La Unidad Doméstica Como Una Unidad Natural: Olivia Harris
La Unidad Doméstica Como Una Unidad Natural: Olivia Harris
La unidad doméstica
como una unidad natural*
Fuente: NuevaAntropología, Vol. VIII,No. 3D, México 1986
2
se quedan en la esfera doméstica mientras los hombres salen de
ella para hacer lo que se llama trabajo productivo, está profunda-
mente arraigada en la literatura. Tanto Marx (1976) como En-
gels (1972) toman esa división del trabajo como algo natural, y
el mismo supuesto reaparece con frecuencia hasta en la literatura
feminista contemporánea.
Por otra parte, es bien sabido que la división de tareas entre mu-
jeres y hombres varía significativamente de una cultura a otra (v.
gr., Oakley, 1972; Friedl, 1975) y de un periodo histórico a otro
(v, gr., M. Roberts, 1978). La investigación antropológica nos
muestra la enorme variedad de sistemas de parentesco y ordena-
mientos residenciales (Goody, 1972); un torrente de investiga-
ción histórica sobre la familia y el grupo residente en una unidad
doméstica, particularmente en Europa, permite partir de una ins-
titución supuestamente universal para percibir la variación y sus
causas, y volver a integrar la variedad de formas en un contexto
social e histórico más amplio (entre las síntesis recientes se
cuentan Flandrin, 1979; Anderson, 1980; Donzelot, 1980; Chay-
tor, 1980).
¿Por qué, entonces, con todo lo que sabemos sobre la variación
en los ordenamientos domésticos, es tan común ver el terreno
doméstico tratado como una institución universal, o por lo me-
nos muy difundida? Hasta quienes reconocen que la familia nu-
c1ear corresidente es una idea históricamente específica, en la
frase siguiente hablan de "la" familia o "la" unidad doméstica de
una manera que reintroduce subrepticiamente el supuesto de
universalidad.1 Trabajando como antropóloga, he observado con
frecuencia ese desliz en mí misma y me he preguntado por qué
se produce con tanta facilidad. Una explicación es que la imagen
de la unidad doméstica como una esfera parte y privada es tan
fuerte en la organización capitalista contemporánea que la exten-
1
Donzelot (1980) es un ejemplo claro de esa contradictoria tendencia,
Como lo señala Banett (1980, p. 199).
3
demos para cubrir otras estructuras radicalmente diferentes, uti-
lizando nuestras propias categorías de pensamiento para inter-
pretar realidades diferentes.
Desde luego, hay algo de verdad en esto, pero necesitamos com-
prender mejor cómo llega esa imagen a ser tan poderosa.
Un supuesto que refuerza la imagen del ámbito doméstico como
distintivo y universalmente reconocible es que las unidades do-
mésticas coinciden con las familias. Muchos autores han señala-
do los problemas de tratar esos conceptos como sinónimos y han
insistido en la necesidad de separarlos rigurosamente (v. gr.,
Goody, 1972; Creighton, 1980); otros han documentado los mo-
mentos en que, en Europa Occidental, el término "famiIia" deja
de referirse a todos los que viven bajo el mismo techo y se res-
tringe a los parientes genealógicos (v, gr., Flandrin, 1979). Está
claro que en muchos contextos los términos "familia" y "unidad
doméstica" se utilizan como equivalentes, pero también se refie-
ren a distintos conjuntos de significados. Autores feministas han
señalado que esa confusión de términos no es mero accidente: la
ideología familiar predominante de la sociedad capitalista insiste
en que los miembros de una familia nuclear deben vivir juntos, y
en que las personas que no están relacionadas de ese modo no
deben vivir juntas (Rapp el al., 1979). McIntosh (1979) señala
además que aún en un país como Inglaterra, donde esa ideología
está profundamente arraigada y reproducida en la legislación so-
cial, un porcentaje sorprendentemente alto de las casas no co-
rresponde al tipo ideal de la familia nuclear (ver también Sti-
vens).
Se puede demostrar que los supuestos actuales sobre la organi-
zación natural -y propia- de la vida familiar surgieron en cir-
cunstancias históricas particulares (Hall, 1979; Donzelot, 1980).
Las definiciones de la maternidad, la infancia, la paternidad, la
representación del hogar como "un refugio en un mundo despia-
dado", se forjaron en auténticas campañas ideológicas y legales,
4
y están sujetas a renegociaciones constantes a medida que cam-
bian las necesidades y las circunstancias (ver Rapp el al., 1979).
