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El Quehacer Del Arquitecto en América Latinal

Este documento discute el desarrollo de la arquitectura latinoamericana en el siglo XX. Comienza describiendo la actitud inicialmente elitista de los arquitectos y su intento posterior de recuperar el tiempo perdido. Luego explora los problemas de identidad cultural que enfrentan los arquitectos latinoamericanos y su búsqueda de establecer un lenguaje arquitectónico propio que refleje su contexto. Finalmente, analiza los desafíos específicos de producir arquitectura en América Latina, incluy

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El Quehacer Del Arquitecto en América Latinal

Este documento discute el desarrollo de la arquitectura latinoamericana en el siglo XX. Comienza describiendo la actitud inicialmente elitista de los arquitectos y su intento posterior de recuperar el tiempo perdido. Luego explora los problemas de identidad cultural que enfrentan los arquitectos latinoamericanos y su búsqueda de establecer un lenguaje arquitectónico propio que refleje su contexto. Finalmente, analiza los desafíos específicos de producir arquitectura en América Latina, incluy

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Francisco Lesta

El quehacer del arquitecto


en América Latinal

1. Generalidades
Hemos visto ya todo lo que destacó más en la historia de la arquitectura y el
urbanismo durante el siglo XX (algunos sorprendidos lectores leerán esto quizá
en el XXI). Vimos cuáles fueron los principales actores latinoamericanos del
diseño, y la actitud inicial muy elitista de algunos profesionales americanos
vinculados a los maestros de renombre y de algunos profesionales extranjeros
radicados en nuestro continente, para luego aumentar su número cada vez más
en un intento por recuperar el tiempo perdido y buscar una consubstanciación
con los principios de una disciplina que los fascinó. Y en cierto sentido, en la
tarea de proyectar hemos recorrido casi todos los caminos, copiando, imitando,
defonnando, y con todas las facetas de la responsabilidad profesional y del
impulso creativo. Esta historia es de acción y posiblemente anecdótica. En pocos
casos fue reflexiva. Pero cuando lo fue, sorprende su desconocimiento hasta
hace poco. Como he ido documentando en el libro, casi siempre hubo una preocu-
pación teórica por lo que se hacía. Sin embargo, no deja de resultar difícil
discutir un cuerpo de ideas basado en el concepto mesiánico del arquitecto.
Hoy, al borde de la innecesidad de la inteligencia humana -pues para lo que
hay que hacer la computadora es más eficaz, dicen algunos-, pensamos los
muy viejos que la arquitectura tal como la quisimos no existe más. Que la teoría
nos ahoga, que quisiéramos ser más libres y espontáneos, quisiéramos poder
equivocarnos, como dijo hace poco un estudiante (las preocupaciones son siem-
pre las mismas, parece) "aprender equivocándose"; sólo que al socializarse, el
individuo se hace más cauto, pierde su inocencia: ¿quién pagará por mi equivo-
cación? Después de levantar tantas barreras, defendiéndome de lodos los posi-
bles ataques, expondré lo que he encontrado. La arquitectura latinoamericana
tiene los rasgos fundamentales que se pueden generalizar. Partiendo de una con-
ciencia traumatizada de dependencia económica y alienación cullural, el inte-

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lectual latinoamericano ha desarrollado a lo largo de este siglo XX procesos de
autoinspección y autocrítica que están dando resultados dignos de mención y
que vamos a formular de este modo: cómo el problema de la identidad preocupa
actualmente a los jóvenes. En ese sentido hemos planteado algunos argumentos
posibles para su análisis.

1.1. Conciencia de sí: identificación, identidad


Respeto mucho a un arquitecto colombiano, Germán Téllez, por su humor e
inteligencia: "Luzca una buena crisis de identidad. Sea un buen snob de su
propia identidad, y confúndala ante sus congéneres con el problema de identifi-
cación. Mire su documento (cédula, tarjeta de crédito, permiso de conducir o
pasaporte) para saber quién es. En la soledad de su estudio tómese la cabeza a
dos manos y pregúntese a sí mismo qué está haciendo ahí, en tan extraño lugar.
Observe su diploma de arquitecto. ¿Qué le dice? O mejor aún. ¿Lo ha leído de
veras, alguna vez?".
La conciencia tecnosocial da un tipo de relación de personas entre sí y de
ellas con las cosas. Es decir, que nuestros comportamientos difieren de lo que se
considera internacional; como personas nos consideramos a partir de nuestro
sentimiento hedonista -me complazco porque soy- antes que de un sentido
práctico; la practicidad no está interpretada como la cúspide de las filosofías,
sino que toma a lo sumo un lugar importante en nuestra interpretación del mun-
do. Por otra parte, no establecemos lazos racionales con las cosas, como apartán-
donos de ellas, sino que las hacemos propiedad subjetiva y no objeto substancial
de conocimiento; las usamos como si realmente las hubiéramos producido noso-
tros mismos, aunque no entendamos nada de su proceso de producción; por
ejemplo, el comportamiento con un automóvil, un carro. El carro es una herra-
mienta a nuestro servicio hedonista y no sólo a nuestro servicio práctico. Igual
sucede con todas las cosas.
El convencimiento creativo no corresponde a la tipicidad. Estamos convenci-
dos de que la ordenación del mundo tiene origen cada vez en nuestro cerebro y
somos bastante reacios a aceptar un ordenamiento de ideas originadas en nuestro
ambiente cultural, si bien estamos como esponjas absorbiendo aquéllas sancio-
nadas por instancias que se nos han impuesto y aceptamos como dogmas.
Trabajamos con la racionalidad y la sensualidad al mismo tiempo. Por ello
es bastante difícil dar una explicación exhaustiva de nuestro comportamiento y
de los resultados de nuestro trabajo. La parte sensual de nuestra obra no puede
ser explicada racionalmente, a no ser que pierda su sentido; una falta de explica-
ción nos obliga a tomar partido por sí o por no sin más trámite, lo cual nos lleva
al terreno del gusto, el cual es, como se sabe, tan movedizo como variado es el
gustador, o al terreno de la ironía, que manejamos a la peñección, creemos, lo

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cual no es lo mismo que humor. En nuestra inhibición dejamos la ironía a los
caricaturistas y nosotros adoptamos posturas a veces propias de caricatura.
F.s difícil mantenemos en procesos de organización + seguimiento + reciclaje,
lo cual para nada desecha inteligencia; es más bien el efecto que produce en la
sociedad la inestabilidad de la estructura de los actores en la jerarquía (jefes que
dan órdenes pero que no enseñan) o en el tiempo (jefes no permanentes y, por
tanto, sin garantía del seguimiento de un proyecto). El reciclaje no se hace por
sus elevados costos: un diseño se entrega con base en una primera idea, quizá
bien definida, quizá no. Respecto a la información, nos falta coordinación en
nuestro trabajo en relación con las fuentes: me explico, el ingeniero debe utilizar
los datos técnicos para su trabajo, no se le exige más pero se le exige eso. El
arquitecto improvisa, creyéndose de ese modo creativo, o copia desaprensiva-
mente. Entiéndase, copiar ha sido siempre parte de la creatividad en la civiliza-
ción; pero lo importante es: interesa saber copiar con criterio. No tenemos o
tenemos criterios desordenados para el diseño de una obra. Los resultados de
todo esto son muy variados, pero identificables por lo que llamaría su lenguaje
de feria (tomamos de todo un poco, como venga), lo cual nos conduce a la
pregunta: ¿qué es, entonces, la arquitectura latinoamericana?

1.2. Problemas específicos de la producción de arquitectura


Todos necesitamos conocer y poder atenemos a pautas. Este término corres-
ponde a lo que se denominó en inglés pattern (Christopher Alexander) y que se
tradujo por patrón. Considero esta palabra inadecuada y prefiero la española
pauta, que tiene algo del lenguaje de la música, del ritmo, acento y colorido que
corresponde más a un diseño creativo que a un acomodamiento según un catálo-
go de formas arquitectónicas, a programas no siempre alentadores para un dise-
ño creativo, por ejemplo, un edificio de actividades culturales. Las pautas son
siempre motivo de largas discusiones, pero para nuestro trabajo propongo usar
aquéllas que más nos puedan ayudar: en primer lugar, pautas para lo existente y
lo deseable. Ese mundo síquico tan delicado en nuestro medio con complejo de
inferioridad. Pautas morales, sociales y antropológicas, en donde ubiquemos con
acierto nuestros motivos, a veces inconscientes, de discriminación social; o, como
dicen los sicólogos en un lenguaje difícil, la alteridad, el ser de otro modo.
Pautas para diseño propias para nuestras condiciones. Si bien la geografía física
puede ser -junto con las condiciones del terreno-- lo mismo en Puerto Madryn
(Argentina) que en el Puerto de La Libertad (El Salvador, C.A.), no lo son ni el
clima ni las condiciones de vida, ni las infraestructurales. Por eso aprendemos a
mantener las distancias y ver las diferencias en casos de fuerte atracción hacia un
proyecto que nos sugiera algo que no tenemos ni somos, por ejemplo, los habitan-
tes de países nevados. Igualmente necesitamos códigos de edificación, por respeto a
nuestros vecinos y a nuestras ciudades. Ese punto no puede quedar por último;

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en el futuro será necesario apoyar las iniciativas de los gremios que se decidan a
iniciar --o continuar- una obra tan encomiable, sin que por eso nos hagamos
sospechosos de burócratas. Aquí somos, sin duda, supersensibles.
Necesitamos pautas eslélicas. Este tema nos produce una especie de vergüen-
za ajena, como si la belleza estuviera ahí y no fuese necesario hablar de ella. No
es de ningún modo obvia, no está al alcance de la mano y cuesta muchísimo
alcanzar en una obra la belleza soñada por el mismo diseñador. Esa calidad de
sueño es positiva pero exige un manejo magislral de diseño arquitectónico. Estu-
dio del detalle que es culminación de la idea.
Esto nos alentó a crear nuestras propias formas, tímidamente al comienzo,
luego con una valentía y un entusiasmo que hasta hoy se mantiene. Clorindo
Testa fue quien descubrió un lenguaje formal urbano en su Banco de Londres,
para Buenos Aires, liberándose de la influencia de Le Corbusier, notoria aún en
la mayoría de los arquitectos argentinos, como constata Ramón Gutiérrez (En
torno a la dependencia y la identidad en la arquitectura iberoamericana). (Dado
el interés que había despertado este tema y la inquietud de los estudiantes por
una participación más activa en el proceso de análisis y formulación de ideas, en
una de mis clases de Análisis Histórico en la UCA, la arquitecta Sandra Gutié-
rrez, que hizo de instructora en ella, pidió que cada grupo hiciera referencia a
los aspectos teóricos y críticos del autor Ramón Gutiérrez, en el citado artículo,
y los relacionasen con algo que pudiera ser específico de El Salvador. Se exigía
que se refirieran a aspectos arquitectónicos y urbanísticos, por lo cual se visita-
ron lugares de la ciudad de San Salvador, con ejemplos de arquitectura o urba-
nismo, que correspondían al tema elegido.)
Aunque estamos preocupados por nuestra identidad y nuestra realidad, cada
uno está consciente de qué quiere y que cree que puede hacer algo. Ha costado
mucho desechar de nosotros la apatía de este tipo de dependencia. Hoy podemos
pensar -y no estaríamos lejos de la verdad- que cualquier arquitecto puede
resolver un problema, siempre que lo plantee bien. Nuestras condiciones son
nuestra identidad. ¿Acaso no lo dice bien claramente para Lodos Denise Scott
Brown: ¿el público debe ser escuchado'?
Podríamos recuperar nuestra identidad, quizá no en la forma exacta de la época
colonial o de los centros intocados de las ciudades. Pero tuvimos un Carlos Raúl
Villanueva, tenemos un Rogelio Salmona y también todos los demás. Los arqui-
tectos resolvieron todos los problemas de los edificios; la fama de Niemeyer lo
llevó a construir en Argelia la universidad de la ciudad de Constantine: cultura
árabe, país africano, arquitectura brasileña influenciada por Le Corbusier. Interna-
cionalismo. Las capacidades profesionales respectivas de las arquitectas Teolin-
da Bolívar (venezolana), Silvia Arango (colombiana), Marina Waisman (argen-
tina) y otras autoridades en la crítica de la arquitectura y el urbanismo están
ayudándonos a todos. La obra teórica y la investigación son parte del diseño,

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que ayudan al deseo de crear algo nuevo como impulso. En esa investigación
estamos descubriendo; actuar a continuación es algo humano y por ello siempre
nuestra profesión será acción. Que sea acción consciente.

