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Ilustraciones
El Mundo del Imperio Tearmoon
Capítulo 1:
Empezando por la Guillotina
El cielo estaba empapado de la luz carmesí del sol poniente que
brillaba con rabia desde el horizonte sobre la Gran Plaza de la Ciudad
Imperial. En el centro de esta famosa plaza se alzaba una guillotina,
cuya tosca y oxidada hoja goteaba rojo.
La única princesa del Imperio Tearmoon, Mia Luna Tearmoon,
estaba de pie ante el instrumento mortal y miraba sin comprender lo
que la rodeaba. Las voces asaltaron sus oídos, agudas e implacables.
Estaban llenas de furia y malicia, atacándola y condenándola con
palabras que calaban hondo en su corazón.
“… ¿Cómo? ¿Cómo hemos llegado a esto?”
¿Por qué, se preguntó, ella —la princesa del orgulloso Imperio
Tearmoon— tuvo que sufrir un destino tan terrible? ¿Acaso cuando le
dijeron que no había pan, se rió y dijo que comiesen pastel? ¿Fue
porque cuando sus avances fueron rechazados, descargó su frustración
abofeteando a su rival, la hija de un noble pobre? ¿Fue porque cuando
le trajeron un plato que contenía tomates ámbar, que son repugnantes,
despidió al cocinero en el acto?
Siguió reflexionando sobre el asunto, aparentemente sin darse
cuenta de que ya había respondido a su propia pregunta, mientras
miraba a las masas de gente y el odio que llenaba sus expresiones.
Al frente de la multitud había un joven que, con su cabello plateado
y su aire refinado, mostraba una figura llamativa mientras daba
instrucciones a los soldados que lo rodeaban. Era Sion Sol Sunkland,
príncipe heredero del Reino Sunkland. A su lado se encontraba una
joven de igual presencia. Conocida como la Santa de Tearmoon, era la
hija de un noble pobre que gobernaba un dominio remoto cerca del
límite del imperio. Con la ayuda de Sion, había iniciado una revolución
para salvar al pueblo de su sufrimiento. Era Tiona Rudolvon, cuyo
propio desprecio había encendido una vez las llamas del odio de Mia…
Pero ahora, esas llamas habían chisporroteado y se habían apagado,
dejando nada más que cenizas de vacío y resignación.
“¿Cómo… se llegó a esto…?”
Las mismas palabras salieron débilmente de los labios de Mia. Muy
pronto, un soldado se acercó a ella por detrás y la obligó a arrodillarse.
Levantó la vista y vio cómo le forzaban las manos contra los
semicírculos tallados en un tosco tablón de madera. Luego, la mitad
superior fue golpeada para mantener a su condenada cautiva en su sitio.
La tosca superficie le mordió la piel, dejando dolorosas astillas.
“¿Cómo… se llegó a esto…?”
La tercera vez que formuló su pregunta recibió una respuesta.
“Es por el bien del Imperio. Ahora, sé una buena princesa y muere.”
Levantó la vista y encontró al soldado que la había traído aquí
mirándola, con ojos fríos y hostiles. Eran ojos que deseaban su muerte.
Algo se apoderó de ella desde dentro. Un escalofrío de terror recorrió
su columna vertebral, pero no llegó a encontrar su cabeza. La pesada
hoja de hierro ya había caído.
Hubo un golpe sordo, y el mundo comenzó a girar…
Un diario bien usado, el único artículo personal que se le había
permitido, cayó al suelo. Poco a poco, sus páginas rotas empezaron a
volverse del color del cielo rojo sangre.
Así murió Mia Luna Tearmoon.
Así fue el sueño.
“¡Hyaaaaaaaaah!”
Mia gritó. Era un grito que carecía de la delicadeza propia de una
princesa del imperio.
“¡M-M-M-Mi cabeza! ¡Mi cabeza mi cabeza mi cabeza mi
cabezaaaaaaaaa!”
Se acarició frenéticamente la cabeza, comprobando todos los
ángulos y superficies para asegurarse de que todo estaba allí. Y luego
volvió a comprobarlo. Sólo para estar segura.
¡Está ahí! ¡Estoy bien! ¡Todo está bien!
A continuación, miró nerviosamente su cuerpo. La tela rígida y
raída que la cubría ya no se encontraba, sino que había sido sustituida
por un lujoso camisón de un material fino y agradable al tacto. Era
suave, cómodo y casi excesivamente ondulado. Su piel, antes
estropeada por cicatrices grandes y pequeñas, volvía a estar lisa y sin
manchas. Levantó las manos. Eran más pequeñas que en su sueño.
Como si fueran de un niño…
Sintiéndose todavía algo pesada de la cabeza, se levantó lentamente
de la cama y se dirigió al espejo de cuerpo entero. Cuando se miró en
él, sus ojos azules se abrieron de par en par con sorpresa. Su cabello
plateado estaba perfectamente recortado hasta los hombros y sus
mejillas brillaban con el tenue color rosa de una tez saludable. La chica
que la miraba era la viva imagen de ella cuando tenía once o doce años.
Por aquel entonces, el imperio aún presumía de una riqueza y
prosperidad que casi no tenía parangón en todo el continente…
Qué terriblemente extraño. Recuerdo que cuando tenía veinte
años…
Frunció el ceño.
Tenía diecisiete años cuando me pillaron intentando escapar… y
me confinaron en un calabozo durante tres años… y…
Los recuerdos de aquellos tortuosos días resurgieron uno tras otro.
Recordó la angustia. El llanto. Recordó la sensación del rígido suelo
de piedra de la mazmorra y la fría humedad de su manta. Los
repentinos recuerdos la desconcertaron. Se sintió confundida, pero
sobre todo se sintió profundamente aliviada.
“… O-Oh ho ho. Qué terriblemente obvio.” Se rió para sí misma en
voz alta, como si tratara de reírse de la pesadilla. “Nada de eso ha
sucedido. ¿Cómo podría? Qué sueño tan tonto. Infantil en todos los
sentidos. Y qué tonta fui al tenerlo.”
Seguía riendo y riendo, tan desesperada por llenar la habitación con
algo más que el silencio que no se dio cuenta de un hecho muy simple:
los niños de verdad no consideran sus pesadillas como algo infantil.
Entonces, con el rabillo del ojo, vio algo cerca de su almohada.
“… ¿Oh?”
Frunció el ceño con curiosidad ante el extraño objeto. Al
examinarlo más de cerca, descubrió que era un viejo diario. De hecho,
era su diario. Reconoció la portada. Era el que usaba desde los diez
años. Sin embargo, por alguna razón, parecía mucho más viejo que eso.
Sus páginas estaban envejecidas y raídas y… ¿Por qué estaba cubierto
de manchas oscuras?
Era exactamente igual que el diario que vio en su sueño justo antes
de despertar. Extendió una mano temblorosa y tocó el libro
descolorido.
IMAGEN
Despacio, muy despacio, abrió la tapa para descubrir una página
empapada de algo oscuro y rojo. Estaba llena de arriba a abajo de
amargos garabatos que coincidían con su sueño palabra por palabra.
Describían su larga y desgarradora experiencia con vívidos detalles,
desde su agonía en el calabozo hasta su terror a la guillotina.
“¡Hyaaaaaaaaaaaaah!”
Mia volvió a gritar. Entonces, con los ojos en blanco, se desmayó
en la cama en ese mismo momento.
Capítulo 2:
Cosas que Mia Odia y Voces del Pasado
Incluso después de recuperar la conciencia, Mia siguió tumbada en la
cama, con sus extremidades extendidas de forma descuidada por su
superficie.
“Me siento… terriblemente mal.”
No tenía apetito, y su almuerzo permanecía intacto. Su mente
estaba ocupada por la pesadilla. Quería creer que era una pesadilla. Sin
embargo, la intensidad de los recuerdos y la existencia del diario
ensangrentado sugerían lo contrario.
“Ugh…”
Gimió y rodó de un lado a otro de la cama. Luego, volvió a gemir
y a rodar hacia atrás. Mientras tanto, seguía pensando y pensando.
Pensó largo y tendido.
Durante treinta minutos.
“Me siento… terriblemente hambrienta.”
Su estómago gruñó. Apenas había pasado una hora desde que
rechazó el almuerzo.
“Ah-ja.” Dijo con una delicada palmada. “Recuerdo haber oído que
los dulces son buenos para pensar en cosas.”
Tras haber tenido lo que sin duda era una excelente idea, su cara se
iluminó mientras saltaba rápidamente de la cama y salía corriendo por
la puerta.
La familia del emperador, incluida Mia, vivía en un castillo
conocido como el Palacio Whitemoon. Sus salones estaban adornados
con piedra lunar verde, dorada y blanca, mientras que las paredes
estaban revestidas de lujosos ornamentos. Caminó por él,
contemplando las vistas. Era un imperio en la cúspide de su opulencia,
pero, ella sabía, al borde del declive.
Finalmente, llegó a uno de los cuatro comedores del castillo, el
Comedor White Night. En la gran sala había un hombre que la miró
con desconcierto.
“Vaya, si es la Princesa Mia. ¿Qué puedo hacer por usted, Su
Alteza?”
Era un hombre con aspecto de oso y con una barba espesa y
esponjosa. Los ojos de Mia se abrieron un poco de sorpresa al
reconocerlo inmediatamente.
Recuerdo… que este hombre es el jefe de cocina al que despedí.
El día de su decimocuarto cumpleaños, había despedido al jefe de
cocina que no paraba de traerle verduras que ella odiaba.
“Eso sería dentro de dos años…”
“¿Perdón?”
“Oh, no es gran cosa. Me siento hambrienta, así que me gustaría
que me preparasen algún tentempié. Un poco de pastel de moras de
luna sería maravilloso.”
El jefe de cocina frunció el ceño y negó con la cabeza.
“Le ruego que me disculpe, pero no puedo llevarle a Su Alteza
bocadillos tan cerca del almuerzo.”
Sus palabras tenían un tono nostálgico que hizo que Mia sonriera a
su pesar. Se le ocurrió que él era el único que rechazaba sus deseos de
esta manera. El cocinero que lo sustituyó se limitó a cocinar lo que Mia
pedía. Y al final, eso resultaba aburrido. Salirse con la suya cada vez
era, después de un tiempo, tedioso.
“Ah, bueno, si es así, las sobras del almuerzo estarán bien. ¿Sería
tan amable de traerlas, por favor?”
“¿Eh?”
Por alguna razón, el jefe de cocina la miró sorprendido.
“¿Sí?”
“Uh, nada. Perdóneme. Se las traeré ahora mismo.”
Al poco tiempo, le trajeron un surtido de comida. Había un pan que
desprendía un aroma dulce y sutil; un guiso hecho con una generosa
cantidad de verduras de temporada; un largo trozo de salmón rojo
marinado; y un frutero.
“Ah, qué maravillosa nostalgia.” Dijo mientras miraba la mesa de
comida.
En particular, la menestra de verduras le llamó la atención. Sintió
que una sonrisa irónica se dibujaba en sus labios mientras metía la
cuchara. Allí estaban, mezclados con todos los demás ingredientes.
Los tomates ámbar que ella odiaba.
Nunca pude soportar su acidez.
Levantó la cuchara y miró el trozo de tomate ámbar que había en
ella.
Sin embargo, debo decir que esto parece algo apetecible.
En ese momento, un recuerdo le trajo a la memoria la comida que
le habían obligado a comer en el calabozo. Recordó el pan: rancio,
mohoso y tan duro que le dolían los dientes al masticar. Le sabía a
arena en la boca. Una y otra vez se le cerraba la garganta, negándose a
tragar otro bocado. A veces le traían estofado. Siempre era turbio y
gris, pero el motivo seguía siendo un misterio para ella. Lo único que
pasaba por verdura eran las hierbas, que eran muy desagradables. Sin
embargo, no le importaba el sabor, realmente no le importaba, sólo
deseaba que no le doliera el estómago durante días. Aunque había oído
hablar de la hambruna en curso y de cómo dejaba a la gente sin nada
que comer, había llegado a creer que su tratamiento era el resultado del
despecho más que de la necesidad. Incluso tenía pruebas; después de
oír que odiaba los tomates de luna ámbar, había días en los que no le
habían dado de comer más que eso.
Qué terriblemente desagradable fue eso…
Todavía recordaba lo crudo que olía cuando se lo acercaron a la
nariz. Y cuando le obligaron a abrir la boca y se lo metieron por la
garganta, tuvo arcadas por su amargura. Se estremeció. El recuerdo le
puso la piel de gallina.
Sacando esos pensamientos, volvió a mirar el tomate luna de ámbar
en su cuchara.
Comparado con los de entonces, este parece casi brillar…
Tenía la intención de no comérselo, pero la curiosidad la venció y
se llevó el trozo a la boca. Inmediatamente, sus ojos se abrieron de
golpe.
“¡Chef! ¡Que alguien llame al chef! ¡Ahora!”
La criada a la que había gritado saltó y preguntó con voz
temblorosa: “¿Su Alteza? ¿Ocurre algo?”
“¡Sólo trae al jefe de cocina aquí!”
El jefe de cocina, al oír el repentino alboroto, apareció rápidamente.
“¿Hubo algo… que no fue del agrado de Su Alteza?” Dijo con una
sonrisa nerviosa. Su mejilla se crispó un poco.
“¿Qué… es esto?”
Mia acercó su cuchara a la nariz del jefe de cocina. En ella había
un trozo de tomate ámbar.
“Bueno, esto es… un guiso… hecho con verduras de temporada…”
La forma en que sus ojos se desviaban sugería que estaba fingiendo
ignorancia. Mia, sin embargo, no se dio por aludida.
“Permíteme que lo diga de otra manera. ¿Qué…” Dijo, empujando
la cuchara aún más cerca de la cara del chef. “… es esta verdura?”
El chef era bastante más alto que Mia, por lo que tuvo que ponerse
de puntillas y estirar el brazo hacia arriba para blandir adecuadamente
el objeto en cuestión. Al principio, se limitó a mirar la cuchara.
Finalmente, la constatación de que Mia no se echaba atrás le desinfló.
Agachó la cabeza y dijo en tono derrotado: “Creo que… es un tomate
ámbar, Su Alteza.”
Las sirvientas que le rodean le lanzan miradas de preocupación.
“¡Imposible! Esto… ¿Esto es un tomate ámbar?”
Miró con incredulidad el objeto que tenía en la cuchara. Su mano
tembló un poco mientras se la llevaba lentamente a la boca. Había una
suave dulzura oculta en su sabor ácido pero refrescante. Guisado con
la suavidad justa, se derretía en su lengua y sólo dejaba su exquisito
sabor, que permanecía en su boca.
Algo se agitó en ella.
Se llevó otra cucharada de guiso a la boca, y luego otra, con
movimientos lentos y en trance. Los recuerdos la invadieron. Recordó
la acidez, la cruda amargura. Pero nada de eso estaba allí. Cada trago
era una yuxtaposición picante de pasado y presente, de recuerdo y
realidad. Tomó el pan y le dio un pequeño mordisco. Un suave aroma,
dulce y fresco, llenó su nariz. Por un momento, el mundo entero
pareció detenerse con un silencio paralizante. Entonces, un suspiro
tembloroso escapó de sus labios y el hechizo se rompió.
“¿El pan era… siempre tan blando?”
Algo golpeó la mesa con una suave salpicadura. Parpadeó y miró
hacia abajo. Una mancha de humedad. Sólo entonces se dio cuenta de
las lágrimas que corrían por sus mejillas.
“¡S-Su Alteza! ¿Qué parece ser el problema? ¿Hay algún problema
con mi cocina?” Preguntó el jefe de cocina, con pánico evidente en su
voz.
Mia se volvió hacia él para responder, pero con las mejillas llenas
de comida, no produjo más que una serie de ruidos indescifrables.
Además, se atragantó con un trozo y se puso roja mientras agitaba sus
extremidades. Sólo después de exhibir abundantes cantidades de
comportamiento un poco primitivo, junto con una de sus sirvientas
igualmente aterrorizadas que le traía agua, cesó finalmente la
conmoción.
“Eso fue muy satisfactorio, chef. Sus habilidades son
encomiables.”
Sonrió al jefe de cocina, que se movía nervioso.
“Me siento muy honrado, Su Alteza. Sin embargo, como el guiso
de hoy fue cocinado con la intención de resaltar el sabor natural de sus
ingredientes, no puedo de buena fe atribuirme el mérito de su
palatabilidad.”
“¿Oh? ¿Es así? Pero, hm… Tomemos por ejemplo, entonces, el
tomate ámbar. ¿No tenía un sabor más picante? Recuerdo que era
bastante desagradable.” Dijo, recordando los que le obligaban a comer
en el calabozo. Eran duros, amargos y a veces estaban literalmente
podridos. Eran absolutamente terribles.
“Ah, bueno…” El jefe de cocina sonrió mientras se frotaba la
barbilla. “Si se cocinan mal, los tomates ámbar pueden acabar sabiendo
como describe Su Alteza. Sin embargo, estos han sido guisados
durante tres días seguidos. Siempre que se utilice la cantidad adecuada
de calor, pueden ser preparados por casi cualquiera.”
“Vaya, qué curioso. Pero si son tan difíciles de preparar, ¿no
podemos simplemente evitar comerlos por completo…?”
“Por supuesto que no. Eso pondría en riesgo la salud de Su Alteza.
Para nosotros los sirvientes, asegurar la nutrición de la familia real es
un deber tan importante como cualquier otro.”
El jefe de cocina se llevó la mano al pecho e hizo una profunda
reverencia. Mia siempre había dado por sentadas esas muestras de
deferencia, asumiendo que era la forma natural de las cosas. Pero no
lo era. No lo era en absoluto. Después de que la revolución provocara
la caída del imperio y su propia ruina personal, casi nadie le mostraba
ni un ápice de preocupación, y mucho menos deferencia. Ahora lo
sabía y dejó que sus labios se curvaran en una tierna sonrisa.
“Qué terriblemente considerado de su parte. Sepa que estoy muy
agradecida por sus esfuerzos.”
“… ¿Eh?”
Escuchar el sincero agradecimiento de Mia dejó al jefe de cocina
en un estado de absoluta conmoción. Con la boca abierta, dio unos
pasos inseguros hacia atrás, tambaleándose por el impacto de lo que
acababa de escuchar. Nunca imaginó que recibiría palabras tan
amables de la voluntariosa princesa.
… A estas alturas, no debería ser muy difícil deducir la forma en
que Mia se comportaba habitualmente.
El cocinero miró a Mia con el tipo de desconcierto de ojos abiertos
que suele reservarse para las hazañas de aparente magia en las que, por
ejemplo, una persona vuela de algún modo diez metros en el aire. Tras
varios parpadeos de incredulidad, finalmente consiguió responder.
“Me… Me siento honrado, Su Alteza.”
No era mucho, pero era algo. Se rascó la barbilla como si el elogio
le dejara avergonzado, y añadió: “Por supuesto, podría ser
simplemente una cuestión de coste… Estos alimentos preparados hoy
eran de la mejor calidad y costarían alrededor de un mes de sueldo para
la gente común.”
“Vaya, ¿es así?”
Hablar de coste y precio nunca tuvo mucho sentido para Mia.
Habiendo sido totalmente mimada en su educación, había vivido una
vida de lujo en la que una simple mirada suya era suficiente para que
se cumplieran todos sus deseos. No sabía ni le importaba cuánto
costaban sus comidas y su estilo de vida, ni cuánto dinero ganaba un
plebeyo en un mes. Por ello, sería natural que ignorara el comentario
del jefe de cocina.
Pero no lo hizo.
¿Tienes idea de lo que cuesta alimentar a la realeza?
Una voz acusadora resonó en su mente. Dio un pequeño salto y
miró a su alrededor.
¡P-Por las lunas! ¡¿Quién era…?!
La voz, sin embargo, le resultaba familiar. Era alguien de su
memoria…
Capítulo 3:
Reencuentro
“… Hmm, ¿quién era ese?”
Después de comer, Mia fue al salón del Jardín Aéreo. A pesar de
su nombre, el Jardín Aéreo no flotaba en el aire. Se encontraba en lo
alto del Palacio Whitemoon y estaba construido sobre una parte del
tejado que sobresalía hacia el exterior. El propio jardín, lleno de
hermosas flores recogidas en todo el Imperio, era más que
impresionante para entretener a los invitados reales extranjeros.
Mia pasó un rato paseando por el jardín, disfrutando de las
abundantes vistas y fragancias. Por desgracia, su paseo no consiguió
despejar su mente, y siguió luchando con la molesta sensación de que
estaba olvidando algo importante. Sin embargo, su identidad parecía
estar envuelta en un velo de niebla, y sus intentos por dilucidarla
resultaron infructuosos.
“… ¡Ah-ja! Ya sé cuál es el problema. Parece que necesito más
dulces. ¡Chicas! Tráiganme algunos dulces, ¿quieren?”
Sintiendo la necesidad de compensar los dulces que se le negaron
cruelmente antes, dio una palmada. Poco después de sentarse en una
mesa en un rincón del jardín, una joven sirvienta se le acercó
apresuradamente con una bandeja. Cuando Mia vio el objeto que
llevaba, sus ojos se abrieron de par en par por la emoción.
¿P-Podría ser? E-Eso es…
Era un pastel. Una capa de crema cubría su cuerpo, que además
estaba coronado por un generoso montón de fresas frescas. Era, en
definitiva, un pastel. No tenía nada de especial. Y sin embargo…
¡¿P-Pastel?! ¡Oh, cuánto tiempo ha pasado desde que comí pastel!
Sus días en la mazmorra no se hicieron esperar, pero incluso antes
de su captura, los problemas financieros del imperio la habían privado
hace tiempo de cualquier posibilidad de comer pastel. Naturalmente,
la visión de uno la hizo entrar en un ataque de excitación, y podría
haberse levantado y bailar de alegría si la criada no hubiera dicho: “A-
Aquí tiene, ¿Su Altezaaaaaaa?”
Los pies de la joven doncella abandonaron el suelo y su cuerpo,
guiado por el pastel, se elevó por el aire. Mia se quedó boquiabierta al
ver cómo el pastel pasaba volando junto a su cara. Entonces, también
lo hizo la doncella. Sin nada que los detuviera, tanto la criada como el
pastel siguieron la misma trayectoria: hacia el suelo. Aterrizaron juntos
con un espantoso chapoteo, y el pastel ya no existía, reducido a una
gran mancha blanca en el uniforme de la criada. Este desastroso suceso
dejó a Mia sin palabras.
“Por el amor de… ¡Srta. Anne! ¡¿Qué demonios está haciendo?!”
Una criada mayor que había presenciado la secuencia de eventos se
apresuró a llegar. “Mis más sinceras disculpas, Su Alteza. ¿Está usted
bien?”
Tardó unos segundos, pero Mia salió rápidamente de su
desconcierto y sonrió.
“Bastante. Estoy bien, muchas gracias.”
Normalmente, habría gritado su disgusto a la criada de inmediato.
De hecho, si ésta hubiera sido la Mia del pasado, sin duda ya estaría
haciéndolo. Afortunadamente, sus experiencias en el calabozo la
habían cambiado, impartiendo una bondad tan profunda como la más
profunda de las bandejas de pasteles y tan amplia como la más amplia
de las tazas de té.
En otras palabras, había aprendido algo de tolerancia. No lo
suficiente como para ser considerada una persona razonable ni mucho
menos, pero sí para liberarla de su título de “egoísta”. Esto era un signo
innegable de madurez. De hecho, madurar es ser humano. No importa
el ritmo —ya sea más lento que el de una tortuga o, diablos, que el de
un caracol—, Mia avanzó siempre por el camino de la madurez. Así,
incluso después del calamitoso caso del pastel aplastado, Mia seguía
luciendo una sonrisa. Estaba tensa, pero seguía siendo una sonrisa.
“No importa. Si simplemente me traes otro pastel, todo estará
bien.” Dijo para calmar los ánimos antes de ir más allá y preguntar: “Y
lo más importante, ¿la pobre chica está bien?”
Incluso podría tener un poco de consideración con sus sirvientas.
Además, pensó que no tenía sentido hacer un escándalo cuando podían
traerle otro…
“Lo siento mucho, Su Alteza, pero ese era el único pastel que
teníamos para hoy…”
“¡Tú! ¡De rodillas, ahora!”
Y así, sin más, estalló. Ante el hecho de que su único pastel se había
arruinado, la nueva tolerancia de Mia duró poco más que una brasa en
la lluvia. No se equivoquen, ¡el pastel era un asunto serio! Sobre todo
cuando hacía años que no comía ninguno. Entre el sentido común y el
pastel, el pastel ganaba siempre.
“M-Mi pastel… Cómo te atreves a hacer esto a… ¡Tú! ¡Mírame!”
“¡Síííí!”
La joven sirvienta tembló de miedo cuando Mia dio un fuerte
pisotón. Con movimientos nerviosos y espasmódicos, se puso de
rodillas y levantó la vista, revelando el rostro de una chica unos años
mayor que Mia. Tenía una edad media, y su cabello rojo estaba
cubierto de crema fresca. Unas pocas pecas salpicaban su nariz y sus
redondos ojos azules brillaban con lágrimas. No era muy guapa, pero
sus rasgos tenían un encanto juvenil. No obstante, carecía del aura de
dignidad de la nobleza; la suya era una belleza sencilla, común a las
muchachas del pueblo.
“Por qué, tú…”
Al ver la cara de la chica, una escena resurgió en la mente de Mia.
Era un recuerdo del peor día de su vida: el día de su ejecución. En ese
momento, había estado sola en su calabozo, esperando la llegada
inevitable de ese fatídico y fatal momento.
Capítulo 4:
La Doncella Leal
En un oscuro y frío recoveco del calabozo subterráneo, Mia estaba
sentada sola en su celda con las rodillas contra el pecho, esperando su
momento. Habían pasado tres años enteros desde que fue confinada en
el calabozo. Las decenas de sirvientes que habían zumbado a su
alrededor, atendiendo todos sus caprichos, habían desaparecido.
Durante las primeras semanas, algunos vinieron a verla, pero sus
visitas terminaron en cuanto se dieron cuenta de que nunca reclamaría
el trono. Y así comenzó el largo período de soledad de Mia… con
algunas excepciones.
“Su Alteza, he venido a ver su cabello.”
La joven doncella pelirroja, Anne, se inclinó cortésmente hacia el
guardia antes de entrar en la celda. Aunque Mia ya estaba adormecida,
el interior de su celda no era un lugar agradable. Un olor nauseabundo,
no mejor que el de los peores barrios bajos, flotaba en el aire. Sin
embargo, Anne no le dio importancia y se colocó detrás de Mia sin
pestañear. Entonces sacó un peine que llevaba en el bolsillo del pecho
y lo pasó por el cabello ennegrecido de Mia. El cabello, que llevaba
días sin lavarse, se resistía a ser tocado por Anne. Sin embargo,
cepillado tras cepillado, la joven sirvienta consiguió alinear los
mechones rebeldes.
“Siento mi torpeza, Su Alteza. Nunca fui muy buena con el
peine…”
“… ¿Por qué?” Un susurro silencioso escapó de la forma inmóvil
de Mia. “¿Por qué te sigues dedicando a mí?”
Desde que capturaron a Mia, Anne siguió viniendo a verla al
calabozo, sin esperar más de un día o dos entre las visitas. A veces le
traía un tentempié. Otras veces, venía con agua y una toalla. Sabiendo
que Mia no podía bañarse, la lavaba lo mejor que podía y arreglaba su
ropa. Día tras día, semana tras semana, venía, con su lealtad
inquebrantable.
Mia nunca entendió por qué. Era la hija del emperador. Como tal,
sin duda había un número de personas que se beneficiaban de estar
cerca de ella. De hecho, eso describía probablemente a la mayoría de
las personas de su entorno. Anne, sin embargo, no era una de esas
personas. La joven doncella había sufrido, en todo caso, como
resultado de su proximidad a Mia y su famoso egoísmo.
Para que quede claro, Mia no era ninguna tirana. Por supuesto, era
cierto que cuando Anne cometía un error, le daba a la criada un regaño.
Cuando se enfadaba lo suficiente, le daba puñetazo, o una patadas, o a
veces incluso un cabezazo.
En ese momento se le ocurrió a Mia que los cabezazos podían ser
un comportamiento poco acorde con su estatus.
Sin embargo, nunca fue más allá de eso. Nunca había recurrido al
látigo ni había ordenado a un soldado cercano: “¡Muéstrale a esta tonta
el filo de tu espada!” Después de todo, todo eso parecía doler mucho,
y a Mia no le gustaban las cosas que dolían.
Sin embargo, tampoco era una buena princesa. No por cualquier
medida. Nadie —a pesar de un pequeño nicho de fetichistas—
disfrutaba siendo maltratado. Por lo tanto, no tenían ninguna razón
para que les gustara una princesa que se comportara como tal, y mucho
menos para dedicarse a ella incluso después de su caída. Y sin
embargo, ahí estaba Anne. ¿Qué la impulsó a venir aquí? ¿Era una de
las mencionadas fetichistas? Seguramente no. Entonces, ¿por qué?
“Nunca he hecho nada por ti… Nunca te he tratado especialmente
bien. Si acaso…”
“Sí, me pegabas bastante a menudo. Creo que también me diste
algunas patadas.” Dijo Ana con una sonrisa cariñosa. “Pero, ¿sabía
usted, Su Alteza? Sus patadas nunca dolieron nada.”
“¿Eh? ¿No lo hicieron?”
“En absoluto. ¿Comparadas con las peleas que tendría con mi
hermano pequeño?” Anne soltó una risita. “Apenas las sentí.”
Ella se detuvo un momento. Un silencio pensativo pasó entre ellas.
Luego, ella continuó.
“La razón por la que sigo cuidando de Su Alteza es en realidad
bastante simple. Simplemente no podía dejarla sola. Eso es todo.”
Mia miró a su criada para encontrarla sonriendo tan, tan
suavemente.
Su momento de calma se vio interrumpido por una tormenta de
pasos. Los soldados bajaron a la celda para llevarla a la guillotina.
Antes de que se la llevaran, Mia se volvió hacia Anne. Se inclinó
profundamente, manteniendo la cabeza baja mientras hablaba.
“No puedo hacer nada por ti en este momento, Anne, salvo darte
las gracias. Espero que encuentres en tu corazón la forma de
perdonarme. Perdona a la tonta princesa que pagó tu lealtad infalible
con nada más que palabras baratas de gratitud.”
Al instante siguiente, Mia se sintió envuelta por un tierno calor.
“Su Alteza, ruego que los dioses le sonrían. Que vayas con su
bendición.”
Cuando se dio cuenta de que Anne la había abrazado, los ojos de
Mia se llenaron de lágrimas. Desde su captura, no había sido abrazada
ni una sola vez. La calidez y la amabilidad que emanaban de Anne se
filtraron en su corazón, llenándolo de alegría… pero también de pesar.
El hecho de no poder hacer nada para devolver la amabilidad de esta
fiel doncella dejó una profunda cicatriz de remordimiento en el alma
de Mia. Se llevó las manos al pecho, presionando contra el profundo
dolor interior, mientras se dirigía hacia la guillotina.
“Ahora lo recuerdo…”
Mia se acercó a Anne, que en ese momento se disculpaba
profusamente con la cabeza contra el suelo, y se arrodilló
tranquilamente a su lado.
“Su Alteza, se manchará de crema el vestido—”
“¡Silencio!”
Mia reprendió bruscamente a la criada mayor antes de levantar a
Anne por los hombros con suavidad.
“Srta. Anne, por favor, levántese.”
“L-L-Lo siento mucho, Su Alteza…”
“No pasa nada. No estoy enfadada.” Dijo Mia, esbozando una
amable sonrisa. “Ahora, de pie, por favor. ¿Estás segura de que no te
has hecho daño en ningún sitio?”
IMAGEN
“S-Sí. Um, gracias. Muchas gracias.”
Los ojos de Anne giraban desconcertados mientras la levantaban.
Los de Mia, sin embargo, estaban perfectamente firmes. Miró
directamente a la criada.
“Ahora… finalmente puedo pagarte por tu lealtad.”
Entonces, enderezó su postura y declaró en tono formal: “Que se
sepa que, en adelante, serás mi doncella personal. Me servirás
exclusivamente y serás responsable de todos mis asuntos diarios.”
“… ¿Qué?”
“¡¿S-Su Alteza?!”
Las sirvientas que miraban inmediatamente estallaron en
conmoción.
Capítulo 5:
Una Forma Adorable de Mostrar Lealtad
El nombramiento de una doncella personal para la princesa no era un
asunto menor. Era un puesto prestigioso y el objetivo final de casi todas
las criadas que trabajaban en palacio. En ningún caso este puesto lo
ocuparía una plebeya. Se otorgaba a las segundas o terceras hijas de la
nobleza prominente casi como norma. Y lo que es más importante, el
puesto conllevaba un suculento estipendio que casi duplicaba el de la
criada media. En el caso de Anne, que no sólo era nueva sino también
de baja cuna, su sueldo casi se triplicaba. El anuncio sorprendió a todas
las sirvientas que lo oyeron, y con razón; Anne no sólo no era nadie,
sino que ni siquiera era una sirvienta especialmente buena y tenía fama
de ser más que un poco despistada. Un ascenso tan repentino bien
podría atraer la hostilidad unificada de todas las demás doncellas. Sin
embargo, Mia lo anunció con orgullo y alegría.
“A partir de ahora Anne será mi criada personal, poniéndola
directamente bajo mi protección. Confío en que todos entiendan lo que
quiero decir.”
Con eso, Mia eliminó cualquier posibilidad de que Anne se
convirtiera en el objetivo de un acoso descontento. En efecto, había
recordado a todos su poder y su reputación. Como princesa egoísta,
había hecho exactamente aquello por lo que era conocida: salirse con
la suya. Todas las doncellas presentes habían visto a muchas de sus
compañeras ser despedidas por el capricho de la princesa, y todas
comprendían los peligros de desafiarla. Ninguna estaba dispuesta a
correr ese riesgo.
“Um, Srta. Anne, sobre las cosas que dijimos antes…”
A partir de ese día, la relación entre Anne y las sirvientas mayores
cambió drásticamente. No sólo cesó el acoso aleatorio, sino que se
volvieron extremadamente amistosas, ayudándola a menudo cuando
cometía algún error. El repentino cambio de actitud fue inquietante.
Es decir, me pagan más y todo es genial, pero…
El hecho de no saber por qué había sucedido esto la inquietaba
mucho. El hecho de que fuera Mia, que era conocida por despedir a los
sirvientes por capricho, lo hacía mucho peor. Que la trataran tan bien
sin razón aparente era, para ser sinceros, un poco aterrador. Al final,
en lugar de sufrir más ansiedad, Anne se armó de valor para enfrentarse
a Mia y preguntarle directamente.
“Su Alteza, ¿por qué es tan amable conmigo?”
Ese día, Mia estaba sentada en su sillón de cabecera leyendo un
viejo y maltrecho diario. Anne no sabía qué tenía de interesante, pero
últimamente Mia pasaba mucho tiempo absorta en el libro.
Tal vez sea el diario de alguien famoso…
Con su atención dirigida a la pregunta de Anne, Mia levanta la vista
de su libro y le dedica una dulce sonrisa. “Simplemente te estoy
pagando por tu lealtad.”
Su respuesta dejó a Anne aún más confundida.
“Um, ¿he hecho algo para Su Alteza antes?”
“No, y no es necesario. Sé que eres profundamente leal, y te estoy
pagando por tu devoción. Eso es todo. Este asunto no debe discutirse
más.”
Sin embargo, estoy bastante segura de que no soy tan leal.
Anne apenas pudo contener su frustración. No había venido al
Palacio Whitemoon para dedicar su vida a servir fielmente a la familia
imperial. En ese caso, ¿para qué vino? Sencillo: dinero. ¿Y qué más?
Anne procedía de una familia de comerciantes pobres. Con sus
padres luchando por llegar a fin de mes para ella y sus cinco hermanos
menores, toda su familia dependía de sus ingresos como sirvienta para
poner comida en la mesa. Conseguir un aumento significativo fue un
cambio muy bienvenido para ella, pero, al ser recompensada por su
“profunda” —francamente, inexistente— lealtad, no pudo evitar
sentirse bastante incómoda.
Ugh, voy a perder mucho el sueño por esto…
Mia, por su parte, no parecía importarle lo más mínimo las luchas
internas de Anne y se limitaba a sonreír.
“Ahora, me encuentro en la necesidad de algo. Me complacería
tanto si pudieras mostrarme algo de esa lealtad de inmediato…”
“¡¿Eh?!”
Anne quería gritar desesperadamente que no tenía ninguna lealtad
que mostrar, pero al final tuvo el suficiente sentido común para
contener la lengua. El corazón le latía con fuerza en el pecho.
Oh, cielos, ¿qué me va a pedir que haga?
Mia acercó su cara a la de Anne y sonrió con picardía infantil. Por
supuesto, se le debía perdonar ese gesto, teniendo en cuenta que era,
literalmente, una niña.
“Toma esto, si quieres, y procura para mí algunos dulces y
bocadillos de la gente común, por favor.”
“… ¿Eh?”
Era una forma maravillosamente adorable de mostrar lealtad.
Después de haber estado en vilo durante tanto tiempo, la repentina y
casi cómica petición tomó a Anne completamente por sorpresa, y casi
se echó a reír.
“Bien, eso haré…”
Entonces, miró lo que tenía Mia en la mano y gritó.
“¡No, no, no! ¡Espere un momento, Su Alteza! ¡E-Esto es
demasiado!”
En la mano de Mia había una enorme moneda de oro conocida
como ‘oro completo’. Una sola podía pagar a una criada media por
sesenta días de trabajo.
“Vaya, ¿es así? Aunque el dinero que tengo a mano es bastante
limitado… ¡Ah-ja! Ya sé. ¿Por qué no usas lo que te sobre para invitar
a tu familia a una buena comida?”
¿En qué clase de restaurante loco de primera categoría tendría que
encontrar para gastar tanto dinero?
“Oh, además, a partir de ahora, no te referirás a mí como Su Alteza,
sino como Mia.”
“¿Eh? Pero…”
“Ahora, ve. Cuento contigo. Intenta ser rápida si puedes. Los dulces
son, después de todo, bastante necesarios cuando uno necesita
pensar… Oh ho ho, apenas puedo esperar a probar los bocadillos de la
gente común.” Dijo Mia, y luego comenzó a tararear alegremente para
sí misma.
Durante un largo rato, Anne se quedó mirando a su nueva ama, con
una máscara de absoluta confusión.
Capítulo 6:
La Princesa Mia… Mueve el Trasero
La Gran Biblioteca del Palacio Whitemoon albergaba conocimientos
recogidos de todo el Imperio. Mia estaba sentada en uno de los
escritorios de madera del interior. Tenía la barbilla apoyada en la
palma de la mano y dejó escapar un suspiro abatido.
“Hmm… Esto ha sido de lo más infructuoso…”
Había pasado la mayor parte de los dos últimos días encerrada en
la biblioteca. Después de que el recuerdo de Anne volviera a ella, pasó
la semana siguiente revisando su diario y ordenando todo lo que
recordaba. Al final, llegó a la conclusión de que lo que había visto no
era un sueño. Era algo que había sucedido realmente, o mejor dicho,
que iba a suceder en el futuro. En cuanto se dio cuenta, gritó: “¡N-N-
Nunca! ¡No volveré a pasar por eso!”
No podía soportar la idea de ser llevada a la guillotina por segunda
vez. De todos modos, tenía que encontrar la manera de evitar ese
futuro. Impulsada por el singular deseo de escapar de ese horrible
destino, se refugió en la biblioteca y comenzó a leer sobre el estado
actual del Imperio Tearmoon. Según sus recuerdos, en pocos años las
finanzas del imperio comenzarían a deteriorarse. Para empeorar las
cosas, poco después se produciría una hambruna, seguida de la
aparición de una plaga. Luego se produciría una revuelta popular que
se convertiría en una revolución en toda regla. Por último, el Imperio
sería objeto de una intervención extranjera directa cuando los reinos
vecinos decidieran ayudar al ejército revolucionario.
Eso era, según ella, lo esencial de lo que había sucedido. Después
de leer todo tipo de libros en la biblioteca y cruzarlos con sus propios
recuerdos, resumió todo lo que había aprendido en una simple frase:
“Qué terriblemente complicado es todo esto.”
Como era de esperar, su mimada infancia la había dejado
irremediablemente mal preparada para una empresa así. No podía
hojear unos cuantos libros y entender de repente la política o la
economía. El problema es que sabía lo que iba a pasar. Pero no sabía
qué hacer al respecto. Frustrada, se sujetó la cabeza con las manos y
gimió. Ni siquiera los atracones de azúcar le ayudaban; por muchos
dulces que comiera, no se le ocurrían buenas ideas. Sin embargo,
empezó a entender por qué podía ser un problema que una sola de sus
comidas costara todo el salario mensual de un plebeyo.
“Parece que no tengo otra opción que encontrar a ese hombre…”
Cuando recordaba los acontecimientos con Anne, también se
acordaba de otro de sus leales súbditos. Era un joven funcionario del
ministerio, excepcionalmente competente y ferozmente dedicado.
Enfrentado a un Imperio que se desmoronaba, se esforzó al máximo
por salvarlo y, de paso, a la familia real. Incluso después de que Mia
lo perdiera todo, nunca la abandonó, haciendo todo lo posible por
ayudarla hasta el final.
Sin embargo, había un problema.
No veo su nombre escrito en ninguna parte. Todo lo que recuerdo
es que era terriblemente grosero…
Las referencias al hombre incluían: “cuatro ojos”, “estúpido cuatro
ojos” y “maldito cuatro ojos”. Recordaba haberle llamado todo tipo de
cosas, pero su nombre era lo único que nunca le habría llamado.
“Bueno, no puedo hacer mucho si no sé su nombre. Me pregunto si
encontraré alguna pista aquí…”
Volvió al principio de su diario y lo leyó de nuevo. En la página
que detallaba su primer encuentro, encontró una pequeña línea de texto
que lo describía como “el tonto al que echaron de la Central y enviaron
al campo”.
“¡Ajá! Recuerdo que tuvo un cargo en la capital durante algún
tiempo… Tal vez debería ir a buscarlo.”
Era posible que aún estuviera en la capital imperial. Pensando que
lo mejor era darse prisa, Mia se puso en pie e hizo que Anne organizara
una excursión.
Lunatear, la capital imperial del Imperio Tearmoon, albergaba
cinco ministerios que ayudaban al emperador a gobernar.
El Ministerio Azure Moon era el organismo administrativo de la
capital. El Ministerio Golden Moon se encargaba de los impuestos. El
Ministerio Scarlet Moon era el organismo administrativo de las
regiones rurales circundantes. El Ministerio Jade Moon se encargaba
de los asuntos exteriores. Por último, el Ministerio Ebony Moon dirigía
los siete ejércitos del imperio.
Mia se dirigía al ministerio más cercano al Palacio Whitemoon, el
Ministerio Golden Moon. No tenía ninguna razón especial para
hacerlo. No se le pasó por la cabeza ni el hecho de que hubiera
trabajado mucho para restablecer las finanzas del imperio ni el hecho
de que hubiera sido extremadamente quisquilloso con el uso del
dinero. Era, sinceramente, una simple corazonada.
“Princesa Mia, ¿exactamente qué estamos haciendo aquí?”
Preguntó Ana con el ceño fruncido.
“Hay alguien que deseo conocer.”
La respuesta de Mia fue corta y sencilla.
“¿Alguien… que desea conocer? Quieres decir…”
Las manos de Anne se llevaron a la boca y jadeó. Luego, asintió
con aparente comprensión.
“Si es así, ten por seguro que haré todo lo que esté en mi mano para
ayudar.”
“… ¿Hm? ¿Es así? Bueno, si insistes. Ciertamente lo aprecio.”
Mia no estaba segura de por qué Anne parecía tan entusiasmada de
repente, pero no le dio importancia.
“Espero que esté aquí… Oh, Dios.”
Oyeron un par de voces. Parecía que estaban discutiendo.
“¿Por qué se permite un gasto tan despilfarrador sin control? Sabes
tan bien como yo que a este ritmo, las finanzas del Imperio no tardarán
en implosionar.”
“Bah, basta de hablar.”
“Pero…”
“¡He dicho basta! ¿De qué sirve que nos preocupemos por detalles
tan triviales?”
“No son detalles triviales. Si esto sigue así, el Imperio…”
Sonrió. Ahora había una voz que reconocía.
“Vaya, vaya.” Dijo, sintiendo una leve nostalgia. “Parece que
hemos encontrado oro. Todo el tiempo que hemos pasado en la Gran
Biblioteca ha merecido la pena.”
A pesar de la total irrelevancia de su limitado aprendizaje en la
biblioteca, Mia tuvo un golpe de suerte.
Capítulo 7:
La Princesa Mia… Pone una Sonrisa de
Satisfacción
La primera vez que se encontró con él, las cosas no pudieron ir peor.
Aquel día, Mia estaba llamando a él, un joven funcionario del
ministerio, para reconocer formalmente su servicio. Su primera
impresión del joven no fue mala. De hecho, le gustó bastante. Tenía el
cabello liso, lo suficientemente largo como para cubrirle las orejas, y
llevaba un par de gafas de fabricación extranjera. Detrás de las
pequeñas lentes había unos ojos que brillaban con inteligencia. Aunque
tenía un aire de distancia, sus bonitos rasgos eran más que suficientes
para llamar la atención de Mia. Por ello, Mia esbozó una sonrisa, que
rara vez mostraba a los plebeyos, y le saludó con una voz inusualmente
amable.
Su respuesta, sin embargo, fue fría y tajante.
“¿Tienes idea de lo que cuesta alimentar a la realeza?”
“V-Vaya, qué terriblemente grosero de tu parte.”
La repentina afrenta dejó a Mia desconcertada. El hombre de gafas
que tenía delante estaba aparentemente enfadado, pero ella no tenía la
menor idea de por qué. Era muy raro que Mia viera a alguien enfadado
con ella, y menos aún que la reprendiera alguien que acababa de
conocer. Nada de eso tenía sentido.
“¡Que sepas que estoy aquí para reconocer tus esfuerzos! ¿Por qué,
entonces, debo ser objeto de semejante ofensa?” Dijo indignada. Al fin
y al cabo, acababa de dedicar al joven unas palabras de agradecimiento.
La implosión financiera y una epidemia galopante, unidas a la
revuelta de una tribu menor, habían llevado al Imperio al borde del
colapso. Oficiales, funcionarios e incluso altos ministros habían estado
a punto de huir de sus puestos. Fue entonces cuando Mia se enteró de
que había un funcionario que se negaba a abandonar sus funciones y
seguía trabajando incansablemente por su cuenta.
“Qué terriblemente admirable. Creo que debería hacerle una visita
personalmente.”
Así que lo hizo, y allí estaba.
¡Había venido hasta aquí! Sólo por él. Entonces, ¿cómo es que ella
era la que tenía que ver cómo este joven funcionario supuestamente
leal le lanzaba una mirada de condescendencia y todo su discurso de
“¿tienes idea de cuánto?” Y no sólo eso, ¡siguió adelante!
“Te agradecería que dejaras de estar ahí como un bulto en un
tronco. Al menos quítate de en medio. Además, hay muchas cosas que
sólo usted puede hacer, así que si tiene tanto tiempo libre, haga el favor
de ser útil, Alteza.”
¡Qué insolencia! ¡Qué terrible insolencia! ¡La actitud de este
hombre es absolutamente imperdonable!
Mia estaba tan disgustada por el encuentro que perdió toda una
noche de sueño por ello. Incluso después de meterse en la cama, siguió
rechinando los dientes de rabia mientras daba vueltas en la cama una
y otra vez. Cuando dejó de dar vueltas, ya había amanecido.
En resumen, su primer encuentro fue horrible.
Sin embargo, también era cierto que, incluso después de que Mia
fuera arrojada a la mazmorra, se mantuvo firme en su trabajo,
corriendo incansablemente de un lugar a otro en su solitario intento de
restaurar el Imperio. Había oído que él había apelado a su liberación,
y entre sus innumerables súbditos, él y Anne fueron los únicos que la
visitaron el día de su ejecución. En consecuencia, la confianza de Mia
en el hombre era profunda.
Si sólo fuera más amable con sus palabras, no tendría ninguna
queja de él.
“… Hmph. Muy bien. Si eres tan apasionado, Oficial de Impuestos
Junior Ludwig, entonces te permitiré trabajar a gusto. Estás
oficialmente designado al Ministerio Scarlet Moon.”
La situación no tardó en dar un giro y la paciencia del anciano
funcionario se agotó.
¡Ah-ja! ¡Ludwig! Esa era su… E-Espera. ¿Ministerio Scarlet
Moon?
“¿Me envías al campo?”
“Correcto. ¿Por qué no vas a sacar más impuestos de la gente del
campo? Eso resolverá esta crisis de todo el imperio, ¿no?”
“Pero…”
¡Hey, eso no es bueno en absoluto! ¡Ese estúpido cuatro ojos ya ha
conseguido que le echen del trabajo!
A Mia le entró el pánico. La última vez que fue enviado al campo,
no regresó hasta que fue demasiado tarde. Para entonces, el Imperio
Tearmoon ya era irreparable. En otras palabras, si se iba…
¡Voy a ir directamente a la guillotina!
Mia salió de las sombras y corrió hacia los dos hombres.
“¡E-Espera un momento!”
“Ugh, ¿quién es ahora…? ¿Qué…? ¡S-Su Alteza!”
“Creo que he escuchado lo suficiente para entender lo que está
pasando aquí.”
El funcionario de mayor rango se secó la espesa capa de sudor que
de repente cubría su frente. “Ah, bueno, me disculpo por someter a Su
Alteza a una discusión tan tediosa—”
“Eso no importa. Lo más importante es que debo decir que me
parece terriblemente imprudente dejar de lado a los jóvenes
funcionarios con tanta impunidad. Preferiría que dijeran lo que piensan
y defendieran sus argumentos para que pudiéramos actuar sobre sus
ideas en beneficio del imperio.”
“Ah, ya veo, pero…”
Antes de que el anciano pudiera terminar su pensamiento, Mia le
lanzó una mirada fulminante.
“¿Oh? ¿Es eso resistencia lo que oigo?”
“¿Qué—? ¡No! ¡C-C-Claro que no!”
“Eso es encantador, me alegro de oírlo. Por cierto, tú, el joven de
allí. Creo que tu nombre era, hrm, Ludwig, ¿no?”
“¿Eh? Eh, sí…” Respondió Ludwig, algo desconcertado por la
repentina mención de su nombre.
“Me gustaría hablar de un par de cosas contigo. Espero que esté
bien.” Dijo Mia mientras agarraba a Ludwig de la mano y lo llevaba a
otra habitación.
“Hey… Eh… quiero decir, perdóneme, Su Alteza, pero ¿puedo
saber cuál es su preocupación? Hay muchos otros asuntos que
necesitan mi atención…”
Al principio, Ludwig se sintió bastante sorprendido por este brusco
giro de los acontecimientos, pero, tras recuperar la compostura, ahora
ponía los ojos en blanco ante el comportamiento aparentemente
insensato de la joven princesa.
“Deseo hablar contigo un rato.”
“Uh, estoy bastante seguro de que acabo de decir que estoy
ocupado…”
“Hay algo que me gustaría preguntarte.”
“… Le entra por un oído y le sale por el otro, eh. La princesa
egoísta, sin duda. Veo que tu infamia es más que merecida.” Dijo
Ludwig con un encogimiento de hombros resignado antes de dejar
escapar un largo suspiro. “¿Y bien? Oigamos lo que tienes que decir.”
“Muy bien. Supongo que la forma más sencilla de decirlo sería…
¿Cómo se podría restablecer el estado de las finanzas del Imperio?”
En cuanto escuchó esta pregunta, los ojos de Ludwig se
entrecerraron.
“Hmph. En ese caso, permítame hacerle una pregunta, Su Alteza.
¿Tiene idea de lo que cuesta alimentarla?” Dijo, mirándola con
condescendencia.
A su vez, Mia respondió: “Bueno, creo que una sola comida cuesta
el equivalente a un mes de salario para ti, lo que supone un valor
aproximado de una media luna de oro. ¿Estoy en lo cierto?”
Luego se cruzó de brazos y le miró con la sonrisa más presumida
que había llevado nunca.
IMAGEN
Capítulo 8:
El Mejor Aliado
La respuesta de Mia dejó a Ludwig helado de asombro. Al contemplar
la expresión de absoluto asombro en su rostro, sintió una fuerte oleada
de emoción en su interior.
Esto… ¡Esto se siente tan terriblemente bien!
El dulce sabor del triunfo inundó su cerebro como un narcótico.
Todo su cuerpo se sentía ligero. Necesitaba más.
“De hecho, las dificultades financieras del imperio pueden
reducirse al simple hecho de que sale más dinero del que entra. Para
resolver esta discrepancia…”
Mia seguía y seguía, enumerando uno tras otro los problemas del
imperio. Estaba en racha. Su discurso fluía con la facilidad y la
suavidad que denotaban una investigación exhaustiva y un
conocimiento profundo. Después de pasar los dos últimos días
encerrada en la Gran Biblioteca, Mia se había convertido en una gran
conocedora de… bueno, de nada en particular.
Por supuesto que no lo había hecho.
De hecho, como los más astutos ya se habrán dado cuenta, todo lo
que dijo era lo que le había dicho Ludwig en el (esperemos) mundo
alternativo del futuro. En otras palabras, ella sólo repetía sus palabras.
Era básicamente un plagio.
Los acontecimientos de aquel primer día volvieron a su mente. En
su mente, todavía podía ver la expresión altiva que él había puesto
mientras la sermoneaba sobre temas grandes y pequeños, con una voz
llena de sarcasmo burlón. Es cierto que casi todo lo que dijo pasó por
encima de ella, pero no obstante…
Nunca… ¡Nunca olvidaré la humillación que sufrí durante esos
días!
La experiencia fue tan mortificante para ella que cada una de las
palabras se grabó a fuego en su mente. Con el humillante recuerdo
recién resurgido, recordó exactamente lo que él le había dicho,
repitiéndolo palabra por palabra.
Habló de los problemas del Imperio, de los problemas de los nobles,
de los problemas de la capital imperial, de los problemas de los reinos
vecinos y de muchas cosas más. Si alguien hubiera sido testigo de su
conversación en el futuro, habría gritado por su descaro. La
desfachatez con la que imitaba sus enseñanzas era casi impresionante.
Mientras tanto, la expresión de Ludwig había pasado de la sorpresa
a algo que rozaba la reverencia.
“… Suficiente.” Levantó una mano para detener a la princesa
pontificadora. “Por favor. Eso será suficiente.” Entonces, se arrodilló
y se inclinó hacia delante en una profunda y cortés muestra de respeto.
“No tengo palabras. Nunca hubiera imaginado que la familia real
albergara a alguien tan brillante como usted.”
Sus palabras provocaron una sacudida de euforia en el cuerpo de
Mia.
¡¿Brillante?! ¿Acaso ese miserable cuatro ojos acaba de decir algo
bueno sobre mí? Mia temblaba de puro placer. Ahhh. Casi siento como
si este día —este mismo momento— fuera la razón por la que he vuelto
aquí.
Sin embargo, antes de que pudiera disfrutar de la gloria de su
triunfo, Ludwig volvió a hablar.
“Sin embargo, en ese caso, ¿qué necesidad tiene Su Alteza de mi
ayuda? Con un conocimiento tan ilimitado, seguramente podrá
restaurar el Imperio por sí misma.”
Mia palideció al instante.
¡Oh, no! ¡He ido demasiado lejos!
En su excitación, no se había dado cuenta de que se había pasado
de rosca y había rodado por un precipicio. Era cierto que estaba
repitiendo lo que había dicho Ludwig. Sin embargo, él había dicho
todo eso sólo después de inspeccionar incansablemente las regiones
circundantes e investigar los asuntos de otros reinos. En otras palabras,
el futuro Ludwig tuvo que trabajar mucho para llegar a esas
conclusiones. Para el Ludwig del presente, que todavía era nuevo en
este trabajo, las palabras de Mia parecían la divina providencia. Su
perfecta comprensión de los acontecimientos actuales y sus plausibles
predicciones de los desarrollos futuros, junto con el hecho de que sólo
tenía doce años, era simplemente demasiado para él. Desconcertado y
deslumbrado, dejó de lado su sentido común y se limitó a mirar a la
princesa con asombro. En su mente, todo lo que tenía que hacer era
dejarlo en manos de esta verdadera diosa de la sabiduría que había
encontrado, y todo saldría bien. Ni que decir tiene que Mia no era una
diosa de la sabiduría, y que prácticamente nada saldría bien si se le
dejaba a ella. Con la espalda apoyada en la pared, la princesa con
cerebro de guisante se obligó a pensar.
No… ¡No tengo ni idea! ¡No se me ocurre nada en absoluto!
… Fiel a su forma, como siempre. Afortunadamente para ella, sin
embargo, la mente del joven funcionario que tenía ante sí no era en
absoluto mezquina.
“Ah, pero por supuesto. Eso tiene sentido. Su Alteza es todavía
joven. ¿Acaso le preocupa que la gente no preste atención a sus
palabras?”
Su interpretación fue muy conveniente para Mia—también muy
equivocada, pero definitivamente muy conveniente.
“¡Ese, por supuesto, es el caso!”
Vio su oportunidad y la aprovechó. Si la ola de la fortuna se
acercaba a ella, la iba a aprovechar. Se subirá a la maldita cosa hasta
la luna y más allá. Además, estaba experimentando un raro momento
de agudeza mental.
“Además, por muy brillante que sea, a veces puedo equivocarme.
Por eso me gustaría que tú también pensaras en estos temas y me
dijeras lo que piensas.”
En este punto, cualquier persona con un sentido decente de la
modestia habría pensado: “¿Qué clase de persona se llama a sí misma
brillante?” Hasta la más elemental cortesía exigiría al menos una o dos
cejas levantadas. Sin embargo, como resultado de su persistente
asombro, Ludwig no poseía ninguna de esas cualidades.
“Una mente no nublada por su propio brillo… y oídos que acogen
los consejos de los subordinados… Su Alteza… Usted es
verdaderamente…”
Ludwig pensó en su propio superior que, momentos antes, había
desechado sus peticiones sin ni siquiera pensarlo. Sintió que algo
caliente le invadía por dentro. Las palabras de Mia le habían
conmovido. Nunca imaginó que la chica con la que hablaba era en
realidad una princesa tonta que se habría visto totalmente indefensa sin
la sabiduría que él le proporcionaba.
“Mi camino está ahora claro para mí…”
Una vez más, se inclinó en un profundo saludo. Manteniendo la
cabeza inclinada, se dirigió a ella con el máximo respeto.
“Su Alteza. Yo, Ludwig, me comprometo a su servicio con todo mi
cuerpo y mi alma.” Dijo el joven y serio funcionario.
“Qué amable eres. Acepto su promesa.” Respondió la princesa
profundamente satisfecha.
De este modo, Mia, tras conseguir a la leal criada Anne, se hizo con
su segundo y mayor aliado.
Capítulo 9:
Predicción / Diario Sangriento
“Jejeje…”
Mia lucía una brillante sonrisa mientras reía suavemente para sí
misma.
“¿Ha pasado algo bueno, Princesa Mia?” Preguntó una curiosa
Anne.
“Vaya, ¿cómo lo has sabido?”
Desde que volvió a su habitación, Mia estaba de buen humor. De
muy buen humor, incluso. Después de todo, ese miserable cuatro ojos
—Ludwig, más bien— la había llamado brillante.
Brillante… ¡Me llamó brillante! ¡A mí! ¡Oh jo jo jo!
Estaba en el séptimo cielo. O en las nubes. Sea lo que sea lo que
había allí, ella estaba en él. Su estado de ánimo era fantástico, y no era
probable que cambiara en un buen rato.
“¡Ajá! Tengo que anotar en la agenda los acontecimientos de este
memorable día para no olvidarlo…”
En cuanto la idea se le pasó por la cabeza, Mia tomó su diario y se
lanzó a la cama. Rodó su pequeño cuerpo por el edredón, rebosante de
energía. Le resultaba bastante agradable, por lo que siguió rodando de
un lado a otro, sintiendo el suave abrazo del plumón lunar que llenaba
el colchón de alta calidad. Con la cara enterrada en la suave manta,
movía los pies hacia arriba y hacia abajo como si le hicieran cosquillas.
El movimiento de aleteo le levantó la falda, dejando al descubierto la
suave piel de sus jóvenes piernas. Era, a fin de cuentas, un aspecto
poco femenino.
“Eh je je. Ohhhh jo jo.”
“… Princesa Mia, por favor. Eso es indecente.”
Ni siquiera la amonestación de Anne surtió efecto. Mia la miró con
la misma sonrisa encantada y dijo: “Oh jo jo. Soy la brillante princesa
del imperio, ¿no lo sabías? Su brillante alteza Mia no ve ningún
problema aquí.”
Era el tipo de comentario pretencioso que habría irritado a la
mayoría de la gente, pero Anne se limitó a sonreír como si acabara de
escuchar la cosa más adorable.
¡Oh, mira cómo sonríe! Debe de estar muy contenta de haber sido
felicitada por ese caballero que le gusta.
Anne se encontraba en medio de su propia interpretación errónea
de las acciones de Mia. En consecuencia, se sintió en todo momento la
hermana mayor vigilando el florecimiento del primer amor de la
hermana menor, y vio cada acción de Mia a través de una lente de
afecto bondadoso.
Como dice el refrán de Tearmoon, un solo botón mal colocado
estropea toda la camisa. Los malentendidos, una vez arraigados,
pueden ser diabólicamente difíciles de deshacer.
Mientras tanto, Mia seguía golpeando la cama con los pies mientras
escribía una nueva entrada en su diario. Empezó por convertir a Anne
en su doncella personal y continuó con todos los acontecimientos que
la habían llevado hasta hoy, añadiendo algunos detalles aquí y allá para
mejorar la experiencia del lector.
¡Vaya, qué rápido estoy escribiendo! Parece que tengo talento
para la composición literaria. Tal vez debería ser poeta o dramaturgo.
Su pluma voló por las páginas con una facilidad que hablaba de su
buen humor. Cuando terminó de escribir la última palabra y cerró el
libro, un pensamiento cruzó su mente.
¡Ah-ja! Ya que he cambiado el contenido de este diario, me
pregunto qué habrá pasado con el diario del futuro.
Un ataque de curiosidad la llevó a colocar las dos agendas una al
lado de la otra. Una estaba todavía impoluta, mientras que la otra
estaba manchada de sangre. Si ambas eran el mismo artículo, ¿qué
pasaría ahora que había escrito algo diferente en uno de ellos? Sin
esperar nada en particular, abrió el diario ensangrentado.
“¡¿Qué demonios?!”
Las palabras del viejo diario se desdibujaron y se convirtieron en
borrones deformes antes de reaparecer como nuevas líneas de texto que
reflejaban lo que acababa de escribir en el otro. Además, el fenómeno
no se detuvo ahí. Continuó en otras entradas, cada una de las cuales se
deformó de forma similar y remodeló su contenido en consecuencia.
Parecía que el futuro se estaba reescribiendo ante sus ojos.
No sólo lo parece… ¡El futuro se está reescribiendo!
De repente, todo encajó. Se dio cuenta de que, al conseguir el apoyo
de Ludwig y hacer que comenzara sus esfuerzos antes, había
provocado cambios significativos en el curso de la historia.
¿Podría esto significar que…?
Se sentó rápidamente en la cama. Luego, se acercó al diario
ensangrentado con una mano temblorosa y lo hojeó. Al llegar a la
última página, se le escapó un breve y triste suspiro.
Todavía… no ha cambiado… Después de todo eso…
La última entrada, cruelmente inmutable, preveía su ejecución.
¿Por qué… no ha cambiado…?
Todo su mundo pareció oscurecerse bajo una nube de
desesperación. Ante el hecho implacable de su trágico final, el pánico
se apoderó de su corazón. Sintió un repentino y abrumador deseo de
huir lejos. Escapar de todo.
No pasa nada. No pasa nada. Todavía tengo tiempo.
Respiró profundamente para calmarse. Luego, leyó el diario por
segunda vez. Había entradas que detallaban cómo, tras conseguir la
ayuda de Ludwig, las dificultades financieras del Imperio habían
mejorado. Sin embargo, no era más que una gota de agua en el incendio
del imperio. Al final, había demasiados problemas que no se podían
resolver. Desde el brote de una plaga en los barrios bajos de la capital
hasta la revuelta de una tribu minoritaria en las Tierras Exteriores —
junto con mucho más—, al Imperio no le faltaban problemas
paralizantes que amenazaban su existencia. Y Mia no tenía la menor
idea de cómo resolver ninguno de ellos.
¡Esto no es nada bueno! ¡No es momento de dejar que los
cumplidos de Ludwig se me suban a la cabeza!
Sintiéndose como si le hubieran echado un cubo de agua fría en la
cabeza, se puso en pie de un salto.
“¡Srta. Anne!” Se dirigió a su criada personal. “¡Debo pensar!”
Entonces, con una voz que sonaba con mando y propósito…
“¡Para que mi cerebro funcione mejor, le pido que me traiga unos
dulces!”
