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¡Importante!

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recuerda que estas traducciones no son legales, así que cuida nuestro
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Contenido
¡Importante! ________ 3 Capítulo 24 _______ 253 Capítulo 53 _______ 455
Staff ______________ 5 Capítulo 25 _______ 266 Capítulo 54 _______ 459
Dedicatoria _________ 6 Capítulo 26 _______ 271 Capítulo 55 _______ 464
Playlist ____________ 7 Capítulo 27 _______ 277 Capítulo 56 _______ 481
Sinopsis____________ 8 Capítulo 28 _______ 282 Capítulo 57 _______ 485
Prólogo ___________ 10 Capítulo 29 _______ 294 Capítulo 58 _______ 499
Capítulo 1 _________ 12 Capítulo 30 _______ 305 Capítulo 59 _______ 501
Capítulo 2 _________ 25 Capítulo 31 _______ 309 Capítulo 60 _______ 512
Capítulo 3 _________ 40 Capítulo 32 _______ 322 Capítulo 61 _______ 516
Capítulo 4 _________ 47 Capítulo 33 _______ 327 Capítulo 62 _______ 520
Capítulo 5 _________ 59 Capítulo 34 _______ 334 Capítulo 63 _______ 523
Capítulo 6 _________ 69 Capítulo 35 _______ 340 Capítulo 64 _______ 528
Capítulo 7 _________ 91 Capítulo 36 _______ 350 Capítulo 65 _______ 537
Capítulo 8 ________ 107 Capítulo 37 _______ 359 Capítulo 66 _______ 546
Capítulo 9 ________ 113 Capítulo 38 _______ 362 Capítulo 67 _______ 556
Capítulo 10 _______ 117 Capítulo 39 _______ 369 Capítulo 68 _______ 559
Capítulo 11 _______ 128 Capítulo 40 _______ 375 Capítulo 69 _______ 566
Capítulo 12 _______ 138 Capítulo 41 _______ 379 Capítulo 70 _______ 569
Capítulo 13 _______ 143 Capítulo 42 _______ 382 Capítulo 71 _______ 576
Capítulo 14 _______ 148 Capítulo 43 _______ 388 Capítulo 72 _______ 587
Capítulo 15 _______ 161 Capítulo 44 _______ 392 Capítulo 73 _______ 594
Capítulo 16 _______ 164 Capítulo 45 _______ 406 Capítulo 74 _______ 597
Capítulo 17 _______ 168 Capítulo 46 _______ 416 Capítulo 75 _______ 608
Capítulo 18 _______ 189 Capítulo 47 _______ 425 Capítulo 76 _______ 611
Capítulo 19 _______ 193 Capítulo 48 _______ 431 Capítulo 77 _______ 629
Capítulo 20 _______ 201 Capítulo 49 _______ 433 Capítulo 78 _______ 638
Capítulo 21 _______ 211 Capítulo 50 _______ 437 Epílogo __________ 640
Capítulo 22 _______ 239 Capítulo 51 _______ 443 Reconocimientos __ 644
Capítulo 23 _______ 248 Capítulo 52 _______ 447
Staff

Traducción
Hada Fay

Corrección:
Hada Anya
Hada Laila
Hada Luna

Diseño
Hada Anjana
Dedicatoria
A mis hijas, las quiero siempre y para siempre.
A la familia, a los amigos, a las señoras de la hora
feliz: son mi camino o mi muerte.
A dos damas increíbles que leen mis cosas de
cualquier forma, Susan y Beth.
A todos mis lectores, blogueros, booktokers, ustedes
han hecho esto posible para mí. ¡GRACIAS!
Playlist
Si quieres escuchar la banda sonora con canciones que aparecen en este
libro, así como canciones
que me inspiraron, aquí está el enlace:

[Link]
Rcd-TIe2NyuqfDrfpg

In no particular order…
“Panic Room” - Au/Ra
“All my friends are fake” - Tate McRae
“Hurts So Good” - Astrid S
“You broke me first” - Tate McRae
“Does She Know” - Astrid S
“Champagne & SunShine” - PLVTINUM
“@ my worst” - Blackbear
“Monsters” - All Time Low
“Fucked Up” - Bahari
“Let Me Down Slowly” - Alec Benjamin
“Swim” - Chase Atlantic
“Good 4 U” - Olivia Rodrigo
“Into It” - Chase Atlantic
Sinopsis
Heredera de la moda.
Jefe de la Cosa Nostra.
Improbable mejor amigo.

Nacida en una de las familias más ricas de la Costa Este, el mundo de


Amore cambia de la noche a la mañana. De heredera de una importante
casa de moda a hija de un poderoso mafioso.

Amore Bennetti lucha desde el principio por encontrar su camino en


un mundo desconocido tras ser testigo de la muerte de su madre.
Sintiéndose una extraña en el mundo del hampa, encuentra a su mejor
amigo en el lugar más insospechado. Una familia criminal rival.

Santino Russo, hijo mayor del jefe de la Cosa Nostra de Nueva York,
es uno de los solteros más codiciados de Nueva York gracias a su
impresionante aspecto, su riqueza y su carisma mortal. La sangre y la
muerte persiguen a Santino Russo, pero para Amore siempre será su
primer amor y el primero que la hizo sentirse segura en un mundo mortal.

Hasta que le rompió el corazón.


Ahora, enfrentada a un matrimonio que nunca quiso, mientras intenta
cazar y matar al responsable de la muerte de su madre, tiene que lidiar una
vez más con Santino Russo. El despiadado mafioso que no acepta un no
por respuesta y siempre encuentra la manera de conseguir lo que quiere.
Aunque tenga que matar a más de un hombre para conseguirlo.
Prólogo

—Vuelve a disparar una bala y tiro una granada al búnker. —Mi


pecho se contrajo al escuchar la voz familiar—. Y tiren sus armas al suelo.
Mis ojos buscaron frenéticamente. Esto era como mi peor pesadilla.
—Estoy esperando —se burló—. Tick, tock. Tick, tock.
Mi hermano tiró su arma al suelo.
Conteniendo la respiración, vi cómo un hombre bajaba las escaleras
con cinco hombres detrás de él y dos a cada lado, protegiéndolo. No
parecía una lucha justa. Tantos de ellos contra solo nosotros dos, sin armas.
—Hola, Orchid —dijo, su voz sin tono. Su fría e inquebrantable
mirada oscura se encontró con la mía y las imágenes de la última vez que
lo vi pasaron por mi mente. Sangre, gritos, traición, muerte.
Me di cuenta que nunca conocí a este hombre. Sus finos labios se
curvaron en una mueca, una sonrisa burlona. Me despreciaba, su odio
brillaba en sus ojos. No podía ser más evidente.
Esto era como mi peor pesadilla. Se suponía que debía amarme,
quererme. Protegerme. Sin embargo, acechó en las sombras de mi vida
durante años persiguiéndome, esperando para matarme.
Nos traicionó. Nos hirió. Nos dejó morir.
—Me has hecho correr por mi dinero —dijo él con amenaza en su voz,
y luego miro detrás de él—. ¿No es así? Ven aquí para ella que te vea.
Observé como un par de botas de combate negras bajaban las
escaleras, revelando cada vez más el cuerpo de un hombre. Mi mente se
rebeló contra el reconocimiento y mi estómago se revolvió.
No, no, no, no.
Mi corazón se rompió y un dolor punzante siguió en lo más profundo
del pecho.
La peor traición.
¿Los hombres de mi vida estaban destinados a traicionarme siempre?
Capítulo 1
Amore

TRECE AÑOS DE EDAD


New York.
Jungla de Concreto.
Casa de la Cosa Nostra.

La ciudad de Nueva York no se parece a ninguna otra en la que haya


estado. Una sobrecarga sensorial. Los olores de los tubos de escape. La
energía frenética. El sonido constante de los autos de policía, las
ambulancias y las bocinas de los autos.
Las calles estaban siempre abarrotadas. Algunos lugares olían mal,
mientras que otros parecían bonitos por fuera y ocultaban las feas verdades
que acechaban por dentro. Hacía solo dos semanas que había llegado y ya
odiaba estar aquí. No tenía amigos, nadie con quien hablar, y la familia
que no sabía que existía era una completa desconocida para mí.
Mi padre biológico, al que acababa de conocer hace dos semanas, era
una especie de mafioso. Un Don. El jefe de la familia Bennetti. Al menos
eso fue lo que me dijeron.
En el lapso de dos semanas, aprendí que toda mi vida era una farsa. Ya
no tenía ni idea de quién era. Ya no era Amore Anderson ni Amore Regalè,
la heredera de la moda de la familia Regalè. En su lugar, era Amore
Bennetti, hija del notorio jefe de la familia del crimen Bennetti, Savio
Bennetti. Una de las cinco familias de la Cosa Nostra.
A primera vista, la etiqueta de la Cosa Nostra se parecía mucho al
mundo en el que crecí. Modales impecables al aire libre. Una casa cercada
con ladrillos blancos y rodeada de guardias. Pero detrás de las puertas
cerradas, los hombres de este mundo llevaban armas como un accesorio
cotidiano y las mujeres chismorreaban y atacaban con saña si te
despreciaban.
Como mi madrastra me despreciaba a mí.
El corazón se me encogía al pensar que iba a pasar otro día bajo el
techo de mi padre. Quería huir, volver a tres semanas atrás cuando todo
estaba bien. Cuando mi madre estaba viva. Cuando éramos felices.
Hasta hace un mes, viajaba por el mundo con mamá y el hombre que
creía que era mi padre, George Anderson. Mamá trabajaba para mi abuela
Regina, que era la dueña de uno de los mayores imperios de la moda.
George era un biólogo textil, que trataba de encontrar nuevos organismos
que tuvieran el potencial de convertirse en bio-tejidos, como algunas sedas
de araña. Su objetivo no era solo diseñar el próximo mejor material del
mundo de la moda, sino ayudar a minimizar el daño que se estaba causando
al medio ambiente gracias a algunas de las formas de fabricación de los
textiles en la actualidad.
A los trece años, sabía más sobre el mundo de la moda de lo que
cualquier chica de mi edad debería o querría admitir. Pero la moda Regalè
era mi legado, del que algún día sería responsable. Eso es lo que me decía
la abuela Regina.
Pensaba que tenía años, décadas, antes que todo eso recayera sobre mí,
pero parecía que las décadas no serían una opción desde que mis padres
habían muerto. Corrección, ya que mi madre estaba muerta. George... no
era mi verdadero padre. Nunca estuvo destinado a formar parte del
imperio.
Durante trece años de mi vida, llamé a ese hombre mi padre. Él me
enseñó todo lo que sabía. ¿Cómo debo llamarlo ahora?
¿Mi padrastro? No, sonaba demasiado frío para alguien que me dio
tanto.
Deseaba que todo fuera como antes que todo sucediera. Antes de ver a
mi madre torturada y asesinada delante de mis ojos. Antes de escuchar los
gritos de mi padre... de George. El zumbido de esta ciudad me recordaba
a los peligros de la selva, y francamente, no estaba segura de qué era más
aterrador.
Esta ciudad me masticaría y me escupiría. Al igual que la selva.
El repentino sonido de la bocina de un auto me hizo saltar y mirar por
encima del hombro mientras la gente pasaba a mi lado. Hacía una hora que
había salido de la preparatoria, pero el hombre que normalmente me
recogía, un tío que no sabía que tenía, el tío Vincent, no estaba allí. Así
que empecé a caminar para encontrar el camino a casa.
Esta escuela terminaría por quebrarme. Ya piensan que soy un bicho
raro. Una chica italiana con cara de irlandesa. Empecé en la preparatoria
la semana pasada después que una serie de pruebas confirmaran que estaba
mucho más adelantada en mis estudios que mis compañeros de la escuela
intermedia.
El orientador pensó que me había hecho un favor al colocarme en un
curso superior, pero esos chicos de la preparatoria eran brutales. Las
pausas para el almuerzo y la espera para que me llevaran después de la
preparatoria eran particularmente dolorosas. Solo quería recuperar mi
antigua vida, volver a sentirme normal.
Miré a mi alrededor y noté que estaba perdida. Otra vez. Hoy, los
matones decidieron merodear mientras esperaba a mi tío y, aprovechando
que no aparecía, decidieron bailar a mi alrededor, burlándose de mí antes
de llevarse mi teléfono. Así que me dirigí a casa a pie. Siguieron
siguiéndome hasta hace unas dos manzanas.
Así que aquí estaba yo. Perdida, sin teléfono y sin forma de llegar a
casa. Los sonidos abrumadores de la ciudad me hacían girar en círculos,
buscando cualquier pista sobre dónde estaba, o dónde tenía que ir para
llegar a casa. Suspiré, largo y tendido, con el pecho contraído de esa
manera tan familiar. Los ataques de pánico que comenzaron desde el
asesinato de mi madre y George amenazaban con aumentar, dificultando
la concentración.
No te asustes ahora, me susurré en silencio. Había hombres trajeados
que entraban y salían del edificio junto a mí, pero apenas lo noté. Llevaba
mi uniforme escolar y una mochila al hombro.
Apoyada en el cristal de la ventana, me desplacé sobre mi trasero,
dejando caer la mochila en el suelo a mi lado. Me llevé las rodillas al pecho
y enterré la cabeza en mi regazo, inspirando y expirando.
Me sentía sola, echaba de menos a mamá y a George. La pérdida aún
estaba en carne viva, los sueños demasiado vívidos y los recuerdos
demasiado frescos. Hasta su muerte, no había un día que pasara sin que
hablara con mamá. Y ahora... estaba tan sola.
La mujer de papá me odiaba. Mis hermanos no sabían qué hacer
conmigo. Ni siquiera mi padre sabía qué hacer conmigo. No supo de mi
existencia hasta hace tres semanas, cuando lo llamaron a las selvas de
Sudamérica para que viniera a recogerme. El Cártel de la Carrera me
encontró en la selva. Un día más y no habría sobrevivido. Fue un milagro
que me encontraran. Mi madre me estaba salvando incluso en su muerte.
Ella localizó un contacto, el jefe del Cártel de la Carrera, y a mi padre,
pidiéndoles ayuda antes de ir a buscarnos a George y a mí. Si tan solo
hubiera esperado por ellos antes de ir a buscarnos.
Ella podría estar...
El dolor en mi pecho amenazaba con explotar. Era demasiado duro
vivir sabiendo que yo había causado la muerte de mi madre. Si tan solo la
hubiera escuchado. Solo quería que ella volviera a mi vida, mi madre y...
George.
La abuela Regina también vivía por aquí, pero cuando papá vino a
recogerme, los dos discutieron y papá le prohibió acercarse a mí. Eso no
la disuadió. Siguió viniendo, pero cada vez sus discusiones empeoraban
más y más.
Yo podía hacer matemáticas de duodécimo grado, pero no podía
entender de qué se trataba su discusión. Nadie me hablaba; nadie me
entendía. Yo tampoco les entendía a ellos. No debía llorar; era demasiado
mayor para las lágrimas, decía la abuela. Ella era fuerte; yo no. Una reina
por derecho propio. Era la mujer más fuerte que había conocido. Quería
llorar hasta que todo volviera a la normalidad.
—Hola, niña.
La voz estaba cerca. Un par de lujosos Oxfords negros entraron en mi
línea de visión, envueltos en unos pantalones negros a medida.
Pasó un segundo, y levanté la cabeza, mi agarre alrededor de las
piernas se tensó. Mi línea de visión siguió recorriendo el traje de tres piezas
a medida hasta llegar a su rostro. Unos ojos oscuros me miraban fijamente,
estudiándome. Esa era otra cosa de este lugar. Todos los miembros de la
familia de mi padre tenían el mismo colorido. Diferentes tonos de ojos
marrones, piel aceitunada, cabello castaño oscuro. Estos hombres no eran
diferentes.
Se parecían a los hombres que visitaban a papá, como mis hermanos.
Yo no me parecía en nada a ninguno de ellos. Mi cabello era rizado y
rojo brillante, y mis ojos verdes. El irlandés venía de mi abuela. Tenía los
ojos de mi madre, pero el cabello rojo no se veía en la familia de la abuela
desde hacía mucho tiempo. No sonaba como un insulto cuando mamá lo
decía, pero cuando lo decía Elena, la mujer de papá, sonaba como el peor
de los insultos. Le gritó a papá que se hiciera una prueba de paternidad
porque no había un solo rasgo que yo poseyera que fuera Bennetti.
Tampoco era que yo quisiera estar aquí... la abuela me quería. Deberían
haberme enviado a vivir con ella.
El más joven de los dos se adelantó, aunque seguía siendo mucho
mayor que yo. Su traje oscuro le quedaba perfecto, haciéndolo parecer
dominante y era el epítome del buen estilo caro, como diría mi abuela.
Como nieta, y ahora heredera, de su imperio de la moda, siempre llevaba
las últimas y mejores tendencias y ropa de diseño. Incluso cuando
caminábamos por los bosques y el barro de la selva. George siempre se
reía y lo consideraba ridículo, pero teníamos una reputación que mantener.
—¿Stai bene1? —Reconocí las palabras en italiano, pero no entendí su
significado. El tipo me ofreció una sonrisa y mantuvo la voz uniforme y
suave cuando habló, supongo que para asegurarme que no estaba en
peligro—. ¿Estás bien?
Mis ojos se desviaron detrás de él, donde estaba aparcado un caro auto
negro. Como el que teníamos cuando vivíamos en Europa. No escuché que
el auto se detuviera, tal vez ya estaba aquí. Lorenzo, mi nuevo hermano,
me advirtió que prestara atención a mi entorno. Dijo que era una
consecuencia de ser un Bennetti. Yo también fallaba en eso. Se portó bien
conmigo, pero mantuvo las distancias. No es que pudiera culparlo. Su
madre lo fulminó con la mirada cuando me pasó una canasta de pan, sin
importarle hablarme.
Exhalé, con el corazón pesado en el pecho, mientras veía a ambos
hombres mirarme con curiosidad. Asentí con la cabeza de forma vacilante,
mirando al hombre con recelo.
—¿Tuviste un mal día en la escuela? —preguntó, bajando a la altura
de mis ojos mientras se subía el pantalón de su traje.
Seguí el movimiento de su mano y me fijé en un tatuaje que le recorría
el antebrazo. Llevaba una camisa blanca impecable, con las mangas
remangadas. Aunque todavía hacía calor aquí para ser finales de
septiembre, no era nada comparado con el calor y la humedad de las selvas
de Sudamérica.
Tragué con fuerza, mirándolo a los ojos. Eran del color marrón más
oscuro que jamás había visto. Volví a asentir, incapaz de pronunciar una
sola palabra. Era mucho más que un mal día en la escuela. Tenía la cara
mojada, la nariz goteando, pero el peor dolor estaba en mi corazón.
Un hombre mayor, que se parecía al más joven se adelantó.

1
Stai bene: Estas bien en italiano.
—¿Cómo te llamas?
La ciudad era un mal lugar. Papá me dijo que nunca me fiara de nadie,
pero no me dijo nada sobre ser grosera. Si me negaba a contestar, pensarían
que era una maleducada.
—Amore —susurré en voz baja.
El joven que me habló primero se rio.
—No, eso es un sentimiento. Soy Santino. ¿Cuál es tu nombre de pila?
Tragando con fuerza, observé a ambos hombres con recelo.
—Es Amore. Amore Bennetti.
Nunca había visto que un simple nombre tuviera tanto impacto. La
expresión de los rostros de ambos hombres se transformó en asombro y
luego en incredulidad.
—¿Quién es tu padre? —preguntó Santino, con voz cuidadosa.
La pregunta era sencilla, pero las lágrimas volvieron a acumularse en
mis ojos, amenazando con derramarse, y para mi horror, se me escapó un
hipo. Me preocupaba que, si empezaba a llorar de nuevo, fluyera como
una presa rota.
—Savio Bennetti —exhalé, las lágrimas finalmente ganaron de nuevo
y rodaron por mis mejillas. Era la primera vez que me refería a él como mi
padre en voz alta, y lo sentí como una traición a Mamá y a George.
—Savio Bennetti no tiene ninguna hija —respondió el hombre mayor.
Sin contemplaciones, de la forma en que sabía que mi madre me
regañaría si aún estuviera viva, me limpié los ojos y la nariz con el dorso
de la mano.
—Mamá y Papá... —Me detuve porque George no era Papá—. Se
acaba de enterar.
El anciano bajó ahora también a sus rodillas, sus ojos en línea con los
míos, como si buscara la verdad en ellos.
—Eres la niña de Margaret Regalè. —No estaba segura de si lo decía
como una pregunta o como una afirmación, pero asentí, no obstante. Me
tembló el labio inferior, como cada vez que pensaba en mi madre y en
George—. Los mismos ojos. Tienes los ojos de tu madre. —Mi garganta
se ahogó por todas las emociones—. ¿Cómo está Margaret?
Las lágrimas se escaparon de nuevo. Mi madre siempre decía que yo
era una bebé feliz, una niña feliz, y que apenas lloraba. Pero lo había
compensado en las últimas semanas.
—Está muerta —susurré, el dolor aún demasiado crudo. Las imágenes
que no quería recordar pasaron por delante de mis ojos y los cerré con
fuerza, como si eso fuera a apagarlos. Pero todas estaban en mi cerebro,
arraigadas en mis recuerdos. Estaban encendiendo algo dentro de mí que
me daba miedo evaluar.
—Está bien, niña. —Santino rozó su gran mano contra mi mejilla, el
toque extrañamente reconfortante. Su pulgar me secó las lágrimas, y me
dolió el corazón porque era el primer contacto reconfortante desde la
muerte de Mamá y George. Lo anhelaba como el aire que respiraba.
Echaba de menos sus abrazos y besos; el amor que me ofrecían. Mamá
siempre fue cariñosa.
Con la familia de papá era diferente. La mayoría no sabía qué hacer
con una chica en su casa. La mujer de Papá me miraba y me hacía daño
cuando nadie miraba.
Mis hermanos parecían hablar en acertijos a mi alrededor, y si no eran
acertijos, hablaban más en italiano que en inglés. Yo no hablaba nada de
italiano, aunque empezaba a captar algunas frases básicas. Pero al menos
eran amables conmigo.
—Amore, ¿no te dijo tu padre que no te metieras en el territorio de
Russo? —cuestionó el hombre mayor cuando mis ojos se desviaron hacia
él. No sabía a qué se refería. Arrugando las cejas, traté de recordar si
alguna vez había oído hablar del territorio de Russo.
Sacudí la cabeza.
—Me dijo que no vagara por la ciudad —dije con voz ronca.
Una pequeña sonrisa apareció en los rostros de ambos hombres.
—En eso tiene razón. ¿Por qué vagas por la ciudad?
Endurecí los hombros y miré a los ojos de ambos.
—Estaba esperando a que Vincent me recogiera. Lo prometo —dije en
voz baja—. Pero los chicos me vieron esperando y no me dejaron en paz.
—¿Chicos? —preguntó Santino.
—Los chicos de la preparatoria —murmuré.
El anciano sonrió, las arrugas de sus ojos lo hicieron parecer menos
imponente. He conocido suficientes hombres como para saber que estos
dos podían ser peligrosos, pero también protectores. Mi instinto me decía
que debía confiar en ellos.
—Probablemente no saben qué hacer contigo. —El anciano me dijo
con una sonrisa—. Tu madre también era bastante hermosa.
Mis ojos se dirigieron a él, Santino completamente olvidado.
—¿Conociste a mamá? —Mi voz era apenas un susurro.
Asintió con la cabeza.
—Le gustaba comer en mi restaurante —explicó. Quería escuchar
más, preguntar mucho más—. ¿Ella te enseñó dónde iba a la escuela?
Sacudí la cabeza. —Seguro que lo has visto. Está en el centro de la
ciudad.
—Nunca había vivido aquí —le expliqué, con los dedos inquietos.
—¿Dónde vivías entonces? —preguntó Santino.
Me encogí de hombros.
—En todas partes —les dije—. Primero estuvimos en Europa, luego
en África, Asia y el año pasado en Sudamérica. Nunca había estado en
Estados Unidos. Hasta ahora.
Ambos me miraron pensativos. Probablemente les sonara raro, pero de
alguna manera nunca habíamos vuelto a Estados Unidos.
—¿Debes llamar a tu padre o a Vincent? —preguntó el mayor—.
Probablemente no se alegrará de saber que estás en territorio de los Russo.
Miré a mi alrededor.
—¿Qué es el territorio Russo? ¿Cómo lo sabes?
Ambos negaron con la cabeza.
—Somos la familia Russo —explicó el anciano—. Soy Riccardo
Russo, este es mi hijo mayor Santino Russo... —Se escuchó un grito desde
el otro lado de la calle, y seguí la mirada del viejo Russo hacia la calle.
Ahí había un chico, quizá unos años mayor que yo, que saludaba
salvajemente—. Ah, y ahí está mi hijo menor, Adriano Russo.
El chico que se unió a nosotros me resultaba vagamente familiar, con
una amplia sonrisa en el rostro.
—¿Tenemos una fiesta en la acera? —nos saludó a todos, con sus ojos
curiosos puestos en mí—. Oye, te conozco. Eres la chica de mi colegio.
Una chica súper inteligente. La más joven de la preparatoria. Empezaste
hace poco, la semana pasada o así, ¿no?
—¿También vas a Townsend Harris? —le pregunté. Debe ser por eso
que me resultaba vagamente familiar.
—Sí, estoy en undécimo grado.
—Algunos chicos le hicieron pasar un mal rato a Amore —explicó
Santino.
Adriano frunció el ceño.
—Probablemente esos imbéciles del lado este. —Sus ojos eran como
los de su hermano, pero no tan oscuros. Había un gran parecido entre los
dos, pero de alguna manera parecían muy diferentes. Los del primero eran
oscuros, mientras que el segundo parecía despreocupado—. No te
preocupes, mañana hablaré con ellos.
—¿Pero eso no les hará enfadar aún más? —pregunté. Prefería
permanecer invisible. Aunque hasta ahora, había fracasado
estrepitosamente en mantenerme invisible. Le eché la culpa a mi cabello
horriblemente brillante.
—Adriano se asegurará que estés a salvo en la escuela —intervino el
señor Russo—. ¿Verdad, Adriano?
—Por supuesto, Pà2. —Los ojos de Adriano se volvieron hacia mí—.
¿En qué año estás? Me pareció verte en mi clase de Álgebra.
—Estoy en noveno grado.
—¿Y tú estás en matemáticas de undécimo grado? —La voz de
Adriano estaba llena de asombro—. ¿Cuántos grados te has saltado?
Me aclaré la garganta. Odiaba que la gente me mirara como si fuera un
bicho raro.
—Mi madre y Pa... ummm, George me educaron en casa mientras
estábamos en África y Sudamérica —intenté explicar—. Cubrieron mucho
más que mi nivel de grado. Es la única razón por la que me salté un grado.
—Ummm, de acuerdo. —Adriano puso los ojos en blanco y, a mi
pesar, sonreí—. Si eso te hace sentir mejor, podemos seguir con eso. Yo
diría que probablemente eres súper inteligente. ¿Qué tal si me ayudas con
las matemáticas? Si no, podría suspenderlas.
—Claro, matemáticas a cambio de que te ocupes de los chicos
acosadores. —Sonreí, y de repente el día parecía más brillante—. Me
parece un trato justo.
Adriano extendió su mano para sellar el acuerdo. Puse mi palma contra
su cálida mano, y nos estrechamos en ella, ambos sonriendo.
—De acuerdo, niña —interrumpió Santino nuestro acuerdo—. ¿Qué
tal si llamas a tu tío Vincent o a tu padre, para que no haya problemas?
—¿Vincent? —preguntó Adriano, con confusión en su rostro.
—Amore es la hija de Savio Bennetti —explicó su padre, y mi corazón
se desplomó ante la expresión de Adriano.

2
Pa: Forma cariñosa de decir Papa en italiano..
Las miradas que compartían hablaban de intercambios tácitos.
Tampoco me pareció que fueran buenos.
—¿Significa eso que no quieres cambiar las lecciones de matemáticas
por encargarte de los matones? —Necesitaba amigos, y Adriano me cayó
bien de entrada.
Metió las manos en los bolsillos de sus jeans.
—No sé si a tu padre le parecerá bien —explicó incómodo—.
Probablemente no le guste.
—¿Por qué no?
—Cielos, ¿tu padre no te ha explicado nada? —soltó Adriano, y al
segundo siguiente, Santino le empujó el hombro en señal de advertencia.
En una exhalación, me puse de pie.
—No, no lo hizo. Creo que Papá y mis hermanos aún están en shock y
no saben qué hacer conmigo —admití. Forcé una sonrisa en mis labios—.
No pasa nada. Puedo darte algunos consejos sobre matemáticas, a pesar de
todo, para que no suspendas.
—Hablaré con Bennetti —interrumpió su padre—. Ustedes no se
preocupen por eso. Vamos a llamarlo para que sepa que estás a salvo.
Bajé los ojos. —Ummm, no puedo. Esos chicos se llevaron mi
teléfono.
La ira brilló en los ojos de Santino y me encogí.
—Adriano se asegurará que lo recuperes —anunció—. Si no, esos
chicos recibirán una visita mía.
—Oh, mierda. —Adriano sonrió—. Alguien se va a mear en los
pantalones.
Miré con curiosidad a Santino. Había un depredador acechando bajo
su costosa ropa. No lo sabía en ese momento, pero su tatuaje lo marcaba
como un hombre temido entre los neoyorquinos.
—Vamos adentro, chica. —Santino se levantó y me tendió la mano
para ayudarme. De mala gana, puse mi pequeña mano en la suya, y él me
levantó—. Estarás bien, te lo prometo.
Asentí con la cabeza. Confiaba en él, mis instintos me aseguraban que
nunca me haría daño.
Capítulo 2
Amore

Entramos en el restaurante, con mi mano en la suya, y él la apretó


suavemente para tranquilizarnos.
—No te preocupes, a mi tía le gusta hablar con todo el mundo. Solo
asiente.
Sonreí, con una suave inclinación de cabeza. En el momento en que
entramos en el restaurante, se armó un revuelo. Una mujer con el cabello
gris plateado y una gran sonrisa abrazó a Santino y Adriano, y luego apretó
un beso en la mejilla del señor Russo. Algo me dio un tirón en el corazón
al ver el afecto. Cada vez que volvía a casa, todos se ponían rígidos y me
dedicaban sonrisas incómodas. Lorenzo y Luigi estaban mejor esta semana
que la anterior. Los dos últimos días se burlaron de mí al volver a casa. Al
menos, creo que eran bromas.
—¿Chi è questo 3? —¿Quién es ella? Reconocí las palabras.
Me observó a través de sus ojos oscuros. Eran cálidos, aunque
ligeramente reservados.
Le tendí la mano.

3
Chi e questo?: ¿Quién es ella? en italiano.
—Hola, soy Amore —me presenté—. Ummm, estoy aprendiendo
italiano. Pero entiendo un poco.
Una sonrisa se dibujó en sus labios.
—¡Ah, bella ragazza 4! —Me agarró de la mano y me llevó al asiento
de la ventana—. Siéntate aquí.
Se sentó a mi lado, arrinconándome en mi asiento. Mis ojos se abrieron
de par en par, mirando a Santino y Adriano. Los dos se rieron. Adriano se
deslizó en el asiento de la cabina frente a mí.
—Amore, esta es la señora Rossi —presentó el padre de Santino, y mis
cejas se fruncieron—. Mi cuñada.
—Ah.
Hice una pequeña inclinación de cabeza. —Encantada de conocerla—
. La mujer me gustaba, pero estaba demasiado cerca de mí. Intenté
desplazarme sin que se notara, pero parecía que cada vez que me movía,
ella me seguía.
—¿Hai fame5?
Sacudí la cabeza. La mujer me pellizcó la clavícula y me estremecí.
—Ouch.
Se levantó y yo exhalé un suspiro de alivio.
—Demasiado flaca —murmuró—. Come. Come tú.
Adriano negó con la cabeza.
—Déjala, Zia 6.
—La chica guapa tiene que comer.
Mis mejillas se sonrojaron ante el cumplido. Nadie me consideraba
guapa, salvo Mamá y la Abuela.

4
Bella ragazza: Bella niña en italiano.
5
Hai fame: Tienes hambre en italiano.
6
Zia: Tía en italiano.
—Así que, Amore Bennetti, cuéntame algo sobre ti —dijo Adriano,
arrastrando las palabras y con un pequeño brillo travieso en los ojos.
Al igual que con los demás, la mujer saltó al oír mi nombre.
—¿Che7? —Sus ojos buscaron a Santino y al señor Russo—. ¿Che? —
volvió a preguntar con una voz más aguda, y mis ojos se dirigieron a
Santino con preocupación. Él me ofreció una sonrisa, tranquilizadora en
sus ojos oscuros, y al instante mi pulso se relajó un poco.
Palabras apresuradas en italiano se deslizaron por sus labios mientras
miraba hacia mí de vez en cuando. No pude captar ni una sola palabra.
Santino respondió de forma similar. Lo que sea que haya dicho, hizo
que la mujer pronunciara otro chorro de italiano largo y rápido.
Santino se deslizó junto a mí, ocupando el lugar en el que antes se
sentaba su tía. Por suerte, me dejó mi espacio.
Me aclaré la garganta.
—¿Tal vez no deberíamos decirle a nadie más sobre mi apellido? —
sugerí en voz baja, observando la vívida conversación de su tía con su
padre. No entendía por qué mi apellido hacía que todos entraran en pánico.
¿Acaso era porque mi padre era el jefe de una familia criminal? Debería
explicar que no tenía nada que ver con eso, pero ni siquiera sabía cómo
explicarlo.
—Demasiado tarde. —Adriano se desahogó—. Ahora que Zia lo sabe,
toda la Cosa Nostra 8 lo sabrá.
Mi cabeza se dirigió a él.
—¿Cosa Nostra? —susurré.
—Por favor, dime que lo sabes —gimió Adriano.
Tragué con fuerza.

7
Che: Que en italiano.
8
Cosa Nostra: Mafía italiana.
—S-sí. Cinco familias. Criminales. —Me mordí el labio inferior. No
quería meterme en más problemas. Mi corazón se aceleró ante la
admisión—. No sé mucho más que eso —respondí en voz baja.
Adriano se rio.
—Hombre, será divertido educarte. Y un día, tu padre probablemente
te casará con una de las otras familias para fortalecer su posición.
—¡Adriano! —Santino advirtió a su hermano. Mis ojos se dispararon
a Santino, luego a Adriano y frenéticamente de nuevo a su hermano mayor.
—¿Por qué haría eso? —gruñí.
Antes que ninguno de los dos pudiera responder, su tía regresó
negando con la cabeza.
—Bennetti en mi cocina. ¡Mi cocina! ¿Cómo?
Me encogí aún más.
—Déjala —advirtió Santino.
—No es culpa de la niña —dijo el señor Russo. Sacudió la cabeza y
volvió a hablar en italiano con ella.
—No te preocupes. —Santino sacó su teléfono y leyó sus mensajes—
. Solo están enfadados porque no sabían que existías.
—Si sirve de algo, tampoco lo hizo Papá —dije, mirando por la
ventana. El sol calentaba el pavimento, y sabía lo caliente que podía ser
contra mis pies descalzos; el caos de la gente corriendo hacia algún lugar,
hacia ninguna parte, con un propósito que yo misma no podía comprender.
Aquello era una jungla. Diferente de la que había escapado, pero una
jungla, al fin y al cabo.
Él nos salvará. La voz de mi madre sonaba en mis oídos.
Nadie vino a salvarnos. El calor de la jungla se sentía peor que las
plantas quemadas de mis pies contra el pavimento negro.
El olor a sangre y a cadáveres bajo el sol abrasador. Ojos muertos.
Goteo. Goteo. Goteo.
La sangre empapando la tierra marrón, volviéndola roja.
La placa que golpeó la superficie de mármol atravesó las imágenes de
la muerte, haciéndome saltar y devolviéndome a la vida. Un gemido herido
se me escapó.
—Mangia, mangia 9. —Fue la señora Rossi la que me sobresaltó.
Tragué con fuerza y negué con la cabeza. —No, gracias.
Pánico. Muerte. Destrucción. Venganza. La necesidad de hacerlos
pagar a todos era tan fuerte que me aterrorizaba. La venganza y el odio
nunca fueron parte de mí. Pero algo se quebró al ver a mi madre torturada,
al verla morir.
Y todo el tiempo, no pude hacer una maldita cosa. Me sentía
impotente. Cerré los ojos, mi corazón tamborileaba contra mi pecho con
fuerza.
No. Te. Asustes. No. Te. Asustes
Tragué con fuerza, la bilis subió a mi garganta.
No. Te. Asustes.
—Niña, quédate con nosotros. —La voz de Santino me sacó de los
gritos que resonaban en mi cabeza. Mis ojos encontraron su oscura mirada,
encontrando consuelo en ellos. La seguridad—. Así es, niña. Quédate
conmigo.
Me llevé la mano al pecho, el intenso dolor me sacaba el aire de los
pulmones. Como si alguien estuviera sentado en mi pecho, el oxígeno se
sentía escaso. Inhalando profundamente, exhalé lentamente. El zumbido
en mis oídos crecía por momentos, desorientándome. Me concentré en sus
oscuras profundidades y tomé otra bocanada de aire en mis pulmones.
Luego exhalé lentamente a través de mi pecho contraído.
—Otra vez —me indicó en voz baja.

9
Mangia: Come en italiano.
Seguí su orden y repetí el movimiento. Mis pulmones se aflojaron
lentamente, facilitando la respiración. Asintió con la cabeza y apenas
esbozó una sonrisa.
—Buena chica —murmuró.
Su elogio me calentó por dentro, y el dolor que había sido mi constante
desde que pasamos por el horror en las selvas de Sudamérica se apagó un
poquito. Quería tener a Santino Russo conmigo para siempre para poder
olvidar el dolor. Su fuerza parecía poder borrarlo con facilidad.
—Su padre está en camino. Avisa a los hombres y que estén en alerta.
Que nadie le haga daño. —La voz del Sr. Russo sonó en la distancia. Lo
escuche, pero las palabras apenas se registraron. Me sentí segura en la
oscura mirada de Santino—. Amore, tu padre está en camino.
Aparté los ojos de Santino y miré al señor Russo.
—Gracias —respondí en voz baja.
—Oye, Amore —dijo la alegre voz de Adriano—. ¿Qué tal si me
ayudas con las matemáticas ahora? Como pago inicial para recuperar tu
teléfono esta noche. —Mi cabeza se giró lentamente hacia él. Había una
amplia sonrisa de felicidad en su rostro—. Si no lo hago bien, tendré que
recibir clases particulares el fin de semana y eso será un puto infierno.
—Lenguaje, chico —lo regañó el señor Russo, pero la sonrisa de
Adriano no se evaporó. Me gustaba verlo sonreír, su picardía aliviaba el
aire que nos rodeaba.
—Está bien —respondí. Las matemáticas eran mi orden en el caos. Y
la moda era mi pasión—. ¿Tienes tus libros?
—Voy por mis deberes. El Sr. Salvatore es un pesado con los deberes
de papel.
Asentí con la cabeza y lo vi ir al fondo del local, para luego volver con
sus libros. Durante los siguientes veinte minutos, el mundo y el pasado se
olvidaron mientras trabajaba en problemas de álgebra avanzada con
Adriano.
Santino dejó nuestra mesa para estar con su padre, los dos hablando en
italiano y mirando el mapa mientras Adriano y yo terminábamos todos sus
deberes.
—Sigue estos pasos y podrás resolver cualquier problema —le dije. La
puerta sonó, pero no le presté atención, toda mi atención en el problema
que tenía delante. Adriano no parecía creerse mi explicación sobre los
métodos de resolución de problemas matemáticos.
De repente, la tensión se disparó y la conciencia me atravesó. Levanté
la cabeza de los deberes para encontrar la mirada de Adriano en la puerta.
Seguí su mirada y vi a mi padre de pie. Junto con Lorenzo y Luigi, mis
dos hermanos, y el tío Vincent. Vincent nunca se casó y era el hermano
gemelo de papá, aunque no se parecían en nada. Aunque ahora todos los
hombres tenían algo en común. Parecían furiosos.
—¿Qué hace mi hija aquí? —ladró, su tono cortante me hizo saltar en
mi asiento.
El pulso se me subió a la garganta. Hasta ahora, Papá había mantenido
su temperamento y su ira ocultos, pero su mujer no dejaba de decirme que
me mataría si me salía de la línea. El terror de esas palabras me taladró.
—No quería… —Mi voz tembló de miedo. No quería que me matara.
Elena me dijo que había matado a muchos hombres por menos. Mis ojos
se movieron buscando todas las salidas posibles. Tenía que correr.
—Cálmate. Se ha perdido. —El Sr. Russo mantuvo la calma, aunque
su mandíbula tintineaba de irritación—. Estaba alterada, unos chicos le
quitaron el teléfono y la acogimos hasta que tú llegaste.
Los dos hombres mantuvieron la mirada fija, comunicándose sin
palabras. Me di cuenta que todos los hombres mantenían las manos en sus
armas, incluido Santino. El sudor me atravesó y mi pulso se aceleró.
Ellos son como esos hombres de la selva.
La mirada de mi padre se dirigió a mí como si buscara mi
confirmación. El miedo se apoderó de mí, instalándose en mis huesos.
Odiaba sentirme tan débil, tan vulnerable. Estos hombres infundían miedo
en esta ciudad, y yo no era una excepción a la hora de temerles. Este
mundo era diferente al que me rodeaba hasta hace poco.
Sin embargo, debería ser más fuerte. Como Mamá. Como la Abuela.
—¿Amore? —La voz de papá penetró a través de mi miedo. No había
ninguna amenaza en su voz, solo preocupación.
Inhalando profundamente, finalmente asentí.
—S-sí. Vincent... El tío Vincent no estaba allí cuando salí.
—Sí, estaba —protestó, sus ojos brillando con molestia. Se ha
retrasado en recogerme desde el primer día que empecé el nuevo colegio,
pero me guardé las palabras—. Su salida era a las tres, y yo estaba allí
cinco minutos antes.
—Los miércoles la salida es a las dos —intervino Adriano.
—Pero Elena… —Se cortó. De alguna manera no me sorprendió.
Elena me odiaba. No sabía por qué, pero me odiaba tanto que temía que
no sobreviviría mucho tiempo en la casa de papá.
—Mamá le ha dado al tío Vincent los datos incorrectos desde que ella
empezó el colegio —gruñó Lorenzo.
El disgusto brilló en los ojos de mi padre, y luego sus ojos volvieron a
mirarme. Instintivamente, me rodeé con los brazos.
—Amore, ¿es eso cierto?
Quise negar con la cabeza, pero no pude. Mamá siempre me enseñó a
no mentir. Si no podía decir la verdad, era mejor no decir nada. Excepto
en este caso, si decía la verdad, me arriesgaba también a la ira de mi Padre.
No me creería. Si mentía, Elena continuaría con su tortura. Estaba
condenada de cualquier manera. Los ojos de los siete hombres se
detuvieron en mí, esperando.
—Nuestra bella Amore está asustada —dijo la zia 10 de Adriano—.
¿Davvero11?
—¿Amore? —Mi padre la ignoró, con los ojos puestos en mí.
—No es para tanto —murmuré en voz baja, con los ojos clavados en
la salida del fondo. Desde la selva, siempre buscaba cualquier estrategia
de salida posible.
Papá se pasó la mano por el cabello, despeinándolo.
—Jesús —murmuró.
—Muéstranos tu antebrazo, Amore —instó Lorenzo. Mi cabeza giró
en su dirección, y en ese momento, odié a esta familia. Quería salir. Quería
a mi abuela Regina. Ella nunca me haría daño ni me pondría en un aprieto
como este.
—No —solté, sorprendiéndome a mí misma por el desafío en mi voz.
Los ojos de papá miraron entre Lorenzo y yo, mientras yo negaba con
la cabeza. Cuando me negué a moverme, Padre se acercó.
—Muéstrame, Amore. —Su voz era suave, pero la orden era clara. El
jefe de la familia del crimen Bennetti no toleraría la desobediencia.
No entendía por qué Lorenzo estaba haciendo esto ahora. Descubrió a
su madre quemándome con el cigarrillo, pero no la detuvo. Se puso de pie,
con los ojos muy abiertos. No estaba segura de si se trataba de una
conmoción o de la coincidencia que me lo merecía. Me aproveché de su
conmoción y de la indecisión de su madre al verse sorprendida. Salí
corriendo de la habitación como si me persiguiera el mismísimo diablo.
Me encerré en mi habitación y no salí hasta la mañana siguiente, cuando
tuve que ir al colegio. Lorenzo nunca sacó el tema, pero ahora no estaba
segura de lo que le diría a su Padre.

10
Zia: Tía en italiano.
11
Davvero: Verdad en italiano.
—Por favor, no —le rogué. Mi voz croaba, suplicante, y en mi mente
ya me desesperaba. Me pregunté si habría alguna forma de encontrar a la
Abuela Regina en esta ciudad.
De repente, fue como si toda la escena se desarrollara a cámara lenta.
Papá tomó mi mano entre las suyas y me subió la manga.
—¿Qué diablos...? —La voz de Adriano rompió el silencio.
Marcas de quemaduras y moretones cubrían la parte superior de mi
antebrazo. Elena había estado apagando sus cigarrillos en mis antebrazos
cuando no había nadie cerca, y yo no era lo suficientemente rápida para
escapar. Tardé unos días en darme cuenta que tenía que mantenerme
concentrada y alerta en todo momento.
El silencio era tan denso que podía oír los latidos del corazón de
alguien. O tal vez era el mío. ¿Me desangraría como mi Madre si me
cortaba la garganta? ¿O simplemente me dispararía y la muerte llegaría al
instante?
Goteo, goteo, goteo.
¿Era sangre o agua?
—¿Quién te hizo esto? —La voz de Papá era más fría que el Ártico y
el miedo me recorrió.
—P- por favor. —Tiré de mi mano, pero no pude liberarla. Nuestras
miradas se enzarzaron en una batalla de voluntades; él exigía saber, y yo
me negaba a ceder. Desde el momento en que supe que ese hombre era mi
padre, mi mundo se rompió y se convirtió en algo desconocido. Quería
volver a mi mundo, a la familiaridad de Regalè Enterprise y a la gente que
conocía desde pequeña. Mamá y la Abuela me habían preparado para
tomar el mando antes que aprendiera a caminar, y la moda había formado
parte de mí incluso antes que pronunciara mis primeras palabras.
Elena estaba más que feliz de educarme en los caminos de mi padre.
Don del Upper East Side. Brutal, cruel, despiadado. Ella me inculcó el
miedo a él antes que lo conociera. Ahora, tenía miedo de llegar a
conocerlo. No confiaba en él. Mi madrastra decía que Papá siempre se
pondría del lado de su verdadera familia antes que de una hija bastarda.
—Fue Ma —dijo Lorenzo, interrumpiendo nuestra batalla de
voluntades. La habitación se paralizó y se pudo oír la caída de un alfiler.
El miedo tenía un sabor agrio en mi lengua—. Lo siento, Amore. Debería
haberlo parado, haber dicho algo. Yo solo estaba tan sorprendido.
Me mordí el labio inferior con nerviosismo. Las palabras de Elena del
día anterior resonaron en mi cabeza. Papá nunca se pondrá de tu lado.
—Lo siento —me atraganté, con los ojos ardiendo. Se me escapó otro
hipo; tenía la nariz congestionada por las lágrimas que amenazaban con
empezar a brotar de nuevo—. Puedes enviarme con la Abuela Regina.
Puedo quedarme con ella.
—No. —No hubo explicación, pero había tanta furia en esa pequeña
palabra, y me puse rígida.
—Mamá presionaba las colillas en su piel —continuó explicando
Lorenzo. Deseé que dejara de hablar.
Los ojos de Papá relampaguearon, con la ira ardiendo en ellos, y un
fuerte gruñido resonó en la habitación.
—¿Cuándo? —rugió, y mis lágrimas ganaron. Su cabeza se volvió
hacia Lorenzo y Luigi—. ¿Cuándo sucedió esto, maldición?
Temblando de terror, mi respiración se aceleró y la adrenalina me
recorrió. Aparté la mano de un tirón y me aparté de él, lo más lejos que
pude.
—No dejaré que me mates —gimoteé, y él volvió a girar la cabeza
hacia mí, con la sorpresa en su oscura mirada.
Sus ojos me clavaron como si tratara de entenderme. No había sido
capaz de entenderme desde el momento en que nos conocimos.
Los ojos muertos y sin vida de mi madre pasaron por mi mente. ¿Me
tocaría a mí el mismo destino? Me negué. No podía morir hasta que fuera
lo suficientemente mayor y fuerte para hacer pagar a esos hombres por
haber herido a mi madre. Por romper mi familia. Tenía que cumplir mi
última promesa a mi madre.
Las dos manos de papá vinieron a agarrar mi cara. Aunque sus manos
eran ásperas, el gesto no lo era.
—¿Qué estás diciendo? —Su voz era ronca, llena de angustia, como si
no hubiera hablado en días—. Eres mi hija. Nunca dejaré que te pase nada.
—Parpadeé confundida. Oí la sinceridad en su voz, pero me daba miedo
confiar en él. La confianza a veces hace que te maten—. Jesús, Amore. —
Sonaba perturbado—. ¿Por qué demonios piensas que te mataría? Eres de
la familia. Mi familia.
Tragué con fuerza. Me llamaba su familia.
—Probablemente mamá le dijo eso —murmuró Luigi a
regañadientes—. Se le está yendo de las manos, Pà.
Mis ojos recorrieron a los hombres. Aunque los Russo y los Bennetti
no parecían llevarse bien, tenían mucho más en común que yo con mis
hermanos y mi padre.
—Quiero ir a casa —dije en voz baja—. La Abuela me mantendrá a
salvo.
—¡Nunca! —El hombre despiadado que había debajo de la superficie
era evidente en su respuesta—. Eres mi hija.
Se puso de pie y avanzó hacia sus hijos.
—¿Por qué no me lo han dicho? —gritó. Tuve la sensación que estaba
aún más furioso por mi petición—. Es su hermana —gritó—. Una maldita
niña.
—P-por favor. —Me balanceé hacia adelante y hacia atrás,
envolviendo mis brazos—. P-por favor.
Mi cara era un desastre, las lágrimas y los mocos corrían por mi cara.
—Está bien. Es mejor que me vaya con la Abuela. —Yo no pertenecía
a este lugar.
Papá se volvió hacia mí, con la cara llena de furia, e instintivamente,
mi cuerpo retrocedió de nuevo, para hacerme invisible, empujándome más
hacia la esquina del asiento.
Santino se interpuso entre papá y yo, impidiendo que lo viera.
—Cálmate —le dijo Santino—. La chica está a punto de desmayarse
del miedo.
—Bennetti, tienes que calmarte. —El señor Russo intervino—. La
estás asustando.
Pude escuchar una inhalación profunda y luego una exhalación.
—¿Cuándo ocurrió? —Mi Padre repitió su pregunta anterior.
—Creo que le ha hecho daño desde que llegó. —La voz de Lorenzo
estaba llena de angustia—. Seguí viendo moretones, pero recién ayer me
di cuenta.
Una retahíla de maldiciones, en italiano e inglés, salió de los labios de
mi padre. No podía verlo y, extrañamente, tener a Santino delante me hacía
sentir segura. No podía explicarlo, lo que me hacía dudar de mi razón. Pero
si hubiera visto lo que yo había visto, la razón ya habría huido.
Mi Padre volvió a hablar.
—Lorenzo, quédate aquí y vigila a tu hermana —ordenó—. Volveré
cuando sea seguro para Amore.
—Savio, quédate con tu hija —intervino el tío Vincent—. Puedo
ocuparme de todo por ti. Tu hija te necesita.
—¡No! —La respuesta de Papá fue instantánea—. Yo me encargo.
Lorenzo se quedará y mantendrá a Amore a salvo.
—Claro, Pà. No la perderé de vista. —Lorenzo se acercó y se sentó
junto a Adriano. Este último murmuró algo sobre confraternizar con el
enemigo, pero Lorenzo lo ignoró, con los ojos fijos en mí.
—Lo siento mucho, Amore —volvió a disculparse mi hermano. Asentí
con la cabeza, dudando en confiar plenamente en él. Sabía que no era su
culpa. Era mayor que yo, pero Elena era su madre. Yo era una simple
desconocida para él y Luigi.
—Apártate de mi camino, Russo —exigió papá—. Estoy tranquilo y
quiero ver a mi hija.
Santino se apartó, pero permaneció cerca, su fuerte presencia me
proporcionaba protección. Una parte de mí quería mantenerlo cerca de mí
para siempre. Su protección podría habernos salvado en la selva.
Papá se sentó a mi lado y tomó mi cara entre sus manos, y esta vez su
toque fue tierno, paternal. Como solía ser el de George.
—Arreglaré esto, Amore —juró en voz baja. Sus pulgares limpiaron
mis lágrimas, de la misma manera que Santino lo hizo hoy. Sus ojos
oscuros se suavizaron y negó con la cabeza—. Volveremos a empezar.
Haré un mejor trabajo, lo prometo. Soy tu padre y te quedarás conmigo.
Te mantendremos a salvo. —Me dio un beso en la frente—. Tus hermanos
y yo. Ella no estará ahí para hacerte daño de nuevo. ¿De acuerdo? —Hoy
era la primera vez que mostraba ternura, y me dolía la garganta por las
emociones que intentaba tragar.
Mis ojos parpadearon hacia mis hermanos.
—Así es, Amore. Nos encargaremos de ello —coincidió Luigi—. Eres
nuestra hermana pequeña. Protegemos a los nuestros.
Pero Elena era su madre. También era la suya.
Papá me rodeó con sus grandes brazos.
—No empezó bien, pero lo terminaremos genial. ¿Sí? —Asentí en
silencio, y mi corazón se apretó en mi pecho con los recuerdos de haber
escuchado esas palabras antes—. El dicho favorito de tu madre. Lo tomé
prestado.
Se acuerda de Mamá.
Apretó otro beso en mi frente, luego se levantó y se dirigió al señor
Russo. Santino se acercó para ponerse al lado de su padre, mientras Luigi
se ponía al lado de papá.
Los ojos de Lorenzo volvieron a mirarme.
—Pà se encargará de ello. Confía en él.
Mis ojos se dirigieron al grupo de hombres. No veía cómo, a menos
que Papá nos trasladara a otro lugar.
—¿Se va a divorciar? —pregunté.
Lorenzo y Adriano se rieron, aunque no logré ver qué era lo gracioso.
—No te preocupes por eso —me aseguró Lorenzo. Papá y el señor
Russo hablaban en un italiano apresurado, mientras Santino parecía
pensativo. Ni siquiera pude adivinar de qué estaban hablando tan
vivamente, pero todos parecían tensos. Luego asintieron y los ojos de papá
volvieron a mirarme.
—Amore, quédate aquí con tu hermano y los Russos —dijo—.
Volveré cuando sea seguro.
Compartió una mirada con el señor Russo y se dirigió hacia fuera con
Luigi, el tío Vincent y Santino.
Capítulo 3
Amore

TRES AÑOS DESPUES

B
— ájate de tu alto caballo, Bennetti. —La voz de la Abuela llegó al
vestíbulo—. Amore es mi heredera. Va a heredar toda la empresa Regalè
y necesita saber cómo dirigirla. Tu maldito submundo criminal es
demasiado pequeño para ella. Ella dirigirá el negocio, no servirá a un
hombrecito que nunca estará a la altura.
—Tienes una maldita boca grande —siseó papá, tratando de contener
su ira. Esos dos discutían como perros y gatos.
—Y estás ciego si crees que puedes retenerla.
Santino y el señor Russo se colocaron a mi lado, todos en el gran salón.
Me moví de un lado a otro entre mis pies, jugueteando con mis manos
mientras la tensión crecía en la habitación. Lancé una silenciosa mirada de
disculpa a los dos poderosos Russo.
Papá estaba hablando con los jefes de los Russo cuando la Abuela y
yo interrumpimos su reunión. La abuela me trajo a casa tarde, y a partir de
ahí la cosa se torció. Le rogué que se quedara en el auto o que se fuera. La
Abuela nunca escuchó a nadie. Me siguió hasta la casa con sus
guardaespaldas en lugar de dejarme. Decía que era por mi propia
seguridad, pero a veces realmente creía que solo le gustaba agitar a Papá.
Se podría pensar que a los dieciséis años tendría al menos algo de
libertad. Pero cuanto más crecía, más protección me asignaban Papá y la
Abuela. Y como estaba bajo la protección tanto de mi padre como de los
Russo, no importaba dónde fuera en Nueva York, los ojos de la Cosa
Nostra me vigilaban. Era casi asfixiante.
—Maldita sea, Regina. Si no puedes seguir mis reglas...
—Oh, mierda —murmuré en voz baja. La Abuela tenía fama de hacer
lo que quería y no seguir las reglas de nadie—. Aquí vamos.
Santino levantó la ceja mientras se producía la carcajada. A la abuela
le encantaba hacer todo lo que molestaba a los demás, es decir, a Papá.
—Eres un miserable, pequeño hombre. Algún día dirigirá un imperio
de mil millones de dólares y quieres que lo aprenda sentada en tu salón.
—Podía escuchar el gruñido de Papá incluso desde aquí—. ¿O prefieres
casarla y entregar su herencia a uno de tus despreciables e inútiles socios?
Decir que mi abuela desaprobaba el título de Papá como jefe de la
familia criminal Bennetti era el eufemismo del siglo. Pero fue así como
papá conoció a mi madre. Ella iba a su restaurante, del que era
copropietario con el señor Russo, en la Avenida Madison, antes que los
Russo y los Bennetti tuvieran su enfrentamiento. Ella era mucho más joven
que él, quince años, pero él dijo que se enamoraron. Por desgracia, él
estaba casado. Entonces Mamá se quedó embarazada de mí y nunca se lo
dijo. Mi madre vivía en un ático en la 5ª Avenida, y papá dirigía los bajos
fondos. Bueno, una parte de ellos. La familia Russo dirigía el resto de
Nueva York, la parte más grande, y otros territorios.
Sonreí torpemente a los miembros más altos de la Cosa Nostra.
—No lo dice en serio —refunfuñé en voz baja al señor Russo—. Solo
le gusta agitarlo.
—No me digas —respondió de buen grado. La arruga de sus ojos
suavizó sus rasgos. A pesar de saber que el señor Russo era uno de los
hombres más temidos de la mafia, junto con su hijo Santino, me caían bien.
Me gustaban los tres hombres Russo. Su amabilidad hace tres años cambió
mi vida en esta ciudad.
—Es bueno saber que no nos encuentras despreciables y sin valor
como tu abuela —comentó Santino secamente.
Mis ojos parpadearon hacia él, y supe que mis mejillas se habían
enrojecido con manchas rojas en el pecho. Odiaba la facilidad con la que
mi piel representaba mi vergüenza. Ninguno de los dos me parecía
despreciable o sin valor, pero sabía que eran peligrosos.
A los veinticuatro años, Santi ya era el don de la familia Russo a todos
los efectos. Su padre no podía estar más orgulloso y confiaba en su hijo
para llevar todos los asuntos de su imperio del hampa. Se había hecho
famoso en los bajos fondos por su crueldad. Sus manos estaban empapadas
de sangre.
Había una disputa entre los Russos y el Cártel Venezolano que seguía
causando problemas en su territorio y en el de papá. Santino había estado
matándolos, uno por uno, desde hacía un año. Todas las mañanas, el
locutor hablaba de otro miembro del cártel encontrado muerto.
Papá estaba, por supuesto, de su lado. Yo también lo estaba. El Cártel
Venezolano mató a mi madre, y yo quería extinguirlos a todos. Además,
Santino siempre sería el salvador que me tendía la mano cuando más la
necesitaba.
Lo miré por debajo de las pestañas y noté que sus ojos se endurecían
mientras su mirada volvía a dirigirse en dirección a la voz de mi abuela. A
él tampoco le gustaba ella.
Me molestaba que a nadie de este mundo pareciera importarle la
Abuela. Yo la quería mucho y sabía que ella me quería. Ella era la única
conexión que me quedaba con Mamá. A menudo me contaba historias
sobre ella cuando era una niña, vagando por esta ciudad igual que yo.
Excepto que yo tenía guardias y los ojos de la Cosa Nostra sobre mí. Por
suerte, me gustaba mucho mi guardia principal, DeAngelo. Fue el primer
tema en el que mi abuela y mi padre estuvieron de acuerdo.
Esta aversión que todos tenían por los demás acabaría abriendo una
brecha entre la familia de mi padre y la Abuela. Yo heredaría la empresa
Regalè, y ella tenía razón en que debía entender el negocio. Pero, de alguna
manera, sentí que el cambio a la torre de la princesa y su negocio me
alejaría de todos los demás que amaba.
Llegué a querer a mi padre y a mis hermanos, a Adriano y al resto de
la familia Russo. Adriano y yo nos hicimos muy amigos, a pesar de nuestra
diferencia de edad. Si alguien se burlaba de él por tener diecinueve años y
ser el mejor amigo de una joven de dieciséis, le daba una paliza y seguía
adelante. No era el enfoque más maduro, pero era efectivo.
En cualquier caso, no quería renunciar a nada de mi familia una vez
que me hiciera cargo de Regalè Fashion. Lo quería todo, una familia feliz
con mi Abuela incluida y el imperio que había construido. La abuela había
volcado su alma en él, y yo también amaba todo lo relacionado con él.
También lo hacía mi Madre. A todos ellos les debía seguir su camino.
—Ella no quiere decir eso —murmuré en voz baja—. Solo está
enfadada porque Papá le pone restricciones a su tiempo conmigo.
Ninguno de los dos parecía sorprendido. Me gustaría que Adriano
estuviera aquí, pero estaba fuera de la ciudad ocupándose de algunos
asuntos de Santino. Por lo general, él era mi oyente. A pesar de nuestra
diferencia de edad, siempre nos prestábamos nuestra fuerza. Yo lo hacía
por él y él por mí, así funcionaba entre nosotros.
—¿Y tú qué quieres, Amore? —preguntó Santino, sorprendiéndome.
Nadie se había molestado en preguntarme eso. Ni siquiera Adriano. El
alto cuerpo de Santino se alzaba sobre mí como una nube oscura y
melancólica. No había terminado de crecer, pero sabía que sería mucho
más baja que él. Adriano también era más bajo que su hermano, por lo
menos cinco centímetros.
Volví la cabeza en dirección a mi Abuela y mi Padre, aunque no podía
verlos. Solo escuchaba voces apagadas.
Finalmente me encogí de hombros.
—Lo quiero todo.
—¿Qué quieres decir, niña? —Sentí que una leve irritación me subía
por la columna vertebral al ser llamada niña. Nadie me llamaba niña,
excepto él. Por supuesto, yo era casi nueve años más joven que él, pero el
término niña no era adecuado para las chicas y los chicos adolescentes.
Santino siempre parecía desafiarme, a sabiendas o no. La frustración
me arañaba el pecho porque, por alguna estúpida razón, él también me
fascinaba. No es un enamoramiento, me dije.
—Quiero dirigir la empresa Regalè y estar cerca de Papá, mis
hermanos y Adriano.
—Ah, princesa. ¿Nosotros también? —se burló el señor Russo, aunque
no había veneno en su voz.
—Por supuesto, ustedes también —murmuré, sin dejar de mirar al
señor Russo y sonrojándome en exceso. La verdad era que yo también
quería estar cerca de Santino. Me caía muy bien, pero me molestaba que
solo me viera como una niña.
La puerta del despacho de papá se abrió de golpe y salió junto con mi
abuela. Me apresuré a ir hacia los dos.
—Lo siento, Papá —me disculpé rápidamente—. Estábamos
trabajando en un nuevo diseño y perdí la noción del tiempo.
Papá me dio una palmadita en el brazo.
—No pasa nada, Amore. Tu abuela debería mirar la hora, no tú. —Una
respiración frustrada la abandonó, pero mantuvo la boca apretada en una
fina línea. La Abuela podría tener más de setenta años, pero seguía siendo
una mujer hermosa. Su cabello blanco y plateado siempre estaba a la
última moda, y vestía mejor que la mayoría de los veinteañeros—. Puedes
ir a casa de la abuela el próximo fin de semana. Ella te llevará a un viaje
de fin de semana a Italia.
Chillé de alegría y me lancé a los brazos de Papá.
—Gracias, Papá. Te prometo que estaré todo el día pendiente de ti y te
enviaré fotos.
Me apretó fuerte.
—DeAngelo irá contigo y con algunos otros guardias. Quiero que estés
a salvo.
Ansiosa, asentí con la cabeza. Sabía que era difícil para él dejarme ir,
y no iba a hacerlo más difícil.
Dando saltos, aplaudí con entusiasmo.
—¡Dios mío, Italia! —No pude contener mi sonrisa.
—Trae tus diseños, Amore —dijo la Abuela, dirigiéndose a la puerta.
Me di cuenta que no reconoció al señor Russo ni a Santino—. Ahora me
voy antes que tu espantoso padre cambie de opinión.
Sacudí la cabeza. ¿Por qué siempre tenía que ir a pinchar al oso con el
palo?
—Sé amable con Papá, Abuela —le advertí, ella ni siquiera reconoció
mis palabras mientras salía por la puerta como la reina que era. Realmente
tenía el mejor apellido, Regalè.
Cerró la puerta de golpe y una docena de maldiciones salieron de los
labios de Papá.
—Espero no arrepentirme de esto —refunfuñó papá en voz baja—.
DeAngelo debe estar contigo en todo momento. —Papá me dio un beso en
la mejilla.
—No te arrepentirás —juré, sonriendo—. Me aseguraré que la Abuela
no haga ninguna tontería y DeAngelo estará conmigo. Lo prometo.
Los Russos y Papá se rieron.
—Entonces todo irá bien —anunció suavemente el señor Russo—. Tu
madre estaría orgullosa de ti.
Mi sonrisa vaciló un poco. Habían pasado más de tres años, pero la
pérdida seguía doliendo. Profundamente. Había momentos en los que me
imaginaba hablando con ella y escuchando sus consejos. Por supuesto,
nunca llegaban, pero hablar me ayudaba.
—Ahora ve a hacer los deberes, Amore —dijo Papá, con una mirada
cómplice en los ojos. Sabía que la muerte de mamá aún dolía. Era un tema
doloroso y una herida que no parecía sanar tan rápido. Lo preocupé mucho
aquellos primeros meses con mis pesadillas. Pero a medida que fui
creciendo, aprendí a controlarlas un poco mejor.
—Está bien, papá.
Me dio otro beso en la frente.
—No te quedes despierta. Llegaré tarde.
—Ten cuidado —dije en voz baja. Puede que fuera el jefe de la familia
del crimen Bennetti, pero no era intocable. Era un buen Padre, y yo quería
mantenerlo en mi vida.
Se dirigió a Santino y al señor Russo.
—No hagan nada que yo no haría —añadí burlonamente, arrancando
una sonrisa a los tres.
Salieron por la puerta principal sin mirar atrás mientras yo vigilaba sus
espaldas. Respirando hondo, fui a buscar a DeAngelo.
Tal vez pudiéramos hacer un hueco para una hora de entrenamiento de
defensa personal antes de empezar con los deberes.
Capítulo 4
Amore

Empacando mi maleta para pasar el fin de semana con la Abuela, no


podría estar más emocionada. Nuestro primer fin de semana juntas lejos
de New York. Me dijo que ya tenía una bolsa para mí, pero quería
asegurarme que tenía todo lo que necesitaba, mi teléfono, mi jersey
favorito, que Adriano me había regalado, pantalones de yoga y, lo más
importante, un bloc de dibujo para nuevas ideas de diseño.
El claxon sonó en la entrada. La impaciencia de Adriano me mataría
algún día. Agarré el móvil y escribí un mensaje.
*¡No te sientes en el claxon, amigo! Ya voy* Sonreí mientras pulsaba
el botón de enviar.
Metí unas cuantas cosas más en el bolso y me miré en el espejo.
Llevaba un vestido azul claro que me llegaba a las rodillas. La espalda se
hundía en un corte en V, dejando mi piel al descubierto, pero me había
puesto un pequeño cárdigan blanco por encima para que papá no la viera.
Combinándolo con un par de zapatillas blancas de Chanel, pensé que me
quedaba bien. Me vería mejor sin el cárdigan, pero podría quitármelo
fácilmente más tarde. En cualquier caso, no parecía mucho mayor, pero
pensé que pasaría por una de dieciocho años al menos. Adriano me dijo
que no me preocupara por esa parte, pero no pude evitarlo.
Me apresuré a salir de mi habitación con la bolsa rosa de fin de semana
enganchada al hombro. Me encantaban los accesorios rosas.
Desgraciadamente, con mi color de cabello, no podía llevar ropa rosa. Si
no, iría siempre de rosa.
—Vaya, vaya —gritó Lorenzo tras de mí—. ¿Adónde vas con tanta
prisa? —Mi paso vaciló y me di la vuelta justo cuando me alcanzó—.
Pareces arreglada para una cita.
Sonreí. Ver a Lorenzo siempre me arrancaba una sonrisa.
—Voy a pasar un fin de semana largo con la Abuela. Me va a llevar a
Italia —le dije. Frunció el ceño, como hacían todos los Bennetti cada vez
que se mencionaba a la abuela Regina—. Adriano me lleva a su casa.
Me quitó la bolsa de los hombros y la volcó sobre los suyos. —Yo te
habría llevado.
Cuando expresé que quería aprender defensa personal, Lorenzo lo hizo
posible. Siempre sacaba tiempo para llevarme a casa de la Abuela o a
tomar un helado si notaba que me sentía mal. No le importaba que yo
tuviera dieciséis años y él veintiuno; me hablaba como si fuéramos iguales.
Supongo que al ser Luigi el hijo mayor, con veintitrés años, Papá
siempre lo tenía incluido en sus negocios y a su lado. Lorenzo se permitía
el lujo de tener más libertad. Algo así como que Adriano, con diecinueve
años, tenía más libertad que Santino. Aunque este último daba la impresión
de ser aún mayor que sus veinticuatro años.
—Lo sé. —Me incliné más hacia él y le susurré—: Adriano y yo nos
detenemos primero en la fiesta de su fraternidad universitaria.
Los ojos de Lorenzo se movieron para asegurarse que no había nadie
cerca. Mientras que él entendía mi necesidad de vivir mi adolescencia,
Luigi y Papá no lo hacían. Esos dos eran autoritarios y protectores. Sabía
que era difícil que papá aceptara criarme con cierta normalidad. Pero su
tipo de normalidad no se extendía a ir a bailar o a cualquier tipo de fiesta
sin él.
Las hijas de los hombres de la mafia se criaban con una correa muy
apretada. Los matrimonios concertados en la Cosa Nostra servían para
reforzar la posición de los hombres en los bajos fondos. Todavía no había
conocido a una mujer que se casara por amor en este mundo. Utilizaban a
las mujeres como peones, manteniéndolas en un entorno controlado.
Conducidas por sus guardaespaldas, sin dejarlas nunca a solas con un
miembro del sexo opuesto.
Una niña de cinco años fuera de este mundo tenía más libertad que una
de dieciocho encerrada en la jaula dorada de la Cosa Nostra. Aunque yo
no formaba parte de ella, muchas otras hijas sí. Eran peones en acuerdos
de tráfico de drogas o armas a gran escala.
Por suerte, ese no sería mi destino. Crecí de forma diferente a la
mayoría de las chicas del mundo de la mafia y había probado una cantidad
limitada de libertad. Había experimentado más en mi vida que algunas de
las mujeres casadas de este mundo.
Por supuesto, no fue fácil para mi padre. La Abuela y él discutían sobre
mi futuro todo el tiempo.
Papá, aunque era demasiado protector, entendía que me alejaría al
imponer un estilo de vida completamente diferente. Y mi abuela luchaba
por criarme como mi madre hubiera querido.
La Abuela podía ser tan autoritaria como mi padre, pero con nuestro
amor común por el diseño y la moda, pasábamos mucho tiempo juntas. Yo
encontraba la libertad de expresar mi lado creativo, así que me parecía que
ella me concedía más libertades y libertad. Pero yo sabía que no era así.
Aun así, no podía culpar a ninguno de los dos por su excesiva necesidad
de protegerme. Sobre todo, teniendo en cuenta que el Cártel Venezolano
estaba presente incluso en New York.
—¿Dónde es la fiesta? —preguntó Lorenzo.
Gemí en voz alta.
—Espero que no vayas a estropearla —siseé en voz baja.
Ladeó la cabeza, observándome con una leve reprimenda en los ojos.
—Solo quiero asegurarme que estás a salvo.
—Lo estaré —le dije—. Adriano estará allí. No me dejará. —No, a
menos que esté follando. Pero eso nunca se lo diría a mi hermano.
—Más vale que no —replicó—. No si quiere vivir. ¿Dime dónde?
—En la Universidad de New York —admití finalmente.
—Ah, la universidad de tus sueños —pronunció en voz baja—. Tú no
puedes esperar a llegar allí.
Puse los ojos en blanco, aunque una sonrisa se dibujó en mi rostro. —
Te enviaré un mensaje si te necesito.
Pasó su brazo por mis hombros mientras reanudábamos la marcha.
—Entonces, después de eso, ¿te llevará a casa de tu abuela? —Asentí
con la cabeza—. ¿Tal vez debería acompañarte? Después de todo, eres
menor de edad.
—No seas aguafiestas —me quejé, entrecerrando los ojos con fastidio.
—Será mejor que me llames ante cualquier indicio de problemas —
contestó con tono inexpresivo, y mi expresión se suavizó al instante. No
podía culparlo por preocuparse.
Desde que descubrió a su madre haciéndome daño y su reacción tardía,
se culpó a sí mismo. Tuvimos una conversación al respecto. Él no tenía la
culpa. Admitió que Elena no había sido una gran madre para ellos, le
encantaba maquinar y poner a Lorenzo y Luigi en contra del otro y de su
Padre. Papá lo soportaba, sabiendo que sus hijos eran lo suficientemente
fuertes como para ignorar a su madre. Pero el hecho que me hiriera
físicamente fue ir demasiado lejos. Mis dos hermanos se habían convertido
en mis protectores en todos los sentidos desde aquel día. Me aseguraron
que no me guardaban ningún resentimiento por lo que le ocurrió a su
madre. Sus palabras exactas fueron:
—Ella se hizo su propia cama y al final tuvo que acostarse en ella.
Seguía siendo su madre. Así que, en cierto sentido, los tres lloramos la
pérdida de nuestras madres. Nos hizo aún más cercanos.
—Lo prometo. —Lo abracé con fuerza y luego me aparté, agarrando
mi bolsa de nuevo. Él asintió y se fue por el pasillo, probablemente a la
biblioteca. Le encantaba pasar el rato allí. Era nuestra habitación favorita
de la casa.
Bajé las escaleras y atravesé el gran vestíbulo de mármol, y al doblar
una esquina del pasillo, cerca del despacho de mi padre, choqué con un
sólido pecho.
—Ouch —murmuré, frotándome la frente. Las palabras se
interrumpieron cuando di un paso atrás y me encontré con unos ojos
oscuros.
¡Santino!
—Niña, tienes que mirar por dónde vas. —Un destello de impaciencia
en sus ojos marrones oscuros me sorprendió. Llevaba el móvil en una
mano y debía de estar leyendo un mensaje cuando chocamos. Así que
tampoco estaba prestando atención.
—Bueno, tú también deberías —le dije, con el fastidio brillando en
mis ojos. Odiaba el apelativo de niña. Viniendo de cualquiera, pero sobre
todo de él. Incliné la cabeza hacia el teléfono que tenía en la mano—. No
deberías enviar mensajes de texto y caminar. Ni mandar mensajes y
conducir.
Un poco de diversión brilló en sus ojos.
—Te has vuelto valiente, Amore —dijo.
Este hombre de la Cosa Nostra ha matado a numerosos hombres; gente
más fuerte que yo se ha acobardado ante él, pero yo sabía que no me haría
daño. Me jugaría la vida. No sabía por qué, pero lo sentía en lo más
profundo de mis huesos y de mi corazón. Él era mi seguridad, mi protector.
Siempre lo había sido.
Y no era por mi padre. Él no tenía miedo de mi padre; este Russo era
mucho más duro y resistente que mi padre. No llevaba gafas de color de
rosa cuando se trataba de mi padre. Así que deduje que la razón por la que
nunca me había hecho daño era probablemente porque Adriano y yo
estábamos muy unidos.
—Tal vez he sido valiente todo el tiempo —le dije, levantando la
barbilla en señal de desafío. Probablemente le parecía una mocosa
malcriada—. Solo me agarraste en un mal día. Una vez. —Me refería a
cómo nos conocimos.
Su mano subió y se pasó el pulgar por la mandíbula, como si estuviera
pensando seriamente en eso. Quizá por fin dejaría de pensar en mí como
una niña. Luego sacudió la cabeza, como si descartara un pensamiento que
era ridículo, y se metió las manos en los bolsillos.
Su mirada bajó hasta mi ropa, observándola clínicamente como un
médico estudia a su paciente.
—¿Tú y Adriano van a salir? ¿A esa fiesta universitaria?
Mis ojos se movieron instintivamente a nuestro alrededor, y una
sonrisa triunfante se dibujó en sus labios.
—Shhh —lo regañé, frunciendo las cejas. Comprendí la ironía de
hacer callar a un asesino, pero él me dejó salirme con la mía.
Probablemente me dejó salirme con la mía en muchas ocasiones.
—Te vas a meter en un lío —me advirtió. Quería a mis hermanos
mayores, pero deseaba que Santino no se comportara como ellos. El único
que no me trataba como un hermano mayor era Adriano. Tal vez era la
razón por la que siempre nos metíamos en problemas juntos. Yo era una
amiga más para él, y eso me encantaba de mi mejor amigo.
Puse los ojos en blanco, con un tono molesto.
—Ojalá todo el mundo dejara de decir eso —murmuré—. Solo es un
pequeño encuentro.
—No te metas en líos, niña.
—Maldita sea, Santi —siseé, con un claro enfado en mi voz—.
¿Quieres dejar de llamarme niña?
La oscura mirada que normalmente permanecía inamovible brilló con
diversión.
—No lo creo, niña.
¿Por qué no podía verme como algo más que una niña? Tenía dieciséis
años, ¡mucho más que una niña! Pero si algo sabía de Santi era que siempre
hacía lo que le parecía mejor. Al fin y al cabo, era la razón por la que ya
se le veía como el don.
Me encogí de hombros y solté un suspiro exasperado.
—Lo que sea.
Su labio se tensó hacia arriba. Odiaba que pareciera que lo divertía,
como un programa de entretenimiento.
—Dame tu teléfono. —Su petición me descolocó y entrecerré los ojos
sobre él.
—¿Por qué?
—¿No confías en mí? —musitó.
Otro suspiro me abandonó. Confiaba en este hombre más de lo que
probablemente era prudente. No podía luchar contra ello. Me ofreció la
primera caricia reconfortante cuando me secó las lágrimas hace tres años.
Incluso se enfrentó a mi propio padre para protegerme del mal genio de
Papá. Y era el hermano de mi mejor amigo. Así que, en una exhalación,
rebusqué en mi bolso. Una vez que tuve mi teléfono, lo saqué, lo
desbloqueé y se lo entregué.
Me di cuenta que lo había complacido al entregarle mi teléfono sin
discusión y, por alguna razón, se me calentó el pecho. Probablemente era
un sentimiento estúpido. Los Russo me importaban, eran mi segunda (o
tal vez tercera) familia, y me hacía sentir bien saber que Santino también
se preocupaba por mí.
—Voy a poner mi número de teléfono —dijo, sin levantar la vista
mientras tecleaba sus datos de contacto—. Si pasa algo, llámame. Me
envié un mensaje desde tu número, así sabré que eres tú.
Santino Russo, el Don, me dio su número. Grité internamente. Mis
mejillas se sonrojaron y el vértigo me abrumó, pero lo oculté. A él no le
gustaría que saltara de alegría ante la idea que me diera su número. En su
mente, le dio un número a una niña. En la mía, un chico guapísimo me dio
su número de teléfono.
—Gracias. Pero como le acabo de decir a Lorenzo —comenté
despreocupadamente—, todo estará bien.
Asintió con la cabeza y me dejó allí de pie mientras veía su espalda
fuerte y bien parecida desaparecer por el pasillo. Siempre llevaba trajes de
tres piezas y tenía un aspecto impecable. A veces me preguntaba cómo el
despiadado don mataba a otros hombres llevando trajes tan caros.
Sacudiendo la cabeza ante mis estúpidos pensamientos, entré en el
despacho de Papá y lo encontré revisando unos documentos, sin oírme
entrar.
—Hola, Papá —anuncié mi presencia.
Levantó la cabeza y, al instante, su postura tensa se relajó. Se levantó
y rodeó el escritorio.
Abrió los brazos y yo me metí en su abrazo, encontrando consuelo en
ellos. Era curioso cómo se desarrollaba la vida. Cuando Papá vino a
buscarme a Colombia por primera vez, estaba segura que nunca podría
interesarme por ese hombre. Sin embargo, había hecho tanto por mí y se
había sacrificado tanto que sabía que no había otro padre que pudiera
competir con él. Tuve la increíble suerte de tener dos padres que se
preocupaban profundamente por mí y una madre increíble.
—Solo quería que supieras que Adriano me va a llevar a casa de la
abuela. —Frunció el ceño, pero no dijo nada. Sabía que su ceño estaba
fruncido por la Abuela y no por Adriano—. Gracias por dejarme ir de viaje
con ella.
Me dio un beso en la frente.
—Solo mantente cerca y nunca salgas sin uno de sus bufones
guardaespaldas. Supongo que son mejores que nada, aunque preferiría
enviar a uno de tus hermanos contigo. DeAngelo es el mejor, así que
quédate con él.
Asentí con la cabeza.
—Estaré a salvo, lo prometo.
—¿Dónde está DeAngelo? —preguntó.
—Ya está en casa de la Abuela —le dije. Puede que le haya dado a
DeAngelo una pequeña mentira blanca, haciéndole creer que Papá me iba
a llevar. No podía dejar que nos siguiera a la fiesta de la universidad.
El sentimiento de culpa se apoderó de mí y, por un segundo, debatí si
debía contarle a Papá el pequeño desvío que Adriano y yo habíamos
planeado, pero luego decidí no hacerlo. No había necesidad de
preocuparlo, ya tenía mucho en su plato.
—Será mejor que me vaya. —Sonreí y le di un beso en la mejilla—.
Te quiero. Nos vemos el martes.
—Llámame todos los días y mándame un mensaje cada hora.
Se me escapó una risa ahogada.
—Intentaré acordarme de mandarte un mensaje cada hora. Pero no
cuando esté durmiendo.
Sonrió.
—Si por casualidad te despiertas, entonces mándame un mensaje.
Sacudí la cabeza, sonriendo.
—Okay, lo haré —prometí.
—Te quiero, Amore.
—Yo también te quiero, Papá.
Un abrazo más y me apresuré a salir de su despacho y del vestíbulo al
aire libre. Adriano me estaba esperando, apoyado en su Mustang,
encendiendo su mechero. No paraba de jugar con ese maldito aparato.
—Ya era hora —se quejó, agarrando mi bolsa y metiéndola en el
maletero. Me dio un rápido beso en la mejilla, me abrió la puerta y me
deslizó en el asiento. Una vez al volante, empecé a hablar.
—Lo siento, me encontré con Lorenzo. Y luego a tu hermano.
—¿Santi está aquí? —Sus ojos miraron brevemente en mi dirección.
—Sí. Él sabía que me ibas a llevar a esta fiesta. ¿Se lo dijiste?
—No, pero supongo que ahora él lo sabe.
Ah, maldición. Santino sospechaba que Adriano me llevaba a una
fiesta universitaria, y yo lo había confirmado. Maldito bastardo astuto.
—Entonces, ¿cómo estuvo el viaje? —pregunté, cambiando de tema.
—Estuvo bien. Solo cosas de negocios. —Adriano puede contarme
muchas cosas, pero nunca me ha dicho nada sobre los negocios del hampa.
No sabía si era para protegerme a mí o al imperio Russo—. Te ves muy
bonita.
Me reí ante su cumplido. Salían fácilmente de los labios de Adriano,
demasiado fácilmente. Los repartía como si fueran caramelos.
—Gracias. No podría aparentar mucha más edad. Necesitaría mucho
maquillaje y otro tipo de vestido, pero entonces nunca conseguiría salir de
casa.
—Estás perfecta —dijo. Sonaba sincero y mis mejillas se colorearon.
Lo miré fijamente, observando sus jeans que abrazaban sus piernas de
forma adecuada y la camiseta blanca lisa que dejaba ver sus bíceps. El
blanco le quedaba bien, al igual que a Santi, resaltando su tono de piel
bronceado.
—Tú también te ves bien —respondí—. Como el perfecto
universitario.
Echó la cabeza hacia atrás y se rio, despreocupado. Por eso me gustaba
tanto Adriano. Era tan despreocupado, y yo quería empaparme de su
felicidad. Era el polo opuesto en carácter a su hermano mayor. Santino era
tenso y oscuro; Adriano era alegre, relajado y travieso. Aunque ambos
hermanos eran despiadados y peligrosos cuando trataban con el enemigo.
Adriano me agarró la mano y me dio un beso fugaz en los nudillos.
—Mientras creas que me veo bien —murmuró contra mi piel.
—Así es —dije con una risita—. Sabes que te ves bien. Si no, no
tendrías a las chicas adulándote todo el tiempo.
Agitó su mano, aun sosteniendo la mía, como si descartara a todas esas
otras chicas. Pero le halagaba, yo sabía que lo hacía. He visto de primera
mano lo hábil que era Adriano. Soltaba un comentario de coqueteo con
una pizca de cumplido, hacía que una chica se sonrojara, luego la saludaba
en el pasillo por su nombre y pum. Ellas corrían detrás de él, proclamando
su amor eterno y dándole la bienvenida a sus camas. Luego, cuando quería
deshacerse de ellas, actuaba como si fuéramos pareja.
Lo amaba, pero se comportaba como un prostituto. Aun así, nunca lo
delataría. Él me cubría la espalda y yo le cubría la suya.
Veinte minutos después, estábamos en la fiesta. Adriano no tardó
mucho en disfrutar de la atención femenina. Se sentían atraídas por él
como abejas a la miel. Me impresionó que Adriano se quedara conmigo
más tiempo del habitual. Tenía que estar preocupado porque algunos
chicos se acercaran demasiado a mí.
Recorrió la sala conmigo, presentándome a todo el mundo. Para mi
deleite, todos pensaban que era un estudiante de primer año. Las chicas
seguían preguntando de forma indirecta si era la novia de Adriano. Yo
simplemente sonreía y evitaba responder. Teníamos una extraña amistad,
pero nos funcionaba.
Con los ponches de frutas y otras bebidas que flotaban por ahí, Adriano
se relajó más. Yo me limitaba a tomar ginger ale. La Abuela me
crucificaría viva si oliera alcohol en mí, y no estaba dispuesta a poner en
peligro nuestro viaje a Italia.
—Hey, nena. —Adriano me besó la mejilla—. Voy a alejarme un
segundo. Baila solo con frikis, y si pasa algo, grita por mí.
Puse los ojos en blanco. No tardó mucho en encontrar una chica.
Probablemente un tiempo récord, y sospeché que su apellido
probablemente tenía algo que ver con ello.
—Que digas 'grita por mí' suena muy sugerente —murmuré en voz
baja. Adriano echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—Quizá esté intentando corromperte —dijo, con los ojos brillando.
Puse los ojos en blanco.
—Por favor, no lo haga —Además, fantasear con un Russo era más
que suficiente.
Con una chica rubia que se enredó a su alrededor, se alejó. Me lanzó
una mirada por encima del hombro y me guiñó un ojo antes de desaparecer
por las escaleras. Los dormitorios estaban en el segundo piso.
—¿Quieres bailar? —Una voz ligera y masculina me hizo olvidar a
Adriano. Me encontré con unos ojos azules y una cálida sonrisa.
—Brad, ¿verdad?
Sonrió.
—Te acuerdas —dijo, satisfecho de haber dejado una impresión.
La verdad era que siempre recordaba los nombres. Mi abuela insistía
en ello, diciendo que era clave en la gestión de un negocio recordar
siempre hechos y nombres.
Sonreí.
—Me encantaría bailar —le dije.
Mientras bailábamos al ritmo de "That Way" de Tate McRae, Brad me
contó la historia de su vida mientras yo sonreía y asentía. Tenía que
admirar a un chico de diecinueve años que tenía un plan de vida detallado.
Capítulo 5
Santino

La Universidad de Nueva York celebraba las fiestas más salvajes


del campus. Debería saberlo, asistí a ellas con frecuencia mientras era
estudiante aquí.
Fingí escuchar a la chica de al lado, mientras buscaba a Amore con la
mirada. Ella seguía hablando de su padre que trabajaba para el FBI,
insinuando que sabía quién era yo. Me importaba una mierda. La conocí
en los primeros sesenta segundos de haber abierto la boca. Se consideraba
una rebelde contra su padre si se involucraba con uno de los famosos
hombres Russo.
—La especialidad de papá es el submundo de la mafia de Nueva York.
—Esta chica hablaba demasiado—. ¿Sabes que esa chica de cabello rojo
es la hija del Don Savio Bennetti?
Mis músculos se tensaron y mi puño se cerró alrededor de la botella de
cerveza que tenía en la mano. Mis ojos se fijaron en la forma de Amore
que se deslizaba por la pista de baile, con una sonrisa educada en su rostro
mientras escuchaba a su pareja de baile hablar sin parar.
El pulso se me aceleró en la mandíbula, molesto por el hecho de que
alguien se atreviera a mirar a Amore. No debería estar aquí, y menos sola.
Me molestó que Adriano hubiera desaparecido. ¡Maldito idiota! ¿No vio
que todos los chicos de esta sala la perseguían, salivando por ella? Era
demasiado joven para dejarla desatendida. Si DeAngelo estuviera aquí, él
la cuidaría. Su atención nunca se apartó de ella mientras estaba en el
trabajo.
Pero así, dejaba a Amore abierta y vulnerable. Cuando agregué mi
número a su teléfono, también compartí su ubicación con mi teléfono. ¡Y
qué bien! Tenía un mal presentimiento sobre ellos dos esta noche, así que
seguí mi intuición.
Adriano conseguiría matarla con su descuido. Pensaba demasiado con
la polla, y Amore, la buena amiga que era, lo consentía y lo cubría todo el
tiempo. Admiraría su lealtad si no fuera porque la ponía en riesgo una y
otra vez.
Hace apenas un mes, Adriano la dejó conducir su flamante Dodge
Viper. Ella no tenía licencia, ni experiencia en la conducción por el amor
de Dios, y él la puso detrás de un auto deportivo con 624 caballos de
fuerza. Apenas llegó a ocho kilómetros por la carretera antes de estrellarse
contra un árbol. Por suerte, las bolsas de aire y los cinturones de seguridad
salvaron a los dos idiotas.
Mis ojos volvieron a mirar a Amore. Seguía bailando con el mismo
tipo. Ambos se balanceaban al ritmo de la música. Las manos de él se
apoyaban en las caderas de ella, pero por suerte, él mantenía cierta
distancia entre los dos. Si no, tendría que romperle los dedos. Nadie se
aprovecharía de la chica bajo mi mirada. Aunque este tipo parecía bastante
inofensivo.
Su brillante sonrisa iluminaba toda su cara. Esa sonrisa feliz no había
abandonado su rostro desde que llegué. Estaba en su tercer baile
consecutivo con el chico rubio. Todavía no se había callado, y la agarré
ahogando un bostezo un par de veces. Pero seguía pareciendo
delirantemente feliz y relajada.
La rubia que estaba a mi lado seguía restregándose sobre mí, aunque
no le di ninguna indicación que estuviera interesado. Así era como solía
funcionar. Si no les mostrabas interés, corrían con más fuerza tras de ti.
Excepto Amore. Ella se negaba a correr detrás de nadie. Incluso mi
hermano. No entendía su dinámica, pero parecía funcionar para ellos. Ella
incluso hacía de novia de él cuando una chica demasiado obsesiva con la
que se acostaba no se daba cuenta que la habían dejado.
Mis ojos volvieron a la niña que encontré llorando hace tres años frente
a nuestro restaurante. Había recorrido un largo camino. Mi labio se crispó
ante su queja de antes. Tenía la sensación que, desde hacía tiempo, odiaba
que la llamara niña. Puede que ya no fuera una niña, pero era una chica,
aún demasiado joven para ser una mujer.
Aunque vestida como estaba ahora, podía engañar fácilmente a esos
chicos haciéndoles creer que era mayor de edad. Estaba preciosa con su
vestido azul de patinadora con la espalda cortada en forma de V. No había
forma de pasarla por alto con su larga y salvaje melena roja y su radiante
sonrisa. En los últimos años, había madurado mucho, pero sus emociones
eran un libro abierto para mí. Me parecía que eran claras como el agua
para cualquiera que tuviera dos ojos, aunque a veces Adriano parecía no
darse cuenta.
—¿Quieres ir a un sitio más tranquilo? —La rubia a mi lado ronroneó.
Con una última mirada a la forma de Amore, dirigí mi atención a la
rubia que estaba a mi lado. Me dijo su nombre, pero no lo retuve. Lo único
que sabía era que tenía veintidós años, que había suspendido dos años de
universidad y que su padre trabajaba en el FBI. De todos modos, me
importaba un demonio cómo se llamaba. Nunca la volvería a ver.
—No, no me importa. —Quité su mano de mi brazo. Por un momento,
la sorpresa aturdió su rostro. No podía ser la primera vez que
experimentaba un rechazo.
Luego se recompuso rápidamente.
—Sin compromiso.
—Sigo sin estar interesado. —Mi sonrisa carecía de cualquier atisbo
de calidez mientras fijaba mis ojos en ella—. Ahora, te sugiero que te
pierdas. Si no, entenderás por qué mi reputación de ser despiadado me
precede. Y tu padre del FBI no podrá salvarte.
La conversación había terminado. La dejé sorprendida y sin palabras
detrás de mí y me alejé, irritado que pensara que podría cambiar mi
primera negativa.
Se lo daría a la rubia, estaba decidida, y para cuándo me deshice de
ella sin matarla realmente, perdí de vista a Amore. Un minuto estaba allí;
al siguiente, había desaparecido.
Me apresuré a ir hacia el último tipo con el que había bailado.
—¿Dónde está la chica pelirroja? —pregunté.
Pensé que el rubio se mearía en los pantalones.
—Fue al baño —tartamudeó.
Lo agarré por el cuello.
—¿Cuál? —siseé. Había veinte putos baños aquí.
—Al final del pasillo. —Inclinó la cabeza. Era el que tenía varios
baños. Mi teléfono sonó en ese mismo momento, indicando un mensaje de
texto.
Era de Amore: Ayuda.
Me congele, con la sangre helada en las venas. Desabrochando la
funda, mis zancadas devoraron la distancia hacia los baños. Escuché una
voz burlona mientras me acercaba.
—Sal, sal. Donde quiera que estés. —Fuera quien fuera, el hombre
estaba a punto de morir—. Vamos a terminar la diversión que empezamos
con tu madre.
La rabia llenó mi visión, y abrí la puerta de golpe justo a tiempo para
ver al cretino golpeando la puerta cerrada. Antes que pudiera reaccionar,
estaba detrás de él y cerré mi puño alrededor de la parte trasera de su
camisa, luego lo jalé hacia atrás.
—Aquí estoy —gruñí, tirando de él por el cuello—. Termina la
diversión conmigo. —Mi labio se curvó al ver que sus ojos se abrían de
par en par. Le di un puñetazo en la estomago con mi arma, y su aliento
salió en un jadeo roto. El siguiente golpe le dio en la mandíbula. Otro golpe
en la nariz. Un aullido salió de su garganta. Instintivamente, trató de
retroceder, pero lo agarré con más fuerza.
—No, no —gruñí—. No vas a ir a ninguna parte.
Continué con mis golpes, el fuego me inundaba, encendiendo la furia
en mis venas. Mi mano agarró un puñado de su cabello y lo empuje con
fuerza contra la puerta de la caseta. Luego una y otra vez, su frente golpeó
repetidamente contra la puerta, dejando una marca roja en su piel y en la
puerta.
Se deslizó hasta el suelo, levantando la cabeza. La sangre le resbalaba
por la sien.
—¿Amore? —grité.
Silencio. Mi corazón se apretó. Si este hijo de puta le hacía daño, lo
rebanaría trozo a trozo, maldición.
—¿Santi? —La voz de Amore salió en un susurro, tentativo, inseguro
de si era una trampa.
—Sí. Quédate ahí y no abras la puerta hasta que yo te diga —le ordené.
—Tengo miedo, Santi. —El gemido de Amore hizo arder mis venas.
Este hombre la asustaba, como nada de lo que había escuchado o visto de
ella antes.
La escoria trató de alejarse arrastrándose. ¡Maldito cobarde! Al ver sus
ojos llorosos y la sangre brotando de su nariz, no pude evitar sentir
satisfacción. No había terminado; ni siquiera estaba cerca de hacerlo.
—Tranquilo, chamo 12 . —Me llamó amigo en jerga venezolana.
Entorné los ojos hacia él. No parecía venezolano con su cabello rubio. Pero
eso no significaba nada. Había venezolanos alemanes, y también han
estado jugando en el negocio de los carteles. Esto no podía ser una
coincidencia—. Iba a hablar con ella. Nos conocemos desde hace mucho
tiempo. ¿Verdad, niña13?

12
Chamo: español en el original.
13
Niña: español en el original.
Una neblina roja tiñó mi visión y mi ira estalló de nuevo. Rodeé su
garganta con la mano, mi energía enfurecida llenó el baño. Estúpido
bastardo burlón. Lo levanté del suelo de baldosas del baño.
—Tu camino termina aquí. —Rechiné los dientes mientras apretaba
con más fuerza. Su cuerpo se agitó y sus manos me arañaron. Pero no sentí
nada de eso mientras veía cómo se extinguía la luz de sus ojos.
Cuando dejó de respirar, me dirigí a la caseta más alejada, metí su
cadáver dentro, lo apoyé en el retrete y cerré la puerta.
¡Maldita sea! Dejé que mis emociones y mi ira superaran todos mis
sentidos. Debí mantenerlo vivo para interrogarlo. Nunca perdía la calma,
pero me había vuelto malditamente loco. El bastardo no era más que un
montón de carne ensangrentada y golpeada con unos cuantos huesos rotos.
Marqué a Renzo, ignorando mis nudillos ensangrentados.
—Necesito una limpieza. —Recité la dirección—. El cuerpo está en el
último puesto.
Terminando la llamada, fui al puesto de Amore.
—Ya puedes abrir.
La escuche batallar con la cerradura y luego la puerta se abrió. La
visión de su rostro pálido y sus ojos verdes llenos de terror me destrozaron
el corazón. Estaba temblando, conmocionada por el incidente. No es que
pueda culparla. Su familia y sus guardias la mantenían protegida,
manteniendo a raya la crueldad de nuestro mundo.
Mi brazo rodeó su cintura y la abracé.
—Está bien, niña —murmuré en su cabello. Su pequeño cuerpo
temblaba en mis brazos. Ella enterró su cabeza más profundamente en mi
pecho, y sentí más que escuché su inhalación y exhalación, manteniendo
su ataque de pánico a raya. Solo presencié uno de ellos cuando se mudó
por primera vez a Nueva York, pero al hablar con Adriano y su padre, supe
qué hacía tiempo que no tenía uno.
—Te tengo. Sigue respirando y mantén la calma.
Sus brazos me rodearon, sus respiraciones temblorosas me golpearon
justo en el pecho. Su padre se negó a decir qué le había pasado a Amore
antes de saber que tenía una hija. Todo lo que se sabía era que su madre
fue asesinada y que Amore fue testigo de ello. Algo así era lo
suficientemente traumático como para dejar cicatrices en cualquiera, no
digamos en una niña.
Recordé su último ataque de pánico. Ocurrió justo después del funeral
de Elena. Esa perra merecía morir, lastimando a una maldita niña y
quemándola con cigarrillos. Estaba bastante seguro que el miedo
desencadenaba los ataques de pánico de Amore. Ese ataque de pánico
completo que presencié fue difícil de olvidar.
El rostro de Amore estaba pálido, sus grandes ojos color musgo llenos
de miedo dominaban su cara mientras miraba a su abuela y a su padre
discutir. Peleaban con uñas y dientes sobre quién debía ser su tutor legal.
El odio que se profesaban era profundo.
Su abuela se acercó a Amore para acercarla, y el sonido de las armas
desenfundadas resonó en la habitación.
—Por favor. —La voz de Amore temblaba tanto como su cuerpo—. P-
por favor. No lo hagas.
—Adelante, dispara, Bennetti. —Su abuela fue estúpida al desafiar a
su padre—. Asusta aún más a tu hija. Porque ver a su madre morir y a tu
mujer torturándola no fue suficiente.
Los jadeos sonaron por toda la habitación, y Amore palideció aún
más. Aquella chica se desmayaría en cualquier momento, su respiración
era errática. Esos dos idiotas deberían dejar de discutir por su bien.
—Yo la protegeré —gritó él.
—Amore, ven conmigo —le ordenó su abuela—. Este no es tu sitio.
Dio un paso tentativo hacia su abuela, la mujer que conocía desde su
nacimiento. No hacía falta ser un genio para darse cuenta que la niña
estaba muerta de miedo. El inframundo la asustaba.
Los ojos de Amore se movían entre su padre y su abuela, ambos con
guardias a sus espaldas y armas apuntando al otro. DeAngelo fue el único
que se posicionó al lado de Amore, con su única preocupación por ella.
Todos observaban a la niña de trece años cuya piel húmeda palidecía
con cada segundo que pasaba.
—Amore —hablé en voz baja—. Respira, niña.
Sus pupilas estaban dilatadas, el color de sus ojos casi apagado
mientras observaba frenéticamente a su familia con las armas apuntando
a los demás. Era la primera vez que se celebraba un funeral, incluso en la
Cosa Nostra14.
—Vamos, cariño. —Su abuela tiró de ella—. Eres demasiado buena
para esta gente.
Su padre se adelantó, ignorando las armas que le apuntaban al pecho.
—Ella es mi hija. Se queda conmigo. La mantuviste alejada de mí
durante trece años. Me la ocultaste. Ahora es mía, y tendrás que matarme
para conseguirla.
—Eso se puede arreglar —le dijo su abuela con frialdad.
Amore tragó saliva, con la respiración entrecortada y las manos
temblorosas. Lo sentía por ella. La arrojaron a los lobos, perdiendo a su
madre y a un hombre que ella creía que era su padre, solo para ser
empujada y arrastrada entre las familias Bennetti y los Regalè.
Bennetti se mantuvo firme, dispuesto a iniciar una guerra contra el
imperio Regalè para quedarse con su hija.
—Me quedaré. —La vocecita de Amore cortó el tenso silencio. Todos
contuvieron la respiración, sin querer perderse ni un solo momento. Como
una maldita telenovela.
—Amore, estas personas son criminales. Tú eres… —Regina no llegó
a terminar su declaración.

