidos barcos de vela, del tipo
usado para el comercio por mar a Dilmun, con grandes velas de tela escarlata
y amarilla que atrapaban portentosamente la brisa y me empujaron río abajo
rápida y majestuosamente. Llevaba conmigo gran riqueza de obsequios del
rey de Kish: esclavos, vasijas de piedra llenas de vino y aceite, balas de finas
telas, preciosos metales y joyas, efigies de los dioses. Iba acompañado por
tres docenas de guerreros como guardia de honor, y por algunos altos
funcionarios de la corte de Agga, entre ellos su astrólogo, su médico personal
y su mayordomo de vinos, que velaba por mis deseos en toas las comidas. Mi
esposa Ama-sukkul no vino conmigo, porque en aquellos momentos estaba a
punto de dar a luz mi segundo hijo. Nunca volvería a verla; pero entonces no
lo sabía.

A cada ciudad a lo largo del río la gente salía a saludarnos a nuestro paso. No
sabían a quién estaban saludando, por supuesto -seguro que no sospechaban
que aquel nombre de regio aspecto que les devolvía el saludo con austero
gesto era el mismo muchacho fugitivo a quien habían dado hospitalidad hacía
cuatro años-, pero sabían que una flota como la nuestra tenía que ser
importante, y se apiñaban en las orillas gritando y agitando banderas hasta
que estábamos fuera de su vista. Había al menos dos docenas de tales
poblados, cada uno de ellos con un millar de habitantes o más, los más al
norte prestando obediencia y lealtad a Kish, los más al sur a Uruk.

Por la noche el astrólogo me mostraba las estrellas y señalaba los presagios


que había en ellas. Yo sólo conocía la brillante estrella matutina y vespertina,
que es sagrada para Inanna; pero él me mostró la roja estrella de la guerra, y
la blanca estrella de la verdad. Todas esas estrellas son planetas: es decir,
vagabundos. También me mostró las estrellas del cielo septentrional que
siguen el sendero de Enlil, y aquellas del cielo meridional que siguen el
sendero de Enki, y las estrellas del ecuador celeste, que son las que siguen el
sendero de An. Me enseñó a encontrar la Estrella del Carro, la Estrella del
Arco y la Estrella del Fuego. Me mostró el Carro, los Gemelos, el Carnero y el
León. Y me impartió el muy secreto conocimiento de los misterios de esas
estrellas, y cómo conocer las revelaciones que ofrecen. Me enseñó también el
arte de utilizar las estrellas para encontrar mi camino de noche, que me
resultó de gran valor en posteriores viajes.

A menudo permanecía a solas en las horas más oscuras de la noche en la proa


de mi barco y hablaba con los dioses. Pedía consuelo a Enki el sabio, y a Enlil
el poderoso, y al Padre Cielo An, que asciende como el arco de los cielos por
encima de todas las cosas. Me concedieron gran favor entrando en mi
espíritu; porque sé que los granes dioses tienen muchas cosas que atender, y
el mundo de los hombres mortales puede ocupar muy poco de su tiempo, del
mismo modo que los gobernantes mortales no pueden dedicarse intensamente
a las necesidades de los niños o de los mendigos. Pero esos poderosos
príncipes de los cielos se inclinaron hacia mí. Sentí su presencia y fue
reconfortante para mí. Supe por eso que yo era realmente Gilgamesh, es
decir, El Que Es Elegido; porque no es asunto de los dioses conceder mucho
aliento, y sin embargo me lo concedieron a mí mientras navegaba hacia la
ciudad de Uruk.

En la mañana del noveno día del mes de ululu llegué a Uruk bajo un cielo
claro y un enorme y brillante sol. Los corredores se me habían anticipado,
anunciando la noticia de mi llegada, y media ciudad, o así lo parecía, estaba
aguardándome cuando mi barco atracó en el Muelle Blanco. Oí el sonido de
tambores y trompetas, y luego el canto de mi nombre, mi antiguo nombre, mi
nombre de nacimiento, que pronto iba a ser desechado por mí. Habría unas
diez mil personas, creo, apiñadas a lo largo del borde del Dique de la Nave de
An, y desde allí hasta las grandes puertas incrustadas con metal de la Puerta
Real.

Salté ligero de mi barco, y me arrodillé y besé los ladrillos del antiguo dique.
Cuando me alcé, mi madre Ninsun estaba de pie ante mí. Estaba
maravillosamente hermosa a la brillante luz, casi como una diosa. Sus ropas
eran de color carmesí entrelazadas con franjas de plata finamente trenzada, y
una larga y curvada aguja de oro le sujetaba la capa a su hombro. Llevaba al
pelo la corona de plata de la suma sacerdotisa de An, incrustada con
cornalina y lapislázuli, y brillando con realces de oro. No parecía ni un día
más vieja que cuando la vi por última vez. Sus ojos brillaban: vi en ellos el
calor que emana no simplemente de la madre de uno sino de la gran
Ninhursag, la fuente de reposo, la madre de todos nosotros.

Me estudió durante un largo momento, y supe que estaba contemplándome


tanto como sacerdotisa que como madre. La vi evaluando la altura y la
fortaleza de mi cuerpo, y la prestancia que había venido a mí con la edad
adulta. No podía haber más fuerte confirmación de la divinidad de
Lugalbanda que el divino cuerpo del hijo de Lugalbanda. Al cabo de un rato
tendió sus manos hacia mí y me llamó por mi nombre de nacimiento, y dijo:

— Ven conmigo al templo del Padre Cielo, para que pueda darle las gracias
por tu regreso.

Caminamos a la cabeza de una gran procesión cruzando la Puerta Real y a lo


largo del Sendero de los Dioses. A cada lugar sagrado había un rito que
realizar. En el pequeño templo conocido como el Kizzalaga, un sacerdote que
llevaba un cinturón púrpura prendió una antorcha en la que habían sido
insertadas especias, y la roció con dorado aceite, y realizó el rito del lavado
de la boca. En el lugar sagrado llamado el Ubshukkinakku fue prendida otra
antorcha y rotas varias vasijas de cerámica. Cerca del Santuario de los
Destinos fue sacrificado un toro, y separadas y ofrecidas su anca y su piel.
Luego ascendimos al templo de An, donde la vieja suma sacerdotisa
Gungunum mezcló vino y aceite e hizo una libación en la puerta, untando con
ellos los quicios y parte de la propia puerta. Cuando estuvimos dentro,
sacrificó un toro y un carnero, y yo llené los incensarios de oro e hice la oferta
al Padre Cielo y a todas las demás deidades por turno.
A través de todo ello no hice ninguna pregunta ni pronuncié palabra fuera del
ritual. Era como moverse a través de un sueño. Podía oír en la distancia el
rítmico batir del tambor lilissu, que sólo es golpeado en la hora de un eclipse,
y en el momento de la muerte de los reyes; y supe que Dumuzi el rey había
muerto, y que iban a ofrecerme a mí el reino.

Todavía no había sentido la presencia de la diosa. Ni había puesto mis ojos


sobre la sacerdotisa Inanna. Hasta entonces Uruk había mantenido a la diosa
alejada de mí, y yo sólo me había dirigido a la presencia del Padre Cielo, a
quien mi madre está dedicada. Pero sabía que Inanna se me manifestaría muy
pronto. -Ven -dijo Ninsun, y cruzamos del recinto de An al recinto de Inanna, y
subimos los escalones de la Plataforma Blanca hacia el templo de Enmerkar.
Inanna me aguardaba allí.

Su visión hizo brotar en mí un jadeo de asombro. En los cuatro años de mi


ausencia, el tiempo había hecho arder todo lo que de muchacha quedaba en
ella. Había entrado en la más profunda madurez de la mujer, y su belleza se
había vuelto abrumadora. Sus oscuros ojos resplandecían con el antiguo
destello perverso, pero también con un extraño poder allí donde antes había
estado la malicia. Parecía más alta, y más esbelta, con los huesos de sus
pómulos claramente resaltados; pero sus pechos estaban más llenos de lo que
recordaba. Su piel profundamente morena brillaba aceitada. El único atuendo
que llevaba era los ornamentos de la diosa, los pendientes y las cuentas, el
triángulo de oro en las ingles, las joyas en las caderas y las joyas en la nariz y
las joyas en el ombligo.

Capté al mismo tiempo la intensa aura almizcleña de la presencia de la diosa


y la zumbante aura de la presencia del dios. El lento y rítmico batir del
tambor penetraba en mi alma y la invadía por completo, de tal modo que el
tambor era yo y yo era el tambor. Me sentí como el cuero tenso del parche
mientras las baquetas recubiertas de fieltro descendían una y otra y otra vez.
Mis ojos se encontraron con los de Inanna, y fui atraído hacia aquellas
profundas inmensidades del mismo modo que hacía tanto tiempo había sido
atraído hacia los ojos de mi padre Lugalbanda, y me rendí por un momento y
me dejé derivar en aquel pozo de oscuridad.

Ella sonrió, y era una sonrisa terrible, la sonrisa de la serpiente Inanna.

Dijo con voz baja y ronca:

— El rey Dumuzi se ha convertido en un dios. La ciudad está sin rey. La diosa


requiere este servicio de ti.

— La serviré -dije, como había sabido durante toda mi vida que estaba
destinado a decir.

Aunque sabía que eran Agga e Inanna quienes habían conspirado para
entregarme aquel trono, por razones propias, eso no me importaba en
absoluto. Cuando fuera rey, sería rey: nadie iba a gobernarme, nadie me
usaría. Eso me prometí a mí mismo: cuando fuera rey, sería mi propio rey. ¡Y
que temblara quien pensase de otro modo!
Lo tenían todo preparado. A una señal de Inanna fui llevado a un lado, a un
pequeño edificio de tres lados anexo al templo, donde se realizaban los
preparativos para los altos servicios. Allí fui despojado de mis ropas y bañado
por media docena de jóvenes sacerdotisas, y luego todas las partes de mi
cuerpo fueron untadas con aceites de dulces aromas, y mi pelo fue peinado y
cepillado y aplastado y recogido detrás de mi cabeza, y me dieron un faldellín
de lana de volantes para que me cubriera de cintura para abajo. Finalmente
recogí en mis brazos los regalos que un nuevo rey debe ofrecer a Inanna, y
salí lentamente de la habitación vestidor al terrible resplandor de la luz del
sol de verano, y al vestíbulo del templo de Emerkar. Entré en él para reclamar
mi reino.

Allí estaban los tres tronos, uno con el signo de Enlil, el otro con el signo de
An, y el tercero flanqueado por los haces de cañas de Inanna. Allí estaba el
cetro. Allí estaba la corona. Y allí, en el trono central, se sentaba Inanna,
sacerdotisa y diosa, radiante ahora en toda su terrible majestad.

Sus ojos se encontraron con los míos. Me examinó atentamente, como


diciendo: Eres mío, me pertenecerás . Pero yo le devolví la mirada firme y
resueltamente, como respondiendo: Me juzgas muy mal, mi dama, si eso es lo
que piensas .

Luego la gran ceremonia empezó, la plegaria y las libaciones. En torno mío


estaban de pie los funcionarios del reinado de Dumuzi, los chambelanes y
mayordomos y supervisores y recaudadores de impuestos y virreyes y
gobernadores, que pronto dependerían todos de mí. Sonaron las flautas,
tocaron las trompetas. Prendí una bola de incienso negro; deposité mis
regalos ante cada uno de los tronos; toqué con mi frente al suelo ante Inanna,
y besé el suelo, y le di los regalos correspondientes. Me pareció como si
hubiera hecho aquello un millar de veces. Me sentía inundado por una nueva
fuerza, como si mi sangre hubiera doblado de volumen, como si mi
respiración fuera la respiración de dos hombres, y ambos gigantes.

Inanna se alzó del trono. Vi la belleza de sus largos brazos y su gracioso


cuello; vi sus pechos oscilar bajo los azules collares de cuentas.

— Soy Ninpa, la Dama del Cetro -me dijo, y tomó el cetro del trono de Enlil y
me lo tendió-. Soy Ninmenna, la Dama de la Corona -dijo, y alzó la corona del
templo de An y la dejó descansar sobre mi cabeza. Sus ojos se encontraron
con los míos; su mirada ardía, ardía.

Pronunció mi nombre de nacimiento, que nunca más volvería a ser oído en el


mundo de los mortales.

Luego dijo:

— Tú eres Gilgamesh, el gran hombre de Uruk. Así lo decretan los dioses. -Y


oí el nombre pronunciado por un centenar de voces a la vez, como el rumor
del río en la época de las crecidas-: ¡Gilgamesh! ¡Gilgamesh! ¡Gilgamesh!
12

Esa noche dormí en el palacio del rey, en la. gran cama de ébano y oro que
había sido de mi padre, y de Enmerkar antes que de él. La familia de Dumuzi
ya había abandonado el lugar, todas sus esposas, sus gordezuelas y fofas
hijas; los dioses no le habían concedido hijos. Antes de irme a la cama
confirmé en sus puestos a todos los funcionarios del reino, según la tradición,
aunque sabía que iba a retirar a la mayor parte de ellos en los meses
siguientes. Y celebré con ellos la ocasión de la forma más real, hasta que la
cerveza derramada corrió en espumosos torrentes a lo largo de los canales
del salón de festejos.

Al final de la velada el chambelán de las concubinas reales me preguntó si


deseaba conmigo una mujer aquella noche. Le dije que sí, tantas como me
pudiera proporcionar; y me las proporcionó durante toda la noche, siete,
ocho, una docena de ellas. Por sus ansias y sus entusiasmos supongo que
Dumuzi había hecho poco uso de ellas. Abracé a cada una de ellas una sola
vez, y la envié fuera y llamé a la siguiente. Por un momento, en sus brazos,
pareció casi como si fuera capaz de llenar ese lugar vacío en mi alma que
tanto tormento me producía. De hecho, así era…, por un momento, media
hora, y luego el dolor volvía de nuevo a mí como una nube de tormenta. Sólo
una mujer hubiera podido liberarme de esas inquietudes, pensé. Pero esa
mujer, la mujer que hubiera elegido para mí aquella noche si hubiera tenido
la libertad de elegir, no estaba por supuesto a mi disposición…, no entonces,
no hasta que llegaran el nuevo año y el rito del Sagrado Matrimonio. Pero me
permití imaginar que estaba con ella mientras apretaba mi cuerpo contra el
de cada concubina.

Al amanecer descubrí que aún quedaba vigor en mí. Me levanté y fui a pie,
desdeñando todos los portadores, al claustro de las sagradas sacerdotisas. Allí
pedí la sacerdotisa Abisimti, que me había iniciado en la virilidad. Creí
descubrir terror en sus ojos, tanto quizá por el hecho de mi gran altura y
fuerza como por el hecho de que ahora era el rey. Sonreí y tomé su mano en
la mía y dije:

— Piensa en mí corno en aquel muchacho de doce años con el que fuiste tan
gentil.

Sospecho que yo no fui gentil con ella aquella mañana. Una gran fuerza había
descendido sobre mí, mayor que la que nunca antes había tenido,
simplemente por el hecho de haber asumido el reinado. Y también estaba la
divinidad en mí. Tres veces la poseí, hasta que se recostó jadeante, algo
aturdida y esperando claramente que yo hubiera quedado saciado. Nada
podía saciarme aquel día; pero en su beneficio le ahorré más fatigas. Abisimti
era tan hermosa como la recordaba, con la piel como agua fresca y pechos
redondos como granadas; pero su belleza era a la de Inanna lo que la luna es
al sol.
Así transcurrió mi primer día de reinado. Hora tras hora sentía el poder y la
grandeza fluir dentro de mí. En mi segundo día recibí el homenaje de la
asamblea de la ciudad.

Si un extranjero preguntara cómo es elegido el rey de Uruk, bien, cualquier


ciudadano respondería que es elegido por la asamblea. Y en verdad ése es el
caso; pero no es enteramente el caso.

La asamblea elige, pero los dioses dirigen, y en particular es Inanna,


hablando a través de sus sacerdotisas, quien da a saber quién tiene que ser el
rey. Y el reino no pasa tampoco automáticamente, como ocurre en Kish y he
oído que ocurre en otras ciudades, al hijo del rey. Nosotros entendemos estas
cosas de modo distinto. Creemos que hay una naturaleza divina intrínseca que
algunos hombres poseen, una especie de gracia, que los hace aptos para ser
reyes. Si esta gracia pasa de padre a hijo, como ocurrió de Enmerkar a
Lugalbanda, y de Lugalbanda a mí, eso ocurre sólo porque el padre pasa a
menudo sus rasgos a su hijo: su estatura, su anchura de hombros, la forma de
su nariz, y quizá su realeza. Pero no ocurre necesariamente de ese modo. Ni
todos nuestros reyes han sido hijos de reyes.

Una vez la asamblea ha elegido al rey, la asamblea sólo puede aconsejar, no


ordenar. Si hay un desacuerdo entre la asamblea y el rey, los deseos del rey
prevalecen. Esto no es tiranía; esto es el resultado inherente de la correcta
elección del rey. Porque, observadlo bien, en tiempos de crisis y dudas es vital
que una ciudad hable con una sola voz. ¿Y acaso no han indicado los dioses
qué voz debe ser ésa, eligiéndole rey? La asamblea, en sus conversaciones
con el rey, afina esa voz como un arpista afina sus cuerdas; pero cuan-do la
voz habla, es la voz del rey, lo cual es lo mismo que decir, es la voz de la
ciudad, es la voz de los cielos. Y si el rey en sus discursos no habla con la voz
de los cielos, todo el mundo lo sabrá, y los cielos lo arrojarán de su lugar.

Esos asuntos estaban muy vivos en mi mente cuando los hombres de la


asamblea efectuaron su visita ceremonial en la sala de audiencias de palacio.
Primero vinieron los ciudadanos libres, lo que siempre hemos llamado la casa
de los hombres: aquellos que hablan por los barqueros y los pescadores, los
granjeros y los pastores, los escribas y los joyeros y carpinteros y albañiles.
Todos ellos pasaron, y depositaron sus regalos delante de mí, y tocaron mis
tobillos con sus manos del modo que lo hacían siempre. Cuando terminó esto,
vinieron los ancianos de la asamblea, aquellos que hablan por las grandes
propiedades, las familias principescas, los clanes sacerdotales. Sus regalos
eran más valiosos, su escrutinio de mi persona más intenso. Devolví sus
miradas con seguridad y aplomo. Era consciente de ser el hombre más joven
de la sala, mucho más joven que cualquiera de los ancianos, más joven que
cualquiera de la casa de los hombres. Pero era el rey.

Sentí la sagrada fuerza que es una especie de gloria, y me recreé en ella. Pero
incluso entonces una oscura sombra gravitaba sobre mi alegría, porque
recordaba a Lugalbanda tendido sobre su losa de alabastro, y recordaba el día
que me detuve junto a las murallas de la ciudad y observé los cadáveres de
los ríos descender flotando por el río. Era consciente en todo momento de la
amarga burla de los dioses para con nosotros, incluso para con aquellos cuya
grandeza se aproxima a la suya: No olvides nunca que eres mortal, no olvides
nunca que no tienes más que un breve momento de grandeza antes de ser
arrastrado a la Casa del Polvo y la Oscuridad. Esos asuntos helaban mis más
cálidos momentos. Y sin embargo era joven; y sin embargo era fuerte; aparté
de mí el pensamiento de la muerte apenas brotó en mi interior, y me dije,
como había hecho cuando niño: ¡Muerte, te derrotaré! ¡Muerte, te devoraré!

— Durante todo el tiempo de Dumuzi -estaba diciendo el gran terrateniente


Enlil-ennam- aguardamos tu regreso. Porque Lugalbanda está en ti.

Le miré, sorprendido. ¿Era tan conocido ese hecho en Uruk? Pero entonces
me di cuenta de que tan sólo se trataba de un modo de hablar. Era
simplemente como si hubiera dicho: La sangre de Lugalbanda fluye por tus
venas . Y todo el mundo sabía eso.

— Fue una época oscura para nosotros -dijo el canoso Ali-ellati, cuyos rasgos
de nobleza podían ser rastreados hasta noventa mil años más atrás-. Signos y
presagios se volvieron confusos. Los dioses no dieron respuestas claras. Los
portentos eran siniestros. Vivíamos entre temores y presagios. Y era debido al
rey. Sí: debido al rey.

— ¿Y qué tipo de rey era Dumuzi? -pregunté.

— Bueno, no era Lugalbanda -dijo Enlil-ennam, con una amplia sonrisa


presuntuosa-. No era Enmerkar.

— Ni siquiera era Dumuzi -dijo Lu-Meshlam, cuyas propiedades eran como un


pequeño reino dentro del reino-. Hubiera bastado con ser Dumuzi, si uno no
podía ser Enmerkar. ¡Pero él ni siquiera era Dumuzi! -Y todos se echaron a
reír ante aquello.

— ¿Qué es lo que estáis queriendo decirme? -pregunté.

Poco a poco, desplegaron ante mí el relato de un reinado débil y lastimoso,


éste hablando un poquito, luego ese otro prosiguiendo la historia con más
detalles. Un hombre estúpido, hinchado por el orgullo: proyectos mal
elaborados, aventuras militares abortadas, la elevación al poder de arribistas
y nulidades, estúpidas peleas con los grandes hombres de la ciudad,
negligencia de los rituales, fondos públicos consumidos en absurdos mientras
las necesidades no eran reparadas…, el triste relato siguió y siguió. Una vez
roto el dique, el flujo de sus acusaciones era interminable. Me sentí algo
embarazado por ellos mismos ante todo lo que escuchaba: porque, ¿quién
había puesto a Dumuzi en el trono, en el momento de la muerte de mi padre,
sino ellos? La vieja sacerdotisa Inanna debió tener alguna razón para
proponerle, y ellos pared aceptarlo, y creo que esa razón debió ser que era
doblegable y maleable, como un metal muy blando. Pero al parecer los nueve
años de su reinado no les habían reportado los beneficios que habían
esperado sacar de todo ello. Lo cual no era una sorpresa muy grande, si
habían elegido a sabiendas a un hombre débil. Así que ahora se volvían
ansiosamente, alegremente, esperanzadamente, hacia uno fuerte, en cuyas
venas fluía la sangre de la grandeza. No podía impedir el sentir un cierto
desprecio hacia su locura. Pero fui rápido en perdonarles. Habían visto su
error; se estaban redimiendo por sí mismos de él; y, si no habían sabido
comportarse de acuerdo con las normas divinas cuando habían elegido a
Dumuzi, tampoco podía reprochárselo. La culpa no había sido suya. La culpa
era de los dioses.

— Habladme de la muerte de Dumuzi -dije.

Se volvieron evasivos.

— Los cielos le retiraron el reinado -dijo Lu-Meshlam, y los otros asintieron


juiciosamente.

— Comprendo eso -dije con impaciencia-. ¿Pero cómo murió?

Se miraron los unos a los otros. Nadie habló. Tuve que sonsacárselo. Una
muerte horrible y larga, dijeron. Una lenta degradación, en medio de grandes
dolores. Los dioses lo abandonaron y varios demonios entraron en él:
Ashakku, Namtaru, Utukku, Alu el creador de fiebre, el enfermador, el
espíritu maligno, el diabólico. Ninguna puerta podía aislarles de su cuerpo.
Ningún cerrojo podía hacerles retroceder. Se deslizaban como serpientes a
través de todas las aberturas de Dumuzi. Soplaban como el viento a través de
los goznes de su espíritu. Los adivinos lucharon poderosamente, pero no
había ninguna forma de curarle, nadie comprendía siquiera la enfermedad
que lo consumía.

El viejo sacerdote Arad-Nanna, cuando los ancianos acudieron a él con su


lúgubre exposición, dijo:

— El error residió en la elección de su nombre. Hay una maldición sobre


Dumuzi que fue proclamada ya en el primer día del tiempo. ¿Cómo podía
esperar escapar de ella con tal nombre, en esta ciudad entre todas las
ciudades?

En esos momentos yo estaba preocupado por otros pensamientos, y supongo


que no presté demasiada atención a esas palabras de Arad-Nanna. Sólo
después, cuando me senté a solas para pensar profundamente en todas
aquellas cosas, capté su posible significado: En esta ciudad entre todas las
ciudades . Se refería a la ciudad de Inanna. ¿Quién es el gobernante último de
Uruk, más allá de la asamblea, más allá del rey? ¡Bien, la diosa, nadie más! Y
en la propia naturaleza de la diosa está el que su destino es destruir al dios
Dumu-zi, el sagrado pastor: es un relato que aprendernos en nuestra infancia.
¿Había restablecido la sacerdotisa Inanna, con el rey Dumuzi, la caída que la
diosa Inanna restablece cada año en los cielos sobre el dios Dumuzi? Todo
parecía gritar sí a eso. Me había enviado aquel sello cilíndrico, cuando yo aún
estaba en Kish, mostrándome la muerte de Dumuzi y el triunfo de Inanna, y yo
había dado por sentado que ella estaba arrojando sobre él algún conjuro que
lo llevaría a su fin. ¿Pero se había limitado a los conjuros, o había recurrido a
pociones? Repasé de nuevo todo lo que había oído acerca de los sufrimientos
del rey, sus fiebres, su agonía, su consunción. Y empecé a sentirme
intranquilo. Si Inanna podía eliminar a un rey, podía eliminar igualmente a
otro cuando lo creyera conveniente. Y en Uruk, cada rey representa el papel
de Dumuzi ante la diosa, se llame realmente Dumuzi, o Lugalbanda, o
Enmerkar…, o Gilgamesh.
Medité profundamente en eso: Inanna y Dumuzi, Dumuzi e Inanna. Mi mente
retrocedió, como lo había hecho a menudo desde mi infancia, a esa historia de
su descenso a los infiernos, en aquellos tiempos en que ella codiciaba
conquistas más allá del reino que le correspondía.

Gobernar sobre cielos y tierra no era suficiente para ella. También tenía que
conseguir el mundo inferior, el reino donde gobierna su hermana mayor,
Ereskigal. Así que se reviste con su gran atuendo escarlata del poder, su
corona, su doble tira de cuentas de lapislázuli, sus cubrepechos, su anillo, la
vara medidora de lapislázuli y la cuerda de su autoridad; y se encamina a ese
lugar de Uruk que es la puerta del infierno, e inicia su camino hacia abajo. "Si
no regreso en tres días", le dice a la diosa Ninshubur, su visir, su mano
derecha, "ve a Padre Enlil, suplícale que me deje libre."

En la primera puerta del mundo inferior el guardián de la puerta le bloquea el


camino y quiere saber por qué ha venido. Ella le ofrece una falsa respuesta,
pero el cuidador de la puerta no se deja engañar; tiene instrucciones de su
reina Ereshkigal de privar a Inanna de su poder y conducirla a la humildad.
Así que en la primera puerta el guardián toma la corona de la diosa; y en la
segunda puerta le pide las cuentas de lapislázuli; y así en cada una de las
siete puertas, hasta que el propio atuendo escarlata real es retirado de ella, y
entra en la habitación del trono de Ereshkigal desnuda, inclinada sobre sí
misma. Porque cualquiera que se presente ante la reina del mundo inferior
debe hacerlo desnuda, aunque sea la reina de los cielos. ¡Qué humillación
para la orgullosa Inanna! Ni siquiera se le concede la oportunidad de asaltar
el trono de su hermana: los jueces del mundo inferior la rodean de inmediato,
emiten su juicio, y Ereshkigal fija el ojo de la muerte sobre ella. De esta
sencilla manera, Inanna es asesinada. Su cadáver, como un trozo de carne
putrefacta, es colgado de un garfio de la pared. Y allá permanece, durante un
día y un segundo día y un tercer día, y en el mundo es invierno, porque
Inanna ha desaparecido de él.

Entonces Ninshubur se presenta al Padre Enlil y le suplica piedad por la


muerta Inanna; pero Enlil no alza una mano para salvarla. Como tampoco lo
hace Nanna de la luna, a quien se dirige Ninshubur a continuación. Pero el
sabio y compasivo Enki, que conoce el agua de la vida, está dispuesto a acudir
en su ayuda. Enki envía dos mensajeros al mundo inferior, y hallan a
Ereshkigal en los dolores del parto. "Podemos aliviarte de este dolor", le
dicen, pero deben obtener un regalo a cambio, y el regalo que piden es el
cadáver de Inanna. Ereshkigal cede; los enviados alivian su dolor; y luego
toman a la muerta Inanna de la pared y la devuelven a la vida. Pero no debe
abandonar el mundo inferior, insiste Ereshkigal, a menos que proporcione a
alguien que la sustituya.

Ah, ¿y a quién enviará Inanna? ¿A quién sino a Dumuzi, su esposo?


Permanece sentado en su espléndido trono bajo el gran manzano en Uruk,
vestido con ropas refulgentes y sin emocionarse en lo más mínimo por los
tormentos de Inanna. Sí, será Dumuzi. ¿Dónde está el amor de Inanna? ¡Oh,
no hay amor! Es su vida o la de Dumuzi, y no vacila. Dumuzi no ha mostrado
el menor pesar por la desaparición de Inanna; quizá se sienta bien tras
haberse librado de su fastidiosa consorte. Y así se condena. Ella alza la vista
con los ojos de la muerte, y grita a siete demonios: "¡Apoderaos de él!
¡Traedlo aquí abajo!" Los demonios lo toman por los muslos; rompen la flauta
que ha estado tocando; lo acuchillan con el filo de sus hachas hasta que brota
la sangre. Huye. Le siguen. Apetece a los dioses salvarle, y le ayudan en su
huida, pero Inanna es implacable, y finalmente es prendido y muerto y
arrastrado hacia abajo, al infierno. Es la época en que la gran muerte del
verano se aposenta sobre la Tierra, esa época, cuando Dumuzi es despojado
de su vida. En verano debe morir, aunque regresa con el otoño, con las
lluvias, con el nuevo año, para celebrar el Sagrado Matrimonio con Inanna y
dar nuevo nacimiento a todas las cosas. ¿Dónde está la piedad de Inanna en
este relato? No hay piedad. Inanna es una fuerza que no será contradicha.
Dumuzi debe morir, él que es el rey, él que es el dios.

Dediqué a todo esto mis más atentos pensamientos. Inanna me había hecho
rey, eso era seguro: ella y Agga, actuando bajo alguna taimada alianza. Me
había hecho, pero también podía deshacerme. Estaría en guardia, decidí,
contra cualquier futura representación en Uruk de la historia de la diosa y del
dios.

Al tercer día de mi reinado Inanna me llamó. Cuando la diosa llama, incluso el


rey debe apresurarse. Nos encontramos en una pequeña estancia del templo,
en absoluto majestuosa, con paredes pintadas de rosa y unas cuantas torcidas
y desvencijadas sillas que un pobre escriba hubiera considerado demasiado
destartaladas para su casa. Ella llevaba una túnica sencilla y su rostro estaba
sin pintar. Dos días antes había sido a la vez diosa y sacerdotisa, terrible en
su majestad y abrumadora en su belleza. La mujer que vi ahora no se había
preocupado este día de asumir su divinidad. Su belleza estaba con ella en
cualquier momento, pero su grandeza no se reflejaba hacia todos los que la
rodeaban. Y estaba bien así, porque yo había dormido poco en mis dos noches
de reinado, y enfrentarse a Inanna en su majestad es un asunto agotador para
cualquiera, incluso aunque sea en parte un dios.

Deseaba saber por ella la verdad de la muerte de Dumuzi. ¿Pero cómo podía
preguntárselo? "¿Murió a tus manos? ¿Vertiste veneno en su bol,
sacerdotisa?" No. No. ¿Debía decir: "Me siento agradecido de que acabaras
con mi predecesor, para que yo pudiera conseguir su reino"? No. O quizá:
"Soy joven y nuevo en estos asuntos de estado. Dime, ¿es costumbre que la
diosa asesine a un rey inútil, cuando la ciudad ya no puede seguir tolerando
su inutilidad?" No. Ni tampoco podía suscitar el viejo asunto de haber sido
obligado a huir al exilio: "¿Se asustó de pronto Dumuzi tanto de mí quizá
porque tú le dijiste que el espíritu de Lugalbanda había entrado en mi
cuerpo?"

No, no dije ninguna de esas cosas. Como tampoco ella, que me había mirado
con aquella hambre tan feroz en años pasados, me favoreció ahora con el
llamear de sus ojos, la salvaje sonrisa del triunfo, el intenso abrazo hacia el
que sus planes se habían dirigido desde tanto tiempo atrás. Cuidó mucho de
no dejar traslucir nada más allá de lo que se esperaba entre una sacerdotisa y
un rey en su primera visita ceremonial: una fría formalidad, una estricta
observación de los ritos. No se suponía que Inanna y el rey se besaran con
pasión, excepto en la noche del Sagrado Matrimonio, y eso sólo es una vez al
año.
De modo que con las frases apropiadas se congratuló de mi ascensión al
trono, y me ofreció su bendición; y yo, con idéntica formalidad, me
comprometí a servir a la diosa de una forma real. Compartimos el vino dulce
en un solo bol, y comimos la carne asada de un buey que había sido
sacrificado al amanecer. Cuando todo esto estuvo hecho, hablamos, como dos
viejos amigos que no se han visto desde hace mucho tiempo, del pasado, de
nuestro primer encuentro en el tembló de Enmerkar, de los acontecimientos
de mi temprana juventud, de lo alto y fuerte que me había vuelto en los cuatro
años de mi exilio, y de todas esas cosas, pero todo de una manera informal y
distante. Ella habló de la muerte de algunos príncipes y grandes hombres
mientras yo había estado fuera. Eso la condujo finalmente al tema de la
muerte de Dumuzi: se mostró triste, suspiró, bajó los ojos, como si la muerte
del rey hubiera sido un gran pesar para ella. Escruté su rostro pero no vi
ningún indicio.

— Con mis propias manos lo cuidé -dijo Inanna-. Puse paños fríos en su frente.
Yo misma mezclé los medicamentos: el quunabu y el kushumma, las semillas
de duashbur, las raíces de nigmi y arina. Pero nada sirvió. Fue marchitándose
de día en día basta apagarse. -Sentí un estremecimiento cuando habló de
mezclar las medicinas de Dumuzi, y me pregunté qué cosas diabólicas habría
mezclado en aquellos polvos para acelerar su paso al otro mundo. Pero no
pregunté. Creo saber las verdades que yacen tras las preguntas no
formuladas. Pero no pregunté.
13

Entonces todo el peso del reinado cayó sobre mí, y fue mucho más pesado de
lo que jamás hubiera imaginado. De todos modos, creo que lo resistí bien.

Estaban los rituales que había que realizar, las ofrendas y sacrificios.
Esperaba eso. ¡Pero tantos, tantos! La Festividad de la Comida del Centeno,
la Festividad de la Comida de las Gacelas, la Festividad de la Sangre de los
Leones, esta festividad y esa otra, un calendario de ceremonias que agotaba
el tiempo y las fuerzas del rey. Los dioses son insaciables. Deben ser
alimentados constantemente. No llevaba diez días de rey cuando descubrí que
el olor de la carne asada y el denso y dulce aroma de la sangre recién
derramada me producían nauseas. Debéis comprender que por aquel
entonces yo apenas era algo más que un muchacho: sabía que todo este ritual
era mi deber, pero hubiera preferido con mucho romper unas cuantas cabezas
en la casa de luchas o arrojar jabalinas en el campo de batalla que pasar mis
días y mis noches derramando la sangre de animales en aquellas
encumbradas ceremonias. Sin embargo conseguí superar esa primera
repugnancia y realicé las tareas como mejor supe. El rey no sólo es el líder en
la guerra y el portavoz de los dioses en asuntos de estado; es el más alto de
los sumos sacerdotes, lo cual es un trabajo formidable.

Así que en la noche correspondiente subí al tejado del templo de An en la


primera noche de guardia, cuando la estrella de An había aparecido ya, y
presidí la mesa dorada donde se había preparado un festín en honor al Padre
Cielo, con comida también para la esposa de An y para las siete estrellas
errantes. Ofrecí a esos grandes la carne de nuestro ganado, ovejas y aves,
cerveza de la mejor calidad y el vino de dátiles, servido de una jarra de oro.
Hice una ofrenda de cada tipo de fruta, y vertí miel y especias aromáticas en
los siete incensarios de oro. Di la vuelta a cada uno de los cuatro cuernos del
altar y los besé para renovar su santidad.

Bebí vino y cerveza y leche y miel, e incluso aceite, hasta que mi estómago
estuvo insoportablemente hinchado de todo ello. En algunos ritos tenía que
beber de jarras de sangre fresca, lo cual nunca había hecho de buen grado.
En algunos otros rituales llevaba pesadas ropas, y en otros aún iba
completamente desnudo. Nunca había una noche sin alguna observancia, a
menudo había algunas también durante el día. Los dioses debían ser
alimentados. Empezaba a sentirme como un cocinero y un camarero.

Y también como un matarife, a veces. Para uno de los ritos me trajeron un


buey sacrificial demasiado gordo para poder mantenerse en pie: parecía como
un gran cilindro de grasa. Me miró con unos grandes y tristes ojos castaños
como si supiera que yo era su muerte que se aproximaba, pero era demasiado
plácido para protestar. Alzaron su cabeza y pusieron el cuchillo en mi mano.

— Los dioses te crearon para este momento -le dije-. Ahora te devuelvo a
ellos. -Lo degollé de un solo tajo. El buey, jadeando, suspirando, se derrumbó
sobre sus patas delanteras, pero necesitó mucho tiempo para morir; creí oírle
llorar. Dejé que su cálida sangre bañara mi desnuda piel hasta que me sentí
pringoso de cabeza a pies. Eso significaba ser rey en Uruk.

Había restricciones y obligaciones sobre mí. En un día determinado del mes


no podía comer ternera, y en una noche determinada no podía comer cerdo, y
en otra tenía prohibido cualquier tipo de carne cocida. En un cierto día era
peligroso para mí comer ajo; en otro día, en bien de la seguridad de la
comunidad, se me exigía que me abstuviera de cualquier tipo de relación
carnal con mujeres; el día en que se delimitaban los campos con piedras no
podía ver el río; y así sucesivamente. Muchas de esas cosas me parecían
absurdas, pero las observaba todas. Algunas de ellas sigo observándolas
todavía. Pero algunas otras las he ido desechando con los años, y nunca he
visto que haya caído ningún castigo sobre mí o sobre Uruk por haberlo hecho.

Esas obligaciones y cargas del reinado se fueron haciendo menos opresivas a


medida que me acostumbraba a ellas. De tanto en tanto me descubría
anhelando la vida más libre y vital que había llevado como guerrero en Kish;
pero esos sentimientos pasaban con rapidez, como los pájaros del invierno
que llamean plateados en el cielo azul. Hacía lo que se me requería que
hiciera, y lo hacía sin protestar. Un rey que protesta acerca de sus propios
deberes no es un rey, es un mero impostor.

Había un rito que hubiera realizado no solo sin protestar sino muy
ansiosamente. Pero había empezado mi reinado en pleno verano; ese rito
había que esperar hasta el nuevo año. Me refiero al Sagrado Matrimonio,
cuando Inanna yacería finalmente en mis brazos.

Finalmente cedió el calor y empezó a soplar del sur ese dulce y suave viento,
el Tramposo. En ese viento viaja el aroma del cálido mar; permanecí largo
tiempo a solas en la terraza de mi palacio, respirándolo profundamente,
dejándolo penetrar en mis pulmones. Es el heraldo, pensé. Pronto cambiará la
estación; volverán las lluvias; llegará el tiempo de arar y sembrar. Y antes de
que los campos puedan ser sembrados, tiene que serlo la diosa. Temblé con
anticipación.

Esa mañana el chambelán a cargo de tales cosas me dijo que tenía que dejar
de acostarme con las concubinas de palacio, porque el festival ya estaba
cerca. Los días de purificación habían llegado, cuando la semilla del rey debe
ser dedicada enteramente a Inanna. Me eché a reír y le dije que haría de buen
grado el sacrificio, aunque al cabo de uno o dos días mis pensamientos al
respecto eran distintos. Siempre he sentido el empuje del deseo como la orilla
siente el empuje del mar, es decir, algo que se produce de una forma rítmica,
insistente, incesante. Nada puede contener el empuje del mar; y cuando
intenté contener ese otro empuje dentro de mí, lo descubrí casi tan difícil
como hubiera sido impedir que las olas se estrellaran contra la playa. Creo
que no había estado sin el abrazo de una mujer mucho más de medio día
desde que alcanzara la virilidad. Ahora decretaba para mí un gran ahogo de
las pasiones, y eso agostaba mi sangre de la forma más sorprendente. Fue un
tiempo realmente duro para mí. Lo resistí, pero sólo porque sabía que mi
recompensa iba a ser Inanna, acudiendo a mí como las frías lluvias del
invierno después de un verano infernal.
Todos los asuntos normales de la ciudad se detuvieron. Se iniciaron los
preparativos del festival: la reparación y limpieza de los edificios, los
sacrificios, las fumigaciones, los desfiles. Los exorcistas no dejaban de
trabajar en todos los rincones de Uruk, arrojando a los demonios más allá de
las murallas de la ciudad. Los sacerdotes salían a los secos campos y los
rociaban con el agua sagrada de jarras de oro. Los que pertenecían a las
castas impuras regresaban a sus poblados temporales fuera de la ciudad, y
cualquiera que fuese extranjero a Uruk era invitado también a marcharse.

Yo permanecí encerrado en el palacio, ayunando, purificándome, no comiendo


carne, no tocando a ninguna mujer. Durante todo el día inhalaba los humos
del sagrado incienso real, que ardía en braseros de largos pies. Apenas
dormía, sino que pasaba mis noches entre la plegaria y el canto. Los dioses
iban y venían por mi habitación, grandes figuras sombrías que se erguían de
pie a mi lado unos momentos y luego se iban. Una noche sentí la presencia de
Enlil; otra, desperté de un sueño ligero para ver la encapuchada figura de
Enki ante mí, con los ojos reluciendo como carbones encendidos. Las visitas
de esos dioses y otros me dejaban helado de terror. Nadie, ni siquiera un rey,
puede aceptar fácilmente tales presencias. Si hubiera tenido algún buen
amigo a quien quisiera a mi lado me hubiera resultado menos difícil
enfrentarme a esos espíritus. Pero por aquel entonces estaba solo. Caminaban
por toda mi habitación y pasaban a través de mí como si yo no estuviera allí, y
cada vez que lo hacían sentía soplar sobre mí el cortante viento gris del
mundo inferior. En aquella estación del año, cuando la sequía mortal que es el
verano aferra todavía la Tierra, el mundo inferior está muy cerca: su boca se
abre justo debajo del portal que da acceso a Uruk.

Gungunum, el sumo sacerdote de An, acudió a mí la tercera mañana. Mis


sirvientes me vistieron con todas mis galas reales, y fui con él a la capilla de
palacio. Allá me arrodillé delante del Padre Cielo. Entonces Gungunum me
despojó de todos mis ornamentos de rango, y abofeteó mi rostro, y me tiró de
las orejas, y me humilló de otras maneras delante del dios, y me hizo jurar
que no había nada en mí que fuera indigno a la vista de los dioses; y cuando
hubo terminado, me alzó y me vistió con sus propias manos, y me devolvió mi
realeza.

Después me tendió un bol que contenía tiernas rodajas del corazón de la


palmera, el cogollo joven de la palmera datilera. Consideramos ese árbol
sagrado, porque tiene tantos usos como días hay en el año, y nos proporciona
comida y bebida, y fibras para cuerdas y redes, y madera para nuestros
muebles, y todo lo demás: es un árbol divino. Así que tomé el bol del
sacerdote y comí las rodajas del corazón de la palmera, e inmediatamente
Dumuzi entró en mí.

Quiero decir el dios Dumuzi, por supuesto, no ese estúpido y superficial rey
que había tomado su nombre. El corazón de la palma es la energía que posee
el árbol para producir nuevos frutos, y cuando Lo comí, esa energía, que es
Dumuzi el dios, pasó a mi interior. Ahora toda la fertilidad estaba encarnada
en mí. Yo era la lluvia; yo era la savia que asciende por el tallo; yo era la flor;
yo era la semilla. Yo era la fuerza que podía engendrar dátiles y cebada, trigo
e higos. De mí brotarían los ríos. De mí fluirían el vino y la cerveza, la leche y
la crema. El dios pulsaba dentro de mí, y me sentía estallar con la nueva vida
del nuevo año. Cuando contemplé mi cuerpo desnudo vi el rígido cetro de mi
masculinidad tendido delante de mí como un tercer brazo, y había una
pulsación dentro de él.

Pero Dumuzi sin Inanna no sirve para nada. Había llegado el momento de que
liberara la energía del dios en sus receptivas ingles.

Así pues -al fin, al fin-, la noche del Sagrado Matrimonio estaba al alcance de
la mano. La luna se había desvanecido en su lugar de sueño. Aquélla mañana
me había bañado en agua pura de la fuente del templo de An, y luego las
doncellas habían aceitado mi cuerpo, sin omitir ninguna parte de él,
utilizando el dorado aceite exprimido de los más jugosos dátiles. Me puse mi
corona y mi ropa, dejando desnuda la parte superior de mi cuerpo. Me
llevaron a la oscura casa de Dumuzi, carente de ventanas, al extremo de la
ciudad, donde pasé medio día en silencio, vaciando mi mente de todo excepto
de la diosa. Os digo que era como un hombre en un sueño, vacío de todo yo,
poseído enteramente por Dumuzi. Y a la caída de la noche fui con un bote -el
trayecto debía hacerse por agua, de modo que el rey se deslice dentro de la
ciudad como la semilla lo hace dentro del seno- hasta el muelle cercano al
recinto de Eanna, y desde allí a pie hasta la Plataforma Blanca y el templo
donde me aguardaba la diosa.

Ascendí la Plataforma en su extremo occidental, sin mirar ni a derecha ni a


izquierda. Conducía una oveja de negros rizos tirando de una correa de cuero,
y sujetaba a un niño pequeño descansando sobre mi brazo, como ofrendas a
Inanna. Supongo que el aire era cálido o frío aquella noche, y las estrellas
eran brillantes o tal vez estaban veladas por la bruma, y posiblemente la brisa
arrastrara el perfume de los brotes jóvenes, o quizá no. No sabría decirlo. No
veía ni sentía nada, excepto el resplandeciente templo delante de mí, y los
lisos ladrillos de la Plataforma bajo mis pies desnudos.

Entré en el templo y entregué el niño a una sacerdotisa y la oveja a un


sacerdote, y me dirigí a la gran estancia. Inanna estaba allí. Si vivo doce mil
años nunca contemplaré una visión más gloriosa.

Resplandecía como un escudo pulimentado. Brillaba en todo su esplendor. La


habían bañado, le habían aplicado ungüentos, habían envuelto su desnudez
con marfil y oro y lapislázuli y plata. Tiras de alabastro rodeaban sus muslos,
y un triángulo de oro ocultaba sus ingles. Bloques de lapislázuli claro
descansaban sobre sus pechos. Hilos de oro trenzado se enredaban por entre
su pelo. Había visto todo aquello antes, llevado por ella misma en la noche de
su primer Sagrado Matrimonio con Dumuzi, y llevado por su predecesora en
tiempos de Lugalbanda. Lo que me maravillaba no era la magnificencia de sus
joyas sino la magnificencia de la diosa que parecía resplandecer bajo todo
aquello. Del mismo modo que yo me había convertido en la encarnación del
poder viril -ahí estaba ese insistente pulsar entre mis piernas para
recordármelo-, ella también se había transformado ahora en la deslumbrante
esencia de la feminidad. De aquel triángulo dorado en la base de su vientre
brotaban ola tras ola de intenso poder, como el resplandor del sol. Extendió
sonriente las manos hacia mí, con los dedos abiertos. Sus ojos se encontraron
con los míos. Retrocedí a través del abismo de los años hasta aquel otro
momento, en aquel mismo templo, cuando la muchachita Inanna me había
encontrado vagabundeando, y me había abrazado y había pronunciado mi
nombre, y me había mirado directamente a los ojos y me había dicho que yo
sería rey, y que ella yacería un día en mis brazos: con mi mejilla apoyada
contra los pequeños brotes de sus pechos y su intenso perfume invadiendo mi
olfato. Ahora todo lo que había sido profetizado se había cumplido, y
estábamos de pie el uno frente al otro en el templo y aquella era la noche del
Sagrado Matrimonio, y sus oscuros ojos, resplandecientes como ónice a la luz
de las antorchas, ardían con el fuego de la diosa.

— Saludos, Inanna -susurré.

— Saludos, real esposo, fuente de la vida.

— Mi sagrada joya.

— Mi esposo. Mi auténtico amor destinado.

Luego se echó a reír con una risa muy humana.

— ¿Lo ves? Todo ha ocurrido como tenía que ocurrir. ¿No es así? ¿No es así?

Oí la música de la celebración. Mis dedos tocaron los de ella -sólo las puntas,
pero eran fuego, ¡fuego!-, y caminamos juntos corredor abajo y salimos al
porche del templo. La puerta se abrió de par en par delante de nosotros. El
luminoso creciente de la luna nueva surgió sobre el templo. Un millar de
paires de ojos me devolvieron la mirada allá fuera en la noche. Pronunciamos
las palabras de los ritos. Bebimos del cuenco de miel, y derramamos el
recipiente de cebada al suelo. Permanecimos allí de pie con las manos unidas
mientras se cantaba el himno de la celebración. Tres sacerdotes desnudos
pronunciaron bendiciones. La sangre del niño, mi ofrenda, fue untada en mi
antebrazo y en su cuello. La carne asada de mi otra ofrenda, la oveja, nos fue
ofrecida en bandejas de oro, y tomamos cada uno un bocado. Necesité mil
doscientos años para tragar aquel pequeño trozo de carne.

Entramos de nuevo en el templo, precedidos y rodeados por sacerdotisas y


sacerdotes, músicos, danzarines, todos saltando y cantando en torno nuestro
mientras nos encaminábamos al dormitorio de la diosa. Era una habitación
pequeña de alto techo abovedado, donde habían sido esparcidos suaves y
tiernos juncos perfumados con aceite de cedro. El lecho que había en su
centro era del más negro ébano, incrustado con marfil y oro. Estaba cubierto
por una sábana del más fino lino, que llevaba el emblema de Inanna. En torno
al lecho había montones de dátiles recién recolectados, formando aún
racimos, como estaban en el árbol: el auténtico tesoro de la Tierra, más
precioso que cualquier gema. Inanna arrancó un dátil de un racimo y lo puso
tiernamente en mi boca, y luego yo hice la misma ofrenda a ella.

Pensaréis que en este punto yo estaba enloquecido por el deseo y la


impaciencia. Pero no, no, el dios estaba en mí y me inundaba con su divina
calma. ¿Cuántos años llevaba celebrándose aquel Matrimonio? ¿Qué
importaban ahora unos cuantos minutos más? Permanecí tranquilo mientras
las sacerdotisas de Inanna la despojaban de sus joyas, sus cuentas, las tiras
de alabastro, los anillos, los ornamentos de sus orejas, de sus ojos, de sus
labios, de su ombligo. Le quitaron las cuentas que cubrían sus nalgas, y
dejaron desnudos sus pechos, que eran altos y redondos y se erguían firmes
como los de una muchacha, aunque ya había pasado los veinte años. Y luego
alzaron el triángulo que cubría sus ingles y revelaron para mí la zona más
íntima de su femineidad, oscura y profundamente cubierta de vello e
intensamente perfumada. Y luego las mismas mujeres me despojaron de mis
ropas y descubrieron mi cuerpo; y cuando ambos estuvimos desnudos se
retiraron de la estancia y nos dejaron solos el uno con el otro. Me acerqué a
ella. Me detuve frente a ella. Observé el subir y bajar de sus pechos al ritmo
de su respiración. Asomó la lengua entre sus labios, lentamente, haciéndolos
resplandecer. Sus ojos recorrieron desvergonzadamente mi cuerpo; y los míos
viajaron por todo el suyo, deteniéndose en la plenitud de sus pechos, en la
anchura de sus caderas, en el denso triángulo negro que ocultaba el pozo de
su femineidad. La tomé ligeramente de la mano y la conduje hacia el lecho.

Por un momento, mientras mi cuerpo flotaba encima del suyo, mi yo-dios


parpadeó y desapareció de mí y mi yo mortal regresó. Y pensé en todos los
vericuetos de mis tratos con aquella mujer, cómo me había engañado y
desconcertado. Pensé en su perversidad, en su oscuro juego, su misterio, su
poder. Pensé también en aquel otro Dumuzi, el mortal, al que ella había
abrazado año tras año en este mismo rito, y luego, cuando ya no le era útil,
había asesinado con absoluta frialdad. Luego el dios se reafirmó de nuevo en
mí y todos aquellos pensamientos desaparecieron, y dije, como debe decir el
dios a la diosa en este momento:

— Soy el pastor, soy el labrador, soy el rey: soy el desposado. ¡Que la diosa
goce!

No os contaré qué otras palabras nos dijimos aquella noche. Las cosas que la
diosa debe decirle al dios, y el dios debe decirle a la diosa, ya las sabéis,
porque esas palabras son las mismas cada año; y las cosas que la sacerdotisa
dijo al rey, y el rey a la sacerdotisa, pueden ser fácilmente adivinadas, y
carecen de interés. Aparte de dios y diosa y rey y sacerdotisa, también
éramos un hombre y una mujer en aquella estancia; y en cuanto a las palabras
que fueron dichas por la mujer al hombre y por el hombre a la mujer, bien,
creo que son secretas entre esa mujer y ese hombre, y no debo decirlas, pese
a que he dicho ya tantas cosas. Dejemos que estas palabras sigan siendo
nuestro misterio. El mayor misterio que realizamos aquella noche ya podéis
imaginarlo. Sabéis qué ritos de labios y pezones, de nalgas y manos, de bocas
e ingles, deben ser efectuados por la pareja sagrada. Su piel era cálida,
ardiente como el hielo de las montañas del norte. Sus pezones eran duros
como alabastro en mis manos. Hicimos todo lo que había que hacer, antes del
acto final, y cuando llegó el momento de éste, lo supimos sin necesidad de
decirlo. Penetrarla fue como deslizarse en miel. Cuando nos unimos, ella se
rió, y yo supe que era tanto la risa de la muchacha en el corredor como la de
la suma sacerdotisa. Yo también me eché a reír, gozando de la realización de
mi deseo tanto tiempo aguardado; y luego nuestras risas se perdieron en un
sonido más profundo y pesado. Mientras nos movíamos al unísono, ella
empezó a hablar con frases balbuceantes que yo no comprendí; el lenguaje de
la mujer, el lenguaje de la diosa de la Antigua Manera. Sus ojos giraron hacia
arriba de modo que sólo pude ver el blanco. Luego mis ojos también se
cerraron, y la abracé fuertemente con ambos brazos. El poder del dios fluyó
de mí como fuego líquido, llevó el poder de la diosa que había dentro de ella a
su fructificación. Con el derramar de mi semilla nació el nuevo año. Un grito
de regocijo brotó de mis labios, y de los de ella, y oímos la respuesta de las
melodías de los músicos que aguardaban fuera de la estancia. Fue entonces
cuando nos hablamos el uno al otro, primero con nuestros ojos y nuestras
sonrisas, luego con palabras. Al cabo de poco empezamos de nuevo el rito, y
luego otra vez, y otra y otra vez, hasta que el amanecer trajo sobre nosotros la
bendición del nuevo año, y salimos pausadamente del templo para erguirnos
desnudos en medio de la suave lluvia que nuestro acoplamiento habría atraído
sobre la Tierra.
14

Así pues transcurrió la noche del Sagrado Matrimonio, cuando Inanna y yo


nos unimos finalmente. Pero fueron la diosa y el dios quienes se desposaron,
no la sacerdotisa y el rey; y una vez terminado el festival, seguimos con
nuestras vidas separadas, ella en el aislamiento de su templo, yo en medio de
mis concubinas en palacio. No volví a verla en las siguientes semanas. Cuando
al fin lo hice, en el rito de la siembra del trigo, me trató de una forma fría y
formal. Eso era lo correcto y lógico: pero lo odié. Su sabor estaba aún en mi
lengua. Sin embargo sabía que no podría volver a abrazarla una segunda vez
hasta que la estación del nuevo año hubiera dado otra vuelta, dentro de doce
meses. Aquel conocimiento me dolía.

Las ataduras rituales y las responsabilidades nos mantenían de todo modo en


constante comunicación. En Uruk el rey es el brazo derecho de la diosa, y su
espada; y ella es el sagrado bastón en que él se reclina. Sin la diosa, no habría
rey; sin el rey, la diosa no podría llegar a las almas de la gente. Así que ambos
estaban unidos para siempre, centros gemelos de la ciudad, el uno girando en
torno al otro y todo lo demás girando a su alrededor.

La suave lluvia de Tashritu dejó paso, a principios del mes de arahsamna, a


lluvias que no eran en absoluto suaves: torrenciales aguaceros que avanzaban
casi cada día desde el cielo septentrional. El reseco suelo la bebió primero
ávidamente, pero pronto su sed estuvo saciada, y las tormentas siguieron
vertiéndose sobre toda la Tierra. En este tiempo empecé a dedicar toda mi
atención al estado de los canales. No se habían efectuado las reparaciones
necesarias durante el último año del reinado de Dumuzi. Si las lluvias
continuaban con aquella fuerza y no era retirado el lodo de los canales, era
probable que sufriéramos más de una inundación a principios de la
primavera.

Estaba profundamente ocupado en estos asuntos, conferenciando con mi


chambelán de las aguas y mi supervisor de los canales y otros tres o cuatro
altos funcionarios, cuando mi virrey de palacio entró en la cámara real. Un
sacerdote del templo de Enmerkar, dijo, había traído un mensaje de Inanna.
Me necesitaba con urgencia. Al parecer, un demonio había tomado residencia
en su árbol huluppu, y yo debía arrojarlo de allí.

Mi mente estaba ocupada enteramente con las necesidades de los canales, de


modo que supongo que no hice ningún intento por velar mi impaciencia. Miré
sorprendido al virrey y dije bruscamente:

— ¿Acaso no puede encontrar a ningún otro exorcista?

Hubo algunos murmullos por parte de los funcionarios que estaban a la mesa
conmigo. Oí su tono desaprobador, y al principio pensé que estaban tan
irritados como yo por aquella interrupción de nuestro trabajo; pero no, lo que
les turbaba era mi hosco rechazo, no la inoportuna petición de Inanna. Me
miraron inquietos. Por un momento nadie habló.

Luego el supervisor de los canales murmuró, sin mirarme directamente:

— Corresponde al rey efectuar esas tareas, mi señor, cuando se le solicita. -


Un repentino sudor hizo brillar su rostro. Extendí las manos ante él.

— Tenemos un importante trabajo…

— Las peticiones de Inanna no pueden ser ignoradas, oh majestad -dijo


suavemente mi virrey, tocándose la frente con el mayor de los tactos.

— Los canales… -dije.

— La diosa -dijo el chambelán de las aguas.

— ¿Todos vosotros pensáis lo mismo? -pregunté, mirando a todos a mi


alrededor.

Esta vez nadie habló. Pero no había confusión en su insistencia. Cedí, y cedí
con una sonrisa. No sabía ninguna otra forma de ceder, excepto con una
sonrisa. ¿Qué podía hacer? No había otra salida: por atareado que estuviera,
debía acudir al templo inmediatamente, y librar el árbol de Inanna de su
demonio.

Aquel árbol huluppu era, y de hecho aún es, una enorme masa vegetal de
graciosas ramas caídas, que fue plantada por la diosa en el jardín de su
templo hacía cinco mil años. El suelo donde crece es tan sagrado que un
puñado de la negra tierra junto a sus raíces es suficiente para curar muchas
dolencias del espíritu; en primavera las mujeres estériles acuden a él y
abrazan su tronco, y muchas se vuelven fértiles por el gotear de su savia; y
con sus hojas se hace un té verde que es usado a veces para adivinar el
futuro. Es un árbol noble y sagrado, y no me gustaría oque sufriera ningún
daño. Pero tenía la impresión de que Inanna hubiera podido cuidarse ella
misma de su árbol, y dejarme a mí libre para ocuparme de los canales.

En la segunda guardia de la mañana -la lluvia había parado por un tiempo; el


cielo estaba brillante y claro, el aire tenía ese aroma a limpio de principios de
verano- acudí al jardín del templo en compañía de un grupo de los hombres
más jóvenes de palacio. El árbol huluppu, amplio y enorme, se erguía en la
esquina nordeste del recinto, dominando todo lo demás. Media docena de
quejumbrosas sacerdotisas permanecían de pie a su lado, y una docena de
viejas mujeres de la ciudad giraban lentamente arrastrando los pies en un
amplio círculo a su alrededor, cantando una átona letanía.

No se necesitaba ser un experto jardinero para comprender que algo le


ocurría al árbol. La lluvia había barrido casi todas sus largas y estrechas
hojas, que ahora permanecían apiladas en grandes montones en el suelo.
Aquellas que aún no habían caído estaban mustias y amarillentas, y las
propias ramas parecían fláccidas y laxas. Me acerqué a él y puse mis manos
contra su gruesa y arrugada corteza, como intentando captar al demonio que
había tomado residencia en él. Pero todo lo que sentí fue la gruesa y arrugada
corteza. Había traído conmigo a un tal Lugal-amarku, un hombre bajo y
jorobado con unas cejas negras que se juntaban sobre su nariz, y que sabía de
encantamientos y exorcismos. Puso también sus manos sobre el tronco, y las
retiró corno si se las hubiera quemado.

— ¿Y bien? -dije-. ¿Qué has descubierto?

— No un demonio, mi señor. ¡Tres!

— Ah -dije-. ¿Tres, dices? Aquello era fastidioso. Pensé en el limo


acumulándose en el fondo de los canales, y en la lluvia que a buen seguro
volvería dentro de pocos días. ¿Entonces, tres demonios? ¿Tres?

Oí a mis espaldas el susurrar de las sacerdotisas y las viejas mujeres. Miré a


mi alrededor, y vi a Inanna avanzando a largos pasos hacia mí, sin
preocuparse del enfangado suelo que manchaba el borde de su blanca túnica
a cada paso. Era la segunda vez que la veía desde el amanecer siguiente al
Sagrado Matrimonio. Al instante llameó en mi mente la visión de aquella
noche, Inanna ante mí, su rostro encendido y enrojecido, sus pechos
oscilando. Pero la visión pasó. Me hizo con brusquedad el signo con que la
suma sacerdotisa saluda al rey, y yo le hice de vuelta el signo de la diosa.

— Tienes que salvar el árbol -dijo inmediatamente.

— Alberga a tres demonios, me han dicho.

— Ah, ¿tú también lo has visto?

Señalé a Lugal-amarku.

— No. Él lo ha visto.

El jorobado alzó modestamente las manos con las palmas hacia arriba y dijo:

— Es evidente, mi dama.

— Entonces así es -dijo Inanna, y se acercó al árbol. Me miró-. Observa aquí.


La serpiente que no conoce conjuro ha hecho su morada aquí. Y en la copa del
árbol ha construido su nido el pájaro Indugud, y cría sus polluelos. Y aquí, en
el tronco: la vampira Lilitu, la doncella de la desolación, la devoradora de
almas, reside ahora aquí.

Miré. Las palabras de Inanna cayeron sobre mí como el resonar de campanas


de plomo. ¿Era eso realmente ser rey en Uruk? ¿Debía realizar trabajos
imposibles cada mañana, y tres en los días especiales? ¿La serpiente que no
conoce conjuro? ¿El pájaro Imdugud? ¿La vampira Lilitu? De hecho había un
agujero en el suelo en la base del árbol, que se abría entre dos de las enormes
y enmarañadas raíces. Miré a su interior, pero no vi nada. Como tampoco
pude ver ningún nido en su copa, ni ninguna casa demoníaca en medio del
tronco. Observé primero a Inanna, luego a Lugal-a-marku, y de nuevo a
Inanna. Tres demonios, ¡y mi tarea era echarlos fuera! ¡Si sólo pudiera
encogerme de hombros y marcharme de allí, y regresar a mi palacio para
ocuparme de problemas que podían verse y palparse! Pero no podía hacerlo.
Debía prestar mi ayuda a Inanna en aquel asunto, o todo Uruik sabría en
menos de una hora que Gilgamesh había eludido sus obligaciones y que temía
al mundo invisible. Sentí una desesperación que me resulta imposible
expresar mientras permanecía allí inmóvil ante el árbol, pensando: ah, mis
canales, mis canales, ¡mis canales!

Luego dije:

— Combatiremos estas cosas, y rápido. Di órdenes a Lugal-amarku que


preparara una poción tan horrible, tan apestosa, que ninguna criatura
pudiese resistirla, ni siquiera la serpiente que no conoce conjuro. Tráela aquí
dentro de una hora, le dije. Envié a uno de los hombres de mi grupo -el
guerrero Bir-hurturre, mi viejo compañero de escuela y atormentador de mi
infancia, ahora parte de mi consejo particular- de vuelta a palacio para
traerme mi hacha grande. Y le pedí a la sacerdotisa que me trajera un trozo
de cuerda gruesa y resistente del templo de Enmerkar. Lucharíamos contra
aquellos demonios allí y entonces. Incluso en aquellos primeros días de mi
reinado había empezado a poner en práctica mi idea básica del gobierno, que
consistía en que todo puede conseguirse con decisión y mostrando una firme
determinación.

El jorobado regresó, no al cabo de una hora sino a la mitad de ese tiempo,


trayendo un recipiente de bronce lleno con una sustancia amarillenta y
burbujeante, salpicada con cosas verdes y rojas, una sustancia tan nociva y
pestilente que me sorprendió que no agujereara el bronce. Parecía orgulloso
de sí mismo. Le di una animosa palmada en su joroba, frotándola fuertemente
para atraer a la suerte, y exclamé:

— ¡Esto tiene que funcionar, por Enlil! ¡No hay nada mejor para este trabajo!

Dominando las arcadas producidas por el hedor, tomé el recipiente de sus


manos y lo vacié en el agujero en la base del árbol. La tierra silbó apenas el
líquido la tocó. Juraría que los bordes del agujero retrocedieron como
asqueados. Aguardamos. La serpiente que no conoce conjuro no obedece ni a
An ni a Enlil ni siquiera a Inanna, la dueña de todas las serpientes. Pero al
cabo de unos momentos hubo una agitación en la tierra, y unos furiosos ojos
amarillos llamearon en el interior del agujero, y una negra lengua bífida
emergió estremeciéndose.

— Dame el hacha -dije en voz baja a Bir-hurturre.

Lentamente, lentamente, la serpiente se deslizó fuera de su agujero. Su piel


era oscura como la noche, con franjas amarillas, y su elástico cuerpo era tan
grueso como mi brazo. A mis espaldas, las sacerdotisas canturrearon una y
otra y otra vez nombres sagrados, e incluso mis propios hombres susurraron
encantamientos defensivos. Sin embargo yo no sentí ningún miedo, quizá
porque la serpiente parecía tan afligida, tan enferma y aturdida por el
horrible líquido de Lu-gal-amarku. Normalmente no acabo con uní enemigo
que se halla tan desamparado ante mí; pero no había tiempo para tales
tiernas sutilezas ahora. Alcé mi hacha y, con un solo y rápido golpe partí la
serpiente en dos. Las dos mitades se enrollaron y desenrollaron y saltaron
alocadamente, y de la boca de la serpiente brotó un rugido salvaje, y creo que
su intención era escupirme su veneno, pero no me alcanzó. Oí sollozos y
plegarias a mis espaldas.

Al cabo de unos instantes la serpiente yacía inmóvil.

— Uno — dije.

Ahora tomé la gruesa cuerda del templo, y la pasé en torno al tronco del
árbol, y la até a mis espaldas de tal modo que cuando puse mis pies contra el
árbol y tensé la cuerda pude impulsarme hacia arriba y andar, más o menos,
ascendiendo por el lado del árbol. Así subí, más y más arriba, trepando con
facilidad. La corteza era áspera y rugosa, y cuando yo la arañaba con mis
pies, de ella brotaba la fragancia de flores de almendro y de intenso vino.

Pronto alcancé la parte media del tronco, donde me habían dicho que estaba
haciendo su hogar la demonia Lilitu, esa oscura doncella que mora en los
lugares en ruinas y trae la aflicción a los caminantes. Supongo que si me
hubiera permitido una pausa para pensar, me hubiera sentido terriblemente
asustado. Pero hay veces en que resulta peligroso pararse a pensar. Sujeté los
dos extremos de la cuerda con una mano y golpeé fuertemente la otra contra
el tronco.

— ¿Lilitu? ¿Lilitu? ¿Me oyes? Soy Gilgamesh, rey de Uruk. — Me eché a reír,
para demostrar que no le tenía miedo-. ¡Óyeme, Lilitu! ¡Te prohíbo este árbol,
que pertenece a Inanna! ¡Te lo prohíbo! ¡Te lo prohíbo! ¡Fuera, fuera, fuera! -
¿Obedecería? Esperaba que sí. El nombre de Inanna tenía un gran poder
entre tales criaturas. Palmeé el tronco dos veces más, pero no aguardé una
respuesta, y seguí subiendo.

— Dos -dije.

