Annotation
Roma, siglo II. Han pasado dos siglos desde la muerte de Cristo pero
la Iglesia sigue siendo perseguida, y ademas en su seno asoman ya las
primeras divisiones. Calixto, antiguo esclavo de un patricio romano, esta a
punto de convertirse en el decimosexto sucesor de san Pedro; un destino
que nadie habria podido predecir, ni los legionarios que lo vendieron a
Roma como esclavo, ni el poderoso senador que lo asesoro, ni la concubina
del emperador, Marcia, a quien le une una pasion desmesurada. de Roma a
Alejandria, de Antioquia a los ba?os de Cerde?a, el papa olvidado, Calixto I
es la aventura de la fatalidad y emprende un viaje en busca de la verdad; un
valiente cristiano que recorre un tortuoso camino en direccion a la tarea
suprema que le ha sido encomendada.
Gilbert Sinoué
PRÓLOGO
LIBRO PRIMERO
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LIBRO SEGUNDO
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LIBRO TERCERO
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NOTAS COMPLEMENTARIAS DEL AUTOR
notes
Gilbert Sinoué
El Papa Olvidado, Calixto I
Título original: La pourpre et VOlivier oh Calixte ler, le pape oublié
Traducción: Manuel Serrat Crespo
1.a edición: abril 2007
Quiero dar especialmente las gracias a Daniel Kircher por su preciosa
colaboración y sus consejos
No he sido enviado sino a las ovejas extraviadas.
Mateo, 15,24
PRÓLOGO
«Esta mañana debe de haber el mismo cielo sobre las montañas de
Tracia...»
Calixto siguió observando las largas ondulaciones del Celio y del
Esquilino, y más allá del viejo muro de Servio Tulio los primeros
contrafuertes de los montes Albanos, que la luz del alba recortaba
claramente en la línea del horizonte.
Adrianópolis... Sárdica... Esos nombres de ciudades donde había
dormido su infancia adquirían en Roma resonancias bárbaras.
Hacía ya cuarenta años que no había visto su país. Cuarenta años... Y
no había olvidado nada del pasado, de cada recodo del largo camino que le
había llevado hasta allí.
Se apartó de la ventana, dio algunos pasos hacia la cama que acababa
de abandonar y su imagen se reflejó en el espejo de bronce colgado en la
pared.
Si bien su mirada le pareció todavía muy vivaz, muy azul, sus rasgos
presentaban cierto tono ceniciento. Y estaba también esa profunda cicatriz
que surcaba su mejilla derecha y se insinuaba bajo el canoso collar de
barba.
Cincuenta y seis años.
Los tiempos de Tracia están muy lejos. La infancia, en el fin del
mundo.
Dentro de unos instantes, el edicto en el que había trabajado durante
los últimos meses se promulgaría por fin. Había pensado cada palabra, cada
frase. Ya no le quedaba duda alguna. Lo que había decidido era bueno y
justo. Y la Iglesia de los siglos venideros lo recordaría; estaba, sin orgullo
alguno, convencido de ello. El edicto sería un mensaje de esperanza, el
camino más allá de las tinieblas. La ternura de los hombres y de Dios. Poco
importaba que hoy algunos sólo vieran en esta iniciativa provocación o
incluso herejía: Hipólito..., Hipólito y los demás.
No se altera impunemente el tranquilo fluir de los ríos...
La puerta de la habitación se abrió bruscamente, devolviendo a Calixto
a la realidad, y la silueta de Jacinto se recortó en el espejo. Le sorprendió
comprobar lo mucho que se había apagado el sacerdote desde su primer
encuentro, allá, en las minas de Cerdeña.
—Santo Padre, nos esperan.
—Santo Padre... Es curioso, todavía hoy, cinco años después de mi
nombramiento a la cabeza de la Iglesia, me cuesta aceptar este título...
—Y sin embargo, tendrás que acabar acostumbrándote.
—Tal vez, tal vez algún día.
En un destello furtivo, el oleaje de los recuerdos rompió en su
memoria y apareció ante él el extraordinario rosario de acontecimientos que
había llevado a un huérfano tracio, discípulo de Orfeo
[1], a figurar entre los sucesores de Pedro.
LIBRO PRIMERO
Como siempre a primeras horas de la mañana, en el foro de Trajano
hormigueaba una inmensa muchedumbre y, por efecto del sol, las losas de
mármol presentaban una fulgurante blancura.
Incomodado por el intenso calor que emanaba del sol, el senador
Apolonio penetró aliviado bajo la monumental bóveda del arco de triunfo,
antes de adentrarse en la vasta explanada con los mesurados pasos que
exigía la disposición de los pliegues de su toga. Muy pronto se vio
devorado, apretujado por la masa cosmopolita y atareada que llenaba el
gran cuadrilátero. Se detuvo para dejar paso a una litera con las cortinas
corridas, transportada por cuatro gigantes negros. El porteador que iba tras
él le golpeó en los riñones, profirió un juramento y recuperó por los pelos el
equilibrio de la barrica que llevaba al hombro. Un instante después,
Apolonio se vio obligado a evitar el caballo de un oficial de la guardia
pretoriana. Una siria de maquillados ojos le empujó antes de hacerle
proposiciones en una jerga medio latina, medio griega. La apartó, al tiempo
que rechazaba haciendo un gesto con la cabeza la mercancía de un
vendedor de salchichas; el olor del aceite hirviendo en el que éstas flotaban
sobre el hornillo transportable se agarró a la garganta de Apolonio y le dio
náuseas. Su frente estaba bañada en sudor, su pesado vestido le envolvía
como una capa de grasa sucia. Con los labios entreabiertos, jadeaba. Fue
necesaria la sombra de las columnatas para que se recuperase un poco.
Secándose el chorreante rostro, lanzó una maquinal ojeada a la
columna Trajana, cuyos frisos de mármol de resplandecientes colores
proclamaban tanto el triunfo de las legiones como el de los escultores
romanos.
Reemprendió la marcha hacia la basílica Ulpia
[2],evitó a un encantador de serpientes y, luego, torciendo a la derecha,
subió una decena de peldaños. Dos jugadores de taba interrumpieron
reverentemente su actividad cuando se acercó, con un brillo de temor en los
ojos: en Roma, los juegos de azar estaban prohibidos y podían temer
cualquier cosa si los denunciaban a los vigilantes. Apolonio, impasible, los
dejó atrás y llegó hasta un vasto patio sin embaldosar. Ahora, el corazón
palpitaba violentamente en su pecho y tuvo que detenerse una vez más,
pensando con melancolía: «La vejez es el castigo que Dios nos envía para
expiar los pecados de nuestra pedante juventud.»
Entonces una mano se posó en su hombro.
—¿Te has extraviado, Apolonio?
—¡Carpóforo! Qué sorpresa encontrarte aquí.
—Yo soy quien debería sorprenderse. Raros son los días en los que
sales de tu palacio y tus almacenes de oro.
—¿Mis almacenes de oro? ¿Y eres tú, Carpóforo, quien bromea a este
respecto? Tú, que posees una casa en los Esquilmos, otra en la colina de
Diana, el mayor navío de la flota, una fabulosa propiedad cerca de Ostia y
otras riquezas que ignoro. Mis almacenes de oro... Vamos, estás bromeando.
—¡Por Hércules! ¡Oyéndote se diría que yo soy el senador y tú el
caballero!
Aunque los dos amigos tenían una edad muy similar, eran lo opuesto el
uno del otro. Apolonio tenía un aspecto diáfano. Carpóforo era imponente.
La delgadez de Apolonio, su demacrado rostro, sus rasgos de una constante
palidez revelaban que el hombre no poseía una constitución sana. La
corpulencia de Carpóforo invadía su toga. Los rollizos rasgos de su rostro
estaban dominados por un cráneo que le gustaba llevar rasurado y que
brillaba al sol como un guijarro.
Apolonio replicó:
—Un caballero de origen sirio y que forma parte de la casa de César
es, en nuestros días, más rico que un senador.
—Tal vez. Pero el laticlavo de púrpura que bordea tu toga sigue siendo
más apreciado que el anillo de oro de mi orden. Hablemos en serio, ¿qué
haces aquí, con este calor?
—Falaris, mi viejo criado, murió hace unos días. Necesito a alguien
para sustituirlo.
—¡Ah, ya estamos! Declaras a quien quiera oírlo que eres contrario a
la esclavitud, y en cuanto uno de tus servidores desaparece corres a comprar
otro.
—Carpóforo, amigo mío, entre poseer decurias de esclavos
[3]y un puñado de fieles existe, creo, cierta diferencia.
—Está bien. Es inútil discutir de nuevo esta cuestión. Lo hemos
hablado cien veces. Sólo te aconsejo que tengas cuidado al elegir. Los
buenos esclavos escasean cada vez más. Ha pasado ya el tiempo en que por
seiscientos o setecientos denarios se podía obtener algo válido. En la
actualidad, esos individuos procedentes de Siria o Bitinia apenas sirven para
trabajos de establo. En realidad, la calidad ya no es lo que era. Salvo en
Délos, donde es posible encontrar todavía algunos epirotas o tracios
valiosos, lo demás carece de interés.
—Sin duda tienes razón. Sin embargo, el trabajo que le reservo a mi
futuro servidor no exige cualidades excepcionales. Pero, hablando de
tracios, me han mencionado precisamente un lote procedente de Sárdica.
El silbido característico de la clepsidra gigante instalada en la basílica
ulpiana dominó por unos instantes el murmullo del foro.
—La hora quinta...
[4]—comentó Carpóforo—. Tienes mucha suerte. Me queda todavía
tiempo antes de ir a casa de Mancinio Alba, el censor. Una cita de la que
hubiera prescindido con mucho gusto, pues sospecho que nuestro querido
amigo quiere privarme de algunos sestercios.
Necesitaron poco tiempo para llegar a la explanada situada al sur del
foro. Allí, en un estrado, distinguieron un grupo de hombres, mujeres y
niños, con los pies pintados de blanco y un collar metálico al cuello, así
como una medalla destinada a llevar el nombre de su futuro amo.
Sudando la gota gorda, el mercader señalaba a los personajes que
componían su muestrario: Eros, Febo, Diomedes, Calíope, Semíramis,
Arsinoe. Parecía hablar de príncipes o de astros inmortales. En realidad,
sólo había despojado a aquellos infelices de su verdadera identidad para
darles nombres tomados de la mitología, la astronomía o su lugar de origen.
«Una cabeza servil no tiene derechos.» Así se expresan los
jurisconsultos. Puesto que el primer signo de la persona, la marca de su
individualidad, es el nombre, el esclavo no tiene derecho a él.
—Ya ves —comentó Carpóforo—, es lo que te decía: todo muy
mediocre.
Apolonio no respondió. Siguió estudiando el lote de esclavos. Todos
tenían la misma expresión. Se habría dicho que habían puesto sobre su
rostro una máscara de yeso que vaciaba las miradas e inmovilizaba los
rasgos.
—En fin —declaró Apolonio como hablando consigo mismo—, es un
espectáculo muy desolador.
– ¡No irás a dejarte dominar, tú también, por esa nueva moda! Desde
hace algún tiempo resulta elegante compadecerse de la suerte de los
esclavos. Podría creerse que algunos de nosotros consideran un honor
multiplicar los libertos.
Apolonio hizo un gesto de desaprobación.
– Amigo mío, tú y yo nos conocemos desde la más tierna infancia.
Habríamos podido ser hermanos y sabes el afecto que siento por ti, pese a
nuestro desacuerdo en muchos campos; por lo tanto, deja que me haga
ciertas ilusiones, no me hagas creer que careces por completo de
sentimientos. Además, no tienes por qué preocuparte, desde la ley
instaurada por Augusto las manumisiones están reguladas. Puedes dormir
tranquilo, la abolición de la esclavitud no se encuentra cerca todavía.
—No comparto por completo tu opinión, Apolonio. Todo el mundo
sabe en Roma que esa ley no se respeta. Antes de los dieciocho años o
después de los treinta, la liberación del esclavo depende, sobre todo, de la
voluntad de sus amos y...
Carpóforo no pudo terminar la frase. El mercader estaba junto a él y le
sonreía mostrándole los dientes.
– Contemplad, señores, esta maravilla. Es un pieza única que sólo
aspira a perteneceros, y únicamente por mil denarios.
Ambos amigos fijaron su atención en el estrado para comprobar que la
maravilla en cuestión era una mujer de unos cincuenta años, excesivamente
repleta, con las pupilas apagadas y los pechos ajados.
—¿Te convences ahora? Sólo desechos.
El mercader se disponía a lanzarse a un delirio de protestas cuando se
produjo un tumulto entre los esclavos.
—¡Detenedle!
Una forma acababa de bajar del estrado. Racimos de manos se
tendieron hacia un movimiento de sombras. La silueta huía. En un instante
llegó ante Carpóforo. El caballero le cerraba el paso. La silueta vaciló un
poco ante la imponente masa que tenía delante, esbozó un regate, tropezó y
fue agarrado por el faldón de la túnica.
—¡Sabía que éste iba a crearme problemas! ¡Estaba seguro!
Furioso, el vendedor se dispuso a castigar al fugitivo, pero Apolonio
intervino.
—Ten calma, vamos. No irás a estropear ahora la mercancía-La
«mercancía» era un muchacho de unos dieciséis años, alto, de rasgos
regulares, mirada infinitamente azul y frente dominada por largos mechones
negros.
—¿De dónde has sacado a esta fiera salvaje?
—La legión de Cayo lo trajo de Tracia con un grupo de prisioneros.
Me lo advirtieron. Lo siento mucho, señores.
Carpóforo hizo callar al hombre con un gesto severo y se inclinó hacia
Apolonio.
—¿Qué te parece esta pieza? No está mal, ¿verdad?
El senador no respondió, pero por su expresión se adivinaba que no le
era indiferente.
—De modo que querías huir... Pero ¿adonde habrías ido?
Por toda respuesta, el adolescente dirigió a su interlocutor una mirada
dura.
—¿Cómo se llama? —prosiguió el senador.
—Lupus
[5].Pero debería llamarse hiena.
—No —repuso Carpóforo, pensativo—, creo que el apodo es
adecuado. Lupus... ¿Y cuánto pides por él?
—No comprendo, señor.
—¿ Qué quieres comprender? Te pregunto cuánto. ¿ Quinientos
denarios?
—¡Quinientos! Un muchacho tan vigoroso, tan...
—Basta de tonterías, quinientos o nada.
Carpóforo hizo ademán de marcharse.
—¡Aguardad! Lo decía sólo para poner de relieve el valor de vuestra
compra. Es vuestro, señor, es vuestro.
El senador eligió aquel momento para intervenir.
—Mil —pujó con voz tranquila.
Carpóforo le contempló, pasmado.
—¿Qué ocurre, amigo mío? ¿Te interesa este esclavo? ¡Pero mil
denarios es mucho más de lo que vale!
—Sin duda. Pero mira, Carpóforo, sigo siendo un viejo romántico cuya
alma se conmueve al entrar en contacto con la belleza. Déjame. Concede a
mis postreros días la suprema visión de la juventud.
Aquellas palabras pillaron desprevenido a Carpóforo, que pareció
reflexionar unos instantes; luego una sonrisa iluminó sus rasgos.
—Soy un tonto. A fin de cuentas estamos aquí por ti. Puedes quedarte
con el muchacho; sin embargo, pongo una condición: permíteme que te lo
regale.
—¡No hay ninguna razón para ello!-¿Por qué tantos remilgos? No
temas, no te exigiré nada a cambio. —Dirigiéndose esta vez al esclavo,
Carpóforo prosiguió con deliberado lirismo—: ¡Vamos, Lupus, no te doy un
amo, sino un verdadero padre!Entonces, el muchacho irguió por fin la
cabeza y dijo con un terrible desprecio:
—Calixto. Me llamo Calixto; Lupus es nombre de animal.
2
—¿Y qué voy a hacer contigo ahora, pequeño?
Calixto miraba fijamente al frente. En aquella mansión, todo le era
hostil. Al arrancarle unas semanas antes de su tierra, le habían arrancado el
corazón. Enfrentado a la implacable dureza de sus captores, enseguida
había comprendido, mientras la columna se alejaba de Sárdica, que aquellos
hombres le preparaban una vida que le doblaría el espinazo. Y aquel
pensamiento abrasaba su alma. Zenón, su padre, le había dicho un día: «Un
ser sometido es un ser muerto.» A lo largo del viaje, aquellas imágenes,
aquellos perfumes de Tracia se habían agitado en su interior.
Sárdica... Allí, los arroyos eran claros y serpenteaban al pie del pueblo
donde había crecido. Sárdica, la tierna, la rebelde, adosada a las laderas del
monte Haemus, que cerraba el horizonte al norte, y servía de muralla a la
región antes de ir a morir hacia oriente.
Su infancia sólo había sido contemplada por miradas de hombres.
Pocas semanas después de haberle dado a luz, su madre, Dina, había muerto
de una fiebre desconocida. Zenón, su padre, fue quien le educó. Zenón,
calderero de Sárdica. Cabeza de león sobre unos anchos hombros.
Impetuoso Zenón. Colérico, pero con un corazón tan grande como todo el
lago Haemus.
Quién sabe... Tal vez a estas horas siguieran resonando allí sus
enloquecidas carcajadas cuando, con el agua hasta la cintura, Zenón y él se
deslomaban haciendo saltar por encima de la líquida superficie a los siluros
de luminosas escamas. Tal vez también, por deseo de Orfeo, la sombra-niño
de Calixto, acurrucada en las oscuras callejas, siguiera divirtiéndose con
aquellos juguetes que eran conocidos con el nombre de juguetes divinos:
improvisadas peonzas, rombos, pelotas o huesecillos que los Titanes, según
la leyenda órfica, habían utilizado para atraer hasta su trampa a Dioniso
niño.
Estaban aquellas inalteradas escenas en las que, a veces, con un
amenazador zumbido, se veía encaperuzado y envuelto en un largo manto
galo, complaciéndose en retirar de las colmenas sus preciosas reservas de
miel. Aquellos instantes privilegiados, cuando, manejando el gran fuelle de
la forja, se abandonaba a la ensoñación ante los ramilletes de chispas de
metal enrojecido que brotaban, como millares de estrellas, del martillo de
Zenón.
Tracia está muy lejos. La infancia, en el fin del mundo...
¿Podría olvidar aquellos días de fiesta, entre luces y sombras, cuando
los discípulos de Baco
[6],hombres y mujeres del pueblo, trenzaban y destrenzaban al son de
flautas y tamboriles estáticas rondas, cintas de risas y de colores?
Calixto cerró un instante los ojos para impregnarse mejor del pasado.
Zenón estaba allí, ante él, vestido de lino blanco, coronado de mirto, y leía a
la masa de los fieles las rapsodias órficas en la gran basílica decorada con
las ruedas de Ixión
[7].
Recordó también, naturalmente, la ceremonia de su propia
iniciación en los ritos instaurados por Orfeo, el divino cantor.
Orfeo... Su religión, la verdadera. Incluso en aquel momento, a
centenares de millas de su tierra, la enseñanza sacra volvía a su memoria a
oleadas, inundaba su alma y su corazón. Tan viva como ayer, más allá del
frío de la muerte, escuchaba con atención la voz de Zenón contándole
parcelas de la fabulosa historia: «Un día, Orfeo, hijo del rey Eagro y de la
musa Calíope, recibió de Apolo la lira de siete cuerdas. El le añadió dos,
igualando así el número de las Musas: nueve. Y comenzó a cantar,
encantando a los dioses y a los mortales, domesticando a las fieras,
consiguiendo conmover incluso a los seres inanimados. Mediante este
poder, uniendo poesía y música, también contribuyó al éxito de los
Argonautas, prevaleciendo sobre el canto de las Sirenas. Un día, se casó con
la más hermosa, la más dulce de las dríades, Eurídice, la ninfa protectora de
los bosques. Pero, ay, para desgracia de Orfeo, Aristeo, hijo de Apolo y de
Cirene —que enseñó a los hombres a criar abejas—, se enamoró también de
Eurídice. Una mañana, mientras la perseguía a través del bosque, la
muchacha fue mordida por una serpiente y murió. Destrozado, Orfeo se
negó a perder a su amor. Entonces, desafiando la fatalidad que inmoviliza y
descoyunta a los hombres, descendió al reino de Hades. Con sus cantos
como única arma, apaciguó a Cerbero, el perro guardián de los Infiernos,
consiguió hacer que brotaran lágrimas de los ojos de las divinidades
infernales y
obtuvo permiso para regresar a la tierra con su amada. Sin
embargo, se le impuso una condición: que no se volviera para contemplar a
su amor antes de que éste hubiera salido de los infiernos. Lamentablemente,
Orfeo, impaciente y lánguido, rompió su promesa. Y apenas hubo posado
sus ojos en Eurídice, ésta desapareció en las tinieblas...
»Afligido por la pérdida definitiva de su amada, el divino cantor
permaneció inconsolable y solitario hasta el fatal día en que, por haber
desdeñado el amor de las mujeres tracias, las Ménades, esas mujeres
posesas, lo despedazaron.»
Inseparable del destino de Orfeo, estaba el de Dioniso:
«Sémele, su madre, amada por Zeus, murió en el sexto mes de su
embarazo, fulminada ante la visión de su divino amante. El dios arrancó
entonces el embrión del seno de Sémele y lo llevó a término cosido a su
muslo. Hera
[8],tercera y última esposa de Zeus, celosa, entregó el niño a los
Titanes, que lo desgarraron y devoraron su cuerpo hervido. De las cenizas
de los Titanes, fulminados por Zeus, nacieron entonces los hombres
portadores del elemento bestial, titánico, pero también de una parcela de
divinidad en sus almas...»
¿Era, pues, ese elemento bestial lo que quebraba el oro de las leyendas
y el frágil cristal de la felicidad? Porque en Tracia sangraba también el
tormento de un país.
Torturada por sucesivas oleadas de invasores, aquella tierra nunca
había conocido la paz. Dominada por los persas, por Filipo de Macedonia y
por Alejandro. Bajo la tutela de un gobernador romano durante el reinado
de Tiberio. Autónoma bajo Calígula, aunque gobernada por príncipes
educados en Roma. Y, por fin, desde Claudio, oficialmente provincia
procuratorial. El último orgullo del país consistía en proporcionar a las
tropas oficiales jinetes que tenían reputación de ser los mejores del Imperio.
Calixto no hubiera podido decir con precisión cuándo vio por primera
vez las bandas de facinerosos. Aquellos personajes habían formado siempre
parte integrante de su universo. Desertores, esclavos y fugitivos vivían
frecuentemente en las montañas de Haemus, y sólo bajaban de los bosques
para cambiar el producto de su botín por trigo, vino o cuartos de carnero.
Nadie se escandalizaba: era un asunto entre ellos y los habitantes.
Pero, cierta mañana, no fue ya como antes. Calixto recordaba haberse
sorprendido por el porte y el lenguaje de quienes daban de beber a sus
caballos en la fuente del pueblo, mientras sus jefes discutían con los
hombres. No tardó en advertir que a los facinerosos se habían unido
bárbaros sármatas y marcomanos. Cuando sus tribus fueron aplastadas por
las legiones, habían tenido que aceptar verse acantonados, como colonos, en
provincias que antaño habían devastado. Pero aquella vida sedentaria se les
había hecho insoportable muy pronto: habían comenzado a desertar y a
agruparse con otros rebeldes. Adrianópolis incluso había estado a punto de
ser dominada por su levantamiento.
El drama estalló unos días más tarde. El acababa de cumplir dieciséis
años.
Durante la noche, extraños rumores habían corrido por el pueblo. Al
amanecer, se supo que un puñado de hombres heridos había solicitado y
obtenido la hospitalidad de los aldeanos; negarse hubiera supuesto
transgredir la ley de Zeus. Pero los viejos movían la cabeza, recordando
otros motines ahogados en sangre.
No había transcurrido todavía la hora prima cuando una turba de
jinetes se dispersó por el burgo. Todo se llenó entonces de gritos y de
tumulto. La puerta de la casa familiar voló en pedazos, dejando aparecer la
fulgurante imagen de las laminillas metálicas que protegían el pecho de un
centurión. Con voz altanera, el romano preguntó si en la casa se habían
refugiado algunos rebeldes. Zenón negó con la cabeza.
—¿Y éste? —preguntó el oficial, señalando con un dedo a Calixto.
—Es mi hijo. Dejadle tranquilo, sólo es un niño.
– ¿Un niño? Es casi tan alto como yo y tiene la talla suficiente para
formar parte de esas pandillas de bandoleros. ¡Que se quite las ropas!
—Estáis equivocados, os digo que no ha hecho nada.
Desdeñando su intervención, el centurión agarró al adolescente.
—Quiero saber si tu cuerpo está virgen de heridas. ¡Desnúdate!
Calixto trató de resistirse. Se oyó un desgarrón y su túnica cayó al
suelo.
Todo ocurrió muy deprisa: el choque sordo de un puño contra una
mandíbula y de pronto el centurión desplomándose; la aparición de otros
hombres con las espadas desenvainadas y Zenón vacilante, con el cuerpo
bruscamente encogido y los brazos cruzados sobre una extraña flor roja que
abría en su pecho pétalos ensangrentados.
El universo se tambaleaba. Arrastraron al adolescente fuera de la casa,
pero éste consiguió liberarse y regresar junto a su padre para estrecharlo
con fuerza contra él, como en un intento por retener la vida que huía.
—¡Lleváoslo!
Fuera, una neblina, un grito de mujer.
—¡Piedad, piedad para él! Sólo es un niño. Mi vida a cambio de la
suya.
Una vez más trató de huir, cayó, se agarró desesperadamente a su
tierra...
Luego se había producido la larga marcha hacia el oeste. Los primeros
campos helados de la Mesia superior, la Iliria atormentada y gris, el alto en
el camino bajo las desesperantes lluvias de Salona, en Dalmacia, el trayecto
por la orilla del mar. Era la primera vez que veía el mar. Pero para él fue
sólo un jalón más en el camino de su exilio.
Vino luego Emona y las tierras nóricas, la Cisalpina, Mediolanum
[9] y, por fin, aquella ciudad laberíntica: Roma.
—¿Qué voy a hacer contigo?
El muchacho no respondió. Apolonio intentó cogerle la mano, pero él
cerró los dedos para ofrecer sólo un puño cerrado.
—No me hagas la guerra, Lupus. Más tarde me agradecerás haberme
adelantado a mi amigo Carpóforo. Sígueme. Daremos juntos una vuelta a
esta casa donde, de ahora en adelante, tendrás que aprender a vivir. Aunque
te parezca absurdo, te ruego que la mires con ojos distintos a los de una
fiera enjaulada.
La morada de Apolonio era una ínsula, un edificio cuyos siete pisos se
hallaban ocupados por inquilinos y del que el propietario se había reservado
la planta baja. Calixto retrocedió instintivamente al llegar ante aquel
conjunto de albañilería que, sobresaliendo mucho hacia la calle, crecía
hacia el cielo como un espárrago gigantesco. A la blancura fulgurante del
mármol que bordeaba la calzada, sucedían el gris de las piedras talladas del
primer piso, el ocre de los ladrillos del segundo y, finalmente, el desvaído
marrón de los cinco últimos pisos. Toda la fachada estaba surcada por
escaleras particulares que llevaban a los distintos apartamentos y llena de
balcones de madera y piedra, sostenidos por columnas adornadas con
plantas trepadoras. En el alféizar de las ventanas, al menos en el de aquellas
que no estaban cerradas por un porticón o una cortina, podían verse macetas
con flores o incluso verdaderos jardines en miniatura.
En vez de dividir aquella parte del inmueble en una multitud de
tiendas, almacenes y tabernas, como ocurría en la mayoría de las manzanas,
Apolonio había decidido instalar allí sus aposentos. Así, perfectamente
aislados de las habitaciones de los pisos superiores, formaban una especie
de residencia particular.
El atrio, la vasta pieza central flanqueada por columnatas, estaba
pavimentado con mosaicos, cuyas coloreadas piedras destacaban como
otros tantos puntos de luz en la prolongación del sereno pastel de los
frescos. Calixto tuvo, además, la sorpresa de descubrir en ellos a Orfeo,
encantando con su lira a los animales salvajes. Las otras escenas eran más
triviales.
En el centro de la sala, un surtidor caía graciosamente en una gran
pileta cuadrada. Apolonio explicó:
—¿Ves ese estanque? Está unido al acueducto por privilegio imperial.
Dejo que mis inquilinos tomen gratuitamente el agua que necesitan, lo cual
les permite no depender de los pozos y las fuentes públicas.
Calixto se oyó responder con ironía:
– Donde yo he nacido, no se necesitaría ese artificio. En Tracia hay
ríos y arroyos. Y nadie carece nunca de agua.
Apolonio miró unos instantes al adolescente, vaciló y tomó la decisión
de seguir recorriendo el contorno de la sala, designando las estancias
principales.
—Este es el triclinio, donde a veces invito a mis amigos a cenar. Y ésta
es la exedra, donde recibo a mis clientes y deudores. También trabajo aquí y
dicto cartas, pero con mucha más frecuencia me recojo en este lugar para
saborear una de las raras alegrías de mi vida: la lectura. Al fondo están las
letrinas. Un vendedor de abono las vacía todas las nonas
[10].
Penetró luego por un austero corredor. Unas lámparas colgantes
brillaban débilmente, iluminando con temblorosa llama los muros de estuco
blanco llenos de hornacinas que contenían bustos de mármol, masculinos y
femeninos. Aunque estuviera algo sorprendido, Calixto no lo demostró.
—Algún día no lejano —explicó Apolonio con una sonrisa—, mi
efigie tendrá también su lugar en estas paredes. Lo que ves son los
miembros de mi familia que se han dirigido al reino de los muertos.
Instantes más tarde salieron de nuevo a cielo abierto, a un patio central
transformado en jardín de recreo. Bajo la vigilancia de algunas graves
matronas, unos niños jugaban al aro en las arenosas avenidas mientras que
otros lanzaban sus peonzas, subrayando sus gestos con carcajadas. Una
bandada de palomas levantó el vuelo ante sus pasos cuando flanqueaban un
estanque repleto de nenúfares y lotos.
—Admíralo —dijo Apolonio con orgullo—. Modestia aparte, creo que
tienes ante tus ojos uno de los jardines más refinados de Roma.
—Al pie del Haemus, toda la campiña es un jardín. Para contemplar el
cielo de Tracia no es necesario echar la cabeza hacia atrás. Tu estanque
nunca parecerá un gran lago de aguas azules, y tus cipreses siempre serán
tachaduras si se comparan con mis bosques.
Calixto había hablado con una creciente vehemencia que atrajo, sobre
él y su maestro, miradas contrariadas. El senador respondió a algunos
saludos turbados y luego, suspirando, posó una mano en el hombro de su
esclavo.
—Comprendo. No puedo devolverte lo que has perdido. Espero que,
pese a todo, con el tiempo puedas ser feliz aquí.
¿Comprender? ¿Feliz?
Qué hombre más extraño. ¡Qué pretensión! ¿Cómo podía comprender
lo que significaba para él una vida en la que no vería ya más el rostro de
Zenón inclinado sobre el suyo, en la que no oiría de nuevo, cuando
amaneciera, su voz que rodaba como un guijarro? ¿Cómo podría ser feliz
lejos de su pueblo, privado para siempre de las partidas de pesca y de caza,
de la nieve que cubría con un inmaculado infinito Sárdica, privado para
siempre del derecho a perderse y correr hacia delante, en libertad?
De pronto advirtió que las lágrimas acudían a sus ojos y las rechazó
con rabia. Zenón no se hubiera sentido orgulloso de él. La mirada
circunspecta de Apolonio se hallaba clavada en él. Se mordió los labios y le
hizo frente con orgullo.
A la mañana siguiente lo condujeron ante el villicus, el jefe de los
esclavos.
Efesio (no era su auténtico nombre, pero así le había apodado un
mercader, inspirándose sin duda en sus orígenes jónicos) era un hombre de
edad indefinida. Todo cuanto podía advertirse era que se encontraba más
bien en el declive. Tenía un rostro apergaminado, de rasgos inmóviles, y
daba la impresión de contemplar el mundo con los apagados ojos de un
camaleón. Pero era sólo una apariencia. En realidad, no estaba lejos de
nada, sino cerca de todo. Apolonio —que sentía una verdadera repulsión
por todo lo referente a los asuntos domésticos— confiaba desde hacía casi
veinticinco años en él y había acabado por manumitirlo. El villicus le era,
así, más fiel todavía.
Si había algo que Efesio no toleraba era la indisciplina y el derroche.
Sin duda por eso expresó muy pronto su desaprobación hacia el nuevo
esclavo que habían traído la víspera del foro.
—¿No buscabais un sustituto para Falaris? Pues ese muchacho...
– Ya me conoces... Fue algo indefinible. Además, se trataba de
Carpóforo o yo.
—Pues bien, mejor hubiera sido dejárselo al banquero. Al menos él no
tiene tantos escrúpulos.
– Vamos, ya le encontraremos algo que hacer. Y en caso contrario, si
entre todos los esclavos del Imperio hubiese uno que no trabajara, no creo
que cometiéramos con ello ultraje alguno.
—¿No trabajar?
Aunque imperceptiblemente, un rasgo del rostro del villicus se movió.
Las palabras de su señor sonaban a sus oídos como una blasfemia. Aunque
tuviera que obligar al tracio a traerle los ecos del viento, no toleraría ni un
solo quebranto de los principios establecidos desde siempre.
Efesio encontró a Calixto en el jardín, desierto todavía a aquellas
horas. El alba acababa de nacer y los rumores ascendían ya como en pleno
día, pues Roma despertaba tan temprano como una aldea.
—Toma, ponte esto alrededor del cuello.
Calixto examinó la cadenita que Efesio le tendía. Llevaba grabado un
nombre: el del senador. Con gesto decidido, la arrojó al estanque.
—No soy un animal a quien se le pone un collar para encontrarlo
cuando se pierde.
El intendente observó impotente los eslabones de bronce que
desaparecían bajo la superficie. Pálido y con los labios apretados, esbozó un
gesto amenazador.
—¡Ve a buscar ese collar!
—¡Ve a buscarlo tú mismo, si tan dotado estás para la esclavitud!
Pequeñas venas violáceas aparecieron en las sienes de Efesio. Nadie
había tenido jamás la desvergüenza de responderle así. Se dijo que, si no
metía en cintura a aquel tozudo, su autoridad desaparecería; y como no
podía contar con Apolonio...
—¡Te he dado una orden! ¡Obedece!
—¡No!
Efesio hizo una profunda inspiración. Tendría que castigar
personalmente al insolente.
Asió a Calixto de los hombros, pero éste, con gran viveza, se
desprendió mediante una torsión del pecho. Al mismo tiempo agarró al
anciano del brazo izquierdo y, con la ayuda de su propio peso, le hizo
perder el equilibrio y caer al agua. Enseguida se oyó un grito.
—¡Padre!
Sorprendido, Calixto se volvió. Vio a un muchacho de aspecto griego,
más joven que él, vestido con una modesta túnica blanca y que llevaba entre
los brazos varios rollos de papiro atados con una larga cinta de cuero. Antes
de que le diera tiempo a reaccionar, el otro hizo girar los rollos en el
extremo de la correa y se los lanzó a la cara. Luego se abalanzó hacia
delante y golpeó con la cabeza el pecho de Calixto, cortándole la
respiración. El tracio cayó a su vez en el agua fría. Intentó salir, pero unos
brazos poderosos lo cogieron por la nuca y lo mantuvieron irresistiblemente
bajo la superficie.
Sintió que se ahogaba, se debatió desesperadamente, notó que el agua
penetraba con sonoros gorgoteos en sus pulmones. La presión desapareció
por unos instantes. Aspiró una salvadora bocanada de aire. Le sumergieron
de nuevo. Una, dos veces. Rojizos relámpagos atravesaban su cerebro, sus
oídos se llenaban de zumbidos, se debilitaba, se desarticulaba.
Finalmente, tras lo que le pareció una eternidad, pusieron fin a su
suplicio. Entre una semi neblina, tosiendo, escupiendo y con los ojos llenos
de agua, percibió que le sacaban del estanque. Se derrumbó sobre las
baldosas de mosaico, jadeando e hipando, vagamente consciente de un
húmedo ruido de sandalias y de la voz de Efesio.
—¡Tienes suerte de que no quiera hacerle perder mil denarios a
nuestro señor! Ayúdame, Hipólito.
No tuvo fuerzas para reaccionar mientras le ponían de rodillas, con el
pecho inclinado y la cabeza sujeta bajo la axila del villicus. Una mano
arremangó su túnica y lo despojó de la faja de tela que protegía su
entrepierna.
—¡Pega, Hipólito! ¡Castiga a este pequeño rebelde!
La correa de cuero mordió cruelmente las nalgas del tracio, que dio un
respingo, más dolorido por la humillación que por los golpes.
Cuando le soltaron por fin, se irguió, lívido, y miró a Hipólito con ojos
vengativos.
– Espero que hayas comprendido la lección —dijo el intendente—. No
olvides nunca que, como esclavo, no tienes ni derechos ni recursos. Ya no
eres una persona; sólo un objeto. Si tuvieras hijos, éstos pertenecerían a tu
amo, igual que los cachorros de un animal. Naturalmente, las instituciones
cívicas como el matrimonio o las ceremonias religiosas te están prohibidas.
Sabes también que existe una panoplia de castigos que han doblegado a
gente más recalcitrante que tú. Te aconsejo encarecidamente, pues, que no
intentes rebelarte de nuevo. Si no me hicieras caso, te aseguro que no
quedaría nada de tu arrogante cabecita. ¡Y ahora ve a buscar el collar!
Calixto se dominó para no arrojarse al cuello de Efesio. Lentamente,
con manifiesta rabia, se introdujo en el agua.
A la mañana siguiente fue asignado al servicio personal de Apolonio.
Su tarea consistía en despertar a su amo a la hora en que la capital se
animaba. De todos modos, de las callejas de los alrededores ascendía tal
estruendo que a cualquiera le habría resultado difícil dormir más allá de la
hora prima. Además, había que contar con el tumulto producido por los
distintos esclavos entregados a las tareas domésticas. Con los ojos
abotargados todavía por el sueño, penetraban en las estancias armados con
un arsenal de cubos, bayetas y escaleras, dispuestos a cubrir el suelo de
serrín y a hacer brillar los rincones más escondidos.
Calixto se presentaba entonces en la alcoba del senador, comenzaba
abriendo las contraventanas, servía el vaso de agua que su amo se bebía
cada mañana a modo de desayuno y luego —tarea nada desdeñable— le
ayudaba a ponerse la túnica ribeteada de púrpura, digna vestidura de los
dueños del mundo. Ahuecada, elocuente, solemne, pero de espantosa
complejidad en lo referente a la colocación de los pliegues. A continuación
se retiraba, llevándose con una mueca de asco el orinal de plata lleno hasta
los bordes de los desechos senatoriales.
Ese ritual se cumplía, día tras día, sin que Calixto hiciera el menor
esfuerzo por amenizar con algo más que con aquellos inmutables gestos el
despertar de Apolonio, quien, curiosamente, no parecía reprochárselo. Sin
embargo, si bien el anciano optaba por sonreír con indulgencia, no se
privaba en cambio de observaciones y comentarios, interrogando a su
esclavo sobre su país, su familia y su religión, aunque por toda respuesta
sólo obtuviera monosílabos o insolencias apenas disimuladas.
En realidad, Calixto comenzaba a asombrarse ante la paciencia y la
mansedumbre que demostraba su amo. El, en su lugar...
Creyó haber encontrado la explicación el día en que descubrió su
propia imagen en el gran espejo de bronce y plata que adornaba la alcoba
del senador. Fascinado, se acercó: nunca se había visto más que en el agua
clara de las fuentes. La mano de Apolonio alborotó sus cabellos.
—Sí-murmuró—, eres muy guapo...
¿Guapo? ¡Claro, naturalmente! Eso lo explicaba todo. Tanto su
injustificada compra como el trabajo asignado en la intimidad de su señor.
¡Sin duda el senador tenía la intención de meterlo en su cama! Había tantos
indicios que era difícil interpretarlo de otro modo; entre otros, el hecho de
que Apolonio no tuviera esposas ni concubinas.
Sin embargo, la primera persona a quien le confió esta hipótesis —
Emilia, una de las sirvientas— gritó con indignación:
—¿Nuestro amo entregándose a amores griegos? ¡No, él no! Tal vez el
mundo entero, pero él no. Es el ser más casto y honesto que existe.
Todos los esclavos a quienes el tracio hizo la pregunta tuvieron la
misma reacción indignada. Y sin embargo, era muy extraño. Tan extraño
como la abnegación, el respeto casi filial que toda esa gente le demostraba
al senador. Porque él, Calixto, hubiera acogido de buena gana todas las
habladurías, todos los chistes de atrio que alimentasen su odio. Era
explicable que Efesio e Hipólito se mostraran tan fieles a su señor, ya que
Apolonio les había concedido exagerados privilegios, llegando a encargarse
incluso de los estudios de Hipólito. Pero los demás... ¿Era posible que la
servidumbre pudiera destruir tanto a los hombres?
Ciertamente, Apolonio tenía reputación de ser un filósofo. Pero,
reinando Marco Aurelio, esto no tenía en verdad nada de original. Los había
en cualquier esquina de la calle: pupilos del Príncipe o parásitos
hambrientos, notables por su mugre, sus harapos y el aspecto hirsuto de sus
barbas y sus cabellos. Todos profesaban los sistemas más opuestos. Todos
soñaban con un éxito semejante al de Rústico, el antiguo maestro del
Emperador convertido en prefecto del pretorio, o al de Fronto, que había
llegado hasta el consulado. O al de Crescencio, que había recibido, con su
cátedra de enseñanza seiscientos denarios de oro. Sí, el peor de los piojosos
se las daba de filósofo. Apolonio no era, pues, un caso especial. Nada
explicaba la devoción de su entorno.
Pero eso no era todo. En lugar de valerle la estima y el apoyo de los
demás servidores, la actitud rebelde de Calixto tan sólo le hacía objeto de
reprobación y críticas. Una vez, Hipólito llegó incluso a ponerle en guardia
contra las tentativas de evasión. El tracio le había mirado entonces de arriba
abajo.
—¿Crees que me asusta la amenaza de los fugitivarii? ¡Los cazadores
de esclavos no me dan miedo!
—No —repuso Hipólito—, pero debes saber que, evadiéndote, te
robarías tú mismo a tu amo, infligiéndole así un perjuicio que no merece en
absoluto.
De buenas a primeras, Calixto se preguntó si debía reír o indignarse.
Se limitó a afirmar en tono glacial:
—En fin de cuentas, por más liberto que seas, eres mucho más esclavo
que yo.
Entonces, Hipólito tuvo una salida absolutamente singular:
– Sin duda soy todavía esclavo, pero ciertamente no del señor
Apolonio...
3
Algunos días, Apolonio se levantaba mucho antes del amanecer, lo que
significaba que el joven tracio debía saltar de la cama en lo mejor del sueño.
Atravesaba entonces el vasto aposento lleno de tinieblas titubeando,
chocando con todos los ángulos hasta que llegaba a la alcoba del senador.
Cumplidas sus tareas, bajaba a las cocinas conteniendo los
bostezos e
intentaba que le sirvieran un plato de aquellas golosinas romanas por las
que sentía una verdadera pasión: una
especie de croquetas de queso y
espelta, fritas en manteca, endulzadas con miel y espolvoreadas con
semillas de adormidera. Lamentablemente, aquellas mañanas la cocina
estaba siempre desierta. Emilia y Carvilio, el cocinero de Apolonio, al igual
que la mayoría de los servidores parecían haberse volatilizado.
Maldiciendo ante las alacenas cerradas con llave, se veía obligado a
aguardar su regreso, que por lo general tenía lugar cuando el sol estaba ya
alto.
Naturalmente, al principio les había interrogado sobre tan repetidas
ausencias, pero se limitaban a responderle en tono evasivo que servidores y
amo celebraban un sacrificio, lo que le exasperaba hasta el más alto grado,
pues nunca había percibido en la morada el olor característico de la carne
asada. Jamás los esclavos de la casa fueron invitados a compartir los restos,
de acuerdo con la costumbre universal. Además, ¿podía creerse por un solo
momento que un hombre libre, senador romano por añadidura, se rodeara
de sus servidores para orar a los dioses?
Otro detalle curioso: no sólo los esclavos de Apolonio asistían a las
misteriosas reuniones, sino también algunos inquilinos de la manzana, así
como otras personas procedentes de todo el barrio, gente de todos los
orígenes y todas las condiciones.
Una mañana, Calixto, deseoso de saber a qué atenerse, decidió seguir a
Carvilio y Emilia sin que lo supieran. Los vio dirigirse al tablinio, la
estancia principal de la mansión. Escondido tras una columna, permaneció
largo rato espiándolos mientras entonaban unas estrofas cantadas cuyo
sentido no pudo comprender. Sin embargo, su fervor le conmovió muy a su
pesar. Oyó a Apolonio pronunciar discursos y leer textos que, en cierto
modo, le recordaron a Zenón cuando explicaba a sus fieles la doctrina de
Orfeo.
Zenón... ¿Dónde estaría ahora? ¿Qué habría sido de su alma? ¿Se
habría reencarnado en un hombre o en un animal? Con todas sus fuerzas,
oró para que su padre, arrancado a la rueda del destino, hubiera encontrado
reposo en los Campos Elíseos.
Finalmente, tras varias semanas de observación, tuvo que rendirse a la
evidencia: aquellas gentes no celebraban ni un ritual bárbaro ni una
ceremonia sangrienta. Eran sólo viles plagiarios y, sobre todo, unos
hipócritas. Bastaba, para probarlo, con observar cómo, al finalizar aquellas
asambleas, se separaban besándose y llamándose «hermanos», para
regresar, en cuanto la reunión terminaba, a su lugar jerárquico. Apolonio
volvía a sus ocupaciones cotidianas y quienes eran sus clientes y protegidos
seguían saludándole con la misma deferencia. En cuanto a Emilia, Carvilio
y los demás, reanudaban a sus tareas con el mismo servilismo. Entonces, ¿a
qué venían tan incongruentes reuniones y aquella falsa fraternidad? No,
decididamente, todo un mundo le separaba de aquellos romanos. Fueran
burgueses o siervos, nunca tendría nada en común con ellos.
Aquel día estaban en pleno februarius y un viento frío gemía al correr
por el Esquilino. Tras haber despedido al último de sus clientes, Apolonio
hizo una mueca al abandonar su incómodo escabel de marfil. Dio algunos
pasos hacia uno de los dos braseros —que, por otra parte, ahumaban y
apestaban la sala más que calentarla— y acercó al calor sus entumecidos
dedos de deformadas articulaciones.
—Calixto, este tiempo no me hace bien alguno. He decidido ir a las
termas y tú me acompañarás. Algunas brazadas y un rato en el sudatorium
podrán desentumecer el viejo árbol en el que me he convertido.
Cargaron al tracio con redomas, ungüentos, frotadores y toallas, y amo
y esclavo salieron de casa cuando el reloj de agua instalado en el atrio
lanzaba hacia el cielo algunos guijarros para anunciar la hora cuarta.
Nunca, desde el día del foro, había tenido ocasión de caminar por
Roma. Y a su pesar se sentía ganado por la fiebre.
Pasaron ante numerosos tenderetes poblados por una fauna tan ruidosa
como variada: barberos, taberneros, asadores y figoneros enronquecidos a
fuerza de invitar a la clientela. Se cruzaron con curiosos acuñadores de
polvo de oro, que daban repetidos golpes con su pequeño mazo. Más lejos,
algunos cambistas hacían sonar su provisión de monedas sobre sucias
tablas. Entonces se abrió camino en su mente la idea de la evasión.
¿Quién podría alcanzarle en aquella desordenada turbamulta?
Su corazón comenzó a palpitar violentamente en el pecho. La visión de
los cazadores de esclavos hizo desaparecer por un instante su deseo; luego,
como en trance, advirtiendo un espacio entre la muchedumbre, dio un salto
hacia delante. Corría. ¡Volaba entre las insulae!
Nada le detendría ya.
Penetró en una calleja que se abría a su izquierda. Los arcos
sucedieron a los arcos y las estatuas. Dejó atrás un monumento ecuestre y
una fuente, sin parar de correr, y llegó por fin ante el río.
Un viento frío soplaba sobre su rostro chorreante de sudor. A pocos
pasos serpenteaba el lecho del Tíber. Distinguió un puente a su derecha y un
imponente edificio. Dada su forma oblonga, se dijo que tal vez fuera uno de
aquellos circos reservados a las carreras de carros de las que tan a menudo
hablaban los esclavos del senador.
Al llegar a orillas del río, metió una mano bajo su túnica, arrancó sin
vacilar su cadena de esclavo y la lanzó con todas sus fuerzas al curso del
Tíber.
No lejos de allí se levantaba un muro de piedra seca, coronado de
verdes frondas que enmarcaban una puerta maciza. Bajo un pórtico jugaba
un grupo de niños. Sin saber qué hacer, decidió acercarse a ellos, atraído
por la sombra de las columnatas. Pero, apenas hubo dado unos pasos, se
detuvo.
No había error posible: una lira y una rueda estaban incrustadas en la
madera de la puerta. ¡Dos símbolos órficos!
Consideró la coincidencia un buen presagio, flanqueó el muro y se
adentró en un nauseabundo callejón. Se encontró muy pronto ante la
fachada de una ínsula y dedujo que el jardín que había entrevisto estaba al
otro lado. Perplejo, reflexionó unos instantes: si se celebraban bacanales, el
guardián debía de ser un bucoloí
[11].Tal vez pudiera ayudarle. Lleno de esperanza, Calixto se dirigió
hacia la puerta. Entonces notó que un líquido tibio caía sobre su rostro.
Levantó la cabeza con el tiempo justo para ver una silueta que desaparecía
en el marco de una ventana. Unas gotas corrían por sus mejillas.
Reconoció, con espanto, el olor acre de la orina. Algún desaprensivo
se había librado del contenido de su orinal. Asqueado, Calixto se secó el
rostro con la manga, vaciló y, pese a todo, decidió perseverar.
Una vez abierta la puerta, se halló en la entrada de un largo corredor
decorado con sátiros saltarines, ménades danzantes, silenos, músicos y otros
motivos dionisíacos.
Al otro extremo se distinguía el verde del jardín, donde el sol caía a
chorros.
Calixto dio unos pasos más, hasta que distinguió a su izquierda una
puerta grabada con los mismos símbolos órficos. Llamó e intentó abrir.
—Es inútil. ¡A estas horas no hay nadie!
El muchacho se sobresaltó como si el fuego del cielo acabara de caer a
sus pies.
El desconocido prosiguió:
—Pero ¿qué te ha pasado? Hueles... —Hizo una mueca—. ¿Te han
derramado un orinal en la cabeza?
El que acababa de interpelarle era un adolescente. Llevaba una túnica
blanca, un cinturón de lino, la cabeza envuelta en una tela inmaculada y los
pies calzados con sandalias de esparto.
—Vamos, reponte. ¡Más de una vez me ha ocurrido a mí la misma
desventura!
Calixto observó con atención a su interlocutor. Debía tener su misma
edad. Era más bien flaco, de rasgos agradables, ojos marrones y cabellos
castaños ordenados en bucles sobre una frente estrecha.
– No puedes seguir en ese estado. Ven, te acompañaré a las
termas.
Podrás lavarte y hacer que limpien tus vestidos. —Y, como Calixto vacilara,
añadió—: De todos modos, si eres discípulo de Orfeo debes de saberlo,
nadie te dejaría entrar aquí antes de haberte purificado.
—¿Acaso eres tú también un orfista?
– Sí. Y estoy orgulloso de serlo.
– No... No quisiera hacerte perder el tiempo.
—Muy al contrario. Me proporcionas un excelente pretexto para
escapar a mi lección de griego. Mi gramático tiene una fea cabeza y maneja
el bastón con excesiva facilidad para mi gusto.
Tras una postrera vacilación, Calixto decidió seguir al adolescente. Un
discípulo del divino Orfeo no podía traicionarle.
Cuando llegaron a la calle, señaló con el dedo el lugar mancillado por
las deyecciones.
—¿Por qué lo hacen?
—No debes de ser de aquí si haces esa pregunta. Además, tienes un
curioso acento.
—Estoy en Roma desde hace poco.
—Entonces debes saber que, en las manzanas, sólo algunos
alojamientos privilegiados, situados en la planta baja, tienen letrinas... En
los pisos superiores, los inquilinos más disciplinados vierten cotidianamente
sus excrementos en las jarras dispuestas para ello en la entrada de los
porches. Por lo que a los demás respecta... Pero basta ya de charla. ¡Vamos!
El sol declinante daba al cielo de invierno un color malva que
contrastaba con los tejados, de un marrón dorado. El rápido paso de ambos
muchachos, así como la empinada pendiente del Aventino, les privaban un
poco de la frescura que iba apoderándose del ambiente. Llegaron por fin a
las termas que Trajano había dedicado a su amigo Licinio Sura, y se
abrieron paso entre la muchedumbre de bañistas y ociosos de toda
condición que se aglutinaba en torno a las numerosas tiendas alineadas bajo
los pórticos del inmenso cuadrilátero. Entraron luego en el xisto,
prolongado por una vasta galería refrescada por sombras y fuentes donde se
ejercitaban los atletas ante la distraída mirada de graves ancianos envueltos
en togas blancas.
Calixto y su nuevo amigo —había sabido que se llamaba Fustiano— se
dirigieron directamente al corazón de las termas: un complejo de palestras,
bibliotecas, salas de exposición, salones de masaje, piscinas y gimnasio.
Se desnudaron en el apoditerio, y Fustiano recomendó a los esclavos
que les limpiaran las ropas. Después arrastró a Calixto hacia el pilón,
donde, tomando agua en sus palmas unidas, roció generosamente el rostro y
los cabellos del tracio.
—Ya está, tenías hasta en la espalda.
—Te lo agradezco. Está fría, pero es mucho mejor que aquella
hediondez viscosa.
– Puedes ir a calentarte en los baños de vapor o tomar un baño tibio en
una de esas estancias. A menos que prefieras nadar en la piscina del
frigidarium, que, por lo demás, es el lugar idóneo para que nos inviten a
cenar.
—¿Para que nos inviten?
– Comprendo tu extrañeza, pero aquí es algo corriente.
Calixto no intentó profundizar más y siguió los pasos de su
compañero. Atravesaron el tepidario en el más simple atavío antes de llegar
a un soberbio espacio a cielo abierto, a pocos pasos de la imponente piscina.
Una densa muchedumbre se agitaba a lo largo de los marmóreos
pavimentos. Hombres y mujeres estaban perezosamente tendidos en el
borde; otros retozaban en el agua sin que su integral desnudez pareciera
preocuparles lo más
mínimo.
—Hablabas de que nos invitaran a cenar-dijo de pronto Calixto,
subyugado por el espectáculo—, pero ¿acaso no tienes que volver a tu casa?
—No. Ya te lo he dicho, me espera mi gramático.
—¿Y qué es un gramático?
Fustiano le escudriñó con las manos en las caderas.
—Pero, bueno, ¿de dónde sales tú para ignorar qué es un gramático?
—Ya te lo he dicho, hace poco que estoy en Roma.
—Es el hombre encargado de proporcionarnos una enseñanza
secundaria, basada en la literatura griega y latina.
—¿Y tus padres? Debes de tener padres. ¿No se preocuparán?
—Sería la primera vez. De todos modos, prefiero los golpes de mi
padre que los del viejo imbécil. Pero, ahora que pienso, ¿y los tuyos?
Calixto vaciló un instante.
—Mis padres murieron.
—Aún así, debe de esperarte alguien —insistió Fustiano.
La sombra de Efesio cruzó por la mente del tracio.
—No exactamente —susurró, con los rasgos súbitamente muy tensos.
—Si comprendo bien, también tú huyes de un gramático.
—En cierto modo. Y...
Un impresionante clamor que ascendía de las cuatro esquinas del
frigidarium le interrumpió. Concentrada alrededor de la gran piscina, la
muchedumbre aplaudía, alentaba a alguien al grito de «¡César! ¡César!».
Aproximándose, Fustiano y Calixto descubrieron enseguida el objeto
de aquel entusiasmo: la superficie de la piscina estaba estriada por los
surcos paralelos de varios nadadores que rivalizaban en velocidad. A la
cabeza, una cabellera rubia emergía y desaparecía con cadencioso ritmo,
rompiendo el agua en mil perlas cristalinas.
—¡Caramba, es Antonio Cómodo, el hijo del emperador Marco
Aurelio! —comentó Fustiano—. Admira su estilo...
—No está mal. Pero no es nada asombroso.
—¡Nada asombroso! Hablar es muy fácil. ¿Te sientes capaz de nadar
tan rápidamente como él?
—Sin duda alguna —replicó Calixto con seguridad.
Fustiano examinó a su nuevo amigo con una expresión interesada.
—¿De verdad?
– Fustiano, cuando me conozcas mejor sabrás que sólo miento para
ganar tiempo. Pero, aquí... —añadió, señalando a los nadadores—, no veo
nada interesante.
—Te tomo la palabra. Sin embargo, si lo que dices es cierto, te ruego
que refrenes tu ardor: el heredero de la púrpura detesta ser derrotado.
—Es absurdo. ¿De qué sirve entonces la carrera? Yo...
– Confía en mí. Será el modo de unirnos a ellos y lo aprovecharemos
para que nos inviten a cenar. Pero, recuérdalo: ¡déjate ganar!
—Decididamente, el vientre ocupa tus pensamientos.
—Y tú hablas como el viejo imbécil del gramático.
Un círculo de curiosos rodeaba al adolescente rubio.
—Bueno, ¿queda alguien que desee medirse conmigo?
Sin vacilar, con sorprendente aplomo, Fustiano se presentó y aceptó el
desafío en su nombre y en el de Calixto. Le siguió casi enseguida otro
muchacho de cabellera ondulada y anillos en los dedos.
El César, tras haber examinado durante unos instantes a sus nuevos
adversarios, declaró:
—¡Muy bien, vamos!
Se colocaron sobre los cubos de mármol dispuestos en uno de los lados
de la piscina. Alguien dio la señal con una palmada y los cuatro nadadores
se zambulleron casi al unísono.
La súbita frialdad del agua no sorprendió a Calixto. Por el contrario, le
recordó sensaciones familiares del tiempo, tan cercano todavía, en que
hendía la helada superficie del lago Haemus. No había presumido en
absoluto al decirle a Fustiano que era un excelente nadador: en Sárdica,
nadie podía vencerle. Pero, recordando la advertencia de su amigo, procuró
dominarse y ajustó su ritmo al del hijo del Emperador.
En las últimas brazadas, y aunque fue grande la tentación de vencerle,
le cedió una ventaja pequeña pero decisiva.
Bajo una atronadora salva de aplausos, los nadadores salieron de la
piscina con la boca abierta y una expresión de pez fuera del agua.
—¡Por Hércules! —exclamó Cómodo—, me has dado mucho trabajo.
¿Cómo te llamas?
—Calixto.
– Me gustan los muchachos de tu temple. ¿Queréis venir, tu amigo y
tú, a la cena del Palatino?
Calixto miró de reojo a Fustiano, el cual, encantado, le indicó por
señas que aceptara. ¿Cómo? ¿El, el esclavo fugitivo, el tracio exiliado,
estaba invitado a compartir la mesa del hijo de un emperador? Quiso
mascullar algo mientras Cómodo rozaba su espalda y su mejilla con
singular dulzura. La intervención del cuarto nadador puso fin a su
turbación.
—César, no olvides que has aceptado honrar el banquete que doy para
festejar el aniversario de mi primer corte de barba. Trae, si lo deseas, a tus
parásitos.
—Ah, Didio Juliano —comentó Fustiano—, hay que ser rico como tú
para permitirse denigrar así a sus «sombras»
[12].
Instantes más tarde, los cuatro jóvenes se encontraron sobre los
almohadones de una misma litera. Las cortinas estaban corridas para
proteger a los ocupantes de los rigores de la temperatura, mientras que del
techo, formado por una placa de cristal informe, se filtraba una luz lechosa.
Calixto, emocionado y prudente, evitó tomar parte en la conversación
y se limitó a examinar a Cómodo. El hijo de Marco Aurelio, vestido casi
con tanta sencillez como él mismo y Fustiano, era alto y muy robusto para
su edad. Se adivinaba al atleta. Aunque sus párpados hinchados y pesados
le dieran un aspecto perpetuamente adormecido, sus rasgos resultaban
agradables. Sus maneras eran más bien directas, cordiales incluso. Y, pese a
la evidente vanidad que emanaba de todas sus palabras, Calixto no pudo
evitar encontrarle cierto encanto. En cuanto a Didio Juliano, con su túnica
de seda brocada en oro, su cinturón de pedrería y su tono preciosista,
parecía hasta extremos caricaturescos el hijo de rico patricio que era.
Gladiadores, carreras..., la discusión se animaba. Calixto, por su parte,
guardaba silencio, tanto por ignorancia como por la estupefacción que le
causaba aquella extraordinaria situación. Esclavo por la mañana, fugitivo a
mediodía, comensal de César por la noche...
Un estremecimiento recorrió su espinazo cuando Didio Juliano
propuso una partida de dados. No tenía ni un solo as para apostar. Pero ya
estaban colocando en el centro de la litera la mesa de marfil destinada a ese
uso. Se hicieron las primeras jugadas y muy pronto le llegó el turno a
Calixto. Con mano insegura, agitó el cubilete y lanzó los dados.
—¡La jugada de Venus! —se maravilló Juliano.
—¡Realmente estás de suerte, amigo! —exclamó Fustiano palmeando
el hombro de su compañero—. ¡Iniciar una partida con la mejor tirada!
—Espero que dure —murmuró Calixto como si hablara consigo
mismo.
Tiraron de nuevo los dados por turnos. Cuando Cómodo le ofreció de
nuevo el cubilete al tracio, una mano descorrió las cortinas de cuero de la
litera. Habían llegado a su destino.
4
Dado que en invierno la noche caía enseguida, los tres huéspedes de
Didio Juliano sólo vieron de su palacio una masa negra que bordeaba la
calzada. La única abertura iluminada era la puerta; los cuatro adolescentes
la franquearon y penetraron en el imponente atrio. Calixto quedó mudo ante
la exhibición de lujo que invadía aquella sala de acanaladas columnas,
sembrada de centenares de antorchas sostenidas por hacheros de bronce.
El suelo estaba cubierto de soberbios mosaicos, y la gran pileta del
impluvio, pavimentada de mármol verde. A petición de Didio Juliano,
cruzaron con el pie derecho el umbral del triclinio.
El comedor era mucho más vasto y suntuoso todavía que el atrio.
Calixto no sabía gran cosa de metales preciosos, pero era evidente que los
lechos debían de ser de plata maciza. En lo referente a la vajilla, era de oro
cincelado. Advirtió luego que las molduras de excelente madera de los
veladores y las mesillas llevaban incrustaciones de perlas finas.
Entregado a su pasmo, el joven tracio sólo había prestado una vaga
atención al grupito de personas de edad madura y de ambos sexos que se
hallaban tendidas ya en los lechos. Didio Juliano las saludó.
—¡Oh padres! Y vosotros, honorables, os traigo a un ilustre comensal:
el cesar Cómodo me ha hecho el honor de aceptar mi invitación.
En cuanto fue pronunciado el nombre de Cómodo, los comensales se
levantaron, alabando al príncipe y rivalizando en serviles discursos. Con los
brazos cruzados, Calixto observó la escena con apenas velado desprecio: en
Sárdica, los ancianos no se habrían rebajado ante un joven efebo recién
salido de la infancia.
Como era de esperar, el padre de Didio Juliano le cedió el lugar de
honor, subrayando su gesto con grandes manifestaciones de halago.
Transgrediendo la tradición, el hijo de Marco Aurelio rogó a sus
compañeros que se unieran a él en el mismo lecho. Ninguno de los
invitados, senadores o matronas, se atrevió a protestar; pero bastaba ver la
desdeñosa mueca que fruncía sus labios para comprender cómo les
escandalizaba aquel privilegio concedido a gente inferior.
Los tres adolescentes se instalaron cómodamente mientras unos
esclavos los descalzaban, los coronaban de flores y vertían en sus manos
agua perfumada. Casi inmediatamente entraron unos mimos y algunos
músicos. Calixto los observó con contenida impaciencia: su estómago daba
gritos de hambre.
Por fortuna, el servicio de la prima cena no tardó en comenzar. Ostras
espinosas, ortigas de mar, alondras. El tracio, que nunca había visto
semejantes manjares, se limitó prudentemente a seguir el ejemplo de
Fustiano.
—Deliciosos —apreció Cómodo—. Probad estos pajaritos confitados
con miel. Son pura maravilla.
– Te lo agradecemos, César-respondió cortésmente el compañero de
Calixto—, pero nosotros somos adeptos de la religión de Orfeo. Por eso
tenemos prohibido consumir carne. En cambio, la de los mejillones y demás
mariscos nos está autorizada, pues según los mayores sabios éstos son
intermediarios entre el animal y el vegetal.
Cómodo pareció, a la vez, sorprendido e interesado. Preguntó en qué
se diferenciaban las tradiciones órficas del culto de Baco. Calixto y
Fustiano comenzaron entonces a exponerle los principios de la ascesis y los
de la vida pura tal como los había predicado el mítico aedo de Tracia. Pero
muy pronto los interrumpieron los otros comensales, a quienes desagradaba
que se acaparase a tan ilustre huésped. Cómodo se vio, pues, obligado a
responder que la salud de su padre iba mejorando desde que el ilustre
Galeno le trataba con veneno de víbora y que no había que dejarse engañar
por la paz actual, pues en el Palatino todo el mundo estaba convencido de
que sería necesario hacer entrar definitivamente en razón a los pueblos de la
orilla izquierda del Danubio. Pero en ese momento empezaron a servir los
platos de la altera cena.
Calixto y Fustiano se mostraron de nuevo más sobrios que los demás y
probaron sólo la fruta, los pasteles de harina, los huevos en gelatina y
algunas legumbres frescas. Por otro lado, ante su asombro, advirtieron que
Cómodo, aunque consumiera carne, moderaba también su apetito. Didio
Juliano se preocupó.
—¿Te encuentras mal, César? ¿O hemos cometido la torpeza de
servirte platos que ya no te gustan?
—No, Didio, tranquilízate. Me agasajas. Pero tengo que preservar la
salud y la armonía de mi cuerpo, permanecer sano como Hércules, si quiero
realizar las mismas hazañas.
Una salva de aplausos saludó la confidencia. Al mismo tiempo, a
través del estruendo, llegaron a Calixto algunos comentarios de sus vecinos
de lecho.
—Es el emperador que necesitamos en Roma para estos tiempos
difíciles.
—Sí, Júpiter sabe que respeto profundamente a Marco Aurelio, sin
embargo, el Imperio no necesita un filósofo, sino un general.
Perplejo, Calixto se sumió por unos instantes en la reflexión,
intentando poner cierto orden en los confusos sentimientos que le invadían.
Era la primera vez que se veía mezclado con romanos del más alto rango.
Un perverso pensamiento le impulsaba a levantarse y revelar a todo el
mundo que sólo era un esclavo fugitivo.
—¡Despierta, vamos! —exclamó Fustiano—. Es la hora de los deseos
y los votos.
Algunos esclavos evolucionaban entre las mesas, distribuyendo vino
refrescado con nieve. Era costumbre brindar tantas veces como letras tenía
el nombre del anfitrión. En la séptima copa, que correspondía a la última
letra del nombre de Juliano, Calixto sintió un verdadero alivio. No sólo se
libraba de verter barriles enteros de hipócritas cumplidos, sino que escapaba
también, por los pelos, de la embriaguez.
La tercera vigilia hacía tiempo ya que había pasado. Intentando
desesperadamente contener sus bostezos, Calixto oró para que aquella fiesta
terminara por fin. Pero eso era desconocer a los infatigables romanos. El
festín había terminado, pero los invitados, de pie y calzados de nuevo,
seguían charlando. Algunos hincaban todavía el diente en un pastel
cartaginés; otros iniciaban una nueva partida de taba. Entonces, un extraño
grito petrificó a la concurrencia. Las conversaciones murieron en los labios
y una serie de ahogadas interjecciones se elevó, como a modo de
protección, contra un invisible peligro.
—¡El canto de un gallo!
—En plena noche... ¡Qué prodigio!
—Qué mal presagio, sobre todo. ¿Anunciará un incendio o una muerte
súbita?
– ¡Por Hércules, espero que no le haya sucedido nada a mi casa o a mi
familia!
—No os pongáis nerviosos. Tal vez la señal no sea para nosotros.
—Y entonces, ¿por qué nos han hecho oírla los dioses?
El triclinio parecía haberse cubierto con un velo negro. La
despreocupación y la alegría que reinaban momentos
antes habían dado
paso a una indecible angustia. Sin esperar más, los invitados, taciturnos, se
eclipsaron. Calixto y su compañero se encontraron en la litera de Cómodo,
zarandeada por el desigual paso de porteadores medio dormidos. El hijo del
Emperador interrogó a Fustiano:
—¿Quieres que te lleve a tu casa?
– Encantado, César. Tanto más cuanto que, como sabes, sin antorchas
jamás podría orientarme en este dédalo de callejas a cual más oscura. Sin
contar con que correría el riesgo de que me aplastara un carro.
—¿Y tú, amigo mío? —prosiguió Cómodo volviéndose hacia Calixto
—. ¿En qué zona vives?
Calixto, pillado de improviso, vaciló antes de balbucear:
– Lejos... Fuera de Roma, César. Pero te agradeceré que me dejes en el
mismo lugar que a mi amigo.
—Sea. Pero antes pasaremos por el anfiteatro Flavio
[13]. Quiero comprobar el estado de mis animales.
Aunque era ya muy tarde, Calixto, que había tenido oportunidad de
comprobar que, entre los romanos, todo lo relacionado con los Juegos se
convertía en obsesión, no se sorprendió demasiado por la decisión del hijo
del Emperador.
Mientras sus dos compañeros se entregaban a un apasionado debate
sobre los méritos comparados de los tigres y las panteras, apartó las cortinas
y se abandonó a la contemplación de la actividad nocturna. Le dejó atónito
el increíble número de carros que bajaban a toda velocidad por las callejas y
que la litera debía esquivar. Sin embargo, recordaba no haber visto uno solo
durante el día. Dedujo que, probablemente, la noche debía de estar
reservada a las actividades de avituallamiento. Verificó también lo acertado
de las palabras de Fustiano y se preguntó qué especie de sortilegio permitía
orientarse en aquel laberinto de calles en tinieblas, sin placas indicadoras.
Cuando llegaban a la altura de una alta fachada curva y llena de arcos,
un lictor les anunció que habían llegado a su destino. Pusieron pie a tierra y
Cómodo mandó que despertaran al domador para que los acompañara hasta
las fieras. Entonces oyeron unos sollozos.
—¿Qué es...? —se inquietó Calixto.
– Deja, no es nada —repuso Fustiano.
Ignorando su advertencia, Calixto se dirigió a zancadas hacia el lugar
de donde provenía el llanto. En una de las bocas de escalera del vasto
edificio descubrió a una niña. Ella levantó hacia Calixto el brillo
sorprendido de sus grandes ojos claros. El, de buenas a primeras, sólo vio la
mancha diáfana de su rostro bajo la luz de la luna y las trenzas doradas que
caían sobre sus hombros. Debía de tener doce o trece años.
—¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?
Fustiano, que le había seguido, le tiró de un brazo.
– Deja, te digo. Sin duda es una alumna.
—¿Una qué?
– ¡Bien se ve que eres extranjero en Roma! Los alumni son niños a los
que se abandona por considerarlos molestos. Se convierten en propiedad de
quien los recoge.
Antes de que Calixto tuviera tiempo de saber más, sonó a sus espaldas
una llamada de Cómodo. El joven señalaba un fulgor que iba en aumento
más allá de la línea negra de los tejados.
—El alba ya... —comentó Calixto.
—No, surgiría del Celio. Esta luz procede del Aventino. Es decir...
—¡La casa de Didio Juliano! ¡Debe de estar ardiendo!
—El presagio... —murmuró Fustiano con voz neutra.
Cómodo se había arrojado entre los cortinajes de la litera gritando una
orden. Porteadores, lictores y portaantorchas dieron media vuelta a paso
ligero. Calixto esbozó un movimiento en su dirección y, luego, se quedo
inmóvil. A fin de cuentas, ¿qué le importaban los asuntos de aquella gente?
Era ajeno a su mundo y había sido un milagro que, durante aquella loca
jornada, no hubieran descubierto su identidad. Sin
saber qué hacer, fue a
sentarse junto a la niña.
—¿Realmente eres una..., en fin, lo que ha dicho mi amigo?
Por toda respuesta, ella sorbió una o dos veces antes de murmurar:
—Tengo hambre.
Irritado por su impotencia, Calixto replicó con cierta brusquedad:
—No puedo hacer nada por ti.
Hubo un silencio. La noche confundía sus dos siluetas.
—¿De verdad no tienes padres?
Ella le miró con una expresión desgarradora y Calixto pensó:
«Fustiano debía de tener razón.»
– ¿Cuánto tiempo hace que estás aquí?
—Tres días.
—¡Tres días! ¿Sin comer?
Ella agitó la cabeza como un cachorro que se sacudiera. Calixto quiso
consolarla, estrecharla contra su pecho como sabía hacer Zenón, pero no se
atrevió.
—Esta noche es ya muy tarde... —Y estuvo a punto de añadir: «Y no
sé nada de esta ciudad»—. Pero te prometo que mañana tendrás con qué
alimentarte.
Lo había afirmado con una seguridad que le dejó sorprendido.
Entonces, la niña se le acercó; en su mirada brillaba un nuevo fulgor
que hacía pensar en el animal que ve nacer la caricia de su amo. Acabó
articulando en un tono apenas audible:
—Me llamo Flavia...
5
Habían pasado el resto de la noche acurrucados uno contra otro, al
abrigo de un pórtico. Flavia se sobresaltaba al oír los chirridos de los carros
que bajaban por las callejas en pendiente y Calixto procuraba tranquilizarla.
Llegada el alba, el muchacho deseó con fuerza que Fustiano viniera a
buscarlos: sin duda él habría sabido ayudarlos a encontrar alimento.
Lamentablemente, Fustiano no apareció.
Caminando entre los bloques de edificios, Calixto observaba a la niña.
Tenía un aspecto más frágil aún que la víspera. Con sus trenzas deshechas,
le recordaba uno de aquellos despeinados plumeros que utilizaban los
esclavos de Apolonio. La imagen evanescente del anciano cruzó por su
mente, y se preguntó cómo habría reaccionado ante su evasión.
A medida que avanzaban, la muchedumbre aumentaba en las callejas.
Cogió la mano a su compañera para protegerla lo mejor que podía de la
desordenada marea de los viandantes.
—Tengo hambre.
Tabernas no faltaban, pero ¿cómo arreglárselas sin un solo as?
—¡Mira!
Sin darse cuenta habían llegado a la región V
[14],en el Celio, y ante ellos se abría una amplia plaza con ricos y
variados puestos. Un cartel de madera carcomida indicaba: Macellum
Liviae, mercado de Livia. Pasaron ante la fachada de una de las numerosas
panaderías, de la que brotaban aromas de pan caliente.
Calixto se inclinó discretamente hacia Flavia.
—Dime, ¿estás dispuesta a todo para comer?
—¿Quieres decir... dispuesta a robar?
El asintió al mismo tiempo que ella.
Penetraron en el centro del mercado hasta que Calixto se detuvo ante
una cesta llena de fruta.
—Atención —murmuró—, es el momento...
Tendió la mano hacia un rojo melocotón en un gesto que se fundió con
el movimiento de las demás manos. Unos instantes más tarde, alentado por
aquel primer éxito, lo repitió y confió discretamente su botín a la niña.
Ella mordió enseguida y glotonamente la prieta carne del fruto.
—Espera un poco —le aconsejó Calixto, asustado por tanta
inconsciencia.
Flavia no repuso, saboreando por entero su delicia, y cuando hubo
terminado hizo ademán de ofrecerle el segundo melocotón.
—No, tres días es mucho más de lo que mi estómago ha soportado
nunca. Come, lo necesitas más que yo.
Ella sonrió agradecida y, sin vacilar, atacó la pulpa.
Ahora el sol estaba ya alto sobre la ciudad; nadie parecía prestarles
atención. Al albur de los puestos, se apoderó de un pan, un trozo de tocino y
un puñado de aceitunas. A la altura de un segundo thermopolium
[15]
losabandonó la fortuna.
El aire que los rodeaba estaba impregnado de un cálido olor a garum
[16] y pescado asado que cosquilleaba sus nariees. En uno de los
mostradores había expuestos varios panecillos redondos. Flavia asió del
brazo a Calixto.
—¿Crees...?
El muchacho observó al mercader, que alababa sin cesar sus pescados
mientras servía a un panzudo personaje con los dedos cubiertos de anillos.
Calixto examinó unos instantes a ambos hombres antes de estudiar el resto
de la decoración. Aquí, los viandantes eran mucho menos numerosos. No
existía aquella protección de la masa que antes tan bien había contribuido a
hacerlos invisibles.
—No, Flavia, esta vez es demasiado peligroso.
—Pero...
– ¡No, Flavia!
Prosiguieron su camino a través del dédalo del mercado. Confusas
ideas se entremezclaban en la mente de Calixto. Le costaba dominar la
inquietud que comenzaba a nacer en él. ¿Qué iba a ser de ambos en aquella
ciudad laberíntica, sin amigos, sin nadie? Hoy habían tenido suerte, pero ¿y
mañana? ¿Y los días siguientes? Cuando se volvió hacia Flavia advirtió que
no estaba ya a su lado. Al mismo tiempo, a su espalda resonó un grito tan
fuerte que tuvo la impresión de que toda Roma lo había oído.
—¡Ladronzuela! ¡Devuélvemelo o te costará caro!
– ¡Detenedla! ¡Detenedla!
Como en una pesadilla, vio que la niña estaba perdida y, sin vacilar, se
interpuso entre ella y el furor del mercader.
—Pero... ¡Por Júpiter! ¡Déjame pasar! ¿No ves que va a escapársenos
de las manos?
A guisa de respuesta, empujó con todas sus fuerzas al hombre, que,
sorprendido, fue a caer al pie de los caballetes, y corrió a su vez siguiendo a
Flavia.
Su corazón palpitaba como si quisiera romperse. Mientras se abría
paso entre los viandantes, su mirada estaba fija en la cabecita rubia que
aparecía intermitentemente entre las túnicas.
Estatuas, fuentes, callejas. Sin saber cómo, llegó al arco de Jano, en la
calle del Argilete, entre la curia y la basílica Emilia. Se volvió. El mercader
parecía haber perdido su rastro, o tal vez, desalentado, había abandonado la
persecución. Inspeccionó atentamente la explanada de mármol. Y cuando
iba a pasar bajo el arco de Jano, la voz de la niña resonó en sus oídos.
—¡Estás loca! ¡Por tu culpa hemos estado a punto de sufrir el peor de
los castigos!
Ella inclinó la cabeza y le tendió un pescado asado.
—Toma, es para ti...
—No como carne de animal.
—¡Ah!
– Y no vuelvas a hacer algo semejante. Nunca, ¿ me oyes? Si nos
hubieran cogido... —Calló unos instantes antes de proseguir con voz más
controlada—. Tal vez tú no corrieras gran peligro, pero para mí hubiera sido
mucho más grave. No te lo he dicho, pero soy un esclavo. Un esclavo
fugitivo.
Ella levantó un rostro turbado.
—Perdóname.
Sus ojos se anegaron de pronto. El joven tracio se lo reprochó
enseguida.
—No llores, hermanita.
Ella sollozó, secándose las mejillas con la palma de su mano.
—¿Por qué me llamas hermanita?
– ¿No estamos tú y yo solos en el mundo? Soy tu familia y tú eres la
mía.
Ella asintió varias veces con la cabeza.
La multitud habitual del foro hormigueaba por doquier. Un grupo de
hombres y mujeres noblemente vestidos los señaló con el dedo sonriendo,
antes de proseguir indiferentes su marcha.
—¿Cómo te llamas?
– Calixto.
– ¿Callisto? Qué curioso... ¿Sabes qué quiere decir en mi país? —Tras
una corta pausa, añadió—: El más hermoso.
El sonrió.
– No es Callisto, sino Ca-lix-to... ¿Y por qué dices «en mí país»? ¿No
eres de Roma?
—Mis padres eran originarios de Epiro. Yo nací allí. Además, mi
verdadero nombre es Glikophilousa. Llegué a Italia hace cinco años, tras la
muerte de mi madre, y desde entonces me llaman Flavia. Supongo que
porque es más sencillo de pronunciar y, tal vez, también porque mi padre
trabajaba junto al anfiteatro Flavio.
El creyó inútil hacer más preguntas, consciente de la pena que sin duda
le produciría. Por otra parte, resultaba fácil adivinar la continuación de su
historia.
El padre, carente sin duda de medios, había decidido librarse de una
boca que alimentar. Una alumna... Un calificativo de delicada consonancia
y portador de un gran horror. Mientras viviera, no podría ya olvidar la
palabra. Pero ¿qué sería ahora de Flavia y de él?
—¿Habéis robado porque teníais hambre?
Los dos niños se volvieron casi al mismo tiempo.
Calixto asió rápidamente la mano de Flavia y examinó al hombre que
acababa de abordarlos. Su silueta no le era del todo desconocida. Estaba
convencido de haberle visto ya en alguna parte. Pero ¿dónde...?
De pronto, la imagen del puesto del mercader de pescado regresó a su
memoria. ¡Claro! Era el cliente panzudo. Por un instante pensó en huir, pero
el desconocido ya había posado su mano en el hombro de Flavia.
—Tranquilizaos. No tengo la intención de entregaros a los vigilantes.
—¿Qué quieres, entonces, de nosotros? —preguntó Calixto con cierta
agresividad.
– Sencillamente, ayudaros. Seguidme, os llevaré a un lugar donde
podréis comer, dormir y ganar algunos sestercios.
—¿Ayudarnos? ¿Y por qué ibas a hacerlo?
—Tal vez porque a tu edad hacía lo mismo que tú. Tal vez también
porque ésta —y con un gesto que quería ser afectuoso enmarañó los
cabellos de Flavia— habría podido ser mi hija.
¿Podían confiar en él? En la sonrisa de aquel rostro demasiado
redondo y manchado por las pecas había algo malsano. Pero Flavia,
tranquilizada, había soltado su mano para agarrarse a la del hombre.
En Roma el esplendor se codeaba con la mugre, la opulencia con la
miseria. Siguiendo los pasos del desconocido, ambos niños acababan de
pasar bajo el arco de Trajano. Tras haber vuelto la espalda al foro de
Augusto y flanqueado el templo de Marte Vengador, se hallaron casi sin
transición en el lindero de la sórdida Suburra, el barrio más cosmopolita y
de peor fama.
Entre las calzadas de desajustados adoquines se veían charcos de agua
lodosa, recuerdo de las últimas lluvias. Ratas de reluciente pelaje huían ante
ellos. Por todas partes se veían desechos y excrementos. Y Calixto, que
todavía recordaba su desventura de la víspera, seguía mirando temeroso
hacia arriba. En aquellas hediondas calles, la muchedumbre era menos
densa que junto a los foros o las termas, lo cual hacía cada vez más
llamativo el abigarramiento de la equívoca gente con la que se cruzaban.
Prostitutas viejas o apenas púberes, de pechos enormes o discretos, de
mejillas tatuadas y gritos de loba. Medidores de trigo, espías de la
prefectura del pretorio acechando maquinaciones o sediciones. Escitas de
tornasoladas vestiduras y cráneo afeitado. Partos de sombrero cilíndrico y
pantalones bombachos; tránsfugas de algún pueblo bárbaro; espías de reyes
ambiciosos, demasiado temibles manejando la cimitarra para poder ser
detenidos sin motivo.
Había también, corriendo en todas direcciones, pandillas de niños de
ambos sexos, sucios, desnudos o vestidos con harapos piojosos, que
acribillaban a insultos y proyectiles a los
viandantes que se negaban a
arrojarles unos denarios. Diseminados por los oscuros rincones, jugadores
de taba contaban y volvían a contar febrilmente sus monedas de cobre,
mientras que algunos viejos enfermos —instalados en el exterior para que
tomaran un poco el sol— se agitaban en su jergón intentando rechazar la
marea, renovada sin cesar, de cucarachas y garrapatas.
Su guía, por la riqueza de sus vestidos y sus joyas, destacaba en aquel
rincón del fin del mundo. Y sin embargo, se movía como alguien
perfectamente conocedor del lugar.
Calixto, que se sentía cada vez más incómodo, hubiera puesto de
buena gana pies en polvorosa. Pero ¿cómo orientarse en aquel dédalo?
Como si hubiera adivinado sus pensamientos, Servilio —éste era su
nombre— se detuvo un instante para sonreírle.
—Me parece que estáis cansados... Pero tranquilizaos, ya no estamos
muy lejos del establecimiento de mi amigo Galo. Allí podréis comer y
descansar tranquilamente.
Finalmente, Servilio se detuvo ante un thermopolium y se acodó en el
mostrador de mármol perforado por unos agujeros en los que habían
introducido ánforas de vino melado. A la sombra del tejadillo, varios
consumidores charlaban, jarra en mano, de carreras y aurigas.
—¡Pero si es el viejo crápula de Servilio! —gritó una voz—. Ave,
amigo. ¿Qué viento te trae por aquí?
Por las cicatrices que cruzaban su rostro y la venda negra que ocultaba
su ojo derecho, Calixto se dijo que había grandes posibilidades de que el
tabernero fuera un antiguo gladiador.
—Salve, Galo. Te presento a Calixto y Flavia, mis pequeños
protegidos. Tienen hambre y buscan una casa acogedora. ¿Puedes hacer
algo por ellos?
– Son hermosos, en efecto. Pero acercaos... Bueno, no lo dudéis, elegid
lo que os parezca.
Señaló el extremo del mostrador, donde se alineaban en sucesivos
peldaños de mampostería tortas, pasteles de harina y miel, tartas de queso y
pastas de uva cocidas.
Flavia, a quien la frugal comida de hacía un rato no había saciado en
absoluto, lanzó un grito de alegría. Calixto, profundamente incómodo, tuvo
que esforzarse para coger una tortita y tendérsela a la niña.
—Sírvete tú también —le animó Galo.
—Te lo agradezco, pero no tengo hambre...
—Como puedes comprobar —dijo Servilio riendo—, nuestro joven
amigo desconfía de ti, de nosotros.
– Ya veo, ya veo... —murmuró Galo—. Pero no tiene nada que temer.
Tranquilizaos, niños, luego os daré una buena habitación. Cuando hayáis
descansado, decidiremos vuestro futuro.
Calixto miró de reojo una fuente llena hasta el borde de aquellos
pasteles que tanto le gustaban. Por fin, sin poder aguantar más, tomó uno, lo
devoró de un bocado y se lo reprochó casi enseguida.
¿Cuánto tiempo había dormido?
Las tablas que cerraban la ventana no parecían ya iluminadas por el
sol; y sin embargo, a través de los intersticios se filtraban rayos de luz.
Fuera se oían gritos y groseras risas. Pero él sabía que aquella ventana no
daba a la calle, sino al patio interior. Y hacía un rato, cuando lo había
cruzado, estaba desierto. Había sido antes de derrumbarse sobre aquel
jergón que hedía a cloaca, abrumado por la fatiga y las emociones.
Una voz, más fuerte que las demás y que reconoció enseguida como la
de Galo, atravesó la madera.
—¡Oh romanos, os saludo! Dejad que exprese la alegría y el honor que
me hacéis volviendo, tan fieles como siempre, a mi modesta morada.
También esta vez me esforzaré por hacerme digno de vuestra confianza.
Ved, para comenzar, un soberbio lote de jóvenes vírgenes.
Presa de un atroz presentimiento, Calixto se abalanzó hacia la ventana
e intentó, en vano, abrir el batiente. Sin duda alguien lo había cerrado por
fuera. Desesperado, pegó un ojo a uno de los intersticios de la
contraventana.
En las esquinas del patio, largas antorchas hundidas en el blando suelo
ardían a una altura que doblaba la de un hombre. Iluminaban violentamente
un estrado de tablas, erigido contra la pared del fondo, donde se hallaba
Galo. La rojiza danza de las llamas hacía más aterradora su cara remendada
y mutilada, más siniestro el lamentable rebaño que le rodeaba.
A ambos lados de él se alineaba una docena de niñas apenas púberes.
Su aspecto hizo estremecer al joven tracio: les habían puesto un vestido
inmaculado, tan fino que a la luz de las antorchas no ocultaba los detalles
más íntimos de sus cuerpos juveniles.
—Sí, nobles señores, no estáis soñando. Vírgenes. Estas tiernas
corderas no han servido nunca. Pero os noto escépticos. ¡Subid, mirad y
tocad!
Los nobles señores no eran sino vagabundos hirsutos y andrajosos que,
con los ojos muy abiertos y jadeantes, habían acudido tan sólo para
presenciar el espectáculo. También había alcahuetas envejecidas e informes,
probablemente al acecho de alguna «ocasión». Algo aparte, un grupo de
gente mejor vestida observaba el espectáculo con mirada cansada y
vagamente asqueada. Sin duda eran libertos deseosos de encontrar
mercancía que saciara el placer de sus señores.
Acababa de distinguir a Flavia entre las demás niñas, menuda,
asustada, más huérfana todavía.
– Vamos, gacelas mías. Vamos, maripositas. Bailad un poco, que vean
cuan hermosas sois.
Se escuchó el son agridulce de un caramillo y las niñas se movieron
mecánicamente, imitando con torpeza a las bailarinas de mímica.
Flavia vaciló y, luego, tras recibir un codazo de una de sus
compañeras, se resignó a seguir el ejemplo.
—¡Diez denarios solamente! ¡Diez denarios por una de estas pequeñas
maravillas! No lo dudéis. Acercaos. Tocad... Sí, mi buena Calpurnia, ¿cuál
te gusta más?
Una enorme alcahueta, doblándose bajo el peso de sus colgantes, se
había acercado al estrado. El corazón de Calixto se aceleró cuando la vio
señalar con el dedo a Flavia. Galo, sonriente, le indicó a la niña que se
acercara y, cuando ésta intentó retroceder, la agarró firmemente de la mano
y la condujo hacia su monstruosa cliente. Cuando ésta hubo logrado, con
mucho esfuerzo, encaramarse a las tablas, que gimieron bajo su peso, se
acercó a Flavia y alisó con admiración sus sueltos cabellos. Se produjo un
intercambio de palabras inaudibles y Galo hizo caer los últimos velos de su
víctima.
Con cierta fascinación, Calixto pudo entonces contemplar el cuerpo
desnudo de su pequeña compañera, que se estremecía a la luz ocre de las
llamas.
Las grasientas manos de la llamada Calpurnia recorrieron sus nacientes
formas, se deslizaron por sus flancos hasta la delicada hendedura del pubis.
—¡Calixto!
El desesperado grito de Flavia le golpeó en pleno corazón. Sin
pensarlo, saltó hacia la puerta y se destrozó las uñas intentando moverla.
Enloquecido, regresó a la ventana y repitió su tentativa, fracasando también.
Como una fiera enjaulada, giró sobre sus talones y, luego, evaluando la
delgadez de las paredes cuyas grietas disimulaban la mugre y el yeso, tomó
impulso y golpeó con el hombro el tabique. Este se rompió como una hoja
seca, zambulléndole al mismo tiempo en una nube de polvo y restos
diversos. Pasó la mano a través de la pared, agarró una delgada vigueta y la
sacudió en todos los sentidos hasta hacerla ceder. Se produjo un nuevo
derrumbamiento: esta vez, la abertura fue lo bastante grande como para
permitirle pasar.
La muchedumbre se agitó con pánico al ver a aquel adolescente
cubierto de polvo, de aspecto hirsuto y mirada enloquecida. El tracio dio un
par de saltos y se plantó en el estrado. La enorme alcahueta, paralizada por
el miedo, no se había movido. La vigueta que Calixto manejaba como si
fuera una sarisa macedonia le golpeó en el vientre.
Boquiabierta y sin aliento, Calpurnia cayó al pie del estrado; parecía
como una tortuga boca arriba.
Calixto se precipitaba ya hacia los peldaños, sin dejar de blandir su
improvisada arma. Pero no había contado con Galo, que no en vano había
frecuentado los anfiteatros del Imperio. Su pierna surcó el aire, golpeando
al adolescente en la cadera. El tracio perdió el equilibrio y cayó cuan largo
era, soltando el arma. En un abrir y cerrar de ojos, el antiguo gladiador se
arrojó sobre él y lo agarró del cuello, aplastándole con su peso. Calixto se
ahogaba. Entre una neblina, oyó un grito sin duda proferido por Flavia,
mientras Galo, con una sardónica sonrisa en el rostro, jadeaba, enviándole a
la cara un aliento acre, cargado de ajo y vino peleón.
Asfixiándose, Calixto agitó las manos como un náufrago. Una piedra
cayó milagrosamente en una de ellas. La agarró y golpeó en la sien a su
adversario con desesperada violencia, obligándole a que le soltara.
Alentado, golpeó una y otra vez, logrando derribar a Galo. Cuando se
disponía a dar un nuevo golpe, una mano aferró su muñeca.
—¡Basta ya!
Calixto se volvió rápidamente. ¡Efesio! El intendente del senador
Apolonio. Pasmado, obedeció. Como si no hubiera hecho más que aguardar
aquel instante, Servilio emergió de entre la concurrencia y se apresuró a
expresar su agradecimiento al villicus.
—Seas quien seas, te has ganado el derecho a consumir aquí,
gratuitamente, tantas jarras de vino como quieras. No es la primera vez que
este rebelde se subleva. Gracias a ti, esta vez será severamente castigado.
Calixto abrió la boca para protestar, pero Efesio no le dio tiempo.
—Basta ya de cháchara...
– ¿Qué..., qué quieres decir?
—Este esclavo pertenece a mi señor, el senador Apolonio. Estoy aquí
para recuperarlo.
Tras unos instantes de desconcierto, Servilio recobró el aplomo.
—Te equivocas. Este efebo es, desde hace un año, propiedad de mi
amigo Galo.
—No me equivoco y lo sabes —replicó firmemente Efesio.
—Vamos, debes de confundirte —insistió el proxeneta—. Todos los
presentes te dirán que han visto a este adolescente desde hace meses en el
establecimiento de Galo.
Hubo movimientos afirmativos de cabeza y murmullos aprobadores.
—¡Estáis cometiendo falso testimonio! —lanzó una voz nueva y llena
de autoridad.
Se produjo un revuelo y aparecieron cuatro personajes de
impresionante talla, rodeando a un anciano de aspecto endeble: Apolonio y
los porteadores de su litera. Señalando la orla púrpura que bordeaba su toga,
el recién llegado interpeló a Servilio.
—Como puedes comprobar, soy senador. Confirmo las palabras de mi
intendente. Este esclavo es mío, efectivamente. ¿Quieres disputármelo ante
el tribunal consular?
Servilio contuvo una mueca: los portadores de laticlavo eran, para él,
peces demasiado gordos. Incluso sus amigos habían retrocedido
instintivamente.
—Señor —balbuceó—, aunque esté seguro de mi derecho, yo...
– Sospechaba que, con tu belleza, te encontraríamos en algún lupanar
—susurró Efesio al oído de Calixto—. No
dudes que tienes suerte, mucha
más de la que mereces. De haber estado yo en el lugar de nuestro señor, de
buena gana te habría dejado reventar aquí como una rata.
El adolescente apenas atendió a las palabras del intendente; acababa de
encontrar la desgarrada expresión de Flavia.
—¡Señor! —gritó, dirigiéndose a Apolonio y señalando a la niña—.
Ella está conmigo.
Apolonio miró a Flavia y, volviéndose hacia Servilio, preguntó:
—¿Cuánto por esta niña?
– ¡No le pertenece! —protestó vivamente el tracio—. Es..., es una... —
Buscaba la palabra—. Es una alumna.
—¡Ah, es eso! ¿Sabes —continuó Apolonio— que podría haceros
detener a todos por rapto de una niña libre?
—¡Pero, señor! —gritó Servilio—. ¡Los alumni son de quien los
recoge!
—Por eso vendrá conmigo y con mi esclavo. ¿Alguna objeción?
Servilio apretó los puños, miró el impresionante físico de los
porteadores que escoltaban al senador y acabó meneando, resignado, la
cabeza. Calixto se acercó entonces al anciano y, tras vacilar unos instantes,
se decidió a pronunciar unas palabras que nunca hubiera creído poder decir:
—Gracias..., amo.
Apolonio reprimió una sonrisa, dio unas palmadas y se dirigió hacia su
litera.
El tracio tomó de la mano a Flavia, que se había apresurado a cubrirse
con su túnica. Efesio cerró la marcha. Tras ellos, los proxenetas rodeaban a
Galo, que permanecía tendido en el mismo lugar. Una mancha de sangre se
extendía a la altura de su sien.
6
Agosto de 180
Calixto observó largo rato al grupo que se alejaba por las empinadas
callejas. Al pasar por su lado, Carpóforo le había hecho un vago signo con
la mano, que él había devuelto con igual desenvoltura. Seguía sin
comprender lo que unía al caballero y al senador. Tal vez el uno hallara en
el otro el espejo de sus secretos deseos.
Marco Aurelio ha muerto... ¡Cómodo, su hijo, ha heredado la púrpura!
Esta noticia —cuya importancia escapaba de momento a Calixto—
había provocado la imprevista visita del caballero. Calixto había
sorprendido apasionadas conversaciones entre ambos amigos, en las que
hablaban de los méritos del nuevo Emperador y de sus defectos, del error
que Marco Aurelio había cometido legando el Imperio a un chiquillo de
diecinueve años, incompetente en apariencia y a quien sólo apasionaban los
juegos de circo. De todos modos, ¿qué diferencia había entre Cómodo y
Marco Aurelio? Ni dioses ni emperadores modificarían su destino.
Regresó al patio interior de la ínsula, se dirigió hacia el peristilo y fue
a sentarse, como solía hacer, al pie de un estanque de mármol rosa
cincelado. Escuchó el rumor de las
idas y venidas de los servidores que se
atareaban en el triclinio y el lento paso de Apolonio, que habría reconocido
entre otros cien.
Hacía ya cinco años que era propiedad suya...
Se veía obligado a reconocer que su condición le parecía mucho menos
dura de soportar que en los primeros tiempos. Tras el lamentable fracaso de
su tentativa de evasión, cuando podía esperarlo todo de su amo, éste no le
había hecho reproche alguno. Por añadidura, frente a la angustia de Flavia,
había declarado:
—Lo que has hecho está bien. En adelante permanecerá entre nosotros.
Aumentando su asombro, el intransigente Efesio había asentido. Desde
entonces, las relaciones entre el joven tracio y ambos hombres habían
evolucionado rápidamente y, si bien con el villicus nunca superaron el
estadio de la desconfiada neutralidad, hacia el anciano, en cambio, comenzó
a experimentar un sentimiento nuevo, hecho de respeto y afecto.
La actitud de Flavia no fue nada ajena a esta situación. Desde el primer
momento había dado muchas pruebas de un absoluto agradecimiento para
con el senador, deseando resultar útil en cuanto fuera posible. Apolonio,
que dedicó a aquella niña vivaz y alegre una solicitud de abuelo, decidió
colocarla como aprendiza en casa de un barbero, decisión que a Calixto le
costó aceptar. En efecto, con el tiempo se había encariñado con su
«hermanita». Ella era su rayo de sol. Su ternura. Desde el primer día había
intentado —torpemente, eso es cierto— utilizar su influencia para que
cambiara de opinión.
—¿Qué necesidad tienes de aprender ese oficio? Todo el tiempo que
pasas fuera es un tiempo en el que no puedo protegerte.
—Pero ya no necesito que me protejan —respondió la niña con
desarmante expresión.
– ¿Qué sabes tú? ¿Has olvidado a Galo? ¿Y si tu maestro barbero fuera
de la misma calaña?
—¿Castor? No hay peligro, no le gustan las mujeres. ¡Creo que por
esta razón Apolonio me confió a él!
—Pero puede ser ambicioso. Podría intentar robarte a Apolonio para
volver a venderte...
—¿Volver a venderme? Creo que no imaginas lo que un barbero puede
ganar. ¡Los hay que incluso acaban siendo respetables caballeros o ricos
propietarios! —Y concluyó tímidamente—: ¿Y si eligieras tú también ese
oficio?
Calixto, asustado, dio un respingo.
—¿Por qué razón?
—Para ganar dinero, mucho dinero, y comprar así tu libertad.
—¿Comprar mi libertad?
– En Roma suele hacerse. ¿Lo ignorabas?
Efectivamente, Calixto lo ignoraba. Se limitó a contestar con una
pirueta:
—¿Y por eso has querido ser peluquera?
—Realmente, no. De momento no quiero separarme de Apolonio..., ni
de ti. —Hizo una pausa y, luego añadió, mirándole—: En realidad, lo que
deseo por encima de todo es no pasarme la vida vaciando un orinal.
—El amo me impuso esa tarea. No la elegí.
—Claro, pero ¿por qué no pedirle otra ocupación? Aceptaría de buen
grado.
– Naturalmente, porque todo lo que yo ganara le pertenecería.
– En Roma es costumbre ofrecer gratificaciones a los esclavos de
mérito. Y Apolonio dista mucho de ser un hombre ingrato.
En aquel instante, un poco por despecho y un mucho por orgullo,
Calixto interrumpió la discusión. Pero al día siguiente, cuando abrió las
contraventanas del dormitorio del senador, las sugerencias de Flavia
volvieron a su mente. Y como parecía meditar, posadas ambas manos en la
fría piedra y mirando el tímido sol que intentaba perforar el crudo tejido de
las nubes, Apolonio le interpeló.
—Bueno, Calixto..., ¿en qué estás pensando?
El apretó un instante los puños antes de decir:
—Si te lo pidiera, ¿me encomendarías otra tarea?
Una sonrisa satisfecha iluminó enseguida los rasgos de Apolonio.
Hacía casi cinco años que duraba la pequeña ceremonia del despertar, única
tarea que el rebelde había aceptado que le confiaran. Amo y esclavo habían
terminado acostumbrándose al ritual, pero en el fondo de sí mismo
Apolonio esperaba que el ejemplo de Flavia suscitara, algún día, un
sentimiento de emulación.
—¿Te atrae algo en particular? —preguntó el anciano con falsa
indiferencia.
—Flavia me ha dado a entender que los maestros barberos ganan
mucho dinero.
—Fue cierto en el pasado. Pero, desde que nuestro Emperador ha
puesto de moda la barba de filósofo, la prosperidad de esa gente no es ya lo
que era. —Apolonio pareció reflexionar unos instantes antes de preguntar
—: ¿Sabes leer y contar?
—Un poco. Pero en griego.
—Pues bien, comenzaremos perfeccionando tu instrucción. Le pediré a
Efesio que te sirva de pedagogo. Luego, según tus aptitudes, decidiremos.
A Calixto no le entusiasmó la perspectiva de un aprendizaje bajo la
férula del severo villicus. Por un momento, se sintió tentado de decirle a su
amo que, en fin de cuentas, mejor sería convertirse en calderero, como su
padre. Zenón se habría sentido orgulloso de él. Pero Roma no era Sárdica.
Al día siguiente, Efesio comenzó su misión con su rigor habitual. Con
el transcurso de las semanas, y pese a los inevitables bastonazos, el alumno
acabó asimilando las sutilezas de la lengua latina, de la escritura y del
cálculo, cosa que no le impedía preguntarse de qué le servirían en el futuro
unos estudios que le asqueaban. Y como no se privaba de insinuárselo a su
preceptor, las lecciones transcurrían en un clima, como mínimo,
tormentoso.
Sin embargo, más allá del carácter rebelde de su alumno, Efesio no
tardó en advertir sus excepcionales aptitudes para todo lo que se refería al
cálculo. A título de ejemplo, allí donde la mayoría de los jóvenes se veían
obligados a seguir la regla tradicional, que consistía en contar con los dedos
para anunciar luego el resultado señalando una parte de su cuerpo, Calixto
hallaba la solución recurriendo únicamente a la gimnasia mental. Pronto
consiguió llevar a cabo las más complejas operaciones sin la ayuda del
ábaco.
El villicus, desabrido pero honesto, tras haber reconocido sus dotes,
recomendó a su señor que le confiara la administración de sus rentas
agrarias, que eran considerables. Apolonio, como cualquier senador
romano, poseía inmensos dominios, propiedades ciclópeas. De acuerdo con
las leyes de Trajano, las había concentrado en su mayor parte en Italia. Su
fortuna iba, así, de las llanuras de la Cisalpina a los viñedos de Campania,
pasando por los fértiles valles de Etruria.
Calixto no necesitó mucho tiempo para comprender el mecanismo de
gestión de las propiedades. Desde entonces, no se privó de expresar algunas
críticas sobre ciertos fallos descubiertos por su nueva mirada. Y Efesio se
vio obligado a reconocer lo razonable de sus sugerencias.
Bajo su atenta vigilancia, permitió al tracio efectuar numerosas
transformaciones que tuvieron, como inmediata consecuencia, una ganancia
de tiempo y dinero.
Informado del trabajo de Calixto, Apolonio se sintió todavía más
orgulloso y feliz. Las inesperadas cualidades descubiertas en el más indócil
de sus esclavos fortalecían sus tesis sobre la tolerancia y la generosidad que
era conveniente demostrar con aquellos infelices.
Pero todo aquello ya era sólo pasado.
Calixto acababa de cumplir veintiún años. Su existencia se dividía
entre la domus del Esquilino y la granja de Tibur, pasando del universo de
los números y los censos al del olor del grano molido y el lino hilado. Por lo
que a Flavia se refiere, se había convertido en la peluquera titular de Livia,
la hermana del senador. Esta, aunque mucho más joven que Apolonio, se le
parecía mucho por su dulzura y discreción. Nunca asistía a los Juegos ni
llevaba joyas. Tenía también fama de practicar la más estricta castidad, de
no utilizar jamás la violencia contra un criado y de ser especialmente
caritativa con los ciudadanos más pobres. Sin embargo, como a la mayoría
de las patricias, le gustaba ir bien peinada y apreciaba mucho la ventaja de
poder entregarse a los cuidados de la mejor alumna de Castor. Por su lado,
Flavia se había encariñado rápidamente con su señora y consideraba un
honor hacerse merecedora de su confianza.
En el solsticio de invierno, durante las últimas saturnales
[17], los dos esclavos habían percibido un primer salario que daba a
entender en qué estima les tenían. Probablemente, muchos habrían
envidiado su suerte. Flavia parecía absolutamente feliz. Calixto lo hubiera
sido también de no subsistir una herida que ni el tiempo ni los seres
conseguían cicatrizar: en lo más hondo de sí mismo seguía existiendo un
país, llamado Tracia, en el que había vivido un niño...
7
—¿Sigues esperando, Calixto?
– Sí, amo. Y, curiosamente, cada día mi espera se hace más larga.
—Sin duda ello se debe a que ser su propia peluquera resulta más
difícil todavía que serlo para otras.
—La preferiría con trenzas, como el día en que la conocí, pero puntual.
—No seas tan impaciente. Tal vez se está embelleciendo para ti. Y si
eso puede tranquilizarte, te comunico que estás autorizado a permanecer
fuera esta noche tanto como desees.
—Te lo agradezco mucho, pero tal vez Flavia no pueda hacer lo
mismo.
—Tranquilízate, Livia jamás castiga a una esclava por una ausencia,
siempre que la ausencia no perturbe el servicio.
Tras una última sonrisa, Apolonio prosiguió su paseo al tiempo que
ordenaba maquinalmente los pliegues de su toga. Calixto le observó
mientras caminaba entre las columnas. Indiscutiblemente, el hombre era
bueno. Tal vez tan bueno como lo había sido Zenón.
Zenón...
Miró instintivamente hacia el este. Hacia Tracia. Pero el muro del
jardín cerraba el horizonte y, al pie de ese muro, sus sueños caían hechos
jirones. Pese a los privilegios concedidos
por Apolonio, pese a todas las
ventajas adquiridas en el transcurso de los últimos años, seguía siendo tan
sólo un esclavo.
Con un angustiado suspiro, dio unos pasos hacia la puerta. Esta,
abierta de par en par, permitía ver sobre los hacinados tejados un cielo de un
azul oscuro, iluminado por los últimos fulgores del ocaso. En aquel primer
día de las nonas de augustus, el aire era suave. Cerró por un instante los
ojos para degustar mejor el frágil placer de esas imágenes de libertad. Tal
vez algún día, fuera de esta mansión o lejos de Roma, aprendería a respirar
de nuevo.
El ruido de unos pasos precipitados le arrancó de su melancolía. La
blanca silueta de Flavia, que se movía entre los pórticos, corrió hacia él. La
niña enclenque y hambrienta a la que ayudara unos años antes se había
convertido en una graciosa muchacha de delgado talle, redondos pechos y
tez luminosa. Esta noche llevaba un vestido de lino inmaculado, que ponía
de relieve la armonía de su cuerpo.
—Perdóname —dijo, depositando un beso en su mejilla—, y gracias
por haberme esperado.
– Las merezco, en efecto. Quería llevarte al pórtico de Pompeyo. Con
el calor que hace hoy, la sombra de las fuentes nos habría refrescado
agradablemente. Ahora no vale ya la pena.
—He ido tan deprisa como he podido, ¿sabes? De verdad.
El inclinó la cabeza y deslizó la palma de su mano por la admirable
cabellera de la muchacha, que —Calixto lo sabía— despertaba la envidia de
su ama y sus compañeras de esclavitud. Los largos mechones color de miel
cubrían la desnudez de sus hombros antes de correr por su espalda hasta la
cintura.
—¿Son los cuidados que has debido prodigar a tu peinado los que te
han retrasado así?
Ella bajó los ojos, turbada.
– No, Livia me ha retenido con las otras siervas para... —pareció
buscar la palabra— una conversación amistosa.
Calixto la escuchaba distraído.
—Pensaba llevarte al espectáculo de mímix, pero probablemente es
demasiado tarde también. Me han hablado de combates nocturnos en el
anfiteatro Castrense. ¿Te gustaría verlos?
—Bien sabes que, incluso a la luz de las antorchas, esas matanzas no
me complacen. Por lo que a la exhibición de los mimos se refiere, me trae
muy malos recuerdos. ¿Por qué no gozar, sencillamente, de la serenidad del
jardín, de sus perfumes?
El joven rodeó con un brazo los hombros de su compañera. Ella se
estrechó con toda naturalidad contra él, al tiempo que lo observaba
discretamente.
El también había cambiado mucho. Era más alto que la mayoría de los
jóvenes de su edad y sus hombros estaban mucho más desarrollados. El
fulgor de sus ojos había adquirido una impresionante fijeza, mientras que
unos hilos plateados corrían prematuramente por sus cabellos negros como
ala de cuervo. Los años habían pasado. Y sin embargo, Flavia tenía la
sensación de que su encuentro en aquel tenebroso rincón de la ciudad se
había producido ayer mismo.
—¿Eres feliz, hermanita?
—Seis meses sin verte es mucho tiempo, ¿sabes?... Sí, esta noche soy
feliz. Pero deja ya de llamarme hermanita. En fin de cuentas sólo nos
separan cuatro años.
—Cuatro años. Toda una vida. Te llamaré así incluso cuando te
arrastres por la vía Sacra, encorvada como una viejecita.
—Arrogante. ¿Has visto ya tus canas? ¡A tu edad! ¡Me pregunto cuál
de nosotros dos se encorvará antes! —Tras un corto silencio, prosiguió—:
¿Y tú, Calixto, eres feliz?
Las pupilas del tracio se velaron y clavó sus ojos en un punto invisible.
—Apolonio es un hombre de bien. A veces incluso, por un instante,
puedo imaginar que no soy su esclavo, que no
es mi amo. Pero casi
enseguida regresan los recuerdos, los deseos.
—¿Deseos?
—No hablemos de ello. Me reprocho tener tales pensamientos. Ya te lo
he dicho: Apolonio es un buen amo.
—No es necesario ser adivina para saber qué te corroe. Sigues
sintiendo nostalgia de tu país, ¿verdad?
—Desde luego. Pero no es sólo eso. Hay una nostalgia más fuerte
todavía.
—Dímelo. Habla, te lo ruego.
—Escucha, hermanita. Día tras día, por los caminos y en las granjas,
vivo en contacto con hombres libres. Tal vez sean tan pobres como yo, tal
vez sean más desgraciados, pero son libres. Si tomo asiento a su lado, en
una taberna o un triclinio, me rechazan o se apartan. Soy un esclavo, Flavia,
un esclavo, ¿lo comprendes? Es como una marca indeleble que ciñe mi
corazón y mi cuerpo.
—La libertad... ¿Así que es eso? Sigues soñando con ella.
Calixto hizo una nueva pausa. Se esforzó por sonreír, como alguien
que deseara ser otro.
—Hablemos más bien de ti. Hace unos días, oí que Livia le decía a
Apolonio que te habías convertido en la mejor peluquera de Roma.
Flavia se encogió de hombros. Tomando bruscamente su mano, le miró
a la cara y se expresó con inesperada autoridad.
—Calixto, acabas de hablar de libertad. Pues debes saber que existe y
está al alcance de tu mano. —Ante el asombro del joven, precisó—: Ya lo
sabes: Livia y Apolonio son cristianos.
—Sí, al igual que la mitad de los de su casa.
—Y muchos más de los que te rodean y tú ignoras que lo son.
Calixto frunció el entrecejo, bruscamente tenso.
—¿Tú no, Flavia? No irás a decirme que...
—¿Por qué no?
—¿Ignoras acaso que la secta está prohibida y que sus miembros son
condenados a las fieras o a la cruz?
—¿Y qué importa? ¿Retrocederías tú, Calixto, ante esos peligros? Yo
creía que mi hermano mayor no temía nada ni a nadie, y ahora tiembla ante
los espías y el tribunal del prefecto del pretorio.
—Desengáñate, sigo sin tener miedo de nada.
– En ese caso...
—No estamos aquí para juzgar mi temeridad; respóndeme mejor si
eres o no cristiana. Y desde cuándo.
—Si eso puede tranquilizarte, mi respuesta es no. No he recibido
todavía el bautismo.
—¿El bautismo? ¿Es ése el nombre que le dais a la ceremonia de
iniciación?
—Si quieres llamarlo así...
—Pues es una suerte que no hayas dado todavía ese paso. Supongo que
esas locas ideas se las debes a Livia.
—Digamos que ella me ha abierto los ojos.
—¿Y por qué decías que la libertad está al alcance de mi mano? No
veo la relación.
Entonces, la muchacha habló largo rato, con una pasión que Calixto
nunca habría sospechado en un ser al que creía conocer tan bien como a sí
mismo. Cuando calló por fin, él repuso:
—Lo siento mucho. Creerás que soy tonto, pero sigo sin comprender
lo que quieres decir.
—Pues está claro: si eres cristiano, serás libre estés donde estés. Pablo
dijo: «El hombre de bien es libre aunque sea esclavo.»
– Es lo que imaginaba: en cierto modo los cristianos son simples
filósofos. Y ya sabes lo que pienso de los filósofos. Yo...
Una voz enfática le interrumpió.
—Naturalmente, su especie prolifera demasiado para
que la filosofía
no se convierta, a los ojos del vulgo, en sinónimo de pretenciosa sinrazón.
Calixto se había vuelto, aunque el tono le había informado ya de la
identidad del interlocutor.
—Querido Hipólito... Debería haber supuesto que formabas parte de
esa pandilla.
– ¿Pandilla? Modera tu lenguaje... Di más bien de esa ecclesiae
[18].
Los dos jóvenes se detestaron desde la primera vez que sus miradas se
habían cruzado, y los años no habían apaciguado su enemistad. Flavia, que
conocía el carácter fogoso de ambos, se interpuso entre ellos.