14
Cosa Nostra: Mafia italiana.
—Me quedaré —repitió Amore, con los ojos puestos en su padre. Ella
le temía, solo lo conocía desde hacía varias semanas, y, aun así, se
quedaría. Regina tendría un día una heredera feroz y fuerte en su nieta.
Un arma se disparó. Uno de los bufones de Regina disparó
accidentalmente y, de repente, todo el vestíbulo estalló con voces y gritos.
Saqué a Amore del medio y del fuego cruzado antes que la mataran.
DeAngelo tuvo la misma idea y la protegió con su cuerpo.
—Llévenla a un lugar seguro —les ordené a él y a mi hermano.
Adriano tiró de ella, pero si antes pensaba que estaba pálida, no era
nada comparado con lo de ahora. Ahora estaba mortalmente blanca, el
sudor brillaba en su piel mientras jadeaba.
El terror en sus ojos.
—Yo-Yo… —Su mano se extendió hacia mí, agarrando mi camisa
débilmente.
Intentó decir algo y la agarré por el hombro, sacudiéndola
ligeramente.
—¿Qué pasa?
Se esforzó por respirar, agarrándose el pecho con una mano.
—No me dejes morir —susurró, las palabras apenas salían de sus
labios.
—¡Todos paren! —Mi hermano gritó a todo pulmón—. Se está
muriendo.
Funcionó. Todo el mundo se calmó y, de repente, Bennetti y su abuela
estaban a mi lado, arrodillados junto a su cuerpo inerte mientras ella
jadeaba desesperadamente en busca de aire. Las pequeñas manos de
Amore tiraron de mi camisa, aferrándose a ella para salvar su vida.
—¿La heriste? —Bennetti gruñó.
—Es un ataque de pánico —dijo su abuela, con las manos en la cara—
. ¡Amore, respira! Estás a salvo. Respira.
La sangre salía de su nariz, de un rojo carmesí intenso contra su piel
pálida. Su sorprendente mirada verde se nubló y sus oscuras pestañas se
agitaron, luchando por permanecer abiertas. Estaba perdiendo la batalla
porque su agarre de mi camisa se aflojó.
—¡Cariño, respira! —La voz de Bennetti se quebró, su mano la
sacudió.
—Los monstruos se han ido, Amore. No hay nadie aquí. Tienes que
respirar —le suplicó su abuela—. Respira, Amore. Por favor, amor.
Respira. Tienes que respirar. Recuerda la promesa. —Mi cabeza se dirigió
a su abuela—. Lucha, Amore. Puedes hacerlo.
Mi mirada volvió al pequeño cuerpo en mis brazos. Sus ojos se
cerraron, y las profundidades de los lagos verdes se bloquearon de mi
vista. Sin pensarlo, me incliné sobre su pequeño cuerpo, presionando mi
boca sobre sus fríos labios y le insuflé aire.
Todavía no estaba muerta, pero que me maldigan si la dejaba morir
en mis brazos.
Respira, Amore. Mi orden fue silenciosa, esperando que ella la
escuchara. Otra respiración en su boca. Respira, Amore.
Esta niña importaba, y siempre la salvaría.
Capítulo 6
Amore

Santi me rodeaba con sus brazos y me mantenía con la oreja


pegada a su pecho. Escuché los constantes latidos de su corazón. Golpe.
Golpe. Golpe. Y encontré mi concentración. Mi respiración de pánico se
calmó y se estabilizó lentamente. El zumbido en mis oídos cesó
lentamente, y encontré seguridad en sus brazos.
No esperaba volver a ver a ese rubio venezolano. Cuando lo vi, actué
por instinto y me escondí mientras escribía una palabra y se la enviaba a
Santi. No tengo ni idea de por qué le envié la alerta. Fue el primero al que
se me ocurrió llamar a gritos y estaba al principio de mis mensajes de texto.
Parecía una obviedad, excepto que no era racional. Se suponía que estaba
al otro lado de la ciudad.
Una decisión equivocada podría haberme costado todo.
Las imágenes del cuerpo torturado de mi madre se repetían en mi
mente y me dolía el corazón. Era un dolor sordo, pero seguía doliendo cada
vez que pensaba en ella. La mayoría de las veces intentaba no pensar en
ello. Me provocaba ataques de pánico y pesadillas.
El olor rancio de los cadáveres, la sangre, la humedad y la vegetación
en descomposición de la selva hacían que mi miedo se disparara y eran los
desencadenantes de mis ataques de pánico. De todas mis experiencias en
Sudamérica, ésa era la única que me quedaba.
DeAngelo me había entrenado para ser más fuerte, para aprender a
protegerme. Hoy, fracasé estrepitosamente en ello. El miedo que sentí al
ver al venezolano casi me paralizó antes que finalmente despertara de mí
estupor y corriera. Tendría que esforzarme más. Ese tipo podría haberme
matado con demasiada facilidad. No había manera que yo fuera otra
víctima del Cártel Venezolano. Prepararía el camino hacia mi propio
futuro y encontraría la manera de vengar a mi madre, de eliminar a todos
esos hombres que nos perseguían solo porque nuestro linaje se remontaba
al antiguo cártel. Ya no sería una niña asustada que necesitaba ser salvada.
Perèz Rothschild, mi bisabuelo, inició su propio negocio de tráfico de
drogas, asociándose con otros jefes de cártel. Perèz se convirtió en uno de
los mayores distribuidores de droga a la Cosa Nostra y a otros criminales,
por cortesía de mi abuelo. Ese cártel causó más muertes que varias familias
criminales de la Cosa Nostra juntas. Pero entonces el Abuelo fue asesinado
mientras mamá estaba embarazada de mí. Eso le rompió el corazón a la
Abuela. Ella lo achacó todo a su vida criminal y no quiso saber nada de él.
Se cortaron todos los lazos con el Cartel Perèz. O eso pensaba todo el
mundo.
Levantando la cabeza, me encontré con los ojos de Santi. Vino a
rescatarme. Otra vez. No tengo ni idea de cómo llego aquí tan rápido, y no
iba a cuestionarlo. Apoyé la frente en su pecho, y el fuerte y constante
latido de Santi abrumó todos mis otros sentidos y la paz me inundó. No
me importaba que fuera uno de los hombres más temidos de la Cosa
Nostra; para mí siempre sería mi salvador.
La puerta se abrió de golpe y Santi actuó por instinto, empujándome
detrás de él, atrincherándome con su fuerte cuerpo.
Adriano se apresuró a entrar y ambos exhalamos aliviados.
—¿Qué pasó? Los chicos dijeron que te habías escapado al baño y que
un tipo temeroso te estaba buscando. —Sus ojos se dirigieron a Santi—.
Supongo que ese tipo aterrador es Santi —murmuró.
Santi no daba miedo. Era mi salvador. Agradecí que viniera cuando lo
hizo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Adriano a su hermano, con una
postura tensa.
En una fracción de segundo, Santi estaba en la cara de su hermano. —
No vuelvas a dejarla sola y vulnerable, maldición. Podrían habérsela
llevado o matado.
—¿Qué? ¿Cómo? —Adriano palideció un poco, y la culpa que los
hermanos estuvieran discutiendo se extendió por mí. Me molestaba verlos
discutir por mí.
—Un venezolano la atacó. —La furia de Santi latía en el aire. Tenía
una mano tan apretada que sus nudillos se volvieron blancos, mientras que
la otra se flexionaba y se desencajaba como si estuviera practicando el
estrangulamiento de alguien.
Los dos hermanos se miraron, con la animosidad que se respiraba en
el aire. Pero la verdad era que la culpa era tanto mía como de Adriano.
Envié a DeAngelo delante de mí, sabiendo que me quedaría sola un rato
ya que Adriano tendía a enredarse con chicas todo el tiempo.
—Es del Cártel Venezolano —dije en voz baja, y los ojos de ambos se
dirigieron a mí.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Adriano.
—¿Estás segura? —preguntó Santi al mismo tiempo.
Tragué con fuerza y asentí con la cabeza.
—Sí —respondí en voz baja, jugueteando con el dobladillo de la
chaqueta del traje Brioni de Santi. Eso evitó que me asustara—. Estoy
segura.
—¡Mierda! —Adriano me atrajo hacia sus brazos. Solté el dobladillo
de Santi, al que agarraba, o me arriesgaba a tirarlo encima de mí—. Lo
siento. Seguramente me estaba mirando.
—No pasa nada. No te estaba mirando —susurré. La familiar colonia
de Adriano invadió mis pulmones, pero estaba mal, mezclada con el toque
de un perfume de mujer. Apartándome, puse distancia entre nosotros y me
encontré más cerca de Santi, su aroma fresco y caro, como el fino cuero
italiano, sustituyendo al de Adriano.
—Si hubiera sabido que los venezolanos estaban aquí, nunca la habría
dejado sola —se justificó Adriano ante Santi.
—Sí, Adriano. Los enemigos vendrán y se anunciarán. Solo para que
puedas mantener tu polla en tus pantalones y hacer lo correcto—. Las
palabras de Santi cortaron el aire, con una clara acusación en su voz.
Se me puso la piel de gallina y sentí escalofríos por todo el cuerpo. La
sola idea que el Cártel Venezolano me pusiera las manos encima me
producía un terror glacial en las venas.
—Por favor, no discutan —rogué mientras me ponía entre los dos—.
No es culpa de Adriano, Santi.
La mandíbula de Santi hizo un tictac y el fastidio apareció en sus ojos.
No me gustaba verlo enfadado, y menos conmigo. Esperé a que me
reprendiera o me llamara estúpida por descartar lo que acababa de suceder,
pero las palabras no llegaron. Habría hecho bien en reprenderme, pero no
lo dejaría echarle toda la culpa a Adriano.
—Yo también tengo la culpa, Santi. No puedes culpar a Adriano sin
culparme a mí. —Exhalé temblorosamente y nuestros ojos se cruzaron. La
mirada de Santi se endureció y supe que no le gustaba que defendiera a
Adriano—. Nos hemos colado en muchas fiestas antes. Ninguno de
nosotros podía prever que esta vez sería diferente.
¿Quién iba a pensar que un miembro del Cártel de Venezuela estaría
aquí, en un campus universitario? Me aterraba la posibilidad que los
hombres que mataron a mi madre estuvieran en este país, por no hablar de
esta ciudad.
—¿Dónde has visto a ese tipo antes, niña? —preguntó Santi en su
lugar, cambiando a su modo asesino.
Mis ojos se fijaron en los nudillos ensangrentados de Santi. La mayoría
de las veces estaban magullados y rojos. Le agarré la mano y nos
acercamos al lavabo. Una vez que abrí el agua, le limpié los nudillos. Ni
siquiera se inmutó. Como se había ensangrentado los nudillos tantas veces,
estaban entumecidos.
Una vez limpios, cerré el grifo y le di una toalla de papel. La agarró y
se secó las manos, luego habló mientras la tiraba a la basura.
—¿Conoces a ese tipo, Amore, de dónde?
Me estremeció su tono frío. Santi podía dar miedo a veces, aunque
siempre me hacía sentir segura. Incluso ahora, con lo enojado que estaba.
Adriano malinterpretó mi indecisión a la hora de responder y tomó mi
mano entre las suyas.
—Está bien, Amore —murmuró Adriano, consolándome—. Puedes
decírselo a Santi.
En la oscura mirada de Santi brilló un leve destello de ira, pero no dijo
nada. No entendía por qué me molestaba que Adriano y yo lo hiciéramos
enfadar. Mientras Santi me abrazaba, sentía como si el universo entero
dejara de existir. No podía explicarlo, y no tenía sentido. Santino era el
hombre más temido de la ciudad, y probablemente del país. Había
eliminado a más de una familia rival, metódica y despiadadamente. Pero
nada de eso me asustaba. Me hacía sentir aún más segura con él. Sin
siquiera intentarlo, Santi se convirtió en mi caballero de brillante
armadura. No había ni un ápice de duda que me mantendría a salvo.
Siempre y para siempre.
Santi Russo era mi héroe. Mi salvador.
Aspiré una respiración temblorosa y me limpié los ojos.
—Lo vi con los hombres que mataron a mi madre y a George.
Santi me miró sorprendido.
—¿El cártel venezolano mató a tu madre?
Mi corazón latía con fuerza contra mi pecho. Santi parecía
enloquecido, de una manera furiosa. No contra mí, sino contra el mundo.
Sus ojos oscuros prometían retribución, el músculo de su mandíbula hacía
tictac. Nunca lo había visto tan enojado. Como si quisiera quemar el
mundo. Por mí.
Okay, probablemente estaba interpretando demasiado. No podía evitar
verlo como mi caballero.
—Amore, ¿el cártel venezolano mató a tu madre? —Santi repitió la
pregunta.
Me tragué un nudo en la garganta. —Sí.
Respiré profundamente. No he hecho un buen trabajo lidiando con mis
demonios. Han pasado años desde la muerte de mamá, pero aún no he
podido reunir fuerzas para enfrentarme a esos recuerdos. La tortura que
soportó. Cada vez que pensaba en ella, mi pecho se apretaba con fuerza,
atenazando mi corazón dolorosamente y limitando mi entrada de oxígeno.
Santi relajó los hombros y, aunque su rostro seguía tenso, su voz era
suave.
—Buscaré su historial y veremos qué descubrimos. Coincidencias
como ésta no se dan. Ya lo sabes, niña. ¿Verdad?
Ahí estaba otra vez, llamándome niña. ¿Por qué no podía ser más que
una niña?
Asentí con la cabeza. Tenía razón, no era una coincidencia.
—Ahora, vamos —nos ordenó Santi a su hermano y a mí.
—Espera, no estoy preparado para… —Adriano intentó tomar el
mando, pero no hacía falta ser un genio para darse cuenta que Santi le
cerraría el paso.
—Entonces quédate —gruñó Santi—. Amore se va a casa de su abuela
y yo la llevaré.
Adriano no quería irse. Se le notaba en la cara. Seguramente aún no se
había metido en los pantalones de esa linda chica.
—¿Dónde está Savannah? —le pregunté.
—Está esperando arriba. —Supongo que la hizo esperar mientras
venía a ver cómo estaba yo.
Me aclaré la garganta, incómoda con su significado.
—¿Debes ir a despedirte de ella? —Apretó la boca en una fina línea, y
yo sabía la respuesta. No la dejaría todavía. En una exhalación, sugerí lo
que sabía que quería oír—. ¿Por qué no te quedas y ummm... hablas con
ella. Creo que Santi tiene razón. Debería ir a casa de la abuela ahora.
Además, nos vamos a Italia temprano por la mañana.
Los ojos de Adriano, al igual que los de sus hermanos, brillaron de
esperanza.
—¿Estás segura?
Se me encogió un poco el corazón al ver que mi mejor amigo se dejaba
convencer tan fácilmente, pero intenté no tomármelo como algo personal.
Había comprobado de primera mano con mis hermanos que los hombres
eran unos idiotas lujuriosos. Excepto Santi. Todavía no lo había visto con
una mujer, aunque había oído muchas historias sobre sus maneras de
romper el corazón.
Asentí con la cabeza. Me abrazó y me dio un beso en la mejilla, justo
cuando Renzo entró en el baño. No debía esperarme aquí, y sus ojos nos
recorrieron a los tres.
—¿Qué ha pasado, jefe? —le preguntó a Santi.
—El venezolano en el último puesto. Intentó atrapar a Amore.
Tendremos que conseguir más información.
Asintió con la cabeza.
La mirada de Renzo se desvió hacia mí.
—¿Dónde estabas, Adriano? —preguntó Renzo, con los ojos puestos
en mí—. Ustedes dos siempre están unidos por la cadera.
—Estaba ocupado mostrando su polla —gritó Santi, y Adriano se
estremeció ante la acusación.
—Aquí hay demasiada testosterona —murmuré, mi estado de ánimo
pasaba de asustado a molesta y agitada.
—¿Estás bien, niña? —preguntó Renzo y, de repente, me harté. La ira,
el miedo y el fastidio se encendieron dentro de mí por todo.
—¡Podrían dejar de llamarme niña! —exclamé, con el pecho agitado,
y supe que las manchas de ira probablemente marcaban mi cuello. Ser una
chica de piel clara y cabello rojo era una mierda—. ¡Me están volviendo
malditamente loca! Deberíamos irnos antes que venga la policía.
Los tres me miraron extrañados, casi como si esperaran que rompiera
a llorar. Tal vez lo haría más tarde, pero ahora... no lo haría. Necesitaba
olvidarme de todo, llegar a Italia y centrarme en las cosas que podía
controlar y cambiar.
La incredulidad acechaba en los ojos oscuros de Santi, y su suave risa
le siguió.
—Cálmate, niña. Renzo se encargará de la situación aquí, Adriano irá
a perseguir coños y yo te llevaré a tu torre de princesa en casa de Regina.
El arrepentimiento me golpeó inmediatamente. Era un momento
terrible para pensar en títulos cariñosos. Acababa de salvarme la vida, y
yo sonaba como una mocosa malcriada que se quejaba del título de niña.
No era como si hubiera actuado como un adulto, colándome en la fiesta de
la universidad.
Nada de esto era culpa de nadie más que mía, y tal vez de Adriano, por
la forma en que terminó esta noche.
—No le dirás a Papá y a mis hermanos que estuve aquí—. Sostuve la
mirada oscura de Santi. No necesitaba rogarle a Renzo porque lo que
Santino decidiera, lo haría—. Por favor, Santi.
Pasaron unos cuantos segundos antes que Santi finalmente cediera.
—Soy demasiado viejo para esta mierda —refunfuñó. Me empujó
hacia delante—. No diré nada. —Hizo una pausa y luego añadió—. Ahora,
vamos, Amore, antes que cambie de opinión.
El alivio me invadió. Papá pondría fin a mi viaje con la Abuela si se
enteraba de esto. Estaba a salvo con ella. Tenía un equipo de
guardaespaldas, y DeAngelo era el mejor.
Le di otro abrazo a Adriano, el alivio me invadió. Santino era conocido
por cumplir sus promesas. Había escuchado a Papá y a mis hermanos
comentarlo en más de una ocasión.
—¿Cuándo vuelves? —Adriano me preguntó en voz baja, pero aún
estábamos al alcance del oído de Renzo y Santi, y aunque esos dos
hablaban en italiano en voz baja, sabía que podían oírnos.
—El martes.
—Te enviaré un mensaje mañana —prometió. Asentí con la cabeza y,
tras otro suave empujón de Santi, me puse en marcha.
Nada más salir del baño, la música a todo volumen asaltó mis oídos.
El pasillo estaba lleno de gente, universitarios por todas partes.
Algo cálido me envolvió y me di cuenta que Santi me había puesto su
chaqueta sobre los hombros. Le lancé una mirada interrogativa y él
murmuró en voz baja:
—Es una noche fría.
Asentí, aceptando su explicación. Su olor me envolvió inmediatamente
y aspiré profundamente. Debería haberme aterrado la violencia que desató
en el baño. Mató a ese venezolano, pero me sentí segura. Siempre me he
sentido más segura a su lado.
Colocando una mano firme en la parte baja de mi espalda, me instó a
avanzar.
Sonaba "Here" de Alessia Cara, mientras un grupo de chicos jugaba al
beer pong y se alborotaba. Las chicas o bien estaban colgadas de los chicos
o bien se mantenían juntas, susurrando entre ellas y mirando a los chicos.
Supe el momento en que las chicas vieron a Santi. La charla se hizo
más silenciosa. Mis ojos recorrieron el grupo de chicas mientras todas se
quedaban boquiabiertas y se reían de él, esperando su atención o una
mirada. Cualquier cosa. Era mucho peor que como reaccionaban ante
Adriano. Miré por encima de mi hombro y me encontré con sus ojos.
Estaba concentrado en mí.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
A diferencia de Adriano, los ojos de Santi permanecieron en mí y
nunca vacilaron en reconocer a nadie más. Una preciosa chica rubia lo
saludó con la mano, pero él ni siquiera le dirigió la mirada. ¿Por qué me
gustaba tanto eso? Demasiado.
Volviendo a centrar mi atención en el lugar al que me dirigía, me dije
que no debía debatir demasiado sobre mi reacción ante Santi. Sabía que él
nunca me vería como algo más que una niña. Yo tenía dieciséis años y él
veinticuatro. Probablemente no teníamos nada en común y este amor de
cachorros acabaría por extinguirse. Solo tenía que superarlo, era como un
rito de paso.
Todas las chicas pasan por ello. ¿Cierto?
La sala abarrotada de gente resultó ser un reto para pasar por ella. Santi
empujó a algunos chicos para dejarme espacio para pasar. Era un poco
insensible. Una fiesta salvaje y borracha aquí, y un cadáver en el baño
justo al final del pasillo. Se hizo tan sorprendentemente obvio que había
una línea divisoria entre la vida normal y la vida de la mafia.
¿A dónde pertenezco? reflexioné.
Cinco minutos después estábamos afuera. El aire fresco me golpeó, e
inhalé profundamente, dejando que el olor a alcohol y a fragancias
mezcladas se desprendiera de mis pulmones. Septiembre era el mes que
menos me gustaba. A mamá y a George los mataron la primera semana de
septiembre.
—Mi bolsa está en el maletero de Adriano —le dije a Santi, que estaba
de pie a mi lado, probablemente esperando que me pusiera en marcha.
—Vamos por ella.
Caminamos por el estacionamiento, y aunque Santi estaba relajado a
mi lado, percibí que estaba alerta a su alrededor. Al divisar el Mustang de
Adriano, se dirigió directamente a la parte trasera del auto, sacó una navaja
suiza y la abrió de un tirón.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté en un susurro, con los ojos
recorriendo el aparcamiento. No quería meterme en problemas. Y forzar
un auto seguro que nos metería en problemas. No es que a Don Russo le
importe.
—Recogiendo tu bolsa.
—No puedes entrar en el auto de Adriano —lo regañé, no se me escapó
la ironía de reprender a uno de los hombres más despiadados de la Cosa
Nostra.
Se limitó a reírse.
—O es un cuchillo o abro el maletero de un tiro. Elige, niña.
Entorné los ojos hacia él. A veces podía ser tan imbécil. Apreté los
labios y golpeé el pie con impaciencia. Me gustaba Santino Russo, pero
eso no significaba que lo viera con la ilusión que era perfecto. Al hombre
le gustaba presionar los botones de la gente.
El maletero se abrió y agarró mi bolsa.
—Aquí vamos. El bolso de viaje rosa de Gucci está en nuestro poder.
—¿Se estaba burlando de mí?—. Ahora, salgamos de aquí.
Me agarró de la muñeca y empezó a caminar. Mis ojos parpadearon
hacia su gran mano envuelta en ella. Sabía que todo su brazo estaba
tatuado, hasta los dedos. Mi corazón se agitó al ver su mano tatuada contra
mi piel pálida y la excitación se apoderó de mí.
—De todas formas, ¿por qué estabas aquí? —le pregunté con
curiosidad—. ¿No eres demasiado mayor para las fiestas universitarias?
—Estoy seguro. —Ignoró mi pregunta y negué con la cabeza. Santi
solo me diría lo que quisiera.
Me abrió la puerta y me metí en el auto.
—Ponte el cinturón de seguridad —me advirtió, y puse los ojos en
blanco. Sonaba como mi padre, tratándome como una maldita niña.
A diferencia de su hermano, Santi conducía autos muy caros. No sabía
nada de vehículos, pero sí lo suficiente para reconocer que era uno de los
autos raros.
—¿Qué tipo de auto es este? —le pregunté mientras se subía a su
asiento.
—Un Ferrari 250 GTO de 1963.
—Huh, bonito. —No tenía ni idea de lo que significaba. La única parte
que entendí fue Ferrari—. ¿Puedo conducirlo cuando saque mi licencia?
Echó la cabeza hacia atrás y se rio como si acabara de escuchar el
chiste más divertido.
—No, niña. No puedes.
—¿Por qué no? —lo desafié.
—Porque hace apenas un mes, chocaste un Dodge Viper. ¿No es esa
razón suficiente?
Por supuesto, no lo olvidaría. Papá y Santi tuvieron que sobornar a
bastantes personas para que no se registrara el accidente. Mis hermanos
juraron que perdería la licencia incluso antes de obtenerla. ¡No hay mucho
apoyo en ese frente!
—Bueno, Adriano dijo que me dejaría conducir su Mustang —dije,
mirando a Santi. Tenía el perfil más hermoso. Fuerte y hermoso. Estaba
en pleno modo de desmayo.
—Entonces puedes conducir su Mustang. No conducirás mi Ferrari.
—Me aparté un mechón de cabello rebelde de la cara—. Si valoras tu vida,
ni siquiera intentarás conducirlo. —Hizo una pausa y me dirigió una
mirada—. Nunca.
Bueno, esa era una forma de pararme.
No pude evitarlo y me reí.
—Es una estupidez conducir un auto así a una fiesta universitaria. —
Su mano se extendió hacia mí y me jalo un mechón de cabello.
—Ouch. Para. —Le aparté la mano de un manotazo.
—Mejor cuida tu boca, Amore —advirtió, pero no había ninguna
amenaza en su voz—. Me encantan mis autos, y nadie puede conducirlos.
Y menos una niña que ni siquiera tiene licencia.
A regañadientes, tuve que admitir que tenía sentido. Moví mi peso, y
el auto quedo en el olvidó mientras miraba por la ventana, el borrón de las
calles de la ciudad pasando por nosotros.
—¿Amore?
—Hmmm.
—Cuéntame qué les pasó a ti y a tu madre. —Su voz era suave, pero
la suave orden seguía siendo clara en ella. Después de todo, para todos los
efectos era un don, ordenar era parte de su ADN.
Me rodeé con los brazos. No le había contado a nadie lo que había
visto, aunque ahora tenía un extraño deseo de contarlo todo.
—Ni siquiera te he dado las gracias —murmuré en voz baja.
—Pero sí me llamaste estúpido.
Exhalé un fuerte suspiro.
—Eso fue grosero de mi parte. Gracias por estar ahí y salvarme. —
Asintió con la cabeza, pero no dijo nada más—. Definitivamente no eres
estúpido.
La comisura de su labio se curvó, pero no respondió.
Tragué con fuerza antes de continuar.
—El Cártel Venezolano nos atrapó mientras estábamos en la selva
colombiana. —Me mordí con fuerza el labio inferior, el escozor de alguna
manera me hizo caer—. Ellos... los hombres nos capturaron a George y a
mí. Mamá intentó salvarnos.
Santi esperó pacientemente, dándome tiempo para reunir mis
emociones. Sus ojos eran lo único que parpadeaba peligrosamente. Tragué
saliva, el conocido dolor que me atenazaba el pecho.
—La torturaron durante días. Delante de mí. —Apreté las manos, los
nudillos se volvieron blancos. Me temblaba la voz y no podía decir ni una
palabra más. No sin arriesgarme a llorar. Era demasiado duro, el dolor
seguía siendo demasiado crudo.
Condujimos en silencio durante los siguientes minutos. Era casi peor,
ya que era demasiado fácil perderse en las imágenes sangrientas y los
recuerdos dolorosos.
—¿Puedo poner música? —le pregunté, con la voz ligeramente cruda
por las emociones—. No estoy segura si tocar la radio está permitido, ya
que conducir tus autos no lo está.
Santi volvió a tirar suavemente de mi cabello.
—Puedes, pero solo si te comportas.
La admisión me hizo sentir algo más ligera. Tal vez Papá tenía razón
todos estos años, al decir que hablar de los demonios ayudaría. Sin
embargo, las palabras nunca salieron de mi boca hasta ahora, y la poca
información que compartí con Santi no me había destruido. Sí, me dolía el
corazón, pero no me dejaba en carne viva y desgarrada. Todavía me
quedaba un largo camino por recorrer, pero esta noche, por primera vez,
sentí la esperanza de poder manejarlo. Todo ello.
Me incliné y empecé a jugar con la radio. Sonó "Cheap Thrills" de Sia
y sonreí.
—Ah, mira esto —murmuré burlonamente—. Es un viernes por la
noche. Lo único que no hice fue maquillarme.
—Eres demasiado joven para maquillarte.
—Tengo dieciséis años —repliqué secamente.
—Exactamente mi punto. Una niña.
Decidí no responder. Nada de lo que dijera lo convencería de lo
contrario. Volvería con otro comentario de sabelotodo.
Las melodías sonaron y ambos nos perdimos en nuestros
pensamientos, hasta que me di cuenta que no reconocía el barrio.
—La casa de mi abuela está en el Upper East side —le dije.
—Lo sé. Estoy tomando un camino de vuelta.
Me pareció que estaba tomando el camino largo a casa, pero no quise
señalarlo. La idea de pasar más tiempo a solas con él me atraía.
No me sorprendió que supiera dónde vivía la Abuela. Santino Russo
lo sabía todo de todo el mundo. Al menos eso era lo que Luigi siempre
decía. A diferencia de Lorenzo, Luigi tenía mal genio y, por desgracia, su
lema, dispara primero y pregunta después, no le ayudaba. Yo lo quería, y
él haría cualquier cosa por mí, pero mi hermano mayor era un desastre a
punto de ocurrir.
Una vez me dijo que, a pesar de su reputación de chico rudo, la gente
que mataba le dejaba una marca en el alma. Le pregunté por qué no
pensaba antes de matar a alguien. Su respuesta fue que era mejor matar
que ser matado. Dijo que tendría que vivir con un alma negra. Su
razonamiento era ligeramente perturbador, pero parecía ser la forma en
que vivían los hombres de los bajos fondos.
Lorenzo, en cambio, era tranquilo y sensato. Era querido por todos,
pero su falta de intensidad hacía que la gente se sintiera a gusto a su
alrededor. Eso jugaba a su favor con las mujeres. Así que no era de
extrañar que yo estuviera mucho más cerca de Lorenzo. A veces la
intensidad de mi otro hermano era demasiado. Supongo que eso lo
convertiría en un buen don algún día.
—Siento que hayas tenido que matar a otra persona —solté, con la voz
baja—. Estoy segura que no necesitabas esto esta noche.
Me lanzó una mirada de soslayo y luego volvió los ojos a la carretera.
—No lo siento. Mejor él que tú.
Tal vez la gente que mató no dejó una marca en su alma.
—Sabes, he escuchado que hablar de ello ayuda —dijo Santi en voz
baja.
—¿Te ayuda a ti? —le pregunté con curiosidad.
—Para ser sincero, Amore, nunca he sentido la necesidad de hablar.
—De alguna manera, su admisión no me sorprendió—. Pero tú eres
diferente. Una mejor persona de lo que yo nunca fui. Así que creo que
hablar te ayudaría. Para que puedas dejarlo atrás.
Debajo del traje de asesino, Santi era un buen hombre. Nunca hablé
con nadie de lo que había pasado, ni siquiera con Adriano. Simplemente
no podía decir las palabras. Sin embargo, de alguna manera, esta noche,
Santi me hizo decir más de lo que había dicho en los últimos tres años.
—Trato de no pensar en ello —admití en un tono silencioso, con los
ojos concentrados en la carretera frente a nosotros, pero sin verla
realmente. Las imágenes del brutal asesinato de mamá me atormentaban,
pero seguía intentando apartar los recuerdos a un rincón profundo y
oscuro. Excepto que, de vez en cuando, se rebelaban y golpeaban mi
cerebro—. Las imágenes... me dan pesadillas. Sé que es una estupidez.
La mano de Santi se enroscó alrededor de la mía, que había estado
apoyada en mi muslo y estrujando el material de mi vestido, amenazando
con destrozarlo. En el momento en que su mano cubrió la mía, la calma
me invadió.
—No, no es una estupidez —respondió—. Eras una niña. Ver algo así
te marca.
Asentí con la cabeza, aunque no parecía que hubiera marcado a Santi,
y sabía que los hombres de la Cosa Nostra eran jóvenes cuando los
arrastraban a los bajos fondos. A decir verdad, los hombres de la Cosa
Nostra se convertían en hombres despiadados. Algunos eran más
despiadados que otros. Una vez escuché a Luigi decir que Santi era una
combinación despiadada y mortal de llama y pólvora. Su inminente
riqueza y su posición como futuro don hacían que todos se inclinaran ante
él antes que pudiera pronunciar sus primeras palabras. Por supuesto, lo
mismo ocurría con Luigi.
—¿Te ha dejado cicatrices? —pregunté, girando la cara para mirarlo.
—No puedo decir que lo haya hecho. Pero tú eres diferente. —Me
soltó la mano y ya echaba de menos su calor—. Creciste lejos de todo esto,
de la Cosa Nostra y de esta forma de vida. Probablemente sea algo bueno.
Conservaste tu inocencia, tu luz.
Incliné la cabeza.
Él me consideraba inocente. Difícilmente.
El hambre de vengar a mi madre y matar a cada uno de los miembros
del Cártel de Venezuela ardía con tal ácido dentro de mi pecho, que a veces
temía que me tragara entera. Mis ojos recorrieron su mano en el volante y
la otra en la palanca de cambios. Los nudillos de ambas manos estaban
siempre magullados. Hoy era por mí.
—Quiero encontrarlos a todos y matarlos —susurré mi vergonzosa
confesión. Era la primera vez que decía las palabras en voz alta—. No creo
que sea tan inocente.
Las fosas nasales de Santi se ensancharon.
—Merecen morir.
Su expresión era tan intensa que el corazón me golpeó en el pecho de
la manera más dolorosa.
—¿Pero podemos ser juez, jurado y verdugo? —susurré.
Él arqueó una ceja y luego se encogió de hombros.
—El primer hombre que maté merecía morir —dijo, sorprendiéndome
con su admisión—. Traficaba con mujeres e intentaba obligarlas a trabajar
como prostitutas en territorio ruso.
—Oh. —No era lo que esperaba que dijera. Siempre supuse que
mataban a la gente que no quería pagarles algún tipo de cuota de
protección. Papá y mis hermanos me mantuvieron al margen de todos sus
asuntos, así que recurrí a las películas de Al Pàcino y Robert De Niro para
entender todo el asunto de la mafia—. Supongo que se lo merecía
entonces.
Me quedé callada pensando en sus palabras mientras la suave letra de
una canción country desconocida llenaba el auto. No estaba segura de qué
tipo de emisora ponía canciones country justo después de Sia. No parecía
mezclarse bien. Se detuvo frente al penthouse de mi abuela en la Quinta
Avenida.
Ninguno de los dos se movió, esperando.
—A mi madre le encantaba la música country —murmuré, sin saber
muy bien a dónde quería llegar—. Las canciones country más antiguas.
No sé por qué. No encajaba con su estilo, ya sabes. —Giré la cabeza para
encontrar los ojos de Santi sobre mí—. Llevaba las últimas tendencias,
ropa y zapatos de diseño impresionantes. Y luego encendía su reproductor
de CDs y sonaba una vieja canción de Willie Nelson. O Alan Jackson y
George Strait. Quería preguntarle por qué le gustaba tanto. Sentía que
había una razón, pero pensé que se lo preguntaría algún día cuando fuera
mayor. O cuándo me casara. —Me tembló el labio y me lo mordí, para
ocultar lo molesta que estaba. Me duele mucho el pecho ahora mismo—.
No sabía que el tiempo se agotaría. —Miré hacia el cielo. Todo el edificio
era de mi abuela—. Le pregunté a la Abuela, pero ni siquiera sabía que a
mamá le gustaba la música country.
Volviendo los ojos a Santi, me ahogué en su mirada, la tristeza me
llenaba hasta la médula de los huesos. Forcé una sonrisa.
—Solo estoy siendo estúpida. Han pasado tres años desde que... —
Tragué con fuerza, incapaz de decir las palabras—. De todos modos, en el
gran esquema de las cosas, cosas peores le pasan a la gente. Al menos con
el hombre que mataste, salvaste a muchas mujeres. Solo que no estoy
segura de lo que se logró con las muertes de Mamá y George. Y me da
miedo porque no sé qué quería exactamente el cártel.
No parecía que una relación de sangre con el antiguo cártel fuera razón
suficiente para tomarse la molestia de secuestrar, torturar y asesinar.
La mano de Santi se acercó a mi cara, atrayendo mi cabeza hacia él, y
luego apretó sus labios contra mi frente. Fue un gesto de hermano mayor,
pero lo asimilé.
—No tengas nunca miedo, Amore. —Sentí su aliento caliente contra
la piel de mí frente—. Tu padre y tus hermanos destrozarían este mundo
para mantenerte a salvo, también tu abuela. Y yo... la familia Russo, lo
quemaría todo por ti.
Asentí con la cabeza y supe en ese momento que había perdido mi
corazón. Mi corazón de dieciséis años se enamoró de Santino Russo con
fuerza.
—Gracias —rasgué, con la voz llena de espesa emoción.
—Vamos a llevarte a tu torre, niña —añadió burlonamente, tratando
de aliviar la tensión—. Voy por tu maleta.
Los dos salimos del auto, y él lanzó billetes envueltos de dinero al
mayordomo.
—Mantenlo aquí y a salvo. Yo vuelvo enseguida.
—Hola, Derek —saludé al mayordomo. Ha trabajado para la abuela
durante todo el tiempo que la he visitado. Supongo que ya son cuatro
años—. ¿Cómo están tu esposa y tu bebé?
—Señorita Bennetti, me alegro de volver a verla. —Sonrió
ampliamente y agitó la mano—. La esposa y el bebé están bien. Gracias
por el regalo. A mi esposa le encantó.
Sonreí.
—Excelente. Me alegro mucho.
Santi me empujó hacia delante, con su mano rodeando mi codo.
Pasamos por delante del portero y lo saludé con la mano. Santi no era
de los que charlan, así que continuamos sin detenernos. Nos dirigimos al
ascensor, donde él pulsó el botón y la puerta se abrió. Entramos y me
incliné para pulsar el botón del ático.
—Se activa con mi huella dactilar —le expliqué. Me entregó mi bolso
y abrí la cremallera para agarrar el teléfono cuando se me cayó el bloc de
dibujo, y mis dibujos cayeron por el suelo.
—Maldita sea —murmuré, y ambos nos arrodillamos al mismo tiempo
para recogerlos. Vi por el rabillo del ojo que él miraba cada uno de ellos.
La vergüenza me atravesó. No estaba mal, pero me faltaba mucho para
estar bien.
—Estos son muy buenos —elogió. Estudió el dibujo que esperaba que
la Abuela me permitiera convertir en un vestido real. Era un vestido azul
intenso sin tirantes que caía en cascada hasta el suelo con una pequeña cola
en la espalda—. Genial, la verdad.
Sonreí y mis mejillas se calentaron. —Gracias. Solo estoy jugando con
él. Quiero preguntarle a la Abuela si me deja convertir uno de ellos en un
producto.
—Ella es estúpida si no lo hace.
—Ummm, todavía tengo mucho que aprender.
El ascensor sonó, indicando que estábamos en el último piso, y la
puerta se abrió.
—¡Ahí está! —El ascensor se abrió directamente en la elaborada sala
de estar de la Abuela, y ella estaba allí esperándome frente a ella.
—Hola, Abuela —saludé—. ¿Te acuerdas de Santi?
Ella levantó las cejas y su mirada se estrechó sobre él. Era una mujer
menuda, pero todo en ella era tan regio que no podías evitar actuar con
reverencia. Aunque no parecía tener el mismo impacto en Santi. La
observó con ojos fríos, y casi juré que había un desafío en su mirada.
—Vagamente —replicó ella—. Eres el hijo de Santiago Russo,
¿verdad?
—Sí.
—Bueno, espero que seas menos problemático de lo que fue tu padre
a tu edad.
—¡Abuela!
Los labios de Santi se curvaron en una sonrisa casi cruel.
—Te puedo garantizar que soy más problemático de lo que fue mi
padre.
Me reí, divertida por su respuesta, pero la reprimí inmediatamente
cuando la mirada de la abuela se dirigió a mí.
—Conocí a tu padre y al de Amore cuando ambos tenían tu edad. Eran
enemigos y aquí están hoy, milagro de todos los milagros, trabajando
juntos.
No estaba segura de lo que estaba insinuando, pero no me gustaba.
Siempre ha estado en contra de papá, incluso cuando ha intentado trabajar
con ella. No había necesidad de seguir incitándolo, y ella ciertamente no
debería estar insultando a los Russos.
—No seas grosera, Nonna 15.
Sus cejas se arrugaron con desagrado ante el título que yo rara vez
usaba porque ella lo odiaba. Sus ojos, tan parecidos a los míos, se clavaron
en mí y le sostuve la mirada. Luego sonrió, como si no hubiera pasado
nada.
—Excelente —dijo ella y se alejó.
Me volví hacia Santi, que miraba a mi abuela, con las cejas fruncidas
por el enfado.
—Siento lo ocurrido —me disculpé en su nombre.
Sus ojos volvieron a mirarme.
—No te preocupes—. No parecía preocupado, pero la arruga del
entrecejo permanecía—. ¿Qué fue todo eso?
Me encogí de hombros.

15
Nonna: Abuela en italiano.
—Ella es como una gran diva y a veces simplemente se va. O se enfadó
porque la llamé Nonna. Ella odia eso.
—¿Huh?
—Lo sé, es raro.
—¿Algo así como tú odias que te llame niña? —Una sonrisa apareció
en su cara, y no pude evitar sonreír.
—Sí, algo así. No hace falta que te pongas pesado, Santi, y me lo
restriegues.
Me guiñó un ojo, sus hermosos labios se curvaron en una media
sonrisa, y luego se metió las manos en los bolsillos.
—Ya estás a salvo. Diviértete en tu viaje, niña. Tengo que irme.
Gemí en voz alta mientras sus ojos bailaban con picardía. Sabía
exactamente cómo llegar a mí.
—No te traeré un regalo de Italia —repliqué secamente mientras él
entraba en el ascensor.
Antes que se perdiera de vista, me dirigió otra sonrisa, y me di cuenta
que hoy había visto a Santi sonreír más que en los últimos tres años.
Capítulo 7
Amore

DOS AÑOS DESPUES

Siempre era lo mismo cuando iba a casa de los Russo.


No importaba que estuviera a punto de cumplir los dieciocho años y
que fuera demasiado mayor para estar enamorada del hermano de mi mejor
amigo. Pero a pesar de todos mis esfuerzos, mi fascinación por Santi se
negaba a ceder. Mi corazón palpitaba cada vez que pensaba en él, era el
héroe de todos mis sueños. Hacía meses que no lo veía y apenas podía
contener mi emoción ante la oportunidad de poder verlo.
Este fin de semana cumpliré dieciocho años, pero aún no tendría la
edad suficiente para él, aunque a mi corazón le daba igual. Estaba
obsesionado con él y solo con él. No había ninguna razón para mi
encaprichamiento con él. Había visto a muchos otros chicos guapos, pero
ninguno de ellos me importaba.
Quizá necesitaba conocer a más chicos para olvidar a Santino. No salía
con nadie más que con mis hermanos y los Russo. Tacha eso, el chico
Russo, es decir, Adriano. A Santi apenas lo veía, pero siempre era
dolorosamente consciente de su presencia en la ciudad. Aunque
sospechaba que estaba ocupado con los mismos problemas que mi Padre
y mis hermanos.
El tío Vincent me dejó en la puerta principal de la residencia de los
Russo y enseguida me dio un vuelco el corazón.
—¿Quieres que te acompañe? —se ofreció.
Después que Elena le diera a propósito las horas equivocadas para
recogerme del colegio y dejara una ventana abierta para que alguien me
hiciera daño, se encargó de ser extra diligente con mis entregas y
recogidas. Incluso me acompañaba a mis excursiones extraescolares. Esto
último no era realmente bienvenido, pero afortunadamente, los años de
preparatoria llegaban a su fin en pocas semanas.
—No, está bien —le dije, sonriendo.
—Uno de estos días, estos chicos Russo te romperán el corazón —
murmuró. No le gustaba que saliera con ellos. Le maravillaba que papá lo
permitiera. Por supuesto, cualquier otro chico habría muerto, pero él me
permitió la libertad de salir con Adriano—. Y luego tendré que romperles
las rótulas.
Me reí ante la imagen que se generó en mi mente. Nunca conseguiría
ganarle a Santi. Era implacable y fuerte, y nadie podía tocarlo. Adriano
también era fuerte, y aunque tuviera éxito con Adriano, Santi iría por
Vincent.
—No dejaré que me rompan el corazón —prometí con una sonrisa.
Apreté un beso en su mejilla y luego alcancé el pomo de mi puerta—. Y
me gustas más vivo que muerto. Así que, por favor, ni siquiera intentes
romperles las rótulas, así no tendré que preocuparme que Santi venga por
tus pobres rodillas.
Sonrió y apretó la mano sobre su corazón.
—Ahhh, te gusto.
Tiré del pomo de la puerta.
—Siempre me has gustado —dije—. No esperes mi mensaje. Adriano
me llevará a casa.
—Me lo imaginaba, pero si algo cambia, me llamas.
—Tienes una cita caliente esta noche —me burlé de él—. Disfrútala.
El tío Vincent era un soltero famoso. Tenía buen aspecto, por lo menos
diez años más joven que sus cincuenta y seis, con mechas de plata en su
cabello negro. Las mujeres de veinticinco años lo perseguían. Siempre iba
arreglado, con un traje sin arrugas y se comportaba como un caballero,
pero nunca dudaba en cumplir las órdenes de Papá. Todos los hombres de
este mundo eran brutales, algunos más que otros. Teniendo en cuenta lo
que presencié cuando tenía trece años, se podría pensar que el
conocimiento de su brutalidad me aterrorizaría. Pero me hacía sentir más
segura. Estaba segura que cuanta más brutalidad tuvieran estos hombres,
más segura estaría yo. Siempre y cuando no los viera sacando armas entre
ellos.
¿Tenía sentido? No, en absoluto.
Cerré la puerta del auto y le hice un gesto para que se fuera, luego me
giré para mirar el estrecho edificio que tenía delante. Mientras nosotros
vivíamos en una comunidad tranquila y espaciosa en Long Island, la
familia Russo vivía en el centro de Brooklyn. Cuando los conocí, vivían
en el Bronx. Bueno, Adriano y el señor Russo lo hacían. Santi vivía en
Brooklyn. Se compró una casa en su último año de universidad, y hace
unos años, le compró a su papá una casa en Brooklyn también. Supongo
que era demasiado ir y venir de un barrio a otro cuando trabajaban tan
juntos. Supe que mientras la señora Russo estaba viva, también vivían en
Long Island, pero no sabía dónde. Adriano me dijo que fue asesinada en
la calle por una familia rival. Santi y su padre eliminaron a esa familia de
la existencia. No dio más detalles, y yo no quise preguntar, las heridas de
una madre muerta aún estaban frescas para mí.
Aunque me dieron ganas de ser como Santi y cazar a todos esos
hombres que mataron a Mamá y a George.
Un día. Muy pronto.
DeAngelo dijo que estaba lista. Los años de entrenamiento habían
dado sus frutos. Habíamos empezado a reunir información sobre
Venezuela, trabajando con mis recuerdos.
La puerta se abrió incluso antes que tocara el timbre, y María, el ama
de llaves del señor Russo, me sostuvo la puerta.
—Amore. —Sonrió—. Me alegro de verte. ¿Dónde estuviste la
semana pasada? Necesitaba nuestra interacción femenina.
Me reí que me llamara mujer. Santi ciertamente no me veía como una.
Ni siquiera me veía como una chica. Estaba convencida que me veía como
su hermana menor, o algo parecido.
—Estaba en casa de la abuela.
Puso los ojos en blanco mientras me empujaba hacia adentro.
—Ah, Amore. Serás una maravillosa heredera algún día. Una perfecta
Regalè.
—Que no te escuche la Abuela —repliqué—. Hará que su cabeza sea
aún más grande.
Las dos nos reímos mientras entrábamos en el salón. El señor Russo y
Adriano estaban allí, el primero leyendo el periódico y el segundo con su
iPhone. El señor Russo y mi padre se parecían en tantas cosas que no
entendía por qué no se llevaban bien antes. A menudo me preguntaba por
qué se peleaban, en lugar de ser mejores amigos. Tenían la misma edad,
iban al mismo colegio, tenían los mismos intereses y sus padres eran
miembros de la Cosa Nostra y dirigían juntos la mafia de Nueva York.
Juntos eran más fuertes.
—Hola, Sr. Russo. —Se sentó en su mecedora. Era el único humano,
además de mi propio Padre, que aún leía el papel.
—Ahhh, Amore. —Sus ojos oscuros se iluminaron—. Me preguntaba
cuándo volverías a venir. Han pasado unos días. Una semana para ser
exactos.
Sonreí.
—Tuve que trabajar mi tiempo libre en Regalè Corp, pero ya estoy de
vuelta.
Adriano se acercó a mí y me levantó del suelo.
—Y te hemos echado de menos.
Se me escapó una risita.
—¿De verdad? ¿No estabas demasiado ocupado?
—Nunca estoy demasiado ocupado para mí chica —dijo.
—Bueno, me alegro que digas eso, Russo, porque estoy aquí para
cobrar. Es hora de pagar y con intereses.
El señor Russo y Adriano echaron la cabeza hacia atrás y se rieron.
—¿Cobrar qué? —Me di la vuelta y mis mejillas se sonrojaron al
instante al ver a Santi. Apareció a mi espalda, vistiendo un traje de tres
piezas con una funda de arma claramente visible. Los latidos de mi
corazón se aceleraron como una montaña rusa. El enamoramiento con los
chicos era un inconveniente, pero no podía detenerlo con Santi más de lo
que podía dejar de respirar.
Por supuesto, no se le veía por ninguna parte cuando me vestía de
forma bonita, pero hoy, cuando el tío Vincent me traía directamente del
colegio, Santi estaba aquí. Me puse el uniforme del colegio con la falda
que me llegaba a medio muslo, dejando las piernas desnudas. Me até la
blusa blanca en un nudo, dejando a la vista mi vientre. Era mayo y otro de
esos días cálidos de primavera.
Su mirada me estudió, clínicamente, como un hermano mayor, con
desaprobación en sus ojos. Sí, la falda de mi uniforme escolar era más
corta de lo debido, pero me veía linda. Al menos eso creía hasta ahora.
Ahora me sentía como una niña que intentó disfrazarse y fracasó
estrepitosamente.
Dios, me moría porque me viera como una mujer.
Hacía tiempo que no veía a Santi. De alguna manera, seguíamos
cruzándonos, aunque normalmente cada vez que visitaba la residencia de
los Russo, me vestía estúpidamente bien con la esperanza de verlo. Me
encantaba la ropa bonita y la mayoría la diseñaba yo misma, pero nunca
había dudado de mí misma hasta que me vestía con la esperanza de
impresionar a Santi. Entonces dudé de cada prenda.
Me recompuse y me obligué a respirar con calma.
—Me debe una lección de conducción —anuncié, ocultando mi
enamoramiento tras una amplia sonrisa—. Necesito otras dos semanas de
horas.
Me retrasé en la obtención de mi licencia de conducir. Al principio, no
me presionaba demasiado. Además, tenía una ligera fobia a conducir.
Después de todo, había chocado y abollado un buen número de vehículos.
Solo pensar en ponerme al volante me hacía sudar, pero tuve que
aguantarme. Últimamente estaba lidiando con muchas cosas de frente.
Elaborando un plan con la ayuda de DeAngelo para encontrar a los
asesinos de mi madre.
Terminar la escuela secundaria.
La universidad.
Aprender a conducir.
Esto último lo hice a regañadientes.
Adriano gimió.
—Jesús, esperaba que lo olvidaras.
Al pasar este último año escolar sin Adriano, me di cuenta de lo mucho
que me faltaba para ser independiente. Era una mierda depender de los
demás para que me llevaran. Así que, finalmente mordí la bala y comencé
el proceso de obtener una licencia. Con suerte, sin destruir más vehículos.
—No esta vez, Russo —me burlé de él.
—Déjame ir a buscar mi casco —medio bromeó Adriano, y le di una
bofetada juguetona—. Quiero sobrevivir para graduarme de la
universidad. Ese era el objetivo de conseguir que me ayudaras con mis
tareas —refunfuñó.
Estaba en la Universidad de Nueva York y en su último año. Yo
también esperaba ir a la NYU, pero surgió una oportunidad mejor.
Estudiaría en Italia y trabajaría en una de las oficinas de la Abuela en
Milán. El plan era irse a Italia después del verano. La Abuela y Papá
acordaron una cosa más, milagro de todos los milagros. Yo viviría en
Milán, y sinceramente no podía esperar. Vincent y Lorenzo vendrían
conmigo. DeAngelo también.
—Realmente no necesitabas mi ayuda —le dije—. Ahora deja de dar
rodeos, ve a buscar tu estúpido casco y vámonos. No me estoy haciendo
más joven, y mi licencia de conducir está a mi alcance.
El Sr. Russo se rio.
—Ya has escuchado a la chica, Adriano.
—Deberías esperar un año más antes de empezar a conducir —
recomendó Adriano con una sonrisa de satisfacción—. No deberías
conducir en Italia, y estarás fuera de práctica cuando vuelvas a casa.
—Italia, ¿eh? —preguntó Santi, cruzando sus fuertes brazos y
apoyándose en el marco de la puerta.
Ah, él era el italiano perfecto.
—Sí, al final del verano. —Sonreí felizmente—. Me muero de ganas.
Pude ver el contorno de sus músculos bajo su fina ropa y mi pulso se
disparó. Deseaba desesperadamente ver a Santi en traje de baño. Solo
podía imaginar lo fuerte que era su cuerpo debajo de ese traje de tres
piezas, esa piel aceitunada que cubría sus definidos abdominales. Era el
sueño húmedo de cualquier chica.
Gemí en silencio, regañándome mentalmente. Estas hormonas me
estaban matando lenta y dulcemente. Mi imaginación alimentaba mis
sueños venenosos.
A los veintiséis años, Santi tenía el mundo y las mujeres a sus pies. Yo
no era más que una niña con mocos para él.
Los ojos de Santi me observaron.
—Te vas a quemar como un tomate —comentó, refiriéndose a mi tono
de piel claro. A diferencia de mi padre, mis hermanos y los Russo, yo era
de piel clara. No tenía ni una pizca de piel olivácea, pero por suerte, me
bronceaba hasta alcanzar un dorado claro.
—Bueno, existe una cosa que se llama protector solar —repliqué
secamente.
Sus labios se movieron en una sonrisa. Era extraño porque Adriano me
dijo que Santi apenas sonreía y, aunque siempre estaba serio, siempre
sonreía cuando lo retaba.
—Probablemente Amore esté deseando tener algo de libertad —
comentó el señor Russo, con una mirada cómplice—. Será bueno que
Adriano y tú tengan algo de espacio entre ustedes.
Fruncí el ceño ante el extraño comentario.
—Lo echaré de menos. Vendrá de visita. —Volviendo los ojos hacia
mi mejor amigo, pregunté—: ¿Verdad, Adriano? Dijimos que en octubre.
—Sí, lo dijimos. Ahuyentaré a todos esos italianos.
Sacudí la cabeza.
—¿No eres tú también italiano? —Me burlé ligeramente de él. Se
limitó a encogerse de hombros—. Ahora ve por tu casco. O no lo hagas,
me da igual. Quiero conducir y no voy a depender de ti ni de ningún otro
hombre para el resto de mi vida.
—Ahhh, Amore. Ahora suenas como tu abuela. —El señor Russo
sonaba divertido.
Sacudí la cabeza.
—De alguna manera tengo la sensación que eso no es un cumplido —
bromeé.
—Puede que tu abuela sea una mujer testaruda, pero es increíblemente
fuerte e inteligente. —Era la primera cosa agradable que un hombre de la
Cosa Nostra pronunciaba en voz alta sobre la gran Regina Regalè. El señor
Russo se rio al ver mis ojos abiertos—. Puede que no nos guste, pero sería
una tontería desacreditarla.
—Hmmmm.
—Sabes, Amore, la mayoría de las mujeres de nuestro mundo no
conducen —murmuró Adriano, pasándose la mano por el cabello.
Intentaba desesperadamente salir de su deuda.
—Bueno, yo no soy la mayoría de las mujeres —le reprendí—. Y no
me casaré en este mundo, así que tengo que conducir. Ahora paga,
Adriano.
—¿Cómo sabes que no te casarás con nadie de este mundo? —
preguntó Santino con curiosidad.
Yo sonreí.
—No crecí en este mundo, y tampoco moriré en él.
Santi levantó una ceja.
—Pareces segura.
Me encogí de hombros. El único hombre por el que me quedaría en el
mundo de la Cosa Nostra era Santi.
—Lo estoy.
Adriano se puso la mano en el corazón.
—¡Oh, mi corazón! ¿No te casarías conmigo?
Me reí de su forma de ser tan tonta.
—Si me enseñas a conducir, puede que lo haga.
—Ah, astuta, astuta.
—Y llévame a tomar un helado —añadí rápidamente.
—Bueno, ahora te estás volviendo codiciosa.
—Un poco a la baja respecto a colarse en las fiestas —replicó Santi
con sarcasmo, y yo lo fulminé con la mirada. Adriano y yo seguíamos
asistiendo a las fiestas, pero normalmente con la asistencia de DeAngelo
para garantizar mi seguridad.
—También podríamos hacerlo, sabes —lo desafié, inclinando la
barbilla hacia arriba—. Después de todo, ahora somos mayores y más
sabios.
En sus ojos parpadeó la diversión; su mirada era ligeramente
condescendiente.
—Estás jugando con fuego, niña.
Insistía en llamarme niña, y yo lo odiaba. Él sabía que no me gustaba.
Mi pecho y mi cara se calentaron, la ira me picaba la piel.
Santi es un imbécil y no se merece mi enamoramiento.
Apartando los ojos de Santi, porque mirar a ese hombre durante
demasiado tiempo no era bueno para mi salud, me centré en mi mejor
amigo y en el señor Russo.
—Será mejor que hagas feliz a la chica, Adriano —dijo el Sr. Russo,
probablemente percibiendo la batalla silenciosa entre su hijo mayor y yo—
. Ve por tu casco y enseña a Amore a conducir. Luego llévala a tomar un
helado.
Adriano refunfuñó.
—No dirías eso si la vieras conducir. Nueva York es un lugar más
seguro sin Amore Bennetti al volante—. Lo miré con falso desdén, pero
no pude evitar que mis labios se movieran. Continuó quejándose—. ¿Para
qué necesitas la licencia? Vincent te lleva a todas partes. Aprende a
conducir en Italia.
Me apoyé en la pared, todavía con mi uniforme escolar.
—No.
—No quiero que mates otra hermosa máquina —se quejó Adriano—.
Destrozaste mi Viper, rayaste mi Mustang. Ni siquiera vamos a enumerar
los autos de tu padre que dañaste.
Lo fulminé con la mirada.
—Deja de ser un bebé y ve a buscar tu casco o tu protección corporal.
Me lo debes. Puede que incluso te compre a ti un helado.
Mi voz sonaba más agitada de lo que sentía hacia mi mejor amigo, y
todo era culpa de su hermano.
—Eres más rica que las Kardashians y Steve Jobs juntos —refunfuñó
Adriano mientras se marchaba, y yo puse los ojos en blanco a su espalda—
. Deberías comprarme un helado.
—Técnicamente, lo hace mi abuela —grité tras él.
Tanto Santi como el señor Russo negaron con la cabeza mientras yo
me quedaba atrás esperando a que Adriano se preparara.
—¿Los negocios salieron bien? —preguntó el señor Russo a Santi, los
dos compartieron una mirada fugaz, y tras el breve asentimiento de Santi,
el señor Russo volvió a leer su periódico.
Todos en las familias Bennetti y Russo hablaban siempre en clave.
Aprendí a no prestarles atención, aunque a veces no podía evitar la
curiosidad.
—Entonces, Amore, deduzco que la conducción no va bien. —La voz
de Santi irrumpió en mis pensamientos—. Todavía, ¿eh?
Lo miré con desconfianza. ¿Se estaba burlando de mí?
—Me va bien —le respondí titubeante. No le daría munición para que
siguiera mirándome como a una niña.
—¿Cuál es el problema?
—Dije que me va bien —murmuré, ligeramente agitada.
Se quitó la chaqueta, luego se arremangó, y me quedé mirando sus
antebrazos. Mi trago sonó demasiado fuerte en la habitación. La funda de
la arma pasó completamente desapercibida mientras estudiaba su físico.
Solo esa mano derecha tatuada era atractiva. Si lo unes a todo el paquete
de Santino Russo, estás perdido. Porque su atractivo era magnético. Había
algo tan desquiciado en su naturaleza controlada, tan diferente de la
energía de Adriano. Mi corazón se aceleraba y mis oídos zumbaban de
adrenalina. Me gustaban las insinuaciones de Santi sobre sus formas
psicóticas y desquiciadas.
Un calor inquieto serpenteaba por mis venas. No entendía del todo esta
respuesta a él, pero sabía que este enamoramiento de Santi Russo tenía que
desaparecer. Debía irme a Italia pronto. ¡Pronto! Tal vez Papá podría
permitirme ir unas semanas antes para poder instalarme.
Sin embargo, incluso cuando pensaba en irme, lamentaba un futuro sin
Santi en él.
—No te preocupes, Amore. —El señor Russo dejó su papel,
observándome—. Recuerdo cuando tu madre aprendió a conducir. Era
muy lista, pero le costó un poco sentirse cómoda al volante.
Un golpe de aire se atascó en mis pulmones.
—¿De verdad? —Mi voz sonaba extraña a mis propios oídos, como si
estuviera hablando otra persona—. ¿Cómo lo sabes? —Tragué con
fuerza—. La Abuela dijo que su chofer le enseñó a mamá a conducir.
Era cierto. Cuando le dije a la Abuela que me costaba conducir, me
ofreció a su chófer, Anthony. Estuve tentada de aceptar la oferta cuando
dijo que él había enseñado a conducir a mamá, pero luego decidí no
hacerlo.
El señor Russo se rio.
—No. Tu padre y yo enseñamos a Margaret a conducir.
—¿Ustedes?
Asintió y volvió a leer su periódico. Miré a Santi, pero no pude saber
por su expresión si lo sabía o no.
—¿Por qué le enseñarían a conducir los dos? —le pregunté, sin querer
dejarlo pasar—. ¿Cómo llegó a conocerlos a los dos? Pensé que había
conocido a papá en su restaurante.
—Lo hizo —respondió, bajando su papel—. Bennetti y yo abrimos
juntos ese restaurante para lavar dinero. —Fruncí el ceño ante esa
admisión—. Por supuesto, ya no lavamos dinero allí. —Sacudí la cabeza.
Era lo máximo que me habían contado directamente sobre este mundo—.
Ella vino y los dos nos fijamos en ella. Por supuesto, ella lo eligió a él.
¿Me estaba diciendo lo que yo creía que me estaba diciendo? No estaba
segura. Me asomé a la esquina para asegurarme que Adriano no pudiera
oírme. No estaba segura de si debía escuchar esto o no.
—Ummm, Sr. Russo, ¿está diciendo… —busqué una palabra que no
sonara demasiado vulgar—... que usted y papá... hmmm... estaban
enamorados de mi madre?
Se rio.
—Esa es una forma de decirlo. Fue lo que causó la riña en nuestras
familias.
Fruncí el ceño. Esto se estaba volviendo más extraño a cada minuto.
Santi no parecía sorprendido por la admisión de su padre.
—¿Pero no estaban casados?
—Ah, Amore. Tienes mucho que aprender de este mundo. Tu madre
estaba prohibida para los dos, pero con una belleza sin igual y unas
conexiones que queríamos aprovechar, nos hizo actuar a los dos de forma
temeraria. —¿Por qué sus palabras me golpearon mal? Fue lo primero que
hizo que no me gustara, y por la expresión de su cara, me di cuenta que lo
sabía. Me aparté un rizo rebelde de la cara—. No he dicho que esté bien.
Quizá algún día lo entiendas.
De repente, ya no quería hablar de ello. Prefería que Santi me
escudriñara por mi forma de conducir y discutir con él por mi título de
niña que hablar de mi madre y de dos hombres que parecían haberse
encaprichado con ella hace tantos años.
Giré la cabeza y clavé los ojos en Santi. En su oscura mirada, encontré
mi calma y seguridad.
—Mis reflejos no son buenos y eso hace que conduzca mal —le dije.
Tragué con fuerza, esperando que ambos hombres me permitieran este
cambio de tema. No estaba preparada para escuchar más sobre el señor
Russo y mi madre. Un rubor coloreó mis mejillas, si era debido a mí
admisión de mi mala conducción, o que no estaba preparada para escuchar
más, no estaba segura.
—¿Qué pasa con tus reflejos? —preguntó Santi, su tono suave me
bañó como el confort del cálido sol del sur. Quería absorber su calor y
mantenerlo conmigo para siempre.
Había tantos secretos a mi alrededor. Empezaron a desvelarse el día en
que mamá y yo pusimos el pie en Sudamérica, y la interrogaron sobre
quién había dejado el abuelo al frente del cártel Perèz. Algo sobre un voto
roto. Ni siquiera sabía que era el jefe del Cártel Perèz. ¡Jesús! Dirigíamos
un imperio de la moda, no un imperio criminal. Todo el mundo me
mantuvo en la oscuridad, protegiéndome del pasado. En lugar de ayudar,
me dejó ciega y vulnerable. Me dejó para tomar una decisión fatal. Ahora
Mamá estaba muerta, y yo era la única que quedaba. No solo era la
heredera del imperio de la moda Regalè, sino también del Cártel
venezolano Perèz. Excepto que yo no quería tener nada que ver con eso.
El comentario del Sr. Russo sobre las conexiones de Mamá confirmó
que Papá conocía mi herencia. Los dos dones lo sabían. Sin embargo,
nadie se molestó en explicármelo. Mi guardaespaldas, DeAngelo, era el
único que creía que dejarme sin pistas me hacía vulnerable. Yo estaba de
acuerdo. La familia de DeAngelo formaba parte del Cártel Colombiano
que me rescató de la selva hace cinco años.
Tenía muchas ganas de hablar de ello con Santi. Él vivía y respiraba
estas cosas. Podría ayudarme a hacerlo con seguridad y éxito. Después de
todo, había limpiado la ciudad de Nueva York de sus enemigos. Pero no
me atreví a pedirle ayuda con esto. Sabía que era implacable cuando se
trataba de cazar a sus enemigos, pero también tenía ciertas nociones sobre
las responsabilidades de las mujeres frente a los hombres. Y no podía estar
segura que no intentara utilizarme por mis conexiones con el cártel.
Me negué a ser utilizada. Tenía una promesa que cumplir, y era
importante para mí que tuviera éxito. No, no podía arriesgarme a decírselo
a Santi. Aunque no le importaba ocultar mis salidas a mi Padre, no le
ocultaría algo así.
—Amore, ¿qué pasa con tus reflejos? —repitió.
Me encogí de hombros, actuando con indiferencia mientras cada fibra
de mí gritaba contra el silencio y los secretos. —El instructor dice que me
desvío constantemente.
—¿Tal vez deberías dejar de conducir y dejar que tu tío Vincent te
lleve? Después de todo, él estará contigo en Italia. —La sugerencia de
Santino tenía sentido, pero me enojo, y él lo leyó en mis ojos. Se limitó a
reírse, imperturbable—. No querrás provocar un accidente, ¿verdad?
Me estremecí con un viejo recuerdo que pasó por mi mente.
—Te meterás en problemas y causarás un incidente internacional.
Quédate quieta y nada de trotar por la selva a la caza de las orquídeas.
—La voz de mi madre era una orden clara. No había muchas cosas que
me prohibiera, pero en esta era inflexible. Debería haberle hecho caso.
La curiosidad era mi perdición. Y también la de George. Se acercó a mí y
me aseguró que estaría bien. Así que nos escabullimos y nos fuimos de
excursión por la selva.
En esa zona de Colombia crecían las orquídeas más hermosas,
delicadas y exóticas. Quería verlas de primera mano para poder
utilizarlas en un nuevo vestido que estaba dibujando. La flor crecía en los
árboles, y un lugareño me dijo que allí crecían muchas orquídeas de
diferentes colores. Era el único lugar del mundo donde crecían. Estaban
casi extintas, pero me dijo que cerca de la frontera con Venezuela, a solo
diez millas de nuestra ubicación actual, se podían encontrar en
abundancia.
Aparté rápidamente el recuerdo y capté los ojos de Santi sobre mí. Se
fijaba demasiado, en todo. Sus ojos oscuros me taladraron, como si pudiera
ver en mi mente.
—He vuelto, cariño. —Adriano regresó en ese momento sonriendo
ampliamente, y arranqué mi mirada de su ardiente hermano mayor.
Llevaba sus jeans habituales, abrazando sus piernas, y una camiseta
blanca que acentuaba su complexión, con un casco en las manos. Era
guapo y había muchas chicas que lo adulaban. Yo me conformaba con ser
su mejor amiga. Estar enamorada de un Russo ya era bastante malo.
—Ya veo que tienes el casco. —Entorné los ojos hacia él—. Idiota.
Adelantó su otra mano.
—También traje uno para ti también —bromeó, y mis mejillas se
sonrojaron.
—Doblemente idiota —le espeté—. Por eso, me aseguraré de raspar
tu lado del auto.
—Nos veremos en tu fiesta de cumpleaños, Amore —dijo el señor
Russo, interrumpiendo nuestra disputa. Desde que me mudé a Nueva
York, Papá siempre organizaba una fiesta de cumpleaños para mí, y los
Russo siempre estaban invitados. También mi Abuela, de muy mala gana.
—Nos vemos, señor Russo —dije mientras Adriano me arrastraba—.
Santino. —Incliné la cabeza y salí por la puerta hacia el cálido día de
primavera.
Lo más probable es que no vea a Santi hasta dentro de unos meses.
Hacía varios años que no venía a mi fiesta de cumpleaños.
Capítulo 8
Santino

Considerando que Adriano y Amore estaban unidos por la cadera, no


veía a Amore a menudo. Yo tenía mi propia casa, y de alguna manera
seguíamos yendo a la casa de Pà en diferentes ocasiones. Pero cada vez
que nos cruzábamos ella había crecido unos cuantos centímetros más.
Me hacía sentir como un pervertido al verla vestida con ese uniforme
escolar. ¿Acaso su padre la dejaba salir así de casa? Estaba claro que su
uniforme era mucho más corto que el código escolar. Tuve muchas chicas
en mis años de secundaria para saber cómo sobrepasaban los límites del
código de vestimenta.
Amore no era una excepción.
Sus largas y delgadas piernas dejaban mucho a la imaginación. No me
gustaban las chicas, y ella sería para siempre esa niña llorona que
necesitaba ser salvada por mí. Pero sería un ciego si no viera que Amore
había crecido. Para mí seguía siendo una niña, pero no había duda que
algún día sería una mujer preciosa. Un knockout.
Te ahogarías en un mar de verde mirando esos ojos. Como esmeraldas
brillantes. Eran el verde más llamativo que jamás había visto. Con sus
rizos rojos, uno pensaría que era irlandesa. Su padre era don del East Side,
y su madre procedía de una de las familias más prestigiosas y conocidas
de Manhattan. La familia Regalè poseía una empresa de moda
multimillonaria, y Amore Bennetti era su única heredera.
Había recorrido un largo camino desde aquella niña que se sentó frente
a nuestro restaurante llorando en la acera. De vez en cuando, todavía veía
esa mirada destrozada en sus ojos, como hoy por un segundo fugaz. Pero
la mayor parte del tiempo era una niña feliz.
La forma en que inclinaba la cabeza era como la de una reina que
saluda a sus súbditos. Puede que haya vulnerabilidad en ella, pero también
una fuerza increíble y una manera regia. Después de todo, era la heredera
de Regina. Un día, sería una de las mujeres más ricas del mundo. No estaba
ni mucho menos en la ruina, pero los millones que poseía no arañaban la
superficie de la fortuna de Regalè.
Ella y Adriano siempre habían estado cerca. Incluso estando Adriano
en la universidad, no había día que no hablaran.
Amore Bennetti no lo sabía, pero el día que pisó el territorio de los
Russo, trajo la paz a dos familias dirigentes de la Cosa Nostra. Su viejo y
mi viejo llegaron a un acuerdo y dejaron de pelearse. En su lugar, unimos
fuerzas y empezamos a eliminar al Cártel Venezolano de la ciudad. El
problema era que seguían volviendo. Tenía algo que ver con su herencia,
estaba seguro de ello.
Fue la razón principal por la que su Padre accedió a enviarla a Italia.
Era más seguro para ella allá que aquí.
Sabía que mi padre y Bennetti tuvieron una discusión por una mujer.
Ambos la querían, pero ella eligió a Bennetti. Pero el orgullo era algo
difícil de tragar, y Bennetti terminó perdiéndola también, solo que de una
manera diferente.
Ver a su hija irse a Italia sería duro para Savio. Diablos, también sería
duro para mi padre. A él le gustaba que ella estuviera cerca. Dentro de
unas semanas, ella se graduaría de la escuela secundaria, y al final del
verano, se mudaría a Italia. Adriano ya había planeado semanas para
visitarla lo más posible durante los próximos cuatro años.
Como dije, unidos por la cadera.
Mis ojos se oscurecieron, al igual que mi estado de ánimo, al
encontrarme en medio del contenedor de cadáveres. No había muchas
cosas que me revolvieran el estómago, pero esta visión sí. Había niñas de
doce años y de cincuenta, todas vestidas con camisones blancos. Me dieron
ganas de rabiar, de volar a Venezuela y quemar a esos hijos de puta hasta
convertirlos en cenizas. No dejar a nadie con vida.
La rivalidad era una cosa, pero masacrar mujeres era algo
completamente diferente. Y el cártel Perèz ni siquiera intentaba ocultarlo.
Un logotipo una "P" estaba marcado en el dorso de la mano de cada mujer.
El Cártel Perèz estaba causando demasiados problemas. No importaba
cuántos de ellos matara, brotaban más. Era como una maldita hidra, cada
vez que cortaba una cabeza, surgían dos más.
Las cosas se intensificaron la noche en que esa escoria venezolana
atacó a Amore, lo que ocurrió hace casi dos años. A primera vista, parecía
que no había ninguna conexión entre el muerto y el cártel Perèz. Amore
insistió en que era del Cártel y yo la creí. Después de todo, uno no se olvida
del asesino de su madre. Así que cavamos más profundo y encontramos la
conexión.
Los Venezolanos volvieron a vender heroína en territorio de la Cosa
Nostra. Y estaban obsesionados con la chica Bennetti. De repente, parecía
que Amore y su madre no eran objetivos al azar. Había mucho más en esta
historia que un secuestro al azar por parte del cártel. La cuestión era por
qué las tenían como objetivo, teniendo en cuenta que ni Amore ni su madre
participaban en las actividades del hampa, ni antes ni después de la muerte
del viejo Perèz.
Papá estuvo de acuerdo. En un esfuerzo por preservar de alguna
manera la percepción de Amore de su libertad e independencia y no
hacerla entrar en pánico, establecimos hombres por todo Nueva York para
que la vigilaran. Todos la conocían y no se atreverían a mirar hacia otro
lado si alguien intentaba algo. Además, DeAngelo era uno de los mejores,
y mantenía su mirada fija en ella, como si fuera la niña de sus ojos.
Bennetti también había aumentado el número de hombres que vigilaban
sus territorios.
Había una cosa en la que no estaba de acuerdo con Pà y Bennetti.
Ambos se negaban a creer que los Venezolanos se atrevieran a cruzar
el territorio. Bennetti dijo que tenían demasiado que perder. Desde mi
punto de vista, parecía que tenían mucho que ganar. Expandirían su
territorio sobre la Costra Nostra y tratarían de alcanzar Nueva York. No
dejaría que eso sucediera. Así que, cruzar al territorio de la Cosa Nostra
resultaba en su muerte. Para cualquier miembro del Cártel Perèz que se
atreviera a poner un pie en nuestra ciudad.
Pasé su información por mi contacto en la DEA. Imagínate mi sorpresa
cuando descubrí que el maldito era el hijo de George Anderson, el hombre
que Amore creyó que era su padre durante sus primeros trece años. Por
supuesto, no pude ocultar ese dato a Bennetti. Se quedó igual de
sorprendido cuando se lo conté. Su única preocupación era la seguridad de
Amore. A mí también me importaba su seguridad, pero también me
importaba mantener a la Cosa Nostra en la cima y todo mi territorio.
Porque sabía que, si caíamos en manos del Cártel Perèz, ninguno de
nosotros podría mantenerla a salvo.
La cuestión era cómo el hijo de George Anderson se conectó con el
Cártel Venezolano y con Perèz Rothschild.
Más intrigante aún era que no hubiera un contraataque, a menos que
no supieran quién lo había matado.
Sonó mi teléfono. Miré el identificador de llamadas. Era Amore. Ella
rara vez llamaba. Tacha eso, nunca llamaba, pero responder a su llamada
ahora, se sentía mal. Ella no era parte de este mundo. No me gustaba
especialmente su abuela, pero estaba de acuerdo con ella en ese punto.
Amore Bennetti no pertenecía a la Cosa Nostra. Menos aún como parte del
cártel.
Los hombres de nuestro mundo se la comerían viva. Diablos, a veces
pensaba que Adriano se la comería viva. Ella le permitía salirse con la suya
en demasiadas ocasiones. Era bastante autosuficiente, pero dejar que un
Made Man se saliera con la suya era una receta para el desastre.
Rechacé la llamada y silencié el teléfono. Adriano estaba con ella.
Llamaría si había problemas. No ha repetido el incidente de aquella noche
cuando la escoria venezolana casi le pone las manos encima a Amore. Me
enferma pensar que ella podría haber sido una de esas chicas. Ninguna
mujer debería encontrarse nunca en esta situación; a merced de monstruos
que estaban dispuestos a comerciar con ellas como si fueran ganado.
Hacíamos muchas cosas, contrabandeábamos drogas, armas, las
vendíamos con grandes beneficios, pero no vendíamos mujeres. Las
familias dirigentes de la Cosa Nostra tenían un acuerdo permanente.
Diablos, era una de las pocas cosas en las que las cinco familias
gobernantes estaban de acuerdo.
Este muelle era propiedad de mi empresa fantasma. Tenía un lugar
privilegiado debido a su aislamiento. El Cártel Colombiano era nuestro
principal proveedor de drogas.
Habíamos esperado nuestro envío de cajas con el producto que
pretendíamos distribuir por toda la Costa Este. En lugar de eso, nos
entregaron la muerte en nuestra puerta.
Desbloqueé mi teléfono y envié un mensaje a Carrera. Gabriel Carrera
dirigía el cártel colombiano. En el mundo normal, su nombre se susurraba
con miedo y se evitaba su presencia a toda costa. En nuestro mundo, era
otro bastardo despiadado, como el resto de nosotros.
Pero demostró ser un aliado valioso y útil. Al igual que mi propio
padre, el suyo seguía en activo, pero había cedido las riendas del negocio
a su hijo.
*La comida no llegó. El Restaurante está envenenado.
El mensaje estaba codificado, pero él lo entendería. Me envió un emoji
de vómito de vuelta, y ese tipo odiaba los malditos emojis. Alguien estaba
enojado, y juntos, destrozaríamos a los hijos de puta. Odiaba a los
Venezolanos; una venganza personal y familiar que duraba ya bastantes
años.
Capítulo 9
Santino

G
— racias por reunirte conmigo tan pronto. —Luigi se dirigió hacia
nosotros. Renzo y yo acabamos de llegar.
Hacia menos de un día que había visto a Amore, cuando Adriano la
llevó para una clase de conducción.
Hace una hora, llegó una llamada del hermano de Bennetti. Vincent
apenas me llamaba, pero fuera lo que fuera, era malo porque el viejo
Bennetti y su hijo estaban tan conmocionados que no podían hacer la
llamada. Fue la única razón por la que acepté reunirme. Renzo y yo
estábamos lidiando con nuestra propia mierda después que aquel
contenedor de cadáveres cayera en nuestra puerta.
Observé a Luigi, con la cara blanca como la ceniza. Nunca lo había
visto así.
—¿Qué está pasando?
Estábamos en los muelles de Nueva Jersey. Era donde Bennetti solía
recibir sus envíos, ya que todos los muelles de Nueva York eran propiedad
de la familia Russo. De vez en cuando, tenía que desviarlo y llegábamos a
un acuerdo mutuo que le permitía utilizar el nuestro. Pero a mí me gustaba
mantener mis asuntos en privado, y a él, obviamente, también le gustaba
mantener los suyos. Después de todo, nunca se sabía cuándo volveríamos
a ser rivales.
—Recibimos un envío —empezó, pero tragó saliva visiblemente, sus
ojos estaban muy abiertos y una ligera línea de sudor brillaba en su
frente—. Nuestro producto no llegó pero en su lugar...
Mi mirada se desvió hacia el almacén donde seguramente estaba
almacenado el cargamento. Bennetti estaba encendiendo un cigarrillo, con
las manos temblorosas. La última vez que vi a Bennetti encender un
cigarrillo fue cuando descubrió que su esposa estaba torturando a su hija.
—¿Sí? —Lo animé.
Luigi se pasó la mano por el cabello.
—Será mejor que vengas a verlo tú mismo.
Renzo y yo compartimos una mirada. No podía entender qué era lo que
los ponía tan nerviosos. Lo seguimos en silencio hacia el almacén abierto.
—Bennetti —lo saludé.
—Russo —me reconoció el viejo de Amore.
Mis ojos recorrieron el contenedor de transporte.
—¿Qué demonios?
La imagen era casi como un déjà vu, excepto que todas las mujeres
muertas en este contenedor eran pelirrojas.
Como Amore.
Casi el mismo tono, pero no del todo. Conté veinte chicas de la edad
de Amore, de complexión similar y todas muertas. Algunas con los ojos
cerrados mientras otras, con su mirada muerta, miraban al vacío. Lo último
que veían era el terror, y se podían ver rastros de suciedad y rastros de
lágrimas embadurnados en su piel mortalmente pálida.
No es de extrañar que el viejo Bennetti estuviera tan conmocionado. A
primera vista, cada una de esas mujeres podría pasar por Amore.
Di otro paso y me arrodillé. Tomé un mechón de cabello de una mujer
muerta en mi mano.
Teñido. Su cabello estaba teñido.
Esto era un mensaje. Era un ataque coordinado. Primero mi envío de
ayer y ahora esto. Apostaría mi polla y mi vida en ello. Esto no era una
coincidencia.
Dejando caer el mechón de cabello de la chica muerta, miré a Luigi—
. ¿Algún mensaje?
Sus ojos se dirigieron a la pared detrás de mí, donde había una nota
clavada. Me levanté con cuidado de no pisar ningún cuerpo. Estas mujeres
merecen al menos ese respeto.
¡Maldita sea! ¡Tanta muerte innecesaria!
Leí el papel clavado.
Los pecados del padre los paga la hija.
Tú derrumbaste mi imperio.
Ahora yo desmoronaré el tuyo.
Sangre por sangre.
Es su turno de gritar.
Una rabia tan fría como el hielo se disparó por mis venas, y mis dientes
se apretaron con furia, haciendo que me doliera la mandíbula. La muerte
nos rodeaba, mujeres que podrían ser Amore pero no lo eran... una
advertencia. No la tenían, pero venían por ella. La pregunta era ¿por qué?
Independientemente del motivo, una cosa era segura. Habían firmado
su sentencia de muerte. Mataría a cada uno de esos bastardos. No habría
piedad de mi parte. Mis oídos zumbaban y la sangre bombeaba por mis
venas alimentando el infierno, haciéndome ver rojo.
Furia ardiente.
Sangre carmesí.
Cabello escarlata.
Inspiré profundamente, el olor de la muerte y la sangre se mezcló en
mis pulmones. Entonces mis ojos se fijaron en una mujer, sus ojos de un
azul pálido, mirando a la nada. Ojos equivocados. Necesitaba concentrar
mi mente en la mirada verde, los colores del musgo frío que me
tranquilizaban por dentro. Necesitaba tener la cabeza despejada. Si iba a
proteger a Amore, necesitaba una mente clara y una puntería letal.
Volví a leer el mensaje. El mensaje era claramente para Savio. Sangre
por sangre. La pregunta era si venían por la sangre de Savio o por la de
Amore. Si este contenedor era una indicación, mi apuesta sería que venían
por Amore. Para hacer pagar a su padre.
Volviéndome hacia Luigi, endurecí mi mirada y mi tono.
—Amore no puede quedarse en Nueva York.
Capítulo 10
Santino

Arrojé la ropa ensangrentada a la chimenea de mi despacho y encendí


la cerilla. La chimenea me resultó útil, más de una vez, para quemar
pruebas. Volvimos de nuestra redada en Harlem hace apenas una hora. Fue
bastante sangrienta y mortal, para ellos. Tuve que asearme en mi baño
privado antes de ponerme a trabajar en la oficina.
Todavía me molestaba que el más importante se hubiera escapado. Era
el que necesitábamos. Ese maldito iba detrás de Amore.

Carrera recibió una pista. Los hombres que arrojaron esas mujeres
muertas en mi muelle se escondían en Harlem. No dudamos.
Tenía una sala de armas en la mayoría de mis establecimientos que
utilizaba para los negocios. Me metí un arma en la parte trasera del jeans
y otra en la funda.
—Sírvete —le ofrecí a Carrera. Él tenía sus propias armas, pero
prefería ir directamente al lugar y ocuparme de esto que dar un rodeo.
Con un movimiento de cabeza, se adelantó y se armó con cuchillos y
un par de armas.
—Lo siguiente podría llevar las relaciones con los Venezolanos a un
nivel completamente nuevo —dijo Gabriel—. ¿Estás preparado para ello?
Me estudió, con una expresión sombría.
—Lo llevaron a un nivel completamente nuevo cuando arrojaron un
contenedor lleno de mujeres muertas en mi muelle —grité, con los ojos
fríos y la mandíbula crispada—. Cuando atacaron a Amore.
Se calló.
—¿La atacaron de nuevo?
Gabriel esperó, con toda su postura tensa. Carrera nunca había
conocido a Amore, pero por alguna razón, su interés en ella me molestaba.
Llámame, hermano mayor sobreprotector... no, hermano no. Tal vez un
primo. Lo que sea.
—No. —No me explayé más. La verdad era que esta guerra empezó
hace mucho tiempo con el abuelo de Amore. Y cuando vinieron a mi
ciudad y se atrevieron a atacar a una chica bajo mi protección... llevaron
la mierda a un nivel completamente nuevo.
Carrera se apartó mientras yo tomaba un arma más y me iba. Salimos
de la habitación, por el pasillo, y salimos por la puerta trasera de mi club
de striptease del centro.
No tardamos en llegar a Harlem. Esta zona en concreto ha sido el
centro de muchas bandas y crímenes. Era el peor barrio para encontrarse
solo y de noche.
Renzo, Luigi y Lorenzo estaban con nosotros. Si Adriano no estuviera
con Amore, lo habría tenido aquí también. Si lo llamara, no dudaría, pero
no quería hacerle eso a Amore. Ella lo toleraba, pero no quería que se
molestara. Además, se acercaba su cumpleaños.
Carrera tenía a dos hombres haciendo guardia en la calle mientras el
resto nos seguía por el callejón oscuro.
—Es aquí —dijo Carrera en voz baja, señalando una puerta trasera
negra. Llamó una vez y la puerta se abrió inmediatamente.
La persona que dio el aviso salió a la noche y se acercó a nosotros.
Entorné los ojos hacia él. No había nada destacable en él. Tenía unos
treinta años, cabello rubio y ojos azules, y medía algo menos de un metro
ochenta. Definitivamente más bajo que mi uno ochenta. Había algo en él
que me resultaba familiar, aunque no lograba ubicarlo. Y estaba
demasiado oscuro para verlo con claridad.
—Estos están dentro 16. —Sus ojos parpadearon en mi dirección, y algo
brilló en ellos, pero antes que pudiera llamarle la atención, asintió a
Carrera y se marchó.
—¿Quién es ese? —le pregunté a Gabriel en voz baja—. ¿Nos fiamos
de él?
—Es su chico de carrera. Aunque la última vez que lo vi, juré que era
más bajo.
Mi sexto sentido se rebeló, pero antes que pudiera interrogarle más,
Luigi entró furioso en la casa. ¡Maldito idiota! Siempre actuaba primero
y preguntaba después. Comprendí su necesidad de matar a los hombres
que entregaron todos esos cadáveres, pero no le serviríamos a nadie
muerto.
—Imbécil —murmuré en voz baja. Lorenzo sacudió la cabeza,
reconociendo la imprudencia de su hermano. A la familia Bennetti le iría
mucho mejor si Lorenzo se pusiera al frente de la familia. Al menos no se
lanzaría de cabeza a una guerra.
Gabriel y yo atravesamos la puerta y doblamos la esquina. En
sincronía, ambos disparamos al mismo tiempo en sus frentes.
Exploré la habitación, pero Luigi no aparecía por ninguna parte.
Realmente no necesitaba esto ahora.

16
Español en el original.
Al derribar la puerta de la primera habitación, había otros dos
hombres. Los eliminé a los dos, metiéndoles balas en el corazón.
Lorenzo me tiró hacia atrás, al mismo tiempo que el sonido de las
armas preparándose sonaba a nuestro lado izquierdo. Mientras nos
poníamos a cubierto, alguien hizo cinco agujeros en la pared de yeso, pero
afortunadamente nadie resultó herido.
El siguiente sonido no auguraba nada bueno para nosotros. Escuché
el cargador de un rifle de asalto y me abalancé hacia la derecha,
disparando al hombre que estaba detrás de nosotros y que se disponía a
descargar plomo sobre todos nosotros.
—Esto es una puta trampa —siseé.
Me encontré con la mirada de Gabriel, y leí la misma conclusión en
sus ojos.
—Voy a matarlo, maldición.
No si lo atrapo primero, pensé en silencio. Lo torturaré hasta que
suplique la muerte.
Otra ronda de disparos resonó desde una habitación al final del
pasillo. Luigi atravesó la puerta y un hombre salió, con el cañón del arma
apuntando a su frente. ¡Maldito idiota!
Corrí hacia él y le disparé en la nuca antes que pudiera apretar el
gatillo.
Luigi dio una palmada en el suelo, todo revolucionado y con una
estúpida sonrisa en la cara.
Lo agarré por el brazo y lo puse en pie.
—Deja de ser imprudente —le ordené—. O te dispararé yo mismo.
Odiaba a los malditos hombres que actuaban como imbéciles. Y Luigi
Bennetti era uno de ellos. Tenía suerte que me gustaran su hermano y su
hermana.
Lorenzo me agarró del brazo y me retuvo. Señaló la habitación de al
lado.
—Déjame despejar esa habitación con el idiota de mi hermano, tú y
Gabriel despejen las otras.
Los disparos resonaron por todos los pisos del edificio hasta que se
hizo un silencio espeluznante. Y fue entonces cuando recordé.
El tipo de la puerta se parecía al atacante de Amore de hace dos años.
—Mierda —murmuré y marqué a Bennetti.