1.3. Las innuencias culturales: europea, norteamericana y otras


En América Latina, los arquitectos recibieron todas esas influencias con fer-
vor de iniciados y no hubo más oídos para las recomendaciones de una arquitec-
tura propia. La realidad era que nuestra identidad hispánica no resolvía ningún
problema más que algún prurito elegante o nostálgico, y la verdadera corriente
era esa fuerza que nos absorbía a todos y nos unía en un trabajo moderno y di-
námico. No creo, además, que hubiéramos podido convencer a los inversionistas
con algún proyecto caro por su generosidad de espacio, su lujo de formas o su
misterio de mensaje. El funcionalismo no era una filosofía, era un procedimiento
para hacer rendir el capital. Pero se hizo universal y los países socialistas no lo
negaron, y lo adoptaron frente a la pésima arquitectura del realismo soviético.
Lo que los arquitectos latinoamericanos aprovechan de la gran reserva que
significa para el mundo el quehacer arquitectónico europeo y norteamericano,
está relacionado con la capacidad crítica de las sociedades donde esos arquitec-
tos deben actuar. Esto se ve claramente en el caso de Brasil, cuya producción se
destacó notoriamente de las otras en el continente por su lenguaje propio y la
relación de algunas obras con el tejido urbano en general.
En América Latina encontraremos que la influencia es mayor en los sectores
de la clase dominante, sean banqueros, industriales o militares, para quienes la
formación de una esquemática idea de la grandeza nacional y del progreso eco-
nómico se liga indisolublemente a la propia astucia para entrar en la estrategia
global de los grandes países. Incluso en ese particular, Cuba es la excepción.
Pero ese aspecto político es bien conocido y no se desarrollará aquí. Lo que más
me preocupa es en qué medida estamos en condiciones de relacionar nuestras
necesidades de hábitat y ciudad con nuestra capacidad profesional para satisfa-
cerlas. Esto podría ser tarea de la formación técnica, pero igualmente podría
corresponder a una sección de la teoría del conocimiento; es indudablemente un
problema intelectual y debemos insistir en ello.
En su libro Las bellas apariencias, una crÍlica arquitectónica (Sch6ner Schein,
eine Architekturkritik), su autor, Michael Müller, intenta una visión actual de lo
que fue la arquitectura del modernismo. Plantea las tesis de la vanguardia (Otto
Wagner, entre otros) y relee un texto que es de conocimiento público entre los
arquitectos europeos: ,.
"La visión de (Olio] Wagner respecto a la arquitectura moderna, consiste en
que el arquitecto deberá lograr darle a cada paso del desarrollo social y con las
formas apropiadas, la dimensión de modernidad" (Müller, J987, p. 90) La pre-
gunta es si Wagner vio eso en su proyecto ideal, bastante versallesco, para el

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disirito XXII de su ciudad, Viena, hecho en 1910-11. Por cierto, los textos que
cita Müller se refieren a la frase inicial de Loos: "El ornamento debe prohibir-
se". Relacionemos esla frase con dos ejemplos.
(1) Carlos Raúl Villanueva y su obra maestra El Silencio. Sucede con este
proyecto que pasó desapercibido por la crítica internacional. Se ha iniciado una
revisión de texlos que entre nosotros no fueron tenidos en cuenta ni siquiera
cuando aparecieron. Es muy difícil encontrar una justificación del diseño de El
Silencio, salvo la del propio Carlos Raúl Villanueva. Aquí correspondería diluci-
dar si Villanueva fue vanguardista o si fue un ecléctico más. Para la escenogra-
fía urbana, El Silencio es vanguardista si tenemos en cuenta que no existe nin-
gún otro ejemplo en América Latina de diseño con preocupaciones estéticas de
identidad cultural en la vivienda popular latinoamericana. Y el detalle no está
sólo en el lenguaje -la columna panzuda- está más bien en la escala: es un
barrio, no es un complejo ni una serie de bloques. Hay que esperar a Hertzberger
en Holanda (1980) para encontrar el mismo concepto de hábitat. Ya es algo de
mérito.
(2) Lucio Costa: Brasilia, los comentarios brasileños sobre el proyecto son
más de carácter sicopolítico que arquitectónico o urbanístico, aunque en este
sentido las críticas sobre la estética urbana de Brasilia también fueron a veces
muy duras. Actualmente y a partir de Segre, Brasilia es altamente cuestionada, y
con razón, por su desarrollo absurdamente especulativo y alejado del proyecto
original. Sin embargo, sigue siendo el único producto latinoamericano de nivel
internacional en el campo de la composición urbanística. ¿Qué pasa? Brasilia es
un monumento y no una ciudad. Porque el gran desfasaje que daña al diseño se
produce en la falta de relación entre el usuario y el arqui1eclo como seres cons-
lructores y artistas. Todos lenemos una cierta conciencia de lo bello y mucho de
la realidad de la necesidad para poder decir que siempre hay algo de artista y de
artesano en cada uno de nosotros. El Horno Faber, de Huizinga.
Estamos necesitados de relacionar más el aspecto no expresado de nuestra
vida en el hábitat de todos y el acto de conformar ese hábito. Si fuese una
verdad ya sabida, como la cultura habitacional de los africanos o de los ti-
betanos, no necesitaríamos analizar nuestro entorno. Si fuésemos tan antiguos en
nuestra civilización como los orientales, no haríamos sino escribir versos a la
naturaleza. Pero somos una sociedad nacida de condiciones de dependencia cul-
tural, lo cual no quiere decir necesariamente que cada de uno de nosotros se
considere dependiente en ese sentido o cómo se considere dependiente.
Lo que se produce es un choque entre ser y no ser dependiente. La cultura
dominante no es absorbida y reelaborada (como han hecho los europeos después
del avasallador influjo que ejercieron en ellos los norteamericanos en la segunda
postguerra mundial, para lo cual indudablemente ya tenía una práctica de dos
milenios), sino que es asumida o rechazada en bloque. Pero si se quiere elaborar

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no hay tiempo, medios u oportunidad. Tal fue el caso de Ciudad Guayana en
Venezuela, proyectada por el alemán W. v. Mollke y construida por técnicos
norteamericanos con el petróleo venezolano.
Ver la arquitectura exige un aprendizaje, como lo propuso Bruno Zevi en su
aleccionador Saber ver la Arquitectura. Recopiladores como Marina Waisman
(diversas publicaciones), Damián Bayón y Paolo Gasparini (Panorámica de la
arquitectura Lalinoamericana), Jorge Liernur (América Latina, arquitectura, los
últimos veinte años), Cristián Boza (diversas publicaciones), Silvia Arango (His-
toria de la Arquitectura Latinoamericana), Aracy Amaral (Arquitectura Neo-
colonia[) y muchos otros nos ofrecen infonnación y análisis. Y además, está la
crítica.
Roberto Segre, después de realizar una inmensa labor analítica de la obra
cubana, se interesa por el impacto que va a producir en la capital cubana la obra
posmodema de los jóvenes arquitectos, músicos, poetas, cineastas, obreros, etc.
Liemur analiza la influencia que ha tenido la revolución cubana pero también la
del Team X. Creemos que eso añade una nueva perspectiva a la teoría de la
arquitectura en nuestro continente. El pensamiento urbano articula en un proceso
de síntesis imprescindible los elementos encontrados en el análisis. Las conclu-
siones nos permiten reciclar. El pensamiento arquitectónico académico y profe-
sional latinoamericano -y su correspondiente práctica- tiene en la inmensa
mayoría de los casos durante el siglo XX un constante ingrediente norteameri-
cano. La modernidad latinoamericana no es sólo europea, también tiene sus
influencias de Estados Unidos. Más aún, el cosmopolitismo de la arquitectura de
las metrópolis latinoamericanas ha sido mencionado pero no considerado un
objeto de estudio. Al respecto hay un artículo muy interesante del arquitecto
argentino Juan Carlos Pérgolis, profesor en Colombia, El europeísmo en la ar-
quitectura latinoamericana.
La razón eslá en nuestra problemática sicosocial, como mencioné al comien·
zo. Relacionar estilos y comportamientos, tecnologías y sistemas de producción
en un conjunto nos produce problemas. Sin embargo, la convivencia de la alta
tecnología, el comportamiento anónimo del individuo metropolitano y el inmen-
so aporte cultural recibido en las grandes ciudades, se codea con las artesanías,
el espíritu del lugar y la cultura tradicional/local. En ese campo hemos hecho y
seguiremos haciendo arquitectura y urbanismo. Si el arquitecto argentino-francés
Noel descolló a principios del XX en el manejo del estilo neocolonial, Buschiazzo
conocía a fondo el racionalismo; en Brasil, Nieme,yer competía con la bella
formulación de la arquitectura neocolonial; Bahla presentaba un ideal urbano tan
fuerte como Río de Janeiro pero con un acervo cullural opuesto: tradicional, no
aluvional.
En las ciudades menores del continente hubo algún arquitecto seguidor de
Wright (Nechodoma en Santo Domingo, Carlos David en Córdoba). Estudiamos

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profundamente a Neutra, Mies van der Robe. Saarinen, consagrado por las for-
mas de doble curvatura de Idlewild, nos era tan presente como Félix Candela de
México por su obra técnico anística. Hoy son fundamentales Santiago Calatrava
y Frank O. Gehry. Pero quizá no sea sólo la pane consagrada de los arquitectos
lo que nos da una línea de continuidad: también son los elementos de la mo-
dernidad en su conjunto: la fascinación del producto noneamericano, algo como
un fetiche de democracia. La refrigeradora, las líneas aerodinámicas, la pureza
de la línea no interrumpida por la decoración -la exigencia de Loos.
Sería muy interesante seguirle el rastro a alguna idea semejante en nuestro
acervo cultural, algo como estoicismo, sencillez, algo más de todos los días,
dicho por mucha gente: "me gusta porque es sencillo"; el ser nuestro intelectual
heredero de un deseo además de una carga sicológica: ser moderno. Uno de los
que interpretó con absoluto rigor esa fórmula fue el arquitecto argentino Wladimiro
Acosta. En los cincuenta tomó las ideas de los racionalistas europeos, Le Corbusier
(suizofrancés), Hilberseimer (alemán), Loos (austriaco) y desarrolló un esquema
para la arquitectura urbana.
Sin embargo, riqueza se asimila a modernidad, no a tradición; el riesgo se
corre, la cultura resulta alienada, pero los beneficios son innegables: confort,
música de jazz, ilusión. El arquitecto usa el lápiz creyéndose un Mies, un Gro-
pius, un Salmona o un Calatrava. Los exégetas no escriben ni hablan, usan el
lápiz, seguros, individualistas. Quizá porque somos una cultura demasiado (?)
joven. Basta de narcisismo. Y cito a Germán Téllez: "Viva y trabaje en teoría.
En el mundo de la teoría nadie paga impuesto, y no se ama ni se odia. Pero se
toca arpa ... "