Ella pidió tan poco…
Capítulo 10:
La Sombra de Lunatear
Donde hay luz, seguramente debe nacer la sombra…
Incluso dentro de Lunatear, la gloriosa capital del poderoso Imperio
Tearmoon, había un lugar del que la gente apartaba la vista. En un
tramo de las murallas de la ciudad se encontraba el Distrito Newmoon,
los barrios bajos de la capital imperial. Allí vivían los más pobres entre
los pobres, para quienes la comida era escasa y las enfermedades
rápidas y mortales. Los que caían enfermos se encontraban a menudo
abandonados en las calles. Era un lugar en el que el funcionamiento de
la sociedad civilizada prácticamente había desaparecido, salvo una
pequeña iglesia y un orfanato.
Una joven caminaba por el distrito abandonado, con su hermoso
vestido casi cómicamente fuera de lugar entre los caminos rotos y los
edificios en ruinas. No era otra que Mia Luna Tearmoon, la querida
hija del Emperador Tearmoon. Con un ligero resorte en su paso, saltó
de un lugar a otro, mirando con curiosidad a su alrededor.
“Su Alteza, es peligroso que se adelante demasiado. Debo pedirle
que permanezca detrás de nosotros…”
Junto a la joven había cuatro guardias armados, junto con su
doncella, Anne, y su recién convencido aliado, Ludwig. Para explicar
por qué un grupo de personas tan llamativo se encontraba en un lugar
como éste, habría que rebobinar el reloj de la narración unas horas
atrás.
“Bueno… parece que este problema… es realmente uno que
necesita ser resuelto.”
Gracias a los dulces que trajo Anne, la mente de Mia estaba más
aguda que nunca. Después de volver a leer su diario, encontró una
entrada que le llamó la atención.
“La peste… Recuerdo que me tiraron huevos por esto.”
Dentro de unos años, la capital sería devastada por un brote de
enfermedad. Fue un incidente terrible que ni siquiera Ludwig fue capaz
de predecir. Al final, el diez por ciento de la población sucumbiría a la
epidemia. Según el diario reescrito, las finanzas del imperio —que
apenas empezaban a mejorar tras los esfuerzos de Ludwig— recibirían
un golpe demoledor con este desastre y a partir de entonces entrarían
en una espiral descendente.
“Hmmm, sé que no podemos simplemente ignorarlo… pero ¿cómo
se hace para prevenir una plaga?”
Por regla general, a Mia no le gustaba el trabajo duro. A la hora de
la verdad, podía encerrarse en la Gran Biblioteca, pero eso nunca
duraba mucho. Además, odiaba fundamentalmente la idea de estudiar
y buscar cosas. ¿Qué debía hacer entonces?
“Bueno, mantengamos las cosas simples por ahora: cuando tengas
dudas, pide ayuda.”
La solución era fácil: si no tenía la respuesta, le pediría a alguien
que se la diera. Después de todo, ahora tenía acceso a una conveniente
fuente de conocimiento.
“Srta. Anne, vamos a salir.”
“¿Adónde vamos, Princesa Mia?”
“Para hablar con el estúpido cuatro…, quiero decir, Ludwig.”
“Ah, el caballero del otro día… En ese caso, será mejor que te
arregles y te pongas guapa.”
Los ojos de Anne brillaron de repente con entusiasmo.
“¿Es así? Personalmente creo que estoy bastante bien así…”
Mia estaba vestida con un elegante vestido negro que solía llevar
en su habitación. Aunque podría ser un poco soso para el salón de baile,
lo consideraba perfectamente adecuado para una reunión informal.
“¡Eso no servirá de nada! Esta es la oportunidad perfecta para
llamar su atención y dejar una impresión. No podemos permitir que la
dejes pasar. Ahora, vamos, Princesa Mia. Vamos al vestidor.”
A regañadientes, Mia se dejó arrastrar hasta el vestidor, donde
Anne pidió rápidamente la ayuda de una criada veterana cercana para
coordinar la ropa de Mia. Se decidieron por un vestido azul claro
adornado con flores de cerezo ashmoon. Su falda estaba recortada
relativamente corta en un diseño que, al mismo tiempo, enfatizaba los
encantos de la portadora y permitía libertad de movimientos.
“Vaya, nunca había visto este vestido.”
Teniendo en cuenta que Mia tenía suficientes vestidos para llenar
cinco habitaciones, era imposible que pudiera llevar la cuenta de cada
uno de ellos. Inevitablemente, había un montón de vestidos que le
quedaban pequeños sin llegar a ponérselos.
“Estás muy guapa, Princesa Mia.” Dijo Anne con una sonrisa antes
de empezar a arreglar el cabello de Mia. Pasó un peine por los lustrosos
mechones de plata una y otra vez hasta que quedaron suaves como la
seda. Luego, los sujetó con una horquilla adornada con una gema del
color del arcoíris.
Cuando Mia se miró en el espejo y vio la horquilla, sus ojos se
entrecerraron un poco y susurró: “Vaya, esto es…”
“¿Qué pasa, Princesa Mia?”
No fue Mia, sino una sirvienta veterana encargada del vestuario
quien contestó.
“Fue una ofrenda de cierto rico comerciante el año pasado. Su
Alteza estuvo muy complacida por el regalo.”
Anne se rió alegremente después de escuchar la historia de la
empleada del guardarropa.
“Así que de ahí salió esto. Es perfecto para esta ocasión, entonces.”
“Supongo que sí…” Respondió Mia, con un toque de tristeza en su
voz.
Para ser honesta, no me gusta…
No era el diseño de la horquilla lo que le molestaba. De hecho, le
gustaba mucho su aspecto. Sin embargo, por una razón determinada,
no podía apreciar de todo corazón el hecho de llevarla. Durante un
tiempo, se debatió si debía rechazar el adorno.
Pero para ir a ver al estúpido cuatro ojos, supongo que esto es
suficiente.
Al final, eligió el silencio.
Capítulo 11:
Un Gran Líder Otorgado por los Cielos
(Nota: Un Terrible Malentendido)
Para Ludwig, fue el encuentro de su vida.
Nacido como segundo hijo de un comerciante, estaba dotado de una
inteligencia fácilmente perceptible desde la infancia. Dado que su
hermano mayor estaba destinado a hacerse cargo del negocio familiar,
dirigió sus aspiraciones hacia otro lado, resolviendo desde muy joven
convertirse en funcionario del gobierno. Sin embargo, una vez que
empezó a estudiar para conseguir su objetivo, no tardó en darse cuenta
de la enorme magnitud de la corrupción que supuraba el Imperio
Tearmoon.
Las razones eran variadas, pero estaba claro que gran parte de ellas
procedían de las casas nobles, de las cuales la propia familia del
emperador era la más poderosa. Quizá por eso Ludwig sentía tanto
desprecio por los nobles y la realeza, es decir, por los llamados de alta
cuna. Entonces, un día, una joven apareció de repente ante él.
Se llamaba Mia Luna Tearmoon. Con su hermosa cabellera
argéntea —que brillaba como si estuviera impregnada de rayos de
luna— y las circunstancias de su nacimiento —la princesa era de la
más alta alcurnia—, era la personificación misma del tipo de nobleza
que él siempre había detestado. Y sin embargo, esta chica, con todos
sus privilegios y su poder, acudió a él. Y le pidió que le prestara su
fuerza para restaurar el Imperio.
Nunca olvidaría el brillo de la inteligencia que había visto en sus
ojos. Era deslumbrante, casi divino… En ese instante, se había sentido
como si estuviera ante la mismísima diosa de la luna, bañado en su luz.
Incluso ahora, su corazón se aceleraba de alegría cada vez que
recordaba la escena. Desde aquel día, en un esfuerzo por estar a la
altura de la confianza que Mia había depositado en él, se aplicó en
cuerpo y alma a su trabajo. Cuando encontraba resistencia por parte de
sus superiores, desestimaba sus quejas haciendo alarde del nombre de
la princesa. Pensando que sus acciones habían llegado a oídos de Mia,
interpretó que su silencio significaba que estaba actuando de acuerdo
con sus deseos. Es de suponer que ella pretendía que, una vez que le
informara de sus ideas sobre el Imperio, él tomara la iniciativa e hiciera
lo que considerara oportuno. Su postura era clara: ella señalaba el
camino y él trazaba el rumbo. Se trataba de un buen liderazgo de
manual; una vez comunicada la visión general, los detalles debían
dejarse en manos de los expertos de primera línea y su juicio debía ser
respetado. Aunque parecía una decisión tan sencilla, los líderes que la
tomaban correctamente eran escasos y su mal juicio provocaba la caída
de innumerables reinos a lo largo de los tiempos.
Y, sin embargo, aquí había una niña, de apenas doce años, que lo
entendió. Que desafió la tendencia de la historia y tomó la decisión
correcta. Ludwig se estremeció mientras una sacudida recorría su
columna vertebral.
“Podría ella… Ella debe… Seguramente, es una gran líder que nos
han concedido los cielos…” Susurró Ludwig mientras miraba al cielo
con reverencia.
… Ni que decir tiene que casi todo lo que pensaba no era más que
un producto de su propia imaginación.
Por si a alguien no le ha quedado claro.
“Buenas tardes, Ludwig.”
“Vaya, si es la princesa. Bienvenida, Su Alteza.” Dijo Ludwig,
haciendo una pausa en su trabajo. Justo cuando estaba a punto de
levantarse, Mia levantó una mano para detenerlo.
Sonrió y dijo: “Por favor, esté tranquilo. Sepa que su duro trabajo
es muy apreciado. Gracias, Ludwig.”
“De nada, Su Alteza, pero todo el mérito es suyo. Gracias a usted,
mi trabajo se ha desarrollado con mayor fluidez. Por favor, acepte mi
gratitud.”
Ludwig se inclinó respetuosamente, lo que provocó un
asentimiento satisfecho de Mia. Dejó escapar un suspiro de alivio,
tomando su asentimiento como una señal de que su comportamiento
hasta la fecha no era erróneo. Después de todo, estaba en presencia de
alguien cuya sabiduría superaba con creces la suya; tenía que
mantenerse alerta.
“Muy bien. Ahora, en realidad he venido hoy porque me gustaría
que me aconsejaras sobre un asunto muy particular.”
“Me pide aconsejarla…”
Ludwig se cruzó de brazos y frunció las cejas mientras masticaba
las palabras de la princesa.
A juzgar por el tono de Su Alteza, no parece que tenga ninguna
queja sobre mi trabajo hasta ahora… Pero, de nuevo, nunca puedo
estar seguro. Tal vez haya algo que se me haya escapado.
Después de todo, pensó, estaba hablando con alguien que bien
podría ser una diosa de la luna con forma humana. Su intelecto rozaba
ciertamente lo divino.
A estas alturas, tras un periodo de inflación extrema y
descontrolada, la opinión de Ludwig sobre Mia estaba muy por encima
del ámbito de la razón y el sentido común.
… El pobre hombre.
“En efecto. Aunque podríamos tener nuestra discusión aquí…” Mia
bajó el tono y le mostró una sonrisa dentada. “En realidad preferiría
que me acompañaras a otro lugar.”
“¿Y dónde puede estar eso?”
“El Distrito Newmoon…”
La mandíbula de Ludwig cayó al suelo cuando escuchó esas
palabras.
“¡¿Qué?! ¡¿Deseas… ir a los barrios bajos?!” Exclamó, con la voz
un poco quebrada por el asombro.
El Distrito Newmoon era el barrio bajo más cercano a las murallas
de la ciudad de Lunatear. Era un lugar rechazado incluso por el
ciudadano medio, por no hablar de la nobleza o, Dios no lo quiera, de
la realeza. El propio Ludwig nunca había puesto un pie en el distrito,
y tampoco deseaba hacerlo. Bajo ninguna circunstancia —ninguna en
absoluto— la única princesa del Imperio Tearmoon debería ir allí.
Su arrebato fue inmediatamente secundado por una angustiada
Anne, para quien las palabras de Mia fueron un duro despertar.
“¡Milady Mia! ¡No puede! ¡Eso es ir demasiado lejos!” Gritó la
doncella, que hasta ahora había tenido la impresión de que Mia estaba
aquí simplemente para ver a Ludwig. Para una joven doncella como
ella, el Distrito Newmoon era el tipo de lugar que quería evitar a toda
costa. Sus padres le habían dicho que se mantuviera alejada de allí
porque era peligroso, y lo mismo les había dicho a sus hermanos
menores.
“Es algo que debe hacerse.” Dijo Mia, desestimando sus quejas con
un movimiento de cabeza. “Quiero que eches un vistazo con tus
propios ojos, Ludwig, y me digas lo que piensas.”
La determinación en su voz les impidió decir nada más.
Capítulo 12:
El Hedor de Una Plaga
Después de que Mia dejara claras sus intenciones, Ludwig se apresuró
a disponer de soldados que los acompañaran. Debido a la brusquedad
de la petición, sólo consiguió reunir a cuatro guardias, pero todos ellos
eran muy competentes. Aunque un grupo tan pequeño sería totalmente
insuficiente para algo como el reconocimiento del campo de batalla,
debería ser suficiente para sus propósitos, especialmente teniendo en
cuenta que técnicamente todavía estaban dentro de la capital.
Francamente, preferiría que nos acompañaran al menos diez
personas más, pero dadas las apuradas circunstancias, esto tendrá
que bastar, pensó con un suspiro.
Al fin y al cabo, era la propia hija del emperador la que se dirigía a
la ciudad. No se puede ser demasiado cuidadoso.
“Por cierto, Su Alteza, ¿está Su Majestad Imperial al tanto de sus
planes para hoy?”
“¿Eh? ¿Te refieres a papá?” Preguntó Mia con una curiosa
inclinación de cabeza. “No hay necesidad de preocuparse por eso. Para
algo así, se lo contaré después.”
Cuando la joven princesa se alejó tras descartar la cuestión con un
gesto despreocupado de la mano, Ludwig no pudo evitar sentir una
sensación de malestar en la boca del estómago.
Cuando finalmente llegaron al Distrito Newmoon, descubrieron
que era tan malo como decían los rumores. Había un cambio palpable
en los alrededores cuando entraron en la zona. Incluso el aire tenía una
calidad diferente, que uno de los guardias describió muy sucintamente
con: “Maldita sea, aquí apesta.”
El hombre frunció el ceño y se tapó la nariz.
Un terrible hedor impregnaba las calles. Toda la zona apestaba a
podredumbre, sudor y suciedad en general. Era el tipo de acritud que
nunca existiría en el castillo o en cualquier zona residencial de clase
alta, y agredía la sensibilidad de toda la compañía. Todos —los
guardias, Anne, incluso Ludwig— no pudieron evitar hacer una mueca
de desagrado ante el ofensivo olor. Todos excepto…
“¿Es así? No me parece tan molesto…”
Mia estaba completamente imperturbable. Para ella, que había
pasado tres años confinada en un calabozo, este lugar no estaba tan
mal. Al estar al aire libre, al menos había mucho aire fresco.
“Debe ser terriblemente difícil para la gente de aquí incluso
bañarse, ¿no? Pasa tres días sin limpiar el cuerpo y cualquiera empieza
a oler. Así es la naturaleza de los humanos. Realmente no es muy
diferente a los viajeros que vienen de lejos.” Dijo encogiéndose de
hombros. “Ahora, vamos. Procedamos.”
Luego, se marchó. Durante algún tiempo, sus guardias sólo
pudieron contemplar la pequeña pero intrépida figura de su joven
princesa adentrándose con valentía en el corazón del decadente
distrito.
Ocultos entre los caminos sucios, los callejones oscuros y las casas
decrépitas había innumerables pares de ojos, todos mirando desde las
sombras. El foco de sus miradas perplejas era un peculiar grupo de
personas, en cuyo centro estaba Mia. Ella no prestó atención a lo que
era un espectáculo desagradable y continuó su camino por la calle.
“Alteza, ¿dónde está exactamente nuestro destino?” Preguntó el
jefe de los guardias.
“Hmm, buena pregunta. No me he decidido por una, pero… ¿Qué
es eso?” Preguntó, dirigiendo su mirada hacia donde había un niño
acurrucado en un ovillo a un lado del camino. Cuando se acercó a la
forma encorvada, encontró a un niño envuelto en trozos de tela raída
que apenas pasaban por ropa. Era más joven que Mia, no más de cinco
o seis años. Le puso suavemente la mano en el hombro delgado y
huesudo.
“¡Espere—Su Alteza!”
“Disculpe, ¿está usted bien?”
Lentamente, el chico miró a Mia. No reaccionó. Sus ojos estaban
nublados y parecían carecer de la chispa vivaz de la infancia.
“¿Te molesta algo? ¿Te sientes mal en alguna parte?”
“…”
Sus labios resecos se agitaron brevemente, pero no emitieron
ningún sonido. En cambio, la respuesta llegó desde atrás en forma de
la voz de Ludwig.
“A juzgar por su aspecto, diría que no sufre de enfermedad sino de
hambre. Este tipo de cosas no son raras por aquí.”
“Ya veo… El hambre no es un sufrimiento pequeño.”
Mia le pidió a Anne que le diera al chico algunos de los bocadillos
que tenían a mano antes de volverse para mirar a Ludwig.
“Ludwig, tengo una pregunta para ti.”
“¿Qué es?”
“Si quisiera asegurar que una plaga no ocurra aquí en el futuro, ¿qué
debería hacer?”
“Has dicho… una plaga…”
Las palabras de Mia le golpearon como un trueno. Por un segundo,
todo se volvió blanco. Se tambaleó un poco hacia atrás, totalmente
sorprendido por la pregunta. Esa posibilidad nunca se le había pasado
por la cabeza. Sabía que en pocos años el imperio se enfrentaría sin
duda al colapso financiero. Presionado por un sentimiento de urgencia,
se había devanado los sesos pensando en formas de reducir el gasto y
aumentar los ingresos fiscales, y confiaba plenamente en la eficacia de
las políticas que había empezado a aplicar. Sin embargo, todos sus
esfuerzos —todo lo que había trabajado y construido— perderían casi
todo su sentido si se desataba una plaga. Sólo ahora se dio cuenta de la
terrible posibilidad de tal evento, todo gracias a la advertencia de la
pequeña princesa que estaba frente a él.
“Para… prevenir una plaga…”
Antes de que pudiera seguir contemplando la cuestión, sus
pensamientos fueron interrumpidos por Anne.
“Princesa Mia, creo que deberíamos llevar a este chico a un lugar
donde pueda descansar. Hay una iglesia cerca. ¿Deberíamos ir allí?”
“Creo que debemos hacerlo. Esperaba tener la oportunidad de
apreciar todo tipo de vistas, así que esto funciona perfectamente.”
Ludwig miró en silencio a la sonriente Mia, sintiendo que por fin
entendía por qué le había traído aquí.
Capítulo 13:
El Secreto de la Horquilla
Tras atravesar una serie de callejones estrechos y sinuosos, llegaron a
su destino: una pequeña iglesia ligeramente inclinada hacia un lado.
Tenía un gran patio, desde el que se oían las animadas voces de los
niños. Después de dejar al niño que habían encontrado antes con la
hermana, Ludwig volvió a echar un vistazo a la iglesia.
“Así que este es el único lugar de la zona que puede proporcionar
atención a los enfermos…”
Era un edificio humilde que, incluso con el orfanato anexo, sólo
podía albergar a un número muy limitado de personas. No había
manera de que pudiera proporcionar alimentos y cuidados a todos los
necesitados de la zona.
Dicen que ver es creer, pero puede que esta sea la primera vez que
he apreciado plenamente ese dicho. Su Alteza tenía toda la razón. Es
muy probable que un brote de enfermedad pueda ocurrir aquí.
Mientras Ludwig reflexionaba, Mia se relacionaba con el padre que
dirigía la iglesia. Aunque no era una persona especialmente religiosa,
pensó que no le vendría mal hacer algunas conexiones en los círculos
de los fieles. Como organización, la Iglesia tenía influencia en muchos
reinos. Si alguna vez las cosas se torcían, tener amigos allí sería muy
útil para buscar asilo.
No importaba el momento o el lugar, Mia siempre operaba bajo el
lema “yo primero”.
“Padre, muchas gracias por aceptar a este niño a su cuidado.”
“No hay necesidad de agradecer. Simplemente estamos cumpliendo
con nuestro deber como siervos de Dios. También nos sentimos
profundamente humildes al ser agraciados con la presencia de Su
Alteza, y en un lugar como éste.”
“No es nada. Al fin y al cabo, este lugar, como todos los demás, es
un distrito dentro del querido reino al que llamo hogar. Por cierto,
Padre, ¿tiene usted por casualidad algún amigo en otros reinos, o…?”
Mia no perdió tiempo en ir al grano.
“Su Alteza…”
Se volvió al oír la voz de Ludwig.
“Vaya, Ludwig. ¿Ya es hora de irse?”
“No, simplemente quería expresar que ahora comprendo
perfectamente las intenciones de Su Alteza.”
“Ya veo.” Dijo Mia con un gesto de satisfacción. “Eso es
maravilloso. Hice bien en acudir a ti. Entonces, ¿qué podemos hacer
para asegurarnos de que no estalle una plaga en el Distrito Newmoon?”
“… Hay dos formas principales de prevenir una plaga. Tenemos
que reforzar el suministro de alimentos a esta región y reponer la
resistencia de los residentes, y también tenemos que mejorar el acceso
a la asistencia sanitaria.”
La expresión de sus pensamientos permitió a Ludwig apreciar
plenamente la dificultad de la tarea que se proponía. Todo el trabajo
que había realizado últimamente giraba en torno a la reducción del
gasto. Para mejorar el estado de las finanzas del imperio, o bien había
que aumentar los ingresos o bien había que reducir los gastos. No había
una forma sencilla de aumentar los ingresos, por lo que
inevitablemente, su principal objetivo era la reducción del despilfarro.
Sin embargo, tanto la distribución de alimentos como la construcción
de hospitales eran tareas que requerían mucho dinero.
Ludwig hizo una mueca. Y eso era sólo el principio. Mantener el
esfuerzo sería aún más costoso. ¿Cuánto dinero iba a necesitar? ¿Y
dónde iba a encontrar todo ese dinero para empezar? No tenía ni idea.
Incluso si tuviera la influencia real de Mia como respaldo, todavía
podría ser imposible. Después de todo, por muy poderosa que fuera,
seguía siendo una niña.
Mia, por otro lado…
“Así que lo que estás diciendo es que necesitamos dinero… Ya
veo.” Ella asintió un poco, y luego se cruzó de brazos como si estuviera
pensando en algo. “Hm, en ese caso… Ah-ja. ¿Sería suficiente si
vendiera esto?”
Lentamente, se quitó la horquilla.
“… ¿Eh?”
La gran gema que llevaba brillaba con iridiscencia, lo que
confirmaba que era la que había recibido pocos días antes de un
renombrado y rico mercader.
“¡Princesa Mia! Eso es… ¡Pero si le encanta ese broche!”
Anne levantó la voz alarmada, sólo para que Mia negara con la
cabeza.
“Está bien. No me importa. No importa lo precioso que sea el
objeto, no importa lo mucho que intentes aferrarte a él, habrá un día…
Puede que se pierda, o que se rompa… pero llegará su momento.
Sabiendo esto, lo más que podemos hacer es utilizarlo bien, y así darle
un sentido.”
“Su Alteza…”
Ludwig se sintió abrumado por la emoción, algo raro para un
hombre normalmente estoico como él. Conmovido profundamente por
las palabras de Mia, miró con reverencia en su dirección, desde donde
sintió el aura venerable de una santa.
Estaba, por supuesto, todo en su cabeza. Sólo para que conste.
Como todo el mundo debería saber ya, Mia no era una santa. En ese
caso, ¿por qué decidió vender su horquilla? Tenía, de hecho, una razón
muy sólida pero decididamente menos santa para hacerlo.
¡Hmph! ¡Prefiero vender la cosa que dejar que esos imbéciles me
la quiten!
De hecho, la horquilla estaba destinada a ser robada durante su
captura por el ejército revolucionario. Y no sólo se la robaron, sino que
se la robó un mamarracho, grosero y violento y con demasiada barba
para ser correcto. No es que esté bien que se la haya robado un tipo
guapo con una elegante cabellera bien peinada, pero en fin…
Si va a terminar en manos de alguien como él, prefiero entregarlo
por cuenta propia. Al menos lo usaré por mi propio bien.
Tengan por seguro que Mia era calculadora hasta la médula.
También puedes estar seguro de que Ludwig no tenía la menor idea.
“La benevolencia de Su Alteza no se desperdiciará. Que se sepa que
yo, Ludwig, me aseguraré personalmente de que este precioso tesoro
se aproveche al máximo.”
La venta de la horquilla sería a fin de cuentas una gota de agua en
comparación con el coste de la empresa. Sin embargo, Mia optó por
hacerlo, y Ludwig entendió perfectamente por qué.
Al día siguiente, Ludwig fue proclamando a bombo y platillo que
Su Alteza había renunciado a un preciado artículo personal en
beneficio de la gente de los barrios bajos. Fue, como él mismo
describió, un acto de máxima caridad por parte de la joven princesa.
Las masas quedaron sorprendidas y asombradas por la profundidad de
la benevolencia de Mia, y el acto puso a todos los demás nobles en una
posición en la que no tenían más remedio que también donar a la causa.
Veinte días después, se decidió construir un gran hospital en el
Distrito Newmoon.
Capítulo 14:
La Fiesta del Té
Ese día, Mia asistía a una fiesta de té por invitación de la hija de uno
de los cuatro duques del Imperio Tearmoon, Emeralda Etoile
Greenmoon. Para las chicas de la nobleza, las fiestas del té eran un
símbolo de estatus. El éxito de la invitación de un invitado prestigioso
era una declaración de la influencia del anfitrión. En ese sentido, la
princesa Mia estaba especialmente solicitada.
La fiesta del té tuvo lugar en un rincón de un amplio jardín, donde
se habían reunido las hijas de un gran número de casas nobles. Entre
ellas estaba la anfitriona, Emeralda. Su cabello viridiano fluía detrás
de ella, suave y ondulado, mientras se dirigía a Mia.
“Hablando de eso, Srta. Mia, eso fue algo muy audaz que hizo…”
“¿Oh? ¿Qué quieres decir?”
Mia dio un sorbo a su té negro mientras miraba con curiosidad a
Emeralda.
“Los barrios bajos, por supuesto. Me enteré de lo que pasó el otro
día.” Contestó la hija del duque antes de soltar esa carcajada tan
elevada. “Ojojo. Pero dime una cosa. Creo que regalaste tu preciada
horquilla por el bien de los plebeyos, ¿no? ¿Por qué hiciste algo tan
inútil? Hasta mi padre se quedó perplejo con la noticia.”
“Ah, eso es lo que quieres decir…”
“Al principio, supuse que se trataba de un capricho, pero no puedo
evitar preguntarme si había algún significado más profundo, sobre todo
teniendo en cuenta que era usted, Lady Mia. Lo he pensado mucho,
pero al final, simplemente no puedo concebir una razón…” Dijo,
inclinándose cada vez más cerca mientras hablaba.
Francamente, Mia no le tenía mucho cariño. A pesar de que se
proclamaba constantemente como la mejor amiga de Mia ante todos
los que la rodeaban, había abandonado el barco más rápido que nadie
al primer indicio de revolución. Ese era el tipo de cosas que se
interponían en las amistades. Si fuera por Mia, ni siquiera estaría aquí,
pero las limitaciones del decoro social habían hecho difícil rechazar la
invitación. Emeralda era, le gustara o no, la hija de una poderosa casa
que compartía la sangre del emperador. En consecuencia, el objetivo
de Mia para ese día era capear el temporal con el menor esfuerzo
posible y evitar provocar cualquier problema. Así que optó por una
respuesta bastante superficial.
“Todo lo que hice, lo hice siguiendo mi corazón. No hay un
significado más profundo que ese.”
Lo que en realidad era una versión más diplomática de “¿Qué? Lo
hice porque quise. ¿Tienes algún problema con eso, bastarda?”
Si hubiera estado hablando con Ludwig, habría sido necesario
elegir sus palabras con más cuidado. Sin embargo, para unas jóvenes
de la nobleza, ésta era toda la discreción que estaba dispuesta a tener.
“Qué espléndido. Tiene tanta compasión en su corazón, Lady Mia.”
“Cuidar incluso de los plebeyos… Semejante benevolencia está
más allá de nuestros gustos.”
Mientras las chicas de la mesa se turnaban para hacerle cumplidos,
Mia suspiró mentalmente para sí misma.
Oh, cómo deseo que esto termine ya…
“Ha sido un día largo, ¿verdad, Milady Mia?” Preguntó Anne en
cuanto empezaron a dirigirse a casa en su carruaje tirado por caballos.
“Efectivamente. Tengo los hombros muy agarrotados.” Respondió
Mia mientras se retorcía el cuello de un lado a otro. Sus articulaciones
crujieron, provocando una mirada comprensiva de su criada.
“Me imaginé que no te sentirías a gusto en ese tipo de ambiente…
Tenía razón, ¿no?”
No es que Mia no se sintiera en casa. En todo caso, ese era su hogar.
Se había criado en ese tipo de ambiente. Como tal, la pregunta la hizo
un poco curiosa.
“¿Te lo imaginabas? ¿Qué te hace pensar eso?” Preguntó Mia en
tono despreocupado mientras examinaba ociosamente los diversos
regalos que había recibido.
“Porque eres diferente, Princesa Mia. No eres como esa gente.”
Sin estar preparada para la repentina gravedad de la voz de Anne,
la cabeza de Mia seguía llena de pensamientos frívolos como: “Vaya,
esto es un caramelo de hielo. Me encantan. ¡Saben tan terriblemente
bien!” mientras el discurso de su criada continuaba.
“Dudo que gente como ellos se moleste en visitar las casas de los
pobres, y mucho menos que se compadezcan o regalen sus propias
pertenencias. No se parecen en nada a ti.” Dijo con voz apasionada.
“¿Es… así?” Tartamudeó Mia, incapaz de mirar a Anne a los ojos,
esos ojos brillantes llenos de tan honesta admiración. Al fin y al cabo,
el altruismo no era precisamente el principal motor de las acciones de
Mia. De hecho, ni una sola cosa que hubiera hecho era por pura buena
voluntad. Había algo terriblemente incómodo en el hecho de que la
elogiaran tan generosamente por algo que no había hecho. La
confianza inocente y sincera de Anne pesaba mucho en su conciencia.
Al final, se quebró, y su culpa se manifestó como una abrumadora
necesidad de hacer algo bueno.
“… Bueno, ya que soy tan generoso, he decidido otorgarte un
regalo. Puedes quedarte con esto.”
Ella sostuvo los caramelos de hielo que había recibido.
“¿De verdad? ¿Estás segura? Estos parecen muy caros.”
“Está bien. No son especialmente raros…”
“¡Vaya! ¡Muchas gracias!”
Por un momento, Anne soltó una risita de alegría, pero pronto se
calló. Su expresión se volvió un poco melancólica.
“¿Pasa algo?”
“Oh, es que… Estaba pensando en lo bonito que sería poder
compartir esto con mis hermanas…”
“Ah, buen punto. En ese caso, ¿qué tal si hacemos una visita a tu
casa ahora mismo?”
“… ¿Eh?”
“En ese caso será mejor que nos demos prisa. A fin de cuentas son
caramelos de hielo. No queremos que se derritan antes de que tus
hermanas puedan probarlos, ¿verdad?”
“¿Qué? P-Pero… Tú… No puedes ir así a la casa de un plebeyo,
Princesa Mia. No hay manera de que eso esté permitido…”
“Vaya, pero pensé que lo sabías. ¿No has oído que tu princesa es
una joven muy voluntariosa?”
Y con eso, Mia se volvió hacia el conductor, dejando a Anne sin
palabras.
Capítulo 15:
La Princesa Mia… Alcanza la Iluminación
La casa de Anne estaba situada a las afueras de la zona céntrica que
rodeaba el castillo. Era una casa de madera normal y corriente, pequeña
y discreta, escondida entre hileras de viviendas similares. Unas bonitas
flores salpicaban el patio, del que colgaba un tendedero de ropa recién
lavada que ondeaba suavemente con la brisa. Era una imagen humilde,
nada sofisticada, pero que irradiaba la calidez del hogar.
“Princesa Mia, por favor, quédese aquí en el carruaje hasta que le
diga que puede entrar.” Advirtió Anne antes de entrar apresuradamente
en la casa. Unos minutos más tarde, reapareció con una pareja de
mediana edad, ambos un poco pálidos.
“Vaya, ¿los dos serán por casualidad…?”
“E-Es un honor conocerla, Alteza. Soy el padre de Anne.” Dijo el
hombre, con la voz entrecortada por el nerviosismo. Luego presentó a
la mujer que estaba a su lado como la madre de Anne.
En respuesta, Mia le dio un rápido tirón a su falda e hizo una
reverencia.
“Encantada de conocerlos. Mi nombre es Mia Luna Tearmoon. Su
hija, Anne, ha sido una absoluta bendición. Me alegro mucho de su
servicio.” Dijo con una dulce sonrisa.
“Nos halaga con sus palabras, Su Alteza. Por favor, acepte nuestra
más profunda gratitud por agraciar a nuestra hija con su real favor.”
“Me temo que no tenemos nada que ofrecer a Su Alteza aquí,
pero…”
“Por favor, esté tranquilo. El servicio que presta su hija es
suficiente. No pido nada más. Estamos de visita hoy simplemente
porque deseamos traerles un regalo.” Mia les dio su mejor sonrisa de
princesa. Se le daba muy bien aparentar dulzura. “Ahora, Anne,
¿podrías mostrarme a tus hermanas? Rápido, por favor.”
Quería comer caramelos de hielo y la idea de que se derritieran la
ponía de los nervios. Afortunadamente, en la taza de cerámica cabían
ocho caramelos en total, lo sabía porque los había contado. Con esa
cantidad, debería haber suficiente para que todos los miembros de la
familia de Anne tuvieran uno y aun así dejaran alguno para ella.
¡Uf, lo justo! ¡Qué bueno que los Cuatro Duques no escatiman en
sus regalos!
Se estremeció de emoción al imaginar que se llevaba a la boca una
de las delicadas golosinas. Sin embargo, cuando entró en la habitación
de invitados, se preocupó un poco. En el pequeño espacio había cuatro
niños. El mayor era un niño, que parecía un poco mayor que Mia. Los
otros, tres niñas, parecían más jóvenes que ella.
“… El hermano y las hermanas de Anne, supongo.”
Contando a Anne, había seis jóvenes aquí. Con sus padres, eso
hacía… ¡Ocho!
Uf. Qué cerca estuvo…
Eso significaba que después de hacer la ronda, habría una última
pieza para ella. Al mismo tiempo, habría demostrado su ilimitada
generosidad compartiendo libremente sus golosinas con todos los
presentes. No sólo eso, sino que la impresión que Anne tenía de ella
como princesa de buen corazón también quedaría intacta.
Sintiéndose bastante orgullosa de sí misma por cómo todo había
salido a la perfección —no es que ella hubiera tenido nada que ver con
ello—, Mia volvió a imaginarse alegremente comiendo caramelos de
hielo. Por ello, no prestó atención a las presentaciones de los miembros
de su familia por parte de Anne.
“Lo siento mucho, Princesa Mia, pero nuestra segunda hermana,
Elise, tiene mala salud y siempre está descansando en su habitación a
estas horas. Sé que se supone que ella debe venir a saludarte, pero…”
“… ¿Eh?”
Mia se congeló. Había una persona más. No sólo eso…
“¡Vaya! ¿De verdad, Su Alteza? ¿Segura que podemos tener esto?”
“¡Gracias, Su Alteza! ¡Vamos, mamá y papá! ¡Vamos a probarlo
juntos!”
“Vamos, vamos. Compórtate delante de la princesa… Lo siento
mucho, Su Alteza.”
Ante las caras sonrientes de la familia de Anne, Mia supo que su
destino estaba sellado. No tuvo el valor de exigir una pieza delante de
Anne y arriesgarse a arruinar su imagen de princesa de buen corazón.
¡Chicas estúpidas! ¡¿Por qué no pudieron poner diez, tacañas?!
¡Fue pedir demasiado para los Cuatro Duques!
Decidió dirigir su frustración a las hijas de los Duques. Después de
someterlas a una buena ronda de abusos verbales en su cabeza,
finalmente se calmó.
“Lo siento mucho, Su Alteza. Sé que normalmente no hay excusa
para su ausencia… Por favor, acepte mis más sinceras disculpas…”
“¿Qué? O-Oh, uh, eso está muy bien. No me importa. La culpa es
mía por venir con tan poco tiempo de antelación. Además, si no se
siente bien, no tiene sentido obligarla a venir. Más importante, Anne,
por favor haz que todos prueben esto ya. Sería una pena que se
derritieran.” Lanzó una última y melancólica mirada a los caramelos
de hielo antes de continuar: “Ah, sí, ¿y por qué no le llevamos uno a tu
hermana a su habitación?”
Para que quede absolutamente claro, Mia no lo decía por
preocupación por los enfermos. Simplemente no podía soportar la idea
de que algo sabroso entrara en la boca de otras personas y no en la
suya. Quedarse más tiempo significaba sentarse allí y ver a los demás
comer. Necesitaría un corazón de oro para no considerar esa tortura, y
el suyo sólo tenía una fina capa de dorado. Era el momento de escapar.
En cuanto a cómo interpretó Anne su declaración…
“Oh… Princesa Mia…” Dijo, tan conmovida que tuvo que tomarse
unos momentos para recomponerse antes de poder seguir hablando.
“Eres muy considerada. Aprecio su amabilidad. De verdad que sí. Y
estoy segura de que mi hermana también lo hará. Se alegrará mucho
de verte.”
“Ah. Bueno. Es bueno escuchar eso.”
En comparación con las sentidas palabras de gratitud de su joven
criada, la respuesta de Mia fue decididamente menos apasionada.
Capítulo 16:
La Novela Inacabada
“Ya veo. ¿Así que tu hermana se llama Elise?” Preguntó Mia mientras
seguía a Anne hasta el segundo piso.
“Sí. Tiene la misma edad que tú, Princesa Mia, pero siempre ha
sido un poco enfermiza… Sólo desearía que estuviera tan sana como
tú…”
Anne esbozó una triste sonrisa.
“… Siento oír que está tan mal de salud.”
“Oh, pero no está realmente enferma ni nada. Sólo un poco débil.
Además, gracias a ti, mi sueldo ha subido. Ahora puedo permitirme
que coma muchas cosas nutritivas y empieza a estar cada vez más
sana.” Dijo mientras llamaba a la puerta que tenían delante. “Elise, ¿te
has levantado?”
“Sí, estoy despierta. ¿Eres tú, Anne? Puedes pasar.” Respondió una
voz tranquila.
Anne abrió la puerta de una pequeña habitación. Su modesto
mobiliario —sólo un escritorio de madera y una cama— contrastaba
con la propia habitación de Mia, que estaba llena de todo tipo de cosas.
Sobre el escritorio había una hilera de libros, todos los cuales
mostraban signos de uso considerable. Los libros eran artículos
costosos, por lo que era habitual que se releyeran más de un par de
veces. Lo que no es habitual es que se relean hasta el punto de que se
estropeen. Menos común aún era que todos los libros de una persona
estuvieran en ese estado.
“Siento no haber podido bajar a saludar, Hermana…”
Una joven estaba sentada en la cama frotándose los ojos. Tenía
muchos rasgos de Anne, incluida una melena pelirroja desordenada
que sobresalía en todas las direcciones. Evidentemente, acababa de
despertarse.
“Supongo que la princesa ya se fue… Oh, me gustaría haber podido
verla…” Dijo antes de tomar sus gafas junto a la almohada. Cuando se
las puso y miró a través de sus lentes, algo cómicamente grandes, se
quedó helada.
“… ¿Eh?”
Se quedó mirando, con la boca abierta, a la persona que estaba junto
a su hermana.
“Hola. Mi nombre es Mia Luna Tearmoon, y me alegro de conocer
a la hermana de mi maravillosa doncella, Anne.”
“¿Q-Qué—? Pero, um… H-Hola. Lo siento, ni siquiera estoy
vestida… Su Alteza, yo…”
“Está muy bien. Te llamas Elise, ¿verdad? He oído hablar de ti. Por
favor, relájate.”
Mia sonrió mientras ponía una mano en el hombro de Elise y
evitaba que intentara levantarse.
“P-Pero…”
“¿No la has oído, Elise? Quédate quieta. La Princesa Mia tiene un
corazón de oro. Ella no se molestará por algunos lapsos en el
protocolo.”
“En efecto. De hecho, ¿hay algo raro? Ni siquiera me di cuenta.”
Dijo Mia, sin perder el ritmo. Después de todo, recibir elogios era su
fuerte.
Durante un rato, se enzarzaron en divertidas bromas. Se alegró
especialmente cuando Elise rechazó el caramelo de hielo y dijo con
una mirada de sincera disculpa: “Me duele tener que rechazar una
oferta tan generosa de Su Alteza, pero tengo miedo de darme un
escalofrío.”
En cuanto escuchó eso, Mia decidió inmediatamente que esa chica
le gustaba. No por ningún rasgo en particular, por supuesto, sino
porque había recuperado su caramelo de hielo. Radiante por la delicada
golosina que le devolvieron, estaba tan contenta que casi empezó a dar
saltos de alegría.
“¿No es genial, Elise? Sé que dijiste lo mucho que querías conocer
a la Princesa Mia.” Dijo Anne, observando a su hermana con una suave
sonrisa.
“Vaya, ¿tanto deseabas conocerme?”
“¡Sí! Yo… Verás, estoy escribiendo una historia y…” Dijo Elise,
con la emoción en su voz. Sacó un paquete de papeles de su escritorio.
En la primera página había un título escrito. Decía: “El Príncipe Pobre
y el Dragón de oro”.
Vaya, recuerdo haber visto este título en alguna parte…
Mientras miraba la hilera de palabras, se perdió lentamente en sus
recuerdos.
Sus días en el calabozo estaban llenos de tedio. Después de todo,
había muy poco que hacer allí. Ser arrastrada a un tribunal de público
en el que todo el mundo la colmaba de insultos era, por supuesto, una
experiencia angustiosa, pero estar encerrada en una celda sin nada que
hacer era igualmente agonizante.
Un día, para ayudar a pasar el tiempo, Anne empezó a contarle un
cuento titulado “El Príncipe Pobre y el Dragón de Oro”. Comenzaba
con un príncipe que compartía sus riquezas con los pobres y
necesitados, para luego encontrarse en la pobreza después de haber
regalado demasiado. El príncipe salvaba entonces a un dragón de una
lesión que lo debilitaba, y ambos emprendían una serie de
emocionantes aventuras.
Era una historia diferente a todo lo que había escuchado antes. Las
novelas de fantasía eran escasas en el Imperio Tearmoon, y Mia se
aficionó inmediatamente a ella. Sin embargo, nunca llegó a escuchar
su final, y la razón no fue que la ejecutaran antes de que tuviera la
oportunidad de hacerlo.
Fue porque no lo tenía.
La autora —hermana de Anne— murió en la hambruna antes de
poder terminar de escribirlo.
Cuando Mia subió a la guillotina, uno de los más profundos
remordimientos que tuvo fue el hecho de que el final de la historia se
le escaparía para siempre.
Casi lo había olvidado.
Mia estaba inmersa en sus pensamientos. Poco a poco, su destino
estaba cambiando. No sabía si la hambruna seguiría golpeando. Si lo
hacía, con los esfuerzos de Ludwig, sus efectos podrían no ser tan
devastadores. Aun así…
Después de hojear el fajo de papeles, miró a Elise.
“Esta es una historia terriblemente interesante. Me gusta mucho.”
“¿Eh?”
Elise parecía sorprendida. No creía que Mia hubiera podido leerlo
tan rápidamente.
“Elise.” Continuó Mia, sin prestar atención a la mirada de sorpresa
de la chica. “Me gustaría que te convirtieras en mi autora de la corte.”
“… ¡¿Eh?!”
Capítulo 17:
Las Crónicas de la Princesa Santa Mia
Existía un libro titulado: Las Crónicas de la Princesa Santa Mia; una
obra autoproclamada de no ficción, su contenido eran puras y
desenfrenadas fabricaciones que glorificaban a Mia. La autora de esta
obra era la renombrada escritora Elise Littstein, quien por sí sola
estableció el género de la fantasía en el Imperio Tearmoon y lo impulsó
a la prominencia. Empleada como autora de la corte gracias al
mecenazgo de la Princesa Mia, también era hermana de Anne Littstein,
que sirvió durante innumerables años como doncella personal de la
princesa.
El libro comenzó así.
Mi primer encuentro con Su Alteza se produjo poco después de mi
duodécimo cumpleaños. Por aquel entonces, yo era una niña
enfermiza. Sin fuerzas ni siquiera para jugar al aire libre con los
amigos, sólo podía recurrir a la escritura. Mis relatos —no novelas,
no, pues eran demasiado crudos para llamarlos novelas— me servían
para dar salida a mis deseos y frustraciones. Eran una vía de escape
para una joven empobrecida que no tenía mucho más en su mundo.
Su Alteza no hizo más que una rápida ojeada a mis garabatos antes
de decidir emplearme como autora real. Y no sólo eso, sino que en
esos breves instantes captó la totalidad de mi historia. Me quedé sin
palabras por la velocidad a la que leía. Era un don que desafiaba todo
sentido, y que revelaba una brillantez que desafiaba toda descripción.
Creo que este episodio ofreció una primera visión del abundante genio
de Su Alteza.
Una vez más, para ser absolutamente claro, esa fue sólo la
interpretación de Elise. Una mala interpretación, más bien. De hecho,
fue un delirio, ya que no había ni una pizca de verdad en lo que
escribió. A pesar de ello, su libro se vendió como pan caliente. En
cierto modo, tal vez fue un signo apropiado de un Imperio en declive.
Por supuesto, el libro también acaba salvando la vida de Mia… pero
ya llegaremos a eso.
“¿Autora de la corte… para Su Alteza?”
Sorprendida por la repentina propuesta de Mia, Elise no pudo hacer
más que parpadear.
El sistema de los autores de la corte implicaba que un miembro de
la nobleza o de la familia real se convirtiera en mecenas de un artista
y apoyara su sustento. Conseguir un buen padrino significaba liberarse
de las preocupaciones financieras y poder centrarse por completo en
su trabajo creativo. Era el tipo de propuesta apetecible con la que todo
artista soñaba.
Después de que le ofrecieran el mejor trabajo que un escritor podría
esperar, Elise negó con la cabeza.
“Por favor, prefiero no hacerlo.”
“¿Eh?”
La respuesta de Elise tomó a Mia por sorpresa. Frunció el ceño
desconcertada.
“¿Por qué? Creo que es una propuesta de la que te puedes
beneficiar.”
Como autora de la corte de Mia, también tendría acceso a la Gran
Biblioteca del castillo. Sería mucho más fácil para ella investigar de
esa manera…
“No quiero que me favorezcas tal honor sólo porque soy la hermana
de Anne.”
“¡Elise! ¿Estás loca? ¿Cómo puedes decirle eso a la Princesa?”
“Quiero ganarme el éxito como narradora, no que me regalen el
papel de autora de la corte a través de mi hermana.” Dijo, con una pizca
de indignación en su tono.
Mia le dirigió una mirada ecuánime y dijo: “Vaya, pero tenía la
impresión de que estaba reconociendo tu talento.”
“¡Estás mintiendo! Es imposible que lo hayas leído tan rápido.”
“Señorita Elise, si hay algo que me gustaría que recordara, es esto:
Odio las mentiras.” Dijo Mia, su voz adquiriendo un tono firme. “He
leído su historia y le hago esta propuesta porque me ha gustado.”
Luego, se llevó un dedo a la mejilla y miró al techo, como si
estuviera reflexionando sobre algo. Un momento después, volvió a
hablar.
“Ah-ja. ¿Por qué no te describo lo que me gusta de tu historia?
Veamos… En primer lugar, está…” Dijo, volviendo a pensar en aquel
día en la mazmorra cuando había escuchado la historia por primera
vez. Todavía recordaba todas las partes que le gustaban, las escenas
que la impresionaban, las cosas que la hacían reír…
Y luego, habló. Habló y habló, desgranando una larga lista de
opiniones totalmente subjetivas sobre la historia, como esos críticos de
sillón engreídos que todos ustedes seguramente conocen bien.
“… De ninguna manera.”
La expresión de Elise cambió gradualmente. Al principio, fue un
leve interés. Luego, sorpresa genuina. Luego, asombro. Luego… ¿un
ceño fruncido desconcertado?
“¿Su Alteza…?” Preguntó tímidamente durante una pausa en el
encomio de Mia.
Mia enarcó una ceja ante la mirada perpleja de Elise.
“¿Hm? ¿Sí?”
“¿Cómo es que… sabes de partes que aún no han sido escritas?”
“… ¿Eh?”
El significado de la pregunta de Elise la golpeó como un ladrillo en
la cabeza.
¡Dulces lunas! ¡Oh, acabo de resbalar con fuerza!
Seguro que sí.
La versión de la historia que Mia conocía era de unos años más
tarde. Obviamente, contenía material más allá de lo que estaba escrito
actualmente.
Me sentí tan bien al hablar de ello que no pensaba en absoluto en
lo que estaba diciendo.
Al darse cuenta de que había cometido un error garrafal, le entró un
sudor frío y empezó a sentir pánico. Sin embargo, inesperadamente, le
echaron una mano.
“¿Qué tiene de sorprendente eso, Elise?” Preguntó Anne, que
parecía completamente imperturbable. “Estamos hablando de la
Princesa Mia, ¿sabes? Cuando haya leído unos cuantos capítulos,
podrá adivinar por dónde va a ir la historia.”
Está claro que Ludwig no era el único que sufría el Síndrome de
Obnubilación por Mia. Anne estaba allí con él. En su mente, la
importancia de Su Alteza se había inflado hasta alcanzar proporciones
ridículas. Si hacía buen tiempo, era gracias a Mia. Si llovía, entonces
Mia estaba cuidando a los agricultores y sus tierras. En resumen, Anne
se había convertido en una auténtica fan de Mia.
“¿Verdad, Milady Mia?” Preguntó, radiante ante el objeto de su
adoración.
Mia asintió por puro reflejo.
“¡Por supuesto! Lo que sea que hayas dicho, ¡es absolutamente
eso!”
¡¿Absolutamente qué?! ¡¿De qué demonios estaba hablando?!
Incluso Mia se dio cuenta de que el razonamiento de Anne no tenía
sentido. Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Tenía que
seguir adelante.
“Y ahí lo tienes.” Dijo, haciendo avanzar la conversación a la
fuerza. “Ahora, con eso en mente, permíteme preguntarte de nuevo.
Elise, me gustaría que te convirtieras en mi autora de la corte. Y cuando
lo hagas, asegúrate de terminar de escribir esta historia.”
“Su Alteza… Anne…”
Elise miró de Mia a su hermana. Ante la lógica absurda de la
pareja…
“Muchas gracias.”
Se quebró y cedió.
Así, el Imperio vio nacer a otro fanático rabioso de Mia.
Capítulo 18:
La Promesa de un Día de Invierno
El invierno en el Imperio Tearmoon era frío. Las nevadas eran
habituales, por lo que la chimenea era un elemento muy apreciado en
todos los hogares.
“Mmmfff… hace tanto frío…”
Era el último día del año, y Anne avanzaba por un pasillo del
palacio, con su respiración dejando tenues bocanadas de blanco en el
aire. En el exterior, la nieve descendía lentamente sobre el helado
paisaje de la ciudad. Muchas, si no la mayoría de las tiendas estaban
cerradas, pero el trabajo dentro del castillo no podía permitirse ninguna
pausa. Sus compañeras de servicio estaban ocupadas en sus tareas
habituales, y ella las saludaba con un rápido saludo al pasar.
Finalmente, llegó a la cámara personal de Mia.
“Disculpe, Milady. ¿Puedo entrar?”
“Ah, Anne. Pasa, por favor.” Al ver la figura de su criada en la
puerta, Mia dejó su libro y se levantó de su silla junto al fuego. “Qué
frío tan terrible se nota que tienes. Ven aquí y caliéntate.”
“Sí, te lo agradecería.” Dijo Anne mientras se acercaba y se ponía
al lado del fuego. “Ah, esto se siente muy bien. Muchas gracias.”
En el pasado, la preocupación por el decoro y las normas le habría
hecho rechazar tal oferta. Sin embargo, después de ser reprendida por
Mia, que consideraba que su reserva era impropia en sí misma,
aprendió a aceptarla con gratitud. A cambio, se hizo la solemne
promesa de que devolvería la buena voluntad de su ama con lealtad.
Un cómodo silencio se apoderó de la pareja mientras se deleitaban
en el cálido aura de la chimenea.
Hmm… ¿Ha crecido un poco más?
Una sonrisa cariñosa se dibujó en los labios de Anne mientras
miraba a la joven princesa. A veces, no podía evitar ver a Mia como
otra dulce hermana pequeña.
“Dime, Anne… ¿Tienes un momento?” Preguntó Mia de repente.
Anne frunció el ceño ante la extraña pregunta. Luego se dio cuenta
de que los ojos de Mia se desviaban hacia el techo mientras se movía
en su asiento. Por experiencia, sabía que Mia tendía a mostrar este tipo
de comportamiento cuando quería pedir algún tipo de favor difícil.
“¿Sí? ¿Qué pasa, Princesa Mia?” Respondió en tono curioso.
“Bueno, verás… La próxima primavera, comenzaré a asistir a la
escuela.”
“Soy consciente de ello. Enhorabuena. Te deseo lo mejor en tus
estudios.”
Entre los hijos de la nobleza, la regla era que la escuela comenzaba
en la primavera del año en que cumplían los trece años. Se inscribían
en instituciones de aprendizaje especializadas donde adquirían los
conocimientos y la competencia necesarios para gobernar eficazmente
sus respectivos dominios.
Anne ya consideraba a Mia una santa viviente. Sólo podía imaginar
en qué magnífica joven se convertiría su princesa con una educación
formal. Aunque Mia aún no se había marchado, Anne ya estaba
deseando que volviera.
“Gracias, Anne. El caso es que…” Mia sonrió brevemente antes de
que su expresión se nublara. Permaneció en silencio durante algún
tiempo. Luego, como si finalmente hubiera logrado reunir la
determinación necesaria, respiró profundamente y miró a Anne. “Me
gustaría que vinieras conmigo. Como mi asistente personal.”
“… ¿Eh?” Anne se puso rígida, sorprendida por la pregunta.
“¿Quieres… que yo…?”
Tenía buenas razones para escandalizarse. Las escuelas eran un
lugar para la nobleza, donde se reunían y mezclaban los futuros
duques, condes y barones. Allí, los hijos de la nobleza desarrollaban
las amistades y conexiones que un día les ayudarían a gobernar.
Cualquiera que pusiera un pie en estas instituciones sagradas, de las
que salían los líderes del mañana, debía comportarse lo mejor posible.
No se toleraba la torpeza.
Además, la escuela a la que asistiría Mia ni siquiera estaba en el
Imperio. Durante varios años, Mia abandonaría la comodidad de su
castillo y pasaría sus días en los dormitorios de su escuela. Durante el
tiempo que pasara allí, sólo se le permitiría llevar una asistente, ya no
podría contar con la ayuda de ninguna de las otras doncellas veteranas.
“Um, Princesa Mia, estoy… encantada con su oferta, pero ¿está
segura de esto? ¿Sobre… llevarme a mí?”
Lo cierto es que Anne no era una criada especialmente capaz. En
todo caso, era más bien torpe. Aunque era consciente de que Mia le
otorgaba una gran confianza y —para su profunda gratitud— cierto
grado de afecto genuino, siempre le entristecía saber que nada de eso
provenía de su habilidad como criada. Por ello, no podía evitar sentir
que a Mia le convendría llevar a alguien más capaz y experimentado
que ella.
En ese momento, sintió que algo cálido envolvía sus frías palmas.
Al mirar hacia abajo, se sorprendió al ver que las pequeñas manos de
Mia las envolvían con fuerza.
“Um, Milady, no debería… Mis manos están frías, así que…”
“Escúchame, Anne. He dicho que te quiero.”
“Princesa… ¡Mia…!”
Anne sintió una oleada de emociones calientes en su interior. Mia
había creído en ella, ofreciéndole su confianza incondicional, su
amabilidad y su amistad. Le había dado tanto. Era una deuda que debía,
y debe, ser pagada. Conmovida hasta la médula, Anne se arrodilló allí
mismo.
“Me esforzaré al máximo, Princesa Mia. Te serviré con todo mi
corazón y mi alma.”
Uf. Bueno, me alegro de haber solucionado eso. Ahora ya no tengo
que preocuparme.
Mia dejó escapar un suspiro de alivio.
En la escuela a la que se dirigía la esperaban sus dos mayores
enemigos en su vida anterior. Uno era Tiona Rudolvon, una noble de
las Tierras Exteriores que lideró la revolución contra el Imperio y que
más tarde sería venerada como una santa. Y ayudándola en todo
momento estaba Sion Sol Sunkland, príncipe del formidable Reino de
Sunkland. Estas dos personas, que estaban directamente relacionadas
con su horrible destino en la guillotina, también eran sus compañeros
de clase.
Estar cerca de gente como ellos sin un asistente en el que pueda
confiar… ¡Sólo pensarlo es suficiente para mantenerme despierta por
la noche!
Contenta con saber que había logrado evitar ese escenario de
pesadilla, Mia recibió el Año Nuevo con un corazón
considerablemente más ligero que antes.
Capítulo 19:
A Nuevas Tierras
En medio de todos los reinos e imperios había un pequeño país
conocido como el Santo Principado de Belluga. Su carácter sagrado
provenía del hecho de que era el país de origen de la Iglesia Ortodoxa
Central, la religión que se observaba en todo el continente desde
antaño. Aunque no tenía ningún poder militar, poseía una influencia
sin parangón. La existencia de cierta escuela dentro de sus fronteras
era, en cierto modo, un testimonio de su poder.
La Academia Saint-Noel era una escuela de élite que reunía a los
hijos de la nobleza y la realeza de todo el país. Los futuros gobernantes
de los reinos vecinos, que uno supondría que serían criados con el
máximo cuidado en sus torres de marfil, eran en cambio enviados a un
solo lugar donde recibían seis largos años de educación. Sólo por este
hecho, la autoridad que tenía el principado era evidente.
Y eso era exactamente lo que Mia estaba haciendo esta primavera.
“¡Whoa! ¡Esto es increíble!”
Al ver la Academia Saint-Noel, Anne lanzó un grito de emoción.
Después de una semana de caminos llenos de baches en el carruaje,
por fin habían llegado. Mia lucía una sonrisa cansada mientras
observaba a Anne maravillada con las vistas del exterior, con la cara
pegada a la ventanilla.
“No vas a durar mucho si sigues así, Anne. No te desgastes ahora.”
“¡Pero, pero, Milady! ¡Es increíble! ¡Mira! ¡El mar! ¡Es el mar!”
“En realidad, eso sería un lago.” Corrigió Mia mientras seguía la
mirada de Ana.
El pequeño bosque que atravesaban en ese momento empezaba a
diluirse. Más adelante, el verde fresco de su camino boscoso daba paso
a la superficie brillante de un vasto lago. Conocido por su abundante
belleza natural, más de un tercio del principado estaba ocupado por el
Lago Noelige. En su centro había una gran isla, sobre la que se
encontraba la academia. Con sus hermosas paredes blancas y su
aspecto de castillo, el edificio parecía sacado directamente de un
cuento de hadas. Aunque podía entender el deleite de Anne ante la
vista…
Debo admitir que, después de verlo todos los días durante casi
cinco años, se hace un poco viejo.
Después de todo, ya había asistido a esta escuela en su línea
temporal anterior. Aunque no se quejaba del ambiente de la academia,
ya no le despertaba ninguna emoción.
“Vaya…” Dijo Anne mientras dejaba escapar un profundo suspiro.
“Sinceramente, me impresiona lo tranquila que estás con todo esto,
Princesa Mia.”
Mia no hizo ningún comentario. Se limitó a devolver la sonrisa y a
cerrar los ojos.
Estos próximos seis años van a ser cruciales.
Antes de venir a la academia, había examinado cuidadosamente su
diario y contemplado cómo iba a pasar su tiempo aquí. Al final, decidió
fijarse dos reglas que debía seguir.
Regla número uno: evitar el peligro a toda costa. En particular, se
mantendría alejada de cualquiera que hubiera tenido algo que ver con
su envío a la guillotina.
Regla número dos: en el improbable caso de que sus intentos de
reforma en el Imperio fracasaran y la trágica revolución se repitiera,
iba a necesitar mucha ayuda, lo que significaba conexiones. Para ello,
debía hacer tantos amigos útiles como fuera posible.
Lo tenía todo calculado.
Lo más importante es mantenerse alejado de la gente peligrosa.
Como dice el viejo refrán: la discreción es la mejor parte del valor.
En su mente, recordó los rostros de sus enemigos mortales, esas dos
personas odiadas que habían provocado su ruina…
Y no pensó nada en particular en ellos. No quería luchar contra
ellos, y no era como si deseara el dulce sabor de la venganza o algo
así. De hecho, la venganza no sonaba muy dulce en absoluto. Sonaba
a mucho dolor y sufrimiento. Mia, como pacifista perezosa que era, no
encontraba nada de eso atractivo. Este era un caso en el que se aplicaba
su primera regla: no acercarse a nada peligroso. Al fin y al cabo, si no
llegaban a conocerla, tampoco tendrían motivos para odiarla.
Dicho esto, estar completamente desprevenida habría sido una
gran tontería. En caso de necesidad, quiero estar preparada. Lo que
significa que necesitaré contactos, y tendré que hacerlos de la forma
más discreta posible. Entonces, ¿a quién debo dirigirme primero…?
Justo cuando Mia se perdía en sus pensamientos, el carruaje se
detuvo.
“Ah, carajo…” Murmuró el conductor en tono amargo.
“… ¿Hm? ¿Pasa algo?”
“Ah, Su Alteza, mis disculpas. Verá, estaba a punto de subir nuestro
carruaje al barco que nos llevará a la isla, pero otro reino se adelantó y
nos quitó el sitio.”
“Huh… ¿Y?”
“Normalmente, deberían permitirnos a los del Imperio ir primero.
Permítame ir a ponerlos en su sitio.” Dijo el conductor mientras se
arremangaba.
Mia suspiró suavemente.
“… Está bien. No me importa.”
“Pero, ¿qué pasa con la imagen del Imperio…”
“Estoy segura de que la imagen del Imperio estaría mucho mejor
servida si no se discutiera por asuntos tan insignificantes como el orden
en que abordamos un barco. En cualquier caso, hay espacio para los
dos.” Dijo Mia, con un toque de ira en su voz.
La actitud del conductor le dio ganas de estrujarse la cabeza de
frustración. Tenía la intención de armar un gran alboroto por ver quién
llegaba primero a la isla. Era tan mezquino y frívolo y, sinceramente,
vergonzoso. Pero lo más embarazoso era el hecho de que en la línea
temporal anterior, Mia había hecho precisamente eso. Para empeorar
las cosas, el asunto había terminado con todo su carruaje cayendo al
lago. No pudo evitar encogerse al recordarlo. En definitiva, había sido
una experiencia terrible. Llevaba un vestido señorial al que le tenía
especial cariño. Al ser señorial, tenía mucha tela, que absorbía mucha
agua, que se hacía muy pesada, lo que significaba que casi se ahogó…
Incluso después de haber luchado por llegar a la orilla, tuvo que
aguantar las risas de todos los estudiantes que la miraban.
Recordarlo era bastante doloroso, pero ver cómo se repetían sus
propias acciones humillantes ante ella era aún peor.
Qué terriblemente embarazoso… ¡Si pudiera, iría y abofetearía a
mi estúpido yo del pasado!
“¿Está usted bien, Milady?”
“Oh, sí, no te preocupes por mí. Simplemente estoy un poco
cansada de nuestro largo viaje.” Respondió Mia mientras abría la
ventana.
La fresca brisa del lago le sentó bien a sus mejillas sonrojadas.
Capítulo 20:
Desperdiciando el Sudor y la Sangre
Una gran y lujosa embarcación, capaz de transportar dos docenas de
carruajes tirados por caballos, flotaba en la superficie del lago. Anne
miró la enorme embarcación y se rascó la cabeza.
“Eh… ¿Cómo es que no construyen un puente hasta la isla, Princesa
Mia? Quiero decir, entiendo que usen un barco para llevar a la gente,
pero me parece que no tienen que llevar los carruajes…”
“Al parecer, en el pasado utilizaron un puente, pero hubo
demasiadas disputas por la comprobación de los documentos de
inscripción y la confirmación de los acompañantes.”
Los puentes, por muy grandes o numerosos que fueran, siempre
ralentizaban el tráfico. Eran fundamentalmente cuellos de botella. Si a
ello se añade que todos los estudiantes de la academia llegaban en
carruajes tirados por caballos el mismo día, era fácil ver que la
congestión era inevitable. Además, en esos carruajes viajaban todos
los hijos e hijas de aristócratas para los que el concepto de “espera” era
totalmente ajeno. Una disputa entre estas personas podía provocar
fácilmente que algún pobre supervisor perdiera la cabeza. Pero al
mismo tiempo, aumentar la anchura y la cantidad de puentes hasta el
punto de que no se produjeran atascos era también totalmente inviable
dada la escasa frecuencia con que se utilizaban.
“He oído que, incluso después de que empezaran a utilizar barcos
para transportar a los estudiantes, hubo alguna ocasión en la que se
produjo una discusión sobre la ubicación de sus camarotes asignados.”
