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Salvación de Niños sin Bautismo: Teología y Aborto

La Comisión Teológica Internacional examina la salvación de los niños que mueren sin bautismo. Concluye que la Iglesia solo puede confiarlos a la misericordia divina como en el rito de exequias por ellos, de acuerdo con la teología del Concilio Vaticano II sobre la misericordia de Dios para toda la humanidad.
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Salvación de Niños sin Bautismo: Teología y Aborto

La Comisión Teológica Internacional examina la salvación de los niños que mueren sin bautismo. Concluye que la Iglesia solo puede confiarlos a la misericordia divina como en el rito de exequias por ellos, de acuerdo con la teología del Concilio Vaticano II sobre la misericordia de Dios para toda la humanidad.
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La Comisión Teológica Internacional en su documento titulado: La Esperanza de Salvación

para los Niños que Mueren sin Bautismo; presenta un gran aporte que ilumina la vida de la
Iglesia, es decir, a cada uno de los fieles cristianos que en virtud del sacramento del bautismo
conforman la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, siendo Él la cabeza misma. (Col 1,18). Es
importante destacar uno de los motivos principales que expone el documento al inicio, acerca
de cuál es la pertinencia del Magisterio eclesial para abordar estos asuntos, y, asertivamente, no
dudan en remitirse a las Sagradas Escrituras: “Estén siempre preparados a responder a todo el
que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen” (1Pe3,15).

Ahora bien, este documento ayuda a llevar a cabo una profundización de carácter teológico y
pastoral sobre la lamentable situación de aquellos niños que mueren sin recibir el sacramento
del bautismo, y concatenarlo con la práctica inhumana del aborto. En un sentido teológico –
bíblico es indispensable remitirse a las Sagradas Escrituras, ya desde el libro del Génesis Yahvé
se revela como el Creador de todo lo existente, mayor aún, como el autor de la vida y, por lo
tanto, no se complace en la muerte de aquello que su mismo amor ha creado, es por ello, que
ante el fratricidio cometido por Caín, le reprocha: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu
hermano clama a mí desde la tierra” (Gn 4,10).

En este sentido, se puede apreciar como Dios no es indiferente ante la muerte de una de sus
creaturas, y pudiendo devolver la misma suerte muerte a Caín le dice: “Cualquiera que mate a
Caín, siete veces sufrirá venganza. Y puso el Señor una señal sobre Caín, para que cualquiera
que lo hallase no lo matara” (Gn 4,14). Cuando el hombre dotado de su capacidad de raciocinio
reconoce en Dios el amor que nace en la libertad de su Ser, no duda en expresar
recíprocamente en este amor, inclusive, desde el proceso de gestación, es por ello por lo que, el
salmista afirma: “Porque tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi madre” (Sal
139,13).

Hoy en día muchas personas llevadas por el deseo de defender una cultura de muerte,
específicamente en la práctica del aborto, desean encontrar en las Sagradas Escrituras algún
pasaje o escena que pueda sustentar sus puntos de vista, sin embargo, no encuentran mayor
cosa debido a la incomprensión del amor de Dios que, tal como lo se lo afirma al profeta, hoy
día continúa diciendo a cada hijo suyo: “Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí,
y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones” (Jr. 1,5). No obstante,
cuando el corazón del hombre y la mujer se cierra a este llamado de vida y amor, buscando
construir sus propios intereses en los diferentes escenarios de su vida, se convierte en promotor
de propia desdicha.

En este orden de ideas, el Magisterio y la teología se puede decir que: “tienen en común la
tarea de conservar el depósito sagrado de la Revelación, y de penetrarlo siempre más
profundamente, de exponerlo, enseñarlo y defenderlo” (Comisión Teológica Internacional
Magisterio y Teología, 1975). Es por ello, que el complejo tema del aborto no es, ni deber, ser
un tema vetado en los diferentes ambientes eclesiales. Es responsabilidad de los teólogos la
producción de una teología que anuncie el mensaje de Jesús que ha venido, “para que tengan
vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Pero también, es responsabilidad de cada
bautizado defender la vida en todos sus momentos, especialmente, desde la concepción.

El alzar la voz en medio de pueblos y naciones defendiendo la fe, con situaciones complejas,
fue una tarea llevada a cabo por el apóstol Pedro, tal como lo describe los Hechos de los
Apóstoles, (2, 14-18; 15, 7-11). Hoy día esta voz de Petrina continua vigente con la voz del
Vicario de Cristo en la tierra, el Papa Francisco y de los dicasterios que colaboran en la
exposición, y trasmisión de la sana doctrina. Por supuesto, es importante mencionar la ardua
labor llevada a cabo por los últimos Romanos Pontífices, quienes además algunos gozan de la
santidad de vida, a saber: san Juan XXIII, San Pablo VI, san Juan Pablo II y, el recientemente
fallecido papa emérito Benedicto XVI; todos y cada uno de ellos enriquecidos por la teología del
Concilio Vaticano II.