—Vamos, no empecéis de nuevo con vuestras eternas querellas. —A
continuación se volvió hacia Calixto—. Hipólito es un maestro y un amigo.
Tú eres mi hermano, eres parte de mí y seguirás siéndolo. Si no os respetáis
el uno al otro, temed al menos herir a la que os ama.
Esas palabras, que querían ser apaciguadoras, abrasaron a Calixto
como una hoja al rojo vivo.
—¿Cómo que un maestro? —repuso, casi gritando—. ¿De modo que
es él quien te arrastra a esa imbécil aventura? ¡Una aventura que algún día
puede ser tu perdición!
—¡Calixto! Eso no es cierto. Ya te lo he dicho, es Livia. Además,
tranquilízate: no soy todavía cristiana.
—No solemos obligar a nadie a unirse a la verdadera fe —precisó
secamente Hipólito. Y dirigiéndose a Flavia añadió—: ¿Qué necesidad
tenías de ponerle al corriente? Un individuo como él, que sólo se preocupa
del carácter material de la existencia, no puede ser, no será nunca cristiano.
—¡Una verdad por fin! —replicó Calixto con cinismo—. Añadiré
incluso que...
—¡No! —le interrumpió rápidamente Flavia—. No digas nada más. —
Miró luego a Hipólito y añadió con fuerza—: Calixto no es el hombre que
piensas. Es uno de los seres más generosos que existen. Se nos unirá algún
día, estoy convencida.
– Flavia, aun a riesgo de decepcionarte, te diré que serás más bien tú
quien regrese a la realidad. Piénsalo un poco. Proclamas que tu dios es
bueno, ¿no? En tal caso, ¿por qué tolera que se persiga a los suyos? Que es
omnipotente. ¿Por qué permite entonces que se cometan tantas atrocidades
en este mundo? Muerte, miseria, odio, esclavitud y abandono. ¡Abandono,
sí! El de algunos niños inocentes a los que se echa a la calle como animales.
No has podido olvidarlo, ¿verdad?
Bajo la débil claridad de los astros, el rostro de Flavia palideció.
Hipólito volvió a la carga.
—Tu modo de ver las cosas, remitiéndolo todo a este bajo mundo y a
la muerte de los seres, es de lo más zafio que existe.
—Pero ¿por quién me tomas?¿Por un epicúreo?¿Por un ateo? Pareces
olvidar voluntariamente que siempre he seguido las enseñanzas de Orfeo, y
que él...
—El dijo que, después de morir, los hombres se reencarnan, según la
conducta que han mantenido en la tierra, en el cuerpo de animales.
—Eso es. Pero debes precisar que esta metamorfosis prosigue hasta
que se considera a las almas dignas de entrar en los Campos Elíseos o hasta
que su decadencia las precipita al Tártaro.
—Desde esa perspectiva, si realmente crees que la muerte es sólo una
puerta hacia otras formas de vida, ¿por qué te niegas a creer que, cruzada
esa puerta, Dios recompensará a quienes han llegado a sacrificar su
existencia para dar testimonio de su fe?
Por la turbada expresión de Calixto se advertía que el argumento había
dado en el blanco.
Flavia se percató y le cogió las manos.
—¡Oh! Si aceptaras al menos asistir a una de nuestras reuniones...,
sólo una vez, entonces podríamos explicártelo.
—¿Explicármelo? ¿Explicarme las palabras dichas por el hijo de un
carpintero galileo? ¿Por qué piensas que deben prevalecer sobre las
enseñanzas de Orfeo, el divino músico, cuya lira encantaba incluso a las
bestias más feroces?
—Orfeo es sólo una leyenda —intervino de nuevo Hipólito—. Y, aun
suponiendo que realmente hubiera existido, debes saber que con el
transcurso del tiempo sus hazañas fueron considerablemente ampliadas por
la tradición. ¿Cómo puedes creer que un ser de carne y hueso haya sido
capaz de bajar a los Infiernos y regresar? ¿Cómo puedes imaginar que el
son de una lira tenga el poder de mantener en equilibrio la roca de Sísifo y
de inmovilizar la rueda de Ixión? Que encante a Hades y a Perséfone puede
comprenderse, pero a objetos inanimados...
—¿Acaso es más extraordinario que ver a un hombre considerado
muerto salir de su tumba y ascender al cielo?
Entonces resonó sobre sus cabezas el ruido de una contraventana,
inmediatamente seguido de furiosas voces:
—¡Eh! ¿Dejaréis ya de hacer ruido? ¡Id a pelearos fuera y dejad
dormir en paz a la gente honrada!
Con las mejillas ardiendo, los tres jóvenes callaron en el acto. Y,
mirando la ventana todavía abierta, Calixto susurró:
—Vámonos... Podrían echarnos encima el contenido de un orinal.
Se retiraron por entre los árboles del jardín hasta llegar a la puerta
principal. Allí, Calixto, tomando de la mano a la muchacha, le dijo a
Hipólito:
—Ella y yo vamos a dar el paseo proyectado. De modo que ahí te
quedas.
—No —anunció Flavia.
—¿Cómo dices?
La mano de la muchacha se había puesto rígida en la suya.
– Tienes razón —aprobó Hipólito—. No debes seguirle. Hará lo que
esté en su mano para disuadirte de que te hagas cristiana. —Como Calixto
no le contradijo, el hijo de Efesio prosiguió con fervor—: Ya verás, no te
hablará más que de los peligros que entraña abrazar nuestra fe. Intentará
desprestigiarla, sembrar la duda en tu espíritu. Eres frágil todavía. Te lo
ruego, no corras el riesgo de perderte cuando estás tan sólo al comienzo del
viaje.
—¡Basta ya, Hipólito! Deja de querer imponerle tus espejismos. Roma
está llena de individuos como tú, que sólo venden viento.
Flavia tenía el rostro tenso, se la veía desgarrada.
—Calixto, si aceptara acompañarte, ¿me prometerías venir mañana
conmigo a la celebración del rito cristiano?
—Pero ¿qué significa este mercadeo?
– Así podrías hacerte una idea más precisa de nuestra religión.
Apolonio sabrá encontrar las palabras para convencerte.
—Convencerme... No necesito en absoluto ser convencido. ¡Vuestra
religión en nada supera las de Isis o Mitra!
Flavia e Hipólito mostraron la misma expresión desaprobadora.
– Sólo hay un Dios —repuso el hijo de Efesio marcando una pausa
entre cada palabra—, el que se reveló a nosotros en la forma de un hombre
de carne y hueso: Jesús el Cristo. Todos los demás, incluido el Dioniso de
Orfeo, son dioses de pacotilla.
—¡Cuánta vanidad hay en el espíritu de los cristianos! ¡Qué fatuidad!
Un solo dios: el vuestro. Es curioso, ¿dónde está vuestra caridad? ¿Y
vuestra tolerancia? —Calixto respiró profundamente antes de proseguir con
firmeza—: Ahora, Hipólito, déjanos tranquilos. De lo contrario te obligaré a
hacerlo, aunque no utilizando el verbo.
—Hay un alma a la que debo salvar —fue la única respuesta de
Hipólito.
El puño de Calixto golpeó inmediatamente la mandíbula del hijo del
villicus, el cual, más pequeño y enclenque que el tracio, cayó cuan largo
era.
—¡Calixto! —gritó Flavia con reprobación.
Antes de que Hipólito se incorporase, la muchacha se arrodilló junto a
él y, levantando su cabeza con un gesto casi maternal, apoyó en su muslo la
nuca del joven.
—Perdónale, ha perdido la cabeza. No sabe lo que hace.
Aquello era ya demasiado. La copa desbordaba. El tracio, falto de
argumentos, profirió en tono despectivo:
– Ya veo lo que ocurre: la mediocridad llama a la mediocridad.
Y sin añadir nada más, dio media vuelta y recorrió a zancadas el
amplio corredor que daba a la calle.
8
Despertó con el cuerpo pesado y dolorido, empapado en sudor
malsano. Al hacer un gesto para apartar la manta áspera y húmeda, tuvo la
desagradable impresión de que algo viscoso rozaba su mano... ¿Cucaracha o
rata? Nada hubiera podido sorprenderle demasiado. Aquella habitación de
albergue debía de ser el centro de la mugre de la tierra.
La muchacha tendida a su lado exhaló un suspiro mientras se
desperezaba. Calixto estudió sus rasgos, apenas entrevistos la víspera. Era
muy joven. Sus cabellos, de un dudoso rubio, caían sobre sus hombros.
¿Por qué había aceptado seguirla hasta allí? ¿Necesidad de sumirse en
la lujuria? ¿Un viaje engendrado por cansancio de sí mismo? Sin embargo,
siempre había sabido que esas muchachas de albergue no le inspiraban.
Pero ésta, con sus rasgos salpicados de pecas, su aire torpe y desvalido, le
había hecho pensar irresistiblemente en Flavia cuando, unos años antes, la
recogiera en aquella calleja.
Había querido huir, olvidar a la que le había herido, magullado en su
orgullo, y en cambio ahora compartía el lecho con una especie de doble de
la muchacha. Un perverso pensamiento cruzó por su mente y se dijo que, tal
vez, la noche anterior no había hecho más que ceder a una tentación
incestuosa. De todos modos, ahora sólo le quedaba un sabor amargo, más
evidente todavía que la víspera.
Con gesto brusco, saltó de la cama tras haber apartado la sucia manta,
abrió de par en par las contraventanas y comenzó a vestirse sin prestar
atención a las preguntas de la cortesana, tan sólo preocupada por el placer
que esperaba haberle proporcionado.
Minutos después estaba en la sala de abajo y pedía la cuenta al
posadero.
– Un pan: un as. La sopa: un as. Un sextario de vino: dos ases. La
moza: ocho ases.
A Calixto, la cuenta le pareció exorbitante, en especial el precio de la
moza. Estaba muy lejos de valer ocho ases. Pero no regateó. No le cabía
duda de que la infeliz hubiera pagado con golpes la reclamación del cliente.
Precisamente cuando estaba alineando sobre la mesa las monedas de
bronce, el posadero exclamó levantando los brazos:
—¡Oh, Servilio! ¿Ya estás de vuelta?
Al oír el nombre de Servilio, una oleada de mórbidos recuerdos se
apoderó del espíritu del tracio. Se dio vivamente la vuelta. Era,
efectivamente, el triste individuo que unos años antes, con su sonrisa y su
aspecto afectado, los había arrastrado a Flavia y a él hasta los horrores de la
Suburra.
El proxeneta no había cambiado demasiado. Tal vez estaba un poco
más gordo y más calvo, tal vez vestía con peor gusto aún, pero su tono era
el mismo y respondió al posadero con idéntica jovialidad que antaño a
Galo.
—¿Mercurio sigue siéndote favorable? —preguntó el posadero.
– Oh, ya conoces a ese dios... Más que pagar, roba los sacrificios que
se le hacen.
—¿Acaso no hay ya en las calles niños para robar, señor Servilio? —
ironizó Calixto.
A aquella hora temprana, aunque la posada estaba todavía medio
vacía, ya se encontraban ante el mostrador los habituales apostadores de
carreras, que, entre dos jarras de albus, discutían apasionadamente los
respectivos méritos de los aurigas portadores de los colores azul o verde,
mientras en el rincón más oscuro dos adolescentes se entregaban a una
partida de morra
[19].Al oír la pregunta de Calixto, todas las miradas convergieron en él.
—¿Quién eres? —preguntó Servilio atónito.
—¿No me recuerdas? El muchacho que protegía a la pequeña ladrona
de pescado. El que le impidió a tu amigo Galo venderla. Vamos, amigo, haz
un esfuerzo.
Servilio pareció rebuscar entre sus recuerdos antes de clamar
incrédulo:
—¿El esclavo del senador Apolonio?
– Eso es. ¿Tanto he cambiado que no me recuerdas ya?
—¡Por Plutón! ¡Demasiado te recuerdo! Heriste en el cráneo a mi
amigo Galo. Y, no sé si lo sabes, murió. ¡Eres un asesino!
Aunque sorprendido por la noticia, Calixto repuso con desprecio:
—Bien te reconozco. Sigues deformando la verdad como siempre.
Sabes perfectamente que aquella noche sólo me defendí y protegí a una
infeliz niña. Por lo demás, si realmente me creyeras un criminal, me parece
que en cinco años has tenido bastante tiempo para acusarme ante el tribunal
del prefecto.
—¿Cómo podía esperar de un magistrado que condenara al doncel de
un senador?
Calixto se puso rígido al oír la injuria, mientras el proxeneta soltaba
una gran carcajada.
Los presentes se disponían a acompañarle, pero sus rasgos se
inmovilizaron enseguida. Con el dorso de la mano, el tracio había golpeado
brutalmente la sien de Servilio, que cayó hacia atrás, agarrándose en el
último momento al borde del mostrador. Con un gruñido de fiera, Calixto
saltó hacia él, arrojándole al suelo. Ebrio de furor, colocó un pie sobre el
rostro de su adversario, haciendo nacer en sus deformados rasgos una
expresión de sapo agonizante. Acentuó la presión. Servilio trató de gritar,
pero de su garganta sólo brotó una especie de grotesco gorgoteo. El
posadero intentó interponerse.
El brazo del tracio le golpeó el bajo vientre y también él terminó al pie
del thermopolium.
Ahora, los dedos de Calixto se habían cerrado alrededor del grueso
cuello de Servilio; lentamente, como si ver el sufrimiento del otro le
produjera una verdadera voluptuosidad, el joven apretó cada vez con más
fuerza.
—¡No, señor! ¡Detente!
La frágil mano de la muchacha con la que había compartido el lecho
agarraba su brazo.
—Detente, señor... —imploró—. Si le matas, todos los de la casa
seremos considerados responsables. No quiero terminar en la arena.
Calixto lanzó una asqueada mirada a su víctima.
– Tienes suerte, amigo... Acaba de salvarte la vida. —Tras unos
momentos, añadió—: ¿No crees que semejante gesto merece recompensa?
Servilio, aterrorizado, asintió frenéticamente con la cabeza.
—Perfecto. Entonces, estoy seguro de que no te negarás a regalarle
uno de tus hermosos anillos para que pueda comprar su libertad. ¿Verdad,
Servilio?
Uniendo el gesto a la palabra, apoyó la rodilla en el pecho de su
víctima. Esta, con el labio inferior partido y babeando rojiza saliva, emitió
vagamente algo que se parecía a: «Sí, todo lo que quieras...»
Rápidamente, Calixto hizo que una de las preciosas joyas se deslizara
entre los gordezuelos dedos y se la tendió a la muchacha.
—Pero la libertad no le servirá de nada si no dispone de medios para
aprovecharla. De modo que, con tu permiso... —Y se apoderó de otro anillo
mientras le decía a la joven—: Agradécele al señor Servilio su generosidad.
Ella lo hizo, vacilante.
El tracio se levantó. El proxeneta, sudando y haciendo muecas, intentó
hacer lo propio, pero Calixto lo mantuvo en el suelo.
—¡Espera! Estoy pensando que... después de todo lo que les debes a
las prostitutas, podrías mostrarte más generoso.
—Pero... ¿qué..., qué más quieres?
—Sencillamente esto...
Calixto señaló con el dedo el pesado collar de oro trenzado que
Servilio llevaba al cuello.
—Me parece muy natural que le regales tan maravillosa joya a esta
jovencita, en justa recompensa por el tiempo que ha pasado
enriqueciéndoos, a ti y a tus amigos.
Servilio exhaló un suspiro que pareció un sollozo. Grandes gotas de
sudor brotaban de su frente y corrían por sus sienes. Destrozado,
desabrochó el collar y se lo tendió a la muchacha, que lo cogió con avidez.
Un reprobador murmullo corrió entre la concurrencia, pero nadie se atrevió
a intervenir.
—Gracias —masculló la joven con una tímida sonrisa—. ¿Puedo saber
cuál es tu nombre para recordarlo siempre?
—Calixto.
– El mío es Elisha.
—Muy bien, Elisha. Ahora debes marcharte lejos. Lejos, lo más lejos
posible, y sé feliz.
Seguro de encontrarse fuera de peligro, el tracio se dirigió también
hacia la puerta y, antes de desaparecer, dijo con ironía:
– Muy bien, Servilio... Lo que has hecho está muy bien. Estoy
convencido de que es sólo el primer paso hacia una vida ejemplar. Y, en
caso de que flaquearas, no dudes en visitarme.
Carvilio, el cocinero de Apolonio, le aguardaba en la insula.
—Tengo que hablar contigo —dijo con gravedad.
– Y yo tengo hambre.
– Perfecto. Alimentaremos, pues, el vientre y el espíritu. Sígueme.
El hombre le arrastró hacia las cocinas, desiertas todavía. Abrió una
alacena, cogió dos panecillos redondos y un plato de metal, que llenó hasta
el borde de habichuelas sacadas de una gran cacerola, y lo puso todo en la
gran mesa de roble macizo.
—¿Un vaso de mulsum?
Calixto hizo una mueca. Al día siguiente de una juerga sólo deseaba
agua fresca, y la simple idea del alcohol le producía náuseas.
—Dime más bien de qué quieres hablarme.
– De hecho, soy sólo un intermediario —confesó Carvilio sirviéndose
una copa de vino melado—. Flavia me ha rogado que hable contigo.
—¿ Flavia? ¿ Qué quiere? Me parece que ya está todo dicho.
– Ante todo, hacerte saber que lamenta profundamente vuestra disputa
y excusarte si te ha herido.
—¿Y qué más?
—Bueno, me ha pedido que defienda su causa.
– Su causa... Pero ¿no es también la tuya? ¿De qué iba a servir? Que
una chiquilla se deje adormecer por absurdos sueños, pase todavía, pero
¿tú? ¿Tú, Carvilio?
Pese a su negativa, el cocinero le sirvió una copa de vino.
—Te noto muy nervioso, pequeño. Bebe. Tal vez esto
domeñe tus
humores. Por lo que se refiere a la «chiquilla», déjame decirte que es mucho
más adulta que algunos de nosotros. Pero ésta no es la cuestión. Si
comprendo bien tu posición, no quieres abandonar el orfismo, pero exiges
que Flavia y yo renunciemos a nuestra fe.
—Si alguien descubriera que sois cristianos, para vosotros significaría
la muerte entre los peores suplicios. En cambio, mi religión es tolerada por
Roma.
—Es público y notorio que Apolonio es cristiano y...
Calixto no le dejó proseguir.
—No te refugies tras la seguridad que os proporciona nuestro amo; es
tan frágil como el cristal. Apolonio no es eterno. No sería la primera vez
que un senador perdiera la vida por haber transgredido la ley neroniana
[20].
—Y si nuestro amo acabara siendo ejecutado, ¿no encontrarías cierta
grandeza en morir a su lado? —sonrió Carvilio.
—No, ninguna. He aceptado vivir para él, y me parece que ya es
suficiente.
—De nuevo tu espíritu rebelde... Tienes razón. No se trata de morir
para complacerle; además, no le gustaría. Pero, por lo que se refiere a
Flavia y a mí, compartimos la misma fe y no la cambiaremos, aunque esta
fidelidad nos conduzca un día a la arena.
—¡Inconsciente!
—¿No serás tú el inconsciente? ¿De dónde sacas esa seguridad?
—Sencillamente porque es insensato arriesgar la vida por unas ideas.
Carvilio se incorporó lentamente en el taburete.
—Escúchame bien, pequeño. Soy un anciano; pronto cumpliré sesenta
años. He pasado mi existencia venerando a Marte, Júpiter, Venus y los
demás, todos ellos dioses mudos y egoístas, absolutamente concebidos para
servir de coartada a la locura de los hombres. Marte, en su carro, siempre
fue para mí símbolo de exilio y de terror. Sólo he visto sacrificar a Plutón
tinieblas al pie de los altares. Júpiter, a quien algunos se complacen en
considerar el dueño absoluto del universo, Júpiter sólo nos ofrece la visión
torturada de un camaleón que se metamorfosea al albur de sus deseos; unas
veces sátiro, otras lluvia de oro y otras, para penetrar en Danae, toro.
Vamos, Calixto, seamos serios, ¿crees que es posible venerar a un dios toro?
Esta vez, alguien, un hombre como tú y como yo, un ser de carne y hueso
ha hablado de amor y de fraternidad. No combate a Saturno o a los Titanes,
sino la injusticia. No fue educado por coribantes
[21], sino por una mujer, María, una mujer como las demás. Al
contrario que el hijo de Saturno, no construyó las murallas de Troya, pero
sembró la semilla de un universo cien veces más noble, cien veces más
grande. De modo que déjanos creer en ese hombre. Esta creencia nos
permite soportar mejor nuestro estado. Durante toda mi vida he pertenecido
a obesos patricios, ahítos y repugnantes. Durante toda mi vida he soportado
el yugo. De modo que, por una vez que oigo hablar de libertad, de amor y
de justicia, no me pidas, Calixto, que me tape los oídos.
Turbado a su pesar, Calixto no supo qué contestar. Había tal fervor, tal
sinceridad en lo que acababa de oír, que se sintió desarmado. Agitó la
cabeza con cansancio y, con la espalda algo curvada, se retiró.
9
Entre el Velia, el Celio y el Esquilino, junto al coloso del sol, en la
colmada depresión del lago de la Casa Dorada, el anfiteatro Flavio erigía
sus cuatro pisos de redondeados muros. Era una obra grandiosa, un círculo
coronado por una rotonda de casi treinta toesas de alto, tallada en un
travertino compacto hecho de bloques extraídos especialmente de las
canteras de Albulae. Visto de lejos, el edificio hacía pensar en un
gigantesco cráter dispuesto a devorar el cielo.
En aquel postrer día de las nonas de augustus, reinaba allí una
efervescencia que recordaba el tiempo de los grandes triunfos de Calígula,
Domiciano y Trajano. Rugidos de leones, bufidos de panteras, gruñidos de
tigres y, dominándolo todo, el ciclópeo, apocalíptico aullido de la multitud
de los quintes
[22].
Un leopardo se retorcía de dolor en la arena ocre, dando convulsivos
zarpazos para intentar liberarse de la larga flecha que atravesaba su cuerpo
de parte a parte. Grandes charcos de sangre impregnaban la superficie de la
arena, donde yacían ya varias decenas de fieras con las patas rígidas y la
piel estremecida todavía por los últimos espasmos de la vida. Otros
animales, desorientados y enloquecidos, salían intermitentemente de la
oscuridad del velum a la dura luz del centro de la pista.
Algunos leones saltaban para intentar escalar los altos muros que
rodeaban el perímetro, antes de caer con un desesperado rugido. Algunas
panteras intentaban penetrar entre los barrotes de las aberturas, y sus
sucesivos fracasos aumentaban su furor. La mayoría de las fieras
enloquecían en el centro del espacio descubierto, antes de derrumbarse y
caer pesadamente, fulminadas por una flecha.
Los clamores ascendían a oleadas. Los gritos de «¡César! ¡César!»
desgarraban el cielo del anfiteatro. Cada vez que una fiera caía, las miradas
se volvían hacia Cómodo, hombres y mujeres hechizados por el joven
soberano, dueño e instigador de aquellos instantes de desmesura.
El Emperador iba vestido, como Hércules, con una piel de león que le
dejaba libres el pecho y el brazo derecho. La mandíbula del animal le cubría
a modo de casco, y sus crines le enmarcaban el rostro antes de caer como
una cascada por sus hombros, dando a sus rasgos un aspecto bárbaro.
Puso una flecha en la cuerda de su arco y lo tensó. La punta siguió los
desordenados saltos de un león; Cómodo contuvo el aliento y distendió los
dedos. Con secreta voluptuosidad, percibió la vibración de la cuerda
seguida del breve silbido del aire. Las aclamaciones aumentaron. La saeta
golpeó de lleno al animal, abriendo en su cuerpo un surco sanguinolento,
mientras las plumas de la flecha se estremecían, clavadas en el amarillo
pelaje.
—¡Extraordinario! ¡Ochenta y tres fieras muertas con ochenta y tres
flechas! —exclamó Quintiano.
—¿No estás fatigado, Augusto? —preguntó Brutia Crispina con su voz
nasal.
La nueva esposa de Cómodo, con el vientre redondeado por el inicio
de la preñez, era la única que estaba sentada.
—No temas, Augusta —intervino Lucila con voz de burlonas
sonoridades—, mi hermano es tan infatigable en sus hazañas guerreras
como en sus justas amorosas.
Cómodo lanzó una furtiva mirada hacia la joven de rostro ceñudo,
impertérrita en su hierática inmovilidad. Su hermana mayor seguía
intimidándole un poco. Tenía la desagradable impresión de que le
consideraba un chiquillo inmaduro.
—¿No deseas probar suerte, primo Cuadrado? —preguntó para
disimular.
Pero Umnio Cuadrado parecía perdido en sus sueños. Una joven
morena intervino, ofreciéndole al Emperador una copa tallada en forma de
maza.
—No, señor —dijo en tono pausado—, esto no es ya una simple
venatio
[23],sino una prueba que te has impuesto. Debes terminar tu obra para
demostrar al pueblo de Roma que eres efectivamente el elegido de los
dioses. No compartas esta gloria con otro.
—Dices verdad, Marcia —aprobó el joven príncipe con un fulgor de
orgullo en la mirada. A continuación, volviéndose hacia el pueblo reunido,
alzó la copa e hizo una libación sobre la arena del circo, al tiempo que
exclamaba—: ¡Gloria al Sol Invicto, a Mitra y a todos los dioses!
Se oyeron algunos gritos rabiosos, sofocados en el acto por los
atronadores vítores que brotaban de las gradas.
—¡Gloria al nuevo Hércules!
Cómodo se llevó la copa a los labios, bebió dos tragos de vino y la
dejó enseguida.
Tomando de nuevo su arco, contó las flechas. Quedaban diecisiete.
Diecisiete flechas para diecisiete fieras.
¿Iba a lograr lo imposible? En un absoluto silencio, tensó la cuerda.
Las flechas del cesáreo arquero continuaron su implacable curso. Pronto
sólo quedaron tres fieras, luego dos y por fin la última. Cuando ésta, una
admirable pantera de pelaje amarillo manchado de negro, cayó, se produjo
la apoteosis. Haciendo un amplio gesto triunfal, Cómodo levantó con ambas
manos el arco hacia el cielo. Había conseguido una extraordinaria hazaña:
abatir a cien animales feroces con cien flechas.
Su primer impulso fue bajar a la arena para gozar mejor de su triunfo,
pero la visión de la pista llena de cadáveres le disuadió. Optó por retirarse
modestamente, no sin haber saludado por última vez a la masa
desenfrenada.
—¡ Hoy, César, te has unido a los héroes, has rozado a los dioses! —
exclamó Marcia con entusiasmo.
Cómodo tomó a la joven del brazo y la llevó fuera del palco imperial.
—Si lo deseas, algún día me acompañarás a cazar y desvelaré para ti
ciertos secretos de mi fuerza.
La hermana y la esposa del Emperador intercambiaron una mirada
irritada. Aquella Marcia, a quien el pueblo denominaba la Amazona,
comenzaba a adquirir excesiva relevancia para su gusto. En silencio, todos
siguieron a la pareja por el vomitorio que conducía al exterior del anfiteatro.
El Emperador peroraba. Marcia, ligeramente turbada por aquella profusión,
se volvió maquinalmente hacia el grupito que les seguía y, casi de
inmediato, lanzó un grito de terror.
—¡No, Cuadrado! ¡No!
—¡De parte del Senado!
Fue el intensivo entrenamiento que Cómodo se había impuesto
siempre, bajo la dirección de los más famosos lanistas, lo que le salvó la
vida.
La fugaz visión de un brazo levantado, el refulgir de un puñal y una
rápida vuelta que le permitió ofrecer al agresor sólo su perfil. El arma, en
vez de hundirse en su espalda, le hirió en el hombro. Con sorprendente
vigor, Marcia se abalanzó sobre el antebrazo de Cuadrado. Al mismo
tiempo, Cómodo, adoptando una postura clásica de pancracio, golpeó
con la
rodilla el bajo vientre del asesino, que, petrificado por el dolor, se dobló
agarrándose la entrepierna. Los équites singulares aparecieron enseguida y
sujetaron al hombre. Ni Quintiano, ni tampoco la hermana y la esposa del
Emperador,
se habían movido.
Marcia se quitó la estola y la anudó alrededor del hombro de Cómodo
para detener la sangre que corría en espesos hilillos. Lívido, el príncipe de
Roma la dejó hacer. Era la primera vez que veía la muerte tan de cerca; la
primera vez también que advertía de modo tan flagrante la realidad de las
maquinaciones que le acechaban. Contuvo a duras penas el ligero temblor
de sus labios y se
decidió, por fin, a responder al centurión.
—¿Cuales son tus órdenes, Augusto?
—Que le lleven a la prisión Mamertina. El prefecto del pretorio se
encargará de él. —Tras una pausa, señaló con el índice al pequeño grupo,
que seguía sin reaccionar—. Y que interroguen a éstos.
—¿Interrogarme? —gritó Lucila, aterrorizada—. ¡A mí, a tu hermana!
—Querida, desde hace algún tiempo corren extraños rumores por la
ciudad. ¡Quiero tener las cosas claras!
—¡Pero si están clarísimas! Cuadrado ha sido siempre tu compañero
de orgía. Por alguna razón que os afecta a ambos, habrá considerado que le
abandonabas y...
—¡Ah, no! —intervino inesperadamente Cuadrado—. ¡No vas a
librarte con una doble traición! —Y, dirigiéndose a Cómodo, replicó con
energía: Ha sido ella, Augusto, ha sido ella la causa de todo. Deseaba tu
muerte para acceder al poder. Me prometió casarse conmigo a cambio de mi
acto y...
—¿Casarte con él? —gritó bruscamente Quintiano.
—¡Cállate! —bramó Crispina, fulminándole con la mirada.
– ¿De modo que te hizo a ti la misma promesa? —preguntó Cómodo.
Con una amarga risita, Cuadrado reveló:
—Nuestro querido Quintiano debía herirte también.
Sigues vivo porque el cobarde ha tenido miedo. Pero ambos
ignorábamos que nos movía la misma recompensa: la púrpura al casarnos
con esta zorra.
Quintiano intentó protestar, pero los équites singulares le rodearon y
comenzaron a registrarle. Unos instantes más tarde descubrieron un puñal
entre los pliegues de su toga.
Con el rostro huraño y un seco chasquido de dedos, Cómodo dio la
orden de que se los llevaran. Y señalando a su esposa, precisó:
—A ella también.
– ¿Yo, Augusto? Te lo juro, no sabía nada.
—¡A ella también! —repitió. Luego, tomando a Marcia del brazo,
añadió—: ¡Y ahora, dejadnos!
Sin aguardar más, los guardias saludaron golpeando sus corazas con el
puño cerrado.
Mucho tiempo después de que hubieran desaparecido con los
prisioneros, el ruido de sus claveteadas suelas seguía resonando en los
corredores del anfiteatro. Volviéndose hacia Marcia, Cómodo la estrechó
contra su pecho.
—Bien..., me has salvado la vida. Sólo tú eres digna de tu Emperador.
10
Apolonio estaba dando su paseo cotidiano por el jardín interior de la
insula cuando apareció la litera de Carpóforo. Los porteadores la dejaron en
el suelo y ayudaron a bajar al caballero. Intrigado, Apolonio se dirigió hacia
su amigo: no acostumbraba a visitarle sin hacerse anunciar.
Por su expresión, enseguida pudo comprender que ocurría algo grave.
—Ave, Carpóforo, ¿qué...?
– Te saludo. ¿Podemos hablar en privado?
– Naturalmente. ¿Te parece bien aquí, en el jardín?
—Preferiría un lugar más discreto.
El anciano inclinó la cabeza.
—Sígueme.
Condujo a su compañero hasta la galería de antepasados. Señalando las
mascarillas mortuorias y los bustos de los difuntos de la gens Apollonii,
ironizó:
—Nadie nos molestará en este corredor de los horrores. ¿Qué es eso
tan confidencial que quieres decirme?
—Estoy aquí para ponerte en guardia: debes huir.
– ¿Huir? ¿Por qué?
– Porque todo el mundo conoce la amistad que te une a Pompeyano, el
más íntimo colaborador de Marco Aurelio y también marido de Lucila.
Apolonio pareció aterrado.
—¿Quieres decir que van a detener a Pompeyano?
—Si no lo han hecho ya. Y es muy probable que sus amigos, entre los
que, debo precisarlo de nuevo, tú te cuentas, sufran la misma suerte.
– No puedo creer que Pompeyano esté involucrado en este atentado.
Juró a Marco Aurelio que velaría por su hijo.
—¡Pero abre de una vez los ojos! Sabes perfectamente que, desde la
muerte del Emperador, dos clanes se disputan el poder. Por una parte, los
antiguos fieles de Aurelio, que, junto a Pompeyano, intentan a trancas y
barrancas administrar el Imperio...
—¡Con probidad y competencia!
—Sin duda. Pero eso no impide que, al hacerlo, cierren el paso a los
augustantes, familiares de Cómodo, que tienen en Perennis, el prefecto del
pretorio, a un jefe sin demasiados escrúpulos.
Apolonio dio unos pasos con la cabeza gacha. Carpóforo prosiguió,
más acuciante:
—Amigo mío, te suplico que huyas inmediatamente. Los pretorianos
pueden llegar de un momento a otro.
El viejo senador levantó la cabeza hacia él y dijo tranquilamente:
—Deberías volver a tu litera. Si te encontraran aquí, sabiendo que
estás vinculado al servicio de palacio, no les costaría comprender que has
venido a avisarme. Márchate.
—¡Pero eres tú quien corre peligro!
Apolonio posó afectuosamente la mano en el hombro del caballero.
—Te agradezco de corazón el peligro que has corrido. Pero nada me
hará cambiar de opinión: me quedo. Al parecer, es en la adversidad cuando
puedes reconocer a los tuyos, y si puedo serle útil a Pompeyano...
—¡Ya no puedes hacer nada por él!
—Es posible, pero ¿por qué marcharme? Soy viejo y estoy enfermo.
Las precarias condiciones de un viaje y las angustias de la huida
terminarían conmigo. Hace ya largos años que me preparo para sufrir y
morir por mi fe cristiana. No temo, pues, tener que hacerlo por amistad.
Carpóforo lo contempló, dividido entre la admiración y la condena.
Conocía lo bastante al anciano como para saber que su decisión era
irrevocable.
—¿Lo has pensado bien? —articuló, con la voz tensa a causa de la
emoción.
– Sí. Tan sólo te pido que, si me sucede una desgracia, cuides de mi
hermana y de mis esclavos.
Se despidieron efusivamente. El caballero se volvió y se dirigió hacia
la litera tan deprisa como pudo. No volverían a verse.
Tras la marcha de Carpóforo, Apolonio convocó a sus esclavos en el
atrio, donde los recibió, envuelto en su toga, con el rostro tan sereno como
de costumbre.
—Amigos míos, ha llegado el momento de que nos separemos.
Siempre he creído que mi viejo cuerpo, afligido por excesivos males, no
conseguiría mantenerme mucho tiempo entre vosotros. Pero han sido los
azares del destino, y no el cuerpo, lo que me ha traicionado. Probablemente
seré víctima indirecta, y debo añadir que inocente, de una rebelión en
palacio. Dentro de poco, los pretorianos vendrán a detenerme. Quería, pues,
reuniros para deciros adiós.
La tierra abriéndose bajo sus pies, un relámpago atravesando un cielo
sin nubes, no habrían impresionado más a los esclavos que esa declaración.
Algunos comenzaron a murmurar maquinalmente, angustiados: «¡Amo!
¡Oh amo!» Flavia y la mayoría de las mujeres no pudieron contener las
lágrimas. Otros, entre ellos Calixto, pasado el primer instante de sorpresa,
meditaron en las consecuencias que semejante acontecimiento tendría en su
destino. Todos conocían la bondad de un nombre como Apolonio. No
podrían encontrar un amo parecido.
—Sabéis también que soy cristiano, lo que me ha hecho cuestionarme
muchas veces, y largamente, el asunto de la esclavitud. Sin duda hubiera
sido más fiel a mis convicciones liberándoos antes. Pero eso hubiera
significado mi ruina o, al menos, la pérdida de mi rango senatorial y de la
influencia que podía ejercer en la Domus Augustana
[24] en favor de mis hermanos. Sólo habría logrado atraer la atención,
algo que probablemente me hubiera valido, antes o después, ser condenado
a las fieras. Pero tal vez sean sólo frágiles excusas las que os expongo, tras
habérmelas expuesto a mí mismo. De todos modos, ahora redactaré mi
testamento, en el que constará la manumisión de todos los presentes.
Apenas hubo pronunciado la palabra, los esclavos se miraron con
estupor. Lo que su amo acababa de decidir sólo tenía un sentido: la
liberación. ¡Iban a ser libres! Calixto buscó la mirada de Flavia, pero no la
encontró. La muchacha, con los ojos llenos de lágrimas, miraba
compasivamente al senador.
Pasada la primera emoción, una febril corriente se apoderó del grupo
de esclavos. Algunos se arrojaron a los pies del anciano; otros intentaron
besarle las manos; pero la mayoría, presa de contradictorios pensamientos,
guardó silencio.
—Vamos, amigos míos, sobreponeos. Aprovechemos el tiempo que
nos queda. Tú —ordenó volviéndose hacia Hipólito—, dirígete
inmediatamente a casa de Claudio Máximo, el censor. Le necesito para
verificar mi testamento. Tú, Efesio, reúne los documentos necesarios para
expresar mis últimas voluntades. Por lo que a los demás se refiere, volved a
vuestras tareas.
A excepción del intendente, todos abandonaron el atrio. Y, por primera
vez desde que estaba a su servicio, Apolonio pudo advertir verdadera
turbación en los rasgos de su servidor.
—Amo..., amo, ¿es verdad? ¿Los pretorianos van...?
—Lamentablemente, sí, mi buen Efesio. Carpóforo ha venido a
informarme. Sin duda no tardarán en aparecer.
—En ese caso..., tu hermana, Livia, también está en peligro.
—Te la confío. Los intrigantes que hormiguean en torno a nuestro
Emperador no tienen razón alguna para odiarla, o al menos eso creo.
—Pero ¿no temes su reacción cuando conozca tu arresto?
Una apergaminada sonrisa arrugó el rostro del anciano.
—No, no. Livia es de natural tímido y discreto.
—Los seres como ella se convierten en los más temerarios cuando las
circunstancias violan su naturaleza.
—Tranquilízate, amigo mío. Y no olvides transmitirle todo mi afecto.
Temo no tener suficiente valor para hacerlo.
Efesio se inclinó. Con los rasgos de nuevo impenetrables, comenzó a
abrir las arquillas que contenían los títulos de propiedad y los documentos
familiares de Apolonio. Tomando una tablilla de cera y un estilete, aguardó
el texto del senador.
—¿No preferirías un escriba? Sin duda lo redactaría con más claridad
que yo.
Apolonio no respondió. Extrañado, Efesio levantó los ojos.
Débilmente iluminados por la temblorosa luz de las lámparas, los rasgos de
su amo se habían inmovilizado.
—Ya no vale la pena —susurró éste.
Entonces, el villicus percibió un cadencioso ruido de zapatos
claveteados. Sólo los pretorianos los llevaban.
11
El foro de César estaba, como siempre, ocupado por una abigarrada
multitud. Por una parte, los senadores, caballeros y nobles matronas,
vestidos de seda y de paños purpúreos, que regresaban de los jardines o de
los pórticos del Campo de Marte; por la otra, la masa heteróclita de los
habitantes de la cercana Suburra, vestidos de lino o lana, con los flotantes
trajes de las provincias orientales, corta túnica de atletas, manto galo o el
provocador atavío de las prostitutas.
Los grupos de elegantes se detenían ante las tiendas más fastuosas,
discutían el precio del marfil, de la preciosa vajilla y de las pieles. Los
plebeyos, por su parte, regateaban ásperamente con los hortelanos, que
ofrecían en simples cestos trenzados las frutas y legumbres que habían
sacado de sus barcas de fondo plano, amarradas a los pontones de madera
del Tíber. Fraternalmente entremezclados, algunos hombres charlaban ante
los thermopolium; otros, protegidos del ardor del sol por las arcadas que
rodeaban la plaza, estaban tendidos en las banquetas de ciertas barberías
donde se intercambiaban los últimos ecos de la capital. La de Alcon,
aunque de precios excepcionalmente elevados, era la más frecuentada. No
abundaban los profesionales capaces de arreglar una barba sin hacer una
carnicería. Alcon formaba parte de ellos.
El barbero acabó de pasar delicadamente la hoja por la redonda mejilla
de su cliente, un personaje obeso e hinchado, cuyas vestiduras revelaban su
opulencia.
En torno a ellos, una pequeña muchedumbre se agitaba como en una
colmena. Aprendices que afilaban los cuchillos del maestro y ayudantes
detenidos ante los grandes espejos de bronce constituían, casi
exclusivamente, el decorado del establecimiento. Alrededor, el incesante
vaivén de los curiosos y el entrecortado murmullo formado por la cháchara
de los clientes.
Entre aquellas paredes podían oírse los cotilleos más comunes, las
anécdotas de la víspera e incluso ciertos secretos murmurados que sólo
parecía imaginable escuchar en los austeros pasillos de la Domus
Augustana.
—Entonces —dijo una voz—, de creer en las últimas noticias,
corremos el riesgo de revivir los tiempos neronianos.
—Calumnias de senadores —replicó alguien—. Nuestro joven
Augusto no es un loco sanguinario. Y la mejor prueba de ello es Lucila, que
en vez de ser ejecutada como sus cómplices, permanece exiliada en Capri.
—¿Y su esposo, el noble Pompeyano? —preguntó un tercer personaje.
—Salvó la piel renunciando al poder y aceptando retirarse a Terracina.
El cliente que Alcon estaba afeitando dio un respingo.
—¿Y los...?
Se detuvo e hizo una mueca, llevándose la mano al corte que su
movimiento había provocado.
—¡Calma, señor Servilio! —rugió el barbero—. De lo contrario, tu
rostro y mi reputación saldrán mal parados.
—No te preocupes por tu reputación —masculló Servilio—, pero ten
cuidado con mi piel. —Y terminó su pregunta—: ¿Cuál ha sido la suerte de
los cómplices de Pompeyano?
—¿Qué cómplices?
—Me refiero... ¡Ay! ¡Maldito Alcon!... A sus colaboradores.
– Señor Servilio —protestó vivamente el barbero—, tal vez a ti no te
preocupe parecer un gladiador recién salido de la arena, pero te repito que
yo tengo una fama que defender. ¡Si vuelves a moverte, te eliminaré del
número de mis barbas!
Una cascada de risas acompañó la advertencia de Alcon. Servilio, por
su parte, se limitó a encogerse de hombros, molesto. Estaba visiblemente
sobre ascuas.
—Los colaboradores de Pompeyano —prosiguió el informador—, y
todos los que sirvieron bajo el antiguo régimen, serán sin duda liberados en
cuanto Perennis, el prefecto del pretorio, haya juzgado su caso.
—¿Y el senador Apolonio?
– Su nombre no se cita especialmente. Supongo que, si se demuestra
que no está involucrado en la conspiración, será liberado también.
—A menos que se descubra que es cristiano —bromeó otra voz.
Servilio estuvo a punto de saltar del taburete. De nuevo la hoja cortó
su piel. Brotó la sangre ante las miradas burlonas de la concurrencia, y el
barbero, indignado, levantó los brazos al cielo. Esta vez no tuvo tiempo de
expresar su cólera: Servilio se había levantado.
—Repítelo... ¿Apolonio es cristiano?
—Efectivamente. No es un secreto para nadie. Yo...
Sin esperar la continuación, Servilio se limpió las mejillas con el
peinador y le dijo a Alcon en tono soberbio:
– Decididamente, mi pobre amigo, eres demasiado torpe para seguir
confiándote mi rostro.
Las risas aumentaron mientras el infeliz barbero piafaba de cólera.
—Consuélate —añadió Servilio imperturbable—. No por ello voy a
olvidarte. Mañana seré lo bastante rico como para permitirme contratarte, a
ti y a tus ayudantes, para afeitar a mis libertos. Así podrás practicar a tu
guisa.
La justicia impartida por el prefecto del pretorio había tenido siempre
mala reputación. Sólo juzgaba los procesos criminales, especialmente los de
lesa majestad. El procedimiento era secreto y las sentencias de muerte en
exceso numerosas como para creer en la probidad de los jueces.
Aquellos procesos tenían lugar en la Castra Praetoria, el campamento
donde residía la guardia pretoriana. Los detenidos, a menudo ilustres,
permanecían encerrados allí, bien custodiados, a la espera de ser juzgados.
Raras veces se les autorizaba a comunicarse, pero llegado el caso el gesto
era considerado de muy buen augurio.
Entre los antiguos íntimos de Marco Aurelio que se hallaban reunidos
en la Castra, el senador Apolonio destacaba por su serenidad. Los Pertinax,
los Julianos y los Victorinos se veían diariamente reconfortados por su
actitud. Habían decidido calificarle con humor como «el único filósofo
auténtico del Imperio desde la muerte de Marco Aurelio».
Por lo demás, la situación iba aclarándose. Puesto que Pompeyano
había renunciado al poder, sus amigos no eran ya peligrosos. Por ello, a
nadie le asombró realmente ver que se sucedían las sentencias clementes.
De este modo, Juliano fue condenado a retirarse a Mediolanum y Pertinax,
a su pueblo natal de Liguria. Incluso Victorio, cuya absoluta rectitud tan
sólo se podía comparar con su inmutable franqueza, fue tratado con
clemencia.
En estas condiciones, ¿por qué iba a sentir Apolonio inquietud alguna?
De todos ellos, indiscutiblemente era el menos comprometido en el asunto.
Su hermana Livia, sus amigos, sus clientes, sus esclavos y toda la
comunidad cristiana le hacían llegar mensajes de consuelo, regalos,
golosinas que él se apresuraba, por otra parte, a distribuir entre los demás
detenidos, e incluso entre los pretorianos que le vigilaban.
Hacía bochorno aquella mañana en la que dos guardias, con uniforme
de gala —cimera, coraza cincelada y manto púrpura sobre los hombros—,
le condujeron al tribunal.
Tígido Perennis, prefecto del pretorio, era, al igual que Pompeyano,
caballero de origen sirio. Conservaba de su ascendencia una tez mate,
cabellos y barba rizados, y una tendencia natural a echar barriga. Sin
embargo, en su cultura y su carrera todo era de esencia occidental. Apolonio
conocía su pericia en las artes guerreras y sabía también que había sido él,
Perennis, quien había comunicado aquella afición al joven Cómodo, lo que
le había llevado hoy hasta uno de los puestos clave del Estado.
Instalado en su silla curul, en el centro de un pequeño estrado de
mármol y con una tablilla de cera sobre las rodillas, estaba rodeado por dos
ujieres dispuestos a tomar notas. A su espalda se distinguía una clepsidra
que desgranaba monótonamente sus gotas de agua, confiriendo a la sala de
desnudos y fríos muros un clima más austero y solemne todavía.
Perennis y Apolonio se saludaron cortésmente y, de entrada, el
prefecto le preguntó al senador si había elegido un abogado. El detenido
respondió con calma que se defendería él mismo, tal como la ley le permitía
hacer.
—¿Conoces las acusaciones que se te hacen?
—Perfectamente. Al parecer, he conspirado para dar muerte al
Emperador.
Perennis contuvo un suspiro.
—Si sólo fuera eso, podría soltarte de inmediato.
– ¿Me acusan de algún otro crimen?
—Ayer por la noche un hombre te denunció. Afirma que eres cristiano.
Apolonio pensó que había llegado el momento.
—Tú lo has dicho, soy cristiano.
El prefecto se inclinó hacia delante, con mayor atención.
—No ignoras que, de acuerdo con las leyes del Imperio sobre
asociación ilícita, eres merecedor de la pena capital.
—Conozco las leyes.
—Veamos, Apolonio. Eres filósofo; no formas parte de esa chusma a
la que se puede fanatizar a voluntad. ¿Vas a poner tu vida en peligro por el
placer de defender una idea absurda?
—Si te comprendo bien, prefecto, me condenarías no por ser cristiano,
sino por reconocerlo públicamente.
Turbado, Perennis, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, se
acarició la mejilla con el índice.
—Así lo quiere la jurisprudencia imperial, inspirada por los más justos
príncipes.
—Admitirás que la costumbre es tan incoherente como injusta.
Perennis hizo un gesto de impaciencia.
– La secta cristiana ha sido siempre una amenaza para la res publica
[25]. El mero hecho de formar parte de ella te iguala a los
desestabilizadores del Estado y, por lo tanto, a los conspiradores.
—En ese caso —repuso el viejo senador—, si realmente estás
convencido de lo que dices, no debieras sentir escrúpulo alguno al
condenarme. Tanto más cuanto que fui detenido como sospechoso de haber
conspirado contra nuestro Príncipe.
—¿Reconoces a Cómodo como legítimo emperador?
– Siempre he dicho que no era el señor que convenía al Imperio, pero
nunca he cuestionado su legitimidad. Eso es tanto más evidente cuanto que
los preceptos cristianos recomiendan Dar al César lo que es del César y
respetar el orden deseado por Dios.
—En esas condiciones, no te negarás a quemar unos granos de
incienso ante la estatua de nuestro Augusto.
—No puedo hacerlo. Como bien sabes, el Emperador afirma ser un
dios en la tierra. Ofrecerle incienso sería para mí una verdadera apostasía.
—¿Deseas, pues, morir?
—Mi único deseo es vivir en Cristo. Fuera de él, estaría muerto.
—Tus razonamientos me son ajenos, Apolonio. Reconsidera tu actitud.
Te doy tres días para meditar.
—Ni tres días ni tres años me harán cambiar.
Los pretorianos condujeron de nuevo a Apolonio a su celda. En las
horas siguientes, las conclusiones del interrogatorio comenzaron a correr
por el cuartel y, progresivamente, por toda la ciudad, provocando una
emoción considerable. Tres días más tarde, cuando ambos hombres
volvieron a encontrarse frente a frente, era paradójicamente Perennis quien
parecía más perturbado. La actitud del senador le colocaba en una posición
extremadamente molesta. Por orden de su difunto padre, Cómodo había
jurado, en efecto, no ejecutar nunca a un senador. Y la clemencia de la que
se habían beneficiado Pompeyano y sus amigos se debía, en buena parte, al
deseo de ofrecer al pueblo una imagen tranquilizadora de su joven
Emperador. Pero, si bien la condena de Lucila y sus cómplices había sido
aprobada por todos los ciudadanos, no ocurriría lo mismo con un personaje
tan respetado como Apolonio...
—Tengo que comunicarte dos noticias —comenzó Perennis en tono
mesurado—; dos noticias que tal vez te inciten a revisar tus principios.
—Me extrañaría, pero te escucho.
– ¿Conoces a un tal Servilio?
El senador frunció el entrecejo expresando su sorpresa.
—No —acabó respondiendo—, el nombre no me dice nada.
—Es curioso, pues fue Servilio quien te denunció.
—Sea quien sea, debo reconocer que está bien informado. Pero ¿por
qué creías que esta... revelación podía influir en mí?
– Sencillamente y de modo digamos... primario, imaginaba que
despertaría en ti un deseo de venganza, y nunca se ha visto venganza post
mortem.
—Siento decepcionarte, pero perdono de buena gana a ese individuo.
Mal informado, sin duda, y engañado por las innumerables calumnias que
circulan sobre los cristianos, habrá creído hacer algo útil al denunciarme.
—Y ahora, si te dijera que tu hermana ha venido a verme para
confesarme que también ella forma parte de la secta y para decirme que
quiere compartir tu suerte, ¿te dejaría tan indiferente la noticia?
Con una tranquilidad desconcertante, Apolonio replicó:
—¿Cómo va a dejarme indiferente? Me siento feliz, orgulloso de su
valor.
—Realmente, Apolonio, eres el más extraño de los filósofos del
Imperio, y, créeme, bajo Marco Aurelio los conocí hasta hartarme. ¿Salvas
a tu enemigo y te desinteresas de la muerte de tu hermana?
—Eso nada tiene que ver con la filosofía. Livia y yo damos,
sencillamente, testimonio de la gloria del mismo Dios.
—¿Haciendo que os maten?
– Nuestro Cristo dijo: Quien quiera salvar su vida la perderá.
Perennis, hastiado, se encogió de hombros.
—Pero ¿no comprendes que intento salvarte la vida?
—Y te lo agradezco. Pero ¿cómo sería mi vida si me traicionara?
—¡Por Júpiter! No te pido que reniegues de tu nazareno. ¡Bastaría con
un simple gesto formal!
—Sin duda, pero ese simple gesto sería ya demasiado. Soy cristiano.
Quiero vivir como tal a menos que —hizo una pausa antes de concluir—, a
menos que decidas darme muerte.
—Te condenas tú mismo.
—No, me condenan los decretos imperiales que, en el fondo de ti
mismo, sabes injustos. Unos decretos de los que no te atreves a prescindir.
Esta última observación no hizo sino aumentar la irritación de
Perennis, que golpeó violentamente con la palma de la mano el marfil de su
silla curul, se levantó y declaró en tono seco:
—Marco Tulio Apolonio, has reconocido practicar una religión ilícita
y formar parte de una asociación prohibida. Por estas dos fechorías te
condeno a la pena capital.
—Y yo te perdono, Tígido Perennis —repuso tranquilamente el
anciano senador.
El prefecto del pretorio pareció atragantarse ante tanto dominio de sí
mismo, pero, consciente de que una respuesta por su parte hubiera
manifestado falta de dignidad, indicó a los dos pretorianos que se llevaran
al prisionero.
Mucho después de que los pasos se hubieran apagado, Perennis,
derrumbado más que sentado, seguía analizando los distintos sentimientos
que el senador había despertado en él. Fue la voz de los ujieres lo que le
sacó de su meditación.
—Prefecto, ¿debemos hacer entrar al delator?
Inmediatamente, Perennis se sobrepuso. No había deseado el proceso
ni tampoco la condena de Apolonio. Le había impresionado, a su pesar, el
tranquilo valor de aquel anciano. Ciertamente habría podido salvarle si la
denuncia no hubiera agravado su situación. Con mirada dura, ordenó que
hicieran entrar al delator.
La oronda silueta de Servilio, la ostentosa riqueza de su atavío, su
actitud orgullosa y servil al mismo tiempo, todo ello disgustó en grado
sumo al prefecto, que preguntó en tono rudo:
—¿Qué quieres?
—Señor prefecto, estoy aquí para reclamar lo que se me debe.
—¿Lo que se te debe?
—Sí, señor, los bienes del miserable enemigo de nuestra patria, al que
tanto me ha costado desenmascarar.
—De modo que por eso denunciaste al senador Apolonio.
—Por eso y por algo más.
– ¿Qué?
—Hace unos años, el senador, bueno, quiero decir ese miserable
cristiano, nos causó a mí y a otros un gran perjuicio.
Perennis no insistió.
—¿Por qué reivindicas sus bienes? Sabes perfectamente que la ley de
majestad que recompensa a los delatores concediéndoles las posesiones de
sus víctimas no se aplica desde Nerva
[26].
—Pero, señor, yo creía que..., en fin..., en numerosas ciudades del
Imperio todavía se acostumbra distribuir los bienes de los cristianos entre
quienes los denuncian.
—Tal vez. Pero, en este caso, existe en Roma una ley más sagrada
todavía: la que castiga con la muerte a cualquier individuo que haya
provocado, de uno u otro modo, la perdición de un senador.
Servilio, sorprendido, palideció ante aquella amenaza apenas velada.
—Conozco esa ley, claro, pero...
—¿Sabes que acabo de condenar a muerte al senador Apolonio y que
tú eres responsable de ello?
Servilio creyó que las paredes de la estancia caían sobre él.
—¡Pero señor! ¡Tú has actuado con justicia y yo como un subdito leal!
—Tú has actuado como un personaje ávido y ambicioso. Por lo que a
mí respecta, sólo habré actuado con justicia tras haberte castigado por tu
acto.
El prefecto contempló con mal disimulado placer el rostro de Servilio,
que se había descompuesto. Irguiéndose, anunció con una voz más segura
que ante Apolonio:
– Servilio, por haber provocado la muerte de un senador, te condeno,
de acuerdo con la ley, a la pena capital. ¡Pretorianos, lleváoslo!
La ejecución de Apolonio y de Livia provocó una considerable
emoción entre los veintitrés esclavos de la casa. Flavia fue la más afectada
de todos ellos. Le dijo sollozando a Calixto, que se esforzaba por
consolarla, que le parecía haber perdido por segunda vez a un padre. Un
padre mucho más noble que el primero.
—Pero yo sigo estando aquí, Flavia.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, tomó conciencia de su
puerilidad, y el modo en que la muchacha se apartó de él no hizo sino
confirmar su pensamiento. Por otra parte, tampoco él podía librarse de
aquella sensación de pérdida irreparable. Era una de las razones por las que
había recibido con reprobación el discurso que Hipólito pronunciara la
víspera. Tras haberlos reunido en el atrio para comunicarles la triste nueva,
les había exhortado a no compadecer al senador y a su hermana, sino más
bien a envidiarlos por haber tenido el incomparable privilegio de dar su
vida por la gloria de Cristo. Calixto no había podido contenerse.
—Reconozco aquí el arte de la paradoja, que sólo los charlatanes
dominan. Tu dios es al mismo tiempo omnipotente e infinitamente bueno,
¡y te parece muy natural que haya entregado al suplicio a uno de sus más
devotos adoradores!
—Y tú eres un curioso discípulo de Orfeo, que niega que hay vida
después de la vida.
—¡Esta no es la cuestión!
– Si estás convencido, como nosotros, de que la muerte no es un fin,
sino un paso, una puerta abierta a otra forma de vida, admitirás que sería
absurdo, al menos, imaginar que nos espera una eternidad de sufrimiento,
sobre todo cuando nuestros méritos son bastantes como para permitirnos
acceder a una herencia mejor.
Calixto se sintió de nuevo irritado por la hábil retórica del joven
liberto. Consciente de no estar en condiciones de luchar en ese terreno,
abordó otro tema.
—Hablando de herencia, ¿sabes si vamos a ser libres como el difunto
Apolonio deseaba?
La mirada de Hipólito se hizo más crítica todavía.
—Decididamente, este pagano no respeta nada. ¿En verdad crees que
es el momento de hablar de estas cosas?
—Imagino —ironizó Calixto— que cuando se tiene, como tú, el
privilegio de ser un liberto, la suerte de los esclavos como nosotros no tiene
importancia alguna.
—El tracio tiene razón —aprobó alguien—, ¿van a respetar la voluntad
de nuestro antiguo amo?
Hipólito tuvo que confesar su ignorancia. No había podido redactarse
testamento alguno y la declaración de Apolonio no se había realizado ante
testigo autorizado. El joven aguardaba la llegada de su padre, que había ido
en busca de noticias. Rogó que, hasta entonces, todos se ocuparan de sus
habituales tareas.
El grupo de esclavos obedeció sin ardor, con el corazón en un puño y
el espíritu turbado por mil inquietudes. En los días siguientes no se
produjeron cambios. Seguían flotando entre una tenue esperanza y la
tristeza. Sólo al llegar los idus, Efesio los convocó de nuevo.
—Es la última vez que me dirijo a vosotros —comenzó el intendente
—, y sin duda eso alegrará a algunos —precisó, mirando intencionadamente
a Calixto—. Tan sólo deseo que nunca tengan que cambiar de opinión.
Calló como para dar más importancia a lo que iba a seguir, y todos
percibieron la emoción real que se ocultaba tras la inmovilidad de sus
rígidos rasgos.
—Nuestro señor y su hermana no han dejado ningún heredero oficial.
Y como ni uno ni otro hicieron testamento...
—Sin embargo —interrumpió una voz—, Apolonio declaró que quería
liberarnos.
– Pero sólo ante nosotros. Y nuestro testimonio no tiene valor legal
alguno. Nuestro amo fue detenido sin haber tenido tiempo de redactar,
firmar y hacer que verificaran su testamento.
—¿Qué será de nosotros, en estas condiciones?
Efesio hizo una profunda inspiración antes de anunciar:
—El señor Carpóforo ha decidido tomar bajo su protección a todos los
que estuvieron al servicio de su amigo. Pertenece a la casa de César. Nadie
puede oponerse a su decisión.
La expresión del grupo de esclavos cambió bruscamente. El sueño
quedaba convertido en cenizas. La esperanza que habían alimentado
durante aquellos días se veía reducida a la nada. Carpóforo era, ciertamente,
el más íntimo amigo de Apolonio, pero todos los que le habían tratado, de
cerca o de lejos, sabían la funesta reputación que siempre habían tenido los
caballeros sirios. Los acusaban de trapacería y de codicia, de ser serviles
con sus superiores e implacables con quienes de ellos dependían.
—¿Y por lo que se refiere a ti y a tu hijo? —preguntó Carvilio en tono
seco.
—Somos libertos y, por lo tanto, gozamos del derecho a actuar como
gustemos. Podríamos ir con vosotros a casa de Carpóforo, pero Hipólito y
yo hemos decidido no hacerlo. Cuando se ha servido a alguien como
Apolonio no es posible acostumbrarse a otro amo.
—Os echaremos en falta —declaró espontáneamente Flavia.
Calixto, herido en lo más vivo, se volvió hacia ella y comprobó que la
mirada de la muchacha estaba velada por las lágrimas.
12
Febrero de 183
Carpóforo vivía más allá de la región XIV, en una inmensa propiedad
situada a unas diecisiete millas de la capital. Numerosas terrazas dominaban
un jardín sembrado de bosquecillos y estanques, mientras que un riachuelo
artificial serpenteaba al pie de los pinares. Para realzar el acostumbrado
atrio, se había erigido un impresionante pórtico semicircular que, unido al
saledizo de los tejados, formaba un refugio ideal contra el mal tiempo.
En el centro de la construcción se hallaba el peristilo, a cuyo alrededor
se abrían innumerables estancias, entre ellas una exedra con ventanales tan
amplios como puertas de dos batientes. Carpóforo, aunque poco aficionado
a la literatura, había llevado su placer hasta concebir una biblioteca cuya
curvada fachada recibía el sol a todas horas del día.
En el exterior, se había excavado una piscina caldeada en un rincón del
jardín desde donde podía verse el mar, el bosque y las colinas hasta
perderse de vista.
En el interior, contrastando con la sencilla belleza del paisaje, reinaba
un lujo exagerado. Por doquier, jarrones de oro y plata incrustados con finas
piedras se codeaban, sobre las mesas, con vulgares objetos de metal de
Corinto. Un revestimiento de plata cubría el pavimento de los cuartos de
baño. Lechos de marfil llenaban la estancia que servía de comedor, junto a
pesadas mesas de bronce y de maderas preciosas.
El jardín, por su parte, había sido concebido por completo bajo las
directrices de la matrona. No satisfecha con haber impuesto que se rodeara
la domus, y todas sus dependencias, con un marasmo de praderas, laureles y
enramados de rosas, había insistido en que se sobrecargaran también con
divinidades de mármol. De este modo, estatuas de faunos, sátiros y ninfas,
así como santuarios supuestamente rurales, emergían entre los matorrales a
la manera de capillas en las laderas del Capitolio. Sin olvidar las Nereidas,
los Tritones y las Nióbidas que custodiaban la sombra de los estanques.
Todo aquello exigía, evidentemente, una legión de jardineros que
procuraba doblegar la naturaleza a las abusivas exigencias de lo que la
dueña llamaba «arte». De este modo, los tejos, los plátanos y los cipreses
podados habían adoptado la forma de divisas en letras latinas, de
amenazadores perros o, también, de los navíos que componían la flota de
Carpóforo.
Cornelia, inspiradora de aquel fantasmagórico universo, estaba
precisamente subiendo por la avenida en compañía de una amiga, Olivia, y
de su sobrina, Mallia.
Esta última, exageradamente espigada, tenía un rostro anguloso, altos
pómulos, nariz aquilina y grandes ojos negros que, muy espaciados bajo las
pobladas cejas, brillaban constantemente de deseos insatisfechos.
Como todas las patricias de rancia alcurnia, Cornelia y Olivia se
lamentaban de vivir «en este desierto» donde, privadas de las visitas, los
espectáculos y las tiendas de la capital, destilaban día tras día su mortal
aburrimiento.
Caminando dos pasos detrás de ambas mujeres, Mallia, aunque no se
quejara, no añoraba menos aquella vida de la metrópoli que le había
permitido —cuando apenas tenía más de veinte años— coleccionar amantes
y divorcios. Y para ella, hoy, la palabra desierto no suponía más que
abstinencia carnal.
Las tres mujeres acababan de llegar a la altura de un grupo compuesto
por unas veinte personas, reunidas alrededor del intendente de la propiedad.
Instalado tras una mesa, éste transcribía nombres en tablillas de cera. A
diferencia de Cornelia y Olivia, que se limitaron a dirigirles una distraída
mirada antes de penetrar en el atrio, Mallia se detuvo bajo el pórtico y
observó al grupo. Entonces le vio. Era más alto que la media de sus
compañeros y tenía un aspecto atlético, unos rasgos a la vez duros y puros
que despertaron en ella un deseo tan violento como súbito.
¿Quién era aquel hombre? ¿Quién era aquella gente? Recordó de
pronto que Carpóforo le había hablado vagamente de los esclavos del
difunto Apolonio.
Hacía más de tres horas que se habían alineado en el centro del patio.
Un penetrante cierzo mordía el cielo sobre sus cabezas y unas nubes de un
malva grisáceo velaban el sol.
Calixto dejó vagar su mirada por sus compañeros. Habían llegado la
víspera y, sin embargo, aquellas pocas horas les habían bastado para
advertir qué diferente sería esta nueva vida de la que habían conocido en
casa del senador. Aquí, todo vibraba, todo zumbaba. Parecían estar en un
hormiguero gigante. Desde el pan hasta los picaportes, pasando por el vino
y los tejidos, todo se fabricaba en la granja adyacente. El número de
esclavos asignados a tareas tan absurdas como inútiles era sorprendente:
esclavo regidor, esclavo médico, encargado de las ropas, una decena de
pregoneros cuyo único deber era preceder y anunciar la litera de Carpóforo
y, más sorprendente todavía, unos silentiarii encargados de imponer
silencio a sus camaradas.
—¿Estás sordo? ¡Te pregunto cómo te llamas!
—Calixto.
—¡Articula bien! ¡No te he entendido!
El tracio examinó a quien, sentado tras una mesa con sus tablillas de
cera, le interpelaba con tan pocos miramientos. Debía de tener unos
cuarenta años, su piel era mate y sus rasgos parecían excavados, tallados a
cuchillo. Probablemente era el intendente, sin duda sirio o epirota.
—Bueno, ¿cómo te llamas?
Calixto colocó con decisión ambos puños sobre la mesa, como
buscando apoyo. Se inclinó sobre el hombre, pegó los labios a su oreja y
repitió con deliberada lentitud:
—Ca-lix-to...
Un enjambre de abejorros abatiéndose sobre aquel hombre no hubiera
producido mayor efecto. Se levantó de un salto, derribando con su impulso
la mayor parte de las tablillas.
—¿Cómo te atreves?
Muy tranquilo, el tracio retrocedió.
—¡Recógelas!
Calixto no se inmutó.
—¿Las recogerás de una vez?
– Haz lo que te dice, te lo ruego —gimió a su espalda una voz que
reconoció como la de Flavia.
—¡Látigo! —ordenó el hombre.
– Te lo suplico, no hagas el imbécil. No te afecta sólo a ti. ¡Piensa en
los demás! Todos pagaremos tu tozudez.
Calixto exhaló un suspiro, dio unos pasos hacia el intendente, se
detuvo un momento durante el cual ambos se enfrentaron y luego se agachó
y comenzó a recoger las tablillas que cubrían el suelo.
—Eso es. Muy bien. ¿Sabes, amigo mío?, he tenido miedo por ti.
—Lo siento.
El villicus, desconcertado por la súbita sumisión del esclavo, maldijo
en su fuero interno. El chasquido del látigo despertaba en él un inefable
goce.
—¿Qué hacías en casa de tu anterior amo?
—Me encargaba de las cuentas de la propiedad.
El hombre volvió a sentarse y grabó algo con su estilete; luego, sin
levantar la cabeza, bramó:
—¡El siguiente!
Calixto salió de la fila y se dirigió hacia los dormitorios. Tragándose
su amargura, penetró en la ergástula donde habían instalado unas treinta
camas. El lugar, modestamente iluminado por algunos rayos de luz, hedía a
sudor y a rancio. Se dejó caer, al azar, en uno de los jergones. Allí estaba,
mirando al techo, cuando Flavia posó la mano en su hombro.
—¡Decididamente, eres incorregible!
– Pero bueno,¿a qué viene tanto miedo? En fin de cuentas, no he
cometido un crimen. Aquel individuo intentaba humillarme, ya lo has visto.
En casa de Apolonio, un...
—¡Apolonio se ha terminado! ¡El Esquilino se ha terminado! Aquí
hemos vuelto todos, definitivamente, a nuestra verdadera condición. ¿Lo
comprendes? Somos de nuevo lo que nunca habíamos dejado de ser:
servidores, esclavos.
Calixto se incorporó apoyándose en un codo y murmuró con
deliberada ironía:
—¿Es tu Dios quien te presta tan conmovedora docilidad?
– Eres estúpido, Calixto; nunca serás más que un chiquillo estúpido.
—Flavia tiene razón —dijo la voz de Carvilio—. Lo que has hecho es
pueril y podría valerte los peores castigos, cuando tú eres probablemente, de
entre todos nosotros, el que tiene más oportunidades de obtener el aprecio
de nuestro nuevo amo.
—Y tú, Carvilio, ¿ crees realmente que vale la pena lograr el aprecio
de ese tonel? Mira a tu alrededor. Todo ese lujo ostentoso sólo pretende
disimular el vacío y la canallada.
—Soy un esclavo, no un censor, y...
Se interrumpió. El intendente acababa de irrumpir en el dormitorio,
acompañado de dos ayudantes cargados de ropa.
– Aquí tenéis túnicas y clámides nuevas. Ponéoslas. Mientras viváis
bajo este techo, no llevaréis otro vestido.
La distribución se llevó a cabo en un silencio general. Tras un breve
instante de vacilación, los que primero las recibieron comenzaron, a
regañadientes, a despojarse de sus vestidos. La desnudez no les molestaba,
pues estaban acostumbrados a las termas; lo que les repugnaba era tener que
ponerse aquella ropa uniforme que les daba la sensación de convertirles,
realmente, en objetos anónimos e intercambiables.
Flavia y Carvilio imitaron a sus compañeros. Calixto, tras haber
tomado su nueva vestidura, la examinó y luego la arrugó entre las manos.
Flavia presintió lo peor.
—¡No! ¡Eso no!
Pero era ya demasiado tarde. El intendente, que no había dejado de
espiar al tracio, intervino:
—Bueno, amigo mío, ¿no son de tu gusto esas ropas?
—No me las pondré —replicó sencillamente Calixto, apartándose de
Flavia.
—¿Cómo?
—Son vestidos de lana, ¿no es cierto?
—Sí, ¿qué pasa?
– Soy un discípulo de Orfeo. Por lo tanto, me niego a alimentarme o a
llevar algo de origen animal.
En la sala sólo se oían los entrecortados gemidos del viento que corría
tras las lucarnas. El intendente, lívido, se acercó un poco más al tracio,
examinándolo con incredulidad. Iba a replicar cuando restalló una voz:
—¡Eleazar! ¿Por qué no le das a este hombre ropa de lino?
Una joven vestida con seda forrada de pieles permanecía
indolentemente apoyada en el montante de la puerta.
—Ama —balbuceó el intendente—, no..., no tenemos ropa de lino para
los esclavos.
—Entonces, que siga con la que lleva.
—Pero..., es contrario a las instrucciones.
—No temas. Hablaré con mi tío.
—Muy bien. Si tú te haces responsable...
—Claro que sí. Ahora, déjanos.
El villicus se retiró, no sin haber lanzado una furiosa mirada hacia
Calixto.
—Tienes valor —dijo Mallia sin preocuparse de la presencia de los
demás esclavos—, y se necesita mucho para rebelarse contra Eleazar. Debo
confesar que eso me gusta.
—Te agradezco que hayas intervenido —repuso Calixto en tono
neutro.
—Y con razón. Eleazar se consuela de no poseer el anillo de oro de los
caballeros o el laticlavo de los senadores tiranizando a la gente que está a
sus órdenes. Desafiándole, le has convertido en tu enemigo mortal. Pero no
temas, te protegeré.
Antes de que Calixto tuviera tiempo de responder, ella ya se había
vuelto. Cuando se disponía a cruzar el umbral, añadió con voz que no
dejaba duda alguna sobre sus pensamientos:
—Volveremos a vernos pronto...
El molesto silencio se prolongó después de que se hubo retirado.
Flavia fue la primera en romperlo.
—En efecto, Calixto, Carvilio tiene razón. Tú serás, sin duda alguna,
el más apreciado de todos nosotros en esta casa.
Transcurrió una semana sin que nadie le informara de lo que se
esperaba de él.
Aquella mañana se había despertado de mal humor. Sentía el pecho
oprimido y experimentaba una indefinible angustia. Le sucedía siempre que
soñaba con su padre. Un sueño que se repetía invariablemente y en el que
desfilaban de forma desordenada las visiones del pasado: lagos, paseos,
bosques..., aquella impresión de bienestar antes de que el mosaico estallara
de pronto en pedazos para esparcirse por las tinieblas.
Carvilio había sido asignado a las cocinas, y Flavia, al servicio
personal de la sobrina de Carpóforo. Por su parte, seguía sin saber qué
ocupación le reservaban. Paradójicamente, la inacción le molestaba. Desde
que Apolonio le hiciera descubrir el mundo de las cifras, se había
aficionado a él. Manipular sumas de dinero más o menos importantes había
terminado despertando en él una sensación —muy relativa, es cierto— de
poder.
Finalmente, tres días más tarde le llevaron ante el caballero. La
estancia donde le introdujeron estaba llena de hornacinas con estatuillas de
jade. El suelo cubierto de mosaico hacía pensar en una gran alfombra de
flores malva y púrpura. Mientras aguardaba la llegada de Carpóforo, tuvo
tiempo de examinar, a uno y otro lado de un amplio ventanal que daba a la
campiña, las altas estanterías que se curvaban un poco bajo el peso de
numerosos cilindros de cobre. El mobiliario se componía de una amplia
mesa de roble macizo y dos lechos de una sola pieza, tallados en maderas
exóticas con tan ricos tintes que parecían plumas de pavo real.
Al cabo de un momento hizo su entrada Carpóforo. No había
cambiado demasiado desde la última vez que Calixto le viera en casa de
Apolonio. Seguía siendo imponente, con el cráneo brillante y el rostro
perforado por aquellos mismos ojos redondos en los que costaba leer, pero
que desprendían una agudeza poco común. Declaró con cierta pesadez:
—Supongo que, como a todos nosotros, te afectó la desaparición del
pobre Apolonio.
Calixto asintió.
—¿Has perdido el uso de la palabra?
—No —respondió el joven con voz algo tensa.
– Perfecto. Eso me tranquiliza. —Aguardó unos instantes y prosiguió
—: Tanto más cuanto que tengo proyectos para ti.
Antes de explicarse, Carpóforo se tendió en uno de los lechos y se
apoyó entre dos almohadones de seda, quitándose luego las sandalias.
– Hace casi dos semanas que estás aquí. Seguramente habrás
comprobado que entre la ínsula de tu antiguo amo y —hizo un amplio gesto
con la mano— esto, existe gran diferencia. Además de los viñedos y la
fabricación de vestidos, que, te lo advierto, son sólo ocupaciones
accesorias, mi trabajo se reparte sobre todo entre el comercio con África y
la construcción o, mejor dicho, la reconstrucción de insulae.
—¿La reconstrucción?
– Escúchame atentamente. Sin duda no ignoras que nuestra querida
ciudad de Roma es tan frágil como hermosa. Basta con observar nuestros
edificios de madera para comprender la razón de esta fragilidad. Todos los
inmuebles presentan un punto en común: antes o después, en un plazo más
o menos largo, que varía según la suerte de sus propietarios, las insulae
están condenadas a ser pasto del fuego.
El incendio del palacio de Didio Juliano acudió de inmediato a la
memoria de Calixto. Si tales mansiones podían acabar destruidas, mucho
más expuestas estaban las insulae de apartamentos, cuyos muros eran de
madera y que se hallaban poblados de hornillos portátiles, braseros y
candelabros de humosas lámparas, sin olvidar las antorchas de iluminación
nocturna, verdaderos nidos de combustión.
—Ya veo. Sin embargo, se me escapa cómo puede reportarte dinero la
fragilidad de tales edificios.
– Es infantil. Escúchame bien. Cuando me avisan de que una ínsula
arde en tal o cual región, me apresuro a acudir al lugar y le prodigo
inmediatamente mis simpatías al infeliz y desamparado propietario. Abatido
y desmoralizado por la súbita pérdida de sus bienes, el hombre está por lo
general en un estado comatoso. Inmediatamente, con el aparente objeto de
reconfortarle, le propongo comprarle, claro que a un precio muy inferior a
su valor real, el terreno en el que ya sólo se levanta un montón de
escombros. ¿Qué crees tú que decide el desgraciado?
La respuesta parecía evidente.
—Acepta vender.
– Exacto. Días más tarde, uno de mis equipos de albañiles se encarga
de edificar una ínsula nueva, que pongo inmediatamente en venta. Pues,
recuérdalo bien: ¡ay de quien edifica para conservar su construcción! Corre
hacia inimaginables angustias. Construir y vender. ¡Esta es mi divisa! —
Carpóforo calló un instante antes de preguntar con expresión satisfecha—:
Bueno, ¿no te parece interesante mi idea?
Aprovecharse así de la angustia de la gente para arrebatarle sus bienes
demostraba unos sentimientos no muy laudables.
—Reconozco que es una astuta iniciativa —repuso Calixto a
regañadientes.
—Estaba seguro de que la apreciarías. Llego ahora a la razón de tu
presencia aquí: necesito tus servicios. —Ante el asombro del tracio,
prosiguió—: Eso es. Figúrate que los elogios que tu difunto amo te
prodigaba me convencieron de que estás dotado para este tipo de negocio.
El modo en que administraste sus bienes resulta revelador. Incluso me
atrevería a afirmar que le tomaste gusto a ese tipo de trabajo. ¿Me equivoco
acaso?
—No, pero lo que yo hacía en casa de Apolonio no tiene nada que ver
con lo que se hace aquí.
—Tranquilízate. ¡No tengo intención alguna de ponerte a la cabeza de
mis propiedades! Considero que todavía careces de la competencia
necesaria. Es demasiado pronto. Lo que yo deseo se encuentra mucho más
al alcance de tus actuales capacidades. ¿Has comprendido el mecanismo de
las insulae?
—Perfectamente.
– En ese caso, en adelante serás tú quien se encargue de ello. Acudirás
al lugar, regatearás y comprarás. Eso es todo. ¿Crees que la tarea es
demasiado compleja?
—En absoluto. Pienso, sencillamente, que necesitaré algún tiempo
para adaptarme.
—Tendrás todo el tiempo que necesites. Los primeros días te
acompañaré yo. Luego te bastará seguir mi ejemplo. Te pondré también al
corriente de los precios que rigen en los distintos barrios de la capital y del
valor de los terrenos según su emplazamiento, para que puedas negociar en
las mejores condiciones. ¿Qué te parece?
Calixto, a quien la proposición pillaba de improviso, reflexionó. ¿Qué
podía hacer? Aquello no era más que una orden disfrazada.
—Está bien —respondió sin entusiasmo—, ¿cuándo debo comenzar?
Carpóforo dejó escapar una áspera risita.
—Al primer signo de incendio. No temas, te avisarán a tiempo. —El
banquero rebulló un momento entre los almohadones, con aire satisfecho—.
Ya ves, en mi casa tu existencia se resumirá en pocas palabras: labor y
docilidad. Si cumples con tu deber tal como yo lo entiendo, te prometo
hacerte un esclavo feliz. En cambio, si se te ocurriera entregarte a turbios
manejos, como los que te vi cometer, al principio, en casa de Apolonio,
entonces... —Carpóforo dejó deliberadamente en suspenso la frase; pero el
sentido estaba claro—. ¿Lo has comprendido? —Y, sin aguardar respuesta,
concluye—: Puedes retirarte.
Calixto se inclinó y se dirigió lentamente hacia la puerta.
—¡Lupus!
El tracio pareció quedarse clavado en el suelo.
—Ya veo que los años no te han apaciguado... ¿Sigues siendo tan
susceptible?
—Sí, señor Carpóforo, sigo siéndolo —replicó Calixto con
determinación.
La pesada faz del romano se congestionó.
—¿Sabes lo que puede costarte ese comportamiento?
—No. En cambio, sé lo que te costaría a ti. Mil denarios, al menos. ¿Es
ése el precio que pagaste para tenerme? Sin mencionar las esperanzas de
beneficio que acabas de poner sobre mi cabeza.
—¡Eres sin duda el más insolente esclavo del Imperio! —se indignó el
caballero.
– No, el más realista. Tú debes evaluar lo que puede producirte un
esclavo dócil pero estúpido, y otro reacio pero competente.
Carpóforo se había levantado, con el rostro tan rojo como los
almohadones púrpura que le rodeaban. Ante él, Calixto parecía esperar una
decisión que sabía ya favorable. Al especulador que era su nuevo amo, la
situación no podía sino tentarle. El romano se limitó a resoplar
ruidosamente dos o tres veces, antes de tumbarse de nuevo en el lecho.
Logró incluso esbozar una sonrisa.
—¡Qué paciencia debió de necesitar el pobre Apolonio para
soportarte! Sin embargo, te aconsejo que estés a la altura de las esperanzas
que he depositado en ti, si no quieres que te abandone en manos de Eleazar.
Me da la impresión de que no le gustas mucho...
13
Perdido en sus reflexiones, no la había oído llegar. Flavia estaba allí, a
pocos pasos, sonriéndole.
—¿Siempre sumido en tus sueños?
Calixto depositó un beso furtivo en la frente de la muchacha.
—¿Está nuestra peluquera satisfecha de su nueva ama? —La sonrisa
de Flavia desapareció de repente.
—Mallia está loca. Absolutamente loca.
– Entonces es más grave de lo que imaginaba —ironizó Calixto.
—¡Te digo que está loca!
– Comparada con esa mujer, te digo que la hermana de Apolonio, que
también tenía sus manías, era una verdadera santa. ¿Sabes cuántas redomas
de alabastro he podido contar en los aposentos de la sobrina de nuestro
amo? ¡Más de treinta! Productos a cual más inverosímil: fuco, yeso, cerusa,
heces de vino, polvo de antimonio y no sé cuántos más. Y toda esa panoplia
para ocultar, aunque en vano, los horribles granitos que cubren su rostro.
«Urtica»
[27],la llaman las sirvientas. Ya ves... Ridículo.
—No sé
si será ridículo, pero, por lo que dices, sí le es de gran
utilidad.
—¿Y crees que se limita al simple peinado republicano? En absoluto.
Sería un sacrilegio. ¡La noble Mallia no puede ir peinada con tanta
modestia! Además, tal vez lo hayas advertido, tiene el cabello negro como
el azabache. Pues bien, ayer mismo decidió ser rubia. Tuve que pasarme
horas y horas untando sus cabellos con una mezcla de sebo de cabra y
cenizas de haya; una mezcla que, según dice, ha inventado ella, cuando
todas las patricias de buena cuna la conocen desde siempre. Y eso no es
todo. Tuve que trabajar rodeada por dos esclavas encargadas del espejo,
otras dos de las cintas, una quinta de los alfileres y otra más de los peines.
—Reconozco que es extraño.
– Un alfiler mal colocado, un mechón fuera de lugar, y se abre la
puerta de la histeria. ¡Te digo que está loca!
Calixto se preguntó: ¿loca o celosa? Desde el día en que entró en
aquella morada había comprendido que la sobrina de Carpóforo tenía
proyectos para él. Y si bien, hasta entonces, había fingido ignorar sus
insinuaciones, debía reconocer que aquello no suponía un mérito excesivo:
el físico de la muchacha no era de los que despiertan un deseo irresistible.
El óvalo algo hinchado de su rostro, su nariz aquilina y sus carnosos y
húmedos labios no hablaban en su favor. Además, Calixto temía también la
reacción de Carpóforo. En realidad, aquella situación probablemente habría
podido durar mucho tiempo más, de no ser por las irritadas miradas que
Mallia les dirigía, a Flavia y a él, cuando se los encontraba en el recodo de
un pasillo o en un rincón del jardín.
Ante una súbita sospecha, apartó el ricinium
[28]
que cubría el hombro de la muchacha hasta medio brazo y
retrocedió inmediatamente. No se había equivocado. Un enorme hematoma
aparecía en la blanca carne. Flavia lanzó un gritito.
—¡Aparta tu estola! —le ordenó Calixto con voz tensa.
—No.
La muchacha había retrocedido, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Flavia, no me obligues a...
—Pero ¿qué te pasa? ¿Por qué?
– Me pasa que, desde hace algunos días, evitas ir a los baños conmigo.
Y ahora esto... —dijo señalando la marca violácea.
La muchacha agachó la cabeza, turbada, y confesó con voz sorda:
—No hace falta que me quite la estola. Tienes razón. En mi pecho y mi
espalda verías las mismas señales de golpes.
—Ha sido Mallia, ¿no es cierto?
Ella asintió.
– Basta con que no la peine lo bastante deprisa para que el vergajo
caiga sobre mí. Basta con que le parezca que un rizo, uno sólo, está mal
colocado para que me acribille los pechos a alfilerazos. Antes de reunirme
contigo he tenido que cambiarme de túnica; la otra estaba manchada de
sangre.
—¡Pero es un monstruo!
– Y si se debiera a mi torpeza... Pero no, estoy convencida de que
actúa únicamente por placer, que todo es un pretexto.
Un pretexto... ¿Sabía Flavia hasta qué punto tenía razón?
Calixto vaciló y luego dijo:
– Escúchame bien, debes decirle claramente a Mallia que somos
hermanos.
—¡Pero si eso no es cierto!
– Confía en mí. Si se convence de ello, te dejará tranquila. En estos
momentos sólo le impulsan los celos.
—¿Quieres decir que... tú y Mallia...?
En el temblor de la voz de Flavia había algo infantil.
– Tranquilízate. Entre ella y yo no hay nada. Nada. Pero algo me dice
que ella desearía que fuese de otro modo.
El joven recordó las indirectas maniobras de la sobrina de Carpóforo.
Si bien no intentaba abiertamente seducirle —sin duda por considerar que
su dignidad se lo impedía—, en cambio, sus ojos, su porte, todo le decía
que estaba esperando un gesto suyo.
—No cedas, no cedas. ¡Te lo suplico! Te buscarías graves
complicaciones.
Calixto la miró, sorprendido por su exagerado temor.
—Si algún día sus insinuaciones se hacen más precisas, ¿crees que
podré elegir? ¿Desde cuándo un esclavo puede negarse a someterse a su
ama?
—¡Pero Mallia no es tu ama! Y dudo mucho de que su tío esté de
acuerdo en que se abandone entre los brazos de un esclavo.
—Tenemos que encontrar un medio para que deje de martirizarte.
—No te acerques a ella, Calixto. Te lo ruego, déjala tranquila.
Ligeramente irritado por su insistencia, él repuso:
—Oyéndote, se diría que pretendo asesinarla.
—No es ella quien me preocupa. Tengo miedo por ti. Su placer sería
para ti una mancilla, una huella impura..., en este mundo y en el otro.
La mirada del tracio se endureció de pronto.
—En este mundo y en el otro... No necesito averiguar dónde has
aprendido ese lenguaje. Supongo que sigues relacionándote con tus amigos
cristianos. Incluso bajo este techo. —Y como ella no respondiese, añadió—:
En casa de Apolonio y de Livia era comprensible. Pero Carpóforo es un
verdadero romano. Tal vez no se preocupe por los dioses, pero observa
cuidadosamente sus deberes piadosos. Y sabes que uno de esos deberes es
denunciar a los que practican supersticiones extranjeras.
La muchacha, ignorando las palabras de su compañero, se limitó a
repetir:
—Apártate de Mallia. Olvida todo lo que te he dicho. Te lo suplico.
Él inclinó un poco la cabeza y la miró unos instantes antes de replicar:
—¿Y si te respondiera que tú nunca has tenido en cuenta mis
recomendaciones, que todavía hoy desafías todos mis temores? No veo, en
consecuencia, por qué debo dejar de actuar como me plazca. Aunque sólo
fuera para quedar en paz contigo.
Flavia intentó protestar, pero, demasiado turbada, no logró encontrar
las palabras. Se arregló el chal sobre los hombros y salió de la estancia.
Aunque el modo le pareciera condenable, Calixto no pudo
evitar
tomarle gusto a sus nuevas ocupaciones. Durante los
primeros tiempos, ante
la angustia de los infelices propietarios obligados a contemplar el
espectáculo de su fortuna reducida a cenizas, había sentido remordimientos.
Cada vez que concluía una compra, tenía la impresión de haber arruinado al
hombre por segunda vez. Sin embargo, poco a poco sus escrúpulos se
desvanecieron. Realmente no habría podido explicar las
razones de aquella
metamorfosis. Tal vez experimentaba cierto goce dominando a aquellos
patricios a quienes consideraba indirectamente responsables de su
condición de esclavo.
Al cabo de algún tiempo, desplegaba ya tanto celo que le
proporcionaba a Carpóforo beneficios nada despreciables. El banquero le
familiarizó con los engranajes de sus finanzas, concediéndole cada día más
poder. Para recompensarle, aumentó incluso su sueldo (que no por ello dejó
de ser una miseria) y dispuso que le hicieran abandonar la ergástula que
hasta entonces había compartido con los demás esclavos, para alojarlo en
una pequeña habitación individual.
Aquella mañana, víspera de los idus de marzo
[29],hacía exactamente seis meses que estaba al servicio de su nuevo
amo. El sol atravesaba con sus rayos la fina neblina del alba que se
deshilachaba. Había salido muy temprano de la propiedad. Habían ido a
despertarle al amanecer para anunciarle que en el Velabro estaba ardiendo
una insula. Una vez más, se había preguntado cómo obtenía Carpóforo
informes tan rápidos sobre los incendios. Parecía que los provocara él
mismo.
Cuando llegó a la altura del Tíber, el fresco viento de aquel agonizante
invierno le barrió el rostro. De pronto creyó retroceder varios años. El
adolescente que era entonces acababa de huir de Apolonio... A su izquierda,
el puente Sublicio y el circo Máximo, más lejos el pórtico de Flora, y frente
a él el alto muro dominado por las ramas desnudas todavía. Nada había
cambiado.
Entonces, ¿el incendio...?
Apenas se había adentrado Calixto en la hedionda calleja que tomara
antaño, cuando tuvo enseguida la confirmación de sus presentimientos: la
insula que debía comprar y que humeaba todavía era la que albergaba las
reuniones de los orfistas.
A pocos pasos de allí, unas veinte personas contemplaban, con las
manos en las caderas y la cabeza hacia atrás, los restos de la fachada.
Viguetas ennegrecidas se erguían hacia el cielo como gigantescas agujas de
pino. El viento agitaba una informe tela, medio abrasada, y el sordo
chasquido de las últimas pavesas ahogaba, intermitentemente, la
conversación de los testigos. Estos, con aspecto abatido, hablaban a media
voz. Instintivamente, Calixto aguzó el oído.
—Sólo queda el jardín...
—Tendremos que reconstruir todo el edificio —comentó alguien.
—¿Y con qué dinero? —interrogó un tercer personaje.
Decidió intervenir.
—Perdonadme, pero ¿quién de vosotros es el propietario de la
manzana?
Todas las miradas convergieron en él, mientras las hileras se
entreabrían. Oyó a alguien murmurar:
—He aquí una criatura enviada por el buitre de Carpóforo.
Podía percibir, casi físicamente, el desprecio que aquella gente sentía
hacia él.
Dominó su turbación y repitió la pregunta.
– ¡Yo soy el propietario! —respondió un joven de barba rizada. El
personaje dio unos pasos hacia Calixto y se detuvo enseguida—. Es
curioso..., tu cara no me resulta desconocida...
—Tampoco a mí la tuya —replicó Calixto, que acababa de reconocer a
su interlocutor.
—¿Dónde? ¿Cuándo?
—Aquí mismo. Hace mucho tiempo... Mucho tiempo. Perplejo,
Fustiano —pues él era— buscó en su memoria sin apartar los ojos de
Calixto. Finalmente, su rostro se iluminó.
—¡Los orines! Acababas de llegar a la ciudad y...
—Tú huías de tu gramático.
– ¡Increíble! Bueno, podemos decir que ambos tenemos una memoria a
toda prueba. Encantado de volver a verte. Si recuerdo bien, cuando me
separé de ti estabas con una alumna.
—Eso es.
—¿Cómo? ¿Os conocíais? —intervino alguien.
– Sí —explicó Fustiano con evidente placer—. Hace ya siete años...
Compartimos incluso la mesa de aquel viejo granuja de Didio Juliano, en
compañía de quien es hoy nuestro emperador, Cómodo.
—En ese caso —dijo el hombre dirigiéndose a Calixto—, debes
perdonarnos. Por un momento hemos creído que eras uno de los libertos de
Carpóforo.
Muy a su pesar, Calixto se ruborizó. Masculló algunas palabras
confusas.
—No, ciertamente no es cómplice de ese tiburón —confirmó Fustiano
—. Es un orfista, un hermano. —Y dirigiéndose de nuevo al tracio, añadió
—: Imagino que venías a participar en las ceremonias.
—En efecto —mintió Calixto—. Pero, evidentemente, llego en mal
momento.
– Es lo menos que puede decirse. Te habríamos acogido de buena
gana. Sin embargo, como puedes comprobar, sólo quedan ruinas
humeantes...
—¿Y qué pensáis hacer?
—Habría que reconstruir-dijo una voz—. Pero ninguno de nosotros
dispone de medios para ello. Ni siquiera Fustiano.
– La fortuna de mi padre es modesta —alegó este último—, y he
tenido que pedir prestado para abordar el cursus honorurrí
[30].
—¿Por qué no os instaláis en otra insula?
—Sabes muy bien que necesitamos un jardín para la celebración de
nuestro culto. Y, actualmente, encontrar uno en Roma...
—En tal caso, ¿por qué no vendéis el terreno? Eso os permitiría
instalaros en Transtiberina o en el Campo de Marte.
—¿Y quién querría comprarlo? —repuso Fustiano, haciendo un gesto
de despecho—. Las maquinaciones que se cuecen en esta ciudad son tales
que sólo podría vendérselo a un caballero como Carpóforo, que pagaría el
tercio de su valor.
—Querrás decir la cuarta parte —gruñó un orfista.
– ¿En cuánto valoráis este terreno?
Hubo unos instantes de turbación y, por fin, Fustiano declaró:
– Sé que cuando César inició la construcción de su foro, muy cerca de
aquí, le costó casi cien millones de sestercios sólo la expropiación de los
terrenos.
El tracio calculó rápidamente.
– Es decir, cuatrocientos nueve mil ochenta sestercios la ega.
—Aproximadamente.
—Os ofrezco quinientos mil...
El grupo hizo un gesto de sorpresa.
– ¿Te has vuelto loco? —preguntó Fustiano—. ¿O acaso el rey de los
Partos, al no poder someter a Roma, te ha confiado la misión de comprarla?
—Ni lo uno ni lo otro —sonrió Calixto—. Simplemente, soy un
hombre que dispone hoy de cierta fortuna.
14
—¡Quinientos mil sestercios la fanega!
El verano de 187 había sucedido a la primavera y a Calixto le parecía
oír aún los aullidos de Carpóforo cuando le comunicó la transacción. Se las
había arreglado para cargar en la cuenta de su inexperiencia el precio
«exorbitante» que había pagado por la ínsula de Fustiano. Había alegado
que la compra de aquella ruina no le costaba a su amo más cara que la
expropiación le había costado a César. El caballero había estado a punto de
atragantarse, antes de recuperarse para explicar, doctamente, que aquel
precio era al que ellos, los caballeros, vendían el terreno a los emperadores,
y que todo el secreto estribaba en apropiárselo primero a menor coste.
Considerando que a su nuevo esclavo le faltaba oficio todavía,
Carpóforo le había acompañado de nuevo algún tiempo. Pero la edad del
banquero alteraba cada vez más su energía y, por lo tanto, su actividad. Ya
no le gustaba, como antaño, levantarse en plena noche para atravesar Roma
y discutir mano a mano el precio de una manzana incendiada. Por otra
parte, sus obligaciones sociales como miembro de la casa de César le
obligaban a cumplir algunos deberes de los que, con el tiempo, pensaba
obtener un beneficio mucho más importante que el de sus operaciones
inmobiliarias. En conclusión, había decidido perdonarle a su esclavo aquel
paso en falso y Calixto había acabado por recuperar su autonomía, una
autonomía que había aumentado considerablemente durante las últimas
semanas.
Aquel atardecer, el sol velado a medias por las brumas que provocaba
el calor comenzaba a recortarse sobre los montes Albanos. Tras haber
negociado por la mañana la compra de un inmueble perteneciente a uno de
los numerosos propietarios judíos del Trastevere, Calixto había decidido
dirigirse al lugar donde se celebraban ahora las reuniones órficas. Se trataba
de una mansión situada en los alrededores del puente Fabricio, adquirida
gracias a los fondos que él mismo había proporcionado. Como cada vez que
le veían, sus hermanos le recibieron con espontáneo entusiasmo. Fustiano,
especialmente, le dedicó una verdadera ovación. Concluidas las ceremonias
del culto, ambos hombres se encontraron acodados en el mármol del
thermopolium cercano a la casa, con una copa de masica
[31] en la mano. El edil le reprochó amistosamente al tracio no
brindarle la ocasión de agradecerle el favor que había hecho a la
comunidad, y Calixto sintió por primera vez desde hacía mucho tiempo la
satisfacción íntima, aunque puramente subjetiva, de ser considerado un
hombre libre.
—¿Te acuerdas de nuestra aventura nocturna en compañía de Didio
Juliano y Cómodo? —preguntó Fustiano con un poco de nostalgia.
—Sí, naturalmente. ¿Quién hubiera podido imaginar entonces que
estábamos ante el futuro señor del Imperio? ¿Le ves alguna vez?
– Lamentablemente, no. Desde que sucedió a su padre se ha vuelto
inaccesible.
—¿Inaccesible? No será tanto —ironizó Calixto—.
Se afirma que tiene un harén de trescientas concubinas y otros tantos
mancebos.
Fustiano hizo un gesto evasivo.
—¡Se le atribuyen tantas cosas! En realidad, sólo tiene una favorita.
Una liberta de su padre, Marcia. La apodan «la Amazona». Un personaje
sorprendente. Le acompaña a cazar y se entrena con él en la escuela de
gladiadores.
—Nuestro Emperador tiene gustos originales en cuestión de mujeres...
—Tal vez menos de lo que piensas. Según todos los que la han visto,
Marcia es realmente una criatura soberbia.
La conversación derivó hacia las carreras de carros. Otros orfistas
propusieron una partida de dados, mientras se quejaban de la creciente
carestía del precio de la vida. Como edil, Fustiano cargó aquella inflación
en la cuenta de las dificultades de avituallamiento con África y,
especialmente, con Egipto, granero del Imperio. Calixto, que sabía que
Carpóforo tenía grandes intereses en el comercio del trigo, prometió ver si
había algún medio de arreglar las cosas. Pero se hacía tarde y tuvo que
despedirse. Abandonó a sus amigos recibiendo sus bendiciones, con la
impresión de haberse convertido realmente en el bienhechor de la pequeña
comunidad.
En el camino de regreso, no pudo evitar hacer algunas comparaciones
entre su religión y la practicada por Flavia. Por más que intentara encontrar
circunstancias atenuantes en la joven, no lo lograba, aunque sólo fuera a
causa de los peligros que corrían los adeptos del cristianismo, peligros que
él, Calixto, podía ciertamente afrontar con menos riesgos. Pues, aun siendo
cierto que la ley romana prohibía a los personajes llamados «serviles»
participar en reuniones religiosas, los misterios órficos no podían ser
considerados una religión clásica. En cambio, el tracio temía la actitud de
sus hermanos orfistas. ¿Cuál sería su reacción si descubrían su condición?
¿Seguirían respetándole o le expulsarían de la cofradía?
Estaba tan preocupado por estas cuestiones que no advirtió que había
llegado ante la entrada de la propiedad de Carpóforo.
«Justo a tiempo para la cena», pensó mientras llevaba su montura a las
caballerizas. Iba a dirigirse hacia las cocinas cuando unos gritos llamaron su
atención. Intrigado, corrió hacia el patio y vio enseguida el grupo que
formaban los esclavos. Flavia se arrojó literalmente sobre él.
—¡Pronto, Calixto! Tienes que hacer algo. ¡Eleazar va a matarle!
—¿Matarle? ¿Matar a quién? ¿De qué me estás hablando?
—De Carvilio. ¡Pronto!
La muchacha se enredó en una explicación que su pánico hacía
confusa, hablando de un cochinillo de cuyo robo acusaban al cocinero.
—Sabes tan bien como yo —añadió temblorosa— que Carvilio es
incapaz de robar nada. ¡El intendente ha perdido la cabeza!
Sin vacilar más, el tracio se abrió paso entre las hileras de esclavos. El
viejo cocinero estaba en el suelo, con el rostro tumefacto, encogido a los
pies de Eleazar. Provisto de un palo, el sirio golpeaba como un demente al
infeliz, que, sin fuerzas ya, ni siquiera intentaba detener los golpes. Tras el
último, el cuero cabelludo estalló haciendo brotar un chorro de sangre.
—¡Detente, Eleazar!
Sin aguardar la reacción del intendente, Calixto se abalanzó sobre él e
intentó apoderarse del palo. Siguió un violento forcejeo. Al principio, el
sirio, sorprendido, pareció llevar las de perder, pero muy pronto consiguió
desprenderse y los dos cuerpos, estrechamente abrazados, rodaron por el
polvo. Tras largos momentos de confusa agitación, Eleazar, se puso en pie
con insospechada agilidad y lanzó con todas sus fuerzas el palo al rostro de
Calixto, mientras en su mano diestra aparecía, como por arte de magia, una
daga tan afilada como el colmillo de un lobo.
—De modo que nos atrevemos a atacar al villicus... Acércate, hijo de
chacal, acércate...
Calixto se había levantado a su vez y, sin dejar de mirar la hoja,
comenzó a dar vueltas como una fiera en torno al sirio, buscando una
rendija. El círculo se había estrechado. A los gritos de aliento les había
sucedido un silencio que ahora parecía una especie de capa invisible. A
pocos pasos, Flavia, aterrorizada, contenía la respiración.
Calixto aventuró un nuevo ataque. Intentó aprisionar la muñeca de su
adversario, pero sin éxito. Ambos hombres se observaron de nuevo hasta
que el intendente se decidió. Apuntando al pecho de Calixto, saltó hacia
delante. El tracio apenas tuvo tiempo de hacerse a un lado, conteniendo un
grito de dolor: el arma acababa de herirle en el brazo izquierdo.
Aprovechando su ventaja, Eleazar atacó de nuevo. Pero, ahora, en vez
de enfrentarse a él de cara, Calixto se dejó caer de espaldas, arrastrando al
otro en su caída. Se produjo una nueva confusión de cuerpos. Jadeante, con
los músculos rígidos y los miembros manchados de sudor y polvo, el
villicus, tendido sobre su adversario, blandía la daga que Calixto intentaba
apartar.
De pronto, presintiendo que no resistiría mucho más la presión,
Calixto puso su mano libre en el rostro del sirio y hundió con rabia sus uñas
en las órbitas. Eleazar lanzó un aullido de animal herido y aflojó el abrazo.
Un instante después, el tracio estaba sobre él. Agarrándolo de la muñeca,
consiguió, gracias a un movimiento de torsión, hacerle soltar la daga;
después, utilizando sus manos como si fueran un garrote, comenzó a
estrangularlo.
Con el iris glauco, Eleazar miraba impotente su propia muerte.
Indiferente a las voces que brotaban de todas partes, Calixto apretó cada vez
con más fuerza. Ya no veía nada, ya no oía. Estaba poseído por el ansia de
matar, la misma que se había apoderado de él, meses antes, al hallarse
frente al proxeneta. Distinguió vagamente el rostro de Flavia inclinado
sobre él. Gritaba, pero su voz parecía proceder del otro extremo del
horizonte.
—¡No lo hagas! ¡Te matarán! ¡Basta! ¡Te matarán!
Entre sus dedos, duros como el mármol, podía sentir los latidos de la
sangre del sirio golpeando en las arterias. Hasta que, de pronto, no fueron
ya los rasgos descompuestos de Eleazar los que hacían muecas entre sus
dedos, sino los de un tribuno. Terrorífica alucinación procedente del pasado.
Aquel rostro se desvaneció a su vez para dar paso al de Zenón, deformado
por el dolor. Entonces, como vencido por sus propios fantasmas, Calixto
aflojó la presión.
Eleazar ni siquiera intentaba ya dominar el temblor de sus manos. Su
mirada era la de un alucinado; sus gestos, los de un ahogado.
—¡Vas a enterarte de lo que cuesta atacar al intendente! ¡Cuando
Diomedes haya terminado contigo, yo le relevaré y maldecirás el día en que
tu madre te trajo al mundo!
Eleazar acabó de atar firmemente las muñecas de Calixto a las vigas
colocadas en aspa en pleno centro del patio. Volviéndose hacia Diomedes,
ordenó:
—¡Vamos, enséñanos lo que sabes hacer!
Con sonrisa de suficiencia, Diomedes hizo chascar el látigo en el
vacío. Tomando impulso, golpeó con todas sus fuerzas la espalda desnuda
de Calixto.
—¡Demasiado flojo! —bramó Eleazar—. Si no azotas mejor, ocuparás
su lugar.
Bajo los efectos del dolor, el tracio contuvo un grito. Con los dientes
apretados y el cuerpo tenso como un arco a punto de romperse, esperó el
segundo golpe.
A medida que el suplicio se prolongaba, podía advertir el sudor salado
que corría por sus miembros, al tiempo que le invadía la sensación de que
clavaban en sus lomos hojas al rojo vivo. Entonces, desesperadamente,
intentó concentrar su mente en otro pensamiento. Todo antes que ofrecerle
al intendente aunque sólo fuera un gemido. Cerró los párpados y trasladó su
mente lejos, muy lejos de allí. Lejos de Diomedes y del látigo. Lejos de
Eleazar. Lejos de Roma. Hacia el monte Haemus y el lago, el fresco lago
por el que se deslizaban peces de oro...
15
Cuando recobró el sentido, tuvo la seguridad de hallarse en las orillas
del Estigia, el río de los Infiernos; cómo explicar, si no, aquella oscuridad
absoluta que le rodeaba por todas partes. Acostado en posición fetal, intentó
estirarse, pero una atroz quemadura le paralizó. Era como si todo su ser se
desgarrara. Entonces, se esforzó en permanecer totalmente inmóvil,
respirando apenas, con la mejilla pegada a la tierra húmeda.
—Ama, tengo que hablar contigo.
Durante aquellas dos últimas noches, contradictorias reflexiones
habían atormentado la conciencia de Flavia. Ahora había tomado una
decisión.
Se confiaría a Mallia aunque aquello le hiciera sufrir, aunque aquello
le costara perder a Calixto.
Inmóvil, de pie en el marco de la puerta que daba a su alcoba, Mallia la
observaba, dividida entre la curiosidad y la cólera. No estaba acostumbrada
a que sus esclavas la molestaran cuando despuntaba el día. Sin responder,
dio media vuelta y se instaló en el escabel de marfil situado ante el tríptico
de bronce que le permitía contemplarse, simultáneamente, de frente y de
perfil. Tomando un paño blanco de una pequeña mesilla de mármol, se lo
puso displicentemente sobre los hombros.
—¡Péiname!
Flavia apretó nerviosamente los puños, más consciente que nunca de
que no era momento de desobedecer. Con ambas manos, liberó de la tela la
masa de descoloridas crines que componían la cabellera de la sobrina de
Carpóforo. Cogió peines, agujas y cintas, y murmuró:
—Debo hablarte de mi hermano.
Mallia arqueó las cejas, sorprendida.
– ¿Tu hermano? Yo creía que eras una alumna que no tenías familia.
—Es cierto. Pero fue Calixto quien me recogió en la calle y, desde
entonces, siempre le he considerado mi hermano.
—¿Calixto?
Un brillo de interés apareció en su mirada. Flavia, que adivinaba el
curso de sus pensamientos, no pudo evitar una especie de irritación.
—¿Qué pasa?
– Creo saber que no te es indiferente. —Hizo una pausa antes de
concluir—: He venido a pedirte que lo salves.
—¿Salvarle? No te comprendo. ¿Está acaso en peligro?
—¿Pero no estás al corriente? Hace dos días...
– Hace dos días visité a mi prima de Alba. Por otra parte, no creerás
que estoy al corriente de la vida cotidiana de nuestros servidores. Explícate,
pues.
Una vez más, Flavia advirtió el abismo que separaba a los amos de los
esclavos... Sin embargo, el acontecimiento de la víspera había originado
bastante alboroto. Durante la cena fue, incluso, el único tema de
conversación. Emilia y ella habían pasado parte de la noche velando a
Calixto, esforzándose en suavizar las llagas abiertas por el látigo de
Diomedes. Carpóforo, al igual que aquella mujer, no tenía noticia alguna
del drama.
Resignadamente, comenzó a contarle a su señora el incidente del
cochinillo, la ciega violencia de Eleazar, la intervención de Calixto, el
enfrentamiento entre ambos hombres y el terrible castigo que por ello
recibió el tracio.
—Cuando ordenó a Diomedes que se detuviera, hacía mucho tiempo
que Calixto había perdido el sentido. Luego, hizo que lo arrojaran al osario.
– ¿El osario?
—Es una especie de calabozo, que los esclavos llaman así porque no
es mayor que un nicho excavado en la tierra y recuerda las pequeñas urnas
donde se depositan los huesos de los difuntos. Le he suplicado a Eleazar
que me permitiera, al menos, llevarle agua, pero no me ha escuchado.
—¡Insensato...! Siempre he sabido que el cerebro de ese sirio no es
mayor que una nuez. Vamos, acaba de peinarme. Luego iremos a decirle
dos palabras.
Quienes conocían a la sobrina de Carpóforo sabían que era preferible
afrontar un descenso a los Infiernos que sus cóleras. Bajo el diluvio de
injurias que caía sobre él, el villicus sólo podía inclinar la cabeza y callar.
—¿Primero el látigo y después el osario? —jadeó Mallia tras haber
agotado su repertorio de insultos—. ¡Y sin cuidados! ¡Por Belona! ¿Has
perdido la cabeza?
—Pero, ama —protestó con temor Eleazar—, ¡ese perro intentó
matarme!
—¡Pues estás muy vivo! ¿O acaso es tu fantasma el que gesticula ante
mí? No, estoy segura de que eres tú quien tiene la intención de dejarle
reventar en ese..., ese... —Pareció buscar la palabra que Flavia había
pronunciado y, luego, prosiguió muy deprisa—: Y, según me han dicho, con
sal en las heridas. ¡Sal en la carne viva! ¡Si no me contuviera!
El villicus, aterrorizado, esbozó un gesto de defensa, evitando por los
pelos que el estilete que Mallia acababa de sacar de entre los pliegues de su
túnica le dejara tuerto.
Flavia contemplaba la escena encantada y temerosa al mismo tiempo.
Algo le decía que, al provocar la intervención de Mallia, había creado
una situación cuyas consecuencias sufriría también, antes o después.
—¡Tranquilízate, ama! —gritó el sirio.
Adivinando que la mirada de los esclavos estaba fija en él, tuvo un
movimiento de orgullo:
—¡No olvides que pertenezco al señor Carpóforo!
– ¡Precisamente! Hablemos de ello. Confió en ti, encargándote de su
rebaño, y le has traicionado. Conoces perfectamente el interés que siente
por ese Calixto y los servicios que el hombre le presta. ¿Eres consciente de
que, por tu fatuidad, has estado a punto de causarle una inmensa pérdida?
«Una inmensa pérdida, tal vez —pensó Eleazar—. Pero sin duda no
tan importante como para ti...»
Una oleada de cólera le dominó. Gracias a que esa mujer deseaba
cabalgar al tracio, éste iba a recuperar la libertad. Peor aún, tal vez iba a
ocupar una posición comparable a la suya. No pudo evitar decir, con
increíble audacia:
—En vez de pensar en la satisfacción de tu bajo vientre, sería mejor
que pensases en lo que tu tío diría si supiera que...
No tuvo tiempo de concluir la frase.
Mallia se había quedado más blanca que un bastoncillo de cerusa.
Nadie se había atrevido nunca a hablarle en ese tono, y un esclavo menos
todavía.
El punzón que servía para grabar las tablillas de cera podía también
degollar a aquel cerdo sirio. Tuvo el impulso de lanzarse sobre él, pero en el
último instante se impuso la razón y se limitó a amenazar, con los labios
prietos:
—Te juro por Plutón que, si mi tío se entera de algo, haré que te
arrojen al estanque de las morenas. No serás ni el primero ni el último
desvergonzado que les sirve de pasto. Y ahora, basta ya de charla, obedece
y libera al esclavo.
Flavia acabó de vendar las heridas que abrían oscuros surcos en la
espalda de Calixto.
—¿Cómo te encuentras?
El tracio, boca abajo, se movió lentamente.
Recordaba todavía el tenue hedor a excrementos y orines que invadía
las tinieblas del osario mientras duró su cautividad.
—Voy a salir de aquí —murmuró con voz ronca—. Me iré, lo juro.
Pero, antes, el sirio me las pagará.
– No sabes lo que estás diciendo. El dolor te inspira esas palabras.
—Te digo que me evadiré. Y el sirio va a pagármelas.
Flavia meditó un instante antes de decir, fatigada:
– Mucho me temo que seas tú, lamentablemente, el que se vea
obligado a pagar.
—¿Qué quieres decir?
La joven abandonó la cabecera de su compañero y se dirigió
lentamente al pequeño ventanuco por donde entraba una luz láctea.
—Mallia me ha ordenado que te lleve a sus aposentos —dijo sin
volverse—. Esta misma noche.
Calixto se volvió boca arriba.
– Y supongo que aceptarás —añadió Flavia regresando a su lado.
El se incorporó con precaución. Sus pupilas, de un intenso azul, se
habían vuelto grises.
—A menos que tu dios decida, de pronto, sustituirme...
Una luna rojiza había aparecido sobre los montes Albanos. Pesadas
nubes, llegadas ya al anochecer, velaban la mayoría de las estrellas. El
asfixiante calor apenas se veía atenuado por los erráticos soplos de una
brisa que rizaba la superficie de los estanques, agitando el follaje de
cipreses y álamos.
—No tardará en estallar la tormenta —advirtió el tracio como si
hablara consigo mismo.
Flavia caminaba a su lado. No respondió, pero no pudo evitar advertir
que incluso los elementos naturales se habían puesto de acuerdo para
compartir la turbación de su alma.
La pareja cruzó el patio y penetró bajo las alineadas arcadas que
conducían a los aposentos de los amos. Cuando llegaron al jardín interior,
una bandada de palomas, presa del pánico, emprendió bruscamente el
vuelo. Flavia aceleró el paso, como si quisiera poner fin de una vez por
todas a aquella absurda comedia. Se guió por los escasos fulgores que
dejaban pasar las cortinas corridas y se detuvo, finalmente, ante una de las
arcadas. Apartando la tela, entró en la alcoba de Mallia.
La sobrina de Carpóforo enrolló el pergamino que estaba leyendo antes
de salir a su encuentro. Vestía una fina túnica de lino de Egipto, y ambos
jóvenes advirtieron que se colocaba deliberadamente ante el hachero de
bronce, ofreciendo así, por transparencia, la desnudez de su cuerpo.
—Me place volver a verte —comenzó en tono estudiado—. ¿Te duele
todavía?