En la copa del árbol, o eso había dicho Inanna, el pájaro Imdugud criaba sus
polluelos. Miré por entre las densas ramas y no lo vi, pero me pareció captar
su presencia. Me impulsé más hacia arriba, ya no trepando por el tronco sino
sujetándome de rama en rama.

— ¿Imdugud? -dije suavemente-. Imdugud, soy yo, Gilgamesh, hijo de


Lugalbanda.

Se trata de la más temible de las aves, el pájaro de las tormentas, el portador


del trueno y de la lluvia, cuyo cuerpo es el de un águila y cuya cabeza es la de
una leona. Es el pájaro de la fatalidad, que decreta el destino y cuya palabra
nadie puede transgredir; y no está ligado a ninguna ciudad, a ningún dios,
sino que va allá donde quiere, solo e independiente. Sin embargo, yo no tenía
ninguna razón para temerle. Mi padre había hablado a menudo con él, y
amigablemente. Cuando era joven, en tiempos de Enmerkar, había ido a
petición de Enmerkar como emisario a muchos reinos distantes, y sus viajes lo
habían llevado finalmente a la tierra de Zabu, en el extremo del mundo.
Cuando quiso volver a casa, a Uruk, descubrió que no podía hacerlo, porque
ése es un viaje del que no hay retorno. Sin embargo no sintió miedo por ello.
Descubrió en aquella tierra el nido del pájaro Imdugud, y cuando Imdugud
estaba fuera, Lugalbanda entró en su nido, y ofreció miel y pan y grasa de
oveja a sus polluelos, y pintó sus rostros con los colores del honor, y puso
coronas sobre sus cabezas. El Imdugud, cuando regresó, sintió un gran placer
en lo que Lugalbanda había hecho, y le concedió sus favores y su amistad, y le
ofreció cualquier recompensa que le pidiera.

— Decreta un viaje seguro hasta casa para mí, entonces -dijo, y así lo hizo, y a
su debido tiempo estuvo de regreso sano y salvo en su ciudad nativa.

Dije con suavidad, mirando por entre las ramas de la copa:

— Soy el hijo de Lugalbanda, oh Imduguid. Pero este árbol es de Inanna; y te


pido en nombre de Lugalbanda que construyas tu hogar en otro sitio. ¿Harás
eso por mí, Imdugud? En recuerdo de Lugalbanda, que te quiso bien, ¿lo
harás?

No oí respuesta; y no hubo ningún movimiento en las ramas casi desprovistas


de hojas. Aguardé en silencio, casi sin atreverme a respirar. Ya no pude sentir
la presencia del pájaro de las tormentas. Tuve la impresión de que Imdugud,
si realmente había anidado allí, me había escuchado, y había obedecido, y
había abandonado el árbol con sus crías y se hallaba ahora flotando muy alto
encima de la Tierra. En cualquier caso, le di las gracias.

— Tres -indiqué a los que aguardaban abajo.

Antes de abandonar el árbol trepé hasta el extremo de la copa, apoyando con


cuidado mis pies en cada una de las ramas. La sexta o séptima a la que llegué
parecía contener algo de muerte en ella. Estaba rígida y no cedía a la presión,
y su tacto era seco y extraño. Esa rama debía ser cortada, o difundiría su
magia mortal al resto del árbol. Así que indiqué a los que miraban abajo que
se apartaran, y alcé mi hacha y golpeé la rama hasta que la corté por
completo. Era de enorme tamaño, de un grosor tan grande como el tronco de
algunos árboles, y no fue sencillo seccionarla, pero finalmente cayó. La
empujé hacia fuera para que cayera por encima de las otras ramas de abajo a
un terreno despejado en el jardín. Luego bajé, saltando el último trecho del
camino y cayendo de pie con un grito de alegría. Inanna, pálida y silenciosa,
me miró de una forma que nunca antes había vasto en ella: había maravilla en
sus ojos.

— Los demonios se han marchado de tu árbol, mi dama -dije.

Sentí el calor del trabajo bien hecho. Si había arrojado realmente fuera de allí
a Lilitu y el Imdugud, o incluso si habían ocupado en primer lugar el árbol,
¿quién podía decirlo? Pero respecto a la serpiente no había ninguna duda; y
un poco más tarde, aquel mismo invierno, el árbol huluppu de Inanna empezó
a hacer brotar nuevas ramas, de tal modo que en primavera parecía tan sano
corno siempre. Quizá el feroz aliento de la serpiente en sus raíces había
ocasionado todo el daño, o quizá los otros dos demonios también habían
estado atormentándolo. No sabría decirlo. Sólo diré que el árbol se recuperó,
después que yo hube terminado mi trabajo con él.

De la rama muerta que corté, Inanna se hizo hacer un trono y una cama para
ella. Con la madera restante quiso que se hiciera un regalo para mí, un
tambor y una baqueta, tallados del modo más elegante por el artesano Ur-
nangar, cuya mano debió ser guiada por el propio Enki. La baqueta estaba tan
perfectamente equilibrada que casi parecía volar a mi mano cuando la cogía,
y me bastaba el más pequeño movimiento de la muñeca para arrancar del
tambor los más intrincados sones. El propio tambor estaba tan pulido que su
superficie parecía la piel de las nalgas de una doncella; y como parche Ur-
nangar utilizó la piel de una gacela nonata, tensada y mantenida en su lugar
con cuerdas hechas con la tripa de su madre. Nunca hubo un tambor, ni una
baqueta, en todo el mundo, que igualara el que Ur-nangar hizo para mí a
petición de Inanna. Ahora está perdido para mí, y creo que no pasa un día en
el que no desee tenerlo de nuevo a mi lado.

Durante los años que estuvo conmigo, utilicé el tambor de Ur-nangar de dos
maneras particulares. Una, que fue la más conocida por los ciudadanos de
Uruk, como llamada de guerra: cuando llegaba el momento de reunir las
tropas, salía a la plaza fuera del palacio y lo tocaba en un ritmo rápido, y todo
el mundo sabía lo que quería decir con él. "Escuchad", exclamaban,
"¡Gilgamesh llama a guerra!" Y a este sonido la ciudad empezaba a agitarse,
sabiendo que pronto habría nuevos héroes, y también nuevas viudas.

El otro uso que tenía para el tambor era mucho más íntimo. Para mí era la
puerta al mundo de los dioses. Quizá hubiera un poder divino en el tambor,
procediendo como procedía del sagrado árbol huluppu de Inanna, o quizá
quedara aún algún remanente de la magia del pájaro Imdugud en él. No lo sé.

Este era su don: cuando me retiraba a mis habitaciones más privadas y


empezaba a golpearlo suavemente de una cierta manera, me arrastraba hacia
arriba y fuera de mí mismo al reino donde mora Lugal-banda. Con él podía
apelar a voluntad a todas aquellas cosas que surgían en mí cuando el aura del
dios estaba sobre mí. Sentía el zumbido, veo un luminoso resplandor en tonos
dorados y bermellones y profundamente azules, podía hallar una entrada a
otro lugar, donde había una escalera que ascendía al cielo o una columna de
negra agua en la que sumergirme o un túnel, que se curvaba hacia abajo y se
alejaba de mí, invitándome a correr a lo largo de sus resplandecientes
paredes cilíndricas. Y aquel lugar era el lugar de los dioses. Cuando estaba
allí, cambiaba de forma, flotaba, volaba. Chillaba como un águila, rugía como
un león. Viajaba por el submundo hasta la región de los monstruos. Cenaba
con los dioses y los semidioses. Danzaba con los espíritus. Hablaba el
lenguaje de los sueños. Me convertía en el compañero del Pájaro del Trueno;
veía todas las cosas, toda la sabiduría se abría ante mí. Creo que Etana de
Kish debió tener un tambor así, y lo utilizó para saltar al cielo, en vez de ser
alzado por las alas de un águila como nos hace creer la vieja historia.

No usaba a menudo el tambor de esa forma. Era demasiado extraño y


aterrador, y un drenaje demasiado profundo de mis energías, que necesitaba
para las tareas diarias del reino. Cuando volvía de uno de esos vuelos, me
dolían las mandíbulas y a veces mi lengua estaba hinchada como si me la
hubiera mordido en mi éxtasis, y me sentía desconcertado y débil durante
horas e incluso días después. De modo que se trataba de algo secreto, a lo
que me dedicaba sólo cuando la necesidad era muy grande en mí, ya fuera,
por razones cerca de ser un dios.
15

Volvieron las lluvias, más intensas que nunca, y el problema de los canales se
hizo urgente.

En los días anteriores a que mi nación llegara a la Tierra, cuando el pueblo de


la Antigua Manera vivía aquí, aquellos que usaban hoces de arcilla y vivían en
cabañas de barro, no había canales. Cada primavera, cuando las nieves de las
montañas del norte se fundían, los Dos Ríos crecían y estallaban fuera de sus
orillas y las aguas se derramaban por todos los campos, inundando las
cosechas y los poblados. Algunos años la inundación era grande, y el trabajo
de años resultaba destruido. Otros años las aguas se retiraban rápidamente
bajo el cálido sol de la estación seca, y no quedaba humedad suficiente para
mantener con vida las cosechas. Incluso en los años de inundaciones, cuando
el agua cubría los valles durante todo el verano, gran parte de la Tierra
permanecía desierta, demasiado seca para cualquier uso, y no había forma de
transportar el agua de los lugares inundados a los lugares secos. Era una
terrible forma de vivir.

Cuando conquistamos al pueblo de la diosa y les arrebatamos la Tierra,


encontramos otra manera. Fue el hijo de Enlil quien nos la mostró, Ninurta, el
dios guerrero, dios del tormentoso viento del sur. Ocurrió que Ninurta se
enzarzó en una pelea con el demonio Asag, que moraba en el mundo inferior;
y Ninurta bajó al mundo inferior y mató al demonio tras una terrible batalla.
Pero la muerte de Asag desencadenó una gran calamidad sobre la Tierra:
porque era Asag quien mantenía a raya al dragón Kur, que es el río que fluye
a través del mundo inferior. Cuando Asag murió, el Kur quedó libre y brotó a
la superficie de la tierra, y las hediondas aguas del río subterráneo se
derramaron en las tierras a la luz del día y todo se vio inundado.

Grandes fueron las lamentaciones de los dioses que estaban a cargo de los
campos y los jardines, y aquellos que llevaban el azadón y el cesto. El Kur
cubrió la Tierra, y la hambruna fue severa. Nada crecía excepto las semillas
que resistían todas las circunstancias. Pero en esa época oscura Ninurta halló
un camino. Acumuló un puñado de piedras en las montañas y las envió
flotando como derivantes nubes de lluvia a la Tierra. Luego las apiló sobre el
lugar donde el Kur había asomado a la superficie desde el mundo inferior, y lo
condenó de tal modo que sus aguas no pudieran escapar. Una vez hecho esto
construyó diques para contener las inundaciones, y canales para guiar el agua
en los lechos de los Dos Ríos y de los ríos a los campos. Así, el dragón fue
contenido y sus depredaciones frenadas. Y entonces los campos dieron
abundante grano, los viñedos y los huertos entregaron sus frutos, y la cosecha
fue apilada formando grandes colinas en los graneros.

Desde entonces ha recaído en nosotros mantener y extender los canales; es


nuestro principal trabajo, la gran tarea que pasa por encima de todas las
demás, porque de los canales depende toda nuestra prosperidad. En tiempos
de alto nivel de las aguas de los ríos nos permiten conducir las peligrosas
aguas a un lado en canales de almacenamiento. Cuando los ríos empiezan a
bajar, cerramos las compuertas y retenemos el agua para usarla en los meses
secos. Otros canales conducen el agua desde esos depósitos a los campos
cultivados, e incluso a las tierras que antes estaban desiertas. Así, los ríos,
que antaño eran nuestros grandes enemigos, son ahora nuestros servidores.
Controlando el nivel y el flujo, salvamos nuestros campos de las amenazas de
la inundación y la sequía. Ahora en las orillas de nuestras ciudades se alzan
muelles y fondeaderos donde antes sólo había lodosos pantanos. A todo lo
largo y ancho de la tierra se extiende la red de canales, uniendo campo con
campo, pueblo con pueblo, ciudad con ciudad.

Pero el suelo de nuestra tierra es profundo y blando, y se rompe fácilmente


bajo La fuerza de la corriente primaveral, de modo que los canales se llenan y
el limo bloquea sus bocas. No podemos permitir eso. Si los canales se vuelven
demasiado superficiales, el agua no fluirá de uno al siguiente, y pronto nada
fluirá en ellos, y luego, cuando los ríos se hinchen, el desastre caerá sobre
nosotros como si el dragón Kur hubiera regresado. Así que debemos trabajar
constantemente en el mantenimiento de los canales. Es responsabilidad de
cada granjero velar por su pequeño canal, y es responsabilidad del supervisor
de cada poblado ver que los grandes canales de alimentación se mantengan
en buen estado, y es responsabilidad de los funcionarios del gobierno
supervisar los; canales principales. Pero la responsabilidad última recae en el
rey: debe comprender el gran diseño, y saber dónde se debilita, y dar las
órdenes para enviar los ejércitos de reparación. Dumuzi había dejado de lado
esta responsabilidad. Sólo por eso, jamás podría ser olvidado; sólo por eso,
merecía haber sido enviado a la Casa del Polvo y la Oscuridad.

Era poco lo que yo podía hacer durante lo peor de la estación lluviosa excepto
examinar los informes de los supervisores, y decidir dónde era más esencial
iniciar las reparaciones. Pronto las tablillas se apilaron a todo mi alrededor,
cesto sobre cesto de ellas, llenas con las apretadas inscripciones que
hablaban del peligro para Uruk. Los escribas permanecían junto a mi hombro
derecho y junto a mi hombro izquierdo para leérmelas, pero yo raras veces
apelaba a sus servicios: me parecía mejor leerlas yo personalmente, siempre
que me era posible. Me preocupaba todo lo que era necesario hacer.

Mediado el invierno las lluvias disminuyeron, e iniciamos nuestra tarea. Los


ríos y canales estaban llenos por las constantes aportaciones, pero no
seriamente: el auténtico peligro no llegaría hasta que las nieves del norte
empezaran a fundirse. Pero había poco tiempo que perder.

Elegí empezar por el canal conocido como la Boca de Ninmah, que se halla
justo al norte de Uruk y nos proporciona nuestra agua potable. Necesitaba
urgentemente un drenaje y una limpieza, pero eso no era un asunto serio,
puesto que no exigía más que sudor y músculos. Pero los embarcaderos y las
esclusas reguladoras necesitaban también una reconstrucción,
principalmente la presa principal, que mis ingenieros me decían que podía
verse barrida por el primer embate de las crecidas de primavera.

Es una vieja costumbre, en el inicio de cualquier gran trabajo de


construcción, que el rey haga y coloque en su lugar el primer ladrillo. No
puedo decir si esa costumbre ha sido honrada por todos los monarcas, pero yo
la seguía alegremente, puesto que siempre había sido uno de mis mayores
placeres dedicarme a los trabajos artesanos. Mis astrólogos eligieron un día
propicio para la ceremonia. La noche antes, até mi pelo hacia atrás y me
dirigí sencillamente vestido al pequeño templo de Enlil, donde me bañé y pasé
la noche a solas, durmiendo en el suelo de piedra negra. Por la mañana el sol
brillaba espléndidamente. Fui al templo de An e hice una ofrenda de ovejas y
cabras sin mancillar. Luego, en el santuario de Lugalbanda, realicé el resto
ritual de la mano en el rostro, y sentí que el dios mi padre se agitaba dentro
de mí. Y cuando llegó la hora del mediodía fui al lugar donde se hacen los
ladrillos, llevando una almohadilla sobre la cabeza y con las herramientas en
la mano.

Los sacerdotes de los distintos dioses artesanos se alinearon en torno mío


haciendo sonar sus tambores mientras yo empezaba mi tarea, trabajando
semidesnudo como cualquier trabajador bajo el sol. Primero hice una libación,
derramando el agua de la buena suerte en el armazón del molde. Luego
encendí un fuego de madera aromática, para alejar las impurezas y cualquier
espíritu maligno que pudiera estar acechando por los alrededores. Unté el
molde con miel y mantequilla y aceite fino de la mejor calidad. Luego tomé la
arcilla y la mojé hasta que tuve una argamasa, y mezclé con ella la paja, y Ha
pisé; tomé el sagrado cuezo y metí en él la mezcla, y la apreté contra el
molde; alisé la cara de los ladrillos con las manos, y los saqué al secadero. No
hubo lluvia aquella noche; creo que hubiera despellejado vivos a mis
astrólogos si llega a llover. Por la mañana realizamos la ceremonia de romper
el molde, luego quemé más madera aromática, y alcé el molde por sus asas y
lo arrojé lejos, y saqué el primer ladrillo. Lo alcé al cielo como una corona.

— Enlil está satisfecho -exclamé. De hecho, tenía que estarlo. El ladrillo era
perfecto. Los dioses habían aceptado mi servicio, lo cual significaba que el
período de prueba había pasado y que Uruk sería sostenida.

Durante aquellos días trabajé junto a los demás en la fabricación de ladrillos,


y en su transporte hasta el canal, y en la tarea de apilarlos en grandes hileras.
Luego, cuando los astrólogos anunciaron de nuevo un día propicio, nos
ocupamos de la tarea de cerrar el flujo al canal. No era tarea fácil; dos
hombres perdieron su vida en ello. Pero lo conseguimos. En aquellos días yo
no conocía la moderación, ni para mí ni para nadie que estuviera a mi
alrededor, cuando se trataba de trabajar para la ciudad. Durante toda una
hora estuve metido en medio del agua, en la parte más profunda,
manteniendo los brazos tendidos mientras ellos tejían el armazón de la presa
a mi alrededor. Era necesario que lo hiciera, no tanto porque fuera el rey,
sino porque era el más alto y el más fuerte de los hombres. Cuando hubimos
cerrado el paso del agua, abrimos las esclusas del otro lado y vaciamos el
canal, y nos dedicamos al trabajo de reparar su estructura. Coloqué el primer
ladrillo, que era el ladrillo que había hecho con mis propias manos aquel otro
día ceremonial. Trabajarnos hasta el anochecer, y al amanecer del día
siguiente regresamos, y así día tras día: no quise darles reposo, porque el
tiempo era poco y la tarea urgente. Yo nunca me cansaba. Cuando los otros
parecían perder fuerzas, iba entre ellos, dándoles palmadas en los hombros y
diciendo:

— ¡Vamos, amigo, arriba, los dioses requieren nuestros servicios!


Y, por débiles que se sintieran, volvían a alzarse y se ponían a trabajar de
nuevo. Los empujé duramente -los empujé sin piedad-, pero me empujé a mí
mismo más duramente aún. Grandes piras de madera aromática purificaban
el lugar donde trabajábamos, y Enlil estaba complacido, y el trabajo adelantó
rápidamente y bien. Todo fue bien en Uruk aquel invierno. Cuando llegaron
las crecidas en la primavera, los canales recibieron y almacenaron el agua
extra, y no hubo inundaciones. Me regocijé en mi reinado.
16

Luego, el primer día de verano, aparecieron los mensajeros de Agga de Kish y


exigieron que le pagara tributo.

Eran tres, funcionarios de su corte, hombres a los que conocía de mi estancia


en Kish. No me di cuenta, cuando llegaron, que venían como enemigos. Les
recibí cálidamente y les ofrecí una gran fiesta en su honor, y estuvimos hasta
muy entrada la noche, hablando de tiempos pasados, de las fiestas en el
palacio de Agga, de las guerras contra los elamitas, de los cambios del destino
que habían sufrido éste y aquél a los que había conocido en Kish. Abrí el vino
del barril de Enki en su honor, y sacrifiqué tres de los bueyes de los campos
de Enlil.

— Decidme -quise saber-, ¿cómo sigue mi señor Agga, mi padre, mi


benefactor? -Y me contaron que Agga seguía bien, que su amor por mí era
grande, que cuando hablaba con sus dioses nunca dejaba de pedirles que
velaran por mi constante bienestar. Di a cada uno de los enviados una
concubina seleccionada de entre las mejores y los envié a las mejores
habitaciones de que disponía el palacio para que pasaran la noche. Al día
siguiente me dijeron que traían un mensaje de Agga el rey, y depositaron ante
mí una tablilla de gran tamaño, sellada en una funda costosa de arcilla blanca
que llevaba el sello real de Kish. Sus ojos, cuando depositaron la tablilla
delante de mí, se apartaron rápidamente; hubiera debido tomar aquello por
una señal.

— Pedirnos permiso para retirarnos -dijeron entonces, y les despedí.

Cuando se hubieron marchado, rompí la envoltura de arcilla blanca y extraje


la tablilla, y empecé a leerla. Y mis ojos se fueron abriendo más y más a cada
línea que leía.

Empezaba de una forma rutinaria, las fórmulas habituales, Agga hijo de


Enmebarragesi, rey de Kish, rey de reyes, señor de la Tierra por méritos de
Enlil y An, a su amado hijo Gilgamesh hijo de Lugalbanda, señor de Kullab,
señor de Eanna, rey de Uruk por méritos de Inanna , y así, seguida por
piadosas expresiones de deseo de que siguiera en buena salud y prosperidad,
y así, seguida por expresiones de pesar de que Agga no hubiera sabido
últimamente ni una palabra de su amado hijo Gilgamesh, ni noticias del reino
que Agga había colocado en manos de su amado hijo. Ése fue mi primer
indicio de próximos problemas, ese recordatorio de que Agga había ayudado a
hacerme rey de Uruk; era cierto, sí, pero quizá era un poco carente de tacto
por su parte llamar mi atención hacia ese punto. No era como si me hubiera
alzado desde la más completa oscuridad para concederme la corona; yo era
hijo de un rey, y el elegido de la diosa.

Pero rápidamente vi hacia dónde iba. Estaba implícito en su fórmula de


saludo: "rey de reyes, señor de la Tierra ". Ése era el antiguo título del rey de
Kish, que nadie se había molestado nunca en cuestionar. Pero el uso que Agga
hacía de él ahora parecía decir claramente que me consideraba como un
vasallo. Y, de hecho, yo había jurado fidelidad a él cuando llegué como un
joven fugitivo a su ciudad. Seguí leyendo, presa de una creciente inquietud.

Ahora empezaban las peticiones de tributo.

No lo llamaba tributo, por supuesto. Hablaba de ello como de un "regalo", una


"ofrenda", la "donativos de mi amor". Pero de todos modos era un tributo.
Tantas ovejas, tantas cabras, tantos barriles de aceite, tantas jarras de miel;
estos gur de vino de dátiles, estas mana de plata, estos gu de lana, estos gin
de lino fino; tal cantidad de esclavos, tal cantidad de esclavas, de estas y estas
edades. La petición iba acolchada entre los términos más suaves y
agradables, sin el menor indicio de ultimátum. Parecía estar diciendo que era
innecesario utilizar un lenguaje amenazador, puesto que esos regalos y
(donativos eran algo que con toda evidencia le debía, algo que debía pasar del
leal hijo al benigno padre, del vasallo al sereno señor.

Me vi hundido en la confusión. Esta misiva de Agga me robaba no sólo mi


reinado sino también mi hombría. Pero le había jurado fidelidad, ¿no? Se la
había jurado por la red de Enlil. Y ahora me veía atrapado en esa red. Mis
mejillas ardían; lágrimas de rabia brotaron de mis ojos. Leí el mensaje cuatro
veces consecutivas, y cada vez las palabras eran las mismas, y eran palabras
de condenación. Hubiera debido prever eso, pero no lo había hecho. Agga me
había recogido cuando estaba sin hogar; Agga me había dado rango y.
privilegios en su ciudad; Agga había conspirado con Inanna para hacerme rey.
Y ahora me presentaba la factura. ¿Pero cómo podía pagar su precio, y seguir
manteniendo la cabeza alta entre los reyes de la Tierra, y entre la gente de
Uruk?

Cuando se hizo oscuro acudí solo al santuario de Lugalbanda y me arrodillé: y


susurré:

— Padre, ¿qué debo hacer?

El aura del dios descendió sobre mí, y oí a Lugalbanda decir calmadamente


dentro de mí:

— Le debes a Agga amor y respeto, y nada más que eso.

— ¡Pero mi juramento, padre! ¡Mi juramento!

— No decía nada de tributo. Si le pagas esas cosas, te estarás vendiendo, a ti


y a tu ciudad, para siempre. Te está probando. Desea saber hasta qué punto
te posee. ¿Te posee?

— Nadie me posee excepto los dioses. -Entonces ya sabes lo que tienes que
hacer -dijo Lugalbanda dentro de mí.

Pasé la noche rezando, ante este y ese otro dios, yendo incansable de un lado
para otro de la ciudad, de templo en templo. A la única deidad a la que no
consulté fue a Inanna, aunque era la diosa de la ciudad. Porque hacer eso
hubiera sido confesarme ante la sacerdotisa Inanna, y no quería que ella
supiera mi vergüenza en este asunto.

Por la mañana, mientras los enviados de Agga eran entretenidos entre


mujeres y canciones, envié mensajeros a todos los ancianos de la asamblea,
diciéndoles que acudieran inmediatamente a palacio. Sumido en rabia y
ansiedad, paseé arriba y abajo ante ellos, con las venas sobresaliendo de mi
cuello, el sudor de mi frente, hasta que finalmente pude conseguir hablar.
Entonces dije:

— Se nos ha pedido que nos sometamos a la casa de Kish. Se nos exige que
paguemos tributo. -Empezaron a murmurar, todos. Yo alcé la tablilla de Agga
y la agité furioso y leí en voz alta la lista de demandas. Cuando terminé miré a
mi alrededor en torno a la habitación y vi sus rostros: pálidos, tensos,
crispados por el temor-. ¿Cómo podemos someternos a esto? -pregunté-.
¿Somos vasallos? ¿Somos siervos?

— Kish es muy poderosa -dijo el terrateniente Enlil-ennam.

— El rey de Kish es el señor de la Tierra -dijo el anciano Ali-ellati, de noble y


venerable linaje.

— No es un tributo excesivo -dijo blandamente el rico Lu-Meshlam.

Y todos ellos asintieron y agitaron las cabezas y murmuraron, y vi que se


oponían completamente a cualquier desafío contra Kish.

— ¡Somos una ciudad libre! -exclamé-. ¿Tenemos que rendirnos?

— Hay pozos que perforar y canales que abrir -señaló Ali-ellati-. Paguemos lo
que pide Agga, y dediquémonos a nuestros asuntos en paz. La guerra resulta
muy cara.

— Y Kish es muy poderosa -dijo Enlil-ennam.

— Apelo a vuestro compromiso -dije-. Desafiaré a Agga: dadme vuestro apoyo.

— Paz -dijeron-. Tributo -dijeron-. Hay pozos que perforar -dijeron.

No querían oír hablar de guerra. Los eché, desesperado, y llamé a la casa


joven de la asamblea, la casa de los hombres. Les leí la lista de demandas de
Agga les hablé de mi furia y mi indignación, y la casa de los hombres me dio
las respuestas que deseaba oír. Sabía como hablar con ellos. Aventé los
fuegos de sus temperamentos y apelé a su valor; porque si ellos también se
ponían contra mí, estaba perdido. Tenía el poder de pasar por encima de los
ancianos si era necesario pero no podía emprender una guerra si las dos
casas de la asamblea se ponían contra mí.

La casa de los hombres no me falló. No me hablaron de pozos que perforar ni


de canales que abrir Gritaron su desprecio ante la idea de pagar tributo Grité
guerra, y ellos gritaron guerra más fuerte que yo. No debemos someternos,
dijeron. Golpeemos la casa de Kish con nuestras armas, dijeron. Despedazarás
Kish, dijeron: tú, Gilgamesh, rey y héroe, conquistador, príncipe amado de An.
Uno tras otro, los hombres de la casa de los hombres se pusieron en pie y
pronunciaron frases tan resonantes como ésas ¿Qué había que temer si Agga
se lanzaba contra nosotros? preguntaron. Su ejército es pequeño, su
retaguardia es débil, sus hombres temen alzar los ojos.

Puse un mayor valor al ejército de Agga que ellos, y mi opinión estaba más
fundamentada que la suya. Pero sus palabras me alegraron lo mismo, y mi
espíritu se iluminó. Porque, ¿como hubiera podido aceptar el vasallaje?
Pensara lo que pensase Agga que le había jurado, la fuerza de mi reinado
quedaba en entredicho con aquello, y mi fuerza como hombre también. No
podía reinar en Uruk por tolerancia del reino de Kish.

Así pues, esto quedaba resuelto: lucharíamos por nuestra libertad.


Desafiaríamos a Agga. Pasaríamos el verano preparándonos para la guerra.
Dejemos que venga, les dije a la casa de los hombres. Estaremos preparados
para recibirles.

Fui a palacio y llamé a los embajadores de Agga, arrancándoles de sus


placeres, y les dije, frío como la piedra:

— He leído la carta de mi padre Agga vuestro rey. Y podéis decirle esto: que
reboso de ilimitado amor hacia él, y siento la mayor gratitud hacia los favores
que me ha demostrado. Le envío mi más cálido abrazo. Ése es el único regalo
que le envío: mi más cálido abrazo. No es necesario ningún otro regalo entre
padre e hijo, ¿no? Y Agga es mi segundo padre. Decidle, pues, que le abrazo.

Aquella noche los enviados partieron hacia Kish, llevándose con ellos mi
abrazo filial, y nada más.

Entonces iniciamos nuestros preparativos para la guerra. No diré que la


perspectiva me entristeció. No había oído esa salvaje y cálida música en el
aire desde los días en que había luchado para Agga en las tierras de Elam, y
eso quedaba varios años atrás. Un hombre tiene que hacer la guerra de tanto
en tanto, especialmente si es rey, o empezará a oxidarse por dentro: es un
asunto de mantenerse despierto, de mantener el espíritu afilado, que
terminará embotándose en cualquier caso, pero mucho más rápido si no se
cuida periódicamente el filo. Así que era tiempo de pulir los carros, de aceitar
los mangos de las jabalinas y de las lanzas, de afilar las hojas, de sacar los
asnos de los establos y dejarles recordar qué significa correr. Aunque el
fuerte calor del verano gravitaba sobre nosotros, parecía haber un cierto
frescor en el aire de Uruk aquellos primeros días de preparativos, como si
fuera un espléndido día de medio invierno. Era la excitación, la anticipación.
Los jóvenes estaban tan sedientos de batalla como yo. Era por eso que habían
gritado allá donde los viejos sólo habían murmurado, era por eso por lo que
habían votado a favor de la guerra.

Pero hubo una sorpresa para todos nosotros. Nadie en la Tierra hace la
guerra en verano, si puede evitarlo. Porque, en esos meses, el propio aire se
vuelve ardiente a tu alrededor, si te mueves demasiado rápido por él. Así que
yo estaba seguro de que disponíamos de todo el verano para prepararnos
contra Agga. En esto estaba equivocado. Mi juicio estaba totalmente
confundido. Porque Agga debía estar esperando mi desafío, y sus ejércitos
estaban listos; seguramente partieron de Kish el mismo día en que sus
enviados regresaron con mi mensaje. Las trompetas me trajeron la noticia
mientras dormía entre mis mujeres, al amanecer de la más bochornosa
mañana del verano. Los botes de Kish se habían acercado rápidamente río
abajo, meses antes de lo que yo los esperaba. Las tropas de Agga se hallaban
ya en los muelles. La orilla estaba en sus manos; la ciudad estaba sitiada.

Esa fue la primera gran prueba de mi reinado. Nunca había conducido la


ciudad a la guerra. Salí a la terraza de palacio e hice sonar el redoble de
guerra en el tambor que Inanna me había hecho hacer con la madera del
árbol huluppu. Era la primera vez que dejaba oír ese son en Uruk, aunque no
sería la última. Mis héroes se reunieron a mi alrededor con rostros ceñudos.
Estaban inseguros de mi liderazgo. Muchos de ellos habían luchado en las
guerras de Dumuzi, algunos habían luchado en los ejércitos de Lugalbanda,
incluso había algunos que podían recordar a En-merkar; pero ninguno de ellos
había luchado a mis órdenes.

— ¿Quién tiene el corazón -pregunté- de ir al encuentro de Agga y


preguntarle por qué traspasa nuestros límites?

Ese espléndido guerrero, Bir-hurturre, avanzó un paso. Sus ojos brillaban.


Había crecido alto y fuerte, y creo que no había hombre más valiente en todo
Uruk.

— Yo iré -respondió.

Puse tropas tras cada una de las puertas de la muralla, la Gran Puerta y la
Puerta Real y la Puerta del Norte y la Puerta Sagrada, la Puerta de Ur y la
Puerta de Nippur, y el resto. Envié patrullas para que recorrieran el
perímetro de la muralla para protegerla contra los hombres de Kish, en caso
de que intentaran escalarla con escaleras de cuerda, o abrirse camino a
través de los ladrillos. Luego abrimos la Puerta del Agua, y Bir-hurturre salió
a parlamentar con Agga. Pero antes de que hubiera dado diez pasos los
hombres de Kish se apoderaron de él y lo arrastraron con ellos. Eso fue hecho
siguiendo órdenes de Agga hijo de Enmebaraggesi, que me había dicho que
los parlamentarios se hallaban bajo protección sagrada. Quizá se refiriera
solamente a los parlamentarios de Kish.

Zabardi-bunugga vino corriendo a mí con las noticias.

— ¡Están torturándole, mi señor! ¡Que Enlil devore sus hígados, lo están


torturando! -Zabardi-bunugga era ahora mi tercero al mando, un hombre
robusto, no más agraciado de rostro de lo que había sido en su niñez, pero
leal y firme. Me dijo que había subido a la muralla junto al puesto de vigía de
la torre de Lugal-banda y que había visto a los hombres de Kish asaltar a Bir-
hurturre a plena vista, arrojarle al suelo, golpearle y patearle mientras estaba
caído-. ¡Enlil devorará sus hígados! -exclamó. Y me dijo que cuando había
subido a la muralla, los hombres de Kish le habían llamado, preguntándole si
era Gilgamesh el rey. A lo que les había gritado que no lo era, que él no era
nada en comparación con Gilgamesh el rey.

— ¿Nos libramos ahora de ellos? -preguntó.

— Espera un poco más -respondí-. Subiré a la muralla para poder ver con qué
tipo de enemigo nos enfrentamos.

Crucé rápidamente las calles. Los rostros se asomaban desde arriba para
mirarme: los habitantes de la ciudad, asustados, petrificados. Hacía muchos
años desde que un enemigo había llegado a las puertas de Uruk; no sabían
qué esperar, y temían lo peor. En la torre de vigía de Lugalbanda subí
corriendo de tres en tres los amplios escalones de ladrillo, sujetando una
bandera amarilla y azul que había tomado de uno de los guardias de la torre,
y salí a la amplia plataforma de encima de la muralla.

La sangre cantó en mis oídos cuando contemplé el mar de invasores.

Las barcazas de Agga atestaban nuestros muelles. Las tropas de Kish


hormigueaban en los desembarcaderos. Vi los estandartes de Kish,
esmeraldas y carmesíes. Vi rostros muy bronceados, hombres a los que
conocía, los guerreros con Los que había barrido las fuerzas de Elam como si
fueran meros flecos nubosos. Bajo el feroz sol de pleno verano, llevaban sus
chalecos de grueso fieltro negro sin muestras de incomodidad; la luz brillaba
como fuego en sus resplandecientes casos de cobre. Vi a dos de los hijos de
Agga; vi a seis altos oficiales de la campaña de Elam; vi a Nam-hani, mi viejo
auriga, y él me vio y agitó una mano y señaló y sonrió mostrando los tocones
de los pocos dientes que le quedaban, y me llamó por el nombre por el que
había sido conocido en Kish.

— ¡No! -rugí-. ¡Gilgamesh! ¡Soy Gilgamesh!

— Gilgamesh -me respondieron-. Mirad, es Gilgamesh, ¡Gilgamesh el rey!

Yo no llevaba escudo y permanecía allí expuesto contra el cielo, pero no


sentía miedo. No se atreverían a apuntar un arma contra el rey de Uruk. Los
estudié de sur a norte, los cientos de ellos, quizá los miles. Habían levantado
tiendas; estaban allí para un largo asedio.

— ¿Dónde está Agga? -llamé-. Traed a vuestro rey. ¿O acaso tiene miedo de
mostrarse?

Apareció Agga. Si yo no temía mostrarme sobre la muralla, él no podía hacer


menos. Salió de una de las tiendas más alejadas, avanzando lentamente, más
gordo que nunca, una montaña de carne, piel rosada, recién afeitado de
cráneo a barbilla. No llevaba ningún arma; se apoyaba en un bastón de
madera negra tallado en curvas y ángulos que turbó mi mirada. Cuando
estuvo cerca debajo de mí le hice una graciosa reverencia y dije con voz
calmada:

— Te doy la bienvenida a mi ciudad, padre Agga. Si me hubieras enviado


noticia de tu visita, hubiera estado mejor preparado para agasajarte.

— Tienes buen aspecto, Gilgamesh. Te doy las gracias por el abrazo que me
enviaste.

— Era mi obligación.

— Había esperado más.

— Sí, naturalmente. ¿Dónde está mi emisario Bir-hurturre, padre Agga?

— Estarnos discutiendo algunas cosas con él, en una de nuestras tiendas.

— Me han dicho que fue golpeado y pateado y derribado al suelo, y llevado a


ser torturado, padre Agga. Creo que yo traté con más amabilidad a tus
enviados.

— Se mostró poco amable. Le faltó educación. Le estamos enseñando


cortesía, hijo mío.

— En Uruk soy yo quien enseña tales lecciones, nadie más -dije-.


Devuélvemelo, y entonces te invitaré a entrar para la fiesta que es mi
obligación ofrecer a un huésped tan noble como tú.

— Ah -dijo Agga-. Creo que me invitaré a entrar yo mismo. Y traeré conmigo a


tu lacayo, cuando haya terminado con él. Abre tus puertas, Gilgamesh. El rey
de reyes así lo decreta. El señor de la Tierra así lo decreta.

— Que así sea -respondí. Me di la vuelta, y arrojé la bandera hacia un lado por
la parte de dentro de la muralla. Era la señal: abrimos todas las puertas a la
vez, y salimos en tromba contra los hombres de Kish.

Cuando un enemigo llega a las puertas de una ciudad amurallada menudo lo


mejor es aguardar dentro, especialmente si el enemigo ha sido tan temerario
como para llegar en pleno verano. En ese tiempo seco no hay comida fuera de
las murallas, excepto lo que se halle almacenado en los graneros exteriores, y
cuando esto se ha agotado, a los asediadores no les queda nada. Dentro,
teníamos reservas suficientes para resistir hasta el invierno, y cantidades
ilimitadas de agua fresca. Sufrirían más ellos que nosotros, y finalmente
tendrían que retirarse: ésa es la táctica habitual.

Pero generalmente no se aplica la táctica habitual. Agga comprendía esas


cosas tan bien como yo; de hecho, mucho mejor. Si había elegido establecer el
asedio en verano, era evidente que no tenía intención de que el asedio fuera
largo. Y así sospeché que pretendía efectuar un ataque directo. Las murallas
de Uruk -construidas por Enmerkar- no eran muy altas, como suelen serlo las
murallas de las grandes ciudades. Sin duda en aquellas barcazas de Agga
había gran cantidad de escaleras de cuerda, y en poco tiempo los guerreros
de Kish estarían trepando por nuestras murallas en un centenar de sitios a la
vez. Mientras tanto, sus hacheros intentarían abrir una brecha en las murallas
por abajo: conocía aquellas hachas de Kish, que podían cortar fácilmente los
viejos ladrillos de nuestras murallas. Así que era inútil sentarse en el interior
de la ciudad aguardando a que ellos atacaran. Yo tenía más hombres a mi
mando que los que Agga había traído consigo: una vez estuvieran dentro de
las murallas, arrojando antorchas hacia todos lados, estaríamos a su merced,
pero si podíamos derrotarles en los muelles estaríamos salvados. Teníamos
que ser nosotros quienes lanzásemos el ataque.

Salimos con nuestros carros por cinco puertas a la vez. Creo que no
esperaban que emergiéramos tan pronto, o quizá ni siquiera que
emergiéramos. Eran confiados y arrogantes, y pensaban que yo iba a
arrodillarme ante Agga sin la menor resistencia. Pero caímos sobre ellos con
las hachas alzadas y las lanzas llameando. El carro de Zabardi-bunugga iba en
vanguardia, con otros diez justo detrás, manejados por los más espléndidos
héroes de la ciudad. Los hombres de Kish se enfrentaron a aquella primera
oleada con valor y energía. Sabía lo bien que podían luchar; de hecho, los
conocía mejor que a mis propios soldados. Pero mientras se producían las
primeras escaramuzas bajé de la muralla y subí a mi propio carro, y conduje
yo mismo la segunda oleada de asalto.

Seré claro al respecto: cuando los hombres de Kish me vieron, el terror


golpeó sus cuerpos e inmovilizó sus almas. Todos ellos me conocían de las
guerras de Elam, pero aunque me recordaban no me recordaban tan bien
como hubieran debido hasta que me vieron conduciendo mi carro en medio de
todos ellos, arrojando igual mis jabalinas con la derecha que con la izquierda.
Sólo entonces recordaron.

— ¡Es el hijo de Lugalbanda! -exclamaron, y el pánico se apoderó de ellos.

No es que pretenda otra cosa: no conozco una música más espléndida que la
música que canta en el aire del campo de batalla. La alegría brotó en mí, y me
lancé contra el enemigo como el emisario de la muerte. Mi auriga aquel día
era el valiente Enkimansi, un hombre de treinta años y estrecho rostro que no
sabía lo que era el miedo. Conducía los asnos directamente al frente, y yo
permanecía erguido de pie tras él, lanzando mis armas como si derramara la
ira de Enlil sobre Kish. Mi primer lanzamiento acabó con la vida de uno de los
hijos de Agga; el segundo y el tercero acabaron con dos de sus generales; el
cuarto atravesó la garganta de uno de los enviados que me habían traído el
mensaje de Agga.

— ¡Lugalbanda! -grité-. ¡Padre cielo! ¡Inanna! ¡Inanna! ¡Inanna! -Era un grito


que aquellos hombres de Kish habían oído antes. Sabían que un dios
cabalgaba entre ellos aquel día, o al menos una deidad, con una exactitud
divina en su puntería y una fuerza divina en su brazo.

Seguimos la brecha abierta por Zabardi-bunugga y el resto de la vanguardia,


creando con nuestros carros un profundo agujero en las fuerzas de Kish. Tras
de mí salieron los soldados de a pie, aullando a voz en grito:

— ¡Gilgamesh! ¡Inanna! ¡Gilgamesh! ¡Inanna!

Concedo a los hombres de Kish el crédito del valor. Intentaron todo lo que
pudieron para abatirme, y sólo la rapidez con que manejé mi escudo y la
destreza del hábil Enkimansi en las maniobras impidieron que sufriera algún
daño. Pero eso no me detuvo. El terror los abrumó pese a sí mismos, y dieron
la vuelta y corrieron hacia el agua; pero les cortamos la retirada desde todos
lados y empezamos a diezmarlos.

La batalla terminó mucho más rápido de lo que hubiera esperado. Enviamos a


multitudes de ellos a morder el polvo. Alcanzamos sus barcazas y nos
apoderamos de ellas, y cortamos sus proas y nos llevamos las imágenes de
Enlil como trofeos. Liberamos a Bir-hurturre y lo encontramos aún bien,
aunque estaba vergonzosamente ensangrentado y lleno de arañazos. En
cuanto a Agga, nos abrimos camino hasta él -no era un luchador, no a su
edad, pero estaba rodeado por un anillo de un centenar de guardias
escogidos, que perecieron hasta el último hombre- y lo tomamos prisionero.
Zabardi-bunugga lo condujo hasta mí mientras yo, reclinado contra mi carro,
bebía una jarra de cerveza de Kish que había tomado de uno de sus
mayordomos.

Agga estaba lleno de polvo y sudor y con las mejillas encendidas, y sus ojos
estaban enrojecidos por el cansancio y la decepción. Tenía una pequeña
herida en su hombro izquierdo, sólo una rozadura, pero me avergonzó ver que
había sido tocado. Hice un gesto a uno de mis cirujanos de campaña.

— Limpia y venda la herida del rey de reyes -dije. Luego me dirigí a Agga y,
con gran sorpresa por su parte, me arrodillé ante él-. Padre -dije-. Real dueño
de la Tierra.

— No te burles de mí, Gilgamesh -murmuró. Agité negativamente la cabeza.


Me levanté, puse la jarra de cerveza en su mano y dije:

— Toma esto. Aliviará tu sed, padre.

Me miró desolado. Lentamente, se llevó las manos al vientre y se sobó los


gruesos rollos de grasa. Pequeños ríos de sudor resbalaban por todo su
cuerpo, abriéndose camino por entre el polvo que cubría su piel. No lo
negaré: yo saboreaba mi triunfo, gozaba con su derrota. Era vino dulce para
mí.

— ¿Qué vas a hacer conmigo? -preguntó.

— Serás mi huésped en palacio esta noche, y durante dos días más. Luego
celebraremos el rito de entierro de los muertos; y luego te enviaré de vuelta a
Kish. ¿Porque acaso no eres tú mi señor, el rey de reyes, al que juré lealtad?

Entonces me comprendió, y la ira ardió en sus ojos; pero luego se echó a reír,
y miró tristemente a sus guerreros y a sus hijos amontonados en el polvo
empapado de sangre, y a sus mutiladas barcazas, y asintió.

— Ah, así que es eso -dijo al cabo de un momento-. No pensé que fueras tan
astuto.

— Mi deuda está pagada ahora, ¿no es así?


— Oh, así es -dijo-. Tu deuda está pagada, Gilgamesh.
17

Y así se hizo. Di una gran fiesta en honor de Agga, y le envié de vuelta a Kish
con lo que quedaba de su ejército.

Pero antes de que se fuera recibí de él malas noticias: mi esposa Ama-sukkul,


su hija, había muerto, y también los dos hijos que me había dado. Esas
noticias me atravesaron como puñales. ¡Muerte, no hay lugar donde
esconderse de ti! Pensé en cómo la había abrazado en mi último día en Kish y
había palmeado tan amorosamente su hinchado vientre. El hijo que debía
nacer había sido la muerte para ella, y con ella había muerto; y luego nuestro
primogénito había languidecido por falta de su madre y se había marchado
rápidamente del mundo. Sin duda los dioses no habían querido que plantara
mi semilla en Kish. He tenido otros hijos desde entonces, muchos, pero a
menudo me pregunto cómo hubieran sido aquellos cuando hubieran
alcanzado la madurez. Y la pequeña y dulce Ama-sukkul: era gentil, y no la
menos querida de mis esposas.

En el momento de la partida de Agga insistí en jurarle una vez más mi


fidelidad. Esto lo hice por mi propia voluntad, como todo el mundo pudo ver.
Ese juramento, efectuado libremente, es un signo no de sumisión sino de
fuerza: es un don, es una espléndida ofrenda, que me liberó antes que atarme.
Era mi forma de reconocer lo que Agga había hecho por mí en los pasados
años, cuando me ayudó a conseguir mi reinado a la muerte de Dumuzi, y me
liberó para siempre de cualquier tipo de vasallaje real. Al fin era rey por
derecho propio, a través de las proezas en la batalla y la grandeza de alma.
No sería equivocado decir que el auténtico comienzo de mi reinado puede
fecharse en la época de la guerra con Kish.

Pero si bien ese fue el auténtico comienzo de mi reinado, fue el fin del de
Agga, aunque vivió un tiempo después de eso. Se retiró dentro de las murallas
de Kish y no volvió a saberse más de él fuera de ellas. Cuando murió, fue el
fin de la dinastía de Kish después de miles de años, porque Mesannepadda,
rey de Ur, avanzó hacia el norte y se apoderó de la ciudad. Pronto recibimos
informes de que Mesannepadda había matado al último de los hijos de Agga y
tomado el trono para sí; y luego se nombró rey de Kish en vez de rey de Ur.
Permití que pasara eso porque por aquel tiempo estaba ocupado en otros
asuntos, como contaré en su momento; y más tarde tuve que ajustar mis
propias cuentas con el rey de Ur y Kish.

Lo primero que hice, cuando la excitación de la guerra empezó a disminuir un


poco en mi memoria, fue reconstruir las murallas de Uruk. En verdad lo que
hice no fue reconstruirlas, sino volver a construirlas de nuevo, porque las
viejas murallas de Uruk ni siquiera eran murallas, comparadas con las que
hice erigir para la ciudad. Quizá fueran lo bastante buenas en tiempos de
Enmerkar; pero yo había visto las murallas de Kish. Sabía lo que tenían que
ser las murallas de una ciudad.
Una muralla tiene que ser alta, de modo que el enemigo no pueda escalarla
con sus escalas de cuerda. Debe ser gruesa, de modo que no pueda ser
abierta fácilmente una brecha. Debe tener unos cimientos anchos y
profundos, para que no pueda ser minada ni excavados túneles por debajo.
Todo eso es bastante evidente; pero las murallas de Uruk eran muy poco
adecuadas a todos esos respectos. Necesitábamos también más torres desde
las cuales pudiéramos observar quién se acercaba a la ciudad, y un parapeto
más amplio a lo largo de la parte superior de la muralla donde los defensores
pudieran ocupar posiciones y apuntar su fuego sobre las cabezas de los
invasores. En particular debía haber torres de guardia y parapetos
flanqueando cada una de las puertas de la ciudad, puesto que las puertas son
los puntos débiles de cualquier muralla.

Durante todo el resto del verano se hizo poca cosa más en Uruk que fabricar
ladrillos y construir la muralla que creo será conocida hasta el fin de los días
como la Muralla de Gilgamesh. Como en la reparación de los canales, trabajé
junto a los artesanos, y creo que nadie trabajó más duro que yo: construí esa
muralla con mis propias manos, y ésa es la verdad. Como tampoco existe
ningún artesano más hábil que yo en colocar los ladrillos allá donde deben ser
colocados, de canto, apoyados de lado los unos contra los otros en cuidadosas
hileras, cada hilera de través con respecto a la de abajo. Esta es la única
forma correcta de construir. Arrancamos la antigua muralla de Enmer-kar de
modo que la ciudad quedó desnuda, y entonces, tan rápidamente como
pudimos, erigimos la nueva muralla, o más bien las murallas, puesto que hay
dos. Los propios siete sabios no hubieran diseñado un plan mejor. Usé
solamente ladrillos cocidos al horno, porque, ¿qué utilidad tiene construir con
barro, y tener que realizar de nuevo todo el trabajo cinco años después? Y
eran los mejores ladrillos de todo el mundo. La pared exterior resplandece
con el brillo del cobre, y la pared interior, de un blanco deslumbrante, es una
pared sin igual en ninguna parte. Los cimientos, creo, son los más fuertes que
jamás se han construido. La muralla de Uruk es famosa en todo el mundo,
durará doce mil miles de años, o no soy el hijo de Lugalbanda. No creeréis
que terminamos toda la muralla en un solo verano. En verdad, no ha
transcurrido un año de mi reinado en el que no hayamos seguido trabajando
en ella, reforzándola, aumentando su altura, añadiendo nuevos parapetos y
torres de observación. Pero en aquel primer verano construimos la mayor
parte de ella, lo suficiente para defendernos contra cualquier enemigo que
pudiéramos imaginar.

Aquellos primeros meses fueron los más intensos y remunerativos de mi


reinado. Apenas tenía tiempo para dormir. Trabajaba todo el día en las cosas
que tenía que hacer, y hacía que mis hombres trabajaran también. Supongo
que les hice trabajar demasiado; de hecho, los conduje al agotamiento, y
empezaron a llamarme tirano a mis espaldas. Pero yo no me di cuenta de ello.
Mis energías eran inmensas, y no comprendía que las suyas no. Cuando
terminaban su jornada, no deseaban otra cosa más que dormir. Pero yo
celebraba magníficas fiestas con mi corte cada velada, y luego por la noche
estaban las mujeres. Quizá me excediera con las mujeres, aunque no lo
pensaba así entonces. Mis apetitos por ellas eran como la incesante hambre
de los dioses hacia la comida y la bebida. Tenía mis concubinas, tenía a las
sacerdotisas del sagrado claustro, tenía a las mujeres casuales de la ciudad, y
no eran suficientes. No debéis olvidar nunca que soy en parte dios, por mi
descendencia de Lugalbanda, y también de Enmerkar que se llamaba a sí
mismo el hijo del sol; y la fuerza divina llamea en mi interior. ¿Cómo puedo
negar esa fuerza? ¿Cómo puedo prescindir de ella? La presencia del dios
pulsaba en mí como el batir de un tambor, y yo avanzaba a su ritmo.

Dentro de mi alegría y mi vigor, sin embargo, debo admitir que había una
oculta melancolía. Todo Uruk estaba pendiente de mí, y sin embargo yo no
podía olvidar que era un hombre solo, una figura encumbrada y aislada. Quizá
fuera también así con todo el mundo: no lo sé. Pero me parece que los demás
están íntimamente ligados a esposas, hijos, amigos, compañeros. Yo, que
nunca había tenido un hermano, que había conocido escasamente a mi padre,
que había sido apartado por mi estatura y mi fuerza de mis compañeros de
juegos, era ahora un rey separado como por unos muros colosales del flujo
normal de las relaciones humanas. No había nadie a mi alrededor que no me
temiera y me envidiara y de alguna forma se apartara de mí. Y no veía
ninguna forma de alterar eso; pero el trabajo durante el día y los festines
durante la velada y las mujeres durante la noche eran mi consuelo por el
dolor de esta separación. Especialmente las mujeres.

Mi chambelán de las concubinas reales tenía problemas para cubrir mis


necesidades. Cuando las tribus nómadas del desierto venían a comerciar a
Uruk, les compraba muchachas para mí, jóvenes de piel tostada y largas
piernas con sombras oscuras en torno a sus ojos y grandes bocas de labios
delgados. Cuando se establecían contratos de boda en la ciudad, las novias
me eran traídas antes a mí que a sus esposos, a fin de que pudiera derramar
en ellas la divina gracia. Si la esposa de uno de mis nobles me gustaba, ese
hombre tenía que traerla por la noche a palacio sin un murmullo si yo se lo
pedía. Nadie hablaba en contra mía. Nadie lo hacía; nadie podía hacerlo; yo
era el rey; mi fuerza era como la fuerza del bajado de los cielos. No veía nada
malo en lo que yo hacía. ¿Acaso no era mi privilegio como rey, como dios,
como héroe, como pastor del pueblo? ¿Podía ser dejado en la necesidad,
cuando mi hambre ardía tan ansiosamente? ¡Ah, el vino, la cerveza, la música,
las canciones de esas noches! ¡Y las mujeres, las mujeres, sus dulces labios,
sus suaves caderas, sus oscilantes pechos! Nunca descansaba. Nunca me
detenía. El batir del tambor era incesante. Durante el día guiaba a los
hombres en la construcción de las murallas o el simulacro de los juegos de
guerra, hasta que sus ojos se ponían turbios y se derrumbaban de fatiga, y
por la noche abría camino entre sus mujeres como un furioso fuego se abre
camino entre la hierba seca del verano.

Nunca me cansaba. Hacía que Uruk se cansara de mí, pero yo aún no conocía
el cansancio.

Llegó la estación del nuevo año, y de nuevo el momento del Sagrado


Matrimonio. Hacía un año y algunos meses que era rey de Uruk. Esta noche la
diosa se abriría ante mí por segunda vez. Realicé los rituales de purificación,
medité en la oscuridad y el silencio en la casa de Dumuzi, y cuando llegó el
anochecer me llevaron por el camino tradicional, en bote, hacia mi unión con
Inanna.

Y mientras desembarcaba en el mismo muelle donde había diezmado las


fuerzas de Agga y penetraba en la ciudad a través de una puerta en la muralla
que había construido con mis propias manos, sentí una gran oleada de orgullo
por todo lo que había conseguido. De hecho, me sentí como un dios: no como
alguien que simplemente posee un poco de sangre divina en sus venas, sino
como un auténtico dios, el portador de la corona cornuda, que camina por
entre el esplendor de los resplandecientes cielos. ¿Estaba equivocado al
sentir ese orgullo? Había venido del exilio para recibir la corona; había
reparado los canales; había aplastado al más poderoso de los enemigos; había
construido las murallas de Uruk, y todo esto antes de alcanzar mis veinte
años. ¿No era propio de dioses el haber conseguido todo esto? ¿No tenía
razones para sentirme orgulloso?

Y ahora la diosa me aguardaba.

En esos meses había tenido muy pocos contactos con ella, sólo los sacrificios
y rituales imprescindibles que requerían nuestra presencia conjunta. Excepto
esto, apenas habíamos hablado. Se habían producido momentos en los que yo
hubiera podido acudir a ella en busca de consejo o bendiciones, pero no lo
había hecho. Se habían producido momentos en los que ella hubiera podido
acudir a mí, pero tampoco lo había hecho. Creo que incluso entonces
comprendí los motivos por los que manteníamos esa distancia entre nosotros.
En Uruk éramos como reyes rivales; ella tenía su zona de poder, yo tenía la
mía. Pero yo estaba extendiendo ya los alcances de mi zona. No lo hacía con
la intención de provocar su enemistad, sino simplemente porque no conocía
otra forma de ser rey que el ejercer mi poder al máximo. Cuando había
iniciado la guerra contra Agga, no le había pedido su consentimiento: me
pareció demasiado arriesgado, teniendo en cuenta que ya me había topado
con la oposición de la casa de los ancianos a la guerra. Había que librar
aquella guerra; y con Inanna en contra mía no hubiera podido poner en pie el
ejército que necesitaba; en consecuencia, no consulté con Inanna. Temía la
interferencia que pudiera crear su poder. Incluso entonces estaba preocupado
por situarme fuera del alcance de ese poder. Y ella, viendo la creciente fuerza
de mi autoridad, había retrocedido, insegura de mis intenciones, no deseosa
de desafiarme antes de comprender más completamente mis propósitos.

Pero en la noche del Sagrado Matrimonio todas esas mezquinas


consideraciones de estado eran puestas de lado. Acudí a ella en la larga
estancia del templo y la encontré resplandeciendo con sus ungüentos y sus
adornos. La saludé como mi sagrada joya, y ella me recibió como su real
esposo, fuente de vida; y realizamos el rito de la presentación al público; y
una vez hecho eso volvimos dentro, a la habitación de los olorosos juncos
verdes, y las doncellas de la diosa retiraron sus cuentas de alabastro y sus
placas de oro y la dejaron desnuda ante mí.

Cuando estuvimos solos apoyé mis manos en sus esbeltos hombros y miré
profundamente a los resplandecientes misterios de sus ojos, y ella me sonrió
como había sonreído aquella primera vez cuando éramos niños, una sonrisa
que era en parte cálida y amorosa y en parte fiera, intensa, desafiante. Sabía
que me devoraría si pudiera. Pero esta noche era mía. Los doce meses
transcurridos no habían disminuido en nada su belleza. Sus caderas eran
anchas, su cintura estrecha, su trasero amplio; sus uñas eran largas como
dagas, y pintadas del color de la luna en eclipse. Me condujo a la cama con un
solo y ligero gesto de su mano.
Nos tendimos en ella y nos abrazamos. Su piel era como las telas que tejen en
los cielos. Mi cuerpo la dominó. Su espalda se arqueó bajo mi peso. Sus dedos
se clavaron profundamente en los músculos y los tendones de mis hombros, y
atrajo sus rodillas hacia sus pechos y las abrió, y los labios se entreabrieron y
su lengua apareció vibrante, convirtiendo su aliento en un fuerte y pesado
silbido. Mantuvo los ojos abiertos durante todo el tiempo, cosa que las
mujeres suelen hacer raras veces. Me di cuenta de ello. Porque yo también
mantuve los ojos abiertos durante cada momento de aquella noche.

Al amanecer oí la llegada de la primera lluvia del nuevo año, un tamborilear


débil y ahogado contra los antiguos ladrillos blancos de la plataforma del
templo. Me deslicé fuera de la cama y busqué mis ropas, para poder irme.
Ella siguió tendida, mirándome; me observaba como una serpiente observa a
su presa.

— Quédate un poco más -dijo con voz suave-. La noche aún no ha terminado.

— El tambor está sonando. Tengo que irme.

— Toda la ciudad duerme. Tus amigos sueñan los sueños de los borrachos.
¿Qué puedes hacer solo a estas horas? -Emitió un sonido ronroneante.
Desconfío de las serpientes que ronronean-. Vuelve a mi cama, Gilgamesh. Te
digo que la noche aún no ha terminado.

— Quieres decir que tú aún no has terminado -respondí con una sonrisa.

— ¿Tú sí, entonces?

Me encogí de hombros.

— Hemos realizado el rito. Y creo que con la suficiente amplitud.

— ¿Así que el insaciable ha quedado saciado, por el momento? ¿O sólo estás


cansado de mí, y dispuesto a iniciar la búsqueda de más mujeres para el resto
del día?

— Hablas con crueldad, Inanna.

— Pero no estoy equivocada, ¿verdad, Gilgamesh? Nunca tienes bastante.


Nunca son suficientes las mujeres, ni el vino, ni el trabajo, ni la guerra. Pasas
por Uruk como un torrente, barriéndolo todo ante ti. Eres un peso bajo el que
gime la ciudad. La gente te suplica piedad, porque la oprimes de una forma
demasiado terrible.

Aquello fue como un golpe para mí. La sorpresa me hizo abrir mucho los ojos.

— ¿Yo, un opresor? ¡Soy un rey justo y sabio, mi dama!

— Quizá lo seas. No dudo que crees que lo eres. Pero abrumas y aplastas a tu
pueblo. Haces ir a tus jóvenes de un lado para otro en los campos de
entrenamiento, hasta que todo se vuelve negro ante sus ojos y se derrumban
de agotamiento, y pese a todo sigues sin mostrar piedad hacia ellos. ¡Y las
mujeres! Nadie ha consumido nunca tantas mujeres como tú. Las utilizas
como si fueran meros juguetes, cinco, seis, diez en una noche. He oído las
historias.

— No diez -dije-. Ni seis, ni cinco. Sonrió.

— Así es como lo cuentan. Dicen que nadie puede contentarte, que eres como
un toro salvaje. Me miran y dicen: "Sólo una diosa puede satisfacerle". Bien,
hay una diosa en mí, y tú y yo hemos pasado esta noche juntos. ¿Estás
satisfecho, por una vez? ¿Es por eso por lo que te muestras tan ansioso por
irte?

Me sentía tan ansioso por irme porque no tenía defensa contra sus asaltos.
Pero no iba a admitir eso ante ella. Dije rígidamente:

— Quiero caminar un poco bajo la lluvia.

— Camina entonces, y luego vuelve. -Sus ojos llamearon. Dentro de ella había
la fuerza de un restallante látigo. Tomé mis ropas, dudé, las dejé caer de
nuevo y me erguí desnudo ante ella. La estancia estaba completamente
impregnada por el olor almizcleño de nuestra noche de amor. Los últimos
restos de incienso chisporroteaban aún en su cuenco. Los labios de Inanna
estaban tensos, sus fosas nasales vibraban. Dijo con voz baja y ronca:

— ¿Volverás? Para ti son diez mujeres cada noche, Gilgamesh. Para mí sólo
eres tú, una noche al año.

Aquel intento de persuadirme por la vía de la piedad hizo que de pronto la


temiera menos.

— Ah, ¿entonces es eso, Inanna? ¿Nadie más, en todo un largo año?

— ¿Quién sino un dios puede tocar a la diosa? ¿Acaso no lo sabes?

Me sentí más osado. Me atreví a pincharla un poco.

— ¿Ni siquiera en secreto? -pregunté burlonamente-. ¿Algún esclavo lujurioso,


llamado en la más oscura de las guardias nocturnas…?

La furia llameó en ella. Alzó las manos hacia sus pechos. Sus dedos se
cerraron, pareciendo más que nunca unas garras.

— ¿Te atreves a decir esto bajo el propio techo del templo? ¡Vergüenza,
Gilgamesh! ¡Vergüenza! -Luego se ablandó un poco. Aún de una forma
gatuna, se desperezó, ronroneó de nuevo, alzó una rodilla y dejó que su pie se
deslizara hacia abajo a lo largo de la espinilla de la otra pierna. Dijo, más
suavemente-: Sólo tú, una noche al año. Te lo juro, aunque hace que me sienta
mancillada el que tú me exijas prestar este juramento. Sólo existes tú. Y
todavía no estoy preparada para dejar que te marches. ¿Te quedarás? ¿Te
quedarás sólo un poco más? Es la única noche que tengo, esta noche.

— Déjame purificarme primero en la lluvia -dije. Permanecí un rato fuera del


templo, en el aire virginal de la mañana empapada de lluvia. Luego volví a
ella. Gato o serpiente, sacerdotisa o diosa, no podía rechazarla, ni si esa era la
única noche del año que ella podía conocer lo que era el abrazo de un
hombre. Y la lluvia lavando por mí la marchitez de la noche reavivó mi fuerza
y mis deseos. No podía rechazarla. La deseaba. Volví a ella, y empezamos la
noche de nuevo.
18

Al principio del nuevo año un extraño sueño acudió a mí, y fui incapaz de
extraer de él el menor sentido. Más tarde, aquella misma noche, me vino un
segundo sueño igual de extraño, igual de ilegible.

El hecho de que pudiera comprender tan poco aquellos sueños me turbó. Los
dioses hablan a menudo a los reyes mientras duermen, y quizá se me estaba
transmitiendo algún conocimiento importante para el bienestar de la ciudad.
De modo que fui al templo de An y le conté mis sueños a mi madre la sabia
sacerdotisa Ninsun.

Me recibió en su habitación, una estancia de oscuras paredes con recias


columnas pintadas de carmesí. Su capa era negra, orlada con una amplia
franja de cuentas de lapislázuli, oro y cornalina. Como siempre, reflejaba una
suprema tranquilidad y belleza: todo a su alrededor podía estar en plena
turbulencia, pero ella permanecía siempre en paz.

Tomó mis manos entre las suyas, frías y pequeñas, y las mantuvo sujetas
durante largo rato, sonriendo, aguardando a que yo hablara.

— Esta noche -dije al fin- he soñado que me invadía una sensación de gran
felicidad, y caminé lleno de alegría entre los demás héroes jóvenes. Llegó la
noche, y las estrellas aparecieron en el cielo. Y mientras permanecía de pie
bajo ellas una de las estrellas cayó a la tierra, una estrella que lleva en sí la
esencia del Padre Cielo An. Intenté levantarla, pero era demasiado pesada
para mí. Intenté moverla, pero no pude. Todo Uruk se reunió a mi alrededor
para observar. La gente vulgar se reía; los nobles se dejaban caer de rodillas
y besaban el suelo delante de la estrella. Y yo me sentía atraído hacia ella
como podría sentirme atraído hacia una mujer. Coloqué una cinta de arrastre
en mi frente y me esforcé, y con la ayuda de los jóvenes héroes la alcé y te la
traje. Y tú me dijiste, madre, que la estrella era mi hermano. Ése fue el sueño.
Su significado me desconcierta.

Ninsun pareció mirar hacia algún gran espacio vacío. Luego, aún sonriendo,
dijo:

— Conozco el significado.

— Cuéntamelo, entonces.

— Esta estrella de los cielos, que te atrajo como podría atraerte una mujer…,
es un fuerte compañero, es un amigo leal, tu rescatador, tu camarada que
nunca te olvidará. Su fuerza es como la fuerza de An, y lo querrás tanto como
te quieres a ti mismo.

Fruncí el ceño, pensando en aquella enorme soledad que creía que era el
precio inevitable de mi reinado, y lo cansado que estaba de ella.

— ¿Amigo? ¿A qué amigo te refieres, madre?

— Lo conocerás cuando aparezca -dijo.

— Madre -dije-, esa misma noche tuve un segundo sueño.

Asintió. Parecía saberlo.

— Un hacha de extraña forma estaba tirada en las calles de la amurallada


Uruk -dije-, un hacha distinta a cualquier otra que conozcamos. Todo el
mundo se reunía en torno a ella, mirando, susurrando. Tan pronto como la vi,
me regocijé. Me gustó; de nuevo me sentí atraído hacia ella como lo sería
hacia una mujer. La tomé y me la coloqué al costado. Ése fue el segundo
sueño. -El hacha que viste es un hombre. Es el camarada que te está
destinado…

— ¡De nuevo el camarada!

— De nuevo el camarada, sí. El valiente compañero que rescata a su amigo en


un momento de necesidad. Vendrá a ti.

— Que los dioses lo envíen rápido, entonces -dije con gran fervor.

Y me incliné hacia delante, acercándome a ella, y le dije algo que nunca antes
había revelado a nadie: que sentía una terrible necesidad, que me sentía
asaltado por una enorme y deprimente soledad en medio de todo mi poder y
plenitud. Aquellas no eran unas palabras fáciles de pronunciar. Dos veces se
me trabó la lengua, pero me obligué a decirlo. Mi madre Ninsun sonrió y
asintió. Lo sabía. Creo que fue ella quien indujo a los dioses a modelar un
compañero para mí. Cuando abandoné el templo aquella mañana sentí mi
alma más ligera, como cuando se alzan las nubes de tormenta después de
haber permanecido pesadas en el cielo durante muchos días.