Los hijos de la nobleza y la realeza eran, en general, personas muy
orgullosas. No permitían que los que venían de familias de menor o
igual categoría ocuparan un camarote por encima del suyo. Y más vale
que no sea más grande. La gran cantidad de condiciones previas que
había que tener en cuenta a la hora de asignar los camarotes convertía
todo el proceso en una pesadilla para quien estuviera al mando.
“Qué terriblemente indecoroso es discutir por estos asuntos…
Hmph.”
Mia terminó su declaración con una burla y un encogimiento de
hombros para dejar claro que nunca se le ocurriría hacer algo así. El
hecho de que recordara claramente otra línea temporal en la que
alguien que parecía y sonaba exactamente igual que ella montó una
gran escena por ver qué carruaje se cargaba primero era, en este caso,
completamente irrelevante. Además, su mejilla definitivamente no
estaba temblando.
Anne, por supuesto, era ajena a estos detalles. Su mente estaba llena
de pensamientos como: Wow, la Princesa Mia es tan impresionante y
Ella es un modelo a seguir, que sólo sirvió para fortalecer su lealtad
hacia su princesa.
Finalmente, llegaron al puerto. Al desembarcar, se despidieron del
conductor del carruaje y del séquito de guardias imperiales que las
habían acompañado en su viaje.
“Queridos caballeros, su diligente escolta ha sido muy apreciada.
Pueden regresar. Ruego que tengan un buen viaje a casa.”
El capitán de la guardia imperial inclinó la cabeza.
“Sí, Su Alteza. Nosotros, y todo el Imperio, le deseamos lo mejor.
Que Dios te acompañe en tu nueva vida en la academia.”
Mia le dio las gracias una vez más mientras los recuerdos del
pasado resurgían. Durante la revolución, con la mayoría del ejército
imperial huyendo o desertando, un grupo de caballeros se había
mantenido firme en su deber. Los guardias imperiales, a los que ella
estaba mirando ahora, lucharon hasta el final para protegerla. Al final,
ni uno solo eligió la vida por encima de la lealtad.
En otras palabras, eran exactamente el tipo de amigos útiles con los
que necesitaba mantenerse en buenos términos. Por lo tanto, se aseguró
de tratarlos con el máximo respeto.
“Su Alteza…”
“Acaba de…”
Algunos de los guardias se conmovieron un poco. Unos cuantos
tenían los labios temblorosos. Se oyó el sonido de un resoplido. No fue
culpa de ellos, en realidad. Todos se emocionaron un poco la primera
vez. Después de todo, ninguno de estos caballeros había escuchado
nunca una palabra de agradecimiento de su princesa.
Encargados de proteger a la familia real, eran caballeros de una
habilidad excepcional. A veces, tenían que detectar amenazas —
intentos de asesinato, por ejemplo— antes de que se produjeran. Sin
embargo, por muy fieles que fuesen en su tarea, al final del día, seguía
siendo un trabajo. Aunque pudieran arriesgar su vida y sus
extremidades en el cumplimiento del deber, sus muertes y lesiones no
preocupaban a las personas a las que protegían. Era su propósito.
Hacían su trabajo. No hay nada malo en ello. Así son las cosas…
Y sin embargo, esta joven princesa ante ellos había expresado su
preocupación por su bienestar. Dijo que rezaría por su regreso a salvo.
No era mucho, pero igualmente los conmovió. Mientras partían hacia
la capital, las palabras de Mia resonaban con fuerza en sus corazones,
consolidando su lealtad hacia su pequeño ama.
“Ahora bien… Es momento de que nosotras partamos.” Dijo Mia,
dirigiendo su mirada hacia el escenario culminante que decidiría su
destino, la Academia Saint-Noel.
La isla del lago donde se encontraba la Academia Saint-Noel
contaba con todas las instalaciones necesarias para funcionar como una
ciudad independiente. Era, en efecto, una ciudad universitaria. Las
calles estaban repletas de tiendas que ofrecían de todo, desde ropa y
zapatos hasta herrerías, joyas y artículos de papelería. Tampoco
faltaban los restaurantes. Además, para garantizar la satisfacción de la
población de clase alta de la isla, todos eran de la máxima calidad. Por
eso, para Anne, todos ellos desprendían un aura que era todo lo
contrario de acogedora.
“Waaaah…” Dijo en un tono que era una mezcla entre asombro y
aversión. “Hay tantas tiendas que parecen demasiado aterradoras para
entrar en ellas…”
Mia soltó una pequeña risa ante su reacción.
“Estoy de acuerdo, pero eso sólo es cierto para la calle principal.
Hay muchas tiendas más baratas destinadas a la gente normal que vive
en la isla. La academia también tiene su propia tienda, que tiene la
mayoría de las necesidades diarias a precios muy razonables.”
Qué alivio. Puedo ir allí a comprar las cosas que necesito para
mí…
“Por lo tanto, a partir de mañana, me gustaría que realizaras un
estudio exhaustivo de todas las tiendas de esta zona.”
“… ¿Eh?”
“En concreto, quiero que hagas una lista de todas las tiendas que
tienen artículos de calidad decente a precios razonables.” Dijo Mia
como si fuera la petición más normal del mundo.
“Pero, Princesa Mia, ¿qué pasa con tu asignación? Pensé que habías
dicho que te enviarían más que suficiente para cubrir todo lo que
puedas necesitar…”
“Y razón no te falta. Cierta cantidad de gastos son realmente
necesarios para mantener la imagen del Imperio. Sin embargo…” Mia
miró todas las tiendas de lujo a su alrededor y frunció el ceño. “Hay un
momento y un lugar para esos gastos, y no es éste. Mi asignación
proviene de los impuestos, y prefiero no despilfarrar algo que proviene
del sudor y la sangre…”
“Princesa Mia…”
La voz de Anne temblaba de emoción al ver a Mia susurrar
suavemente para sí misma.
“El sudor y la sangre no deben desperdiciarse. En absoluto…”
Para Mia, no se trataba de una metáfora; la forma en que utilizaba
el dinero de los impuestos tenía un efecto directo sobre su sudor y su
sangre, concretamente sobre la cantidad que acabaría derramando.
Cada moneda desperdiciada era un paso más hacia la guillotina, y ella
no tenía intención de volver a ver esa maldita cosa.
“Haré que le envíen la mitad de mi asignación a Ludwig. Estoy
segura de que hará buen uso de ella.”
Justo entonces, Mia se detuvo en seco.
“¿Princesa Mia?”
“Vaya… Eso es…” Susurró, con la mirada fija en una figura en la
distancia.
Capítulo 21:
La Princesa Mia… Siembra las Semillas
Entre los estudiantes del año de Mia, había un chico cuya popularidad
superaba la de todos los demás. Se llamaba Sion Sol Sunkland,
príncipe heredero del Reino de Sunkland y objeto de la adoración de
todas las estudiantes. Su cabello plateado y sus ojos fríos y claros
completaban sus apuestos rasgos, que se veían acentuados por una voz
con sabor a miel. Tenía un aire de compostura, aunque mantenía un
trato amable y atrayente. Al mismo tiempo, tenía un gran sentido de la
justicia. Sus notas eran excelentes, y su habilidad con la espada
avergonzaba a la mayoría de los profesores; entre los estudiantes, era
simplemente inigualable. Francamente, sería extraño que fuera menos
popular, teniendo en cuenta que era literalmente el Príncipe Azul
hecho carne.
Y Mia, bendito sea su joven e ignorante corazón, se había
enamorado perdidamente de él. Más bien, había caído en lo que creía
que era amor, pero que quizás era algo menos inocente. En su
arrogancia, se había creído firmemente la única compañera adecuada
de Sion. Como Príncipe Heredero de Sunkland —un gran reino con
una rica historia y antiguas tradiciones—, le parecía obvio que la única
persona que podía ser compatible con él era ella misma, Princesa del
igualmente grande e histórico Imperio Tearmoon. Él era el hombre de
sus sueños, y como resultado, ella simplemente no podía perdonar a la
chica que había desarrollado una estrecha amistad con él.
La chica en cuestión, Tiona Rudolvon, era la hija de un noble pobre
cuyos dominios se encontraban cerca de la franja sur del Imperio,
donde la mayor parte de la tierra se dedicaba a la agricultura. El hecho
de que una campesina de la nada lograra conquistar el corazón de Sion
—cuando la propia Mia había fracasado— era un trago demasiado
amargo para ella.
Así que se desquitó con la chica, burlándose de ella e insultándola.
Cuando las otras chicas de alto rango la acosaban, Mia se unía a ellas.
Al final, el acoso que Tiona sufrió a manos de ellas —todos los
maltratos que hicieron de su vida un infierno— se convirtió en la
fuerza motriz que la empujó a la vanguardia de la historia. Su liderazgo
acabaría convirtiéndola en un símbolo de la revolución. Aclamada
como una santa viviente, habló en nombre de las masas, canalizando
su desesperación y su ira a través de sus apasionadas palabras. Gracias
a sus esfuerzos, Mia acabaría muriendo en la guillotina.
Qué terriblemente tonta fui…
En sus tres años de vida en la mazmorra, había sido sometida más
o menos al mismo tipo de abuso. Después de experimentar a fondo el
tipo de sufrimiento que había infligido a otros, llegó a comprender una
verdad esencial: se recoge lo que se siembra.
Intimidar es ser intimidado. Así es la naturaleza del cosmos.
“Princesa Mia… mira eso.”
La voz de Anne devolvió a Mia al presente. Se giró para encontrar
a Anne señalando hacia una esquina donde Tiona estaba rodeada por
un grupo de chicas.
Ah, por supuesto.
A Mia se le ocurrió que estas eran exactamente las mismas
circunstancias en las que ella y Tiona se conocieron en la línea
temporal anterior. Las chicas, todas ellas hijas de poderosos nobles
extranjeros, habían estado acosando a Tiona por algún que otro
problema.
Creo que se quejaban de que habían sido despreciadas por su
asistente o algo así.
En ese momento, Mia había pasado por allí por casualidad, pero
había optado por dar esquinazo a Tiona.
“¿Qué debemos hacer, Princesa Mia?”
“¿Qué debemos hacer? La respuesta es obvia.”
Ya se había dado cuenta en el carruaje. La regla era no acercarse
nunca a nada peligroso, y tenía toda la intención de cumplirla; al
mismo tiempo, mostrar cualquier indicio de hostilidad estaba
absolutamente fuera de lugar. Ni siquiera quería acercarse a ellos, para
no ser tachada de espectadora. En este tipo de situaciones es muy difícil
mantenerse neutral; el espectador que no hace nada, a los ojos de la
víctima, no hace más que validar a los acosadores. Lo último que
quería era verse envuelta en su disputa. No quería tener nada que ver
con ellos.
Pensando que su mejor opción era tomar un desvío, Mia se giró
para caminar en otra dirección. En ese momento, sintió un terrible
escalofrío que le recorría la espalda.
¿Qué demonios fue eso?
Hizo una pausa. Algo no le parecía bien. Era como si estuviera en
una encrucijada. No había ningún indicio claro de peligro en ninguno
de los dos sentidos, pero no podía evitar sentir que le esperaba una
terrible desgracia si tomaba la decisión equivocada en ese momento.
Contempló la extraña sensación hasta que una pregunta surgió en su
mente.
Hmm… ¿por qué Anne decidió hacerme esa pregunta?
Tendría sentido si estuvieran en una encrucijada literal y hubiera
que decidir si ir a la izquierda o a la derecha. Sin embargo, en este caso,
Mia no tenía ninguna obligación de intervenir. Ambas venían del
Imperio, claro, pero eso no significaba que tuviera que ir a ayudar a un
extraño. Y sin embargo, Anne había planteado la cuestión. A pesar de
todo, se había vuelto hacia Mia y le había preguntado: “¿Qué debemos
hacer?”
Algo le decía que tenía que hacer algo con la situación de Tiona,
casi como si…
Como si la decisión ya estuviera tomada…
Mia se volvió hacia Anne. Cuando sus miradas se encontraron,
supo que tenía razón. Había una certeza absoluta en esos ojos —una
confianza sin reservas— que confirmaba la corazonada de Mia. La
pregunta de Anne no era: “¿Debemos ayudar?”
Era: “¿Cómo debemos ayudar?”
Para Anne, era inconcebible que su querida princesa Mia se negara
a echar una mano a los necesitados.
¡Esto es lo que significa tener que tomar una decisión definitiva!
Atrapada entre la espada y la pared, Mia se vio obligada a elegir
entre dos opciones igualmente desagradables. ¿Debía ayudar a su
archienemiga o perder la confianza de su súbdito más leal?
Tras pensarlo mucho, Mia llegó a la conclusión de que no podía
permitirse perder la confianza de Anne en ese momento.
“No creo que tengamos otra opción. Entonces, hagamos esto.”
“¡Sí, Princesa Mia!”
Después de tres años de vida en las mazmorras, Mia había llegado
a comprender una verdad esencial, o más bien, creía haberlo hecho. Lo
que no sabía era que sólo entendía la mitad.
Se recoge lo que se siembra.
Estas palabras son verdaderas, pero a la guadaña no le importa la
naturaleza del grano. Si siembras las semillas de la malicia, la malicia
será tu cosecha. Pero si siembras las semillas de la bondad…
Al igual que la intimidación será devuelta en su justa medida,
también lo serán los actos de benevolencia. Sin embargo, el alcance
total de esta verdad estaba, en ese momento, más allá de la
comprensión de Mia.
Capítulo 22:
¡La Princesa Mia Utilizó la Agresión
Verbal! Tiona… ¡¿Recuperó la Salud?!
“Disculpen, pero ¿exactamente qué están haciendo, chicas?”
Con pasos rápidos y firmes, Mia se adentró en la multitud. Había
tres chicas rodeando a Tiona. Las reconoció de la línea de tiempo
anterior por ser las hijas de nobles moderadamente prominentes de una
serie de países moderadamente notables. El énfasis aquí es en
“moderadamente”.
“¿Eh? ¿Y quién…” Dijo irritada la líder del trío. “te crees que eres,
irrumpiendo…?”
“¿Su Alteza…?”
Al oír la voz sorprendida de Tiona, la chica se calló y el color se le
fue de la cara.
“¿Qué? ¿Su Alteza? ¿Quieres decir…?”
“Creo que las presentaciones son necesarias. Como habrás
sospechado, soy Mia Luna Tearmoon, Princesa del Imperio Tearmoon.
Es un placer conocerla.”
Mia dio un pequeño tirón a su falda y realizó una elegante
reverencia. En ese momento, la luz del sol cayó sobre ella,
impregnándola de una resplandeciente corona que deslumbró a los
espectadores. Era como si brillara con la gloria del propio Imperio, y
las chicas casi se postraron en el acto.
“Ahora, permítanme repetirme… ¿Exactamente qué están
haciendo, chicas?”
“Um, bueno, estamos…”
Sus rostros se volvían más pálidos a cada segundo. Como princesa
del poderoso Imperio Tearmoon, Mia era la única persona a la que no
podían permitirse ofender… Y ahora mismo, parecía absolutamente
furiosa.
En efecto, Mia estaba a punto de estallar. Lo último que quería
hacer era ayudar a su archienemiga y, sin embargo, esas chicas la
habían puesto en una situación en la que no tenía más remedio que
hacerlo. Las miró con un odio ardiente.
“Me ha parecido que te has comportado de forma bastante grosera
con uno de mis súbditos.”
“En absoluto. Estábamos pensando que, um, aunque ella es de la
nobleza imperial, viene de una casa noble de las Tierras Exteriores, así
que le estábamos recordando que cualquier hábito descortés no sería
tolerado en la sociedad educada—”
“¿Es necesario que me vuelva a repetir?”
Viendo que no tenía otra opción, Mia había aceptado que iba a tener
que hacer de salvadora. Sin embargo, era una aceptación a
regañadientes, y Mia era una perdedora muy dolorosa. Después de
todo, había odiado tanto perder —su vida ante la guillotina— que
estaba literalmente repitiendo buena parte de su vida. En un intento de
sentirse un poco mejor por este exasperante giro de los
acontecimientos, siguió hablando.
“Verás, amo a todos mis súbditos, y los amo por igual. Ni siquiera
al hijo del mendigo más pobre se le negará mi afecto. No importa
quiénes sean, mientras pertenezcan al Imperio, no perdonaré ninguna
descortesía hacia ellos.”
Lo que quiso decir es: no estoy ayudando a Tiona porque sea
especial o algo así, ¿vale? Incluso si hubieran estado acosando a un
miserable niño mendigo, ella habría intervenido para ayudar. En
esencia, estaba diciendo: ¡Escucha, imbécil! ¡Me importas un bledo!
Para mí, no eres diferente de un mendigo miserable, ¿entiendes?
Ahora bien, todo esto puede parecer sumamente contradictorio.
Teniendo en cuenta que de igual modo iba a ayudar, sería mucho más
productivo para ella comprometerse con el esfuerzo de todo corazón.
Sin embargo, eso requeriría que ella tuviese un genuino interés en
hacerlo. Y Mia no se dedicaba a eso. Por lo tanto, se volvió hacia Tiona
y le sonrió triunfalmente.
¡Ja! Te he ayudado. Ya no puedes decir nada malo de mí, ¿verdad?
Por desgracia, la sonrisa de Mia estaba destinada a ser gravemente
malinterpretada.
Tiona no proviene de una línea particularmente larga de nobles. Su
abuelo era originalmente una especie de líder entre sus compañeros
agricultores. Tras luchar con éxito contra un grupo de bandidos, se le
concedieron tierras y un título. Por lo tanto, no nació, sino que fue
introducido en la nobleza, una especie de nuevo rico. Para empeorar
las cosas, la región en la que vivía Tiona se incorporó al Imperio
mucho más tarde que las demás regiones. Como resultado, la
discriminación era rampante. A menudo, ni siquiera se les consideraba
súbditos del Imperio, por no hablar de la nobleza. “Ciudadanos de
segunda clase” no era el peor insulto que habían escuchado. En los días
malos, les habían llamado de todo, desde “descendientes de siervos”
hasta “campesinos de colonia”.
Por eso había venido a Saint-Noel. Había estudiado a fondo, había
aprendido todas las reglas de la sociedad educada e incluso había
practicado esgrima en la corte. Día tras día, se esforzaba por mejorar,
todo para poder eclipsar a esas chicas nobles que se burlaban de ella.
O, al menos, para no ser más el blanco de las burlas. Quería que la
reconocieran como una igual, que la miraran a los ojos y supieran que
veían a alguien cuya sangre era tan roja como la suya.
Y sin embargo, apenas había pasado medio día desde su llegada y
ya estaba contemplando los fragmentos destrozados de sus esperanzas.
Las voces, con un tono rencoroso demasiado familiar, le apuñalaban
los oídos y el alma.
Su mundo se oscureció. Se mordió el labio y bajó la mirada.
Después de venir hasta aquí, tenía su respuesta; no importaba lo
mucho que lo intentara. Nada iba a cambiar. Ni para ella, ni para los
Rudolvon, ni para la gente de su condado. Nunca serían vistos como
ciudadanos de pleno derecho de Tearmoon.
Justo cuando la desesperación empezaba a apoderarse de su
corazón, ella apareció.
Como el destello de luz que divide la oscuridad, Su Alteza Imperial
Mia Luna Tearmoon, la más noble de las nobles y Princesa del Imperio
Tearmoon, entró y declaró con rotunda convicción que Tiona era “uno
de sus súbditos”, y que “No importaba quiénes fuesen, mientras
perteneciesen al Imperio, no toleraría ninguna descortesía hacia ellos.”
… ¿Eh?
Durante un largo rato, la mente de Tiona estuvo en blanco. Las
palabras de Mia seguían resonando en su mente, pero su significado se
le escapaba. No esperaba ninguna ayuda, y ni en sus mejores sueños
pensó que también sería reconocida como súbdita del Imperio.
Entonces parpadeó, y la figura de la chica que tenía delante se enfocó.
Su Alteza…
La sonrisa de la chica era más suave y tierna que ninguna otra que
hubiera visto.
“… Ah.”
Algo cayó por la mejilla de Tiona. Ella sabía que era una lágrima.
No fue porque todo su trabajo duro había dado sus frutos. No era
porque se hubiera vengado de sus delincuentes. Era por una promesa:
la seguridad de que, por muy impotente o insignificante que fuera, la
joven princesa que tenía delante la amaría y protegería como a uno de
los suyos. Después de pasar toda su vida acosada por la necesidad de
seguir demostrando su valía, por primera vez se sintió… segura. El
alivio brotó de ella en un torrente de lágrimas que, a pesar de sus
mejores intentos por contenerlas, se negaba a dejar de fluir.
IMAGEN
Capítulo 23:
El Elenco se Reúne…
Sion Sol Sunkland nació como hijo mayor del rey de Sunkland.
“El que reina sobre el pueblo debe creer firmemente en la equidad
y llevar la justicia cerca de su corazón.”
Su padre le había dicho a menudo esas palabras cuando era joven…
Y le habían guiado desde entonces. Hasta el día de hoy, seguía
viviéndolas. La realeza y la nobleza —los que reinan sobre el pueblo—
siempre deben enorgullecerse de su integridad y mantenerse en un
nivel tal que puedan ser ejemplos para sus súbditos. Él siempre lo había
creído así, pero…
A medida que crecía, había cosas que no podía evitar ver. Se dio
cuenta de que no todos los nobles eran iguales, y que no todos —ni
siquiera la mayoría— vivían según los principios de su padre. Aun así,
había mantenido la esperanza en la Academia Saint-Noel. Al fin y al
cabo, era una escuela donde se reunían estudiantes excepcionales de la
nobleza. Muchos de ellos debían ser ejemplares en su conducta y
virtud. Seguramente, aquí, conocería a muchas personas dignas de la
sede del poder…
Y fue precisamente por sus esperanzas por lo que se sintió
profundamente irritado al ver a los estudiantes peleándose por algo tan
insignificante como el orden en que cruzaban el lago. Poco después, se
vio obligado a presenciar otra escena profundamente impropia de la
nobleza. Una chica noble que salió en defensa de su asistente que había
metido la pata estaba siendo acosada por otras tres chicas nobles.
“… Hah. También es lo mismo aquí.”
“Desafortunado, sí, pero la podredumbre que supura entre los
miembros de la realeza y los nobles del país empeora cada día. Los que
se atienen a los principios de Su Majestad y milord son pocos y
distantes.” Dijo su mayordomo, Keithwood, que se encogió de
hombros y negó con la cabeza. Sus labios se curvaron en la misma
sonrisa irónica de siempre.
Los dos se habían criado juntos desde la infancia. Huérfano de
guerra, Keithwood fue acogido por el Rey cuando era niño, quien lo
crio como si fuera su propio hijo. Como resultado, se formó un
estrecho vínculo entre ellos, y confiaban el uno en el otro como
hermanos.
“Entonces, ¿cuál es el plan? Me parece un montón de problemas.
¿Vas a ayudar?”
“Obviamente.” Asintió Sion sin la menor duda.
La agresión fue claramente unilateral. Dejar que una chica sufriera
semejante abuso verbal iba en contra de los principios de la justicia.
Sin embargo, justo cuando estaba a punto de intervenir, algo pasó por
su vista.
“Disculpen, pero ¿exactamente qué están haciendo, chicas?”
Preguntó una joven con voz exigente. Su cabello, que ondeaba
ligeramente, brillaba como si se hubiera empapado del brillo plateado
de la luna. Con la ira coloreando cada centímetro de su hermoso rostro,
declaró ser Mia Luna Tearmoon.
“Huh… La princesa Mia. La que llaman la Sabiduría del Imperio…
Así que es ella.” Susurró mientras observaba desde lejos, ligeramente
hipnotizado por la chica. Se encontró fascinado —incluso un poco
conmovido— por la forma en que ella había irrumpido audazmente en
la escena. La audacia era admirable. La ira era aún más convincente.
Al presenciar la opresión de los impotentes, la ira era la respuesta
correcta. Para Sion, la capacidad de sentir una furia justa —de
enfadarse con justicia ante los actos malvados— era una cualidad
esencial para quienes reinaban sobre el pueblo. Sin embargo, ¿cuántas
personas podían empatizar realmente con el sufrimiento de los demás?
¿Cuántos podrían llegar a sentir ira como si ellos mismos hubieran sido
agraviados? Incluso Sion, que había estado dispuesto a intervenir él
mismo, lo habría hecho por sentido del deber. Venía de la mente, no
del corazón. Ante la genuina ira de Mia hacia la injusticia, sintió que
veía en ella los rasgos de un gobernante que realmente estaba a la altura
de sus ideales.
… Fue, para ser sinceros, un ejemplo extraordinariamente
conmovedor de por qué los seres humanos nunca pueden entenderse
del todo.
“Se rumorea que ha hecho arreglos para que se construya un
hospital en los barrios bajos.”
“Sí, lo he oído. He estado esperando conocerla desde entonces,
pero…” Con la mirada todavía fija en Mia, Sion se llevó el pulgar a la
barbilla. “Francamente, esperaba encontrarme con una chica que
hubiera vivido una vida protegida y que apenas distinguiera sus oros
de sus cobres. O a lo sumo, alguien que posee una abundancia de
piedad pero poco más…”
Un gobernante incompetente pero caritativo era mucho más
preferible que uno que sembrara activamente la confusión mediante el
desgobierno. Por esta razón, Sion no había pensado demasiado mal de
Mia, pero la escena que acababa de presenciar cambió profundamente
su opinión sobre ella.
“Cuando ella regaló la horquilla… Probablemente lo hizo con plena
comprensión del efecto que esa acción tendría.”
Un simplón bondadoso no elegiría meterse de cabeza en los
problemas, y mucho menos frustrar la villanía que hay en ellos. Sion
estaba seguro de que Mia poseía una sabiduría acorde con su sangre
imperial y llevaba la justicia en su corazón.
“Si su amistad es lo único que gano de Saint-Noel, entonces habrá
valido la pena venir aquí.” Dijo Sion, su humor se animó visiblemente
mientras su opinión sobre Mia sufría un ataque de hiperinflación.
Mientras tanto, Mia se encontraba en un terrible apuro. Se había
sentido bastante bien después de soltar lo que creía que era una broma
magistral, pero su triunfo duró poco. Después de ver a Tiona romper a
llorar, se sintió inmediatamente invadida por una ola de culpabilidad.
¡No esperaba que llorara tan fácilmente!
Mia nunca fue muy tirana. En todo caso, era una especie de pelele,
y aunque su conciencia era una vaga perenne, tampoco estaba
desprovista de ella.
“A-Ah, tal vez yo, eh… ¿fui un poco demasiado lejos? ¿Sí?
Entonces, ¿podrías… dejar de llorar? ¿Por favor?” Tartamudeó de
forma semi incoherente antes de presionar su pañuelo en las manos de
Tiona. “¡Limpia tu cara con esto!”
Y luego, huyó de la escena.
Capítulo 24:
Charla de Chicas
Nada más entrar en su habitación en el dormitorio de las chicas, Mia
dejó escapar un profundo suspiro. Tras escapar de la situación en la
calle, había pasado el resto del día agradeciendo los saludos de decenas
de personas que se sentían atraídas por su título, Princesa del Imperio
Tearmoon.
Uf, saludar a interminables oleadas de extraños es terriblemente
molesto. Me gustaría poder ignorarlos a todos.
Aunque podía parecer arrogante que le molestara su condición de
famosa, su arrogancia se veía finalmente empequeñecida por su
cobardía innata. Con Anne a su lado, observando, simplemente no
tenía la audacia de ignorar a cualquiera que se presentara a presentar
sus respetos cortésmente. Como resultado, acabó recibiendo
personalmente a todos y cada uno de ellos.
“… Estoy terriblemente agotada.”
Se quitó los zapatos y se desplomó abierta sobre la cama de la forma
más indecorosa. Aunque era consciente de lo inapropiado de su
conducta…
¡A quién le importa! ¡Soy la Princesa del Imperio, maldita sea!
¡Nadie puede decirme cómo comportarme!
Estaba decidida a mantener algún elemento de independencia. Al
menos en su propio monólogo interior.
“Hoy has estado estupenda, Princesa Mia.” Dijo Anne, notando el
cansancio de Mia. “Estoy segura de que todos se han alegrado mucho
de conocerte.” Sonrió con aprecio.
“Gracias, Anne. Pero seguro que es agotador.”
“¿Quieres un poco de té? ¿O preparo el baño en su lugar?”
“El baño…”
Su habitación estaba equipada con su propio baño. Siempre que le
trajeran agua caliente, podía bañarse cuando quisiera. Tampoco había
que ser tacaño, ya que el agua era un recurso abundante aquí, hasta el
punto de que el Principado contaba con una dotación completa de
sistemas de agua y alcantarillado. Si alguien del desierto viniera aquí,
probablemente lo encontraría como un despilfarro sin precedente.
Aunque a Mia le seducía la idea de meterse en un baño caliente y
aliviar su cuerpo maltrecho por el transporte, rápidamente sacudió la
cabeza.
“No, eso no será necesario. Dentro de una hora se abrirán los baños
comunitarios. Vayamos allí en su lugar.”
El dormitorio de las chicas contaba con una instalación de aguas
termales a la que se podía acceder durante ciertas horas. Para poder
estirarse y relajarse de forma realmente lujosa, optó por retrasar su
gratificación.
“Más importante, Anne, hay algo que me gustaría preguntarte…”
“¿Sí? ¿Qué es?”
Mia se sentó en el borde de su cama y le indicó a Anne que se
sentara también en la cama contigua. Sus camas, por cierto, eran
idénticas en tamaño y adorno. Normalmente, sería impensable que una
hija de una casa noble viviera en la misma habitación que su asistente,
pero la Academia Saint-Noel era la excepción. Aquí, muchos de los
acompañantes eran de linajes nobles prominentes. Para ello, la escuela
se aseguraba de que sus habitaciones fueran adecuadas para la
cohabitación de parejas de nobles. Por lo tanto, Anne se quedó mirando
con inquietud su cama, decorada con gran esmero, antes de bajar con
cautela a ella.
“Um… ¿qué te gustaría saber, Princesa Mia?”
“Necesito tu consejo sobre algo…”
“¿Mi consejo…?” Preguntó Anne con el ceño fruncido, perpleja.
“Sí. Es un asunto importante…”
“Un asunto importante…”
Anne tragó saliva audiblemente mientras esperaba que Mia le
revelara lo que sin duda era un asunto de gran importancia.
Mia respiró profundamente, aguantó un segundo y lo soltó. Luego,
miró a Anne a los ojos y le preguntó: “¿Cuál es la mejor manera de
impresionar al hombre de tus sueños?”
“… ¿Eh?”
En la línea temporal anterior, Mia estaba segura de que ella y Sion
se convertirían en pareja. Le parecía que, como princesa de renombre
del poderoso Imperio Tearmoon, la única persona digna de su mano
era el príncipe de Sunkland. También pensó que lo contrario era cierto.
En consecuencia, su postura hacia Sion era siempre la de siéntete libre
de invitarme a salir si así lo deseas. Era así durante la fiesta de baile,
era así durante la gala nocturna, y seguía siendo así el día antes de las
fiestas. Cada vez, se acercaba a Sion y hacía una especie de rutina de
siéntete libre de invitarme a salir. Era, no hace falta decirlo,
sumamente molesto. Incluso la Mia de hoy en día se había dado cuenta
de que su comportamiento anterior era quizás, sólo quizás, un terrible
error. Era un signo de madurez. Mia había dado un gran paso adelante.
Puede que no fuera un gran salto para la humanidad, pero sin duda era
un gran paso para Mia.
Por supuesto, su razonamiento había sido que ¡todo se debía a que
Sion tenía una personalidad terrible! Sin embargo, su estancia en el
calabozo había sembrado la semilla de la duda en su mente, que brotó
en pequeños arbolitos de sentido común. Finalmente, se le ocurrió que
tal vez ella también tuviese la culpa de algunas cosas.
Por el momento, Mia no tenía ninguna intención de cortejar
activamente el afecto de Sion. Sin embargo, necesitaba hacer
suficientes conexiones para salvarse de la guillotina, y la primera y más
importante era, por supuesto, un amante o un cónyuge. Para ello, pensó
en preguntarle a Anne si su enfoque de las citas era erróneo, pero…
“Princesa Mia… ¿Quién te ha enseñado a actuar así?” Preguntó
Anne tras escuchar la historia de Mia. Su rostro estaba rígido, salvo
una mejilla que se movía intermitentemente.
“¿Qué quieres decir con ‘quién’?”
Mia estaba a punto de responder “Yo, supongo” cuando Anne la
agarró del hombro.
“Escucha, Princesa Mia. Todo lo que acabas de decir… ¡Está mal!
No sé a qué hija de la nobleza le has preguntado, pero nadie va a hablar
con alguien que está mirando a la gente por encima del hombro todo
el tiempo.”
“¿Es así?”
“Es así. De acuerdo, eres la Princesa, así que probablemente haya
gente que siga saliendo contigo, pero van detrás de tu influencia y
poder. No es porque les gustes como persona. Y de todos modos no
querrías estar con gente así. No te merecen.” Declaró en tono asertivo.
“Ahora, con eso fuera del camino… ¿A quién vas a buscar?
Discutamos la estrategia.”
Los ojos de Anne brillaban de emoción.
Capítulo 25:
El Secreto de la Belleza
“¡Qué maravilloso es este baño!”
Una ansiosa Mia llegó a los baños comunes justo cuando se
abrieron. La instalación de baño en el dormitorio de chicas de Saint-
Noel utilizaba agua extraída de un manantial natural en las
profundidades de la tierra. De pie en la zona de baño, con una amplia
bañera llena hasta los topes de agua termal humeante y sin que hubiera
nadie más a la vista, Mia sonreía de placer.
“… Me pregunto si esto es lo que se siente en el cielo.”
Anne no pudo evitar soltar una risita al verla.
Le encantan los baños, ¿verdad?
Las termas era una práctica sorprendentemente infrecuente en los
círculos nobles. Muy pocas personas lo practicaban. Parte de la razón
era el hecho de que la escasez de volcanes en el continente hacía que
las fuentes termales naturales fueran raras. Para empapar todo el
cuerpo, había que transportar y calentar una cantidad suficiente de
agua, y pocos nobles consideraban que el esfuerzo valía la pena. La
opinión predominante entre ellos era: “¿Qué hay de malo en
simplemente limpiarse?”
En todo caso, eran los trabajadores empapados de sudor los
aficionados al baño. A diferencia de los nobles, a los que nunca les
faltaba el entretenimiento, los plebeyos tenían poco que esperar en sus
días. Por ello, los pocos baños públicos que salpicaban la ciudad eran
ampliamente disfrutados por las masas como una de sus pocas fuentes
de recreación. Sin embargo, incluso entre los bañistas frecuentes del
Imperio, Mia era conocida por su inigualable afición a los baños.
Aunque rara vez se permitía extravagancias, el baño era el único lujo
que se permitía. Teniendo en cuenta que se llenaba y calentaba la
bañera a diario, su obsesión se convirtió en un tema de conversación
popular entre sus criadas. Sin embargo, no siempre había sido así. En
la línea de tiempo anterior, no tenía ese encaprichamiento. Sus tres
años en el calabozo, sin embargo, la habían cambiado.
Durante su cautiverio, sólo se le permitía tomar un barril de agua
fría una vez a la semana. Después de tres años así, había desarrollado
un intenso anhelo de un baño caliente. Pero no importaba cuántas veces
lo pidiera, sus súplicas caían en saco roto. Al final, el único baño
caliente que tomó fue en la guillotina, en un charco de su propia sangre.
Después de reencarnarse, quería bañarse a diario. Aunque sabía que la
indulgencia ciega la llevaría directamente a la guillotina, su amor por
el baño era el único deseo que no podía reprimir.
Al principio, la petición de Mia había dejado a Anne desconcertada.
No podía entender por qué una princesa como ella anhelaba una
actividad que se consideraba tan… común. Sin embargo, sus dudas
desaparecieron al ver el placer que le producía a Mia estar en la bañera,
y empezó a buscar en la ciudad formas de mejorar la experiencia del
baño. Viendo que era una oportunidad para devolver la amabilidad de
su ama, buscó hierbas populares para el baño, consiguió agua de las
pocas fuentes termales de la zona e hizo todo lo que pudo para crear el
ambiente perfecto para el baño.
El resultado de todo esto fue que, con el tiempo, Mia adquirió una
serie de cosas, como una piel tierna y de aspecto saludable que brillaba
y un cabello suave y suelto que tenía un hermoso brillo. Ella, sin
embargo, no tenía ni idea. Mientras disfrutaba de su baño diario, se
daba por satisfecha y, por lo tanto, no se enteraba de nada. Sin
embargo, los círculos sociales del Imperio sí tomaron nota y, sin que
ella lo supiera, un número cada vez mayor de admiradores había
empezado a comparar su belleza con la de la diosa de la luna.
Debo decir que últimamente recibo muchos comentarios sobre lo
bonita que es mi piel y mi cabello. Me pregunto por qué…
Tal era el alcance de su propio olvido.
“Muy bien. Voy a lavarte la espalda, Princesa Mia.”
“Sí, adelante.”
Anne procedió a frotar cuidadosamente la espalda de Mia, teniendo
cuidado de comprobar el estado de su piel.
Hm… pensó, su piel se siente un poco áspera. Debe haber sido el
largo viaje.
Afortunadamente, el agua de manantial que se utilizaba en este
baño era buena para aliviar la fatiga y revitalizar la piel seca y dañada.
Con un poco de jabón de hierbas y un masaje, seguido de un largo
baño, su piel volvería a estar en perfectas condiciones.
Aun así, me pregunto quién es la persona a la que la Princesa Mia
quiere acercarse.
Aunque Mia había dejado la pregunta sin respuesta, la curiosidad
de Anne no disminuyó.
Pensé que estaba segura de que le gustaba el Sr. Ludwig, pero…
Anne negó con la cabeza.
En cualquier caso, mi trabajo es cuidarla perfectamente para que
todo hombre que la vea la encuentre irresistible. Veamos, lo que
sigue…
Después de lavar el cuerpo de Mia, empezó a cepillar su cabello.
¿Sin puntas abiertas? Sí. ¿Volumen y brillo? Comprobado.
“Muy bien. Ya he terminado, Milady Mia.” Dijo Anne con un gesto
de satisfacción.
“Gracias, Anne. Siempre cuidas muy bien de mí.”
Mia se dio la vuelta con una sonrisa de satisfacción en el rostro,
pero luego frunció el ceño como si recordara algo.
“Hm… ¡Ah-ja! Eso es. Debería lavarte la espalda de vez en
cuando.” Declaró con una sonrisa.
“¿Q-Qué? ¡No puede ser! ¡Eres mi ama, Princesa Mia! ¡No es
posible que me laves la espalda!”
“Por favor. Basta de modestia. No es que nadie esté mirando, y
estoy segura de que también estás cansado. Considéralo un
agradecimiento por cuidar de mí todos los días.”
Para Mia, Anne era una aliada inestimable y una súbdita leal. Sin
embargo, lo más importante es que fue ella quien permaneció a su lado
hasta sus últimos momentos, la persona a la que Mia debía tanto. Era
una deuda impagable que sabía que nunca podría pagar.
Empujó a Anne hacia el asiento y, haciendo caso omiso de sus
continuas objeciones, rodeó rápidamente su espalda y comenzó a
restregarla.
“Ya está. Bien y limpia. En ese caso, vamos a sumergirnos.”
Justo cuando Mia estaba a punto de entrar en la bañera, oyó una
suave risa detrás de ella.
“Dios, son muy buenas amigas, ¿verdad?”
Capítulo 26:
La Hija del Duque Belluga
Incluso en la Academia Saint-Noel, que reunía a los hijos e hijas de la
poderosa nobleza de todo el país, había pocos que pudieran intimidar
a Mia. El Imperio Tearmoon era uno de los dos países más poderosos
del continente. Como su princesa, la influencia de Mia no tenía igual.
Sólo había dos excepciones. Una era Sion, príncipe heredero del Reino
de Sunkland. La otra estaba justo frente a ella.
“Ah…” Dijo Mia mientras enderezaba inmediatamente su postura.
“Señorita Rafina.”
Rafina Orca Belluga era la hija mayor de Orleans Belluga,
gobernante del Santo Principado de Belluga, donde se encontraba la
Academia Saint-Noel. “Principado” se refería a un país gobernado no
por un rey o emperador, sino por un duque. Los nobles muy alabados
o los del linaje real con grandes logros a su nombre podían, con un
permiso especial del rey, recibir una soberanía independiente sobre un
pequeño dominio. La gran mayoría de los principados de este mundo
se formaban de esta manera, lo que significaba que una princesa de un
poderoso imperio, como Mia, tenía pocos motivos para temerlos. Sin
embargo, el Santo Principado de Belluga era la única excepción a la
regla.
El Duque Belluga no pertenecía a ninguna familia real, ni sus
dominios eran un protectorado de alguna potencia mayor. La razón por
la que el país optó por llamarse “Principado” fue que su pueblo veía a
Dios como su rey. La autoridad del duque le fue otorgada por Dios, y
gobernó en su lugar. En consecuencia, el Duque Belluga era único, ya
que no sólo era el jefe político del país, sino también un sacerdote. Su
hija Rafina le ayudaba en los diversos procedimientos religiosos que
esta dualidad conllevaba, por lo que su nombre alcanzó naturalmente
una gran relevancia. De hecho, era conocida en todos los reinos
vecinos como una santa. A diferencia de la santidad de Mia —cuya
validez era discutible y se limitaba a ciertas zonas o incluso individuos
dentro del Imperio—, la de Rafina era real.
Mia recordaba que la chica tenía catorce años, lo que la hacía unos
dos años mayor que ella. Desde el día en que Mia llegó a Saint-Noel,
Rafina había sido la presidenta de su consejo estudiantil, lo que la
convertía en una figura de autoridad central dentro de la academia y
que ejercía una influencia sin parangón. Era el tipo de persona que Mia
no podía tomarse a la ligera. De hecho, Mia nunca soñaría con tomarla
a la ligera, porque, sinceramente, le aterrorizaba.
“Estoy encantada de conocerla, Señorita Rafina. Soy…”
“Mia Luna Tearmoon, Princesa del Imperio Tearmoon. El placer es
todo mío. He oído hablar mucho de ti.”
Este breve intercambio dejó a Mia en estado de shock. Tardó unos
segundos en procesar el hecho de que Rafina sabía su nombre. En la
línea temporal anterior, Mia fue la que se acercó a Rafina. Atraída por
el poder que ejercía la hija del duque, había tenido toda la intención de
hacerse amiga de la chica. Lamentablemente, esto nunca llegó a
suceder. No importaba cuántos regalos le enviara o cuán cerca se
sentase de ella durante las fiestas del té. Lo intentó con todas sus
fuerzas, pero al final no surgió ninguna amistad entre ellas.
Peor aún, Rafina ni siquiera se molestaba en recordar su nombre.
Cada vez que se encontraban, la frígida mirada de la chica hacía que
Mia se sintiera inútil, como si su propia existencia fuera una pérdida
de tiempo. Con el tiempo, esos ojos desapasionados se abrieron paso a
través del ego dañado de Mia y marcaron su alma. Al final, no le
quedaba más que una sensación de frío y duro temor cada vez que
pensaba en la chica.
Y ahora…
¡¿Cómo es que ella, de todas las personas, sabe mi nombre?!
Mientras Mia permanecía en silencio, inmóvil y sorprendida,
Rafina le sonrió suavemente.
“Por favor. Este no es lugar para practicar tu postura. Te vas a
resfriar. Ven, vamos a disfrutar de un baño juntas.”
A instancias de Rafina, Mia descubrió que, efectivamente,
empezaba a sentir un poco de frío.
Sin embargo, que esta persona de repente actúe tan amigablemente
conmigo es un poco aterrador.
“B-Bueno.” Dijo Mia, sin bajar del todo la guardia. “Si tú lo
dices…”
Justo cuando metió un pie en el agua, se le ocurrió algo. Anne tenía
las mismas posibilidades de resfriarse, pero con Rafina vigilando, no
podía hacer que compartiera el mismo baño que ellas. La única opción
era que Anne volviera a su habitación, pero eso la dejaría sola con
Rafina.
¡Nunca! ¡Eso sería aterrador!
A modo de comparación, en la línea temporal anterior Mia había
tenido veinte años, y conservaba la mentalidad y los recuerdos que
había tenido entonces, a pesar de la edad que aparentaba ahora. En la
actualidad, Rafina tenía catorce años. En otras palabras, Mia estaba
tratando con alguien que era, relativamente, una niña pequeña. Sin
embargo, la cobardía de Mia volvió a golpear, y no pudo evitar temblar
de miedo ante el aura de prominencia que exudaba Rafina. Realmente,
su cobardía no tenía límites. Con la espalda contra la pared, se esforzó
por encontrar una solución a su dilema.
“Tu doncella puede sentirse libre de acompañarnos si lo desea.”
Dijo Rafina, haciendo que Mia girara hacia ella con incredulidad.
“Aquí, donde nos hemos despojado tanto de la ropa como de la clase
social, no hay princesas ni nobles ni plebeyos. Sólo personas, iguales,
que han venido a compartir el placer de un baño. ¿No está de acuerdo,
Princesa Mia?”
“¡Claro que sí! ¡No podría haberlo dicho mejor!” Exclamó Mia, que
aceptó de buen grado la oferta. “¡Bueno, Anne, ya has oído a la señorita
Rafina! ¡Vamos! ¡Ven aquí!” Le dio unos golpecitos urgentes en el
lugar donde se encontraba.
“P-Pero…”
Anne dudó al principio, pero después de que Mia le agarrara la
mano y empezara a tirar, se rindió y la siguió.
“Vale, ya está.” Dijo Anne, bajando a regañadientes a un rincón.
“No seas tonta. Apenas estás en el agua. Acércate.”
Para no ser rechazada, Mia procedió a agarrar el brazo de Anne y
arrastrarla. Sus payasadas provocaron una suave carcajada de Rafina.
“Realmente son muy buenos amigas.”
“Por supuesto. Anne no es sólo mi amiga. Es mi mano derecha y
mi confidente.”
El matiz que pretendía dar a su afirmación era que en una pelea van
a ser dos contra uno, así que será mejor que te lo pienses bien. Y no
creas que se pondrá de tu lado sólo porque eres alguien importante.
Mi mano derecha no me va a traicionar.
“¿Mano derecha y… confidente?”
Mientras tanto, Anne estaba al borde de las lágrimas. Aunque se
había dedicado en cuerpo y alma a servir a Mia, nunca se había
considerado una criada excelente. Se imaginaba que era más bien
torpe, si acaso. El comentario de Mia, por tanto, la conmovió hasta el
fondo. Esas palabras fueron más que suficientes para que sintiera que
todo valía la pena.
La ignorancia, a veces, es realmente una bendición.
Por otra parte, Mia hablaba en serio cuando llamaba a Anne su
mano derecha y confidente. En este caso, incluso si Anne descubriera
lo que realmente estaba pensando, tal vez se libraría de perder un poco
de credibilidad…
“La Sabiduría del Imperio, en efecto.” Dijo Rafina con una risita.
“Veo que su epíteto es bien merecido.”
La muestra de intimidad entre la princesa y la doncella había
provocado una sonrisa en los labios de Rafina.
Capítulo 27:
Un Ejército de Diez Mil Hombres
Mia se sentó en la bañera, con el agua hasta los hombros, sintiendo
cómo el calor se hundía en su cuerpo. Justo cuando una cómoda
neblina empezaba a instalarse en su cabeza, oyó hablar a Rafina.
“Por cierto, Princesa Mia, ¿sabías que pasado mañana habrá una
fiesta de conmemoración de la entrada?”
“¿Una fiesta de conmemoración de la entrada? No lo creo…”
Mia frunció el ceño con perplejidad. Nunca había oído hablar de
algo así, y no recordaba haber asistido durante la línea temporal
anterior. Se preguntó por qué, aunque no por mucho tiempo: obtuvo su
respuesta inmediatamente.
“¿No te has enterado? Vamos a celebrar una fiesta de baile para dar
la bienvenida a los nuevos estudiantes. Pensé que seguro que alguien
ya te habría pedido que fueras su pareja de baile.”
En el momento en que escuchó “baile”, una sacudida recorrió la
columna vertebral de Mia.
¡Ah-ja! ¡Ahora me acuerdo! ¡Qué momento tan terrible fue ese!
¡Lo había borrado de mi memoria!
En la línea temporal anterior, Mia creía que ella y Sion estaban
destinados a estar juntos. Por ello, pensó que Sion sería quien la
invitaría a la fiesta de baile, y los cotilleos que escuchó de su entorno
no hicieron más que reforzar esa creencia. Esto, por supuesto, llevó a
la tragedia. Al fin y al cabo, su supuesta pareja de baile no tenía
ninguna intención de asumir dicho papel. Además, como había corrido
la voz de antemano, nadie más pidió ir a la fiesta con ella. Cuando
alguien se dio cuenta de esto, la fiesta ya estaba medio terminada. Unas
cuantas caras conocidas se acercaron y, con sonrisas incómodas, la
invitaron a participar. Sin embargo, su orgullo no pudo soportar la
pizca de lástima en sus ojos. Al final, pasó un largo y solitario día en
su habitación conmemorando su matrícula en solitario.
¡Nunca más! ¡Me niego a pasar por algo así otra vez!
Afortunadamente, esta vez no había mentido acerca de ir al baile
con Sion. Otras personas le preguntarían… Deberían hacerlo. Tenían
que hacerlo.
Lo harán, ¿verdad? Por favor, dime que lo harán…
Mia se sorprendió a sí misma justo cuando estaba a punto de rezar
a un poder superior. Rápidamente sacudió la cabeza.
No. Este tipo de actitud débil no servirá. Tengo que ser más
asertiva. Esta es una oportunidad única en la vida para hacer estas
conexiones que salvan vidas.
Mia se tomó un momento para reafirmar sus dos objetivos. El
primero era no asociarse con personas peligrosas. El segundo era
relacionarse íntimamente con personas que la ayudaran. Es cierto que
el primero ya parecía bastante inestable, pero el segundo parecía tener
un buen comienzo. Tenía que aprovechar al máximo sus
oportunidades.
Hubo un tiempo en que Mia deseaba ganarse el afecto de Sion Sol
Sunkland, al que consideraba el hombre de sus sueños. Después de
todo, era un tipo apuesto con una sonrisa encantadora, y a Mia lo que
le importaba era la apariencia. Además, su destreza con la espada era
inigualable; ni siquiera los estudiantes mayores podían hacerle sombra.
Durante el concurso de esgrima, había luchado con valentía contra un
oponente mucho más grande que él. El resto del tiempo, irradiaba
amabilidad y compostura. En definitiva, era simplemente impecable.
… O eso había pensado Mia. Ahora, ella sabía lo equivocada que
estaba. Sin embargo, indirectamente, él era la razón por la que había
sido llevada a la guillotina. Habiendo visto a través de su perfecta
personalidad —o al menos eso creía ella— sabía que era un farsante.
Sin embargo, existía una cuestión más fundamental que si su carácter
era genuino o no; tomar a un príncipe heredero como esposo era, ante
todo, una propuesta imposible.
Siendo la única heredera del trono imperial, Mia no podía dejar su
Imperio para casarse con alguien. Del mismo modo, el Reino de
Sunkland tampoco podía enviar a Sion para que fuera su marido.
En todo caso, debería apuntar a segundos príncipes, o incluso más
jóvenes. Gente que no tenga muchas posibilidades de llegar al trono.
Mientras consideraba sus opciones, alguien le vino a la mente.
Aunque no era tan poderoso como los dos grandes —Tearmoon y
Sunkland—, entre los reinos medianos había uno que era relativamente
grande y contaba con un ejército bastante importante. Además, aunque
un poco lejos, resultaba estar situado en el lado opuesto de Sunkland,
creando una especie de sándwich geográfico. Se llamaba Reino de
Remno y, para fortuna de Mia, su segundo príncipe, Abel Remno, era
su compañero de clase. Si lograba casarse con Abel —o al menos
establecer una relación con él—, cuando Sunkland montara su
invasión, podría pedir refuerzos. De ese modo, podrían derrotar a
Sunkland con un ataque en pinza.
Pensaba acercarme poco a poco después de empezar las clases,
¡pero parece que no tengo margen para perder el tiempo!
Tras abandonar los baños comunes, Mia se dirigió rápidamente a
su habitación. En cuanto cerró la puerta, se volvió hacia Anne.
“Es hora de una reunión estratégica. Anne, necesito un consejo
sobre las relaciones. No te reprimas. Dime todo lo que sabes. Quiero
una movilización a gran escala.”
Al oír esta orden, Anne se puso inmediatamente en pie.
“Entendido, Princesa Mia. Tienes todo mi compromiso. Con tu
permiso, te proporcionaré hasta la última pieza de conocimiento que
tengo.”
Al ver la respuesta entusiasta de su criada, Mia asintió con
satisfacción.
Sin saberlo, el “conocimiento” con el que contaba se basaba por
completo en la novela romántica que había escrito la hermana de Anne.
En otras palabras…
Ni una sola vez sospechó que Anne —cinco años mayor que ella—
era una completa novata en las relaciones que nunca se había
enamorado.
“Qué prometedor.” Dijo ella, completamente inconsciente de su
terrible error. “Contigo a mi lado, Anne, me siento como si hubiera
ganado un ejército de diez mil hombres.”
Un ejército de diez mil hombres, pero poco sabía ella… Que lo que
tenía en número, le faltaba en sustancia.
Capítulo 28:
La Sabiduría, el Estratega y el Consejo del
Amor
“Propongo el método de dejar caer algo.”
“… ¿Eh?”
Mia parpadeó un par de veces, desconcertada por la repentina
proposición. Mientras se rascaba la cabeza, preguntándose qué había
poseído a Anne para hacer un comentario tan extraño, su interlocutora
continuó, moviendo el dedo de esa manera que hacían los maestros
cuando predicaban a los niños.
“Verás, Princesa Mia, la gente necesita una razón para conocerse.”
“Sí, soy consciente de ello.”
Lo que dijo Anne era cierto. Iniciar una conversación con un
completo desconocido de la nada era difícil. Había que tener mucho
valor para hacerlo. Para Mia, que era especialmente cobarde, era una
tarea extremadamente difícil. Para complicar las cosas, se trataba de
una fiesta de baile, en la que normalmente eran los chicos los que
invitaban. En los círculos de la nobleza, estaba ampliamente aceptado
que las chicas fueran invitadas a los bailes, y sus esfuerzos debían
centrarse en hacerse lo suficientemente atractivas como para atraer
esas peticiones. Si alguna vez una chica tomaba la iniciativa y pedía a
un chico, podía ser rápidamente víctima de muchos chismes sobre su
comportamiento desvergonzado y grosero. Por lo tanto, para que Mia
fuera invitada al baile, primero tenía que montar un escenario en el que
ella y su objetivo entablaran una conversación de forma natural. Eso
les permitiría conocerse mutuamente, lo que facilitaría que se
produjera la crucial petición.
Por supuesto, podían seguir sin conocerse y él podría invitarla al
baile. La posibilidad existía ciertamente en teoría, sobre todo teniendo
en cuenta que había chicos que preferían seguir siendo agentes libres
hasta el día de la fiesta, cuando iban a preguntar a quien se les antojara.
Sin embargo, esto no era aplicable a Mia: nadie se atrevería a acercarse
a la Princesa del Imperio por capricho. Además, su cambio de actitud
era muy reciente. Aunque algunas personas del Imperio habían
empezado a referirse a ella como “Santa” y “La Sabiduría”, sólo los
reinos vecinos con redes de inteligencia bien establecidas sabrían algo
al respecto. Para la mayoría de sus compañeros, su reputación seguía
siendo la misma, y teniendo en cuenta que era conocida por ser una
princesa egoísta y arrogante que hacía alarde de su poder de las peores
maneras, probablemente la gente no estaba haciendo cola para ser su
pareja de baile. Por lo tanto, tenía que aprovechar el poco tiempo que
le quedaba para convencer a la gente de que no era una ególatra
aterradora.
… Era más fácil decirlo que hacerlo.
“Y ahí es donde entra en juego el dejar caer algo. Imagina esto. El
caballero que te interesa está delante de ti. Pasas por delante de él y,
de repente, algo… se te escapa de la mano y cae al suelo. ¿Qué crees
que pasaría entonces?”
“Ah-ja. Tienes razón. Si pareciera que se me ha caído algo
accidentalmente delante de él, no tendría más remedio que recogerlo.”
“Exactamente. Y al dar las gracias, mencionas casualmente el baile
y le preguntas si tiene pareja. Si no…”
“Hm. Así que la idea es crear una oportunidad de conversación que
le lleve naturalmente a invitarme al baile… Qué terriblemente
inteligente.” Dijo Mia, profundamente impresionada por la brillantez
de la táctica.
No tenía ni idea de que su confidente fuera capaz de idear un plan
tan minucioso. Todo tipo de calificativos que nunca antes había
asociado a Anne empezaron a pasar por su mente: fiable, maestra
estratega, debería estar al mando de todos los ejércitos del Imperio…
“Si resulta ser un poco denso, entonces puedes invitarle al baile,
pero fórralo como una expresión de gratitud por su cortesía.”
Aunque en general era tabú que la chica pidiera al chico salir, hacer
pasar la petición como una forma de agradecimiento debería protegerla
de ser vista como una desvergonzada. Ofrecer a alguien un regalo sin
motivo aparente se consideraría una forma de congraciarte barata, pero
hacerlo como pago de un favor anterior no conllevaba ese desprecio.
De hecho, en este último caso, no hacerlo se consideraría de mala
educación.
“Además, puedes llamar sutilmente la atención sobre tus encantos
femeninos a través de lo que dejes caer. Recomiendo un pequeño y
bonito pañuelo, por ejemplo. Demuestra que tienes buen gusto.”
“Increíble, Anne. Eres absolutamente increíble…”
Antes de darse cuenta, Mia estaba aplaudiendo la propuesta de
Anne. Cuanto más escuchaba, más apreciaba la magistral perfección
de la Operación Caída del Pañuelo. Lo que no sabía, por supuesto, era
que toda la operación estaba sacada paso a paso de una historia que
había escrito la hermana de Anne. ¿Y cómo podría hacerlo? Al fin y al
cabo, la historia de la que se nutrió Anne era mucho más antigua que
la que estaba leyendo Mia. Era una de las primeras de Elise, de cuando
empezó a escribir historias, llena de situaciones de ensueño que
reflejaban los caprichos de una joven para la que el romance seguía
siendo únicamente el ámbito de la imaginación…
Para Mia y Anne —dos aficionadas al romanticismo que no sabían
distinguir entre la ficción y la realidad— no había nada que les
pareciera especialmente raro.
“Muy bien. Hagámoslo.” Dijo Mia. Lentamente, se levantó con un
gran sentido de propósito mientras se preparaba para llevar a cabo su
plan magistral de dejar caer un pañuelo.
Capítulo 29:
Operación “Caída del Pañuelo”.
Entre los dormitorios de chicos y chicas de Saint-Noel había un
hermoso patio conocido como el Jardín del Agua. Al estar en Belluga,
rico en agua, contaba con una gran fuente y muchos cursos de agua.
Además, estaba adornado con una gran variedad de flores de colores y
desprendía un espeso aura de romanticismo. Muchas parejas de
estudiantes habían entrado como amigos y salido como novios.
¡Qué lugar tan perfecto para escenificar un encuentro accidental!
Pensó Mia con una sonrisa taimada mientras apretaba el pañuelo que
había traído.
Era el día después de conocer a Rafina, y estaba sentada en un
banco del mencionado patio. Gracias a la información obtenida por el
reconocimiento de Anne, se había enterado de que Abel pasaría pronto
por ese lugar. Por ello, se había colocado preventivamente en posición
para esperar su llegada.
También llevaba el uniforme oficial de la academia, que consistía
en una elegante chaqueta y una falda plisada. Ambas prendas eran
nuevas, y su blancura prístina complementaba perfectamente su
refinada belleza. Su figura tranquila, inmóvil salvo por el suave
revoloteo de su cabello, tenía una cualidad casi divina. En ese
momento, era realmente la Santa de Tearmoon.
Al menos, por fuera. Sus motivaciones eran mucho menos puras.
Durante algún tiempo, estuvo sentada sola, escuchando el suave
borboteo de la fuente. Entonces, en medio de la constante percusión
del agua que caía, oyó algo más: pasos. Sus ojos se abrieron de golpe.
¡Ya está aquí!
Con su presa a la vista, Mia soltó un rápido suspiro y se levantó.
Comenzó a caminar, asegurándose de situarse un poco por delante de
Abel. Cada pocos segundos, miraba detrás de ella, buscando el
momento adecuado…
¡Ahora! ¡Comienza la operación!
Soltó el pañuelo. Revoloteó suavemente por el aire antes de
descender al suelo, aterrizando justo a sus pies. Al ver que su puntería
fue certera, Mia mantuvo la compostura, pero en su mente rugía de
triunfo.
¡Qué técnica! ¡Qué precisión! ¡Lo he manejado perfectamente! ¡Y
ahora, aquí viene!
La anticipación aceleró su pulso mientras esperaba que la llamaran.
Redujo su ritmo para que él pudiera alcanzarla más fácilmente. Siguió
caminando, y esperando, y caminando, y esperando, y… no pasó nada.
Qué terriblemente extraño.
Al inclinar el cuello para evaluar la situación del pañuelo, lo
encontró todavía en el mismo lugar donde había caído. Pegado a una
brizna de hierba, ondeaba inútilmente al viento, solitario e ignorado.
¡¿C-Cómo es que no recogió el pañuelo?!
Esta vez se dio la vuelta para mirar a Abel, sólo para encontrarlo
hablando con una chica a su lado.
“¿Ocurre algo, mi querida señora?” Le preguntó con desparpajo.
Resultó que Mia había olvidado un hecho muy importante: entre un
pañuelo caído y una chica necesitada, ¡Abel iría siempre a por la chica!
Y luego intentaba hacerse el simpático con ella. En efecto, Abel
Remno era fundamentalmente un playboy. Era guapo, pero también
superficial y pretencioso. Lamentablemente, era propenso a pronunciar
frases cursis para ligar.
Sin embargo, ese no fue el final de sus desgracias.
“¿Hm? ¿Qué es esto…?”
Con un elegante movimiento, otro chico se agachó y recogió el
pañuelo. Acercándolo a sus ojos, lo observó por un momento. Su
hermosa cabellera plateada y sus rasgos irritantes lo señalaban como
el archienemigo de Mia, Sion.
“¿A alguien de aquí se le ha caído un pañuelo?” Llamó a la gente
que le rodeaba.
“¡Gah! ¡T-T-Tú!” Murmuró enfadada en voz baja mientras
rechinaba los dientes.
Tenía que salir de aquí. Su primer y más importante objetivo era
asegurarse de que Sion y Tiona no la conocieran. De ninguna manera
podía permitir que se produjera una comunicación entre ellos, ¡o les
entregaría su cabeza en una bandeja! La retirada era su única opción.
Fingiendo desinterés, se dio la vuelta y comenzó a alejarse. En ese
momento…
“Ah, eso pertenece a la Princesa Mia.”
Su otra archienemiga, Tiona Rudolvon, se unió al ataque.
“Ayer me prestó uno de esos.” Dijo mientras corría hacia Sion. “Es
igual, así que tiene que ser de ella.” Sacó su pañuelo, que había sido
cuidadosamente lavado y limpiado, y se lo mostró.
Los pañuelos que utilizó Mia fueron confeccionados por artesanos
reales. En su afán por complacer a su amada princesa, hicieron uso de
toda su pericia, bordando los lados con encajes de intrincado diseño.
De este modo, sus pañuelos eran identificables de forma única y, en
este caso, una prueba innegable de su propiedad.
“¡Ah! ¡Ahí está! ¡Princesa Mia!”
¿Es en serio? ¡Maldita sea!
Al darse cuenta de que la huida ya no era una opción, finalmente se
resignó a su destino. Se dio la vuelta con elegancia y palmeó su
uniforme como si revisara sus bolsillos.
“Vaya, tienes mucha razón. Parece que se me ha caído por
accidente.” Dijo con una sonrisa. “Muchas gracias por avisarme.”
“Ya veo. Así que esto pertenece a Su Alteza la Princesa Mia.” Dijo
Sion mientras miraba el pañuelo. Luego se acercó a Mia, se llevó la
mano al pecho y bajó la cabeza en señal de respeto. “Soy Sion Sol
Sunkland, Príncipe del Reino de Sunkland. Creo que es la primera vez
que nos encontramos, Su Alteza. He oído hablar mucho de usted.”
“Vaya, qué terriblemente cortés. Soy Mia Luna Tearmoon.”
Contestó, dándole un rápido tirón a su falda para hacer una rápida
reverencia.
Tenía la intención de tomar el pañuelo, dar las gracias y largarse de
allí, pero justo cuando se dio la vuelta para salir…
“Debo decir que es una buena coincidencia. He querido preguntar
si Su Alteza ha decidido una pareja para la fiesta de mañana.”
Un escalofrío recorrió su columna vertebral.
“Si no es así, estoy dispuesto a proponerme a mí mismo para el
papel.”
¿Cómo? ¿Por qué? ¡¿Qué demonios está pasando ahora?!
Ante una sonrisa radiante que haría flaquear a cualquier otra chica,
Mia no sintió más que el terrible impulso de gritar su frustración al
cielo.
Capítulo 30:
Un Rayo de Luz
¿Qué debo hacer? ¿Cómo puedo salir de este lío?
