El duelo silenciado:
Pérdida y expresión emocional ∗
F. Javier Aznar Alarcón
Marina es una joven de poco más de veinticinco años. Dice de sí misma, casi con
resignación, que se siente viviendo desde siempre de fantasías que nunca realiza. Vive
los días tejiendo y destejiendo planes. Cada vez que parece que va a tomar una
dirección, como las flechas en la paradoja de Zenón, encuentra innumerables obstáculos
para ponerse en marcha. En las relaciones se entrega sin cuidado de sí misma, como si
darlo todo fuera el precio a pagar para conseguir la presencia de la otra persona. Su
sometimiento la lleva una y otra vez a una decepción que no se siente capaz de parar.
Explorando su sensación de desconcierto, el momento de su vida en que empieza a
sentir esa fragilidad tan avasalladora, surge la muerte de su padre cuando tenía quince
años. En su familia la reacción fue el silencio, una consigna no declarada de que es
mejor no hablar de lo que hace sufrir. La fragilidad de las expectativas de Marina señala
hacia la falta de un soporte sólido sobre el que apoyarse, de un dolor que ha quedado
inscrito en la memoria emocional como una fractura y no como un recuerdo elaborado
en palabras.
Paula es una adolescente que sufre accesos de melancolía sin motivo aparente. Se
esfuerza para levantarse, acudir a clase, y ver a las amigas hasta que el peso en el ánimo
la vuelve a dejar postrada en la cama, llorando, sin saber qué decir. Su madre, mujer
separada de un segundo marido maltratador, hija de un padre de estilo mafioso, la
acompaña en la entrevista. A duras penas consigue acabar el mes sacando adelante a
Paula y su hermana pequeña. Las dificultades psicosociales han sido el tema dominante
en las conversaciones que han mantenido con pediatras, trabajadores sociales y
psicólogos. Conversando sobre su familia, aparece la muerte del padre de la joven.
Separados desde que ella era muy pequeña, Paula no había vuelto a verle, apenas algún
esporádico contacto telefónico sin muchas ganas por parte de los dos. Pero, hace menos
de un año, éste hombre murió tras una larga enfermedad. Algún familiar se atrevió a
contar que quiso hablar antes del fin con su hija, pero que el resto de familiares se lo
impidió. Paula no vio su padre, no estuvo en el funeral, apenas se puso triste. Se le
pregunta a la chica si cree que puede sufrir por perder a alguien que quizá nunca tuvo,
por perder la posibilidad de un encuentro. Paula rompe a llorar.
¿Quién queda para escuchar el vacío de su pérdida, cuando las dificultades de la
cotidianidad hacen tanto ruido?
Mateo es un joven alto pero que parece de menor estatura por moverse como si
arrastrara un peso enorme e invisible sobre sus hombros. No duerme bien, no descansa,
no se concentra. Tiene miedo del futuro, del fracaso, de no tener ánimo para defenderse
ante los obstáculos. No sabe porqué. Aparentemente todo está bien.
Poco a poco va reconstruyendo un relato de su vida. Sus padres siempre lo
sobreprotegieron, se avanzaban a sus movimientos como si contínuamente estuviera a
punto de sufrir una catástrofe. Aprendió a temer. El ambiente en su casa siempre era
gris, apagado. “Mejor estar como estamos, todo lo que venga puede ser peor”, parece
ser el lema familiar. Debería estudiar, estar animado, salir, pero siempre con la profecía
∗
Artículo ganador del XIX Concurso Literario de Artículos de Divulgación de la Psicología.
Demarcación de Girona del Col·legi Oficial de Psicòlegs de Catalunya
Para contactar con el autor: [email protected]
El duelo silenciado:
Pérdida y expresión emocional
no dicha de que la historia no puede acabar bien. Con el tiempo, tras una minuciosa
reconstrucción de su historia familiar, Mateo registra que su padre cambió tras el
suicidio de su hermano menor. Es desde entonces que no recuerda a su padre hablando
nunca de sus sentimientos, saliendo con su madre, haciendo cosas sólo por el placer de
hacerlas. Nunca se menciona la pérdida, la culpa por no haber sabido / podido evitar, la
rabia, el vacío que queda. El fallecimiento, años después, de la madre de Mateo en un
accidente de tráfico, viene a ratificar la maldición y a cerrar la burbuja de protección
ante las desgracias inesperadas. El silencio, protector ante el dolor, se convierte en un
muro que aprisiona frente a la vida.