Sin embargo, el hecho es que en la mayor parte del mundo el re-
clutamiento de los grupos domésticos se hace, idealmente, a tra-
vés de las relaciones de parentesco y matrimonio. El matrimonio
puede proveer al reclutamiento de nuevos miembros para unida-
des ya existentes, o puede constituir la base para la creación de
una unidad nueva, pero también proporciona un medio por el
cual las familias se reproducen de una generación a otra. Así, lo
que inicialmente es una relación contractual pasa a ser absorbida
en el lenguaje de las relaciones genealógicas (es decir, fisiológi-
cas) a través del nacimiento de hijos. También es común que
miembros de la unidad doméstica que no están genealó-
gicamente relacionados con miembros del núcleo sean tratados
como parientes, ya sea través de un proceso formal de adopción
o simplemente adjudicándoles una situación de parientes (por
ejemplo, los sirvientes que viven en la casa suelen ser tratados
como niños, aunque de situación inferior; los adultos solteros
pueden caer en la situación de tío o tía, cualquiera que sea su pa-
rentesco real con miembros de la unidad doméstica). Así, mien-
tras que por un lado sabemos que las relaciones de parentesco
tienen distintos significados, diferentes valores en situaciones
distintas, el hecho de que con tanta frecuencia se piense en las
relaciones entre los miembros de una misma unidad doméstica
en términos de relaciones de parentesco tiene consecuencias im-
portantes. Las relaciones de parentesco, por derivar de los víncu-
los de base biológica entre padres e hijos y entre coetáneos naci-
dos de los mismos padres, están imbuidas, en la mayoría de las
culturas, de ideas de comportamiento y moralidad naturales.
Aunque la supuesta coincidencia de familia y unidad doméstica
presenta a ésta como un terreno en el cual las relaciones se basan
en la ley natural, pero creo que hay otras dimensiones importan-
tes en la asignación de la calidad de "natural" al campo domésti-
5
co. El término inglés "household"2 denota una institución cuyo
rasgo principal es la corresidencia; la abrumadora mayoría supo-
ne que las personas que viven en el mismo espacio, como quiera
que se defina éste socialmente, comparten las tareas de manteni-
miento cotidiano de los seres humanos, incluyendo el consumo,
y organizan la reproducción de la siguiente generación. La co-
rresidencia implica una intimidad especial, una fusión de funcio-
nes fisiológicas y una distinción real de otros tipos de relaciones
sociales que pueden describirse como más reductibles al análi-
sis. No cabe duda de que, coincida o no con la familia de pro-
creación, la organización de la unidad doméstica es fundamental
para las ideologías de la femineidad, y de que las unidades do-
mésticas son, en términos materiales, el contexto de buena parte
de la vida de las mujeres.
8
que las relaciones entre unidades domésticas diferentes son in-
tercambios, es decir transacciones bilaterales, equilibradas. Así,
en opinión de Sahlins hay una clara discontinuidad entre las re-
laciones dentro y entre unidades domésticas.3
Esa distinción entre formas de circulación justifica el tratamien-
to de la unidad doméstica como unidad económicamente aisla-
ble e independiente. Si las relaciones económicas entre miem-
bros de la unidad doméstica fueran en realidad tan diferentes de
las relaciones con no miembros, eso daría peso a la visión de
ellas como empresas autocontenidas. Pero esa distinción entre
formas de intercambio se apoya mucho -aunque no lo dice- en
las categorías del intercambio de mercancías, que posibilitan la
abstracción de los objetos intercambiados de las personas que
los intercambian. En efecto, es sólo en condiciones de cir-
culación generalizada de mercancía que podemos establecer una
distinción radical entre la colaboración y las transacciones bila-
terales del mercado. En tales condiciones es posible aislar la uni-
dad doméstica individual, pero está lejos de ser independiente,
porque su reproducción se basa en los circuitos del intercambio
de mercancías. Por otra parle, en situaciones en que no prevalece
el intercambio mercantil, como por ejemplo en muchas socieda-
des campesinas, la unidad doméstica individual no es más autó-
noma, sino menos. En esas sociedades agrarias, las condiciones
de la producción individual se reproducen a través de relaciones
históricamente específicas que limitan y estructuran la disposi-
ción de tierra y trabajo (Friedmann, 1980). Hay muchas ilustra-
ciones empíricas tanto históricas (ver Medick, 1976; Middleton,
1979) como contemporáneas (Rogers, 1980), de la centralidad
del intercambio mercantil en la transformación del modo como
se reproducen las unidades domésticas.
3
En otro influyente artículo escrito algunos años antes Sahlios propone una
teoría del intercambio basada más en la idea de un eontinuum, en que los
grados de distancia en el parentesco se correlacionan con el grado de equi-
librio de la reciprocidad (1974, cap. 5).