Justo cuando me senté detrás de mi escritorio, la puerta de mi oficina


se abrió de golpe.
—Russo, tienes que venir. Ahora. —La voz de Renzo era persistente.
Levanté la cabeza molesto, encontrándome con su mirada ligeramente
preocupada.
¿Qué diablos pasa ahora?
Solo necesitaba una noche en la que todo saliera bien, para poder llegar
a casa antes de las dos de la mañana y relajarme un rato. Habían pasado
dos días desde el maldito envío de cadáveres de Bennetti. Hoy no estaba
de humor para una mierda después de días de una mierda tras otra. Carrera
y yo habíamos cazado a los Venezolanos que jodieron nuestro cargamento,
así como el de Bennetti, así que obtuve mi cuota de asesinatos durante
unos días. Incluso para mis estándares.
—¿No puede esperar? —refunfuñé.
No era como si hubiera una invasión activa. Escucharía disparos si
alguien estuviera atacando.
—Si Bennetti se entera de esto, estamos todos muertos. Así que date
prisa y ven aquí. ¡Santi, tienes que encargarte de ella antes que su padre la
vea! Hará volar este club en pedazos.
Solo podía haber una ella.
Me levanté de mi sitio detrás del escritorio y dejé la comodidad de mi
oficina para ocuparme de una adolescente que debería estar en casa ahora
mismo. Maldita sea, ¿no se suponía que estaba en casa? Su fiesta de
cumpleaños era mañana.
Lo seguí por el oscuro pasillo desde la parte trasera del club, donde
estaban las oficinas, hasta la parte delantera, donde estaban los clientes y
el escenario. Eso era decirlo con elocuencia - era el podio de las strippers.
En el momento en que entré en la sala, me quedé helado.
¿Es eso...? No, no puede ser. La chica giró sobre el poste, deslizándose
hacia abajo como si lo hubiera hecho un millón de veces, y en el momento
en que el foco de luz golpeó su cabello rojo, fue mi confirmación. Amore
Bennetti bailaba en la barra de striptease. Gracias a que tenía ropa, pero
ese pequeño uniforme escolar era casi peor que estar desnuda.
No es de extrañar que Renzo estuviera agotado.
Dos veces en una puta semana. Sabía que Adriano la llevó a conducir
después de la escuela y debería haberla dejado en casa de su padre, no en
mi maldito club nocturno. Mañana era su cumpleaños, y si su padre la
encontraba en la barra de striptease, no viviría lo suficiente como para
celebrar sus dieciocho años.
Un fuerte rugido y un silbido irrumpieron en la habitación y el fuego
recorrió mis venas.
—Vamos, chica. ¡Quítate un poco! —gritó un idiota que pronto
moriría.
—¿Quién la dejó subir? —grité.
Su Padre estallaría si se enterara que Amore estaba en mi club de
striptease. Había muchas cosas que toleraba, pero esto no. Iría a la guerra
por ello, justo después de matar a Adriano por permitir que ella estuviera
en esa posición.
—¡Apaga la maldita música! —Rugí por la habitación. Los hombres
se estaban follando con los ojos a la chica de diecisiete años... Dieciocho
mañana, me corregí como si eso lo hiciera mejor. Estaba a punto de matar
a cada uno de esos hombres. La música se detuvo, pero Amore no. Miré
fijamente a los hombres—. Váyanse a la mierda. Y si se escapa una palabra
sobre esto, ya sé a quién tengo que ir a buscar. —Desplacé mis ojos sobre
cada uno de ellos, para que supieran que hablaba en serio y que los
perseguiría.
Se escabulleron y fue entonces cuando vi a Adriano.
—¿Qué demonios, Adriano? —grité. —¡Amore, baja de una puta vez!
—Ella no puede escucharte —dijo, balanceándose sobre sus pies.
¿Estaba mi hermano borracho? Apreté los puños, resistiendo las ganas de
darle un puñetazo en la cara. Todavía era joven e intentaba vivir sus años
de universidad. Yo también era imprudente a su edad, salvo que ya estaba
trabajando cada minuto libre para Pà y los bajos fondos.
Necesitaba que Adriano diera un paso adelante y lo hiciera mejor que
esto. Lo había involucrado poco a poco en los asuntos de la Cosa Nostra y
en los de nuestra familia, pero se distraía con demasiada facilidad. Seguía
esperando que me demostrara que se podía confiar en él para hacer lo que
había que hacer; que tenía cojones para hacer lo necesario. Ahora mismo,
no me estaba dando mucho.
Subí al escenario y agarré a Amore por la cintura. Ella se sobresaltó y
un pequeño chillido se le escapó de la boca. Tenía los malditos auriculares
puestos.
—¿Qué demonios? —preguntó con la mano pegada al pecho. Se
balanceó sobre sus pies, y yo estreché mis ojos sobre ella. Más le valía no
estar borracha, o yo iba a explotar, no su padre.
Sus ojos se iluminaron cuando me reconoció.
—Heeeey. —Sonrió perezosamente. Estaba malditamente borracha.
Olía a tequila y a fresas. Su pequeña mano se acercó a mi pecho y me dio
una palmadita—. Oye —repitió, sus labios carnosos curvados en una
amplia sonrisa.
Maldita niña.
Tomé sus manos por la muñeca, las retiré de mi pecho y la saqué del
escenario. No podía tenerla cerca de una barra de striptease. Perdería mi
maldita licencia. La chica ni siquiera era legal, y sin embargo estaba en mi
club nocturno y borracha como un maldito marinero.
Mirando a mi hermano, que estaba igualmente borracho, le espeté—:
¡Explícate!
Le advertí que no repitiera esa mierda de hace unos años. Tenía que
mantener la cabeza recta y vigilar su espalda y la de Amore.
—Tuvimos una apuesta —arrastró las palabras—. Creo que Amore
ganó.
—Me gusta ganar. —Ella sonrió. Ambos rieron estúpidamente,
aunque no había nada divertido, sus ojos desenfocados.
—Se suponía que ustedes dos debían estar en su casa. No
emborrachándose y viniendo a mi club.
Si los Venezolanos ambulantes los hubieran agarrado...
No podía pensar en esa mierda. Me llevaría al límite.
—Amore, ¿dónde está DeAngelo?
Amore soltó una risita, desabrochando su blusa blanca y abanicándose.
Agarré sus delgados dedos para evitar que abriera más botones. Su puto
sujetador ya asomaba por la parte superior. El maldito Bennetti iba a matar
a todo el mundo, y luego yo tendría que matarlo a él. Todo por culpa de
estos dos malditos idiotas.
—Lo perdimos. —Ella se rio borracha.
—¿Lo perdieron?
Hizo un gesto con la mano, balanceándose sobre sus pies. Sus manos
se agitaron y volvió a desabrocharse la blusa antes que la detuviera de
nuevo.
—Dime qué pasó —le ordené.
—Condujimos —dijo entre dientes. Entonces su sonrisa se convirtió
en un ceño fruncido y dirigió sus grandes ojos esmeralda hacia mí. Como
si yo fuera su salvador, aunque no estaba seguro de qué—. Rayé el auto
de papá —dijo lloriqueando. Ahhh, ¡ahí estaba!—. Es la última vez. —Se
limpió la nariz con el dorso de la mano, y recordé el gesto similar de
nuestro primer encuentro—. Papá dijo que, a los tres strikes, estás fuera.
Excepto que este es el vigésimo, más o menos. Ni siquiera me gusta el
béisbol.
Me mordí el interior de la mejilla. Maldita sea, estaba perdida.
—¿Por qué no fuiste por un helado? Eso siempre te hace sentir mejor.
—Les habría ido mejor si hubieran ido por helado en lugar de alcohol.
—El helado no puede consolarme, Santi —murmuró ella,
balanceándose sobre sus pies—. Nunca voy a aprender a conducir. Quizá
necesite que dos hombres me enseñen. —Volvió a resoplar—. Como
mamá. —Luego sacudió la cabeza—. Yo simplemente no lo entiendo.
Todavía recuerdo la sorpresa en su rostro al escuchar la confesión de
mi padre. No estaba necesariamente de acuerdo en que fuera prudente
decírselo a Amore, pero en su vejez, Papá quería corregir todos los errores
que había cometido. Supongo que era su manera de aceptar la muerte. Le
quedaban otros veinte años por lo menos, pero al igual que el viejo
Bennetti, se había ablandado en su vejez.
—¿Sobre qué estaban compitiendo? —pregunté en lugar de comentar
sobre su madre. Era mejor que se olvidara de eso.
Adriano se encogió de hombros.
—Si ella puede llegar a la cima del poste, nos colamos en tu garaje y
arreglamos la abolladura.
—¿Creía que era un arañazo? —les pregunté. No sabía por qué me
había molestado. Los dos estaban borrachos hasta la mierda, y lo único
que harían sería dañar aún más el auto. O peor, mi garaje.
—Hay un arañazo y una abolladura —murmuró ella, con lágrimas
brillando en el musgo frío de su mirada.
—¿Y cuándo se les ocurrió esa idea? —Yo les pregunté a ambos—.
¿Después de una botella de tequila?
Adriano arrugó la nariz.
—Yo bebí bourbon. Amore tomó tequila. Solo tomamos una botella.
Debería golpear a mi hermano pequeño por ser tan malditamente
estúpido. Apostaría dinero a que él también conducía borracho, y con
Amore Bennetti en el asiento delantero de su auto. Haría que la mataran
un día de estos, si su padre o yo no le disparamos primero.
—Realmente me gusta mucho tu garaje, Santi —anunció ella,
sonriendo. El funcionamiento de su cerebro era un misterio para mí.
Volvió a abanicarse e intentó abrir otro botón. Le golpeé suavemente
los dedos.
—¡Ay, hijo de puta! —murmuró, y levanté una ceja ante su lenguaje
soez. Nunca la había escuchado maldecir. Estaba demasiado borracha para
darse cuenta de cómo me había llamado—. Hace mucho calor aquí,
Santino —se quejó—. Tienes que pagar la factura de la luz y poner aire
aquí. Las señoras te demandarán cuando se mueran de insolación. —Se
agachó y puso las manos en las rodillas. Estaba demasiado borracha para
razonar con ella, pero las strippers preferían que hiciera más calor ya que
bailaban sin apenas ropa. Balanceándose sobre sus piernas, se acercó y
apoyó su frente en mi pecho—. Me está dando un golpe de calor. Jesús,
hace demasiado calor.
Renzo sonrió y ahogó una carcajada, pero la cubrió rápidamente con
la mano cuando mi mirada oscura lo fulminó. Su mano se acercó a la cara,
simulando rascarse la barbilla y carraspeando.
—¿Quién te dio alcohol? —cuestioné.
Sin cambiar su posición, Amore levantó la cabeza de mi pecho,
observándome como si fuera un Dios. Había estrellas en sus ojos. Creía
que lo ocultaba, pero se le daba mal ocultar sus emociones, su coqueteo
fuera de lugar conmigo.
Era la razón por la que mantenía mi distancia. No iba a alentar las
fantasías de la niña. Okay, puede que ya no fuera una niña, pero seguro
que no era una mujer. Entonces me sorprendió, con una amplia sonrisa y
un problema escrito en su cara.
—Papá lo tenía en la parte trasera de su auto. Teníamos que comprobar
que no se habían roto, ya sabes.
Esta vez Renzo echó la cabeza hacia atrás y se rio, mientras yo lo
miraba con desprecio. Esto era lo último que necesitaba esta noche.
Todavía tenía un montón de trabajo que hacer.
Volvió a balancearse hacia delante y su cabeza chocó con mi
estómago. Mis manos se acercaron a sus hombros para estabilizarla, y ella
levantó sus manos hacia mis caderas, agarrando mi traje Brioni. La maldita
chica estaba a punto de caerse. Era como ver a un bebé darse la vuelta
porque todavía era demasiado joven para sostenerse sentado.
—Whoa —advertí, cuando sus manos llegaron a mi trasero. Me las
quité de encima, lanzando una mirada enojada a mi hermano.
—Santino, estas tan caliente —murmuró—. Realmente necesitas aire
acondicionado. Te vas a derretir. O yo me voy a derretir. —Tomó mi mano
y la apretó contra su mejilla—. No quiero derretirme. Vi cómo le
quemaban la carne. No fue bonito. —¿De qué diablos estaba hablando la
niña?
Entonces todo su cuerpo dio una arcada y vomitó sobre mis Oxfords
Salvatore Ferragamo.
¡Que me jodan!
Capítulo 11
Adriano

L
— evántate y brilla, chico fiestero. —La voz de mi hermano venía
de lejos. Deseé que desapareciera. Me dolía la cabeza—. Anoche no fue
tan buena idea después de todo, ¿verdad? Los rayos de sol traen una
perspectiva totalmente nueva.
Gemí en voz alta. ¿Anoche? ¿Qué pasó anoche? A veces mi hermano
mayor era un dolor de cabeza. Él lo hacía todo bien; yo lo hacía todo a
medias.
—Levántate —ordenó con voz severa. Juré que ese idiota había nacido
con la actitud de un don. Pues que se joda él y su condición de semi don.
—Vete a la mierda, Santi —murmuré, con la boca seca. Tenía que
dejar de hablar y dejarme volver a dormir—. Me voy a volver a dormir.
—No, no lo harás —respondió—. Vas a asearte y a ir con Pà a la fiesta
de cumpleaños de Amore.
—Que te den por culo. —Odiaba que pensara que podía mandarme—
. Iré a casa de Amore esta noche o mañana.
—Su fiesta de cumpleaños empieza en dos horas. Estarás allí a tiempo
—gruñó como advertencia. No sabía qué tenía en el culo, pero no estaba
de humor para los sermones de mi hermano mayor. Hoy no. Ni nunca.
—A ella no le importará.
—Adriano, juro por Dios...
—Pues ve tú —le dije—. ¿Qué carajo te importa de todos modos? Ella
no es tu amiga. Es la mía.
—Entonces sé un puto amigo y ve a su fiesta.
—A ella no le importa que no vaya. —Santi me estaba enojando—. La
veré más tarde.
El silencio se prolongó y no me molesté en abrir los ojos. Me di la
vuelta y me tapé la cabeza con una almohada.
—En caso que te preguntes qué pasó anoche —dijo en un tono bajo,
que a veces me asustaba a mí y a todos los demás. No es que yo le
admitiera eso. A veces Santi actuaba como un psicópata—. Amore y tú se
emborracharon y se colaron en mi club de striptease. Pasó la noche
encorvada sobre el retrete, conmigo sosteniendo su cabeza.
Los eventos de la noche anterior empezaron a llegar lentamente.
Amore dañando el auto de su padre, estando molesta. Abriendo la botella
de tequila y bourbon. ¡Carajo! Amore en la barra de striptease. Su padre
me mataría si se enterara. Podría estar en camino para matarme ahora.
Me sacudí de la cama.
—¿Dónde está Amore?
—Luigi vino a buscarla —respondió Santino, con el ceño claramente
fruncido—. ¿En qué diablos estabas pensando? Es menor de edad, tiene
diecisiete años.
—Hoy tiene dieciocho.
—Menor de edad —gritó en voz baja—. Su padre te habría matado si
le hubiera pasado algo.
—¿Va a venir aquí?
—Tienes puta suerte que Luigi me deba un favor —gruñó, poniéndose
en mi cara—. Todavía estoy tentado a estrellar tu cara contra la pared más
cercana y hacerte entrar en razón.
Como dije. Mi hermano era un psicópata.
Me pasé las manos por el cabello. La cabeza me latía con fuerza. No
podía ni imaginar lo mucho que le dolía la cabeza a Amore. Nunca se había
emborrachado. Puede que fuera yo quien tuviera la idea de abrir el alcohol.
Normalmente, Amore no era partidaria de romper ciertas reglas. A mí, en
cambio, me gustaba romper todas las malditas reglas bajo el sol. Hacía la
vida más emocionante. A decir verdad, ella podía ser aburrida a veces,
pero de alguna manera nuestra química se complementaba. Al fin y al
cabo, solo había espacio para un adicto a la adrenalina en nuestra relación.
Además, ya le costaba bastante aprender a conducir, no digamos ya a
ser guay y emocionante. Y ayer, condujo aún peor que lo habitual. Golpeó
el auto de su padre, y a partir de ahí todo se fue a la mierda.
La recordé vomitando en los zapatos de Santino. Luego se disculpó a
su manera.
—Te haré unos zapatos mejores, Santi. —Se veía como una mierda.
Juré que había una pizca de verde bajo su piel pálida—. Puede que sean
de cuero auténtico, pero para ellos se matan animales. —Ella se balanceó
hacia él, levantando la cabeza para encontrarse con sus ojos, y Santi
arrugó la nariz. Probablemente olía a vómito, pero estaba demasiado
borracha para darse cuenta—. Mi producto será respetuoso con el medio
ambiente y los animales no sufrirán por ello.
A pesar de su furia, Santi le ofreció una apariencia de sonrisa. El
bastardo nunca sonreía.
A través de la bruma de mi cerebro, recordé que Santi nos llevó a los
dos a su casa, donde Amore finalmente se desmayó en su sofá.
—¿Cómo de enojado estaba Luigi? —le pregunté a mi hermano. Los
hermanos de Amore eran protectores con ella. Puede que no supieran que
tenían una hermana durante los primeros trece años de su vida, pero ahora
matarían a cualquiera que dañara un solo mechón de cabello rojo en su
bonita cabeza.
Santino se cruzó de brazos.
—No estaba contento, eso es seguro. Pero fue razonable. La llevó de
vuelta en su auto. Se llevará el auto de su padre.
—Ah, mierda —murmuré—. A Bennetti no le gustará la abolladura.
Me maldije por haberme emborrachado. Ese maldito bourbon que su
viejo tenía en el asiento trasero era una mierda muy seria. Iba a arreglar
esa abolladura sin importar si Amore llegaba a la cima de ese poste. Era
un maldito y estúpido desafío de todos modos, y uno que se me ocurrió
después de media botella de bourbon.
—Ya me encargué de ello —replicó Santino secamente.
—¿Cómo? —Habría tenido que quedarse despierto toda la noche para
arreglarlo él solo.
—No te preocupes por eso. Aunque la próxima vez que se te ocurra
una idea brillante como ésta, te daré una paliza. ¿Queda claro?
Santino sería un Don en nombre pronto, pero no estaba del todo allí
todavía. Así que, por ahora, no podía darme órdenes ni castigarme por
desobedecer. Solo era mi hermano. Por lo tanto, sus amenazas no me
asustaban, aunque seguiría dándome una paliza. No importaba que fuera
hermano o don.
—¿Vas a ir a su fiesta de cumpleaños? —le pregunté.
—No, tengo asuntos que atender.
—¿Qué pasa? —le pregunté. En las últimas semanas, Pà me ha
mantenido al margen de la mayoría de los negocios. No estaba seguro de
cuál era el maldito asunto, pero me agitaba.
—Los Venezolanos. Ahora, prepárate y no llegues malditamente tarde
a su fiesta.
—Bien —murmuré, rodando mi letárgica carcasa fuera de la cama.
Media hora después, estaba en la residencia de los Bennetti. La villa
blanca, justo en el borde de la ciudad, era impresionante. Las columnas de
mármol blanco en la parte delantera de la casa le daban un aire
mediterráneo. Si el maldito resplandor blanco no me hiciera daño a los
ojos. Había más luz aquí que en el cielo, maldición.
La primera persona que vi cuando llegué a la casa fue Amore,
vomitando. Las ventanillas del auto estaban bajadas y los sonidos que
viajaban por el aire no eran agradables. La palma de su mano se apoyaba
en el roble, sosteniéndose. Su vestido le abrazaba el cuerpo mientras la
brisa lo recorría. Mi padre y el suyo estaban a su lado, uno frotándole la
espalda y el otro apartándole el cabello de la cara.
El sentimiento de culpa se agolpó en mi pecho. Era su decimoctavo
cumpleaños y se lo había jodido. Llevaba toda la semana deseando que
llegara y ahora se sentía desgraciada.
A mis veintiún años, Santi dijo que debería haber sabido que no debía
dejarla beber. Agua bajo el puente, le dije. No podía arreglar lo que había
pasado en el pasado. Era una pérdida de tiempo y energía pensar en ello.
A diferencia de mí, cuando Santi tenía mi edad, ya dirigía el negocio
familiar. Ahora, con veintiséis años, era el miembro más joven y rico de
la Cosa Nostra. No todos podíamos ser triunfadores. Incluso Amore me
superaba en todo. Era súper rica, súper inteligente y súper bonita. No era
exactamente mi tipo, pero tenía un encanto que no se comparaba a ninguna
otra chica. Excepto que ella nunca pestañeó a ninguno de mis cumplidos.
Era completamente inmune a mis encantos.
Hmmm, ¿un desafío tal vez? pensé para mis adentros. No era una idea
tan descabellada. Amore me puso a tierra. Ella solo me vio a mí. No a mi
hermano. No a un Russo. Solo a mí, y me aceptó tal como era. Nunca me
comparó con Santi, ni con nuestro padre ni con nadie más.
Aparqué el auto, me puse las gafas de sol para ocultar mis ojos y salí
del auto. El padre de Amore me escucho primero y levantó la cabeza para
encontrarse con mi mirada.
—¿Qué diablos pasó ayer? —gruñó—. Luigi dijo que se había
intoxicado con la comida. ¿Dónde comieron?
¿Intoxicación alimentaria? ¿Estaba Luigi intentando que Bennetti
quemara un restaurante?
—Fue un camión de comida.
Abrió la boca para decir algo más, pero Amore volvió a tener arcadas
y comenzó otra ronda de vómitos. Los dos ancianos se preocuparon por
ella, como dos Nonnas17. Tenía una manera única de tratar a la gente; todos
querían complacerla.
Me acerqué al roble cercano y me apoyé en la corteza, metiendo las
manos en los bolsillos de los jeans. El sol brillaba, el tiempo era perfecto,
pero ella tenía un aspecto lamentable. Supongo que el alcohol y Amore
Bennetti no encajaban nada bien. No había manera que sobreviviera todo
el día en esta fiesta en su estado.
—¿Qué tal si llevo a Amore adentro para que se calme? —sugerí—.
Yo me quedaré con la cumpleañera y la atenderé.
Los ojos de Amore se encontraron con los míos, con pura miseria
reflejada en ellos. Su mirada parecía un tono mucho más oscuro de verde
ahora con las sombras bajo sus ojos. Estaba agotada, y apenas era la una
de la tarde.
—Tenemos invitados —murmuró Bennetti—. Es su fiesta de
cumpleaños.
—No aguantará esta fiesta —le dije—. Parece que está a punto de
caerse de pie.
—Savio, creo que Adriano tiene razón —razonó mi padre—. La única
manera que empiece a sentirse mejor es que descanse.
—Lo siento, Papá. —Amore levantó la cabeza para encontrarse con la
mirada de su padre mientras se limpiaba la boca con la manga de su vestido
blanco. El vestido primaveral que le llegaba hasta las rodillas era de algún

17
Nonnas: Abuelas en italiano.
material ligero, probablemente ecológico, del que siempre hablaba. Tenía
un aspecto bonito e inocente. Parece que anoche la corrompí demasiado—
. Puedo pedirle a la Abuela que se vaya a casa. Para que no se maten entre
ustedes.
Mi niña. Siempre la pacificadora.
—Déjalos —dije, dando zancadas para agarrar su brazo.
Ella negó con la cabeza.
—No es divertido
Pensé que lo era.
—Te voy a llevar adentro. Tal vez tengamos un poco de ginger ale
para calmar tu estómago.
—Solo ayúdame a mi habitación, por favor —murmuró, toda su
coloración peligrosamente pálida—. Seguro que tienes trabajo que hacer
para tu papá y Santi.
Claro, pensé sarcásticamente. Ella no sabía que mi papá había vuelto
a mimarme en las últimas semanas y seguía insistiendo en mantenerme al
margen de nuestro negocio familiar. Me estaba enojando mucho.
—No te preocupes —le aseguré con amargura—. Parece que tanto mi
hermano mayor como mi padre han puesto en pausa mi trabajo en la Cosa
Nostra.
—Adriano. —La voz de mi padre advirtió detrás de mí. Por supuesto,
él escucharía eso. No escuchó ninguna de mis quejas durante semanas,
pero escucho esto.
—Lo siento. —Incluso enferma como un perro, Amore encontró
compasión. Me dio una palmadita en la mano, aunque parecía tener apenas
fuerzas para esa pequeña actividad física también.
Ella estaba mejor que yo. Había intentado no dejar que me afectara,
pero hoy había fracasado. La verdad era que me molestaba esa decisión.
A mi edad, Santi estaba plenamente integrado en nuestro negocio familiar
y prácticamente dirigía el espectáculo.
—No te preocupes —le dije. Después de todo, hoy era su día—.
Vamos a traerte ese ginger ale.
Un gemido angustioso salió de sus labios. —Solo quiero dormir —
murmuró.
Santi dijo que apenas había dormido anoche.
—Primero tienes que dejar de vomitar las tripas.
—Si se pone peor, vienes a buscarme —le ordenó su padre. Amore era
la niña de sus ojos. Si él supiera que ella estaba tan enferma por mi culpa,
estaría sangrando en este césped. Se aseguraría de meter mi cara en su
vómito mientras daba mi último aliento.
—¿Quieres que te lleve? —Me ofrecí a Amore.
Ella negó con la cabeza, pero se aferró a mi brazo mientras
caminábamos hacia la casa. El olor a vómito y su propio aroma a fresa se
mezclaban en mis fosas nasales. Las suaves melodías de Pavarotti flotaban
en la brisa de mayo, los invitados jugaban al fútbol, reían juntos y se
mezclaban mientras algunos fingían no mirar hacia nosotros. El día no
quedaría como un buen recuerdo para ninguno de los dos.
—¿Qué le pasa a mi nieta? —La voz vino de detrás de nosotros. Por
supuesto, sería la maldita Regina Regalè.
—¿Qué diablos parece? —gruñí, mientras ella se ponía delante de
nosotros—. Está enferma. La voy a llevar adentro. Disfruta de la fiesta.
—Ten cuidado —gruñó Regina. La mujer era una maldita tigresa, a
pesar de su frágil estatura.
—Adriano no lo decía en serio —dijo Amore, esquivándola. No podía
esperar a llegar a su habitación—. Yo-yo lo siento mucho, Abuela —
continuó en un tono débil—. No me siento bien. Tengo que tomar un poco
de ginger ale y descansar.
Los ojos de su abuela se dirigieron a su padre.
—¿Necesita un médico?
—¡No! —Amore y yo hablamos al mismo tiempo.
—N-no, gracias —murmuró Amore, compartiendo una rápida mirada
conmigo—. Solo necesito descansar. Ve y disfruta de la fiesta.
Su abuela se burló.
—Aquí hay criminales de la Cosa Nostra. No hay nada que disfrutar.
Si tú te vas a la cama, yo me voy a casa.
—Que te vaya bien —murmuró Bennetti detrás de nosotros.
Se inclinó y apretó un beso en la mejilla de Amore, ignorando a Savio.
—Hice que DeAngelo pusiera tu regalo en tu habitación antes. Feliz
cumpleaños, mi amor.
—Gracias, Abuela.
Se alejó como una reina y nuestros padres nos dejaron para ir a reunirse
con los invitados. Savio miró por encima de su hombro una vez más para
asegurarse que su hija estaba bien, y ella le hizo un débil saludo.
Una vez fuera del alcance de los oídos, la arrastré lentamente hacia la
casa y subí las escaleras.
—Odio el tequila —se quejó.
—Oh, mierda. Y eso que te regalé una botella por tu cumpleaños —
bromeé. Se puso un poco más verde—. No te atrevas a vomitar aquí. No
quiero limpiar esa mierda.
—Idiota —murmuró.
Abrí la puerta de su habitación. Con paredes de color dorado claro,
molduras de corona blancas y acentos blancos por todas partes, la
habitación de Amore seguía pareciendo un dormitorio perfecto y
principesco. Meticuloso, excepto por el rincón que había dedicado a
diseñar su ropa, lleno de dibujos y un maniquí con tela encima.
Se quitó los tacones rosas de diseño, sin molestarse en guardarlos, y se
metió bajo las mantas.
—¿Quieres abrir tu regalo?
—Si quieres —murmuró ella, su voz apenas audible.
—Suenas tan entusiasmada con ello —contraataque.
—Me siento tan mal, Santi —murmuró, con los ojos caídos, como si
no pudiera mantenerlos. Y como una luz, se apagó.
¡Santi!
Ella me llamó Santi. Algo en mi pecho se apretó, y si soy sincero, no
me gustó. Ella nunca se había molestado con mi hermano, ni siquiera me
lo había planteado. Ella era mi amiga, no la de Santi. ¿Por qué lo llamaba
a él?
Ella era mía.
Capítulo 12
Amore

TRES MESES DESPUES

E
—¿ stás seguro que esto es prudente? —le pregunté a Adriano por
enésima vez. Mañana me iba a Italia, y no sería bueno meterse en
problemas en mi última noche en casa. Aquella noche de borrachera antes
de mi decimoctavo cumpleaños fue suficiente aventura para durar mucho
tiempo. Me pasé la noche vomitando en el baño de Santi mientras él me
sujetaba el cabello. Lloré, realmente lloré de miseria, rogándole que me
diera algo para mejorar. No había ninguna posibilidad que me viera como
una mujer después de ese incidente.
Estuve enferma como un perro durante los tres días siguientes. Solo
pensar en el tequila me daba náuseas. No quería volver a olerlo. Esa bebida
es un veneno. No había vomitado tanto en toda mi vida. La primera noche
estaba segura que moriría. Incluso cuando mi estómago estaba vacío, no
podía dejar de tener arcadas. Estaba enfadada con Adriano por haber
tenido una idea tan estúpida, pero estaba aún más furiosa conmigo misma
porque dejé que sucediera.
Adriano y yo tuvimos una pequeña discusión después. Yo estaba
infantilmente enfadada porque él no sentía ningún síntoma mientras yo
sentía que me moría. No hablamos durante una semana. Entonces, justo
cuando estaba a punto de salir de casa con Lorenzo para ir a buscar a mi
mejor amigo, Adriano se detuvo en la puerta de nuestra casa en su
Mustang.
Un segundo de silencio antes que ambos murmuráramos al mismo
tiempo:
—Lo siento.
Y todo quedó perdonado y olvidado. Una semana sin hablar con él fue
dura. Puede que no nos viéramos todos los días, pero hablábamos todos
los días. De todo y de nada, y nunca me di cuenta de lo mucho que
dependía de nuestras pequeñas charlas.
—He echado de menos hablar contigo. —Esas fueron las palabras
exactas de Adriano, y era exactamente lo que yo sentía. Así que lo abracé
y le hice prometer a los dos que siempre hablaríamos. Incluso cuando
estuviéramos enfadados.
Así que pasamos página y acordamos que no volvería a tomar tequila.
Pasamos el verano junto a la piscina cuando él no trabajaba para su
hermano mayor y yo no trabajaba para la abuela. No había vuelto a ver a
Santi desde aquella noche en que me apartó el cabello de la cara mientras
vomitaba en su lujoso inodoro Kohler.
No estaba segura de cómo podría mirar a Santi a los ojos. Esos ojos
marrones como el whisky que me hacían flaquear las rodillas y me hacían
vibrar el corazón en el pecho.
Quizá los próximos años en Italia me curarían de mi enamoramiento
de Santino Russo. Convencí a Papá que me dejara ir antes de lo previsto
para poder instalarme. Así que esta era la cita de despedida de Adriano
conmigo hasta que viniera de visita. Cenamos en Per Se, un restaurante
elegante en Columbus Circle. Nos reservó una mesa con ventana, así que
tuvimos una vista espectacular de Central Park y Columbus Circle. La
gente lo conocía allí; era un cliente frecuente, pero para mí era la primera
vez.
Hasta el momento, la velada iba muy bien. Nos reímos mientras
cenábamos y probábamos todos los postres. Luego, al final, me sorprendió
con un gelato18. Una paleta de helado de semillas de amapola y limón. Me
dijo que estaba de moda en Europa y que se lo habían enviado. No era mi
sabor favorito, pero aun así nos lo comimos todo.
—¿Lista para bailar? —preguntó Adriano con una sonrisa lobuna.
Aparcó su Mustang en el lugar de los empleados detrás del club nocturno
de su hermano, The Orchid19.
Por lo general, nos colamos en las fiestas universitarias, pero él se
había graduado, y las vacaciones de verano aún estaban en curso. Así que
esto era una mejora importante. Asistir al club nocturno The Orchid se
consideraba estar a la moda. Nunca sentí la necesidad de hacerlo. Una,
porque aún no tenía la edad requerida para entrar en el club, dos porque
Santi era el dueño, y la última razón era la principal. Mamá y George
tenían un apodo para mí, Orchid 20 , porque me gustaba mucho la flor.
Ahora, solo era un recuerdo de su muerte.
—Todavía tengo menos de veintiún años —razoné con Adriano.
Amaba las fiestas y los buenos momentos. Más aún, amaba la vida de la
Cosa Nostra. Los dos hermanos Russo eran moldes de la misma vida, pero
de alguna manera Santi había salido más duro, más oscuro, más caliente.
Adriano también tenía algo de oscuridad, pero la ocultaba tras su encanto
y sus sonrisas, mientras que Santi no se molestaba.
—No vamos a beber. Solo bailaremos —trató de tranquilizarme
Adriano—. Santi está reunido con algunos de sus socios, así que no estará
por aquí. Y los chicos de aquí me conocen. —Ladeé la cabeza, mirándolo
con desconfianza—. Confía en mí —dijo.
Esa debería haber sido mi primera pista, pero nuestra noche hasta
ahora había sido maravillosa. No quería arruinarla. Debió leer la
incertidumbre en mi rostro.
—Te ves tan hermosa hoy. No estoy listo para terminar la noche. No
te veré hasta dentro de tres meses.

18
Gelato: Helado italiano.
19
The Orchid: La Orquidea
20
Orchid: Orquidea.
El calor se extendió a través de mí. Vi de primera mano lo encantador
que podía ser cuando quería algo. Aunque no caía de rodillas por él como
la mayoría de las mujeres, tenía la habilidad de convencerme de hacer lo
que quería cuando realmente quería algo. Era su especialidad, después de
todo.
Su hermano probablemente amenazaba a la gente para que hicieran lo
que él quería; Adriano los convencía que lo hicieran.
Así que cedí. Quería pasar unas horas más con él antes de dar por
terminada la noche. Los próximos tres meses, hasta que viniera de visita,
serían largos sin verlo.
—De acuerdo —cedí con un suspiro. Los dos salimos del auto. Se
acercó y me agarró la mano, dándome un suave beso.
—Estas realmente preciosa —me felicitó. Me miró, sonriendo
ampliamente—. Muy, muy hermosa.
Sonreí ante su comentario. Hoy se estaba pasando con los cumplidos.
—Gracias.
Mis ojos recorrieron mi cuerpo. Era un vestido que había diseñado yo
misma y que había cosido con la ayuda de María. Era de color blanco,
adornado con tiras de pedrería brillantes en el escote y los hombros. Era,
por mucho, el vestido más femenino que había llevado nunca. El material
era una mezcla de seda y satén, que abrazaba mis curvas. Lo combiné con
un par de tacones rosas y un bolso de mano rosa a juego. Me dejé los rizos
rojos en cascada por la espalda, e incluso me pinté ligeramente los labios
y me puse rímel. Me hacía sentir ligeramente madura, tal vez incluso de
veintiún años.
Adriano llevaba todo el verano llamándome linda y preciosa. No era
lo que solía hacer, así que seguía despistándome. Además, había visto a
las chicas que le gustaban y yo no era su tipo. Mis ojos lo evaluaron.
También se veía bien con sus jeans oscuros y su camisa negra de seda con
botones. Realmente parecía un tipo italiano y suave21.

21
Español en el original.
Cuando nos acercamos a la entrada, el portero reconoció a Adriano al
instante y nos abrió la cadena de eslabones sin preguntas ni
identificaciones. Sus ojos se dirigieron a mí y su mirada recorrió mi
cuerpo. Me tensé un segundo, pero luego me sonrojé al darme cuenta que
me estaba mirando, no escudriñando mi edad.
Tal vez esto sea excitante después de todo, como dijo Adriano.
Entramos en el club nocturno y un ritmo familiar sonó a nuestro
alrededor.
—Esto será divertido —anunció Adriano.
Sonreí, dejándome llevar fácilmente por mi mejor amigo y la emoción
que me invadía.
Se dirigió a la pista de baile y me abrió el camino. Ya estaba
abarrotada, la gente se divertía. Vi el bar y, de repente, el nombre de la
discoteca cobró sentido. Toda la barra estaba dispuesta en forma de
orquídea y los colores parpadeaban alrededor, lanzando diferentes brillos,
cambiando el color de la orquídea.
Me encantaba el montaje, aunque en el fondo de mi mente acechaban
recuerdos amargos.
—¿Bailamos? —inquirió Adriano con toda su galantería e interrumpió
mis pensamientos. Se comportaba como si fuera mi verdadero novio y
como si fuera una cita de verdad.
Sonreí felizmente.
—Por qué no.
Capítulo 13
Santino

Carrera y yo nos sentamos en la cabina privada de mi club


nocturno, junto con Renzo, y el hombre mano-derecha de Carrera sentado
con nosotros. La iluminación era oscura y, aunque la música a todo
volumen sonaba al aire libre, en la cabina privada el volumen estaba
ligeramente silenciado para permitir las conversaciones. Las luces se
habían encendido sobre la pista de baile, pero nadie podía ver en las
cabinas privadas.
No era raro que celebrara reuniones en mi club nocturno. Era más fácil
mantenerlas fuera del radar. Tanto Carrera como yo incluso trajimos citas,
pero las descartábamos en cuanto nos sentábamos en la cabina privada.
Uno de los porteros se encargaría que llegaran a casa sanas y salvas.
—Anoche asaltamos otro lugar en Harlem —refunfuñó Renzo—. Es
como si estuvieran en todas partes.
Los Venezolanos estaban causando muchos problemas. Seguían
llegando a la ciudad a pesar que todos sus esfuerzos por hacerse con el
territorio de la Cosa Nostra fracasaban. Incluso cuando conseguían
introducir su producto en la ciudad, el cártel nunca tenía la oportunidad de
distribuirlo. Era así para el Cártel Venezolano, y sería así para el Cártel
Colombiano. Este no era su territorio y nunca lo sería. El Cártel de Carrera
lo entendía, de ahí nuestra relación comercial mutuamente beneficiosa.
Solo hubo un hombre que estuvo a punto de lograr penetrar en la Cosa
Nostra. Fue el abuelo de Amore. Pero antes de tener éxito, fue asesinado.
Se dice que uno de los suyos lo eliminó.
—Están buscando algo —le dije. Mantuvimos vivo a uno de los
hombres de las dos incursiones de hace dos años y lo soltó. Aunque apenas
sabía nada. Su trabajo consistía en establecer su presencia en la ciudad,
apoderarse de las calles con su producto y -esto último era lo más
inquietante- tomar fotos de chicas pelirrojas al azar. Con el foco puesto en
la Universidad de Nueva York.
—O a alguien —añadió Carrera, mientras sus ojos recorrían la pista de
baile. Puede que Gabriel Carrera tuviera una mano derecha y un
guardaespaldas, pero la verdad es que no lo necesitaba. Era más que capaz
de cuidar de sí mismo, suponiendo que alguien se atreviera a meterse con
él. Con tatuajes en casi cada centímetro de su piel, excluyendo su cara, la
gente normalmente se alejaba de él.
Cuando no respondí, enarcó una ceja.
—Si no, ¿por qué hacer fotos de chicas en la Universidad de Nueva
York? Obviamente, está buscando una chica.
Mi mirada se oscureció y la imagen de Amore acorralada en el baño
de la fiesta universitaria de hace dos años pasó por mi mente. ¿Será que
están atando los cabos sueltos?
—Centrémonos en el siguiente envío para que no acabemos vacíos —
le dije. No estaba dispuesto a compartir con él nada sobre Amore Bennetti.
Sí, tenía a su padre y a sus hermanos, incluso a mi propio hermano para
protegerla, pero de alguna manera la niña encontró su camino dentro de
mi pecho.
Centrándonos en la tarea que teníamos entre manos, ideamos nuevas
rutas para que nuestro producto llegara sano y salvo desde Colombia. Ir a
matar cada vez que llegaba un cargamento no era factible ni sostenible.
Para ninguno de nosotros. Así que ideamos un plan. Solo cuatro de
nosotros lo sabríamos. El capitán del barco no conocería su ruta ni el
destino final hasta su último día en el mar.
Los ojos de Carrera volvieron a la pista de baile. Supuse que
probablemente estaba buscando a su cita, aunque ni siquiera le dedicó una
segunda mirada una vez que entramos en el club. Comprobé mi teléfono
para una actualización rápida cuando sus palabras me hicieron levantar la
cabeza.
—Puede que me falte práctica —dijo Carrera, con una sonrisa en la
cara—. Pero apostaría dinero a que la pequeña y salvaje pelirroja de allí es
menor de edad.
Seguí sus ojos y me encontré con la niña salvaje de cabello rojo.
Aunque no parecía una niña. De hecho, ni mucho menos. Su cuerpo...
maldito Cristo. ¿Qué llevaba puesto?
El vestido que llevaba era provocativo. Demasiado provocativo para
una chica de dieciocho años. Vestido brillante. Ojos brillantes. Su brillante
cabello cobrizo. ¿Cómo diablos, su padre y sus hermanos la dejaban salir
de casa así?
Parecía una mujer. El vestido, si es que podía llamarse así, jugaba al
escondite, exponiendo su piel cada vez que se movía. No tenía mangas y
la espalda en V dejaba al descubierto su piel bañada por el sol. Se balanceó
y vi su parte delantera con el escote pronunciado, y mis oídos zumbaron
de rabia.
De repente, su presencia absorbió todo el oxígeno del aire. Todos y
todo lo que me rodeaba se desvaneció.
Tentación. Parecía una inocente y dulce tentación.
Su pareja de baile le susurró algo, y ella echó la cabeza hacia atrás
riendo, su amplia sonrisa iluminando su rostro. La frustración arañó mi
pecho, irracional, y la sangre de mis venas ardía un poco más al verla
rodear el cuello de su pareja con las manos.
¿Dónde diablos estaba su guardaespaldas? ¿O mi maldito hermano?
Porque sabía que él era la única razón por la que ella estaría aquí.
—¿Quieres que vaya a buscarla? —preguntó Renzo en voz baja, y
apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula. No, no
quería que fuera a buscarla. No quería que ningún hombre se acercara a
ella.
Carrera ladeó una ceja. —¿Una amiga tuya?
Definitivamente no es una amiga. Tampoco una niña. Ya no. Jesús
maldito Cristo.
No necesitaba esta mierda ahora. Ya tenía bastante con lo mío sin
preocuparme que un imbécil bailara con una mujer bajo mi protección.
No. Una. Mujer.
Ella no era una mujer. Todavía no. No la había visto desde la noche en
que le sujeté la cabeza mientras vomitaba toda la noche. Hacía solo tres
meses que había ocurrido, pero ella parecía... Yo no podía ni pensar en
ello.
Tenía que calmarme, de lo contrario, me abriría paso a golpes por el
club. Amore levantó los brazos por encima de la cabeza y movió las
caderas al ritmo de la música. Todos los ojos masculinos estaban puestos
en ella. Toda su atención estaba puesta en su pareja de baile, con una
amplia sonrisa en su rostro y las manos de él apoyadas en sus caderas. Por
un momento, lamenté no haber escuchado su risa plateada debido al
volumen de la música y a la distancia que nos separaba. Su rostro era
luminoso y parecía feliz.
Algo oscuro se deslizó por mis venas al ver a alguien con ella, con las
manos en sus caderas. Sus cuerpos se acercaban el uno al otro con cada
segundo que pasaba.
Entonces me di cuenta de la letra de la canción que estaban bailando—
Can you come fuck me right now22... —estaba sonando y ella la estaba
cantando como si su vida dependiera de ello. Por el amor de Dios. Parecía
que estaba audicionando para un papel en Striptease.
¿Cómo demonios conoce ella esa letra?
Por lo que parece, ella se lo estaba pasando muy bien.

22
Come fuck me right now: Ven a follarme ahora mismo
—Mierda, sí que se sabe bien esa letra —murmuró Renzo, y Carrera
se rio con diversión.
—Por la cara que pones, deduzco que la conoces —afirmó este último
con naturalidad.
Maldición, ¡sí que la conocía! Al menos a la chiquilla que no hizo la
sincronización labial de "come fuck me right now". Pero esta mujer,
chica... Yo no estaba seguro de conocerla.
El chico con el que bailaba se movía junto a su cuerpo y le seguía la
corriente. Sus manos se dirigieron al trasero de Amore y todo se
desvaneció.
Me levanté y me alejé de la cabina privada, más furioso con cada paso
que me acercaba a la pareja de bailarines. Me convertí en un depredador
centrado en su presa... en ella. Si las miradas pudieran matar, todos los
presentes en esa pista de baile estarían muertos. Lo último que quería era
presenciar a Amore Bennetti bailando "FMRN" de Lilyisthatyou.
Hoy podría ser el día en que matara a mi hermanito por dejar sola a
Amore Bennetti, ¡una vez más!
Capítulo 14
Amore

Yo me lo estaba pasando muy bien. Adriano me dejó con un amigo


suyo, Marco. Era divertido, fácil de llevar y un gran bailarín. También era
gay, lo que hizo que mi tiempo con él fuera aún más divertido. No tenía
que preocuparme que tuviera segundas intenciones o coqueteara conmigo.
Pasamos las siguientes seis canciones bailando juntos y haciendo
playback.
Hace unas dos canciones, Adriano vio a una bomba rubia y
desapareció. Una ligera decepción me invadió, ya que era mi última noche
en Estados Unidos antes de irme a Italia, pero no podía decir que me
sorprendiera. Adriano era un notorio perseguidor de faldas. Había
demasiadas tentaciones aquí, y él no podía resistirse. Además, el baile de
Marco era mil veces mejor que el de Adriano, aunque no se lo diría a mi
mejor amigo. En cualquier caso, funcionó.
Sonó la canción de Lilyisthatyou y me desahogué. Grité la letra, giré
y me moví, sin importarme nada. Sabía que Marco no se sentía atraído por
mí, así que aproveché para practicar mis sensuales movimientos.
Probablemente fue un fracaso épico, pero no me molestó.
'Uno solo se mejora con la práctica', decía siempre mi abuela. Y yo
tenía la intención de practicar y ser buena en ello.
Okay, quizá se refería a dibujar y diseñar, pero lo apliqué también a
esto. Era liberador bailar como si nadie estuviera mirando. Marco lo hacía,
pero no le importaba si yo balanceaba mis caderas o me apoyaba
torpemente en él.
—Si quieres conservar tus manos, quítaselas de encima. —Un gruñido
sonó detrás de mí, y su tono gélido me hizo sentir un escalofrío. Podía oír
la amenaza incluso a través de la música alta, lo que me hizo detenerme—
. O te las cortaré.
Me giré y vi la cara furiosa de Santi mirándonos a mí y a Marco. Así
de fácil, el buen tiempo se evaporó y mi estómago se desplomó. Se suponía
que él no debía estar aquí.
—S-Santi, qué... —Mi voz se cortó ante la estruendosa mirada que me
lanzó. Era menor de edad, sí, pero no había hecho nada malo. Solo bailar.
Los ojos furiosos de Santi se dirigieron a mí.
—¡Se acabó el baile!
¿Dónde diablos estaba Adriano? Cada vez que DeAngelo no estaba
conmigo, pasaba alguna mierda.
Me burlé con falsa bravuconería.
—Tú no puedes dictar eso.
Llevaba un traje con la chaqueta desabrochada, mostrando su chaleco
negro que abrazaba su cuerpo grande y fuerte. Una ligera barba cubría su
mandíbula, y su espeso cabello oscuro hacía juego con su expresión
oscura. Era igual de intimidante e impresionantemente guapo. Su
presencia exigía atención, y ahora la teníamos en abundancia. Todo en él
gritaba poder, riqueza y atractivo sexual.
Me tembló la mano cuando la levanté y me recogí el cabello detrás de
la oreja. El calor se me agolpó en el estómago, pero lo ignoré.
—Mi club —dijo en voz baja—. Mis reglas.
Okay, tenía razón. Pero no me rendiría tan fácilmente.
—Solo estaba bailando con un amigo. No tienes que ser una polla. —
Al instante el calor calentó mis mejillas porque una imagen de su polla
pasó por mi mente. O al menos, la imagen que me imaginaba que tendría.
Mis manos se pusieron húmedas, sintiéndome cohibida.
La sorpresa se reflejó en la oscura mirada de Santi ante mi valentía y
su mandíbula se tensó. Quizá estaba tentando demasiado a la suerte.
—La chica no está bailando con nadie más que conmigo —intervino
Marco, intentando apartar a Santi. Lo alabaría si se tratara de cualquier
otro. Santi ni siquiera se movió de su sitio. Marco estaba loco si creía que
podía vencer a Santi Russo. La mirada que le dirigió Santi: puro asesinato.
—Nadie la toca —gruñó Santi—. Y si quieres salir vivo de esto, te
sugiero que le quites las manos de encima. Ahora. —Marco no se movió
y Santi continuó con un tono duro—. Estoy a segundos de cortarlas de tu
cuerpo. Ahora lárgate, maldición.
Metí mi cuerpo entre los dos.
—¿Estás loco? —le espeté a Santi—. Este es Marco. Es un amigo de
Adriano de la universidad.
—Me importa una mierda. —Las manos de Santi llegaron a mis
hombros, y literalmente me levantó del suelo y me movió. Como si
estuviera moviendo un mueble molesto de su camino.
Antes que pudiera parpadear o decir otra palabra, el puño de Santi voló
por el aire, golpeando a Marco justo en su cara.
Me quedé con la boca abierta, viendo cómo el cuerpo de Marco caía al
suelo en cámara lenta. Cuando Santi fue a hacer otro movimiento, le agarré
la mano.
—Para, Santi —grité, con mis ojos buscando frenéticamente a
Adriano—. Marco es un amigo.
Se deshizo de mi mano y se preparó para golpear a Marco de nuevo.
Esta vez, salté sobre su espalda, rodeando su cuello con mis brazos.
—Suéltame, Amore —siseó, con la furia que desprendía su cuerpo.
Me quitó fácilmente las manos de encima y me apartó del camino, listo
para dar otro puñetazo a Marco.
—Jesús, idiota. —Marco escupió sangre al suelo y el sentimiento de
culpa se apoderó de mí—. Serías un caramelo para los ojos si no fueras tan
imbécil.
Santi miró a un lado y yo seguí su mirada. Renzo y otro tipo estaban
allí.
—Llévensela —ordenó.
Los fulminé con la mirada.
—Si cualquiera de ustedes se atreve a tocarme, mis hermanos los
matarán.
Renzo levantó las manos en señal de rendición, aunque una pequeña
sonrisa se dibujó en sus labios.
—No te tocaré—. ¡Idiota!
El otro tipo daba miedo. Parecía completamente imperturbable con mi
amenaza. Probablemente no sabía quién era yo, y nunca lo había visto
antes, aunque eso no significaba mucho. Los tatuajes marcaban su cuello
y sus manos. No pude distinguir exactamente el color de sus ojos en la
oscuridad del club, pero vi que tenía un piercing en la ceja.
Le fruncí el ceño cuando dio un paso hacia mí.
—¡Inkman, no te atrevas!
—Se llama Gabriel Carrera —siseó Santi.
—A Mí. No. Me. Importa. —No tenía derecho a decirme con quién
debía bailar. Ni siquiera era mi amigo, y apenas lo veía ya.
—¿Dónde está Adriano? —Los ojos de Santi parpadeaban alrededor.
Aunque estábamos de pie a un lado, ya teníamos un pequeño público.
Me encogí de hombros. Era mejor no decir nada que mentirle. Sí, se
estaba comportando como un imbécil, pero cuando me miraba así, se
comportaba como un auténtico don dispuesto a hacer pagar a todo aquel
que no se doblegara a su voluntad.
—Seguramente está persiguiendo un pedazo de culo. —Se rio Renzo.
Lo fulminé con la mirada, entrecerrando los ojos. No es que fuera mejor.
Marco se levantó del suelo y se limpió la sangre de la boca con el dorso
de la mano.
—¿No les he dicho, maldición, que se mantengan unidos? —Santi
enfureció. Cada vez había más público—. Estaba encima de ti. Podría
haberte drogado y haberte follado en la primera esquina. Quieres eso para
tu primera vez, ¿huh?
Juro que, ahora mismo, me sentía como si me estuviese cociendo al
vapor. Estaba tan caliente y avergonzada. Cada centímetro de mi piel ardía
de rabia.
—Mi vida sexual no es de tu incumbencia —siseé—. Y no sabes
cuándo fue o será mi primera vez. Imbécil.
—Malditamente equivocada —gruñó, sus ojos me penetraron—. Todo
en mi club es asunto mío.
Puse los ojos en blanco, aunque era muy falso. Por dentro, me
estremecí; aunque no estaba segura de sí era por la excitación o por la
preocupación. Santi nunca me haría daño, pero no era tan estúpida como
para pensar que no me daría una lección.
—¿Dónde diablos está Adriano? —bramó—. ¿O debería matar a este
cabrón por tocarte y acabar de una vez? No tengo toda la maldita noche.
Mi corazón tamborileaba contra mi pecho. Nunca había visto a Santi
tan furioso. Un músculo hizo brinco en su mandíbula, y mi ritmo cardíaco
subió otro punto.
—Yo-yo, tú no puedes hacerle daño a Marco —rogué, poniéndome
delante de mi pareja de baile.
Santi se burló.
—Mírame. Nadie puede ponerte las manos encima.
Su enfado no tenía sentido, ni tampoco su razonamiento.
—Es gay. No soy su tipo —tartamudeé mi explicación, confundida
ante el enfado de Santi—. Es seguro y me agrada.
Agarré la mano de Marco y apreté mi seguridad, compartiendo una
rápida mirada con él. Él apartó su mano de la mía.
—Probablemente sea mejor que no me toques, o este psicópata podría
empezar a utilizarme como su saco de boxeo personal de nuevo.
—Lo siento mucho —me disculpé. Incluso bajo las luces tenues, pude
ver la hinchazón en su mejilla. Giré la cabeza para encontrar a Santi aún
más enojado. Tenía la mandíbula tan apretada que estaba seguro que
rechinaba los dientes. Me pareció que estaba haciendo un gran problema
por nada.
—Sal de mi club —le gruñó a Marco. No tuvo que decírselo dos veces
porque los porteros ya estaban detrás de él, y se limitó a sacudir la cabeza
cuando abrí la boca para protestar.
—Que te diviertas en Italia —dijo a modo de despedida.
Observé su espalda rígida mientras se alejaba de nosotros escoltado
por los gorilas. Cuando desapareció de mi vista, me giré.
—Eso era innecesario —siseé—. Me voy de aquí. Tu club es una
mierda de todos modos.
Di un paso para rodearlo y buscar a Adriano, cuando me agarró la
muñeca. Su mano se sentía áspera, callosa en mi piel, y de repente un soplo
frío de miedo se disparó a través de mi torrente sanguíneo. Tal vez lo
empujé demasiado.
—No vas a ir a ningún sitio sola —me ordenó.
Exhalé un suspiro frustrado.
—Sabes, lo estaba pasando muy bien. Mi última noche antes de irme.
Pero por supuesto, apareciste tú y lo arruinaste.
La parte razonable de mí sabía que, si Adriano y yo siguiéramos juntos,
esta escena no estaría ocurriendo. Sin embargo, no pude evitar
enfurecerme con Santi.
—Vamos a encontrar a Adriano. —Ignoró mi comentario, la furia
como un fuego en sus ojos.
—No. —Estuve medio tentada de pisotear mí talón.
—Amore —advirtió.
Apreté los labios y lo miré fijamente, sin querer decir nada. En su
lugar, mi puño apretó el material de mi vestido en una bola, haciéndolo
aún más corto.
Santi estaba allí con un traje oscuro de tres piezas y una corbata negra.
El contraste entre nosotros era muy marcado. Parecía estar por encima de
mí, más grande que la vida. Su mirada descendió por mi cuerpo, y lo sentí,
como si realmente rozara mi piel. Mi respiración se calmó, sus ojos se
detuvieron en mi material arrugado, mostrando más de mi muslo de lo
apropiado. Inmediatamente lo solté, y él continuó trazando mis piernas con
sus ojos hasta que llegó a mis zapatos.
¿Por qué mi cuerpo estaba tan en sintonía con él? Solo su mirada me
hacía sentir sin aliento, con picazón y calor. Me estaba matando.
Su pesada mirada volvió a la mía, ardiendo con algo que nunca había
visto en sus ojos. Y, por alguna razón inexplicable, la forma en que me
miraba puso cada fibra de mí en modo sobreexcitado.
Mi estómago dio unas cuantas vueltas, haciéndome sentir
extrañamente sin aliento. Con picor. Con hambre de él. No podía apartar
los ojos de él, su oscuridad me hipnotizaba. Entonces sacudió la cabeza
lentamente, como si aclarara sus pensamientos.
Se volvió hacia Renzo y el tipo tatuado.
—Hemos terminado aquí.
Esa era una forma de despedir a la gente.
—Prefiero escuchar que la noche acaba de empezar —murmuré en voz
baja sin pensar, y al instante, el calor se encendió en mi interior.
Renzo ahogó su risa, ocultándola detrás de su mano, mientras el tipo
tatuado sonreía divertido.
Fui a esquivarlo, pero su mano callosa alrededor de mi muñeca se
tensó. Su agarre era firme pero no doloroso. Pero su tacto... Se sentía como
un fuego lamiendo mi piel, encendiendo un infierno a través de mi torrente
sanguíneo. Me estaba marcando con su tacto, y solo había puesto su mano
en mi muñeca. ¡Cristo! Solo podía imaginar lo bien que se sentiría tener
sus manos sobre mí.
¿Sabe él lo que su tacto me está haciendo?
Tiró de mí, casi como si fuera una niña malcriada, lo que me molestó.
Caminamos por un pasillo oscuro, cruzándonos con parejas que se
besaban. Ni siquiera dudó, moviéndose como si no estuvieran ahí hasta
que entramos en una habitación que parecía una oficina. Cerró la puerta
detrás de nosotros, y al instante la música fuerte se apagó, como si
estuviéramos lejos de ella.
—¿Y ahora qué? —escupí, enfadada conmigo misma por sentir esa
maldita atracción hacia él mientras me hablaba y me trataba como si fuera
una niña.
—¿Qué demonios llevas puesto? —me espetó.
Parpadeé ante el repentino cambio de su humor y me miré a mí misma.
—Un vestido.
—Eso no es un vestido —siseó—. Apenas puede llamarse material
decente. Pareces una niña jugando a disfrazarse.
Las palabras dieron en el blanco y sacudieron mi confianza.
Parpadeé con los ojos, con el dolor hinchándose en mi pecho.
—Yo-yo, lo diseñé.
Una retahíla de maldiciones en italiano salió de sus labios mientras
caminaba de un lado a otro frente a mí.
Lo observé caminar y me di cuenta que estaba tratando de calmarse
antes de continuar nuestra conversación. La frustración se desprendía de
su cuerpo junto con el olor de su colonia: masculinidad mezclada con
cuero y whisky. Tan bueno, como un hombre.
Entrecerré los ojos. No era el único enojado; yo también lo estaba. No
podía mirarme un segundo con fuego en los ojos y llamarme niña al
siguiente. Ya no era una niña. Sí, era más joven, pero nadie debía llamarme
niña. Algo hirviente me picaba bajo la piel. Una agitación porque se
negaba a verme como una mujer. Mujer joven, sí; pero todavía una mujer.
No una maldita niña.
Santi finalmente se detuvo; sus penetrantes y oscuros ojos se clavaron
en mí.
—Amore, no puedes llevar cosas así. —Sus ojos recorrieron mi cuerpo
y, por primera vez, sentí que su mirada no era niña—. Eres menor de edad
—me dijo—. Beber y andar por los clubes te meterá en problemas.
Fruncí el ceño ante su razonamiento. Era la cosa más tonta que había
escuchado nunca.
—En primer lugar, no he tomado ni una gota de alcohol —le dije
enfadada—. Y segundo, tengo dieciocho años. La mayoría de las chicas
de mi edad se visten de forma más provocativa que esto. No soy una niña
ni una chiquilla. —Miré mi vestido. Me encantaba y me daba igual lo que
dijera el puto Santi—. No puedes decirme lo que tengo que hacer, Santi.
No eres nadie para mí.
Algo se encendió en sus ojos, y me di cuenta en el rincón más lejano
de mi mente que estaba jugando con fuego, pero había ido demasiado lejos
como para detenerme ahora.
—¿Y ese hombre era alguien para ti?
—Como te dije, solo estábamos bailando. No es que sea de tu
incumbencia. —Tomé aire para calmarme antes de continuar—. Si quiero
bailar con un hombre, lo haré. Si quiero besar a un chico, lo haré. Lo que
haga es asunto mío.
La temperatura de la habitación bajó y el aire se calmó. Todo su cuerpo
se tensó y yo contuve la respiración, observándolo con cautela. Era difícil
saber cómo era un hombre como Santi. Lo único que sabía con certeza era
que era conocido y temido en los bajos fondos. Y con razón. Cuando Santi
se proponía algo, siempre lo hacía realidad. Escuché palabras susurradas
entre mis hermanos y mi padre sobre el Cártel Venezolano que había
estado eliminando de la ciudad.
—¿Es eso así ahora? —dijo con un tono peligrosamente perezoso.
Mis cejas se fruncieron.
—¿Qué? —pregunté, confundida. ¿Qué demonios estaba
preguntando?
—¿Crees que a quién besas es solo asunto tuyo? —Sus ojos se
oscurecieron y sus hombros se tensaron aún más. Algo oscuro se encendió
en su mirada de whisky, caliente y brillante. La intensidad de su mirada
era fuerte. El tiempo pareció ralentizarse.
Pasó otro largo segundo antes que pudiera responder.
—Sí, por supuesto —dije a duras penas. No podía respirar, cada fibra
de mi ser estaba en alerta máxima. Me sentía como una presa que ya había
sido capturada y ni siquiera lo sabía.
Se acercó, lentamente, con los ojos entrecerrados en mí, como si me
hubiera cazado toda la noche y finalmente me tuviera exactamente donde
quería. Nunca lo había visto mirarme así. Pero en algún lugar de mi
interior, me gustó. Mucho.
Mi corazón tronó contra mis costillas y la adrenalina corrió por mis
venas. Debería estar cuestionando mi reacción ante este hombre, pero me
concentré en su calor, que me atravesaba.
Se inclinó lentamente, con las dos palmas de las manos apoyadas sobre
mi cabeza, y quedé atrapada bajo la oscuridad de sus ojos.
—Entonces, ¿quieres un beso? —ronroneó. Su voz se volvió oscura.
Ahumada. Encendió un calor en cada centímetro de mi cuerpo. Mi
estómago se llenó de mariposas y mis mejillas se sonrojaron.
Sí. gritó mi mente, y mi respiración se agitó mientras intentaba
desesperadamente calmar mi corazón. Llevaba mucho tiempo deseando su
beso, pero esto me parecía una trampa. Santi solo me veía como una niña.
—Yo... yo no he dicho eso —exhalé en su lugar. Sostuve su mirada
mientras una gota de sudor recorría mi columna vertebral, dejando un
rastro de calor a su paso. Un zumbido de electricidad recorrió mi sangre,
enviando pequeños escalofríos por mi columna. Dios, solo quería sentirlo
un poco más cerca de mí.
El lateral de su labio se curvó en una sonrisa cómplice y quise borrarla
de su cara. Pero aún más, quería que mi primer beso fuera con Santi Russo.
Probar su boca. Sentir sus manos sobre mí. Había tenido muchos chicos
que me invitaban a salir o intentaban flirtear conmigo, pero ninguno podía
estar a la altura de alguien como Santi Russo. Me había puesto la barra
muy alta sin ni siquiera intentarlo.
Contuve la respiración en anticipación. Estaba tan cerca de mí que
podía sentir su calor y oler su colonia. Limpia y amaderada. Todo lo que
tenía que hacer era moverme hacia delante y sus labios estarían sobre los
míos. Pero tenía la sensación que eso rompería el momento. Así que me
quedé quieta, esperando. Inclinándose, pasó su nariz por el lado de la mía,
sus labios rozaron delicadamente los míos.
Una inhalación aguda resonó entre nosotros. Mi corazón se aceleró
tanto que me preocupó que explotara en mi pecho. Se detuvo durante una
fracción de segundo antes que su boca se acercara a la mía, esta vez firme
y exigente. Tenía un sabor increíble, como a whisky mezclado con
chocolate.
Su cuerpo estaba tan cerca de mí que me quemaba por todas las partes
que me rozaba. El ritmo frenético de mi corazón retumbaba en mis oídos.
Su boca chocó con la mía y exhalé en su boca, nuestras respiraciones se
convirtieron en una sola. Su lengua atravesó mis labios y se enredó con la
mía. Gemí en su boca, hambrienta de más. Quería que siguiera besándome,
tocándome.
Quería más de lo que fuera esto. Era mucho mejor de lo que había
imaginado. La atracción era fuerte, magnética, y la intensidad me destrozó
por completo, y luego me recompuso.
El mundo tal y como lo conocía cambió para siempre.
Mis manos se acercaron a su cuello, frotándome contra él, su cuerpo
cálido y duro contra el mío. Su calor me derritió hasta convertirme en un
charco. Debería tener más autocontrol, pero con Santi no lo tenía. Su boca
me dejó jadeando, consumiendo cada aliento.
Si había un primer beso perfecto, era éste.
Santi Russo era todo y mucho más. Daría cualquier cosa por tocar su
piel desnuda y sentirla bajo las yemas de mis dedos.
Su mano bajó hasta mi muslo desnudo y su palma callosa era áspera
contra mi piel. El calor estalló en un volcán, cada nervio de mi cuerpo
ardiendo de sensaciones. Me froté contra su cuerpo, amando sus manos
sobre mí, su boca devorándome. Esto era lo que había estado esperando.
Y sabía que nadie más que Santi podía hacerlo.
En un movimiento tan repentino, arrancó su boca de la mía.
Respirando con dificultad, retrocedí contra la pared y lo observé,
conteniendo la respiración, deseando que me besara de nuevo. Quería que
hiciera más. Se sentía bien; se sentía correcto. Como un pedazo de mí que
solo él podía unir.
—Jesús —murmuró en voz baja, pasándose una mano por el cabello.
A continuación, siguió una cadena de maldiciones. Cada latido de mi
corazón aumentaba el dolor en mi pecho. Dio otro paso hacia atrás y la
sensación de pérdida me golpeó tan fuerte que me hizo tambalear.
Lo tuve durante un segundo y lo perdí al siguiente.
Pero la sensación y el sabor de él quedarían grabados en mi carne para
siempre. Su tacto era como sumergirse en un día caluroso en las aguas
azules del mar Mediterráneo mientras las olas te llevaban de un lado a otro,
adormeciéndote en una sensación de seguridad, solo para ahogarte en ella.
¿Me ahogaría la tormenta que vino junto con el beso de Santi?
Capítulo 15
Santino

El gemido de Amore resonó a través de mí y me devolvió a la


tierra. ¡Mierda! Estaba dispuesto a desgarrar a otro hombre por tocarla, y
me limité a devorar sus labios como si fuera el último sabor que tendría y
me convertí en un hipócrita.
Había cruzado la línea que no se podía volver a enderezar.
Esos labios eran lo más suave que había sentido nunca. La forma en
que su cuerpo se derretía contra el mío, y yo ni siquiera la había tocado.
Las palmas de mis manos estaban presionadas contra la pared mientras la
besaba como si el mañana no fuera a llegar. No tenía ni puta idea cuando
mi única mano se introdujo en su vestido. Ella hizo que el mundo entero
se desvaneciera, y lo único que quedó fue el sabor de Amore Bennetti.
A fresas.
Ella sabía a fresas con rocío y agua de manantial.
¡Jesús maldito Cristo! Todavía era una niña.
Su respiración ligeramente agitada y los brumosos destellos de sus ojos
esmeralda me decían lo contrario, pero yo sabía que no era así. ¡Maldita
sea!
—Esto fue un error —dije finalmente.
La mirada destrozada que me dirigió fue como un puñetazo en el
pecho. ¿En qué demonios estaba pensando la niña? Tacha niña. Chica.
¡Mierda!
Nos quedamos ahí, mirándonos, y esperé que algo, cualquier cosa,
saliera de esos labios. O tal vez una rabieta. La habría dejado incluso
salirse con la suya y abofetearme. Nada.
Entonces la puerta se abrió de golpe, Adriano entró por ella con
aspecto desaliñado, con la camisa medio metida y el cinturón mal puesto.
Debió recibir la noticia antes de tener la oportunidad de limpiarse después
de follar con una chica al azar. Fuera quien fuera, me enteraría y le
prohibirían la entrada a mi club nocturno. Si se hubiera quedado con los
jeans puestos y al lado de Amore, nada de esto habría pasado. No habría
probado a Amore Bennetti.
¡Mierda! Ahora incluso me echaba la culpa.
Yo estaba malditamente ardiendo. El calor se arrastraba bajo mi piel,
el deseo arañando mi pecho para tomar lo que era mío.
Mío. No.
Un simple beso con Amore Bennetti era una clara violación de la
confianza que sus hermanos y su padre tenían en mí. ¡Maldición, por qué
se sentía tan bien! Yo nunca había estado más excitado por una mujer que
por ella. En todos mis veintisiete años, pensé que lo tenía todo. Al parecer,
no era así.
Lujuria, me dije. Nada más. Nada menos. Sin embargo, de la manera
más inquietante, los labios de Amore sobre los míos me marcaron de la
manera más jodida. Sus suaves labios sobre los míos, su respiración
superficial rozando mi boca, su forma ligeramente torpe de rozar su lengua
con la mía. Su sabor. Que. Me. Jodan.
—¿Qué pasó? —preguntó Adriano, sus ojos se movían entre Amore y
yo.
Amore contestó antes que yo pudiera hacerlo, sus ojos se dirigieron a
Adriano.
—Tu hermano se portó como un imbécil con Marco —dijo Amore,
encogiéndose de hombros—. Luego pensó que podía sermonearme sobre
lo que debía o no debía hacer o vestir. Típico macho imbécil. —Se alisó
el cabello y se pasó un mechón cobrizo rebelde por detrás de la oreja
mientras esbozaba una sonrisa para Adriano—. ¿Estás listo para llevarme
a casa, Adriano?
No me miró, y me pareció mal. ¿Pero qué esperaba ella? Yo era nueve
años mayor que ella.
Luché contra el impulso de agarrar su nuca, besarla de nuevo y deslizar
mi lengua contra la suya e invadir su boca. Quería saborear su sabor a
fresa. Casi se sentía como una necesidad.
—Santi, ¿qué has hecho? —Adriano trató de sonar justo, y me
molestó. No tenía ningún derecho sobre ella, siempre la dejaba vulnerable
mientras perseguía a otras mujeres.
Con la mirada fría e imperiosa que me caracterizaba, gruñí:
—Ni se te ocurra.
Los ojos de mi hermano se entrecerraron en mí, como si evaluara si
debía empezar a discutir conmigo ahora o más tarde.
—Vamos, Adriano. —Lo agarró de la mano y lo arrastró suavemente,
sin dedicarme una mirada.
Observé su espalda delgada y descubierta mientras salía de mi
despacho y no miró atrás.
Capítulo 16
Adriano

Amore cerró la puerta del auto de su lado con demasiada fuerza, lo


que no era propio de ella. No había muchas cosas que la enfadaran. Tenía
una personalidad fácil, aunque ligeramente obstinada cuando se proponía
algo.
El aparcamiento bullía de vida, la gente entraba y salía, pero Amore
estaba perdida en su propio mundo, y sospeché que estaba furiosa. Lo que
sea que haya sucedido mientras yo no estaba, la había hecho enojar.
—Lo siento. —Era su última noche antes de irse a estudiar a Italia.
Quería que fuera memorable—. ¿Qué tal un helado antes que te deje?
Ella giró la cabeza hacia un lado, con sus grandes ojos verdes puestos
en mí.
—¿A esta hora? No hay nada abierto.
Solo eran las once y cinco.
—Adriano, la mayoría de las heladerías cierran a las diez. Llévame a
casa.
Tomé su mano entre las mías.
—Estás molesta. —No tenía sentido irse por las ramas. Apretó los
labios con fuerza, sin querer insistir más en ello, pero yo era tan terco como
ella—. No debería haberte dejado sola.
—No, no deberías haberlo hecho —espetó ella, sorprendiéndome—.
Habría estado bien que, por una vez, hubieras pulsado la pausa en la
persecución de las faldas. Mi última noche antes de Italia, donde pasaré
los próximos cuatro años —refunfuñó acusadora—, y no pudiste pasarla
conmigo sin interrupciones.
Su queja me sorprendió. Nunca antes había parecido molestarse por
ello.
—Pensé que te lo pasarías bien bailando con Marco.
—Lo hice —siseó—. Hasta que llegó Santi y le rompió la cara.
—Entonces, ¿por qué estás enfadada conmigo?
—¿De verdad eres tan tonto? —siseó ella—. Si te hubieras quedado
con nosotros, podríamos haber terminado esta noche con una nota
perfecta. En lugar de este desastre.
Entorné los ojos hacia ella. Estaba sonrojada y sin aliento cuando
irrumpí en el despacho de Santi. Casi como si... estuvieran haciendo algo
más. Sacudí la cabeza. De ninguna manera. Amore ni siquiera era el tipo
de Santi. Normalmente le gustaban las rubias y las mujeres maduras que
solo hacían lo que él mandaba.
Amore no era ninguna de las dos cosas.
Aunque su vida dependiera de ello, estaba decidida a seguir con sus
planes una vez que los pusiera en marcha. Su abuela quería que estudiara
administración; Amore se decantó por la moda y los negocios. Su padre
quería que tuviera guardias con ella en todo momento; en cambio, Amore
convenció a DeAngelo para que le enseñara a luchar, para que pudiera
defenderse y conservar algo de espacio.
No, interpreté mal la situación. Santi nunca se molestaría en mirar a
Amore como algo más que nuestra hermana adoptiva.
Al poner el auto en marcha, dejé atrás The Orchid y me dirigí a la
tienda de comestibles. Tendríamos helado, le gustara o no.
Una hora más tarde, nos sentamos en el patio de la casa de su padre,
comiendo Ben & Jerry's directamente del envase mientras estábamos
sentados en el capó de mi auto.
—Siento haberme puesto nerviosa antes —rompió Amore el silencio.
—Y yo siento haber sido un idiota y haber arruinado la noche
dejándote sola.
Ella asintió con la cabeza y así era como solían ser las cosas entre
nosotros. Amore era una persona indulgente, tal vez demasiado
indulgente. No guardaba rencor, pero tenía un punto de inflexión. Era una
pequeña cosa que había notado en Amore a lo largo de los años. Nunca
perdonaba a la gente que hacía daño a sus seres queridos.
No era sorprendente. A veces era muy leal. Ni Santi, ni Lorenzo, ni
Luigi creían que los dos seguiríamos juntos y seguiríamos siendo mejores
amigos. Pero por alguna razón, ella se preocupaba por mí y siempre me
defendía; siempre me cubría. Incluso cuando la atacaron hace dos años, no
me culpó, y estaba muerta de miedo.
Pero hoy, algo había cambiado. Solo que no estaba seguro de qué.
—No quiero perderte, Amore —dije con voz ronca. Algo en mi pecho
se apretó con solo pensarlo.
Había cuatro años entre nosotros, pero nunca los sentí. No estaba
seguro de si eso significaba que yo no actuaba a mi edad o que Amore
actuaba con más madurez que la suya. Probablemente lo segundo, aunque
todo el mundo parecía tratarla como a una niña. Sobreprotegiéndola.
Su pequeña mano se acercó a mi muslo y lo apretó suavemente.
—No lo harás —me aseguró con voz suave—. Después de todo, ¿quién
me compraría un helado? —bromeó, con sus ojos verdes brillando—.
Seremos amigos para siempre. Eres de la familia, Adriano.
Cubrí su mano con la mía.
—Para siempre. Estaremos juntos para siempre.
Ella sonrió.
—Y no lo olvides, Adriano Russo.
Deslizándose por el capó, puso su helado en la bolsa.
—Será mejor que duerma un poco —murmuró, poniéndose en mis
brazos una vez que yo también estaba de pie—. Te voy a echar de menos.
La abracé con fuerza y le di un beso en la coronilla.
—Iré a visitarte dentro de unos meses —murmuré contra su cabello.
Siempre olía a fresas. Le quedaba bien ese cabello suyo—. Hablaremos
todos los días, todo el día.
—¿Todo el día? —se atragantó, riendo—. Eso es demasiado. Los dos
estaremos ocupados todo el día. Pero podemos ponernos en contacto todos
los días. Aunque sea un mensaje corto.
Asentí con la cabeza. —Todos los días —pronuncié—. Lo prometo.

Salía de la residencia de los Bennetti cuando sonó mi móvil. Saqué el


teléfono y abrí el mensaje.
NYU.
Tengo V.C.
El mensaje era de mi hermano. Era críptico pero muy claro para mí.
Había capturado al Cártel Venezolano en la Universidad de Nueva York.
Por alguna extraña razón, seguían rastreando la universidad como si
buscaran a alguien.
Capítulo 17
Amore

DOS AÑOS DESPUES

Muerte.
Te destroza por dentro. Te desgarra el corazón y te deja sangrando
lentamente, con el rojo carmesí empapando tu alma. La muerte
intempestiva añadía una capa más. Te carcomía por dentro, una serie de
sentimientos que iban desde el terror, el miedo, la ira, hasta la tristeza, para
luego repetir el ciclo de nuevo. Cuando vi morir a mamá, el terror y el
miedo se convirtieron en una parte permanente de mí. A menudo pensaba
en Mamá y en George, pero nunca por mucho tiempo. Me dolía demasiado
y me llevaba a un lugar oscuro.
Pero esta muerte, la del Sr. Russo, me golpeó de manera diferente. Por
tres razones. Fue asesinado, pero Santi había cazado a esos hombres y los
había matado a todos. Me sentí bien al saber eso. Estaba haciendo lo
mismo con los asesinos de mi madre, y me dio la esperanza de sentirme
aún mejor cuando los hiciera pagar.
En segundo lugar, el dolor en las caras de sus hijos me dolió junto con
ellos. Deseé que hubiera algo que pudiera hacer para aliviar su dolor. Hace
siete años, cambiaron mi vida en Nueva York para mejor. El Sr. Russo y
sus hijos, lo admitan o no, me ayudaron a conseguir un padre y unos
hermanos, una familia, cuando más lo necesitaba.
Adriano fue el bono, la cereza del pastel. Todavía no estaba segura de
lo que era Santi.
Mi obsesión. O tal vez mi perdición.
En tercer lugar, el entierro me pareció un cierre definitivo. El clima
sombrío de Abril y la niebla húmeda que nos rodeaba eran apropiados.
Reflejaba la pérdida, te permitía hacer el duelo para poder dejar ir a la
persona que amabas. A un lugar mejor. Nunca tuve eso con Mamá y
George. Sus cuerpos se perdieron en algún lugar de la selva sudamericana.
Sus lápidas eran solo cáscaras.
Dejando a un lado los pensamientos oscuros, mis ojos se desviaron
hacia las flores que cubrían el ataúd que estaba a punto de ser enterrado.
El lugar de descanso final del Sr. Russo.
El tío Vincent y yo nos mantuvimos a un lado ya que llegamos tarde.
Una tormenta sobre el Atlántico retrasó nuestro vuelo, dejándonos apenas
tiempo para ducharnos y cambiarnos antes que el tío Vincent nos llevara
al cementerio para el entierro. Lorenzo se quedó en Italia.
Hacía dos años que no veía a Santi y casi seis meses que no veía a
Adriano.
Mi mejor amigo estaba junto a su hermano y me dolía el corazón por
ellos. Mientras el féretro se hundía lentamente en la tierra, vi que Adriano
se limpiaba discretamente el rabillo del ojo. La cara de Santi, en cambio,
era una máscara inmóvil. Permanecía inmóvil como una estatua, con el
cabello oscuro brillando con la niebla, las cejas fruncidas, los labios
apretados en una fina línea y la mandíbula tensa.
Era tan hermoso como lo recordaba, pero más duro. Y no era un
hombre blando para empezar.
Mi padre estaba detrás de ellos junto con Luigi. Todos vestían de
negro. Nunca había visto tanta gente en un mismo lugar. Una amplia gama
de familias influyentes de la Cosa Nostra se reunieron para despedir a este
hombre. Todos los que de alguna manera estaban relacionados con la Cosa
Nostra estaban aquí. El Sr. Russo fue un hombre despiadado durante su
vida, no había duda de ello. No habría sido un Made Man si no lo fuera.
Pero lo respetaban. Sabía que lo mismo ocurría con su hijo mayor.
Yo, en cambio... era uno de esos casos peculiares varada en medio de
este mundo y las familias de élite de Nueva York que no se ensuciaban las
manos pero eran tan escrupulosos como estos hombres. Solo se escondían
tras sonrisas falsas y guardaespaldas que hacían el trabajo sucio por ellos.
Ahora mismo, tengo un pie metido en ambos mundos, pero mis
actividades de los últimos dos años han ido inclinando la balanza a favor
del mundo de mi padre. Por supuesto, nadie lo sabía excepto DeAngelo y
los hombres que trabajaban para nosotros, cazando a los asesinos de mi
madre. Los hombres que la torturaron durante días. Que la destrozaron.
Me envolví con los brazos, el escalofrío me caló hasta los huesos. No
estaba segura de sí era la niebla y las frescas temperaturas de abril o toda
esta escena. O tal vez fueran las dos cosas.
Adriano me llamó para contarme lo sucedido. El Sr. Russo iba por su
periódico cuando se produjo el tiroteo. Tenía veinte balas y mataron a
cinco transeúntes inocentes.
Mis ojos viajaron hacia mi mejor amigo. Fue un shock para el sistema
oírlo derrumbarse. Pasé horas al teléfono con él mientras lloraba, y yo lloré
con él. Pero debía ser una amiga horrible porque todo el tiempo me
preocupé también por Santi. No había tenido noticias ni hablado con Santi
desde aquella noche en The Orchid. Sus palabras aún dolían, pero en el
gran esquema de las cosas, ese dolor no se comparaba con esto. ¿Quién
estaba consolando a Santi? ¿O lo sacaba todo cazando a los hombres que
mataron a su padre?
No sabía cuántos hombres del Cártel Venezolano había matado Santi.
Todos se lo merecían. Pero me hizo preguntarme si me concedería el
mismo destino si supiera mi parentesco con Perèz Rothschild. No
importaba que fuera de mala gana. ¿Le importaría que esa misma gente
hubiera matado a mi propia madre, sin importar que fuera su nieta?
Como si percibiera mis pensamientos, Santi levantó la cabeza y
nuestras miradas se cruzaron. El aire se aquietó, el tiempo pareció
ralentizarse y el mundo se desvaneció, dejándome a solas con el hombre
que se ahogaba. No movió ni un músculo, ni cambió su expresión. Pero su
mirada me llegó hasta el alma. Había rabia, dolor y pérdida en esas oscuras
profundidades. Quería mejorar su situación. Pero sabía que nunca
aceptaría mi ayuda. No me consideraba lo suficientemente mayor, ni
siquiera para eso.
La gente empezó a moverse, a acercarse a los hermanos Russo y a
ofrecer sus condolencias, pero los ojos de Santi nunca se apartaron de mí.
Estrechó las manos, reconoció las palabras pronunciadas, pero todo el
tiempo, su mirada penetrante me atrajo hacia su oscuridad. Me desafiaba
a acercarme.
¿Qué había en él que siempre tiraba de mi alma? Dos años de distancia
deberían haber curado este tirón. Había tenido muchas citas con hombres
desde aquel beso, muchos besos también... pero ninguno de ellos me
conmovió. Mi corazón permanecía impasible, como si solo latiera para
Santi.
Una obsesión malsana. Era la única explicación lógica.
Mi padre y Luigi aparecieron a nuestro lado, y dirigí mi atención hacia
ellos, sin dejar de ser consciente de los ojos de Santi sobre mí. Era como
una picazón, una quemadura en el cuello que no desaparecía.
—Amore, creí que no lo lograrías. —Papá me envolvió en su abrazo y
yo le devolví el consuelo.
—Siento haber tardado tanto en llegar. Hubo una tormenta y los pilotos
tuvieron que aterrizar el avión y esperar a que pasara.
—Ahora estás aquí. A salvo. Eso es lo único que importa.
Me dirigí a Luigi mientras papá dirigía su atención al tío Vincent.
Hablaron de algunas amenazas, pero cambiaban entre el italiano y el inglés
con demasiada rapidez. No pude seguir su conversación con la atención de
Luigi en mí.
—Mi hermanita. —Sonrió.
—Hola, hermano —lo saludé. No lo había visto desde Navidad,
cuando él, papá y Adriano vinieron a pasar un tiempo conmigo en Italia.
Me abrazó.
—Mírate, hermanita. Casi no te reconozco.
Sonreí.
—Acabas de verme.
Pasó tiernamente su dedo por mi mejilla. —Eso fue hace cuatro meses.
Cada vez que te veo, es como si hubieras crecido más.
—Sigo siendo del mismo tamaño —le dije a regañadientes. Para mi
consternación, mi crecimiento terminó una vez que alcancé el metro y
medio—. Cada día somos más viejos —añadí.
La verdad era que algunos días me sentía incluso más vieja que mis
veinte años. Quizá llevar una doble vida no era para mí, aunque me negaba
a rendirme hasta ver muerto al hombre que había matado a mi madre. Era
mi promesa que cumplir. Santi mató a uno hace tantos años en aquella
fiesta de la Universidad de Nueva York y, aunque me asusté, también me
resultó gratificante saber que estaba muerto. Él hirió a mi madre; Santi lo
hirió a él. Era justo. Y yo mataría a sus cómplices.
—He escuchado que tu abuela está contenta con todo tu trabajo y
quiere transferirte las riendas —comentó Luigi.
—Es demasiado pronto. No estoy preparada —admití de mala gana.
La verdad era que temía que tomar las riendas de la empresa Regalè me
alejara de mi padre y mis hermanos. También de los Russos. No es que
Santi se preocupara demasiado por mí.
Luigi me observó con sobriedad y luego asintió—. Estás preparada,
pero si crees que es demasiado pronto, entonces es demasiado pronto.
Tiene que dejarte terminar la universidad en paz al menos.
Un par de manos me rodearon por detrás y me rodearon la cintura.
—Estaba seguro que no lo conseguirías —me susurró Adriano al oído,
con la voz ligeramente entrecortada.
Al darme la vuelta, me encontré con sus ojos. Estaba solo. Santi seguía
en el mismo sitio mientras más gente le daba el pésame. Ahora era
oficialmente el don. Con veintinueve años, era el más joven de la historia
de la mafia italiana. Al menos eso decía Adriano.
—Prometí que estaría aquí. Ninguna tormenta me mantendría alejada.
—Tomé su mano entre las mías y la apreté en señal de consuelo silencioso.
Deseé que hubiera algo que pudiera hacer por él. También por Santino.
Mis ojos se dirigieron de nuevo a su hermano mayor, como una
atracción magnética que no podía controlar. Los dos hermanos eran tan
parecidos y a la vez tan diferentes. Santino estaba probablemente más solo
que nunca. Tenía la mandíbula tan apretada que creí que se la rompería.
El rostro de Adriano también estaba tenso, pero parecía más apenado
que furioso.
—Amore, ¿irás con Vincent a la residencia de los Russo? —preguntó
papá. Cuando lo miré confundida, me explicó—. ¿O quieres unirte a tu
hermano y a mí? La tradición es celebrar una recepción después del
funeral.
Era difícil imaginar a la familia Russo en otro lugar que no fuera su
casa de la ciudad. Tal vez porque esa era una época anterior a la que los
había conocido.
—Acompáñanos —me suplicó Adriano cuando fui a separarme para ir
con papá y mi hermano—. Es en nuestra casa de Long Island.
Mi paso vaciló y miré entre Adriano y mi familia. No creí que Santi se
alegrara de ello.
—Ah, no estoy segura. —No estaba segura de qué decir. No quería
agobiar a los dos hermanos. Necesitaban su propio espacio y tiempo para
lidiar con su dolor—. Tú y Santi deberían tener un tiempo a solas —
murmuré—. Y yo acabo de volver.
—No, no lo necesitamos. Ahora mismo, te necesito a ti. Por favor.
Una ráfaga de conciencia corrió desde mi nuca hasta mi torrente
sanguíneo.
—¿Qué está pasando? —La voz de Santi llegó detrás de mí y me
inundó, enviando escalofríos por mi columna vertebral. Lo percibí antes
que pronunciara una palabra. Su voz era profunda e indiferente mientras
mi estómago se apretaba de los nervios.
¿Cuánto escondía detrás de esa voz? Me giré para encontrarme con su
mirada. Sentí que debía prepararme mentalmente para estar tan cerca de
él. Excepto que no tenía suficiente tiempo.
—Adriano quiere que Amore vaya con ustedes dos —respondió
Luigi—. Ella no quiere molestar.
De cerca, el impacto que tenía en mí era aún más intenso. Mi corazón
tamborileaba con fuerza; mis manos querían moverse. En lugar de eso, me
limité a apretar el material de mi vestido. Olvidé que era mucho más alto
que yo, lo que me obligó a inclinar el cuello para encontrar su mirada.
Cuando nuestros ojos se encontraron de nuevo, fue como si todo el aire
saliera de mis pulmones.
—Siento tu pérdida, Santi —exhalé, con la voz suave y ligeramente
temblorosa.
Él asintió con la cabeza, con las palabras no pronunciadas en el aire.
Solo deseaba saber cuáles eran.
—Ven con nosotros —suplicó Adriano mientras me apretaba la mano,
ajeno a la tensión entre su hermano mayor y yo. Entonces sus ojos
buscaron el permiso de mi padre.
—Adelante, Amore —me instó papá en voz baja—. Luigi, Vincent y
yo te alcanzaremos allá.
No sabía qué opinaba Santi al respecto, así que busqué su permiso. Me
dio un asentimiento silencioso.
—De acuerdo —acepté de mala gana. No era inteligente; en el fondo
lo sabía. Debería mantener las distancias con Santi Russo, pero como una
polilla a la llama fui.
Me subí a la parte trasera del Ford Mustang Bullitt negro de 1968 de
Santi. Era algo apropiado para el estado de ánimo de hoy. Santi siempre
tenía autos raros y caros. Había oído hablar mucho de éste, ya que Adriano
hablaba a menudo de él. Santi coleccionaba una variedad de autos caros.
Adriano solo coleccionaba Mustangs.
El trayecto hasta su casa fue silencioso. Me senté en el asiento trasero
detrás de Adriano mientras él miraba por la ventanilla, y me concentré en
los movimientos de las manos y las piernas de Santi mientras cambiaba el
auto. No era rítmico, pero algo en su suavidad me tranquilizaba.
Tenía las manos juntas en el regazo, mi vestido negro, algo que yo
misma había diseñado, tenía cuello redondo con mangas largas y llegaba
hasta las rodillas. Era conservador, pero también abrazaba las curvas en
lugar de solo colgar.
Pensé en el último funeral al que había asistido. Era el funeral de mi
madrastra. Dios, parecía que había pasado toda una vida.
Una vida diferente.
Una yo diferente.
Una sola decisión estúpida de una niña ingenua en medio de la selva
había puesto en marcha tantas cosas, había alterado tantas vidas. Mi madre
murió, también George, y descubrí que George no era mi padre, sino un
Don italiano. Elena perdió su vida por mi culpa.
Nadie habló de ello, pero mi padre lo hizo. Por esos moretones y
quemaduras. Para protegerme. ¿Cuántas personas murieron
protegiéndome? Muchas cosas habían cambiado. Esa niña desapareció y
en su lugar llegué yo. No estaba segura de quién era yo. Amore Regalè.
Amore Bennetti. O alguien completamente diferente.
Acabamos de volver del funeral de Elena Bennetti. La mujer, mi
madrastra, a la que conocía desde hacía dos semanas, había conseguido
infligirme tantas cicatrices, visibles e invisibles, en el cuerpo. Además de
las que ya me había hecho en las selvas de Sudamérica.
El funeral fue una pequeña reunión. Papá lo limitó solo a ciertas
personas que fueron aprobadas por él. Me vestí de negro. Lorenzo me
ayudó a elegir el vestido. Cuando le pregunté si parecería falso que me
vistiera de negro para alguien que no conocía, se limitó a murmurar—:
Así es la mafia y sus familias. Bienvenida al mundo de la Cosa Nostra.
Luego me abrazó. Prometió velar siempre por mí y no pensar en
Elena. Pero la culpa no era fácil de lavar.
Los gritos detrás de la puerta cerrada del despacho de papá fueron
claramente escuchados por todos. En cuanto volvimos del funeral, la
Abuela y Papá entraron en su despacho, con la furia y el enfado
dominando sus rostros.
En ese momento se estaban gritando el uno al otro. Los ojos de todo
el mundo permanecían pegados a la puerta del despacho, sin que nadie
quisiera moverse, fingiendo que no lo había escuchado. La mayoría de la
gente se quedó en el salón, ya que había llovido afuera.
La puerta del despacho se abrió y mi abuela Regina salió furiosa, con
mi padre justo detrás.
—Amore, te vienes a casa conmigo —me ordenó.
Contuve la respiración, con los ojos clavados en mi recién estrenado
padre. El tiempo se detuvo, todo el mundo miraba cómo se desarrollaba
la escena. Los hombres de mi abuela estaban preparados para defenderla.
Dos de sus hombres vinieron detrás de mí, y sospeché que era para
agarrarme y huir si la situación empeoraba. La familia de mi padre y mis
hermanos pusieron las manos en sus armas, listos para sacarlas en
cualquier momento.
—¡Es mi maldita hija! No va a ir a ninguna parte. —El tono rugiente
y posesivo de papá me sorprendió. Sí, hizo pagar a su mujer por
quemarme y torturarme, pero no había sabido de mi existencia durante
los primeros trece años de mi vida. Incluso él mismo admitió que no sabía
qué hacer conmigo.
—Solo por genética. —La Abuela Regina, a pesar de su pequeño
tamaño, era una fuerza a tener en cuenta. No se inclinaba ante ningún
hombre; no escuchaba a nadie. Era la reina—. No sabes nada de ella. Dos
semanas bajo tu techo y tú propia esposa la tortura. ¿Qué es lo siguiente?
Ella tiene miedo de ti, de lo contrario habría confiado en ti. ¡Ella no
pertenece aquí, Bennetti!
Mi corazón tronaba tan fuerte que mis oídos zumbaban y me costaba
respirar. El aire era pesado, demasiado espeso.
—¿Y de quién es la maldita culpa? —gritó, señalándola con el dedo—
. Tú la alejaste de mí. Tú y Margaret.
—¡Eras un hombre casado! —le gritó ella—. Teníamos que pensar en
su reputación. Se merecía algo mejor que convertirse en la puta de un
criminal.
—Abuela —mi voz era un tembloroso susurro que nadie escuchó.
—Maldita perra hipócrita —gritó Papá—. ¡Vete a la mierda y de mi
casa! Y no vuelvas nunca.
—Es mi nieta. Tengo derecho a estar en su vida.
—¡No si yo digo que no! Soy su padre, y te gano. Me importa una
mierda quién o qué eres. Aléjate de mi familia y de mi hija.
Me temblaba todo el cuerpo y me temblaban las manos al llevármelas
a los labios, intentando que no salieran los sollozos. Me mordí con fuerza
el labio, el dolor me hizo caer. La cara de mi Padre estaba roja de rabia,
la vena del cuello palpitaba, prueba que intentaba controlar su
temperamento y no lo conseguía.
—Ella es de mi sangre. Mi única nieta. —La voz de mi abuela
temblaba—. Puedo darle mucho más de lo que podrías soñar. Es la única
heredera del Imperio Regalè.
—Ella es una Bennetti. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Tú lo
sabes. Eres tú quien la ha alejado de mí. Vete ahora antes que te mate.
El brazo de mi abuela se acercó a mí. Por reflejo, mi mano se dirigió
a sus dedos cuando todos sacaron sus armas.
El infierno se levantó y me preparé para lo peor. Se me erizó la piel
con las imágenes de los ojos muertos de mi madre, el olor de la carne
quemada y los gritos torturados de mi padrastro resonando en algún lugar
de la distancia.
—Ve a tu habitación, Amore. —La voz de papá era una orden que no
toleraba la desobediencia, pero yo no podía moverme.
Me quedé congelada, mirando cómo se desarrollaba la escena. El
silencio era demasiado fuerte, el estruendo en mi cerebro aumentaba con
cada latido.
Apartando los recuerdos desagradables en otro rincón oscuro, me
centré en los dos hermanos.
—¿Intentando averiguar cómo hacer los cambios? —La voz de Santi
me sobresaltó, y levanté la cabeza, nuestras miradas se encontraron en el
espejo retrovisor.
—Tal vez —me encogí de hombros—. Puede que quiera probar tu
auto.
Santino Russo adoraba sus autos. Cualquiera que valorara su vida
nunca tocaría ninguno de ellos.
Sus labios apenas se curvaron hacia arriba, pero sus ojos
permanecieron impasibles.
—Solo si tienes ganas de morir, chica.
Puse los ojos en blanco. De niña a chica. No estaba segura de si esto
era un paso hacia arriba o hacia abajo.
—La conducción de Amore ha mejorado. —Adriano me miró por
detrás—. Aunque todavía no ha probado un palo.
Mis mejillas se encendieron ante su terminología.
—Cambio manual —lo corregí—. Cambio manual, Adriano. Esa es la
terminología adecuada.
Adriano se rio.
—Es lo mismo. No tengas la mente sucia, Amore.
Entorné los ojos hacia Adriano, pero permanecí en silencio, evitando
la mirada de su hermano porque todos mis pensamientos sucios giraban en
torno a Santi Russo, y el día en que enterraba a su padre no era el momento
de pensar en ello.

Mis ojos recorrieron la multitud, buscando a Adriano. Había estado


entrando y saliendo de mi vista toda la tarde. Me mantuve al margen,
observando en silencio a todo el mundo. Las otras tres familias de la Cosa
Nostra andaban por ahí, lanzando de vez en cuando sus miradas hacia mí.
Yo no solía frecuentar las reuniones de los bajos fondos, así que era una
novedad para ellos. Las únicas familias de la mafia con las que me
relacionaba eran la mía y la de los Russos. Mi mirada recorrió la sala y
divisé a Gabriel Carrera al mismo tiempo que él me veía a mí.
Inkman23, pensé secamente en el apodo que le asigné.
Empezó a caminar hacia mí, con paso seguro. ¿Formaba parte del
Cártel Colombiano Carrera? ¿O su apellido era solo una coincidencia? Era
un apellido bastante común, aunque tenía que admitir que tenía un aspecto
feroz y aterrador.
—Señorita Bennetti —me saludó. Solo lo había visto una vez en The
Orchid. La misma noche que recibí mi primer beso y mi primer rechazo.
—Sr. Carrera.
—Por favor, llámame, Gabriel.
No era que lo viera mucho para llamarlo por su nombre de pila.
—Amore.

23
Inkman: Hombre entintado
—¿Cómo es Italia? —Ladeé una ceja. Quizá sabía demasiado. Debió
leer mis pensamientos—. Adriano dijo que estás estudiando en Italia.
Ah.
—Me encanta Italia —respondí—. Entonces, ¿trabajas con Adriano y
Santi?
—Cuando es necesario. Sí. —Mis cejas se fruncieron ante su críptica
respuesta—. Santi y yo tenemos objetivos comunes.
Al intuir que no iba a dar más detalles, aparté la mirada de él y vi a la
zia de Santi corriendo hacia la cocina.
24

—Me gustó verte —dije, mirando a Gabriel—. Discúlpame.


Me aparté de la pared y fui tras ella.
—¿Puedo ayudarte? —Le ofrecí. Se giró y vi que le brillaban las
lágrimas en los ojos.
Tragó saliva y asintió. La seguí y la ayudé en la cocina durante el resto
de la tarde. Renzo también rondaba por la cocina, aunque no estaba segura
de sí era porque no tenía ganas de compañía o solo quería comer.
—Gracias por tu ayuda, Amore. —La tía Giulia de Santi sonrió,
aunque era una sonrisa ligeramente triste. Solo la había visto una vez, el
día que conocí a los Russo. Era la cuñada del señor Russo, pero rara vez
me acercaba a la familia extendida de los Russo.
Su cabello blanco plateado caía por su espalda en cascada. Seguía
siendo muy hermosa, pero a diferencia de la mayoría de las familias
italianas, tenía unos ojos azules preciosos y estremecedores.
—No hay problema —le dije, metiendo las manos en el vestido—.
¿Necesitas algo más?
Ella negó con la cabeza y yo le ofrecí una sonrisa.
—Iré a buscar un rincón y me esconderé entonces.