Cuando el escritor Jean-Claude Carrière le preguntó a Oliver Sacks qué es lo que
consideraba como “un hombre normal” éste le contestó que:
“Un hombre normal quizás era aquel capaz de contar su propia historia. Sabe de
dónde procede (tiene un origen, un pasado, una memoria ordenada), sabe dónde está
(su identidad), y cree saber adónde va (tiene proyectos, y la muerte al final). Está
situado, por lo tanto, en el curso de un relato, es en sí mismo historia, y puede
contarse”.
Marina, Paula y Mateo no han perdido la capacidad de construir un relato sobre sí
mismos, pero su entorno (o la imagen que se hacen de él) impide ponerle palabras a las
emociones que acompañan a la pérdida.
Expresar el sentimiento es, como mínimo, cosa de tres
“Los eventos acompasan nuestras vidas, pero no se sabe cuándo llegan ni de dónde
vienen. La vida es una composición musical que ejecutamos acaso sin conocer la
música. No tenemos partitura. La partitura sólo se comprende después, cuando la
música ya ha sido interpretada”. Las poéticas palabras de Antonio Tabucchi nos
introducen en los nudos de la relación entre vivir y narrar la vida. Los eventos
pertenecen al pasado el acto de narrar al presente. Cumple el efecto de construir un
escenario en el que los elementos se ordenan causalmente, toman una forma, se
explican. Y narrar nos abre el futuro proyectando un horizonte.
“La totalidad de nuestra experiencia se estructura (quizá) siempre y de todas maneras
en forma de “narraciones”” dice Umberto Eco. Coincide con el eminente psicólogo
Jerome Bruner, quien propone que con el acto de narrar se crea una versión del mundo
que estructura la vida del individuo. Tanto psicólogos como lingüistas coinciden en que,
universalmente, la forma privilegiada de evocar un sentimiento es recrear una narración.
Se narra a los demás, con los demás, para los demás. Se narra teniendo en cuenta la
recepción del relato, esperando la respuesta, anticipándola. Por ello narrar es más que
cosa de uno, es un acto relacional, la forma en que organizamos nuestra forma de
acercarnos al mundo de los otros, y también, circularmente, la forma en que los otros
colaboran en organizar nuestra mente. Pero también se hace en un entrono que prohíbe,
sanciona o legitima la posibilidad de la expresión. Cómo estructuramos el relato, su
configuración, representa la perspectiva desde la que afrontamos lo que nos pasa,
atribuimos intenciones a quien nos acompaña e incitamos a quien nos escucha a una
reacción, confirmando que narrar es más que cosa de dos.
¿Qué ocurre cuando este proceso se ve interrumpido por el silencio de los que nos
rodean? En la novela gráfica “Mi mamá está en América y ha conocido a Buffalo Bill”
F. Javier Aznar Alarcón Psicólogo Clínico y Psicoterapeuta Familiar 2
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Pérdida y expresión emocional
se presenta con exquisita sensibilidad la situación de un niño a quien nadie ha explicado
que su madre ha fallecido. Los autores, Jean Renaud y Emile Bravo, muestran como el
pequeño Jean choca constantemente con la dificultad de interpretar las reacciones de los
adultos, con el miedo a preguntar. Sin las palabras de estos, el mundo se vuelve
incomprensible, amenazante, oscuro.
Se secan las raíces de futuros relatos, y de relatos de futuro.
El dolor que no se puede expresar se expande y se anuda, aísla del mundo de los otros
Afecta al sentido de lo ocurrido: queda un vacío en el relato mayor de la vida por el que
se llega a sufrir sin saber porque se sufre. Y se refleja en la forma en que se enfrenta la
vida, con miedo en el caso de Mateo, con ahogo en el de Paula, con confusión en el de
Marina.
La posibilidad de narrar en un entorno en el que se siente a quien escucha con paciencia
y respeto hacia el profundo dolor, responde a la necesidad de tejer una red de afectos
modulados por la palabra que sostenga el vacío. Volviendo a Umberto Eco: la función
terapéutica de la narrativa y la razón por la cual los hombres, desde los orígenes de la
humanidad, cuentan historias es, como ocurre con los mitos, dar forma al desorden de la
experiencia.