—Sí. Pero el dolor me tranquiliza. Demuestra que estoy vivo. Y eso es
lo que cuenta.
La joven se contoneó y, sin pudor alguno, acercó su cuerpo al de
Calixto. Con cierta turbación, Flavia observó que las manos de su ama se
deslizaban por la espalda de su amigo.
—Quítate la túnica —dijo Mallia con una voz repentinamente ronca.
Impasible, Calixto comenzó a desnudarse. Sus gestos eran todavía
desmañados y torpes, y Flavia le ayudó a quitarse la ropa por la cabeza.
Mallia caminó lentamente a su alrededor. Su respiración se aceleró al
ver el entramado de las cicatrices que cruzaban la piel de su esclavo.
Fascinada, las rozó con sus uñas largas y pintadas de ocre, un poco como un
chalán que acariciara la cabeza de un caballo acabado de adquirir. Era más
de lo que Flavia podía soportar. De pronto, dio media vuelta y desapareció
por el largo corredor envuelto en sombras.
¿Cuánto tiempo permaneció Flavia inmóvil en las tinieblas? Nunca lo
recordaría. Sólo seguía reteniendo la vaga visión de blancos fantasmas
petrificados, de las frondosas copas inclinándose bajo los mugidos del
viento, de sus largos y dorados cabellos adhiriéndose, revueltos, a su frente
y sus mejillas, y del agua de sus lágrimas mezclándose con el agua del
cielo.
Cuando volvió a la realidad, se descubrió postrada junto al tocón de un
árbol.
Se irguió con esfuerzo. Su empapada túnica le parecía una vestidura de
plomo. A pocos pasos, encontró la avenida y la recorrió maquinalmente
hasta llegar a la negra masa de la domus, dominada por completo por una
infinita pesadumbre que vibraba en su interior e invadía cada parcela de su
cuerpo.
—¡Flavia!
Se sobresaltó, asustada por el tono de aquella voz que, sin embargo, le
parecía familiar.
—Flavia, pequeña, ¿qué te ha pasado?
Reconoció a Emilia. Intentó hablar, pero no lo consiguió. Las lágrimas
afluyeron de nuevo a sus ojos. Entonces, la sierva la cogió de la mano y la
condujo al ala destinada a los esclavos.
Desde el drama vivido con Eleazar, los compañeros de Carvilio le
habían acondicionado el lugar que servía habitualmente de alacena, y
habían instalado allí un pequeño lecho para que el viejo cocinero pudiera
recuperarse al margen de los dormitorios y las salas comunes.
Dormitaba allí, a la luz de una lámpara griega, cuando aparecieron
Flavia y Emilia. Entreabrió los párpados y contempló a las dos mujeres con
aspecto somnoliento.
—¡Flavia! Pero ¿qué ha pasado?
La muchacha no respondió, y Emilia preguntó a su vez, impulsada por
una repentina intuición:
—Calixto... Se trata de Calixto, ¿no es cierto?
La muchacha asintió débilmente.
—¿Le ha agredido de nuevo el intendente? —preguntó Carvilio
temeroso—. No puedo creerlo.
—No... —balbuceó Flavia—. No ha sido Eleazar.
– Entonces...
—¡Comprendo! —exclamó la sierva—. Mallia... Mallia ha logrado por
fin su presa. ¿Es eso?
Y como Flavia no respondía, insistió:
—Dime, pequeña, ¿se trata de esa criatura, verdad?
Como si no pudiera guardar para sí su desesperación, la muchacha
ocultó el rostro entre las manos y les reveló la verdad.
– Pero no entiendo por qué te pones así —se extrañó el cocinero—.
Deberías sentirte tranquilizada y, en cambio, da la impresión de que acaban
de anunciarte la muerte de Calixto. A fin de cuentas, compartir el lecho de
Mallia me parece mucho menos duro que acostarse en la sucia tierra del
osario.
—¡Imbécil! —intervino Emilia con expresión furiosa—. Vosotros, los
hombres, no tenéis sensibilidad alguna. Pero ¿no lo has comprendido? —
Sin aguardar respuesta del pasmado anciano, posó una mano en los
empapados cabellos de Flavia—. Ya sospechaba que estabas enamorada del
tracio. Pero ignoraba la fuerza de tu amor.
—Enamorada... —masculló Carvilio, advirtiendo de pronto la torpeza
que acababa de cometer—. ¿Desde cuándo?
—Desde siempre... Desde la noche en que su rostro se inclinó sobre el
mío.
– Así pues, ¿es por eso, indirectamente, por lo que nunca has querido
dar el paso definitivo y hacerte cristiana? —interrogó Emilia.
—¡Me hubiera gustado tanto que ambos compartiéramos ese sagrado
instante, que mi bautismo fuera también el suyo!
Todo se aclaraba. Las reticencias de su compañera retrasando
constantemente el día, los pretextos invocados en las reuniones.
—En verdad no tienes derecho a reprocharle haberse entregado a esa
mujer —dijo el cocinero—. En fin de cuentas, ¿no fuiste tú quien favoreció
indirectamente su unión? ¿Tenía elección acaso?
Por toda respuesta, Flavia echó hacia atrás la cabeza, haciendo ondear
su dorada cabellera.
16
Calixto estaba tendido en la cama, con las manos cruzadas bajo la
nuca, en la especie de zahúrda que le habían concedido como alojamiento.
Hacía ya tiempo que el sol se había levantado, pero no le preocupaba.
Mallia había prometido interceder ante Carpóforo para que le dispensara del
trabajo hasta estar plenamente restablecido. Y conocía demasiado la
influencia que aquella niña mimada podía ejercer sobre su tío —que,
precisión no desdeñable, era también su padre adoptivo— para dudar un
solo instante de que conseguiría su objetivo.
Mallia... Debía reconocer que la noche pasada con ella era, sin duda, la
más sensual que nunca hubiera vivido con una mujer. Repasó en su
memoria el cuerpo grácil y desnudo de su ama, un cuerpo blanco como una
ola de marfil, el contorno de sus pechos, cuyos erguidos pezones se habían
frotado con su propio torso con un perfecto conocimiento de los placeres de
la carne. Se había abrazado a él, de pie, con inesperada fuerza y toda la
sensualidad del mundo. Había gritado de placer cuando él la poseyó en el
suelo de la estancia. Tumultuosos, con una pasión renovada una vez tras
otra, sus abrazos se habían repetido, arrancándole a veces dolorosos
sobresaltos cuando las uñas de su amante se clavaban en las llagas que
había excavado el látigo, abiertas todavía.
Qué diferencia con las escasas lobas
[32] y siervas que había podido conocer en el pasado y cuya furtiva
posesión sólo le había dejado el recuerdo de un triste ceremonial
acompañado, en definitiva, de un regusto de repulsión. A través de las
caricias de Mallia, había tomado conciencia de que el amor podía ser un
arte, una guerra voluptuosa y una ciencia. Y cuando, finalmente, la joven,
ahíta, había dejado caer sobre él su cuerpo reluciente de sudor, se había oído
decir:
—En todo el Imperio, sólo Marcia, la concubina del Emperador, debe
de ser mejor que tú...
Entornó los párpados. Una mano acababa de descorrer la cortina que
cerraba la habitación y un resplandeciente rayo de sol inundó la cama. La
silueta de Flavia apareció bruscamente a contraluz.
—¿Tú aquí? ¿A estas horas?
La muchacha cruzó la habitación con sus graciosos pasos y fue a
sentarse junto a él, en el suelo.
Calixto la miró con suspicacia. Su aspecto era limpio, su tocado simple
y refinado. Sin embargo, algo diáfano que emanaba de su rostro, aquellas
ojeras que rodeaban sus órbitas y que él no conocía, despertaron su
inquietud.
—Tal vez me equivoque, pero tengo la impresión de que no has
dormido mucho... Sin duda has asistido a una de vuestras reuniones.
Lo había dicho como una afirmación.
Ella asintió con la cabeza.
– He tomado una decisión importante. Le pedí a Carvilio que
intercediera ante nuestros hermanos: voy a ser bautizada.
El la observó, invadido por un irracional desasosiego. Parecía tan
joven, tan frágil y al mismo tiempo tan decidida.
Se dejó caer de espaldas, conteniendo una mueca de sufrimiento.
—De modo que serás cristiana...
– Sí. Pero, te lo ruego..., intenta comprender, yo...
Le tomó la mano como para retenerle.
—¿ Cómo puedes...?
—Calixto...
El no la dejó proseguir. Dijo simplemente, en un tono seco:
—Iré. No quisiera perderme esa boda...
Los cuatro caminaban a paso rápido por las alineadas losas de la vía
Appia. Carvilio, Emilia y Flavia precedían a Calixto. El sol, que
desaparecía tras las huertas en una gloria dorada, inflamaba a uno y otro
lado de la vía el follaje de los árboles que el otoño hacía ya amarillear.
El grupito era regularmente adelantado por los carros de víveres que
fluían hacia la capital. Ellos mismos, con su modesto atavío, parecían
campesinos dirigiéndose a la ciudad para vender sus productos.
Alrededor de la decimotercera hora
[33],llegaron a la altura de una domus situada al borde de la vía. Tenía
un aspecto macizo y austero, con sus muros de ladrillo ocre y su techo de
abombadas tejas. En la fachada sólo se abrían la puerta principal y algunas
ventanas altas y estrechas. En cuanto cruzaron el atrio, Calixto se detuvo
estupefacto: el hombre que acababa de abrirles la puerta no era otro que
Efesio, el antiguo intendente del difunto senador. Nada había perdido de su
impasibilidad y, sin embargo, el tracio creyó descifrar en su mirada un brillo
burlón.
—Dicen que tu carácter no ha mejorado mucho desde nuestro último
encuentro. Sin embargo, debemos agradecerte que hayas salvado a nuestro
viejo amigo Carvilio.
—Pero ¿cómo es posible que...?
—¿Que yo esté aquí? Muy sencillo: no quería separarme de mis
hermanos esclavos. Gracias a generosos donativos, pude adquirir esta
mansión en la que nos reunimos el día del Señor.
Calixto no encontró nada que decir, algo desconcertado e irritado a la
vez por aquella prueba de fidelidad que nunca hubiera esperado de un
personaje que siempre le había parecido duro y frío.
Sin más tardanza, Efesio los llevó hasta el triclinio, donde, de pie bajo
la móvil luz de varias decenas de lamparillas de aceite, se había reunido una
multitud. Aunque el tracio creyó reconocer numerosos rostros entre la
concurrencia, la mayoría le eran desconocidos. Evidentemente, sus amigos
fueron recibidos con calor; por lo que a él se refiere, permaneció en el
umbral de la puerta, sin poder evitar que le invadiera una sensación de
abandono. Se consoló diciéndose que, de todos modos, su presencia allí
estaba fuera de lugar: no era habitual que aceptaran gentiles
[34]en uno de sus bautismos, y había sido necesaria la insistencia de
Flavia y la de Carvilio para que hicieran una excepción a la regla.
Cuando la ceremonia comenzó, sintió un nuevo sobresalto al reconocer
al hombre que, vestido con una larga dalmática blanca, oficiaba: ¡Hipólito!
Ante los atentos ojos de la concurrencia, el hijo de Efesio acababa de
desplegar unos rollos de pergamino. Más lejos, Flavia se había instalado
aparte con un grupo de hombres, mujeres y niños.
Con aquella voz aguda que Calixto habría reconocido entre mil,
Hipólito leyó en griego varios textos que parecían no guardar relación
alguna entre sí y declaró:
– Terminaré citando las palabras de Pablo: «Esclavos, obedeced a
vuestros amos terrestres con sencillez en vuestro corazón, como
obedeceríais a Cristo. No lo hagáis con ese servil apresuramiento que sólo
pretende complacer a los hombres, sino desde el fondo de vuestro corazón,
para cumplir la voluntad de Dios. Servid para satisfacer a Dios y no a los
hombres, y recordad que todo lo que hagáis bien aquí abajo, seáis libres o
esclavos, se os devolverá centuplicado. Y vosotros, los amos, ordenad a
vuestros esclavos sólo cosas justas. Y, cuando les mandéis, pensad que
tenéis un amo que está en los cielos. No los oprimáis con el terror, recordad
que tienen el mismo Dios que vosotros y que este Dios os juzgará, a los
unos y a los otros, sin tener en cuenta la condición de las personas.»
Oculto en la penumbra, Calixto, que no se había perdido una sola
palabra del discurso de Hipólito, no comprendía en absoluto la unánime
aprobación que percibía a su alrededor.
Flavia estaba en primera fila. Con los rasgos inmóviles, en perfecta
quietud, parecía alejada de todo.
El oficiante invitó luego a la plegaria pública. Tras ello, entonaron
cánticos. Entonces, por primera vez, casi a regañadientes, Calixto se sintió
poseído por la emoción. Aquellos cantos le recordaban en cierto modo los
himnos cantados en Sárdica.
Se formó una procesión, durante la cual los fieles depositaron en una
mesa baja, unos tras otros, el contenido de los cestos de mimbre que habían
traído. Aquellas ofrendas, muy modestas en su mayoría, consistían sobre
todo en productos alimenticios: frascos de vino, uva, aceite, leche y miel.
Algunos, los menos, donaban monedas de cobre o de plata.
La muchedumbre rodeaba ya la mesa y al celebrante. Este separó
ligeramente las manos y dijo:
—¡El Señor esté con vosotros!
—Y con tu espíritu.
– ¡Demos gracias al Señor, nuestro Dios!
—Verdaderamente es digno y justo.
Hipólito, levantando ambos brazos, inició una especie de súplica de la
que Calixto sólo retuvo la expresión: «Perdona nuestras ofensas igual que
nosotros perdonamos.»
Reprimió un gesto de irritación, sin saber muy bien si le indignaban
más aquellas profesiones de fe o el hecho de que las pronunciara Hipólito.
Ahora, éste estaba interpelando al grupo de catecúmenos:
—¿Renuncias a Satán?
—Renuncio.
—¿Renuncias a sus obras?
—Renuncio.
—¿Renuncias a sus pompas?
—Renuncio.
Mientras Flavia y los demás se ponían en camino entonando nuevos
cánticos, Calixto se interrogó sobre el verdadero sentido de aquellas
fórmulas.
La luz de las antorchas sustituyó pronto la de las lámparas de aceite.
Habían llegado al centro de una vasta sala circular en cuyos muros se veían
numerosas hornacinas. En el centro de la estancia había sido excavada una
piscina octogonal, rodeada de surtidores que brotaban de las abiertas fauces
de unos grifos de bronce.
Los fieles formaron un semicírculo alrededor del estanque, mientras
Hipólito y los catecúmenos se desvestían.
Calixto buscó a Flavia con la mirada y la vio entre las demás mujeres,
soltando su larga cabellera dorada.
Impulsados por Hipólito, brotaron cantos de alegría y los catecúmenos
formaron tres grupos. Los primeros, niños, volviendo la espalda a
occidente, bajaron por los peldaños hasta que el agua cubrió sus hombros,
para ascender luego por el lado opuesto, donde les aguardaba Hipólito. Este
los interrogó uno a uno:
—¿Crees en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo?
La respuesta era siempre firme:
—¡Creo!
Derramando un poco de agua sobre el neófito, Hipólito declaraba
entonces:
– ¡Yo te bautizo!
Llegó luego el turno de los hombres y, por fin, el de las mujeres.
Flavia abría la marcha de este último grupo. Apenas hubo salido del
agua, Calixto quiso precipitarse hacia ella, pero se lo impidió un cordón de
fieles que se había formado espontáneamente alrededor de la muchacha. La
ayudaban a ponerse una túnica de lino blanco, sin cinturón. La calzaron
Con fieltro y alguien ciñó su frente con una pequeña corona de flores.
Calixto intentó abrirse camino hacia ella, pero la voz de Efesio resonó
a sus espaldas.
—No turbes la paz...
El replicó secamente:
—Nunca he tenido esa intención.
Y se resignó a seguir la procesión que regresaba al triclinio.
Efesio, que se había apartado para compartir un poco de pan y vino en
compañía de sus hermanos, regresó hacia él.
—¿Quieres participar en el ágape?
—No. Me gustaría simplemente hablar con tu hijo. Tengo que hacerle
algunas preguntas.
Sorprendido, el intendente reflexionó unos instantes antes de contestar:
—De acuerdo. Pero aquí no. Sígueme.
Llevó al tracio hasta una estancia apartada, donde Hipólito se reunió
con él momentos más tarde.
—Mi padre me ha dicho que querías hablar conmigo. ¿Qué pasa?
Calixto pasó una mano nerviosa por sus negros cabellos.
– Me gustaría saber. Quiero comprender. ¿Cómo puedes predicar
obediencia y sumisión a los infelices que sufren bajo el yugo de la
esclavitud? ¿Cómo puedes recomendar la resignación y el amor a los amos?
¿Es eso lo que ofrecéis a los oprimidos? ¿Complicidad?
—Ya veo... Pero ¿quién eres tú para juzgar con tanta severidad las
palabras de Pablo?
—Lo sabes bien, un esclavo. Ante todo, un esclavo; y alguien que no
puede concebir que un dios, sea cual sea, aliente la esclavitud del hombre.
Aunque, en el pasado, al hijo de Efesio le hubiera dominado la cólera,
ahora se dominó, sorprendiendo a Calixto por el tono tranquilo y firme de
su réplica.
—Hablas así porque no sabes. No sabes que estamos en todas partes.
En el palacio de los Césares, en las casas de los patricios, en las legiones, en
los talleres y en las ergástulas. Si alguna mañana decidiéramos apelar
directamente a la libertad de todos los esclavos, daríamos al mismo tiempo
la señal de una lucha como el mundo nunca la ha conocido aún. ¿Y es eso
lo que crees justo? ¿La sangre derramada? ¿No puedes comprender que no
debemos atizar los odios sino apaciguar los corazones heridos? Han caído
más romanos víctimas de la cólera de sus esclavos que de la de los tiranos.
Sabe que el Dios de los cristianos no puede favorecer tales resentimientos.
Calixto examinó a Hipólito en silencio. En su espíritu se agitaban
contradictorios juicios que ya no dominaba.
Advirtió que no podría permanecer más tiempo allí sin que se vieran
cuestionadas sus más profundas certezas. Entonces, se retiró sin pronunciar
una sola palabra.
17
Abril de 186
Carpóforo se agitó en su silla y se inclinó hacia delante,
interrumpiendo así el trabajo del barbero.
—Escuchadme atentamente los aquí presentes. Un gran
acontecimiento tendrá lugar bajo nuestro techo, un acontecimiento de la
mayor importancia.
El caballero hizo una pausa como para excitar la curiosidad del
auditorio.
—¡El Emperador vendrá esta noche!
—¿El Emperador? —exclamó Cornelia atónita.
—El Emperador —confirmó Carpóforo encantado.
—¿Te refieres a Cómodo..., a Cómodo en persona?
—Naturalmente, mujer, ¿quién va a ser si no?
Dirigiéndose esta vez a Eleazar, Calixto y los demás siervos, preguntó:
—Bueno, ¿qué os parece este honor?
Emperador, prefecto o cualquier otra cosa, pensó Calixto, aquello no
iba a cambiar su vida. De todos modos, hizo un esfuerzo por aparentar
admiración.
—Es magnífico, señor. El fulgor de esa visita aumentará vuestra fama.
—Sin olvidar los negocios, querido Calixto, los negocios. Esto nos
favorecerá. Ya sabes que tengo ciertos proyectos para el comercio de
cereales. Con la ayuda de Cómodo podría realizar por fin mi sueño: obtener
el monopolio del transporte de trigo procedente de Egipto. ¿No tengo, en
fin de cuentas, el mayor navío de la flota? ¡Sería la consagración!
—Una gran consagración-afirmó Eleazar con exagerado énfasis—. Os
convertiríais en el personaje más importante del Imperio. —Se interrumpió
antes de susurrar—: Después del Emperador, naturalmente.
Mientras Carpóforo se ruborizaba de placer, el tracio le dirigió al
intendente una mirada que expresaba con claridad la opinión que sus
cumplidos le merecían.
—Pero ¡no tendremos tiempo de prepararlo todo! —gimió Cornelia.
—¡Es necesario! No toleraré el menor desfallecimiento. Los cocineros
ya están avisados y trabajarán sin descanso hasta la cena. Tanto más cuanto
que el Emperador no vendrá solo. Le acompañarán el chambelán Cleander,
el prefecto del pretorio y también la Amazona, Marcia.
—¿Marcia? —exclamó la matrona.
– Sí, Cornelia. Y espero que la trates como a una Augusta.
—¿A ella? ¿A una liberta? ¡Una libertina que pasó de Pompeyano a
Cómodo! ¡Una intrigante que suplantó a la emperatriz Brutia Crispina!
Calixto sonrió. Como todos los nuevos ricos, su amo y, sobre todo, su
esposa estaban obsesionados con el deseo de respetabilidad. Su censura era
a menudo más estricta que la de los aristócratas de rancio abolengo.
—¡Cornelia! ¡Te prohíbo que hables de ese modo!
La mujer hizo un gesto malhumorado al tiempo que se volvía hacia
Mallia para buscar apoyo.
– Mi tía tiene razón. Si al menos esa Marcia se limitara a cambiar de
amantes, su conducta sería cosa suya. Pero una mujer que se exhibe
desnuda ante los gladiadores, que no vacila en combatir en la arena contra
otras desvergonzadas, una mujer que se rebaja de ese modo rebaja, al
mismo tiempo, a sus anfitriones.
Calixto recordó entonces unas palabras de Fustiano: «Marcia es
realmente una criatura soberbia.» No cabía duda de que aquélla era la
auténtica razón de la hostilidad de ambas mujeres.
—¡Hablemos de ello! —replicó el banquero—. ¡Conozco mujeres que
se rebajan por otros medios! Más discretos, sin duda, pero igualmente
eficaces. ¿No es cierto, querida Mallia?
Mallia creyó desfallecer. Calixto, por su parte, estupefacto ante la
alusión de su amo, apartó la mirada, molesto. Pronto haría tres años que era
el amante de la joven. Toda la casa debía de estar al corriente, a excepción
—al menos eso había creído hasta entonces— de Carpóforo. Su
observación demostraba que era menos ciego que complaciente. Por la
mirada que le lanzó Mallia, comprendió que pensaba lo mismo. Pero, por
encima de todo, estaba la expresión de Eleazar: interiormente, hervía de
júbilo. Carpóforo estaba concluyendo ya:
—Te prohíbo, Mallia, y también a ti, Cornelia, que os mostréis
desagradables de algún modo con la concubina de nuestro Emperador. El
príncipe de Roma es sagrado y todos sus íntimos lo son también. Ahora, id
a vuestras ocupaciones y que todo esté dispuesto para esta noche.
Al retirarse, Calixto y el villicus se cruzaron, pero no dijeron ni una
sola palabra. Desde el episodio del osario, ambos hombres se trataban con
el mayor desprecio y su diálogo se limitaba a lo estrictamente necesario.
Carpóforo había separado prácticamente al tracio de la autoridad del
sirio para convertirlo en su más próximo colaborador. Y Calixto gozaba
también de la protección oculta, aunque no menos eficaz, de Mallia, que
disuadía al intendente de buscarle las cosquillas. Pero entre ambos hombres
el resentimiento había echado raíces. Calixto no olvidaba. Eleazar, por su
parte, reducido a comprobar el ascenso de aquel esclavo que se presentaba,
cada vez más, como su rival y sucesor, mantenía hacia él una feroz
hostilidad.
Tras haber realizado las cuentas de la jornada, Calixto abandonó la
pequeña habitación que le servía de despacho. Toda la propiedad estaba
sobre ascuas. Esclavos de los campos transportaban víveres en los carros y
en el triclinio había un incesante vaivén de servidores que trasladaban
lechos de marfil, mesas de bronce y redomas de perfume.
Al cruzar el peristilo vio a Flavia, que se dirigía a toda prisa hacia los
aposentos de su ama. Apenas le hizo un breve gesto con la mano.
—Urtica... —dijo la joven, jadeante—. No sé lo que ocurre, pero esta
mañana está más histérica que nunca.
—Es por lo de esta noche —empezó a explicar Calixto—. El
Emperador...
Pero la muchacha había entrado ya en la casa.
Calixto se encogió de hombros, despechado. Desde el bautismo, su
«hermanita» intentaba evitarle. Se mostraba mucho más distante con él,
aprovechando sus propias relaciones con Mallia, que ahora trataba a su
peluquera con mucha más consideración. Aquel alejamiento estaba creando
un vacío que no lograba colmar.
Recordaba con amargura el tiempo en que ella aprovechaba cualquier
pretexto para verle. Hoy las cosas ya no eran así y, en el fondo de sí mismo,
se lo reprochaba a quienes consideraba responsables de la ruptura: Hipólito,
Carvilio y los demás. De repente, decidió acudir a las cocinas. Quería
aclarar las cosas.
El lugar parecía devastado por un huracán. Los hombres se cruzaban
en un revuelo capaz de enloquecer a los propios dioses. En un rincón,
retirado, distinguió a Carvilio, que estaba vaciando por la boca un
cochinillo.
—Tengo que hablar contigo.
—No tengo tiempo. Más tarde.
Calixto le asió del brazo, impaciente.
—¡No, ahora mismo!
Carvilio abandonó un instante su tarea.
—¡Suéltame! ¿Qué te pasa?
—Quiero saber... ¿ Qué ocurre con Flavia? Me evita como si tuviera la
peste. ¿Por qué?
—¿No crees que sería más adecuado hacerle la pregunta a ella?
—Me dirijo a ti, y con razón... No me extrañaría que me anunciaras
que le habéis prohibido tratar en lo sucesivo con el gentil en el que me he
convertido para ella.
—¡Es absurdo! —exclamó Carvilio—. Prohibimos a nuestros
hermanos que frecuenten los juegos y el teatro para que no se corrompan.
Pero ningún cristiano tiene prohibido tratar con gentiles. ¿Cómo hacerlo,
además? Vivimos a vuestro lado. —El cocinero parecía sincero.
—Y sin embargo, me rehuye. Sin duda debes de conocer las razones.
Pasa más tiempo con vosotros que conmigo. Algo que, debo señalártelo, no
siempre fue así.
Carvilio se soltó con un gesto brusco.
—Está bien. ¿Quieres saberlo? Entonces abre bien los oídos: esa
infeliz niña está locamente enamorada de ti. Se deseca, se consume día tras
día al saber que compartes el lecho con la libertina de Mallia.
—¿Flavia? ¿Enamorada de mí? Es...
Estuvo a punto de proseguir, pero advirtió que pinches y siervos
aguzaban el oído mirándolos con aire socarrón. Indiferente, Carvilio volvió
al trabajo. Calixto continuó en voz baja:
—No tengo la intención de exponer mi vida ante esa gente.
Hablaremos de ello más tarde.
Y se quedó observando en silencio el trabajo del cocinero. Sin
responder, Carvilio tomó un puñado de dátiles deshuesados y los hizo
desaparecer en el vientre del cochinillo.
—¿Todo lo que veo en la mesa acabará en la panza de esa pobre
bestia?
Sin romper su silencio, el anciano, introdujo los demás ingredientes:
salchichones, tordos, cebollas ahumadas, caracoles, papafigos y, para
coronarlo todo, carne de morcilla y hierbas de toda clase.
—Es pasmoso... ¿Y cómo concluirás esta maravilla?
Con evidente mala fe, Carvilio masculló:
—Coseré la piel, haré una hendidura en el lomo cuando esté cocido e
impregnaré la carne con una salsa de garum, un poco de vino dulce, miel y
aceite. Y espero que el cochinillo os provoque, a ti y a Mallia, la mayor
indigestión de vuestra vida...
—¡Es insensato! ¿Qué hemos hecho para merecer semejante furor?
—En último término, podría absolver a esa criatura esclava de sus
sentidos. Pero a ti... El placer que obtienes perdiéndote en el bajo vientre de
esa mujer y los tormentos que le infliges a la pobre Flavia no merecen
indulgencia alguna.
—¿Crees realmente que tengo elección?
—Lo sé —murmuró el anciano, adoptando un aspecto exageradamente
compasivo—, lo sé. Sin duda eres sólo la inocente víctima de una
insoportable violación. Y no puedo dejar de maravillarme ante tu sacrificio
y tu capacidad de resistencia... Valor, Calixto, valor...
18
Cómodo, sin sandalias, con el codo izquierdo apoyado en un
almohadón y el puño sosteniendo su cabeza, permanecía tendido en una
indolente pose.
Con sus ojos entornados, su barba espolvoreada de oro y sus carnosos
labios, ofrecía la imagen de una decadencia que se habría podido calificar
de «refinada». Tumbado en el lecho de honor, entre su anfitrión y su
concubina, seguía con creciente interés la evolución de las bailarinas. Las
hijas de la Arabia Pétrea, del país de los nabateos y de Saba, bellezas de piel
oscura y cabellos de azabache, iban vestidas con una mamaria que apenas
disimulaba sus pechos, así como con un largo paño, abierto, que caía hasta
sus tobillos.
Sentados en una estera con las piernas cruzadas, en un extremo de los
lechos dispuestos en forma de U, cuatro músicos soplaban, tañían y
golpeaban sus instrumentos, creando una música incitadora y bárbara al
mismo tiempo. Las seis bailarinas giraban en el espacio libre entre los
lechos, haciendo tintinear los brazaletes de sus muñecas y tobillos,
mientras, de vez en cuando, los rubíes engarzados en su ombligo atrapaban
en sus facetas el fulgor de las lámparas alejandrinas. Con sus flexibles
caderas, dibujaban en el aire complicados arabescos. Y, a veces, en el
crescendo de la música, el movimiento de su vientre desnudo se hacía tan
violento que los faldones del paño se entreabrían para mostrar sus piernas
estremecidas. Cuando el ritmo se quebró por fin, las bailarinas se dejaron
caer al suelo como grandes flores cortadas, provocando los espontáneos
aplausos de la concurrencia.
—¡Por Isis! —exclamó Cómodo—. Es la primera vez que veo unas
bailarinas hacer con sus vientres semejantes prodigios. ¡Felicidades,
querido Carpóforo!
—Me halagas, César —repuso el caballero ruborizándose de placer.
La joven tendida junto a ambos hombres soltó una risita.
—Es un cumplido merecido, señor Carpóforo. Realmente hay que
hacer gala de imaginación para asombrar a nuestro César.
—Y sobre todo ofreciéndole algo que mi querida Marcia no pueda
hacer —añadió el Emperador con malicia.
Marcia, con un gesto brusco que le era habitual, echó tras sus hombros
la masa de negros cabellos.
—En efecto, César, eso es algo que todavía no puedo hacer... Señor
Carpóforo —prosiguió—, ¿permitirás que tus bailarinas me enseñen su
arte?
Sus dos compañeros lo celebraron simultáneamente. Cómodo
exclamó:
—¿Ves, Carpóforo, por qué la amo tanto? Como decía mi padre: ¿qué
es la belleza sin el encanto? La estatua más perfecta, si no posee un poco
del alma del artista, no tiene más valor que el frío mármol.
El joven Emperador se apresuró a inclinarse sobre su compañera, posó
sus labios en su hombro ambarino y ascendió hacia la fina línea del cuello.
—Eres mi estatua... —murmuró con voz contenida pero apasionada—.
Eres mi estatua de carne, mi hermosa amazona...
Marcia deslizó delicadamente los dedos por la rizada cabellera de su
amante y alisó su dorada barba antes de declarar con voz dulce:
—César, tengo hambre.
—Lo siento, princesa mía, mi Ónfale —exclamó Cómodo como
despertando de un sueño—. No tengo perdón. Amigo —dijo dirigiéndose a
su anfitrión—, tus bailarinas nos han maravillado, ¿qué sorpresa nos
reservas como plato fuerte?
Carpóforo, mostrando una sonrisa satisfecha, dio unas palmadas.
– ¡Altera cena!
Inmediatamente se oyó el sonido de un cuerno. Todos los invitados se
volvieron hacia la puerta trasera, en la que resonaban ya los pasos de un
numeroso grupo.
Entró primero el trompetero, seguido de dos esclavos que llevaban,
atados con correas, unos perros de caza y unos soberbios mastines con
collares de oro al cuello. Tras ellos, unos personajes con ropa de caza
sujetaban por las asas una inmensa fuente en la que habían depositado un
joven uro asado, con las patas dobladas bajo el vientre y totalmente cubierto
de naranjas, limones, higos y aceitunas.
El animal estaba rodeado de numerosas bandejas de plata y oro llenas
de las más sorprendentes viandas: cabezas de jabalí, liebres espolvoreadas
con adormidera, lirones confitados con miel, erizos regados con salsa de
garum, pintadas, pasteles de lengua de ruiseñor, salchichón de ciervo y, en
el colmo de la desmesura, un águila asada.
Gritos de admiración brotaron de todas partes cuando los esclavos
ofrecieron a cada uno de los invitados dos perros de cada raza. El
Emperador, naturalmente, recibió cuatro. Carpóforo, ante la satisfecha
mirada de sus invitados, deseó ceremoniosamente que la ofrenda de
aquellos animales permitiera a sus huéspedes cazas tan fructíferas como la
que se disponían a degustar. Pero los cortadores de carne se atareaban ya,
acompañados de los escanciadores, que hacían circular copas llenas de vino
refrescado con nieve, subrayando sus gestos con armoniosos cantos.
De pronto, se elevó la punteada melodía de una flauta anunciando la
llegada de un nuevo personaje. Este apareció con el torso y los pies
desnudos, la cabeza tocada con un gorro marinero, una red de pescador
alrededor de un brazo y precediendo a un grupo de esclavos vestidos del
mismo modo, con un arrejaque de plata al hombro y transportando una
fuente tan impresionante como la que había servido para el uro, pero
provista esta vez de una infinita variedad de productos del mar. Un esturión
gigante ocupaba el centro de la fuente, rodeado de anguilas, morenas,
lampreas, rodaballos y mújoles, además de una guarnición igualmente
abundante: ensaladas de cangrejos, caviar, ostras y pulpitos cocidos en vino.
Cómodo devoraba literalmente el espectáculo con los ojos.
—¡Te has sobrepasado, Carpóforo!
—Conozco tu afición a los frutos del mar —repuso modestamente el
caballero.
Como sus predecesores, los esclavos distribuían cantando los
manjares. Y, a falta de perros de caza, se ofreció a los invitados arpones de
plata.
—Y que vuestra próxima pesca os produzca tanto como lo que esta
noche compartís.
Sonaron nuevos aplausos y el anfitrión fue colmado de alabanzas y
agradecimientos.
Vuelta la calma, Mallia, tendida entre el chambelán Cleander y su
concubina Demóstrata —una antigua amante de Cómodo—, inició una de
aquellas controversias que hacían las delicias de los banquetes romanos: «Si
Alejandro hubiera vivido, ¿habría vencido a Roma?» El Emperador, que
presidía la cena, tenía que arbitrar el debate. Tendido junto a la esposa de
Carpóforo, en el segundo lecho de honor, Perennis, el prefecto del pretorio,
fue el primero en dar su opinión. Como era de esperar, optó por la victoria
romana.
Cleander, que ocupaba el tercer lugar en la jerarquía, contradijo
inmediatamente la tesis, feliz de poder oponerse —aunque fuera en tan
pequeño detalle— al poderoso prefecto
del pretorio: consideraba una
evidencia el triunfo del gran macedonio. Todos los demás invitados fueron
de su opinión.
Tras interminables discusiones, ambas partes rogaron a Cómodo que
decidiera. El joven príncipe, cuyo fuerte no eran precisamente las justas
intelectuales, acarició pensativamente su copa de vino. Como Emperador,
no podía admitir el supuesto de que Roma fuera vencida por un
conquistador cualquiera. Como rey del banquete, no habría sido sutil
desautorizar a la mayoría de los comensales. Aquél fue el momento que
Marcia eligió para acudir en su ayuda.
—Diríase —exclamó con apenas velada ironía— que nuestros amigos
han votado contra Perennis más que contra Roma.
Cómodo aprovechó de inmediato aquel improvisado comentario para
desarrollar un discurso del que se desprendía que el voto de la mayoría le
parecía provocado más por consideraciones personales que por un juicio
imparcial, y, en consecuencia, no podía considerarse válido. Se apresuró a
concluir, riendo, que se sentía feliz, de todos modos, al no verse obligado a
pronunciar la condena de Roma.
Un silencio más bien reprobador recibió la sentencia. Carpóforo,
inquieto, lanzó una ojeada a Cleander. Su malestar aumentó al advertir que
el rival del prefecto del pretorio había desaparecido. ¿Era una reacción a la
afrenta que acababa de sufrir? No. No era posible. Un cortesano, chambelán
por añadidura, no se conmueve por tan poco... Tanto más cuanto que, en los
últimos tiempos, los favores del Príncipe se inclinaban más bien en su
favor. La voz de Marcia arrancó al caballero de sus meditaciones.
—Estás muy pensativo, Carpóforo. Me preguntaba si tu hija ha
heredado de ti esa habilidad para provocar tan sutiles controversias.
—No..., hum..., tal vez —masculló penosamente Carpóforo, intuyendo
al mismo tiempo que la muchacha intentaba desviar la atención.
—En ese caso, ¿no querrías plantear, a tu vez, una cuestión? —añadió,
degustando delicadamente una ostra.
El infeliz banquero rebuscó desesperadamente en su memoria,
maldiciéndose por no haber tenido nunca la curiosidad de leer la obra de
Plutarco de Queronea. Sus Charlas de mesa habían sido redactadas,
precisamente, para evitar al lector este tipo de problemas. Pero Carpóforo
siempre había desdeñado ese tipo de guías, considerándolas apenas buenas
para interesar a los ociosos y los libertinos. Le salvó la reaparición de
Cleander.
Rodeando los lechos, el chambelán susurró unas palabras al oído del
Emperador mientras le presentaba algo en la palma de su mano. Al mismo
tiempo, Marcia comenzó a charlar con el caballero, de modo que éste no
pudo captar nada de la conversación que ambos hombres mantenían.
Instantes más tarde, el chambelán se alejó de nuevo y Carpóforo pudo
advertir que Cómodo contemplaba fijamente una moneda.
Un profundo malestar se había apoderado de la estancia. Abandonando
los alimentos, los comensales, inquietos, observaban también al Emperador.
Y cuando resonó el característico paso de los soldados, no les cupo duda
alguna de que se avecinaba un drama.
Cleander apareció de nuevo seguido de dos legionarios sin insignias de
grado. Su presencia en la sala era insólita. Acostumbrada a los pretorianos,
Italia había perdido el hábito de ver a auténticos miles. En especial a éstos,
que, a juzgar por sus rostros y ropas polvorientos, parecían haber recorrido
un largo camino. Pero, sobre todo, era insólito que Cómodo hubiera
interrumpido un banquete para ocuparse de asuntos públicos. La razón que
había provocado tal cambio de actitud debía de ser de gran importancia.
Instintivamente, todos aguzaron el oído, aunque el esfuerzo resultó
innecesario, pues Cómodo interrogó a los miles en voz alta.
—¿Venís de Panonia?
—Sí, César.
—¿Y traéis de allí estas monedas?
—¿Qué ocurre, César? —preguntó Perennis inquieto.
Ignorando la intervención del prefecto, los dos legionarios
respondieron afirmativamente. Cómodo insistió:
—¿Y quién os las entregó?
—Los tesoreros de nuestra legión. Hemos recibido soldada doble.
—Sabéis, sin embargo, que estas monedas no tienen valor alguno.
—Por eso hemos venido corriendo a Roma —explicó uno de los
hombres, mientras Cleander añadía:
—No son hoy de curso legal, César... Pero pueden serlo mañana.
Perennis dio un salto.
—No sé lo que está tramándose pero, César, te lo ruego, no escuches a
los calumniadores.
—¿Y por qué te crees calumniado, Perennis? —interrogó suavemente
el chambelán.
El prefecto del pretorio vaciló unos instantes. La voz de Cómodo
resonó inmediatamente.
—¡Infame traidor! —exclamó, irguiéndose y señalándole con el dedo
—. Tenías la intención de hacerme asesinar y ocupar mi lugar.
—¿Yo, César? ¿Cómo puedes...? ¡No encontrarás en todo el Imperio
servidores más fieles que mis hijos y yo!
—¡Hablemos de tus hijos! Están al mando del ejército del Ister.
—¡Con gloria!
—Tal vez. Pero, de todos modos, han cometido un crimen
incalificable: ¡acuñar esta moneda para distribuirla entre las legiones!
Uniendo el gesto a la palabra, Cómodo le enseñó un denario de plata
en el que Perennis reconoció su propia efigie, así como su nombre.
—César... Es la más..., la más innoble de las calumnias que nunca me
hayan dirigido... Debes creerme, yo...
—Tal vez te hubiera creído si éste fuera el primer incidente del que
tengo conocimiento. Desgraciadamente para ti, no es así. ¿Recuerdas a
aquel hombre vestido de filósofo que me apostrofó durante los juegos
capitolinos?
El prefecto del pretorio no respondió, pero todos recordaban a aquel
hombre, de pie en primera fila, vuelto hacia el palco imperial y gritando:
«¡No es momento, Cómodo, de celebrar fiestas, cuando Perennis y sus hijos
conspiran para apoderarse de la púrpura!»
—Di orden de que se lo llevaran para interrogarle, pero tú, Perennis, te
adelantaste y le hiciste ejecutar.
—¿Y por tan irrisorio incidente decides hoy mi culpabilidad?
—Eso no es todo. Está también el asunto de los tránsfugas de Bretaña.
Nadie había oído hablar de ello. Sin embargo, advirtieron que esta vez
el prefecto se había puesto pálido. Cómodo prosiguió con maligna sonrisa:
—Una tropa de mil quinientos hombres que, tras haber abandonado su
isla, atravesó toda la Galia para venir a verme a Roma. Reclamaban justicia
para sus jefes, a quienes te habías tomado la libertad de eliminar para
sustituirlos por legados de tu entera confianza. ¿Vas a decirme acaso que
también eso es una calumnia?
El joven Emperador cogió al prefecto por los faldones de la toga con
intención de atraerlo hacia sí. Pero no contaba con el impetuoso
temperamento del sirio, que apartó brutalmente las manos del Príncipe, se
soltó y exclamó con increíble audacia:
—¡No se trata a un prefecto del pretorio como a un vulgar gladiador!
Todo sucedió muy rápido. Haciendo gala de su habitual agilidad,
Cómodo desenvainó la espada de uno de los petrificados legionarios y la
hundió de un solo golpe en el pecho de Perennis. Con las pupilas dilatadas
por el horror y la sorpresa, el prefecto cayó al suelo con un ruido sordo.
Fascinados por el drama, tan sólo unos pocos oyeron el grito de horror
que lanzó Marcia.
19
Hacia la mitad de la velada, la muchacha solicitó al emperador
autorización para retirarse unos instantes.
De aquella muerte sólo subsistía ya una vaga aureola tornasolada en el
mármol del triclinio. El banquete había proseguido y el vino, habitualmente
cortado con agua, corría ahora espeso y pesado en el fondo de las copas. Sin
embargo, pese a la trivialidad de las conversaciones, los refinados sonidos
de la música y las exhibiciones de las pantomimas, se adivinaba en la
concurrencia un profundo malestar. Si bien la mayoría de los invitados
había deseado, en mayor o menor grado, la desgracia del prefecto del
pretorio, excesivamente poderoso, lo repentino del suceso y el método,
expeditivo como mínimo, empleado por Cómodo los habían sorprendido
profundamente. Aunque algunos se apresuraran a felicitar al joven
Emperador por su vigilancia y el decidido espíritu que había demostrado, el
tono parecía desmentirles: una muerte durante un banquete no es nunca de
muy buen augurio. Si no hubieran temido desairar al César, todos los
comensales se habrían marchado.
—¿Te aburres?
Cómodo había interrogado a Marcia con voz neutra, sin verdadero
interés. Desde el drama no había hablado prácticamente, limitándose a
beber en abundancia con la mirada fija.
—No, César... Necesito sencillamente respirar un poco de aire fresco.
Añadió algo que se perdió entre el tañido de las cítaras y,
levantándose, atravesó el triclinio con pasos rápidos.
Una vez en el exterior, se impregnó de la lenta respiración de la noche
y alzó el rostro hacia el firmamento salpicado de estrellas. El cielo estaba
claro, con aquella claridad que sólo se encuentra en plena montaña.
«Dios mío... Dios mío, ayúdame...» Contuvo un estremecimiento al
recordar la imagen de Cómodo insultando al prefecto mientras éste,
ensangrentado y con los rasgos convulsos, se deslizaba lentamente hacia la
muerte.
¿Cómo la naturaleza, tan perfecta, había podido crear semejante
duplicidad? Alquimia de virtud y perversidad. Pues era ese contraste lo que
la trastornaba. Hasta entonces, sólo había visto en el Emperador a un joven
más débil que malvado. Su fascinación por los Juegos y su afición a las
proezas físicas eran fruto de la edad. Por otra parte, la opinión pública se
mostraba indulgente con todo lo que hacía que el Príncipe se pareciera al
común de los mortales. Ni siquiera la inestabilidad mental de su compañero
había tenido, hasta entonces, consecuencias realmente graves. Pero esta
noche el velo se había desgarrado. Veía, por primera vez, que estaba unida a
un personaje peligroso que en cualquier momento podía convertirse en una
fiera.
Ciertamente, la traición de Perennis no merecía indulgencia alguna.
Sin duda el pueblo comprendería. Pero ella no... No, aquel crimen había
sido gratuito. Perennis tenía demasiados enemigos como para imaginar que,
antes o después, pudiera escapar al declive. Por otra parte, no sólo estaba el
asesinato del prefecto... Marcia recordaba la desaparición, sospechosa como
mínimo, de la hermana y la esposa del Emperador; esta última era, sin duda,
inocente. Hasta entonces, Marcia había cargado la eliminación de ambas
mujeres en la cuenta de los consejeros de Cómodo, hombres como Perennis.
Pero esta noche sabía que había cometido un grave error de juicio al
mostrar excesiva complacencia con el joven César y, consecuentemente,
consigo misma. Lentamente, sus pasos la acercaban al río.
También Calixto se hallaba sumido en sus pensamientos. Miraba con
aire ausente la ancha superficie del agua, atenazado el espíritu por la
confidencia que Carvilio le había hecho. De modo que Flavia le amaba... Su
actitud, sus cambios de
humor, todo se explicaba. ¿Y él? ¿La amaba...?
Debía reconocer que el sentimiento que le unía a ella había estado siempre
teñido de ambigüedad. Ni blanco ni negro. Ni luz ni sombras. Estrecharla
contra sí, pero sin desear ir más lejos. Poseerla, pero con el corazón. ¿Acaso
era eso el amor?
Hasta que Marcia no estuvo a su lado, no fue consciente de su
presencia. Por el modo en que iba vestida comprendió inmediatamente que
era una de las invitadas de su amo.
—Perdóname, creo que te he asustado.
—No es nada —replicó él, disponiéndose a partir—. Por la noche,
incluso los árboles tienen miedo de los árboles.
—Puedes quedarte... Sólo he venido a respirar un poco. ¡Hace tanto
bochorno allí!
En efecto, era una de las invitadas de Carpóforo.
Calixto intentó retirarse de nuevo.
—No te vayas...
La estudió atentamente, sorprendido por el tono empleado. No era una
orden, sino un deseo. Se acercó unos pasos para verla mejor y advirtió su
gran belleza.
Tenía unos treinta años y sus rasgos eran de una pureza clásica. Sus
largos cabellos negros y rizados se ahuecaban en la cabeza antes de caer
sobre los hombros, contrastando con el claro óvalo del rostro. Pero eran
sobre todo sus ojos los que llamaban la atención: dos lagos de agua pura
donde se reflejaban las estrellas. Sin embargo, le intrigaron dos detalles: en
primer lugar el sencillo atavío, casi púdico, de la desconocida. Su estola de
lino fino, inmaculada, no tenía un profundo escote. Aquella vestidura no
estaba —como imponía la moda— abierta por ambos lados y sujeta a los
tobillos por una trenzilla. El segundo detalle era la ausencia de joyas. No
llevaba al cuello gargantillas de oro; ningún collar pectoral caía entre sus
pechos, en sus brazos no lucía serpientes doradas. Finalmente, su oscura
cabellera no estaba iluminada por las gemas de una diadema. ¿Era
realmente una patricia?
Un molesto silencio se había hecho entre ambos. Calixto lo rompió.
—¿Sigue allí el Emperador? —preguntó señalando la villa.
Pese a la oscuridad, advirtió que la muchacha se ponía rígida.
—Sí —respondió, abriendo apenas los labios. Tras una pausa,
preguntó a su vez—: ¿Eres también un invitado?
—¿Te lo parezco? —Abrió deliberadamente los brazos para que se
advirtiera la modestia de su atavío—. No, soy uno de los esclavos de
Carpóforo.
Aunque estaban bastante alejados de la villa, algunos sones de la
música y algunas groseras carcajadas llegaban con claridad hasta ellos,
transportados por la resonancia de la noche.
—¿Darías algunos pasos conmigo? —Y la muchacha se apresuró a
añadir con forzada sonrisa—: Por la noche incluso los árboles tienen miedo
de los árboles.
La invitación le sorprendió de nuevo; realmente era poco habitual que
una ingenua
[35]hablara con un esclavo. No respondió, pero siguió caminando con
naturalidad junto a la muchacha.
Avanzaban ahora entre las estatuas, alejándose cada vez más de la
fiesta. Pronto estuvieron ante un pequeño puente que atravesaba el río.
Entonces, ella se detuvo, apoyó los codos en el parapeto y escondió el
rostro entre las manos.
—¿Qué pasa? —se inquietó Calixto.
—No es nada..., nada.
Tuvo que hacer un esfuerzo para no ceder a la tentación de estrecharla
contra su pecho, aunque todo le indicaba que ella no le rechazaría. Le
pareció que se secaba unas lágrimas en la comisura de los ojos.
—Perdóname, todo esto es ridículo.
Estaba todavía más hermosa con la mirada húmeda y aquella expresión
de desamparo.
—Debes de creer que estoy loca. —Y, sin darle tiempo a protestar,
prosiguió—: Háblame de ti.
Calixto estuvo a punto de responderle que aquello no tenía
importancia.
—Ya sabes, la vida de un esclavo no es muy apasionante. Sobrevive,
eso es todo.
—¿Has estado siempre al servicio de Carpóforo?
—No. Hace tres años que estoy aquí.
—Deben de parecerte una eternidad.
El pasó maquinalmente los dedos por sus negros cabellos.
—Ya no lo sé. He perdido la noción del tiempo.
—Te comprendo.
Quiso preguntarle cómo podía comprender una mujer como ella la
infelicidad de un esclavo. Decirle que, sobre todo desde hacía unas
semanas, aquella condición le resultaba más asfixiante todavía. Si fuera
libre al menos. Algún día... Por un instante tuvo la fugaz visión del monte
Haemus, el lago, los bosques...
—Es la primera vez que te veo aquí.
—Acompaño a un huésped de Carpóforo.
La imagen de Cómodo, el príncipe de los dos rostros, acudió de nuevo
a la mente de la muchacha. La idea de regresar, de tenderse de nuevo a su
lado, la llenó de repugnancia. Confesó:
—Esos banquetes se me han hecho insoportables.
—De todos modos, son menos penosos que una comida de esclavo.
Había utilizado un tono deliberadamente irónico y lo lamentó
enseguida.
Ella repuso pausadamente:
—Para algunos, las cárceles del espíritu son, a veces, más difíciles de
soportar que una ergástula.
—Tal vez, pero las otras formas de sufrimiento nunca me han
consolado del mío.
—Eres infeliz, por eso hablas así. Sin embargo, te diré que en una vida
nada es definitivamente bueno o malo. Hay que saber escuchar, tener
paciencia.
—¿Tener paciencia? El día en que te arrancan la vida, en que levantan
muros para mantenerte esclavizado, olvidas la palabra paciencia. Sueñas
entonces, sencillamente, con que tu odio te sirva de trampolín. Sólo pienso
en que llegue mi libertad. Sin paciencia.
Había respondido a su propia pregunta, más que a su compañera, y el
tono empleado estaba teñido de aspereza.
—Nunca hay que decir eso. El odio es una palabra que debemos
rechazar. Sólo cuentan la tolerancia y el perdón.
¿Tolerancia? ¿Perdón? Aquellas palabras le recordaban las estériles
conversaciones mantenidas con Carvilio y Flavia. Se dominó para que no se
desbordara la violencia que brotaba de su interior, y se limitó a mirar la
corriente que fluía lentamente hacia los límites del jardín. En fin de cuentas,
¿qué podía saber una patricia de sus secretas heridas? Marcia preguntó de
nuevo:
—No pareces romano. ¿De qué región eres?
—Nací en Tracia.
—Un rincón del Imperio que no conozco.
A sus pies, el río fluía graciosamente. En la superficie, apenas rizada,
podía verse cómo se deshojaba el pálido oro de las estrellas. Marcia se
volvió hacia él; sus miradas se cruzaron sin que ni el uno ni el otro intentara
desviarla.
—No me has dicho tu nombre.
—Calixto.
—Te sienta bien.
—¿Por qué lo dices?
—Calixto significa «el más hermoso». ¿Lo ignorabas?
Flavia había cometido el mismo error. El joven se permitió una
sonrisa.
—Eres la segunda persona que establece esa relación.
—¿Quién fue la primera?
El meneó la cabeza.
—Una muchacha.
—Una muchacha... —Marcia había hablado en voz muy baja, algo
soñadora. Y añadió enseguida—: Una muchacha a la que..., a la que amas
sin duda...
—Si la profunda ternura es una forma de amor, entonces sí, la amo.
—La envidio.
La réplica había brotado espontáneamente, casi sin que la joven lo
advirtiera. Se sentía extrañamente bien junto a aquel hombre al que acababa
de conocer.
Naturalmente también, con toda la paradoja que aquella seguridad
comportaba, Calixto no dudó en absoluto de la sinceridad de la respuesta.
Hechizado, comenzó a contarle su vida. Su frustrada evasión. Su encuentro
con Flavia. Apolonio. Su entrada al servicio de Carpóforo. Ella le escuchó,
atenta, interrumpiéndole a veces para pedir alguna precisión. Qué lejos
estaba de la locura, la sangre y la perpetua comedia que eran su
cotidianeidad. Nunca antes había sentido tal armonía interior. Nunca antes
se había sentido tan confiada, tan cercana a un ser.
Calixto calló por fin, bruscamente turbado por sus confidencias.
—Creo que eres un hombre bueno, Calixto. Y la bondad es algo
escaso. —Tras una pausa, dijo—: Tengo que regresar. No he venido sola.
El creyó adivinar en el tono de su voz una pizca de pesar. Pero se
engañaba sin duda, o era el reflejo de su propio deseo. Silenciosamente,
ascendieron hacia la villa, demorando sus pasos al acercarse a la vacilante
luz de las antorchas... Seguían sonando allí las mismas carcajadas, pero sus
avinados ecos golpeaban con más fuerza todavía en el dormido cristal del
jardín.
—¡Marcia!
La muchacha se quedó inmóvil.
—¿Dónde estás, Marcia?
—El Emperador... —consiguió articular.
—¿El Emperador?
—Ha debido de impacientarse y salir en mi busca.
—Pero, entonces, ¿eres...?
Ella aceleró el paso sin responder. La voz resonó de nuevo en las
tinieblas.
—¡Marcia!
Casi corría. El la asió del brazo, obligándola a detenerse.
—¡Respóndeme! ¿No serás Marcia, la concubina de...?
De pronto se detuvo, sorprendido por la firmeza del cuerpo de la
joven, por los duros músculos que oprimían sus dedos y por la nueva
expresión de sus rasgos.
—Es evidente que nunca me has visto en la arena. Ya me había dado
cuenta.
Esperó verle adoptar, inmediatamente, la actitud servil y temerosa que
los esclavos adoptaban habitualmente en su presencia y que abría un
inmenso abismo entre ella y sus semejantes. Pero no. Siguió mirándola de
frente.
—No te imaginaba así.
—¡Marcia!
La voz sonaba más cerca aún.
—Lo sé. Me describen como una prostituta con las manos teñidas de
sangre. Una hermana de Cleopatra, de Mesalina o de Popea.
Calixto la miró intensamente, como si intentara leer en su interior.
—Eres lo que eres...
Entonces le tocó a la joven sorprenderse. Repitió, pensativa:
—Soy lo que soy...
Y Calixto creyó leer en sus ojos: «Gracias por no condenarme...»
—¡Marcia! La llamada era ahora impaciente, irritada. Entonces, con
inesperada ternura, Marcia rozó furtivamente con la palma de la mano la
mejilla del tracio, dio media vuelta y se fundió rápidamente en la noche.
20
Aquel atardecer, las termas de Tito, erigidas en el emplazamiento de la
antigua Casa Dorada de Nerón, estaban llenas de gente.
Era la primera vez que Calixto acompañaba a su amo a los baños. Veía
en ello la confirmación del creciente lugar que ocupaba junto a Carpóforo.
Ciertamente, algunos esclavos afirmaban que los favores de Mallia no eran
ajenos a aquel ascenso. El no se tomaba el trabajo de desmentirlo. En
realidad, sus relaciones con la sobrina del caballero eran, como mínimo,
tumultuosas, y desde hacía algún tiempo procuraba hallar la estratagema
que le permitiera romperlas. Empresa difícil, pues sabía que los apetitos
sexuales de la joven tan sólo eran comparables a su carácter caprichoso y
vindicativo.
—Ya ves cómo se apresuran a saludarme —cacareó Carpóforo al
cruzar el umbral de los vestuarios—. Pocas veces esos arrogantes patricios
se han mostrado tan amables con un homo novus
[36].
—Ahora eres senador. Yo no te descubro nada nuevo al decir cómo
tiende el hombre al servilismo...
Su amo le lanzó una mirada de reojo. No le gustaba demasiado la
segunda intención que adivinaba en el comentario del tracio. Sin embargo,
había que admitir que tenía razón. Desde su reciente nombramiento por
Cómodo, había podido advertir —con cierto desprecio, además— el cambio
en el comportamiento de sus íntimos.
Ambos hombres se desnudaron antes de penetrar en la palestra, donde
iniciaron, levantando mucho las rodillas, el recorrido de mil pasos que
Carpóforo se imponía antes de comenzar sus abluciones. La arena de la
pista abrasaba la planta de los pies de Calixto, que, siguiendo a su dueño,
observaba los esparcidos grupitos. Algunos charlaban a la sombra de los
pórticos, otros se doraban al sol o se entregaban a partidas de trígono,
regularmente interrumpidas por las carreras de un niño esclavo encargado
de recuperar la pelota que uno de los jugadores había dejado escapar.
Cuando, jadeantes, abandonaron el ejercicio, los dos hombres penetraron en
el tepidario. Allí, casi enseguida, como si hubiera estado esperando aquel
momento, un hombre se levantó y se acercó a Carpóforo. Calixto creyó
reconocerle.
—¡Senador! Deja que te admire... Me gustaría descubrir por fin qué
aspecto tiene un hombre absolutamente satisfecho.
Una expresión de suficiencia apareció en los rasgos del interesado.
—Dices bien, Didio Juliano, soy un ser satisfecho.
Apenas hubo escuchado aquel nombre, Calixto se vio proyectado al
pasado: hacía ya algunos años, Fustiano, él mismo y también Cómodo...
Los tres habían sido entonces invitados del rico patricio.
Juliano no pareció reconocerle. Por otra parte, ¿cómo hubiera podido
hacerlo? Habían pasado casi diez años. Tampoco el príncipe de Roma,
aunque le hubiera encontrado en un banquete, habría prestado la menor
atención al esclavo que era. Al pensar de nuevo en el Emperador, la imagen
de Marcia acudió casi de forma instantánea a su mente. En realidad, no le
había abandonado desde su encuentro aquella noche en el jardín. Ella ya no
debía de recordarle.
El banquero prosiguió:
—Y nuestros conciudadanos tienden a olvidar que he prestado
servicios nada desdeñables a la república. Al fin y al cabo, tal vez el
Emperador sólo haya tenido para conmigo un gesto, absolutamente natural,
de gratitud.
—Eres demasiado modesto, Carpóforo. De todos modos, puedo
asegurarte que yo mismo, como todos los nobles de Roma, te estaremos
eternamente agradecidos por haber contribuido a librarnos del tirano.
—Hablas sin duda de Perennis. Pues bien, aun a riesgo de
decepcionarte, debo confesar que no tuve nada que ver en su desgracia.
—¡Por Hércules! ¿Y esa promoción al rango de senador?
¡Precisamente la noche en que nuestro César vio por fin clara la traición de
su prefecto del pretorio!
Carpóforo miró sus dedos llenos de anillos.
—Mi papel se limitaría a ofrecer al Emperador y a los augustantes un
improvisado festín. Es posible, naturalmente, que el hecho de que el
banquete tuviera lugar lejos de las cohortes pretorianas favoreciera que el
asunto llegase a buen puerto.
—Sin duda —observó Calixto— es una suerte que el Emperador
advirtiera vuestros otros méritos. Pues algunas malas lenguas habrían
podido afirmar que sólo la cena hace al senador.
Didio Juliano dirigió una mirada aprobadora al interviniente.
—Es Calixto —explicó Carpóforo, muy satisfecho al poder terminar
con una discusión que se anunciaba estéril—, mi hombre de confianza. Se
encarga, entre otras cosas, de mi banca. Pero, ven, no quiero retrasar tus
abluciones.
Pasaron al sudatorium, con Calixto siguiéndoles los pasos. La
reflexión de su amo le había sorprendido. Hasta entonces, nunca había
tenido la menor responsabilidad en su banca, ¿por qué lo había dicho, pues?
El acre calor del sudatorium se agarró a su garganta. La estancia, más
bien grande, estaba invadida por el vapor que escapaba de los tubos de
cobre, formando un tenue velo que se iba haciendo más denso bajo la
bóveda y cubría a los seres con un invisible manto húmedo. Calixto sintió
que su pecho y su espalda se impregnaban de sudor. Apartó nerviosamente
algunos mechones negros de su frente y se aproximó a sus dos compañeros.
—Te has convertido en uno de los dueños de Roma —acababa de
afirmar Didio Juliano.
—Amigo mío, me das una importancia que no tengo. En realidad, el
hombre fuerte del régimen es el chambelán Cleander.
—Sin embargo, si mis informaciones son correctas, corre el rumor de
que pronto serás nombrado prefecto de la annona
[37]
Calixto, sabiendo que aquél era el más caro deseo de su señor, se
preguntó si aquella declaración estaría fundada. Carpóforo exclamó con
fingida modestia:
—Nada se ha decidido y sabes que detesto presumir de un título o una
función que todavía no ocupo. No hay que ofender a los dioses.
—Prudente actitud —dijo reflexivamente Didio Juliano... Y tras un
silencio, prosiguió—: Señor Carpóforo, aunque tus poderes no estén
confirmados todavía, me gustaría presentarte una petición.
—Habla.
—¿Quieres intentar utilizar tu nueva influencia ante Cómodo para
hacer que regrese mi padre?
—¿Tu padre? Pero ¿no estuvo comprometido en la conspiración en la
que estaba implicada Lucila, la hermana del Emperador?
—En efecto. Y Perennis le hizo exiliarse en Mediolanum.
Carpóforo reflexionó unos instantes antes de inclinar la cabeza.
—Tal vez pueda hacerte este favor —murmuró pensadamente—. Pero,
como bien sabes, los tiempos son duros, las guerras de Marco Aurelio
vaciaron las arcas del Estado todo sirve para llenarlas... No debería resultar
difícil convencer a César de que ponga fin al exilio de tu padre por medio
del pago de una multa.
—Haré lo que le plazca.
—En ese caso, estoy dispuesto a encargarme del trato. Me lo
devolverás cuando llegue el momento.
—¿Es decir?
—Por lo general, saldo mis cuentas en septiembre. Me pagarás cuando
lleguen los idus. A condición, claro, de que por entonces tu padre haya
obtenido la gracia.
—Naturalmente. ¿Y cuánto va a costarme?
—Oh... Digamos veinte talentos euboicos. Si se necesitan más, te
avisaré.
Calixto desorbitó los ojos, pasmado por aquella enorme suma.
—De todos modos, imagino que no tengo otra elección. De acuerdo.
—Mi esclavo aquí presente pasará por tu casa la misma mañana de los
idus. —Y, dirigiéndose a Calixto, ordenó—: Salgamos de aquí, el calor se
me ha hecho insoportable...
Al penetrar en el frigidarium, el tracio planteó la pregunta que le
preocupaba desde que su amo había hecho aquella observación con respecto
a él.
—¿Qué ocurre, señor Carpóforo? ¿Por qué has dicho hace un
momento que yo era responsable de tu banca? Nunca me he encargado de
ella.
Con la plácida gravedad que ponía en todos sus actos, Carpóforo
introdujo la mano en una de las hornacinas excavadas en el muro y tomó un
frotador limpio, tendiéndoselo a su esclavo. Calixto, sorprendido, tras una
breve vacilación se resignó a librar la lechosa piel de su señor de polvo y
sudor. Dedujo que, con aquel gesto, el nuevo senador quería recordarle que
seguía siendo, ante todo, el amo.
—Lo que más me complace de las termas públicas es que en ellas se
puede admirar a voluntad..., ¡con cuidado...!, a muchas criaturas hermosas.
Pese a la edad, mis ojos no se fatigan de contemplar esos cuerpos de mujer.
Además, por eso prefiero las termas de Agripa, de Tito o de Trajano a las de
mi residencia, donde sólo me espera la rolliza silueta de mi querida
Cornelia... Pero ¡por Cibeles, estás arrancándome la piel!
—Sin embargo, señor —replicó Calixto, ignorando deliberadamente
las protestas de su amo—, me parece haber oído hablar de un decreto del
emperador Adriano...
Carpóforo soltó una carcajada.
—Sí, ya lo sé. Tuvo la peregrina idea de imponer a los hombres y las
mujeres horas distintas para el acceso a las termas. Pero, como puedes
comprobar, entre promulgar una ley y hacer que se cumpla hay mucha
distancia. ¡Vamos, ya basta! Empiezo a parecer un cangrejo cocido.
El banquero hendió la muchedumbre de cuerpos desnudos y bajó los
pocos peldaños que conducían a la piscina. Tras haber dejado que el agua
fría ascendiera progresivamente hasta sus caderas, se zambulló y comenzó a
nadar con vigor para superar la diferencia de temperatura. El tracio, por su
parte, se zambulló rápidamente y le alcanzó en pocas brazadas.
Tras haber recorrido la longitud de la pileta, Carpóforo se detuvo y se
dispuso a hacer la plancha. Calixto no pudo evitar una sonrisa al ver aquella
panza esférica que derivaba como un odre por la líquida superficie.
Jadeando, su amo preguntó:
—Dime, ¿te gustaría recobrar la libertad?
El tracio, al principio, creyó haber oído mal. Pero Carpóforo repitió la
pregunta.
—No comprendo...
—¿Sabes que un amo puede proponerle a su esclavo que compre su
libertad?
—Claro que sí, pero...
—El precio de compra varía según el valor del esclavo y,
naturalmente, según los caprichos del amo. Para servidores que poseen
cualidades excepcionales, la suma puede ser muy elevada.
Con el dorso de la mano, Carpóforo hizo desaparecer algunas gotas de
agua que corrían por sus labios.
—Bueno —preguntó con evidente satisfacción—, ¿te interesa mi
propuesta?
Calixto, atónito, apenas pudo asentir con la cabeza.
—Y no me mostraré excesivamente severo. ¿Recuerdas el precio que
pagué por ti? Mil denarios... Una locura, pensándolo bien. Pero,
aparentemente, Apolonio no tuvo motivos para quejarse. Por mi parte, salvo
el problema que te enfrentó a Eleazar, me considero muy satisfecho con tu
trabajo. Sin embargo, estoy convencido de que si... —pareció buscar la
palabra—, si tuvieras algún estímulo, serías más eficaz todavía. ¿Me
sigues?
—Eso creo.
—He aquí lo que te propongo: ¡por veinte mil denarios serás un
hombre libre!
—¡Veinte mil denarios!
Ahí estaba la trampa, pues.
—Pero necesitaré toda una vida para reunir semejante suma.
Carpóforo esbozó una enigmática sonrisa.
—¿Te sentirías capaz de dirigir mi banca? Sólo puedo confiársela a
alguien absolutamente seguro y eficaz, y tú eres capaz de serlo. Pero sólo la
reconquista de tu libertad me garantizará que no aproveches tus poderes
para... enriquecer a tus amigos orfistas.
Así pues, nunca había engañado a su amo.
—¿Mis amigos orfistas? —repitió Calixto con un asombro forzado.
—Sabes muy bien de qué hablo. Recuerdo una insula a orillas del
Tíber que pertenecía a un tal Fustiano.
—¿Estabas al corriente de todo, entonces?
—Naturalmente. ¿ Cómo has podido imaginar que ignoraba tus
creencias órficas durante todo este tiempo? Sólo te vistes con lino y te
niegas a comer carne. Además, pareces olvidar que los rumores corren muy
deprisa en Roma y que tu amo tiene oídos en todas las callejas. Pero
salgamos de esta agua glacial. Estoy al borde de la congestión...
Calixto, perplejo, tardó algún tiempo en reaccionar; luego, saliendo a
su vez del agua, envolvió a su amo en el lienzo que éste le tendía y
comenzó a friccionar vigorosamente el adiposo cuerpo.
—¿Por qué no me castigaste?
—Reconoce que hubiera sido perjudicial arrojarte a las fieras. Tus
inclinaciones místicas me costaron quinientos mil sestercios. Pero en tres
años me has hecho ganar varias veces esta cantidad. Es como tu relación
con Mallia: que mi querida sobrina se pague un semental entre mis esclavos
o entre los pretorianos...
Decididamente, pensó el tracio, aquel hombre no dejaría de
sorprenderle nunca.
A fin de darse tiempo para sobreponerse, comenzó a frotar
vigorosamente sus propios miembros y siguió en silencio a su amo, que se
dirigía a la sala de masaje. Sólo cuando estuvo tendido en una mesa
cubierta de piel de carnero, y con el cuerpo untado de aceite perfumado,
Carpóforo prosiguió:
—Te propongo lo siguiente: dado que probablemente, tal como Didio
Juliano ha dado a entender, seré nombrado prefecto de la annona, podré
consagrar mucho menos tiempo a mis negocios. Te encargarás, pues, de la
dirección de mi banca y te cederé la centésima parte de los beneficios que
obtengas.
—¿La centésima parte? —protestó Calixto—. Eso es insignificante.
¡Necesitaría al menos cinco centésimas!
Curiosamente, Carpóforo pareció haber previsto la reacción, pues
replicó rápidamente:
—El dos por ciento.
El tracio esperó a haberse tendido en una mesa vecina antes de replicar
con firmeza:
—Señor, no olvides que tú me has enseñado las sutilezas del regateo.
Y has repetido a menudo que soy tu alumno más brillante. Evitemos, pues,
esfuerzos inútiles. Tengo que reunir veinte mil denarios. ¡No bajaré del
cuatro por ciento!
—En ese caso, digamos tres y medio y no hablemos más —soltó
Carpóforo con desenvoltura.
—De acuerdo. Pero te advierto que procuraré «redondear» la suma.
El futuro senador se incorporó sobre un codo y pareció a punto de
estallar, pero soltó una franca carcajada.
—No cambiarás nunca... ¡Nunca! ¡De acuerdo con tu cuatro por
ciento!
—Y eso no es todo. Me gustaría unir otra compra a la mía. La de una
persona que me es querida.
—¿Quién?
—Se llama Flavia. Es la peluquera de tu sobrina.
Carpóforo emitió el característico cacareo que le servía de risa.
—Y pensar que la pobre Mallia cree tenerte totalmente subyugado con
sus encantos... De acuerdo. Pero eso valdrá cuatro mil denarios más.
—¿Cuatro mil denarios? ¡Por una simple peluquera!
Carpóforo tendió un dedo doctoral.
—La mujer amada no tiene precio. Recuerda tú ahora que, si has sido
mi alumno, yo sigo siendo tu maestro.
—De acuerdo. Cuatro mil denarios. Pero quiero que el acuerdo se
redacte en forma de contrato y sea firmado por el censor.
—¡Desconfiado, además!
—Ya sufrí una desventura semejante con el difunto Apolonio, por no
existir un texto redactado como es debido...
Pero el banquero ya no le escuchaba. Con una expresión voluptuosa,
había enterrado su cráneo desnudo bajo los pliegues de la manta de carnero.
—¿Sabes, Calixto? —murmuró tras un silencio—. Me hubiera gustado
tener un hijo como tú.
21
—¿Y cuánto tiempo crees que necesitarás para reunir los veinticuatro
mil denarios? —preguntó Flavia.
Calixto la había esperado en la puerta de los aposentos de su señora.
Apenas hubo salido, la había agarrado del brazo y, a pesar de sus protestas,
la había arrastrado hasta el jardín. Ahora estaban ambos sentados en un
banco de mármol, junto a un bosquecillo de lentiscos. No lejos de allí corría
la arena clara de la avenida y el sol primaveral, filtrándose a través de las
ramas, llegaba al suelo en largos filamentos oblicuos. El follaje ocupaba la
tierra por doquier, en una profusión de sombras y luces. Ante ellos, las
blandas ondulaciones de los montes Albanos, estriadas por las labranzas,
resplandecían con sus colores apagados por el paso de las escasas nubes. El
crudo azul ocupaba el resto del cielo.
—Cuatro o cinco años, tal vez seis —respondió Calixto tras un
instante de reflexión.
—Libres...
—Diríase que la perspectiva te asusta.
—¿Cómo puedes creerlo? No se trata de eso... Yo...
—¡Libre, libre! ¿Lo comprendes? ¡Al fin libre!
—Ya lo sé, Calixto. Soy feliz y tengo miedo a la vez.
—¿Miedo? Pero ¿de qué?
Ella intentó torpemente explicarse. En realidad, no era laidea de la
libertad lo que la atormentaba, sino, confusamente, la idea de vivirla con
Calixto. El amor que sentía por él nunca sería compartido y, sobre todo,
ahora era cristiana y él orfista.
– Si comprendo bien —dijo el tracio decepcionado—, preferirías
seguir siendo esclava antes que vivir libre a mi lado. ¡Es absurdo,
incoherente!
– No tanto como crees.
– Confiesa que mi condición de orfista me convierte en un ser
despreciable.
Con gran sorpresa, vio que sus ojos se llenaban de lágrimas.
– ¿Cómo..., cómo puedes hablar así? ¿No ves, acaso, la verdad? Te
amo... ¡Te amo..., Calixto, y más que a un hermano!
Conmovido, el tracio rodeó con un brazo los hombros de la muchacha.
– También yo te amo, Flavia. Pero pronuncio esas palabras sin conocer
realmente su sentido. Ignoro qué es el verdadero amor. Lo imagino un poco
como un viajero que percibe los ecos de un país lejano y que nunca ha
salido de puerto. Si te dijera que estoy convencido de que amar debe de ser
algo mucho más fuerte, inmensamente más fuerte y distinto, ¿me lo
reprocharías?
Sintió que el cuerpo de su compañera se ponía rígido a su lado. Esta le
rechazó con un movimiento brusco, casi desesperado.
– Ya veo. De modo que ese amor del que tan bien hablas lo destinas a
Mallia.
– ¿Mallia? No has comprendido mis palabras. Esa mujer no significa
nada: instantes de carne, un abrazo... Tú conoces mejor que nadie las
circunstancias que me empujaron a esa relación.
En aquel preciso instante, detrás del bosquecillo se oyó una
exclamación, un grito de rabia y de dolor, y la sobrina de Carpóforo, lívida,
apareció. Calixto, aterrado, se preguntó desde cuándo estaba allí.
– ¡Tú, vete! —le ordenó a Flavia con voz temblorosa.
Tras una vacilación, la muchacha se inclinó, retrocedió tres pasos y
luego se detuvo, incapaz de resignarse a abandonar a Calixto. Intentó decir
algo, pero la sobrina de Carpóforo prosiguió, dirigiéndose a su amante:
– ¡Repite lo que acabas de decir! ¡Atrévete!
Aunque turbado, él no vaciló:
– Mantengo mis palabras.
– ¿Estás insinuando que todas las veces que gemías debajo de mí,
todas las veces que mordías mis pechos, todas las veces que trabajabas mi
vientre estabas representando una comedia? ¡Basta, es ridículo!
– Reconozco que nuestra relación no sólo ha tenido para mí momentos
penosos. Pero eso no impide, y tú debes ser consciente de ello, que siempre
haya compartido tu lecho con un sentimiento de coacción. —Hizo una
pausa antes de proseguir—: ¡Qué importa el pasado, las razones o las
consecuencias! Ahora todo ha terminado. Para emplear las palabras de tu
tío: el semental emprende el vuelo...
– Coaccionado... ¿Te he coaccionado? ¡Tienes la desfachatez de
decirme a la cara semejante ignominia!
Inesperadas lágrimas corrían ahora por las mejillas de la orgullosa
Mallia. Flavia, apartando los ojos, no pudo evitar sentirse humillada por
ella.
Calixto prosiguió en un tono más dulce:
– Escúchame, si has creído que me entregaba a ti por algo más que por
deber, te equivocabas. Olvidémoslo todo, el incidente ha terminado, yo...
– ¡Así que nuestro amor fue sólo un incidente!
Ella aullaba, al borde de la histeria. Flavia lanzó a su alrededor una
mirada inquieta, temiendo que de un instante a otro apareciera Eleazar o,
peor aún, el propio Carpóforo. Calixto intentó tranquilizar, una vez más, a
su amante.
—Te lo suplico, domínate. De todos modos, entre nosotros no podía
haber nada. Soy un esclavo, Mallia, un simple esclavo.
—¡No me importa! Y si es cierto que eres un simple esclavo, deberías
saber que la primera cualidad de un esclavo es la obediencia. ¡Yo y sólo yo
debo decidir tu actitud!
Aparentemente, se había sobrepuesto y le hacía frente con todo su
recuperado poderío.
Calixto replicó, esta vez con una pizca de violencia:
– Soy el esclavo del señor Carpóforo. Y éste considera que le soy más
útil gestionando sus negocios que en el lecho de su sobrina.
Con los ojos desorbitados, ella intentó abofetearle, pero su impulso se
vio detenido en seco.
—¡Suéltame! —aulló.
Calixto mantuvo unos instantes las muñecas de la joven sujetas entre
sus dedos; luego, lentamente, la liberó. Entonces, desesperada, ella se
volvió hacia Flavia.
—¡Tú! —silbó—. Tú eres la causa de todo. ¡Lo pagarás!
Uniendo el gesto a la palabra, sacó un estilete de entre los pliegues de
su túnica y lo dirigió a la garganta de la muchacha. Pero Calixto frustró la
tentativa.
—¡Esto comienza a ser ridículo! Y no dudes de que si le sucediera
algo a Flavia, te estrangularía con mis propias manos. Recuérdalo... ¡Con
mis propias manos!
Ella le miró, atónita, y luego, bruscamente, le escupió a la cara:
—Desde ahora, aprende a desconfiar de tu sombra, Calixto...
¡Recuerda eso también!
Mucho tiempo después de que se hubiera marchado, ambos jóvenes
seguían inmóviles, todavía bajo los efectos del drama.
El tracio advirtió que los delicados dedos de Flavia limpiaban la
suciedad que mancillaba su mejilla. Levantó maquinalmente la mirada
hacia el cielo. Decididamente, la felicidad no era de este mundo. En
cualquier caso, sin duda olvidaba a los seres encadenados.
—Calixto... —La voz de Flavia le sacó de sus pensamientos—.
Calixto, perdóname... Todo ha sido por mi culpa. Estoy loca...
—No ha sido culpa de nadie. Tenía que suceder. Y tal vez sea mejor
así...
Ella se acurrucó contra su pecho.
—He sido injusta. Estaba ciega. Ahora intentará vengarse y destruirá,
con ello, todas tus esperanzas de libertad.
Calixto posó dulcemente su mano en los dorados cabellos de la joven.
—Aunque te sorprenda, te confesaré que dudo del éxito de las
eventuales maquinaciones de esa peste. Creo conocer bastante bien a
Carpóforo, y no demuestro excesiva suficiencia si pienso que no prescindirá
fácilmente de mis servicios. En cualquier caso, no para satisfacer los
caprichos de su sobrina.
Avanzaron lentamente hasta la orilla del Euripe, inundada de sol.
Flavia se detuvo y se estrechó con fuerza contra el tracio. El la
envolvió tiernamente entre sus brazos y advirtió, de pronto, que ambos se
hallaban en el lugar exacto donde, algunos días antes, se había encontrado
con Marcia.
Eleazar se arregló nerviosamente un pliegue de la túnica mientras se
decía que, decididamente, las mujeres nunca dejarían de sorprenderle.
—Pero, ama, ¿por qué motivo deseas que tu peluquera sea arrojada a
las fieras?
Mallia golpeó el suelo con el pie, impaciente.
—¿Qué importan mis razones? Te digo que lo hagas. ¡Hazlo!
Una vez más, el villicus se sintió agredido por el tono conminatorio
empleado por la joven.
Unos momentos antes había aparecido en la estancia donde él
inspeccionaba las cuentas de la villa, en un estado próximo a la locura, con
los cabellos en desorden y el rostro descompuesto. Incluso llevaba las ropas
desgarradas y con restos de barro. De modo que la primera reacción de
Eleazar fue preguntarle si había sido agredida. Ella le había mirado con una
expresión extraña, antes de declarar:
—Eso es. ¡He sido atacada!
—¿En la propiedad? Pero ¿quién se ha permitido semejante audacia?
—¡Flavia!
El villicus frunció el entrecejo con perplejidad. Conocía bien a la
muchacha y no podía imaginar ni por un instante que un ser de apariencia
tan frágil hubiera podido cometer aquel acto.
—Ama, confieso no comprender... ¿Cómo ha podido levantarte la
mano?
– ¡Me basta con lo que ha hecho! ¡Quiero verla muerta!
El intentó, entonces, apaciguarla. No ya por razones humanitarias —
aunque le hubiera disgustado que una esclava tan hermosa, irreprochable
hasta entonces, muriese por un simple capricho de su ama—, sino porque
sabía que a Carpóforo no le gustaba perder a sus servidores; actitud que, por
otra parte, siempre había frenado los malos humores del sirio.
—Pero yo no tengo ningún poder para condenar a muerte a la
muchacha. Además, desde el emperador Claudio, matar a un esclavo está
considerado un crimen.
—¡No me digas que esa ley se aplica escrupulosamente!
—Es cierto, no faltan las transgresiones. Sin embargo, un esclavo, sea
cual sea, representa cierto valor; sobre todo una esclava de la calidad de
Flavia. Y nuestro amo es muy ahorrativo.
—¡No importa! Gritará, vociferará como de costumbre, pero no pasará
de ahí. Al fin y al cabo, no va a desterrarme por haberle privado de una
cabeza entre los centenares que posee.
—Por desgracia, pareces olvidar que yo no soy el sobrino de
Carpóforo.
—En ese caso, ponte de acuerdo con un lanista
[38].Siempre necesitan carne fresca para la arena.
Pacientemente, Eleazar comenzó a explicarle a la joven que las
víctimas de la arena debían ser condenadas antes por los tribunales
regulares. Ni él ni los lanistas tenían poder sobre los magistrados.
Terminada su exposición, el villicus se dispuso a sufrir una vez más los
rayos de su interlocutora; pero, con gran sorpresa vio que una expresión
artera aparecía en el rostro de Mallia, la cual, muy tranquilamente y en tono
un tanto burlón, replicó:
—Muy reticente me pareces, villicus... ¿Lo estarías igual si te dijera
que la tal Flavia es la amante de tu amigo Calixto?
Al principio, Eleazar se negó a creerlo.
—Imposible. Son hermanos.
—Sí, pero al modo de Filadelfo y Arsinoe
[39] —dijo con sorna—. No son realmente parientes. Calixto recogió a
esa alumna bajo las bóvedas del anfiteatro Flavio.
El intendente permaneció unos instantes en silencio, pero por el fulgor
de sus oscuros ojos, la joven comprendió que el asunto tomaba un giro
favorable. La rivalidad existente entre el tracio y el villicus era demasiado
profunda como para que éste permaneciera insensible al argumento.
—Creo que existe un medio de satisfacerte, ama —dijo por fin.
Ella le interrogó con la mirada.
– Flavia es cristiana.
Mallia abrió los ojos con asombro.
– Pero..., entonces, ¿por qué no la has denunciado a los magistrados?
—Porque no es la única, y un esclavo cristiano ejecutado es, como te
decía, una pérdida financiera para el amo. Tu tío no lo habría tolerado.
—¿Qué piensas hacer?
—Tú, ama, sólo tú puedes poner discretamente a las autoridades al
corriente de ese crimen. En fin de cuentas, se murmura que estás en muy
buenas relaciones con el pretor Fustiano...
Mallia no necesitó reflexionar mucho.
– Tienes razón —aprobó satisfecha—. ¿No son acaso los amos quienes
deben denunciar a los impíos? Ahora, dime, ¿dónde se reúnen esos
cristianos?
22
El deseo de libertad es un poderoso aguijón.
Desde que había asumido sus nuevas funciones, Calixto se había
puesto a trabajar con ardor. El mundo de las finanzas y las operaciones
bancarias le era en gran parte desconocido y cada día descubría un poco
más las sutilezas de aquel nuevo universo.
Sólo el balance de las rentas inmobiliarias de Carpóforo hacía ya
soñar: ¡tres millones ochocientos mil denarios! Cincuenta yugadas de viña
en Italia y sesenta en el archipiélago griego. Almacenes de trigo en Cartago,
en Sicilia y, sobre todo, en Alejandría. En Occidente, prácticamente el
monopolio de la cristalería. Quince navíos consagrados al transporte de
cereales. Y sin embargo, lo esencial de las rentas de su amo procedía del
banco y de las especulaciones financieras. Ricos patricios o miserables
plebeyos, todos recurrían al prefecto pese a que, según la costumbre, el tipo
de interés se fijaba en el cinco o el seis por ciento... ¡mensual! Pero eso no
era todo.
Carpóforo tenía, también, participación en las obras públicas y en las
minas, así como en la recaudación de las aduanas y de los impuestos
directos. A medida que Calixto alineaba columnas de cifras, advertía cuan
cierto era el proverbio que afirmaba que la usura permitía enriquecerse con
mayor rapidez y seguridad que la piratería
[40]
Dejó la pluma junto al doble tintero y verificó una vez más sus
cálculos. Pese al carácter aproximado de su estimación, podía evaluar la
fortuna de su amo en casi cuarenta y tres millones de sestercios, dos tercios
de los cuales procedían del banco. ¡Cifras que hacían soñar! Y sin embargo,
si algún día quería ser libre, el tracio debía procurar que la fortuna
aumentara más aún.
El silbido del reloj de agua le recordó que se hacía tarde. Guardó los
papiros en sus cilindros de cobre y luego los dejó en el hueco de las
hornacinas practicadas en las paredes. Apartando la cortina que cerraba la
estancia, tomó el largo corredor de vacilantes luces y llegó a la puerta de la
entrada principal del almacén, cerrándola cuidadosamente a sus espaldas.
La noche corría sobre el paisaje. Flavia no tardaría en regresar. En
lugar de dirigirse directamente a las cocinas, decidió salir al encuentro de su
compañera. Una vez más, le había confiado que esa noche acudiría a la
domus de la vía Appia para asistir al oficio de los cristianos; y, como
siempre, él había sentido inquietud e irritación.
Mientras avanzaba a través del jardín, pensaba de nuevo en aquella
doctrina que tan profundamente conmovía el alma de sus adeptos. Y todo
por un nazareno ajusticiado en una cruz como un vulgar agitador. Sin
embargo, desde que sabía algo más de aquella religión, debía confesar que
la explicación que los cristianos daban del nacimiento del mundo y de la
vida tenía algo de seductora sencillez: la Creación en siete días, Adán y
Eva, el paraíso, la caída. Había una especie de misteriosa lógica, mucho
menos abstrusa que el mito de la noche engendrando a Fanes, el Ser de Luz,
creador del huevo primordial; un huevo del que habría nacido Eros, que
llevaba en su seno la simiente de los felices inmortales, concebidos con la
Tierra Madre, mientras Fanes, el Primer Nacido, les construía en Sémele un
refugio eterno.
Calixto se detuvo súbitamente. Nunca había puesto en duda aquella
cosmología imprecisa y cambiante. La antigüedad de la tradición, el hecho
de que innumerables personas en numerosos países la consideraran
auténtica, le había bastado. La conversión de la propia Flavia nunca había
turbado sus convicciones. Ciertamente, la misoginia del orfismo era notoria.
Pero tal vez hoy... No, era imposible considerar exacta la doctrina cristiana,
tal vez, paradójicamente, a causa de esa misma sencillez. Y sin embargo...
Por primera vez se preguntó si Zenón y, por lo tanto, él, Calixto, no habían
sido engañados. Se sintió bruscamente conmovido por aquella naciente
duda y cerró con lentitud el puño, como si deseara aplastar los nuevos
pensamientos que nacían en él.
Un desacostumbrado estremecimiento de las ramas le devolvió a la
realidad. Aguzó el oído: alguien caminaba por el jardín; una o varias
personas se desplazaban furtivamente. ¿Bandidos? Desde las guerras de
Marco Aurelio, los ladrones, numerosos ya en el pasado, se habían
convertido en una auténtica plaga. Un soldado llamado Materno los había
agrupado en bandas y, prometiendo la libertad a los esclavos, repetía las
hazañas de Espartaco. En Roma se murmuraba que incluso se había
infiltrado en Italia con sus mejores hombres.
Sin armas, Calixto se sintió incómodo, preocupado ante todo de que
alguien atacara los bienes de su amo. Desde que se habían convertido, hasta
cierto punto, en garantes de su libertad, había decidido declararse su
protector incondicional.
Ahora podía distinguir con bastante claridad las siluetas: dos
hombres... no, tres. Dos hombres que llevaban a otro y jadeaban bajo su
peso. Con el corazón palpitante, se ocultó en la sombra de un pino. Las
siluetas seguían avanzando.
Sólo cuando llegaron a su altura identificó a uno de los personajes.
Una mujer: ¡Emilia! Gritó enseguida el nombre de la sierva, que se
sobresaltó, lanzando un gritito. A su lado, su compañero, que no era otro
que Carvilio, susurró con voz angustiada:
—¡Por el amor del cielo, callaos!
– Pero ¿qué estáis haciendo aquí? —Calixto señaló el cuerpo
inanimado—. ¿Quién es?
Por toda respuesta, el cocinero dejó al hombre en el suelo y lo volvió
boca arriba.
—¡Hipólito!
Emilia se arrodilló junto al joven sacerdote y, delicadamente, le
levantó la cabeza. Entonces, a la blanca luz de la luna, Calixto pudo advertir
la herida sanguinolenta que aparecía en la sien del hijo de Efesio.
—¿Qué ha...?
—Habrías podido golpear con menos fuerza —le reprochó Emilia a
Carvilio.
—No tenía elección —se defendió el anciano.
—No os quedéis los dos ahí plantados. Id a buscar agua —ordenó
secamente la sierva.
Ambos hombres corrieron hacia el Euripe. Al llegar al río, Calixto
comentó con una irónica sonrisa:
—Si has hecho tú el trabajo, soy tu deudor. Imagino que se lo ha
ganado.
—No seas estúpido. El momento es grave. Y, desengáñate, no he
golpeado al infeliz con el corazón alegre.
Calixto desgarró un trozo de su túnica y lo empapó de agua.
—¿Por qué, entonces? —preguntó, invadido por un súbito
presentimiento de desgracia.
—Los vigilantes del prefecto han entrado esta noche en la domus de la
vía Appia.
El cocinero clavó su mirada en la del tracio y precisó con voz sorda:
—Se han llevado a todos los que estaban allí.
Calixto creyó que el suelo se abría bajo sus pies.
– ¿Y...?
– Sí, también a Flavia.
¡No, no podía ser cierto!
De modo que acababa de suceder lo que nunca había dejado de temer.
Apretó los dientes, dividido entre la cólera y el resentimiento.
Resentimiento contra quienes, día tras día, habían arrastrado a la infeliz
hasta el corazón de un universo en el que era posible morir por un dios.
Cólera contra aquel poder romano que, a partir de ahora, tenía derecho
sobre la vida y muerte del único ser que le importaba. Y todo aquello
cuando Carpóforo les ofrecía la oportunidad de ser libres.
—¿Y cómo habéis podido escapar? —preguntó trastornado.
Se dirigían a lentos pasos hacia el herido.
– Emilia y yo llevábamos víveres para los pobres.
Calixto lo relacionó inmediatamente con el incidente del cochinillo
que Eleazar acusaba al cocinero de haber robado: de modo que el villicus
estaba en lo cierto.
—Ayudados por Hipólito, hemos ido a guardarlos en el almacén. Al
regresar, hemos visto llegar a los guardias.
Emilia tomó la tela mojada y cubrió la sien del herido. Este parpadeó,
hizo una mueca y, luego, ayudado por Carvilio, se incorporó lentamente,
lanzando a su alrededor una atónita mirada.
—¿Adonde me habéis traído? —masculló, escrutando el paisaje
transido de noche.
Al distinguir a Calixto, una expresión desconfiada invadió sus rasgos.
—Yo te he golpeado —explicó el cocinero—. Ibas a lanzarte en brazos
de los soldados. No había otro modo de impedirte que cometieras esa
locura.
Hipólito dejó escapar un gemido y se sujetó la cabeza con las manos.
—Se han llevado a mi padre, ¿no es cierto?
—A tu padre y a todos los que asistían a la reunión —precisó Emilia
ahogando un sollozo.
—Hubierais debido dejarme allí. Mi lugar está entre mis hermanos.
—¿También en el centro de la arena? —ironizó Calixto.
Por una vez, Hipólito no aceptó el desafío. Se limitó a asentir con
tristeza:
—Si es necesario.
Exasperado, el tracio lo agarró con fuerza de la túnica y lo puso en pie.
—¡Eso es todo lo que se te ocurre decir! Por tu culpa y la de tu dios,
seres inocentes están condenados a la peor de las muertes, y no encuentras
nada mejor que hacer que lamentarte de no estar a su lado.
—No puedes comprenderlo. Sin embargo, no dudes de que, si tu
pesadumbre por haber perdido a Flavia es inmensa, la pérdida de mi padre
me afecta también a mí.
Carvilio se interpuso entre ambos hombres.
—Vamos, vuestras querellas no pueden beneficiar a quienes están en
peligro. Haríamos mejor en unir nuestras energías para hallar un medio de
ayudarlos.
—Tienes razón —aprobó la sierva—. Además, es más prudente
regresar a la mansión. Todavía pueden descubrirnos.
En el camino de regreso, Calixto revisó incansablemente todos los
elementos del drama. Un detalle le sorprendía más que cualquier otro:
desde que estaba en Roma y se codeaba con muchos hombres y mujeres que
demostraban muy a las claras su pertenencia al cristianismo, nunca había
presenciado realmente represiones contra los cristianos, salvo el trágico
caso de Apolonio. Por Carvilio, Flavia y los demás, tenía conocimiento de
las sangrientas persecuciones que se habían producido en Lugdunum y en
ciertas provincias imperiales, pero esas persecuciones habían sido
esporádicas y locales. Las autoridades sólo se interesaban por el
cristianismo cuando la presión pública las incitaba. Esa era la política del
prefecto del emperador Trajano, que había ordenado no perseguir a los
cristianos, y castigarlos tan sólo si eran descubiertos. En tal caso, ¿qué
había podido motivar la intervención de esa noche?
—¿Qué imprudencia habéis cometido para atraer así los rayos
imperiales? —gritó de pronto.
Acababan de llegar al centro del patio. Hipólito se detuvo y replicó con
recobrada firmeza:
—La única imprudencia ha sido practicar nuestra fe con discreción y
dignidad. No somos como ciertos adoradores de Dioniso, cuyas
desenfrenadas bacanales exigieron en tiempos de los cónsules Marcio y
Postumo una severa represión para preservar el orden y la moral pública
[41].
La alusión no necesitaba comentario.
– ¡No confundas a los bacantes con todos los portadores de tirso
[42]
que infestan la tierra! Orfeo depuró la religión dionisíaca de los
aspectos decadentes y licenciosos a los que pareces referirte. Sus discípulos
son los únicos adoradores auténticos de Dioniso Zagreo. —Mirando al hijo
de Efesio, Calixto recobró el aliento antes de finalizar—. Al menos, nunca
hemos sido acusados de adorar a un asno y beber la sangre de un niño
muerto al nacer.
—¡Ya basta! —ordenó Carvilio—. ¡Ya basta!
—¿Habéis perdido la cabeza? —intervino la sierva, aterrorizada—. Si
queréis destrozaros, hacedlo al menos al abrigo de las comunas y no aquí,
ante los ojos del amo.
El tracio masculló algo entre dientes antes de dirigirse, de mala gana,
hacia las cocinas. Unos instantes más tarde, se hallaban a la vacilante luz
del triple mechero de una lámpara de aceite. Carvilio, Hipólito y Emilia se
colocaron no lejos de los fogones. Calixto, por su parte, comenzó a recorrer
febrilmente la estancia, presa de una incontrolable excitación.
—Debemos encontrar el medio de liberarlos.
—¿Cómo? —suspiró el cocinero.
Hipólito propuso:
—Deberíamos, al menos, intentar ponernos en contacto con ellos.
Procurar reconfortarlos.
Ignorando su intervención, el tracio preguntó:
—¿Quién es el magistrado que se encarga de estos problemas?
—El nuevo prefecto del pretorio: Fustiano Seliano Pudens —
respondió el hijo de Efesio.
Calixto le miró con incredulidad.
—¿Fustiano? ¿Has dicho Fustiano?
—Eso es. En efecto, él se encarga de la justicia civil. Sus guardias han
detenido a nuestros hermanos.
El tracio pareció reflexionar unos instantes antes de murmurar con una
débil sonrisa:
—En ese caso, creo que no todo está perdido...
23
Fustiano seguía siendo el mismo que cuando se había separado de él.
El mismo que, sin duda, sería siempre: cordial, servicial e inclinado a
mezclar la fantasía con un prudente pragmatismo.
Calixto le encontró sentado entre dos campesinos, en uno de los
bancos de piedra situados al pie de la basílica donde el tribunal celebraba
sus sesiones. Sin preocuparse por los pliegues de su toga o su dignidad de
magistrado, y menos aún por los intereses de los abogados que aguardaban
a pocos pasos, piafando de impaciencia, se empeñaba en conciliar a los
litigantes.
—Un mal arreglo siempre es mejor que un buen proceso. Confiad en
mi vieja experiencia. Pensad en los gastos y las innumerables molestias que
os aguardan.
—Señor, la causa de mi cliente es justa —interrumpió uno de los
abogados—. Si quisieras iniciar el asunto, estoy seguro de poder
demostrarlo.
—Tu colega y adversario tiene la misma pretensión —replicó
tranquilamente Fustiano—. ¿Y es necesario perder el precioso tiempo de
varias clepsidras, así como los denarios de esta buena gente, pudiéndose
lograr un acuerdo amistoso?
En otras circunstancias, Calixto, apoyado en una de las columnas de
mármol, habría sonreído ante los esfuerzos de su amigo. Pese a la
discreción de Fustiano, sospechaba que éste debía de hacerse preguntas
sobre él, aunque Calixto le había dejado creer que se encargaba de los
asuntos de su padre, rico propietario tracio. Y cuando el servicio que le
ataba a Carpóforo le obligaba a desaparecer varios días, invocaba entonces
la autoridad de un liberto griego que, según decía, le habían impuesto como
tutor. ¿Cómo reaccionaría Fustiano si llegaba a descubrir que su amigo era,
en realidad, un simple esclavo? En la ciudad, los prejuicios eran muy
fuertes. Un hombre de bien, magistrado por añadidura, no podía ser el
compañero de un esclavo. Esta relación podía desembocar, incluso, en una
prohibición de participar en los ritos órficos, pues los esclavos no tenían
derecho a tomar parte en los oficios religiosos.
—¡Calixto!, me satisface verte. ¿Vienes a pleitear conmigo?
La voz de Fustiano le arrancó de su meditación. Señaló sonriente a los
dos campesinos que se retiraban dándose el brazo y a los abogados que, con
aspecto desolado, confiaban su despecho a los testigos, que se disponían
también a dispersarse.
– Aunque abrigara semejante ambición, tu elocuencia me habría
disuadido. Pero, respóndeme con sinceridad: ¿los procesos romanos son
realmente, como se afirma, una emboscada?
– ¡Tus preguntas me sorprenden siempre! ¿De dónde sales para ignorar
que los romanos de toda clase y condición pasan la mayor parte de su
tiempo juzgando, pleiteando o testificando en algún tribunal?
– Me había fijado ya en esa particularidad, pero, ¿sabes?, para un
provinciano como yo el derecho es una selva oscura y llena de asechanzas,
que es preferible evitar explorarla
[43].
—Lo que prueba que las provincias son la savia viva del Imperio —
suspiró el prefecto—. Ahora, dime, ¿por qué estás aquí? Dudo que sea el
mero placer de verme lo que te ha obligado a abandonar tu misterioso antro.
Calixto fingió no haber oído la última observación y replicó con cierto
malestar:
– Estoy aquí para recurrir a tu clemencia.
Fustiano lo examinó unos instantes como si estuviera convencido de
que su amigo bromeaba, pero, ante su grave expresión, le invitó a seguirle.
Ambos hombres atravesaron la basílica judicial para dirigirse a la
pequeña habitación reservada al prefecto. Como en todas las estancias
romanas, el mobiliario se reducía a su más simple expresión: una mesa con
un gran reloj de arena y, en la pared, casilleros de madera que contenían
cilindros de cobre. Ningún cofre para ropa, aunque sí dos sillones que
permitían tenderse a medias. Calixto y Fustiano se sentaron.
– Te escucho.
– La noche pasada ordenaste detener a un grupo de cristianos que se
reunía en una mansión de la vía Appia.
– Es cierto. ¿Cómo lo has sabido?
– Me..., me interesa una de las esclavas.
Fustiano frunció el entrecejo con expresión maliciosa.
– Ah, caramba. Calixto enamorado... —Pero recuperó enseguida la
seriedad—. ¿Tu amiga es realmente cristiana?
El tracio asintió.
– Malo. Naturalmente, deseo ayudarte. Sin embargo, no puedes ignorar
que únicamente el emperador tiene derecho a otorgar la gracia.
– Pero ¿es indispensable que haya condena? Una muchacha anónima,
unos esclavos y un puñado de gente modesta no amenazan en absoluto la
seguridad del Imperio, ni tampoco la de los ciudadanos.
– Tal vez. Pero la ley es así. Si se reconocen cristianos ante el tribunal,
y es lo que hacen por lo general, me veré obligado a condenarlos.
Calixto movió la cabeza con cansancio.
– ¿Por qué los has detenido? Hace un rato te he visto desplegar una
gran elocuencia para evitar un proceso. ¡Esa gente de la vía Appia no hacía
más daño que tus dos campesinos!
Por primera vez desde el comienzo de la discusión, Fustiano se turbó.
– Me he visto obligado —confesó con voz sorda—. Una persona a la
que no puedo negarle nada me informó de la reunión. Hacer respetar las
leyes es uno de mis deberes.
– Fustiano, debemos intentar encontrar una solución.
Al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras, advertía el terrible
peligro que amenazaba a Flavia y sus amigos. La muchacha, tan frágil, tan
alegre, desaparecería de un modo absurdo. Imaginarla helada, rígida... No,
no lo soportaría. Se apartó como para escapar a aquella visión desgarradora.
A su lado, Fustiano, con la barbilla apoyada en un pulgar, parecía
reflexionar intensamente.
– Creo que hay un medio de salvar a tu amada: el proceso.
– ¿El proceso? Pero ¿no es el proceso, por el contrario, lo que...?
– No. Bastaría con que me las arreglara para no preguntarles si son
cristianos. Y, como prueba de lealtad, exigiré que quemen un bastoncillo de
incienso a los pies de la efigie del Emperador.
—¿Y crees que eso bastará para que los suelten?
Una ligera sonrisa de complicidad apareció en los labios de Fustiano.
– Todo depende de la severidad de quien juzga...
El tribunal del prefecto se hallaba en la curia del foro, el lugar más
animado de Roma. Habitualmente no se debatían allí asuntos criminales,
sino sólo procesos civiles. Sin embargo, la situación jurídica de los
cristianos era tan imprecisa, tan vago el procedimiento, que a veces se hacía
una excepción a la regla.
Aquella mañana, hecho extraordinario, la ruidosa muchedumbre que
invadía a diario la basílica, si bien no estaba ausente, sí era al menos muy
escasa. ¿A quién podía apasionarle, en verdad, el caso de unos cuantos
cristianos considerados por todos la hez de la sociedad, cuando los
tribunales de los prefectos, repletos de ilustres litigantes, ofrecían a los
aficionados a las trapacerías el espectáculo de célebres causas?
Algunos ociosos, más por costumbre que por interés, lanzaban
displicentemente una vaga ojeada a la concurrencia y hacían una mueca
ante la mediocridad del asunto y el carácter, soporífero a menudo, de los
debates, antes de incorporarse en la plaza a aquel murmullo que constituía
la propia esencia de la vida de Roma.
Calixto, de pie a la sombra de una columna, observaba nervioso a los
acusados. Estaban sentados pocos peldaños más abajo que él, alineados en
bancos de madera frente a la pequeña tribuna desde donde presidía el
prefecto.
Fustiano parecía prestar oído atento al alegato del joven abogado
nombrado de oficio para defender al grupo de cristianos, pero Calixto
habría jurado que dormitaba. Este dirigió su atención hacia Flavia, que se
hallaba sentada junto a Efesio. Pese a cierta tensión que podía adivinarse en
su rostro, seguía siendo muy hermosa, y sus cabellos sueltos parecían
desafiar al sol. El tracio tenía el corazón en un puño.
Pese a las confiadas palabras de Fustiano, no conseguía librarse de la
opresión que le habitaba.
«Te amo, Calixto... Y no como una hermana.»
Las palabras pronunciadas por la muchacha volvían a su mente con
una especie de desesperación. ¿Por qué? ¿Por qué no apreciamos el amor de
los seres y las cosas hasta que nos vemos privados de él?
Recordó la reacción de Carpóforo cuando había sido informado del
arresto de sus esclavos.
Aunque le enfureció saber que bajo su techo actuaban camarillas
cristianas, se había apresurado a encargarle a Calixto que hallara una salida
satisfactoria para el caso.
La pérdida de una veintena de servidores le hubiera resultado
intolerable.
Lo más difícil para el tracio fue, conociendo su temperamento,
convencer a Hipólito de que no asistiera al proceso. Realmente, lo último
que necesitaba Fustiano era que una intervención intempestiva le
complicara la tarea. Por otra parte, ya habían rozado varias veces el drama
durante el interrogatorio celebrado momentos antes.
Interrogado en primer lugar, Efesio, como propietario de la domus de
la vía Appia, respondió a la pregunta ritual «¿Eres libre o esclavo?» con un
ostentoso «Soy cristiano.»
Calixto tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no saltar sobre
aquel hombre. ¿Cómo era posible tan suicida inconsciencia? Fustiano,
sorprendido por la respuesta, había fingido no oír y se había apresurado a
aclararle al antiguo intendente de Apolonio que sólo quería saber si era libre
o esclavo. Efesio había agravado la situación replicando:
– Es una pregunta sin sentido. Para los cristianos no hay ni amos ni
esclavos, sólo hermanos en Jesucristo.
Despechado y desconcertado a la vez, Fustiano había hecho, una vez
más, oídos sordos, para hacerle admitir finalmente que, ante la ley, era sobre
todo un liberto. Dirigiéndose luego a Flavia, prosiguió:
– ¿Y tú? ¿Eres libre o esclava?
La respuesta no se había hecho esperar:
– Soy cristiana.
– ¡Por Baco! ¡Esto es una insensatez! —había gritado el prefecto—.
Sólo te pregunto cuál es tu situación legal..., tu situación legal.
Flavia había hecho un gesto evasivo.
– Soy cristiana; me considero, pues, libre pese a ser esclava.
Fustiano había levantado los ojos al cielo y había convocado al
siguiente acusado.
—Te advierto que, si por casualidad contestas tú también con un «soy
cristiano», ordenaré que te den cien vergajazos por ultraje a un magistrado.
¡Y la advertencia vale para todos!
Tras ello, no hubo más incidentes. Los acusados se limitaron a
responder a las preguntas hechas por el prefecto. Calixto, por su parte, a
medida que el proceso iba desarrollándose, se decía que era absurdo querer
salvar a la gente a su pesar. Muchos de ellos habían bajado la cabeza y
podía ver cómo movían los labios. Sin duda, oraban a su dios.
Todo el interés del tracio se dirigió de nuevo hacia Fustiano. Al
principio, no comprendió el objetivo que pretendía alcanzar ni la estrategia
empleada. Pero, progresivamente, su habilidad le fascinó.
En efecto, el joven prefecto había decidido emplear la astucia. En
primer lugar, estableció las causas de la reunión nocturna. Al saber que
aquellas ceremonias se limitaban a un simple reparto de pan y vino,
preguntó qué había de real en las acusaciones de infanticidio y crimen
ritual.
Tras el indignado desmentido de los esclavos, pareció consultar sus
tablillas para reconocer en tono docto: «Ciertamente, no me han informado
de ninguna desaparición de niños, sean ingenuos o esclavos.» Adoptando la
severa expresión del censor, los había acusado entonces de ateísmo. La
reacción de los acusados fue más espectacular todavía. Efesio la expresó en
unas lapidarias palabras:
—¿Nos tomas acaso por filósofos epicúreos? ¡Adoramos a Dios, al
Unico! ¡No somos ateos!
—Perfecto —aprobó el prefecto—. Pero se murmura también que no
aceptáis la legitimidad del Emperador y que no hacéis distinción alguna
entre romanos y bárbaros.
—Señor prefecto —protestó Efesio, que actuaba de portavoz—, eso
son calumnias. Respetamos profundamente la función imperial y a la propia
persona del César. Toda la enseñanza de nuestro maestro lo ordena. Por lo
que respecta a la acusación de incivismo o traición, te recuerdo que hay
legiones enteras formadas por cristianos. Sólo citaré como ejemplo la
famosa Fulminata, que con sus oraciones salvó de la sed al emperador
Marco Aurelio y a su ejército durante la guerra contra los cuados
[44]. La única verdad es que los hombres, criaturas de Dios, son iguales
ante el Señor. Y que si un parto o un germano se convierte a la Fe, es
nuestro hermano al igual que un romano o un griego.
Fustiano había escuchado pacientemente la parrafada del antiguo
intendente. En cuanto éste se sentó de nuevo, declaró:
—Deseo creer en vuestra devoción a César, pero tendréis que probarla.
Y señalando una estatua de mármol que representaba a Cómodo,
ordenó:
– Quemad un bastoncillo de incienso ante esa estatua. Aquellos de
vosotros que lo hagan serán liberados inmediatamente.
Un murmullo de sorpresa corrió por los bancos. Nadie esperaba tanta
tolerancia. Calixto había exhalado un suspiro de alivio al ver que su amigo
levantaba discretamente el pulgar diestro, signo que indicaba, en el
anfiteatro, que se había decidido conceder la gracia al supliciado. Sin
embargo, algo le decía que no todo estaba todavía resuelto. Dirigió su
atención hacia el grupo de esclavos. No se decidían a abandonar los bancos.
Aunque la mayoría de los rostros revelaban resignación, algunos mantenían
una actitud sorprendentemente firme.
—¿Y bien? —exclamó Fustiano en visible impaciencia.
Calixto creyó oír una voz que decía: «No tenemos elección», seguida
inmediatamente de la de Efesio: «Sería renegar, un sacrilegio.»
Fustiano se irguió bruscamente, con un aspecto glacial que el tracio
nunca le había visto.
– ¡La muerte no aguarda!
Tras una última vacilación, los acusados se levantaron y se dirigieron
lentamente hacia la estatua.
—¡No lo hagáis! —imploró Efesio.
Pero ya no le escuchaban. Uno tras otro, los hombres y las mujeres
desfilaron ante la efigie de Cómodo y cada uno de ellos quemó incienso en
las cazoletas previstas a este efecto. El prefecto inscribió el nombre de los
esclavos en una tablilla de cera, antes de despedirlos declarando en un tono
de nuevo sereno:
—Ve, eres libre.
Pronto quedaron tan sólo Flavia y Efesio. El antiguo intendente
mantenía un aspecto impasible y triste a la vez. La muchacha, por el
contrario, estaba más pálida, y juntaba y separaba los dedos con
nerviosismo. Fustiano se inclinó hacia ellos y los invitó a realizar el gesto
que podía salvarlos.
—Lo siento, señor prefecto, lo que me pides es imposible.
—¡Imposible! ¿Por qué? ¿No has dicho hace un momento que
reconocías a Cómodo como legítimo emperador?
—Es cierto. Pero no puedo rendirle el homenaje que ordenas.
Fustiano alzó los brazos al cielo con extremado cansancio.
Efesio proseguía:
—El incienso está reservado para los dioses. Lo sabes muy bien. Y hay
un solo Dios que reina en el mundo. Lo que nos exiges es una apostasía.
—Pero ¿acaso has perdido la cabeza? Tus compañeros lo han hecho
sin dificultad alguna.
—No me corresponde juzgar su conducta. De todos modos, no influirá
en la mía.
– ¡Es la primera vez que intento razonar con una mula! ¿Y tú,
muchacha, compartes su opinión?
Hubo un largo silencio, y luego:
– Sí, prefecto. Sin embargo, te agradezco que...
No tuvo tiempo de concluir la frase; el grito de Calixto corrió como un
torrente bajo la bóveda de la basílica, un grito desesperado, casi implorante:
– ¡No, Flavia! ¡No!
La joven levantó su rostro infantil hacia él y meneó la cabeza. Y
Fustiano comprendió enseguida que su amigo había intercedido por ella. Se
frotó el mentón con gesto nervioso.
– Sin duda sabéis que vuestra negativa os condena a muerte.
– Haz lo que consideres tu deber —replicó Efesio con terrorífica
calma.
– ¿No tengo esperanza alguna de convencerte, muchacha?
– Si traicionara mi fe sería, de todos modos, la muerte de mi alma. No
lo intentes, señor.
El joven prefecto suspiró, vencido por tanta determinación.
– Tendré entonces que emplear otros medios para haceros cambiar de
opinión. Y, por Baco, no me gusta.
– Nunca conseguirás alterar nuestras convicciones —insistió Efesio.
– En tu lugar, yo no estaría tan seguro como tú —ironizó el
magistrado.
Ante la velada mirada de Calixto, Fustiano tendió con mano
temblorosa una copa a uno de los esclavos, que se apresuró a llenarla de un
espeso cécubo
[45].
La pesada sombra de los lictores
[46] y ujieres se alargaba extrañamente a la vacilante luz de los
hacheros de bronce colgados en las húmedas paredes, que hedían a moho y
salitre.
Al ver la siniestra panoplia de hierros, tenazas y caballetes,
indispensables auxiliares de la justicia, Calixto notó en la boca el sabor de
la bilis.
—Fustiano —dijo con voz tensa—, ¿no irán a...?
El prefecto le interrumpió con un gesto que quería ser tranquilizador.
—No tenemos elección. Pero, no temas, puedo asegurarte que tus
amigos cederán enseguida. Lictores —prosiguió—, haced entrar a los
acusados.
Una pesada puerta de bronce cobrizo se entreabrió para dar paso a
Flavia y Efesio. La joven tenía apagada la mirada, pálidas las mejillas.
Avanzaba como en sueños y no parecía advertir la presencia de Calixto. Por
su parte, el rostro de Efesio, tan vacío de expresión habitualmente, reflejaba
serenidad y determinación.
Calixto, siguiendo un impulso espontáneo, tendió la mano hacia la
muchacha y sus dedos rozaron la dorada cabellera.