2. El estado de la teoría
Este punto está disociado de la realidad y por eso no nos permite damos
cuenta de si avanzamos o no. Para localizar el problema existen muchos elemen-
tos (bibliografía además) y es necesario guiamos por un esquema, por una idea:
la arquitectura latinoamericana existe, si se puede decir, por el sólo hecho de
que existen edificaciones. Esta aseveración es aparentemente antiacadémica y
también incómoda, pues sentimos que nos obliga a sacudimos de encima la
cansada y repetida frase: no tenemos arquitectura propia. Porque parece ser más
cómodo decir eslo que aceptar toda la construcción existente -la cual tendría
que ser como el objeto central de nuestra observación, investigación, clasifica-
ción, evaluación, etc. Estoy, pues, molestando con lo que digo, quitándole a los
lugares comunes de la autocrítica su base cómoda, nihilista. Sin embargo, voy a
seguir moles1ando; voy a trabajar la frase: edificaciones como base de teoría:
La teorización empezaría por lo antropológico: si buscamos la identidad de
la arquitectura, nos parece imprescindible ubicar a ésta dentro de la cultura y no
aislarla como un producto aséptico. Cuando los teóricos de la talla de Tafuri

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discuten sobre arquitectura, lo hacen en absoluto convencimiento de que ésta
penenece a la cultura. Está involucrada en el conjunto de la cultura.
¿Cuál es nuestra cultura? Porque alienados o no, la tenemos. Ignorándola no
la vamos a poder analizar: origen, modificación, proyección, retroalimentación,
recomienzo es el ciclo. Una negación rotunda y perniciosa de ese ciclo impres-
cindible para consolidar la cultura aparece en el afrentoso libro El Asco, de un
autor salvadoreño: al negar la existencia de una cultura y reemplazarla por un
cuadro suicida de su propia personalidad, su autor nos provoca la necesidad de
protestar. Como yo supongo que él tuvo la mejor intención al escribir ese insulto
globalizador a su país, me provoca decir que la mejor protesta es el estudio, el
profundizar en las razones de un semejante escapismo. Pues cultura e investiga-
ción son manifestaciones de responsabilidad social. Y ese ciclo existe: está en
cada actividad, Homo faber cada casa que se construye. Y está también en la
satisfacción de haberla construido por modesta que sea, Homo ludens.
En el tema de la antropología de la casa hay documentación exhaustiva de
que toda mujer, todo hombre produce un espacio, su espacio y lo convierte en
su lugar para habitar. Que no reconozcamos eso como arquitectura es un error
nuestro, de los arquitectos y de los intelectuales. (Y no es, además, una verdad
absoluta que todos los arquitectos e intelectuales lo nieguen y lo ignoren.)
Si no queremos seguir moviéndonos en el nivel de una superficialidad tal
que desprecie lodo contenido y nos imposibilite todo juicio sobre nuestra propia
obra, debemos hacer coincidir la necesidad con el resultado: esta simple fórmu-
la origina una obra, empezando por la remoción de la tierra y terminando por la
última frase de satisfacción -si llega algún día- cuando la vivienda está termi-
nada. Homo Faber es una expresión aplicable a todo sujeto y, por ende, toda
obra es analizable. La organización de un espacio es aprehensible por la acción,
posteriormente por el uso, y, finalmente, por la contemplación hasta de los ex-
traños. En esa relación activa de construir algo que cumple un fin ---construir
una habitación para abrigarse- está la arquitectura; y es más: construir signi-
fica pensar en reunir materiales, movimientos, esfuerzos; significa usar técnicas
apropiadas, lograr resultados efectivos y precisos, significa abstraer, llegar a lo
que debe ser entre todas las cosas que podrían ser; significa planificar previa-
mente, como comprobación de la ventaja de la planificación después de haber
probado y perdido demasiado (materiales, esfuerzos, tiempo) en la prueba y el
error; significa aceptar los conocimientos anteriores; los cánones, las reglas, las
normas, explícitas o tácitas de la sociedad.
Planificar significa conocer el sentido de lo que estoy haciendo, para quién.
Significa reconocer la sociedad en la que vivo y no el gobierno, el país y no el
Estado. Por eso la crítica a una arquitectura --cualquiera que sea- es tan com-
pleja. Si a priori no se le reconoce valor de arquitectura a alguna construcción,
no se cree necesario aplicar tanto cuidado a su crítica. Faltó el análisis, o el

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profundamente a Neutra, Mies van der Robe. Saarinen, consagrado por las for-
mas de doble curvatura de ldlewild, nos era tan presente como Félix Candela de
México por su obra técnico artística. Hoy son fundamentales Santiago Calatrava
y Frank O. Gehry. Pero quizá no sea sólo la parte consagrada de los arquitectos
lo que nos da una línea de continuidad: también son los elementos de la mo-
dernidad en su conjunto: la fascinación del producto norteamericano, algo como
un fetiche de democracia. La refrigeradora, las líneas aerodinámicas, la pureza
de la línea no interrumpida por la decoración -la exigencia de Loos.
Sería muy interesante seguirle el rastro a alguna idea semejante en nuestro
acervo cultural, algo como estoicismo, sencillez, algo más de todos los días,
dicho por mucha gente: "me gusta porque es sencillo"; el ser nuestro intelectual
heredero de un deseo además de una carga sicológica: ser moderno. Uno de los
que interpretó con absoluto rigor esa fórmula fue el arquitecto argentino Wladimiro
Acosta. En los cincuenta tomó las ideas de los racionalistas europeos, Le Corbusier
(suizofrancés), Hilberseimer (alemán), Loos (austriaco) y desarrolló un esquema
para la arquitectura urbana.
Sin embargo, riqueza se asimila a modernidad, no a tradición; el riesgo se
corre, la cultura resulta alienada, pero los beneficios son innegables: confort,
música de jazz, ilusión. El arquitecto usa el lápiz creyéndose un Mies, un Gro-
pius, un Salmona o un Calatrava. Los exégetas no escriben ni hablan, usan el
lápiz, seguros, individualistas. Quizá porque somos una cultura demasiado (?)
joven. Basta de narcisismo. Y cito a Germán Téllez: "Viva y trabaje en teoría.
En el mundo de la teoría nadie paga impuesto, y no se ama ni se odia. Pero se
toca arpa ... "

2. El estado de la teoria
Este punto está disociado de la realidad y por eso no nos permite damos
cuenta de si avanzamos o no. Para localizar el problema existen muchos elemen-
tos (bibliografía además) y es necesario guiamos por un esquema, por una idea:
la arquitectura latinoamericana existe, si se puede decir, por el s61o hecho de
que existen edificaciones. Esta aseveración es aparentemente antiacadémica y
también incómoda, pues sentimos que nos obliga a sacudimos de encima la
cansada y repetida frase: no tenemos arquitectura propia. Porque parece ser más
cómodo decir esto que aceptar toda la construcción existente -la cual tendría
que ser como el objeto central de nuestra observación, investigación, clasifica-
ción, evaluación, etc. Estoy, pues, molestando con lo que digo, quitándole a los
lugares comunes de la autocrítica su base cómoda, nihilista. Sin embargo, voy a
seguir molestando; voy a trabajar la frase: edificaciones como base de teoría:
La teorización empezaría por lo antropológico: si buscamos la identidad de
la arquitectura, nos parece imprescindible ubicar a ésta dentro de la cultura y no
aislarla como un producto aséptico. Cuando los teóricos de la talla de Tafuri

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discuten sobre arquilectura, lo hacen en absoluto convencimiento de que ésta
penenece a la cultura. Está involucrada en el conjunto de la cultura.
¿Cuál es nuestra cultura? Porque alienados o no, la tenemos. Ignorándola no
la vamos a poder analizar: origen, modificación, proyección, retroalimentación,
recomienzo es el ciclo. Una negación rotunda y perniciosa de ese ciclo impres-
cindible para consolidar la cultura aparece en el afrentoso libro El Asco, de un
autor salvadoreño: al negar la existencia de una cultura y reemplazarla por un
cuadro suicida de su propia personalidad, su autor nos provoca la necesidad de
protestar. Como yo supongo que él tuvo la mejor intención al escribir ese insullo
globalizador a su país, me provoca decir que la mejor protesta es el estudio, el
profundizar en las razones de un semejante escapismo. Pues cultura e investiga-
ción son manifestaciones de responsabilidad social. Y ese ciclo existe: está en
cada actividad, Hamo faber cada casa que se construye. Y está también en la
satisfacción de haberla construido por modesta que sea, Hamo ludens.
En el tema de la antropología de la casa hay documentación exhaustiva de
que toda mujer, todo hombre produce un espacio, su espacio y lo convierte en
su lugar para habitar. Que no reconozcamos eso como arquitectura es un error
nuestro, de los arquitectos y de los intelectuales. (Y no es, además, una verdad
absoluta que todos los arquitectos e intelectuales lo nieguen y lo ignoren.)
Si no queremos seguir moviéndonos en el nivel de una superficialidad tal
que desprecie lodo contenido y nos imposibilite todo juicio sobre nuestra propia
obra, debemos hacer coincidir la necesidad con el resultado: esta simple fórmu-
la origina una obra, empezando por la remoción de la tierra y terminando por la
úllima frase de satisfacción -si llega algún día- cuando la vivienda está termi-
nada. Hamo Faber es una expresión aplicable a lodo sujeto y, por ende, toda
obra es analizable. La organización de un espacio es aprehensible por la acción,
posteriormente por el uso, y, finalmente, por la contemplación hasta de los ex-
traños. En esa relación activa de construir algo que cumple un fin --<:onstruir
una habitación para abrigarse- está la arquitectura; y es más: construir signi-
fica pensar en reunir materiales, movimientos, esfuerzos; significa usar técnicas
apropiadas, lograr resultados efectivos y precisos, significa abstraer, llegar a lo
que debe ser entre todas las cosas que podrían ser; significa planificar previa-
mente, como comprobación de la ventaja de la planificación después de haber
probado y perdido demasiado (materiales, esfuerzos, tiempo) en la prueba y el
error; significa aceptar los conocimientos anteriores; los cánones, las reglas, las
normas, explícitas o tácitas de la sociedad.
Planificar significa conocer el sentido de lo que estoy haciendo, para quién.
Significa reconocer la sociedad en la que vivo y no el gobierno, el país y no el
Estado. Por eso la crítica a una arquitectura --cualquiera que sea- es tan com-
pleja. Si a priori no se le reconoce valor de arquitectura a alguna construcción,
no se cree necesario aplicar tanto cuidado a su crítica. Faltó el análisis, o el

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crítico se refugió en un análisis cuantitativo. Entre ciertos arquitectos es un
argumento manido que socialmente nos debemos a una sociedad pobre; por eso,
se supone, podemos ahorrarnos todas las discusiones complejas respecto a la
génesis del espacio arquitectónico pobre. Pero sucede que la sociedad avanzada
no tiene inconveniente en analizar situaciones arquitectónicas (espacio, lugar) de
baja calidad, como consecuencia de crasa injusticia. Si esto queda claro, no se
trata sólo de denunciar la inhumanidad de un tugurio, sino de cuándo los arqui-
tectos se van a ocupar de estudiar el espacio de la arquitectura pobre.
Mi opinión es que todo lo que decimos de un proceso de creación y cons-
trucción de un lugar es válido programáticamente; lo que varía es el objetivo.
Observación, clasificación y juicio conforman un conjunto de funciones propias
de la mente humana, desde el niño hasta el anciano sin excluir al demente ni al
discapacitado. El resultado de las decisiones de cada una de las personas es un
aporte a la cultura de la sociedad de esas personas. Ese gran edificio de decisio-
nes se acumuló y se seguirá acumulando en todos los momentos en las socieda-
des humanas. Su justificación se hará dentro de los márgenes posibles, su tras-
cendencia dependerá de los márgenes, de su amplitud y de su coherencia. su
validez será coyuntural y seguirá procesos históricos, los que a su vez generarán
nuevas corrientes. Este es un circuilo suficientemente sencillo y almacenable en
un buen programa de computación aplicable a la más simple o la más complica-
da de las computadoras. La lógica de los pasos se comprueba a cada momento
en la continuidad del funcionamiento del programa y del sistema. El todo se
llama Historia. Es necesario que seamos capaces de enseñar así nuestra historia.
En diferentes cursos y en distintos lugares, mis colegas y yo hemos estado
tratando de localizar la tarea del arquitecto en estos tiempos. Una de las preocu-
paciones fue investigar sobre lo específico que le compete al arquitecto, lo es-
pecífico de ser arquitecto. No hay duda que la diversidad de situaciones sociales
en América Latina ha convulsionado los espíritus, y muchos arquitectos han
incorporado diferentes disciplinas afines a lo urbano y lo construido en su que-
hacer. Posiblemente hayan cuestionado la arquitectura sola, aislada de aquel
compromiso. De acuerdo, sin embargo, existe el compromiso de aprender a
hacer arquitectura y es por eso que estamos pensando todo esto.