La exposición de la basta documentación pontificia, no es el objetivo del presente escrito,


además de resultar bastante extenso, sin embargo, estos son algunos de los principales que
enfatizan la defensa de la vida desde el vientre materno y que es importante su conocimiento:
Congregación para La Doctrina de La Fe: Declaración Sobre El Aborto, 1974; Congregación para
la Doctrina de la Fe: Instrucción Donum Vitae; Carta Encíclica Humanae Vitae, Carta Encíclica
Evangelium Vitae, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, y algunas constituciones del
Concilio Vaticano II, como Gaudium et Spes y Lumen Gentium.

De forma específica, La Comisión Teológica Internacional, en el documento inicialmente


señalado, plantea una cuestión teológica muy seria y es, si la salvación se da o no en aquellos
niños o niñas recién nacidos que no recibieron el sacramento del bautismo. Realizando una
apretada síntesis de la visión de los Padres de la Iglesia, tanto de Oriente como de Occidente, así
como de los grandes de teólogos de la edad media y moderna, hasta llegar a los tiempos
actuales, la disyuntiva se mantiene pues, por una parte, existe la postura de la necesidad del
bautismo sacramental para ser uno con Cristo, y a su vez con el Padre, formando una comunión
de eclesial, y, por otro lado, la esperanza como virtud teologal a la que se confían aquellos no
bautizados por medio de la oración y sentido solidario de los fieles cristianos.

La conclusión a la que llegan este grupo de teólogos va en consonancia con la teología del
Concilio Vaticano II, que estudia de manera objetiva la misericordia de Dios que desea la
salvación de toda la humanidad, y, por tanto, afirman: “En cuanto a los niños muertos sin
Bautismo, la Iglesia solo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las
exequias por ellos”. Lamentablemente, este gran esfuerzo y análisis teológico no es tomado en
cuenta por movimientos actuales que promueven el aborto bajo cualquier circunstancia, sino
que, por el contrario, promocionan una engañosa libertad en las mujeres, que al final solo
consigue el deterioro de su dignidad.

Por otra parte, en un sentido pastoral es indispensable asumir una actitud de escucha ante el
conocimiento o acercamiento de algún caso en específico, pues, ciertamente, no es un relato
que alguna mujer desee exponer abiertamente, ya que, generalmente va cargado de
sentimientos de culpabilidad que poco se trabaja para su superación, además de la realidad que
esto significa para la familia, en algunas ocasiones división por la falta de comprensión del
cónyuge, y demás factores.

Colocando la mirada en la jerarquía de la Iglesia, no un sentido de superioridad y rango por


alcanzar, sino el servicio que Cristo desea de aquellos que más se les da, corresponde en este
sentido al Obispo Diocesano, teniendo a su cuidado una determinada porción del pueblo de
Dios, promover la formación para los debidos acompañamientos de mujeres que han tenido
una experiencia abortiva, bien sea, de manera espontánea o voluntaria. De igual manera, los
párrocos fieles colaboradores del Obispo del lugar deben hacer llegar la misericordia de Dios a
cada una de ellas, así como, cada uno de los laicos que más que con palabras enriquecen con su
testimonio de vida.

El serio relativismo ético y moral reinante en las familias es uno de los temas que se deben
abordar en todas las pastorales, tanto parroquiales, como de cualquier movimiento de
apostolado, haciendo ver las consecuencias que tiene en la mujer y en la familia, pues, puede
llegar a pensarse que se trata exclusivamente de una persona, pero involucra el sentido
comunitario. La Iglesia como madre y maestra está dispuesta acompañar, y acoger a todos
aquellos que, heridos por el pecado, desean la reconciliación con el Dios de la vida, en este
sentido, el Papa Francisco en el año 2015 ha llevado a cabo el Año Jubilar de la Misericordia,
concediendo a los presbíteros perdonar el pecado del aborto a aquellas mujeres que
arrepentidas lo confesasen en el sacramento de la reconciliación.

La belleza de la labor de la Iglesia recae en que es Madre y Maestra, porque ha sido


consagrada en alianza eterna con Jesucristo. En la Iglesia se entiende a la salvación no
solamente como una cuestión individual, sino también como algo que se realiza en comunidad,
en comunión con la Palabra, la ley de Dios y los sacramentos que nos abren paso en el camino
de la fe; la Iglesia nos alimenta del Pan de la vida eterna, por medio del cual crecemos y damos
frutos para la gloria de Dios, tal como lo hace una madre humana con su hijo. En pocas
palabras: “El cristiano realiza su vocación en la Iglesia” (CIC, 2030).

Bayron Pastrán c.p.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

- Biblia de Jerusalén
- Catecismo de la Iglesia Católica.
- Comisión Teológica Internacional: Magisterio y Teología, 1975.
- Comisión Teológica Internacional: La Esperanza de Salvación para los Niños que Mueren
sin Bautismo.

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