El duelo también es, como mínimo, cosa de tres
Algo se pierde. Alguien lo pierde. Dos frases con dos sujetos que nos señalan que el
proceso en el que la pérdida toma un sentido es complejo. Depende de la relación entre
ambos, del pasado que comparten, del papel que ocupa lo perdido en la identidad de
quién pierde 1 , la forma en que se pierde y el momento del ciclo vital. La pérdida,
además, no toma su forma definitiva en la intimidad de esa relación de dos, sino que se
abre a la reacción del entorno.
William Worden, en su famoso libro sobre el tratamiento del duelo, explica que la
elaboración de la perdida es un proceso eminentemente relacional. Siguiendo a A.
Lazare, enumera tres factores que pueden complicar el curso de esa elaboración: que no
se pueda hablar socialmente de la pérdida, que el entorno funcione como si la pérdida
no hubiese ocurrido, y que no haya una red social de apoyo.
En la misma dirección se pronuncia Beatriz Vera. Esta psicóloga ha hecho una revisión
de los trabajos más destacados que relacionan experiencia traumática y expresión
emocional 2 , constatando que la cultura es un tercero que propugna expectativas sobre el
curso del duelo y las formas canónicas de atravesarlo que no se cumplen
necesariamente. Vera alerta ante una concepción ingenua y estereotipada de la
1
William James, considerado junto a Wilhelm Wundt uno de los fundadores de la Psicología como
ciencia, explica en sus “Principios de Psicología” que la complejidad de lo que llamamos “Yo” incluye
todo aquello que uno reconoce como propio, tanto físico como simbólico: cuerpo, facultades físicas y
psíquicas, familia, amigos, reputación, etc. Todo lo que las afecta lo hace también al individuo. Sigmund
Freud coincidirá con él al incluir en el concepto de duelo la reacción frente a la pérdida de una
abstracción, de un ideal, etc...
2
Entendemos aquí que el trauma implica siempre una pérdida, incluyendo la pérdida del sentido de la
propia dignidad (ante la violencia física o psíquica) y la de las certezas con las que uno construye su
cotidianidad (la identidad familiar, profesional, intelectual; dónde vivo, con quién vivo, en qué y en quien
puedo confiar).
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Pérdida y expresión emocional
expresión emocional: revivir un acontecimiento traumático, expresar las emociones que
le acompañan, debe estar al servicio de la necesidad de quien sufre y no responder a las
expectativas del profesional, tener en cuenta su capacidad natural para resistir y
recuperarse. Respetar su tiempo. Aceptar incluso la negación y el silencio mientras no
comprendamos qué función cumple.
Hablar constantemente de la pérdida no es elaborarla, integrarla en un relato más
amplio. Es sobrealimentarla, darle el lugar de núcleo temático de la identidad, caer en
un bucle en el que se vive cautivo de un presente que es un fantasma del pasado, y que
seguramente afectará a largo plazo a la red social separando, aislando, acentuando el
sentimiento de impotencia y de pérdida.
Por el contrario, cuando la víctima se siente aprisionada por el silencio, ante un entorno
que, haciéndola callar, la deja sin palabras para expresar el dolor, la pérdida alcanza a
incluir a aquellos en los que confiaba.
Boris Cyrulnik insiste en recordar que el trauma no es la herida en sí, sino este segundo
golpe efectuado por los que le rodean y que moldea la imagen que uno tiene de sí
mismo, tanto si crea un discurso que mitifica la pérdida, como si sumerge en un silencio
que humilla y culpabiliza. ¿Qué otras heridas viene a reabrir esta herida en los que
comparten la pérdida, que silencios propios les lleva a no tomar conciencia del daño que
se inflinge a quien no se permite hablar?
James Pennebaker ha investigado durante décadas sobre el efecto de escribir sobre la
experiencia dolorosa. Ha venido a demostrar que en la medida en que la persona puede
exponer su vivencia íntima por escrito y se construye un marco narrativo que estructure
lo que se ha sufrido, se produce un efecto protector que se manifiesta incluso en el
sistema inmunológico.