2.1. Regionalismo: geometría y lugar


Ahora quiero concentranne en lo que se discutió en diversas oportunidades.
¿Cómo se identifica la arquitectura? ¿Cómo se produce? Doy una respuesta
tentativa: por la combinación de geometría y lugar. Y ahora hay que demos-
trarlo. Empecemos por la geometría en la arquitectura. Formulado así es confu-
so, por tanto, voy a extenderme. Se dijo que la modernidad -y su correlato más
preciso, la arquitectura racionalista- había sido innovadora y después dogmáti-
ca en el uso de la geometría: cubo, esfera, pirámide. El concepto múltiple de

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plano, línea y punto había preocupado fundamentalmente a los teóricos de lo
formal racionalista.
Veamos en qué medida este material podría ser válido para nuestra uso de la
geometría en la arquitectura. El posmodemo extiende el concepto de geometría
simple a una más compleja. Existe una ilimitada variedad de combinaciones de
poliedros usados por el posmoderno, aparte de otros cuerpos. En cuanto a los
poliedros, el arquitecto Eisenmann parte del cubo vaciado y lo interseca con otro
cubo vaciado y produce planos entre las aristas; llena después a voluntad ciertos
planos resultantes con elementos de todo tipo y así ofrece una nueva sensación
de espacio. Según Jencks, esa experiencia coincide con la esencia formalista del
posmodemo.
Y después de haber logrado confundir al lector con la geometría vamos al
lugar. Surge la correspondiente pregunta del teórico investigador para la práctica
arquitectónica: ¿en qué lugar sucede esto? Y me parece que la respuesta está, en
parte, en la tesis de Salmona sobre las condiciones del lugar.
Si unimos la geometría postmodema al concepto lugar, algo diferente va a
resultar. Quiero decir, ya no se trata de la fórmula universal racionalista: la
misma forma para cualquier lugar, sino que se reemplaza por la nueva altamente
flexible: cada forma surge de un lugar. Es una aseveración arriesgada, como lo
demuestra el regionalismo posmoderno. Pero es un instrumento de trabajo que
tiene dos ventajas esenciales: (a) maneja realidades, siendo éstas determinantes
para la obra arquitectónica; y (b) convalida sólo aquellas formas que surgen del
lugar.
Esta vía de análisis, o, para no ser tan abstractos, de observación, nos permi-
te mirar las producciones regionales con un criterio orientador. Se trata de ver si
la correspondencia al lugar se mantiene. ¿Podría ser un ejemplo la famosa capi-
lla de Ronchamp, de Le Corbusier, con lo cual el arquitecto veneciano Alberto
Fabrín, alumno de Tafuri, tendría razón al decir que Le Corbusier fue el primer
posmodemo? Podría ser un ejemplo válido, aunque no es necesario insistir sobre
la etiqueta. Le Corbusier era más que un posmodemo o un moderno. Era un
creador auténtico y, en ese sentido, universal y atemporal.
Esto da motivo a una ampliación teórica: el posmoderno también es cons-
ciente del lugar. De ello se habían encargado autores de la talla de Gordon
Cullen, Kevin Lynch, Norberg Schulz y el español Muntañola; otros menos
conocidos pero no menos importantes, como el arquitecto español Carlos Flores,
quien investigó precisamente la arquitectura regional de su país, obligado texto
de consulta: Tal es la esencia de la expresión genius loci. Por lo que sé, Flores
realiza en el mundo la primera tarea de sistematización de la arquitectura regio-
nal de un país, con su espíritu del lugar, con lo cual va más allá que una simple
guía turística. El genius loci, espiritu del lugar, se convirtió en la expresión (de

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Norberg Schulz) intelectualizada de un acontecer diario para cada cual. La sen-
sación de saber que este lugar algo me dice. Olvidado entre los impulsos de un
modernismo acrítico, los conceptos de lugar y regionalismo se habían reservado
para los históricos, los sociólogos y los escenógrafos de películas concienti-
zadoras. Hoy se produce, por suerte, un renacimiento de la idea en varios pro-
gramas de televisión.
Una recuperación del espíritu del lugar la iniciaron los arquitectos de las
ciudades del viejo continente europeo. Encargados por las alcaldías o por grupos
de usuarios de una tarea concreta, cual fue ver cuánto tiempo podrían seguir
usándose las viejas construcciones de vivienda, se pusieron a investigar sobre
métodos de rehabilitación edilicia y fueron viendo lo que tenían delante de sus
ojos y le atribuyeron un valor nuevo. Muchas obras se han realizado en el
sentido de recuperar viejas construcciones y crear un espíritu del lugar acorde
con los nuevos tiempos, y algunos de estos trabajos ostentan una geometría
postmodema altamente aceptable. De todo lo anterior se deduce una tarea para
nosotros, arquitectos latinoamericanos: asistir a los investigadores en sociología
urbana en todo lo específico de sus disciplinas, con nuestro instrumental arqui-
tectónico, y pensar cómo podemos recuperar nuestra propia capacidad de ver los
elementos formales de nuestras ciudades y ganarlos para la arquitectura.
Creo que ello es difícil por dos cosas: porque tenemos que quitamos un velo
de modernismo acrítico y encontrar en aquéllo que veamos el contenido arqui-
tectónico adecuado. Eso nos obliga a formamos nuestro propio sistema de comu-
nicación, lenguaje, símbolos, hipótesis, formas, etc. Todo ello incluye el apren-
dizaje que hagamos de la arquitectura popular y/o social promovida por las
nuevas tendencias sociales: arquitectura popular participativa (barrio Petare en
Caracas); políticas de rehabilitación barrial (El Agustino, Lima), Urbanizaciones
Progresivas en Managua, agrupaciones de usuarios para la rehabilitación de sus
viviendas (microbrigadas, La Habana); juntas de vecinos, activistas de centros
urbanos deteriorados (La Pintada, Santiago de Chile); inquilinos en acción de
rehabilitación de su hábitat (Montevideo y Buenos Aires); programas de investi-
gación en rehabilitación de tugurios y mesones (Fundasal, San Salvador; C.E. V.E.,
Córdoba, Argentina; Ciudad, Quito).
Para ello debemos reforzar en los estudios universitarios nuestra capacidad
didáctica a través de varios pasos: (a) ver, observando y replicando, o sea, ha-
ciendo dibujos copiados, calcados, como sea, de los trabajos que vemos, ya que
es importante trascender el facilismo de la fotocopia u otro método artificial, lo
cual no niega el uso de la computadora pero después de haber pensado; (b)
ordenar lo visto en un aceivo cultural propio, que puede ser un sistema, un
esquema, una estructura o lo que se quiera; es importante asumirse como inte-
lectual en tanto arquitecto y no como mero cazador de formas casi siempre
furtivas, aunque siempre atrayentes; (e) aprender a ubicarse en la realidad en que

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se vaya a trabajar, independientemente del compromiso social, que nadie puede
prescribir a nadie en el terreno de la arquitectura, pero sí tratar de encontrar la
arquitectura que coincida con el compromiso social que cada uno asume. Con
esto quiero decir que asumamos la tarea esencial de la autenticidad de nuestra
arquitectura.

2.2. De la teoría a la práctica y viceversa


Jorge Glusberg publicó en la revista chilena de arquitectura ARS (julio, 1984,
pp. 122-3) un artículo titulado "Acerca de las relaciones entre la teoría y la
práctica". Primera cuestión: "saber en qué medida el discurso acerca de la arqui-
tectura influye sobre lo que efectivamente se edifica; es decir, cómo se produce
la relación inversa, no de lo construido a su teoría, sino de la teoría a la práctica
arquitectónica". Sin tratar a fondo la cuestión, Glusberg justifica la crítica de
alguien que no es arquitecto. Otra cuestión: "el hábitat no es algo ajeno al
sujeto; es algo vivido íntimamente por él, y aunque no lo haya construido lo
incorpora desde los años más tempranos de su infancia". El autor justifica más
extensamente la labor del escritor no necesariamente arquitecto en la leorización
de la arquitectura, "así el reflejo de la teoría en la práctica no sólo es posible
sino necesario en muchos casos. Sin elementos que marquen pautas de acción a
partir de ciertos principios y ciertos fines, el arquitecto actuaría a ciegas y su
formación se reduciría a aspectos exclusivamente técnicos". Son conceptos váli-
dos, aunque quizá todavía demasiado generales para poder arrancar de allí con
una epistemología de la crítica, tal como en la entrevista Wolfe-Eisenmann.
Realmente quisiéramos saber si nuestra sociedad está tan distante de la europea
como para afirmar que no tenemos clase media en el sentido que Wolfe la
concibe. Creo que sí la tenemos y que -a diferencia de Estados Unidos-- somos,
en algún sentido, mucho más europeos que ellos; aunque en otros aspectos nos
alejamos bastante. Esta sería para mí una cuestión por analizar: ¿es posible hacer
arquitectura para un grupo social desconocido por el arquitecto? Voy a volver
sobre el punto.
"El punto inverso", sigue Glusberg, "o sea, en qué medida lo construido
determina el conjunto de teorías de la arquitectura, no es superfluo". Lo que sí
parece demasiado vago es el discurso sobre la relación entre teoría y práctica a
partir del edificio construido, y poco ayuda a nuestra aproximación "la necesi-
dad de tener instancias que lo sustenten en forma adecuada". Creo que lo que
quiere decir Glusberg es casi obvio: se trata de tener más publicaciones que se
dediquen a analizar las obras construidas desde puntos de vista teóricos, obras
que por ser muchas "aunque se reduzcan al mínimo, desde el punto de vista de
una topología sistemática de la arquitectura, dificultan la tarea del teórico".
En 1984, Glusberg fue a Hamburgo y evidentemente expuso esto con la
intención de crear su Instituto. En él investigaría para responder a esas pregun-

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tas. Está bien, nada en contra, Zevi tenía el suyo y nos hizo bien a todos. Lo que
pasa es que hasta ahora no sé qué valor le asigna el autor a la arquitectura como
disciplina profesional. Decidido admirador de Miguel Angel Roca, el represen-
tante del posmodemo en Argentina se estaría refiriendo a él. Claro que esa es mi
suposición. Como no me pude quedar sin opinión respecto a esta verdad a me-
dias sobre el quehacer profesional del arquitecto, busqué. Por suerte tengo un
cuadernillo, El Silencio y sus alrededores; en él leo el artículo de Lezsek Za-
wisza titulado "El Silencio: Arquitectura y Urbanismo". Carlos Raúl Villanueva
conocía bien la obra de la Viena Roja, y en especial el Carl-Marx-Hof, de donde
tomó la tipología de patios para su obra. Según Sibyl Moholy Nagy, en su obra
Carlos Raúl Villanueva y la arquitectura de Venezuela (Caracas, 1964), "Vi-
llanueva debió aportar soluciones inéditas porque los problemas que enfrentaba
carecían de precedentes". Básicamente se trataba de la vivienda para un sector
del pericentro tugurizado de Caracas no atendido hasta ese momento y que oca-
sionaba problemas a la población vecina, que era más acomodada.
Vamos a observar con la lupa. Zawisza, al hablar de los jardines internos
dice: "Para Villanueva estos espacios internos tenían un particular significado
social y cultural, enfatizado en uno de sus comentarios: «El elemento básico del
plan --<:scribía-, es decir, el elemento vivo que destaca el rasgo social de la
concepción --<:I patio- ha sido trazado libremente, con una sucesión de terra-
zas, verdaderas plataformas donde trabajan madres de familia, desde donde pue-
dan ponerse en comunicación con hijos y vecinos. Estos mismos patios hacen
recordar algunos patios coloniales desorbitantes de vida, de esta vida latina que
distinguirá durante largo tiempo todavía a nuestros países de la América del
Sur". (C. R. Villanueva, Caracas de ayer y de hoy.)
La explicación y justificación de cada una de sus decisiones es una clase
magistral. Para terminar el comentario siguiente: " ... el carácter histórico no
quita valor al lado opuesto [hacia el Parque El Calvario, F.L.] de los Bloques
que se desenvuelve entre las formas estrictamente rectilíneas y cúbicas de las
terrazas, creando un eficiente juego de claroscuro, visto a través de los jardines".
Los historiadores o críticos no valorizaron suficientemente el período ecléctico
de Villanueva y, para algunos de ellos, esta etapa parece ser una mancha en la
reputación del más grande maestro de la arquitectura moderna venezolana. Con-
sideran que sus obras eclécticas correspondían a una .. Láctica cultural", es decir,
al ofrecimiento de un producto aceptable al público venezolano, según el gusto
que este público poseía. Esta tesis se apoya sobre la aseveración de que "la
arquitectura moderna nació de distintas condiciones económicas, sociales y cul-
turales, bajo el impacto respectivo de la industrialización masiva ... " Tal actitud
crítica está hoy -para Zawisza- fuera de tiempo y lugar. Y aquí la propia
opinión de Villanueva: "En lo que concierne al estilo propiamente dicho, consi-
deré que era necesario hallar un enlace con la ciudad colonial, la cual tiende a

