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ESI Desprincesación

Este documento presenta un cuento llamado "La princesa Sukimuki" de María Elena Walsh. Cuenta la historia de una princesa japonesa llamada Sukimuki que se aburre porque no puede hacer nada más que quedarse quieta. Un día conoce a una mariposa que la invita a jugar, y la princesa decide desobedecer a su padre el Emperador por primera vez. El Emperador se enoja y manda a buscar a la princesa. Más tarde, la mariposa se transforma en un príncipe que desafía al
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Este documento presenta un cuento llamado "La princesa Sukimuki" de María Elena Walsh. Cuenta la historia de una princesa japonesa llamada Sukimuki que se aburre porque no puede hacer nada más que quedarse quieta. Un día conoce a una mariposa que la invita a jugar, y la princesa decide desobedecer a su padre el Emperador por primera vez. El Emperador se enoja y manda a buscar a la princesa. Más tarde, la mariposa se transforma en un príncipe que desafía al
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ESI (Educación Sexual Integral) – 4º Grado

Desprincesación: poner en cuestión la representación cultural de la princesa, en tanto estereotipo de género y la


posibilidad de interrogarnos acerca de este “ideal femenino” que conforma un verdadero modelo para las niñas.

La princesa Sukimuki- María Elena Walsh

[Link]

Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe Kinoto Fukasuka

Esta es la historia de una princesa, su papá, una mariposa y el Príncipe Kinoto Fukasuka.
Sukimuki era una princesa japonesa. Vivía en la ciudad de Siu Kiu, hace como dos mil años, tres meses y media
hora.
En esa época, las princesas todo lo que tenían que hacer era quedarse quietitas. Nada de ayudarle a la mamá a
secar los platos. Nada de hacer mandados. Nada de bailar con abanico. Nada de tomar naranjada con pajita. princesa
sukimokiNi siquiera ir a la escuela. Ni siquiera sonarse la nariz. Ni siquiera pelar una ciruela. Ni siquiera cazar una
lombriz. Nada, nada, nada. Todo lo hacían los sirvientes del palacio: vestirla, peinarla, estornudar por… –atchís–, por
ella, abanicarla, pelarle las ciruelas. ¡Cómo se aburría la pobre Sukimuki!
Una tarde estaba, como siempre, sentada en el jardín papando
moscas, cuando apareció una enorme Mariposa de todos colores. Y la
Mariposa revoloteaba, y la pobre Sukimuki la miraba de reojo porque no le
estaba permitido mover la cabeza.

–¡Qué linda mariposapa! –murmuró al fin Sukimuki, en correcto


japonés.

Y la Mariposa contestó, también en correctísimo japonés:

–¡Qué linda Princesa! ¡Cómo me gustaría jugar a la mancha con usted, Princesa!
–Nopo puepedopo –le contestó la Princesa en japonés.
–¡Cómo me gustaría a jugar a escondidas, entonces!
–Nopo puepedopo –volvió a responder la Princesa haciendo pucheros.
–¡Cómo me gustaría bailar con usted, Princesa! –insistió la Mariposa.
–Eso tampococo puepedopo –contestó la pobre Princesa.
Y la Mariposa, ya un poco impaciente, le preguntó:
–¿Por qué usted no puede hacer nada?
–Porque mi papá, el Emperador, dice que si una Princesa no se queda quieta, quieta, quieta como una galleta,
en el imperio habrá una pataleta.
–¿Y eso por qué? –preguntó la Mariposa.
–Porque sípi –contestó la Princesa–, porque las Princesas del Japonpón debemos estar quietitas sin hacer
nada. Si no, no seríamos Princesas. Seríamos mucamas, colegialas, bailarinas o dentistas, ¿entiendes?
–Entiendo –dijo la Mariposa–, pero escápese un ratito y juguemos. He venido volando de muy lejos nada más
que para jugar con usted. En mi isla, todo el mundo me hablaba de su belleza.
A la Princesa le gustó la idea y decidió, por una vez, desobedecer a su papá.
Salió a correr y bailar por el jardín con la Mariposa.
En eso se asomó el Emperador al balcón y al no ver a su hija armó un escándalo de mil demonios.
–¡Dónde está la Princesa! –chilló.
Y llegaron todos sus sirvientes, sus soldados, sus vigilantes, sus cocineros, sus lustrabotas y sus tías para ver
qué le pasaba.
–¡Vayan todos a buscar a la Princesa! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y allá salieron todos corriendo y el Emperador se quedó solo en el salón.
–¡Dónde estará la Princesa! –repitió.
Y oyó una voz que respondía a sus espaldas:
–La Princesa está de jarana donde se le da la gana.
El Emperador se dio vuelta furioso y no vio a nadie. Miró un poquito mejor, y no vio a nadie. Se puso tres
pares de anteojos y, entonces sí, vio a alguien. Vio a una mariposota sentada en su propio trono.
–¿Quién eres? –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y agarró un matamoscas, dispuesto a aplastar a la insolente Mariposa.
Pero no pudo.
¿Por qué?
Porque la Mariposa tuvo la ocurrencia de transformarse inmediatamente en un Príncipe. Un Príncipe buen
mozo, simpático, inteligente, gordito, estudioso, valiente y con bigotito.
El Emperador casi se desmaya de rabia y de susto.
–¿Qué quieres? –le preguntó al Príncipe con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Casarme con la Princesa –dijo el Príncipe valientemente.
–¿Pero de dónde diablos has salido con esas pretensiones?
–Me metí en tu jardín en forma de mariposa –dijo el Príncipe– y la Princesa jugó y bailó conmigo. Fue feliz por
primera vez en su vida y ahora nos queremos casar.
–¡No lo permitiré! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Si no lo permites, te declaro la guerra –dijo el Príncipe sacando la espada.
–¡Servidores, vigilantes, tías! –llamó el Emperador.
Y todos entraron corriendo, pero al ver al Príncipe empuñando la espada se pegaron un susto terrible.
A todo esto, la Princesa Sukimuki espiaba por la ventana.
–¡Echen a este Príncipe insolente de mi palacio! –ordenó el Emperador con voz de trueno y ojos de
relámpago.
Pero el Príncipe no se iba a dejar echar así nomás.
Peleó valientemente contra todos. Y los vigilantes se escaparon por una ventana. Y las tías se escondieron
aterradas debajo de la alfombra. Y los cocineros se treparon a la lámpara.

Cuando el Príncipe los hubo vencido a todos, preguntó al Emperador:


–¿Me deja casar con su hija, sí o no?
–Está bien –dijo el Emperador con voz de laucha y ojos de lauchita–. Cásate, siempre que la Princesa no se
oponga.
El Príncipe fue hasta la ventana y le preguntó a la Princesa:
–¿Quieres casarte conmigo, Princesa Sukimuki?
–Sípi –contestó la Princesa entusiasmada.
Y así fue como la Princesa dejó de estar quietita y se casó con el Príncipe Kinoto Fukasuka. Los dos llegaron al
templo en monopatín y luego dieron una fiesta en el jardín. Una fiesta que duró diez días y un enorme chupetín. Así
acaba, como ves, este cuento japonés.

M. E. Walsh, en «Cuentopos de Gulubú».


Actividades:

1. Vemos y escuchamos el cuento. A continuación, abrimos el debate acerca del mismo, del lugar que le toca a la
princesa y a partir de allí recuperamos los cuentos maravillosos con los que venimos trabajando en Lengua (“La
princesa y el garbanzo”, “Las tres hilanderas”, “El huso, la lanzadera y la aguja”) y aquellos cuentos tradicionales
que los alumnos/as recuerden (“La bella durmiente”, “Blancanieves”, etc). La idea es poder comprender cuales
eran las cualidades y características de las mujeres que se valoraban como positivas y deseables, así como el rol
pasivo y dependiente de las mismas. En el mismo sentido, observar el rol heroico, decidido y activo de los
personajes masculinos.
2. Los niños deberán redactar en sus carpetas y de manera individual una conclusión de lo debatido grupalmente.
3. En grupos de 4, reescribirán alguno de los cuentos clásicos, modificando los roles, características y personalidades
de los personajes de ambos géneros. Cada producción se colocará en un afiche o cartulina a la que le agregaran
ilustración o ilustraciones. Los mismos se colgarán y exhibirán en la galería de la escuela.

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