En la misma época en que esos extraños sueños llegaban a mí -según supe


más tarde-, algo extraño le ocurría a un hombre al que yo ni siquiera conocía,
un cierto cazador llamado Ku-ninda. Este Ku-ninda habitaba de uno de los
poblados exteriores, y se ganaba la vida cazando con trampas; pero en
aquella época, cuando salió al campo al otro lado del río para inspeccionar las
trampas que había colocado, las encontró todas destrozadas. Cualesquiera
que fuesen los animales que habían caído en ellas, habían conseguido
liberarse. Y cuando fue a mirar a los pozos que había cavado, descubrió que
todos habían sido vueltos a llenar.

Aquello era un gran misterio para Ku-ninda. Ninguna persona civilizada


rompería las trampas de un cazador o llenaría sus pozos: es una descortesía, y
un acto innoble. Así pues, Ku-ninda buscó al hombre que le había hecho
aquellas cosas; y pronto supo quién era. Pero era distinto a cualquier otro
hombre que Ku-ninda hubiera visto nunca. Era de enorme tamaño, desnudo,
de piel áspera y con vello en todo el cuerpo, un pelo oscuro y recio que lo
cubría de la cabeza a los pies, más un animal que un hombre, una criatura
salvaje de las colinas. Caminaba como un animal, semiagachado, gruñendo,
bufando, corriendo rápidamente sobre las yemas de los dedos de los pies. Los
animales salvajes no parecían tenerle miedo, sino que corrían libremente a su
lado: Ku-ninda vio al hombre salvaje entre las gacelas en las altas cornisas
montañosas, pastando con ellas, acariciándolas, comiendo hierba del mismo
modo que lo hacían ellas. Ku-ninda se sintió inquieto por lo extraño de todo
aquello que veía. Hizo más trampas. El hombre salvaje las buscó y las
destruyó, hasta la última. Un día Ku-ninda se encontró con el hombre salvaje
en la charca: se detuvieron frente a frente.

— Tú, salvaje: ¿por qué destruyes mis trampas? -preguntó Ku-ninda. El


hombre salvaje no respondió, sino que se limitó a olisquear el aire. Gruñó,
bufó, enseñó los dientes, lo miró con fieros ojos. Una ligera espuma de baba
asomó a su boca y resbaló por su hirsuta barba. Ku-ninda no era un cobarde,
pero retrocedió: su rostro se petrificó por el miedo, y el terror embotó sus
miembros. Volvieron a encontrarse de nuevo al día siguiente junto a la
charca, y al día siguiente de ése, y cada vez, cuando el hombre salvaje vio a
Ku-ninda, gruñó y bufó, y Ku-ninda no se atrevió a acercársele. Y finalmente,
viendo que el peludo desconocido estaba haciendo imposible la caza para él,
Ku-ninda renunció, y regresó con las manos vacías a su poblado,
enormemente abatido.

Le contó la historia a su padre, que le dijo:

— Ve a Uruk, y preséntate a Gilgamesh el rey. No hay nadie más poderoso


que él: hallará una forma de ayudarte.

En mi siguiente día de audiencia para el pueblo llano, allí estaba Ku-ninda


aguardando en la sala de audiencias, un hombre fuerte y recio de mayor
altura que la media, con un rostro enjuto y duro y firmes y penetrantes ojos.
Iba vestido de piel negra, y en él había olor a tendones y sangre. Depositó una
ofrenda de carne ante mí y dijo:

— Hay un ser salvaje en los campos que destroza mis trampas y libera mis
presas. Es tan fuerte como el huésped de los cielos y no me atrevo a
acercarme.

Me pareció extraño que aquel robusto Ku-ninda pudiera sentir miedo hacia
algo o alguien. Le pedí que me contara más, y me habló de los gruñidos, los
bufidos y el enseñar los dientes; me habló de cómo el hombre salvaje corría
con las gacelas por los altos riscos, y pastaba la hierba con ellas. Algo en todo
aquello me conturbó profundamente y me fascinó. Sentí que se me erizaba la
piel de sorpresa y maravilla, y el pelo de la nuca se puso de punta.

— Qué maravilla -dije-. ¡Qué misterio!

— ¿Matarás a esa criatura por mí, oh rey?

— ¿Matarla? Creo que no; sería una lástima matar a un ser así por la única
razón de que es salvaje. Pero no podemos permitir que merodee libre por los
campos, supongo. Lo atraparemos.
— ¡Imposible, majestad! -exclamó Ku-ninda-. ¡Tú no lo has visto! ¡Su fuerza es
tan grande como la tuya! ¡No hay ninguna trampa que pueda retenerle!

— Creo que sí hay una -dije con una sonrisa.

Se me había ocurrido una idea mientras Ku-ninda hablaba: algo extraído de


los antiguos relatos que el arpista Ur-kununna había cantado en la corte de
palacio cuando yo era un niño. Creo que era la historia de la diosa Nawirtum
y el monstruo-demonio Zababa-shum, o quizá la diosa fuera Ninshubury el
monstruo Lahamu: no lo recuerdo, y supongo que los nombres no son
importantes. Lo importante del relato era el poder de la belleza femenina
sobre las fuerzas de la violencia y el salvajismo. Envié a buscar al claustro del
templo a la sagrada cortesana Abisimti, la de los redondos pechos y largo y
reluciente pelo que me había iniciado en los ritos del amor carnal cuando era
joven, y le dije lo que quería que hiciera. No vaciló ni un momento. Había una
cualidad auténticamente sagrada en Abisimti. Era en todos los sentidos una
servidora de los cielos, y su forma de ofrecer sus servicios era ejecutarlos sin
ninguna pregunta, lo cual es la única forma auténtica.

De modo que Ku-ninda se llevó a Abisimti con él a la estepa, a las tierras de


caza, a la charca donde Ku-ninda había tenido sus encuentros con el hombre
salvaje, a tres días de viaje de Uruk. Allá aguardaron un día y un segundo día,
y el hombre salvaje estuvo con ellos.

— Ése es -dijo Ku-ninda-. Ve a él, utiliza tus artes con él.

Abisinti, sin temor ni vergüenza, avanzó hacia el hombre salvaje y se detuvo


frente a él. El hombre salvaje gruñó y frunció el ceño, al desconocer del tipo
de criatura que ella podía ser; pero no adoptó una actitud amenazadora, no
mostró los dientes. Ella soltó su túnica y desnudó sus pechos para él. Supongo
que él no debía haber visto nunca antes a una mujer, pero el poder de la diosa
es grande, y la diosa hizo que la belleza de la sagrada prostituta Abisimti se
manifestara al entendimiento del hombre. Se despojó por completo de sus
ropas y le mostró su suave y madura desnudez, y dejó que él llenara su olfato
con el intenso perfume de ella, y se tendió al lado de él y lo acarició, y lo
condujo hasta situarlo encima de ella a fin de que pudiera poseerla.

Fue su iniciación. Había sido como un animal; abrazándola, se convirtió en un


hombre. O también se podría decir que abrazándola se convirtió en un dios.
Porque ésa es la forma en que la esencia divina entra en nosotros, a través del
rito del acto de dar vida. Seis días y siete noches pasaron juntos, copulando.
Testificaré personalmente de las habilidades de Abisimti: no hubiera podido
enviarle a nadie más sabio en las artes de la carne. Cuando se acostó con
Enkidu -porque ése era el nombre del hombre salvaje, Enkidu-, seguro que
utilizó toda su sabiduría con él, y después de eso él nunca volvió a ser el
mismo. En esos ardientes días y noches todo lo salvaje que había en él ardió
en la forja de la pasión de Abisimti. Se ablandó, se hizo más suave, abandonó
su salvaje gruñir. El poder del habla penetró en él; se convirtió en un hombre.

Pero no supo todavía lo que le había acontecido. Cuando hubo terminado con
ella, se levantó para regresar con sus animales. Pero las gacelas huyeron
asustadas cuando se les acercó. El olor de la humanidad estaba ahora con él,
el olor de la civilización. Las criaturas salvajes de la estepa ya no le
reconocían, y huían de él. Cuando huyeron sintió deseos de seguirlas, pero su
cuerpo estaba retenido por algo invisible, como si atado por una cuerda, sus
rodillas no le obedecían y toda su rapidez había desaparecido. Lentamente,
desconcertado, volvió junto a Abisimti, que le sonrió tiernamente y lo atrajo a
su lado.

— Ya no eres salvaje -le dijo, más con gestos que con palabras, porque él aún
no sabía defenderse bien con las palabras-. ¿Por qué sigues queriendo
vagabundear con los animales de la estepa?

Entonces le habló de los dioses, y de la Tierra, y de las ciudades de los


hombres, y de Uruk la de las grandes murallas, y de Gilgamesh el rey.

— Levántate -le dijo-. Ven conmigo a Uruk, donde cada día es festivo, donde la
gente resplandece vestida con ropas maravillosas. Ven al templo de la diosa,
para que ella pueda darte la bienvenida al mundo de los hombres, y al templo
del Padre Cielo, donde recibirás la bendición de los cielos. Y yo te presentaré
a Gilgamesh, el alegre rey, el héroe radiante de la humanidad, el más fuerte
de los hombres, que gobierna sobre todos y cada uno de nosotros. -Y con esas
últimas palabras los ojos del hombre brillaron y su rostro se encendió, y dijo,
de esa forma densa impregnada aún con los sonidos de las bestias, que por
supuesto que iría con ella a Uruk, y al templo de Inanna y al templo de An.
Pero sobre todo deseaba conocer a aquel Gilgamesh, su rey, ése que se decía
que era tan fuerte.

— Quiero desafiarle -exclamó Enkidu-. Le mostraré quién de los dos es más


fuerte. Le dejaré sentir el poder del hombre de las estepas. Cambiaré las
cosas en Uruk, remodelaré los destinos, ¡soy el más fuerte de todos! -O esas,
al menos, fueron las palabras de las que me informó Abisimti más tarde.

Así se tendió la trampa del hombre salvaje Enkidu. De acuerdo con la


estrategia que yo había imaginado, cayó en la más dulce y suave de las
celadas, y fue traído del reino de las bestias al mundo de los hombres.

Abisimti dividió sus ropas, vistiéndole a él con la mitad y ella con la otra, y le
tomó de la mano; y, como una madre, lo condujo hasta el lugar donde estaban
los apriscos, junto a la ciudad. Los pastores se congregaron a su alrededor:
nunca habían visto a nadie como él. Cuando le ofrecieron pan, no supo qué
hacer con él, y lo sujetó con una mano y se lo quedó mirando, confuso,
embarazado. Estaba acostumbrado a comer sólo la hierba y las bayas de los
campos y a mamar la leche de los animales salvajes. Le dieron vino, y le
desconcertó, y cuando lo probó le hizo atragantarse y toser, y acabó
escupiéndolo.

Absinti dijo:

— Esto es pan, Enkidu: es la fuente de la vida. Esto es vino. Come el pan,


bebe el vino: es la costumbre del lugar.

Dio cautelosamente un mordisco al pan, luego dio un sorbo no menos


cauteloso al vino. El miedo desapareció de él: sonrió, comió con más
confianza, llenó su estómago de pan, bebió siete vasos de fuerte vino. Su
rostro radiaba, su corazón exultaba; empezó a saltar, bailó una alocada danza.
Luego lo cogieron y lo asearon, le lavaron el enmarañado pelo, lo peinaron y
lo untaron con aceites, y le proporcionaron ropas decentes, de modo que
empezó a parecerse un poco más a un ser humano, aunque uno de tamaño
muy superior al normal y mucho más peludo.

Vivió un tiempo con los pastores. No sólo le enseñaron a comer las comidas
de los hombres y a beber las bebidas de los hombres y a llevar las ropas de
los hombres, sino que Enkidu aprendió a trabajar también como trabajan los
hombres. Los pastores le enseñaron a usar las armas, y le hicieron guardián
de sus rebaños. Por la noche, mientras los pastores dormían pacíficamente, él
patrullaba los campos, alejando a los animales que acudían a atacar los
rebaños. Alejaba a los leones, atrapaba a los lobos, era un incansable
guardián de los rebaños…, él que había sido hasta entonces un animal salvaje.
Nada de esto llegó hasta mí. Confieso que lo había olvidado todo respecto al
hombre salvaje de las estepas, tan atareado estaba con las tareas normales
del reino y los placeres con los que aliviaba las congojas de mi corazón.

Por aquel entonces, un día, Enkidu y Abisimti estaban sentados en una


taberna que acostumbraban a frecuentar los pastores cuando entró un
viajero, un hombre de Uruk, y pidió una jarra de cerveza. El desconocido vio a
la cortesana Abisimti, la reconoció, la saludó con una inclinación de cabeza y
dijo:

— Considérate afortunada de no estar viviendo en Uruk estos días.

— ¿Por qué? -preguntó ella-. ¿Tan desgraciada es la vida en la ciudad?

— Gilgamesh nos oprime a todos -dijo el desconocido-. La ciudad gime bajo él.
No hay ningún freno a su fuerza, y nos agota a todos. Y practica
abominaciones: el rey mancilla la Tierra.

Al oír eso, Enkidu alzó la mirada y dijo:

— ¿Cómo es eso? Aclárame lo que quieres decir.

El desconocido respondió:

— Hay una casa de reuniones en la ciudad que está destinada para la gente,
donde los habitantes celebran sus matrimonios. Se supone que el rey no debe
entrar allí; pero lo hace, incluso mientras están sonando los tambores de los
esponsales, y toma a la esposa, y le pide que lo haga primero con él, delante
del marido. Dice que este derecho fue decretado por los dioses en la época de
su nacimiento, en el momento en que el cordón que lo unía con su madre fue
cortado. ¿Es correcto eso? ¿Pueden aceptarse tales cosas? Los tambores de
los esponsales suenan, pero entonces aparece Gilgamesh para reclamar el
derecho sobre la esposa. Y toda la ciudad gime.

Enkidu se puso pálido al oír esto, y una gran ira le invadió.


— ¡No debe ser así! -exclamó. Y a Abisimti-: Vamos, llévame a Uruk,
preséntame ante ese Gilgamesh! Abisimti y Enkidu partieron inmediatamente
hacia la ciudad. Cuando penetraron en sus murallas el hombre despertó una
considerable agitación, tan anchos eran sus hombros, tan poderosos sus
brazos. Las multitudes se agolpaban a su alrededor, y cuando oyeron de boca
de Abisimti que era el famoso hombre salvaje que había estado liberando a los
animales atrapados en las llanuras, se acercaron aún más, con las bocas
abiertas, murmurando entre sí. Los más valientes lo tocaban para comprobar
su fuerza.

— ¡Es el igual de Gilgamesh! -exclamaba alguien. Y otro-: No, no es tan alto. -


Y un tercero-: Sí, pero es más ancho de hombros, sus huesos son más fuertes.
-Y todos decían-: ¡Ha llegado un héroe! ¡Es el que fue amamantado con la
leche de los animales salvajes! ¡Por fin Gilgamesh ha encontrado a su igual!
¡Por fin! ¡Por fin!

Este Enkidu era el hombre cuya llegada me había sido presagiada en mis dos
sueños. Era el compañero que los dioses me habían proporcionado para
aliviar mi soledad, para que se convirtiera en el hermano que nunca había
tenido, el camarada con el que poder compartir todas las cosas. Para los
habitantes de Uruk era también un enviado de los dioses cuya llegada habían
estado suplicando durante tanto tiempo, pero por distintas razones. Porque
era un hecho -aunque yo no lo sabía entonces- que habían estado gimiendo
bajo el peso de mi reinado, que temían mis inagotables energías y me
condenaban por mi arrogancia. Así que la gente de Uruk había pedido a los
dioses que crearan mi igual y lo enviaran a su ciudad: mi doble, mi segundo
yo, alguien que igualara mi tormentoso corazón con otro tormentoso corazón,
para que pudiéramos luchar entre nosotros y dejáramos Uruk en paz. Y ahora
ese hombre había llegado.
19

Fue el día del matrimonio del noble Lugal-anne-mundu y la doncella Inshhara.


Los tambores de los esponsales estaban batiendo, el lecho nupcial ya estaba
preparado. La doncella me era deseable, y a la caída de la noche me dirigí a la
sala de reuniones de la ciudad para llevármela a palacio.

Pero cuando cruzaba la plaza del mercado conocida como el Mercado de la


Tierra, que se halla justo al otro lado de la casa de reuniones, una enorme
figura brotó de las sombras y bloqueó mi camino. Era un hombre de casi mi
misma altura, menos de uno o dos dedos más bajo: nunca antes había visto a
nadie tan alto. Su pecho era ancho y recio, sus hombros amplios, más que los
míos, sus brazos tan gruesos como los muslos de un hombre normal. Le miré
directamente al rostro, a la parpadeante luz de las antorchas de mis
sirvientes. Su mandíbula avanzaba desafiante en su rostro, su boca era ancha,
su frente fuerte y oscura; y había algo feroz y latente en sus ojos. Tenía la
barba densa y el pelo alborotado. ¡Y qué tranquilo parecía, y que confianza en
sí mismo reflejaba! ¡Miradle cortándome el camino! ¿Acaso no sabía que yo
era Gilgamesh el rey?

— Échate a un lado, amigo -dije con suavidad.

— No pienso hacerlo.

Me sorprendió oír esas palabras. No diré que sintiera miedo, pero me puse en
guardia, porque sabía que aquél no era un ciudadano normal. Mis criados se
agitaron inquietos y echaron mano a sus armas. Les hice un gesto para que se
detuvieran. Me acerqué más al desconocido y dije:

— ¿Me conoces?

— Creo que eres el rey.

— Lo soy. No es prudente cortarme de este modo el camino.

— ¿Me conoces tú a mí ? -preguntó. Su voz era profunda y áspera, su acento


tosco.

— En absoluto -dije.

— Soy Enkidu.

— ¡Ah, el hombre salvaje! Hubiera debido sospecharlo. ¿Así que has venido a
Uruk? Bien, ¿qué quieres de mí, hombre salvaje? Ésta no es hora de
presentarle peticiones al rey.

— ¿Adonde vas, Gilgamesh? -dijo osadamente. -¿Acaso crees que tengo


obligación de responderte?

— Dime adonde vas.

Mis criados se agitaron de nuevo. Creo que lo hubieran traspasado de buena


gana con sus armas, pero los contuve.

Respondí con cierta irritación, agitando una mano hacia la casa de reuniones.

— Allí. A asistir a una boda. De cuyo cometido me estás retrasando, hombre


salvaje.

— Será mejor que no vayas -dijo-. ¿Tienes intención de llevarte contigo a la


novia? ¡No debes hacerlo! -¿No debo? ¿Realmente crees que no debo? ¡Esas
son extrañas palabras para pronunciarlas a un rey, hombre salvaje! -Me
encogí de hombros-. Esto ha dejado de divertirme. Te digo de nuevo: échate a
un lado, amigo.

Avancé. Pero en vez de cederme el paso, adelantó un pie para impedirme


seguir avanzando, y luego me sujetó con sus manos. Tocar a un rey de este
modo significa la muerte Sin embargo, no di oportunidad a mis hombres para
que lo abatieran; porque apenas me tocó, una terrible y repentina rabia brotó
en mí, y lo sujeté como si tuviera intención de arrojarlo al otro extremo de la
plaza del mercado. Al momento nos hallamos enzarzados en un fuerte abrazo,
y los lanceros no podían alcanzarle sin herirme a mí también; así que
retrocedieron y nos dejaron solos, sin saber qué otra cosa hacer.

Ya desde un primer momento vi que era mi igual en fuerza, o casi. Aquello era
algo nuevo para mí. En mi juventud, en mis días de entrenamiento militar en
Kish, en los combates de prácticas con los jóvenes héroes de mi corte después
de haberme convertido en rey, había luchado individualmente con otros por
simple deporte, y siempre había notado al primer contacto de las manos que
el hombre con quien contendía estaba a mi merced: podía derribarlo en
cualquier momento que quisiera. Eso resultó satisfactorio solamente cuando
era un niño. Cuando crecí empecé a lamentarlo, puesto que el saber que la
victoria era mía desde el principio me negaba gozar del deporte de la lucha.
Esto era diferente. No tenía ninguna segundad. Cuando intenté hacerle
retroceder, no se movió ni un ápice. Cuando él intentó hacerme retroceder a
mí, tuve que utilizar toda mi fuerza para resistirme. Tuve la sensación comió
si hubiera cruzado a algún mundo extraño donde Gilgamesh ya no era
Gilgamesh Note un sabor extraño, que no era miedo -no creo que fuera
miedo-, sino algo casi tan poco familiar como el miedo. ¿Duda? ¿Inseguridad?
¿Inquietud? Luchamos como toros enloquecidos, resoplando forcejeando
arriba y abajo, sin soltarnos en ningún momento el uno del otro. Rompimos
quicios de puertas e hicimos estremecer paredes de edificios. Ninguno de los
dos conseguía dominar al otro. Puesto que éramos de la misma altura, o casi,
nos mirábamos directamente a los ojos mientras contendíamos; sus ojos eran
profundos y estaban enrojecidos por el esfuerzo, y resplandecían con un
sorprendente salvajismo. Gruñíamos; gritábamos; rugíamos. Aullé mi desafío
en el lenguaje de Uruk y en el lenguaje de los pueblos del desierto y en todos
los demás lenguajes que pude recordar; y él murmuró y me gritó en el
lenguaje de las bestias, el áspero gruñido del león de las llanuras.
Sentí deseos de matarle. Rogué para que se me diera la oportunidad de
quebrarle la espalda, de oír el seco restallido de su espina dorsal, de arrojarlo
como una capa desechada al montón de la basura. Fue un odio que me
atravesó de parte a parte y me causó vértigo. Tenéis que comprender que
nadie se había plantado nunca delante de mí de aquella forma. Era como una
montaña que hubiera brotado en mi camino en medio de la noche. ¿Cómo os
hubierais sentido si no furiosos? ¿Yo el rey, yo el héroe invencible? Pero no
podía derrotarle, ni él a mí. No puedo decir durante cuánto tiempo luchamos
y forcejeamos, y mi fuerza y la suya se medían con la misma medida.

Pero hay divinidad en mí, y Enkidu era mortal. Al fin fue inevitable que yo
dominara. Sentí que mi fuerza se mantenía, mientras la suya empezaba a
desvanecerse. Clavé firmemente mi pie en el suelo y doblé la rodilla, y
conseguí hacer presa en él y empujarle hacia atrás, de modo que sus pies
cedieron su presa en el suelo y perdió el equilibrio.

En aquel momento todo vestigio de odio hacia él desapareció. ¿Por qué debía
odiarle? Era espléndido en su fuerza. Estaba muy cerca de ser mi igual. Del
mismo modo que un río golpea contra la presa que lo retiene y finalmente
termina venciéndola, mi amor hacia él barrió toda ira anterior. Fue un amor
repentino, tan profundo que me inundó como el más crecido de los torrentes
en primavera y me conquistó por completo. Me hizo recordar mi sueño, aquel
trozo de materia estelar que había caído de los cielos y que había sido incapaz
de mover. En el sueño había reunido todas mis fuerzas y con el mayor de los
esfuerzos la había alzado y se la había llevado a mi madre, que me había
dicho: "Es tu hermano, es tu gran camarada." Sí. Nunca había conocido a un
hombre que fuera mi igual en tantos aspectos, de modo que encajaba conmigo
como si hubiera sido tallado por el más hábil de los maestros carpinteros. En
aquel momento me aferré a él como si fuéramos una sola carne en dos
cuerpos, largo tiempo ansiada y ahora unida. Eso fue lo que sentí, mientras mi
fuerza era puesta a prueba por la suya. Eso fue lo que pasó entre nosotros
mientras luchábamos. Me incliné sobre Enkidu y lo alcé del suelo y lo abracé
por segunda vez, pero ahora no para luchar, sino en prueba de amor. Grandes
sollozos me agitaron, y a él también; porque los dos supimos en aquel mismo
momento lo que había pasado entre nosotros.

— ¡Ah, Gilgamesh! -exclamó-. ¡No hay nadie como tú en todo el mundo!


¡Gloria a la madre que te engendró!

— Hay otro que es como yo -dije-. Pero sólo uno.

— No: porque Enlil te ha dado el reino.

— Pero tú eres mi hermano -dije.

Me miró, desconcertado como aquel que es despertado demasiado pronto de


un sueño.

— Vine aquí con la intención de hacerte daño.

— Y yo lo mismo contigo. Cuando vi que bloqueabas mi camino, me imaginé a


mí mismo partiéndote en dos y arrojando los trozos a un lado como huesos
roídos.

Se echó a reír.

— ¡No hubieras podido hacerlo, Gilgamesh!

— No. No hubiera podido. Pero quise intentarlo.

— Y yo pensaba arrojarte de tu alto lugar. Hubiera podido conseguirlo, si la


suerte hubiera estado conmigo.

— Sí -dije-. Creo que hubieras podido. Inténtalo de nuevo, si quieres. Estoy


dispuesto para ti.

Agitó negativamente la cabeza.

— No. Si te venciera, si te causara algún daño, te perdería. Estaría solo de


nuevo. No, prefiero tenerte corno amigo que como enemigo. Eso es lo que
quiero decir. Amigo. Amigo . ¿No es ésa la palabra?

— Un amigo, sí. Somos demasiado parecidos para ser enemigos.

— Ah -dijo Enkidu, frunciendo el ceño-. ¿Somos parecidos? ¿De veras? Tú eres


el rey, y yo sólo soy…, soy… -Dudó-. Un guardián de los pastores, eso es todo
lo que soy.

— No. Tú eres el amigo del rey. El hermano del rey.

Nunca hubiera creído ser capaz de decirle esas palabras a nadie. Y sin
embargo sabía que eran ciertas.

— ¿De veras? -quiso saber-. Entonces, ¿no tenemos que volver a luchar?

— ¡Por supuesto que lucharemos! -dije con una sonrisa-. Pero lucharemos
como hermanos. ¿Eh, Enkidu? ¿Eh? -Y tomé su mano. La boda estaba
olvidada, la doncella Ishhara estaba olvidada-. Ven conmigo, Enkidu. A Ninsun
mi madre, la sacerdotisa de An. Quiero que conozca a su otro hijo. Ven,
Enkidu. ¡Ven ahora! -Y fuimos al templo del Padre Cielo, y nos arrodillamos en
la oscuridad delante de Ninsun; y fue algo muy extraño y maravilloso para
ambos. Había creído que la soledad estaría eternamente conmigo; y ahora
había desaparecido, repentinamente, había huido como un ladrón en la noche
en el momento mismo de mi encuentro con Enkidu.

Ése fue el principio de esta gran amistad, distinta a cualquier otra cosa que
hubiera conocido antes y a cualquier otra que haya conocido después. Era
para mí mi otra mitad; llenaba en mí un lugar donde hasta entonces sólo
había habido vacío.

Pero se ha murmurado que éramos amantes como lo son los hombres y las
mujeres. No querría que creyerais eso. No era éste en absoluto el caso. Sé
que hay algunos hombres en quienes los dioses han mezclado la masculinidad
y la femineidad de modo que no necesitan o les gustan las mujeres, pero yo no
soy uno de ellos, y tampoco lo era Enkidu. Para mí la unión de hombre y
mujer es algo sagrado, que no es posible que un hombre experimente con otro
hombre: dicen que esos hombres sí lo experimentan, pero creo que se
engañan a sí mismos. Ésa no es la auténtica unión. Yo había conocido esa
unión, en el Sagrado Matrimonio con la sacerdotisa Inanna, en quien reside la
diosa. Inanna es también mi otra mitad, aunque una mitad oscura e
inquietante. Pero un hombre puede poseer varias mitades, o así me lo parece,
y puede amar a un hombre de una forma que es completamente distinta de la
forma en que experimenta la unión con una mujer.

Ese tipo de amor que existe entre hombre y hombre existía entre Enkidu y yo.
Brotó a la vida en el momento de nuestra lucha, y nunca desde entonces se
marchitó. No hablábamos de ello entre nosotros. No lo necesitábamos. Pero
éramos conscientes de su presencia. Éramos una sola alma en dos cuerpos.
No teníamos necesidad de expresar nuestros pensamientos con palabras,
porque podíamos oírnos el uno al otro sin hablar. Encajábamos bien. Dentro
de mí moraba un dios; dentro de él moraba la tierra. Yo había descendido de
los cielos; él había ascendido del suelo. Nuestro lugar de encuentro había sido
un punto intermedio, que es el mundo de los mortales.

Le adjudiqué habitación en palacio, la gran serie de aposentos de paredes


blancas a lo largo de la muralla sudoeste que antiguamente había sido
reservada para el uso de los gobernadores y reyes de otras ciudades que
acudían de visita. Le proporcioné ropas del más fino lino blanco y la más fina
lana, y le proporcioné doncellas para que le bañaran y ungieran, y le envié
mis barberos y mis cirujanos para que recortaran y pulieran las últimas
huellas de salvajismo en él. Desperté en él el amor a la carne asada, a los
fuertes y dulces vinos y a la intensa y espumosa cerveza. Le proporcioné
pieles de leopardos y leones para adornarlo a él y sus habitaciones. Compartí
con él mis concubinas, sin reservarme ninguna para mí solo. Hice que le
fabricaran un escudo de bronce grabado con imágenes de las campañas de
Lugalbanda, y una espada que resplandecía como el ojo del sol, y un casco
rojo y dorado ricamente adornado, y lanzas exquisitamente equilibradas. Yo
personalmente le enseñé las artes del carro y el lanzamiento de la jabalina.

Aunque siempre quedó algo tosco y terreno en lo más profundo de él,


aprendió rápido a adoptar la imagen externa y los modales de un noble de la
corte, digno, consumado, apuesto. Incluso intenté que aprendiera a leer y
escribir, pero renunció a ello. Bien, hay muchos grandes hombres en la corte
que carecen también de esa habilidad, y muy pocos que la hayan dominado
por completo.

Si hubo envidias respecto a él en la corte, supongo que no las noté. Quizá se


produjeran algunas en el círculo interno de héroes y guerreros, que se
sintieran amargamente rechazados y dijeran a sus espaldas y a las mías: "Es
el favorito del rey, el hombre salvaje. ¿Por qué ha sido elegido él y no yo?"
Pero si lo hicieron, supieron ocultar muy bien sus ceños fruncidos y sus
murmuraciones. Prefiero pensar que esos sentimientos de envidia no llegaron
a existir. No era como si Enkidu hubiera desplazado a algún favorito anterior.
Nunca había tenido antes ningún favorito, ni siquiera con camaradas tan
antiguos como Bir-hurturre o Zabardi-bunugga; nunca había permitido a
nadie estar tan cerca de mí. Vieron inmediatamente que la camaradería que
gozaba con Enkidu era de un tipo diferente a cualquier otra cosa que hubiera
experimentado con ellos, del mismo modo que su fuerza era algo
completamente distinto de la de ellos. No había nadie como él en el mundo; y
no había nada como nuestra amistad.

Lo acepté por completo en el círculo de mi confianza. Me abrí absolutamente


a él. Incluso le permití observar mientras me encerraba en lo más íntimo para
batir el tambor hecho de la madera del árbol huluppu de aquella forma
especial que me sumía en trance. Se acuclillaba a mi lado mientras yo
desaparecía en ese otro reino de luz azul; y cuando salía de él me descubría
tendido a su lado, con mi cabeza acunada entre sus rodillas. Él me
contemplaba como si hubiera visto al dios emanar de mí: acariciaba mis
mejillas, hacía signos sagrados con las puntas de los dedos. "¿Puedes
mostrarme cómo ir a ese lugar?", preguntaba. Y yo le respondía: "Lo haré,
Enkidu." Pero nunca pudo alcanzarlo, por mucho que lo intentó. Creo que era
porque no había sido tocado de una forma interna por el dios como lo había
sido yo; nunca había sentido el aleteo de las grandes alas en su alma, ni había
oído el zumbar, ni había visto la chisporroteante aura que son los primeros
signos de ser poseído. Pero a menudo le dejaba sentarse a mi lado mientras
yo hacía sonar el tambor, y él me vigilaba y me cuidaba y me protegía
mientras yo rodaba por el suelo y me contorsionaba y agitaba brazos y
piernas en el acceso de éxtasis.

Cuando tenía trabajo que hacer-la construcción de canales, el refuerzo de las


murallas, cualquier otra labor decretada por los dioses-, Enkidu estaba a mi
lado. En los rituales permanecía cerca de mí, y me tendía las vasijas sagradas,
o alzaba las ofrendas de bueyes y ovejas hasta el altar como si fuesen simples
pájaros. Cuando llegaba la estación de la caza cazábamos juntos, y en eso era
superior a mí, puesto que conocía a los animales salvajes con un conocimiento
de hermano. Se detenía con la cabeza echada hacia atrás y olisqueaba el aire,
y decía, señalando:

— Por ahí está el león. Por ahí el elefante. -Y nunca se equivocaba, íbamos
una y otra vez a las marismas o a las estepas o a los demás lugares donde
moraban los grandes animales, y no había ninguno que no cayera ante
nosotros. Juntos abatimos tres grandes elefantes machos en la gran curva del
río, y llevamos sus pieles y sus colmillos a Uruk y los colgamos para que todo
el mundo pudiera verlos en la fachada de palacio. Otra vez cavamos un pozo
cubierto con ramas y capturamos un elefante vivo, y también lo llevamos a la
ciudad, donde permaneció berreando y trompeteando en un cercado durante
todo el invierno hasta que lo ofrecimos a Enlil. Cazamos leones de los dos
tipos, los de melena negra y los que no tenían melena, desde nuestro carro:
como yo, Enkidu arrojaba la jabalina con cualquiera de las dos manos y con
igual certeza. Os digo que éramos una sola alma en dos cuerpos.

Era distinto de mí, por supuesto, en muchos aspectos. Era más estridente y
mucho más jactancioso, en especial cuando había bebido demasiado vino, y
carecía en absoluto de sutileza, riendo interminablemente en grandes
carcajadas ante chistes que hubieran hecho fruncir de tedio la nariz de
cualquier niño. Bien, era un hombre que había sido criado entre animales.
Poseía una dignidad natural, pero no era la dignidad de alguien que ha sido
criado en palacio con un rey como padre. Y era bueno para mí tener a Enkidu
rugiendo y alardeando a mi lado, porque yo soy un hombre demasiado serio
para mi propio bien, y él iluminaba mis horas, no como hace un bufón de la
corte con sus bromas cuidadosamente elaboradas, sino de una forma sencilla
y natural, como una fresca brisa soplando en medio de un tórrido día.

Hablaba con absoluta honestidad. Cuando lo llevé al templo de Enmerkar,


pensando que iba a sentirse abrumado por su belleza y majestad, dijo de
inmediato:

— Es muy pequeño y feo, ¿no?

No me esperaba aquello. A partir de entonces empecé a ver el gran templo de


mi abuelo a través de los ojos de Enkidu, y lo vi efectivamente como algo
pequeño y feo, y viejo, y necesitado de urgentes reparaciones. En vez de
repararlo lo derribé por completo y construí uno nuevo, espléndido, de cinco
veces su tamaño, en la parte más alta de la Plataforma Blanca: ése es el
templo que existe ahora, y que creo me dará fama en los próximos miles de
años. Tuve algunos problemas con la sacerdotisa Inanna cuando derribé el
templo de Enmerkar. Le dije lo que pensaba hacer, y me miró como si hubiera
escupido encima de los altares, y dijo:

— ¡Pero es el más grande de los templos!

— El que había antes que él, el que construyó Meskiaggasher, era también el
más grande de los templos, en su día. Ahora nadie lo recuerda. Pertenece a la
naturaleza de los dioses el reemplazar los templos por otros templos aún
mayores. Enmerkar construyó bien, pero yo construiré mejor.

Me miró con ojos agrios y llameantes.

— ¿Y dónde vivirá la diosa, mientras construyes su templo?

— La diosa vive en todo Uruk. Vivirá en cada casa y en cada calle y en el aire
que nos rodea, como hace ahora.

Inanna estaba furiosa. Convocó la asamblea de ancianos y la casa de los


hombres para declarar su protesta; pero nadie pudo impedirme que
construyera el templo. Pertenece a las facultades del rey realzar la grandeza
de la diosa ofreciéndole nuevos templos. Así que derribamos el templo de
Enmerkar, hasta sus mismos cimientos, aunque dejamos intactos esos
antiguos pasadizos subterráneos poblados de demonios que tiene debajo: no
deseaba tener nada que ver con ellos. Hice traer bloques de piedra caliza de
la región donde se encuentran en abundancia para los nuevos cimientos del
templo, y los señalé a una escala que nadie en Uruk había imaginado nunca.
Los ciudadanos jadeaban sorprendidos cuando acudían a observar los
trabajos y veían la longitud y la anchura de lo que pretendía construir.

Para la construcción del nuevo templo utilicé todo lo que había aprendido del
oficio. Elevé la altura de la Plataforma Blanca hasta que dominó todo lo
demás a medio camino de los cielos, y puse mi templo en alto sobre ella, del
mismo modo que están los templos en Kish. Hice los muros más gruesos de lo
que nunca nadie haya soñado hacer unos muros, y los sostuve con enormes
columnas, tan recias como los muslos de los dioses. Como adornos para los
muros y las columnas diseñé algo tan sorprendente que sólo por ello
merecería ser recordado, aunque todos mis demás logros llegaran a olvidarse.
Consistía en embutir centenares de largos y puntiagudos conos de arcilla
cocida en la argamasa que cubría las paredes y columnas antes de que se
endureciera. Sólo las puntas de esos conos quedaban visibles, y eran pintadas
de rojo o amarillo o negro, y colocados los unos junto a los otros de modo que
formaran sorprendentes y coloreados dibujos en diagonales y en zigzags y en
rombos y en cambios y en triángulos. El resultado es que, allá donde dirija
uno los ojos en el interior de mi templo, se siente deleitado por la vividez y la
complejidad; es como contemplar un enorme tapiz, tejido no con lanas de
colores sino con un número incontable de pequeños y brillantes redondeles de
arcilla pintada.

Enkidu creía también que el pequeño santuario dedicado a Lugalbanda que


Dumuzi había hecho erigir hacía años junto a los acuartelamientos en el
distrito del León era indigno de mi padre. Tuve que estar de acuerdo con él; y
también lo derribé, y construí en su lugar otro mucho más apropiado, con
arcos y pilastras de gran tamaño, todas ellas cubiertas con mis decoraciones
de mosaico de conos en brillantes colores. En su centro puse la vieja imagen
de Lugalbanda de piedra negra que había erigido Dumuzi, porque era una
representación lo bastante noble, y no quería desechar a la ligera algo hecho
con un material tan raro como la piedra negra; pero la rodeé con lámparas
montadas sobre trípodes colocadas contra espejos de brillante cobre, de modo
que una luz deslumbrante llenaba el santuario a cualquier hora del día.
Pintamos las paredes con imágenes y leopardos y toros, como ofrendas a Enlil
de las tormentas, al que Lugalbanda amaba. En la consagración derramé la
sangre de leones y elefantes sobre las losas del suelo. ¿Puede alguien decir
que Lugalbanda merecía algo menos que eso?

No hubo guerras durante esos años. Los elamitas permanecían tranquilos, las
tribus del desierto de Mar-tu merodeaban por otros lados, el colapso de la
dinastía de Agga de Kish había extirpado una poderosa amenaza a nuestro
norte. El hecho que el rey de Ur se hubiera nombrado rey de Kish no me
preocupaba; Ur y Kish se hallan muy separadas la una de la otra, y no veía
forma alguna de que pudiera combinar el poder de las dos ciudades en
alianza contra nosotros. De modo que en Uruk llevábamos una vida tranquila
y próspera, aumentando nuestras riquezas en paz, creciendo gracias al
comercio en vez de tener que salir en busca del botín de guerra.

Durante esos años los mercaderes y emisarios de Uruk fueron a todas partes
siguiendo mis instrucciones, con gran progreso de la ciudad. De las montañas
del este traían vigas de madera de cedro de cincuenta e incluso sesenta codos
de longitud, y troncos de urka-rinnu de veinticinco codos de largo, que
utilizamos para las vigas del nuevo templo. De la ciudad de Ursu, en la
montaña de Ibla, llegaba madera de zabalu, grandes troncos de ashukhu, y
tablones de plátanos. De Umanu, una montaña en la región de Menua, y de
Basalla, una montaña de la región de Amurru, mis enviados regresaban con
grandes bloques de la rara piedra negra, a partir de los cuales los artesanos
tallaban nuevas imágenes de los dioses para todos los antiguos templos.
Importé cobre de Kagalad, una montaña de Kimash, y con mis propias manos
fabriqué con él una gran cabeza de maza. De Gubin, la montaña de los árboles
huluppu, hice traer madera de huluppu, y de Madga llegaba asfalto para ser
utilizado en la plataforma del templo, y de la montaña de Bars-hib hice traer
por barco bloques de la suntuosa piedra nalua. Mis planes incluían enviar
expediciones a más lejos aún, a Magan, a Meluhha, a Dilmun. La ciudad
prosperaba. Ganaba cada día en esplendor. Tomé una esposa, y me dio un
hijo; y tomé una segunda esposa, como era mi derecho. Había paz. La noche
del nuevo año fui al templo que había construido, y yací con la anhelante
Inanna en el rito del Sagrado Matrimonio: cada año se aferraba más
ansiosamente a mí, y su cuerpo se movía con mayor abandono, mientras
recibía en una sola noche la satisfacción de su hambre de todo un año. Yo
tenía el amor de Enkidu para llenar todo el resto de mis días. El vino fluía
libremente; el humo de la carne asándose se alzaba cada día hacia los dioses,
y eso era bueno. Así pensé que iba a ser mi reinado para siempre. Pero los
dioses no garantizan nada para siempre: es un milagro cuando garantizan
alguna cosa.
20

Un día fui al encuentro de Enkidu y lo hallé de un humor lúgubre, con el ceño


fruncido, suspirando y a punto de echarse a llorar. Le pregunté qué le
preocupaba, aunque estaba casi seguro de saberlo, y me respondió:

— Pensarás que soy un estúpido si te lo digo.

— Quizá, pero, ¿y qué? Vamos, habla.

— ¡Es una tontería, Gilgamesh!

— Creo que no -dije. Le miré atentamente y añadí-: Permíteme que adivine.


Empiezas a sentirte intranquilo de tu cómoda vida civilizada, ¿no es eso?
Empieza a cansarte esta inactividad.

Su rostro enrojeció y respondió, sorprendido:

— Por los dioses, ¿cómo lo has adivinado?

— No se necesita una gran sabiduría para verlo, Enkidu.

— No quisiera que pensases que deseo volver a mi antigua vida y correr


desnudo por las estepas.

— No. Dudo que lo hicieras.

— Pero te diré una cosa: estoy empezando a ablandarme aquí. Mi fuerza se


me está yendo. Mis brazos están flojos, pierdo fácilmente el resuello.

— ¿Y las cacerías? ¿Y las luchas en los campos de entrenamiento? ¿Acaso no


son suficientes, Enkidu? -Me siento avergonzado de admitirlo, pero no son
suficientes -dijo con una voz tan baja que casi no la oí.

Apoyé una mano en su brazo.

— Bien, tampoco son suficientes para mí.

Parpadeó, sorprendido.

— ¿Lo dices de veras?

— Siento la misma inquietud que tú. Mi reinado me ata y me confina. La


tranquilidad que he conseguido para la ciudad se ha convertido en mi
enemiga. Mi alma se siente tan turbada como la tuya. Anhelo tanto como tú la
aventura, Enkidu: el peligro, las grandes hazañas que eleven mi nombre por
encima de la humanidad. Me ahogo aquí. Anhelo emprender un gran viaje.
Era cierto. Todo resultaba tan sereno en Uruk que ser rey no parecía muy
diferente a mis ojos a ser un vulgar comerciante. No podía aceptar el ser un
comerciante, porque los dioses habían puesto divinidad en mí, y la parte
divina de mí me mantenía sin dormir, siempre haciéndome preguntas,
siempre insatisfecho. Ésa era la burla que los dioses habían arrojado sobre
mí: anhelar la paz y sin embargo no sentirme satisfecho una vez conseguida;
pero creo haber resuelto ahora el problema de esa burla, como narraré a su
debido tiempo.

— Oh, ¿es cierto? -dijo-. ¿Sufres tanto como yo?

— Exactamente igual que tú.

Se echó a reír.

— Somos como dos niños demasiado crecidos, buscando nuevas diversiones.


¿Pero qué podemos hacer, Gilgamesh? ¿Adonde podemos ir?

Le dirigí una larga y firme mirada. Lentamente, dije:

— Hay un lugar conocido como la Tierra de los Cedros. Desde hace algún
tiempo estoy pensando en organizar una expedición a ese lugar. -No era
cierto; la idea acababa de acudírseme en aquel momento-. ¿Has oído hablar
de ella, Enkidu?

— La conozco, sí -dijo con el ceño fruncido, hablando con una cierta


hosquedad.

— ¿Crees que curaría tus inquietudes ir allí conmigo?

Se humedeció los labios.

— ¿Por qué ese lugar, Gilgamesh?

— Necesitamos cedro. Es una madera espléndida. No existe en la Tierra. -No


estaba engañándole. Era cierto. Pero también había elegido la Tierra de los
Cedros por su fuerte y vigorizante aire, que creía libraría a Enkidu de su
melancolía. Y por encima y más allá de ello, había recientes rumores de que
los elamitas estaban reclamando toda la tierra en torno al bosque de cedros.
No podía permitir aquello.

— Hay otros lugares donde puedes obtener cedro.

— Quizá. Pero tengo intención de ir a la Tierra de los Cedros a buscarlo.


Dicen que se trata de una región maravillosa, alta y verde y fresca, muy
hermosa.

— Y muy peligrosa -dijo Enkidu.

— ¿De veras? -Me encogí de hombros-. ¡Mejor aún! Has dicho que te sentías
cada vez más inquieto en esa tranquilidad civilizada: que sentías ansias de
desafío, de peligro…

— Es posible que estés ofreciendo más de lo que yo esperaba -dijo, con un


aspecto más avergonzado de lo que nunca había visto en él.

— ¿Qué? ¿Demasiado peligro, quieres decir? ¿Es posible que esas palabras
broten de los labios de Enkidu? Nunca creí oírte hablar de una forma tan
cobarde.

Sus ojos llamearon; pero se controló con un esfuerzo.

— Hay una línea muy delgada, hermano, entre cobardía y sentido común.

— ¿Y es sentido común temer una escaramuza con unos cuantos elamitas?

— No, no con los elamitas, Gilgamesh.

— Entonces, ¿qué…?

— ¿No te das cuenta de que el señor Enlil situó al demonio Huwawa en la


puerta de la Tierra de los Cedros para que guardara sus sagrados árboles?

Casi estuve a punto de echarme a reír ante aquello. Por supuesto que había
oído las historias del demonio del bosque; cada bosque tiene su demonio, o a
veces incluso dos, y abundan los relatos terroríficos. Pero en general los
demonios pueden ser propiciados o de otro modo alejados; y no había
esperado que Enkidu se echara atrás ante seres de ese tipo.

— Bueno, hay algunas historias al respecto -dije sin darle importancia-. Pero
quizá el demonio esté ocupado en alguna otra parte cuando lleguemos allí. O
quizá el demonio no sea tan feroz como lo pintan esas historias. O quizás,
Enkidu, no haya ningún demonio en el bosque.

— He visto a Huwawa con mis propios ojos -dijo suavemente Enkidu.

Sus palabras tuvieron la fuerza de un puñetazo en el vientre, tan apagada


sonó su voz, tan llena de convicción. Ahora fue mi turno de parpadear,
desconcertado.

— ¿Qué? -exclamé-. ¿Realmente lo has visto?

— Cuando merodeaba aún con los animales salvajes -dijo-, llegué una vez muy
lejos al este, y alcancé el bosque donde crecen los cedros. Se extiende diez
mil leguas en todas direcciones; y Huwawa está en todas partes en su
interior. No hay forma de ocultarse de él. Se alzó ante mí y rugió, y creí que
iba a morir de terror; y no soy un cobarde, Gilgamesh. -Me miró desde muy
cerca-. ¿Crees que soy un cobarde? Pero Huwawa se alzó ante mí y rugió, y
cuando ruge es como el rugir de las tormentas que traen las grandes
inundaciones. Creí morir de terror. Su boca es como el mismo fuego; su
aliento es la muerte.
Seguía sin poder creerle.

— ¿Dices que has visto el rostro del demonio? -pregunté.

— Lo vi. No hay nada más aterrador en todo el mundo. Ese Huwawa es un


monstruo más allá de todo lo creíble. Sus dientes son como los colmillos de un
dragón. Su rostro es el de un león. -Enkidu estaba temblando. Sus ojos
brillaban con el recuerdo del terror-. Cuando carga, es como las aguas
desatadas del río. Devora árboles y cañas como si fueran hierba.

— ¡Viste al demonio! -dije de nuevo, con voz apagada.

— Lo vi, Gilgamesh. Y tuve suerte de poder escapar. Se volvió hacia un lado;


me olvidó. No querría enfrentarme a él una segunda vez. Nos matará. Te diré
esto: si vamos a la Tierra de los Cedros, nos matará. Percibe todo lo que
ocurre en ese bosque. Puede oír el sonido de las terneras salvajes que
merodean entre los bosques, aunque estén a sesenta leguas de distancia. No
hay forma de escapar de él. Es un enfrentamiento desigual. -Agitó la cabeza-.
Gilgamesh, Gilgamesh, siento tantas ansias como tú de alguna gran hazaña:
¿pero tú ansias la muerte?

— ¿Crees que sí?

— Estás hablando de ir a la Tierra de los Cedros.

— Por la aventura, sí. Para conseguir que mi corazón lata un poco más aprisa
en mi pecho. Pero no ansío la muerte. Es el amor a la vida el que me atrae a
la Tierra de los Cedros, no el ansia de morir. Tú lo sabes.

— Sin embargo, entrar en el cubil de Huwawa…

— No, Enkidu. He visto los cadáveres flotando en el río, y pesa enormemente


en mi alma el haberlos visto y saber que éste es también nuestro destino.
Aborrezco la muerte. La muerte es mi enemiga.

— Entonces, ¿por qué ir…?

— Porque debemos hacerlo.

— Ah. ¿Por qué debemos hacerlo? ¡Podemos ir al norte! ¡Podemos ir al sur!


¡Podemos ir…!

— No -dije. El fuego estaba ahora en mí. Me apenaba ver a Enkidu


languidecer bajo aquel temor. Su alma se había ablandado en Uruk; moriría si
no lo sacaba de allí. Por su propio bien debíamos emprender aquella
aventura, no importaban los riesgos-. Sólo hay un lugar donde podamos ir, y
es la Tierra de los Cedros.

— Donde seguro que moriremos.

— No estoy tan seguro de ello. Pero considera esto, amigo: sólo los dioses
viven eternamente bajo el sol, e incluso ellos prueban el sabor de la muerte
de tanto en tanto. En cuanto a los mortales como nosotros, todo lo que
intentamos no es más que aire vacío, el soplo del viento. Sin embargo creo
que debemos intentarlo, incluso así.

— Y morir. Nunca te he visto tan ansioso hacia la muerte, Gilgamesh. No


importa lo que digas, eso es lo que pareces.

— ¡No! ¡No! Mi intención es eludir la muerte durante tanto tiempo como


pueda. Pero no viviré en el temor. ¿Cómo es posible, Enkidu, que sientas
miedo? Esta vez no desperté su ira. Apartó la vista, el ceño fruncido, el rostro
pálido.

— He visto a Huwawa -dijo hoscamente. Entonces fui yo quien se puso


furioso. Aquél no era el Enkidu que conocía.

— Está bien -exclamé-. ¡Témele, entonces! Pero yo no. Quédate donde estés
seguro si quieres. Ven conmigo a la Tierra de los Cedros, sí. El viaje te
animará; el nuevo aire despertará tu alma. Pero cuando estemos en el bosque,
te dejaré que camines detrás de mí. ¿Qué ocurrirá si me mata? Si caigo ante
él, bueno, al menos habrá dejado tras de mí un nombre que perdurará por
siempre. Dirán de mí: "Gilgamesh ha caído ante el feroz Huwawa." Eso no es
ninguna deshonra, ¿verdad? ¿Qué deshonra hay en caer ante un demonio tan
terrible que incluso aterra al héroe Enkidu?

Sus ojos se cruzaron con los míos. Sonrió ferozmente, y las aletas de su nariz
temblaron.

— ¡Eres hábil, Gilgamesh!

— ¿Lo soy? ¿Por qué?

— Por decirme que caminaré detrás de ti.

— Será más seguro para ti, Enkidu.

— ¿Eso crees? Y así todo el mundo en Uruk podrá decir después: "¡Éste es
Enkidu, el que caminó detrás de su hermano en el bosque del demonio!"

— Pero si el demonio te asusta…

— Tú sabes que caminaré a tu lado cuando penetremos en los dominios de


Huwawa.

— Oh, no te pido eso…, tú has visto al terrible Huwawa.

— Ahórrame tus burlas -dijo Enkidu con voz cansada-. Iré a tu lado. Tú lo
sabes, Gilgamesh. Me conoces desde el principio.

— Si no estás dispuesto a ir…


— ¡Te lo repito, iré a tu lado ! -gritó. Y nos echamos los dos a reír y nos dimos
un fuerte abrazo, y así terminamos aquella charla; y dejamos que se divulgara
la noticia de que pronto partiríamos de Uruk en dirección a la Tierra de los
Cedros.

No puedo decir cuántas veces, mientras efectuábamos nuestros preparativos


para el viaje, le pedí a Enkidu que me describiera el demonio. Cada vez me
ofreció las mismas palabras. Habló del rugir, de la boca como fuego, de la
enorme fuente de tormentosa fuerza. Bien, no podía creer que mintiera: no
había artificio en Enkidu, no sabía nada del engaño ni del disimulo.
Evidentemente había visto el demonio, y evidentemente también el demonio
no era un enemigo que se pudiera tomar a la ligera. De tanto en tanto todos
vemos demonios, porque están por todas partes, acechando detrás de las
puertas, en el aire, en los tejados, bajo los arbustos; yo mismo había visto
demonios muy a menudo; pero nunca había visto ninguno que pudiera
compararse a Huwawa. Sin embargo, seguía sin sentir miedo. El mismo miedo
que había expresado Enkidu no hacía más que acentuar mi resolución de
traer de vuelta cedros del bosque de Huwawa. Elegí cincuenta hombres para
que nos acompañaran, entre ellos Bir-hurturre, pero no Zabardi-bunugga,
porque le dije que tenía que quedarse para mandar el ejército de la ciudad
mientras yo estaba fuera. Hice preparar grandes azuelas para desbastar los
árboles que íbamos a cortar, de un peso de tres talentos cada una, con
mangos de madera de sauce y boj; y mis artesanos nos fabricaron espadas
propias de héroes, con hojas de dos talentos de peso cada una, y vainas de
oro, y empuñaduras que sólo la mano de un gran hombre podía aferrar.
Reunimos nuestras más espléndidas hachas, nuestros arcos de caza, nuestras
lanzas. Incluso antes del día de la partida oí la canción de batalla zumbar en
mis oídos, algo que hacía mucho tiempo que no había oído, y me sentí de
nuevo como un muchacho, sentí la sangre fresca circular ardiente por mis
venas.

Por supuesto, los ancianos se mostraron taciturnos. Formaron una delegación


en el muelle y se dirigieron a la ciudad a través de la Puerta de los Siete
Cerrojos, cantando plegarias a su manera lánguida y grave. La gente se
reunió en torno a ellos en el Mercado de la Tierra y todo el mundo empezó a
cantar y a sollozar también, y vi que iba a haber problemas; así que me dirigí
a la plaza del mercado y me presenté en persona ante los ancianos. No era
difícil predecir lo que dirían:

— Todavía eres joven, Gilgamesh, tu coraje es más grande que tu prudencia,


tu corazón te empuja a algo temerario. Emprendes un camino que nunca has
recorrido, y te perderás. Eres fuerte, pero nunca vencerás a Huwawa. Es un
ser monstruoso; su rugir es como el de la tormenta desatada, su boca es el
mismo fuego, su aliento el aliento de la muerte. -Y así seguirían y seguirían.

Eso fue exactamente lo que dijeron. Les escuché; y luego respondí, sonriendo,
que buscaría la protección de los dioses y que confiaba que los dioses me
protegerían, como siempre lo habían hecho en el pasado.

— Es un camino que nunca he recorrido, lo admito -dije-, pero voy a él sin


miedo. Voy con el corazón alegre.
Cuando vieron que no iba a cambiar de opinión, alteraron su enfoque. Ahora
se limitaron a advertirme que no confiara demasiado en mis propias fuerzas.
Deja que Enkidu vaya primero, dijeron. Deja que él abra camino, deja que
proteja al rey. Escuché calmadamente este consejo, aún sonriendo, sin entrar
en ninguna disputa con ellos. También me dijeron que me colocara bajo la
misericordia de Utu del sol, que es el dios que guarda a aquellos que están en
peligro, y juré ir cada día al templo de Utu y ofrecerle dos niños, uno blanco
sin mancha y otro moreno. Rogaría la ayuda de Utu, y le prometería una
gloriosa ofrenda de alabanza y muchos regalos si me concedía un regreso
seguro. Y en mi viaje a la Tierra de los Cedros efectuaría este rito y ese otro,
esta observancia y aquella, para protegerme de todo mal. Prometí esas cosas
con sinceridad. Después de todo, no ignoraba los peligros.

Cuando los ancianos dejaron de incordiarme, fue el turno de la sacerdotisa


Inanna, que me llamó al templo que yo había construido para ella y me dijo
furiosa:

— ¿Qué es esta locura, Gilgamesh? ¿Adonde vas?

— ¿Acaso eres mi madre, para hablarme de este modo?

— Por supuesto que no. Pero eres el rey de Uruk, y si mueres en esta
aventura, ¿quién será rey después de ti?

Me encogí de hombros y dije:

— Eso es la diosa quien debe determinarlo, no yo. Pero no temas, Inanna. No


moriré en este viaje.

— ¿Y si mueres?

— No moriré -dije de nuevo.

— ¿Es tan importante intentar esa aventura?

— Necesitamos el cedro.

— Envía tus tropas, entonces, y deja que sean ellas quienes luchen con los
demonios.

— Ah, ¿quieres que digan que le tengo miedo a Huwawa y que envío a mis
hombres en mi lugar, mientras me quedo sentado cómodamente en casa
durante todo el resto de mis días? Iré, Inanna. Eso está decidido.

Me miró furiosa. Sentí, como sentía siempre, el poder de su belleza, que se


hallaba ahora en toda su madurez; y sentí también la fuerza de su amor hacia
mí, que había ardido dentro de ella como el fuego de los cielos desde que
éramos niños; y sentí, más allá de eso, la furia que ella sentía hacia mí porque
era incapaz de llenar en ningún sentido ese amor que existe normalmente
entre los hombres y las mujeres.
Pensé también en esas veces, una noche al año, en que ella y yo nos habíamos
acostado juntos en el lecho de la diosa, cuando ella había yacido desnuda en
mis brazos, con los pechos enhiestos y las piernas abiertas y los dedos
clavados en mi espalda, y me pregunté si viviría para volver a abrazarla de
nuevo de esa forma. Porque a mi manera yo la amaba también, aunque mi
amor estaba siempre mezclado con una cierta desconfianza y algo más que un
cierto temor hacia sus ardides. Guardamos silencio durante un tiempo. Luego
ella dijo:

— Haré ofrendas por tu seguridad. Y ve a tu madre la vieja reina, y pídele que


haga lo mismo.

— Eso es lo que pensaba hacer ahora -respondí. Era cierto. Enkidu y yo


cruzamos la ciudad hasta la sabia y gran Ninsun, y me arrodillé ante ella y le
dije que iba a partir hacia un sendero desconocido, con una extraña batalla
que tendría que luchar al final. Ella suspiró y preguntó por qué los dioses,
tras haberle dado a Gilgamesh por hijo, lo habían dotado con un corazón tan
inquieto; pero no hizo ningún intento de disuadirme de mis planes. En vez de
ello se levantó y se envolvió en su sagrada capa carmesí, se puso sus
cubrepechos de oro y sus collares de lapislázuli y cornalina, y la tiara sobre su
cabeza, y se dirigió al altar de Utu en el techo de su morada. Prendió incienso
ante él y habló con el dios durante un tiempo; y cuando regresó a nosotros, se
volvió hacia Enkidu y dijo:

— Tú no eres el hijo de mi carne, fuerte Enkidu, pero te adopto como hijo mío.
Te adopto ante todas mis sacerdotisas y devotos. -Colgó un amuleto en torno
al cuello de Enkidu, y lo abrazó, y dijo-: Te lo confío. Guárdalo. Protégelo.
Tráelo sano y salvo de vuelta. Es el rey, Enkidu. Y es mi hijo.

Las plegarias y las conversaciones terminaron por fin; y conduje a mis


hombres fuera de la ciudad de Uruk, en dirección a la Tierra de los Cedros.
21

Avanzamos rápidamente alejándonos de las cálidas tierras bajas, dejando a


nuestras espaldas los bosquecillos de palmeras datileras y el dorado seno del
desierto, y ascendimos hacia la fría y verde región alta del este. Viajamos a
marchas forzadas desde el amanecer hasta el anochecer, cruzando siete
montañas una tras otra sin pausa, hasta que finalmente los bosques de cedros
se irguieron ante nosotros, incontables legiones de árboles que se alineaban
en las laderas de la escabrosa tierra que se abría ante nosotros. Nos resultaba
extraño ver tantos árboles, puesto que la Tierra tenía muy pocos. Hacían que
las escarpadas colinas parecieran casi negras. Parecían como un ejército
hostil, aguardando tranquilamente para masacrarnos.

Había otra cosa sumamente extraña en aquellas escarpaduras como colmillos


y rocosas barrancas: los fuegos de los dioses desterrados y de los demonios
que brotaban de las piedras aquí y allá, y su densa efusión, negra y oleosa,
que avanzaba deslizándose hacia nosotros como las lentas serpientes del
mundo inferior. Porque estábamos entrando en la región que es conocida
como la Tierra de los Rebeldes, donde fueron exiliados los dioses que se
alzaron contra Enlil. Aquí arrojaron los victoriosos guerreros Enlil y Ninurta y
Ningirsu a sus derrotados enemigos en esa gran batalla que libraron los
dioses hace mucho tiempo; y aquí moran todavía, gruñendo y murmurando y
agitando la tierra, lanzando aún sus grandes estallidos de humo y fuego y
dejando que sus oleosas serpientes supuren de las profundidades del suelo. A
cada paso que dábamos penetrábamos más profundamente en aquel oscuro
reino, sabiendo durante todo el tiempo que una serie de siniestras deidades
de furiosos ojos rojos bufaban y escupían bajo nuestros pies.

Sin embargo, no podíamos permitirnos tener miedo. Nos deteníamos en los


momentos adecuados y efectuábamos los ritos adecuados a Utu, a An, a Enlil,
a Inanna. Cuando acampábamos por la noche cavábamos pozos y dejábamos
que las sagradas aguas brotaran a la superficie como ofrendas. Finalmente,
antes de dormirme, invocaba a Lugalbanda y tomaba consejo de él, porque él
había estado personalmente en aquellas tierras, y había sufrido grandemente
a causa de los humos nocivos y los estallidos de los dioses rebeldes. Su
presencia era un gran consuelo en mi interior.

Enkidu conocía bien aquella región. Como la criatura salvaje que antes había
sido, nos guió a través de las interminables leguas sin señalizar, sin ningún
error. Nos llevó rodeando lugares que habían resultado quemados y
ennegrecidos por el ardiente aliento de peligrosos espíritus. Nos condujo más
allá de regiones donde el terreno se había deslizado y roto y alzado y
resultaba infranqueable. Nos llevó pasadas profundas extensiones de oleosa
materia que se extendían como negros lagos sobre el seno de la tierra. Nos
acercábamos más y más al propio corazón del bosque, al dominio del demonio
Huwawa.

Ahora estábamos entre los primeros cedros. Si hubiéramos venido sólo por
madera, supongo que hubiéramos podido talar veinte o sesenta árboles y
regresar felizmente con ellos a Uruk, proclamando nuestro triunfo. Pero no
habíamos venido sólo por madera.

— Hay una gran puerta ahí, que sella el interior del sagrado bosque -dijo
Enkidu-. Ya estamos muy cerca de ella.

— ¿Y Huwawa? -pregunté.

— Al otro lado de la puerta, no muy lejos.

Le miré de cerca. Su voz era fuerte y firme, pero todavía no me sentía


completamente seguro de él. No deseaba herir su orgullo; pero al cabo de un
momento pregunté:

— ¿Va todo bien hasta ahora, Enkidu?

Sonrió y dijo:

— ¿Te parezco pálido? ¿Me ves temblar de miedo, Gilgamesh?

— En Uruk te oí hablar con gran respeto de Huwawa. No hay forma de


escapar de él, dijiste. Es un monstruo más allá de todo lo imaginable, dijiste.
Cuando rugió, creíste que ibas a morir de terror. Eso fue lo que dijiste.

Enkidu se encogió de hombros.

— Quizá dije todas esas cosas en Uruk. En las ciudades los hombres se
vuelven blandos. Aquí siento que vuelven mis fuerzas. No hay nada a lo que
temer, amigo mío. Sígueme: sé dónde mora Huwawa, y los caminos que
recorre. -Y apoyó una mano en mi brazo y le dio un apretón, y pasó
fuertemente un brazo en torno al mío.

Un día más tarde llegamos al muro del bosque, y a la gran puerta.

Me había estado preguntando acerca de aquel muro desde que Enkidu me


hablara por primera vez de ella. La Tierra de los Cedros se halla en la línea
fronteriza entre la Tierra y el país de los elamitas, y su propiedad se hallaba
en disputa al menos desde los días de Meskiaggasher, el primer rey de Uruk.
Puesto que se trata de un territorio no cultivable, nunca hemos intentado
tomar posesión formal de él, pero siempre que hemos necesitado madera de
cedro hemos entrado libremente en él y tomado toda la que precisábamos. El
asunto empezaba a ser serio si alguien estaba erigiendo muros en el bosque.
Una cosa es que Enlil decida apostar algún terrible demonio ígneo allí para
que proteja los árboles en su nombre: no tengo nada que decir a lo que Enlil
haga. Pero no toleraría que cualquier rey de la montaña elamita de negra
barba empiece a erigir muros con la intención de reclamar todo el bosque
para sus sucias y harapientas tribus. En el momento en que vi el muro supe
que eran los elamitas y no Huwawa o cualquier otro espíritu quienes lo habían
erigido. Tenía en él la marca de los hombres, y no de unos hombres
excesivamente hábiles en asuntos de construcción. Troncos de cedro,
torpemente ajustados entre sí e indiferentemente atados con juncos, se
apilaban de forma confusa a lo largo de un sinuoso sendero que se extendía
en ambas direcciones hasta donde el ojo podía alcanzar: la rosada madera de
los árboles quedaba tristemente expuesta, como si los troncos hubieran sido
desollados en vez de cepillados. Sentí que la furia crecía dentro de mí a la
vista de aquel torpe muro. Miré a mis hombres y dije:

— Bien, ¿derribamos esta mezquina construcción y entramos en el bosque?

— Primero deberías ver la puerta -dijo Enkidu.

La puerta estaba a media legua hacia el sur. Incluso antes de alcanzarla la


sorpresa me hizo jadear. Se alzaba muy alta por encima del muro, era más
una torre que una puerta, y era soberbia en todos sus aspectos. Aquella
puerta no hubiera desentonado con las murallas de Uruk. También era de
cedro, desbastado y cepillado con mano maestra, y encajado con gran
habilidad. Sus goznes y aldaba eran magníficamente lisos y pulidos y su gran
jamba estaba soberbiamente encajada.

— ¡Una puerta de los dioses! -exclamó Bir-hur-turre-. ¡Una puerta puesta por
el propio Enlil en persona!

— Una puerta que ningún elamita puede haber construido, en cualquier caso -
dije yo, acercándome para inspeccionarla. Realmente era perfecta. No sólo
estaba construida sin ningún fallo, sino que estaba magníficamente adornada:
tallados en la madera finamente secada de su parte exterior había monstruos
y serpientes y dioses y diosas, en dibujos elamitas que recordaba haber visto
en los escudos de los guerreros que había abatido en las campañas de Agga
de Kish. Montados muy arriba, en la parte superior de la puerta, había tres
enormes cuernos colocados muy juntos, muy parecidos a los enormes cuernos
que los elamitas tallan y colocan en las fachadas de sus templos. Y
descendiendo por los costados había inscripciones en la bárbara escritura
elamita, extrañamente derivada de nuestra propia escritura: dibujos de
animales, jarrones, jarras, estrellas, montañas y muchas otras cosas,
amontonándose en alguna especie de declaración indescifrable para mí. La
talla era perfecta, pero parecía una forma estúpida de escribir aquel loco
amontonamiento de imágenes.

Entonces vi algo que me irritó, muy abajo en la parte izquierda de la puerta.


Era una inscripción en los caracteres cuneiformes de la Tierra, clara e
inconfundible, que decía: Utu-ragaba el gran artesano de Nippur construyó
esta puerta para Zinuba rey de reyes, rey de Hatamti .

