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Una Estación de Amor
Horacio Quiroga
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Texto núm. 1030
Título: Una Estación de Amor
Autor: Horacio Quiroga
Etiquetas: Cuento
Editor: Edu Robsy
Fecha de creación: 27 de julio de 2016
Fecha de modificación: 24 de octubre de 2020
Edita textos.info
Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España
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I
Primavera
Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya al
oscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas, miró al
carruaje de delante. Extrañado de una cara que no había visto la tarde
anterior, preguntó a sus compañeros:
—¿Quién es? No parece fea.
—¡Un demonio! Es lindísima. Creo que sobrina, o cosa así, del doctor
Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece…
Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era una
chica muy joven aún, acaso no más de catorce años, pero completamente
núbil. Tenía, bajo el cabello muy oscuro, un rostro de suprema blancura,
de ese blanco mate y raso que es patrimonio exclusivo de los cutis muy
finos. Ojos azules, largos, perdiéndose hacia las sienes en el cerco de sus
negras pestañas. Acaso un poco separados, lo que da, bajo una frente
tersa, aire de mucha nobleza o de gran terquedad. Pero sus ojos, así,
llenaban aquel semblante en flor con la luz de su belleza. Y al sentirlos
Nébel detenidos un momento en los suyos, quedó deslumbrado.
—¡Qué encanto!—murmuró, quedando inmóvil con una rodilla sobre al
almohadón del surrey. Un momento después las serpentinas volaban
hacia la victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente
colgante de cintas, y la que lo ocasionaba sonreía de vez en cuando al
galante muchacho.
Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cochero y aún
carruaje: sobre el hombro, la cabeza, látigo, guardabarros, las serpentinas
llovían sin cesar. Tanto fué, que las dos personas sentadas atrás se
volvieron y, bien que sonriendo, examinaron atentamente al derrochador.
—¿Quiénes son?—preguntó Nébel en voz baja.
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—El doctor Arrizabalaga; cierto que no lo conoces. La otra es la madre de
tu chica… Es cuñada del doctor.
Como en pos del examen, Arrizabalaga y la señora se sonrieran
francamente ante aquella exuberancia de juventud, Nébel se creyó en el
deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial condescencia.
Este fué el principio de un idilio que duró tres meses, y al que Nébel aportó
cuanto de adoración cabía en su apasionada adolescencia. Mientras
continuó el corso, y en Concordia se prolonga hasta horas increíbles,
Nébel tendió incesantemente su brazo hacia adelante, tan bien, que el
puño de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano.
Al día siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se
reanudaba de noche con batalla de flores, Nébel agotó en un cuarto de
hora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la señora se reían,
volviéndose a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nébel. Este
echó una mirada de desesperación a sus canastas vacías; mas sobre el
almohadón del surrey quedaban aún uno, un pobre ramo de siemprevivas
y jazmines del país. Nébel saltó con él por sobre la rueda del surrey,
dislocóse casi un tobillo, y corriendo a la victoria, jadeante, empapado en
sudor y el entusiasmo a flor de ojos, tendió el ramo a la joven. Ella buscó
atolondradamente otro, pero no lo tenía. Sus acompañantes se rían.
—¡Pero loca!—le dijo la madre, señalándole el pecho—¡ahí tienes uno!
El carruaje arrancaba al trote. Nébel, que había descendido del estribo,
afligido, corrió y alcanzó el ramo que la joven le tendía, con el cuerpo casi
fuera del coche.
Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Aires, donde concluía su
bachillerato. Había permanecido allá siete años, de modo que su
conocimiento de la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debía
quedar aún quince días en su ciudad natal, disfrutados en pleno sosiego
de alma, si no de cuerpo; y he ahí que desde el segundo día perdía toda
su serenidad. Pero en cambio ¡qué encanto!
—¡Qué encanto!—se repetía pensando en aquel rayo de luz, flor y carne
femenina que había llegado a él desde el carruaje. Se reconocía real y
profundamente deslumbrado—y enamorado, desde luego.
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¡Y si ella lo quisiera!… ¿Lo querría? Nébel, para dilucidarlo, confiaba
mucho más que en el ramo de su pecho, en la precipitación aturdida con
que la joven había buscado algo para darle. Evocaba claramente el brillo
de sus ojos cuando lo vió llegar corriendo, la inquieta espectativa con que
lo esperó, y—en otro orden, la morbidez del joven pecho, al tenderle el
ramo.
¡Y ahora, concluído! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué le
importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre?
Por lo menos iría con ella hasta Buenos Aires.
Hicieron, efectivamente, el viaje juntos, y durante él, Nébel llegó al más
alto grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de 18
años, que se siente querido. La madre acogió el casi infantil idilio con
afable complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablando poco,
sonriendo sin cesar, y mirándose infinitamente.
La despedida fué breve, pues Nébel no quiso perder el último vestigio de
cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella.
Volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ¿Iría él? "¡Oh,
no volver yo!" Y mientras Nébel se alejaba, tardo, por el muelle,
volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda, la cabeza un
poco baja, lo seguía con los ojos, mientras en la planchada los marineros
levantaban los suyos risueños a aquel idilio—y al vestido, corto aún, de la
tiernísima novia.