—Flavia, te lo vuelvo a suplicar, obedece al prefecto. Hazlo por mí.
Ella se volvió lentamente y dijo con cierta melancolía:
—Lo hago por ti. Para que tu corazón se abra a la luz y vivas por fin la
Verdadera Vida.
—¡Comenzad por el hombre! —ordenó Fustiano—. Y que se haga
justicia.
El anciano villicus de Apolonio fue despojado al instante de sus ropas
y encadenado con los brazos en alto a uno de los muros, frente a los ujieres.
El prefecto le preguntó una vez más si aceptaba quemar incienso ante
la estatua del Emperador. Por toda respuesta, Efesio negó con la cabeza
firmemente. Fustiano hizo una señal. Uno de los lictores tomó el haz de
vergas que envolvía su hacha y comenzó a azotar implacablemente el
desnudo cuerpo del villicus.
—Y pensar que algunos estarían dispuestos a pagar por ver este
espectáculo en un anfiteatro —comentó el magistrado con cierta amargura.
El tracio, con los ojos fijos en el intendente, no pudo responder nada.
Cada vez que se abría una herida en su piel, el hombre se agitaba y sus
dedos se doblaban para formar un puño cerrado sobre un invisible hilo. El
espíritu de Calixto rememoró una escena prácticamente idéntica que había
tenido lugar, unos años antes, en la propiedad de Carpóforo: había sido él,
Calixto, quien ocupara entonces la plaza del supliciado, y el lictor de
servicio se llamaba Diomedes.
– ¡Más fuerte! —ordenó Fustiano.
Sin embargo, se notaba que aquella orden no había sido inspirada por
ningún sentimiento de crueldad, sino por el deseo de obtener lo antes
posible la rendición del hombre.
Finos hilillos de sangre corrían en difusos regueros por el pecho de
Efesio mientras, bajo la violencia de los golpes, comenzaban a desprenderse
jirones de carne.
Unas lágrimas resbalaron por la mejillas de Flavia. Inclinó la cabeza y
sus labios se movieron sin emitir palabra alguna. Al observarla, Fustiano se
dijo que sin duda debía de orar a su dios, y sintió muy a su pesar cierta
admiración.
– Por Marte —susurró inclinándose hacia Calixto—, ¿por qué no
compraste a esta infeliz? Desde que la he visto he comprendido enseguida
que ella era el objeto de tu petición. La propia Venus estaría celosa de su
belleza.
Calixto eludió el comentario del magistrado.
– Fustiano, creo que debes poner fin al suplicio de este hombre. No
tiene ya edad para soportar semejante sufrimiento.
El prefecto miró al villicus. Su cabeza se movía de derecha a izquierda,
sus puños se habían entreabierto, sus piernas se doblaban y el peso de su
cuerpo sólo estaba ya sostenido por los grilletes de la cadena, que
magullaban la carne de sus muñecas.
—Unos instantes más... Si cede, tu amiga seguirá su ejemplo.
El lictor sudaba copiosamente. Grandes aureolas manchaban su túnica.
Aumentó la fuerza de los golpes, irritado al comprobar el poco
resultado que el tratamiento producía en la víctima. Concentró entonces sus
golpes en el sexo del villicus, hasta que los filamentos de carne y los
ensangrentados mechones del vello púbico formaron sólo un infame
magma. ¡Y ni una queja!
—Ha perdido el conocimiento —anunció bruscamente el prefecto.
En efecto, la ensangrentada silueta colgaba de un modo lamentable,
con la barbilla apoyada en el pecho.
—¡Pronto, dadle de beber!
Se apresuraron. Rociaron los miembros y el rostro del infeliz.
Palmearon sus mejillas. Uno de los ujieres pegó la oreja al descarnado
tórax.
—¿Y bien? —se impacientó el magistrado.
—Ha..., ha muerto, señor...
—¡Inútiles! ¡Sois unos inútiles!
—Pero —balbuceó el responsable del drama— un lictor no es un
verdugo de oficio y...
—¡Silencio! ¡Lleváoslo! —ordenó Fustiano. Furioso, se volvió hacia
Flavia—. Este ejemplo debiera bastarte. Vamos, pongamos fin a este horror
y rinde homenaje a César. Te lo advierto: si te niegas de nuevo, recibirás un
castigo más implacable todavía.
Flavia levantó la cabeza y clavó sus grandes ojos húmedos en los del
prefecto. Tranquilamente, comenzó a desnudarse.
—No —imploró Calixto—. Te lo suplico por tu Dios, haz lo que te
dice.
Sin romper su silencio, la muchacha tendió al lictor sus muñecas.
Esta vez, Fustiano se sintió realmente desarmado.
—¡Por Plutón y Perséfone! —aulló—. ¿No ves que eliges la muerte,
pequeña insensata? Y la peor de todas. ¡Mira lo que queda de tu
compañero! ¿Es eso lo que quieres?
—El dijo: Quien intente conservar su vida la perderá. Efesio nunca
estuvo tan vivo.
Aquella certidumbre expresada con tanto dominio dejó pasmados a los
testigos.
Entonces, señalando con el dedo a uno de los lictores, Fustiano dijo:
—Es tuya. —Y añadió enseguida, casi a media voz—: No la estropees
demasiado.
A Calixto le pareció que el suelo se abría bajo sus pies. Se abalanzó
hacia su amigo y le apretó el brazo, suplicando:
—Piedad Fustiano, piedad para ella. No está en sus cabales. Te lo
ruego, suéltala. Piedad...
Las últimas palabras se ahogaron en un sollozo. Intentó acercarse a
Flavia, pero el prefecto detuvo en seco su impulso.
—Déjala. Ya no puedes hacer nada por ella.
—Fustiano... Piedad...
Con inesperada rudeza, el magistrado tiró del tracio y lo arrastró hacia
un rincón retirado.
—Escúchame: te repito que ya no puedes hacer nada por ella. Y yo
tampoco. He ido tan lejos como puede ir un prefecto íntegro. Si la liberara,
los ujieres aquí presentes darían inmediato testimonio de mi actitud. Mi
puesto, mi carrera, mi vida estarían en peligro. ¿Lo comprendes? Va a
ceder. Debe ceder. Es su última oportunidad de salvación.
Calixto miró a su amigo con expresión desesperada y, tras unos breves
instantes, masculló:
—De acuerdo, cumple con tu deber... Y que los dioses nos perdonen.
Se abalanzó hacia la puerta de bronce y corrió por el inmenso corredor
salpicado de hacheros.
Permanecía allí, encogido al pie de los peldaños como un animal
acosado.
Con la cabeza entre las manos, le llegaban, como una intermitente
pesadilla, las voces de lictores y ujieres, el ruido de los objetos, los gemidos
de Flavia entremezclados con las conminaciones de Fustiano.
—Pero ¿no ves que sólo queremos tu bien? ¿Qué significa un
bastoncillo de incienso a cambio de una vida?
—Te agradezco tu bondad, prefecto. No sientas remordimientos.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué?
—Por mi alma y la de mis hermanos.
Un silencio, y luego:
—¡Lictores, utilizad las tenazas!
De nuevo el eco helado del metal chocando y, de pronto, un aullido
inhumano seguido de un lamento desgarrador y el balbuceo de unas
palabras:
—Señor, perdónales.
—¿Estás loca? ¿Dónde está ese señor al que invocas? ¿En el cadáver
de tu compañero? ¿En la sangre que pierdes y que mancha el suelo? ¿En tus
uñas arrancadas?
—Rezo por ti, prefecto.
– Peor para ti... ¡Aceite hirviendo y sal en sus heridas!
Un grito terrible desgarró la bóveda de piedra.
Entonces, sin fuerzas ya, Calixto se puso las manos en las sienes y
subió por la escalera que conducía al aire libre.
Más derrumbado que acodado en el mostrador del thermopolium,
Fustiano le sirvió a su amigo una cuarta copa de másico.
—Nunca había visto semejante tozudez. Nunca. Es casi terrorífico.
Mientras el verdugo se afanaba en sus abiertas heridas, seguía encontrando
fuerzas para dirigirse a su dios.
—Y tú, a quien yo había implorado que la salvaras, la destruyes, la
destrozas y finalmente acabas condenándola a las fieras. Qué ironía...
Fustiano repuso, con sincero cansancio:
—Ya te he explicado mi situación. Pero, sobornando a uno de los
carceleros, debe de ser posible hacerle llegar cicuta.
—Te hablo de salvarla y tú respondes: ¡Muerte!
—¿Prefieres que sea pasto de tigres y leopardos?
—Si consideras la posibilidad de corrupción para hacerla perecer,
imagino que debe de ser posible utilizarla para que pueda evadirse.
—¿Te das cuenta de lo que me pides?
– Perfectamente. Una ilegalidad para salvar una vida con la que una
absurda legalidad quiere acabar.
—Aun admitiendo que intentásemos semejante locura, nuestra acción
estaría condenada al fracaso.
—¿Por qué?
—A estas horas, sin duda tu amiga va ya camino del anfiteatro Flavio.
Para sacarla de allí no necesitaríamos la complicidad de un carcelero, sino
la de los guardias, los domadores, los cocheros y los gladiadores. Al final,
tanta gente estaría al corriente de nuestro proyecto que llegaría enseguida a
oídos de los vigilantes y yo acabaría ocupando el lugar de tu amada en la
arena. No, créeme, podemos hacer algo mejor.
Calixto le lanzó una mirada interrogativa.
– Solicitar la gracia imperial. Ahora Cómodo es el único que puede
salvar a tu amiga.
—Estás diciendo insensateces. ¿Por qué oscuras razones aceptaría un
emperador interceder en favor de una esclava?
—Alguien podría convencerle.
– ¿Tú?
– No, no tengo bastante poder; pero no es ése el caso de la favorita, de
Marcia.
Calixto creyó haber oído mal.
– Me han dicho que la Amazona ha intervenido varias veces en favor
de condenados; cristianos, sobre todo.
– ¿Marcia? ¿Estás seguro?
– Absolutamente. Además, se dice que también ella es cristiana.
Calixto miró fijamente su copa de vino con una expresión del todo
nueva.
La voz de la concubina del Emperador volvía a su memoria.
«El odio es una palabra que debemos rechazar. Sólo cuentan la
tolerancia y el perdón.»
24
El alba enrojecía el cielo sobre las colinas mientras los últimos fieles
salían de la villa Vectiliana. Se dispersaron rápidamente en grupitos,
iluminándose con antorchas y lámparas griegas a lo largo de las callejas
oscuras y tortuosas de la ciudad dueña del mundo.
La puerta de la elegante domus permanecía abierta de par, mostrando
el atrio donde una pareja se demoraba. El hombre se había echado sobre los
hombros una clámide oscura que cubría su dalmática blanca. La mujer, tras
haberse arreglado el chal sobre sus cabellos negros como el azabache, se
inclinó hacia el estanque del impluvio y mojó en él los dedos, haciéndolos
luego correr a lo largo de sus ojos.
—¿No te encuentras bien? —preguntó su compañero, sorprendido.
Marcia se volvió con una sonrisa de excusa.
– No es nada, Jacinto. Pero hay tanto contraste entre el frescor que
reina aquí, en nuestras reuniones, y el clima de la Domus Augustana que a
veces, como ahora, siento deseos de no regresar.
El sacerdote aprobó con la cabeza y tomó la mano de la joven con
gesto afectuoso.
Desde que, gracias a su influencia, había obtenido un modesto empleo
en la casa de César, el sacerdote comprendía mejor a su amiga. Pese al lujo
y las delicias que reinaban en el Palatino, no era menos cierto que, en aquel
ambiente donde predominaba la intriga y los valores se extraviaban, el lugar
hacía pensar en una antecámara del Estigia.
– Valor —murmuró Jacinto.
– Valor lo tengo y seguiré teniéndolo. Lo que más me falta es algo de
serenidad y de pureza.
Abandonaron a su vez la domus sin molestarse en coger un candil.
Ambos conocían perfectamente todos los recodos del camino que llevaba al
Palatino. Además, los primeros fulgores del día invadían ya el paisaje.
—Marcia, ¿acaso...?
Presintiendo la pregunta, la joven respondió:
– No, Jacinto, el Emperador sigue sin mostrar ninguna disposición a
convertirse.
– No debes abandonar. Inténtalo, vuelve a intentarlo. ¡Sería tan
importante para nosotros!
– Y, sobre todo, para él. Pero realmente es esperar lo inaccesible.
– Nuestro obispo me ha encargado que te diga que, si pudiera ilustrar a
Cómodo sobre nuestra religión a fin de ofrecerle garantías, estaría
evidentemente dispuesto a hacerlo.
Marcia negó con la cabeza.
– De nada serviría. El escollo no está en su ignorancia de nuestras
ideas.
– ¿Entonces?
La favorita del Príncipe lanzó una ojeada circular. La única animación
visible se limitaba a un carro uncido a un par de bueyes que regresaba al
campo por la vía Appia. Aguardó a que el ruido de las ruedas de madera
hubiera disminuido para responder en voz baja.
– Cómodo vive sumido en el miedo. Tengo la certidumbre de que, para
él, orgías y desenfrenos son tan sólo un medio de aturdirse, de olvidar la
angustia que le atenaza permanentemente.
– Ya veo. Pero ¿cómo te explicas esa actitud?
– Se siente solo y odiado. Sabe que todos le comparan con su difunto
padre y que nadie encuentra en él las cualidades que tenía Marco Aurelio. Y
a éste le reprochan abiertamente que legara la púrpura a Cómodo.
Jacinto hizo un gesto evasivo y suspiró.
– Yo mismo confieso que nunca he comprendido la actitud de Marco
Aurelio. Hasta hoy, los Césares, abstrayéndose de sus sentimientos
paternales, tuvieron la innata prudencia de elegir un sucesor. Mediante este
acto, liberaban los destinos del Imperio de los caprichos del azar. ¿Por qué
razón aquel a quien considerábamos, merecidamente, uno de nuestros más
brillantes emperadores, creyó oportuno romper la cadena y devolver su
derecho a la naturaleza?
– Es probable que no lo sepamos nunca. De todos modos, todo eso
contribuye a aumentar en Cómodo el desequilibrio que siempre ha
dormitado en su interior, a lo que se añade desde hace algún tiempo el
temor a ser asesinado como muchos de sus predecesores.
– ¡Vamos! Paradójicamente, el pueblo le adora. ¿Y por qué un hombre
que arriesga de buena gana su vida en la arena iba a tener miedo de la
muerte?
– Es cierto; hay ahí algo realmente contradictorio. Sin embargo esta
contradicción es el propio símbolo de su vida: detestado por el Senado y
amado por el pueblo. Aunque no quiera reconocerlo abiertamente, es
consciente de haber heredado un poder desmesurado que no tiene capacidad
para asumir. Lo que explica por qué deja gobernar a sus consejeros y sólo
interviene con caprichos y accesos de cólera. En el fondo, el joven César
teme que la púrpura en la que ha nacido le ahogue algún día.
El imponente frontón de la Domus Augustana se recortaba ya contra el
cielo grisáceo. Jacinto se decidió entonces a abordar su última
preocupación.
– Marcia, me temo que deberás intervenir de nuevo en favor de
nuestros hermanos de Cartago.
Ella le interrogó con la mirada.
– Sí, las cosas van muy mal allí. Por presiones de la población, el
nuevo procónsul de Africa condenó al cautiverio a un grupo de notables que
adoptaron la fe. Entre ellos, su joven abogado, un tal Tertuliano.
– Ya veo. Eso se une, pues, al drama que viven los colonos de Saltus
Burunatinus. También ellos me han informado de que los procuradores los
tiranizan violando por completo la ley. —Hizo una pausa y añadió—:
Intentaré defender las dos causas al mismo tiempo. Tal vez resulte menos
comprometedor.
Habían llegado al pie de la escalera de palacio. Marcia concluyó con
gravedad:
– Puedes imaginar fácilmente las concesiones y subterfugios que
deberé utilizar para obtener esas gracias...
Jacinto no respondió. Lo sabía. Marcia era, sin duda alguna, una de las
pocas cristianas cuya conducta no se adecuaba al «ideal evangélico».
– Nunca lo he eludido, pero a veces me pregunto cómo seré juzgada
por el tribunal de Dios. Los hombres, por su parte, me condenaron hace ya
tiempo.
Mientras pronunciaba estas últimas palabras, una imagen volvió a su
recuerdo: la del esclavo que conoció en casa de Carpóforo. Extrañamente,
junto a aquel hombre había olvidado por un instante lo absurdo de lo
cotidiano. «Eres lo que eres...»
Ciertamente, ella habría podido contestar: «Ante todo, cristiana...»
El no había criticado a la mujer; pero, de haberlo sabido, ¿no habría
sentenciado a la adepta de Cristo?
Cómodo, desnudo y tendido de espaldas, se abandonaba con
voluptuosidad a los masajes de su joven esclavo y entrenador, Narciso.
Este, con las mejillas oscurecidas por una espesa barba y la nariz
aplastada —secuela de una sesión de entrenamiento demasiado intensa—,
aparentaba más de los veinte años que tenía.
La entornada puerta daba a la sucesión de pórticos de la palestra,
donde el sol matinal, reflejándose en el gran rectángulo de arena clara,
parecía un lago de fulgurante blancura.
Una intensa ráfaga de viento hizo estremecer el cuerpo juvenil del
Emperador.
– ¿Eres tú, Marcia?
– Sí, César.
La joven se dirigió lentamente hacia Cómodo, aliviada en su interior al
comprobar que parecía tranquilo a pesar de su retraso.
El príncipe de Roma era sin duda el personaje más impaciente del
Imperio. El menor contratiempo en el cumplimiento de sus deseos
provocaba en él cóleras temibles. Pero tal vez aquella mañana César se
hubiera recreado en el lecho de alguna criatura. Marcia así lo esperaba.
Desde la muerte de Perennis, todo lo que podía separarla de su amante era
recibido con secreto alivio.
Cómodo se volvió para ofrecer su musculosa espalda a la unción de
Narciso.
– Bueno, Amazona mía, ¿estás dispuesta a afrontar los ejercicios de
hoy?
– Naturalmente, César. ¿Y tú? ¿No estás demasiado cansado esta
mañana?
Aunque apenas perceptible, la ironía que se percibía tras aquella
pregunta no escapó al Emperador. Este levantó la cabeza y contempló a su
concubina, que acababa de quitarse la capa griega.
– ¿A qué esperas para desnudarte por completo? —preguntó Cómodo.
Si el atletismo romano —directamente inspirado en la gimnasia griega
— no se hubiera practicado en total desnudez, la sugerencia habría podido
hacer pensar que el Emperador tenía otras intenciones.
– Espero a que Narciso haya terminado —sonrió la joven.
– Ya está —repuso el entrenador—. Nuestro César está listo.
Cómodo se incorporó entonces, con el cuerpo brillante de aceite, e
invitó a Marcia a sustituirle. Ella lo hizo mientras Cómodo se dirigía a la
arena de la palestra e iniciaba unos ejercicios de calentamiento.
Era una de aquellas maravillosas mañanas de estío que sólo Italia
podía ofrecer al mundo. El cielo era de un azul duro, absolutamente
desprovisto de nubes. Apenas el rápido vuelo de algunos pájaros lanzaba
una sombra fugaz sobre el rubio cuadrado de la palestra.
Marcia, completamente desnuda ahora, se abandonaba al masaje de
Narciso. Las palmas cálidas y suaves de éste corrían por su espalda,
relajaban sus muslos, resbalaban por sus caderas, despertaban en la joven
una casi perfecta sensación de bienestar.
Más allá, lejos, Cómodo evolucionaba bajo el fulgor del sol. Sus
gestos ágiles y precisos, su cuerpo de armoniosas formas, justificaban en
cierto modo ante el pueblo su «acceso a la divinidad». Mientras que, desde
los reyes helenistas, la costumbre exigía que al erigir las estatuas de los
príncipes se colocara su cabeza sobre un cuerpo de atleta anónimo,
Cómodo, al contrario que sus predecesores, había posado personalmente
para la tradicional estatua desnuda del soberano, lo que había contribuido a
que el príncipe se acercara al populacho. Asimismo, se notaba que Cómodo
habría abandonado de buen grado las alturas olímpicas donde se habían
complacido sus padres para combatir en la arena como un simple gladiador.
El César interrumpió bruscamente sus movimientos y se volvió hacia
Marcia.
– Me observas de un modo raro. ¿En qué piensas?
—Pienso que eres hermoso —murmuró la muchacha, considerando
entonces la oportunidad de abordar la cuestión de los condenados de
Cartago. Pero no; se imponía la prudencia. Al Emperador le repugnaba que
le hablaran de cosas serias durante sus entrenamientos.
Cómodo soltó una risita fatua.
– Es cierto, César, eres realmente el más apuesto de los emperadores
desde Alejandro.
El cumplido venía, esta vez, del chambelán Eclecto.
Nadie le había oído entrar en la palestra. Aparte de Jacinto, Eclecto era
el único cristiano oficialmente admitido en la Domus Augustana.
Era también el único amigo verdadero que Marcia tenía entre los altos
dignatarios augustanos. A fuerza de paciencia, la muchacha había logrado
imponerlo para el puesto de alta confianza que ocupaba en la actualidad.
Cómodo replicó, irritado:
– ¡He dicho que no quería ser molestado!
– César, cuando sepas la razón que me ha llevado a desobedecerte, me
aprobarás.
Aunque de origen egipcio, Eclecto era mucho más romano que los
quirites de la ciudad. Vestido siempre con una toga inmaculada —incluso
durante los más fuertes calores—, mantenía en cualquier circunstancia un
porte grave y digno. Cómodo veía en él algunas de las actitudes de Marco
Aurelio, cosa que le impresionaba a su pesar.
– Te escucho.
– Materno.
El Emperador dominó un respingo. El nombre de aquel jefe de banda,
soldado desertor, se había hecho en pocos meses tan célebre como el de
Espartaco.
– ¡Materno! ¡De nuevo Materno! ¡Siempre Materno! ¿Qué golpe ha
asestado ahora? Pues imagino que no estás aquí para anunciarme su
captura.
– Lamentablemente, César, así es. Los espías acaban de informarnos
que, desde ayer, se encuentra en la capital acompañado de algunos de sus
cómplices. Tienen la intención de mezclarse con tu escolta, vistiendo la
coraza pretoriana, y raptarte durante la fiesta de Cibeles y Atis.
Cómodo, Narciso y Marcia lanzaron, al unísono, una exclamación ante
la increíble audacia del proyecto.
– Consecuentemente, César —prosiguió el chambelán—, la prudencia
te obliga a abandonar la idea de asistir a esas festividades.
El príncipe de Roma parpadeó.
– ¿Cómo? ¿El Emperador, el Gran Pontífice, ausente de las
ceremonias? Imposible. Cibeles nunca me lo perdonaría.
– Pero el peligro...
– ¿El peligro? ¿Retrocedería el Hercúleo ante el peligro? ¡Calla,
cristiano! Lo que dices es impío.
Eclecto lanzó una mirada hacia Marcia, que le hizo con la cabeza una
señal apaciguadora.
– Se respetará tu deseo —suspiró Eclecto—. Sabe, sin embargo, que
no pienso esperar con los brazos cruzados a que esos miserables actúen. He
dado orden de que los busquen y los detengan. Esperemos que lo hagan a
tiempo.
– Isis no puede abandonarnos —afirmó Cómodo.
Y se apartó, dando a entender que la entrevista había terminado.
Eclecto se inclinó, hizo un gesto como para retirarse y se aproximó
discretamente a Marcia. La muchacha se había levantado, echándose
maquinalmente la clámide sobre los hombros. La nobleza que se desprendía
del chambelán provocaba siempre en ella un inexplicable pudor.
– Te saludo —dijo el hombre con sonrisa algo forzada— y me siento
feliz al comprobar que te encuentras bien. Estás más hermosa y
resplandeciente que nunca.
Daba ahora por completo la espalda a Narciso y a Cómodo. Mientras
hablaba, extrajo de entre los pliegues de su toga un pequeño rollo de papiro
y se lo tendió furtivamente a la muchacha.
– Te lo agradezco, Eclecto —dijo la favorita haciendo desaparecer
enseguida el pergamino—. Tus cumplidos me son preciosos, pues sé que, a
diferencia de los habituales arrumacos del cortesano, tú eres sincero.
Instantes después el chambelán se había retirado.
—¡Por Marte! —exclamó Cómodo colérico—. Ese perro de Materno
está realmente pasándose de la raya.
– Piensa, señor —declaró Narciso—, que esta vez tenemos todas las
oportunidades de cogerle. Al aventurarse por la ciudad, ese bandido se
arroja personalmente en la red.
Marcia se había apartado.
Sin que ambos hombres la vieran, protegida por una columna,
desenrolló apresuradamente el mensaje que el egipcio acababa de
entregarle. Era breve: «Tengo que verte. Decide el día y el lugar. De ello
depende la vida de alguien.»
Lo firmaba Calixto.
El fuerte calor del día había pasado ya, pero no era hora todavía de
salir de los baños.
Los jardines de Agripa estaban casi desiertos, adormecidos por la
dulce calidez de la tarde. Dentro de poco las familias, los enamorados y los
grupos de impenitentes charlatanes que se tomaban por filósofos, así como
las legiones de ociosos que pululaban por Roma, todos transformarían el
apacible lugar en una insoportable leonera.
De momento, entre los pinos y los matorrales sólo se distinguían las
escasas togas de los sabios deseosos de gozar, en solitario, de los encantos
de aquel magnífico jardín que Augusto había legado a sus conciudadanos.
Una pareja paseaba por las orillas de uno de los estanques, bordeando
a paso lento los ligeros estremecimientos que rizaban la superficie
cristalina.
La mujer iba cubierta con una estola de color azafrán que le llegaba a
los tobillos, mientras que sus hombros y su cabeza quedaban protegidos por
un chal púrpura.
Por lo que al hombre se refiere, llevaba un sencillo vestido de lana
marrón, semejante al de los libertos y la gente de condición modesta.
—Temo comprenderte. ¿No hay, pues, posibilidad alguna de salvar a
Flavia?
Marcia hizo un gran esfuerzo para no bajar la mirada.
—No es eso lo que he querido decir. Pero no tengo tanta influencia
como afirman los rumores. —Ante la expresión decepcionada de Calixto, se
apresuró a añadir—: Ya lo sé, ya lo sé. Tras la muerte de Brutia Crispina no
dejan de afirmar que soy la nueva Augusta. Sin embargo, sigo siendo ante
todo la hija de un liberto de Marco Aurelio. Y si lo olvidara, nuestro César
se encargaría muy pronto de recordármelo.
Aquella inesperada confesión de la primera dama del Imperio
sorprendió a Calixto y le conmovió al mismo tiempo. La oscuridad de sus
orígenes tendía, en cierto modo, un puente sobre el abismo que los
separaba. Tal vez fuera precisamente aquel pasado lo que la había
impulsado a aceptar entrevistarse con él, un simple esclavo. Más aún que en
su primer encuentro, admiró su belleza. Parecía mucho más esbelta que la
mayoría de las romanas, las cuales, sin embargo, utilizaban altos coturnos
para compensar su aspecto rechoncho. Al igual que su delgadez, sus
mejillas casi hundidas contrastaban con la silueta de aquellas patricias
deformadas por su panza. Y estaba también su tez curtida por los combates
que libraba bajo la cruda luz de la arena.
—Te prometo hacer lo que esté en mi mano para conseguir la gracia
para esa muchacha.
—Te creo —dijo Calixto instintivamente.
Y sin embargo, algo indefinido le insinuaba que en la seguridad de
Marcia se infiltraba, de todos modos, cierta incertidumbre.
Como si ella hubiera leído sus pensamientos, creyó necesario precisar:
—Esta misma noche intentaré saber dónde la tienen. Es muy probable
que esté en la prisión de Lautumiae o en la cárcel del foro.
—Alguien —estuvo a punto de decir: Fustiano— me ha dado a
entender que la trasladarían al anfiteatro Flavio.
Marcia negó con la cabeza.
—No lo creo. Para la fiesta de Cibeles, el Emperador desea mostrar al
pueblo de Roma sus cualidades de auriga. Las ceremonias se celebrarán,
pues, en el circo Máximo; probablemente Flavia será llevada allí.
Calló, pensando casi inmediatamente en los demás condenados por los
que acababa de interceder. Cómo explicarle a Calixto que, la víspera
mismo, entre dos abrazos amorosos le había sugerido a Cómodo,
atormentado por el asunto Materno, que llevara a cabo un sacrificio
propiciatorio en honor de Cibeles, indultando a los cristianos de Cartago
exiliados en los penales de Cerdeña. Aunque el Emperador había dado
prueba de una evidente falta de entusiasmo, había accedido. Sin embargo,
no todo estaba arreglado, ni mucho menos. Marcia sabía que tendría que
volver varias veces a la carga antes de conseguir un acuerdo debidamente
escrito y firmado.
En estas condiciones, ¿cómo confesarle al tracio que interceder de
nuevo ante Cómodo —y aunque fuera en favor de un solo ser— podía
poner en peligro su primera petición? Sabía los límites que no debía
sobrepasar. Conocía los accesos de cólera y la susceptibilidad de su amante.
—¿Por qué lo haces?
Ella sonrió, melancólica.
—Tal vez para tener buena conciencia.
—No. Hay algo más.
—No te comprendo.
—Apenas te conozco, pero adivino en ti una... —pareció buscar las
palabras—, digamos curiosas similitudes, rasgos que, hasta hoy, sólo había
hallado en una persona.
—¿Flavia?
Calixto asintió.
—Me honras comparándome con alguien a quien tanto quieres.
—Flavia es cristiana y se murmura que tú no eres indiferente a esa
secta.
Ella le observó largo rato, como si intentara medir los límites de su
confianza.
El insistió:
—¿Eres cristiana?
Esta vez, Marcia respondió sin tardanza:
—Lo soy. Al menos me esfuerzo por serlo. Pero... —vaciló un instante
—, a riesgo de sorprenderte, no es ésta la única razón que me impulsa a
ayudarte.
Calixto la contempló, intrigado.
—No —prosiguió ella—. Tienes razón; hay algo más. Pero ahí sobran
las palabras. Si tuviera que explicarlo, lo que me impulsa se volvería estéril
y vano.
Había hablado con cierto desafío.
El la miró fijamente. Ella sostuvo la mirada sin parpadear. Entonces,
con increíble audacia, ¿o fue inconsciencia?, Calixto posó lentamente las
manos en los hombros de Marcia y la atrajo contra su pecho.
Ella se puso rígida, como en un último intento de protección, segura
ya, sin embargo, de que no resistiría. Permanecieron un instante unidos,
inmóviles, fundidos con el paisaje, hasta que ella se separó jadeante,
deshaciéndose del abrazo.
—Tengo que regresar a palacio.
El no respondió.
¿Era real aquella sensación de dolor y bienestar que dominaba su ser,
aquella tensión jamás experimentada? Quiso decir algo, pero ella posó un
dedo en sus labios.
—No..., no digas nada. ¡Es todo tan frágil!
Y girando sobre sus talones, se alejó a paso rápido hacia la vía
Flaminia, donde la aguardaba su litera.
Bajando hacia el Tíber, Calixto se cruzó con los viandantes que salían
de las termas de Agripa enzarzados en una discusión bastante animada. Al
principio, Calixto, con el espíritu turbado todavía, no prestó atención. Pero
cuando llegó a la altura de otro grupo, algunas palabras le sorprendieron.
—Ha sido detenido en el foro de los bueyes.
– ¿Cuándo?
– Hacia la hora tercia.
Y más adelante:
—¿Es cierto, pues? ¿Materno ha sido detenido?
– ¡Y en pleno centro de la ciudad!
– ¡Es extraordinario! Ha llevado su locura hasta penetrar en sus muros.
– Y vestido de pretoriano.
– Espléndido. Las fiestas en honor de Cibeles se anuncian pues bajo
los mejores auspicios. Nuestro Emperador no puede permanecer indiferente
a ese regalo de los dioses.
25
Pan y circo.
Era preciso que ambos elementos se reunieran para satisfacer al pueblo
de Roma. Si el pan estaba en gran medida asegurado por las distribuciones
mensuales del pórtico de Munucio, los espectáculos, por su parte,
dominaban la vida de la capital: más de doscientos días festivos durante los
que se ofrecía a la población los más variados placeres.
Las fiestas de Cibeles y de Atis eran dos de esos acontecimientos, y
daban lugar a excesos de carácter licencioso que se prolongaban durante
varios días y sus respectivas noches. Además, aquel año, se sabía que su
solemnidad se vería realzada por la participación del Emperador en las
carreras de carros.
La reciente captura de Materno era interpretada por todo el mundo
como prueba de la especial ternura de los amantes dioses hacia el joven
César. ¿No se murmuraba, acaso, que el impío rebelde había acariciado el
blasfemo proyecto de raptar y asesinar al Herácleo? En señal de gratitud,
Cómodo había prometido solemnemente sacrificar, a su modo y cuando
finalizaran los Juegos, a Materno y sus amigos.
Aquella mañana, Carpórofo le había pedido a Calixto que le
acompañara al circo Máximo.
Si bien el tracio sentía repulsión hacia los combates de gladiadores, en
cambio, como a la mayoría de los habitantes del Imperio sometidos a la
influencia griega, la atmósfera y el espectáculo de los hipódromos no le
dejaban indiferente.
Pero no era ésa la única razón que le había llevado a aceptar la
invitación de su amo. Desde su entrevista con Marcia, un velo cubría sus
pensamientos. No conseguía concentrarse en sus tareas ni tampoco conciliar
el sueño. El rostro de la Amazona no le abandonaba. Lo hallaba, testarudo,
en los ruidos del día y los silencios de la noche. Tenía la sensación de que,
hiciera lo que hiciese, todo le llevaba a ella.
—Por fin podremos vivir con entera tranquilidad. Nuestras provincias
no serán holladas ya por esas legiones fuera de la ley, cuyos excesos fueron
tan desastrosos como los de los bárbaros. Quiero pensar que, con la
detención del rebelde, sus partidarios se apresurarán a volver al redil. Ya era
hora. Los buenos negocios son cada vez más escasos y las cargas cada vez
más pesadas. ¡Ah, cuando pienso en los benditos tiempos del emperador
Antonino!
Sentado junto a Carpóforo en la bamboleante litera que los llevaba al
valle Murcia, donde se levantaba el circo, Calixto no escuchaba. Su mirada
vagaba por la multitud cada vez más densa, cada vez más ruidosa a medida
que se acercaban al mayor edificio de la ciudad. Y en el centro de aquella
muchedumbre cosmopolita, donde el de Hibernia se codeaba con el de
Paropamisos y las gordas matronas con los porteadores de brazos curtidos
por el sol, él no dejaba de ver las imágenes de dos seres, dos mujeres. La
esclava y la favorita. Tan cercanas una de otra y, sin embargo, tan distintas.
Como si el mismo corazón latiera en dos pechos separados.
Acababan de llegar a su destino. Cuando la litera reposó en el suelo,
Calixto se separó del banquero y se dirigió hacia la cávea que formaba el
conjunto de las gradas. La tésera que Carpóforo le había entregado daba
derecho a un lugar privilegiado.
Flamma... Casio... Octavo...
A lo largo de las paredes que llevaban a la arena, la muchedumbre
había grabado el nombre de sus campeones, célebres aurigas.
Levantó la mirada hacia el gigantesco velum que habían colocado para
proteger a los espectadores del sol. Desde donde se encontraban, podía
distinguir perfectamente el palco imperial, así como el conjunto de la pista,
salpicada en algunos lugares de lentejuelas de crisocalco. Apenas se hubo
instalado, las trompetas resonaron en los cuatro extremos del circo
anunciando la llegada de los carros.
—¡Ave, César! ¡Ave!
Los doscientos cincuenta mil espectadores se habían puesto de pie en
las gradas.
Cómodo acababa de hacer su aparición, de pie en un carro reluciente
de oro, con la cabeza y el torso desnudos, sujetando firmemente las riendas
de cuatro caballos de inmaculada blancura. Dominando sus corceles, que
piafaban nerviosos, levantó la mano con la palma abierta hacia la
muchedumbre.
Tras él, las cuadrigas de sus adversarios llegaron, una tras otra, a la
pista, claramente identificables por el color de las túnicas. Azul y rojo,
campeones de la aristocracia, despreciados generalmente por el pueblo.
Blanco y verde, grandes favoritos de la plebe.
Avanzando al paso, los carros dieron la vuelta en un majestuoso
movimiento al impresionante muro blanco, flanqueado, a ambos extremos,
por dos obeliscos, que separaba en sentido longitudinal la pista del circo. El
reglamento de la carrera imponía a los participantes dar siete vueltas
completas. Junto al primer mojón se alineaban siete grandes huevos de
madera, y junto al segundo destacaban siete delfines de bronce destinados,
como un gigantesco ábaco, a indicar el número de vueltas efectuadas por
los competidores. Los carros acababan de recorrer la pista y regresaban por
el lado opuesto, el más estrecho y, por lo tanto, el más peligroso de abordar,
hacia el palco imperial. El carro de Cómodo se detuvo al pie del palco en el
mismo instante en que sonaban la solemne queja de las trompetas y el
resbaladizo ronquido de los órganos hidráulicos.
Marcia se levantó.
Calixto pudo verla entre las colgaduras púrpura que caían como una
cascada a lo largo de los muros. Iba vestida con una túnica blanca salpicada
de oro. Y sólo ella ocupaba aquel lugar sagrado, reservado antaño a la
familia de los príncipes y a los invitados de prestigio.
Se hizo un silencio cuando avanzó hasta el parapeto. Se inclinó hacia
el Emperador antes de gritar con fuerza:
—¡Ave, Herácleo! ¡Todos tus fieles adoradores te saludan y esperan tu
victoria!
Atronadores aplausos saludaron las palabras de la Amazona y se
repitieron cuando la favorita lanzó hacia el Príncipe una túnica verde.
Cómodo la cogió al vuelo y se la puso rápidamente. Entonces el pueblo dio
libre curso a su alegría: al ponerse los colores de la plebe, Cómodo seguía al
mismo tiempo la tradición del divino Augusto y la de los emperadores
«democráticos» como Nerón, Domiciano y Lucio Vero, que hicieron del
pueblo su principal aliado.
Calixto, por su parte, no conseguía apartar los ojos de Marcia.
«Parece tan alejada de las preocupaciones de los mortales...»
Desde su encuentro no había tenido noticias de ella. ¿Recordaba
todavía los jardines de Agripa o a Flavia?
Se negó a seguir la corriente pesimista de sus pensamientos. La joven
acababa de hacerle una seña a un personaje que permanecía a pocos pasos
de allí. Este dejó caer su bastón de juez. La cuerda tendida a través de la
pista cayó blandamente y los ocho carros saltaron. Los partidarios de
Cómodo ya sólo tuvieron ojos para la divinidad imperial que llevaba sus
colores. Lamentablemente, un grito de decepción sustituyó muy pronto a la
esperanza de los primeros momentos.
Uno de los azules, perteneciente a la clase senatorial al igual que su
aliado rojo, Cayo Tigedio, acababa de adelantar al flamante carro de
Cómodo. El Emperador, perjudicado por su falta de experiencia, se vio
frenado de pronto por aquella móvil muralla, y su rostro recibió los chorros
de arena que levantaban las ruedas de sus dos adversarios. Para recuperar el
terreno perdido, tenía que colocarse en el exterior e intentar adelantarlos
antes del mojón. El Emperador azotó rabiosamente su tiro y fue
desplazándose poco a poco. Pero, adivinando sus intenciones, el segundo
auriga del equipo azul se desplazó enseguida en la misma dirección,
encerrando al Emperador contra la espina. Así, le impedía cualquier
maniobra. Y el mojón se acercaba ya.
Los dos primeros competidores giraron sucesivamente. Cómodo, en un
desesperado movimiento, se pegó entonces al carro de Cayo Tigedio.
Furioso, advirtió por las vibraciones que los cubos de las ruedas chocaban
entre sí, se rechazaban y estaban a punto de romper los ejes. En las gradas,
se admiraba con fascinación la lucha a la que ambos aurigas se entregaban:
todos conocían la fragilidad de aquellos vehículos, a los que sólo el peso del
hombre daba una relativa estabilidad. Recorrieron de nuevo «la espina
dorsal». La velocidad, fantástica ya, aumentó con el huracán de gritos y
exclamaciones.
Marcia, que sigue en pie con los puños apoyados en el parapeto de
mármol, observa aquella enloquecida carrera. No ignora que aquel tipo de
prueba puede resultar fatal para los competidores, en especial para los
principiantes como Cómodo. Y entonces le invade la duda de si la angustia
que se ha apoderado de ella nace del temor a que el Príncipe pueda sufrir
algún percance o, por el contrario, de esa esperanza.
Abajo, sumido en un torbellino de polvo y sudor, Cómodo, gracias a la
rapidez de sus caballos, ha conseguido por fin distanciarse del segundo tiro,
conducido por el auriga azul. Pero ante él sigue levantándose la muralla que
forman los otros dos carros que le impiden cualquier adelantamiento.
Azul y rojo. La facción de los ricos y del Senado. Nadie duda de que
han destinado deliberadamente a esta competición sus mejores corceles, sus
más expertos aurigas, con el único objetivo de humillar al príncipe de Roma
ante su pueblo. Pues, bajo las apariencias de una simple competición
deportiva, aquí se están decidiendo intereses mucho más graves. ¿Acaso los
dioses no conceden la victoria a quien les parece? ¿Y no es esa victoria la
prueba evidente de que los dioses favorecen, junto al carro y su tiro, a todos
los que se identifican de buena gana con él? Para Cómodo, esta actitud se
asemeja mucho a una verdadera declaración de guerra. Recibe como si se
tratara de injurias personales la arena que azota su rostro, lacera su frente y
hace que broten lágrimas de sus ojos. En verdad le cuesta aceptar la idea de
que le traten, sencillamente, como a un competidor más.
El quinto delfín cae girando sobre su eje de metal y anuncia el
comienzo de la sexta vuelta.
En la entrada de la recta, uno de los competidores rojos intenta
adelantar a su rival. El esfuerzo es inmenso; la tensión, formidable.
Entregados al combate, ambos adversarios no advierten que llegan al mojón
a excesiva velocidad. El viraje desplaza a uno de los carros, que choca
violentamente con el de su adversario. La multitud contiene la respiración;
por un instante parece que la estructura de los carros se quebrará bajo el
impacto, pero no es así. Tras haber oscilado sobre su base, ambos vehículos
se separan de pronto, abriendo así una brecha por la que, con loca
temeridad, se introducen entonces los corceles del Emperador.
Como un solo hombre, la muchedumbre delirante se levanta para
expresar su entusiasmo. Los caballos de Cómodo, con espuma en los
ollares, ya se han situado en cabeza. Una victoriosa sonrisa ilumina los
rasgos del Emperador mientras, aflojando la presión de las riendas, ve
aparecer al final de la pista la última curva y el palco imperial donde está su
favorita. Hoy le demostrará al pueblo que no es sólo un gladiador de mérito,
sino también un auriga sin igual.
Sumido en la embriaguez de su cercana victoria, llega con demasiada
rapidez al inicio de la última vuelta.
Entonces, con todas sus fuerzas, con el cuerpo y la cabeza tendidos
hacia atrás, intenta controlar el desplazamiento de su carro, pero sin éxito.
No puede evitar desviarse hacia la derecha, dejando el paso libre a su
perseguidor, que le adelanta entre un torbellino de polvo y arena. Con un
furioso latigazo, Cómodo lacera la grupa de sus caballos, que, relinchando a
causa del dolor, multiplican sus esfuerzos. Sabe que debe ponerse en cabeza
antes del segundo mojón si quiere mantener una esperanza de victoria. Pero
no cuenta con la experiencia de su adversario. Acostumbrado a todas las
astucias, éste comienza a zigzaguear deliberadamente ante el vehículo del
Príncipe, impidiéndole la maniobra de adelantamiento. Por fin, el campeón
de los azules toma la curva en cabeza y cruza solo la línea de llegada entre
el estruendo de las trompetas.
Temblando tanto de agotamiento como de humillación, el Emperador
echó pie a tierra, dejando las riendas en manos del joven esclavo que se
había precipitado hacia el tiro. Se dijo que, de todos los crímenes de lesa
majestad, éste le hería más que cualquier otro.
Y estaba también aquella intolerable sensación de impotencia ante la
derrota que acababa de sufrir. ¡Ah, si al menos pudiera vengarse castigando
la desfachatez de su vencedor! No; corría el peligro de quedar en ridículo
ante su pueblo.
Contempló con torva mirada el carro de su adversario mientras daba la
vuelta de honor al paso bajo las aclamaciones de sus admiradores, que se
apresuraban a lanzarle monedas de oro y joyas.
«De modo que esos piojosos apoyan sin escrúpulos al partido del
Senado», pensó Cómodo, más amargado todavía por el espectáculo. De
repente, el populacho y su alma versátil le horrorizaron. ¡Si tuviera una sola
cabeza! Con qué voluptuosidad la habría cercenado entonces...
Maquinalmente, se volvió hacia el palco imperial y no le disgustó
descubrir que el pulvinar estaba desierto. Sin duda, tampoco Marcia había
podido soportar la indecente exhibición de la muchedumbre.
Calixto abandonó su localidad y se dirigió hacia uno de los
innumerables vomitorios, aquellas bocas abiertas bajo las gradas. A su
espalda resonaban nuevos clamores y recordó que Materno y sus cómplices
iban a ser entregados a las fieras. Tanto por razones humanitarias como
religiosas, la perspectiva le asqueó. Dioniso Zagreo había sido despedazado
y devorado por los Titanes; el recuerdo de aquel acto fue siempre, para los
orfistas, símbolo de luto. Apretó el paso y, al ver a un vendedor ambulante,
le pidió un vaso de mulsum y decidió aguardar a Carpóforo bajo las arcadas.
Allí reinaba la oscuridad. De los bloques de travertino emanaba un
saludable frescor, que compensaba el calor tórrido que se elevaba de aquella
depresión excavada entre el Palatino y el Aventino. Se secó con el reverso
de la túnica las gotas de sudor que brotaban en su frente. Apoyando la nuca
contra la piedra, cerró los ojos.
¡Qué desorden mental de opuestos pensamientos, similares a un
mosaico cuyos colores se negaran obstinadamente a armonizarse!
Flavia, Marcia, Carpóforo... Y de nuevo Flavia...
El vendedor ambulante le rozó. Calixto se dijo que tenía un aspecto
extraño. Su nariz aguileña le hacía parecer un ave rapaz.
El hombre pasó ante él, aparentemente interesado en tres individuos
que salían del anfiteatro.
—¿Un vaso de mulsum, señores?
Gruñeron una negativa.
– Ya me diréis qué os parece. Es el mejor de la ciudad: vino de Cales,
hojas de cedro... ¡El mejor!
—No insistas.
– Miel de Macedonia y...
– ¡Te he dicho que no insistas! Ve a ofrecer tu mixtura a los infelices
que van a ser entregados a las fieras.
El vendedor, que pese a sus protestas se disponía a ofrecerle una copa
a uno de los hombres, se detuvo en seco.
—¿Compadecéis a esos bandidos? ¡Materno y su pandilla son unos
asesinos, unos monstruos!
—Si sólo se tratara de Materno.
Como si hubiera comprendido lo que insinuaban sus interlocutores, el
vendedor hizo un vago gesto.
– Ah, ya veo... Bueno, ésos tampoco valen mucho más.
Los tres hombres apretaron entonces el paso, como si tuvieran prisa
por alejarse del valle Murcia.
El hombre con nariz de rapaz los observó un momento antes de
encogerse de hombros y levantar hacia ellos su copa.
—¡A la salud de vuestro Dios, cristianos!
Al oír la última frase, Calixto, intrigado, se le acercó.
– ¿Qué han querido decir con eso de «si sólo se tratara de Materno»?
– Bebe, amigo. Bebe a mi salud.
– ¡Responde! ¿Y por qué hablas de «cristianos»?
– Pero ¿no ves que salta a la vista? ¡Esa gente pertenece a la secta del
nazareno!
—¿Por qué lo dices?
– Porque hace más de diez años que «hago» los anfiteatros. Hay un
medio infalible de identificarlos: son los únicos espectadores que
abandonan el circo en cuanto se anuncia que van a ser arrojados a las fieras
algunos adeptos del cristianismo.
—Pero... Hoy sólo Materno y sus cómplices van a ser sacrificados.
– Lo has visto tan bien como yo. Al parecer se han hecho algunas
modificaciones en el desarrollo de la fiesta. Tal vez el deseo de...
El tracio no escuchaba ya. Invadido por un súbito presentimiento,
corrió hacia el vomitorio. Subiendo de dos en dos los peldaños de la
escalera que conducía a la arena, salió de nuevo frente a la inmensa pista. Y
los vio.
Una decena de hombres estaban alineados al pie del palco imperial.
Calixto, colocando una mano abierta sobre la frente para protegerse del sol,
observó la silueta central.
No, no estaba soñando. No era una alucinación. Una mujer, la única:
Flavia.
Estaba allí, inmóvil entre la plebe, con las muñecas atadas a la espalda
y mirando al frente. Ajena a las risas y a los brazos tendidos de la excitada
muchedumbre del circo Máximo. Sin pensarlo, Calixto se lanzó hacia
delante y bajó por las gradas, empujando sin contemplaciones a los
espectadores para acercarse lo máximo posible a la pista.
Llegó hasta las plazas senatoriales y, poseído por una loca audacia, las
cruzó de punta a punta hasta llegar a la balaustrada de piedra, último
obstáculo entre él y los prisioneros.
Patricios y senadores le contemplaban estupefactos. ¿Sería también
aquel individuo de aspecto extraviado cómplice de Materno? ¿Era necesario
avisar a los pretorianos o guardarse de intervenir?
Calixto, por su parte, sólo veía la frágil silueta de Flavia, que el
desmesurado marco hacía más frágil todavía.
No podía ser. No ella, no aquí.
Sonaron las trompetas para saludar la llegada de las panteras.
En el centro de la pista, los montacargas vertieron a espuertas sus
oleadas de muerte.
Decenas y decenas de fieras evolucionan ahora, en desordenados
círculos, alrededor de Materno y su banda. Vacilantes, se acercan, se
apartan, giran y vuelven a girar sobre sí mismas. Calixto puede ver
claramente cada detalle de su pelaje, que hace pensar en manchas de luz
pálida moviéndose sobre la arena. Uno de los hombres, visiblemente
aterrorizado, se aparta de pronto de sus compañeros y corre en línea recta,
movido por una pueril esperanza de fuga. Apenas ha dado unos pasos
cuando su movimiento provoca la caza.
Con un patético sobresalto, el fugitivo intenta escalar el muro de la
espina, pero dos fieras están ya junto a él. Una clava sus colmillos en la
pierna que cuelga a una toesa del suelo, mientras la otra, saltando, hinca sus
garras en la espalda del infeliz. Tras él, los demás hombres, que también
han intentado dispersarse, son heridos uno tras otro, lacerados, desgarrados,
despedazados entre un hedor de sangre y orines.
Sólo Flavia permanece inmóvil y, curiosamente, es la única incólume.
Todos los rostros convergen en ella. Y Calixto se oye gritar:
—¡Dioniso Zagreo, sálvala! ¡Te lo ruego, sálvala!
Algunos comienzan a excitar e insultar a las fieras. Otros,
aparentemente sensibles al sorprendente hecho de que la muchacha todavía
esté con vida, levantan espontáneamente el pulgar al cielo, pidiendo
misericordia.
Calixto, agarrado a la balaustrada, observa el espectáculo con el
corazón en un puño.
Una pantera se ha aproximado a Flavia y parece evaluarla. Se acerca
más aún. Se aparta con desdén y luego, bruscamente, sin que nada
permitiera presagiarlo, lanza su pata hacia la desnuda pierna de la
muchacha, haciéndola caer al suelo. Tendida de costado, ésta sufre un
nuevo ataque de la fiera.
Y entonces es cuando el espectáculo empieza a parecer increíble:
encogida sobre sí misma, Flavia mantiene una expresión tranquila, lejana.
Casi podría creerse que sonríe.
Al principio, Calixto se dice que debe de ser víctima de una
alucinación, que aquella sonrisa es sólo un rictus de dolor. Pero no, la
realidad está a la vista. Se diría que, en cierto modo, la muchacha se ha
desdoblado, que carne y espíritu se han disociado.
Rápidamente, otras fieras se han unido a la carnicería. El cuerpo de
Flavia ya no es más que una herida informe, que los repetidos zarpazos
hacen rodar por la arena como si fuera una vulgar muñeca de trapo. Y ella
continúa sonriendo.
26
El tabernero retiró con los nudillos los restos granulosos y viscosos
que la falta de sueño había acumulado en sus ojos. Su visión se hizo más
clara, pero no menos incongruente: la misma mujer seguía estando ante él.
¿Una patricia allí? Bastaba con ver sus ropas púrpura y el tocado de seda de
china que protegía su cabellera y sus hombros para comprender que ni
siquiera la prostituta de más talento habría podido permitirse aquel tipo de
vestido. La desconocida —aunque lejos de los habituales cánones de la
belleza— tenía unos rasgos particularmente acusados que le conferían un
indiscutible encanto. Se dirigió a él en aquel tono propio de quienes están
acostumbrados a dar órdenes.
– ¿No habrás visto estos días por aquí a un hombre alto, apuesto, con
el cabello negro y un tanto canoso y los ojos de un azul muy intenso que se
expresa con un poco de acento?
Durante unos instantes sólo se oyó el chisporroteo de las lámparas que
seguían consumiéndose. Los empecinados jugadores, que proseguían sus
apuestas pese a lo avanzado de la hora nocturna, interrumpieron su
actividad para aguzar mejor el oído. El tabernero aprovechó la ocasión para
aclararse la voz.
– Aquí no son hombres lo que falta.
—Ya lo imagino. Pero el que me interesa es probablemente lo bastante
desgraciado como para beberse diez barricas de albus.
Un brillo divertido se encendió en la mirada gris del tabernero.
—Ya veo. Una víctima del amor. Bueno, no sé si es el que buscas, pero
podrías acercarte al individuo que ronca en aquel rincón.
Mirando hacia el lugar indicado, la mujer distinguió en la penumbra un
cuerpo que yacía en el suelo.
Los clientes se apartaron instintivamente a su paso. Cuando llegó junto
al desconocido, lo agarró del cabello y examinó su rostro.
—Por fin, por fin te encuentro...
El hombre gruñó algo antes de abrir los ojos con gran esfuerzo.
– Mallia —murmuró con voz rota—, ¿tú aquí?
– ¿Sabes cuántos días hace que estoy buscándote? ¡Catorce, catorce
días!
El tracio se limitó a mover vagamente la cabeza, cerrando de nuevo los
ojos.
—¡Ah no! ¡No volverás a dormirte! ¡Eh, tabernero!
– Bueno, ¿qué pasa?
– Dame una jarra de agua.
El hombre lo hizo y, sin vacilar, Mallia arrojó, con seco gesto, el
contenido al rostro de su esclavo.
Calixto abrió la boca para decir algo, pero de sus labios no salió sonido
alguno. Se sacudió como un perro mojado y, finalmente, logró incorporarse.
La joven se apresuró a pagarle al patrón y, luego, secundada por uno
de los jugadores, ayudó al tracio a ponerse en pie y lo condujo hasta la
calle, donde la aguardaba su litera. Se instalaron. Mallia corrió rápidamente
las cortinas de cuero. Intentó poner cierto orden en los sucios cabellos del
tracio, pero se apartó enseguida con una mueca de asco.
—Tus mejillas están cubiertas de barba y apestas a cloaca. ¿Cuánto
hace que no te lavas?
—No lo sé. Pero ¿a qué viene tanto interés por este modesto sirviente?
¿O acaso echas en falta al irreemplazable amante?
—Mereces el látigo, Calixto. Mi tío ha estado a punto de enviar en tu
busca a los cazadores de esclavos. Me ha costado mucho disuadirle.
—Grande y noble alma —ironizó el tracio apoyándose en los
almohadones y cerrando los ojos.
– No es momento para el cinismo. Pareces haber olvidado los castigos
que amenazan a los esclavos fugitivos.
—Si supieras qué indiferente me resulta ya todo...
Como un fresco surgido de las aguas del Estigia, la pista del circo
Máximo apareció en su mente. Con la desaparición de Flavia le habían
arrancado la mejor parte de sí mismo. Sentía una conmoción comparable a
la que había acompañado la muerte de Zenón. Salvo que, esta noche, ya ni
siquiera sentía deseos de seguir viviendo.
¿Cómo se había podido cometer semejante injusticia? ¿Cómo habían
podido permitir los dioses el suplicio de un ser como Flavia? Y
especialmente Dioniso Zagreo, el más justo, el más misericordioso de los
dioses. ¿Acaso había considerado que merecía aquel destino por haber
elegido convertirse al cristianismo? Pero si Zagreo hacía perecer a todos los
que no respetaban sus ritos...
Y aquella sonrisa... Aquella sonrisa que no había abandonado a la
infeliz durante toda su agonía. Hasta el final... ¿Por qué? ¿Por qué?
Le hacía daño. Tanto que lo notaba físicamente. Ya no conseguía
discernir si la única razón de su dolor era la muerte de su «hermanita» o la
sensación de haber sido traicionado por «la otra», aquella cuyo nombre
quería olvidar.
«Te prometo —había dicho—, te prometo hacer todo lo posible para
obtener su liberación...»
No había hecho nada. Le había mentido. Era imposible que no
estuviera al corriente.
Unos labios rozaron su mejilla y una mano se deslizó por su cuello,
recordándole la presencia de Mallia. Y la promiscuidad de aquel cuerpo
pegado al suyo le dio la impresión de que le ensuciaba. Hizo un gesto de
rechazo.
—¿Qué pasa? Sólo quería consolar tu pesadumbre.
– Es inútil. Hay pesadumbres que no se comparten. Y por lo que se
refiere a una eventual reanudación de nuestras relaciones pasadas, deseo
que presiento en ti, es pura utopía.
Mallia se mordió el labio inferior y, tozuda, dijo:
—¿Sabes que tengo medios para obligarte a aceptarme?
—Lo dijiste ya en otro tiempo. Si algo he aprendido en estas últimas
horas es que un espíritu firme resulta tan inconquistable como una
ciudadela.
La sobrina de Carpóforo decidió adoptar otro tono.
– Oh, te lo ruego, no me rechaces. Nunca sabrás lo que he sufrido
durante estas últimas semanas. Te lo ruego, Calixto. Seré dulce y buena.
Haré lo que desees. Vuelve a mí, te lo suplico.
El tracio la miró unos instantes en silencio.
– Es curioso. Pero creo que en algunas mujeres, por lo general
patricias de buen tono, el sufrimiento es tan sólo una forma de distracción.
Mallia palideció. Agarró violentamente a su esclavo por la túnica y
estrujó el tejido como si quisiera desgarrarlo.
—¡Eres odioso! ¡Inmundo!
Sin transición, se derrumbó llorando sobre su hombro. El no hizo el
menor gesto para consolarla.
—Huyamos, huyamos de Roma —sollozó la mujer—. Iremos a donde
quieras: Alejandría, el fin del mundo, tu país, Tracia. Soy rica, puedo
vender mis joyas, empeñar mis bienes, puedo robar si eso no basta.
—Es inútil, Mallia. No insistas.
—Pero ¿por qué? ¡Querías ser libre!
—Libre, pero con Flavia. Ahora ha muerto y, vaya adonde vaya, el
universo será una cárcel.
Entonces Mallia, la orgullosa, resbaló lentamente hasta que su frente
reposó en la manta de lana. Por los sobresaltos de sus hombros, él supo que
lloraba.
—Te escucho, Calixto.
Medio tendido, Carpóforo había dejado en una mesita sus tablillas de
cera y el estilete que utilizaba para grabarlas.
Con los dedos unidos sobre su redondeado vientre, examinó
atentamente a las tres personas que estaban en la biblioteca: Calixto,
naturalmente, que hedía a vino y mugre, con las mejillas oscurecidas por la
barba y los cabellos más canosos que de costumbre; Mallia, que había
querido acompañarle, una Mallia pálida, delgada, con los ojos enrojecidos
por las lágrimas; y, por último, Eleazar, con aspecto satisfecho, instigador
de aquella reunión.
—Nada tengo que decir —declaró el tracio, indiferente.
Mallia intentó enseguida atenuar la desfachatez de su respuesta.
—Estaba borracho cuando lo he encontrado.
Carpóforo le lanzó una penetrante mirada.
—Ya veo...
Dirigiéndose directamente a su esclavo, preguntó en un tono irónico y
duro:
—¿No crees que una ausencia de catorce días exige una explicación?
Por fuerza tendrás cosas que contar. ¿Qué has hecho durante todo ese
tiempo?
—He bebido, he vuelto a beber, he caminado y he dormido.
– ¿Eso es todo? Pues me decepcionas mucho, porque imaginaba que,
tras mi oferta de manumisión, trabajarías con mayor ardor y seriedad.
Siempre me equivocaré con los seres...
—Una de las razones que impulsaban mi deseo de libertad ya no
existe.
– ¿Una de las razones? ¿Cuál?
– Flavia. La peluquera de tu sobrina.
El redondo rostro del banquero enrojeció de pronto.
– ¡Hablemos de ello! ¡Camarillas, maquinaciones, una secta que actúa
bajo mi propio techo! Esa gente tuvo lo que merecía.
– ¡También él! —acusó de pronto Eleazar, señalando con el índice al
tracio—. ¡También él es cristiano!
Mallia protestó con ardor.
– ¡Mientes! ¡Calixto nunca ha estado con esa gente!
– ¡Digo la verdad! —repuso el villicus—. Es cristiano, al igual que
Carvilio y la sierva Emilia.
—¡El odio y los celos te inspiran esas calumnias!
– ¿Calumnias? ¡Cómo te atreves! ¿Has olvidado que fuiste tú quien me
encargó decirle al prefecto que...?
– ¡Silencio, Eleazar! —aulló la joven presa de un repentino pánico—.
¡Silencio!
Y sus uñas se clavaron en la mejilla del sirio, trazando en ellas un
largo surco.
– ¡Paz! —ordenó entonces Carpóforo dando un puñetazo en la mesita
de mármol—. Y tú, Calixto, responde: ¿eres o no cristiano?
– No soy cristiano, nunca lo he sido. Soy orfista y todo el mundo lo
sabe.
– Repítelo. Júralo por Dioniso.
– Por Dioniso Zagreo, juro que no soy cristiano.
– Miente —bramó Eleazar—. El miedo es el que le hace renegar.
– ¡No! Yo le creo —interrumpió Carpóforo.
– Pero...
– ¡Te digo que no pertenece a esa secta! ¡Los cristianos son fanáticos,
insensatos! Ni siquiera la perspectiva de la muerte modificó las
convicciones del pobre Apolonio. E imagino que lo mismo ocurrió con
Flavia. Él-prosiguió Carpóforo señalando a Calixto—, él no es de ese
temple.
Humillado, el tracio sintió deseos de contradecir, por simple desafío, a
su amo.
Carpóforo concluyó:
– Incidente cerrado. La pérdida de tu amiga es ya bastante castigo.
Seguirás a mi servicio y, así lo espero, con renovada seriedad. Mañana
mismo, al alba, estarás dispuesto; nos vamos a Ostia. El Isis ha regresado de
Egipto. ¡Ahora, retiraos! Tengo que hablar con Mallia.
Una vez solo, Carpóforo abandonó el lecho y se acercó a su sobrina.
– Según he podido comprobar, Calixto no es para ti un amante
ordinario.
Ella intentó defenderse.
– Vamos, Mallia, deja ya de cometer el estúpido error de cualquier
joven que consiste en creer que los que os superan en edad son venerables
imbéciles. Lo sé todo. Sé, sobre todo, que fuiste tú quien denunció al
prefecto Fustiano la reunión durante la que fue detenida esa mujer, la amiga
de Calixto. Deduzco, naturalmente, que los celos te impulsaron a cometer
esta acción. —Mallia sintió que el suelo se abría bajo sus pies—. Supongo
que te enteraste por nuestro querido Eleazar de que Flavia era cristiana.
Ella asintió.
– Te lo ruego. Sería todo tan sencillo: dame a Calixto. ¡Te lo suplico!
– ¿Tan importante es...?
– Sí. Le..., le amo.
– Lo siento mucho, pero me resulta imposible concederte semejante
presente.
– En ese caso, permíteme comprarlo. Aunque mi fortuna no sea
comparable a la tuya, estoy segura de poder ofrecerte mil, diez mil veces su
precio.
—No. Y por dos razones precisas. La primera es que el tracio tiene
madera para los negocios. Si no la tuviera, su rebelde carácter me habría
impulsado, hace ya mucho tiempo, a librarme de él. La segunda es que ha
llegado el momento de que pongas fin a tu existencia de mujer
despreocupada y tomes esposo.
—¿Cómo?
—¡Silencio! Ya he hablado con el Emperador. Está de acuerdo en
indultar al padre de Didio Juliano, a condición de que una boda nos
garantice su fidelidad. En otras palabras...
—¡Nunca! Nunca jamás me casaré con su hijo. Es un cobarde, un
vanidoso que lo único que sabe hacer es presidir banquetes. ¡Nunca!
El imponente reloj de arena que estaba en uno de los estantes de la
biblioteca se hallaba casi vacío. Carpóforo le dio la vuelta antes de
murmurar lentamente, con los labios fruncidos por una cínica sonrisa.
—Dime, Mallia, imagino que te disgustaría que algún espíritu
malintencionado le comunicara a tu querido Calixto que fuiste tú quien
denunció a su amiga a las autoridades...
—¿Dónde estabas? —exclamaron al unísono Emilia y Carvilio.
Calixto apartó con suavidad a la sierva.
—Todo va bien; ahora todo va bien.
Se acercó al cocinero, que parecía haber envejecido
extraordinariamente.
—Estuve en el circo Máximo...
Lentamente, Carvilio se levantó, descolgó un odre de piel de cabra que
colgaba de la pared y se sirvió, con mano algo temblorosa, una copa de vino
del Lacio.
—Estábamos preocupados —dijo con voz apagada—. Estábamos
convencidos de que también a ti te había ocurrido una desgracia.
—Lamentablemente, la desgracia sólo cayó sobre Flavia.
– No, te equivocas —replicó el cocinero—. Nuestra Flavia está ya en
paz. Se ha reunido con el Señor.
Calixto se puso tenso.
– Y supongo que tienes pruebas de ello.
Durante los últimos días no había dejado de interrogarse, entre los
vapores de la embriaguez, sobre lo que habría sido del alma de la
muchacha, en qué forma se habría reencarnado.
Había llegado a soñar incluso que se había metamorfoseado en
gaviota, en cormorán, con la línea del horizonte por único límite de su
libertad. Pero, muy en el fondo de sí mismo, temía la cólera de los dioses,
que, para castigarla por haberlos traicionado, tal vez la hubieran hecho
renacer en forma de araña o de cualquier otro insecto repugnante. Tomó
conciencia de que Carvilio estaba hablando.
– Dijo también: Yo soy el pan de la vida, el que coma de este pan
vivirá en mí.
—De nuevo las palabras del nazareno... —Esbozó una sonrisa triste y
añadió—: En cualquier caso, está muerto y bien muerto.
—Y resucitado.
Calixto iba a replicar, pero Emilia posó suavemente la mano en su
hombro.
—Escúchame —dijo suavemente—. Nos gustaría que nos confirmaras
ciertos rumores.
—¿Rumores?
Turbada, la sirvienta entornó los párpados. Fue Carvilio quien
preguntó:
—Se cuenta que Flavia murió con la sonrisa en los labios.
De modo que era cierto, pensó Calixto con emoción. Otros habían
visto también aquella sonrisa.
—Sí-respondió, incómodo—, no dejó de sonreír.
—¿Estás seguro de no haberte equivocado?
—No. Lo vi perfectamente. Estaba a pocos pasos de ella y no parecía
sentir dolor alguno.
—Era la mejor de todos nosotros —dijo Carvilio dulcemente—.
Nosotros intentamos ser cristianos; ella lo era realmente.
Se apartó. Su mirada estaba velada por las lágrimas.
– ¿Por qué lloras? De creer en tus palabras, ella es feliz ahora.
—Mis lágrimas no son de tristeza, sino de gozo, pues constato que
nuestro Dios no la abandonó.
– Vuestro Dios... De nuevo vuestro Dios, como siempre.
– Y también el tuyo, Calixto, aunque te niegues obstinadamente a
reconocerlo.
– ¡Esta polémica no acabará jamás! —Se había levantado, con los
rasgos endurecidos—. No estoy aquí para evocar de nuevo los misterios de
vuestra fe. Se han producido acontecimientos mucho más graves: Eleazar
sabe que sois cristianos y se lo ha dicho a Carpóforo.
La sirvienta lanzó un grito ahogado, pero Carvilio replicó con
serenidad:
—Así también formaremos parte de los elegidos.
– Siento tener que frustrar tus esperanzas, pero me temo que la hora de
tu suplicio no está cerca. A nuestro amo no le gusta perder a sus esclavos, y
mucho menos a causa del cristianismo. Le ha ordenado al villicus que
considere cerrado el incidente. Si hubiera podido imaginar que el anuncio
de una posible muerte os iba a resultar una buena noticia, confieso que me
habría guardado mucho de avisaros con tanta rapidez.
Se volvió, y se disponía ya a salir de la estancia cuando Emilia le
retuvo.
—¡Espera! Lo olvidaba. Al día siguiente de la muerte de Flavia, un
esclavo trajo un mensaje para ti.
Tras haber buscado unos instantes en un cofrecillo de madera, la
sirvienta sacó un pequeño rollo de papiro, sujeto por una cinta de seda roja
y sellado con cera verde. Aunque ignoraba el origen del sello, Calixto
sospechó inmediatamente que el remitente tenía que ser alguien de alta
condición: ni siquiera Fustiano ataba con cintas de seda sus mensajes.
Desenrolló el pergamino.
¿Podrás perdonarme? Sé que todo me acusa y me condena, pero te juro
que la realidad es distinta. Tengo que verte de nuevo.
Marcia
Calixto leyó varias veces aquellas líneas, como para convencerse de su
sentido. Marcia... Durante catorce días había maldecido su nombre. Durante
catorce días no había dejado de ver por todas partes su imagen altiva,
protegida, junto a la de Flavia, lacerada por las fieras.
Había dicho: «Haré todo lo que esté en mis manos para obtener su
liberación.»
¿Era imaginable que el segundo personaje del Imperio no tuviera ese
poder? Si no hubiera alimentado su esperanza, tal vez él habría buscado
otro medio de liberar a Flavia. En fin de cuentas, los carceleros nunca
habían sido insensibles a la corrupción y él manejaba los fondos de
Carpóforo.
Se dirigió lentamente a la vela que iluminaba con suave luz la
habitación de Carvilio y colocó sobre la llama la punta del papiro. Cuando
ya sólo quedó un montón de cenizas, se volvió hacia la sirvienta y dijo
tranquilamente:
—No habrá respuesta.
27
Un duro sol lanzaba sus rayos sobre el techo de las insulae que se
levantaban a orillas del mar cuando Calixto y Carpóforo avistaron el puerto
de Ostia.
Tras haber recorrido la vía central, pasaron ante los jardines
dominados, a la izquierda, por el templo de Júpiter. Dejaron atrás las termas
de los Siete Sabios antes de llegar a los muelles, no lejos del foro de las
Corporaciones.
A lo largo del templo dedicado a la annona se alzaba una hilera de
tiendas, sesenta aproximadamente, cuyo umbral estaba decorado con
mosaicos negros sobre fondo blanco. Cada tienda albergaba un oficio en
particular: aquí un comerciante en madera, allí un cordelero, más allá
medidores de trigo o peleteros.
Curbis, Alejandría, Sirta, Cartago. Grabadas en la madera de los
dinteles, las ciudades de origen de cada armador destacaban como otras
tantas invitaciones a hacerse a la mar.
En torno a las dársenas, todo eran exclamaciones, idas y venidas en las
que porteadores, marinos, vendedores, mujeres y niños se codeaban sobre
un fondo salpicado de luces y sombras. Y ruidos: el tintineo de las monedas
en el mostrador de los cargadores, la cantinela de los bataneros que
amasaban con los pies, en recipientes llenos de orines o de potasa, las togas
que debían limpiar o la lana en bruto de la que había que eliminar el churre.
Y el aire preñado de picantes aromas llegados de lugares lejanos.
Viendo aquel espectáculo que, sin embargo, le resultaba familiar,
Calixto se sintió incómodo. Desde aquella tarde en el circo Máximo no
soportaba la promiscuidad de la muchedumbre.
—¿Qué sucede? —preguntó el senador advirtiendo la súbita palidez de
su esclavo—. ¿No te encuentras bien?
—No es nada, el calor sin duda.
—Tienes razón, hace calor. Alguien ha debido de entreabrir las puertas
de los Infiernos.
Para demostrar mejor su reprobación, Carpóforo se secó, molesto, las
gotas de sudor que corrían por su cráneo recién afeitado.
Instantes más tarde, se detuvieron ante un thermopolium del que
brotaba un fuerte aroma de garum de pescado asado, y pidieron bebidas
refrescantes.
Carpóforo estudió atentamente a su esclavo.
—¿De modo que te has decidido? —dijo—. ¿Piensas dejarte esa
barba?
Calixto se pasó las manos por las mejillas.
—Creo que sí.
—No te enseñaré nada nuevo diciéndote que, entre los griegos, dejarse
la barba es señal de luto.
Decididamente, pensó Calixto, su amo estaba muy insistente.
Disimuló.
—No soy griego.
—En el fondo, cuando pienso en esa peluquera me digo que tal vez tu
desgracia te sea beneficiosa: ahora sólo tendrás que ganar el precio de tu
liberación.
Calixto apretó los dientes. Si su amo sospechara el terrible alcance de
sus palabras.
—Evidentemente, nada sustituye un gran amor de juventud, y...
—¡Entre Flavia y yo sólo había amistad y ternura!
—Claro, claro... Pero insisto: pronto descubrirás que la vida es más
fuerte que cualquier otra cosa... —Vació de un trago su copa de vino y dio
la señal de partida—: Por cierto, había olvidado decirte que Mallia no te
perseguirá más con sus requerimientos.
Ante la perpleja expresión de su esclavo, explicó:
—Se casa con Didio Juliano el joven y abandona hoy mismo mi
propiedad. Podrás, consagrarte, pues a la dirección de mi banco. Ya no te
molestará.
—Pero, entonces...
—¿Qué pasa?
—Si Mallia se casa con el hijo del senador Juliano, eso significa que
este último vuelve a estar en gracia.
—Compruebo con placer que tu mente ha recuperado su agilidad.
Evidentemente, Juliano padre regresará al Tíber y al foro dentro de pocas
semanas. Y, lo que es más importante, en los idus de septiembre podrás ir a
cobrar los veinte talentos que nos debe ahora su hijo.
Habían llegado al corazón del puerto. Ante ellos, las onerarias, navíos
de carga con la proa en forma de cisne que surcaban en todas direcciones el
Mare Nostrum, se balanceaban en las dársenas mientras sus velas
trapezoidales parecían poner remiendos de tela en el azul del cielo.
—¡Por Venus, qué hermoso es! —exclamó Carpóforo señalando al Isis
—. Es sin duda el navío más poderoso, más rápido y más útil de toda la
flota de transporte.
El elogio estaba justificado: el Isis era con mucho el navío más
imponente del puerto de Ostia.
Distinguieron al capitán, que avanzaba hacia ellos haciendo aparatosas
señas.
Pintoresco personaje el tal Marco. Barbudo y rechoncho, su
despotismo y su afición a las ganancias eran tan legendarios como su risa.
Cuando algo le divertía, soltaba una extraordinaria carcajada, especie de
redoble interior que nadie sabía de dónde emanaba. Calixto se dijo que no
había cambiado mucho desde la última vez que se habían visto. Tan sólo sus
rasgos, ya entonces muy marcados, parecían estarlo más aún.
—Señor Carpóforo, estoy encantado de volver a verte.
– Por lo que veo, los vientos te han sido favorables, Marco. No te
esperábamos tan pronto.
– En efecto, señor. Zarpamos de Alejandría cuatro días después de las
fiestas de Cibeles.
—¿Has hecho la travesía sólo en diez días?
– Nueve: llegamos ayer.
– ¿Nueve días cuando un trayecto normal necesita dieciocho?
Decididamente, vas más deprisa aún que las galeras imperiales.
El incontenible redoble que servía de risa al capitán resonó durante
largo tiempo antes de que se decidiera a responder.
—Creo, en efecto, que ningún navío que navegue sirviéndose
únicamente de los vientos etesios
[47]puede realizar una travesía tan rápida.
—Que yo sepa —observó Calixto—, hay uno o dos precedentes. Pero,
tanto en un caso como en el otro, los navíos no viajaban con todo su
cargamento de trigo. En verdad, esta hazaña asegura para el servicio de la
annona y en consecuencia para ti, señor, una sustancial ganancia de tiempo.
Tal vez debiéramos pensar en recompensar el celo y la competencia del
capitán Marco.
Un brillo de agradecimiento pasó, furtivamente, por la mirada gris
azulada del capitán. Por lo que a Carpóforo se refiere, era demasiado hábil
manejando a los hombres como para desdeñar el consejo.
—Tienes toda la razón, Calixto. Págale a nuestro amigo quinientos
denarios. Y dobla la cantidad si repite la proeza.
Lamentablemente, los vientos etesios no son siempre tan favorables,
señor —dijo Marco, inclinándose—, pero procuraré satisfacerte.
—Estoy convencido de ello. Ahora, dame noticias de tu cargamento.
Me preocupa sobre todo el estado de las sedas.
—Seguidme, vosotros mismos podréis juzgarlo.
Calixto y Carpóforo siguieron los pasos del capitán, que los llevó a las
bodegas del Isis. Descubrieron allí un impresionante número de toneles,
cajas y jaulones, todo ello colocado en gradas a lo largo de las paredes.
Marco forzó uno de los cofres y extrajo con mil precauciones un vestido de
seda cuyos reflejos recordaban un ciprino dorado.
Calixto siguió mentalmente el camino recorrido por aquella vestidura,
desde los hilos concebidos en las lejanas provincias de Seres, en los
confines de Oriente, y pacientemente transportadas a Egipto por los mares
interiores, hasta el trabajo único de los tejedores de aquel país y, por fin,
hoy, Ostia, Italia. Una tela como la que había servido para fabricar aquella
pieza podía evaluarse en casi doce medidas de oro. Es decir, el salario de
cuarenta mil jornadas de trabajo de un obrero. Un sueño...
—Y aquí... —Marco dio un gran golpe en uno de los tabiques—, ¡mil
doscientos modii de trigo!
—Muy bien —apreció Carpóforo—, el prefecto de la annona está
satisfecho de ti.
El banquero efectuó un rápido examen de sus mercancías antes de
confiar a Calixto el resto de las operaciones.
Estas consistían en desembarcar los géneros y llevarlos luego a uno de
los numerosos y enormes almacenes situados en la periferia de Ostia.
El calor era sofocante y los hombres trabajaban con lentitud. Fueron
necesarias diez horas para desembarcar parte del trigo. Se precisarían dos
días más para acabar con los mil doscientos modii.
La noche se deshilachaba sobre el mar cuando Marco invitó a Calixto
a refrescarse. Este, aunque embrutecido por el sol y la fatiga, vaciló.
Durante todas aquellas horas, el trabajo le había impedido pensar en Flavia
y en todo lo demás. Deteniéndose, temía dejar libre de nuevo el campo a
toda clase de ideas mórbidas. Decidió, sin embargo, aceptar.
Ambos hombres se dirigieron a la taberna llamada El Elefante, una de
las muchas que florecían en el puerto. Apenas se hubieron sentado, Marco
dijo:
—Quisiera agradecerte la gratificación que me has conseguido.
—Quinientos denarios es poco...
– ¿Poco? —Y la inimitable risa del capitán resonó espontáneamente en
su garganta—. Será poco para un individuo como tú, acostumbrado a
manejar millones, pero para mí, un simple marino...
Se habían instalado frente a frente, acodados en el mármol del
mostrador, tibio todavía a consecuencia del calor del día.
—Compréndeme —prosiguió el capitán—, para mí lo más importante
es asegurarme el porvenir. Me gustaría ganar los denarios suficientes para
retirarme a alguna parte. A Pérgamo, a Capri, ¿qué sé yo? Fundar una
familia, tener hijos. Mira, mira mis manos. Los hombres de mi raza mueren
pronto. Al principio me gustaba apasionadamente este oficio, los viajes, lo
desconocido. Cuando se tienen veinte años, todo es único. A los cincuenta,
todo fatiga. Y hoy, Calixto, tengo cincuenta años y carezco de
descendencia. Es triste. Ciertamente he tenido hembras de Egina, de
Cartago, preñadas de sol, vibrantes como una copa de samos en pleno
mediodía. ¿Y luego? Silencio... No, necesito poco. Una viña, una granja, la
paz... ¿Comprendes?
Calixto asintió distraídamente. Cada vez que regresaba de sus periplos,
Marco sentía una inevitable necesidad de explayarse.
Disertó así durante casi una hora sobre las mujeres, el tiempo, el
dinero, la política y demás, pasando de un tema a otro sin concluir jamás
realmente. Forzoso era reconocer, sin embargo, que en aquellos relatos
había siempre un clima mágico que incitaba a soñar.
Calixto casi podía tocar con la mano Alejandría y sus amplias
avenidas, largas como ríos, los templos rodeados de jardines de inolvidables
aromas, el serapeum, la puerta del Sol y, por encima de todo, la torre de
fuego de la isla de Faros, tan brillante que iluminaba, según decían, los
confines del universo. Antioquía durante el crepúsculo, cuando las cuchillas
del sol poniente transforman el Orontes en camino de llamas. Pérgamo con
su acrópolis, dominando como un nido de águilas el encajonado valle del
Caicos. Y, de pronto, a medida que Marco hablaba, una loca idea nació en el
espíritu del tracio.
Las esperanzas de liberación que Carpóforo había hecho nacer en él
parecían, hoy, muy aleatorias. Desde las guerras de Marco Aurelio reinaba
una crisis multiforme y compleja. En Oriente, inmensos territorios habían
sido asolados por los partos; en Dacia, en Panonia y también en Iliria y en
Tracia, por los bárbaros o los bandidos de Materno. Además, la peste había
causado graves pérdidas entre los campesinos. La penuria de víveres había
engendrado la carestía de la vida, reduciendo a la miseria a los más pobres.
Aunque Cómodo había intentado luchar contra aquella situación,
imponiendo un baremo que los precios no debían superar, la medida se
había revelado poco eficaz.
Además, el propio Emperador padecía las consecuencias de aquella
situación, pues el rendimiento de los impuestos había descendido
considerablemente. Lo remediaba, hasta cierto punto, nacionalizando las
aduanas, con lo cual privaba a las sociedades arrendatarias —y en
consecuencia a personajes como Carpóforo— de sustanciales rentas.
Finalmente, acababa de tomar la decisión de disminuir los tipos de interés,
medida que aliviaba mucho a los deudores, pero colocaba a los bancos en
muy mala posición. Y en tales condiciones, ¿cómo ganarse honradamente
su liberación?
La voz de Marco le sacó bruscamente de sus pensamientos.
– ¿No te interesan ya mis historias?
– Muy al contrario. Me he dejado llevar por tu relato: estaba en pleno
viaje.
Encantado por aquella respuesta, el capitán soltó una nueva carcajada.
– ¿Cuándo te harás de nuevo a la mar? —preguntó Calixto con
desenvoltura.
—No lo sé. Seguramente hacia los idus de septiembre.
Aun en contra de su voluntad, Calixto notó que el corazón latía con
tanta fuerza en su pecho que tuvo la certeza de que Marco podía oírlo.
Los dioses estaban con él. En los idus de septiembre era precisamente
cuando tenía que cobrar los veinte talentos de Didio Juliano. Sintió
entonces mucho miedo. Las puertas se entreabrían, pero ¿se atrevería a
cruzarlas? Tanto más cuanto que el camino que llevaba a ellas estaba lleno
de trampas. El joven Juliano podía desaparecer o, sencillamente, no
disponer de la suma en la fecha acordada y pedirle a Carpóforo un plazo
suplementario. Convencer a Marco de que le permitiera embarcar en el Isis
sería una tarea más ardua aún.
—Dime, Marco. Hace un momento, cuando me has comunicado tu
deseo de abandonar los viajes y comprar un pedazo de tierra, ¿hablabas en
serio? ¿O, sencillamente, era un modo de expresar cierto estado de
depresión?
—Escúchame, pequeño, ¡Cayo Sempronio Marco no tiene nunca
depresiones! Las depresiones son para las babosas y las doncellas de Vesta,
no para un hombre de mi temple.
—Mejor así. En ese caso, cuando hablabas de obtener los medios para
retirarte, ¿en qué suma estabas pensando?
Marco reflexionó brevemente.
– Digamos ciento cincuenta o doscientos mil sestercios.
Calixto hizo un rápido cálculo: a doce mil quinientos sestercios el
talento... Una vez que le hubiera pagado a Marco, le quedarían unos
cincuenta mil sestercios para su uso personal.
—¿Y si te consiguiera esa suma?
El capitán abrió los ojos con asombro. Luego, echando hacia atrás la
cabeza, soltó una nueva carcajada que atrajo hacia él la atención de clientes
y viandantes.
—Mi pobre Calixto, el vino produce en ti peligrosos efectos.
¿Doscientos mil sestercios? ¡Pero si ni siquiera tienes un as!
Vació su jarra y tomó al tracio del brazo.
– Vamos, ven, marchémonos. Oigo chapotear el cerebro en tu cabeza.
Calixto no se movió.
– Te hablo muy en serio, Marco. Tendrás la suma. ¡Te lo juro por
Zagreo!
– ¿Qué estás diciendo? ¿De dónde sacarás semejante fortuna?
– Lo único que te interesa saber es que puedo obtenerla.
Visiblemente turbado, Marco sintió la necesidad de apoyarse en el
mostrador.
—Mírame a los ojos —dijo acercando su rostro al del tracio—. No
estarás divirtiéndote conmigo, ¿verdad? ¿Te das cuenta de que ya no tengo
edad?
El capitán hizo una pausa, como si intentara evaluar a su interlocutor.
—Perfecto. Examinemos la proposición desde otro punto de vista... No
pretenderás hacerme creer que esta mañana has abierto los ojos diciéndote:
«Me gusta esa vieja barrica de Marco y sería agradable poder ofrecerle unas
decenas de miles de sestercios.» Vamos, basta ya de palabras: ¿qué hay tras
esa súbita generosidad?
—Necesito tu ayuda.
—Ya estamos. ¿Qué quieres?
—Embarcar contigo en el Isis, en tu próximo viaje a Alejandría.
—Esta vez no cabe duda alguna: Baco ha envenenado tu cabeza.
¿Partir en el Isis?
¿Has pensado al menos en las consecuencias? Para
comenzar, nuestro querido Carpóforo tendría el placer de darte estrapada al
pie del Capitolio, donde algunos buitres picotearían tu cerebro enfermo.
Pero eso no sería todo; también habría para mí. En el mejor de los casos,
acabaría como galeote entre Tiro y Faleria hasta que el Mediterráneo
quedara convertido en una piscina para patricias en celo. Y eso, pequeño,
no es más que una visión optimista de las cosas.
—Carpóforo no lo sabrá. ¿Cómo quieres que establezca una relación
entre tú y mi desaparición?
– ¿Cómo? Bueno, sencillamente porque en esta ciudad todo se sabe y
siempre habría un alma caritativa dispuesta a denunciarnos. Alguien,
cualquiera de los que te hubiese visto subir a bordo.
– No si embarco por la noche.
– ¿Y durante la travesía?
– Ya lo he pensado: la bodega. Sólo saldré cuando haya llegado a
Alejandría.
– ¡Estás loco! ¿De diez a veinte días en la cala?
– Tal vez esté loco, Marco, pero tú lo estás todavía más si rechazas
doscientos mil sestercios.
Marco se secó la frente, nervioso.
– ¿Sabes, Calixto?, me fatigas y me das sed. —Pidió otra jarra de
albus—. Sí —repitió—, me fatigas.
—Te lo suplico, tienes que aceptar. Si me quedo en Roma me volveré
loco. Si no me marcho, pondré fin a mis días.
– ¡No me hagas chantaje! ¡Me horroriza!
– Y sin embargo, es cierto. ¡Aquí me asfixio!
– Que yo sepa, ocupas una situación privilegiada y no pasas las noches
en una ergástula.
– Mi prisión es todo lo que me rodea. Además, hay otra cosa. Alguien
a quien quería más que a mí mismo y que ya no existe... Ya nada me retiene
aquí...
– ¡Tonterías! Dime mejor qué don de Venus te permitirá obtener
semejante suma.
– Ya te he dicho que eso es cosa mía.
Marco estudió durante un largo rato a Calixto con aire de
circunspección.
– De acuerdo —dijo por fin—, tú ganas. Tú ganas, pero con mis
condiciones.
– ¿Tus condiciones?
– Eso es. Cuando te hablaba de retirarme a un rincón tranquilo, no
pretendía en absoluto hacerlo a cambio de algo. En todo caso, no con mi
cabeza en la balanza. ¿Queda claro? Ya imaginarás que no voy a
arriesgarme a perder todo lo que tengo así, sin contrapartidas.
– Pero, bueno..., ¿y los doscientos mil sestercios?
– Está bien, pero no es bastante.
– ¿Quieres decir que...?
– Quiero decir que entre el deseo y los medios para realizarlo hay todo
un mundo. Y ese mundo tiene un precio: doscientos mil sestercios más.
– ¿Cuatrocientos mil en total?
– Sé sumar perfectamente.
Pálido, Calixto sintió que perdía pie. Los veinte talentos de Juliano no
bastarían. Por un instante, sintió la tentación de abandonarlo todo. No
quería partir con la bolsa vacía, para vivir en Alejandría como mendigo o
servidor de algún burgués alejandrino.
– De acuerdo —anunció de pronto—, tendrás la suma.
¿No era él, en fin de cuentas, quien controlaba las finanzas de
Carpóforo?
– Atención, Calixto, nada de engaños. Cuatrocientos mil y ni un as
menos. No sé dónde ni cómo obtendrás la suma, pero si fracasas siempre
tendrás tiempo de recordar mis advertencias. Dicho esto, creo que debemos
regresar al navio. De lo contrario no serán sestercios lo que llueva...
—Espera un instante. ¿Cómo sabré cuándo parte el Isis?
—Por el propio Carpóforo, claro. Ya imaginarás que no voy a aparejar
sin que me lo ordene. Probablemente, te enterarás de la fecha antes que yo.
—Entonces, quedamos citados aquí mismo, al alba del día de la
partida.
—Ten cuidado: pasada la segunda hora, izaré las velas.
—No temas, estaré aquí.
Una divertida sonrisa apareció en los labios del capitán.
—Estás loco, Calixto, loco. Pero ¿ quieres que te diga una cosa?
Vencedor o no, me gustas.
28
– No puedes imaginar cómo me honra esta visita, Marcia. Contigo
aquí, un poco de la púrpura entra en mi casa.
Con especial respeto y melosa sonrisa, Carpóforo introdujo a su
visitante en el tablino, agradable estancia que daba a un jardín interior desde
el que llegaba el canto de las fuentes y cuyos cortinajes cuidadosamente
levantados dejaban entrar la suavidad del estío agonizante. Dirigiéndose
hacia uno de los divanes, Marcia repuso:
—Estoy convencida de tu sinceridad. Nadie ignora en Roma el afecto
que sientes por el Emperador. Lo que me permite, hoy, dirigirme a ti sin
ambages.
Carpóforo ayudó a la joven a tenderse, conmovido todavía por tan
extraordinaria visita. Desde el momento en que le había comunicado su
deseo de verle, había sentido cierta aprensión. Tenía excesiva experiencia
de la vida para no desconfiar de los poderosos cuando actúan con sus
vasallos como solicitantes. Se instaló, nervioso, frente a la favorita de
Cómodo y aguardó.
—Antes de comunicarte la razón de mi visita, me gustaría que supieras
que el Emperador está satisfecho del modo en que administras la annona.
Ahora está convencido de que actuó bien al nombrarte responsable de esa
administración. Espero que, por tu lado, todo vaya de acuerdo con tus
deseos.
—Más aún de lo esperado. Y nuestro César tendrá mi eterna gratitud.
—Me satisface oírtelo decir. He aquí, ahora, lo que me trae: necesito
un esclavo.
Carpórofo estuvo a punto de atragantarse. Había esperado las más
extravagantes peticiones, pero ésta las superaba.
—Marcia, perdona de antemano que te lo diga, pero tú puedes
disponer como te parezca de todos los esclavos del Imperio. ¿Por qué,
pues...?
—¿Por qué me dirijo a ti? La respuesta es sencilla: el esclavo que
deseo está bajo tu techo.
—En ese caso, me sentiré feliz sirviéndote. Todos mis criados son ya
de tu propiedad: diez, veinte, treinta, cien, tantos como quieras.
—Esa respuesta demuestra tu generosidad, señor Carpóforo, pero sólo
necesito un hombre.
—En tal caso, si lo deseas, reuniré inmediatamente a mis servidores y
te bastará con elegir.
Carpóforo se disponía a levantarse, pero la mujer le detuvo con
gracioso gesto.
—No, no es necesario que te molestes, mi elección está hecha.
—¿Conoces..., conoces el nombre del esclavo?
—Calixto.
Una ráfaga de fresco viento agitó las ramas del jardín, levantó los
flecos dorados de los cortinajes y despeinó los bucles negros de Marcia. Su
anfitrión la miraba preguntándose si no estaría soñando. ¿Calixto? Con
todos los esclavos inútiles que llenaban su morada, y le pedía el único que
le interesaba. No, no podía ser cierto. Aquella mujer, ciertamente, intentaba
ponerle a prueba, y a través de ella el propio Emperador. No era la primera
vez que Cómodo se divertía poniendo a prueba a sus súbditos. Todavía
recordaba la suerte de Perennis.
—¿Estás..., estás segura de que se trata de ése? —balbuceó
penosamente.
—Por completo. Sólo le deseo a él.
– Pero... Pero, noble Marcia, tiene un carácter difícil, un espíritu
rebelde e irascible. Sólo te causará problemas. Puedo, en cambio, sugerirte
otros muchos servidores, absolutamente sumisos, que te darán plena
satisfacción.
La muchacha levantó la mano como apaciguándole.
– No temas, Carpóforo. Te agradezco que quieras satisfacerme del
mejor modo pero, te lo repito, sólo el tal Calixto me interesa.
Pero ¿cuándo había ofendido a los dioses para que le infligieran
semejante prueba?
Creía adivinar la explicación de tan curiosa demanda: era,
efectivamente, la de una libertina que buscaba satisfacer sus sentidos con un
nuevo instrumento de placer. Sin duda se habría cruzado con Calixto en
alguna parte, tal vez la misma noche del banquete, y se habría encaprichado
de él. Aquello, lamentablemente, nada tenía de original. Las patricias se
permitían a menudo ese tipo de fantasías. Y en tal caso, si era cierto, nada
ni nadie podría lograr que la favorita cambiara de opinión. Por su parte,
Carpóforo, si quería conservar la prefectura de la annona, debía doblegarse.
– Se hará según tu deseo —dijo, intentando ocultar su inmensa
amargura—. Le convocaré de inmediato.
– No, no es necesario. Que me lo lleven a palacio mañana a primera
hora.
Carpóforo se mordió los labios y asintió. Ella estaba ya de pie. Con
forzada vivacidad, la acompañó hasta la litera. Una vez solo, comenzó a
maldecir en voz alta a todas las mujeres en celo del Imperio.
Instalada en la litera que la alejaba de la propiedad, Marcia esbozó una
sonrisa. Gracias a su estratagema, podría volver a verle. Podría por fin
explicarle, confiarle aquello que, desde la trágica muerte de Flavia, tanto le
pesaba. El lo sabría. Sabría que no había dejado de pensar en él, en ellos,
hasta impedirle conciliar el sueño. Mañana...
Calixto dejó la pluma junto al pergamino y contempló satisfecho la
columna de cifras. Desde su entrevista con Marco no había perdido el
tiempo. El banco de la puerta de Ostia, que pertenecía a su amo, tenía una
excelente reputación. Muchos colegios funerarios, organizaciones
caritativas e incluso comunidades cristianas le habían confiado sus
depósitos. En pocas semanas, gracias a un sabio juego de escritura, había
logrado transferir la mayor parte de los fondos a una cuenta personal abierta
en un banco de Alejandría. Además, había establecido un acuerdo con la
sinagoga de Roma en virtud del cual, a cambio de una significativa
reducción del montante de las deudas contraídas por los judíos romanos,
ésta se comprometía a devolver la totalidad del crédito en las nonas de
agosto. Era el último día del mes y había cumplido la palabra. Calixto
acababa de concluir, con delectación, la transferencia de aquella nueva
suma que acababa de añadirse a las precedentes. Ahora, en Alejandría le
aguardaba un depósito de más de tres millones de sestercios. Lo bastante
para pagar al canalla de Marco y vivir en la abundancia.
Como estaba previsto, Carpóforo le había confirmado la marcha del
Isis, fijada para el día siguiente de los idus. Hasta ahora, las piezas de su
mosaico encajaban mejor de lo esperado. Aquella torre de Faros tantas
veces descrita por el capitán, se acercaba cada vez más. Pronto estaría al
alcance de su mano.
Abandonó la mesa y apartó los cortinajes que daban al parque. Una
sonrisa afloró a sus labios al imaginar la reacción de Carpóforo el día en
que descubriera la estafa: tendría que devolver tres millones de sestercios,
cuando los negocios estaban lejos de ser florecientes. Ciertamente, Calixto
haría mejor alejándose de Roma aquel día.
—¡Calixto!
Eleazar corría hacia él. Se preguntó qué desearía aquella carroña.
—El amo pregunta por ti. Quiere verte inmediatamente.
Calixto hizo una señal de asentimiento, considerando inútil preguntar.
Entre el sirio y él seguía existiendo el mismo estado de guerra larvada.
—Créeme, soy el primero en lamentar tu partida. Pero compréndelo,
no puedo negarle nada a esa mujer.
Calixto cerró los ojos, al borde de la náusea. De modo que la
reputación de Marcia estaba justificada. Una pelandusca desprovista de
cualquier sentimiento humano. Ordenaba y era preciso someterse. Una
desesperación próxima al vértigo se sumaba a su inmensa decepción.
Aquella mujer, con un simple capricho, acababa de convertir en polvo todos
sus sueños de libertad. Los planes elaborados durante horas barridos como
briznas de paja. Pensó de nuevo en la cita del puerto, en Marco, y sintió
ganas de aullar.
—Percibo tu pena —añadió Carpóforo moviendo la cabeza—. Incluso
me conmueve. Así demuestras que eras muy feliz bajo mi techo.
Qué burla..., qué monstruosa burla... Si el senador pudiera leer los
pensamientos de su esclavo. Bruscamente, se sintió dominado por la cólera.
No, no toleraría ver cómo se desmenuzaban sus esperanzas. ¡Era superior a
sus fuerzas!
—No iré.
Carpóforo trató de ser comprensivo.
– Vamos, Calixto. Te repito que comprendo muy bien tu desolación;
incluso me halaga. Pero ten en cuenta que se trata de una orden indirecta del
Emperador.
—De nada sirve explicármelo. No iré.
El senador fingió no advertir la agresividad con la que se expresaba su
esclavo.
—No es momento para caprichos. ¡Harás mi voluntad! —Sin aguardar
más, le ordenó a Eleazar—: Encárgate de que lo encierren. Que lo
encadenen si es necesario y, mañana, que lo lleven a palacio. Ten el
convencimiento de que, si algo le sucede, pagarás con tu cabeza.
—No temas, señor. Le llevaré a buen puerto.
Carpóforo se retiró rápidamente, con el rostro huraño, sin intentar
analizar el rictus imbécil que iluminaba la cara de su intendente.
29
El cielo azul rosáceo de la aurora flotaba sobre los tejados, pero más
allá de los muros nacía ya el denso rumor de la ciudad que despertaba.
Calixto, con las muñecas encadenadas a la espalda y flanqueado por
Eleazar y Diomedes, el servidor de Carpóforo de triste memoria, aguardaba
en el jardín interior de la Domus Augustana. Les habían dicho que
esperaran allí, pues algunas mañanas la favorita se ausentaba por alguna
misteriosa razón. Mientras permanecían allí, inmóviles, la más diversa
gente desfilaba bajo los pórticos: graves senadores, oficiales pretorianos,
muchachas que cacareaban y parloteaban con una despreocupación que
contrastaba con el aire atareado de los esclavos.
De vez en cuando, alguien miraba al trío, pero sin arriesgarse a
abordarlos.
Calixto, muy pálido, observaba las columnatas que se levantaban hasta
perderse de vista. A sus pies crecía un bosque de tejos podados en forma de
león, símbolo hercúleo por excelencia. Pero ¿qué impulsaba, pues, a
aquellos romanos a torturar así a la naturaleza con el pretexto de «hacer
arte»? Sintió el súbito deseo de destruir aquellas estúpidas efigies, de
destrozarlo todo.
Sumido en sus pensamientos, apenas oyó a su espalda el balbuceo de
Eleazar.
—Yo..., yo te saludo, señor, y estoy a tus órdenes...
Giró lentamente sobre sí mismo y distinguió al personaje a quien el
sirio acababa de dirigirse: un joven atleta, descalzo, vistiendo una túnica
corta, con el pecho y los brazos desnudos, que parecía un simple
augustante. A pocos pasos del desconocido, en segundo plano, permanecía
un individuo barbudo, joven también, que llevaba en las manos ánforas de
aceite y mantas.
Calixto se preguntó por qué el villicus adoptaba un tono tan servil para
dirigirse a un simple atleta.
—Es un esclavo, señor —seguía explicando Eleazar para responder a
una pregunta que el joven acababa de hacerle—, un esclavo que nuestro
amo le ofrece a la divina Marcia. —La Amazona siempre ha tenido buen
gusto... Con mirada experta, examinó largo rato el cuerpo de Calixto antes
de desgarrar con gesto seco el cuello de su túnica, dejando así su pecho al
descubierto. Su respiración se había hecho más corta, sus pupilas más fijas.
Acarició lentamente el tórax desnudo, recorrió los pectorales y se dispuso a
descender hacia el bajo vientre. Aquello era más de lo que el tracio podía
soportar: dado que no podía servirse de sus puños, escupió con desprecio a
la cara del joven.
Eleazar y Diomedes se quedaron petrificados. El atleta había
retrocedido un paso, aparentemente tan estupefacto como ambos hombres.
Pero, muy pronto, la cólera sucedió al estupor. El hombre lanzó su rodilla
hacia el estómago de Calixto, que se dobló sobre sí mismo como un
pergamino en las llamas. Casi simultáneamente, las dos manos de su
adversario, unidas en forma de puño, cayeron sobre su ofrecida nuca. En el
preciso instante en que se zambullía en la oscuridad, oyó la voz del
desconocido gritando: «¡Atreverse a escupirle a la cara a su Emperador!
¡Nunca nadie..., nunca!»
Cuando recobró el conocimiento, dudó de su razón. La estancia donde
se hallaba era una impresionante sala octogonal de muros
extraordinariamente altos, tan altos que Calixto recordó una frase que
alguien había dicho sobre el palacio de Cómodo: «Algunas estancias son
tan altas que, ciertamente, allí debe de residir un dios investido de poder
terrenal.»
A Calixto le sorprendió, sobre todo, el mobiliario. Nunca, ni siquiera
en casa de Carpóforo —donde, sin embargo, era fastuoso—, había visto
semejante lujo. En las paredes, bajorrelieves de mármol representaban las
hazañas de Hércules, y el suelo estaba cubierto de suntuosas alfombras
persas. Frente a él se erguía un inmenso lecho de oro y marfil cubierto de
pieles de león. En el techo policromado destacaba un fresco de vivos
colores que representaba la leyenda de Teseo y Antíope. Pero ¿estaba
soñando? La reina de las Amazonas tenía los rasgos y la apariencia de
Marcia, mientras que Teseo era el vivo retrato del joven que le había
agredido... El Emperador... Recordó la escena y tomó enseguida conciencia
de la enormidad de su acto: aquel a quien había tomado por un vulgar atleta
era, pues, César.
Intentó levantarse, pero su movimiento le arrancó un grito de dolor. Le
habían atado de pies y manos al diván en el que estaba tendido.
—¿Despierto ya? —interrogó una voz.
Calixto volvió la cabeza. Allí, muy cerca, estaba su agresor. Habían
transcurrido diez años desde su primer encuentro en las termas, cuando le
invitó a subir a su litera. Pero era efectivamente Cómodo quien estaba allí,
desnudo, con la mirada algo vidriosa y los labios temblorosos.
—César —comenzó el tracio—, ignoraba que estaba tratando contigo.
Yo...
—Ingenuo, quirite, prefecto, emperador: el insulto es igual para todos.
Afecta al hombre, no al príncipe.
– Sin embargo...
– ¡Silencio! ¡Aquí soy yo quien habla!
Avanzó lentamente; sus pies desnudos parecían flotar sobre las
alfombras. Una malsana expresión habitaba sus rasgos, como si intentara
enmascarar su excitación.
Se arrodilló a la cabecera de Calixto y le miró largo rato.
– De modo que mi tierna Marcia es la instigadora de tu venida... —
Posó una húmeda mano en la mejilla del tracio—. Me atribuyen una
multitud de defectos, pero, tranquilízate, los celos no forman parte de ellos.
Muy al contrario. En ciertos terrenos, domino el arte de compartir. Lo
considero incluso un deber.
Mientras se expresaba, tomó el rostro de Calixto y, cuando nada
permitía presagiarlo, pegó con fuerza la boca a la suya. Intentó febrilmente
que su lengua se abriera paso entre los labios del tracio, pero fue en vano.
Este había apretado instintivamente los dientes. Entonces, Cómodo volvió a
erguirse y golpeó con todas sus fuerzas, con el reverso del antebrazo, la sien
de aquel que sólo era ya el objeto de su deseo.
—Entre el placer y el dolor. ¿Ahí residen pues tus preferencias? Muy
bien. Créeme, también soy un maestro en este arte.
Cómodo posó esta vez la boca en el tórax desnudo del tracio.
Indiferente a los furiosos movimientos de éste, que intentaba romper sus
ataduras, comenzó a lamer su cuerpo con pasión, deslizándose
progresivamente a lo largo del plexo, del vientre, deteniéndose un momento
en el ombligo y llegando hasta la ingle, donde se detuvo de nuevo.
Calixto tenía la impresión de que las vísceras ascendían hasta su
garganta. El sabor de la bilis le invadió el paladar y notó que lágrimas de
rabia y humillación anegaban sus ojos.
—Olvidabas la cobardía, César. ¡La cobardía entre la larga lista de tus
taras!
Cómodo observó en silencio a quien acababa de desafiarle una vez
más. Acarició maquinalmente, con gesto seco, su rizada barba y se dirigió a
un rincón de la estancia.
Cuando regresó llevaba en la mano un escorpión, especie de látigo
cuyo azote terminaba en un garfio. Una corriente glacial recorrió el
espinazo del tracio. Muchos esclavos habían encontrado la muerte víctimas
de aquel instrumento, hasta el punto de que ya sólo se reservaba para los
criminales notorios.
Deleitándose en la expresión de terror que leía en los ojos de su
víctima, el Emperador levantó el brazo con deliberada lentitud. Aguardó
unos instantes y, luego, abatió el látigo sobre el cuerpo desnudo. Calixto no
sintió, al principio, dolor alguno; luego, de pronto, fue como si clavaran en
su carne la punta de un tizón ardiendo. Sólo pudo contemplar, impotente, la
sangre que brotaba de una grieta abierta en su pectoral diestro. Cómodo
arrancaba ya el garfio de la herida y repetía el gesto. El segundo golpe
desgarró profundamente la axila derecha.
Entonces, el tracio perdió la noción de la realidad. Los golpes se
sucedieron a un ritmo cada vez más rápido. El Emperador, con los ojos
desorbitados, jadeaba por el esfuerzo. Calixto sentía sus miembros
lacerados por trazos de fuego; su cuerpo se transformaba poco a poco en
una llaga ardiendo. Se mordió convulsivamente los labios para no aullar.
Por su mente cruzaron desordenadas imágenes, relámpagos, un torbellino
de terrible fuerza que le impulsó insensiblemente hacia la locura.
El escorpión laceraba con increíble agudeza cada parcela de su piel. Y
el efecto era tal que habría dicho que ya no había un solo látigo, sino cien.
Cuando, al final, la punta metálica cayó sobre su sexo, lanzó un grito que
nada tenía de humano, un grito de bestia asesinada.
Cuando abrió de nuevo los párpados, creyó oír una voz que resonaba
en el centro de un universo algodonoso por el que parecía estar derivando.
Una voz de mujer.
—Ya lo sé, César. Carpóforo me había puesto en guardia contra su
abominable carácter.
—Y en ese caso, ¿por qué has aceptado que te lo entregaran?
—¿No lo sospechas? —le interrogó lacónicamente la voz—. Pues es,
precisamente, por la razón que acabas de citar.
Al mismo tiempo, Calixto adivinó, más que ver, un dedo que se
paseaba por sus heridas.
—En palacio estamos rodeados de marionetas: cónsules, senadores,
prefectos... Criaturas que apenas sirven para arrastrarse. Esperaba hallar en
este esclavo un individuo mucho más receptivo. ¿No sientes, a veces, cierto
cansancio dirigiéndote sólo al eco? Una y otra vez al eco.
—Ahora me sorprendes. Creía que yo te bastaba ampliamente.
—¿Tú, señor? Pero eso no cuenta, tú eres divino, César. Yo deseaba a
un hombre, ¡no a un dios!
Cómodo soltó una risa infantil.
—De todos modos, dios u hombre, voy a devolver a este ser a su justa
condición: el polvo.
Calixto, tras un sobrehumano esfuerzo, había logrado erguir la cabeza.
Marcia. El dedo que corría a lo largo de sus heridas no era sino el suyo.
Cómodo levantaba de nuevo el brazo.
—¡No, César! El escorpión no. Terminarías con él enseguida. Utiliza
esto.
Llevaba una sencilla estola de color azul. Bajo la asqueada mirada del
tracio, se desabrochó el cinturón de cuero y se lo ofreció a Cómodo.
—Pero espera.
Con mesurado gesto, hizo saltar las fíbulas que sujetaban su túnica. El
vestido cayó al suelo, revelando una desnudez perfecta. Con traviesa
sonrisa, se tendió en uno de los lechos adyacentes y, con un gesto que se
pretendía inocente, posó una mano en su entrepierna.
—Ahora ya puedes, César —murmuró dulcemente.
Cómodo la observó, pasmado. Su mirada iba del cuerpo del tracio al
de su amante. Soltó una zafia risotada. Esbozó un paso hacia la joven,
cambió de opinión, regresó hacia Calixto, le asestó un terrible puñetazo en
el cráneo y, sin aguardar más, fue a derramarse en el vientre de su amante.
30
Acodado en la borda, el capitán del Isis reía señalándole con el dedo.
Habían crucificado a Calixto en una pared del foro, y la sangre que
manaba de sus muñecas y sus pies formaba grandes regueros que corrían
por el muelle hasta llegar al mar.
– ¡Espérame! ¡Espérame! ¡Habías prometido esperarme!
Indiferente a sus súplicas, Marco seguía riendo. Se agachó en la
cubierta del navío, se levantó de nuevo con las manos llenas de monedas de
oro y comenzó a lanzarlas con todas sus fuerzas hacia el cielo. Repitió el
gesto una vez más, luego dos, luego cien, cogiendo con las palmas
montones cada vez mayores y proyectándolos, de nuevo, hacia el espacio.
En pocos instantes todo el cielo quedó anegado por aquel diluvio
invertido. Y el sol, convertido en miríadas de puntos, inundó de pronto
todos los campos de azur. En el mar sucedía lo mismo. La cresta de las olas
ya no era sino un fragmento de luz quebrada por la proa del Isis, que
corría hacia el sur.
—Calma, Calixto, calma.
El eco de su nombre llegaba hasta él como desde el fondo de un pozo.
Se esforzó en abrir los párpados, pero parecían tan pesados como dos sellos
de plomo. Todo le dolía. Debían de haberle tendido sobre láminas de cristal.
Una mano se deslizó bajo su nuca y levantó su cabeza. Intentaban
darle de beber. Lentamente, como si fuera un niño de pecho, calmó su sed
antes de tenderse otra vez.
¿De dónde procedían aquellas visiones que se amontonaban aún en su
cabeza? Aquel cielo de oro, aquel navío... Comprendió que debía de haber
soñado.
¿Y aquella mujer con el rostro tapado que le había parecido ver? ¿Y
aquel ruido de pasos acolchados, aquellos fragmentos de conversación en
voz baja? ¿Un sueño también?
—Sólo heridas superficiales... Adormidera con leche...
El contacto de una mano muy suave sobre su frente. Una voz de
hombre:
—A tus órdenes, ama.
Ruidos diversos, indescifrables, interrumpidos por largos períodos de
absoluta oscuridad. Y siempre, al menor movimiento, aquel agudo dolor
producido por miles de garfios clavados en su carne.
Un dedo levantó su párpado. Se estremeció, parpadeó
precipitadamente. Por primera vez pudo examinar el lugar donde se hallaba.
Era una celda cuyas paredes le parecieron de una altura desproporcionada
teniendo en cuenta la estrechez del lugar. La claridad entraba por una
abertura enrejada, en el centro de la pared que tenía enfrente. A la derecha,
una docena de peldaños conducían a una puerta de roble macizo.
—¿Te encuentras algo mejor?
Con infinitas precauciones, intentó levantarse. Su cuerpo, desde la
parte superior del pecho, a ras de cuello, hasta los tobillos, desaparecía bajo
entrecruzadas vendas que olían a aceite y plantas medicinales. Un hombre
joven, barbudo y con la nariz aplastada estaba a su cabecera. Humedeciendo
sus secos labios, balbuceó:
—¿Quién..., quién eres?
– Me llamo Narciso.
– ¿Dónde estamos?
– En un calabozo de la Castra Peregrina.
Y mientras Calixto caía hacia atrás, su interlocutor le añadió:
– ¿Qué quieres?, no se insulta impunemente a un emperador. El crimen
de lesa majestad suele castigarse con la muerte.
– ¿Por qué no han acabado conmigo, pues?
– La divina Marcia parece apreciarte mucho.
Calixto esbozó una mueca que quería ser sonrisa.
– Pues tiene un modo de expresar su afecto que más bien te hace
desear la muerte. ¿Eres también esclavo suyo?
—Soy su esclavo, pero también el entrenador particular del
Emperador.
—Supongo que ha sido ella quien te ha pedido que me cuides.
– Así es.
Hubo un silencio, y luego:
– Te compadezco.
– ¿Por qué lo dices? Marcia siempre ha sido buena conmigo.
—Hasta el punto de haberte hecho tan servil que has perdido cualquier
discernimiento.
Narciso estuvo a punto de protestar, pero se limitó a decir:
– Algún día sabrás...
Sin añadir nada más, guardó sus ungüentos en una bolsa de cuero y se
dirigió hacia la escalera. Una vez en la puerta, anunció:
—Volveré cuando haya caído la noche. Trataré de traerte alimentos
más consistentes que caldos y leche.
Calixto contuvo un estremecimiento al oír el eco de los cerrojos que
alguien corría tras la pared de roble. Permaneció unos instantes con la
mirada vacía, fija en el techo, y acabó sumiéndose en el sueño.
La noche había transformado la celda en un abismo negro. Le despertó
de nuevo el chirrido de la puerta. Una luz amarillenta iluminaba lo alto de la
escalera. Al moverse, Calixto distinguió una forma que descendía hacia él,
sosteniendo un candil de aceite.
—¿Narciso?
La forma no respondió y siguió acercándose. Sólo la reconoció cuando
se arrodilló a su cabecera.
—Marcia...
Intentó sentarse, pero el dolor seguía siendo vivo y se lo impidió.