— ¡Ah, el traidor! -exclamé-. Hubiera sido mejor que se quedara en Nippur en


vez de venir aquí y rendir un tan excelente servicio a un señor elamita. -Y alcé
mi hacha para golpear la puerta.

Pero Enkidu detuvo mi brazo. Le miré con el ceño fruncido.

— ¿Qué ocurre?
Sus ojos fulguraban.

— La puerta es muy hermosa, Gilgamesh.

— Sí, lo es. ¿Pero ves esa inscripción? Un hombre de mi propia nación la


construyó para nuestros enemigos.

— Es posible -dijo Enkidu con indiferencia-. De todos modos, la belleza es la


belleza, y no debe ser profanada. La belleza procede de los dioses, ¿no? Creo
que no deberías destruir la puerta. Apártate, hermano, y déjame abrirla. ¿Qué
importa si la construyó un traidor, siempre que el trabajo haya sido hecho
como correspondía? Es evidente que los dioses dirigieron su mano. ¿Acaso no
lo ves?

Me sorprendió oírle razonar de aquella manera; pero vi sabiduría en sus


palabras, y aquello me hizo sentirme humilde y cedí. Ahora desearía no
haberlo hecho. Enkidu avanzó osadamente y metió el borde de su hacha
contra la aldaba, y empujó la puerta con todas sus fuerzas, hasta el punto que
músculos y tendones se marcaron en todo su cuerpo. Gruñó poderosamente
con el esfuerzo, y la puerta se abrió ante él; pero en aquel momento dejó
escapar un grito con una extraña voz ahogada y soltó su hacha, y palmeó con
la mano izquierda su brazo derecho, que de pronto colgó a su lado tan
blandamente como un trozo de cuerda. Cayó de rodillas, gimiendo, frotándose
de forma desesperada el brazo.

Me arrodillé a su lado.

— ¿Qué ocurre, amigo? ¿Qué te ha pasado?

— Tiene que haber un demonio en la puerta -murmuró con voz espesa-. ¡Mira,
me he herido en el brazo! ¡Toda la fuerza ha desaparecido de mi mano! Está
retorcida por dentro, Gilgamesh. Está muerta, inservible. Míralo por ti mismo.
-Y efectivamente su mano estaba terriblemente fría al tacto, y colgaba como
algo muerto, y la piel parecía extrañamente hinchada y moteada. Estaba
temblando, como si sufriera algún tipo de fiebre. Oí el castañetear de sus
dientes.

— ¡Vino! -pedí-. ¡Traed vino para Enkidu!

El vino le reconfortó, y dejó de temblar; pero su mano seguía flácida, pese a


que la calentamos y frotamos durante horas. De hecho no empezó a recobrar
su uso hasta después de varios días, y nunca volvió a ser la misma de nuevo.
Era algo lamentable, que un héroe como Enkidu perdiera parte de su fuerza,
especialmente cuando había sido para preservar algo bello. Lo peor fue que el
miedo a Huwawa volvió a él tras el daño, porque estaba convencido de que
había sido el demonio quien había puesto una maldición en la puerta; ahora
se mostraba receloso, sin el menor deseo de cruzar la puerta que él mismo
nos había abierto.

Me dolía que sintiera de nuevo miedo, y que nuestros camaradas lo vieran en


tal estado. Pero no iba a cruzar la puerta, y yo no podía dejarle atrás. Así que
establecimos el campamento en aquel lugar y nos quedamos allí algún tiempo,
hasta que dejó de temblar de angustia y dijo que sentía que volvía el poder de
su mano. Incluso entonces, sin embargo, se mostró reluctante de seguir
adelante. Permanecía sentado en un deprimente silencio, sumido en sus
pensamientos. El miedo estaba sobre él como una terrible ave nocturna que
hubiera clavado sus terribles garras en su hombro. Fui a él y dije:

— Vamos, mi querido amigo, ya es hora de seguir adelante.

Agitó negativamente la cabeza.

— ¡Ve sin mí, Gilgamesh!

— Me duele oírte hablar como un cobarde -dije con sequedad-. ¿Hemos


viajado hasta tan lejos, y pasado por tantos peligros, sólo para dar media
vuelta delante de la puerta?

— ¿Cuándo te he pedido que dieras media vuelta? -dijo con la misma


sequedad que yo.

— No, no lo has hecho.

— ¡Entonces sigue adelante sin mí!

— No haré eso. Como tampoco estoy dispuesto a volver con las manos vacías
a Uruk.

— Entonces no me dejas ninguna elección. ¿Debo ir contigo? ¿Debo


someterme en todo a tus deseos?

— No te forzaré a nada -dije, no sin cierta inquietud-. Pero somos hermanos,


Enkidu. Debemos enfrentarnos codo contra codo a los peligros.

Me dirigió una mirada llena de amargura y desazón.

— Deberíamos, ¿no? ¿Y si no estoy dispuesto a hacerlo?

Afronté su mirada.

— Eso no es propio de ti.

— No -dijo hoscamente, con un suspiro-. Eso no es propio de mí. ¿Pero qué


puedo hacer? ¿Qué podemos hacer? Cuando me herí la mano un gran terror
entró en mí, Gilgamesh. Tengo miedo . ¿Comprendes esa palabra? ¡Tengo
miedo, Gilgamesh! -Había en sus ojos una expresión que jamás había visto
antes: terror, vergüenza, auto reproche, ira, cincuenta elementos sombríos
reluciendo allí a la vez. Su rostro brillaba por el sudor. Miró en torno como si
temiera que los demás nos hubieran oído. Su voz se hizo angustiada-: ¿Qué
podemos hacer?

Agité la cabeza.
— Hay una forma. Mira: permanece cerca de mí, sujétate a mis ropas. Mi
fuerza entrará en ti. Tu debilidad pasará. Los temblores abandonarán tu
mano. Y entonces entraremos en el bosque juntos. ¿Lo harás?

Dudó. Finalmente dijo:

— ¿Piensas que soy un cobarde, Gilgamesh?

— No. No eres un cobarde, Enkidu.

— Antes me llamaste así.

— Lo hice apenado al oírte hablar como un cobarde. Y fue precisamente


porque sé que no eres un cobarde lo que me apenó. ¿Comprendes eso,
hermano?

— Lo comprendo.

— Entonces vamos. Déjame curarte.

— ¿Puedes hacerlo? -Creo que sí.

— Hazlo, entonces.

Se acercó a mí y permaneció cerca; tendió una mano hacia mis ropas y las
sujetó por unos instantes; entonces lo abracé tan fuertemente que mis brazos
temblaron. Al cabo de un momento él me aferró con idéntica fuerza. No
hablamos, pero pude oír cómo su miedo lo abandonaba. Pude oír el regreso de
su valor. Pareció convertirse de nuevo en Enkidu, y supe que entraría en el
bosque conmigo.

— Vamos -dije-. Preparémonos. Huwawa nos aguarda. El calor del combate


calentará nuestra sangre y fortalecerá nuestra resolución. Creo que no hay
ningún demonio que pueda hacernos daño, si permanecemos codo con codo.
Pero si caemos en la lucha, bien, dejaremos un nombre que permanecerá para
siempre.

Escuchó sin responder. Al cabo de un momento asintió y se puso en pie, y


tocó mi mano con la suya, y pisoteó el fuego para apagarlo, y fue a aceitar sus
armas. Por la mañana cruzamos la puerta y penetramos en el bosque de
cedros, no temerariamente, pero sí con valentía y determinación.

Era un sorprendente lugar. Era casi como un templo: sentí la presencia de


dioses a todo mi alrededor, aunque no sabía qué dioses eran. Los cedros eran
los árboles más altivos que jamás hubiera visto, y se alzaban como lanzas
hacia los cielos, dejando espaciosos claros entre ellos; pero sus copas eran
tan densas que la luz del sol apenas penetraba en el manto que tejían sobre
nuestras cabezas. Era un mundo verde y silencioso, frío, lleno de deleite. Ante
nosotros se alzaba una montaña aislada, sin duda una morada de los dioses,
un trono adecuado para los más altos de ellos. Pero a nuestro alrededor
flotaba también la presencia de Huwawa: lo sentíamos, y veíamos sus huellas,
porque había algunas zonas del bosque donde los gases y los fuegos
subterráneos se habían abierto camino, y aquella era la marca del demonio.

Sin embargo no había ningún signo inmediato de él. Penetramos más, hasta
que la oscuridad nos detuvo. Cuando el sol empezó a descender cavé un pozo
e hice una ofrenda de agua, y esparcí tres puñados de harina fina ante la
montaña, y pedí a los dioses de la montaña que me enviaran un sueño
favorable. Luego me tendí al lado de Enkidu y me dispuse a dormir. En la
hora media de la noche desperté de repente, y me senté erguido,
completamente alerta. A la menguante luz de las brasas de nuestro fuego vi
los brillantes ojos de Enkidu.

— ¿Qué te preocupa, hermano?

— ¿Has sido tú quien me ha despertado?

— No -dijo-. Debes haber tenido un sueño.

— Un sueño, sí. Sí.

— Cuéntamelo.

Miré dentro de mí y vi la bruma llenar densa mi mente, como espesos flecos


blancos; pero tras ellos capté un atisbo de mi sueño, o de alguna parte de él.
Cruzábamos una profunda garganta de la montaña de cedros, Enkidu y yo, en
aquel sueño; contra la gran masa de la montaña no parecíamos más grandes
que las pequeñas moscas negras que zumban entre las cañas de los pantanos;
y entonces la montaña se inclinó como una nave agitada por el seno del mar y
empezó a caer. Eso fue todo lo que pude recordar. Le conté el sueño a
Enkidu, con la esperanza de que pudiera leerlo por mí; pero se encogió de
hombros y dijo que era una visión inconclusa, y me animó a que volviera a
ella. Dudaba de poderme dormir de nuevo aquella noche, pero estaba
equivocado, porque tan pronto como cerré los ojos estaba soñando otra vez. Y
era el mismo sueño: la montaña estaba derrumbándose sobre mí. Un
retumbante desprendimiento de rocas barrió mis pies del suelo, y una terrible
luz me cegó intolerablemente. Pero entonces apareció un hombre, o un dios,
creo, revestido de una gracia y belleza como nunca he hallado en este mundo.
Me extrajo de debajo de la montaña y me dio a beber agua, y mi corazón se
confortó; me alzó y puso mis pies de nuevo en el suelo.

Desperté a Enkidu y le conté mi segundo sueño. Dijo de inmediato:

— Es un sueño favorable; es un excelente sueño. La montaña que viste, amigo


mío, es Huwawa. Aunque caiga sobre nosotros, lo derrotaremos, ¿entiendes?
Los dioses están contigo: mañana lo atraparemos. Lo mataremos. Arrojaremos
su cuerpo sobre la llanura.

— Pareces muy seguro de eso.

— Estoy seguro -dijo-. Ahora duerme de nuevo, hermano. Duerme.


Seguimos durmiendo. Esta vez la montaña de los cedros ofreció un sueño a
Enkidu, y no un sueño reconfortante: torrentes de fría lluvia cayeron sobre él,
y se acurrucó y se estremeció como la cebada en una tormenta invernal. Le oí
gritar, y despertó, y me contó su sueño. No buscamos su significado. Hay
veces en que es mejor no sondear demasiado profundamente un sueño. Una
vez más en aquella noche atormentada por los sueños descansé la mejilla
sobre mis rodillas y me dispuse a dormir; y de nuevo soñé, y de nuevo
desperté desconcertado por él, asombrado, temblando.

— ¿Otro? -preguntó Enkidu.

— ¡Mira como tiemblo! -susurré-. ¿Qué me ha despertado? ¿Ha pasado algún


dios? ¿Por qué noto la carne tan entumecida?

— Dime, ¿soñaste de nuevo?

— Sí. Soñé un tercer sueño, más estremecedor aún que los otros.

— Cuéntamelo.

— ¿Qué hemos comido, que nos proporciona estos sueños por la noche?

— Hasta que lo cuentes, será como una losa en tu alma.

— Sí. Sí -dije. Pero lo rechacé de nuevo, aunque sus horrendas imágenes


llameaban todavía en mi mente. Enkidu tenía razón: uno tiene que contar sus
sueños, tiene que ponerlos a la luz, o atormentarán tu alma como quimeras.
Al cabo de un momento inspiré profundamente y dije, con voz baja y
entrecortada-: Esto es lo que he soñado: el día era tranquilo, el aire estaba
inmóvil. Y luego, de pronto, los cielos chillaron, la tierra lanzó retumbantes
rugidos. La luz del día falló; vino la oscuridad. Llamearon relámpagos, y
ardieron fuegos en el horizonte. Las nubes gravitaron pesadas y la muerte
llovió desde ellas. Luego el resplandor desapareció. El fuego se apagó, y todo
a nuestro alrededor se vio reducido a cenizas.

Enkidu se estremeció.

— Creo que no deberíamos volver a dormirnos esta noche -dijo.

— ¿Pero y el sueño? ¿Qué hay del sueño?

— Vamos, levántate, camina conmigo, hermano. Olvida el sueño.

— ¿Olvidarlo? ¿Cómo?

— Sólo es un sueño, Gilgamesh.

Le miré, desconcertado. Luego sonreí.

— Cuando los presagios son favorables, dices que el sueño es excelente.


Cuando los presagios son lúgubres, dices que sólo es un sueño. ¿Acaso no
ves…?

— Veo que se acerca la mañana -dijo Enkidu-. Vamos, camina conmigo por el
bosque. Tenemos mucho que hacer cuando amanezca.

Sí, pensé. Quizá tuviera razón. Quizá el sueño no mereciera ser examinado
más detenidamente. La mañana podía traer grandes desafíos: necesitábamos
con nosotros todo nuestro valor.

Levanté a los hombres con la primera luz. Nos colocamos nuestros petos y
nuestras espadas y aferramos nuestras hachas, y empezamos a bajar la ladera
que conducía al valle que se extendía delante de la montaña cubierta de
cedros. Aquél era el lugar, decía Enkidu, donde había encontrado a Huwawa
la otra vez que había estado allí. El demonio había brotado bruscamente del
suelo, dijo: había tenido suerte de poder escapar.

— Hoy -dijo- será Huwawa quien tenga suerte de escapar. Y cuando hayamos
terminado con él, nos encargaremos de esos elamitas que construyen muros
en torno al bosque, ¿eh, hermano? -Y se echó a reír. Hacía sentirse bien el ir
de nuevo a la guerra. No importaba que nuestro enemigo fuese un demonio.
No importaba que mi último sueño y el de Enkidu estuvieran llenos de
tenebrosos presagios. Siempre es una alegría ir a la guerra: hay poesía en
ella, hay música. Eso es lo que se suponía que teníamos que hacer en el
mundo, aquellos que éramos guerreros. Tal vez no comprendáis eso, vosotros
que os sentáis en vuestros hogares en las ciudades y acumuláis grasas. Pero
la auténtica guerra no es ciega destrucción: es poner en orden aquellas cosas
que deben ser puestas en orden, y ésa es una tarea sagrada.

Mientras avanzábamos sentí retumbar el suelo, de una forma distante pero


inconfundible. Parecía quizá como si uno de los dioses cornudos estuviera
agitándose y yendo de un lado para otro por ahí abajo. Eso hizo que me
detuviera por unos momentos. Lucharé contra los demonios con el corazón
alegre, pero, ¿qué esperanzas tengo de luchar contra los dioses? Recé a
Lugalbanda para que estuviera equivocado, que aquel lejano resonar
subterráneo que sentía no presagiara la ira de Enlil. Que sólo fuera el
despertar de Huwawa, rogué. Que sólo fuera el demonio, y no el dios.

A mis espaldas oí a los hombres murmurar inquietos.

— ¿Cómo es ese demonio? -preguntó uno. Y otro dijo-: Colmillos de dragón,


rostro de león. -Y otro dijo-: Ruge como el torbellino. -Y otro aún dijo-: Garras
en los pies, ojos de muerte.

Volví la vista hacia ellos y me reí estentóreamente y exclamé:

— ¡Adelante, asustaos vosotros mismos! ¡Hacedlo realmente poderoso! ¡Tres


cabezas, diez brazos! -Y puse mi mano haciendo trompeta ante los labios y
grité al brumoso bosque-: ¡Huwawa! ¡Ven! ¡Ven, Huwawa!

El suelo tembló de nuevo, de forma más vehemente.


Aceleré el paso, con Enkidu a mi lado y los demás pegados a mis talones.
Había un gran cedro aislado que se erguía como un mástil delante de
nosotros, más alto que todos los demás, y pensé: ésta es la forma de llamar a
Huwawa. Y solté mi hacha y me puse a trabajar con todas mis fuerzas, y
Enkidu hizo lo mismo al otro lado, cortando la muesca inferior para guiarlo en
su caída. Sentí que un gran calor se apoderaba del aire, lo cual era extraño,
puesto que aún nos hallábamos en la parte más fría de la mañana. Por tercera
vez se produjeron temblores bajo mis pies. Algo estaba despertando, no había
la menor duda al respecto, algo enorme y feroz, ardiente y furioso. Vi las
copas de los árboles agitarse en la distancia. Oí el crujir y el chasquear de
ramas al romperse. Seguimos dando golpe tras golpe al gran cedro, hasta que
estuvo ya a punto de caer.

Entonces, para mi horror, me di cuenta del zumbido que me advertía de que


la presencia del dios brotaba dentro de mí. El acceso iba a apoderarse de mi
cuerpo con tanta seguridad como si hubiera estado batiendo el tambor para
despertarlo. No ahora, supliqué desesperado. ¡No ahora! Pero hubiera sido
más fácil refrenar los ocho vientos. Las venas de mi cuello se hincharon y
latieron con una dura pulsación. Parecía como si los globos oculares quisieran
salírseme de sus órbitas. Me hormigueaban las manos. Cada golpe del hacha
contra la madera enviaba fuego a través de mis venas.

— ¡Corta, hermano, corta! -exclamó Enkidu desde el otro lado del cedro. No
comprendía lo que me estaba ocurriendo-. Ya lo tenemos. Otros cuatro
golpes…, tres…

Sentí éxtasis y terror a la vez. El aire a mi alrededor era azul y


chisporroteante. Un río de negra agua brotaba del suelo. Un aura dorada
rodeaba todo lo que podía ver. El dios estaba apoderándose de mi mente.

El suelo se agitó sacudió y osciló locamente. Llamé tres veces a Lugalbanda a


voz en grito.

Entonces oí la voz de Enkidu rugiendo por encima de toda la confusión:

— ¡Huwawa! ¡Huwawa! ¡Huwawa!

Apareció el demonio, pero yo no lo vi en aquel momento. La oscuridad me


abrumó; fui engullido por el dios.
22

Cuando volví a captar algo que tuviera sentido me encontré tendido en el


suelo con la cabeza en el regazo de Enkidu. Estaba frotando mi frente y mis
hombros, y aquello era muy relajante. Sentía dolor en todas partes, pero en
especial en mi rostro y cuello. El gran cedro había caído; de hecho, la mayor
parte de los árboles a nuestro alrededor estaban derribados o parcialmente
derribados, como si medio bosque hubiera sido barrido por un terremoto.
Oscuras fisuras cebraban el suelo en una docena de lugares. Directamente
frente a nosotros la tierra se había hendido por completo y una horrenda
columna de humo, negra con feroces lenguas ígneas, ascendía directa hacia el
cielo, produciendo un ruido como el bramar del Toro de los Cielos en el último
día del mundo.

— ¿Qué es esa cosa? -pregunté a Enkidu, señalando la rugiente columna de


humo.

— Es Huwawa -dijo.

— ¿Qué? ¿Acaso Huwawa no es más que humo y llamas?

— Ésa es la forma que ha adoptado hoy.

— ¿Tenía otra forma, esa otra vez que estuviste aquí?

— Es un demonio -dijo Enkidu con un alzarse de hombros-. Los demonios


toman cualquier apariencia que les plazca. Tiene miedo de atacar, porque
siente al dios que hay en ti. Flota ahí, surgiendo a borbotones. Este es el
momento de terminar con él.

— Ayúdame a ponerme en pie.

Me levantó como si yo fuera un niño y me mantuvo erguido. Sentí un mareo y


me tambaleé, pero me sostuvo, y luego el mareo pasó. Planté mis pies en el
suelo. La tierra debajo de mí estaba vibrando por la fuerza de la exhalación de
Huwawa en su cubil subterráneo, pero aparte eso parecía firme de nuevo.
Quien fuera el que se había agitado en ella antes del temblor, ya hubiera sido
el cornudo Enlil o sólo su secuaz Huwawa, ya no estaba sacudiendo las
columnas y los cimientos que sostenían el mundo.

Avancé y miré a Huwawa.

Era difícil acercársele. El aire en las inmediaciones de aquella humeante


columna era hediondo y aceitoso, y se aferraba a mis pulmones como algo
viscoso. Mi cabeza pulsaba, y no sólo por las secuelas de mi acceso. Recordé
la historia de la ocasión en que Lugal-banda, viajando por aquellas regiones
orientales, fue atacado por un demonio de humo muy parecido a éste en las
laderas del monte Hurum, y fue dejado por muerto por sus camaradas.

— Debemos ir con cuidado -dije a los demás- e impedir que la materia del
demonio penetre en nosotros por la nariz. -Cortamos el doblez de nuestras
ropas y lo envolvimos sobre nuestros rostros, y cuidamos de respirar lo más
ligeramente posible mientras observábamos aquel nocivo humo.

La grieta que se había abierto en la tierra para dejar salir a Huwawa no era
grande: podía medir su anchura con mis dos manos extendidas. Sin embargo,
el demonio brotaba hirviendo de ella con enorme fuerza. Miré, intentando ver
el rostro y los ojos, pero no vi nada excepto humo. Exclamé:

— ¡Te conjuro, Huwawa, a que te muestres tal como eres! -Pero seguí sin ver
nada más que humo.

— ¿Cómo podemos acabar con él, si sólo es humo? -dijo Enkidu.

— Ahogándole -respondí-. Y asfixiándole.

Señalé hacia un lado, donde el temblor había liberado un manantial


subterráneo. Ahora un pequeño riachuelo avanzaba hacia el fondo del valle: el
agua era caliente a causa de la respiración del dios que había debajo de la
tierra, supongo, y de ella brotaban nubéculas de vapor. Nos reunimos a su
alrededor y elaboramos un plan. Puse a treinta de mis hombres a trabajar
cavando un canal para guiar el arroyo hacia un lado, hacia la boca a través de
la que Huwawa rugía al aire; y asigné a los otros la tarea de desbastar el
tronco del gran cedro, cortando de él un largo de aproximadamente dos veces
la altura de un hombre y dándole la forma de una puntiaguda estaca.
Trabajamos rápidamente, temiendo que el demonio pudiera tomar su forma
sólida y atacarnos; pero la presencia del dios en mí parecía mantenerlo aún a
raya. Para asegurarnos puse a tres hombres a entonar cánticos y hacer signos
sin pausa.

Cuando estuvimos preparados llamé:

— ¿Huwawa? ¿Oyes mi voz, demonio? ¡Es Gilgamesh, rey de Uruk, quien


acaba contigo! -Miré a Enkidu, y por un instante, digo la verdad, sentí miedo y
duda. No es pequeña empresa acabar con un demonio que está al servicio de
Enlil. De modo que me pregunté después de todo si había necesidad de
acabar con él…, si no sería suficiente sellar su agujero y dejarlo encerrado
allí. Os digo que mi corazón sintió compasión hacia el demonio. ¿Suena eso
extraño? Pero es lo que sentí.

Enkidu, que conocía mi alma como si fuera la suya propia, me vio vacilar.
Exclamó:

— ¡Apresúrate, Gilgamesh, ahora! No es momento de dudar. El demonio tiene


que morir, hermano, si tienes alguna esperanza de abandonar este lugar. No
hay otra alternativa. Perdónale, y nunca volverás a tu ciudad y a la madre que
te trajo al mundo. Bloqueará el camino de la montaña contra ti. Hará los
senderos infranqueables.
Vi la sabiduría de aquello. Alcé la mano y di la señal.

En aquel momento mis hombres practicaron una abertura en el dique de


tierra que habían construido cortando el paso al riachuelo, y dejaron que sus
aguas se derramaran en el nuevo canal que habían practicado hasta el orificio
abierto por Huwawa. Contemplé la cascada de humeante agua fluir
rápidamente de vuelta a su hogar: y cuando alcanzó la grieta y cayó dentro,
de sus profundidades brotó un gemido y un aullido tan estremecedores que
apenas pude creerlo. Un blanco chorro de humo ardiente surgió en el corazón
de la nube negra, y oí el tronar y el rugir. El suelo tembló como si se
preparara para oscilar y abrirse de nuevo. Pero me mantuve firme. La grieta
engulló el riachuelo, y el riachuelo siguió manando, devolviendo a las
profundidades todo lo que éstas podían beber. Las chispas rojas dentro de la
negra columna disminuyeron; el hediondo humo osciló y brotó en
estranguladas bocanadas.

— Ahora -dije, y alzamos la estaca de cedro.

Yo cargué con la mayor parte del peso, aunque Enkidu con su mano buena me
ofreció más fuerza que cualquier otro hombre sano y en plenas condiciones, y
siete u ocho de mis otros hombres corrieron a nuestro lado y nos dieron
apoyo. Llevamos aquella tremenda estaca al trote hasta que la tuvimos
apuntada sobre el humeante agujero, tan cerca de él como podíamos, con los
ojos llenos de lágrimas y los rostros enrojecidos por contener el aliento; y
entonces nos alzamos sobre la punta de nuestros pies y arrojamos la estaca
hacia delante y hacia abajo y la introdujimos por la abertura.

Retrocedimos rápidamente, pensando que la tierra iba a entrar en erupción.


Pero no: el demonio estaba debilitado o ahogado por el agua, y no podía
resistir el empuje de la madera. Vi algunos retorcidos jirones de humo brotar
de la tierra a una cierta distancia; pero al cabo de poco desaparecieron, y no
oímos nada más.

Todo permanecía mortalmente quieto y en silencio. El brillo y la gloria que


habían sido Huwawa se habían apagado. No había humo, no había fuego, sólo
el hedor residual que manchaba el aire y asaltaba nuestros olfatos, e incluso
eso estaba empezando a disiparse rápidamente en el fresco y suave bosque de
cedros. Supongo que cuando el relato de esta hazaña, tras ser contado una y
otra y otra vez, empiece a cambiar como suelen hacerlo todas esas historias
con el tiempo, dirá que Enkidu y yo corrimos contra Huwawa y le cortamos la
cabeza; porque los arpistas de los tiempos por venir no comprenderán cómo
pudimos matar a un demonio sin nada más que un pequeño riachuelo y una
estaca afilada. Que así sea; pero esto es lo que hicimos, digan lo que digan
cuando yo ya no esté aquí para testificar la verdad.

— Está muerto -dije-. Vamos, purifiquemos el lugar y sigamos adelante.

Cortamos ramas de cedro y las depositamos sobre la tumba del demonio, e


hicimos las ofrendas, y dijimos las palabras. Después elegimos cincuenta
espléndidos troncos de cedro para llevarnos con nosotros a Uruk, y los
desbastamos y los cargamos; y cuando hubimos terminado con todo esto,
regresamos al muro que los elamitas habían construido y lo destruimos como
hubiéramos hecho con uno de paja, aunque en beneficio de la belleza dejamos
intacta la esplendorosa puerta que el traidor Utu-ragaba había erigido para el
rey de la montaña.

Cuando abandonamos el lugar, un centenar de guerreros elamitas acudieron


a nosotros, y nos preguntaron en nombre de su rey por qué habíamos violado
sus dominios. A lo que respondí que no estábamos violando ningún dominio,
sino que habíamos venido simplemente a recoger un poco de madera para
nuestro templo, lo cual había exigido de nosotros que matásemos al demonio
del lugar. Consideraron que aquello era una insolencia por mi parte.

— ¿Quién eres tú, hombre? -preguntó su líder.

— ¿Que quién soy yo? -Miré a Enkidu-. Díselo.

— Bueno, eres Gilgamesh, rey de Uruk, el más grande de los héroes, el toro
salvaje que saquea las montañas a su antojo: Gilgamesh el rey, Gilgamesh el
dios. Y yo soy Enkidu, tu hermano. -Se dio una palmada en el vientre y rió, y le
dijo al elamita-: ¿Conoces el nombre de Gilgamesh, amigo? -Pero los elamitas
huían ya. Seguimos tras ellos y acabamos más o menos con la mitad, y
dejamos irse a los otros, de modo que pudieran llevarle a su rey la noticia de
que no era prudente construir muros en torno al bosque de los cedros. Creo
que comprendió sin problemas el buen juicio de esa decisión, porque no volví
a oír hablar de tales muros, ni de Huwawa el terrible, y en los siguientes años
dispusimos sin problemas de todo el cedro que necesitamos de aquel bosque.
23

Fue un momento de triunfo. Entramos en Uruk tan victoriosos como si


hubiéramos conquistado seis reinos. Creo que había una especie de locura en
nuestro orgullo, pero creo también que era un orgullo perdonable. Después
de todo, uno no mata a un demonio cada día.

Así que celebramos nuestros éxitos en la Tierra de los Cedros y nuestro


regreso sanos y salvos con grandes fiestas y risas. Pero hubo un toque de
discordia al inicio de aquella noche de gloriosa diversión, y hubo otro antes de
que terminara.

Cuando nos acercamos a las murallas de la ciudad a última hora de la tarde


con nuestro botín, la Puerta Real se abrió de par en par y por ella surgió un
grupo de bienvenida compuesto por muchos carros y dirigido por Zabardi-
bunugga. Sonaron trompetas, se agitaron banderas; oí gritar mi nombre una y
otra vez. Nos detuvimos y aguardamos. Zabardi-bunugga avanzó hacia mí, me
saludó con las manos alzadas y me presentó el haz de gavillas de cebada que
es el saludo acostumbrado a un rey que regresa. Hizo su ofrenda de acción de
gracias por mi seguridad, y luego derramamos juntos una libación a los
divinos. El bueno y leal Zabardi-bunugga, con su chato rostro: ¡un gran
príncipe! Cuando hubieron terminado esas ceremonias nos abrazamos de un
modo menos formal. Saludó también graciosamente a Enkidu, y sonrió su
bienvenida a Bir-hurturre. Si había alguna envidia en Zabardi-bunug-ga
porque no había tomado parte en nuestra gran aventura, no supe verla. Le
conté cómo había ido el viaje; pero ya lo sabía, porque habíamos enviado
heraldos con la noticia de nuestra victoria. Luego le pregunté cómo habían
ido las cosas en Uruk durante mi ausencia, y una sombra cruzó sus ojos y
miró a un lado mientras decía:

— La ciudad prospera, oh Gilgamesh.

No era difícil captar la intranquilidad en él, la vacilación, la incomodidad.


Dije:

— ¿En verdad prospera?

— ¿Puedo entrar contigo en la ciudad? -respondió nerviosamente.

Le invité a subir al carro. Miró a Enkidu, que iba a mi lado; pero yo me limité
a encogerme de hombros, como diciendo: cualquier cosa que tengas que
decirme puede ser oída por mi hermano. Cosa que Zabardi-bunugga
comprendió sin necesidad que yo tuviera que decírsela. Subió al carro, y
Enkidu dio la señal para que la procesión continuara a través de la gran
puerta de la ciudad.

— ¿Y bien? -dije-. ¿Hay problemas? Cuéntame.


— La diosa se agita inquieta -dijo Zabardi-bunugga en voz baja-. Creo que hay
peligro, Gilgamesh.

— ¿Cómo es eso?

— Medita mucho. Se inquieta. Cree que la has eclipsado, que la dominas. Dice
que la ignoras, que no la consultas, que sigues tu propio camino hasta el
punto de que ésta ya no es la ciudad de Inanna, sino que se ha convertido
solamente en la ciudad de Gilgamesh.

— Soy el rey -dije-. Yo llevo la carga.

— Creo que te recordará que eres rey por gracia de la diosa.

— Lo soy, y nunca lo olvido. Pero ella debe recordar también que no es la


diosa, sino sólo la voz de la diosa. -Entonces me eché a reír-. ¿Crees que estoy
blasfemando, Zabardi-bunugga? No. No. Ésta es la verdad: todos debemos
recordarla. La diosa habla a través de ella; pero ella sólo es una sacerdotisa. Y
yo llevo el peso de la ciudad cada día. -Cuando nos acercábamos a la puerta
de la ciudad dije-: ¿Qué pruebas tienes de esa ira suya?

— Lo he sabido por mi padre, que dice que recibió su visita en el templo de An


para consultar antiguas tablillas, escritas en tiempos de Enmerkar, los anales
del reinado de tu abuelo, el registro de sus contactos con la sacerdotisa de su
época. También ha estado en los archivos de los sacerdotes de Enlil. Y ha
convocado varias veces la asamblea de ancianos para que se reunieran con
ella mientras tú estabas fuera.

— Quizá esté escribiendo un libro de historia, ¿no? -dije alegremente.

— Creo que no, Gilgamesh. Busca formas de dominarte: intenta hallar


precedentes, busca estrategias de confianza.

— ¿Sospechas simplemente esto, o lo sabes?

— Es algo seguro. Ha estado hablando, y muchos la han oído. Tu viaje la puso


furiosa. Así se lo dijo a tu madre, a mi padre Gungunum, a algunos de la
asamblea de ancianos, incluso a sus acólitos: no mantuvo su furia en secreto.
Dice que fue presuntuoso por tu parte emprender la aventura sin buscar
primero su bendición.

— Oh, ¿de veras? Pero necesitábamos el cedro. Los elamitas habían


construido un muro en torno al bosque. No se trataba sólo de una expedición
sagrada, Zabardi-bunugga: se trataba de una guerra. Las decisiones relativas
a la guerra corresponden exclusivamente al rey.

— Creo que ella lo ve de otro modo.

— Entonces la educaré.

— Ve con cuidado. Es una mujer peligrosa.


Apoyé una mano sobre su brazo y sonreí.

— No me dices nada nuevo con esto, viejo amigo. Pero estaré en guardia. Y
tienes mi agradecimiento. Cruzamos la puerta. Dejé de prestarle mi atención
y alcé el escudo muy alto, para que captara los últimos resplandores del
muriente día y enviara lanzas de dorada luz hacia la multitud que se alineaba
a ambos lados del gran camino procesional. Media ciudad estaba allí para
darme la bienvenida.

— ¡Gilgamesh! -exclamaban hasta enronquecer-. ¡Gilgamesh! ¡Gilgamesh! -Y


utilizaban la palabra que significa divino , que no es usada normalmente para
un rey mientras aún vive-. ¡Gilgamesh el dios! ¡Gilgamesh el dios!

Me sentí abrumado; pero sólo por un momento, porque hubiera sido estúpido
negar la divinidad que hay en mí.

Las advertencias de Zabardi-bunugga habían oscurecido algo mi regreso a


casa. Pero no me había sorprendido demasiado oírlas: hacía ya demasiado
que Inanna permanecía tranquila, y desde hacía un tiempo esperaba
dificultades por parte de ella. Bien, ya veríamos; decidí no preocuparme de
esos asuntos en estos momentos. Era la noche de mi regreso a casa; era la
noche de mi triunfo.

En palacio aceité y pulí mis armas y las guardé, y dije las plegarias del
descanso sobre ellas. Luego fui a los baños de palacio y abrí mi trenza de
modo que el pelo cayera suelto por mi espalda, y las doncellas quitaron de él
toda la suciedad del viaje. Decidí dejarme el pelo suelto y largo. Me envolví en
una fina capa de flecos y me até una faja escarlata a la cintura e incluso me
puse mi tiara real, que no suelo llevar a menudo. Cuando todo esto estuvo
hecho llamé a mis cincuenta héroes y a Enkidu a mi alrededor, y nos reunimos
en el gran salón de palacio para un festín de terneras y corderos asados, y
pasteles de harina mezclada con miel, y cerveza tanto suave como fuerte, y
vino real de palma, el más espeso y aromático de la Tierra. Incluso bebimos el
vino hecho de uva, que traemos de los territorios del norte, un líquido
púrpura oscuro que hace que el alma se eleve. Cantamos y relatamos
historias de los guerreros antiguos, y jugamos y peleamos a la luz de las
antorchas, y gozamos de las doncellas de palacio hasta que nos sentimos
saciados; y luego nos bañamos y vestimos de nuevo con nuestras ropas más
espléndidas y salimos a exhibirnos por la ciudad, haciendo sonar los pífanos y
las trompetas y dando palmadas mientras nos mostrábamos por todas partes.
¡Oh, fueron unos momentos espléndidos, espléndidos! Nunca conoceré otros
como aquellos.

A las horas gris plata del amanecer los soñolientos héroes yacían en mil
posturas amontonados por todo el palacio, roncando su vino. Yo no sentía
necesidad de dormir; así que fui a bañarme a la fuente de palacio. Enkidu
estaba conmigo. Sus ropas hedían a vino y a jugo de la carne, y supongo que
las mías no debían' estar en mejor estado. Trocitos de paja y motas de ceniza
del fuego se pegaban a nuestras barbas y pelo. Pero la fría agua nos refrescó
y nos limpió como si fuese una fuente de los dioses. Cuando salí miré a mi
alrededor en busca de un esclavo que nos trajera ropas limpias, y capté una
esbelta figura en el extremo más alejado del patio, una mujer, vestida con una
túnica color ceniza de una tela delgada y resplandeciente, y un chal echado
sobre el rostro de modo que no pudieran verse sus rasgos. Parecía
encaminarse en mi dirección.

— ¡Hey, tú! -llamé-. Ven y préstanos un servicio, ¿quieres?

Se volvió hacia mí y bajó el chal, y vi su rostro. Pero no pude creer lo que


veía.

— ¿Gilgamesh? -dijo suavemente.

La sorpresa me dejó sin aliento. Aquello sólo podía ser una aparición.

— ¡Un demonio! -susurré-. ¡Mira, Enkidu, lleva el rostro de Inanna! Tiene que
ser Lilitu que ha venido a atormentarnos, o quizá el fantasma Utukku? -Miedo
y sorpresa me golpearon como el resonar de una campana de bronce, y me
estremecí, y rebusqué entre las ropas que había echado a un lado hasta
encontrar el pequeño amuleto de la diosa que la joven sacerdotisa Inanna me
había dado hacía tanto tiempo. Con la misma voz suave dijo:

— No temas, Gilgamesh. Soy Inanna.

— ¿Aquí? ¿En palacio? La sacerdotisa nunca abandona el templo para ver al


rey: llama al rey para que acuda a verla en sus propios dominios.

— Esta noche soy yo quien viene a ti -dijo ella. Ahora estaba muy cerca de mí,
y tuve la impresión de que estaba diciendo la verdad; si era algún demonio,
tenía más habilidad mímica que cualquier otro demonio que supiera. ¿Y qué
demonio, además, se atrevería a disfrazarse como la diosa dentro de las
murallas de la propia ciudad de la diosa? Sin embargo, seguía sin poder
comprender la presencia de Inanna en el recinto de palacio. No era correcto.
No ocurría. Mis ingles se helaron y sentí un estremecimiento en la nuca, y
tomé mi ropa y me envolví con ella, pese a lo manchada y sudada que estaba.
Enkidu la miraba como si se tratase de una voraz bestia de los campos, toda
ella colmillos y dientes, lista para saltar.

— ¿Qué deseas de mí? -dije roncamente.

— Algunas palabras. Sólo algunas palabras.

Tenía la garganta seca, los labios agrietados.

— ¡Habla, entonces!

— Lo que tengo que decir debo hacerlo en privado. Miré a Enkidu, que ahora
fruncía el ceño. No me gustaba decirle que se fuera; pero conocía lo
suficiente a Inanna como para darme cuenta de que no conseguiría hacerle
cambiar de opinión. Dije tristemente:

— Te ruego que nos dejes, amigo.


— ¿Debo irme?

— Esta vez sí -dije, y se marchó lentamente del patio, mirando varias veces
hacia atrás, como si temiera que la sacerdotisa me atacara en el momento en
que él hubiera desaparecido.

Entonces Inanna dijo:

— Te vi desde el pórtico del templo, cuando te exhibías esta tarde por toda la
ciudad con tus héroes. Nunca habías lucido tan apuesto, Gilgamesh. Estabas
tan radiante como un dios.

— La alegría de mi victoria puso ese resplandor en mí. Acabamos con el


demonio; conseguimos la madera; derribamos el muro que habían alzado los
elamitas.

— Eso he oído. Fue una magnífica victoria. Eres un héroe más allá de toda
comparación: cantarán tu nombre en los tiempos futuros.

La miré directamente a los ojos. A aquella hora, bajo la pálida luz gris del
amanecer, parecían de un color que nunca antes había visto, más oscuros aún
que el negro. Estudié los perfectos arcos de sus cejas; escruté su fina y recta
nariz y la plenitud de sus labios. Emanaba calor de ella, pero era un calor frío.
No podía decir si tenía ante mí a una diosa o a una mujer; ambas parecían
mezcladas en ella más aún de lo usual. Pensé en las advertencias de Zabardi-
bunugga, y supe por lo que él había dicho que era mi enemiga; pero no
parecía ser una enemiga en aquel momento.

— ¿Por qué estás aquí, Inanna?

— No pude impedírmelo. Cuando te vi esa tarde me dije: tengo que ir a él


cuando la fiesta haya terminado, tengo que ir a él antes de que llegue el
amanecer, para ofrecerme.

— ¿Ofrecerte? ¿Qué estás diciendo?

Sus ojos brillaban de una forma extraña, como soles de plata alzándose a
medianoche.

— Cásate conmigo, Gilgamesh. Sé mi esposo.

Me quedé absolutamente abrumado ante aquello.

— ¡Pero no es la estación adecuada, Inanna! -dije con voz entrecortada-.


Todavía faltan algunos meses para el festival del nuevo año y…

— No estoy hablando ahora del Sagrado Matrimonio -dijo enérgicamente-.


Hablo del matrimonio entre hombre y mujer, que viven bajo el mismo techo, y
crían a sus hijos, y envejecen juntos a la manera de esposo y esposa.

Si hubiera hablado en el lenguaje del pueblo de la luna no me hubiera sentido


más desconcertado.

— Pero eso es imposible -exclamé, cuando hallé de nuevo el uso de mi


lengua-. El rey…, la sacerdotisa…, nunca desde la fundación de la ciudad…,
nunca en toda la historia de la Tierra…

— He hablado con la diosa. Ella da su consentimiento. Puede hacerse. Ya sé


que es algo nuevo y extraño. Pero puede hacerse. -Avanzó un paso hacia mí,
puso sus manos sobre mis manos-. Escúchame, Gilgamesh. Sé mi esposo,
hazme la ofrenda de la semilla de tu cuerpo, no sólo una noche al año sino
cada noche. Sé mi esposo y yo seré tu esposa. Escucha, te ofreceré
espléndidos regalos: haré enjaezar para ti un carro de lapislázuli y oro, con
ruedas de oro y cuernos de bronce. Dispondrás de demonios de las tormentas
para tirar de él, en vez de muías. Nuestra morada estará llena de fragantes
cedros, y cuando entres en ella el umbral te besará los pies.

— Inanna…

No había forma de detenerla. Siguió hablando, como si salmodiara sumida en


trance:

— ¡Reyes y señores y príncipes se inclinarán ante ti! ¡Todo el producto de


montañas y llanuras vendrá a ti como tributo! ¡Tus cabras parirán trillizos, tus
ovejas mellizos! ¡El asno que cargue fardos para ti será más veloz que la más
rápida de las muías; tus carros ganarán en todas las carreras; tus bueyes no
tendrán rival, si sólo dejas que derrame sobre ti mis bendiciones, Gilgamesh!

— El pueblo no lo aceptará -dije mustiamente.

— ¡El pueblo! ¡El pueblo! -Su rostro se endureció y oscureció; sus ojos se
volvieron fríos-. ¡El pueblo no puede impedírnoslo! -Su presa sobre mi mano
se hizo más fuerte: imaginé que podía sentir crujir mis huesos. Con un tono
extraño dijo-: Los dioses están furiosos contigo, Gilgamesh, por la muerte de
Huwawa. ¿No sabías esto? Quieren tomar venganza.

— No es así, Inanna.

— Ah, ¿caminas tú con los dioses como yo camino con los dioses? Te diré una
cosa: Enlil llora la muerte del guardián de su bosque. Te harán pagar con
sangre esa muerte. Te harán llorar como ahora llora Enlil. Pero yo puedo
protegerte de eso. Puedo interceder. ¡Entrégate a mí, Gilgamesh! ¡Tómame
como tu esposa! Soy tu única esperanza de paz.

Sus palabras cayeron sobre mí como un helado torrente sin piedad. Deseé
huir de ella; deseé enterrar mi cabeza en algún lugar blando y oscuro y
dormir. Todo aquello era una locura. ¿Casarme con ella? No había ninguna
forma de llevarlo a la práctica. Por un alocado momento pensé en lo que sería
compartir su cama noche tras noche, sentir el fuego de su aliento contra mi
mejilla, saborear la dulzura de su boca. Sí, por supuesto, ¿qué hombre
rechazaría tales cosas? ¿Pero el matrimonio? ¿Con la sacerdotisa, con la
diosa? Ella no podía casarse; yo no podía casarme con ella. Aunque la ciudad
lo permitiera -y la ciudad no lo permitiría, la ciudad se alzaría al instante
contra nosotros y arrojaría nuestros cadáveres a los lobos-, yo no podría
soportarlo. Ir humildemente al templo con mis regalos nupciales, arrodillarme
ante mi propia esposa porque también era la diosa, la Reina de los Cielos…,
no, no, sería mi ruina. Yo soy el rey. El rey no debe arrodillarse. Agité la
cabeza como para despejar la bruma que se estaba acumulando y espesando
en mi espíritu. Empecé a comprender la verdad. Sus planes se me hicieron
claros: una mezcla de codicia y lujuria y envidia. Su objetivo era arrastrarme
hasta su trampa, hacerme caer. Si no podía romper el poder del rey de otra
manera, lo rompería a través del matrimonio. Puesto que era una diosa,
podría hacerme arrodillar ante ella como ningún hombre, y por supuesto
ningún rey, se arrodilla jamás ante su esposa. La gente se reiría de mí en las
calles. Los propios perros me ladrarían a mis talones. Pero no permitiría que
me dominara de aquel modo. No dejaría que comprara mi esclavitud con su
cuerpo. Y todas sus palabras sobre la ira de los dioses, que sólo ella podía
alejar de mí…, no, eso no era más que una estúpida mentira dirigida a
asustarme. No le permitiría que me amenazara tampoco.

Mientras todas esas cosas se aclaraban en mi mente, sentí que una ardiente
rabia crecía en mí como el fuego en una montaña en pleno verano. Quizá
fuera por el hecho de haber permanecido despierto toda la noche, quizá fuera
por el vino, quizá fuera porque algún tenebroso demonio flotante del aire del
amanecer había penetrado en mi espíritu; o quizá fuera simplemente porque
estaba ahíto del arrogante orgullo surgido de mi victoria sobre Huwawa; pero
me puse inmoderadamente furioso. Retiré bruscamente mi mano de las suyas
y me erguí en toda mi altura ante ella y exclamé:

— ¿Dices que tú eres mi única esperanza? ¿Qué esperanza me ofreces,


excepto la esperanza del dolor y la humillación? ¿Qué podría esperar, si fuera
tan estúpido como para aceptarte en matrimonio? Sólo me ofreces peligro y
tormento. -Las palabras brotaban furiosas de mí. No quería ni podía
detenerlas-. ¿Quién eres tú? Un brasero que lucha inútilmente contra el frío.
Una puerta trasera qué no retiene ni el viento ni la lluvia. Una tela
impermeabilizada que empapa a su portador. Unas sandalias que hacen
tropezar a quien las lleva.

Me miró con la boca abierta, sorprendida, tan sorprendida como me había


sentido yo cuando la oí hablar de matrimonio.

— ¿Quién eres tú? -proseguí-. Una bota que aprieta los pies de quien la calza.
Una piedra que cae de un parapeto. Una brea que mancha las manos, un
palacio que se derrumba sobre sus moradores, un turbante que no cubre la
cabeza. ¿Casarme contigo? ¿Casarme contigo ? ¡Ah, Inanna, Inanna, qué
estupidez, qué locura!

— Gilgamesh…

— ¿Hay alguna esperanza para el hombre que cae en las redes de Inanna? El
jardinero Ishullanu…, conozco esa historia. Vino a ti con cestos de dátiles, y tú
le miraste y le sonreíste con esa sonrisa tuya, y dijiste: "Ishullanu, acércate a
mí, déjame gozar de ti, tócame aquí y acaríciame ahí." Y él retrocedió lleno de
terror y dijo: "¿Qué quieres de mí? Sólo soy un jardinero. Me helarás como la
escarcha hiela los brotes jóvenes." Y cuando oíste esto lo transformaste en un
topo y lo arrojaste de tu lado para que cavara túneles en la tierra.

— Gilgamesh -dijo, sorprendida-, ¡eso es sólo una historia de la diosa! ¡No fue
obra mía, sino de la propia diosa, hace mucho tiempo!

— Es lo mismo. Tú eres la diosa, la diosa eres tú. Sus pecados son los tuyos.
Sus crímenes son los tuyos. ¿Qué les ha ocurrido a los amantes de Inanna? ¿El
pastor que acumulaba pasteles de harina para ti, y mataba a los tiernos
infantes?: te aburría, y le golpeaste y lo transformaste en un lobo, y ahora sus
propios compañeros de horda lo apartan de su lado, y sus propios perros
muerden sus ancas…

— ¡Una fábula, Gilgamesh, un cuento!

— El león al que amaste: siete pozos cavaste para él, y siete más. El pájaro de
muchos colores: rompiste su ala, y ahora permanece posado en el bosquecillo
gimiendo: "¡Mi ala, mi ala!" El semental tan noble en la batalla: ordenaste el
látigo y la espuela y la correa para él, y le hiciste galopar siete leguas, y
ordenaste que bebiera agua lodosa…

— ¿Estás loco? ¿Qué estás diciendo? ¡Ésos son viejos cuentos de arpistas, las
historias de la diosa!

Supongo que era una especie de locura. Pero no podía detenerme.

— ¿Has mantenido alguna vez un poco de lealtad hacia alguno de tus


amantes? ¿Y no me tratarás a mí del mismo modo que los trataste a ellos? -
Abrió la boca para hablar, pero ningún sonido salió de su boca, y en su
silencio dije-: ¿Qué hay de Dumuzi? ¡Háblame de él! Lo enviaste al infierno.

— ¿Por qué arrojas antiguas fábulas contra mi rostro? ¿Por qué sigues
reprochándome cosas que no tienen nada que ver conmigo?

La ignoré. Estaba sumido en la locura.

— No Dumuzi el dios -dije-. Dumuzi el rey, que gobernó esta ciudad, y murió
antes de que se cumplieran sus años. ¡Sí, háblame de Dumuzi! Dumuzi el dios,
Dumuzi el rey, Inanna la diosa, Inanna la sacerdotisa…, todo es lo mismo.
Hasta los niños conocen la historia. Ella lo atrapa y lo utiliza y consigue su
triunfo sobre él. No harás lo mismo conmigo. -Entonces recobré el aliento y
me sequé la frente, y con una voz completamente distinta dije, muy fríamente-
: Esto es el palacio real. No tienes nada que hacer aquí. Vete. ¡Vete!

Buscó las palabras que debía decir y de nuevo no las encontró, sólo sonidos
tartamudeantes e ininteligibles. Jadeó y se tambaleó y retrocedió, los ojos en
fuego, el rostro llameante. En la puerta, se detuvo un momento y me lanzó
una larga mirada petrificante. Luego dijo, con una voz calmada que parecía
brotar de las profundidades del mundo inferior:

— Sufrirás, Gilgamesh. Te lo prometo. Sentirás dolor más allá de cualquier


dolor que hayas podido imaginar. Eso promete la diosa. -Y se fue.
24

Ese año, al llegar el tiempo del festival del nuevo año, el calor del verano no
disminuyó, el viento húmedo llamado el Tramposo no sopló del sur, y no hubo
señales de lluvia en el cielo septentrional. Esas cosas me indujeron un gran
miedo, pero guardé mi intranquilidad para mí mismo y no dije nada ni
siquiera a Enkidu. Después de todo, había habido otros otoños secos en el
pasado, y las lluvias siempre habían vuelto, más pronto o más tarde. En este
año quizá fuera más tarde, pero acabarían por llegar. O eso creía: o esperaba.
Pero mi temor era grande, porque sabía que Inanna era mi enemiga.

La noche de la ceremonia del Sagrado Matrimonio nos enfrentamos cara a


cara por primera vez desde la visita que me había hecho a palacio, aquel día
al amanecer. Pero cuando entré en la larga estancia del templo para ir a su
encuentro, sus ojos eran como piedras pulidas, y me recibió con el silencio de
una piedra, y cuando dije: "Te saludo, Inanna", no respondió, como debía
hacerlo Inanna, con las palabras: "Te saludo, esposo real, fuente de vida".
Sabía que sobre Uruk se extendía la condenación, una condenación impuesta
por su mano.

No sabía qué hacer. Llevamos a cabo la representación en el pórtico del


templo, realizamos los ritos de la cebada y de la miel, fuimos al dormitorio y
nos detuvimos de pie ante el lecho de ébano incrustado con marfil y oro.
Durante todo este tiempo ella no me dirigió ni una sola palabra, pero supe por
sus ojos que su odio hacia mí no había cedido ni un ápice. Las sacerdotisas
doncellas retiraron sus cuentas y sus cubrepechos, y soltaron el pasador del
triángulo que cubría sus ingles, y la dejaron desnuda ante mí, y descubrieron
mi cuerpo para ella, y se retiraron de la estancia. Estaba tan hermosa como
siempre, pero seguía sin haber el resplandor del deseo en ella; sus pezones
estaban blandos y hundidos, su piel no reflejaba el fuego interior. No era la
Inanna que conocía desde hacía tanto, la mujer de inagotable pasión.
Permaneció de pie al lado del lecho, con los brazos cruzados, y dijo:

— Puedes quedarte aquí o no, como quieras. Pero no me tendrás esta noche.

— Es la noche del Sagrado Matrimonio. Soy el dios. Tú eres la diosa.

— No permitiré que el rey de Uruk entre en mi cuerpo esta noche. La ira de


Enlil cae sobre Uruk y su rey. El Toro de los Cielos será soltado.

— ¿Destruirás a tu propio pueblo?

— Destruiré tu arrogancia -dijo-. Me he arrodillado ante Padre Enlil…, ¡yo, la


diosa! Padre, le he dicho, suelta al Toro de los Cielos para que derribe a
Gilgamesh en mi nombre, porque Gilgamesh se ha burlado de mí. Y le he
dicho a Enlil que si él no hacía esto, derribaría la puerta del mundo inferior y
haría saltar sus goznes y sus pasadores, abriría de par en par la puerta del
infierno y alzaría a los muertos para que devoraran la comida de los vivos, y
los huéspedes de la muerte en el mundo serían mayores que el número de los
vivos. Ha cedido ante mí: dijo que soltaría el Toro.

— ¿Por tu ira hacia mí, vas a derramar años de sequía sobre Uruk? ¡El pueblo
morirá de hambre! -Hay grano en mis almacenes, Gilgamesh. El pueblo ha
pagado sus diezmos a la diosa, y he almacenado el grano suficiente como para
que dure siete años de malas cosechas. He reservado forraje para el ganado.
Cuando golpee el hambre, Inanna estará preparada para ayudar a su pueblo.
Pero tú ya habrás caído, Gilgamesh. Te habrán derribado de tu alto lugar, por
atraer hacia ellos la ira de los dioses. -Su voz era muy calmada. Permanecía
desnuda ante mí como si no significara nada revelarme su cuerpo, como si
ella fuera sólo una estatua de sí misma o yo un eunuco. La miré, y no había
nada que yo pudiera decir o hacer. Si la diosa no abrazaba al dios en el
Sagrado Matrimonio no habría lluvia; ¿pero cómo podía forzarla? Sería peor si
la forzaba. Dijo de nuevo-: Puedes quedarte o no, como quieras. -Pero yo no
sentía ningún deseo de pasar la noche temblando en la fría tormenta de su
ira. Recogí mis espléndidas ropas reales y me envolví en ellas y salí del
templo, atenazado por el pesar y por el miedo.

En palacio encontré a Enkidu con tres concubinas, celebrando a su manera la


noche del Sagrado Matrimonio. Ríos de oscuro vino corrían por el suelo, y
trozos medio devorados de carne asada reposaban sobre la mesa.
Sorprendido, dijo:

— ¿Cómo estás de vuelta tan pronto, Gilgamesh?

— Déjame, hermano. Ésta es una noche triste para Uruk.

No pareció oírme.

— ¿Tan pronto has acabado con tu diosa? ¡Bien, entonces toma una o dos
diosas de las mías! -Y se echó a reír, pero su risa murió al cabo de un
momento, cuando vio la tormentosa palidez de mi rostro. Se liberó de las
muchachas que tenía entrelazadas por todas partes, y avanzó hacia mí y
apoyó sus manos en mis hombros, y dijo:

— ¿Qué ocurre, hermano? ¡Cuéntame lo que ha pasado!

Se lo conté, y él dijo:

— Bien, si ese Toro suyo es soltado en la ciudad, todo lo que tenemos que
hacer es atraparlo y volver a meterlo en su corral, ¿no? ¿No es así,
Gilgamesh? ¿Cómo vamos a permitir que un toro salvaje corra libre por Uruk?
-Y se echó a reír de nuevo, y me rodeó con sus brazos y me dio un abrazo de
oso. Por primera vez aquella noche sentí que se elevaba mi corazón, y pensé:
quizá podamos enfrentarnos a eso; quizá podamos combatirla con éxito,
Enkidu y yo.

Pero no hubo lluvia. Día tras día el cielo fue una lámina de brillante color azul
desde donde nos miraba implacable el gran ojo de Utu. El viento abrasador
era un cuchillo que hendía la tierra, arrastrando consigo el barro seco de las
orillas de los ríos y la arena del desierto gris y amarillo que se extendía más
allá. Sofocantes nubes de polvo caían sobre nosotros como sudarios. La
cebada se agostaba en los campos. Las frondas de las palmeras se volvían
negras con el polvo, y colgaban como las alas de lisiados pájaros. Llegó el
trueno, y el relámpago, y terribles resplandores de luz cubrieron el suelo
como un manto; pero las tormentas eran tormentas secas, y la lluvia seguía
sin llegar. Enlil era nuestro enemigo. La gente se apiñaba en las calles y
exclamaba: "¡Gilgamesh, Gilgamesh!, ¿dónde está la lluvia?", ¿y qué podía
decirles yo? ¿Qué podía decirles?

Luego, muy a lo lejos, hacia el este, la tierra se agitó y las colinas rugieron y
hasta nosotros llegó un eructo de llamas y de gases ponzoñosos que hacían
que el aliento de Huwawa fuera una suave brisa. Yo tenía un ejército de mil
hombres en aquel territorio, registrando los lugares por donde los elamitas
estaban descendiendo hacia nuestro dominio, y de esos mil hombres apenas la
mitad regresaron a Uruk.

— Fue el Toro de los Cielos que fue soltado -me dijeron-. El cielo se volvió
oscuro y brotó un humo negro, y hubo un corrimiento de tierras que rugió, y
vimos al Toro en el aire sobre nuestras cabezas. Tres veces bufó; y con su
primer bufido se llevó a un centenar de hombres, y a otro centenar con el
segundo, y con el tercero a doscientos más. La tierra se agitó, las colinas
rugieron, el Toro de los Cielos lanzó su fétido aliento contra nosotros. Su olor
está todavía en nuestras narices. Y ahora el Toro avanza sobre Uruk.

¿Qué podía hacer yo? ¿A dónde podía dirigirme?

— Es el Toro -exclamaba la gente-. ¡El Toro avanza sobre nosotros!

— El Toro sigue pastando en los campos del templo -dije-. Todo irá bien. Esas
tribulaciones pasarán pronto.

Y miré hacia el resplandeciente cielo, y dije a Lugalbanda dentro de mí:


Padre, padre, ve a Enlil, pídele la lluvia. Pero no hubo lluvia.

Inanna se mantenía en su templo. No aceptaba peticiones, no realizaba ritos.


Cuando la gente se reunió ante la Plataforma Blanca y suplicaba piedad, envió
a sus doncellas a que les dijeran que habían acudido al lugar equivocado, que
tenían que dirigirse a Gilgamesh en busca de piedad, porque era Gilgamesh
quien había traído aquel mal sobre la tierra. De nuevo acudieron a mí. ¿Pero
qué podía decirles? ¿Qué podía hacer?

El viento se hizo más fuerte. Por la ciudad empezó a circular la historia de


que este viento era el viento del mundo inferior, un viento demonio que
arrastraba consigo las semillas de la muerte y de la descomposición
procedentes de la Casa del Polvo y la Oscuridad. Dije que eso no era cierto.
Se murmuró en la ciudad que había una maldición sobre los pozos, y que
pronto estarían llenos de sangre, de modo que los viñedos y los palmerales se
volverían rojos por su causa. Les dije que eso no ocurriría. Se difundió el
rumor de que un ejército de langostas volaba hacia nosotros desde el norte, y
que pronto el cielo se oscurecería bajo sus alas. No vendrán, dije.
Les di grano de mis almacenes. Les proporcioné pienso para su ganado. Pero
no era suficiente, no lo suficiente. No corresponde al rey proporcionar grano
en tiempos de sequía y hambruna; corresponde a Inanna. E Inanna se retraía
en su templo y guardaba su grano. Y la gente no la odió por eso: hizo saber
por toda la ciudad que primero Uruk tenía que purificarse, y que sólo
entonces abriría los graneros a su necesidad. Comprendieron. Comprendí.
Quería que me echaran.

Y finalmente soltó el Toro dentro de los confines de la ciudad. Quiero decir el


toro que pastaba en los campos del templo, el que encarnaba el poder y la
majestad de los dioses. Durante veinte mil años, o dos veces veinte, había
habido toros en los campos del templo de Inanna, toros grandes, toros
poderosos, toros gigantescos sin igual en la Tierra; crecían y engordaban con
el grano de las ofrendas al templo, y llevaban guirnaldas de flores frescas en
cada estación de la tierra, y les eran traídas diariamente vacas para su placer,
y cuando morían -porque incluso ellos, esos toros que representaban el papel
del Toro de los Cielos, tenían que morir-, eran enterrados en los terrenos del
templo con ritos propios de un dios. No puedo deciros cuántos toros han sido
enterrados aquí en los años de Uruk, pero creo que si esos pastos tuvieran
que ser cavados, el que los cavara se encontraría con un mar de cuernos.

Hasta entonces nunca había abandonado el toro los pastos del templo, una
vez que hubo tomado residencia allí. Había apostados guardias en los campos,
día y noche, para evitar que eso ocurriera; y aunque bufaba como el propio
Enlil, y pateaba el suelo y golpeaba con todas sus fuerzas contra la puerta, no
podía verse libre. Pero el sagrado día del solsticio de invierno, cuando la
sequía estaba en su peor momento y el cielo se presentaba gris con los
torbellinos de polvo, y aquellos de nosotros que teníamos los sentidos más
despiertos podíamos captar el hedor de las negras y mortíferas emanaciones
que eran arrojadas al aire por las aberturas de las Tierras Rebeldes muy lejos
al este…, aquel día en que la calamidad dominaba ya Uruk, Inanna soltó el
Toro de los Cielos por las calles de la ciudad.

El grito de lamento y terror que brotó de todas las gargantas no tenía


parangón con nada que hubiera oído yo antes en Uruk. Creo que fue un grito
que debió resonar incluso en Kish; creo que debió ser oído en Nippur; quizá
incluso, en las tierras de los elamitas, éstos alzaron la mirada y dijeron:

— ¿Qué es ese horrible grito que viene del oeste? En mi palacio, temblé de
desánimo y aflicción. Creí que era el momento de acudir a Inanna,
arrodillarme ante ella, y rendirme a ella, y entregarle la ciudad; porque de
otro modo todos iban a morir, o yo sería arrojado de mi alto lugar. Yo mismo
había empezado a convencerme de que yo era el responsable de aquella ruina
que había caído sobre Uruk, que no era Inanna quien había traído esos males
a la ciudad, pese a lo que ella estaba diciendo. Quizá los dioses estaban
tomándose realmente su venganza por la muerte de Huwawa. Quizá me había
equivocado negándome a hacer de la sacerdotisa mi reina. Quizá…, quizá…,
quizá…

Nunca había conocido tanta desesperación como en ese día cuando el toro de
Inanna apareció trotando y bufando por las calles de Uruk. Fue Enkidu quien
elevó mi ánimo. Me encontró abatido en palacio, y me hizo ponerme en pie y
me abrazó y dijo:

— Vamos, hermano, ¿por qué lloras? ¡La salvación está al alcance de la mano!

— ¿Acaso no sabes que el Toro de los Cielos anda suelto por la ciudad? -le
pregunté.

— ¡Sí, Gilgamesh, sí, el toro está suelto! Y este es nuestro momento.


¿Podemos hacer volverse los vientos secos? ¿Podemos llamar a la lluvia de los
cielos? ¿Podemos convertir la arena en agua? No, no, no, no podemos hacer
ninguna de esas cosas: pero podemos matar un toro, hermano. Seguro que
podemos matar un toro. Ahora, por fin, Inanna ha puesto toda su furia en una
sola nave. Salgamos de aquí, Gilgamesh; hundamos esa nave. -Sus ojos
brillaban de excitación. Su cuerpo temblaba de fuerza. Me alentó su vigor.
Sonrió por primera vez en no podía decir cuántos días, y lo abracé hasta que
gruñó por la fuerza de mi abrazo-. Vamos, hermano -dijo, y salimos a las secas
y polvorientas calles para ir en busca del Toro de los Cielos.

Era la hora del mediodía. Las calles estaban vacías en aquel terrible calor.
Pero no necesitaba preguntar dónde estaba el toro. Su presencia se
anunciaba por sí misma en la ciudad como el calor de un yunque al rojo: capté
el rojo resplandor de ese calor contra mis mejillas. Lo mismo le ocurrió a
Enkidu, en quien vivía todavía la sabiduría de la vida salvaje. Alzó su rostro al
viento, dilató las ventanillas de su nariz, volvió la cabeza para que sus oídos
captaran todos los sonidos; y señaló, y avanzamos. En el distrito conocido
como el León vimos los excrementos del toro frescos en las calles, con un
aura dorada a su alrededor, y moscas de cabeza azul zumbaban sobre ellos
pero sin atreverse a tocarlos. En el distrito conocido como las Cañas hallamos
los carros de los comerciantes volcados, y sus mercancías esparcidas por el
camino, porque el toro había pasado por allí. Y en el distrito conocido como la
Colmena, donde las calles se apelotonan de tal modo que apenas hay sitio en
ellas para caminar, vimos ladrillos arrancados de los edificios allá donde el
toro había corrido entre ellos.

Al cabo de poco llegamos a algo peor: las piedras del suelo manchadas de
sangre, el sonido de amargos sollozos y gemidos, y un hombre y una mujer de
pie como estatuas, con los ojos vacíos. El hombre sostenía en sus brazos el
roto cuerpo de un niño. Un muchachito, creo, de cuatro o cinco años, que
debió salirle al paso al toro. Rogué para que Enlil le hubiera concedido al niño
una muerte rápida; ¿pero qué piedad podía concederle el dios a la madre y al
padre? Mientras corríamos junto a ellos, la mujer nos reconoció. Sin decir una
palabra, alzó su mano hacia mí, como si me suplicara: Oh rey, devuélveme mi
hijo . No podía hacer eso por ella. No podía concederle nada que aliviara su
dolor excepto la sangre del toro, y no creía que eso fuera suficiente.

Esa pequeña muerte, pensé, debía ser puesta en la cuenta de Inanna. ¿Es así
como servía a su pueblo, matando a sus hijos inocentes con su furiosa bestia
vengativa?

Enkidu había seguido corriendo, con el rostro hosco e intenso. Unos


momentos más tarde salimos al gran espacio abierto conocido como la Plaza
de Nin-gal: y allí nos encontramos con el propio toro, saltando alocadamente
como un ternero juguetón.

Era blanco -todos los toros del templo son blancos-, y era enorme, y sus ojos
estaban ribeteados de rojo, y sus cuernos eran largos y afilados como lanzas,
pero se curvaban de una forma extraña, casi como el armazón de una lira. Vi
manchas de la sangre del niño en sus cascos y sus patas delanteras. Cuando
nos acercamos olió nuestro sudor, y se detuvo y se volvió, y nos miró con unos
ojos que resplandecían como tizones; y bufó y pateó el suelo, bajó la cabeza, y
pareció a punto de cargar. Enkidu me miró, yo miré a Enkidu. Juntos
habíamos matado elefantes y habíamos matado leones y habíamos matado
lobos. Incluso habíamos matado un demonio que había brotado eructando del
suelo como una columna de fuego. Pero nunca habíamos matado un toro, y
éste era un toro que gozaba de su primer asomo de libertad después de una
cautividad demasiado larga. Estaba lleno de energías, y además el poder de
Padre Enlil estaba en él; porque yo no dudaba ni un momento que este toro
era hoy el Toro de los Cielos, del mismo modo que en algunos momentos
Inanna la sacerdotisa es Inanna la diosa, y el rey de Uruk es Dumuzi el dios
de los campos. De modo que contuvimos el aliento y nos preparamos para
resistir la embestida, sabiendo que no iba a ser un combate fácil.