Verano
El 13 de junio Nébel volvió a Concordia, y aunque supo desde el primer
momento que Lidia estaba allí, pasó una semana sin inquietarse poco ni
mucho por ella. Cuatro meses son plazo sobrado para un relámpago de
pasión, y apenas si en el agua dormida de su alma, el último resplandor
alcanzaba a rizar su amor propio. Sentía, sí, curiosidad de verla. Pero un
nimio incidente, punzando su vanidad, lo arrastró de nuevo. El primer
domingo, Nébel, como todo buen chico de pueblo, esperó en la esquina la
salida de misa. Al fin, las últimas acaso, erguidas y mirando adelante, Lidia
y su madre avanzaron por entre la fila de muchachos.
Nébel, al verla de nuevo, sintió que sus ojos se dilataban para sorber en
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toda su plenitud la figura bruscamente adorada. Esperó con ansia casi
dolorosa el instante en que los ojos de ella, en un súbito resplandor de
dichosa sorpresa, lo reconocerían entre el grupo.
Pero pasó, con su mirada fría fija adelante.
—Parece que no se acuerda más de ti—le dijo un amigo, que a su lado
había seguido el incidente.
—¡No mucho!—se sonrió él.—Y es lástima, porque la chica me gustaba en
realidad.
Pero cuando estuvo solo se lloró a sí mismo su desgracia. ¡Y ahora que
había vuelto a verla! ¡Cómo, cómo la había querido siempre, él que creía
no acordarse más! ¡Y acabado! ¡Pum, pum, pum!—repetía sin darse
cuenta, con la costumbre del chico.—¡Pum! ¡todo concluído!
De golpe: ¿Y si no me hubiera visto?… ¡Claro! ¡pero claro! Su rostro se
animó de nuevo, acogiéndose con plena convicción a una probabilidad
como esa, profundamente razonable.
A las tres golpeaba en casa del doctor Arrizabalaga. Su idea era
elemental: consultaría con cualquier mísero pretexto al abogado, y
entretanto acaso la viera. Una súbita carrera por el patio respondió al
timbre, y Lidia, para detener el impulso, tuvo que cogerse violentamente a
la puerta vidriera. Vió a Nébel, lanzó una exclamación, y ocultando con sus
brazos la liviandad doméstica de su ropa, huyó más velozmente aún.
Un instante después la madre abría el consultorio, y acogía a su antiguo
conocido con más viva complacencia que cuatro meses atrás. Nébel no
cabía en sí de gozo, y como la señora no parecía inquietarse por las
preocupaciones jurídicas de Nébel, éste prefirió también un millón de
veces tal presencia a la del abogado.
Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado ardiente y,
como tenía 18 años, deseaba irse de una vez para gozar a solas, y sin
cortedad, su inmensa dicha.
—¡Tan pronto, ya!—le dijo la señora.—Espero que tendremos el gusto de
verlo otra vez… ¿No es verdad?
—¡Oh, sí, señora!
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—En casa todos tendríamos mucho placer… ¡supongo que todos! ¿Quiere
que consultemos?—se sonrió con maternal burla.
—¡Oh, con toda el alma!—repuso Nébel.
—¡Lidia! ¡Ven un momento! Hay aquí una persona a quien conoces.
Nébel había sido visto ya por ella; pero no importaba.
Lidia llegó cuando él estaba de pie. Avanzó a su encuentro, los ojos
centelleantes de dicha, y le tendió un gran ramo de violetas, con adorable
torpeza.
—Si a usted no le molesta—prosiguió la madre—podría venir todos los
lunes… ¿qué le parece?
—¡Que es muy poco, señora!—repuso el muchacho—Los viernes
también… ¿me permite?
La señora se echó a reir.
—¡Qué apurado! Yo no sé… veamos qué dice Lidia. ¿Qué dices, Lidia?
La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de Nébel, le dijo ¡sí! en pleno
rostro, puesto que a él debía su respuesta.
—Muy bien: entonces hasta el lunes, Nébel.
Nébel objetó:
—¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un día extraordinario…
—¡Bueno! ¡Esta noche también! Acompáñalo, Lidia.
Pero Nébel, en loca necesidad de movimiento, se despidió allí mismo, y
huyó con su ramo cuyo cabo había deshecho casi, y con el alma
proyectada al último cielo de la felicidad.
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II
Durante dos meses, todos los momentos en que se veían, todas las horas
que los separaban, Nébel y Lidia se adoraron. Para él, romántico hasta
sentir el estado de dolorosa melancolía que provoca una simple garúa que
agrisa el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus ojos azules y
su temprana plenitud, debía encarnar la suma posible de ideal. Para ella,
Nébel era varonil, buen mozo e inteligente. No había en su mutuo amor
más nube para el porvenir que la minoría de edad de Nébel. El muchacho,
dejando de lado estudios, carreras y superfluidades por el estilo, quería
casarse. Como probado, no había sino dos cosas: que a él le era
absolutamente imposible vivir sin su Lidia, y que llevaría por delante
cuanto se opusiese a ello. Presentía—o más bien dicho, sentía—que iba a
escollar rudamente.