Si atendemos a la consigna que le da a los sujetos de sus investigaciones, vemos que
escribir no sólo es escribir. También es actuar sobre el mundo para transfigurarlo y, y
nos recuerda la cita anterior de Oliver Sacks:
En días sucesivos Pennebaker y sus colaboradores piden, después de asegurar la
confidencialidad de los documentos, incluso para los propios investigadores, que
escriban los pensamientos y sentimientos más íntimos sobre el trauma, que se vinculen
con otros aspectos de su vida, que se relacionen con quien se ha sido, quien se espera
ser y quien se es en el momento de escribir; se pide que expresen el efecto de los
pensamientos y sentimientos sobre las diferentes áreas de su vida; que indaguen sobre la
responsabilidad personal; se espera que pueda explorar los acontecimientos desde
diferentes perspectivas, enfocando aquello que hace sentir más vulnerable; se pide que
atiendan a si alguna cosa queda fuera de la confrontación con el papel; qué se ha
aprendido, ganado o perdido con la experiencia traumática; se sugiere que exploren en
qué medida lo acaecido marca el futuro; se finaliza pidiendo la construcción de un relato
que permita dar sentido a todos los aspectos relacionados y con la respuesta a un
cuestionario “post-escritura” para evaluar la experiencia de escribir.
Es decir, se pide afrontar la intimidad, asociar con el pasado, proyectar un futuro, mirar
el presente en relación a ambos, tomar un rol como lector, como autor y como
protagonista del curso de los acontecimientos, tomar distancia con lo que se ha
experimentado, plantearse alternativas de futuro, y buscar una línea discursiva que
aglutine toda la experiencia.
F. Javier Aznar Alarcón Psicólogo Clínico y Psicoterapeuta Familiar 4
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Pérdida y expresión emocional
Se está acompañando a hacer aquello que ya anticipó Freud: ayudar a integrar
simbólicamente, mediante el lenguaje, el acontecimiento traumático.
Desde un punto de vista relacional, y a pesar de que los investigadores no saben lo que
escriben los participantes ¿no son un tercero interesado en su expresión emocional? Al
pedir que lo hagan ¿no son legitimadores de ésta? ¿Y que sombras proyecta este
ejercicio en las relaciones en su mundo cotidiano? ¿Qué cosas mueve decir y a quién?
¿Qué expectativas genera en los otros saber que se está trabajando sobre lo ocurrido?
Siempre se narra para otro, incluso cuando ese otro somos nosotros mismos.
Participar del relato, participar de la pérdida
La construcción de un relato que pueda dar razón de los sentimientos que acompañan la
pérdida es un trabajo de configuración de la experiencia en el que no todos los caminos
son posibles, sólo aquellos que permite el entorno de quien sufre.
Si esta construcción no es pasiva, la escucha tampoco debería serlo. Ricardo Ramos
explica que no hay una narrativa del duelo, una forma idónea de transmitir la
experiencia de la pérdida. Insiste en que la narración es un acto en el presente y por el
presente, y que su potencialidad expresiva está en función de quien recibe el relato y de
las circunstancias de la enunciación.
Narrar continua siendo más que cosa de dos. La reacción ante la pérdida también. El
que forma parte del entorno, personal o profesionalmente, no se puede excluir de la
escena, no al menos sin ser responsable de lo que hace con su reacción.
Navegar entre las Escila y Caribdis de la idealización y la negación exige que quien
acompaña a quien sufre una pérdida sea consciente de que no lo puede hacer de forma
aséptica, como si el dolor no le llamase a él también. Las palabras no sólo se
pronuncian, nos interpelan esperando que hagamos algo con ellas, aunque sólo sea
invitar a continuar hablando mientras sea necesario.
Narrar es actuar. Pero la acción de relatar del otro acaba donde comienza la nuestra.
Aceptar, contrastar, reformular, son actos de habla que invitan a actuar ante la forma en
que dada uno sufre atendiéndolo conforme a su necesidad y su circunstancia. Colaborar
en que se hable con quien se tiene pendiente hablar cuando es posible, aceptar la
necesidad de tomar perspectiva, no ahogarse por el peso del pasado, abrir la puerta a
nuevos relatos, a nuevas esperanzas, pasa por estar atentos a las sutiles geometrías del
duelo.
F. Javier Aznar Alarcón Psicólogo Clínico y Psicoterapeuta Familiar 5
El duelo silenciado:
Pérdida y expresión emocional
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F. Javier Aznar Alarcón Psicólogo Clínico y Psicoterapeuta Familiar 6