9
Con el desarrollo del intercambio generalizado de mercancías,
hay una base para tratar las unidades domésticas como económi-
camente distintas y relacionadas sólo a través del intercambio;
es decir, para afirmar la existencia de una discontinuidad entre
las relaciones dentro y entre unidades domésticas. Esa distinción
coincide con la distinción entre valores de cambio y valores de
uso en el análisis marxista. Una de las características que defi-
nen el trabajo doméstico en el capitalismo es que produce valo-
res de uso, no valores de cambio.4 Donde prevalecen las relacio-
nes mercantiles, efectivamente se restringe la circulación de los
valores de uso como valores de uso. Por el contrario, donde el
intercambio de mercancías no existe, los valores de uso se pro-
ducen y se consumen en un circuito integrado; esta última forma
económica se llama en el marxismo clásico, significativamente,
"economía natural". Para Marx y para Engels la economía natu-
ral y la división natural (sexual) del trabajo se caracterizan pre-
cisamente por la ausencia de relaciones de intercambio. 5 En su
término, pues, la formación doméstica es natural, y eso presumi-
blemente incluiría las unidades domésticas en el capitalismo
avanzado.
Partiendo de los supuestos sobre la discontinuidad en formas de
intercambio dentro y entre unidades domésticas en el capitalis-
mo, es fácil retroceder hacia otros sistemas económicos no capi-
talistas y ver la misma discontinuidad. Esa parece ser la base del
modo de producción doméstico de Sahlins.
4
Esta distinción la han hecho muchos de los participantes en el "debate so-
bre el trabajo doméstico", v. gr., Gardiner, Hímmelweit y McIntosh (1975).
5
Punto que destaca Brown (1978), quien agrega que lo natural en este con-
texto DO es simplemente 10 opuesto 8 lo social. Sin embargo, ciertamente
es significativo que Marx en los primeros capítulos de El Capital se refiera
Con frecuencia al carácter "social" del trabajo por el cual se producen las
mercancías (v. gr. 1976, pp. 163-187). Por implicación al menos, los valo-
res de uso que no son también mercancías en algún sentido IOn menos so-
ciales. Este uso de lo natural es claro en la caracterización de las econo-
mías no mercantiles como "naturales" por Rosa Luxemburgo (1951).
10
En formas aun menos explícitas, es también presumiblemente un
criterio fundamental en la atribución de una identidad transhistó-
rica al ámbito doméstico (Meillassoux, por ejemplo, ve la uni-
dad doméstica del capitalismo avanzado como una continuación
directa de las comunidades de linaje de Africa Occidental, que
simplemente han sido despojadas de sus funciones productivas,
1981). Una consecuencia importante del no reconocer la signifi-
cación de la circulación de mercancías en la definición de las
fronteras de las unidades domésticas es que se atribuye la misma
importancia a todas las actividades económicas que se realicen
dentro de la casa. En el peor de los casos son caracterizadas
como "naturales", en el mejor son descritas como una ausencia:
la ausencia de relaciones de intercambio, como si una distinción
polarizada entre consumo e intercambio pudiera abarcar la mul-
titud de modos en que circulan objetos y trabajo, además de
como mercancías. Así, aunque la mayoría de los autores no lle-
gan al universalismo de Meillassoux y tienen cuidado de mante-
ner una distinción entre las unidades domésticas que son unida-
des de producción y las que no lo son, la distinción carece de
fuerza teórica si al mismo tiempo se concibe a la casa como un
tipo ideal individual y abstracto, separado de las relaciones so-
ciales más amplías.6
13
Pero si bien tales trabajos han hecho una contribución valiosa al
mostrar los efectos de distintas condiciones económicas, sería
erróneo suponer que cada sistema económico produce su propia
forma específica de unidad doméstica. Hablar sin más califica-
ciones de la unidad campesina, la unidad feudal o la unidad ca-
pitalista produce solamente confusión. Deere (1978) y Middle-
ton (1979) muestran para regímenes feudales cómo cambios en
la forma de la renta afectan la estructura de las unidades domés-
ticas de los productores. Del mismo modo, una enorme literatura
sobre la variación en la forma y el tamaño de las unidades no
deja duda de que es preciso tomar en cuenta muchos otros facto-
res determinantes -ecología, tecnología, reglas de herencia preci-
sas, posición de clase y demografía.7 Si bien una apreciación de
los complejos modos como se determina la calidad de miembro
de la casa es evidentemente importante para la comprensión de
las relaciones tanto dentro del grupo doméstico como entre
miembros de diferentes grupos domésticos, es necesario desta-
car que la preocupación por las estructuras y reglas formales no
necesariamente impulsa el análisis de las relaciones económicas.