Su padre, en efecto, a quien había disgustado profundamente el año que
perdía Nébel tras un amorío de carnaval, debía apuntar las íes con terrible
vigor. A fines de Agosto, habló un día definitivamente a su hijo:
—Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es cierto?
Porque tú no te dignas decirme una palabra.
Nébel vió toda la tormenta en esa forma de dignidad, y la voz le tembló un
poco.
—Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que hable de eso.
—¡Bah! cómo gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo…
Pero quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio?
—Sí.
—¿Y te reciben formalmente?
—C-creo que sí.
El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa.
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—¡Está bueno! ¡Muy bien!… Oyeme, porque tengo el deber de mostrarte
el camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo que puede
pasar?
—¿Pasar?… ¿qué?
—Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad para
reflexionar, al menos. ¿Sabes quién es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a
alguien que sepa qué vida lleva en Montevideo?
—¡Papá!
—¡Sí, qué hacen allá! ¡Bah! no pongas esa cara… No me refiero a tu…
novia. Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Pero sabes
de qué viven?
—¡No! Ni me importa, porque aunque seas mi padre…
—¡Bah, bah, bah! Deja eso para después. No te hablo como padre sino
como cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que te indigna
tanto lo que te pregunto, averigua a quien quiera contarte, qué clase de
relaciones tiene la madre de tu novia con su cuñado, pregunta!
—¡Sí! Ya sé que ha sido…
—Ah, ¿sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ¿Y que él u otro
sostienen la casa en Montevideo? ¡Y te quedas tan fresco!
—¡…!
—¡Sí, ya sé, tu novia no tiene nada que ver con esto, ya sé! No hay
impulso más bello que el tuyo… Pero anda con cuidado, porque puedes
llegar tarde!… ¡No, no, cálmate! No tengo ninguna idea de ofender a tu
novia, y creo, como te he dicho, que no está contaminada aún por la
podredumbre que la rodea. Pero si la madre te la quiere vender en
matrimonio, o más bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera,
díle que el viejo Nébel no está dispuesto a esos tráficos, y que antes se lo
llevará el diablo que consentir en eso. Nada más te quería decir.
El muchacho quería mucho a su padre a pesar del carácter duro de éste;
salió lleno de rabia por no haber podido desahogar su ira, tanto más
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violenta cuanto que él mismo la sabía injusta. Hacía tiempo ya que no
ignoraba esto: la madre de Lidia había sido querida de Arrizabalaga en
vida de su marido, y aún cuatro o cinco años después. Se veían aún de
tarde en tarde, pero el viejo libertino, arrebujado ahora en sus artritis de
enfermizo solterón, distaba mucho de ser respecto de su cuñada lo que se
pretendía; y si mantenía el tren de madre e hija, lo hacía por una especie
de compasión de ex amante, rayana en vil egoísmo, y sobre todo para
autorizar los chismes actuales que hinchaban su vanidad.
Nébel evocaba a la madre; y con un extremecimiento de muchacho loco
por las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando juntos y
reclinados una Illustration, había creído sentir sobre sus nervios
súbitamente tensos, un hondo hálito de deseo que surgía del cuerpo pleno
que rozaba con él. Al levantar los ojos, Nébel había visto la mirada de ella,
en lánguida imprecisión de mareo, posarse pesadamente sobre la suya.
¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, pero con rara
manifestación desbordante; los nervios desordenados repiqueteaban hacia
adentro, y de aquí la súbita tenacidad en un disparate, el brusco abandono
de una convicción; y en los prodromos de las crisis, la obstinación
creciente, convulsiva, edificándose a grandes bloques de absurdos.
Abusaba de la morfina, por angustiosa necesidad y por elegancia. Tenía
treinta y siete años; era alta, con labios muy gruesos y encendidos, que
humedecía sin cesar. Sin ser grandes, los ojos lo parecían por un poco
hundidos y tener pestañas muy largas; pero eran admirables de sombra y
fuego. Se pintaba. Vestía, como la hija, con perfecto buen gusto, y era
ésta, sin duda, su mayor seducción. Debía de haber tenido, como mujer,
profundo encanto; ahora la histeria había trabajado mucho su
cuerpo—siendo, desde luego, enferma del vientre. Cuando el latigazo de
la morfina pasaba, sus ojos se empañaban, y de la comisura de los labios,
del párpado globoso, pendía una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de
ello, la misma histeria que le deshacía los nervios era el alimento, un poco
mágico, que sostenía su tonicidad.
Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de las histéricas
burguesas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz—esto es, para
proporcionarle aquello que habría hecho su propia felicidad.
Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto tocaba a su hijo en lo
más hondo de sus cuerdas de amante. ¿Cómo había escapado Lidia?
Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasión de chica que
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surgía con adorable libertad de sus ojos brillantes, eran, ya no prueba de
pureza, sino de escalón de noble gozo por el que Nébel ascendía triunfal a
arrancar de una manotada a la planta podrida la flor que pedía por él.
Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás la había besado. Una
tarde, después de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga, había
sentido loco deseo de verla. Su dicha fué completa, pues la halló sola, en
batón, y los rizos sobre las mejillas. Como Nébel la retuvo contra la pared,
ella, riendo y cortada, se recostó en el muro. Y el muchacho, a su frente,
tocándola casi, sintió en sus manos inertes la alta felicidad de un amor
inmaculado, que tan fácil le habría sido manchar.