Por dentro, Mia estaba entrando en pánico. Convertirse en la pareja
de baile de Sion significaba asociarse con él, íntimamente. Si su
relación se profundizaba, y algo salía mal, el proceso de tres pasos de
Revolución → Sunkland se involucra → Guillotina se convertiría en
una posibilidad muy real. Eso era malo. De hecho, eso era lo más malo
que podía pasar. Sin embargo, rechazar a Sion aquí seguramente
agriaría su opinión sobre ella. Además, si mintiera y dijera que ya tenía
una pareja de baile, sería casi imposible que encontrara una. Nadie
estaba tan desesperado como para probar suerte con la princesa que
había rechazado una oferta de Sion. Con la espalda contra la pared y el
techo a punto de derrumbarse, Mia buscó frenéticamente una salida.
Como un ratoncito atrapado en un barco que se hunde, puso en marcha
todos sus sentidos para tratar de encontrar algo, cualquier cosa, que le
diera una oportunidad de sobrevivir. En ese momento, por el rabillo
del ojo, vio a su amigo Abel, resistente al pañuelo, arrastrado por una
estudiante mayor detrás de la esquina de un edificio. A juzgar por el
breve vistazo que tuvo a sus expresiones, la interacción que siguió no
iba a ser agradable. Su sentido arácnido, o mejor dicho, ratonil, se puso
en marcha.
¡Esta es mi oportunidad!
La inquietante visión le dio la excusa perfecta para huir del lugar.
“¿Hm? ¿Qué pasa ahí?” Preguntó Sion, girándose en la misma
dirección. También parecía haberse dado cuenta. Sin embargo, antes
de que pudiera pronunciar otra palabra, oyó una serie de pasos rápidos.
“Discúlpeme un momento.”
Se giró justo a tiempo para ver el perfil de Mia, que pasaba a su
lado.
“¿Qué… crees que estás haciendo?”
“Como dije, mi querido hermano, estaba buscando una pareja de
baile—”
La frase de Abel se vio interrumpida por un puño que le golpeó la
cara.
Vaya, qué terriblemente bárbaro. Siendo el hermano de Abel,
supongo que eso lo convierte en… ¿el Primer Príncipe? Pensó Mia
mientras observaba desde las sombras.
“Pedazo de cobarde… Siempre agachando la cabeza para hacer la
pelota a las mujeres… Si te queda una pizca de orgullo como Remno,
entonces mejora con la espada. Entonces harán cola para besarte el
culo.” Dijo el hermano con un resoplido desdeñoso. “Hmph. Por otra
parte, supongo que eso nunca sucederá para un pequeño cobarde como
tú. Ve a lamerles las botas todo lo que quieras, pero ninguna mujer
decente te va a elegir como pareja de baile.”
Bueno, esa es una visión bastante retorcida de las cosas… Yo
consideraría de modales básicos acercarse a las chicas que parecen
necesitar ayuda.
Después de dar mentalmente al comportamiento del hermano
mayor un firme sello de desaprobación, Mia habló.
“¿Qué parece ser el problema aquí?”
Ambos hermanos se giraron hacia ella sorprendidos.
“¿Quién se supone que eres…?” Gruñó el mayor de los dos.
“Estamos en medio de algo ahora mismo, jovencita. Oh, pero no te
preocupes por tu linda cabecita. Nada más que la típica pelea entre
hermanos. No hay absolutamente nada que ver aquí, así que si pudieras
irte sin más, todos estaríamos mejor, ¿me entiendes?”
Se inclinó hacia Mia, acercando su cara a la de ella y mirándola
fijamente. Aunque era una buena práctica mirar directamente a los
niños cuando se les hablaba, no había nada de benigno en la forma en
que la miraba. No era un intento de comunicación. Era una amenaza
abierta.
En respuesta, Mia se sintió invadida por una sensación de… algo
parecido al cariño.
¡Vaya, qué niño más travieso!
Hay que repetir que, por dentro, Mia era en realidad una joven de
veinte años. Aunque había pasado más de tres años en una mazmorra,
lo que había mermado su madurez mental en ciertos aspectos, seguía
siendo técnicamente una adulta. Además, había vivido los horrores de
la revolución. Había sido amenazada y condenada. Incluso había
tenido espadas apuntando a su cuello mientras se enfrentaba a la furia
asesina de los violentos rebeldes. Es decir, que había visto algunas
cosas.
En comparación, las travesuras del hermano de Abel eran
literalmente un juego de niños. Por mucho que intentara parecer grande
y malvado, en el fondo era un príncipe mimado que se había criado en
un entorno protegido. Además, aunque era el Primer Príncipe, procedía
del Reino de Remno, que tenía un estatus inferior al del Imperio.
¡Pues parece que no tengo absolutamente nada que temer!
Mia se burló divertida.
“¡¿Qué es tan gracioso?!”
“Vaya, qué grosera soy. Me disculpo. Sin embargo, ¿podría
mantener sus manos lejos de él, por favor? Preferiría mantener la cara
de mi pareja de baile en buen estado.”
Entonces, sin dudarlo, se acercó a Abel. Al ver que se había cortado
el labio, sacó su impoluto pañuelo blanco, se lo puso suavemente en la
boca y sonrió.
“Bueno, espero que te des cuenta, Príncipe Abel, de que todo esto
ha ocurrido porque sigues coqueteando con otras chicas cuando ya me
has pedido que sea tu pareja de baile.”
“¿Qué…?”
La mandíbula de Abel cayó al suelo. Mia dejó que se quedara allí,
eligiendo en su lugar hacer una reverencia superficial al chico mayor.
“Es un placer conocerle, Primer Príncipe del Reino de Remno.”
Dijo con una deslumbrante sonrisa. “Soy Mia Luna Tearmoon,
Princesa del Imperio Tearmoon y la mujer que tuvo la indecencia de
elegir a tu hermano.”
Capítulo 31:
La Princesa Mia… Aparece en Toda su
Gloria
Abel Remno sabía que era un perdedor.
Asimismo, sabía que Remno era un reino de segunda categoría. No
poseía ni la rica historia y tradición de Sunkland ni el poderío de
Tearmoon. Superado incluso por Belluga en cuanto a influencia y
autoridad, no lograba obtener ningún respeto real de sus vecinos. La
única forma de mantenerse entre sus vecinos de primer orden fue
reforzando su ejército. Como resultado, la esgrima era
excepcionalmente valorada en el reino, y sus jóvenes pasaban gran
parte de su tiempo perfeccionando su habilidad con la espada y
compitiendo entre sí.
Como miembro de la realeza, Abel había sido sometido a un intenso
régimen de entrenamiento desde su infancia. Día tras día, practicaba.
Día tras día, se le decía que practicara más. Mientras la sangre del Rey
corriera por sus venas, su objetivo debía ser convertirse en el mejor
espadachín del reino. Sin embargo, nunca —ni siquiera una vez—
había superado a su hermano mayor, el Primer Príncipe. Sin embargo,
siguió intentándolo. Se esforzó, soportando interminables y
extenuantes sesiones de entrenamiento con la esperanza de vencer
algún día a su hermano en el manejo de la espada.
Pero un día se vio obligado a enfrentarse a la dura y fría verdad: en
este mundo existía un talento tan sublime, tan absolutamente
inigualable, que ningún trabajo duro podría alcanzar sus cotas. Fue el
día en que viajó al Imperio de Sunkland y fue testigo de la habilidad
con la espada de Sion Sol Sunkland. Fue un espectáculo aterrador. Su
habilidad con la espada era tan abrumadora que ni siquiera los
caballeros experimentados podían igualarlo. La destreza de su espada
desafiaba la lógica; vencía a un oponente tras otro, todos ellos adultos
y con un peso y un alcance muy superiores.
Mientras observaba, Abel sintió que algo se tambaleaba en su
interior. El nivel de maestría que mostraba era incomparable incluso
con el hermano al que nunca pudo vencer. Estaba presenciando el
trabajo de un verdadero genio, un verdadero genio que tenía la misma
edad que él. Y, cuando descubrió que ese chico era el Primer Príncipe
de un reino de primera categoría, ese algo dentro de él se rompió.
Había aquellos, se dio cuenta, que eran favorecidos por Dios.
Fueron elegidos para ser superiores… y él no era uno de ellos. Por
mucho que lo intentara, nunca estaría a la altura de los demás.
Lo máximo que voy a ser es de segunda categoría…
Una vez que ese pensamiento arraigó en su mente, todo —el trabajo
duro, la práctica, el esfuerzo— de repente perdió el sentido. ¿Qué
sentido tenía? ¿Por qué sufrir las dificultades? ¿Por qué soportar el
dolor? No era necesario. Afortunadamente, había sido bendecido con
la apariencia de su madre, y aquí en Remno, cuya sociedad se inclinaba
hacia el machismo, sólo tenía que mostrar un poco de amabilidad para
recibir las adoraciones de las mujeres. Sus criadas, por ejemplo, le
adoraban. Y así llegó a ser conocido como un príncipe de segunda
categoría, que se entregó a muchas docenas de amantes a lo largo de
su vida y que finalmente dejó su huella en la historia como un playboy
sin precedentes.
O al menos así lo habría hecho si ella no hubiera aparecido ante él
en todo su esplendor. Su nombre era Mia Luna Tearmoon, princesa del
poderoso Imperio Tearmoon. Conocida por algunos como una santa de
profunda sabiduría, la joven se puso delante de Abel y, con nada más
que unas docenas de palabras, hizo añicos su futuro de decadente
frivolidad. Con una voz brillante que llegó a todos los estudiantes del
patio, le declaró su pareja de baile.
“Y por eso.” Continuó. “Príncipe Sion, es con el mayor pesar que
debo informarle, que no puedo aceptar su generosa invitación al baile.”
Abel apenas podía creer lo que oía. El hombre elegido por Dios
para ser un miembro de la realeza de primera categoría en todos los
sentidos, Sion Sol Sunkland, la había invitado al baile. Y ella lo había
rechazado, sin más.
¡H-Hijo de un vendedor de espadas! ¡Esto es una locura!
Abel entró en pánico. Esto no podía —no debía— estar pasando.
Por muy generosa que fuera su opinión, no era un buen partido para la
Princesa Mia. Esto era obvio para todos, especialmente para él. Así
que, cuando se calmó la conmoción, se apresuró a acercarse a Mia.
“¡Princesa Mia! Sé que me salvaste allí, y te estoy profundamente
agradecido por ello, pero eso fue suficiente. Por favor, toma al Príncipe
Sion como tu pareja de baile.”
“Vaya, ¿qué es esto? ¿Deseas avergonzarme delante de mis
compañeros rechazándome?”
“¡No, en absoluto! ¿Pero qué sentido tiene bailar conmigo? Con el
debido respeto, Su Alteza, somos una terrible pareja. No soy lo
suficientemente bueno para usted.”
“En ese caso, Mejora. Mejórate a ti mismo para serlo.”
“¿Eh? P-Pero…”
Las palabras le fallaron. Durante unos segundos, simplemente se
quedó con la boca abierta. Entonces…
“Yo… no puedo. Lo siento, Princesa Mia. No tengo talento.” Dijo
finalmente. Su expresión se volvió dolorosa. “No importa cuánto lo
intente. Nunca seré tan bueno como el Príncipe Sion. Dudo que tenga
alguna oportunidad incluso contra mi propio hermano…” Las
emociones reprimidas durante mucho tiempo —frustración,
decepción, dolor— se derramaron en su voz. Eran los verdaderos
sentimientos que mantenía ocultos a todo el mundo.
Todo el mundo, excepto él mismo.
¿Cómo podría hacerlo? ¿Quién sino él podría conocer su propia
angustia? ¿La oscura desesperación de intentar, e intentar, e intentar,
sólo para fracasar?
Sin embargo, ante su abatimiento, Mia optó por sonreír.
“Príncipe Abel, todo lo que conoces es el ahora. No tienes ninguna
oportunidad contra ellos ahora. ¿Me equivoco?”
“… ¿Eh?”
“Quizás hoy te sientas indigno de mí, y quizás sea cierto. Entonces,
¿qué pasará mañana? Y si no es mañana, pasado mañana. El camino
de la mejora está pavimentado día a día, y ¿quién sabe con certeza a
dónde conduce? El día en que exhalas tu último aliento, ¿quién puede
decir que no estarás por encima del Príncipe Sion? Nadie sabe lo que
depara el futuro, Príncipe Abel. Ni tú, ni él, y… ciertamente no yo.”
Mia hizo una pausa. Lentamente, cerró los ojos. “Si no puedes confiar
en mis palabras, entonces permíteme ofrecerte alguna seguridad. Te
elegí como pareja de baile. No existe la más mínima posibilidad de que
no puedas triunfar sobre el Príncipe Sion, y mucho menos sobre tu
hermano. Yo, Mia Luna Tearmoon, te lo garantizo.”
Sus palabras, casi proféticas en su certeza, atravesaron el corazón
de Abel.
Bueno, eso debería servir para la charla de ánimo. Será mejor que
el Príncipe Abel empiece a dar un paso adelante. Después de todo,
sería un problema si un día necesitara la ayuda de Remno y ese
estúpido hermano suyo se interpusiera. Dicho esto… ¡No puedo creer
lo bien que me sentí al rechazar al Príncipe Sion en público! ¡Eso fue
simplemente sublime! ¡Oh jo jo!
Como de costumbre, Su Alteza era tan mezquina como siempre en
su interior. Sus acciones, sin embargo, habían dado un vuelco enorme
a los engranajes del destino. A partir de ese día, la vida de Abel Remno
comenzó a seguir un camino muy diferente.
Capítulo 32:
¿Santa, Tramposa o Seductora?
“Vaya, sí que le ha rechazado, milord.” Dijo Keithwood al acercarse a
Sion, que ahora estaba solo tras la marcha de Mia y Abel. “Tengo que
decir, sin embargo, que no lo vi venir. Rechazándote, eh. Ella tiene
agallas. Es una pena que hayas perdido esta oportunidad de conocer a
la princesa. Aun así, esta no es la única oportunidad que tendrás. No
hay razón para molestarse… ¿Oh? Bueno, ¿qué es esto?”
Keithwood enarcó una ceja, pues acababa de ver una imagen muy
poco común. Sion —su señor y amo, que había sido entrenado desde
la infancia para mantener la compostura y la disposición de la
realeza— tenía el disgusto escrito en su rostro. De hecho, no era sólo
disgusto. Casi parecía… enfadado.
“No me digas que estás de mal humor sólo porque una chica no va
a un baile contigo.”
“Por supuesto que no.” Respondió Sion, forzando las comisuras de
sus labios hacia arriba. Puede que su intención fuera la de sonreír, pero
definitivamente no implicaba suficientes músculos. “Las acciones que
llevó a cabo fueron ejemplares, resultando tanto en la resolución del
conflicto como en un daño mínimo a la reputación del Príncipe Abel.
El Primer Príncipe de Remno parece tener una personalidad bastante
desagradable, así que es totalmente comprensible que quiera defender
al Príncipe Abel.”
Buenos puntos, buenos puntos. Ahora bien, si no sonara como si
estuvieras principalmente tratando de convencerte a ti mismo.
Keithwood era mayor que Sion por cuatro años. Su relación no era
sencilla, y debido a sus múltiples facetas, albergaba una variedad de
emociones y actitudes diferentes hacia su príncipe. Aunque amaba y
respetaba a Sion como un señor de principios, también sentía la
obligación de ser el mentor del querido hijo del Rey al que tanto debía.
Además, al haber crecido juntos, siempre compartirían la inocente
camaradería de los amigos de la infancia. También había momentos —
como ahora— en los que no podía evitar sentirse como un hermano
mayor que encontraba la oportunidad perfecta para burlarse de su
hermano menor.
“Además, fui yo quien lo pidió. Soy muy consciente de que la otra
parte tiene derecho tanto a aceptar como a rechazar mi invitación.”
“¿Pero por alguna razón, no puedes evitar enfadarte por ello?”
“¡No estoy enfadado!” Gruñó Sion en una refutación infantil que
pilló a Keithwood desprevenido. “Sólo estoy… un poco decepcionado.
Pero no estoy enfadado por ello.”
Keithwood, con las dos cejas alzadas, observó el mohín en la cara
de su príncipe.
Huh. No todos los días se ve a Sion tan exaltado, reflexionó.
Normalmente, Sion se desentendía de sus burlas con calma. Me
pregunto si ya hemos pasado la etapa del interés desapasionado…
Quizá Sion sienta algo genuino por esta chica…
La verdad era que Keithwood había identificado correctamente el
origen de la petulancia de Sion antes incluso que el propio Sion. Los
sentimientos actuales del príncipe se asemejaban mucho a los de un
chico que había recibido el rechazo de la chica que le gustaba.
La Princesa Mia, eh.
Hay que reconocer que la respuesta de Mia también fue una
sorpresa para él. Aunque no lo diría en voz alta, en la opinión personal
de Keithwood, Sion le ganaba a Abel de forma abrumadora. No había
un solo aspecto en el que Abel tuviera ventaja. Sin embargo, ahora que
le había echado un vistazo, podía ver que el Segundo Príncipe de
Remno era realmente un muchacho atractivo. No sólo era guapo, sino
que también se comportaba con un aire de gracia. Una vez que la
escuela comenzara, probablemente sería del tipo que se volvería
bastante popular.
… Pero eso era todo. A los ojos de Keithwood, Abel realmente se
ajustaba al viejo adagio: la belleza es sólo superficial. Su encanto era
extremadamente superficial. Aquellos que encontraban atractivo a
alguien como él apenas eran dignos de consideración.
Al menos en circunstancias normales. El problema es que en este
caso, se enfrenta a Sion.
Al ponerlo al lado, el buen aspecto cotidiano de Abel palidecía en
comparación. Sion era el mejor de los dos en términos de atractivo
interior y exterior, y la opción más atractiva. De hecho, tanto si uno se
deleitaba en la frivolidad del rostro como si buscaba la sustancia de la
mente, el príncipe heredero de Sunkland lo tenía todo. Encantó a
colegialas y a sabios por igual.
Sin embargo, Mia eligió a Abel como pareja de baile y rechazó una
oferta de Sion para hacerlo. Dejó pasar la oportunidad de pisar la pista
de baile con Sion e ignoró la ferviente petición de Abel de que lo
reconsiderara.
¿Para proteger la reputación del Príncipe Abel? Supongo que tiene
sentido, pero…
Keithwood sospechaba que había algo más que eso. Tenía que
haber alguna otra razón. Algo de lo que le había dicho… Casi sonaba
como si ella estuviera tratando de motivarlo.
¿Ve algo más en el Príncipe Abel? ¿Algún talento oculto que se me
escapa?
Después de todo, era la tan alabada Gran Sabia del Imperio. Sería
prudente suponer algún motivo más profundo.
Entonces, princesa, ¿qué eres? ¿Una santa benévola preocupada
por el bienestar social de los demás, o una intrigante cuyos
movimientos están meticulosamente calculados?
En ese momento, se le ocurrió un pensamiento que le hizo sonreír
irónicamente.
O tal vez… ¿se estaba burlando de él? Esa sonrisa suya era menos
santa y más… de joven seductora, si me preguntas. ¿Quién lo hubiera
pensado? Por muy listo que sea Sion, puede que haya una chica que
le esté tomando el pelo.
Pasaría algún tiempo antes de que Keithwood se enterara de lo que
creía que eran las “verdaderas” intenciones de Mia. La experiencia lo
sacudiría hasta lo más profundo, ya que sería testigo de primera mano
—de nuevo, de lo que él creía que era— de la razón por la que Mia era
conocida como la Gran Sabia del Imperio.
Eso, sin embargo, viene después. Por ahora, sólo una cosa era
segura: sin saberlo, Mia se había ganado otro título—el de joven
seductora.
Capítulo 33:
Belleza Natural
Una hora antes de que comenzara el baile, Mia estaba sola en los baños
comunes. ¿Era ésta la seguridad en sí misma de la realeza? ¿La
confianza de la élite? ¿La relajación de la actitud que sólo se permite a
los que creen que llegar tarde está de moda? No, no lo era. De hecho,
Mia estuvo a punto de llorar.
“Hnnngh, esto es lo peor… ¡Esto es lo peor!”
Los vestidos extravagantes que requerían envolverse en capa tras
capa de tela estaban de moda entre las jóvenes de la nobleza. Si a esto
se le suma la extensa aplicación de maquillaje, es fácil ver cómo la
preparación para un baile puede llevar varias horas.
Entonces, ¿por qué estaba Mia sentada en una bañera, sola, sin que
ni siquiera Anne estuviera a la vista? La respuesta estaba en su cabello,
que estaba cubierto de una especie de sustancia pegajosa y mucosa. En
ese momento, se estaba enjabonando frenéticamente el cabello en un
intento de limpiarlo…
Para explicar esta situación habría que repetir los acontecimientos
que han llevado a este momento.
Aquel día Mia se levantó temprano y después de comer empezó a
ponerse el vestido, cuando aún quedaba mucho tiempo para la fiesta.
Su excesivamente cariñoso padre, el Emperador, le había enviado un
vestido de la mejor calidad que no se podía encontrar en ningún otro
reino. Aunque le costó mucho tiempo ponérselo, también era
incomparablemente hermoso. Cuando terminó de ponerse el elaborado
vestido y se aplicó el maquillaje perfecto para complementarlo, aún
quedaban dos horas para la fiesta. Ese margen de dos horas y la
comodidad que le proporcionaba serían su perdición.
“Ya que todavía hay tiempo, quizás debería echar un vistazo a la
academia…”
Mientras paseaba por los terrenos de la academia, se encontró con
una nueva visión. El club ecuestre estaba paseando a sus caballos.
Es la primera vez que los veo así de cerca.
Mientras miraba distraídamente a los caballos, uno de ellos acercó
su nariz a ella. A Mia no le desagradan los animales. Suponiendo que
la criatura sólo quería que le acariciase el hocico, alargó la mano con
la intención de darle una palmadita.
¡Ker-choo!
El caballo estornudó sobre ella.
“¡Hyaaaaaah!”
Fue un estornudo poderoso, acompañado de una fuerte carga.
Cuando pasó la ráfaga de aire, Mia se encontró cubierta de mocos de
caballo.
“Ughhh… ¿Por qué…? ¿Por qué ha pasado esto…?” Dijo una Mia
moqueante al borde de las lágrimas.
IMAGEN
Fue realmente un acontecimiento desafortunado. Por supuesto,
también es cierto que, en su excitación, se había rociado una tonelada
de su perfume favorito por todo el cuerpo, y el olor podría haber sido
un poco fuerte. Sin embargo, como víctima innegable en esta situación,
definitivamente merecía algo de compasión.
Anne casi se desmaya cuando vio a su cabizbaja ama regresar con
dificultad. Corrió rápidamente a consolar a Mia, pero sabía
perfectamente que el vestido estaba estropeado. Aunque le había
indicado a Mia que se limpiara en el baño, no podía hacer nada más. O
eso creía…
“… Bueno, de nada lave lamentarse. Supongo que tendré que
arreglarme. Anne, ¿podrías ayudarme a maquillarme un poco para no
hacer el ridículo? Y en cuanto al vestido, elige uno cualquiera…”
La voz descorazonada de su ama encendió un fuego en el alma de
Anne. Era una criada, maldita sea, y como criada, ¡no iba a dejar que
esto se quedara así!
¡Esto no va a pasar! ¡No permitiré que la princesa se avergüence
a sí misma!
El fuego crecía y crecía. Arremetió y rugió, infundiéndole una
pasión ardiente que despertó su verdadero espíritu de doncella.
La Princesa Mia es una belleza natural, por lo que no necesita
mucho maquillaje para estar impresionante.
Con ese pensamiento en mente, sólo aplicó un poco de delineador
de ojos. Los ojos de Mia normalmente parecían un poco fieros, así que
suavizó un poco sus comisuras. El resto del tiempo lo dedicó al atuendo
de Mia. Era demasiado tarde para ponerle un vestido formal, así que
tendría que optar por uno semiformal, en cuyo caso era mejor evitar
algo demasiado llamativo. Al final, se decidió por un vestido
completamente blanco. Dejaba ver un poco los hombros y la falda era
más corta, por lo que era perfecto para bailar. Como toque final antes
de que se acabara el tiempo, le echó un par de rociadas de perfume,
uno con un aroma mucho más tenue que el que Mia había usado antes
para sí misma.
Cuando Mia llegó a la fiesta, llamó la atención de todos los chicos
allí presentes. Entre un mar de chicas, todas con vestidos
extremadamente elaborados, sólo Mia irradiaba un aura de salud. La
razón era sencilla: casi todas las demás chicas llevaban corsés muy
ceñidos, que tenían el efecto de añadir un brillo de color a su piel que
se describe mejor como “blanco asfixiante”. Sus rostros blanqueados
eran más pálidos que bonitos, y algunas parecían que iban a
desplomarse en cualquier momento. En comparación, Mia llevaba un
sencillo vestido sin corsé. También acababa de darse un buen baño
caliente que le hizo fluir la sangre, por lo que sus mejillas estaban
sonrosadas y su piel brillaba. Además, al cambiar un vestido elaborado
y llamativo por uno más sencillo, el enfoque de todo su atuendo había
cambiado. El atractivo ya no era el vestido, sino su contenido. Lo que
se suponía que era un conjunto carente de extravagancia se convirtió
en la prenda perfecta para mostrar los frutos del meticuloso esfuerzo
de Anne: la impecable piel de Mia.
Todos estos factores se unieron para que el consenso público de
Mia pasara de “pasablemente bonita” a “bastante bonita”. No se
convirtió en “exquisitamente guapa” ni nada parecido. No se convirtió
de repente en materia de leyenda. Sin embargo, su belleza fue
definitivamente suficiente para hacer girar las cabezas de todos los
chicos de la fiesta. Y cuando la bastante guapa Mia decidió soltar un
suspiro desolado, un par de ellos se giraron para mirarla tan rápido que
probablemente se dieron un latigazo.
Como pensaba… Al ir tan ligera de ropa, destaco como un pulgar
dolorido.
Ninguno de los chicos de la fiesta podía imaginar que Mia había
llegado con un vestido simple porque había sufrido una terrible
desgracia en las narices de un caballo. Lo único que sabían era que la
princesa había robado inmediatamente el corazón de muchos de ellos.
Capítulo 34:
El Fuerte de Mia
En este punto, es necesario señalar que entre los chicos de la academia
existía una creencia bastante extendida sobre la belleza…
En su inocencia e ingenuidad —y quizá en su estupidez— sostenían
opiniones como “el mejor maquillaje es no maquillarse” y “la belleza
más preciada es la natural”. Es cierto que, en términos puramente
teóricos, tal vez fuera una opinión válida. Poseer tal encanto y
esplendor en bruto sería, en efecto, ideal. Después de todo, ¿quién no
querría levantarse cada día con el aspecto de una superestrella? Sin
polvos, sin joyas, sólo un glamour puro y desenfrenado que exuda por
cada poro del cuerpo.
Ahora bien, en cuanto al otro lado de esta ecuación, es decir, las
chicas que tenían que estar a la altura de esta ridícula expectativa…
Tenían una visión significativamente más realista. Pasar horas
peinándose, maquillándose y luego caminando medio asfixiadas con
un corsé sólo para que algún cabeza de chorlito te dijera que prefería
que estuvieras guapa sin ellos… era suficiente para que hasta la más
digna de las chicas soltara un improperio o dos. Sin embargo, por
desgracia para ellas, sus compañeros de clase se aferraban a esta
creencia con un fervor casi religioso. Este pensamiento era
especialmente frecuente entre la nobleza. A diferencia de sus
homólogos comunes, que gastaban más en pan que en belleza, los
chicos de la nobleza estaban constantemente rodeados de chicas
finamente vestidas y elaboradamente empolvadas.
Abel Remno también fue uno de los que sucumbió a esta actitud.
¿Eso… realmente sucedió?
Mientras esperaba a Mia, sintió una creciente sensación de duda.
Los acontecimientos de aquel día le parecieron tan surrealistas que no
estaba seguro de que no hubiera sido todo un sueño. Su pareja de baile
era la Princesa del poderoso Imperio Tearmoon. Incluso ahora, le
costaba creerlo. Y cuando Mia apareció por fin al otro lado de la sala,
con su vestido blanco y su piel radiante desprendiendo un aura de
belleza palpable, casi se pellizcó.
Dios mío… es preciosa…
Abel se quedó mirando, fascinado al verla iluminada débilmente
por la escasa luz del salón de baile. A sus ojos, parecía tan hermosa
como la propia diosa de la luna. Era un ejemplo clásico del efecto de
la pintura al óleo: hermosa, cuando se la ve desde lejos.
Mia hizo girar una cabeza tras otra mientras se acercaba, y cuando
se detuvo frente a él, fueron el centro de atención de todos. Se dio
cuenta de que tenía los labios muy secos. La duda empezó a invadir su
mente.
¿Voy a bailar… con ella? Esto tiene que ser un sueño, ¿verdad? O
algún loco malentendido.
Todo lo relacionado con la situación parecía tan inverosímil que no
pudo evitar preguntarse si este rato su mente le había estado jugando
una mala pasada. Y como estaba tan preocupado por su supuesta
ineptitud, cuando las primeras palabras que salieron de la boca de Mia
fueron: “Lo siento mucho, Príncipe Abel.” Pensó con seguridad que
ella estaba dando por terminado el asunto.
Sí, me lo imaginaba. Bueno, supongo que eso es todo. A fin de
cuentas el Príncipe Sion es un mejor partido para ella.
La constatación vino acompañada de una fuerte dosis de decepción,
pero también de una ligera sensación de alivio, lo que le hizo responder
en un tono algo alegre: “Oh, no lo sientas. No me importa. Después de
todo, eres muy hermosa.”
Aunque dejó sin decir la implicación de su última frase, supuso que
su significado era claro: no valía la pena que ella se molestara con
alguien como él, y debía sentirse libre de acercarse al príncipe Sion.
En respuesta, Mia puso las manos sobre su pequeño pecho y dejó
escapar un suspiro de alivio.
“Qué amable de su parte, Príncipe Abel. Muchas gracias.”
Entonces, por alguna razón, tomó la mano derecha de Abel en la suya.
“Entonces. ¿Vamos?”
“… ¿Qué?”
Antes de que se diera cuenta, ella le había guiado hasta el centro
del salón de baile.
Mia se había puesto en marcha.
No se veía tan bien como esperaba y, sin embargo, Abel tuvo la
amabilidad de mostrarle una suave sonrisa y decirle que era hermosa.
Aunque sabía que era un halago, agradecía el impulso.
El Príncipe Abel es todo un caballero. No dijo ni una palabra sobre
el vestido.
Sin embargo, no podía confiar en su buena voluntad para el resto
de la noche. Necesitaba ganar algunos puntos de manera justa…
Como princesa del Imperio, Mia había recibido una educación de
élite desde la infancia, pero sus notas nunca habían sido
impresionantes. Ahora, tras su reencarnación, se esforzaba en sus
estudios. Aun así, sólo conseguía estar ligeramente por encima de la
media. La mediocridad era el nombre de su juego.
Sin embargo, había una cosa en la que destacaba: los bailes de
salón. Era una bailarina de primera categoría que podía girar con los
mejores. Además, no se limitaba a dar una buena imagen. Su baile era
receptivo. Era lo suficientemente buena como para leer a su pareja e
igualar su nivel de habilidad, permitiéndole experimentar la emoción
de sus pasos fluyendo al unísono. No se equivoquen, como bailarina,
Mia era la mejor.
Y sin embargo, en la línea temporal anterior, ni una sola vez tuvo
la oportunidad de demostrar su extraordinario talento. Después de
rechazar a todos los que la invitaban a bailar en la fiesta de bienvenida
a los nuevos alumnos y de pasar toda la noche sola, había dado a todos
la impresión de que odiaba bailar. En consecuencia, nadie volvió a
invitarla a ningún otro baile, y a partir de entonces tuvo que pasar
muchas noches sin la compañía de nadie más que de su propia soledad.
Ya está. ¡Ha llegado el momento de mostrar mi experiencia en la
danza!
Con la mano de Abel entre las suyas, presionó suavemente su palma
y sonrió.
“Bailemos, Príncipe Abel.”
“E-Espera, ¿qué…?”
Aunque tartamudeó, en cuanto ella empezó, se puso
inmediatamente a tono.
Hm. No está nada mal. Parece que sabe lo que hace.
Mia asintió con satisfacción mientras echaba una rápida mirada a
Abel. Su rostro era una máscara de intensa concentración. Sus pasos
eran rígidos, pero no parecían los de un aficionado. Más bien parecía
deberse a que prestaba demasiada atención al suelo en un esfuerzo por
no pisar los pies de Mia.
No pisar los pies de una dama es la más básica de las cortesías,
después de todo. Supongo que es preferible a esforzarse tanto por
bailar bien que pierda de vista a su pareja. Por supuesto, conmigo
como pareja, esa es una preocupación totalmente innecesaria…
No sabía que no podría pisar los pies de Mia ni aunque lo intentara.
Ella era una bailarina demasiado hábil como para permitirlo.
Vaya, ¿percibo algún potencial aquí? ¡Qué emocionante! Pensó
Mia cuando subió la apuesta y comenzó una secuencia de pasos justo
fuera de la zona de confort de Abel. Él aún podía seguir el ritmo, pero
tendría que esforzarse por hacerlo. La dificultad era la adecuada; era el
tipo de secuencia que, al final, le empujaría a convertirse en un mejor
bailarín.
Capítulo 35:
¿Bailamos?
La noche en la que Mia Luna Tearmoon apareció por primera vez en
el salón de baile ante sus compañeros se convertiría en materia de
leyenda, y todo comenzó con rumores de descontento que se extendían
lentamente por la sala.
Después de convertirse en el centro de atención absoluto, el baile
real que había realizado era totalmente mediocre.
“… ¿Qué, es eso? Supongo que sabe cómo destacar, pero su baile
no es nada del otro mundo.”
“Bueno, ¿qué esperabas? Quiero decir, Alteza Imperial o no, es
sólo una niña.”
Los susurros, celosos y burlones, se oían por todo el salón de baile.
Mientras que los compañeros de primer año de Mia podrían estar
todavía impresionados por la estrella, los estudiantes mayores la veían
como una monstruosidad. Muchas se habían esforzado mucho para
estar guapas, sólo para que la llegada de Mia les robara el
protagonismo. Habiendo sido relegadas a poco más que un escenario,
decidieron hacer saber su descontento. Ninguna se lo diría a la cara,
por supuesto, pero pocas podrían resistirse a hablar a sus espaldas. En
cuanto al objetivo de su animosidad, sin embargo…
“Ahí tienes, Príncipe Abel. Vaya, tus pasos son bastante buenos.”
A Mia no podían importarle los murmullos del público.
Simplemente continuó bailando, guiando educada y cuidadosamente a
Abel paso a paso con la precisión de un instructor experimentado.
Excepto que su dirección era invisible. Desde la perspectiva de los
espectadores, parecía que seguía los pasos de Abel. Al bailar al servicio
de su pareja, Mia le permitió disfrutar del momento.
Los mejores bailarines elevaron a sus compañeros. Mia hizo
precisamente eso.
Nadie en el salón de baile se había dado cuenta de lo que estaba
haciendo Mia.
Soy yo, o…
Nadie excepto el propio Abel.
¿La Princesa Mia se retrasa para que yo pueda seguir el ritmo?
Al mismo tiempo, también se dio cuenta de las reacciones de la
multitud. Vio sus miradas de desprecio y escuchó sus risas burlonas,
todas ellas dirigidas a Mia. Después de verla llegar como la estrella de
la fiesta, observaron con malicioso deleite cómo procedía a hacer el
ridículo al bailar. Lo peor de todo es que sabía que él era el causante,
y ese conocimiento le llenaba de arrepentimiento y culpa.
Ella es la que dijo que creía en mí. Y ahora es ella la que está
siendo humillada. Esto… Esto no puede…
Él la miró. Ella le devolvió la mirada, con una máscara de
despreocupación. Era una fachada. Tenía que serlo. Una amabilidad
para tranquilizarlo. Ella estaba haciendo esto… por él. Hizo una
mueca. Era un pensamiento demasiado doloroso de soportar. Justo
entonces, vio una figura por el rabillo del ojo. Era la única persona en
esta sala que estaba a la altura de Mia.
En cuanto terminó la música, tomó la mano de Mia y la condujo
hacia un grupo de estudiantes en el que Sion Sol Sunkland, rodeado de
un círculo de chicas, estaba disfrutando de una ligera charla.
“¿Príncipe Abel? ¿A dónde vamos?”
Sin responder, se abrió paso entre las chicas y se acercó a Sion.
“Príncipe Sion, necesito pedirle un favor.”
“¿Qué ocurre?” Preguntó Sion, algo sorprendido por la repentina
petición.
“Me siento un poco cansado. Me gustaría descansar un rato.
Mientras tanto, ¿podría pedirte que seas el compañero de la princesa?”
“¡¿Príncipe Abel?!” Exclamó Mia, atónita ante la propuesta.
No le hizo caso y mantuvo la mirada en Sion. Se produjo un breve
silencio.
“Es justo. Es cierto que deseaba mucho bailar con la princesa Mia.
Ya que la oportunidad se ha presentado…” Se volvió hacia Mia.
“¿Puedo pedirte que te unas a mí para un número?”
“¡¿Qué?!”
Mia miró a Abel, que se limitó a decir: “Estoy un poco sediento, así
que iré a por unas bebidas.”
Durante unos instantes, no dijo nada. Luego, se volvió hacia Sion
y, con una sonrisa inocente, respondió: “… Por supuesto. Sólo una
canción.”
Abel sintió que el pecho se le apretaba al verlo. Aquella sonrisa tan
bonita, que hasta hacía un momento había sido sólo suya, se dirigía
ahora a otra persona. El arrepentimiento se mezclaba con la pena y la
envidia, arremolinándose en un oscuro torrente de emociones que
amenazaba con estallar en un grito de frustración.
Todo porque… No tengo poder…
Un sentimiento, ardiente y fuerte, surgió en su pecho. Era un
sentimiento que nunca había sentido hacia Sion. No quería perder.
Enfrentado a un oponente que una vez creyó imbatible —alguien que,
a pesar de sus esfuerzos, siempre lo superaría— no quería admitir la
derrota. No quería rendirse. Por primera vez en su vida, sintió pasión,
una pasión ardiente que le abrasaba el cuerpo y le consumía el alma.
“La próxima vez…” Dijo, sintiendo el dolor de sus dientes
hundiéndose en sus labios. “La próxima vez… no la dejaré ir.”
Luego, se dio la vuelta y se alejó.
Ahora, podría ser apropiado describir los pensamientos que
pasaban por la cabeza de Mia mientras sonreía a Sion.
Efectivamente, se ha presentado la oportunidad… ¡de hacerte
tropezar, eso es! Espero que tengas una caída espectacular y hagas el
ridículo con todo el mundo mirando.
Para ser claros, bailar con Sion era lo último que quería hacer, pero
si no tenía otra opción, pensó que podría sacar lo mejor de esta
situación y tratar de avergonzarlo de cualquier manera posible. Con
una malicia tan mezquina llenando su mente, su expresión no pudo
evitar seguir su ejemplo. En otras palabras, Abel estaba ya tan cegado
por sus propias ideas erróneas que logró ver la sonrisa maligna en el
rostro de Mia como una sonrisa embelesada. Tal era el alcance de su
ceguera.
Sin embargo, el plan de Mia no tendría éxito. Ella había olvidado
un hecho crucial. El Príncipe Sion Sol Sunkland era impecable en
todos los sentidos. A diferencia de Mia, que sólo era impecable cuando
bailaba, él era bueno en todo lo que se proponía. En cuanto a su
habilidad en la pista de baile…
Y así, la legendaria velada se acercó a su clímax.
Capítulo 36:
Bondad Fría
Aunque había decidido hacer tropezar a Sion, Mia no tenía intención
de hacerlo físicamente. Eso sería demasiado obvio. Aunque
ciertamente tenía las habilidades para lograrlo —una rápida patada en
la espinilla podía ser fácilmente disimulada como un descuido—, no
llevaba el atuendo adecuado. A diferencia de un vestido más largo que
ocultara los tobillos, el que llevaba actualmente tenía una falda mucho
más corta, lo que hacía mucho más difícil ocultar una patada. De
hecho, para empezar, nunca había planeado comportarse de forma
agresiva con Sion. La hostilidad abierta obviamente despertaría su ira,
y un Sion enfadado parecía el tipo exacto de cosa que la lanzaría
directamente a la ruta de la guillotina.
Además, ni siquiera lo necesitaré. No es que pueda seguirme el
ritmo cuando bailo a mi máximo nivel. Si no me contengo, acabará
tropezando con sus propios pies al intentar seguirme el ritmo! Pensó,
imaginando que Sion no podría hacerle sombra. Ahora lo veo. Tu inútil
intento de seguirme el ritmo. Tu espectacular caída. Y la vergüenza
producida de caer de cara delante de todos. ¡Simplemente sublime!
Era el plan perfecto.
Pensó.
Pero, durante el baile…
“Bueno, coloréame de sorpresa. Esperaba bailar el vals con una
novata, pero me encuentro bailando el tango con un cisne.” Dijo Sion
con una sonrisa enérgica mientras se deslizaba por el suelo con ella,
con pasos suaves y seguros.
¡¿C-C-Cómo está pasando esto?!
Una mitad de su cerebro se dedicaba a mantener el complicado
juego de pies de su baile mientras la otra mitad intentaba
desesperadamente contener un grito. Daba vueltas y vueltas, tejiendo
y girando como un hada en un prado. Cada vez que pasaba por la
ventana, la luz de la luna rebotaba en su piel nacarada y ella brillaba
con un aura celestial. Los pasos de sus compañeros se detuvieron. Al
poco tiempo, ella y Sion eran los únicos que bailaban.
Al principio, las burlas continuaron. Dieron crédito a Sion. Decían
que era porque era un buen líder. En pocos segundos, los murmullos
se desvanecieron. Entre la nobleza, era sabido que se necesitaban dos
para bailar. Un solo bailarín brillante era sinónimo de inutilidad. Sólo
cuando los dos bailarines eran excepcionalmente hábiles podían
ofrecer el tipo de espectáculo hipnótico que se estaba presenciando.
El cuerpo de Mia giró, grácil e ingrávido. Cayó libremente hacia un
lado, donde el brazo de Sion ya estaba al acecho, y sintió un empujón
en la espalda, suave pero firme. La puso de nuevo en pie con el impulso
suficiente para lanzarla a la siguiente secuencia de pasos. Su baile era
grácil y suave. Dirigía con un toque suave y una postura elegante. La
forma en que la tomó entre sus brazos se pareció tanto a un tierno
abrazo que Mia no pudo evitar sentir un aleteo en su corazón.
Lunas, tengan piedad… Qué terriblemente soñador… ¡Quiero
decir, no! ¡No es un sueño! ¡Esta es la última persona con la que
debería soñar!
Mientras Mia se esforzaba por mantener a raya a su corazón de
doncella inocente, sus ojos vagabundos encontraron una figura
familiar en una esquina de la habitación.
Vaya, ¿no es ese el Príncipe Abel?
Le vio caminar hacia la barra con dos vasos en las manos. Al notar
que los vasos estaban vacíos, sintió una oleada de calor en su corazón.
Qué alma tan amable es.
Finalmente, la música se detuvo y la pieza terminó. Mia se dio un
rápido tirón de la falda y realizó una elegante reverencia.
“Bueno, ahora.” Le dijo Sion. “Si es posible, me gustaría
acompañarte durante otra canción. Esta vez una más tranquila. ¿Qué te
parece?”
“Lo siento mucho, Príncipe Sion, pero debo declinar. Seguramente
eres consciente de que hay otra persona que sería una pareja más
adecuada para ti.”
Lo dijo como un insulto apenas disimulado: “Buen intento, chico
listo, pero no eres lo suficientemente bueno para mí”, pero en realidad
sólo estaba siendo una perdedora. Luego, hizo una rápida reverencia y
se alejó, dejando a Sion parpadeando en silencio.
“¡Príncipe Abel!”
Al levantar la vista, Abel se sorprendió al ver que Mia se acercaba
a él. Ella y Sion habían hecho una pareja tan perfecta que pensó que
seguramente bailarían al menos dos o tres canciones más juntos. En
cualquier caso, ahora que ella estaba aquí, tomó una de sus dos copas,
ahora llena, y se la entregó con una sonrisa.
“Ah, Princesa Mia. Estuviste tan brillante al bailar.”
“Vaya, qué halagador de tu parte.”
La visión de Mia riéndose tímidamente fue demasiado para él y
tuvo que apartar la vista.
“Aun así, tengo que decir… que no soy rival, eh.”
“¿No eres rival?”
“Para el Príncipe Sion. Me duele admitirlo, pero
desafortunadamente, no hay manera de que pueda sacar tanto de su
verdadero potencial.”
Había sentido el torrente de pasión. Había jurado no rendirse. Pero
la realidad era una amante cruel, y ante la abrumadora diferencia de
habilidades, su determinación empezó a flaquear. En respuesta, Mia se
llevó el vaso de zumo a los labios.
“Aprecio mucho esta bebida. Es fresca y bastante refrescante.”
Dijo, sin mencionar a Sion. “Es usted una persona amable y
maravillosa, Príncipe Abel.”
“Hah, eso es condenarme con un débil elogio. ¿Creías que era el
tipo de hombre que se presentaría sólo con un vaso para él?”
“Deberías tomarlo como que veo que fuiste consciente de la
naturaleza físicamente agotadora del baile y decidiste refrescarme con
una bebida. Gracias.”
Abel se quedó boquiabierto ante este comentario. No esperaba que
ella diera en el clavo. Lo que ella decía era cierto; él había ido a buscar
bebidas calientes en cuanto la música había comenzado. Sin embargo,
después de ver cómo bailaba Mia, se imaginó que tendría calor después
y fue a cambiar las bebidas por otras frías.
“Príncipe Abel, por favor, no te menosprecies. Usted es una
persona maravillosa.”
Las palabras de Mia fueron pronunciadas con genuina amabilidad,
sin que se viera afectada por su habitual mezquindad y falsedad. Lo
que había dicho lo decía de verdad. Era la primera vez que un chico de
su edad la trataba con tanta amabilidad. Como princesa, había recibido
mucha cortesía de sus súbditos, pero como niña, nunca se había sentido
tan personalmente atendida. Un poco aturdida por la experiencia,
acabó diciendo algo que podría considerarse un poco atrevido.
“Aun así… Si es posible, prefiero no perder contra el Príncipe Sion
en el baile.”
“En ese caso, permíteme que te entrene. Sin embargo, te pido que
te prepares. No mimo a mis alumnos.”
Así, en esta noche, Mia consiguió por primera vez en su vida bailar
a gusto, disfrutando de cada jadeo del público y de cada aleteo de su
corazón.
Capítulo 37:
Una Criada Entre Bastidores
Ahora, rebobinemos un poco el reloj.
“Anne, extiende tu mano.” Dijo Mia.
Acababa de cambiar su vestido. Mientras se preparaba para ir a la
fiesta, se dirigió a Anne y le puso una moneda de oro de Belluga en la
palma de la mano.
“Úsala como quieras.” Dijo.
En general, Mia era bastante ahorradora y prefería economizar
siempre que podía. Al fin y al cabo, la extravagancia podía significar
rápidamente su perdición. Además, una vez que se le ocurrió que
cualquier cosa que comprara podría acabar en manos del ejército
revolucionario, sintió un deseo mucho menor de comprar cosas. Su
única excepción fue el dinero que le dio a su mano derecha y
confidente, Anne. Sus acciones en la línea de tiempo anterior eran
evidentes, pero incluso ahora había dejado a su familia para seguir a
Mia hasta aquí. La intención de Mia era recompensar a su leal criada
de todas las maneras posibles.
“Considera que estás de permiso mientras estoy en la fiesta. Puedes
ir a la ciudad o quedarte en la residencia. Siéntete libre de hacer lo que
desees.”
Hacía sólo tres días que habían llegado a Saint-Noel, pero era
posible que Anne empezara a sentirse cansada por la adaptación al
nuevo entorno. Había casi una energía frenética en la forma en que se
dedicaba a vestir a Mia. Aunque sólo sería un breve descanso, era una
oportunidad para relajarse y refrescarse. Así que le dijo a Anne lo que
creía que le permitiría a su devota sirvienta relajarse.
“Entendido, Princesa Mia. Su deseo es mi orden. Me aseguraré de
que se cumpla.”
En cambio, recibió una promesa entusiasta de compromiso, que la
dejó rascándose la cabeza.
Desde que se convirtió en la criada personal de Mia, la vida de
Anne había dado un giro drástico. Aunque había estado enviando casi
toda su paga a casa, ahora estaba libre de preocupaciones monetarias.
Además, con el empleo de su hermana Elise como autora de la corte
de la princesa, toda la familia podía permitirse un estilo de vida mucho
más cómodo. Por estas razones, nunca se le ocurrió pensar que el
dinero que Mia le entregaba estaba destinado al ocio personal.
Me ha dejado a mí la decisión de su uso. ¡Tengo que asegurarme
de que se gasta bien!
Desde su perspectiva, se le habían confiado monedas y tiempo, así
como la misión de lograr algo con ellas.
¿Qué puedo hacer para ayudar a la Princesa Mia?
Reflexionó sobre la pregunta, intentando averiguar qué se esperaba
de ella. La conclusión a la que llegó al final fue, por la más extraña
coincidencia, exactamente lo mismo que Mia estaba tratando de hacer:
establecer conexiones.
Por supuesto, Anne no tenía forma de conocer a los estudiantes de
la nobleza. Sin embargo, sí podía conocer a las personas que trabajaban
en la academia. Desde las cocineras y los jardineros hasta los
supervisores de los dormitorios, todos los empleados eran plebeyos
con los que podía relacionarse fácilmente. Los días que había pasado
trabajando en el castillo le habían enseñado un hecho importante: un
castillo no funcionaba solo. Necesitaba un ejército de personal para
apoyar sus operaciones diarias. Su poder, en conjunto, no debe ser
subestimado.
Ya sea para ayudar a la Princesa Mia a encontrar el amor, o para
asegurarse de que pasa un buen rato en la academia, necesitaremos
todo tipo de conexiones…
Apretó el oro de Belluga y se dirigió a la ciudad. Para los que
trabajaban cerca de las llamas de la cocina, llevo aceite de caballo de
primera calidad para sus manos resecas. Para los que trabajaban en los
jardines, llevaba alimentos nutritivos para mantener su resistencia. De
un lugar a otro, observaba el trabajo de la gente y les llevaba el tipo de
cosas que más apreciaban. A diferencia de los nobles, que solían tener
un excedente de posesiones personales, los plebeyos se alegraban
incluso de los regalos más pequeños. Con tanta gente tan fácil de
complacer, era una oportunidad que se podía aprovechar, y ella la
aprovechó. Cuando terminó, ya tenía la mitad del oro con el que había
empezado.
“Creo que eso es todo por ahora…”
Mientras paseaba por la ciudad, se detuvo frente a una tienda de
ropa.
“Wow… Es tan bonito.”
Sus ojos se fijaron en un vestido expuesto. Con el azul claro como
tono base, tenía una encantadora sensación de inocencia adornada
además con un estampado que evocaba un campo de flores
primaverales.
“Hmm, es un vestido maravilloso, pero creo que es un poco grande
para la Princesa Mia.”
Miró el precio y vio que era exactamente la cantidad que le
quedaba. Tras un breve período de reflexión, optó por dejarlo estar.
Al volver a la academia, Anne deja escapar un breve suspiro.
“Bien, tengo unas dos horas hasta que termine la fiesta.”
Pensó en volver a su habitación para hacer un pequeño descanso,
pero cuando pasó por el patio, la visión de una chica allí la hizo
detenerse.
“¿Eh?”
La chica miraba de un lado a otro, como si buscara algo
frenéticamente. Su respiración era irregular y parecía estar a punto de
llorar. Su cabello plateado le llegaba hasta la cintura y su piel marrón
claro brillaba con salud. Estas eran las características de una minoría
étnica del Imperio, la Tribu Lulu.
Además, reconoció a la chica.
“¿No estabas… con Lady Tiona?”
Era la sirvienta de Tiona, hija de los Rudolvon. El día de la llegada
de Mia a Saint-Noel, ella y Mia se habían topado con la pareja
intimidada por un grupo de chicas nobles.
“¿Pasa algo?” Preguntó.
La chica se volvió hacia ella con una cara llena de preocupación y
asintió con la cabeza.
“Por favor… La Srta. Tiona… Está en problemas… Ayúdenla…
Por favor…” Dijo con frases rotas en el idioma local, Continenta.
Liora Lulu nació en la región boscosa del Imperio donde vivía la
Tribu Lulu. Todavía estaba aprendiendo la lengua común, el
Continenta. Normalmente, sólo eso la descalificaría para ser llevada a
un lugar como Saint-Noel, por muy buena doncella que fuera. Sin
embargo, fue seleccionada. La razón, por desgracia, no era nada
inspiradora. Se debió a la falta de competencia. Los Rudolvon no eran
ni mucho menos ricos, y el mero hecho de enviar a su hija a Saint-Noel
ya suponía una carga para sus escasas finanzas. En virtud de una
política introducida por Rafina, la hija del Duque Bellugia, la academia
abrió sus puertas no sólo a los más altos niveles de la nobleza, sino
también a las familias nobles más pobres y pequeñas. La inscripción
en sí misma era, por tanto, una posibilidad, pero no podían esperar
ninguna ayuda monetaria. En consecuencia, los Rudolvon
simplemente no podían permitirse pagar el costoso salario que requería
una doncella veterana para acompañar a Tiona.
Sin embargo, había una razón más por la que había sido elegida.
“Liora, por favor, ten cuidado. No te hagas daño.”
Liora levantó la vista y descubrió que Tiona había asomado la
cabeza por la ventana.
“Srta. Tiona… Es… peligroso. Por favor, no… se incline
demasiado.” Dijo antes de mirar el duro suelo. Era un largo camino
hacia abajo. Si se caía… Probablemente no se levantaría.
Las dos habían sido encerradas en un lugar conocido como la Sala
de Observación de las Estrellas, que se encontraba en el último piso de
la torre que se elevaba en el lado norte del edificio de la escuela. Al ser
el lugar más alto dentro de los terrenos de la academia, una vez que su
única puerta estaba enrejada, salir era casi imposible. Aunque había
ventanas, sus secuestradores se habían dado cuenta de que no podían
estar tan locas como para intentar escapar en caída libre. Sin embargo,
lo que sus secuestradores habían pasado por alto era la presencia de
Liora.
Nacidos y criados en el bosque, los Lulues eran una tribu de gente
extremadamente atlética. Empezaron a cazar a una edad temprana, y
con habilidades como la de trepar a los árboles como algo natural para
ellos, no tenían miedo a las alturas. Rápidamente se deslizó por la
pared y, en poco tiempo, tuvo los pies en el suelo. Después de escapar,
buscó la ayuda de la primera persona con la que se topó.
“La Srta. Tiona… Está encerrada.” Le dijo a Anne, que apenas
podía creer lo que estaba oyendo.
“¿Encerrada…? ¿Qué quieres decir? ¿Por quién?”
Y, se preguntó, ¿para qué?
“No sé… Me escapé… Pero sólo yo.” Dijo, con la frustración
evidente en su rostro. Luego, miró a Anne, la mirada de sus ojos
acuosos desesperada y suplicante. “¡Por favor! Ayuda a la Srta.
Tiona… Sálvala… Por favor.”
“Está bien. Haré lo que pueda para ayudar.”
Para gran sorpresa de Anne, inmediatamente escuchó el sonido de
su propia voz. Había querido dudar, pero las palabras se le habían
adelantado.
Vaya, acepté sin pensarlo dos veces…
Tal afirmación habría sido impensable para la Anne de antaño, y
ella sabía exactamente cuál había sido la causa de su cambio.
La Princesa Mia ha confiado en mí para que ejerza mi juicio. A
cambio, debo actuar de manera que se mantenga su buen nombre.
Pensó en su pequeña ama: en su desbordante bondad y en su fuerte
sentido de la justicia. Al hacerlo, sintió una creciente convicción de
que si Mia estuviera aquí, sin duda habría hecho lo mismo. La princesa
no toleraría ninguna duda ni permitiría ninguna vacilación.
Para que conste, su suposición era realmente correcta. Si Mia
hubiera estado allí en lugar de Anne, seguramente se habría
comprometido a ayudar a Tiona. La bondad desbordante y el fuerte
sentido de la justicia —además de ser producto de la imaginación de
Anne— eran, por supuesto, completamente irrelevantes. El verdadero
motivo de Mia era simple: era una gallina. Eso es todo.
Temiendo la amenaza de la guillotina, no podría ignorar esa
petición. Además, la idea de traicionar las expectativas de su leal criada
pesaría demasiado incluso en su débil conciencia. Así que no tendría
más remedio que tragarse sus reservas, apretar los dientes y maldecir
los caprichos sardónicos del destino mientras iba a ayudar a su némesis
mortal. En ese momento, las mentes de ama y sirvienta se unieron
realmente. Sus corazones, sin embargo, no podían estar más separados.
Guiada por Liora, Anne se dirigió al edificio de la escuela. Bajo el
velo del anochecer, el interior de la academia era un lugar tranquilo,
vasto y vacío. En ausencia de clases, pocos estudiantes decidían
permanecer en los pasillos. Esta noche estaba especialmente desierta,
ya que todos los estudiantes estaban en la fiesta, y sus asistentes
esperaban en sus habitaciones o, como Anne, tenían permiso para
vagar por la ciudad. Las instalaciones abandonadas del edificio de la
escuela se convirtieron en el lugar perfecto para llevar a cabo una trama
nefasta.
Subieron y subieron por la escalera en espiral de la torre norte, hasta
llegar a un estrecho pasillo. Había poca luz, y Anne apenas podía
distinguir la sombra de algo que se movía al otro lado.
“¿Qué…?”
“¡Silencio! Sé… cuidadosa. Son… guardias.”
“¿Guardias…?”
Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, los vio claramente.
Dos hombres estaban de pie frente a la entrada de la Sala de las
Estrellas. Estaban demasiado lejos para que pudiera ver sus rostros,
pero sus grandes figura sugerían que una confrontación directa no sería
prudente. Había oído que algunos asistentes eran expertos luchadores
entrenados para proteger a sus amos, y podría haberse topado con dos
de ellos.
“¿Qué debemos hacer…?”
Por desgracia, Anne no era una artista marcial. No era aconsejable
abrirse paso a puñetazos y patadas entre los dos hombres. Aunque no
fueran luchadores entrenados, no tendría ninguna posibilidad. Con la
violencia descartada, le quedaba la diplomacia, que en estas
circunstancias también parecía una opción muy inestable.
“¿Qué debemos hacer…? ¿Qué hacemos?” Murmuró Anne, con un
tono cada vez más angustioso. Entonces, de repente, una voz se alzó
detrás de ella.
“Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí? ¿Puedo ayudarlas, señoras?”
Tanto Liora como Anne dieron un salto y giraron sobre sus pies
para encontrar a un hombre de pie sobre ellas.
“¿Problemas, supongo?” Preguntó, mirando por encima de sus
hombros.
“Eres…”
“Te vi con… el Príncipe Sion.”
“Tú eres… Keithwood, ¿verdad?”
Les mostró una sonrisa amistosa.
“Es un honor saber que se ha acordado, Srta. Anne. Espero que Su
Alteza esté bien.” Dijo antes de volver su sonrisa hacia Liora. “¿Y su
amiga también es del Imperio?”
“Ah, sí… Um… Es la doncella de la hija del Conde Rudolvon de
las Tierras Exteriores. Su nombre es…”
“Liora Lulu. Por favor… ¡Ayuda a la Srta. Tiona!”
Tras informarse de la situación, Keithwood se cruzó de brazos y
dijo en voz baja: “Dos por fuera, eh. ¿Cuántos dentro?”
“No sé… Pero estábamos… Encerradas dentro… Por cuatro
personas… Hombres y mujeres.”
“Lo que significa que o bien se han dado cuenta de que has
escapado y están vigilando también desde dentro, o bien han dejado a
dos tipos vigilando la puerta y los otros dos se han ido a otra parte. En
cualquier caso, milord me asará vivo si se entera de que he dejado a
dos damiselas en apuros a su suerte. Cuenten conmigo, señoras.”
“¿De verdad? Gracias a Dios… Y gracias a ti.”
“¿Pero qué vas a hacer?” Preguntó Anne, preguntándose si
Keithwood tenía un plan en mente. Tal vez iba a acercarse
sigilosamente y luego… hacer algo furtivo y…
“¿Qué vamos a hacer? Sencillo. Vamos a salvar a la buena señora
de las garras del mal. Eso es todo.” Respondió Keithwood. Su tono era
tan despreocupado como siempre, pero su sonrisa mostraba ahora los
dientes.
El resto ocurrió de forma borrosa, y sólo cuando todo terminó Anne
se acordó de ponerse la mano sobre la boca abierta.
Keithwood se precipitó hacia los guardias, sus pasos eran
inquietantemente silenciosos. Aprovechando ese impulso, clavó su
rodilla en las tripas de uno de los guardias. El hombre se desplomó. A
continuación, agarró el brazo del otro guardia, todavía congelado por
el shock, y lo tiró al suelo. En el lapso de un suspiro, la batalla había
terminado.
“Um… ¿Todos los asistentes masculinos pueden… hacer cosas
así?” Preguntó una incrédula Anne.
“¡Ja! Digamos que soy un poco la excepción.” Respondió
Keithwood con una sonrisa irónica antes de añadir encogiéndose de
hombros: “Ayuda cuando tu jefe es un sentido de la justicia al que le
crecieron piernas y empezó a caminar.”
Mientras los dos bromeaban, Liora se apresuró a pasar junto a ellos
y abrió la puerta de un empujón.
“¡Srta. Tiona! ¡¿Está usted bien?!”
“¿Liora? ¡¿Estás bien?!”
Afortunadamente, cuando Tiona salió de la habitación, se alegraron
de descubrir que no se había hecho daño.
“Srta. Rudolvon, es bueno ver que está ilesa.”
“Tú eres… ¿La criada de la princesa Mia…?”
“Cuando volví a mi habitación, mi vestido había desaparecido.”
Según Tiona, cuando ella y Liora volvieron a su habitación, la
encontraron saqueada. Los autores habían dejado un mensaje en el que
les decían que fueran a la torre norte del edificio de la escuela si
querían recuperar el vestido.
“Eso es terrible… ¿Quién haría algo así…?”
“Lo más probable es que sean conocidos suyos o de Su Alteza.”
Respondió Keithwood.
“¿Eh? ¿Cómo es eso?”
“Toma, encontré esto en uno de los guardias de afuera. Echa un
vistazo.”
Keithwood extendió un pañuelo bordado con un patrón que era
inequívocamente el escudo del Imperio Tearmoon.
“¿Cómo podría…?”
“Apostaría que eran sirvientes de nobles del Imperio.”
El descubrimiento fue un shock para Anne. Creía que era obra de
las chicas nobles que habían acosado a Tiona el otro día.
“Me dijeron que me alejara de la fiesta… porque sería una
desgracia para los verdaderos nobles del Imperio.”
Su voz era suave. No había ira ni rabia indignada. Sólo había una
silenciosa tristeza en su expresión, mientras extendía el bulto de tela
que llevaba junto a su pecho. Era su vestido, ahora hecho jirones.
“… Increíble.” Respiró Anne.
“Aun así, tomaste un gran riesgo. Sé que el vestido es importante,
señoras, ¿pero venir aquí solas? No es inteligente.” Dijo Keithwood,
con los ojos entrecerrados de reproche.
Tiona respondió con un movimiento de cabeza y una sonrisa
melancólica.
“Los Rudolvon no tienen los medios para proporcionarme varios
vestidos.”
Luego, dejó escapar un suspiro resignado.
“Por eso te dije que no lo hicieras, Liora, pero terminaste por saltar
por la ventana… No había necesidad de que te alteraras tanto.” Dijo,
mirando los restos de su vestido. “Ya no tenía sentido salir
rápidamente.”
“Srta. Tiona…” Los ojos de Liora no se apartaron de su ama, pero
poco a poco, su labio empezó a temblar y se lo mordió para que dejara
de hacerlo.
A Anne le dolía el corazón por la otra criada. Ella sabía lo que
sentía. Si ella hubiera estado en el mismo lugar… Si la que estuviera
encerrada aquí hubiera sido Mia… La pura angustia sería abrumadora.
Abrió la palma de la mano, que contenía el dinero que Mia le había
confiado.
“Liora, por favor, ve a la tienda y compra un vestido. Aquí está el
dinero.” Sin pensarlo dos veces, apretó las monedas en la mano de
Liora.
“¿Esto… es…?”
“La Princesa Mia me lo confió.” Dijo, con la firme convicción de
que Mia habría hecho lo mismo. “Mientras tanto, Srta. Tiona, vamos a
maquillarla de nuevo. Su delineador de ojos está empezando a correrse
de tanto llorar.”
Justo cuando Anne estaba a punto de ponerse a trabajar, Keithwood
tomó la palabra.
“Hey, sólo un recordatorio amistoso. Como criada de Su Alteza,
¿estás segura de querer ayudar?”
“¿Eh? ¿Qué quieres decir?”
“Su Alteza se encuentra en la cima de Tearmoon y reina sobre todos
los nobles del Imperio. Si los que encerraron a Lady Tiona aquí
también son de la nobleza de Tearmoon… ¿no sugeriría eso la
posibilidad de que todo esto podría haber sido obra de Su Alteza para
empezar?”