Le hice un gesto con la mano.

— Vamos, ven -dije en un susurro, haciendo que mi voz sonara seductora-.


Ven aquí. Ven. Ven. Ven. Soy Gilgamesh: éste es Enkidu, mi hermano.

El toro pateó. El toro bufó. El toro alzó su gran cabeza y agitó su cornamenta.
Y luego cargó, corriendo con gran gracia y majestad. Casi pareció flotar
mientras avanzaba por sobre el desgastado pavimento de ladrillos de la Plaza
de Ningal.

Enkidu, riendo, me gritó:

— ¡Qué deporte va a ser éste, hermano! ¡Juégalo! ¡Juégalo a fondo, hermano!


¡No tenemos nada que temer!

Corrió hacia un lado, y yo hacia el otro. El toro se detuvo a media carga y giró
sobre sí mismo y cargó de nuevo, y se detuvo una segunda vez y giró de nuevo
y volvió a girar, pateando el polvo. Casi pareció fruncir el ceño mientras
nosotros saltábamos hacia un lado y otro en torno a él, riendo, dándonos
palmadas en los hombros el uno al otro. El toro arrojó su espuma contra
nuestros rostros y nos azotó con la punta de su cola. Pero no pudo
derribarnos; no pudo hacernos morder el polvo.

Cinco veces cargó el toro, y cinco veces lo eludimos, hasta que estuvo furioso
y perplejo. Entonces cargó una vez más, fintando con inteligencia demoníaca
y fintando de nuevo, cambiando de dirección tan fácilmente como uno de los
muchachos danzarines del templo, persiguiéndonos primero en esa dirección,
luego en esa otra. Se lanzó fieramente contra Enkidu con los cuernos bajados,
y temí que mi hermano resultara corneado: pero no, cuando el toro estuvo
cerca Enkidu adelantó los brazos y sujetó con las manos sus dos cuernos y dio
un salto hacia arriba por encima de la cabeza del animal, girando sobre sí
mismo en mitad del aire de modo que cuando aterrizó lo hizo a horcajadas
sobre el lomo del toro, aferrando aún su cornamenta.

Entonces se inició un combate como creo que el mundo jamás vio antes.
Enkidu, montado encima del Toro de los Cielos, forcejeaba con él sujetándolo
por los cuernos, girando su cabeza hacia uno y otro lado. El toro, furioso,
pateaba con sus patas traseras intentando arrojarlo de su lomo, sin
conseguirlo. Yo permanecía inmóvil delante de ellos, contemplándolos con
alegría y deleite. Tenía la impresión de que mi amigo debía haber recuperado
ahora por completo la fuerza de su mano, porque la fuerza con que resistía
tan gran energía era considerable; pero aunque no se hubiera recuperado por
completo, sus fuerzas seguían siendo suficientes para mantener su presa. El
toro no podía librarse de Enkidu. Rugió, pateó, arrojó flecos de espuma por
todos lados, y Enkidu siguió aferrado a sus cuernos. Enkidu dedicó todas sus
energías a quebrantar al toro, obligándole a debilitarse, haciendo que bajara
su poderosa cabeza. Oí la resonante risa de Enkidu, y me regocijé; vi los
enormes brazos de Enkidu hincharse con la tensión, y gocé con la vista.
Observé cómo el toro empezaba a mostrarse hosco y abatido. Pero entonces
el combate tomó un giro distinto. El toro, tras descansar "nos instantes, apeló
a nuevas energías, saltó y se agitó y saltó y se agitó de nuevo,
contorsionándose con renovada ferocidad para arrojar a Enkidu al suelo. Temí
por él; pero Enkidu no mostró ningún miedo. Siguió aferrado, manteniéndose
en su sitio, retorciendo la cabeza del animal primero a un lado, luego al otro;
de nuevo forzó el hocico del toro hacia el suelo.

— ¡Ahora, hermano! -exclamó-. ¡Golpea, golpea ahora! ¡Golpea con tu espada!

Era el momento. Corrí hacia delante y empuñé la espada con ambas manos, y
me alcé en toda mi estatura, y dejé caer la espada. Golpeó entre la cerviz y las
astas; penetró profundamente. El toro emitió un sonido como el sonido del
mar cuando se hincha la marea, y una película cubrió la resplandeciente furia
de sus ojos. Por un momento permaneció completamente inmóvil, y luego sus
patas se convirtieron en agua bajo la masa de su cuerpo. Mientras caía,
Enkidu saltó de costado, aterrizando a mi lado, y reímos y nos abrazamos y
permanecimos al lado del agonizante toro hasta que estuvo muerto. Luego
arrancamos su corazón e hicimos una ofrenda allí mismo a Utu el sol.

Cuando terminamos miré a mi alrededor, y cuando miré hacia el oeste, hacia


las murallas de la ciudad, vi figuras allí. Toqué el brazo de Enkidu brazo y
señalé.

— Es tu diosa -dijo.

Lo era, ciertamente. Inanna y sus doncellas estaban sobre la muralla. Debió


contemplar la batalla con el toro; pude sentir el calor y la fuerza de su ira
incluso a aquella distancia. Coloqué mis manos formando bocina ante mi boca
y grité:

— ¿Has visto, sacerdotisa? Hemos matado a tu toro: ¡creo que las lluvias
vendrán pronto!

— Que la desgracia caiga sobre ti -respondió, con una voz que pareció surgida
del infierno. Y a sus doncellas y a los demás que contemplaban la escena
gritó-: ¡Desgracia sobre Gilgamesh! ¡Desgracia contra todo aquel que se
atreva a despreciarme! ¡Desgracia al asesino del Toro de los Cielos!

A lo que Enkidu respondió:

— ¡Y desgracia para ti, graznante pájaro de mal agüero! ¡Mira, te hago mi


ofrenda!

Osadamente, arrancó las partes íntimas del toro muerto y las arrojó con todas
[Link], de tal modo que el sangrante trozo de carne cayó en las murallas,
casi a sus pies. Se rió con sus retumbantes carcajadas y exclamó:

— ¡Ahí lo tienes, diosa! ¿No te apacigua eso? ¡Si pudiera ponerte las manos
encima, te envolvería con las propias entrañas del toro!

Ante esta blasfemia nos maldijo de nuevo, a Enkidu y a mí; y las mujeres que
estaban a su lado sobre la muralla, las sacerdotisas, las doncellas, los
cortesanos del templo, los devotos de todas clases que habían acudido con
ella para vernos destruidos por el toro que yacía ahora muerto a nuestros
pies, lanzaron un gran lamento de consternación.
25

Ni siquiera permití que consiguiera el cadáver del toro para enterrarlo en los
terrenos del templo: estaba dispuesto a negarle todo. Llamé a los carniceros e
hice que su carne fuera cortada a tiras y repartida entre los perros de la
ciudad, para mostrar mi desprecio hacia Inanna y su toro. Pero conservé los
cuernos del toro para mí. Los entregué a mis artesanos y mis armeros, que
quedaron maravillados por su longitud y su grosor. Ordené que fueran
chapados con lapislázuli en un espesor de dos dedos, porque tenía intención
de colgarlos en las paredes de palacio. Tan grandes eran que tenían una
capacidad de seis medidas de aceite: los llené con el más fino de los
ungüentos, y luego derramé éste en el santuario de Lugalbanda, en honor del
dios mi padre que me había concedido este triunfo. Cuando todo esto estuvo
hecho lavamos nuestras manos en las aguas del río y caminamos juntos por
las calles de Uruk hasta palacio. La gente se arrastraba uno a uno de sus
casas para vernos, y después de que saliera el primero los demás se animaron
y salieron también, hasta que una gran multitud flanqueó nuestro paso. Allí
estaban los héroes y los guerreros de Uruk, y muchachas tocando liras, y
muchos más. La jactancia se apoderó de mí y les grité:

— ¿Quién es el más glorioso de los héroes? ¿Quién es el más grande entre los
hombres? Y ellos respondieron:

— ¡Gilgamesh es el más glorioso de los héroes! ¡Gilgamesh es el más grande


entre los hombres!

¿Por qué no debía sentirme jactancioso? Inanna había liberado el Toro de los
Cielos; y yo lo había matado…, Enkidu y yo lo habíamos hecho. ¿No tenía
derecho a alardear de ello?

Hubo fiestas y celebraciones en palacio aquella noche. Cantamos y bailamos y


bebimos hasta que ya no pudimos celebrar más, y entonces nos fuimos a la
cama. Aquella noche el viento llamado el Tramposo empezó a soplar; y el aire
se volvió suave y húmedo. Antes de que amaneciera cayó la primera lluvia, y
el invierno llegó a Uruk.

Aquel día fue la cima de mi gloria. Aquel día fue el más alto de mi triunfo.
Sentí que no había nada que no pudiera conseguir. Había aumentado las
riquezas de mi ciudad y la había convertido en la más preeminente de la
Tierra; había matado a Huwawa; había matado al Toro de los Cielos; había
traído la lluvia a Uruk; había sido un buen pastor para mi pueblo. Sin
embargo, desde aquel día conocí pocas alegrías y mucha tristeza, lo cual
supongo que es el precio que los dioses destinaron para mí a cambio de
permitirme aquellos momentos de triunfo. Así es como funciona la vida: hay
grandeza, y hay pesar, y aprendemos a su debido tiempo que la oscuridad
sigue siempre a la luz, elijamos o no que ocurra de este modo.
Por la mañana Enkidu vino a mí, con aspecto cansado y sombrío, como si
alguna gran oscuridad del alma lo hubiera visitado mientras dormía.
Pregunté:

— ¿Por qué te muestras tan taciturno, hermano, cuando el toro yace muerto y
las lluvias han venido a Uruk?

Se sentó a un lado de mi cama y suspiró y dijo:

— Amigo mío, ¿por qué están los grandes dioses en consejo? -No comprendí,
pero continuó-: He tenido un sueño que pesa grandemente en mí, hermano.
¿Debo contártelo?

Había soñado que los dioses estaban sentados en su sala de consejos: allí
estaba An, y Enlil, y el celeste Utu, y el sabio Enki. Y el Padre Cielo An dijo a
Enlil:

— Han matado al Toro de los Cielos, y han matado también a Huwawa. En


consecuencia, uno de los dos tiene que morir: que sea el que arrancó los
cedros de las montañas.

Entonces Enlil dijo:

— No, Gilgamesh no debe morir, porque es rey. Es Enkidu quien debe morir.

Ante esto, Utu alzó su voz para declarar:

— Pidieron mi protección cuando fueron a matar a Huwawa, y yo se la


concedí. Cuando mataron al Toro, me hicieron la ofrenda de su corazón. No
han cometido mal. Enkidu es inocente: ¿por qué debería morir?

Lo cual irritó a Enlil, que se volvió furioso hacia el celeste Utu y dijo:

— ¡Hablas de ellos como si fueran tus camaradas! Pero se han cometido


pecados; y Enkidu es el que debe morir.

Y así prosiguió la discusión hasta que Enkidu despertó.

Permanecí inmóvil durante un tiempo después que hubiera terminado su


relato, y mantuve mi rostro como una máscara. ¡Qué terrible sueño! Me llenó
de temor. No deseaba que Enkidu viera esas cosas. No deseaba enfrentarme
yo tampoco a ese temor. El miedo proporciona a los sueños un poder que de
otro modo no poseen. Decidí no permitir que aquel sueño adquiriera poder,
barrerlo a un lado del mismo modo que uno aparta una caña seca. Finalmente
dije:

— Creo que no deberías tomarte esto demasiado en serio, hermano. A


menudo, el auténtico significado de un sueño es menos obvio de lo que
parece. Enkidu miró desanimado al suelo. -Un sueño que augura la muerte es
un sueño que augura la muerte -dijo hoscamente-. Todos los sabios estarán de
acuerdo con eso. Ya soy un hombre muerto, Gilgamesh.
Pensé que aquello era una tontería, y así se lo dije. Le dije que no estaba
muerto en tanto viviera, y que a mí me parecía muy lleno de vida. También le
dije que es una locura tomar cualquier sueño tan literalmente que dejes que
gobierne tu vida real. No pretenderé que creía enteramente en todo aquello,
aunque lo dijera: sé tan bien como cualquiera que los sueños son susurrados
en nuestras almas por los dioses durante la noche, y que a menudo llevan
mensajes que hay que seguir. Pero no hallé nada en aquel sueño que Enkidu
tuviera que evitar, y mucho que podía hacerle daño si meditaba demasiado en
ello. Y así le animé a que echara de lado todos los lúgubres pensamientos y se
dedicara a sus cosas como si no hubiera oído nada excepto el piar de los
pájaros en su sueño, o el murmullo de los vientos.

Eso pareció alegrar su corazón. Su rostro se iluminó gradualmente, y asintió y


dijo:

— Sí, quizá me he tomado eso demasiado en serio.

— Demasiado en serio, Enkidu.

— Sí. Sí. Es mi gran defecto. Pero tú siempre me has devuelto el buen sentido,
viejo amigo. -Sonrió y apretó mi brazo. Luego se puso en pie, se acuclilló en
posición de lucha y me hizo una seña-. Ven: ¿qué dices de un poco de deporte
para aligerar el día? -¡Una estupenda idea! -respondí. Me eché a reír al verlo
menos preocupado. Luchamos durante una hora, y luego nos bañamos; y
luego ya fue el momento de asistir a la reunión de la asamblea. A mediodía
había dejado a un lado el sueño de Enkidu, y creo que él también. Por un
momento había oscurecido nuestras vidas; pero todo había pasado como una
sombra sobre el suelo. O así al menos lo creía.

Unos días más tarde, como acción de gracias por la desaparición del Toro de
los Cielos de la ciudad, decreté que efectuáramos el rito de purificación
conocido como el Cierre de la Puerta. Eso era algo que no se había hecho en
Uruk desde hacía tanto tiempo que ni siquiera los sacerdotes más ancianos
recordaban sus detalles exactos. Puse a seis eruditos a trabajar en ello
durante tres días, buscando en la biblioteca del Templo de An algún relato del
rito, y lo mejor que pudieron encontrar fue una tablilla escrita de una forma
tan antigua que apenas pudieron descifrar sus ideogramas.

— No importa -dije-. Pediré a Lugalbanda que nos guíe. El nos mostrará lo


que hay que hacer. Quería asegurarme de que el pasadizo que baja desde
Uruk al mundo interior quedara adecuadamente sellado, puesto que Inanna
había amenazado con abrirlo como parte de la liberación del Toro de los
Cielos. En su ira podía haber llegado a causar algún daño a la puerta, de
modo que los espíritus malignos o quizá los fantasmas de los muertos fueran
capaces de de franquearla y surgir a la ciudad. Así que debía asegurarme de
que la puerta estaba firmemente cerrada, pensé, y dispuse un rito destinado a
cumplir este objetivo. Extraje el procedimiento de los nebulosos recuerdos de
los sacerdotes ancianos y lo escrito en aquella antigua tablilla y mi propio
sentido común de lo que era más adecuado. Creo que era un rito idóneo. Sin
embargo, si tuviera que volver a hacerlo, dejaría que la puerta del infierno
quedara abierta durante un millar de años antes que permitir que lo que
ocurrió aquel día cayera de nuevo sobre mí.

La puerta es una de las estructuras más antiguas de Uruk, algunos dicen que
incluso más antigua que la Plataforma Blanca, y que, por supuesto, fue
construida por los propios dioses. La puerta se halla a ciento veinte pasos al
este de la Plataforma Blanca. No es más que un anillo de ladrillos cocidos al
horno desgastados por la intemperie, de una forma muy antigua, que rodean
una recia puerta redonda de oxidado y descamado cobre que se apoya plana
contra el suelo, como una trampilla. En el centro de esa puerta hay una anilla,
hecha de algún metal negro que nadie puede identificar. Dos o tres hombres
fuertes, tirando con todas sus energías de esa anilla, pueden alzar la puerta
del suelo. Cuando la puerta es alzada revela un agujero negro que es la boca
de un túnel, apenas más ancho que los hombros de una persona robusta, que
se hunde bajo tierra. Si alguien desciende por él llega al cabo de poco tiempo
a una segunda puerta que no es más que unas barras metálicas montadas
desde el suelo hasta el techo del túnel como los barrotes de una jaula. En el
extremo más alejado de ella el ángulo de descenso del túnel se hace mucho
más pronunciado, y si uno estuviera lo suficientemente loco como para
seguirlo llegaría finalmente a la primera de las siete paredes del propio
submundo. Cada una de esas paredes tiene su puerta; el demonio Neti,
guardián del mundo inferior, las vigila; y tras la séptima puerta está el cubil
de Ereshkigal, la Reina del Infierno, la hermana de Inanna.

Hasta el aciago día que elegí para efectuar el rito del Cierre de la Puerta,
nadie la había cruzado desde hacía miles de años. El último en hacerlo, por
todo lo que sabía, fue la diosa Inanna, hacía mucho, cuando efectuó su infeliz
descenso al infierno para desafiar el poder de Ereshkigal. Desde entonces el
temido túnel había permanecido inviolado. Aunque alzamos la puerta del
suelo una vez cada doce años para el rito conocido como la Apertura de la
Puerta, en el que arrojamos libaciones dentro del túnel para propiciar a
Ereshkigal y a sus hordas de demonios, nadie en su sano juicio avanzaría más
de medio paso pasado su umbral.

Comenzamos el Cierre de la Puerta al mediodía exacto, cuando es


medianoche exacta en el mundo inferior y supuse que lo más probable era
que los demonios estuvieran descansando. El día era caluroso y brillante,
aunque había llovido en las horas oscuras. Enkidu estaba a mi lado, y mi
madre Ninsun justo detrás de mí; dispuestos en círculo a mi alrededor se
hallaban los sumos sacerdotes de todos los templos de la ciudad y los altos
miembros de la corte real. El único gran personaje de Uruk que no asistió era
Inanna. Permanecía rumiando su ira tras las paredes del templo que había
construido para ella. Más allá del círculo de dignatarios estaban los
sacerdotes menores en número de dos docenas, y centenares de músicos
dispuestos a hacer gran ruido con tambores y pífanos y trompetas si
empezaban a salir espíritus por la puerta cuando la abriéramos. Y detrás de
ellos estaban todos los ciudadanos de Uruk.

Hice una seña a Enkidu. Apoyó su mano izquierda en la anilla de la puerta, y


yo mi derecha, y la alzamos. Aunque se decía que era una enorme tarea alzar
aquella puerta, la levantamos del suelo tan fácilmente como si hubiera sido
una pluma. Del pozo brotó el acre y enmohecido olor del aire rancio. Mis
manos estaban frías. Mi rostro tenso y endurecido. Sentí el estremecimiento
de la muerte brotar del mundo inferior. Miré hacia abajo, pero no vi nada
excepto oscuridad más allá de los primeros pasos.

Mantuve un férreo control de mi espíritu. Hay algunos lugares que despiertan


tanto temor que no nos atrevemos a pensar en el peligro; actuamos sin
pensar, porque pensar es perderse. Así es como actué entonces. Di la señal, y
empezamos la ceremonia.

El rito que había preparado empezaba con una ofrenda de aromáticas


semillas de cebada, que arrojé yo mismo a la abertura. Si algunos seres
oscuros acechaban justo en la entrada del túnel, quizá se pelearan por la
posesión de la cebada y no emergieran aunque la puerta estuviese abierta.
Luego los sacerdotes de Aggan y Enlil y Enki avanzaron y efectuaron
libaciones de miel, leche, cerveza, vino y aceite. Eso nos aseguró la buena
voluntad de los dioses superiores. Un niño pequeño, el hijo de un sacerdote,
trajo una oveja blanca, y yo la sacrifiqué con un rápido y limpio corte de mi
cuchillo en el altar sacrificial que Enkidu había erigido al borde del pasadizo.
Una sangre sorprendentemente brillante brotó como una fuente y se deslizó
por la blanca y esbelta garganta del animal, y la oveja se estremeció y suspiró
y me miró con ojos tristes y murió. Eso pretendía ser un sacrificio al guardián
Neti, a fin de que impidiera a los espíritus y demonios emerger a nuestro
mundo. Tracé con la sangre una franja cruzando mi frente y otra bajando por
mi mejilla izquierda como protección para mi persona.

Una vez hecho todo esto, los sacerdotes y yo nos arrodillamos al borde del
túnel y entonamos conjuros de sellado, para tejer una banda de magia que
cruzara la abertura como nuestra definitiva línea de defensa. Supe que ni la
puerta inferior ni la puerta trampilla tenían ningún efecto real sobre un
espíritu que estuviera decidido a salir. La puerta y la trampilla eran útiles sólo
para impedir que los mortales se extraviaran en el submundo; pero era sólo
gracias a los conjuros que los moradores de abajo podían ser obligados a
permanecer allá donde pertenecían.

Estaba asustado. ¿Qué hombre no lo estaría, por valiente que pareciera a los
ojos del mundo? El propio mundo inferior se abría ante mí. Oía las negras
aguas de sus ocultos ríos lamiendo invisibles orillas. El acre y penetrante
humo de sus mortíferos vapores ascendían y se enroscaban como hambrientas
serpientes en torno a mí. Pero, pese al temor, también me sentía excitado, y
lleno con una gran decisión y mucha osadía. Porque yo era Gilgamesh, que
cuando era un niño había exclamado: ¡Muerte, te conquistaré! ¡Muerte, no
eres digna de mí!

Así que tejimos nuestros conjuros. -Todos vosotros que queréis causarnos
daños, seáis quienes seáis, cuyos corazones conciben nuestro infortunio,
cuyas lenguas pronuncian injurias contra nosotros, cuyos labios nos
envenenan, en cuyos pasos camina la muerte: ¡os rechazo! -exclamé-, rechazo
vuestra boca, rechazo vuestra lengua, rechazo vuestros resplandecientes ojos,
rechazo vuestros rápidos pies, rechazo vuestras agitadas rodillas, rechazo
vuestras agobiadas manos. Por estos conjuros ato vuestras manos a vuestras
espaldas. Seáis un fantasma insepulto, o un fantasma de quien nadie se
preocupa, o un fantasma sin nadie que le haga ofrendas, o un fantasma que
no tiene a nadie que vierta libaciones por él, o un fantasma que no posee
descendientes, sea lo que sea lo que os obliga a vagar, os conjuro a que os
quedéis ahí abajo. Por Ereshkigal y Gugalanna, por Nergal y Namtaru, os
conjuro a que nunca crucéis estas puertas. Por el poder de Enlil que está en
mí…, por An y Utu, por Enki y Nizanu, por Allatu, por Irkalla, por Belit-seri,
por Apsu, Tiamat, Lahmu, Lahamu…

Ése fue el canto que entoné. Até a los seres de abajo con todos los nombres
que podían considerar sagrados, excepto uno: no los até con el nombre de
Inanna. Aunque ella era la diosa patrona de la ciudad, no quise atarles con su
nombre. Sabía que una atadura así no serviría de mucho si la sacerdotisa de
Inanna era mi enemiga.

Y puesto que no les até con el nombre de Inanna, no estaba seguro de que
todos los demás conjuros tuvieran algún valor. De modo que traje conmigo a
la ceremonia mi sagrado tambor, que el artesano Ur-nangar había hecho para
mí de la madera del árbol hu-luppu. Tenía intención de tocarlo a mi manera
especial, y me puse en trance frente a todo el pueblo de Uruk, algo que nunca
antes había hecho; y entonces envié mi espíritu túnel abajo, me aventuré
incluso hasta las puertas del submundo, porque cuando estaba en trance no
había ninguna barrera para mí. De esa forma sería capaz de ver por mí mismo
si nuestros conjuros habían sellado realmente el paso de aquellas terribles
criaturas de humo negro y apestoso vapor. Dije a Enkidu:

— Que haya alegría y danzas mientras yo hago esto. Da la orden: que los
músicos empiecen a tocar.

Casi inmediatamente el aire se vio lleno con el sonido de trompetas y pífanos.


Me incliné sobre mi tambor y empecé el lento y suave redoblar que tan bien
conocía. Me sentí en presencia del gran misterio de misterios, que es la vida
más allá de la vida que sólo los dioses pueden conocer. Toda consciencia del
mundo sólido desapareció a mi alrededor. Sólo estábamos mi tambor y mi
baqueta, y el firme y sutil ritmo de mi redoblar. Tomó posesión de mi alma. Se
apoderó de mí, me alzó. Vi un aura que surgía del túnel y se alzaba como una
llama, fría y azul. Había un zumbar en mis oídos, un ronroneo, un crujir. Sentí
una agitación dentro de mi cuerpo, como si algo salvaje estuviera moviéndose
en mi interior. Mi respiración se hizo más rápida; mi visión se ensombreció.
Estaba desbordándome; un mar brotaba fuera de mí y me engullía.

Pero entonces, justo cuando el éxtasis total estaba a punto de ganarme, y me


estaba preparando para desprenderme de mi cuerpo, se produjo un chillido a
mis espaldas que hendió mi alma como un hacha hiende la madera, y me
arrancó de mi trance; un chillido duro y áspero, penetrante y feroz, una y otra
y otra vez.

— ¡Utu! ¡Utu! ¡Utu!

¡Dioses, qué grito! El sonido ultra terreno me sobresaltó y me sacudió y me


atontó. Me sentí entumecido y caí hacia delante, completamente insensible,
como si hubiera sido golpeado entre los omoplatos. Enkidu me sujetó por los
hombros y me sostuvo, o de otro modo hubiera caído dentro del túnel; pero mi
tambor y mi baqueta resbalaron de mis insensibles manos. Contemplé con
horror como desaparecían en la oscura boca del mundo inferior.
Inmediatamente, casi sin pensar, me lancé tras ellos. Pero Enkidu,
sujetándome aún por los hombros, tiró bruscamente de mí hacia atrás y me
arrojó hacia un lado como si fuera un saco de cebada.

— ¡Tú no! -gritó furiosamente-. ¡Tú no debes ir a ese lugar, Gilgamesh! -Y


antes de que yo pudiera decir o hacer algo descendió corriendo los escalones
que conducían al interior de la tierra, y desapareció por completo de la vista
en aquel pozo negro. Desconcertado, miré tras él. No podía hablar. A mi
alrededor había un silencio abrumador: los músicos permanecían inmóviles,
los danzarines también. Entre todo aquel silencio sólo sobresalía un único
sonido, un sollozo ahogado que procedía de una niña de ocho o diez años que
estaba tendida en el suelo, estremeciéndose, no muy lejos, sujeta por uno de
los sacerdotes. Era ella la que había gritado de aquella forma tan terrible y
había roto mi trance; vi que el redoblar de mi tambor debió crear en su alma
lo mismo que había creado en la mía, pero de una manera aún más poderosa.
El redoblar la había empujado no hacia un trance de éxtasis, sino a un terrible
ataque, bajo cuya fuerza su mente había cedido. Sus convulsiones aún
continuaban. Era algo terrible de ver.

¿Y Enkidu? ¿Dónde estaba Enkidu? Temblando, miré al túnel, y sólo vi


negrura. Recuperé mi voz y llamé su nombre, o más bien lo croé, y no oí
ninguna respuesta. Llamé de nuevo, más fuerte. Silencio. Silencio.

— ¡Enkidu! -grité, y fue como un gran lamento de dolor y de pérdida. Estaba


seguro de que había sido atrapado por los esbirros de Ereshkigal; quizá ya lo
habían arrastrado al infierno-. ¡Espera! -exclamé-¡Voy tras de ti!

— No debes hacerlo -dijo secamente mi madre, y al pronto tres o cuatro


hombres se situaron a mi lado, dispuestos a retenerme. Si hubieran intentado
sujetarme les hubiera arrojado por encima de la muralla de la ciudad hasta el
río. Pero no había necesidad de eso, porque en aquel mismo momento oí el
sonido de una tos ahogada aproximándose en el túnel, y Enkidu surgió
lentamente de él. Sujetaba mi tambor y mi baqueta con una mano.

Tenía un aspecto fantasmagórico. Era como alguien que regresara de entre


los muertos. Todo color había desaparecido de su piel: su rostro parecía
blanqueado, tan pálido estaba. Su pelo y su barba estaban grises de polvo, y
su blanca túnica terriblemente sucia. Grandes jirones de telarañas colgaban
de todo su cuerpo, e incluso sobre su boca: estaba intentando limpiárselas en
un hombro cuando emergió a la luz. Se detuvo allí un momento, parpadeando
deslumbrado. Había una expresión tan salvaje, tan extraña en sus ojos, que
apenas le reconocí como mi amigo. Aquellos que estaban cerca de mí
retrocedieron unos pasos. Casi sentí la tentación de hacer lo mismo.

— Te he traído de vuelta tu tambor y tu baqueta, Gilgamesh -dijo con una voz


que sonaba a escoria y ceniza-. Habían caído un largo trecho: estaban más
allá de la segunda puerta. Pero avancé sobre manos y rodillas hasta que pude
tocarlos en la oscuridad.

Le miré, abrumado.
— Fue una locura. No hubieras debido entrar en ese túnel.

— Pero habías dejado caer tu tambor -dijo, en aquel mismo extraño susurro.
Se estremeció y se frotó de nuevo el rostro contra el hombro, y tosió y
estornudó a causa del polvo-. Tenía que intentar traértelo de vuelta. Sé lo
importante que es para ti.

— Pero los peligros… Los demonios…

Enkidu se encogió de hombros.

— Aquí está tu tambor, Gilgamesh. Aquí está tu baqueta.

Los tomé de sus manos. No parecían como antes; era como si hubieran
perdido once o doce partes de su peso. Eran tan ligeros que creí que iban a
flotar escapando de mi presa.

Enkidu asintió.

— Sí, ahora son diferentes -dijo-. Creo que la fuerza del dios debe haberlos
abandonado. Es un terrible lugar ahí abajo. -Se estremeció una vez más-. No
pude ver nada. Pero mientras me arrastraba sentí crujir de huesos bajo mi
cuerpo. Huesos viejos y secos. Hay una alfombra de huesos en ese túnel,
Gilgamesh. Gente que ha bajado por él antes que yo. Pero pienso que es
posible que yo haya sido el primero en volver a salir de él. Algo flotaba en el
aire entre nosotros como un velo. Esa cualidad extraña que había caído sobre
él en aquel otro mundo separaba ahora su alma de la mía. Sentí que no podía
alcanzarle; sentí casi como si ya no le conociera. Una sensación de pérdida
irremediable ahogó mi alma. El Enkidu que había conocido se había
desvanecido. Había estado en un lugar al que yo no me había atrevido a
entrar, y había vuelto con un conocimiento que yo nunca sería capaz de
comprender.

— Dime qué viste allí -murmuré-. ¿Había demonios?

— Ya te lo he dicho: estaba oscuro. No vi nada. Pero sentí su presencia. Los


sentí a todo mi alrededor. -Hizo un gesto hacia la boca del túnel-. Debes
cerrar ese pozo, hermano, y no volver a abrirlo nunca. Sella la puerta, y
séllala de nuevo hasta siete veces.

Pensé que iba a estallar de ira, viéndolo así tan hecho añicos a causa de mi
tambor. ¿Cómo hubiera podido evitar aquello? ¿Sujetando fuerte el tambor
antes de que cayera en aquel agujero, sujetar a Enkidu para que no partiera
corriendo tras él? Pero todo estaba grabado ya para siempre en el libro del
tiempo. Dije amargamente:

— Lo sellaré, sí. ¡Pero ya es demasiado tarde, Enkidu! ¡Si no hubieras bajado


ahí…!

Sonrió con una débil y pálida sonrisa.


— Volvería a hacerlo de nuevo si fuera necesario. Pero espero que no sea
necesario. -Entonces se acercó más a mí. Pude oler el seco olor del polvo y las
telarañas que lo cubrían. Con una voz como una antorcha que se ha apagado
dijo-: No vi nada mientras estaba en el submundo porque todo estaba negro
allí. Pero hay una cosa que vi porque la vi con mi corazón y no con mis ojos, y
fue yo mismo, Gilgamesh, mi propio cuerpo, que los gusanos estaban
devorando como si fuera una vieja capa. Eran mis propios huesos sobre los
que caminé en ese túnel. Y ahora estoy asustado, viejo amigo. Estoy muy
asustado. -Apoyó ligeramente los brazos sobre mis hombros y me dio un
polvoriento abrazo. Dijo con suavidad-: Lamento que tu tambor haya perdido
su divina fuerza. Te lo hubiera traído de vuelta tal como estaba antes si
hubiera podido. Tú lo sabes: te lo hubiera traído de vuelta tal como estaba
antes.
26

Creo que fue al día siguiente que se inició la enfermedad de Enkidu. Se quejó
de que su mano, la que se había herido mientras forzaba la puerta del bosque
de cedros, estaba como helada. Una o dos horas más tarde habló de rigidez y
dolor en aquel brazo. Luego dijo que tenía fiebre, y se metió en la cama.

— Es como lo vi en mi sueño -me dijo lúgubremente-. Los dioses se han


reunido en consejo, y han decretado que soy yo quien debe morir, porque tú
eres rey.

— No morirás -dije con amante rabia en mi voz-. ¡Nadie muere de dolor en el


brazo! Debes habértelo herido de nuevo mientras reptabas por aquel horrible
túnel. He mandado llamar a los sanadores: lo habrán arreglado todo antes de
la caída de la noche.

Negó con la cabeza.

— Te digo que me estoy muriendo, Gilgamesh.

Me asustó y me enloqueció oírle decir aquello de una forma tan débil y


resignada. Estaba cediendo ante quienquiera que fuese el demonio que lo
había poseído, y eso no era propio de él.

— ¡No lo permitiré! -exclamé-. ¡No dejaré que mueras! -Me arrodillé al lado
de su cama. Estaba enrojecido, y su frente brillaba de sudor. Dije con
urgencia-: Hermano, no puedo permitirme perderte. Te lo suplico: no vuelvas
a hablar de morir. Los sanadores están de camino, y te pondrán bien de
nuevo. Lo velé como una leona vela a su cachorro. Murmuró, gimió, sus ojos
se velaron. Dijo que le dolía el corazón y que sentía punzadas en la boca, le
molestaban los ojos, sus oídos zumbaban. Sentía como si su garganta le
ahogara, los músculos de su cuello le dolían. Como también le dolían el pecho,
los hombros, los riñones; sentía los dedos agarrotados, el estómago
inflamado, las entrañas en fuego. Le dolían las manos, los pies, las rodillas.
No había ninguna parte de su cuerpo que no le produjera trastornos.
Permanecía tendido en la cama, temblando, aferrado por la muerte o por el
temor a la muerte, y yo sentía ese temor también. Viéndole sumido en un
terror mortal recordaba mi propia mortalidad, que me atormentaba como un
cuchillo clavado en mi carne. Era el viejo enemigo, y aunque venía no a
llamarme a mí sino a mi amigo, eso no impedía que despertara mi propio
miedo hacia ella. Pero estaba decidido: no pensaba ceder ante mi muerte, y
tampoco iba a permitirle que se llevara a Enkidu.

Hice todo lo que pareció útil. Quizá fuera la presencia del tambor en palacio
lo que lo afligía, pensé, puesto que llevaba consigo algo del mundo inferior,
No lo sabía, pero no estaba dispuesto a correr el riesgo. El tambor me
resultaba ahora odioso. Ordené a los sacerdotes que lo llevaran fuera de las
murallas de la ciudad y lo quemaran, utilizando tantos ritos como supieran
para arrojar sus espíritus. Por mucho que lamentara su pérdida, no estaba
dispuesto a mantenerlo conmigo si eso causaba la enfermedad de Enkidu. Así
pues, el tambor fue quemado. Sin embargo, Enkidu no se recuperó.

Llegaron los sanadores, los más hábiles adivinos y exorcistas de la ciudad. El


primero que lo vio fue el viejo Namennaduma, el sacerdote-barú real, el gran
adivino. Su consulta fue larga; estudió a Enkidu durante varias horas,
consultando los presagios a fin de poder efectuar un diagnóstico y una
predicción preliminares. Luego me llamó a la habitación del enfermo y dijo:

— Está en gran peligro.

— Líbralo de él, o serás tú el que te hallarás en un peligro aún mayor -dije.

Namennaduma debía haber oído tales amenazas antes: mis duras palabras no
parecieron inmutarle. Respondió tranquilamente:

— Lo trataremos. Pero necesitamos saber más. Esta noche consultaremos las


estrellas, y mañana efectuaremos una adivinación a través del hígado de una
oveja. Y luego podrá empezar el tratamiento.

— ¿Por qué esperar tanto? ¡Haz la adivinación hoy!

— Hoy no es propicio -dijo el sacerdote-barú-. Es un momento desafortunado


del mes, y la luna no es favorable.

No podía discutir aquello. Así que se marchó a estudiar las estrellas, y entró
en la habitación el azú, el conocedor del agua, el hombre de las medicinas.
Este doctor tocó con la mano el pecho y la mejilla de Enkidu, y asintió y
frunció el ceño, y tomó unos polvos de su bolsa. Luego me dijo, como si yo
fuera también una especie de azú:

— Le administraremos el polvo de anadishsha y las semillas molidas de


duashbur, mezcladas con cerveza y agua. Eso enfriará su fiebre. Y para el
dolor, la hez de vino seco y el aceite de pino, en una cataplasma. Y para
ayudarle a dormir, polvo de semillas de ngmi, y un extracto de las raíces y
tronco de arina, combinados con mirra y tomillo, en cerveza.

La esperanza hizo que se me cortara el aliento.

— ¿Y se curará, entonces? -pregunté.

El conocedor del agua respondió con una cierta irritación:

— Sufrirá menos dolor, y su fiebre disminuirá. Curarle vendrá más tarde, si es


que viene.

Aquella noche Enkidu sólo durmió un poco, y yo nada en absoluto. Por la


mañana regresó Namennaduma. Su aire era lúgubre, pero se negó a hablar
de lo que había visto en las estrellas, y cuando le ordené que me lo dijera se
limitó a mirarme como si yo estuviera loco.

— No es una predicción sencilla -dijo, y se encogió de hombros-. Ahora


debemos realizar la adivinación por el hígado.

Fue traída a la habitación una estatua del dios sanador Ninib, hijo de Enlil.
Frente a ella estaba atada una pequeña oveja blanca, contemplé aquel
pequeño animal de ojos tristes como si tuviera poder de vida y muerte sobre
Enkidu. Namennaduma efectuó plegarias y purificaciones y libaciones, y mató
la oveja. Luego, con bruscos y rápidos golpes, abrió su vientre y extrajo el
humeante hígado, que examinó con la habilidad de sus sesenta años en aquel
arte. Estudió la posición que tenía dentro del vientre de la oveja -"el palacio
del hígado", lo llamó-, y luego examinó el hígado en sí, sus lóbulos y venas,
sus curvas e indentaciones, sus pequeñas proyecciones parecidas a dedos.
Finalmente alzó la vista hacia mí y dijo:

— El shanu es doble, y también el niru. Eso es un mal presagio, rey.

— Encuentra otro mejor -dije.

— Mira esto, rey: hay una protuberancia carnosa al fondo del na.

Sentí que la cólera ascendía dentro de mí.

— ¿Sí? ¿Y qué?

Namennaduma se mostró intranquilo. Captó la agitación e intensificación de


mi ira, y sabía lo que eso podía significar para él. Pero si había esperado
asustarlo para hallar en él una respuesta que pudiera tranquilizarme, no tuve
éxito. Respondió secamente:

— Eso significa que hay una maldición en el enfermo. Morirá.

Su voz cayó sobre mis oídos como mazos. Ahora estaba furioso. Hubo un
resonar de truenos en mi cerebro. Estuve a punto de golpearle.

— ¡Todos moriremos! -rugí-. ¡Pero no todavía, no tan pronto! ¡Una maldición


para ti, por tus ominosos presagios! ¡Mira de nuevo, sacerdote-barú!
¡Encuentra la auténtica verdad!

— Entonces, ¿debo engañarte con las palabras que quieres oír?

Pronunció aquella contundente frase con un tono tan suave y tranquilo que
noté que mi furia me abandonaba de inmediato: me di cuenta de que me
hallaba en presencia de un hombre de fuerza y majestad, que no doblegaría la
verdad de su arte ni siquiera aunque aquello le costara la vida. Conseguí
dominarme y, cuando pude hablar de nuevo con voz normal, dije:

— Lo que quiero es la verdad. No me gusta la verdad que me ofreces: pero al


menos admiro la forma en que la dices. Eres un hombre de honor,
Namennaduma.
— Soy un hombre viejo. Si te irrito y me matas, ¿qué significa eso para mí?
Pero no mentiré para complacerte.

— ¿Son todos los presagios malos? -pregunté, hablando suavemente,


halagándole, casi suplicándole.

— No son buenos. Pero es un hombre de inmensa fuerza. Eso aún puede


salvarle, si seguimos los procedimientos correctos. No te prometo nada: pero
hay una posibilidad. Es una posibilidad muy pequeña, rey.

— Haz lo que puedas hacer. Sálvalo. El sacerdote-barú apoyó suavemente una


mano sobre mi brazo.

— Sabes que les está prohibido a los médicos tratar a alguien cuyo caso está
perdido. Es un desafío a los dioses: no podemos hacerlo.

— Soy consciente de ello. Pero acabas de decir que hay una posibilidad de
salvarle.

— Una posibilidad muy pequeña. Otro adivinador puede decir que el caso está
perdido, y negarse a continuar. Te digo esto, rey, porque deseo que recuerdes
que hay peligros en ir contra los deseos de los dioses.

— De acuerdo -dije con un suspiro de impaciencia-. ¡Ahora llama al exorcista y


al conocedor del agua, y ponlos a la tarea de curar a mi hermano!

Y así se pusieron al trabajo.

Un ejército de sanadores rodeó la cama de Enkidu. Algunos se afanaron con


sacrificios y libaciones, derramando leche, cerveza, vino, vertiendo pan, fruta,
todo en cantidad suficiente como para alimentar una legión de dioses, y
matando gran número de corderos y cabras y lechones. Mientras se hacía
todo esto, el aship-tu, el exorcista, empezó sus encantamientos.

— Siete son, siete son, en las Profundidades Oceánicas siete son -entonó-.
Ashakku hacia el hombre, trayendo la fiebre. Namtaru hacia el hombre,
trayendo la enfermedad. El espíritu maligno Utukku hacia el hombre, contra
su cuello. El demonio maligno Alu hacia el hombre, contra su pecho. El
fantasma maligno Ekimmu hacia el hombre, contra su vientre. El demonio
maligno Gallu hacia el hombre, contra su mano. El dios maligno Ulu hacia el
hombre, contra su pie. Siete son; malignos son. Esos siete juntos se han
apoderado de él; devoran su cuerpo como un fuego que se consume. Contra
ellos conjuraré.

Mientras él salmodiaba, yo recorría de un lado para otro la habitación,


contando mis pasos un millar de veces de pared a pared. Sentía al dios
cerrando su puño sobre Enkidu: y era una agonía para mí. Permanecía
tendido con los ojos velados y la respiración pesada, pareciendo no
comprender apenas lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Los rituales
continuaron durante horas. Cuando se marcharon los sanadores, permanecí
junto a su cabecera.
— ¿Hermano? -murmuré-. Hermano, ¿me oyes? -No oía nada-. Los dioses han
escogido salvar mi vida, ¡pero tú eres el precio que debo pagar! ¿Es eso? ¿Es
eso? ¡Oh, es demasiado, Enkidu! -No dijo nada. Empecé a pronunciar las
palabras de la gran lamentación sobre él, lentamente, entrecortadamente,
pero no pude ir muy lejos. Era demasiado pronto para pronunciar esas
palabras sobre Enkidu: no podía hacerlo-. Hermano, ¿te irás de mí? -
pregunté-. ¿No volveré a verte nunca más? -No me oyó; estaba perdido en un
sueño febril.

Durante la noche, despertó y empezó a hablar. Su voz era clara y su mente


parecía clara, pero no mostraba ningún signo de conocer que yo estaba allí.
Habló de aquel momento en que se había herido la mano en el bosque de
cedros, a fin de salvar la hermosa puerta; y dijo en voz alta que si hubiera
sabido entonces que iba a verse sometido como resultado a una tal aflicción
hubiera alzado el hacha y hubiera hendido aquella puerta como una cortina
de cañas. Luego habló amargamente del trampero Ku-ninda, que lo había
descubierto en la estepa.

— ¡Maldigo sobre él, por ponerme en manos de la gente de la ciudad! -


exclamó Enkidu, con una voz ronca y enloquecida que me asustó-. ¡Que pierda
todas sus riquezas! ¡Que los animales que caza escapen de sus trampas! ¡Que
le sea negada la más profunda alegría de su corazón!

Guardó silencio durante un tiempo, como si se hubiera calmado, y pensé que


se había vuelto a dormir. Pero de pronto se sentó rígido en la cama y empezó
a delirar de nuevo, esta vez hablando de la sagrada ramera Abisimti:

— ¡Maldigo también a la mujer! -Él había sido una criatura salvaje y simple,
dijo, y ella le había obligado a ver las cosas como las ven los hombres. Él no
había sentido pesar, ni soledad, ni temor a la muerte, hasta que ella le había
hecho comprender que tales cosas existían. Incluso la alegría que le había
proporcionado estaba mancillada, dijo Enkidu; porque ahora que estaba
muriendo sentía un lacerante dolor ante el pensamiento de la pérdida de
todas esas alegrías. De no ser por ella hubiera permanecido ignorante e
inocente. Dijo con amargura-: ¡Que ésta sea su condenación para todo el
tiempo por venir: que vague eternamente por las calles! ¡Que permanezca a la
sombra de las paredes! ¡Que los hombres borrachos la golpeen y la utilicen de
las más horribles de las maneras! -Giró sobre sí mismo hacia la pared,
tosiendo, gruñendo, murmurando. Luego se calmó de nuevo.

Aguardé, temeroso de que la próxima maldición fuera contra Gilgamesh.


Temía eso, aunque supiera que su mente estaba extraviada. Pero no me
maldijo. Cuando abrió de nuevo los ojos me miró directamente y dijo, con su
voz normal:

— Hermano, ¿es plena noche?

— Supongo que sí.

— Creo que la fiebre está cediendo. ¿He estado soñando?


— Soñando, sí, y desvariando, y hablando en voz alta. Pero las medicinas
deben estar haciendo su efecto.

— ¿Desvariando? ¿Qué tipo de cosas he dicho?

Le conté lo que había dicho de la puerta ante la que se había herido, y del
trampero, y de la prostituta Abisimti, y que los había maldecido a todos, por
conducirle hasta aquella situación.

Asintió. Su ceño se oscureció. Durante un turbado momento no dijo nada.


Luego murmuró:

— ¿Y también te he maldecido a ti, hermano?

— No -respondí, negando con la cabeza-. No a mí.

Su alivio fue inmenso.

— Ah. Ah. ¡Cuánto miedo tenía de haberlo hecho!

— No lo hiciste.

— Pero si lo hubiera hecho, habría sido la fiebre quien hablaba, no Enkidu. Tú


lo sabes.

— Sí. Yo lo sé.

Sonrió.

— He sido demasiado duro, hermano. No fue culpa de la puerta que yo mismo


me hiriera. Ni de Ku-ninda que fuera atrapado. Ni de Abisimti. ¿Crees que es
posible retirar las maldiciones?

— Creo que puede hacerse, hermano.

— Entonces retiro las mías. Si no hubiera sido por el trampero y la mujer,


nunca te hubiera conocido. No hubiera aprendido a comer el pan de los dioses
y a beber el vino de los reyes. No me hubiera vestido con ropas nobles, ni
hubiera tenido al glorioso Gilgamesh por hermano. Así que dejemos que el
trampero prospere. Sí, y que ningún hombre mancille a la mujer. Que la amen
los reyes, los príncipes y los nobles, y apilen cornalina y lapislázuli y oro ante
ella, y olviden sus esposas por ella. Que entre en presencia de los dioses.
¡Retiro todas mis maldiciones! -Me miró de una forma extraña y, con una voz
diferente, dijo-: Gilgamesh, ¿voy a morir pronto?

— No morirás. Los sanadores están haciendo su trabajo contigo. Un poco


más, y volverás a ser tú mismo de nuevo.

— Ah. Ah. ¡Es bueno saber que volveré a levantarme de esta cama, y correré y
cazaré a tu lado, hermano! ¿Un poco más, dices?
— Sólo un poco más. -¿Qué otra cosa podía decir? ¿Por qué no permitirle una
hora de paz en medio de su dolor? Y la esperanza estaba renaciendo en mí
por aquel retorno a la salud-. Ahora duerme, Enkidu. Descansa. Descansa.

Asintió y cerró los ojos. Lo velé hasta cerca del amanecer, cuando yo también
caí dormido. Fui despertado por el regreso de los sanadores, trayendo consigo
animales para los sacrificios matutinos. Miré rápidamente a Enkidu. La
recuperación nocturna no había proseguido. Parecía febril de nuevo, errante
en el delirio. Pero cabía suponer que habría varias recaídas, me dije, antes de
que aquella cosa que se había apoderado de él se marchara.

Aquel día hicieron las adivinaciones por medio de la gota de aceite y el agua,
reuniéndose todos a su alrededor para observar los dibujos que trazaba el
aceite mientras flotaba en la taza.

— ¡Mirad -dijo uno-, el aceite se hunde y vuelve a subir de nuevo! -Y otro dijo-:
Se mueve en dirección este. Se dispersa y cubre la taza. -No me molesté en
preguntar qué significaban esos presagios. Estaba convencido del
restablecimiento de Enkidu.

Realizaron el encantamiento de Eridu sobre él. Los sacerdotes modelaron una


figura de Enkidu con masa de harina, y rociaron -sobre ella el agua del
encantamiento: agua dadora de vida, agua que lo limpiaba todo. Mediante la
plegaria y el ritual, traspasaron un demonio de él a un pote de agua, que
rompieron, derramando al demonio en la chimenea. Extrajeron otro demonio
con un trozo de cuerda, que ataron con varios nudos. Pelaron una cebolla,
arrojando las pieles una a una en el fuego, demonio tras demonio. Hubo
muchos otros conjuros parecidos.

Mientras tanto, el médico se dedicaba también a su trabajo, preparando sus


pociones de casia y mirto y asafétida y tomillo, su rama de sauce e higuera y
peral, su concha de tortuga de tierra y piel de serpiente en polvo, y todo lo
demás. Tanto la sal como el azufre figuraban en sus pociones curativas, y la
cerveza y el vino, y la miel, y la leche. Observé que los exorcistas miraban
hoscamente al doctor mientras mezclaba sus medicinas, y él a ellos: sin duda
había una cierta rivalidad entre ambas profesiones, y cada una de ellas debía
pensar que ella era la única obradora de la curación. Pero yo sabía que una es
inútil sin la otra. Las medicinas alivian el dolor y hacen que desaparezca la
hinchazón y alivian la frente, pero a menos que los demonios sean extraídos
también, ¿de qué sirven las pociones? Son los demonios quienes producen
originalmente la enfermedad.

Porque sabía que la enfermedad de Enkidu había caído sobre él por decreto
de los dioses, para castigarnos por nuestro orgullo de matar a Huwawa y
destruir el Toro de los Cielos. Pensé que yo también debía tomar las
medicinas. Quizá estuviera incubando la misma enfermedad que Enkidu,
aunque yo me había salvado de sus efectos por orden divina; y quizás Enkidu
no se viera libre de su aflicción hasta que yo también hubiera sido purificado.
Así que, fuera cual fuera la poción que bebiera Enkidu, yo la engullí también,
y el sabor de la mayor parte de ellas era horrible. Me atraganté y tosí y
dominé mis náuseas, y las bebí todas, aunque a menudo me hicieron sentir
atontado durante casi una hora después. ¿Conseguí algo con eso? ¿Quién
sabe? Los caminos de los dioses se hallan más allá de nuestra comprensión.
Los pensamientos de un dios son como aguas profundas: ¿quién puede medir
su profundidad?

Algunos días las fuerzas de Enkidu parecían crecer. Algunos días parecía más
débil. Durante tres días consecutivos yació con los ojos cerrados, gimiendo y
sin atender a nada. Luego despertó y me llamó. Su aspecto era pálido y
extraño. La fiebre había hecho estragos en su carne: tenía las mejillas
hundidas, y la piel le colgaba fláccida sobre los huesos. Me miró. Sus ojos
eran oscuras estrellas resplandecientes en las cavernas de su rostro. De
pronto vi la inconfundible mano de la muerte descansando sobre sus
hombros, y sentí deseos de llorar.

Me sentía del todo impotente. Yo el hijo del divino Lugalbanda, yo el rey, yo el


héroe, yo el dios: pese a todo mi poder, impotente. Impotente.

— Esta noche he soñado, Gilgamesh -dijo.

— Cuéntame.

Su voz era tranquila. Habló como si estuviéramos a doce leguas de distancia


el uno del otro.

— Oí a los cielos gemir -dijo-, y oí a la tierra responder. Yo estaba solo, de pie,


y ante mí había un ser horrible. Su rostro era tan negro como el del pájaro
negro de las tormentas, y sus garras eran las garras de un águila. Me agarró
y me aferró firmemente con sus uñas: me vi aplastado contra él, y me sentí
sofocar. Entonces me cambió, hermano, convirtió mis brazos en alas cubiertas
por plumas, como las de un pájaro. Me miró, y me soltó, dejándome caer
hacia la Casa de la Oscuridad, hacia la morada de Ereshkigal la reina del
infierno: siguiendo el camino del que no hay regreso, hacia la casa que nadie
abandona. Me llevó a ese oscuro lugar donde los moradores permanecen en la
oscuridad, y sólo disponen de polvo como pan y arcilla como carne. Le miré.
No pude decir nada.

— Vi a los muertos. Van vestidos como pájaros, con alas por ropas. No ven la
luz, moran en la oscuridad. Fui a la Casa del Polvo y vi a los reyes de la tierra,
Gilgamesh, a los maestros, a los altos gobernantes, y todos estaban sin sus
coronas. Atendían a los demonios como si fueran sus sirvientes, trayéndoles
carne asada, sirviéndoles agua fresca. Vi a los sacerdotes y sacerdotisas, los
videntes, los chantres, todos los sagrados: ¿cuánto bien les había hecho su
santidad? Eran sirvientes. -Sus ojos eran duros y resplandecientes, como
brillantes cuentas de obsidiana-. ¿Sabes a quién vi? Vi a Etana de Kish, que
voló a los cielos: allí estaba, ¡allí abajo! Vi a dioses allí: tenían cuernos en sus
coronas, cuando andaban iban precedidos por el trueno. Y vi a Ereshkigal la
reina del infierno, y a su registrador Belit-seri, que se arrodillaba ante ella,
llevando la cuenta de los muertos en una tablilla. Cuando me vio, ella alzó la
cabeza y dijo: "¿Quién ha traído aquí a ése?" Entonces desperté, y me sentí
como un hombre que vaga solo en medio de un terrible páramo, o como
alguien que ha sido arrestado y condenado y cuyo corazón late de miedo. ¡Oh
hermano, hermano, deja que algún dios llegue a tu puerta, y borre mi
nombre, y escriba el suyo en su lugar!

Yo era todo dolor, mi alma entera estaba llena de él, y creo que mi pecho
también, mientras escuchaba todo aquello. Dije:

— Rezaré a los grandes dioses por ti. Es un horrible sueño.

— Moriré pronto, Gilgamesh. Volverás a estar solo de nuevo.

¿Qué podía decir? ¿Qué podía hacer? El pesar me atenazaba. Solo de nuevo,
sí. No había olvidado esos días de desolación antes de la llegada de mi amigo
y hermano. Solo de nuevo, como había estado antes.

Esas palabras eran como un ominoso presagio a toda mi alegría de los últimos
tiempos. Me sentí helado, sin fuerzas.

— Qué extraño será para ti, hermano -dijo-. Viajarás hacia un lado y hacia
otro, y llegará un momento en que te volverás para decirme: "Enkidu, ¿ves el
elefante en la marisma?" "Enkidu, ¿debemos escalar las murallas de la
ciudad?" Y yo no te responderé. No estaré a tu lado. Tendrás que hacer todas
esas cosas sin mí.

Tenía la impresión de que una mano aferraba mi garganta.

— Será muy extraño, sí.

Se irguió un poco más, sentado en la cama, y volvió la cabeza hacia mí.

— Tus ojos parecen distintos hoy. ¿Estás llorando? No creo haberte visto
llorar nunca antes, hermano. -Sonrió-. Ahora siento muy poco dolor.

Asentí. Sabía por qué. El pesar me abrumó como un peso de piedra.

Luego su sonrisa se borró de su rostro, y con una voz sombría y dura dijo:

— ¿Sabes lo que más lamento, hermano, aparte de tener que dejarte solo?
Lamento que por culpa de la maldición de la gran diosa deba morir de esta
forma tan vergonzosa, en mi cama, yéndome lentamente. El hombre que cae
en batalla muere una muerte feliz: pero yo debo morir en la vergüenza.

Eso no me importaba tanto como parecía importarle a él. Lo que me


abrumaba en aquellos momentos no tenía nada ver con detalles tan delicados
como la vergüenza y el orgullo. Aunque él seguía con vida, sufría ya su
pérdida. No me importaba cómo o cuándo o de qué manera había sido
infligida aquella pérdida.

— La muerte es la muerte, venga como venga -dije, encogiéndome de


hombros.

— Me hubiera gustado que viniera de una forma distinta -dijo Enkidu.


No pude decir nada. La muerte lo había aferrado, y los dos lo sabíamos, y las
palabras ya no podían alterar nada. El sacerdote-barú Namennaduma lo había
sabido desde un principio, y había intentado decírmelo, pero en mi ceguera no
había querido ver la verdad. La muerte había caído sobre Enkidu; y
Gilgamesh el rey era impotente de hacer nada contra ella.
27

Duró otros once días. Sus sufrimientos aumentaban a cada día que pasaba,
hasta que apenas podía soportar el mirarle. Pero seguí a su lado hasta el final.
Al amanecer del duodécimo día vi que su vida le abandonaba. Y en el último
momento tuve la impresión, en la oscuridad, de que había como un débil halo
rojizo a su alrededor; el halo se elevó y derivó y se alejó, y de nuevo todo fue
oscuridad. Así supe que había muerto. Permanecí sentado en silencio,
sintiendo la soledad caer de nuevo sobre mí. Al principio no lloré, aunque
recuerdo haber pensado que el asno salvaje y la gacela deberían estar
llorando en aquellos momentos. Todas las criaturas salvajes de la estepa
tenían que estar llorando a Enkidu, pensé: incluso el oso, incluso la hiena,
incluso la pantera. Los senderos del bosque que acostumbraba a recorrer
debían estar llorando también. Los ríos, los torrentes, las colinas. Adelanté
una mano y lo toqué. ¿Ya estaba enfriándose? No podía decirlo. Parecía estar
simplemente durmiendo, pero sabía que no se trataba del sueño. Las fiebres
que habían ardido en él habían dejado su huella en sus rasgos en aquellos
doce días, demacrándole y hundiendo sus facciones; pero ahora parecía casi
como había sido antes, tranquilo, el rostro relajado y finalmente en paz.
Apoyé una mano sobre su corazón. No pude sentir su latir. Me levanté y lo
cubrí con la sábana de lino, tiernamente, como lo haría el esposo con el velo
de su esposa. Pero sabía que no era un velo, era un sudario. Y entonces lloré.
Las lágrimas surgieron lentamente al principio, puesto que las lágrimas eran
algo extraño en mí: emití un pequeño sonido ahogado, sentí un extraño calor
en las comisuras de mis ojos, mis labios se fruncieron y se tensaron en una
fina línea. Al cabo de un momento resultó más fácil. Algún dique se rompió en
mi interior, y mi dolor brotó libre. Caminé de un lado para otro ante la cama,
como una leona que se ha visto privada de sus cachorros. Me arranqué
mechones de pelo, rasgué mis finas ropas y las arrojé de mí como si
estuvieran sucias. Rugí, pateé, grité. Nadie se atrevió a acercárseme. Fui
dejado a solas con mi terrible dolor. Permanecí al lado del cuerpo durante
todo el día, y otro día más, y otro después de ése, hasta que vi que los
sirvientes de Ereshkigal estaban reclamándole. Supe entonces que debía
entregarlo para ser enterrado.

En consecuencia, me armé de todo mi valor. Había muchas cosas que debía


hacer.

Primero, el ritual de la partida. Fui al gabinete donde se guardan todas esas


cosas y tomé una tabla hecha de madera de elammaqu, sobre la que deposité
un bol de lapislázuli y un bol de cornalina. Llené uno con cuajada, el otro con
miel; y llevé la tabla a la terraza de Utu y la deposité a la luz del sol como una
ofrenda. Dije las palabras adecuadas. Cuando pronuncié la gran lamentación,
mi voz no flaqueó.

Luego llamé a los ancianos de Uruk a mi lado. Por supuesto, sabían lo que
había ocurrido, y vinieron con los colores del duelo en sus brazos. Parecían
sombríos, pero sólo era a causa de mi pérdida, no por ninguna pérdida propia:
Enkidu no había significado nada para ellos. Eso me irritó un tanto, que no
hubieran percibido en Enkidu las virtudes que yo había percibido. Pero sólo
eran hombres: ¿cómo podían saber, cómo podían comprender nada? Se
mostraron intranquilos al ver lo grande que era mi dolor: un dios morando
entre ellos, o algo así. Probablemente yo había hecho mucho para alentar esa
creencia. Pero ahora mis ojos estaban orlados de rojo y mi rostro pálido y
abotagado. No podían comprender esa exhibición de humanidad en mí.
Gilgamesh el rey, Gilgamesh el dios…, bien, sí, pero yo era también
Gilgamesh el hombre. Había sufrido mucho en el espléndido aislamiento de
mi reinado, aunque nadie a mi alrededor se había dado cuenta de la magnitud
de mis sufrimientos; y luego había encontrado un amigo; y ahora ese amigo
me había sido arrebatado por los demonios. En consecuencia, lloraba. ¿Qué
otra cosa podían esperar?

Dije:

— Lloro por mi amigo Enkidu. Él era el hacha a mi costado, la daga en mi


cinto, el escudo que sujetaba ante mí. Era mi hermano. La pérdida es grande.
El dolor profundo.

— Todo Uruk llora a tu hermano -me dijeron-. Los guerreros lloran. El pueblo
llora en las calles. Los labradores y los cosechadores lloran, Gilgamesh. -Pero
sus palabras me sonaban huecas. Era la vieja historia: me estaban diciendo lo
que creían que yo deseaba oír.

— Lo enterraremos como si fuera un rey -dije, para que comprendieran mejor


lo que había sido Enkidu.

Parecieron sorprenderse ante aquello, quizá pensando que yo tenía en mente


enviar con él al personal de mi casa, o incluso a algunos de los propios
ancianos, para que hicieran compañía a Enkidu en la tumba. Pero yo no
estaba pensando en aquello. Ahora comprendía la muerte mucho mejor que la
había comprendido aquel día en que la casa de Lugalbanda descendió, uno a
uno, bajo tierra hasta su tumba; no veía ningún mérito en hacer llorar a otros
hermanos, y a hijos y esposas, en beneficio de Enkidu. Así que les dije que se
limitaran a preparar una ceremonia de gran esplendor. Llamé a los más
hábiles artesanos de la ciudad, los caldereros, los orfebres, los lapidarios. Les
ordené que hicieran una estatua de mi amigo: el cuerpo de oro, el pecho de
lapislázuli. E hice que los sepultureros cavaran un pozo en un lugar despejado
al lado de la Plataforma Blanca y revistieran sus paredes con ladrillos de
arcilla cocida. Reuní todas las armas de Enkidu y las pieles de los animales
que había cazado, para que fueran enterradas con él; y también le
proporcioné un rico tesoro para que fuera depositado a su lado, copas y
anillos y vasos de alabastro y joyas y cosas así. Fui a cada templo, por turno, y
pedí formalmente al sumo sacerdote que tomara parte en el entierro de
Enkidu. El único templo que no visité fue el que había construido para la
diosa. En verdad, era lógico y necesario que Inanna estuviera presente en el
funeral de cualquier gran hombre de Uruk; pero no la quería allí. La
consideraba responsable de la muerte de Enkidu: estaba seguro de que ella
había atraído aquel fatal destino sobre él con sus maldiciones, en su ira por el
hecho de que yo hubiera sobrepasado su poder en la ciudad. No podía
permitir que ella asistiera al funeral del amigo que me había arrebatado; no
iba a darle la posibilidad de vanagloriarse de la gran herida que me había
infligido. Dejemos que permanezca acurrucada en el cubil de su templo,
pensé. Nadie excepto sus doncellas la habían visto desde el día de la pérdida
del Toro de los Cielos. Así era como yo prefería que fuese.

Pero no era como ella prefería que fuese. El día del funeral, abrí la marcha
desde el palacio hasta el pozo de la tumba, llorando todo el camino, y
permanecí de pie al lado de los sacerdotes y de mi madre mientras
realizábamos los sacrificios de bueyes y cabras y derramábamos las libaciones
de leche y miel. El cazador Ku-ninda estaba conmigo; la sagrada prostituta
Abi-simti estaba conmigo también. Habían conocido a Enkidu desde mucho
antes que yo, y le lloraban casi tan profundamente. Los ojos de Abisimti
estaban enrojecidos por el llanto, sus ropas retorcidas; Ku-ninda, hosco y
silencioso, permanecía de pie con los puños apretados y los labios fruncidos,
reteniendo su intenso pesar. Ambos me habían ayudado en la preparación de
los ritos. En el momento en que llegamos al punto del servicio en que es
derramada la pura agua fría para refrescar al hombre muerto mientras se
dirige a la Casa del Polvo y la Oscuridad, hubo una agitación a mis espaldas, y
me volví y vi a Inanna en medio de un pequeño grupo de sus sacerdotisas.

Se parecía más a la reina de los infiernos que a la de los cielos. Su rostro


estaba pintado de un blanco fantasmal, y sus párpados e incluso sus labios
habían sido ennegrecidos con kohl. Llevaba una túnica completamente negra
que caía recta desde sus hombros, y su único adorno era una daga de pulida
piedra verde que colgaba entre sus pechos de una cuerda de paja entretejida
pasada en torno a su cuello. Sus sacerdotisas iban vestidas de la misma
forma.

La ceremonia se detuvo. Hubo un pesado silencio a mi alrededor.

Me miró con la más fría de las furias y dijo:

— ¿Un funeral, Gilgamesh, sin solicitar el consentimiento de la diosa?

— Hoy hago lo que me place. Era mi amigo.

— De todos modos, Inanna sigue gobernando.

Mi mirada se clavó sin vacilar en sus ojos. Le devolví odio por odio, gelidez
por gelidez. Con voz clara y comedida, dije:

— Enterraré a mi amigo sin la ayuda de Inanna.

Vuelve a tu templo.

— Hablo en nombre de la diosa en Uruk.

— Y yo soy rey en Uruk. Hablo por los dioses. -Alcé mi brazo e hice un amplio
gesto que abarcaba a todos los reunidos a mi alrededor-. Mira, los sacerdotes
de An y Enlil están aquí, y los sacerdotes de Enki; y los sacerdotes de Utu. Los
dioses han dado su bendición al descanso de Enkidu. Si la diosa está ausente
hoy, bien, eso no importa demasiado, creo. Me miró con ojos furiosos y
durante un largo momento no habló, ni siquiera respiró. Pareció hincharse;
pensé que iba a estallar. La furia en su rostro era abrumadora. Entonces dijo:

— ¡Cuidado, Gilgamesh! Tu desafío va más allá de todos los límites. Ya has


visto lo que puede hacer mi maldición: puede que no desee desafiar tu título
de rey de Uruk. Pero lo haré si lo considero necesario, Gilgamesh. Lo haré si
lo considero necesario. Respondí con voz muy baja:

— ¡Cuidado tú también, sacerdotisa! Tu maldición puede ser peligrosa, pero


también lo es mí espada. Te digo: retírate de aquí en este momento, o haré
una libación a la sombra de Enkidu con tu sangre. Te digo: ante todo el
mundo, Inanna, estoy dispuesto a abrir tu vientre.

Fue un terrible momento. ¿Había hablado nunca alguien de aquella forma a la


sacerdotisa de la diosa? Me sentí invadido por una excitación que era casi
embriaguez. Noté vértigo. Mi respiración se hizo ansiosa; mi corazón
martilleó dentro de la jaula de mis costillas.

Me miró fijamente.

— ¿Estás loco?

Apoyé una mano en la empuñadura de mi espada. -Lo haré si lo considero


necesario, Inanna. Lo haré si lo considero necesario. Ahora vete.

Creo que la hubiera matado allí mismo, delante de todo Uruk, si me hubiera
desafiado en aquel momento. Creo que ella se dio cuenta también de que lo
haría. Porque me lanzó una mirada final, como la fría y feroz mirada de esa
serpiente cuyos ojos respiran veneno. Pero no cedí; no flaqueé; le devolví su
mirada, fuego por fuego, gelidez por gelidez. Y finalmente se dio la vuelta y se
marchó a grandes pasos, hacia su templo, seguida por sus mujeres.