¡Pero luego, una vez su mujer! Nébel precipitaba cuanto le era posible su
casamiento. Su habilitación de edad, obtenida en esos días, le permitía por
su legítima materna afrontar los gastos. Quedaba el consentimiento del
padre, y la madre apremiaba este detalle.
La situación de ella, sobrado equívoca en Concordia, exigía una sanción
social que debía comenzar, desde luego, por la del futuro suegro de su
hija. Y sobre todo, la sostenía el deseo de humillar, de forzar a la moral
burguesa, a doblar las rodillas ante la misma inconveniencia que despreció.
Ya varias veces había tocado el punto con su futuro yerno, con alusiones a
"mi suegro"… "mi nueva familia"… "la cuñada de mi hija". Nébel se
callaba, y los ojos de la madre brillaban entonces con más fuego.
Hasta que un día la llama se levantó. Nébel había fijado el 18 de octubre
para su casamiento. Faltaba más de un mes aún, pero la madre hizo
entender claramente al muchacho que quería la presencia de su padre esa
noche.
—Será difícil—dijo Nébel después de un mortificante silencio—. Le cuesta
mucho salir de noche… No sale nunca.
—¡Ah!—exclamó sólo la madre, mordiéndose rápidamente el labio. Otra
pausa siguió, pero ésta ya de presagio.
—Porque usted no hace un casamiento clandestino ¿verdad?
—¡Oh!—se sonrió difícilmente Nébel—. Mi padre tampoco lo cree.
—¿Y entonces?
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Nuevo silencio cada vez más tempestuoso.
—¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir?
—¡No, no señora!—exclamó al fin Nébel, impaciente—. Está en su modo
de ser… Hablaré de nuevo con él, si quiere.
—¿Yo, querer?—se sonrió la madre dilatando las narices—. Haga lo que
le parezca… ¿Quiere irse, Nébel, ahora? No estoy bien.
Nébel salió, profundamente disgustado. ¿Qué iba a decir a su padre? Éste
sostenía siempre su rotunda oposición a tal matrimonio, y ya el hijo había
emprendido las gestiones para prescindir de ella.
—Puedes hacer eso, mucho más, y todo lo que te dé la gana. ¡Pero mi
consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás!
Después de tres días Nébel decidió aclarar de una vez ese estado de
cosas, y aprovechó para ello un momento en que Lidia no estaba.
—Hablé con mi padre—comenzó Nébel—y me ha dicho que le será
completamente imposible asistir.
La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbito fulgor,
se estiraban hacia las sienes.
—¡Ah! ¿Y por qué?
—No sé—repuso con voz sorda Nébel.
—Es decir… ¿que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí?
—No sé—repitió él con inconsciente obstinación.
—¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se ha
figurado?—añadió con voz ya alterada y los labios temblantes.—¿Quién
es él para darse ese tono?
Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de su
familia.
—¡Qué es, no sé!—repuso con la voz precipitada a su vez—pero no sólo
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se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.
—¿Qué? ¿qué se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡El más autorizado
para esto!
Nébel se levantó:
—Señora…
Pero ella se había levantado también.
—¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado su
fortuna, robada a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familia irreprochable,
sin mancha, se llena la boca con eso! ¡Su familia!… ¡Dígale que le diga
cuántas paredes tenía que saltar para ir a dormir con su mujer, antes de
casarse! ¡Sí, y me viene con su familia!… ¡Muy bien, váyase; estoy hasta
aquí de hipocresías! ¡Que lo pase bien!
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III
Nébel vivió cuatro días vagando en la más honda desesperación. ¿Oué
podía esperar después de lo sucedido? Al quinto, y al anochecer, recibió
una esquela:
"Octavio: Lidia está bastante enferma, y sólo su presencia podría calmarla.
María S. de Arrizabalaga."
Era una treta, no tenía duda. Pero si su Lidia en verdad…
Fué esa noche y la madre lo recibió con una discreción que asombró a
Nébel, sin afabilidad excesiva, ni aire tampoco de pecadora que pide
disculpa.
—Si quiere verla…
Nébel entró con la madre, y vió a su amor adorado en la cama, el rostro
con esa frescura sin polvos que dan únicamente los 14 años, y el cuerpo
recogido bajo las ropas que disimulaban notablemente su plena juventud.
Se sentó a su lado, y en balde la madre esperó a que se dijeran algo: no
hacían sino mirarse y reir.
De pronto Nébel sintió que estaban solos, y la imagen de la madre surgió
nítida: "se va para que en el transporte de mi amor reconquistado, pierda
la cabeza y el matrimonio sea así forzoso". Pero en ese cuarto de hora de
goce final que le ofrecían adelantado y gratis a costa de un pagaré de
casamiento, el muchacho, de 18 años, sintió—como otra vez contra la
pared—el placer sin la más leve mancha, de un amor puro en toda su
aureola de poético idilio.
Sólo Nébel pudo decir cuán grande fué su dicha recuperada en pos del
naufragio. El también olvidaba lo que fuera en la madre explosión de
calumnia, ansia rabiosa de insultar a los que no lo merecen. Pero tenía la
más fría decisión de apartar a la madre de su vida una vez casados. El
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recuerdo de su tierna novia, pura y riente en la cama de que se había
destendido una punta para él, encendía la promesa de una voluptuosidad
íntegra, a la que no había robado ni el más pequeño diamante.