“… ¿Eh?”
Anne se rascó la cabeza, desconcertada por la propuesta de
Keithwood.
Saltemos por un momento a la otra línea de tiempo.
En la antigua línea de tiempo, también ocurrió el incidente del
breve encarcelamiento de Tiona. El día de la fiesta, la cautiva Tiona
fue rescatada y llegó tarde al salón de baile. A continuación, recibiría
la petición del príncipe Sion para bailar, actuando brillantemente en la
pista y ganándose el respeto y la admiración de muchos de sus
compañeros. Una diferencia significativa entre las dos líneas
temporales es que en la antigua, Anne no estaba presente durante el
rescate.
Anteriormente, la criada que Mia había traído consigo era una
tercera hija de una de las casas nobles del centro. Aunque obediente,
no era ni mucho menos una trabajadora, y estaba fuera disfrutando de
una fiesta de té con sus amigas durante el baile. Por lo tanto, el rescate
de Tiona fue llevado a cabo sólo por Liora y Keithwood. Entonces,
ante el problema del vestido destrozado, pidieron ayuda a la figura más
autorizada de la academia, Rafina Belluga. Fue en este momento
crítico cuando sus caminos se cruzaron, dando lugar a la formación de
una fuerte coalición entre la futura líder revolucionaria de Tearmoon,
Tiona; su colaborador, el Príncipe Sion; y finalmente, su poderoso
respaldo, Santa Rafina. Sospechando que el Imperio estaba detrás de
todo esto, buscaron en lo más alto de su jerarquía nobiliaria. Allí
encontraron a su enemigo más probable: la princesa reinante de
Tearmoon: Mia.
Aunque Mia se enteraría más tarde de las acusaciones contra ella,
nunca se molestó en limpiar su nombre. Las sospechas derivadas del
maltrato a la hija de un simple noble de las Tierra Exteriores parecían
un asunto demasiado insignificante como para merecer su atención.
Era normal que los nobles oprimieran a los plebeyos. Seguramente,
pensó, que la nobleza central oprimiera a un noble sin nombre de algún
condado atrasado era igualmente indigno de mención.
Es difícil decir cuándo surgió exactamente el fuego de la
revolución. Algunos afirmaron que la causa fue la hambruna, mientras
que otros culparon a la tiranía de la alta nobleza y a la incompetencia
del Emperador. Sin embargo, si hubo una secuencia de
acontecimientos que selló definitivamente el sangriento destino de
Mia, este incidente fue sin duda el primero de la cadena.
La historia ya estaba arrastrando a Mia en sus poderosas corrientes,
empujándola con firmeza hacia la guillotina. Frente a un poderoso
torrente que avanzaba hacia los acantilados del olvido, Anne se
interpuso con valentía en su camino.
“¿Crees que la Princesa Mia… es la culpable?”
Parpadeó una vez.
“¿De qué estás hablando? Eso es lo más ridículo que he oído
nunca.”
Anne se echó a reír. El comentario debería haber sido insultante,
pero su puro absurdo lo llevó al terreno de la comedia.
“Por favor, Keithwood, no puedes estar hablando en serio.”
Vaya, vaya, ni una pizca de duda, eh… Keithwood se encontró
impresionado por la reacción de Anne. Veo que la princesa tiene un
firme control sobre los corazones de sus asistentes.
En realidad, Keithwood tampoco creía que Mia fuera la culpable.
Sin embargo, por precaución, decidió comprobar la reacción de Anne,
por si acaso.
“U-Um, Keithwood, personalmente, tampoco creo que Su Alteza
hiciera algo así.” También añadió Tiona.
“Tomo nota. Si la propia víctima lo cree, que así sea.”
Se encogió de hombros, y entonces notó que Anne se movía
inquieta como si tuviera algo que decir. Finalmente, con gran
vacilación, dijo: “Eh, Keithwood, estaba pensando… No estoy segura
de cómo funciona en tu reino, pero si la gente de allí cree que los que
gobiernan también deben ser responsables de las acciones de sus
súbditos, entonces en ese sentido, supongo que se podría decir que la
Princesa Mia es responsable de lo que hicieron estos nobles de
Tearmoon.”
Esta línea de razonamiento era, por la más extraña coincidencia,
exactamente la misma lógica que llevó al desprecio de Rafina por Mia
en la línea temporal anterior. Por aquel entonces, Rafina tampoco creía
que Mia fuera la responsable directa del incidente. Sin embargo, se
sintió gravemente decepcionada al ver que Mia, cuya posición debería
haberla obligado a denunciar semejante injusticia hacia los débiles,
eligió el permiso tácito del silencio. A los ojos de Rafina, Mia había
demostrado allí mismo su incapacidad para gobernar. Esta mancha en
su nombre siguió a Mia a lo largo de su estancia en la academia,
privándola finalmente de la oportunidad de entablar amistad con
Rafina.
“Por eso —a riesgo de excederme— me gustaría asumir la
responsabilidad de este incidente en nombre de la Princesa Mia. Como
su ayudante y asistente, mi deber es hacer lo que ella quiere. Debo
actuar como si fuera sus brazos y piernas. Por lo tanto, para reparar
esta situación, ¡prometo llevar a la Srta. Tiona al salón de baile aunque
sea lo último que haga!”
En este apasionado discurso, Anne declaró con orgullo ser la
apoderada de Mia: sus “brazos y piernas”. Lo que, desde la perspectiva
de Mia, habría sido poco menos que horroroso, teniendo en cuenta que
sus extremidades aparentemente habían adquirido voluntad propia y
ahora estaban en proceso de ayudar a su némesis mortal.
“Srta. Tiona, tome asiento allí. Voy a rehacer su maquillaje.”
Anne era increíblemente rápida en su trabajo, sus manos se movían
con la destreza segura de la experiencia. Después de todo, acababa de
hacer exactamente lo mismo para Mia, dos veces. Se le ocurrió que,
posiblemente, había acabado utilizando a su ama como práctica.
Oh wow… La Princesa Mia… ¿Ella vio venir esto? ¿Es por eso
que me hizo practicar con ella de antemano? Ella se detuvo por un
segundo. Eh… Pensándolo bien, eso no puede ser cierto.
Por supuesto que no lo era. Incluso Anne, que sufría de Mia-itis en
fase tardía, se las arregló para darse cuenta de eso. Sin embargo, el
hecho de que lo pensara dos veces… no auguraba nada bueno para su
pronóstico.
La Princesa Mia depositó su confianza en mí. Eso significa que
tengo que hacer lo mejor que pueda…
Así, los “brazos y piernas” de Mia —por su propia voluntad—
tomaron al toro del destino por los cuernos y lo empujaron por un
camino diferente, cambiando para siempre el curso de la historia.
Capítulo 38:
Una Criada Entre Bastidores—Resultado
Justo antes de que Tiona —ahora una vez más bellamente vestida— se
preparara para salir, Keithwood le entregó una pequeña nota.
“Siento mucho molestarla con esto, Srta. Rudolvon, pero ¿le
importaría darle esto a milord, el Príncipe Sion?”
“¿Eh? Uh, ciertamente lo haré.” Respondió con un movimiento de
cabeza antes de dirigirse al salón de baile.
Tiona llegó tarde, pero nadie le hizo caso. La razón es que había
aparecido justo cuando Mia y Sion estaban terminando su baile. Todos
los presentes estaban hipnotizados por su actuación, lo que permitió a
Tiona entrar sin llamar la atención.
Una vez concluido el baile, Sion fue inmediatamente asaltado por
un grupo de chicas. Tiona se sintió intimidada ante la idea de meterse
en un grupo así, pero respiró hondo, se armó de nervios y entró.
“Um, perdón…”
“¿Hm? Ah, creo que ya nos conocemos. Tu nombre es…”
“Tiona Rudolvon. Siento molestarle, Príncipe Sion, pero um,
Keithwood me dijo que le diera esto…”
“¿Lo hizo? Hm, discúlpenme.”
Después de poner cierta distancia entre él y el grupo de chicas que
lo rodeaba, Sion leyó rápidamente la nota. Resumía el incidente y los
probables culpables. Además, también mencionaba que sería prudente
considerar la posibilidad de que Mia estuviera implicada, aunque sólo
fuera por exceso de precaución.
Hah, la clásica abundancia de precaución. A veces eres demasiado
cuidadoso para tu propio bien, Keithwood.
Sion sonrió y sacudió la cabeza. El trabajo de Keithwood consistía
en ampliar su perspectiva señalando posibilidades que él no había
considerado. Por lo tanto, cualquier persona por la que albergara afecto
debía ser escudriñada con el máximo rigor. Era probable que, a nivel
personal, Keithwood no sospechara realmente que Mia estuviera
involucrada.
Estoy seguro de que es el tipo de persona a la que ni siquiera él
podría evitar tener cariño.
Sin embargo, Keithwood siguió siendo objetivo y optó por
comprometerse a seguir presentando los hechos a la consideración de
Sion. A través de su firme actitud, uno podía vislumbrar a un hombre
cuya competencia no provenía de un genio natural, sino de una
diligencia tenaz: un verdadero caballo de batalla.
Dicho esto…
Sion pensó en la forma en que Mia había rechazado su oferta de un
segundo baile. Casi seguro que había visto a Tiona durante su baile.
Una sola mirada fue probablemente todo lo que necesitó para averiguar
más o menos lo que había sucedido. Entonces, en un intento de que la
pobre chica al menos disfrutara de la fiesta ahora que estaba aquí, le
había confiado a Tiona. Normalmente, Mia habría ido a cuidar de
Tiona ella misma, pero en un baile, la solución más sencilla era que un
compañero masculino tomara la iniciativa.
Una compañera más adecuada para mí, eh… En otras palabras,
hay alguien aquí que necesita mi ayuda.
Aunque la redacción era un poco indirecta, el significado era claro,
y era una petición que Sion no podía rechazar.
Aun así, mi querida princesa… Fraseo. La próxima vez, tal vez
quieras considerar los matices de la palabra “adecuada”.
Sintiendo que acababa de encontrar una grieta en la armadura de la
perfección que era Mia, Sion no pudo evitar soltar una sonrisa.
“¿Príncipe Sion?”
“¿Hm? Ah, ejem, mis disculpas. Srta. Rudolvon, ¿puedo tener el
honor de acompañarla en el siguiente número?”
Y así se produjo una noche de música y baile.
A la mañana siguiente, Mia se despertó sintiéndose muy bien. La
noche anterior, después de haber sudado mucho con el baile, había
disfrutado de un largo y lujoso baño. Luego, con el cómodo cansancio
de un buen entrenamiento impregnado de pies a cabeza, se metió en su
mullida cama y durmió como una roca hasta el amanecer. Fue, sin
duda, el sueño ideal. Al despertarse, se encontró con plena energía y
buen humor. Tarareando alegremente para sí misma, se dirigió a la
cafetería preguntándose qué habría en el menú de hoy. Sin embargo,
cuando tomó asiento y envió a Anne a pedir su comida, frunció el ceño.
¿Eh?
Un joven se acercó a Anne. Tenía rasgos robustos y una mirada
aguda. Vestido exquisitamente de negro, parecía ser un asistente de
uno de los estudiantes de la academia. Había una elegancia en su forma
de comportarse, y Mia lo consideró bastante encantador. Si hubiera
sido un tipo normal y guapo, Mia no le habría dado importancia. A lo
sumo le habría hecho un guiño cómplice a Anne y le habría dado una
palmadita en la espalda. Sin embargo, resultaba ser el ayudante de su
archienemigo, el Príncipe Sion, y eso cambiaba las cosas.
Peor aún era el hecho de que le acompañaba otra chica. Sus
singulares rasgos eran innegablemente los de una minoría étnica dentro
del Imperio, y Mia sabía que era la ayudante de Tiona Rudolvon, Liora.
Hasta el día de hoy, Mia podía recordar el odio en los ojos de la
chica mientras le apuntaba con una flecha a la cara. Era una escena de
la línea temporal anterior que estaba grabada a fuego en su memoria.
¡¿Por qué demonios Anne está hablando con ellos como si fueran
amigos?!
Mia le preguntó a Anne cuando volvió.
“Iba a contarlo más tarde, pero…” Dijo Anne mientras empezaba a
relatar con vacilación los acontecimientos del día anterior. Cuando
terminó…
“…”
Mia no hizo ningún ruido. Anne seguía esperando y esperando,
pero Mia permanecía extrañamente quieta. Entonces, poco a poco, su
pequeño cuerpo comenzó a inclinarse.
“¡Princesa Mia!”
Mia cayó de lado como un tronco, con la cara pálida como la luna.
Capítulo 39:
La Princesa Mia… ¡Alcanza Su Máximo
Rendimiento Mental!
Las llamas carmesí ardían sobre una capital en llamas… La gente, con
sus voces llenas de odio, gritaba y gritaba y gritaba. Entonces, su
propia cabeza rodó por el suelo…
“¡Hyaaaaaaaaaah!”
Mia se despertó con un grito y se encontró en una cama de la
enfermería de la academia, empapada de sudor. Hacía tiempo que
había soñado con su propia ejecución, y la espantosa sensación de
muerte aún perduraba. La ropa mojada se le pegaba incómodamente a
la piel y deseaba desesperadamente darse un baño. Sin embargo, ahora
no era el momento. Llamó a Anne, que la había vigilado con una
mirada de profunda preocupación, y le dio inmediatamente una serie
de instrucciones para que las cumpliera.
Lo primero que hizo Mia fue enviar por la fuerza al Imperio a los
cuatro asistentes que habían participado directamente en el incidente.
Inmediatamente, sus amos estudiantes aparecieron para protestar. Les
dirigió una dura mirada.
Esto es todo. Es un éxito o un fracaso.
Mia comprendía perfectamente su situación. Un paso en falso y
estaría en una situación desesperada. Tras despertarse en la enfermería
y zafarse de Anne, inmediatamente tomó el diario ensangrentado que
había traído. Tras un par de páginas, descubrió que se mencionaba el
incidente del encarcelamiento de Tiona. No tenía ni idea de qué se
trataba cuando lo escribió por primera vez. Jamás podría haber
imaginado que habían sucedido tantas cosas entre bastidores.
Esto no era algo que ella pudiera ignorar. Retener el castigo
enfurecería a Rafina, y ni el Príncipe Sion ni Tiona tendrían una buena
opinión de ella. Por lo tanto, tenía que denunciar claramente a los
culpables y disciplinarlos por sus acciones. El problema eran sus amos.
Aunque todos ellos negaban estar implicados, ella dudaba que alguno
de ellos fuera realmente inocente. En su opinión, todos habían metido
al menos los dedos de los pies, si no toda la mitad inferior de sus
cuerpos. Sin embargo, una cuestión hacía imposible afirmar con
certeza que estuvieran implicados personalmente.
Normalmente, si los asistentes eran plebeyos, no había forma de
que secuestraran y confinaran a una chica noble sin órdenes directas.
El problema era que todos los asistentes perpetradores eran ellos
mismos nobles. Ninguno de ellos era heredero de sus reinos, pero todos
habían crecido como nobles centrales, admirados y respetados por sus
pares. Si algo habían ganado con su educación, era una generosa dosis
de orgullo.
Me lo imaginaba, a juzgar por el hecho de que todos llevan al
menos algo que lleva el escudo imperial.
Si Mia era sincera, lo que más deseaba gritarles a la cara era algo
parecido a que: si van a hacer algo malo, al menos escondan los
malditos escudos. Así, al menos, la gente no sabría de dónde eran…
En cualquier caso, ellos, y sus egos, probablemente no podían vivir
el hecho de que una “noble rezagada” como Tiona pudiera ir a la fiesta
de bienvenida mientras ellos no. A diferencia de sus amos, los
asistentes tenían un motivo.
“Su Alteza, encontramos esto demasiado difícil de aceptar.
Nuestros asistentes… todo lo que hicieron fue encerrar a una chica
noble de mala muerte por un tiempo…”
Sus protestas reflejaban las creencias de la nobleza de Tearmoon.
La tiranía de las casas centrales se toleraba no sólo contra los plebeyos,
sino también contra los nobles de regiones remotas.
Están sembrando la semilla de tanto odio, y sin embargo no tienen
ni idea.
Mia no los miraba con odio, sino con lástima. Se compadecía de
ellos porque, al igual que ellos, había sido igual de ignorante hasta que
se encontró en un calabozo. Era el tipo de cosas de las que nunca se
habría dado cuenta sin tocar fondo, y sin embargo, una vez que lo hizo,
fue demasiado tarde…
Sembrar las semillas del odio es cosechar sus frutos. Puedo
sermonearlos… Mia suspiró y sacudió la cabeza. Pero sé que les
pasará por encima.
“Ya veo… Entiendo lo que está tratando de decir. De hecho, bien
podría ser cierto… si todavía estuviéramos en Tearmoon.”
“¿Eh?”
“Tienen que considerar quién tiene autoridad sobre esta academia.
¿Quién… es su gobernante?”
Mia tenía un plan. Si los juzgara según sus propios valores, le
guardarían rencor. Para evitarlo, podía hacer recaer la responsabilidad
en otra persona. ¿Y qué mejor persona para asumir la culpa que la
figura de autoridad reinante en la academia, Rafina Orca Belluga?
“La Srta. Rafina es una persona de carácter muy noble. ¿Cree usted
que aprobaría semejante comportamiento hacia uno de los preciados
estudiantes de la academia?” Se tomó un momento para hacer una
pausa y cerrar los ojos. “Y, debo admitir, que tampoco me gusta su
enfoque. Atacando a los débiles e intimidándolos… No hay nada noble
en ese comportamiento.”
Una parte de ella estaba siendo honesta. Sabía lo que era ser víctima
de una pandilla y de la intimidación. Habiendo experimentado esto a
manos del ejército revolucionario, ya no podía soportar la idea de hacer
lo mismo a otros. La violencia hería el cuerpo y el escarnio hería el
alma. Ambas cosas eran terribles. No se lo deseaba a nadie, y no quería
que se lo hicieran a ella.
“Normalmente, les exigiría a todos ustedes que asumieran también
la responsabilidad de este incidente y renunciaran a su condición de
estudiantes. Sin embargo, me parece que ese trato es demasiado cruel.”
“Su Alteza…”
“Sólo por esta vez, le pediré un favor personal a la Srta. Rafina para
que los perdonen por sus acciones.” Añadió, asegurándose de aclarar
que se trataba de un acto de bondad que esperaba ser devuelto.
De este modo, podrá castigarlos y, al mismo tiempo, hacer que se
sientan en deuda con ella.
Espero que con esto, las cosas se calmen y todo el mundo siga
adelante.
Sintiéndose particularmente agotada por el intercambio, Mia, sin
embargo, se arrastró fuera de la habitación para pedir una audiencia
con Rafina.
Capítulo 40:
¡Primera Amiga!
Intentando con todas sus fuerzas ignorar el enjambre de abejas que
tenía en el estómago, Mia entró en el aula durante el descanso del
almuerzo.
“Srta. Rafina, ¿me permite un momento?” Preguntó con una sonrisa
nerviosa. Su voz se quebró un poco.
“¿Hm? Oh, Mia.” Rafina levantó la vista de su escritorio y, al ver
que era Mia, se levantó para saludarla. “¿Qué pasa?”
Llevaba su habitual sonrisa educada, pero eso era un frío consuelo
para Mia. Al fin y al cabo, no la llamaban santa por nada; su rostro
sonreía por defecto. Podría estar condenando a Mia a la guillotina y
seguiría pareciendo la misma. Nunca se puede tener demasiado
cuidado con ella.
“Hay algo que me gustaría discutir contigo…” Dijo Mia mientras
miraba tímidamente a Rafina.
“¿Hay? En ese caso, ¿por qué no vienes a mi habitación? Estaba a
punto de almorzar.” Respondió Rafina, con su voz suave y tranquila
como siempre.
Una vez que entraron en su habitación, de repente dio una palmada
y se volvió hacia Mia.
“¡Vaya, me acabo de acordar! Muchas gracias por sus regalos. Al
personal le han gustado mucho.” Dijo felizmente.
Mia le devolvió la sonrisa, tanto por el alivio de que Rafina
estuviera de buen humor como para ocultar el hecho de que no tenía la
menor idea de a qué regalos se refería. Eran, por supuesto, de Anne,
que aún no había informado a Mia sobre ellos.
Gracias a las lunas. A este ritmo, podría sobrevivir a este
encuentro…
Una vez que tomaron asiento y pusieron sus almuerzos sobre la
mesa, Mia se volvió lentamente hacia Rafina y, sin dudarlo, inclinó
humildemente la cabeza.
“Siento mucho lo que ha pasado.”
Este era un momento de guillotina potencial; su ego podía esperar.
“Por favor, Princesa Mia, no necesitas disculparte. No fue tu culpa,
¿correcto?”
“No, pero como Princesa de Tearmoon, soy responsable de las
acciones de sus nobles.” Dijo Mia, tratando de sonar lo más seria
posible. Le costó un poco de esfuerzo, porque en el fondo de su mente
pensaba: ¡Claro que no! No tiene nada que ver conmigo. ¡Ni siquiera
sabía que había ocurrido!
“Ya veo. Entonces, en cuanto a la acción disciplinaria… ¿Qué
tienes en mente?”
“Ya he ordenado que los asistentes culpables sean enviados de
vuelta a Tearmoon. En cuanto a sus amos estudiantes, debido a la falta
de pruebas claras que indiquen su participación directa, les he pedido
que hagan una auto reflexión y permanezcan vigilantes contra ese
comportamiento en el futuro.”
Los ojos de Rafina se entrecerraron inmediatamente.
“Eso parece bastante indulgente de tu parte.”
¡Eeeek!
La mirada penetrante de la presidenta del consejo estudiantil hizo
que un terrible escalofrío recorriera la columna vertebral de Mia, que
se arrepintió al instante de haber dejado que los amos estudiantes se
libraran tan fácilmente. Por desgracia, ya era demasiado tarde para
revertir su decisión. A estas alturas, no le quedaba más remedio que
argumentar el mérito de su laxa sentencia.
“Parece, Princesa Mia, que usted es un individuo muy
misericordioso.”
L-Lun—¡Lunas misericordiosas! ¡¿Qué hago?! ¡Estoy en muchos
problemas!
Mia se sintió como un gatito que se hubiera topado con un león
corpulento y hubiera recibido una mirada hambrienta. Con el cuello en
la cuerda floja, buscó desesperadamente una forma de salir de este
aprieto. Desgraciadamente, como ya había alcanzado el máximo
rendimiento mental, su cerebro se estaba recalentando y se negaba a
dar ninguna idea. Justo entonces, se fijó en el plato de sopa que había
sobre la mesa. Un trozo de algo amarillo sobresalía de su superficie.
Era su viejo amigo, el tomate ámbar.
La cara del jefe de cocina del Imperio apareció en su mente.
Recordó cómo había odiado los tomates ámbar, cómo él se obstinaba
en servírselos y cómo se esforzaba por convertirlos en algo que le
gustara…
“Ah, tomates de luna ámbar…” Murmuró para sí misma. “Qué
ironía que su acritud a menudo conduzca a su despilfarro… sin
embargo, el remordimiento por este pecado sólo llega cuando no queda
nada que comer…”
Recordó la primera vez que los probó después de reencarnarse.
Pensar que había tirado a la basura una comida tan meticulosamente
preparada —y todo el cuidado y la dedicación que había puesto en
ella— le hizo hacer una mueca. Era un duro recordatorio de lo terrible
que había sido como persona.
… ¡Espera! ¡No es el momento de ponerse nostálgico! ¡Necesito
enfrentar la realidad!
“Entonces… ¿quieres decir que la gente hace cosas malas porque
no es consciente de que están mal?”
“… ¿Eh?”
“Y en este caso, hubo poco daño real hecho, haciendo la reparación
de la víctima un asunto mucho más simple. Por supuesto, ahora veo…
Así que por eso enviaste a tu ayudante de mayor confianza, Anne…”
La actitud de Rafina cambió visiblemente. Volvió a sonreír, pero
esta vez fue mucho más suave que antes.
El castigo tiene dos propósitos. El primero es proporcionar
consuelo emocional a la víctima. El segundo es fomentar la reflexión
en el infractor. En este caso, los esfuerzos de Anne habían reducido al
mínimo el daño causado.
“Nos permite centrarnos en promover la reflexión en los
infractores, tras lo cual es de esperar que aprendan y maduren… De
hecho, esa puede ser la forma de actuar que más se adecua a un instituto
de enseñanza.”
“¡Absolutamente!”
Mia saltó sobre el argumento. No sabía que significaba, pero saltó
de todos modos: cualquier cosa que la sacara de este apuro.
“Mia.” Dijo Rafina mientras tomaba las manos de Mia entre las
suyas. “Tienes mi sincera admiración y respeto. Hay una profunda
misericordia en ti. Te empuja a buscar la redención incluso de los
malvados, y es algo que yo no tengo. Ahora veo por qué se refieren a
ti como la Gran Sabia del Imperio.”
“Me siento honrada de escuchar eso.” Dijo Mia con una sonrisa
nerviosa. Ser alabada en exceso tampoco era cómodo.
“Y, bueno… Verás, sobre eso…”
De repente Rafina empezó a tartamudear.
¡¿Hay más?! ¡¿Y ahora qué?!
Resistiendo el impulso de salir corriendo de la habitación en ese
mismo momento, Mia siguió escuchando. Sin embargo, las siguientes
palabras de Rafina la tomaron completamente por sorpresa.
“Um… ¿Te gustaría… ser mi amiga?”
“¿Podría… qué?”
A partir de ese día, Mia ganó una amiga: la hija del Duque Belluga,
Rafina.
Después de despedirse de Rafina y volver a su habitación, Mia se
tomó el tiempo necesario para deshacerse en elogios hacia Anne.
Entonces, antes de que la pobre sirvienta se hubiera recuperado de la
repentina efusión de gratitud, ya la habían arrastrado a la ciudad en
nombre de la recompensa por sus esfuerzos. Así fue como Mia y Anne
se lanzaron a probar todos los dulces de la ciudad, pero esa es una
historia para otra ocasión.
Capítulo 41:
¡Comienzan las Clases!
Dos días después de la fiesta hubo una orientación para los nuevos
estudiantes. Una vez concluida ésta, era el momento de empezar las
clases. Era un periodo de muchos nuevos comienzos: una nueva vida,
un nuevo entorno y una nueva experiencia educativa. La falta de
familiaridad genera incertidumbre, y las aulas se llenan de tensión
nerviosa la primera vez que los estudiantes entran. Cuando Mia se
sentó y miró a sus ansiosos compañeros, no pudo evitar esbozar una
sonrisa de confianza. ¿Y por qué no iba a hacerlo? Ya había pasado
por esto una vez, y había aprendido todo el material del curso hace
mucho tiempo. Y no sólo los conceptos, sino que había llegado a
utilizarlos en preguntas aplicadas.
Mm hm hm. ¡Esto será un paseo por el parque!
De hecho, Mia estaba tan segura de sí misma que se dirigió a un par
de sus compañeros y les dijo: “Si hay algo que no entiendan, ¡no duden
en preguntarme! ¡Se los explicaré!”
Sólo se estaba preparando para tener una caída más fuerte…
A los pocos minutos, se dio cuenta de que algo no iba bien.
“V-Vaya, qué raro…”
Una gota de sudor rodó por su frente.
No recuerdo nada de esto.
Mia había olvidado por completo que nunca había sido una buena
estudiante. Más bien, había nacido con el único rasgo que poseen todos
los políticos: la capacidad de olvidar convenientemente las cosas que
son malas para sus carreras. Para que conste, en Tearmoon había
estudiado los temas que parecían necesarios para evitar la guillotina en
el futuro, pero eso estaba lejos de ser una educación completa. No sabía
lo suficiente como para impresionar a sus compañeros. Las
matemáticas, en particular, resultaron ser un reto terrible. Como
estudiante de artes no comprometida —es decir, que había elegido las
artes a regañadientes debido a su ineptitud en las ciencias— la mera
mención de la aritmética le hacía girar la cabeza.
¡Yo y mi gran boca!
Mia entró en pánico. Después de todo lo que había dicho, no saber
la respuesta sería muy humillante. En cuanto terminaron las clases, se
escabulló de la sala antes de que nadie tuviera la oportunidad de hablar
con ella.
“¡Anne! ¡Anne!” Gritó mientras irrumpía en su habitación.
“¿Qué pasa, Princesa Mia?” Anne se giró sorprendida.
“Anne, a partir de mañana, vendrás conmigo a la clase de
matemáticas.”
“¿Qué?”
La Academia Saint-Noel tenía una política que permitía a los
asistentes acompañar a sus amos a clase. Muchos estudiantes llevaban
asistentes que habían destacado en su propia escuela. Se sentaban con
sus amos y les ayudaban en sus estudios. Anne, sin embargo, dudaba.
A diferencia de esos asistentes, ella no tenía una buena formación. Al
ver que le costaba responder, Mia se tomó un momento para pensar.
“Ah, por supuesto, si vienes a clase, no dudes en reducir tu carga
de trabajo en consecuencia. Puedes limpiar la habitación una vez cada
dos días, por ejemplo. Incluso te ayudaré.”
“¿Qué? ¡No! ¡Eso no está bien en absoluto! Si voy, ¡igual me
aseguraré de hacer todo mi trabajo!”
“Um, pero entonces no podrás ayudarme a estudiar.”
“¿Eh?”
“Uh, quiero decir…”
Mia se quedó sin palabras, dándose cuenta de que había metido la
pata. Incluso ella tenía un sentimiento de orgullo. Anne confiaba en
ella, creía en ella e incluso la admiraba. Lo último que quería hacer era
decirle a Anne: “¿Puedes ir a aprender todas las asignaturas que se me
dan mal y luego enseñármelas?” Después de un largo rato, finalmente
se le ocurrió una excusa.
“Creo que la aritmética te será útil en el futuro.”
No se equivocaba. La aritmética sería, en efecto, muy útil. Era una
habilidad necesaria para hacer cualquier tipo de negocio, y las
enseñanzas en Saint-Noel se basaban en los conocimientos más
actuales en la materia. Si Anne estudiaba bien, sería muy valorada por
todo tipo de personas.
“P-Princesa Mia… Tú… Para mí…” Dijo Anne, con los ojos
llorosos. “Muchas gracias por esta oportunidad. No te defraudaré.”
“C-Ciertamente…” Mia tartamudeó. Cada palabra de la ferviente
gratitud de Anne apuñalaba su conciencia. “No pienses nada de eso.
Además, a mí también me cuesta un poco seguir el ritmo, así que te
agradecería un poco de ayuda en clase.”
La acobardada Mia se quebró bajo el peso de su propia culpa. Para
sentirse mejor, deslizó un poco de su verdadero motivo al final.
“Princesa Mia…”
Sin embargo, a Anne no le pareció más que un apresurado intento
de modestia. Para una plebeya, la idea de asistir a las clases de Saint-
Noel —no sólo de forma gratuita, sino cobrando por ello— era
absolutamente impensable. Era un acto de profunda benevolencia que
la conmovía más allá de las palabras. En ese momento, estuvo
dispuesta a dedicarse a Mia el resto de su vida. Lloviese o tronase, en
la salud y en la enfermedad, dondequiera que fuera Mia, ella iba a
seguirla. Incluso si Mia se casaba en un reino extranjero, estaba
dispuesta a servirla allí hasta el final.
Sin embargo, sabía que, en última instancia, eran sus propios
pensamientos. Podría llegar un día en el que renunciara a su papel de
sirvienta personal de Mia. Este acuerdo era probablemente una forma
sutil de prepararla para esa posibilidad, de modo que, si alguna vez
tenía que emprender el camino por su cuenta, contara con los
conocimientos y las habilidades necesarias para mantenerse.
A menos que…
A Anne se le ocurrió una segunda posibilidad.
¿Y si Mia hablaba en serio cuando llamó a Anne su mano derecha
y confidente? ¿Y quería que su mano derecha tuviera los
conocimientos suficientes para apoyarla en sus futuros proyectos? La
responsabilidad y la confianza iban de la mano.
Tal vez las mayores responsabilidades que Mia le estaba asignando
eran una señal de una mayor confianza. Aunque sabía que era una
interpretación demasiado optimista…
“Confía en mí, Princesa Mia. Haré lo mejor que pueda.”
… Su motivación, sin embargo, se disparó.
Capítulo 42:
La Princesa Mia Intenta Unirse a un Club
La Academia Saint-Noel albergaba un sinfín de clubes. Algunos se
centraban en la investigación y el estudio académico. Otros se
dedicaban a la mejora de la técnica en el manejo de la espada o la lanza.
Incluso había clubes dedicados enteramente a pasatiempos y aficiones,
como el Club de la Fiesta del Té, muy popular entre la población
femenina de la academia. Fuera de las clases, había una gran variedad
de actividades para satisfacer los caprichos de estos estudiantes
acostumbrados a una vida de lujo.
Sucedió que uno de estos clubes captó el interés de Mia.
“¡Ah-ja! ¡Lo encontré!” Dijo Mia mientras se acercaba al establo.
“Hm. Como se esperaba de Saint-Noel. Muy impresionante.”
El establo albergaba más de treinta caballos, lo que era suficiente
para reunir a todo un escuadrón de la Guardia Imperial en Tearmoon.
Mientras la menuda princesa se paseaba mirando con curiosidad a los
animales, todos los demás alumnos del club de equitación sudaban
nerviosos.
Las alumnas rara vez acudían al establo. El olor único de los
caballos era extraño en la isla, y muchas chicas lo encontraban bastante
desagradable. Entonces, ¿qué podría haber traído a la Princesa del
poderoso Imperio Tearmoon a un lugar como éste? Imaginando que,
fuera lo que fuera, no debía de ser un asunto de risa, nadie en los
alrededores se atrevió a preguntar.
Nadie excepto un joven.
“Hey, señorita, ¿qué haces por aquí? ¿Se ha perdido o algo así?”
Preguntó, completamente impasible ante la presencia de Mia.
Se giró en su dirección y se dio cuenta de que lo había reconocido.
Era un estudiante de segundo año de la división superior de la
academia, por lo que era cuatro años mayor que ella. Su complexión
era gruesa y musculosa, y su piel tenía un saludable bronceado.
“Vaya… Creo que fuiste tú quien paseó los caballos el día de la
fiesta.”
“Oh, eres la señorita de aquella vez.” Dijo mientras se daba una
fuerte palmada en la frente y dejaba escapar una sonora carcajada.
Claramente, recordaba la vez en que Mia tuvo la desgracia de que un
caballo le estornudara justo antes de la fiesta. El caballo ofensivo era
uno de los suyos. “Lo siento por eso. Soy el líder del club de
equitación. Del último año de secundaria. Me llamo Lin Malong.”
“Soy Mia Luna Tearmoon.” Como siempre, se tiró de la falda y
realizó una reverencia. “A juzgar por tu nombre, supongo que eres del
Reino de Equestria.”
“Caramba, tengo que decir que es un honor que la Princesa de
Tearmoon conozca mi nombre.” Dijo Malong con una sonrisa. Luego,
su expresión se tornó repentinamente seria. “¿Y? ¿Qué pasa? ¿Todavía
tienes algún resentimiento por lo del otro día? No me digas que quieres
a ese caballo muerto o algo así.”
En el pasado, una alumna se había presentado gritando que había
tenido una experiencia terrible con uno de los caballos, llegando a
exigir que lo mataran. Las quejas airadas eran una cosa, pero dañar a
los caballos estaba fuera de lugar. Miró a Mia. Si llegaba tan lejos…
“¿Hm? ¿Por qué querría yo que el caballo muriera?”
“Quiero decir, arruinó tu vestido, ¿no?”
“¿El vestido?”
Hubo una pausa. Luego, Mia se rió como si acabara de escuchar
algo absurdo.
“Oh, por favor. ¿Por qué querría yo que mataran a un caballo por
un vestido?”
Para Mia, era extremadamente obvio cuál era más valioso. Un
vestido no podía ayudarla a huir del ejército revolucionario. Un caballo
podía.
“Sólo he venido hoy para echar un vistazo al club y ver lo que hacen
aquí.”
Quería aprender a montar a caballo, y tenía una razón de peso.
Cuando el ejército revolucionario la persiguió, había intentado escapar
en un carruaje tirados por caballos, pero descubrió que ni los caballos
más fuertes podían dejar atrás a los jinetes si tiraban de un pesado
carruaje. En consecuencia, no tardaron en capturarla. Aunque lo ideal
sería que no hubiera una revolución, si ésta se produjera, debía ser
capaz de escapar rápidamente a los reinos vecinos. Para ello, tuvo que
aprender a montar a caballo por sí misma. Entre la guillotina y unos
mocos de caballo, elegiría con gusto lo segundo. Mientras el caballo la
llevara a un lugar seguro, podría pasar por alto el hecho de que una vez
la hubiera utilizado como pañuelo.
Así es. Mia había aprendido a perdonar, y para ella, eso era un gran
paso.
“Echar un vistazo, eh…”
Malong se rascó la barbilla. A diferencia de la gente de Equestria,
que se decía que había nacido y crecido a caballo, Mia era de
Tearmoon. No podía entender por qué la princesa de un imperio tan
poderoso estaría interesada en el Club de Equitación.
Entre la sociedad educada, montar a caballo no se consideraba un
pasatiempo noble. La equitación era una habilidad práctica con un
propósito muy específico: llevar a cabo la guerra. Era de naturaleza
militar. Mientras que la capacidad de montar caballos de guerra en
combate podía ser valiosa para los chicos, se podía decir que era una
habilidad totalmente inútil para una chica. De acuerdo, de vez en
cuando había alguna chica que expresaba su interés por la caza, pero…
Una mirada a los brazos de Mia le dijo a Malong que no era una
arquera.
“Puedes mirar todo lo que quieras, pero ¿estás pensando en unirte
al club?”
“Si lo hago, ¿podré aprender a montar a caballo?”
“Bueno, claro… Pero, ¿quieres montar a caballo?”
“Desde luego que sí.”
“… ¿Por qué?”
“Porque puede llevarme a un lugar lejano…” Mia miró a la
distancia. “Tan lejos como quiera ir.”
Idealmente, tan lejos que ningún ejército revolucionario podría
llegar a ella. Los caballos eran, en su opinión, su método de escape
más práctico.
“A un algún lugar lejano, eh…”
Las palabras de Mia tocaron la fibra de Malong. Habló de una
verdad conocida por todos los ecuestres desde la infancia. Los caballos
elevan a sus jinetes, permitiéndoles llegar más alto y más lejos de lo
que podrían hacerlo solos. A lomos de un caballo, ninguna distancia
estaba fuera de su alcance. Eran compañeros que ofrecían la libertad
de, como ella había dicho, llegar tan lejos como uno quisiera. Era un
sentimiento que nunca expresarían quienes veían a los caballos como
meros instrumentos de guerra o mascotas a las que mimar.
No es una simple princesa, eh… Parece que esta señorita es más
de lo que parece.
Justo entonces, Mia escuchó una voz.
“¿Princesa Mia? ¿Qué estás haciendo aquí?”
Lo cual le resultaba bastante familiar.
Capítulo 43:
Pánico a Caballo
“¿Princesa Mia? ¿Qué estás haciendo aquí?”
“Vaya, ¿Príncipe Abel? Qué coincidencia.”
Los ojos de Mia se abrieron un poco de sorpresa. No esperaba ver
a Abel aquí. Al escudriñar en sus recuerdos de la línea temporal
anterior, recordó que Abel había sido miembro del Club de Juegos de
Cartas, al que ella misma había considerado unirse en un intento de
conocerlo mejor. Sin embargo, al descubrir que el club estaba formado
por un grupo de inútiles que se pasaban el día jugando, Anne se negó
rotundamente a que se acercara al club.
Pensé que seguramente estaría holgazaneando como sus
compañeros degenerados.
El Abel de antaño resurgió en su mente. Recordó que su rostro
siempre había parecido un poco pálido. Todo en él, desde su sonrisa
desganada y su risa despreocupada hasta la forma descuidada de llevar
el uniforme, hablaba de alguien que no se tomaba la vida en serio. Y
sin embargo…
“¿Te has unido al club de equitación?”
“¿Hm? Oh, eh, sí. Me imaginé que ya que soy, ya sabes,
técnicamente un príncipe de Remno, al menos trataría de poner al día
mi destreza con el caballo y la espada.”
… El rostro que vio ahora no se parecía en nada al que recordaba.
No había degeneración en su animada sonrisa, y su ropa de montar,
pulcramente usada, desprendía un aura de vitalidad.
“¿Y qué te trae por aquí?”
“Tenía curiosidad por la equitación, así que vine a echar un
vistazo.”
“¿Usted? ¿Equitación? Bueno, eso no es lo que esperaba
escuchar…”
“Hey, Abel, ¿eres amigo de esta señorita?”
“Ah, Malong. Sí, tuve la suerte de ser su pareja en la fiesta de la
otra noche.”
“No lo digas. En ese caso llegaste justo a tiempo. Mira, ¿por qué no
llevas a la señorita a dar un paseo?”
“… ¿Qué?”
Abel parpadeó varias veces.
“Tuvo la curiosidad de venir hasta aquí. No podemos permitir que
se vaya con las manos vacías, ¿verdad?” Dijo Malong con un guiño
sugerente.
“Pero…”
Abel echó una rápida mirada a Mia antes de apartar inmediatamente
la vista. Sus mejillas se volvieron ligeramente rosadas.
Vaya, míralo…
Lo cual no pasó desapercibido para Mia.
Mira eso. ¡Le da vergüenza subirse a un caballo conmigo!
Podía ver por qué Abel se ponía nervioso. Montar un caballo en
tándem era bastante íntimo.
Oh jo jo, ¡pero ahora es la cosa más dulce!
La veinteañera que llevaba dentro sacó a relucir su cabeza y lo
observó con una mirada de soberbia mundana. Aunque nunca había
tenido una relación, era una mujer adulta, siempre que se cuente la
línea temporal anterior. La mente de un simple preadolescente no
podía suponer un reto para ella. Sabía que estaba leyendo a este chico
como un libro.
Para que conste, esta vez su corazonada fue correcta, pero hay que
atribuirla a la suerte del principiante y no a la perspicacia romántica.
En ese caso, supongo que tendré que tomar la iniciativa. Después
de todo, soy la mayor y la más madura.
Sintiéndose bastante bien consigo misma, le sonrió.
“Le agradecería mucho que lo hiciera, Príncipe Abel. Apenas nos
conocimos en la fiesta. Me encantaría tener la oportunidad de hablar
un poco más.” Dijo ella, inclinando descaradamente la cabeza hacia
abajo de modo que lo miraba con ojos amplios y límpidos.
“Uh, bueno, quiero decir… Si insistes, claro…”
“Vaya.” Dijo Mia con una dulce sonrisa. “Qué absoluto caballero
eres.”
La sonrisa no duró.
¡Eeeek! ¡No! ¡No, no, no, no! ¡Esto es demasiado alto! ¡Esto es
demasiado alto!
Mia necesitó toda su contención para no gritar esos sentimientos en
voz alta. Después de que Malong la ayudara a subir al caballo,
enseguida se dio cuenta de que algo no iba bien: el lomo del caballo
estaba mucho más alto del suelo de lo que ella esperaba.
Para empeorar las cosas, llevaba su uniforme escolar. Los
uniformes de la Academia Saint-Noel, concebidos por la vanguardia
del mundo de la moda, eran bastante vanguardistas. Se llevaba una
blusa blanca bajo una americana, que se complementaba con una falda
plisada con pliegues bien definidos. No se parecía en nada a los
vestidos que tradicionalmente llevaba la nobleza femenina. También
significaba que tenía que montar a caballo con falda, lo que la obligaba
a sentarse de lado con las dos piernas juntas. Por razones obvias, esto
era aterrador. Si hubiera podido montar a horcajadas normalmente,
habría mirado hacia delante por encima de la cabeza del caballo. Con
el cuerpo girado hacia un lado, cada mirada hacia abajo era un
recordatorio de su distancia del suelo. También era una posición
extremadamente inestable; el más mínimo fallo de concentración
provocaría un desmontaje rápido e involuntario. Como resultado, se
produjo una dramática reasignación de recursos mentales. Todas sus
consideraciones previas —el aire romántico, tomar la delantera, ser la
mayor y más madura— se abandonaron en favor de un único objetivo:
no tener un ataque de nervios en el acto.
“Muy bien, Princesa Mia. Aquí, asegúrate de agarrarte de mí—
¡Wah!”
Habiendo perdido toda la compostura, ni siquiera estaba
escuchando. El miedo a caerse la hizo rodear con sus brazos el objeto
más cercano —en este caso, la cintura de Abel— y aferrarse a la vida.
“U-Um, Princesa Mia, ¿estás… bien? No tienes que hacer esto…”
“¡Yo… lo sé! E-Estoy totalmente bien, ¡así que siéntete libre de
proceder!”
Cuando el caballo dio el primer paso hacia adelante, ambos jinetes
habían perdido completamente la calma. Estar tan cerca de la chica que
le gustaba había convertido a Abel en un manojo de nervios, mientras
que Mia estaba simplemente en un estado de pánico por puro miedo.
Así comenzó su cita a caballo, que fue de infarto por todas las razones
equivocadas.
Capítulo 44:
Un Sutil Malentendido
Al tener experiencia previa en montar a caballo, Abel fue el primero
en recuperar la compostura.
“Vamos, Princesa Mia, abre los ojos y mira a tu alrededor. La vista
desde aquí arriba es algo impresionante.”
“Supongo que lo haré. Muy bien… Aquí voy.”
Mia respiró hondo, templó los nervios y se obligó a abrir los ojos.
La perspectiva era completamente nueva. A diferencia de la vista
panorámica desde lo alto de un castillo, estaba un poco más alta de lo
habitual, lo que daba una sensación de novedad al paisaje. Una brisa
fresca le rozó las mejillas y le levantó el cabello. El rítmico vaivén de
los pasos del caballo, que al principio le resultaba aterrador, también
empezaba a gustarle.
Qué extraño. Por alguna razón, estoy empezando a sentir un poco
de sueño…
Apoyó suavemente su cabeza contra la espalda de Abel y cerró los
ojos.
“¿Q-Qué, P-Princesa? ¿Q-Qué estás—? ¡Oh, mira allí! ¡Es ella!
¡Su, uh, asistente!”
“¿Hm? ¡Vaya, tienes razón! ¡Hey, Anne!”
Mia levantó las manos y saludó con entusiasmo a Anne. Las manos.
Y las agitó con entusiasmo. Por desgracia, la familiaridad engendra
complacencia, y la complacencia conduce al descuido.
“Espera, no te sueltes… ¡No!”
“¿Eh?” La vista de Mia giró de repente en un arco. “¡Hyaaaaaah!”
Gritó mientras caía del caballo y aterrizaba en el suelo con un fuerte
golpe.
“Mmm… ¿Hm? Qué raro.”
Por alguna razón, el impacto no se sintió tan mal como había
sonado.
“Ay, ay, ay…”
Oyó la voz de Abel junto a sus oídos. Con aprensión, abrió un ojo
para echar un vistazo.
“¡¿Príncipe Abel?! ¡¿Qué estás…?!”
Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba en sus brazos.
Mejor dicho, ¡en su abrazo! Abel se había lanzado con ella para
rodearla con sus brazos y frenar su caída.
IMAGEN
“¿Qué…? P-Pero… ¡¿Uh?!”
Su voz se quebró y tartamudeó incoherentemente. Apenas podía
oírse a sí misma por encima de los latidos de su propio corazón.
¿Por qué demonios me pongo tan nerviosa? Esto es sólo un abrazo.
Simplemente estoy siendo abrazada por el Príncipe Abel, eso es todo.
No hay razón para ponerme nerviosa. Además, ni siquiera es la
primera vez. Tengo experiencia en ser abrazada. Me abrazaron en el
baile. Soy una experta en ser abrazada… pensó Mia para sí misma en
un intento desesperado por calmar el salvaje latido de su pecho. Y, por
no hablar, el Príncipe Abel es sólo un niño. Así es. Tiene ocho años
menos que yo—
“¿Estás bien, Princesa Mia? ¿Te has hecho algo?”
Levantó la vista y lo encontró mirándola, con una expresión de
preocupación. Sus ojos se encontraron. La intensidad de su mirada le
atravesó el pecho llegando justo a su corazón.
¡No! ¡No me mires así! ¡No con esos ojos!
Mia apartó rápidamente la mirada, pero no antes de que sus mejillas
se llenaran de color.
“Estoy bien, Príncipe Abel. Bastante bien, en realidad, así que si no
le importa… ¿Podría, um, dejarme ir?”
“U-Uh, claro. Por supuesto. Mis disculpas.”
Se apartó apresuradamente de ella, con una expresión
inequívocamente cabizbaja.
“Ah, por favor, no te equivoques.” Dijo Mia apurada. “No me
molestó que me abrazaras ni nada por el estilo. No es eso.”
“Sí, por supuesto. Lo sé…”
Contrariamente a sus palabras, el rostro de Abel no se iluminó.
Parecía decepcionado… casi desolado. Algo en su expresión hizo que
Mia se sintiera incómoda.
Oh, ya veo. Así es como se desmorona la galleta, ¿no? Deje de
gustarle, y cuando necesite refuerzos suyos en el futuro, ya no los
enviará…
Sólo había una sombra de duda en el fondo de su mente, un susurro
que le preguntaba si algo así podría hacer que él la despreciara. Decidió
descartar ese pensamiento y concentrarse en cómo remediar la
situación.
Qué puedo hacer para… ¡Ah-ja! ¡Ya lo sé!
Se acercó a él y tomó sus manos entre las suyas.
“¿Eh? ¿Qué?”
“¡Muchas gracias por salvarme antes, Príncipe Abel!” Dijo antes
de acercar su cara a la de él. Luego, levantó la cabeza y lo miró a los
ojos.
Cuando alguien se acerca demasiado, la reacción natural es
retroceder. Sólo tengo que hacerle experimentar ese proceso por sí
mismo. ¡Vaya, qué terriblemente inteligente soy!
“A-Ah, hey, um… Bien, ya lo entiendo, así que ¿podrías… no
acercarte tanto?”
Incapaz de sostener su mirada, se sonrojó y se apartó.
“¿Ves? Tú también miraste hacia otro lado, ¿no? ¿Te importaría
explicar por qué lo hiciste, hm?”
Mia puso una sonrisa victoriosa.
“¿Por qué…?”
“Lo que sientes ahora, Príncipe Abel, es lo mismo que sentía yo
antes.”
“¡¿Qué?!”
Verás, como persona de sensibilidad muy delicada, me pongo
nerviosa cuando la gente se acerca demasiado. Eso es todo.
“P-Pero, creo que… que probablemente siento eso con más fuerza
que tú.”
“Vaya, ¿es un mal perdedor lo que oigo?”
Había una cualidad entrañable e infantil en el modo en que Abel se
ponía tan competitivo por algo tan trivial, y ella no pudo resistir una
risita.
Me pregunto si está tratando de decir que es más delicado que yo.
Lo que Mia no sabía era que tenían interpretaciones ligeramente
diferentes de lo que sentían. Mientras que ella asumía que era una
reacción a “que alguien se te acerque demasiado”, él lo entendía como
“que se te acerque la chica que te gusta”.
Lo que tampoco sabía era que había otra capa en su propia reacción
que, sin saberlo, era bastante similar a la de Abel.
Capítulo 45:
La Princesa Mia No Está Sola
Que conste que Mia no era una solitaria. Como corresponde a su
condición de Princesa de Tearmoon, a menudo estaba rodeada de un
séquito de otras chicas. Aunque su número había disminuido un poco
en comparación con la línea temporal anterior —como resultado de
que Mia rechazara a cualquiera que dijera algo malo de Anne—,
seguían representando la facción más numerosa de su clase.
Hablando de facciones, puede ser beneficioso describir la
composición de su clase, en la que el grupo de Mia reinaba. Ya sea a
través de clubes, parentesco o algún otro elemento común, los
estudiantes acababan estableciendo conexiones entre sí. Una sensación
de sincera camaradería o, a veces, una alineación mutua de intereses
haría que estos estudiantes pasaran cada vez más tiempo juntos, lo que
acabaría separando la clase en una serie de camarillas. Obviamente,
siempre habría quienes no pertenecieran a ningún grupo: los que no
encontraran su camarilla e inevitablemente recibirían la etiqueta de
“solitarios”.
En la clase de Mia había una chica así. Se llamaba Chloe Forkroad.
Era una chica tímida cuyos rasgos definitorios eran su espesa cabellera
negra y unas gafas aún más gruesas.
Un timbre sonó, indicando el fin de las clases.
“Haaa…”
Mientras los demás estudiantes se alegraban de su liberación, Chloe
dejó escapar un profundo y cansado suspiro. Procedía de una familia
de comerciantes que dirigía un negocio bastante grande. Sus padres
habían pasado de vagar con las caravanas a establecer una empresa,
antes de convertir sus logros en un título nobiliario. Eran mercaderes
mundanos que sabían desenvolverse con la gente. Su hija, sin embargo,
tenía una personalidad mucho más reservada. Más dada a los libros
que a las bromas, siempre fue una chica tímida, y sus esfuerzos por
llevarla durante sus viajes y hacer que conociera a todo tipo de gente
no hicieron más que empeorar su introversión. Temiendo por su futuro,
decidieron intentar enviarla a la mejor academia del continente, Saint-
Noel. Después de una larga campaña de regalos y de tirar de la cuerda,
consiguieron que se matriculara.
Sin embargo, una vez que Chloe llegó a la academia, lo que le
esperaba eran las duras realidades de la nobleza y su obsesión por el
linaje y la tradición. Como recién llegada cuya familia compró su título
con dinero, sobresalía como un pulgar dolorido. Así comenzó su
solitaria vida en la escuela.
Para los que no encajan, el peor momento de la clase es durante los
descansos. No había día en que no tuviera que enfrentarse al problema
de cómo pasar esos descansos —un tiempo destinado a socializar con
los amigos— sola. Para ello, los libros que había traído de casa se
convirtieron en su salvación. Como recipientes concentrados de
conocimiento, los libros se vendían bien y alcanzaban altos precios en
el mercado. Incluso la familia de Chloe, que operaba como Forkroad
& Co., siempre había dado especial importancia a los libros como uno
de sus principales productos. Al haber crecido rodeada de ellos,
desarrolló un amor por los libros y se trajo muchos a la academia. Sin
embargo…
Este es el último… Pasar todos los descansos inmersos en sus
páginas había agotado rápidamente sus reservas. ¿Qué voy a hacer
mañana?
Sólo le quedaban veinte páginas de su último libro, y por muy
despacio que leyera, mañana habría terminado.
¿Tal vez debería intentar hablar con alguien? Sí, claro. No puedo
reunir el valor para hacerlo. Incluso si pudiera, debería haberlo hecho
cuando empezaron las clases. Ahora que todo el mundo se ha
acomodado en grupos, es demasiado tarde…
Apretó la cara contra el escritorio.
Me gustaría poder simplemente… desaparecer…
No estaba triste. Al menos, no creía estarlo. Sin embargo, sus ojos
se llenaron de lágrimas. Fue entonces cuando escuchó una voz.
“Disculpe…”
Sin darse cuenta de que le estaban hablando, Chloe se limitó a
suspirar y siguió apretando la cara contra sus brazos.
“Disculpe, ¿tiene un momento?”
“… ¿Eh?”
Chloe levantó lentamente la vista. Mientras parpadeaba las
lágrimas de sus ojos, apareció la figura de una chica.
“¡¿Huh?!”
Se quedó helada con el tipo de sobresalto que se experimenta
cuando el solitario sombrío que no cae bien a nadie se da cuenta de que
el chico más genial de la clase le está hablando. La metáfora era
acertada, porque esta chica era la estrella indiscutible de su clase y una
auténtica celebridad en su curso. La Princesa del Imperio Tearmoon,
Mia Luna Tearmoon, le estaba hablando.
“Um… Uh… ¿Eh?”
Las palabras le fallaban mientras se esforzaba por pensar en su
confusión. Mientras tanto, la mirada de Mia se posó en el libro de
Chloe, abierto sobre el escritorio.
“¿Qué estabas leyendo?”
“Oh, um, ¿esto? Es una guía ilustrada de las plantas que crecen en
el desierto… Te dice cómo obtienen su agua… y cosas así, y…”
A Chloe le pareció la primera conversación real que había tenido
desde que llegó a la academia. En su afán de interacción, empezó a
inclinarse cada vez más hacia delante, hablando con la frenética
intensidad de alguien a quien le aterra la más mínima pausa en su
diálogo.
Mientras Mia escuchaba, un ceño fruncido arrugó su frente.
“… ¿Te parece interesante?”
“¡Sí! Oh, um… En realidad, puede que no sea muy interesante de
leer. Quiero decir, creo que es interesante, pero… quizás no para otras
personas, así que…”
“Hmm… Parece que estás leyendo libros todo el tiempo, ¿lees
algún libro de cuentos?”
“Oh, um, sí. Me gustan. Me gusta el de, um… una historia de amor
entre un príncipe de un pequeño reino y una princesa. Pero yo, um…
terminé de leer todos los libros que traje, así que…”
Y fue entonces cuando, por alguna razón, un brillo de excitación
apareció en los ojos de Mia, y se quedó mirando a Chloe como un gato
hambriento que acabara de ver un ratón. La visión asustó un poco a
Chloe, que se echó hacia atrás, sólo para descubrir que su brazo no se
movía con ella. Sus ojos se dirigieron a su hombro, bajaron a su
muñeca, pasaron por encima de un par de manos que la rodeaban con
firmeza y finalmente subieron a la cara de su captora.
Mia sonrió.
“He estado buscando a alguien como tú. ¿Te gustaría ser mi
amiga?”
Sin duda, eso era lo último que Chloe esperaba escuchar.
Capítulo 46:
Compañeras de Libro
¡Bingo! Oh jo jo, ella es exactamente el tipo de persona que pensé que
sería.
Oír hablar a Chloe llenó a Mia de una sensación de satisfacción.
Cuando se había acercado a la chica, consideraciones como el
aislamiento de Chloe y la propia simpatía de Mia por la soledad de su
situación… por supuesto nunca habían pasado por la mente de Mia. La
única razón por la que se fijó en ella fue porque Chloe leía en todos los
recesos, y Mia había llegado al punto de querer a alguien con quien
hablar sobre los libros que había estado leyendo.
Así es, Mia anhelaba un compañero de libros.
Ese mismo día, Mia había estado tumbada boca abajo en la cama,
leyendo el nuevo borrador que le había enviado Elise, la hermana de
Anne.
Ah, ¡es tan divertido leerlo en un papel adecuado como éste!
La progresión de la trama aún no había superado los conocimientos
de Mia, pero los diversos detalles de cómo se representaban los
personajes y las escenas diferían ligeramente de la versión de Anne, y
había una nueva sensación de emoción al volver a ver la historia a
través de esta nueva lente. Con la barbilla apoyada en la palma de la
mano y los pies pateando la cama detrás de ella, tarareó alegremente
para sí misma mientras hojeaba las páginas, con Anne vigilándola de
cerca.
Aunque su comportamiento era poco apropiado para una princesa,
Anne no frunció el ceño ni protestó. La posición de Mia la sometía a
una presión constante para que mantuviera cierta seriedad en su
comportamiento diario. El único lugar en el que se liberaba de esa
carga era su habitación, y Anne se comprometía a permitirle
holgazanear lo más libremente posible en ella. Para Anne, todo esto
formaba parte del cuidado de Mia. Para el resto del mundo, este tipo
de trato se describiría mejor como “mimarla”.
Finalmente, Mia pasó la última página del borrador y dejó escapar
un suspiro de satisfacción.
“Gracias, Anne. Como siempre, la lectura es muy agradable.” Dijo
mientras le devolvía el fajo de papeles. Luego, inclinó la cabeza como
si de repente recordara algo. “Por cierto, ¿cómo te van las cosas en
casa? ¿Le va bien a Elise?”
Para Mia, estos borradores eran una fuente de disfrute importante
que siempre esperaba. Por lo tanto, era imprescindible que Elise se
mantuviera en buen estado de salud para poder seguir escribiendo la
historia.
“Gracias por tu preocupación. Las cosas van bien, y Elise está
bastante bien.” Respondió Anne con una brillante sonrisa. No había
ningún indicio de engaño o vacilación en su rostro.
“Me alegro de oírlo. Pero si alguna vez surge algo, asegúrate de
decírmelo. Al fin y al cabo, Elise es una de las mías.” Añadió,
asegurándose de que quedara claro. Luego, miró el borrador y dejó
escapar un suspiro. “Aun así, es una pena terrible que tú y yo seamos
las únicos en leer esto…”
La única cosa que todos los amantes de los libros tienen en común
es su deseo de debatir luego de leer un libro. Después de leer algo
cautivador, simplemente necesitan hablar de ello con alguien. Se
podría pensar que Mia podría hablar del libro con Anne, pero, por
desgracia, ella se mostró sorprendentemente poco receptiva a esa
conversación. Aunque había leído todo el contenido, su motivación
parecía provenir de la obligación de leer la obra de su hermana más
que de un disfrute innato.
Ahora que lo pienso realmente, esta historia es bastante diferente
de lo que escuché en el calabozo. Sospecho que Anne podría estar
hojeando la mayoría de estos.
Las chicas que componían su séquito también eran una mala
elección. Simplemente la colmarían de elogios. Lo que no podían
proporcionar era el tipo de discusión sustanciosa y exploratoria sobre
una obra que Mia realmente ansiaba.
Me pregunto si hay alguien aquí que esté a la altura…
Mientras deambulaba por el aula reflexionando sobre este
problema, sus ojos se posaron en la chica que se había pasado todos
los recreos absorta en sus libros. Al instante supo que había encontrado
a la persona adecuada: la amante de los libros Chloe.
Está dispuesta a sacrificar el tiempo que podría utilizar para
hablar con sus amigos por la lectura. ¡Debe tener un amor tan
profundo por los libros! Todo tipo de libros.
… Por supuesto, la razón principal por la que Chloe pasaba todo su
tiempo leyendo era porque se sentía incómoda sentada allí sola sin
hacer nada. En realidad no le gustaban los libros tanto como pensaba
Mia.
“¿Te gustaría ser mi amiga?”
“… ¿Eh?”
Chloe parpadeó. Luego, parpadeó un poco más. No sirvió de nada.
Todavía no podía procesar lo que acababa de oír.
“U-Um… Yo… Pero, ¿por qué?”
No podía entender por qué Mia había hecho esa pregunta. Le
preguntó a ella, de entre todas las personas. La desconcertó por
completo. Esta era la Princesa de Tearmoon. Su influencia en la clase
no tenía rival, y su círculo social incluía a todos los pesos pesados.
Desde los príncipes de Sunkland y Remno, que eran objeto de infinita
adoración por parte de sus compañeras, hasta la hija del Duque
Belluga, que literalmente gobernaba su escuela, sus amigos eran de lo
más selecto. Era una persona que se relacionaba con la flor y nata, con
los que estaban en lo más alto de la cadena alimenticia de Saint-Noel.
Entonces, ¿qué estaba haciendo ella hablando con una ávida lectora
como Chloe? No tenía ninguna razón para hacerlo. A menos que…
Entonces, algo se le ocurrió a Chloe, y todo tuvo sentido. En
realidad, había una razón posible: la compasión.
¿Me vio sola todo el tiempo y decidió apiadarse de mí?
Sabiendo que a Mia se la llamaba a veces la “Santa del Imperio”,
Chloe supuso que debía ser una persona muy compasiva.
Si es el caso, entonces… es bastante deprimente.
Ese pensamiento la hizo sentirse miserable. No había nada
agradable en ser visto como lamentable. Sí, debió ser por eso…
“Porque te gustan los libros y, de hecho, hay algo que me gustaría
que leyeras.”
La respuesta de Mia la confundió aún más. Miró a la pequeña
princesa, con la boca abierta y la mente en blanco.
“Entonces, si no es mucha molestia, ¿sería posible que fuéramos
compañeras de libro?”
Diez años más tarde, Chloe se haría cargo del negocio familiar y
ampliaría el departamento de publicación de libros, convirtiéndolo
finalmente en una enorme empresa editorial cuyos clientes abarcaban
múltiples reinos. Todos los libros en los que participó se convirtieron
en éxitos de ventas, y un dato especialmente conocido fue que el más
popular de ellos fue un libro que le llevó su antigua compañera de
clase, la Princesa del Imperio, Mia Luna Tearmoon.
Capítulo 47:
Arreglos de la Lonchera
“¿Qué? ¿Un torneo de esgrima?” Preguntó Mia mientras almorzaba un
día en la cafetería con su grupo habitual de amigas.
“Sí, los chicos han estado hablando mucho. Por lo visto, la
academia está ayudando a organizarlo, y tiene lugar durante la última
semana antes de las vacaciones de verano o algo así…” Respondió una
de las chicas.
“¿No te has enterado?” Preguntó otra.
“Hm… creo que no recuerdo haber escuchado nada de eso… Uf,
mi cabeza.”
En cuanto trató de evocar los recuerdos del pasado, le sobrevino un
terrible dolor de cabeza.
Torneo de esgrima… Hmm…
Las palabras pasaron ominosamente por su mente. Algo en ellas le
hizo sentir que eran recuerdos que era mejor no desenterrar…
“Tradicionalmente, si una chica tiene un chico que le gusta, ese día
le llevará una lonchera, así que nos preguntábamos si Su Alteza ya ha
hecho un pedido…”
… ¡La lonchera!