Por otra parte, la autoridad de un jefe de familia no debe ser en-
tendida solamente a través de las funciones económicas de pro-
ducción y distribución. Meillassoux (1981) por ejemplo pone
mucho énfasis en la reproducción como estructura determinante
de lo que él llama la comunidad doméstica.8 Pero si bien la natu-
raleza del control ejercido es bastante específica en su teoría, a
diferencia de las vagas suposiciones de muchos otros autores, es
interesante que para él también el críterio por el cual se define la
unidad doméstica es la identificación de una figura de autoridad.
7
Muchos historiadores de la farnilia trabajan en términos de formas de fami-
lia típicas para diferentes épocas históricas, v. gr., Shorter (1977) y más re-
cientemente Póster (1978), TilIy Y Scott (1978). Anderson (1979) crltica esa
práctica.
8
Por críticas de Meillass0ux ver McIntosh (1977), O'Laughlin (1977), Moly-
neux (1977), Edholm, Harria y Young(1977).
14
En la obra de Christine Delphy encontramos lo que seguramente
debe ser la apoteosis de la concentración del foco en el jefe de la
casa (1977). Delphy comprende claramente los peligros de dis-
cutir la organización de la casa fuera de su contexto histórico y
económico; sin embargo, después de enumerar cuidadosamente
las muchas formas diferentes como el trabajo realizado en el am-
biente doméstico se inserta en estructuras económicas más am-
plias, pasa a tratar esas diferencias como totalmente insignifi-
cantes para la comprensión de la opresión de las mujeres. Cual-
quiera que sea la posición de clase de las unidades domésticas
en que se construyen sus vidas, por nacimiento o por matrimo-
nio, para Delphy todas las mujeres tienen en común los servicios
domésticos no remunerados que están obligadas a realizar para
el jefe de la casa. Así su análisis gira en torno a la relación de
poder entre maridos y esposas: cualquiera que sea la exigencia
del marido, la mujer está obligada a servir a sus intereses
("Cualquiera que sea la naturaleza de las tareas de la mujer, sus
relaciones de producción son las mismas", 1977, p. 31).
El análisis de Delphy es importante en cuanto llama la atención
sobre la relación de poder entre hombres y mujeres, en lugar de
tratar de meter a la fuerza la división sexual entre las categorías
preexistentes de la economía política. Pero una cosa es ubicar la
subordinación (O la explotación, que es el término que usa Del-
phy) de las mujeres en el ámbito doméstico, y otra muy diferen-
te tratar ese hecho como una explicación suficiente. La identifi-
cación absoluta de la unidad doméstica con su cabeza y sus inte-
reses se toma como un hecho, y por eso no se pregunta si ese po-
der es uniforme en condiciones diferentes, si el control económi-
co coincide siempre con la autoridad de derecho ni de dónde de-
riva ese poder. Además, su análisis también trata unidades indi-
viduales, mujeres individuales y sus maridos.9
9
Aun cuando en trabajos más recientes reconoce la necesidad de ir más
allá de la relación matrimonial individual y examinar tanto los modos como
ésta es estructurada por fuerzas sociales y 8 la vez afecta las condiciones
15
Si bien se han documentado cambios y variaciones en la forma
de la unidad doméstica, y sus efectos sobre la naturaleza de la
autoridad dentro de la misma, rara vez se ha combinado esa do-
cumentación con una investigación de las fuentes de esa autori-
dad. Es curioso, por ejemplo, que en la obra de Meillassoux,
donde la figura de autoridad es central para la definición de la
comunidad doméstica, la fuente de esa autoridad no es tratada
como problemática. Las mujeres están totalmente omitidas de su
estudio de la economía doméstica porque para él están, por defi-
nición, enteramente sometidas a los mayores. Sin embargo, por
numerosas críticas a su obra y a la de otros autores que utilizan
su material, está claro que la fuente de la autoridad del anciano
individual deriva del monopolio colectivo, por los ancianos
como categoría social, de la circulación de bienes de prestigio y
la disposición de las mujeres en matrimonio. La comprensión de
cómo se define y reproduce la posición del jefe de la casa nos
llevaría más allá de los confines de la unidad doméstica: la auto-
ridad ubicada en un jefe de casa no es intrínseca a las relaciones
entre los miembros de esa unidad sino que dede buscarse en es-
tructuras sociales más amplias. El cuerpo soberano puede estar
limitado a un grupo de ancianos como en las sociedades del
Africa Occidental descritas por Meíllassoux, o puede ser la co-
munidad de hombres adultos, que colectivamente toman e impo-
nen ciertas decisiones que afectan a los que no tienen acceso for-
mal a las estructuras de poder.