A la noche siguiente, al llegar a lo de Arrizabalaga, Nébel halló el zaguán
oscuro. Después de largo rato, la sirvienta entreabrió la vidriera:
—No están las señoras.
—¿Han salido?—preguntó extrañado.
—No, se van a Montevideo… Han ido al Salto a dormir abordo.
—¡Ah!—murmuró Nébel aterrado. Tenía una esperanza aún.
—¿El doctor? ¿Puedo hablar con él?
—No está, se ha ido al club después de comer…
Una vez solo en la calle oscura, Nébel levantó y dejó caer los brazos con
mortal desaliento: ¡Se acabó todo! Su felicidad, su dicha reconquistada un
día antes, perdida de nuevo y para siempre! Presentía que esta vez no
había redención posible. Los nervios de la madre habían saltado a la loca,
como teclas, y él no podía hacer ya nada más.
Comenzaba a lloviznar. Caminó hasta la esquina, y desde allí, inmóvil bajo
el farol, contempló con estúpida fijeza la casa rosada. Dió una vuelta a la
manzana, y tornó a detenerse bajo el farol. ¡Nunca, nunca!
Hasta las once y media hizo lo mismo. Al fin se fué a su casa y cargó el
revólver. Pero un recuerdo lo detuvo: meses atrás había prometido a un
dibujante alemán que antes de suicidarse—Nébel era adolescente—iría a
verlo. Uníalo con el viejo militar de Guillermo una viva amistad, cimentada
sobre largas charlas filosóficas.
A la mañana siguiente, muy temprano, Nébel llamaba al pobre cuarto de
aquél. La expresión de su rostro era sobrado explícita.
—¿Es ahora?—le preguntó el paternal amigo, estrechándole con fuerza la
mano.
—¡Pst! ¡De todos modos!…—repuso el muchacho, mirando a otro lado.
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El dibujante, con gran calma, le contó entonces su propio drama de amor.
—Vaya a su casa—concluyó—y si a las once no ha cambiado de idea,
vuelva a almorzar conmigo, si es que tenemos qué. Después hará lo que
quiera. ¿Me lo jura?
—Se lo juro—contestó Nébel, devolviéndole su estrecho apretón con
grandes ganas de llorar.
En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia:
"Idolatrado Octavio: Mi desesperación no puede ser más grande, pero
mamá ha visto que si me casaba con usted me estaban reservados
grandes dolores, he comprendido como ella que lo mejor era separarnos y
le jura no olvidarlo nunca
tu Lidia."
—¡Ah, tenía que ser así!—clamó el muchacho, viendo al mismo tiempo
con espanto su rostro demudado en el espejo.—¡La madre era quien había
inspirado la carta, ella y su maldita locura! Lidia no había podido menos
que escribir, y la pobre chica, trastornada, lloraba todo su amor en la
redacción. ¡Ah! ¡Si pudiera verla algún día, decirle de qué modo la he
querido, cuánto la quiero ahora, adorada del alma!
Temblando fué hasta el velador y cogió el revólver, pero recordó su nueva
promesa, y durante un rato permaneció inmóvil, limpiando obstinadamente
con la uña una mancha del tambor.
Otoño
Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nébel de subir al tramway, cuando
el coche se detuvo un momento más del conveniente, y aquél, que leía,
volvió al fin la cabeza. Una mujer con lento y difícil paso avanzaba. Tras
una rápida ojeada a la incómoda persona, reanudó la lectura. La dama se
sentó a su lado, y al hacerlo miró atentamente a Nébel. Este, aunque
sentía de vez en cuando la mirada extranjera posada sobre él, prosiguió su
lectura; pero al fin se cansó y levantó el rostro extrañado.
—Ya me parecía que era usted—exclamó la dama—aunque dudaba aún…
No me recuerda, ¿no es cierto?
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—Sí—repuso Nébel abriendo los ojos—la señora de Arrizabalaga…
Ella vió la sorpresa de Nébel, y sonrió con aire de vieja cortesana que trata
aún de parecer bien a un muchacho.
De ella, cuando Nébel la conoció once años atrás, sólo quedaban los ojos,
aunque más hundidos, y apagados ya. El cutis amarillo, con tonos
verdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los
pómulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendían ocultar
una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado se veía viva a
la morfina corriendo por entre los nervios agotados y las arterias acuosas,
hasta haber convertido en aquel esqueleto, a la elegante mujer que un día
hojeó la Illustration a su lado.
—Sí, estoy muy envejecida… y enferma; he tenido ya ataques a los
riñones… y usted—añadió mirándolo con ternura—¡siempre igual! Verdad
es que no tiene treinta años aún… Lidia también está igual.
Nébel levantó los ojos:
—¿Soltera?
—Sí… ¡Cuánto se alegrará cuando le cuente! ¿Por qué no le da ese gusto
a la pobre? ¿No quiere ir a vernos?
—Con mucho gusto—murmuró Nébel.