Una escena de sus recuerdos irrumpió vívidamente en su mente.
Era de la línea temporal anterior, y en ella estaba inspeccionando
ansiosamente la extravagante lonchera que había pedido…
“¡Oh, ya lo veo! Voy a entregarle esto, y estará tan impresionado
que después de ganar, ¡vendrá a decirme que esta lonchera fue el
combustible de su victoria!”
Lo tenía todo planeado y estaba ansiosa por empezar. Sin embargo,
su entusiasmo se vio inmediatamente anulado cuando el Príncipe Sion
se negó rotundamente a aceptar su lonchera. Para empeorar las cosas,
no podía confiar en nadie por su rechazo. Al final, no tuvo más remedio
que comérsela ella misma. En su habitación. Sola. Lloriqueando para
sí misma.
Qué horrible fue eso…
Una sola lágrima cayó de sus ojos.
“¿Qué? ¡Su Alteza! ¿Qué pasa? ¡¿Por qué estás llorando de
repente?!”
“¡Alguien! ¡Traigan un pañuelo!”
Ver a Mia derramar una lágrima silenciosa hizo que todas las chicas
entraran en un ataque de pánico.
“Oh, no, no es nada.” Mia se limpió la lágrima con el dedo. “Me
alegro de que me lo hayas contado. Gracias.” Dijo con una sonrisa.
A diferencia del Príncipe Sion —que es un idiota— el Príncipe
Abel es un perfecto caballero, así que se comerá mi almuerzo. ¡Sé que
lo hará! Las cosas habían cambiado desde entonces, y ella también.
Esta no era la Mia de antes. Sin embargo, dicho esto, primero debo
hacer que me prometa que aceptará mi almuerzo.
De hecho, la versión 2.0 de Mia vino con una importante mejora:
la capacidad de planificar con antelación. Ahora era consciente de que
la gente podía tener obligaciones previas y era importante organizar
las cosas con antelación. Era posible, por ejemplo, que él mismo fuera
a preparar la comida ese día, haciendo que los esfuerzos de Mia fueran
superfluos. Por eso era necesario comunicarle primero su intención de
llevarle una lonchera.
¡Debería ir a decírselo cuanto antes!
Después de las clases, Mia fue a buscar a Abel. El club de
equitación se reunía ese día, así que fue directamente allí y lo encontró
enseguida.
“Príncipe Abel.”
“Hola, Princesa Mia. ¿Otra vez aquí? ¿Quieres practicar un poco
más la equitación?” Le preguntó mientras la miraba. Iba vestida con
un elegante conjunto de ropa de montar compuesto por un chaleco y
unos pantalones largos. “Malong me habló muy bien de ti, ¿sabes?
Dijo que había pensado que estabas aquí por uno de tus caprichos de
princesa, pero resulta que te estás tomando la práctica muy en serio.”
La participación de los miembros del club no era, en general,
obligatoria. No era necesario venir todos los días, y con los nobles —
que estaban acostumbrados a hacer su día como quisieran— que
constituían la mayor parte de la población estudiantil, la asistencia
nunca era alta. La frecuencia con la que Mia se presentaba era, en todo
caso, una rareza. Venía todos los días, pero para ser sincera, prefería
pasar el tiempo descansando en su habitación. Sólo estaba allí porque
consideraba que la equitación era una habilidad esencial para poder
escapar rápidamente, así que tenía que aprenderla.
“De todos modos, este es el único caballo disponible en este
momento. ¿Te gustaría montarlo conmigo?” Preguntó, quitándose un
guante y ofreciéndole la mano.
“¿De verdad? Creo que me gustaría…” Mia puso su mano en la de
él. “Vaya…”
“¿Hm? ¿Qué pasa?”
“Tu palma…” Dijo mientras recorría sus dedos. “Se ha vuelto
bastante firme.”
Ella le dirigió una mirada de triunfo.
“Uh, supongo. Es probablemente porque, ya sabes, hay un torneo
de esgrima que se acerca, y he estado practicando…”
“Mm. Veo que has estado trabajando duro…”
Se le ocurrió que la piel de las palmas de las manos de los caballeros
de su tierra era igual de callosa. Volvió a mirar al chico que tenía
delante. Aunque sus rasgos seguían siendo los de un niño, desde cierto
ángulo había algo decididamente masculino en la forma en que las
sombras caían sobre su floreciente mandíbula. Eso hizo que el corazón
de Mia se estremeciera.
Se subió al caballo, detrás de Abel, se aseguró de rodearlo con sus
brazos firmemente, y luego preguntó con voz tímida: “Um, Príncipe
Abel, sobre el torneo de esgrima…”
“¿Hm?”
“¿Has… arreglado con alguien para comer ese día?”
“Uh, no especialmente…”
Al oír su respuesta, Mia sintió una oleada de alivio.
“Perfecto. En ese caso, ¿te parece bien que te prepare una lonchera
ese día?”
“¿Eh? ¿Para mí?”
“Sí. Haré todo lo posible para llevarte algo maravilloso. Espero que
te ayude a ganar.”
Lamentablemente, no tuvo en cuenta una cuestión. Esta negligencia
fue provocada por su alivio. Al sentirse segura sabiendo que no sufriría
el destino de la última vida de un almuerzo solitario, bajó la guardia.
Además, su recién adquirido sentido común no era lo suficientemente
importante como para alertarla de este escollo que se avecinaba. Para
la mayoría de la gente, el problema era obvio y no requería más que un
momento de reflexión. A Mia ni siquiera se le pasó por la cabeza.
Había que encargar las loncheras. Y los pedidos tenían que hacerse
con antelación.
Ignorando felizmente que todas las tiendas de la ciudad estarían
abarrotadas de trabajo el día del torneo y que, por tanto, dejarían de
aceptar pedidos con una semana de antelación, Mia sonreía felizmente
para sí misma mientras imaginaba un futuro que nunca llegaría.
“Oh, qué maravilla. Casi no puedo esperar.”
Capítulo 48:
La Ingeniosa Idea de Anne
“¿Qué significa esto?”
Cuando el asunto salió a la luz, sólo quedaban cuatro días para el
torneo de esgrima. Tras dirigirse a la mejor tienda de loncheras de la
ciudad, Mia se enfrentó a la dura realidad de su situación.
“Lo siento, pero ese día no es posible. Todas las tiendas de por aquí
están ya hasta arriba de pedidos. Dudo que haya un lugar que pueda
aceptar otro.”
Maldijo su propio descuido. Después de escuchar a su entorno que,
en lo que respecta a las loncheras, “lo importante es el toque personal”,
decidió intentar encargarlas ella misma sin consultar a Anne. Había
tratado con comerciantes cuando estaba en Tearmoon, y ya había visto
a Ludwig hacer pedidos a los proveedores. Habiendo visto cómo lo
hacía, pensó que sería muy fácil hacerlo ella misma. Su confianza, sin
embargo, acabó por traicionarla.
Oh, lunas misericordiosas, ¿qué debo hacer?
La noticia de que todas las tiendas habían dejado de aceptar pedidos
le hizo sudar frío.
Tal vez si les pago más… Sí, si traigo suficiente oro…
Arrojar dinero a un problema era, en efecto, la solución más
sencilla. Muéstrale a alguien suficientes monedas, y probablemente se
le podría convencer de priorizar su pedido. Sin embargo…
No, no puedo hacer eso.
Mia desechó inmediatamente ese pensamiento. Después de cenar
juntas unas cuantas veces, había llegado a comprender que la autoridad
reinante en la academia, Rafina Belluga, era un personaje escrupuloso.
En teoría, podría obligar a una tienda a atenderla por la fuerza del
dinero. Aunque egoísta, podría salirse con la suya si el personal de la
tienda simplemente trabajara más horas. Sin embargo, si la tienda
acababa cancelando el pedido de otra persona para hacer sitio al suyo,
eso arruinaría la opinión que Rafina tenía de ella. Ya podía ver el
desprecio en los ojos de Rafina mientras juraba no volver a hablar con
ella.
“Q-Qué… ¡Qué pensamiento tan aterrador!”
En un intento de evitar ese destino, pensó y pensó, pero no se le
ocurrió ninguna buena idea. Al final…
“¡Anne!”
… No tuvo más remedio que correr a su habitación y pedir ayuda a
su leal criada. Ver a su ama entrar por la puerta al borde de las lágrimas
dio a Anne un gran sobresalto.
“Milady, por favor, cálmese.”
Tras ser informada de la situación, Anne se puso inmediatamente
en acción.
Bien, lo primero que hay que hacer es preguntar en el mercado y
obtener más información…
Mientras Mia se divertía en la escuela, Anne había ido ampliando
su red de contactos. Había empezado con el personal de la academia.
A través de ellos, llegó a conocer a los comerciantes que hacían
negocios con la academia. A continuación, pidió a esos comerciantes
que le presentaran a más comerciantes. Visitaba con frecuencia la
ciudad y todos los comerciantes la conocían por su nombre. Gracias a
su amplia red de contactos, se hizo con un conocimiento completo de
la situación.
“Ya veo. Este es, en efecto, un problema complicado.”
El tipo de lonchera extravagante que Mia tenía en mente era muy
difícil de encontrar en las tiendas de por aquí, para empezar. Las
lonchera se empaquetaban con la intención de llevarlas a otro lugar y
comerlas. A menudo eran necesarias cuando se viajaba largas
distancias, por lo que solían estar compuestas por alimentos que se
conservaban bien. Para el pueblo llano, las loncheras significaban
cosas como cecina y pan seco que cambiaban el sabor por la resistencia
al deterioro. De hecho, su contenido tampoco cambiaba mucho entre
los círculos nobles. Una vez más, la principal preocupación era
asegurarse de que la ingesta de la comida no provocara malestar. La
seguridad y la nutrición eran las prioridades. El sabor era algo
secundario. En consecuencia, en el mercado no había productos como
“loncheras repletas de alimentos deliciosos que conquistarían el
corazón del chico que te gustaba”. Tal demanda era rara. La gente
normal no iba a pagar dinero por cosas así, y los alumnos de la
academia tampoco las necesitaban a menudo. Sólo un puñado de
tiendas las preparaba de ese modo, y a estas alturas, ninguna de ellas
estaba en condiciones de aceptar nuevos pedidos.
“Así que, básicamente, lo que nos falta es mano de obra.” Anne
dejó escapar un suspiro de alivio. Al menos, no era el peor de los casos.
Lo que más temía era la escasez de ingredientes. Si no podía conseguir
los ingredientes físicos con los que hacer la comida, podría haber dado
por terminado el trabajo en ese mismo momento.
“En ese caso…”
Después de hacer la ronda en el mercado y hacer los pedidos de
ingredientes, volvió con Mia.
“¿Cómo te fue, Anne? ¿Has averiguado algo?” Preguntó Mia
mientras se aferraba con ansiedad a los brazos de Anne.
“Creo que sí.” Contestó Anne con un movimiento de cabeza. “Las
cosas podrían funcionar después de todo.”
La preocupación en el rostro de Mia dio paso al alivio.
“¡Oh, gracias a las lunas! ¡Sabía que podía contar contigo, Anne!
Supongo que habrás encontrado una tienda que haga la lonchera por
nosotras.”
“No, milady. Ninguno de ellos puede.”
Mia volvió a palidecer.
“¿Entonces qué hacemos?”
“La haremos.” Dijo Anne mientras se dirigía a Mia con una mirada
de determinación. “La haremos nosotras mismas.”
“… ¿Eh?”
Mia se quedó con la boca abierta por un momento antes de que
Anne tomara sus manos entre las suyas.
“Vamos, te ayudaré. Haremos que prepares personalmente una
lonchera para el príncipe Abel.”
“¿Prepararla… yo misma?”
Ni que decir tiene que Mia no había cocinado en su vida.
“Sí. Quizá no lo sepas, pero entre la gente corriente, la gente suele
emocionarse cuando un marido lleva una lonchera especialmente
bonita que le ha hecho su mujer. Es como una muestra de amor. La
cocina de las mujeres, como ves, es una fuente de felicidad para los
hombres.” Dijo Anne, asintiendo para sí misma con el aire de alguien
que acaba de decir algo muy sabio.
“¿Es así como funciona? Ya veo… Por cierto, Anne, ¿por
casualidad eres versada en el arte de la cocina?”
“… Ya he horneado pan antes.”
La implicación de esas palabras no se le escapó a Mia. Podía oler
el peligro inminente.
¡Gaaah! ¡Estamos condenadas!
Capítulo 49:
La Princesa Mia… ¡Llega a Su Máximo
Rendimiento Mental! (2)
Después de escuchar la respuesta de Anne y de que saltaran todo tipo
de alarmas en su cabeza, Mia fue rápidamente a buscar ayuda. A pesar
de conocer a mucha gente, pocos resultaron útiles. Al fin y al cabo, las
chicas que la seguían eran todas nobles y probablemente podrían
contar con una mano el número total de veces que habían estado en
una cocina. De hecho, lo mismo ocurría con casi todo el alumnado de
Saint-Noel. Casi ninguno de los alumnos había cocinado antes.
Casi ninguno.
Mia se dirigió a la habitación de una de las excepciones: Chloe.
Aunque los Forkroad eran nobles, su título había sido comprado.
Incluso ahora, su estilo de vida se parecía más al de los comerciantes
acomodados. Era muy probable que ella supiera cocinar.
“Oh, Princesa Mia… ¿Eh? ¿Cocinar?” Chloe inclinó la cabeza con
curiosidad ante la inesperada petición. “Bueno, sí, estoy familiarizada
con el tema. Quiero decir, he leído sobre ello antes.” Dijo con una
sonrisa.
Fíjate en su elección de palabras: “familiarizada con el tema” y
“leído antes”.
Tampoco parece que vaya a tener suerte con ella.
Los instintos de supervivencia de Mia estaban a punto hoy, y le
dijeron que la respuesta de Chloe también apestaba a peligro. No
obstante, decidió reclutarla para el equipo de la lonchera; después de
todo, los mendigos no pueden elegir.
“Claro, estoy libre ese día. Puedo ir a ayudar.”
Después de recibir una rápida confirmación de Chloe, Mia retomó
su misión. Sabiendo que necesitaba explorar a más gente, se dirigió
hacia…
“… Nadie. ¡Absolutamente nadie más viene a la mente!”
Apenas habían empezado las cosas y ya se había topado con un
callejón sin salida. En realidad, estaba bastante orgullosa de sí misma
por todo el trabajo que había realizado para conocer a la gente, así que
esto le afectó especialmente.
¡El problema es la cocina! Para empezar, ¡encontrar a alguien en
esta academia que sepa cocinar es imposible!
Justo cuando estaba a punto de dirigirse a su habitación para
enfadarse un rato, apareció Anne.
“¡Milady! ¡He encontrado a alguien que sabe cocinar!”
“¡¿En serio?! Espera, déjame adivinar… alguien que conoces que
sabe cocinar…” Después de un momento de consideración, dijo: “Oh,
¿es Liora?”
De repente le vino a la mente la asistente de Tiona. Parecía una
posibilidad.
“Eh, no… Intenté preguntarle, y quiero decir, es buena… pero es
buena en cosas como atrapar liebres salvajes, destriparlas en el
momento y asarlas enteras…”
Aunque técnicamente era una forma de cocinar, parecía
demasiado… “uno con la naturaleza”, por así decirlo. Para los pueblos
del bosque, era probablemente una habilidad extremadamente útil,
pero su relevancia para preparar loncheras era discutible.
“En realidad es Tiona la que dice que es buena cocinando.”
“¿T-Tiona?”
Mia retrocedió conmocionada. Y quizá también de horror. En el
mundo de Mia, Tiona era el enemigo público número uno. La había
evitado activamente, haciendo todo lo posible para asegurarse de que
la interacción entre ellas fuera mínima. Después de todo, ser llevada a
la guillotina era el tipo de cosa que tiende a dejar una impresión
duradera. Pero…
“Sí. Al parecer, a veces ayudaba en la cocina de casa.”
Tenía sentido. Los Rudolvon eran tan pobres que era casi una
tontería llamarlos nobles. No sólo eso, sino que tenían una tonelada de
tierra que utilizaban para la agricultura. Con la mayoría de sus
sirvientes trabajando en los campos, era ciertamente posible que Tiona
tuviera que ayudar a cocinar. Ella sería una adición crucial a su equipo.
“Hnnngh… B-Bien.” Dijo Mia, poniendo cara de haberse tragado
la píldora más amarga de la historia.
Así, de mala gana, Mia hizo una visita a Tiona.
“Ah, ¿Princesa Mia? ¿Qué pasa?” Preguntó Tiona, sorprendida por
la visita sorpresa.
“Srta. Tiona, he oído que se le da bien cocinar. ¿Es eso cierto?”
“Sí, yo diría que sí.”
Al ver el asentimiento confiado de Tiona, Mia estuvo a punto de
soltar un grito de júbilo…
“Siempre estoy picando cosas, así que si necesitas alguna verdura
en juliana, déjamela a mí.”
… Sólo para volver a ahogarse después de escuchar las palabras de
Tiona.
“… ¿Y qué hay de otras cosas?”
“También puedo picar cosas.”
Mia no sabía nada de cocina, pero aun así, tenía el presentimiento
de que algo no iba bien. Tiona tampoco parecía del todo fiable. Sin
embargo, una ayuda cuestionable seguía siendo una ayuda, y ella
necesitaba toda la ayuda posible.
“Srta. Tiona, verá, tengo pensado preparar una lonchera y
entregársela al Príncipe Abel el día del torneo de esgrima. ¿Le gustaría
que la hiciéramos juntas?”
“¿Eh? ¿Juntas? Pero… Tú eres la princesa, y yo sólo… Además,
no tengo a nadie a quien darle una…”
En cuanto escuchó esas palabras, Mia tuvo un destello de
inspiración retorcida.
“Vaya, ¿es así? Hm, en ese caso, ¿qué tal si a ese idi…? Quiero
decir, ¿qué tal si preparamos algunas extra, para que le des una al
Príncipe Sion?”
A Mia le pareció que las posibilidades de que su variopinto grupo
preparara con éxito una lonchera eran más bien escasas. Si las cosas
salían mal, cualquier brebaje que consiguieran elaborar podría ser tan
malo que hiciera enfermar a Abel y arruinara su actuación en el torneo.
En ese caso, sin embargo, mientras hiciera que Sion comiera lo
mismo…
¡Así, al menos, también lo derribaré a él! ¡Esta es una oportunidad
perfecta para conseguir algo de venganza!
Había ido demasiado lejos para detenerse ahora. La operación
“Lonchera” iba a ocurrir de una manera u otra. Si estaba destinada a
fracasar, que así sea. Pero ciertamente no iba a fracasar sola. Iba a
llevar a su archienemigo con ella.
Cuando la vida te dé limones, exprime sus jugos amargos en los
ojos de tus enemigos. Así es. ¡Mia sabía cómo sacar lo mejor de lo que
tenía! ¡Era una optimista! ¡Una pensadora positiva! Eso es lo que
significan esas palabras, ¿verdad?
Además, no será sólo culpa mía. Tiona también tiene que compartir
la culpa. Eso significa que no importa cuánto nos odie el Príncipe
Sion, no puede señalarme sólo a mí. ¡Oh, qué manera perfecta de tener
mi venganza!
Una sonrisa malvada se dibujó en los labios de Mia. No sabía que
arrastrar a Sion acabaría por desbaratar todo su plan y enviarlo en una
dirección completamente diferente.
Capítulo 50:
¡Keithwood También Alcanza Su Máximo
Rendimiento Mental!
Sion Sol Sunkland estaba practicando solo en el campo de
entrenamiento. Cada movimiento de su espada era rápido y suave, lo
que denotaba un verdadero dominio del arma. Su habilidad había
alcanzado tales cotas que superaba fácilmente a los adultos. Incluso la
mayoría de los soldados no eran rivales para él.
Con un paso rápido hacia adelante, lanzó un golpe lateral con su
espada que fue recibido con aplausos.
“¿Apenas sale el sol y ya está trabajando duro, milord?”
“Ah, Keithwood. Caminas como un fantasma, como siempre. No
me he fijado en ti para nada.”
Pensando que era un buen momento para un descanso, Sion dejó su
espada de práctica y se llevó una toalla a la frente. Mientras se limpiaba
la cara, sacudió rápidamente la cabeza. Su cabello liso y sedoso
arrojaba algunas gotas de sudor que brillaban bajo el sol de la mañana.
Keithwood observó durante un rato, observando distraídamente que
probablemente era el tipo de cosas que hacían que las chicas se
desmayaran, antes de preguntar: “Entonces, ¿has decidido de quién es
la lonchera que vas a aceptar?”
“No pienso aceptar las de nadie.” Dijo Sion, respondiendo a la
abrupta pregunta de Keithwood con una respuesta igualmente abrupta.
Ya se lo habían pedido un par de docenas de chicas, y había rechazado
educadamente todas y cada una de sus ofertas.
“¿Oh? ¿Debo tomar eso como que esperas secretamente que sea yo
quien te haga la comida?”
Sion sonrió ante la broma de Keithwood.
“Ja. Una idea interesante. De hecho, no creo que me importe probar
una de tus creaciones culinarias. De todos modos, ¿cuándo fue la
última vez que cocinaste para mí? Debe haber sido cuando todavía
estábamos en Sunkland.”
La educación de élite que Sion recibía desde su infancia se extendía
a todos los aspectos de su vida. Incluso los alimentos que comía
estaban estrictamente controlados. El joven Sion había sido un niño
obediente, y siempre había poseído una sabiduría superior a su edad.
Ni una sola vez se quejó abiertamente de la insipidez de sus comidas.
Sin embargo, su amigo íntimo Keithwood a menudo lo hacía terapeuta
de sus quejas privadas. Keithwood hacía excursiones nocturnas
clandestinas a la cocina, donde preparaba tentempiés nocturnos y se
los llevaba a su amo. Sion recordaba con cariño cómo acabó
posteriormente con una caries que, tras ser descubierta, hizo que ambos
recibieran una buena reprimenda.
“Es curioso que digas eso, porque creo recordar haber recibido
muchas críticas sobre mi cocina a pesar de los muchos actos de
filantropía desinteresada que realizaba en su momento.”
“Pero por supuesto. Después de todo, soy el príncipe heredero de
un vasto reino. Tu filantropía no me exime de mi deber de preocuparme
excesivamente por el sabor de mi comida.” Bromeó Sion con una
sonrisa.
“Muy bien, dejando de lado las bromas, supongo que has hecho los
arreglos para que te entreguen el almuerzo.”
Sion no tenía intención de aceptar la lonchera de nadie. No podía,
no como príncipe heredero de Sunkland. Su título era de peso.
Demasiado importante. Cualquier acto de amistad abierta hacia un
individuo en particular…
… Podría terminar perjudicando los intereses de nuestro reino en
el futuro. Sí, me lo imagino pensando eso. Keithwood dejó escapar un
suspiro y se encogió de hombros. No es que se equivoque, pero
sinceramente, no le mataría aflojar un poco.
Príncipe de la Corona o no, Sion seguía siendo un niño en su
adolescencia. Hubo un tiempo en que la comida insípida lo había
llevado a quejarse. Ahora, estaba perdiendo la oportunidad de recibir
personalmente una bonita lonchera. ¿Quién podría decir si no se sentía
un poco triste por dentro?
“Entonces, ¿hay alguna razón por la que estás mirando tan
pensativo a mi cara?” Preguntó Sion.
Keithwood se encogió de hombros.
“No puedo decirlo, milord. Supongo que tienes una cara muy
sugerente.” Respondió antes de alejarse, dejando a un perplejo Sion
solo en el campo de entrenamiento.
“… La cosa es que hay un número limitado de personas a las que
razonablemente puede decir ‘sí’.” Reflexionó Keithwood mientras
consideraba las posibles candidatas de Sion para el almuerzo. La
primera que le vino a la mente —y la más prometedora— fue la
Princesa de Tearmoon, que estaba a la altura de Sion tanto en título
como en prestigio.
“Tengo la sensación de que si la Princesa Mia le ofreciera una, Sion
no diría que no…”
Desgraciadamente, la princesa, con toda su sabiduría, había
prometido dar una lonchera al príncipe Abel. Hasta el día de hoy,
Keithwood no podía entender qué era lo que tenía Abel que fascinaba
tanto a Mia.
“Ah, Keithwood, justo a tiempo.”
Al oír que alguien le llamaba por su nombre, Keithwood se detuvo
y se giró en dirección a la voz.
“Ah, si es Lady Rudolvon.” Dijo, saludando cortésmente a la hija
del Conde de Tearmoon, Tiona Rudolvon. “¿En qué puedo servirle en
este buen día?”
“Bueno, verás…”
Tiona procedió a explicar su esfuerzo de grupo para preparar las
loncheras. Cuando terminó, él no pudo evitar sentir un creciente
asombro al ver las implicaciones del plan.
Así que es el esfuerzo combinado de tres chicas, entre las cuales
una es una noble de bajo rango y otra es la hija de un mercader
convertida en noble. Y además, hay un segundo destinatario, Sion no
sería el único foco de atención.
Un acuerdo como éste era, en efecto, a prueba de rumores. Nadie
iría por ahí cotilleando cómo veían a Sion acercarse a alguna chica en
particular. Sin embargo, Mia habría transmitido con éxito su deseo de
ser amigos.
Princesa Mia, eh…
Keithwood asintió con admiración, sintiéndose como si estuviera
presenciando el trazado de un plan maestro ante sus propios ojos. Las
capas y capas de su intrincado diseño salieron a la luz, y pudo ver su
delicado hilo de lógica tejiéndose hábilmente a través del peligroso
laberinto que era el paisaje social de Saint-Noel.
La Gran Sabia del Imperio, ciertamente. Veo que estás a la altura
de tu…
Entonces, de repente, sus pensamientos se vieron interrumpidos por
un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. Podría haber sido
una corazonada. O quizás una premonición. No podía precisarlo, pero
algo no le parecía bien, como si una terrible desgracia estuviera a punto
de ocurrirle a su amo… De alguna manera, sospechaba —no, lo sabía,
con una certeza que le sorprendía incluso a él mismo— que si permitía
que las cosas siguieran su curso, algo terrible ocurriría en el torneo de
esgrima.
Miró a Tiona. No parecía haber malicia en su inocente sonrisa. Sin
embargo…
También podría ir a echar un vistazo. La prudencia es la mejor
parte del valor, después de todo. No está de más asegurarse.
Y así, intuyendo que la salud de su querido amo estaba en una
situación desesperada, Keithwood se ofreció como voluntario para
unirse al equipo de cocineros de Mia. Aunque ninguno de los
implicados llegaría a saberlo, lo cierto es que la decisión de Keithwood
en ese día resultaría fundamental para salvaguardar la salud
gastrointestinal tanto de Sion como de Abel.
Capítulo 51:
La Clase Culinaria de Keithwood
Tres días antes del torneo de esgrima, Mia y las chicas estaban en la
cocina preparando una lonchera de ensayo. Keithwood se dirigió allí
con la intención de inspeccionar sus progresos. Cuando llegó y fue
testigo de sus creaciones…
Casi le da un ataque al corazón.
“Su Alteza, ¿qué es…? ¿Esto se va a convertir en pan?” Preguntó
él, mirando el montón de masa que Mia estaba golpeando. Ella le dio
unos cuantos golpes más a su escultura antes de volverse hacia él con
una sonrisa de satisfacción.
“Sí. El príncipe Abel ama los caballos lo suficiente como para
haberse unido al club de equitación, así que estoy segura de que
apreciará algo así.” Dijo con una sonrisa de confianza.
Con las manos en las caderas y la harina en la cara, Mia le mostró
con orgullo su trabajo.
“Ya veo. Es cierto que el primer paso de la cocina es tener en cuenta
para quién cocinas. En ese sentido, lo has hecho bien.” Keithwood
asintió con fingida aprobación. “Sin embargo, Su Alteza, hay un
defecto fatal en esta creación. Srta. Anne.” Dijo, pasando la antorcha.
“¿Le importaría explicarse?”
Ella le devolvió la mirada y le hizo un gesto de confianza que
parecía decir: “Déjamelo a mí.” Él dio un paso atrás y le indicó que
continuara. Siendo la experta en repostería residente, seguro que sabía
exactamente lo que le pasaba a la masa de Mia.
“Sí. Verá, Milady Mia, si quiere que parezca un caballo, la oreja
aquí tiene que ser un poco más…”
“Vale, no, préstenme atención, por favor.” Dijo Keithwood,
recogiendo la proverbial antorcha de donde lo había dejado caer Anne.
“El problema con esta masa es que es demasiado gruesa. No se
cocinará como es debido. Además.” Dijo, acercándose al enorme trozo
de masa. La parte superior le llegaba al pecho. “¡La maldita cosa es del
tamaño de un caballo de verdad! Habría que prender fuego a un
cobertizo para hornearlo.” Golpeó con su puño la escultura de masa de
tamaño natural y se derrumbó. Luego, ignorando el grito de dolor que
se le escapó a Mia, la rompió en pedacitos y tiró los pedazos sobre la
mesa. “¡Tienen que ser más pequeños y finos! ¡Como estos! ¿Lo
entiende, Alteza?”
“…”
Mia le dedicó una mueca de enfado de pez globo.
“¡¿Entiendes?!”
Tras una pausa, Mia suspiró.
“… Bien, en ese caso, lo haremos a tu manera.”
Se encogió de hombros y sacudió la cabeza como si estuviera
consintiendo a un niño especialmente exigente. Una vena se abrió en
la sien de Keithwood. Resistió el impulso de gritar.
“Keithwood, ¿cómo están estas verduras en las que estoy
trabajando?”
“Ah, Lady Rudolvon…” Dijo, volviéndose hacia Tiona con la
sonrisa más amistosa que pudo reunir. La sonrisa se congeló en su
rostro. Su mejilla comenzó a temblar. “Veo… veo que eres bastante
buena cortando verduras.” Miró el plato de verduras, todas bien
cortadas en tiras. Luego, miró el siguiente plato. Y el siguiente. Y el
siguiente. “Creo, sin embargo… que milord y el Príncipe Abel no son
herbívoros, y por lo tanto, no podrán consumir tan grandes cantidades
de verduras.”
¡¿Cuatro platos?! ¡¿Cuatro malditos platos?! ¿Qué es esto?
¿Estamos construyendo una casa con verduras?
Por decoro, se guardó sus pensamientos para sí mismo. No fue fácil,
pero una vez más, resistió el impulso de gritar. Este día se había
convertido en la última prueba de su paciencia.
“¿Hm? Espera… ¿qué es ese olor?”
“Estoy… asando… carne.”
La puerta trasera de la cocina se abrió y Liora entró.
“Ah… Bueno, eso sí que es un pollo bien asado, Srta. Liora.”
La carne seguía chisporroteando y los jugos goteaban de la piel
dorada. Algunos lugares estaban un poco chamuscados, pero tenía un
aspecto bastante apetitoso.
“Ahora, si hubieras considerado las circunstancias en las que se
servirá esta carne…”
¿Por qué? ¿Por qué no usas el horno? ¡Hay uno en la cocina, por
el amor de Dios! ¡Está justo ahí! ¡¿Por qué tuviste que ir a encender
un maldito fuego en el patio y asarlo en un asador?!
No sólo era un método bastante tosco de preparación de la carne,
sino que también era cuestionable desde el punto de vista higiénico,
por no hablar de la incomodidad de su uso. Sin embargo, cuando estaba
a punto de expresar sus preocupaciones, alguien se le adelantó.
“Tiene razón, Liora. Te das cuenta de que vamos a servir esto a los
príncipes, ¿verdad?” Dijo Cloe, que sostenía un grueso libro de cocina
en una mano.
Oh, gracias al sol, al menos la hija de los Forkroad tiene algo de
sentido común…
“El sabor se conserva mejor cuando los ingredientes se sirven
crudos, así que…”
“¡No! ¡Nada de carne cruda!” Espetó Keithwood, tratando de evitar
que otra idea descabellada echara raíces. Sólo entonces se le ocurrió
echar un vistazo al libro que Chloe tenía en la mano. El título decía:
“Recetas exóticas para manjares exóticos”.
“¿Eh? Pero en el libro decía que el hígado de caballo crudo sabe
muy bien. Y teniendo en cuenta que el Príncipe Abel está en el club de
equitación, supuse que una receta que usara caballo sería una buena
combinación…”
“Vale, mira, el único momento en que deberías comer cualquier
tipo de órgano crudo es cuando estás en un restaurante especializado
en ello. Además, ¿qué les pasa a ustedes con los caballos en la comida?
¡Es el club de equitación! ¡Montan caballos! ¡No los comen! Primero,
Su Alteza trata de hacer pan de caballo de tamaño natural, y luego
ustedes tratan de servirles caballo crudo. ¿Qué es esto? ¿Intentamos
pelearnos con ellos o algo así?”
A Keithwood se le había ocurrido —demasiado tarde, pero no
obstante— que las personas más peligrosas en la cocina no eran los
cocineros principiantes que no sabían nada; eran los cocineros
principiantes que sabían algo pero no tenían ni idea de cómo encajaba
todo.
Dulce sol en lo alto, ¿en qué me he metido?
IMAGEN
Al darse cuenta de que era necesario tomar medidas drásticas, pasó
inmediatamente a la acción.
“Mi querida princesa y damas, necesito que escuchen lo que voy a
decir con mucha atención.” Hizo una pausa, permitiendo que el
silencio impartiera cierta gravedad a sus siguientes palabras, que
pronunció con voz suave pero solemne. “El día que hagamos las
loncheras, todas van a seguir mis órdenes, por favor.”
Dejó escapar un poco sus verdaderos sentimientos, pero no le
importaba en ese momento.
“Nada de recetas complicadas. Vamos a mantener las cosas simples
y sólo hacer sándwiches. ¿Entienden?”
“Aww, pero entonces no será lo suficientemente espe—”
“¡¿Entienden—?!”
Le falló la paciencia y golpeó una mano sobre la mesa mientras les
dirigía a todas una mirada asesina.
“¡Eeeek! ¡S-Sí, entendido!”
Se dio la vuelta con una mueca, en parte porque se arrepentía un
poco de su arrebato, pero sobre todo porque se dio cuenta de que
acababa de saltar a un barco en llamas sin puerto a la vista.
Capítulo 52:
La Princesa Mia… ¡Siente Su Corazón
Revolotear!
Dos días antes del torneo de esgrima, Mia visitó a Abel para explicarle
sus planes. Lo sorprendió justo cuando estaba a punto de dirigirse a la
orilla del lago para practicar con la espada, así que decidieron ir juntos.
“Ya veo. Loncheras caseras, eh…” Dijo mientras caminaban.
Normalmente, las loncheras de este tipo se encargan en una tienda
especializada. Sin embargo, Mia se ofrecía a hacerlas personalmente
con sus amigos, ninguno de los cuales tenía experiencia. Esto debería
haber sido una propuesta bastante aterradora. Sin embargo…
Creo que mi cocina podría ser bastante buena.
… Mia estaba albergando el tipo de delirios que harían que a
Keithwood se le reventara un vaso sanguíneo. Sin embargo, al menos
tenía el suficiente sentido común como para saber que su cocina no
tenía ninguna posibilidad frente al trabajo de los profesionales de una
tienda. Por lo tanto, pensando que un control preventivo de los daños
le vendría bien si las cosas se torcían, vino a rebajar las expectativas
de Abel.
“Lo siento mucho, Príncipe Abel. Sé que, normalmente, debería
pedirlo a una tienda de la más alta calidad…”
En otras palabras: no te enfades demasiado si no sabe tan bien.
“Está bien. No me importa. De hecho, para ser sincero, me alegro.”
“¿Te alegras? ¿Por qué?”
“Me recuerda a los almuerzos que me hacía mi madre de vez en
cuando.”
La posición social de las mujeres —ya sea de origen noble o
común— en el Reino de Remno era más bien baja. Sin embargo, esto
significaba que tenían más en común con la gente normal, y a menudo
hacían las mismas tareas serviles que los sirvientes de otros países. A
diferencia de otros reinos, no era raro que las mujeres nobles de Remno
cocinaran para su marido y sus hijos.
“Aunque no fueran tan sabrosas como las comidas preparadas por
el jefe de cocina, mi madre y mis hermanas ponían el corazón en
prepararlas, y sólo eso las hacía especiales.”
Entonces, se dirigió a Mia y, con una suave sonrisa, le dijo que
estaba deseando probar su lonchera. Esto la pilló desprevenida y se dio
cuenta de que el listón de la calidad de su lonchera acababa de subir.
Uh oh, ¡no sabía que el Príncipe Abel había estado comiendo
almuerzos caseros todo el tiempo! Ahora no puedo decirle que el mío
podría no saber bien porque es casero… Hm, esto requiere un cambio
de planes. Tal vez debería hacer algo más complicado…
Antes de que Mia tuviera tiempo de comprender lo que era
definitivamente una muy mala idea, la costa se hizo visible.
“Vaya…”
El lago se extendía ante sus ojos sobre un fondo azul
ininterrumpido. La luz del sol, como destellos dorados, bailaba sobre
su superficie inmaculada mientras las suaves olas rozaban
rítmicamente la hermosa arena blanca. Casi no había nadie más allí.
Era un lugar prístino, tranquilo y absolutamente impresionante.
“No tenía ni idea de que existiera un lugar tan maravilloso…”
Incluso en la línea temporal anterior, nunca había estado aquí.
“Me alegro de que te guste. Es un buen lugar.” Dijo Abel. Luego,
con un movimiento suave, bajó a la playa, giró y le ofreció la mano.
“Toma. Ten cuidado con lo que haces.”
El gesto fue cortés y elegante, y la forma en que lo hizo le pareció
tan natural. En ese momento, parecía el perfecto caballero, y Mia sintió
un ligero aleteo en su corazón.
R-Relájate. Esto no es nada especial. Es lo que se espera de los
chicos.
Le tomó la mano. La palma de su mano tenía una firmeza que la
sorprendió. De nuevo, su corazón se agitó.
Ahh, pensar que tendría la oportunidad de caminar por la orilla de
un lago tan hermoso con un caballero a mi lado…
Cuando estaba en el calabozo, nunca imaginó que algo así fuera
posible. Y ahora, era más que posible; estaba sucediendo. Lo estaba
viviendo. Una profunda sensación de felicidad surgió en su interior.
Lentamente, respiró hondo y miró a su alrededor, tratando de asimilar
todas las imágenes, sonidos y olores de este momento idílico.
“Sin embargo, hay una cosa que me parece una vergüenza…” Dijo
Abel con voz suave.
Mia se volvió hacia él con una mirada inquisitiva.
“¿Hm? ¿Qué puede ser?”
“El hecho de que no pueda ser el único que reciba una lonchera
tuya…” Dijo con una sonrisa juguetona.
Su repentina confesión hizo que su corazón se agitara salvajemente.
¡¿Qué le pasa?! ¡No puedes decir eso! Tú… ¡Tú no puedes!
En la sofocante oscuridad de aquellas noches sin luna, cuando la
soledad en la mazmorra era casi palpable, había forzado su mente a
alejarse de la frialdad del suelo y del hambre en su estómago,
imaginando una y otra vez que estaba en otro lugar. Soñaba con
escenas de ella misma disfrutando de un paseo por la orilla del mar con
el hombre de sus sueños… y se entregaba a visiones fugaces de sus
dulces novios…
Y ahora estaba en medio de uno. No estaba preparada para esto.
¡Necesito calmarme! Vale, respira profundamente. Profundo…
Respira… Profundo. Respira. Respiración profunda, respiración
profunda, respiración profunda…
Su mente, agitada, no pudo seguir ni siquiera sus propias
instrucciones, y sus respiraciones se convirtieron en jadeos de pánico.
Abel se detuvo y miró su rostro enrojecido con preocupación, lo que
no hizo sino enrojecerlo aún más.
“¿Hm? ¿Estás bien? Pareces un poco cansada.”
“¿Qué? Oh. Yo, eh, tal vez. Tal vez sí.”
Abel la llevó a una parte de la playa donde algunos árboles daban
sombra. Luego se quitó rápidamente el abrigo y lo depositó en la arena.
“Toma, siéntate y descansa un rato. Puedes mirar, pero va a ser
bastante aburrido. Una vez que te sientas mejor, no dudes en volver.”
Después de ayudar a Mia a bajar al suelo, comenzó a practicar
metódicamente sus golpes de espada.
“Vaya, qué diligente eres. Te estás tomando esto muy en serio,
¿verdad?”
Recordó la firmeza de su palma. Era un testimonio de la cantidad
de tiempo que pasaba practicando con la espada.
“Jaja, más desesperado que serio, diría yo. Creo que he pasado más
tiempo con las espadas en el último mes que en toda mi vida. Después
de todo, ahora hay alguien con quien quiero luchar… y estoy dispuesto
a hacer lo que sea necesario para ganar.” Hizo una pausa, como si
recordara algo. Luego dijo: “Lo que me recuerda, sobre la lonchera…
¿recuerdas que dije que era una pena? En cierto modo, también me
alegro.”
“… ¿Eh?”
“De esta manera, es justo y equitativo. De lo contrario, cuando gane
al Príncipe Sion, la gente podría decir que es sólo porque no llegó a
comer su almuerzo casero.”
Con eso, volvió a su práctica, pero no sin antes mostrarle una
brillante sonrisa llena de confianza y determinación. Dejó a Mia
deslumbrada, y pasó mucho tiempo antes de que la sensación de ardor
en sus pulmones le recordara que debía tomar aire.
Capítulo 53:
¡Contempla! ¡El Bocadillo con Forma de
Caballo!
La mañana del torneo de esgrima, bajo la supervisión de Keithwood,
director ejecutivo, el equipo de sándwiches se puso a trabajar.
“Muy bien. Srta. Liora, como ya hemos hablado, va a tomar ese
pollo y lo va a asar en el horno de ahí. Sé que es un poco diferente a lo
que está acostumbrada, pero debería ser más fácil controlar el calor de
esta manera.”
“De acuerdo… Lo entiendo.”
Liora enderezó la espalda y saludó antes de dirigirse al pollo. Le
quitó todas las plumas, lo destripó, lo sazonó con sal y especias, llenó
el interior de hierbas y luego… lo metió en el horno. Aterrizó con un
ruido bastante molesto, que Keithwood decidió que definitivamente no
había oído. Estaba bastante seguro de que si dejaba que cada pequeño
problema le afectara, perdería la cabeza antes de que terminara el día.
“Mientras esté cocido… es comestible… mientras esté cocido…”
Murmuró para sí mismo, recitando las palabras como una especie de
conjuro mientras pasaba a la siguiente estación.
“Después de todo, la carne no tiene que verse bien. Estará bien.
Ahora, lo siguiente es…”
“Keithwood, ¿qué te parecen estos?” Preguntó Tiona mientras se
acercaba a él llevando su trabajo en sus delgados brazos.
Miró y asintió satisfecho.
“Tiene buena pinta. Veo que la buena dama de los Rudolvon es tan
hábil como siempre.” Dijo, haciendo que Tiona se sonrojara un poco.
Desde su sesión de práctica, sabía que mientras Tiona tuviera un
sentido correcto de la cantidad y la escala, sería una adición útil al
equipo. Ella debería estar bien. El problema era…
“¿También puedo empezar a hornear esto?” Preguntó Mia mientras
extendía su trabajo.
Keithwood echó un vistazo y enseguida sintió que le venía un dolor
de cabeza. Lo único que le salvaba era que probablemente Anne se
había encargado de amasar. A juzgar por su aspecto, probablemente
funcionaría como masa. Ahora, si sólo funcionara como un sándwich.
Lo miró fijamente —la cabeza, las orejas y las cuatro patas— y sintió
que el martilleo en su cabeza se hacía más fuerte. Al igual que la última
vez, la masa que Mia había preparado tenía forma de caballo. El pan
con forma de caballo no hacía un sándwich.
Te dije que hicieras un maldito cuadrado…
Hay que reconocer que vio signos de mejora. Ahora la masa era lo
suficientemente plana y delgada como para ser calentada en su
totalidad. Su tamaño también estaba posiblemente dentro de los límites
de lo que podría considerarse razonable. Sin embargo, el hecho de que
tuviera forma de caballo era definitivamente un problema. Además, en
lo que debió ser un intento erróneo de buscar la fidelidad, el cuerpo de
la masa de caballo tenía proporciones realistas, lo que lo hacía muy
estrecho.
¡Se supone que esto es un sándwich, maldita sea! ¡¿Cómo
pretendes hacer un sándwich si tiene esta forma?!
Sintió un fuerte impulso de golpear la cosa con el puño y hacerla
papilla, pero una mirada a Mia le detuvo. No sólo sería desaconsejable
desde el punto de vista de las relaciones exteriores, sino que, por la
mirada expectante de Mia mientras esperaba su valoración, se dio
cuenta de que había puesto todo su empeño en hacer esa cosa.
Aplastarla sería innecesariamente cruel. Al mismo tiempo, no
mantendría su contenido adecuadamente, haciendo imposible su uso
tal cual. Con su torpe forma, era un desastre a punto de ocurrir. Ya
podía imaginar cómo todo estallaría en el momento en que alguien le
diera un mordisco.
Soluciones, Keithwood. Céntrate en las soluciones… Muy bien.
“Discúlpeme, Lady Forkroad, pero ¿podrían usted y la Srta. Anne
ir a hacer un poco de salsa blanca? En cuanto a los ingredientes…”
“Oh, no te preocupes, sé lo que hay que usar. Ya he leído sobre ello.
Srta. Anne, le haré una lista de los ingredientes. ¿Podría buscar
estos…?”
Bajo las instrucciones de Chloe, Anne reunió rápidamente los
ingredientes necesarios. No era de extrañar, ya que la amplitud de
conocimientos de Chloe rivalizaba fácilmente con la de incluso
Keithwood. Siempre y cuando poseyese los conocimientos correctos a
los que recurrir —es decir, no los que implicaban carne cruda y cocina
exótica—, sería un miembro inestimable de su equipo.
Muy bien. Usaremos la salsa como pegamento.
El mayor problema del pan de Mia era que toda la carne y las
verduras se iban a caer. Para remediar este problema, Keithwood iba a
mantener todo pegado utilizando salsa.
Después de que la masa de caballo se convirtiera en pan de caballo,
tomaba un trozo, cubría un lado con salsa, ponía una capa de verduras
encima, las cubría con otra capa de salsa, añadía la carne encima y lo
remataba con otra rebanada de pan.
“Bien. Hecho…”
… Estaba completo.
Contempla el fruto del minucioso trabajo de Keithwood: ¡el
sándwich con forma de caballo!
Cuando terminaron de preparar todo, Mia se acercó a Keithwood.
“Por favor, acepta mi agradecimiento, Keithwood. Tu ayuda ha
sido muy apreciada.”
Keithwood bajó la cabeza haciendo una cortés reverencia.
“Es un honor haber sido de utilidad. Transmitiré debidamente su
agradecimiento a Su Alteza.” Respondió de memoria. La obra del
sirviente era el mérito del señor. Los elogios al asistente eran para el
señor. Así eran las cosas, y Keithwood asumió naturalmente que las
palabras de Mia iban dirigidas a Sion. Sin embargo, para su sorpresa…
“No, no estoy agradeciendo al Príncipe Sion. Te estoy dando las
gracias a ti, Keithwood.” Dijo mientras le miraba a los ojos. “Tú fuiste
quien nos ayudó, y gracias a ti pudimos hacer estas loncheras.” Le
sonrió con sincera gratitud.
Ahh… Ahora lo veo. Así es como lo hace… Cómo toca los
corazones de la gente… pensó, sintiendo que algo se agitaba en su
pecho.
Normalmente, los nobles nunca se dignaban a dar las gracias a los
asistentes. La expresión de gratitud era un acto de rebaja, y el orgullo
de los nobles nunca les permitiría situarse por debajo de los humildes
sirvientes en ningún sentido. Mia, sin embargo, hizo caso omiso de
esas costumbres inútiles. Expresó su agradecimiento y lo hizo con
seriedad. Para Keithwood, que había estado inmerso en el sofocante
fango de la cultura de la nobleza durante la mayor parte de su vida, las
palabras de Mia fueron como un soplo de aire fresco de invierno,
sorprendentemente nuevo y muy estimulante.
Tengo que admitir que si me hubiera encontrado con esta chica
antes de conocer a Sion… podría llamarla milady.
Probablemente era mejor que ignorara felizmente los pensamientos
que pasaban por la cabeza de Mia.
¡Hmph! ¡Como si alguna vez fuera a dar las gracias a ese imbécil!
De hecho, Keithwood no tenía ni idea de lo mezquino que era el
razonamiento de Mia. Por supuesto, en la línea de tiempo anterior,
Keithwood también había sido responsable de una buena cantidad de
su sufrimiento, pero eso era irrelevante para ella. Después de todo…
¡El error del asistente es culpa del amo! ¡Todo es culpa de Sion!
¡Él es el culpable!
Jamás imaginaría Keithwood que, de hecho, Mia observaba
fielmente esas inútiles costumbres de la nobleza.
Capítulo 54:
El Torneo de Espadachines: La Batalla de
Abel
La Academia Saint-Noel organizaba un torneo bianual de esgrima que
tenía lugar en verano y en invierno. En general, todos los estudiantes
varones estaban obligados a participar, por lo que los torneos eran
eventos muy populares y con gran asistencia.
“¡Milady, mire! ¡Hay mucha gente aquí!”
“Sí. Parece que todo el pueblo está aquí.”
En el vasto recinto de la escuela había tres estadios especiales, cada
uno de los cuales estaba rodeado por un anillo de puestos callejeros.
Al ser una escuela para la nobleza, Saint-Noel estaba generalmente
vedada a los plebeyos. Este día, sin embargo, era una excepción,
durante la cual se permitía la entrada al recinto escolar a personas de
toda condición. Aunque los mercaderes estaban sujetos a la estricta
inspección de Rafina, una vez autorizados, eran libres de entrar e
instalarse donde quisieran. Con una miríada de carteles de colores
adornando el recinto, toda la escuela se convertía en un festival por ese
día.
Esto me trae memorias… Recuerdo haber hecho esto en la línea de
tiempo anterior, caminando y mirando todos los puestos… sola.
Anteriormente, Mia había tenido la intención de recorrer los
puestos con Sion. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza que
podrían rechazarla, así que había dicho a todas las chicas de su grupo
de antemano que no estaría disponible ese día. En consecuencia, no
sólo nadie aceptó su lonchera, sino que nadie la acompañó al torneo.
Al final, abrió la lonchera sola, se comió la comida sola y se pasó el
resto del día paseando por los puestos sola.
Qué horrible fue eso…
Estaba tan disgustada que ni siquiera podía soportar la visión de sus
amigas divirtiéndose, y se pasó el día frunciendo el ceño y mirando a
todo el mundo, lo que dio lugar a un rumor sobre cómo la Princesa Mia
odiaba el torneo de esgrima. Como resultado, nadie se atrevió a
acompañarla a ningún torneo posterior.
“¡Mire, milady! ¡Eso se ve tan sabroso!”
“Desde luego que sí, Anne. ¿Puedo pedirte que vayas a comprar un
poco? Que sean tres porciones, por favor. Una para ti, otra para mí y
otra para Chloe.”
“¡Lo tengo!”
Anne salió corriendo. Poco después, regresó con la comida en una
pequeña caja de papel. De ella emanaba un olor barato y azucarado.
En la parte superior de la pila de comida había unas tiras de algo rojo.
Mia tomó un trozo con los dedos y se lo metió en la boca. En cuanto
tocó su lengua, sintió que la parte posterior de su nariz se calentaba.
Un segundo después, sintió que una lágrima corría por su mejilla…
Ahh… Ya veo… Así que esto es lo que se siente al ser conmovido
hasta las lágrimas…
Pensó en Anne y Chloe… y en lo maravilloso que era poder
recorrer los puestos con dos amigas de verdad.
Ahora debo ser tan feliz… Estas deben ser… lágrimas de
felicidad…
“¡Princesa Mia! ¡Eso! ¡Eso!”
Chloe agitaba salvajemente los brazos en el aire.
“¿Eh?”
“¡Eso es un pimiento carmesí! ¡Es muy picante! ¡Escúpelo!
¡Rápido!”
“¿Eh? ¡A-A-Ahhh, es picante! ¡Es tan picante! Ahh, ¡mi nariz está
en llamas!”
El duro escozor de la pimienta carmesí hizo que sus ojos se llenaran
de lágrimas y su nariz se enrojeciera.
“A-Agua… Alguien… Traiga agua…”
“Toma, bebe esto.”
Alguien le tendió una botella. La tomó inmediatamente y se tragó
el contenido. Un refrescante sabor a cítricos llenó su boca, y el
penetrante sabor de la pimienta carmesí se desvaneció.
“Uf… Ya estoy bien. Muchas gracias.” Dijo mientras se frotaba las
lágrimas de los ojos y miraba a su salvador.
“De nada. Me alegro de haber sido de ayuda.”
“¡Príncipe Abel!”
Ante ella estaba Abel, ahora con una armadura de caballero.
Aunque estaba diseñada para simulacros de batallas, con protecciones
de cuero en el pecho y los codos, seguía siendo una buena figura en lo
que sin duda era un atuendo de combate. Ante la nueva e impactante
imagen del príncipe, Mia no pudo evitar…
¡No, corazón, no! ¡Nada de revolotear! ¡Soy mejor que esto!
… intentar con todas sus fuerzas evitar desmayarse.
“Oh, lo siento mucho. ¿Esto era algo que ibas a beber durante el
torneo?” Preguntó Mia mientras miraba la botella de la que acababa de
beber. “Iré a comprar otra para ti.”
“Está bien. De todas formas, aún queda la mitad.” Respondió Abel
mientras tomaba la botella. Mia observó cómo se la ajustaba a la
cintura.
V-Vaya, ¿piensa beber de esa botella? Pero… Acabo de beber de
ella. Si toqué mi boca en ella, y luego él bebe de ella… entonces…
Mientras analizaba las implicaciones de esta situación, el último
paso de su lógica la llevó a algo que abrumó su sensibilidad, y su mente
se quedó en blanco por un momento. A Abel, por su parte, no pareció
importarle. Era un niño de doce años con una comprensión muy
limitada de la dinámica de las relaciones. Además, tenía un torneo en
el que centrarse, que ocupaba lo suficiente de su mente como para no
obsesionarse con la conveniencia de compartir la botella.
¡¿No sería eso… un beso indirecto?!
Mientras tanto, Mia estaba teniendo una pequeña crisis.
“¿Pasa algo, Princesa Mia? No te ves muy bien…”
“¡Estoy perfectamente bien!” Dijo con un sobresalto, sólo para
descubrir que Abel la miraba atentamente, con su cara a escasos
centímetros de la suya.
“… ¡Nngh!”
Mia tragó saliva.
“¿Estás segura? Parece que tienes fiebre.”
“No tengo fiebre, ¡estoy totalmente bien! Hablando de eso, eh…
Príncipe Abel, ¿quién es su primer oponente?” Preguntó Mia en un
apresurado intento de cambiar de tema.
Antes de que pudiera responder, una tercera voz le cortó.
“Bueno, bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí? Si no es Su Alteza
Mia.”
Un joven se metió en su conversación. No era un desconocido; Mia
ya se había enfrentado a él antes, y le había dado el equivalente verbal
a una bofetada.
“Usted es… el hermano del Príncipe Abel, ¿cierto?”
“Hah, qué honor ser recordado por Su Alteza.” Dijo el Primer
Príncipe del Reino de Remno. Hizo una exagerada reverencia antes de
continuar. “Por cierto, he oído a modo de rumor que has preparado una
lonchera para mi querido hermanito.”
“En efecto, la preparé, y se ha hecho con el mayor cuidado.”
Declaró Mia con orgullo, sólo para encontrarse con la risa burlona del
Primer Príncipe.
“Je-je-je. ¿En serio? Bueno, eso es… Hm, cómo decirlo…
terriblemente desafortunado.”
“¿Hm? ¿Qué quieres decir?”
“Heh. Lo que quiero decir… es que el primer oponente de Abel seré
yo. En otras palabras, va a perder su primer partido. Lo cual es
perfecto, porque entonces podrá comer su almuerzo. Nada como una
buena derrota antes de una comida, ¿verdad? Las lágrimas son un gran
condimento.” Dijo con una sonrisa de oreja a oreja. “Debo admitir, sin
embargo, que no esperaba que te enamoraras de mi hermanito. Parece
que la famosa Gran Sabia del Imperio sigue siendo una niña pequeña.
No tiene gusto por los hombres.”
“Disculpa.” Intervino Abel mientras se interponía apresuradamente
entre ellos. “Mi querido hermano, por favor, deja de ser tan grosero
con la Princesa Mia.”
Abel sabía que su hermano mayor estaba juzgando a Mia basándose
en la opinión de Remno sobre las mujeres. Eso era un error. Aunque
Mia no tenía —en su opinión, al menos— escasez de tolerancia o
benevolencia, eso no significaba que fuera una persona pusilánime.
Era —de nuevo, en su opinión— una auténtica santa que se enfrentaba
con valentía a la injusticia. Atrevida, orgullosa y profundamente sabia
—descriptores sólo válidos en su mundo de fantasía, por supuesto—,
no era el tipo de chica que aceptaría un insulto de brazos cruzados.
Imaginando que la insolencia de su hermano debía haber despertado la
ira de Mia, miró ansiosamente en su dirección. Para su sorpresa, ella
no dijo nada. En su lugar, retrocedió en silencio y se retiró detrás de él.
Princesa Mia… Pero, ¿por qué?
Al principio, Abel estaba desconcertado porque Mia se había
echado atrás en la confrontación. Luego, se dio cuenta de su verdadera
intención.
¿Es porque… quiere que dé un paso adelante?
Si hubiera querido, Mia podría haberse mantenido firme. Con su
ingenio, su hermano no sería rival para ella en un duelo de palabras.
Ella no hizo nada de eso. En su lugar, optó por decir sólo una cosa.
“Espero su victoria, Príncipe Abel.”
Su expresión era perfectamente plácida.
¿Mi… victoria? ¿Ella cree que voy a ganar?
Era cierto que al reclamar la victoria contra su hermano ahora
defendería simultáneamente el honor de Mia. Sin embargo…
Abel miró a su hermano, el hermano contra el que nunca había
ganado un solo combate, que era mucho más hábil con la espada que
él y que medía una cabeza más.
¿Lo haré…? ¿Puedo?
Algo oscuro y pesado comenzó a introducirse en su corazón. Él
conocía este sentimiento. Era la desesperación, y así como todo su
mundo comenzó a oscurecerse…
“Prefiero ganar antes de comer. La comida sabe mejor así.”
La calidez de su voz disipó la oscuridad que le invadía y calmó su
ansioso corazón.
“S-Sí, por supuesto…” Rompió a sonreír. “Yo también.”
“Usted es… el hermano del Príncipe Abel, ¿cierto?”
Mia frunció el ceño. No podía recordar el nombre del joven.
Mientras se esforzaba por recordarlo, el príncipe sin nombre se lanzó
a una diatriba burlona a la que ella sólo prestó una vaga atención.
Finalmente, suspiró y dejó de intentar recordar su nombre.
Veo que me desprecia bastante, pensó mientras miraba
distraídamente la amenazante sonrisa de su rostro. Bueno, esto va a ser
un poco complicado.
Mia no pensaba mal del hermano de Abel. Ella… no pensaba nada
de él, de hecho. Se había olvidado completamente de su existencia
hasta este momento. En ese momento, había estado tan concentrada en
tratar de alejarse de Sion y conocer a Abel, que no había prestado
atención a nadie más. Después, seguía sin tener ningún interés
particular en el hermano de Abel, y su apariencia se había desvanecido
rápidamente de su memoria.
Sin embargo, su situación actual requería algo de tacto. Interesante
o no, seguía siendo el Primer Príncipe de Remno, y agriar las
relaciones con él no le haría ningún bien. Después de todo, el objetivo
de acercarse a Abel había sido para poder pedirle a Remno refuerzos
cuando las cosas se torcieran. Todo ese esfuerzo sería inútil si el Primer
Príncipe acababa vetando su petición. No necesitaba caerle bien, pero
tampoco quería que la odiara con pasión.
Lo que significa que es importante no mostrar ninguna hostilidad
manifiesta.
Para ello, decidió dar un paso atrás y desviar su animosidad hacia
otra parte. El objetivo de Mia era simple: no ser guillotinada. Evitar la
guillotina estaba siempre en su mente, y este deseo alimentaba todas
sus acciones.
Ahora, el Príncipe Abel sólo tiene que perder y su hermano se
sentirá bien y orgulloso de sí mismo… Entonces, consolaré al Príncipe
Abel después de su derrota y me pondré en términos aún más
amistosos con él. Esto es matar dos pájaros de un tiro.
Después de algunos cálculos meticulosos, miró a Abel…
“Espero su victoria, Príncipe Abel.”
… Y dejó escapar sus verdaderos pensamientos. Quería decir algo
más, pero de repente recordó la piel callosa de sus palmas. Recordó las
horas que había pasado practicando con la espada. Sabía lo mucho que
había trabajado. En ese instante, la idea de que él perdiera… se sintió
extrañamente molesta.
Vaya, qué extraño. ¿Por qué me siento así?
Desconcertada por sus propias palabras, se tomó un momento para
reflexionar. Finalmente, llegó a una conclusión.
Ah, ya veo. Es porque he trabajado mucho para hacer esos
sándwiches, y sería una pena que se sintiera tan triste después de
perder que no pudiera apreciar lo deliciosos que son…
Asintió para sí misma, confiada en la exactitud de su propio
análisis.
“Prefiero ganar antes de comer. La comida sabe mejor así.”
“¡Ahora, comencemos el séptimo partido de las eliminatorias! Abel
Remno, Gain Remno, por favor entren en la arena.”
Al oír su nombre por el árbitro, Abel respiró rápidamente y subió
tranquilamente los escalones de la arena. Tras llegar al centro, sacó su
arma y esperó. Más allá del filo desafilado de su espada de
entrenamiento estaba su hermano, un símbolo perpetuo de su derrota.
Los nervios le provocaron dolorosos espasmos en las tripas.
Pero… No puedo permitirme perder.
Apretó la empuñadura de su espada y miró a su hermano.
“Muy bien, mi querido hermano. Déjame probar cuánto has
mejorado.”
Gain alzó su espada sobre el hombro y sonrió. Abel parpadeó. De
repente, Gain había acortado la distancia y su espada se dirigió hacia
él.
“Ugh…”
Abel respondió al fuerte tajo con su propia espada; las hojas
chocaron entre sí con un chirrido estridente. Una sacudida recorrió sus
brazos, dejándolos entumecidos, y casi dejó caer su espada. Aunque
las armas se habían embotado, eso no hacía que el duro metal fuera
más ligero. Puede que no corten, pero sin duda pueden magullar. Y sin
duda podían romper huesos. Le vino a la memoria la última vez que
sufrió una fractura a manos de su hermano. Recordó el dolor y todo su
cuerpo se tensó.
“Hmph. ¿Es eso? Me lo imaginaba.”
Gain le lanzó una mirada de desprecio. Apretó los dientes.
Maldita sea, es muy fuerte.
Los chicos en la adolescencia crecían rápidamente, haciéndose más
grandes y fuertes cada año. Al ser mayor, la ventaja de Gain en cuanto
a fuerza pura y dura era considerable, y sus poderosos golpes no
dejaban a Abel más remedio que pasar todo el tiempo defendiéndose.
“Tengo que decir.” Dijo Gain en tono burlón. “Que seguro que has
encontrado una buena chica para ti, Abel.”
“¿Qué?”
Volvieron a chocar, trabando sus espadas. Gain se inclinó,
acercando su rostro.
“No pensé que un pelele como tú pudiera cortejar a la Princesa del
Imperio. Estoy seguro de que padre se alegrará de oír las noticias.”
El hermano mayor rió con fuerza antes de mirar más allá de Abel
hacia las gradas, donde Mia estaba mirando.
“Eso me recuerda. Tu chica seguro que tenía mucho menos coraje
hoy. ¿Qué pasó con ser la Gran Sabia del Imperio, eh? A fin de cuenta
es sólo una niña. Pensé que si la asustaba un poco, empezaría a
comportarse, y mírala ahora. Bonita y tranquila.”
“Eso no…”
Gain continuó antes de que Abel pudiera refutarlo.
“Si ustedes dos se casan, entonces llévala a Remno. Dame una
semana y le enseñaré a comportarse.”
Las visiones pasaron ante los ojos de Abel. Vio a su madre, a su
hermana y a las criadas del castillo.
“Puede que tenga que ponerme un poco duro con ella, pero no te
preocupes. Un poco de dolor siempre es provechoso. Así aprenden más
rápido. Y a la larga estarán mejor. Entonces, tendremos al Imperio a
nuestra merced…”
En la mente de Abel resurgieron oscuros recuerdos. Escenas de
acoso, de abuso, a veces de violencia… Las figuras de las mujeres de
su vida —sus ojos apagados y abatidos— se desvanecían en las
escenas, y por un momento, vio a Mia allí, sus ojos tan tristes como los
de ellas…
Su corazón, que había estado latiendo con fuerza, comenzó
calmarse. Su visión se aclaró y sintió que podía ver de nuevo. Un golpe
de la espada de su hermano le dolería, incluso le heriría, pero eso ya
no importaba. Nada podía compararse con la única cosa que ahora
sabía que era más importante que todo lo demás.
“Gain.” Se oyó decir. Su voz era fría, mucho más fría de lo que él
mismo esperaba.