—No te muevas —dijo ella, sacando de una bolsa algunas vendas y un
bote de alabastro—. Debo cambiar los apositos.
—Tú, aquí...
Ella le quitó delicadamente las vendas, sin responder.
– ¿Tanto te urge disponer de tu nuevo esclavo que ya no confías en tus
servidores para ponerlo en pie?
Marcia no reaccionó.
– ¿O el contacto con los piojosos estimula tu deseo?
– Pronto estarás curado...
– Para servirte, sin duda...
Ella se concentró en las heridas, que seguían supurando.
– Pero ¿qué clase de ser eres? ¿Un monstruo? ¿Una...?
– Te lo ruego..., cállate.
– ¿Callarme? Si lo único que me queda son las palabras.
– Comprendo tu pena. No podías saber que...
– Lo que he vislumbrado es más que suficiente...
– Calixto...
– Una traición acompañada de humillación. He apurado la copa hasta
las heces.
Por primera vez, ella se quedó inmóvil y le miró.
– ¿Eres, pues, como los demás? ¿El océano es para ti una superficie
líquida sin fondo. ¿Nunca intentas interpretar los acontecimientos más allá
de las apariencias?
—Sí, lo recuerdo: «Las apariencias en nada reflejan la realidad.»
En la expresión de Marcia se pintó una ligera sorpresa.
—¿Recibiste, pues, mi mensaje y no respondiste?
—¿Qué esperabas? Verte de nuevo no le habría devuelto la vida a
Flavia.
—Calixto, yo no la abandoné. Al día siguiente de nuestra entrevista en
los jardines de Agripa, le hice una visita en la prisión del foro.
—Y no intentaste hacer nada para salvarla. Sin duda no podías hacerlo.
—Es verdad. No podía.
– ¿Tú? ¿ La suprema favorita? ¿ La omnipotente Amazona?
– Hay límites que tú ignoras.
– Claro..., y yo...
Ella posó dulcemente un dedo en sus labios.
– Ahora, escúchame.
Le habló de Jacinto. De los cristianos de Cartago, a quienes habían
enviado a las minas de Cerdeña y en cuyo favor había tenido que hablarle a
Cómodo pocos días antes. Reclamando, al mismo tiempo, gracia para
Flavia, se habría arriesgado a comprometerlo todo. Había tenido que elegir:
una vida contra veinte. Los condenados habían sido liberados el mismo día
de la fiesta de Cibeles.
Para Flavia seguía existiendo, de todos modos, una esperanza: obtener
su gracia tras la gran carrera del circo Máximo. En la euforia de sus
victorias, Cómodo demostraba a menudo una insospechada generosidad.
Lamentablemente, al vencer en la carrera, los azules habían destruido
al mismo tiempo su plan. Tras su derrota, el Emperador había caído en una
crisis próxima a la demencia. Se había negado a saludar a la muchedumbre
y al vencedor, así como a ocupar de nuevo su lugar en el palco imperial.
Mortificado, se había dirigido a las celdas donde aguardaba Materno. En
plena crisis de misticismo, los arengó, gritando a quien quisiera escucharle
que, por el hecho de atentar contra su vida, aquellos rebeldes eran algo más
que asesinos: eran impíos.
Al interrogar luego a los carceleros sobre la presencia de Flavia y
enterarse de que se había negado a rendir homenaje a su divinidad, se
inflamó más aún y decidió dar un ejemplo condenando a la muchacha al
mismo tiempo que a Materno.
La joven hizo una pausa antes de terminar:
—Créeme, desde aquel momento todo estaba perdido. Yo no tenía ya
ninguna influencia sobre él. Y si puedo imaginar fácilmente la inmensidad
de tu dolor ante ese drama, debes saber que perder a una de las mías
también fue desgarrador para mí.
—¿Una de las... tuyas?
– ¿Has olvidado acaso que también yo soy cristiana? Sí, ya lo sé, no
respondo precisamente a la imagen de la fiel casta y abnegada. Sin
embargo, sigo siendo cristiana. Con toda mi alma, con todo mi ser. No me
extenderé sobre las ventajas que me proporciona mi posición en la Domus
Augustana. Tan sólo diré que es precisamente esta existencia la que me
permite salvar, a veces, vidas humanas.
—¿E intentar arrebatarme a Carpóforo como un vulgar objeto es
cristiano?
—No has entendido nada, Calixto. Vi a Flavia más de una vez. De
hecho, cada noche hasta la víspera de su muerte. Y me habló de ti, de tu
obsesivo deseo de libertad, de tu nostalgia de Tracia. Cuando fui a casa de
Carpóforo, me propuse primero arrancarte a tu condición. Más tarde, te
habría convertido en un liberto. Lamentablemente, el destino y tu
impetuosidad no lo han permitido.
Calixto parecía perdido. De modo que se había equivocado
constantemente en sus juicios. No había presentido nada, ciego, paralizado
por su propia desesperación. Con cierta torpeza, tomó la mano de la
muchacha.
—¿Podrás perdonarme alguna vez...?
—¿Cómo reprochártelo? ¡Me conocías tan poco y tan mal! Y-se
detuvo antes de terminar— ¿cómo reprocharles nada a los seres a quienes
se ama?
El la miró, perdido, antes de atraerla hacia sí.
—Tus heridas...
—Ya no existen. Jamás he tenido heridas.
Permanecieron un momento abrazados. Ella apoyó la cabeza en su
pecho; él respiró los secretos aromas de su cabellera.
—Si supieras qué cerca de ti estoy, qué cerca de ti he estado siempre...
—Tú eres casi una reina; yo soy tan sólo un esclavo...
Ella agitó suavemente la cabeza.
—No lo olvides nunca: soy hija de liberto. La esclavitud no me es
desconocida.
—Hay tantas cosas que me gustaría saber, que debería entender.
—Más tarde. Tal vez algún día te hable de mi vida.
Se hizo un largo silencio y, luego, Calixto preguntó de pronto:
—¿Qué día es hoy, Marcia?
Ella le miró, sorprendida.
—¿Tan importante es?
—Te lo ruego, contéstame.
—El quinto día de los idus.
Dioniso no le había abandonado por completo. Todavía le quedaban
cinco días.
—Tengo que confiarte algo yo también. Antes de llegar aquí, había
puesto a punto un plan de evasión.
—¿Cómo?
Sin más preámbulos, le hizo el relato completo de su conversación con
el capitán del Isis y el desfalco en el banco de la Porta Ostia. Le habló
también de los veinte talentos que debía ir a cobrar a casa de Juliano.
—La partida del Isis se fijó para el día siguiente de los idus. Si no
estoy allí a la hora acordada, Marco aparejará sin mí.
—¿Ir a Ostia? ¿Cómo lo harás? Es imposible.
—Imposible para mí, no para ti.
—Ya te lo he dicho: hay límites... Por lo demás, mírate. En el estado de
debilidad en que te encuentras no darías ni cien pasos. Es una locura. Por
otra parte, ¿cómo podría sacarte de aquí? La Castra Peregrina está
perfectamente custodiada.
—Pero, para poder visitarme, debes de contar con la ayuda de alguien.
¿Nadie se sorprende viéndote cuidar a un hombre herido por el Emperador?
¿A un esclavo?
—No, soy cristiana y lo saben. No eres tú el primero de quien me
ocupo.
—Decididamente, son extrañas las leyes romanas que hacen tan
ambigua la condición de los cristianos. Proscritos por un lado e íntimos de
la púrpura por otro. No importa; tengo que embarcar en ese navío.
—Aunque consiguiera que te evadieses, ¿cómo te las arreglarías para
cobrar la deuda de Juliano?
—Eso es cosa mía.
—¡Te arrojarías tú mismo a la trampa!
Ella se levantó y comenzó a recorrer la estancia con nerviosismo. En el
fondo de sí misma sabía que no había otra salida posible que la evasión.
Calixto estaba condenado, en un plazo más o menos breve. Tal vez fuera,
incluso, cuestión de horas. Consumadas las delicias de su abrazo, Cómodo
había anunciado claramente a Marcia que no toleraría en absoluto que junto
a su favorita permaneciera un esclavo que había tenido la audacia de agredir
su persona. Y si había aceptado un momentáneo encarcelamiento era tan
sólo en espera de decidir el modo en que daría muerte al tracio.
—Tengo que pensarlo —murmuró—. Necesito verlo claro.
—¿No hay posibilidad de sobornar a uno de los carceleros? Nunca han
tenido fama de ser ejemplarmente probos.
Marcia hizo un signo negativo.
—Demasiado arriesgado. Mi condición de favorita me impide
ponerme en manos de tales individuos. No, pienso en otro medio... Pero
ahora se ha hecho tarde. Tengo que regresar a palacio.
Se dirigió al jergón donde él estaba acostado, cogió el bote y las
vendas y rozó furtivamente sus labios.
– Si hubiera podido prever adonde me llevaría aquel paseo por el
jardín de Carpóforo...
El la retuvo a su lado.
– ¿Cuándo volveré a verte?
– Por tu seguridad y por la mía, creo que mejor será no vernos más.
—¿Y entonces?
– No temas... Quedan cinco días. Encontraré la solución. —Y añadió
muy deprisa—: Y esta vez lo conseguiré.
—No es eso lo que quería decir. Pensaba en nosotros.
– ¿Quién sabe cómo y en qué dirección girará la rueda del destino...?
Entonces, él murmuró con voz casi inaudible:
– Nunca te olvidaré, Marcia. Esté dónde esté.
Ella posó tiernamente la palma de la mano en su mejilla.
– Ten cuidado. Ya conoces el refrán: «Eres dueño de las palabras no
pronunciadas y esclavo de las que has dicho.»
—Entonces, lo afirmo. Seré esclavo de esa palabra.
Sus bocas se unieron furtivamente; luego ella se apartó con los ojos
anegados.
—Adiós, Calixto. Piensa en mí cuando estés en tu reino.
Dominado por una sensación de angustia, la vio dirigirse rápidamente
hacia la puerta con el pequeño candil, dejando la celda sumida de nuevo en
las tinieblas.
31
La cuarta noche que precedía a los idus estaba ya muy avanzada
cuando Narciso fue a buscarle.
—Levántate. Hay que actuar deprisa. Pero, antes, ponte esto.
Calixto se puso en silencio la túnica y las sandalias que le tendía el
entrenador de Cómodo. Luego le siguió, tropezando en los peldaños y
haciendo muecas de dolor. Recorrieron un inmenso pasillo desierto y
apenas iluminado. Cuando se acercaron al puesto de guardia, Narciso
aminoró el paso. Sonoros ronquidos se filtraban por una puerta entreabierta.
Al pasar, Calixto tuvo la fugaz visión de dos cuerpos derrumbados sobre
una mesa, entre jarras de vino volcadas y un cubilete de dados. Una vez
fuera, flanquearon la muralla hasta que Narciso señaló un caballo atado en
la penumbra de una calleja. Ayudó al tracio a montar y, palmeando la grupa
del corcel, deseó:
—¡Que los dioses te protejan!
Calixto murmuró unas palabras de gratitud antes de alejarse al trote
por el dédalo de calles. Tras algunas vacilaciones, tomó la dirección de la
casa de Didio Juliano.
Al entrar en el Trastevere, se cruzó con el cortejo de un patricio, a
quien unos lictores portando antorchas acompañaban, sin duda, a su
domicilio. Espoleó su montura. Al llegar al puente Fabricio, se detuvo ante
un murete. La mansión de Juliano se recortaba a pocas toesas de allí.
Entonces bajó del caballo. Se tendió en los peldaños de una capilla
consagrada a los dioses lares y aguardó el nacimiento del día.
El viejo liberto que hacía de portero en casa de los Julianii le introdujo
en el suntuoso atrio.
Calixto intentó en vano reconocer los lugares visitados, años antes, en
compañía de Fustiano. Tras el incendio de aquella famosa noche, el palacio
debió de ser reconstruido por completo, pues nada le recordó el pasado. ¿O
se debía a la fiebre que abrasaba su cuerpo? Desde su salida de la Castra
Peregrina, tenía la impresión de hallarse envuelto en una capa de bruma que
deformaba los sonidos y velaba los objetos. Un sudor helado corrió por su
espalda. Las piernas le fallaban.
¡No iba a desvanecerse allí! No tras haber superado tantos obstáculos.
Se empeñó en concentrar su atención en Didio Juliano hijo. ¿Estaría al
corriente de su arresto? ¿Se habrían visto Carpóforo y él durante las
calendas? De ser así, el sueño se derrumbaría definitivamente. Oía con
claridad la voz de Marco: «¡Nada de engaños! Cuatrocientos mil sestercios
y ni un as menos.»
Deambuló nervioso alrededor del impluvio, maldiciendo en su interior
la manía de higiene que dominaba a algunos romanos. El portero le había
anunciado que Juliano le recibiría después de sus abluciones y Calixto sabía
perfectamente cuánto podían prolongarse éstas. Su mirada cayó por cuarta
vez en el reloj de agua que presidía un rincón de la pieza. Según el nivel del
líquido, había llegado poco antes, pero le parecía que hacía ya un siglo.
Un chasquido de sandalias resonó a su espalda. Se volvió. El joven
senador sólo iba vestido con un paño de lino que dejaba ver un abundante
vientre.
– Entra —dijo, levantando la gruesa cortina que cerraba el tablino—.
Prefiero que no se sepa que le debo dinero a tu amo.
Examinando con mayor atención a su visitante, se inquietó:
– Porque te envía Carpóforo, ¿no es cierto?
– En efecto, señor. ¿No te acuerdas de mí? Nos vimos en las termas de
Tito.
– En las termas de Tito...
– Me llamo Calixto.
– Creo que lo recuerdo. Pero, si la memoria no me falla, aquel día no
llevabas barba.
– Es cierto. Pero los tormentos de la navaja son tales que me he decido
a imitar a los filósofos.
– Tienes mucha razón. A los filósofos se les reconoce cierta sabiduría
únicamente por el hecho de llevar barba. Por lo demás..., ¡son todos unos
descreídos!
Mientras hablaba, Didio Juliano abrió un gran cofre colocado contra
una de las paredes y sacó una pesada bolsa de cuero.
– Aquí están. Veinte talentos euboicos. Conociendo a tu amo, los había
preparado de antemano. Ahora, dame el recibo.
¡El recibo! ¡Por Dioniso! ¿Cómo no había pensado en tan importante
detalle?
Intentó adoptar un tono natural.
– Mi..., mi señor te lo hará llegar en cuanto le haya entregado la suma.
Juliano, que casi había puesto la bolsa en manos de Calixto, cambió de
opinión.
– ¡Ni hablar! ¿No creerá Carpóforo que voy a entregarle semejante
suma sin recibo? Si actuara así, sería muy capaz de exigirme por segunda
vez el pago de la deuda dentro de unos días.
– ¡Señor Juliano! ¿Cómo puedes sospechar semejante villanía de mi
amo? Que es tu suegro, por añadidura.
– Mi suegro es una vieja rata siria que ha sabido alojarse en un queso.
Y su hija es peor aún. Sólo te entregaré los veinte talentos a cambio de un
documento firmado y fechado por su propia mano.
La firmeza del tono no dejaba duda alguna sobre la decisión del
romano. Calixto, pese a todo, intentó protestar.
—¡Señor! Te aseguro que...
– Ya me has oído. ¡Ahora, vete!
Como en una pesadilla, Didio Juliano dio media vuelta y se fue,
estrechando la preciosa bolsa contra su pecho.
De regreso al atrio, Calixto se detuvo un instante ante el brocal de
mármol que rodeaba el impluvio. Las lluvias habían depositado allí casi
medio pie de agua. Se dijo que haría bien arrojándose al Tíber y
abandonándose a las aguas. Todo lo que había emprendido fracasaba
miserablemente bajo aquel techo. De repente lamentó no haberse arrojado
sobre el senador, no haberle derribado.
—¡Calixto!
Se volvió y no vio a nadie.
– ¡Calixto!
Esta vez descubrió de dónde venía la llamada. Una mano blanca se
agitaba entre las cortinas que cerraban la entrada de un corredor. Iba a
obedecer cuando la voz de Juliano resonó en sus oídos:
—¡Y no olvides saludar a tu amo en mi nombre!
Sin detenerse, el senador atravesó el tablino para dirigirse a las termas.
—¡Calixto!
De nuevo aquella voz. Le recordaba algo familiar. Se aproximó y las
cortinas se abrieron inmediatamente. Mallia. Debían de haberle comunicado
a la joven su visita mientras estaba en los baños, pues llevaba todavía
sandalias de madera y una amplia vestidura de piel de carnero.
Avanzó hacia ella.
—Pero ¿cojeas?
—No es nada, una mala caída.
—Muy mala, en efecto. Estás sangrando.
Calixto advirtió con espanto que una aureola rojiza se había formado,
efectivamente, en su túnica.
—No es nada. Dentro de unos días ya no habrá nada.
—¡Ven! —dijo ella cogiéndole de la mano.
—No, Mallia, yo...
—¡Te digo que vengas!
Las habitaciones del palacio de los Julianii eran tan exiguas y estaban
tan sobriamente amuebladas como la mayoría de las viviendas romanas:
una cama baja y ligera, un gran espejo, un arcón para la ropa, una silla y
una mesa sobre la que había un montón de peines, alfileres para el pelo,
botes de maquillaje, ungüentos y perfumes.
La visión de aquellos pertrechos hizo que la voz de Flavia resonara de
nuevo en la memoria del tracio: «¿Crees que se limita al simple peinado
republicano? No, naturalmente sería un sacrilegio. ¡Te digo que está loca!»
Tan sólo la riqueza de la decoración la diferenciaba de las habitaciones
de los quirites: frescos en los techos, mosaicos en el suelo, paredes de
exquisito mármol y... bacín de plata maciza.
—Déjame ver tu herida —dijo la joven mientras ayudaba a Calixto a
quitarse la túnica.
Al ver las múltiples cicatrices que surcaban su piel, no pudo contener
un grito de horror.
– ¡Por Isis! Pero ¿cómo te lo has hecho?
Calixto se sentía deshecho, agotado, harto de todo. Ni siquiera intentó
mentir.
– Es obra de un escorpión...
– ¡Un escorpión! ¿Han tenido el valor de fustigarte con un escorpión?
Pero ¿quién ha podido hacer una cosa así? ¿Quién? Eleazar, sin duda.
Calixto cogió la explicación al vuelo.
– Eso es. Tenía una vieja cuenta que saldar.
– ¿Y mi tío? ¿No reaccionó?
Fatigado, Calixto se dejó caer en el lecho de la joven.
– Eleazar ha recuperado sus poderes —murmuró con voz monocorde.
Y añadió en un tono un tanto burlón—: Y tú..., tú ya no estás allí...
Mallia dio unas palmadas.
– ¡Gorgo! ¡Electra! ¡Venid inmediatamente!
Dos jóvenes esclavas le irrumpieron en el acto en la estancia.
—Corred a las cocinas. Traedme grasa, hilas y vendas de tela. Traed
también un ánfora de másico. Apresuraos.
—¿Y si te comprara a mi tío?
Calixto, vistiendo una túnica nueva y con las heridas vendadas, se
llevó a los labios, con aire ausente, la copa de vino.
—Decididamente, Mallia, eres de ideas fijas...
Ella inclinó la cabeza, con la mirada triste.
—Me siento muy sola aquí. Sola e intrusa. Soy la hija adoptiva de un
senador sirio, soy «un presente» impuesto por César. Se me desprecia entre
estas paredes y se me respeta en público. Los detesto: el padre es un viejo
cerdo y el hijo un cochinillo cebado. Tu presencia supondría para mí una
gran ayuda, Calixto.
Aunque su espíritu estuviera a mil leguas de las preocupaciones de la
sobrina de Carpóforo, Calixto no pudo evitar sentir cierta compasión hacia
aquella mujer, de cuya arrogancia pasada no quedaba nada ya. Aquella
arrogancia que, a veces, conseguía que se olvidaran sus poco agraciados
rasgos. La llama se había extinguido.
Se disponía a responder cuando, de pronto, unas voces y el eco de unos
pasos precipitados resonaron tras las cortinas.
—Pero ¿qué ocurre? Ese escándalo parece venir de las cocinas. Gorgo,
¿qué...?
No tuvo tiempo de concluir la frase. Pareció como si una ráfaga de
viento levantara los cortinajes. Mallia recibió un violento empujón y
tropezó con la pared. Ante sus pasmados ojos acababa de aparecer Eleazar.
Despeinado, con los rasgos hundidos y un manto oscuro sobre los hombros,
apuntaba con una mano temblorosa de excitación su estilete hacia Calixto.
Tras él se perfilaba la redonda silueta de Didio Juliano, que seguía
llevando el paño y cuya piel rosada lucía aún las húmedas huellas del baño
del que acababan de sacarlo precipitadamente. Algo más lejos estaba la
joven esclava Gorgo, que probablemente los había llevado hasta allí.
—¡De modo que te encuentro de nuevo, Calixto! Pero me da la
impresión de que no podrás disfrutar de nuestro reencuentro. Has hecho mal
intentando cobrar los veinte talentos en mi lugar.
El tracio no esperó a saber más. Seguía teniendo en la mano la copa de
másico. Con un rápido movimiento, arrojó su contenido a la cara del
villicus. Sorprendido, el sirio echó la cabeza hacia atrás, parpadeando. Sin
darle apenas tiempo de recuperarse, la pesada copa de plata con pedrería
incrustada le golpeó de lleno, dejándolo aturdido. Al mismo tiempo, con la
mano libre, Calixto le arrancó el estilete y salió de la habitación.
Ante la amenaza de ser herido por el arma, Didio Juliano consideró
más prudente desaparecer. Calixto corrió a través del atrio; estuvo fuera en
un abrir y cerrar de ojos. El senador, todavía bajo los efectos de la emoción,
abrió la boca para llamar a sus esclavos, pero unas uñas de acero se
incrustaron en su rollizo antebrazo, arrancándole un aullido de dolor. Dio
media vuelta y se encontró ante su esposa, que le miraba con una expresión
que nunca le había visto.
Una vez en la calle, Calixto montó en su caballo y se alejó al galope.
En su huida derribó un puesto de fruta, aterrorizando a los viandantes y
haciendo que una litera se bamboleara. Las heridas le provocaban un
intenso dolor y podía sentir, a cada movimiento, que las llagas volvían a
abrirse. Varias veces estuvo a punto de ser derribado por las vigas bajo las
que pasaba en su loca carrera. No se puso al paso hasta que llegó a orillas
del Tíber.
Trastornado todavía por la repentina aparición del sirio, atravesó el
puente Fabricio y llegó a la otra orilla. Sin aquellos veinte talentos, el
camino hacia la libertad se cerraba definitivamente. Aunque hubiera
escapado milagrosamente al villicus, los cazadores de esclavos o los espías
le descubrirían antes o después. Además, había muchas posibilidades de
que estos últimos investigaran, en primer lugar, entre las personas con las
que le sabían vinculado, lo que anulaba de modo definitivo cualquier
esperanza de acercarse a Fustiano.
Mientras avanzaba en línea recta hacia el teatro de Marcelo, tuvo la
impresión de que todos los viandantes del Trastevere le lanzaban
inquisidoras miradas. Siguió progresando como si estuviera en trance, hasta
que se halló en el cruce que llevaba a la vía Ostiensis, a la villa de
Carpóforo. También Eleazar tomaría esa vía.
¿Y si le tendía una emboscada? ¿En las puertas de la villa? Demasiado
arriesgado. No, si quería recuperar los veinte talentos de Juliano sólo le
quedaba una solución: interceptar al intendente en cuanto regresara a la
propiedad. Ciertamente, era una locura. Pero el Isis partía a la mañana
siguiente, con las primeras luces del alba.
¿Cuánto tiempo hacía que estaba allí, apostado en el jardín, frente a la
entrada de la villa? El viento que gemía entre los árboles medio desnudos le
hizo estremecer. Le dolía todo. No había comido nada desde la mañana
anterior y se sentía tan vulnerable como las amarillentas hojas que colgaban
de las ramas. La fiebre hacía temblar ligeramente sus manos. Su corazón
palpitaba en el pecho.
El empañado tañir de una campana resonó de pronto a lo lejos.
Llamaba a los esclavos para la comida vespertina. Mirando maquinalmente
hacia los establos, Calixto reconoció la alargada silueta de Eleazar
discutiendo con los palafreneros. Ahora tenía que actuar muy deprisa si no
quería que esta última oportunidad se desvaneciese. Sin dejar de mirar al
villicus, avanzó con precaución entre los pinos y llegó a los establos
precisamente cuando el sirio se separaba de sus interlocutores. Extrajo de su
túnica el estilete robado pocas horas antes. Eleazar se dirigía con paso
rápido hacia los aposentos de Carpóforo. La bolsa de cuero se balanceaba
ostensiblemente colgada de su cinto. Tendría que cruzar aquel espacio al
descubierto si quería detener al hombre antes de que entrara en la mansión.
Unas pocas toesas... ¡El fin del mundo!
Reuniendo toda su energía, se lanzó hacia delante rogando a Dioniso y
a todos los dioses que nadie le descubriera.
En el postrer instante, el intendente, que estaba ya casi a su alcance, se
volvió como movido por un presentimiento.
Con los ojos desorbitados por la sorpresa y el terror, Eleazar levantó la
mano en un gesto de defensa. El estilete le hirió una vez, dos, hasta que el
hombre cayó cubierto de sangre. Encontró, sin embargo, fuerzas para lanzar
un grito terrible cuyo eco resonó en el jardín. ¡Ahora la bolsa! La atadura se
resistía. Con rápido gesto, Calixto cortó los cordones con el estilete.
Acudían esclavos por todas partes. Se precipitó sin vacilar hacia el más
cercano, levantando el estilete. El hombre, aterrorizado, se apartó de
inmediato. Sin preocuparse por los gritos que se oían a su alrededor, Calixto
corrió hacia la esquina de los establos.
¿Adonde ir ahora? Frente a él, los aposentos de los señores; a la
izquierda, los baños; a la derecha, la despensa por la que se llegaba a las
cocinas. Eligió esta dirección y prosiguió su carrera justo cuando,
abandonando el refectorio, los esclavos salían al patio.
Un instante después, penetraba en la despensa. Cerró la puerta, avanzó
a tientas entre barricas de aceite y bloques de manteca, hasta llegar a la
entrada de las cocinas. Con el cuerpo empapado, vaciló e intentó recobrar el
aliento antes de introducirse en la estancia. Los dioses estaban con él. En el
lugar había una sola persona: Carvilio. Indiferente a los ruidos y gritos que
sonaban fuera, estaba atareado rellenando de miel una hermosa oca.
—¿Calixto? ¡No... no es posible!
– ¡Pronto! Necesito tu ayuda. Tengo que encontrar un escondite.
– Pero... pero... ¿qué has hecho? ¿Qué ocurre?
– Más tarde, Carvilio, más tarde. ¡Te lo suplico, van a entrar!
El viejo cocinero, aterrorizado, comenzó a pensar en voz alta:
—Un escondite... Un lugar seguro, ¿aquí? Sólo se me ocurre mi celda.
—¡Es una locura! Será el primer lugar que registrarán.
Fuera, los gritos se aproximaban. Calixto tendió la mano hacia uno de
los cuchillos que había en la mesa.
—¡No! ¡Espera! Creo que tengo una idea. ¡Sígueme!
32
No tardaría en nacer el alba. La búsqueda se había prolongado hasta
muy tarde, a la luz de las antorchas y los candiles de aceite. Lo habían
registrado todo de cabo a rabo, hasta el último rincón. Habían interrogado a
los sirvientes, peinado el jardín, vaciado el estanque y sondeado el río. En
vano. Ahora se había hecho de nuevo el silencio. Y la propiedad parecía
petrificada en los jirones de la noche. Sólo dos sombras avanzaban hacia el
osario.
—Carvilio...
—¿Qué pasa?
—¿Y si nos descubren?
—Emilia, deja ya de temblar como una hoja. Hemos tenido suerte de
que nadie haya pensado, hasta ahora, en registrar el lugar. De todos modos,
no importa. Un día me salvó la vida. Tengo que saldar la deuda.
Llegaron ante la losa que cerraba el osario. Carvilio empuñó con
ambas manos la anilla que permitía levantarla.
—Es demasiado pesada... ¿Crees que lo conseguirás?
El anciano tuvo que deslomarse largo rato antes de conseguir, por fin,
mover la pesada masa de piedra. Emilia colocó entonces, en el intersticio
así creado, dos barras de metal que les permitieron ampliar progresivamente
la abertura. El chirriar de la losa que arañaba el suelo rompía el espeso
silencio, y a cada movimiento Carvilio se decía que debían de estar
oyéndolos hasta en la Suburra.
Por fin, la abertura quedó libre por completo. Calixto yacía
inconsciente en la enlodada fosa, entre las osamentas dispersas de esclavos,
que todavía lucían la cadena en la que se adivinaba el nombre de Carpóforo
grabado. Tendido de lado, en posición fetal y con los brazos entre los
muslos, no reaccionó ante las repetidas llamadas del cocinero.
– Tal..., tal vez esté muerto... —susurró Emilia.
– No. Nadie muere tras haber pasado unas horas en el osario, sobre
todo cuando se es tan robusto como él. Ayúdame, voy a bajar.
– ¡No! Espera, hay otro medio.
La sierva destapó enseguida el odre de vino que había cogido, por
precaución, y derramó el contenido sobre el rostro del tracio. El efecto no se
hizo esperar. Calixto se sobresaltó, parpadeó y, al ver a sus amigos
inclinados al borde de la fosa, se levantó penosamente.
– Vosotros... Por fin...
– Dame la mano —ordenó Carvilio.
Calixto lo hizo e, instantes más tarde, apoyándose en los intersticios,
salía al aire libre.
– Ya te lo he dicho —masculló el anciano—. Es mucho más fuerte que
un roble. —Y añadió dirigiéndose a Calixto—: ¿Es verdad que has
intentado matar a Eleazar?
– Tenía que hacerlo —respondió el joven con la mano crispada sobre
la pesada bolsa que colgaba de su cintura. Hizo una pausa antes de
preguntar con cierta inquietud—: ¿Está... muerto?
– No —replicó Carvilio—, pero como si lo estuviera.
– ¡No importa! —lanzó Emilia—. Ese perro merecía de sobra
pagarlo... Muchos infelices perecieron a consecuencia de su infame
tratamiento.
– No es la posible muerte de Eleazar lo que me preocupa, sino su
responsable. Está escrito: «No matarás.» Cualquier infracción de los
mandamientos es una mancha en el alma. —El cocinero hizo una pausa,
antes de proseguir con sincera emoción—: Si el villicus muriera, sólo puedo
desear que Dios te perdone. En este mundo y en el otro...
El tracio esbozó una débil sonrisa.
—Creo que si tu Dios se parece de verdad a como lo describes
continuamente, me ha perdonado ya. Ahora tengo que salir de este lugar.
Empieza a amanecer. Si nos descubrieran...
—Toma estas provisiones —dijo Emilia tendiéndole una bolsa de piel.
—Tranquilízate. No las necesito. Gracias a los dos. Y que vuestro Dios
os proteja...
—Ve, amigo mío. No sé cuáles son tus proyectos, pero, vayas a donde
vayas, que la Fortuna esté contigo. Vete deprisa...
Calixto miró a la pareja con un nudo en la garganta, mientras las
palabras de Marco resonaban en su memoria: «No te esperaré eternamente.
Pasada la segunda hora izaré las velas...»
El sol inflamaría pronto los montes Albanos. No lograría llegar al
puerto antes de que el Isis zarpara.
La piedra miliar a la que había atado su montura seguía al borde del
camino, pero el animal había desaparecido. Examinó el ronzal caído en el
suelo y comenzó a registrar sin gran convicción los parajes de los
alrededores, albergando la frágil esperanza de que el caballo no se hubiera
alejado en exceso. Nada.
Roto, con el cuerpo más dolorido que nunca, alzó la cabeza hacia el
cielo como si buscara allí alguna ayuda, pero sólo vio la masa negra de las
nubes y creyó vislumbrar la imprecisa imagen del Isis hendiendo las olas.
Comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia. Calixto, inmóvil aún,
levantó el rostro, con los párpados cerrados, abandonándose a la tempestad.
Había tomado una decisión. No renunciaría. ¿Qué podía importarle
derrumbarse en el camino y esperar la muerte? Recorrería a pie las diez
millas que le separaban del puerto. El Isis debía de estar largando amarras
en aquel preciso instante. No tenía importancia ya. De todos modos, iría a
los muelles.
Sus dedos se cerraron sobre la bolsa de cuero. A pesar de que tenía
veinte talentos, no se hacía ilusiones sobre el modo en que podría
emplearlos. Antes o después le encontrarían. Todo estaba perdido; lo sabía.
Y sin embargo, impulsado por una especie de tozudez suicida, inició el
camino hacia Ostia.
Avanzaba con una lentitud que superaba los límites de lo real.
La lluvia había empapado su túnica y tenía la sensación de que alguien
había atado a sus tobillos bloques de plomo. Además, un viento glacial
había comenzado a soplar. Pese a sus encarnizados esfuerzos por acelerar el
paso, sus piernas estaban como pegadas al suelo. No conseguía dominar el
temblor de sus miembros.
Creyó distinguir, a lo lejos, la silueta aislada de un thermopolium. Le
invadió una postrera esperanza. Si pudiera llegar allí, le sería posible tomar
algún alimento, una jarra de vino, recuperar cierta energía. Pero muy pronto
se desengañó: lo que le había parecido una taberna era, en realidad, una
casa en ruinas.
Las piedras miliares se sucedieron como en una pesadilla. Diez.
Nueve. Ocho...
Entre la espesa cortina de lluvia aparecieron las primeras casas de
Ostia.
El agua y el viento habían apagado las antorchas de alumbrado
público. Se extravió varias veces por las callejas, que comenzaban a
recobrar vida. Algunos viandantes madrugadores miraron con desconfianza
y asombro a aquel hirsuto fantasma que atravesaba, titubeante, la ciudad.
Intentó abordar a uno de ellos, pero no tuvo fuerzas para preguntar por los
navíos que zarpaban hacia Oriente.
Deambuló sin saber adonde ir. Su mirada se dirigió maquinalmente al
puerto. Y, por un instante, creyó que la locura se había apoderado
definitivamente de su cerebro. Y sin embargo..., ¡allí estaba! A unos pocos
pasos, balanceándose con suavidad en el lugar donde solía permanecer
amarrado. El Isis. ¡Era el Isis!
Lo habría identificado entre mil.
Alentado por la increíble visión, corrió hacia el navío.
Una fría luz rojiza ascendía ahora por el otro extremo de la tierra.
Lentamente, elevándose por las riberas del cielo, inundó por completo el
mar. A semejanza del cisne esculpido en su proa, el Isis navegaba
directamente hacia el sur. En la cala, furioso, Marco contó por tercera vez
las monedas.
—¡Y pensar que tienes la desfachatez de decirme que estos veinte
talentos sólo hacen doscientos cincuenta mil sestercios! ¡Habíamos
acordado cuatrocientos mil!
Calixto, con los rasgos hundidos a causa de la fiebre y el esfuerzo
realizado, meneó la cabeza, cansado.
—¿Me crees lo bastante loco como para entregarte ahora la totalidad
de la suma? Te apresurarías a arrojarme al mar. No, amigo Marco, si quieres
cobrar el resto tendrá que llevarme a buen puerto. Ciento cincuenta mil
sestercios te esperan en un banco de Alejandría.
El capitán estudió al tracio con el entrecejo fruncido y acabó por soltar
su carcajada habitual.
—¡Por Polibio! Realmente eres más astuto que todos los zorros de
Galia e Italia reunidos. Está bien, pero ten la seguridad de que, una vez en
Alejandría, si intentas engañarme me convertiré en tu barbero —y Marco
exhibió el aguzado filo de su daga—, ¡un barbero de notoria torpeza!
—Viniendo de ti, nada puede sorprenderme. Sin embargo... —Calixto
se acomodó con precaución entre dos fardos antes de proseguir—, ¿cómo es
que me has esperado más allá de la segunda hora? Cuando he visto el navío,
todavía anclado, he creído realmente que mi razón vacilaba. ¿Acaso a un
bandido como tú aún le quedan algunas migajas de sentimiento? ¿O ha sido
tal vez el afán de lucro?
—Desengáñate: zarpaba ya.
—¿Y entonces?
—¡Basta ya de tonterías! Sabes mejor que yo la razón de mi espera.
—Aunque te sorprenda, la respuesta es no.
—Ayer, mediado el día, un hombre barbudo, bastante joven y de
aspecto atlético, me entregó mil denarios para que retrasara mi partida y te
esperase hasta el anochecer de los idus.
—¿Un hombre de aspecto atlético?
—Sí. Recuerdo especialmente su nariz aplastada.
—Narciso...
—Toma. Me entregó este mensaje para ti.
Calixto extrajo el pergamino de su protección de cuero y lo desplegó a
toda prisa. A la primera ojeada reconoció la caligrafía.
«Eres dueño de las palabras no pronunciadas y esclavo de las que has
dicho. Recuérdalo.»
LIBRO SEGUNDO
33
Alejandría, enero de 187
El sol se ponía sobre Rhakotis
[48]y casi rozaba la colina de los Cascotes.
Era la hora más tranquila del día. El resto del tiempo, Alejandría bullía
como las colmenas de Virgilio. Contrariamente a lo que les sucedía a los
quintes de Roma, cuya ociosidad era alentada por los sucesivos
emperadores, el afán de lucro provocaba el frenesí de los alejandrinos.
Su ciudad era el nudo del comercio marítimo de Oriente. Cada año,
cuando llegaba el monzón, más de cien navíos procedentes de las Indias
transitaban por el canal, desde el mar Rojo hasta el Nilo, para desembarcar
en los inmensos almacenes, conocidos con el nombre de «Tesoros»,
especias, seda, marfil y perfumes. Allí tenía también su puerto de amarre la
Sitopompoia, la famosa flota del trigo; de ahí partía hacia Ostia o Puteoli
cargada con un tercio de todo el trigo egipcio. Sin embargo, la industriosa
metrópoli, rodeada por el lago Mareotis y el mar, recorrida por los canales
que la unían al Nilo, no limitaba al comercio su devoradora actividad.
Había talleres de vidrio y puestos de artesanos por doquier. Allí se
preparaban los paños, las pieles, los papiros, el incienso y las obras de arte
destinados tanto a los ciudadanos de Roma como a la corte de los Han.
De la aurora al ocaso, las avenidas alejandrinas se veían invadidas por
una muchedumbre cosmopolita y abigarrada: manufactureros judíos y
marineros de todos los orígenes, partos reconocibles por su alta mitra,
campesinos egipcios medio desnudos, sabios del museo que arrastraban tras
de sí a una cohorte de estudiantes y los inevitables publicanos italiotas, a
menudo concusionarios y siempre odiados, impuestos por el poder de los
Césares. Y por encima de todo, a modo de filigrana, repartidas por las
tabernas, los palacios y los bajos fondos del puerto, estaban las famosas
cortesanas que habían dado a la ciudad su reputación de voluptuosidad y
decadencia.
Aquel atardecer, las calles estaban excepcionalmente casi vacías; desde
el templo de Serapis hasta las avenidas del Dais y el Sona apenas
transitaban algunos viandantes. Para quien conocía Alejandría, aquello no
tenía nada de sorprendente. Era día de carreras en el hipódromo y la pasión
por los juegos era tan desmesurada en la ciudad egipcia como en la capital
del Imperio.
Algunos individuos, más atareados o de costumbres menos frívolas,
aprovechaban aquella tregua para llevar a cabo las tareas que les
interesaban.
Clemente era uno de ellos. Acababa de penetrar en el ágora del viejo
puerto y, con su paso falsamente indolente, se dirigió hacia la librería de su
viejo amigo Lysias.
Se detuvo un momento ante el umbral para leer los anuncios clavados
en el carcomido batiente de la puerta, y advirtió con satisfacción que los
Moralis philosophiae libri
[49]
estaban por fin disponibles. Sin esperar más, entró en el local, que
consistía en una estancia de modesto tamaño con las paredes llenas de
estantes que llegaban hasta el techo. Era un lugar que siempre le complacía
visitar. Algunos clientes examinaban pergaminos; otros discutían con
animación sobre literatura. En equilibrio sobre sus cabezas flotaban, en un
rayo de cruda luz, algunas motas de polvo.
—¡Maestro! Cómo me complace verte.
—Lysias, Lysias, amigo mío, ¿cuántas veces debo decirte que no
quiero que me llames maestro? Es totalmente ridículo. Yo no soy tu
maestro.
—Lo sé, lo sé..., maestro. Pero ¿qué quieres que haga? Ni por un
instante puedo imaginar llamarte de otro modo. Además, ¿acaso los
apóstoles no llamaban así a Nuestro Señor?
—Lysias, ni tú eres apóstol ni yo soy, menos aún, Nuestro Señor. Pero
hablemos ahora de los Moralis philosophiae libri. Al parecer están ya
disponibles.
—Así es. Te traeré el ejemplar que he reservado para ti.
Instantes más tarde, Lysias le entregó a Clemente un cofrecillo que
contenía espléndidos rollos de pergamino atados con una cinta púrpura.
—Dime, ¿cómo es posible que tú, filósofo cristiano, aprecies tanto los
escritos de este gentil?
—Por la sencilla razón de que siempre es enriquecedor conocer el
pensamiento de los hombres que te han precedido. Además, a mi entender,
de todos los filósofos gentiles, Séneca es realmente el que se encuentra más
cerca de la Verdadera Fe. Incluso se rumorea que fue ilustrado por uno de
nuestros hermanos.
—Ya veo... ¿Necesitas algo más?
– Un rollo de papiro.
Lysias hizo un mohín de desconsuelo.
– Lamentablemente, la administración del Estado se retrasa, como
siempre, en sus entregas. Todos los rollos que me quedan están reservados.
Contrariado, Clemente se mesó maquinalmente la barba.
—¿Para cuándo esperas la nueva provisión?
—Lo siento, maestro. Conoces como yo la reputación de los servicios
del monopolio. Dos días o tres meses, ¿qué sé yo?
—¿Y si te propusiera pagarte el doble?
El librero se echó hacia atrás como si le hubiera picado un tábano.
—¿Cómo puedes imaginar ni por un solo instante que me comporto
contigo como uno de esos vulgares mercaderes de nada? No, soy sincero.
Todo está reservado.
—Está bien —masculló Clemente, en verdad decepcionado—.
¿Cuánto te debo por la obra?
—Realmente has decidido enojarme. Pero..., espera, creo que...
—¿Qué pasa?
—Ahí está el cliente que me encargó los últimos rollos de papiro.
¿Quién sabe? Tal vez quiera cederte uno.
Clemente dirigió la mirada hacia el hombre que acababa de entrar en la
tienda: alto, aparentemente joven pese a sus hundidos rasgos, cabellera
canosa y espesa barba.
Lysias le abordó.
—Tu encargo está listo, señor. Pero, perdóname de antemano, mi
amigo aquí presente tiene un pequeño problema y he pensado que tal vez
puedas ayudarle.
—¿De qué se trata? —preguntó el hombre con desconfianza.
Clemente advirtió que su rostro se había ensombrecido de pronto y
decidió intervenir.
—Tranquilízate, Lysias tiene el don de dramatizarlo todo. Necesito
simplemente un rollo de papiro y nuestro amigo me ha dicho que tú le
habías encargado los últimos. ¿Podrías tener la bondad de venderme uno?
Clemente observó un nuevo cambio de expresión en el hombre, pero
esta vez se había relajado.
—Si sólo se trata de eso, con mucho gusto. Elige. Tengo más rollos de
los que necesito. En realidad, sospechaba la lentitud del servicio del
monopolio y preferí tomar mis precauciones.
Clemente dio las gracias y comenzó a extender sobre una mesa varios
rollos para examinarlos.
La calidad, lo sabía muy bien, se reconocía —entre otros detalles—
por la longitud de las franjas horizontales. Acarició su superficie para
asegurarse de que el papiro estuviera bien pulido. Mientras examinaba el
lote, no pudo evitar aguzar el oído para escuchar el diálogo que mantenían
Lysias y su cliente.
—Sí. También me gustaría comprar un libro.
—Claro. ¿Qué libro deseas? ¿Una novela? ¿Un poema? ¿Una obra
técnica?
—¿Tienes una obra de un tal... —pareció buscar el nombre— Platón?
Sí, eso es, Platón.
—Naturalmente. ¿Cuál quieres? La Apología de Sócrates, Fedra,
Timeo, Critias o...
—No, ninguna de ellas. El banquete. ¿Es de Platón, no?
—¿El banquete? Naturalmente. Pero por desgracia, no me queda
ningún ejemplar. Tendrás que esperar. Y, como decías muy bien refiriéndote
a los papiros, todo depende del ritmo de las entregas.
Clemente no pudo evitar intervenir de nuevo.
—Tengo la impresión de que la providencia está a nuestro lado. Esta
vez soy yo el que puede ayudarte. Tengo en casa un ejemplar del Banquete.
Me satisfará mucho que me permitas cedértelo.
El desconocido examinó a Clemente con mirada vacilante.
– No..., no quisiera privarte de una obra que puedes necesitar.
– Por eso no temas —dijo Lysias—. El maestro podría recitarte de
memoria toda la obra del divino Platón. Y, por otra parte, su saber no se
detiene ahí.
– Como siempre, Lysias exagera. ¿Aceptas pues?
– Con la condición de que me permitas regalarte los rollos que has
elegido.
Clemente se echó a reír de buena gana.
– Supongo que, si me negara, te privarías del Banquete. De acuerdo.
Vivo cerca del Brucheion. Si te parece, podemos ir enseguida.
El desconocido asintió y unos instantes después salían de la librería.
—¿De modo que eres aficionado a la filosofía?
—¿Aficionado a la filosofía? No, no realmente. ¿Por qué me lo
preguntas?
—Es lo más lógico cuando alguien se interesa por Platón.
—Entonces, ¿es un filósofo?
Al principio, Clemente creyó que el hombre bromeaba, pero ante la
seriedad de su rostro comprendió enseguida que no era así. Prosiguió.
—Sí, un filósofo. Griego como yo.
– En realidad, he pedido la obra porque me la recomendaron.
—Comprendo.
Acababan de desembocar en la plaza del mercado de Granos. Allí era
donde se establecía el precio del trigo que se vendería a la annona, antes de
ser distribuido gratuitamente entre la mayoría de la plebe romana.
—Por lo general este lugar está lleno de gente —comentó Clemente—.
Pero hoy Alejandría vibra en el hipódromo. Supongo que no debes de ser
un apasionado de ese tipo de diversiones.
—En efecto. Y, desde que se produjo cierto acontecimiento, siento
incluso repulsión por todo lo que se refiere a la arena y los Juegos.
La ambigua respuesta de su interlocutor aumentó un poco más la
perplejidad de Clemente. Cuando se alejaban del mercado para tomar la
avenida del Sona, preguntó bruscamente:
—Perdona mi pronta curiosidad, pero no pareces de Acaya
[50].
Tu acento...
—¿Tanto se nota? Es cierto. Soy del país de Bóreas
[51]. De Tracia, concretamente. —A todas luces molesto por la
confidencia, preguntó apresuradamente—: ¿Vives en el Museum?
—No, pero bastante cerca. Ocupo una casita algo apartada en la calle
del Dais.
—Si debo creer a Lysias, eres un célebre sabio o médico.
—En absoluto —repuso Clemente, riendo con discreción—. Me limito
a dirigir una escuela financiada gracias a generosos donativos. Y me llamo
Tito Flavio Clemente.
—Un gramáticas, como dicen los romanos.
—Prefiero la palabra pedagogo.
Caminaban ahora a la sombra de las columnatas, después de dejar atrás
el mausoleo de Alejandro, y siguieron en dirección al Brucheion —el barrio
judío— hasta llegar por fin ante la casa de Clemente.
—Admirable —murmuró el hombre examinando la multitud de obras
alineadas en los estantes de madera de cedro y protegidas por su envoltura
de cuero. Los botones de marfil sobresalían de los rollos de papiro, con los
títulos cuidadosamente inscritos en su cinta escarlata.
—No te dejes impresionar. Esta biblioteca está muy lejos de contener
toda la literatura griega y romana. Por no mencionar la de los bárbaros. Y
aunque leo mucho por placer, la mayoría de esos escritos son instrumentos
de trabajo. Salvo algunos poemas líricos de Píndaro, por los que siento un
real afecto, y las epopeyas de Homero, que releo con el mismo entusiasmo
desde que estudiaba en Atenas, todo lo demás, al igual que esa enorme
compilación que representa la enciclopedia Favorinus, es, reconozcámoslo,
bastante hermético. No, si realmente deseas ver algo extraordinario tienes
que visitar la gran biblioteca de Alejandría. Contiene más de setecientas mil
obras.
—¡Setecientas mil!
—Poca cosa, en verdad, cuando se sabe que la mayor parte del edificio
y su contenido fueron destruidos bajo el mandato de César y Cleopatra.
El hombre inclinó la cabeza, impresionado, mientras Clemente cogía
un estuche de cuero en el que destacaba el nombre de Platón.
—Toma. Aquí está El banquete.
—Te lo agradezco.
– Y quédatelo el tiempo que quieras. Platón es una música que exige
tiempo para escucharla. —Hizo una pausa antes de preguntar—: ¿Y si
ahora me dijeras tu nombre?
Tras una imperceptible vacilación, el hombre respondió:
—Calixto.
—Calixto —repitió Clemente con aire pensativo.
34
Clemente entreabrió los párpados y vio a través de las rendijas de las
contraventanas que una claridad uniforme y lechosa había sustituido la luz
irregular de la torre de Faros.
El alba ya.
A su lado, su esposa exhaló un breve suspiro y se acurrucó contra él.
Clemente sonrió. María tenía muchas cualidades pero no era madrugadora.
En verdad, era natural que a sus apenas veintidós años una joven se
complaciera mucho más que él, que rozaba la cuarentena, en los placeres
del sueño.
Se incorporó, apoyándose en un codo, y la contempló con infinita
ternura. Su cuerpo desnudo, apenas cubierto por una fina sábana, respiraba
apaciblemente en la penumbra. En verano, Clemente la hubiera dejado
dormir hasta que se saciara, pero en invierno los días eran más cortos y
tenían que llevar a cabo muchas tareas. La despertó besando dulcemente sus
párpados, abandonó el lecho y comenzó a vestirse. Tras haberse puesto el
paño y las sandalias, pasó la cabeza por la abertura de su larga dalmática
blanca y se ató el cinturón antes de alisar con gesto familiar sus cortos
cabellos.
Abrió la ventana. El aire de aquella mañana de invierno le pareció
deliciosamente fresco. Su mirada se clavó más allá de la masa de blancos
muros y terrazas, en el tenue velo de polvo y bruma que flotaba en el
horizonte de donde acababa de surgir el sol. Su esposa se reunió con él. Se
había puesto también una túnica de lana blanca y había recogido sus
cabellos en la nuca antes de fijarlos con un largo alfiler.
Clemente contempló a su esposa y pensó en la felicidad de compartir
la vida con semejante mujer.
Apreciaba que María hubiera nacido y crecido en la luz de Cristo.
En efecto, educada desde su infancia en la idea de que la mujer debe
estar hermosa en su interior y no en su exterior, al menos no se había
perforado las orejas y le repugnaba poseer aquellos collares, anillos y
perendengues que tan indispensables le parecían a cualquier mujer pagana
de cierta fortuna. Del mismo modo, sus inmaculadas ropas contrastaban
perfectamente con los vestidos de púrpura y las sedas de China tan
apreciadas en Alejandría. Pero, naturalmente, lo que más le gustaba a
Clemente es que no perdiera el tiempo arreglándose durante horas los
bucles y las trenzas, ni tampoco eligiendo aquellos tintes y aquellas pelucas
que —a menudo lo señalaba con ironía— impedían a las mujeres dormir
por la noche, ante el temor de estropear durante el sueño los artificios que
habían levantado durante el día.
Uno junto a otro, ambos esposos alzaron las manos en una plegaria de
acción de gracias.
Concluida la oración, María dijo:
– Desde ayer pareces muy preocupado.
Clemente se volvió hacia ella, sorprendido y conmovido a la vez de
que su esposa pudiera leer tan claramente en él.
– Es cierto, me preocupa alguien.
– ¿Uno de tus alumnos?
– No. Se trata de un hombre que conocí anteayer en casa de Lysias. Un
tal Calixto.
—¿El hombre al que trajiste a casa?
– Sí. ¿Qué impresión te causó?
La joven vaciló.
—Apenas le vi. Diría simplemente que me pareció apuesto. Apuesto
pero extraño. Cuando sus ojos encontraron los míos, tuve la desagradable
impresión de que me atravesaban. Por lo demás, si recuerdo bien, salió de
casa un poco como si huyera. ¿Qué sabes tú de él?
—No gran cosa. Fue Lysias quien me dijo que el tal Calixto estaba en
nuestra ciudad desde hace poco tiempo, unos dos o tres meses, que vive
solo en una casita no lejos del lago y que no parece tener necesidad de
trabajar.
—¿Eso es todo? ¿A qué vienen, pues, tus inquietudes? ¿A qué viene
ese súbito interés por el personaje?
—Porque, al hilo de nuestra discusión, creo que adivinó que soy
cristiano. Y me dio la impresión de que le irritaba.
María le miró, turbada.
—¿Crees que puede ser un delator?
Clemente advirtió la inquietud que nacía en su joven esposa y
enseguida intentó apaciguarla.
—No, no lo pienso en absoluto. No debes preocuparte. —Acarició
tiernamente la mejilla de María antes de concluir sonriendo—: Ahora, debo
darme prisa. Tengo trabajo esperándome.
Confortablemente instalado en el silencio tranquilo de la biblioteca,
Clemente procedió a tallar su cálamo y comenzó a redactar la exposición
que destinaba a sus alumnos.
El episodio del joven rico descrito por Marcos le planteaba un
problema. Era una escena que concluía con la frase: «En verdad os digo que
le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico
entrar en el reino de los cielos.»
Esta afirmación causaba un efecto especial en Alejandría, donde los
acomodados eran más numerosos que en cualquier otra parte. ¿Iban éstos a
rechazar el mensaje de Cristo, con el pretexto de que ese mensaje los
excluía de entrada?
Tras reflexionar largo rato, Clemente abordó lo que creía una solución.
A su modo metódico y pausado, trazó el plan del tema que pensaba
desarrollar.
Las palabras de Jesús se referían, ante todo, a lo espiritual. El joven
rico tal vez poseyera muchos bienes, pero sin duda estos mismos bienes le
desposeían. El rico acaba siempre considerándose pobre ante quien tiene
más que él. Por lo tanto, no era la riqueza en sí lo que debía ser condenado,
sino el amor por el dinero. Esa pasión interior, con la envidia, los celos y el
egoísmo que inevitablemente la acompañan, era la que, en definitiva,
resultaba un obstáculo para su salvación. Pero si el rico percibe sus bienes
como una posesión que se le ha confiado más para el bienestar de su
hermano que para el suyo propio, si domina sus riquezas en vez de dejarse
dominar por ellas, entonces vive en armonía.
Llegado a este punto de su argumentación, una duda turbó a Clemente.
¿Esta interpretación era, realmente, la mejor?
Dominado por una súbita inseguridad, dejó su cálamo tallado y,
uniendo las manos, rogó al Padre que iluminara su alma para no caer en el
error. Y no por vanidad personal, sino para evitar que su obra sembrara
mayor turbación en el corazón de quienes la recibirían.
Hacía tiempo ya que meditaba cuando María llamó a la puerta para
anunciarle que habían llegado sus alumnos.
– ¿Es el helenismo conciliable con el cristianismo? ¿Deben ver los
cristianos en su filosofía más un peligro que una ayuda? Afirmo que
reivindicar para la filosofía helénica un papel preparatorio no significa, en
absoluto, que se intente atenuar la importancia y, sobre todo, la
independencia del cristianismo. No resulta difícil aceptar que los griegos
percibieron ciertos fulgores de la Palabra divina y expresaron ciertas
parcelas de verdad. Dan, así, testimonio del hecho de que el poder de la
Verdad no está oculto. Por otra parte, desvelan su propia debilidad, puesto
que no alcanzaron su objetivo.
Clemente respiró profundamente antes de proseguir su discurso con
una sonrisa:
—Supongo que, para todos vosotros, ahora es evidente que aquellos
que hacen o dicen algo sin poseer la Palabra de Verdad son como hombres
que se empeñaran en caminar sin piernas.
Clemente hablaba a sus alumnos como a viejos cómplices. A su
alrededor no había un solo rostro que no le fuera familiar, una sola
expresión que no fuese capaz de analizar.
Dionisio, joven de memoria prodigiosa que revelaba ya cualidades de
dirigente; Leónidas, que llevaba en sus brazos a su joven hijo, Orígenes;
Lysias, el librero; Basílides, muchacho abrasado por el ardor de los
neófitos, y aquella tímida y discreta muchacha llamada Potamiona. Con
ellos, Simeón, judío helenizado, Marco, viajero recomendado por sus
hermanos de Italia, y, finalmente, todos los demás. Todos de pie, atentos,
escuchando al maestro, preguntándole de vez en cuando sobre una frase o
una parábola. De pronto, Clemente, que se disponía precisamente a
responder a una pregunta, se quedó inmóvil. El estaba allí, discretamente
instalado en un rincón de la sala.
Clemente, tras haberse recobrado de la sorpresa, se dirigió a él con una
amplia sonrisa.
—Y tú, amigo mío, ¿piensas también que los griegos nos han
precedido en la búsqueda de la Verdad?
Calixto, pillado de improviso, farfulló:
—Sólo..., sólo puedo responder por Platón... Y, además, sólo por una
de sus obras...
—En verdad, Platón es un guía excelente. ¿Acaso no partió a la
búsqueda de Dios? Por otra parte, sin temor a exagerar, podríamos afirmar
que en todos los hombres sin excepción, y especialmente en quienes se
ocupan de búsquedas espirituales o intelectuales, sopla cierta inspiración
divina.
Clemente apoyó su argumentación con citas de autores que parecían
resultarles familiares a los presentes. Calixto, aunque desconocedor del
mundo literario y filosófico, identificaba algunos nombres. Platón, por
supuesto, que hablaba de Dios como del Rey de todas las cosas, la propia
medida de la existencia. Pero también Cleanto, el estoico del que hablaba a
menudo Apolonio y que proclamaba la santidad, la justicia y el amor del
Ser supremo. Y los pitagóricos, sobre los que a veces disertaban Fustiano y
sus amigos, y que creían en la unidad de Dios. En cambio, otros nombres le
eran desconocidos por completo. Como Antístenes el cínico, que al parecer
había sido adversario de Platón y al que, sin embargo, Clemente alababa por
haber rendido homenaje al único Dios verdadero. O el general Jenofonte,
que había defendido la idea de que Dios no podía ser representado en forma
humana, como lo son las divinidades del Olimpo.
—Gracias al soplo de Dios, tales afirmaciones fueron consignadas en
los escritos de estos autores —finalizó Clemente—. Ellos demuestran que
cualquier individuo es capaz, aunque sea mínimamente, de percibir la
Verdad.
Al principio, Calixto creyó encontrarse en la clase de un retórico
ordinario. Pero enseguida se convenció de que Clemente utilizaba la
retórica para transmitir el mensaje que seres como Carvilio, Flavia e incluso
Hipólito habían intentado hacerle admitir. Se veía obligado a confesar que
aquel retórico era, con mucho, superior a todos los que había conocido. Se
expresaba con claridad, resultaba fácil seguirle y era convincente. Una cosa
había seducido especialmente al tracio: utilizaba argumentos que, por
primera vez, le conmovían sin molestarle en sus convicciones. En ningún
momento pretendía, como Carvilio y sus amigos, imponer su fe basándose
sólo en la autoridad del carpintero de Nazaret. No, esta vez se trataba de
una visión distinta.
Los alumnos comenzaban a retirarse. Aguardó a que todos hubieran
salido para dirigirse a Clemente.
—Espero que mi irrupción no te haya enojado. Sin embargo, sólo soy
culpable a medias. He venido a devolverte el libro y tu esclavo me ha
introducido aquí, tomándome sin duda por uno de tus alumnos.
—Ha hecho bien. Sólo espero no haberte aburrido demasiado con mi
exposición.
—Eres sin duda un pedagogo y un filósofo de talento —dijo, antes de
tenderle un rollo a su interlocutor—. Te devuelvo tu obra.
Clemente expresó cierta sorpresa.
– ¿Ya la has leído?
– Sí.
– Siento curiosidad por saber qué has sacado de ella.
Calixto pareció vacilar.
– Es mi primer libro.
– En ese caso, no podías elegir mejor: Platón es un guía excelente.
—Aunque se me han escapado muchos elementos, el conjunto me ha
parecido bastante apasionante.
– Aunque leamos y releamos cien veces a Platón, siempre se nos
escapará algo. Lo que cuenta es ser permeable a la emoción que transmite.
Pero ¿cómo definirías el contenido de la obra?
—Yo diría, tal vez, que es una conversación sobre el amor. Y estoy
totalmente de acuerdo con Pausanias cuando declara que hay dos clases de
amor: el vulgar y el celeste.
—Perfecto. Y el amor por la belleza física puede llevar, en ciertos
casos, al amor por las buenas acciones, por las ciencias, hasta alcanzar
algún día el amor por la belleza absoluta.
—Y..., a tu entender, ¿cuál es la belleza absoluta?
Clemente paseó lentamente los dedos por su barba, como si intentara
alisar los rizos.
– Sin duda alguna la Buena Nueva que nos reveló Cristo Jesús.
De modo que había acertado: Clemente era cristiano.
Su mirada se ensombreció. Y el recuerdo del martirio de Flavia volvió
a su memoria. Especialmente aquella sonrisa que no la había abandonado
mientras su cuerpo se convertía en una horrible llaga. ¿Acaso ella buscaba
también esa belleza absoluta? ¿O la había encontrado, avanzando
progresivamente desde su amor por Calixto, por los demás —todos los que
la rodeaban—, hasta el amor a Dios? En ese caso, su sacrificio no habría
sido, como él creía, la consecuencia de un fanatismo estúpido y ciego, sino
un prodigioso acto de amor.
—¿Quién sabe? —dijo—. Tal vez también yo debería leer cien veces
El banquete.
—Permite que te lo regale —repuso Clemente con espontaneidad,
devolviéndole el rollo.
—¿Regalármelo? Pero tú lo necesitas más que yo.
—Como bien decía nuestro charlatán Lysias, me sé el libro de
memoria. Y no temas, podré reemplazarlo fácilmente.
Calixto manoseó el rollo unos instantes antes de asentir con cierta
torpeza.
—Por otra parte —prosiguió Clemente—, si te interesa, todos los
libros de mi biblioteca están a tu disposición. No lo dudes.
—Agradezco tu ofrecimiento. Pero, como te he dicho, la lectura es un
mundo que desconozco por completo. Sería incapaz de elegir una obra entre
tantas.
—Si me lo permites, te aconsejaré. ¿Piensas permanecer mucho
tiempo en Alejandría?
—No lo creo. Pienso marcharme en el primer navío que parta en
cuanto haga buen tiempo.
—Eso nos da tiempo para profundizar en nuestros vínculos y, tal vez,
desarrollar tus conocimientos. Mi casa y mis clases están abiertas para ti.
¿Volverás?
Calixto intercambió con su anfitrión una larga mirada antes de
responder, con una convicción que le sorprendió:
—Volveré.
35
Octubre de 187
Instalado en la terraza de su casa, Calixto enrolló el papiro y lo
introdujo en el estuche de cuero que contenía el resto del manuscrito.
Le gustaba aquella incierta hora en la que el atardecer se dirige hacia la
noche. Las orillas del lago estaban ya oscuras y languideces de jazmín
perfumaban el aire. Suspirando de bienestar, recorrió con la mirada el
apacible barrio de Canopos, donde residía desde su llegada a Egipto. Seis
meses ya... Aquel barrio suburbano, con sus frondosos vallecillos rodeados
de vegetación, desprendía una infinita quietud.
Desde el pequeño puerto artificial excavado en la ribera y que
albergaba embarcaciones de recreo, hasta los pámpanos en forma de cuna
de los que brotaban sones de arpa o caramillo, todo respiraba allí bienestar
y armonía. Libertad. Riquezas. Lo tenía todo para ser feliz. Y no lo era.
Cuando, seis meses antes, desembarcó del Isis, se encontró de pronto
desorientado. Recuperó, enseguida sus fondos, le pagó a Marco y adquirió
la mansión. Tras ello, el gran vacío. ¿Qué iba a hacer con su vida?
¿Dilapidar día tras día su capital? Le había costado demasiado conseguirlo.
¿Hacerlo fructificar siguiendo el ejemplo de Carpóforo? ¿Por qué y para
quién?
Dos personas le habrían dado razones para combatir. La una había
muerto. Por lo que a la otra se refiere, su recuerdo le abrasaba como una
secreta herida que no quisiera cerrarse. Marcia... Habría querido decirle
tantas cosas. Su imagen obsesionaba sus noches. Nunca habría creído que el
vínculo resultara tan definitivo, tan absoluto... ¡Locura! ¡Locura! Tanto
como suspirar por Artemisa y Hera. Tan sólo Flavia habría podido, tal vez,
exorcizar aquel fantasma. Y tal vez, ¿quién sabe?, incluso habría acabado
casándose con ella. Habrían fundado una familia, un hogar.
No sin ciertos escrúpulos, había adquirido un par de esclavos a los que,
por otra parte, manumitió enseguida. Luego buscó consuelo en las célebres
cortesanas de la ciudad, pero enseguida se apartó de ellas. Demostraban
demasiada curiosidad por el origen de su fortuna y, en el fondo, sólo le
proporcionaban amargura y remordimiento.
Había pasado, pues, su forzado ocio visitando aquella ciudad cuyos
encantos tanto le había alabado Marco. La había recorrido desde la puerta
de la Luna hasta la del Sol, había escalado los diez pisos de la torre de Faros
y visto arder el célebre fuego de áloe que guiaba a los navíos. Había
admirado las colecciones del Museum y las plantas exóticas de su jardín
botánico, meditado ante la tumba de Alejandro y pasado infinidad de veces
ante los carneros de la vía Canópica. Pero fue en la biblioteca donde se
produjo el encuentro que le abriría nuevos horizontes.
Cuando se disponía a abandonar una de las vastas salas con las paredes
cubiertas de mapas del mundo, un grupo de jóvenes estudiantes en animada
discusión se había dirigido a él para que arbitrara su querella. Le habían
hecho una pregunta sobre un tal Calimaco. Calixto sólo había podido
farfullar, preguntándose a sí mismo si se trataba de un hombre o de un país.
Vio, con humillación, que los jóvenes se apartaban de él haciendo una
mueca desdeñosa para zambullirse de nuevo en su debate.
No tardó en abandonar el lugar, con la mente confusa y la mirada fija
en el pavimento de las callejas, deseando desaparecer. Aquel incidente le
obsesionó durante todo el día. No logró recobrar la calma hasta que se juró
constituir una biblioteca digna de los mayores sabios. Al día siguiente se
dirigió a casa de Lysias y pidió El banquete porque recordaba haberlo visto
muchas veces en manos de su primer amo, Apolonio.
Y, finalmente, todo aquello le había conducido a Clemente...
Al abandonar la mansión del pedagogo, invocó a las Parcas
[52] para que le dijeran por qué razón, por qué increíble fatalidad el
empecinado destino no dejaba de colocar cristianos en su camino.
Seis meses...
Las primeras semanas asistió a las clases del griego con cierta
desconfianza. A continuación, sin darse cuenta, fue conquistado. Durante
los últimos tiempos, entre ambos hombres se habían establecido vínculos de
amistad. Gracias a Clemente, había nacido en él una verdadera pasión por la
lectura. Le había alentado, aconsejado con tacto. Y, poco a poco, advirtió
con asombro que desaparecían las reticencias y la animosidad que siempre
había albergado contra los cristianos.
Sin embargo, a pesar del sincero afecto que sentía por su mentor,
Calixto había llegado a una paradójica conclusión: debía huir, no demorar
una partida hacia Antioquía que hubiera debido producirse ya varias
semanas antes. Huir, pues la personalidad de Clemente era demasiado
fuerte, su inteligencia demasiado sutil, el prestigio de su saber demasiado
brillante para que él, Calixto, no terminara sucumbiendo a sus argumentos.
¿Renegar del orfismo y rendirse al cristianismo? ¡Cristiano! No.
Nunca. Una fuerza visceral rechazaba en él esa perspectiva. Abandonar el
orfismo sería peor que una apostasía: era traicionar a Zenón; renegar de su
padre. Tenía que partir. Había tomado la decisión unos días antes. Partiría al
día siguiente.
De todos modos, Clemente no era el único motivo del viaje. Calixto
estaba convencido de que Carpóforo no había aceptado que se burlaran de
él y le desvalijaran sin intentar vengarse. Su antiguo amo no conocería la
tranquilidad de espíritu hasta que les echara el guante a él y, sobre todo, a su
botín. El peligro no era inmediato. Entre Roma y Alejandría se abría toda la
anchura del Gran Mar y, durante los meses de invierno, la navegación
quedaba interrumpida. Pero, pasado el equinoccio de primavera,
permanecer en Egipto resultaba demasiado peligroso. Como prefecto de la
annona, Carpóforo hacía vivir allí a demasiada gente como para no contar
con numerosos auxiliares.
De entrada, había pensado en abandonar Alejandría para dirigirse a
Tracia. El deseo persistente de regresar a su país seguía siendo muy vivo.
Pero, no sin pesadumbre, tuvo que resistir la tentación. Sárdica y
Adrianópolis eran ciudades donde le buscarían prioritariamente. ¿Bizancio,
adonde Marco tenía intención de retirarse? No, estaba demasiado cerca de
su tierra natal. Había optado por Antioquía
[53]*. La antigua capital de los reyes seléucidas le ofrecía cuanto podía
desear: una población lo bastante numerosa como para poder fundirse en
ella con toda seguridad, una ciudad antigua y rica, y, sobre todo, la
proximidad del imperio parto, donde, en caso necesario, podría refugiarse
para evitar la justicia romana.
Se levantó lentamente. Aquella noche contemplaba por última vez
aquel paisaje al que se sentía atado, aquella ciudad donde habría podido ser
feliz. Había dedicado la última jornada a despedirse de los escasos amigos
que había hecho: algunos taberneros, una o dos cortesanas, Lysias y, como
es natural, Clemente.
El responsable de la escuela catequística lamentaba, a ojos vista, su
partida. Calixto recordó la escena de su despedida. Sin escuchar sus
protestas, el griego había subido la escalera que conducía del atrio a su
gabinete de trabajo. Instantes después, regresó blandiendo un grueso rollo.
—Sé que, como autor, estoy muy lejos de poder compararme a Platón.
Tendrás, pues, que dar pruebas de indulgencia.
Un nombre se leía en la ancha cinta púrpura que rodeaba la obra:
Protréptico
[54].
Sentado a una mesa de El Atica, una de las tabernas más concurridas
del puerto, Calixto saboreaba lo que sería su última comida verdadera en
una decena de días. Su experiencia a bordo del Isis le había enseñado que a
su estómago no le gustaban demasiado las travesías marítimas.
Ante sus ojos se abría el magnífico puerto de Eunosto
[55] lleno de navíos.
La agitación que allí reinaba contrastaba con la inmovilidad del Gran
Puerto, que se hallaba más a la derecha, separado de la primera dársena por
la larga escollera del Heptastadio.
Naturalmente, la escuadra romana fondeada ante el islote de
Antirhodos permanecía inactiva en estos tiempos de paz, y la Sitopompoia
aún tardaría unas semanas en recibir su cargamento de trigo. Entonces, el
espectáculo cambiaría. De momento, los navíos con destino a Rodas,
Pérgamo, Bizancio y Atenas se balanceaban apaciblemente.
Las distancias eran demasiado largas y las tempestades del Tirreno y el
Adriático demasiado frecuentes para pensar en hacer zarpar los navíos hacia
Occidente.
Instintivamente, la atención de Calixto se dirigía una y otra vez hacia
la torre de fuego, símbolo de Alejandría. Sobre un recinto cuadrado se
levantaba un primer piso cuadrangular donde se abrían algunas ventanas.
En las esquinas de la plataforma que lo coronaba, cuatro enormes tritones
soplaban en unas caracolas. Más arriba se recortaba el segundo piso,
octogonal y menos imponente. El tercer piso, más estrecho todavía, era
totalmente redondo. Lo coronaban ocho altos pilares que sostenían un techo
cónico, el cual contenía la famosa hoguera de madera de áloe que ardía
noche y día. Finalmente, en lo alto del edificio se erguía la impresionante
estatua de mármol de Poseidón, dominando el paso del Toro y velando por
el puerto.
Llevándose a los labios el vaso de cécubo
[56],Calixto se preguntó si volvería a ver el faro.
Siempre fiel a sus principios órficos, había rechazado el plato de
lampreas que le habían servido, pidiendo en su lugar, pese al precio
excesivo, ostras de Abidos.
– Pero ¡por Baco! ¡Te digo que, cuando lleguemos a Antioquía, serás
generosamente pagado!
Calixto se sobresaltó, pasmado al oír que utilizaban así uno de los más
santos nombres de Dioniso Zagreo. El nombre de una divinidad tenía valor
en sí mismo y emplearlo como una blasfemia era profanar un templo.
Sorprendido, se volvió. El hombre estaba sentado a una mesa, detrás de él,
y le daba la espalda. Su interlocutor no era otro que Asklepios, el capitán
del navío en el que Calixto iba a embarcar.
El blasfemo proseguía con idéntica vivacidad:
—¿No lo comprendes acaso? ¡Dentro de diez días será demasiado
tarde! Y tu falta de confianza me habrá hecho perder una fortuna.
El capitán, un cretense de desgarbado aspecto, alzó los brazos al cielo.
—¡Fortuna! ¡Fortuna! Hablas como si la victoria fuera segura.
—¡Y lo es! De Berito
[57]a Pérgamo, nadie puede plantarles cara. ¡Debes creerme!
Asklepios meneó la cabeza.
—No, amigo mío. Conozco en exceso el azar de los combates para
aceptarlo. A menos que me ofrezcas una garantía.
—¿Qué tipo de garantía? —preguntó el hombre, súbitamente
esperanzado.
—Tu hija. Acepta dejársela en prenda a Onomacrites, el mercader de
esclavos. Es un hombre honrado. Sin duda aceptará custodiarla durante tres
meses. Si dices la verdad, podrás recuperarla después de los Juegos.
—¡Ni hablar! Mi hija es todo lo que me queda. Nunca la abandonaré.
El cretense se encogió de hombros y se echó al coleto el último trago
de vino.
—Entonces no hay trato. Busca otro navío.
Sin añadir nada más, salió de la taberna.
Se produjo un breve silencio, roto por una voz endeble:
—¿Qué será de nosotros, padre?
Hasta entonces, Calixto no había prestado atención a la niña sentada
junto al hombre.
Debía de tener unos doce años. Y la pureza de sus rasgos —aunque no
existiera parecido real— no dejaba de recordar los de Flavia. Flavia, tal
como la había encontrado en aquella oscura calleja de Roma.
—¿Puedo ayudaros? —preguntó de pronto.
El hombre se volvió. Era un fenicio corpulento, barbudo, de piel mate
y rasgos redondeados.
—Agradezco tu ofrecimiento, pero, lamentablemente, no creo que
puedas hacer nada por nosotros.
—¿Quién sabe? Expónme de todos modos tus preocupaciones.
El hombre suspiró.
—¿Conoces la reputación de los luchadores de Bactra
[58]*?
—Temo decepcionarte. Es la primera vez que oigo hablar de ellos.
—Me decepcionas, en efecto. ¿Cómo es posible ignorar las proezas de
los luchadores de Bactra? Desde hace mucho tiempo, en esta región de
Oriente resuena el eco de sus victorias. Son los combatientes más fuertes,
valerosos y resistentes que existen. ¿Comprendes, extranjero?
Calixto inclinó la cabeza.
—Dentro de diez días tendrán lugar en el estadio de Antioquía unos
Juegos que enfrentarán, ante el Emperador, a luchadores griegos, sirios,
sardos, epirotas, pugilistas de...
—¿Has dicho ante el Emperador?
—Sí. Cómodo César viene a visitar las provincias de Oriente y
festejará en Antioquía a los supuestos dioses Adonis y Venus. El vencedor
del concurso de lucha recibirá mil áureos de oro. ¿Me sigues?
Calixto, pasmado ante la coincidencia, no respondió.
—Y yo, el que te habla, Pathios, tengo en esos luchadores de Bactra a
los más formidables atletas que existen. Dos toros de combate, grandes y
fuertes como las columnas del templo de Serapis, que están pidiendo
vencer. Ya ves, me he pasado la vida recorriendo los estadios de Oriente y
Occidente y puedo asegurarte que para mis dos esclavos todos sus
adversarios serían un simple bocado. Los machacarían con la misma
facilidad que si fueran tordos de Daphnis y se los tragarían como si se
tratara de mejillones de Palorus. Y, siendo el Emperador un buen
aficionado, su triunfo no se detendría allí. Combatirían luego en Olimpia,
en Roma. Los libertarían. ¡Tal vez incluso los nombrasen senadores!
Calixto hizo un esfuerzo para concentrarse.
—Pero ¿dónde está, entonces, el problema?
—Robo.
—¿Qué quieres decir?
—Muy sencillo:, he sido víctima de un robo. Ayer por la noche me
quitaron la bolsa y todo lo que contenía. No me queda ni un solo munus
[59], ni un solo as. En consecuencia, no puedo embarcar hacia
Antioquía.
—Y el capitán se niega a concederte crédito.
—Exacto. A no ser que le ofrezca a mi pequeña Yerakina, mi hija
única, como garantía. ¡Por Baco! Realmente me toma por un romano.
Esta última reflexión hizo sonreír a Calixto. Pero otro pensamiento se
abría paso en su mente.
—Pero, dime, ya que pareces tan bien informado, ¿sabes si el
Emperador llevará consigo a Marcia, su concubina?
—¿Marcia? La he visto luchar dos veces. Una mujer soberbia, pero —
hizo una mueca de disgusto— eran combates miserables. Entre mujeres, es
un simple espectáculo. Nada más que un trivial espectáculo.
—No me has respondido.
—Bueno, no lo sé. Imagino que tomará parte en el viaje. Anuncian un
combate de mujeres gladiadoras en el que es posible que participe. Y...
El regreso imprevisto del capitán cretense le interrumpió. Asklepios se
inclinó con deferencia ante Calixto.
—Señor, los vientos son favorables. Zarpamos enseguida.
—De acuerdo. Te anuncio que tienes dos pasajeros más: este hombre y
su hija. ¿Cuánto pides por ellos?
—¿Sólo dos? —preguntó Asklepios con una sonrisa—. Me había
parecido oír hablar de luchadores.
—Tienes razón. ¿Cuál es el precio por cuatro pasajeros?
—Doscientos denarios, señor.
Sin vacilar, Calixto sacó su bolsa y contó la suma ante la estupefacta
mirada de Pathios.
—Pero... —farfulló—, ¿qué exiges a cambio?
—Nada. Si tus dos luchadores son tan buenos como dices, me los
devolverás.
—¿Y si son derrotados? —lanzó Asklepios, irónico.
—En ese caso, no me devolverá nada.
—¡Ya lo creo que sí! ¡Se lo devolveré, maldito cretense! Diez veces,
cien veces la cantidad que acaba de prestarme. Señor..., de hecho no sé tu
nombre..., ya verás, este hermoso gesto te enriquecerá. Aunque sólo sea
para que este asno de Creta lamente haber dejado pasar así la fortuna
cuando le tendía los brazos. Pero no hagamos esperar más a los vientos...
Con gesto cansado, Calixto se secó los labios con el reverso de la
mano e intentó dar algunos pasos. Debido a un violento cabeceo, estuvo a
punto de caer por la borda, se agarró y, por fin, se derrumbó pesadamente
sobre un montón de cabos. La firme mano de Pathios le sujetó por el
hombro.
—¡Caramba, señor! No nos abandones. Quiero devolverte lo que te
debo.
– Si cuentas con esos «dos toros» —repuso el tracio con una mueca—,
prefiero considerarme pagado desde hoy mismo.
Señaló con el índice a Ascalio y Malchion, los dos luchadores
embarcados. En efecto, nada en su apariencia parecía justificar los
ditirámbicos elogios de su dueño. Pequeños, canijos y pobremente vestidos,
inspiraban más compasión que terror. Y no era ésa su única originalidad: su
tez parecía una curiosa mezcla de bistre y azafrán; sus ojos estaban tan
estirados que parecían tenerlos siempre cerrados; sus párpados
exageradamente desarrollados, sus cabellos negros y lacios, muy cortos, y
sus imberbes mejillas contribuían a conformar un desconcertante aspecto.
Se expresaban más o menos en griego, pero con un acento tan extraño que,
más que comprenderles, se les adivinaba. Yerakina les servía de intérprete.
La niña parecía estar muy unida a ellos, y la resplandeciente sonrisa que los
hombres mostraban en su presencia demostraba que el afecto era recíproco.
—¡Por Baco! Aguarda a verlos actuar.
– ¿Quieres dejar de pronunciar ese nombre? —gruñó Calixto.
Pathios parpadeó, sorprendido.
– ¿Qué nombre? ¿Baco?
– Eso es.
– ¡Oh! ¿Por casualidad eres un bacante? ¿O debiera decir un orfista?
– Eso es.
– ¡Es extraordinario! Figúrate que también yo fui adepto de esta
creencia.
– ¿Ya no lo eres, pues?
– No.
– ¿Por qué razón?
– Me convertí al cristianismo.
Calixto estuvo a punto de caerse otra vez.
Era casi increíble. Podía concebirse que la secta influyera en
individuos paganos, o en adeptos de cultos inciertos o pervertidos. Pero era
alucinante que pudiera abandonarse el orfismo, aquella religión de elite.
– ¿Cómo pudo renunciar un bacante a todas las felicidades divinas
para caer en el común lote de los mortales? ¿Cómo pudiste renunciar al
beneficio de tus purificaciones y santificaciones para arriesgarte, tal vez, a
conocer el Bórboros
[60]?
Ante el tono agresivo adoptado por el tracio, Pathios retrocedió un
poco y, luego, mesándose la barba, repuso con turbación:
– Hummm... Por lo que veo, todavía no te has desengañado.
Lamentablemente, la elocuencia no es mi fuerte. Para convencerte tendría
que ayudarme Dios. Pero, permíteme que te haga, a mi vez, una pregunta.
¿Cómo puedes tú, pobre mortal, esperar convertirte en divino por la simple
gracia de las purificaciones y los ayunos?
Calixto sonrió irónicamente.
– ¿Acaso los cristianos esperan otra cosa? Un baño ritual para lavar
sus manchas y comidas sacras donde devoran a su Dios. Y todo para
alcanzar la inmortalidad...
– Estás haciendo una caricatura. Ningún cristiano ha pensado nunca en
igualarse a Dios por medio de sus devociones. No, simplemente espera
acceder a los Campos Elíseos
[61],junto al Soberano Señor.
—¿Tienes la audacia de insinuar que el orfismo es inferior al
cristianismo?
—El orfismo es un mito, amigo mío. Sólo un mito...
Calixto palideció. No sabía muy bien si el malestar que se había
apoderado de él se debía al mareo o a la indignación.
Contestó:
—Eso es. ¡Sois superiores en todo! Si quieres saber lo que pienso,
vosotros, los cristianos, renováis cada siete días el crimen de los Titanes,
que despedazaron y devoraron a Dioniso.
—Amigo Calixto, ¿has visto alguna vez a un Titán?
Calixto pareció desconcertado. El otro aprovechó la circunstancia para
proseguir:
—En verdad, son detalles como éste los que me hicieron dudar del
orfismo y de la mitología. No conseguía, no consigo imaginar a una criatura
del tamaño de una montaña, cuyas piernas se asemejen a enormes
serpientes
[62],o que se parezca a un río que rodea la Tierra.
—¡Pero también tu Dios cristiano es invisible! O, en todo caso, adopta
la forma de pequeñas galletas de pan con las que os alimentáis. ¿No es
extraordinario también?
—No. Cometes un error. Jesucristo instituyó ese sacrificio para que los
hombres lo perpetuaran en su memoria. No tiene nada en común con la
mitología. Además, eso de lo que estamos hablando ocurrió realmente bajo
el reinado de Tiberio César. Todo lo que ese hombre llevó a cabo es
histórico. Existieron testimonios oculares. Y no es eso todo. Con respecto al
orfismo me atormenta algo más: circulan muchos impostores bajo el
apelativo de Orfeo, pero nadie reivindica el nombre de Cristo.
Esta última crítica le recordó a Calixto unas palabras pronunciadas por
Clemente. También él había evocado a un tal Herodoto, que relataba que, en
lejanos tiempos, Hiparco de Atenas expulsó de su ciudad a un impostor
órfico. Y no había sido el único.
Pathios prosiguió:
—Reflexiona, Calixto: ¿cuántas tradiciones distintas has oído sobre
Dioniso Zagreo, Orfeo, Fanes y la cosmogonía de los orígenes? Es un
fárrago tan complejo que nadie se aclara. Se contradicen y no son muy
verosímiles.
Calixto se levantó bruscamente:
—Estas tradiciones no son ni más ni menos verosímiles que las
tradiciones cristianas. Dioniso murió y resucitó al igual que tu Cristo. Y, en
materia de prodigios, la ascensión al cielo de tu Dios vale tanto como la
decapitada cabeza de Orfeo, que siguió cantando y profetizando.
Con un gesto que pretendía ser apaciguador, Pathios posó la mano en
el brazo del tracio.
—¿Por qué te indignas así? Sin duda en el fondo tienes razón, aunque
yo sigo diciendo que esa leyenda que afirma que unos monstruos
despedazaron y devoraron, en tiempos inmemoriales, a un niño divino, es
difícil de creer y, sobre todo, de verificar. Mientras que la crucifixión de
Cristo... Los archivos conservan el recuerdo del procurador Pilatos, que
pronunció la sentencia. Sobre esos acontecimientos se escribieron
testimonios concordantes. ¿Comprendes? Probablemente, Orfeo no existió
nunca. Pero subsisten pruebas, rastros concretos de la vida y los actos
realizados por el nazareno.
Calixto dirigió a Pathios una dura mirada.
—Decididamente..., eres como los rombos, las pelotas y los
huesecillos que los Titanes utilizaron para hacer caer en la trampa a Dioniso
niño. No sucumbiré, Pathios.
36
Antioquía resplandecía bajo el sol matutino. Una inmensa
muchedumbre vibraba en las murallas y los muelles del Orontes. Todos los
pueblos de Oriente parecían haberse dado cita allí: el griego tocado con su
petaso, el israelita de abigarradas ropas, el nómada del desierto con el
entrecejo fruncido en un curtido rostro y el romano vestido con ligera
túnica. Todos aclamaban con entusiasmo la dorada galera de velas púrpuras
que, tras haber remontado el río, bordeado las murallas y pasado bajo el
puente de Seleucia de Pieria, llegaba ahora a la isla del Orontes.
De pie en la cubierta de la trirreme, Cómodo saludaba con la mano. Iba
vestido con una armadura de oro de oficial pretoriano. Cincelado en ella se
veía el combate de Hércules contra Anteo. Su casco de plata con alta cimera
escarlata, a imitación del que llevaba el gran Alejandro, brillaba al sol
contrastando con su barba rubia y rizada, mientras que el largo manto
púrpura puesto sobre los hombros flotaba por efecto de la brisa procedente
del mar.
Pathios exclamó en un tono algo pueril:
– ¡Mira, Yerakina, es el dueño del mundo! Mira qué hermoso es.
Contémplale, lo recordarás toda la vida.
Y la niña, subida en los hombros de Malchion, comenzó a reír y a
aplaudir, imitada por la multitud desenfrenada.
Calixto comentó malhumorado:
—Confieso no comprender en absoluto el histérico comportamiento de
esa gente.
—Y sin embargo es explicable —replicó Pathios—. Tras la usurpación
de Avidio Casio
[63],Marco Aurelio decidió castigar a Antioquía por el apoyo dado a su
enemigo. Transfirió pues a Laodicea, rival de Antioquía, el título de
metrópoli de Siria. Pero, lo que es más grave todavía, revocó todos los
Juegos que se celebraban.
—Castigo terrible, realmente... —ironizó el tracio.
—¡Claro que sí! Las fiestas que Cómodo va a celebrar son las primeras
desde hace más de diez años. Aquí, todos interpretan este acto como
símbolo de la reconciliación entre Roma y Antioquía. La muchedumbre
espera también, sin duda, que la estancia de César no concluya sin que su
ciudad recupere todos sus privilegios.
Calixto no escuchaba ya. Otra silueta había aparecido en la cubierta de
la galera. Desde lo alto de las murallas donde se hallaba, la veía con
claridad. Esbelta, llevaba un inmaculado vestido y las caderas aprisionadas
por un largo cinturón violeta. De acuerdo con la moda griega, otro cinturón,
más delgado, se extendía bajo sus pechos.
Aunque no pudiera distinguir perfectamente sus rasgos, sabía que era
«ella». Su corazón galopó en el pecho como un caballo desbocado, mientras
la voz de Pathios, que le llegaba desde muy lejos, se inquietaba.
—¿Qué ocurre, amigo? ¡Qué pálido te has puesto de pronto! ¿Tanto te
conmueve la belleza de esa criatura? No te hagas ilusiones, es como si
soñaras con poseer a la propia Venus. Nosotros somos simples mortales.
Calixto no reaccionó. Ante sus anegados ojos, Marcia acababa de
levantar la cabeza hacia las murallas y saludaba, a su vez, al pueblo.
Extrañamente, aquel gesto despertó en él heridas que creía ya cerradas
y le hizo tomar conciencia del insalvable abismo que separaría siempre al
esclavo de la primera mujer del Imperio...
Se apartó del espectáculo con el corazón a la deriva.
– ¿Qué te pasa, señor? ¿No tienes hambre?
Calixto posó en Yerakina una mirada melancólica.
Como cada noche, alrededor de la mesa puesta en la terraza de la casa
se habían reunido Pathios, sus dos luchadores y la niña.
En cuanto llegó a Antioquía, Calixto había alquilado aquella vasta
morada en el barrio aristocrático de Epifanía, entre el camino de Beroea a
Laodicea y el monte Sulpius. Naturalmente, había ofrecido hospitalidad a
Pathios y a su hija. El fenicio no era rico; sus únicos bienes eran sus dos
luchadores. Estos se alojaban al fondo del jardín, en compañía de la cilicia y
la armenia que Calixto adquirió el primer día, dos siervas de aspecto
masculino, pero íntegras y trabajadoras según le habían asegurado.
—¿Por qué no respondes?
– Es cierto, no tengo hambre, niña.
– ¡Deja ya de llamarme «niña»! ¡Pronto tendré trece años!
La misma edad que Flavia cuando la encontró en los peldaños del
anfiteatro Flavio...
Con un suspiro, echó la cabeza hacia atrás. Hacia poniente se
extendían jardines, bosquecillos de rosas, algunas viñas y plantaciones. Más
lejos, apenas distinguibles, las termas se recortaban contra la orilla derecha
del Orontes, inflamado por los últimos rayos del sol. Desde allí no se veía el
bosque de Dafne. El más célebre paraje de Antioquía se hallaba a más de
ocho millas romanas; pero nadie dudaba que Cómodo decidiría visitarlo,
como lo había hecho, en su tiempo, el emperador Lucio. ¿Iría también
Marcia? Desde que la había vuelto a ver en la cubierta del navío imperial,
todos sus pensamientos le llevaban a ella. ¿Por qué? ¿Por qué sortilegio
aquella mujer permanecía tan arraigada en su espíritu?
—Dime, Pathios —preguntó bruscamente—, ¿dónde os reunís los
cristianos para rendir homenaje a vuestro Dios?
Si la pregunta le sorprendió, el fenicio no dejó que se advirtiera.
—Tenemos para eso una gran basílica en el ágora seléucida, no lejos
de la muralla, frente al templo de Zeus.
—¡Pero eso está en pleno centro de la ciudad!
—En efecto.
—¿Tenéis, pues, un edificio especialmente consagrado a vuestro culto?
¿Y lo saben los romanos?
Pathios soltó una risita divertida.
—Bien se ve que no conoces Antioquía. Desde que Pablo, uno de los
apóstoles más próximos a Cristo, desembarcó aquí, las conversiones se han
multiplicado. Esta es, ciertamente, la ciudad del mundo con más cristianos.
Están por todas partes: en la enseñanza, en el comercio, en el ejército. El
consejo de los decuriones que dirige la ciudad está compuesto también, en
su mayoría, por fieles de Cristo. El gobernador se vio obligado a adaptarse a
la situación.
—Y Cómodo no los persigue... —dijo maquinalmente Calixto.
—Eso creo —replicó Pathios con convicción—. Añadiré que, a mi
entender, es el mejor Emperador que hayamos tenido nunca.
El mejor... Calixto se estremeció al recordar las torturas que el
imperator le había infligido. Pero no se demoró en aquel tema.
—Pathios —prosiguió lentamente—, ¿sería posible que yo asistiera a
vuestras reuniones?
Esta vez su interlocutor le miró con los ojos muy abiertos. —¿Con qué
objeto? ¡No pretenderás convertirte!
Calixto clavó sus ojos en los del fenicio. Le observó largo rato antes de
anunciar con una sonrisa:
—¿Y si Orfeo no fuera más que un mito?
37
El anfiteatro de Antioquía se levantaba en la orilla meridional del
Orontes, casi frente a la isla y el palacio.
Temiendo que faltara espacio, Calixto y sus amigos se habían puesto
en camino muy pronto... Pathios y Yerakina se habían instalado a su lado,
en la litera, y los dos luchadores seguían sus pasos.
El barrio de Epifanía estaba situado en la periferia y, por lo tanto,
tuvieron que atravesar el centro de la ciudad para llegar al circo. Pese a lo
temprano de la hora, el sol abrasaba ya, y la animación que reinaba en todas
partes nada tenía que envidiar a la de Alejandría o Roma. Si el carácter
cosmopolita de ambas poblaciones era comparable, las calles flanqueadas
de columnatas —los célebres pórticos de Antioquía—, sus bronces y sus
estatuas, algunas de ellas cubiertas de oro, marcaban la diferencia. Además,
las dos metrópolis griegas se distinguían claramente de la capital del
Imperio: estaban limpias, mejor cuidadas, más organizadas.
Estaban llegando al Onfalos, la gran piedra que servía de soporte a la
estatua gigante de Apolo, protector del lugar. La habían erigido en pleno
centro de la ciudad, en el cruce de las principales arterias. Allí, la
muchedumbre era mucho más densa: opulencia y diversidad rivalizaban. El
circo estaba ya a la vista. Pathios, a quien la proximidad del evento volvía
cada vez más voluble, se había puesto a dar grandes palmadas en el hombro
de Calixto.
—¡Hoy es un gran día, amigo! Un día muy grande. Ascalio y
Malchion inscribirán sus nombres en los frontones de la gloria y nunca
olvidaré que será gracias a ti, amigo. Gracias a ti.
Calixto le miró de soslayo. No lograba comprender la seguridad de su
compañero. Ambos luchadores, descalzos y con la clámide negligentemente
echada sobre los hombros, seguían a los porteadores con una expresión de
cortesía que ni los empujones ni el tumulto parecían poder alterar.
Viéndoles tan enclenques, pusilánimes casi, no podía imaginarlos ni por un
solo instante venciendo a los mejores luchadores del Oriente romano. De
creer a Pathios, ambos hombres procedían de un país llamado Sin o Tsin.
Habían llegado a los Paropamisos con las caravanas de la ruta de la seda.
Sus amos los habían vendido a unos griegos de Bactriana, los cuales
helenizaron sus nombres. Tras muchas vicisitudes, habían llegado a
Alejandría, donde Pathios los adquirió, no sin haberlos convertido antes al
cristianismo.
Cada vez más excitado, el fenicio proseguía:
– Ahora puedo confesártelo: vamos a ser más ricos aún de lo que
imaginas. No sólo ganaremos los diez mil áureos, sino también el total de
las apuestas que he hecho.
—¿Has apostado...? ¿Cuánto?
– Todo.
– ¿Todo?
– He vendido todos mis bienes para apostar por mis dos Titanes. Y, lo
quieras o no, compartiremos los beneficios. ¡Pathios no es un ingrato!
Muy asustado, Calixto se interrogó sobre la salud mental de su amigo.
—Pathios, si por desgracia tus tsinos fueran derrotados..., ¿qué sería de
ti y, sobre todo, de tu pequeña Yerakina?
– Pero ¿crees que Malchion y Ascalio pueden perder? —exclamó
escandalizada la niña.
Por su lado, Pathios miró al tracio como si acabara de proferir una
imperdonable obscenidad. Entreabrió los labios y los cerró. Sin encontrar
las palabras, acabó meneando la cabeza con aire afligido.
– Pobre mortal, pobre incrédulo... Dentro de unas horas, cuando
recuerdes tus dudas, te sentirás avergonzado y horrorizado.
Por encima de sus cabezas, el sol desplegaba sus ardientes rayos por
toda la superficie del inmaculado velum que ofrecía a la muchedumbre una
sombra propicia.
Calixto, Pathios y su hija habían dejado a sus dos luchadores en el
apoditerio de la arena, antes de dirigirse al graderío. Pese a sus doscientas
mil localidades, el anfiteatro estaba a rebosar, y un acre hedor de sudor
brotaba de aquella compacta muchedumbre.
Calixto se pasó la mano por el cabello con gesto nervioso. Desde que
había entrado en el lugar, una sensación de angustia crecía en él. Aquella
atmósfera tensa, aquella concurrencia embriagada de antemano despertaban
en él funestos recuerdos. No era ya la arena de Antioquía lo que se abría a
sus pies, sino el circo Máximo. Los arrebatados rasgos de Yerakina le
recordaban otra sonrisa.
El metálico sonido de las trompetas acalló de pronto el rumor de la
muchedumbre. Todos los rostros convergieron en la puerta de Pompeyo,
gran obra de albañilería que sobresalía notablemente sobre la pista de arena
dorada. Más allá de aquella puerta de roble macizo, que instantes después
cruzarían los atletas, se extendía una cornisa coronada por una balaustrada
de mármol a pocos pies del suelo. En segundo plano, bajo un velum de
púrpura tendido entre dos torres, se veían varias hileras de tronos de marfil.
A ambos lados, unos pretorianos con uniforme de gala se alineaban en dos
impresionantes hileras y en perfecto orden.
Un hombre con toga roja apareció de pronto, y fue rápidamente
saludado por un huracán de aplausos: Cómodo. Dio unos pasos hasta el
parapeto que delimitaba el palco y saludó con la palma abierta y el brazo
extendido horizontalmente.
– Es apuesto...
Pero Calixto, indiferente al ingenuo entusiasmo de la pequeña
Yerakina, sólo tenía ojos para el personaje que acababa de colocarse junto al
imperator. Marcia. Una silueta blanca, casi evanescente. Conmovido, se
recreó largo rato en su contemplación, hasta que la puerta se abrió dando
paso a los combatientes.
Encabezado por el organizador de la fiesta, las autoridades civiles de la
ciudad y los donantes del día, comenzó el desfile. Un coro de cantores y
músicos precedía a los luchadores, que, con el cuerpo brillante de aceite, se
complacían poniendo de relieve sus músculos.
Cuando aparecieron, los vítores se multiplicaron. Les arrojaron
coronas y guirnaldas de flores. Los alentaron gritando su nombre; cada uno
de ellos cargaba con la pesada responsabilidad de defender considerables
apuestas.
– ¡Ascalio! ¡Malchion! ¡Que Dios os guarde! —se desgañitó Yerakina,
pataleando de excitación.
Ambos hombres, que caminaban en la cola del cortejo, a pocos pasos
de los helladonices
[64], le dirigieron un breve saludo con la mano. Parecían radiantes.
Calixto se dijo que, si hubieran podido comprender lo que se decía a su
alrededor, probablemente su buen humor se habría desvanecido de
inmediato, pues las exclamaciones y los comentarios que se hacían sobre
ellos estaban muy lejos de ser elogiosos.
—¡Mira qué dos enclenques!
– ¡Por Hércules! ¿Desde cuándo se contrata a tísicos para las
competiciones de pancracio
[65]?
—¡Mira, ahí llegan Milón y Sostratés!
Aquella alusión a los dos luchadores más célebres que jamás habían
existido hizo reír a la concurrencia. Calixto, molesto, lanzó una discreta
mirada hacia Pathios. Pero, con gran sorpresa, comprobó que el fenicio no
sólo se mostraba insensible a la rechifla que sus campeones provocaban,
sino que se frotaba las manos de satisfacción.
—¡Peces en mi red! —dijo muy feliz—. Tencas y gobios en mi red...
¡Mira cómo brillan quienes, dentro de un rato, colearán en la orilla!
Y Calixto se preguntó una vez más qué podía justificar semejante
confianza.
Abajo, concluía el desfile. Tras dar una vuelta a la pista, regresó a la
puerta de Pompeyo. Casi simultáneamente, con la ayuda de unos bastones,
los helladonices comenzaron a dibujar grandes círculos en toda la superficie
de la arena. En cada una de las circunferencias se colocó un par de
luchadores, de acuerdo con las reglas fijadas por el sorteo. Podía empezar el
combate.
Tras una señal del Emperador, las dieciséis parejas de atletas, vigiladas
por igual número de árbitros, se agarraron. Sin apartar la mirada de aquellos
hombres, Calixto le pidió a Pathios que le explicara las reglas. Los
competidores tenían que acogotar a sus adversarios, derribarlos, haciendo
que sus hombros tocaran el suelo, u obligarles a rendirse. Un solo paso
fuera del círculo acarreaba la inmediata eliminación. Pathios seguía
hablando cuando Yerakina gritó:
– ¡Mira, padre, mira! ¡Malchion ha vencido!
La niña estaba en lo cierto. En un rincón de la arena, Malchion, el
primero que se había desembarazado de su adversario, acababa de levantar
los brazos en señal de victoria.
Y Ascalio realizaba ya el mismo gesto, victorioso también.
– Bueno —gritó con júbilo el fenicio—, ¿qué me dices?
– No puedo creerlo... ¿Cómo lo han hecho? ¿Cómo?
– Tendrás ocasión de estudiar su táctica —respondió Pathios con el
engolamiento del triunfador.
Bajo los gritos y el clamor de la muchedumbre, los demás combates
proseguían y concluían uno tras otro. Proclamados los vencedores, se
procedió a repetir el sorteo para formar nuevas parejas de combatientes,
vigiladas por otros helladonices. Estos dibujaron los correspondientes
círculos y la lucha volvió a empezar.
Esta vez, Calixto se guardó mucho de apartar la mirada de los
protegidos de Pathios.
Se enfrentaban con dos gigantes que medían casi una toesa y cuya
frente tenía la anchura de dos manos. A primera vista, las oportunidades
parecían por completo desproporcionadas. Pero lo que iba a ocurrir
superaba todo lo imaginable. Lanzando grititos agudos, Ascalio y Malchion
comenzaron literalmente a volar por los aires, a mariposear alrededor de sus
adversarios, golpeándolos sólo en ciertos puntos del cuerpo con infernal
precisión. Y el público pudo ver a sus dos antagonistas doblegándose
repentinamente por efecto del dolor, antes de caer, vencidos y sin recursos.
Ambos tsinos se habían convertido en el centro del mundo, y los gritos
de asombro y admiración habían reemplazado a la rechifla.
Pronto quedaron sólo cuatro parejas de combatientes. La tensión de
Calixto y Yerakina llegó al máximo cuando oyeron declarar que, esta vez,
Ascalio tenía que enfrentarse con Malchion. Pathios se apresuró a
tranquilizarlos:
—Ya lo habíamos previsto. Hemos acordado que el que esté más
cansado a causa de los combates anteriores dejará vencer a su compañero.
—¿Estás seguro de que te obedecerán? El que se deje ganar tendrá que
pagar diez mil áureos. Es mucho.
—No para un cristiano —sonrió el fenicio—. Además, mira.
Malchion, herido, se había dejado arrastrar fuera del círculo. En la
arena quedaban sólo Ascalio y tres atletas más. Sin duda los mejores de
todo el Oikumenes
[66]. En el siguiente combate, ante la aterrorizada mirada de Yerakina,
el hombrecillo amarillo fue agarrado casi enseguida por su nuevo
adversario. Pero éste se vio obligado muy pronto a soltar la presa. Lenta e
irresistiblemente, fue doblegándose ante la potencia del tsino y apoyó una
rodilla en el suelo. Ascalio se disponía a afrontar el último combate cuando
le rogaron que se detuviera.
—¿Qué ocurre? —preguntó Calixto.
—Ni idea.
Cómodo, que había abandonado su asiento y la tribuna, bajaba a la
arena. Tras un momento de desconcierto, el publico comenzó a aplaudir con
entusiasmo.
—¡Arbitrará el último combate!
—¿Te das cuenta? —aulló Pathios en pleno delirio—. ¿Te das cuenta?
¡Es la gloria!
Calixto estaba mucho menos entusiasmado. Era la primera vez que
veía a Cómodo tan de cerca desde la sesión de tortura del palacio.
A su alrededor, la muchedumbre puesta en pie expresaba su júbilo.
Mientras la niña exultaba, Pathios, empapado, se dejó caer junto a Calixto
balbuceando:
—Esperaba que mis dos toros recibieran el homenaje de toda
Antioquía, pero no el del Emperador en persona...
Cuando, ante la atenta mirada del Emperador, Ascalio hizo que los
hombros de su último adversario tocaran el suelo, el tracio creyó realmente
que el fenicio iba a desvanecerse.
38
La marea humana se alejaba lentamente del anfiteatro y recorría las
amplias avenidas de la ciudad. Al cabo de un rato, hormigueaba ya bajo los
célebres pórticos, cubría las calzadas y se dispersaba en torno al Onfalos.
Calixto y Yerakina intentaban abrirse camino entre la multitud. A su
alrededor, bajo las arcadas de los thermopolium, los hombres hablaban
gesticulando y con jarras de vino melado en las manos. Tras haber honrado
a Cibeles, la ciudad de Apolo se disponía a pagar su tributo a Baco.
Pathios, feliz propietario de los héroes del día, evidentemente había
sido incorporado al homenaje que se les había tributado. Invitado por el
Emperador a la cena de palacio, el fenicio había insistido en que Calixto le
acompañara. Pero el tracio no quería correr el riesgo de que, una vez frente
a Cómodo, éste le reconociera. Finalmente, acordaron que Pathios utilizaría
la litera y acudiría a la invitación en compañía de sus dos luchadores.
Mientras, Calixto regresaría a casa con la niña.
En el agonizante crepúsculo se encendían las primeras antorchas. Por
todos lados resonaban cantos, avinadas carcajadas y loas dedicadas al
Emperador.
—Es joven... Es apuesto como Hércules.
—¡E igualmente musculoso! No habría desentonado, esta tarde, en el
desfile de los luchadores.
Sin embargo, algo más lejos, ciertos comentarios eran más críticos.
—Pero no se ha atrevido a intervenir.
—Sin duda quiere estar a la altura de su reputación.
—Si lo hubiera deseado realmente, no se habría limitado a arbitrar el
último combate. ¡Habría combatido en persona!
—¡Por Júpiter! Me hubiera gustado ver cómo se comportaba nuestro
César frente al extraño hombrecillo amarillo.
A la altura del Onfalos, una suntuosa litera donde se arrellanaban unos
individuos de edad madura, notables sin duda, se dispuso a adelantar a
Calixto y a la niña. La conversación era también muy animada.
—¡Pero bueno, Cayo! ¡El lugar de un Emperador no está en la arena!
—Y sin embargo, tiene la intención de volver a ella. He sabido que,
mañana mismo, combatirá con los gladiadores, al igual que su concubina.
El corazón de Calixto se aceleró. Instintivamente apresuró el paso para
seguir escuchando.
—Jugarse la vida por...
—Tranquilízate, cuando Cómodo quiere imitar a los reciarios, las
espadas son de madera y los tridentes han sido despuntados.
De modo que, sin duda, vería de nuevo a Marcia...
—¡Calixto, me haces daño!
Confuso, advirtió que estaba destrozando la mano de su pequeña
compañera. Se excusó rápidamente, al tiempo que tomaba conciencia de la
súbita palidez y los tensos rasgos de la niña. Preguntó, inquieto:
—Dime, Yerakina, ¿te encuentras bien? ¿No estás cansada?
Sin aguardar la respuesta, la levantó y prosiguió su camino llevándola
en brazos.
Cuando llegaron a la mansión, la comida vespertina estaba ya
preparada en el triclinio. Calixto tendió a la niña en uno de los lechos.
—Tengo sed...
Él se apresuró a llenar una copa de agua, que la niña vació de un solo
trago.
Luego pidió otra, y otra más.
—¿Cuándo regresará mi padre?
—Mucho me temo que no antes del amanecer. Esos banquetes son
siempre interminables.
—Entonces, estoy contenta de que estés aquí.
Calixto depositó un beso en la frente de la niña y le tendió un plato.
—No tengo hambre.
—Toma al menos un poco de uva.
Ella negó con la cabeza y señaló el plato vacío de Calixto.
—Además, tampoco tú comes.
El esbozó una vaga sonrisa.
—Ya ves, tampoco yo tengo hambre...
Era cierto. Tenía un nudo en el estómago ante la idea de ver a Marcia
combatiendo en la arena. Tal vez incluso pudiera abordarla más tarde.
En efecto, dos días después era el día del Sol, un día que los cristianos
solían celebrar, y Pathios le había dado a entender que había grandes
posibilidades de que la favorita de Cómodo asistiera a la ceremonia
presidida por Teófilo, el obispo de Antioquía, en la basílica del foro.
El tiempo transcurría. Calixto se retiró con Yerakina al tablinium.
—¿Una partida de taba?
La niña aceptó, encantada.
Iniciaron el juego pero, con la fatiga de la jornada, Yerakina no tardó
en cerrar los ojos y apoyarse en el respaldo del diván. Se durmió enseguida.
El tracio se levantó y la llevó a la cama. Tras haberse asegurado de que
dormía profundamente, fue a su alcoba y abrió el estuche de fieltro que
contenía la última obra que acababa de comprar por consejo de Pathios. El
libro sagrado de los cristianos. En la cinta de tela que sujetaba los rollos
estaba escrito su título: Evangelium.
¿Cuánto tiempo hacía que se hallaba sumido en la lectura? El oscuro
violeta de la noche inundaba el peristilo cuando resonaron los pasos del
fenicio.
—¿De regreso ya? No te esperaba hasta el amanecer.
—¡Es lo que yo imaginaba también! ¡Ya me las pagarás con tu
descripción de fabulosos banquetes!
—No lo entiendo. ¿Realmente has cenado con César?
—Con César, pero no en casa de César.
—¿Qué quieres decir?
—El matiz es importante. Toma, mira el menú. ¡Absolutamente
miserable!
Calixto cogió el rectángulo de papiro y leyó:
Espárragos y huevos duros
Anchoas
Cabrito y costillas
Habas y calabazas
Pollo
Pasas y manzanas
Peras
Vino de Nomentum
—¡Después de esta comida no habrás necesitado vomitivo!
—Mucho peor aún: me muero de hambre.
—Sígueme, lo arreglaremos.
Instantes más tarde, mientras Pathios acallaba su estómago ayudado
por un enorme pastel de queso, Calixto señaló el pesado collar de gemas
que, en varias vueltas, adornaba el cuello de su amigo, así como los
magníficos brazaletes de oro macizo que llevaba en los antebrazos.
—Por lo que veo, la generosidad de Cómodo ha compensado
ampliamente la frugalidad de la cena.
—Cierto —replicó Pathios con la boca llena—. ¿Sabes cuánto me ha
ofrecido por mis toros de combate? ¡Un millón de sestercios! Sin mencionar
estos pequeños regalos. Un millón de sestercios... ¡Soy rico! ¡Somos ricos!
¿Te das cuenta?
—Permíteme, sin embargo, llamarte la atención sobre un punto. ¿Has
olvidado a Yerakina? Siente mucho afecto por tus luchadores.
El fenicio se encogió de hombros.
—Ascalio y Malchion formarán parte, en adelante, del cuerpo de
libertos imperiales. Lucharán en los más prestigiosos anfiteatros del
Imperio. Una formidable carrera se abre ante ellos. Acepto venderlos por su
bien. Por lo que a Yerakina se refiere, con el tiempo, como todos los niños,
se acostumbrará.
Terminó de comerse el pastel y se sirvió una copa de vino.
—¿No te ha sorprendido la frugalidad de la cena? —Y antes de que
Calixto pudiera responder prosiguió—: El Emperador tiene la intención de
combatir mañana en la arena.
—Eso me ha parecido oír, en efecto, mientras regresábamos. La noticia
no tiene nada de excepcional.
—¡Ya lo creo que sí! En plena cena, el César se ha levantado y ha
dicho: «No ignoro que, cada vez que combato, ciertas lenguas acerbas
comparan mis hazañas con las bufonadas de los histriones. No comprenden
que utilizo armas ficticias, que aliento a los jóvenes de Roma a imitar mi
ejemplo, para hacer menos sangriento el placer del espectáculo. Sabed que
no soy el cobarde que algunos describen complacidos. Por ello, mañana el
combate será real y las armas de hierro pulido.»
—Muy sorprendente, en efecto. ¿Y qué han,respondido los invitados?
—Cuando clamaban por los peligros mortales que el Emperador iba a
correr, Cómodo ha replicado con cierto cinismo: «Conozco perfectamente
vuestras inquietudes..., pero también sé que os apresuraréis a homenajear al
campeón que logre libraros de mí. Para vosotros, será sólo un benefactor y
un justiciero.»
—Si se consuma la hazaña —comentó sombríamente Calixto—, de
buena gana ofreceré a ese hombre providencial una corona de oro.
Pathios dio un respingo.
—Olvidaré ese comentario porque eres mi amigo. Te lo repito, para mí
Cómodo es el mejor de los emperadores que han vestido la púrpura.
—¿Tus hermanos son de la misma opinión?
—Eso creo.
Se hizo un silencio. Luego, Calixto preguntó:
—Y... Marcia..., pues imagino que estaba presente en el banquete,
¿cómo ha reaccionado?
—En cuanto Cómodo ha terminado de hablar, se ha levantado
diciendo: «Ordena, César, que armen también a mis adversarios, pues si tú
murieras mi vida no tendría sentido.»
Calixto contuvo un sobresalto y apretó los puños. Decididamente,
había en la actitud de la Amazona algo que nunca entendería.
39
Los Juegos no se reanudarían hasta aproximadamente la segunda hora,
pero en la sexta vigilia
[67] la muchedumbre ya se agolpaba ante las puertas todavía cerradas
del anfiteatro.
El increíble anuncio hecho por Cómodo había enardecido a la
provincia y atraído a curiosos de Palestina, Cilicia, Capadocia, los reinos
vasallos de Palmira y Petra, e incluso del gran Imperio parto, enemigo sin
embargo de la omnipotencia romana.
Por ello, la presencia de aquella multitud había transformado los
alrededores del edificio en un auténtico caravanserrallo. Por todas partes se
levantaban pequeñas tiendas de piel de camello a cuyos pies, bajo las
arcadas y junto a las avenidas, dormían centenares de siluetas envueltas en
abigarradas mantas. Otros dormitaban de pie al modo de los pastores,
apoyados en largos bastones, o sentados en la posición del escriba; y otros
más se entregaban a tumultuosas partidas de dados.
Por fin hicieron su aparición los directores de los Juegos. Se retiraron
las cadenas que impedían el acceso al estadio y un verdadero torrente
humano se abalanzó hacia el interior. Unos instantes después, más de cien
mil personas instaladas a la sombra de los velum aguardaban el inicio de los
combates.