—Sí, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para… En fin, Boedo, 1483;
departamento 14… Nuestra posición es tan mezquina…
—¡Oh!—protestó él, levantándose para irse. Prometió ir muy pronto.
Doce días después Nébel debía volver al ingenio, y antes quiso cumplir su
promesa. Fué allá—un miserable departamento de arrabal.—La señora de
Arrizabalaga lo recibió, mientras Lidia se arreglaba un poco.
—¡Conque once años!—observó de nuevo la madre.—¡Cómo pasa el
tiempo! ¡Y usted que podría tener una infinidad de hijos con Lidia!
—Seguramente—sonrió Nébel, mirando a su rededor.
—¡Oh! ¡no estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta su
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casa… Siempre oigo hablar de sus cañaverales… ¿Es ese su único
establecimiento?
—Sí,… en Entre Ríos también…
—¡Qué feliz! Si pudiera uno… Siempre deseando ir a pasar unos meses
en el campo, y siempre con el deseo!
Se calló, echando una fugaz mirada a Nébel. Este con el corazón
apretado, revivía nítidas las impresiones enterradas once años en su alma.
—Y todo esto por falta de relaciones… ¡Es tan difícil tener un amigo en
esas condiciones!
El corazón de Nébel se contraía cada vez más, y Lidia entró.
Estaba también muy cambiada, porque el encanto de un candor y una
frescura de los catorce años, no se vuelve a hallar más en la mujer de
veintiséis. Pero bella siempre. Su olfato masculino sintió en la mansa
tranquilidad de su mirada, en su cuello mórbido, y en todo lo indefinible
que denuncia al hombre el amor ya gozado, que debía guardar velado
para siempre, el recuerdo de la Lidia que conoció.
Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta discreción de personas
maduras. Cuando ella salió de nuevo un momento, la madre reanudó:
—Sí, está un poco débil… Y cuando pienso que en el campo se repondría
en seguida… Vea, Octavio: ¿me permite ser franca con usted? Ya sabe
que lo he querido como a un hijo… ¿No podríamos pasar una temporada
en su establecimiento? ¡Cuánto bien le haría a Lidia!
—Soy casado—repuso Nébel.
La señora tuvo un gesto de viva contrariedad, y por un instante su
decepción fué sincera; pero en seguida cruzó sus manos cómicas:
—¡Casado, usted! ¡Oh, qué desgracia, qué desgracia! ¡Perdóneme, ya
sabe!… No sé lo que digo… ¿Y su señora vive con usted en el ingenio?
—Sí, generalmente… Ahora está en Europa.
—¡Qué desgracia! Es decir… ¡Octavio!—añadió abriendo los brazos con
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lágrimas en los ojos:—a usted le puedo contar, usted ha sido casi mi hijo…
¡Estamos poco menos que en la miseria! ¿Por qué no quiere que vaya con
Lidia? Voy a tener con usted una confesión de madre—concluyó con una
pastosa sonrisa y bajando la voz:—usted conoce bien el corazón de Lidia,
¿no es cierto?
Esperó respuesta, pero Nébel permaneció callado.
—¡Sí, usted la conoce! ¿Y cree que Lidia es mujer capaz de olvidar
cuando ha querido?
Ahora había reforzado su insinuación con una leve guiñada. Nébel valoró
entonces de golpe el abismo en que pudo haber caído antes. Era siempre
la misma madre, pero ya envilecida por su propia alma vieja, la morfina y
la pobreza. Y Lidia… Al verla otra vez había sentido un brusco golpe de
deseo por la mujer actual de garganta llena y ya estremecida. Ante el
tratado comercial que le ofrecían, se echó en brazos de aquella rara
conquista que le deparaba el destino.
—¿No sabes, Lidia?—prorrumpió alborozada, al volver su hija—Octavio
nos invita a pasar una temporada en su establecimiento. ¿Qué te parece?
Lidia tuvo una fugitiva contracción de las cejas y recuperó su serenidad.
—Muy bien, mamá…
—¡Ah! ¿no sabes lo qué dice? Está casado. ¡Tan joven aún! Somos casi
de su familia…
Lidia volvió entonces los ojos a Nébel, y lo miró un momento con dolorosa
gravedad.
—¿Hace tiempo?—murmuró.
—Cuatro años—repuso él en voz baja. A pesar de todo, le faltó ánimo para
mirarla.
Invierno
No hicieron el viaje juntos, por último escrúpulo de casado en una línea
donde era muy conocido; pero al salir de la estación subieron en el brec de
la casa. Cuando Nébel quedaba solo en el ingenio, no guardaba a su
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servicio doméstico más que a una vieja india, pues—a más de su propia
frugalidad—su mujer se llevaba consigo toda la servidumbre. De este
modo presentó sus acompañantes a la fiel nativa como una tía anciana y
su hija, que venían a recobrar la salud perdida.
Nada más creíble, por otro lado, pues la señora decaía vertiginosamente.
Había llegado deshecha, el pie incierto y pesadísimo, y en su facies
angustiosa la morfina, que había sacrificado cuatro horas seguidas a ruego
de Nébel, pedía a gritos una corrida por dentro de aquel cadáver viviente.