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perder cada día más su típico carácler anliguo y recordar algunos elemenlos de
su arquitectura básica".
Y Lezsek conlinua eslableciendo un paralelo que nos conviene mucho leer:
"Por el mismo sendero de las formas lradicionales y luego del modernismo con
acenlo clásico, 1ransilaron lambién olros arquileclos de renombre mundial, aproxi-
madamenle en la misma época. El hecho de que la «Conversión» definiliva al
diseño moderno, o lo que en 1930-40 se consideraba como moderno, es decir, el
de la vanguardia arquiteclónica europea, era más lemprana en algunos casos que
en otros, se debía a varias razones circunstanciales y personales. Villanueva, un
arquitecto formado en la escuela académica francesa, empieza a descubrir en los
años treinta a su propio país, que en realidad era para él directamente desco-
nocido. Sus experiencias le producen reflexiones acerca de la cullura nacional
visla con la óplica de un arqui1ec10. Juslo en la época cuando proyeclaba El
Silencio, paseaba por Caracas con la precisa larea de folografiar vistas de los
portales barrocos, todavía abundanles entonces en la ciudad, como preciosos
lestimonios de las lradiciones en vías de desaparición. Es1á claro que en la
mente del Maestro estaba presenle no sólo la problemálica de la arquileclura
moderna, sino lambién la de la arquileclura nacional, ambas difícilmente com-
patibles".
Sobre esla posible compalibilidad escribe Leszek: "Denlro de esta óplica
Villanueva «adopla resuellamente» la arcada y la decoración alrededor de las
enlradas en los Bloques. No para alabar el guslo momentáneo del público incul-
to, sino para crear, por encima de las preocupaciones puristas, un enlace con la
ciudad tradicional. La intensidad con la cual uliliza en eslos casos el repertorio
ecléclico es desde luego variable. Podría, por ejemplo, oplar por un pórtico con
simples pilaslras de sección circular o cuadrada y arquitrabes, en lugar de las
columnas <<panzudas» y arcos, aunque tal solución reslaría algo de la eficiencia
del diseño finalmenle adoplado, ya que Villanueva evidenlemenle insistÍJJ en su
punto de vista, asumiendo una actitud casi desafiante". "Con igual valor decide
conlraponer a los frenles enriquecidos con pórticos y delalles neocoloniales,
lomados de las casas de San Carlos y de Coro, el diseño lotalmenle moderno de
las fachadas hacia los patios". Encuentra, además, puntos comunes entre la ar-
quiteclura moderna y la de nuestro pasado, escribiendo que "las paredes superio-
res de las arcadas eslán traladas con la simplicidad de las grandes superficies
planas de nueslra época colonial, que en mi opinión deben hoy señalar la arqui-
tectura moderna".

Antes de hacer mis propios comentarios -por suerte en Caracas tuve dos
oportunidades para ver la obra y, en compañía de una arquitecta, tomar muy
buenas folografías a la fachada del Parque del Calvario, el ex callejón K-, creo
que esle ejemplo puede significar un aporle a la preocupación de Glusberg. No
sólo podemos leer los lexlos explícilos sobre la adopción de determinadas aclilu-

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des de diseño de CRV, también podemos entender algo de nuestra capacidad
para ubicamos en la tarea real. Recordando que CRV conoció personalmente el
Karl-Marx-Hof de Viena, deducimos que su punto de vista está fortalecido por
experiencias directas. Esto es importante, sin duda. Es importante, además, que
el artista ha sabido insistir sobre una manera de hacer las cosas que no dependía
de una corriente, por más respetables que fuesen sus representantes. En esa
época, Sibyl Moholy Nagy estaba en Caracas, junto con Vasareli, Calder y otros
grandes artistas modernos, trabajando en la instalación de las maravillosas obras
de arte, junto con CRV, en la realización de su obra de la Ciudad Universitaria
de Caracas. Ella, Sibyl Moholy Nagy, veía el Silencio y tenía su propio juicio.
Conviene decir esto, pues nos acerca: quizá en otras circunstancias, la ilustre
diseñadora no hubiera tenido interés en la obra de CRV, por ejemplo, si no
hubiera ido a Caracas. En caso de haber visto alguna vez una ilustración de El
Silencio, hubiera supuesto que era un interesante ejemplo de arquitectura exótica
de un país periférico, very tropical land. Su actitud cambió durante su perma-
nencia allá, pues pasó a ser actora, se comprometió. A entender y a expresar con
su autoridad profesional su opinión sobre una obra que no es común, pues los
hechos no eran corrientes. El Silencio es, por ello, algo más que un documento
de una posible arquitectura nacional venezolana. Es sencillamente arquitectura.
Si es así, así debemos estudiarla y entenderla. Nuestra teoría puede ganar con
ello, demás de que podría romper fronteras nacionales.
Para redondear el pensamiento en todos los niveles, podría referirme a una
gran cantidad de proyectos que no se han realizado pero que han tenido la
misma inquietud. Hablo de todo el período de este siglo. Y en la última etapa,
nuestro posmodemo, tenemos una oportunidad para revisar nuestras posiciones.
¿Quién puede negar que CRV defendió el racionalismo en su proyecto de El
Silencio? El hecho de haberle introducido algunos elementos herejes --<¡ue es el
sabor de la palabra ecléctico en el purismo racionalista- no lo hacen culpable
de la esterilidad del funcionalismo y del international style.
Mis escuetos comentarios: mi sensación al visitar el proyecto fue de vitali-
dad. Y no es necesario hacer comparaciones; a Jo sumo, quizá, paralelos: los
portales estaban activos, llenos de vida -y seguramente ante los ojos de la
burguesía pacata- infestados de informales. Las fachadas blancas eran un ale-
gato contra la ceguera y estupidez del tránsito rápido de autos por la Avenida
Sur 8. Las fachadas abalconadas hacia el Parque El Calvario rebosaban de flores
y sol y me imagino que las vistas desde allí hacia los árboles que subían la
ladera deben ser hermosas. El Parque lo es. Los grandes patios estaban siendo
usados y se mantenían arbolados y amables. No vi ningún apartamento, no qui-
se. Esa imagen urbana era un regalo; después seguí en la Caracas de las auto-
pistas petroleras ... Alguien hizo el comentario: "¿será que los críticos no acep-
tan la obra por ser vivienda obrera ... ? ... Si estuviera en Chacaíto... " (Así se
llama la city caraqueña, sólidamente pacata y anónima).

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3. Teoría y práctica de urbanismo en América Latina
Mi primer impulso había sido poner una cruz en el cuadrito NO HA Y. Por el
momento no lo he retirado todavía. No existe una teoría sobre la actual ciudad
latinoamericana, en el sentido que la entendemos: casi siempre ligada a la prácti-
ca y, a veces, como mero comentario de ésta. Nos quejamos de no tener ciuda-
des de elevada sofisticación y operacionalidad. Aparte de las dificultades como
método, interdisciplinariedad, instrumentos, etc. está nuestra especial fonna de
organizar el conocimiento: una mezcla de racionalidad y sensibilidad, ya lo men-
cionamos. Es algo, en principio, saludable y se puede decir que no puede haber
aprehensión del universo sin la unión de esos dos aspectos de nuestra
intelectualidad. Corresponde, sin embargo, anotar que los procesos que mantie-
nen activos esos dos aspectos están demasiado a menudo interrumpidos y, en
ocasiones, bastante abandonados.
El abandono o la interrupción son quizá los inconvenientes más graves para
la consolidación de una teoría, que se supone debe llegar a saludables niveles de
abstracción. La más elemental de sus definiciones es: leoria, conocimiento espe-
culativo considerado con independencia de toda aplicación; o serie de leyes que
sirven para relacionar determinado orden de fenómenos; o hipótesis, cuyas con-
secuencias se aplican a una ciencia o a parte muy importante de la misma.
Estoy convencido de algo: hoy podemos decir que sabemos de arquitectura y
urbanismo latinoamericano mucho más que hace veinte años. Creo, sin embargo,
que no hemos podido fonnular un postulado urbanístico que no se apegue a las
concepciones generalizadas del mundo moderno capitalista. Indudablemente no
hay evasión y -mal o bien definidos- la globalización y el neoliberalismo nos
dirigen y dominan. Y como así será de aquí en adelante, me atrevo a proponer el
abandono de ciertas utopías, mejor dicho. a dejarlas como están. Algunos auto-
res no creen que ni siquiera seamos capaces de formularlas con precisión, o de
siquiera preocupamos por ellas. Esa apatía (el arquitecto peruano Willi Ludeña,
residente en Hamburgo, escribió un tomito: De la u-topía a la a-palía) de parte
de los profesionales especializados se justifica, pues no existen directivas gene-
rales que los condicionen en su trabajo. ¿O acaso es una directiva el siguiente
texto (quizá algo aburrido, pero necesario conocer para probar nuestra capacidad
de teoría)?
El PLAMADUR (Plan Maestro de Desarrollo Urbano) tiene su base de
sustentación en los principios filosóficos del actual modelo de desarrollo econó-
mico sustantivados en la política urbana, la que deja muy claro que el Gobierno
será facilitador de este proceso, por supuesto siempre y cuando se tengan pre-
sentes las leyes de funcionamiento del libre mercado. La política urbana se
plantea como propósito fundamental... "la búsqueda de una mayor competitividad
económica en un ambiente de integración al mercado mundial"; por lo tanto, hay
un principio rector en esta política urbana que se denomina "la ciudad competiti-