Apenas transcurrida la segunda hora, los notables llegaron a su vez a
sus localidades. Ellos no habían tenido que preocuparse por obtener un
lugar: las primeras gradas, las más cercanas a la arena, les estaban
reservadas. Los magistrados siguieron sus pasos; tenían, además, el
privilegio de que sus nombres figurasen grabados, en letras de oro, sobre el
mármol de las localidades que les estaban destinadas. Lo mismo ocurría con
los pontífices del clero de Apolo.
Calixto y Pathios, por su parte, se habían instalado entre los caballeros.
Pese a sus súplicas, habían dejado en casa a Yerakina; desde la víspera se
encontraba un poco mal y su asistencia no habría hecho sino agravar su
estado.
Ambos hombres se encontraron sentados junto a un parto de barba
cuidadosamente rizada, ataviado con un vestido multicolor y tocado con
una alta mitra cilíndrica. Había reconocido en Pathios al triunfador de la
víspera y había iniciado con él, espontáneamente, una animada
conversación en perfecto griego.
—Vuestro Emperador parece estar muy al corriente de las reglas de la
lucha.
—Ya puedes decirlo. También yo me quedé asombrado. Piensa que...
El sonido de las trompetas que anunciaban la llegada de Cómodo los
interrumpió.
Salvo Calixto, que se limitó a observar, todos los espectadores se
levantaron para aplaudir la blanca silueta que acababa de aparecer entre las
columnas del palco imperial.
Cómodo iba vestido de Ganimedes, envuelto en seda de China con
hilos de oro, las mangas bordadas con dibujos asiáticos y ceñida la frente
por una diadema con incrustaciones de pedrería.
Curiosamente, su acostumbrada corte de augustantes se hallaba
ausente. Tan sólo dos hombres le acompañaban, dos hombres de tez
amarilla, vestidos de Castor y Pólux, que llevaban una panoplia de armas.
—Son Ascalio y Malchion —observó Calixto.
—¿No te dije que el Emperador los había comprado para convertirlos
en libertos de su casa? ¡Para ellos es ahora la gloria y la fortuna!
Después de haber saludado largo rato a la muchedumbre, el Emperador
aguardó a que el clamor se apaciguara y dio unas palmadas. Un gong sonó
enseguida, la puerta de Pompeyo se abrió y se inició entonces un
extraordinario desfile de animales exóticos. Cebras, antílopes, monos, osos,
enormes avestruces y pájaros multicolores procedentes de las Indias.
Coronándolo todo, unos elefantes cerraban la marcha.
Conducida por los domadores, la increíble casa de fieras dio la vuelta a
la arena, alentada por las aclamaciones de la gozosa muchedumbre. El
entusiasmo llegó al máximo cuando una lluvia de monedas de oro, pasteles
de trigo y guirnaldas de flores cayó sobre las filas superiores del graderío.
Los esclavos del Emperador procedían, por orden de éste, a tan repentina
distribución. Calixto quedó consternado al ver a aquellas mujeres, aquellos
jóvenes niños e, incluso, aquellos ancianos disputándose ásperamente las
migajas.
—Me pregunto si las verdaderas fieras no estarán a este lado de la
barrera —murmuró.
Terminado el desfile, los elefantes se arrodillaron gravemente al pie
del palco imperial y trazaron en la arena, con la ayuda de sus trompas, el
nombre de Cómodo. Una vez acallados el tumulto y los aplausos, se
produjo un momento de silencio solemne, casi religioso. Cómodo se
levantó lentamente y, con pausados gestos, se quitó la diadema y la túnica,
descubriendo con orgullo su tórax. Tras una indicación suya, Ascalio le
puso el casco y la manga forrada de escamas metálicas del mirmillón. La
muchedumbre, encantada por esos preparativos, aplaudió estrepitosamente.
El Emperador cogió el pequeño escudo y la corta espada gala que
completaban el equipo. Tras ello, como Alejandro tomando las ciudades
indias, saltó por encima del muro y aterrizó en la arena, saludado por un
potente clamor. El primer adversario de César que apareció era un reciario
achaparrado y con el cráneo afeitado. Su tridente, por lo que podía verse,
estaba afilado y era de hierro. La red que hacía girar hábilmente sobre su
cabeza parecía tan sólida y pesada como las empleadas habitualmente en
este tipo de combate. De todos modos, por si subsistía alguna duda en el
espíritu de algunos espectadores por lo que se refiere a la autenticidad de las
armas, los acontecimientos demostrarían enseguida que, esta vez, Cómodo
sí se enfrentaba realmente a la muerte.
Los hombres y las mujeres habían tomado ya partido por uno u otro de
los atletas. Naturalmente, la mayoría de las exclamaciones de aliento se
dirigían al Emperador. Calixto observó con cierta tensión las primeras
maniobras. Aunque Cómodo gozaba de una indiscutible superioridad sobre
su adversario, éste luchaba sin embargo con toda la astucia y la experiencia
del veterano de la arena que era. Se vio varias veces en peligro, pero en el
último momento consiguió dominar la situación, poniendo entonces al
joven César en dificultades.
—¡Pero ese gladiador le trata con consideración! —comentó el vecino
parto de Pathios.
—Me extrañaría mucho —replicó el fenicio meneando la cabeza—. Es
un combate a muerte. Aunque no sea demasiado joven, el retiario sabe lo
que está haciendo. Por otra parte...
Un clamor más fuerte que los demás le interrumpió. Cómodo acababa
de derribar a su adversario.
Con una larga mirada circular y el pie apoyado en el pecho del
reciario, el Emperador consultó a la muchedumbre. Esta, halagada y
conquistada por el valor de su príncipe, hizo el signo fatal bajando el pulgar.
¡Mata!
La corta espada de Cómodo describió enseguida un breve círculo y
golpeó. Un chorro de sangre brotó de la abierta garganta del retiario.
El Emperador se apartó. Saludó a los espectadores con su enrojecida
espada y pidió bebida. Cuando se hubo refrescado, pidió entonces
enfrentarse con los campeones de las demás especialidades de combate
armado. Un nuevo torrente de aplausos saludó aquella audacia.
El son de las trompetas que anunciaban la llegada de otro campeón
sacó a Calixto de sus pensamientos. Se había sorprendido sintiendo por un
breve instante —muy breve— cierta admiración por aquel hombre.
Esta vez, Cómodo libraría combate contra un galo armado con sus
mismas armas.
Calixto tendió la mano hacia la arena al tiempo que pronunciaba con
rencor, a media voz, una imprecación. Pero..., o la pronunció mal o se
equivocó de blanco. En un rápido enfrentamiento, Cómodo se libró de aquel
nuevo adversario. Ni siquiera tuvo que rematarle; su espada había
atravesado por completo al hombre. El huracán de vítores que siguió a
aquella hazaña fue tal que el tracio se levantó, decidido a abandonar el
circo. La mano de Pathios le retuvo.
—Aguarda. No te vayas. Ahora van a empezar las cosas serias. ¡Mira!
Un gladiador acababa de aparecer en la arena. Un samnita
[68] de imponente talla, oculto tras un largo escudo de forma cóncava.
A primera vista, nada le diferenciaba de los demás combatientes. Tan sólo
los gritos que le acompañaban permitían pensar que, esta vez, Cómodo no
se las vería con un adversario como los demás.
—Es Aristóteles —comentó Pathios.
La muchedumbre había quedado en silencio, consciente también, sin
duda, de la importancia del nuevo duelo. El torso del Emperador lucía una
triple herida, producida por el tridente del galo. Su precedente adversario le
había rasgado el antebrazo, y aquellas heridas, aunque superficiales,
sangraban abundantemente. En tales condiciones, enfrentarse con un atleta
de merecida reputación, y considerablemente armado por añadidura, era
más una locura que una apuesta. En aquel momento, sin que nada
permitiera preverlo, los pretorianos invadieron la arena. El parto preguntó
irónicamente a Calixto y Pathios:
—¿Ha encontrado vuestro joven dios la horma de su zapato?
Sin embargo, Cómodo había detenido con un gesto a los pretorianos y
se dirigía a ellos. Los tres hombres estaban demasiado alejados para oír lo
que decían, pero, tras una rápida conversación, el samnita bajó la visera
metálica de su casco y los pretorianos se retiraron. Una febril corriente
recorrió la muchedumbre. Una joven siria de gran belleza, sentada ante
Calixto, declaró con enigmática sonrisa:
—El nuevo Hércules tiene evidentemente sentido del deber. Ahora
podremos juzgar si es realmente un dios.
—Está loco... —comentó simplemente Pathios.
Calixto, mirándole torvamente, murmuró entre dientes:
—Dios, loco, ¿qué importa? ¡Con tal que el samnita nos libre de él!
La joven, vestida como una sacerdotisa de Baal, se volvió, examinó
con asombro al tracio y, luego, fijó de nuevo su atención en la arena.
Los dos hombres giraban sobre sí mismos como fieras, levantando con
sus precipitados pasos pequeñas nubes de polvo. Sus espadas despedían
chispas al chocar, y sus escudos resonaban como arietes de bronce. Con
redoblada ferocidad, atacaban y esquivaban alternativamente, esforzándose
ambos por hallar la debilidad que le permitiera vencer al otro.
La muchedumbre contenía el aliento, consciente de estar viviendo un
gran momento de la historia del circo, pero también de la del Imperio.
La lucha era encarnizada. La sombra de la muerte se cernía ora sobre
uno ora sobre otro de los combatientes. La resistencia de Cómodo
despertaba admiración. Los combates librados instantes antes parecían no
haberle afectado en absoluto.
De pronto, a consecuencia de un ataque más brutal, perdió pie e
intentó desesperadamente batirse en retirada. Pero sólo consiguió aumentar
su desequilibrio. Cayó, chocando violentamente con el muro del recinto. El
golpe le hizo perder la espada. Seguro de su victoria, el samnita levantó su
arma. Cómodo la vio llegar como un relámpago. Su escudo paró el golpe,
pero el choque lo reventó. Estaba ahora absolutamente desarmado.
—¡Golpea! —aulló Calixto irguiéndose con el pulgar hacia abajo.
Con gran decepción por su parte, la muchedumbre no siguió su
ejemplo. Muy al contrario. Numerosos eran quienes agitaban velos blancos
pidiendo gracia para el vencido. Aristóteles, sin embargo, no parecía
preocuparse por su opinión. La espada oscilaba peligrosamente como si
quisiera gozar de su victoria. De pronto, el samnita se lanzó apuntando a la
garganta. Y cuando la punta iba a alcanzarle, Cómodo se echó hacia un
lado. La espada le arrancó un pedazo de hombro antes de aplastarse contra
la piedra. ¡No importaba! Rodando por el suelo, el joven Emperador había
recuperado su arma. Con cierto retraso, ya que el peso del equipo
dificultaba sus movimientos, Aristóteles se precipitó hacia él, pero fue
detenido en seco. La espada del Emperador, deslizándose bajo la coraza, se
había hundido en el vientre de su adversario hasta la empuñadura. Este, tras
un instante de estupor, encontró la mirada de Cómodo, que le había
empalado, y sintió el hierro hurgando en sus entrañas. Con irreal lentitud, se
derrumbó.
Durante unos breves instantes siguió reinando el silencio. Después se
produjo el delirio. La muchedumbre se irguió como un solo hombre y
comenzó a aclamarlo.
Calixto dijo, asqueado:
—Acabaré creyendo que es realmente de ascendencia divina...
La hermosa sacerdotisa de Baal se volvió con una sonrisa.
—Me llamo Julia Domna. ¿Cuál es tu nombre?
Esta vez, Calixto la examinó. Tenía unos grandes ojos negros y la piel
mate, y llevaba las cejas pintadas con khol. Una cascada de cabellos color
de azabache hinchaba el velo que los cubría.
—Calixto.
—No pareces sentir mucho afecto por el Emperador —observó
señalando a Cómodo.
—Es un romano —replicó secamente Calixto.
—¡Qué cosas! Todo el mundo es romano hoy en día.
—Tal vez. Pero tampoco tú pareces ser de los que le aceptan.
—¿Qué te lo hace creer?
—Una intuición, una idea...
Una sombra pasó por la mirada, brillante de inteligencia, de la joven.
No tenía mucho más de veinte años, pero poseía ya el porte y la seguridad
de una patricia de rancio abolengo.
—Es cierto. Queda mucho por hacer.
Bajo una lluvia de flores, palmas y monedas de oro, Cómodo, llevado
en hombros por sus pretorianos, concluía la vuelta de honor. Al llegar a la
puerta Pompea, puso pie a tierra a la sombra del portal. La música de los
órganos hidráulicos sonó de nuevo, mezclándose con la de las trompas y
apoyada por el rítmico trino de las flautas. Como la nube de brazos que se
levantaban ante él le impedía ver, Calixto sólo consiguió escuchar los dos
nombres que todo el anfiteatro gritaba:
—¡Veneria Nigra!
—¡Marcia!
Reconoció inmediatamente una de las siluetas que avanzaban hacia el
centro de la arena. Al verla desnuda, o casi, su emoción aumentó. La joven
había optado por el equipo del reciario: paño, sandalias y, como armas,
tridente y red. Caminaba lentamente con la espesa cabellera sujeta por una
cinta. Sus firmes pechos apenas se movían al ritmo de su marcha; sus
abdominales sobresalían bajo la piel uniformemente bronceada y reluciente.
Los alargados músculos de sus brazos y muslos se hinchaban sin afear
jamás su silueta.
Su rival, más alta pero igualmente proporcionada, había elegido el
equipo del mirmillón: casco, espada corta, escudo pequeño y escamas
metálicas protegiendo su brazo derecho.
Era una soberbia estatua de ébano, vestida, al igual que Marcia, con un
paño y unas sandalias.
Ambas mujeres, con los rasgos inexpresivos, se detuvieron y, dando
media vuelta, realizaron con el brazo tendido el saludo romano hacia la
puerta de Pompeyo.
Cómodo, que seguía de pie en el marco de la puerta, les devolvió el
saludo. A su lado, un hombre se encargaba de curarle las heridas: Narciso.
En un pesado silencio, ambas mujeres se enfrentaron. Calixto intentaba
desesperadamente leer en el rostro de Marcia, pero ella le daba la espalda y
sólo podía contemplar sus tensos músculos, que hinchaban su bronceada
piel.
—Son hermosas, ¿no es cierto? —preguntó dulcemente Julia Domna,
volviéndose a medias hacia el tracio.
Calixto se limitó a inclinar la cabeza.
Ahora, ambas protagonistas giraban la una alrededor de la otra,
fingiendo ataques refrenados de inmediato, esbozando ágiles movimientos
de ataque y retirada.
—¡Mitra me asista! —exclamó el parto levantando los brazos—. En
mi país, jamás de los jamases se vería a unas mujeres combatiendo como
hombres. ¡Y menos aún a la favorita del rey de reyes!
—Esta es la diferencia entre civilización y barbarie —comentó Calixto
en tono irónico, secándose con nerviosismo la barba húmeda de sudor.
La red de Marcia había comenzado a girar por los aires. Con un seco
silbido, cayó, y Veneria tuvo el tiempo justo de saltar hacia atrás para evitar
que la trampa se cerrara sobre ella. Con un rápido brinco, contraatacó, pero
su espada hirió el vacío. Marcia, ágil también, había bajado la cabeza. Su
brazo armado con el tridente se distendió bruscamente. Intentaba herir a su
adversaria en el cuello, pero sólo rozó su escudo. Retrocedió unos pasos y,
al mismo tiempo, con un ágil movimiento de muñeca, recogió la
emplomada red.
De nuevo ambas mujeres giraron lentamente sin moverse del sitio; la
red de la Amazona describía amplios círculos amenazadores. De pronto, la
favorita fingió iniciar un ataque por la izquierda, mientras proyectaba la red
hacia las piernas de la guerrera negra. Esta no se dejó sorprender. Dio un
gran salto, evitando la trampa de las mallas, cayó con los pies juntos sobre
la red, inmovilizándola bajo sus sandalias, y asestó un terrible golpe de
arriba abajo con la espada. Con un asombroso reflejo, Marcia consiguió
bloquear el arma entre la segunda y la tercera púa de su tridente.
Sin embargo, con sus dos armas neutralizadas, la Amazona se
encontraba ahora en una situación crítica. Entonces, con un desesperado
movimiento, consiguió liberar la red de los pies de Veneria, la cual perdió el
equilibrio y cayó de espaldas. Una nube de arena rabiosamente arrancada de
la pista golpeó los ojos de Marcia.
Brotaron algunos gritos de protesta, pero Veneria Nigra se había
levantado y perseguía a Marcia, que, cegada, huía. Un mandoble desgarró
su red. Y lo hizo con tal violencia que, por unos instantes, creyó que
también sus dedos habían sido seccionados. En las gradas Calixto apretó los
puños. Su corazón palpitaba aceleradamente en el pecho. El desenlace
estaba próximo.
Veneria dio una estocada, apuntando al desnudo vientre de su rival.
Aquel gesto resultó fatal. Evitando el golpe mortal con una rápida torsión
del busto, y antes de que la otra tuviera tiempo de ponerse en guardia,
Marcia le golpeó con el mango del tridente, agarrándola con ambas manos.
Con la muñeca rota por el impacto, Veneria soltó su arma. Pero el instinto
de lucha era tal que, aun así, intentó recuperarla. Esta vez, la madera del
tridente la alcanzó en los riñones, haciéndola caer boca abajo. Se volvió tan
rápidamente como pudo, pero era demasiado tarde: las púas metálicas se
posaron en su garganta, paralizándola en el suelo.
Sujetando firmemente el mango del tridente, Marcia puso un pie sobre
el pecho de Veneria y lanzó a su alrededor una mirada enrojecida por la
arena. Entre una neblina vislumbró a Cómodo, que se dirigía hacia ella.
Un viento de locura recorría las gradas. Veneria Nigra intentó en vano
levantarse; cayó de nuevo, jadeante, levantando el pulgar para implorar la
gracia. Una catarata de insultos y silbidos respondió a su gesto.
Aparentemente, el incidente del puñado de arena había unido contra ella a
todo el anfiteatro. Los signos de muerte se veían por doquier. Las primeras
palabras de Cómodo fueron, como es natural, para pronunciarse en este
sentido.
—No tienes elección. ¡Hay que respetar la voluntad del pueblo!
—¡Mata! —aulló la plebe.
Marcia, muy pálida, permaneció inmóvil. A su lado, el Emperador se
impacientaba.
—¿Estás admirando al dios Pan
[69]?¡Haz entonces lo que el pueblo exige!
Tras una breve vacilación, la mirada de Marcia descendió hacia el
rostro de Veneria Nigra. La observó unos instantes y luego, con seco gesto,
plantó la hoja en la arena. El arma vibró, con la empuñadura apuntando al
cielo, mientras los clamores iban apagándose como una llama ahogada por
una invisible capa.
Marcia se cruzó de brazos y afrontó tranquilamente a su Emperador.
Aunque no tenía nada de sorprendente el hecho de que un vencedor
decidiera perdonar a su adversario, era sin duda, en cambio, la primera vez
que un atleta intentaba prescindir de la voluntad del mismísimo Emperador.
Cómodo no esperó. Cogió la espada de Veneria. La mujer esbozó un
movimiento para levantarse, pero la hoja desgarró su ofrecida garganta. El
cuerpo cayó pesadamente al suelo. La cabeza no se había separado del
tronco. Murmurando una imprecación, el Emperador golpeó de nuevo. Bajo
los vítores del pueblo, ensartó entonces, por la boca, la cabeza de Veneria
Nigra y la presentó a todo el anfiteatro. Quiso luego volverse hacia Marcia,
sin duda con la intención de ofrecérsela, pero ya no estaba a su lado. Corría
hacia la puerta Pompea.
40
En litera y a la luz de las antorchas, Calixto y Pathios regresaron a
Epifanía.
Tras la clausura de aquellos Juegos —decididamente memorables—, a
propuesta del parto y acompañados por una Julia Domna encantada, ambos
amigos se habían dirigido a las termas. Como era de esperar, las
conversaciones se centraron en las hazañas de Cómodo y su favorita.
Pathios había pontificado doctamente, explicando que Marcia, al elegir
enfrentarse con Veneria Nigra, había corrido sin duda un peligro mucho
mayor que Cómodo. Calixto se había interrogado sobre la razón de la
clemencia de Cómodo ante la rebelde actitud de su concubina. La
clemencia no era una de sus principales cualidades... Julia Domna, por su
parte, se burló de la «vida de la pareja». Entre aquellos dos seres no todo
debía de ser tan rosado como querían dar a entender. Finalmente, el parto,
con aire de olerse intrigas tan asesinas como las que ensangrentaban
periódicamente la corte de Ecbatana
[70],se había preguntado si la intervención de Aristóteles, el último
gladiador, era realmente tan personal y espontánea como se había querido
hacer creer. Al acercarse el ocaso, el grupo se había separado.
Cuando la litera llegaba a la carretera de Bersea, el fenicio le preguntó
de repente a Calixto:
– ¿Por qué no has aprovechado la ocasión que se te ofrecía?
– ¿Qué ocasión?
– Vamos..., sabes perfectamente a qué me refiero. La pequeña
sacerdotisa de Baal... Por el modo en que te desnudaba con los ojos, está
claro que no pedía sino caer en tus brazos...
– No me he dado cuenta —replicó Calixto con cierto malestar.
Su amigo le miró atentamente.
– Mientes muy mal. A mí, Pathios, no me lo harás creer. Y como
pienso que no eres pedófilo...
– Entonces...
– Si no la has tomado es, sencillamente, porque no has querido. Y es
eso lo que me intriga. Esa mujer es, por sí sola, un verdadero sol. Un festín
de reyes... ¿Por qué?
Calixto se limitó a replicar con una media sonrisa:
– Decididamente, el parto te ha contaminado. Ves misterios por todas
partes.
– Está bien. Explícamelo, pues: eres rico y bastante apuesto; podrías
tener tantas mujeres como quisieras. Y sin embargo, desde nuestra llegada
nunca te he visto interesarte por ellas. Y, lo repito, tampoco por los
donceles. ¿Qué debo pensar?
El tracio palmeó el hombro de Pathios con aspecto falsamente afligido.
– ¿Tal vez que estoy muy, muy enfermo? ¿Tal vez que mi virilidad
sufrió mucho a consecuencia de mi mareo en alta mar?
Pathios soltó tal carcajada que estuvo a punto de caer de la litera.
– ¡Vamos!
Se calmó enseguida y añadió, silabeando deliberadamente:
– E-na-mo-ra-do.
– No comprendo —replicó Calixto, pillado de improviso.
– Te compadezco, amigo mío. El amor es la más cruel locura que
pueda afectar a un ser humano.
Al cabo de un rato, preguntó:
– ¿No la conoceré, por casualidad?
La imagen de Marcia pasó por el espíritu del tracio. Se sorprendió,
respondiendo:
– Sí..., no...
Pathios clavó la mirada en el iris azul metálico de su amigo.
– ¿He coincidido en algún sitio con ella? —Hizo una pausa y prosiguió
—: ¿No se tratará de Marcia? Yo...
—Basta, Pathios. Este jueguecito empieza a cansarme. Hablemos de
otra cosa, ¿quieres?
El fenicio se arrellanó entre los almohadones con aire enojado.
Hacía tiempo ya que circulaban por las avenidas de Epifanía y la luz
de las antorchas iluminaba furtivamente, aquí y allá, rutilantes fachadas y la
vegetación de un parque. La mansión no estaba ya lejos.
Calixto rompió el silencio.
—Bueno, ahora eres rico y respetado. ¿Qué piensas hacer?
—Voy a adquirir una hermosa casa en este barrio. Por lo demás,
todavía no lo sé.
—Hemos llegado, señor... —anunció uno de los esclavos.
Calixto apartó las cortinas. La litera se había detenido ante la maciza
puerta. Los porteadores dejaron con suavidad su carga en el suelo. Cuando
ambos amigos daban el primer paso, la puerta de la casa se abrió con
estruendo, dando paso a las dos libertas de Calixto: Nais y Trois. Saltaron
literalmente hacia ambos hombres y se arrodillaron de inmediato, con la
frente en el suelo y la voz entrecortada por sollozos:
—¡Amo..., señor! ¡La niña!
– ¿Yerakina?
Pathios se había erguido con el rostro descompuesto. Calixto asió a
Nais por los hombros.
– ¿Qué ha sucedido? ¡Habla!
– Se ha pasado toda la tarde quejándose de unos dolores de cabeza tan
terribles que la hacían llorar. Acababa de terminar la cena cuando ha tenido
un vómito y se ha desvanecido.
– La hemos acostado —añadió Trois—, y desde entonces tiene fiebre y
delira.
Pathios no siguió escuchando. Apartando a las esclavas con gesto
rudo, penetró en la casa.
Temblaba como una hoja. Su frente y sus mejillas estaban
terriblemente pálidas.
El médico griego inclinó la cabeza con gravedad y se volvió hacia
Pathios.
– Lamentablemente, mucho me temo que nuestra modesta ciencia sea
impotente. Me niego a hacer una sangría. Ha contraído la fiebre de las
marismas; la que le fue fatal a Alejandro. Sólo cabe esperar.
– ¿Esperar qué? ¿Un prodigio?
– Esperar a que el mal abandone a tu hija o...
– ¿O muera?
El médico no respondió. Se limitó a bajar la mirada. Pathios se agarró,
como un náufrago, al brazo de Calixto. Sus ojos estaban anegados de
lágrimas. De pronto había envejecido veinte años.
– No es posible... No quiero perderla... Es demasiado injusto. Sólo es
una niña. Sólo la tengo a ella en el mundo y va a abandonarme.
– No hables así, Pathios. Se curará. Y...
– Has oído igual que yo lo que el médico ha dicho. Además, mira su
cara. Está ya tocada por la sombra de la muerte.
—De pronto, se volvió hacia el tracio con una expresión desesperada
—. El obispo... Hay que llamar al obispo. Sólo él podrá, tal vez, salvar a
Yerakina.
– ¿Teófilo? —le dijo el médico frunciendo el entrecejo.
– ¿No acabas de reconocer que tu ciencia es impotente? Cuando los
hombres fracasan, sólo queda recurrir a Dios.
– ¿Qué quieres decir? —le interrogó Calixto—. ¿Qué más podría hacer
ese obispo?
El fenicio balbuceó:
– Es... Es sabido que estos hombres son los sucesores de los apóstoles.
Los discípulos de Cristo han hecho grandes prodigios. Tal vez Teófilo
conserve algo del poder de sus predecesores.
– ¡Pero bueno, Pathios, es absurdo! No puedes creer que...
– ¡Sí! —Casi había gritado—. ¡Sólo me queda esta esperanza! No
quiero perderla... —Apretó con más fuerza el brazo del tracio—. No puedo
separarme de mi niña... Tú... Te lo suplico. Ve tú a buscar a Teófilo.
Los rasgos de su amigo estaban tan tensos, su expresión era tan
desgarradora, que Calixto se dijo que no lograría hacerle entrar en razón.
Contempló unos instantes la pequeña cabecita de Yerakina y declaró:
– De acuerdo, Pathios, dime dónde puedo encontrar a ese hombre;
intentaré convencerle de que venga.
Al revés que las calles de los arrabales de las demás ciudades, las de
Antioquía estaban muy bien iluminadas por una profusión de lámparas que
colgaban de las columnatas y de las fachadas de las casas y las tiendas.
Calixto, bamboleado por el rápido trote de los porteadores de la litera,
examinó con mirada ausente la plaza del Onfalos, inundada por los reflejos
tornasolados y cambiantes que se desprendían de la estatua apolínea.
Instantes más tarde, los porteadores marcaban el paso ante una imponente
construcción.
– Ya hemos llegado, señor —anunció el lictor liberto que se había
encargado de abrir paso.
Si Calixto no hubiera sabido que la residencia del gobernador romano
estaba en el monte Sulpius, habría podido creer que sus porteadores se
habían equivocado. Nunca hubiera sospechado que aquella mansión pudiera
ser la del obispo de Antioquía. Sus dudas se disiparon rápidamente al ver el
pez esculpido en la puerta. Vaciló unos instantes antes de llamar.
Se oyó un ruido de pasos y el batiente se abrió.
– ¿Qué deseáis?
Calixto murmuró con cierta torpeza:
– Qui... quisiera ver al obispo.
– Nuestro amo está ocupado. Recibe ahora una visita importante —
repuso el servidor en un tono cortés, pero firme.
– Se trata de la vida de una niña. Está muy enferma y... —buscaba las
palabras, superado por la incongruente gestión— su padre insiste en que el
obispo acuda a su cabecera.
– ¿No crees que sería más adecuado un médico?
Ciertamente, lo sabía. Se disponía a insistir cuando una voz familiar
resonó en el atrio, una voz que no habría esperado oír en aquel lugar:
– ¿Señor Calixto?
– ¡Malchion! ¿Qué estás haciendo aquí?
– Ascalio me acompaña. Servimos de escolta a un personaje de alto
rango que está con el obispo.
Ignorando la presencia del servidor, declaró:
– Te necesito... Yerakina está muy mal.
La sonrisa del tsino se heló.
– ¿Yerakina?
En pocas palabras, el tracio le relató la situación.
– Si tienes alguna influencia bajo este techo, debes ayudarme.
Tras un instante de reflexión, y haciendo caso omiso de las protestas
del sirviente, Malchion le indicó que le siguiera. Cruzaron el atrio y una
sucesión de habitaciones antes de llegar a una puerta ante la que montaba
guardia Ascalio. Ambos hombres cruzaron unas breves palabras. Ascalio se
apartó y Calixto fue introducido en una gran sala.
Un anciano estaba sentado en una silla curul, sobriamente vestido.
Frente a él, de espaldas a la puerta, se distinguía una silueta.
Ante aquella inoportuna intrusión, el anciano frunció el entrecejo.
—¿Qué ocurre? ¿Quién eres?
– Perdóname, pero...
No tuvo tiempo de concluir la frase. La silueta se había vuelto y su
rostro aparecía a plena luz.
—¡Calixto!
Atónito, el tracio sintió que su corazón latía aceleradamente en el
pecho. Allí, a pocos pasos, estaba Marcia.
Calixto atenuó la llama del candelabro.
La escena que se desarrollaba en aquella alcoba tenía algo de irreal.
Yerakina seguía delirando, alejada del mundo de los vivos. El obispo,
arrodillado al pie del lecho con las manos unidas, oraba en silencio. Sus
labios apenas si esbozaban de vez en cuando un movimiento. Pathios y
Marcia, de rodillas también, parecían ausentes. Como desencarnados.
Y él, Calixto, se sentía incómodo, perdido. Sin duda porque no
comprendía, porque era ajeno a aquella atmósfera de intenso fervor en la
que se invocaba la intercesión de una potencia invisible.
Fue a sentarse aparte, cerca de la ventana que daba a la noche, y
contempló las tinieblas. Aquellas tinieblas que debían de acechar su presa.
Una niña...
Transcurrió una hora, tal vez dos...
Sin poder más, se levantó y salió al jardín. Una desmesurada rabia le
dominaba. Una espantosa náusea.
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué había hecho aquella niña para que la
arrancaran tan pronto de la vida?
—¡Dios de dioses...! ¡Dios pagano, romano, sirio! ¿Qué hacéis?
Había hablado en voz alta casi sin darse cuenta. Y no eran palabras,
sino un verdadero desgarramiento. Alzó la cabeza hacia las estrellas y dijo,
en un susurro:
—Y tú..., Dios de los cristianos..., ¿qué haces?
¡Dios de los cristianos...!
Repitió varias veces aquella súplica, intentando impregnarse de todo lo
que había tras aquella sencilla frase. Bruscamente, levantó el puño al cielo y
dijo como en un desafío:
—¡Nazareno! Esta noche te tomaré la palabra. Dígnate pues por un
instante, sólo por un instante, atender el dolor de un padre. Ven. Acércate.
Haz una señal. No para mí, para él. Para ella. Para esa niña que se marcha.
Y déjame advertir que no eres un dios sin corazón... Esta noche, Nazareno...
Sólo una vez...
Comenzaba a nacer el alba... Una mano acariciaba su frente. Parpadeó
y distinguió a Marcia.
– ¿Y bien? —gritó casi—. ¿Cómo..., cómo se encuentra? —En vista de
que la joven no respondía, farfulló en un susurro—: Está..., está muerta...
Una radiante sonrisa iluminó el rostro de Marcia.
—No, Calixto. Sigue entre nosotros... Ha despertado..., quiere comer...
El pareció no comprender.
—Y te reclama... —añadió Marcia.
El tracio se levantó. La emoción le daba vértigo.
El obispo acababa de salir también. Se apresuró a hacerle la misma
pregunta.
—Todo va bien —repuso sencillamente Teófilo.
—¿Quieres decir... que está salvada? ¿Definitivamente salvada?
—Sí. La fiebre la ha abandonado. Dentro de unos días estará
completamente restablecida.
—Tu poder es muy grande.
—No tengo poder alguno. Sólo Dios lo puede todo.
—Sólo Dios... Sí..., tal vez —murmuró el tracio con voz
imperceptible. Y su mirada azul brillaba con un extraño fulgor.
Estaban sentados hacía ya rato en el tablino de la casa de Epifanía.
Solos.
Marcia pasó maquinalmente una mano por su espesa cabellera y
musitó con voz triste.
—¿Comprendes ahora? ¿Llegas a entrever lo absurdo de mi vida?
—No eres responsable de nada.
—¡Oh sí! Soy responsable, y de muchas otras cosas también...
Calixto permaneció en silencio, incapaz de encontrar las palabras
apropiadas. Ella prosiguió.
—Mis hermanos tenían confianza en mí, esperaban que lograra llevar a
Cómodo a la Fe. Lo sacrifiqué todo por eso: mi cuerpo y mi espíritu. Me he
ensuciado, exhibido en los gimnasios y convertido en asesina en las arenas.
¿Para qué? ¿De qué ha servido toda esa existencia de horror? A fin de
cuentas, un fracaso, sólo un fracaso...
—Marcia, Marcia, basta ya. No sabes lo que estás diciendo.
– Y si esta tarde he ido a casa del obispo de esta ciudad, lo he hecho
sólo porque ya no me sentía capaz de proseguir mi vida junto a ese
chiquillo enfermo. Esperaba que me absolviera, que me consolara.
—Y pensar que, por algún tiempo, creí que podías estar enamorada de
Cómodo. Nunca imaginé que actuaras forzada por tus hermanos.
La muchacha le miró con una expresión voluntariosa.
—No, Calixto, te equivocas. Nadie me pidió nunca que me entregara
en cuerpo y alma al Emperador. Siempre he asumido la entera
responsabilidad de mi situación. Las cosas son más complejas. Creo que es
hora ya de que sepas...
Hizo una profunda inspiración y continuó con voz un tanto trémula:
– Mi padre era un liberto de Marco Aurelio; fue para honrarle y en
agradecimiento por las tareas realizadas por lo que el Emperador le
convirtió en un hombre libre y me bautizó con el nombre de Marcia. Sin
embargo, seguimos siendo miembros de su casa, y allí fue donde un joven
familiar de Marco Aurelio se fijó en mí: Cuadrado. Debes saber mejor que
nadie cómo se trata a las hijas de los libertos, o a las libertas: nadie las toma
por esposas, sencillamente son utilizadas como concubinas. Con gran
orgullo de mi padre, me convertí en la amante de Cuadrado. Debe
reconocerse que, para la hija de un pequeño esclavo africano de Leptis
Minor, significaba un notable ascenso compartir el lecho de un augustante
rico y lleno de nobleza. Pero Cuadrado, en realidad, era un triste libertino, y
puedo afirmar, por haber compartido personalmente su libertinaje, que no
hay nada más fatigoso ni más aburrido.
Hizo una pausa como para recobrar el aliento, con los rasgos marcados
por un indiscutible cansancio. Calixto adivinaba por sus confidencias que,
si había decidido de pronto revelar su historia, era para liberarse del terrible
peso que no había dejado de soportar durante todos esos años.
Prosiguió:
—Me daba asco. Tenía la sensación de ser sólo un vago objeto al que
se desplaza, al que se toma y se deja a voluntad. Conocí entonces a otro
familiar del César, un egipcio llamado Eclecto. Seguramente habrás oído
hablar de él; es el actual chambelán de Cómodo. Es un ser por completo
excepcional, que me hizo descubrir otro universo, el medio de limpiarme de
todo aquel lodo que constituía el escenario de mi vida. Eclecto era cristiano.
Me hizo compartir su fe.
—¿Y por qué no intentó sacarte de ese medio?
– Quiso hacerlo proponiéndome que me casara con él. Acepté. Pero
precisamente entonces, como si en cierto modo el destino lo hubiera
premeditado, el propio Cómodo se enamoró de mí. No era todavía más que
un joven que acababa de vivir su advenimiento. Todo se podía esperar de él.
Me... Nos encontramos ante un atroz dilema: por amor a mí, había una
posibilidad de que Cómodo concediera la gracia a nuestros hermanos en
peligro, pero ¿ocurriría así si me entregase a otro? Finalmente, creo que fue
Dios quien decidió por nosotros. Cuadrado participó en una conspiración
destinada a asesinar al Emperador y, si yo no hubiera cedido entre tanto a
Cómodo, sin duda habría sido barrida como todos los que me eran
próximos.
Calixto meditó en silencio las palabras de la muchacha antes de
preguntar:
– ¿Y qué sentimientos albergabas entonces hacia el Emperador?
Ella vaciló un momento antes de responder.
– Confieso que, al principio, no me era indiferente. La tarea me parecía
menos penosa de lo que había temido. La razón era, sin duda, que la
promiscuidad de aquel cuerpo de veinte años me resultaba más soportable
que los abrazos del adiposo Cuadrado. Además, ¿por qué negarlo?, a través
de Cómodo tenía cierto poder, riqueza, influencia. Pero, en realidad, nunca
le amé. Si así hubiera sido, imagino que sin duda me habrían enojado las
numerosas amantes y las cohortes de donceles que, paralelamente, no
dejaba de permitirse. Luego, con el tiempo, Cómodo fue transformándose.
Supongo que se convirtió en lo que hoy es porque nadie contrarió nunca
uno solo de sus deseos. La caída hacia el vicio renovado sin cesar, la
búsqueda de un placer jamás satisfecho lleva fatalmente al crimen y a una
forma de locura. Estoy convencida, además, de que si Cómodo deseó
combatir en la arena, sin artificios, no lo hizo tanto para terminar con las
burlas que corrían sobre él como para sentir la secreta voluptuosidad de
matar. Así lo demuestra, si hiciera falta alguna prueba más, su actitud hacia
la infeliz Veneria Nigra...
Calixto asintió con la cabeza.
—Sin embargo, Marcia, hay algo que no comprendo. Me contaron que,
durante el último banquete ofrecido por el Emperador, le dijiste a Cómodo:
«Ordena, César, que armen también a mis adversarias, pues si tú murieras
mi vida no tendría ya sentido.»
—Es cierto. Pero estas palabras no tienen el significado que, con todo
derecho, imaginas. En verdad, durante mucho tiempo creí que podría
conducir a Cómodo hasta el cristianismo, que tal vez algún día se
corregiría...
—¿Y...?
Ella apoyó su mentón en las dos manos unidas.
—Siempre ha avanzado por el camino de Isis o de Mitra. Mis
hermanos los obispos no han dejado de repetirme, y siguen repitiéndome,
que no debo perder la esperanza, que debo esperar la gracia de Dios. Ya no
lo sé... Ya no lo sé. Si Cómodo moría en la arena, al mismo tiempo quedaba
anulado el objeto de mi existencia. Por eso habría querido morir también.
Era la primera vez que veía a aquella mujer, que a tanta fuerza le había
acostumbrado, perder pie, ofrecer la imagen de una niña destrozada. Por eso
la sintió más cercana todavía.
—¿Y... si renunciaras? ¿Y si lo abandonaras todo?
Ella sonrió tristemente.
—¿Lo recuerdas? Me insinuaste ya esta idea en la Castra Peregrina...
No, Calixto. Estoy atrapada como la mosca en una tela de araña.
—¡No estamos en Roma, sino en Antioquía! El Eufrates queda a dos
pasos y más allá está el imperio parto, el más inexpugnable de los refugios.
Podemos llegar en cinco días.
—¿Y qué haría yo? Sin fortuna, sin techo... Privada de todo objetivo.
– Tengo medios. Ciertamente no poseo la riqueza del César, pero
podría incrementarla fácilmente. Yo...
Ella posó un dedo en sus labios y le miró tiernamente.
– No, Calixto... No podríamos vivir en paz ni un solo momento. Yo no
podría resignarme a aceptar la derrota...
El la asió de los hombros con fuerza y dijo con una especie de
desesperación:
– Te amo, Marcia...
41
Alejandría, septiembre de 190
En verdad os digo que soy la puerta de las ovejas. Quien entre por mi
se habrá salvado. Tengo también otras ovejas que no son de este redil.
También debo apacentarlas. Escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y
un solo pastor.
El libro que le ha prestado Clemente está todavía abierto sobre la
mesa. Y las palabras, esas palabras que se sabe casi de memoria vuelven a
su cerebro.
Hace más de una semana que asedian su alma, que está punto de
rendirse.
El servidor no es más grande que su amo. Si ellos me han perseguido,
os perseguirán también a vosotros.
Esta noche tampoco dormirá. El sueño le evita. Sin embargo, la noche
es suave y propicia.
Calixto se ha incorporado. Las sábanas están húmedas; su cuerpo,
empapado de sudor. Tiene que salir. Se asfixia esta casa. Hace más de una
semana que confunde amanecer y ocaso.
Fuera, el lago sirve de espejo a la noche. Un falucho navega hacia la
orilla y atraca junto al pontón. Bajan unos hombres, halando las redes.
Cuando caminaba junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos:
Simón, al que llamaban Pedro, y Andrés, su hermano, que arrojaban al mar
el esparavel, pues eran pescadores. Les dijo:
– Seguidme y os convertiré en pescadores de hombres.
Y abandonando su red, le siguieron de inmediato.
Calixto ha dejado atrás el pontón. Siente las miradas curiosas que se
posan en él. Curva un poco la espalda y aprieta el paso.
La casa desaparece tras él. Pronto se confundirá con el resto del
paisaje. Tan sólo la lámpara olvidada constituirá en la oscuridad una
referencia vacilante.
Unos jinetes... Sus siluetas se perfilan entre las dunas. ¿Sirios?
¿Romanos? ¿O quizás hordas de tracios que huyen no se sabe de qué, que
galopan desesperados hacia las destrozadas riberas del Bósforo?
Sigue caminando en línea recta. El suelo es lodoso y sus sandalias
hacen un ruido de esponja que resuena curiosamente en el silencio.
No creáis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer
la paz, sino la espada.
Se detiene. En alguna parte ruge una hiena. Parece levantarse el viento
del desierto. Cree vislumbrar, a lo lejos, una sombra de mujer acodada en la
noche. Un espejismo sin duda, o la loca esperanza de Isis, exiliada de
Behbeit al-Hagar, que recorre el Delta cosechando amorosamente los
dispersos fragmentos del cadáver de su esposo.
He aquí el servidor que he elegido, mi bien amado que tiene todo mi
fervor. Derramaré sobre él mi espíritu y él anunciará a las naciones la
auténtica Fe.
Alguien ha hablado... No, no es posible. Está muerta. Flavia la dulce
ya no existe. Y sus ojos, que tan bien conocían la luz, ya no son más que
círculos negros, abiertos a la nada.
Sígueme, deja que los muertos entierren a los muertos.
Se ha sentado en el lodoso suelo. De vez en cuando, el lago sigue
espejeando. Si al menos ella estuviera allí. Si hubiera podido posar la
cabeza en su vientre como aquella noche en Antioquía, en la que el reloj de
arena se había detenido milagrosamente en su huida.
Ahora, Roma está en el otro extremo de la tierra. Y dormita su amor en
la púrpura imperial.
Os convertiré en pescadores de hombres.
Calixto ha doblado las rodillas contra su pecho.
Mira intensamente la cresta del sol, que comienza a inflamar el
horizonte.
Cierta quietud ha invadido el paisaje. El viento del desierto ya no
sopla. Pronto será de día. Y le esperan.
Tras un gesto de Demetrio, el obispo de Alejandría, el pequeño grupo
formado por Clemente, María, su esposa, Leónidas, Lysias y todos los
demás, se detuvo en la desierta orilla del lago Mareotis.
—Acércate —ordenó el obispo.
Con mesurado gesto, hizo resbalar la túnica de Calixto y ambos
penetraron, hasta la cintura, en el lago.
Era una de esas mañanas de otoño que hacían de Alejandría un lugar
encantador. El sol estaba ya alto en un cielo extraordinariamente azul. Las
aguas esmeralda del lago apenas se rizaban ligeramente y cabía preguntarse
si la agitación era provocada por la tibia brisa que soplaba o por el
movimiento discontinuo de las embarcaciones que surcaban la superficie
líquida.
—¿Crees en Dios Padre Todopoderoso?
—Creo.
Tomando un poco de agua en la palma de su mano, el obispo la vertió
lentamente sobre el cráneo de Calixto.
—¿Crees en Jesucristo, hijo de Dios, que nació de la Virgen María,
crucificado bajo Poncio Pilatos, muerto, sepultado y resucitado de entre los
muertos, que subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre, de
donde vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos?
—Creo.
Por tercera vez, Demetrio tomó agua en sus manos. Cogió luego aceite
consagrado y lo puso con el pulgar en la frente del tracio.
—Te unjo con el óleo santo en nombre de Jesucristo. En adelante ya no
eres hijo de los hombres, sino hijo de Dios.
Algo apartado, Clemente, conmovido, no se perdía ni un detalle de la
ceremonia.
El pasado regresaba a oleadas a su memoria.
Hacía de eso algunos meses... Ante sus asombrados ojos había
aparecido el tracio, de regreso de Antioquía. Recordaba con precisión el
instante. Un atardecer, cuando volvía de la biblioteca, le había encontrado
en el atrio conversando tranquilamente con María. Ambos hombres se
habían arrojado, espontáneamente, el uno en brazos del otro.
—Tengo la impresión de estar soñando. ¿Tú aquí?
—Y sin embargo es él —replicó María—. Y además hay algo que
aumentará tu asombro: Calixto trae cartas de la comunidad de Antioquía
para nuestro obispo.
Entonces, Clemente examinó a su amigo con perplejidad. En efecto,
era excepcional que un gentil se encargara de la correspondencia de los
fieles.
– ¿Ha ocurrido algo grave allí?
– No. ¿Por qué te preocupas?
– Porque me sorprende mucho que los cristianos de Antioquía, o de
cualquier otra parte, le encarguen a un orfista este tipo de misión. Y debo
admitir, además, que también es sorprendente que el orfista la acepte.
– El orfista del que hablas ya no existe... —Y como Clemente parecía
no comprender, añadió—: He decidido convertirme.
Clemente y su esposa se habían mirado, divididos entre la incredulidad
y una inmensa alegría.
– ¿Estás seguro de tu decisión? —había preguntado el griego,
convencido sin embargo, de antemano, de la respuesta—. Tengo el deber de
advertírtelo. El camino que quieres recorrer en adelante es recto y justo,
pero está lleno de peligros. Además, tu conversión supone una ruptura con
el medio que, aparentemente, es el tuyo: el orden ecuestre te rechazará y...
Calixto había mostrado una amplia sonrisa.
– ¿Siempre has creído que yo era un caballero...?
– Caballero o, en cualquier caso, un patricio de alto rango.
El tracio había permanecido unos instantes en silencio antes de hacer
su sorprendente confesión.
– No, Clemente, el hombre que tienes delante sólo fue y sigue siendo
un esclavo fugitivo, ladrón y tal vez asesino.
Clemente y María se habían puesto, instintivamente, rígidos. El
maestro de la escuela de Alejandría continuó con dulzura:
– En ese caso, tenemos que hablar. Ven.
Los dos hombres se habían retirado al gabinete de trabajo y habían
hablado largo rato.
Calixto le había hecho entonces el detallado relato de su existencia.
¿Era el resultado de una paciente maduración o el brutal
descubrimiento de una verdad lo que le había llevado a adherirse al
cristianismo? Clemente no habría podido decirlo con precisión. Sin
embargo, ahí estaba la realidad: la Gracia había tocado al hombre. La
lectura de unas pocas obras no había podido poner así en cuestión sus
concepciones orfistas. Era otra cosa. Cuando Clemente le había interrogado
sobre ello, una inesperada sombra había cubierto los rasgos de su amigo.
—No me pidas explicaciones. Así es. Y tu libro contribuyó no poco a
iluminarme.
—Pero habrá algún hecho, un hecho determinante.
Un hecho determinante... No cabía duda de que aquella noche en
Antioquía, cuando veló a la pequeña Yerakina, había desempeñado un papel
decisivo.
Calixto pasaría los meses siguientes junto a Clemente y su esposa.
Durante aquel período, se dedicó a estudiar los textos sagrados con una
extraordinaria constancia. Clemente no recordaba haber tenido un discípulo
más entusiasta y constante.
Comenzó a devorar a autores tan diversos como Homero, Eurípides o
Filón, con tanta pasión como si se hubiera tratado de versos de amor de
Cátulo.
Clemente recordaría largo tiempo aquellas noches pasadas
conversando, que concluían de madrugada con ambos hombres agotados
pero con la mirada brillante todavía de pasión.
Y también aquella tarde de junio... Acababan de abandonar la casa del
lago. Apenas habían dado unos pasos cuando Calixto dio media vuelta y
reapareció con una bolsa en la mano.
—Toma, Clemente. Es todo lo que queda de la fortuna robada a
Carpóforo. Tu escuela la necesitará más que yo.
Clemente no había dicho nada. Se había limitado a negar con la
cabeza. Y había bastado. Sin vacilar, el tracio se había dirigido entonces al
pontón y había arrojado la bolsa al lago.
—Tienes razón, Clemente. Este dinero está manchado de excesivos
horrores.
Y hoy, aquellos largos meses de catequesis desembocaban en esta
playa de Alejandría.
Clemente observó a Calixto, que regresaba lentamente a la orilla
acompañado de Demetrio, y recordó la frase de Pablo: Quien fue esclavo al
oír la llamada del Señor, se convierte en el liberto de Dios.
LIBRO TERCERO
42
Roma estaba alborozada. Más de trescientas mil personas se
apretujaban a lo largo de las calles que recorrería el cortejo imperial. Se
había vertido en ellas palmas y flores a carretadas. A los quirites se habían
unido varios miles de campesinos latinos, óseos y etruscos, que aguardaban
apiñados a lo largo de la vía Appia.
En la puerta Capena, así como en los alrededores del circo Máximo —
donde sin embargo se estaba secando todavía la sangre de las víctimas de la
víspera—, las cohortes pretorianas confraternizaban con aquellos a quienes
habían perseguido unas horas antes. Los mismos que habían intentado
lapidarlos a pedradas y tejazos.
El sol, en lo más alto de su curso, iluminaba las profundidades de las
estrechas callejas.
Una misma emoción, una misma alegría reunía a los portadores de
quitones y clámides, de petasos y capuchones. Todos estaban allí para
celebrar la caída del tirano del día: el odioso Cleander. Y todos se disponían
a festejar al hombre que los había liberado de la plaga. Cleander, cuya
rapacidad, no tenía igual, había acaparado progresivamente todos los envíos
de trigo procedentes de Egipto, provocando una alucinante subida de
precios. Naturalmente, el prefecto de la annona fue considerado responsable
de la situación, y no cabía duda de que el Emperador se disponía a castigar
a Carpóforo, muy comprometido ya por la quiebra de su banco, que había
provocado la ruina de miles de ciudadanos. Pero el sirio, que era un zorro
viejo, desde el comienzo de la hambruna había difundido por los teatros, los
anfiteatros, los thermopolium, por todos los rincones de la capital que, en
realidad, los graneros de Cleander rebosaban de trigo. Las consecuencias de
aquel anuncio no tardarían en hacerse notar: el motín comenzó realmente en
el circo Máximo.
Poco después de la séptima carrera, una niña harapienta había
irrumpido en la pista seguida de cinco o seis niños más, tan andrajosos
como ella. Gritaron que querían pan y le suplicaron a Cleander que calmara
su hambre. El destino quiso que las carreras de aquel día no estuvieran
presididas por un personaje importante, que, eventualmente, habría podido
dominar la situación. Muy pronto fueron cien, mil, diez mil voces las que se
unieron a las súplicas de los niños. El movimiento tomó cuerpo
rápidamente cuando los más excitados invadieron la pista. Una
muchedumbre impresionante salió del circo y se abalanzó en desordenadas
oleadas a lo largo de la vía Appia. Era allí, en efecto, a seis millas de las
murallas, en la villa Quintilli, donde se alojaba el Emperador desde su
regreso de Oriente.
En realidad, el odio de la muchedumbre no apuntaba a Cómodo sino a
Cleander, el «secretario del puñal». Apenas habían llegado los amotinados a
los jardines de la propiedad cuando los jinetes de la guardia se lanzaron
contra ellos, espada en mano, y los despedazaron, sin respetar a las mujeres
ni a los niños. Quienes tuvieron la suerte de batirse en retirada, se lanzaron
entonces a una desesperada huida hacia la puerta Capena. Allí, sus
perseguidores se enfrentaron a la resistencia de toda la ciudad. Los
habitantes, refugiados en los tejados, comenzaron a lapidar y derribar a los
pretorianos, mientras las cohortes urbanas —hecho sin precedentes— se
ponían del lado del pueblo.
Cayó la noche sobre la violencia de los combates, haciendo temer un
regreso de las guerras civiles. Y en aquel momento, de modo por completo
inesperado, apareció Carpóforo acompañado del prefecto de la ciudad,
Fustiano Seliano Pudens. Tras haber hecho sonar las veinticinco trompetas
de los hombres a caballo que los precedían, obtuvieron la calma necesaria
para hacerse oír. Tras ello, anunciaron con voz firme que Cleander,
considerado por Cómodo el único culpable de los disturbios, había sido
ejecutado y que el trigo que se hallaba en su posesión sería distribuido entre
el pueblo al día siguiente por el Emperador en persona.
Una inmensa ovación había saludado enseguida la noticia. Quienes
instantes antes se mataban furiosamente, comenzaron a abrazarse.
Alborozados grupos recorrieron las calles cantando y blandiendo guirnaldas
de flores. Se encendieron en las plazas impresionantes hogueras. Desde lo
alto de las siete colinas, toda Roma parecía arder.
Ahora, tras una noche pasada festejando el acontecimiento en
compañía de los ricos senadores que, desde los incidentes, rivalizaban en
generosidad, el pueblo aguardaba a su Emperador. Hacia la hora tercia,
entre el Celio y el Aventino ascendió un son de flautas y tambores. Casi
imperceptible al comienzo, fue aumentando insensiblemente y se vio
aparecer una tropa de pretorianos llevando, a modo de enseña, la cabeza de
Cleander clavada en una pica. La muchedumbre aplaudió entusiasmada el
siniestro trofeo, símbolo de su victoria.
Apenas hubo pasado el cortejo, se oyó el cadencioso paso de los
lictores. Eran veinticuatro, con laureles entrelazados en las hachas y los
haces, y rodeaban un carro tirado por ocho sementales blancos sobre el que
iba Cómodo. Este se había puesto, para la ocasión, una toga de senador
cubierta por un largo manto rojo. Su tez estaba tan pálida y sus rasgos tan
extrañamente inmóviles que habría podido creerse que su rostro había sido
tallado en mármol blanco.
Una parte de la concurrencia se había arrodillado a su paso, mientras la
otra lanzaba gritos de agradecimiento a los dioses y a su hijo, Cómodo. Este
parecía no oír nada. Con la mirada fija, avanzaba como en sueños. Por un
breve instante, la visión de aquel hombre petrificado provocó malestar en la
muchedumbre; un malestar rápidamente disipado cuando los esclavos
distribuyeron las medidas de grano tan esperadas...
La cena estaba muy avanzada ya. Las bailarinas revoloteaban entre las
mesas colocadas en forma de U. En un rincón del triclinio los músicos
acariciaban las cuerdas de su lira, mientras unos flautistas —desnudos como
exigía la tradición griega— se desgañitaban soplando en sus instrumentos.
Sin embargo, Cómodo seguía huraño.
Nervioso y tan pálido como antes, se levantó por tercera vez y se
dirigió a la terraza, lanzando inquietas miradas hacia los jardines. Pues, de
acuerdo con la costumbre de los días de fiesta, se habían abierto al pueblo
las avenidas de la Domus Augustana. Diseminada entre los bosquecillos,
tendida en los innumerables divanes instalados para ello, aglutinada en
torno a unas mesas cubiertas de vituallas, la muchedumbre estaba por
doquier.
En un incesante ir y venir, los esclavos del Príncipe repartían quesos y
vinos, pasteles de uva y cuartos de carne asada. Todos los demás jardines
que el Emperador poseía en la capital, tanto los de Agripa como los del
divino Julio, habían sido igualmente invadidos por aquellos invitados de
una sola noche.
—Ten. Para que bebas a su salud.
Acudiendo a su encuentro, Marcia le tendía discretamente a Cómodo
una copa. Como por arte de magia, los reflejos condicionados de la
soberanía recuperaron sus derechos.
Cómodo levantó el pesado objeto de oro, sonrió y murmuró,
dirigiéndose a la muchedumbre, palabras tan triviales como halagadoras.
Luego, a media voz, para que sólo Marcia le oyera, añadió:
—Es el caos... El caos original... ¡Mira! Ahí están las sombras de los
muertos agitándose entre los fuegos del infierno...
Marcia le observó con inquietud. Un tic hacía temblar la comisura de
sus labios, su rostro había adoptado una expresión extraviada y su voz tenía
un sonido hueco que parecía no haberle pertenecido nunca.
—Mira hacia allí... Es mi padre. Le reconozco por la barba. A su lado
está mi hermana Lucila. ¿Has visto la mirada que me ha dirigido? Y aquél
es Perennis. Y a éste lo maté en la arena. ¡Oh, benévola Isis, ahí están
Demóstrata y sus hijos!
Marcia, asustada, no se atrevía a interrumpir a su amante, que señalaba
con el dedo a unos invisibles personajes. ¿Se estaría volviendo loco? ¿O
acaso Dios le enviaba la visión de sus crímenes con la esperanza de
provocar su arrepentimiento?
De pronto, con un grito ronco, el Emperador soltó la copa y se
precipitó hacia la sala del banquete. Por fortuna, senadores y magistrados
estaban demasiado ocupados festejando la caída de Cleander, y las mujeres
demasiado absortas en el espectáculo de los bufones y los mimos, para
advertir su expresión de extravío. Se dejó caer en el lecho de honor, donde
Marcia se reunió con él en silencio.
—Sírveme bebida —susurró.
Ella lo hizo y Cómodo vació de un solo trago la copa. Parecía haber
recobrado la calma, pero no podía detener el temblor de sus labios. Sus
falanges permanecían crispadas sobre el oro cincelado de la copa. De
pronto le preguntó a su compañera.
—Si estuvieras muerta..., si estuvieras en el lugar de Demóstrata,
¿volverías también para perseguirme?
Marcia se estremeció. Conocía bien a Demóstrata, que había sido
amiga suya. Cómodo y ella fueron amantes durante largo tiempo, pero el
Emperador se la había cedido, finalmente, a Cleander. Demóstrata se había
consolado fácilmente, pues al convertirse en concubina del favorito del
momento había ascendido, prácticamente, al rango de segunda mujer del
Imperio. Teniendo la prudencia de no sentir celos por la primacía de
Marcia, había hecho incluso que sus hijos se educaran en la Domus
Augustana.
—Espero, César, que nunca me des motivos para venir a perseguirte.
Había intentado, en vano, proteger a su amiga. En la tradición romana,
la caída de un hombre provocaba automáticamente la de su clan. Sus
propios hijos debían ser suprimidos para que, más tarde, no intentaran
vengarlo. Sus amigos y clientes sufrían la misma suerte, por idénticos
motivos.
Inmediatamente después de la ejecución de Cleander, Demóstrata fue
degollada, y la cabeza de sus hijos aplastada contra las paredes. Marcia
nunca olvidaría la visión del cuerpo desnudo y mutilado de la mujer
expuesto en la escalera de las Gemonías. A su lado, todos los miembros del
clan, exterminados también. Qué lejos estaba la clemencia de Marco
Aurelio, perdonando a la familia y los amigos de quien, en un tiempo,
intentó usurpar su puesto: Avidio Casio.
—¡Acércate, Carpóforo, acércate!
Arrancada bruscamente de sus pensamientos por la voz de Cómodo, la
Amazona dirigió una mirada glacial hacia el prefecto, que acudía
bamboleándose sobre sus cortas piernas. Bajo las antorchas, su lampiño
cráneo brillaba más todavía que de costumbre. Se llevaban mal desde el día
en que Marcia le había arrebatado a Calixto. Y el hecho de que,
indirectamente, el prefecto fuera la causa de la muerte de Demóstrata
contribuía a acentuar la antipatía que la joven sentía hacia él.
—¿Me has sido fiel, prefecto? —interrogó el Emperador con la mirada
gacha y la voz apagada.
Sorprendidos por el tono empleado, Carpóforo y Marcia miraron a
Cómodo con estupefacción. Aquella actitud, aquella voz resignada eran tan
ajenas al César que, por un instante, creyeron encontrar el tono y el ademán
de su padre al finalizar un reinado poblado de sucesivas catástrofes.
—¿Cómo puedes dudarlo, Hercúleo? —gritó el prefecto de la annona
—. ¿Acaso no he sido yo quien ha denunciado ante ti las infames intrigas
del traidor Cleander? Intrigas que hubieran podido resultar fatales para tu
dinastía.
—Lo malo —prosiguió Cómodo en el mismo tono— es que no te has
limitado a denunciar ante tu César esas acciones, sino que lo has hecho
también ante todo el pueblo.
No escuchó las protestas de su interlocutor. Mordisqueándose el
pulgar, parecía entregado a una intensa reflexión. Marcia, que le conocía
bien, dedujo que estaba devanándose los sesos para encontrar un sucesor de
Cleander. Tarea tanto más ardua cuanto que las sucesivas depuraciones
habían reducido singularmente el número de personas de valor entre los
libertos de palacio. Y Cómodo no se atrevía a confiar en el orden
senatorial...
—¡No quiero que el pueblo de Roma vuelva a conocer la privación de
víveres! —profirió de pronto levantando la cabeza.
—Haré lo que pueda, César —dijo Carpóforo inclinándose.
—¡Más que eso, sirio! Tu misión es evitar los levantamientos como el
de ayer. Si se produjeran otros movimientos de este tipo, perderías la
cabeza.
Carpóforo palideció y comenzó a sudar copiosamente. Sabía que
Cómodo hablaba en serio. Y conocía demasiado los peligros de la
navegación para sentirse seguro del día de mañana. Tenía que actuar con
diplomacia.
—Me permitiré hacerte observar, César, que no puedo ser considerado
responsable de la crecida del Nilo.
—¿Qué significa eso? —preguntó el Emperador frunciendo el
entrecejo.
Marcia empezaba a reconocer al impaciente personaje con el que tan
familiarizada estaba. Y se preguntó si la velada no terminaría con un
terrible estallido.
—Que el volumen de trigo que transporta la Sitopompoia depende de
la cosecha egipcia, que, a su vez, depende de los imprevisibles caprichos
del río.
—Ya veo... —murmuró el Emperador reflexionando—. Siendo así, te
confío la responsabilidad de todo el comercio de trigo de Occidente.
Aquello suponía que el sirio sería el encargado de velar por las
importaciones de trigo de Sicilia y de Africa.
—Eso me honra, César, pero me temo que no baste para suprimir todos
los imponderables.
—¿Qué más necesitas?
—El prefecto de la annona está prácticamente desarmado frente al
robo de navíos y los distintos actos de piratería. Sin ir más lejos, el Isis fue
encontrado sin tripulación, embarrancado en la costa de Asia Menor.
—¡Emilio!
La llamada, lanzada a plena voz, cubrió los rumores de la fiesta,
interrumpiendo las conversaciones y risas e inmovilizando a los danzarines.
Emilio Leto, perfumado y coronado de flores, saltó de su lecho y se
plantó ante su señor.
—Emilio, en adelante sustituirás a ese bandido de Cleander.
Leto se inclinó enseguida.
—¡Oh, César, qué honor...! Jamás prefecto del pretorio alguno te será
más fiel. Oh, príncipe divino...
Cómodo hizo con la mano un gesto que significaba: «Basta ya de
melindres», y siguió con impaciencia:
—Para empezar, exijo que se intercepte a los desvalijadores de navíos
de los que se queja nuestro amigo Carpóforo. Envía correos a todos los
puertos con su descripción, mensajes ópticos a todos los puestos de
vigilancia costeros. Te concedo jurisdicción sobre todas las riberas de
nuestro mar, para que todos los que turban el comercio de trigo sean
detenidos y castigados. Para más detalles, ponte de acuerdo con tu colega
de la annona.
Los dos hombres se inclinaron respetuosamente mientras restallaban
los aplausos.
Una curiosa sonrisa iluminó el rostro de Carpóforo: gracias a las
órdenes del Emperador, podría por fin echarle el guante a aquella serpiente
de Calixto y a su cómplice Marco.
La aprobación general que había provocado parecía haber
tranquilizado un poco al Príncipe. Reclamando una nueva copa de vino, se
preguntó sobre la oportunidad de intentar otro golpe de efecto. Comenzó a
examinar a sus invitados y se detuvo bruscamente en una pareja que se
hallaba tendida, charlando apasionadamente.
– ¿Puedes decirme, Marcia, quiénes son aquel hombre y aquella
mujer? Me resultan familiares.
– ¿Aquéllos? Pero bueno, son Fustiano Seliano Pudens, tu prefecto de
la ciudad; y su compañera no es otra que Mallia, esposa de Didio Juliano y
sobrina de Carpóforo.
Cómodo le hizo una seña al primer esclavo que pasó por su lado y le
encargó que transmitiera a Fustiano su deseo de hablar con él. Un instante
después, el interesado se inclinaba ante César.
– ¿Eres el prefecto de la ciudad?
– Gracias a tu generosidad, César.
– Eres, pues, responsable del orden público. ¿Cómo es posible,
entonces, que no le impidieras a Cleander apoderarse de las reservas de
trigo?
Ante un emperador que buscaba pelea, lo mejor era conservar la
calma. Fustiano respondió apaciblemente.
– Es muy difícil llegar hasta ti, César. ¿Cómo verificar entonces si
Cleander decía la verdad cuando afirmaba actuar por orden tuya? Por lo
demás, me permitiré señalarte que el prefecto de la ciudad no se encarga de
velar por su avituallamiento.
Cómodo sintió nacer en él la llama de la cólera.
– Si hubieras cumplido tu misión, el levantamiento de ayer no se
habría producido —replicó con sequedad.
– ¿Es posible, César, que lamentes lo ocurrido?
– No, no, claro —dijo Cómodo advirtiendo que había llegado
demasiado lejos—. La maldad de Cleander merecía castigo, naturalmente.
Entre ambos interlocutores se hizo el silencio. A su alrededor, fingían
seguir comiendo o discutiendo. Marcia acudió valerosamente en ayuda de
Fustiano.
—¿Quieres probar este muslo de codorniz africana, prefecto? Es una
verdadera delicia.
—Te lo agradezco, Amazona-sonrió Fustiano—, pero no puedo. Soy
orfista.
—¿Orfista? —exclamó la joven—. ¿Eres un bacante, entonces? —
prosiguió con vivacidad Marcia.
—Naturalmente.
– A menudo me han hablado de las bacanales —interrumpió Cómodo,
repentinamente interesado—. ¿Es cierto que dais vueltas desnudos,
coronados de hiedra y agitando el tirso?
—Hummm... Esas no son, realmente, prácticas órficas.
—¿Quieres decir que nunca has participado en una bacanal? —se
extrañó el Emperador.
—Sí. Pero fue antes de mi iniciación en los misterios órficos.
—¿Quieres hacernos una demostración?
Todas las conversaciones se habían interrumpido ahora y las miradas
estaban clavadas en ambos hombres. Fustiano no se dejó engañar por el
tono cortés de su Emperador. Acababa de dirigirle una orden. Desobedecer
sería correr al suicidio... Pese a todo, intentó evitarlo.
—¿Y bien? —dijo Cómodo frunciendo el entrecejo.
– No..., no tengo corona de hiedra.
– Tu corona de rosas valdrá. Y por lo que se refiere al tirso..., el jefe de
los servidores te dará su férula.
A Fustiano no le quedaba elección. Se despojó torpemente de la túnica
y se quitó las sandalias. Marcia apartó la mirada. Las risitas que
comenzaban a brotar aquí y allá la irritaron profundamente. Se sentía tan
humillada como el propio prefecto.
—¡Espera! —gritó Cómodo—. Tendríamos que mostrar al pueblo esa
danza. Al fin y al cabo, nuestro deber es divertir a la plebe. Vayamos a los
jardines.
Los esclavos se apresuraron a calzar a los comensales. Rodeando al
prefecto de la ciudad, todos bajaron para mezclarse con el vulgo. Las
conversaciones de los quirites se interrumpieron de pronto cuando vieron
aparecer la singular cohorte. Pero Cómodo, en unas pocas frases divertidas,
les explicó que el prefecto interpretaría en su honor una danza dionisíaca. El
hecho de que uno de los más altos funcionarios del Imperio ofreciera
desnudo aquel espectáculo, primero dejó estupefactos a los humildes
plebeyos. Pero en Roma, como en todas partes, cualquier actitud no
convencional y, por encima de todo, irrespetuosa, sólo podía complacer al
pueblo. De modo que terminaron lanzándose a arrebatados aplausos y,
siguiendo el ejemplo del Emperador, comenzaron a golpear con el puño los
cubiertos de plata. Así pues, Fustiano empezó a esbozar, bajo aquel
discordante martilleo, los primeros pasos de danza en el espacio que
quedaba libre entre las mesas, a pocos pasos de un vivero lleno de peces
multicolores. Sólo una atmósfera de recogimiento religioso le habría
permitido evitar el ridículo que le abrumaba. Muy pronto, una incontenible
risa dominó a la concurrencia. Marcia apretó los dientes.
La penosa zarabanda duró unos instantes, hasta que Cómodo se
decidió a interrumpirla.
– ¡Ah! —rió—. Afortunadamente no eres bailarín profesional. Ningún
mercader de esclavos te querría.
Y, con un gesto burlón, arrojó a Fustiano al vivero.
43
Ostia, octubre de 190
La oneraria acostó en Ostia de madrugada, bajo una lluvia torrencial.
Los muelles parecían desiertos; la ciudad, inmóvil.
Tras haber franqueado la pasarela, Calixto tiró instintivamente del
borde del capuchón de su manto y entró, en compañía de los marineros, en
una de las tabernas de la plaza de las Corporaciones. Allí, al revés que los
demás, hartos de las privaciones sufridas durante la travesía, se limitó a
pedir un plato de habas y una jarra de agua. Terminada la frugal comida, se
levantó, saludó, tomó su hatillo y salió.
Había algo singular en la calma que reinaba. Demasiada calma,
demasiado silencio para aquel puerto que siempre había conocido lleno de
vida. Tal vez la explicación se hallara en aquella pesada lluvia que caía
sobre la ciudad.
Abandonando la plaza de las Corporaciones, pasó ante el teatro y
desembocó en la vía Decumana, la gran arteria paralela al río. Salvo por dos
individuos que, con un cesto de provisiones bajo el brazo, se apresuraban
bajo las ráfagas, la vía aparecía totalmente desierta. Calixto se había hecho
a la idea de que debería actuar con la mayor discreción posible; y sin
embargo era a él, por el contrario, a quien parecían evitar cuidadosamente.
A su izquierda estaban las termas y la palestra. Justo enfrente, la caballeriza
del viejo Clodio. Entró.
Con gran asombro por su parte, no le recibió el viejo sarcástico y
achacoso, sino un hombre indolente de lengua mordaz. El tracio advirtió
que se había detenido a cinco pasos para hablar con él y que sus fosas
nasales estaban llenas de laurel. Al ver un áureus, aceptó enseguida
alquilarle una cisia
[71].
—¡Tira la moneda! Puedes coger aquélla.
Sorprendido por aquellos modos, insólitos como mínimo, Calixto sacó
el caballo del establo y, mientras lo enganchaba, preguntó:
—¿Ya no está aquí el viejo Clodio?
—Murió —respondió el palafrenero permaneciendo alejado.
—¿Murió? ¿De qué?
—Pero, bueno, ¿de dónde sales tú? De la peste, claro.
El tracio contuvo un estremecimiento. De modo que era eso... Cuando
se disponía a salir montado en su coche, el hombre le preguntó:
—¿Vas a Roma?
—Sí.
—En ese caso, te aconsejo que desconfíes. Circulan pandillas que
lanzan a los viandantes dardos envenenados.
—Pero ¿qué pandillas? ¿Por qué?
El palafrenero hizo una mueca desengañada.
—Bien se ve que saliste del país hace mucho tiempo...
Y, sin más, desapareció tras el batiente de madera.
Decididamente, ocurrían cosas extrañas... Sin esperar más, Calixto
azuzó al caballo y tomó la dirección de la ciudad de las siete colinas.
Al ocaso avistó la puerta Trigémina. Aunque la lluvia había cesado, el
cielo seguía cubierto. Siguiendo la vía Ostiensis, se mezcló con la hilera de
carretas, carros y demás vehículos que esperaban autorización para entrar
en la ciudad.
La puerta no se abría hasta después de la puesta de sol. Gracias a la
creciente oscuridad, Calixto pudo penetrar en la capital sin riesgo de ser
molestado. Se dijo que debía apresurarse antes de que la noche hiciera
impracticable el dédalo de callejas. Pero su avance se veía constantemente
frenado por el paso de innumerables cortejos fúnebres. Afortunadamente, el
barrio de la Suburra ya no estaba muy lejos. Allí vivía el papa Víctor.
En el pasado, no le había sorprendido demasiado enterarse de que el
jefe de los cristianos vivía en aquel barrio, el de peor fama de todos ellos.
Había llegado a la conclusión de que allí y sólo allí el principal personaje de
una secta perseguida podía gozar de un perfecto anonimato. En realidad, se
equivocaba. El papa Víctor, que también era obispo de Roma, vivía allí
porque eso le permitía estar más cerca de las miserias del mundo. Llamó a
uno de aquellos chiquillos que, en cuanto llegaba el crepúsculo,
comenzaban a recorrer las grandes plazas o las ricas moradas. El
adolescente corrió hacia él y se apresuró a encender su antorcha de estopa y
resina.
—¿Conoces bien las calles de la Suburra?
—Nací allí, señor-dijo el hombrecito levantando orgullosamente la
barbilla.
—¿Sabes dónde está emplazada la ínsula donde vive el jefe de los
cristianos?
—Naturalmente. ¿Quieres que te acompañe?
—Sí. Alúmbrame el paso.
Ambos se adentraron entonces en el inextricable dédalo de hediondas
callejas. Calixto no tardó en verse obligado a bajar de la calesa y proseguir
tirando del caballo por la brida. Las vigas que sobresalían de las paredes
amenazaban con caer sobre ellos. Tras aquellas fachadas ciegas se intuían
los rumores de la vida; ecos de una comida, algaradas, lamentaciones de
plañideras, gemidos de enfermos.
El recuerdo de Flavia y del proxeneta volvió a su memoria. Cuánto
tiempo, cuántos acontecimientos desde aquel día...
—Ya está, señor, hemos llegado.
Calixto levantó la cabeza. El islote se parecía a otros mil. Ni más ni
menos deteriorado. Pero no había razón para suponer que el muchacho
mentía. Le dio un as, ató el caballo a un mojón y, luego, llamó a la puerta.
Tampoco allí hubo sorpresa: el hombre que le abrió parecía un esclavo
como todos los esclavos.
—Acabo de llegar de Alejandría. Me envía el obispo Demetrio.
El hombre no se inmutó. Dijo simplemente:
—Sígueme.
Le condujo hacia una escalera bamboleante. Al atravesar un rellano,
Calixto oyó una tos entrecortada por roncas inspiraciones. Su guía advirtió
su expresión interrogadora.
—La peste —dijo en un tono resignado.
Se encontraban ahora, ante una puerta en la que había grabado un pez.
No estaba cerrada. El portero se apartó y Calixto se halló enseguida ante un
hombre sentado. Este levantó lentamente la cabeza, descubriendo sus rasgos
a la pálida luz de un candil de aceite.
Pasmado, Calixto reconoció a Hipólito.
El joven sacerdote pareció tan estupefacto como el recién llegado.
Hubo un largo momento de silencio, como si ambos hombres intentaran
convencerse de que no soñaban. Fue el tracio el primero en hablar:
—¿Tú aquí? Pero ¿cómo?
– Estoy donde debo estar. Al servicio de Dios. Pero yo podría hacerte
la misma pregunta. Te creía a salvo, en Alejandría o Pérgamo, gastando los
millones que les robaste a los clientes judíos del banco de tu antiguo amo.
Calixto hizo una profunda inspiración. Decididamente, los años no
habían atenuado en absoluto el tono mordaz de Hipólito.
—Acabo de llegar de Alejandría. Y traigo importantes noticias. Me
envía el obispo Demetrio.
– ¿Demetrio? Pero ¿qué le ha pasado para confiar en un individuo de
tu especie?
—¿Puedo ver al Papa? —fue el único comentario de Calixto.
– ¡Estás viéndolo! —dijo una voz a su espalda.
El tracio se sobresaltó. No había oído abrirse la puerta. Ante él
avanzaba un hombre flaco y más bien bajo, de mirada gris y voluntariosa,
pero cuya vivacidad revelaba una personalidad bastante firme.
Recordó la descripción que Clemente le había hecho del personaje:
«Es un africano romanizado por completo, más inclinado a intentar destruir
el obstáculo que a rodearlo.»
—Santo Padre —dijo Hipólito—, este hombre es Calixto. Ayer esclavo
del bienaventurado Apolonio, durante algún tiempo banquero del prefecto
de la annona y hoy ladrón a cuya cabeza le han puesto el precio de veinte
mil denarios.
Calixto le dirigió una sombría mirada.
¡Ah! ¡Si pudiera aplicarle a ese individuo el mismo tratamiento que el
Señor había aplicado a los mercaderes del templo!
—¿ Qué deseas? —preguntó secamente el obispo de Roma.
El tracio extrajo de su cinturón un estuche de cuero.
– Un mensaje del obispo Demetrio.
El Papa cogió el estuche y, tras haber sacado un rollo de pergamino, se
lo tendió a Hipólito frunciendo el entrecejo.
—Léemelo. Todavía tienes buenos ojos.
Hipólito comenzó:
A Víctor, sucesor de Pedro,
Demetrio, obispo de Alejandría,
S.D.
[72]
Me han llegado informaciones según las cuales contemplas la
posibilidad de lanzar un anatema contra nuestros hermanos de las Iglesias
de Asia, que se niegan a adoptar la posición de la Iglesia universal en lo que
se refiere a la fecha de las fiestas de Pascua.
Sabes que, cuando hiciste convocar sínodos provinciales para resolver
esta querella que divide al Oriente y el Occidente de la Iglesia, fui de los
primeros en apoyar tus opiniones. Eso me facilita, pues, aconsejarte que
abandones el proyecto.
En efecto, el hecho de celebrar la Pascua el día de la muerte del Señor
en lugar del día de su resurrección no parece justificar que se acepte la
responsabilidad de excomulgar a Iglesias enteras. Te lo digo muy
respetuosamente, con excesiva conciencia de mi insuficiencia y mi
pequeñez ante el sucesor de Pedro. Pero te señalo, sin embargo, que mi
opinión es compartida aquí, en Alejandría, por la mayoría de los hombres
instruidos.
Alegan que nuestros hermanos de Asia no pueden ser considerados
culpables de haber seguido, simplemente, antiguas y venerables tradiciones.
Hasta hoy, las Iglesias griega y latina han vivido codo con codo en la
veneración del Dios Salvador.
Tus predecesores dieron pruebas de gran tolerancia para con los
obispos de Asia, especialmente Aniceto cuando se vio enfrentado con el
obispo Policarpo.
No reclamamos de ti que renuncies a tus exigencias, sino sólo que
tomes ejemplo de su prudencia. No nos queda ya sino esperar la realización
de nuestras plegarias. La gracia de Dios Todopoderoso acabará iluminando,
estoy seguro, a nuestros hermanos de Asia. Que El se digne, pues, inspirarte
la buena decisión.
Vale
[73].
El Papa se había sentado en un pequeño escabel de madera y se
mesaba la barba con aire pensativo.
—¿Cómo es que Demetrio te ha confiado ese mensaje?
El tono del pontífice era directo, pero Calixto le agradeció que no
añadiera: «Porque no pareces ser un personaje muy recomendable.»
—Se ofrecieron varias personas y el obispo me eligió a mí.
—Eso no responde a la pregunta. ¿Por qué un gentil y no un cristiano?
—intervino Hipólito.
—¿Un gentil? —se extrañó Víctor.
Calixto movió la cabeza.
—Hipólito no puede saberlo: ahora soy cristiano.
—¡Cómo! ¿Qué estás diciendo?
El hijo de Efesio le examinó, consternado y escéptico al mismo
tiempo.
—¿Tú? ¿Cristiano? ¿Tú que fuiste el más ardiente oponente de nuestra
Fe? Tú...
Calixto le interrumpió con un gesto seco.
—Sí, soy cristiano. Las circunstancias y, sin duda, la gracia de este
Dios que rechacé durante tanto tiempo tuvieron éxito donde tú fracasaste.
Por primera vez apareció la emoción en la mirada de Hipólito, una
emoción sincera en la que se mezclaban pasado y presente. Se aclaró la
garganta y prosiguió, pero esa vez casi en voz baja:
—¿Es... es verdad?
—Me buscan todas las autoridades de este país. Antes de mi
conversión, mi existencia estaba muy lejos de ser ejemplar. Me presenté
voluntario para la misión porque aquí, en Roma más que en cualquier otra
parte, arriesgo mi vida. Es mi modo de someterme al juicio de Dios.
Mientras que Hipólito, desconcertado, guardaba silencio, el prelado
preguntó:
—Es extraño... ¿No has pensado que existía otra solución, si realmente
querías reparar tus faltas, menos peligrosa que esa por la que has optado?
—Ya me hicieron esta observación. Pero, lamentablemente, soy
materialmente incapaz de indemnizar a las víctimas de mi robo.
Se produjo un largo momento de silencio. Inesperadamente, Víctor le
indicó por señas al tracio que se arrodillara, le bendijo con gesto lento y
dijo:
—Te estamos agradecidos por lo que has hecho. Que Dios te absuelva
y te permita reunirte con los tuyos sano y salvo.
Calixto se levantó, se lo agradeció inclinando la cabeza y preguntó:
—¿Hay alguna respuesta para el obispo Demetrio?
—Sí. Dile que su carta me ha conmovido, pero que se preocupaba
inútilmente. Ireneo, el obispo de Lugdununr
[74], que compartía las mismas inquietudes, me convenció de que no
recurriera a las medidas extremas que yo estudiaba. No habrá excomunión
para las Iglesias de Asia...
44
Cuando Calixto regresó a la cisia, la noche estaba ya muy avanzada.
Cogió al caballo por la brida y se adentró, confiando en su memoria,
en la maraña de callejas. Como de costumbre, la oscuridad dificultaba
mucho su tarea.
Sin duda se habría creído extraviado, fuera de Roma, sin el tumultuoso
ruido de los carros, que, tras haber distribuido sus mercancías, regresaban a
la salida de la ciudad.
Orientándose a duras penas, acabó tras una carreta gala tirada por un
par de bueyes, que se bamboleaba y traqueteaba ocupando toda la anchura
de la calleja. Como su conductor parecía saber adonde se dirigía, Calixto le
abordó.
—¡Eh, amigo!, ¿adonde vas?
El interpelado replicó con el fuerte y abrupto acento de los campesinos
latinos.
—A la Transtiberiana, por el puente Emilio.
Calixto exhaló un suspiro de alivio; era su camino. Uno tras otro,
recorrieron durante un buen rato más el dédalo de callejas y dejaron atrás un
templo que no pudo identificar antes de llegar, por fin, a una plaza
rectangular y despejada. El tracio pudo entonces subir a la cisia y azuzar al
caballo.
Un arco de triunfo ocupaba el centro de la plaza: Jano Cuadrifronte.
Supo entonces que se hallaba en el foro de Nerva.
Se alejó, pasó no lejos de la curia Julia, rodeó la tribuna de los rostra, a
la altura de la piedra miliar de oro, que indicaba el centro exacto de la
fabulosa red de vías romanas, y llegó a la vía Sacra.
El sueño comenzaba a dominarle y su caballo mostraba también signos
de fatiga. Tenía que encontrar rápidamente un lecho. Hacia el Vicus
Jugarius descubrió de pronto, pocos pasos a la derecha, al pie de un carro
inmóvil, a un hombre que hablaba ante una puerta cerrada.
Al acercarse distinguió unos cestos de legumbres alineados en el
umbral, así como la ventanilla por la que el hortelano estaba percibiendo lo
que le debían. Al ver a Calixto, el hombre se volvió rápidamente con una
expresión interrogativa.
—¿Crees que podría alojarme aquí para pasar la noche?
El hortelano se apartó para permitir que el posadero respondiera desde
el otro lado de la ventanilla.
—Lo siento, no aceptamos más extranjeros.
– ¿Y por un denario?
– No hay nada que hacer.
– Insiste, amigo —dijo el campesino con una sonrisa—. Este viejo
bandido de Marcelo vendería su alma por un poco de dinero. Si sabes
hablarle, llegará a ofrecerte su propia cama.
—Digamos un áureo —pujó Calixto.
La suma era prodigiosa, pero estaba demasiado agotado para ponerse a
buscar otro albergue. Un doble silbido recibió la oferta, seguido por el
sonido característico de cerrojos que se abrían.
—¡Entra, deprisa!
– Un momento. ¿Dónde puedo dejar la cisia? Me...
– Confíasela a ese bribón de Buteo. El se encargará. Entra, deprisa.
¡Apresúrate!
Con su hatillo en la mano, el tracio se deslizó por la puerta entornada.
El posadero se apresuró a cerrar el batiente.
– Pero, bueno, ¿qué ocurre en esta ciudad? —preguntó Calixto,
sorprendido e irritado a la vez.
– ¿No te has cruzado con nadie en las calles?
– Naturalmente. Con los habituales carros de campesinos que vienen a
hacer sus entregas. Pero...
– Entonces puedes alardear de haber tenido suerte, pues si hubieras
tenido otros encuentros, créeme, habría sido poco probable que hubieses
llegado vivo hasta aquí.
– ¿Me explicaréis por fin lo que ocurre?
El posadero bajó la voz.
– Ciertamente debes de venir de muy lejos para ignorar los
acontecimientos que sacuden la capital. Pandillas de individuos al servicio
del Príncipe lanzan a los viandantes dardos envenenados.
– Ya me lo han contado. Pero ¿por qué? ¿Por qué razón van a cometer
semejantes monstruosidades?
– Tienes que creerme, esa gente está tan ociosa que no sabe ya qué
inventar para distraerse. Hieren así a casi dos mil personas al día. Sin contar
a los que mueren a causa de la peste.
Calixto consideró inútil expresar su perplejidad. Evidentemente, algo
anormal ocurría. Mañana tendría tiempo de profundizar en ese misterio.
Pidió al posadero que le indicara la habitación. Su anfitrión le llevó a una
escalera bamboleante, mientras le confesaba que le quedaban todavía
muchas habitaciones desocupadas.
– Pero ¿qué quieres? —suspiró—, por la noche no sabemos ya con
quién tratamos.
Entreabrió la puerta de un oscuro reducto donde había una yacija de
aspecto repulsivo.
– Aquí está. Ciertamente no vale un áureo, pero de todos modos...
– Dado el estado de fatiga en que me hallo..., no tiene importancia.
Una vez a solas, se desnudó a la luz del pequeño candil de aceite y se
metió bajo una manta de ruda crin. Se disponía a apagar la magra llama
cuando oyó unos pasos que hacían temblar la escalera. Una débil claridad
iluminó el marco y las descoyuntadas tablas de la puerta. Esta se abrió
lentamente y una mujer penetró en la estancia con una vela.
Por el modo en que iba vestida —una túnica corta que se detenía en las
rodillas y no ocultaba gran cosa de sus encantos—, adivinó la razón de su
visita. Era una de aquellas sirvientas prostitutas que formaban,
frecuentemente, parte del personal de las tabernas y los albergues. Sin duda
había sido despertada por su amo, pues su rostro estaba descompuesto y
pálido.
Su rubia cabellera estriada por hilos canosos estaba revuelta y pendía
en ondas de estopa sobre los huesudos hombros. Ni siquiera fresco y
reposado habría sentido deseo por ella.
—Me envía el amo —susurró con voz apagada.
—Te lo agradezco, pero no necesito tu servicio.
—Sólo cuesto seis ases —insistió.
—Sí. Pero te repito que estoy cansado.
Era cierto. Los ojos se le cerraban a su pesar. Iba a zambullirse en el
sueño, pero la mujer no parecía dispuesta a retirarse. Dio unos pasos, se
inclinó sobre él y le miró atentamente.
—¿No me has oído? Estoy agotado.
—Hay mujeres más hermosas que yo —replicó ella en el mismo tono
monocorde—, pero no más voluptuosas ni más expertas.
—La única voluptuosidad a la que aspiro en estos momentos es la del
sueño. Adiós.
—Si me echas, mi amo me pegará.
Sin preocuparse por su desnudez, Calixto se levantó, tomó a la intrusa
del brazo y la sacó suavemente de la habitación.
—Te lo ruego... No insistas...
La moza permaneció un instante inmóvil, algo perdida ante el batiente
de la puerta que acababa de cerrarse ante ella. Luego, lentamente, apoyando
con fuerza los pies desnudos en los peldaños de madera, como para
demostrarse que no estaba soñando, bajó por la escalera secándose las
manos, húmedas de excitación, en los faldones de la túnica.
—¿Está aquí? ¿En Roma?
Eleazar dio un respingo y observó con incredulidad a la mujer que
estaba ante él.
—¡Es imposible! ¡No habría venido a arrojarse en la boca del lobo!
¿Cómo puedes estar tan segura?
—Te lo repito, no cabe duda alguna. Antaño fue mi cliente.
El intendente de Carpóforo lanzó una mirada despectiva a la prostituta.
Con sus ropas demasiado llamativas, su amarga expresión y el
impresionante hematoma que se extendía en su mejilla izquierda, era el
símbolo mismo de la decadencia.
Las tinieblas cubrían todavía la ciudad cuando se había presentado en
la puerta Capena, la residencia oficial del prefecto de la annona. Había
solicitado inmediatamente hablar con Carpóforo y la noticia que traía era tal
que habían ido a avisar al villicus.
¡Habían encontrado a Calixto!
—Por aquel entonces se conformaba con poco... —gruñó Eleazar—.
¿Ese hematoma es cosa suya?
—No. Ha sido mi amo.
—Pero, dime, tras todos estos años ha debido de cambiar. ¿Cómo has
podido reconocerle enseguida?
—Sus ojos. A pesar de la barba que le cubre medio rostro, su mirada
no ha cambiado. ¡Le habría reconocido entre mil!
Eleazar estaba trastornado. Las palabras de aquella mujer tenían un
acento de verdad. Al fin y al cabo, ¿qué perdía verificándolo? La
perspectiva de poder tener, por fin, al tracio a su merced provocó en él una
súbita excitación.
—¿Dónde está? Tengo...
—No tan deprisa. Primero quiero hablar con el prefecto.
—¡Has perdido la cabeza! No se habla tan fácilmente con un hombre
de esa importancia. Pero te prometo que tendrás los veinte mil denarios
prometidos, siempre que tu información resulte exacta, claro.
—Es absolutamente exacta. Pero de todos modos quiero hablar con el
prefecto.
—¿Por qué? ¿Acaso no confías en mí?
—No es ésa la cuestión. Quiero comprarle la libertad a mi amo. Y para
eso, como sabes, es preciso que un magistrado redacte el acta de mi
manumisión.
—¡Por Cibeles! Cualquier edil puede servirte —exclamó el villicus,
exasperado.
La muchacha meneó la cabeza con obstinación.
—No hay nada que hacer. Mi amo confiscaría enseguida la
recompensa y yo seguiría sirviendo de jergón a sus clientes. Ya me ocurrió
una vez.
—¡Tus desventuras pasadas no me interesan! Me llevarás hasta
Calixto, si no...
Uniendo el gesto a la palabra, se desabrochó el cinturón de cuero. La
joven retrocedió, pero enseguida se sobrepuso y siguió sin ceder.
—Vamos. Estoy acostumbrada a los golpes. Sólo te llevaré hasta tu
hombre si aceptas mis condiciones.
El intendente, poco acostumbrado a semejante resistencia, vaciló. No
le faltaban ganas de castigar a aquella criatura, pero no podía correr el
riesgo de comprometerlo todo.
—De acuerdo —capituló—, voy a avisar al amo. Pero no olvides que
si nos has engañado... Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Elisha...
45
Un alba gris y húmeda comenzaba a blanquear el cielo de la ciudad
cuando Carpóforo, acompañado de su intendente, la prostituta y una escolta
de vigilantes, llegó a la posada del Vicus Jugarius. El prefecto dijo,
dirigiéndose a la mujer:
—Ya hemos llegado. Ahora sólo te queda rezar a la Fortuna, Júpiter y
todos los demás dioses para que Calixto esté aquí.
Al antiguo amo del tracio no le había hecho ninguna gracia que le
arrancaran del sueño a hora tan temprana, y su humor se agriaba.
Fue la inesperada perspectiva de atrapar por fin a su esclavo infiel la
que le hizo abandonar el lecho. Y sin embargo, no compartía el entusiasmo
de su villicus. A su entender, la muchacha se había equivocado. ¡Calixto en
Roma! ¡Si pudiera ser verdad! De todos modos, por seguridad, había
seguido los consejos de Eleazar y había dado un rodeo por el foro para
obtener la ayuda de una escuadra de vigilantes. El posadero les abrió la
puerta con la injuria en los labios y los ojos hinchados todavía de sueño.
Pero la visión del prefecto y de quienes le acompañaban atemperó su
malhumor.
—Vuelve a tus fogones —le ordenó el magistrado. Y añadió,
dirigiéndose a Elisha—: ¡Y tú, llévanos a la habitación!
Temiendo lo peor, el posadero se retiró a la cocina sin la menor
protesta. Con todo lo que pasaba actualmente en Roma, podía esperarse
cualquier cosa; pero de ahí a imaginar a Elisha como agente de los
curiosii...
Conducidos por la muchacha, Carpóforo, Eleazar y los vigilantes
subieron por los peldaños de la vieja escalera que, a pesar de todas las
precauciones, chirriaba y crujía como si de un momento a otro fuera a
derrumbarse.
—Acabaremos despertando a toda la capital —susurró Carpóforo,
furioso.
—Es aquí —señaló la mujer.
Eleazar la apartó de un empujón, se abalanzó hacia la puerta y, tras
intercambiar una última mirada con su amo, asió la manija en forma de
herradura y entró en la habitación.
Calixto, sobresaltado, se incorporó en el lecho, ofreciendo su rostro a
las lámparas de los vigilantes.
—¡Eleazar! ¿Estás vivo?
—¡Sí, muy vivo, miserable! —rió el intendente descubriendo sus
dientes negruzcos—. ¡Ahora podremos arreglar cuentas!
—Sin duda no me creerás —dijo el tracio levantándose—, pero me
alivia saberte sano y salvo.
Comenzó a ponerse tranquilamente la túnica. Era cierto. Se sentía en
cierto modo aliviado de todo el peso de sus remordimientos.
—Tú, tú aquí... —balbuceó Carpóforo con incredulidad.
El prefecto había entrado a su vez en la habitación, dejando a los
vigilantes en el umbral.
—Sí, sí, señor Carpóforo. Soy yo, efectivamente.
Entonces, como si hubiera estado esperando aquel instante, Carpóforo
le asestó a su esclavo un golpe terrible que le partió el labio inferior.
—¡Cuatro años! ¡Cuatro años esperando este momento!
Recobró el aliento y lanzó una mirada circular al antro invadido por las
telarañas.
– ¿Cómo es posible que, con la fortuna que me estafaste, te alojes en
semejante cloaca?
—La respuesta es sencilla: no tengo ni un as de aquella suma —replicó
Calixto, muy tranquilo.
—¿Ni un solo as de tres millones de sestercios? ¿A quién pretendes
hacer creer semejante barbaridad?
—¡Miente! —bramó Eleazar.
– Tres millones trescientos veintiséis mil cincuenta y siete sestercios
exactamente. Gasté buena parte de ellos; la otra se halla en el fondo de un
lago, en Alejandría.
—¡Miente! —repitió el intendente—. Amo, deja que me ocupe de él.
Le haré escupir la verdad.
—¿Tres millones trescientos mil nummi, es decir, ochocientos mil
denarios de plata, en el fondo de un lago?
La visión de aquella fortuna sumergida parecía afectar más a
Carpóforo que el robo en sí.
Calixto murmuró:
—Estoy en tus manos, señor. Sabía a lo que me exponía viniendo a
Roma. Pero te agradeceré, de todos modos, que me digas cómo me has
encontrado. En fin de cuentas, hace sólo unas horas que he desembarcado.
—Gracias a las confidencias de tu hermosa amiga —dijo el villicus
señalando a Elisha, que permanecía apartada en compañía de los vigilantes.
—¿Elisha...?
– Al parecer, en otros tiempos le causaste una gran impresión.
Elisha...
Calixto frunció el entrecejo, buscando en su memoria. Recordó
entonces la imagen de la pequeña prostituta que tanto le recordara a Flavia
y el rostro furioso de Servilio, el proxeneta...
Muy pálida, la muchacha balbuceó:
—Después..., después de tu marcha, mi amo me alcanzó y me confiscó
el collar de oro que obtuve gracias a tu ayuda. ¿Qué podía hacer?
Calixto sonrió amargamente.
– Tal vez algo distinto a denunciar al pobre tipo que te había tendido la
mano.
La muchacha acusó el golpe, sintiéndose repentinamente incómoda
ante aquellas miradas que la escrutaban en la penumbra. Fue Carpóforo
quien puso fin a su turbación. Desde que estaba frente a su esclavo, se
advertía que una oleada de contradictorios pensamientos se arremolinaba en
su mente. Ordenó con voz potente:
—¡Dejadme solo con él!
– Pero, señor —protestó Eleazar súbitamente inquieto.
– ¡Haced lo que os digo!
La puerta se había cerrado tras los dos hombres. Permanecieron largo
rato de pie, con los rasgos apenas iluminados por la tenue y vacilante llama,
sin decir una sola palabra.
—¿Tienes acaso preocupaciones, señor? —preguntó Calixto de pronto.
—¡Preocupaciones!
El prefecto cruzó las manos a su espalda y comenzó a recorrer la
estancia como una fiera enjaulada. El tracio prosiguió:
—¿Puedo ayudarte?
– ¿Cómo?
Carpóforo se había quedado inmóvil, como petrificado.
– ¡Esto es el colmo! ¡Harapiento, a las puertas del Hades, y hablas de
«ayudarme»!
Se produjo un nuevo silencio. El prefecto prosiguió muy deprisa, casi
avergonzado:
—Y lo peor..., lo más extraordinario... es que, efectivamente, te
necesito...
El tracio apartó entonces la mirada, dejando que Carpóforo se
explicara.
—Sí... Puedes presumir de haber dado un golpe perfecto. Nada podía
perjudicarme más, ni sucederme en peor momento, cuando la caída de los
tipos de interés ponía en peligro establecimientos mucho más sólidos que el
mío.
De pronto giró sobre sus talones y, de forma totalmente inesperada,
golpeó de nuevo la mejilla del tracio.
– ¡Tú, tú, en quien tenía plena confianza! Por tu culpa tuve que
permitir que mi banca desapareciera y todavía hoy me veo obligado a
comprometer mis propios fondos para asegurar el avituallamiento de la
ciudad. ¡Y es ruinoso! ¡Ruinoso!
– ¿No estarás dramatizando un poco? —replicó Calixto secándose la
sangre que brotaba de su pómulo herido—. Has atravesado situaciones
mucho más difíciles y siempre saliste bien librado.
– ¡Eso era antes! —exclamó Carpóforo con un suspiro hastiado.
– ¿Antes de qué?
– De la maldición de los dioses, tal vez. Todo va mal, Calixto. Y en
todas partes. Las ciudades se empobrecen, las minas se agotan, el número
de campesinos disminuye y la tierra no se cultiva. Todos los cargos,
incluido el consulado, pueden comprarse. El peso de los impuestos no deja
de aumentar y los ricos prefieren huir al campo antes que asumir su
participación en las cargas comunes. ¡Y, por añadidura, ha vuelto la peste!
Como en las horas más oscuras de Marco Aurelio. Sólo en Roma mata,
cada día, a más de dos mil personas. Si esta situación prosigue, mañana el
Imperio entero no será más que un inmenso foro desolado y sin provisiones.
Calló, sin aliento, mirando al vacío, con las mejillas trémulas y la tez
grisácea.
– Y... ¿qué puedo hacer por ti?
– Debería hacer que te arrojaran a las fieras. Y sería poco para pagar tu
traición. Pero el momento es demasiado grave para tomar decisiones
apresuradas. Me demostraste de sobra tu capacidad, aunque sólo fuera
robándome tres millones de sestercios, como para que decida tomarte de
nuevo a mi servicio. Si me ayudas a superar el momento, no sólo olvidaré
tu crimen, sino que te daré una importante suma que te permitirá rehacer tu
vida. ¿Qué dices?
Calixto se había plantado ante su amo con las manos en las caderas.
Pensó, atónito: «Cuando esperaba un castigo me ofrecen una recompensa.
Decididamente, los planes de Dios son imprevisibles.»
—¿Y bien? —se impacientó el prefecto.
– Lo lamento, señor. Pero dos razones me obligan a rechazar tu oferta.
—¿Cuáles? —bramó Carpóforo.
– Pareces haber olvidado que soy propiedad de Marcia. Tú mismo
donaste mi persona a la primera mujer del Imperio. Y emplearme sin su
consentimiento sería un robo a los ojos de la ley, ni más ni menos. Pero eso
no es todo. Debes saber que ya no podría servirte eficazmente. El nuevo
señor a cuyo servicio me he puesto prohíbe tajantemente la extorsión de
bienes, el chantaje, las operaciones insulares y demás especulaciones a las
que tan bien me acostumbraste.
—¿Otro señor? ¿Quieres decir que tienes un amo distinto de la divina
Marcia?
El tracio asintió en silencio.
—¿Cómo se llama ese loco temerario?
—No es el tipo de amo en el que piensas: soy cristiano.
Carpóforo parpadeó, meneó la cabeza y pareció derrumbarse.
—Eres cristiano...
Hubo un largo momento de silencio, un silencio pesado que inundaba
la estancia. Habríase dicho que el prefecto iba a desplomarse, destrozado.
Por fin, se levantó con increíble lentitud, se dirigió en silencio hacia la
puerta y la abrió:
—¡Lleváoslo! ¡Llevaos a este hombre a la cárcel del foro!
Cuatro vigilantes rodearon enseguida a Calixto y le asieron sin
miramientos. Cuando pasaba ante Carpóforo, éste dijo:
—Por si albergaras la secreta esperanza de una intervención de la
Amazona, te comunico que el Emperador está al corriente de los más
pequeños detalles de tus fechorías y que él mismo ordenó que te buscaran
por todo el Imperio. En los tiempos que corren, los prevaricadores son tan
mal vistos como la peste. Constituyen unos perfectos chivos expiatorios.
Calixto no respondió. Su mirada encontró la de Elisha, que bajó la
cabeza.
Habría jurado que lloraba.
46
Por tercera vez, Fustiano Seliano Pudens, prefecto de la ciudad, dejó
con gesto nervioso el estilete junto a la tablilla de cera.
No conseguía decidirse a redactar la orden que, con toda lógica, habría
debido dar.
Calixto... Aquel nombre evocaba para él la adolescencia, la amistad, la
despreocupación, las reuniones órficas y el fervor de las horas compartidas.
Evocaba también, lamentablemente, un escándalo que había alimentado los
dimes y diretes de la capital, y que había estallado cuatro años antes: la
célebre quiebra del banco de la puerta de Ostia. En aquella ocasión
descubrió, también, la verdadera identidad del tracio. Ciertamente, durante
los últimos tiempos Fustiano se había olido algún misterio, pero su
discreción de orfista había frenado siempre su deseo de saber más sobre su
amigo. Sin embargo nunca habría podido imaginar, ni por un solo instante,
que Calixto era en realidad un simple esclavo, y ladrón por añadidura.
¿Qué debía hacer ahora? Carpóforo, su colega de la annona, había
ordenado que le entregaran al hombre aquella misma mañana, a las
primeras luces del alba. Le incumbía a él, Fustiano, prefecto de la ciudad,
condenarle o entregarle al Príncipe, lo que en fin de cuentas era lo mismo.
Tomó de nuevo el estilete y comenzó a grabar algunos caracteres. Pero muy
pronto, impulsado por la irritación, borró rabiosamente con el pulgar los
signos grabados en la blanda cera y desplegó una vez más el papiro donde
se había anotado la información sobre el asunto Calixto. ¿Qué se le
reprochaba en el fondo? Que le había robado algunos millones de sestercios
a aquel hurón de Carpóforo. Fustiano debía reconocer que aquel acto le
parecía más bien meritorio. Estaba también el engaño sobre su identidad.
Pero ¿los servicios prestados no compensaban, acaso, ampliamente, aquella
actitud? Luchando contra el enojo que le dominaba, Fustiano llamó:
—¡Valerio!
Un legionario entreabrió la puerta.
– Ve a buscar al esclavo entregado por Carpóforo.
Apenas se hubo marchado el legionario, Fustiano se sintió más irritado
todavía. Sin embargo, su padre le había dicho cientos de veces: «Vivir
primero, luego filosofar.» Y él, Fustiano, se pasaba la vida haciendo lo
contrario, especialmente en este instante. De todos modos, ¡no jugaría al
justiciero! No, avisaría a Cómodo inmediatamente.
El legionario regresó en compañía de Calixto.
– Es inútil, puedes conducirlo de nuevo a su celda —masculló
Fustiano sin levantar la cabeza.
En vista de que el legionario, atónito, no reaccionaba, repitió la orden
al tiempo que el prisionero murmuraba con una media sonrisa:
—No te aflijas, Valerio, los caminos del poder son muy imprevisibles.
Herido en lo más vivo, Fustiano levantó la cabeza y le dirigió una dura
mirada.
—En tu lugar, no malgastaría mi energía en frases estériles. Puedes
necesitar todo tu cerebro para enfrentarte con la suerte que te espera.
—Lo imagino.
—Si la memoria no me falla, la última vez que nos vimos no llevabas
barba. Aunque, naturalmente, entonces eras otro... En el fondo, nunca has
dejado de ser otro.
El tracio frunció el entrecejo.
– Tal vez no debieras confiar en ese espejo empañado en el que
pareces verme. —Señaló los rollos de papiro desplegados en la mesa—.
Supongo que ahora lo sabes todo sobre aquel a quien creías un rico
caballero. Sin embargo, Fustiano, es el mismo hombre que conociste una
mañana, hace ya mucho tiempo. Tal vez su mente te mintiera, pero no su
corazón.
El recuerdo de aquella escena cerca de la ínsula de los orfistas
despertó en Fustiano una oleada de emoción. Su rostro se entristeció.
Ordenó con voz seca:
—Déjanos, Valerio.
El guardia se retiró, dejando a los dos hombres cara a cara.
—¿Por qué? ¿Por qué esos años de engaño y traición? ¿Por qué...?
—Creo que la historia te aburriría. Permite que, a mi vez, te haga una
pregunta más sencilla: ¿habrías aceptado a un esclavo en la cofradía de los
orfistas?
Fustiano respondió sin vacilar.
—Sin duda alguna, no. Pero eso no lo explica todo. De hecho, no
explica nada. Tengo que comprender. Quiero saber.
Calixto dio unos pasos, pensativo.
—Muy bien. Escucha, pues...
Le hizo un relato lo más sucinto posible de su vida hasta el momento,
deteniéndose de vez en cuando como para asegurarse de que el prefecto
daba crédito a su confesión. Cuando hubo terminado, Fustiano guardó
silencio un largo momento antes de murmurar, sombriamente:
—Y ahora...
—Me espera lo que he merecido. Deja pues que la suerte siga su curso.
Ya hiciste mucho, cierto día, por alguien.
—¿Por Flavia? Sí, lo recuerdo. Lamentablemente, la conclusión no fue
muy feliz.
—Cumple con tu deber, Fustiano.
El prefecto manoseó nerviosamente su estilete, dividido entre el deber
y aquel afecto que, nunca lo había dudado, le unía todavía al tracio.
De repente, la visión de Cómodo empujándole y él, Fustiano, en el
vivero ante las miradas de una muchedumbre que se tronchaba de risa
acudió a su memoria. Abandonó la silla curul y se dirigió a la ventana.
—Tal vez habría un medio... —Y, como Calixto seguía sin decir nada,
añadió—: Las minas...
Fustiano regresó hacia el tracio.
– Sí, ya lo sé, tal vez sea una muerte lenta, otra forma de horror. Pero
¿quién sabe...? Con un poco de suerte. ¿Qué opinas?
Calixto se esforzó en sonreír.
– Sigo sin ser nadie. Tú eres Fustiano Seliano Pudens, prefecto de la
ciudad. ¿Tengo elección? Sólo puedo estar agradecido de que intentes, una
vez más, hacer algo por mí. Te lo repito, cumple con tu deber.
—¡Ah, me exasperas! ¡Mi deber, mi deber! Sólo sabes decir esa
palabra. Mi deber me obligaría a entregarte al Emperador. ¡A las fieras, a la
tortura!
«Vivir primero, luego filosofar.»
Hizo un gesto irritado con la mano y gritó:
– ¡Valerio!
El legionario apareció enseguida.
– Refréscame la memoria. ¿No hay previsto para mañana un envío de
prisioneros a Cerdeña?
—En efecto. Una trirreme debe zarpar con veintidós cristianos
condenados, según la lista que tú mismo estableciste.
—Perfecto. Sin embargo, hay que rectificar un punto: no serán
veintidós, sino veintitrés. —Señaló a Calixto con el dedo—. Este hombre
los acompañará. Déjanos ahora. —Dirigiéndose al tracio, Fustiano
prosiguió—: Ciertamente, Cerdeña no es Capri, pero puede hacernos ganar
tiempo. Quién sabe... Al fin y al cabo, los tiranos no son eternos.
Calixto dio unos pasos y posó su mano en el hombro del prefecto.
—Sé que va a parecerte curioso, pero, dejando al margen el hecho de
evitar la muerte, formar parte de ese grupo de condenados casi me
encanta...
Fustiano le miró, atónito. Luego, colérico, arrojó el estilete contra la
pared.
47
Cerdeña, mayo de 191
Las minas de Cerdeña, formadas por yacimientos de zinc y plomo,
rivalizaban con las de Galia, Hispania y Dacia.
Habían desembarcado allí, a la sombra de las escalonadas mesetas
dominadas por la achaparrada montaña, en el centro de la vasta llanura
llamada del Campidano.
El clima era húmedo y transformaba el aire en un pesado vapor
difícilmente respirable.
Desde hacía casi dos horas, los penados avanzaban en apretadas filas.
Calixto levantó los ojos al cielo. La masa opaca de las nubes anunciaba la
proximidad de la tormenta. La lluvia, tan esperada desde hacía seis meses,
iba a caer por fin sobre la isla.
Seis meses ya...
La mina se perfiló en el flanco de la colina. La mina, con su fardo de
sufrimientos cotidianos. Un calvario que la toxicidad de los humos hacía
insoportable.
Para trocear las rocas, los que dirigían el trabajo sólo habían
encontrado un medio: las rocas eran caldeadas hasta temperaturas muy altas
y, luego, regadas. Se producía así una considerable evaporación de gas, que
desgastaba cada día más los pulmones de los condenados. Estaban también
las infiltracionesde agua que aparecían intermitentemente y empapaban el
suelo donde, pese a todo, era necesario trabajar día tras día.
Calixto se limpió maquinalmente la espesa capa de barro que se
adhería a su frente y sus mejillas y siguió avivando el fuego bajo las rocas.
Hacía tres semanas que le habían asignado aquella tarea. Al principio,
se había dicho que no lo resistiría. Pero con el paso de los días y la ayuda de
la costumbre se había vuelto indiferente. Había concluido que tal vez la
muerte no le quisiera todavía.
Ya en los primeros tiempos de cautiverio fue llevado a presencia de los
confesores de la Fe. Casi todas las noches, a espaldas de los guardias, se
reunían en la penumbra para dar gracias al Señor, convencidos de que con
su sufrimiento contribuían a una mayor gloria de Dios. Poco importaba
pues el tormento del cuerpo, puesto que el alma, intacta, obtenía de otra
parte su sustancia.
La llamada de la campana le arrancó de sus pensamientos.
– El cielo ha acabado por escucharme — susurró una voz a pocos
pasos.
Se volvió y, a la móvil luz de las antorchas, reconoció a Khem, un
esclavo fenicio condenado por haber asesinado a la esposa de su amo. No
tenía más de veinte años, pero aparentaba diez más. Los tres años que
llevaba allí habían tallado su rostro como con un buril. Cuando sonreía, su
piel seca se resquebrajaba como un viejo papiro.
—Sí, Khem, el cielo nos ha escuchado. Llueve.
Estaban ahora fuera de la galería. Las nubes se vaciaban sobre la
llanura y trombas de agua cerraban el horizonte, haciendo casi nula la
visibilidad. El monte Limbara, que se encontraba adosado al campamento y
casi podía tocarse con la mano cuando hacía buen tiempo, se había
convertido en un sudario.
—Claro que, como siempre, tu Dios exagera. Le pedíamos una lluvia
reparadora y nos suelta un diluvio.
—Ya te lo he dicho, Khem, es un Dios de infinita generosidad.
—La pitanza es infame, pero creo que hoy será definitivamente
indigesta. Sospecho que los guardias han dejado deliberadamente la sopa al
aire libre.
—¡Andando! ¡Andando! Si tanto os gusta la lluvia, os haremos dormir
al raso.
Para dar más firmeza a sus órdenes, el guardia intentó, aunque en
vano, hacer restallar su látigo contra el inundado suelo.
Necesitaron más de media hora de camino para llegar al campamento.
Allí, Calixto pudo comprobar que el fenicio había acertado. No habían
tomado precaución alguna para preservar su comida de la tormenta.
Alineados en interminables filas, les sirvieron una mixtura amarillenta
y fría, más cercana a la deposición que al puré de pescado.
Khem devolvió su escudilla, asqueado.
– Es infecto...
– Si no te gusta —bramó el guardia señalando el rocoso suelo—, no
faltan piedras ni abrojos.
La reacción del fenicio fue tan temeraria como imprevisible. Con un
rápido y rabioso movimiento arrojó su escudilla a la cara del guardia.
—¡Toma, comienza pues sirviéndote!
Siguió un indescriptible tumulto, como si los demás penados no
hubieran hecho sino aguardar esa señal. Khem golpeaba con rabia.
—¡Basta! —gritó Calixto—. ¡Has perdido la cabeza! ¡Basta!
Se precipitó hacia su compañero para intentar separarlo del guardia.
Pero Khem, agarrado al otro, ya no le oía. Aquella reacción era su modo de
expresar todo el odio acumulado durante tres años. Estaba sordo y ciego.
Nadie habría podido hacerle entrar en razón.
A su alrededor los penados habían derribado los caballetes sobre los
que descansaban las marmitas y, bajo el diluvio, que como por un hecho
extraordinario había multiplicado su furia, las siluetas se empujaban unas a
otras en el aire empapado, como fantasmas devueltos bruscamente a la vida.
Calixto, cubierto de barro, se debatía a duras penas en el centro de
aquel tumulto de fin del mundo.
Pensó: «Nos matarán a todos.»
– Khem... —suplicó.
Pero su voz se perdió entre los gritos que brotaban por todas partes.