Si pasamos de las sociedades agrarias descentralizadas a las
efectivamente dominadas por un estado centralizado, podemos
ver que muchos aspectos del poder masculino sobre otros miem-
bros de la unidad doméstica deriva de la naturaleza del estado
(ver Reiter, 1977; Ortner, 1978; Sacks, 1979). En la mayoría de
las formaciones estatales, los jefes de la unidad son responsables
de vida de los solteros (v. gr., Delphy 1980). MoIyneux (l979b) da un resu-
men y una crítica de Delphy muy útiles. Vale la pena señalar que también
Engels analiza las relaciones entre los géneros en términos de una sola
unidad doméstica genérica (1972; ver Brown 1978, p. 45).
16
del pago de impuestos y otros deberes para con el Estado, y de-
ben responder legalmente por los demás miembros de la casa.
Generalmente es un jefe de familia de sexo masculino el que ne-
gocia contratos, hace arreglos sobre la cosecha, renta tierras u
otras propiedades y de ese modo ejerce control sobre las vidas
de su mujer, sus hijos y otros familiares que de él dependan. La
misma actiuidad de censar, fundamental para la organización
del estado, normalmente organiza y define las unidades domés-
ticas precisamente en tomo a la identificación de una sola perso-
na que' es responsable por los demás miembros de la misma. En
el estudio histórico de las formas de unidades domésticas gene-
ralmente se ha adoptado el mismo criterio para la identificación
de unidades individuales (v, gr., Laslett, 1972). El Dicttionnaire
de l'Académie de 1694, citado por Flandrin, define la "famil/e"
como "toutes /es personnes qui uiuent dans une meme maison,
SOUS un meme chef" ("todas las personas que viven en la mis-
ma unidad doméstica, bajo el mismo jefe") (1979, p. 5).
La organización de las unidades domésticas en torno a jefes de
ellas toma fuerza de los requisitos burocráticos de la organiza-
ción estatal, y también de la parcial concesión del poder a los
hombres adultos por diferentes sistemas estatales. La atribución
de autoridad se hace más eficaz al identificarse con el jefe de fa-
milia. Seguramente no es casual que Delphy, que tan explícita-
mente pone énfasis en las relaciones de poder dentro de la uni-
dad doméstica, hable de una teoría del modo de producción fa-
miliar (en contraste con el modo de producción doméstico de
Sahlins, de base más económica). El propio Laslett nos llama la
atención sobre el desarrollo, en la Inglaterra del siglo XVII, de
una filosofía sobre los derechos y la autoridad naturales del pa-
triarca (1949; ver también Tribe, 1978). Así la familia, o más
bien la posición del padre dentro de la familia, era vista como
fuente natural de la autoridad que después podía aplicarse a au-
toridades políticas tales como el monarca.
17
La forma problemática en que, en tantos contextos diferentes, se
identifican las unidades domésticas con sus presuntos jefes debe,
pues, explicarse por los supuestos de la filosofía patriarcal, com-
binados al supuesto de una discontinuidad entre las formas de
circulación dentro y fuera de las unidades domésticas. Lo que
distingue a la filosofía patriarcal es la suposición de que la auto-
ridad del padre es o debería ser total. Como filosofía, no discri-
mine entre los diferentes ámbitos en que puede ejercerse esa au-
toridad, por ejemplo el político, en contraste con el económico;
la identificación de la cabeza de la unidad doméstica con el pa-
dre refuerza la identificación de ella como ámbito natural unifi-
cado por el ejercicio de la autoridad. En Francia bajo el ancien
régime una relación contractual entre el Estado y el jefe de la fa-
milia daba a éste el derecho a hacer encarcelar a sus hijos, dere-
cho que se mantuvo incluso en el Código de Napoleón (Donze-
lot, 1980). En Inglaterra hasta la autoridad del hombre sobre su
esposa se concebía según el modelo paterno, igual que la autori-
dad sobre los sirvientes (Hamilton, 1978).