24
Zia: Tía en italiano
Se rio.
—Es una buena idea. Haré lo mismo en unos minutos.
Asentí y atravesé la casa. El lugar era enorme, muy bonito, pero
demasiado grande para un soltero. Me pregunté por qué el Sr. Russo se
había mudado a la ciudad después de la muerte de su esposa. Las palabras
que me dijo cuándo admitió que fue mi madre la que causó la riña entre
los Russo y los Bennetti me hicieron pensar que tal vez no quería a su
esposa. O tal vez los Made Men eran infieles por defecto. ¿Santi le sería
infiel a su esposa?
Un dolor agudo me atravesó el pecho al pensar en Santi con otra mujer.
No me gustaba pensar que se casara. Era estúpido pensar en ello. Con su
aspecto, Santi tenía un rastro de mujeres con el corazón roto a sus espaldas.
Santi Russo no era de mi incumbencia y la mejor autopreservación era
mantenerse alejada de él, así que aparté todos los pensamientos sobre Santi
y sus mujeres.
Además, sabía que casarme con un Made Man no estaba en mis planes.
No si quería mantener el Imperio Regalè, y le prometí a la abuela que lo
haría. Como siempre decía mi abuela, yo no había nacido en el mundo de
la mafia y no moriría en él. Siempre dijo que nunca tuvo la intención que
Mamá y yo nos involucráramos en el lado del hampa de su negocio.
La mayoría de la gente ya se había ido y la casa se había calmado.
Papá, el tío Vincent y mi hermano se fueron después de hablar con
Adriano. Les prometió que él o Santi me llevarían a casa. Mejor que sea
Adriano, y así se lo dije. Nadie sabía de aquel beso que Santi y yo
compartimos, pero estar a solas con él estaba descartado.
La curiosidad y la necesidad de estar sola me hicieron subir los lujosos
escalones de mármol hasta el segundo piso. Una vez allí, mis pasos fueron
silenciados por la alfombra de felpa mientras recorría el pasillo. La casa
parecía fría, lo que supongo que tenía sentido ya que nadie vivía aquí
habitualmente.
Una puerta al final del pasillo estaba abierta de par en par y me acerqué
a ella, asomándome al interior.
Ante mí se extendía una hermosa y amplia biblioteca de tonos cálidos
con una chimenea de mármol. El crepúsculo había oscurecido la
habitación, la luna creciente arrojaba la única luz que entraba por las
ventanas y proyectaba sombras por toda ella. Caminando lentamente por
la habitación, dejé que mis dedos recorrieran los muebles de madera. Todo
estaba limpio e impoluto.
Incluso en la oscuridad, pude ver los hermosos libros apilados de arriba
a abajo en las estanterías. Las estanterías abarcaban cada centímetro de la
habitación, excepto la ventana del fondo, donde había un sillón de cuero.
Aquello olía a cuero y a libros viejos, como la antigua biblioteca de
George. Solía pasar muchas horas en su biblioteca, jugando junto a la
chimenea mientras él trabajaba en sus trabajos de investigación o planeaba
nuestra próxima aventura.
Al encender la lámpara del escritorio, los fantasmas del pasado se
desvanecieron y un resplandor ámbar proyectó suaves sombras en la
habitación.
Me enamoré de este lugar en un solo suspiro. El lugar era un paraíso.
Me recordaba al Sr. Russo y a Santi. Definitivamente no a Adriano. Él
odiaba leer con pasión. El lugar incluso olía a Santi.
Me acurruqué en el sillón, metiendo las piernas bajo el lino de mi
vestido, y saqué el libro de la mesita. Era como si alguien hubiera estado
aquí y lo hubiera dejado allí para volver. ¿Era el Sr. Russo? ¿O Santi?
Al darle la vuelta, leí la descripción Cartel y contrabando de drogas de
Sudamérica. Frunciendo el ceño, estuve a punto de dejarlo en el suelo,
pero algo me empujó a abrir el libro y empezar a leerlo. Los peligros, la
crueldad, los asesinatos, las masacres, la codicia... todo estaba expuesto
con uno de los cárteles más peligrosos de Sudamérica. Era un poco irónico
que alguien de la familia Russo estuviera leyendo este libro cuando
probablemente trabajaban con un tipo de hombres similar.
El Cartel Perèz. El Cártel Carrera.
Mi corazón se aceleró mientras mis ojos hojeaban las páginas, viendo
los nombres que reconocía. Los de mi abuelo, los de mi bisabuelo.
El libro era tan absorbente que no escuché la puerta abrirse, ni cerrarse
con un chasquido, ni los pasos que la seguían. La sensación de ser
observada me hizo levantar la vista de mi libro para encontrar los ojos de
Santi mirándome fijamente.
—Santi. —Me levanté de un salto, mis pies se enredaron en el
dobladillo de mi vestido y me habría caído de cabeza en la alfombra si él
no me hubiera atrapado.
Sus fuertes brazos salieron disparados y me rodearon por la cintura,
tirando de mí mientras yo me revolvía contra él. Los dos nos quedamos
paralizados al mismo tiempo. El olor de su colonia me resultaba familiar
y la adrenalina se disparó en mi organismo, haciendo que mi ritmo
cardíaco se disparara.
—La última vez que te atrape así, te pusiste enferma encima de mí —
dijo, su tono una mezcla de profundo timbre y suave licor me bañó. El
calor sofocante de su tacto amenazaba con la combustión.
Levanté la vista, deseando que mi respiración fuera constante, y capté
la comisura de su boca tirando hacia arriba.
—Ah, tenías que ir y arruinar el momento —me burlé de él en un tono
ligeramente jadeante. El pulso me retumbó en los oídos y el corazón se me
aceleró ante su cercanía. Apoyé mi mano en su antebrazo para
estabilizarme. Era dolorosamente consciente de su fuerza, que su tacto
enviaba un zumbido de electricidad por cada fibra de mi cuerpo. Y su
calor. Me estaba mareando. Corrección. Él me estaba mareando.
Fue un error. La reacción involuntaria de mi cuerpo a su cercanía.
Si fuera inteligente, me excusaría y me iría, pero mi cuerpo se negaba
a escuchar. Este enamoramiento por Santi sería mi muerte.
—Siento mucho tu pérdida, Santi.
Sus ojos se fijaron en mi mano, y temí que tal vez no debería ser tan
familiar. Después de todo, la última vez nos separamos en términos no
muy buenos. Rápidamente retiré mi mano mientras sus palabras resonaban
en mis oídos. Error. Llamó a besarme un error.
Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, la gravedad de su mirada me
atrapó en sus profundidades. Siempre me he sentido segura con Santi, pero
nunca cómoda. Había algo en él que siempre me inquietaba. Quizá fuera
el hecho que fuera tan guapo, con sus hombros anchos y su mano tatuada
que había matado a quien sabía cuántas personas. O tal vez era la oscuridad
que percibía a su alrededor, la energía dominante que le rodeaba.
—Gracias. —Su voz era áspera—. Creo que necesito un trago.
Fue a darse la vuelta, pero lo detuve rápidamente, mi mano alcanzó su
manga.
—Aquí, siéntate —le dije, empujándolo hacia mi silla—. Yo te lo
traigo. Solo dime qué quieres tomar.
Una pequeña sonrisa volvió a aparecer en sus labios.
—De acuerdo. Tomaré whisky. —Inclinó la cabeza hacia la esquina
del lado opuesto de la habitación—. El minibar está ahí.
Me apresuré a cruzar el piso, con los pies aún descalzos y los pasos
silenciosos sobre la alfombra.
—Esta casa es preciosa —le dije, mirando por encima del hombro. Se
sentó en mi silla... no, en su silla que ocupé antes.
—Has crecido, Amore.
Casi se me cae el vaso que había agarrado. Era mejor no comentarlo.
—¿Qué tipo de whisky? —pregunté, arrodillándome y ojeando el
surtido.
—Michter's —respondió. Me concentré en la tarea de seleccionar la
botella adecuada—. Dos dedos.
—¿Hielo?
—Por favor.
Añadí dos cubos de hielo del cubo a su bebida y vertí dos dedos de
whisky en ella. Mientras volvía hacia él, sus ojos se oscurecieron, clavados
en mí. La forma en que me miró me hizo sentir calor por dentro. Sus
profundos ojos marrones eran del mismo color que el whisky que se
arremolinaba en el vaso, y cuando la luz les daba de lleno, con pestañas
gruesas y oscuras que le daban una expresión aguda, era difícil no sentirse
desconcertado mientras te miraba. Toda su atención en ti. Combinar eso
con un enamoramiento malsano, era mortal.
El tintineo del hielo en el vaso me despertó de mi estupor. Le entregué
la bebida, nuestros dedos se rozaron, enviando un zumbido eléctrico
directamente a través de mí.
Retrocedí un paso y me apoyé en el alféizar de la ventana, observando
cómo tomaba un sorbo de whisky y, de repente, sentí sed de un trago
fuerte. Aunque no había tomado un sorbo de alcohol desde aquella noche
de tequila con Adriano.
—¿Dónde está Adriano? —pregunté, rompiendo el silencio.
—Volvió a la ciudad en auto. —Su respuesta me sorprendió; no
esperaba que Adriano se fuera sin mí.
—¿Por qué? —Fruncí el ceño ligeramente molesta, pero enseguida me
reprendí a mí misma. Hoy enterró a su padre; no se merece que lo moleste.
—Está siguiendo un rastro para mí.
Con un latido errático de mi corazón, me di cuenta que esto me dejaba
a solas con Santi Russo. No estaba segura de cuántos invitados seguían
abajo, pero probablemente era mejor que llamara a Papá o al Tío Vincent
para que vinieran a buscarme.
Santi extendió la mano con el vaso.
—¿Quieres un sorbo? —Mis cejas se juntaron, tratando de averiguar
si era una pregunta con trampa. Todavía era menor de edad, al menos en
Estados Unidos—. Ha sido un día duro.
Miré su mano tatuada, envuelta en el vaso, y finalmente acepté el vaso
ofrecido. Observó cómo me lo llevaba a los labios y daba un pequeño
sorbo. La tos fue instantánea.
—Mierda —murmuré entre el picor de garganta y los ojos llorosos—.
Esto es tan malo como el tequila.
Una oscura diversión apareció en sus ojos.
—De ninguna manera. Todo es mejor que el tequila.
Me aclaré la garganta y puse los ojos en blanco.
—Es cierto —dije en voz baja—. No he podido oler el tequila desde
aquel día.
—¿Más noches salvajes y de borrachera? —preguntó.
Me encogí de hombros, devolviéndole su bebida. —No hay noches de
borrachera.
Sus dedos rozaron los míos y mi pulso se agitó. Lo de Santi era un
enamoramiento de colegiala, nada más. Pero acabaría siendo mi muerte.
Había que sofocarlo y eliminarlo.
—Pero ¿sí a las noches salvajes? —preguntó, con su expresión
ensombrecida.
—No te lo voy a decir —solté—. Se lo dirías a mi padre y mi viaje de
vuelta se iría por el retrete.
Una sonrisa ladeó sus labios.
—No soy exactamente el tipo de hombre que besa y cuenta.
Mi mente se quedó en blanco ante todos los posibles significados de
esa afirmación. Yo estaba a favor de besar a Santi, siempre lo había estado.
Tal vez sería una forma de superar mi agonizante enamoramiento por él.
Aunque la última vez, él no tardó en llamarlo un error.
Debería irme antes de hacer una estupidez. Si Adriano se había ido, no
tenía sentido quedarse aquí.
—Hmmm, me voy a ir. —Me moví del alféizar de la ventana. Santi se
levantó de su silla al mismo tiempo, y nos encontramos demasiado cerca,
su cuerpo rozando el mío. Se alzaba sobre mí, su calor me atraía.
Lo vi dar otro sorbo a su bebida y dejarla sobre la mesa auxiliar donde
estaba el libro sobre el cártel.
—Has crecido —dijo con voz suave.
Tragué saliva y no se me ocurrió ninguna palabra. Su atención hizo
que las mariposas bailaran en mi estómago. ¡Qué patético era eso!
Su mirada se deslizó a lo largo de mi cuerpo, su voz suave, haciendo
que mi pulso se acelerara. Un calor indeseado se encendió en mi interior y
me costó mantener el rostro estoico. Santi era el sueño de cualquier mujer.
A los veintinueve años, tenía a la mitad de las mujeres de Nueva York
babeando tras él y la otra mitad fingía no fantasear con él.
Su boca se torció en una sonrisa devastadora, una que me imaginé que
usaba con otras mujeres. Instintivamente, di un paso atrás y me apreté más
contra la ventana, intentando desesperadamente poner distancia entre
nosotros. Lo necesitaba para mantener la cabeza. Para evitar alcanzarlo.
Se inclinó más cerca, respirando profundamente y con su amplio pecho
llenando el espacio entre nosotros.
—Fresas.
Mis cejas se fruncieron en confusión. ¿De qué está hablando?
—Hueles a fresas.
El calor en mi estómago se extendió como el fuego por cada centímetro
de mi cuerpo y se derramó en mi pecho. Juré que sentía que mi corazón
brillaba, aunque no estaba segura de por qué. Tal vez por la forma en que
dijo esas palabras, insinuantes.
—¿Qué estás haciendo, Santi? —pregunté, con una voz extrañamente
ronca y sin aliento bajo su mirada. Después de lo que había pasado la
última vez que me besó, debería sentirme ofendida cada vez que estuviera
cerca de mí. Sin embargo, era todo lo contrario.
Un deseo caliente y hambriento brilló en sus ojos, encendiendo las
llamas que yo quería contener.
—Me gusta tu perfume, Amore. —Jesús, cuando ronroneaba mi
nombre de esa manera, estaba dispuesta a derretirme en un charco de
papilla.
Una voz susurraba en mi interior, advirtiéndome que lo apartara y
abandonara esta habitación, pero mi cuerpo se negaba a escuchar. Una
guerra se libraba entre mi cuerpo y mi mente, y no auguraba nada bueno
para mí.
—Yo-yo, no estoy usando perfume, Santi —susurré, con la voz
entrecortada.
Mi cuerpo se apretó contra el suyo, ganando la batalla interna. Su
expresión se convirtió en algo oscuro y caliente, y un escalofrío me
recorrió cuando las yemas de sus dedos se acercaron a mi cuello, y su
pulgar rozó suavemente mi pulso.
—Te deseo, Amore Bennetti. —Tan directo, pero no me sorprendió.
Había tanto sexo en su voz que creí que iba a estallar de placer solo con
sus palabras—. Pasa la noche conmigo.
Dudé un segundo. Era lo que deseaba desde hacía mucho tiempo. Santi
fue el primer chico que me quitó las lágrimas, el primer chico que me
sostuvo la cabeza mientras vomitaba las tripas después de emborracharme,
mi primer enamoramiento y mi primer beso. La pregunta era si él sería mi
primer desamor, porque tenía la sensación que superar a Santi sería
devastador.
Excepto que yo lo quería. Siempre lo había querido.
La determinación se instaló dentro de mí. Él se sentía bien para mí, y
yo nunca había sido de las que se rinden cuando quieren algo.
—De acuerdo —susurré.
Santino Russo sería mi primer todo.
Capítulo 18
Santino

El brillo de la luna sobre las facciones de Amore la hacía parecer


surrealista, como un ángel con llamas de fuego por cabello. Entré en la
biblioteca buscando la soledad. Desde que Pà fue abatido, solo he sentido
rabia y pena, hambre de venganza. La rabia y la culpa se hinchaban en mi
interior, amenazando con reventar como un dique bajo la presión.
Entonces la vi allí. Amore Bennetti en mi biblioteca. Para que la
tomara. Si había algo que aliviara este dolor, era ella.
Todavía es una niña, me dije. No tenía nada que hacer aquí con una
chica de veinte años que me miraba con ojos verdes y un inocente
enamoramiento en su mirada. Sin embargo, la niña y la chica se
desvanecieron. Todo lo que vi en su lugar fue una mujer.
Una mujer con curvas y un cuerpo suave que me llamaba. Quería
conocer cada centímetro de su cuerpo y de su alma; romperla, solo para
recomponerla y arruinarla para cualquier otro hombre.
Amore Bennetti era mía.
Adriano dijo que había muchas veces que los chicos la perseguían en
Italia. Yo no era un chico, y ciertamente no follaba como uno.
Esperé a que me empujara. Pero en lugar de eso, su pequeña mano se
acercó a mi pecho, las yemas de sus dedos rodearon mi corbata y luego
tiraron suavemente de ella. Estaba nerviosa. No la culpo, no después de lo
que había pasado hace dos años. No habíamos hablado ni nos habíamos
visto desde entonces.
Pero en el momento en que aceptó mi invitación, supe que era mía y
que ahora la tomaría. De alguna manera, en los últimos dos años, desde
aquel primer beso inocente, se había convertido en mi obsesión. Mi
anhelo. Me dije a mí mismo que estaba jodido. Que estaba mal. No
importaba.
Todo su cuerpo se apretó contra mí, su falda se aplastó suavemente
entre nuestros cuerpos, y cerré la distancia entre nosotros mientras la
levantaba en mis brazos.
Sus manos se enroscaron en mi cuello y salí de la biblioteca y entré en
mi habitación. La que no había pisado desde que dejamos este lugar.
Nuestra criada había limpiado toda la casa en previsión que mi hermano o
yo decidiéramos volver a mudarnos, pero las posibilidades eran escasas.
Levantó la cabeza y sus ojos me observaron con tanta confianza que
me dolió el corazón. Bajé la cabeza y lamí el borde de su boca hasta que
separó esos labios exuberantes para mí. Dios, la echaba de menos. Su olor
a fresa, sus sonrisas, sus ojos verdes. No entendía esta reacción que tenía,
pero sabía que nunca la compartiría.
Una vez dentro de mi habitación, empujé la puerta con la suela de mi
zapato y ésta hizo clic detrás de mí, encerrando a Amore dentro de la
habitación conmigo. Sin romper el beso, su lengua bailaba en perfecta
armonía con la mía. Se había vuelto más confiada en su beso, haciéndome
preguntar cuántos chicos había tenido. No importaba porque no tendría
ninguno en adelante.
Lo tomaría todo: su cuerpo, su corazón y su alma. Nada menos que
eso.
Le quité el vestido del cuerpo. La ropa interior le siguió, y luego la
bajé suavemente a la cama, con su cabello rojo esparcido por las
almohadas. La suave luz de la luna se filtraba a través del gran ventanal e
iluminaba su rostro y aquellos impresionantes ojos clavados en mí.
Su piel dorada estaba a la vista. Sus manos estiraron y aflojaron mi
corbata. Luego, sus elegantes dedos tantearon los botones de mi camisa.
Impaciente por sentir su piel contra la mía, la ayudé y la tiré al suelo. El
resto de la ropa y los zapatos siguieron rápidamente.
Sus manos se acercaron a mi pecho, con un tacto suave y tierno. Yo no
era suave, pero por ella... mierda, lo intentaría. Sus ojos, muy abiertos, me
miraban con asombro y curiosidad, sin timidez ni reservas.
—Eres hermoso. —Su voz me bañó como la miel. Inclinándose hacia
arriba desde las almohadas, rozó su boca contra mi piel, justo encima de
mi corazón. Mi pecho se hinchó, llenando un vacío sordo con el olor y el
tacto de esta mujer. Rodeé con mi mano la parte posterior de su cabeza y
aplasté mi boca contra la suya. Me tragué sus suaves gemidos, sus labios
suaves contra los míos.
Deslizando mi mano por su espalda, la suavidad de su piel era como la
seda bajo mis palmas. Un suave gemido sonó contra mis labios. Rompí el
beso, me separé ligeramente de ella y dejé que mis ojos recorrieran su
cuerpo. Era jodidamente hermosa. Tenía una figura de reloj de arena, su
cuerpo era suave, listo para derretirse bajo mis ásperas palmas.
Tomé uno de sus pechos con la mano y le pasé el pulgar por el pezón.
Su aguda inhalación me hizo detenerme y mis ojos buscaron su mirada
esmeralda. El deseo y el hambre que había en su mirada coincidían con los
míos.
—Santi. —Mi nombre en sus labios era la melodía más hermosa.
Se arqueó hacia mi mano y volví a atormentar su pezón con mis dedos.
Me moví sobre ella, acomodando mi peso entre sus muslos. Nuestras bocas
se encontraron de nuevo, hambrientas y exigentes. Como un ladrón, lo
exigí todo.
Mi mano libre se arrastró entre sus muslos, tocando su suave piel y
abriendo sus piernas para mí. Mis dedos encontraron sus pliegues
empapados y, en el momento en que rocé su núcleo, se arqueó ante mi
contacto.
Tan malditamente receptiva. Era malditamente sexy.
La chica había desaparecido para siempre. Lo único que había frente a
mí era una mujer. Ella era mi perfección de una manera inexplicable. Mi
sangre hervía, necesitándola como el aire que respiraba.
He tenido mi cuota de mujeres. Eran un borrón y cuenta nueva, pero
Amore era diferente. Mi instinto me advirtió que podría abrirse paso en lo
más profundo de mi alma negra y encontrar allí un hogar permanente.
Capítulo 19
Amore

La desesperación por obtener más me arañaba las entrañas y el deseo


palpitaba entre mis piernas. Su tacto y su boca me quemaban de la forma
más dulce posible. Sus besos me hacían delirar. Pasé mis manos por su
pecho, por su cuello y por su espeso y oscuro cabello.
Su dedo se deslizó dentro de mí y pensé que me rompería en mil
pedazos. Siguió besándome, perezoso y dulce, pero se contuvo. Lo sentí
como mis propias emociones.
—Santi, por favor —rogué contra sus labios—. Más fuerte.
Un gemido resonó en su pecho, y entonces introdujo su dedo en mi
con más fuerza y tiró de mi labio inferior entre sus dientes. Besar a Santi
Russo era húmedo, sucio y caliente. El pecado más delicioso que había
cometido nunca, y tenía la intención de pecar durante el resto de mi vida.
Con él.
Su boca recorrió mi cuello hasta llegar a mi pecho hasta que capturó
un pezón en su boca y luces blancas chispearon detrás de mis párpados.
—Mierda —exhalé. Su boca en mi piel me marcaba con cada roce
como suya para siempre.
Su pulgar me acarició el clítoris al mismo tiempo, y mis ojos se
pusieron en blanco, con el pulso palpitando entre mis piernas. Seguí
arqueándome contra su mano, frotándome contra él, desesperada por
liberarme.
—No tan rápido —ordenó con voz ronca, retirando sus dedos y
deteniendo mis caderas. Gimoteé mi queja. Había esperado demasiado
tiempo por esto, mi impaciencia arañando y exigiendo que satisfaga esta
necesidad.
Volvió a bajar la cabeza y atrajo mi pezón a su boca, tirando de él,
chupando. Mis manos se enredaron en su cabello, tirando de él más cerca,
mientras la sensación estallaba en mí. Mi núcleo ardía, el dolor punzante
era como una llama que encendía cada fibra de mí. Cambió su atención a
mi otro pezón, el aire frío cosquilleando la carne abandonada.
Sus manos se deslizaron por mi cuerpo. Me soltó el pezón y sus labios
bajaron, dejando a su paso un rastro abrasador. Con sus anchos hombros,
me abrió aún más las piernas. Me abrí para él y no sentí ni un ápice de
vergüenza.
Las únicas sensaciones que se acumulaban en mi sangre eran la
gratificación y la codicia por este hombre. En el momento en que su lengua
conectó con mi clítoris, mis caderas se agitaron bajo él, y entretejí los
dedos en su cabello mientras un fuerte gemido se agitaba en mi garganta.
Sus manos me sujetaron las caderas mientras él seguía dándose un
festín, lamiendo, chupando y mordiendo. Intenté arquear la espalda, pero
su mano me mantuvo pegada al colchón. Sus dientes me rozaron el clítoris
y levanté el culo para balancearme contra su boca. Me obligué a apartar
las manos de su cabello, temiendo arrancarle el cabello con la fuerza con
que lo agarraba.
—Oh, oh, oh. —Mis gemidos resonaron en la habitación. Mis manos
apretaron las sábanas y su lengua encendió mi cuerpo. Era tan bueno—.
¡Santi... maldición!
Sus manos aliviaron su presión y mis caderas se levantaron hacia su
cara, necesitando más de esta sensación. Su lengua me estaba trabajando
sin piedad. Cuando apretó más su pulgar contra mi clítoris, mis piernas se
apretaron en torno a él y mi clímax me hizo estallar. Mi espalda se arqueó
sobre la cama y perdí todo el control de mi cuerpo.
El placer blanco explotó a través de mí, mis caderas se retorcían bajo
él y mis dedos se agarraban a su cabello. Las llamas se dispararon por mis
venas y las luces estallaron detrás de mis párpados. Un escalofrío me
recorrió y un calor lánguido se extendió por cada fibra de mi cuerpo. Sentí
que me descontrolaba y mis gritos llenaron la habitación.
Él seguía lamiendo mis jugos, como si quisiera saborear cada gota,
mientras mi cuerpo se estremecía bajo él. Cuando se puso de rodillas, su
cuerpo subió cubriendo el mío y acomodó su polla entre mis muslos.
Sus ojos eran oscuros, embriagadores. Levantó el dedo y lo acercó a
mis labios. Pasó el pulgar por mi labio inferior, dejando una capa de
humedad en mi boca y un escalofrío me recorrió la espalda. Me pasé la
lengua por el labio inferior, saboreándome. Sus ojos brillaron con algo
caliente y duro.
Bajé los ojos, viendo su gruesa longitud buscando mi entrada, y al
instante me excité de nuevo. Volvía a palpitar entre mis piernas. Pero era
grande... tan grande. Me preocupaba que me partiera en dos. Ni siquiera
me di cuenta que me aparté de él.
—Santi —susurré, con la voz ronca como si no hubiera hablado en
semanas—. Eres demasiado grande.
Nuestras miradas se encontraron, su oscuridad dominando mi cuerpo.
Me di cuenta que siempre he disfrutado de la oscuridad de Santi. Tal vez
porque en ella también encontraba seguridad. No estaba segura, todo lo
que sabía era que lo quería y me sentía segura con él.
—Encajará —me aseguró con un gemido torturado—. Puedes tomarlo.
Confía en mí, cariño.
Un aliento estremecedor me abandonó y mis ojos se fijaron en su gran
polla. Confiaba en él; realmente lo hacía.
Tragué saliva.
—No he... no he hecho esto antes.
Si decidía parar ahora, lo mataría, pero era justo que le advirtiera. La
anticipación zumbaba entre mis muslos, una dolorosa necesidad de él me
consumía.
Si creía que se detendría, estaba muy equivocada, porque algo feroz y
posesivo cruzó su expresión, y apretó sus labios contra los míos.
—Seré suave —gruñó.
—No demasiado suave —ahogué, intentando burlarme, pero sus ojos
se oscurecieron y la pasión ardió en ellos, encendiéndome.
—La segunda vez nada te salvará —me dijo—. Pero para tu primera
vez, seré suave. Confía en mí.
Mi corazón revoloteó en mi pecho y se desvió hacia él.
—Confío en ti —susurré. Confiaba en él con todo mi corazón.
Podía sentir su duro eje preparado en mi entrada. Sentía su calor contra
él, mi coño se apretaba para obtener más de él y mi respiración era errática.
Observé con fascinación la conexión de nuestros cuerpos. Dos se
convierten en uno.
—¡Carajo! —maldijo, y mis ojos se fijaron en él.
—¿Qué pasa?
—Condón —gritó.
—Estoy tomando la píldora —gemí, levantando mis caderas, sintiendo
como su eje se deslizaba más profundamente. Volví a bajar los ojos, pues
había algo muy erótico en ver su longitud presionada contra mi entrada,
con la punta apenas dentro de mí. Se encendió un calor en mi interior—.
Estoy limpia.
Exhaló.
—Yo también estoy limpio. —Bajó su frente contra la mía—. Siempre
uso un condón.
Levanté más las caderas para animarlo a avanzar.
—Por favor —jadeé—. No me hagas esperar.
—Eres una mujer ansiosa —ahogó con una risa angustiosa.
—Al menos me has llamado mujer —murmuré—. Ahora, fóllame,
Santi.
Apenas me di cuenta que se movía, y su mano se curvó en mi nuca
mientras levantaba mi cabeza. Sus ojos se oscurecieron, y cada nervio se
encendió dentro de mi cuerpo con excitación. De vida. Por Santi.
—Yo digo cuando te follo. —Había una tensión en su voz, mezclada
con sexo y tensión que me moría por romper.
—Bien —dije—. ¿Cuándo me vas a follar?
Negó con la cabeza, aunque un destello de diversión bailó en sus ojos,
mezclándose con su tenso deseo.
Sin dejar de mirarme, se introdujo más profundamente en mi entrada
con la punta de su polla caliente y dura. Sentí un ligero escozor y fruncí el
ceño ante el dolor. Intentaba ser suave, pero casi deseaba que penetrara
con fuerza, desgarrando mis barreras de un solo movimiento. Esto... esto
era demasiado doloroso.
Empujó sus caderas hacia adelante, el empuje superficial me hizo
gemir. Presionó sus labios contra mi boca, y mis labios se abrieron,
dándole la bienvenida. Un ruido diferente a cualquier otro salió de mis
labios cuando él siguió empujando. Mi piel estaba caliente, me quemaba.
—Está bien —murmuró contra mí, con la misma respiración. Su beso
se volvió más fuerte, mordiendo y chupando. Tenía tanta hambre de él que
necesitaba más. Pero el dolor me hacía dudar—. Te sientes tan bien,
cariño.
Sus palabras se hundieron en mi corazón y me llenaron de calor.
Quería complacerlo, hacerlo sentir bien.
Levanté el culo, necesitando más de él dentro de mí. Este maldito dolor
me estaba matando.
Me empujó más, entrando lentamente, con su gran tamaño
estirándome. Al romper nuestro beso, observé fascinada nuestros cuerpos
unidos, y la sensación de plenitud inundó cada una de mis células.
—Tan jodidamente apretado —exhaló con voz ronca—. Mierda,
puedo sentir tu coño apretando mi polla. Tan malditamente bueno. —Sus
sucias palabras hicieron que mis entrañas se estremecieran de necesidad.
Santi era el hombre para mí. Era el único que quería. Siempre había
sido él y el calor floreció en mi corazón, grabando su nombre en mi alma.
Continuó moviéndose lentamente, más profundamente. Yo no quería
lentitud. Lo quería duro y rápido. Necesitaba que me llevara al límite.
Como si hubiera oído mis pensamientos, empujó más, rompiendo mi
barrera, y yo solté un suspiro. Se calmó y mis uñas se clavaron en sus
hombros, instándole a seguir. El corazón me latía contra las costillas y la
sangre corría por mis venas.
—P-por favor —jadeé—. Te necesito.
Se deslizó aún más profundamente, empujando cada centímetro de él,
llenándome hasta la empuñadura. El dolor punzante estalló y un gemido
se deslizó por mis labios. Se calmó al instante, dejando que me
acostumbrara a su tamaño.
—Mierda. Estás muy apretada —murmuró con un gruñido—. El coño
perfecto.
Sus caderas se movieron tímidamente; sus ojos se clavaron en los
míos. Las respiraciones estremecedoras se mezclaban con sus gemidos,
una mezcla de todas las emociones que se agolpaban en mi pecho. Sus
gruñidos. Sus ojos. Todo en él era emocionante, tentador, tan estimulante.
Desplazando mis caderas hacia arriba, apretando contra él, me deleité
con la fricción que hacían nuestros cuerpos. Era increíble. Cuando lo miré
a la cara, sus párpados bajaron. Había un hambre ardiente en su oscura
mirada.
—Más, Santi —le supliqué. Él necesitaba más. Yo necesitaba más.
Empezó a moverse más rápido, bombeando dentro y fuera de mí, y la
sensación de estar abrumada de la mejor manera posible me inundó. Me
rendí, y mi espalda se arqueó sobre la cama para recibir sus empujones a
pesar del dolor. El placer lo superaba con creces.
—La tomas tan bien —dijo mientras penetraba aún más, moviéndose
más rápido y con más fuerza.
Su mano se movió entre nuestros cuerpos y en el momento en que su
dedo tocó mi clítoris, rodeándolo con fuerza y rapidez, el placer se disparó
en cada fibra de mí, haciéndome subir más y más.
Gritando su nombre, me entregué a la oleada de placer y al lánguido
calor que ahogaba cualquier otra sensación. Me dejé llevar con la certeza
que me atraparía. Sus caderas trabajaron como pistones, empujando dentro
de mí, a través de mi orgasmo y mi coño apretado, mientras los gruñidos
salían de sus labios. Se adentró aún más, y pude sentirlo por todas partes.
—Amore —gruñó mi nombre, y su cabeza se inclinó hacia atrás. Su
boca se abrió mientras sus músculos se agitaban y se corría dentro de mí.
Enterró su cabeza en el pliegue de mi cuello, su respiración coincidía con
la mía. Dos corazones que laten como uno solo.
Su polla se agitaba dentro de mí, su semen o mi sangre salía de mi
coño, y yo ya había decidido que tendría más de él. Más de esto.
Todavía dentro de mí, sus ojos buscaron los míos, y yo lo miré. Amaba
a Santi Russo. El enamoramiento había desaparecido y el amor por este
hombre se había encendido. Si era sincera conmigo misma, lo amaba desde
hacía años.
Su boca bajó para besarme, el suave roce de sus labios contra los míos.
Quería quedarme así para siempre, unidos como uno solo, perteneciendo
a él y solo a él. Y yo quería que él me perteneciera.
Cuando se retiró, me estremeció el dolor agudo. Tal vez que se quedara
dentro de mí para siempre no era la mejor idea. Volvió a besar mis labios.
—¿Estás bien?
Asentí con la cabeza. Miré hacia abajo para encontrar la evidencia de
mi virginidad en las sábanas blancas. Arrugué la nariz y él se rio.
—Es normal. —Sonrió, y luego apretó otro beso en mi nariz. Dios,
este Santi, el suave, me mataría—. Vamos a asearnos. Un baño caliente te
aliviará los músculos doloridos.
Se levantó y me levantó de la cama. Tenía en la punta de la lengua
decirle que lo amaba, pero el miedo al rechazo se tragó mis palabras.
Capítulo 20
Santino

Amore dormía profundamente en mis brazos; su cuerpo desnudo


protegido por el mío. Me quedé mirando su piel clara con pequeñas pecas
en la punta de la nariz en las que nunca me había fijado. No pude resistirme
y me incliné para darle un ligero beso en la punta de la nariz y luego
recorrer su cuello. Ella respondió de inmediato, con sus dedos agarrando
mi cabello, con las uñas rozando mi cuero cabelludo.
—Tan malditamente hermosa —murmuré contra su cuello, inhalando
profundamente. El aroma de las fresas era reconfortante. Sabía a fresas
recién recogidas. Tenía que conseguir un poco de autocontrol cerca de ella;
de lo contrario, me abalanzaría sobre ella de nuevo y estaba agotada. Tenía
que recuperarse antes que me enterrara en ella de nuevo.
Una virgen.
Mía.
Su viejo me dispararía si supiera lo que habíamos hecho. En nuestro
mundo, la virginidad era sagrada. Sin embargo, ella me la dio tan
libremente, de buena gana. Aunque honestamente, ella no era parte de la
Cosa Nostra. No realmente. La influencia de su abuela y su inmensa
riqueza lograron mantenerla fuera de ella. Su única conexión con los bajos
fondos era su padre y sus hermanos.
Las palabras que pronunció hace tantos años a mí y a mi padre
resonaron en mis oídos. No crecí en este mundo y tampoco moriré en él.
Las cosas cambiaron. Ahora ella era mía. Sería parte de mi mundo, pero
podría protegerla y limitar su exposición al inframundo.
Tendría que hablar con su padre antes que se enterara de la situación.
Ya sabía lo que pensaba hacer. Haría un arreglo para casarme con ella. No
me importaban las condiciones de Bennetti, las cumpliría. Ella sería mi
esposa, pero solo cuando terminara la universidad. Le quedaba un año
más. Hasta entonces, yo haría de su novio. Lo que ella necesitara. Podía
esperar. Podía ser paciente cuando lo necesitara.
—Debería ir a casa antes que mi padre o mis hermanos se den cuenta
que no estoy —murmuró somnolienta. Eran casi las once de la noche, y
yo estaba decidido a mantenerla en mi cama.
—Creen que estás con Adriano —le dije. Luigi me envió un mensaje
de texto preguntando si Amore se quedaba a dormir. No era nada raro, ya
que Adriano y Amore estaban unidos por la cadera desde que ella tenía
trece años. Le dije que sí, siendo breve—. Le dije a tu hermano que
pasarías la noche.
No era la típica chica de la Cosa Nostra. El viejo Bennetti tuvo que
aprenderlo pronto o arriesgarse a perderla. A Amore le gustaba su libertad,
ir y venir a casa de su abuela, y si la hubiera encadenado a las mismas
reglas de las mujeres de la Cosa Nostra, la habría perdido. Sabía muy bien
que, con una sola palabra de su hija a su abuela, la maldita mujer dragón
traería la furia a su puerta. Él lucharía, pero él perdería.
Porque Regina Regalè tenía su propio poder y superaba a toda la Cosa
Nostra y a cinco familias juntas.
—Me gusta cómo suena eso —dijo suavemente, sus manos explorando
mi cuerpo, sus ojos inspeccionando la tinta de mí brazo con curiosidad.
No era tímida con su cuerpo ni con su deseo. Lo poseía mejor que la
mayoría de las mujeres maduras.
La necesidad interna me atravesó para tomarla de nuevo, follarla y
escuchar sus gemidos, mi nombre en sus labios. ¡Jesús! solo unas horas y
ya se ha convertido en mi vicio. Su suave piel se sentía bien bajo mis
ásperas palmas, y su sabor era mejor que cualquier otra cosa. Sus gemidos
me recorrieron las venas y se me metieron en el cerebro. Ella seguiría
siendo parte de mí. Lo sabía tan bien como sabia mi nombre.
—Me gusta tu tatuaje —susurró, con sus manos recorriendo mi
antebrazo derecho hasta llegar a mis dedos—. ¿Significa algo?
Señalé el arma envuelta en la enredadera del árbol, las orquídeas y la
cruz.
—Cosa Nostra, Dios y familia.
Lo estudió con curiosidad.
—En ese orden, ¿huh? —bromeó.
Siete años viviendo bajo la sombrilla de la Cosa Nostra y de alguna
manera Amore evitó la mayor parte de la brutalidad de nuestro mundo.
Aunque por lo poco que me contó, fue testigo de ello cuando vio morir a
su madre. Tal vez Dios le concedió un indulto después de lo que había
pasado. O tal vez fue su abuela la que insistió en que se mantuviera al
margen de la Cosa Nostra y mantuviera la fortuna de los Regalé fuera de
este mundo—. ¿Y los otros tatuajes?
Se sentó y se llevó las rodillas al pecho, aun sosteniendo la manta para
cubrir su cuerpo. Su cabello cobrizo se veía muy marcado contra la luz de
la luna, las sábanas blancas y su piel besada por el sol. Se había convertido
en una mujer hermosa. Italia le sentaba bien.
—¿Cuándo vuelves a Italia? —le pregunté, evitando su pregunta. No
quería decirle que la calavera representaba la muerte de los hombres que
se atrevían a cruzarse conmigo.
Ella suspiró.
—Pasado mañana. Solo pude obtener del decano un indulto por tres
días de clases perdidas.
Asentí en señal de comprensión.
—¿Qué tal si voy a visitarte?
—¿A Italia? —Asentí y sus ojos se entrecerraron sospechosamente—
. ¿En serio?
—Sí, en junio, cuando acaben las clases. Adriano dijo que tus clases
terminan a mediados de junio, y supongo que no volverás a casa en verano.
Nunca lo admitiría, pero me sentí algo decepcionado cuando no había
vuelto a casa, ni una sola vez en los últimos dos años. Ese maldito beso
era algo en lo que pensaba más a menudo de lo que debería.
Ella se encogió de hombros.
—Probablemente no. En julio trabajaré en la oficina de Milán y en
agosto en la de Londres. Y luego vuelvo a empezar las clases.
No me extraña que su familia estuviera tan orgullosa de ella. Amore
era tan ambiciosa y capaz como su abuela. Excepto que Amore tenía un
corazón blando, a diferencia del dragón de su abuela.
—Eso está arreglado entonces. —La atraje a mis brazos. Será una
tortura sobrevivir dos meses sin ella.
—¿Santi?
—¿Hmmm?
—¿Estás bien? —susurró.
Apartándome ligeramente de la almohada, para poder ver su cara,
fruncí las cejas y se me escapó un ruido de diversión.
—Esta noche ha sido una de las mejores que he tenido en mucho
tiempo. Mucho tiempo.
Sus mejillas se sonrojaron de un rosa pálido, casi a juego con el tono
de su cabello.
—Me refiero a la ausencia de tu padre y todo eso. —Sus dedos
juguetearon con el dobladillo de la sábana.
El dolor vibró en mi pecho, pero esta vez no me dio ganas de matar. O
me empujo a cazar a todos los miembros del Cártel Venezolano de la
ciudad. Esta vez, era más bien el dolor sordo de una pérdida, y sospeché
que tenía algo que ver con ella.
—Era un buen hombre —susurró.
—Sí, lo era. —La acerqué a mí y ella apoyó su cabeza en mi pecho.
No necesitaba saber que tenía las calles llenas de hombres a la caza de
los Venezolanos responsables de disparar a mi padre. Tenía más hombres
en las calles que las otras cuatro familias juntas. Mi reputación llegaba
lejos, y se corría la voz sobre mis actividades extracurriculares en la caza
de estos hombres. Nadie quería cruzarse conmigo, así que la información
llegaba a raudales. No descansaría hasta que el último miembro del Cártel
Venezolano estuviera muerto o se hubiera ido de mi ciudad.
—¿Santi?
—Hmmm.
—No me vas a decir que esto fue un error mañana, ¿verdad? —Su
cuerpo se tensó apenas, pero lo suficiente como para que me diera cuenta.
—Nunca fuiste un error —le dije—. Y aquel beso de hace dos años —
su respiración se entrecortó—, tampoco fue un error.
Sus ojos buscaron los míos, con una vacilante confianza en sus
esmeraldas.
—¿De verdad? —preguntó suavemente.
—Hablo muy en serio. —Le di un beso en la frente—. Vamos a
dormir, Amore. Mañana tengo un día muy ocupado.
Una suave burla salió de sus labios.
—¿Qué? —le pregunté.
Ella levantó la cabeza, con una expresión indigna en su rostro.
—No quiero dormir. Quiero más sexo.
Y así, sin más, volvió mi buen humor y no pude contener la risa. Había
perdido a mi padre esta semana y no sentía más que angustia y rabia hasta
esta noche, cuando ella me dio todo de sí. Ella era la mejor medicina, pero
temía haber creado una adicta al sexo.
Me incliné para besarla, inclinando su cara.
—¿Qué he hecho? —murmuré contra sus labios—. He creado un
monstruo.
—Es mucho tiempo para esperar hasta junio para tener sexo, Santi. —
Hizo un mohín—. A menos que me encuentre un sustituto.
Gruñí, con la posesividad encendida en mi interior. Su boca estaba
hinchada, su piel enrojecida, y la idea que alguien la viera así me hacía
querer iniciar una ola de asesinatos.
—Si te encuentro besando o tocando a alguien más, los cazaré y mataré
a los hijos de puta. —Mi mirada se intensificó, así que supo que hablaba
en serio—. Y si te tocan, les quemaré la carne de las manos para que el
dolor sea lo último que recuerden antes que les corte la garganta.
Se le escapó un suave jadeo y sus ojos se abrieron de par en par.
—Eso es demasiado, ¿no crees?
—No, no lo creo —le dije, con mi voz gruñendo—. Te juro por Dios,
Amore, que si me entero que otro hombre te ha tocado, lo cazaré y lo
cortaré en pedazos. Sus manos te serán entregadas en una caja. Como
recordatorio que solo yo te toco.
—Es una broma. —Ella tragó, jadeando.
Mi mandíbula hizo un tic, mis dientes se apretaron y mi mirada se
congeló.
—Yo. No. Bromeo.
De repente, sonrió y toda su cara se iluminó.
—Okay, entonces mucho sexo por FaceTime.
Sacudí la cabeza con incredulidad. Jesús, me estaba irritando con
demasiada facilidad. Sus manos se colaron detrás de mi cuello y me
acercó.
—No te preocupes, Santi —murmuró contra mi oído. Sus labios me
rozaron la garganta antes de besar lentamente la línea de la mandíbula y
posarse en mis labios—. Solo te quiero a ti. Pero aún no estoy lista para
dormir.
Profundizó el beso y el calor estalló en mi ingle. Aprendía rápido, lo
reconozco. Deslizó su lengua en mi boca y mi polla se puso dura como
una piedra.

Me senté en mi silla y me crují los nudillos en la sala de conferencias


de mi casino subterráneo. Aquí no había ventanas. Así que, a menos que
llevara la cuenta del tiempo, nunca sabría si era pleno día o plena noche.
Apenas era mediodía, veinticuatro horas después de enterrar a mi padre.
De alguna manera, no esperaba estar en este estado de ánimo. El deseo por
Amore alivió el hambre desatada de venganza.
Gabriel Carrera, Renzo y Adriano tenían a nuestros dos invitados,
Venezolanos, atados en una silla mientras eran torturados y sangraban
sobre mi maldita madera. No podía soportar el desorden en mi piso. Esa
mierda me irritaba hasta la puta madre. Por alguna estúpida razón, Renzo
y Adriano pensaron en traerlos aquí.
El desasosiego me arañaba la espina dorsal. Hacía apenas dos horas
que había dejado a Amore en casa de su padre y ya me picaba la piel. La
quería conmigo, debajo de mí, encima de mí... de cualquier puta manera,
siempre que estuviera conmigo.
No sabía cómo iba a pasar el día, y mucho menos dos meses antes que
terminara la universidad. ¡Maldita sea! Era demasiado viejo para esta
mierda.
Adriano y Renzo se balancearon en sus sillas, ambos sintiendo mi
agitación. Ninguno de los dos quería el extremo corto de ese palo. No
podía culparlos, aunque sabía lo irracional que era ese ardor por ella. Era
oficialmente Don de nuestra familia, y todo lo que podía pensar era en la
mujer de piel suave y tersa, cabello rojo, un coño apretado y envuelto en
un aroma a fresa.
—Ahora, díganme, señores —dije, con mi voz impasible y fría—. El
nombre del hombre que puso una diana en mi padre.
Ambos hombres empezaron a sacudir la cabeza frenéticamente.
—N-no sabemos quién es.
—Entonces, ¿por qué te meas encima?
Quería meterles una bala en la cabeza a los dos. Estaba tan
malditamente cansado de los juegos. Todos estos cabrones trabajaban para
el Cártel, pero no sabían el nombre de su jefe.
—Por favor...
No llegó a terminar. Le golpeé en un lado de la cara con el mango de
mi arma. La piel de su cara se agrietó y la sangre corrió por su mejilla. Tal
vez torturaría a uno mientras el otro miraba. Podría ser un buen incentivo.
Volví a golpearlo ante las imágenes del frágil cuerpo de mi padre
acribillado por múltiples balas desangrándose sobre el hormigón.
Estos bastardos tenían miedo de salir del puto auto y buscar pelea con
un hombre de sesenta años. Lo golpeé de nuevo, y la rabia que Amore
había calmado volvió a salir a la superficie. Lo golpeé de nuevo y más
sangre salió de su boca.
—Santi, no hablará si está muerto —afirmó Adriano lo malditamente
obvio.
—Por suerte, tenemos dos de ellos. Mataremos a uno.
Le agarré la cara y le sujeté la mandíbula con fuerza. No me inmutaría
si le rompiera la mandíbula con mi mano. Para mí era un puto asunto
cotidiano. Él quería dolor; yo estaría más que feliz de complacerlo.
—El nombre —grité.
—No tengo ninguno —gimió, mientras el otro cautivo se cagaba
literalmente.
Al darle otro puñetazo en la cara, sentí que sus huesos se quebraban
bajo mis nudillos y un fuerte aullido salió de sus labios.
—Dame. El. Maldito. Nombre —volví a gritar, demasiado frustrado
para lidiar con malditos imbéciles. Lo agarré por la garganta y apreté con
fuerza, ahogando su vida. Su cara se puso morada—. Dirección.
—Bronx, código postal 10456 —dijo jadeando. Me relajé, apenas,
para que pudiera terminar la dirección—. Calle 167 Este.
Volví a apretarle la garganta, con los ojos en blanco.
—¡Para! —Parecía que el otro cautivo no soportaba la idea de la
tortura, y yo ni siquiera había empezado con él—. Ni siquiera estábamos
en la ciudad cuando ordenaron el golpe a tu padre —añadió
frenéticamente.
La ira se deslizó bajo mi piel, abrasando y arañando para hacerles
pagar. Me tragué la rabia ardiente mientras una neblina roja nadaba en mi
visión. La rabia se apoderó de mí, retumbando en mis oídos.
Volví a agarrar la barbilla del mismo tipo que negaba conocerme y
apreté el agarre. —Creía que no me conocías.
—Estaba destinado a Bennetti —soltó—. Su hijo bastardo es el
siguiente.
Una quietud mortal se apoderó de mí. Querían hacerle daño a Amore.
—Bennetti no anda por el mismo barrio. —Adriano se acercó, con los
ojos encendidos. Era protector con Amore. Permití que Pà mantuviera a
Adriano fuera del negocio familiar, pero ahora lo necesitaría. Más que
nunca. Además, no se mantendría al margen cuando la seguridad de
Amore estaba en cuestión.
—Él y el viejo Russo iban a reunirse. Los dos debían estar allí. —El
Venezolano de la cara ensangrentada miró frenéticamente a su alrededor,
buscando ayuda. Aquí no habría nadie que lo ayudara.
Con una mirada perezosa y autocrática, saqué mi arma y les metí una
bala en el cráneo. Con dos segundos de diferencia.
Se metieron con la familia equivocada.
Capítulo 21
Amore

Me senté con las piernas cruzadas en el sofá con Adriano a mi


lado.
Él jugaba a Warcraft en su iPhone mientras veía Avengers. Era nuestra
película favorita, y la habíamos visto al menos cien veces desde que
éramos amigos. Papá estaba en su despacho, y Luigi estaba en algún lugar
con Santi, probablemente cazando al cártel. Era la razón por la que
Adriano estaba enfadado. Sentía que debía estar ahí fuera con los chicos.
—¿Estás bien? —le pregunté a Adriano. Parecía un poco apagado.
Pero entonces, yo también. Todavía estaba drogada por haber caído entre
las sábanas con el hombre de mis sueños. Santi Russo. Solo con su nombre
me desmayaba y suspiraba. Anoche fue mucho mejor de lo que podría
haber imaginado. Impresionante. Perfecto. Pero no fue solo físico para mí.
Mi pecho se hinchó con tantos sentimientos hacia él. Lo amaba. Siempre
lo había hecho y sospechaba que siempre lo haría.
—No, no estoy bien —respondió Adriano con un grito,
devolviéndome a la tierra—. Debería estar ahí fuera persiguiendo a esos
hombres. No sentado aquí, haciendo girar mis pulgares contigo.
Me estremecí ante su tono áspero y mis ojos se dirigieron a él. Antes
que pudiera decirle que se llevara su actitud a casa, debió darse cuenta de
su error e inmediatamente me rodeó con sus brazos, con el arrepentimiento
en su rostro.
—Lo siento. Es que me enfada sentirme impotente. —Podía entender
ese sentimiento. Me he sentido impotente ante los sueños y las pesadillas
que me atormentaban desde la muerte de mi madre. Solo cuando empecé
a entrenar con DeAngelo y a trabajar por un objetivo “la venganza”
empecé a sanar. Imaginé que Adriano probablemente sentía lo mismo.
Quería vengar la muerte de su padre, tanto como Santi—. Me hace sentir
incompetente —admitió a regañadientes.
Tomé su mano entre las mías.
—Créeme, lo sé —dije con voz ronca.
A veces quería confesarle a él o a Lorenzo lo que estaba haciendo. Lo
único que me retenía era la preocupación de que me pusieran freno. A
pesar que Adriano era mi mejor amigo y estaba relajado, al igual que
Lorenzo, seguían siendo Made Men. El concepto de proteger a las mujeres
y no dejarlas acercarse al peligro estaba arraigado en ellos. No podían
entender que las mujeres podían ser tan fuertes como los hombres y luchar
sus propias batallas. No podía arriesgarme a que me alejaran del propósito
que me había impulsado.
Una venganza propia. Una promesa que cumplir.
—Lo sé. Y siento haberme puesto así. —Adriano me dio un beso en la
mejilla, su manera de decirme que lo decía en serio. Parecía cansado, y
sentí una punzada de culpa por no haber estado a su lado anoche. Pero se
fue y no dijo nada.
—Santi dijo que ayer seguiste una pista —afirmé—. Probablemente
no quiere que te esfuerces demasiado —añadí, tratando de reconfortarlo.
Adriano ladeó la cabeza, mirándome con desconfianza, y mis mejillas
se sonrojaron. Solo de pensar en la noche anterior me entraba una ola de
calor. Además, sentí que tal vez había dicho demasiado.
El silencio me estaba matando, la energía nerviosa me desbordaba. No
estaba preparada para compartir lo que pasó ayer entre su hermano mayor
y yo.
—¿Santi dejó que pasaras la noche? —me preguntó Adriano, con una
mirada recelosa. O tal vez estaba siendo paranoica y leyendo demasiado
en su expresión.
—Sí, te estaba esperando —murmuré. Más o menos. Bueno, al
principio sí. Luego me desvié con su hermano mayor. Uf—. Le pedí que
me trajera a casa esta mañana.
Mantuve una expresión reservada, resistiendo el impulso de ponerme
nerviosa. Aunque no pude evitar mi sonrojo.
—¿En qué habitación dormiste?
No hubo mucho dormir involucrado. Pensé con ironía.
—Una pequeña —respondí vagamente.
—Santi durmió en el dormitorio principal. —No estaba muy segura de
sí lo decía como una afirmación o como una pregunta, así que me encogí
de hombros.
Deseé que dejara de lado el tema de mi pijamada. Busqué en mi mente
un tema neutral, cualquier cosa que no fuera lo de anoche y la frustración
de Adriano por estar aquí conmigo.
—¿Y dónde está? —pregunté despreocupadamente.
Forzó una sonrisa.
—Haciendo que el cártel maldiga el día en que nació. Está cazando a
esos hijos de puta venezolanos... —Se cortó, dándose cuenta que había
dicho demasiado.
—Creía que había matado al que disparó a tu... —Tragué con fuerza y
me di cuenta de lo insensible que había sonado. Me preocupé por Santi. Si
iba por el jefe del Cártel Venezolano, podía hacer que lo mataran. Había
visto de primera mano lo crueles que eran. La Cosa Nostra tenía cierto
honor y líneas que se negaban a cruzar; el Cártel Venezolano no. Mataban
a niños, mujeres, hombres, ancianos... todo era lo mismo para ellos—. ¿No
es peligroso? —De repente, mi corazón tronó con fuerza y mi voz salió
ronca.
—Olvida lo que he dicho. —Apretó su dedo contra mi boca. Miró a su
alrededor, viendo la casa vacía—. ¿Dónde está tu padre?
—En su despacho.
¡Carajo! Tenía que hablar con DeAngelo. Teníamos que deshacernos
del Cártel Venezolano en Nueva York, y en cualquier otro lugar, de una
vez por todas. El Abuelo fue asesinado por su posición en el Cártel
Venezolano. Teniendo en cuenta lo que le ocurrió a nuestra familia, estaba
casi convencida que querían matar a toda nuestra línea. Mataron a Mamá
y también me querían matar a mí. También mataron al Sr. Russo.
Si hacían daño a más gente, no podría vivir con ello. Mis hermanos,
mi padre, mi tío, Adriano. Y solo la idea que mataran a Santi hizo que mi
corazón se rompiera en mil pedazos. Eso me destruiría por completo.
—Pero su tío favorito está aquí. —La voz del tío Vincent llegó desde
detrás de nosotros, sobresaltándome. No lo escuche entrar.
Le sonreí.
—Eres absolutamente mi tío favorito. —No me molesté en señalarle
que era mi único tío. Eso no quitaba que lo quisiera, y probablemente
habría sido mi tío favorito de todos modos. Desapareció en la cocina,
probablemente en busca de unos cannolis.
Una vez que estuvo fuera del alcance del oído, dirigí mi atención a
Adriano.
—¿Por qué está Santi buscando más miembros del Cártel Venezolano?
Se arrepintió de haber dicho algo y probablemente se estaba regañando
a sí mismo.
—Amore, déjalo pasar. Fui un estúpido al mencionarlo. Es que estoy
muy enfadado. Quería ir con ellos, hacer pagar a esos imbéciles. Él quería
que estuviera aquí contigo.
—Oh. ¿Por qué?
Inhaló profundamente y dejó escapar un pesado suspiro.
—Solo olvídalo.
Dejando de lado mi propia inquisición egoísta, lo rodeé con mis brazos
y apreté suavemente.
—Probablemente está tratando de protegerte. Habla con él. Explícale
que quieres ayudar y poner de tu parte. Y dile que no necesito una niñera.
—No me escucha —refunfuñó.
—¿Lo has intentado?
—No, pero...
Un pitido de la televisión nos distrajo a los dos.
Noticias de última hora.
Las palabras parpadearon en la mitad inferior de la pantalla y un lector
de noticias apareció con los detalles de un tiroteo en el Bronx entre el
Cártel y la Cosa Nostra. No se ha detenido a nadie, no hay testigos y hay
un cadáver.
Me tensé, olvidando a Adriano a mi lado. Por favor, que no sea Santi,
recé en silencio.
Entonces recordé que Luigi estaba con él. Oh Luigi.
Jesús, me estaba convirtiendo rápidamente en la peor hermana, amiga
e hija.
—Mierda —maldijo Adriano a mi lado, y mi cabeza giró en su
dirección. Estaba mirando su teléfono.
—¿Qué?
—Santi mató a otro miembro de alto rango —murmuró, sin apartar los
ojos del teléfono.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté en un susurro.
Me mostró su teléfono, y mis ojos recorrieron las fotos y el artículo
con la marca de tiempo de hace treinta minutos. Las noticias viajan rápido
en la ciudad de Nueva York.
—Va a hacer que lo maten —murmuró en voz baja. Adriano y Santi
se querían, a pesar de sus diferencias. Adriano no quería ser tratado como
el hermano menor. Pero el Cártel Venezolano era despiadado y dejaba un
rastro de sangre, cadáveres y destrucción por donde quiera que pasara.
Los gritos de mi madre atravesaban la selva, haciendo que las
criaturas respondieran en protesta a los sonidos antinaturales. Estaba
encerrada en una jaula, como un animal, con lágrimas en la cara. Los
barrotes dejaban a la vista el recinto. Debería taparme los oídos como
exigía mamá y mirar al cielo, pero no podía apartar los ojos de la forma
golpeada de mi madre. El fuego quemaba su carne.
Quería que me la devolvieran. Quería abrazarla, decirle que lo sentía
mucho. Su cabello, tan parecido al mío, pero rubio, brillaba bajo la luz de
la luna. La primera noche, brillaba como el oro; esta noche, su cabello
colgaba oxidado, sucio, de un color apagado.
La sujetaron, mientras empujaban una plancha caliente contra su piel.
El olor metálico de la sangre y de la piel quemada se extendía por la brisa.
Me costó todo lo que tenía para no tener arcadas.
Otro grito desgarrador.
—Mamá —grité—. ¡Por favor, para! Mamaaaaaaaaá! —Caí de
rodillas, con las dos manos agarrando los barrotes, con los pulmones
ardiendo por mis gritos.
Hacían preguntas sin sentido. No teníamos respuestas. Ni siquiera
podía entender sus preguntas. Estos hombres sabían más de nuestra
familia que Mamá y yo.
La tortura duró días y noches.
Lo hicieron delante de mí, asegurándose que pudiera ver su dolor,
escuchar sus gritos y saber que todo era culpa mía. A George se lo
llevaron al otro lado. No lo hemos visto desde que llegamos, pero sus
gritos fueron igual de aterradores y agónicos. Los gritos me atravesaron,
imprimiéndose en mi alma y en mi cerebro.
Mi respiración era errática, y mi cerebro zumbaba por el agotamiento,
o por la falta de oxígeno por mis gritos. Pero me negué a desmayarme.
Me mantendría fuerte. Por Mamá. Por George. Les rogué que se
detuvieran. Les habría dado cualquier cosa, todo. Solo para traerla de
vuelta a mí.
Dos hombres rubios, con ojos crueles y sonrisas aún más crueles,
estaban de pie junto al maltrecho cuerpo de mi madre, observando sin
ningún remordimiento. De hecho, estaba segura que disfrutaban viéndola
sufrir.
Mamá se desmayó por el dolor, y su frágil cuerpo se deslizó por el
suelo. Ninguno de ellos intentó siquiera cogerla. Se me atragantó la
garganta y el corazón se me estrujó en el pecho mientras los puntos
nadaban en mi visión, oscureciéndose.
—No puedo desmayarme —me susurré.
Inspiré y luego exhalé lentamente. Tenía que esperar a mamá. Tenía
que cuidar de ella.
Inspiré. Exhalé.
La niebla oscura empezó a levantarse lentamente y vi a un hombre
caminando hacia nosotras. Llevaron a Mamá de vuelta a nuestra pequeña
jaula. Me parecieron horas, aunque solo fueron segundos, un minuto
como mucho, hasta que llegaron a la jaula. En el momento en que
arrojaron su cuerpo al interior, me arrastré hasta ella y levanté su forma
marchita en mis brazos.
—Por favor, Mamá —gimoteé, sosteniendo su maltrecho cuerpo—. Lo
siento mucho. No me dejes.
Hoy no había escuchado los gritos de George. Lo mataron y lo dejaron
en la zanja, dijo uno de los hombres. Pronto empezarían a torturarme; lo
sabía.
Me mecía de un lado a otro, con mi madre en brazos y muerta de
miedo. No saldríamos vivas de esto.
—Vendrá por nosotras —dijo a través de sus labios agrietados, con la
sangre filtrándose por la comisura.
—¿Quién? —grité en un susurro bajo.
—Tu padre.
George estaba muerto. No iba a venir. Pero no tuve el valor de
decírselo. Así que la acuné como a un bebé, esperando calmarla.
Tragué con fuerza.
—Lo siento, mamá —susurré contra su cabello, con mi cuerpo
meciéndose de un lado a otro—. Debería haberte escuchado. —Mi voz se
quebró—. P-por favor... lo siento mucho.
Su mano ensangrentada se acercó a mi cara.
—Prepara el terreno —dijo con voz ronca—. Nos vengarás. Tu padre
vendrá, Amore.
Las lágrimas ardían contra mis labios agrietados, y me preocupaba
que también dañaran los cortes de mamá. Así que enterré mi cara en su
cabello.
—Lo haré —prometí—. Si salimos de aquí, lo haré. Les haré pagar.
La luna brillaba, las estrellas resplandecían y las llamadas
penetrantes de las criaturas nocturnas llenaban el aire mientras nuestros
cuerpos temblaban con las frescas temperaturas nocturnas. Sostuve su
cuerpo toda la noche mientras dormía en mis brazos, y recé a cualquiera
que me escuchara... para que nos sacaran de ahí.
A la mañana siguiente, volvieron por ella. Lloré, tratando de
aferrarme a ella. Grité, rogué y supliqué que la dejaran quedarse
conmigo.
—Necesito que seas valiente, Amore. Sé fuerte. —Esas fueron sus
últimas palabras.
Un joven rubio se acercó, algo me resultaba familiar en él, pero yo
estaba tan angustiada que no podía pensar con claridad. Agarró a mamá
por el cabello y le puso el cuchillo en la garganta. Sus ojos se clavaron en
mí, sin ahorrarle una mirada. Seguí sacudiendo la cabeza, suplicando con
cada fibra de mí ser.
—¡No lo hagas! Por favor, no —grité. Intenté hablar, pero mi
garganta estaba demasiado seca, demasiado cruda. Entonces le cortó la
garganta y la apartó de mí. Ella gorjeó, con desesperación en sus ojos,
con una fuerte voluntad de vivir. Sus ojos me buscaron, y le sostuve la
mirada mientras las lágrimas corrían por mi sucia cara.
—Mamá —gimoteé.
Su boca se abrió, pero no salió ninguna palabra. Solo sangre. Vi cómo
la luz de sus hermosos ojos verdes se extinguía ante mis ojos. El cabello
de mi madre se veía con claridad contra la suciedad y el rojo carmesí
empapando la tierra. Se había ido para siempre.
Me quedé congelada, incapaz de gritar, de moverme. No estaba segura
de sí mi corazón se detuvo o si se aceleró tanto que no pude escuchar
nada. Me quedé mirando los ojos inexpresivos de Mamá que solían brillar
y sonreír mientras me leía cuentos o dibujaba sus próximos diseños de
vestidos.
La dejaron ahí, frente a mi jaula, y desaparecieron en su edificio, al
otro lado del recinto.
Sus palabras susurradas resonaron en mis oídos.
—Vénganos—. La palabra reverbero en mi sangre.
Si me quedaba, sin hacer nada, también estaría muerta pronto. Tenía
que intentarlo. Tenía que sobrevivir para vengarme.
Cavé y cavé, con las uñas ensangrentadas. No importaba. El dolor no
se comparaba con el de mi pecho. En el momento en que el espacio era lo
suficientemente grande, me escabullí a través de la tierra, bajo la jaula y
corrí. No me detuve. Los sonidos de la selva eran aterradores y peligrosos,
pero no se comparaban con los hombres que había dejado atrás.
El Cártel Perèz. Aunque fuera lo último que hiciera en esta tierra, los
encontraría y los mataría a todos.
El cártel Carrera me encontró en el bosque, desplomada en una zanja
dos días después, apenas viva. Me llevaron a un hotel de Bogotá donde
uno de ellos se quedó conmigo junto con sus guardias durante cinco días.
No nos dirigimos ni una sola palabra. Hasta que me dormía y me
despertaba gritando por las pesadillas que me atormentaban. Una y otra
vez. Él entraba en la habitación y me calmaba, diciendo palabras en
español.
Hasta que supe que tenía un padre que me buscaba desde hacía dos
semanas. En Venezuela.
Sí, el Cártel Venezolano estaba lleno de monstruos. Santi protegía a
Adriano manteniéndolo alejado de ellos.
Pero ¿y si le hacían daño a Santi o a mi hermano?
Me levanté y corrí al despacho de mi padre, con el teléfono en la mano.
—Papá, ¿sabes algo de Luigi? —¿O de Santi? añadí en silencio. Se
me hizo un nudo en la garganta al pensar que alguno de los dos estuviera
herido.
Mi padre dejó el bolígrafo y archivó un papel.
—No, ¿por qué?
El recuerdo de los besos de Santi de la noche anterior y la forma en
que se sentía dentro de mí me quemaba el cuerpo junto con el miedo a no
volver a tenerlo. Por supuesto, también me preocupaba Luigi. Mi hermano
mayor era demasiado imprudente, pero Santi era demasiado valiente,
demasiado temerario, demasiado hambriento de venganza.
Sentí un cosquilleo en la espalda y me di la vuelta para encontrar a
Santi y a Luigi detrás de mí. Una inhalación aguda resonó en la habitación.
Era mía. El alivio me invadió como una brisa fresca en un día caluroso y
húmedo.
La seguridad que ambos estaban sanos y salvos, aquí delante de mí, no
tenía precio. Tanto mi abuela como mi padre valoraban el poder y la
riqueza. A mí me importaba una mierda cualquiera de los dos. No si eso
significaba perder a los que amaba.
Mi mirada se fijó en Santi, examinando si tenía alguna herida. Lo
observé con su traje oscuro de tres piezas, un teléfono en una mano
mientras con la otra se desabrochaba la chaqueta. Su arma en la funda. Su
chaleco negro abrazaba su fuerte torso, y su corbata se metía
perfectamente dentro del chaleco. Observé cómo esos expertos dedos se
movían con gracia, y mis mejillas se sonrojaron al recordar cómo se
sentían sobre mí.
—Hola —los saludé a ambos. Tuve cuidado de no mantener mis ojos
en Santi demasiado tiempo. Luigi era muy observador cuando quería.
No había ni un rasguño en Santi. Ni en Luigi. Eso era lo único que
importaba.
—Hola, hermanita. ¿Todo bien? —Asentí con la cabeza. Mis mejillas
estaban calientes, y la proximidad de Santi me hacía flaquear las rodillas.
No había nada más que desear que envolver mis brazos alrededor de él y
sentir su fuerza contra mí.
—Sí, todo está bien —respondí, con la voz un poco entrecortada—.
Acabo de ver las noticias.
—Las noticias no son para las chicas —repitió Luigi lo mismo que me
había dicho durante años—. Russo quiere hablar con Pà. —Puse los ojos
en blanco y pasé junto a él.
—Hola, Santi.
Nuestros hombros se tocaron al pasar junto a la puerta, sus dedos
rozaron mis nudillos, y el calor se encendió instantáneamente por mis
venas y me hizo arder por él. Su mandíbula estaba cubierta de un ligero
vello, y me moría de ganas de trazarlo con mis dedos. Su expresión oscura
y suave me atravesó, y las mariposas revolotearon en mi estómago.
Tuve la sensación que se movió a propósito cuando salí de la
habitación para rozarme. Aunque parecía algo fuera de lo común en él.
—Amore. —Jesús, mi nombre en sus labios podía hacerme
combustionar. Cuando lo dijo, todo lo que oí fueron sus gemidos de la
noche anterior; Santi gritando mi nombre mientras se corría dentro de mí.
Genial, ahora mis mejillas estaban en llamas y probablemente
coincidían con el color de mi pelo. La puerta chasqueó suavemente detrás
de mí cuando salí del despacho de papá. Volví al sofá. Adriano se había
ido, no se le veía por ninguna parte. ¡Mierda!
Lo llamé, pero su teléfono sonaba y sonaba. No me cabía duda que lo
había dejado en el buzón de voz a propósito. ¿Por qué parecía que perdía
a mi mejor amigo mientras me hacía de un novio?
Mi teléfono sonó y abrí el mensaje. Era de Santi.
*Cena. Tú y yo. Esta noche.*
Una sonrisa de vértigo se dibujó en mi cara. Por supuesto, Santi no lo
pediría. Exigiría. Pero no importa, porque yo exigiría sexo después.
*Sí. ¿Dónde nos encontramos? *
Me dirigí a mi habitación, rebuscando en mi armario para encontrar
algo adecuado que ponerme. La mayoría de mis últimos diseños se
quedaron en Italia. Nunca soñé que una razón tan trágica para regresar se
convertiría en esto. Una noche con Santi.
Rebuscando en mi armario, saqué un vestido tras otro. Muy pronto, mi
cama era una gran pila de ropa, los peligros del cártel en pausa. Disfrutaría
cada segundo con Santi que pudiera conseguir.
No podía esperar a salir con él.
*Te recogeré a las cinco.*
Me pregunté si Papá le había dado permiso para sacarme o si
estábamos usando a Adriano como excusa. Papá nunca me negó que
saliera con Adriano, pero tenía la sensación que su respuesta no sería la
misma cuando se trataba de Santi. No tenía nada en lo que basar mi
opinión, excepto un presentimiento, y he aprendido a confiar en ellos a lo
largo de los años.
Le envié un mensaje rápido a Adriano.
*Te fuiste sin despedirte.*
Su respuesta fue inmediata. *Lo siento. Te compensaré.*
Otro mensaje suyo llegó inmediatamente después.
*Tengo algo que hacer. Saldremos mañana.*
Probablemente una mujer, no es que pueda culparlo.
Mañana era mi vuelo de vuelta a Italia, así que pasaría la mayor parte
del tiempo con Papá y Luigi. Adriano era bienvenido, pero si había cosas
que se estaban gestando en su interior, sería mejor que hablara con su
hermano.
*Talvez tomate mañana y habla con Santi.*
En el momento en que pulsé enviar, me arrepentí. A Adriano no le
gustaba precisamente que la gente le dijera lo que tenía que hacer. Era la
razón por la que no podía entender por qué estaba tan desesperado por
trabajar para su hermano.
Rápidamente envié otro mensaje. *O podemos pasar el rato. Lo que
tú quieras.*
Mirando el reloj, vi la hora. Tenía dos horas para prepararme. Tiempo
de sobra. A pesar de amar la moda, era eficiente cuando se trataba de
prepararse. Sin embargo, esta noche era diferente. No quería parecer más
joven que mi edad, y todos los vestidos de aquí tenían al menos dos años.
Dos horas más tarde, justo en el momento, Santi entró por el vestíbulo
y antes que papá o mi hermano pudieran salir me apresuré hacia él.
—Estoy lista —le dije.
No me atreví a cogerle la mano, así que pasé junto a él y me adentré
en el aire fresco de la noche. Él vino detrás de mí y me alcanzó.
—¿Hacia dónde corres?
—A tu auto.
Cuando se detuvo, hice lo mismo. Su mano se rascó la barbilla con aire
pensativo, y el movimiento me pareció extrañamente erótico. Me dieron
ganas de inclinarme hacia él y besar su barbilla. Dios, realmente me había
convertido en un monstruo sexual.
Permaneció en el lugar, esperando que me explayara. Pensé que era
obvio, pero tal vez Santi pensó que papá estaría de acuerdo con esto.
—No quiero que Papá se enfade si me ve salir contigo —admití.
—Él lo sabe.
—Oh.
—Por supuesto, él asumió que yo te iba a sacar y que Adriano se
encontraría con nosotros allá. Pensé en corregirlo, pero no lo hice. Ya he
matado bastante hoy.
Sacudí la cabeza, aunque una estúpida sonrisa se dibujó en mis labios
—Será mejor que no dispares a mi padre o a mis hermanos. Ahora
vámonos.
Me tomo de la mano y me abrió la puerta del auto, dejándome deslizar
en el asiento de su Maserati. Yo no era ajena al lujo, pero Santi parecía ir
a los extremos cuando se trataba de sus autos.
Cerró la puerta y se acercó mientras me abrochaba el cinturón de
seguridad.
—Jesús, Santi. ¿Cuántos autos tienes? —le pregunté mientras
arrancaba el auto. De repente, deseé que tuviera un camión viejo, como los
que veía en las películas antiguas. Con toda la parte delantera siendo un
solo asiento, para poder sentarme a su lado mientras conducía.
—Unos cuantos.
Al dejar atrás el camino de la entrada, no pude evitar mirar por el
espejo retrovisor. Casi esperaba que mi padre o Luigi salieran a reclamarle
a Santi lo que estábamos haciendo.
—Deberías comprar una de esas camionetas viejas con asiento
corrido—le dije—. Así podría sentarme a tu lado.
Echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—Me aseguraré de buscarla y conseguir una.
No pude contener mi sonrisa. Era demasiado fácil sentir vértigo a su
lado. Mientras aceleraba por la carretera en dirección a la ciudad, giré la
cabeza para observarlo.
—¿Has tenido un buen día? —le pregunté, sin esperar realmente una
respuesta. Nadie respondía nunca a las preguntas sobre sus actividades. O
era un buen día o un mal día. Hasta ahí llegaba la cosa.
—Bastante bueno. Hemos eliminado a un alto miembro de un cártel
rival. —Mi boca se abrió ante su explicación. Realmente contestó—.
¿Prefieres que no te lo cuente? —cuestionó al ver mi expresión de
sorpresa.
—No, me parece bien que me lo cuentes —respondí rápidamente—.
Es que no me lo esperaba. Nunca nadie me responde ni me cuenta lo que
pasa.
Se encogió de hombros.
—Quiero que sepas lo que pasa.
El hecho de saber que me encontraba digna y confiable para que me
contara me hizo derretirme aún más por él. Era algo inusual en los hombres
de la Cosa Nostra. Normalmente las mujeres eran ajenas a las actividades
de los hombres de los bajos fondos. O tal vez un mejor término era que se
hacían la vista gorda.
—¿Santi?
—Hmmm.
—Quiero que me folles otra vez.
Me miró de reojo con una expresión oscura y ardiente, y el fuego ardió
en sus ámbares oscuros, poniendo mi pulso en modo hiperactivo.
Lentamente, sus ojos recorrieron mi cuerpo, por encima de mi minivestido
verde estilo babydoll. Como estábamos en abril, tenía mangas de un
cuarto. Demasiada ropa, en mi opinión.
Sentí el rubor recorrer mi cuerpo, la necesidad de él palpitando. Todo
lo que este hombre tenía que hacer era recorrer sus ojos sobre mí y mi piel
se encendía.
Me mordí el labio inferior, un dolor palpitante entre mis muslos.
—Después del postre —gruñó.
Dios, ahora quería sentirlo entre mis piernas.
—O podemos empezar bien la noche —Lo miré por debajo de las
pestañas—. Y calentarnos por el camino.
¿Quién era esta mujer que coqueteaba con Santi? Apenas podía
reconocerme. Fue como si un interruptor se activara y mi seducción se
pusiera en modo turbo. Ver el hambre ardiente en su mirada fue mi
combustible.
—Maldición, Amore. —En un rápido movimiento, cambió el auto al
carril derecho y luego por un camino lateral hasta una carretera sin salida
en medio de la nada. No había nada a nuestro alrededor, solo campos
desnudos con un gran cartel industrial de ‘Se vende’.
Mi pulso se aceleró con la anticipación y el dulce dolor palpitó entre
mis muslos. Una vez que aparcó y apagó el motor, mi respiración
ligeramente agitada y los latidos de mi corazón sonaron con fuerza en mis
oídos.
¿Me tocará? ¿Aquí?
Había algo tan excitante en la posibilidad de ser atrapada o vista. El
dolor entre mis piernas se intensificó. Santi me dio ganas de ser
imprudente. De alguna manera sabía que siempre me atraparía sin importar
la estupidez que pudiera hacer.
—¿Dentro del auto o en el capó? —preguntó con un tono duro y
posesivo.
Los ojos casi se me salen de la cabeza y mis entrañas estallaron en
llamas. No se me había ocurrido que pudiera follarme en el capó de su
auto, pero ahora que la idea estaba plantada, quería hacerlo. Me apetecía
mucho. Y hoy parecía ser un día perfecto para ello. La temperatura exterior
era suave, aunque por dentro me sentía febril de necesidad por él.
—Capó —exhalé, desabrochando el cinturón de seguridad y tirando
del asa del auto. Él estaba fuera, antes que yo, con el deseo ardiendo en
sus ojos. Era suficiente para encenderme en llamas. Solo tenía que
mirarme así y el deseo empapaba mis bragas.
No hacía falta ningún juego previo.
Miré a nuestro alrededor y la zona estaba casi en silencio, salvo por el
canto de los pájaros en la distancia. La incertidumbre se deslizó por mi
espalda ante la posibilidad que alguien nos viera. Seríamos vulnerables
aquí al aire libre. Aunque la idea de la imprudencia me excitaba, no era
algo que quisiera que todo el mundo viera. Y ciertamente no mi padre o
mis hermanos.
—Ven aquí, Amore —ronroneó—. Vamos a terminar lo que
empezaste.
Mis pies obedecieron antes que mi cerebro procesara sus palabras. Me
acerqué a él y me rodeó la garganta con su mano, no con fuerza, pero sí
con la suficiente como para mostrar su fuerza. Y así, el miedo se evaporó
y una emoción me recorrió. La oscuridad que acechaba en él, tirando de
mí. Mi cuerpo se estremeció. Mi sangre chisporroteó. Y la humedad se
acumuló entre mis piernas.
Me empujó contra el capó del auto y su mano libre conectó con mi
muslo. Su palma callosa se sentía áspera contra mi piel. Áspera, pero
correcta. Cada célula de mi cuerpo estaba en llamas y solo él podía
apagarlas.
Separé más los muslos, el dolor palpitante que me consumía. Cuando
sus dedos llegaron a mi punto dulce, un gemido salió de mis labios y la
sorpresa brilló en sus ojos.
Apretó más mi cuello contra su mano y su agarre se hizo más fuerte.
—Maldición, te gusta esto —gimió, mientras su otra mano se deslizaba
dentro de mis bragas.
Me gustaba. Me encantaba. Lo necesitaba. Lo anhelaba.
—¿Es eso malo? —Exhalé, con los párpados pesados y el fuego
extendiéndose desde mi estómago hasta el bajo vientre.
—No. —Se tragó mi siguiente aliento con su boca, sus labios
exigiendo que me sometiera. No había lugar para el debate; no es que
quisiera luchar contra él. Mi cuerpo ansiaba someterse, pero solo a él.
Mientras tanto, su dedo me frotaba el clítoris, llevando mi cuerpo hacia
arriba. Lo deseaba tanto que temblaba, y escalofríos de anticipación me
recorrían la espina dorsal. Mi pulso retumbaba en mis oídos y el mundo
entero se desvanecía.
Solo estábamos él y yo.
Llevé mis manos a la hebilla de su cinturón y mis dedos trabajaron con
avidez para desabrocharlo. Desabrochado, introduje mi mano en el
interior, acariciando su erección. Siseó contra mis labios, su cuerpo duro
contra el mío. Me estaba conquistando sin siquiera intentarlo.
Todas las fantasías no se acercaban a la realidad con este hombre.
Su boca me devoraba, dura y despiadada, mordiendo con fuerza mi
labio inferior antes de lamerlo, calmando el agudo escozor con su lengua.
Besar a Santi era sexo; sexo puro del que nunca tendría suficiente. Deslizó
un dedo en mi resbaladiza entrada y gemí en su boca.
—Por favor —exhalé, apretando mis caderas contra su mano.
Su mano alrededor de mi garganta era inflexible, y sus labios
recorrieron el lado de mi boca, luego mordieron y chuparon la carne
sensible de mi garganta, y luego mi clavícula. Su mirada bajó por mi
cuerpo y el calor se disparó por cada célula de mí, instalándose en la
médula de mis huesos. Levanté las caderas en señal de ánimo, necesitando
que aliviara este dolor en mi interior. Solo él podía hacerlo.
—Santi, te necesito dentro de mí —le supliqué entre gemidos.
Sus dos manos me agarraron el culo y me sentaron sobre el capó de su
auto. Sin que me lo pidiera, mis piernas se enroscaron en su cintura. Un
calor lánguido corrió por mis venas, la necesidad de liberación como una
fiebre ardiente bajo mi piel. Me sentía vacía sin él. Haciendo rodar mis
caderas contra él, no tuve vergüenza de mostrarle lo que necesitaba. Lo
que quería.
Me arrancó la tanga con un movimiento rápido y la tiró al suelo.
Alineó su erección en mi entrada, el calor de la misma trajo otra ola de
lujuria. De un solo empujón, estaba dentro de mí, y un gruñido de
satisfacción sonó en su pecho. Pude sentirlo vibrar a través de su pecho y
directamente en mi alma.
Mis ojos, entrecerrados y borrosos, se encontraron con su oscuridad y
me ahogué en ella. Le rodeé el cuello con las manos y me aferré a él. Un
temblor me recorrió y mis jadeos fueron irregulares. Me dolía un poco
desde la noche anterior, pero prefería morir antes que detenerlo. El dolor
se desvaneció en una dulce y deliciosa plenitud, y suspiré contra sus labios.
Sus ojos bajaron hasta donde estábamos unidos y una mirada posesiva
y enloquecida entró en su mirada. Entonces, con un gruñido, empezó a
moverse. Lo sentía tan dentro de mí que no estaba segura de dónde
empezaba él y dónde terminaba yo.
—Iba a ser suave.
Empuje.
—Mira lo que me haces.
Empuje.
Ayer, se tomó su tiempo. Hoy, era una bestia, penetrando con fuerza
en mí. Me agarró un puñado de cabello y acercó nuestras caras. Luego me
folló, con sus labios pegados a los míos mientras su lengua se deslizaba en
mi boca.
Era tan intenso, y podía sentir cómo mi corazón y mi alma encendían
una chispa dentro de mí en sintonía con mi cuerpo. Necesitaba que sus
embestidas la saciaran, que me hicieran estallar en un millón de estrellas
que se rompieran para que él pudiera recomponerme. El orgasmo estaba a
mi alcance. Estaba tan cerca que podía saborearlo.
—Me tomas tan bien. —Elogió, y una cálida satisfacción me inundó—
. Tan jodidamente bien.
Su pelvis chocó contra la mía y el calor fundido se extendió desde mi
punto dulce hacia fuera. Mis gemidos se volvieron más fuertes, el placer
en mi interior subía cada vez más, a punto de estallar en llamas.
—Tu coño está hecho para mi polla. Tan húmedo —Su voz era
gutural—. Para mí.
Otro gemido gutural escapó de mis labios. Estaba tan cerca, tan
malditamente cerca. Mis uñas se clavaron en su bíceps, aferrándose a él.
Sentía que, si no lo hacía, me alejaría hacia el abismo.
Su mano se deslizó por mi cabello y me tiró de la cabeza hacia atrás.
—No te corras todavía, maldición —gruñó las ásperas palabras contra
mis labios.
Un gemido tembloroso se me escapó, y los latidos de mi corazón se
aceleraron. Inclinó mi cabeza para tomarme como él quería, sus labios
chocaron con los míos, su otra mano me agarró de las caderas y me guió
contra él con más fuerza mientras me empujaba más adentro.
—Mierda, mierda, mierda —murmuré contra sus labios, mientras el
placer se apoderaba de mí y mi coño se apretaba alrededor de su dura polla.
La presión estalló en mis venas como un infierno. Su carne golpeaba
contra la mía, sin disminuir sus embestidas mientras buscaba su propia
liberación.
Mis gemidos y quejidos se propagaron por el aire, lo sentí tan
profundo, y mi cuerpo se convulsionó alrededor de su eje. El fuego en mi
interior estalló y manchas blancas se agitaron detrás de mis párpados
cerrados. El orgasmo fue violento, y envió un escalofrío a través de cada
fibra de mi ser. Era la mejor sensación, tan adictiva.
—Amore —gritó. Con un último empujón fuerte y un
estremecimiento, se corrió dentro de mí, gimiendo su liberación con mi
nombre en los labios.
Permaneció dentro de mí, con sus empujones superficiales y lentos
mientras sus labios rozaban los míos. Era tan íntimo, tan suave después de
la forma tan brusca en que me tomó, que me hizo sentir en carne viva.
Vulnerable. Siempre lo he amado, pero en las últimas veinticuatro horas
ese amor se ha convertido en algo más profundo.
Cuando los dos bajamos de la euforia, nuestra pesada respiración llenó
el aire y yo suspiré satisfecha en el pliegue de su cuello, inhalando su
aroma. No tenía ni idea de cuánto duraría esto, pero estaba decidida a
disfrutar de cada segundo y a memorizar cada momento con él.
La verdad era que parte de mi corazón siempre había pertenecido a
Santi. Pero ahora, él lo poseía todo. No podía dejar de amarlo más de lo
que podía dejar de respirar.
Un líquido cálido recorrió mi muslo y miré hacia abajo entre nuestros
cuerpos.
—Santi —susurré suavemente contra su oído, con su cuerpo aún
pegado al mío.
—Hmmm.
—Tu semen está corriendo por mi muslo —murmuré, acariciando su
cuello—. Tengo que limpiarme.
Un gruñido vibró en lo más profundo de su pecho. Busqué su rostro y
encontré sus ojos clavados en mis muslos. El deseo en sus ojos oscuros me
encendió de nuevo. La respuesta que mi cuerpo tuvo ante él fue de otro
mundo. Como si ya no me perteneciera y estuviera aquí solo para el placer
de Santi.
Por suerte, mi cerebro fue más rápido que mi coño, que quería frotarse
contra él listo para la siguiente ronda. ¡Jesús! Estaba perdiendo la cabeza.
—No, no dos veces en el capó del auto —murmuré burlonamente,
pellizcando su fuerte barbilla—. Quizá en otro auto.
Una risa retumbó en lo más profundo de su pecho y algo dentro de mí
se hinchó de amor. Este hombre podía ordenarme que me pusiera de
rodillas y lo haría sin dudarlo. La cuestión era si sería mi perdición. Esto
debía ser lo que mi madre sentía por Papá. Solo deseaba tener a alguien
con quien hablar de todo esto.
Apretando otro beso en mis labios, Santi se enderezó y se acomodó la
camisa, luego se abrochó los pantalones. La pérdida me golpeó de
inmediato, y la sentí en lo más profundo de mis huesos.
Estoy condenada. Al menos sería una dulce perdición y disfrutaría de
cada caricia, de cada palabra... de todo ello con Santi. Hasta que ambos
tomáramos caminos distintos.
Fui a levantarme cuando su orden me detuvo.
—Quédate
Sin pensarlo dos veces, me detuve. Sus ojos me miraban mientras yo
estaba con las piernas abiertas sobre el capó de su caro auto. Pasó un dedo
por la parte interior de mi muslo, recogiendo restos de su semen y luego
lo volvió a introducir en mi coño y el calor se apoderó de mis mejillas.
Todo mi cuerpo se calentó. Este hombre había tomado mi cuerpo varias
veces en las últimas veinticuatro horas, pero mi cuerpo ansiaba más. Una
palabra y mi cuerpo reaccionó, doblándose por él.
—¡Santi! —exclamé. Aunque incluso para mis propios oídos, sonó
como una débil protesta y más como un gemido.
—A ti malditamente te gusta —murmuró, mientras mis piernas se
abrían más—. Dime cuánto te gusta. —Tal vez algunas mujeres lo
encontrarían denigrante, pero a mí me pareció excitante—. Pídeme
amablemente que ponga mi semen dentro de ti.
Un gemido gutural escapó de mis labios y mis caderas empujaron el
capó de su auto. En algún momento del último día, mi personalidad
obstinada se había desvanecido y en su lugar había un afán por complacer
a Santi.
Tirando de mi labio inferior entre los dientes, mi respiración se hizo
más superficial.
—Me gusta —exhalé, con las mejillas encendidas por mi confesión—
. Por favor, Santi —gemí, con un escalofrío recorriendo mi columna
vertebral—. Por favor, pon tu semen dentro de mí.
Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas y todo mi cuerpo
temblaba por el intenso deseo.
—Tú tendrás mis bebés —gruñó en tono posesivo. Pasó un dedo hacia
arriba y lo introdujo de nuevo en mi interior. Ya estaba jadeando y los
ruidos guturales y las ganas salían de mi garganta.
En sus ojos brillaba la satisfacción, mientras su dedo se enroscaba
dentro de mí. Se estaba burlando de mí.
¡Diablos!
No pude resistirme a aguarle la fiesta, al menos un poco.
—Estoy tomando la píldora, así que ninguna cantidad de semen me
dejará embarazada. —Mi voz era ronca, y no hacía falta ser un genio para
ver que estaba excitada.
Se le escapó una risa un poco socarrona y sus ojos oscuros bailaron al
observarme. Luego sacudió la cabeza como si quisiera despejar su mente.
¿Podría ser que yo también lo afectara a él?
—Quizá te ate a mi cama y te folle durante un mes hasta que tu vientre
se hinche con mi bebé.
Mierda, ¿por qué eso me puso tan caliente? Porque estaba loca, por
eso. Me había convertido en una adicta al sexo.
—Será mejor que te pienses dos veces ese plan —dije con una sonrisa
temblorosa. Intenté serenarme, no demostrarle lo mucho que me
impactaba. Aunque tenía la sospecha que ese barco ya había zarpado.
Me estudió durante un instante, como si se lo estuviera pensando
seriamente. Su mirada oscura se encontró con la mía, con algo persistente
en sus profundidades que no pude descifrar del todo. Santi, siendo el
gobernante de los bajos fondos de Nueva York, era bueno para enmascarar
todas sus emociones. Todavía tenía un largo camino por recorrer.
—Deja que traiga unas servilletas —dijo finalmente, pasando su
pulgar por mi labio inferior—. Quédate quieta.
Volvió a los pocos segundos con pañuelos. Su áspera mano se acercó
a mis muslos y me limpió suavemente mientras yo observaba sus
movimientos.
—Sabes, Santi —murmuré, mientras me deslizaba por el capó de su
sexy Maserati rojo—. No puedes seguir rasgando mis bragas. Ya van dos
veces en veinticuatro horas.
—No deberías llevar bragas. Me gusta la idea que tu coño esté abierto
y accesible para mí cuando quiera meter mi polla dentro de ti.
Mis mejillas se calentaron y mi temperatura se disparó. Otra vez.
—No me rompas más las bragas, Santi —exigí suavemente—. No, a
menos que tengas una bolsa de bragas súper bonitas para que las sustituya.
Dejó escapar una carcajada y me quedé mirando su hermoso rostro. En
todos estos años, era la primera vez que lo escuchaba reír. Una carcajada
en toda regla y me quedé hipnotizada. Parecía más joven cuando sonreía.
Nos separaban casi nueve años, pero yo me sentía más vieja que mi edad.
No estoy segura de sí se debía a la forma en que me criaron o a la
experiencia traumática en la selva que me hizo crecer. En cualquier caso,
me sentía cerca de él, pero en un nivel completamente diferente al de
Adriano o Lorenzo.
—Te compraré más bragas —prometió, ayudándome a subir al auto.
Antes de cerrar la puerta, agachó la cabeza y me dio un beso en el cuello,
murmurando—. Muchas, muchas bragas de lujo porque pienso
arrancártelas de tu bonito y apretado coño.
—¡Maldición! —A este ritmo, me derretiría antes de llegar al
restaurante. Se rio sin decir nada más y cerró la puerta. Lo miré mientras
se subía al asiento del conductor.
—Sabes, Amore —ronroneó suavemente, lanzándome una mirada de
reojo mientras arrancaba el auto—. Soy demasiado mayor para follar en el
auto o encima del auto.
Lo miré fijamente durante un segundo y luego me eché a reír, echando
la cabeza hacia atrás.
—No eres viejo, Santi —le dije entre risas—. Quizá anticuado, pero
no viejo.
Nos condujo fuera de nuestro lugar de retozo, con su mano derecha
apoyada en mi muslo, mientras yo trazaba la tinta de su mano con mis
dedos.
—Conduces muy bien —le dije, sin apartar los ojos de su mano. La
tinta me fascinaba. Había algo más en esa tinta que Cosa Nostra, Dios y la
familia; lo sabía. Solo que no quería decirlo. Había demasiada tinta solo
para ser esos tres elementos.
—¿Quieres que te enseñe a conducir con cambio manual? —Su oferta
me sorprendió después de todas las historias de horror que Adriano
compartió sobre mi conducción. Yo era pasable conduciendo un
automático... como mucho. No podía ni imaginar el desastre que supondría
conducir un auto más allá de ponerlo en marcha y pisar el acelerador.
—Quizás algún día —Por alguna razón, conducir no me atraía—. No
me gustaría destrozar tu auto.
—Es solo un auto.
No pude evitar reírme.
—¿No fuiste tú, Santi Russo, el que me dijo que no debía tocar su auto
si valoraba mi vida?
Se encogió de hombros.
—Me compraré otro si lo dañas. Me gusta la idea de enseñarte a
conducir. —Lanzándome una mirada de reojo, sonrió y luego me guiñó un
ojo—. Algo así como que te estoy enseñando a follar.
—¡Santino Russo! —Lo regañé, con la cara caliente. Maldita
complexión pelirroja y piel clara. Él sería mi muerte.
Riéndose, retiró su mano para cambiar de marcha, dejando el espacio
en mi pierna helado.
Era extraño la facilidad con la que nos convertimos en adictos al tacto.
O a una persona. Un beso y ya no volvías a ser el mismo. Después de esto,
sabía que no habría vuelta atrás. Ningún tipo de fingimiento me haría
olvidarlo.
Una vez que había hecho el cambio y estaba en la marcha apropiada,
volvió a poner su mano en mi muslo. El movimiento era tan sencillo, pero
tan íntimo... tan posesivo.
Incliné la cabeza hacia un lado, observando su perfil. Aquellos
hermosos labios que podían dar tanto placer, las afiladas líneas de su
mandíbula y la determinación afilada en ella. No había una sola parte de
Santi que no me gustara.
—¿Qué es lo que más te gusta de Italia? —me preguntó. Su pregunta
surgió de la nada.
—La libertad, supongo —respondí.
Sus cejas se fruncieron.
—¿La libertad?
—Sí, la libertad, Santi.
—Amore, tienes más libertad que todas las mujeres de la Cosa Nostra
juntas.
Puse los ojos en blanco. Lo sabía, pero ir de un lado a otro con guardias
asignados y tener a alguien siempre conmigo me envejecía rápido. Antes
que mamá muriera, iba sola a la escuela. Iba sola a la heladería. Salía con
otros niños sin que alguien acechara en las sombras.
—Si ustedes... Made Men —empecé y él se burló del término—, creen
que su forma de tratar a las mujeres es normal, son todos idiotas.
Se rio.
—Deja que Amore lo ponga como es —anunció él y yo me encogí de
hombros, poniendo los ojos en blanco de nuevo—. Tienes razón, tendemos
a mantener a nuestras familias bajo llave.
—Va en contra del feminismo y la independencia. Y no me hagas
hablar de la igualdad.
—En Italia tienes a DeAngelo y Lorenzo, igual que lo harías aquí —
me señaló lo obvio—. Así que no es exactamente diferente de aquí.
—No es lo mismo —razoné pensativa—. Me recuerda a la forma en
que crecí hasta que... —Hice una pausa de un segundo, la costumbre de no
hablar de Sudamérica ya estaba arraigada en mí—. Antes que nos
mudáramos a Sudamérica y todo cambiara. —Respiré profundamente y
luego exhalé lentamente, mirando por la ventana mientras los edificios se
desdibujaban—. Antes de Sudamérica, podía ir y venir con los amigos a
mi antojo desde una edad bastante temprana.
—¿Cuál era tu lugar favorito cuando eras niña? ¿El lugar favorito en
el que hayas vivido?
—Creo que París y Milán están empatados. Aunque nuestro tiempo en
Zimbabue también fue muy bueno.
—¿Cuánto tiempo estuviste en Colombia?
Fruncí el ceño, tratando de recordar. Mi tiempo en la captura fue un
borrón, y nunca hablé de ello después de irme.
—Supongo que alrededor de un mes.
Siguió el silencio.
—¿Sabías que hay orquídeas muy hermosas y únicas en Colombia? —
pregunté, con la mente en algún lugar lejano.
—Sí, lo sabía.
—Dibujé vestidos e inventé estilos desde que tengo memoria —
murmuré, con imágenes de Mamá y George pasando por mi mente—. En
cada país en el que nos encontrábamos, se me ocurría un nuevo diseño
inspirado en ese país. Las orquídeas siempre fueron mis favoritas, así que
imagina mi emoción cuando me dijeron que nos íbamos a Colombia.
Quería ver la flor en su hábitat natural.
—¿Sabes por qué tu madre se mudó allí? —La voz de Santi era baja.
No estaba segura de saber qué, así que mantuve la boca cerrada y me
encogí de hombros.
Fue mala suerte. Pura mala suerte que George eligiera un país tan
cercano a los ancestros de mi abuelo y que quería acabar con todos
nosotros. Mamá no quería hacerlo, pero George insistió, y yo me subí a su
vagón, trabajando para convencer a mamá que sería una aventura
maravillosa.
—¿Amore? —me dijo Santi, recordándome que no había respondido
a su pregunta.
—George era biólogo y trabajaba en la creación de un nuevo tejido. —
Me aclaré la garganta antes de continuar—. Lo que necesitaba estaba en
Colombia. Me moría de ganas de ir a la selva, así que me pareció una gran
idea. Había un campamento en el que debíamos quedarnos unos días,
estaba cerca de la frontera con Venezuela. Estuvimos a punto de ver la
orquídea, pero mi madre me prohibió ir. Cuando ella tuvo que ir a Bogotá
por trabajo, George me aseguró que estaba bien ir. Íbamos a volver antes
que Mamá, así que ella no se enteraría. Además, era más fácil pedir perdón
que permiso. —El corazón se me apretó en el pecho. Los recuerdos aún
dolían. Los sonidos de sus gritos formaban parte de mí tanto como su
amor. Sacudí la cabeza, despejando mis pensamientos—. Era el dicho
favorito de George —le expliqué—. De todos modos, ahí estábamos,
trotando por la selva. —Se me puso la piel de gallina ante las imágenes
que se reproducían en mi mente—. Nos aventuramos demasiado y nos
encontramos en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Debería haber escuchado a mi madre, pero no lo hice. El precio de mi
desobediencia fue demasiado alto. Lo peor fue que ella pagó el precio más
alto por ello. Con su vida. Y George también. Aunque cuando yo estaba
preparada para quedarme, él alentó nuestra excursión.
De cualquier manera, la culpa era una mancha que nunca podría lavar.
Lo menos que podía hacer era cumplir mi promesa.
Santi era la primera persona a la que le había admitido todo esto. Había
mucho más que eso. Pero guardé todos los secretos, protegiendo el legado
familiar.
—No fue tu culpa. —Santi tomó mi mano entre las suyas—. No podías
saberlo.
—No —murmuré, dándole la razón.
Excepto, ¿por qué sentía que era mi culpa?
Capítulo 22
Santino

Nosotros comimos en uno de mis restaurantes favoritos del Bronx,


un pequeño local italiano. Los ojos de Amore brillaban de placer, así que
diría que le encantó la comida y la gente. La ex novia de mi padre era la
dueña del local y hacía la mejor pizza de la ciudad. Amore estaba
completamente de acuerdo.
—También hacen el mejor tiramisú —añadió Amore, mientras tomaba
otra cucharada. Sabía muchas cosas sobre Amore Bennetti, pero no sabía
que fuera tan adicta al azúcar. Cuando se lo dije, echó la cabeza hacia atrás
y se rio.
—La vida es más dulce con azúcar —dijo y se metió otra cucharada
en la boca. Cuando sonrió, toda su cara se iluminó. A pesar de las tragedias
de su vida, salió de ellas con esa luz eternamente brillante. Debería
llamarla sol, pero me gustaba demasiado su nombre.
Viniendo de una niña que había experimentado la muerte a una edad
tan temprana, era un milagro que tuviera tanta felicidad. Pero de alguna
manera no me sorprendió que se negara a dejar que nada afectara a su
estado de ánimo. Sabía que había luchado durante los primeros meses de
vida en Nueva York.
Me sorprendió que se sincerara sobre su estancia en Sudamérica. Por
lo que sabía, nunca hablaba de ello. Ni a Adriano, ni a sus hermanos, ni a
su padre. Su confianza me golpeó en lo más profundo de mi pecho, su
dolor se filtró en mi corazón, y su angustia me atravesó la piel y me llegó
al alma. Quería que todo fuera mejor para ella. Cuando era aquella
jovencita en la acera con los ojos brillantes, la nariz moqueante y las
lágrimas cayendo por su cara, hasta ahora, como una joven que recordaba
la muerte de su madre y aún se lamentaba, quería hacer que todo fuera
mejor para ella, consolarla. Hacerla feliz.
Recordé cuando la encontramos por primera vez, y llegamos a una
tregua con la familia Bennetti. Su viejo venía a mi Pà destrozado, hablando
de sus pesadillas y gritos por la noche. Él estaba desesperado; ella se
negaba a hablar de ello con nadie. Ese primer año con Amore, vi a Bennetti
derrumbarse más veces de las que me importaba contar. Nadie podía
acusarlo de no querer a su hija.
Por primera vez, pude entenderle porque la tristeza que acechaba en
sus ojos cuando hablaba de su época en Colombia era para llorar. Se me
formó un nudo en la garganta al ver su dolor. Quería quitárselo todo,
soportarlo por ella para que no tuviera que hacerlo. Aun así, salió adelante
con tanta fuerza.
Mía.
Una protección feroz brotó en mi pecho sobre ella y crecía a cada
segundo. ¡Mierda! Casi estaba tentado de llevarla al Juez de Paz y ponerle
un anillo en el dedo ahora mismo para asegurarme que era mía y solo mía.
Hablando de obsesión. Nada me había llegado tanto como ella. Desde
aquel beso en The Orchid, el anhelo irracional me recorría las venas.
Lo había ignorado mientras ella estaba en Italia, convenciéndome que
no era más que una niña. Sin embargo, no podía olvidarla a ella ni a nuestro
beso. Pero una mujer volvió, y nada me detendría ahora que era mía. Sin
embargo, tenía que ir con cuidado. Amore no era la hija que haría lo que
su padre o cualquier don de la Cosa Nostra exigieran.
Ella sabía lo que valía; su abuela la había ayudado en ese aspecto. La
habían preparado para hacerse cargo de su imperio y, por lo que parecía,
su abuela ya la consideraba preparada.
No había duda que Amore se había convertido en alguien importante.
Nadie la obligaría a hacer lo que no quisiera. Incluido yo. Aunque por
alguna razón, no podía soportar la idea que Amore estuviera con otra
persona. Era la primera maldita vez para mí.
La vi meterse otra cucharada de tiramisú en la boca con pequeños
gemidos que hicieron que mi polla cobrara vida. Podría follarla todo el día
y toda la noche y seguiría necesitando más. Esos ruidos que hacía me
matarían.
Su sabor, la confianza en sus ojos empañados por el deseo mientras
rodeaba con mi mano su delgado cuello, su apretado coño. Había
encontrado el cielo, y ella lo era. Nada en esta tierra se comparaba con
Amore Bennetti.
Su entusiasmo me sorprendió, y la forma en que respondía a mis
caricias era malditamente estimulante. Aunque, por mi propia cordura,
tenía que controlarme un poco cuando se trataba de ella. Nunca había
tenido ganas de follar con una mujer en un puto campo donde nos pudieran
agarrar. Sin embargo, con ella, solo podía pensar en enterrarme en ella.
Estaba obsesionado por Amore. Probablemente más de lo que ella
había estado enamorada de mí durante su adolescencia. Ella había
superado esos años, y déjenme decirles que la venganza era una perra,
porque yo la estaba deseando como un adolescente.
—¿Seguro que no quieres un bocado? —Amore me ofreció—. Yo
comparto —Entonces sus cejas se juntaron—. Bueno, algunas cosas al
menos. El postre es una de ellas.
La diversión me invadió. ¿Ella estaba reclamando? No me molestó en
absoluto.
—Ya tomaré mi postre más tarde —le dije, sonriendo. Ella enarcó una
ceja, luego se encogió de hombros y continuó con su siguiente bocado,
haciendo sus pequeños mmmm. Me gustaba que tuviera un buen apetito.
Lo necesitaría para sobrevivir a mí.
—Ya terminé —murmuró suavemente—. No me di cuenta del hambre
que tenía.
—Me pregunto por qué —Nuestros ojos se conectaron y no pude evitar
mi sonrisa. Ella se sonrojó entendiendo el significado y yo me reí. Tímida,
deseosa, sumisa... era el paquete perfecto.
Puse varios billetes sobre la mesa, tomé su mano entre las mías y
salimos del restaurante. Nuestros dedos se entrelazaron y juré que mi
pecho brillaba. Ella me estaba hechizando.
—¿Te llevo a casa, o quieres tomar un poco de aire fresco? —Mierda,
no quería llevarla a casa de su padre. No la vería hasta junio. Demasiado
tiempo.
Ella reflexionó sobre mi sugerencia, y finalmente levantó la cabeza y
sonrió.
—O podemos ponernos juguetones en el asiento trasero de tu auto —
sugirió, con sus ojos verdes centelleando con picardía.
Solté un suspiro de diversión. No es que vaya a rechazarla.
—Eres insaciable, Amore.