De pronto, con la misma rapidez con la que se había iniciado, la
rebelión cesó. Una lluvia de lanzas acababa de caer, hiriendo a algunos
penados. Khem, el primero en ser alcanzado, había caído al suelo, y un
espeso hilo de sangre brotaba de su pecho.
Khem...
La tropa había tomado posiciones alrededor de los rebeldes.
– ¡Por Némesis! ¡Vamos a enseñaros a oponeros al derecho y el orden!
El tribuno que acababa de hablar dio unos pasos hacia los petrificados
prisioneros.
—¿De modo que no os gusta lo que os servimos? ¡Pues a pan y agua!
Les daréis sólo eso hasta nueva orden. Y ahora, ¡mandad a esa carroña a sus
yacijas!
Calixto intentó inclinarse sobre los despojos de su amigo, pero una
espada apoyada en su espalda le obligó a dirigirse hacia los barracones.
Por décima vez en el transcurso de la noche, Calixto pasó el trapo
húmedo por la frente febril del enfermo. Los rasgos ardientes se relajaron
un poco y el hombre movió imperceptiblemente los labios.
—Decididamente —gimió—, te doy muchas preocupaciones...
—No hables, tienes que permanecer tranquilo... Guarda tu energía para
tiempos mejores.
—¿Tiempos mejores? ¿Volveremos alguna vez a Italia?
—Sí, volveremos a Italia. Tienes que creerlo.
Y decir aquellas palabras le hizo, al mismo tiempo, tomar conciencia
de que no tenían sentido.
Se levantó entonces y fue a apoyarse en el tibio muro de la ergástula.
Dirigió su atención al hombre que comenzaba a adormecerse y repasó
mentalmente las circunstancias de su encuentro.
Había sucedido dos meses antes. En el centro de la galería donde
trabajaba sonó un rugido, seguido inmediatamente por unos gritos y el
silencio. Un silencio opresivo, tan pesado como toda la colina que se
levantaba sobre las traviesas. Los penados se miraron, petrificados, unidos
por el mismo pensamiento: un derrumbamiento. Aquella amenaza los
acechaba cotidianamente, en cualquier rincón de la galería.
Se produjo una nueva sacudida, más sorda ya. En alguna parte, arriba,
las paredes estaban cediendo. Un torbellino de arena y cascotes cayó sobre
los hombres y provocó un movimiento de pánico, al mismo tiempo que,
dominando el crujido de las vigas, se oía la voz de alguien pidiendo ayuda.
Una sacudida más violenta aún hizo que todos corrieran desordenadamente
hacia la salida.
—Por compasión... ¡No me abandonéis!
Por más que Calixto abría los ojos, el muro de negras volutas que se
había formado hacía nula la visibilidad. La voz procedía del otro extremo
de la galería. No lo dudó. Dio media vuelta y se sumió en las tinieblas.
El aire se hacía cada vez más irrespirable. Los gemidos seguían siendo
imperceptibles. Se podía distinguir vagamente, a través de las capas de gas
y humo, un cuerpo tendido. Sólo el tronco sobresalía entre los escombros;
los miembros inferiores habían quedado aprisionados en una jaula de rocas.
Tan deprisa como pudo, comenzó a apartar las piedras amontonadas.
El hombre gemía, jadeando. Unicamente quedaba un bloque. Calixto se
inclinó, apoyándose con pies y rodillas en el pedregal, pero la roca ni
siquiera se movió. Agotado a causa del aire enrarecido, se incorporó.
Pronto, su vida valdría muy poco.
Escudriñó la oscuridad hasta descubrir, por fin, una viga cubierta por
un montículo.
Retrocediendo, introdujo la improvisada palanca entre la tierra y la
roca. Por fin, a costa de repetidos esfuerzos, consiguió levantarla
ligeramente.
—¿Puedes moverte? Inténtalo... Es el único medio de salvarte.
El herido parpadeó. Con la ayuda de los brazos, comenzó a moverse
lentamente.
A Calixto le pareció que transcurría una eternidad antes de que la parte
inferior del cuerpo quedara libre. Sólo entonces dejó caer la viga, que cayó
al suelo con un ruido sordo.
—¿Cuál es tu nombre?
Fue la primera pregunta que le hizo el hombre cuando recobró el
conocimiento.
Calixto acabó de vendar la herida de su pierna antes de responder:
—Calixto.
– No lo olvidaré, Calixto. Yo me llamo Zephyrin.
– Es curioso, es la primera vez que te veo. Y creía conocer a la
mayoría de los prisioneros.
—No tiene nada de extraño. Llegué anteayer por la noche.
– Ahora debes dormir. Dormir y rezar para que tu herida no se infecte.
Mientras cubría a Zephyrin con una delgada manta de lana gala, éste
preguntó de nuevo.
– ¿Por qué has arriesgado tu vida?
Calixto respondió con una pizca de ironía.
– ¡Quién sabe! Tal vez me aburría. O tal vez tenía ganas de morir a tu
lado.
—¿Por qué delito estás aquí? No pareces tener mucho en común con
quienes nos rodean.
—Lamentablemente, te equivocas. Estoy aquí por un desfalco y por
falsificar escrituras. ¿Y tú? ¿De qué crimen eres culpable?
– He sido acusado de la mayor infamia: soy cristiano.
Calixto permaneció pensativo unos momentos, antes de declarar:
—Alégrate, entonces, pues tú y yo somos en cierto modo hermanos...
48
Las laderas del Celio estaban sembradas de aristocráticas mansiones
rodeadas por verdaderos oasis de verdor. En la cima de su poderío militar,
los romanos habían conservado —sin duda a causa de su origen— una
nostalgia y un profundo amor por las cosas del campo. Por ello los más
humildes plebeyos decoraban sus madrigueras con tiestos de flores y los
ricos se empeñaban en recrear, a fuerza de imaginación y de artificios, la
campiña en su propiedad, aunque ésta estuviera situada en plena ciudad.
La villa Vectiliana formaba parte de esas elegantes mansiones.
Cómodo la había donado a Marcia. Y allí se refugiaba la Amazona en
cuanto tenía la posibilidad de hacerlo.
En aquel lugar se reunía con todos los cristianos de Roma, y la
presencia de éstos tenía algo vivificador que le insuflaba el valor necesario
para zambullirse de nuevo en el lodazal de la Domus Augustana, en el
Palatino.
Aquel día, en el declinante calor de la tarde, se encontraba sentada en
un cenador del jardín conversando con dos personajes: el primero no era
otro que Eclecto, el amigo de siempre. El segundo, guía de la cristiandad,
papa y obispo de Roma al mismo tiempo: Víctor. Este último le había
entregado una nueva lista de cristianos deportados a las minas de Cerdeña,
treinta en total, entre ellos el archidiácono Zephyrin. Víctor precisó:
– Zephyrin me es especialmente querido. Es un hombre de gran fervor
y también mi colaborador más precioso.
La muchacha miró al sucesor de Pedro con aire desarmado. Como no
osara responder nada, Eclecto intervino.
– ¿Te das cuenta de lo que estás pidiendo, Santo Padre? Es una tarea
imposible.
– ¿Imposible?
– En cualquier caso, mortalmente peligrosa.
Ambos augustantes comenzaron a exponerle a Víctor la considerable
transformación mental de Cómodo tras el asunto Cleander. Desde que los
motines le habían costado la vida a su favorito, el Emperador se sentía más
amenazado que nunca. El temor —tal vez vagos remordimientos— había
despertado en él el deseo de ponerse bajo la protección de alguna divinidad
tutelar.
– ¿Existe más seguro protector que Nuestro Señor Jesucristo? —
interrumpió vivamente el Santo Padre.
Marcia replicó:
– No una, sino cien veces le he hablado de nuestra Fe, pero mi
influencia parece disminuir a medida que insisto.
Las tradiciones y el temperamento visceral del Emperador le
impulsaban a adorar a las divinidades paganas, con un fervor que lindaba
con el fanatismo.
– Todos los charlatanes de Oriente le acosan, le seducen. Hacen
cualquier cosa para ponerle en contra de nuestra religión, pues saben muy
bien que la enseñanza de Cristo es su más temible enemigo —explicó
Eclecto.
– Además, con el Emperador lo tienen fácil: Cómodo está convencido
de ser la reencarnación de Hércules. Por lo demás, su fuerza física le
confirma en esta creencia.
– Y con el misticismo oriental que reina en la Domus Augustana, no
ha sido difícil hacerle admitir que debía comportarse como un dios
compasivo y un desfacedor de entuertos. Una especie de mago sufriendo
por la humanidad.
—Desgraciado —suspiró Víctor—. ¡Y pensar que tan buena voluntad
pueda utilizarse así en beneficio de la idolatría!
En efecto, conocía perfectamente las consecuencias de aquella
situación. Cómodo, entre otras originalidades, acababa de hacer proclamar a
su padre «Júpiter exsupatorius», como los Baals de Oriente. Se había
fabricado para su propio culto un flamen Herculanus Commodus. Creyendo
proporcionarle la protección divina, le había concedido a Roma la
«dignidad cómoda», y pensaba hacer lo mismo con Cartago, el Senado, el
pueblo, las legiones, los decuriones e incluso con los meses del año para
que todos fueran fastos.
—Al servicio de la idolatría, dices muy bien —aprobó Eclecto—. Pero
¿te percatas de lo que puede desprenderse de esa situación?
– ¿Qué quieres decir?
– Que es muy posible que, siguiendo por este camino, Cómodo se
convierta también en perseguidor.
– Vamos —protestó el obispo—, en ese caso seríais los primeros
sacrificados.
– Naturalmente.
Marcia se estremeció a su pesar y se volvió hacia el chambelán.
– Eclecto, no pensarás realmente que Cómodo pueda...
– Recuerda a Demóstrata. Era tu amiga y también su amante.
– Hacía años que le había abandonado. Ya sólo era la esposa de
Cleander; no había el menor vínculo afectivo entre Cómodo y ella. ¿Por qué
iba a sentir escrúpulos?
– Es cierto, pero eso no impide que la hubiera amado. Y no vaciló en
hacerla degollar, al igual que a sus hijos. Creo que es inútil recordarte en
qué horribles condiciones se desarrolló el drama. ¿Por qué soñar, entonces,
con un destino mejor cuando crea que representamos un obstáculo para su
visión de las cosas?
Marcia se apartó. Su mirada se posó maquinalmente en los zócalos de
mármol que sembraban el parque. Había quitado todas las estatuas que
representaban divinidades paganas. Pero era evidente que su nefasta
influencia permanecía.
—¿Qué hacer? —preguntó, repentinamente inquieta.
– No lo sé —replicó el chambelán en tono abrumado—. Estamos en
una nasa. Un día no lejano, el pescador llevará la red a la orilla y allí...
La fiesta estaba en su apogeo. Músicos, bailarinas, los vinos más raros,
los más ricos manjares. Cómodo lo había querido así.
Desde hacia algún tiempo, no transcurría una semana sin que el
Emperador instaurara nuevas festividades. Era como si, a través de tales
excesos, intentara olvidar el caos hacia el que se deslizaba el Imperio.
Tendida a su lado, Marcia parecía lejana. Tomó un puñado de pasas de
Corinto, pero, tras haberse llevado una o dos a la boca, dejó la fruta.
Aquella noche, ni el cabrito lechal, ni los higos de Siria, ni el vino de
Samos despertarían su apetito.
Le dirigió al Emperador una mirada inexpresiva. Arrellanado en sus
almohadones de seda irisada, éste bebía otra copa de vino de Falerno y miel
griega mezclados, su bebida favorita. En sus pupilas había un brillo que
Marcia conocía perfectamente y que el alcohol volvía algo más irreal.
La joven buscó a Eclecto con la mirada y lo vio en plena conversación
con Emilio Leto, el nuevo prefecto del pretorio. Suspirando contempló, más
allá del torbellino de las bailarinas gaditanas, los lechos donde descansaban
los libertos de la casa imperial, aquellos que detentaban realmente el poder.
A la mayoría, como Papirio Dioniso, que acababa de sustituir a Carpóforo
en la annona, o Pertinax, procónsul de Africa, sólo los conocía de nombre.
Presente también entre los notables, estaba Narciso. El entrenador de
Cómodo era un hombre libre desde hacía poco tiempo. El favor le había
sido concedido a causa de sus leales servicios. Se suponía que aquella
noche se festejaba su manumisión; y sin embargo, su actitud demostraba
que se sentía incómodo, ajeno a ese medio al que le habían trasplantado.
Marcia sonrió para alentarle.
Otros estaban tan poco alegres como él, especialmente los dos
cónsules designados para el próximo año: el senador Ebutiano y Antistio
Burro, pariente del Emperador por alianza. El cargo de cónsul, antaño el
más deseado, se había convertido en el más temido. ¿Acaso no se habían
sucedido cinco magistrados en el espacio de unos meses? Uno de ellos, el
africano Septimio Severo, debía su salvación únicamente a la intervención
de su compatriota Marcia.
De pronto, la joven se sobresaltó, revelando la tensión de sus nervios.
Una mano se había posado en su hombro.
—¿Qué te pasa, Onfale mía? ¿Tiemblas? —murmuró a su oído la voz
del Príncipe.
—Es... es ridículo. ¿Por qué voy a temblar?
Notó que el Emperador soltaba la fíbula que sujetaba su vestido y
dejaba sus hombros desnudos. Una boca de pegajosos labios rozó su nuca.
—De placer, tal vez —prosiguió—. ¿No soy acaso el más maravilloso
de los amantes?
Las torpes manos de Cómodo apartaron la tela del vestido y se
apresuraron a retirar la prenda interior que protegía sus pechos.
Ella, aterrorizada, susurró:
—Soy, en efecto, una mujer colmada, señor...
—Y con razón. Harías mal no siéndolo; sobre todo tras el nuevo favor
que te he concedido.
Con brusco gesto, desgarró la fina tela, liberando los dorados pechos
de su favorita. A su alrededor proseguía la fiesta. Las bailarinas
continuaban su zarabanda y los instrumentos musicales seguían sonando.
Pero algo indefinible había aparecido en el aire y hacía cada vez más tensa
la atmósfera.
—¿Por qué no me respondes, amazona mía.? Treinta cristianos
quedarán pronto libres gracias a tus súplicas. ¿Es ésa la alegría que te
produce?
Furtivas miradas comenzaron a contemplarlos cuando la húmeda mano
del Emperador aprisionó uno de los desnudos pechos de la muchacha.
Mientras Cómodo hacía rodar dolorosamente el pezón entre el pulgar y
el índice, halló fuerzas para replicar.
—César, ¿necesito todavía decirte cómo te lo agradezco?
– Estás fría... De haberlo sabido, no habría cedido tan rápidamente a tu
súplica. Por otra parte —hizo una pausa antes de añadir con ironía—, por
otra parte no es demasiado tarde todavía. Aún puedo cambiar de opinión. El
correo hacia Cerdeña no saldrá antes de que transcurran varios días.
Era una amenaza apenas velada.
La cabeza de Cómodo se inclinó sobre el hermoso rostro de su
favorita, pero esta vez no la besó.
—Pruébame que me agradeces realmente mis favores —dijo con la
expresión repentinamente dura.
—¿Probártelo? Pero ¿cómo quieres que...?
—Los romanos desconocen el verdadero rostro de Venus, la madre de
todos ellos. Tengo el deber de remediar esa carencia. ¿Me ayudarás?
El hecho de que hubiera planteado la pregunta con una especie de
espontaneidad alarmó más todavía a la muchacha. No cabía duda, aquello
había sido premeditado. Pero ¿quién se lo había sugerido al Príncipe?
—¿Qué esperas de mí?
– La gran sacerdotisa de Afrodita, Astarté, es una mujer soberbia. Y en
todo el Imperio, reina mía de Lidia, no hay mujer alguna más hermosa que
tú.
La Amazona sintió que la sangre se retiraba de su rostro. Lo que
Cómodo le pedía era, ni más ni menos, una auténtica apostasía. Todo
quedaba claro. Ciertamente habían sido los idólatras quienes le habían
inspirado al Emperador esa proosición, con el objeto de romper su
influencia y, sobre todo, herir su fe.
—Pero, César, el culto de Afrodita tal como la gente de Asia lo
concibe, implica la prostitución sagrada. ¿Quieres convertirme en una
cortesana?
Era temerario contrariar el misticismo de Cómodo. Lo sabía. Por
mucho que se hubiera preparado mentalmente para el martirio, descubría
que era muy difícil dar el último paso.
—¿Y qué otra cosa haces en palacio? —inquirió el Emperador con aire
desengañado. Y concluyó con una risita zafia—: ¿Crees que ignoro que te
entiendes con el querido Eclecto?
Esta vez, la cólera dominó a la joven. Insultar una amistad tan pura...
Con un brusco movimiento que sorprendió a su amante, se soltó, saltó del
lecho protegiendo su desnudez con los brazos cruzados.
—Eclecto es para mí lo mismo que para ti: un amigo fiel y devoto.
¡Esas palabras son indignas del Emperador!
Tras ello, dio media vuelta, consciente de que esas reacciones
inesperadas impresionaban a Cómodo, al que sabía timorato en el fondo.
—¡Marcia! ¡Te prohíbo retirarte!
La joven se detuvo en seco. El tono empleado le sorprendió.
—¡Acércate! ¡Y tú también, Narciso!
Esta vez, el familiar murmullo de las conversaciones se apagó. Todas
las miradas convergieron en la pareja.
—Mi buen Narciso —murmuró Cómodo en un tono afectado—, no me
ha parecido que tu reciente manumisión te alegrara mucho...
—Claro que sí, amo. Mi felicidad es completa.
—Pues bueno, demuéstramelo. —Y, señalando a su compañera, añadió
—: Nuestra amada Marcia te ayudará con toda su voluptuosidad.
—¡César! —gritaron algunas voces aterradas.
Con el júbilo de un chiquillo gastando una broma pesada, Cómodo
prosiguió:
—Has dicho que no eras una cortesana, ¿verdad? En ese caso, me
complacería que comenzaras enseguida tu aprendizaje.
Narciso lanzó una mirada aterrorizada a la muchacha. Esta, con los
labios apretados, parecía encerrada en sí misma y, salvo por sus pupilas
llenas de lágrimas, ninguna emoción se leía en sus rasgos.
Cómodo se acercó a ella de un salto y le arrancó el cinturón. La larga
túnica blanca cayó al suelo de mármol y su bajo vientre sólo quedó
protegido por un delgado paño.
—¡Mira, pues! ¡Admira qué hermosa es, Narciso! Te concedo este
presente de los dioses.
Asqueados, algunos invitados se apartaron. Entonces,
inesperadamente, Marcia cogió de la mano al joven atleta y dijo con voz
neutra:
—Ven, Narciso. Satisfagamos a nuestro amo si tal es su deseo.
Marcia dio dos pasos hacia la puerta, pero la voz de Cómodo la detuvo
de nuevo:
—¡Ah, no! ¡Aquí! No queremos vernos privados de semejante
espectáculo. ¿No es cierto, amigos míos?
– ¿Aquí?
– Sí, dulce amiga. En el mármol. En el santo suelo.
Narciso y Marcia se contemplaron, igualmente desamparados. Tras un
breve silencio, ella dijo con voz ronca:
—Ven, ven, amigo mío.
Y se liberó de la última prenda.
Tras un instante de vacilación, Narciso se desnudó a su vez. La joven
se había tendido de espaldas en la fría piedra, con las piernas ligeramente
abiertas. Entonces, el hombre se acercó y la cubrió con su cuerpo. Onduló
lentamente sobre ella, con el tórax pegado a sus pechos, y la penetró de
golpe.
Como a través de una neblina, Marcia siguió oyendo la voz del
Emperador, que se dirigía a los dos futuros cónsules.
—No os quedaréis con las ganas, amigos... Mi yegua está a vuestra
disposición en cuanto éste haya acabado de cabalgarla.
49
3 de noviembre de 192
—Que el Señor perdone tus faltas...
Calixto esbozó un signo de bendición sobre la frente del moribundo.
Hacía casi cuatro años que Basilio trabajaba en las minas. Cuatro años,
cuando la mayoría de los condenados no resistía más de dos. Numerosos
eran quienes no veían el final de su primer año. Corroídos, destrozados,
descompuestos por la desnutrición y la sulfurosa atmósfera de las galerías,
o atrapados un día por los derrumbamientos.
Lucio, Emilio, Dudmedórix, Terestis, Fulvio y Khem, por supuesto...
Desde que había desembarcado en aquel infierno, a Calixto le parecía casi
natural ver cómo sus compañeros se extinguían uno tras otro.
«Y Zephyrin no tardará mucho en reunirse con ellos», pensó. Sin duda
habría deseado consolar al infeliz que agonizaba en ese momento ante sus
ojos. El tracio había aceptado, por pura necesidad y pese a considerarse
indigno de ello, convertirse en el vicario de Zephyrin.
Basilio emitió un estertor. Sin saber qué hacer, Calixto le levantó el
busto y llevó a sus secos labios la copa de madera llena de un agua turbia.
Los labios aspiraron maquinalmente algunas gotas; luego, una terrible tos
desgarró el pecho del infeliz. Unas gotas de sangre salpicaron la mano del
tracio. De pronto, la expectoración se detuvo. El cuerpo de Basilio se puso
rígido y sus pupilas se apagaron. Calixto lo dejó suavemente en la yacija y
recitó en voz baja la oración de los difuntos.
Apenas apuntaba el alba gris cuando, con los párpados hinchados y al
límite del agotamiento, se abrió camino entre los cuerpos tendidos de los
penados hasta la celda de Zephyrin.
En cuanto penetró en el pútrido reducto, advirtió una sombra
arrodillada a la cabecera del diácono. Alguien a quien nunca había visto
antes.
—Calixto..., éste es Jacinto —murmuró su compañero—, uno de
nuestros hermanos, un sacerdote. Acaba de llegar de Roma.
El tracio avanzó con el cuerpo pegado a la pared del barracón. Intentó
dominar los febriles escalofríos que sacudían sus miembros y preguntó:
—¿Condenado también?
—No, ha venido a traernos una inesperada noticia.
Calixto interrogó al sacerdote con la mirada.
—Vais a ser liberados...
Y como el tracio, incrédulo, no parecía reaccionar, añadió:
—Sí, liberados. Os ha sido concedida la gracia, y la mano del propio
Emperador la ha firmado.
—¿El Emperador?
—En realidad, su concubina sostenía esa mano...
Calixto cerró los ojos un instante. Los rasgos de Marcia se recortaron,
imprecisos, tras un velo.
—Marcia... —dijo con voz casi inaudible.
—Sí-confirmó Zephyrin—. Gracias a su intervención, treinta de los
nuestros podrán volver a la vida.
—Y tú, ¿cómo te llamas? ¿Cuáles tu número de matrícula? —preguntó
Jacinto.
—Calixto. Matrícula mil novecientos cuarenta y siete.
—Mil novecientos cuarenta y siete... Es curioso —dijo el sacerdote
escudriñando el pergamino, no te veo en la lista. ¿Estás seguro? Tú...
—¡Es imposible! —interrumpió Zephyrin—. Debe estar.
—El decreto sólo afecta a los confesores de la Fe, no a los prisioneros
de derecho común.
—¡Calixto es cristiano!
Turbado, Jacinto consultó su pergamino por segunda vez.
—Es inútil —intervino el tracio—. No fue condenado el cristiano, sino
el culpable de desfalco.
El sacerdote se extrañó.
—Sí, me enviaron aquí por un motivo menos noble que el del resto de
mis compañeros.
—Tal vez no figure en la lista —dijo firmemente Zephyrin—, pero
merece más que nadie ser liberado. Es un hombre de bien. Le debo la vida
y, además, es mi vicario. Es también un alumno de Clemente; él mismo le
instruyó en la Fe. Puedo asegurarte que pocas veces nuestra causa será
servida por alma más devota. Jacinto, tienes que hacer algo...
Una expresión de profunda perplejidad se dibujó en el rostro del
sacerdote.
No había solución alguna. Los treinta nombres habían sido
seleccionados por él mismo, y su liberación aprobada por el Emperador. No
veía la manera de modificar el documento sin que todo el asunto corriera el
riesgo de fracasar.
—Lamentablemente —declaró con tristeza—, lo que me pides es
irrealizable. Créeme, comprometeríamos la libertad de todos.
—En ese caso —replicó Zephyrin—, será su liberación por la mía.
—¡Ni pensarlo! —exclamó Calixto—. ¡Sería una locura!
—Tiene razón. Tu lugar está en Roma, junto al Santo Padre. Te
necesitamos.
Zephyrin movió la cabeza con tozudez y señaló su pierna, envuelta en
lienzos sucios y pegajosos.
—Mira. En Roma no podré ser más útil que aquí. Estoy tullido y mis
huesos se pudren lentamente. Además, puestos a decirlo todo, no creo que
me quede mucho tiempo de vida.
—Zephyrin, has perdido la cabeza —dijo lentamente Calixto—. Sabes
perfectamente qué clase de hombre soy yo. Un vulgar ladrón. Tu vida vale
mucho más que la mía. Irás a Roma con nuestros hermanos. Una vez allí,
algunas semanas de alimento sano y los cuidados apropiados te permitirán
vivir cien años. Abandóname, pues, a mi destino.
Zephyrin se encerró en un mutismo casi infantil. A lo lejos, en el
silencio, se percibía el rumor de las norias.
—Tengo que dejaros —declaró Jacinto algo desconcertado—. Ni
siquiera tenía autorización para veros, sólo para entregar la orden al
responsable de la mina. A él le debo haber podido hablar con vosotros unos
instantes.
—Le conozco —murmuró Zephyrin—. El hombre no carece de
sentimientos. Tal vez...
Adelantándose a la pregunta, Jacinto exclamó:
—¡No! No puede hacer nada por Calixto, arriesgaría su vida.
—Pero tú formas parte de la Domus Augustana. ¡En fin de cuentas
tienes cierta influencia!
Jacinto iba a replicar, pero no tuvo tiempo. El tracio se había erguido.
—Tal vez haya una solución —declaró con voz tensa. Ambos hombres
le observaron, perplejos. Entonces le preguntó al sacerdote—: ¿Figura en tu
lista un tal Basilio?
Treinta y seis horas más tarde, los confesores de la Fe avistaban Ostia.
Ni uno solo había faltado a la llamada.
Sentado en cubierta, con la espalda apoyada en el palo mayor de la
oneraria y las rodillas dobladas contra el pecho, Calixto pensaba que Marcia
acababa indirectamente de salvarle por segunda vez la vida. Por encima de
la borda, clavó la mirada en la línea ondulante de la orilla, que se acercaba
cada vez más.
A su alrededor, los otros veintinueve condenados puestos en libertad se
hallaban agrupados en un rincón de cubierta. Con los rostros curtidos,
silenciosos como muertos vivientes similares a él, Calixto, milagrosamente
salvado a última hora. Tal como había supuesto, pudo ocupar el lugar del
difunto Basilio con la complicidad del responsable del penal. Sin
corrupción. La posición de Jacinto en el entorno de César había abogado en
su favor.
Italia... Muy pronto Roma... Su pensamiento se dirigió de nuevo a la
Amazona. ¿Qué sería de ella? ¿Seguía aprisionada en aquella jaula dorada,
atrapada por sus convicciones, encadenada como él mismo lo estuvo en
aquella isla de horror?
Lanzó una mirada hacia Zephyrin. Su amigo había cerrado los ojos y
una curiosa expresión habitaba su rostro; tenía los dedos crispados sobre
una nudosa madera para defenderse del cabeceo.
—Una vez en Roma —preguntó de pronto Calixto—, ¿podré seguir
siendo tu vicario?
Zephyrin entreabrió los párpados y le miró asombrado.
—¿No quieres regresar a Alejandría?
—Creo que seré más útil en Roma. Clemente y los suyos pueden
prescindir de mí. Y me gustaría quedarme a tu lado.
—Estaremos, pues, unidos largo tiempo.
—Debes saber, sin embargo, que el papa Víctor no parece tenerme en
gran estima.
—No temas, me encargaré de convencerle. Y si, a causa de tu pasado,
tu presencia en Roma le molesta, creo recordar que existe un pequeño
puerto, no lejos de la capital, donde vive una reducida comunidad de fieles
que siempre ha tenido necesidad de un sacerdote para sostenerles en su vida
cotidiana. Estoy convencido de que el Santo Padre no tendrá inconveniente
en que permanezcas allí.
50
4 de diciembre de 192
Marcia era una de las escasas mujeres admitidas en el Ludus Magnus,
la escuela de gladiadores situada en el Celio.
Cierto es que, desde hacía algún tiempo, debía dirigirse allí si quería
tener una oportunidad de ver al Emperador. Desde hacía varias semanas, sus
estancias en la escuela eran cada vez más prolongadas, hasta el punto de
que una noche Marcia le dijo, en tono de broma, que acabaría su reinado
siendo más gladiador que César. César no parpadeó, no sonrió. Sombrío,
nervioso, se había convertido en una especie de roca. Y fuera del Ludus
Magnus se mostraba suspicaz, ofensivo, imprevisible; como si se sintiera
rodeado de maquinaciones, puñales y venenos. Sólo entre sus queridos
gladiadores parecía relajarse un poco y recuperar, de vez en cuando, su
humor de antaño.
La litera de la Amazona se detuvo ante el portal del cuartel de la
familia
[75].Con un suspiro, Marcia se levantó y le lanzó un denario de plata al
esclavo pregonero que, provisto de un bastón con puño de marfil, se
encargaba de preceder la litera anunciando las cualidades de su ocupante. El
esclavo se lo agradeció y se retiró de espaldas, multiplicando las
reverencias.
Sin aguardar más, la joven franqueó el portal y penetró en el patio del
Ludus cuando comenzaban a deshilacharse las primeras gotas de lluvia.
Levantó hacia el cielo gris de nubes una expresión contrariada; no le
gustaba entrenarse desnuda en pleno diciembre. Pero hoy no tenía elección.
Tomó entonces conciencia de la insólita atmósfera que reinaba a su
alrededor.
Al revés que los demás días, el patio estaba desierto. Divisó un grupo
bajo el cobertizo situado frente a la entrada. Intrigada, atravesó el gran
cuadrado. La arena mojada por las últimas lluvias se pegó
desagradablemente a la suela de sus sandalias; le pareció que sólo se oía el
crujir de sus pasos. Avanzó con mayor rapidez, revelando la extrema
tensión que la invadía cada vez que debía ver al Emperador. El Emperador...
¿Cuánto tiempo hacía que había dejado de pensar en él como en un amante?
A medida que se acercaba le llegaban murmullos y difusas exclamaciones.
Sólo advirtieron su presencia cuando estuvo a la altura de la columnata.
Entonces las voces callaron como por ensalmo y los rostros adoptaron una
expresión cerrada, lo que aumentó la aprensión de la muchacha. Nunca la
habían recibido de ese modo; incluso creía gozar de cierta popularidad entre
ellos.
—Pero ¿qué ocurre? —preguntó, esforzándose por parecer relajada—.
¿Es el cielo lo que os pone de tan mal humor?
Lentamente y en silencio, las filas se abrieron, dejando al descubierto
la entrada de los vestuarios.
Cada vez más intrigada, la joven cruzó el umbral y quedó
impresionada por la escena. Había allí una decena de hombres, apoyados en
las paredes con los brazos cruzados y la mirada sombría. No tuvieron
reacción alguna al verla aparecer. Toda su atención se concentraba en un
rincón de la estancia. Marcia dio unos pasos más. Sobre una mesa de piedra
yacía un hombre de unos veinte años. Sus ojos estaban abiertos de par en
par; su pecho, inmóvil. Algunas moscas de reflejos metálicos revoloteaban
alrededor de la sangre cuajada sobre una herida en el costado derecho. Al
pie de la mesa, de espaldas a Marcia, había alguien arrodillado.
Movimientos convulsos recorrían su cuerpo. El hombre lloraba.
—¿Narciso?
El hombre arrodillado dio un respingo y se levantó de un salto.
La muchacha, pálida, le interrogó con la mirada.
– Ama... —comenzó el entrenador de Cómodo. Pero un sollozo ahogó
el resto de la frase.
La Amazona posó en su hombro una mano que quería ser consoladora.
– ¿Qué ha ocurrido, Narciso? ¿Por qué? ¿Por qué tu hermano...? Estos
son los restos de Antio...
El joven no respondió y ocultó el rostro entre las manos.
– Ve a preguntárselo a tu querido amante —ironizó entonces uno de
los gladiadores, al otro lado de la estancia—. Te describirá sin duda la
voluptuosidad que siente asesinando a un joven de veinte años.
Marcia se desconcertó. Señaló con el índice el cadáver.
– ¿Cómodo? ¿Ha sido él?
Narciso respondió:
– Sí... Locura-balbuceó—, locura...
– Te lo ruego, explícate.
– Ya sabes que el Emperador y yo somos discípulos del dios Mitra.
La joven asintió.
– Para su desgracia —prosiguió Narciso—, mi hermano Antio deseó
unirse a nuestra fe.
– Para su desgracia, en efecto...
Y Narciso, olvidando en su emoción la elemental discreción que debía
observar todo iniciado en los «misterios», especialmente con las mujeres,
comenzó a explicarse.
Cómodo había consagrado, hacía poco, una sala al culto de Mitra: el
pronaos, en la Domus Augustana. Allí se reunían los oficiantes, sin
distinción de origen o de clases, pertenecientes todos a palacio. Iban
vestidos de acuerdo con su rango mitriático: los Prometidos, envueltos en
un velo ígneo; los Leones, con un manto rojo; los Persas, con una túnica
blanca. El, Narciso, en su calidad de Heliodromo, iba vestido de púrpura
galonada de oro. Por orden jerárquico, era la segunda dignidad, justo por
debajo de la del Padre, ostentada por Cómodo. El Emperador había
accedido a aquel rango por un favor especial, sin pasar por las etapas de
iniciación, pues era inimaginable que un «ser divino» ocupase una posición
subalterna.
Como mistagogo
[76]*de su hermano, aquella mañana le guiaba Narciso. De acuerdo
con el ritual, Antio iba desnudo y llevaba los ojos vendados. Ambos
avanzaban entre el móvil resplandor de las antorchas y los braseros
encendidos a la sombra de las imágenes pintadas, entre el brillo de las telas
y los ornamentos sacerdotales de vivos colores.
—La iniciación de Antio había comenzado bien —prosiguió Narciso
—. Yo sujetaba una corona por encima de su cabeza, mientras los iniciados
lo sometían, uno tras otro, a las pruebas habituales: la del agua, la del fuego
y las demás. El Padre debía infligir la última prueba.
—La ejecución —añadió el gladiador que había intervenido unos
momentos antes.
—¿La ejecución?
—En realidad, debía limitarse a una leve herida —prosiguió Narciso
con voz sorda—. Y Antio, como exige la tradición, se habría desplomado,
fingiendo estar mortalmente herido. El Emperador habría cortado entonces
las cuerdas que ataban sus muñecas y le habría invitado a quitarse la venda
para contemplar el brillo de su «nueva vida».
El resto era fácil de adivinar.
—Naturalmente, Cómodo no se ha limitado a ese acto simbólico —
anticipó Marcia.
El joven iba a responder cuando a su espalda sonó una voz.
– ¡Narciso! ¡Por lo que parece, estás hablando de los misterios!
Al unísono, todas las miradas convergieron en la entrada de los
vestuarios. Cómodo se hallaba de pie en el umbral, rodeado por los ocho
germanos que componían, desde hacía poco, su guardia personal.
—Sólo me explicaba la muerte de su hermano —intervino rápidamente
Marcia. Y añadió muy deprisa—: ¿Por qué, César? ¿Por qué?
—Antio debía morir para renacer en una vida mejor —replicó Cómodo
impasible y con la mirada fija, desorbitada—. Me correspondía a mí hacer
el gesto, tal como exigía mi papel de Padre.
—¡Pero sólo debía ser un simulacro! ¿No ves que, ahora, el pobre
Antio ha muerto y ya nada le hará renacer?
—Si Mitra no le ha resucitado, es porque no debía de ser digno de ella
—fue la única respuesta del Emperador.
Aterrorizada, Marcia recordó entonces que le habían contado que,
desde hacía algún tiempo, el Emperador exigía a los sacerdotes de Isis que
se flagelaran con escorpiones y no con simples zurriagos de cáñamo.
Además, había abolido el edicto de Adriano que prohibía las
mutilaciones voluntarias, para que los sacerdotes de Atis pudieran practicar
de nuevo la autoemasculación.
—¡Pero Mitra nunca ha recomendado que se mate a sus discípulos!
—¡Sólo yo detento la verdad! Hasta ahora, los Padres se prestaban a
un ridículo subterfugio, pero yo restableceré el culto en toda su pureza.
¿Queda claro?
Un silencio acogió estas palabras, un silencio que nadie se atrevió a
romper.
De regreso a la Domus, la litera de Marcia se cruzó con la densa
muchedumbre que se dirigía al anfiteatro Flavio. La joven le ordenó
inmediatamente al esclavo que abría paso que no gritara su nombre. En los
tiempos que corrían, cualquier persona sospechosa de moverse en el
entorno del Emperador era víctima de acciones de odio y desprecio. Como
si la plebe, al no atreverse ni poder castigar a su Príncipe, hubiera decidido
dirigir sus resentimientos hacia sus íntimos.
Marcia se puso discretamente el velo sobre el rostro para evitar ser
reconocida.
Por un instante, se sorprendió envidiando la beatitud en la que aquella
gente parecía complacerse. La descomposición del Imperio, Roma
mancillada por los bárbaros... Nada parecía turbar su tranquilidad, siempre
y cuando no les privaran de aquellos dos alimentos esenciales: el pan y el
circo.
Recuperando cierta objetividad, la joven recordó qué implacable era la
vida para la gente humilde. Sin distribución gratuita de trigo, la mayoría de
los romanos no habría podido saciar su hambre. En el fondo, los
espectáculos eran el único modo de olvidar, por un momento, la
mediocridad de su existencia. Y el pueblo no reaccionaba contra los tiranos
de modo más violento porque sus excentricidades no le importaban. En fin
de cuentas, los oficiales de la guardia pretoriana no se acercarían una
mañana a un humilde para decirle: «¡César quiere que mueras!» No, las
víctimas de Cómodo ocupaban los puestos más privilegiados de la nobleza
y el patriciado. Hoy, el hijo de Marco Aurelio se comportaba exactamente
igual que sus predecesores, se llamaran éstos Nerón, Calígula o Domiciano.
Naturalmente, Marcia no podía evitar pensar en su propia situación.
Presentía cada vez más que caminaba por el filo de una espada. Y sin
embargo, su espíritu rechazaba con todas sus fuerzas ese temor. Cómodo la
amaba demasiado. Pero ¿no había amado también a su hermana Lucila? Y
había ordenado que la estrangularan, sin el menor escrúpulo, en su palacio
de Capri.
En verdad, si la muchacha se hubiera escuchado, habría embarcado ya
hacia Alejandría. Alejandría, donde tal vez la esperara aún Calixto...
—Hemos llegado, divina —anunció el jefe de los porteadores.
Arrancada de sus pensamientos, Marcia respondió de mal humor,
echando pie a tierra.
—Ahórrame ese apodo, ¿quieres?
Pasó bajo la puerta monumental y atravesó rápidamente el atrio y el
peristilo, donde los árboles despojados por el invierno ofrecían un lúgubre
espectáculo. Iba a cruzar la puerta de su alcoba cuando adivinó, más que
ver, una sombra blanca oculta tras uno de los pilares del pórtico.
—¿Quién está ahí? —preguntó.
No hubo respuesta alguna.
Sintió que un estremecimiento glacial recorría su espinazo. ¿Un espía?
¿Un asesino? Intentando contener los desordenados latidos de su corazón, la
joven se reprochó haberse vuelto tan timorata.
Se acercó resueltamente y descubrió una silueta que salía a la luz.
—¡Filocómodo! —exclamó, aliviada al ver al pequeño paje—. ¿Por
qué te ocultabas?
El niño tenía la tez pálida y los rasgos descompuestos. Huellas de
lágrimas se veían en sus mejillas.
—¿Qué te pasa? ¿Te han pegado?
Conocía a Filocómodo desde hacía largo tiempo y sabía que, de vez en
cuando, entregaba su cuerpo a Cómodo o a otros libertinos de palacio. Por
ello había visto en él a una víctima, como ella misma, y lo había tomado
bajo su protección, esforzándose por reemplazar a la madre que el niño
nunca había tenido. Pese a su gesto defensivo, lo atrajo hacia sí. El estalló
entonces en sollozos.
—Pero, cálmate, pequeño —dijo Marcia arrodillándose—, y cuéntame
tus desgracias.
– No..., no se trata de mí —tartamudeó el paje, secándose las lágrimas
con el reverso de su puño cerrado.
—¿No se trata de ti? Dime, dímelo todo...
Tras un momento de vacilación, el niño sacó un delgado rollo de
pergamino y se lo tendió a la joven. Ella lo examinó, intrigada, y se dio
cuenta enseguida de que el sello había sido despegado subrepticiamente, sin
duda con la punta de un puñal al rojo vivo. Marcia conocía esas artimañas
de esclavo. Desplegó con cuidado el rollo y enseguida tuvo la impresión de
ser una brizna de paja agitada por las olas de un torrente.
—¿Cómo... cómo has obtenido este documento?
– El Emperador acababa de hacerme el amor y me había adormecido.
Me despertó poco después el murmullo de una conversación entre él y el
jefe de los statores, su guardia personal. Cuando advirtió que me había
despertado, despidió enseguida al germano y me hizo prometer que jamás
revelaría a nadie lo que había oído. No me costó nada hacerlo: apenas había
tenido tiempo de comprender lo que decían. Pero esta mañana, al alba, le he
sorprendido redactando esto... Ya lo sabes, no acostumbra a ponerse a
trabajar tan temprano. Intrigado, he esperado a que se retirara para echar
mano al documento.
Marcia leyó de nuevo las órdenes dirigidas al jefe de la guardia. No
conseguía convencerse de que no estaba viviendo una pesadilla. Sin
embargo, el sentido del texto era claro y formal: se trataba, ni más ni
menos, de la orden de suprimirla, al igual que a Eclecto y Jacinto, al día
siguiente de las saturnales...
51
26 de diciembre de 192
Aquel mismo día, en el tablino de la Domus Augustana, el chambelán
Eclecto se encontraba con Emilio Leto. Este, tras los saludos de rigor,
preguntó:
—¿Sabes por qué nos ha convocado nuestro joven dios?
—No tengo ni la menor idea —confesó el egipcio.
—Que yo, Emilio, lo ignore, puede pasar: el prefecto del pretorio es
hoy la última persona a la que se tiene al corriente de los acontecimientos.
Pero tú... Siempre me han dicho que la realidad del poder residía en palacio.
—Emilio, te creía lo bastante enterado de los asuntos públicos para no
dar crédito a ese tipo de habladurías que corren entre los plebeyos.
Emilio meditó y, luego, arreglándose nerviosamente los pliegues de la
túnica, preguntó:
—De acuerdo, no sobreestimaré más tu omnipotencia. Sabrás, sin
embargo, si se trata de un asunto de Estado.
El chambelán hizo un gesto vago.
– Hace mucho tiempo ya que dejé de creer en los prodigios. Supongo
que el Emperador nos quiere hacer partícipes de una de sus nuevas
extravagancias.
—¿Acaso le queda aún alguna por cometer? —ironizó el prefecto.
Durante las semanas anteriores, Cómodo, en plena crisis de
megalomanía, había concedido al Senado el insigne título de «Senado
comodiano». Y para que la capital no se sintiera despreciada, había
cambiado el nombre de Roma por el de «Colonia comodiana». No
satisfecho con ello, había llegado a rebautizar los meses del año,
sustituyéndolos por los calificativos que habitualmente le otorgaban:
«Amazonius, Invictus, Heracleus...»
—Si se contentara con esas naderías —suspiró Eclecto—, podríamos
limitarnos a reír. Lamentablemente, el joven loco ha dilapidado también
todo el dinero del Estado. Hoy, en las arcas, ya sólo quedan ochenta mil
sestercios.
—¿Qué dices?
—He hecho las cuentas esta misma mañana.
—En estas condiciones, el viaje que pretende hacer a Africa, siguiendo
el ejemplo de Antíoco, se convierte en una locura.
—O, sencillamente, en una estratagema para llenar el cesto
[77].
—No te comprendo.
– Reflexiona. ¿Por qué crees que nuestro Hércules ha decidido que le
paguen sus exhibiciones de gladiador? ¿Por qué piensas que ahora quiere
recibir suntuosos regalos en cada uno de sus aniversarios?
—¿Acaso con el fin de poner a flote sus fondos personales?
El chambelán inclinó gravemente la cabeza.
—Acaba de solicitar al Senado, aunque en realidad sería más justo
decir a los senadores, que le preste el dinero del viaje. Luego,
probablemente, se las compondrá para obtener un «pequeño beneficio». Sin
contar con lo que les sacará a las ciudades africanas.
El rostro de Emilio se ensombreció un poco más.
– Hay que impedir a toda costa ese viaje. Soy originario de Thaenae,
en Africa, y no soportaría la idea de que...
—¿Qué es lo que debemos impedir, Emilio?
Ambos hombres se volvieron al unísono. Centrados en la
conversación, no habían oído llegar al Emperador. Se apresuraron a
disimular su turbación con solemnes saludos.
Cómodo iba acompañado por los hombres de su guardia privada.
Regresaba, aparentemente, de su entrenamiento, con los rizos de la
cabellera y la barba húmedos todavía de sudor. Durante unos momentos,
que parecieron una eternidad, miró de arriba abajo a sus interlocutores.
Eclecto se decidió a romper el silencio en primer lugar.
—¿Deseabas hablar con nosotros, César?
– En efecto. Quería informaros de que, en adelante, me alojaré en el
cuartel del Ludus Magnus. Los gladiadores me servirán de pretorianos.
Emilio no pudo evitar una observación:
—No te comprendo, César. ¿No tienes ya confianza en tus fieles
guardias? Sin embargo, sabes cuan adictos te son.
—Sí. Por otra parte, pago bastante caro su afecto. La guardia sabe que
cualquier príncipe que me reemplazara sería, sin duda, menos generoso de
lo que yo lo soy. Pero, ya ves, pese a todo, esos soldados de desfile no me
inspiran ya confianza. Estoy seguro de que, en la arena, daría cuenta de
ellos de tres en tres y sin esfuerzo. Sólo el valor probado de los mejores
combatientes del Imperio puede proteger dignamente el valor de César.
—¿Es ésa una razón para infligir a los pretorianos la vergüenza de...?
—¡Ya basta, prefecto! Tu papel no es discutir mis órdenes. A menos,
naturalmente, que tengas un motivo secreto para no querer verme en el
Ludus Magnus. ¿Es así?
—¿Un motivo, César? Ninguno. Evidentemente, se hará según tus
deseos. Sin embargo, permíteme que deplore esta decisión.
—Y tú, Eclecto, ¿sientes las mismas reticencias?
La vida de la corte había acostumbrados al chambelán a la
impasividad. Se inclinó, con el rostro tan tranquilo e indescifrable como una
estatua de mármol.
—Ningún escrúpulo, César. Sólo espero que estés tan seguro allí como
entre tus amigos y...
—¡Amigos! ¡Amigos! ¡Querrás decir conspiradores! Ocúpate de
trasladar mi mobiliario. Espero que todo esté perfectamente instalado para
las saturnales. ¡Portaos bien!
Dio media vuelta antes de que ambos hombres, que le saludaban, se
hubieran incorporado. Estos se miraron, aterrados; luego, seguros ya de que
el Emperador estaba lejos, Eclecto suspiró:
—Bueno, mi pobre Emilio, por lo que parece, la hoja ha silbado muy
cerca de nuestro cuello.
El prefecto se secó con la palma de la mano las gotas de sudor que la
emoción había hecho brotar en su despoblada frente.
—El Imperio se derrumba y nuestro joven dios sólo se preocupa por
sus gladiadores... Escúchame, Eclecto, es preciso hacer algo.
El chambelán, cansado, se encogió de hombros.
—Lo único que podemos hacer es obedecer.
—No me has entendido. Pero mejor salgamos de aquí. No tengo deseo
alguno de una nueva confrontación.
Instantes más tarde llegaban al atrio del palacio. Las saturnales se
aproximaban y la habitual fiebre del Palatino había aumentado
sensiblemente. Aquella fiesta, que iba a saludar el regreso de las fuerzas del
Sol, se había convertido en el acontecimiento popular por excelencia. La
tradición, en efecto, imponía que aquel día todas las jerarquías se
invirtieran. Los amos servían a los esclavos y éstos mandaban a sus señores.
Se intercambiaban regalos y era el momento de las visitas inesperadas. Un
viento de locura soplaba en la capital.
Ambos hombres estuvieron a punto de chocar con un pequeño grupo
de pajes imperiales, instalados en círculo, que jugaban una partida de taba.
—¡Esfumaos! —ordenó Emilio dispersando el juego de un puntapié.
Los muchachos no se lo hicieron repetir. Se eclipsaron lanzando hacia
ambos hombres furiosas miradas.
– Te equivocas maltratándolos así —comentó suavemente Eclecto—.
En fin de cuentas, están en su derecho.
—Si toda esta turba fuera menos servil con su Príncipe, Roma y el
Imperio se hallarían en mejor estado.
—¡Quién sabe! —sonrió el chambelán—. Tal vez es exactamente lo
que piensan de nosotros.
– ¿Debo suponer que no verías con malos ojos la desaparición de ese
chiquillo incapaz y libertino?
—Sin duda el aire resultaría más respirable. Pero ¿qué sería del
Imperio?
—No son candidatos a la sucesión lo que falta.
—Sin duda, pero...
Calló para saludar a un joven atleta vestido con lujosos ropajes, que
pasaba a su altura. Se trataba de Onon, que, gracias a su excepcional
virilidad, se había convertido en el favorito del Emperador.
—Sin duda —prosiguió Eclecto—, pero recuerda la guerra civil que
desgarró el Imperio tras la muerte de Nerón. Eso debe evitarse a toda costa.
El prefecto del pretorio reflexionó unos instantes.
– Lo ideal sería recurrir a la solución que empleó el viejo emperador
Nerva. Sabiendo que no le quedaba ya mucho tiempo de vida, designó
como sucesor al jefe de uno de los principales ejércitos de Roma.
Atemorizados por la fuerza militar, nadie osó discutirle su legitimidad.
—¿Y piensas en ese jefe? ¿En alguien en especial?
Emilio alisó un pliegue de su túnica. Al llegar a este punto de la
discusión, tomó de pronto conciencia de que estaban elaborando, ni más ni
menos, los contornos de un golpe de Estado. Al fin y al cabo, tal vez
hubiera llegado la hora respondió:
—Sí. Septimio Severo está al mando de las legiones del Ister. Y es,
como nosotros, originario de Africa, lo que podría ser una ventaja.
Eclecto hizo una mueca.
—Te aprobaría si estuviera seguro de que el Senado se uniría a su
candidatura. Lamentablemente, nada es menos cierto.
—¡Y sin embargo debe de haber un medio!
—También yo lo creo. Me pregunto, además, si no estará en la idea
que mencionabas hace un momento.
—¿Cuál?
—Recurrir a un nuevo Nerva. Un personaje lo bastante respetable
como para que todos lo acepten y lo bastante mayor como para que no
tenga más remedio que designar rápidamente un sucesor.
Una sonrisa iluminó los rasgos de Emilio.
—Bien reconozco aquí la sutileza... egipcia. ¿Cuál es tu candidato?
Deja que lo adivine... ¿El viejo Pompeyano?
—Error. Prometió a Marco Aurelio que velaría por Cómodo. No,
pienso más bien en otro de sus compañeros: Pertinax, el ligur.
—¿El que sustituyó a Fustiano en la prefectura de la ciudad? Pero si es
un homo novus.
—¡Sin duda! De todos modos adquirió bastante gloria en la guerra
contra los bárbaros y bastante fortuna para ser uno de los primeros del
Senado.
– Admitámoslo —suspiró Emilio—. Sin embargo, seguimos sin
abordar el elemento clave: ¿cómo librarnos del... obstáculo?
– Todavía ayer las cosas habrían sido relativamente sencillas. Ahora,
cuando ha decidido alojarse en el Ludus Magnus, será como atacar un nido
de avispas a rostro descubierto.
– ¡Maldito mocoso! ¡Es como si hubiera presentido nuestro proyecto
antes incluso de que habláramos de él!
– Vamos, tranquilízate. No creo que el asesinato de un emperador, por
bien protegido que esté, sea una tarea insuperable; y la historia de este país
lo ha probado ampliamente. La ocasión, Emilio, la ocasión y la providencia.
Nosotros, los orientales, sabemos confiar en las leyes de la fatalidad.
Paciencia...
Al anochecer de aquel mismo día, cuando Jacinto se cruzó con Eclecto
en el camino de la villa Vectiliana, llovía a cántaros.
– ¿De modo que también tú has recibido una convocatoria del
Príncipe? —dijo el sacerdote conduciéndole bajo el abrigo de un balcón.
– ¿Una convocatoria del Príncipe? No. Me ha mandado llamar Marcia.
Jacinto hizo un gesto de impaciencia.
– También a mí. Pero ella nunca se permitió interrumpir nuestras
actividades en palacio. Por ello deduzco que debe de tratarse de César.
El chambelán movió la cabeza.
– Lo repito, te equivocas. Cómodo reside ahora en el Ludus Magnus.
– ¿Y qué? Para regresar a la villa Vectiliana sólo debe dar diez pasos.
Ambos edificios están en el Celio.
Eclecto pareció turbado por la observación.
– En ese caso, haríamos bien apresurándonos.
Ambos hombres se pusieron resueltamente en camino bajo las trombas
de agua.
– ¿Es cierto lo que se dice? —preguntó Jacinto estremeciéndose—. Se
murmura que, el día de las saturnales, Cómodo se propone desfilar por
Roma vestido de secutor, acompañado de una escolta de gladiadores.
– En efecto.
—¡El príncipe de Roma con unos seres que resultan infames para los
propios gentiles! ¡ Ah! ¿Cuándo llegará el reino de Dios?
Ante ellos se irguió la masa austera de la villa Vectiliana.
—¿Condenados a muerte? Pero ¿por qué?
Jacinto, con el rostro gris, crispó nerviosamente las manos mientras
repetía, aterrado, la pregunta.
—En el caso de Eclecto y en el tuyo, supongo que esta condena no
tiene ninguna razón de ser —respondió Marcia resignada—. En el mío, tal
vez sea, como escribió Pablo, porque el precio del pecado es la muerte.
Toda mi corrupta existencia, todos esos extravíos... O bien, por razones
misteriosas, el Emperador ha considerado que represento un peligro para él.
Jacinto contuvo un estremecimiento de angustia. Hasta aquel día, el
hecho de frecuentar el palacio había proporcionado al sacerdote una
sensación —aunque relativa— de seguridad. La perspectiva del martirio
siempre había sido una idea más o menos vaga, algo irreal. Ver que ahora
esa idea se concretaba, le volvía bruscamente frágil, humano. Dijo en voz
baja, casi tímidamente:
—Quizá podríamos evitar este fin...
Eclecto le observó en silencio y recordó las palabras de Cristo: «El
espíritu está pronto, pero la carne es débil.»
—Huir —comentó Marcia con voz neutra.
Jacinto prosiguió, como excusándose:
– Pensad en Pablo... En fin de cuentas, cada vez que tuvo la ocasión de
evitar el suplicio, la aprovechó. No sería humillante que lo evitáramos.
—Jacinto tiene razón —les dijo a su vez Marcia—. Nos quedan
todavía algunas horas. ¡Salgamos de Roma!
El chambelán meditó unos instantes. Sólo él había mantenido aquella
dignidad, algo rígida, que los romanos denominaban «gravitas». Recorrió
maquinalmente su labio inferior con el dedo índice y declaró por fin:
—Imposible. Para ti al menos, Marcia. Cómodo haría que te buscaran
todos los espías del Imperio. Y prácticamente toda Italia conoce tus rasgos.
Para mí, las consecuencias serían las mismas. Sólo tú, Jacinto, tendrías la
posibilidad de pasar entre las mallas de la red.
El sacerdote se incorporó, con expresión firme.
—Lo confieso, temo el sufrimiento. Pero todavía temo más vivir
cobardemente. Jamás partiré sin vosotros. —Tras unos momentos, añadió
—: Tal vez exista otra solución.
—Existe una, en efecto: asesinar al Emperador.
– ¿Qué dices? —exclamó Marcia.
– Lo repito: eliminar a Cómodo.
– Pero ¿cómo? ¿Y quién ejecutaría semejante acto? ¡Ciertamente no
uno de nosotros! Sería traicionar nuestra Fe —replicó Jacinto con firmeza.
—La muerte de ese personaje no puede ser considerada un acto
reprensible. ¿No veis acaso lo que ocurre? Ya no tratamos con un ser
humano, sino con un demente. Matándole, realizaríamos una acción
saludable.
—De todos modos, esta solución cae en el campo de la utopía —
replicó Marcia—. Protegido, atrincherado tras las paredes del Ludus
Magnus, no hay una sola persona que pueda acercarse a Cómodo sin que su
guardia personal la despedace.
– Te equivocas, Marcia —dijo Eclecto con una extraña mirada—. Esa
persona existe. —Y cuando Marcia le miró con aire interrogativo, precisó
—: Una mujer: tú.
La Amazona saltó literalmente de su asiento.
– ¡Te has vuelto tú también loco, Eclecto!
– Domínate. E intenta reflexionar. Eres la única que puede abordarlo
sin peligro.
– ¡Es una insensatez!
—No, Marcia. Lo sería dejar con vida a ese hombre. Además, hay otro
punto mucho más grave que ninguno de vosotros ha mencionado: no se
trata ya de nuestra suerte, sino de la de miles de cristianos más.
—¿Qué quieres decir?
– ¿Crees realmente que Cómodo se limitará a nuestra muerte? Nos
mata a causa de nuestra Fe. Sabes perfectamente que si hubieras aceptado
convertirte en gran sacerdotisa de Venus, hoy estarías segura. No se
detendrá ahí. Su fanatismo idólatra lo impulsará, sin duda, a terminar con
todos los que no adoran a los mismos dioses que él. Seremos las primeras
víctimas de una larga serie.
—En fin de cuentas, creo que tiene razón —murmuró Jacinto.
Trastornada, la joven le dirigió al sacerdote una angustiosa mirada.
– ¿Y eres tú quien lo dice, Jacinto? ¿Acaso el mandamiento divino ya
no es más que una palabra vana? «No matarás...» ¿Lo has olvidado?
—No olvido las Escrituras, Marcia... Pero se trata de un caso de
legítima defensa.
—Bueno, te escucho, Eclecto. Imagino que tu sugerencia no es
espontánea. ¿Cómo puedo matarle?
—Cada día os entrenáis juntos.
—Sí, pero rodeados de guardias o de gladiadores amigos. Es imposible
intentar algo entonces, sin correr el riesgo de ser atravesada por una lanza o
un tridente.
—Lo sé, pero Cómodo sigue teniendo la costumbre de tomar siete u
ocho baños diarios. Y algunos los toma todavía en tu compañía.
—Es cierto. ¿Qué cambia eso?
—Si recuerdo bien, aprovecha esos instantes de descanso para que le
sirvan unas copas de su vino preferido. En estas condiciones, me parece
que...
Marcia interrumpió al chambelán. Había adivinado su plan.
– Veneno.
– Eso es.
– Por desgracia, hay un fallo, y grande.
– ¿Cuál?
– Una mujer desnuda difícilmente puede ocultar una redoma, por
pequeña que sea.
– ¿Ni siquiera ésta? —preguntó el egipcio introduciendo dos dedos
bajo el brazalete de oro cincelado que rodeaba su muñeca.
Hizo aparecer una minúscula redoma de alabastro, cerrada por un
tapón de cera. Jacinto y Marcia le miraron con ojos desorbitados mientras
decía:
—Puede ocultarse fácilmente entre los rizos. Bastará, cuando llegue el
momento, hacer saltar la tapa con la uña y verter el contenido en el vino. Ni
su color ni su sabor quedarán alterados.
El silencio se apoderó de los tres personajes. Marcia examinó la
redoma, dándole lentas vueltas entre los dedos. De modo que Eclecto lo
había pensado ya. La redoma lo probaba. Formuló una última objeción.
—¿ Has pensado ya en la reacción de la guardia pretoriana?
—Marcia —repuso Eclecto pronunciando con claridad las palabras—,
no habrá guardia pretoriana.
52
31 de diciembre de 192
Helvio Pertinax besó a Cornificia rogando mentalmente a los dioses
que no le castigaran por su excesiva fortuna.
En efecto, para un hombre de sesenta y siete años, disfrutar del amor
de una amante treinta años más joven no era, en sí, una situación corriente.
Pero cuando, además, la amante en cuestión no era otra que la hija de
Marco Aurelio y la hermana de Cómodo César, la cosa resultaba
absolutamente extraordinaria.
¡Qué pasmoso ascenso para el hijo de un ligur liberto que vendía
carbón! Había comenzado en el precedente reinado, durante las guerras
marcomanas. La urgencia de los acontecimientos, la búsqueda del valor y la
competencia eran tales que a los oficiales capaces se les ofrecieron
fulgurantes carreras e inesperadas oportunidades de promoción social. Al
finalizar el reinado, Pertinax se había convertido en senador y ocupado el
consulado. Tras un breve período de desgracia, bajo Cómodo, a
consecuencia de intrigas cortesanas, había sido reclamado de nuevo para los
asuntos públicos a causa de la falta de hombres de experiencia. Y desde
entonces, ya fuera en el gobierno de Bretaña o en el proconsulado de
Africa, el ligur había desempeñado sus tareas con idéntica fortuna. Hoy,
sucediendo en la prefectura de la ciudad a un oscuro amigo de Cómodo, un
tal Fustiano, se hallaba en la cumbre de su carrera. Durante algún tiempo, al
descubrir que su esposa se había convertido en amante de un flautista de
renombre, Pertinax comenzó a creer que los dioses estaban celosos de él.
Pero en la misma época conoció a Cornificia.
—¿No podrías relajarte un poco, aunque sólo fuera durante la noche de
las saturnales? —preguntó, acariciando con dulzura a la joven tendida a su
lado.
Desde la pequeña y oscura alcoba podían oír claramente los cánticos y
las groseras carcajadas de los esclavos reunidos en el triclinio. Tal como
establecía la costumbre, festejaban en lugar de sus amos y se hartaban de
sus manjares y vinos.
Pertinax, considerando que su función de alto magistrado no le
permitía servir en persona a sus hombres, como exigía la tradición, había
optado por cederles enteramente el lugar. Se consolaba diciéndose que, en
el fondo, era un medio como otro de desaparecer en compañía de su amante
durante una larga noche de amor.
—Perdóname —gimió la hermana de Cómodo—, pero tengo un
horrible presentimiento. Temo que se prepare una gran desgracia.
Pertinax irguió la cabeza.
—¿Piensas así porque tu hermano te ha hecho una confidencia
especial?
Estaba demasiado oscuro para que pudiera distinguir los rasgos de su
amiga, pero cuando ésta respondió lo hizo con un matiz de asco en la voz.
—Mi hermano... Sabes muy bien que nos ignoramos por completo y
que me niego a verle.
—Y haces mal...
– ¡Cómo puedes decir eso! Se atrevió a ordenar el asesinato de nuestra
hermana Lucila y de mi cuñada Crispina. Se mezcla cada día más con la hez
de Roma. ¡Es un monstruo! ¡Jamás comprenderé cómo un ser tan admirable
como fue mi padre pudo engendrar semejante ralea!
Sensible a la rebeldía de su joven amante, el prefecto de la ciudad
depositó un beso en su mejilla.
—Hablaba por tu bien. Cómodo es implacable con quienes sospecha
que se le oponen, incluso..., iba a decir sobre todo, si son de su familia. El
alejamiento de la corte, tu distanciamiento de la Domus Augustana no
mejora vuestras relaciones. He sabido que, últimamente, ha hecho suprimir
a una de vuestras tías maternas que estaba en Acaya.
—¡Zeus omnipotente! ¿Por qué no me hablaste de ello?
—No quería asustarte. Sin duda hice mal. Sin embargo, insisto: tu
voluntad de exilio supone un peligro real. Permíteme, por tu seguridad, que
intente reconciliarte con el Emperador.
Un estremecimiento recorrió el espinazo de Cornificia, que abrazó
instintivamente a su amante.
—Eres tan bueno y tan recto —dijo, pasando sus dedos por la sedosa
barba de Pertinax—. Sin ti estaría sola por completo en esta ciudad donde
ya sólo reinan el miedo y la delación.
—¿Por qué te atormentas así, Cornificia? No debes hacerlo.
—Lo sé, pero soy incapaz de controlar la angustia que domina todos
mis pensamientos. Especialmente desde hace unas semanas. Los signos y
los prodigios se multiplican. Sólo citaré, como ejemplo, el seísmo del mes
pasado.
Esta vez fue Pertinax quien se vio dominado por una corriente glacial.
Como todos los romanos, creía a pie juntillas en las advertencias de los
dioses, y también él había detectado una inquietante sucesión de extraños
fenómenos.
Permaneció tanto tiempo en silencio que Cornificia creyó que se había
dormido. Se estrechó contra él.
—¡Por Venus! ¿Qué sucede? —preguntó—. De pronto te has puesto
muy pensativo.
—Recuerdo en este momento un incidente del que mi padre me habló
antaño. Según él, el día de mi nacimiento, un potrillo recién nacido
consiguió subir al tejado de la casa familiar. Cuando todos se maravillaban
ante la hazaña, el potrillo resbaló y se estrelló contra el suelo. Inquieto, mi
padre fue a la ciudad vecina para consultar con un adivino. El hombre le
explicó que su hijo llegaría a la cima de los honores, pero que encontraría
allí la muerte. Cada vez que contaba el incidente, mi padre añadía: «Aquel
charlatán se quedó con mi dinero para contarme tonterías.» —Pertinax hizo
una profunda inspiración y prosiguió, como hablando consigo mismo—.
Hoy, cuando pienso en mi situación, me digo que no puedo llegar más alto.
Tal vez, entonces...
—Cállate. No quiero seguir escuchándote. ¡Si te perdiera, moriría!
Con una especie de desesperada avidez, Cornificia se apoderó de la
boca de su amante, estrechándose al mismo tiempo contra su cuerpo como
si quisiera incrustar en él toda su carne. De pronto se quedó inmóvil.
—¡Escucha!
Con el corazón al galope, jadeante, Pertinax respondió:
—No es nada. Sigue así, junto a mí.
En aquellas turbulentas horas, el amor seguía siendo el mejor antídoto
contra la muerte y la angustia.
Pero la joven dio un nuevo respingo. Dos imperativos golpes habían
sonado en la puerta.
—¡Señor Pertinax! —dijo una voz que parecía amenazadora.
Ambos amantes se miraron con ojos turbados.
—¡Señor Pertinax!
La puerta se abrió con un siniestro chirrido.
Cornificia lanzó un grito y se separó del cuerpo del prefecto.
Acababan de irrumpir dos hombres, con una lámpara alejandrina en la
mano. La mujer los identificó inmediatamente. Uno era el chambelán
Eclecto; el otro, el prefecto de la ciudad, Emilio Leto. Dos firmes apoyos de
su hermano. Emilio fue el que habló primero.
—Déjanos, mujer-ordenó—. Tenemos que hablar con el señor
Pertinax.
—Ni hablar —replicó enojada.
Pertinax tomó a su vez la palabra con una voz trémula, pero que fue
afirmándose paulatinamente.
—Os esperaba desde hacía mucho tiempo. Me liberáis de una angustia
que no me ha abandonado ni de noche ni de día. ¡Cumplid, pues, vuestro
infame deber!
—No es momento para el estoicismo —gruñó Emilio, molesto por
aquella artificial grandilocuencia de «viejo romano»—. Tienes que
acompañarnos al campamento pretoriano.
—¿Por qué perder tiempo con lo que, evidentemente, será sólo una
ambigua comedia judicial? ¡Mátame aquí y terminemos de una vez!
—¿Quién habla de matarte? —intervino Eclecto—. Cómodo ha
muerto. Venimos a ofrecerte la púrpura.
Cornificia ahogó una nueva exclamación, poniéndose puerilmente la
mano en la boca.
—¿Debía guardar silencio ante ella? —prosiguió el chambelán en tono
de excusa.
—No tiene importancia.
Pertinax había saltado de la cama. Era un hombre de gran talla, pero
que con la edad había engordado. Su panza colgaba como un odre vacío. Su
rostro estaba adornado por una larga barba que casi le llegaba al pecho y se
le adivinaba impedido por la artrosis de sus miembros. Eclecto sonrió
interiormente, diciéndose que, en tan simple atavío, el futuro César nada
tenía en verdad de impresionante.
—¿Decís que Cómodo ha muerto? Pero..., pero ¿cómo ha sucedido?
—Al salir del baño, hacia la duodécima hora, ha sufrido un ataque y
han sido vanos todos los esfuerzos por reanimarle.
—Pero ¿por qué habéis pensado en mí para reemplazarle? Al fin y al
cabo, que yo recuerde, nunca hemos estado muy cerca.
—Si fue así, debes saber que no somos responsables de ello. La
obediencia al Emperador nos impuso determinadas actitudes que,
ciertamente, no habríamos adoptado ante un príncipe virtuoso. Siempre te
equivocaste al juzgarnos como vulgares intrigantes sin escrúpulos.
»La prueba es que estamos aquí, bajo tu techo, convencidos de que
eres el único capaz de obtener la obediencia de los ejércitos provinciales.
Sólo tú podrás evitar un combate de jefes por el poder, como los que
conocimos en las peores horas de la República. El honor de la patria te
obliga a no negarte.
Pertinax, que seguía desnudo, se mesó la barba con cierto nerviosismo.
—¿Estáis realmente seguros de que Cómodo ha muerto?
– Tan muerto como Marco Aurelio. Te lo juramos.
– Vuestra palabra no me basta. Quiero ver el cadáver.
– ¡Eso es imposible! —exclamó Emilio—. Los despojos se encuentran
en sus aposentos de la Domus Augustana. No podemos introducirte allí sin
dar a conocer la noticia, con todas las consecuencias que puedes imaginar.
—En ese caso, arregláoslas para que me traigan aquí el cuerpo.
—Sé razonable —suplicó Eclecto—. ¿Nos imaginas transportando
hasta aquí un cadáver? Te lo suplico, encarguémonos de lo más urgente.
Ponte la toga y vayamos al campamento pretoriano.
El prefecto meneó la cabeza con una tozudez de anciano.
– Ni hablar. Os lo repito: no me moveré de aquí antes de tener la
prueba formal de la muerte de Cómodo. Y ahora, salid de mi casa.
Eclecto y Emilio intercambiaron una mirada de consternación.
Pertinax impidió una nueva tentativa.
—Es inútil insistir. Salid o llamo a mis esclavos.
Tras una última vacilación, ambos hombres se retiraron. Apenas
cerrada la puerta, Cornificia se abalanzó hacia su amante. Temblaba de los
pies a la cabeza.
Emilio no se calmaba.
—¡Que la peste se lleve a ese viejo cabrón! —murmuró—. Le
ofrecemos el Imperio y ya ves lo que exige para aceptar. No, debemos
encontrar otro candidato.
—No te dejes dominar por tu resentimiento. No olvides que nos
consideran los genios malos de Cómodo. No es extraño que tema una
trampa. Y sabes tan bien como yo que Pertinax es el único candidato
adecuado.
Ambos hombres habían tomado el camino de la Domus Augustana,
metiendo la cabeza entre los hombros para protegerse de las ráfagas
heladas. Aquí y allá resonaban todavía, a lo lejos, risas que les recordaban
que esa noche era, para la ciudad, la de la alegría y la despreocupación.
—¿Qué propones entonces? —dijo el prefecto de mala gana.
—Tengo algunos esclavos adictos. Les pediré que vayan a buscar los
despojos del Emperador y los envuelvan en sábanas, como si se tratara de
un simple montón de ropa sucia.
—¿Y eres lo bastante ingenuo para creer que los guardias los dejarán
entrar y salir con toda impunidad de los aposentos imperiales?
—Dirán que les han encargado hacer limpieza.
—¡En plena noche! No sabes lo que dices. Sé que estamos viviendo
horas extrañas, pero, de todos modos... Tu plan no tiene probabilidad alguna
de funcionar.
Eclecto reflexionó.
—A no ser que no estén de guardia los hombres habituales. Ese es tu
terreno. Tendrías que dar las órdenes necesarias para que fueran sustituidos
por hombres de confianza que no suelan estar de servicio en palacio. Debes
de conocer a algunos pretorianos que estarían encantados de cobrar una
recompensa o, por qué no, recibir un ascenso.
Un diluvio comenzó a caer sobre la ciudad cuando avistaban ya las
rojizas luces de las antorchas que rodeaban el Palatino. Emilio exhaló un
profundo suspiro.
—Si salimos de ésta indemnes, prometo ofrecer un sacrificio al dios de
los cristianos.
53
15 de enero de 192
El sol primaveral tiene el don de metamorfosear incluso los rincones
más sórdidos de la tierra. Incluso aquellos que parecen refractarios a la
transformación. Suburra era uno de ellos.
Las insulae, los edificios, las casuchas, las dislocadas losas
resbaladizas y cubiertas de detritus que componían ese barrio de Roma,
aunque parecieran igual de feos y miserables, se hallaban envueltos, a pesar
de todo, en una luminosidad que hacía más soportable el lugar.
En la esquina de una de aquellas callejas seguían apostadas las mismas
mujeres orondas, sentadas tras sus puestos, llamando a los viandantes; los
mismos niños descalzos y harapientos jugaban a nada o se salpicaban
persiguiéndose entre los charcos de agua grisácea.
De pronto, tras dejar en el suelo una jarra de terracota, uno de los
hombres se apartó precipitadamente del grupo donde estaba y, con las
manos tendidas, cojeando, exclamó:
—¡Calixto, qué sorpresa...!
—Zephyrin... Ya ves, todo llega.
Ambos hombres se dieron un abrazo.
—Pero ¿cómo es que has abandonado Antium? —preguntó enseguida
el vicario del Papa.
—Vengo a entregar al Santo Padre el producto de la cuaresma de los
pueblos del Lacio.
—Lamentablemente, llegas en mal momento. Víctor ha salido. Pero,
no importa, yo le entregaré los fondos. Ahora ven, sígueme, compartiremos
un delicioso mulsum que el tabernero de la esquina me reserva para las
grandes ocasiones. ¿Cómo van las cosas en Antium? Las noticias que nos
llegan de allí te son muy favorables.
—No soy consciente de ello. ¡Quedan tantas cosas por hacer!
– Al parecer, te sientes feliz en ese pueblo.
– Estoy bien. Y no olvido que te debo la felicidad.
– Pronto hará dos meses que estás en Antium, ¿no es cierto?
Calixto asintió.
Dos meses...
Antium estaba fuera del mundo, fuera del tiempo.
El número de sus habitantes la convertía en una aglomeración más
cercana a la aldea que a la ciudad. Sin embargo, las autoridades municipales
habían transformado el villorrio en una ciudad en miniatura. Tenía los
principales monumentos y una completa institución urbana: foro, tribunal
del pretor, termas e incluso un tosco teatro de madera donde compañías de
actores ambulantes representaban sus espectáculos de mímica y pantomima.
Los habitantes se sentían orgullosos de que Augusto, el primer
emperador, se hubiera hecho proclamar en Antium Padre de la Patria.
Aunque haber sido la cuna de Nerón y de Calígula habría bastado para
hacerla famosa.
El puerto era también un centro de notable comercio. Y la tranquilidad
que reinaba allí lo convertía en un lugar ideal para ciertos nobles
aficionados a la filosofía, que deambulaban a la sombra de las estatuas de la
hechicera Circe —que, según la leyenda, había fundado el pueblo— y de
Apolo, que dominaba el pórtico de Latona.
Antium tenía también una pequeña comunidad de cristianos, a la que
absurdos conflictos teológicos habían desgarrado.
En efecto, un tal Praxes, discípulo del hereje Noeto, había predicado
allí la herejía monarquiana, que negaba la distinción entre el Padre y el
Hijo; actitud que, naturalmente, llevaba a admitir que el Padre había sido
crucificado.
La oposición de una parte de los fieles a su jefe llegó a ser tal que el
obispo de Roma tuvo que llamarlo. Y la comunidad aguardó a su sucesor en
un clima, como mínimo, anárquico.
Calixto llegó a finales de noviembre y se instaló en una pequeña choza
de pescadores puesta a su disposición. A la mañana siguiente celebró el
oficio. Todos los asistentes pudieron comprobar su extraño aspecto. Era de
una delgadez esquelética; se diría que aquel hombre había salido de una
tumba con la complicidad del sepulturero. Su piel curtida por el sol de
Sárdica había adoptado el color del cuero viejo. Los que estaban más cerca
de él quedaron impresionados por el estado de sus
manos: secas, callosas,
hacían pensar en hojas muertas. Pero sus ojos, cercados por profundas
ojeras, eran de un azul duro y luminoso que casi habría podido iluminar las
tinieblas.
La voz de Zephyrin le devolvió a la realidad.
—Supongo que estás al corriente de las últimas noticias.
—Me han llegado ciertos rumores. Cómodo ha sido asesinado y, al
parecer, sustituido por el viejo Pertinax. Para los quirites eso debe de haber
supuesto un cambio considerable.
—No sabes la razón que tienes. En cuanto el Senado aprobó su
candidatura, Pertinax se apresuró a vender todo el mobiliario de la Domus
Augustana, las joyas, la plata, los esclavos y los gladiadores de Cómodo.
Durante los últimos meses ha reducido el número de Juegos y ha suprimido
también el aumento de sueldo que su predecesor acababa de conceder.
Finalmente, ha expulsado de palacio a los favoritos y las cortesanas.
—¿E invita a cenar a alguien ese ahorrador?
—De vez en cuando, pero, según dicen, en su mesa sólo se sirven
coles y alcachofas.
Ambos amigos soltaron una carcajada. Calixto, recuperando enseguida
un tono grave, preguntó:
—¿Crees que Pertinax será tan benevolente como Cómodo con los
cristianos?
—Eso creo. El chambelán de Cómodo era cristiano. Pertinax lo ha
mantenido a su lado y lo ha convertido, incluso, en su consejero. Y en ese
caso...
—El chambelán... ¿No se tratará de un tal Eclecto?
– En efecto.
Se produjo un breve silencio, tras el cual Calixto se dirigió de nuevo a
su amigo:
—Sin duda recordarás a aquella a quien debemos seguir hoy con vida.
La concubina del Emperador.
—¿Marcia?
– Sí. ¿Puedes decirme qué ha sido de ella?
– Tu pregunta está verdaderamente de actualidad. Si mis
informaciones son exactas, mientras hablamos debe de estar casándose en la
villa Vectiliana.
Calixto creyó que la Suburra se derrumbaba a su alrededor. Una
terrible palidez cubrió sus rasgos. Masculló:
—Marcia..., casándose... Pero ¿con quién?
—Precisamente con ese del que estábamos hablando: Eclecto.
La villa Vectiliana parecía haberse convertido en el centro del sol.
Puertas, ventanas, terrazas y jardines, todo había sido adornado con
guirnaldas y ramas de acebo, de mirto y de laurel. Incluso podían verse,
colgadas de los pórticos, bolas de lana frotadas con grasa de lobo. Los
esclavos, formando una doble hilera, blandían antorchas de espino albar,
formando así una muralla entre los centenares de curiosos y el camino que
debían recorrer los futuros esposos.
Apareció Marcia, vistiendo una túnica blanca ceñida al talle por un
cinturón atado con un nudo de Hércules. De acuerdo con la tradición, un
ígneo velo sujeto por una corona de verbena que la propia joven había
cogido, rodeaba su frente. Dos muchachos la llevaban de la mano, y la
precedía un tercero.
Calixto la vio pasar a pocos pasos de distancia. Hizo un movimiento
para apartar a los curiosos y abrirse paso entre la muchedumbre, pero la
mano de Zephyrin, posándose vivamente en su brazo, le devolvió a la
razón.
—Ya no puedes hacer nada —dijo el sacerdote con voz que pretendía
apaciguarle—. Nunca te perteneció realmente. Ya no te pertenecerá nunca.
De todos modos, ¿qué habría podido hacer? Un escándalo imbécil y
pueril. Su compañero tenía razón. La muchacha había pasado ya, seguida de
los que portaban los regalos, los parientes, los esclavos y algunos amigos,
entremezclados. Entre ellos, Calixto reconoció a Jacinto y al papa Víctor.
La Amazona se detuvo ante el umbral de la villa. Un hombre de cierta
edad vestido de fiesta, y que no era otro que Eclecto, se arrodilló ante ella y
le preguntó, de acuerdo con los usos, cuál era su nombre.
—Donde tú seas Gayo, yo seré Gaya
[78]—respondió la joven despacio.
Detrás de la pareja, Víctor y Jacinto realizaron un gesto de bendición.
Tras ello, el ex chambelán de Cómodo levantó a Marcia y penetró con ella
en la morada, bajo las aclamaciones de los asistentes.
—¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó Zephyrin.
—Entremos —dijo sencillamente el tracio con voz neutra.
Deslizándose discretamente entre la cohorte de parientes, ambos
hombres consiguieron entrar en el atrio. A su alrededor todo eran saludos y
deseos de felicidad. Marcia y su esposo habían desaparecido.
—No permanezcamos aquí, sólo sufrirías más. Te lo ruego,
marchémonos.
El tracio meneó la cabeza.
—Tengo que verla. Tengo que hablar con ella.
—¡Pero es absurdo! Ahora eres un hombre de Dios; nada puedes hacer
por ella. Déjala con su felicidad.
Calixto dio una súbita media vuelta y clavó su trastornada mirada en la
del sacerdote.
—¡Su felicidad! ¿Qué felicidad? ¿No ves que todo es falso? Con la
muerte de Cómodo, todo era posible aún entre ella y yo. Su felicidad,
Zephyrin... —Calló unos instantes y añadió en un susurro—: ¿Y la mía?
El sacerdote meneó tristemente la cabeza y se resignó a seguir a su
vicario arrastrando la pierna, secuela de su estancia en el penal. Llegaron al
peristilo, donde se habían dispuesto unas mesas para los pobres y los
esclavos, y se instalaron en silencio al pie de un cedro gigante.
Transcurrieron las horas. La fiesta proseguía, y en cada uno de sus
brillos el tracio veía una ofensa. Luego, lentamente, sin duda a causa de las
nuevas reglamentaciones referentes a la duración de los banquetes que
acababa de imponer Pertinax, se anunció que iban a apagar las luces.
Zephyrin intentó de nuevo convencer al tracio.
—Tengo que verla —fue de nuevo su única respuesta.
—En tal caso, ¿qué esperas? —replicó el sacerdote, irritado—. ¿Que
sea ella quien se acerque a ti? Basta con que entres en el triclinio. Ve.
¡Ponte en ridículo de una vez por todas!
Como si aceptara un desafío, Calixto se levantó de pronto y corrió
hacia la sala del banquete. Se detuvo en el umbral, recorriendo la sala con la
mirada. Nadie le prestó atención.
La mujer estaba tendida en uno de los lechos, con la cabeza
tiernamente apoyada en el hombro de quien se había convertido en su
esposo.
Era más de lo que podía soportar. Apretando los puños, siguió
observando unos instantes y volvió sobre sus pasos, con la espalda
encorvada como si su cuerpo estuviera clavado al suelo.
Arrastró a Zephyrin y ambos se dirigieron hacia la salida.
—No tan deprisa —jadeó el anciano—. Mi pierna protesta.
Calixto, confuso, redujo la marcha.
Entonces le interpeló una voz.
—¿Calixto?
Ambos hombres se volvieron al mismo tiempo.
Descalza y sin aliento, Marcia contemplaba al tracio como si observara
un prodigio.
—No —prosiguió, bajando la voz—, debes de ser un lémur
[79].
—No, Marcia, soy yo, no una sombra.
Incrédula, se acercó a él y, lentamente, tendió la mano hacia su rostro.
Sus dedos rozaron la mejilla, la frente, el cuello. Calixto hizo lo mismo:
acarició sus cabellos de azabache, recorrió sus brazos desnudos.
—Tal vez sería mejor que os alejarais —sugirió algo incómodo
Zephyrin—. No sé si los invitados lo entenderían.
Y, como si quisiera evitar la visión de la pareja, se zambulló en la
oscuridad.
De nuevo frente a frente, la pareja se miró largo rato, sus labios se
buscaron, pero una especie de pudor les impidió entregarse por completo el
uno al otro.
Ella murmuró con voz casi inaudible:
– Te creía muerto..., perdido para siempre. Las últimas noticias que
tuve de ti me las comunicó el obispo de Alejandría, Demetrio. Por él supe
tu conversión; y también me dijo que te había dado un mensaje para el
Papa. Desde entonces, nada.
—Fui detenido la misma noche de mi llegada a la capital.
—Y lo supe. Tras varias semanas buscándote, me enteré de modo
absolutamente fortuito, por Fustiano, el antiguo prefecto de la ciudad, de
que éste había tenido que condenarte a las minas. Tras haberme informado,
me dijeron que habías muerto allí.
Calixto pensó en el infeliz Basilio, cuyo lugar había ocupado.
—No se trataba de mí..., sino de otro. —Reflexionó unos instantes
antes de hacer la pregunta que le abrasaba los labios—. ¿Por qué te has
casado? Creía que Eclecto era sólo un amigo, un hermano.
Marcia bajó los ojos.
—No he tenido elección.
—No te comprendo.
—Desde la muerte de Cómodo, me he convertido en la persona más
odiada del Imperio. Las víctimas del difunto Emperador no me perdonan
haber sido la amante de su verdugo. El Senado no me perdona que, siendo
hija de liberto, estuviera a punto de convertirme en emperadora, aunque
siempre rechacé el título de Augusta y el fuego sagrado. Y los que
permanecieron fieles a Cómodo han jurado acabar conmigo por el papel que
desempeñé en la eliminación de su Príncipe. Circuló y sigue circulando por
Roma el rumor de que yo misma asesiné al Emperador.
—¿Es cierto?
—¡No! Intenté hacerlo, pero las cosas no salieron como habíamos
previsto.
Calixto guardó silencio mientras ella explicaba:
—Me había entrenado por última vez con Cómodo en la palestra del
Palatino. Digo por última vez porque, entretanto, había hecho transportar
todo su mobiliario al Ludus Magnus. Tras los ejercicios tomamos, como
solíamos, nuestro baño. Yo estaba desnuda, pero había ocultado una
pequeña redoma de alabastro que contenía un veneno en mi cabellera,
sujeta en un moño en la nuca. Los esclavos tenían la orden de colocar en
frigidarium varias copas de vino de Falerno para permitirnos aplacar la sed.
Tras mil dificultades me las arreglé para vaciar el veneno en una de las
copas y se la ofrecí al Emperador. El la tomó y la vació de un trago. Me
habían avisado de que el veneno no actuaría hasta el cabo de unas horas.
Abandonamos pues el frigidarium para dirigirnos a la sala de masaje. Era la
noche de las saturnales y los esclavos masajistas, como todos los demás, se
hallaban ausentes. Me ofrecí para sustituirlos. Cómodo se tendió boca abajo
y comencé a verter aceite en su espalda. Al cabo de un rato, cuando le creía
dormido, se volvió de pronto y vi el rostro de la muerte.
La joven hizo una pausa, dominada por una intensa emoción.
—Un rostro ceroso, los ojos glaucos. De la comisura de los labios
brotaba una baba amarillenta. Se incorporó e intentó asirme por la muñeca.
Conseguí apartarme. Cómodo cayó al suelo con el cuerpo agitado por
terribles convulsiones y comenzó a vomitar a chorros. Era insoportable.
Abandoné la sala y eché a correr por los pasillos, chocando con las estatuas.
Narciso me impidió ir más lejos. Estaba allí, como si hubiera acechado
aquel instante. Me tomó entre sus brazos y me preguntó: «¿Y bien? ¿Lo has
conseguido? ¿Ha muerto?» Creo que balbuceé: «Pero ¿cómo..., cómo lo
sabes?» «El señor Eclecto me ha puesto al corriente. Temía que no tuvieras
valor para llegar hasta el fin. ¿Qué ha ocurrido?» «Creo que ha vomitado el
veneno.» Entonces, Narciso me pidió que lo esperara y fue a la sala que yo
acababa de abandonar. No tardó mucho. Cuando le vi reaparecer, se limitó a
decir: «Mi hermano y los demás, los anónimos, han sido vengados.»
¿Comprendes ahora por qué, cuando Eclecto me lo propuso, acepté
convertirme en su esposa? Así, indirectamente, se extiende sobre mí la
protección del nuevo Emperador. ¿Lo comprendes?
Calixto asintió lentamente con la cabeza y esbozó una sonrisa.
—Decididamente, todo nos separará siempre...
Ella apoyó la cabeza en su hombro y el hombre advirtió que las
lágrimas corrían silenciosamente por sus mejillas.
Las sombras de la noche habían cubierto ya todo el paisaje.
—¿Y tú? —dijo Marcia dulcemente—. ¿Qué será de ti?
—Seguiré mi camino. En cierto modo, tú lo has trazado. Soy el
servidor de tu Dios, de nuestro Dios.
—¡Es increíble, Calixto! ¡Tú cristiano!
Una discreta tosecilla los devolvió a la realidad. Zephyrin acababa de
reaparecer en la penumbra.
—Marcia, creo que tu esposo se inquieta por tu ausencia...
Y se retiró tan deprisa como había aparecido.
—Es extraña la forma en que algunas escenas de la vida se repiten, con
algunos actores distintos —dijo Calixto con voz ronca.
—¿Qué quieres decir?
– Hace unos años, en cierto jardín, era un emperador el que te buscaba.
Ella estalló en sollozos, liberando bruscamente la tensión que no había
dejado de crecer durante las últimas semanas.
—Deja que me reúna contigo. Mañana. Esta noche. ¿Dónde vives?
—No, Marcia. Es demasiado pronto. O demasiado tarde. Tú estás
casada y yo soy un hombre de Dios. El adulterio no nos está permitido. Mi
presencia aquí es ya una nueva mancilla. Deja que nuestras vidas sigan su
camino. Ya no nos pertenecen.
Calló mientras la muchacha se apartaba. Ella murmuró, angustiada:
—¿Acaso nos pertenecieron alguna vez...?
54
Abril de 192
El arúspice
[80] imperial frunció el entrecejo: ¡el cabritillo que acababa de inmolar
no tenía hígado! Y él ejercía su arte, precisamente, con el hígado. ¿Cómo
era posible semejante prodigio? Sabía, sin embargo, que un animal no podía
vivir sin aquel órgano.
Profundamente turbado, indicó a sus ayudantes que acercaran a la
segunda víctima. El joven animal, con las patas dobladas, lanzó un
plañidero balido cuando lo tendieron sobre el mármol del altar.
Temiendo lo que pudiera descubrir, el arúspice retrasó unos instantes el
golpe fatal y observó el paisaje a su alrededor.
Desde el templo de Júpiter, en el Capitolio, podía abarcar con la
mirada un vasto panorama. El alba de tonos pastel, mezcla de azul y rosado,
emergía lentamente sobre la ciudad. Partiendo del puente, su mirada
recorrió la sucesión de foros con los populosos barrios de la Suburra y de
las Carinas en segundo plano, entre el Quirinal y el Esquilino. Prosiguiendo
su observación, rozó con la mirada la masa altiva del anfiteatro Flavio,
llegó más allá de las basílicas Emilia y Julia, así como de la impresionante
arquitectura de la Domus Augustana, erigida en la ladera del Palatino, y
pasó por encima del foro de los Bueyes, con la animación característica de
los días de mercado. Concluyó su recorrido en el Tíber y se dijo que, en el
fondo, aquel quinto día de las calendas de abril en nada difería de los
precedentes. Clavó entonces el cuchillo.
La sangre brotó inmediatamente y el animal cayó jadeando. Sin
detenerse por las convulsiones que sacudían el cuerpo, el adivino abrió la
panza con gestos precisos forjados durante años de experiencia. Hundiendo
la mano en las entrañas, extirpó las vísceras y exhaló un suspiro de alivio:
allí estaba el hígado, al igual que los riñones y los intestinos. Registró de
nuevo la abertura buscando el corazón, pero, para su inmensa sorpresa, la
sistemática exploración de la cavidad no le permitió encontrarlo.
—¡Sporus! —exclamó con un sudor de angustia en la frente—, ¿ha
caído al suelo el corazón?
—No, amo, no lo has quitado todavía.
Y así era... El arúspice comenzó entonces a palpar la masa viscosa,
sembrada de cuajarones sanguinolentos, que había extendido sobre el altar,
y tuvo que rendirse a la evidencia: si el animal precedente no tenía hígado,
éste carecía de corazón.
—Es una señal de los dioses —balbuceó trastornado—. ¡Una gran
desgracia marcará esta jornada!
La multicolor muchedumbre que llenaba habitualmente las calles de
Roma se detuvo y saludó con respeto y temor al carpento que descendía por
las laderas del Celio.
En campo abierto, aquel simple carricoche cubierto de cuero y tirado
por una pareja de mulos no habría atraído la atención. Pero, desde el divino
Julio, estaba formalmente prohibido hacer circular un coche durante el día
por las calles de la capital. Esta decisión, que había sido adoptada para
despejar las calles, a menudo demasiado estrechas, se aplicaba con ejemplar
severidad, y tan sólo algunos altos personajes podían, con expreso permiso
del emperador, escapar a ella.
Sin dudad por ello, la mayoría de los viandantes intentaban adivinar la
identidad de la pareja que, sentada sobre almohadones de seda y con las
piernas colgando, conducía plácidamente el tiro sin preocuparse por la
conmoción que su paso provocaba. Los que se encontraban más cerca de
ellos pudieron advertir que la mujer mantenía una actitud distraída, lejana, y
su compañero se hallaba sumido en una especie de monólogo.
—¡Marcia!
La joven dio un respingo al ser arrancada de sus pensamientos.
—¿Qué pasa, amigo mío?
– Realmente, estás por completo ausente desde esta mañana. No es
muy halagador para tu pobre Eclecto. —Perdóname, amigo mío. ¿Qué me
preguntabas?
—Ingenua pregunta, sin duda: ¿me amarás alguna vez?
—¿No me entregué a ti ayer por la noche?
El ex chambelán de Cómodo meneó la cabeza con gravedad.
– No fue amor, Marcia, fue un combate. Un combate que se libraba
entre dos porciones de ti misma y del que yo estaba excluido.
Marcia pareció salir por fin de su sopor.
—¿Por qué lo dices?
—Tal vez porque conozco a los seres y, sobre todo, porque creo
conocerte. Estrechándome entre tus brazos, estrechabas a otro y te lo
reprochabas. Tan sólo me pregunto por qué deseaste ese abrazo. Nadie te
obligaba.
—Ahora eres mi esposo. Y una mujer, según creo, tiene ciertos
deberes para con el hombre que comparte su vida.
Eclecto sonrió, contrariado.
—Sin duda, pero no somos una pareja como las demás.
Durante toda tu vida te has entregado porque te obligaban. Me gustaría
que ahora supieras que nada es ya igual. No soy Cómodo. Soy un hombre
que te respeta y te ama. Y te ama porque te conoce. Soy tu amigo, Marcia.
¿Por qué no confías en mí, entonces? —Hizo una pausa y preguntó muy
deprisa—: ¿Cómo se llama?
Tras una breve vacilación, sorprendida por la pasmosa perspicacia de
su amigo, Marcia respondió a media voz:
—Calixto.
—Por lo que sé, ningún senador, caballero o prefecto lleva ese nombre.
—Naturalmente, no es nada de todo eso. Es un simple esclavo.
—¡Un esclavo! ¿Tu corazón pertenece a un esclavo?
La muchacha le interrumpió.
—¿Por qué reaccionas así? En un pagano, no me habría asombrado,
pero a un cristiano no deberían escandalizarle las relaciones entre dos seres
que no son del mismo rango.
—Es, sencillamente, la sorpresa. No lo esperaba.
Calló para permitir que su espíritu y su corazón tuvieran tiempo de
asimilar la confesión de su esposa, antes de preguntar:
—¿Y dónde está? ¿Para qué amo trabaja?
Marcia se disponía a responder, pero una columna de pretorianos llegó
a su altura y los adelantó al trote, en perfecto orden. Aguardó a que se
hubieran alejado y luego, dulcemente, le contó toda la historia desde su
encuentro con el tracio en el jardín de la propiedad de Carpóforo,
concluyendo con su encuentro de la víspera.
—Y sin duda te gustaría volver a verle.
—¿Tengo que responder? Me parece que...
No tuvo tiempo de concluir la frase. De pronto, con inesperada
brusquedad, Eclecto azotó la grupa de las mulas que tiraban del carruaje.
Los animales apretaron inmediatamente el paso. Marcia, zarandeada,
se agarró a uno de los montantes y cayó hacia atrás, entre los almohadones
de seda.
—¿Qué... qué sucede?
– ¡Los pretorianos!
– ¿Los pretorianos?
Corriendo tanto como podían las muías, el carpento ascendía la ladera
del Palatino hacia la Domus Augustana.
– Los pretorianos que acaban de adelantarnos —prosiguió el egipcio
entre dos saltos— no tenían que estar aquí. No forman parte de la guardia
ordinaria. Y se dirigen hacia palacio. Tengo un funesto presentimiento: se
prepara algo muy grave.
El carro penetró con estruendo en el majestuoso patio de honor de la
residencia imperial.
—Sin embargo, había conminado a Pertinax para que no retrasara,
fuera cual fuese la gravedad de la crisis financiera, el pago del tradicional
donativum
[81]* a los pretorianos.
—César, te lo suplico, abandona el palacio. ¡Huye!
Pertinax se encogió de hombros, lo cual hizo resbalar dos pliegues de
su toga y destruyó la armonía de su majestuosa vestimenta.
Rápidamente, Marcia tomó los pliegues y los colocó de nuevo en el
brazo izquierdo del Emperador. El gesto sorprendió a Eclecto, que sintió
cierto malestar: la tarea se reservaba, habitualmente, a los esclavos.
—Nunca he huido ante un enemigo. De todos modos, ¿qué te hace
creer que ese puñado de hombres podría llevar a cabo un golpe de fuerza?
—La solidaridad del cuerpo pretoriano. Si deben elegir entre la
disciplina y sus camaradas, se pondrán siempre del lado de la fraternidad de
las armas. Por otra parte, mira...
A través del tosco cristal que cerraba la ventana del gabinete del
Emperador, se distinguían unas siluetas que avanzaban por el peristilo, lo
cual demostraba, efectivamente, que la guardia personal de Pertinax había
dejado el campo libre. El César dio un ligero respingo, mientras Marcia
intervenía a su vez.
—Conozco cada meandro de la Domus Augustana. Deja que te guíe.
Podemos llegar por apartados corredores a una calleja no vigilada.
—¿Con qué objeto? —preguntó el César.
Eclecto repuso:
—De ese modo podrás ponerte bajo la protección del pueblo o la de
los vigilantes de las cohortes urbanas. Con su complicidad, llegarás a Ostia
y, desde allí, al puerto de Miseno, donde dispondrás de las tripulaciones de
la flota, así como de las legiones provinciales. Además...
El egipcio interrumpió súbitamente sus explicaciones. Bastaba con
observar los rasgos de Pertinax para comprender la duda que le había
invadido. El Emperador pensaba en el papel que Marcia y él, Eclecto,
habían desempeñado junto a Cómodo, en la facilidad con que habían
abandonado al Príncipe difunto para unirse a él, a Pertinax. Y el Emperador
debía de concluir que, hoy, no vacilarían en hacer lo mismo. ¿Acaso no eran
ambos amigos de Septimio Severo, el legado imperial para las legiones del
Ister? ¿Y si esa pretendida rebelión de los pretorianos no fuera más que un
subterfugio para dar paso al legado?
El egipcio sintió deseos de decirle a Pertinax que su desconfianza
carecía de fundamento. Que le estaba cegando, que le conduciría a su
perdición. Buscó desesperadamente un medio de convencerle.
—La fuga que me sugerís es indigna de un emperador y de un general
ilustre. Hablaré con los amotinados.
—César —murmuró Eclecto con voz apagada—, corres a la muerte.
Pero Pertinax no le escuchaba. Con su aire altivo de viejo romano,
salió de la estancia. En el umbral, casi chocó con Narciso. Este tenía dos
espadas.
—¡No! Por aquí no, César. Te matarán.
– Déjame pasar —respondió sencillamente el anciano.
Tras un breve instante de vacilación, Narciso se apartó. Eclecto
aprovechó la ocasión para apoderarse de una de las espadas.
—Escúchame bien, Narciso. Te confío a mi esposa. Si me sucediera
algo, protégela.
Y cuando el joven le miró, desconcertado, insistió:
– ¡Prométemelo, Narciso!
Marcia se agarró entonces de su brazo.
– ¿Adonde vas? ¿No ves que todo está perdido?
– Tengo que defender a ese viejo loco. Y, quién sabe, podría producirse
un milagro. En análogas circunstancias, el emperador Nerva fue salvado por
el mero prestigio de la función imperial.
—¡No, Eclecto! ¡No vayas, no! ¡Te matarán a ti también!
Eclecto hizo un gesto que quería ser apaciguador y, sin esperar más,
salió tras Pertinax.
Marcia, paralizada por la rapidez con la que se desarrollaban los
acontecimientos, se sobrepuso mientras su esposo desaparecía por el
corredor. Tendió la mano hacia la otra espada que seguía sujetando Narciso.
—Dámela —ordenó con voz firme.
– No, ama. No lo hagas.
– ¡Te digo que me des la espada! ¡No voy a abandonarle cuando va
hacia la muerte!
El liberto le tendió lentamente el arma, pero, en el último momento,
con su mano libre le dio un violento revés. Marcia se desplomó como una
muñeca de trapo.
Sólo más tarde se conocieron los detalles del drama que había tenido
lugar en la sala llamada de Júpiter, donde Pertinax había encontrado a los
pretorianos. Tras haber invadido la inmensa estancia, se habían detenido
ante el Emperador. El antiguo legado de Marco Aurelio, acostumbrado al
trato con los legionarios, tomó inmediatamente la palabra con voz dura.
—¿Con qué derecho os habéis permitido entrar en este lugar? Si venís
a buscar mi vida, mejor haríais esperando un poco. Me abandonará sin la
ayuda de nadie. Si habéis venido a vengar a Cómodo, perdéis el tiempo,
pues fueron sus propios vicios la causa de su muerte. Pero si estáis aquí
para asesinar al Emperador que tenéis la misión de defender, cuidaos
entonces. Cuidaos de la cólera de los dioses y los ciudadanos. Cuidaos,
sobre todo, de la reacción de las legiones provinciales, siempre celosas de
vuestros privilegios. ¿Creéis realmente que podrían aceptar sin reacción
alguna a un eventual emperador impuesto por los pretorianos?
Por un instante, Eclecto, que permanecía unos pasos detrás de
Pertinax, creyó que el anciano iba a decantar la situación en su favor.
Impresionados tanto por el tono perentorio como por los argumentos
expuestos por Pertinax, que con frecuencia había mandado legiones
romanas, los pretorianos vacilaron. Y uno de ellos envainó el arma.
—¡Estamos aquí para exigir lo que se nos debe!
– ¡Sí, el donativum!
—¡Tres meses! ¡Hace tres meses que se nos tenía que haber pagado!
Sin perder la calma, el Emperador levantó el brazo para imponer
silencio.
—No se os ha pagado todavía sencillamente porque las arcas están
vacías. ¿Por qué creéis que me he visto obligado a reducir los gastos de
palacio? ¡No se puede dar lo que no se posee!
—¿Cuándo? ¿Cuándo recibiremos el donativum?
—Regresad a vuestro campamento. Os prometo que se os pagará en
cuanto haya reunido la suma.
—¿Y qué seguridad tenemos? ¿Qué garantía?
– Mi palabra —replicó Pertinax con cierta altivez—. ¡Debería
bastaros!
– ¡No! —gritó uno de las últimas filas—. ¡Ni hablar!
Y el hombre se abrió paso hasta el Príncipe. Al revés que la mayoría
de sus camaradas, no había envainado la espada.
—Debemos obedecerte. Regresar al campamento y esperar nuestro
donativum durante los próximos meses o años. Y a cambio, ¿qué? Has
hablado de legiones provinciales... ¿Es imaginable que esas legiones, a las
que tanto pareces querer, nos perdonen por haberte amenazado?
Mientras vociferaba, el pretoriano agitó la hoja de su espada bajo la
barbilla del Emperador.
—Creo que la palabra de un emperador bien vale la de un pretoriano.
Fue el momento que Eclecto eligió para intervenir. Deliberadamente,
se colocó junto a Pertinax, amenazando con su propia espada el pecho del
soldado.
—¿Quién es ése? —preguntó una voz refiriéndose al egipcio.
Eclecto replicó:
—Alguien que cumple la sagrada misión que es también la vuestra:
proteger al Emperador.
—¡No tenemos por qué recibir lecciones de nadie! —gritó el hombre
agitando de nuevo su espada.
—¡Pretorianos! —clamó Pertinax señalando con el índice al rebelde—,
redimíos. Detened a este individuo y llevadlo al campamento. Os prometo
que...
No pudo concluir. El hombre acababa de herirle, atravesando de parte
a parte sus carnes. Rápidamente también, Eclecto se lanzó contra él y le
derribó.
Entonces fue como si se hubiera dado la orden de ataque. Los
pretorianos, que hasta entonces se habían limitado a escuchar
desenvainaron como un solo hombre y se lanzaron contra el chambelán y
Pertinax, que se desangraba. Eclecto, herido por una decena de hojas,
apenas tuvo tiempo de recordar el evanescente rostro de Marcia.
Al día siguiente, Cornificia, cuya boda con el Emperador estaba
prevista para el primer día de las nonas, se puso de luto.
55
– ¡Adelante!
Calixto crispó las manos sobre el grueso cabo y echó a correr con el
rostro azotado por los finos granos de arena que levantaban los pies
desnudos del pescador que le precedía. A su espalda oía el jadeo de otro
hombre, y unos veinte pasos a la izquierda tres hombres más jadeaban al
otro extremo de la cuerda. El trenzado cordaje lleno de sal le hería
dolorosamente el hombro y el aire fresco de la mañana le abrasaba el pecho.
En la orilla, el chasquido de la red chocando con la espuma resonó en
el silencio. La red se volvía más pesada a medida que rascaba el fondo
arenoso, más pesada también conforme caían en sus cerradas mallas nuevos
peces.
Finalmente, la red estuvo por entero en la húmeda playa, mostrando
una multitud de estremecidas escamas.
– Buena jornada —dijo una voz.
– ¡Tal vez nuestro amigo Calixto nos traiga suerte!
– No, amigos, la suerte no existe, pero Dios sabe recompensar el
esfuerzo.
Le vio en la playa ayudando a los pescadores a recoger las redes.
Intentó dominar los latidos del corazón, que palpitaba en su pecho al
desordenado ritmo de las olas. Entonces comenzó a latir más deprisa
todavía, dejando en la arena la huella cristalina de sus pasos,
inmediatamente borrada por el mar.
Los pescadores se retiraban. El les hizo una última seña. Ella vio
entonces que cogía un pez por las agallas y se dirigía a una casita entre las
dunas. Iba a entrar cuando, sin razón aparente, se detuvo en el umbral.
Observaba el movimiento de las corrientes. Le gustaba aquella visión
de espuma y agua. Le tranquilizaba. Decididamente, el mundo y sus
tumultos estaban muy lejos de Antium. Aquí, sólo importaban
acontecimientos que se llamaban sequía, tormenta, mala pesca.
Emperadores, senadores y prefectos estaban más lejos que las nubes.
Se disponía a entrar cuando, de pronto, algo llamó su atención. Una
silueta blanca avanzaba en su dirección, siguiendo la orilla. Una silueta de
mujer. Aguardó, sin saber por qué, sin duda para convencerse de que no
eran las salpicaduras del mar tejiendo un incomparable espejismo. Sólo
cuando ella murmuró su nombre estuvo seguro.
—Calixto...
Marcia se había detenido ante él. Podía percibir su aliento. Veía su
pecho que se levantaba. No era un sueño, ni tampoco una ilusión forjada
por la espuma y el sol.
—Calixto...
Con un nudo en la garganta, entreabrió los labios, pero no consiguió
pronunciar ni una sola palabra inteligible.
El crepitar de las brasas cubría intermitentemente el rumor del mar.
Se acercó a él y apoyó la cabeza en su hombro, como un niño que
desea apaciguarse.
—¿Qué ocurrió luego?
—Narciso me llevó a la villa Vectiliana, salvándome así la vida. Los
acontecimientos que siguieron no merecen ser contados. Digamos sólo que
serán, en los tiempos venideros, la vergüenza de Roma.
—Me gustaría conocerlos.
—Los pretorianos no habían dado ese golpe de fuerza para imponer
algo, sino para obtener la prima que, por tradición, debían recibir en cada
advenimiento. Por eso hicieron saber que reconocerían como César al
hombre que les concediera el donativum más cuantioso. Aparecieron
inmediatamente dos candidatos. Dos de los senadores más ricos. Un tal
Sulpiciano y el famoso Didio Juliano. De ese modo, ante la aterrada mirada
de los testigos, la púrpura y el Imperio fueron puestos a subasta en el
campamento pretoriano. Cada vez que uno de los hombres anunciaba una
suma, su rival pujaba. Juliano fue el vencedor del sórdido duelo. Obtuvo el
título prometiendo a cada pretoriano varios miles de denarios.
—Es una locura —comentó Calixto—. Y pensar que el objeto de ese
sórdido mercadeo era, en definitiva, el mundo.
—Ya imaginarás que nadie hubiera podido respetar a un emperador
llegado al poder en estas condiciones. Por ello, apenas la noticia llegó a las
legiones provinciales, se supo que éstas proclamaban César a sus
respectivos generales: el ejército del Ister, a Septimio Severo; el de las
Galias, a Albino; el de Oriente, a Níger.
—¿Nos acecha entonces la guerra civil?
—Mucho me lo temo.
Calixto permaneció pensativo largo rato, antes de preguntar de nuevo:
—Faltan piezas del mosaico ¿Y tu presencia aquí? ¿Cómo has sabido
que estaba en Antium?
—Zephyrin.
—¿Zephyrin?
—Hace unos días le rogué al vicario que me visitara en la viña.
Necesitaba hablar con alguien, compartir mi soledad y mi angustia. La
primera pregunta que me hizo en cuanto llegó se refería al trágico final de
Eclecto. Mi reacción debió de sorprenderle. No fue la que se espera de una
esposa que acaba de perder a su marido.
Marcia calló y cerró los ojos como para impregnarse mejor de la
escena.
El vicario y ella se habían instalado en el tablino. Zephyrin, incómodo,
había inclinado la cabeza.
– No lo comprendo, Marcia. ¿Querías realmente a Eclecto?
– Desde luego. Pero no estaba enamorada de él. Le lloro como se llora
la pérdida de un amigo muy querido. ¿Lo comprendes?
—No del todo. Pero ¿has amado alguna vez a alguien?
La pregunta del vicario había sido formulada como una crítica. Velada,
sin duda, pero cuyo sobreentendido no escapó a la joven. Entonces, ésta
sonrió con indulgencia.
—No te llames a engaño, Zephyrin, he amado mucho.
Apasionadamente. Pero la suerte y la presencia de Cómodo hacían
imposible la consumación de ese sentimiento.
Zephyrin frunció el entrecejo.
– ¿Calixto?
– Sí, Calixto. Sólo le he amado a él. —Se irguió con el rostro
suplicante—. Durante todo este tiempo no has querido decirme nada.
Probablemente, él te lo habría prohibido también. Pero hoy las cosas son
distintas. ¡Me gustaría tanto volver a verle! ¡Hablar con él de nuevo!
Dime... Dímelo: ¿dónde puedo encontrarlo?
El anciano meditó largo rato antes de decir:
—Vive en Antium. Está a cargo de la comunidad.
Ella, radiante, cayó de rodillas a los pies de Zephyrin.
—Gracias, gracias, amigo mío. Acabas de darme la mayor alegría de
mi existencia.
—Te lo he revelado porque creo que nada se opone ya a que os
encontréis. Me parece que si Dios ha querido que así sea es porque, en su
gran Bondad, considera que tu abnegación merece recompensa.
Y posó suavemente la mano en la frente de la joven, con expresión
compasiva. Sabía lo que había sufrido, lo que seguía sufriendo. Sabía que,
desde la muerte de Cómodo, la ciudad entera la hacía responsable de todo.
Se hablaba de ella como de la peor de las prostitutas, como de la mayor
criminal desde Locusto. El mismo, Zephyrin, se comprometía al visitarla.
Incluso el Santo Padre había planteado la cuestión de saber si debían seguir
considerando a aquella mujer como perteneciente a la comunidad cristiana.
Había sido necesaria toda la energía del vicario para imponer silencio a los
partidarios de su exclusión, especialmente a uno de ellos, Hipólito, que
abogaba por el más extremado rigor. Pero ¿por cuánto tiempo? Toda la
Iglesia, tras haber sido defendida por Marcia, se veía hoy indirectamente
comprometida por ella.
Zephyrin esbozaba un gesto para levantarla cuando la puerta del atrio
se abrió de pronto. Irrumpió Narciso en compañía de Jacinto, que, por su
parte, seguía manteniendo su lugar en la Domus Augustana.
—Ama —gritó Narciso—, tienes que huir.
– Sí-jadeó el sacerdote sudando a mares—. Acabo de llegar del
Palatino. El nuevo Emperador ha dado orden de arrestarte.
—¿Arrestarme? Pero ¿por qué? Nunca le he causado el menor
problema a Didio Juliano. Y desde la muerte de mi esposo no he
abandonado mi retiro.
—Es cierto. Pero acaba de saberse que las legiones de Septimio Severo
marchan sobre Roma. Y para nadie es un secreto que Severo es uno de tus
compatriotas, alguien a quien has hecho favores. Eso basta para que te
acusen de complicidad.
—¡Tienes que huir! —insistió Narciso—. Los pretorianos están en
camino.
—Tienes razón —aprobó Zephyrin—. Deprisa.
—¿Huir? Pero ¿adonde? —farfulló la joven.
Zephyrin, cojeando, se había acercado a ella.
—Hace un rato hemos hablado de alguien. Y de un lugar...
—¿Antium?
Marcia abrió los ojos con expresión de sorpresa. Luego, una sonrisa
cómplice iluminó su rostro.
—Prepara los caballos, Narciso. Voy a cambiarme.
—Armate también, ama, tal vez tengamos que combatir.
—Así fue como abandonamos la villa Vectiliana Narciso y yo —
prosiguió Marcia contemplando las brasas—, disfrazados de jinetes galos.
Al principio todo fue perfectamente. Bajamos del Celio y proseguimos el
camino hasta la muralla. En la entrada de la puerta Capena las cosas se
torcieron. Nos disponíamos a cruzarla cuando uno de los pretorianos de
guardia nos cerró el paso.
—¿Ignoráis que está prohibido llevar armas en Roma?
– Lo ignorábamos, en efecto —replicó Narciso—. De todos modos,
salimos de la ciudad.
Con todo, llamó a su superior. El decurión les echó una mirada
inquisitiva antes de dirigirse a Marcia.
– ¿Sois acaso extranjeros para quebrantar la ley?
– En efecto —repuso ella, intentando disimular la voz—. Somos galos.
El decurión hizo una mueca muy escéptica y se acercó un poco más.
Marcia se estremeció cuando posó su callosa mano en su muslo.
—¿Te depilas las piernas?
– ¿Hay también una ley que se opone a ello?
– Es mi amante —intentó explicar Narciso.
Pero al decurión no pareció convencerle la explicación. Tomó la mano
de la joven.
—¿Y tú le has regalado este brazalete, estos anillos? ¡Por Júpiter! ¡Por
lo menos valen cien mil sestercios!
—¿Y qué? —replicó Marcia con mal contenida cólera—. ¿Desde
cuándo es un crimen la generosidad?