Nébel, que cortara sus estudios a la muerte de su padre, sabía lo
suficiente para prever una rápida catástrofe; el riñon, íntimamente atacado,
tenía a veces paros peligrosos que la morfina no hacía sino precipitar.
Ya en el coche, no pudiendo resistir más, había mirado a Nébel con
transida angustia:
—Si me permite, Octavio… ¡no puedo más! Lidia, ponte delante.
La hija, tranquilamente, ocultó un poco a su madre, y Nébel oyó el crugido
de la ropa violentamente recogida para pinchar el muslo.
Súbitamente los ojos se encendieron, y una plenitud de vida cubrió como
una máscara aquella cara agónica.
—Ahora estoy bien… ¡qué dicha! Me siento bien.
—Debería dejar eso—dijo rudamente Nébel, mirándola de costado.—Al
llegar, estará peor.
—¡Oh, no! Antes morir aquí mismo.
Nébel pasó todo el día disgustado, y decidido a vivir cuanto le fuera
posible sin ver en Lidia y su madre más que dos pobres enfermas. Pero al
caer la tarde, y como las fieras que empiezan a esa hora a afilar las uñas,
el celo de varón comenzó a relajarle la cintura en lasos escalofríos.
Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, deseaba acostarse de
una vez. No hubo tampoco medio de que tomara exclusivamente leche.
—¡Huy! ¡qué repugnancia! No la puedo pasar. ¿Y quiere que sacrifique los
últimos años de mi vida, ahora que podría morir contenta?
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Lidia no pestañeó. Había hablado con Nébel pocas palabras, y sólo al fin
del café la mirada de éste se clavó en la de ella; pero Lidia bajó la suya en
seguida.
Cuatro horas después Nébel abría sin ruido la puerta del cuarto de
Lidia.
—¡Quién es!—sonó de pronto la voz azorada.
—Soy yo—murmuró Nébel en voz apenas sensible.
Un movimiento de ropas, como el de una persona que se sienta
bruscamente en la cama, siguió a sus palabras, y el silencio reinó de
nuevo. Pero cuando la mano de Nébel tocó en la oscuridad un brazo tibio,
el cuerpo tembló entonces en una honda sacudida.
Luego, inerte al lado de aquella mujer que ya había conocido el amor
antes que él llegara, subió de lo más recóndito del alma de Nébel, el santo
orgullo de su adolescencia de no haber tocado jamás, de no haber robado
ni un beso siquiera, a la criatura que lo miraba con radiante candor. Pensó
en las palabras de Dostojewsky, que hasta ese momento no había
comprendido: "Nada hay más bello y que fortalezca más en la vida, que un
puro recuerdo". Nébel lo había guardado, ese recuerdo sin mancha,
pureza inmaculada de sus dieciocho años, y que ahora estaba allí,
enfangado hasta el cáliz sobre una cama de sirvienta…
Sintió entonces sobre su cuello dos lágrimas pesadas, silenciosas. Ella a
su vez recordaría… Y las lágrimas de Lidia continuaban una tras otra,
regando como una tumba el abominable fin de su único sueño de felicidad.
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IV
Durante diez días la vida prosiguió en común, aunque Nébel estaba casi
todo el día afuera. Por tácito acuerdo, Lidia y él se encontraban muy pocas
veces solos, y aunque de noche volvían a verse, pasaban aún entonces
largo tiempo callados.
Lidia tenía ella misma bastante qué hacer cuidando a su madre, postrada
al fin. Como no había posibilidad de reconstruir lo ya podrido, y aún a
trueque del peligro inmediato que ocasionara, Nébel pensó en suprimir la
morfina. Pero se abstuvo una mañana que entró bruscamente en el
comedor, al sorprender a Lidia que se bajaba precipitadamente las faldas.
Tenía en la mano la jeringuilla, y fijó en Nébel su mirada espantada.
—¿Hace mucho tiempo que usas eso?—le preguntó él al fin.
—Sí—murmuró Lidia, doblando en una convulsión la aguja.
Nébel la miró aún y se encogió de hombros.
Si embargo, como la madre repetía sus inyecciones con una frecuencia
terrible para ahogar los dolores de su riñón que la morfina concluía de
matar, Nébel se decidió a intentar la salvación de aquella desgraciada,
sustrayéndole la droga.
—¡Octavio! ¡me va a matar!—clamó ella con ronca súplica.—¡Mi hijo
Octavio! ¡no podría vivir un día!
—¡Es que no vivirá dos horas si le dejo eso!—cortó Nébel.
—¡No importa, mi Octavio! ¡Dame, dame la morfina!
Nébel dejó que los brazos se tendieran inútilmente a él, y salió con
Lidia.
—¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre?
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—Sí… Los médicos me habían dicho…
El la miró fijamente.
—Es que está mucho peor de lo que imaginas.
Lidia se puso lívida, y mirando afuera entrecerró los ojos y se mordió los
labios en un casi sollozo.
—¿No hay médico aquí?—murmuró.
—Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.
Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nébel
abrió una carta.
—¿Noticias?—preguntó Lidia levantando inquieta los ojos a él.
—Sí—repuso Nébel, prosiguiendo la lectura.
—¿Del médico?—volvió Lidia al rato, más ansiosa aún.
—No, de mi mujer—repuso él con la voz dura, sin levantar los ojos.