Nos vestimos en silencio, pero no pude evitar dirigir mi mirada hacia


ella. Estaba acostumbrado a que las mujeres anunciaran su amor eterno,
pero no había nada de eso con Amore. Me dio su virginidad, así que no
había duda que no era de las que se acostaban, pero las palabras de amor,
devoción, ternura... no salían de sus labios. Sin embargo, descubrí que
anhelaba esas palabras. Solo de ella.
La sola idea que los chicos italianos estuvieran zumbando a su
alrededor me hacía sentir algo peculiarmente cercano a los celos. Me hacía
arder la sangre y la necesidad de matar era más fuerte. Tendría que revisar
con Lorenzo todos los días.
Sabía que había muchos hombres de todos los círculos sociales
corriendo detrás de Amore; su padre se quejaba mucho de ello. Ella era el
paquete completo: inteligente, hermosa, con un cuerpo que era el sueño
húmedo de todo hombre, y más rica que la mayoría de los humanos en esta
tierra. Desde que se había ido a Italia a estudiar, cualquier lugar al que iba
se convertía en la meca de las modelos, los actores y las fiestas elegantes.
Pero nada de eso me importaba. Lo que me importaba era su corazón
y su alma. Ella me importaba.
Todo el mundo estaba intrigado por una mujer con conexiones con los
bajos fondos y uno de los mayores imperios de la moda del mundo. Yo
estaba intrigado por ella. Su mente aguda, su corazón suave, su fuerte
voluntad. No había un hombre en esta tierra que fuera tan estúpido para
estar ciego a su belleza interior y exterior.
Durante los últimos dos años, no había visto ningún informe o foto de
ella en los periódicos con ningún hombre. Normalmente estaba
acompañada por DeAngelo, su hermano o su tío, a menos que estuviera
con su abuela. Ese dragón de mujer controlaba lo que se filtraba a la
prensa. Mantenía la imagen de su nieta fuera de los medios de
comunicación tanto como podía. Nadie quería enfadar a la gran Regina
Regalè. Aunque de vez en cuando, una foto de ella acababa en alguna
revista con especulaciones sobre los intereses amorosos de Amore.
No habría chicos italianos ni otros intereses amorosos para ella. Ella
era mía, le gustara o no.
Este campo de camino a la residencia Bennetti se estaba volviendo
demasiado familiar. Dos veces en un día. Debería haberla llevado a mi
casa, pero estaba seguro que la noticia habría llegado hasta Savio, y
probablemente le daría un infarto.
Condujimos los primeros diez minutos en silencio, con su mano en la
mía. Amore siempre se había sentido cómoda con el silencio, pero ahora
deseaba que me dijera lo que pensaba, lo que sentía, cualquier cosa.
Estábamos a diez minutos de distancia cuando paré en el arcén.
—Me mandarás mensajes de texto. ¿Sí? —Sonaba más como una
exigencia, pero no quería andarme con rodeos.
Ella ladeó la cabeza, mirándome de reojo.
—Lo haré, si tú lo haces.
Sonreí.
—Hecho.
Pasé las yemas de los dedos por su mejilla.
—¿No te vas a enamorar de un italiano ahora?
Se rio, con los ojos brillantes.
—¿Por qué no? ¿Qué tienen de malo los italianos?
Gruñí al pensar en ella con cualquier otro.
—Todo está mal con los italianos.
Puso los ojos en blanco.
—Sabes que eres italiano, ¿verdad?
Sonreí.
—Yo soy el Italiano.
—Ohhhh, ya veo —se burló, con las mejillas enrojecidas—. Está bien,
tú eres el Italiano.
La agarré por la nuca y la atraje hacia mí para darle un beso. No se
resistió, su cuerpo se inclinó sobre la consola y se fundió con el mío.
Cuando la solté, estaba jadeando y sus ojos esmeralda estaban aturdidos
por el deseo.
—Ojalá hubiera vuelto ya de Italia —admitió suavemente, con su
aliento caliente contra mis labios. Las primeras palabras insinuaban que
tal vez, solo tal vez, ella también sentía algo.
—Yo también —dije.
Cuando llegué a la casa de su padre, ella se había alisado el cabello y
compartimos una mirada. Ambos nos quedamos sentados, como si
ninguno de los dos pudiera soportar irse. Quería tenerla en mi cama, que
pasara la noche conmigo. Todas las noches a partir de ahora.
Con ella, me sentía más joven, más ligero. Algo que no había sentido
desde que tenía diez años, cuando murió mi madre.
—¿Crees que podrías mantener a esos chicos italianos a distancia hasta
que te visite? —me burlé de ella, aunque muy seriamente. Si alguien la
tocaba, tendría que matarlos. Despedazarlos miembro por miembro.
—Estoy segura que podré arreglármelas —dijo sonriendo.
Cuando Amore sonreía, brillaba. Su brillante sonrisa me golpeó
directamente en el pecho.
—Bien —le dije a regañadientes. Casi deseé que me rogara que la
visitara antes. Dos meses era mucho tiempo—. No estoy seguro de poder
hacerlo.
Se rio.
—Si alguien puede arreglárselas, Santi Russo, eres tú.
Salí del auto y me acerqué para abrir su puerta. Ambos estábamos en
el punto ciego de las cámaras de vigilancia y fuera de los monitores.
Amore me siguió, pegada a las sombras. Sus ojos se fijaron en mí. Su
cuerpo estaba cerca del mío, sus pechos rozando mi traje, y yo estaba
dispuesto a tomarla de nuevo.
Levanté la mano y le aparté suavemente el cabello de la cara,
colocándoselo detrás de la oreja.
Alguien debía estar riéndose de mí allí arriba, porque por primera vez
en mi vida me costó soltarla. Quería enjaularla y mantenerla conmigo.
Pero ella no era como otras mujeres de la Cosa Nostra. Ella nunca me
perdonaría por enjaularla y tirar la llave. Había nacido fuera de las reglas
de nuestro mundo y mantenerla enjaulada cortaría sus sueños y sus alas.
Agaché la cabeza y rocé mis labios con los suyos. Fue un roce fugaz,
no lo suficiente, pero tendría que servir.
—Nada de chicos italianos —le dije con voz ronca.
Su sonrisa era suave.
—El único italiano eres tú —murmuró.
—¿A qué hora sale tu vuelo mañana? —pregunté en cambio.
—Mi piloto va a despegar a las cuatro de la tarde.
—Intentaré pasar a verte una vez más.
—¿Qué están haciendo ustedes dos? —La voz de mi primo Renzo
recorrió el patio, e instintivamente se apartó de mí. Me quedé en mi sitio,
apretando los puños. El impulso de acercarla a mí era abrumador.
Había olvidado que había enviado a Renzo a recoger los documentos
del viejo Bennetti. No era propio de mí olvidar o perder la cabeza. ¡Maldita
sea!
Renzo se acercó, con una sonrisa en la cara, pero con una mirada
cautelosa. Era mi consigliere 25 porque a menudo también era mi razón. Era
confiable y digno de confianza, de ahí que lo mantuviera como mi
consigliere.
—Hola, Amore —saludó—. ¿Estás lista para Italia de nuevo?
—Hola, Renzo. —Le ofreció una sonrisa reservada y educada. Con la
que posaba para las cámaras—. Seguro que sí. No hay nada mejor que
Italia en verano.
—Te sienta bien —replicó él.
Ella inclinó la cabeza hacia mí, con una sonrisa secreta en su rostro.
—Buenas noches, Santi.
—Buenas noches, Amore. —Como una reina, se alejó de mí hacia la
casa de su padre. No pude apartar la mirada y me quedé mirando la puerta
incluso después que desapareciera dentro de la casa.
Una vez que estuvo fuera del alcance del oído, Renzo comenzó a
regañar.
—¿Intentas iniciar una guerra? —preguntó en voz baja.
—Métete en tus malditos asuntos —le dije. No era como si Renzo
fuera un santo o algo así.
—Ninguno de ellos te dejará tenerla. Estás jugando con fuego. Ella
puso fin a la disputa entre nuestras familias. No la tires por la borda.
—Última advertencia, Renzo —grité—. Métete en tus putos asuntos.
Sacudió la cabeza con incredulidad y se pasó la mano por el cabello.

25
Consigliere: consejero en italiano.
—No digas que no te lo advertí —murmuró.
Capítulo 23
Adriano

S
— anti, quiero ayudar, maldición —grité.
Me esforcé por mantener a raya mi frustración. Estos hombres
amenazaban a Amore. Era mi mejor amiga, no la suya. No tenía derecho
a dejarme fuera de su caza. Pà no dejaba de cerrarme el paso,
insinuándome la posibilidad de buscarme la vida fuera de la Cosa Nostra.
A la mierda. Eso.
Me encantaba la caza. Era la mejor adrenalina. Ni siquiera follar con
una mujer se compara con eso. Y yo debería saberlo, me acosté con
muchas.
Así que, cazaría a esos venezolanos con o sin él. Desde que Pà murió,
Santi había empezado a incluirme más, pero no era suficiente. Debería ser
su mano derecha, incluido en todo.
—Es mi amiga —siseé.
—Adriano, no es el momento ni el lugar —Santi estaba frustrado.
Desde que Pà había sido abatido, había estado matando sistemáticamente
a todos los miembros del cártel venezolano de la ciudad.
Uno por uno.
A mí me parecía bien. Había estado persiguiendo pistas y ayudando.
Pero cuando llegó la admisión que también querían a Bennetti y a Amore,
un interruptor se activó. Su agresividad pasó a modo turbo, y de repente,
no me quería en primera línea. No tenía sentido. No le importaba tanto
Bennetti. Y sí, no quería que le pasara nada a Amore, pero era mi amiga.
Apenas se relacionaba con ella, así que debería dejarme la protección y la
venganza a mí.
—¿Por qué me mantienen fuera del negocio? ¡Otra vez! —escupí con
rabia—. No tuviste elección en ello. ¿Por qué diablos estoy siendo
mimado?
—No estas siendo mimado. Te di un trabajo que hacer y lo hiciste.
Encontraste a los hombres que nos dieron respuestas. Solo gracias a ti
sabemos que también quieren a Amore y a Savio.
—Exactamente —exclamé, pasándome ambas manos por el cabello—
. Y tengo esta nueva ubicación para ti. Así que me merezco ir esta noche.
Contigo.
Era más de medianoche y Santi había vuelto de una cita. Ni puta idea
de qué mujer podría tolerar su trasero gruñón y asesino psicópata durante
toda una cita. Nadie inteligente, eso seguro.
Era aún más raro que tuviera una cita. Normalmente follaba y se iba.
—Si me pasa algo, te toca a ti hacerte cargo. No puedes hacerlo si te
matan —gruñó—. Ahora deja de hacer berrinches. No vas a ir y eso es
definitivo.
¡Hijo de puta! Lo conocía lo suficiente como para saber que no iba a
cambiar de opinión.
—Qué carajo —Sin otra palabra, me di la vuelta y lo dejé con Carrera
y nuestro primo.

Le gustara o no, me involucraría.


Eran casi las ocho de la mañana cuando llegué a la residencia de los
Bennetti. Saliendo del auto, vi a Luigi.
—¿Dónde está Amore?
—Sigue durmiendo.
Fruncí el ceño. Normalmente era una persona madrugadora. Aunque
su sistema podría estar todavía jodido por el cambio de hora. Atravesando
la gran mansión, subí las escaleras de dos en dos.
Había volado hasta aquí para el funeral de Pà, y apenas había pasado
tiempo con ella. No podía creer que se hubiera ido. Algunos días, todavía
esperaba verlo en su silla. Tenía que mudarme de esa maldita casa y
conseguir mi propio lugar o algo así. Santi insistió en que me quedara,
pero cada vez que me daba la vuelta, veía a Pà.
Abrí la puerta de su dormitorio y, efectivamente, Amore estaba
profundamente dormida. Su lujosa habitación en tonos dorados era tan
opuesta a la mía. Siempre la mantenía en perfecto orden, sin una sola cosa
fuera de lugar, excepto su pequeño rincón creativo.
María me llamó cerdo. Era una exageración, por supuesto. Pero quién
tenía tiempo para poner la mierda en su sitio. Las únicas cosas que tenían
un lugar designado en mi mundo eran las armas y los condones. Todo lo
demás podía ir a cualquier sitio.
Coloqué el helado en la bandeja de comida del desayuno que alguien
había dejado en su mesa auxiliar. Supongo que no podían despertarla.
—¡Buenos días, Sol! —grité a todo pulmón.
Amore se levantó de golpe, perdió el equilibrio y se cayó de la cama.
Me eché a reír al ver su cuerpo retorcido en el suelo. Su cabello rojo
brillante estaba desordenado y sus ojos somnolientos se movían como si
fuera un maldito espectáculo de fuegos artificiales.
En el momento en que sus ojos se posaron en mí, me fulminó con la
mirada.
—¿Qué diablos, Adriano?
Me tiré en su cama y sonreí.
—¿Qué haces ahí abajo?
—Buscando un tesoro, imbécil.
Se puso de pie y me empujó de su sitio, arrastrándose de nuevo bajo
las sábanas.
—No he dicho que puedas volver a dormir.
—No pregunté —murmuró—. ¿Por qué demonios estás tan feliz tan
temprano?
—Hoy te vas y quiero pasar la mañana contigo. Sé que tienes que
comer con tu padre y tu Abuela. Pero al menos podemos pasar una o dos
horas juntos —Hizo un ruido mmmm como si no me creyera—. Te traje
helado —añadí.
Abriendo perezosamente un ojo, me miró de soslayo.
—¿No es un poco temprano para el helado?
—¿No me dijiste que nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde
para un helado?
Una suave sonrisa se dibujó en su rostro, y se sentó, con las mantas
deslizándose sobre ella.
—Lo hice, ¿eh?
Llevaba una camiseta de tirantes de raso rosa y unos pantalones cortos
a juego. A Amore le encantaba todo lo rosa, pero insistía en que no podía
ponérselo porque la hacía parecer un payaso con su cabello rojo. A mí me
pareció que estaba muy linda. Totalmente femenina.
—Seguro que sí —le dije—. Te acompañaré.
Ella me observó pensativa.
—¿Pasó algo, Adriano?
—¿Por qué tiene que pasar algo?
—Bueno, ayer desapareciste y no he sabido nada de ti.
La culpa me corroía. Ella tenía razón; desaparecí de ella ayer y
anteayer.
—Lo sé, y lo siento —Aunque de alguna manera deseaba estar ahí
fuera con Santi haciendo pagar a los venezolanos—. Pero ahora estoy aquí.
Entonces, ¿estás lista para Ben & Jerry? O eres demasiado buena para esos
hombres, ahora que has vivido en Italia.
Ella se rio.
—Siempre estoy lista para Ben & Jerry. Ahora, dame a mis hombres.
Capítulo 24
Santino

Era casi el mediodía cuando finalmente atravesé la entrada de mi


casa en Brooklyn con las manos ensangrentadas y un corte de cuchillo en
el antebrazo izquierdo. Me dirigí directamente al baño del primer piso y
saqué un botiquín de primeros auxilios. El agua corrió roja mientras me
lavaba las manos y el antebrazo.
Rojo como la melena de Amore.
La sangre y la muerte habían formado parte de mi educación. Nunca
me había molestado. Todavía no lo hacen. Era simplemente una forma de
vida. Aunque tenía que preguntarme si le molestaría a Amore. Sabía por
sus hermanos que ocultaban sus heridas y se limpiaban en su apartamento
de la ciudad o en la casa de invitados en el límite de la propiedad. No
querían que se molestara. Sin embargo, no creí que le hicieran ningún
favor al hacerlo.
Aquel beso de hacía dos años me había cambiado. No podía precisarlo,
pero algo había cambiado dentro de mí. La chica de brillantes ojos verdes
desapareció, y en su lugar había una hermosa mujer. Una mujer que
consumía cada centímetro de mi alma y mi corazón. Ella me consumió,
sin siquiera intentarlo.
Una vez que el agua salió limpia, cerré el grifo y saqué una aguja e
hilo, y comencé a coser mi carne. Menos mal que era el brazo izquierdo y
no el derecho, si no esto habría sido una putada.
O podría llamar a Amore, pensé. Ella era excelente cosiendo. No tenía
sentido cobijarla si se convertía en mi esposa. La mayoría de las veces,
esto iba a suceder, y prefería que me arreglara ella antes que cualquier otra
mujer. Era la mujer con la que quería compartir todo: la felicidad y las
penas, el pasado y el presente, los miedos y la fuerza. Y sobre todo el amor,
porque no habría odio entre nosotros. Podríamos discrepar y bromear, pero
siempre nos tendríamos el uno al otro. Siempre la protegería, pasara lo que
pasara.
Tardé cinco minutos en terminar de coserme con la mente y el pecho
trabajando horas extras. Amore se adentraba cada vez más en mi pecho.
Guardé el botiquín, abrí el teléfono y le envié un mensaje a Amore.
*¿Está mi monstruo despierto? *
Aparecieron las burbujas y sonreí para mis adentros.
*Prefiero malvada, diosa, heredera. Cualquier cosa en esa línea.*
Me reí y escribí de vuelta.
*Tú eres todo eso. Y un monstruo sexual insaciable.*
Me reí cuando recibí una respuesta instantánea. Emoji de ojos en
blanco.
*Mejor compórtate si quieres que me pase por ahí.*
El siguiente mensaje fue un emoji de un santo. Luego aparecieron más
burbujas en la pantalla.
*Almorzando con la Abuela y Papá en el restaurante.* Otro emoji
sonriente con sudor frío. *Las armas aún no están desenfundadas.*
¡Ah, mierda! Bennetti no sospecharía si me presentara en su casa, pero
causaría alarma si me pasara por allí mientras ella estaba con su abuela.
*Dame una ventana abierta para que pueda ir a probar tu dulce
coño.*
Me estaba convirtiendo en un adolescente libidinoso, pero me
importaba un carajo. Su coño era un cielo del que no quería salir nunca.
Aparecieron burbujas, y solo podía imaginar lo siguiente que diría. Luego,
nada, las burbujas desaparecieron, dejé el teléfono en la encimera del baño
y me metí en la ducha. Si estaba con esos dos, podría estar ocupada en el
futuro inmediato.
El agua cayó en cascada sobre mí y las imágenes de Amore sobre el
capó de mi auto con mi mano rodeando su cuello jugaron en mi mente. Era
malditamente perfecta. ¿Me dejaría follar su boca? solo de pensarlo se me
ponía dura la polla.
Mi mano envolvió mi sólido tronco y me puse a trabajar, mientras los
gemidos de Amore sonaban en mis oídos y las imágenes de ella
retorciéndose debajo de mí jugaban en mi mente. Al retorcer la mano hacia
adelante y hacia atrás, el pre-semen brillaba en la punta.
Mi agarre se tensó al imaginar a Amore en mi cama, con las piernas
abiertas para mí, esperando que la follara. Me bombeé desde la raíz hasta
la punta, duro y lento, hacia adelante y hacia atrás, con imágenes de ella
en la agonía de la pasión mientras gritaba mi nombre bailando en mi
mente.
—Mierda —murmuré, echando la cabeza hacia atrás mientras el placer
recorría mi columna vertebral y mi semen salía a borbotones por las
baldosas.
Al salir de la ducha, me sentí algo saciado. De alguna manera, tenía la
sensación que nada me satisfará tanto como el dulce y apretado coño de
Amore.
Genial, ¡ahora se me había puesto dura otra vez!
Mi teléfono sonó y lo tomé de la encimera esperando la respuesta de
Amore. No fue así. ¡Era Luigi!
*El restaurante de Papá ha sido atacado.*
El miedo, como nada antes, se disparó en mi columna vertebral. Amore
estaba con su padre.
*Dirección.*
Me vestí con vaqueros y salí por la puerta en menos de dos minutos,
completamente armado y listo para quemar esta ciudad si uno solo de los
brillantes cabellos de la cabeza de Amore estaba fuera de lugar.
El ataque fue en el Upper East Side, en uno de los restaurantes de
Bennetti, y me llevó diez minutos infringir todas las leyes de tráfico para
llegar allí.
Había policías y ambulancias aparcadas por todas partes. Dejé mi auto
detrás de un auto de policía en medio de la calle y me apresuré a entrar.
Sacaron a una mujer muerta, con el cuerpo cubierto por una sábana
blanca y una mano suelta. Cada latido del corazón me dolía físicamente
mientras buscaba algo familiar. La sábana se deslizó ligeramente y pude
ver el cabello rojo. Se me hizo un nudo en la garganta, me zumbaron los
oídos y se desvaneció cualquier otro ruido. Tuve que respirar
tranquilamente, el dolor en el pecho me exprimía la maldita vida. Nunca
había sentido nada parecido.
Los paramédicos se movieron a tientas, casi dejando caer la camilla, y
me preparé para gritarles cuando la sábana se deslizó por completo y un
alivio abrumador me inundó.
No era Amore. Un profundo suspiro me abandonó. Tenía que estar
viva, bien viva. Yo la necesitaba.
Entré al escuchar la voz de Luigi por encima de la conmoción y mis
ojos recorrieron el restaurante. Era un desastre. Agujeros de bala por todas
partes, mesas volcadas, cristales rotos y platos esparcidos por el suelo
junto con sangre.
Encontré a Luigi hablando por teléfono. Estaba sentado en la esquina
más alejada, con Amore a su lado. No pude ver su cara. Tenía que ver que
estaba bien antes de perder la cabeza.
Ella está viva. Eso es todo lo que importa.
Perder a Pà era malo, pero tenía el presentimiento que perder a Amore
sería devastador. Para mí y para todos los demás en esta ciudad. Porque
quemaría esta maldita ciudad hasta encontrar a los imbéciles que se
atrevieron a lastimarla.
No tenía tiempo para evaluar las emociones y la intensidad de las
mismas en este momento.
Me acerqué a él, con Amore de espaldas a mí.
—Luigi —anuncié mi presencia, y él se puso en pie de un salto. Sin
embargo, mis ojos estaban puestos en su hermana. La cabeza de Amore se
dirigió hacia mí, y pasé por encima de cada centímetro visible de ella.
Aparte de un pequeño rasguño en la frente, estaba ilesa.
El alivio que me invadió no tenía comparación.
Pero la mirada de sus ojos me destrozó. Había un dolor sordo tras la
profundidad de su mirada verde, y aunque sus labios se curvaron en una
sonrisa, ésta no llegó a sus ojos.
—Santi. Gracias a Dios —Luigi se estremeció. Tener a su hermana tan
cerca del campo de batalla probablemente se lo hizo a él—. Fueron los
Venezolanos —añadió en voz baja.
Mis ojos se dirigieron a Amore, pero ella mantenía una expresión de
cautela. Le dije a Bennetti que se mantuviera alejado de los lugares
públicos. Pensó que sus décadas de ser Don le daban ventaja sobre mis
consejos. Se equivocaba. Demasiado descuidado. Demasiado seguro de sí
mismo. Había más gente que nos quería muertos que los que nos querían
vivos. Mientras ella estaba en Nueva York, debería haber escuchado mi
consejo. Fue la razón por la que la envió a Italia después de todo. Debería
saberlo mejor, maldición.
Los gritos procedentes de la parte trasera del restaurante llegaron hasta
nosotros, y los ojos de Amore se desviaron hacia allá. Había un pasillo ahí
atrás que llevaba a las oficinas. Había estado aquí muchas veces como para
conocer la distribución de memoria.
—Papá y la Abuela están discutiendo —murmuró Amore.
Luigi puso los ojos en blanco.
—Nada nuevo.
Amore se rodeó el cuerpo con los brazos. Llevaba unos vaqueros finos
y una blusa blanca de cuello redondo combinada con unos chucks blancos.
Una mancha de sangre manchaba su camiseta. Parecía más joven así, con
el cabello recogido en una coleta alta.
Me senté a su lado, apoyando mi brazo en la parte baja de su espalda.
No había nada más que quisiera hacer que rodearla con mis brazos. Mi
heredera se había metido en las guerras de la mafia, y no era un lugar para
alguien de su calibre.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Sus ojos parpadearon hacia Luigi, que parecía querer unirse a la
discusión de su padre contra Regina.
—Luigi, ¿por qué no vas a romper esa fiesta? —le recomendé—. Antes
que la mierda entre esos dos pase a más.
La mirada del hermano mayor buscó a Amore y ella asintió.
—Estoy bien.
—Quédate con Santi —le indicó.
Como si fuera a dejar que se alejara de mí.
Una vez que él salió del alcance de su oído, ella se volvió hacia mí.
—Estoy bien. Fue... inesperado.
Los Venezolanos estaban causando demasiados problemas. Ya ni
siquiera estaba seguro de lo que buscaban. ¿Por qué se molestaron en venir
por mi padre, o a por Bennetti, y por Amore? ¿Intentaban terminar lo que
habían empezado hace trece años? Ella no podía estar en su camino.
Mi instinto me decía que me estaba perdiendo algo, aunque no podía
imaginar qué podía ser.
—Estás a salvo, eso es lo único que importa.
Parpadeó y la tristeza cruzó sus rasgos.
—Una mujer murió —murmuró—. Le dispararon a través de la
ventana —Maldición, era una mierda que tuviera que ver eso. Fue su
primer contacto real con la guerra que ocurría en la ciudad de Nueva
York—. Era pelirroja —susurró.
La confusión me invadió ante su extraño comentario. Pero entonces,
las mujeres y los hombres reaccionaban de manera diferente a la muerte.
Mierda, los hombres como nosotros y los hombres normales reaccionaban
de forma diferente ante la muerte. La mayoría de las veces, ni siquiera
pestañeaba y seguía adelante. A menos que se tratara de alguien muy
cercano a mí.
Pero entonces me acordé del contenedor con las mujeres pelirrojas. La
miré, preocupado por si había escuchado algo al respecto.
—¿De qué están discutiendo? —Intenté alejar su mente de la muerte.
—Si debo quedarme o irme —murmuró—. Papá quiere que me quede.
La Abuela quiere que me vaya. Si Papá quiere que me vaya, apuesto a que
la Abuela querrá que me quede.
En eso tenía razón. Esos dos eran opuestos y siempre estaban en guerra
entre sí. Aunque ambos estuvieron de acuerdo en enviarla a Italia la última
vez. Probablemente era más seguro para ella allí que en Nueva York ahora
mismo.
Tomé su mano entre las mías. Los ojos de Amore parpadearon a
nuestro alrededor para asegurarse que no había nadie. Me importaba un
carajo, ella era mía y pronto redactaría un contrato.
—¿Qué quieres? —le pregunté.
Su padre y su abuela eran demasiado tercos y demasiado ciegos. No
veían que Amore había crecido y podía tomar sus propias decisiones.
—Me quiero ir —admitió—. No me rompería el corazón si tuviera que
quedarme ahora que tú... —Se cortó y sus ojos se apartaron de mí. Froté
mi pulgar sobre una pálida vena de su muñeca, su piel suave bajo mi áspero
pulgar—. Pero quiero terminar la universidad allá, y mi rotación de trabajo
a través de Regalè Fashion.
—Entonces nos aseguraremos que vayas —le dije con firmeza. La
quería protegida y feliz—. Mi pequeño monstruo sexual.
Sus labios se curvaron en una suave sonrisa, y esta vez llegó a sus ojos.
Una simple sonrisa suya y yo haría cualquier cosa por ella. Quemar el
mundo, matar hombres, solo para verla feliz. Para cuando nos casáramos,
estaría comiendo de la palma de su mano.
Era peligroso tener una debilidad en nuestro mundo, y ella se estaba
convirtiendo rápidamente en la mía. O quizás era demasiado tarde y ya lo
era.
Me levanté y la puse de pie.
—Ahora, vamos a decirle a tu familia lo que quieres.
—¿Estás seguro de eso? —preguntó vacilante. Había odiado ver a esos
dos discutir desde que la conocía.
—Sí.
Nos dirigimos a la parte trasera del restaurante, y antes de llegar a la
puerta, ella sacó su mano de la mía y las metió en sus bolsillos.
—No te atrevas a culparme de esto, Bennetti —siseó su abuela—. Se
suponía ella que nunca debía estar en Sudamérica.
—Deberías haberle avisado —gruñó él.
Fruncí el ceño ante el extraño comentario y antes que Regina pudiera
decir algo más, Amore se aclaró la garganta.
—Ummm, papá —Los ojos de todos se volvieron hacia nosotros.
Amore inspiró profundamente y levantó la cabeza, con determinación en
su rostro—. Me voy a Italia a terminar mis estudios y mi formación
laboral.
—Cariño, no tienes que volver para la formación laboral. —Regina me
sorprendió con su respuesta—. Ya has aprendido lo suficiente como para
hacerte cargo.
—Sé que no tengo que hacerlo, pero quiero hacerlo. —Echó los
hombros hacia atrás, manteniéndose firme—. Quiero hacerme cargo del
negocio a mi manera y cuando esté preparada. No cuando ustedes crean
que debo hacerlo.
Fue un poco cómico ver la reacción de su hermano mayor ante su
hermana menor. Ella tenía una manera de sorprender a todos. Había
llegado a ser una mujer hermosa, y un día no habría nadie que pudiera
rivalizar con ella. Era una mujer fuerte.
Los ojos de Bennetti brillaron con orgullo y la comisura de mi labio se
levantó. Esta joven sería un día una heredera increíble. Me moría de ganas
de verlo desde un asiento en primera fila.
Regina miró al padre de Amore, con preguntas en los ojos.
—¿Qué piensas, Bennetti?
Él asintió.
—Si eso es lo que quieres, hija. Reforzaremos la seguridad.
—Yo también tengo a mis hombres allí —les dije a ambos—. Voy a
rotar a dos de mis hombres más confiables y los pondré en Milán.
—DeAngelo y Lorenzo están siempre conmigo —replicó ella—. No
necesito que me asfixien.
—Estarán a la espera —le aseguré.
Tras una fugaz mirada hacia mí, miró a su familia.
—Seguiré los protocolos —prometió. Normalmente lo hacía, excepto
cuando ella y Adriano estaban juntos.
Un policía interrumpió en ese momento.
—Sr. Savio Bennetti, Sra. Regina Regalè y Sr. Luigi Bennetti, tenemos
que hablar. —Sus ojos se dirigieron a Amore y a mí.
Reconocí al policía. Estaba en mi nómina. Me reconoció y luego
dirigió su atención a Amore.
—¿Y tú eres?
—Es mi nieta —dijo Regina—. Tiene que tomar un vuelo. No vio nada
porque estaba de espaldas a la ventana.
Regina estaba mintiendo, me di cuenta por su postura. En mi negocio,
leer a la gente era una habilidad de vida o muerte, así que me volví bueno
en eso. Ella estaba tratando de proteger a Amore. Protegerla de la policía,
de las preguntas, o de cualquier posible cobertura de la prensa.
—Entonces no la necesitas —le dije al policía. Inmediatamente estuvo
de acuerdo—. Llevaré a Amore al aeropuerto —le ofrecí a Savio. De todos
modos, no tenían otras opciones. ¿Dónde diablos estaba Vincent?
—Vincent tuvo que hacer un recado y se reunirá con ella en el
aeropuerto. —Bennetti debió leer mis pensamientos—. Él puede reunirse
con ustedes en dos horas. ¿Dónde está Adriano?
Eso sí que era una pregunta. Dijo que iría a despedirse de Amore esta
mañana y que volvería. Sin embargo, cambió de opinión porque fue a mi
casino clandestino.
—Ocupado en el casino —le dije.
Tengo que trabajar, me escribió Adriano. Mentira, él me evitó.
Eso estaba bien porque cuando ese texto llegó Renzo y yo estábamos
terminando nuestra tortura de un miembro del cartel. Me vendría bien la
ayuda de Adriano y pensaba utilizarlo en el asunto de la Cosa Nostra, pero
no quería lanzarlo a la primera línea. Después de todo, le había prometido
a Pà que siempre cuidaría de él. Lo había mantenido al margen de nuestros
negocios pensando que seguiría otras vías, pero estaba claro que a Adriano
no le interesaba.
Después de una ronda de abrazos y besos, Amore y yo dejamos el caos,
y la puse a salvo en mi propio auto.
—¿Otro auto nuevo? —murmuró burlonamente, aunque el cansancio
hizo que sus hombros se desplomaran.
Hoy conduje mi Range Rover negro. Tenía ventanillas a prueba de
balas y normalmente era a lo que recurría cuando hacía el trabajo.
—Más bien un auto de trabajo.
Ella miró a su alrededor, y luego sus ojos volvieron a mí con una
mirada tentativa.
—¿Ha hablado Adriano contigo?
Sorprendido por la pregunta de improviso, levanté la ceja.
—¿Sobre qué?
Se encogió de hombros, evitando mis ojos. Amore destacaba en
muchas cosas, pero mentir no era una de ellas.
—Amore —le advertí.
—Está molesto —murmuró, mirándome bajo esas largas pestañas—.
Se siente como un extraño, pero quiere ayudarte.
Sabía que Adriano odiaba no estar más involucrado. Por qué Pà
pensaba que Adriano no querría estar en la Cosa Nostra era un misterio
para mí. Nunca habría imaginado que querría estar metido hasta las
rodillas en ella. A Adriano le llevó un poco más de tiempo interesarse,
pero luego se metió de lleno. Salvo que Pà empezó a mantenerlo al margen
poco a poco desde hace unos años. Lo cuestioné varias veces, pero insistió
en que era mejor para Adriano.
—Le prometí a Pà que lo mantendría a salvo. No quería que lo
arrastraran a esta vida.
Ella asintió, con comprensión en sus ojos.
—Puedo entenderlo.
—¿Pero? —pregunté porque sabía que había un pero ahí.
—Debería haberle preguntado primero a Adriano lo que quería. A ti
también.
Me rasqué la barbilla.
—Sí, deberíamos haberlo hecho —admití. Aunque esta semana lo he
estado utilizando desde la muerte de Pà—. Pero no puedo romper mi
promesa.
Tomó mi mano entintada entre las suyas, el color descarnado contra su
piel. —Entonces encuentra la manera de cumplir tu promesa y mantenerlo
comprometido. Adriano solo quiere sentirse útil.
Consideré sus palabras. Adriano había empezado a resentir el hecho
que no se le incluyera cada vez más. Pà había interpretado mal a Adriano.
Sí, se metía mucho en líos, incluso metía a Amore en algunas de sus
travesuras también.
Me soltó la mano y puse la marcha atrás para sacarnos de aquí. La calle
seguía cerrada y vacía de todo tráfico.
—Encontraré algo. —Toda su cara se iluminó con una suave sonrisa
curvando sus labios, y ni siquiera estaba pidiendo nada para ella—. Ahora,
dime honestamente —exigí—. ¿Cómo estás?
—Y yo que pensaba que habías venido a probar mi dulce coño —
murmuró, con las mejillas enrojecidas. Inmediatamente frené de golpe, me
incliné hacia ella y le tomé la cara con ambas manos.
Se las arreglaba constantemente para sorprenderme.
—Boca sucia —gemí y choqué mi boca contra la suya para darle un
rápido beso—. Saborearé tu dulce coño y te oiré gritar mi nombre mientras
alcanzas el clímax, luego enterraré mi polla tan profundamente en tu
pequeño y apretado coño, que no podrás caminar durante días.
—Mmmm. —Pasó su lengua por mi labio inferior—. ¿Quién tiene una
boca sucia ahora? —Acortó la distancia y tomó mi labio inferior entre sus
dientes. Mi chica estaba aprendiendo rápidamente.
Me aparté. —Pero primero hablemos —le dije con firmeza.
Ella exhaló con fuerza y luego apoyó su frente en la mía.
—¿Tenemos que hacerlo?
—Sí. Quiero saber a quién tengo que matar —Cerró los ojos por un
momento. Cuando los abrió, el dolor sordo que sentí en ellos me golpeó
en el pecho. Maldita sea, quería quitarle el dolor. Verla sonreír
felizmente—. Háblame, cariño.
Otro suspiro la abandonó.
—Me senté frente a la ventana. —Era como pensaba—. Pasó una
moto. El tipo no llevaba casco y lo reconocí. Nos dio tiempo a agacharnos
antes que empezaran a volar las balas.
Silencio. Solo su respiración ligeramente elevada.
—¿De dónde lo reconociste? —le pregunté en voz baja.
—De Sudamérica. —Su labio tembló ligeramente, pero se recompuso
rápidamente—. Creo que está relacionado con el hombre de la Universidad
de Nueva York. —Me quedé quieto. Esto no podía ser una coincidencia—
. El que me atacó.
Cuando le ponga las manos encima, le cavaré una tumba profunda y
lo enterraré vivo.
—Lo encontraré —juré—. Y lo mataré bien y despacio, haré que se
arrepienta del día en que nació.
Sorprendentemente, no se inmutó. Sus labios se curvaron y sus ojos se
suavizaron.
—Ah, Santi. Me encantan las cosas dulces que dices.
Roce mi nariz con la suya.
—Vamos a por tu maleta y a asearte. Quiero hacer que te corras al
menos tres veces antes de llevarte al aeropuerto.
—Solo tres, ¿eh? —se burló—. Eso es un poco decepcionante.
La agarré por la nuca y la acerqué, luego le mordí la barbilla.
—Te haré pagar por ese comentario, Amore.
Su mano bajó a mi entrepierna para encontrarme ya empalmado.
Nunca habría un momento en el que no estuviera duro para ella.
—No puedo esperar —murmuró suavemente, con su pequeña mano
acariciando mi polla por encima de los vaqueros.
Capítulo 25
Amore

Estamos en casa de Santi. Nunca había estado en su casa. Al menos


no sobria. Aquella vez que Adriano y yo nos emborrachamos no contaba.
Pero la había visto muchas veces desde afuera. Su casa de ladrillo rojo
tenía un patio de tamaño decente con un gran garaje en la parte trasera.
Adriano me había metido ahí una o dos veces cuando destrozaba los autos
de papá. Podía hacer Álgebra y Cálculo con los ojos cerrados, pero
conducir... Bueno, digamos que todavía me costaba. He pasado una
cantidad significativa de tiempo en los garajes de autos en el último año.
El de Santi era, por mucho, el más bonito, la pared trasera era toda de
cristal y daba al puente de Brooklyn y al río. No podía ni imaginar la vista
que tenía Santi desde dentro.
—Maldición, podría excitarme con los ruidos que haces —Su aliento
me rozó el cuello, provocándome escalofríos. La piel de Santi me hacía
cosquillas en el cuello y sus labios rozaban la curva de mi oreja.
—Tócame —le supliqué, apretándome contra él—. Por favor, tócame,
Santi.
Hizo que otra persona fuera por mi maleta y me llevó a su casa para
que me diera los tres orgasmos prometidos. Iba por el cuarto.
Estábamos en su cama, los dos desnudos, y yo a horcajadas sobre su
regazo. Arrastró su dedo corazón por mi entrada. Me estremecí y me apreté
más contra su mano y su pelvis. Se movió muy despacio, deslizando su
mano hacia abajo para acariciar mi coño y un fuerte gemido se deslizó por
mis labios.
Una suave maldición salió de sus labios.
—Qué malditamente húmeda.
Su agarre se intensificó en mi coño, mientras su otra mano se dirigía a
mi garganta, sujetándola y manteniéndome en mi sitio. Introdujo dos
dedos en mi coño y mi cerebro se volvió confuso por el placer.
Comenzó a mover su mano, sus dedos encontraron mi punto G y lo
acariciaron.
—Por favor —respiré una y otra vez. Cada movimiento de sus dedos
me acercaba más y más al límite. Mis manos se enredaron en su cuello y
mis dedos se clavaron en su cabello.
Trazó círculos alrededor de mi clítoris con el pulgar, volviéndome loca
de necesidad. La lujuria corría por mis venas y la necesidad me consumía.
Lo necesitaba más que nada.
Nuestras lenguas se enredaron, ásperas y desesperadas. Sabía a
pecado, a una tentación que nunca se disiparía. Sentada a horcajadas sobre
él, no pude resistirme apretar contra su mano, rozando su dura polla.
Al retirar su mano, sus dedos se clavaron en mis caderas y me
empujaron hacia delante. En un rápido movimiento, me penetró
profundamente, llenándome hasta la médula. Todo y todos se
desvanecieron. Nada importaba. Ahora mismo, en su casa, en su
habitación, se sentía como un refugio seguro en el que podría quedarme
para siempre. Solo lo necesitaba a él.
—Móntame, Amore —gimió—. Haz que te corras.
Mi pulso rugió frenéticamente. Santi era el tipo de hombre que siempre
tiene el control. Sin embargo, me lo estaba dando.
Lo cabalgué lentamente, subiendo y bajando por su dura polla. La
sensación era nueva para mí. Y como él lo pedía, me moví hacia arriba y
hacia abajo, haciendo que mi placer fuera cada vez mayor. Todo el tiempo,
mantuve mis ojos en Santi.
Su mirada recorría mi cuerpo, fijándose en el lugar donde estábamos
unidos. Observó nuestros cuerpos unidos con una mirada oscura y
posesiva. Sus manos apretaban mis caderas, casi de forma dolorosa, pero
nada de eso importaba cuando este placer me llevaba a nuevas y
sorprendentes alturas.
Mi orgasmo se acercaba con cada movimiento. No quería que esta
sensación terminara nunca. Su mano regresó a mi garganta. Su agarre era
firme mientras su pulgar acariciaba mi pulso.
Era tan constrictivo, pero era exactamente lo que necesitaba. Su otra
mano patinó por mi estómago, dejando un rastro hasta mi clítoris. Me
rodeó ligeramente el clítoris mientras yo subía y bajaba por su polla, con
pequeños sollozos escapando de mi boca. Cada vez que me movía, su dedo
lo rozaba.
—Santi —gemí, apretando su cabello y arqueando la espalda.
Aumentando el ritmo, seguí cabalgando su polla, con mi clítoris rozando
sus dedos. El placer se enroscaba cada vez más en mí, y ambos gruñíamos
y gemíamos. Perdida en mi propio placer, cerré los ojos.
Apretó la garganta y cada nervio de mi cuerpo explotó mientras lo
follaba. Mi orgasmo me atravesó, un calor lánguido que se extendía como
olas. Palabras incoherentes salieron de mi boca mientras mi cuerpo se
estremecía en los brazos de Santi. A medida que las olas se retiraban
lentamente, mis sentidos volvieron a funcionar y me encontré con sus ojos
oscuros que me absorbieron.
Me sentía ingrávida y agotada, y antes de poder acurrucarme junto a
él, me di cuenta.
—¿No has terminado?
—No, no lo hice.
La inseguridad me recorrió, amortiguando la experiencia. No tenía la
experiencia de Santi y de otras que probablemente había tenido.
—¿Por qué no?
—Porque no hemos terminado. —Mis ojos se abrieron de par en par—
. Tu coño está listo para otra ronda.
El cansancio más dulce aún perduraba en mis huesos. Todavía estaba
dentro de mí y, de alguna manera, sus palabras encendieron mi cuerpo.
—Tu coño está apretando alrededor de mi polla —ronroneó con una
mirada cómplice—. Te gustan mis palabras sucias.
Agachó la cabeza y se llevó un pezón a la boca, tirando de él con los
dientes. Un jadeo salió de mi boca y mi espalda se arqueó.
—Estas tetas —siseó. Luego me acostó sobre mi espalda, empujando
con fuerza y profundidad dentro de mí. Sus caderas funcionaban como
pistones.
Grité y mi espalda se arqueó sobre la cama. Me sentía llena de él, y
estaba tan dentro de mí que podía sentirlo por todas partes.
—Serás mi muerte, Amore. —Me acarició el cuello, con una voz
cálida y suave—. Ahora soy adicto a ti.
Puede que él sea adicto a mí, pero yo también lo soy a él. Su mano se
acercó a mi cabello, apretando un puñado mientras empezaba a follarme.
Su peso se convirtió en algo familiar. La piel chocando contra la piel. Me
folló tan intensamente que luché por encontrar aire.
Sus embestidas eran duras, profundas y ásperas, haciendo saltar
chispas dentro de mí. Su nombre salió de mis labios en forma de cántico,
una y otra vez. Mi cuerpo se amoldaba al suyo, acogiendo cada una de sus
embestidas.
—Tan jodidamente apretada —gruñó.
Su aliento contra mi oreja era caliente, su voz era una rima profunda.
—Tan jodidamente húmeda. Para mí —alabó.
Empuje.
—Maldición, lo tomas tan bien —dijo con voz ronca—. Tu coño es el
cielo.
El calor floreció en mi pecho con cada una de sus palabras. El calor se
extendió desde mi clítoris hacia fuera. Golpeó fuerte y profundamente, con
su pelvis chocando contra la mía. Cada vez que Santi lo hacía, era intenso
y estremecedor. El calor palpitaba en cada célula de mí, los gemidos salían
de mis labios.
—Pídeme que me corra dentro de ti —dijo con voz ronca, mientras
empujaba profundamente dentro de mí. Su mirada era oscura y posesiva—
. Que te llene con mi semen.
Me estremecí, mi orgasmo al alcance de la mano. Se hundió dentro de
mí de nuevo, arrancándome un gemido gutural. Empujo de nuevo y un
escalofrío me recorrió.
—Por favor —exhalé—. Lléname con tu semen.
Un rugido de satisfacción salió de su pecho y el orgasmo fue inmediato
y tan violento que las estrellas estallaron detrás de mis párpados. Su cuerpo
se estremeció sobre mí, sus empujones lentos y superficiales, mientras
echaba la cabeza hacia atrás y encontraba su propia liberación, con mi
nombre en los labios.
Este hombre se quedaría dentro de mí. Para siempre.
Capítulo 26
Santino

Amore y yo nos dirigimos hacia su avión privado, su tío Vincent


ya estaba ahí junto con el piloto. Debería haber sabido que Amore ya tenía
su propio avión. Iniciales en cursiva con A y B mayúsculas pegadas en el
lateral.
No nos tomamos de la mano, pero de vez en cuando su mano rozaba
la mía.
—¿De verdad vas a venir en junio? —Su cabeza se inclinó, con los
ojos ocultos tras sus grandes gafas Gucci de sol. Prácticamente pude ver
cómo cambiaba toda su postura a medida que nos acercábamos a su avión.
De mujer joven a heredera.
Empecé a intuir que Amore tenía muchas capas, y que yo las
descubriría todas. Conoceré cada centímetro de su cuerpo y de su alma.
—Te lo prometí —le dije—. Lo único que no sé, es si llegaré hasta
junio.
Sus labios se dibujaron en una sonrisa.
—Puedo esperar.
Gemí.
—Te das cuenta que faltan dos meses.
—No me opongo a que vengas antes. En absoluto —dijo efusivamente
y luego añadió, con un brillo travieso en sus ojos—. Pero Internet es fiable,
y he oído que el sexo telefónico puede ser caliente.
—Jesús, Amore —murmuré—. ¿Dónde has escuchado eso?
—En un sitio porno —Entrecerré los ojos sobre ella, tratando de
averiguar si estaba bromeando o no. Entonces sonrió—. Estoy bromeando.
Las chicas hablan, ya sabes. Y tu hermano ha compartido más información
de la que me gustaría admitir.
Sin pensarlo, la agarré de la mano y ambos nos detuvimos. Ella enarcó
una ceja con sorpresa.
—¿Te ha tocado? —gruñí en tono oscuro. Mi voz era posesiva.
Cuando se trataba de ella, todas mis emociones se amplificaban. Era difícil
mantener la mente clara. La palabra mía estaba grabada en mi pecho, y
quería exigirle lo mismo a ella. Yo sería suyo. ¿Era racional? Maldición,
no, pero a quién le importaba eso.
Sabía que no se había acostado con mi hermano, pero eso no
significaba que no hubieran tonteado. Solo pensarlo me hacía arder de
rabia. Nunca me gustó compartir lo que era mío, y ciertamente no iba a
compartirla a ella.
—¿Te ha besado alguna vez?
Ella no se apartó mientras ladeaba la cabeza y respondía sin un ápice
de engaño.
—No, Santi. Adriano nunca me ha tocado como tú. Me ha besado en
la mejilla y en la boca, pero solo como amigo. —Sacudió la cabeza y se
acercó a mí—. Cielos, Santi —dijo con voz suave, su mano cubriendo la
mía—. ¿No sabes que estoy enamorada de ti desde los trece años?
La bestia celosa que llevaba dentro se calmó con sus palabras. ¡Dios
mío! Estaba perdiendo la cabeza. Compartir nunca ha sido lo mío, pero los
celos tampoco. Tendría que controlarlos cerca de ella.
—Señorita Bennetti —interrumpió una voz y ambos giramos la
cabeza. Era el piloto, junto con su tío. Su tío estrechó los ojos sobre
nosotros, y luego miró su mano sobre mí—. ¿Puedo tomar tu maleta?
Su mano vaciló, y volvió a su modo reservado.
—Muchas gracias.
Ella le entregó su equipaje y el piloto se alejó mientras su tío se
quedaba.
—¿Todo bien? —preguntó Vincent, con una mirada entrecerrada.
Miró mi mano alrededor de la muñeca de Amore, pero al carajo si la dejaba
ir. Que intentara dispararme. Tenía mejor puntería que él.
Además, ella era mía. Me la quedaría para mí, para protegerla y
poseerla.
—Sí, Zio. —Ella ofreció su sonrisa reservada.
—Debería haber venido a buscarte —refunfuñó—. Pero tu padre dijo
que Russo te iba a traer. Supuse que era Adriano.
—Bueno, ya está hecho. ¿Estamos listos? —le respondió ella,
sonriendo y levantando sus gafas de sol hasta la parte superior de la cabeza,
dándome otro vistazo a su mirada esmeralda.
—Te acompañaré hasta el avión —le dije, sin querer dejarla ir todavía.
Su tío se dio la vuelta y lo seguimos. Amore soltó su muñeca de mi
agarre y tomó mi mano. Estábamos jugando con fuego, pero estaba seguro
que en unos días podríamos hacer lo que quisiéramos.
Rozaba mi pulgar sobre su suave piel. Luego, cuando su tío se detuvo,
ella deslizó rápidamente su mano de la mía.
—Gracias por traerme, Santi —murmuró en voz baja, con los ojos
brillando con doble sentido. Ella sería mi muerte. A este ritmo, mañana
volaría a Italia solo para entrar en ella. ¿Y esa voz tan sexy? Me moría de
ganas de oírla gemir por FaceTime.
—Cuando quieras —respondí, sonriendo, y luego añadí en voz más
baja—. Sé que te gustan los paseos rápidos y duros.
Un jadeo ahogado sonó en sus labios y sus mejillas se sonrojaron.
—¿Vienes, Amore? —Su tío sonaba agitado, probablemente sintiendo
que algo pasaba pero no podía precisarlo.
Ella le contestó, con los ojos clavados en mí y una bonita sonrisa en la
cara.
—Sí, ya voy. —Su voz era gutural, y al instante se me puso dura. Oh,
¡castigaré a esa pequeña descarada por eso!
—Bueno, yo... —Su voz se apagó, mientras permanecía en su lugar
mientras dudaba en dar el primer paso hacia su tío. Ella no quería ir más
de lo que yo quería que fuera.
—Pronto —le prometí en voz baja. En una exhalación, ella bajó la
cabeza y comenzó a subir las escaleras. Antes de entrar en la cabina, volvió
a mirar por encima del hombro. Yo seguía ahí, esperando a que entrara en
la seguridad de su cabina. Una mirada compartida, otra inclinación de
cabeza, y desapareció de mi vista.
En el mismo segundo sonó mi teléfono, y contesté sin mirar.
—¿Sí?
—¿Santi? —Llegó la voz de Lorenzo—. ¿Tienes noticias de mi padre
o de Amore?
—Sí, Amore acaba de subir al avión. —Sonó una exhalación profunda
y aliviada—. Tu padre tuvo que lidiar con la policía.
—Casi me da un puto ataque al corazón —murmuró—. Vi las noticias
y ninguno de los dos respondía. Tampoco lo hizo mi maldito hermano.
Empecé a caminar de vuelta a mi Range Rover. ¿Seguiría oliendo a
sexo y a Amore?
Su teléfono sonó mientras le comía el coño, pero estábamos un poco
ocupados para contestar. Sonreí recordando su comentario que me mataría
si dejaba de hacerlo. Mi pequeña descarada estaba hambrienta de sexo.
Nunca había obedecido a una mujer en mi vida, aparte de mi madre, pero
cuando Amore exhaló su orden, ni siquiera se me pasó por la cabeza parar.
Si el mundo ardía, me aseguraría que mi mujer obtuviera su placer
primero.
Tenía que controlarme, al menos actuar racionalmente.
—¿Estás ahí? —preguntó Lorenzo.
—Sí, estoy aquí.
—¿Cuándo vas a venir a Italia? —preguntó—. No quiero irme nunca,
maldición. Las mujeres son abundantes, la comida es impresionante.
Olvídate de Nueva York y de la Cosa Nostra de ahí. Ven a la madre patria.
Me reí. Era exactamente lo que sentía cuando visitaba el país a los
veinte años. Sin embargo, ahora quería ir por una razón diferente.
—Puede que vaya pronto —le dije.
—Mejor que sea antes. Una vez que te cases, Italia no tendrá el mismo
atractivo. —Se rio—. Sé que Amore probablemente no regresará una vez
que se haya casado.
Mi paso vaciló.
—¿Qué?
—Venir antes de casarse —repitió, pero esa no era la parte que me
importaba.
—No, has dicho antes que Amore se case.
—Sí, está prometida.
Como el infierno que lo está.
—¿A quién?
La rabia ardía en mi torrente sanguíneo. Quienquiera que fuera, nunca
la tendría. La sola idea que alguien le pusiera las manos encima hacía que
los celos corrieran por mis venas. La aversión que me producía incluso la
idea que cualquier hombre se acercara a Amore, por no decir que la tocara,
hizo que mi pecho se retorciera de frío.
—No lo sé. Le dije a mi padre que era una mala idea, obviamente no
me escuchó. Ella incluso hizo varios comentarios fuera de lugar que
prefería cortarse las dos manos antes que casarse por medio de un acuerdo.
—Lorenzo no parecía satisfecho con el arreglo de su padre—. Pà
simplemente se niega a ser razonable. Se le ha metido en la cabeza que así
la protege de alguna manera.
No podía creer que Savio hubiera hecho un arreglo matrimonial para
su hija. Un relámpago de rabia me recorrió el pecho por el hecho que se la
hubiera ofrecido a cualquiera... a cualquiera que no fuera yo. Desde el
momento en que ella pisó el territorio de los Russo y yo la encontré frente
al restaurante, fue mía. Entonces, era una chica bajo mi protección. Ahora
era una mujer bajo mi protección.
—¿Consideraría cambiar el contrato?
La línea se quedó en silencio.
—¿Por qué? —No contesté—. Maldición, Santi. No contestes a eso.
Ya me doy cuenta. No quiero saberlo.
Fue justo ahí y entonces decidí que no importaba. Mataría a quien
fuera.
—A ver si me consigues un nombre —le dije—. Te debo una grande.
Y cuando un Russo debe, siempre pagamos.
Capítulo 27
Santino

Habían pasado dos putos días... ¡Dos! Y la necesidad de follar


con Amore era como un picor ardiente bajo mi piel del que no podía
deshacerme. No sabía cómo iba a pasar los dos meses. Los pensamientos
sobre ella eran una constante en el rincón de mi mente. Me costaba pensar
en otra cosa que no fuera la suavidad de su piel, lo sexy de sus gemidos y
lo apretado de su coño.
Lorenzo no había tenido éxito en conseguir un nombre. Tampoco
Luigi. Este último me debía una larga lista de favores, así que decidí
cobrarlos. Maldición, los daría por perdidos si solo me consiguiera ese
nombre. Un hombre para matar.
—¿Estás seguro que le vio la cara? —me preguntó Gabriel.
Ambos estábamos sentados en mi despacho de The Orchid. Era donde
normalmente nos reuníamos. El humo colgaba espeso en el aire y la
irritación prácticamente se desprendía de ambos.
Habíamos estado cazando al hijo de puta que conducía y atacó a
Amore. Sin éxito. Era como si hubiese desaparecido en el aire. Había
encontrado a los Venezolanos que participaron en el tiroteo, pero el
bastardo principal seguía respirando y caminando.
Eso. Simplemente. No. Funciona.
Las ganas de recorrer las calles, matando a todos los miembros del
cártel, impulsaban la inquietud que se escondía bajo mi piel. No hizo nada
por el temperamento de ninguno de los dos.
—Sí —grité. La necesidad de proteger a Amore era como respirar. La
necesitaba más que el oxígeno.
Gabriel me interrogó varias veces, dudando que Amore supiera lo que
había visto. Todo el ataque fue un borrón, ni siquiera los otros Bennettis
vieron al hombre. Pero no hubo ninguna duda cuando Amore respondió.
Ella sabía exactamente quién era.
Llevaba demasiado tiempo escurriéndose entre los dedos. Había
engañado a Gabriel, y a Carrera no le hacía mucha gracia. El hombre que
le avisó fue encontrado muerto en la casa que asaltamos.
—¿No puedes al menos averiguar cuál es su puto nombre, para que no
estemos persiguiendo un fantasma? —Era una broma que ni siquiera
pudiéramos conseguir eso.
—¿Y qué demonios crees que he estado haciendo? ¿Revolviéndome
los pulgares? —espetó Gabriel. Estaba tan molesto como yo.
—Esfuérzate más, maldición. —Apreté los dientes—. La vida de
Amore está en riesgo. No la tuya.
Los dedos de Gabriel se cerraron en puños y sus labios se apretaron en
una línea sombría. Era un buen aliado, un proveedor fiable y un amigo
reacio.
—Santino, ella está a salvo en Italia —dijo finalmente—. Es el mejor
lugar para ella hasta que resolvamos esta situación. Ningún cártel, incluido
el mío, se atreverá a poner un pie en ese país.
Excepto que yo la quería aquí, conmigo.
Pero él tenía razón. Ella estaba a salvo allí. La madre patria era un
riesgo demasiado alto para el cártel. La mafia en Italia estaba
profundamente arraigada en todos los aspectos de la vida civil, política y
comercial. Los miembros del cártel solían ser asesinados incluso antes de
salir del aeropuerto. La mafia no quería ofrecerles ninguna oportunidad de
expandirse en su territorio. Algo así como la Cosa Nostra aquí en Estados
Unidos.
Mirando mi reloj, noté la hora. Savio había quedado conmigo en mi
despacho.
Me levanté y me giré para salir, abrochándome la chaqueta.
—Tengo que irme. Avísame si encuentras algo.

El hielo tintineó en el vaso de Savio. El ambiente era tenso; el aire era


tan denso que se podía cortar con un cuchillo. No me molestó en lo más
mínimo.
Sentado detrás de mi escritorio, lo observé atentamente.
—¿De qué se trata, Russo?
Me negué a decirle por teléfono el motivo de la reunión. Las reuniones
cara a cara eran mejores para este tipo de conversaciones.
—Escuche que tienes un contrato de matrimonio para Amore. —Se me
desencajó la mandíbula. Decir esas palabras en voz alta fue suficiente para
convertir mi sangre en hielo y congelar mi corazón.
La sorpresa brilló en sus ojos, pero rápidamente se recompuso.
—¿Y?
—Anula ese contrato. —Mi mirada encontró la de Savio. Había
incredulidad en sus ojos, y luego dejó escapar un suspiro burlón.
—¿Qué? —preguntó Savio, haciéndose el tonto conmigo.
Pensé que había sido bastante claro. —La quiero. Di tus condiciones y
tendré redactado el contrato de matrimonio en veinticuatro horas.
Arrojo el resto del licor por la garganta y dejó caer el vaso sobre la
mesa con cierta fuerza. Lo observé atentamente en busca de algún signo
revelador.
—Me temo que eso no es posible —dijo finalmente.
Un destello de satisfacción brilló en sus ojos y algo violento se
extendió por mis venas como un veneno. Ya veremos. Yo no la perdería.
—Todo es posible —respondí—. Asumiré el costo por romper el
contrato.
—El contrato no se puede cambiar. —Las palabras cortaron la tensión
entre nosotros.
Apreté los dientes con frustración. Odiaba escuchar que algo no se
podía hacer. No existía tal cosa, y lo que quería, siempre lo conseguía.
La mirada de Savio se estrechó mientras nos mirábamos fijamente.
Tuve la sensación que disfrutaba diciéndome que no, aunque eso
demostraba que no me conocía en absoluto. Si era algo, era persistente y
que me negaran me hizo más decidido.
Nunca tuve nada contra Savio, ni siquiera antes de nuestra tregua
provocada por Amore. Nos respetábamos mutuamente a regañadientes,
pero nunca aguantaría ninguna de sus mierdas. El territorio y los
beneficios de los Russo eran mayores, y nunca toleré que nadie invadiera
nuestros territorios, fuera quien fuera. Tú das un dedo, ellos toman una
mano y todo eso.
—¿Quién? —Quería un nombre. Estaría muerto por la mañana. De un
modo u otro, Amore era mía.
Me estudió durante un instante antes de negar con la cabeza.
—No puedo darte eso —dijo finalmente. El hielo serpenteó por mis
venas y fue directo a mi corazón. Le preocupaba que yo persiguiera al
hombre y lo matara. Maldita sea, claro que sí—. Santi, no puedes tenerla
—¡Mírame, viejo! Debió verlo en mis ojos porque añadió en tono duro—
: Intenta forzar mi mano y empezarás una guerra.
Me levanté, indicando que la reunión había terminado y Savio me
siguió.
Salió de mi despacho y mi pecho se endureció.
Amore se casaría con otra persona por encima de mi cadáver. Y yo no
pensaba morirme pronto.
¡Guerra será!
Capítulo 28
Amore

Junio. ¡Finalmente!
Estaba deseando tocar a Santi, sentir sus manos en mi cuerpo. El
FaceTime y el sexo telefónico fueron excitantes durante las primeras
semanas, pero se volvieron viejos rápidamente.
Hacía más de dos meses que no lo sentía dentro de mí, que no sentía
su boca en mi piel. Estuvo a punto de venir un fin de semana en mayo,
pero los asuntos de la Cosa Nostra se interpusieron. Era la única objeción
que tenía para salir con un don. Pero él no podía cambiar eso más de lo
que yo podía cambiar quién era.
Lorenzo y el tío Vincent tuvieron que viajar a Estados Unidos para
ocuparse de algunos asuntos. DeAngelo se estaba tomando un tiempo
personal después de nuestra última misión en Sudamérica. La frustración
subió por mi columna vertebral al recordar nuestra misión de búsqueda por
la selva. Intentamos localizar el campamento de Perèz en la selva. Era
donde guardaban su producto antes de enviarlo para su distribución a los
proveedores.
DeAngelo creía que era ahí donde me tenían a mí hace tantos años. Se
puso en contacto con un miembro del cártel Carrera y obtuvo la
información sobre la zona donde me habían encontrado. Pudo ocultar el
motivo de la investigación, pero fue en vano. Caminamos por la selva y
no pudimos encontrar ningún rastro del campamento donde murió Mamá.
La rabia y la tristeza ardientes se mezclaron en mi pecho al recordar lo
fríos que eran los ojos del asesino cuando ordenó degollar a mi madre. Lo
quería muerto. Santi había matado a uno; yo también quería muerto al otro.
Después de tres días de nada más que sudor, suciedad y picaduras de
bichos, por fin habíamos terminado. Sabiendo que DeAngelo era de
Colombia, le sugerí que se quedara a visitar a su familia. Se tomó muy en
serio lo de vigilarme y al principio se negó. Hubo que convencerlo y
coordinar la seguridad antes que aceptara. Lo hice organizar mi cobertura
de seguridad con los hombres de Santi en Italia.
Así que todo funcionó a la perfección.
Me miré a mí misma y alisé las arrugas de mi vestido. La parte superior
blanca con un profundo corte en V parecía modesta y el color cobrizo
oxidado de la mitad inferior hacía juego con mi cabello, que había
recogido a un lado y trenzado en una cola de pez.
—Ya llegamos —anunció el chófer, deteniéndose en el interior del
aeropuerto privado. Uno de los hombres de Santi me trajo hasta aquí.
No me molesté en esperar a que me abriera la puerta. Salí del auto y
cerré la puerta tras de mí. Mis ojos se dirigieron al avión privado aparcado
en medio de la pista.
Y justo a tiempo, la puerta del avión se abrió y Santi salió de la cabina.
Como si pudiera sentirme, su cabeza se volvió en mi dirección y mi
corazón se aceleró. Habíamos hablado casi todos los días desde que salí
de Nueva York, pero seguía pareciendo un sueño. Había estado enamorada
de él durante mucho tiempo y, de la noche a la mañana, pasó de ser el
hermano de mi mejor amigo a ser mi amante. Mi novio. Algunos días casi
esperaba que volviera a decir —eres solo una niña.
Lo amaba. Cada cosa de él. Sus raras sonrisas. Sus formas directas y
exigentes. Su oscuridad. Todo.
Bajó las escaleras del avión con movimientos apresurados, una figura
oscura y solitaria contra el blanco del avión. Por supuesto, estaba muy
guapo con su camisa blanca y sus pantalones oscuros. Rara vez lo veía
vestido con ropa informal. Bueno, excepto cuando le rasgaba la ropa,
ansiosa por tocarlo.
Sus gafas de aviador ocultaban la mayor parte de su rostro, y las
familiares mariposas revoloteaban en mi bajo vientre. Siempre era lo
mismo, incluso cuando me llamaba. Me ponía nerviosa y excitada.
Empecé a caminar hacia él, pero en cuanto vi ese tirón de sus labios
dibujando una sonrisa mientras se metía las gafas de sol en el bolsillo, eché
a correr. Me importaba una mierda quién nos viera o lo ansiosa que
pareciera. Lo echaba mucho de menos.
No tardé en alcanzarlo y me lancé sobre él, rodeando su cuello con mis
brazos. Me agarró con las dos manos y me hizo girar. ¿Tal vez él también
me echaba de menos? Santi no era despreocupado ni bobo. Eso era más
propio de Adriano y de mí. Santi siempre actuaba de forma demasiado
madura, demasiado... bueno, como un don.
—Oh, Dios mío, Santi —murmuré contra su piel, bañando su cara con
besos. Olía aún mejor de lo que recordaba—. Puedo sentirte.
Mis piernas rodearon su abdomen mientras sus manos me agarraban el
culo. Su boca buscó la mía, el beso duro y exigente. Un gemido escapó de
mis labios, hambrienta de su sabor. Capturó mi labio superior entre los
suyos y mi boca se separó, deseando que lo hiciera más profundamente.
Quería saborearlo, sentir su lengua rozando la mía. Me hacía sentir viva.
Su cuerpo duro contra el mío se sentía increíble, su calor ardiendo en cada
fibra de mí.
—Te he echado de menos —admití en voz baja. Un dolor desesperado
y dulce recorrió mis venas y terminó con un pulso palpitante entre mis
muslos.
—No tanto como yo te he echado de menos —dijo con voz ronca—.
La mejor puta bienvenida. De todos los tiempos.
Su mano me rodeó la nuca y me inclinó la cara para poder besarme
más profundamente, con su lengua enredada en la mía. Sabía tan bien. A
pecado, a whisky y a mi hombre. Un gemido salió de lo más profundo de
su pecho y sus manos se apretaron contra mis caderas. Sus dedos se
clavaron en mi carne mientras yo gemía en su boca. Lamí el interior de su
boca, amando su sabor. El beso era áspero y absorbente. La sangre me
retumbaba en los oídos y corría por mis venas, alimentando las llamas de
la pasión.
Me moví y, accidentalmente, me apoyé en su dura polla. Un escalofrío
me recorrió, el calor recorriendo cada célula de mi cuerpo.
—Cuidado, nena —gimió—. Ha pasado mucho tiempo para mí.
Esa era la mejor parte. Santi me era fiel. El don de la familia Russo,
uno de los hombres más temidos de la Cosa Nostra podría haber saciado
su necesidad con cualquier mujer. Había más que muchas que lo deseaban.
Sin embargo, no lo hizo. En su lugar, tenía una cita virtual conmigo. Era
tan exigente en el sexo virtual como en el presencial.
Santi no podía ni imaginar lo mucho que significaba para mí. Los
hombres de la Cosa Nostra no eran fieles, pero Santi Russo sí. Él era mío
y yo era suya.
—Para mí también ha pasado mucho tiempo —susurré contra sus
labios. Mi respiración ya era agitada—. ¿Puedes follarme en el auto?
—Monstruo sexual —gimió.
—Solo cuando se trata de ti —gemí, restregándome por todo él.
Alguien carraspeó y recordé que estábamos en medio de la pista. Los
dos habíamos perdido la cabeza. Enterré mi cara en el cuello de Santi, pero
me quedé en sus brazos. No habría nada que me impidiera tocarlo durante
su estancia.
—¿Sí? —La voz de Santi sonó molesta por la interrupción, y alisé la
palma de mi mano contra su nuca, pasando los dedos por su espeso y
oscuro cabello. Dios, me encantaba tocarlo.
—Sus maletas están en el auto, señor.
Santi ni siquiera lo reconoció, y le mordí suavemente el cuello.
—Gracias —susurré contra su pulso—. Da las gracias.
Por supuesto, me ignoró, así que miré detrás de mí con una pequeña
sonrisa.
—Gracias —dije.
Con un gesto de reconocimiento y una arruga de diversión bailando en
sus ojos, el piloto se alejó con un movimiento de cabeza. Me deslicé por
el cuerpo de Santi y caminamos hacia el auto de la mano. Parecía irreal
tenerlo aquí, conmigo.
—Estás preciosa —me felicitó, con los ojos brillando como un rayo.
El calor subió a mis mejillas. Era la maldición de mi complexión. Se
rio con oscura diversión.
—Todas las cosas sucias que hicimos por FaceTime, y te ruborizas
cuando te hago un cumplido.
—No puedo evitarlo —exhalé.
Su mano se apretó suavemente sobre la mía.
—Me encanta eso de ti, Amore. —Su mirada recorrió mi cuerpo, e
hizo que mi pulso se acelerara por completo—. No hay ni una sola cosa
que no me guste de ti.
Mi corazón brilló con su admisión. No fue exactamente una
declaración de amor eterno, pero la soñadora en mí brilló al escuchar esas
palabras.
El conductor mantuvo la puerta abierta para los dos, y me deslicé en el
asiento, Santi justo detrás de mí. Una vez que el conductor estuvo al
volante, Santi dio una orden.
—A mi villa.
Presionó el botón y levantó la mampara, separándonos del conductor
y del guardia. Nunca me molesté con la pantalla de privacidad en el auto,
pero ahora estaba encantada de tenerla. Antes que pudiera moverme o
decir algo, las grandes manos de Santi llegaron a mis caderas, me
levantaron y me sentaron en su regazo.
—Maldición, hueles tan bien —murmuró, arrastrando sus labios por
mi cuello—. Se siente tan bien.
Mis entrañas se apretaron con necesidad, y mi corazón se aceleró de
emoción. Mis ojos bajaron a sus manos en mis muslos y noté los nudillos
rojos y rotos. Algunas cosas nunca cambiaban. Mis dedos los rozaron
suavemente.
Su cabello me hizo cosquillas en el cuello mientras bajaba,
deteniéndose sobre mi clavícula.
—Santi —suspiré. Un calor lánguido se extendió por mis venas y me
estremecí.
Pasó un pulgar por mi piel, sus dedos callosos contrastaban con su
suave toque. Su otra mano ahuecó la parte de atrás de mi cabeza, sus dedos
entrelazándose a través de los mechones. Presionó su boca contra la mía y
un suspiro tembloroso abandonó mis pulmones.
—Zio 26 y mi hermano se han ido —murmuré contra sus labios—. Solo
tus guardias me vigilan.
Una risa oscura lo abandonó.
—Solo yo te estoy vigilando a ti. —Su aliento era caliente en mi
oído—. Durante la próxima semana, eres toda mía.
Yo siempre he sido tuya. Las palabras silenciosas vibraron a través de
mí, y nada había sonado más cierto.
Sus dientes mordisquearon el lóbulo de mi oreja, enviando escalofríos
por mi columna. Inclinando mi cabeza hacia un lado, le di mejor acceso a
ella. Su mano derecha subió por delante de mí, sus dedos se envolvieron
alrededor de mi cuello.
Fue estimulante. Tan constrictivo. Tan emocionante
—Mmmm. —Me apoyé en su mano y sus dedos apretaron un poco
más fuerte.
—¿Más duro? —gruñó la pregunta en mi oído.
—Por favor —rogué. Presioné mi palma contra su pecho, su camisa
blanca almidonada era la única obstrucción entre mis dedos y su piel.
—Una diosa del sexo tan apropiada y codiciosa. —Me tomó dos
latidos del corazón darme cuenta que no me había llamado monstruo
sexual. Me eché hacia atrás solo una pulgada y sonreí.
26
Zio: Tío en italiano.
—Ahora, eso está mejor —susurré mientras mis dedos se enredaban
en su cabello en la parte posterior de su cuello—. Más apropiado para mí
que un monstruo sexual.
La comisura de sus labios se levantó.
—¿Lo es ahora? —Tiró de la parte de atrás de mis rodillas,
acercándome más, así que me senté a horcajadas sobre él.
La adrenalina corría por mis venas; la tensión sexual ardiendo como
un infierno entre nosotros. Prácticamente podía saborearlo. Nuestros
latidos sincronizados. Pecho con pecho. La presión hervía dentro de mí;
mi respiración laboriosa.
Se sentía bien estar en sus brazos. Sí, éramos opuestos en todos los
aspectos, pero encajamos perfectamente.
Su ropa de diseñador a mi estilo creativo.
Su gran tamaño a mi pequeño.
Su dureza a mi suavidad.
Sus labios recorrieron la longitud de mi garganta mientras su agarre
inclinaba mi cabeza hacia la izquierda, mi cuerpo se sometía a él. Su nuca
roso mi piel y escalofríos subieron por mi columna.
Suspiré, disfrutando de su toque.
—Te ganaste un bono —Sentí sus labios curvarse en una sonrisa contra
mi piel—. Estaba pensando… —Un suave gemido se escapó de mis labios,
y él levantó la cabeza, con una ceja levantada mientras esperaba que
continuara—. Umm... No te agradecí adecuadamente por mi regalo de
cumpleaños.
Me envió el collar de oro más hermoso con un colgante de orquídea de
oro hecho a mano y grabado con nuestras iniciales y las palabras.
Desde nuestro primer beso.
Hasta el final de nuestras vidas.
—¿Sí? —Pasó un pulgar por mi labio inferior, mis manos recorriendo
su pecho—. ¿Qué tenías en mente?
Mis manos se deslizaron por su cuerpo, sus abdominales fuertes y
duros bajo mis palmas. Cuando llegué a su cinturón, lo tracé con mi dedo.
—Quiero hacerte una mamada —susurré. Sus ojos brillaron, la tensión
irradiando de su mirada. Los nervios se dispararon por mis venas. Santi
probablemente había tenido mujeres de rodillas cientos de veces antes. No
quería ser una más de esas mujeres al azar. Pero era algo que nunca había
hecho antes.
Lentamente inclinándome hacia adelante, presioné mis labios contra
su cuello.
—Escuché que a los hombres les encantan las mamadas —murmuré
contra su piel.
De repente agarró un puñado de mi cabello y tiró de mi cabeza hacia
atrás, su mirada llena de tensión y confusión mientras me atravesaba.
—¿Quién te dijo eso? ¿Lo has hecho con un hombre?
Su tono posesivo envió vibraciones a través de mis venas y una neblina
sin aliento llenó mi cerebro. Su afirmación me golpeó justo en el pecho.
Algunas mujeres odiaban a los hombres posesivos. Descubrí que me
encantaba. O simplemente amaba las formas posesivas de Santi. Yo era
suya, sería suya para siempre. Pero él también sería mío.
Me lamí los labios, sintiéndome sin aliento. No podía conseguir
suficiente aire en mis pulmones. La mirada de Santi se oscureció,
enfocándose en mi rostro.
—No, pero hice mi investigación. —Su puño se aflojó ligeramente,
pero tuve la sensación que dejaría su mano en mi cabello y controlaría la
mamada que estaba a punto de darle. Estaba bien con eso, ya que su placer
era la mejor inyección de adrenalina de la historia. No soportaba que me
controlaran, pero cuando se trataba de Santi… estaba dispuesta a rendirme.
Si me ordenara desnudarme ahora mismo, lo haría.
Me deslicé hacia atrás hasta quedar de rodillas frente a él. Su mirada
hambrienta siguió cada uno de mis movimientos. Se estiró perezosamente,
sus piernas se abrieron y mi corazón tronó en mi pecho. Había tanta
confusión y un deseo crudo y ardiente que pensé que me quemaría aquí
mismo.
Nuestros ojos se encontraron. Su mirada encapuchada y hambrienta
ardía, diciéndome que quería follarme la boca.
—Hazlo —exigió, su tono autoritario envió escalofríos por mi espalda.
Parecía un amante despiadado y exigente. La humedad se acumulaba entre
mis muslos con un dolor punzante que era casi insoportable.
Como don, Santi estaba acostumbrado a que la gente lo agradara, lo
obedeciera. No podría importarme menos obedecerlo como un don. Pero
como amante, quería darle todo.
Desabotoné sus pantalones, luego siguió la cremallera. El sonido
agudo fuerte en el silencio del auto, y mi corazón retumbaba contra mi caja
torácica. Tragué saliva mientras bajaba sus calzoncillos y envolvía mis
dedos alrededor de su erección. Cuando investigué, pensé que esto se
sentiría degradante, pero estaba ansiosa por darle placer a Santi, así que
estaba decidida a intentarlo. Al menos una vez.
Pero ahora, al ver la tensión en sus hombros y el hambre acechando en
sus ojos, me sentí extrañamente empoderada. Su polla era tan dura y
gruesa, suave y cálida. El punto entre mis muslos palpitaba de deseo,
haciéndome apretar las piernas. Me incliné y sus muslos se abrieron aún
más.
Se me hizo agua la boca, se me hizo un nudo en el estómago mientras
sacaba la lengua y lamía la punta de su polla, probando su líquido pre
seminal, y luego lamía experimentalmente desde la base hasta la parte
superior. Un siseo se deslizó por sus labios, y una emoción viajó
directamente a mi núcleo. Un murmullo de satisfacción viajó por mis
venas, embriagador y caliente. Animada por su reacción, pasé mi lengua
por la punta de su polla, tomándome mi tiempo, saboreándolo. Su sabor
era almizclado y salado. Era adictivo.
Su puño en mi cabello se apretó en un agarre casi doloroso, pero me
importaba una mierda. Este sentimiento de empoderamiento fue una
descarga de adrenalina. Desvié mis ojos a la cara de Santi, quien me
miraba con los párpados entrecerrados, una mirada desquiciada en sus
ojos.
—Chupa —ordenó, su voz ronca. Su mano libre descansaba sobre el
descansabrazo del asiento trasero, luciendo como un rey siendo atendido.
En cierto modo, lo era.
Mis ojos se fijaron en él. La tensión en su rostro y cuerpo no tenía
paralelo con nada que hubiera visto antes en él. Apenas colgaba de un hilo.
Todo para mí, pensé victoriosa, mientras una ola cálida viajaba hasta
mi punto dulce.
Obedecí, chupando su duro eje en mi boca e inmediatamente su cabeza
cayó hacia atrás con un fuerte gemido. Animada por su reacción, lo chupé
de nuevo, llevándolo más profundo, deslizándome arriba y abajo. Sabía a
pecado, su sabor salado para siempre mi droga. Mis dos manos estaban en
sus muslos, mis uñas se clavaban en sus músculos.
—Maldición, sí. Solo así, bebé —gimió, su mano en mi cabello
moviendo mi cabeza, controlando el ritmo. Sabía que no podía resistirse a
tomar el control. Mi cabeza se movía arriba y abajo, llevándolo más
profundo cada vez.
—Mírame —exigió con voz ronca, apretando aún más su agarre en mi
cabello.
Mi mirada parpadeó hacia él, y él se empujó más profundo, golpeando
la parte posterior de mi garganta. Gemí, relajando mi garganta y siguiendo
su demanda tácita de chuparlo más fuerte y más rápido. Sus ruidos
guturales. Su respiración pesada mientras me observaba con una mirada
entrecerrada.
—Mierda, eso es todo —siseó. Se empujó más profundo, golpeando la
parte posterior de mi garganta de nuevo. Mis ojos se humedecieron, pero
verlo así envió placer revoloteando a través de mí. Lo chupé más fuerte,
tomando más de él en mi boca.
Mi coño palpitaba, el dulce dolor me tentaba a poner mi mano entre
mis piernas. Pero esto era para él. Para su placer, no el mío. Entonces,
apreté mis muslos y un murmullo de satisfacción subió por mi garganta.
Sus embestidas se volvieron más ásperas, más profundas, pero no podía
apartar los ojos de su rostro. Su mandíbula se movió, su mirada
encapuchada llena de ardiente deseo, amenazando con convertirnos a
ambos en cenizas.
Mi pecho se frotaba contra sus muslos, la tela de mi vestido acariciaba
mis sensibles pezones. Renuncié a un sostén, con la esperanza que me
follara en el auto. Pero esto era mucho mejor. La fricción del suave
material rozando mis pezones envió chispas de placer revoloteando a
través de mí.
—Quédate quieta —dijo con dureza, su puño sujetando mi cabeza
inmóvil. Inmediatamente me quedé quieta a su orden. No podría moverme,
aunque quisiera. Su desmoronamiento fue tan caliente que pensé que
tendría un orgasmo solo al verlo perder el control—. Mantén esa bonita
boca abierta.
Clavé mis uñas en sus muslos, gimiendo de necesidad, mientras perdía
el control. Sus caderas se levantaron del asiento, follando mi boca con
fuerza. No retuvo nada. Sus respiraciones salieron pesadas. Su mano libre
agarró el respaldo del asiento. Cuando golpeó la parte posterior de mi
garganta más fuerte y más profundo, sentí arcadas, pero nunca se detuvo.
—Maldición —murmuró, su expresión se endureció. Probé más de su
semen y lo tragué con entusiasmo. Quería verlo desmoronarse. Para mí—
. Trágate cada gota —dijo con voz áspera. Tarareé mi acuerdo, incapaz de
hacer nada más, ansiosa por hacer lo que me ordenaba.
Otro empujón y se corrió dentro de mi boca con un gemido masculino
que envió escalofríos por mi cuerpo. Tragué, una y otra vez, la salinidad
de su semen llenándome.
Su mirada ardía caliente y perezosa, la tensión se filtraba fuera de su
cuerpo. Me miró hipnotizado mientras lo chupaba limpio, ansiosa y
codiciosa, hasta que no quedó ni una gota de semen.
Sentada sobre mis rodillas, nuestras miradas se conectaron mientras
lamía los restos del sabor salado de mis labios. Una gota de su semen se
deslizó por el costado de mi labio, y él se inclinó, extendiendo su mano
libre, limpió el semen con su dedo índice.
—Abre, diosa —ronroneó. Obedecí y metió su dedo con su semen en
mi boca. Un calor febril se disparó a través de mi torrente sanguíneo. Cerré
mis labios alrededor de su dedo y lo chupé limpio—. Escuchas tan bien —
murmuró su alabanza y me sonrojé.
Mordí suavemente su dedo.
—Solo cuando quiero.
Él sonrió, aunque las líneas de su rostro estaban relajadas.
—Entonces, ¿quieres complacerme? —dijo arrastrando las palabras, y
yo asentí, todavía de rodillas. Iba contra toda razón. Me habían enseñado
a liderar como la futura jefe de Regalè Fashion. Sin embargo, con Santi,
no quería nada más que someterme. Mi amor por la moda y nuestro legado
se desvaneció en comparación con lo que sentía por él.
Santi se subió los pantalones y luego se los abrochó mientras yo seguía
cada uno de sus movimientos. Sus dos manos llegaron a mi cintura,
levantándome de nuevo a su regazo. A horcajadas sobre él, me obligué a
empujarme contra él. Las llamas insaciables ardían a través de mi torrente
sanguíneo, y él era el único que podía extinguirlas.
Doblándome en sus brazos, sus labios se cernieron sobre mi oído y
susurró con una voz suave, casi de adoración:
—Amore, podrías ser la mujer que me rompa.
Yo nunca lo rompería; Solo quería amarlo.
El auto se detuvo. Me dispuse a moverme, pero su mano se apretó
sobre mí.
—Él verá —susurré.
—Que todo el mundo vea —dijo con voz áspera contra mi boca—.
Porque eres mía.
Capítulo 29
Amore

Santi sostuvo mi mano entre las suyas mientras salíamos del


vehículo. La timidez se apoderó de mí y evité los ojos de nuestro conductor
y del guardaespaldas. Esperaba que no se hubieran enterado de lo que
estábamos haciendo. Estaba tan perdida en nuestro acto que no podía jurar
que habíamos mantenido nuestros gruñidos y gemidos al mínimo.
Mis ojos recorrieron la vasta propiedad. Mirando detrás de nosotros,
vi un largo camino de entrada que se abría paso entre los árboles. La gran
villa de mármol brillaba bajo el sol, y el mar azul más allá resplandecía.
Las persianas de la enorme villa reflejaban el color del mar. Había árboles
frutales: limones, naranjas, cerezas e higos.
La villa mediterránea era un lujo perfecto, pero antes que pudiera
seguir admirándola, Santi me agarró en brazos. Le rodeé el cuello con los
brazos y se me escapó una risita mientras atravesaba la entrada. Me
recordó a un novio llevando a su novia por el umbral.
En el momento en que atravesamos la puerta de la magnífica villa, me
inmovilizó contra la pared. La puerta de entrada se cerró de golpe detrás
de nosotros antes que sus labios presionaran los míos con avidez. Su
lengua separó mis labios y se introdujo en mi boca como si fuera su lugar.
Nuestro beso fue ferviente, húmedo y desordenado.
Mis manos tiraron con fuerza de su cabello oscuro y lo aferraron con
más fuerza a mí, abriendo más los labios para permitirle consumir cada
centímetro de mi boca.
Su rastrojo contra mi mejilla era áspero, y me encantaba. Su aspereza
contra mi suavidad.
—Nunca tendré suficiente de ti —me dijo al oído—. Estoy listo para
enterrarme dentro de ti.
El deseo se convirtió en un infierno, disparando llamas por mis venas.
Lo necesitaba dentro de mí. El dolor que latía entre mis piernas exigía ser
aliviado. Y él era el único que podía hacerlo.
Con las piernas enroscadas en su cintura, me balanceé contra su dura
longitud, disfrutando de la fricción, desesperada por el alivio. Sus manos
se flexionaron contra mi culo antes de pasar una de ellas por delante de mí
y bucear bajo mi vestido. La desesperación corría por mis venas y el dolor
palpitante me volvía loca.
—Por favor, Santi —le supliqué—. Necesito...
Él entendía mi cuerpo mejor que yo. Las ásperas y rugosas yemas de
sus dedos recorrieron la suave piel del interior de mi muslo hasta llegar a
mi núcleo. La humedad inundó mi sexo y me froté contra sus dedos,
retorciendo mi cuerpo contra él. Nuestros corazones latían como uno solo,
frenéticamente, y nuestra respiración era errática.
—Ahhhh, sí —jadeé en cuanto su dedo tocó mi clítoris—. Santi. Oh,
Dios!
Sin vergüenza, me agarré a su áspera mano mientras su dedo trabajaba
en mi clítoris. Todo mi cuerpo se encendió, las llamas lamiendo mi piel.
Estaba tan cerca y el placer al rojo vivo se encendió en mi torrente
sanguíneo.
Su dedo me frotó el clítoris con brusquedad y jadeé contra sus labios.
Mi corazón latía con fuerza y rapidez, mi piel ardía. Hice rodar mis caderas
contra su palma y su boca se pegó a la mía. Nuestras respiraciones se
mezclaron y la presión aumentó en mi interior.
Esta sensación era como una brasa caliente que hervía en la boca de
mi estómago. Y me encantaba.
En un rincón de mi mente, me di cuenta que él estaba caminando. Lo
necesitaba dentro de mí. ¡Ya! Me importaba una mierda si quería tomarme
en la baldosa dura o en el escritorio o en el sofá. Siempre y cuando me
tomara a mí.
Los dos caímos sobre algo blando, y mis ojos se abrieron de golpe.
Una cama. En una habitación grande y ventilada con vistas al mar.
Nada de eso me importaba, excepto la visión del hombre que tenía delante.
Frenéticamente, intenté quitarle la camisa. Quería tocar su pecho desnudo,
sentir su piel caliente bajo las yemas de mis dedos. Santi maldijo
salvajemente y se arrancó la camisa, haciendo saltar los botones y
esparciéndolos a nuestro alrededor.
En un rápido movimiento, me tiró del vestido por encima de la cabeza.
El sonido de mis bragas haciéndose añicos. Me tocó por todas partes, de
forma brusca y urgente. El fuego se extendió a través de mí y se acumuló
en mi entrada.
—Mierda —siseé, con mi sexo inundado de una dolorosa necesidad de
él.
Su boca se aferró a mi pezón. Sus dientes mordieron el sensible capullo
antes de aliviar el escozor con su lengua. Mi espalda se arqueó sobre la
cama y un fuerte gemido escapó de mi garganta.
Alternó entre la succión y los pellizcos. Mi piel ardía y la presión
aumentaba, a punto de estallar en un millón de estrellas. Mis dedos se
enredaron en su cabello y lo agarraron más fuerte, con la desesperación
que me atenazaba.
—Te necesito dentro de mí —gemí roncamente. Un temblor me
recorrió con anticipación—. Ahora, por favor —supliqué, deshecha por la
sensación de ardor en cada célula de mi cuerpo.
Mis manos buscaron su cinturón y lo desabrocharon, luego sus manos
empujaron el pantalón por sus fuertes y musculosas piernas. Se lo quitó de
una patada. Le siguieron los calcetines y los zapatos. Se me hizo la boca
agua al ver su hermosa piel dorada. Su fuerte cuerpo estaba lleno de
músculos. Se deshizo de la ropa y se quedó desnudo sobre mí, y un
escalofrío me recorrió.
Respirando entrecortadamente, mis dedos recorrieron sus abdominales
mientras él se inclinaba y su cuerpo cubría el mío. Su piel era tan caliente
como el fuego. Mientras rodeaba sus hombros con mis brazos, enganché
mis piernas alrededor de su cintura, con su polla en mi resbaladiza entrada.
La sensación de su dureza y de su calor contra mi centro creó un anhelo
que me quemó el cuerpo, tan caliente como el Hades.
—Mi polla desgarrará tu apretado coño —gruñó, y mi piel se inflamó.
Quería gritar, sí, sí, sí. Un escalofrío me recorrió, y el calor se disparó
mientras él avanzaba poco a poco.
Me penetró hasta la empuñadura y el placer estalló. Se me cortó la
respiración mientras mi coño se estrechaba en torno a su grosor.
—Mía —gimió contra mis labios—. Mi Amore. —La forma en que
me reclamó hizo que mi corazón doliera y cantara al mismo tiempo.
Una de sus manos se dirigió a mi garganta, su acción me resultó tan
familiar, posesiva y excitante. Era un recordatorio que solo Santi podía
hacerme esto. Se retiró para volver a penetrarme profundamente.
Mis paredes se aferraron a su polla, necesitándolo más profundamente,
reclamándome.
—Sí —jadeé—. Tuya.
La presión y el calor me recorrieron cuando su pelvis se estrelló contra
mi clítoris. Me penetró con más fuerza y rapidez. Cada empujón me
llevaba más cerca del límite.
—Santi, Santi —canté—. Más.
Movió sus caderas como si fueran pistones, enterrándose más dentro
de mí mientras me apretaba la garganta. Un escalofrío me sacudió mientras
mis músculos internos se apretaban en torno a él.
—Tu coño está hecho para mi polla —gimió, con sus manos apretando
mi garganta. Apretó con fuerza sus labios contra los míos. Luego, como si
hubiera perdido todo el control, se impulsó con fuerza, sus labios
chupando y besando la curva de mi mandíbula.
—Santi —exhalé, los puntos nadando en mi visión por la intensidad.
Estaba cabalgando sobre mi cuerpo, introduciéndose profundamente
en mi interior. Su carne chocaba con la mía, nuestros gruñidos y gemidos
se mezclaban. Nada importaba más que el increíble placer que me estaba
dando. Encendió mi cuerpo, hizo arder mi sangre, y mi coño se apretó a su
alrededor.
Nos dio la vuelta, con mi cuerpo encima de él, y luego tiro de mi boca
hacia sus labios.
—No te atrevas a correrte hasta que te dé permiso —siseó contra mis
labios, y su agarre se extendió hasta mi cabello apretándose. Mi respuesta
fue un gemido, mientras rodaba mi cuerpo contra él, rozando su pelvis.
Me volvía loca cuando me daba órdenes mientras me follaba. Tal vez
algo andaba mal en mí, pero me encantaba. Incluso prosperó en eso.
Estaba tan cerca, tan malditamente cerca.
Mis músculos se tensaron y mi visión se nubló.
—Santi —rogué por la liberación.
Sus dedos se clavaron en mis caderas, manteniéndome en mi sitio
mientras él acercaba sus caderas a las mías. Su polla se introdujo
profundamente en mi interior, mis músculos internos se apretaron
alrededor de él. Nuestros cuerpos estaban cubiertos de sudor y el cabello
se me pegaba al cuello. Estaba tan dentro de mí que sentí que su polla
contraerse y un placer candente me recorrió la columna.
—Ahora, Amore —gimió, empujando hacia arriba con fuerza, sus
labios rozaron la concha de mi oreja. Como si mi cuerpo esperara su orden,
se deshizo y el placer se disparó por todo mi cuerpo. Mi coño se apretó a
su alrededor, su semilla se derramó dentro de mí, mis músculos temblaban
por la intensidad del orgasmo.
—Mierda —me dijo al oído—. Eso es, nena. Déjate llevar.
Sus manos rodearon la parte baja de mi espalda, sujetándome con
fuerza mientras mi cuerpo se estremecía en sus brazos mientras los restos
de mi orgasmo me devastaron y me secaron por completo.