—Decurión —observó uno de los legionarios—, he vivido en
Lugdunum y ninguno de los dos tiene acento galo.
Marcia no vaciló. Golpeó con el pie el rostro del decurión y
desenvainó su arma al mismo tiempo que Narciso. A continuación se
produjo un tumulto. La joven espoleó violentamente a su montura. El
animal se encabritó y saltó hacia delante empujando a los guardias. El
camino estaba libre. Se alejó al galope y no redujo el paso hasta que llegó a
las primeras frondas de la vía Ostiensis.
Cuando se volvió, Narciso había desaparecido.
56
—No volverás a abandonarme...
Había expresado su certeza.
—Marcia, nadie se abandona a sí mismo.
Tranquilizada, la joven posó la frente en el pecho de Calixto y
permaneció así largo rato, acunada por el chisporroteo de las últimas brasas.
Hacía siglos, horas, que una tarde gloriosa había dejado de iluminar la tela
que cerraba la única ventana. La profunda calma nocturna se había posado
sobre Antium y el océano hacía pensar en una vasta llanura.
—Cuanto te amo.
El no respondió, limitándose a acariciar su cuello y sus labios. Una vez
más, pensó en el tiempo transcurrido desde la noche en que se conocieron
en los jardines de Carpóforo. Como arrastradas por un torrente, llegaron
confusas imágenes: Flavia, Cómodo, la visita de Marcia en la Castra
Peregrina y, finalmente, Antioquía.
La mujer se movió a su lado. El rozó con la mano la curva de sus
caderas, sus muslos. Ella se volvió, ofreciéndole sus oscuros pezones.
Entonces sus cuerpos se unieron de nuevo con mayor pasión todavía que en
su primer abrazo, con mayor violencia. Ella le estrechó entre sus brazos y
luego le soltó conteniendo un grito, en el lindero del placer, cuando también
él se ahogaba en ella. Lentamente, cayó a su lado con el cuerpo cubierto de
un sudor que se mezcló con el suyo. Calixto se volvió hacia ella y, al
contemplarla, le conmovió la extraordinaria expresión de inocencia y
dulzura que emanaba de sus rasgos, alejada, muy alejada de la voluntariosa
mirada de la cortesana.
Flavia... Recordó su discusión acerca de un sentimiento que él
afirmaba no haber conocido nunca. ¿De modo que eso era el amor? ¿La
impresión de que el universo sólo gira a tu alrededor? Un desgarrón interior,
una necesidad de proteger, de conservar, de construir murallas para aislar tu
secreto del resto de los hombres.
—No, no volverás a abandonarme.
Sonrió, emocionado. La idea de que, tal vez, era el naufragio de sus
almas lo que había creído percibir en sus trastornados rasgos, cruzó
furtivamente por su mente.
Los dedos de Marcia rozaron su mejilla.
—¿En qué piensas?
Sin contestar, se levantó, cogió el atizador y reavivó las brasas. Ella
fue a su encuentro con el cuerpo envuelto en una sábana.
—De pronto, me parece que estás triste. ¿Por qué?
– No. No es tristeza. Inquietud tal vez.
– ¿Por mi causa?
Calixto intentó expresar lo que daba vueltas en su cabeza. Sin duda
Didio Juliano lanzaría a todos los espías del Imperio en su búsqueda. Tal
vez fuera necesario encontrar un refugio más seguro que aquel puertecito
tan cercano a Roma.
Ella le interrumpió.
—No, creo que mi amigo Septimio Severo le dará mayores
preocupaciones que la de buscar a una mujer huida. Sobre todo si esa mujer
en nada amenaza, directamente, su poder. Por lo demás, a estas horas deben
de creer que me he refugiado junto a Severo o que navego hacia Africa.
—Sin embargo, antes o después se conocerá la noticia de tu presencia
aquí. No puedes imaginar la rapidez con que se extienden los rumores.
Antium es un pueblo. Y como en todos los pueblos, observar es la principal
distracción de los habitantes.
—¿Y por qué van a relacionarme con la que un día fue concubina de
Cómodo? He vendido las joyas que me delataron y el dinero me bastará,
ampliamente, para comprar ropas de campesina. Muy pronto olvidarán
cómo iba vestida cuando llegué.
– Tal vez. Pero hay otra cuestión: ¿cómo te las arreglarás tú,
acostumbrada a los fastos imperiales, para adaptarte a la incómoda y
recogida vida que llevo?
– Quiero recordarte que esos fastos que mencionas no encajaron nunca
con mis deseos de mujer.
– El poder, la riqueza...
– No, Calixto. Nada, nada de todo eso. Hoy deseo otra cosa.
Apartó la sábana, posó la mano en su vientre y prosiguió.
– Alguien, tal vez Séneca o Lucano, escribió un día que entre el sueño
y la realidad existe un prodigioso abismo. Durante una existencia, la
felicidad se limita a intentar colmar ese vacío. Sabes, Calixto, tal vez mejor
que nadie, que mi vacío sigue siendo desmesurado. He visto al tiempo
ganar, día tras día, cada vez más terreno. He visto la aurora y el ocaso. Las
hojas que amarilleaban y reverdecían, el Tíber arrastrando la memoria de
Roma. Eso es todo. Cuando contemplo mi cuerpo me digo, a veces, que
nunca habrá albergado la vida, que nunca habrá servido para saciar el goce
de otras vidas. Y eso me entristece, y también todo lo demás.
– Pero está la fe.
– Claro, está la fe. Por fortuna. Pues ¿qué me quedaría sin ella? La
decadencia o el suicidio.
Conmovido, Calixto la estrechó contra su pecho.
– Vivirás conmigo —dijo—, pero no puedes seguir llamándote Marcia,
al menos ante testigos. El nombre no es lo bastante frecuente como para
descartar el peligro.
Ella sugirió con una sonrisa.
—¿Por qué no me llamas Flavia? —Calixto contuvo un respingo—. Es
un nombre que nos es querido.
—También es, para mí, un nombre sagrado. Me parecería profanarlo si
lo empleara con otra.
Marcia inclinó la cabeza unos momentos, antes de preguntar con voz
sorda:
—¿Tanto la amabas realmente...?
– Sí, la amaba. Con ternura. Pero tienes razón. Te llamaré Flavia.
Ella le miró con aire extraño.
– ¿No acabarás confundiéndonos?
Calixto meneó la cabeza.
– No, no, Marcia. Nadie puede confundir el río con el mar.
Sus labios se unieron de nuevo. Se tendieron, uniendo sus cuerpos
desnudos.
– ¿Crees que existe una posibilidad de ser feliz en esta vida? —
preguntó ella al cabo de unos instantes.
– No lo sé. Pienso tan sólo que debe de ser posible conjurar la
desgracia...
A lo lejos, un gallo lanzaba su primer canto.
Comenzó la nueva existencia de Marcia.
Al día siguiente, compró un sombrero de paja, sandalias y un tosco
vestido de campesina. Pero la joven cristiana que le vendió aquellos
harapos no pudo contener la curiosidad que la devoraba al ver a aquel
personaje de cuerpo musculoso, cuya mirada y tono de voz revelaban algo
regio.
Marcia respondió a sus acuciantes preguntas con una mezcla de
verdades y mentiras. Dijo llamarse Flavia, haber sido compañera de
esclavitud de Calixto y, posteriormente, comprada por un personaje muy
rico que, en su testamento, la había manumitido e incluso dotado de cierto
pecunio. Tuvo que repetir innumerables veces aquella versión, tanto en la
fuente como en el henil, en el umbral de su puerta y, naturalmente, al salir
del oficio que se celebraba con regularidad en una granja abandonada. Una
conclusión se impuso enseguida: mientras permaneciera en Antium, se
vería obligada a vivir en la mentira y la astucia.
Y Calixto la avalaba. ¿Qué otra cosa habría podido hacer? ¿Acaso las
mentiras de Marcia no eran también las suyas? Además, realizaba con ella
comercio carnal, condenado a no poder legitimar nunca la situación.
Pese a aquel cotidiano equívoco, la muchacha florecía lentamente,
como una tierra abandonada durante algún tiempo que descubre el agua y el
sol.
– Estoy aprendiendo a respirar de nuevo —le gustaba repetir durante
los largos paseos que daban por la playa.
El radical cambio de medio y decorado no parecía haberle afectado.
Recuperaba, día tras día, los gestos de su madre esclava: amasaba, cocía el
pan y atendía las necesidades de su nueva casa.
A veces, iba a coger mejillones en el agua clara de las radas
acompañada por muchachas de los alrededores, que, fascinadas por su
belleza y sus conocimientos, la admiraban y la acosaban a preguntas. Otras,
sin embargo, veían en la recién llegada a una intrusa. Marcia tuvo la prueba
de ello un día al salir de los oficios. Una mujer madura la abordó en tono
arisco.
—¡Te prohíbo que sigas tratando con mi hija!
– Pero ¿por qué? —balbuceó la joven.
– No necesita que la pervierta una libertina de tu clase.
– No... no te comprendo.
– Te acuestas con el cura tras haberte revolcado en el lecho de tu amo
¿y dices no comprenderlo?
Marcia sintió que la indignación la invadía. Hubiera querido decirle a
aquella imbécil que se equivocaba, que era innoble, pero se contuvo y,
apretando los dientes, casi sollozando, regresó a la cabaña. Al volver de los
oficios y verla tan pálida, Calixto se inquietó.
—No es nada —repuso ella—. Nada.
¿Qué podía decir? Si Calixto descubría que sus fieles condenaban su
relación, ¿no creería que su deber era separarse de ella? La mera idea le
producía un terror que se apoderaba de todo su ser.
Otras contrariedades empañarían, insensiblemente, aquellas parcelas
de felicidad.
En Antium, como en todas partes, los cristianos eran una minoría. Y
los gentiles con los que se relacionaban habían adoptado hacia ellos una
actitud que iba desde la reprobación, e incluso el abierto desprecio, hasta la
condescendencia y la ironía.
La fama de prudencia que rodeaba a los cristianos, así como la
prohibición de asistir a los espectáculos sangrientos de la arena y
licenciosos del teatro eran ridiculizadas. La virtud de sus mujeres era
atacada con mayor dureza todavía. Los romanos, acostumbrados al
libertinaje y al repetido divorcio, no comprendían en absoluto que los
cristianos no tuvieran amantes, lo que provocaba comentarios procaces e
irónicos a su paso. Esta era una de las razones por las que Marcia evitaba,
en la medida de lo posible, relacionarse con los idólatras de Antium. Era
consciente de que su belleza, en vez de ser una ventaja, constituía un
peligro. Se esforzaba, pues, en seguir las recomendaciones de los Padres de
la Iglesia en lo referente al vestido. Sin embargo, pese a sus esfuerzos, una
tarde fue sorprendida mientras se cortaba el pelo y oyó que le preguntaban:
—¿Tu hombre te obliga a realizar las más duras tareas porque es el jefe
de los cristianos?
Ella levantó vivamente la cabeza y vio a Atrecto, edil del villorrio y
también sacerdote del culto de Apolo.
Su tono era irónico, casi sarcástico. De modo que respondió con la
misma reserva, pero con un aire tan desenvuelto como le fue posible:
—No, lo hago porque quiero. Ya ves, no puedo vivir sin ejercicio...
Decía la verdad. El entrenamiento cotidiano al que Cómodo la había
acostumbrado había creado en ella la imperiosa necesidad de quemar
energía. Por ello, aun cuando Calixto se oponía, se entregaba cada vez con
más frecuencia a trabajos pesados.
—Y sin embargo —prosiguió el edil—, las tareas del leñador no están
hechas para una mujer.
Soltando una carcajada, Marcia levantó los brazos y señaló la
prominencia de sus bíceps.
—Esta es la prueba de que no es así.
—¡Por Hércules! ¿Acaso naciste entre las amazonas?
Esta vez, la joven no pudo evitar ruborizarse. ¿El nombre de Amazona
había sido dicho al azar o era una alusión al apodo que Cómodo le había
puesto? Tomó conciencia de la fijeza de la mirada de su interlocutor.
Brillaba en ella un fulgor que no engañaba. Se reprochó casi enseguida
haber salido descalza y vestida únicamente con una túnica que le llegaba a
la rodilla.
—Tras la vida que has conocido —prosiguió él en tono dulzón—,
resulta difícil imaginarte entregándote a tan rudos trabajos. Si el rumor que
corre es cierto, eras la concubina de un hombre riquísimo.
—En efecto, no era un personaje común —replicó ella con creciente
malestar.
Atrecto se había acercado.
—Si yo hubiera estado en el lugar de un hombre tan bendecido por los
dioses, te aseguro que ningún regalo y ningún festejo habrían sido lo
bastante buenos para ti.
—Tal vez mi amo pensaba lo mismo —repuso, enigmática.
Ahora estaba muy cerca. Posó la mano en su antebrazo, y ella podía
sentir su aliento en la mejilla.
—No bromeo. Los sacerdotes de Apolo son conocidos por su
sinceridad.
—Te creo —dijo ella con prudencia—. Y estoy convencida de que tu
esposa es una mujer afortunada al tenerte.
La voz susurró casi en su oído.
—Sin duda. También a ti te gustaría mi modo de satisfacer a los que
amo.
Marcia trató de apartarse, pero él la estrechaba ya entre sus brazos y
aplastaba la boca contra la suya.
Tras unos momentos de rigidez, la joven entreabrió dulcemente los
labios. Enardecido, el magistrado introdujo la lengua y, casi de inmediato,
lanzó un aullido al notar que los dientes de la muchacha cortaban
violentamente su carne.
—¡Zorra! —gritó saltando hacia atrás con la boca toda roja de sangre.
Su mano describió un arco, pero sólo encontró el vacío. Recuperando
los reflejos de la arena, Marcia se había agachado, volviéndose con
extraordinaria agilidad, y amenazaba al hombre con su hacha.
—¡Inténtalo de nuevo! —dijo con voz sorda—. Inténtalo de nuevo y
no quedará gran cosa del sacerdote de Apolo.
—Vamos, no juegues a la vestal. Una moza como tú sin duda ha
debido de aceptar familiaridades mucho más osadas.
—¡Deja tranquila a mi mujer!
El edil se volvió de pronto. Calixto acababa de aparecer por una
esquina de la casa.
—¿Qué estás diciendo? Di mejor tu concubina. Que yo sepa, nunca te
has casado con ella.
—¿Y eso te da derecho a tomarla?
—¿Por qué no? Una criatura como ésta debería pertenecer a todo el
mundo —ironizó el edil.
Los dedos de Marcia se crisparon sobre el mango del hacha hasta que
los nudillos se quedaron blancos. Sabía que, al revés de lo que sucedía con
las matronas, defendidas con todo el rigor de la ley, las costumbres
permitían sobornar, si se quería, a una liberta. Lo precario de su condición
no les dejaba, a la mayoría de ellas, más solución que comerciar con sus
encantos; lo que explicaba la presunción del magistrado.
Calixto agarró al edil de la túnica y casi lo levantó del suelo.
—Mejor harías marchándote, señor Atrecto.
El hombre cerró los ojos ante el impacto de aquella mirada azul. Trató
de mascullar algo, pero el puño del tracio le apretó la garganta. Un instante
más tarde, se batía en retirada.
—Mucho me temo que, en adelante, tendremos un enemigo más en
Antium —murmuró Marcia mientras desaparecía la silueta entre el polvo
dorado del ocaso...
Al día siguiente, hacia la segunda hora, cuando el sol disipaba las
postreras brumas, dos campesinos que se dirigían a sus campos tuvieron un
extraño encuentro.
En el recodo de un bosquecillo los interpeló un hombre. ¿Un hombre o
un animal? Se había anudado torpemente a la cintura una vieja piel de
carnero, hedionda, para ocultar su desnudez. Su piel enrojecida por el sol,
sus enmarañados cabellos, sus mejillas comidas por la barba, sus pies
ensangrentados lo convertían, casi, en una aparición del Hades.
—¡Un Pan!
Aterrorizados, los dos campesinos se disponían ya a huir, pero la
criatura les gritó que no tuvieran miedo.
– ¡Soy yo, soy yo! Capito. El centurión Capito.
Los dos campesinos se miraron atónitos. Se aproximaron,
tranquilizados a medias, y examinaron atentamente los rasgos del hombre.
Sí, era él. Aquel personaje que, en cierto modo, se había convertido en el
orgullo de Antium. Había abandonado la pequeña ciudad unos diez años
antes, pero regresaba regularmente. Se había alistado en las cohortes
pretorianas, la guardia de elite del Emperador y el único ejército autorizado
a permanecer en Italia.
Ahora los dos campesinos se habían sobrepuesto por completo y
acosaban a preguntas al centurión. Capito las dejó sin respuesta, rogándoles
simplemente que fueran a casa de sus padres y le trajeran una túnica para
cubrir su desnudez.
Así lo hicieron y, al regresar, iban acompañados por un cortejo de
aldeanos que llevó a hombros al centurión hasta el pueblo. Aparecían
cabezas por todas partes: hombres, mujeres, niños que gesticulaban en las
ventanas y en el umbral de las casas. Y aquella multitud se reunió
finalmente en la plaza central del minúsculo foro de Antium. El propietario
de la única taberna había sacado ya varios toneles de vino de Mármara, y
todos formaron un círculo alrededor de Capito para escuchar su
sorprendente historia.
Septimio Severo había invadido Italia y su llegada había producido un
terrible pánico en las calles de Roma. Los legados de las cohortes
pretorianas, deseando evitar la guerra civil, habían mandado al general del
ejército del Ister un correo en el que le reconocían como único emperador.
Severo había parecido sensible a aquella gestión y, en cuanto hubo instalado
su campamento ante los muros de la capital, invitó a los pretorianos, y a
Capito entre ellos, a rendirle homenaje vestidos de ceremonia, como
establecía la costumbre.
—De modo que acudimos a su campamento con ramas de laurel y nos
colocamos ordenadamente ante la tribuna de las arengas, armados tan sólo
con nuestras espadas de ceremonia. Pero no nos habíamos alineado todavía
cuando una nube de legionarios acorazados, salidos de no sé dónde, nos
rodeó. Apenas comprendimos que habíamos caído en una burda trampa
cuando apareció Septimio Severo en el estrado, llevando su coraza y sus
armas de guerra. El discurso que pronunció fue muy claro: nos acusó, a
nosotros, los pretorianos, de ser los asesinos de Pertinax y de haber
deshonrado el Imperio con nuestra avidez. Luego, nos dio la orden de
entregar las armas, so pena de perecer allí mismo. No nos dejó alternativa
alguna. Lo hicimos, pues, implorando la clemencia del nuevo príncipe de
Roma. «Sea —respondió—. No deseo en absoluto manchar las primeras
horas de mi reinado con un baño de sangre. Sólo os ordeno que arranquéis
vuestras insignias, arrojéis vuestras corazas, abandonéis todas vuestras
ropas y os marchéis lo más lejos posible. Aquel de vosotros que sea
sorprendido a menos de cien millas de la capital será ejecutado
inmediatamente.»
Al llegar a este punto del relato, la voz de Capito se apagó y las
lágrimas corrieron por sus mejillas. A su alrededor, los hombres
permanecían en silencio, conmovidos al ver llorar de aquel modo a uno de
sus hijos, aquel a quien siempre habían considerado un «hijo de la Fortuna»
y que hoy ya no era nada.
—¿Y Didio Juliano? ¿Qué ha sido de él?
—En cuanto las legiones de Severo llegaron a Rávena, el cónsul Silio
Mésala hizo que el antiguo Emperador fuera proclamado enemigo público
del Senado. Según las últimas noticias, fue asesinado por un desconocido en
los jardines de la Domus Augustana.
—¿Y Mallia? La Emperatriz.
Asombradas miradas convergieron en el tracio. Teniendo en cuenta las
pasmosas noticias que acababan de saber, ¿por qué se interesaba por la
suerte de una mujer, por muy Augusta que fuera, cuando el Imperio estaba
en juego?
Capito respondió con voz apagada:
– Al parecer siguen paseando ante ella el fuego sacro.
Por unos instantes, Calixto se preguntó cuáles podían ser, aquella
tarde, los sentimientos de la que por algún tiempo había sido su amante. El
esposo que siempre había rechazado no existía, y ella seguía gozando de los
honores de un rango que no era ya el suyo.
Marcia dejó unos instantes de cortar carne de cordero y alzó la mirada
hacia su compañero.
—Nunca hubiera imaginado que los pobres Eclecto y Pertinax fueran
vengados tan deprisa.
Calixto no hizo comentario alguno. Se limitó a mirarla con expresión
distante.
—¿Qué sucede? —preguntó ella sorprendida.
—No pareces ser consciente de que, al margen de esos
acontecimientos, algo más determinante y personal acaba de suceder.
—No te comprendo.
– Didio Juliano, tu perseguidor, ha muerto.
– ¿Y qué?
– Eso significa que, en lo sucesivo, tienes de nuevo abiertas las puertas
de la capital. Puedes reivindicar el rango y las riquezas que te pertenecían.
No cabe duda de que tu amigo Septimio Severo te las devolverá.
La joven repuso, sorprendida:
—¿Y crees que abandonaré Antium y te dejaré por un puñado de oro y
una parcela de poder? ¿Por quién me tomas? ¿Por la libertina que describen
los enemigos de Cómodo? —Marcia calló unos instantes y, luego, prosiguió
—: Lo único que la muerte de Juliano ha cambiado para mí es que me
permitirá amarte sin temor. Hoy cesa la caza de espías. De modo que, te lo
ruego, aleja de tu espíritu la idea de que podamos separarnos alguna vez.
Nunca más.
57
Un anochecer de estío, cuando las risas de los niños que corrían por la
arena quebraban el aire, la desgracia entró en la choza.
Calixto estaba leyendo El pedagogo, una obra que Clemente le había
enviado desde Alejandría, cuando una sombra imponente apareció en el
marco de la puerta. A contraluz, le costó distinguir los rasgos del
desconocido. Sólo cuando la silueta hubo penetrado en la estancia, le
identificó.
—¡Hipólito! —exclamó asombrado.
Sin decir una sola palabra, el sacerdote fue a instalarse en el banco de
madera que se extendía a lo largo del muro. Con un gesto nervioso, se secó
el sudor que cubría su amplia frente. Seguía siendo el mismo hombre con el
que el tracio se había enfrentado siempre: idénticas ropas austeras, idéntica
expresión severa; en su actitud todo reflejaba aquella constante
intransigencia, casi arrogante. Un funesto presentimiento se apoderó
enseguida del tracio y preguntó con voz vacilante, seguro de que el hombre
era portador de malas noticias:
—¿A qué se debe que estés en Antium?
Hipólito siguió secándose el sudor antes de responder.
– Estoy aquí a petición del papa Víctor. Para llamarte al orden.
—¿Al orden?
—Tu asombro constituye, en sí mismo, una prueba de lo fundado de
mi gestión.
Calixto se incorporó mientras Hipólito proseguía:
—Cuando, cediendo a los ruegos de Zephyrin, el Santo Padre, pese a
tu pasado, aceptó confiarte esta comunidad, tenía la esperanza de que te
mostrarías digno.
—¿Y?
– No pasó mucho tiempo sin que rumores, confirmados muy pronto,
llegaran a Roma.
—¿Qué tipo de rumores?
Hipólito clavó una sombría mirada en la del tracio y explicó,
pronunciando con deliberada lentitud cada una de las palabras:
—Vives en concubinato con una mujer de mala vida. Escandalizas a
tus hermanos y haces las delicias de los gentiles, que ya no escatiman sus
sarcasmos hacia la comunidad.
—¿Y son mis propios hermanos los que me acusan?
– No he necesitado delator: todo el pueblo te señala con el dedo.
De modo que había llegado ya el instante tan temido. Desde el día en
que Marcia llegara a su casa, sabía que iba a suceder. Los comadreos y las
calumnias se habían convertido en algo cotidiano. Preguntó con voz
cansada:
—Y el Papa quiere que rompa, ¿no es cierto?
– Eso es. El espectáculo de tu vida es una ofensa al propio Dios y un
desastroso ejemplo para nuestros hermanos.
«¿Crees que existe una posibilidad de ser feliz en esta vida?»
«No lo sé. Pienso tan sólo que debe de ser posible conjurar la
desgracia...»
Aquellas frases, dichas pocas semanas antes, resonaban como una
campana. Por toda respuesta, Calixto movió la cabeza y dio unos pasos
hacia la pequeña ventana desde la que se veía la playa, el mar.
Hipólito observó, intrigado. —Conociendo el temperamento de su
interlocutor, había esperado una reacción muy distinta. Rebelión, cólera,
pero no aquella aparente resignación.
– Y sin embargo, no hacemos mal alguno —dijo Calixto con voz casi
imperceptible.
E Hipólito habría jurado que se dirigía a sí mismo. Replicó:
– La estricta regla del sacerdocio es respetar la palabra de Cristo. Te
recordaré sus palabras: «Si quieres, ven, abandónalo todo y sígueme.»
– Eso hará sufrir a un ser.
– ¿No son el sufrimiento y el sacrificio patrimonio de todos nosotros?
Estamos aquí para preparar otra vida. Y...
Una voz interrumpió al sacerdote.
– ¿Acaso la esperanza de otra vida puede ocultar todas las alegrías del
presente?
Marcia había entrado, en la choza. Centrados en la conversación, los
dos hombres no la habían oído llegar. Estaba allí, de pie, con las sandalias
en la mano y los cabellos recogidos en la nuca, húmedos todavía del último
baño.
Calixto tendió la mano hacia ella y dijo con voz ronca:
– Marcia, éste es Hipólito, un enviado del papa Víctor.
El sacerdote examinó a la joven con evidente interés.
– De modo que tú eres la... Amazona...
– Es un sobrenombre que pertenece al pasado. Hoy sólo soy una
mujer: la de Calixto.
– Y ahora te lo prohíben —dijo el tracio regresando a la ventana.
De pronto, el aire que los rodeaba fue sólo un encaje de cristal,
dispuesto a quebrarse al menor movimiento.
– ¿Qué... qué quieres decir?
– Orden del Papa: tenemos que separarnos.
– ¿El Papa? Pero ¿por qué? ¿Cómo?
Su tono era tan desesperado que Hipólito sintió cierto malestar. No
pudo soportar su mirada y expuso la situación mirando un punto invisible,
más allá de las paredes de la estancia.
—El comercio del esclavo con una patricia no puede crear ningún
vínculo legal. La mujer sospechosa de semejante relación comete un delito
que debe ser severamente castigado por el senadoconsulto claudio,
acarreándole a la culpable, según las circunstancias, la pérdida de su propia
libertad o, al menos, de su ingenuidad
[82]*.
No pudo concluir sus explicaciones.
– ¡Pero no vivimos al margen de esa ley porque lo deseemos! Esa
misma ley es la que nos impide casarnos. Yo soy patricia; Calixto no ha
sido manumitido. ¿Cómo, de qué modo podríamos regularizar la situación
que el Papa condena?
—Sabiendo eso no debíais haber caído en la ilegalidad.
– ¡Pero es una ley injusta!
– De momento, la ley de la Iglesia acepta la ley romana.
– Es absurdo. ¡Absurdo! ¿Y dónde dejas la más sagrada de las leyes, la
de Dios? ¿Dónde está escrito que El rechace y condene el amor de dos seres
separados por su rango? ¿Dónde? Además, ¿se mencionan en nuestra Fe las
clases o las jerarquías?
Hipólito levantó los brazos con un énfasis algo ridículo.
—Persistes en ignorar la recomendación de Pablo, que dijo: «Quien se
resiste a los poderes temporales, se opone al orden querido por Dios.» Es
por esta razón que la Iglesia respeta el senadoconsulto claudio.
Marcia abrió la boca para expresar de nuevo su desacuerdo, pero, de
pronto, tomó conciencia de la impasibilidad de Calixto.
—¿No dices nada? ¿Piensas doblegarte ante semejante ignominia?
El tracio, extrañamente tranquilo, tardó cierto tiempo en responden
—Marcia, no he comenzado hoy a hacerme estas preguntas. Somos
una sola cosa con ese pueblo al que tengo que enseñar el código cristiano.
¿Y qué ejemplo puedo dar a esa gente si yo no sigo los preceptos más
elementales de la religión?
Ella se acercó a Calixto y se agarró a su brazo como si el océano
acabara de inundar la choza.
—Calixto, te amo. Es el único precepto que debemos seguir. Hemos
tenido ya nuestra ración de sacrificio. Tú y yo hemos pagado por siglos
enteros de futuras faltas. De modo que, te lo suplico, no permitas que me
separen de ti.
Se produjo un largo silencio, acunado por la lejana cadencia de las
olas.
—Ya no puedo separarme de Dios...
Ella le observó boquiabierta, incapaz de encontrar las palabras.
Hipólito eligió aquel momento para intervenir.
—El papa Víctor me ha encargado que os dijera que, en caso de
negativa, tendría que excomulgaros a ambos. No le quedaría otra elección.
La joven apretó en silencio los puños y, bruscamente, rompió en
sollozos.
– ¡Excomulgar! ¡Castigar! ¡Sancionar! ¿No tenéis los hombres otras
palabras para vuestros semejantes? Un día, alguien cambiará esa ley inicua.
Mañana, dentro de mil años. ¿Por qué, entonces, sufrir hoy en nombre de
una injusticia?
—Marcia..., sufro. Sufro tanto como tú. Tengamos valor. Y no soy yo
quien voy a enseñártelo. Tú me lo enseñaste a mí.
—Abandonarte... regresar a la nada..., al vacío, al absurdo...
—¿Acaso has olvidado que tú contribuiste a acercarme a este Dios?
—Y ahora El te aparta de mí.
Le miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Si cruzo el umbral de esta casa, nunca volveremos a vernos.
El inclinó la cabeza y permaneció en silencio.
Cuando Hipólito salió de Antium, Marcia le acompañaba.
—¿Sigues decidida a ir a Roma? —preguntó el sacerdote con voz
sorda.
Silenciosa y rígida, Marcia pareció salir de un ensueño.
—A Roma —respondió suavemente—, sí...
—¿Encontrarás un techo?
—No te preocupes por mí, hermano Hipólito. Septimio Severo está allí
y me ayudará a recuperar mis bienes, mi fortuna, mi poder.
—Eres cristiana. La fe te ayudará...
Marcia le miró con aire enigmático.
– ¿Cristiana, Hipólito...?
58
Abril de 201
Roma parecía una ciudad ocupada.
A medida que Calixto avanzaba por las empinadas callejas del
Quirinal, se cruzaba sin cesar con los nuevos guardias pretorianos
emplazados por Septimio Severo. No sólo su número se había doblado —
casi diez mil hombres— sino que procedían de Iliria
[83] y Panonia
[84]**, y ya no de Italia, como había sido hasta entonces. Y la
permanente presencia de la II legión Pártica acantonada en Albano, a las
puertas de Roma, acentuaba más aquella impresión de país invadido.
Desde que, hacía casi ocho años, Severo tomara el poder, con evidente
menosprecio del Senado y apoyándose sólo en el ejército, había puesto en
marcha un proceso para convertir Italia en una simple provincia entre las
demás provincias. Algunos veían en aquella política la venganza del
africano de Leptis Magna contra aquella aristocracia senatorial y aquellos
romanos hacia los que no sentía demasiada estima.
Desde los primeros meses de su reinado, el Emperador había obligado
al Senado a rehabilitar la condenada memoria de Cómodo, haciéndose
proclamar hijo de Marco Aurelio y convirtiéndose, así, en «hermano» del
príncipe asesinado. Luego, sin duda para agradar al pueblo, había llevado
hasta la caricatura aquel prurito de fidelidad, participando en competiciones
de carros y exhibiciones de gladiador.
Calixto recordaba todavía el día en que le comunicaron que el infeliz
Narciso, el amigo fiel que tan bien había protegido a Marcia en las horas
difíciles, había sido detenido por los vigilantes y arrojado a las fieras
mientras se anunciaba a los espectadores: «¡He aquí al hombre que
estranguló a Cómodo!»
Unas voces que surgían de una taberna cercana llamaron por un
instante su atención. Pero no se tomó la molestia de frenar su montura: las
peleas que enfrentaban a la gente del pueblo con los nuevos soldados,
brutales y rudos, más acostumbrados a los bosques salvajes y las montañas
nevadas que a los pórticos de mármol, eran cosa cotidiana y a nadie
preocupaban ya.
Prosiguió su descenso hacia la Suburra. E1 sol iba hacia el ocaso y él
tenía que recorrer todavía un largo camino antes de llegar a la villa de la
familia Caecilii.
Atravesó calles mugrientas, recorrió los foros, pasó por el mercado de
animales y llegó a los muelles.
Habían transcurrido dos años... Dos años con su peso de recuerdos y
trastornos.
Tras la marcha de Marcia, se había puesto cien veces en camino hacia
Roma. Cien veces había dado marcha atrás. Todo le impulsaba a reunirse
con aquella mitad de sí mismo. Su fe le había ordenado no desfallecer.
Había pasado un otoño, un invierno, otro otoño.
El segundo anochecer de las nonas de noviembre de 199, cuando se
disponía a acompañar a unos pescadores, llamaron a su puerta-.
Apenas hubo abierto el batiente, comprendió, al ver el rostro grave de
Jacinto, que éste venía a comunicarle una grave noticia.
– El papa Víctor ha muerto.
Calixto invitó a entrar al sacerdote.
– Y eso no es todo. Los diáconos y el colegio presbiterial han elegido a
su sucesor.
—¿Cómo se llama?
– Es alguien muy cercano a ti: tu antiguo compañero de infortunio.
—¿Zephyrin?
– El mismo. Desde ayer, tal como establece la tradición, nuestro amigo
es obispo de Roma, vicario de Cristo y jefe de la Iglesia.
Zephyrin papa...
—El me ha rogado que te anunciara la nueva. Y quiere verte
enseguida.
—¿Sabes por qué?
—Ahora es el pastor. El mismo te lo dirá.
Calixto meditó unos instantes, confuso; luego se levantó para seguir al
sacerdote.
Al entrar en la villa Vectiliana, Calixto sintió enseguida una emoción
profunda, indefinible.
Había sabido, por Jacinto, que Marcia había recuperado sus bienes
gracias a la intervención de Severo y que había donado aquella villa a la
Iglesia de Roma.
Ahora, entre aquellos muros donde sabía que había vivido ella, tenía la
impresión de que, de un momento a otro, la joven iba a aparecer en el
recodo de un pasillo. Cruzó el atrio y sus pasos resonaron extrañamente en
la exedra contigua a la habitación del nuevo obispo.
—Zephyrin estaba sentado ante su mesa de trabajo. Había rollos de
pergamino diseminados por los improvisados estantes, que un rayo de sol
barría en toda su longitud. La primera reacción de Calixto fue inclinarse. El
hombre que estaba frente a él no era ya el penado a quien, un día, había
salvado la vida. Hoy era el directo sucesor de Pedro. Pero Zephyrin no le
dio tiempo a realizar el gesto.
—¿Habrías hecho algo semejante cuando nos abrasábamos los
pulmones en aquella isla? Vamos, amigo mío, nada ha cambiado salvo que
—hizo una pausa—, salvo que tengo algunos años más. Pero, tranquilízate.
No te he hecho regresar de Antium para evocar los rigores de la vejez. No,
se trata de otra cosa.
Zephyrin le indicó a Calixto que se sentara.
– Bueno —prosiguió en tono grave—, la muerte del papa Víctor nos
deja ante problemas preocupantes. Como lamentablemente habíamos
presentido, las persecuciones se han reanudado. No pasa día sin que me
comuniquen una nueva tragedia. Me preocupan las consecuencias de la
presión que nos hace sufrir Septimio Severo desde que tomó el poder. Y
pienso en los temores del Papa difunto, cuando decía que viviríamos «un
período represivo que podría ser comparable a las horas neronianas».
—Pero ¿no podemos actuar? ¡No permitiremos de nuevo que nuestros
hermanos sean llevados como rebaños al matadero!
—Reconozco en esas palabras tu impulsivo carácter. ¿Qué quieres
hacer? ¿Enfrentarte con las manos vacías a los legionarios? ¿Luchar contra
las fieras? Nos asedia un imperio, no un puñado de vigilantes.
—¿Qué propones?
– Resistir. Crecer, permanecer unidos. Por encima de todo, permanecer
unidos. Cosa que dista mucho de ser fácil con los innumerables conflictos
teológicos que envenenan, desde hace algún tiempo, la vida de la Iglesia.
Grupos heréticos de muy distinta inspiración atacan lo cristológico, niegan
la divinidad de Cristo y sólo ven en él a un hombre adoptado por Dios,
atacan el dogma trinitario: Teódoto, Cleomenes, Basílides
[85]*, Sabelio, por supuesto... Sin olvidar a Hipólito y su empeño en
que utilice la amenaza de excomunión contra esa gente.
—Estoy al corriente del caso Sabelio. Su teoría sobre la Trinidad es
una verdadera herejía, y..., por una vez, me pregunto si la insistencia de
Hipólito no estará justificada.
—¡Jamás cederé a este tipo de presión! Un alma expulsada de la
Iglesia es un alma expulsada de Dios.
Ante aquel súbito enardecimiento, Calixto se limitó a inclinar la
cabeza. Aquél no era el momento oportuno para iniciar una polémica.
Zephyrin masajeó maquinalmente su pierna, siempre dolorida, y se
arrellanó en la silla curul antes de proseguir.
—Debes comprender, pues, que ante esos acontecimientos todos
somos indispensables. Y te he hecho venir porque tengo la intención de
confiarte tareas importantes. Te nombro diácono y, de entre los siete, será
en ti en quien deposite toda mi confianza. Creo que huelga mencionar los
requisitos necesarios para llevar a cabo tu acción: ser independiente,
preferentemente soltero, joven... Tú aún no has cumplido cuarenta años.
Tendrás que acompañarme a todas partes y, en caso necesario, viajar en mi
lugar. Serás el vínculo que una al pastor y su rebaño. Tu deber no será ni la
evangelización ni la liturgia, sino la acción social. Serás mi mirada y mi
corazón.
Como Calixto seguía callado, Zephyrin prosiguió.
—Y eso no es todo. Durante nuestra estancia en el penal, me contaste
tus aventuras y el cargo que ocupabas en casa de aquel banquero... —
Intentó recordar el nombre—. ¿Cómo se llamaba?
—Carpóforo.
—He decidido poner tus cualidades al servicio de nuestros hermanos.
Desde hoy te confío la administración de los bienes de la comunidad: serás
el tesorero.
Calixto iba a responder, pero el Papa prosiguió:
—Ya sé, ya sé lo que vas a decirme. Pero te propongo esta
responsabilidad precisamente a causa del delito que cometiste. Pues, mira,
al contrario que Víctor, pienso que el mejor modo de borrar un error en el
desempeño de una tarea es, cuando la ocasión se presenta, llevar a cabo otra
tan similar como sea posible. Podrás confirmar mi teoría. En adelante, las
propiedades eclesiásticas estarán en tus manos. Ciertamente son modestas,
pero para nosotros constituyen un bien precioso.
Zephyrin se dirigió hacia un estante, cogió un rollo de cobre y se lo
tendió a Calixto.
– Todo está aquí. Saca de ello el mejor provecho.
El tracio cogió el rollo y, tras un momento de meditación, se levantó
diciendo:
– Acepto el honor que me haces, Zephyrin. Y sabré mostrarme digno
de tu confianza. Sin embargo... —El papa le miró con curiosidad—. No
esperes que permanezca mudo. Como tú mismo has dicho, tendrás a tu lado
también mi mirada y mi corazón. No quisiera ser sólo tu sombra.
Zephyrin esbozó una pálida sonrisa.
—Soy un hombre viejo, Calixto. Y un hombre viejo no se apoya en
una sombra.
Al hacer el inventario de los bienes cuya administración le habían
confiado, Calixto no se sorprendió demasiado al descubrir varios
cementerios, entre ellos el más antiguo, el cementerio Ostriano, situado en
la vía Salaria y que se remontaba a los tiempos de Pedro. En aquella misma
vía estaba también la catacumba vecina, llamada de Priscila, el cementerio
Comodila, donde Pablo estaba enterrado, el cementerio de Domitila, en la
vía Ardeatina, y finalmente las criptas de Lucina, en la vía Appia.
La atención del nuevo diácono se dirigió especialmente a estas últimas,
pues, a medida que examinaba el conjunto de los cementerios, tomaba
conciencia de una carencia: no existía cementerio oficial de la Iglesia. Las
criptas de Lucina podían serlo
[86]*. Lo más difícil fue reunir los fondos necesarios para la
adquisición de las tierras colindantes, que pertenecían desde generaciones a
la familia de los Acilii Glabriones. Tras más de un año de conversaciones,
la familia le había convocado por fin. Y ahora acudía a la cita con el
corazón palpitante, lleno de esperanza. Se disponía a cruzar el puente
Fulvio cuando unos violentos gritos llamaron su atención.
– Area non sint! ¡No hay cementerios para los cristianos!
A Calixto le dio un vuelco el corazón. Detuvo su caballo y aguardó
algo alejado. Un grupo de hombres y mujeres recorría los muelles. Algunos
iban armados.
– Area non sint!
No cabía duda. No podía perder ni un instante, tenía que avisar a
Zephyrin y a los demás. Tiró de las riendas y dio media vuelta en dirección
a la villa Vectiliana.
Irrumpió literalmente en el jardín de la propiedad. Tras haber puesto
pie a tierra, corrió por el atrio.
—¡Zephyrin! —aulló, invadido por un terrible presentimiento.
Registró todas las estancias, del triclinio al gabinete de trabajo, y acabó
encontrando al Papa en la terraza, acompañado del joven Asterio, uno de
los nuevos clérigos.
También estaban Jacinto y algunos menesterosos a quienes la villa
servía de albergue.
—Zephyrin...
El anciano hizo un gesto con la mano.
– Lo sé. Y esta vez parecen decididos. Mira...
En el crepúsculo, unas siluetas avanzaban hacia la ciudad con
antorchas en las manos.
—Pero ¿por qué? ¿Quién ha podido provocar este nuevo acceso de
violencia?
– ¿No estás al corriente?
Jacinto explicó:
– Acabamos de enterarnos de que el emperador Septimio Severo ha
proclamado un edicto que prohíbe, formalmente, cualquier conversión al
judaísmo o al cristianismo.
– ¿Ha prohibido el bautismo?
– La noticia viene de Palestina, donde en estos momentos está el
Emperador.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué poner fin a estos años de tolerancia?
—¿Quién sabe lo que pasa por la cabeza de un César? Tal vez su
estancia en Oriente ha despertado en él el sentimiento de que representamos
un peligro para el Imperio. Este edicto no supondrá ningún cambio para los
judíos. La circuncisión ha estado siempre prohibida para quienes no son de
familia judía. No cabe duda, apunta directamente a nosotros.
– Es incomprensible. Severo cree en los prodigios, en los milagros, en
la adivinación y en la magia, y rinde, como su hijo Caracalla, culto y
honores en todos los santuarios que encuentra en su camino. ¡Es tan
religioso que nadie sabe ya cuál es su religión!
—Tanto más incomprensible —prosiguió Zephyrin— cuanto que
Caracalla al parecer tuvo una nodriza cristiana, que algunos de nosotros
tienen acceso a palacio y que Julia Domna, esposa del Emperador, pasa por
ser una intelectual que siente curiosidad por las cosas religiosas y se
interesa mucho por el cristianismo. El propio Hipólito le hizo llegar, hace
apenas unos días y a petición de ella, el opúsculo sobre la resurrección que
ha redactado.
—No tenemos elección, Santo Padre —intervino el joven Asterio—,
tenemos que huir.
El movimiento de la muchedumbre en la calle aumentaba. De pronto
ascendió del atrio un rumor sordo, seguido de un golpe más violento.
—¡Intentan derribar la puerta! —gritó Jacinto.
– Y no les costará lograrlo. El batiente no es más grueso que un
montón de papiro.
—Ven, Zephyrin —dijo Calixto—. Asterio tiene razón, debemos
abandonar la villa.
El Papa miró a su diácono con expresión atormentada. Como si leyera
su mente, Calixto insistió.
– No, quedarse no sería útil a nuestra causa. El martirio puede esperar.
—Pero ¿adonde iremos?
– A las criptas de Lucina —propuso Calixto—. Recientemente ordené
que se hicieran obras, que excavaran algunas galerías suplementarias que
son un verdadero dédalo en el que yo puedo orientarme. Estaremos seguros
hasta que los espíritus se tranquilicen.
—¡Pero no conseguiremos llegar a la vía Appia!
—Debemos intentarlo. Encontraremos monturas en casa de Marcelo y
las tinieblas seguramente nos protegerán. Tenemos posibilidades de pasar.
Acababa de oírse un crujido, indicando que el batiente cedería muy
pronto.
– Vamos. No podemos perder ni un instante. Pronto será demasiado
tarde.
Uniendo el gesto a la palabra, Calixto asió al Papa del brazo y lo
arrastró hacia la parte trasera de la casa, seguido de Asterio, Jacinto y los
demás fieles.
Llegaron al muro que delimitaba el jardín. Calixto se agachó.
—Pronto, Zephyrin, apóyate en mis hombros.
– ¡Es imposible! Ya no tengo veinte años. Y mi pierna...
– Es necesario, Santo Padre —le conminó Jacinto.
– No podré hacerlo. Yo...
– ¡Te lo suplico, Zephyrin! Acuérdate de la mina: te pedí que te
arrastraras bajo el bloque de piedra y lo conseguiste perfectamente. Haz lo
mismo hoy.
Un espantoso estruendo resonó en el atrio. La puerta había acabado
haciéndose trizas y dando paso a la marea humana.
—¡Trepa! —Clavó una firme mirada en la del Papa y añadió—: Esta
vez, Zephyrin, te pido que salves mi vida...
Con un esfuerzo que parecía sobrehumano, y ayudado por Asterio, el
Papa obedeció.
Un instante más tarde, todos habían saltado al otro lado del muro.
—¡Y ahora, alejémonos deprisa!
– ¡Mi pierna! —gimió Zephyrin cayendo al suelo—. Huid sin mí.
Tenéis posibilidades. Hágase la voluntad del Señor.
—¿Y dónde está la voluntad del hombre, Zephyrin?
Ignorando sus protestas, Calixto lo levantó del suelo. Tras ellos, los
gritos de la muchedumbre sonaban ya en el peristilo.
59
Agosto de 210
– ¡Tanta sangre derramada!
Rabioso, Calixto arrojó sobre el lecho las tablillas que acababan de
traerle al Papa noticias del norte de Africa.
– El nombre de esas dos jóvenes, Urbia Perpetua y Felicitas,
permanecerá largo tiempo en nuestras memorias —comentó tristemente
Zephyrin—. Su muerte fue absolutamente ejemplar.
Además, ayer noche recibí de Cartago un documento conmovedor,
redactado por la propia mano de Perpetua, que nos cuenta el drama de su
cautividad.
– ¿Da detalles sobre su martirio?
– Sí. Acusados de haber transgredido el edicto imperial, Urbia,
Felicitas y otros catecúmenos fueron detenidos por funcionarios de Tuburbo
[87]. Custodiados en la casa de un magistrado, llevaron su heroísmo
hasta recibir clandestinamente el bautismo, cayendo de ese modo bajo la
jurisdicción proconsular y viéndose obligados a afrontar un proceso capital.
Saturo, el evangelista del grupo, se apresuró a entregarse para compartir la
suerte de sus hermanos, del mismo modo que ellos habían compartido su fe.
»Un detalle que yo ignoraba es que, pocos días antes de su arresto,
Perpetua había dado a luz un niño, un varón; por lo que a Felicitas se
refiere, estaba embarazada de ocho meses. No mencionaré el sofocante
calor que reinaba en el oscuro reducto que les servía de celda, el acre olor
de los excrementos, la promiscuidad, el acoso de los guardias. Además, y
tal vez fuera eso lo más penoso, el padre de Urbia volvía a la carga una y
otra vez, utilizando todo tipo de argumentos y sentimientos para doblegar a
su hija. Podemos imaginar la lucha interior que ésta debió de mantener,
dividida entre el amor que sentía hacia su padre y su fidelidad a Cristo.
»Ya conoces los últimos instantes: Perpetua, aprisionada en una red y
desnuda, al igual que sus compañeras, ante las miradas obscenas de los
espectadores; cuando fue torpemente herida por un gladiador novato,
encontró fuerzas para erguirse y dirigir hacia su garganta la mano del
verdugo. No tenía aún veintidós años...
—Lamentablemente, esos dos seres no son las únicas víctimas del
procónsul. A veces pierdo la cuenta de nuestros mártires. Las informaciones
que llegan de Alejandría son penosas: Clemente, obligado a huir, parece
haber cedido al joven Orígenes la dirección de la escuela catequística; y
también este último escapó por los pelos de la muerte. Tenemos que
rendirnos a la evidencia: de Numidia a Mauritania, ninguna ciudad se ha
librado del acoso.
Zephyrin se incorporó trabajosamente en el lecho, con una expresión
abatida. Calixto prosiguió:
– Teóricamente, sólo los nuevos conversos iban a ser perseguidos, pero
las autoridades atacan también a los antiguos cristianos. Realmente, no
podemos permanecer con los brazos cruzados esperando la salvación
divina.
El Papa tuvo un gesto de cansancio.
—Calixto, Calixto, amigo mío, no pasa ni una hora sin que hablemos
de este problema. Cada día bautizamos nuevos catecúmenos, bajo
constantes amenazas. ¿Debo recordarte que, durante estos últimos años, han
estado cien veces a punto de lapidarnos? Y ya no recuerdo el número de
nuestras casas devastadas.
Calixto movió varias veces la cabeza.
– Sigo diciendo que debemos intentar hacer algo.
– Te escucho. Tu insistencia debe ocultar, sin duda, un proyecto, una
idea. En caso contrario...
—Más que un proyecto: una realidad. Le he pedido a Julia Domna que
me reciba.
– ¿Cómo? ¿La esposa de Severo? Pero ¿has perdido la razón? ¿Sabes
al menos quién es esa mujer?
—La conocí un día en Antioquía, durante unos Juegos organizados por
Cómodo. Hace mucho tiempo de eso. Todavía no era emperatriz.
– Permíteme, de todos modos, que te refresque la memoria... Julia
Domna es siria, hija del sumo sacerdote de Emesa.
– Ya lo sé. Pero es también una estadista bastante inteligente y
cultivada, y ejerce una indudable influencia sobre Septimio Severo.
Además, reúne a su alrededor una corte de sabios, filósofos y escritores. Su
propia sobrina, Julia Mammaea, se interesa abiertamente por el
cristianismo. Y no la ha condenado por ello a la arena.
Zephyrin hizo un brusco movimiento, como si intentara expulsar la
angustia que le atenazaba desde hacía algún tiempo.
– ¿Y cómo esperas obtener esa entrevista?
– Ya lo he hecho. Mañana veré a la Emperatriz.
Zephyrin, pasmado, no dijo nada. Calixto le explicó:
– Fustiano, mi compañero orfista, ha intercedido en mi favor. Al igual
que intercedió ante Septimio Severo para que Marcia recuperara sus
propiedades. Ciertamente, no ha sido fácil. Fue necesario que Fustiano
volviera a la carga una y otra vez durante los últimos meses. De todos
modos, por fin ha tenido éxito.
El anciano se dejó caer hacia atrás, cerrando los ojos.
—Decididamente, Calixto, a veces me pregunto quién de los dos es en
la actualidad el primer personaje de la Iglesia...
Tendida en un lecho de marfil y bronce, Julia Domna observó con
turbadora agudeza al hombre que permanecía de pie a pocos pasos de ella.
Ordenó maquinalmente los pliegues de su larga túnica negra adamascada,
se incorporó apoyándose en un codo y su voz, grave y lenta, resonó en la
inmensa estancia de la Domus Augustana.
—Fustiano parece tenerte en gran estima. ¿De modo que eras, como él,
un adepto de Orfeo...?
Antes de contestar, Calixto examinó el decorado que le rodeaba. Junto
a la Augusta estaban sus dos sobrinas: Julia Soemias y Julia Mammaea, así
como dos jóvenes de veintiuno y veintidós años respectivamente: Caracalla
y Jeta, los dos hijos de la Emperatriz, proclamados ambos Augustos y
herederos de la púrpura. La expresión del joven Caracalla fue lo que atrajo,
sobre todo, la atención de Calixto: pelo enmarañado, rollizo, nariz
redondeada y una mirada glauca que permitía adivinar una mente enferma.
—Te escucho —prosiguió aquella a la que Roma había bautizado
como «Pia et Félix».
—Es cierto. Fui adepto de Orfeo. Sin embargo, hoy no es el orfista,
sino el hijo de Cristo quien se presenta ante ti.
La mujer mostró una expresión aburrida.
—Ya lo sé, ya lo sé. Y es precisamente esa conversión lo que me
sorprende. Conozco los preceptos órficos y son muy loables. ¿Por qué,
entonces, traicionar una fe por otra?
—Orfeo es una leyenda; Cristo, una realidad. Y...
– ¿Tan fácilmente reniegas de tus creencias? —intervino de pronto
Caracalla.
—No por haber nacido en un universo, con las palabras enseñadas por
quienes os aman como único apoyo, está prohibido creer, algún día, en otra
cosa.
—Tu teoría puede aplicarse a todo. ¿Por qué no vas a rechazar
mañana, del mismo modo, el cristianismo?
Esta vez era Julia Mammaea la que preguntaba.
—La respuesta está en mi presencia ante ti. Debes de saberlo mejor
que nadie: en nuestros días es más prudente y más fácil ser orfista,
sacerdote de Baal, adepto de cualquier dios bárbaro, que ser cristiano.
Una divertida sonrisa apareció en los labios de la Emperatriz antes de
contestar:
—No porque alguien esté dispuesto a morir por una idea esa idea
resulta necesariamente buena.
—Tal vez, pero demuestra en todo caso cierta determinación.
—Mi sobrina y yo hemos leído atentamente el opúsculo sobre la
resurrección que nos facilitó uno de tus hermanos. Un tal Hipólito.
¿Realmente es sensato? Un hombre crucificado, muerto en la cruz y que,
tres días más tarde, vuelve a la vida.
—Hombres que se prosternan ante una piedra negra que parece haber
caído del cielo, un dios Sol que alienta la prostitución sagrada... ¿Acaso es
eso más sensato?
La familia imperial se quedó de pronto petrificada, y los ojos
extraordinariamente negros de la Augusta parecieron oscurecerse más aún.
—¡Mide tus palabras, cristiano! —profirió el joven Caracalla—. ¡Te
estás refiriendo con mucho impudor a la religión de nuestros padres!
—No estoy aquí para ofenderos, sino para recordaros que cada día,
desde hace meses, miles de inocentes mueren torturados. Y sin embargo —
Calixto se volvió hacia Julia Domna—, de creer en los rumores, el
Emperador es un adepto de Serapis, la divinidad grecoegipcia. ¿Piensas
acaso que es posible oponerse con la violencia a sus convicciones?
—Tus palabras carecen de sentido... Mi esposo es un César. Pero basta
ya de inútiles discusiones. ¿Qué esperas de mí?
– Vengo a suplicarte que intercedas ante Severo para que ponga fin al
martirio de mis hermanos.
Julia Domna se levantó lentamente y le indicó a Calixto, por señas,
que la siguiera a la terraza.
La luz casi había desaparecido tras las colinas y el crepúsculo borraba
los contornos del paisaje.
—Mi esposo nunca promulgó el edicto del que hablas.
Calixto, pasmado, creyó haber oído mal.
—No —repitió Julia Domna—, nunca ha existido ese edicto.
—Sin embargo...
—Cierto es que Severo tuvo la intención de prohibir el proselitismo,
pero mi sobrina y yo le disuadimos de ello. —Hizo una pausa antes de
proseguir—. Cristianos, judíos, adoradores de Cibeles, de Sekmet o de
Baal... El Emperador nunca pensó realmente inmiscuirse en este laberinto
de creencias. Si quienes le imputan ese edicto estuvieran mejor informados,
sabrían que la superstición forma parte de los rasgos esenciales del carácter
del Emperador; y un supersticioso no hace la guerra a los dioses, por muy
fantásticos que éstos sean.
—Pero entonces, esas matanzas...
—Recurre a la historia. El pueblo de Roma siempre ha necesitado
chivos expiatorios, y tus amigos cristianos reúnen todas las características
para serlo. Anestesiados ante la muerte, impávidos ante las injurias,
desprovistos de cualquier espíritu de venganza. En resumen, la oveja ideal.
Los gobernadores se lo están pasando en grande.
—Han pasado varios años sin que se hiciera nada para oponerse al
error. ¿El Emperador ha alimentado, pues, el malentendido?
– Una vez más, tus preguntas son pueriles. Posas en la vida de un
César la mirada del presente. Los que vengan no se harán este tipo de
preguntas. ¿Eres consciente, al menos, de la obra que ha realizado? Por
primera vez en la historia de este imperio dominador, un emperador se ha
interesado por la suerte de los pobres y las aspiraciones igualitarias de un
mundo dominado, durante largo tiempo, por los soberanos y la clase
burguesa. De modo que si, para lograr sus fines, ha tenido que dejarles las
manos libres a algunos procónsules imbéciles, eso no tiene importancia.
Está inscribiendo una dinastía, no unas cuantas decisiones de jurisconsultos.
Entonces, tus cristianos...
Pasmado por la noticia, Calixto se sintió dominado por un sentimiento
de rebeldía y de cólera.
—¡La vida de un cristiano, la vida de un hombre, sea quien sea, vale
más que todos los sueños de grandeza de un César! ¡Es preciso detener esta
injusticia!
La Emperatriz se volvió de pronto.
– ¿Es preciso? Pero ¿quién eres tú para atreverte a hablar de ese modo?
– Un ser humano, Julia Domna, un ser de carne como tú.
La mujer examinó atentamente a su interlocutor. Una divertida sonrisa
apareció en sus rasgos. Se acercó y hundió los dedos en la cabellera del
tracio.
—De modo que los cristianos están hechos de carne... —Y, como
Calixto permaneciera en silencio, prosiguió con voz dulce—: ¿Sabes que
eres apuesto, cristiano? Apuesto y temerario. Me gusta eso en un hombre.
Ahora, Calixto casi podía sentir aquellos labios rozando los suyos.
– ¿Por qué haces esto, Domna? Todo el Imperio conoce tu poder de
seducción. No tienes necesidad de ponerlo a prueba, como una plebeya
cualquiera...
El cuerpo de la joven se tensó como por efecto de una quemadura. Se
dirigió de un salto hacia una mesilla de mármol rosado donde había una
daga y regresó hacia Calixto.
—Nadie, ¿me oyes?, nadie le habla en ese tono a una emperatriz!
Uniendo el gesto a la palabra, colocó la punta de la hoja en la mejilla
del tracio y murmuró:
—Y ahora..., ¿dónde está tu Dios?
Calixto, impasible se limitó a mirar a la mujer con cierta tristeza.
—Si entregar mi vida puede servir para prolongar la de mis hermanos,
te la ofrezco, Julia Domna.
La Emperatriz acentuó la presión, abriendo un surco vertical en la
mejilla.
—Ya ves... Mi sangre tiene el mismo color que la tuya —prosiguió
Calixto, que seguía inmóvil.
—¡Fuera, cristiano! ¡Desaparece! Y esta noche rinde homenaje a tu
Dios por mi infinita indulgencia. ¡Fuera!
El tracio inclinó la cabeza y se dirigió lentamente hacia los jardines.
En el último instante, se volvió, ofreciendo a la mujer su rostro
ensangrentado.
—No lo olvides... La injusticia debe terminar.
Iba a marcharse cuando la voz de Domna resonó de nuevo:
—¿Y esto? ¿No es también injusticia?
Avanzó hacia él y, con un gesto brusco, dejó su pecho al descubierto.
Calixto, sorprendido, no comprendía.
Ella aprisionó en su mano uno de sus pechos y lo ofreció a la mirada
del tracio.
—¡Mira, cristiano! ¡Contempla la huella de la muerte! No tengo
todavía cuarenta años...
Pasado el instante de sorpresa, Calixto advirtió la hinchazón violeta,
del tamaño de una castaña, que deformaba el pezón.
—Galiano, sin duda el más prestigioso médico que ha conocido el
Imperio, sólo pudo confesarme su impotencia ante este mal horrible que
vive y crece en mí. Voy a morir, cristiano... También eso es injusticia...
Se había expresado con sincera desesperación. Y Calixto se sintió
conmovido a su pesar.
—Julia Domna —dijo dulcemente—, hace un rato te interrogabas
sobre la fe cristiana. Debes saber, pues, que para quienes la practican la
muerte no existe. El Nazareno dijo: «En verdad, el que escucha mi palabra
y cree en quien me ha enviado tendrá la vida eterna...»
Una sonrisa algo cansada apareció en el rostro de la Emperatriz.
Cubrió su desnudez y murmuró:
—Vete, cristiano..., vete..., eres un poeta o, tal vez, sencillamente un
loco.
Durante los meses que siguieron, y para asombro de todos, pudo
advertirse un brusco cambio en la actitud de los gobernadores de
provincias.
Sin que nadie encontrara la explicación, las matanzas disminuyeron
progresivamente hasta quedar reducidas a algunos casos aislados en
Capadocia o en Frigia.
Tras más de nueve años de tormentos, la Iglesia recuperaba por fin la
tranquilidad...
Un año y medio más tarde, el 4 de febrero de 211, en Eboracum
[88],bajo las torrenciales lluvias de Bretaña y minado por la gota,
Severo entregaba el alma, legando la púrpura a los dos hijos de Julia
Domna: Jeta y Caracalla. Deseoso de reinar solo, Caracalla se apresuró a
ordenar el asesinato de su hermano, y el infeliz expiró prácticamente en
brazos de la Emperatriz.
60
Abril de 215
Zephyrin señaló con el índice a Calixto y Asterio.
—Es inútil fingir. Sé que me reprocháis una actitud en exceso
conciliadora hacia esas herejías que proliferan en nuestra comunidad. Sin
embargo, sigo creyendo que no hay que hacer nada que pueda poner en
cuestión la unidad de la Iglesia. Hace casi cuatro años que Septimio Severo
murió, cuatro años que no se oyen los gritos de angustia de nuestros
hermanos. Una era de paz se abrirá para el mundo cristiano, ¿y queréis que
yo siembre la discordia con un juicio sin concesiones?
Asterio intercambió con Calixto una mirada turbada.
—¿Por qué no me respondéis? —prosiguió Zephyrin—. Decidme
claramente lo que pensáis.
—Pienso —dijo Calixto— que debe condenarse a los hombres que
desfiguran la fe y cuyo único objetivo es imponer su propia doctrina. Tal
condena me parece, por el contrario, propicia a la unión, no a la discordia.
—Supongo que te refieres al caso Sabelio.
—En efecto.
—Estoy cansado de esas constantes querellas doctrinales y teológicas
en las que todos se creen poseedores de la verdad. ¡Los adopcionistas, los
montañistas y, hoy, los sabelianistas!
—De todos modos, no podemos permitir que propaguen esa absurda
teoría sobre la Trinidad. Sabes tan bien como yo que desnaturaliza las
Sagradas Escrituras. ¿Debo recordarte las tesis de Sabelio
[89]? ¡Afirma que Cristo es el Padre, que él fue quien sufrió y murió en
la cruz! ¿No es una herejía?
—El problema esencial sigue siendo el de definir las relaciones entre
Dios Padre y Cristo, su hijo. Ahora bien, para establecer con precisión estas
relaciones sólo disponemos de las citas del Evangelio, que dejan el campo
libre a todas las interpretaciones. ¿Cómo castigar en estas condiciones?
¿Por qué condenar a unos hombres que también están convencidos de tener
la clave? No hay que castigar, sino iluminar.
Asterio, que hasta entonces se había limitado a escuchar, se arriesgó a
intervenir.
—Santo Padre, tienes que considerar el hecho de que Noeto, fundador
de los sabelianistas, fue expulsado de su Iglesia de Esmirna. ¿Por qué razón
debemos tolerar aquí, en Roma, por mediación de discípulos de Noeto
como Sabelio, lo que fue rechazado por nuestros hermanos de Asia?
—Además —precisó Calixto—, la teoría que intentan defender esos
hombres contradice por completo el carácter más fundamental de nuestra
fe: la sumisión de Jesús, una sumisión abnegada, llena de amor, a la
voluntad del Padre. Su plegaria, su sacrificio, toda la obra de la redención.
Por otra parte... —miró intensamente a Zephyrin, como para ponerle en
guardia—, nuestros propios hermanos nos critican, nos reprochan nuestra
falta de firmeza.
—Cuando hablas de nuestros hermanos, ¿te refieres concretamente al
sacerdote Hipólito?
—Entre otros.
—Pues bien, sabe que no cederé ni a vuestras presiones ni a las de
vuestros hermanos. Un alma expulsada de la Iglesia es un alma perdida para
Dios. No actuaré contra Sabelio y su escuela.
Un silencio recibió la conclusión de Zephyrin. Intercambiaron una
última mirada y el Santo Padre se retiró, seguido de Asterio.
—¡Nos ha dejado las palabras! Nos ha dejado la sagrada huella de sus
pasos en las orillas del Tiberíades para que nos sirva de guía por el justo
camino. Pues os lo aseguro, hermanos, ¡no hay salvación fuera del justo
camino! ¡No hay salvación!
Como hacía con frecuencia, Hipólito había convocado a los discípulos
que formaban su escuela en aquella cripta del cementerio Ostriano; aquel
lugar donde, según cierta leyenda, había resonado la voz de Pedro el
venerado.
—Afirman que Cristo es el Padre. Y que el Padre nació y sufrió en la
cruz. ¡Eso afirman! —Un nuevo murmullo de desaprobación se oyó entre
los asistentes—. Mi corazón se desgarra ante la idea de que algunos
hombres que forman parte de nuestra Iglesia toleren, se sometan a la
insoportable afrenta representada por la persona de Sabelio. Y entre esos
hombres, dos de nuestros hermanos, y no de los menores: el papa Zephyrin
y Calixto, su diácono principal.
—¡Vergüenza sobre sus cabezas! —gritó alguien.
– En verdad, debéis saber que nuestro Santo Padre no es realmente
culpable. Desde hace diecisiete años, no gobierna, se deja gobernar. Lo
sabéis como yo y me apena decirlo: en el fondo, Zephyrin no es más que un
tonto y un avaro manipulado en la sombra por su diácono. ¡Calixto! El tiene
todos los poderes. Ese individuo cuyo turbio pasado prefiero no recordar. —
La cripta se llenó de ofuscados gritos—. ¡Sí! El pastor ya no es más que el
eco de su diácono. Si Sabelio sigue propagando impunemente su mal, no
hay que culpar de ello al Papa, sino a su diácono.
Hipólito hizo una profunda inspiración, dejó que su mirada vagara
unos instantes por la muchedumbre y concluyó con voz súbitamente
afligida:
—Os digo todo esto únicamente para poneros en guardia y no para que
germine en vuestros corazones la semilla de la rebelión. Zephyrin tal vez
sea un hombre débil, pero no deja de ser por ello nuestro jefe indiscutible.
Roguemos ahora, roguemos, pues sólo la oración iluminará las tinieblas.
E Hipólito comenzó a celebrar el sacrificio...
Calixto se frotó los ojos con gesto cansado.
Iglesia, tan fuerte y tan frágil.
Cuanto más pensaba, más se forjaba en su interior la misma
certidumbre.
Era necesario un faro, un jefe que tomara las riendas con firmeza. Era
preciso asegurar la inmutable rectitud de la fe y fortalecer los vínculos que
unían a los cristianos con la Iglesia. Al igual que una elección más severa,
una preparación más atenta debía asegurar la constancia de quienes se
disponían al bautismo. Y Roma debía dar el ejemplo y ser el centro de la
unidad.
La tarea es inmensa... Hay tantas cosas que hacer...
El desfile se prolongaba por la vía Sacra, flanqueada por una
muchedumbre en pleno delirio.
Lo que se veía parecía irreal, pues la desmesura estaba presente en
todas las cosas.
Las trescientas vírgenes con los pechos desnudos acababan de
franquear el gigantesco arco de mármol rosado y se alejaban lentamente
hacia el foro. Arrastrado por doscientos toros, a los que se intentaba
enfurecer acosándolos con jaurías de hienas encadenadas, apareció una
inmensa carreta que transportaba un pene esculpido en un gigantesco
bloque de granito.
Más lejos, de pie en un carro de oro y piedras raras, hizo su entrada
Avito Basiano, apodado ya Heliogábalo, que apenas tenía catorce años. Iba
el primero y de espaldas, para que su mirada no se apartara nunca de su
señor, mientras que los sacerdotes procuraban que no cayera al avanzar.
Había sucedido a Macrino, asesino de Caracalla y asesinado a su vez
en algún lugar de Asia Menor. En Emesa, Julia Domna había muerto de
hambre por voluntad propia. Su sobrina Soemias había logrado que
proclamaran emperador a su hijo, sacerdote del dios sirio, Heliogábalo.
A partir de aquel día, Roma presenciaría extrañísimos espectáculos.
La piedra negra, símbolo de Heliogábalo, había sido llevada
solemnemente a la capital y colocada en un templo que, a tal efecto, se
habían apresurado a construir en el Palatino.
En el interior del santuario comenzaron a celebrarse ceremonias
tomadas del rito sirio. En el transcurso de las noches, se elevó el eco de
extraños cantos hacia el asombrado cielo de Roma. Corrieron rumores de
sacrificios de niños, y también de otras prácticas tan inconcebibles allí
como corrientes eran en la patria original del dios rey.
En las fiestas públicas se celebraban hecatombes, vertiendo los más
viejos y exquisitos vinos. El propio Heliogábalo bailaba ante los altares al
ritmo de los címbalos, acompañado por coros de mujeres sirias. A su lado,
senadores y caballeros colocados en círculo se convertían en impotentes
espectadores, mientras los titulares de las más altas funciones, con ropas
sirias de lino blanco, aportaban su contribución al sacrificio.
Corría también el rumor de que Heliogábalo se complacía ofreciéndose
como mancebo. Al igual que Dioniso, algunas noches se entregaba, vestido
de seda de China y al son de tamboriles y flautas, para satisfacer a su dios.
Con el rostro pintado, llevando collares y ropas de mujer, danzaba durante
horas y horas, despojándose progresivamente de todo carácter masculino.
¿Qué había sido de la grandeza de Roma?
61
Agosto de 217
Por encima de la villa Vectiliana, la noche había cubierto todo el
paisaje y el cielo parecía un inmenso campo de luciérnagas.
En silencio, Jacinto le tendió a Calixto la dalmática blanca enriquecida
con seda y adornada con dos franjas púrpura. El tracio, con el torso
desnudo, la cogió y la examinó con una media sonrisa.
—Es casi una vestidura regia...
– Las hay mucho más suntuosas —se apresuró a replicar Jacinto—, y
para ti, esta noche, ninguna ropa es lo bastante digna.
Casi de inmediato, en la mente de Calixto apareció la visión de otra
túnica, entrevista mucho tiempo atrás en la cala del Isis, el prestigioso navío
de Carpóforo. Permaneció meditabundo unos instantes antes de decidirse a
ponerse la túnica.
Se oían murmullos y pasos procedentes del exterior.
Se acercó al ventanal a través del cual soplaba una fresca brisa y
permitió que su mirada vagara por las estrellas. En el jardín, a la luz de las
antorchas y las lámparas griegas llevadas por la muchedumbre, vacilaba la
sombra de los cipreses.
Zephyrin había muerto una noche similar a ésta. ¿Hacía una semana?
¿Un mes?
El tracio hizo una profunda inspiración, como si deseara impregnarse
de la serenidad de la noche; luego invitó a Jacinto a seguirle.
—Vemos que de la autoridad divina es de donde procede la costumbre
de elegir al nuevo papa en presencia del pueblo, ante los ojos de todos, y la
de hacer que el testimonio público apruebe a un elegido digno y apto para
sus funciones. Pues, en los Números, el Señor le da a Moisés esta orden:
Toma a Aarón, tu hermano, y a Eleazar, su hijo, y sube con ellos al monte
Or; y allí que se despoje Aarón de sus vestiduras y revista de ellas a
Eleazar, su hijo, porque allí se reunirá Aarón con los suyos; allí morirá.
Agustín, el obispo de Corinto, hizo una pausa antes de proseguir.
—Cuando todos hayan dado su testimonio según la verdad, y no sólo
una opinión preconcebida, de que el hombre presenta en efecto esas
cualidades ante el tribunal de Dios y de Cristo, por tercera vez éste
interrogará al pueblo para saber si es realmente digno del ministerio.
Al llegar a este punto de su discurso, Agustín se calló de nuevo y
observó a la muchedumbre. Un impresionante silencio reinaba en el
peristilo, apenas turbado por el rumor del aire en el follaje.
—Como exige la tradición, tengo que pediros que confirméis vuestra
elección. ¿Es este hombre el que deseáis poner a la cabeza de la Iglesia, a la
cabeza del pueblo de Dios?
Y el obispo señaló con el índice al hombre que estaba en primera fila y
a cuyo alrededor se sentaban, en semicírculo, todos los miembros del
presbiterio.
—Sí, es él.
Por segunda vez, Agustín hizo la pregunta, pero esta vez dirigiéndola a
los diáconos, los clérigos, los confesores de la Fe y los obispos, que
asintieron al unísono.
Sólo entonces invitó a Calixto a acercarse al altar que había sido
erigido en el centro del jardín.
Al mismo tiempo avanzaron los diáconos manteniendo abierto el gran
libro de los Evangelios, y lo elevaron por encima de aquel que se convertía
en el decimosexto papa de la joven historia de la Iglesia.
Agustín colocó las manos en la frente de Calixto y dijo con voz
potente:
—Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, contempla a quien es
humilde. A Ti, que te complaces, desde la fundación del mundo, en ser
glorificado a través de quienes Tú has elegido, derrama ahora también el
poder que de Ti procede, el del Espíritu soberano. Concede a tu servidor, al
que Tú has elegido para el episcopado, que haga pacer a tu santo rebaño y
ejerza el soberano sacerdocio sin reproches, sirviéndote día y noche. Que,
en virtud del Espíritu, tenga el poder de perdonar los pecados de acuerdo
con tu mandamiento, que distribuya las cargas siguiendo tus órdenes, en
virtud del poder que Tú diste a los apóstoles. Con el Espíritu Santo, en la
Santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos.
Luego, sucesivamente, todos los miembros del presbiterio, los obispos
presentes, se acercaron a Calixto, se inclinaron ante él y le ofrecieron el
ósculo de la paz. Casi imperceptibles al principio, las primeras estrofas del
salmo XVIII se elevaron de entre la muchedumbre; poco a poco el canto
triunfal aumentó, creció y acabó inundando el cielo de Roma, como las
aguas de un fabuloso torrente.
Entonces, el nuevo Papa se dirigió lentamente hacia el altar y comenzó
a celebrar su primer oficio. En el momento del sacrificio tomó el pan, lo
partió y declaró:
– Mientras se entregaba al sufrimiento voluntario para destruir la
muerte y romper las cadenas del diablo, para llevar a los justos hacia la luz,
tomando el pan, dio gracias y dijo: Tomad y comed todos, éste es mi cuerpo
entregado por vosotros. Del mismo modo, levantando el cáliz: Esta es mi
sangre, derramada por vosotros. Cuando hagáis esto, hacedlo en memoria
mía.
Calixto cerró unos instantes los ojos y creyó oír las últimas palabras
pronunciadas por Zephyrin en la agonía:
«No fue enviado sólo para las ovejas descarriadas...»
Levantando la cabeza, contempló a los fieles y dijo:
—Para que sobreviva la gloria de Dios y sobreviva la Fe en toda su
verdad, que mis sucesores recuerden estos tiempos. Que la Iglesia abra sus
puertas, que no se encierre en sí misma como una mujer vieja y desabrida
empecinada en estériles certidumbres. Que nunca siga la corriente de los
ríos, sino que, por el contrario, sea esa corriente. La fuerza del Nazareno
estuvo, ante todo, en su ruptura con los prejuicios y en su infinita tolerancia.
La tolerancia no es otra cosa que la inteligencia del alma: deseo para la
Iglesia de los siglos futuros la inteligencia del alma.
Pronunciadas estas palabras, el Santo Padre comenzó a distribuir la
eucaristía.
Ayudado por Asterio, se dirigió a la primera fila. De vez en cuando,
reconocía rostros familiares. Alexiano el panadero, Aurelio el lictor,
Justiniano el decurión. Humildes o ricos, cada semana, sin falta, hombres de
todas clases llegaban para engrosar las filas de la cristiandad.
Y entonces la vio.
Ciertamente, sus cabellos habían encanecido y algunas arrugas
surcaban su frente, pero su silueta había conservado la misma armonía y se
mantenía la expresión ardiente y voluntariosa de sus ojos. Sus miradas se
encontraron, ambas intensas, ambas vacilantes entre la brusca marea de los
recuerdos.
La mano de Calixto tembló ligeramente al ofrecerle la eucaristía. El
hombre creyó percibir un temblor en sus labios. Sus dedos se rozaron. Ella
inclinó el rostro y cerró los ojos. El siguió celebrando el oficio.
62
Mayo de 221
Una soberbia primavera fluía por las orillas del Tíber. Habían
transcurrido dos años sin que ninguna nueva amenaza hubiera gravitado
sobre la comunidad. El campeón imperial del monoteísmo solar, al igual
que su familia, no intentó reavivar el tiempo de las persecuciones. Era
probable que Heliogábalo y los suyos hubieran llegado a la conclusión de
que, antes o después, el cristianismo sería absorbido por la nueva religión y
se rendiría al culto de Baal.
Pero ocurría exactamente lo contrario. Desde que dirigía la Iglesia,
Calixto podía comprobar cada día que la expansión de la fe cristiana
contrastaba con la recesión de los mitos paganos. El mundo grecorromano
sólo se convertía esporádicamente al culto de Mitra o al de Cibeles,
mientras que hacia las iglesias afluía un creciente número de personas
deseosas de adherirse a las enseñanzas de Cristo. Más de dos siglos después
del Gólgota, y aunque resultara difícil hacer una estimación precisa, podía
afirmarse que casi un quince por ciento de la población del Imperio era
cristiana. Y no era una estimación temeraria. Sin embargo, pese a tan
propicios elementos, Calixto seguía estando inquieto.
A través de las ramas, el sol poniente lanzaba reflejos amarillentos que
se extendían sobre las catacumbas.
Calixto se detuvo cerca de un lucernario. A sus pies se abría el
inmenso dédalo y los centenares de lóculos abiertos en las paredes. Había
cumplido su misión. Gracias a sus desvelos, el cementerio de la comunidad
romana de la vía Salaria había sido trasladado definitivamente allí, a la vía
Appia, a las criptas de Lucina. El lugar se había convertido en el cementerio
oficial de toda la cristiandad romana.
Tuvo un melancólico pensamiento para los que reposaban bajo tierra:
el papa Víctor, Zephyrin, Flavia, cuya sepultura había hecho trasladar allí,
innumerables anónimos... En adelante, a la diestra del Padre.
No he venido para llamara los justos, sino a los pecadores.
De pronto, sintió mucho miedo. Acababa de tomar conciencia de la
audacia de las reflexiones que, en aquellos últimos meses, no habían dejado
de perseguirle. ¿Quién era él para poner en cuestión los dogmas seculares?
Antes que él habían existido otros, muy superiores, cien veces más sabios.
Y ahora el antiguo esclavo se creía Pedro. Se sintió aterrorizado ante la idea
de que podía, a su vez, convertirse en un hereje.
Se dejó caer de rodillas y unió las manos.
– Dios mío... Soy sólo un ladrón arrepentido. Sólo existo y existiré a
través de Ti... Ayúdame, Señor... Ayúdame...
Cuando llamaron a su puerta, era de noche todavía. Reconoció
inmediatamente a su joven diácono Asterio. Iba acompañado de una mujer
mayor, con el rostro descompuesto y los ojos enrojecidos por las lágrimas.
—Es mi madre —balbuceó Asterio—. Trabaja en palacio, al servicio
de Julia Moesa, la abuela del Emperador. Esta tarde, concluido su servicio,
mi madre ha regresado a su alcoba y no ha encontrado allí a Galio, mi
hermano menor. Naturalmente, ha pensado que estaba jugando, en las
callejas vecinas, como hace a veces. Pero no ha encontrado rastro alguno.
—¿Ha preguntado por los alrededores?
—Claro. Ha acosado, literalmente, a los servidores que trabajan en
palacio. Nada.
—¿Y luego?
—Hace una hora, uno de los eunucos le ha revelado que el niño había
sido raptado por orden de la propia Moesa.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué razón?
—Para el sacrificio.
Esta vez había respondido la madre de Asterio.
—¿El sacrificio?
—Estoy segura. Los monstruos sirios han raptado a mi hijo para
ofrecérselo en sacrificio a su dios. Siempre pasa eso cuando un niño
desaparece.
—Aunque sea cierto que las peores desviaciones pueden cargarse en la
cuenta de esos individuos, un sacrificio humano me parece...
—Santo Padre, un corazón de madre nunca se equivoca. Además, el
eunuco me lo ha asegurado. Han llevado a Galio a su maldito santuario. Tal
vez sea ya demasiado tarde.
Calixto lanzó una mirada turbada a su diácono.
– Pero ¿qué puedo hacer?
También esta vez respondió la madre. Lo hizo con voz suplicante:
– Devolverme a mi hijo...
– ¡Mujer, no tengo poder alguno!
– Perdonadla —intervino Asterio—, está convencida de que sólo vos,
en todo el mundo, podéis devolverle a Galio.
—Sí, sí —repitió la infeliz—. Vos podéis, sois Cristo, tenéis ese poder.
Calixto pasó una mano por la mejilla de la mujer.
– No —dijo Calixto con indulgencia—, no soy Cristo. Sin embargo,
intentaré encontrar a tu hijo.
Ella trató de besarle la mano, pero él se lo impidió y la invitó a
sentarse.
– Espéranos aquí mientras Asterio y yo buscamos al niño. Prométeme
que no saldrás de esta casa.
—Haré lo que queráis, pero, os lo suplico, devolvedme al pequeño.
Calixto le hizo al diácono una señal para que le siguiera.
Instantes más tarde, tomaban la dirección del Palatino. Si la mujer
tenía razón, era allí donde podían encontrar a Galio.
Una sola antorcha iluminaba la entrada del santuario y, de no ser
porque se oían de forma intermitente algunos sones musicales, se habría
podido creer que el lugar estaba desierto.
Asterio y Calixto ascendieron lentamente por los peldaños de mármol
rosado.
Flotaba en el aire nocturno una imprecisa mezcla de mirra e incienso.
Cruzaron la sala hipóstila con columnas cubiertas de dibujos lascivos. A lo
lejos se empezaban a distinguir brillos y sombras.
Dieron unos pasos más. Ante ellos apareció la piedra negra, el betilo,
símbolo de los adoradores de Baal. A su alrededor, bailarinas desnudas
revoloteaban como luciérnagas enloquecidas.
El diácono señaló un lugar a la derecha.
Una silueta acababa de aparecer entre las tinieblas. Era un adolescente
adiposo, exageradamente maquillado y vestido con una larga túnica
adamascada.
El Emperador..., Heliogábalo, señor de aquel lugar.
Calixto no pudo evitar pensar: «Qué escarnio...»
A su lado habían aparecido dos mujeres. La de más edad era Moesa,
abuela del César.
Las danzas se habían hecho más sugerentes. Los cuerpos, cubiertos de
sudor, se balanceaban ante la torva mirada del adolescente. Cuando los
cantos finalizaron por fin, las Bailarinas se quedaron inmóviles para dejar
paso a tres personajes masculinos que transportaban, con los brazos en alto,
el cuerpo de un niño inconsciente.
—Es él... —susurró Asterio—. Es mi hermano Galio.
Tendieron al niño en un altar de marfil.
¿Sería posible? ¿Aquella grotesca ceremonia podía desembocar en un
crimen?
Uno de los personajes, el mayor, tomó a Julia Moesa del brazo y la
condujo hasta el pie del altar.
—Es Comazón —susurró Asterio.
Calixto examinó más atentamente al individuo. El nombre no le
resultaba desconocido. Comazón Eutiquiano. Alguien a quien toda Roma
consideraba un hombre fuera de lo común. Singular figura oriental. Antes
de convertirse en el favorito de Moesa, había recorrido una andadura
absolutamente impresionante: liberto, marino, prefecto del pretorio,
prefecto de la ciudad y dos veces cónsul. Por más de una razón, el
asombroso ascenso de aquel hombre parecía señalar el final de un mundo.
Roma conquistada por Oriente.
—¡Heliogábalo! ¡Dios sol! Has alejado las tinieblas y la oscuridad con
los rayos de tus ojos. ¡Oh calor que mantiene la vida! ¡Fulgor que se levanta
en el horizonte! ¡Vida que abre la noche!
La voz de Comazón había resonado, fuerte y clara, bajo la bóveda.
Una mujer con los labios pintados y los párpados cubiertos de ceniza
se acercó al altar. Lentamente, empuñó una daga de mango adornado con
piedras finas.
—Santo Padre, hay que actuar...
La melopea había comenzado de nuevo. La mujer levantó el brazo,
dispuesta a golpear.
—¡Deteneos! ¡En nombre del Señor, os ordeno que os detengáis!
—La mujer se inmovilizó mientras todas las miradas convergían en
Calixto.
Asustado, Heliogábalo buscó la mirada de su abuela, que parecía
desconcertada también.
Sólo Comazón mantuvo la calma.
—¿Quién eres tú para atreverte a interrumpir la hora sagrada?
—Un hombre que respeta la vida de los demás. Vengo a buscar a ese
niño para llevarlo junto a su madre.
Se dirigió con paso firme hacia el altar.
—¡Cogedle! —ordenó Comazón.
En un abrir y cerrar de ojos, los sacerdotes se arrojaron sobre Calixto y
su diácono y los inmovilizaron.
Heliogábalo, más tranquilo, se acercó a los dos hombres y los examinó
como alguien que descubriera un animal raro.
—¡Que los maten! —vociferó un sacerdote.
—¡Han cometido un sacrilegio!
Comazón, perfectamente dueño de sí, ordenó silencio.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, clavando una fría mirada en la de
Calixto.
—Calixto...
—Le reconozco —gritó Bara, el más agresivo de todos—. Es un
cristiano. Es su jefe.
—¿Su jefe? —dijo Comazón, bruscamente interesado.
—Así es. Ahora, que me devuelvan al niño. No tenéis derecho a
cometer...
—¿No tenemos derecho?
Por primera vez intervino Heliogábalo.
—¿No sabes acaso que el dios solar tiene todos los poderes?
—No existe dios solar, únicamente hay un Dios: Cristo, Nuestro Señor.
—¡Sacrilegio! —aullaron los sacerdotes.
—Así pues —prosiguió Heliogábalo—, afirmas que no hay dios solar
y que Baal no existe.
—Baal es sólo una quimera, semejante a todas esas efigies romanas
desprovistas de sentido: Cibeles, Ares, Plutón... Vuestro Baal no tiene más
poderes que el betilo que lo representa.
Aquellas palabras tuvieron el efecto de azuzar más aún el odio de los
sacerdotes.
Bara se apoderó de la daga destinada al niño y la dirigió a la garganta
de Calixto.
—¡Todavía no! —ordenó Heliogábalo—. Este hombre me divierte.
Calixto replicó con súbita pasión:
—César, sois todavía un niño. No escuchéis a esa gente que os hace
crecer en el error. Tal vez os divierta, pero ¿no veis que vos mismo sois tan
sólo el juguete de esa gente? No hay uno solo de ellos que no se ría de vos a
vuestras espaldas. Tanto este individuo —dirigió el índice hacia Comazón
— como esas caricaturas de sacerdotes os desprecian y no aspiran más que
a vivir el poder a través de vos.
En aquel momento, Julia Moesa se inclinó hacia su nieto y le susurró
unas palabras que nadie oyó. Heliogábalo pareció primero sorprendido;
luego le vieron meditar y, al final, asintió con la mirada.
—Soltad al cristiano —dijo con voz monocorde—. Y devolvedle al
niño.
Volviéndose hacia Calixto, añadió:
—Así sabrás que el dios Baal sabe mostrarse magnánimo. Violento,
pero tan dulce como el sol.
Los sacerdotes, encabezados por Bara, iniciaron un concierto de
protestas. A su entender, el cristiano merecía cien veces la muerte. Pero, en
un tono que no admitía réplica alguna, Julia Moesa les ordenó que
obedecieran.
Entonces, Calixto levantó al pequeño Galio, inconsciente todavía, y
seguido de su diácono se dirigió a la salida del santuario.
Moesa se inclinó de nuevo hacia Heliogábalo.
Muy bien, majestad. Ya veréis como no me he equivocado. Me han
dicho que es mejor desconfiar de estos cristianos. Son capaces de lanzar
hechizos. Hechizos terribles.
Heliogábalo pareció no oírla. Tal vez pensaba en lo que el hombre le
había dicho, y una expresión de niño acosado iluminó furtivamente sus
ojos.
63
Roma, 18 de febrero de 222
– Santo Padre, no quisiera acuciarte —prosiguió Jacinto—, pero te
recuerdo que...
—Sí, lo sé. Los más altos dignatarios de la Iglesia de Occidente y
algunos de la de Oriente esperan mi decisión. No temas, no aguardarán
mucho tiempo.
Ambos hombres abandonaron la estancia y cruzaron el pórtico. En
aquel mes de febrero, el jardín interior de la villa Vectiliana, recientemente
restaurada, había perdido algo de su brillo, tanto más cuanto que a las
desnudas ramas que se elevaban sobre una alfombra de hojas muertas se
añadía la desnudez de los zócalos de mármol, liberados de sus ídolos
mitológicos.
Se cruzaron con tres mujeres vestidas de lino blanco, que se alojaban
en la mansión y que estaban barriendo las avenidas.
Una vez ante el tablino, apartaron la cortina.
La vasta estancia estaba fría pese al fuego que ardía en uno de los
braseros. Sólo dos hombres se encontraban presentes. El primero era
Hipólito; el otro, el clérigo Asterio. Este le tendió a Calixto un pergamino.
– He aquí la redacción definitiva.
Hipólito alisó con seco gesto un invisible pliegue de su palio y declaró
con sorda cólera:
– Hermano Calixto —desde el nombramiento del tracio, evitaba
sistemáticamente aplicarle los títulos de Padre o Santo Padre—, por última
vez vengo a suplicarte que renuncies a proclamar este edicto.
Calixto movió la cabeza con cansancio.
– Ya hemos hablado más de una vez de este asunto. Tú concibes la
Iglesia como una comunidad de santos. No desprecio la grandeza de ese
ideal; sin embargo, debes comprender que...
—No lo desprecias, pero renuncias a él. Como renuncias al mensaje
del Señor. El dijo: Sed perfectos como lo es vuestro Padre en los cielos.
—¿Cuándo aprenderás, Hipólito, a abrir los ojos? ¿No ves, acaso, lo
que ocurre en este mundo en perpetua evolución? Si la Iglesia no
contribuye a aliviar la desesperanza de los hombres, sus conflictos
interiores, si no los ayuda a vivir lo cotidiano en armonía con los principios
que predicamos, toda la aventura del Hijo del Hombre se verá relegada, un
día, al rango de una maravillosa pero inútil historia. Y habrá terminado la
primavera en el corazón de los pueblos.
—¿Cómo puedes imaginar...?
—Escúchame, pues. No pasa mes sin que nos veamos enfrentados a la
desesperación de esos cristianos condenados a vivir un degradante
concubinato, con el pretexto de que la legislación romana se empeña en
proscribir el matrimonio de dos seres cuando uno de ellos es de condición
inferior. Toda mujer de rango senatorial que se desposa con un hombre que
no tiene el título de clarísimo, pierde su título y ni siquiera puede ya
transmitirlo a sus hijos. Conoces, tan bien como yo, las consecuencias de
esa situación: las cristianas de alto rango que no han renunciado a todo su
orgullo aristocrático, y que no desean ser infieles a la Iglesia desposándose
con un pagano de su condición, ni perder su dignidad compartiendo su vida
con un cristiano de baja cuna, se encuentran en una situación imposible.
Hipólito se ruborizó y martilleó su respuesta con una rabia
desproporcionada:
– ¡La Iglesia sólo debe reconocer las uniones aprobadas por la
legislación romana! Ir contra esa legislación supondría reconocer, pura y
simplemente, el concubinato, ¡la unión fuera de la ley!
Calixto dominó al sacerdote con la mirada, durante un breve instante, y
preguntó con tranquilidad:
– ¿Ha terminado tu intervención, hermano Hipólito?
– ¡No! Sabes perfectamente que existe otro punto que te pido que
reconsideres. ¡Y mucho más grave!
– El problema de la disciplina penitencial...
– ¡Fornicación, homicidio y apostasía son pecados irremisibles!
Recuerda las recomendaciones sagradas.
Calixto asintió con la cabeza y recitó con voz apagada:
– Lo recuerdo: «Cuando un hombre comete una de esas faltas, debe
acostarse en la ceniza, afligir su cuerpo con una apariencia descuidada y su
alma con la tristeza. Compensar con austeridades su pecado. Observar un
sencillo régimen procurando, no la satisfacción del vientre, sino la
conservación de la vida. Gemir día y noche a Dios. Postrarse a los pies de
los sacerdotes y arrodillarse ante sus propios hermanos. Solicitar sin
descanso la intercesión ante todos los fieles. Pues quien se ha convertido en
culpable de los tres pecados irremisibles debe hacer penitencia, y esperar el
perdón de Dios y sólo de Dios.»
—Me parece muy claro.
—Sólo el perdón de Dios —repitió el nuevo obispo de Roma con aire
pensativo—. Es decir, soportar la vida como se soporta una enfermedad
vergonzosa, con la esperanza de una remisión después de la muerte. Y,
según tú, Hipólito, ¿es ésta la herencia del Nazareno? ¿Es preciso, en la
Iglesia, vivir en el desprecio, como si el dolor de un miembro no fuera el de
todos?
—¿Absolver el crimen, los placeres de la carne, la blasfemia contra el
Espíritu Santo? ¡Eso sería ir contra los principios divinos! ¿Cómo hacérselo
admitir a un personaje cuya formación teológica es...?
—Pareces olvidar que me beneficié de las lecciones de Clemente de
Alejandría —interrumpió Calixto.
– Los buenos principios no actúan del mismo modo en todos los
terrenos. Está la buena tierra y los guijarros del camino.
Jacinto le miró con expresión escandalizada.
– ¡Hermano Hipólito!
– Deja —dijo Calixto muy tranquilo—. Para él, siempre seré un
banquero deshonesto y un falsario.
—No importa lo que seas —prosiguió con ardor el sacerdote—. Pero
te pido, te suplico que no publiques este edicto. Cerrarías las puertas de la
eternidad a todos los infelices que se arriesgaran a aplicar tus consignas.
—Te equivocas una vez más. Estas puertas se cerrarán mucho más si
excluimos de la Iglesia a los grandes pecadores. El lo dijo: He venido para
los enfermos y no para los sanos.
El rostro de Hipólito adoptó el aspecto de una máscara pétrea.
—Eres hábil citando las Escrituras de manera que se adapten a tus
deseos. ¡Pero ten cuidado, Calixto, ten cuidado!
Antes de que el nuevo Papa tuviera tiempo de pedirle que se explicara,
su rival había apartado la cortina y salido al atrio, donde se elevaban ya los
ecos de una impaciente concurrencia.
Jacinto se limitó a deplorar:
– Es una lástima... Nos haría falta un teólogo y un escritor de su
temple.
—No consigo comprender la tozudez con la que siempre se opone —
añadió Asterio.
– Qué quieres —suspiró Calixto, desengañado—, Hipólito y yo somos
rivales desde... —esbozó una lejana sonrisa—, desde el día en que arrojé a
su padre a la pileta de un impluvio. Y sin duda no consigue aceptar que me
he convertido en lo que soy. Ahora, vamos. El tiempo acucia.
Se dirigieron a su vez al atrio y pasaron por el peristilo. Una compacta
concurrencia de unos doscientos hombres los recibió con evidente
satisfacción.
Nada en su actitud y su vestimenta permitía distinguirlos del simple
ciudadano, y sin embargo, formaban el más ilustre grupo de obispos de todo
el Oikumenes.
Algunos años antes, hubiera sido una locura reunir a todos aquellos
hombres en un mismo lugar, pero hoy las cosas eran distintas. Nuevos
cambios se habían producido en los asuntos del Imperio. Heliogábalo había
ido a reunirse de modo sangriento con sus dos predecesores. Ahora, desde
hacía seis meses, el nuevo César no era otro que Alejandro Severo, último
retoño varón de la dinastía severa e hijo de Julia Mammaea. Y Calixto
había recibido garantías de aquella que siempre había mirado con interés e
indulgencia el cristianismo: nada se haría contra los cristianos.
Se sentó en la silla curul que le estaba reservada. Era la única situada
en el centro del peristilo. A su alrededor, las avenidas estaban flanqueadas
por los escabeles ante los que aguardaban los obispos. Calixto les había
hecho una señal para que se sentaran primero, no deseando que le
consideraran como su primus inter pares
[90].
Así lo hicieron, a excepción de algunos que persistieron en permanecer
de pie. Formaban el núcleo duro y conservador de la cristiandad.
En cuanto se hizo el silencio, la voz de su jefe se elevó:
– Sabéis lo que nos separa —comenzó firmemente—. Lo hemos
discutido bastante en los últimos tiempos. ¡Este edicto es una infamia!
¡Sumiréis a la Iglesia en un drama de incalculables consecuencias!
—¡Es falso, falso! —protestaron algunas voces.
—¡Vais a abolir todo tipo de disciplina! ¡El perdón de los pecados
irremisibles no puede depender de la jerarquía eclesiástica!
Hipólito hizo una breve pausa y, mirando a Calixto directamente a los
ojos, concluyó:
– ¡Tú no eres Cristo!
El Papa se irguió lentamente y se enfrentó a su oponente.
– Soy Pedro. Y el Señor dijo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Te daré las llaves del reino, y lo que atares en la tierra quedará atado en
los cielos, y lo que desatares...
Hipólito puso por testigos a los asistentes.
—Lo que no significa, en absoluto, que Nuestro Señor confiriera a
Pedro el poder de remisión para los pecados irremisibles. Sabemos que la
absolución de estos pecados sólo puede ser dada por el Padre. Sólo cuenta
el perdón de Dios.
—Nosotros somos el perdón de Dios.
Los rasgos de Hipólito se inmovilizaron.
—Sí, somos el perdón de Dios, aplicado en adelante por la mano del
hombre.
—¡Herejía!
La palabra había sido dicha. Entre los presentes se produjo una
considerable agitación. Calixto prosiguió sin perder la calma:
– Venid a mí los que penáis y sufrís bajo el fardo, pues yo os aliviaré.
Pues soy dulce y humilde para los corazones. Hallaréis entonces el
consuelo para vuestras almas. ¿Lo oyes, hermano Hipólito? ¡El consuelo
para vuestras almas! Mi único deseo es no arrojar a un desierto a nuestros
hermanos. ¡Al hombre sólo pueden exigírsele esfuerzos humanos!
—¡Tus hermanos renegarán de ti a causa de eso!
—No, Hipólito, soy el Buen Pastor, conozco a mis ovejas y mis ovejas
me conocen. —Calixto se volvió hacia la concurrencia y prosiguió—: Y yo
os digo que no hay fatalidad cuando existe el amor. ¿Qué es nuestra Fe sino
una fe de amor?
—A continuación, dirigiéndose al grupo de contestatarios, declaró con
fervor—: ¿Sabéis realmente lo que nos divide? Pues que donde yo veo una
falta, vosotros veis un crimen. Donde yo oigo un lamento, vosotros sólo oís
blasfemia.
Indiferente, Hipólito soltó con ironía:
—Manejas bien el verbo... —Y sin aguardar más, arengó a la
muchedumbre:
—Permitiendo que este hombre nos convenza de que el obispo de
Roma detenta infinitos poderes, hasta el extremo de determinar él mismo
los limites del Bien y el Mal, os adentráis en la vía del orgullo. La de
vuestra perdición. ¡Sabed, pues, que no seguiremos por ese camino!
—No pensaréis... —exclamó Asterio.
Eludiendo deliberadamente cualquier explicación complementaria,
Hipólito dio media vuelta y se dirigió hacia la salida de la mansión, seguido
por sus discípulos.
Calixto fue el primero en reaccionar.
– Asterio, alcanza a nuestro hermano e intenta disuadirle de tomar una
decisión lamentable.
Asterio lo hizo. Calixto, pensativo, le vio desaparecer por la
columnata. En su interior sabía que era demasiado tarde: un cisma, el
primero de la historia de la Iglesia naciente, era inevitable.
—Santo Padre —intervino entonces tímidamente Jacinto, tendiéndole
el pergamino objeto del litigio.
—Lee —dijo simplemente Calixto.
Entonces, el anciano comenzó a leer en voz alta:
– «Yo, Calixto, obispo de Roma, vicario de Nuestro Señor Jesucristo,
custodio de las llaves del reino, decreto en este día que se perdonen los
pecados de la carne, los homicidios y la idolatría, y prometo su absolución
mediante la penitencia. Además, allí donde la ley romana dice que no hay
matrimonio para los esclavos, yo digo que en adelante cualquier
matrimonio entre esclavos será tan sagrado como entre hombres libres.
Asimismo, desde ahora se reconocerá validez a la unión entre dos
cristianos, sea cual fuese el rango que uno y otro ocupen. Afirmo que tales
uniones serán legítimas ante Dios.
»Así, toda mujer constituida en dignidad, si carece de esposo y,
estando en el ardor de su juventud, no desea perder su dignidad contrayendo
un matrimonio legal, esa mujer podrá tomar por esposo tanto a un esclavo
como a un hombre libre y considerarlo esposo legítimo.
»Vale.»
Y a medida que brotaban las palabras pronunciadas por Jacinto,
Calixto tomó de pronto conciencia de que todo en su infancia y en su
juventud, sus íntimos desgarrones, sus escasos instantes de felicidad, sus
ambiciones y sus renuncias, todo se había confabulado para conducirle
hasta allí, hasta ese instante. La esclavitud, Apolonio, la evasión con Flavia,
Carpóforo, el capitán Marco, Clemente y la fuerza de sus enseñanzas, las
minas de Cerdeña, Zephyrin, su amigo y predecesor, y sobre todo el
imposible amor que le unía a Marcia. Todo aquello le parecía ahora la trama
lógica de su destino.
Sumido en sus pensamientos, casi dio un respingo cuando Jacinto le
entregó el edicto. Puso en él su sello y los principales obispos hicieron lo
mismo. Esta vez, nada podía ya detener el proceso.
15 de octubre de 222
Acurrucada en la oscuridad de la calleja, la mujer aguardó largo rato a
que abandonara la villa. El pasó a pocos pasos de ella sin sospechar su
presencia y se dirigió rápidamente hacia el puente Aurelio.
De pronto, ella tuvo la presciencia de que algo anormal estaba
sucediendo.
Calixto acababa de detenerse a la entrada del puente. Unos
desconocidos le cerraban el paso.
—¿Qué queréis? ¡Dejadme pasar!
—Bueno, cristiano ¿has vuelto a ofrecer una pobre virgen a tu dios?
—Sois estúpidos, ¡dejadme pasar!
—¡Eres de insulto fácil! ¿No nos reconoces? Soy Bara, el sacerdote de
Baal.
—No conozco a ningún sacerdote de Baal. ¡Dejadme pasar!
El hombre había agarrado violentamente a Calixto por la túnica. Otras
voces se unieron a la suya.
—Vamos, basta de astucias. No has podido olvidarlo. La ceremonia,
aquella noche en el santuario. Cometiste el sacrilegio de interrumpirnos
para recuperar al hermano de tu diácono. ¿Lo recuerdas?
—Ya veo... Tenéis un rencor tenaz. Hace casi siete meses que
Heliogábalo fue asesinado y que vuestra piedra sagrada tomó el camino de
Emesa.
—¡Blasfemo!
Calixto se liberó con firmeza del brazo que le sujetaba e intentó abrirse
camino a través del grupito de curiosos que se había formado.
—¡Es un cristiano! —aulló alguien—. ¡Como todos los de su raza,
desprecia las demás creencias!
—¡Asesinos!
—¡Conspiradores!
Una vez más, se vio obligado a comprobar con gran tristeza que,
paradójicamente, si bien las relaciones entre la Iglesia y el Estado habían
mejorado algo últimamente, la agresividad y la imbécil rabia del pueblo
contra los cristianos no había cambiado en absoluto.
—¡No se trata así a un sumo sacerdote!
Bara se había acercado.
—Mi amigo tiene razón. Te propongo que, para obtener el perdón,
participes en una de nuestras ceremonias. Así venerarás al verdadero dios,
al único.
—¿ Creéis acaso que mi Dios es intercambiable? No, entre nosotros no
hay astro solar que sustituya a Venus.
Calixto intentó de nuevo marcharse, pero el círculo se cerró a su
alrededor.
—¡Escoria!
—¡Conspirador!
—¡Asesino!
—Bueno —susurró Bara—, ¿los oyes? No es improbable que uno de
los tuyos fuera el que mató al pobre Heliogábalo.
—¡Eso es absurdo! Todo el mundo sabe que fue asesinado durante un
motín de pretorianos. ¡Basta ya! ¡Regresad a casa!
—¿No sientes, pues, vergüenza alguna?
—Siento vergüenza por ti y por todos los que se prosternan todavía
ante ciertas estatuas.
El cuchillo salió a la luz del día.
Casi al mismo tiempo se oyó un grito. Un grito de mujer que zarandeó
su memoria en el preciso instante en que la hoja traspasaba su pecho.
Hubo un segundo golpe, luego un tercero, y Calixto se dijo que era así
como los hombres saciaban su desprecio hacia Dios.
Y de nuevo aquel grito.
Era extraño... No pensaba que iba a morir, sino únicamente en
identificar el origen de aquel grito.
Cuando la mujer consiguió por fin abrirse paso entre la muchedumbre
desenfrenada, él estaba ya tendido en un charco de sangre.
Lo estrechó entre sus brazos y gritó su nombre. Una vez, cien veces. Y
su voz resonó en la ciudad como el salvaje grito de una loba a la que le
arrebataran sus cachorros.
Se tendió sobre él para protegerlo con su cuerpo.
El apenas entreabrió los ojos. La vio y sonrió.
NOTAS COMPLEMENTARIAS DEL
AUTOR
Calixto murió aquel 15 de octubre del año 222. Su cuerpo fue arrojado
a un pozo. El diácono Asterio retiró sus despojos. Al parecer, lo enterró en
el cementerio llamado de «Calipodio», en la vía Aureliana.
El papa Julio II hizo construir una basílica en su memoria (Santa María
in Trastevere), y la Iglesia lo venera como papa y mártir.
Pese a la violencia de sus opositores, el edicto sobre la absolución de
los pecados irremisibles se impuso en todas partes, y nunca ha sido puesto
de nuevo en cuestión.
El asunto de la patria de origen de Hipólito sigue abierto. El padre J.
M. Hanssens (La Liturgie d'Hippolyte) supone que es de origen egipcio;
otros creen que es de raíz romana.
Tras haber reinado como antipapa, Hipólito fue deportado a Cerdeña
hacia 235, en compañía del papa Ponciano, durante la persecución del
emperador Maximino.
Ambos murieron mártires y sus cuerpos fueron trasladados a Roma. A
continuación fueron honrados del mismo modo por la Iglesia. Antes de
morir, Hipólito alentó a sus fieles para que se unieran a la gran Iglesia.
En 1551 se exhumó, en el territorio del antiguo cementerio de la vía
Tiburtina, una estatua mutilada reconocida como la de Hipólito. Esta
estatua, erigida mientras vivía por sus discípulos, nos permite conocer las
obras que redactó.
En 1842, Mynoide Mynas llevó del monte Athos a París las
Philosophoumena. Esta obra, que fue escrita varios años después de la
muerte de Calixto, contiene la síntesis de los resentimientos experimentados
entonces por Hipólito hacia aquel a quien consideraba su rival. En ella, la
Iglesia católica es descrita como la «secta de Calixto».
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22/09/2009
notes
[1] Su leyenda, una de las más oscuras de la mitología griega, está
vinculada a la religión de los misterios, así como a una literatura sacra que
se remonta hasta los orígenes del cristianismo.
[2] Así denominada por el nombre de familia de Trajano.
[3] En las grandes casas, los esclavos eran a menudo divididos en
grupos de diez.
[4] Alrededor de las diez de la mañana. Decir que la hora romana fue
siempre aproximada, perpetuamente elástica y contradictoria, sería un
eufemismo.
[5]Lobo
[6] Nombre latino de Dioniso, el dios griego de la viña. Su culto,
asimilado a un culto egipcio, está vinculado al mito órfico.
[7] Nombre dado a la constelación de Hércules y a la de la corona
austral. Por extensión, la rueda del destino.
[8] Protectora del matrimonio y de las mujeres casadas.
[9] Milán.
[10] Las nonas correspondían a la luna llena. Coincidían con el día 7
de los meses de marzo, mayo, julio y octubre, y con el 5 de los demás
meses.
[11]Sacerdote de Dioniso.
[12] Sobrenombre dado a los personajes parásitos que evolucionaban
en el entorno de los señores romanos.
[13] Actual Coliseo.
[14] Roma estaba entonces dividida en catorce regiones.
[15] Taberna que daba a la calle.
[16] Especie de salmuera compuesta por los líquidos que fluían de los
pescados salados y medio putrefactos, que los romanos aromatizaban
intensamente. Era un aliño de lujo y un poderoso excitante del apetito.
[17] Fiestas celebradas en honor de Saturno, durante las que los
esclavos ocupaban el lugar de los amos. Se caracterizaban por los excesos
que se cometían en ellas.
[18] Asamblea. Por extensión, iglesia.
[19] Juego en el que se muestran rápidamente los dedos, estirados
unos, encogidos los otros, para que se trate de adivinar el número de los
primeros. Se anuncia al mismo tiempo un número y gana el que adivina
cuántos dedos se le presentan.
[20] Un siglo antes, el emperador Domiciano ordenó ejecutar a sus
propios primos por su adhesión al cristianismo.
[21] Nombre de los sacerdotes de la diosa Cibeles, famosos por sus
violentas devociones.
[22] Denominación de los ciudadanos romanos.
[23]Caza en anfiteatro.
[24] Palacio imperial.
[25] El orden, la cosa pública.
[26] La ley de majestad concedía al delator (si su acusación triunfaba)
la cuarta parte de la fortuna confiscada al condenado. Bajo el Imperio, esta
ley hizo muy fructífera la delación.
[27] Ortiga.
[28] Especie de chal que cubría los hombros y la cabeza de las
romanas.
[29] Los idus eran el día 15 de los meses de marzo, mayo, julio y
octubre, y el 13 de los demás meses.
[30] Carrera de los honores. Es decir, sucesión de las magistraturas.
[31] Célebre caldo.
[32] Prostitutas.
[33] Las seis de la tarde.
[34] Se llama gentiles a los paganos, por oposición a los judíos y los
cristianos.
[35] Mujer libre.
[36] Hombre nuevo. Por extensión, ascendido recientemente.
[37] Organización del transporte de víveres y el avituallamiento de
Roma.
[38] Organizador de Juegos.
[39] Tolomeo II Filadelfo se casó con su hermana, Arsinoe. Fue el
primero de los reyes de origen griego que adoptó esa costumbre de los
faraones.
[40] Trimalción, otro célebre caballero, poseía treinta millones de
sestercios. Plinio el joven (que se consideraba pobre) poseía, por su parte,
una veintena de millones. Las fortunas de cien millones de sestercios no
eran raras.
[41] En Lyon, en el año 186 a. C.
[42] Atributo de Baco. Bastón rodeado de hiedra o de hojas de parra y
coronado por una piña, que llevaban los bacantes.
[43] El derecho romano no se organizó hasta la época de los Severos y
no se codificó hasta la de Justiniano.
[44] Salvado por una providencial tempestad el propio Marco Aurelio
dirigió, al parecer, un mensaje al Senado para comunicarle el
acontecimiento.
[45] Vino raro.
[46] Guardia que caminaba ante los altos magistrados llevando un
hacha colocada entre un haz de vergas.
[47] Vientos del norte que soplan en el Mediterráneo oriental durante
la canícula.
[48] Barrio indígena.
[49] Libros de filosofía moral. Obra de Séneca hoy desaparecida.
[50] Bajo el Imperio, Grecia formaba la provincia de Acaya.
[51] Viento del norte.
[52] Divinidades del destino.
[53] Capital de la Siria seléucida y romana, fundada a orillas del
Orontes hacia el año 300 a. de C. Hoy: Antakya, ciudad de Turquía.
[54] Exhortación. Una de las tres obras principales de Clemente de
Alejandría. Las otras dos son Stromata y El pedagogo. Poseemos también,
en su original griego, un tratado sobre la salvación de los ricos (Quis dives
salvetur), así como la traducción latina de algunos fragmentos de sus
Hypotyposes (comentarios a las Escrituras). Otras obras que menciona san
Jerónimo se han perdido.
[55] El buen regreso.
[56] Vino superior al de Falerno, que se consideraba ya un excelente
caldo.
[57] Beirut.
[58] Hoy Balj, en Afganistán.
[59] Otra denominación del sestercio.
[60] El Lodazal: lugar donde se hundían las almas tras su última caída.
[61] El término «paraíso» no estaba muy en uso todavía. Pathios
utiliza su equivalente mitológico.
[62] Pathios describe a un gigante. Los mitólogos distinguían a los
gigantes de los Titanes, pero la distinción no siempre estaba clara entre el
pueblo.
[63] En 175 Avidio Casio era procónsul de Siria.
[64] Arbitros.
[65] Lucha libre.
[66] Mundo civilizado o mundo habitado.
[67] Medianoche.
[68] Tipo de gladiador así llamado porque sus armas se parecían a las
de los guerreros samnitas (habitantes de una región mal determinada de la
antigua Italia).
[69] Dios medio hombre, medio animal, cuyo aspecto llenaba de terror
a quienes se lo encontraban inesperadamente.
[70] Antigua capital de Media. Hoy Hamadán, en Irán.
[71] Coche de dos ruedas tirado por un caballo.
[72] Salutemdat: da su saludo.
[73] Encuéntrate bien.
[74] Lyon.
[75] Nombre que se daba a los grupos de gladiadores.
[76] Sacerdote que iniciaba en los misterios sagrados.
[77] En latín, fiscus: cesto. Por extensión: tesoro público.
[78] Ubi tu Gaius, ibi ego Gaia. Fórmula que servía de sacramento.
[79] Espíritu de los muertos.
[80] Adivino que leía el porvenir en las entrañas de los animales.
[81] Donación que todo emperador pagaba a la guardia pretoriana al
iniciar su reinado.
[82] En derecho romano, la ingenuidad era el estado de una persona
nacida libre.
[83] Región balcánica cercana al Adriático. Hoy, Iliria está dividida
entre Italia, Bosnia y Austria.
[84] Región de la antigua Europa, entre el Danubio, los Alpes, Iliria y,
parcialmente, Bulgaria y Tracia.
[85] Originario de Alejandría, consideró al Dios de la Biblia jefe de
una categoría inferior de ángeles, creadores del mundo material.
[86] Las criptas de Lucina se convirtieron, efectivamente, en el
cementerio cristiano por excelencia y llevan hoy el nombre de catacumbas
de Calixto.
[87] Hoy, Henchir y Kasbate, situadas cincuenta y cinco kilómetros al
suroeste de Túnez.
[88] Actualmente York, en Escocia.
[89] Según Sabelio, el Padre y el Hijo son sólo dos modos distintos de
existencia del mismo ser, que es el Dios único.
[90] El primero entre iguales.
Table of Contents
Gilbert Sinoué El Papa Olvidado, Calixto I
PRÓLOGO
LIBRO PRIMERO
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
LIBRO SEGUNDO
33
34
35
36
37
38
39
40
41
LIBRO TERCERO
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
NOTAS COMPLEMENTARIAS DEL AUTOR