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des de diseño de CRV, también podemos entender algo de nuestra capacidad
para ubicamos en la tarea real. Recordando que CRV conoció personalmente el
Karl-Marx-Hof de Viena, deducimos que su punto de vista está fortalecido por
experiencias directas. Esto es importante, sin duda. Es importante, además, que
el artista ha sabido insistir sobre una manera de hacer las cosas que no dependía
de una corriente, por más respetables que fuesen sus representantes. En esa
época, Sibyl Moholy Nagy estaba en Caracas, junio con Vasareli, Calder y otros
grandes artistas modernos, trabajando en la instalación de las maravillosas obras
de arte, junto con CRV, en la realización de su obra de la Ciudad Universitaria
de Caracas. Ella, Sibyl Moholy Nagy, veía el Silencio y tenía su propio juicio.
Conviene decir esto, pues nos acerca: quizá en otras circunstancias, la ilustre
diseñadora no hubiera tenido interés en la obra de CRV, por ejemplo, si no
hubiera ido a Caracas. En caso de haber visto alguna vez una ilustración de El
Silencio, hubiera supuesto que era un interesante ejemplo de arquitectura exótica
de un país periférico, very tropical /ami. Su actitud cambió durante su perma-
nencia allá, pues pasó a ser actora, se comprometió. A entender y a expresar con
su autoridad profesional su opinión sobre una obra que no es común, pues los
hechos no eran corrientes. El Silencio es, por ello, algo más que un documento
de una posible arquitectura nacional venezolana. Es sencillamente arquitectura.
Si es así, así debemos estudiarla y entenderla. Nuestra teoría puede ganar con
ello, demás de que podría romper fronteras nacionales.
Para redondear el pensamiento en Lodos los niveles, podría referirme a una
gran cantidad de proyectos que no se han realizado pero que han tenido la
misma inquietud. Hablo de todo el período de este siglo. Y en la última etapa,
nuestro posmodemo, tenemos una oportunidad para revisar nuestras posiciones.
¿Quién puede negar que CRV defendió el racionalismo en su proyecto de El
Silencio? El hecho de haberle introducido algunos elementos herejes -<(Ue es el
sabor de la palabra ecléctico en el purismo racionalista- no lo hacen culpable
de la esterilidad del funcionalismo y del international sty/e.
Mis escuetos comentarios: mi sensación al visitar el proyecto fue de vitali-
dad. Y no es necesario hacer comparaciones; a lo sumo, quizá, paralelos: los
portales estaban activos, llenos de vida -y seguramente ante los ojos de la
burguesía pacata- infestados de informales. Las fachadas blancas eran un ale-
gato contra la ceguera y estupidez del tránsito rápido de autos por la Avenida
Sur 8. Las fachadas abalconadas hacia el Parque El Calvario rebosaban de flores
y sol y me imagino que las vistas desde allí hacia los árboles que subían la
ladera deben ser hermosas. El Parque lo es. Los grandes patios estaban siendo
usados y se mantenían arbolados y amables. No vi ningún apartamento, no qui-
se. Esa imagen urbana era un regalo; después seguí en la Caracas de las aulo-
pislas petroleras ... Alguien hizo el comentario: "¿será que los críticos no acep-
tan la obra por ser vivienda obrera ... ? ... Si estuviera en Chacaíto ... " (Así se
llama la city caraqueña, sólidamente pacata y anónima).

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3. Teoría y práctica de urbanismo en América Latina
Mi primer impulso había sido poner una cruz en el cuadrito NO HA Y. Por el
momento no lo he retirado todavía. No existe una teoría sobre la actual ciudad
latinoamericana, en el sentido que la entendemos: casi siempre ligada a la prácti-
ca y, a veces, como mero comenlario de ésta. Nos quejamos de no tener ciuda-
des de elevada sofisticación y operacionalidad. Aparte de las dificullades como
método, interdisciplinariedad, instrumentos, etc. está nuestra especial forma de
organizar el conocimiento: una mezcla de racionalidad y sensibilidad, ya lo men-
cionamos. Es algo, en principio, saludable y se puede decir que no puede haber
aprehensión del universo sin la unión de esos dos aspectos de nuestra
intelectualidad. Corresponde, sin embargo, anotar que los procesos que mantie-
nen activos esos dos aspectos están demasiado a menudo interrumpidos y, en
ocasiones, bastante abandonados.
El abandono o la interrupción son quizá los inconvenientes más graves para
la consolidación de una teoría, que se supone debe llegar a saludables niveles de
abstracción. La más elemental de sus definiciones es: teorfa, conocimiento espe-
culativo considerado con independencia de toda aplicación; o serie de leyes que
sirven para relacionar determinado orden de fenómenos; o hipótesis, cuyas con-
secuencias se aplican a una ciencia o a parte muy importante de la misma.
Estoy convencido de algo: hoy podemos decir que sabemos de arquitectura y
urbanismo latinoamericano mucho más que hace veinte años. Creo, sin embargo,
que no hemos podido formular un postulado urbanístico que no se apegue a las
concepciones generalizadas del mundo moderno capitalista. Indudablemente no
hay evasión y -mal o bien definidos--- la globalización y el neoliberalismo nos
dirigen y dominan. Y como así será de aquí en adelante, me atrevo a proponer el
abandono de ciertas utopías, mejor dicho, a dejarlas como están. Algunos auto-
res no creen que ni siquiera seamos capaces de formularlas con precisión, o de
siquiera preocupamos por ellas. Esa apatía (el arquitecto peruano Willi Ludeña,
residente en Hamburgo, escribió un !omito: De la u-topía a la a-palía) de parte
de los profesionales especializados se justifica, pues no existen directivas gene-
rales que los condicionen en su trabajo. ¿O acaso es una directiva el siguiente
texto (quizá algo aburrido, pero necesario conocer para probar nuestra capacidad
de teoría)?
El PLAMADUR (Plan Maestro de Desarrollo Urbano) tiene su base de
sustentación en los principios filosóficos del actual modelo de desarrollo econó-
mico sustantivados en la política urbana, la que deja muy claro que el Gobierno
será facilitador de este proceso, por supuesto siempre y cuando se tengan pre-
sentes las leyes de funcionamiento del libre mercado. La política urbana se
plantea como propósito fundamental... "la búsqueda de una mayor competitividad
económica en un ambiente de integración al mercado mundial"; por lo tanto, hay
un principio rector en esta política urbana que se denomina "la ciudad competiti-

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va", que tratará de aumentar la "capacidad de la ciudad para hacerle frente al
desafío de una economía global".
La política urbana, presentada por el VMVDU a través de la Oficina de
Planificación Estratégica (OPES), refuerza mucho más la idea de la ciudad
compelitiva cuando planlea que en relación con ésta hay que tener en cuenta
cinco criterios básicos: "(a) las ventajas competitivas son, en gran medida, crea-
das; (b) la competitividad no sólo es producto de las acciones que lleva cada
empresa a nivel individual, también es resultado del entorno de la ciudad; (e) la
competencia debe estar completada con políticas sectoriales; (á) hay que conju-
gar acciones públicas y privadas; (e) fortalecer la capacidad productiva" (Carta
Urbana 44, mayo, 1996, pp. 5-6).
Siguiendo con la compulsa del documento citado, el porqué del PLAMADUR
se condensaría en los puntos enunciados a continuación: economía urbana; as-
pectos ambientales; desarrollo urbanístico; la pobreza; la descentralización. (7).
Y sus componentes estarían expresados en los Tipos de Planes siguientes. (a)
Generales: Plan de Ordenamiento Ambiental; Plan de Ordenamiento Territorial.
(b) De Area: Plan de rescate del centro de la ciudad. Plan de Mejoramiento de
Barrios y las áreas abiertas. (e) De Sector: Plan de Manejo de desechos sólidos y
saneamiento de aguas residuales. (á) De Inversión: Programa de fortalecimiento
de Instituciones. Programa de inversiones estratégicas. (9) Algunos comentarios de
la misma fuente. Respecto a ello, existen dos planes directores: el Plan de Ordena-
miento Ambiental y el Plan de Ordenamiento Territorial, que responden básica-
mente al análisis socioeconómico del AMSSA, que determinó que los problemas
más graves que afectan esta configuración espacial metropolitana y que pueden
causar daños y cambios de carácter estruc1ural son consecuencia de un desarro-
llo desequilibrado, concentrador, excluyente y depredador del medio ambiente.
Y más adelante expresa que estos planes generales se complementan con los
siguientes planes específicos: el Plan de recuperación del centro de la ciudad, el
Plan de mejoramiento de barrios, el Plan integral de áreas abiertas, ... (10)
Por razones que no presenta el PLAMADUR, éste propone una "Super
AMSSA" organizada en tres partes íntimamente articuladas: el área central, cons-
tituida esencialmente por el Municipio de San Salvador y los municipios que
estructuran un tejido urbano continuo; los municipios del primer cinturón, estre-
chamente relacionados con el área central pero que conservan sus propias carac-
terísticas; los municipios melropolilanos, más lejanos y casi físicamente separa-
dos del área central, con potencialidades de organización autónoma.
De las consideraciones preliminares que hace el documento extraemos las
que tienen relación con nuestro tema: (b) el aumento de los pcrímelros urbaniza-
dos viene, por lo general, acompañado de un alza en los precios de la tierra.
¿Cómo se controlará ese fenómeno? (e) Si no se logra una adecuación de la
tolalidad de la estructura espacial urbana, de carácter inlegral en el corto plazo,

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los problemas se van a dimensionar de tal forma que el control de los mismos
por parte de los administradores territoriales será desbordado, y si a esto le
articulamos la violencia urbana, la pobreza, etc., ¿qué pasará con la gobernabilidad
de la ciudad? (e) Está clara la importancia que se le da a la relación con el
medio ambiente, como parte esencial del PLAMADUR, con la idea de garanti-
zar la sostenibilidad de la ciudad desde una perspectiva ecológica. Pero es nece-
sario, por lo tanto, pensar invertir primero en aquellos soportes materiales urba-
nos básicos para los sectores más pobres: viviendas, alcantarillados, acueductos,
salud, educación, etc.; se tendría que invertir en el mejoramiento de los asenta-
mientos marginales y su integración al tejido urbano, con creatividad y partici-
pación, conservando y desarrollando las identidades barriales si se quiere pensar
en un desarrollo urbano realmente sostenible.
¿Cuál es el estado de cosas ahora que terminó el trabajo de PLAMADUR y
todo está en manos de la Alcaldía a través de sus oficinas? No puedo más que
hacer unas preguntas con el título de "¿es cierto que ... " -¿el Plan trabajó sobre
bases cuestionables suministradas por el organismo público? ¿El Plan ha dejado
indicaciones nonnativas de cómo manejar el terrilorio afectado por su acción?
-¿Las hipótesis y tesis de trabajo no han sido adecuadas a los datos recibidos o
a las expectativas? ¿El personal de los organismos oficiales no es eficiente para
manejar las recomendaciones del Plan? Sin duda que un paquete de preguntas de
esa importancia deben preocupar al público y a los profesionales. Pero, ¿es que
un Plan puede acertar en esos puntos?, ¿y un personal burocrático/tecnocrático
municipal puede actuar eficientemente en tareas para las cuáles no ha sido jamás
calificado? ¿No es más apropiado preguntar qué quiere significar el gobierno de
El Salvador con tesis filosóficas como las de la 'ciudad competitiva'?
La fuente de todos los fracasos estará en el desentendimiento del sector
oficial sobre los problemas crónicos de la ciudad de San Salvador. El mayor
acto de voluntarismo político está en ello y en el carácter decretivo que se siente
en los puntos (a), (b), (c), (á) y (e) considerados criterios básicos.
º¡Bueno, hagan un plan!" se litula un artículo escrito con motivo de la plani·
ficación del nuevo Berlín después de la Reunificación, posterior al derrumbe de
la República Democrática Alemana. Parafraseando ese título digo: "entonces,
¡hagan el PLAMADUR!". Se sabe que los universitarios somos un tábano en el
lomo de los inversionistas. Por cierto, ellos creen que están justificadamenle
haciendo uso de sus derechos de ciudadanos libres. Me gustaría partir de tomarle
el guante a ese desentendimiento y considerar como muy irresponsable la actitud
de un gobierno que deja todo en manos de los inversionistas.
Esto me permite justificar mis ataques desde el punto de vista del vencido.
Como esa justificación es bastante conocida en nuestros medios profesionales
urbanos ---<¡ue dejan de lado los problemas de los campesinos, como si ellos
formaran parte de otro país--, pienso que me interesaría revisar un poco nuestra

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(in-) capacidad como urbanistas. Por lo que recuerdo, la teoría urbana que nos
enseñaron -y que veo que subsiste, la de las funciones urbanas- sigue mar-
cando la problemática planteada al PLAMADUR. Este ha recibido de confonni-
dad, pues es su manera de hacer las cosas. Sin embargo, la pregunta crucial:
"¿qué tipo de ciudad tenemos?", no ha sido formulada. Se ha declarado el tipo
de ciudad que queremos tener (¡que vamos a tener gracias a la inversión priva-
da y al mercado libre.') y existe un abismo entre ambas.
De los distintos comentarios sobre el caso de San Salvador y su PLAMADUR,
hay uno que me parece sabio: encarar el problema por partes y con pequeñas
realizaciones. Estas deben estudiarse en su realidad y no con proposiciones o
metodologías inapropiadas. ¿Qué podemos exigir? Antecedentes precisos para
el análisis y el expediente urbano, lo cual implica no sólo la escala macro, sino
además la de intervención, o sea, la localización micro. Por ejemplo, si tenemos
que tratar el tema barrancas, se elige una, se despeja de sus problemas actuales,
se analiza en todas sus partes y se incluyen los problemas cuando sepamos qué
hay en ellas y no solamente antes. ¿Qué significa? Relevamiento de su aspecto
geográfico, catastro de su modificación, o sea, construcciones, movimientos de
tierra, obras de infraestructura, vegetación, edificaciones que pormenorizan su
característica, uso, número de ocupantes y todas las demás anotaciones de un
verdadero censo. Con esos antecedentes se investigan los métodos más apropia-
dos de intervención, y se fijan tareas, plazos, medios y resultados. Esas obras de
análisis, diseño y previsión de realizaciones deben estar garantizadas por un
detenninado tipo de contrato, anclado en alguna ley y sujetos a sanciones en
caso de desconocimiento de ellas.