Puede establecerse un contraste instructivo con quienes, en au-
sencia de un padre, desempeñan el papel de jefe de la unidad do-
méstica. En la mayor parte de Europa, históricamente, es la viu-
da quien remplaza al marido muerto, afirmando así el criterio de
la edad y la calidad del status como superiores al de sexo. Pero
en Japón tradicionalmente se prefiere a un varón, por joven que
sea, a una mujer adulta (Laslett, 1972, p. 55). De nuevo, es im-
portante entender en qué condiciones las unidades doméstica-
sencabezadas por una mujer constituyen una proporción signifi-
cativa del total. La evidencia hace pensar que eso sucede princi-
palmente entre grupos sociales pobres y marginales, que de to-
dos modos están excluidos de las estructuras de poder. Las uni-
dades domésticas encabezadas por mujeres parecen ser comunes
en situaciones de migración, pobreza urbana e inseguridad cró-
nica; sin embargo, también intervienen elementos ideológicos.
Algunas culturas parecen aceptar la idea de unidades domésticas
18
encabezadas por mujeres con más facilidad que otras. En Tur-
quía, por ejemplo, es prácticamente imposible para una mujer,
por mísera e inestable que sea su situación, vivir en una unidad
doméstica sin un jefe titular de sexo masculino (Kandiyoti, de
próxima publicación).
En términos formales, pues, es habitual identificar las unidades
domésticas con un jefe hombre, y la identificación se garantiza
dotando a esa figura con la ideología de la autoridad paterna. Si
no hemos de caer también nosotros en suposiciones naturalistas
que eternicen el concepto de [Link]ídad, es preciso investigar tan-
to la fuente como el contenido y la eficacia de esa autoridad.
Aun en culturas que han desarrollado más que plenamente la
ideología patriarcal, el jefe de la unidad doméstica sólo disfruta
de un poder inconmovible en ciertas condiciones. En la China
prerrevolucionaria, por ejemplo, la autoridad del patriarca sólo
se realizaba plenamente entre la nobleza menor. Los campesinos
pobres compartían el ideal, pero su práctica no correspondía a
ese ideal (Wolf, 1974). En el sistema legal inglés contemporá-
neo la autoridad del jefe de familia hombre no es absoluta ni si-
quiera como ideal; las mujeres casadas todavía no disfrutan ta de
la ciudadanía plena, y en muchos contextos tienen que ser repre-
sentadas por sus maridos, pero ganaron la ciudadanía política
hace cincuenta años (Stacey y Príce, 1980). Así, cualquiera que
sea la ideología, la autoridad ejercida por el jefe de la unidad do-
méstica hombre rara vez es absoluta. Las condiciones en que el
jefe concentra una conjunción completa de poderes deben ser
tratadas como la excepción, antes que como la regla.
EL PROBLEMA DE LO DOMESTICO
21
De nuevo, aun cuando en la abrumadora mayoría de los casos el
trabajo doméstico es trabajo de las mujeres, el grado en que es
opresivo y los modos en que es una carga difieren mucho y es
preciso tenerlos en cuenta. Aparte de la enorme variación en el
tipo de trabajo realizado en servicio del organismo humano, las
mismas tareas tienen implicaciones muy diferentes según que
sean una base para la sociabilidad y la cooperación de varias
mujeres o que se realicen prácticamente en aislamiento, con de-
pendencia casi total del jefe de la unidad doméstica hombre.
Uno de los efectos del análisis de las cosas como unidades indi-
viduales y autónomas ha sido ignorar la importancia de las va-
rias formas de cooperación y colectividad en el trabajo do-
méstico entre unidades domésticas. Si bien es muy posible que
gran parte de este tipo de trabajo no entrañe una división técnica
del trabajo (es decir, una división de habilidades compleja), hay
muchas variantes de división social del trabajo, por ejemplo
cuando algunas mujeres cuidan a los niños y cocinan, dejando a
otras mujeres en libertad de dedicarse al trabajo asalariado.
Cualquiera que sea la forma que adopte la cooperación, el grado
de aislamiento por un lado, la colectividad por el otro, tendrán
efectos importantes sobre la posición de las mujeres dentro de
sus propias unidades domésticas, como lo han sostenido, entre
otros, los volúmenes de Rosaldo (1974) y Caplan y Bujra
(1978).
