CUENTO DEL MES
Título: El tonel de aceite
Autor: Julio Ramón Ribeiro
País: Perú
Idioma: castellano
Año: 1953
BIOGRAFÍA: Nació en Lima, Perú, en 1929, ciudad en la que falleció a
finales de 1994. Estudió Leyes en la Universidad Católica de Lima, periodismo
en España y literatura en Munich. En 1959 ganó el Concurso Internacional de
Teatro en Perú
GLOSARIO:
1. Despavoridos: Que siente gran pavor o miedo
2. hace referencia con convulsión, espasmo, conmoción, epilepsia, estremecimiento y
síncope
3.
RESUMEN: En la semioscuridad de la cocina, iluminada tan sólo por los carbones rojos
que ardían bajo las parrillas, la vieja Dorotea y su sobrino Pascual se miraban
silenciosamente. Su sobrino, sentado en cuclillas, elevaba hacia ella sus ojos despavoridos,
mientras sus dedos, apoyados en el suelo, rascaban nerviosamente la tierra. El muchacho
no replicó. Se limitó a bajar la cabeza en son de asentimiento, mientras su pecho se rajaba
en débiles sollozos.
El muchacho, con la cabeza cada vez más caída, gemía convulsivamente, dejando al
descubierto una nuca sucia y desnutrida. Dorotea lo observó con una expresión de infinito
desprecio en sus ojos acerados. El muchacho asintió con la cabeza. Pascual elevó un ojo
furtivo hacia ella y lo bajó sin replicar.
La noche se iba cerrando en el descampado. Pascual, de pronto, levantó la faz lívida
manchada de lágrimas sucias, y abriendo los labios, dejó escapar un gruñido. La noche se
ha vencido. El sobrino no replicó.
La tía Dorotea se aproximó a la ventana. En el rancho de Pedro Limayta habían
desmontado dos guardias. La tía se aproximó a su sobrino, que continuaba pegado a la
pared, como si lo hubieran cosido con alfileres. Cruzó su rostro repetidas veces con su
mano huesuda, hasta que le partió los labios.
Junto a la puerta divisó el tonel de aceite, que en la noche anterior lo habían llenado.
Cuando abran la puerta, hundes la cabeza. Yo te avisaré con un golpe cuando se hayan
ido. Cuando los guardias entraron divisaron a la tía Dorotea, sentada al lado de la cocina,
con la mirada perdida en las llamitas azules.
La tía Dorotea no se movió. Uno de los guardias la cogió por la espalda y la levantó de un
zamacón. Uno de los guardias encendió un cabo de vela en la cocina y salió por los
alrededores. El otro quedó junto a Dorotea, mirando a todo sitio con desconfianza.
El guardia divisó el tonel de aceite. El guardia se inclinó sobre el borde y observó su
superficie lisa. En ese momento apareció el otro guardia. Ese viejo de Limayta, con los
tragos que se echa, está viendo siempre fantasmas.
Los dos guardias miraron a la tía Dorotea, esperando tal vez unas palabras de ella. Pero la
vieja seguía impasible, con los brazos tenazmente cruzados, como si se amarrara con su
propia carne. La tía Dorotea no replicó nada. Cuando cerraron la puerta, tampoco se
movió.
Cuando el ruido de los cascos repicó y fue lentamente debilitándose, el surco de sus labios
se distendió brotando de ellos una sonrisa primitiva, ácida, como arrancada a bofetones.
Cogiendo un mazo se aproximó al tonel, y dio con él un golpe en su armadura. La
superficie del aceite vibró un rato al influjo del golpe y fue quedando luego
definitivamente quieta.: En la semioscuridad de la cocina, iluminada tan sólo por los
carbones rojos que ardían bajo las parrillas, la vieja Dorotea y su sobrino Pascual se
miraban silenciosamente. Su sobrino, sentado en cuclillas, elevaba hacia ella sus ojos
despavoridos, mientras sus dedos, apoyados en el suelo, rascaban nerviosamente la tierra.
El muchacho no replicó. Se limitó a bajar la cabeza en son de asentimiento, mientras su
pecho se rajaba en débiles sollozos.
El muchacho, con la cabeza cada vez más caída, gemía convulsivamente, dejando al
descubierto una nuca sucia y desnutrida. Dorotea lo observó con una expresión de infinito
desprecio en sus ojos acerados. El muchacho asintió con la cabeza. Pascual elevó un ojo
furtivo hacia ella y lo bajó sin replicar.
La noche se iba cerrando en el descampado. Pascual, de pronto, levantó la faz lívida
manchada de lágrimas sucias, y abriendo los labios, dejó escapar un gruñido. La noche se
ha vencido. El sobrino no replicó.
La tía Dorotea se aproximó a la ventana. En el rancho de Pedro Limayta habían
desmontado dos guardias. La tía se aproximó a su sobrino, que continuaba pegado a la
pared, como si lo hubieran cosido con alfileres. Cruzó su rostro repetidas veces con su
mano huesuda, hasta que le partió los labios.
Junto a la puerta divisó el tonel de aceite, que en la noche anterior lo habían llenado.
Cuando abran la puerta, hundes la cabeza. Yo te avisaré con un golpe cuando se hayan
ido. Cuando los guardias entraron divisaron a la tía Dorotea, sentada al lado de la cocina,
con la mirada perdida en las llamitas azules.
La tía Dorotea no se movió. Uno de los guardias la cogió por la espalda y la levantó de un
zamacón. Uno de los guardias encendió un cabo de vela en la cocina y salió por los
alrededores. El otro quedó junto a Dorotea, mirando a todo sitio con desconfianza.
El guardia divisó el tonel de aceite. El guardia se inclinó sobre el borde y observó su
superficie lisa. En ese momento apareció el otro guardia. Ese viejo de Limayta, con los
tragos que se echa, está viendo siempre fantasmas.
Los dos guardias miraron a la tía Dorotea, esperando tal vez unas palabras de ella. Pero la
vieja seguía impasible, con los brazos tenazmente cruzados, como si se amarrara con su
propia carne. La tía Dorotea no replicó nada. Cuando cerraron la puerta, tampoco se
movió.
Cuando el ruido de los cascos repicó y fue lentamente debilitándose, el surco de sus labios
se distendió brotando de ellos una sonrisa primitiva, ácida, como arrancada a bofetones.
Cogiendo un mazo se aproximó al tonel, y dio con él un golpe en su armadura. La
superficie del aceite vibró un rato al influjo del golpe y fue quedando luego
definitivamente quieta.