“… ¿Qué?” Su hermano también notó su cambio de tono.
Abel bajó su espada y dio un paso atrás.
“Puedes llamarme lo que quieras. Búrlate de mí. Insúltame. No me
importa. Pero.” Abel miró fijamente a su hermano con ojos
penetrantes. “Si dices una palabra mala más sobre la Princesa Mia…”
Pensó en la chica conocida como “la Gran Sabia del Imperio”.
Pensó en la luz que ella había traído a su mundo. Que le arrebatasen
esa aura radiante…
Era absolutamente inaceptable.
“¿Y qué? ¿Qué vas a hacer?”
Gain blandía su espada burlonamente con una mano, el grado de
burla en su actitud era casi farsante. Abel observó con calma a su
hermano mientras sostenía su espada con ambas manos y la levantaba
por encima de su cabeza. Era la primera postura del estilo de lucha con
espada transmitido por la familia real de Remno. Sólo había un golpe,
en el que el usuario ponía todo lo que tenía en ese único movimiento
hacia abajo. El objetivo era simple: golpear más fuerte. Golpear más
rápido. Golpearles antes de que ellos te golpeen a ti. Eso era todo. No
había necesidad de defenderse. Ese ataque lo decidiría todo.
Al ver la postura de Abel, Gain rugió de risa. En cierto modo, su
burla era comprensible, porque era la más básica de las posturas, lo
primero que todo espadachín principiante aprendía en su rutina
fundamental.
“¿La primera postura? ¿Me estás tomando el pelo? Pero de nuevo,
supongo que le conviene a un perdedor como tú.”
Abel mantuvo los ojos fijos en su hermano. Lo observó bajar con
confianza a una postura. Le vio levantar su espada. Observó cómo el
hermano al que nunca había derrotado se adelantaba para recibir su
último golpe. Entonces, exhaló.
¡Ahora!
Dio un pisotón en el suelo y se precipitó hacia delante.
“¡No permitiré que la insultes más!”
Gritó estas palabras tan fuerte como pudo. Al mismo tiempo,
blandió su espada con todas sus fuerzas. La hoja captó el sol y estalló
en un rayo de luz cegadora.
En el lapso de un latido, el partido terminó.
“Hnnggh… ¡Gyaaaaaaah!”
Gain soltó un vergonzoso chillido de dolor. Su espada cayó al suelo
con un fuerte golpe. En su hombro se clavó el metal sin filo de la
espada de Abel.
“¡Y así termina el partido!” Gritó el árbitro.
Unos vítores ensordecedores sacudieron la arena. Abel vio cómo se
llevaban a su hermano, con la mente adormecida.
“¡Príncipe Abel!”
Sólo cuando escuchó su voz, la tensión desapareció de sus
hombros.
Capítulo 55:
Una Aventura Para Comer… Puedes
Llorar, Keithwood
Abel estaba en racha.
Sus dos siguientes partidos fueron contra estudiantes mayores, y los
ganó ambos. Con tres victorias consecutivas en su haber, era hora de
comer. Se dirigió hacia una esquina del patio. Bañado por el suave sol,
el mullido césped irradiaba un agradable calor. Anne y Chloe habían
colocado una estera en el suelo, sobre la que estaban colocando la
comida. Junto a ellas estaba Mia, que le sonrió al acercarse.
“¡Eso fue absolutamente increíble, Príncipe Abel!”
Agitó los dos brazos hacia él, con una expresión rebosante de
excitación.
“Gracias.” Dijo con una sonrisa avergonzada. “Pero no podría
haberlo hecho sin que me animaras durante todo el camino.”
“No seas tan modesto. Es el fruto de todo tu trabajo.” Respondió
ella, aunque la forma en que tarareaba alegremente para sí misma
sugería que no se molestaría demasiado si su modestia continuaba.
“Debo decir, sin embargo, que realmente eres muy bueno. No tenía ni
idea.”
La notable actuación de Abel había sido completamente inesperada
para ella.
Quién hubiera pensado que sería tan fuerte. A este paso, ¡quizás
consiga derribar al Príncipe Sion de su caballo! ¡Qué espectáculo
sería!
Mia no estaba especialmente interesada en vengarse de Sion o
Tiona; ese tipo de acción drástica era simplemente demasiado
peligrosa, ya que se arriesgaría a provocar su ira. Un movimiento en
falso, y volvería a saludar la guillotina. Prefería mantener las
distancias. Sin embargo, si no necesitaba ponerse en riesgo… Si el
Partido Anti-Sion pudiera encontrar un nuevo campeón, ella lo haría
sin dudarlo. El decoro era lo único que le impedía sostener un gran
cartel de “Vamos Abel” y gritar su apoyo a todo pulmón.
“A este ritmo, el primer puesto parece estar a su alcance.”
“Uh… Eso es quizás apuntar demasiado alto. Quiero decir, el
Príncipe Sion todavía está en el torneo. No nos adelantemos a los
acontecimientos.”
“Estarás bien, Príncipe Abel. Sé que ganarás. Cree en ti mismo.”
Declaró Mia con una confianza exagerada. Dirigió su puño hacia Abel.
“Eres fuerte, así que, por favor, cuando el Príncipe Sion aparezca, dale
a ese bueno-para-na—”
“¿Hm? ¿Qué está diciendo eso de mí, Princesa Mia?”
“¡¿Qué?! ¡¿Príncipe Sion?!”
Mia dio un salto de sorpresa antes de darse la vuelta para descubrir
a Sion, Keithwood, Tiona y Liora de pie detrás de ella.
¡¿Qué demonios están haciendo aquí?!
Ya le había dado el sándwich de Sion a Tiona para que lo entregara.
A estas alturas, deberían estar almorzando en otro lugar. Lanzó una
mirada interrogativa a Tiona, sólo para que ésta le diera a Mia un
pulgar hacia arriba y una sonrisa de guiño que parecía decir: “No te
preocupes. Tengo todo cubierto.”
“Lady Rudolvon sugirió que, ya que todos ustedes han participado
en la elaboración de estos, podríamos unirnos a ustedes para
consumirlos. Espero no ser una imposición.”
“N-N-No, en absoluto. Siéntete libre de unirte a nosotros… Ojojo.”
Mia sintió que los músculos de su cara se contraían mientras se
obligaba a sonreír.
¿Por qué tenías que venir?, pequeño… Después de rechazarme una
y otra vez en la otra línea de tiempo, ¿ahora apareces casualmente y
te invitas a ti mismo a unirte?
De hecho, en la línea temporal anterior, como resultado de que Sion
rechazara su petición, Mia se vio obligada a pasar todo el día del torneo
sola, moqueando miserablemente y comiendo el almuerzo que había
preparado ella sola. Teniendo eso en cuenta, la actitud actual de Sion
era… comprensiblemente irritante. La forma en que sonreía
suavemente mientras charlaba con Tiona y Anne encendió un fuego de
indignación en el corazón de Mia, que…
“Hey, qué sándwich tan gracioso.”
… se disipó inmediatamente al escuchar el comentario de Abel.
“V-Vaya, ¿te has dado cuenta?”
En un abrir y cerrar de ojos, Mia volvió a ser la misma nerviosa e
inquieta de siempre. Ver a Abel recoger el sándwich que había
preparado le produjo mariposas en el estómago.
Está… Está mirando mi sándwich. ¡Oh! ¡Por favor! ¡No lo mires
así! Me pone nerviosa.
Mia tragó saliva. Su expresión se endureció en una mirada intensa
mientras esperaba la reacción de Abel. Sus ojos se abrieron más y más
hasta que…
“¡Oh, ya veo! Es un caballo.” Dijo riendo antes de darle un gran
mordisco. “Mmm. Delicioso. Este es un sándwich realmente bueno.”
Su mirada de ojos abiertos fue inmediatamente sustituida por una
brillante sonrisa.
“Es maravilloso escuchar eso. Me alegro de que te guste.”
Escuchar sus elogios al sándwich hizo que Mia se sintiera muy bien
por dentro. Sintió el impulso de alzar los brazos con alegría. Al fin y
al cabo, el rasgo más distintivo del bocadillo era, obviamente, el hecho
de que tenía forma de caballo. ¿Y quién fue el que propuso esa brillante
idea? Fue, por supuesto, la propia Mia. ¿No era razonable, entonces,
interpretar que todos los halagos que se hacían al sándwich eran para
ella? Así era la cuestionable lógica que tomaba forma en la cabeza de
Mia.
No importaba que la meticulosa selección de los ingredientes, la
cuidadosa consideración de su colocación y la minuciosa aplicación
del adhesivo comestible hubieran sido realizadas por Keithwood. Toda
su sangre, sudor y lágrimas no habían servido para nada, su
importancia era tan insignificante para Mia que había sido borrada de
su memoria.
… Puedes llorar, Keithwood. Está bien. Lo entendemos.
“Príncipe Abel, ¿tiene un momento?”
Después de bromear con Tiona y las chicas, Sion se acercó a Abel.
“¿Príncipe Sion? ¿Qué pasa?”
Abel frunció el ceño, preguntándose qué quería de él el príncipe
rival.
“Llego un poco tarde a decir esto, pero felicidades por tu primera
victoria sobre tu hermano.”
“Ah, bueno, muchas gracias.” Respondió Abel con una sonrisa
sincera.
Entonces, Sion bajó la cabeza.
“También te debo una disculpa.”
“¿Hm? ¿Por qué?”
“Pensé con seguridad que perderías. La diferencia de habilidad
entre tú y tu hermano parecía demasiado evidente.”
¡Madre mía! ¡Qué grosero! ¡No hay manera de que el Príncipe
Abel fuese a perder contra un idiota como su hermano!
La opinión de Mia sobre Sion disminuyó unos cuantos puntos.
Abel, sin embargo, se limitó a sonreír y a negar con la cabeza.
“No, creo que tu evaluación fue correcta. Sólo estoy ganando
porque sigo teniendo suerte. No estoy ganando por mis habilidades,
como es tú caso.”
¡Vaya, qué modesto!
La opinión de Mia sobre Abel aumentó unos puntos.
“La suerte es un factor importante, Príncipe Abel. Yo tampoco
podría haber llegado tan lejos sólo con la habilidad.”
Pues claro que no. No hace falta decirlo. ¡Sólo ganas porque
sigues teniendo suerte!
Mia estaba de acuerdo con la valoración que hacía Sion de sí
mismo.
“Es un privilegio y un honor escuchar eso de usted, Príncipe Sion.
Lo tomaré a pecho.”
Aunque Mia se opuso a esa afirmación con bastante fuerza.
¡No lo es, Príncipe Abel! ¿Y qué si este imbécil te elogió? ¿A quién
le importa lo que diga? ¡No hay necesidad de hacer un alboroto al
respecto!
“En cualquier caso, hagamos que el próximo partido sea bueno.”
Sion le tendió la mano, proyectando una confianza natural con su
fácil sonrisa. Era un gesto de muchas cosas: confianza, rivalidad y
respeto mutuo, un pacto de honor entre dos jóvenes para darlo todo en
su próximo duelo. En ese momento, nació una nueva amistad. Al lado
de Mia, Chloe dejó escapar un suspiro embelesado.
“… Tan soñador.”
Anne y Tiona parecían igualmente hipnotizadas por los dos
príncipes mientras los observaban con ojos muy abiertos y
embelesados. En cuanto a Liora… Hurgó en la carne del bocadillo,
confirmó que estaba bien asada y asintió para sí misma con
satisfacción.
Liora, como ves, era una chica que sabía lo que era importante.
Del mismo modo, Mia tampoco tenía mucho interés en la
floreciente amistad de los chicos. En todo caso, le molestaba que, justo
cuando las cosas iban bien entre ella y Abel, Sion apareciera y le robara
su atención. Así que, en un alarde de petulancia propio de su edad, la
joven princesa puso sus mejillas de pez gordo enfadado y se enfurruñó
en silencio mientras mordisqueaba un bocadillo.
Por otra parte, para alguien que técnicamente tenía veinte años, su
comportamiento era bastante ridículo…
Y el Príncipe Abel acababa de hacer un cumplido a mi sándwich.
¿Quieres dejar de entrometerte de una vez? Se quejó Mia mientras
daba un rápido tirón a la manga de Abel. Cuando él se volvió hacia
ella, le miró directamente a los ojos. ¿Te acuerdas de mi bocadillo?
¿Recuerdas lo bueno que estaba? ¿Por qué no lo alabas un poco más?
Mia, verás, era una chica que… en realidad era un poco molesta.
Al ver que Sion le tendía la mano, Abel recurrió a su habitual
sonrisa inocua. Era una sonrisa de conveniencia, que no decía ni
comprometía nada. No hacía enemigos ni creaba hostilidad. Pero eso
era todo. No tenía más sustancia.
Con su habitual sonrisa, pretendía decir: “Sí, tengamos un buen
partido.”
Se había imaginado perdiendo.
“No sé cuánto voy a luchar, pero haré lo que pueda. Si no hay nada
más, será una buena experiencia de aprendizaje para mí.” Decía por
adelantado. Le ayudó a dejar de esperar. A dejar de preocuparse. Así
no sentiría el dolor cuando finalmente fracasara.
Era una parte de él: la lente a través de la cual veía el mundo y la
forma en que lo navegaba. Lo había hecho desde la infancia. Era la
forma en que había sobrevivido. Pero ahora…
¿Hm? ¿Qué?
Sintió un tirón. Al darse la vuelta, encontró los dedos de Mia en su
manga. La miró. Ella le sostuvo la mirada, sus ojos eran hermosos e
intensos y estaban llenos de emoción. Parecían hablarle. Las palabras
resonaron en su mente.
Eres fuerte, Príncipe Abel.
Escuchó su voz. Recordó lo que ella había dicho.
Eres fuerte. Confía en ti mismo. Sé que ganarás.
Ella se lo había dicho.
Entonces yo…
Algo cambió en su mente. Un engranaje, tal vez, o un radio. Y
entonces el mecanismo de la lógica invirtió su torsión.
… no tengo otra opción que ganar.
Para evitar que sus palabras se volviesen falsas… Para proteger la
santidad de su inquebrantable confianza…
“Prepárate, Príncipe Sion.”
Las palabras fluyeron de sus labios, la voz familiar pero el tono
extraño. ¿Qué era esto? Nunca lo había oído antes. Entonces, se dio
cuenta: era determinación.
“Prepárate, Sion Sol Sunkland.”
“¿Hm?”
Sion le dirigió una mirada de desconcierto.
“Yo… Abel Remno… no perderé.”
Sion miró al joven príncipe, que había respondido a su promesa de
deportividad con una declaración de guerra… y sonrió.
“¿Es así? En ese caso acepto tu reto, Abel Remno. Hagamos un
duelo que sacie nuestros corazones. Será un placer aplastarte con todas
mis fuerzas.”
Ante estos ardientes intercambios, el trío de espectadores formado
por Chloe, Anne y Tiona no pudo evitar desmayarse y suspirar. Incluso
Liora, que había estado hurgando en la carne de su sándwich de nuevo,
no pudo evitar desmayarse y suspirar… por lo bien asado que estaba.
P-Pero… mi sándwich… ¿qué pasa con mi sándwich…?
Mia, mientras tanto, también reflexionó con tristeza sobre su
bocadillo, ante la tragedia de que fuera ignorado, y dejó escapar un
suspiro de impotencia.
Capítulo 56:
El Torneo de Espadachines 2: La Gran
Final
“Comencemos nuestro siguiente y último combate; Príncipe Sion,
Príncipe Abel, por favor, entren en la arena.”
Los dos príncipes se dirigieron lentamente a la zona de duelo. Un
gran número de estudiantes se había reunido para ver el duelo. Como
príncipe heredero de un gran reino que era ampliamente conocido por
ser un prodigio con la espada, Sion naturalmente atraía mucha
atención. Sin embargo, Abel no se quedaba atrás. Como estudiante de
primer año, su incesante racha de victorias lo hacía también bastante
magnético.
Vaya, quién iba a pensar que acabaría así. Tengo que decir que no
esperaba ser el centro de tanta atención.
Con una sonrisa irónica, Abel se inclinó ante Sion. Luego, levantó
su espada desenvainada por encima de su cabeza. Era la primera
postura del estilo de esgrima transmitido por la realeza de Remno. En
contraste con la postura extremadamente agresiva de Abel, Sion
sostenía su espada con soltura, con la punta muy por debajo de la
cintura.
El manejo de la espada de Sion reflejaba su genio. Mediante el uso
magistral de los desvíos y las paradas, desgastó a su oponente,
esperando el momento perfecto para golpear. Su estilo era el de los
contraataques; su espada picaba a través de la réplica. Cada golpe era
fatal, ya que atacaba sólo cuando su oponente era completamente
vulnerable. Cuando su arma era rechazada y perdía el equilibrio, no
tenía forma de evitar el único golpe de su espada que ponía fin al
combate. Era un estilo imposible para todos los espadachines, salvo los
más brillantes, ya que exigía una confianza absoluta en la capacidad
de uno para resistir cualquier forma de ataque que el oponente pudiera
lanzarle. Por lo tanto, era imposible para Abel.
Abel Remno era una persona corriente. Había sido consciente de su
mediocridad desde el día en que nació, pero había sido un
reconocimiento vago. Todo eso cambió un día en que se cruzó con
Sion. La experiencia le enseñó muchas cosas: que los genios existían,
que algunos simplemente habían nacido mejores, y que era una brecha
que él nunca cerraría. Lo había visto de primera mano —lo sintió a
través de su espada— y se sabía inferior. Fue el día en que aceptó
plenamente su mediocridad.
Y así, se rindió. Le pareció la opción más sensata. Algunas personas
tenían más talento. Podía intentarlo todo lo que quisiera, pero nunca lo
alcanzaría. Por lo tanto, dejó de intentarlo. Era una decisión
perfectamente racional.
Entonces llegó a la Academia Saint-Noel, conoció a Mia… y algo
cambió. Un deseo crudo comenzó a crecer dentro de él. No quería
perder contra Sion. Quería ganar, y al ganar, demostrar que Mia tenía
razón al creer en él.
Por desgracia, la realidad era cruel. La brecha entre sus talentos era
tan profunda como siempre, y se tragó su deseo. Si su oponente se
hubiese mostrado indulgente con su genio y hubiese dejado de
esforzarse, aún podría ganar mediante la diligencia y el trabajo duro.
Por desgracia, Sion no se quedaba atrás. Aunque había nacido con un
don, nunca se dormía en los laureles. Abel practicaba, pero Sion
también. Frente a un prodigio que se esforzaba tanto como los demás,
ninguna mejora sería suficiente. La brecha sólo se haría más grande…
Un enfoque normal nunca funcionaría. Por lo tanto, Abel desechó
lo que era normal. En retrospectiva, era sencillo. Si nunca iba a ser un
mejor espadachín, sólo tenía que ser mejor en otra cosa. Tenía que
recortar su entrenamiento. Reducir su enfoque. Desechar la defensa…
Desechar las fintas… Desechar los giros… Desechar las estocadas…
Concentró todos sus esfuerzos en una sola cosa. Levantó su espada,
y la balanceó hacia abajo. Lo repitió. Luego lo hizo de nuevo, más
rápido. Y más rápido. Dedicó todo su tiempo a perfeccionar el
movimiento. Desde la noche de la fiesta de baile, no había hecho otra
cosa. Día tras día, se dedicó en cuerpo y alma a practicar ese único
movimiento. Y ahora, después de todo el sudor, la fatiga y el dolor, era
el momento.
Se balanceó.
Hoy, conquistaría el genio.
¡Hoy mataría a un dios!
IMAGEN
¡Ker-chiiiiing!
Un sonido áspero y chirriante llenó sus oídos. Medio segundo
después, sus manos sintieron el choque reverberante. Lo sabía. El
metal se encontró con el metal; su ataque había fallado.
Aun así… no fue suficiente.
La desesperación se apoderó de él. El mundo se volvió oscuro.
Esperó el final. Esperó, y esperó…
Pero el final no llegó.
El mundo volvió a enfocarse. Sus espadas seguían chocando, y él…
¿estaba ganando? De repente, se dio cuenta de que estaban en el borde
de la arena, y Sion estaba a un paso de salir del ring.
“¿No dijiste que no te ibas a contener?” Dijo Abel con una mueca
de enfado.
Sion respondió con una sonrisa de dolor.
“Me disculpo por no estar a la altura de sus expectativas, pero las
circunstancias.” Dijo entre dientes apretados. “Parecen estar forzando
mi mano.”
“Te estás burlando…”
Abel se había tomado el comentario como una afrenta, pero
recapacitó cuando vio que una gota de sudor rodaba por el costado de
la cara de Sion.
“O tal vez no. Bueno, sea como sea…” Abel dio un paso atrás y
volvió a su postura sobre la cabeza. “No me importa. A fin de cuenta
mi repertorio es bastante limitado.”
Se balanceó de nuevo.
“¡Ugh!”
Sion esquivó por poco el golpe; la hoja no le llegó por un pelo. No
intentaba lucirse. El golpe fue tan rápido que sólo pudo esquivar por
los pelos.
Maldición, ciertamente no esperaba esto…
Nunca había descartado las habilidades de Abel; era plenamente
consciente de los peligros de subestimar a un oponente. Sin embargo,
el golpe de Abel fue feroz, llegando a él con una velocidad y una
potencia que superaron ampliamente sus expectativas. Apenas
consiguió interponer su propia espada entre la hoja que se acercaba y
su propia cara. No tuvo tiempo de esquivar, por lo que sus brazos
soportaron toda la fuerza del brutal impacto.
Apenas puedo sentir mis brazos. La última vez que se entumecieron
tanto fue cuando entrené con mi padre.
Este único golpe le había dejado en una posición terriblemente
desventajosa. Apenas podía mantener su espada en las manos, ni hablar
de intentar contraatacar. Sin embargo…
Hay que repetir que Sion Sol Sunkland era un verdadero genio. Un
golpe fue todo lo que necesitó para captar el alcance del swing de Abel.
“¡Haa!”
Llegó el segundo golpe de Abel. Esta vez, lo evadió con un simple
juego de pies.
Aun así, es bueno que sólo tenga que lidiar con el ataque a mi
cabeza. De lo contrario…
Sion se dio cuenta rápidamente de que podía esquivar el golpe por
encima de la cabeza sólo porque era lo único que tenía que vigilar. Si
Abel mezclaba cualquier otro movimiento en su repertorio… No era
necesario que tuvieran la misma fuerza. Siempre y cuando
proporcionaran un poco de variedad y mantuvieran a los oponentes en
alerta, crearían aperturas para su golpe de poder que acabaría con el
partido.
Ese pensamiento hizo que Sion sintiera un escalofrío. Vio el
potencial de Abel, y el peligro.
De todos modos, tengo que esperar a que mis brazos se recuperen.
No sé cuántos segundos más van a tardar, pero…
Se le ocurrió una pregunta y decidió hacerla.
“Dime algo, Príncipe Abel… ¿Qué es lo que te hace tan fuerte? ¿Es,
tal vez… la Princesa Mia?”
“Eso es correcto. Es ella. Ella cree en mí. Ella desea mi victoria.
Por lo tanto… no puedo permitirme perder.”
“Me lo imaginaba…” Sion dejó escapar un suspiro tranquilo.
“Ojalá estuviera en tu lugar.” Entonces sus ojos se entrecerraron y
levantó su espada. “Sin embargo, tampoco puedo permitirme perder.”
Ambos permanecieron inmóviles. Sintió que el entumecimiento de
sus brazos retrocedía. Un poco más y estará listo. Mientras él —y toda
la arena— esperaban con la respiración contenida, una gota de lluvia
cayó sobre la punta de su espada.
Capítulo 57:
La Verdadera Esencia de la Princesa
Mia—El Delirio de Keithwood
Hmm… Sion se puso arrogante.
Keithwood observó tranquilamente el partido desde la zona de
espectadores.
Parece que su talento pudo más que él. Pensó que podía manejar
el primer golpe. De acuerdo, es bastante raro ver un golpe que no
pueda parar…
Sion continuó bailando alrededor de los golpes de Abel,
esquivándolos con el más estrecho de los márgenes. Cada tajo silbaba
amenazadoramente al partir el aire. Incluso un solo golpe tendría
consecuencias devastadoras. Sin embargo, su experta evasión hizo que
nunca dieran en el blanco. Sion era un genio con la espada, tanto en la
ofensiva como en la defensiva, y su maestría estaba en plena
exhibición.
El Príncipe Abel, sin embargo… Seguro que no esperaba que
representara una amenaza tan grande.
Cuando llegaron a Saint-Noel, Keithwood había vigilado de cerca
la habilidad de Abel con la espada. En ese momento, Abel era sin duda
un espadachín mediocre. No debería haber sido rival para un prodigio
como Sion, y sin embargo aquí estaba, ganando constantemente la
ventaja.
Ajá. Mira por dónde. Parece que también juzgué mal el potencial
del Príncipe Abel.
En este punto, Keithwood pudo ver claramente el don latente de
Abel. El talento del Príncipe de Remno residía en el hecho de que se
conocía bien a sí mismo: podía evaluar con calma y objetividad sus
propias capacidades. Consciente de su propia mediocridad, se negó a
rendirse. En lugar de ello, ideó un plan para derrotar a su oponente y
lo llevó a cabo incansablemente.
Conocimiento de uno mismo. Conocimiento del adversario.
Conocimiento del objetivo y cómo lograrlo.
Eran cualidades no menos impresionantes que el genio natural de
Sion. De hecho, es probable que sean cada vez más valiosas tanto para
el Príncipe de Remno como para su reino en el futuro.
Las cualidades esenciales de un rey, eh. Ya veo. Si el Príncipe Abel
se convierte en Rey de Remno, ese reino va a ser mucho más fuerte…
El talento de Abel había comenzado a florecer. Para la gente
común, el nacimiento de un monarca sabio era sin duda una bendición.
Para Keithwood, sin embargo…
Como alguien que sirve a Sion, esto ciertamente me deja con
algunos sentimientos encontrados. Si las relaciones con Remno se
agravan, esto sólo nos complicará la vida. Va a ser terrorífico.
Hablando de eso… Keithwood dirigió su atención a la joven que no
había apartado la vista del partido desde que empezó. Supongo que a
quien debería temer de verdad es a la Princesa Mia.
Detrás de todo esto, había una mente maestra que había colocado
las piezas y puesto todo en movimiento. Aunque los esfuerzos de Abel
eran sin duda loables y su talento merecía tanto el reconocimiento
como la debida cautela, él no era, de hecho, el iniciador de su propia
metamorfosis. Le habían dado un empujón. Keithwood era muy
consciente de la existencia de alguien entre bastidores, alguien que
había organizado todo esto.
“Ya veo. Ahora todo está encajando…” Reflexionó. “La Princesa
Mia es una persona que aprecia el talento.”
Finalmente llegó a ver la verdadera esencia de la Princesa Mia. Ella
valoraba tanto el talento que dormía dentro del Príncipe Abel y no
podía soportar ver cómo se desperdiciaba, enterrado para siempre bajo
el peso de ser comparado con su hermano y Sion. Pensando en ello,
todo tenía sentido. Habría sido fácil para ella elegir a Sion como su
pareja de baile durante la fiesta de bienvenida. Si su apelativo de “La
Gran Sabia” tuviera algo de verdad, habría visto que Sion era un joven
con un talento excepcional. Sin embargo, había elegido a Abel, con el
propósito de sacar a la luz sus talentos latentes.
De repente, Keithwood se congeló. Un escalofrío recorrió su
columna vertebral al darse cuenta de algo.
Espera un momento. No… No, no, no. No es tan simple.
Apreciar el talento era sin duda una cualidad real. Un gobernante
que acogía a un enemigo con talento como nuevo súbdito, siempre que
jurara su lealtad de nuevo, era un gobernante cuyo reino crecería
rápidamente en fuerza. Aunque era un rasgo loable para un monarca,
no era un rasgo digno de mención. Tanto Sion como el Rey de
Sunkland cortejaban activamente el talento, y la mayoría de los
gobernantes sabios a lo largo de la historia habían hecho lo mismo.
… El Príncipe Abel, sin embargo, no era un súbdito. No se jurarían
nuevas lealtades. Además, cuando se conocieron, el Reino de Remno
y el Imperio de Tearmoon ni siquiera eran amigos, y mucho menos
aliados. A pesar de que era totalmente posible que Remno se
convirtiera en un reino enemigo, Mia seguía apreciando su talento.
¿Por qué? ¿Qué dice eso de ella?
¿Los ojos de la Princesa Mia no ven fronteras? ¿Su visión del
mundo no está sujeta a los grilletes de la raza y el país? Keithwood
inhaló bruscamente cuando las implicaciones de su comprensión se
hicieron evidentes. Por el sol… A ella no le importa. Enemigos,
aliados, esos conceptos son triviales para ella. Para ella, el asunto es
simple. Reconoció el talento de un hombre, y se resistió a ver cómo se
desperdiciaba.
Además, era probable que el grado de talento le importara poco.
Había adoptado una postura extremadamente misericordiosa con los
acosadores de Tiona. Había llegado a suplicar personalmente a Rafina
que los perdonara. Había oído que, como resultado, los infractores,
individuos tontos y sin talento como sin duda eran, se aplicaban ahora
a sus estudios con renovado celo en un esfuerzo por devolverle su
amabilidad.
Ve los talentos dormidos en cada persona y se niega a descansar
hasta hacerlos florecer. Esa es la verdadera esencia de la Gran Sabia
del Imperio.
La altura desde la que veía el mundo era absolutamente
impresionante. Era una perspectiva que superaba incluso a su propio y
querido señor. Keithwood era muy consciente de que, entre el nuevo
temor que sentía por la Princesa de Tearmoon, también había algo más:
una incipiente admiración. Tuvo que recordarse a sí mismo que su
lealtad residía únicamente en su señor, Sion.
Si llega un día en que Sunkland y Tearmoon dejen de verse… Será
mejor que le aconseje a Sion que al menos se mantenga en buenos
términos con la propia Princesa Mia.
Keithwood cerró el puño en silencio mientras memorizaba ese
pensamiento.
… No hace falta decir, por supuesto, que todo esto existía
únicamente en la cabeza de Keithwood. No era más que una ilusión.
Una muy imaginativa, pero sin embargo una ilusión. Él lo creía con
todo su corazón y su alma, pero eso no cambiaba el hecho de que era
una ilusión. Era el delirio que acababa con todos los delirios.
Y desgraciadamente —o quizás afortunadamente— las
posibilidades de que se librara de este engaño eran muy, muy bajas.
Capítulo 58:
El Torneo de Espadachines 3: La Promesa
de Una Revancha
¡Ker-chiiiing!
El áspero chirrido del encuentro de las espadas resonó por segunda
vez desde que comenzó el combate. Con este sonido se produjo un
cambio en el impulso que a los espectadores les pareció sólo un sutil
cambio.
Para los luchadores en el ring, era la noche y el día.
“Así que por fin has dejado de contenerte, ¿eh?” Comentó Abel,
haciendo una mueca por la sensación del choque. O más bien, la falta
de él. Habría sido mejor que su espada se hubiera desviado hacia él.
En cambio, su tajo había encontrado poca resistencia, su impulso había
sido perfectamente desviado hacia un lado. Estuvo a punto de caerse,
pero consiguió mantener el equilibrio clavando con fuerza los talones
en el suelo.
“Sabes, no estoy seguro de cómo puedo conseguir que me creas en
esto, pero todo este tiempo he hecho todo lo posible.” Sion miró en
silencio a Abel durante unos segundos antes de que sus labios se
curvaran con diversión.
“Tengo que decir que saber puede ser la mitad de la batalla, pero
realmente es sólo la mitad. Me ha costado mucho intentar parar ese
golpe, aunque sé exactamente de dónde viene. Ese golpe tuyo sobre la
cabeza es realmente increíble.” Dijo con una sonrisa mientras aflojaba
el agarre de su espada y volvía a su posición más baja. “Por respeto a
la fuerza de tu golpe, permíteme ofrecerte un consejo amistoso,
Príncipe Abel. Si intentas el mismo movimiento contra mí aunque sea
una vez más… este combate terminará inmediatamente con tu
derrota.”
La sonrisa de Sion cambió; ahora mostraba sus dientes. Abel supo
instintivamente que el Príncipe de Sunkland no estaba bromeando.
“Eso dices. En ese caso, sólo me queda una cosa por hacer.”
Abel levantó su espada por encima de su cabeza. La misma
posición, el mismo ángulo, exactamente el mismo ataque. No cambió
nada, presentando audazmente a Sion con la misma agresión total de
la primera postura al estilo Remno que antes.
“¿Debo entender que esto significa que te rindes?” En el entrecejo
de Sion apareció un atisbo de ceño fruncido. En respuesta, Abel se rió.
No era la risa de la rendición.
“¿Qué? ¿Rendirme? No, Príncipe Sion. Así es como gano.”
“¿Es así? Me parece justo. Veo que no te he mostrado el debido
respeto. Permíteme reparar mi afrenta, Abel Remno, derrotándote con
lo mejor de mi esgrima.”
Si Abel hubiera escuchado a Sion y hubiera cambiado su enfoque,
seguramente habría perdido. Ningún ataque suyo podía esperar
penetrar la intrincada defensa de la magistral espada de Sion. No
importaba, no vaciló. Permaneció en la misma postura y se preparó
para desencadenar el ataque en el que se sentía más seguro. En sus ojos
no brillaba una aceptación resignada de la derrota, sino un hambre
feroz de victoria. Mantuvo la misma postura no por desesperación, sino
por determinación. Era una declaración. Este no sería el mismo ataque.
Golpearía más fuerte, más rápido y con más fuerza que antes.
Sion reconoció el desafío sin palabras. Ahora veía a Abel no como
un mero oponente, sino como un rival respetado, uno que había
apostado audazmente todas sus fichas en su único camino hacia la
victoria. Por lo tanto, era apropiado que Sion igualara su
determinación. No habría que contenerse. Los dos se acercaron
lentamente, y se detuvieron a poca distancia. Había empezado a llover
a cántaros, pero a pesar de las gruesas gotas de lluvia que golpeaban
sus caras y cuerpos, ninguno de los dos parpadeó. Abel se encontraba
en un estado de intensa concentración, centrado por completo en
desencadenar su ataque más poderoso contra Sion. Por lo tanto, era
comprensible que olvidara el contexto de la situación.
Esto no era una batalla, y mucho menos un duelo a muerte. Era un
partido amistoso entre estudiantes para divertirse y entretenerse. Como
había empezado a llover, y ciertamente no había necesidad de que los
competidores se arriesgaran a enfermarse o lesionarse, naturalmente…
“¡Suficiente! ¡Ambos competidores, espadas abajo!”
El árbitro pidió que el partido terminara.
“¡¿Qué?!”
Abel miró a su alrededor medio aturdido, sin saber qué acababa de
pasar.
“Como esperaba. Bueno, supongo que eso es todo.”
Sion envainó su espada y se encogió de hombros. Al parecer, era
plenamente consciente de esta posibilidad y no le sorprendió en
absoluto la decisión del árbitro.
“Tengo toda la intención de terminar este combate… pero la
primera oportunidad será probablemente este invierno, durante el
próximo torneo de esgrima.” Dijo con una sonrisa. “¿Qué dices,
Príncipe Abel? ¿Tengo tu palabra de que volveremos a cruzar
espadas?”
Sion extendió su mano.
“Puedes apostar que lo haremos.”
Y esta vez, Abel la tomó.
Y así, el último partido del torneo terminó con un firme apretón de
manos.
“¡Príncipe Abel!”
Mia corrió hacia Abel en cuanto bajó de la arena. Miró a su
campeón, que había estado a punto de vencer a su archienemigo, y lo
bombardeó con elogios y frustración vicaria.
“¡Eso fue increíble! Pero oooh, ¡has estado tan cerca! Sólo un poco
más, y… ¡Hnnngh!”
“¿E-Eh? Oh, eh, gracias, Princesa Mia.” Tartamudeó un Abel
desconcertado. “Pero, um, si hubiéramos seguido, probablemente
habría…”
“¡Esto debe ser una maldición!” Completamente ajena a su
reacción, continuó despotricando. “Tiene que serlo. Apuesto a que
alguien deseó que lloviera o algo así… ¡algún imbécil de ahí fuera que
no quería verte ganar! ¡Has estado tan cerca! ¡Hnnngh! Interferir en un
partido honorable como este… ¡Imperdonable! Es jugar sucio, eso es
lo que es.”
… Volvamos rápidamente a la línea temporal anterior por un
momento. Para que conste, después de terminar su muy solitario
almuerzo, Mia pasó el resto del día encerrada en su habitación sola
sintiendo mucha pena por sí misma. Durante ese tiempo, escuchó por
casualidad que Sion estaba cerca de ganar el torneo. Así que se sentó
y rezó con todo su corazón para que lloviera, y cuando un repentino
chaparrón obligó a concluir el torneo antes de tiempo, gritó triunfante.
En otras palabras, había olvidado por completo que la “imbécil”
que había “jugado sucio” no había sido otra que ella misma.
Así, el primer torneo de espadachines del año concluyó antes de
tiempo debido a la lluvia, y los dos príncipes intercambiaron promesas
de revancha. Lo que no sabían, sin embargo, era que su oportunidad
llegaría mucho antes de lo que pensaban y bajo circunstancias que
ninguno de ellos podría haber previsto. No tendría lugar en una arena,
sino en un campo de batalla, y ambos pondrían sus vidas en juego…
Pero esa es una historia para más adelante.
Capítulo 59:
Los Sueños y Recuerdos de Una Mia
Resfriada
“Uuugh… Uuuuugh…”
Mia se quejaba en la cama, aquejada de una enfermedad. El día del
torneo de esgrima, se había quedado fuera, bajo la lluvia, empapándose
mientras observaba el fascinante combate entre Abel y Sion. Tras su
finalización, corrió rápidamente hacia Abel para colmarlo de elogios.
Ya estaba encantada con su actuación, pero su entusiasmo llegó al
máximo cuando él señaló que la luz del sol, que se reflejaba en su
cabello mojado, le daba un nuevo y deslumbrante brillo. Como
resultado, a pesar de los repetidos intentos de Anne por convencerla de
que se secara, se pasó el resto del día corriendo con el cabello mojado,
lo que le hizo contraer un resfriado.
Pasado el mediodía, Mia abrió lentamente los ojos.
“¿Anne? ¿Estás ahí? ¿Anne?”
Con los ojos todavía pesados por el sueño, echó una lenta mirada a
la habitación.
“Vaya, qué raro.” Murmuró en tono desconcertado.
El silencio era total. No había nadie más que ella. La habitación
estaba desordenada. Sólo se había hecho un intento superficial de
doblar la ropa que estaba desparramada, y los bolígrafos se habían
dejado al descubierto sobre el escritorio. Aunque estaba claramente
mal gestionada, la sensación de desorden en la habitación le resultaba
extrañamente familiar.
Ah, ya sé… Esto era de…
Recordó una vez durante la línea de tiempo anterior en la que
también había estado enferma con un resfriado.
“Es cierto. Lo recuerdo. Cuando me desperté… Esa chica no estaba
allí.”
Después de que Mia se durmiera, la muchacha que le servía de
sirvienta la había dejado para salir al exterior. Al ser la tercera hija de
una poderosa familia noble, nunca le faltaban sonrisas ni halagos
cuando estaba en su presencia. Siempre había sido una de las favoritas,
y Mia encontraba que sus generosos cumplidos eran música para los
oídos.
Recuerdo haber oído después a otras personas que no quería
contagiarse de mi resfriado, así que se fue a tomar el té con sus amigas
asistentes…
Tras despertarse completamente sola, con los brillantes rayos del
sol de la tarde iluminando el vacío de su habitación, se sintió de repente
muy pequeña. Una abrumadora sensación de temor se apoderó de su
corazón. Se aferró con fuerza a las mantas y cerró los ojos, sintiéndose
como si se hubiera quedado sola en un mundo estéril.
“Milady… Milady…”
Sintió que su cuerpo era sacudido. Lentamente, abrió los ojos.
“Milady Mia, ¿está usted bien?”
La cara de preocupación de Ana apareció a la vista.
“¿Fuah? Oh, Anne… Entonces… ¿fue un sueño?”
Confundida, echó un vistazo nervioso a la habitación. Estaba
perfectamente ordenada. ¿Alguien había limpiado mientras ella
dormía? No había ni una camisa suelta a la vista. No sólo eso, sino que
había algo en la habitación que la tranquilizaba. Podía sentir que la
tensión se le escapaba. Era lo contrario de la habitación de su sueño.
Esa la hacía sentir incómoda, como si no le perteneciera en absoluto.
“Has estado muy inquieta. ¿Has tenido un mal sueño?”
“Oh… No te preocupes.”
Anne dejó escapar un suspiro de alivio y volvió a sentarse. Había
acercado una silla a la cabecera de la cama y parecía haber estado
vigilando a Mia todo este tiempo.
“Anne, deberías mantenerte alejada… o te contagiaré este
resfriado…”
“¿De qué está hablando, milady? Estoy súper sana, así que no se
preocupe por mí.” Declaró Anne con las manos en las caderas. “Deja
de pensar en tantas cosas y permítete descansar por ahora.”
Luego retiró el paño de la frente de Mia y lo sustituyó por uno
nuevo. Una agradable sensación de frescor impregnó su febril frente,
y Mia volvió a quedarse dormida rápidamente.
“Princesa Mia, mira. Esa chica está leyendo sola otra vez.”
“Vaya, ¿eso está haciendo?”
Era primera hora de la tarde, y uno de los miembros de la comitiva
de Mia sonrió y señaló el rincón del aula donde estaba sentada Chloe.
Chloe no existía en los recuerdos de Mia de su vida pasada. Nunca
habían sido amigas, y no había casi ninguna interacción entre ellas. Por
lo tanto, Mia no recordaba nada de lo que había sucedido ese día.
“Dime, Princesa Mia, ¿qué piensas de esa chica Chloe?”
“Escuché que compró su título, con dinero. No puedo creer que la
academia deje entrar a alguien así.”
Mientras el séquito de Mia se turnaba para burlarse de Chloe, Mia
no participaba, pero tampoco los detenía.
“No veo qué te parece tan interesante de ella. Más importante aún,
¿has oído? Aparentemente, el asistente del Príncipe Sion es un
plebeyo, pero muy guapo…”
“Ah, Princesa Mia. ¿Estás despierta?”
Cuando se despertó de nuevo, Chloe estaba a su lado.
“Ah, Chloe…”
Chloe cerró en silencio el libro que tenía en sus manos y se inclinó
hacia él.
“¿Hay algo que quieras que haga por ti? ¿Quieres un poco de agua?
¿O algo de comer?”
“Gracias por venir a verme, pero no deberías acercarte demasiado
a mí te contagiaras… ¿Qué es eso?”
Mia no pudo evitar preguntar cuando se fijó en la tela blanca que
cubría la mitad inferior de la cara de Chloe, ocultando su nariz y su
boca.
“Es una especie de máscara, y evita que los resfriados se
propaguen.”
Mia estaba impresionada. No había que subestimar a las hijas de
los comerciantes ricos. Estaba claro que sabían lo que hacían.
“Anne fue a buscar más agua fría. Ah, y he traído unas medicinas
para el resfriado que me envió mi padre hace tiempo. Las dejaré aquí.
Por favor, asegúrate de tomarlas luego.” Dijo Chloe con una sonrisa.
Mia se mordió el labio. Después de un momento, dijo con voz
suave: “Yo… te debo una disculpa.”
“¿Eh?”
No tuvo en cuenta la mirada perdida de Chloe y continuó.
“Ese día, vi tu sufrimiento… y elegí ignorarlo. Estoy terriblemente
arrepentida por eso.”
“… Um, Princesa Mia, ¿fue un sueño que tuviste o algo así?”
La joven comerciante soltó una risita.
Un sueño… Tal vez lo fue.
Tal vez realmente no había sucedido. E incluso si lo hubiera hecho,
era de una época ya lejana. ¿Qué diferencia había entre un futuro que
nunca llegó a suceder y un sueño? Tal vez fueran lo mismo. La culpa,
sin embargo, era real. Podía sentir su dolor sordo presionando su
corazón.
“Princesa Mia, desde que te convertiste en mi amiga, me he
divertido mucho. Me gusta mucho hacer cosas contigo, como cuando
preparamos sándwiches juntas. Además, puedo hablar contigo de los
cuentos que leo. Siempre he soñado con tener una amiga como tú. Así
que, por favor, no tienes que disculparte por nada.”
Mientras escuchaba, Mia sintió que el peso de su corazón se
aligeraba un poco. Sus párpados volvieron a caer y susurró
suavemente: “¿Podrías… contarme una historia…?”
“¿Hm?”
“Es algo que me gustaría que hicieras… Si has leído alguna historia
interesante últimamente… ¿podrías contarme una?”
“Muy bien. Veamos. En ese caso…”
Sintiendo el cosquilleo de la suave voz de Chloe en sus oídos, Mia
se quedó dormida una vez más.
“Bien. Tenga cuidado en el camino, Lady Tiona.”
Era el último día antes de las vacaciones de verano. Sion despedía
a Tiona con una brillante sonrisa. Ella se asomó a la ventana y le
devolvió la sonrisa. Sólo después de que su carruaje empezara a doblar
una esquina se sentó de nuevo.
Numerosas personas se habían reunido en torno a Sion, todas
esperando despedirse de él. La creciente multitud hacía que Mia se
sintiera cada vez más ansiosa, pero continuó intercambiando
despedidas con su propio grupo de chicas.
“Princesa Mia, a mi padre le encantaría tener la oportunidad de
conocerla en persona.”
“Igual el mío. ¿Puedo tener el honor de presentar mis respetos en
persona a usted y a Su Majestad Imperial durante el verano?”
“¡No, primero debes venir a visitarnos! Aunque nuestro reino es
pequeño, es un maravilloso lugar de veraneo.”
Mientras se dirigía a sus peticiones una por una, no dejaba de echar
miradas furtivas a Sion. Una vez, él miró en su dirección y sus miradas
se encontraron. Sus ojos, normalmente brillantes, se enfriaron de
repente. Durante un segundo, su expresión se ensombreció. Luego,
apartó la mirada, como si ya hubiera perdido el interés en ella.
Mia vio el cambio en su expresión, pero no tenía idea de lo que
significaba.
Me pregunto por qué el Príncipe Sion no viene a despedirse… Ah,
ya sé. Debe sentirse incómodo después de rechazar mi lonchera. Oh,
es tan tonto. ¿Realmente cree que le voy a echar en cara eso?
Mia permaneció completamente ajena a los sentimientos de Sion y
Tiona hasta que el fuego de la revolución comenzó a arder. No sólo
eso, sino que ni siquiera se daba cuenta de lo que pensaban las chicas
de su propia comitiva. Nunca pensó en los sentimientos de los demás.
Ni siquiera una vez… hasta que el mundo tal y como ella lo conocía
llegó a su fin. Por eso…
Durante el último año que pasó en Saint-Noel antes de que las
luchas consumieran la tierra —cuando el Imperio había comenzado a
colapsar bajo el peso de sus propios problemas financieros y los
violentos disturbios comenzaron a extenderse— Mia se encontró sola
el último día de clases.
“¿Cómo… se llegó a esto?”
No quedaba ni una sola persona que se molestara en venir a
despedirse. Ninguno de los otros nobles de Tearmoon estaba en
condiciones de enviar a sus hijos a la escuela, y los estudiantes de otros
reinos no deseaban relacionarse con la princesa de un imperio en
decadencia.
Ahora estaba sola. Verdadera e innegablemente sola.
Mientras deambulaba por el patio, encontró a Sion. Rodeado de una
multitud de estudiantes, era tan popular como siempre. Cuando la vio,
la miró con frialdad y dureza y, con una voz que podía cortar el acero,
le dijo: “Te desprecio, Princesa Mia.”
“¡Hyaaaaaaah!”
Mia gritó mientras se levantaba de la cama. Estaba empapada de
sudor.
“Ah… A-Ah… ¿Fue… un sueño?”
Apareció una taza delante de ella. La tomó y se tragó su contenido.
El agua fría y refrescante calmó su garganta reseca.
“Gracias. Lo necesitaba.”
“De nada. Pero, ¿estás bien? Supongo que estabas teniendo algún
tipo de pesadilla, teniendo en cuenta lo violentamente que estabas
dando vueltas en la cama.”
Una mano le tocó la frente. Era agradable y fresca. Estaba a punto
de cerrar los ojos y disfrutar de lo bien que se sentía cuando la voz
comenzó a registrarse completamente en su mente.
E-Espera… ¿No conozco esta voz…?
Lentamente, inclinó el cuello hacia un lado y se aventuró a echar
un vistazo nervioso.
“¡Eeeeek!”
Se sobresaltó y dejó escapar un grito de sorpresa cuando vio la cara
de la persona.
“P-Príncipe… ¿Abel? Pero, pero… ¿Qué estás haciendo aquí?”
Su mirada era amable y su voz suave.
“Cierto, lo siento. Sé que no debería vigilar a una dama mientras
duerme, pero la Srta. Anne me pidió que la vigilara un rato.”
Mia tuvo una visión de Anne dándole el visto bueno.
Sé qué crees que estás ayudando, Anne, ¡pero estás ayudando de
todas las maneras equivocadas!
Se tapó hasta la boca.
“Muchas gracias por venir a verme, pero no deberías quedarte aquí.
No me gustaría que te contagiaras mi resfriado.”
“Sabes, no me importaría enfermarme.”
“¿Eh? ¿Qué quieres decir?”
“Es que, de donde vengo, dicen que puedes librarte del resfriado de
alguien contagiándote tú mismo. Si realmente funciona, nada me
gustaría más que contagiarme de tu resfriado para que te mejores.” Con
una mezcla de diversión y vergüenza, se rascó la cabeza y se rió.
“Vaya…”
Su encanto juvenil provocó una risa de Mia, y los dos se entregaron
a algunas bromas amistosas durante un rato.
“Hablando de eso, ya casi son las vacaciones de verano.” Dijo Mia.
“¿Volverás al Imperio?”
“Sí, lo haré. Hay muchas cosas que me gustaría hacer en casa.
Pienso quedarme allí hasta el reinicio de clases.”
Unas largas vacaciones no significaban que pudiera quedarse
sentada y holgazanear. Tenía que hacer todo lo posible para salvarse
de la guillotina.
“¿Qué piensas hacer, Príncipe Abel?”
“Yo también me voy a casa, pero pienso volver a la escuela un poco
antes. Esperaba tener la oportunidad de pasar algún tiempo contigo
entonces, pero parece que no tendré tanta suerte este verano.”
¿Cómo es que puede decir cosas como esa con una cara
perfectamente seria? Oh, mi corazón…
Mia desvió rápidamente la mirada y se obligó a calmarse. Justo
cuando estaba a punto de respirar profundamente, oyó que llamaban a
la puerta.
“Oh, eso me recuerda. El Príncipe Sion y Lady Tiona mencionaron
que iban a venir más tarde. Deben ser ellos.”
“Vaya, parece que hoy soy toda una celebridad.”
Por supuesto, en su cabeza, pensaba: Uf, qué fastidio. Como si el
resfriado no fuera lo suficientemente malo.
Entonces, frunció el ceño. Había una extraña disonancia entre sus
palabras y sus emociones. Por alguna razón, no se sentía tan molesta
por su visita como había pensado. Decidió atribuirlo a todo el sueño
que había tenido. Incluso la fiebre parecía estar remitiendo, ya que notó
que su cabeza se sentía mucho más ligera.
“Discúlpennos.” Dijo Sion cuando se abrió la puerta. “Hola,
Princesa Mia. ¿Cómo te sientes? ¿Es un mal resfriado?”
“Te he traído algo para ayudarte con la fiebre.” Añadió Tiona. “Mi
hermano menor lo hizo con las hierbas que cultiva. No es nada del otro
mundo, así que espero que no te importe…”
Poco a poco, una atmósfera amistosa y agradable llenó la
habitación de Mia. Era un tipo de ambiente que había estado
completamente ausente de su vida anterior, y pasó el resto del día en
su suave abrazo, disfrutando del acogedor calor de la compañía.
Historia Corta:
La Princesa Mia… Encuentra la Amistad a
Través de la (¿Mala?) Comprensión Mutua
“Estás haciendo esto bastante difícil, Lord Radnor. La recaudación de
impuestos es vital para el bienestar del Imperio. Como noble, estoy
seguro de que es consciente de su obligación de pagarlos…” Dijo
Ludwig al hombre de mediana edad que estaba ante él.
Se encontraban en la mansión del Barón Radnor, y a juzgar por la
fea mueca en el rostro del hombre, Lord Radnor no se alegraba de
verlos. Ludwig suspiró.
“Aquí, como ves, está la cantidad que reportaste al Ministerio
Golden Moon.” Le entregó al barón un pergamino con números
escritos en él. “Y aquí está la cantidad que realmente recaudó de la
gente de su baronía. Ahora, si pudiera llamar su atención sobre la
discrepancia bastante conspicua entre ellos, que espero deje claro el
propósito de mi visita…”
Se contuvo de añadir “bastardo ladrón”, pero no pudo evitar un tsk.
El pergamino no es barato.
“Ciertamente, ciertamente. No es que me oponga a pagar, ya ves.”
Dijo Lord Radnor, apenas logrando mantener una sonrisa tensa
mientras escaneaba el pergamino. “Pero no puedo evitar preguntarme
qué pasaría si Lord Bluemoon se enterara…”
El Barón se refería a uno de los Cuatro Duques de Tearmoon, Lord
Bluemoon, a cuya facción pertenecía.
“… Que un buen amigo suyo estaba siendo acosado tan
agresivamente por el asunto de los impuestos. Confío en que entienda
mi preocupación.”
Radnor puso una cara que probablemente pretendía intimidar, pero
Ludwig simplemente se encogió de hombros.
“Por supuesto. Soy perfectamente consciente de que si Lord
Bluemoon se enterara de que un poco de evasión de impuestos podría
agriar sus propias relaciones con Su Alteza, sería bastante
preocupante… para usted.” Dijo, mirando al barón a través de sus
gafas.
Al ver que Ludwig no se inmutaba ante su amenaza, la expresión
de Radnor se nubló por primera vez de inquietud. Cuando las
implicaciones de la declaración de Ludwig cayeron en la cuenta, se dio
cuenta de la precariedad de su situación. El duque tendría que
considerar si valía la pena proteger a Radnor si eso suponía empeorar
la impresión que Mia tenía de él. Entre un barón y la princesa, ¿hacia
dónde se inclinaría la balanza?
Por supuesto, en realidad, el Duque Bluemoon presentaría sin duda
una queja formal si se enterara de que un simple funcionario de Golden
Moon tuvo el valor de reprender a un noble de su propia facción.
Incluso con el apoyo de la Princesa, Bluemoon seguiría siendo un
enemigo formidable. Los Cuatro Duques tenían tanto poder en el
Imperio que incluso la propia Mia tenía que andarse con cuidado con
ellos, y no digamos con un simple funcionario como él.
Por eso era vital que Ludwig asumiera esa actitud de suprema
confianza. El más mínimo indicio de aprensión rompería la fachada y
permitiría a Radnor recuperar la compostura. Al ver que el barón
estaba visiblemente agitado, continuó su asalto.
“Sólo pido que se pague la cantidad correcta. La discrepancia entre
su informe original y su… pago tardío son de poca importancia. Su
Alteza no tiene la intención de tomar en cuenta estos asuntos. Ella ha
dicho — y cito— que ‘cualquiera puede cometer un error’.”
Ludwig dejó claro que mientras el barón pagara, dejaría pasar todo
el asunto. En lugar de presentar una declaración falsa, el incidente se
registraría como un error de contabilidad o un error de transcripción,
no una evasión de impuestos intencionada, sino un descuido que
provocó un retraso en el pago. Ludwig optó por evitar
simultáneamente una acusación penal y una posible lucha de poder con
la princesa, dicha decisión la colocó en la proverbial balanza de
Radnor. Se inclinó inmediatamente.
“B-Bueno, en ese caso…” El barón puso una sonrisa servil y
asintió. “Haré que se prepare la suma inmediatamente. Después de
venir hasta aquí, no podemos permitir que vuelvas con las manos
vacías, ¿verdad? Y si no te importa… cuando veas a Su Alteza, te
agradecería que le transmitieses mis saludos.”
“Muy bien. Considéralo hecho.”
Lanzó una última mirada desdeñosa a Radnor antes de darse la
vuelta, sintiendo el fuerte deseo de soltar un profundo suspiro.
“Lo juro, es como si esta gente ni siquiera pensara…” Ludwig se
frotó las sienes, cuidando el leve dolor de cabeza que tenía desde que
regresó a su oficina en el Ministerio Golden Moon. “¿Por qué cometer
un fraude tan evidente? ¡Sólo conseguirás que te atrapen! Para
empezar, mejor no lo hagas… Si todos los nobles fueran tan sabios
como Su Alteza. Esto sería mucho más fácil.” Suspiró y sacudió la
cabeza. “Bueno, un hombre puede soñar, ¿no?”
“Hey, ¿son esas nuevas arrugas en tu cara o sólo estás feliz de
verme?”
Ludwig levantó la vista con un sobresalto y se encontró con un
hombre de pie en su puerta. Tenía una abundante cabellera rubia y una
barba bien recortada. Sus ojos marrones irradiaban inteligencia y tenía
una sonrisa cautivadora. Ludwig sonrió ante la nostálgica visión del
hombre.
“Ah, Balthazar. Ha pasado mucho tiempo. ¿Cuándo volviste a la
capital?”
“Acabo de llegar esta tarde. Me enteré de que me buscaban, así que
vine directamente aquí.”
Balthazar Brandt era un viejo amigo de Ludwig que trabajaba en el
Ministerio Scarlet Moon. Como tercer hijo de un conde, había nacido
en una vida cómoda. Sin embargo, las comodidades del lujo no habían
logrado apagar la llama de su talento. Buscando probar el alcance de
sus dones, llegó a la capital y estudió con el erudito más prestigioso de
la ciudad. Bajo la tutela de este erudito, no sólo adquirió muchos
conocimientos, sino que también conoció a Ludwig. Poco después, se
presentó al examen de empleo del Ministerio Scarlet Moon, lo superó
y comenzó a hacerse un nombre como funcionario joven pero muy
capaz.
“No pensé que pudiera reunirme con usted tan pronto… Parece que
la fortuna me ha sonreído.” Dijo Ludwig mientras respiraba aliviado.
No había solicitado una reunión con Balthazar para recordar viejos
tiempos. Aunque contaba con el respaldo de la Princesa de Tearmoon,
no dejaba de ser un simple funcionario público. En su calidad de
funcionario del Ministerio Golden Moon, se había manifestado mucho
a favor de la abolición de las políticas que favorecían innecesariamente
a la nobleza, y se esforzaba por garantizar que los impuestos se
recaudaran de forma justa y equitativa. Y en el caso de nobles como el
Barón Radnor, cuyo poder y obstinación hacían dudar incluso a sus
pares, había llegado a visitarlos personalmente. Sus esfuerzos a
menudo lo ponían en conflicto con las facciones de los Cuatro Duques,
y se había ganado una reputación entre los círculos nobles como un
entrometido que era una espina constante en sus costados.
Sin embargo, ese era el alcance de sus logros. Había un límite a lo
que podía hacer desde el Ministerio Golden Moon, que se encargaba
de los impuestos y los asuntos financieros. El Imperio era una entidad
demasiado grande como para arreglarlo solo con su poder. Por lo tanto,
necesitaba amigos, camaradas que compartieran su visión y apoyaran
su causa.
Los dos se dirigieron a un restaurante conocido y se sentaron en un
salón privado. Inmediatamente, Balthazar preguntó: “¿Qué pasa,
Ludwig? ¿Me has llamado aquí sólo para enseñarme tus nuevas
arrugas?”
“¿Quieres dejar las arrugas? Lo juro… Aun así, no voy a negar que
he estado ocupado. El cansancio está empezando a alcanzarme…”
Ludwig contuvo un bostezo y se encogió de hombros.
“He oído que has estado pisando un montón de pies últimamente.
Realmente se están tomando medidas enérgicas, ¿no es así?”
Balthazar provenía de una distinguida línea de la nobleza central.
No era de extrañar que su familia hubiera escuchado algunos rumores.
“La gente en casa ha estado hablando de ti, ya sabes…” Continuó.
“Oh, pero no te hagas una idea equivocada. Ninguno de los míos está
involucrado en ninguna actividad fraudulenta.”
“Lo sé.”
Los dos se sonrieron. La sonrisa de Ludwig era irónica, mientras
que la de Balthazar era socarrona.
“Por supuesto, si los pillas haciendo algo turbio, entonces siéntete
libre de penalizarlos como creas conveniente. Pero no se los pongas
fácil por mí. El fraude fiscal desenfrenado puede poner de rodillas a un
país. Siempre debemos tener cuidado con las fuerzas que buscan
corromper la fibra moral del Imperio.”
Balthazar era un racionalista cabal que no escatimaba en piedad ni
siquiera con su propia familia si se enfrentaba a sus fechorías. Su
absolutismo era lo que Ludwig más admiraba en él.
“Lo que dices es cierto, pero lo que me preocupa más que el fraude
fiscal, sinceramente, son las opiniones discriminatorias que están tan
arraigadas en este Imperio…”
“Huh. Opiniones discriminatorias, dices…”
Llegaron las bebidas que habían pedido. Balthazar bebió un sorbo
mientras lanzaba a Ludwig una mirada que ponía en duda esta
afirmación.
“Te concedo que existe discriminación hacia algunas tribus
minoritarias en regiones remotas, pero ¿es realmente un problema tan
grande como para merecer tanta preocupación? Ahora mismo, según
yo, las cosas van bien…”
“¿Quieres dejar de hacerte el tonto de una vez? Mira, la verdad es
que ya intenté proponerle esto al Barón Radnor. Le pregunté si estaría
dispuesto a abrir sus tierras al cultivo. Su baronía no es tan grande,
pero es plana y tiene ríos, lo que la hace perfecta para cultivar. Incluso
le ofrecí subvenciones. Adivina cómo fue eso.” Ludwig suspiró. “Fue
como hablar con una pared de ladrillos.”
“Sí, no me sorprende.” Dijo Balthazar. Se cruzó de brazos y asintió.
“Dudo que haya muchos nobles que conviertan de buen grado sus
dominios en tierras de cultivo.”
La tendencia a despreciar a los agricultores y a la agricultura, la
baja tasa de autosuficiencia que provocaba y los enormes costes de
importación que eran necesarios para mantener el suministro de
alimentos… Estas eran las cuestiones que quitaban el sueño a Ludwig.
“A menos que resolvamos este problema, me temo que el Imperio
no tiene futuro.”
Las raíces del problema son profundas, y la discriminación hacia la
agricultura en el Imperio se remonta a su llegada al poder. La tierra
que el Imperio de Tearmoon ocupaba en la actualidad era una región
fértil conocida en su día como el Cinturón de la Media Luna. Una
semilla sembrada allí cosechaba fácilmente diez o incluso veinte veces
la recompensa. Los habitantes de la región se mantenían gracias a la
agricultura. Con abundantes recursos y abundantes cosechas, vivían
una vida fácil y veían pocos conflictos… Hasta que fueron invadidos
por una tribu extranjera de cazadores-recolectores. Tras reutilizar sus
técnicas de caza para la guerra, subyugaron rápidamente a todos los
habitantes nativos de la región. A partir de entonces, los conquistados
fueron objeto de burla por parte de sus nuevos amos, que se referían a
ellos como “esclavos de la tierra”. Ridiculizados como débiles e
ineptos, se les puso etiquetas como “los que no tienen valor para cazar”
y “los que no tienen más talento que el de labrar la tierra”.
Tras conseguir una fuente de alimentos constante y un suministro
de trabajadores en forma de sus nuevos siervos, los cazadores-
recolectores se enriquecieron cada vez más. En algún momento,
empezaron a llamarse a sí mismos nobles. Y el hombre que antes era
el valiente líder de su tribu se convirtió en el Primer Emperador del
Imperio. Desde entonces, los campesinos siempre habían ocupado un
lugar bajo en la jerarquía social del Imperio. Aunque el arcaico sistema
de la servidumbre había sido abolido hacía tiempo, la discriminación
seguía viva, derivada de la arraigada idea de que la agricultura era para
aquellos que carecían de talento para hacer otra cosa.
El resultado fue que, en la actualidad, los nobles no estaban
dispuestos a utilizar sus tierras para la agricultura. Por supuesto,
permitían un mínimo de agricultura para abastecerse de alimentos,
pero preferían mucho más la importación y dependían de ella siempre
que fuera posible. Lo último que querían era convertir su territorio
existente en nuevas tierras de cultivo.
Esta era la máxima ironía de Tearmoon: un Imperio erigido sobre
vastas extensiones de tierra fértil que despreciaba su propia bendición.
Esa retorcida noción era a la que Ludwig se enfrentaba ahora. El
imponente oponente con el que pretendía luchar no era otro que la
propia historia y tradición del Imperio.
“En nuestro estado actual, dependemos de los reinos vecinos para
la producción de alimentos. Eso es demasiado arriesgado. Si alguna
vez sufren una hambruna, esos reinos se priorizarán sin duda. A menos
que aumentemos nuestra producción interna y mejoremos nuestra tasa
de autosuficiencia, el Imperio no tiene futuro.”
“Lo que dices es cierto, pero también es extremadamente difícil.”
Dijo Balthazar, haciendo una mueca al considerar las implicaciones.
Con la mirada de un pescador en busca de comida, Ludwig se
inclinó hacia delante.