A la mañana siguiente, busqué a Santi, pero encontré el lugar a mi lado


frío. Lentamente, abriendo los párpados, confirmé que Santi no estaba en
la cama. Levanté la cabeza de la almohada y el cabello me cayó sobre la
cara. Me lo aparté de la cara.
—¿Santi? —Llamé, con preocupación en mi voz.
—Aquí afuera.
Me deslicé fuera de la cama, llevando solo un bóxer de mujer y su
camiseta.
—Ahora mismo salgo —murmuré.
Rápidamente, me dirigí al baño, me peiné y me lavé los dientes.
Caminé hacia los suaves ruidos y encontré a Santi en el balcón.
Me detuve en el umbral de la puerta y respiré con fuerza. El balcón
daba al mar de Liguria, con una vista de agua brillante que se extendía por
kilómetros a su alrededor. Justo al lado de la Riviera Italiana, el agua azul
se extendía por kilómetros, tranquila y cristalina. La villa tenía una
ubicación impresionante, y me encontré deseando quedarme aquí para
siempre. Era magnífica.
Santi estaba sentado con una taza de café en las manos, hojeando algo
en su teléfono. Mi corazón se detuvo en seco y al segundo siguiente se
aceleró. El calor inundó mi cuerpo y un dolor se instaló entre mis piernas.
Era guapo, de eso no había duda. Lo encontré francamente sexy. Su
parte superior estaba completamente desnuda, mostrando sus músculos
bronceados y cincelados y sus abdominales definidos y apetitosos. Su
cuerpo era pura perfección, la única interrupción era la tinta en su mano
derecha, que serpenteaba hasta su hombro.
Pero no era lo único que me atraía de Santi. Por fuera, era todo dureza,
despiadado y poderoso. Pero en su interior, había una feroz protección,
cuidando a las personas que amaba. Como la forma en que amaba a su Pà
o se preocupaba por su hermano. Incluso conmigo. Cuando estaba con él,
sentía que podía luchar contra el mundo y seguir estando a salvo porque él
se encargaría de ello. No es que quisiera luchar contra el mundo. Solo
vengar a mi madre.
Santi dejó el teléfono y levantó los labios mientras sus ojos oscuros
recorrían mi cuerpo, empezando por los dedos de mis pies desnudos
pintados de rosa.
—Buenos días —dijo—. ¿Dormiste bien? El placer bailó en sus ojos
al verme sonrojada por la pregunta. No dormimos mucho.
Mientras a mí me dolía el cuerpo de la manera más dulce y mis
músculos estaban doloridos, él parecía fresco y bien descansado, como si
hubiera dormido durante días. Su cabello oscuro estaba húmedo y mis
dedos se movieron para tocarlo.
Las mariposas bailaban en mi estómago, mis ojos estaban pegados a
su piel de bronce, y en sus abdominales inferiores había un tenue rastro de
bello que desaparecía en sus pantalones. ¡Oh, Dios! Mis mejillas se
calentaron tanto al pensar en lamer ese rastro que creí que me iba a
incendiar.
—Buenos días —murmuré finalmente, incapaz de decir nada más. Me
pasé la mano por el cabello, cohibida. Él parecía estar bien arreglado,
mientras que yo era un charco agotado y derretido de deseo.
Tragándome el deseo, me dirigí a la silla vacía, pero él agarro mi mano.
No podíamos estar tocándonos y teniendo sexo todo el día y toda la noche.
Después de todo, no era práctico.
—No lo creo —dijo, mientras me subía a su regazo, y yo chillé de
sorpresa—. Quiero sentirte cada segundo del día. Los últimos dos meses
han sido demasiado largos. —Mi corazón bailó encantado que me deseara
tanto como yo a él.
—Lo fueron —acepté suavemente. Levanté la mano hacia su mejilla y
luego apoyé la palma en su cabello—. Demasiado tiempo.
Mientras me sentaba en su regazo, me sirvió una taza de café. Observé
sus elegantes movimientos, esas manos que podían darme tanto placer.
—Crema, sin azúcar. ¿Verdad?
Sonreí, mi pecho se calentó. Recordaba cómo me gustaba el café. Lo
había observado durante tanto tiempo que sentía que lo sabía todo sobre
él. Su arma favorita. Su comida favorita. Su auto favorito. Cómo bebía su
café. Nunca imaginé que él también me prestara atención a mí.
Asentí con la cabeza y él echó un poco de crema y me pasó la taza.
—¿Cómo sabias? —pregunté.
Su sonrisa era encantadora, traviesa y perversa.
—Me empeño en aprender todos tus gustos.
Oh.
Mi corazón brilló ante sus palabras. Intenté no darle demasiada
importancia, pero ya era demasiado tarde. Mi corazón se estremeció de
sentimientos.
—De acuerdo, entonces. —Lo pondría a prueba. Ni siquiera estaba
segura de por qué—. ¿Cuál es mi color favorito?
—Rosa. —Sin dudarlo—. Pero me gustas más en verde. Como tus
ojos.
Juré que mi corazón se estremeció de la mejor manera posible.
—¿Sabor de helado favorito?
Se rio.
—Tarta de fresa. —Correcto de nuevo—. Ben & Jerry's. Aunque esos
hombres tendrán que irse —medio bromeó—, solo hay espacio para un
hombre en tu vida.
Levantando la taza hasta mi boca para ocultar una sonrisa, tomé un
sorbo. El líquido caliente recorrió mi garganta y se me escapó un pequeño
suspiro. El café era lo más parecido al sexo y al helado.
—Preparas un buen café —le dije, lamiendo una pequeña gota de mi
labio inferior. Un gemido bajo sonó en el pecho de Santi y me giré para
buscar su cara—. ¿Todo bien?
Su mirada se oscureció y mi pulso se detuvo. El gemido salió de lo
más profundo de su pecho y sus manos se apretaron en mis caderas.
—No me canso de ti —ronroneó, con su aliento caliente contra mi
oreja mientras mi espalda estaba contra su pecho.
Las mariposas se me agolparon en el estómago. Una pequeña sonrisa
curvó mis labios. Me alegraba saber que me deseaba tanto como yo a él.
Lentamente, tomé otro sorbo y volví a gemir, apretándome contra su ingle.
No pude resistirme a provocarlo, ebria de su deseo por mí. ¿O era mi deseo
por él?
—Descarada —Me mordió el lóbulo de la oreja—. Quédate quieta.
Vas a comer y luego haremos algo divertido.
Giré la cabeza y nuestros ojos se encontraron.
—El sexo es divertido —murmuré.
Se rio. Suavemente.
—Seguro que lo es, pero haremos algo más.
—¿Cómo qué? —pregunté.
—Nadar. Quizá hacer algo de turismo en mi motocicleta. Ir a bailar.
Mis ojos se abrieron de par en par. —Me gusta todo menos la moto.
No estoy segura...
—Te mantendré a salvo. Te lo prometo —Cuando no dije nada, tomó
mi barbilla entre sus dedos—. ¿Confías en mí?
—Lo hago —le dije sin dudar. He confiado en él desde que lo conozco.
Me hacía sentir segura—. Motocicleta y cita entonces.
Me recompensó con un beso en la punta de la nariz, que al instante me
hizo sentir escalofríos. ¡Este hombre! Yo tenía que agarrarlo, de lo
contrario me convertiría en un felpudo para Santi.
Volviendo a mirar hacia el mar para admirar la vista, moderé mi
reacción hacia él.
—Este lugar es increíble —pronuncié en voz baja—. ¿Vienes aquí a
menudo?
Su agarre alrededor de mi cintura se tensó ligeramente, aunque no
sabía si era intencionado.
—No, hace años que no vengo.
Mis ojos lo buscaron, pero parecía que no iba a dar más detalles.
—¿Por qué no?
Se encogió de hombros.
—Cuando mi madre murió, a Pà no le gustaba volver aquí.
Sinceramente, a mí tampoco.
No había emoción en su voz, pero percibí que había dolor en el fondo.
Al fin y al cabo, lo he vivido en primera persona. Adriano, Santi y yo
teníamos eso en común. Los tres perdimos a nuestras madres siendo muy
jóvenes.
Puse mi mano sobre la suya y la apreté suavemente.
—Lo siento —dije suavemente.
Recordé el comentario del Sr. Russo sobre mi madre todos esos años
atrás. Supuse que no era un marido fiel, aunque cuando se trataba de tu
propia madre probablemente era diferente. Adriano no habría sabido de la
infidelidad ya que era demasiado joven cuando ella murió. Pero Santi no
era demasiado joven. Se habría enterado de las infidelidades de su padre.
Pero no podía preguntárselo. No quería causarle dolor. Él amaba a su
madre, no había duda de ello. La mayoría de los hombres de la Cosa Nostra
eran infieles. Después de todo, así fue como llegué yo. Mi padre era infiel
a su esposa. Aunque, no era algo que quisiera que se repitiera. No sería la
pieza secundaria de nadie, ni podría vivir con un esposo que me fuera
infiel.
—Come —me indicó—. Necesitarás tu energía.
Sin dudarlo, agarré un croissant y lo mordí. El sabor estalló en mi
lengua mientras masticaba, y luego tomé otro bocado con entusiasmo. De
repente, estaba hambrienta.
—Jesús, este es el mejor croissant que he comido nunca —dije con la
boca medio llena. La comida prácticamente se deshacía en mi boca.
—Es la receta de mi madre.
—Santa mierda, está muy bueno —Me incliné hacia delante y tomé
otro—. No me digas que tú los horneaste.
Se rio.
—No, el cocinero vino esta mañana temprano y lo preparó todo.
—Ahhhh. Si es un hombre, dile a tu cocinero que me casaré con él —
bromeé.
Me pellizcó suavemente el muslo, con su mirada oscuramente
divertida. —Entonces tengo suerte que sea una mujer. Si no, tendría que
matar a mi cocinero.
Le di un besito en la mejilla y luego rocé la comisura de sus labios. No
era nada bueno cómo mi cuerpo se calentaba cada vez que él se
comportaba de forma posesiva. Tenía que ser poco saludable. Intuí que no
estaba bromeando del todo y a una gran parte de mí le gustó.
Me terminé el café y me bajé de su regazo.
—Me daré una ducha rápida.
Casi deseé que no se hubiera duchado ya para poder hacerlo juntos. La
próxima vez, pensé. Como si hubiera leído mis pensamientos, sus ojos se
oscurecieron.
—Será mejor que te vayas antes que cambie de opinión y nos pasemos
todo el día en la cama.
Se me revolvió el estómago.
—No me importaría ni un poco —bromeé, y me apresuré a entrar.
Tomé algunas de mis cosas y me apresuré a entrar en la ducha.
Capítulo 30
Santino

Vi a Amore desaparecer por la puerta y, poco después, oí correr


el agua de la ducha. La imaginé despojándose de mi camiseta y de esos
sexys boxers y tuve que luchar contra el impulso de ir tras ella.
Ella era mi tentación. Mi obsesión. Mi adicción. Mi todo.
Crucé la línea en cuanto aterricé en Italia. Un mejor hombre se habría
sincerado con Amore y habría acabado con lo que teníamos. Yo estaba
lejos de ser un buen hombre. El lado equivocado de la ley fue donde
siempre estuve destinado a estar. La Cosa Nostra era mi hogar. Yo
prosperaba en ella. Yo también era excepcionalmente bueno en ello.
Sin embargo, como siempre supe, era un maldito egoísta. Tendría a
Amore como mi esposa, incluso si eso significaba una guerra con la
familia Bennetti. No les temía. Le di al viejo la oportunidad de verlo a mi
manera. Malditamente se negó. Empezar una pelea era lo único que
quedaba porque renunciar a Amore no era una opción.
Tenía a Renzo, a Lorenzo, a todos los abogados neoyorquinos en
nómina, e incluso al puto Gabriel Carrera buscando el contrato que
nombraba al hombre al que ella estaba prometida. Hasta ahora nada. Tenía
a gobernadores, senadores y un montón de altos funcionarios en el bolsillo
gracias a sus secretos. Sin embargo, no se pudo encontrar un solo maldito
nombre de un contrato de matrimonio.
La ira ardía y se retorcía dentro de mí. Perdería la maldita cabeza si
cualquier otro hombre la tocara. La guerra con los Bennetti sería la menor
de nuestras preocupaciones.
Incluso tuve la intención de pedirle a Adriano que intentara buscar la
información. Pero él se lo diría, y era lo último que quería. Además, no
podía preguntarle sin revelar que Amore y yo nos acostamos desde el
funeral de Pà. Y ella quería decírselo cuando él viniera a visitarla dentro
de unos meses. Cara a cara.
Si para entonces no se encontraba el nombre, hablaría con él. Adriano
tenía una forma aguda de desenterrar información.
¡Maldición! Dormiría mejor si el hombre ya estuviera muerto.
Entonces firmaría el contrato y contaría los días hasta que Amore fuera
mía.
Mi teléfono sonó. Era Carrera.
—Sí —Más vale que él tenga un puto nombre para mí. Estaba
trabajando, mis hombros tensos con la necesidad reprimida de eliminar
este obstáculo. Hasta que el objetivo de Amore estuviera muerto con una
bala en el cráneo y la amenaza del cártel Perèz fuera eliminada, no
descansaría.
—¿Sabías que Amore estuvo en Venezuela? —La pregunta me agarró
desprevenido y la sorpresa me invadió. La sensación fue inmediatamente
reemplazada por el miedo por ella. Ella estaba a salvo, aquí conmigo en
este momento, pero el temor de lo que podría haberle ocurrido me golpeó
directamente en el centro del pecho.
—No. —Amore no había mencionado dejar Italia.
¿Por qué iba a ir a Sudamérica? El cártel Perèz la atacó en la ciudad y
la había perseguido. Ella lo sabía; lo reconocía. Aunque el motivo del
ataque seguía siendo un misterio. Amore no era una amenaza para el cártel
Perèz. Mi instinto me decía que su padre y su abuela sabían por qué. Tenía
algo que ver con los Anderson, estaba seguro.
—¿Es fiable tu fuente? —le pregunté. Amore no era imprudente.
—Sí.
—¿Cuándo estuvo ahí?
—La semana pasada.
¿Qué diablos estaba pasando?
—¿Sola?
Solo dudó una fracción de segundo, pero fue suficiente para que lo
notara y sospechara. —Creo que sí.
Eso fue todo lo que necesitó para perder mi confianza. Sin embargo,
no se lo hice saber y actué como si no me hubiera dado cuenta.
—¿Algo sobre el atacante? —Sabía que no había nada. Todos mis
hombres estaban en ello.
—No.
—Bien, sigue buscando. —Terminé la llamada. Ese hombre era la
clave para encontrar la conexión con los ataques a Amore. Solo necesitaba
un maldito nombre. Era como un maldito fantasma.
Al escuchar que el agua de la ducha seguía corriendo, llamé a Adriano.
—¿Qué pasa, fratello 27? —respondió Adriano.
No me llamaba fratello como un cariño. Era el recordatorio de Adriano
que debía confiar en él más que en nadie. Quería volver a la actividad de
la Cosa Nostra. Al igual que yo, y cualquier otro Russo, vivía para ello.
Después de todo, éramos los hijos de nuestro padre. Al igual que su padre,
y el padre de su padre, todos éramos criminales, tramposos despiadados y
bastardos egoístas. Fue lo que causó la primera disputa entre los Bennettis
y los Rusos.
Margaret Regalè.
Tanto mi padre como Savio querían a Margaret Regalè por sus
conexiones con el cártel venezolano. Como dije, bastardos egoístas. Y
ambos estaban dispuestos a seducirla para ello.
¿Por qué?

27
Fratello: Hermano en italiano.
Era simple. Por el poder y las conexiones. El marido de Regina, el
abuelo de Amore, dirigía el Cartel Perèz. Por lo que me dijo Pà, ella entró
en su restaurante por error, y ambos vieron la oportunidad. No le tomo
mucho tiempo a la madre enamorarse de Savio. Y luego desapareció, se
casó con George Anderson y se fue a Europa. Ahora sabemos que fue
porque se encontró embarazada. No fue mucho después de su boda que el
padre de Margaret fue asesinado a tiros.
—Necesito que me investigues algo —le dije—. Para nuestro negocio.
Nadie puede saberlo.
Necesitaba saber qué hacía Amore en Sudamérica. Su herencia tenía
conexiones con el cártel Perèz, pero su padre y su abuela se empeñaban en
mantenerla al margen. La pregunta era cuánto sabía Amore.
—Ya era hora —respondió.
—Amore Bennetti se fue a Sudamérica la semana pasada —le dije y
escuché su aguda inhalación por la línea. Así que él tampoco lo sabía. Era
su mejor amiga. Era natural que se preocupara por ella. Sin embargo, algo
dentro de mí se retorció y unos celos irracionales se deslizaron por mis
venas. Lo ignoré. —Quiero saber a dónde fue, con quién estuvo y qué hizo.
Esto es solo entre nosotros dos.
—Déjamelo a mí —prometió, y nuestra llamada terminó. Él conocía
el trato. Nuestra lealtad era hacia la famiglia 28 ante todo. Aunque, sabía
que renunciar a Amore no sería una opción. No importaba lo que demonios
estuviera haciendo.
Cuando el esposo de Regina murió, la conexión de la familia con el
Cártel Perèz murió. No debería haber habido ninguna razón para que el
cártel fuera tras ellos. A no ser que se tomaran su visita a Colombia como
una forma de volver al negocio. Por toda la información que había
recibido, ni la madre ni la hija tenían interés en esa vida o en ese negocio.
A diferencia de Regina.
La cuestión era qué hacía Amore.

28
Famiglia: Familia en italiano.
Capítulo 31
Amore

D
—¿ ónde vamos a hacer turismo? —le pregunté con una sonrisa.
Ahora que lo pensaba, debería haberme puesto pantalones cortos, pero
estaba demasiado centrada en verme bien para Santi frente a lo práctico.
Aunque ahora me cuestioné a mí misma mientras miraba mi vestido corto
y debatía si debía volver a entrar para cambiarme.
Llevaba un vestido azul cielo sin mangas que me llegaba a las rodillas.
A Santi le gustaba; lo notaba en su mirada. Nuestras pequeñas vacaciones
habían empezado de forma increíble, y me sentía como si brillara como
una bombilla de cien vatios.
Estaba tenso cuando salí del baño. Cuando le pregunté, me dijo que
eran asuntos de vuelta en casa, pero que algo andaba mal. Aunque se
recompuso rápidamente y aquí estábamos.
—Ya verás. —Él me entregó un casco y yo lo miré con desconfianza.
—¿Es un casco de chica?
—Sí.
Entrecerré los ojos, los celos de repente muy reales en la boca del
estómago. —¿Has llevado a otras chicas en tu motocicleta?
Se rio.
—Es nuevo, Amore. Solo para ti. —Sacudió la cabeza como si
estuviera entretenido—. Póntelo en la cabeza. Vamos a dar un paseo.
Se puso al lado de una motocicleta. Yo sabía que Santi sabía conducir
una moto y que a menudo salía a pasear con su propia moto deportiva en
casa. Aunque nunca había tenido el placer de verlo conducirla.
Normalmente prefería sus autos rápidos y caros.
—No tienes miedo, ¿verdad?
Levanté la barbilla.
—Por supuesto que no. Solo sé que los Italianos conducen como locos,
y no quiero tener un accidente.
—Confías en mí. ¿Sí? —Era una pregunta inocente que parecía seguir
haciendo. Sin embargo, me golpeaba con fuerza cada vez porque confiaba
en Santi. Explícitamente. En el fondo confiaba en él y haría cualquier cosa
que me dijera. Probablemente demostraba lo estúpidamente ingenua que
era.
O quizás no. Porque no le había contado mi pequeña operación
paralela con DeAngelo. Quería vengar a mi madre. Hice una promesa, y
tenía la intención de cumplirla.
—Sí, confío en ti —dije finalmente. Inclinó la cabeza y una extraña
expresión pasó por su rostro. Casi parecía que podía leer mi mente y se
preguntaba por qué no le contaba mis expediciones a Sudamérica.
Extendiendo su mano, me ayudó a ponerme el casco antes de ponerse
el suyo. Pasó su larga y musculosa pierna por encima del asiento y se
montó en la motocicleta. Él se veía bien. Llevaba una camiseta blanca que
dejaba ver sus impresionantes bíceps y los músculos que se perfilaban bajo
ella, unos jeans oscuros y unas botas de cuero. Me encantó observar su
brazo derecho, cubierto por completo de tinta.
—Siéntate cerca de mí. —Sonrió ampliamente—. No quiero que tu
vestido le muestre todo a todo el mundo. Solo a mí.
—Debería haberme vestido adecuadamente —le dije, murmurando
más para mí.
—Pero esto es mucho más divertido —replicó con una sonrisa. Este
Santi era tan diferente del hombre que creía conocer. Era menos intenso,
más divertido y tan condenadamente sexy que me dolía.
Me miré a mí misma. Mi vestido de verano y un par de sandalias de
cuero con tiras entrecruzadas no era un atuendo para un viaje en
motocicleta. Pero me veía bien, por lo menos. Me aseguré el bolso en la
cadera. Tenía un poco de todo, mi crema solar, el traje de baño, el teléfono,
mis gafas de sol, la revista de moda. Porque esto último era muy
importante.
El aire entre nosotros era relajado, como nunca antes. No estaba segura
de sí era Italia o el hecho que estuviéramos los dos solos y de saber que mi
familia estaba al otro lado del océano. No había peligro de encontrarse con
ellos por accidente. Eventualmente les daríamos las noticias. Adriano
vendría en agosto y quería decírselo en persona. También se lo diría a mi
familia, empezando por Lorenzo. Él era el más fácil para hablar. Papá y la
abuela serían los más difíciles, pero también quería sincerarme con ambos.
Tal vez debería darles la noticia a los dos al mismo tiempo, para que
empezaran a discutir y yo me escabullera. Solo de pensarlo se me ponía la
piel de gallina y se me disparaba la ansiedad.
Pero no me preocuparía por eso ahora. Por el momento, solo estábamos
nosotros y lo disfrutaría al máximo.
Me senté detrás de él y me acerqué, rodeando su cintura con mis
brazos. Arrancó la motocicleta y sentí las vibraciones bajo mis piernas. En
cuanto nos pusimos en marcha, mis puños se apretaron alrededor de él,
sujetándome. Era mi primera vez en una moto. Adriano también era muy
aficionado a ellas, pero nunca tuve el impulso de andar con él. Era un
imprudente en moto.
El idiota que iba solo sobre la rueda trasera por la autopista, siendo
imprudente... Sí, ese era Adriano. Así que era un “no gracias” de mi parte
cada vez que me ofrecía ir en su motocicleta.
Después de cinco minutos, empecé a relajarme lentamente, aunque mi
agarre alrededor de Santi no lo hizo. Él conducía muy bien. Lo suficiente
como para que levantara mi cara de estar apretada contra su espalda y
dejara que el viento azotara mi cara y mi cabello, la sensación de libertad
corriendo por mis venas. Me gustaba estar apretada contra él, con mis
manos alrededor de su cintura. Con cada kilómetro que dejábamos atrás,
me sentía más y más relajada.
Santi tomó la ruta panorámica desde su villa a través de pequeños y
encantadores pueblos. No había estado en esta parte de Italia, así que me
empapé de todo. Condujimos durante un rato antes de ver una señal hacia
Génova. Las carreteras se retorcían y giraban, los destellos del mar frente
a nosotros y las montañas detrás. Era impresionante. La ruta panorámica
se me quedaría grabada para siempre.
Por fin llegamos y nos detuvimos en uno de los aparcamientos en pleno
centro de la ciudad. Santi apagó la moto y yo me bajé con una amplia
sonrisa en la cara.
—¿Génova? —le pregunté, quitándome el casco.
Asintió con la cabeza.
—Podemos comer y luego ir a la playa. Tal vez a bailar. —Sonrió
ampliamente, con su cabello oscuro revolviéndose bajo el viento—. El día
es joven.
—No traje en el bolso un vestido para la noche —murmuré con pesar.
La diversión oscura bailó en sus ojos. Era una tontería en el gran
esquema de las cosas, pero me gustaba la ropa bonita. Así que demándame.
Vivía para la moda; estaba arraigada en mí. Y llevar un vestido de playa
para bailar no me parecía bien.
—Hay muchas tiendas aquí. Te conseguiremos vestidos.
—El precio será una locura —me quejé, lo que sonó aún más tonto que
quejarse del vestido.
Se le escapó una estruendosa carcajada y sacudió la cabeza con
incredulidad.
—No te preocupes. Te tengo cubierta, heredera.
Puse los ojos en blanco y le empujé el hombro. —Tendrás que pagar
la factura de todo. No traje la cartera.
—Te tengo a ti —dijo, apretando sus labios contra los míos. ¡Esto!
Esto es lo que quiero, pensé mientras su boca me devoraba—. Yo siempre
cuidaré de ti.
Nos dirigimos hacia el casco antiguo de la ciudad. Santi sabía moverse
y me llevaba de la mano mientras paseábamos por la ciudad de Génova.
El olor del mar flotaba en el aire, junto con el sonido de las olas al chocar
con la orilla. La ciudad bullía de vida, con los sonidos de los lugareños
charlando y riendo. Siempre me hacía sonreír escuchar a los lugareños en
sus vivas y apasionadas conversaciones.
Con todo el tiempo disponible y sin horario, paseamos por el casco
antiguo de Génova durante la mitad de la mañana. Estuvimos en Le Strade
Nuove y en el Pàlazzi dei Rolli, y luego en la Cattedrale di San Lorenzo,
en Via Garibaldi. Las calles estaban llenas de turistas, pero nadie ni nada
importaba más que el hombre que estaba a mi lado. Había sido, sin duda,
uno de los mejores días hasta el momento.
Nos reímos, hablamos y comimos helado. Santi era el mejor guía.
Sabía mucho de esta ciudad, resultado de haber pasado tiempo aquí con su
madre cuando era un niño. Quería aprenderlo todo de él.
—Ahhh —gemí, lamiendo de nuevo mi helado de sabor a fresa que se
derretía—. Italia tiene los mejores helados.
Santi se rio, inclinándose cerca de mí.
—Más vale que yo te guste más que tu helado.
—Me gustas más —dije en voz baja.
Me lamió la comisura del labio y me miró a los ojos.
—El helado está bien, pero sé de una cosa que es aún mejor.
—¿Qué? —susurré con una respiración temblorosa, el calor subiendo
por mis mejillas.
Se rio, sabiendo exactamente lo que me estaba haciendo.
—Tu coño —Su aliento caliente contra mi oreja me puso nerviosa,
enviando un calor lánguido por mis venas. Aturdida, dejé caer mi cono.
—Santi —me quejé, toda sonrojada—. Me hiciste soltar el helado.
Su mano me rodeó y me acercó.
—Te traeré otro —Me empujó hacia la derecha—. Hay una heladería
aún mejor al final de este camino.
Lo miré con curiosidad.
—¿Pasaste mucho tiempo aquí de niño con tus padres? Tú conoces
bien esta ciudad.
—Mi madre nació aquí. —Me dio un empujón hacia delante y esquivé
mi helado en el suelo—. Pasé una buena parte de mis veranos aquí con mis
abuelos y mi madre.
—Oh. —No era lo que esperaba como respuesta. De alguna manera
asumí que sus dos padres habían nacido y crecido en Nueva York—. ¿Tu
padre también nació aquí?
Negó con la cabeza.
—No, pero sus antepasados eran de esta zona.
Lo pensé durante unos segundos. Lorenzo y Luigi nunca hablaban de
su madre debido a lo sucedido.
—¿El matrimonio de tus padres fue arreglado? —Sabía que lo era ya
que Adriano me lo había contado. Así como me dijo que el matrimonio de
mi padre con Elena también fue arreglado.
—Sí, pero encajaron bien.
Incliné la cabeza, observándolo. Recordé el comentario del señor
Russo que fue mi madre la que abrió una brecha entre las dos familias. Era
imposible que Santi olvidara eso. No era de los que olvidan, pero me
negaba a ser yo quien se lo recordara.
Me sostuvo la mirada como si esperara algo. No estaba muy segura de
qué.
—¿Amore?
—¿Sí?
—¿Qué opinas de los arreglos matrimoniales?
Mis labios se separaron con sorpresa. No era una pregunta que
esperaba.
—¿Quieres mi opinión sincera? —agregué.
Asintió con la cabeza.
—Siempre que sea posible.
Me encogí de hombros.
—Los acuerdos matrimoniales son ridículos. Estamos en el siglo XXI.
Todo el acto es una barbaridad si me preguntas. —Ladeó una ceja—. En
serio, Santi, por favor no me digas que realmente estás de acuerdo con
ellos.
Me sostuvo la mirada, pero era difícil saber lo que estaba pensando.
Supongo que esta era su cara de póker.
—Es una tradición. Ciertos acuerdos matrimoniales mantienen los
territorios y la riqueza dentro de la Cosa Nostra.
Puse los ojos en blanco.
—Me parece que es solo un juego de poder.
—Sucede más de lo que crees. Incluso fuera de la Cosa Nostra.
También entre la sociedad que prefiere tu abuela.
Respiré hondo y lo solté lentamente. Era extraño tener esta
conversación y que él sacara el tema. Sabía por Adriano que los contratos
se solían firmar entre el novio y el padre, lo que me parecía una barbaridad.
—Puede ser —le dije—. Me parece primitivo. Y desde luego no es
justo para las mujeres de la Cosa Nostra. —Estreché mi mirada hacia él—
. ¿A qué se debe todo esto, Santi?
Su expresión no cambió.
—¿Tu padre tiene un contrato de matrimonio para ti?
Parpadeé con los ojos, un segundo de confusión y luego me eché a reír,
con fuerza. Él no parecía compartir la diversión.
Intenté recomponerme, aunque no podía dejar de sonreír.
—No. La abuela se lo comería vivo. —Sacudí la cabeza, imaginando
ese fiasco y no pude evitar reírme de nuevo—. Sinceramente, yo también
lo haría. No hay manera que nadie me diga con quién debo casarme.
Una expresión oscura pasó por sus ojos.
—Pareces segura.
Estudié su rostro, algo me molestaba, pero no podía saber qué. Parecía
bastante sombrío.
Está él... Corté mi hilo de pensamiento. No estaría pensando en casarse
conmigo. Era imposible que hiciera un contrato de matrimonio por mí. A
pesar que mi cerebro era razonable, mi corazón revoloteaba de esperanza.
¡Qué estupidez!
Casarme con alguien de la Cosa Nostra nunca se me había pasado por
la cabeza. Hasta ahora. Maldita sea, no podía pensar en eso. Todo el
mundo sabe que no te casas con tu primer novio. Aunque fuera guapo, me
diera los orgasmos más increíbles, fuera el soltero más codiciado de Nueva
York y las mujeres de todas las edades lo adularan.
—Estoy segura —dije finalmente. No tenía sentido exaltarme.
Además, sabía por Adriano que los hombres de la Cosa Nostra no me
miraban de la misma manera que las hijas de otras familias. Mi educación
y mi libertad me hacían poco atractiva para ellos, lo cual me parecía
perfectamente bien.
Excepto que ese pensamiento no me sentaba bien cuando se trataba de
Santi. ¿Tal vez él tampoco me veía como material para el matrimonio?
Maldita sea, no necesitaba estos pensamientos. Esto era solo salir con
un hombre supercaliente al que amaba... Un suave gemido me abandonó.
Estaba total y devastadoramente enamorada de él.
—¿Qué? —me preguntó Santi, con sus ojos puestos en mí.
No podía decirle que me molestaba pensar que no me encontrara
material para el matrimonio. Además, era mejor que no me casara. La
mayoría de los hombres querrían casarse conmigo solo por mi fortuna.
Pero no Santi. Él tenía suficiente dinero propio.
Siempre había dicho que no me casaría en este mundo, y que no
moriría en él. Simplemente no estaba destinado a ser.
—No quiero hablar de las tonterías de los contratos matrimoniales —
admití en voz baja. Luego, recordando lo que habíamos hablado justo antes
que surgiera este doloroso tema, cambié la conversación—. ¿Sabes de
dónde es la familia de Papá? —Los ojos oscuros de Santi brillaron de
sorpresa. Era raro que no lo supiera, lo reconozco. Sonreí tímidamente—.
Nunca hablamos de ello. Creo que trata de mantener todas esas cosas lejos
de mí.
—Yo puedo ver eso —murmuró—. Tú no fuiste precisamente nacida
y criada en este mundo.
Aquí vamos de nuevo. ¡El recordatorio!
Fruncí el ceño. —Haces que suene como algo malo.
Su mano me agarró la nuca y me dio un beso duro y profundo en los
labios que se acabó demasiado rápido, luego colgó su brazo sobre mi
hombro mientras seguíamos caminando.
—No es algo malo —continuó como si no me hubiera dejado sin
aliento con su beso—. Probablemente no quería asustarte. —Cuando le
dirigí una mirada de desconcierto, me explicó—: Tu educación fue
considerablemente diferente. Tu madre y tu abuela te dieron más libertad
en tus trece años que la que tienen las mujeres de nuestro mundo durante
toda su vida.
Y otra confirmación. No era la primera vez que decía esto.
—Lo cual es una estupidez y un chauvinismo hacia las mujeres del
inframundo, si se me permite añadir. —Su labio se levantó ante mi
comentario.
—No estoy en desacuerdo, pero es para su protección. Creamos
enemigos en nuestro estilo de vida, y esos enemigos limitan la libertad de
las mujeres que nacen en nuestro mundo.
—Okay, te concedo eso —murmuré de mala gana, arrancándole otra
sonrisa—. Pero también podrían enseñarles a las mujeres a defenderse, ya
sabes. En lugar de dejarlas vulnerables.
Echó la cabeza hacia atrás y se rio. Casi estuve tentada de hacerle uno
de los movimientos que DeAngelo me enseñó para mostrarle que
podíamos ser igual de feroces. O contarle sobre una de nuestras misiones.
Pero no lo hice. Cuando no dijo nada más, siguió un cómodo silencio y
mis pensamientos regresaron a la semana pasada en Colombia.
DeAngelo nos reservó una casa en Caracas. Mis nervios bailaron a
través de mi piel, poniéndome inquieta. Prácticamente podía saborear la
inquietud y el exceso de energía que chocaba en mi interior. Tuve que
quemar parte de ella para poder tener la cabeza despejada cuando nos
fuéramos a nuestra misión mañana.
Vestida con mis pantalones negros ajustados y una camiseta negra sin
mangas, volví a bajar al gimnasio. Hoy mismo, DeAngelo y yo repasamos
los planes y el mapa de la zona que atacaríamos mañana.
Estaba haciendo esto para vengar la muerte de mi madre. Para
hacerlos pagar. Pero esta no era yo. Ser una mujer guerrera y dura no
formaba parte de mi ADN. Disfruté un poco de la parte física del
entrenamiento, pero ahí terminó para mí.
La tortura, la sangre, los asesinatos... simplemente no era yo.
—¿A dónde vas? —La voz de DeAngelo me sobresaltó y puso mi
corazón en marcha.
—Jesús, DeAngelo —murmuré, llevándome la mano al pecho—. Me
diste un susto de muerte —Respiré profundamente, tratando de calmar mi
corazón. Otra vez—. Iba a hacer otros treinta minutos en el gimnasio.
Estoy demasiado agitada.
Asintió en señal de comprensión. Llevaba mucho tiempo conmigo. A
estas alturas, a menudo me entendía sin necesidad de explicaciones.
Juntos, continuamos hacia el gimnasio.
—¿Entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo? —preguntó.
Me quejé. Era la forma de ejercicio y entrenamiento que menos me
gustaba, pero sabía que tenía razón. Tenía que trabajar en ello.
—Claro, ¿por qué no? —respondí, aunque de mala gana.
Los dos nos pusimos en posición. Mirando fijamente, esperé y observé.
DeAngelo siempre advertía que la expresión de un hombre permitía saber
cuál sería su próximo movimiento. Así que esperé, manteniendo un ojo
agudo en cada uno de sus movimientos. No importaba lo pequeño que
fuera.
Su mirada parpadeó por un segundo hacia mi hombro y fue a atacar.
Lo esquivé y evité su ataque. Iba por mí hombro derecho y probablemente
iba a voltearme y hacerme caer de culo.
Me reí.
—Bueno, bueno, DeAngelo —me burlé—. Te estás volviendo lento.
Su pie izquierdo se deslizó por el suelo. Me había regodeado
demasiado pronto, tropezando con su pie y cayendo de espaldas.
—Ouch —murmuré.
—No tan lento, ¿eh?
—Imbécil. —Aunque todo fue con buen humor. Extendió su mano y la
tomé, levantándome de nuevo. Viendo mi oportunidad, le retorcí el brazo
y lo hice caer. Como a cámara lenta, aterrizó boca abajo, y no pude evitar
mi exclamación victoriosa.
—No te metas con un Bennetti —ronroneé, empujando su mano un
poco más fuerte.
—Estoy impresionado —elogió—. Podrías ser letal si quisieras. Como
un Carrera.
Instantáneamente, le solté la mano y me senté en el suelo del gimnasio.
Viniendo de DeAngelo, eso era un cumplido.
Nuestros ojos se encontraron y exhalé antes de negar con la cabeza.
—Excepto que no quiero ser Carrera, ni Perèz, ni siquiera Regalè —Me
observó pensativo—Solo quiero ser yo, DeAngelo. Quiero hacerles pagar,
pero esta no soy yo realmente.
—Podrías ser tú. —Intentó razonar.
—Pero no lo soy —repliqué tercamente—. Dime sinceramente,
DeAngelo. ¿Podrías verme prosperar en este mundo?
—No —respondió de mala gana—. Serías miserable.
Nos sentamos en silencio durante un rato, ambos perdidos en nuestros
propios pensamientos.
—Amore, ¿te das cuenta que eres la siguiente en la línea de un imperio
del cártel?
¡Sí! Excepto que yo no lo quería. Mi madre no lo quería, mi abuela no
lo quería, aunque lo tomó a regañadientes para garantizar nuestra
seguridad. ¿No sería mejor que todo se quemara al infierno?
El dedo de Santi trazó la línea de mi nariz, devolviéndome al presente.
A él.
No estaba preparada para revelarle todas mis cartas, así que me limité
a sonreír. Era demasiado pronto para mostrarle que invariablemente me
había convertido en un arma por la fuerza de las circunstancias. Tenía una
promesa que cumplir.
Sus dedos tiraron suavemente de un mechón de mi cabello.
—Sabes, Amore, estoy convencido de que, aunque hubieras nacido y
crecido en este mundo, seguirías siendo tú.
Inclinando la cabeza, lo estudié sin saber cómo tomar sus palabras.
—¿Eso es bueno o malo? —le pregunté.
Por lo poco que sabía, por las referencias de Adriano, era difícil
deducir qué prefería Santi. Sin embargo, sabía una cosa con seguridad. Por
lo general, se inclinaba por un tipo de mujer completamente diferente. Las
mujeres curvilíneas, dóciles y rubias que mantenían la boca cerrada y solo
la abrían para chuparle la polla eran el tipo de Santi. Palabras de Adriano,
no mías.
No hace falta decir que yo no era nada de eso. Aunque chuparle la
polla... hmmm, me ponía caliente solo de pensarlo. Su sabor era adictivo.
O tal vez era solo el hecho que era Santi.
—Es bueno —dijo con voz áspera—. Tú eres suave. Sin mancha. Tan
malditamente honesta.
—No puedo decidir si eso es un cumplido o no —bromeé a medias,
con las mejillas ardiendo. La verdad es que no era tan honesta. Y
ciertamente no estaba impoluta. No desde que vi a mi madre torturada.
Sus dientes pellizcaron el punto sensible del lóbulo de mi oreja.
—Es un cumplido. —Mi pecho se hinchó de satisfacción mientras mis
mejillas ardían más—. Ahora volvamos a tu pregunta. La familia de tu
padre es de Capri.
—Capri, ¿eh? —Supongo que era bueno saberlo, aunque de alguna
manera no significaba nada—. Y por supuesto, sabes de dónde es la
familia de tu madre.
Los latidos de mi corazón vacilaron durante una fracción de segundo
antes de volver a latir.
Mi herencia por parte de mamá era un poco más complicada.
Capítulo 32
Adriano

¡Al fin maldición!


Santi por fin me dejaba volver a nuestro negocio. No había mejor lugar
para mí que la Cosa Nostra, pero Pà había insistido en que fuera a la
universidad y estudiara administración.
¡Ser normal! ¡Aburrido!
Yo malditamente lo odiaba. Todo lo que quería hacer era ser un
criminal. Era el único rompecabezas que encajaba perfectamente en toda
mi existencia.
Nada se comparaba con ello. Ni siquiera el sexo... y a mí me encantaba
el sexo, maldición.
Pà podría haber insistido en que me convirtiera en médico, en un puto
santo; no habría importado. Habría encontrado mi camino de vuelta al lado
equivocado de la ley. ¿Por qué? Porque me encantaba, como a cualquier
otro Russo. Estaba arraigado en mi hermano; estaba arraigado en mí.
Santi fue a la Universidad de Nueva York, también estudió negocios.
Pero a diferencia de mí, él lo superó sin problemas. Yo solo aprobé gracias
a la ayuda de Amore.
Amore. Mi mejor amiga, que resulta ser una chica.
La gente no entendía nuestra dinámica, pero la verdad era que mi mejor
amiga me salvaba tanto como yo a ella. Por mucho que me gustara el
ajetreo, los asesinatos no eran lo mío. Matar hombres me manchaba y, de
alguna manera, a lo largo de los años desde mi primer asesinato, perdí el
rumbo.
Maté a mi primer hombre cuando tenía quince años. Observé cómo el
vacío llenaba su mirada moribunda. Me golpeó todo mal. Santi me dijo
que no tenía sentido lamentarse. Era una pérdida de tiempo y energía. Pero,
por alguna razón, los remordimientos seguían amontonándose y
carcomiéndome, uno por uno, maldición.
No parecían molestar a Santi, pero me comían, lenta y dolorosamente.
Como un veneno que mata lentamente, debilitándome. Hasta que conocí
a Amore. Algo en ella me calmaba y aliviaba el dolor del arrepentimiento,
se desvanecía en una niebla que no importaba tanto.
Tal vez fuera el hecho que a los dos nos dolía y que a ninguno de los
dos nos gustaba la crueldad y habíamos visto bastante de ella de primera
mano. Nunca había pronunciado las palabras de lo que había vivido, pero
los destellos de sus pesadillas y ataques de pánico revelaban mucho
Y ahora... esta tarea que Santi me había encomendado era fácil,
desenterrar información era mi especialidad. Sin embargo, se sentía como
una traición.
Era una encrucijada.
Podía desenterrar la razón del viaje de Amore a Venezuela. Pero mi
instinto me decía que no podía ser bueno. Tenía que estar relacionado con
su historia, con lo que le pasó a su madre. Creía que éramos los mejores
amigos, que lo habíamos compartido todo.
Bueno, excepto por los negocios de los Russo, pensé con ironía.
Nunca compartí con ella los negocios de los Russo o de la Cosa Nostra.
No es que ella pareciera ni remotamente interesada.
Desbloqueando mi teléfono, la busqué en mi agenda telefónica. Ella
debería estar disponible.
La línea sonó y sonó. Justo cuando pensé que no contestaría, su voz
llegó.
—Hola, Adriano.
Una suave emoción brilló en mi pecho.
—¿Cómo está mi chica favorita? —pregunté.
Una suave risa viajó por la línea.
—Bien. ¿Y tú? ¿Alguna ex-novia acosadora necesita una llamada mía?
Era lo que hacíamos. Ella siempre saltaba para hacerse pasar por mi
novia estable. Nos llevábamos tan bien que a veces me preguntaba cómo
nos llevaríamos como pareja real. Esas ideas eran más frecuentes en los
últimos meses. Amore Bennetti tenía un culo precioso y dulce. El culo más
dulce que había visto nunca, y he visto bastantes.
—Estoy a salvo de cualquier acosadora —le aseguré con una risita—,
solo quería saber cómo estabas. Nunca te gustaron los tiempos muertos.
—Estoy muy bien —respondió. Podía oír la ligereza y la felicidad en
su voz. Fruncí el ceño. Sonaba diferente. Más feliz que nunca.
—¿Alguna razón por la que estés tan bien?
Se rio.
—¿Debería haber una razón?
—Normalmente, las mujeres están muy bien cuando están enamoradas
—gruñí. Algo sobre Amore estando enamorada me desagradaba.
—Tú deberías saberlo, ¿eh? —se burló. Una leve amargura se hinchó
en mi interior. Supongo que me lo merecía. Después de todo, ¿cuántas
veces la había dejado sola para echar un polvo rápido? Pero siempre volvía
a ella.
Era mejor no dar más detalles.
—¿Qué has estado haciendo? —le pregunté en cambio.
—No mucho —respondió—. Ayer fui a Génova y a la playa. Hoy voy
a ir a la playa de nuevo.
—¿Sola?
—No, con una amiga —respondió ella. Mi primera inclinación fue
pensar que iba a ir con un hombre y un gruñido subió a mi garganta. Lo
reprimí y me ahogué en el impulso de exigirle que me dijera el nombre de
la persona con la que iba a ir.
—Diviértete —dije en su lugar. Sonó falso a mis propios oídos, pero
si ella lo captó, no lo comentó—. ¿Qué hiciste la semana pasada?
Era la última semana de su semestre. Me enteré que hizo todos sus
exámenes la semana anterior, antes de lo previsto. Sus profesores lo
permitieron, anotando una emergencia familiar. No había ninguna.
Lorenzo y su tío Vincent volando de vuelta a casa para ayudar con los
negocios no era una emergencia familiar.
Todos los clubes de striptease de los Bennetti fueron asaltados. Savio
había tenido problemas con sus proveedores. El cártel Perèz los tenía fuera
para él. Para todo el mundo en la Cosa Nostra, aunque Bennetti parecía
estar a la cabeza de la lista. Santi le había estado ayudando, pero los dos
se pelearon. No es que pudiera ayudarle, aunque estuvieran en buenos
términos, ya que Santi estaba fuera del país.
Vacaciones, dijo. No tenía ningún puto sentido. No se había tomado
unas vacaciones desde que lo conocía.
—Tuve exámenes la semana pasada —respondió Amore—. Así que
toda mi atención se centró en eso.
Mentira.
—¿Cómo te fue en los exámenes? —le pregunté. Sabía que estaba en
Venezuela, pero acaba de confirmar que el motivo de su viaje no era una
simple visita.
—Bien —afirmó—. Tengo que irme. Todavía vas a venir al final del
verano, ¿verdad?
—Sí.
—Maravilloso. No puedo esperar. —Escuché una voz lejana en el
fondo. Definitivamente masculina. Apreté los dientes. No tenía derecho a
estar celoso, sobre todo teniendo en cuenta que llevaba años cambiando a
las mujeres como si fueran ropa interior. Justo delante de sus ojos. Excepto
que Amore nunca salía con nadie más que conmigo.
—Me tengo que ir. Podemos hablar mañana. Te quiero.
Con el teléfono aún en mi oreja, me quedé escuchando el sonido del
pitido, indicando que ella se había ido.
Así que, así era como se sentía.
Capítulo 33
Santino

Mi teléfono sonó y observe el mensaje. Era de Adriano.


Venezuela con DeAngelo.
Y tres hombres de operaciones especiales.
No se sabe por qué.
La historia oficial es un viaje de senderismo.
Levantando la cabeza, observé a Amore. Ella estaba mirando algunos
diseños en su computadora, completamente inmersa en ella. Estaba
ocultando algo. Sabía que no hacía senderismo; esa era una excusa de
mierda. ¿Y qué demonios estaba haciendo con hombres de operaciones
especiales?
Antes, mientras nos dirigíamos a la calle, recibió una llamada y se
apresuró a ponerse frente a la computadora. Al verla concentrarse en su
trabajo, comprobé de primera mano lo mucho que le gustaba la moda.
Se olvidó del mundo que la rodeaba. Tomaba notas después de cada
diseño, marcando la pantalla táctil. Sus ojos brillaban de emoción, las
mejillas ligeramente sonrosadas. Era una mirada que yo conocía bien. Era
la expresión que ponía cuando la besaba, y solo se hizo más intensa cuando
me enterré dentro de ella.
¡Jesús! No podía pensar en sus ojos verdes empañados cuando me la
follaba, ni en su piel pálida y lechosa enrojecida por la excitación. El calor
corría directamente hacia mi polla. Era insaciable, igual que yo. Me enterré
dentro de ella más de una vez. Sin embargo, mi fascinación y necesidad
de follarla crecía cada vez que la tenía. No podía permitirme distraerme,
pero todo esto me jodía la cabeza.
Su contrato de matrimonio. Lo que sea que Amore estaba haciendo en
Venezuela.
Tenía que llegar al fondo de todo esto. No la perdería por ninguna de
esas cosas.
—Casi he terminado, Santi. —Su suave voz me hizo retroceder. Una
suave sonrisa curvó sus labios rojos y carnosos. ¡Dios, lo que podía hacer
con su boca! Su falta de experiencia era irrelevante cuando se trataba de
sexo. Era pura perfección, se amoldaba a todas mis necesidades—. Siento
el retraso.
—Tómate tu tiempo.
Por lo que parece, estaba haciendo cambios en los diseños. Estaba en
su elemento. La moda era su vida, su pasión. No el senderismo a través de
la selva. Esa era una historia de mierda. El hecho que DeAngelo fuera con
tres hombres de operaciones especiales me dijo que ella estaba haciendo
algo más. Algo peligroso, y él quería asegurarse que ella estuviera a salvo.
Solo quedaba una conclusión.
Venganza.
Amore Bennetti buscaba venganza.
Pero me costaba verla yendo tras el cártel. No era parte del ADN de
Amore. El mío, sí. Pero el suyo, no. Ella no tenía un hueso malo en su
cuerpo. Y la idea me asustaba muchísimo. Solo la idea que le hicieran daño
me sacudía hasta el fondo. ¡Me volvía malditamente loco!
¡A mí! Un maldito criminal que se abría paso por la Cosa Nostra,
gobernándola y conquistando a cualquiera que se negara a someterse a mi
voluntad. Había perdido la cuenta de los hombres que había matado,
golpeado, estafado, torturado. A decir verdad, no había un solo hombre
que no lo mereciera. Adriano no estaba hecho para matar. A mí, en cambio,
me importaba una mierda. Era matar o morir en el mundo de la Cosa
Nostra.
¡Pero ésta mujer!
Una simple expresión de dolor en sus ojos y me haría caer de rodillas.
Que alguien la hiriera me haría entrar en un infierno, y no de los buenos.
Finalmente había sucedido. Había encontrado mi debilidad. Amore
Bennetti se había convertido en mi debilidad, en carne y hueso. Lo peor
de todo es que era vulnerable. Quería ponerle un traje de titanio, encerrarla
en la torre más alta, rodearla de los hombres más fuertes y de confianza.
Solo para asegurarme que no le pasara nada.
Sin embargo, sabía que, si hacía todo eso, Amore se rebelaría. Ella
amaba su libertad, su independencia, su vida. ¿Cómo diablos iba a
sobrevivir hasta los treinta preocupándome por su seguridad?
La suave voz de Amore llegó hasta mí. Estaba hablando con alguien
por teléfono.
—Te envié mis cambios —dijo, la joven desapareció y en su lugar
apareció una heredera segura de sí misma—. Creo que estamos de acuerdo
con todos ellos. Hazme saber si estás de acuerdo y podemos enviarlos a
producción. —La sala se quedó en silencio, y luego una suave risa—. Lo
sé. Lo hemos hecho muy bien. Estoy muy emocionada de mostrarlos.
Un segundo más y colgó. Se acercó a mí con los ojos brillando como
esmeraldas por la emoción.
Mis labios se curvaron.
—¿Nueva línea de moda?
Toda su cara se iluminó.
—Sí. Estoy emocionada por ella. No es Regalè Fashion. Es algo que
empecé por mi cuenta.
No podía dejar de admirarla. Ella también se esforzaba, pero de forma
diferente a la mía. Éramos opuestos, pero encajábamos perfectamente.
Estaba preciosa con un vestido blanco de verano que le llegaba a las
rodillas con lunares rosa claro y sandalias a juego. Llevaba el cabello
recogido en una coleta suelta, con algunos mechones rebeldes que caían.
Y su piel... suave, pálida y tan condenadamente sedosa. Quería pasar las
palmas de las manos por cada centímetro de ella. Una y otra vez.
No pude encontrar ni una sola cosa que no me gustara de esta chica.
Me encantaba todo, por dentro y por fuera. Era inteligente, divertida,
hermosa y tan condenadamente leal a las personas que amaba. Irracional
y egoístamente, quería toda su lealtad para mí.
—Ahora, Santi —susurró, apretando su cuerpo contra el mío y
ofreciendo su boca para un beso—. ¿A dónde me llevas?
Para una mujer que no había tenido un hombre antes que yo, sí que
sabía cómo excitar a uno.
—Vamos a comer a un buen restaurante —le dije. Agarrándola
suavemente por la nuca, incliné mi cabeza hacia abajo, nuestros labios
separados por centímetros—. Voy a demostrarle a todos los hombres
italianos que eres mía. Luego te llevaré a casa, te inclinaré sobre el balcón
y te follaré hasta que grites mi nombre en el mar.
Observé con fascinación y autosatisfacción cómo sus mejillas se
volvían de color carmesí. No importaba cuántas veces le dijera palabras
sucias, ella se sonrojaba cada vez. Bajé mis labios a los suyos, y al instante
los separó para mí, nuestras lenguas bailando juntas en perfecta armonía.
Su respuesta a mí era tan genuina, tan suave, tan adictiva. Como si todo lo
que quisiera hacer fuera complacerme.
Y todo lo que yo quería hacer era arrinconarla contra la pared, poner
mi mano sobre su garganta o su boca y ver cómo sus ojos verdes se
empañaban de lujuria mientras la penetraba con fuerza y sin piedad.
—Bueno, la noche parece prometedora —ronroneó suavemente, y no
pude resistir una risa.
—No puedo decidir si es más apropiado diosa del sexo o monstruo.
—Quédate con diosa —replicó, con sus ojos brillando con picardía—
. Y puede que te recompense.
Sacudí la cabeza con diversión.
—Vamos, diosa del sexo.

La velada iba de maravilla. Amore se entretuvo con historias de su


infancia con su madre. Al parecer, incluso de niña, Amore era
obstinadamente independiente. El ambiente en el restaurante,
Santamonica, era genial, la vista sobre el mar y el sonido de las olas eran
relajantes.
Al repasar los acontecimientos de su primera participación en el desfile
de moda cuando tenía nueve años, no pudo ocultar la suave expresión de
sus ojos. Era un buen recuerdo, pero los recuerdos de su madre venían
acompañados de tristeza.
—Yo quería el rosa —continuó su relato—. Y a menos que me diera
el rosa, estaba decidida a causar estragos en el desfile de moda. Me puse a
hacer un berrinche y me empeñé en que nadie saliera a la pasarela a menos
que me dieran algo rosa para vestir. Cualquier cosa, pero tenía que ser rosa.
Era mi color favorito. —Se rio suavemente—. El rosa chocaba con mi
cabello, y yo lo sabía, pero me encantaba el color.
—Apuesto a que te saliste con la tuya —reflexioné. Me encantaba
escucharla hablar de su vida antes de conocerla. Me daba una idea de quién
era antes de ser absorbida por la Cosa Nostra.
—Bueno, mamá también era bastante inteligente —replicó
secamente—. Después que ninguna de las promesas de helado funcionara,
finalmente me hizo prometer que, si me dejaba llevar algo rosa, iría de
buena gana y con una sonrisa a la pasarela. Pensando que había ganado,
acepté con entusiasmo.
Enarco una ceja, esperando que continúe.
—Me entregó un par de calcetines rosas. —Puso los ojos en blanco,
molesta, pero en ellos apareció una mirada melancólica. Todavía echaba
de menos a su madre—. Así que, si realmente quisieras, encontrarías una
foto de mi madre y yo al final del gran desfile de moda en la que llevo un
vestido azul, unas extrañas medias rosas con unos zapatos negros tipo
Mary Jane. —Una carcajada retumbó en mi pecho, y ella fingió estar
ofendida, aunque una suave sonrisa curvó sus labios—. No es la mejor
declaración de moda.
—Seguro que estabas adorable —bromeé—. Aunque sabiendo lo
mucho que te gusta el helado, me sorprende que el chantaje no haya
funcionado.
Se rio.
—De todos modos, no habría mantenido la amenaza de negarme y lo
sabía.
—¿Por qué no? —pregunté con curiosidad.
—Era nuestra rutina diaria —dijo—. Es la razón por la que me gusta
tanto el helado. Mamá y yo comíamos helado todos los días, sin importar
lo que estuviera pasando. Hablábamos de moda, de la escuela, de libros,
de chicos... de todo. Era nuestro momento.
No tuve que preguntar para saber que no consiguió eso cuando fue
lanzada a la vida de los Bennetti. Al principio, la esposa de Savio le hizo
la vida imposible al hacerle daño, y conociendo el horario de Savio,
probablemente no tenía una rutina similar.
—¿Supongo que no continuaste esa tradición con tu padre?
Ella ladeó la cabeza.
—No, él y Luigi trabajaban mucho. —Asentí con la cabeza,
comprendiendo demasiado bien eso. Ser un don y mantenerse en la cima
requería muchas horas fuera de casa—. Pero Lorenzo y yo entramos en
una rutina. La mayoría de las veces, nos comíamos un helado cada uno,
nos sentábamos frente al televisor y charlábamos de cosas.
Sabía que Lorenzo y Amore se habían acercado. Ambos hermanos eran
protectores con ella, pero Lorenzo se tomaba más tiempo que Luigi, e
incluso que Adriano, para hablar con Amore y conocerla.
—Vaya, vaya, vaya. —Una voz familiar llegó al restaurante, y la
reconocí antes de divisarla.
¡Maldición! De todas las personas, ¿por qué ella?
Capítulo 34
Amore

A
— buela! —exclamé, poniéndome en pie de un salto mientras la silla
caía detrás de mí con un fuerte golpe—. ¿De dónde saliste? —dije
estúpidamente.
Mis ojos se movieron entre ella y Santi. Él no parecía molesto, aunque
la molestia acechaba en sus ojos oscuros. No esperaba encontrarme con
nadie durante esta semana. No estaba preparada ni lista para empezar a dar
explicaciones. Tenía la intención de hablar con Santi para que se sincerara
con mi padre.
La abuela estaba de pie junto a nuestra mesa, luciendo elegante con su
vestido negro de Chanel, perlas blancas alrededor del cuello y su cabello
plateado perfectamente peinado. Tenía un aspecto impecable y regio,
como el de una reina.
—Podría preguntarte lo mismo —respondió la Abuela. Me di cuenta
que tenía dos guardias detrás, y probablemente tenía algunos más afuera.
Teniendo en cuenta la historia de nuestra familia, era inflexible en cuanto
a la protección—. ¿Qué haces aquí sola?
Tragué, con el pulso acelerado.
—No estoy sola. Santi está conmigo. —Santi vino detrás de mí,
sorprendiéndome. No me había dado cuenta que se había levantado. Ya
había recogido la silla. Puso su mano en mi hombro, su toque suave pero
firme. Nuestros ojos se conectaron, con la posesión en sus oscuras
profundidades. Volví a mirar a la Abuela y forcé una sonrisa. Algo en la
forma segura e imperturbable en que se movía me dio fuerzas.
No era que la Abuela pudiera regular mi vida. Tenía veintiún años, mi
propio dinero, un nuevo negocio que había iniciado con María. Esta era
mi vida, no la de ella. Ni la de nadie más.
—Estoy segura que lo recuerdas.
Santi ya había vuelto a su silla y se había sentado, apoyando un codo
en el reposabrazos. Enfocó a mi abuela con ojos sardónicos y oscuros,
retándola a decir algo.
Su mirada verde, tan parecida a la mía en el color, lo observó con los
ojos entrecerrados, y yo contuve la respiración. No era precisamente, así
como esperaba dar la noticia a mi familia.
Sacó una silla libre y se sentó en ella.
—¿Puedo acompañarlos? —preguntó, aunque ya estaba sentada.
—¿Importaría que dijéramos que no puedes? —dijo Santi, con una voz
oscura que hacía juego con su expresión—. Viendo que ya te has sentado.
Nunca nadie le contestó a mi abuela de esa manera, excepto por mi
padre y Santi. Incluso Luigi, Lorenzo y Adriano evitaban a la abuela como
a la peste por su lengua fustigante y su dificultad para enfrentarse a ella.
Ignorando a Santi, los ojos de la abuela volvieron a dirigirse a mí.
—¿Dónde está tu hermano? ¿Tu tío?
—Tuvieron que volar de vuelta a Nueva York —murmuré, lanzando
una fugaz mirada hacia Santi.
—Qué conveniente —se burló. A veces, deseaba que actuara un poco
más suave.
—Lo era, hasta que apareciste tú —dijo Santi con tono inexpresivo.
Mis ojos se dirigieron hacia él y me guiñó un ojo. Literalmente guiñó
el ojo. Un despiadado don de la Cosa Nostra que había matado a cientos
de hombres me guiñó el ojo. Tuve que morderme el interior de la mejilla
o arriesgarme a reír.
—Amore, ¿qué es esa tontería que he escuchado sobre una nueva
empresa que has creado? —La abuela volvió a centrar su atención en mí—
. ¿Guardando secretos?
Sí, ese golpe tenía un doble sentido.
—Abuela, la nueva empresa no tiene nada que ver con Regalè Fashion.
Aunque es una empresa de moda, es una marca de ropa completamente
diferente. No tienes que preocuparte por un conflicto de intereses.
Hizo un gesto con la mano.
—Regalè es tuya —dijo—. No me preocupa la competencia. Pero ¿por
qué lo haces, Amore?
Me mordí el labio inferior. La verdad es que me encantaba crear
diseños con María, el ama de llaves del señor Russo. Llevábamos mucho
tiempo haciéndolo, y en el último año, finalmente decidimos hacerlo
oficial. Me costó un poco convencerla, ya que yo era la única con capital
económico. Pero finalmente llegamos a un acuerdo. Con mis obligaciones
en la empresa Regalè, no tendría tanto tiempo para trabajar en nuestra
empresa.
—¿Amore? —La voz de la Abuela sonaba ligeramente agitada—. ¿No
te he enseñado nada? No se inicia un negocio con un desconocido.
Sabía que ella insistiría en ello. Era parte de la razón por la que me
negaba a pedirle su opinión.
Me encogí de hombros.
—Recurrí a una abogada para redactar los papeles y confío en ella.
—Es una desconocida, Amore —siseó en voz baja—. Nosotros somos
Regalè.
No pude evitar poner los ojos en blanco ante su esnobismo.
—No es una extraña —le dije, manteniendo la calma—. La conozco
desde hace años. Y confío en ella, así que eso es todo.
Dos segundos de silencio, luego la Abuela transfirió su frustración a
Santi.
—Y supongo que tú lo alentaste, Russo —le espetó.
Él ni siquiera se inmutó, su mirada no cambió. Sus labios se levantaron
en una sonrisa casi cruel.
—Amore puede hacer lo que quiera —dijo—. Es buena en su trabajo
y sabe lo que hace.
Su voto de confianza significaba mucho.
—Abuela, el negocio fue una decisión mía —le dije—. María y yo
llegamos a un acuerdo y yo lo llevé a cabo. Nadie más tiene parte en él y
no es asunto de nadie —Dejé que las palabras calaran, y luego añadí—.
Incluido el tuyo.
—¿Y esto? —replicó ella, con los ojos pasando entre los dos—.
¿Tampoco es asunto de nadie?
Antes que pudiera contestarle, Santi habló.
—Métete en tus asuntos, Regina —Su voz era fría como un látigo.
—Te equivocas, Russo —siseó ella en voz baja—. Malditamente
equivocado —Mi cabeza giró en su dirección. Mi abuela rara vez
maldecía—. Ella no pertenece a tu mundo.
—Y una mierda que no pertenece —gruñó por lo bajo, y la mirada que
le dirigió me heló la sangre. Este era el despiadado y frío Santino Russo.
Mi mano se extendió y la puse sobre la de Santi antes que pudiera decir
algo más o, peor aún, dispararle a mi abuela.
Clavé los ojos en ella. Había sido sobreprotectora desde que murió
mamá, y la quería por ello. Ella tenía grandes sueños para mí de hacerme
cargo de la empresa, y yo estaba a bordo con ellos. Amaba su empresa
tanto como ella. Ella también había sacrificado mucho. Pero yo también
quería dejar mi propia huella, mi propio legado. Y ciertamente no iba a
amar o ver a hombres que ni ella ni mi padre consideraran buenos para mí.
—Abuela, es mi problema a quién veo o qué hago —le dije en tono
firme—. ¿Por qué estás aquí? No estaba previsto que vinieras a Italia hasta
la semana que viene.
No le gustó mi respuesta, pero había algo parecido al orgullo en sus
ojos. Se levantó y ladeó la cabeza. Como la reina que era.
—Te veré la semana que viene, Amore.
Se alejó sin decir nada más. No me di cuenta que estaba conteniendo
la respiración hasta que un fuerte suspiro me abandonó una vez que ella
desapareció de mi vista. Mi cabeza se dirigió a él. La expresión fría y
oscura había desaparecido, y mis ojos bajaron hasta la mano que aún
cubría la suya.
Retiré la mano lentamente.
—Bueno, eso ha ido bien —murmuré con incredulidad—. Has
ocultado bien tu sorpresa. Casi me da un ataque al corazón.
—¿Por qué? —Parecía realmente sorprendido. Me encogí de hombros,
sin saber qué decir. Legalmente, nadie podía decirme a quién podía o no
podía ver—. Eres su única nieta. Y te quiere.
Sonriendo, asentí. Ciertamente lo hacía.
—Sé que no te gusta mucho, pero en realidad es muy divertida. Solo
es un poco sobreprotectora.
—Comprensible —dijo—. Pero tú siempre te mantienes bien.
Sacudí la cabeza, sin creer que fuera sincero.
—¿Te estás burlando de mí?
—Hablo muy en serio —replicó secamente—. Aunque me pregunto
cuán rápido se lo dirá a tu padre.
—No lo hará —le dije—. Prefiere ocultárselo a compartirlo con él.
Era cierto. Ella nunca le daría munición a papá para alejarme de ella.
Ella encontraría una manera de usar esto para alejarme de él. Había estado
soñando con el día en que dejaría la Cosa Nostra atrás, enterrada, y
ocuparía el lugar que me correspondía en la torre. Lejos de todas las
actividades clandestinas.
Parecía un buen momento para sacar a relucir la conversación sobre
contárselo a mi padre y a mis hermanos. Excepto que me parecía incómodo
suponer que querría hacer de esto una relación a largo plazo. Nunca fui
alguien que renunciara a algo que quería, así que fui por ello.
—Santi, he querido preguntar... —Las palabras me fallaron. No quería
parecer demasiado presuntuosa como para que él quisiera que le dijéramos
a mi padre que estábamos saliendo. Supongo que esto era salir. Por lo que
había visto con mis hermanos y Adriano, los hombres no tenían novias
pegajosas. Y de alguna manera, estaba segura que Santi tampoco lo
hacía—. Quiero esperar para contarle a Adriano sobre... ummm... sobre
nosotros... cuando me visite, pero mi familia... no quiero mentirles.
Quiero... —Me quedé en blanco, sin saber qué palabras utilizar. Parecía
que decírselo a mi familia sería un compromiso firme y no estaba segura
de si esa era su intención.
—Entonces también se lo diremos a tus hermanos y a tu padre —
terminó por mí, y no pude evitar sonreír—. ¿Estás de acuerdo con eso?
—Sí, absolutamente.
Capítulo 35
Amore

Los días volaban. Demasiado rápido. A Santi le quedaban otros dos


días antes que terminara nuestra semana. Esta semana conocí más a Santi
y nos acostumbramos a la rutina. Me despertaba con el olor del café y los
croissants de su madre. Pasamos la mañana haciendo planes para el día,
besándonos, abrazándonos. Me encantaba el lado dominante de Santi, pero
cuando se ablandaba, me derretía. Luego llegaba la hora de comer, y yo
nos preparaba sándwiches mientras él se ponía al día con sus correos
electrónicos. Por las tardes, recorríamos la ciudad o íbamos a la playa.
Aunque la hora de la cena estábamos los dos solos en casa, y los dos en la
cocina preparando la comida era mi momento favorito.
Era más de medianoche, y por alguna razón, el sueño no me
encontraba. No podía dejar de pensar en su próxima partida. No quería que
se fuera. Solté un profundo suspiro, sabiendo que era irracional. Me di la
vuelta por enésima vez y me enfrenté a la forma dormida de Santi.
Normalmente era el primero en salir y no tenía problemas para dormir. En
su sueño, parecía menos intenso, sus rasgos eran más relajados.
Alargando la mano, no pude resistirme a pasar mis dedos por sus
labios. Tenía un sueño ligero, así que me sorprendió que no se despertara.
Había tenido que atender unas llamadas de trabajo a primera hora de la
mañana y, por lo que parecía, en casa estaban pasando cosas. Sabía que
era capaz y que podía aguantar, pero la sola idea que estuviera herido me
hacía temblar los huesos.
Dios, daba miedo amar tanto a alguien. Sentir solo lujuria sería mucho
más fácil. Pero esta opresión en el pecho cada vez que pensaba en que le
pasara algo a Santi... era insoportable.
Había tantos pensamientos que se arremolinaban en mi cabeza. Mi
instinto me decía que Papá no se tomaría bien la noticia que saliera con
Santi. Sin embargo, al final, entraría en razón. Y luego estaba el temor
persistente que Santi se despertara un día y dijera que nos habíamos
equivocado. O que optara por otra mujer, más apropiada según las reglas
de la Cosa Nostra. Me dejaría en el mismo lugar en el que estaba mi madre
con papá. Menos un hijo. No hay posibilidad que deje de tomar
anticonceptivos.
Dios, ser de Santi para siempre. Eso sonaba como el cielo. Tener un
hogar juntos, sabiendo que ambos encontraríamos el camino de vuelta a él
por muy duro que fuera el día. Pequeños Santis corriendo en nuestro
futuro. Haciendo recuerdos para toda la vida aquí en su villa. Los aleteos
me llenaron el pecho, un zumbido de calor se extendió por mí y exhalé una
respiración temblorosa. Estaba tan metida en Santi que no había forma de
salir.
Mis dedos rozaron ligeramente su cabello oscuro de la frente, la
ternura se hinchó en mi pecho. Pasé mis manos ligeramente por sus suaves
hebras cuando sus ojos se abrieron lentamente.
—Lo siento —susurré—. Vuelve a dormir.
Su mano rodeó mi cintura y me acercó, dejando nuestros cuerpos al
ras.
—¿Qué pasa, Amore? —Su voz era baja, rasposa, somnolienta—. No
digas que nada.
—No puedo dormir —admití suavemente.
Con su mano libre, ahuecó mi mejilla izquierda suavemente.
—Dime lo que te pasa por la cabeza.
—No lo sé —murmuré—. Todo, supongo. Me preocupa Papá y cómo
se tomará la noticia. No quiero pasar meses sin ti, pero sé que estás
ocupado en casa.
Me acomodó el cabello detrás de la oreja.
—Tu padre te ama y quiere protegerte. Puede que Savio esté molesto,
pero se le pasará. —Su tranquilidad no calmó mis nervios—. No te
abandonaré, Amore. Lo superaremos. Juntos —Una bola de emoción se
me enroscó en la garganta y se negó a ceder.
Tragué con fuerza, tratando de no dejar que mis emociones me
tragaran por completo.
—Juntos —repetí, con la voz ronca.
—Así es. —Me dio un suave beso en la punta de la nariz—. Siempre.
Ahora duerme un poco. Necesitas descansar después de nuestras
actividades extracurriculares justo antes de la cena de hoy.
Mis labios se curvaron en una sonrisa. Esta noche, entre la preparación
de nuestra cena, Santi y yo nos despistamos. Nunca más sería capaz de
mirar la lasaña con cara seria. Volví a pensar en ello mientras cerraba los
ojos.
Los pies descalzos contra las frías baldosas se sentían bien. Había
sido sin duda la mejor semana hasta el momento. Santi, su olor, se sentía
como en casa. Él era el hogar. Quería quedarme con él para siempre.
Seguí las indicaciones de Santi, puse todos los ingredientes en un
cuenco y los mezclé. Me hizo preparar la salsa para la lasaña al horno.
No pude evitar que mis ojos se desviaran hacia él de vez en cuando.
Llevaba una camiseta blanca lisa y unos jeans desgastados que se
amoldaban perfectamente a sus gruesos y fuertes muslos. Dios, ¡sus
músculos! Se abultaban con cada movimiento y me costó mucho trabajo
no alargar la mano y recorrer sus bíceps con los dedos.
Nunca se diría que era un mafioso vestido así en medio de una cocina
de mármol blanca y aireada. Solo con mirarlo me dolía. La única vez que
me sentía completa era con él dentro de mí, con su voz ronca en mi oído
murmurando palabras tontas, reclamándome para siempre.
Sus ojos me sorprendieron mirándole de nuevo, y su sonrisa me hizo
sentir mariposas en el estómago. El olor del mar mezclado con nuestra
cocina flotaba en el aire. Las ventanas estaban abiertas de par en par y
los sonidos de las olas a lo largo de la costa se mezclaban con el golpeteo
de las ollas y sartenes. Pero todos esos ruidos estaban ahogados, y lo
único que escuchaba... lo único que sentía era el estruendo de mi corazón
y la sangre corriendo por mis venas.
Temía que esta semana llegara a su fin. No podía pasar semanas,
meses sin él.
—¿Ves algo que te guste, cariño? —me preguntó, sin dejar de enrollar
pasta con sus grandes manos. Sería un espectáculo cómico, si de alguna
manera no se viera tan condenadamente sexy incluso en la cocina. La
primera noche que nos quedamos, no podía dejar de mirar. Nunca había
visto a un hombre de la Cosa Nostra en la cocina, salvo para buscar algo
de comida. Maldita sea, incluso fuera de la Cosa Nostra, no he visto a un
hombre en la cocina. No, a menos que fuera un cocinero.
—¿Amore? —ronroneó. Su voz era profunda, deslizándose por mi
columna vertebral con una caricia áspera. Me encantaba lo que podía
hacer en mi cuerpo. Solo el tono de su voz hacía que cada célula de mi
interior se estremeciera por él.
¿Era saludable? Probablemente no, pero me importaba una mierda.
Sentí que mis labios se curvaban en una sonrisa mientras mis ojos
viajaban sobre él. Ahora que lo había besado, que lo había sentido dentro
de mí, que lo había saboreado, sería imposible superarlo. Era la pieza del
rompecabezas que me faltaba. Sí, solo tenía veintiún años, pero él se
sentía tan bien. No solo a nivel físico, sino también emocional. Era mi
manta de seguridad, mi salvador, mi roca.
Mi todo.
Una pequeña sonrisa de complicidad se dibujó en su rostro mientras
se dirigía al fregadero y se lavaba las manos. Por supuesto, él sabía lo
que me hacía. Yo era un libro abierto para él. No tenía sentido fingir. Lo
amaba; quería darle todo y quería su todo. Cuando se trataba de él, yo
era tan egoísta como los hombres de la Cosa Nostra. No quería compartir.
Solo rezaba para que Santino Russo cuidara de mi corazón porque, de
alguna manera, sabía que, en el fondo, nunca sobreviviría si él lo rompía.
—Me encanta... —mi coraje vaciló, y el “tú” se quedó detrás de mis
labios—. Todo lo que veo ahora mismo.
Los ojos eléctricos de Santi se clavaron en mí con algo oscuro e
intenso, y mi estómago se revolvió. Conocía esa mirada. Nuestros ojos se
clavaron el uno en el otro, la atracción y la necesidad chisporroteaban,
listas para cocer la pasta dispuesta en los mostradores de la cocina.
—Te necesito —susurré, el dolor palpitante entre mis muslos exigía
ser saciado. No tenía vergüenza cuando se trataba de Santi.
Él es mío. Él me completa. Estos dos pensamientos resonaban con
fuerza en mi cerebro.
Sería una cáscara vacía sin él. Y la verdad de esas palabras me robó
el aliento.
Santi se acercó a mí y me inmovilizó contra la mesada. Me quitó el
cuenco de las manos y lo colocó detrás de nosotros en el mostrador. De
todos modos, estaba haciendo un trabajo de mierda al revolver.
Levanté la mano y le pasé los dedos por el cabello, tirando de él para
acercarlo. Era demasiado alto y quería sus labios en los míos.
—No quiero que esta semana termine —dije, con voz suave. No era lo
suficientemente valiente como para admitir que estaba irremediable y
completamente enamorada de él. Agachó la cabeza y sus labios rozaron
los míos. Fue el beso más suave que me había dado nunca.
—Es solo el principio, Amore. —Sonaba como una promesa. Santi
cumplía sus promesas.
Mis manos lo acercaron a mí, hambrientas de su tacto. Por más de él.
Cuando mis uñas rozaron la piel de su nuca, un gemido vibró en su
garganta y mis ojos se cerraron. Su lengua se introdujo en mis labios,
profundizando el beso.
Así era siempre con él. Cada vez que nos besábamos, todo parecía
desvanecerse. Un suave gemido escapó de mis labios mientras me frotaba
contra él, necesitando más de él. Sus manos bajaron a mi culo,
levantándome y mis piernas se enredaron instintivamente en su cintura.
—Dormitorio —exhalé, jadeando. Mis manos se agarraron a su
cabello y nuestras bocas chocaron con avidez.
Dio unas cuantas zancadas, pero no llegamos a salir de la cocina. En
cambio, mi espalda se estrelló contra la pared y el beso se rompió. Pero
su boca permaneció en mi piel, arrastrando besos por mi cuello. Su piel
me quemaba de la forma más deliciosa. Sus dientes me mordieron, su
lengua me lamió y mi piel se estremeció con las brasas.
En un rincón de mi mente, me di cuenta que estábamos en el balcón.
Irónicamente, el sonido de las olas que rompían coincidía con la ola de
pasión que había entre nosotros. Sus dedos se clavaron en mi carne,
manteniéndome pegada a él.
—Eres tan jodidamente hermosa —dijo con voz áspera, pasando sus
labios por mi labio inferior. Lo anhelaba con una desesperación y un
fuego que no podían apagarse. Me consumía.
Levantando mis brazos, me quitó la camiseta. En realidad, era suya.
La mayoría de las veces, cuando estábamos en casa, me ponía sus
camisetas. Me encantaba lo que le producía. Algo oscuro, primitivo y
posesivo se encendía en sus ojos y me producía escalofríos. Cada.
Maldita. Vez.
—Y mía —gruñó—. Solo mía.
Su boca era codiciosa en mi piel.
—Soy tuya, Santi —apenas exhalé. Su boca se dirigió a mi cuello y lo
incliné para permitirle un mejor acceso. Mordió suavemente y un siseo
salió de mis labios, provocando que chupara la piel de ese lugar—. Pero
tú también eres mío —añadí sin aliento. Yo también lo reclamaría.
—Por supuesto que sí.
Me arrancó los bóxers rosa y el sonido de la ruptura llenó la
habitación. A estas alturas, ya estaba acostumbrada a que me rompieran
las bragas. A continuación, me puse a tientas con su camiseta. Necesitaba
sentir su piel caliente bajo mis palmas. De alguna manera, siempre
acababa desnuda y sin ropa mientras Santi conservaba alguna prenda.
Con la camisa desechada en el suelo de mármol, empecé a
desabrocharle los jeans. La desesperación me arañaba, encendiendo
fuegos por mis venas. El dolor entre mis piernas suplicaba ser aliviado y
solo él podía hacerlo.
—Por favor, Santi —supliqué sin aliento. Su mano se introdujo entre
nuestros cuerpos, sus dedos rozaron mi clítoris y un escalofrío me
recorrió. Me susurró al oído palabras en italiano. Yo estaba demasiado
lejos para entender el significado, todo lo que entendí fue algo sobre la
humedad y el calor.
—Te deseo —grité, moviéndome contra su duro tacto, apretándome
contra él. De mis labios brotaron gemidos y él pareció tragárselos—. Por
favor, por favor —rogué sin pensar.
Estaba hambrienta de él, dispuesta a romperme en mil pedazos por él.
Su mirada oscura encontró la mía justo cuando se llevó mi pezón a la
boca. Mientras tanto, mis caderas se agitaban bajo su contacto. Su boca
estaba caliente mientras lamía y jugaba con mis pechos, mis venas ardían
con un infierno que solo él podía apagar.
Podría morir ahora e ir al cielo. Me estaba haciendo delirar. Una
mirada. Un toque. Y yo estaba empapada para él.
Cuando su boca abandonó mis pechos, quise gritar en señal de
protesta, pero entonces sentí la punta de su dura polla en mi entrada.
Entró en mí lentamente, haciendo que mi necesidad se volviera loca.
—¡Santi! —siseé. Estaba siendo demasiado lento. Este dolor pulsante
me estaba volviendo loca. Él me había convertido en una adicta.
—Mi diosa del sexo —gruñó, con su mirada ardiente penetrándome
hasta el alma mientras me penetraba con fuerza y profundidad.
—Ahhhh —grité. Una profunda oleada de placer inundó todos mis
sentidos.
Un profundo gemido sonó en su garganta, y enterré mi cara en el
pliegue de su cuello, inhalando profundamente.
—Oh, Dios —jadeé, mientras él se retiraba y volvía a empujar.
—Dios, no —gruñó, saliendo de mí para volver a introducirse
profundamente en mi interior, llenándome hasta la empuñadura—. Yo,
nena. —Dio en el clavo, una y otra vez. Se sumergió profundamente en mi
interior, llenándome con cada centímetro de él. Un suave y necesitado
gemido escapó de mis labios—. ¿Quién te está follando, Amore?
—Tú, Santi —grité, buscando mi orgasmo. Estaba tan cerca. Tan
condenadamente cerca. El calor y las llamas se arremolinaban en cada
célula de mí. Un gemido fuerte y gutural salía de mis labios con cada una
de sus embestidas. No podía detenerlos; era como el oxígeno que mis
pulmones necesitaban para sobrevivir.
—Tu coño es mío —gruñó.
Como si hubiera perdido todo el control, bombeó más rápido y más
fuerte, cada empuje me estiró. Acomodándose a él. Mi cuerpo era suyo.
—Voy a follarte hasta que toda la ciudad te oiga gritar mi nombre.
Tómalo todo, nena —alabó mientras me follaba—. Qué bien. Quiero ver
cómo te corres por mí.
Su pelvis chocaba contra la mía con cada embestida, haciendo que el
fuego me recorriera. No quería que terminara, las olas de placer me
hacían delirar.
Me cubrió la boca con la palma de la mano, amortiguando mis gritos,
mientras con la otra mano me jalaba el cabello, apretándolo con fuerza.
Me inclinó la cabeza hacia arriba, sus ojos oscuros y ardientes me
observaban con cada potente embestida.
Necesitaba esto. La dominación de Santi Russo. Su oscuridad. Su
posesión.
Mi sumisión era solo para él.
Mi orgasmo estalló repentina y violentamente, enviando un
estremecimiento y un placer blanco a través de mí. Fue tan fuerte que las
lágrimas se me clavaron detrás de los párpados. Mi coño palpitaba de
calor, convulsionando alrededor de su polla. Sus empujones eran
superficiales y lentos, y él encontró su propia liberación justo detrás de
mí. Un gruñido profundo salió de su pecho. Mi cuerpo se estremeció con
mi propia liberación, y lo miré a través de los pesados párpados mientras
su cabeza se inclinaba hacia atrás. Todos sus músculos se agarrotaron y
se derramó dentro de mí.
Mientras ambos bajábamos lentamente, me encontré con su mirada,
oscura como la noche. Retiró su mano de mi boca y me di cuenta que había
marcas de dientes impresas en su mano. Mías. Debí de morderle la mano
cuando llegué al orgasmo.
Me incliné y le di un suave beso sobre las marcas.
—Lo siento —murmuré en voz baja, con el cuerpo plácido y sin fuerzas
después de la intensa descarga.
Un profundo estruendo sonó en el fondo de su pecho.
—Yo no —Me besó la frente, haciéndome cerrar los ojos.
¡Te amo! Las palabras gritaban en mi alma, mi corazón y mi cerebro.
Sin embargo, no podía decirlas en voz alta. El miedo al rechazo lo retenía
todo.
La mano de Santi me apretó, acercándome a él, y mis pensamientos se
dispersaron al mirar su rostro. Su fuerte mandíbula. Sus labios carnosos
que podían hacer tantas cosas pecaminosas. Temía perderlo. Era difícil
mantener a raya mis dudas e inseguridades. Yo no solía ser una chica llena
de inseguridades. Él me había rechazado una vez. Incluso mi propio padre
rechazó a mamá en cierto modo. Ella era su compañera. A los hombres de
la Cosa Nostra no les gustaba la independencia en sus mujeres.
Santi no había mencionado el amor. Sí, teníamos mucho sexo. La
lujuria no escaseaba entre nosotros, pero el amor... No dijo nada sobre el
amor.
¡Tú tampoco, idiota! susurró mi mente. Aunque me aseguró nuestro
futuro. Planeaba hablar con papá. Si no hablaba en serio de nosotros, nunca
hablaría con él. Era una buena señal que no considerara esto una aventura
pasajera.
¡Uf! Basta ya. Disfrutaría de nuestro tiempo ahora. No había razón
para pedir problemas.
Sin embargo, la sensación de preocupación no se desvanecía. Una
sensación de temor acechando en algún lugar de las sombras. Al igual que
el hombre que me quería muerta.
Era irónico, en realidad. Hasta hace poco estaba segura, sin un ápice
de duda, que nunca formaría parte de los bajos fondos. Mi objetivo era
terminar la universidad, matar a los hombres que mataron a mi madre y
me persiguieron. Luego me haría cargo de Regalè Fashion.
Sin embargo, desde el funeral del señor Russo, todas mis prioridades
habían cambiado, y todas giraban en torno a Santino Russo.
Colocando mi mano sobre su pecho, me concentré en la respiración
uniforme y fuerte de Santi y en despejar mi mente. Poco a poco, mientras
acompasaba mis respiraciones a las suyas, el sueño me fue arrastrando.
Capítulo 36
Amore

La motocicleta de Santi se detuvo. Aparcó en el lugar designado


para las motocicletas, y yo me bajé lentamente de la parte trasera, para
luego pisar el asfalto. Este lugar se convirtió en nuestra playa favorita.
Estaba justo en el límite de la ciudad y, la mayoría de las veces era una
playa bastante vacía.
Me quité el casco y se lo entregué. Él lo aseguró junto al suyo y se bajó
de la moto. Nos dirigimos a nuestro lugar, que estaba aislado, agarrados
de la mano. Podría acostumbrarme a una vida así, lejos de la Cosa Nostra,
lejos del imperio Regalè. Los dos solos contra el mundo.
O con el mundo. No me importaba. Mientras estuviéramos juntos.
Algunos lugareños que reconocí de nuestras anteriores visitas a esta
playa nos miraron y nos saludaron como si nos conocieran de toda la vida.
—Buon giorno29 —nos saludaron.
—Buon giorno —respondimos Santi y yo al unísono, devolviendo el
saludo.
Prácticamente podía vernos haciendo esto durante años, hasta que
ambos estuviéramos canosos y arrugados. Sacudí la cabeza; era demasiado

29
Buon giorno: Buen día en italiano
joven para pensar así. Me había enamorado de este hombre durante años,
pero ahora, estaba en una espiral.
Llegamos a los baños y a la zona para cambiarse. Llevaba mi traje de
baño en la bolsa en lugar de ponérmelo desde que paramos en Boccadasse,
un pequeño y romántico pueblo a las afueras de Génova. Cada vez que
visitábamos esa ciudad, la veía con nuevos ojos. Me sorprendía
constantemente con el laberinto de callejuelas y joyas ocultas, siendo
Boccadasse una de ellas.
No es de extrañar que Richard Wagner, compositor romántico de
ópera, se enamorara de la ciudad. Yo también lo hice; esta ciudad y un
hombre dentro de ella me cautivaron completa y profundamente.
Santi me llevó a probar un helado en la histórica gelatería situada junto
a la playa. Estuvimos allí durante una hora, saboreando nuestro helado y
observando a los lugareños. Me contó historias de su infancia aquí y de
sus abuelos, que lo traían a menudo.
—¿Tú no hiciste eso? —dije, echando la cabeza hacia atrás riendo.
—Desgraciadamente, lo hice —admitió con una sonrisa, sus ojos
oscuros divertidos—. Fui a la parte trasera de la heladería, agarré todo el
tarro de helado y me senté en el suelo y comí directamente de ella. Una de
las clientas me atrapó y gritó como si acabara de ver una cucaracha.
Me reí tanto que se me saltaron las lágrimas al imaginarme al Santi de
cinco años atiborrándose de helado.
Después de unas horas ahí, encontramos el camino hacia el agua. Esta
playa era más pequeña y menos aislada que la otra. Solo queríamos
mojarnos los pies y luego volver a nuestro lugar habitual en el otro pueblo.
Me quité las sandalias, me sujeté el dobladillo del vestido y me metí en el
agua fresca. Juguetonamente, le di una patada al agua y las gotas mojadas
cayeron sobre sus pantaloncillos. Me dirigió una mirada de advertencia,
pero una gran sonrisa arruinó la amenaza.
No quería abandonar el lugar. Esto era la felicidad y quería aferrarme
a ella con fuerza, sin soltarla nunca.
Sus manos me agarraron por la cintura y me levantaron en el aire
mientras yo daba patadas con los pies y soltaba una risita.
—Okay, okay. No te salpicaré más —me reí, sonriendo como una
tonta—. Llévanos de vuelta a nuestra otra playa, Santi.
Esa playa sería para siempre la nuestra, y mi lugar favorito para ir. Esta
era bonita pero no era nuestra.
—Como mande mi mujer —ronroneó suavemente. Dios, me encantaba
que me llamara su mujer. Tan bárbaro y machista, pero tan jodidamente
caliente.
Quince minutos después, estábamos de vuelta en nuestra playa
favorita. Caminamos hacia los vestuarios, de la mano, con los dedos
entrelazados. Solo un chico y una chica. Hombre y mujer. Su condición de
don no importaba aquí. Tampoco mi condición de heredera. Sin
preocupaciones pasadas o futuras. Éramos solo él y yo en esta ciudad, en
este país, y siempre seríamos parte de nosotros.
—Te espero aquí —La voz de Santi me sacó de mi ensoñación.
Mirándolo, me pregunté si estaría tan impactado como yo. Parecía
contento, relajado, pero descubrí que ansiaba su declaración de amor.
Asentí con la cabeza y me dirigí al vestuario. Una vez dentro, me puse
el bikini y de repente me sentí nerviosa. Santi me llevó de compras ayer
porque me había roto demasiadas bragas, pero lo compensó con creces.
Casi compró la tienda. Cuando vi este bikini, lo compré a escondidas.
Aunque ahora me pregunto si fue inteligente. El bikini me quedaba
muy bien, pero me parecía demasiado revelador. Era blanco y la tela del
cordón se sentía muy pequeña. Me hizo sentir un poco cohibida.
Me reprendí inmediatamente. El hombre me ha visto desnuda muchas
veces.
—Pero el resto de la playa no —murmuré para mis adentros.
Haciendo caso omiso de mis dudas, salí del baño y me encontré con
que Santi ya solo llevaba puesto su bañador. Mis ojos se clavaron en él,
devorándolo sin pudor. Ya lo había visto desnudo más de una vez, pero
cada vez me parecía nuevo.
Era mucho más alto que yo, y todo lo que podía ver eran sus
abdominales y su piel bronceada y aceitunada. Cada gramo de él era puro
músculo. Una profunda V a cada lado de sus caderas me hizo la boca agua.
Me quedé sin aliento cuando nuestros ojos se encontraron, con el deseo
ardiendo en ellos. Sus ojos recorrieron mi cuerpo y, cuanto más se detenían
en mi piel, más me calentaba. Él era mi propio sol, abrazando mi carne.
—¿Tienes algo para cubrirte? —ronroneó, con la voz peligrosamente
baja.
—¿No te gusta? —Respiré la pregunta, el aire en mis pulmones
pesaba. Me ajusté el top para intentar cubrir más mi pecho, pero fue
infructuoso. Estaba destinado a ser sexy, ligeramente revelador.
—Me encanta —dijo—. Pero a menos que quieras que mate a todos
los hombres de esta playa, será mejor que te pongamos algo encima.
Se me escapó una risa ahogada. Santi no era de los que comparten.
Saqué una pequeña salida de playa de mi bolsa y me la até a la cintura.
—¿Esto es mejor? —Al menos cubría mi trasero casi desnudo.
Él sonrió. —La otra forma era mejor, pero guardémosla para nuestro
tiempo de piscina en la villa.
Habíamos usado la piscina una vez cuando ninguno de los dos podía
dormir. Un baño a medianoche bajo las estrellas del verano era
exactamente lo que ambos necesitábamos. Bueno, puede que fuera el sexo
más que el baño lo que lo hiciera, pero ambos eran agradables.
—Vamos —dijo—. Será mejor que te pegues a mí.
No pude evitar reírme. Sin embargo, lo aplacé porque me encantaba
estar cerca de él de todas formas. Caminamos hacia la arena. Apenas dimos
dos pasos antes que nos siguieran unos cuantos silbidos.
—Ahhhh, mamma mia 30 —Sonó la voz de un hombre, seguida de más
silbidos.
Santi miró a los jóvenes, que se alejaron inmediatamente.
—Tú eres demasiado sexy —se quejó entre dientes.
30
Mamma mia: Madre mía en italiano.
—Ah, ¿y tú no? —Empujé suavemente mi hombro contra sus duros
bíceps—. ¿Puedo mirar de reojo a las mujeres cuando babean por ti?
Su sonrisa prácticamente me deslumbró.
—Puedes —dijo con naturalidad—. Pero ninguna se compara contigo.
Mi corazón brilló más que el sol de Italia. No hay que darle demasiada
importancia.
Encontramos un lugar en el lado vacío de la playa. En el otro extremo
había algunas personas tumbadas o nadando, lo que nos pareció bien. Este
lugar estaba siempre vacío, como si nos estuviera esperando.
Santi nos tendió dos toallas. Me quité la salida y la deseché, me senté
en una mientras él se tumbaba en la de al lado.
—Ven aquí —Me acercó y apoyé la cabeza en su pecho, cerrando los
ojos y poniendo la cara al sol.
Sonreí soñadoramente, disfrutando del calor del sol en mi piel.
—Quiero quedarme aquí para siempre —murmuré soñadoramente—.
Así, sin más.
Sus dedos se enredaron en mi cabello.
—Echarías de menos tu imperio de la moda.
—Diseñaría ropa para ti —sugerí bromeando con una suave sonrisa—
. Te sacaría de los zapatos de cuero y te pondría zapatos ecológicos —Su
pecho se agitó bajo mi cabeza y me giré para poder verle la cara. Se reía y
sus ojos oscuros centelleaban de diversión.
—Eres demasiado ambiciosa —dijo. Abrí la boca para protestar
cuando me cortó—. Recuerda tus palabras. Lo quieres todo. —Sus ojos se
oscurecieron y se acercaron a mis labios—. No hay nada malo en ello. Yo
también lo quiero todo para ti.
¡Dios, amo a este hombre! No podía creer que recordara esas palabras.
Se las había dicho a su padre y a él hace casi cinco años.
Saqué mi protector solar del bolso.
—¿Santi?
—Hmmm.
—¿Me pones protector solar? —Le entregué el frasco y nuestras
miradas se cruzaron. Los dos sabíamos que tocarnos solía llevarnos a un
sexo frenético. Juntos éramos eléctricos.
Se pasó un pulgar por el labio inferior y luego buscó mi mejilla. Sus
nudillos rugosos recorrieron mi mejilla. Sus ojos se ablandaron, con el
deseo acechando en su oscura mirada, mientras su pulgar rozaba el borde
de mi labio inferior.
—Amore, ¿sabes lo difícil que es tocarte y no follarte?
La excitación me recorrió el torrente sanguíneo y sonreí con dulzura.
—Tendrás que intentarlo. Y si te portas bien, tal vez podamos ir a
nadar para refrescarte.
Estaba jugando con fuego.
Rodé sobre mi estómago, y después de un latido, escuché el apretón de
la botella de protector solar y cerré los ojos, sonriendo felizmente contra
la toalla. Se sentó a horcajadas sobre mi culo, sus manos se rozaron, y
luego sentí sus ásperas palmas deslizarse por mi espalda. Me desabrochó
la parte superior del bikini y llevó su movimiento hasta mis hombros.
—Ahhh, qué bien se siente.
Me empujó hacia delante y sentí su dura erección contra mi culo. Sus
labios se acercaron a mi oído desde atrás y susurró.
—Me encanta complacerte, nena.
Mi corazón tronó con fuerza contra mis costillas ante el doble
significado. Continuó con sus sensuales movimientos hacia arriba y hacia
abajo de mi espalda, sin dejar de lado ni un solo centímetro de mi piel. Me
costó todo lo que tenía para no apretar el culo contra él. Mi sexo palpitaba
con una necesidad dolorosa de él.
Su mano se deslizó por mi espalda, bajando por la piel expuesta de mi
culo y bajando por mis piernas.
—Date la vuelta, nena —Su voz era ronca, embriagadora.
Me llevé la parte superior del bikini al pecho y rodé sobre mi espalda.
Se echó más crema solar en la mano y volvió a empezar el proceso. Sus
ojos eran oscuros y estaban llenos de deseo, el mismo que ardía en mis
venas.
Me frotó las ásperas palmas de las manos por el cuello, deteniéndose
un instante, y creí que iba a explotar. Luego continuó su recorrido por mi
estómago y el interior de mis muslos. Sus manos se movían en círculos,
rozando de vez en cuando mi vientre. No pude resistir la tentación de
separar ligeramente las piernas, y mis entrañas se derritieron.
Esto era tan tortuoso para mí como para él. La más dulce de las
torturas.
—Amore —ronroneó. Mi nombre en sus labios sonaba como un
cariño. Se inclinó y sus labios se pegaron a los míos, su lengua separó mi
boca. Su erección golpeó mi núcleo y gemí en su boca.
—Vamos a nadar —exhalé, con el dolor palpitante entre mis muslos.
Me ató la parte superior del bikini, se levantó y me ayudó a ponerme
de pie con la otra mano. Estaba empalmado, el contorno de su dura polla
contra sus calzoncillos era claro.
—Querías jugar con la bestia —dijo con voz ronca, intentando hacer
humor, pero sus ojos eran demasiado oscuros y feroces y se centraban en
mí. Bajamos corriendo al agua, con los dedos entrelazados, y nos
sumergimos en el agua hasta el cuello. Bueno, a mí me llegaba al cuello.
Solo llegó hasta el pecho de Santi.
El agua se sentía fresca contra mi piel acalorada. Fue un alivio
bienvenido. Mi pulso corría por mis venas, zumbando en mis oídos,
mezclándose con los sonidos del mar. Santi me tomó en sus brazos,
sosteniéndome contra su fuerte cuerpo. Mis piernas se enroscaron en su
cintura.
Mis manos subieron y bajaron por sus hombros, amando la sensación
de su cuerpo musculoso bajo las yemas de mis dedos. Su piel era cálida
incluso en el frío del mar.
Su boca se estrelló contra la mía, dura y desesperada. Apretó mi sexo
contra su polla hinchada y sus dedos se clavaron en mis nalgas. Su mano
apartó la endeble tela de mi bikini y sentí su dura polla en mi entrada.
—Maldición —jadeé, apretándome contra él. Mis entrañas se
apretaron y pequeños gemidos salieron de mi boca. Estaba ansiosa por
sentirlo dentro de mí otra vez.
—¿Quieres que te folle aquí? —respiró contra mi boca.
—Por favor. Sí. —Un empujón y me llenó hasta la empuñadura. Otro
gemido, más fuerte.
Sus ojos parpadeaban con calor y excitación. Sus labios se apretaron
contra los míos, húmedos, sucios y ásperos.
—Guarda silencio —gruñó, y volvió a cerrar los labios mientras
bombeaba dentro de mí, con sus dedos clavados en mi suave carne. Si
alguien estuviera mirando, sabría exactamente lo que estábamos haciendo,
pero ahora mismo no me importaba.
Era codiciosa cuando se trataba de él. Cada empuje encendía brasas
que solo el siguiente empuje podía saciar. Cada vez que se retiraba, lo
hacía más profundamente dentro de mí, y mis uñas se clavaban en sus
bíceps mientras los estremecimientos me recorrían.
Los dos respirábamos entrecortadamente y nuestros movimientos eran
precipitados y desesperados. Sus embestidas se volvieron más duras,
aumentando el ritmo, y yo me agarré desesperadamente a él. Gemidos
guturales tragados por sus labios apretados contra los míos mientras
bombeaba furiosamente. Me agarró el cabello por la nuca y separó mi cara
de la suya unos centímetros.
—Te sientes tan jodidamente bien —alabó, con la respiración
entrecortada—. Tu coño quiere mi polla más fuerte, ¿verdad? —Su
empuje aumentó, golpeando ese increíble punto dentro de mí. Los ojos se
me pusieron en blanco—. Pídemelo. —Su voz era tranquila y dominante.
—Más fuerte —jadeé contra sus labios—. Por favor, más fuerte.
Su mano me agarró el cabello y su boca se posó sobre mis labios.
—Mía —gruñó—. Tu coño es mío.
—Sí, Santi —juré—. Siempre.
Bombeó con fuerza, golpeando mi pelvis, enviando fuego líquido
directamente a mi núcleo. Subí y bajé, cabalgando sobre su polla. Nuestros
gemidos y gruñidos se mezclaron. Alcanzaba las estrellas, consciente de
nada más que del placer que tenía a mi alcance.
Sus dedos se clavaron en mis caderas y empujaron con fuerza. Una,
dos veces, y mi cuerpo explotó, apretándose a su alrededor. Se enterró
profundamente dentro de mí y su polla se sacudió, luego se corrió de golpe.
Los dos gritamos y nos corrimos juntos, los escalofríos recorrieron mi
cuerpo mientras él me besaba como si fuera nuestro último beso.
Santi Russo me folló en el mar de Liguria, y me encantó.
Capítulo 37
Santino

Dieron las dos de la madrugada y el sueño no llegaba. Ayer, Amore


luchó por encontrar el sueño. Hoy era yo. Un día y una noche más, y luego
debía volver a Nueva York. Odiaba la idea de dejarla aquí. Más que nada,
quería poner un anillo en su dedo y arrastrarla a casa conmigo.
O si insistía en quedarse aquí... A la mierda, me mudaría a Italia si eso
la hacía feliz. Sabía que seríamos perfectos juntos desde aquel beso en The
Orchid. Me resistía a ello, sin querer verla como algo más que una niña,
esa chica con lágrimas brillando en su mirada esmeralda. Pero después de
ese pequeño beso... no pude olvidar su sabor, sus gemidos, su suave cuerpo
bajo mis palmas.
Ella siempre ha sido mía. Y que me maldigan si dejó que su padre, esa
dragona que es su abuela, o cualquiera, me aleje de ella. Algo en mi pecho
se retuerce ante la idea de perderla.
Mis ojos recorrieron la forma dormida de Amore en mis brazos. Estaba
profundamente dormida con mi camisa de vestir y un par de bragas rosas
debajo. La luz de la luna le iluminaba la cara. O tal vez era la televisión.
Había insistido en que viéramos una película de Marvel. Black Widow31
era su favorita.