Cuando desapareció de nuestra vista dejé que mis brazos colgaran fláccidos y
mi respiración se volviera blanda, porque había permanecido tenso como un
arco a punto de ser disparado. Cuando me hube calmado de nuevo me volví
hacia el sacerdote que sostenía aún el cubo de agua y dije:

— Adelante, sigamos.

Me tendió el agua, y la derramé sobre la tumba, y dije las palabras. Después


me quité la banda que ceñía mi cabeza, y desgarré mis ropas, y rompí mis
brazaletes y mi collar. Me dolía el cuerpo en veinte lugares distintos; había
una presión contra mis ojos, y una pesadez en mi pecho, y la mano en mi
garganta se había constreñido hasta que apenas podía respirar. Aquél era el
final del rito: ahora el viaje de Enkidu a la oscuridad había sido completado, y
yo no tenía forma de ocultarme de mi aflicción. Él se había ido. Yo estaba
solo. El dolor brotó en mi interior como una fuente y me inundó. Me arrojé al
suelo y lloré por Enkidu una última vez. Luego todo pasó. Me sentí más
calmado; yací allí, inmóvil; al cabo de un momento me levanté, sin decir nada
a nadie. Con mis propias manos sellé el pozo con ladrillos, y los demás
sacerdotes lo cubrieron con tierra.

Regresé solo a palacio. Permanecí todo el día sentado en silencio en mi


habitación más reservada, sin ver a nadie. Escuché con la esperanza de oír la
risa de Enkidu resonar en torrentes por las estancias de palacio. Silencio.
Escuché con la esperanza de oír el sonido de sus manos palmeando las
puertas para avisarme. Silencio. Pensé en salir a cazar, y me imaginé a mí
mismo volviéndome hacia él para tomar mi jabalina: no estaría a mi lado.
Sentí un hambre de él que sabía que nunca iba a ser saciada. ¿Por qué, me
pregunté, había sido afligido con una tal pérdida? ¿Porque era rey? ¿Porque
mi vida había ido solamente de triunfo en triunfo, y los propios dioses estaban
celosos de mí? Quizá Enkidu me había sido dado solamente para poder serme
arrebatado luego; quizá todo era designio de los dioses, para dejarme probar
la felicidad a fin de que pudiera saber luego cuál era el auténtico sabor de la
pena.

Estaba solo. Bien, había estado solo antes. Pero, aquel día del entierro de mi
amigo, me pareció que nunca había estado solo de la misma forma en que lo
estaba ahora.
28

Dicen que con el tiempo todas las heridas se curan. Supongo que es así, de
una forma u otra, aunque a menudo dejan cicatrices muy visibles en su lugar.
Un día dio paso a otro, y aguardé a la aparición de las cicatrices que debían
formarse en el lugar donde me había sido extirpado Enkidu. Vagué por los
salones de mi palacio y no escuché su risa, y no vi su gran forma robusta
fanfarroneando por las terrazas, y pensé que pronto terminaría
acostumbrándome a su ausencia; pero eso no parecía producirse. Cada día,
alguna pequeña cosa me recordaba que él ya no estaba allí.

No podía soportarlo. Tenía que alejarme de Uruk. Allá donde mirara en Uruk
veía la sombra de Enkidu deslizándose por las calles. Oía los ecos de la voz de
Enkidu en el parloteo de la multitud. No había ningún lugar donde pudiera
ocultarme de su recuerdo. Creo que era una especie de locura: un dolor más
allá de toda razón. Invadía hasta el último rincón de mi alma, y hacía que todo
lo que hasta entonces me había importado careciera ahora de sentido. Al
principio, lo que me roía y hacía que me dolieran las entrañas era sólo la
pérdida de Enkidu, pero luego empecé a darme cuenta de que la auténtica
fuente de mi dolor era mucho más profunda: no era tanto la muerte de Enkidu
lo que me atormentaba, sino mi consciencia del hecho de la muerte en sí.
Porque sabía que, con el tiempo, podría llegar incluso a reconciliarme con la
partida de Enkidu: no era un estúpido tan grande como para pensar que una
herida no iba a cicatrizarse nunca. ¿Pero cómo podía reconciliarme con la
pérdida de mí mismo ? A lo largo de mi vida me había enfrentado una y otra
vez con esa cuestión, y la había arrojado lejos de mí; pero la muerte de
Enkidu la planteaba una vez más, y esta vez no podía ser eludida. Llegará la
muerte, Gilgamesh, incluso para ti. Eso es lo que vi en el aire ante mi rostro,
la negra y burlona máscara de la muerte. Y el conocimiento de la
inevitabilidad de esa muerte despojó a mi vida de toda alegría.

Como aquel día del funeral de mi padre Lugalbanda, hacía tanto tiempo, me
sumí en un terror tan profundo a morir que apenas podía respirar. Me
sentaba en mi gran trono, pensando: Enkidu ha muerto y en estos momentos
debe estar recorriendo ese lugar de polvo, vestido como un pájaro en
lúgubres plumas, comiendo arcilla fría. Y pronto yo deberé ir a ese mismo
lugar oscuro. Hoy rey en un gran palacio, mañana una miserable criatura
agitando sus alas en el polvo…, ¿era ése el destino que me aguardaba?
Recordaba cómo, siendo niño, había prometido conquistar a la muerte:
¡Muerte, no eres digna de mí! Así había alardeado. Era demasiado orgulloso
para morir; la muerte era una afrenta que no podía soportar, de modo que
negaba a la muerte su poder sobre mí. ¿Pero podía hacer eso? La muerte
había vencido a Enkidu; más allá de toda duda, la muerte vendría también en
busca de Gilgamesh, a su debido tiempo. Y la certeza de eso anulaba toda
fuerza en mí. Ya no deseaba seguir siendo rey. No deseaba realizar los
sacrificios y derramar las libaciones y reparar los canales y conducir mis
tropas a la guerra. ¿Por qué tomarse tantas molestias, cuando nuestras vidas
son como las vidas de las pequeñas moscas verdes que zumban durante unas
pocas horas al atardecer y luego mueren? ¿Qué sentido tiene luchar tanto? Se
nos dan amigos, y luego los amigos nos son arrebatados: mejor no tener
ningún amigo, pensé. Y, pensando de ese modo, llegué a ver todas las
acciones humanas como carentes de valor o finalidad. Moscas, moscas,
zumbantes moscas: no somos más que eso, me dije. La muerte es la gran
broma que nos han hecho los dioses. ¿Qué sentido tiene ser rey? ¿Rey de las
moscas? No sería más rey. Huiría de esta ciudad, y me adentraría en los
páramos salvajes.

Así, fue el miedo a la muerte lo que me sacó de Uruk. No podía seguir siendo
rey: era un hombre vacío. A la sombra del temor a la muerte, salí solo de la
ciudad.

No le dije a nadie dónde iba. Ni yo mismo lo sabía. Ni siquiera dije que me


marchaba. No nombré regente; no dejé instrucciones de lo que había que
hacer en mi ausencia. La locura me dominaba. Me fui entre la medianoche y
el amanecer, sin llevarme nada conmigo excepto las mismas pocas
pertenencias que me había llevado aquella vez que había huido a Kish cuando
era apenas un niño.

Me guiaba la desesperación. La desdicha dominaba todos mis pensamientos.


El miedo anidaba como una serpiente venenosa detrás de mi esternón. Mi
pelo estaba enmarañado: no lo había cortado desde el primer día de la
enfermedad de Enkidu. Mi único atuendo era una tosca piel de león y unas
sandalias de campesino: había renunciado a mis ropas elegantes y a mis
capas y a todo eso. No creo que nadie que hubiera visto mi partida me
hubiera reconocido como Gilgamesh el rey, tan salvaje y atormentado era mi
aspecto. Creo que ni siquiera yo mismo me hubiera reconocido.

Así me adentré deprimido en la estepa, sin seguir ningún plan, sin buscar
ningún sendero, esperando tan sólo hallar algún lugar donde pudiera eludir
las jaurías de la muerte.

No podría decir ahora qué ruta seguí. Creo que empecé a dirigirme hacia el
este, hacia Elam, a la gran zona selvática y verde donde fue hallado Enkidu,
como si creyera poder descubrir allí a otro como él. Pero pronto giré hacia el
norte, hacia la tierra que llaman Uri, y puede que luego girara hacia el este,
donde vive el pueblo martu, y después de eso no sé. No presté atención a la
salida del sol, ni a su puesta. Estaba sumido en la locura. Caminé de día y de
noche, y dormí en cualquier lado, o ni siquiera dormí; y caminé sin saber
dónde estaba ni dónde había estado. Estoy seguro sin embargo de que
permanecí todo el tiempo fuera de los límites de la Tierra. Creo que llegué
varias veces al muro limítrofe del mundo, y atisbé varias veces los lugares que
se hallan más allá de las brújulas de la tierra. Quizá penetré en esos lugares;
no lo sé. Estaba sumido en la locura.

Sentí miedo de cosas que nunca antes había temido. Una noche, en el paso de
una montaña, donde el aire era frío y ligero y hormigueaba en la nariz, me
llegó el olor de leones: un olor amargo, acre y penetrante. Si hubiera sido
Gilgamesh, y si hubiera tenido a Enkidu a mi lado, hubiéramos corrido por
entre las rocas aunque fuera oscuro y hubiéramos cazado esos leones para
apoderarnos de sus pieles, y nos hubiéramos hecho unas capas con ellas antes
de echarnos a dormir. Pero Enkidu estaba muerto y yo no era Gilgamesh: no
era nadie, estaba loco. El miedo me dominó y me hizo temblar. Alcé la vista
hacia la luna, que colgaba como una gran lámpara blanca sobre los picos
recortados, y grité a Nanna el dios:

— Protégeme, te lo suplico, porque tengo miedo.

Esas palabras, tengo miedo , sonaron extrañas a mis oídos incluso en el


momento de pronunciarlas: todavía quedaba mucho de Gilgamesh vivo en mí.
Tengo miedo . ¿Había pronunciado alguna vez esas palabras antes? Había
temido la muerte, sí, supongo. ¿Pero temer a unos leones?

Nanna se apiadó de mí. Me hizo caer en un profundo sueño pese a mi miedo.


Soñé jardines y huertos; y cuando me despertó la luz de la mañana vi leones a
todo mi alrededor, gozando de la vida. No tuve miedo entonces. Sujeté
fuertemente el hacha en mi mano; extraje el puñal de mi cinturón; corrí entre
aquellos leones como una flecha lanzada por un arco, y golpeé a algunos de
ellos y los dispersé y maté a más de uno. Eso fue mejor que retroceder y
agazaparse presa del miedo. Pero seguía dominado por la locura.

En otro lugar, donde los árboles eran densos y achaparrados y tenían hojas
como pequeños y afilados punzones vi al pájaro Imdugud perchado en una
rama, con sus recias garras rojas clavadas profundamente en la madera. O
más bien el pájaro Imdugud me vio a mí, y me reconoció, y llamó:

— ¿Adonde vas, hijo de Lugalbanda?

— ¿Eres tú, pájaro Imdugud?

Abrió sus alas, que son como las alas de una gran águila, y compuso su
cabeza, que es la cabeza de una leona. Sus ojos resplandecían como si fuesen
joyas incrustadas. Lo vi por lo que era.

— Siento terror hacia la muerte, Imdugud -dije-. Estoy buscando un lugar


donde la muerte no pueda hallarme.

Se echó a reír. Su risa es como la risa de una leona, suave y pavorosa.

— La muerte halló a Enkidu. La muerte halló a Dumuzi. La muerte halló al


héroe Lugalbanda. ¿Por qué crees que la muerte no va a hallar a Gilgamesh?

— Dos tercios de mí son divinos, un tercio es humano.

Rió de nuevo, más secamente, una risa que era casi un croar.

— ¡Entonces dos tercios de ti vivirán, y un tercio morirá!

— Te burlas de mí, Imdugud. ¿Por qué eres tan cruel? -Alcé mis manos hacia
él-. ¿Qué daño te he hecho, para que te burles de mí? ¿Es porque te eché del
árbol huluppu? Ese árbol era de Inanna. Mi deber entonces era servir a
Inanna. Te lo pedí gentilmente; te lo pedí bien. Ayúdame, Imdugud.
Mis palabras parecieron llegar hasta su alma. Dijo con suavidad:

— ¿Cómo puedo ayudarte, hijo de Lugalbanda?

— Dime dónde puedo ir para que la muerte no pueda hallarme.

— La muerte llega a todos los mortales, hijo de Lugalbanda.

— ¿A todos, sin excepción?

— Sin excepción -dijo. Luego guardó silencio durante un rato; y finalmente


dijo-: De hecho, hubo una excepción. Y tú tienes que conocerla.

Mi corazón empezó a latir alocado. Dije con urgencia:

— ¿Alguien que quedó exento de morir? No puedo recordar. Dímelo. ¡Dímelo!

— En tu locura y tu desesperación has olvidado al héroe del Diluvio.

— ¡Ziusudra! ¡Sí!

— Mora eternamente en la tierra de Dilmun. ¿Has olvidado eso, Gilgamesh?

Me estremecí de excitación. Era como una fiebre repentina. Vi que allí podía
haber una esperanza.

— ¿Y si voy allí, Imdugud? -pregunté ansioso-. ¿Qué ocurrirá? ¿Compartirá el


secreto de la vida conmigo, si se lo pido?

Oí de nuevo el burlón croar.

— ¿Si se lo pides? ¿Si se lo pides? ¿Si se lo pides? -Su voz no era como la de
una leona ahora, sino más bien como la de un enorme y extraño cuervo. Agitó
sus grandes alas-. ¡Pide! ¡Pide! ¡Pide!

— ¡Dime el camino, Imdugud!

— ¡Pide! ¡Sólo pide!

Ahora me estaba resultando más difícil verle; el aire parecía espesarse y las
oscuras agujas del árbol cerrarse en torno a él. Tampoco podía oírle tan claro
como antes: sus palabras se perdían en el sonido del agitar de sus alas y el
croar de su risa.

— ¿Imdugud? -exclamé.

— ¡Pide! ¡Pide! ¡Pide!

Hubo un seco sonido crujiente. La rama cayó bruscamente del árbol, como
hacen las ramas cuando la estación ha sido muy seca. Golpeó el suelo casi a
mis pies; salté hacia atrás apenas a tiempo. Cuando alcé de nuevo la vista no
vi ninguna señal del pájaro Imdugud contra el pálido cielo blancoazulado.
29

Ziusudra. Sí, conocía la historia. ¿Quién no la había oído?

Así es cómo el arpista Ur-kununna me la cantó, cuando era un niño, en el


palacio de Lugalbanda:

Hubo un tiempo, hace mucho, en que los dioses se cansaron de la humanidad.


Los rugidos y clamores que ascendían hasta los cielos procedentes de la
Tierra empezaban a irritarles. Fue Enlil quien, furioso, exclamó:

— ¿Cómo puedo dormir, si hacen tanto ruido? Y envió una hambruna para
destruirnos. Durante seis años no hubo lluvia. Los granos de sal brotaban de
la tierra y cubrían los campos, y las cosechas morían. La gente se comía a sus
propias hijas; una casa devoraba a otra. Pero el sabio y compasivo Enki sintió
piedad de nosotros, e hizo que cesara la sequía.

Una segunda vez creció la ira de Enlil contra la humanidad, y lanzó plagas
contra nosotros; y una segunda vez la piedad de Enki nos trajo alivio. Aquellos
que habían caído enfermos se recobraron, y aquellos que habían perdido a sus
hijos dieron a luz otros. Una vez más el mundo hormigueó de gente, y nuestro
ruido ascendió a los cielos como el bramar de un toro salvaje. De nuevo brotó
la ira de Enlil.

— Este clamor me resulta intolerable -dijo Enlil a la reunión del consejo de los
dioses; y ante todos ellos juró destruir el mundo con un gran diluvio.

Pero el señor de los diluvios es Enki el sabio, que mora en el gran abismo. La
provocación del diluvio fue entregada pues a manos de Enki; y como sea que
Enki ama a la humanidad, hizo que la destrucción no fuera total. Por aquel
entonces vivía en la antigua ciudad de Shuruppak un rey llamado Ziusudra,
un hombre de gran virtud y piedad. De noche, Enki fue a este rey en un
sueño, y le susurró:

— ¡Abandona tu casa! ¡Construye un barco! ¡Abandona tu reino y salva tu


vida! -Le dijo a Ziusudra que hiciera su barco tan ancho como largo, y
construyera un techo sobre él que fuera tan resistente como la bóveda que
cubre el abismo del océano; y que tomara la semilla de todas las cosas vivas a
bordo, del barco cuando el gran diluvio empezara. Ziusudra dijo al dios:

— Haré como dices, mi señor. ¿Pero qué debo decirle al pueblo y a los
ancianos de la ciudad cuando vean que me preparo para la partida?

A lo que Enki le dio esa sagaz respuesta:

— Ve a ellos y diles que has sabido que Enlil te odia, y que no puedes seguir
viviendo en Shuruppak, ni posar tu pie en ningún territorio gobernado por
Enlil. En consecuencia, partes a buscar refugio en las grandes profundidades,
para morar con tu señor Enki. Pero cuanto tú te hayas ido, diles, Enlil
derramará su abundancia sobre el pueblo de Shuruppak: las mejores aves, los
más finos peces, una lluvia de trigo. Diles eso, Ziusudra.

De modo que al amanecer el rey reunió a su casa a su alrededor y dio órdenes


de construir el barco. Todos ellos tomaron parte en el trabajo, incluso los
niños pequeños, que transportaban los cestos de brea. Al quinto día tenía la
quilla y las cuadernas. Las paredes tenían ciento veinte codos de altura, y los
lados de la cubierta ciento veinte codos de largo, y el suelo era del tamaño de
un campo. Construyó seis cubiertas, y dividió el interior en nueve secciones
separadas por recias mamparas. Colocó los estabilizadores allá donde
correspondían, y preparó puntales de reserva. Sólo el calafateado requirió
toda una medida de aceite. Cada día sacrificaba bueyes y ovejas para los
trabajadores, y les proporcionaba vino, tanto negro como blanco, como si
fuera agua del río, de modo que pudieran celebrar el final del trabajo
cotidiano con el mismo esplendor con que lo hacían el día del nuevo año. Al
séptimo día el barco estaba terminado.

Su botadura fue difícil: tuvieron que ir trasladando el lastre hasta que el


barco se hundió profundamente en el agua. Entonces el rey cargó todo su oro
y toda su plata en él y subió a bordo a todos los miembros de su casa y a todos
sus artesanos, y también animales de todas las especies, de dos en dos, tanto
los animales domesticados de los pastos como las criaturas salvajes del
campo. Sabía que la hora en que empezaría a llover estaba próxima.

El cielo se oscureció y el viento empezó a soplar. Ziusudra subió a bordo del


barco y cortó las amarras. Al amanecer apareció en el horizonte una nube
negra; hubo truenos, y un viento terrible. Los dioses se alzaron contra el
mundo, y brilló el rayo: las antorchas de los dioses, iluminando el mundo con
su resplandor. Rugió la tormenta, y la lluvia empezó a caer torrencial. Y la
Tierra se vio despedazada como un pote arrojado contra un muro.

Durante todo el día los vientos tormentosos soplaron del sur, haciéndose cada
vez más terribles. Las aguas inundantes reunieron sus fuerzas y cayeron
sobre la Tierra como un ejército conquistador. No hubo luz del día; nadie
podía ver nada; las crestas de las montañas se vieron sumergidas. Los propios
dioses se sintieron temerosos ante el diluvio y se echaron atrás, ascendiendo
hasta los cielos superiores, el dominio del Padre Cielo. Allá se apiñaron como
perros, apilándose contra los baluartes exteriores. Inanna la Reina de los
Cielos lloró y gimió como una mujer en el parto al ver a su pueblo hundirse en
el mar. Los dioses lloraron con ella. Asustados y abatidos por las fuerzas que
habían desencadenado, se sentaron acurrucados y temblando, y lloraron.

Durante seis días y seis noches sopló el viento, y la lluvia y la tormenta


arrasaron la tierra. Al séptimo día la tormenta cedió: las aguas dejaron de
subir, el turbulento mar se calmó. Ziusudra abrió la puerta de su barco y salió
a cubierta. Lo que presenció hizo temblar de terror sus rodillas. Todo estaba
inmóvil. Pero no podía ver ninguna tierra, sólo agua extendiéndose en todas
direcciones hasta el horizonte. Temeroso y maravillado, cubrió su cabeza y
lloró, porque sabía que toda la humanidad había vuelto a la arcilla excepto
aquellos que él había salvado a bordo de su barco, y vio que el mundo y todo
lo que contenía habían perecido.

Siguió navegando y navegando en aquella gran extensión de mar, buscando


una costa; y a su debido tiempo vio las oscuras y masivas laderas del monte
Nisir surgiendo por encima del agua. Se dirigió hacia allá; y allá descansó
finalmente su barco. Lo amarró allí, pero no se atrevió a salir. Tres días,
cuatro días, cinco días, seis, la nave reposó contra la ladera de la montaña. Al
séptimo día, Ziusudra soltó una paloma; pero no encontró ningún lugar donde
posarse, y volvió. Soltó una golondrina; pero la golondrina no halló ningún
lugar donde anidar, y también regresó. Entonces Ziusudra soltó un cuervo. El
pájaro voló alto y lejos, y vio que las aguas habían empezado a retirarse: voló
en un amplio círculo, halló algo que comer, picó, se alejó, y no regresó al
barco. Entonces Ziusudra abrió todas las puertas a los cuatro vientos y a la
luz del sol. Salió a la montaña, y derramó una libación, y vertió siete vasos
sagrados y luego siete más, y quemó caña y madera de cedro y mirto a los
dioses que le habían salvado. Los dioses olieron el sacrificio, y acudieron a
gozar de él. Inanna fue una de las que acudió, vestida con todas las joyas de
los cielos. Y exclamó:

— ¡Sí, venid, oh dioses! Venid todos. ¡Pero no dejéis que venga Enlil, porque
él fue quien trajo este diluvio a mi pueblo!

De todos modos, Enlil acudió también. Miró furioso a su alrededor y quiso


saber quién había permitido que algunas almas humanas escaparan de la
destrucción.

— Pregúntaselo a Enki -dijo Ninurta, el guerrero, el dios de los pozos y los


canales. Y Enki avanzó unos pasos y dijo osadamente a Enlil:

— Fue algo insensato traer este diluvio. En tu ira destruiste a la vez a los
pecadores y a los inocentes. Fue demasiado. Fue excesivo. Si hubieras
enviado un lobo a castigar a los malvados, o un león, o incluso otra hambruna,
o una pestilencia…, sí, eso hubiera sido suficiente. ¡Pero no este terrible
diluvio! Ahora la humanidad ha desaparecido, Enlil, y todo el mundo está
sumergido. Sólo este barco y estas personas sobreviven. Y eso ha ocurrido
sólo porque Ziusudra, el rey sabio, vio los planes de los dioses en un sueño, y
tomó acciones para salvarse él y su gente. Ve a él, Enlil. Habla con él.
Perdónale. Muéstrale tu amor. El corazón de Enlil se sintió movido por la
compasión. Había visto la devastación producida por el diluvio, y el pesar lo
abrumó. De modo que subió a bordo del barco de Ziusudra. Tomó al rey con
una mano y a la esposa del rey con la otra, y los atrajo a su lado, y tocó sus
frentes para bendecirles. Y Enlil dijo:

— Habéis sido mortales, pero ya no sois mortales. A partir de ahora seréis


como dioses, y viviréis muy lejos de la humanidad, en la boca de los ríos, en la
tierra dorada de Dilmun.

Así fueron recompensados Ziusudra y su esposa. Allá en la tierra de Dilmun


viven ahora, eternos, sin morir, aquellos gracias a cuya perseverancia el
mundo renació en los días en que Enlil envió el diluvio para barrer a la
humanidad.
Ésa es la historia que oí del arpista Ur-kununna, cuando yo era un niño en el
palacio de Lugalbanda.
30

Seguí vagando, en la miseria y la locura; pero ahora mi vagar tenía una


finalidad, por triste y miserable que pareciera. No puedo decir cuántos meses
anduve, ni a través de qué estepas y valles y llanuras. A veces el sol colgaba
delante de mí como un enorme y furioso ojo de fuego blanco, enviando
rielantes olas de calor que me cegaban mientras avanzaba hacia él; y a veces
el sol era pálido y colgaba bajo en el horizonte a mis espaldas, o a mi
izquierda. No puedo decir qué direcciones eran ésas. Encontré ríos y los
vadeé; dudo que fueran ninguno de los Dos Ríos de la Tierra. Crucé pantanos
y lugares donde la húmeda arena era como lodo a mis pies. Crucé dunas y
extensiones áridas. Me abrí camino por entre espesuras de retorcidas cañas
que me herían como vengativos enemigos. Me alimenté con la carne de
liebres y jabalíes y castores y gacelas, y donde no hallaba nada de eso comía
la carne de leones y chacales y lobos, y cuando no encontraba animales de
ninguna clase comía raíces y nueces y bayas; y donde no había nada que
comer, no comía nada, y eso no me importaba. La fuerza divina estaba en mí.
La finalidad divina me envolvía.

A su debido tiempo llegué a una montaña que supe tenía que ser el llamado
monte Mashu, que cada día monta guardia sobre el levante y el poniente del
sol. Supe que tenía que ser el Mashu porque sus cimas gemelas alcanzaban la
bóveda de los cielos y sus pechos descendían hasta las puertas del mundo
inferior. Sólo hay una montaña como ésa en la tierra. Dicen que los nombres
escorpión guardan su puerta, criaturas que son medio hombres y medio
monstruos, con colas arqueadas de muchas articulaciones que contienen un
veneno de picadura mortal. Tan temibles son los hombres escorpión, se dice,
que el brillo de sus ojos es aterrador; de ellos brota un esplendor como el
fuego en los riscos; sólo su mirada provoca la muerte. Quizá sea así. No vi
hombres escorpión cuando inicié mi ascenso al Mashu. Aunque encontré
algunas pobres y tristes criaturas que eran bastante monstruosas, pero en
absoluto temibles, y es posible que la gente, oyendo hablar de ellas por
segundas y terceras bocas, las hayan elevado a la categoría de aterradores
monstruos. Sospecho que así ocurre a menudo con los relatos de los viajeros.

Pero no negaré que sentí un estremecimiento de temor cuando me encontré


con la primera de esas criaturas mientras ascendía por el Mashu hasta el
lugar llano que se extiende entre los dos picos. Debió haber estado
espiándome durante algún tiempo antes de que lo divisara, desde un terreno
elevado muy por encima de mí, con los brazos tranquilamente cruzados. ¡Por
Enlil, era extraño de ver! Supongo que era más hombre que otra cosa, pero su
piel era oscura y dura y como córnea allá donde era visible, muy parecida a la
epidermis de alguna escurridiza criatura marina o, sí, como la dura quitina de
un escorpión. Me detuve inmediatamente cuando lo vi, recordando lo que
había oído de los guardianes de esta montaña y su mirada letal. Me cubrí
rápidamente los ojos con la mano y bajé la vista. Mi corazón latió desanimado.
En un lenguaje parecido al de la gente del desierto, la criatura-escorpión dijo:
— No tienes nada que temer de mí, extranjero. Recibimos muy pocos
visitantes aquí: sería una lástima matarlos.

Aquellas palabras me tranquilizaron. Me calmé, y bajé el brazo, y miré sin


temor a la criatura.

— ¿Es ésta la montaña llamada Mashu? -pregunté.

— Lo es.

— Entonces estoy realmente lejos de mi hogar.

— ¿Dónde está tu hogar, y por qué lo has abandonado?

— Soy de la ciudad de Uruk -respondí-, y mi nombre es Gilgamesh. Y he


abandonado mi hogar porque busco algo que no puede ser hallado allí.

— ¿Gilgamesh? ¿No es ése el nombre del rey, en Uruk?

— ¿Cómo sabes eso, en estas retiradas montañas?

— Oh, amigo mío, todo el mundo conoce a, Gilgamesh el rey, que es dos
partes dios y una parte mortal. ¿Hay en la tierra un hombre más feliz que él?

— Creo que tiene que haberlo -dije. Avancé lentamente subiendo el rocoso
sendero hasta que me detuve al mismo nivel que la criatura-escorpión. Dije
con suavidad-. Tienes que saber que soy Gilgamesh el rey. O lo era, porque he
abandonado mi reino muy atrás. -Nos estudiamos el uno al otro, frente a
frente, sin que ninguno de los dos supiera, supongo, qué hacer con su
oponente. Mi terror hacia la criatura había desaparecido por completo,
aunque lo extraño de su piel despertaba estremecimientos en mí. No sabría
decir si el ser-escorpión era parte demonio, o simplemente alguien
lastimosamente deformado de nacimiento: pero sus ojos, mirándome desde
aquel horroroso rostro, eran unos ojos gentiles y tristes, y nunca he visto
ningún demonio cuyos ojos fuesen gentiles y tristes.

Al cabo de un momento la criatura se dio la vuelta y me hizo señas de que le


siguiera, y caminó lenta y torpemente rodeando una curva de la colina hacia
una pequeña choza hecha de rocas planas y ramas retorcidas. Allí había un
segundo ser-escorpión, una mujer más horrible aún que el primero, con una
gruesa piel amarillenta que se alzaba en recortadas crestas y púas como una
pesada armadura. ¿Había hallado de alguna forma el hombre-escorpión una
compañera que compartiera su aflicción? ¿O era esta mujer su hermana, que
había heredado su deformidad de la misma sangre? Nunca supe cuál de las
dos cosas era cierta. Quizá fuera a la vez compañera y hermana: ¡quieran los
dioses que esos dos no engendren una raza de su tipo sobre el mundo! Por
horrible que fuera, sin embargo, era amable, y se puso inmediatamente a
preparar una especie de té de agujas de árbol y nueces molidas y me lo
ofreció. Ya era tarde, el aire era ligero, el día empezaba a ser fresco. Podían
verse ya algunas estrellas contra el deprimente gris del cielo del atardecer.
La criatura-hombre dijo:

— Este vagabundo es Gilgamesh rey de Uruk, cuyo cuerpo es de la carne de


los dioses.

— Ah -dijo ella sin mostrar la menor sorpresa, como si él le hubiera dicho: "es
el cabrero Kish-udul" o "éste es el pescador Ur-shuhadak". Vertió el té en una
tosca jarra de arcilla negra y me la tendió-. Aunque sea un dios, deseará algo
caliente para beber -se limitó a decir.

— No soy un dios -respondí-. Llevo sangre de dios en mí, pero soy mortal.

— Ah -dijo ella. El otro dijo:

— Ha venido hasta aquí buscando algo, pero no me ha dicho de qué se


trataba.

La mujer se alzó de hombros.

— No lo encontrará aquí, sea lo que sea. -Y dirigiéndose a mí-: Aquí no hay


nada en absoluto. Éste es un lugar deprimente y vacío.

— Lo que busco se halla más allá de este lugar.

Se encogió de nuevo de hombros y bebió en silencio su té. Parecía que no le


importaba por qué estaba yo allí, o qué buscaba. Bien, ¿por qué debía
importarle? ¿Qué eran Gilgamesh y su dolor para ella? Vivía allí, en aquel
terrible lugar, en aquel horrible cuerpo, y si un rey apenado y errante
aparecía un frío atardecer gris en busca de misterios y fantasías, ¿qué tenía
que ver eso con ella? La estudié atentamente por primera vez. Su rostro era
todo pliegues y huecos, monstruoso y repelente. Pero vi que sus ojos eran
suaves y cálidos dentro de aquel horrible cascarón, unos ojos tiernos, unos
ojos de mujer. Era como si hubiera sido atacada y devorada completamente
por algo espectral y extraño, y ahora mirara al exterior a través de aquella
envoltura.

Pero el otro sentía más curiosidad.

— ¿Qué es lo que buscas, Gilgamesh? -preguntó.

— En Uruk -dije-, vino a mí un extranjero, Enkidu se llamaba, y entablamos


una profunda amistad que nos unió con un lazo mucho más fuerte que
cualquier otro lazo que hubiera conocido nunca, más fuerte que el lazo que
une por el amor a un hombre y una mujer. Era mi amigo. El y yo soportamos
todo tipo de penalidades juntos, y nos amábamos profundamente.

— ¿Y luego murió?

— ¿Tú también lo sabes? -pregunté, sorprendido.

— No sé nada. Pero veo tu dolor envolverte como una nube negra.


— Lloré por él día y noche. Ni siquiera lo hubiera entregado para ser
enterrado, hasta que vi que era preciso hacerlo. Quizá pensé que si lloraba lo
suficiente, mi amigo volviera a la vida. Pero no lo hizo. Y desde que murió mi
propia vida ha estado vacía. Desde que murió he vagado por los páramos
como un cazador. No: como un loco. No veo nada que me aguarde excepto la
muerte, y el conocimiento de esa muerte vacía mi vida de toda vida. La
muerte es mi enemiga. -Miré fijamente a los ojos del hombre-escorpión-.
¡Quiero vencer a la muerte! -exclamé.

— Todos debemos morir -dijo la mujer con una voz baja y apagada-. La muerte
nunca llega demasiado pronto.

— ¡Será para ti, quizá! -dije fieramente.

— Viene, lo queramos o no. Yo digo: mejor aceptarla que luchar con ella. Es
una batalla que nadie puede ganar.

Agité la cabeza.

— Estás equivocada. ¿Cuánto tiempo hace que se produjo el Diluvio?


¡Ziusudra vive todavía!

— Por un favor especial de los dioses -dijo ella-. Él es el único. No volverá a


ocurrir de nuevo.

Sus palabras fueron como agua fría en mi rostro.

— ¿Estás segura? ¿Cómo puedes saberlo?

El hombre-escorpión apoyó una mano en mí. Tuve una impresión como de


rugosa madera contra mi piel.

— Tranquilo, tranquilo, amigo. Te excitas demasiado; te dará fiebre. Si los


dioses decidieron en una ocasión concederle ese don a Ziusudra, ¿qué
significa eso para ti?

— Mucho -respondí-. Dime esto: ¿está muy lejos de aquí la tierra de Dilmun?

— A una distancia muy grande, creo. Debes ir más allá de la cresta de la


montaña, y bajar por su lado difícil hasta el mar, y luego…

— ¿Puedes mostrarme el camino?

— Puedo decirte lo que sé. Pero lo que sé es que nadie ha alcanzado nunca
Dilmun desde aquí, y nadie lo conseguirá. El otro lado de la montaña es
terriblemente salvaje. Morirás de calor y sed. Caerás en barrancos. O serás
devorado por las bestias. O te perderás en la oscuridad, y morirás de hambre.

— Sólo señálame el camino, y encontraré Dilmun.


— ¿Y entonces qué, Gilgamesh? -preguntó calmadamente el hombre-
escorpión.

— Pienso buscar a Ziusudra -dije. Tengo preguntas que hacerle, acerca de la


muerte, acerca de la vida. Ha vivido centenares de años, o quizá sean miles:
debe conocer los secretos de todas las cosas. Me dirá cómo puede ser vencida
la muerte.

Ambas criaturas me miraron, y sus ojos estaban llenos de compasión, como si


yo fuera la monstruosidad y no ellos. Pero no dijeron nada. La mujer me
ofreció más té. El hombre se levantó y cojeó hacia la parte de atrás de su
choza y me trajo una especie de pan hecho de alguna semilla silvestre de la
montaña. Sabía a arena horneada, pero lo comí entero. Al cabo de largo rato
dijo:

— Por todo lo que he oído, y llevo viviendo aquí mucho tiempo, ningún
hombre o mujer nacido ha cruzado la extensión salvaje que se extiende ante
ti. Pero te aprecio, Gilgamesh. Por la mañana te llevaré hasta la cresta y te
mostraré el camino; y quieran los dioses guiarte sano y salvo hacia el mar.

Sonaba como si le estuviera hablando a un niño que, contra toda razón,


quiere seguir su camino. Había tristeza en su voz, y un poco de ira también, y
resignación. Resultaba claro que creía que de todo aquello yo no iba a extraer
más que desgracia. Bien, era razonable creer aquello; y él había visto lo que
había más allá del paso de la montaña y yo no. No importaba. No temía la
llegada de la desgracia, porque ya había venido con la desgracia a cuestas, y
ahora estaba decidido a seguir adelante hasta la tierra que se extiende más
allá de la desgracia. Para ello tenía que alcanzar Dilmun, y hablar con el
anciano Ziusudra, y si debía hacer ese viaje en medio del pesar y el dolor,
entre el peligro, el frío o el calor, suspirando o llorando, que así fuera. Aquella
noche dormí en el suelo de la choza de las criaturas-escorpión, escuchando
los secos y ásperos sonidos de su respiración. Cuando amaneció me dieron de
comer, de nuevo té y tortas de arenosa harina, y cuando el sol se asomó por
entre los picos de Mashu el hombre-escorpión dijo:

— Ven. Te mostraré el camino.

Subimos juntos a la cresta del paso. Desde allí miré a una cuenca de caídas y
cuarteadas rocas del color de los ladrillos cocidos que se extendía hacia abajo
hasta tan lejos como podía ver. A derecha e izquierda se extendía la selva:
pequeños árboles de retorcidas ramas en las alturas, un denso y negro bosque
al fondo. Parecía un lugar que hubiera sido abandonado de la presencia de
todos los dioses.

— ¿Hay animales salvajes? -pregunté.

— Lagartos. Cabras de largos cuernos. Algunos leones, no muchos.

— ¿Y hay demonios?

— No me sorprendería.
— Me he enfrentado antes con ellos -dije-. Quizá prefieran no molestarme,
puesto que saben que les traeré problemas si lo hacen.

— Quizá -dijo el hombre-escorpión.

— ¿Hay ríos? ¿Manantiales?

— Muy pocos, hasta que alcances el bosque bajo. Creo que tiene que haber
agua allí, puesto que los árboles crecen tan densos.

— ¿No has ido nunca hasta tan lejos?

— No -dijo-. Nunca. Nadie ha ido.

— Eso ya no será cierto mucho tiempo -dije, y me despedí de él dándole


cálidamente las gracias por todas sus bondades. Asintió con la cabeza pero no
me ofreció un abrazo. Estaba aún de pie en la cresta del paso mucho después
de que yo hubiera iniciado mi descenso; debió ser horas más tarde cuando
miré hacia arriba y vi su deforme y monstruosa silueta recortada contra el
cielo. No dejó de observarme después de eso. Le vi dos veces más mientras
seguía mi serpenteante descenso, y luego la cresta desapareció de mi vista.
31

Fue un viaje que trajo pocas alegrías y muchos desafíos. No lo recuerdo con
afecto. Descendí durante días la cara sur de la montaña, y el calor era
intenso: el sol, en su ascenso, me golpeaba como un gong que no podía ser
silenciado. Las noches eran terriblemente frías, con aullantes vientos que
cortaban como un cuchillo. Las rocas tenían bordes afilados y estaban sueltas,
y cuando las pisaba resbalaban a menudo, enviando nubes de seco y rojo
polvo a mi olfato. Dos veces me lastimé las piernas en el descenso; más de dos
veces me corté en mis caídas; me sentía constantemente atormentado por la
sed; y furiosas nubes de picantes insectos flotaban en torno a mi rostro
durante todo el camino ladera abajo, buscando mis ojos. Para comer no tenía
nada más que los lagartos que atrapaba mientras dormitaban al sol y los
saltantes insectos de largas patas que abundaban por todas partes. Para
conseguir agua masticaba las ramas de las raquíticas y retorcidas plantas,
aunque su savia ardía en mi boca. Al menos no vi demonios. Vi algunos
leones, tan melancólicos y cubiertos de polvo como yo mismo; pero se
mantuvieron a distancia. A menudo me pregunté si viviría para ver el final del
descenso, y más de una vez estuve convencido de que no lo conseguiría.

Sin embargo, a menudo ocurre que lo que uno considera absolutamente


imposible resulta ser en realidad tan sólo extremadamente difícil, o incluso
sólo incómodo. Aquél fue el caso. No pretenderé que fue un descenso fácil: es
posible que ningún otro hombre excepto yo hubiera podido conseguirlo, salvo
Enkidu. Pero demostró ser posible. Diré solamente que no volvería a
intentarlo de nuevo.

Luego el terrible paso quedó a mis espaldas. Cuando terminé el descenso del
Mashu me hallé entrando en una alta y reseca altiplanicie donde sólo crecían
pequeñas plantas espinosas: no era un hermoso lugar, pero al menos viajar
por ella no ponía a prueba mis fuerzas. Necesité muchos días para cruzarla.
Caminé con el paso rítmico y paciente de una mula o un buey en el yugo.

Pero a medida que avanzaba, las características de la región empezaron a


cambiar lentamente. La luz empezó a ser menos dura; el suelo, que hasta
entonces había sido rojizo y yermo, se volvió más oscuro y pareció más fértil.
Un suave y cálido viento que arrastraba humedad llegó hasta mí procedente
del sur. Crucé un valle tan estrecho que casi podía tocar sus dos lados con los
hombros, y cuando, salí de él emergí a una brumosa región de suave aire y
agradable luz solar, a cuyos valles caía un brillante y dulce rocío procedente
de las colinas que había al frente.

¡Qué agradable sensación fue sentir el rocío envolverme y bañar mi reseca y


polvorienta piel! Aquel lugar podía haber sido muy bien el jardín de los
dioses. Había flores por todas partes, con una fragancia como no había
conocido otra antes. La hierba era de un color verde pálido y acariciaba mis
piernas. El aire resplandecía como si fuese plata. Vi la tierra extenderse ante
mí como un gran abanico dorado, amplia y llana, con verdes colinas a su
extremo y un resplandeciente mar en algún lado más allá. No podía decir
cuánto me tomaría alcanzar aquel mar, pero supe que tenía que ir allí, y que
hallaría la bendita tierra de Dilmun en su orilla más alejada.

Lleno aún de arañazos y envarado por el largo descenso, con los ojos
enloquecidos, vestido sólo con una desgarrada y acartonada piel de león,
caminé maravillado por aquel país de belleza. Tuve la impresión de que los
frutos que colgaban densos de las parras eran frutos de cornalina, y que las
hojas de las plantas eran de lapislázuli, con dulces y lujuriantes frutos
anidados entre ellas. Mirara donde mirara creía ver joyas vivientes: ágata y
coral, ónice, topacio.

Mientras caminaba en medio de aquel esplendor sentí que mis heridas


empezaban a sanar. Estaba completamente cubierto por las supurantes
mordeduras de los insectos y las heridas que había recibido de las rocas
cortantes y deslizantes; mi pelo y barba eran sucias marañas llenas de
pústulas; mi lengua estaba hinchada por la sed: pero empecé a sanar. Hallé
una fresca laguna de pura agua azul, y bebí y me lavé, y descansé largo
tiempo, escuchando el zumbar de las abejas, que nunca pensaron en picarme.
Su sonido era como una música encantadora. Blancos pájaros con patas como
zancos hacían una pausa en su búsqueda de alimento para mirarme, y casi
parecía que me sonrieran.

Me sentía en paz. Había pasado mucho tiempo desde que había conocido
algún tipo de paz; y no creo que haya conocido nunca paz como la que sentí
allí en aquellos momentos. Había en aquella tierra una alegría y un silencio
que me invitaban a descansar, mientras permanecía tendido al lado de
aquella fresca laguna. No sentía ninguna necesidad urgente de seguir
adelante, ni tampoco de volver a mi ciudad de Uruk: estaba contento allí
donde estaba. Me pregunto ahora si alguna vez antes conocí una ocasión
como aquella en que me sintiera satisfecho como estaba; pero no me hice esa
pregunta entonces, no sentía la necesidad de ninguna respuesta. Un hombre
realmente en paz no se hace preguntas de este tipo. Pero creo que la paz y la
alegría no son nativas de mi espíritu; no estoy acostumbrado a pasar mi
tiempo en su compañía. Porque mientras permanecía tendido allí pensé en
Enkidu, que no había llegado a conocer nada de aquel maravilloso lugar.

— ¿Lo ves, hermano? -sentí deseos de decirle-. ¡Los árboles tienen frutos
como joyas, y los pájaros caminan sobre zancos, y el aire es tan dulce como
un vino joven! ¿Has visto alguna vez un lugar tan hermoso, hermano? En
todos tus vagabundeos por los bosques, ¿has visto alguna vez un lugar como
éste?

Podía decirle aquello, pero él no me oiría, y una terrible tristeza me abrumó


en medio de toda aquella alegría y paz. Me hubiera echado a llorar, pero me
sentía más allá de todo llanto; y así no pude librarme de mi tristeza.

La desesperanza volvió a mi corazón. No pude hallar mi camino de regreso a


aquel momento de paz. Este lugar era hermoso, sí, pero yo estaba solo, y
nunca podría olvidar aquello; y cada aliento que exhalaba me acercaba un
poco más a mi final. Así que me vi envuelto una vez más en pesar y
consternación, que habían parecido convertirse en mi estado natural.
Entonces, en mi pesar, alcé la vista hacia el sol y vi a Utu el dios brillante
mirándome desde las alturas. Le envié media plegaria, sólo la más pequeña
petición de un poco de solaz. Y creí oírle decir:

— ¿Crees que hay alguna esperanza de ello? ¡Cuan lejos has viajado,
Gilgamesh! ¿Y para qué? ¿Para qué? Nunca encontrarás la vida que buscas.

— Pretendo encontrarla, oh grande -le dije al dios.

— ¡Ah, Gilgamesh, Gilgamesh, qué ingenuo eres! Intenté mirar directamente


al corazón del dios, pero no pude. Así que me volví y le miré brillando en el
corazón de la laguna, y al dios de la laguna le dije:

— ¡Óyeme, Utu! ¿He caminado y penado por todos esos lugares salvajes para
nada? ¿Estoy destinado simplemente a yacer en el corazón de la tierra y
dormir durante todos los años por venir? ¡Haz que no sea así! ¡Libérame de
esa larga oscuridad, Utu! ¡Permite que mis ojos continúen viendo el sol hasta
que me haya llenado de él!

Creo que oyó mi plegaria. Pero no puedo decir qué respuesta me dio, porque
no oí ninguna; y al cabo de un rato una nube cruzó el rostro del sol, y ya no
sentí la presencia de Utu cerca de mí. Entonces me levanté y me envolví en
mi raída piel de león, y me dispuse a seguir adelante. Porque, pese a toda la
belleza de aquel lugar, no pude recuperar aquella sensación de alegría que
por unos momentos había conocido allí. Pero la desesperación había huido
también de mí. Me sentía tranquilo. Quizá no sintiera nada en absoluto. Eso
no es la paz; pero es mejor que la desesperación.

Seguí adelante, sin sentir nada, sin pensar nada; y al cabo de algunos días
más el aire me trajo un nuevo sabor, penetrante y extraño, como el sabor del
metal en la lengua. Era el sabor de la sal; era el sabor del mar. Así pues, mi
largo peregrinaje estaba tocando a su fin. Por aquel sabor de sal en el aire
supe que debía estar acercándome a la orilla de la tierra que se extiende
frente a la bendita isla de Dilmun, donde mora el eterno Ziusudra. De eso no
tenía la menor duda.
32

Llegué a la ciudad que se extiende en la costa opuesta a Dilmun con el


aspecto de un salvaje, como un segundo Enkidu. No es realmente una ciudad,
supongo; no tiene ni una décima parte del tamaño de Uruk, ni siquiera es tan
grande como Nippur o Shuruppak. Es sólo una pequeña ciudad costera, un
poblado más bien; un lugar donde viven los pescadores, y aquellos que
reparan las redes de los pescadores. Pero a mí me parecía una ciudad, porque
había estado demasiado tiempo en las tierras salvajes.

En realidad era un lugar lamentable. Sus calles estaban sin pavimentar, sus
jardines eran escasos y mal cuidados, la sal del aire corroía los ladrillos de sus
edificios. Vi lo que podía ser un templo; al menos estaba erigido sobre una
pequeña plataforma. Pero era una estructura pequeña y destartalada, y no
podría decir el nombre del dios al que estaba dedicado. Dudo que fuera
ninguno de nuestros dioses. La gente del lugar era delgada y de piel oscura, e
iba prácticamente desnuda excepto una banda de tela blanca en torno a su
cintura. Hacían bien, porque el calor allí era como el de la Tierra en lo más
profundo del verano; pero aún no estábamos en verano. Era una ciudad
vulgar y chillona; pero para mí seguía siendo una ciudad. Entré en ella,
buscando alojamiento y alguien que pudiera decirme dónde podía contratar
una barca que me llevara hasta Dilmun.

Supongo que cualquier extranjero despertaría una cierta expectación en


aquel soñoliento poblado. Pocos viajeros debían llegar hasta allí en busca de
su esplendor. Los visitantes de cualquier tipo debían ser una rareza. Pero
seguro que ocasionaría algunos comentarios el que un hombre de gigantesca
estatura apareciera caminando por sus destartaladas calles, demacrado y con
los ojos extraviados, vestido con la piel de un león y reclinándose en un
enorme bastón puntiagudo. Los primeros en verme fueron algunos niños -
huyeron a la carrera-, y luego unos cuantos chicos mayores, y después, uno a
uno, los habitantes de la ciudad fueron apareciendo para mirarme y señalar.
Les oí murmurar entre ellos. Hablaban una versión de ese mismo lenguaje
que hablan las tribus del desierto, y que es hablado en muchos lugares
fronterizos de la Tierra. Los giros que empleaban no eran muy parecidos a los
que usa la gente del desierto cuando viene a vivir en las ciudades de la Tierra;
pero podía comprenderles bastante bien. Algunos de ellos pensaban que yo
era un demonio, y algunos un pirata naufragado, y algunos un bandido. Les
dije:

— ¿Hay algún lugar donde pueda comprar comida y bebida, y alquilar una
cama para la noche?

Se echaron a reír a mis palabras: una risa nerviosa quizá, o tal vez sólo fuera
que mi acento les sonaba tan bárbaro. Pero luego una mujer señaló hacia una
retorcida y lodosa calle un poco más abajo y a un pequeño edificio de paredes
blancas, más bonito y bien conservado que cualquier otro de las
inmediaciones. La brisa me trajo el aroma de cerveza: una taberna de
marineros, me di cuenta.

Fui hacia allá. Cuando me acercaba a su puerta, salió una mujer y me miró.
Era alta y bien parecida, de ojos firmes y cuerpo fuerte: sus hombros casi
eran tan anchos como los de un hombre. Me miró por un momento como si
fuera un lobo que hubiera acudido hasta su puerta; y entonces, con gran
fuerza, cerró la puerta en mis narices. Oí el correr de un cerrojo dentro.

— Espera, ¿qué es esto? -exclamé-. ¡Todo lo que busco es alojamiento para


una noche!

— Aquí no lo encontrarás -dijo desde el otro lado.

— ¿Es ésta la hospitalidad de este lugar? ¿Qué has visto que te ha asustado
tanto? ¡Vamos, mujer, no voy a hacerte ningún daño!

Hubo un silencio. Luego dijo:

— Es tu rostro lo que asusta. Creo que es el rostro de un asesino.

— ¿Un asesino? ¡No, mujer, no soy ningún asesino, sólo un viajero cansado!
¡Abre! ¡Abre! -Y en mi debilidad me sentí invadido por una terrible ira. Alcé el
bastón y dije-: ¡Abre, o derribaré la puerta! ¡La echaré abajo! -Golpeé una vez,
y otra, y oí crujir la madera. No me hubiera costado demasiado romperla.
Golpeé una tercera vez, y oí de nuevo el cerrojo. La puerta se abrió y la mujer
se plantó delante de mí, en absoluto asustada. Tenía la mandíbula encajada,
los brazos cruzados al pecho. En sus ojos había una furia igual a la mía. Dijo
secamente:

— ¿Sabes cuál es el precio de una puerta nueva? ¿Con qué derecho la


golpeas?

— Busco alojamiento, y esa gente de ahí arriba me ha dicho que esto es una
taberna.

— Lo es. Pero no tengo obligación de dejar entrar a cualquier vagabundo


holgazán que aparezca por aquí.

— Cometes una injusticia conmigo, mujer. No soy ningún vagabundo


holgazán.

— Entonces, ¿por qué tienes el rostro de uno? Le dije que eso era también
una injusticia: había recorrido un largo camino, y el viaje había dejado sus
huellas en mí, pero no era un vagabundo holgazán. Tomé algunas monedas de
plata de la bolsa que llevaba a la cintura y se las mostré.

— Si no quieres dejarme dormir aquí esta noche, ¿al menos me darás una
jarra de cerveza? -pregunté.

— Entra -dijo a regañadientes.


Entré. Cerró la puerta a mis espaldas. El lugar era fresco y oscuro; agradecí
penetrar en él. Le tendí una de mis monedas de plata, pero la rechazó con un
gesto y dijo mientras me traía la cerveza:

— Más tarde, más tarde. No soy tan codiciosa de tu plata como pareces
pensar. ¿Quién eres, viajero? ¿De dónde vienes?

Pensé en inventarme un nombre; pero de pronto pareció no haber ninguna


razón para nacerlo.

— Soy Gilgamesh -dije, y aguardé a que ella se echara a reír en mi cara, como
haría cualquiera si dijese: "Soy Enlil", o "Soy An el Padre Cielo". Pero no se
echó a reír. Me miró largo y rato, muy de cerca, con el ceño fruncido. Sentí su
presencia, fuerte y cálida y buena. Al cabo de unos instantes dije-: ¿Has oído
hablar de mí?

— Todo el mundo conoce el nombre de Gilgamesh.

— ¿Y es Gilgamesh un asesino?

— Es rey en Uruk. Los reyes tienen sangre en las manos.

— Maté al demonio en el bosque, sí. Maté al Toro de los Cielos, cuando la


diosa lo dejó suelto para que asolara mi ciudad. He tomado otras vidas
cuando ha habido necesidad, pero siempre sólo cuando ha habido necesidad.
Sin embargo, me cerraste tu puerta como si yo fuera un vulgar salteador de
caminos. No soy eso.

— Ah, ¿pero eres Gilgamesh? ¡Me pides que crea algo muy grande, viajero!

— ¿Por qué dudas de mí? -pregunté.

Lentamente, dijo:

— Si eres en realidad Gilgamesh de Uruk, y por tu estatura y tu corpulencia y


por cierta majestad que veo en ti supongo que podría ser cierto, ¿cómo es que
tus mejillas están tan hundidas, y tu rostro tan torvo, y tus rasgos tan
carcomidos por el calor y el frío y el viento? ¿Es ése el estilo de un rey? Y tus
ropas son puros andrajos. ¿Visten de este modo los reyes?

— He permanecido mucho tiempo en la selva -respondí-. En Elam, y al norte


en la tierra llamada Uri, y en los desiertos, y cruzando la montaña conocida
como monte Mashu, y en muchos otros lugares. Si parezco gastado por la
intemperie y los elementos, hay buenas razones para ello. Pero soy
Gilgamesh. Agitó la cabeza.

— Gilgamesh es un rey. Los reyes son los amos del mundo; viven en la alegría
y la comodidad. Tú eres un hombre con aflicción en el vientre y dolor en el
corazón. No es difícil ver eso.

— Soy Gilgamesh -dije. Y porque había calidez y fuerza en ella, le conté por
qué había iniciado mi peregrinaje. Sobre una jarra de cerveza, y luego otra, le
hablé de Enkidu, mi hermano, mi amigo al que tan profundamente había
amado, él que había cazado el asno salvaje de las colinas, la pantera de la
estepa. Le dije cómo habíamos vivido lado a lado, cómo habíamos cazado
juntos y habíamos luchado juntos y nos habíamos divertido juntos, cómo
habíamos realizado juntos grandes y numerosas hazañas; le dije cómo se
había puesto enfermo, y cómo había muerto; le dije cómo le había llorado.

— Su muerte pesa enormemente en mí -le dije-. Fue la más dolorosa de las


pérdidas. ¿Cómo puedo sentirme en paz? ¡Mi amigo, al que amaba, se ha
convertido en arcilla!

— Tu amigo está muerto. Lo has llorado; ahora olvídalo. Nadie se apena como
tú te apenas.

— No lo comprendes.

— Entonces cuéntamelo -dijo, y me dio otra cerveza.

Di un largo sorbo del dulce y espumoso líquido antes de hablar.

— Su muerte despertó mi miedo ante mi propia muerte. Y así, temiendo a la


muerte, vagué de tierra en tierra.

— Todos debemos morir, Gilgamesh.

— Eso he oído, una y otra vez; de la mujer-escorpión en la montaña, de Utu en


las alturas, de ti ahora. ¿Ha de ser así? ¿Debo terminar yaciendo como
Enkidu, para no volver a levantarme en toda la eternidad?

— Éste es el camino -dijo con calma.

Sentí ascender en mí una ardiente furia. ¡Cuántas veces había oído esto! Éste
es él camino, éste es el camino, éste es el camino… , las palabras empezaban
a sonar como el balido de las ovejas en mis oídos. ¿Acaso era yo el único que
desdeñaba la soberanía de la muerte?

— ¡No! -grité-. ¡No lo aceptaré! Seguiré adelante, atravesaré todo el mundo si


es necesario, hasta que averigüe cómo escapar de la mano de la muerte.

La tabernera se me acercó y me miró profundamente. Apoyó ligeramente su


mano en mi brazo. Una vez más sentí su fuerza, y la ternura dentro de aquella
fuerza. Había una presencia divina en aquella mujer; tenía dentro de ella la
fuerza maternal. Dijo con suavidad:

— Gilgamesh, Gilgamesh, ¿hacia dónde corres? Nunca hallarás esa vida


eterna que buscas. ¿No puedes llegar a comprender nunca eso? Cuando los
dioses crearon la humanidad, crearon también la muerte. Nos adjudicaron la
muerte a todos nosotros, y reservaron la vida para ellos.

— No -murmuré-. No. No.


— Éste es el camino. Olvida tu búsqueda. En vez de ello vive bien mientras
vivas. Llena tu vientre. Sé feliz, día y noche: baila y canta, diviértete y
disfruta. Echa a un lado estos harapos y ponte ropas limpias y nuevas. Lava tu
pelo, baña tu cuerpo, permanece siempre fresco y limpio y puro. Disfruta del
pequeño que se coge de tu mano, disfruta de la esposa que se deleita en tu
abrazo. Éste es también el camino, Gilgamesh. Y es el único camino: vive
alegre mientras tengas vida. Deja de atormentarte; deja de buscar.

— No puedo descansar -dije.

— Esta noche descansarás. -Me hizo ponerme en pie. Era tan alta que me
llegaba casi al pecho-. Soy Siduri -dijo-. Vivo tranquila al lado del mar, y a
veces los extranjeros acuden a mi taberna, pero no a menudo. Cuando vienen
los trato con cortesía, porque, ¿cuál es mi tarea en la tierra, sino velar por el
confort de los caminantes? Ven conmigo, Gilgamesh.

Y me bañó, y lavó y cortó y peinó mi pelo y barba; y me preparó una comida


de cebada y carne estofada, y en vez de cerveza bebimos un espléndido vino
de un claro color dorado. Luego me hizo acostar en su cama y me masajeó
hasta que toda debilidad huyó de mi cuerpo; y pasé la noche abrazado a ella.
Nadie me había abrazado de aquel modo desde que era un niño pequeño. Su
aliento era cálido y sus pechos llenos y su piel suave. Me perdí en ella. Es
bueno a veces perderse de este modo; pero nadie puede permanecer perdido
así mucho tiempo, o al menos eso me parece. Antes de que amaneciera estaba
despierto, e intranquilo, aunque Siduri siguiera a mi lado. Le dije que debía
irme; y de nuevo dijo, con suavidad, casi como un reproche:

— Gilgamesh, Gilgamesh, ¿adonde quieres correr ahora?

— Tengo intención de ir a Dilmun, y hablar con Ziusudra.

— Él no puede ayudarte.

— De todos modos, debo ir.

— Cruzar el mar es penoso.

— Indudablemente lo es. Dime cómo puedo llegar hasta allí.

— ¿Por qué crees que hallarás a Ziusudra, aunque alcances Dilmun?

— Porque soy Gilgamesh el rey -le respondí-. Él me recibirá. Y me ayudará.

— Ziusudra no existe -dijo Siduri.

Reí secamente.

— ¿Debo creer eso? Los propios dioses le recompensaron con la vida eterna y
lo enviaron a morar a Dilmun. Sé todo esto. ¿Por qué intentas desanimarme,
Siduri?
— ¡Qué terco eres! -Emitió un sonido ronroneante, y se me acercó más-.
¡Quédate conmigo, Gilgamesh! Vive junto al mar, vive tranquilo, ¡envejece en
paz!

Sonreí. Acaricié sus mejillas y las profundas cuencas de sus pechos. Pero
luego dije:

— Explícame cómo puedo llegar a Dilmun.

Suspiró. Al cabo de un momento respondió:

— Hay un barquero, de nombre Sursunabu, que sirve a Ziusudra y a los


sacerdotes de Ziusudra. Viene cada mes a tierra firme para comprar algunos
productos. Creo que llegará dentro de uno o dos días. Cuando venga, le
pediré que te lleve de vuelta con él a Dilmun. Quizá acepte.

Le di las gracias. La mantuve durante largo rato entre mis brazos.

Durante tres días viví en la taberna de Siduri a la orilla del cálido mar verde.
Me alimentó bien y me bañó y durmió conmigo. Me descubrí pensando a
veces que esta vida no era en realidad tan mala, que tal vez no me resultara
imposible seguir así indefinidamente, sin pensar en el mañana, viviendo sólo
los tranquilos placeres del momento. ¿Por qué no? ¿Qué me ofrecía el
mañana, excepto la muerte y la oscuridad? Pero no creía realmente que
pudiera vivir de aquel modo durante mucho tiempo. Y tampoco lo creía Siduri.
Al cuarto día, mientras permanecía durmiendo tras una larga noche de hacer
el amor, vino hasta mí y me sacudió por el hombro y susurró:

— ¡Despierta, Gilgamesh! El barquero Sursunabu ha venido de Dilmun.


Arriba, vístete, ven conmigo al puerto, si quieres obtener pasaje con él.
33

¡Dilmun! ¡Sagrada isla! ¡Paraíso de los dioses!

Cuentan tantas historias fabulosas de Dilmun, todos aquellos cuyo negocio es


contar historias: los arpistas, los sacerdotes, los narradores en los mercados.
Se halla al sur, allá donde los Dos Ríos penetran en el Mar del Sol Naciente.
Dicen que es un lugar donde no existen ni la enfermedad ni la muerte, donde
todo es puro y limpio y brillante, donde el cuervo no croa y el lobo no se
arroja sobre la oveja. Ha sido morada de los dioses: Enki vivió allí; Ninhursag
vivió allí; y juntos dieron nacimiento a dioses y diosas. Utu sonríe
constantemente en Dilmun; siempre hay flores; el agua es la más dulce del
mundo.

Pero yo he estado allí. Os contaré la auténtica Dilmun.

Puede que sea de hecho el paraíso. Sin embargo, en el mejor de los casos, es
un paraíso terreno, un lugar agradable pero no sin imperfecciones. Recibe su
parte de las durezas e incomodidades que afligen al mundo. Hay días donde
no brilla el sol; hay días en los que soplan vientos tormentosos. Uno puede
enfermar en Dilmun, y uno puede morir; uno puede descubrir a los ratones
comiéndose sus sacos de cebada, o verse infestado por los insectos; hay
mendigos allí, y gente que ha nacido sin piernas u ojos, y otros
desafortunados. Sin embargo, es un lugar agradable: los he conocido peores.
El aire es cálido y suave, lo cual resulta extraño para nosotros, porque en la
Tierra la estación cálida es la estación seca, y el aire no retiene la humedad;
pero en Dilmun el aire es húmedo todo el tiempo, aunque llueve poco.
Durante el invierno la brisa sopla del norte y el calor se soporta más
fácilmente. Es una isla pequeña, pero muy fértil, con agua abundante, con
ricos bosques de palmeras datileras. Las casas son blancas, de techo plano.
Hay una gran prosperidad. La buena fortuna de Dilmun es su localización en
el Mar del Sol Naciente. Vive del comercio, y vive bien. Sus barcos van no
sólo a las ciudades de la Tierra que se hallan a lo largo de los Dos Ríos, sino a
lugares tan lejanos como Meluhha y Makan y otros reinos aún más remotos,
de los que poco se sabe en Uruk. Por los mercados de Dilmun pasa el cobre
de las minas de Makan y el oro de Meluhha, maderas exóticas de los países
del distante este, marfil y lapislázuli y cornalina de Elam y las naciones de
más allá, y también todos los productos manufacturados de la Tierra, nuestros
textiles y nuestros utensilios de cobre y bronce y nuestras finas joyas. He
visto en las tiendas de Dilmun las finas y suaves piedras verdes que vienen de
alguna región más allá del borde del mundo; nadie conoce su nombre, pero
saben que las piedras vienen de allá, extraídas de la tierra por demonios de
piel amarilla. Todo lo de este mundo y de los mundos de más allá pasa por
Dilmun en su camino para ser vendido en alguna otra parte, y cualquier cosa
que pase por Dilmun crea más riqueza para los mercaderes de Dilmun a su
paso. Si la riqueza es el sello del paraíso, entonces Dilmun es el paraíso.
Puedo comprender por qué Enlil envió a Ziusudra allá como su eterna
recompensa. Sus mercaderes están gordos y su aspecto es próspero. Hacen
grandes negocios y viven en espléndidos palacios. Algún día, creo, un rey que
no comprenda el valor de poseer un puerto como Dilmun para el bien del
comercio del mundo caerá sobre ella como un león, y matará a esos orondos
mercaderes para poder apoderarse de las riquezas de sus repletos almacenes.
Eso será terrible para Dilmun; pero hasta que llegue ese día será un lugar
donde la vida es placentera y la gente vulgar puede vivir como reyes. En
realidad no estuve mucho tiempo en Dilmun. Lo que descubrí fue que Dilmun
no es el hogar de Ziusudra, aunque Ziusudra existe realmente, aunque no sea
exactamente el Ziusudra que las fábulas me habían hecho esperar. Vive no en
Dilmun sino en una isla aún más pequeña que no tiene nombre y que se halla
quizá a media legua de distancia de su orilla occidental. Supe eso de boca del
barquero Sursunabu. Fue la primera de las muchas cosas que iba a averiguar
de Ziusudra antes de que abandonara aquellas benditas islas.

El barquero era un viejo flaco de pelo gris atado en un gran nudo detrás de su
cabeza. Llevaba sólo una banda de andrajosa tela marrón en torno a sus
caderas, y su piel estaba tan curtida como el cuero. Lo hallé en el puerto del
poblado de pescadores, cargando cosas en un bote largo y estrecho,
construido con cañas cubiertas de una espesa capa de pez. Cuando nos
acercamos, saludó a Siduri amablemente pero sin calor, y apenas pareció
reparar en mí.

La tabernera dijo:

— Te traigo un pasajero, Sursunabu. Es Gilgamesh de Uruk, que quiere


hablar con Ziusudra.

— Dejemos que hable con Ziusudra, entonces. ¿Qué tiene que ver eso
conmigo?

— Necesita pasaje hasta la isla.

Sursunabu se encogió de hombros y dijo:

— Dejemos que encuentre pasaje hasta la isla si es eso lo que quiere. Y luego
dejemos que vea si Ziusudra quiere hablar con él.

— Muéstrale tu plata -me dijo Siduri.

Avancé unos pasos y dije:

— Puedo pagar bien por mi pasaje.

El barquero me lanzó una inexpresiva mirada.

— ¿Para qué necesito tu metal?

¡Un hombre atrevido! Pero no había altanería en él. Era tan sólo indiferencia.
No me había encontrado con nada así antes, y lo consideré un misterio.

Sentí que la ira montaba en mí.


— ¿Por qué te niegas a mí? ¡Soy rey en Uruk!

— Ve con cuidado, Sursunabu -dijo Siduri-. Se toma a mal las negativas. Su


carácter es fiero, y siente un inmenso amor hacia sí mismo.

Me volví hacia ella, con la boca abierta. -¿Qué estás diciendo?

Sonrió. Pareció una sonrisa tierna, en absoluto burlona. Respondió:

— Sólo tú, entre toda la humanidad, te enfureces cuando consideras tu propia


muerte. ¿Qué es eso sino amor hacia sí mismo, Gilgamesh? Lloras tu propia
posibilidad de morir. Lloras más profundamente por ti mismo de lo que lo
hayas hecho nunca por ese amigo tuyo que murió.

Me sentí desconcertado, tanto por la brutal sinceridad de sus palabras como


por el pensamiento de que tal vez hubiera razón en ellas. La miré
parpadeando; luché por replicar. Pero no pude hallar ninguna respuesta.

Siguió:

— Tú mismo lo dijiste. Lloraste enormemente por tu Enkidu, pero fue el temor


a la muerte, a tu propia muerte, lo que te arrojó de tu ciudad hacia las selvas
y los páramos. ¿No es así? Y ahora corres a Ziusudra, pensando que te
enseñará cómo escapar de la muerte. ¿Se ha amado más alguna vez un
hombre a sí mismo? -La tabernera se echó a reír y miró al barquero-. ¡Vamos,
Sursunabu, pon mejor cara a las cosas! Este hombre es rey en Uruk, y sueña
con vivir eternamente. Llévalo a Ziusudra, te lo suplico. Deja que aprenda lo
que tiene que aprender.