“La razón por la que quería hablar contigo es para preguntar por el
estado de las cosas ahí fuera. Esos nobles en las Tierras Exteriores…
¿Cómo están?”
“Probablemente sea exactamente como sospechas.”
Las zonas que, relativamente, acababan de ser absorbidas por el
Imperio se conocían como las Tierras Exteriores imperiales. Los
gobernantes de esas regiones se denominaban nobles de las Tierras
Exteriores. Antes de ser incorporados al Imperio, la práctica de la
agricultura allí había sido perfectamente normal, y sus gentes eran
simples agricultores que no sentían ninguna vergüenza al cultivar la
tierra. Sin embargo, una vez que pasaron a formar parte de Tearmoon,
fueron ridiculizados por la nobleza central, que los veía como
pueblerinos y los llamaba nobles de las Tierras Exteriores. Los que
apreciaban este trato eran pocos y distantes entre sí.
“A medida que pasa el tiempo, todos se alinean y tratan de reducir
sus tierras de cultivo. El Ministerio Scarlet Moon tiene normas que
limitan la cantidad de tierras de cultivo que se pueden reutilizar… pero
las normas se pueden torcer, siempre que haya dinero.”
Había un deseo creciente entre los nobles de las Tierras Exteriores
de utilizar sus tierras para fines distintos de la agricultura. No era tan
fuerte como en la nobleza central, pero la tendencia era clara.
“El Conde Rudolvon es uno de esos raros nobles que se empeñan
en mantener sus tierras para la agricultura, pero hay muy pocos como
él.”
Incluso con las importaciones, equilibrar la oferta con la demanda
era siempre como caminar por la cuerda floja, y la cuerda se hacía cada
vez más fina. El descenso gradual de la producción de cultivos, aunque
todavía no era fatal, era innegablemente pernicioso. Ludwig no podía
dejar de verlo como un lento veneno que, gota a gota, se introducía en
la boca de un Imperio desprevenido.
“En ese sentido, ¿qué pasa con nuestra querida Princesa, de la que
nunca dejas de hablar? ¿Su Sagrada Alteza tiene una buena
comprensión de los problemas que estamos tratando?”
Ludwig, que hasta hacía unos instantes había estado sumido en un
lodazal de su propio pesimismo, se animó ante la mención de Mia. La
situación podía parecer desesperada… pero no lo era. Sabía dónde
estaba la esperanza.
“Ayer recibí una carta de Su Alteza. Es la primera que envía desde
que se fue a la academia…” Se le escapó una sonrisa de complicidad.
“En ella, mencionaba la asistencia a su primera fiesta de presentación.
¿Dónde crees que se celebró?”
“Cuéntalo.”
“El País Agrícola Perujin.”
Balthazar respiró. Había una pizca de asombro en sus ojos abiertos.
“Eso sí… es interesante.”
El País Agrícola Perujin limitaba con Tearmoon al suroeste. Con
un ochenta por ciento de agricultores, aunque su tamaño era bastante
grande, su poder militar y económico palidecía en comparación con el
Imperio. Como resultado, a los ojos de Tearmoon, se consideraba un
país menor que apenas merecía consideración. Las menciones a
Perujin solían ir acompañadas de comentarios como “de segunda
categoría”, “un país de siervos” y “subdesarrollado e incivilizado”…
Lamentablemente, los prejuicios de estos nobles chismosos les
cegaron la verdad. Una parte importante de los alimentos consumidos
por su orgulloso Imperio era importada del país que tanto
despreciaban. Al elegir la burla y la ignorancia en lugar de los hechos
evidentes, demostraron de forma efectiva la gravedad de esta
enfermedad de la irreflexión.
“Un país que es desestimado por los nobles pero que en realidad es
de gran importancia para el Imperio, eh… Si esto fue un movimiento
diplomático respaldado por la perspicacia, entonces las implicaciones
son… Por Dios.”
“Estamos hablando de Su Alteza, ¿sabes? Lo más probable es que
todo haya sido calculado. Y todavía hay más en la carta. ¿Adivina qué
vino después?”
“Escucha bien, Rania. Lo he dicho una vez y lo volveré a decir.
Asegúrate de que no se haga ninguna descortesía a los invitados del
Imperio.”
“Sí, me aseguraré de ello, padre.”
La Tercera Princesa del País Agrícola Perujin, Rania Tafrif
Perugian, dio una respuesta de memoria, ocultando su reticencia tras
el delicado velo que cubría su rostro.
“De nuevo, debo enfatizar la importancia del Imperio para nuestras
industrias…”
“No te preocupes, padre. Me aseguraré de que todo vaya bien.” Dijo
Rania, interrumpiendo a su padre. No necesitaba oír el resto. Llevaba
años diciendo lo mismo, desde que ella asistió por primera vez a Saint-
Noel.
No es que importe. No es que vaya a aparecer nadie del Imperio
que merezca la pena, pensó. No le contestó, pero se quedó con este
argumento en silencio.
No siempre había sido así. Desde la infancia tenía un fuerte sentido
de la responsabilidad. Como Princesa de Perujin, consideraba que era
su deber cargar con el futuro de su país. Con eso en mente, se inscribió
en la Academia Saint-Noel.
Todos los años, a principios de la primavera, los estudiantes de
Perujin de la academia organizaban un encuentro, al que invitaban a
los estudiantes de Tearmoon con el fin de fomentar la comunicación y,
lo que es más importante, invitar a los jóvenes nobles a alimentos y
cultivos producidos en Perujin. Todos esos estudiantes de Tearmoon
acabarían heredando los títulos de sus padres y ocupando puestos
importantes dentro del Imperio. Entablar relaciones amistosas con
ellos desde el principio beneficiaría a Perujin en el futuro, que era
exactamente para lo que servía la fiesta.
Cuando Rania comenzó sus estudios, se volcó de lleno en los
preparativos de esta fiesta, creyendo realmente que era lo mejor para
su país. Consiguió las cosechas más selectas, buscó consejo para las
recetas adecuadas y pasó muchas noches planeando con sus amigas,
todo para que pudieran ofrecer a sus invitados de Tearmoon la mejor
experiencia posible. Sin embargo, cuando llegó el día, la realidad la
traicionó. Sólo se presentó un puñado de estudiantes, cuyas familias
eran todas nobles de bajo rango. Todos llevaban la misma expresión
desganada que sugería una participación forzada, y enseguida quedó
claro que ninguno de ellos quería estar allí.
Al principio, Rania no podía comprender la sorprendente
disparidad de actitudes. ¿Por qué habían recibido un grupo de
visitantes tan apáticos? La respuesta vino, precisamente, de su propia
hermana mayor.
Un país de siervos. De segunda categoría. Tributario.
Estos eran los términos utilizados por los nobles de Tearmoon para
describir a Perujin. Se enteró de que su hermana había hecho lo mismo
años antes, soportando la misma humillación en su intento de atender
a grupos de invitados reacios de Tearmoon. La sonrisa de cansancio
que mostraba su hermana al relatar estas experiencias hizo que Rania
se estremeciera de indignación, pero lo único que pudo hacer fue
apretar los dientes, cerrar el puño y tragarse su ira.
Porque ella sabía la verdad: para los débiles, la única opción era
aguantar. Si las relaciones con Tearmoon se agriaban y estallaba la
guerra, Perujin sería aplastada como una hormiga. Desde ese día, ella
había perdido toda la pasión.
Y ahora, con la proximidad del encuentro anual, su estado de ánimo
había tocado fondo. Sólo de pensarlo le daban ganas de hacer arcadas.
Su reticencia era totalmente razonable; a nadie le apetece que el fruto
de su laborioso trabajo se convierta en comida de campo barata.
“Ugh, odio esto. Desearía que la fiesta se cancelara…”
Con eso, se le ocurrió una idea.
“… A fin de cuenta todo es una farsa. Mejor divertirse un poco.”
Decidió gastar una broma. Se dirigió a las bandejas de comida que
se estaban preparando para la fiesta… y añadió en secreto algunas
conservas que hacía tiempo que se habían estropeado.
Siendo la agricultura su principal industria, Perujin invirtió mucho
en la investigación de técnicas para conservar los granos,
permitiéndoles mantenerse durante mucho más tiempo. Aunque el
sabor se resentía, era una pequeña diferencia que sólo notaban las
lenguas más exigentes. Teniendo en cuenta que Tearmoon no había
enviado más que nobles de segunda categoría, era imposible que
notaran la diferencia. Rania sonrió al imaginar que veía a los
despistados comiendo alegremente un montón de comida rancia. Sería
un pequeño consuelo, pero al menos ella se divertiría. Por desgracia,
en lo que tal vez fuera un castigo kármico para su corazón rencoroso,
su travesura acabó volviéndose contra ella.
“Princesa Rania, por favor, acepte mi más sincera gratitud por
invitarnos a una fiesta tan maravillosa y llena de tantas exhibiciones
espléndidas.”
Cuando los invitados llegaron el día de la fiesta, Rania se quedó
con la boca abierta.
¿P-P-P-Por qué? ¿Cómo—?
“Soy Mia Luna Tearmoon, Princesa del Imperio Tearmoon. Es un
placer conocerte.”
Al frente del grupo de estudiantes estaba nada menos que la VIP de
las VIP, la querida hija del emperador reinante, la mismísima Princesa
Mia.
Bien, ¡respiraciones profundas! ¡Respiraciones profundas!
Cálmate, Rania, pensó, tratando de no entrar en pánico.
“El placer es todo mío, Su Alteza. Soy Rania Tafrif Perujin, Tercera
Princesa del País Agrícola Perujin. Muchas gracias por venir a nuestra
fiesta. Por favor, siéntanse como en casa y disfruten de estos deliciosos
manjares de Perujin.” Dijo, haciendo una profunda reverencia. Sin
embargo, cuando levantó la vista, se le cortó la respiración.
La Princesa Mia, con sus profundos ojos azules y su mirada
cristalina, la miraba directamente a la cara.
“Hyaa—ah, um, ¿S-Su Alteza…?”
“¿Eh? Oh, lo siento. No te preocupes por mí.”
El tono plácido de Mia no logró calmar el corazón agitado de Rania.
Fue… Fue como si viera directamente a través de mí…
Entonces Rania recordó. Mia Luna Tearmoon tenía otro título;
había quienes se referían a ella como la Gran Sabia del Imperio.
¿También se dio cuenta de mi broma…? N-No, eso no puede ser.
Es imposible que lo sepa. Hay un montón de aperitivos y dulces, y es
totalmente posible que no llegue a comerse ese. Debería estar bien,
pensó mientras recorría con la mirada la variedad de bandejas que
cubrían las mesas. Había tantas, casi tantas como las mariposas que
revoloteaban nerviosas en su estómago.
“Oh, lo siento. No te preocupes por mí.”
Después de pasar un largo segundo mirando la cara de Rania, Mia
sacudió la cabeza. La chica tenía un saludable bronceado, y sus rasgos
eran de una belleza encantadora. Su cabello oscuro se había empapado
del color del cielo nocturno, y sus ojos brillaban con el verde profundo
de un exuberante bosque de verano.
Ah, sí. Recuerdo que sus rasgos eran algo así. Ahora que la he visto
bien, no lo volveré a olvidar, pensó, sintiendo una sensación de
satisfacción después de haber observado los detalles del rostro de la
chica.
Sus pensamientos vagaron hacia un recuerdo de la línea temporal
anterior. Fue el año en que el Imperio sufrió una terrible hambruna. En
ese momento, Ludwig había estado trabajando sin descanso tratando
de conseguir suficientes alimentos para el imperio.
“Su Alteza… si puedo atreverme a hablar con franqueza de mis
frustraciones…” Dijo el pasado Ludwig. Una vena palpitó en su sien
y su mejilla se crispó.
“E-En realidad, no puedes…” Dijo Mia cortante y tartamudeando.
La expresión de Ludwig le produjo escalofríos.
“Íbamos a hablar con la princesa de un país cuya ayuda necesitamos
urgentemente, ¿correcto? Y la princesa asistió a la academia al mismo
tiempo que tú, ¿correcto? Entonces, ¿cómo es posible que no recuerdes
su aspecto?”
“¡Acabo de decir ‘no puedes’!”
Ludwig no prestó atención a esta débil protesta y continuó.
“La razón por la que los nobles envían a sus hijos e hijas a la
Academia de Saint-Noel es para establecer relaciones y facilitar la
diplomacia. Confío en que seas consciente de este hecho tan básico.”
“Por supuesto que sí… Yo, um, siento lo que pasó…”
Lo que había sucedido era enteramente el resultado del propio error
de Mia. Tras una serie de difíciles conversaciones, Ludwig había
conseguido finalmente convencer al País Agrícola Perujin para que les
vendiera alimentos. Habían llegado a sentarse en la mesa de
conversaciones, pero cuando llegó la Princesa Perujin, Mia fue y dijo
algo que hizo que todo se estrellara en un ardiente desastre. Miró a la
princesa y preguntó… “Vaya, ¿quién eres tú?”
Ludwig miró a Mia, que en un raro momento de sincero
remordimiento parecía realmente cabizbaja. Suspiró.
“Bueno, de todos modos, probablemente estaban esperando que
tuviéramos un desliz para poder usarlo como excusa para
rechazarnos.”
Mia le miró, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
“¿De verdad?”
“Me imagino que sí. El Imperio no es el único lugar que sufre de
hambruna. Las cosechas también fueron malas en todos los reinos de
los alrededores. La comida escasea en todas partes. Dudo que alguien
tenga suficiente para exportar. Aunque hayan accedido a hablar, es
probable que hayan estado buscando una excusa para rechazarnos todo
el tiempo.”
En un momento de simpatía igualmente raro, Ludwig le había
dedicado unas palabras de consuelo. Inmediatamente después de eso,
sin embargo…
“Dicho esto, no deja de ser imperdonable olvidar los rostros de la
realeza extranjera y de los nobles poderosos, sobre todo cuando sin
duda los ha visto muchas veces con anterioridad. Será mejor que se
mire bien y reflexione sobre sus errores, Alteza.”
“Ya lo estoy haciendo. No tienes que seguir diciéndomelo…”
Al final, Mia se pasó el resto del día ahogando las lágrimas mientras
se veía obligada a soportar el implacable sermón de un Ludwig muy
descontento. Desde aquel día, Mia se esforzaba por saber qué personas
eran contactos importantes y se esforzaba por recordar sus caras.
… Lo cual fue bueno, por supuesto, pero no es algo de lo que se
pueda presumir.
“Es mi sincero deseo que esta maravillosa reunión acerque a la
gente de Tearmoon y Perujin. Ahora, ¡que comience la fiesta!”
A instancias de Rania, la fiesta comenzó. No se trataba de una fiesta
tipo buffet ni de una clásica fiesta del té, sino de algo intermedio. La
comida colocada en las mesas consistía principalmente en aperitivos y
frutas. Las bebidas consistían en varios tipos de té negro y de hierbas.
El conjunto de la fiesta desprendía la tranquila elegancia de un
descanso vespertino. Mientras Mia escudriñaba los manjares
disponibles, sintió que sus ojos eran atraídos por los pasteles, y luego
por las tartas, y luego por los…
Qué selección. Un país agrícola, sin duda. Seguro que se ganan su
nombre.
Mia estaba sinceramente impresionada, y los hijos e hijas de los
marqueses y condes que la acompañaban también expresaron su
alegría por la gran variedad de alimentos. Sobre todo para las chicas,
sus prejuicios se derritieron ante tan apetitosos dulces. Nada combatía
la discriminación como una buena pastelería. Sin duda, el hecho de que
Mia se apresurara personalmente a iniciar el recorrido de degustación
fue un factor indispensable para su aceptación.
Para que quede claro, esa no era la intención de Mia. Lo único que
pasaba por su cabeza en ese momento era el deseo de atiborrarse. Un
hecho obvio, tal vez, pero todavía vale la pena mencionar.
Después de hacer la ronda de las mesas, Mia encontró su mirada
atraída por un plato en particular a un lado.
“¿Oh? Esas galletas parecen…”
Las galletas no tenían nada de excepcional. En medio de un mar de
frutas coloridas y pasteles deslumbrantes, lo único que destacaba de
ellas era, de hecho, su pura sencillez.
“Ah, espera, eso es…”
Por alguna razón, Rania se precipitó hacia ella con una mirada de
pánico. No estaba segura de por qué, pero podría averiguarlo más
tarde. Por ahora, las galletas eran más importantes. Tomó una y se la
metió en la boca.
Ahh, conozco esto… Esto es. Este es el sabor.
Dentro del polvo desmenuzado había una dulzura que se extendía
lentamente por su lengua. El sabor azucarado y barato le hizo recordar
inmediatamente sus largos y tristes días en el calabozo. En un mar de
recuerdos grises y deprimentes, éste era uno de los pocos puntos
brillantes.
Sólo una vez, Anne le había traído estas galletas. Antes de que
comenzara la revolución, el Imperio ya sufría escasez de alimentos, y
ni siquiera las comidas de la familia real se libraban de la austeridad.
Durante semanas, a menudo no había nada dulce que Mia pudiera
comer. Después de ser encarcelada en el calabozo, la calidad de su
comida no hizo más que empeorar. Justo cuando casi había olvidado
que podía disfrutar de la comida, Anne le trajo estas galletas. Cuando
probó su dulzura… El gozo fue indescriptible.
Un torrente de emociones volvió a surgir al revivir este momento,
y se le saltaron las lágrimas.
“Este sabor… Cuanto tiempo ha pasado…”
“¡Lo siento mucho, Su Alteza!”
Se giró para encontrar a Rania mirándola con ojos de puro terror.
“Uhh… ¿Para qué?”
No estaba segura de lo que había sucedido, pero a juzgar por la
forma en que el color había desaparecido por completo de la cara de la
chica, supuso que se trataba de algo serio. Por si acaso, llevó a Rania
y a algunas galletas —después de todo, no se come una sola galleta—
a una parte tranquila del salón de fiestas donde tendrían algo de
privacidad. Sea cual sea el problema, con suerte podría arreglar las
cosas ella misma. Si se corría la voz y su séquito armaba un gran
alboroto, podrían arruinar por completo las relaciones con Perujin. Lo
último que quería era volver y que Ludwig le echara la bronca como
la última vez.
En su deseo de evitar que la regañaran, en realidad había hecho algo
con bastante tacto.
“Sobre esas galletas… Verás, la verdad es que… en realidad fueron
hechas hace tres años…”
“¡¿Tres años atrás?!”
Mia miró a la chica con incredulidad. En respuesta, el rostro de
Rania se volvió aún más pálido.
“U-Um, bueno… no era mi intensión, pero… quiero decir… Lo
siento, sólo fue una broma tonta…”
La Princesa Perujin temblaba visiblemente mientras se disculpaba,
pero no consiguió conmover a Mia. De hecho, Mia no estaba prestando
ninguna atención. Todavía estaba aturdida por conocer la verdad de las
galletas.
Fueron hechas hace tres años, ¡¿y todavía son comestibles?! No
sólo comestibles, sino también deliciosas.
Mia había visto la hambruna y la había sentido. El mundo sin
comida era un paisaje infernal que había experimentado de primera
mano. El sabor rancio del pan de centeno duro era algo que no olvidaría
pronto. En Tearmoon, donde las técnicas agrícolas estaban muy
subdesarrolladas, los métodos de conservación de alimentos eran casi
desconocidos. Era casi imposible mantener las cosechas comestibles
durante mucho tiempo, por no hablar de mantener su calidad.
Mia levantó las galletas, mirándolas con asombro. El hecho de que
existieran era increíble. Conocía su significado. Por un momento, casi
parecían monedas de oro. Entonces, todo encajó de repente y
comprendió por qué Rania había traído esas galletas.
¡Ya veo! ¡Esto es una demostración de la tecnología de Perujin!
¡Me está mostrando lo buenos que son en la conservación de
alimentos!
El Imperio Tearmoon era efectivamente el cliente de Perujin. La
comida utilizada para esta fiesta no era simplemente para ser
disfrutada. Eran muestras de productos que estaban a la venta.
… O algo así. Recuerdo que Ludwig dijo algo en ese sentido.
Probablemente.
La había sermoneado durante tanto tiempo que ella había ignorado
la mayor parte de lo que había dicho. Sin embargo…
En ese caso… Hmhm. ¡Esta persona, la Princesa Rania, realmente
sabe lo que hace!
Mia tragó saliva mientras miraba los tesoros dorados que tenía en
la mano. Con voz suave, reflexionó: “Ya veo… Así que esto es la
conservación de alimentos de Perujin… Absolutamente increíble.”
Los ojos de Rania se abrieron de golpe ante las palabras de Mia. Se
quedó mirando a la Princesa de Tearmoon, apenas capaz de procesar
lo que había oído. Creía que le esperaba una dura reprimenda… pero
lo que escuchó fue una alabanza.
Una Princesa de Tearmoon… ¿alaba la tecnología de Perujin?
¿Cómo? ¿Por qué?
En el mundo que ella conocía, la gente del Imperio no hacía más
que ridiculizarlos y despreciarlos. Todo el trabajo duro y la experiencia
que se dedicaba a los cultivos que cultivaban y almacenaban nunca
sería reconocido. Había perdido la esperanza. Pero ahora…
Esta persona… ¿Podría ser? ¿Es la Princesa Mia alguien que
reconocerá el valor de nuestra tecnología y nos tratará como iguales?
“Princesa Rania, deseo discutir algo con usted. ¿Puedo tener un
momento de su tiempo?”
“¡Ah, sí, por supuesto!”
Después de hablar, las dos princesas compartieron un firme apretón
de manos, y así nació una milagrosa asociación a través de una
profunda y mutua incomprensión. En cuanto a dónde les llevará este
peculiar proyecto… Bueno, sólo el tiempo lo dirá.
“La conservación de alimentos Perujin, eh… Al establecer un
proyecto de investigación en colaboración, obtenemos información
sobre su tecnología mientras ellos obtienen acceso a la financiación.
¿Pero no dijiste que el Imperio estaba sufriendo un mal caso de
síndrome de cofres vacíos?”
“Había reservado una parte de nuestro presupuesto para ayudar a
cultivar nuevas tierras de cultivo. La mayor parte aún no se ha tocado,
así que estaba pensando en utilizarlo para financiar este proyecto.
Parece un mejor uso tanto del dinero como del tiempo que tratar de
hacer entrar en razón a esos gruesos cráneos nobles.”
“Hmm… La conservación de alimentos te permite poner el pie en
la puerta, después de lo cual puedes expandirte a técnicas agrícolas más
generalizadas. Entonces, con ejemplos tangibles de los beneficios que
aportan estas tecnologías, puedes empezar a cambiar la mentalidad de
los nobles hacia la agricultura. Después de eso, será mucho más fácil
convencerlos de que despejen más tierras para la agricultura… Ah.
Brillante. Veo que lo has pensado bien.”
“De hecho, a veces me encuentro deseando que tengamos una
hambruna. Como mínimo me ahorraría mucho esfuerzo para
convencerlos.”
“Vaya, calma, más despacio.” Dijo Balthazar con las manos en alto.
“Creo que te estás exaltando un poco debido a la frustración de tu deseo
incumplido.”
Ludwig se rió.
“Tienes un buen punto. Pero estoy bromeando, por supuesto… Sin
embargo, ¿qué opinas? Después de escuchar todo esto, ¿cómo te
parece el futuro del Imperio? No le llena a uno exactamente de
optimismo, pero si me preguntas… Tampoco hay que ser demasiado
pesimista.”
“Hmm. Si lo que dices es cierto, entonces estoy de acuerdo en que
esta princesa es una persona intrigante…”
Balthazar levantó su jarra de cerveza.
“A la sabia princesa que apareció, como por arte de magia, ante mi
buen amigo.”
Ludwig no reflejó el gesto. En su lugar, miró a través de sus gafas
y, con voz solemne, dijo: “A Su Sagrada Majestad, la futura
Emperatriz de Tearmoon.”
Durante un largo momento, Balthazar se limitó a mirar en silencio
aturdido.
IMAGEN
“… ¿Hablas en serio?”
“Todo es por el bien de la restauración del Imperio. Para ello,
también tengo la intención de contar con tu ayuda.” Dijo Ludwig,
mirando directamente a los ojos de Balthazar.
Durante un rato, Balthazar sostuvo la mirada de su amigo. Luego
miró al techo, se pasó la mano por el cabello y soltó una breve
carcajada.
“La primera emperatriz en la historia de Tearmoon, eh. Vamos a
tener que mover los hilos hasta que se nos caigan los brazos.”
Mientras tanto, Mia era completamente ajena a las poderosas
corrientes subterráneas que se arremolinaban bajo ella. Aunque con el
tiempo se enteraría de sus planes y sufriría un pequeño colapso como
resultado, esa es una historia que es mejor guardar para más adelante.
Historia Corta:
El Diario de Mia
El decimoséptimo día del quinto mes
Hoy he comido guiso de tomate ámbar y pastel. El tomate ámbar
estaba asqueroso. Pero el pastel estaba delicioso.
El décimo día del sexto mes
Comí pan con faisán asado al arco iris. Estaba bastante bien. Pero
no traerme ningún postre fue imperdonable.
El vigésimo quinto día del sexto mes
De postre comí salmón estelar a la meunière con gelatina. Sabía que
el pescado estaría asqueroso. Pero la gelatina estaba deliciosa.
El cuarto día del séptimo mes
Esta es mi primera entrada desde que me reencarné. A partir de hoy,
he decidido empezar a escribir de nuevo en este diario.
Hablando de eso, acabo de leer algunas de las entradas más
antiguas, y la yo del pasado sólo escribía sobre comida. Qué niña más
tonta era yo en el pasado. Menos mal que ahora soy inteligente y
madura, ¡así que en adelante sólo escribiré entradas serias!
Lo primero que ocurrió después de mi reencarnación fue que me
tomé un guiso de tomate ámbar. Ahora, déjenme decirles. No podía
creer lo bien que sabía. La forma en que los tomates se derretían en mi
boca y cómo había la cantidad justa de amargura mezclada con el
sabor… Espera, estoy escribiendo sobre comida otra vez.
Uf, eso estuvo cerca. Muy bien, vamos a empezar de nuevo.
Permítanme describir lo que me ha sucedido hasta hoy.
Ese día, lo último que recordaba era haber perdido la vida en la
guillotina, y cuando me desperté, me encontré en mi cama. No sólo
eso, sino que había vuelto a mi aspecto de niña. Incluso alguien tan
tranquila y serena como yo no pudo evitar sentirse un poco
desconcertada por este giro de los acontecimientos, pero pronto
descubrí lo que estaba pasando. Básicamente, siendo la persona sabia
que soy, Dios, en toda su grandeza, consideró oportuno hacerme la
elegida. Sé que esto es cierto. Se me ha encomendado una misión
monumental. En pocas palabras, mi deber es salvar el Imperio.
Así que yo, la Salvadora Elegida, acepté el reto. Para salvar a
innumerables ciudadanos y soldados que dependían de mí, me puse a
pensar.
Para ayudarme en mi misión, me enviaron a mi súbdita más leal,
Anne. Como una enviada alada de los cielos, voló por los aires y se
presentó ante mí. Me molestó un poco que arruinara mi pastel, pero la
perdoné inmediatamente. En la línea temporal anterior, se portó muy
bien conmigo hasta el final. Estoy muy contenta de haber tenido la
oportunidad de devolverle su lealtad de esta manera, y me siento
mucho más segura con ella a mi lado.
La convertí en mi sirvienta personal de inmediato.
Entonces, me refugié en la biblioteca y busqué cosas. Después de
todo, puedo ser sabia, pero eso no significa que sepa todo lo que hay
que saber, ¿verdad? Además, admitir que hay cosas que no sabes es un
signo de sabiduría. Leo muchos libros de referencia complicados. Son
esas cosas grandes y gruesas que leen los estudiosos, ¿sabes? Por
supuesto, para alguien como yo, era fácil. Ni siquiera vale la pena
presumir de ello.
Con el conocimiento que obtuve de esos libros, junto con un
poquito de lo que había escuchado de Ludwig antes… Para que quede
claro, en realidad fue sólo un poquito, ¿de acuerdo? De todos modos,
analicé toda esa información para averiguar qué estaba mal en el
Imperio. Y lo hice todo yo sola. Porque soy muy inteligente.
Y ahora, ¡hoy! Así es, ¡hoy fue un día especial! Fue el mejor de los
días.
Para encontrar a alguien que me ayudé a hacer el trabajo que hay
que hacer, fui al Ministerio Golden Moon. Cuando llegué allí, ese
estúpido cuatro, es decir, Ludwig, estaba a punto de ser expulsado al
campo. Así que me abalancé, los regañé a todos y salvé el día. Y
entonces, ¿adivina qué hizo? Ludwig, ese estúpido cuatro ojos que me
fastidia a más no poder, ¡se acercó y me alabó!
Cuando escuchó las conclusiones que había sacado de mi análisis,
sus ojos se abrieron de par en par y me miró fijamente. Luego, se puso
de rodillas y dijo todo tipo de cosas buenas sobre mí.
Fue increíble. Me sentí tan bien que, por un momento, pensé que
esa podría ser la razón por la que me reencarné en primer lugar, sólo
para poder ir allí y experimentar ese momento.
Entonces dijo que quería jurarme lealtad, así que, por supuesto, le
dejé.
A veces dice cosas muy groseras, pero en la línea temporal anterior,
trabajaba muy duro para el Imperio. Por respeto a su dedicación en
aquel entonces, lo dejé libre. Aunque es molesto y grosero y a veces
no lo soporto. Lo perdono porque soy muy compasiva.
A este ritmo, para alguien tan inteligente como yo, salvar al Imperio
de la ruina debería ser un juego de niños.
Además, ahora mismo estoy en racha. Mira todo lo que he escrito.
¿Tal vez soy una escritora natural? Debería pensar en escribir algo más
de literatura.
Historia Corta Adicional: La Princesa
Mia… Siembra las Semillas (Literalmente)
“Sr. Ludwig, tiene una entrega de Su Alteza.”
“Ah, gracias.”
Ludwig miró el paquete de Mia y frunció el ceño.
¿También este mes?
Desde que Mia había ido a la Academia Saint-Noel, había estado
enviando mensualmente grandes sumas de dinero. Hasta el momento,
sumaba casi la mitad de lo que había recibido como gastos de
manutención. El dinero que enviaba nunca llevaba instrucciones, por
lo que Ludwig entendía que ella confiaba en él para darle un buen uso.
Él lo agradecía; nunca era malo tener algo de dinero extra. Aunque
provenía de los impuestos del pueblo y, por lo tanto, no enriquecía al
Imperio, no estaba atado al presupuesto y podía utilizarlo como
quisiera. Desde proporcionar ayuda a las zonas empobrecidas hasta
reforzar la tesorería del hospital construido en nombre de Mia, no
faltaban lugares que necesitaban dinero.
“Nunca pasa un día en el que no esté profundamente agradecido
por el cuidado y la consideración de la Princesa Mia… pero ¿estamos
seguros de que esto está bien?”
No pudo evitar preguntarse. Claro, mientras estuviera en Saint-
Noel, nunca le faltarían las necesidades básicas. Las comidas se
preparaban en la residencia, así que, a menos que quisiera ir a la ciudad
a comer fuera, no necesitaba dinero para la comida. Ya tenía una
habitación en la que vivir, y el material de enseñanza se lo
proporcionaba la academia. En cuanto a la vida cotidiana, no había
ninguna necesidad de gastar dinero en Saint-Noel.
Sin embargo, Mia era una princesa, y estaba la cuestión de la
imagen. La forma en que era vista afectaba directamente a la
reputación del Imperio. Si su estilo de vida se consideraba pobre o
indecoroso, sería una vergüenza para todo Tearmoon. Por lo tanto, era
necesario que organizara alguna que otra fiesta de té e invitara a las
princesas de los otros reinos. También debía participar activamente en
los bailes nocturnos. El costo de asistir a eventos como estos bien
podría considerarse como gastos de diplomacia extranjera, y por lo
tanto era un gasto necesario. Normalmente no debería ser posible
ahorrar tanto dinero…
“Pero, quiero decir, estamos hablando de la Princesa Mia. Estoy
seguro de que ha hecho los cálculos y lo tiene todo planeado de alguna
manera…”
Mientras tanto, en una profunda traición a las expectativas de
Ludwig, Mia se dedicaba a ahorrar como una verdadera avara.
“¡No puedo permitirme malgastar el dinero!”
Sin pedirlo, su padre —el Emperador— le seguía enviando
toneladas de dinero, por lo que ella seguía desviando considerables
porciones de éste a Ludwig. En cuanto a la pequeña cantidad que
conservaba, se esforzaba por no gastarla. A menudo, en un alarde de
frugalidad impropio de su estatus, su mente se ocupaba con
pensamientos como: Hmm… ¿podré sobrevivir todo el mes que viene
con el dinero de este mes?
Día tras día, Mia se devanaba los sesos tratando de encontrar
formas de ahorrar dinero sin dañar la reputación del Imperio,
caminando perpetuamente por esa fina línea que separa la frugalidad
de la humillación. Era una hazaña imposible para simples plebeyos
como Ana. Sólo los verdaderos maestros como el Gran Sabio del
Imperio tenían la habilidad y la sabiduría para encontrar ese delicado
equilibrio.
El último acontecimiento que ha preocupado a Mia ha sido
precisamente lo que el propio Ludwig había considerado: una fiesta de
té entre princesas. En este tipo de fiestas, obviamente se esperaba que
el anfitrión corriera con todos los gastos. Desde la compra de tés caros
hasta la preparación de tentadores aperitivos, todos los gastos corrían
a cargo del anfitrión. Los invitados, por supuesto, tenían que llevar
también pequeños regalos, pero éstos eran lo suficientemente baratos
como para que a ella no le importara hacerlo mientras asistía a las
veladas de los demás. De hecho, aceptaba con gusto las invitaciones a
las fiestas y no le importaba llevar un regalo. Sin embargo, no podía ir
sólo a las fiestas de los demás. En algún momento, tenía que organizar
su propia fiesta de té para mostrar la riqueza y el poder del Imperio a
sus compañeros. Y ahí estaba el problema…
“¿Qué debo hacer…?”
Ese día, Mia se revolcaba en la cama y escudriñaba distraídamente
las notas que Anne le había dejado. Se puso boca abajo, pateando la
cama y frunciendo el ceño ante la nota.
“Sinceramente, no tengo ni idea de lo que debo hacer con esto…”
En el papel estaban garabateados los gastos de la fiesta del té a la
que había asistido el otro día; con la ayuda de Anne, los habían
calculado y anotado. Durante la fiesta, ella había ido preguntando
cosas como: “Este té es maravilloso. ¿Qué tipo de hojas has utilizado?”
y “Estos dulces están deliciosos. Me gustaría que mi padre me enviara
algunos más tarde. ¿Dónde los has pedido?” para sacar información de
forma discreta. Cuando ella contó todos los gastos…
“Esto es casi tres cuartos de mi asignación mensual… ¿No es
demasiado para gastar sólo en reputación?”
Siendo la princesa de un imperio muy rico, una fiesta de té que
consumía tres cuartas partes de su asignación mensual de una sola vez
no era nada despreciable. Ese tipo de gasto era definitivamente
excesivo. Se sorprendió al enterarse de que esas fiestas no eran raras
en la academia. Poco a poco, se dio cuenta de que las fiestas de té en
Saint-Noel no eran un mero entretenimiento… Eran campos de batalla
donde se enfrentaban el orgullo y el prestigio de varios reinos. Detrás
de las delicadas sonrisas de las princesas y de las hijas de los nobles se
escondían egos afilados como cuchillas, que se manejaban con una
habilidad mortal en un combate invisible de poder, riqueza y fama.
¿Qué pasaría si Mia se uniera a la lucha?
Todo ese dinero que tanto me costó ahorrar va a desaparecer en
un abrir y cerrar de ojos.
La víctima más grave sería, sin duda, su cartera. Por ejemplo,
supongamos que Mia utilizara todo un mes de su asignación para
organizar una fiesta de té. En ese caso, una de sus princesas invitadas,
demasiado competitiva para su propio bien, probablemente intentaría
superarla y organizar otra que costara dos meses de asignación.
Después, para mantener la imagen del Imperio, Mia tendría que subir
la apuesta aún más.
No tendría fin.
Espoleados por los egos desenfrenados de las princesas, se
produciría una inflación desenfrenada de los gastos. En última
instancia, sería lo mismo que una carrera armamentística, salvo que en
lugar del número de caballos de guerra o de soldados experimentados,
sería la calidad de los utensilios y el coste de las hojas de té y los
dulces.
“Necesito mantener la reputación del Imperio mientras me
distancio de esa competencia inútil. Hmm… Esto requerirá algún tipo
de cambio de paradigma, pero cómo…” Murmuró para sí misma,
todavía en la cama.
Justo en ese momento, Anne apareció en la puerta.
“Disculpe, milady. Ha llegado un mensajero de la Srta. con una
invitación a su fiesta de té.”
“De la Srta. Rafina…” Respondió Mia mirando con desgana en
dirección a Anne.
El té con Rafina no era algo que Mia esperara con ansias, pero
considerando todo, tampoco era una invitación que pudiera rechazar
fácilmente.
“Que así sea. Entonces, me adentraré en territorio enemigo. Lo
consideraré un reconocimiento.” Dijo, pensando que podría
aprovechar la oportunidad. Después de todo, había estado pensando en
las fiestas del té, y la oferta despertó su curiosidad. Una vez decidida,
se quitó la ropa perezosamente y se puso un vestido. El hecho de haber
estado en pijama hasta el mediodía era un secreto que sólo conocía
Anne.
“Bienvenida, Princesa Mia. Por cierto, ¿te importa que te llame
Mia?”
“Oh, en absoluto. Llámame lo que quieras.” Dijo Mia con una
sonrisa un poco exagerada.
La fiesta del té tenía lugar en un jardín situado en las afueras del
recinto escolar. Conocido comúnmente como el Jardín Secreto, se
decía que sólo podían acceder a él quienes fueran invitados por Rafina.
Desde que asistió por primera vez a Saint-Noel en la línea temporal
anterior, Mia había querido ir a echar un vistazo, pero ésta era la
primera vez que ponía un pie dentro. Nada más entrar, un aroma floral
llenó su nariz.
Qué lugar tan maravilloso. Ni siquiera el Palacio Whitemoon en
casa tiene un jardín como éste, pensó, encantada por el dulce olor que
la rodeaba.
Las flores de color rojo rosado llenaban su vista. Conocidas como
“rosas princesa”, eran una raza rara que tenía una fragancia fuerte y
elegante y eran notoriamente difíciles de cultivar.
“¿Qué te parece? ¿Te gustan?”
Sentada en una mesa en el centro del jardín estaba Rafina, con una
sonrisa tan bonita como las flores que la rodeaban. Mia se volvió hacia
ella y le hizo una reverencia.
“Me siento muy honrada de haber sido invitada a esta fiesta del té,
Rafina.” Dijo Mia, devolviendo la sonrisa. Sin embargo, al mirar a su
alrededor, la sonrisa se congeló en su rostro. “Um… ¿Dónde pueden
estar los otros invitados?”
“Hoy eres mi única invitada, Mia.”
“… ¿Eh?”
Sus labios temblaron un poco y sintió que un sudor frío empezaba
a recorrer su espalda. Intentando con todas sus fuerzas mantener la
sonrisa, preguntó: “¿Soy la única?”
“Sí. Nos hicimos amigas el otro día, ¿no? Desde entonces he
querido sentarme contigo. Ahora que estás aquí, podemos tener una
buena charla y conocernos de verdad.”
Rafina siguió sonriendo, infundiendo un terror absoluto en el
núcleo del alma acobardada de Mia.
Después de que Mia se acomodara nerviosamente en su asiento,
apareció una criada con su té.
“¿Hoy no está la Srta. Anne con usted?”
“O-Oh, um, no, porque pensé que habría otras personas aquí.”
En general, no llevaba a Anne a las fiestas del té. La única vez que
lo hizo, la muchacha de la nobleza que organizaba la fiesta se había
pasado toda la tarde mirando a Anne de una manera que le recordaba
constantemente que no pertenecía al lugar. La expresión de Rafina se
tornó solemne y asintió con comprensión.
“Ya veo. Me disculpo por no haberlo dejado claro antes. Es cierto
que nadie aprecia que alguien en quien confía sea tratado con
hostilidad.” Luego sonrió de nuevo y continuó, su voz se volvió
melodiosa por la emoción. “Pero esto significa que te tengo toda para
mí, Mia. Hay tanto que hablar. Esto va a ser muy divertido.”
¡L-L-Lunas tengan piedad! ¿Sola? ¿Con ella? ¡Podría servirle mi
cabeza en bandeja de plata!
Tragó saliva en un intento de contener el pánico. Mientras se
obligaba a seguir fingiendo una sonrisa, su mirada se posó en la mesa
que tenía delante, donde descansaba una taza de té.
Hm, esta taza… fue hecha en Belluga. Y tampoco era barata.
Había un brillo en sus ojos. Había recordado su misión. Era la hora
del reconocimiento. A continuación, dirigió su atención hacia el té en
la taza, sólo para detenerse en su color.
Es… ¿rosa?
“Espero que se adapte a tus gustos…” Dijo Rafina, haciendo un
gesto para que lo probara.
Se llevó la taza a los labios y bebió un sorbo. Un agradable calor
llenó el interior de su boca y subió por su nariz, trayendo consigo un
agradable aroma que mezclaba la frescura de las hierbas con la dulzura
de las flores.
“Vaya… Esto es delicioso.”
Antes de que se diera cuenta, las palabras habían salido de su boca.
Su sincero cumplido hizo que Rafina se sonriera.
“Es maravilloso escuchar eso.”
“Tiene una fragancia tan inusual. ¿Qué tipo de hojas de té usaste
para hacer esto?”
Al escuchar su pregunta, los labios de Rafina se curvaron en una
sonrisa de complicidad.
“Es una infusión original hecha con una mezcla de hierbas y flores.
De hecho, puede que uno de los aromas de la mezcla te resulte bastante
familiar…” Dijo mientras miraba a su alrededor.
Mientras Mia seguía su línea de visión alrededor del jardín, se le
ocurrió de repente.
“El olor de las flores… ¿Fueron… las de este jardín?”
“Correcto. Eres muy buena con los olores, Mia.” Rafina soltó una
risita antes de acunar suavemente una de las flores en sus manos.
“Estas pequeñas son mías, en realidad. Las he estado cuidando yo
misma.”
“Vaya, ¿es así? No sabía que la jardinería fuera una de sus
aficiones, Srta. Rafina.”
“Ciertamente lo es. Y no sólo flores. Cultivo todo tipo de hierbas e
incluso algunas frutas. Siempre que organizo una fiesta de té, las traigo
para mis invitados.”
“Ya veo, las atiendes personalmente…”
Justo entonces, Mia tuvo un destello de inspiración divina.
¡Eso es! Si la Srta. Rafina se interesa por la jardinería, ¡yo también
tengo que mostrar interés!
El acto de ofrecer a los invitados tés con flores cultivadas por uno
mismo podría considerarse como una imposición de los propios
intereses a los demás. En el caso de Rafina, estaba bien porque sus
productos eran de suficiente calidad como para ser considerados un
regalo para sus invitados. Sin embargo, era perfectamente posible que
otra persona sirviera té con hierbas de dudosa calidad o produjera un
pastel hecho con frutas malformadas. En esos casos, no sería un regalo
para los invitados. Sin embargo, si esa persona era ella…
Aunque sería una muestra de suprema arrogancia, no dañaría la
reputación de Tearmoon. En todo caso, sería una actitud propia de la
princesa de un poderoso imperio.
Probablemente me llamarán egoísta, pero al menos no me
llamarán tacaña. ¡Qué idea tan brillante, si lo digo yo!
“Las frutas puedo conservarlas con azúcar y utilizarlas en pasteles.
A veces, en cambio, exprimo el zumo y sirvo la parte seca y carnosa
con té. En definitiva, sólo disfruto cultivando y cuidando las plantas.”
“Qué maravillosa afición tienes.” Dijo Mia, asintiendo con una
sonrisa que mostraba demasiados dientes para ser del todo sincera.
Al día siguiente, Mia se puso a buscar hierbas de inmediato.
Afortunadamente, Saint-Noel albergaba la mayor colección de
conocimientos del continente. Había una gran cantidad de libros sobre
botánica, y encontró los que necesitaba inmediatamente. Con esta
información al alcance de la mano, abrió un libro y profundizó en sus
páginas. Aprendió sobre las hierbas y las flores que se usan en los tés,
así como sobre las frutas que se usan en los pasteles, pero eso no fue
todo. Desde hierbas comestibles hasta sabrosos hongos, los libros
estaban llenos de todo tipo de información valiosa.
“Hay tanto en esto, y es todo tan fascinante…” Reflexionó un
tiempo después.
Cuando estaba huyendo del ejército revolucionario, el hambre
había sido una fuente constante de sufrimiento. Ser capaz de buscar
comida en el bosque habría sido un regalo del cielo.
“Pensé en intentar pescar o cazar liebres, pero sospeché que era
demasiado difícil. Sin embargo, nunca se me ocurrió pensar en los
pastos silvestres…”
La cara del jefe de cocina de la capital apareció en su mente.
“Tal vez le haga una visita cuando vuelva para el verano… Era muy
bueno cocinando tomates de luna de ámbar, así que tal vez sabrá cómo
hacer que las hierbas silvestres también sepan bien.”
Mientras seguía leyendo, encontró una información que la
impresionó aún más.
“¡¿Propagación indefinida de rábanos de luna de hoz?! Si algo así
fuera posible, ¿no solucionaría toda la hambruna para siempre?
Definitivamente tengo que investigar esto.”
“Hm… Debe estar por aquí…”
Tres días después, bajo las órdenes de Mia, Anne se dirigió a la
ciudad. En la isla en la que se encontraba la academia había todo tipo
de personas y negocios, pero todo giraba en torno a Saint-Noel. Las
tiendas y los puestos existían principalmente para atender las
necesidades de los estudiantes, con sólo un pequeño subconjunto para
el personal de la academia y los propios dueños de las tiendas. La
academia era el centro de todas las industrias locales, lo que convertía
a toda la isla en una ciudad universitaria. Por lo tanto, la isla carecía
del tipo de personas que podrían denominarse agricultores. Las
verduras y las frutas se transportaban desde el exterior, por lo que no
era necesaria la agricultura local. Sin embargo, la jardinería era un
pasatiempo sorprendentemente popular entre los nobles. La academia
tenía incluso un club de jardinería, y nunca faltaban chicas nobles
deseosas de profesar su amor por las flores. Con la demanda venía la
oferta, así que, naturalmente, en la isla había muchas tiendas que
vendían suministros de jardinería. Resulta que se concentran en el
distrito occidental de la ciudad, que era a donde se dirigía Anne ahora.
“Supongo que Mia ha decidido dedicarse a la jardinería como
pasatiempo.” Reflexionó al recordar la forma en que Mia relató con
entusiasmo los acontecimientos de su fiesta del té con Rafina el otro
día.
Era un jardín tan maravilloso. Me dijo que también le encantaría
que fueras, ¡así que vayamos juntas la próxima vez!
“Tenía una sonrisa tan amplia en la cara.” Anne se rió en voz baja
para sí misma. “La Srta. Rafina debe haberse contagiado de ella.”
Como Gran Sabia del Imperio, Mia era más sabia que su edad. Su
perspicacia e inteligencia rivalizaban —no, superaban con creces— a
las de la mayoría de los adultos. La idea de que Mia, encarnación de la
sabiduría, actuara como cualquier otra niña de su edad y se dejara
influenciar por una hermana mayor a la que admiraba, hizo sonreír a
Anne.
“Hm, veamos. Estas son rosas de princesa, y estas son hierbas, creo.
También… ¿hm?”
Enarcó una ceja mientras miraba la nota que Mia le había
entregado.
“Huh… Estoy bastante segura de que esto es lo que mamá cultiva
en casa. Recuerdo haber comido esto…”
El tipo de jardinería que Anne imaginaba que practicaban los
nobles incluía hermosas flores, hierbas aromáticas y un aire general de
elegancia. Se imaginaba un pasatiempo refinado que era más arte que
actividad. La lista de Mia, por su parte, era bastante sencilla. Consistía
principalmente en verduras. Y no cualquier verdura; eran productos de
primera calidad, del tipo que los agricultores cultivan en masa. Eran
tan así que casi podía oler la tierra en ellos. La demanda de estas cosas
era tan baja que Anne no estaba segura de poder encontrarlas en la
tienda.
“¿Y qué es esto? ¿Un solo rábano de luna de hoz? ¿Y qué es esta
cosa de aspecto cerámico? Parece una especie de plato…”
Por un momento, le vinieron a la mente escenas de su madre
cortando la parte frondosa del rábano y poniéndola en remojo. Recordó
cómo su madre solía esperar a que las hojas volvieran a crecer y las
utilizaba para cocinar. Era un pequeño truco de vida que habían
aprendido de la abuela de Anne.
“Jaja, claro que sí. La Gran Sabia del Imperio no recurriría a la
sabiduría de la abuela.”
No sabía que su corazonada era acertada.
“Probablemente hay algo para lo que necesita esto… Algo sabio y
muy importante…”
Ni en sus mejores sueños habría pensado que la Gran Princesa Mia
había encontrado una solución a los problemas mortales del Imperio
utilizando exactamente eso: la sabiduría de la abuela.
“Milady, las cosas que pidió han llegado.”
“Gracias, Anne. En ese caso, vamos.”
Todos los alumnos de Saint-Noel que participaban en la jardinería
tenían pequeños jardines reservados para su uso. Estaban en un
agradable rincón del patio que recibía una generosa cantidad de sol.
Vestida con ropa de jardinería resistente a la suciedad, que consistía
en una blusa de manga corta y unos pantalones cortos, Mia se dirigió
al exterior con gran entusiasmo. Anne ya había colocado en fila el
equipo que había pedido. Había una pala, un recipiente para regar, unas
tijeras de podar —todas ellas nuevas— y una variedad de semillas.
“Lo siento, pero no he podido encontrar semillas de hortalizas en la
ciudad, y es bastante caro importarlas.”
“Ya veo. Me lo imaginaba.” Dijo Mia asintiendo.
Ser capaz de cultivar verduras por sí misma le habría permitido
utilizarlas no sólo en las fiestas de té, sino también en las comidas, así
que la noticia fue un poco decepcionante. Sin embargo, no se sintió
demasiado frustrada. Ni siquiera ella esperaba que fuera fácil cultivar
verduras. Su verdadero objetivo era…
“Por cierto, Anne, ¿has conseguido encontrar un rábano de luna de
hoz?”
“Ah, sí, lo logré obtener con bastante facilidad, pero… Mmhmhm.”
Dijo Anne, riendo.
Mia la miró con desconcierto.
“¿Qué es? ¿Hay algo raro en los rábanos de luna de hoz?”
“Oh, no. Es que mi abuela solía cortar el lado con las hojas. ¿Sabes
que normalmente te lo comes? Ella ponía esa parte en agua y las hojas
empezaban a crecer.” Dijo Anne, compartiendo los conocimientos de
su abuela. “Recordé cómo me reía y lo llamaba ‘sabiduría de la
abuela’. Lo siento, no quiero compararlo con lo que tú vas a hacer,
pero me lo ha recordado…”
“Es así…” Dijo ella, con las mejillas crispadas por su sonrisa
forzada.
El hecho de que su gran descubrimiento para salvar el Imperio fuera
ampliamente conocido entre los plebeyos fue un terrible shock, y su
mente se tambaleó.
“Entonces, ¿qué vas a hacer con este rábano?”
“¿Eh? U-Uh, bueno, hm… Esa es una muy buena pregunta. De
hecho… ¡Oh, sí! ¡Voy a empaparlo en miel!” Declaró, recordando el
pasaje del libro que venía justo después de la parte sobre la
propagación indefinida.
“¿En miel? ¿Sabe bien?”
“No sé si sabe bien, pero los rábanos empapados en miel de luna
recogida por las abejas lunares son, al parecer, un remedio para los
resfriados, así que se me ocurrió probar a hacer algunos…”
Podría decirse que los rábanos empapados de miel también eran un
producto de ese acervo de conocimientos comúnmente conocido como
sabiduría de la abuela, pero en fin…
“Milady…” Durante un largo segundo, Anne miró fijamente a los
ojos de Mia. Luego su expresión cambió a una de admiración. “¡Lo
sabía! Estás llena de conocimientos.”
A juzgar por el sincero asombro que rebosaba en los ojos de Anne,
su abuela no era exactamente la fuente de sabiduría que parecía ser.
Con la cara salvada, Mia volvió a su jardín.
“Ahora, necesito tener estas semillas plantadas… Anne, ¿sabrías
por casualidad cómo hacerlo?”
“Hm, creo que hay que hacer un agujero en la tierra con el dedo así,
y…”
Anne se agacha y empieza a hacer agujeros en la tierra, dejando
caer algunas semillas en cada uno de ellos. Mia se agachó junto a ella
y también metió el dedo en la tierra. Para una chica noble normal, esto
habría sido un acto impensable, pero Mia, la veterana de las
mazmorras, apenas se inmutó. La sensación de que la tierra cedía bajo
su dedo era extrañamente placentera, y la encontraba bastante adictiva.
“Esto es bastante divertido, en realidad. Recuerdo que el abuelo se
pasaba el día hurgando en su jardín, y yo me preguntaba qué tenía de
bueno…”
El abuelo de Mia, el anterior Emperador, por alguna extraña
coincidencia, compartía la misma afición que Rafina: las rosas de
princesa. Para que quede claro, podar flores y cultivarlas desde cero no
eran la misma actividad. La afición del anterior Emperador era la
propia de la imagen aristocrática, recortando y cortando ramas y
pétalos errantes para mantener la estética de su jardín.
Definitivamente, no era lo que Mia estaba haciendo ahora mismo:
escarbar en la tierra con las manos como un niño en un arenero. Mia,
sin embargo, era ajena a esta diferencia y, sintiendo una íntima
conexión con su abuelo, decidió que su deleite era algo que
simplemente corría en la sangre. Después de una experiencia
completamente agradable de plantar semillas, se dio cuenta de algo y
frunció el ceño.
“Por cierto, Anne, ¿dónde están las rosas de princesa? Si no me
equivoco, las semillas que hemos plantado son todas hierbas.”
“Ah, claro. De hecho, aparentemente es muy difícil cultivar esa flor
a partir de semillas, así que traje esto…”
Anne se dirigió al borde del jardín y trajo una maceta que había
estado allí.
“Me han dicho que deberíamos empezar por intentar que esto
florezca.”
Un pequeño plantón sin flores asomaba por la parte superior de la
maceta. Unas hojas brillantes adornaban un tallo grueso y verde que
parecía listo para sostener unos nuevos brotes.
“Si lo cuidamos bien, se supone que florecerá en un año.”
“Ya veo. En ese caso, ¿cómo deberíamos ocuparnos de ello?”
“Tenemos que asegurarnos de que recibe la cantidad adecuada de
agua. Además, parece que atrae a los bichos, así que tenemos que tener
cuidado con eso.”
“¿Eso es todo? Vaya, parece que es un juego de niños.”
Regarla todos los días era una tarea muy sencilla, y si los bichos
venían a comérsela, podía simplemente trasladarla a su habitación. Así,
los bichos ya no podrían llegar a ella.
“Traeré un poco de agua entonces.”
Mia observó cómo Anne se marchaba a la estación de agua antes
de recoger la rosa de princesa en maceta.
“Jejeje, esto va a resolver todos mis problemas de la fiesta del té…
Fácil, fácil.”
Acunando el plantón como si fuera un tesoro, lo examinó,
admirando lo fuerte que parecía el tallo, lo lustrosas que eran las hojas
y cómo parecía faltar la punta de una de ellas…
“Vaya, ¿qué es esto…?”
Mia había malinterpretado completamente el significado de la
afirmación de Anne. Cuando oyó que atraía a los bichos, pensó que las
mariposas irían en tropel a por un sorbo de su néctar o algo así. No
sabía que estas hojas aceitosas no atraían a las mariposas o polillas
maduras, sino a sus crías, las orugas. Cuando dio la vuelta a una de las
hojas y se encontró con una pequeña oruga acurrucada, todo su cuerpo
se congeló. Observó cómo se retorcía, con un movimiento lento y
extraño, y totalmente repugnante. Entonces, sin previo aviso, se
arrastró hasta su delgado dedo y, con ese horrible movimiento
ondulante, comenzó a subir por su mano.
“¡Eeeek!”
La suave piel de su brazo se puso inmediatamente de gallina.
“¡Eeeeeek! ¡Ahhh! ¡Ah! ¡Ah! ¡¡¡Alguien!!! ¡A-A-Anne! ¡Sí!
¡Anne! ¡Es hora de que muestres tu lealtad! ¡Quítame este bicho de
encima! ¡Eeeeek! ¡Está subiendo! ¡Está subiendo por mi brazo! ¡Anne!
¡Ayúdame! ¡Anne!”
Estaba al borde de las lágrimas, pero por mucho que gritara, Anne
no acudía. Entonces, se dio cuenta de algo terrible: Anne acababa de ir
a por agua, y la estación de agua estaba en la parte trasera del edificio.
No había forma de que la oyera.
“¡Eeeeeeek! ¡Anne! ¡Anne!”
Sin inmutarse por los gritos desesperados de su anfitrión, la oruga
siguió trepando tranquilamente por su brazo. Mientras Mia observaba
su cabeza bulbosa acercarse cada vez más, de repente se sintió muy
ligera y el mundo entero giró sobre su eje antes de desvanecerse.
“He oído que hay flores que comen bichos.” Dijo Mia de repente.
Habían pasado unos días desde que se había desmayado en el jardín.
“¿Eh? ¿En serio?”
“Sí. Aparentemente, cuando los insectos vienen por su néctar, ¡los
engulle! Así.” Hizo un movimiento con sus manos. “Si planto algunas
de esas detrás de las rosas de princesa, tal vez se coman todos los
bichos por mí.”
“Pero milady, si lo que le preocupa son los bichos, puedo…”
“No, Anne. Esa es una tarea horrible y me niego a que la hagas.”
“Milady…”
Anne la miró con gratitud, conmovida por la benevolencia de su
amable ama.
No quiero hacer que Anne haga algo asqueroso. Además, no puedo
permitir que me sirva con manos que tocaron bichos asquerosos como
esos. Ugh, sólo la idea me asusta… Si uno de ellos se quedara pegado
en su ropa, y lo trajera con ella, y terminara en mi cama… ¡Eeeeek!
Su imaginación se descontroló rápidamente y se convirtió en
materia de pesadillas. Impulsada por la aterradora idea de que unos
bichos espeluznantes invadieran su espacio privado, se dirigió
inmediatamente a la biblioteca del colegio para investigar sobre las
plantas carnívoras. Una vez que encontró la que quería, fue a buscar
las semillas. Eran bastante raras, pero las consiguió tras gastar algo de
dinero. Lo que siguió, sin embargo…
“¿Has visto las flores que está cultivando Su Alteza?”
“¡Lo hice! ¡Son tan espeluznantes! Aparentemente, se comen
cualquier bicho que se les acerque… Qué cosas tan espantosas.”
… fue una gran infamia. Además, su experimento del rábano con
miel también resultó ser sorprendentemente eficaz contra el resfriado
común, lo que provocó una explosión de rumores que sugerían que en
realidad era una especie de bruja. Justo cuando parecía que las
Crónicas de Mia iban a terminar con una hoguera en lugar de una
guillotina, una sola declaración de Rafina puso fin a las tonterías.
“Es bien sabido que los reinos del sur albergan plantas carnívoras,
y el rábano de luna de hoz empapado en miel es un remedio popular
que se ha utilizado durante generaciones. Como siempre, la amplitud
de conocimientos de la Princesa Mia nunca deja de impresionarme.”
Al final, Mia consiguió sobrevivir de una pieza a todo el asunto,
salvo una ligera mella en su reputación; bajo la sombra de las noches
sin luna, en las alcobas de los estudiantes chismosos, seguían los
susurros de los Grandes Sabios y la sabiduría de las abuelas.
En cualquier caso, la habilidad de herboristería de Mia ha subido
un punto, ¡y eso es lo que importa! ¡Sí!
Palabras del Autor
A los nuevos lectores, saludos. A los viejos lectores, bienvenidos. Soy
Nozomu Mochitsuki.
Esta historia, Imperio Tearmoon, se publicó por entregas en dos
sitios de auto publicación. En el primer sitio, aunque no tuvo mucha
repercusión, hubo un puñado de lectores que se quedaron con ella
durante mucho tiempo y siguieron ofreciéndole su apoyo
incondicional. En el segundo sitio, los lectores siguieron dejando
comentarios apasionados y apoyando la historia, lo que finalmente
llevó a su publicación. Muchas gracias. Me alegro de que este libro
haya llegado a sus manos.
Ahora, parece que también se publicará el segundo volumen. En
lugar de que el autor se explaye sobre el tema, dejemos que la
protagonista, la Princesa Mia, nos cuente su opinión.
¡Aquí vamos!
Mia: “Saludos. Soy Mia Luna Tearmoon, Princesa del Imperio
Tearmoon.”
Mochitsuki: “Buenas tardes, Princesa Mia. ¿Ya está mejor tu
resfriado?”
Mia: “Sí, ahora estoy en perfecto estado de salud. Gracias por tu
preocupación. Recuerdo que ese estúpido cuatro—Ludwig me dijo
hace mucho tiempo que no me podía resfriar, pero ¿y ahora qué, eh?
¡Parece que se equivocaba! ¡Ja! Le haré saber que soy más delicada de
lo que él cree.”
Mochitsuki: “… Ya veo. Bueno, ¡eso es genial! Ahora, ¿quieres
contarnos tu opinión sobre el segundo volumen?”
Mia: “Por supuesto. En el segundo volumen, siendo la persona
sabia que soy, tendré un papel importante. Empiezan las vacaciones de
verano y vuelvo al Imperio. Entonces, marcho a la guarida del mal que
mi archienemigo, Tiona, llama hogar…”
Mochitsuki: “Eh, llamarla guarida del mal podría ser exagerar un
poco… Además, ¿no estás olvidando el incidente en el bosque?”
Mia: “¿El incidente en el bosque? ¿A qué te refieres?”
Mochitsuki: “¿Recuerdas todo el asunto de la caja maldita? Y cómo
te encontraste de nuevo con esa persona conocida…”
Mia: “¿Caja maldita? Persona… Ugh, mi cabeza… Y mi mano
está… ¿Temblando? También me duele un poco el estómago… Qué
raro. ¿Qué demonios ha pasado?”
Y así, que esperen las aventuras de Mia la Delicada y con Corazón
de Pollo mientras tiene una experiencia perturbadora en un bosque,
visita a Tiona en su casa y se ve arrastrada por las llamas de una
revolución que hierve a fuego lento. ¡Habrá un montón de eventos
emocionantes para mantener a la princesa ocupada!
Espero verle allí.
Hecho esto, me gustaría ofrecer unas palabras de agradecimiento.
Al ilustrador, Gilse, gracias por las maravillosas ilustraciones.
Tienes mi gratitud por dar vida a Mia de forma tan adorable a través
de tus dibujos.
Al editor, F, gracias por investigar este trabajo y ponerse en
contacto conmigo. Has sido de gran ayuda en todo este proceso.
A mi familia, gracias por su apoyo incondicional.
Y a los lectores que eligieron este libro, muchas gracias. Es mi
sincero deseo que se hayan entretenido con las travesuras de Mia. Que
nos volvamos a encontrar.
Palabras del Traductor
Hola, es Ferindrad. Antes de expresar mi opinión hagamos lo
acostumbrado, primero déjenme agradecer a S y su continuo
patrocinio, es gracias a su persona que esta novela se está traduciendo,
y también a quienes continuamente leen mis otras traducciones, a todos
ustedes: Gracias. Espero seguir contando con su presencia.
La revolución Francesa es uno de los eventos más destacados de la
historia moderna, donde un montón de factores desencadenaron en el
(prácticamente) exterminio de los nobles en Francia y un montón de
cosas más. Como cabezas en picas, cabezas rodando por la guillotina…
muchas cabezas fuera de sus cuerpos. Para nada soy experto en el tema,
no te podría dar las fechas ni mucho menos los involucrados más allá
de la supuesta gota que rebasó el vaso, el ‘entonces que coman pastel’
de María Antonieta ante la suplica de su pueblo por no conseguir
alimentos en medio de una hambruna. Lo que sí te puedo decir es que
esta historia toma ese entorno como base para desarrollar su historia.
Mia es, técnicamente, Momonga de Overlord, solo que no es
pasmosamente poderosa ni los que la rodean, por muy capaces y
embelesados que estén con ella por malentendidos, lo sean.
Además, todo apunta a que Mia ira cambiando a mejor a través de
su relación con los demás personajes a diferencia de la calaca favorita
de muchos que más que cambiar solo sigue la corriente en pos de un
objetivo que hace rato pasó por alto.
Pero suficiente de Overlord, acá la importante es Mia y como se
crece para encontrar que las cosas son diferentes a lo que esperaba y
como sus malentendidos salen a pedir de boca.
Esperando el resurgimiento del Imperio Tearmoon, sin más nos
leemos (?) en otra ocasión.
Para todos de Ferindrad
Frase Final
En toda revolución hay dos clases de
personajes: los que la hacen y los que se
aprovechan de ella.
NAPOLEÓN BONAPARTE.
Emperador Francés.
(1769-1821)