31
Black Widow: La viuda negra
No recordaba la última vez que había encendido el televisor en casa.
Por supuesto, se quedó dormida al poco tiempo de empezar la película y
dejé que siguiera su curso. El volumen estaba silenciado para no
despertarla.
La ventana estaba abierta de par en par y una ligera brisa recorría la
habitación, haciendo crujir ligeramente la sábana que cubría su cuerpo.
Dormía de lado, frente a mí, con el muslo enganchado sobre mí. Respiraba
de manera uniforme a través de sus labios ligeramente separados, con las
mejillas todavía sonrojadas.
Hoy, después de nuestro tiempo en la playa, insistió en que
comiéramos en casa. No me importó. Encajábamos bien juntos, incluso en
la cocina, aunque ella no sabía cocinar una mierda. Ni siquiera mezclar los
ingredientes. A menudo se despistaba, ya fuera con una idea para un
diseño de ropa o mirándome a mí. ¡Maldita sea, lo que esa chica podía
hacerme! Me dolía el pecho... en realidad me dolía como a un hijo de puta,
cada vez que pensaba en perderla.
Maldición, estaba enamorado. Totalmente, completamente enamorado
de Amore Bennetti. De alguna manera, en todo esto, la vida se había
separado en dos eventos, antes de besarnos y después de besarnos.
Desde nuestro beso, la idea de ella con otro hombre me dejaba un sabor
ácido en la boca. Odiaba la idea que estuviera con otro. Una picazón en la
parte posterior de mi cabeza no dejaba de recordarme aquel maldito
contrato matrimonial. Debería haber sido una información fácil de
averiguar.
Sin embargo, nada. Nada, maldición.
Mis dientes se apretaron. Quería a Amore. Para siempre en mi cama.
Para siempre en mi vida, atada a mí, porque ella estaría para siempre en
mi corazón.
Nunca habría otra mujer para mí. Ella lo era.
Pero también tenía que resolver sus actividades con DeAngelo. ¿Cómo
diablos había encontrado tiempo en los últimos dos años para ir a la
universidad, trabajar para Regalè Fashion, montar su propio negocio con
María y correr por Sudamérica a la caza del asesino de su madre?
No me extraña que me haya enamorado de ella. La había visto
desarrollarse a lo largo de los años. A diferencia de cualquier otra mujer
que hubiera conocido, tenía una gran fuerza de resistencia. Incluso cuando
las cosas se descontrolaban, se mantenía firme ante su despiadado padre y
su dura y exigente abuela. Amore era astuta e increíblemente capaz, y se
desenvolvía entre su padre y su abuela mejor que cualquier otro don que
hubiera conocido.
Desbloqueando mi teléfono, volví a leer el mensaje de Carrera. El
árbol genealógico de George Anderson fue una sorpresa, y no una
agradable. Tenía dos hijos. Uno fue asesinado por mí. El otro seguía vivo.
Ulrich Anderson fue el hombre que se deslizó a través de nuestros
dedos. El hombre que iba detrás de Amore.
El hombre que la tuvo cautiva a ella y a su madre. La pregunta era,
¿por qué querían a Amore y a su madre muertas?
Capítulo 38
Amore

Era nuestra última noche juntos en Italia. Ya odiaba la idea de


volver a la realidad mañana. Pasar días, semanas y meses sin verlo. Y aún
no se había ido. Tenía la intención de dejarlo todo y volver a Nueva York,
pero DeAngelo me había dejado claro que estaba más segura en Italia.
Al menos hasta que Ulrich Anderson estuviera muerto.
DeAngelo tenía información sobre él, y yo confiaba en que DeAngelo
me sacaría de esto a salvo. Confiaba en él casi tanto como en Santi, aunque
este último siempre sería el número uno en mi libro.
Jesús, ¿cómo se torció todo? En todos esos primeros trece años de mi
vida, nunca escuché a George mencionar que tenía hijos. Menos aún que
esos mismos hijos hubieran matado a mi madre y quisieran matarme a mí.
Mataron a su propio padre.
¿Qué diablos pasó? Ya no estaba segura de lo que sabía, o no sabía.
De lo único que estaba segura era que había que encontrarlo y matarlo.
Antes que él me matara a mí.
Santi y yo nos sentamos fuera en un restaurante local, en un patio de
piedra que colgaba sobre el mar. Había caído la noche, pero el aire era
agradable, cálido y con brisa. Las lucecitas blancas iluminaban la terraza
y arrojaban un hermoso resplandor por toda la zona. No dejaba de mirar
hacia el mar, los yates y veleros iluminados brillando en la oscuridad, la
luna de sangre apenas iluminando el cielo.
La pista de baile se había abierto. Tanto las parejas jóvenes como las
mayores se movían lentamente al ritmo de la música. Sonriendo. Riendo.
Besándose.
Era un ambiente tranquilo, pero en el fondo el dolor sordo ya había
empezado a hincharse. Tal vez esta era la razón por la que debería haber
mantenido las distancias con Santi todo el tiempo. Se había estacionado en
lo más profundo de mi corazón, y no había forma de sacarlo. No es que
quisiera hacerlo.
Mi salvador. Mi roca. Mi protector.
Nunca podría haber imaginado que estos sentimientos por él crecerían
tan fuerte. Siempre lo he amado, desde que me quitó las lágrimas en aquel
caluroso día de verano. Pero en los últimos meses, me había enamorado
más y más de él.
Tan profundo que no podía imaginar mi vida sin él.
Un leve pitido llegó a mis oídos y busqué el teléfono en mi bolso. Al
mirarlo, me di cuenta con un sobresalto que debía de llevar un buen rato
sonando.
—Mierda —murmuré.
—¿Está todo bien? —Santi se sentó, inclinándose
despreocupadamente. La última semana con él ha sido increíble, aunque
hoy también ha estado inusualmente tranquilo. Cuando me folla, estaba
convencida que me quería. Me sentía conectada a él.
Pero en momentos como éste, las dudas se colaban en mi corazón. Tal
vez porque lo quería tanto que me daba miedo perderlo. Las cosas no
volverían a ser lo mismo si Santi y yo tomábamos caminos distintos. La
vida y la familia que había conocido desde los trece años se esfumarían.
Los evitaría a todos en un intento de evitar a Santi. Me dolería verlo.
—Un montón de mensajes perdidos —murmuré, levantando los ojos
hacia él. Ahora estaba en su propio teléfono—. De todos.
Parecía que todos habían decidido enviarme mensajes al mismo tiempo
—Mejor contéstale primero a tu papá —sugirió.
Levanté la ceja.
—¿Y cómo sabes que uno de ellos es de Papá?
Levantó su teléfono.
—Porque me acaba de enviar un mensaje pidiéndome que te controle
—Empecé a teclear enérgicamente mi respuesta—. Aunque me sorprende
—añadió a regañadientes.
Levanté la cabeza.
—¿Por qué?
Un latido de silencio.
—Tuvimos un desacuerdo la última vez que hablé con él —comentó
secamente.
—¿Huh? —No podía ver qué podía causar un desacuerdo entre los dos.
—Nada por lo que debas preocuparte —dijo sin más—. Envía
respuestas a los mensajes para que no se preocupen.
Rápidamente disparé mensajes a todos, uno a la vez, haciéndoles saber
que estaba bien y a salvo. Papá. Lorenzo. Adriano. Luigi. Tío Vincent. Los
hombres de Santi eran mis guardias asignados para esta semana. Por
suerte, todos respondían a Santi para que no nos delataran.
Tal como sospechaba, la Abuela no dijo una palabra. De lo contrario,
todos estos mensajes se habrían enviado en un tono totalmente diferente.
Finalmente, me liberé del móvil y lo metí de nuevo en el bolso. Mis
ojos se posaron de nuevo en Santi. Volvía a llevar su traje negro de tres
piezas con una camisa blanca de vestir debajo, junto con la funda del arma.
Italia le sentaba bien. Su piel bronceada era ligeramente más oscura
después de todo el tiempo que habíamos pasado bajo el sol. Nunca había
parecido más un verdadero mafioso de la Cosa Nostra. O tal vez era el
marcado contraste después de haberlo visto toda la semana en jeans o en
traje de baño.
Me puse un vestido blanco largo con la espalda sin tirantes y lo
combiné con unas sandalias plateadas. Me maquillé de forma sencilla y
mínima, y me recogí el cabello en una coleta alta. La única joya que
llevaba era el collar que me había regalado Santi.
Cuando salí de nuestro dormitorio, Santi dejó de revisar su teléfono al
verme. Sus ojos se oscurecieron y sus dientes rastrillaron su labio inferior.
—Impresionante. —Me llamó, levantando mi mano hacia su boca y
depositando un suave beso en mis nudillos—. Absolutamente perfecta.
¿Por qué no podía seguir así? Solo nosotros dos en nuestro pequeño
mundo donde nadie ni nada más importaba.
—Amore, ¿qué te preocupa? —Santi me leyó demasiado bien.
Me tragué el nudo en la garganta. Habíamos pasado una semana
increíble. Reído y hablado de todo. Y follado. Tantas veces, en todas
partes. Estaba convencida de que, a estas alturas, habíamos recorrido todos
los rincones de su villa.
Dejé caer mi mirada por un momento. Era poco característico de mí
no expresar lo que quería. Sin embargo, nunca había tenido tanto miedo
de escuchar una negación. Ansiaba sus palabras de amor como el oxígeno
que respiraba.
—Amore, mírame —me ordenó. Como por instinto, obedecí,
encontrando su mirada—. Dime.
Suspiré profundamente.
—No quiero que vuelvas —murmuré—. Es una estupidez, lo sé. Tengo
que volver al trabajo, luego empezarán los estudios. Solo quiero... —A ti.
Ahora. Para siempre—, más tiempo.
Se inclinó sobre la mesita, su mano se extendió para tomar mi barbilla.
Instintivamente, mi cuerpo también se inclinó hacia delante y su boca rozó
ligeramente mis labios.
—Yo también quiero quedarme —rasgó contra mis labios—. Pero
tengo que volver. Están pasando cosas y tengo que ocuparme de algunas
cosas. Hacer que sea seguro para que vuelvas —Se me cayó la cara. No
esperaba que se quedara de todos modos—. Pero te visitaré a menudo, y
también enviaré mi avión por ti.
—Tengo mi propio avión —le dije estúpidamente.
Él sonrió.
—Lo sé, pero así me aseguro que no haya cambios en los planes. Nadie
te alejará de mí. Ni un vuelo retrasado, ni el tiempo, ni tu padre o tu abuela.
Recuerda. —Su lánguido lenguaje me bañó como agua tibia—. Mía para
siempre.
Mis ojos se clavaron en él y mi corazón palpitó de emoción. Esas
palabras sonaban permanentes. No había malentendidos para siempre.
—Sí —susurré, la palabra salió como algo entre una pregunta y una
confirmación.
Sus ojos se oscurecieron.
—Sí. Eres mía. Ningún otro hombre te toca. Si lo hacen, los mataré.
—Las amenazas de muerte no son divertidas, Santi. —Aunque mis
labios se curvaron en una suave sonrisa.
—No estoy bromeando, Amore. Eres mía —gruñó.
Agarré su mano y le besé los nudillos.
—Okay, pero entonces tú también eres mío. Ninguna mujer te toca
tampoco. —La sorpresa brilló en sus ojos. Ahora que había abierto la
puerta, yo también quería reclamar—. Es justo, Santi. Es una calle de
doble sentido.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.
—Bene32—Bien. Sus ojos bailaron con deleite y suficiencia—. Nadie
me toca. Nadie te toca.
Una risa burbujeó en mi interior y se derramó por mis labios. Él me
hacía feliz, y yo estaba decidida a hacerlo feliz a él también. Ninguna
riqueza o peligro del mundo me importaba; solo este hombre que estaba
sentado frente a mí.

32
Bene: Bien en italiano.
—Estoy a favor —murmuré, sonriendo felizmente—. ¿Lo sellamos
con un baile y un beso?
Santi soltó una carcajada y se levantó, extendiendo su mano. La tomé
inmediatamente y lo seguí a la pista de baile. No perdió el tiempo y su
boca buscó la mía. Nuestros cuerpos empezaron a balancearse,
armonizados y lentos. Sonaban las viejas canciones italianas, y él me
mostraba los pasos mientras yo seguía su ejemplo. Nuestros cuerpos
funcionaban bien juntos en la habitación y en la pista de baile.
La canción cambió a una canción italiana más animada con
movimientos de baile de estilo libre. Santi se desenvolvía con soltura en la
pista de baile, era un excelente bailarín. Una punzada de celos me recorrió
al pensar con cuántas mujeres había bailado para llegar a ser tan experto.
—Eres un excelente bailarín —lo elogié—. Debes ser popular entre las
damas.
Se rio.
—Puede ser, pero solo importa una dama.
Mis mejillas se calentaron.
—¿Quién te enseño a bailar tan bien?
Fruncí el ceño y me di cuenta demasiado tarde que quizá no quisiera
saber nada de las muchas mujeres de Santi.
—Mi madre me enseñó a bailar.
—Oh —pronuncié, sorprendida—. Hizo un trabajo excelente.
Santi me hizo girar, dándome vueltas y vueltas. La habitación daba
vueltas, pero yo no podía dejar de sonreír y reír. Me encantaba bailar con
él. Prácticamente brillaba de felicidad. Algunos lugareños nos lanzaron
miradas sonrientes, pero no me importó. Estaba en el cielo y solo
importaba el hombre que me sostenía.
El ritmo cambió y sonó la primera cadena de palabras en inglés. Los
dos nos detuvimos y sonreímos.
—Me sé esta canción —exclamé. Santi me miró sin comprender. Le
agarré la mano y sonreí, contenta por haber invertido los papeles—. Ahora
te enseñaré algunos pasos y la letra.
Sonó “Promiscuous” de Nelly Furtado y Timberland, y yo sincronicé
los labios, o quizá grité, la letra. Ignorando todos los pasos, bailamos. Santi
y yo nos reímos como si no nos importara nada. Mañana llegaría la
realidad, pero esta noche disfrutaríamos de nuestra última noche juntos.
Las mujeres lanzaban miradas hacia Santi, esperando una mirada suya.
Cualquier cosa. No podía culparlas. Había una energía magnética a su
alrededor, y era tan guapo, que sobresalía por encima de todos los demás
hombres de la pista de baile.
Pero nunca dejó de mirarme.
Capítulo 39
Santino

Hace solo dos días que volví de Italia y ya estaba pensando en la


forma de volver. No podía esperar meses para verla, para enterrarme
dentro de ella. Ya había decidido que viajaría cada dos fines de semana.
Se lo dije también esta mañana por mensaje.
No dejaba de crujir los nudillos, la irritación y la inquietud inundaban
mis sentidos. No pasaría la jornada laboral, ni mucho menos la semana o
el mes de trabajo, sin matar a alguien en este estado. Las imágenes de
Amore con mi camiseta, sus pantalones cortos rosas o ella en bikini se
repetían en mi mente.
Sin embargo, los negocios se acumulaban y los peligros acechaban en
cada esquina. No podía soportar no ver a Amore todos los días, pero no
iba a arriesgar su vida. Más pronto que tarde la tendría de vuelta conmigo.
Ella pertenecía a mi cama, a mi casa, a mi vida. Ella ya estaba en mi
corazón.
Pero Ulrich Anderson tenía que ser eliminado primero para que ella
estuviera a salvo cuando llegara. Entonces este contrato de matrimonio
con quienquiera que fuera el maldito sería quemado hasta las cenizas. Le
dispararía en la maldita cabeza. Ella no sería de nadie más que mía.
Así que, hasta que Ulrich y el hombre al que su padre la prometió
estuvieran muertos, ella tendría que quedarse en Italia.
Adriano había estado ayudando con mis negocios legales. Le había
prometido a Pà que no lo metería en el mundo de la delincuencia, pero
Adriano seguía encontrando una u otra forma de hacer trampas. Prefería
que lo hiciera por nuestro negocio familiar y por la Cosa Nostra, que
encontrar su camino con los Rusos o alguna otra familia del crimen.
Mantenerlo alejado de la Cosa Nostra y de los bajos fondos era casi un
punto discutible, ya que seguía metiéndose en ellos. Podía ayudar a
cubrirme junto con Renzo cuando visitaba a Amore. Renzo lo mantendría
en el camino correcto y lo alejaría de los desastres cuando yo no estuviera
cerca. Yo dejaría mis asuntos legales a los tipos de moño.
Desde que volví, he estado inundado de trabajo que había necesitado
mi atención durante mi semana con Amore. Repasando mis documentos
en el portátil, mis ojos parpadearon hacia el móvil que tenía sobre mi mesa.
No había nada más en él. Me gustaba tener mi espacio organizado, no en
desorden como Renzo y Adriano preferían el suyo. Si esos dos gobernaran
Nueva York, la ciudad ardería al final de la semana.
Ningún mensaje de Amore. Estuve medio tentado de llamarla. Iba a
elaborar un programa de escapadas de fin de semana con Lorenzo, para
que él la cubriera mientras ella estaba conmigo.
¡Carajo! Y se me antojaba tanto Amore que estaba dispuesto a dejar la
mierda en manos de mi hermano y de Renzo. Maravilloso, era tan idiota
como esos dos. Tengo que matar a Ulrich y al desconocido de Amore
cuanto antes.
Mi teléfono sonó y nunca lo había cogido tan rápido. Al instante, la
comisura de mis labios se levantó. Era de Amore.
*Lorenzo nos cubrirá a mí y a mi sexy novio.*
La puerta de mi despacho se abrió de golpe y Renzo entró en él sin
llamar a la puerta, y luego apoyó el culo en el borde de mi mesa. Cerré el
teléfono y me lo metí en el bolsillo.
—Puccini está aquí —dijo Renzo, lanzando su cuchillo al aire y
atrapándolo.
Me metí el arma en la parte trasera del pantalón. No esperaba
problemas por parte de nuestro abogado familiar, pero me gustaba estar
preparado. Los hombres que me querían muerto eran de todas las formas
y tamaños. Aunque me pregunté de qué diablos quería hablar. Me dejó un
mensaje frenético en mi primer día en Italia, preocupado por un
documento que había olvidado compartir conmigo. No me preocupó
demasiado, pero desde entonces me llamó todos los malditos días para
pedirme que nos viéramos.
—Si haces un agujero en mi escritorio, será tu cabeza —murmuré,
aunque por primera vez en meses, no era una amenaza real. Después de
toda una semana con Amore, estaba de muy buen humor. Teníamos un
plan, y la volvería a ver al final de esta semana. Pasar semanas sin ella no
era una opción. Estaba locamente enamorado de esa chica, y me importaba
una mierda quién lo supiera. Si alguien se atreviera a herirla o tocarla, me
volvería loco. Solo pensarlo me ponía al límite.
—No creo que lo digas en serio. —Volvió a lanzar el cuchillo al aire—
. Debes haber conseguido un buen coño en Italia. —Lo ignoré. No lo había
dicho abiertamente, pero sospechaba que había algo entre Amore y yo.
Confié en que no diría nada a nadie o se arriesgaría a recibir una bala en
el cráneo—. ¿Qué pasa con Puccini?
—Estoy esperando a que lo hagas pasar —le dije secamente—. ¿O
estás esperando instrucciones paso a paso?
Puso los ojos en blanco. Era dos años más joven que yo y siempre nos
habíamos llevado bien. Así que, cuando mi papel en la organización de Pà
empezó a crecer, me lo llevé conmigo. Nunca me arrepentí de esa decisión.
Renzo desapareció de mi despacho mientras yo me recostaba en mi
asiento. Mi despacho estaba en la última planta del edificio. Era el primer
rascacielos que compraba, y toda la ciudad se extendía frente a mí. Cada
planta inferior estaba dedicada a un negocio diferente. Estaba orgulloso de
lo que había logrado. Había triplicado nuestro valor, y aunque no era
multimillonario como mi pequeña monstruo sexual, podía mantenerla con
creces y ofrecerle la misma vida. No descartaba la posibilidad de que su
abuela la desheredara, y quería asegurarme que Amore tuviera todo lo que
pudiera necesitar.
—Don, gracias por recibirme tan temprano —me saludó Puccini. La
última vez que nos vimos, el título de Don fue un doloroso recordatorio de
la pérdida de mi padre. Hoy, era un reconocimiento. Mis responsabilidades
habían crecido desde la muerte de mi padre, aunque la mayoría de ellas las
cargaba incluso antes del asesinato.
—Señor Puccini —lo saludé—. Por favor, llámeme simplemente Santi
—le recordé.
—Como quiera. —Inclinó la cabeza hacia un lado. Mi padre lo había
utilizado durante años, así que no vi la necesidad de cambiar de abogado.
Aunque era mayor, supuse que acabaría cediendo las riendas a su hijo
mayor.
Nos sentamos y él abrió su maletín, colocando los documentos.
—Después de transferir todos los bienes de tu padre a tu nombre, según
las instrucciones de su testamento, hice un último inventario. —Su voz era
tímida. Los Puccinis han sido los abogados de nuestra familia desde
nuestra presencia en Nueva York. Al menos las últimas tres generaciones.
Eran leales y agudos, y eso era lo único que me importaba—. Como ya
hemos hablado, eres el principal albacea financiero de tu hermano hasta
que cumpla veinticinco años, momento en el que le entregarás el traspaso
de la casa que tú elijas junto con su parte de la herencia y... —Hizo una
pausa, con vacilación en los ojos. Ya sabía todo eso, así que debía haber
algo más que le preocupaba—. Y el contrato de matrimonio.
Fruncí el ceño ante su último comentario, con incredulidad en los ojos.
Conocía todos los deseos de mi padre y el contrato matrimonial nunca fue
uno de ellos. Nunca nos dictaría ni a Adriano ni a mí con quién casarnos.
—¿Cuál contrato matrimonial? —le pregunté, con un mal
presentimiento acumulándose en la boca del estómago.
—Me disculpo. —Volvió a inclinar la cabeza, con una energía
nerviosa que prácticamente le brotaba. Tenía más de cincuenta años y me
quedé mirando la corona de cabello plateado—. Ha pasado mucho tiempo,
y el documento estaba guardado en un lugar separado por instrucciones de
tu padre.
Me entregó un trozo de papel que sin duda mostraba la firma de mi
padre. Mis ojos recorrieron las palabras. En el momento en que vi el
nombre de Amore y la segunda firma, todo mi mundo se inclinó. El fuego
se encendió en mis venas y la sangre zumbó en mis oídos. La rabia se
apoderó de cada célula de mí, quemando todo a su paso mientras una
neblina roja me nublaba la vista.
¡No puede ser! Maldición no. Lo estropeé acostándome con Amore
Bennetti.
Me quedé mirando las palabras que me nublaban la vista, un solo trozo
de papel que lo cambiaba todo en un suspiro. Las malditas letras bailaban
frente a mis ojos, enganchando una mujer que ahora nunca sería mía. Que
nunca había sido mía. Estaba preparado para matar a quienquiera que la
hubiera prometido, pero nunca conté con que ese hombre fuera mi
hermano.
¡Mi maldito hermano!
Algo venenoso se deslizaba por mis venas, la ira ardiente me abrasaba
la sangre. Las imágenes de ella desnuda en mi villa, en la piscina, en mi
cama, pasaron por mi mente, y prácticamente podía saborearla en mi
lengua incluso ahora.
Y ahora... Adriano podría verlo.
¡Ella es mía!
Que Dios me ayudé, pero en este mismo momento, contemplé la
posibilidad de matar a mi propio hermano. Él no podría tenerla. No se
atrevería a tocarla, a sentir su suave piel, a escuchar sus gemidos. Ella no
era suya; nunca fue suya. Solo esa idea me golpeó como un puñetazo en el
pecho. Sentí como un maldito ataque al corazón.
No podía soportar la idea de Amore y Adriano. Esta furia roja dentro
de mí amenazaba con quemar esta maldita ciudad hasta los cimientos.
Apretando los dientes al saber que ella nunca volvería a ser mía, un sabor
amargo llenó mi boca, y algo oscuro e indeseado se deslizó por mis venas.
La tensión se extendía por la oficina y prácticamente podía saborearla.
Y Puccini también, porque prácticamente temblaba de miedo. ¡Maldición,
déjalo! Tal vez debería empezar por matarlo y quemar el contrato hasta el
infierno.
—¿Es enmendable el contrato de matrimonio? —pregunté, con la voz
desprendida mientras mi corazón latía con fuerza.
¡Siete años! Mi padre y su padre acordaron unir a nuestras dos familias
hace siete años. Siete malditos años y ni una palabra.
—No.
Una respuesta. Un contrato. Lo cambió todo.
Capítulo 40
Santino

El disparo resonó en el patio, Bennetti me miró como si hubiera


perdido la cabeza. Lo hice, hijos de puta. Una retahíla de maldiciones salió
de la boca de Luigi, pero su ira no se igualaba con la mía. Mi rabia era tan
fuerte que pensé que me ahogaría con ella. Esto era peor que perder a mi
padre o a mi madre. La rabia ardía en mi garganta, en mi pecho y en mi
corazón, mientras mi visión se nublaba con una neblina roja.
—¿Qué carajo, Russo? —escupió Luigi, agarrando su mano. Le
disparé a ese hijo de puta mentiroso en la maldita mano. Debería estar
besando mis botas por no haberle disparado en la maldita cabeza. Todo el
mundo sabía que no se jodía a un Russo, y sin embargo ese maldito
imprudente me ocultó el nombre.
El aire era tan frágil por la tensión que podía romperse en cualquier
momento. Este tipo de movimientos imprudentes te mataban. Pero de
alguna manera, morir parecía mejor que perder a Amore. De repente,
matar a todos los Bennetti, excepto a Amore, sonaba como una muy buena
idea.
Un contrato irrevocable. Mi Pà sabía que no debía aceptar un contrato
que no pudiera romperse. Después de todo, los Russos éramos conocidos
por proteger siempre nuestros propios intereses y hacer tratos que pudieran
romperse si la razón lo exigía.
Pues bien, la maldita razón lo exigía.
Puccini indicó que solo los firmantes del contrato podían modificarlo.
Papá estaba muerto y Savio... lo haría cambiar de opinión. Su opinión no
se convertiría en un sí. Aunque tuviera que sacárselo a golpes.
Renzo estaba a mi espalda, sosteniendo su propia arma apuntando al
guardia de Luigi.
—Lo sabías —siseé—. ¡Lo sabías, maldición!
Llamé a Lorenzo después que Puccini se fuera. Él no sabía el nombre.
Su padre lo mantenía en la oscuridad. Pero estaba seguro que Luigi lo sabía
y me recomendó que me pusiera en contacto con su hermano. Excepto que
el maldito Luigi Bennetti me debía esa respuesta desde hacía meses.
La pregunta era ¿hace cuánto tiempo lo sabía?. Podría decidir cuántos
putos agujeros de bala recibiría de mí.
—¿Esto es por el maldito contrato de matrimonio? —La mandíbula de
Luigi hizo un tic-tac. La sangre goteaba de su mano al asfalto, con una
expresión oscura en su rostro.
El maldito contrato se repitió en mi mente, ridiculizando todos mis
planes y arrebatándome a Amore. Un ardor recorrió cada centímetro de
mí, exigiendo que le hiciera pagar. Hacer que su padre pague.
Así que lo golpeé. Era mejor que volver a dispararle. ¡Bastardo con
suerte! El dolor explotó a través de mis nudillos agrietados en el momento
en que mi puño conectó con su mandíbula.
Savio finalmente salió, con una expresión oscura en su rostro. Estaba
furioso. ¡Qué bien! Debería sentir una fracción de lo que yo sentía.
—¿Qué diablos está pasando aquí? —gritó, su mirada se dirigió a mí
y luego a su hijo mayor.
Luigi se puso inmediatamente más erguido. No me hizo falta; me elevé
por encima de los dos hombres.
Me alejé de Luigi y me enfrenté a Savio. Su guardia tenía un arma
apuntando a mi cabeza. Yo tenía la mía a mi lado. No necesité apuntarle a
la cabeza. Antes que su guardia pudiera apretar el gatillo, los tendría a
ambos muertos.
Matarlos, tan tentador como sonaba, pondría a Amore en mi contra.
Ella amaba a sus hermanos y a su padre. No me perdonaría por matarlos.
La sola idea de ganarme su odio me producía un dolor sordo en el pecho.
—Ese contrato es nulo —grité.
Savio se acercó, con la mandíbula apretada y la furia coloreando su
rostro. Bueno, que se joda.
—¿Quieres empezar una guerra, Russo?
Me pasé la mano por la mandíbula con sardónica diversión. Él nunca
ganaría esa guerra. Yo tenía más hombres, más territorio y muchos más
fondos para gastar en la lucha contra él.
Mis ojos se oscurecieron.
—No quiero empezar una guerra —gruñí—. Pero lo haré. Amore es
mía.
Savio y yo nos miramos fijamente. Acababa de poner mis cartas sobre
la mesa; el viejo sabía que su hija significaba algo para mí. Ella significaba
todo para mí. Me quedaba con ella. La amaba.
¡Jesús!
El bastardo codicioso y egoísta que hay en mí amaba a Amore
Bennetti. Me negaba a dejarla ir, incluso por su propia felicidad. O la de
mi hermano. Solo yo la haría feliz. Solo yo la tocaría.
—Russo, aunque el contrato se anulara, ella no será tuya —siseó
Savio—. Mi última promesa a su madre fue que mantendría a nuestra hija
fuera de los bajos fondos. Tú estás tan metido en ellos como es posible.
Un latido. Dos latidos.
—¿Alguien le ha preguntado a Amore lo que quiere? —Me quejé.
Era una pregunta inútil. No lo hizo. Nunca se había molestado en
preguntarle lo que quería.
—No te acerques a mi hija —replicó enfadado—. Pienso cumplir la
promesa a su madre, aunque me mates.
Sí. Malditamente podría porque estaba más que tentado.
Capítulo 41
Santino

Los rayos de sol chispeaban sobre los edificios del cielo,


reflejándose en los cristales mientras yo miraba por la ventana. El
horizonte de mi ciudad se extendía a lo largo de kilómetros, y mi imperio
parecía de repente sombrío, oscuro y vacío. Repugnante como la mierda.
Siempre supe que Amore no estaba destinada a esta vida, pero ni
siquiera había soñado que su padre se aseguraría que no permaneciera en
mi mundo o se la entregaría a mi hermano.
Una promesa que cumplir.
Era la razón por la que mi padre no quería que Adriano se metiera en
la Cosa Nostra. Su viejo quería que Amore se casara con alguien con
conexiones con la Cosa Nostra pero que no estuviera integrado en ella; que
no tuviera ninguna posición en ella. Cuando Amore llegó a mi vida, yo ya
estaba metido hasta las rodillas en la Cosa Nostra.
Más que nada quería matar a su padre. A Luigi también. Excepto que
no ganaría de esa manera. Perdería a Amore igual que si dejara que el
maldito contrato se cumpliera. Por primera vez en toda mi maldita vida,
no tenía solución.
En mi tercer vaso de whisky, solo, sin hielo, había repasado todos los
escenarios posibles para salir del contrato, sin matar a su familia, o a mi
propio hermano, y casarme con mi chica. Podría mantenerla a salvo con o
sin la Cosa Nostra.
Incluso consideré secuestrarla. Cuanto más tiempo pasaba, mejor me
parecía la idea. O puede que fuera el whisky el que hablara. Me serví otro
vaso de whisky y me lo bebí de un trago. Pero la amargura que me invadía
se negaba a desaparecer.
Amore me había jodido la cabeza y se había llevado mi corazón. Había
creado un monstruo obsesivo a partir de mí. La llamaba mi pequeño
monstruo sexual; la verdad era que yo era igual para ella. Estaba tan
exaltado que mis hombros estaban rígidos por la tensión. Mis dientes se
apretaban y me dolía la mandíbula.
Ninguna mujer te toca tampoco, Santi. Tú eres mío.
Las palabras de Amore resonaban en mis oídos desde nuestra última
noche juntos en Italia.
Maldita sea, yo era suyo. Las palabras mía y suyo gritaban en mi
cabeza.
Con un movimiento rápido, lancé el vaso y lo vi volar por el aire, con
el líquido derramándose como la sangre derramada, antes que se hiciera
añicos contra el cristal.
Renzo irrumpió por la puerta, preparado para dispararle a alguien. Ni
siquiera me molesté en levantar la vista.
—¿Qué pasó? —preguntó, echando un vistazo a mi despacho como si
esperara que hubiera alguien escondido en la esquina. Tenía el arma
desenfundada y los hombros tensos.
La imagen de Amore, su salvaje melena roja fluyendo por el aire
mientras corría hacia mí en el aeropuerto, su suave sonrisa, sus ojos verdes
brillando de felicidad. Sus exuberantes labios envolviendo mi polla y una
mirada brumosa y llena de deseo. Su suave admisión que quería
complacerme.
Maldición. Aunque quisiera dejarla ir, no podría.
Apreté el contrato en mis manos, tentado de romperlo y matar a
cualquiera que se atreviera a desafiarme cuando tomara a Amore como mi
novia.
Matar a su padre. Matar a sus hermanos. Matar a mi hermano. Todos
ellos eran hombres a los que amaba, y que querían apartarla de mí.
—Santi, ¿qué pasó? —repitió Renzo.
La perdí, eso es lo que pasó.
Capítulo 42
Amore

Me senté en la misma playa de Génova donde Santi y yo pasamos


días tomando el sol, haciendo el amor en el mar. Dondequiera que mirara,
veía fantasmas de nosotros, sus manos sobre mí, sus labios sobre mí. Salí
de la oficina de Milán en medio de una reunión y le rogué a DeAngelo que
me trajera aquí. Nos encontramos con Lorenzo al salir del edificio y él
insistió en venir también.
Las acciones imprevistas e impulsivas eran peligrosas, me advirtieron
todos. No me importaba; necesitaba estar sola. El corazón me dolía más
con cada latido. Cada respiración enviaba un dolor agudo a través de mis
pulmones constreñidos. Me esforcé por comprender lo que podía haber
cambiado en cuestión de unos pocos días. Hace solo dos días, me envió un
mensaje diciendo que vendría este fin de semana y ahora... me había
dejado.
Mi primera ruptura. Sin embargo, se sintió como mucho más. Como si
mi mundo y mi corazón se hubieran roto en un millón de pedacitos. Mi
primer enamoramiento. Mi primer amor. Mi primer desamor. Santino
Russo iba por el primer premio en todo.
Mi cara estaba mojada por las lágrimas. No importaba cuántas veces
me las secara, salían más. Los sentimientos cálidos y brillantes de la última
semana fueron reemplazados por el vacío y la frialdad. Mi mente daba
vueltas, repasando cada texto, cada palabra de la última semana,
desesperada por encontrar algo a lo que aferrarme. Cualquier cosa que
pudiera revertir su mensaje para que todo volviera a estar bien.
Otra lágrima rodó por mi cara y me la quité con rabia.
Esto... bueno, esto duele. Me dolía físicamente, dejándome un gran
vacío en el corazón.
Abrí el teléfono y leí el mensaje por enésima vez.
*Esto no funciona. Nosotros no funcionamos. Tiene que terminar. *
Fue inesperado. Pasamos toda la semana juntos; no podíamos dejar de
tocarnos. Habló de discutir esto con papá. Sobre venir este fin de semana
porque no podía mantenerse alejado. Me dijo que lo resolveríamos juntos.
Y ahora esto.
Le di mi corazón, incondicional y completamente. Confié en Santino
Russo para que lo cuidara. Lo tuvo en la palma de sus manos durante años.
Y ahora, lo destrozó con un mensaje de texto. Clavó un cuchillo en mi
corazón y lo destruyó. Pero no mi amor por él. ¿Por qué no podía destruir
mi amor por él? Era tan tonta, pero lo había amado durante tanto tiempo
que no sabía cómo no amarlo.
Lo necesitaba con una desesperación que no podía entender. Me sentía
en casa con él, segura y amada. Lo anhelaba.
—Amore, ¿qué pasa? —DeAngelo se bajó junto a mí y se sentó en la
playa rocosa. Necesitaba tiempo. Para asimilar esta angustia, el dolor que
se hinchaba en mi corazón.
—Nada —dije en voz baja—. Nada importante.
Lorenzo se bajó al otro lado de mí. Se veía ridículo sentado en la playa
rocosa con su traje de tres piezas. Se desabrochó la chaqueta, dejándome
ver su funda. A veces pensaba que Lorenzo se duchaba con la maldita
arma.
Lorenzo me rodeó con un brazo.
—Si no fuera nada, no llorarías.
—Quizá sea ese momento del mes —murmuré—. Y estoy muy
emocional.
Tanto DeAngelo como Lorenzo pusieron los ojos en blanco, pero los
ignoré. No estaba de humor para sus discusiones. No quería que nadie me
viera derrumbarme y ahora ambos se agolpaban sobre mí. No había llorado
así desde que Santi me secó las lágrimas hace tantos años. Ni siquiera soñé
que él provocaría las siguientes.
La traición me inundó. Pensó que era mejor que romper conmigo por
medio de un texto. Al menos podría haberme llamado por FaceTime. La
rabia se cocinó lentamente en mis venas, convirtiendo mi dolor en
amargura. ¿Quién se creía que era?
Saqué mi teléfono y busqué en mi agenda hasta encontrar su nombre.
—Nada, ¿huh? —murmuró Lorenzo, con los ojos puestos en mi
teléfono.
Ignorándolo, pulsé el botón de FaceTime. El sonido del timbre vibró,
pero se apagó inmediatamente. Él cortó el timbre.
La amargura se convirtió en furia.
¡Ese maldito imbécil no puede dejarme ni siquiera por FaceTime!
—Amore, tú... —Lorenzo empezó, pero lo corté.
—Hermano, DeAngelo, por favor, denme cinco minutos —dije,
tratando de mantener la voz uniforme. Esos dos podían ser tercos cuando
se preocupaban por mí. No quería alimentar su preocupación en este
momento—. Solo quiero llamar a papá.
Era una verdad parcial. Los dos compartieron una mirada, y luego, sin
otra palabra, se levantaron y me dejaron.
Volví a pulsar el botón de llamada, intentando llamar por FaceTime a
Santi.
Terminado. Un mensaje de texto entrante sonó.
*Deja de llamar, Amore. No tenemos nada más que decirnos.*
La rabia surgió dentro de mí, mezclándose con el dolor de su pérdida.
Sí, amaba a ese imbécil, pero lo esperaba otra cosa si creía que aceptaría
en silencio. Todavía tenía mucha mierda que decir.
No quería ver mi cara mientras me rompía el corazón.
Bien.
No quería ver mis lágrimas.
Bien.
Russo tendría su deseo. No volvería a enviarle un mensaje ni a
llamarlo. Pero si creía que me escondería o le haría esto más fácil
manteniéndome fuera de su vista, recibiría otra cosa. Yo era la heredera
del Regina Regalè, la maldita Amore Bennetti. He sobrevivido a cosas
peores. He visto cómo torturaban y asesinaban a mi madre delante de mis
ojos; escuché los dolorosos gritos de George mientras lo torturaban; me
escondí en la selva durante días antes que el cártel Carrera me salvara y
me perdonara la vida.
Soy una maldita superviviente. Viví los primeros trece años sin
escuchar el nombre de Russo; seguro que podría vivir el resto de mi vida
sin oírlo. Pero él escucharía el mío.
No lo vería, pero estaría malditamente segura que me vería en todas
partes.
Agarré el teléfono y llamé a mi padre. Contestó al primer timbre.
—Amore, ¿todo bien?
—Sí, papá, todo bien.
Escuche un suspiro de alivio a través de la línea telefónica.
—¿Dónde estás? Vincent dijo que saliste temprano de la oficina.
Por supuesto, el tío Vincent le habría dicho a papá.
—Lorenzo y DeAngelo están conmigo —le aseguré en voz baja. Todo
el llanto me hizo sentir repentinamente agotada, pero estaba decidida a
seguir adelante con esto.
—¿Es un buen momento para hablar? —le pregunté.
—Estoy aquí con Adriano y Santi, repasando... —titubeó, y mi corazón
se hundió inmediatamente en el estómago al escuchar el nombre de
Santi—. Algunos planes.
Probablemente algún puto negocio de la mafia. Entonces un
pensamiento me golpeó. ¿Quizás esa era la razón por la que no respondía
a mi FaceTime?
¡No, idiota! Te envió un mensaje diciendo que no tiene nada que
decirte.
Tenía en la punta de la lengua pedirle que mandara a Santi a la mierda,
pero me detuve. No empezaría una guerra por una insignificante venganza
femenina, aunque sonaba terriblemente tentador.
—Salúdalos —murmuré, esforzándome por mantener mi
comportamiento sin cambios—. ¿Quieres llamarme después? Debería ser
rápido.
—¿De qué se trata?
¿Puedes darle una paliza a Santi por romperme el corazón? pregunté
en silencio, pero nunca me atrevería a decirlo en voz alta. A pesar de su
forma de mierda de dejarme, no quería verlo herido.
—La Abuela me pidió que fuera la cara de Regalè Enterprise. —Fui
directamente a mi plan. Ella me lo pidió de nuevo esta semana. Incluso
llegó a chantajearme. Me prometió que guardaría el secreto de Santi a
cambio que me hiciera cargo de la empresa y me convirtiera en la cara de
la misma. La rechacé, pero ahora finalmente conseguirá su deseo. Y yo
estaría en todas partes—. ¿Está bien?
Siguió el silencio. Papá siempre supo que algún día me haría cargo,
pero eso no significaba que estuviera contento con ello. Le preocupaba que
le diera la espalda a él y a mis hermanos, pero yo nunca lo haría. —Sigo
siendo tu hija, papá. Con el tiempo seré la cara de la empresa, así que más
vale que empiece ahora.
—Un día estarás casada y tu esposo podrá dirigirla.
—Bueno, eso es sexista —repliqué secamente—. Regalè Enterprise es
mía, y no necesito un esposo para gestionarla —Por la forma en que
refunfuñó, supe que no estaba de acuerdo—. Además de la Abuela, no hay
nadie más que conozca el negocio tan bien como yo. Y teniendo en cuenta
que lo voy a heredar, debería ser la cara del mismo.
—Tiene sentido —cedió—. ¿Requerirá viajar?
—Sí, probablemente.
—Lorenzo y DeAngelo irán contigo. A todas partes.
Las amenazas del cártel Pérez eran reales, así que nunca me pondría
en peligro a propósito.
—Papá, no voy a ir al campo de batalla. —Me reí amargamente al
escuchar su gruñido, mientras me dolía el corazón—. Te dejaré volver a
los negocios entonces. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Colgué el teléfono y llamé a mi abuela a continuación.
Capítulo 43
Adriano

Compartí una mirada con Santi al escuchar el nombre de Amore.


Tenía la mandíbula tan apretada que pensé que se le rompería en cualquier
momento. La expresión de mi hermano me decía que estaba al límite.
Algo había sucedido entre Savio y Santi, ambos tenían expresiones
oscuras, y yo estaba seguro que Santino tenía ganas de dispararle tanto a
Savio como a Luigi.
Fue esta mañana cuando Santi me llamó a The Orchid. Para darme la
maravillosa noticia. Decir que todo el contrato de matrimonio era absurdo
era un eufemismo. Aunque, no era repelente. Yo amaba a Amore y ella me
amaba por lo que era.
—¿Cuándo se lo dirás a Amore?—gruñí.
Bennetti no conocía del todo a su hija si creía que haría lo que él dijera.
Otra hija en la Cosa Nostra, sí. Pero no Amore. Ella tenía una mente
propia, y había dicho en más de una ocasión que solo se casaría por amor.
Una palabra a su abuela y la sacaría de la Cosa Nostra, para no volver a
verla.
—Cuando sea el momento oportuno —escupió.
—Eso sería justo ahora —siseó Santi. Estaba atado, listo para estallar.
No entendía qué lo sacaba de quicio. El hecho que Pà tuviera un contrato
matrimonial o que él no lo supiera.
—Sé lo que es mejor para mi hija. —Savio echó humo—. Ella no es
de tu incumbencia.
—Malditamente equivocado. —Mi hermano explotó, poniéndose en la
cara de Savio. Su puño agarró su cuello, levantándolo del suelo.
Santi perdió la puta cabeza.
Los dos eran dones, y mierdas como esta iniciaban una maldita guerra,
con contrato matrimonial o sin él.
—Bájalo —gritó Luigi, con su arma apuntando a Santi. Al mismo
tiempo, Renzo y yo apuntamos a las cabezas de Luigi y Savio.
La mano de Luigi estaba vendada, y deduje que Santi lo hizo por la
forma en que Luigi lo saludó. Cuando llegó, Luigi le escupió unas cuantas
maldiciones a Santi y éste le dijo que mejor se callara o perdería la otra
mano. Sí, definitivamente Santi lo hizo.
—Nunca la tendrás, Santino Russo. —Las palabras de Savio cortaron
el aire, el significado me golpeó directamente en el pecho.
Mi hermano quería a Amore Bennetti para él.

El viaje de vuelta a la ciudad después de dejar la residencia de los


Bennetti fue tenso. Renzo se sentó en el asiento delantero, mascando su
chicle, y no dejaba de darle vueltas a la recámara de su revólver. El idiota
se dispararía un día, o peor aún, a uno de nosotros.
Mis ojos no dejaban de mirar a Santi. No había dicho ni una palabra
desde que subimos a su Bugatti. Tenía la mandíbula apretada y sus dedos
agarraban el volante con tanta fuerza que esperaba que el maldito aparato
se rompiera en cualquier momento.
Amore y Santi. No, no, no. No podía ser. Ella habría dicho algo. Ella
nunca lo aduló y ciertamente nunca lo persiguió. Tal vez era unilateral.
Después de todo, Amore tenía hombres persiguiéndola a donde quiera que
fuera. Era un buen partido con su riqueza y belleza. Era una presa sin
parangón. Aunque para mí, ella era mucho más. Ella siempre estuvo a mi
lado, me apoyó. No se olvidaba de mí y perseguía a mi hermano como la
mayoría de las mujeres.
La inseguridad se me metió en el corazón. Santi siempre fue mejor que
yo en todo. No había habido una mujer en toda su vida que lo rechazara.
Si la quería, la tendría.
El portazo me hizo desviar la mirada de las manos apretadas de Santi
sobre el volante. Renzo salió del auto.
—Siéntate al frente, Adriano. Esto no es conducir a Miss Daisy. —La
voz de mi hermano era dura y fría. Por una fracción de segundo, me debatí
en tratarlo como mi chofer, pero decidí no hacerlo. En su estado de ánimo
actual, no me extrañaría que me disparara.
Salí del auto y me senté en el asiento del copiloto. Sin demora, puso el
auto en primera. Apenas duré un minuto sin decir una palabra.
—¿Qué fue eso, Santino?
Un suspiro. Dos respiraciones.
—¿Qué exactamente? —Ni un parpadeo de emoción en su voz.
—Sabes exactamente qué —refunfuñé agitado—. Tú atacando a
Savio, disparándole a Luigi. ¿Intentas empezar una guerra?
—Hay cosas peores. —Típico de Santi responder con respuestas cortas
y rápidas.
—¿Cómo qué? —Lo desafié.
—Como este maldito contrato de matrimonio —gritó, apretando la
mandíbula.
—No estoy molesto por ello —repliqué—. Así que tú tampoco
deberías estarlo.
—No es el movimiento correcto —espetó.
—¿Por qué? —siseé—. Porque no te gusta.
—Maldita sea —ladró—. Soy el don, fratello —Hermano—. No tú.
Así que lidia con mis putas decisiones.
—Vete. A. La. Mierda. Don Russo. —Si creía que podía decirme lo
que debía o no debía hacer, le esperaba otra cosa—. Detén el maldito auto.
Santi ni siquiera dudó. Pisó el freno, haciendo que casi besara el
maldito parabrisas. Mirándolo fijamente, tiré de la manilla de la puerta y
golpeé la puerta del auto con una fuerza brutal, esperando que la puta
puerta se cayera.
La puerta apenas chasqueó antes que los neumáticos de su Bugatti
chirriaran al arrancar.
Capítulo 44
Amore

Me acosté sobre mi estómago en mi bikini rosa, leyendo una revista


de moda. La edición de finales de agosto. No podía creer que hubieran
publicado mis diseños y los de María. Nos ofrecía una gran exposición.
Me moría de ganas de celebrarlo con ella.
Estaba disfrutando al máximo de mi última semana antes de volver a
casa. El tío Vincent ya estaba de regreso en Estados Unidos, volviendo a
los negocios. Lorenzo estaba en Ibiza con nosotros, actualmente teniendo
una cita caliente con una chica local. Todavía no podía decidir quién era
más puto, si Adriano o Lorenzo. Los amaba a ambos, pero juraba que
tenían una chica nueva cada semana.
Y yo... tenía una vida perfecta y admiradores en cada esquina según
los periódicos. Escondía mi dolor detrás de una sonrisa deslumbrante.
Había asumido que Santi era mi adicción, y que este síndrome de
abstinencia sería algo que tendría que gestionar durante el resto de mi vida.
Habían pasado dos meses, tres semanas y cuatro días desde que me besó
por última vez. ¿Pero quién lleva la cuenta?
El dicho “el tiempo cura todas las heridas” era una mierda. El deseo
no se calmó. El amor no disminuyó, ni siquiera un poco. Y las noches...
Dios, las noches eran tortuosas.
Mi teléfono sonó y lo busqué en mi bolso, cogiéndolo. Era Lorenzo,
un selfie con una chica. Una muy hermosa.
*Mi cita. Le dije que te preocuparías si no me reportaba.*
Sonreí. Era un casanova. No se acordaría de ella en unos días, pero
ahora mismo era el amor de su vida. Quizá ese era el problema de los
hombres, que no podían ser fieles. Había empezado a preguntarme si
incluso George era fiel a mi madre. Aunque sus hijos eran mayores que
yo. Tenían más o menos la edad de Santi.
Me recosté junto a Adriano y me tomé una selfie tonta con la lengua
afuera y el símbolo de la mano en forma de roca, luego se la envié con el
pie de foto.
*Mi cita. Dile que mantenga la guardia alta.*
*No me maldigas, hermanita. Solo nos quedan unos días.*
Suspiré. Había ganado tiempo extra, solo porque Adriano y Lorenzo
estaban dispuestos a quedarse conmigo. Adriano y Santi tenían
desavenencias, así que sospeché que quería calmarse. Eso jugó a mi favor.
Lorenzo solo aceptó quedarse por la oportunidad de ver más chicas
europeas. Sentí pena por quienes fueran sus esposas algún día, porque no
podía imaginarme a ninguno de ellos siendo fiel.
Mirando a mi mejor amigo, sonreí. Puede que sea un puto, pero aun
así lo quiero. Me tomó bajo su tutela durante la preparatoria, y todo el
mundo sabía que, si se metían conmigo, él se metería con ellos. Las chicas
a veces podían ser más malas que los chicos, y él incluso tenía eso cubierto.
La mitad intentaba molestarme porque estaban celosas que Adriano Russo
me prestara atención, y la otra mitad intentaba ser mis falsas amigas para
acercarse a él.
Y aquí estaba él ahora, tendido a mi lado con sus gafas de aviador
puestas. Creía que me estaba engañando al fingir que estaba durmiendo.
Yo sabía que estaba mirando a las mujeres detrás de esas gafas de sol
oscuras. Estuve medio tentada de ponerle crema solar en la nariz y
dejársela manchada de blanco para que hiciera el ridículo.
Fingió un ronquido y me decidí. Era un día de bromas.
—Voy a ponerte crema solar en la nariz y en el pecho para asegurarme
que mi mejor amigo no se queme —murmuré, lo suficientemente alto
como para asegurarme que me oyera.
Mantuve el rostro erguido mientras sacaba mi protector solar con
dióxido de titanio; lo utilizaba para asegurar que mi piel clara no se
quemara. Le apliqué un poco en la nariz y se la unté. Una vez que tenía la
nariz bien blanca, le puse una cantidad generosa en el pecho. Me mordí el
interior de la mejilla para no reírme.
Con la palma de la mano sobre su pecho, lo unté lentamente sobre su
cálida piel. El pecho de Adriano no se parecía en nada al de Santino. Los
dos hermanos eran físicamente similares, pero la temperatura corporal de
Santi era unos grados más calientes y era más alto. Desgraciadamente,
ambos hermanos estaban muy bien construidos, aunque por alguna
estúpida razón, el cuerpo de Adriano no me hacía nada. Podía desfilar
desnudo y mi corazón no daba ni un respingo.
Una vez satisfecha que el pecho bronceado de Adriano estaba bastante
blanco, volví a prestar atención a la revista. Hojeé las páginas, feliz de ver
que más de la mitad de la revista era ropa de diseño producida por The
Orchid33, mi empresa con María, y la Casa de la Moda Regalè. El negocio
estaba creciendo, las acciones se habían disparado. Hubo obstáculos que
tuve que superar cuando me convertí en la cara de la Corporación Regalè.
Algunos miembros de la junta directiva pensaban que yo era demasiado
joven. Puede que tuvieran razón, pero yo estaba decidida a triunfar. Ahora,
me sentaba en la mesa de directores junto a ellos.
Y yo había creado mi propia empresa, The Orchid. No había una mesa
de directores al que responder, y María era mi socia. Empezó como un
proyecto divertido que había explotado. Teníamos una cartera de pedidos
para los siguientes cinco años y los pedidos seguían llegando.
The Orchid. Mi primer beso ocurrió allí. Oficialmente el nombre
derivó de mi madre porque queríamos crear un diseño espectacular
inspirado en las orquídeas. Era solo la mitad de la verdad. La otra mitad

33
The Orchid: La Orquídea.
era que también me recordaba a Santi. A pesar de todo, él había convertido
mi recuerdo de esa flor en algo hermoso de nuevo.
Durante mucho tiempo, la flor representó mi culpa. Por no escuchar a
mamá. Por causar su muerte con mi imprudencia. Pero Santi la volvió a
convertir en el amor que mamá y yo compartíamos por esa flor antes de
todo eso. A pesar que me dejó y me rompió el corazón.
Además de todo eso, DeAngelo y el equipo de hombres de operaciones
especiales habían estado limpiando las selvas de Venezuela. Los números
del cártel Pérez estaban disminuyendo.
La cuestión ahora era quién tomaba el relevo. De alguna manera, los
hijos de George, que había mantenido ocultos, estaban conectados con el
cártel y querían a su padre, a mi madre y a mí muertos.
A decir verdad, no podía esperar a que esta pequeña empresa
secundaria terminara. Cumplir mi promesa y luego centrarme en las cosas
buenas de mi vida. Además, las constantes excusas y mentiras por mis
viajes a Sudamérica estaban siendo agotadoras. Para mi familia, utilicé el
negocio de Regalè como excusa. Alguna mierda sobre reunirme con los
proveedores para nuevos materiales.
Con un suspiro, me puse de espaldas, me apoyé en los codos y observé
a la gente nadar, pasar el rato en la playa, comer helados, bailar al ritmo
de la música. Estábamos en Ibiza, la meca del techno en Europa. Pensaba
que Italia era el paraíso, pero nada se comparaba con esta pequeña isla.
Los ricos y famosos prosperaban aquí, pero yo me sentía a la deriva. La
pieza del rompecabezas que faltaba gobernaba la Cosa Nostra en Nueva
York y, sin él, nada era igual.
El verano estaba llegando a su fin. Tanto la Abuela como Papá me
esperaban de vuelta en Nueva York. Hacía dos meses que me había dejado
y no estaba preparada para verlo. No creí que estuviera lista para verlo.
Es curioso cómo ciertos acontecimientos de la vida marcan tu vida.
Hubo vida antes de Sudamérica y después.
La vida antes de Santi y después de él.
La vida antes que me rompiera el corazón y después.
No quería estar en el mismo país que Santino Russo, ni mucho menos
en la misma ciudad. Nunca estaría preparada, salvo que no fuera cobarde.
Me guardaría todos los sentimientos por Santi en algún lugar profundo y
pondría una cara feliz.
Las risas de las chicas me sacaron de mis pensamientos y mi atención
se centró en dos chicas que estaban delante de nosotros. Habían pasado
por delante de nosotros tres veces desde que llegamos a la playa, mirando
a Adriano. Pero ahora pudieron verlo con la nariz y el pecho blancos y
pastosos.
—¿Qué es lo gracioso, chicas? —Adriano se despertó de repente,
levantándose sobre los codos. Tenía su habitual sonrisa suave en los labios,
y yo puse los ojos en blanco detrás de mis propias gafas de sol. Nunca
entendería por qué las mujeres se enamoraban de él. Solo la forma en que
las miraba era un claro indicio que solo buscaba algo pasajero.
Pero, al parecer, Santi también, y yo estaba demasiado ciega para
verlo. Así que, ¡quién era yo para juzgar!
Las dos mujeres se rieron y se fueron. Otro grupo de chicas riendo pasó
por delante de nosotros, y yo oculté mi sonrisa.
Adriano tardó casi una hora en darse cuenta que tenía algo en la cara.
No pude evitarlo; era demasiado divertido. Me eché a reír al ver su horror
cuando agarró su teléfono y miró su reflejo.
—Te voy a matar —amenazó bromeando, poniéndose en pie. Pero yo
fui más rápida y salí corriendo y riendo, con Adriano detrás de mí.
—Ahora te voy a dejar la nariz blanca —gritó. Se me escaparon unas
risas, la arena de mis pies voló detrás de mí. Aceleré el paso, con el
objetivo de poner más distancia entre nosotros, pero Adriano también era
rápido.
El sonido de una cámara de fotos me hizo vacilar y reducir la
velocidad. Fue así como Adriano me atrapó, levantándome en sus brazos.
—En realidad, cambio de planes —anunció—. Te voy a tirar al mar.
—Para, para —le supliqué, riendo. Me contoneé, intentando liberarme
de su agarre. Pero Adriano también era fuerte—. Adriano, para...
¡Splash! Cerré la boca justo a tiempo para no tragar un trago de agua
de mar. Mis pies tocaron el fondo rocoso, y me impulsé hacia arriba,
pateando con mis pies para llegar a la superficie más rápido. En cuanto
salí a la superficie, respiré profundamente.
—Ah, dulce venganza —ronroneó la voz de Adriano a mi lado, y me
di la vuelta. Se había metido en el agua conmigo. Era un niño, a pesar que
en pocas semanas cumpliría veinticinco años.
—Me estropeaste las gafas de sol —me quejé.
—Te conseguiré otro par —dijo. Más chasquidos de la cámara y me
quejé. Si pudiera volver al día en que decidí convertirme en la cara de la
empresa y luego llevarlo todo al siguiente nivel siendo modelo, portavoz
y anfitriona de todos los eventos de la compañía, me habría tomado un
poco más de tiempo para replantear todo el plan. Porque los paparazzi se
obsesionaron con mis fotos.
—Vamos… —Adriano me tiró de la mano—. Vamos a nadar hasta el
yate. Enviaré a alguien a buscar nuestras cosas.
El yate de Santi. Era el último lugar al que quería llegar nadando. El
despiadado don le prestó su yate a Adriano, pero, sin saberlo, yo odiaba
estar en él.
No quería nada que le perteneciera a él.

Lorenzo, DeAngelo, Adriano y yo estábamos sentados en un


restaurante local.
Mientras Lorenzo y DeAngelo se comportaban como adultos
responsables, Adriano y yo nos comportábamos como bobos. Hicimos
chistes malos, muy malos, y Adriano iba por su cuarto trago. Celebramos
mi pronta graduación y mi éxito empresarial, aunque sospeché que solo
era una excusa para emborracharse.
—¿Por qué brindamos? —Adriano balbuceó. Por desgracia para él,
hacía tres horas que había empezado a celebrar mi cumpleaños. Apenas
eran las cinco de la tarde y ya estaba borracho—. ¿Por lo bella e inteligente
que eres? ¿O lo rica que eres?
Lorenzo, DeAngelo y yo compartimos una mirada divertida. No
recordaba la última vez que se había emborrachado tanto. Yo seguía con
mi primera copa de vino, mientras DeAngelo y Lorenzo optaban por el
agua mineral. Esos dos podían ser aburridos a veces.
—Me encanta el blanco en ti —ronroneó—. Ya lo sabes. Te ves tan
angelical de blanco.
Sonreí. En realidad, era un vestido amarillo dorado que me llegaba a
las rodillas. Y de una cosa estaba segura, nunca me había visto angelical
en toda mi vida. No con mi vibrante cabello rojo.
—Gracias.
—Las mujeres se casan de blanco —dijo con un tono de voz sordo.
Puse los ojos en blanco.
—¿Ahora lo hacen?
Una expresión de fastidio pasó por la cara de Lorenzo, pero no dijo
nada.
—¿Quieres casarte, Amore? —continuó Adriano—. Serás una buena
esposa. Seremos una pareja atractiva —Mi mejor amigo había perdido la
cabeza.
—Adriano —gruñó Lorenzo en señal de advertencia, y yo le hice un
gesto para que se fuera.
—Está bien —le aseguré a mi hermano. No era como si fuera a
involucrarme con otro Russo. Con uno era suficiente. Lorenzo era
demasiado protector y estaba demasiado preocupado desde mi tarde de
llanto en Génova. Volví los ojos hacia Adriano, que estaba bebiendo otro
trago. —Y tú, Adriano, odiarías estar casado.
Adriano refunfuñó algo ininteligible en voz baja. Sonaba a “no tienes
ni idea” pero no podía estar segura.
—Brindemos por el éxito —dije, levantando mi copa—. Viejos
enemigos y nuevos amigos. —DeAngelo y Lorenzo levantaron sus propias
copas y Adriano se unió también.
—Excelente brindis —dijo Adriano, deslizando un trago hacia mí—.
Ahora tienes que beber conmigo.
—Bien —acepté, sonriendo—. Mientras no sea tequila. Salud.
Todos chocamos nuestros vasos y bebimos. Adriano y yo nos bebimos
los tragos, y antes que pudiera decir nada más, Adriano ya estaba llamando
al camarero.
—Más tragos.
Compartí una mirada divertida con Lorenzo. Me dijo:
—No bebas demasiado.
Tomando su mano entre las mías, sonreí.
—Te quiero, hermano. Lo sabes, ¿verdad?
La mirada de sus ojos se suavizó y me apretó la mano.
—Y yo te quiero —murmuró—. Lo mejor que le ha pasado a nuestra
familia ha sido encontrarte.
Un nudo en la garganta me hizo difícil decir algo más. Así que, en su
lugar, sonreí, ahogada por las emociones. A pesar de la tragedia que me
llevó a mi nueva familia y de nuestro duro comienzo, estaba agradecida
por haber encontrado a unos hombres tan buenos.
Una hora después, Adriano y yo apenas podíamos mantenernos en pie.
Solo tenía unos pocos tragos, pero golpeaban con fuerza. Nos balanceamos
sobre nuestros pies, saliendo a trompicones del restaurante, pareciendo dos
idiotas.
—Maldita sea —refunfuñó Lorenzo—. ¿Por qué siempre hacen el
ridículo juntos?
Levanté el dedo índice, moviéndolo de izquierda a derecha y
viceversa, chasqueando la lengua.
—Ya, ya, hermano. Somos divertidos. Divertido, hermano —Tropecé,
perdiendo un paso, pero Lorenzo me atrapó antes que pudiera caer hacia
adelante.
—Ya. Porque esto es muy divertido —murmuró Lorenzo, poniendo
los ojos en blanco y sujetándome mientras me balanceaba sobre mis pies—
. Quiero hacerlo todos los días.
Una sonrisa estúpida se extendió por mi cara.
—Lo extraño, sabes.
Me rodeó con sus brazos.
—Lo sé —susurró en voz baja—. Sé que estás sufriendo. Todo se
arreglará. Te lo prometo.
Tragué saliva y apoyé mi frente en su hombro.
—Estoy bien.
Me frotó suavemente la espalda, su tacto era reconfortante. Pero al
mismo tiempo, hizo que mi pecho se hinchara de dolor. No podía ganar,
no realmente. Si eres demasiado amable, me dan ganas de llorar. Ser
demasiado cruel, también me daba ganas de llorar.
—Deberíamos hacernos tatuajes. —La sugerencia de Adriano me
agarro desprevenida y me hizo levantar la cabeza del pecho de Lorenzo—
. Tatuajes de Besties forever 34 . Así podremos recordarlo si la mierda
golpea el ventilador.
Me alejé de mi hermano y me encogí de hombros borracha. Mis
pensamientos se dirigieron inmediatamente a la tinta de Santi. Siempre
pensé que era malditamente sexy. Pero ahora, pensar en ella me producía
dolor y un dolor punzante que solo él podía aliviar. Desafortunadamente,
él no estaba interesado en mí.
—Será doloroso. —Me balanceé ligeramente sobre mis pies. Lorenzo
me agarró el codo de nuevo, estabilizándome y maldiciendo en voz baja.
—No, no duele —balbuceó. Supongo que él lo sabría, tenía un tatuaje
en la espalda—. Hagámoslo. Tú y yo.

34
Besties forever: Amigos para siempre.
—¿Flor de orquídea? —murmuré, con mis pensamientos ligeramente
desordenados.
—Diablos, no —escupió—. Hagamos algo cursi.
—¿Cómo queso suizo? —murmuré.
—Ninguno de ustedes, borrachos, se va a tatuar —espetó Lorenzo—.
Podría tener suerte esta noche en lugar de hacer de niñera de ustedes,
borrachos.
—No estamos borrachos —le dije ligeramente ofendida, seguido
inmediatamente por un hipo—. Somos bolas impresionantes. —Me reí
entre dientes—. Bolas... ¿entiendes?
Tanto Adriano como yo nos echamos a reír. Las cosas siempre eran
más divertidas cuando se estaba borracho.
—Vamos a tatuar también el culo de Lorenzo —anunció Adriano,
tratando de meterse las manos en los bolsillos y fallando—. Con un burro.
Yo invito.
—Stronzo35 —siseó mi hermano. Estúpido.
Me reí.
—Eso no está bien, Adriano. Quiero a Lorenzo.
La mano de mi hermano me rodeó de forma protectora.
—Yo también te quiero. Mi hermana favorita.
Sonreí borracha.
—Awww, mi hermano favorito.
Estaba demasiado achispada para señalarle que era su única hermana.
—Pero tú también me quieres. ¿Verdad? —preguntó Adriano,
balanceándose y DeAngelo lo empujó hacia arriba con una expresión de
molestia—. Tú y yo juntos. Para siempre —Fruncí el ceño. Su hermano
dijo que estaríamos juntos también. Un dolor agudo me atravesó el pecho,
como siempre que pensaba en Santi.
—Claro —murmuré.
35
Stronzo: Estúpido en italiano.
—Si me quieres, hagamos esto juntos —repitió Adriano—. Tatuajes a
juego. Podemos enseñárselo a nuestros hijos algún día.
Mis cejas se fruncieron. ¿Nuestros hijos?
—Ustedes dos están malditamente borrachos —siseó Lorenzo,
rompiendo mis pensamientos—. ¿Y quieren hacerse un tatuaje? —Parecía
que quería darle un puñetazo a Adriano y estrellarlo contra la isla de al
lado—. Y no vas a tener hijos con mi hermanita —añadió con un gruñido.
Completamente imperturbable, Adriano sonrió.
—Contigo o sin ti, hermano.
—No soy tu hermano, imbécil. —Lorenzo no era fan de Adriano esta
noche. Lorenzo se volvió hacia mí, con sus ojos oscuros puestos en mí—.
No lo hagas, Amore —me suplicó exasperado—. Te arrepentirás mañana.
Le empujé ligeramente, pero ni siquiera se movió. Estaba más
borracha de lo que pensaba.
—Un día perfecto —arrastraron mis palabras—. Llévanos hasta allí o
caminaremos.
—Tienes que asegurarte que no nos tatuemos burros —balbuceó mal
Adriano, balanceándose de un lado a otro—. Los burros son solo para ti
—Me agarró la mano y habría tirado de mí hacia la acera si Lorenzo no
me hubiera atrapado.
—Espero que no estés considerando esto —advirtió DeAngelo a
Lorenzo—. Tu padre te asesinará.
—Mi padre me asesinará si se escapa y lo hace sola —replicó mi
hermano exasperado—. Y acabarán con burros o algo peor encima.
Una hora más tarde, nos paseamos a trompicones por el salón de
tatuajes.
Adriano sacó su teléfono y le mostró al artista lo que quería para los
dos. Su artista se puso a trabajar directamente.
Mi artista no tuvo tanta suerte. En cuanto me senté en la silla, salí
disparada.
—Cambié de opinión —grité, levantándome de la silla—. Creo que
quiero un tramp stamp 36.
Lorenzo y DeAngelo gimieron.
—No la dejes. Eres su hermano —siseó DeAngelo a Lorenzo, pero los
ignoré a ambos.
—Eres un puto ex de operaciones especiales —replicó Lorenzo—.
Dile que no puede hacerlo.
DeAngelo puso los ojos en blanco. Puede que fuera la primera vez que
veía al hombre hacer eso.
—Trabajo para ella, hombre.
Levanté el dedo hacia los dos.
—Déjenlo ya, ustedes dos. Es solo un tatuaje.
Sonó un ronquido y nuestras cabezas giraron en esa dirección. Adriano
estaba en la silla de al lado, dormido haciéndose el tatuaje.
—No sabía que Adriano roncaba al dormir —susurré lo evidente a
Lorenzo y DeAngelo—. Qué poco favorecedor.
—Amore, no hagas el tramp stamp —me rogó Lorenzo.
Yo solté una bocanada de aire.
—Es solo un símbolo —Miré al artista, que era simpático—. ¿Verdad?
Me levanté torpemente de la silla y tropecé con el escabel. Mis rodillas
golpearon el suelo y antes que mi cara pudiera golpear el suelo de baldosas,
DeAngelo me atrapó.
—¿A dónde vas? —preguntó Adriano, levantándose de golpe mientras
su artista maldecía en voz baja. Juré que había dicho algo sobre odiar a los
borrachos.
—Maldición, casi lo estropeo. No puedes moverte —lo reprendió,
empujando su cuerpo hacia abajo con un fuerte golpe.
—Otro diseño —le dije.

36
Tramp Stamp: Tatuaje en la espalda baja
—¿No besties 37 ? —Adriano abrió los ojos, parpadeando sus largas
pestañas como un cachorro triste. No pude evitar reírme.
—Siempre besties —le prometí—. Creo que tal vez un tramp stamp
sea más sexy para mí.
Adriano se encogió de hombros.
—No me voy a poner un tramp stamp.
Una sonrisa tonta se dibujó en mis labios.
—Deberías. Tanto tú como mi hermano deberían tener un tramp
stamp.
Se me escapó una carcajada y una vez que empecé a reír, no pude parar.
Me reí tanto que se me saltaron las lágrimas. Nadie se unió, supongo que
no les hizo gracia.
Todavía riendo e ignorando a todo el mundo, me dirigí hacia la pared
y ojeé más diseños. El interés por los tramp stamps se perdió rápidamente,
así que busqué otras opciones. Me debatí entre un globo terráqueo, un
corazón, un pájaro, una cruz, una bala. Estaba por todas partes. Entonces
me decidí por una orquídea. Todo volvía siempre a la orquídea.
—Bien, esto en mi trasero —le dije al artista.
—No —siseó mi hermano—. De ninguna manera.
—Sí, en mi trasero. —Me senté en la silla, me puse de lado y me aparté
las bragas para mostrarle dónde hacerlo.
—No le toques el puto culo —gruñó Lorenzo—. Amore, bájate el
vestido.
Lo ignoré.
—Piensa que mis bragas son un bikini. Eso es todo. —Entonces me
dirigí al tatuador—. Continúe, por favor.
Éste negó con la cabeza.
—Enseguida, su majestad.
Mis ojos se dirigieron a mi hermano y a DeAngelo sonriendo.
37
Besties: Mejores amigos.
—Ves, sabe cómo tratar a una dama. —Sonreí ampliamente—. Tal vez
solo tenga que ampliar mis horizontes...
En el momento en que el arma de tatuajes golpeó mi piel, grité y salté
de la silla.
—¿Qué diablos? —grité.
Hubo un segundo de confusión en la cara de todos y luego una fuerte
carcajada irrumpió en la tienda de tatuajes. Lorenzo y DeAngelo se rieron
tanto que se les saltaron las lágrimas. En ese mismo momento, no pude
soportar a ninguno de los dos. Nos echaron de la tienda de tatuajes, y
Adriano se quedó con solo la mitad de su tatuaje “besties forever”. Solo
decía besties.
¿Quién se reía ahora?
Capítulo 45
Santino

Yo veía más a Amore Bennetti ahora que cuando vivía en la ciudad


y salía con Adriano todos los días. Sus fotos estaban por todas partes:
vallas publicitarias, Times Square, televisión, periódicos, Internet. Las
imágenes de ella en estrenos y eventos mundiales eran semanales, a veces
incluso diarias. Incluso había fotos de ella en los baños de hombres, y me
molestaba pensar que algunos de mis empleados se masturbaban con sus
imágenes.
No podía dejar de ver su cara. Su sonrisa reservada en sus labios
carnosos, sus llamativos ojos verdes, ese cuerpo suyo. Lo peor eran las
fotos de ella en bikini. Todo el mundo mirando a mi mujer.
No, no es tuya, me recordé a mí mismo. Al menos, no todavía.
Odiaba lo mucho que la deseaba. No tenía el tipo de sexo dulce y
tierno, pero con Amore se sentía así. Ella deseaba mi oscuridad tanto como
yo su luz. Me aceptó por lo que era.
Mi pareja perfecta.
¡Maldición! Esta era una situación de perder-perder. Si mataba a los
miembros masculinos de toda la familia Bennetti y a mi hermano, la
perdería a ella. Dejándolos vivir, la perdí a ella. Pero al menos no perdería
a todos los demás.
—Jesús, ella es realmente una belleza —murmuró Renzo, mirando
hacia mí. El imbécil probablemente se estaba burlando de mí—. Los
hombres están sobre ese culo probablemente como abejas a la miel.
Ignoré a propósito los comentarios de mi primo, que miraba embobado
el estreno mundial de la semana de la moda de Milán en la televisión como
si le gustara la maldita moda. Apreté los dientes, luchando contra las ganas
de darle una paliza a mi primo, o de decir algo de lo que pudiera
arrepentirme después.
Ella volvería a Nueva York dentro de unos días. No me gustaría ver
cómo actuará cuando finalmente la vea de nuevo. Se sumará a su lista de
admiradores, y ella los tiene por doquier. El único hombre con el que se
ha visto más de una vez es Adriano. Las ganas de matar a cada uno de esos
hombres me arañaron, incluido mi hermanito.
Amore se veía bien, demasiado bien para su propio bien. Bennetti ya
había puesto en marcha los planes de boda. Estaba deseando convertirla
en la esposa de mi hermanito, y yo no podía quitármela de la cabeza. No
auguraba nada bueno para nadie porque cuando un Russo se fijaba en algo
o en alguien... la sangre y el sexo le seguían.
Adriano regresó a principios de esta semana después de pasar una
semana con ella. Después de nuestra discusión sobre el contrato de
matrimonio, corrió a Italia para calmarse. Amore era buena para sacar a
mi hermano de la cornisa. Volvió más aceptado, o al menos actuando
como tal. Me quemaba pensar cómo lo calmaba ella.
¿Envolvió sus labios alrededor de su polla? ¿O sentó su coño en su
cara para que él pudiera verla retorcerse bajo su lengua mientras le daba
placer?
¡Hijo de puta!
—¿Está Amore de vuelta en Nueva York? —preguntó Renzo.
Su abuela la había estado preparando, y Amore había sido una
excelente alumna. Ella había aumentado el valor de las acciones de la
empresa en un ocho por ciento en las primeras cuatro semanas de hacerse
cargo. El aprendizaje de Amore en todos los aspectos de su empresa había
dado sus frutos. Era malditamente impresionante; si tan solo los medios de
comunicación y los reporteros no se hubieran quedado tan enamorados de
la cara de la heredera más rica y joven del mundo, molestándome con ella.
—No, ella tenía que hacer algunas paradas más antes de volver —
respondió Adriano, distante. Incluso ahora, conociendo el acuerdo
matrimonial, nunca le preocupó ver a Amore rodeada de otros hombres.
Yo, en cambio, quería arrancarles los putos ojos—. Tenía algunos asuntos
que atender. En Italia, creo.
Sacudí la cabeza. No tenía sentido que volviera a Italia cuando todo su
trabajo había sido transferido a la oficina de su abuela en Nueva York.
—Creo que Amore y yo vamos a hacer que nos borden las toallas del
baño con unas elegantes letras doradas de A&A —añadió Adriano al azar.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que me dolían las malditas muelas.
¿Le había contado lo del acuerdo? No debía hacerlo—. A ella le gustan las
cosas bonitas —continuó sin hacer caso a mi humor agrio—. Tal vez ella
podría incluso diseñarlo. Le encantan ese tipo de cosas. Probablemente
tendrá toda nuestra casa decorada con nuestras iniciales. Incluso podría
nombrar a nuestros hijos con nombres que solo empiecen por la letra A.
—Adriano —grité.
—¿Sí?
—Cierra la puta boca.
Me quedé mirando el papeleo que tenía delante, sin ver ni una maldita
palabra. Estaba tan malditamente enojado que juro que las letras ardían
delante de mis ojos. Odiaba la puta idea que sus letras coincidieran con los
bordados. Tal vez como don, podría desterrar esa mierda.
—Santa mierda —exclamó Adriano, y mi cabeza se levantó de
golpe—. Nunca me dijo que había optado por el vestido esmeralda. Mi
pequeña esposa caliente.
Me estaba poniendo de los nervios. Me picaban los dedos para coger
mi arma y apretar el gatillo. Pà dijo que cuidara de mi hermano pequeño;
eso pasaría como tal. ¿No es así?
—¿Qué quieres decir? —preguntó Renzo, incapaz de despegar los ojos
del televisor.
—No podía decidirse entre este vestido y otro —explicó Adriano—.
Supongo que se decantó por el look sexy.
—Yo diría que sí. —Renzo la miró como si fuera un caramelo que se
le hubiera antojado—. Esas tetas...
—Es suficiente —les ladré—. No les pago para que vean un desfile de
moda ni para que chismorreen como dos putas viejas.
Ninguno de los dos se molestó en girar la cabeza hacia mí. Siguieron
mirando la televisión como si tuvieran miedo de perderse un solo momento
de la magnífica aparición de Amore Bennetti.
Mis ojos se dirigieron a la pantalla, y era lo mismo de siempre. Cada
vez que veía la cara de Amore, era un puñetazo en las entrañas. Habían
pasado más de dos meses. Dos malditos meses y ella seguía afectándome.
Tenía el cuerpo más dulce, pero eso lo podía ignorar. Era a ella a quien no
podía olvidar. Su boca inteligente. Su mente creativa. Su determinación.
La forma en que sus ojos brillaban cuando me miraba o se llenaban de
lujuria cuando la tocaba.
El amor de Amore era lo más hermoso de tener y lo más difícil de dejar
ir.
Bueno, a la mierda con eso. No estaba preparado para dejarla ir.
Después del shock inicial de saber que estaba prometida a mi hermano, no
podía pensar con claridad. Pero ahora, mi mente creó un plan retorcido.
Uno que empezaba a sonar cada vez menos como una mala idea con cada
día que se acercaba al día de la boda. Se la robaría a mi hermano y
chantajearía a su abuela. Si eso fallaba, estaba mi plan de secuestro. A la
mierda, lucharía contra Savio, mi hermano y cualquiera que se atreviera a
alejarla de mí. Ella era mía y yo era suyo. ¡Que se jodan todos los demás!
En mi vida, nunca había temido nada. Probablemente era la razón por
la que Pà me tenía como Don en funciones a pesar de mi edad. Pero
perderla a ella me asustó. Debería haber sido una señal para mantener mi
distancia, pero no pude. Si fuera decente, no me masturbaría al pensar en
ella; no tramaría formas de tomarla para mí.
Menos mal que nunca quise ser decente.
La vi en la televisión, entrando con confianza en el evento. Su vestido
verde tenía un profundo escote en V, que dejaba al descubierto su piel
blanca y lechosa y caía en cascada por su esbelto cuerpo. El vestido era
muy llamativo con su cabello rojo y acentuaba sus ojos. Como siempre,
apenas llevaba joyas, solo un collar. El collar que yo había hecho para ella.
Se convirtió en su firma.
En una de sus entrevistas, incluso le preguntaron por él. Se limitó a
encogerse de hombros y dijo que era un recordatorio que no hay que
dejarse joder, lo que causó un gran revuelo mediático por su lenguaje en
directo. A diferencia de otras mujeres, no necesitaba joyas brillantes para
hacerse notar. Tenía una presencia, probablemente heredada de su abuela.
Miré a mi hermano. Detestaba la envidia, pero crecía con fuerza y
rapidez, extendiéndose por mis venas como un veneno. Esos dos se habían
acercado aún más en los últimos dos meses. Como si no fuera suficiente,
estaban unidos por la maldita cadera. Había orgullo en su rostro cada vez
que la veía o hablaba de ella. Se enviaban mensajes de texto todos los días.
Pero él seguía persiguiendo a otras mujeres.
Mis manos estaban atadas con putas esposas. Contraté a varios
abogados para que revisaran el contrato y encontraran la forma de
romperlo. Era mi primer paso para luchar contra este absurdo contrato
matrimonial. No había ni una sola cláusula suelta, no sin empezar una
guerra. O que yo ejecutara a mi hermano y a la familia de Amore.
Maldición, si fuera otro, dispararía una bala y tomaría lo que quisiera ahora
mismo. Y créeme, era muy tentador.
Pero siendo realistas, la guerra era algo que no necesitaba ahora
mismo. Me llovían los problemas con el cártel que estaba invadiendo el
territorio de Russo y Bennetti en Nueva York y causando estragos cada
vez que me daba la vuelta. Las cosas se estaban intensificando. Y estaba
la amenaza de Ulrich Anderson.
El teléfono de Adriano sonó, y no tuve que preguntarme quién era. Su
cara tenía la misma expresión cada vez que Amore llamaba.
—¿Cómo está mi chica favorita? —respondió, y yo apreté los dientes.
Deseaba que tomara sus llamadas en privado. Me molestaba escuchar sus
conversaciones.
Podía escuchar la risa de Amore a través de sus auriculares. ¿Qué
demonios, lo tenía puesto al máximo volumen? ¿Era sordo?
—Estoy bien. Tengo una última parada y deberíamos aterrizar pasado
mañana.
—Necesito el estado de mi envío —ladré, con la agitación quemando
mi espina dorsal—. ¡Ahora!
Renzo saltó, pero Adriano ni siquiera se movió y se limitó a ponerla
en el altavoz para tener las manos libres y coger los documentos que tenía
para mí.
—Vi el vestido. Acaban de emitir el desfile de moda. Excelente
elección —la elogió.
—Eso fue hace semanas.
—Estabas sexy, totalmente sexy... —se interrumpió mientras sus ojos
se dirigían a mí—. Te echo de menos, nena. ¿Me echas de menos?
Su suave risa sonó por encima de su altavoz.
—Por supuesto. Siempre.
Mis dientes se apretaron y una animosidad caliente se deslizó por mi
sangre. Tenía unas malditas ganas de luchar, de matar. Era lo único que
podía aliviar esta tensión ahora mismo. Era eso o follar, y para esto último
necesitaba a Amore Bennetti. Desde que tenía a Amore, ninguna otra
mujer lo hacía por mí.
Confía en mí, lo he intentado. Realmente lo había hecho, pero no podía
ni siquiera ponerme medio duro con ninguna otra mujer.
—Me alegro que hayas elegido el vestido verde —dijo Adriano,
clavando los ojos en mí—. Va muy bien con tus ojos y tu cabello.
Entorné los ojos hacia mi hermano pequeño. No hacía mucho tiempo
que yo había pronunciado palabras similares.
—Me preocupaba que se me salieran las tetas —contestó, riéndose—.
No se lo digas a nadie, pero le puse cinta adhesiva en el borde para
asegurarme que no hubiera fallos de vestuario.
Adriano se rio.
—No se lo diré a nadie, salvo que se lo acabas de decir a Santi y a
Renzo. Estás en el altavoz.
Siguió el silencio, y pude imaginar su piel enrojecida por la vergüenza
y la agitación.
—Deberías avisarme cuando haces eso —lo reprendió—. De todos
modos, no me di cuenta que no estabas solo. Te dejaré ir.
—No te preocupes. Santi no me despedirá —se burló Adriano.
Yo no estaría tan seguro si fuera él. Últimamente discutíamos más a
menudo. Estaba tentado de despedirlo.
—No lo sé, Adriano. Si flaquearas en mi empresa, te despediría —
replicó secamente. De los dos, Amore actuaba con más madurez, sin duda.
Ruidos fuertes y risas se mezclaron en el fondo de la llamada de Amore.
—Amore —gritó una voz de hombre—. Ven aquí, niña. Estamos
esperando38
Debió de poner la mano sobre el teléfono, porque cuando contestó: —
Un segundo. —Su voz se apagó y se oyó una retahíla de maldiciones en
inglés. Hizo callar a alguien y luego su voz volvió a sonar en la línea.
—¿Qué fue eso? —preguntó Adriano, pero no parecía demasiado
preocupado.
—Nada. Me tengo que ir. Nos vemos mañana.
Fruncí el ceño. Creía que Adriano había dicho que tenía algún asunto
en Italia, aunque parece que está en España. La realización golpeó como
un rayo.
Estaba en Sudamérica.

38
Estamos esperando: español en el original
Mi teléfono sonó en el mismo instante. Lo agarré de la mesa y leí el
mensaje.
Venezuela.
Nos vemos en The Orchid.
G.C.
Eché otra mirada a la televisión. En ella aparecía Amore en un bikini
rosa intenso en brazos de Adriano, ambos riendo despreocupados y felices.
Mi mirada se ensombreció.
Sin decir nada más, dejé atrás a Adriano mientras Renzo me seguía.
Mi furia me nubló la vista mientras el rojo se deslizaba por los bordes y se
cocinaba a fuego lento en mi pecho como carbones ardientes. Él percibió
mi estado de ánimo y se mantuvo callado.
—Jesucristo —murmuré en voz baja mientras me debatía sobre qué
auto conducir. Mis ojos recorrieron el Range Rover, el Maserati y el viejo
Aston Martin.
Mis ojos se dirigieron a Renzo y lo encontraron pasándose una mano
por la boca, ocultando su diversión. Sabía exactamente por qué ya no
conducía la mayoría de mis autos. Encontró un par de bragas rotas de
Amore en uno de ellos, y casi pierdo la cabeza al verlo sujetarlas.
Fui a mi nuevo Aston Martin Vulcan. No tenía estomago para conducir
los autos en los que había tenido a Amore. Las imágenes de ella jugaban
en mi cabeza cada vez que los miraba. Mi heredera sobre el capó de mi
auto, con sus piernas rodeando mi cintura o los dos dentro, buscando a
tientas con avidez para arrancarnos la ropa el uno al otro.
Lo tenía mal por Amore Bennetti. Si todo fallaba, tal vez tendría que
buscar otra ciudad para dominar, para poder mantener la distancia con ella.
Nunca había fracasado, pero nunca había tenido tanto que perder.
Tardé solo diez minutos en llegar a The Orchid. Incluso este maldito
club era un recuerdo constante de ella.
—¿Qué es tan urgente para que tuviéramos que reunirnos de
inmediato? —le pregunté a Gabriel, deslizándome en un asiento.
—Tengo las coordenadas de Ulrich en Venezuela —respondió
Carrera—. Y si nos vamos hoy, podríamos atraparlo antes que se vuelva
un fantasma.
—¿Qué tan confiable es esta fuente? —refunfuñé—. No estoy de
humor para perseguir tonterías.
—Muy fiable.
—¿Qué estamos esperando? —Levanté una ceja.
—Tenemos que irnos hoy, pero mi jet privado está en África, así que
necesito tu avión para ir tras él.
—No sin mí, no lo harás —refunfuñé.
Había una gran posibilidad que fuera la razón por la que Amore estaba
en Sudamérica. El miedo por ella se sentía como un cuchillo en mi pecho.
Nunca antes había sentido tanto pavor, como plomo en la boca del
estómago.
Carrera bajó su bebida.
—Pensé que podrías decir eso. Tengo dos hombres en el área.
Ambos nos levantamos y nos dirigimos a la puerta.
—Nos encontraremos en una hora en el aeropuerto —le dije—. Mi
avión será la vía más rápida. Llevaré a Renzo. ¿Necesito hombres extra en
espera?
—No, tendremos todo lo que necesitamos en tierra.
Asentí y me dirigí en dirección a mi auto.
—Una cosa más, Russo. —La voz de Carrera me detuvo y levanté la
ceja—. Pero esto no te va a gustar.
—Hay bastantes cosas que no me gustan últimamente —le dije—. No
tiene sentido romper la tendencia.
Carrera parecía pensar que esta noticia era aún peor que todas las
demás. Nada era peor que perder a mi mujer por un hermano que amaba.
—Anderson tiene un precio por la cabeza de Amore. —Mi mandíbula
se trabó—. Viva o muerta.
No me sorprendió, considerando todos los mensajes brutales que había
enviado. Pero el exceso parecía extremo.
La obsesión de los Anderson iba más allá de la razón cuando se trataba
de Amore Bennetti. Le costaron a Regina su esposo, su hija, y ahora iban
a por su única nieta. No es de extrañar que la protegiera.
—Amore está en la línea para tomar del cártel Perèz. Después de su
abuela.
—¿Y después de Amore? —pregunté.
—Si muere sin hijos o sin esposo —empezó a explicar—. Va a los
Anderson. Es la razón por la que la quieren muerta. Su abuela convenció
a su difunto esposo para que se retractara de la oferta de convertir al esposo
de su hija en jefe del cártel a su muerte.
Apuesto a que Regina no previó que al hacerse cargo del cártel Perèz
llevaría la guerra a su puerta. Y a Nueva York. Podría haberle costado la
vida a su hija y su decisión había puesto en el punto de mira a su nieta.
Amore era una princesa del cártel Venezolano. No podía imaginar a
Amore en la Cosa Nostra, ni mucho menos en el brutal mundo de los
cárteles.
Que me condenen si dejó que alguien le ponga las manos encima.
Capítulo 46
Amore

DeAngelo y yo, junto con otros cuatro hombres, nos abrimos paso
por la selva tropical de Venezuela. Hacía calor, sobre todo con el equipo
que llevábamos. Los meses de verano en la selva eran brutales. Matar a
Ulrich Anderson sería mucho mejor en el maldito invierno.
Con mis pantalones negros ligeros, mis botas negras de montaña y una
camisa blanca de algodón de manga larga, que en ese momento parecía
blanquecina y se me pegaba al cuerpo, me mezclé con el resto de los
hombres. Salvo que yo era más pequeña, mucho más pequeña, y mi cabello
era la única salpicadura de color entre nosotros.
Y luego estaba el olor. No estaba segura qué era peor, si el sudor o el
olor del repelente. Llevaba tanto repelente que me daba náuseas. Pero al
menos mantenía alejados a los bichos y a los mosquitos.
Anoche llegamos a Venezuela y conocimos a algunos lugareños que
estaban más que dispuestos a compartir lo que sabían. Nos dieron
información sobre la ubicación de las orquídeas, en lo profundo de la
selva, donde nadie iba. Excepto ellos. Los cárteles Anderson y Perèz. En
el momento en que el aldeano mencionó las orquídeas, mi corazón se
volvió de plomo.
No pude evitar estar paranoica. Sobre todo. Tomar el mismo camino
que hice hace casi ocho años y costarles la vida a estos hombres. Los
aldeanos decían que querían derrocar a los actuales hombres que lideraban
el cártel, causando estragos en sus pueblos. La desconfianza era profunda
en mí. Nunca se sabía si era una trampa.
DeAngelo debía haberme contagiado ya. O tal vez mis ojos estaban
bien abiertos, viendo por fin con claridad. George tenía hijos que querían
hacerse cargo de nuestro legado familiar. Maldición, si al menos lo
hubieran pedido amablemente y no hubieran matado a mi madre y a su
padre, se lo habría dado. En aquel entonces ni mamá ni yo sabíamos que
la abuela se había hecho cargo. Bueno, ahora sí lo sabía, y dejaría que el
infierno se congelara antes de dejar que esos bastardos se hicieran cargo.
Lo reduciría todo a cenizas.
Esta era la razón por la que no pertenecía a toda esta mierda. Dame un
imperio de moda de mil millones de dólares, una mesa de directores,
modelos malhumoradas y una abuela dragón. Podría manejar eso. Esto...
no tanto. Pero había hecho una promesa y pensaba cumplirla.
Mis ojos recorrieron la zona.
Orquídeas.
Mi paso vaciló, mirando el árbol. Los exóticos olores, desde los
picantes y fuertes hasta los suaves y floridos, perfumaban el aire. Lo
reconocería en cualquier lugar. Fue entonces cuando las vi. Las orquídeas.
Árboles llenos de enredaderas que se entrelazaban a lo largo de los troncos
y una variedad de flores de orquídeas los decoraban de arriba a abajo.
Tan hermosas. Tan salvajes. Tan mortíferas. Tragué con fuerza. Lo
siento mucho, mamá.
Se me puso la piel de gallina, a pesar del calor. Los recuerdos seguían
doliendo mucho. Sus dolorosos gritos resonaban en mis oídos. Sería algo
que se quedaría conmigo para siempre. Hasta mi último aliento.
—¿Reconoces algo? —preguntó DeAngelo, interrumpiendo mis
pensamientos.
Me aclaré el nudo en la garganta.
—Sí. Creo que estamos en el camino correcto.
—Bien. Si la información del aldeano es correcta, estamos a cinco
minutos del campamento —advirtió DeAngelo.
Asentí con la cabeza. Para evitar ser detectados, nuestro helicóptero
había aterrizado a una buena distancia y habíamos tenido que caminar por
la selva durante los últimos treinta kilómetros. El terreno era duro y, a
pesar de estar en buena forma, mis músculos se quejaban. Estaba dolorida.
Quizá era el exceso de peso de las armas y el cuchillo, aunque no lo creía.
El miedo me golpeaba a cada paso mientras nos acercábamos al
campamento. Llámalo premonición. O tal vez recuerdos. Era difícil
orientarse en la selva, todo se parecía. Excepto las orquídeas. Recordaba
claramente que estaban cerca de donde nos habían capturado.
Probablemente era la razón por la que este camino me resultaba más
familiar.
Ya había estado aquí antes.
Di varios pasos hacia un árbol. El árbol. Y fue entonces cuando lo vi.
Mis iniciales. A.R.B. que George había grabado en el árbol justo antes
que nos capturara el cártel venezolano.
—¿Qué es? —preguntó DeAngelo en voz baja.
Mi mano recorrió las letras. ¿Cómo no recordaba que había puesto la
letra equivocada en mi apellido?
No debía saber que yo era la hija de Bennetti. Dios, no lo sabía hasta
que me escapé. Él creía que yo era su hija, igual que yo creía que él era mi
padre. Sin embargo, había tallado una B al final.
—Él lo sabía —susurré—. George sabía que yo no era suya.
Los ojos de DeAngelo me observaron con atención, su propio cerebro
atando cabos. Mis ojos se desviaron hacia él y se fijaron en los suyos.
Los otros hombres se colocaron a unos metros detrás de nosotros,
dándonos privacidad.
—¿Crees que...? —Ni siquiera pude terminarlo. Lo escuche gritar y el
dolor agonizante me persiguió durante las próximas noches. No, no podía
ser. Él amaba a Mamá. No habría dejado que nadie la lastimara. Vi lo que
le hicieron con mis propios ojos. El dolor y el terror en la cara de Mamá
mientras la torturaban, la quemaban, la cortaban. Luego terminaron todo
cortando su garganta.
Apreté la mano en un puño y negué con la cabeza. Ahora no. Ahora
mismo, necesitaba concentrarme.
—No importa —dije con brusquedad—. Vamos.
Continuamos a pie, pero no podía borrar el mal presentimiento; mi
instinto me decía que evaluara todos los pensamientos que se
arremolinaban en mi mente. George mantenía a sus hijos en secreto. Podría
ser que guardara muchos más secretos. Sus hijos mataron a Mamá y me
querían muerta.
Excepto, ¿qué podrían ganar matándonos? Maldita sea, necesitaba
tener la cabeza despejada. Cuando lleguemos a casa... lo pensaré bien
entonces.
A menos que estemos cayendo en una trampa, pensé con ironía.
—Bien —susurró DeAngelo en voz baja—. Todos pónganse las
máscaras.
Gemí en silencio. Odiaba ponérmela, pero DeAngelo sabía que era lo
más seguro. No queríamos que nadie reconociera nuestras caras. Nos haría
vulnerables. Aunque si tenían algo de cerebro, probablemente ya lo sabían.
Quiero decir, si atacas, te devuelven el ataque.
Diente por diente y toda esa mierda.
DeAngelo señaló con un dedo, dirigiendo a los hombres,
dividiéndonos.
—Dos hombres allí, dos allá, y Amore conmigo. Todo el mundo,
sincronice los relojes. El helicóptero nos alcanzará en veinte minutos.
Pongan el explosivo y nos vamos. Si ven a algún Anderson, viejo o joven.
—Y ahí estaba mi confirmación. DeAngelo pensó que George estaba
vivo—, mátenlo y tomen una foto. Veinte minutos.
Dimos dos pasos dentro del campo y el caos estalló a nuestro
alrededor. El sonido silbante de un objeto lanzado fue el único aviso que
tuvimos antes que explotara una granada. Nos lanzó a mí y a DeAngelo
hacia adelante, rociando tierra y escombros en nuestras caras, y DeAngelo
lanzó su cuerpo sobre el mío.
Mi cabeza se giró hacia él; me gritaba en la cara, pero no podía oír
nada.
Me zumbaban los oídos y me preguntaba si esto sería todo. Una mirada
en la dirección opuesta me dijo que todo el maldito campamento estaba en
llamas, un cadáver en llamas.
—Helicóptero ahora. —Finalmente pude escuchar la voz de
DeAngelo. Mis tímpanos por fin empezaban a despejarse—. Traigan el
maldito helicóptero ahora —gritó en su reloj.
Las balas empezaron a volar y DeAngelo me aplastó contra el suelo.
En algún lugar de la distancia oí un helicóptero. Conmoción, gritos en
español e inglés.
—Acabamos de llegar, demonios —siseó—. ¿Qué diablos? —Cuando
se enojaba, su acento se volvía más marcado. Era algo sexy. No sexy como
Santi, pero sí lo era. En medio del caos, me pregunté si DeAngelo tenía
novia.
Sus ojos recorrieron la zona. Yo quería hacer lo mismo, pero él
mantenía literalmente mi cabeza agachada con la palma de la mano en la
frente, así que me quedé solo mirando su rostro duro y apuesto. Si fuera la
mano de Santi la que estuviera en mi cara, y no hubiera habido balas
volando alrededor, me habría excitado totalmente.
Prioridades, Amore, gemí en silencio. No era el momento ni el lugar
para pensar en Santi y el sexo pervertido.
—No podemos quedarnos aquí tirados —siseé. Teníamos que ayudar
a los demás y matar a los miembros del cártel que aún estuvieran aquí. Con
suerte, Ulrich estaba aquí y podríamos acabar con él de una vez por todas.
Y si George estaba vivo... bueno, digamos que conocía a unos cuantos
hombres que eran excelentes en la tortura. Empezando por mi padre y mis
hermanos.
DeAngelo finalmente asintió con cansancio.
—Pégate a mí y mantente agachada —advirtió.
No tenía ningún deseo que me mataran, así que seguí su consejo. El
recinto era un campo de batalla. Apunté y disparé a quienquiera que nos
disparara. No podía detenerme a pensar en sus familias. Entonces no
saldríamos vivos de aquí.
Estos hombres tenían que rendir cuentas por la destrucción que habían
causado a numerosas familias, incluida la mía.
Por el rabillo del ojo, vi un reflejo de cabello rubio y claro y mi cabeza
giró en su dirección. ¡Ulrich Anderson!
Estaba aquí; ¡estaba realmente aquí! El otro bastardo que mató a mi
madre. Un movimiento de cabeza de este imbécil y su hermano cortó la
garganta de mi madre. Mi mente se llenó con las imágenes empapadas de
sangre de su cuerpo, sus gritos resonando en mi cerebro. Eso les habían
hecho a muchos otros, cadáveres mutilados, hombres y mujeres que
desaparecieron para siempre. Mi madre ni siquiera pudo ser enterrada
porque su cuerpo estaba quién sabía dónde.
Agarré a DeAngelo de la mano y señalé. Él siguió la línea de mi vista
y lo divisó también. Los dos empezamos a correr tras él. Estaba dispuesto
a acabar con toda esta mierda y hacerle pagar.
DeAngelo fue más rápido que yo y tiró a Ulrich al suelo antes que yo
llegara a él. Cuando me acerqué a él, pude oler la sangre antes de verla.
Era de Ulrich. Su hombro sangraba profusamente. DeAngelo lo agarró por
el cuello y lo sostuvo en el aire, con los pies colgando.
Me quedé mirando la cara, ahora apenas a medio metro de mí. El
hombre que mató a mi madre. Era más joven de lo que pensaba. Era la
primera vez desde aquella noche espantosa de hace tantos años que lo veía
de cerca. ¡Oh, cómo se invirtieron los papeles! Él era el que iba a morir
hoy. Aunque por lo que parecía, alguien ya le había alcanzado. Tenía la
cara golpeada y el ojo izquierdo hinchado.
Se veía como la mierda.
—Ulrich Anderson —dije con voz ronca, con la voz temblorosa. Me
gustaría pensar que era porque todavía me zumbaban los oídos por la
explosión anterior, pero sabía que no era así. Tantas emociones
conflictivas se arremolinaban en mi alma.
Haz que este hombre pague.
No está bien ser juez y parte.
Hazle pagar.
Las voces gritaban en mi mente. ¿Por qué estaba dudando? DeAngelo
no lo hacía. Con una sonrisa sádica, golpeó a Ulrich en el costado, donde
ya estaba herido. El hombre parecía haber sido ya torturado.
Con una realización sorprendente, noté que el hombre estaba llorando.
Estaba llorando, todo su cuerpo temblaba violentamente, los gemidos y la
saliva salían de su boca. Era patético. El hombre cruel, que ordenaba a los
hombres que torturaran a mi madre mientras él miraba pasivamente
desinteresado, me pareció de repente un fraude. No valía la pena mis
pesadillas.
Y así, años de ansias de venganza se disiparon. No merecía vivir, pero
no me rebajaría a su nivel. Por lo que parece, alguien ya le dio a probar su
propia medicina.
—DeAngelo —llamé a mi guardaespaldas, que tanto me ha
acompañado.
Inmediatamente dejó de golpear y sus ojos buscaron los míos.
Volví a mirar a Ulrich.
—Quiero saber por qué —pregunté en tono firme mientras mis
entrañas se estremecían. El caos y la batalla se agitaban a nuestro
alrededor, pero en mi mente estábamos solos. El mundo se desvanecía en
el fondo mientras lo miraba fijamente.
Tiene los ojos de su padre, el pensamiento cayó como un rayo.
También su hermano, el que Santi mató.
—¿Por qué? —pregunté de nuevo, sin levantar la voz.
Sus ojos se clavaron en mí y vi resignación en ellos. No le quedaba
ninguna lucha en su interior.
—Tu abuelo prometió ceder el cártel Perèz a los Anderson. El
matrimonio de tu madre con mi padre debía ser una fusión. Él mintió.
Mis cejas se fruncieron.
—Pero tu padre era biólogo textil, no... —Su risa maníaca rompió el
aire y un atisbo de sonrisa sádica curvó sus labios. Este era el hombre que
recordaba de hace tantos años.
—Sí que era biólogo, pero el textil era lo más lejano que conjuraba. Tu
madre dirigía el imperio de la moda mientras mi padre dirigía el cártel,
pero solo mientras estaba casado con ella. Romper ese matrimonio le quitó
el poder.
—¿Romper el matrimonio? —¿De qué demonios estaba hablando?
—Tu madre quería el divorcio. —Se atragantó, con la sangre
chorreando por un lado de la boca. El olor a ceniza, pólvora y podredumbre
se mezcló en mis fosas nasales—. Ella le hizo creer que era tu padre. Hasta
que terminó con él.
¡Jesucristo! ¿Conocía a mi familia en absoluto? No recordaba nada de
ella. Ni una sola pelea o desacuerdo entre George y mamá.
Soltó una carcajada, su risa burlona, pero inmediatamente comenzó a
ahogarse.
—Ella nunca pensó que él tendría las pelotas de deshacerse de ti o de
ella —carraspeó, con la voz entrecortada—. Se equivocó, en ambos casos.
¡Tan malditamente equivocada! Y caí en la trampa de George.
—Tu padre, ¿está vivo? —le pregunté.
—No —Solo dudó una fracción de segundo, pero fue respuesta
suficiente—. Malditamente odié tus entrañas. Las de tu madre y las tuyas.
El corazón se me apretó en el pecho. El odio en su voz era difícil de
ignorar. ¿Qué podía haberle hecho para odiarnos tanto?
—Mi padre se deshizo de mi madre para poder casarse con la tuya —
escupió. ¡Qué ironía! Su padre se deshizo de su madre y nos culpó a
nosotras... debería dirigir su odio a su padre.
—Tal vez deberías haberte enfrentado a tu padre —espeté, ocultando
todas mis emociones. Todo esto me daba asco—. Pero ahora no tendrás la
oportunidad. ¿Alguna palabra final que deba transmitir? —pregunté,
esperando que cayera en la trampa.
—Está muerto —siseó, pero sus ojos se apartaron de mí por una
fracción mientras me decía esa mentira—. Sabes lo que eso significa, ¿no?
—se burló.
No debería seguirle el juego, pero la curiosidad se impuso.
—¿Qué?
—Cuando tu madre murió, el cártel pasó a ti.
Mis ojos se abrieron de golpe.
—¿Y si muero? —me atraganté.
—Llegará los Anderson. Dijo que lo haría, no que no lo haría. —La
última confirmación que necesitaba.
Levanté mi arma y apunté a su corazón. El corazón negro que no tenía.
Quería sentir la rabia, pero la verdad es que la tristeza pesaba más.
DeAngelo lo puso de rodillas. No merecía piedad, pero aun así se la di. No
dudé. Parpadeé y apreté el gatillo. Un disparo limpio entre los ojos. La
parte posterior de su cabeza voló detrás de él y mi estómago se revolvió.
Pensé que me sentiría mejor vengando la muerte de mi madre. No lo
hice.
Capítulo 47
Amore