El barquero escupió y siguió cargando su bote. Aquello era demasiado, el


desdén del barquero y el cortante filo de las palabras de Siduri. Mi ira
desbordó. Hubo un fuego repentino en mi espíritu. Sentí un redoble en mi
cabeza, mis manos temblaron. Avancé furioso hacia Sursunabu. Había una
hilera de pequeñas columnas de piedra pulida en el suelo entre yo y el bote;
las aparté furiosamente con el pie, arrojando algunas al agua, rompiendo
otras, para poder llegar junto a Sursunabu. Lo sujeté por el hombro. Alzó la
vista hacia mí, sin mostrar el menor miedo, aunque yo tenía dos veces su
tamaño y podía partirle en dos tan fácilmente como había partido aquellas
cosas de piedra. Ante aquella mirada carente de miedo mi ira retrocedió un
poco, y lo solté, conteniendo la respiración, intentando enfriar el sofocante
fuego que ardía en mi alma.

Tan humildemente como pude, dije:

— Te lo suplico, barquero: llévame ante tu dueño. Te pagaré el precio que


pidas, sea cual sea.

— Ya te lo he dicho, no necesito tu metal.

— Llévame de todos modos. Por amor a los dioses, cuyo hijo soy.
— ¿Lo eres realmente? Entonces, ¿qué miedo tienes de la muerte?

Sentí que mi ira volvía ante aquellas palabras que me recordaban demasiadas
cosas, pero la dominé de nuevo.

— ¿Debo arrodillarme? ¿Debo suplicarte? ¿Es algo tan grande llevarme hasta
tu isla?

Se echó a reír, una risa aguda y extraña.

— Ahora es una gran cosa, oh estúpido Gilgamesh. En tu ira has destruido las
piedras sagradas que aseguran una travesía feliz: ¿no lo sabías? Nos hubieran
protegido. Pero las has roto.

Me sentí profundamente avergonzado. Raras veces mi humillación ha sido tan


grande. Mis mejillas se encendieron; me dejé caer de rodillas e intenté reunir
de nuevo las pequeñas columnas de piedra. Pero había caído sobre ellas
demasiado vigorosamente; estaban rotas en muchos trozos, y no podía decir
cuántas había tirado al mar, pero eran más que unas pocas. Reuní torpemente
las que quedaban. Con un gesto, Sursunabu me dijo que era inútil.

— Nos las arreglaremos sin ellas -dijo-. Los riesgos serán mayores. Pero si
eres realmente el hijo de los dioses, quizá puedas pedirles que velen por
nosotros durante la travesía.

— ¡Entonces me llevarás!

— ¿Por qué no? -dijo, encogiéndose una vez más de hombros.

Siduri se acercó a mí. Tomó mis manos entre las suyas, apretó sus suaves
senos contra mi pecho. Dijo con suavidad:

— No pretendía burlarme de ti, Gilgamesh. Pero creo que había algo de


verdad en mis palabras, por duras que fuesen.

— Es posible.

— Pese a las cosas que dije, espero que halles lo que buscas.

— Te lo agradezco, Siduri. Ese deseo, y todo lo demás.

— Pero si no consigues hallarlo, quizá decidas volver aquí. Siempre habrá un


lugar para ti a mi lado, Gilgamesh.

— Hay muchos lugares peores donde ir -le dije-. Pero no creo que vuelva.

— Entonces adiós, Gilgamesh.

— Adiós, Siduri.

Me abrazó, y ofreció una plegaria, hablándole a alguna diosa que no era


ninguna de las diosas que yo conocía. Rezó para que yo hallara la paz, para
que llegara pronto al final de mi peregrinaje. La única paz que podía ver para
mí en aquellos momentos era la paz de la tumba, y esperé que Siduri no se
refiriera a ésa; pero decidí aceptar su plegaria en su mejor significado, y le di
las gracias por ella. Entonces el barquero me hizo una seña de aquella ruda
manera suya. Subí al bote y tomé asiento a la proa, junto a unas balas de paja.
Empujó la embarcación alejándola de la orilla, corriendo un corto trecho por
el agua antes de saltar dentro, a mi lado.

Silenciosamente, pusimos rumbo a Dilmun. Los dioses nos protegieron, pese a


que yo había destruido aquellas cosas de piedra, y nuestra travesía fue
plácida, bajo un brillante cielo. Durante un tiempo nos balanceamos en aguas
abiertas -ya no verdes aquí, sino azules, con el azul profundo de alta mar-, y
no hubo tierra a la vista en ninguna parte, ni detrás de nosotros ni delante de
nosotros. Eso me hizo sentirme intranquilo. Nunca antes había estado fuera
de la vista de toda tierra. Sentí la presencia del gran abismo a todo mi
alrededor. Creí poder mirar al agua y ver al poderoso señor de las
profundidades, el gigante Enki, en su morada. Imaginé que podía distinguir
los cuernos de su corona. Y en el calor del día sentí un estremecimiento, ese
estremecimiento de frío que te sacude cuando te acercas demasiado a los
grandes dioses. Pero le recé, diciendo: Soy Gilgamesh hijo de Lugalbanda, rey
en Uruk, y busco lo que debo buscar: compadécete de mí hasta que lo
encuentre, gran y sabio Enki . Mi plegaria se hundió en el abismo, y supongo
que debió ser oída, porque cuando ya atardecía vi una oscura línea de
palmeras en el horizonte, y las blancas murallas de piedra caliza de una gran
ciudad resplandeciendo a la última luz del sol, con muchas embarcaciones
varadas en la playa frente a ella.

— Dilmun -gruñó Sursunabu. Fue la única palabra que pronunció en toda la


travesía.
34

Permanecí allí cinco días, o quizá seis, mientras aguardaba ser introducido en
presencia de Ziusudra. Fue un tiempo de inquietud. Por Sursunabu había
sabido que el patriarca no vivía en la propia Dilmun, sino que tenía su retiro
en una de las islas adyacentes más pequeñas, rodeado por una compañía de
nombres y mujeres santos. Pocos eran admitidos como peregrinos a aquella
isla; si yo iba a ser uno de ellos era algo que no podía decir. A su manera seca
y hosca, Sursunabu sólo me prometió llevar mi petición. Luego se fue,
dejándome atrás en Dilmun. Me pregunté si volvería a verle alguna vez.

Os lo digo, no estaba acostumbrado a suplicar favores a un barquero, ni a


pedir humildemente permiso para viajar aquí y allá. Pero era un arte que
tenía que aprender, porque no había otro camino. Me dije a mí mismo que los
dioses habían decretado esas cosas sobre mí como un estadio más en mi
iniciación a la auténtica sabiduría.

En una hospedería cerca de la zona portuaria encontré agradable


alojamiento: una amplia y aireada habitación, abierta al mar, a la luz del sol y
a la brisa. Esa no es la forma en que construimos en la Tierra, donde es una
locura practicar aberturas en las pare des; pero nuestros inviernos son mucho
más duros que los de Dilmun. No parecía prudente anunciar mi auténtico
rango en aquel lugar, de modo que le di al posadero el nombre de Lugal-
amarku, que es el nombre del pequeño mago jorobado cuyos servicios había
utilizado de tanto en tanto. Ahora me servía de nuevo sin saberlo.

No había forma de disimular mi altura ni la amplitud de mis hombros, pero al


menos intenté comportarme de una forma no regia, hundiendo el pecho y
bajando la barbilla. No miraba a nadie a menos que me miraran, y no hablaba
con nadie a menos que fuese inevitable. Ignoro si alguien me reconoció; pero
nadie, en cualquier caso, me saludó al rostro como rey de Uruk.

La ciudad hormigueaba de mercaderes y marinos de todas nacionalidades.


Algunos hablaban lenguas que me eran familiares -oí el lenguaje de la Tierra
muchas veces, y también el lenguaje de los moradores del desierto, que es el
nativo de Dilmun y todas las regiones adyacentes-, pero otros hablaban de
una forma sorprendentemente incomprensible, como lo que uno oye cuando
alguien le habla en sueños. Ignoro cómo se entendían: uno de los lenguajes
estaba formado casi exclusivamente por chasquidos y resoplidos y ronquidos,
y otro fluía como un rápido río, uniendo entre sí las palabras sin ninguna
pausa, y un tercero era más canto que habla, en un tono alto y muy musical.

No sólo me resultaban extraños sus lenguajes, sino también sus rostros. Un


barco que llegó el primer día de mi estancia traía una tripulación con una piel
tan negra como la guardia media de una noche sin luna, y el pelo como rizada
lana. Sus narices eran anchas y planas, sus labios gruesos. Seguramente
debían ser demonios u hombres de algún otro mundo, pensé. Pero reían y se
comportaban como marinos normales, y nadie en el puerto parecía prestarles
excesiva atención. Justo en aquel momento pasó un mercader cuyo pelo
estaba afeitado a la manera de la Tierra, y lo detuve: seguro que procedía de
la ciudad de Eridu. Señalé hacia los hombres negros, y dijo:

— Son hombres del reino de Punt. -Se trata de un lugar donde el aire es como
fuego, que ennegrece las pieles de los hombres. No pudo decirme dónde se
halla Punt; señaló vagamente hacia el horizonte.

Más tarde, aquel mismo día, vi a otros hombres de piel negra que parecían
completamente distintos, porque tenían labios finos y narices afiladas, y un
pelo largo y lacio tan oscuro que era casi azul. Por su lenguaje y forma de
vestir pensé que podían ser hombres de Meluhha, que está muy lejos hacia el
este, más allá de Elam; y así demostró ser. Esperaba ver también a los
demonios de piel amarilla que extraen las piedras verdes, pero no había
ninguno de ellos en Dilmun. Quizá ni siquiera existen, aunque las piedras
verdes sí que existen, y además son muy hermosas.

Hablé poco y escuché mucho. Y supe algunas noticias de la Tierra que me


turbaron profundamente.

Eso lo oí una noche en mi taberna mientras permanecía sentado a solas


bebiendo cerveza. Entraron dos hombres que hablaban el lenguaje de la
Tierra. Al principio temí que pudieran ser de Uruk; pero llevaban ropas
escarlatas ribeteadas de amarillo, un estilo que es común en la ciudad de Ur.
De todos modos, hundí los hombros para pasar tan desapercibido como fuera
posible, y me volví de espaldas a ellos. Por sus acentos supe al cabo de un
momento que eran realmente hombres de Ur: el más joven acababa de llegar
a Dilmun, y el otro le estaba pidiendo noticias de casa.

— Cuéntamelo de nuevo -dijo el más viejo-. ¿Es cierto que Nippur es nuestra?

— Es cierto.

Me envaré ante aquello, y contuve bruscamente el aliento. Nippur es una


ciudad sagrada; no debería ser gobernada por Ur.

— ¿Cómo ocurrió? -preguntó el viejo.

— La buena suerte y aprovechar el momento preciso -dijo el recién llegado-.


Ocurrió durante la estación en que Mesannepadda el rey va a Nippur para
hacer sus adoraciones en el santuario de Duranki y realizar el rito del
zapapico. Este año llevaba con él mil hombres; y mientras estaba allí, el
gobernador de la ciudad cayó enfermo. Parecía que iba a morir; y el sacerdote
de Enlil acudió a nuestro rey y dijo: "Nuestro gobernador se está muriendo,
¿querrás nombrar a otro para nosotros?" Ante lo cual Mesannepadda rezó
largamente en el templo y salió para decir que Enlil le había visitado y que le
había ordenado a él que se hiciera cargo del gobierno de Nippur.

— ¿Tan sencillo fue?

— Así de sencillo -dijo el más joven, y los dos se echaron a reír-. La palabra de
Enlil…, ¿quién se opondría a eso?

— ¡Especialmente si está respaldada por un millar de hombres!

— Especialmente en ese caso -dijo el otro.

Apreté fuertemente la mano contra la jarra de cerveza. Aquellas eran malas


noticias. No había tomado ninguna acción cuando Mesannepadda había
derribado a los hijos de Agga y se había nombrado rey de Kish además de Ur;
no me había parecido una amenaza contra Uruk, y tenía otros asuntos que
ocupaban mi mente, como ya he relatado. Pero Nippur, que en tiempos de
Enmebaraggesi y Agga había jurado alianza a Kish, se había vuelto
independiente desde la muerte de Agga. Si Mesannepadda, tras tomar Kish,
había tomado posesión también de Nippur, estábamos camino de vernos
rodeados por un imperio en proceso de formación. No podía permitir aquello.
Me pregunté si la noticia se sabría en Uruk. ¿Estaba el pueblo de Uruk
aguardando a que Gilgamesh su rey volviera y los condujera a una guerra
contra Ur? ¿Qué límite había a las ambiciones de Mesannepadda, si
Gilgamesh no se lo ponía?

Y Gilgamesh…, ¿dónde estaba? ¡Sentado en una taberna en Dilmun,


aguardando ser recibido en la isla de Ziusudra con la intención de conseguir
de la forma que fuera la vida eterna para sí! ¿Era así como se suponía que
debía comportarse un rey?

No sabía qué hacer. Permanecí sentado, inmóvil como una piedra.

Pero el recién llegado de Ur no había terminado con sus noticias.


Mesannepadda había muerto; su hijo Meskiagnunna había ascendido al trono.
Y no había perdido tiempo en dejar saber que pensaba proseguir con la
política de su padre. Mesannepadda había iniciado en Nippur la construcción
de un templo a Enlil. El nuevo rey no sólo estaba supervisando la terminación
de dicho templo sino que, para mayor demostración de sus profundas
preocupaciones por la prosperidad de Nippur, había dado órdenes para la
restauración inmediata del gran centro ceremonial conocido como el Tummal,
que había caído en ruinas tras la época de Agga. ¡Peor y peor! ¡Esos reyes de
Ur estaban tratando Nippur como si fuese su colonia! Eso no debía ser así,
pensé. ¡Que construyan templos en Ur si así lo desean! Que se preocupen de
su propia ciudad y saquen sus manos de Nippur. Sentí unos deseos
irreprimibles de alzarme de mi asiento y agarrar a aquellos dos hombres de
Ur y hacer chocar entre sí sus cabezas, y ordenarles que volvieran
inmediatamente a sus ciudades y le dijeran a su rey que Gilgamesh de Uruk
era su enemigo y que iba a volver para declararle la guerra.

Pero me mantuve sentado. Tenía que resolver unos asuntos en aquellas islas
con Ziusudra; había recorrido un largo camino para hacer lo que tenía que
hacer allí; no podía marcharme ahora, no importaban las responsabilidades
que me llamaran en Uruk, O eso me parecía entonces. Quizá estuviera
equivocado al respecto; lo más seguro es que estuviera equivocado. Pero creo
que hice bien actuando como actué. Si hubiera elegido en aquel momento
regresar a mi ciudad nunca hubiera adquirido la importante sabiduría que
ahora poseo. No dormí en toda aquella noche. Como tampoco descansé
durante los días que siguieron. Pensé en muy poco excepto en la arrogancia
de Meskiagnunna, recorriendo los sagrados recintos de Nippur como si él
fuese su rey. Pero me quedé en Dilmun. Y al quinto día, o quizá fuera el sexto,
el barquero Sursunabu reapareció y me dijo con su habitual tono lúgubre:

— Tienes que venir conmigo a la isla donde mora Ziusudra.


35

La isla era baja y llana y arenosa, y -al revés de la amurallada Dilmun-,


carente por completo de defensas. Cualquiera podía desembarcar en ella y
caminar directamente hasta la casa de Ziusudra. Al menos la isla no poseía
defensas de tipo convencional; pero cuando Sursunabu empujó su pequeña
embarcación a la orilla observé que a lo largo de la playa había tres hileras de
pequeñas columnas de piedra del mismo tipo que yo había destrozado en mi
estúpida ira. Le pregunté qué eran y me dijo que eran los símbolos que Enlil
le había dado a Ziusudra en la época del Diluvio. Protegían la isla de los
enemigos: nadie se atrevería a cruzar por el lugar donde se alzaban. Viajara a
donde viajara Sursunabu, ya fuera a Dilmun o al continente, siempre se
llevaba consigo algunas y las colocaba al lado de su bote para que le
protegieran. Me sentí más avergonzado aún de la forma en que había
dispersado y roto aquellas cosas como un toro salvaje loco de rabia. Pero
evidentemente había sido perdonado, puesto que Ziusudra estaba dispuesto a
recibirme.

Vi lo que parecía ser un templo cerca del centro de la isla, un edificio largo y
bajo, de paredes blancas y brillantes a la caliente luz del sol. Sentí que se me
erizaba el pelo de la nuca cuando miré hacia él: se me ocurrió que dentro de
ese edificio, a sólo unos pocos cientos de pasos de mí, debía hallarse el
anciano Ziusudra, el superviviente del Diluvio, que había caminado con Enki y
Enlil hacía tanto tiempo. El aire era tranquilo; un gran silencio reinaba sobre
el lugar. Había como doce o catorce edificios menores en torno a la estructura
principal, y algunos pequeños campos cultivados. Eso era todo. Sursunabu me
condujo a uno de los edificios exteriores, una pequeña casa cuadrada de una
sola habitación, enteramente desprovista de muebles, y me dejó allí.

— Vendrán a buscarte -dijo.

Cuando uno se halla en la isla de Ziusudra es como si estuviera en un tiempo


fuera del tiempo. No puedo deciros cuánto tiempo permanecí sentado allí a
solas, si fue un día o tres, o cinco.

Finalmente empecé a sentirme preocupado e incluso furioso. Pensé en


dirigirme a la casa central y buscar yo mismo al patriarca; pero sabía que eso
era absurdo y que perjudicaría mis propósitos. Caminé arriba y abajo por mi
vacía habitación, yendo de esquina a esquina. Escuché el rumor y el zumbido
de mi propio cerebro, esa incesante e ininteligible charla interior. Miré al
mar, deslumbrándome con el fiero destello de la franja de luz solar que
cruzaba su seno. Pensé en Meskiagnunna rey de Ur y en todo lo que estaba
intentando hacer. Pensé en Inanna, que seguramente estaba haciendo planes
contra mí en Uruk. Pensé en mi hijo el pequeño Ur-lugal, y me pregunté si
alguna vez llegaría a ser rey. Pensé en esto, pensé en aquello. Pasaron las
horas, y no vino nadie. Y gradualmente sentí que el gran silencio del lugar se
infiltraba en mi alma: empecé a tranquilizarme. Fue algo maravilloso. El
rumor y el zumbido en mi mente disminuyeron, aunque no desaparecieron por
completo; y al cabo de un tiempo todo dentro de mí estuvo tan tranquilo como
todo lo de fuera. En aquel momento no me importó lo que pudiera estar
haciendo Meskiagnunna, o Inanna, o Ur-lugal. No importó que me dejaran
sentado en aquel lugar durante doce días, o doce años, o ciento veinte, o mil
doscientos. Era un tiempo fuera del tiempo. Pero luego pasé más allá de esa
maravillosa calma y volví a sentirme furioso e impaciente. ¿Cuánto tiempo iba
a ser abandonado así? ¿Acaso no sabían que yo era Gilgamesh rey de Uruk?
¡Asuntos urgentes me aguardaban en casa! Meskiagnunna, rey de Ur…,
Inanna…, las necesidades de mi pueblo…, Meskiagnunna…, el cuidado de los
canales…, ¿no tenía que estar de vuelta en casa para la ceremonia de
encender la pipa?…, ¿la exhibición de la estatua de An?…, Meskiagnunna…,
Ziusudra…, Inanna…, ¡oh, el incesante charloteo de la mente!

Y entonces, finalmente, vinieron en mi busca, cuando ya me sentía frenético


como una jauría azuzada.

Eran dos. Primero apareció una esbelta y solemne muchacha con el elástico
cuerpo de una danzarina, que creo no debería tener más de quince o dieciséis
años: hubiera sido hermosa, si hubiera sonreído. Llevaba tina sencilla túnica
de algodón blanco, sin ningún adorno, y un bastón de madera negra tallado
con inscripciones de naturaleza misteriosa. Durante un largo instante se
inmovilizó en el umbral de mi puerta, mirándome sin prisas. Luego dijo:

— Si eres Gilgamesh de Uruk, avanza.

— Soy Gilgamesh -dije.

Junto a la puerta, al otro lado, aguardaba un viejo alto de piel oscura y ojos
feroces, todo él planos y ángulos. Él también llevaba una túnica de algodón y
un bastón negro, y parecía como si el sol hubiera quemado toda la carne
arrancándola de sus huesos. No pude decir lo viejo que sería, pero parecía de
muy avanzada edad, y una oleada de violenta emoción me traspasó.
Temblando, dije, tartamudeante:

— ¿Es posible? ¿Estoy ante Ziusudra?

Se echó a reír ligeramente.

— Más bien no. Pero conocerás al Ziusudra a su debido tiempo, Gilgamesh.


Soy el sacerdote Lu-Ninmarka; ésta es Dabbatum. Ven con nosotros.

Era extraño lo que había dicho: él Ziusudra. Pero sabía que no debía pedir
explicaciones. Me las ofrecerían si creían que era conveniente o cuando
creyeran que era conveniente, o no me ofrecerían ninguna en absoluto. De
ello estaba seguro.

Me condujeron a una casa de regular tamaño cerca del templo principal,


donde me fue entregada una túnica blanca como la suya, y una comida de
lentejas e higos. Apenas la toqué; supongo que hacía tanto que no había
comido que mi estómago había olvidado el significado del hambre. Mientras
permanecía allí, otros miembros del sacerdocio iban y venían por la casa para
tomar su comida del mediodía, y me miraban sólo casualmente, sin hablar.
Muchos de ellos parecían muy viejos, aunque todos eran robustos, nervudos,
llenos de vitalidad. Después de comer rezaban ante un altar bajo que no
contenía ninguna imagen, y salían a trabajar a los campos. Que es lo que hice
yo también cuando Lu-Ninmarka y Dabbatum hubieron terminado su comida;
me hicieron una seña con la cabeza y me condujeron fuera, y me pusieron a
trabajar.

¡Qué bien me sentí, trabajando de rodillas bajo el caliente sol! Quizá creyeron
que me estaban probando, viendo si un rey podía hacer el trabajo de un
esclavo; pero si era así no. comprendían que algunos reyes disfrutan
trabajando con sus manos. Era la estación de plantar la cebada. Habían arado
ya la tierra en franjas de ocho surcos de anchura, y habían dejado caer su
semilla a dos dedos de profundidad. Ahora yo recorrí los surcos, despejando
el campo de terrones, nivelando la superficie con mis manos para que la
cebada, cuando brotara, no tuviera que luchar contra colinas ni valles. Podéis
decir que para esa tarea no se necesita una gran habilidad, y tendréis razón;
sin embargo, disfruté con ella.

Después regresé a la casa comedor. Otro viejo -más viejo aún, arrugado y
apergaminado- entró casi junto conmigo, y de nuevo mi corazón latió
fuertemente ante su vista: ¿era éste finalmente Ziusudra? Pero uno de los
otros lo saludó con el nombre de Hasidanum; era simplemente uno de los
sacerdotes. Este viejo hizo una libación de aceite y encendió tres lámparas, y
se arrodilló sobre ellas durante un tiempo murmurando plegarias en una voz
demasiado débil y ligera para que pudiera oírlas. Luego salpicó sobre mí algo
del aceite.

— Es para purificarte -susurró la muchacha Dabbatum a mi lado-. Aún llevas


encima la polución del mundo.

Para la comida de la noche había de nuevo lentejas y fruta y unas gachas de


cebolla y centeno. Bebimos leche de cabra. Allí no utilizaban la cerveza, ni el
vino, y no comían carne. El trabajo de la tarde había despertado en mí el
hambre, y también la sed, y lamenté la falta de carne y buena bebida. Pero no
las utilizaban; no las probé de nuevo hasta que hube abandonado la isla.

Así transcurrieron varios días. No sabría decir cuántos. La isla del Ziusudra se
halla en un tiempo fuera del tiempo. Trabajé de sol a sol, comí mis sencillas
comidas, observé a los sacerdotes y sacerdotisas en sus devociones, aguardé
a ver lo que iba a ocurrir a continuación. Creo que dejé de preocuparme de
Mes-kiagnunna, de Inanna, de Ur, de Nippur, de la propia Uruk. Aquella gran
calma de la isla volvió a mí, y esta vez permaneció.

Cada dos días iban al templo principal para sus ritos y ceremonias
principales. Puesto que yo sólo era un novicio no podía tomar parte en ellos,
pero me permitían arrodillarme junto a ellos mientras cantaban sus textos. El
templo era un gran recinto de alto techo abovedado desprovisto de todo tipo
de imágenes, con un brillante suelo de piedra negra y un techo rojo de vigas
de cedro. Cuando entré por primera vez esperé que el patriarca estuviera allí,
pero no estaba, lo cual me causó una aguda decepción. Pero había aprendido
a dominar mi impaciencia: pensé que quizá no me admitieran en presencia
del Ziusudra mientras pareciera demasiado ansioso de su bendición. Escuché
sus rituales sin comprender al principio mucho de lo que se decía, puesto que
el lenguaje que utilizaban era sorprendentemente arcaico. Era a todas luces
el lenguaje de la Tierra, pero creo que lo debían pronunciar de la manera que
lo hablaba la gente antes del Diluvio. Pero al cabo de un tiempo vi como
encajaban las palabras y como diferían de las palabras que utilizamos hoy, y
comprendí su significado, o parte de él. En esos rituales contaban la historia
del Diluvio; pero lo que decían no se parecía en nada a la historia que había
oído tantas veces del viejo arpista Ur-kununna.

Empezaba con la ira de los dioses, sí: el desagrado hacia el modo de proceder
ruidoso, indolente y jactancioso de la humanidad. Y los dioses enviaron lluvia,
también, semana tras semana: los ríos subieron de nivel, inundando sus
orillas, derramándose por las llanuras, llenando las calles donde se asentaban
las ciudades y cayendo como lobos sobre las bajas calles y las casas. La
destrucción de la Tierra fue horrible, y la pérdida de vidas, grande.

Pero luego la historia empezaba a desviarse de la que conocía, del mismo


modo que un sendero desconocido se desvía de un camino muy conocido; y
me condujo a un lugar muy poco familiar. Oí el nombre de Ziusudra, y
escuché atentamente. Y lo que oí fue esto:

— El sabio y compasivo Enki acudió a Ziusudra rey de Shuruppak y le dijo:


"Levántate, oh rey, y aparta provisiones y bienes útiles de todas clases, y
toma a toda tu gente y ve a las tierras altas; porque la devastación va a ser
grande." Ziusudra no vaciló, sino que obedeció de inmediato: apartó
provisiones, apartó bienes útiles de todas clases, y lo cargó todo a lomos de
sus animales de carga, y él y su gente partieron hacia las colinas, y allá
permanecieron todos mientras las aguas del Diluvio arrasaban las tierras
bajas. Y no volvieron a bajar hasta que la tormenta hubo cesado.

¿Qué era esto? ¿Dónde estaba el gran barco en el que Ziusudra había hecho
subir a todos los miembros de su casa y los animales del campo, pareja tras
pareja? ¿Y el viaje a través del mar que había cubierto toda la faz de la
Tierra? ¿Y dónde estaba la paloma que había enviado volando, y la golondrina,
y el cuervo? ¿Fábulas y leyendas, y nada más? ¿Era eso posible? La historia
que contaban aquí no tenía nada de esto. Era un simple relato: una mala
estación de lluvias, ríos turbulentos, un rey listo actuando rápido para mitigar
el desastre para su ciudad. Cuanto más escuchaba, más vulgar me parecía la
historia. Cuando bajó de las colinas, Shuruppak y todas las ciudades de la
Tierra estaban en terribles condiciones, cubiertas de lodo, manchadas por el
agua. Las granjas se habían convertido en pantanos, las cosechas y los
animales se habían perdido, todo lo almacenado en los graneros era
inservible. Había hambre en la Tierra; pero en Shuruppak las cosas no eran
tan malas como en otras partes porque Ziusudra había conseguido escapar a
lo peor de la tormenta. Eso era todo. Ningún mar tragándose a la Tierra,
ningún barco de seis cubiertas, ninguna paloma, ni golondrina, ni cuervo. No
podía creerlo. ¿Una historia tan simple? Los sacerdotes no suelen construir
historias tan simples cuando las van contando de boca en boca. Pero lo que
estos sacerdotes estaban diciendo era que no había habido ningún Diluvio que
lo destruyera todo, sino sólo algunas lluvias fuertes y una época difícil.
Y si eso era así, ¿qué había del resto de la historia, la llegada de Enlil para
hablar con Ziusudra y su esposa, y el gran dios tomándoles de la mano y
diciendo: "Habéis sido mortales, pero ya no sois mortales. A partir de ahora
seréis como dioses, y viviréis muy lejos de la humanidad, en la boca de los
ríos, en la tierra dorada de Dilmun "…, ¿eso también era una fábula? ¿Y había
cruzado medio mundo detrás de una mera fábula? Ziusudra no existe , había
dicho la tabernera Siduri. ¿Era cierto? ¿Había hecho espantosamente el
estúpido emprendiendo aquella búsqueda? Gilgamesh, Gilgamesh, ¿hacia
dónde corres? Nunca encontrarás esa vida eterna que buscas .

Me sentí abrumado por la desesperación. Perdido en la confusión y la


vergüenza.

Fue entonces cuando el viejo sacerdote Lu-Ninmarka apoyó una mano en mi


hombro y dijo:

— Álzate, Gilgamesh, báñate, ponte una túnica limpia. El Ziusudra desea


verte hoy.

Una vez hube hecho mis preparativos me llevó al templo principal. Descubrí
que estaba extrañamente tranquilo; o quizá no fuera extraño. El conjuro de la
isla estaba sobre mí. Entramos en la gran sala de las vigas de cedro y suelo de
piedra negra y fuimos a su parte de atrás; Lu-Ninmarka apoyó su mano en un
lugar en la pared, y éste giró hacia atrás como por arte de magia, revelando
un pasadizo que se hundía en la oscuridad.

— Ven -dijo. No llevaba ni lámpara ni antorcha. Seguimos adelante, e


inmediatamente capté una húmeda y pegajosa bruma que brotaba de la
tierra, arrastrando un débil olor a sal. Es el agua del gran abismo, pensé, que
trepa por las raíces de la isla y se descarga en este túnel. Lu-Ninmarka
avanzaba confiado en la oscuridad, y yo me veía apurado para mantener su
paso. No me permití tantear el camino con las manos sino que avancé con
firmeza pese a que no podía ver nada. Ignoro lo lejos que fuimos ni hasta qué
profundidad bajo la piel de la isla. Quizá sólo nos estuviéramos moviendo en
círculos, dando vueltas y vueltas en torno a la gran habitación central,
siguiendo los recodos de un enorme laberinto. Pero al cabo de un cierto
tiempo nos detuvimos en la oscuridad. Frente a mí vi un débil resplandor
ambarino, tan suave y difuso como los breves resplandores de luz que brotan
de las luciérnagas que brillan en una noche de verano. Débil como era,
sobresaltó mis ojos; pero un momento más tarde fui capaz de ver, en cierto
modo. Estaba de pie en el umbral de una pequeña estancia redonda de
paredes de piedra, iluminada por una única lámpara de aceite montada en
una alta hornacina. El incienso chisporroteaba en un plato de porfirio
colocado en el suelo;'y en el centro de la habitación, sentado erguido en un
taburete de madera, estaba el hombre más viejo que haya visto nunca. Había
creído que el sacerdote Hasidanum era anciano; éste hubiera podido ser muy
fácilmente el padre de Hasidanum. Sentí que el asombro se convertía en una
especie de mano que aferraba mi garganta. Yo, que había caminado con los
dioses y luchado con los demonios, me veía petrificado ante la visión del
Ziusudra.
Su rostro era como una máscara: sus ojos eran blancos y sin vista, su boca
una hendidura negra y vacía. Estaba totalmente desprovisto de pelo, incluso
en las cejas. Sus mejillas eran blandas, su dará redonda. Los otros viejos de
aquella isla eran delgados, flacos, como secados por el sol, ángulos por todas
partes; pero el Ziusudra había pasado más allá de esa delgadez y era suave y
rosado y lleno de carne como un bebé. Sus ojos ciegos fueron atraídos hacia
mí. Sonrió y dijo, con una voz que era profunda y resonante, pero hueca en
algún lugar en el fondo:

— Por fin estás aquí, Gilgamesh de Uruk. ¡Has tardado mucho tiempo en
venir!

No pude decir una palabra. ¿Cómo podía hablarle a este hombre cuya frente
había sido tocada por la mano de Enlil?

— Siéntate. Arrodíllate. Eres demasiado grande; cuando estás de pie te alzas


como un muro ante mí.

No comprendí cómo podía conocer mi estatura, cuando era incapaz de verme:


quizá sus sacerdotes se lo habían dicho, o posiblemente captaba las diminutas
fluctuaciones de las corrientes de aire en el pasadizo. O quizá disponía de la
visión más allá de la visión; no lo sé. Eso último era lo más probable. Me
arrodillé ante él. Asintió y sonrió con una lejana sonrisa. Tendió la mano para
bendecirme, y tocó mi mejilla. Su contacto fue como un hormigueo; las yemas
de sus dedos eran muy frías. Pensé que debían haber dejado huellas blancas
en mi piel.

— Retrocedes -dijo-. ¿Por qué?

Conseguí responder, en un susurro ronco y herrumbroso:

— Por nada, padre.

— ¿Me tienes miedo?

— No…, ¡no!

— Pero hay un aura de miedo a tu alrededor. Me dicen que eres el más


grande de los héroes, que tu fuerza no conoce límites, que todos los hombres
te saludan como su dueño. ¿Qué es lo que temes, Gilgamesh?

Le miré en silencio. Mi abrumadora admiración estaba cediendo, pero aún me


resultaba difícil hablar; así que miré. Estaba tan inmóvil como una piedra,
excepto la expresión de su rostro. Pensé por un momento que tal vez fuera
realmente una estatua, alguna ingeniosa construcción manejada con cuerdas
por un sacerdote oculto en el suelo. Al cabo de un tiempo dije:

— Temo lo que todo hombre debe temer.

— ¿Y qué es eso? -preguntó desde muy lejos.


— Tenía un amigo, y era mi otro yo; cayó enfermo y murió. La sombra de mi
propia muerte cayó entonces sobre mí. Oscurece mi vida. No veo nada
excepto esa sombra cada vez más larga, padre. Y me aterra.

— Ah, entonces, ¿el héroe teme morir?

No pude decir si estaba burlándose de mí.

— No de morir -dije-. Morir es sólo dolor, y conozco el dolor, y no le temo


demasiado. El dolor termina. A lo que le temo es a la muerte. Temo ser
arrojado a la Casa del Polvo y la Oscuridad, donde deberé morar por toda la
eternidad.

— ¿Donde ya no serás un rey, ni beberás aromáticos vinos en copas de


alabastro? ¿Donde nadie cantará tu gloria, y carecerás de todo confort?

Aquello no era justo.

— No -dije con sequedad-. ¿Piensas que el confort es tan importante para mí,
yo que abandoné mi ciudad por mi propia voluntad para vagar por las selvas y
los páramos? ¿Crees que necesito tanto el vino, o las ropas finas, o los
arpistas para que canten mis hazañas? Me gustan esas cosas: ¿a quién no?
Pero perderlas no es lo que temo.

— ¿Qué temes, entonces?

— Perderme yo mismo. Vivir en esa vida de sombras que viene después de la


muerte, donde ya no somos nada excepto tristes, polvorientas y vacías cosas
agitando nuestras almas en el polvo. Dejar de percibir; dejar de explorar;
dejar de viajar; dejar de esperar. Todas esas cosas son Gilgamesh. No habrá
más Gilgamesh cuando vaya a ese deprimente lugar. He estado buscando toda
mi vida, padre: no puedo soportar que esa búsqueda termine.

— Pero todas las cosas terminan.

— ¿Lo hacen? -pregunté.

Me miró desde más cerca, como si estuviera contemplando mi alma con sus
lechosos ojos sin vista, y dijo:

— Cuando construimos una casa, ¿esperamos que dure eternamente? Cuando


firmamos un contrato, ¿pensamos que sus efectos van a ser para siempre?
Cuando el río crece, ¿no retroceden después sus aguas? Nada es permanente.
La libélula vive en un capullo cuando es joven; luego sale, y contempla el sol
durante un cierto tiempo; y luego desaparece. Así le ocurre a la humanidad.
Tanto el dueño como el sirviente tienen su pequeño momento, su oportunidad
de contemplar el sol. Ése es el camino.

¡De nuevo aquellas palabras! Me desesperaban.

— ¡Ése es el camino! -exclamé-. ¿Tú también me dices esto, padre?


— ¿Puede ser de otro modo? Ha sido decretado el mismo destino para todos
nosotros.

Antes de saber lo que estaba diciendo respondí:

— ¿Incluso para ti, padre? Fue una observación estúpida e inoportuna, y mis
mejillas ardieron mientras la pronunciaba. Pero él no se inmutó.

— Hablaremos de mí en alguna otra ocasión -dijo calmadamente el Ziusudra-.


Hoy hablamos de ti. Creo esto de ti, Gilgamesh de Uruk: que no estás tan
asustado de la muerte como furioso por tener que morir.

— Es lo mismo -dije-. Llámalo miedo, llámalo furia…, no veo ninguna


diferencia. Lo que veo es que el mundo está lleno de alegría y maravilla, y no
siento deseos de abandonarlo. Pero pronto deberé hacerlo.

— No pronto, Gilgamesh.

— ¿Eh, acaso conoces el número de mis días?

— ¿Yo? No, en absoluto: no te engañaré en este aspecto. Pero aún eres joven.
Eres muy fuerte. Tienes muchos años por delante.

— Por muchos que puedan ser, son demasiado pocos. Porque su número es
limitado y está establecido, padre.

— Lo cual te pone furioso.

— Lo cual me inquieta enormemente -dije.

— Y en tu inquietud has venido a mí.

— Lo he hecho.

— ¿Has venido a buscar de mí la vida, o la sabiduría?

— No puedo ocultarte nada. He venido buscando la vida, padre. La sabiduría


es otro asunto. Espero que el tiempo me la conceda; pero lo que necesito es
tiempo.

— ¿Y crees que viniendo aquí puedes conseguir más tiempo para ti?

— Así lo espero, sí.

— Entonces que los dioses te concedan todo lo que buscas -dijo el Ziusudra.
Hubo un largo silencio. Su cabeza se hundió hacia delante sobre su pecho, y
pareció sumirse en profundas vacilaciones: frunció el ceño, apretó los labios,
suspiró. Sentí que le había cansado; no me atreví a hablar. El momento fue
interminable. Vamos, pensé, mírame, dame tu bendición, enséñame el secreto
de tu vida eterna. Pero siguió suspirando y frunciendo el ceño.
Luego alzó la cabeza y me miró con tal intensidad que no pude llegar a creer
que era ciego. Sonrió. Dijo suavemente:

— Debemos hablar de estas cosas de nuevo, Gilgamesh. Te mandaré a buscar


otro día. -E hizo el más pequeño de los gestos; fue una despedida. Sentí que
una cortina invisible descendía entre nosotros. Aunque el Ziusudra seguía
estando sentado allí delante de mí, sin moverse, no estaba allí . Lu-Ninmarka,
que había aguardado todo el rato a mi lado, se adelantó y tocó mi codo. Me
levanté; ofrecí un saludo; me fui. Seguí a Lu-Ninmarka a través del oscuro
laberinto hasta el mundo superior como alguien que camina en sueños.
36

Trabajé en los campos y fui al templo para oírles contar y volver a contar su
historia del Diluvio, y comí lentejas y bebí leche de cabra, y los días fluyeron
uno tras otro. Me preguntaba vagamente acerca de los acontecimientos en el
mundo más allá de las orillas de aquella isla, pero no pensaba en irme.
Ocasionalmente veía las calles de Uruk en mi mente, o el rostro de mi esposa
o mi hijo, o de algún hombre de la corte; pero parecían como escenas salidas
de un sueño. En una ocasión imaginé que veía a Enkidu delante de mí, y le
sonreí, pero no avanzó hacia mí. En otra ocasión Inanna se deslizó en mis
sueños, radiante, magnífica, más hermosa de lo que nunca había parecido: al
verla, no sentí odio hacia sus retorcidos planes, sólo un suave pesar de que tal
belleza hubiera estado en su tiempo en mis manos y ya no pudiera volver a
ser mía. Así transcurrieron los días. Uruk y todas sus preocupaciones se
habían alejado de mí. Y en la madurez del tiempo me hallé de nuevo en aquel
serpenteante corredor, descendiendo a la morada del Ziusudra.

Estaba sentado como lo había estado la otra vez, firmemente erguido en su


pequeño taburete de mimbre como si fuese un trono. Sentí su poder. Lo
rodeaba como una pared. A su propia manera era un rey; era casi un dios. Me
parecía como si viviese en algún plano más allá de mi comprensión; deseé
instintivamente arrodillarme ante él en el momento en que llegué a su
presencia. Creo que nunca he conocido a otro hombre que despertara tanta
admiración en mí.

Tan pronto como entré empezó a hablar; pero no pude entender lo que estaba
diciendo. Las palabras brotaban de él como una columna de denso humo
brota de un fuego de leña verde; y las palabras eran tan impenetrables como
el humo, de modo que era incapaz de ver el significado a través del sonido. Su
voz trazaba círculos y círculos en torno a mí. Hablaba el lenguaje de la Tierra,
o así lo creí, y sus palabras eran tranquilas y seguras de sí mismas, como si
estuviera presentándome alguna argumentación profundamente meditada;
pero ninguna palabra llegaba hasta mí de una forma que pudiera comprender.
Me arrodillé y miré. Luego, en medio del lodoso fluir empecé a percibir un
destello de comprensión, del mismo modo que uno ve las chispas que
ascienden dentro del humo. Estaba hablando, o así lo parecía, de la época en
que los dioses habían enviado el Diluvio como castigo sobre la humanidad y él
había conducido a su pueblo a las tierras altas para aguardar a que las aguas
descendieran de nuevo. Pero no podía asegurarlo. Había momentos en que
creía que podía estar hablando del diseño correcto de los carros, o de los
lugares a los que uno va para hallar depósitos de sal gema en el desierto, o de
otras cosas parecidas muy lejanas al cuadro del Diluvio. Me sentía perdido en
la maraña de su discurso; me sentía también absolutamente desconcertado.

Y de pronto dijo, con una perfecta claridad:

— No existe la muerte, si sólo cumplimos con las tareas que nos imponen los
dioses. ¿Me comprendes? No existe la muerte.
Se volvió hacia mí, y pareció aguardar.

— Y tu tarea fue hacer que la Tierra se recuperara cuando las aguas se


retiraran; y por eso los dioses te libraron de la muerte. Entonces, ¿cuál es mi
tarea, Ziusudra? Sabes que yo también puedo ser liberado de la muerte.

— Sé eso.

— Pero el Diluvio no volverá. ¿Qué debo hacer? Construiría un barco como el


tuyo, si fuera necesario. Pero no hay necesidad de ninguno.

— ¿Crees que hubo un barco, Gilgamesh? ¿Crees que hubo un Diluvio?

A la débil y parpadeante luz de su pequeña lámpara, intenté, y fracasé, leer


los misterios de su rostro. Su mente era demasiado ágil para mí; se alejaba de
mi comprensión. Estaba perdiendo las esperanzas de que pudiera ayudarme a
encontrar lo que buscaba.

— He oído lo que dicen aquí en el templo -admití-. ¿Pero qué debo hacer con
ello? En la Tierra cuentan una historia diferente.

— Créela como la contamos nosotros. Vinieron las lluvias; en Shuruppak el


rey reunió a su gente, y separaron provisiones y las llevaron a las tierras
altas, y permanecieron allí hasta que se agotó la furia de la tormenta.
Entonces regresaron a la Tierra y reconstruyeron todo lo que había sido
destruido. Eso es lo que ocurrió, hace tantos cientos de años. Todo lo demás
es fábula.

— ¿Incluida -dije- la parte donde Enlil vino a ti y te bendijo y te envió a


Dilmun para vivir eternamente?

Agitó la cabeza.

— El rey de Shuruppak huyó a Dilmun desesperado. Vino aquí cuando vio que
había sido una estupidez haber salvado a la humanidad, porque los viejos
males aún seguían latiendo. Abandonó la Tierra; cedió su reino; buscó la
virtud y la pureza en esta isla. Eso fue todo, Gilgamesh. Todo lo demás es
fábula.

— La historia dice que los dioses te concedieron la vida eterna. ¿Fue eso
también una fábula? Hay vida eterna aquí, o al menos lo parece,

— No existe la muerte -dijo el Ziusudra-. ¿No es eso lo que te he dicho?

— Me lo has dicho, sí. Debemos cumplir con las tareas que los dioses
decreten para nosotros, y entonces no habrá muerte. Pero te pregunto de
nuevo: ¿Cuál es mi tarea, Ziusudra? ¿Cómo la reconoceré? ¿Qué secreto debo
aprender?

— ¿Por qué crees que hay un secreto?


— Tiene que haberlo. Has vivido tanto tiempo. Viste el Diluvio: eso fue hace
diez vidas, o veinte; y sin embargo estás sentado aquí. A todo tu alrededor hay
hombres y mujeres que parecen tan sin edad como tú. ¿Qué edad tiene Lu-
Ninmarka? ¿Qué edad tiene Hasidanum? -Miré al Ziusudra larga y
ansiosamente. Mis manos temblaban, y sentía dentro de mí los inicios del
aura del dios, el zumbar, el crujir y el silbar, todas aquellas extrañas cosas
que vienen a mí en los momentos en que estoy más encerrado en mí mismo en
la necesidad-. ¡Dime, padre, cómo puedo derrotar a la muerte! Los dioses en
asamblea confirieron la vida sobre ti: ¿quién puede llamarlos en asamblea
para mí?

— Tú eres el único que puede hacerlo -dijo el Ziusudra.

Apenas podía respirar.

— ¿Cómo? ¿Cómo?

Respondió, de la manera más espontánea:

— Primero muéstrame que puedes dominar el sueño, y luego veremos la


forma de dominar la muerte. Puedes matar leones, oh el más grande de los
héroes; ¿puedes matar el sueño? Te invito a que lo intentes. Siéntate aquí a
mi lado durante seis días y siete noches sin dormir; y entonces quizá puedas
hallar la vida que buscas.

— ¿Es ése el camino, entonces?

— Es el camino al camino.

El zumbido en mi alma disminuyó. Me sentí invadido por una nueva calma.


Aceptaba guiarme, después de todo.

— Lo intentaré -dije.

La prueba era realmente dura: ¡seis días, siete noches! ¿Cómo podía un
hombre mortal hacer algo así? Pero me sentía confiado. Era más que un
mortal; así lo había creído desde mi niñez, con buenas razones. Había matado
leones e incluso demonios; podía matar también al sueño. ¿No había
transcurrido día tras día sin más que una hora o dos de sueño en las
estaciones de la guerra? ¿No había caminado a través de selvas y páramos de
noche y de día como si no necesitara el sueño? Lo haría. Estaba seguro de
eso. Tenía la fuerza necesaria; tenía el celo. Me acuclillé cerca de él y fijé mis
ojos en su liso, rosado y sereno rostro, y me dediqué a la tarea.

Y para mi vergüenza el sueño vino sobre mí en un momento, como un


torbellino. Aunque no supe que dormía.

Mis ojos estaban cerrados, mi respiración era pausada; como digo, había
ocurrido en un momento. Creía que estaba despierto y que permanecía
sentado mirando al Ziusudra; pero dormía, y soñaba. En mi sueño vi a
Ziusudra y a su esposa, que era tan vieja como él; y él me señalaba y le decía
a ella:

— ¡Mira a este héroe, el hombre fuerte que busca la vida eterna! El sueño ha
caído sobre él como un torbellino.

— Tócale -dijo ella-. Despiértale. Déjale regresar en paz a su tierra, a través


de la puerta por la que la abandonamos.

— No -dijo Ziusudra en mi sueño-. Le dejaré dormir. Pero mientras duerme,


esposa, hornea una hogaza de pan cada día, y deposítala aquí junto a su
cabeza. Y haz una marca en la pared para llevar la cuenta de los días que
duerme. Porque la humanidad es engañosa; y cuando despierte intentará
engañarnos.

Así que ella horneó hogazas de pan e hizo marcas en la pared cada día, y yo
soñé que seguía durmiendo, día tras día, pensando que estaba despierto. Ellos
me observaban y sonreían ante mi insensatez; y luego, finalmente, Ziusudra
me tocó y desperté. Pero esto estaba también en mi sueño.

— ¿Por qué me has tocado? -pregunté. Y él respondió:

— Para despertarte.

Le miré sorprendido, y le dije acaloradamente que no había dormido, que sólo


había pasado un momento desde que me había acuclillado junto a él, y que
mis ojos apenas se habían cerrado un momento desde aquel instante. Se echó
a reír, y dijo gentilmente que su esposa había horneado una hogaza de pan
cada día mientras yo dormía y que había depositado las hogazas a mi lado.

— ¡Adelante, Gilgamesh: cuéntalas, y comprueba los días que has dormido!

Miré las hogazas. Había siete: la primera era como un ladrillo, la segunda
estaba casi igual de pasada, la tercera estaba pastosa. La cuarta tenía toda la
corteza blanca a causa del moho; la quinta estaba cubierta de moho también.
Sólo la sexta hogaza estaba aún fresca. Vi la séptima cocerse sobre los
carbones. Me mostró las marcas en las paredes, y había siete, una para cada
día. Así supe que había caído dormido pese a mí mismo, y comprendí que
había fracasado en mi comprensión. No era digno. Nunca sería capaz de
hallar mi destino a lo largo del sendero a la vida eterna. La desesperación se
apoderó de mí. Sentí que la muerte llegaba sobre mí como un ladrón en la
noche, entrando en mi dormitorio, aferrando mis miembros con su fría presa.
Y lancé un gran gemido y desperté; porque todo aquello seguía estando en mi
sueño.

Miré al Ziusudra y me llevé la mano a la cabeza como para librarla de un


sudario. Me sentía perdido en mis confusiones. Dormir creyendo que estaba
despierto, y soñar, y despertar dentro de mi sueño, y luego despertar
realmente, y seguir sin saber si había soñado o había estado despierto incluso
entonces… ¡Oh, me sentía perdido, perdido!

Apreté las puntas de mis dedos contra mis ojos, inseguro.


— ¿Estoy despierto? -pregunté.

— Creo que sí.

— ¿Pero he dormido?

— Has dormido, sí.

— ¿He dormido mucho?

Se alzó de hombros.

— Quizás una hora. Quizás un día. -Lo hizo sonar como si para él lo uno mera
lo mismo que lo otro.

— He soñado que dormía seis días y siete noches, y tú y tu esposa me


observabais, y cada día ella horneaba una hogaza de pan; y luego tú me
despertabas y yo negaba que hubiera dormido, pero vi las siete hogazas ante
mí. Y cuando las vi sentí que la muerte se apoderaba de mí, y grité.

— Te oí gritar -dijo el Ziusudra-. Fue hace un momento, justo antes de que


despertaras.

— Así que ahora estoy despierto -dije, aún inseguro.

— Estás despierto, Gilgamesh. Pero primero dormiste. No fuiste consciente de


ello: pero el sueño se apoderó de ti en el primer momento de tu prueba.

— Entonces he fracasado -dije con voz hueca-. Estoy condenado a morir. No


hay esperanza para mí. Allá donde ponga el pie, allá encontraré la muerte…,
¡incluso aquí!

Sonrió con una sonrisa tierna y cariñosa, como la que uno dirigiría a un bebé.

— ¿Crees que nuestros misterios pueden salvarte de la muerte? Ni siquiera


pueden salvarme a mí. ¿Entiendes eso? Estos ritos que observamos: ni
siquiera pueden salvarme a mí .

— Ésa es la historia que cuentan, que tú estás exento de morir.

— Es la historia, sí. Pero no es la historia que contamos nosotros aquí.


¿Cuándo he dicho yo que estaba exento de morir? Dime cuándo he
pronunciado esas palabras, Gilgamesh.

Le miré, asombrado.

— No existe la muerte, dijiste. Sólo cumple con tu tarea, y no habrá muerte.


Tú dijiste eso.

— Lo dije. Pero no supiste captar el significado.


— Tomé el significado que creí que había aquí.

— Sí, lo hiciste. Fue el significado fácil; era el significado que esperabas


encontrar; pero no era el auténtico significado. -De nuevo la tierna sonrisa,
tan triste, tan cariñosa. Gentilmente, dijo-: Aquí hemos hecho nuestro pacto
con la muerte. Conocemos sus caminos, y ella conoce los nuestros; y tenemos
nuestros misterios, y nuestros misterios nos defienden por un tiempo de la
muerte. Pero sólo por un tiempo. ¡Pobre Gilgamesh, has venido hasta tan lejos
para tan poco!

La comprensión me invadió. Sentí que se me erizaba la piel; me estremecí con


el frío de la percepción a medida que la verdad se manifestaba por sí misma.
Contuve bruscamente el aliento. Había una pregunta que debía formular
ahora; pero no sabía si me atrevería a formularla, y no creía que tuviera una
respuesta para ella. De todos modos, al cabo de un momento dije:

— Dime esto. Tú eres el Ziusudra: ¿pero eres Ziusudra de Shuruppak?

Respondió sin la menor vacilación. Y lo que me dijo fue lo que ya había


empezado a comprender.

— Ziusudra de Shuruppak lleva muerto mucho tiempo -dijo.

— ¿El que condujo a su pueblo a las tierras altas cuando llegaron las lluvias?

— Muerto hace mucho tiempo.

— ¿Y el Ziusudra que vino después de él?

— Muerto también. No te diré cuántos de ese nombre se han sentado en esta


estancia; pero no soy el tercero, ni el cuarto, ni siquiera el quinto. Morimos, y
otro ocupa el lugar y el título; y así continuamos en la observancia de
nuestros misterios. Soy muy viejo, pero no permaneceré sentado aquí para
siempre. Quizá Lu-Ninmarka sea el Ziusudra que me sustituya, o quizás algún
otro. Quizás incluso tú, Gilgamesh.

No -dije-. No seré yo, creo.

— ¿Qué vas a hacer ahora?

— Regresaré a Uruk. Volveré a ocupar mi trono. Viviré mis días en el número


que me haya sido asignado.

— Sabes que puedes quedarte con nosotros si quieres, y tomar parte en


nuestros ritos, y recibir entrenamiento en nuestras habilidades.

— Y aprender de ti cómo mantener la muerte a raya…, aunque no vencerla


por completo. Porque eso es imposible.

— Sí.
— Pero si me entrego a ti, nunca podré abandonar esta isla. ¿No es así?

— No desearás abandonarla, si te conviertes en uno de nosotros.

— ¿De qué forma será esto distinto a la muerte? -pregunté-. Perderé todo el
mundo, y sólo tendré una pequeña isla arenosa a cambio de ello. Vivir en una
pequeña habitación, y trabajar en esos campos, y rezar plegarias por la
noche, y comer sólo ciertos alimentos…, vivir como un prisionero en una isla
tan pequeña que puedo recorrerla de orilla a orilla en una o dos horas…

— No serás un prisionero. Si te quedas, dispondrás de todo tu libre albedrío.

— No es ésa la vida que quiero para mí, padre.

— No -dijo-, no creo que lo sea.

— Te agradezco la oferta.

— Que no será retirada en ningún momento. Puedes acudir a nosotros


siempre que quieras, Gilgamesh, si así lo decides. Pero no creo que sea eso lo
que decidirás. -Sonrió de nuevo, y tendió su mano; y como había hecho la
primera vez, tocó mi rostro con las yemas de sus dedos como bendición. Su
mano era muy fría. Su contacto producía un hormigueo. Cuando Lu-Ninmarka
me condujo de nuevo a la superficie, seguía sintiendo los lugares donde me
había tocado como huellas blancas contra mi piel.
37

Me preparé para abandonar la pequeña isla. Siguiendo las órdenes del


Ziusudra, me fue entregada una nueva y fina capa, y una banda para colocar
en torno a mi cabeza, y me bañé hasta que estuve tan limpio como la nieve
recién caída. El barquero Sursunabu me cruzó hasta Dilmun; allí arreglé las
cosas para mi viaje de vuelta a casa. Me sentía de un humor sombrío, triste y
melancólico, ¿y por qué no debería ser así? El Ziusudra lo había dicho
claramente: había ido hasta tan lejos para tan poco. Sin embargo, no me
sentía desconsolado por ello. Había jugado y había perdido, pero la apuesta
había sido grande. Sólo un loco lloraría cuando le pide a sus dados lo
imposible y éstos no se lo proporcionan.

Se acercaba ya el momento de mi partida cuando el viejo sacerdote Lu-


Ninmarka acudió a mí y pronunció un pequeño discurso, diciendo:

— El Ziusudra lamenta profundamente que hayas tenido que soportar tantas


dificultades y te hayas agotado tanto sin conseguir ninguna recompensa. A fin
de consolarte ha decidido revelarte algo oculto, uno de los secretos de los
dioses. Te lo ofrece como un regalo, para que lo lleves contigo de vuelta a tu
país.

— ¿Y de qué se trata? -pregunté.

— Ven conmigo.

En verdad me sentía tan desanimado que mi anhelo hacia cualquier regalo del
Ziusudra era prácticamente nulo; sólo deseaba marcharme de aquel lugar y
regresar lo más aprisa posible a Uruk. Pero sabía que no sería cortés ni
educado rehusar. Así que acompañé al sacerdote a un lugar alejado de la isla,
donde la tierra penetraba en el mar en una larga y estrecha punta con la
forma de la hoja de un cuchillo. Al extremo de esa punta vi un gran montón de
miles de grises conchas marinas de extraña forma, todas retorcidas y ásperas
por un lado, suaves y resplandecientes por el otro. Cerca de ellas había el tipo
de piedra que utilizan los buceadores como lastre cuando se sumergen en el
mar, y algunas cuerdas para atarlas a sus piernas.

— ¿Te preguntas por qué te he traído aquí? -dijo Lu-Ninmarka. Sonrió. Creo
que pretendía ser agradable, aunque para mí era como la sonrisa de una
calavera, tan delgado y carente de carne era su anguloso rostro. Recogió una
de las conchas grises, la sostuvo un momento en la palma de su mano, con el
lado liso hacia abajo, y la arrojó al suelo. Luego señaló al mar.

— Este es el lugar donde se encuentra la planta conocida como Rejuvenece:


ahí, en el fondo del mar. Fruncí el ceño y dije:

— ¿Rejuvenece? ¿De qué planta se trata? Me miró sorprendido.


— ¿No la conoces? Esa planta es la maravilla de las maravillas. De ella
extraemos una medicina que cura la más implacable de las enfermedades: me
refiero a la devastación de la edad. Es una medicina que restablece en el
hombre su anterior fuerza, que borra las arrugas de su rostro, que hace que
su pelo vuelva a crecer oscuro. Y la planta de la que procede vive en estas
aguas. ¿Ves estas conchas? Son sus hojas. Nos sumergimos en busca de la
planta, la sacamos a la superficie, extraemos su poder, y desechamos el resto.
De su fruto hacemos la poción que nos preserva de la edad. Éste es el regalo
de partida que te hace Ziusudra: se me ha permitido que te entregue el fruto
de la planta Rejuvenece para que te la lleves contigo en tu viaje.

— ¿Lo dices de veras? -pregunté, asombrado.

— Nunca bromearíamos contigo, Gilgamesh.

El desconcierto y la admiración me silenciaron por un momento. Cuando pude


hablar de nuevo dije con voz apenas audible:

— ¿Cómo obtendré esta milagrosa materia?

Lu-Ninmarka hizo un gesto con la mano hacia las piedras de los buceadores,
las cuerdas, el mar. Indicó que debía despojarme de mis ropas y descender al
interior de las aguas. Vacilé sólo un momento. El mar es el dominio de Enki, y
yo nunca me he sentido muy atraído por ese dios. Sería una nueva
experiencia para mí entrar en el mar. Bien, pensé, en mi travesía a Dilmun,
Enki no me había hecho ningún mal; cuando niño me había sumergido a
menudo en las aguas del río. ¿Qué tenía que temer allí? La planta Rejuvenece
me aguardaba en aquellas aguas. Eché a un lado mi capa; até las pesadas
piedras a mis pies; avancé torpemente hacia el borde del mar.

¡Qué clara era el agua, que cálida, qué suave! Lamía la rosada arena de la
orilla y adquiría ella misma una tonalidad rosada. Miré hacia Lu-Ninmarka,
que me animó a seguir adelante. Había que avanzar lentamente, con aquellas
piedras. El agua era poco profunda; avancé chapoteando con el agua hasta las
rodillas por un tiempo interminable. Pero finalmente llegué a un lugar donde
el reborde hundido de la tierra cedía y dejaba paso ante mí a lo que parecían
ser las fauces de un gran abismo. Miré de nuevo hacia atrás; de nuevo Lu-
Ninmarka me señaló hacia delante. Llené mi pecho de aire y me arrojé de
cabeza, y las piedras me arrastraron hacia abajo.

¡Ah, qué alegría era sumergirse en aquellas profundidades! Era como volar,
sereno y sin esfuerzo, pero volar hacia abajo, un puro y dulce descenso. Me
sentía absolutamente libre de cualquier temor. El color del mar se hacía más
profundo a mi alrededor: ahora era de un intenso zafiro, atravesado por
franjas de resplandeciente luz procedentes de arriba. Mientras descendía, los
peces se me acercaron y me estudiaron con sus grandes ojos saltones. Eran
de todos los colores, amarillos con franjas azules, escarlatas, azules, topacio,
esmeralda, turquesa; eran de colores que jamás había visto antes, y de
mezclas de colores que jamás hubiera creído que fuesen posibles. Hubiera
podido tocarlos, tan cerca estaban. Danzaban a mi alrededor con una gracia
inimaginable.
Abajo, abajo, abajo. Alcé mis brazos muy arriba por encima de mi cabeza y me
dejé arrastrar libremente por el tirón del abismo. Mi pelo se abría en abanico
alrededor de mi cabeza; una ristra de burbujas brotaba de mis labios; había
un tremendo resonar en mi pecho. Mi corazón estaba alegre; el más absoluto
de los deleites fluía a través de todo mi cuerpo. Era incapaz de decir cuánto
tiempo hacía desde que había experimentado por última vez una alegría
semejante. No desde que Enkidu se había ido de mi lado, por supuesto. ¡Ah,
Enkidu, Enkidu, si hubieras podido estar aquí a mi lado mientras me abría
camino hacia el abismo!

El agua era mucho más fría aquí. La brillante luz, muy arriba, era pálida, azul,
remota, como la luz de la luna velada por pesadas nubes. De pronto sentí algo
firme bajo mis pies: había alcanzado el suelo del reino sumergido. Suave
arena debajo, oscuras y dentadas rocas delante. ¿Dónde estaba la planta?
¿Dónde estaba Rejuvenece? ¡Ah, aquí, aquí! Vi una multitud de ellas: pétreas
hojas grises aferradas a las rocas. Toqué ligeramente varias de ellas,
maravillado, pensando: ¿Es ésta la que producirá la magia? ¿Es ésta la que
volverá hacia atrás los años? Arranqué una de las plantas. Me costó. La
superficie exterior era retorcida y aristada, como si estuviera cubierta por
pequeñas hojas afiladas, y pinchó mis manos como una rosa. Vi la nube
carmesí de mi sangre ascender a lo largo de mis brazos. Pero tenía la planta
de la vida y del aliento; la aferré fuerte; la alcé jubiloso, y hubiera lanzado un
grito de triunfo si eso hubiera sido posible en aquel mundo silencioso. ¡ La
Rejuvenece! ¡Sí! Quizá no pudiera ser mía la vida eterna, pero al menos
tendría alguna forma de escudarme contra el mordisco de los dientes del
tiempo.

¡Sube ahora, Gilgamesh! ¡Vuelve a la superficie del mar! Mi búsqueda había


terminado; y me di cuenta entonces por primera vez de que había agotado
todo mi aliento.

Me liberé de las piedras que había atado a mis pies y ascendí en el agua como
una flecha, dispersando a los asustados peces. El resplandor me envolvió. Salí
como un estallido al aire y sentí el bendito calor del sol. Riendo, chapoteando,
tambaleándome, salí del seno del mar y avancé hacia la orilla. En unos pocos
momentos hube alcanzado un lugar donde el agua era lo bastante somera
como para poder permanecer en pie; y avancé corriendo hasta que me hallé
de nuevo en tierra firme.

Tendí mi mano hacia Lu-Ninmarka, mostrándole la cosa gris e irregular que


sujetaba en ella. La sangre seguía brotando de los cortes que había causado
en mi carne, y sentí la sal del mar que escocía en ellos; pero eso no
importaba.

— ¿Es ésta? -exclamé-. ¿Es ésta la correcta?

— Déjame ver -murmuró-. Dame tu cuchillo.

Lo tomó y deslizó diestramente la hoja entre las dos valvas pétreas. Con una
fuerza que no creí que tuviera el viejo sacerdote abrió las dos valvas y las
volvió del revés. Dentro vi algo extraño, una cosa carnosa y arrugada,
pulsante, de color rosado, tan suave e intrincada y misteriosa como la parte
más íntima de una mujer. Pero eso no preocupó a Lu-Ninmarka; rebuscó con
los dedos entre los repliegues y, al cabo de un momento, lanzó una
exclamación y extrajo algo redondo y liso y resplandeciente, la perla que es el
fruto de la planta Rejuvenece.

— Eso es lo que buscamos -dijo. Arrojó descuidadamente a un lado las valvas


pétreas y la cosa rosada que contenían; un pájaro picó de inmediato para
devorar aquella tierna carne. Pero Lu-Ninmarka mantuvo la perla protegida
en la palma de su mano, acunándola como si fuese el más querido hijo de sus
entrañas. A la cálida luz del sol pareció brillar con una radiación interior; y su
color era intenso y espléndido, con un toque de azul mezclado en el cremoso
rosa. La tocó ligeramente con la punta de un dedo, haciéndola rodar en su
palma, pareciendo extraer de ello el máximo deleite. Luego, al cabo de un
rato, la colocó en mi mano y dobló mis ensangrentados dedos a su alrededor.

— Ponía en tu bolsa -dijo-, y consérvala como lo harías con el más grande de


tus tesoros. Llévala contigo a Uruk la de las grandes murallas, y guárdala en
tu caja fuerte. Y cuando sientas que los años empiezan a pesar sobre ti,
Gilgamesh, sácala, conviértela en un fino polvo, mézclala con un vino bueno y
fuerte, y bébela de un solo sorbo. Eso es todo. Tus ojos se volverán nítidos de
nuevo, tu aliento volverá en grandes inhalaciones, tu fuerza será otra vez la
fuerza del matador de leones que fuiste antes. Éste es nuestro regalo para ti,
Gilgamesh de Uruk.

Miré la perla con ojos muy abiertos.

— No hubiera podido pedir nada mejor.

— Ahora vamos. El barquero te espera.


38

Hosco y melancólico y silencioso como siempre, Sursunabu el barquero me


llevó de vuelta por la tarde a la gran isla cercana. Una vez más me alojé en la
ciudad principal de Dilmun por unos días, hasta que pude conseguir pasaje a
bordo de un barco que se dirigía a la Tierra. Recorrí ociosamente las
empinadas calles, pasé por delante de las tiendas de ladrillo y madera con sus
amplias entradas donde los artesanos del oro y del cobre y de las piedras
preciosas exhibían el producto de sus habilidades, y miré hacia la playa y sus
barcos, y más allá hacia la amplia sábana azul del mar y la pequeña y arenosa
isla. Pensé en el Ziusudra que no era Ziusudra, y en los sacerdotes y
sacerdotisas que lo servían en los misterios de su culto, y en el auténtico
relato que me habían contado de la llegada del Diluvio, tan diferente del que
me habían contado en la Tierra; y pensé también en el pétreo fruto de la
planta Rejuvenece guardado en una bolsita en torno a mi cuello y que ardía
contra mi pecho como una esfera de llamas. Así que al fin mi búsqueda había
terminado. Volvía a casa; y aunque no había encontrado lo que había venido a
buscar, al menos había conseguido parte de ello, un medio de luchar contra el
destino que tanto aborrecía.

Que así fuera. ¡Ahora, a Uruk!

Había un barco mercante de Meluhha en el puerto, que ya había terminado


todos sus negocios en tierra. Partiría hacia el norte hasta Eridu y Ur para
intercambiar sus mercancías con los productos de la Tierra; y luego, cuando
estuviera cargado, se dirigiría de vuelta al Mar del Sol Naciente y partiría
hacia el distante y misterioso lugar en el este de donde había venido. Supe
esto de un mercader de Lagash que se alojaba en mi hostería.