Ya sea considerado trabajo reproductivo o no, el trabajo domés-
tico es tratado, en la abrumadora mayoría de los casos, como
distinto del trabajo productivo. Bajo el capitalismo, como hemos
señalado, la separación del trabajo doméstico de la producción
socializada coincide con la distinción entre la producción de va-
lores de uso y la producción de valores de cambio en forma de
mercancías. La definición del valor de uso por Marx está estre-
chamente relacionada con la idea del consumo directo (aunque
no exclusivamente: por ejemplo el trigo pagado como renta y
22
diezmo por el campesino medieval es visto también como valor
de uso)11 En consecuencia, se confirma aun más la calificación
de las estructuras económicas dentro de las cuales no circulan
generalmente mercancías como naturales, en contraste con las
relaciones sociales generadas por la producción y el intercambio
de mercancías. El concepto de consumo, modelado sobre la in-
gestión de alimentos y bebidas, está profundamente imbuido de
supuestos naturalistas, ya sean de derivados directamente de la
fisiología o, en versiones más sofisticadas, de diferencias entre
consumidores basadas en el sexo y la edad, de nuevo tratadas
como universalmente aplicables.12
A continuación se define lo doméstico como categoría en rela-
ción con otro conjunto de conceptos que se refuerzan mutua-
mente como natural, universal e irreductible al análisis. Esas
asociaciones implícitas son importantes en cuanto reproducen
continuamente lo doméstico como un dominio separado y fácil-
mente identificable. La propia circularidad con que se define lo
doméstico confirma la aparente transparencia de esa categoría -
necesidades fisiológicas, consumo, valores de uso habitan un es-
pacio cuya identidad emerge principalmente en contraste con
otro espacio definido por relaciones sociales antes que naturales
y por el intercambio antes que el consumo.
24
cuánta facilidad el trabajo asalariado de las mujeres se vuelve in-
visible.
Como las mujeres y las unidades domésticas con tanta frecuen-
cia se definen mutuamente, cualquier argumentación de que las
mujeres se liberarán cuando salgan de la esfera doméstica debe
ser manejada con cautela. En muchos casos puede no significar
mucho más que sostener que las mujeres se liberarán en cuanto
dejen de ser muieres!13 Si bien a menudo se define a las unida-
des domésticas en términos económicos, la esfera pública, en
contraste con la cual tiene significado la doméstica, no es mera-
mente el dominio de la producción y el intercambio socializa-
dos, sino también la esfera donde se definen las estructuras de
poder, excluyendo a las mujeres. Donde esto sucede, no hace
mucha diferencia si las mujeres participan económicamente o no
en lo que se llama la esfera pública o social.
A menudo hay un deslizamiento desde las definiciones de lo do-
méstico en términos económicos hacia suposiciones sobre el po-
der. Pero las unidades residenciales no siempre coinciden direc-
tamente con unidades económicas, y menos todavía correspon-
den éstas necesariamente a unidades político-legales, así como
tampoco la participación de las mujeres en la producción social
tiene necesariamente una correlación estrecha con una posición
político-legal elevada en el dominio público. 14 Basar la división
entre lo doméstico y lo público en actividades económicas no
puede explicar el valor social desigual atribuido a esas activida-
des y presta muy poca atención a las diversas fuentes del poder
masculino. Ver la división sexual del trabajo como una división
entre producción o reproducción, es omitir los modos como los
varones, en muchos tipos diferentes de grupos, garantizan colec-
tivamente el poder que cada uno de ellos detenta en su propia
unidad doméstica.
13
Algunos trabajos de Denich caen en esta circularidad (v. gr., 1977).
14
25
14 Como lo han sostenido, entre otros, Engels (1972), Sanday
(1974) y Sacks (1974).
CONCLUSION
26
subsistencia. Sin embargo, es igualmente claro que las explica-
ciones funcionalistas de este tipo no son concluyentes. La cons-
titución de un ámbito sui generis, separado del mundo público o
social, es también el medio por el cual las mujeres son efec-
tivamente controladas. Cuanto más separadas organizativamente
están las unidades domésticas, más confinadas y aisladas en el
espacio doméstico están las mujeres, más total es su dependen-
cia de los varones que las representan y hablan por ellas en el
mundo en general.
Ese medio de subordinar a las mujeres a través de la caracteriza-
ción por géneros de muchas actividades y el confinamiento de
las definidas como femeninas a un ámbito estrictamente circuns-
crito se encuentra en muchas culturas y en sistemas de produc-
ción muy variados. La adscripción de la calidad de natural a ese
ámbito ciertamente no se limita a la sociedad capitalista occi-
dental, sino que se encuentra en otros contextos también --es una
forma de reproducir ideológicamente la subordinación de las
mujeres y asegurar su "domesticación" (en el exacto término de
Rogers, 1980). Pero es igualmente importante reconocer que es
una ideología: es decir, que la subordinación o domesticación de
las mujeres nunca está completa ni asegurada.
Bajo el capitalismo, el ámbito doméstico está sujeto a continuas
intervenciones, tanto directamente a través de agencias estatales,
legislación, bienestar social, como indirectamente a través de los
medios masivos de comunicación, la estructura salarial y el
cambio tecnológico que modifica constantemente la naturaleza
del trabajo que se realiza dentro del hogar.