4. Crílica al modelo
Ese modelo que tomamos (PLAMADUR) es el del poder centralizado. Ope-
rar la descentralización a partir de un centro, ¿no es un absurdo? Y, sin embar-
go, con ese postulado absurdo pretendemos crear las condiciones de la ciudad
competitiva, o cualquier otro modelo de ciudad alternativa. Sin duda, el discurso
para poder entendemos y no desentendemos debería ser el del modelo de ciudad.
¿Cuál es nuestro modelo histórico? Nuestra historia urbana desde el descu-
brimiento de nuestras costas, y al inicio de la colonización, después de la con-
quista, es el relato de la sucesión de fundaciones fortificadas mal o bien para el
ejercicio del poder. El poblamiento era secundario. Quienes debían habitar eran
soldados y soldadoras, la fundación era un campamento militar, su funciona-
miento el de un cuartel. La supremacía de la raza blanca no debía esta_r nunca en
juego. El poder blanco debía primar. La ciudad debía ser de un modelo europeo.
Esa es una parte del origen de nuestra identidad. A ello no pertenecían los
pueblos de indios.

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El discurso republicano a partir de 1820, mestizo en su mero origen, es
acomplejado, pues la parte blanca niega la parte no blanca, sea esta india o
negra, amarilla o de origen levantino (fundamentalmente sirio-libanés). Esa es la
otra parte de nuestra identidad. La historia de la ciudad republicana es un segui-
miento atrasado en medio siglo o más del modelo europeo. Pero nunca la ciudad
copia fue como el modelo, ni pudo ni puede. Hemos llenado la ciudad copia de
objetos de la ciudad modelo pero no hemos logrado que tenga capacidad para
autorregularse, mal o bien. La ciudad modelo funciona a un elevadísimo costo
humano y monetario. En el centro de bastantes ciudades norteamericanas, en
donde la única pauta para el mantenimiento de un centro urbano es el rendi-
miento de la inversión, si ésta no se justifica es más conveniente dejar caer en
ruinas la parte que no rinde e invertir en terreno más económico. ¿No sucede
esto acaso hoy en San Salvador? No nos ayuda el discurso salvacionista: el que
invierte quiere tener beneficios. ¿Puede el Estado garantizarlos? ¿Estas son pre-
guntas para urbanistas? Es que ahora el modelo de la época industrialista no
sirve más. La ciudad se va convirtiendo en un lugar no rentable. Antes, al alber-
gar al actor productor por excelencia, el proletariado, debía funcionar. La peque-
ña burguesía exigía modestamente su rincón para abastecer al proletariado y el
gran industrial aceptaba. La ciudad burguesa y pequeño burguesa debía ser acep-
table, gregaria y conscientemente clasista. La burocracia estatal estaba anclada
en el poder.
Si consideramos las lendencias de producción de la globalización, nos damos
cuenta de que el discurso de la ciudad competitiva se reduce a permitir inslalar
maquilas en zonas francas. ¿Qué más pretende el inversionista? La ciudad habi-
table por todos no puede ser financiada con las ganancias destinadas a otras
inversiones. Todo el capital, pasando por el filtro de la banca, tiene un destino
que no es la inversión urbana. Qué es, no nos inleresa; no es nuestro lema. Lo
cierto es que no hay dinero para los planes. Entonces, si queremos construir en
la ciudad buscamos la ayuda extranjera, la que se nos da con desconfianza. Es
necesario controlamos, no vaya a ser que nos equivoquemos y gastemos su
dinero en falsos proyectos. Nos convencen una vez más de que el modelo debe
ser el que ellos entienden, desarrollan, prueban, corrigen, reordenan y estatuyen.
Nosotros ejecutamos las obras de ellos como obreros o -a lo sumo-- como
dibujantes y capataces. Esa es la última parte de nuestra identidad. Los proyec-
tos para los cuales se recibe ayuda extranjera (o préstamos convenientes) no son
suficientes para realizar el proyecto global de ciudad capital. Creo que a los
universitarios nos corresponde estar conscientes de eso y asumir nuestra respon·
sabilidad de formar arquitectos que, a su vez, lo estén a futuro.
¿Qué podemos hacer como investigadores del campo físico del urbanismo
para solucionarlo?, plantearlo. El método más adecuado es la participación. En-
tonces deberíamos relacionamos con mayor frecuencia con los participantes, Lo
cual, de hecho, es difícil. Así que propongo el desarrollo de un programa acadé-

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mico para investigar causas antes de aplicar soluciones a problemas derivados
de aquellas causas. Por ejemplo, el tránsito y el transporte están relacionados
con la localización de los puestos de trabajo y de las viviendas; el cortoplacismo
de las soluciones técnicas nos descalabra cada vez más el tejido urbano, o sea, la
esencia de nuestro proyecto. Y no es sólo el lej ido urbano el que se comprome-
te, es el conjunto de eso que tan acertadamente Frederick Gibberd llamó paisaje
urbano (townscape) y que no debe confundirse con veleidades decorativas. Si
hablamos de barrancas o quebradas, que fueron el recurso natural para la regula-
ción de las aguas lluvia en el paisaje tectónico centroamericano, es urgente
trabajar en ellas más que en autopistas; saber que un parque es bueno pero que
las laderas y colinas son fundamentales. Que los fondos de manzana pueden
taponarse con condominios de último momento, destruyendo los pulmones urba-
nos y los basurales destruir los biotopos de una ciudad sana hasta hace menos de
veinte anos sin que podamos impedirlo. Que no debemos permitir que valga más
un car-wash que un jardín. Una reja que un seto de ligustros, etc., etc. Supongo
que éstos son problemas que no se presentaban antes y que no se dan igual para
un sector muy grande de la población: el de la miseria.
La gente necesilada, la gente en la miseria, necesita lo esencial. Y si a pesar
de saberlo no podemos suministrarlo, nueslro saber es inoperanle. Si ustedes
invitan a un villero a participar, él/ella espera ayuda inmediata. No le interesa la
investigación. Lo fundamental lo sabe: le va mal. ¿Cuales son las posibilidades
de realizar un proyecto piloto que no esté plagado por la política, por el favori-
tismo, dependiendo del control de la ayuda extranjera? Sólo puede venir de una
instancia responsable. Debemos y podemos pensar en lo que nos rodea. No
tenemos soluciones para mejorarlo. Podemos construir al lado lo que queremos
tener y decir que eso es la ciudad competitiva. Trazamos líneas sobre planos
más o menos detalladas de nuestras calles, rodeando manzanas y parques;
zonificamos, remodelamos, rehabilitamos. En el plano del diseño urbano tene-
mos la imagen de un modelo que funciona allá lejos, donde ubicamos el paraíso
terrenal del urbanismo. El calor, el olor, el gusto de nuestra realidad quedan en
la puerta de nuestro estudio de urbanistas. Del lado de afuera. Nos miran, no nos
escuchan, pues la puerta está cerrada. La entreabrimos y hablamos de participa-
ción.

5. Brasilia
Prometí volver a hablar de Brasilia. Es muy difícil que haya existido una
teoría urbana específica para Brasilia. Hubo un postulado de poder gubernamen-
tal, y aunque el desarrollo urbano en Brasil haya sido muy distinto del de la
región hispanoparlante, la idea del poder central no estuvo ni está ausente de sus
realizaciones. Más aún, contrariamente a las otras naciones del continente sud-
americano, Brasil es la única que tiene en su constitución originaria el traslado
de la capital a la región prefijada donde se construyó la nueva capital. Pero,

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semejante a todas las otras naciones del continente, tiene una profunda vocación
centralista.
Ya llevamos casi medio siglo discutiendo sobre su acierto o desacierto. Posi-
blemente sea una discusión desacertada. El conjunto de desaciertos de Brasilia
no está en su forma, sino en ser la forma física de la expresión del poder omní-
modo de una democracia que no es tal. Por ello, criticar sus partes arquitectóni-
cas de una exquisitez formal innegable es tiempo perdido. Es la única ciudad del
ambiente latino que tiene una voluntad por sí misma, que no necesita justificarse
por su función, aunque sea la máxima de ser la capital del Estado. La nación
brasileña se ve en ella, aunque es lo menos brasileño que puede haber.
Discutir su razón de ser desde ese punto de vista es un juego bizantino. Sin
embargo, veamos qué es esa ciudad. Porque de algo podemos estar seguros: no
se repetirá y, en ese sentido, nos obliga por mera conciencia de conocer. Los
trabajos de crítica que se han hecho están dirigidos a dos errores graves: la
abstracción de su diseño y su desacierto climático. Según el proyecto político,
no son errores. El primero no lo sería, pues precisamente se necesitaba un dise-
ño que no apelase más que a la idea abstracta suprema: sede del poder central de
la nación brasileña. Nada de regionalismos estilísticos, no importa de qué tipo.
Ni Bahía ni Río ni San Pablo. Ni carnaval ni droga, ni gaúchos ni cangafeiros.
El segundo está negado, pues no es una ciudad para personas sino para funcio-
narios. Mucho tiempo se ha tratado de atacar más por ese aspecto y, en verdad,
se han señalado dos o tres fenómenos urbanos negativos: el deterioro de ciertas
zonas del hábitat de los funcionarios y el crecimiento de la pobreza marginal.
Frente a esa situación, de hecho el responsable, el gobierno de Brasil, no ha
considerado necesario hacer ningún comentario. Quedará como uno de los casos
de las grandes aglomeraciones. ¿Se hubieran podido prever esos problemas? Y
si así hubiese sido, ¿se hubiera podido encontrar una solución que los impidiera?
La primera pregunta es lógica; seguro que se podían prever y de hecho Lucio
Costa, su creador arquitectónico urbanístico, tenía suficiente vida y experiencia
como para no negarlos. Lo mismo Osear Niemeyer, de militancia comunista.
¿Encontrar una solución? No, abrigado.
Otros intentos han habido y fallado. A una escala semejante pero indudable-
mente menor, Argentina trató en repetidas oportunidades de trasladar su capital.
En un primer caso hacia el centro geográfico del país, en otra hacia un punto
central de la larguísima costa atlántica. Ambos proyectos fueron desechados por
falla de consenso en las Cámaras, o sea, por falta de poder central. ¿Habla eso
de una mejor interpretación de la democracia?, no lo sé. Muchas veces hemos
pensado que la ciudad nueva nos ayudaría a una vida nueva. Parece no ser así.
Por tanto, seguiremos con las que tenemos hasta que se derrumben o las destru-
yamos, nosotros o los agentes climáticos. Pero antes de eso digamos algo sobre
antropología urbana.