Fui al puerto y me dirigí al dueño del barco de Meluhhan. Era un hombre bajo
y de aspecto delicado con una piel tan negra como el ébano y acusados
rasgos, delicados y orgullosos; comprendía bastante bien mi lenguaje, y dijo
que me tomaría como pasajero. Le pedí que fijara su precio, y lo hizo: calculo
que era la mitad de lo que valía su barco. Me miró con unos ojos como ónice
pulido y sonrió. ¿Esperaba que regateara con él? ¿Cómo podía yo hacer algo
así? Soy rey de Uruk; no puedo regatear. Quizá él supiera eso y se estuviera
aprovechando de ello. O quizá pensara que yo no era más que un fornido
estúpido, con más plata que inteligencia. Bien, era un precio alto; se llevó casi
toda la plata que me quedaba. Pero eso no importaba demasiado. Había
permanecido demasiado tiempo lejos de la Tierra; pagaría eso y más con el
corazón alegre, con tal de que me llevara de vuelta a casa.

Partimos, pues. Un día, mientras el cielo era tan llano y ardiente como un
yunque, los pequeños hombres de Meluhha, de piel oscura, izaron su vela y
saltaron a sus remos, y pusimos rumbo al norte, a mar abierto.

La carga era maderas de varias clases de su tierra, que estaban almacenadas


en grandes montones en cubiertas, y arcones que contenían lingotes de oro,
peines y figurillas de marfil, cornalina y lapislázuli. El capitán dijo que había
hecho aquel viaje cincuenta veces y que tenía intención de hacerlo otras
cincuenta antes de morir. Le pedí que me hablara de los países que se
extienden entre Meluhha y la Tierra. Deseaba conocer la forma de sus costas,
el color del aire, el aroma de las flores, y un centenar de otras cosas; pero él
se limitó a encogerse de hombros y dijo:

— ¿A qué viene este interés? El mundo es igual en todas partes.

Sentí una gran piedad hacia él al oírle decir eso. Entre aquellos meluhhanos
me sentía como un coloso. Desde hace tiempo me he acostumbrado a dominar
con mi estatura a los hombres de la Tierra, superándoles la cabeza y los
hombros e incluso el pecho; pero en este viaje mis compañeros apenas me
llegaban al estómago, e iban de un lado para otro a mi alrededor casi como si
fuesen pequeños monos. ¡Por Enlil, yo debía parecerles algo monstruoso! Sin
embargo no me mostraban ni miedo ni admiración; para ellos era
simplemente una curiosidad bárbara, supongo, algo que contarían en sus
relatos de marinos cuando llegaran a su tierra natal:

— Creedlo si queréis, pero tuvimos un pasajero entre Dilmun y Eridu, ¡y su


estatura era como la de un elefante! También era tan estúpido como un
elefante, e igual de torpe…, cuidábamos mucho de permanecer fuera de su
camino, ¡o de otro modo nos hubiera pisoteado sin darse cuenta de que
estábamos allí!

En realidad, me hacían sentir como un patán, debido a lo pequeños y ágiles


que eran; pero diré en mi defensa que el barco estaba construido para
personas de un tamaño inferior al mío. No era culpa mía el que tuviera que ir
constantemente semiagachado y con los brazos a los costados, apenas capaz
de moverme sin chocar contra algo.

El sol era blanco y ardiente y el cielo sin nubes despiadado. Había poco
viento; pero tan hábiles eran aquellos marinos que mantenían el barco en
movimiento incluso con la más ligera de las brisas. Los observaba admirado.
Trabajaban como si sólo tuvieran una mente; cada cual ejecutaba sus tareas
sin necesidad de que nadie le mandara nada, rápido y silencioso bajo el
bochornoso calor. Si me hubieran pedido que les ayudara en algo lo hubiera
hecho, pero me dejaban de lado. ¿Sabían que yo era un rey? ¿Les importaba?
Creo que eran una raza curiosa; pero trabajaban duro.

Al anochecer, cuando se reunían para su comida vespertina, me invitaban


tímidamente a que me uniera a ellos. Cada noche comían un guiso de carne o
de pescado de un sabor tan intenso que creí que iba a quemarme los labios, y
una especie de gachas que sabían a leche cuajada. Después de comer
cantaban: una música extraña, retorciendo y entrelazando sus voces para
crear sorprendentes melodías que se agitaban como serpientes. Y así
transcurrió el viaje. Me alegraba permanecer un tanto apartado de ellos, a
solas conmigo mismo, porque me sentía cansado y tenía muchas cosas en que
pensar. De tanto en tanto tocaba la perla de la planta Rejuvenece que colgaba
de mi cuello; y pensaba a menudo en Uruk y en lo que allí me aguardaba.

Finalmente vi las queridas orillas de la oscura Tierra destacarse en el


horizonte. Entramos en la amplia boca de los ríos gemelos y seguimos
adelante, y adelante y adelante, hasta llegar al lugar donde los dos ríos se
dividen. Y allí delante estaba el Idigna, abriéndose camino desde la derecha; y
allí delante estaba también el Buranunu, nuestro gran río, procedente de la
izquierda. Di las gracias a Enlil. Todavía no estaba en casa; pero el viento que
llegaba a mi rostro era el viento que había soplado ayer sobre mi ciudad
nativa, y eso sólo era suficiente para alegrarme.

Poco después atracamos en los muelles de la sagrada Eridu. Allí dije adiós al
capitán meluhhano y bajé solo a tierra. No era prudente ir hasta más allá en
aquel barco, porque el siguiente puerto de atraque sería Ur; y no habría
ninguna forma de ocultarme allí bajo el disfraz de viajero solitario. En Ur
sería reconocido. Si ponía el pie en aquel lugar sin un ejército a mis espaldas
sabía que nunca volvería a ver Uruk de nuevo. También me conocían en
Eridu. Apenas llevaba tres minutos fuera del barco cuando empecé a ver ojos
que me miraban parpadeantes y dedos que me señalaban, y les oí susurrar
con sorpresa y maravilla: "¡Gilgamesh! ¡Gilgamesh!" Era de esperar. Había
estado muchas veces en Eridu para los ritos de otoño que forman como una
estela del Sagrado Matrimonio. Pero no estábamos en otoño, y yo llegaba sin
ningún séquito. No era extraño que me señalaran y murmuraran.

Eridu es la ciudad más antigua del mundo. Decimos que fue la primera de las
cinco ciudades que existieron antes del Diluvio. Quizá fuera así, aunque ya no
tengo tanta fe en esas viejas historias como antes de mi visita al Ziusudra.
Enki es el principal dios del lugar, el que tiene poder sobre las dulces aguas
que fluyen por debajo de la tierra; su gran templo está aquí, y su morada
principal se halla debajo de él, o así se dice. Creo que debe ser así: puedes
cavar en cualquier lugar en el suelo de Eridu y descubrir agua fresca.

Eridu se halla algo apartada del Buranunu, pero está conectada al río
mediante lagunas y buenos canales, es tan puerto fluvial como cualquiera de
las otras ciudades del río. Su emplazamiento es difícil, sin embargo, porque el
desierto se inicia inmediatamente al borde de la ciudad, y creo que algún día
las dunas llegarán a cubrirla por completo. Ellos también deben creerlo así,
porque han situado no sólo el templo sino toda la ciudad encima de una gran
plataforma elevada. Hay mucha piedra en torno a Eridu, y los constructores
de la ciudad han sabido usarla bien. La pared que sustenta la plataforma es
una enorme estructura revestida de piedra caliza, y los escalones del templo
son grandes losas de mármol. Es algo digno de ser envidiado, tener tanta
piedra tan cerca de tu ciudad, y no verte obligado como nosotros a construir
sólo a base de barro.

Los mercaderes de Uruk han mantenido desde hace mucho una casa
comercial en Eridu, cerca del templo de Enki: un lugar que mantienen en
común, donde pueden extenderse crédito los unos a los otros y hacer el
balance de sus libros e intercambiar rumores acerca del mercado y hacer
todas las demás cosas que hacen los mercaderes. Hacia allí me dirigí desde el
muelle, avanzando sin preocuparme por entre una multitud cada vez mayor
de murmuradores y señala-dores: "¡Gilgamesh! ¡Gilgamesh!", durante todo el
camino. Cuando entré en la gran estancia comercial descubrí a tres hombres
de mi ciudad realizando su trabajo de escribas con estilos y tablillas; saltaron
en pie apenas me vieron, jadeando y poniéndose pálidos como si el propio
Enlil hubiera entrado entre ellos. Luego cayeron de rodillas y se pusieron a
hacer frenéticamente los signos reales, moviendo los brazos y agitando las
cabezas como locos frenéticos. Pasó un tiempo antes de que se calmaran lo
suficiente como para hacerse entender.

— ¡No estás muerto, majestad! -exclamaron.

— Evidentemente no -dije-. ¿Quién hizo circular esa historia?

Se miraron inseguros entre sí. Finalmente el más viejo y de aspecto más


despierto respondió:

— Se dijo en el templo, creo. Que te habías marchado de la ciudad para llorar


a tu hermano Enkidu, y que habías sido devorado por los leones…

— No, que habías sido arrebatado por los demonios -intervino otro-. Por los
demonios, sí, que cayeron sobre ti en un torbellino…

— El pájaro Imdugud fue visto encima de los tejados de la ciudad, chillando


horribles presagios, durante cinco noches consecutivas… -declaró el tercero.

— En los pastos fue hallado un ternero con dos cabezas…, fue sacrificado al
Ubshukkinakku…

— Y en el Santuario de los Destinos…

— Sí, y hubo una bruma verde en torno a la luna, que…

— ¡Alto! -interrumpí con un grito todos aquellos balbuceos-. Decidme esto:


¿en qué templo fui dado por muerto?

— ¡Oh, en el templo de la diosa, majestad!

Sonreí. No era una sorpresa muy grande.

— Ah -dije suavemente-. Ah. Entiendo: por supuesto. Fue la propia Inanna


quien dio la triste noticia, ¿verdad?

Asintieron. Parecían más intranquilos a cada momento que pasaba.

Pensé en Inanna y en su odio hacia mí, y en su hambre de poder, y en cómo


había echado fríamente al rey Dumuzi a un lado hacía mucho tiempo cuando
había dejado de servir a sus necesidades; y supe que mi partida de Uruk
debía haberle parecido como un regalo de los dioses; y me dije a mí mismo
que había cometido la más estúpida de las estupideces al huir en mi locura y
en mi dolor en busca de la vida eterna, cuando debía ocuparme de los deberes
de esta vida. ¡Cómo debió reírse cuando le comunicaron la noticia de que me
había marchado bruscamente de la ciudad! ¡Cómo debió gozar cuando
transcurrieron los días y yo no regresé, y nadie sabía dónde estaba!

— ¿Se mostró muy apenada? -pregunté-. ¿Se lamentó y rasgó sus vestiduras?
Asintieron de la manera más solemne.

— Su dolor fue realmente grande, oh Gilgamesh.

— ¿E hicieron sonar los tambores por mí? ¿El tambor lilissu, los pequeños
tambores balag? No respondieron.

— ¿Lo hicieron? ¿Lo hicieron?

— Sí. -Fue un ronco susurro-. Hicieron sonar los tambores por ti, oh
Gilgamesh. Te lloraron enormemente.

Mi cabeza rugió. Tuve la sensación de que el acceso iba a apoderarse de mí.


Sentí el zumbido en mi interior. Me acerqué a ellos, hasta que se echaron a
temblar al verme tan próximo, y estaba temblando cuando les formulé la
pregunta que más temía hacer:

— Y decidme, ¿han elegido ya a otro rey en mi lugar?

De nuevo el intercambio de inquietas miradas. Aquellos indefensos


mercaderes temblaban como hojas en una tormenta de otoño.

— ¿Lo han hecho? -quise saber.

— No… Todavía no, oh Gilgamesh -dijo finalmente uno.

— Ah, ¿todavía no? ¿todavía no? Los presagios no resultan aún favorables,
imagino.

— Dicen que la diosa ha exigido un nuevo rey, pero hasta ahora la asamblea
ha elegido retener su consentimiento. Hay quienes creen que aún estás vivo…

— Evidentemente, lo estoy -dije.

— …y temen que los dioses se muestren disgustados, si es puesto demasiado


apresuradamente un rey en tu lugar…

— Los dioses se mostrarán por supuesto disgustados -dije-. Y no sólo los


dioses.

— …pero todo el mundo está de acuerdo en que se necesita un rey en Uruk;


porque tú sabes, majestad, que Meskiagnunna de Ur está henchido de
orgullo, y que ha puesto tanto Kish como Nippur bajo su mano, y que ahora
mira hacia nuestra ciudad…, y que en estos meses de inquietud no hemos
tenido un rey…, no hemos tenido un rey, majestad…

— Tenéis un rey -dije-. No cometáis un error al respecto: tenéis un rey.


Espero que no tengáis dos, a estas alturas.

Supongo que había una cierta ligereza en el tono de mi voz, pero ninguna en
mi corazón. Sentía un gran peso dentro de mí, y mucho desconcierto. ¿Seguía
siendo rey? ¿Lo merecía ser todavía? Los dioses me habían puesto al mando
de Uruk y yo había desertado de mi puesto: eso no podía negarse. Y la culpa
de todo ello, podía decir cualquiera, era completamente mía. ¿Pero puede
culparse alguna vez a alguien de algo, cuando son los dioses quienes pulsan
todas las cuerdas? ¿Acaso no eran los dioses quienes primero me habían
enviado a Enkidu, y luego me lo habían arrebatado? ¿Y no eran pues los
dioses quienes habían despertado en mí el dolor, el miedo a morir, que me
había empujado a mi búsqueda de la vida? Sí. Sí. Sí. No creía que fuese culpa
mía. Yo sólo había estado siguiendo los dictados de los dioses en todas las
cosas. ¿Pero dónde estaba entonces la voluntad del orgulloso Gilgamesh?
¿Acaso no era otra cosa que el juguete de los remotos y despreocupados
dioses superiores a quienes pertenece el mundo? El sirviente de los dioses, sí:
no negaré eso. Todos somos sirvientes de los dioses, y es una locura pensar
de otro modo. ¿Pero su juguete? ¿Algo que pueden manejar a su antojo?

Bien, no podía entretenerme con estas cuestiones. Las eché a un lado. Si ya


no soy rey de Uruk, pensé, entonces dejemos que la diosa me lo diga. No su
sacerdotisa, sino la propia diosa. Iré a la ciudad; buscaré allí mis respuestas.

Entonces sentí la intensa presencia de mi padre el héroe Lugalbanda dentro


de mí. Hacía mucho que no la sentía. El gran rey llenó mi espíritu con su
fuerza y me dio mucho confort. Supe por ello que no necesitaba sentir
vergüenza por nada de lo que había hecho. Las cosas que había hecho eran
las que los dioses habían decretado para mí, y eran cosas correctas y
pertinentes. Mi dolor había sido necesario. Mi búsqueda había sido necesaria.
Los dioses habían decidido otorgarme la sabiduría: yo había obedecido
simplemente sus designios.

Ya no dudé de que seguía siendo rey. Envié de inmediato al más viejo de los
mercaderes al palacio del gobernador de Eridu, a decirle que su señor
Gilgamesh de Uruk había llegado a su ciudad y que aguardaba una bienvenida
apropiada. Di instrucciones al más joven de los mercaderes para que tomara
pasaje aquel mismo día a bordo del próximo barco que partiera hacia Uruk, a
fin de poder llevar la noticia de que el rey volvía de sus viajes. Y envié al
tercer hombre a buscarme vino y carne asada, y una ramera de altos pechos
de dieciséis o diecisiete años; porque de pronto los jugos de la vida estaban
recorriendo de nuevo mi cuerpo. En todo aquel oscuro período errante desde
el momento de la muerte de Enkidu, me había vuelto un extraño para mí
mismo. Tuve la sensación de como si me hubiera escindido en dos, y la parte
que era Gilgamesh se había extraviado en alguna parte dejando tras de sí sólo
un cascarón, y yo era ese cascarón. Pero ahora el vigor y las energías de la
vida que eran Gilgamesh el rey habían vuelto a mí. Era de nuevo yo mismo.
Era Gilgamesh, total y completo. De lo que di las gracias a Enlil el dueño, y a
An el gran padre, y a Enki el dios del lugar donde me hallaba ahora; pero mi
más cálido agradecimiento fue al dios Lugalbanda, de cuya semilla había
brotado. Los grandes dioses están muy lejos, y nosotros sólo somos, en el
mejor de los casos, meros granos de arena para ellos. Pero Lugalbanda estaba
muy cerca de mí, entonces y siempre.
39

El gobernador en Eridu era entonces Shulutula hijo de Akurgal. Era un


hombre bajo, gordo y de piel oscura con una gran y redonda nariz. Eridu no
tiene reyes; el reino fue apartado de aquella ciudad hace mucho tiempo, antes
del Diluvio. Pero aunque su rango era sólo de gobernador, Shulutula vivía
como un rey, en un gran palacio formado por dos edificios gemelos rodeados
por un enorme muro doble. Me recibió nervioso, pero su naturaleza era
tranquila y tan pronto como se dio cuenta de que no estaba allí para
desposeerle o para hacerle grandes peticiones de su tesoro, se sintió mucho
más sosegado. Aquella noche ordenó una gran fiesta para mí y me cubrió de
regalos, finas lanzas y algunas concubinas y una preciosa estatuilla hecha de
alabastro de la longitud de mi brazo, con los ojos incrustados de lapislázuli y
conchas.

Hablamos hasta bien entrada la noche. Sabía que yo había estado algún
tiempo fuera de Uruk, pero no se atrevió a preguntar por qué, ni dónde había
estado. Intenté obtener de él un relato de los acontecimientos más recientes
en mi ciudad, pero no pudo o no quiso decirme mucho, sólo que había oído
decir que la cosecha había sido pobre y que se habían producido algunas
inundaciones a lo largo de los canales durante la estación de las aguas altas.
Pero el centro de su preocupación, evidentemente, no era Uruk sino Ur. Esa
poderosa ciudad, después de todo, estaba sólo a unas pocas leguas de Eridu;
y Meskiagnunna había engullido ya a Kish y Nippur. ¿Cuál sería la próxima, si
no Eridu?

— ¿Cómo podemos dudarlo? -me dijo Shulutula-. Quiere reinar sobre toda la
Tierra.

— Los dioses no han concedido el sumo reinado a Ur -dije.

Miró sombrío su copa de vino.

— ¿Podemos estar seguros de eso?

— No es posible.

— Hubo una ocasión en que el reinado recayó en Eridu, ¿no? -dijo Shulutula-.
Hace mucho, antes del Diluvio. Luego pasó a Badtibira, a Larak, a…

— Sí -corté, impaciente-. No hace falta que me lo digas, conozco los antiguos


anales tan bien como tú.

Aunque evidentemente mi tono brusco lo alteró, no se dejó impresionar. Me


gustó por aquello.

— Suplico tu indulgencia -fue todo lo que dijo, y luego, con sorprendente


atrevimiento, continuó como si yo no hubiera comentado nada-:…a Sippar y a
Shuruppak. Luego vino el Diluvio, y todo resultó destruido. Después del
Diluvio, cuando el reinado de la tierra descendió de nuevo de los cielos, el
lugar donde fue a residir fue Kish, ¿no?

— Exacto -dije.

— Meskiagnunna se ha hecho el amo de Kish; no puede decirse entonces que


el reinado ha sido de Kish a Ur?

Entonces vi a dónde quería ir.

Agité la cabeza.

— Es difícil -dije-. El reinado residió en Kish, sí. Pero olvidas algo. En los
primeros años de mi reinado Agga de Kish acudió a Uruk para hacer la
guerra, y fue derrotado y tomado cautivo. Resulta claro que el reinado pasó
de Kish a Uruk en ese momento. Cuando el rey de Ur se apoderó de Kish, sólo
se apoderó de algo vacío. El reinado había desaparecido de allí; había ido a
Uruk. Donde reside ahora.

— Entonces, ¿mantienes que el rey de Uruk es el rey de toda la Tierra?

— Absolutamente -dije.

— ¡Pero no ha habido rey en Uruk en todos esos meses pasados!

— Muy pronto habrá de nuevo rey en Uruk, Shulutula -le dije. Me incliné
hacia delante hasta que casi pude tocar la enorme protuberancia de su nariz
con la punta de la mía, y dije de una forma que no admitía equívocos-:
Meskiagnunna puede quedarse con Kish si lo desea. Pero no le permitiré que
conserve Nippur, porque es una ciudad sagrada y debe ser libre; y te digo
esto: nunca tendrá Eridu tampoco. No tienes nada que temer. -Entonces me
levanté; bostecé y me estiré; y vacié mi última copa de vino-. Ya es bastante
festín para esta noche, creo. El sueño me reclama. Por la mañana visitaré los
templos, y luego iniciaré mi viaje a casa. Necesitaré de ti un carro y una reata
de asnos, y un auriga que conozca el camino del norte.

Pareció desconcertado.

— ¿Piensas ir por tierra, majestad?

Asentí.

— Daré a mi pueblo más tiempo para preparar mi recibimiento.

— Entonces te proporcionaré una escolta de quinientos soldados para ti, y


cualquier otra cosa que puedas…

— No -dije-. Sólo un carro, y animales para tirar de él. Un sólo auriga. No


necesito más que esto. Los dioses me protegerán, Shulutula, como siempre lo
han hecho. Iré solo.

Le costó comprender aquello. No podía ver que yo no deseaba entrar en Uruk


a la cabeza de un ejército de soldados extranjeros: quería entrar en mi ciudad
del mismo modo que la había abandonado, solo, sin temor. Mi pueblo me
aceptaría como su rey porque era su rey, no porque quisiera reimponerme
por la fuerza. Cuando los hombres son dominados por la fuerza de las armas,
no someten sus almas, simplemente doblegan sus cuerpos porque no tienen
otra elección. Pero cuando los hombres son dominados por el poder del
carácter ceden hasta lo más profundo de sus corazones, y se someten de
forma absoluta. Cualquier rey inteligente sabe estas cosas.

Así que acepté de Shulutula de Eridu solamente lo que le había pedido: un


carro, un auriga. También me dio algunas provisiones y un carcaj de
espléndidas jabalinas, en caso de que encontrásemos leones o lobos a lo largo
del camino; pero, aunque no dejó de dar vueltas a mi alrededor intentando
ansiosamente persuadirme de que aceptar a una escolta algo más imponente
de sus hombres, no cedí.

Permanecí en Eridu cinco días más. Había purificaciones que debía hacer
ante los santuarios de Enki y An, y un rito privado en honor de Lugalbanda.
Esos asuntos me ocuparon tres días; el cuarto, según los conjuradores de
Shulutula, era un día nefasto, así que me quedé hasta el quinto. Partí hacia
Uruk al despuntar el alba. Era el duodécimo día del mes du'uzu, cuando el
pleno calor del verano empieza a caer sobre la Tierra. El auriga que me dio
era un hombre corpulento llamado Ninurta-mansum, que tendría quizás unos
treinta años, con los primeros flecos grises asomando en su barba. Llevaba
cruzando su pecho la banda escarlata que anunciaba que había jurado su vida
al servicio de Enki. De una forma curiosa, me hizo recordar la gruesa cicatriz
rojiza que había marcado el cuerpo del viejo Namhani, que había conducido
mi carro hacía mucho, cuando yo era un joven príncipe al servicio de Agga de
Kish. Lo cual era sorprendentemente apropiado, puesto que el único auriga
que haya llegado a conocer nunca que pudiera igualarse en habilidad a
Ninurta-mansum fue Namhani: parecían hermanos gemelos en eso. Cuando
sujetaban las riendas, era como si sujetaran en sus manos las almas de sus
animales. A la hora de mi partida, abracé a Shulutula y le juré una vez más
que protegería su ciudad contra las ambiciones del rey de Ur; él sacrificó una
cabra y derramó una libación de sangre y miel en la puerta principal para
asegurar mi feliz paso hasta casa; y luego salí en la mañana. Abandonamos la
ciudad por la Puerta del Abismo y cruzamos las altas dunas y un gran
bosquecillo de espinosos árboles kiskanu, casi un auténtico bosque: cuando
miré hacia atrás, vi las torres del palacio y los templos de Eridu alzarse como
los castillos de los príncipes demonio contra el pálido cielo de primera hora
de la mañana. Luego cruzamos un tosco puente de piedra y descendimos al
valle, y la ciudad se perdió a nuestras espaldas.

Ninurta-mansum sabía muy bien quién era yo y qué sería lo más probable que
ocurriera si caía en manos de algún escuadrón de en patrulla de hombres de
Ur. Así que dio un amplio rodeo a esa ciudad y se adentró en la desierta y
desolada tierra de la parte occidental de Eridu. Todo era yermo allí, y soplaba
un áspero y deprimente viento: la arena se elevaba en grandes torbellinos y
tomaba la forma de tenues fantasmas cuyos melancólicos ojos no me
abandonaban a lo largo de todo el día. Pero no sentía miedo. No eran más que
torbellinos de arena.

Los asnos parecían incansables. Avanzaban hora tras hora, y no parecían


conocer ni hambre, ni sed ni fatiga. Puede que estuvieran encantados, o quizá
fueran demonios bajo un conjuro, tan incansables eran. Cuando se detenían al
anochecer, apenas parecían cortos de aliento. Me pregunté cómo los animales
iban a obtener agua en aquella sequedad; pero Ninurta-mansum empezó de
inmediato a cavar, y al cabo de pocos momentos un fresco y suave manantial
aparecía burbujeando entre la arena. Sin duda la bendición de Enki estaba
sobre aquel hombre.

Cuando ya no corríamos riesgo de encontrarnos con guerreros de Ur, el


auriga empezó a guiarnos más cerca del río. Estábamos en el lado de poniente
del Buranunu, y en algún punto tendríamos que cruzarlo para alcanzar Uruk;
pero eso no significaba una gran tarea para Ninurta-mansum. Conocía un
lugar donde, en aquella época del año, el río era poco profundo y el fondo era
firme, y nos llevó a través de él. Pasamos un mal momento cuando el asno
delantero de la izquierda perdió pie y cayó, lo cual creí que iba a hacer volcar
el carro. Pero Ninurta-mansum aferró fuertemente las riendas y reunió todas
sus fuerzas para mantenernos erguidos. Los otros tres asnos aguantaron
firmes. El que había caído salió del río bufando y escupiendo agua, y volvió a
equilibrarse en su sitio; y salimos sanos y salvos a la orilla de levante del río.
Quizá ni siquiera Namhani hubiera sido capaz de aquello.

Ahora nos hallábamos en tierras tributarias de Uruk. La ciudad en sí estaba


todavía a algunas leguas hacia el nordeste. No sabía en qué región habíamos
entrado, si era de Inanna o de An o de algún magnate de la ciudad -incluso
podía ser mía, porque poseía grandes extensiones en aquel distrito-, pero
fuera de quien fuese, tierra del templo o tierra privada, era tierra de Uruk.
Tras mi larga ausencia sentí una tal alegría al ver aquellos ricos y fértiles
campos que estuve a punto de saltar del carro y besar el suelo. En vez de ello
me contenté con una libación y los breves ritos del regreso a casa. El auriga
se arrodilló a mi lado, pese a que era un extraño en Uruk. Ese auriga era un
hombre santo; más santo que algunos sacerdotes y sacerdotisas que he
conocido.

Ahora nos encontrábamos con gente campesina, y por supuesto me


reconocían como su rey, aunque sólo fuera por mi altura y prestancia. Corrían
al lado del carro gritando mi nombre: yo agitaba la mano, sonreía, les hacía
los signos de los dioses. Ninurta-mansum refrenó los asnos y avanzamos a un
trote corto, a fin de que la gente pudiera mantenerse a mi lado. Fueron
aumentando de número, llegados de este campo y de ese otro y del de más
allá a medida que la noticia se extendía, hasta que estuvimos rodeados por
cientos de ellos. Esa noche, cuando nos detuvimos, nos trajeron lo mejor que
tenían, fuerte cerveza negra y esa cerveza roja que tanto les gusta, y vino de
dátiles, y carne asada de ternera y cordero. Y fueron llegando uno a uno a lo
largo de las horas, llorando de alegría, para arrodillarse ante mí y expresar su
alegría de que aún estuviera vivo y pudiera seguir gobernándoles. Me han
agasajado de formas más ricas y solemnes, pero no creo que ninguno de esos
agasajos haya llegado a emocionarme tanto como aquél.
Por supuesto, la noticia de que me aproximaba a la ciudad me precedió a
Uruk. Eso era lo que pretendía. Estaba seguro de que Inanna había utilizado
mi ausencia para acumular el máximo de poder en sus manos; deseaba que
ese poder empezara a escapársele, hora tras hora, a medida que los
ciudadanos susurraban entre ellos acerca del inminente regreso de su rey.

Luego, finalmente, un día en que el calor danzaba en el cielo como las olas del
océano, divisé las murallas de Uruk alzándose en la distancia, brillando como
el cobre resplandeciendo al sol. ¿Hay alguna visión más espléndida en todo el
mundo que las murallas de Uruk? Creo que no. Creo que hubiera oído hablar
de ello, si existiera algo comparable. Pero no existe, porque la nuestra es la
ciudad de las ciudades, la diosa entre las ciudades, la ciudad que se halla en
el corazón y en el centro del mundo.

Cuando estuve más cerca, sin embargo, vi algo poco familiar. En la llanura
exterior de la ciudad, en la franja de tierra desnuda y arenosa que se extiende
entre la Puerta Alta y la Puerta de Nippur, capté destellos de brillante color
que brotaban como flores bajo las murallas: macizos escarlatas y negros,
amarillos y azules brillantes. Constituyeron un misterio para mí hasta que
estuve más cerca; entonces me di cuenta de que en aquel lugar habían sido
erigidos tiendas y pabellones. En celebración de mi regreso, pensé. Pero
estaba equivocado. En vez de ver a mis buenos y leales Bir-hurturre y
Zabardi-bunugga cabalgar hacia mí para recibirme con las tropas y
escoltarme al interior de la ciudad, como había esperado, vi a tres mujeres de
Inanna salir a pie de aquellos pabellones. Así comprendí de inmediato que
iban a presentarse dificultades. No las conocía por sus nombres, pero las
había visto en los ritos: eran altas sacerdotisas. Llevaban ricas túnicas
escarlatas y el emblema de la serpiente en bronce enroscado en torno a sus
brazos izquierdos. Cuando estuve a distancia de oído de la del centro, que era
alta y majestuosa, con el pelo negro apretadamente tensado, ésta hizo los
signos de la diosa en mi dirección y exclamó:

— ¡En nombre de Inanna te pido que no vayas más allá!

Aquella era una osadía demasiado grande incluso para Inanna. Me quedé
rígido y contuve el aliento mientras la rabia ascendía en mí; pero luego me
forcé a tranquilizarme. Con voz calmada dije: -¿No me conoces, sacerdotisa?
Sus ojos se encontraron fríamente con los míos. Capté una gran fuerza en
ella, y un formidable poder.

— Eres Gilgamesh hijo de Lugalbanda -dijo.

— Exacto. Soy Gilgamesh rey de Uruk, que vuelve de su peregrinaje. ¿O


piensas discutir eso?

Con la misma voz comedida dijo, como si no estuviera admitiendo nada:

— Eso es cierto. Eres el rey.

— Entonces, ¿por qué las mujeres de la diosa me hacen detener en este lugar
fuera de las murallas? Entraré en mi ciudad. He estado fuera mucho tiempo;
ansio verla de nuevo.

Éramos como dos espadachines, tanteándonos el uno al otro con cautelosos


golpes.

— La diosa me pide que te comunique la alegría que siente ante tu regreso


sano y salvo -respondió, sin el menor rastro de alegría en su tono-, y me
requiere que te pida que acudas al lugar de purificación que hemos erigido
fuera de las murallas. Abrí mucho los ojos.

— ¿Purificación? ¿Acaso vuelvo impuro? Dijo blandamente:

— La diosa ha seguido tu peregrinaje en sueños, oh rey. Sabe que espíritus


oscuros se han infiltrado en tu alma; y desea limpiarte de su fuerza maligna
antes de que entres en la ciudad. Su destino es servir, y éste es su servicio: tú
ya lo sabes..

— Su amabilidad es excesiva.

— No es una cuestión de amabilidad, oh rey. Es una cuestión de salud para tu


alma y seguridad para la ciudad, y de equilibrio divino y orden en el reino,
que deben ser mantenidos. Por eso la diosa ha decretado esos ritos, movida
por su gran bondad y amor.

Ah, pensé. ¡Su gran bondad y amor! Casi estuve a punto de estallar en
carcajadas. Pero no lo hice; me controlé. Bien, me dije a mí mismo, jugaré a
su juego hasta el final. Dije, de la forma más cortés y formal:

— La bondad de la diosa es sublime. Si mi alma corre algún riesgo, debe ser


purificada. Condúceme al lugar de la purificación.

Mientras descendía del carro, Ninurta-mansum me miró, y le vi fruncir el


ceño. No tenía por qué preocuparse de que se estuviera fraguando alguna
traición contra mí: al fin y al cabo era un hombre de Shulutula, no mío. Sin
embargo, estaba intentando advertirme. Me di cuenta de que era alguien que
moriría de buen grado por mí, si era necesario. Le di una tranquilizadora
palmada en el hombro y le dije que llevara a los asnos a pastar, pero que no
se alejara demasiado de mí. Luego, a pie, seguí a las tres sacerdotisas de
Inanna hacia los pabellones debajo de la muralla. Se había tomado a todas
luces su tiempo en planear aquello. Lo que había construido ahí fuera era
virtual-mente un recinto sagrado. Había cinco tiendas, una grande con los
haces de cañas de Inanna clavados en la arena ante ella, y cuatro más
pequeñas donde parecían haberse instalado todo tipo de utensilios sagrados:
braseros, incensarios, imágenes y estandartes sagrados, y cosas así. Mientras
me acercaba, las sacerdotisas empezaron a cantar, los músicos a golpear sus
tambores y a soplar sus pífanos, las danzarinas del templo a girar y girar en
torno mío con las manos cogidas. Miré hacia la tienda principal. La propia
Inanna debía estar aguardándome en ella, pensé, y de pronto sentí la
garganta seca y fieros retortijones en las entrañas. ¿Estaba asustado? No, no
era exactamente miedo; era la sensación de una gran finalidad cerrándose
sobre mí. ¿Cuánto tiempo hacía desde que nos habíamos visto por última vez
cara a cara? ¿Qué transformaciones había realizado a mis espaldas en la
ciudad desde entonces? Seguro que hoy pretendía desautorizarme de alguna
manera, pero ¿cómo? ¿Cómo? ¿Y cómo podía yo defenderme? Desde mi
infancia -cuando ella era también poco más que una niña-, mi destino se había
visto profundamente entremezclado con aquella mujer de oscura alma; y
parecía seguro que ahora me estaba aproximando, dentro de aquella gran
tienda escarlata y negra que se alzaba ante mí en la llanura de Uruk, a la
colisión definitiva de nuestros destinos.

Pero estaba equivocado una vez más. Las tres sacerdotisas alzaron la cortina
de la tienda un poco y retrocedieron, indicándome que debía entrar. Entré, y
me encontré en un lugar perfumado de ricas y lustrosas esterillas y hermosos
tapices; y aguardándome en su centro, sentada sobre sus talones en un bajo
camastro, había una mujer de voluptuosas formas cuyo cuerpo estaba
desnudo excepto un resplandeciente pendiente de oro que colgaba entre sus
pechos y la olivácea serpiente de la diosa con el grueso cuerpo enroscado
como una cuerda en torno a su cintura, moviéndose con lentas y deslizantes
pulsaciones. Pero no era Inanna. Era Abisimti, la sagrada cortesana, la que
me había iniciado en los ritos de la hombría hacía tanto tiempo, la que había
hecho lo mismo con Enkidu cuando todavía moraba en la salvaje estepa. Me
había preparado para Inanna; la sorpresa y la impresión de hallar a una
persona distinta en el lugar de Inanna me dejaron tan desconcertado que me
tambaleé y me di cuenta de que iba a hundirme en mi acceso. Me vi a mí
mismo al borde de un abismo. Oscilé; me agité; conseguí dominarme apelando
hasta a mis últimas fuerzas.

Abisimti me miró. Sus ojos brillaban de una forma extraña; ardían en sus
órbitas como esferas de resplandeciente cornalina. Con una voz que pareció
llegarme desde algún mundo que no era este mundo, dijo:

— Te saludo, oh rey. ¡Te saludo, Gilgamesh! -Y me hizo señas de que me


acercara a su lado.
40

Por un instante tuve doce años de nuevo y estaba yendo de nuevo con mi tío
al claustro del templo para mi iniciación; me vi a mi mismo con mi faldellín de
suave lino blanco, con la estrecha franja roja de renunciación a la inocencia
pintada en mi hombro y un mechón de mi cabello en mi mano para
entregárselo a la sacerdotisa. Y vi de nuevo a la hermosa Abisimti de dieciséis
años de mi adolescencia, cuyos pechos eran redondos como granadas, cuyo
largo pelo negro caía más allá de sus mejillas pintadas de dorado.

Ahora seguía siendo hermosa todavía. ¿Quién podía contar a los hombres que
había abrazado en nombre de la diosa antes de que yo fuera a ella por
primera vez, o a los hombres que había abrazado desde entonces? Pero el
número de aquellos que la habían poseído podía ser tan grande como el
número de los granos de arena en el desierto, y sin embargo no habían podido
arrebatarle su belleza: sólo habían podido realzarla. Ya no era joven; sus
pechos ya no eran tan redondos; y sin embargo seguía siendo hermosa. Me
pregunté, sin embargo, por qué sus ojos parecían tan extraños, por qué su voz
era tan poco familiar. Parecía casi aturdida. Debían haberle dado alguna
poción, pensé: eso debía ser. ¿Pero por qué? ¿Por qué?

— Esperaba hallar aquí a Inanna -dije.

Habló lentamente, como en un sueño:

— ¿Te sientes disgustado? Ella no puede abandonar el templo. La verás más


tarde, Gilgamesh.

Hubiera debido pensar que Inanna no iba a salir de las murallas de la ciudad.
Le dije a Abisimti:

— Me siento igual de contento de encontrarte a tí. Me sorprendió, eso es


todo…

— Ven. Quítate la ropa. Arrodíllate ante mí.

— ¿Pero qué rito es el que tenemos que realizar?

— No debes preguntar. ¡Ven, Gilgamesh! Desnúdate. Arrodíllate.

Me sentía cauteloso pero extrañamente tranquilo. Quizá se tratara de un


auténtico rito después de todo; quizás Inanna sólo deseara servir, y hubiera
pensado en todo aquello para purificarme de Enlil sabía qué impureza antes
de entrar en la ciudad. No podía creer que la gentil Abisimti formara parte de
algún complot contra mí. Así que dejé a un lado mi espada y me despojé de
mis ropas, y me arrodillé en la esterilla ante ella. Ambos estábamos desnudos,
aunque ella llevaba el colgante y la serpiente viva en torno a su cintura, y yo
llevaba la perla de la planta Rejuvenece colgando de una cuerda sobre mi
pecho. Vi que ella la miraba. No podía tener ninguna idea de lo que era; pero
sus cejas se juntaron por un momento.

— Dime qué debo hacer -indiqué.

— Esto es lo primero -dijo Abisimti.

Alcanzó algo a su lado y alzó con ambas manos un bol de alabastro de


maravillosa finura y elegancia, tallado con los sagrados signos de la diosa. Lo
tendió hacia mí, manteniéndolo entre los dos. Estaba lleno de oscuro vino. Así
que debíamos derramar una libación, pensé, y luego quizá efectuáramos
alguna especie de sacrificio -sacrificar la serpiente de Inanna, ¿era aquello
posible?-, y después de eso supuse que pronunciaríamos un rito juntos; y
finalmente, ella me arrastraría hacia el camastro y me haría penetrar en su
cuerpo. En nuestra copulación yo expulsaría lo que fuera que debía ser
purgado de mí antes de poder entrar en Uruk. Así imaginé que se
desarrollarían las cosas.

Pero Abisimti tendió el bol hacia mí y dijo con un vago susurro:

— Toma esto, Gilgamesh. Bébelo hasta el fondo.

Depositó el bol en mis manos. Lo sostuve un momento, contemplando el vino,


antes de llevarlo a mis labios.

Y noté algo extraño. Abisimti estaba temblando pese al gran calor del día.
Todo su cuerpo estaba temblando. Sus hombros estaban extrañamente
hundidos, sus pechos se agitaban como árboles en una tormenta, las
comisuras de su boca se fruncían de una manera rara. Vi miedo en su rostro,
y algo casi parecido a la vergüenza. Pero sus ojos resplandecían más y más
brillantes; y tuve la impresión de que estaban fijos en mí como los ojos de una
serpiente cuando se clavan en su impotente presa un momento antes de
atacar. No puedo deciros por qué la vi de aquel modo, pero así fue. Estaba
observando; estaba esperando. ¿Qué?

Dije, bruscamente suspicaz de nuevo:

— Si tenemos que tomar parte en este rito juntos, debemos compartirlo todo.
Bebe tú primero; luego beberé yo.

Su cabeza se echó hacia atrás como si la hubiera abofeteado.

— ¡Eso no es posible! -exclamó.

— ¿Por qué?

— El vino… es para ti, Gilgamesh…

— Te lo ofrezco libremente. Compártelo conmigo, Abisimti.


— ¡No me está permitido!

— Soy tu rey. Te lo ordeno.

Cruzó los brazos sobre sus pechos y los apretó contra su cuerpo. Estaba
temblando. Sus ojos ya no estaban fijos en los míos. Dijo, tan suavemente que
apenas pude oírla:

— No…, por favor, no… -Da sólo un sorbo, antes de que lo haga yo.

— No…, te lo suplico…

— ¿Por qué tienes tanto miedo, Abisimti? ¿Es este vino algo tan sagrado que
puede hacerte algún daño?

— Te lo suplico…, Gilgamesh…

Le tendí el bol, colocándolo prácticamente ante su rostro. Lo apartó a un lado;


apretó fuertemente los labios, quizá temiendo que forzara su contenido en su
boca. Entonces estuve seguro de la traición. Dejé el bol del vino a un lado y
me incliné hacia delante, sujetándola por la muñeca.

— Creí que había amor entre nosotros, pero veo que tal vez estaba
equivocado -dije con voz muy suave-. Ahora dime, Abisimti, por qué no
quieres beber el vino conmigo, y dime la verdad.

No respondió.

— ¡Dímelo!

— Mi señor…

— ¡Dímelo!

Agitó la cabeza. Luego, con una fuerza que me sorprendió, liberó su brazo de
mi presa y giró en redondo tan bruscamente que su serpiente se alarmó y se
desenrolló de su cintura, deslizándose libre de ella. Un instante más tarde vi
una daga de cobre en su mano. La había sacado de debajo de un almohadón
que tenía al lado. Pensé que iba destinada a mí; pero fue hacia su propio
pecho hacia donde la dirigió. Sujeté su brazo y mantuve la punta del arma
lejos de su piel. Me costó un cierto esfuerzo, porque ella era casi presa de un
ataque y su fuerza era casi increíble. Lentamente vencí; obligué a la daga a
retroceder; luego la retiré de su mano y la arrojé al otro lado de la estancia.
Inmediatamente ella se lanzó contra mí como una leona. Nuestros cuerpos se
entrelazaron, resbaladizos por el sudor, en una feroz lucha. Clavó sus uñas en
mí, me mordió, sollozó y chilló; y mientras luchábamos sus dedos se
enredaron en la cuerda que sujetaba la perla de la planta Rejuvenece. Tiró de
ella; sentí que la cuerda quemaba como fuego contra mi cuello cuando se
tensó; luego la cuerda se rompió, y la perla cayó de mi cuerpo y rodó por el
suelo.
Cuando me di cuenta de lo que había ocurrido empujé a Abisimti a un lado y
corrí desesperado tras la más preciosa de las joyas. Por un momento no pude
ver dónde había caído. Luego capté su lustre reflejado a la débil luz del
brasero. Estaba a una docena de pasos de mí. Pero la maldita serpiente de
Inanna la había espiado también y -sólo los dioses saben por qué- estaba
deslizándose rápidamente hacia ella.

— ¡No! -rugí, y salté hacia adelante. Pero era demasiado tarde. Antes de que
estuviera a medio camino la serpiente había alcanzado la perla y la tomó en
su boca, tan delicadamente como una gata tomaría a su gatito. Giró en
redondo, enfrentándose a mí, para mostrarme su trofeo. Por un instante sus
amarillos ojos brillaron con la más amarga de las burlas que haya presenciado
nunca. Luego la serpiente alzó muy alta su cabeza y abrió sus mandíbulas, y
la perla se deslizó por sus fauces. Si hubiera agarrado aquella serpiente la
hubiera retorcido violentamente hasta obligarla a vomitar la piedra; pero ante
mi horror la inmunda criatura se deslizó astutamente más allá de mi alcance y
desapareció ondulante por debajo del faldón de la tienda. Avancé
rápidamente sobre manos y rodillas tras ella, pero no tenía ninguna
posibilidad de alcanzarla. Era la más sutil de las bestias. Hocicó
delicadamente la arena y en un momento hubo desaparecido culebreando
bajo tierra, esfumándose de mi vista. En su lugar sólo quedaron unas pocas
escamas de su espejeante piel que se habían desprendido de su cuerpo en su
escapatoria. En aquellos momentos ya debía estar mudando su antiguo yo, e
iniciando la renovación de su cuerpo que estaba destinada a mí. Toda mi labor
había sido en vano: había penado en lugares lejanos sólo para obtener el
beneficio de una nueva vida para la serpiente. Para mí no había conseguido
nada.

Permanecí abrumado unos momentos. Luego volví la vista hacia Abisimti.


Mientras había estado luchando por recuperar la perla ella había tomado el
bol de vino y había bebido un largo sorbo de él: sus mejillas goteaban negro
líquido. Se alzó en pie en un movimiento lleno de temor, y me miró con una
pena y un dolor que estuvieron a punto de partir mi corazón. Cada músculo
de su cuerpo se estremecía a un ritmo distinto: parecía una mujer poseída por
un millar de demonios.

— Comprende…, yo no quería hacerlo… -dijo con una voz que era un denso y
terrible gruñido.

Entonces el bol cayó de sus manos sin vida, y se derrumbó al suelo,


virtualmente a mis pies.

Pensé que iba a volverme loco en aquel momento, o al menos iba a ser barrido
a los temblores de un acceso. Pero una extraña calma me inundó, como si mi
alma, golpeada con excesiva dureza, se hubiera protegido encerrándose en sí
misma para hacerme invulnerable. No sufrí ningún acceso. Ni siquiera lloré.
Bajé la vista y contemplé la oscura mancha del vino derramado en la arena, y
calmadamente arrojé un poco de arena sobre él con mi pie hasta que quedó
oculto. Luego me arrodillé y cerré los ojos de Abisimti, de la mujer que había
sido enviada allí para matarme y que en cambio me había ofrecido su vida. No
sentía ira hacia ella, sólo piedad y pesar: era una sacerdotisa, había jurado
obedecer en todo a su diosa. Bien, su juramento a Inanna la había llevado
ahora a la Casa del Polvo y la Oscuridad, donde yo también podría estar
encaminándome en estos momentos, de no ser por aquella expresión de
miedo y vergüenza que había detectado en el rostro de Abisimti mientras me
tendía el vino envenenado. Ahora ella ya no estaba. Y la perla de la planta
Rejuvenece había desaparecido también, entre un momento y el siguiente.
Siduri la tabernera había dicho la verdad: Nunca encontrarás esta vida eterna
que buscas . Pero no importaba. Estaba cansado de perseguir un sueño. La
burla de la serpiente me había dado mi respuesta: no iba a ser así, tenía que
buscar alguna otra forma. Me vestí de nuevo y ceñí mi espada al cinto y salí
de la tienda. La deslumbrante luz del sol me golpeó los ojos como un puño
cuando emergí. Pero al cabo de un momento pude ver. Las tres sacerdotisas
de Inanna estaban de pie ante mí, las bocas abiertas por la sorpresa: no
creían volver a verme vivo.

— He efectuado el rito -dije tranquilamente-. Ahora estoy limpio de todas las


cosas impuras. Id a haceros cargo de la sacerdotisa Abisimti; necesitará que
sean dichas las palabras.

La sacerdotisa que llevaba la voz cantante dijo, asombrada:

— Entonces, ¿has bebido el vino sagrado?

— He hecho una libación a la diosa con él -respondí-. Y ahora entraré en la


ciudad, y presentaré mis respetos a la diosa en persona.

— Pero…, tú…

— Apártate -dije. Apoyé la mano en la empuñadura de mi espada-. Déjame


pasar, o te partiré como si fueras un pato asado. Apártate, mujer. ¡Échate a
un lado!

Cedió terreno como la oscuridad cede ante el sol matutino, retrocediendo


lentamente pero sin acabar de desaparecer. Pasé junto a ella hacia el carro
que aguardaba. Ninurta-mansum se me acercó, apoyó una mano en mi
muñeca y apretó fuerte. Los ojos del auriga brillaban con lágrimas. Creo que
no esperaba volver a verme vivo.

— Ya hemos terminado lo que teníamos que hacer aquí -le dije-. Entremos en
Uruk.

Ninurta-mansum tomó las riendas. Rodeamos los brillantes pabellones y nos


encaminarnos hacia la Puerta Alta. Vi gente en los parapetos, mirándome; y
cuando el carro alcanzó el portal la puerta se abrió de par en par y fui
admitido sin ningún desafío. Como era de ley: porque todos ellos sabían que
yo era Gilgamesh el rey.

— ¿Ves allí? -le dije a mi auriga-. ¿Donde se alza la Plataforma Blanca, al final
de esta gran avenida? Allí está el templo de Inanna, el templo que construí
con mis propias manos. Llévame hasta ese lugar.
Miles de ciudadanos de Uruk habían acudido a presenciar mi regreso a casa;
pero parecían extrañamente asombrados y como atemorizados, y pocos
pronunciaron mi nombre cuando pasé por su lado. Miraban; se volvían los
unos a los otros y murmuraban; hacían signos sagrados, extraídos de su gran
temor. Así que avanzamos por una silenciosa ciudad, recorriendo la amplia
avenida hacia el recinto del templo. Al extremo de la Plataforma Blanca,
Ninurta-mansum hizo detener el carro y bajé. Subí solo los soberbios
escalones hasta el pórtico del inmenso templo que por amor a la diosa había
construido en lugar del templo de mi abuelo el real Enmerkar. Algunos
sacerdotes salieron y se detuvieron ante mí mientras me acercaba a la puerta
del templo.

Uno de ellos dijo osadamente:

— ¿Qué asuntos te traen aquí, oh Gilgamesh?

— Quiero ver a Inanna.

— El rey no puede entrar en el recinto de Inanna a menos que haya sido


llamado. Es la costumbre. Tú lo sabes.

— La costumbre acaba de ser alterada -respondí-. Apártate.

— ¡Está prohibido! ¡Es impropio!

— Échate a un lado -dije en voz muy baja. Fue suficiente. Se apartó.

Las estancias del templo eran oscuras y frías incluso en aquel caluroso día,
tan gruesas eran sus paredes. Ardían lámparas, arrojando una suave luz sobre
los coloreados adornos de arcilla cocida que había puesto a miles en aquellas
paredes. Caminé rápido. Aquél era mi templo. Yo lo había diseñado y conocía
todos sus caminos. Esperaba encontrar a Inanna en la gran estancia de la
diosa, y allí estaba: de pie en el centro de la habitación, completamente
vestida y con sus más finos cubrepechos y adornos, como si se hubiera
preparado para alguna gran ceremonia. Llevaba un adorno que nunca antes
había visto en ella: una máscara de resplandeciente oro batido que cubría
todo su rostro excepto sus labios y barbilla, con sólo dos pequeñas rendijas
para sus ojos.

— No deberías estar aquí, Gilgamesh -dijo fríamente.

— No, no debería estar. En este momento debería estar tendido, muerto, en


una tienda fuera de las murallas. ¿No es así? -No dejé que la ira penetrara en
mi voz-. Ahora están diciendo las palabras sobre Abi-simti. Ella bebió el vino
por mí. Hizo lo que le ordenaste y me ofreció el bol, pero yo no bebí de él, así
que fue ella quien bebió el vino, por su propia voluntad.

Inanna no dijo nada. Los labios bajo la máscara estaban firmemente


apretados, hasta ser sólo una delgada línea.

— Me dijeron mientras estaba en Eridu -proseguí- que en mi ausencia me


declaraste muerto, y solicitaste que fuera elegido un nuevo rey. ¿Fue así,
Inanna?

— La ciudad debe tener un rey -dijo.

— La ciudad tiene uno.

— Huiste de la ciudad. Huiste a las selvas y los páramos como un loco.


Aunque no estuvieras muerto, podías estarlo.

— Fui en busca de algo. Y ahora he regresado.

— ¿Encontraste lo que buscabas?

— Sí -dije-. Y no. No importa. ¿Por qué llevas esta máscara, Inanna?

— No importa.

— Nunca te he visto enmascarada antes.

— Es una nueva costumbre -dijo.

— Ah. Veo que hay muchas nuevas costumbres.

— Incluida la costumbre de que el rey entre en este templo sin haber sido
llamado.

— Y -dije- la costumbre de ofrecer al rey, a su regreso a la ciudad tras un


viaje, un bol de vino que mata. -Avancé unos pasos hacia ella-. Quítate la
máscara, Inanna. Déjame ver de nuevo tu rostro.

— No lo haré -dijo.

— Quítate la máscara. Te lo ordeno.

— Déjame. No me quitaré la máscara.

Pero yo no podía hablar con aquella desconocida de rostro de metal. Era a la


mujer de carne y hueso a la que quería ver de nuevo, a la traidora y hermosa
mujer que había conocido hacía tanto tiempo, a la que había amado, a mi
manera, como nunca había amado a otra mujer. Quería contemplar una vez
más a aquella mujer.

Dije con suavidad:

— Quiero ver de nuevo el esplendor de tu rostro. Creo que no hay un rostro


más hermoso en todo el mundo. ¿Sabías eso, Inanna? ¿Sabías lo hermosa que
siempre me has parecido? -Me eché a reír-. ¿Recuerdas las noches que
celebramos el rito del Sagrado Matrimonio juntos? Por supuesto. Por
supuesto. ¿Cómo podrías olvidarlo? Ese año que fui el nuevo rey, y que yací
toda la noche en tus brazos, y por la mañana llegó la lluvia. Lo recuerdo.
Recuerdo aquellas veces, antes de que fueras Inanna, en que me llamaste a
las profundas estancias debajo del antiguo templo. Entonces yo no era más
que un muchacho asustado, y apenas me daba cuenta de la forma en que se
jugaba conmigo. O aquella primera vez, cuando estaban pronunciando el rito
de coronación de Dumu-zi, y yo me puse a vagar por los corredores del templo
y tú me encontraste. Tú también eras sólo una niña entonces, aunque ya
tenías tus pechos. ¿Lo recuerdas? ¿Lo recuerdas? Ah, Inanna, llegó un
momento en que empecé a comprender la forma en que jugabas conmigo.
Pero ahora quiero ver tu rostro de nuevo. Retira la máscara.

— Gilgamesh…

— Retira la máscara -dije-. Retírala. -Y la llamé por su nombre: no su nombre


de sacerdotisa, sino el otro nombre más antiguo, su nombre de nacimiento,
que nadie había pronunciado desde que se había convertido en Inanna. La
conjuré por aquel nombre. Ante su sonido, jadeó y alzó las manos en un signo
secreto de la diosa, protegiéndose con él. No podía ver sus ojos tras la
máscara, pero imaginé que estaban clavados en mí, sin parpadear,
penetrantes, fríos.

— ¡Estás loco llamándome por ese nombre! -susurró.

— ¿Lo estoy? Entonces estoy loco. Quiero ver tu rostro de nuevo, una última
vez.

Ahora había un temblor en su voz.

— Déjame, Gilgamesh. No quiero hacerte ningún daño. Lo que hice lo hice por
el bien de la ciudad: la ciudad necesita un rey, y tú te habías ido… La diosa
me ordenó…

— Sí. La diosa te ordenó que te libraras de Dumuzi, y tú lo hiciste. La diosa te


ordenó que te libraras de Gilgamesh, y tú lo hubieras hecho también. Ah,
Inan-na, Inanna…, fue por el bien de la ciudad, sí. Y por el bien de la ciudad te
concedo mi perdón. Olvidaré todas tus maquinaciones. Olvidaré lo que has
hecho en nombre de la diosa para causarme daño y para minar mi poder.
Olvidaré tu odio, tu ira, tu furia. Incluso olvidaré tu venganza, porque fuiste tú
quien llamaste a los dioses sobre Enkidu, a quien amaba, y creo que de no ser
por ti él seguiría vivo hoy. Pero te perdono. Te lo perdono todo, Inanna. Si no
hubiéramos sido rey y sacerdotisa, creo que te hubiera amado mucho más de
lo que lo amé a él, más de lo que me amé a mí mismo. Pero yo era rey; tú eras
sacerdotisa. Ah, Inanna, Inanna…

No usé la espada. Tomé la daga de mi cadera y la apoyé en su costado, entre


el cubrepechos y las cuentas de lapislázuli que rodeaban su cintura, y giré la
muñeca hacia arriba hasta que alcancé su corazón. Emitió un pequeño ruido
ahogado y cayó. Creo que murió al momento. Dejé escapar con lentitud el
aliento. Al fin me había librado de ella; pero había sido como arrancarme una
parte de mi alma.

Me arrodillé a su lado, y solté la máscara y la alcé de su rostro.


Desearía no haber hecho aquello. Es difícil para mi mente dar crédito a lo que
se había convertido desde la última vez que la viera. Sus ojos no habían
perdido nada de su belleza, ni sus labios; pero todo lo demás era una ruina.
Una horrible mácula se había apoderado de su rostro y se había ido
extendiendo. Su piel estaba llena de manchas y cráteres, y se veía como roja y
despellejada aquí, grisácea y colgante allí: una arpía de pesadilla, una cosa
con rostro de demonio. Parecía tener mil años. Hubiera sido mejor que dejara
la máscara en su sitio. Pero la había retirado, y ahora debía cargar con el
peso de aquello. Me incliné hacia delante; apoyé mis labios en los suyos y los
besé por última vez; luego volví a colocar la máscara en su sitio, y me alcé, y
salí fuera del templo para convocar a la gente y comunicarle el nuevo orden
de cosas que pensaba proclamar cuando reanudara mi reinado en Uruk.
41

Han sido unos años atareados, y llenos de recompensas. Los dioses han sido
bondadosos con Uruk y con Gilgamesh su rey. La ciudad prospera; las
murallas se alzan majestuosas; hemos pintado la Plataforma Blanca con una
nueva capa de yeso, y resplandece al sol. Todo está bien. Aún quedan muchas
cosas por hacer, pero todo está bien. Ahora estoy sentado en mis habitaciones
en este palacio, inscribiendo la última de mis tablillas, porque creo que mi
relato ya está completo. No dejaré de luchar -nunca dejaré de hacerlo-, pero
sobre mí ha caído una paz que nunca antes había conocido, y eso es nuevo; no
gozaba de paz en los tiempos sobre los que he estado escribiendo, pero ahora
gozo de ella. Os lo digo: todo está bien.

Fue bastante fácil frenar las desmedidas ambiciones de Meskiagnunna de Ur


y devolverlas a la tierra: esa fue mi primera empresa después de mi
restauración. Le envié un mensaje confirmándole en su reina-do de Ur, y
garantizándole la administración de Kish como un feudo adicional. Él sabía lo
que yo le estaba diciendo, cuando condescendí a dejarle conservar las
ciudades que ya tenía. "Pero Nippur y Eridu -le dije- me las reservo para mí,
puesto que los dioses así lo han decretado: ya que son ciudades sagradas,
sometidas al gobierno del rey supremo de la Tierra. "

Con este mensaje le envié mi afirmación de supremacía. Y al mismo tiempo


envié mi ejército, bajo el mando del fiel Zabardi-bunugga, para que entrara en
Nippur y persuadiera a los soldados de Ur de que se marcharan. Yo no
abandoné Uruk, puesto que tenía muchas cosas que hacer allí: elegir una
nueva suma sacerdotisa, por ejemplo, y entrenarla convenientemente para
que comprendiera el papel que se esperaba que ejerciese en mi gobierno.

Mientras me ocupaba con esos asuntos, Zabardi-bunugga consiguió liberar


Nippur con toda efectividad, aunque no sin algunos pequeños daños. Los
hombres de Ur se refugiaron en el Tummal, que es la casa de Enlil allí, y fue
necesario derribar las paredes de aquel templo para sacarlos. He enviado a
mi hijo Ur-lugal a reedificar el Tummal, ahora que Nippur es nuestra. Han
sido tiempos ajetreados para mí. En realidad, no he tenido ni un momento de
descanso. No hubiera podido hacerlo de otra manera. ¿Qué otra cosa hay,
excepto planear, trabajar, construir, hacer? Es la salvación de nuestras almas.
Escuchad la música en el patio: el arpista toca su instrumento, y creando sus
melodías paga el precio de su nacimiento. Contemplad al orfebre, inclinado
sobre su mesa. El carpintero, el pescador, el escriba, el sacerdote, el rey…,
realizando nuestras tareas todos cumplimos con los mandamientos de los
dioses, que es la única finalidad en esta vida para la que vinimos a la
existencia. La voluntad de los dioses nos ha arrojado a un mundo aleatorio,
donde reina la incertidumbre; dentro de ese torbellino debemos hallar un
lugar seguro para nosotros. Eso lo conseguimos a través del trabajo; y mi
trabajo es ser rey. Así que trabajo, y mi pueblo trabaja. Los templos, los
canales, las murallas de la ciudad, el pavimento de las calles…, ¿cómo
podemos dejar de reconstruir y reparar y restaurarlo todo? Éste es el camino.
Los ritos y sacrificios con los cuales mantenemos a raya los crecientes
poderes del caos…, ¿cómo podemos dejar de realizarlos? Éste es el camino.
Conocemos nuestras tareas, y las hacemos, y así todo está bien. Escuchad esa
música, en el patio. ¡Escuchad! ¡Escuchad!

Pronto -espero que no sea muy pronto, pero estaré preparado cuando llegue
la hora- deberé iniciar el último de mis viajes. Bajaré al mundo oscuro del que
no hay regreso. Mis músicos estarán a mi lado, y mis concubinas y
mayordomos y sirvientes, mi auriga, mis juglares, mis bardos; y juntos
haremos nuestras ofrendas a los dioses del mundo de abajo, a Ereshkigal y
Namtar, a Enki, a Enlil, a todos aquellos que gobiernan nuestros destinos. Así
tiene que ser. No me atormenta ahora pensar en esa perspectiva. Nunca he
tomado en consideración regresar a Dilmun para suplicar una segunda perla
de la planta Rejuvenece: no es ése el camino. Ese viejo sacerdote que se hace
llamar el Ziusudra intentó decírmelo, pero yo tenía que aprenderlo a mi
propia manera. Bien, ahora lo he aprendido.

Se está yendo la luz. Esta noche debo realizar un rito en el tejado del templo,
y debo apresurarme; soy el rey, es mi tarea. Honraremos a Ninsun mi madre,
a la que proclamé diosa este último año, cuando se cumplieron sus días en la
tierra. He oído ya los cantos en la distancia, y en el aire el aroma de la carne
asándose. Así que ahora debo poner fin a todas mis historias. He hablado
mucho de la muerte, mi gran enemiga contra la que he luchado tan
ferozmente, pero no hablaré más de ella. La he temido mucho. He caminado
con un terrible miedo de su sombra. Pero ahora he hecho las paces con la
muerte. He llegado a comprender la verdad, que es que la escapatoria de la
muerte no reside en las pociones y en la magia, sino en que uno realice sus
tareas. Ahí reside la calma y la aceptación.

He hecho mi trabajo, y seguiré haciendo más. Me he construido un nombre


que perdurará a lo largo de los tiempos. Gilgamesh no será olvidado. No se le
dejará que arrastre lastimosamente sus alas en el polvo. Me recordarán con
alegría y orgullo. ¿Qué dirán de mí? Dirán que viví, y que viví bien; que luché,
y que luché bien; que morí, y que morí bien. Temí a la muerte más de lo que
ningún hombre la haya temido, y fui hasta el extremo del mundo para escapar
a ella, y fracasé en el empeño; pero cuando regresé dejé de temerla. Ésa es la
verdad. Ahora sé que no es necesario temer a la muerte, si hemos cumplido
con nuestras tareas. Y cuando dejamos de temer a la muerte, no existe la
muerte. Ésa es la verdad más verdadera que conozco: no existe la muerte.
Nota final

No tengo ninguna razón para dudar de que Gilgamesh de Uruk fue una
auténtica figura histórica. Su nombre aparece con frecuencia en las listas de
reyes de la región mesopotámica de Sumer -que actualmente forma la parte
meridional de Irak-, y es probable que viviera alrededor del año 2500 AC. Fue
sin la menor duda un rey fuerte y célebre; hasta el final de las civilizaciones
mesopotámicas independientes, dos mil años más tarde, fue contemplado
siempre como el prototipo del gran líder, un guerrero y un estadista más allá
de toda comparación. A su alrededor crecieron mitos de todas clases; se
convirtió en un legendario héroe cultural, que combinó en sí los mejores
rasgos de Hércules, de Ulises y de Prometeo.

Es principalmente el Gilgamesh histórico el que me ha preocupado en este


libro, pero he enfocado también al Gilgamesh mítico que es el héroe de la
obra más antigua de literatura trágica que ha sobrevivido hasta nuestros
tiempos. Me refiero a la Épica de Gilgamesh, que tiene quizá dos mil años -
más de mil años más antigua que la Ilíada y la Odisea -, y que es probable que
sea más antigua que eso. Nuestro texto de ella, que es incompleto pero
contiene lo esencial de la historia, nos ha llegado en varias formas que han
sobrevivido por mero azar entre las ruinas de la antigüedad. La versión más
larga conocida fue hallada por los arqueólogos del siglo XIX en la biblioteca
del rey asirio Ashurbanipal -los asidos fueron los herederos finales de la
antigua cultura mesopotámica, mucho después de que los fundadores
súmenos hubieran sido absorbidos por otras razas más jóvenes y vigorosas-,
escrita en tablillas de arcilla aproximadamente el año 700 AC. Además
poseemos una versión fragmentaria quizá mil años más antigua, escrita en el
lenguaje de los babilonios que dominaron Mesopotamia entre la época de los
sumerios y la de los asidos; y hay también una versión en el lenguaje de los
hititas de Siria, indicando que la historia se extendió ampliamente a través del
Próximo Oriente. Todas ellas se hallan basadas probablemente en el mismo
original sumerio, que se ha perdido.

La Épica de Gilgamesh es una obra profundamente inquietante: un poema


meditativo sobre la necesidad de la muerte. Gilgamesh es mostrado como una
figura sobrehumana, confiado hasta el punto de la arrogancia, estallando de
vitalidad; y sin embargo el temor a su propia mortalidad lo reduce a una
especie de parálisis, de la que emerge para emprender un desesperado
peregrinaje hasta el inmortal superviviente del Diluvio, Ziusudra (Utnapishtim
en versiones posteriores). Vale la pena señalar de pasada que todo el relato
de Noé y el arca tal como nos es contado en la Biblia se basa seguramente en
la narrativa del Diluvio incluida en la Épica de Gilgamesh, que la precede al
menos en un millar de años y quizá en muchos más.

Al relatar de nuevo la historia de Gilgamesh he buceado libremente en la


épica original, basándome principalmente en las dos traducciones inglesas
estándar, la de Alexander Heidel (1946) y la de E. A. Speiser (1955). También
he incorporado en ella los mucho más antiguos poemas sumerios que tratan
otros aspectos de la vida de Gilgamesh, haciendo uso de las traducciones de
Samuel Noah Kramer (1955). Pero en todo momento he intentado interpretar
los fantásticos y fantasiosos acontecimientos de esos poemas de una forma
realista, es decir, contar la historia de Gilgamesh como si él estuviera
escribiendo sus propias memorias, y con ese fin he introducido muchas
interpretaciones propias que, para mejor o para peor, no pueden en ningún
momento ser adscritas a los eruditos que acabo de mencionar.

Quizá no sea necesario explicar -pero lo haré- que los dos ríos referidos en la
novela por sus nombres sumerios como el Idigna y el Buranunu son los
conocidos en civilizaciones posteriores como el Tigris y el Éufrates. Las ruinas
de la Uruk de Gilgamesh han sido descubiertas cerca de la moderna ciudad
iraquí de Warka, que se halla a casi veinte kilómetros de distancia del actual
curso del Éufrates; pero las pruebas literarias y arqueológicas señalan que el
río fluía mucho más cerca de la ciudad en tiempos de Gilgamesh.

Finalmente, deseo expresar mi gratitud a los varios amigos que leyeron el


manuscrito en sus estadios preliminares y me ofrecieron críticas útiles. Me
siento en deuda en particular con Merrilee Heifetz por su riguroso escrutinio
del libro y por la profundidad de su perspicacia y la experiencia técnica
demostradas en su lectura. Me proporcionó un extraordinario e inapreciable
servicio.

Robert Silverberg

Oakland, California

febrero de 1984

This file was created

with BookDesigner program

bookdesigner@[Link]

16/02/2010

También podría gustarte