A las diez de la noche Lidia llegó corriendo a la pieza de Nébel.
—¡Octavio! ¡mamá se muere!…
Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez cadaverizaba ya el
rostro. Tenía los labios desmesuradamente hinchados y azules, y por entre
ellos se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena:
—Pla… pla… pla…
Nébel vió en seguida sobre el velador el frasco de morfina, casi vacío.
—¡Es claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto?—preguntó.
—¡No sé, Octavio! Hace un rato sentí ruido… Seguramente lo fué a buscar
a tu cuarto cuando no estabas… ¡Mamá, pobre mamá!—cayó sollozando
sobre el miserable brazo que pendía hasta el piso.
Nébel la pulsó; el corazón no daba más, y la temperatura caía. Al rato los
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labios callaron su pla… pla, y en la piel aparecieron grandes manchas
violeta.
A la una de la mañana murió. Esa tarde, tras el entierro, Nébel esperó que
Lidia concluyera de vestirse, mientras los peones cargaban las valijas en el
carruaje.
—Toma esto—le dijo cuando se aproximó a él, tendiéndole un cheque de
diez mil pesos.
Lidia se extremeció violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaron de
lleno en los de Nébel. Pero éste sostuvo la mirada.
—¡Toma, pues!—repitió sorprendido.
Lidia lo tomó y se bajó a recoger su valijita. Nébel se inclinó sobre ella.
—Perdóname—le dijo.—No me juzgues peor de lo que soy.
En la estación esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilla del
vagón, pues el tren no salía aún. Cuando la campana sonó, Lidia le tendió
la mano y se dispuso a subir. Nébel la oprimió, y quedó un largo rato sin
soltarla, mirándola. Luego, avanzando, recogió a Lidia de la cintura y la
besó hondamente en la boca.
El tren partió. Inmóvil, Nébel siguió con la vista la ventanilla que se perdía.
Pero Lidia no se asomó.
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Horacio Quiroga
Horacio Silvestre Quiroga Forteza (Salto, Uruguay, 31 de diciembre de
1878 – Buenos Aires, Argentina, 19 de febrero de 1937) fue un cuentista,
dramaturgo y poeta uruguayo. Fue el maestro del cuento latinoamericano,
de prosa vívida, naturalista y modernista. Sus relatos, que a menudo
retratan a la naturaleza bajo rasgos temibles y horrorosos, y como
enemiga del ser humano, le valieron ser comparado con el estadounidense
Edgar Allan Poe.
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La vida de Quiroga, marcada por la tragedia, los accidentes y los suicidios,
culminó por decisión propia, cuando bebió un vaso de cianuro en el
Hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires a los 58 años de edad,
tras enterarse de que padecía cáncer de próstata.
Seguidor de la escuela modernista fundada por Rubén Darío y obsesivo
lector de Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, Quiroga se sintió atraído
por temas que abarcaban los aspectos más extraños de la Naturaleza, a
menudo teñidos de horror, enfermedad y sufrimiento para los seres
humanos. Muchos de sus relatos pertenecen a esta corriente, cuya obra
más emblemática es la colección Cuentos de amor de locura y de muerte.
Por otra parte se percibe en Quiroga la influencia del británico Sir Rudyard
Kipling (Libro de las tierras vírgenes), que cristalizaría en su propio
Cuentos de la selva, delicioso ejercicio de fantasía dividido en varios
relatos protagonizados por animales. Su Decálogo del perfecto cuentista,
dedicado a los escritores noveles, establece ciertas contradicciones con su
propia obra. Mientras que el decálogo pregona un estilo económico y
preciso, empleando pocos adjetivos, redacción natural y llana y claridad en
la expresión, en muchas de sus relatos Quiroga no sigue sus propios
preceptos, utilizando un lenguaje recargado, con abundantes adjetivos y
un vocabulario por momentos ostentoso.
Al desarrollarse aún más su particular estilo, Quiroga evolucionó hacia el
retrato realista (casi siempre angustioso y desesperado) de la salvaje
Naturaleza que le rodeaba en Misiones: la jungla, el río, la fauna, el clima y
el terreno forman el andamiaje y el decorado en que sus personajes se
mueven, padecen y a menudo mueren. Especialmente en sus relatos,
Quiroga describe con arte y humanismo la tragedia que persigue a los
miserables obreros rurales de la región, los peligros y padecimientos a que
se ven expuestos y el modo en que se perpetúa este dolor existencial a las
generaciones siguientes. Trató, además, muchos temas considerados tabú
en la sociedad de principios del siglo XX, revelándose como un escritor
arriesgado, desconocedor del miedo y avanzado en sus ideas y
tratamientos. Estas particularidades siguen siendo evidentes al leer sus
textos hoy en día.
Algunos estudiosos de la obra de Quiroga opinan que la fascinación con la
muerte, los accidentes y la enfermedad (que lo relaciona con Edgar Allan
Poe y Baudelaire) se debe a la vida increíblemente trágica que le tocó en
suerte. Sea esto cierto o no, en verdad Horacio Quiroga ha dejado para la
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posteridad algunas de las piezas más terribles, brillantes y trascendentales
de la literatura hispanoamericana del siglo XX.
(Información extraída de la Wikipedia)
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