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6. ¿Cuál es nuestro comportamiento en la ciudad?
Muchas veces hemos pensado que la ciudad nueva nos ayudaría a una vida
nueva. Aldo van Eyck tuvo la presencia de ánimo de describir y pensar la di-
mensión no europea del hábitat humano y por ahí repensamos. Pero pronto,
exagerando el entusiasmo, todos ansiábamos ir a alguna aldea africana, alejada
de la civilización, aunque haciendo votos para que ésta no nos olvidara. Las
fallas de relación espacial en los proyectos surgieron como por encanto cuando
los comparábamos con esas maravillas de tradición y espontaneidad, de color y
forma, de rango social, de significado arquitectural y urbano para toda la socie-
dad en las aldeas africanas. Convencidos de que eso se había dado por la elimi-
nación de factores no racionales en los procesos de diseño, nos sentimos aban-
donados por todas las musas y decidimos abandonar la arquitectura. Nuevas
corrientes se impusieron y, partiendo de discursos nihilistas, se fue haciendo
camino una corriente neohistoricista --el posmodemo-- que permitió a los nue-
vos constructores ofrecer a los inversionistas un producto desemantizado, fresco
y apto para una competencia en donde la metáfora era obvia: el triunfo del
capital. Los lemas se complicaron, ya no en un proceso de adaptación a un
mundo que progresaba técnicamente, sino en un escenario prescindible, en don-
de lo físico-real se mimetizaba con la realidad virtual que ya podían resolver con
brillantez los operadores de computadoras. Es posible que eso hiciera prescindible
al arquitecto.
Pero no son sólo los arquitectos los que estarán en condiciones de reorientar
la arquitectura para acompañar los cambios que está sufriendo la sociedad de los
países desarrollados. Por primera vez en la historia, los sociólogos y antropólogos
europeos hacen un serio llamado a los países ricos sobre el alarmante deterioro
del planeta (Levi Strauss, Amos Rapoport, Pierre George ). En esos años tuvo
sus inicios el estructuralismo y la semiología, una ciencia de explicación de la
contexlualidad en filología. Gillo Dorfles escribió sobre este tema: Estructura-
lismo y Semiología en Arquitectura. Fue una época de la crisis de creatividad de
mayor trascendencia en la historia arquitectónica del siglo XX. En el descon-
cierto general y la desazón social por la pobreza intelectual, otros investigadores
buscaron nuevos caminos que pudieran ayudar.
Amos Rapoport me ha enseñado, en los libros que he citado a lo largo de
este artículo, que es necesario establecer fórmulas simples, conocidas y cotidianas
para, a partir de esa base, iniciar una especulación sobre lo obvio y lo recóndito.
Y respecto a las ciudades del gran hermano del Norte dice:
"Las diferencias entre el entorno construido de Estados Unidos, Francia e
Inglaterra pueden comprenderse a la luz de la actitud americana del /aisez-faire
(dejar hacer, en francés en el original AR.) abierto y orientado sobre el desarro-
llo a la luz de la tradición urbana francesa que no afecta solamente la ciudad,
sino que modifica también el paisaje rural por sus cualidades •urbanas', y a la

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luz de la tradición inglesa 'anti-urbana' que permite explicar el carácter de nu-
merosas regiones urbanas de este país. Es por eso que se sigue buscando el
entorno ideal del cual la casa es simplemente una encamación; y es por eso que
en Estados Unidos se da recientemente (1969) la tendencia de construir inmuebles
y 'ciudades nuevas' alrededor de zonas de esparcimiento, lo que es una franca
transposición de un viejo ideal bajo una apariencia nueva" (Amos Rapoport,
Pour une Anthropologie de la Maison, 1969, p. 176).
¿Cómo es posible eso en el país que ha instituido el rascacielos como su
modelo urbano? Error. El rascacielos no es un modelo urbano, ni siquiera arqui-
tectónico. Es un símbolo de poder económico. Desplazando al majestuoso Con-
greso Jeffersoniano con su omnipresente cúpula, el rascacielos es la manifes-
tación de una nueva lucha por un nuevo poder: money. lo que fue San Gimig-
niano con las torres de los señores de tradición heráldica, sería Manhattan con
sus lanzas de dólares. Pero, ¡ojo! El remedo es fatal. Ningun urbanista latino-
americano tiene porqué suponer que está formando identidad urbana con esos
monstruos. Y para que nos entendamos: los ciudadanos de esas ciudades con
monstruos son como son por tener esos monstruos. Quiero decir, la arquitectura
de un rascacielos es primitiva. Por contraposición, su valor simbólico es enorme.
El comportamiento de un urbano, respaldado por un rascacielos, es insuperable.
Un componente que no debemos dejar de mencionar es el de las 'culturas
híbridas', un término que nos ayuda a llenar un vacío muy grande dejado por los
investigadores de la sociología urbana laboral de la época de Manuel Castel!, el
del comportamiento de los actores. Su presentador, Néstor García Canclini, ha
estudiado el tema en su libro, cuyo sublítulo es igualmente sugerente: Estrate-
gias para entrar y salir de la modernidad. Cualquiera de sus preguntas es un
remezón para nuestro comodismo provinciano: "¿Con qué recursos teóricos po-
demos repensar los usos sociales contradictorios del patrimonio cultural, disimu-
lado bajo el idealismo que lo mira como expresión del genio creador colectivo,
el humanismo que le atribuye la misión de reconciliar las divisiones 'en un
plano superior', los rilos que lo protegen en recinlos sagrados?".
lo significativo de esta pregunta es, no sólo su profundidad, sino, además y
precisamente la desacralización oficialista de tanto elefante blanco en nuestras
culturas. La pregunta más general que se puede hacer sería: ¿qué se puede reci-
bir a cambio con la hibridación? Si por una parte dejamos de ser latinos, cuba-
nos, venezolanos, salvadoreños, por otra somos ¿qué? Una consideración realista
es que somos eso justamente, se llame como se llame. Porque si nosotros, los
que vivimos en tierras lalinoamericanas nos quejamos de pérdida de idenlidad,
en los países donde viven cada día más latinos, ellos exigen que se los deje
serlo, usar su idioma, tener sus prácticas. Con ese material real y sin el laslre
salmódico de los postulados morales y patrióticos estaríamos analizando la hi-
bridación.

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Creo que es por eso, porque somos culturas híbridas. El funcionalismo, como
lo concebíamos en los años anteriores a la gran diáspora, ya ha dejado de tener
valor debido a que en lugar de ser una teoría de diseño arquitectónico, pasó a ser
un manual de soluciones estereotipadas. Si volvemos a la formulación expresada
anteriormente: debemos hacer coincidir la necesidad con el resultado, más nos
conviene diseñar según las necesidades que surgen de nuestra propia vida.
El ejemplo más usado es el de la casa. En diferentes cursos universitarios
hemos podido observar la fijación que hay en los modelos de viviendas racional
o funcional. Y no hay duda que las dificultades del proyecto no son derivadas
por la interpretación del modo de usar la vivienda. Puede suceder, a menudo,
que no se sepa muy bien cómo funciona una cocina. Entonces se apela a infor-
mación gráfica y muchos han de preguntar a quienes saben. Dejemos de lado la
cuestión de si a quienes preguntamos están en condiciones de responder. Aun~
que es posible suponer que si el diseñador se dedica con atención a ver cuáles
son los procesos de cocinar terminará por aprenderlos.
A lo que yo me quiero referir con el tema de necesidad y resultado es a
nuestra evidente incapacidad de diseñar para otro tipo de actores. La vivienda se
diseña así porque la familia es así. En un ejercicio se supuso que el diseñador
tenía libertad para imaginar el tipo de familia que usaría la vivienda diseñada.
Los ejemplos con tipos de familias distintos no fueron interpretados como vi-
viendas, sino como organizaciones para alojar a gentes pero no en condiciones
de familia: no era imaginable suponer que cada miembro de la familia quisiera
disponer de una habitación para él/ella solo/a, sin que pesara en el juicio el
grado de parentesco.
Con esta dificultad para imaginarse usos sociales, resulta difícil hacer pensar
a un grupo de diseñadores temas que no sean los que están acostumbrados a ver.
Si el común de los usuarios, esa gran masa de gente que dice yo no sé nada de
arquitectura pero... debiese expresar su opinión sobre un diseño cualquiera, no
tendría obligación de hacer comentarios muy técnicos. Y precisamente esos son
los comentarios que hace. la casa parece sólida o no, tiene buenos desagües o
malos, el alquiler es alto o no, etc. Es posible que nuestra cullura de apreciar
una vivienda dependa de la libertad que tenemos de intervenir en su apropiación,
en la modificación o serie de modificaciones que hacen que la sintamos nuestra.
Las recomendaciones de las revistas del hogar tienden a ello. Aunque no este-
mos muy habituados a considerar que nuestra casa es un objeto moldeable según
nuestras complejas necesidades físicas y anímicas, debemos hacer un esfuerzo
para salir de algunos circuilos a veces perjudiciales para nuestra salud social. El
ambiente tétrico de muchas casas se puede modificar con una actitud más creativa
de sus ocupantes. Un ejemplo lo constituye el rincón de cada uno. Con el tiempo
es posible decidir cuál es el lugar donde una persona de la casa se siente más

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cómoda. En ese caso se recomienda tener consultas de lodos los miembros de la
familia para lograr algo que es lícito.
Esta flexibilidad en el uso de lo que nos es cercano, se trate de la casa o del
lugar de trabajo, y en su posible transformación, nos puede ayudar a entender
que todos podemos opinar sobre los acontecimientos en sectores más amplios.
La condición es que sepamos por qué lo hacemos. Y ese por qué casi siempre es
un tipo de necesidad que quizá no hemos podido descubrir. En ello veo a una de
las grandes oportunidades de la arquitectura. Es una práctica maravillosa que he
conocido leyendo los libros de Rodolfo Livingston, y no se crea que hablamos
de un nuevo recetario. Es una actitud libre y creativa e igualmente intelectiva.
Es posible sensibilizarnos en la vivencia de nuestro hogar en conjunción con
nuestra responsabilidad de vivir cullamente en un mundo complejo. Si el proble-
ma de la belleza de la arquitectura lo introducimos entre las decisiones por
tomar para organizar la despensa de la casa, habremos avanzado como arquilec-
tos y usuarios en nuestra incorporación a un mundo cada vez más rico en expe-
riencias, no sólo prácticas, sino, y con mayor significación, intelectuales y estéti-
cas.
América Latina ha dado un salto de un siglo en cincuenta años. Hoy no nos
referimos sólo a ejemplos del norte. La arquitectura latinoamericana no se ha
terminado con los maestros, se continúa en todas las latitudes y tenemos pu-
blicaciones que lo atestiguan. Los profesionales jóvenes están planteándose una
nueva relación con el mundo del diseño. Los temas, aun cuando sean los mis-
mos, se están resolviendo con más imaginación. Partiendo de la propia realidad
resolvemos problemas que antes desechábamos por ser de poca trascendencia,
por ejemplo, lo doméstico. Un conjunto urbano, como célula originaria de nue-
vas expansiones, tiene texturas arquitectónicas y urbanísticas aún en las condi-
ciones más difíciles. Manejar diferentes escalas, presupuestos y condiciones so-
ciales nos enseña que el espacio urbano es producto de una precisión en el
planteamiento del problema y de la preocupación de joyero en su resolución.

San Salvador, septiembre 1998.

Nota
1. ~te texto está compuesto de diferentes secciones del libro de mi autoría Arquitectura
del Siglo XX (inédito). Agradezco sinceramente al Lic. Héctor Samur por insistir en
que el público me lea en su valiosa revista Realidad, en esta ciudad de San Salvador,
a fines del mes de septiembre de 1998. A pesar de que esle artículo aporta una serie
de decires en algunos momentos no bien correlacionados, es producto de conversa-
ciones inolvidables con colegas, profesores y estudiantes en oportunidades diversas, a
quienes deslindo de la responsabilidad de los errores y agradezco la valenlía de su
imaginación.

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Universidad Centroamericana José Simeón Cañas
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