Pese a esa "politización" de la unidad doméstica, en realidad só-
lo un número limitado de unidades corresponden al ideal, como
ya se ha señalado.
También en otros contextos sociales e históricos, cualquiera que
sea la fuerza de la ideología doméstica, en la práctica sólo un pe-
queño número de unidades se aproximan a ella. Las mujeres só-
27
lo pueden estar totalmente domesticadas donde los varones son
lo bastante ricos y poderosos para prescindir de su capacidad y
su trabajo y reducirlas a instrumentos de reproducir hombres,
como argumenta Stolcke; seguramente se debe a que el proyecto
de someter completamente a las mujeres al control de los varo-
nes es tan contradictorio, que la definición ideológica de lo do-
méstico en términos de una finalidad natural se ha mantenido
tan poderosa y persuasiva. ■
BIBLIOGRAFIA
28
ANDERSON, M., 1979. "The relevance of family hístory", in C. HARRIS et.
al. (eds), The Sociology of the Famiiy: New Directions for Britain, Keele, So-
ciological Review Monograph núm. 28.
BARRETT, M., 1980. Women 's Oppression Today, London, New Left
Books.
BROWN, B., 1978. 'Natural and Social Division of Labour-Engels and the
Domestic Labour Debate', mlfnúm. 1
and ADAMS, P., 1979. 'The Feminine Body and Feminist Política', m/], núm.
3.
BUJRA, J., 1978. 'Female solidarity and the sexual division of labour', in
CAPLAN and BUJRA.
BURNS, S., 1975. The Household Economy: its Shape, Origins and Future,
Boston, Beacon Press, N.A.30
CHAYTOR, M., 1980. 'Household and Kinship: Ryton in the late 16th and
early 17th centuries', History Workshop Journal, núm. 10.
DEERE, C.D., 1978. 'The differentiation of the peasantry and family struc-
ture: a Peruvian case study', Journal of Family History, Vol. III núm. 4.
29
DELPHY, C., 1977. The Main Enemy, London, WRRC. 1979. 'Sharíng the
Same Table', in
DONZELOT, J., 1980. Policing the Famíly, London, Routledge and Kegan
Paul.
ENGELS, F. (1972), The Orígin of the Famíly, Prívate Property and the Sta
te, London, Lawrence and Wishart.
30
HARRIS, O., and YOUNG, K., 1981. 'Engendered Structures. Some Pro-
blems in the Analysis of Reproduction', in J. LLOBERA and J. KAHN, An-
thropological Analysis and Pre-capttaltst Societies, London, Macmillan.
HARRISON, M., 1977, 'The Peasant mode of production in the work of A.V.
Chayanov', Journal of Peasant Studies, Vol. 4, núm. 4.
LASLE'IT, P. (ed.), 1949. Patriarcha and other Political Works of Sir Robert
Filmer, Oxford, Blackwell.
McINTOSH, M., 1979. 'The Welfare State and the needs of the dependent
family', in BURMAN.
MARX, K., 1968. 'The 18th Brumaire of Louis Bonaparte', in Marx Engels
Seleeted Works, London, Lawrence and Wishart.
31
MEILLASSOUX, C., 1981. Maidens, Meal and Money, Cambridge, Cam-
bridge University Press.
OAKLEY, A., 1972. Sex, Gender and Society, London, Temple Smith.
RAPP, R., ROSS E., and BRIDENTHAL, R., 1979. 'Examining Famíly His-
tory', Feminist Studies, Vol. 5, núm. 1.
RE1TER, R., 1977. 'The search for origins', Critique of Anthropology, núm.
9/10.
and LAMPHERE, L., (eds.), 1974. Women, Culture and Socíety, Stanford,
Stanford University Press.
32
SACKS, K., 1979. 8isters and Wives: The Path and Future of Sexual
Equalíty, Westport, Connecticut, Greenwood Press.
1976. The Use and Abuse of Biology: An Anthropological Cri· tique of Soci-
ology, Ann Arbor, The University of Michigan Press.
SHORTER, E., 1977. The Making of the Modern Family, London, Fontana.
STACEY, M., and PRICE, M., 1980. 'Women and power', Femínist Revieui,
núm. 5.
TILLY, L.A., and SCOTT J. W., 1978. Women, Work and Family, New
York, Holt, Rinehart and Winston.
TRIBE, K., 1978. Land Labour and Economic Discourse, London Routledge
and Kegan Paul.
WHITE HEAD, Ann, 1984. "I'm hungry mum': the polities of domestic bud-
geting".
WOLF, M., 1974. 'Chinese Women: Old Skills in a New Context', in ROS-
ALDO and LAMPHERE.
33