E
— stá hecho. —DeAngelo puso su gran mano en mi hombro—.
Llevemos a nuestros hombres y a ti a un lugar seguro. —Miró su reloj—.
Ya se han colocado los explosivos —añadió.
Todo parecía diferente. Mis ojos se dirigieron al cadáver. La vida que
tomé.
—Maté a un hombre. —Sentí algo sordo y vacío en mi interior. ¡Nada
de arrepentimiento! Sin lágrimas. Sin miedo a ir al infierno. Tal vez aún
no lo haya asimilado.
Me agarró la cara y la mantuvo firme. No pude sentir su toque sobre
mi máscara.
—Eso no era un hombre. Era un animal cruel y retorcido. Bórralo de
tu mente.
Tenía razón, pero debería sentir algo. Cualquier cosa. Pensaré en ello
mañana. Aparté otro suceso en un rincón oscuro.
—Vamos —le dije, dejando el cuerpo de Ulrich Anderson a la selva.
No se merecía nada mejor.
Escaneé el área y conté los hombres de DeAngelo. Él hacía lo mismo.
Todos fueron contabilizados. Suspiré aliviada; no quería que nadie
resultara herido o muerto por mi culpa.
Justo cuando estaba a punto de dirigirme a DeAngelo, me congelé.
¡Santi!
Parpadeé confundida y segura que mi cerebro me estaba jugando una
mala pasada. Volví a parpadear. Todavía estaba allí. Su presencia me
impactó de inmediato y di un paso hacia él. Su amigo, Gabriel Carrera,
también estaba allí.
¿Qué estaban haciendo aquí? ¿Luchar contra el cártel? Olvidando mi
promesa a DeAngelo de quedarme con él, corrí hacia Santi. Estaba
luchando contra cinco hombres, pero la preocupación por su seguridad
abrumaba todos mis otros sentidos.
Levanté el brazo y apunté. Click.
Uno caído. Los demás volvieron sus ojos hacia mí y Santi aprovechó
para derribar a otro.
Quedaban tres más.
Apunté. Click.
Faltan dos.
Para cuando estuve a su lado, los dos últimos estaban muertos. Me giré
para enfrentarme a Santi, pero me tiró al suelo, sacándome el aire de los
pulmones. Confundida, lo miré a la cara.
Entonces me di cuenta.
Yo era tan idiota. Él no sabía quién era yo. Duh, La razón de ser de las
máscaras. No me extraña que me atacara. Maniobré encima de él, pero
rápidamente me puso de espaldas con él encima.
Una parte de mí quería decirle que era yo. Pero la otra parte de mí, la
más obstinada, se impuso. Él había sido mi salvador durante mi
adolescencia, y era fácil volver a caer en él, pero ya no necesitaba un
salvador.
Necesitaba un hombre que me amara. Que me mantuviera.
Seguimos luchando en el suelo de la selva. Gruñí, tratando de
dominarlo. Él era más fuerte que yo. Su cuerpo se apretó contra el mío y
tuve que luchar contra el impulso de no derretirme bajo él. Me encantaba
su peso sobre mí.
Yo soy mi peor enemigo. No importaba lo que él hubiera hecho, seguía
deseándolo.
Al menos no tenía ni idea de quién era yo. Tendría que recordar
agradecerle a DeAngelo por insistir en que lleváramos máscaras. A pesar
del hecho que probablemente moriría por falta de oxígeno debido a la
maldita cosa.
—¡Eres una mujer! —exclamó Santi, con la voz llena de sorpresa. Era
una estupidez la facilidad con la que llegó a mí, hizo que mis bragas se
empaparan. Aquí estábamos peleando, y mi coño se apretaba para él.
Sí, ¡idiota con I mayúscula!
Utilizando su vacilación y su sorpresa en su contra, saqué mis piernas
de debajo de él y las envolví alrededor de su cintura, luego nos
balanceamos, con mis muslos abiertos en su cuello. Las imágenes de él
comiéndome en su villa de Italia pasaron por mi mente, y tuve que evitar
que un gemido se deslizara por mis labios.
¿Qué es lo que me pasa? Incluso luchando contra él, Santi me excitaba.
A mí. Completa. Idiota.
—¿Te gustan las mujeres que te patean el culo? —dije en italiano,
manteniendo mi voz ronca y mi cuchillo contra su garganta.
—Depende. ¿Te gusta que los hombres te corten el coño? —Miró
hacia abajo y luego hacia mí, y yo seguí el movimiento de sus ojos.
¡Maldición!
No tenía ni idea de cómo se las había arreglado para sacar un cuchillo
y presionarlo contra la parte interior de mi muslo, demasiado cerca de mi
coño palpitante. ¡Jesús! Me excitó como ninguna otra cosa. Tenía algunos
problemas serios.
—Depende —repetí su respuesta anterior, empujando el interior de mi
muslo contra el cuchillo. No cortó, pero por alguna razón enfermiza, mi
entrada tan cerca de él me hizo palpitar de necesidad. El calor que
desprendía me hacía doler aún más.
Se rio con una sonrisa oscura.
—Lo siento, cariño. Hoy no.
—Qué lástima —dije con voz ronca, y me di cuenta demasiado tarde
que había respondido en Inglés.
Sus cejas se fruncieron y me maldije en silencio. No podía arruinar mi
identidad encubierta. No lo había visto ni hablado con él desde Italia y mis
sentimientos no habían disminuido ni un poco.
Tal vez si lo mato, me desharé de este amor por él, reflexioné en
silencio. Aunque, probablemente, sería inútil ya que solo la idea de él me
destrozaba. Si el pisoteo a mi corazón no cambiaba mis sentimientos, nada
lo haría.
Como si me arrastrara una mano invisible, me incliné más hacia él.
Maldije no poder enterrar mi nariz en el pliegue de su cuello e inhalar su
aroma. Dos meses eran demasiado tiempo sin él.
—¡Vamos! —Los gritos de DeAngelo rompieron mi neblina llena de
lujuria.
—Tus amigos se irán sin ti —dijo Santi con voz burlona—. Puede que
quieras huir.
—Haznos un favor a los dos —murmuré, ignorando su comentario—.
No hagas una estupidez. No me gustaría rebanar esa garganta tan sexy que
tienes.
La diversión que no había visto desde Italia parpadeó en sus ojos
ambarinos.
—Al menos es sexy.
—Que no se te suba a la cabeza —advertí, aunque no había ninguna
amenaza real en mi voz—. Todavía podría cambiar eso.
Ok, no era una mujer malvada y matar me revolvía el estómago. Pero
usarlo con Santi... sí, era tiempo bien empleado. Me enderezó y se puso de
pie en un movimiento rápido. Justo a tiempo, ya que Carrera se acercó con
su arma apuntándome.
En un rápido movimiento, DeAngelo le apuntó con la suya, y yo lancé
mi cuchillo por el aire, atrapándolo entre mis dedos.
—No te preocupes, Ink 39 —murmuré. No sé por qué razón tendría
tanta tinta—. Dejé a tu sexy amigo intacto. —Miré para ver a Santi ya de
pie, con una mano en su arma y la otra sosteniendo su cuchillo. Era la
primera vez que lo veía en combate, y tenía que admitir que su culo era
jodidamente sexy y peligroso.
¡Me dan ganas de saltar sobre sus huesos!
—Déjenlos —volvió a gritar DeAngelo, sin apartar su arma del
objetivo. Nuestro helicóptero estaba cerca por el sonido que tenía. Levanté
la mirada y lo vi justo por encima de la línea de árboles, luego miré a los
dos hombres que tenía delante.
Mis ojos se fijaron en ellos, mis pasos se dirigieron hacia DeAngelo.
—Esto no tiene nada que ver con usted y sus hombres —les dije por
encima del hombro—. Pero es posible que quieran irse. Este lugar estallará
en.… hmmm, unos diez minutos.
El ruido era cada vez más fuerte, y el viento se levantaba de la hélice
del helicóptero.
Con un asentimiento final, corrí hacia el helicóptero y salté dentro,
DeAngelo justo detrás de mí. Miré hacia atrás, esperando que aquellos dos
se tomaran en serio la advertencia. No quería que les pasara nada. Corrían
en dirección contraria.
Me escucharon, respiré tranquila.
Me puse la máscara sobre la cabeza, el cabello cayendo suelto por la
espalda, y me limpié el sudor con el dorso de la mano.
Sonreí.
—Lo conseguimos.
DeAngelo asintió.
—Necesitamos al último Anderson —Nuestras miradas se cruzaron—
. Te das cuenta que está vivo, ¿verdad?
39
Ink: Tinta en inglés
Lo reconocí con un movimiento de cabeza.
Pero ¿dónde estaba? ¿Y si estábamos persiguiendo a un fantasma?
Capítulo 48
Santino

Carrera y yo corrimos hacia la selva. Renzo nos esperaba allí con


nuestro jeep. Nos largaríamos rápidamente. El recinto estaba destruido,
gracias al pequeño equipo que se fue en un helicóptero. No era como me
imaginaba ver a Amore de nuevo.
Torturé a ese imbécil de Ulrich Anderson cuando una explosión
atravesó el complejo, haciéndome volar por la habitación. Se largó, como
el maldito cobarde que era. La reconocí enseguida. Ese cuerpo era difícil
de olvidar. La vi meter una bala en el cráneo de Ulrich mientras luchaba
contra los hombres restantes del cártel Anderson.
Ese fue nuestro error todo el tiempo. Estábamos buscando los
complejos de Perèz, en lugar del endeble Cártel de Anderson.
Miré por encima del hombro al helicóptero que se elevaba y vislumbré
el llamativo cabello rojo que caía en cascada por la espalda de la mujer.
Pronto ella sería mía.
—Arranca el auto —gritó Carrera a Renzo.
Nos subimos al jeep y arrancamos; la conducción todoterreno de
Renzo hizo temblar cada maldito hueso de nuestro cuerpo. El vehículo
aceleró por el camino de tierra, cada segundo lejos del campamento contó.
—Más rápido —instruyó Carrera—. Antes que este lugar vuele.
Jesús, podríamos volar en pedazos, y yo estaba duro como una roca.
¿Cuándo diablos aprendió a disparar y luchar así? Fue caliente como el
infierno. Si hubiera podido, la habría agarrado y traído con nosotros, y
luego me habría enterrado en su coño en el momento en que estuviéramos
solos.
—¿Sabías que Amore iba a estar aquí? —me preguntó.
Me encogí de hombros. Hasta que no empezara a sincerarse, yo
tampoco lo haría. Él obtenía su información de DeAngelo. La pregunta era
por qué el guardaespaldas de Amore trabajaba con Carrera.
En cualquier caso, una cosa era segura. Mi pequeña heredera era
completamente ruda.
Capítulo 49
Amore

Había estado de vuelta en Nueva York por un día. DeAngelo y yo


aterrizamos anoche y llegamos a casa esperándolos a todos. Llegamos a
una casa vacía.
Con Ulrich muerto, la amenaza inminente se sentía más ligera. Aunque
no podía deshacerme de la sensación que no había terminado. George, el
hombre que creía que era mi padre, podría estar vivo. No tenía nada que
lo indicara, pero de alguna manera estaba segura de ello. También lo estaba
DeAngelo.
Por primera vez en mi vida, repetí la captura de hace tantos años.
Repasé cada detalle, cada palabra, cada sonido... Nunca vi a George herido
o torturado. ¿Por qué ocultar su tortura cuando claramente no les
importaba que viera la de mi madre?
—¿Dónde está mi niña? —La estruendosa voz de papá recorrió el
vestíbulo y yo salté del sofá, corriendo hacia el sonido de su voz.
En cuanto lo vi, una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.
—Amore —exclamó, abriendo los brazos. Entré en ellos, y su fuerte
abrazo y su familiar colonia me rodearon. A sus cincuenta años, seguía
siendo un hombre apuesto, aunque desde la muerte de Elena, nunca lo vi
con una mujer. Estaba segura que tenía aventuras, pero las mantenía bien
ocultas y en privado. Lo cual tenía sentido. No era que quisiera conocer su
vida sexual, pero quería verlo feliz.
—Hola, papá.
—Bienvenida a casa —murmuró contra mi cabeza—. Por fin podemos
tenerte de vuelta.
Me reí contra su pecho.
—Es bueno estar de vuelta. —En su mayor parte, y si no temiera tanto
ver a Santi. Encontrarme con él en la selva fue casi peor porque sabía que
mi atracción no había disminuido ni un poco.
Me volví hacia Luigi, abrazándolo.
—Y no te olvides de tu hermano favorito —bromeó Lorenzo,
arrancándole un gruñido a Luigi.
No pude evitar reírme.
—Te acabo de ver hace menos de una semana.
Me abrazó.
—No me importa. Sigo mereciendo el amor de mi hermana.
Sonriendo suavemente, le devolví el abrazo.
—Los dos son mis hermanos favoritos —solté emocionada.
—¿Y qué hay de tu tío favorito? —Todas nuestras cabezas se giraron
para ver al tío Vincent entrando a grandes zancadas por la puerta.
¡Familia! Se sentía bien tener a toda la familia de vuelta. Si la abuela y los
Russos estuvieran aquí, todo estaría completo.
Sacudí la cabeza, apartando esos tontos pensamientos.
—Te esperábamos ayer —refunfuñó papá, atrayéndome hacia él. No
era demasiado cariñoso, pero conmigo siempre lo intentaba. Y yo lo quería
aún más por ello.
—Nuestro proveedor tuvo algunos retrasos —murmuré en su pecho.
Era más fácil mentir cuando no se miraba fijamente a los ojos de alguien.
Lorenzo me pellizcó la mejilla.
—Deberías despedir a algunos de esos proveedores —murmuró,
lanzándome una mirada de sospecha.
Ignorando su comentario, cambié de tema.
—¿Dónde estaban los tres? —pregunté—. ¿Causando estragos en la
ciudad?
—Tenía asuntos en Nueva Jersey —respondió Papá. A estas alturas,
ya sabía lo que eso significaba. Tenía un envío del que tenía que ocuparse.
Era lo suficientemente rica como para mantener a mis hermanos, a papá y
a muchos otros, pero mi familia insistía en este negocio. En algún
momento, aprendí que todos prosperaban en él. Les encantaba lo ilícito y
la Cosa Nostra.
No había forma de cambiarlo. Los Bennettis. Los Russos. No era algo
que jamás entendería.
El cansancio se asentó, aunque Lorenzo insistió en que
compartiéramos un helado. No era algo que pudiera rechazar. Así que, con
Lorenzo, DeAngelo y yo trabajando en equipo, preparamos una banana
split para todos.
—Algo sano con algo poco saludable —reflexioné mientras le
entregaba el plato a Papá.
Él se rio.
—Supongo que las bananas son lo único saludable aquí.
Me encogí de hombros, sonriendo.
—Bueno, hay lácteos en el helado.
Acomodándome en el sofá entre papá y Lorenzo, se sentía bien estar
en casa. Hablaron de un nuevo restaurante que iban a abrir, que yo
sospechaba que era para blanquear dinero. Les hablé de mi nueva empresa
The Orchid y de cómo las cosas estaban despegando rápidamente.
—María es la mejor socia —les dije—. A diferencia de la empresa de
la Abuela, en la que las decisiones importantes tienen que pasar por la
junta de administración, nosotros nos limitamos a hablar de ellas y a
ponernos de acuerdo. Me encanta.
—¿María, el ama de llaves? —preguntó sorprendido el tío Vincent.
Sonreí tímidamente. Tenía la sensación que ella le gustaba desde
mucho antes.
—Sí. Y es soltera —añadí—. La edad perfecta para ti, tío Vincent.
—Tú también quieres empezar una agencia de citas —refunfuñó,
aunque una sonrisa se extendió por los planos de su cara.
Después de una hora de ponerse al día, no pude luchar más contra el
cansancio. No sería buena para nadie mañana si estaba muerta de
cansancio. Apenas eran las ocho.
—Será mejor que me vaya a la cama —dije entre un bostezo—.
Mañana tengo que ir a la oficina.
Papá se puso ligeramente rígido, pero se guardó sus palabras. No podía
ni imaginar qué clase de maldiciones jugaban en su mente. Pero yo
necesitaba mantenerme ocupada, especialmente ahora.
Había intercambiado algunos mensajes de texto con Adriano. Me
había prometido venir esta noche, pero yo estaba demasiado cansada. El
viaje a Sudamérica había sido agotador.
—¿Seguro que no quieres quedarte despierta una hora más? —
preguntó Luigi—. Adriano y Santi van a pasar por aquí.
Eso sería un no rotundo. La cama me llamaba. No quería ver a Santi.
Todavía no. No estaba preparada, lo que en sí mismo era ridículo. Era
ridículo que siguiera colgada del bastardo.
—Sí —le dije—. Apenas puedo mantener los ojos abiertos.
Sí, era plenamente consciente que era una cobarde. ¿Y qué? Era mi
vida, y sería una cobarde que evitaba a Santi Russo si quería.
Yo era la maldita Amore Bennetti.
Capítulo 50
Amore

Cuando me instalé en mi nueva oficina en la sede de Regalè, no


pude quitarme de encima la sensación que todo estaba mal. Me familiaricé
con todo el personal nuevo y escucharlos hablar en inglés era un
recordatorio constante que habíamos vuelto. Me había acostumbrado a la
oficina en Italia, a sus constantes sonrisas, a las largas pausas para el café.
Casi podía sentir que el ambiente corporativo del imperio Regalè ahogaba
mi creatividad.
Era la razón por la que prosperaba con María. Necesitaba The Orchid
incluso más que ella. Me permitía hacer lo que Regalè no hacía. Ser
creativo y disfrutar de cada segundo. Fue la razón por la que María era la
única candidata viable para un socio cuando se me ocurrió la idea. Ella la
había alimentado todos estos años.
—Señorita Regalè. —La voz de la mujer llegó desde el
intercomunicador. Apreté los dientes. Era otra cosa que me molestaba. Me
llamaban Regalè en lugar de Bennetti. En Italia, yo era la señorita Bennetti.
Aquí, era Regalè. ¿Cómo diablos iba a acostumbrarse a mi apellido si lo
cambiaban constantemente?
—Ahora mismo voy —respondí.
—Tal vez quieras dejar de gruñir —bromeó DeAngelo, y lo fulminé
con la mirada. Sus ojos brillaron con diversión—. Has estado de mal
humor —comentó.
—Solo desearía que todo hubiera terminado —murmuré en voz baja
mientras salíamos al pasillo. Habíamos salido de mi despacho y nos
dirigíamos a la esquina del piso donde estaba el despacho de mi abuela—
. Y esto... Esto era algo que me han inculcado durante tanto tiempo y ahora,
simplemente me siento... —Suspiré con fuerza—. Simplemente no quiero
estar aquí —admití finalmente—. No quiero hacer esto.
La mirada de DeAngelo se dirigió hacia mí.
—¿Hacer qué? ¿Regalè Fashion House? ¿Vivir en Nueva York? ¿Tu
negocio paralelo? ¿Cazar a George Anderson? El problema es que estás
haciendo demasiado. —Bueno, ahora podría tener un punto—. Te das
cuenta que tendrás que hacerte cargo del cártel. Es la única manera de
eliminar las constantes amenazas.
No tenía ningún deseo de dirigir un cártel. Lo ilegal no era lo mío. No
sabía nada del cártel, de la Cosa Nostra, ni de ese tipo de negocios.
Supongo que sería algo de lo que me preocuparía cuando llegara el
momento.
Parece que últimamente digo mucho eso, pensé con ironía.
Justo al llegar al despacho de mi abuela, mi paso vaciló y mi corazón
se aquietó.
Santi Russo.
¿Por qué ese nombre me causaba tanta angustia y una emoción sin
igual al mismo tiempo?
Estaba allí, con su traje negro de tres piezas y las manos en los
bolsillos. Era como si el mundo entero dejara de existir y me dejara con el
mismo hombre que me chupaba el oxígeno de los pulmones, dejándome
sin aire y anhelando su amor.
¡Me molestó muchísimo!
Parecía que me esperaba, que me aguardaba. No pude evitar
compararlo con la forma en que corrí hacia él en Italia después de no verlo
durante dos meses. Qué contraste con el primer reencuentro.
Mis ojos recorrieron su cuerpo y un deseo indeseado corrió por mis
venas. Parecía más viejo, más duro, más frío. Pero igual de
devastadoramente guapo. Tenía que haber una forma de matarlo si quería
sobrevivir viviendo en la misma ciudad que este hombre. Parecía
despreocupado, indiferente, excepto cuando levantabas la vista y veías la
mirada oscura en sus ojos.
Y estaba dirigida al hombre que estaba a mi lado. DeAngelo. Él
siempre estaba a mi lado. DeAngelo debió de percibir la tensión en el aire
porque sus ojos se dirigieron con curiosidad a Santi y luego volvieron a
mirarme a mí.
Hubiera preferido que me avisaran que Santi iba a estar aquí. No he
tenido noticias de Adriano en todo el día, y de repente, me encontré agitada
porque Santi Russo era el primer hombre Russo con el que me encontraba
en la ciudad de Nueva York.
—¿Todo bien? —La pregunta de DeAngelo fue en voz baja, pero me
di cuenta por la mirada ardiente de Santi que la había escuchado.
La frustración subió por mi espalda. No tenía derecho a mirar a
DeAngelo de esa manera. A estas alturas, Santi Russo no era más que un
amigo de la familia a regañadientes.
Recordé todas las veces que Santi se comportó de manera francamente
psicótica y posesiva. Antes me parecía emocionante y excitante. Ahora me
irritaba y lo odiaba.
Entonces, ¿por qué se te acelera el corazón? Mi mente se burló de mí,
pero la ignoré. No necesitaba esta mierda ahora mismo.
—Sí —murmuré.
Los ojos de Santi parpadearon con algo oscuro, y la agitación se reflejó
en su rostro. No tenía derecho a sentir agitación. Era él quien había roto
mi corazón en mil pedacitos y me había cambiado para siempre. Estaba
harta de sus rechazos.
Sin embargo, de alguna manera, todavía me fascinaba, y si no
mantenía la distancia, nunca saldría viva de esto.
Sentía las manos húmedas, y mi corazón se estremecía con un dolor
sordo al verlo. No pude evitarlo. Debería seguir adelante; quería seguir
adelante. Pero mi corazón quería a Santi Russo y se negaba a latir por nadie
más.
—Ah, Amore —La voz de mi abuela me sacó de mis pensamientos—
. Santi y yo tenemos que hablar contigo y con DeAngelo.
Me puse tensa. Mi abuela nunca quería estar cerca de los Russos ni de
los Bennettis. Era de dominio público. DeAngelo y yo compartimos una
mirada, y luego mis ojos se desviaron hacia Santi. La mirada de éste se
estrechó hacia mí, caliente y oscura. Y el corazón se me salió del pecho y
fue directo a su oscuridad.
¡Ah, mierda!
¿No podría haber conseguido al menos una semana de indulto para ver
a Santi a mi regreso a Nueva York?
DeAngelo entró primero después de mi abuela y yo lo seguí. Santi no
se movió y mi corazón tronó más fuerte con cada paso que daba al
acercarme a él. Incliné la cabeza hacia él en señal de saludo y pasé a su
lado, rozando mi manga con la suya. Su olor masculino, tal y como lo
recordaba, me llenó los pulmones y el calor familiar de su cuerpo llegó
hasta mí. Era peor de lo que recordaba. ¿O mejor? No, no, es malo. No
debería impactarme más de lo que lo hacía antes.
Sin embargo, lo hizo. Y todo el tiempo él no parecía molestarse por mi
presencia en absoluto.
¡Imbécil!
Tomé asiento junto a DeAngelo y crucé las piernas, luego levanté la
cabeza justo a tiempo para captar los ojos de Santi oscureciéndose de una
manera que hizo que se me apretara el vientre bajo. Sus ojos estaban en
mis muslos. Una fugaz expresión feroz y hambrienta cruzó su rostro, pero
desapareció tan rápido que no estaba segura de sí era producto de mi
imaginación.
Tal vez lo deseaba tanto que imaginaba también su deseo.
Me pasé la mano por el material de mi vestido Gucci para asegurarme
que no se veía nada inapropiado. El vestido era para resaltar el último
evento del equipo para el próximo espectáculo. Era negro, con una cinta
blanca alrededor de la cintura y una abertura que llegaba hasta la mitad del
muslo.
—¿Qué pasa, Abuela? —pregunté, dirigiendo mi atención hacia ella.
Ella era más segura que este hombre imponente que me distraía
demasiado. No se sentó, e intuí que era a propósito. A él le gustaba mostrar
su dominio.
—Estamos poniendo seguridad extra en cada piso —comenzó la
Abuela, compartiendo una mirada con Santi.
Ah, ¡y aquí vamos! Mi instinto me decía que algo malo estaba pasando
en Nueva York. Había notado que la seguridad alrededor de la casa era
más estricta que antes.
—¿Por qué? —pregunté.
—Se acercan algunos eventos importantes —justificó—. Es normal
que se refuerce la seguridad. Y con el último acuerdo que has conseguido
con Gucci y Chanel tenemos que asegurarnos que no haya contratiempos.
El enfado se apoderó de mí. No estaba siendo sincera conmigo. No me
sorprende, supongo.
—¿En serio? —me burlé—. Hemos tenido grandes nombres antes y
nunca hemos reforzado la seguridad. ¿Por qué ahora?
Mis ojos volvieron a mirar a Santi, pero era difícil saber lo que estaba
pensando. Mantenía la mirada fija. Me molestaba mucho en este momento.
—Amore, tu padre y yo acordamos...
Me senté con la espalda recta.
—Bueno, es la primera vez
Mi abuela dejó escapar un suspiro exasperado.
—Ahora no es el momento de poner a prueba tus límites, Amore.
—No estoy probando mis límites. —Entorné los ojos hacia ella—. Te
pido que me digas la verdad, en lugar de una historia de mierda.
Sus manos se tensaron sobre el escritorio, pero se mantuvo quieta. —
Has estado fuera durante un tiempo. Algunas cosas han cambiado. La
seguridad es una necesidad. No saldrás del edificio hasta que el conductor
esté en la puerta, y habrá alguien contigo en todo momento.
Sí, ¡algo está sucediendo con seguridad!
—DeAngelo está conmigo en todo momento —le recordé.
—Habrá alguien más —dijo Santi, con su voz detrás de mí. Giré la
cabeza. No me había dado cuenta que había aparecido detrás de mí, con
sus movimientos como los de un jaguar.
Me tensé, la tensión entre nosotros me sofocaba. Él era la razón por la
que no había vuelto. La primera vez por aquel beso en The Orchid, que él
calificó de error, y la segunda porque me dejó después de prometerme que
sería para siempre.
—No —le dije—. Tengo mi propia seguridad. Si necesito otra persona,
DeAngelo y yo elegiremos a alguien.
—¿Desde cuándo tienes tu propia seguridad? —Mi abuela casi sonó
sorprendida—. No he visto esas facturas.
Me levanté, alisando mi vestido con la palma de la mano. DeAngelo
se levantó junto a mí.
—Me pareció que no era justo que Regalè Enterprise pagara la factura,
ya que yo los contraté. Yo les pago directamente.
—Amore, entiendo tu necesidad de independencia. Primero esa otra
empresa, ahora esto —me advirtió.
—Son solo negocios, abuela —le dije con calma—. Estás leyendo
demasiado en esto.
Antes que Santi o mi abuela pudieran decir otra palabra, salí del
despacho. Necesitaba poner distancia entre Santi y yo. Tenía que
superarlo.
Nunca lo superarás, susurró mi mente, y la maldije en silencio.
Capítulo 51
Santino

— ¿F eliz? —Regina siseó molesta—. Te dije que Amore no lo


aceptaría.
—Lo hará —le dije—. Y tú te asegurarás que lo haga.
La mujer odiaba estar acorralada. Una puta pena.
—¿Y si no lo hago? —gruñó. La mujer tenía pelotas, eso era seguro.
—El mundo sabrá que el cártel Perèz está dirigido por la misma mujer
que Regalè Fashion —dije con tono inexpresivo. No estaba bromeando.
Yo estaba jugando por mi reina, por Amore, y nadie me rechazaría ni me
alejaría de ella. Ni su abuela. Ni su padre. ¡Nadie, maldición!—. Imagina
el precio de las acciones —dije con una sonrisa—. Todo el trabajo duro de
tu nieta aumentando el precio de las acciones se irá por el retrete.
—Debería haber esperado esto de un Russo —gritó ella—. Bastardos
codiciosos y egoístas.
Metí las manos en los bolsillos del pantalón. Su maldita opinión no
significaba nada para mí.
—Será mejor que tengas cuidado, Regina —le advertí con mi voz
indiferente y la mirada perezosa y sardónica que me caracterizaba. Se lo
concedí; no se asustaba fácilmente. La mayoría de los hombres temblaban
en sus pantalones cuando me ponía así—. E imagina lo que pensaría
Amore... incluso podría culparte de la muerte de su madre.
El primer parpadeo de emoción pasó por su cara. La mujer era un
maldito dragón, pero tenía una debilidad. Su nieta.
Regina Regalè había dirigido el cártel Perèz todos estos años, luchando
contra el cártel Anderson. Inadvertidamente, había puesto la vida de
Amore y de su madre en peligro. El abuelo de Amore pretendía fusionar
el cártel de los Anderson y el de los Perèz con el matrimonio de su hija
con George Anderson.
Regina lo convenció que no lo hiciera porque sabía que el bebé de su
hija no era de George. Y el dominó rodó durante veinte años. Un
acontecimiento llevó a otro. Con su estúpido comportamiento, había
puesto la vida de Amore en peligro y había causado la muerte de su madre.
Ella sabía que Amore nunca la perdonaría si lo supiera.
—Los Anderson me chantajearon para que entregara el negocio de la
droga Perèz —siseó—. Margaret era solo un trampolín para George.
Quería que se convirtiera en un legado para sus hijos. —Dos hermanos.
Uno muerto por mi mano. El otro por la de Amore—. En lugar de hacer
eso y firmar una muerte segura para mi hija y mi nieta, aposté. Hice un
trato con los Carrera, pero Amore acabó escapando de las garras de George
por su cuenta. Perdí a mi hija. De la manera más brutal.
La mujer era buena para ocultar sus emociones, pero vi un ligero
temblor en sus manos.
—¿No se le ocurrió que tal vez hubiera sido mejor para su hija ser
madre soltera? En lugar de entregarla a un miembro del cártel.
—Realmente no me gustas —refunfuñó ella, aunque escuché una pizca
de respeto en su tono.
—Me importa una mierda —le dije. Realmente no me importaba. Lo
único que quería ahora era hacer mía a Amore. Que me condenen si me
siento a ver cómo se casa con mi hermano—. Quiero actualizaciones de
las actividades de Amore todos los días. Dile que soy su seguridad; no me
importa una mierda. Pero quiero saber su agenda todo el día, todos los
días.
Me dirigí a la puerta cuando su pregunta me detuvo.
—¿Es esa la única razón por la que la quieres? —Me giré lentamente
para mirarla. Si fuera un hombre, le retorcería el cuello. Tenía suerte de
ser pariente de Amore y, por alguna razón incomprensible, Amore quería
a su abuela—. ¿Para hacerte cargo del cártel Perèz?
—¿Qué te hace pensar que la quiero?
—No me jodas Russo —se mofó—. Los he visto a los dos. Tú la
quieres.
—¿Cuál es tu punto, Regina? —No iba a jugar con el dragón. No tenía
ninguna ilusión que ella me apuñalaría por la espalda sin pensarlo dos
veces.
Se puso detrás de su gran y regio escritorio. A la mujer le encantaba su
estatus de poder.
—Fue la razón por la que tu padre y Savio querían a su madre. —Se
sentó lentamente con una sonrisa de complicidad. Ella no sabía una
mierda.
Me encogí de hombros.
—Me importa una mierda su cártel. Sin embargo, como Savio creó un
contrato matrimonial para mantenerla alejada de mí y de mi mundo, no
tengo más remedio que meterla hasta la rodilla. —Los ojos de Regina se
abrieron de par en par. Oh, ¡así que ella tampoco sabía lo del contrato
matrimonial!
Sobrevivió dirigiendo el cártel Perèz todos estos años, tenía contactos
y arreglos en todo el mundo y, sin embargo, no podía llegar a un acuerdo
con Savio Bennetti.
—¿Quién? —preguntó.
—Mi hermano. ¿Sabe Savio que te hiciste cargo del cártel a la muerte
de tu marido?
Su mandíbula se tensó.
—No.
—¿No es el cártel Perèz su principal proveedor de drogas? —Era un
hecho conocido.
—Sí, y como tal, le cobro un extra —replicó ella con una sonrisa de
satisfacción.
Le encantaba tener la última palabra.
Me fui sin mirar atrás, la puerta se cerró tras de mí.
Capítulo 52
Amore

Ya llevaba una semana de regreso y no podía alejarme de Santino


Russo por mucho que lo intentara. Cada vez que me daba la vuelta, él
estaba ahí. En Regalè Enterprise, en un desfile de moda, en las fiestas, en
la casa de mi padre. Se podría pensar que el hombre vivía aquí. Siempre
me encontraba con él.
Me tambaleaba en el borde. Él estaba invadiendo todos mis
pensamientos y también mis malditos sueños. Adriano me ha estado
evitando, y no tengo ni puta idea de por qué. Todavía no lo había visto
desde que volví. Y sus mensajes eran cortos y evasivos.
Los hombres eran simplemente idiotas. No había nada más que decir
al respecto.
Y mi abuela... no tenía palabras. Ella asignó a Santi como mi
guardaespaldas. Un maldito don era mi guardaespaldas. Esos dos estaban
tramando algo. Si no, ¿por qué Santi aceptaría ese papel? No era que
necesitara dinero.
Mis ojos bajaron a la imagen de la nota en mi mano.
Volví a leer la nota.
Los pecados del padre los tiene que pagar la hija.
Desmoronaste mi imperio.
Ahora yo desmoronaré el tuyo.
Sangre por sangre.
Es su turno de gritar.
Encontré la imagen del mensaje en el escritorio de mi padre, redactado
en una pared de acero, rodeado de muerte. Muchas mujeres muertas, todas
con el cabello rojo. Estaba fechado hace dos años. Dos malditos años y
ninguna palabra. No es de extrañar que Papá y la Abuela acordaran
enviarme a Italia. Y ahora que estaba de vuelta, todos estaban de los
nervios. Incluso mi abuela. ¿Y dónde demonios estaba Adriano?
Italia era mucho mejor, pensé secamente.
—Hola, hermanita —Levanté la cabeza al oír la voz de mi hermano.
Luigi me tiró suavemente de la coleta—. Papá quiere que vayas a su
despacho.
Apagué rápidamente mi teléfono. No fue un movimiento sutil, por lo
que Luigi no se lo perdió, pero para su fortuna, no dijo nada. Me puse de
pie y lo seguí. Vestida con mis pantalones cortos de color rosa y mi
camiseta blanca, me dirigí descalza hacia el despacho de Papá. Hoy hacía
un calor de mil demonios; septiembre en Nueva York era un sauna.
Cuando entré en su despacho, mi paso vaciló por la sorpresa. Adriano
estaba aquí. Papá estaba sentado detrás de su escritorio y Adriano en la
silla frente a él.
—Hola, no te escuche entrar. —Lo saludé con un beso en la mejilla.
Me dirigió una mirada extraña, casi como una advertencia. Levanté la ceja,
preguntándome a qué venía eso, pero se limitó a negar con la cabeza.
Pà nos sonrió a los dos, como si estuviera contento por algo. Aunque
no pude entender qué podía ser.
—Cierra la puerta, Luigi —le dijo a mi hermano.
Me giré para ver a mi hermano cerrar la puerta y adoptar una postura
frente a ella, como si estuviera haciendo guardia, y fue entonces cuando lo
vi. Mi corazón se desplomó al instante. ¿Se calmaría alguna vez esta
reacción?
Santi Russo estaba de pie contra el manto de la chimenea, apoyado
casualmente. De pie, como una estatua en medio del despacho, lo miré
fijamente mientras mi corazón tronaba bajo mi pecho. Solo ocurría a su
alrededor. Mientras él me observaba con indiferencia, con su mirada
oscura casi enfadada, yo luchaba por respirar. Como si hubiera absorbido
todo el oxígeno de la habitación.
Con sus manos despreocupadas en los bolsillos, no parecía sufrir el
mismo efecto que yo.
—Es cierto, es la primera vez que ves a Santi desde que volviste. —La
voz de mi padre sonó detrás de mí—. No te has olvidado del hermano de
Adriano, ¿verdad?
Papá se rio como si hubiera un chiste en alguna parte. No me molesté
en corregirlo. Veía a Santi cada vez que me daba la vuelta, pero aún no
había hablado con él directamente o a solas. Si por mí fuera, no volvería a
estar a solas con él.
Tragué con fuerza y mi estómago se hundió. No había que olvidarlo.
Jamás. Soñaba con él todas las noches, me tocaba pensando en él, lo odiaba
y lo amaba. Aunque no estaba segura de por qué me molestaba en amarlo.
Él no se lo merecía.
Tragué con fuerza.
—No.
Incliné la cabeza, rezando para que mi expresión no retratara nada de
la agitación que desbordaba mi interior.
—Bien —dijo Papá, rompiendo el silencio de nuestras miradas. Apreté
los puños y el teléfono se clavó en la palma de la mano. Me di la vuelta y
me encontré con la mirada de mi padre. Él nos observó a Santi y a mí con
una expresión sombría—. Porque la noticia que voy a compartir los
acercará.
—¿De qué se trata? —pregunté, mientras dejaba escapar una
respiración temblorosa.
—Ya eres mayor —empezó, y yo fruncí el ceño. Veintiún años era
apenas mayor—. Estoy muy orgulloso de ti y de ambos señores Russo. —
Mis cejas se fruncieron mientras mis ojos se dirigían a Santi—. El padre
de Santi —corrigió papá, y volví a mirarlo—. Acordamos un acuerdo
contractual para que tú y Adriano se casen.
Parpadeé, mirando a mi padre como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Un acuerdo contractual? —repetí, mi voz sonaba distante a mis
propios ojos.
—Un contrato de matrimonio —explicó—. Tú y Adriano son perfectos
el uno para el otro.
Lentamente, miré a Adriano para ver si esto tenía algún sentido para
él. Sus ojos se encontraron con los míos, un ligero movimiento de cabeza
me advirtió.
—No lo entiendo —murmuré, y luego negué con la cabeza—. ¿Qué
estás diciendo, Papá?
—Tú y Adriano se van a casar —anunció—. Es justo que nuestras dos
familias se vuelvan a unir con su matrimonio. Tú nos trajiste la paz, y esto
te protegerá.
Un latido. Dos latidos. Tres latidos.
Entonces la ira caliente se disparó a través de mis venas como una
presa rota.
—No.
—Amore... —La sorpresa brilló en los ojos de Papá ante mi firme
negativa, pero lo ignoré y me volví hacia mi mejor amigo.
Me puse más recta, echando los hombros hacia atrás.
—No —repetí.
El aroma de los cigarros flotaba en el aire. Un reloj marcaba las horas.
La tensión iba en aumento y estallaría en cualquier momento. He
aprendido el costo de la desobediencia. A mi madre le costó la vida. Pero
esto no podía hacerlo. Contuve la respiración, esperando que el volcán
entrara en erupción. Aunque estaba por ver si era el mío o el de Papá.
—Al menos deberías escuchar a papá.
—Luigi intentó mediar.
Ni siquiera le dediqué una mirada. En cambio, me encontré con la
mirada de Adriano.
—¿Lo sabías? —dije con voz áspera, la adrenalina bombeando por mis
venas y alimentando mi furia.
—Sí. —Era mi mejor amigo. Debería haberme llamado y haberme
avisado con tiempo. Yo lo habría hecho por él. Deslicé una mirada hacia
Santi, pero seguía teniendo la misma mirada indiferente. Dios mío, ¿cómo
puede estar pasando esto? ¿Desde cuándo lo sabe?
Un inquietante silencio llenó la habitación mientras una sola palabra
gritaba en mi cabeza. No. Quería a Adriano, pero no de esa manera. Era
mi mejor amigo. ¿Sentía eso por mí? Esto estaba mal.
Todo mal.
—No —susurré, clavando los ojos en Papá—. Haré cualquier cosa,
pero no me doblegaré en esto. Lo siento, Papá.
Papá se rascó la barbilla. Luigi me observó con preocupación en sus
ojos, Adriano parecía estupefacto ante mi firme negativa mientras que
Santi parecía completamente apático. ¿Por qué iba a permitir esto Santi,
sabiendo lo que había pasado entre nosotros?
—Amore, sé razonable. —Mis ojos se abrieron de par en par ante la
petición poco razonable de Papá. Él era el que no estaba siendo
razonable—. Tú y Adriano congenian. Han estado muy unidos durante
mucho tiempo —explicó papá—. La amistad es una buena base para un
matrimonio. Se convierte en algo más —Exhalé un suspiro frustrado. Esto
era ridículo—. Quiero que estés protegida y tener a un Russo como esposo
te asegurará la protección de tus hermanos y de los Russo.
Lástima que sea el Russo equivocado, pensé con ironía. Si creía que el
hecho que Santi me dejara tirada era un trago amargo, no era nada
comparado con esto. Estaba claro que Santi Russo no me quería para nada,
si me tiraba a su hermano.
—No necesito protección —murmuré—. ¿Y de quién exactamente me
estás protegiendo?
Tal vez esto haría que Papá se sincerara. Él no sabía que yo había visto
el mensaje. No se lo he dicho a nadie, excepto a DeAngelo.
—Nunca se sabe lo que puede pasar —razonó papá conmigo. No me
sorprendió que se negara a decirme nada. Decepcionado, sí, pero no
sorprendido.
—Pero...
—No hay ningún, pero, Amore. —Papá me detuvo—. Esto se ha
arreglado y romperlo causaría una guerra, una cuña entre nuestras familias.
Mi corazón se hundió. No quería causar una brecha entre nuestras
familias. Pero casarme con el hermano del hombre que amaba también
estaba mal. A muchos niveles, especialmente desde que me acosté con él.
Volví a mirar a mi mejor amigo. Lo quería como a mi propio hermano,
pero no quería casarme con él. ¿Lo perdería si lo decía en voz alta?
Nunca había pensado que mi padre me arreglaría un matrimonio.
Había escuchado que era como se hacía en la Cosa Nostra, pero en realidad
yo no estaba totalmente integrada en esa vida. Le había dicho en
numerosas ocasiones que no me casaría así. Atrapada entre mi abuela y mi
padre, nunca se me había ocurrido que caería bajo la misma regla que otras
mujeres del mundo de Papá.
—¿Qué pasa con la Abuela? —Respiré, desesperada por algo a lo que
aferrarme.
—Soy tu padre —dijo, con sus ojos como una oscura tormenta. Me
estremecí ante su tono duro, ya que nunca lo usaba conmigo. Mi abuela
era un tema delicado—. Yo tomo las decisiones por ti.
Tragué con fuerza y una sensación de frío recorrió mi columna
mientras mis pulmones se contraían. No estaba dispuesta a aceptar mi
destino sin más. Tal vez si hubiera crecido bajo las reglas de mi padre,
habría aceptado su palabra y me habría dejado llevar. Pero he pasado
demasiado tiempo fuera de su mundo como para aceptar y seguirle la
corriente.
—No soy menor de edad —respondí, enderezando los hombros—.
Puede que la abuela no esté de acuerdo con que mi herencia esté ligada a
la Cosa Nostra. Francamente, yo tampoco.
Una chispa brilló en los ojos de Papá y su labio se levantó. Contuve la
respiración, sin saber si estaba reaccionando positiva o negativamente a
mi respuesta.
Sentía el teléfono resbaladizo por el sudor en mi palma, mi agarre era
duro.
—Me alegro que hayas dicho eso —la respuesta de papá fue ligera—.
Porque Adriano no estará atado a la Cosa Nostra.
Mi cabeza se dirigió a Adriano, nuestros ojos se encontraron. Le
gustaba trabajar para la Cosa Nostra y su hermano. De hecho, odiaba
dejarlo para visitarme en Italia. Vivía y respiraba todo el mundo criminal.
Normalmente, los dos estábamos siempre en sintonía, pero ahora
mismo me costaba leerlo. Sin embargo, no estaba preparada para aceptar
mi derrota. Si me casaba con Adriano y se enteraba que me había acostado
con su hermano, nunca me lo perdonaría. Además, Adriano se acostaba
alrededor como si fuera un maldito ejercicio.
—¿Alguien ha preguntado si eso es lo que quiere Adriano? —Me
estaba quedando sin excusas que utilizar.
—Está de acuerdo. —Contestaron Papá y Santi al mismo tiempo. Evité
la mirada de Santi, pero sentí sus ojos sobre mí todo el tiempo. Adriano
también mantuvo su mirada sobre mí. Me sentía atrapada entre dos
hermanos, a los que quería de formas muy diferentes.
Los ojos marrones dorados de Adriano me miraban fijamente, y mi
corazón se hundió al reconocer la expresión en ellos. Cada palabra
pronunciada por mí alejaba más a mi mejor amigo.
Sacudí la cabeza. Tal vez nunca estuve destinada a tener una familia,
y ésta era la mejor manera de romper los lazos con la Cosa Nostra. De
todos modos, era un sueño tonto e infantil tenerlo todo.
—Lo siento —dije finalmente en tono firme—. No lo haré.
Me dirigí a la puerta cuando la voz de mi padre me hizo detenerme.
—¿Estás preparada para ver morir a los hombres por tu negativa?
Me había acorralado. Después de todo, eso era lo que lo convertía en
un don.
Capítulo 53
Santino

Adriano y Amore salieron del despacho de Bennetti sin mirar atrás,


aparentemente aceptando su destino. Me dejó a solas con Luigi y Savio.
El primero estaba preocupado que yo disparara a su padre. No es una mala
suposición.
Mi sangre se calentó al ver a Amore de pie frente a mí, ese olor a fresas
invadiendo mis fosas nasales de la mejor manera posible. O de la peor,
dependiendo de cómo lo considerara. Cada vez que la había visto esta
semana, había brillado, y tuve que luchar contra el impulso de no golpear
o matar a cualquier hombre con el que hablara. Me veía, pero me evitaba
como si su vida dependiera de ello. Me miraba con desprecio en sus ojos.
La frustración me arañaba el pecho y el corazón porque ella se había
convertido en todo para mí. Quería ahogarme en ella, envejecer con ella,
disfrutar de su luz y sus sonrisas. Quería ser el que le diera todo, el que la
hiciera feliz. Quería que corriera hacia mí en busca de consuelo y felicidad;
como lo había hecho en el pasado. En Italia.
Sin embargo, esa mujer parecía haber desaparecido.
Sus ojos, la expresión en el momento en que me vio, parecían arder a
través de mi piel y directamente a mi polla. La forma en que sus labios se
separaban y sus ojos verdes brillaban me hacían desear saborearla de
nuevo. Cada vez que me miraba, una oleada de conciencia recorría mi
columna vertebral y mi polla respondía. Era condenadamente molesto. La
había tenido, de todas las maneras posibles, pero no era suficiente. Quería
más. Mi obsesión con esta mujer solo crecía con el tiempo. Toda una vida
con esta heredera nunca sería suficiente. No hasta que poseyera cada
centímetro de ella, como ella poseía cada centímetro de mí.
Inclinándome hacia atrás, apoyé el antebrazo en la repisa de la
chimenea y dejé que la ira ardiera por mis venas y, con suerte, se
evaporara. Necesitaba una mente clara para ejecutar mi plan.
—Eso salió bien —anuncié con sarcasmo. De alguna manera no me
sorprendió que Amore se enfrentara a su padre. Y su aceptación final bajo
la amenaza de los hombres muertos no duraría. Bennetti no tenía ni idea
que su hija había empezado a librar sus propias batallas—. Parece que
planeas arrastrarla al altar por el cabello.
Nunca se lo permitiría. Yo era el único hombre que podía tirar de su
cabello. Mis puños se cerraron, la sedosidad de su melena roja un recuerdo
que nunca dejaría pasar. ¡Maldición, no es algo en lo que pensar ahora
mismo!
La mirada pensativa de Luigi se detuvo en la puerta por la que había
salido su hermana. Tal vez el muy idiota se había dado cuenta por fin que
su hermana tenía columna vertebral y podía pensar por sí misma.
Los ojos de Savio se movieron entre su hijo mayor y yo.
—Si ustedes dos tienen algo que decir, escúpanlo.
Luigi se encogió de hombros.
—Creo que se rindió con demasiada facilidad —murmuró—. Amore
no suele ceder. Nunca. Incluso cuando se ve acorralada. —Se encontró con
la mirada de Savio—. Ya lo sabes, Pà.
Su padre barajó papeles sobre su escritorio aparentemente
imperturbable, pero él también lo sabía. Podía leer al hombre, pero era
terco.
—Ella reconocerá que es por su propio bien —afirmó—. Esto le
ofrecerá protección de la Cosa Nostra mientras vive la vida que su madre
quería para ella.
—Podría haber sido bueno preguntar qué quería Amore —murmuró
Luigi en voz baja, sorprendiéndome. Estuve de acuerdo. A pesar de su
edad, Amore sabía lo que quería. Lo sabía desde hacía mucho tiempo. No
era una chica indecisa, insegura de sus deseos o sueños.
—Amore y Adriano han estado unidos por la cadera desde que se
conocieron —espetó agitado.
Él realmente no conocía bien a su hija.
Terminé la reunión saliendo de su despacho. Desde que se negó a
modificar el contrato matrimonial, nuestra relación era, en el mejor de los
casos, tenue. La única razón por la que no inicié una guerra total fue por
cuenta de Amore. Debería considerarse afortunado.
Suponiendo que Adriano y Amore se dirigían a su dormitorio, caminé
por el pasillo en su dirección. Cerré las manos en puños. Esos dos habían
pasado el rato en su dormitorio desde que eran niños. Pero ahora, la idea
me enfurecía.
Sin llamar, entré en el dormitorio. Estaba vacío. Menos mal. Era mi
primera vez en su dormitorio. Su espacio privado.
El dormitorio le quedaba bien. En el centro había una gran cama de
cuatro postes, toda la madera de rica caoba, pero la ropa de cama era de
color blanco con volantes. Los tonos dorados y las molduras de corona
blancas acentuaban toda la habitación. Una gran parte de su habitación
estaba dedicada a su escritorio con dibujos y una máquina de coser junto
con un maniquí sin cabeza que obviamente utilizaba para sus diseños de
moda.
Los grandes ventanales daban a los jardines traseros, y fue allí donde
divisé dos figuras. A regañadientes, tuve que admitir que esos dos se veían
bien juntos. Estaban más cerca en edad y les gustaban cosas similares,
música similar.
No importaba. Ella era mía.
Salí de la habitación y me dirigí de nuevo al primer piso y a la terraza.
Amore y mi hermano estaban junto a la higuera, aparentemente en una
seria discusión. Amore tenía las manos envueltas en sí misma, y vi que sus
labios se movían suavemente mientras hablaba.
Mis ojos recorrieron su camiseta blanca de tirantes que acentuaba sus
pechos. Seguía descalza y sus pies se movían inquietos. La mayor parte de
sus piernas estaban desnudas con esos diminutos pantalones cortos,
dejándome ver su piel lechosa. Me recordaba a las bragas cortas que tanto
le gustaban llevar. ¡Maldición! Todavía recordaba cómo se sentían esos
muslos envueltos en mi cabeza mientras le comía el coño. Esos gemidos
que emitía. ¡Maldita sea!
Verla con mi hermano hizo que se me apretara la garganta y que los
celos se pusieran a flor de piel. No importaba que ella lo rechazara alto y
claro en la oficina de Savio. La animosidad se arrastró por mí, manchando
mí ya negra alma. La familia lo era todo, pero por ella... estaba dispuesto
a romperla. Esta obsesión que tenía por ella era como el veneno más dulce
al que no podía renunciar.
La pregunta era si ella me perdonaría por lo que estaba a punto de
hacer.
La vi sacudir la cabeza ante lo que Adriano estaba diciendo, y luego
dejé escapar un suspiro frustrado. Casi parecía que estaban discutiendo.
En todos los años que se conocían, Amore nunca se había enfadado con
Adriano.
¿Por qué discutían ahora?
La mirada de Amore se desvió hacia la mía, y al instante su expresión
se cerró. Dijo algo que parecía un “Tu hermano está aquí” e
inmediatamente la discusión cesó.
Capítulo 54
Adriano

D
—¿ esde cuándo lo sabes? —Fue la primera pregunta de Amore. No
la había visto desde nuestro tiempo en Ibiza y de alguna manera todo había
cambiado.
—Unos dos meses —admití de mala gana.
Ella se puso rígida y apretó los labios en una línea apretada. Era lo
único que mostraba su descontento. A veces deseaba que discutiera como
otras chicas, pero no Amore. Cuando estaba enfadada, ella se callaba.
La noticia del contrato matrimonial la sorprendió tanto como a mí
cuando me enteré. A diferencia de mí, ella se oponía apasionada y
obstinadamente. Sabía que estaría en contra incluso antes de oponerse
abiertamente. No estaba seguro de cómo me sentía al respecto. El rechazo
me dolió un poco.
Habíamos sido mejores amigos durante mucho tiempo. Me
preocupaba por ella, la quería.
—¿Sería tan malo casarse conmigo? —le pregunté. Ella era la única
mujer a largo plazo en mi vida. Tal vez había una razón para ello y era
ésta.
El matrimonio no me parecía tan mala idea, aunque no me
entusiasmaba no trabajar en la Cosa Nostra. Nunca pensé en hacer otra
cosa. Estaba metido en esto de por vida, pero ahora me han dado una
salida. Supuse que una vez casados, podríamos discutir mi posición en la
Cosa Nostra. Quería ser el subjefe de Santi.
—Adriano, tú no me amas —murmuró suavemente, con las manos
rodeando su pequeño cuerpo. En los últimos años, Amore se ha convertido
en una hermosa mujer. Un encanto. Pero de alguna manera se me escapó
de las manos. Cada vez buscaba menos mi consuelo.
—Sí te amo —repliqué tercamente.
—Como un amigo —insistió—. Y yo te amo como a un amigo. Pero
el matrimonio es mucho más.
—Entonces lo hacemos más —afirmé con convicción. Podía ser tan
cabeza dura como ella.
—Dime una cosa —empezó ella, con expresión seria—. En todos estos
años que hemos sido amigos, ¿alguna vez has pensado en mí como algo
más?
Solo una vez, pero me daba vergüenza admitirlo, así que me quedé
callado. Sonaría mal si admitiera que estaba celoso cuando llamó a Santi
en su decimoctavo cumpleaños.
—Incluso cuando me hice pasar por tu novia, nunca se te ocurrió
hacerme realmente tu novia.
Su mirada parpadeó sobre mi hombro, se tensó mientras un suave
rubor coloreaba sus mejillas.
—Tu hermano está aquí —murmuró Amore en voz baja, y giré la
cabeza para ver a Santi de pie—. Será mejor que te vayas —me instó.
La comprensión me golpeó como un rayo. Estaba allí todo el tiempo
en los ojos verdes de Amore. En toda su cara. Estaba enamorada de mi
hermano. Como las piezas de un rompecabezas que encajan, las cosas por
fin tenían sentido. No era solo mi hermano el que la quería; ella también
lo quería a él.
Santi se fue a Italia hace dos meses. Cuando volvió, estaba de muy
buen humor. Planeaba irse de vacaciones todos los fines de semana.
Mierda, decíamos todos. No se había tomado un día de vacaciones lejos
de la Cosa Nostra en toda su vida. Sin embargo, ahora planeaba ir todos
los fines de semana.
Entonces algo pasó y se metió con Savio. Todo fue por Amore. Incluso
le disparó a Luigi.
¿Santi se acostó con mi mejor amiga?
—Me voy a ir —le dije a Amore.
Amore había cambiado en Italia. ¿O tal vez sucedió justo antes que se
fuera a Italia? La noche en The Orchid pasó de repente por mi mente. La
noche en que la encontré sonrojada en el despacho de Santi, a solas con él.
Era la primera vez que la veía enfadada con él.
Agaché la cabeza y le di un beso fugaz en los labios. Lo había hecho
muchas veces, pero era la primera vez que ella se ponía rígida al contacto.
Antes el gesto era amistoso, pero ahora... no estaba seguro de lo que era
ahora.
—Te llamaré más tarde —dije suavemente—. Confía en mí, todo se
solucionará.
Una mirada dudosa apareció en sus ojos, pero rápidamente la disimuló.
Era otra cosa que se le había dado bien, ocultar sus sentimientos.
—De acuerdo. —No parecía convencida. Aunque no podía culparla.
A lo largo de los años, la mayoría de las veces la metí en problemas en
lugar de sacarla de ellos.
Santi siempre la salvaba, pensé con amargura. Yo la metía en
problemas y él la sacaba. No me extraña que se enamorara de él.
Me acerqué a Santi, echando una mirada hacia atrás por encima del
hombro. Amore evitaba mirar a mi hermano.
—¿Listo? —me preguntó mientras me acercaba.
Mi hermano y yo no éramos exactamente iguales, pero siempre
estábamos cerca. Incluso cuando yo metía la pata, él me regañaba y
seguíamos adelante. Sin embargo, los últimos dos meses no podíamos
coincidir en nada.
Ahora entendía por qué Pà y Santi querían echarme de la Cosa Nostra,
pero al igual que Amore, deseaba que me preguntaran si quería eso.
—Sí. ¿Vamos a parar en tu oficina?
Santi era un adicto al trabajo. Últimamente más que nunca. Aunque
ahora tenía sentido. Él estaba enfadado por Amore.
—Te dejaré. Tengo algunos asuntos que tratar. —Usaba su voz
impasible conmigo, su expresión fría y oscura.
—¿Por qué? —le pregunté. Me molestaba que me mantuviera en la
oscuridad.
—Solo algunos asuntos de trabajo —respondió, con los ojos puestos
en su teléfono, tecleando algo.
—Todavía no estoy fuera, Santi —le dije con amargura—. Podrías
esperar a que me case para echarme. —La fría expresión de Santi se
encontró con la mía, y supe que lo había enfadado. Últimamente, todo lo
que hacía lo enfadaba—. Amore y yo aceleraremos nuestra boda. Estoy
deseando que llegue mi noche de bodas.
Su mandíbula se tensó y sus dientes se apretaron. ¡Bingo!
—Esto es un negocio privado —dijo con voz frígida—. Y no habrá
expedición de la boda.
Atravesamos el lugar de los Bennetti en silencio, ambos sumidos en
nuestros propios pensamientos. Si mi hermano se negaba a hablar, yo se
lo sacaría.
Subimos al auto de Santi y condujimos en silencio.
—Estaba pensando —empecé una vez que estábamos casi en la
ciudad—. Una vez que Amore y yo nos casemos, y su herencia esté
resuelta, quiero volver a entrar.
Ambos sabíamos lo que significaba “volver a entrar”.
—No es inteligente. —Eso fue todo. Ninguna explicación, nada. Mi
hermano ni siquiera me miró.
—¿Por qué no? —argumenté—. Ella dirige un negocio de mil millones
de dólares, ¿y qué se supone que debo hacer yo? ¿Quedarme en casa y
cocinar?
Levantó una ceja, pero permaneció en silencio, con la mandíbula tensa.
—Santi, Cosa Nostra es todo lo que conozco, y lo que pensé que haría
el resto de mi vida —murmuré.
—Hay otros trabajos —gritó. Estaba al borde del abismo, exactamente
donde yo quería.
El auto se detuvo frente a mi casa.
—Tienes razón —lo tranquilicé—. Me la follaré a menudo y la dejaré
embarazada.
Eso fue todo. Santi se puso en mi cara, su puño agarró mi cuello y me
empujó contra la ventana del pasajero. Cuando mi cuerpo se estrelló contra
la puerta de su Range Rover, el auto se estremeció.
—Maldita sea, Santi. —Perdí mi mierda. Tal vez Amore y Santi se
merecían el uno al otro; ambos eran tercos como mulas—. Deja que te
ayude.
Capítulo 55
Amore

No he tenido noticias de Adriano en los últimos dos días. Desde


que me dieron la noticia de nuestro contrato de matrimonio y él dijo que
me llamaría. Que él se encargaría de todo. Nada. Ni un maldito texto.
Hasta ahora. Las malditas siete de la noche y él quería verme.
*Reúnete conmigo en nuestra casa de Long Island. Urgente.*
Maldita sea, ¿qué podría ser tan urgente? No quería ir allí. ¿Pero qué
decir? Me acosté con tu hermano ahí, así que las cosas eran incómodas.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó el tío Vincent por décima vez.
—Sí —repetí, porque él no requeriría muchas explicaciones.
Literalmente, acababa de llegar a casa del trabajo cuando llegó el mensaje
de Adriano. El tío Vincent estaba saliendo por la puerta y se ofreció a
llevarme—. Debería haber conducido yo misma. —Ni siquiera se me
ocurrió que la última vez que estuve aquí Adriano desapareció y acabé
acostándome con Santi.
—Mándame un mensaje y vendré a buscarte.
—Debería haber traído a DeAngelo —murmuré.
—¿Los Russo te están amenazando? —La voz de Vincent se volvió
cortante.
—No, no —respondí rápidamente—. Solo que él se hubiera quedado,
ya sabes. Y tú estás ocupado. —Excusas poco convincentes—. De todos
modos, hasta luego.
Agarrando mi bolso, abrí la puerta y salí antes que otro estúpido
comentario saliera de mis labios.
En el momento en que arrancó, Adriano salió por la puerta y me
abrazó.
—Ahí estás.
—Hola —lo saludé. De alguna manera, me resultaba familiar pero
extraño. No podía explicarlo. Nuestro abrazo era incómodo. Antes era
reconfortante, ahora se sentía mal, y tenía la sensación que él también lo
percibía. Todavía no tenía intención de casarme con él. Solo necesitaba
encontrar una manera de no causar una guerra. No quería que nadie saliera
herido por mi culpa.
—Entonces, ¿de qué se trata esto? —le pregunté mientras entrábamos
en la casa. Encontré una mesa cercana y puse mi bolso sobre ella.
Recorrí el vestíbulo y el pasillo con Adriano mientras los recuerdos de
mi última visita a esta casa eran una dulce tortura. El hogar de los Russo
en Long Island parecía más grandioso que la última vez, aunque solo
habían pasado cinco meses. No pude evitar recordar todos los sentimientos
agitados cuando salí de esta casa la última vez después de pasar la noche
con Santi.
Esperanza. Amor. Felicidad.
Hoy era todo lo contrario.
Miedo. Todavía el amor. Pero también desesperación.
Realmente no quería estar en esta casa. Preferiría estar en cualquier
sitio menos aquí. Era revivir algo hermoso que he tratado de olvidar.
—Quería tu opinión —dijo Adriano mientras tomaba mi mano y me
arrastraba.
—¿Sobre qué? —le pregunté con curiosidad.
—¿Y si nos casamos aquí y vivimos aquí?
Mis pasos se detuvieron y lo miré con sorpresa.
—¿Por qué? —Luego negué con la cabeza—. En realidad, tacha eso.
Te dije que no creía que estuviéramos hechos el uno para el otro de esa
manera.
Él sonrió ampliamente.
—Lo pensaste. No estoy de acuerdo —Agachó la cabeza y me dio un
beso en la mejilla. No pude evitar ponerme rígida—. Deberíamos casarnos
—continuó como si no se diera cuenta que lo miraba molesta—. De todos
modos, la casa es muy grande, está cerca de tus padres, y Santi estuvo de
acuerdo en cedérmela si queríamos vivir aquí.
¡Diablos, no! gritó mi mente. No quería vivir en una casa en la que
perdiera mi tarjeta V a manos de su hermano mayor. Santi era un bastardo
enfermo si incluso aceptó cederla. Uf, ¿por qué me ponía nerviosa por algo
que nunca ocurriría?
—¿Qué te parece? —Adriano parecía ansioso.
—Hmmm. —Empezaría a tener ataques de pánico si esta mierda no
terminaba.
—¿Es un sí o un no? —No.
—No nos apresuremos —respondí en su lugar.
Adriano se calmó, sus ojos me estudiaron. Le sostuve la mirada, pero
mi corazón tamborileaba en agonía. Habría sido más fácil si lo amara a él
en lugar de a su hermano. Pero no, mi estúpido corazón necesitaba una
complicación y ahora estaba perdiendo a Adriano.
—¿Puedes al menos ir a revisar el piso de arriba y nuestro dormitorio?
Tragué.
—¿Nuestro dormitorio?
—Sí, el dormitorio principal —replicó—. Creo que podrías
enamorarte de él y te ayudará a decidirte.
No es probable.
—Está bien.
Dando un paso hacia la gran escalera de mármol, noté que Adriano
seguía pegado a su sitio.
—¿Vienes?
Sonrió, con una mirada ligeramente petulante. Juré que me recordaba
a Santi así.
—Ve tú. Yo te espero aquí. Una gran puerta doble a la izquierda. Está
en su propia ala privada. No vas a perderte.
Asentí con la cabeza.
Subiendo las escaleras, mi mente no dejaba de repasar mis opciones.
Quería a mi padre y siempre me había mantenido a salvo, pero estaba
segura que este acuerdo no era inteligente. Adriano y yo nunca podríamos
ser más que amigos.
Seguí el pasillo hacia la izquierda y abrí la gran puerta doble de la suite
principal. No tenía ganas de hacer turismo. En lugar de eso, mi mente
trabajaba, sopesando las opciones que podrían funcionar en beneficio de
todos y sin encontrarlas.
Realmente no necesitaba toda esta mierda en este momento. Ulrich
Anderson estaba muerto, pero necesitaba concentrarme en encontrar
dónde estaba su padre. No buscar a tientas opciones sobre cómo salir de
este ridículo matrimonio concertado.
Estaba tan perdida en mis pensamientos, que no presté atención
mientras me dirigía al baño principal. No registre el sonido de la ducha
hasta que entré. Mis pasos se congelaron al ver el contorno del cuerpo del
hombre a través del cristal de la ducha.
¡Santi está en la ducha!
Su cuerpo musculoso era un espectáculo para la vista, los músculos
marcando cada centímetro de su cuerpo. Maldición, hasta su culo era
precioso. La palma de su mano apoyada en el azulejo soportaba su peso
mientras la ducha caía en cascada sobre su apetitoso cuerpo, con la piel
bronceada brillando. Mis entrañas se apretaron y mi cuerpo se encendió en
chispas.
Santi era tan hermoso como lo recordaba, todo músculo duro y
hermosa piel dorada de aceituna. Era toda una masculinidad ruda,
exquisita y áspera. El recuerdo de la primera vez que lo probé en la parte
trasera de la limusina entró en mi mente. Su sabor salado se convirtió en
mi necesidad. Sus gemidos torturados cuando me llevaba su polla a la boca
eran mi obsesión. Me encantaba verlo perder el control mientras chupaba
su suave longitud, dándole placer.
Un gemido gutural resonó en el cuarto de baño y me di cuenta de ello.
¡Sal! ¡Sal ahora! gritó mi mente.
Pero mi cuerpo tenía una mente propia y permaneció pegado al lugar.
La piel de gallina cubrió mi cuerpo y los escalofríos recorrieron mi
columna. Lo necesitaba con un dolor palpitante. Conteniendo la
respiración, di un paso adelante y mis ojos se fijaron en su mano, que
rodeaba su dura polla.
Estaba liso y duro, sus músculos tensos, su mano entintada tirando de
su eje con fuerza y luego con lentitud. Le miré la cara, con los ojos
cerrados, el cuello tenso y la boca relajada mientras buscaba su liberación.
Me mordí el labio para evitar que se me escapara un gemido. Era muy
erótico verlo masturbarse. Los músculos de su cuello se tensaban, sus
movimientos rítmicos hacia arriba y hacia abajo hacían que mis muslos se
apretaran con una necesidad palpitante.
Me quemaba, la necesidad de sentir sus manos sobre mí de nuevo era
fuerte. Quería sentir su calor bajo las yemas de mis dedos mientras
exploraba su cuerpo. Sin embargo, él estaba prohibido para mí.
Estaba tan excitada; la tentación y lo que más deseaba estaban aquí, a
mi alcance.
—Amore —dijo con un gemido áspero, y mis ojos regresaron a su
rostro con un grito ahogado que escapó de mi garganta.
Sus ojos se abrieron de golpe, su movimiento se detuvo cuando
nuestras miradas se cruzaron, y mi corazón retumbó con fuerza en mis
oídos. El aire se calmó, lo único que había entre nosotros era un infierno
de lujuria y deseo. Contuve la respiración con anticipación. Una persona
inteligente se iría, pero cuando se trataba de Santi, yo no era inteligente.
Lentamente, a sabiendas, Santi volvió a mover su mano. Hacia arriba
y hacia abajo. Nuestros ojos se fijaron el uno en el otro mientras él
mantenía el ritmo constante. Hacia arriba y hacia abajo. Dios mío, solo
quería arrodillarme y probarlo. El corazón me latía con más fuerza, y mi
respiración salía en forma de jadeos cortos.
Dios, lo deseaba. Más que cualquier otra cosa en mi vida.
Sus ojos oscuros no dejaban de mirarme, con hambre en sus
profundidades. La conciencia y el deseo ardían en su oscuridad mientras
su mano se movía a lo largo de su longitud. Un suave gemido atravesó el
aire. Era mío, me di cuenta asombrada.
Siguió observándome con su mirada encapuchada, mis ojos bajaron a
su eje hinchado. Su agarre era firme, seguro cada vez que pasaba por
encima de la corona. Sus movimientos se volvieron más duros, y me mordí
el labio inferior para evitar que otro gemido subiera por mi garganta. Sus
golpes se volvieron más rápidos, follando en su puño con movimientos
casi brutales.
El anhelo y el deseo se acumularon entre mis muslos. Un dolor
pulsante insoportable. Era imposible no imaginar su sabor salado en mis
labios, su polla dentro de mi boca. Mi excitación húmeda se filtró en mis
bragas y tuve que luchar contra el impulso de colar mi propia mano entre
mis piernas. Sería tan fácil. Oh, tan fácil, y conseguiría mi liberación. En
lugar de eso, apreté los muslos, con un deseo palpitante casi intolerable.
Mis jadeos aumentaron, y sus movimientos casi se sincronizaron con
mis respiraciones cortas y guturales. Debería darme la vuelta e irme. Esto
no era justo para Adriano. Estaba abajo, esperándome. Y aquí estaba yo,
mirando boquiabierta a su hermano.
Con la respiración errática y el corazón acelerado, fantaseaba con la
polla de Santi dentro de mi coño palpitante, recordando lo bien que se
sentía dentro de mí.
Su ritmo se volvió errático y supe que estaba cerca. Lo había tenido
suficientes veces para conocer su placer. Respiré hondo, mis ojos pegados
a su polla mientras él bombeaba más fuerte y más rápido.
—¡Amore! —gritó mi nombre con un siseo justo antes de llegar al
clímax. Su polla se sacudió una última vez a través de su agarre y el semen
salió disparado sobre la baldosa, tanta semilla deslizándose por la pared.
Los celos me corroían al ver cómo el agua lavaba el semen de sus
dedos, eliminando la evidencia de su liberación. Nunca volvería a tenerlo,
y estaba celosa de todas las mujeres sin nombre y sin rostro que podrían
probar a este hombre. Verlo era erótico, en el sentido equivocado, pero no
podía mentirme a mí misma. El deseo por este hombre nunca disminuiría.
¿Cómo podría casarme con alguien con ese conocimiento?
Tragué grueso, mi pulso zumbando en mis oídos. El corazón me latía
tan fuerte que me dolían las costillas, pero era incapaz de moverme.
Incapaz de irme.
La ducha se apagó; Santi salió y se rodeó la cintura con una toalla.
Salté cuando dio un paso hacia mí, el momento se rompió.
—¿Qué haces aquí? —Exhalé, con la voz ronca como si hubiera
pasado horas gritando su nombre—. Adriano me envió a revisar la
habitación. Creía que esta era nuestra habitación —Luego añadí
rápidamente—: La de Adriano y mía.
Nunca dormiría en esta casa. Y definitivamente no en esta habitación.
De ninguna manera. Me imaginaría a Santino metiéndose dentro de mí, o
a él masturbándose en la ducha... ¡De ninguna maldita manera!
Pasó junto a mí y se detuvo en la puerta. —No hasta que te cases.
Parpadeé, con la confusión en los ojos. ¿Por qué me enviaría Adriano
aquí arriba sabiendo que su hermano estaba aquí? Y en la ducha, por el
amor de Dios.
Santi desapareció en el dormitorio y pude escucharlo moverse. Quería
encerrarme en el baño, pero Adriano me esperaba abajo. Sin embargo, si
seguía a Santi a la habitación, él podría estar desnudo.
Mi piel estaba tensa y caliente, mi vestido de verano de repente
demasiado pesado contra mi carne. Todavía podía recordar cómo se
sentían sus manos en mi piel y cada fibra de mí se estremecía de necesidad.
Así era como se sentía el síndrome de abstinencia, la necesidad de algo
que sabías que no podías tener. O que no deberías tener. Con otro latido
del corazón, me armé de valor y salí del cuarto de baño, saliendo a toda
prisa del dormitorio sin mirar a Santi.
Maldito sea ese hombre. Era imposible que entrara en esta habitación
y no me lo imaginara.
Bajé corriendo las escaleras en busca de Adriano. Aunque me casara
con el hermano equivocado, nunca viviría aquí. Jamás. Aunque mi vida
dependiera de ello. Este lugar era de Santi... Lo vería en todas partes. Y
esa escena de la ducha. ¡Oh, Dios mío! No podía dejar de ver eso. ¿Querría
siquiera hacerlo?
—¿Adriano? —lo llamé. La única voz que escuché fue la mía—.
Adriano —lo intenté de nuevo, con la agitación en mi voz y mis nervios.
Si se había ido sin decir nada, me enfadaría mucho.
Me asomé al gran salón formal. Nada. Un gran salón de baile. Nada.
Comedor, cocina.
Se fue, mis instintos prácticamente me gritaban. Él malditamente se
fue.
—Maldita sea —murmuré—. Puta mierda.
Una risa profunda y familiar vino de detrás de mí y me di la vuelta,
encontrándome cara a cara con Santi. Otra vez.
—¿Qué pasa, Amore? —La voz de Santi era un timbre profundo que
me atravesaba la piel y me llegaba al torrente sanguíneo. Estaba tan cerca
que podía oler su aroma fresco y familiar—. Pensé que habías disfrutado
de ese pequeño espectáculo en el dormitorio. Después de todo, te
escabulliste ahí.
Santino sería mi muerte.
Mis mejillas ardían de calor. La audacia de este hombre. Pero tenía
razón. Lo disfruté, carajo. Me encantaba el sexo con él. Tuve citas con
otros hombres y su solo beso en la mano me producía sensaciones
espeluznantes. Santi me había arruinado.
Mis ojos recorrieron su cuerpo. Llevaba unos jeans oscuros que
abrazaban perfectamente sus fuertes y musculosas piernas y una camiseta
blanca junto con unas botas de combate negras. Le quedaba bien todo y
nada.
Y ese brazo derecho, cubierto de tinta, sería para siempre tan
malditamente sexy a mis ojos. Todavía recordaba cómo se veían nuestras
manos entrelazadas. Su piel bronceada de oliva entintada contra la mía
pálida. Cómo me inclinaba sobre la cama o el sofá, sus antebrazos
paralelos a los míos, sus manos agarrando las mías mientras me empujaba
con fuerza.
El punto dulce entre mis muslos me dolía de necesidad. Hacía dos
meses que no lo sentía dentro de mí, que no tenía las manos de ningún
hombre sobre mí, tocándome. Sin embargo, parecía que habían pasado dos
siglos sin él.
Sus ojos ardían, despertando el hambre por él en la boca de mi
estómago.
—¿Dónde está Adriano? —pregunté para romper la lujuria tácita que
chisporroteaba entre nosotros.
Se acercó un paso más.
—Supongo que se fue —dijo.
El corazón me retumbó tan fuerte que me dolieron las costillas por el
impacto. Mi fuerza era limitada. Si me tocaba, me derrumbaría. Sabía que
lo haría. Ya estaba demasiado cerca, su cuerpo a un centímetro del mío.
Mi piel se estremeció al reconocer su calor, exigiendo que me inclinara
hacia él y obtuviera mi alivio.
—¿Qué llevas puesto, Amore? —La pregunta de Santi me sorprendió,
y miré hacia abajo y al instante me sonrojé de color carmesí.
¡Estúpida!
Llevaba el vestido de verano que me compró en Italia. Era de estilo
vintage con gruesos tirantes, ceñido a la parte superior de mi cuerpo y
acampanado hasta las rodillas. Era su color favorito, verde con grandes
lunares blancos. Bromeó diciendo que le recordaba a las clásicas estrellas
de cine de Hollywood.
—Es solo un vestido —murmuré—. De todos modos, debería irme —
Sin embargo, seguí de pie. Podía culpar a su expresión oscura, la clara
exigencia en sus ojos. Nunca se me han dado bien las órdenes, pero con
Santi era un hecho emocionante y excitante.
—No —exhalé.
Pareció considerar la palabra por un segundo. Justo cuando iba a
esquivarlo, me atrajo hacia su cuerpo y su boca se aplastó contra la mía.
Su beso no tenía nada de suave. Era áspero, posesivo y tan... Santi. Nadie
besaba como Santi.
Mis labios se separaron solos, invitando a su cálida lengua a entrar en
mi boca. Su mano se acercó a la base de mi cuello, manteniéndome
inmóvil.
Levanté las palmas de las manos con la intención de apartarlo, pero en
lugar de eso lo acerqué mientras mis dedos se clavaban en sus hombros.
Se movió hacia delante, apretando mi cuerpo contra el suyo. Sus músculos
duros como una roca me hicieron sentir bien mientras me fundía en su
áspero abrazo.
Un pequeño gemido sonó en lo más profundo de mi garganta, y su beso
se volvió más fuerte. Conocía mi cuerpo mejor que yo. Introdujo su lengua
entre mis dientes, explorando cada centímetro de mi boca. Cada rincón.
Como si volviera a ser nuestro primer beso.
Un dolor palpitante se intensificó entre mis muslos y otro gemido
desesperado se me escapó cuando sentí el grueso bulto de su erección
rozando mi estómago.
Más, por favor, más. No estaba segura de sí había pronunciado las
palabras o no, pero él comprendió mi necesidad. Me dio unos besos
ásperos y hambrientos por la cara, por la línea de la mandíbula, con su
vello áspero contra mi suave piel.
—Mírame. —Su mano se enroscó en mi coleta y me hizo levantar la
cabeza para que le mirara. Me obligué a abrir los párpados. Estaba tan
cerca que podía ver motas de brasas en sus ojos oscuros. La necesidad de
él me arañaba el pecho—. ¿Cuántos? —Parpadeé confundida ante su
pregunta, frunciendo el ceño para captar su significado a través de mi
cerebro empañado por la lujuria.
—¿Q-qué? —pregunté.
—¿Cuántos putos hombres has tenido desde que me fui de Italia?
Un jadeo salió de mis pulmones y algo se rompió dentro de mí. Cada
parte oscura y obsesiva de él acechaba en sus ojos, y la ira era lo único que
me quedaba.
—Vete a la mierda, Santi —solté—. No es asunto tuyo.
Me miró fijamente durante mucho tiempo y luego me soltó.
—Los encontraré —afirmó con naturalidad—. Y los mataré a todos y
cada uno de ellos.
Mis ojos se abrieron de par en par ante su proclamación. Había
oscuridad a su alrededor, tirando de mí, amenazando con tragarme entera
si lo dejaba.
—¿Y Adriano? —susurré. El aire se enfrió al instante unos cuantos
grados más—. ¿Vas a matarlo también?
Se quedó mortalmente quieto y el silencio que nos rodeaba gritó,
amenazando con tragarme entera.
—¿Él te folló? —gruñó, sus dedos se clavaron en mi muñeca
dolorosamente—. Amore —gruñó como advertencia.
—¡Suéltame! —Me gustaría decir que mi voz era firme, pero era
jadeante. Rasposa. Necesitada.
—¿Él. Te. Ha. Tocado?
Tropecé hacia atrás ante sus palabras. ¿Tan poco pensaba en mí? No
podía ni pensar en Adriano dentro de mí. Santi me estaba atormentando.
No se lo permitiría.
—Dime algo, Santi —Me negaba a que tuviera la mano más alta, a que
jugara conmigo. La brisa entraba por la ventana abierta de la cocina, el aire
era fresco. Una triste melodía italiana llegaba desde algún lugar en la
distancia. Me recordaba a Italia y al tiempo que pasamos juntos allí—.
¿Cuándo te enteraste de mi contrato de matrimonio? —le pregunté, con
una voz extrañamente calmada, a pesar que la piel me ardía después de
nuestro beso compartido.
Su cuerpo se tensó, pero no se movió.
—Después de Italia.
Mi corazón se detuvo al comprender que había terminado las cosas de
la manera en que lo hizo debido a esa revelación. El dolor aún perduraba
en algún lugar profundo. Debería habérmelo dicho, tal vez podríamos
haber encontrado una manera...
Detuve el tren de pensamiento. No llevaba a ninguna parte, solo a un
dolor más profundo.
—Bueno, al menos no eres tan sucio como para tirarte a una mujer que
ha sido prometida a tu hermano. —Las palabras eran duras, pero sus
acciones eran más duras. Me molestó que no luchara por mí. Desde mi
punto de vista, parecía que me dejaba ir con bastante facilidad. Lo que me
decía que sus sentimientos nunca fueron tan fuertes como los míos.
—Amore...
—No lo hagas —Sacudí la cabeza—, solo... no lo hagas.
—Si lo hubiera sabido, habría...
—¿Qué? —Mi voz subió de tono—. ¿Qué habrías hecho, Santi?
—No te habría tocado.
Un dolor agudo me atravesó y se me escapó un jadeo. No era más que
un pedazo de culo para este hombre mientras mi corazón sangraba delante
de él, justo en el suelo de la cocina.
—Es bueno saberlo. —Forcé el dolor en un rincón oscuro donde
residía el dolor de todas mis pérdidas—. Sin embargo, ahora lo sabes —
continué—. ¿Por qué el beso, el toque o las palabras? Ahora sabes que soy
de Adriano.
Su mandíbula se tensó, la ira era clara en su rostro.
—Haznos un favor a los dos, Santi. Aléjate de mí. Inventa una excusa,
mantente ocupado, ve a disparar a alguien. Me importa una mierda, pero
no estés cerca.
Intenté esquivarlo, pero su mano se enroscó en mi muñeca,
obligándome a detenerme.
—Suéltame —siseé.
—¿O qué?
—O gritaré tan fuerte que mis hermanos lo oirán en nuestra casa. Y
créeme, dispararán antes de hacer preguntas.
Su temperamento se encendió y me apretó contra la pared de piedra,
las sombras nos ocultaban de todos en la casa. Aunque no tenía ni idea de
por qué, porque no había nadie alrededor.
—No me presiones, Amore —susurró contra mi oído, su aliento
caliente hizo que mis entrañas se apretaran de necesidad. Eso fue todo lo
que necesité, su aliento contra mi oreja, y me derretí como el hielo bajo el
sol abrasador.
Este amor por él me estaba arañando el pecho, destruyéndome
lentamente, y lo odiaba, maldición.
—¿O qué? ¿Me dispararás?
—¿No crees que no lo he intentado? —gruñó—. ¿No crees que intenté
romper el compromiso?
Mis ojos se clavaron en los suyos y busqué la verdad en sus oscuras
profundidades ambarinas. Santi Russo podía ser muchas cosas, pero
mentiroso no era una de ellas.
Tal vez. No lo sé. ¡Maldita sea!
—Tu padre se niega rotundamente a romper el contrato.
Mis oídos sonaron. ¿Cuánto tiempo he estado escuchando de Papá y
de mis hermanos lo que un Russo quiere lo toma? Si me quisiera, me
habría sacado de este irracional contrato matrimonial y me habría
conservado para él. Había una manera; algo que Santi podría haber hecho
para romper el contrato, pero no me consideró lo suficientemente digna
como para satisfacer las exigencias de mi padre. Si hasta ahora creía que
me dolía el corazón, me equivocaba.
¡Oh, qué equivocada estaba!
Ahora mismo, sus palabras desgarraban mi corazón, apuñalándolo un
millón de veces y haciéndolo pedazos. Este dolor se sentía como un cristal
roto contra mi piel, dejándome en carne viva por dentro.
—Suéltame, Santi —le dije con voz fría y la cabeza alta.
Como no se movió, le arranqué el brazo de un tirón. Me aparté de él,
dando cinco pasos, el zumbido en mis oídos ahogando el dolor.
—¿Quieres saber algo gracioso? —Miré por encima de mi hombro
para verlo mirando tras de mí, con la mandíbula apretada—. Habría
regalado todo el Imperio Regalè si me lo hubieras pedido. —Algo oscuro
parpadeó en sus ojos y sus dientes se apretaron.
—Adiós, Santi.
Sin decir nada más, me alejé de él, con la espalda rígida. Tenía que
salir de la habitación antes de decir algo estúpido. Cogiendo mi bolso de
la mesa al salir, opté por llamar a Lorenzo en lugar de al tío Vincent. Mi
hermano no me interrogaría ni amenazaría con destrozar a los Russo.
Salí de su casa y comencé a bajar por su largo camino de entrada. No
llegué muy lejos. Apenas había llegado a la mitad del camino cuando un
auto se detuvo a mi lado. Era el Aston Martin de Santi. La ventanilla del
pasajero se deslizó hacia abajo.
—Entra en el auto, Amore.
—No. —Seguí caminando cuando escuché el portazo del auto—.
Lorenzo me recogerá.
No podía soportar estar cerca de él. Ni siquiera se molestaba en luchar
por mí, y yo quería rogarle que me quisiera. Era triste y patético. Yo era
patética.
—Te llevaré a casa. —Su gran mano rodeó mi muñeca y me dio la
vuelta.
—Quítame las manos de encima —siseé. Tiré de mi muñeca, pero fue
inútil. Él era mucho más fuerte.
—No seas estúpida.
Entorné los ojos hacia él.
—Tú eres el estúpido —grité—. Estoy harta que me tomes el pelo,
Santi. —Su agarre de la muñeca se hizo más fuerte y su expresión se
ensombreció—. Me quieres. No me quieres. Me quieres otra vez, y luego
terminas conmigo. ¿Cuál es?
—Amore…
—En realidad, no respondas a eso —lo corté—. Ya no importa porque
ya no te quiero.
—Mentirosa.
Lo miré fijamente, con el pecho hinchado de dolor. Podía pasar del frío
al calor y viceversa, arrastrando mi corazón por el barro y dejándolo
sangrar. Por él.
Endurecí los hombros y aparté la mano de su brazo.
—Fue sexo, Santi.
Se acercó otro auto y lo reconocí como el de Lorenzo. Justo a tiempo.
Sin decir nada más, me apresuré hacia él. No podía esperar a salir de aquí.
Incluso su leve toque en mi muñeca me quemaba hasta el fondo. Esta
lujuria por él sería mi muerte. Podía ocultar mi corazón, pero no la
reacción de mi cuerpo.
Una vez que entré en el auto de Lorenzo, cerré la puerta con demasiada
fuerza. Los ojos de mi hermano me observaron, y mis entrañas se
sacudieron con agitación. La irritación danzó sobre mi piel, la picazón por
estallar y aliviar la frustración pesaba.
La suave risa de Lorenzo me sacó de mi estado de ánimo.
—¿Pelea de amantes? —bromeó.
Mi corazón se detuvo y mi aliento se atascó en la garganta.
—¿Qué?
—Tú y Santi —añadió, como si estuviéramos hablando de sabores de
café—. Has estado enamorada de él por un tiempo.
—Yo… yo... —Debería negarlo, pero las palabras se me atascaron en
la garganta. La verdad es que amaba a Santi desde hacía mucho tiempo.
Era difícil recordar cuándo no lo amaba. Un flechazo inocente que se
convirtió en un amor que lo consumía todo. Por desgracia, era unilateral.
Para Santi, yo era una chica más. Ni siquiera su tipo. Él prefería a las
rubias.
—Tú lo amas —terminó Lorenzo por mí—. Si intentas esa mierda de
''es ese momento del mes'' conmigo, me detendré y te daré un largo
discurso.
Suspiré. Era inútil negarlo.
—No sé cómo no amarlo, Lorenzo —susurré mi confesión, con la
desesperación acompañando mi voz.
—Eso es pesado —respondió, sus ojos se desviaron hacia mí,
observándome pensativamente—. Seré el primero en admitirlo, Amore.
Me sorprendió cuando lo percibí por primera vez. Tú y Santi no parecen
tener mucho en común.
—Lo sé —dije—. Pero con él... me siento segura. Viva. Feliz —Me
presioné la frente con la palma de la mano—. No puedo explicarlo. Pensé
que era solo un enamoramiento. Excepto que cuanto más crecía, más sentía
por él. El mundo parece mejor con él.
Asintió en señal de comprensión. —Nunca me di cuenta que fueras tan
romántica, hermana.
—Yo tampoco —repliqué secamente—. Ojalá pudiera apagarlo.
—Pero entonces no serías tú—. Lorenzo tenía una manera de hacerme
sentir mejor. Siempre.
—Por favor, no se lo digas a nadie —le supliqué.
—Por supuesto que no —prometió—. Nunca rompería tu confianza.
Me acerqué y puse mi mano sobre la suya en el volante.
—¡Gracias!
—La cuestión es qué hacer al respecto —murmuró pensativo. Retiré
mi mano y coloqué las dos sobre mi regazo.
—Todo este lío con este estúpido acuerdo matrimonial... —Me quedé
sin palabras. Aunque no estaba convencida que Santi me hubiera
mantenido.
—Con el hermano equivocado —añadió.
¡Oh, alguna vez fue el hermano equivocado!
—De cualquier manera, Lorenzo —murmuré—. No me casaré con
Adriano. Solo tengo que encontrar la manera de detener esta locura sin
provocar una guerra entre las dos familias.
—No te estreses, Amore —dijo con tono inexpresivo—. Si todo lo
demás falla, te secuestraré. No te casarás con Adriano.
Mis cejas se fruncieron ante el extraño comentario. Nunca le gustó el
drama.
Capítulo 56
Santino

El arrepentimiento tenía un sabor amargo.


La vi alejarse de mí con la cabeza alta. No llevaba corona, pero bien
podría haberla llevado. La princesa se convirtió en una reina. Sus palabras
fueron claras: lo habría dado todo para que siguiéramos juntos.
La sola idea de renunciar a ella me mataba por dentro. Pero me negué
a renunciar a ella. La heredera se había convertido en una residente
permanente en mi corazón.

—¿Qué diablos, Adriano? —Golpeé el cuerpo de mi hermano contra


la pared, haciendo sonar las estanterías. Todavía se quedaba en casa de Pà,
así que era fácil pasar por ahí. Vivíamos lo suficientemente cerca.
El imbécil me pidió que me reuniera con él en la casa. Acababa de
regresar de una visita a un club de drogas clandestino dirigido por los
Anderson venezolanos. Después que Ulrich fue asesinado, extrañamente,
nadie pagó. Era como si aún estuviera vivo, guiándolos. O había otro
maldito hermano Anderson que tenía que encontrar.
Tenía manchas de sangre en mi ropa cuando llegué allí y necesitaba
una ducha. Imagina mi sorpresa cuando Amore apareció en medio de todo.
—¿Cuál es tu problema, hermano? —Adriano sonrió—. Pensé que me
darías las gracias.
Entrecerré los ojos sobre él, molesto. Últimamente era demasiado fácil
molestarme.
—Tú eres mi problema.
—¿Puedes ser más específico? —dijo arrastrando las palabras,
irritando mis nervios—. ¿Te molesta la idea que me folle a Amore? ¿O el
hecho que ella será mi esposa? ¿O que me chuparía la polla?
—¿Qué? —Mi voz era peligrosamente baja. La rabia me quemaba la
garganta, hasta el pecho, y estropeaba mi visión con una neblina roja. Mi
sangre se heló, tratando de superar la furia hirviente. No sería bueno para
mí matar a mi propio hermano.
—Creo que le gustará arrodillarse para mí —dijo Adriano sin
expresión—. Siempre ha estado tan ansiosa por complacer y...
Mi puño conectó con su boca antes que pudiera terminar la frase.
Levanté a Adriano por el cuello de la camisa y le di un puñetazo con la
otra mano, directamente en la nariz. Sus ojos se humedecieron por el
impacto y la sangre se deslizo al instante por su nariz. No me detuve. Le
di otro golpe en el estómago y luego otro en la mandíbula. El fuego me
inundó, toda la tensión de los últimos dos meses por negarme a mí mismo
lo que más quería en el mundo.
Una película de color rojo manchó mi visión, y mis nudillos estaban
magullados por la fuerza de mis golpes, ardiendo con cada puñetazo
cuando sus palabras penetraron a través de la niebla roja.
—Ella te ama —dijo Adriano, escupiendo sangre al suelo.
Sonrió, con la sangre en la cara y en los dientes. No se defendía, y mi
puño se detuvo en el aire. Quizá mi hermano había perdido la cabeza. ¿Eso
justificaría la cancelación del contrato matrimonial?
¡Jesús! Era irreal lo mucho que ese único pensamiento consumía mi
mente. Quería a esa mujer de ojos esmeralda y cabello rojo. Solo a ella.
Me estaba volviendo loco. Tal vez fuera yo quien finalmente perdiera la
maldita cabeza.
—Ella te ama, Santi —repitió.
Esas palabras me hicieron un agujero en el pecho.
—¿Ella te lo dijo?
—Ella no necesitaba hacerlo. La conozco desde hace suficiente tiempo
como para verlo escrito en su cara. Fue la razón por la que les pedí a ambos
que fueran ahí. Pensé que ustedes dos podrían resolverlo. Aparentemente
no, así que necesitas mi ayuda.
Pensé en sus palabras. Ni Amore ni yo mencionamos las palabras. ¿No
me dijo unas horas antes que solo era sexo?
Me senté en el suelo junto a mi hermano, ambos respirábamos con
dificultad. Todo esto se había convertido en un desastre.
—¿La amas, Adriano? —No quería saber la respuesta, pero tenía que
quedarme un poco de decencia para preocuparme por mi hermano y sus
sentimientos. Esos dos habían estado unidos por la cadera desde que ella
entró en nuestras vidas. Se lo debía.
Aunque todavía planeaba chantajearla, secuestrarla y casarme con ella
antes que tuviera la oportunidad de casarse con mi hermano. Su padre
podía hacer todos los putos planes que quisiera, pero ella sería mía. Le
daría guerra si la quería. Maldición, le daría todo mi territorio si eso lo
apaciguara. Pero ella sería mi esposa.
—Yo la amo —La respuesta de Adriano sacudió algo dentro de mí—.
Pero creo que no es tan intenso como esta mierda que estás pasando. —
Maldición, ¿era tan obvio?—. Y lo que es más importante, Amore ha
dejado claro que solo me quiere como amigo.
La paz se instaló entre nosotros, y por primera vez en mucho tiempo,
sentí que mi hermano y yo finalmente nos veíamos ojo a ojo.
—¿Tienes un plan? —preguntó Adriano. Volví la cara hacia él y asentí
con la cabeza. Pà nos habría tirado de las orejas a los dos si hubiera visto
el estado en que nos encontrábamos ahora. El Don Russo peleando con su
hermano menor por una chica. Nos daría una patada en las costillas o le
haría gracia esta situación. Apuesto a que se estará riendo desde allá arriba
o desde allá abajo... dondequiera que estuviera.
—Bien —murmuró—. Porque tengo una información que podría
ayudarte.
Capítulo 57
Amore

Dos días, una hora y treinta minutos desde que me encontré con
Santi y compartimos ese beso abrasador. No, no estaba contando horas y
segundos. Mi estúpido corazón lo hacía.
No he tenido noticias de Adriano, y de alguna manera sentí que había
perdido a los dos hombres Russo. Nada parecía salirme bien últimamente.
Papá estaba planeando enérgicamente la boda que yo no quería. Lorenzo
se reunía constantemente con los Russo, para consternación de papá. El tío
Vincent y María comenzaron a salir. Incluso la Abuela estaba
constantemente lanzando bolas curvas en mi camino.
Como hoy, que decidió que haría una fiesta de empresa en el club
nocturno de Santi. The Orchid. ¡Por el amor de Cristo! De todos los lugares
de esta ciudad, este es el mejor que se le ocurrió. ¡Increíble!
El único que actuaba igual era Luigi. No era un buen augurio para esta
familia. Amaba a mi hermano, pero podía ser tan malditamente loco e
imprudente.
DeAngelo y yo llegamos tarde a propósito. Quería pasar el menor
tiempo posible allí. No había estado en The Orchid desde mi primer beso
con Santi. Realmente tenía que salir de este coma por Santi.
El conductor se detuvo en la entrada del club nocturno, dejándonos
salir a DeAngelo y a mí. Había una larga fila de gente esperando para
entrar al club, pero nos dirigimos hacia el guardia y la entrada privada.
Debe habernos reconocido e inmediatamente abrió la puerta.
Caminamos por el oscuro club, con los agudos ojos de DeAngelo
observando nuestro entorno. Aunque, teniendo en cuenta el propietario,
tenía la sensación que éste podría ser uno de los lugares más seguros.
—Esto debería ser divertido —murmuré, con el ánimo agriado. La
pista de baile se convirtió en una pasarela improvisada. No sería una fiesta
de la empresa Regalè si no hubiera unas cuantas modelos pavoneándose,
mostrando algunos diseños.
—Solo tenemos que hacerlo una hora —DeAngelo tampoco parecía
muy emocionado de estar aquí.
—¿Algo sobre George? —le pregunté en voz baja.
Negó con la cabeza.
—Apuesto mi vida a que está aquí en la ciudad. Destruimos todo lo
que tiene en Venezuela. No tiene otro lugar a donde correr.
Se me oprimió el pecho al pensar en su traición. Se me revolvió el
estómago. Él era la causa del sufrimiento de Mamá. Podía perdonarlo por
todo menos por eso.
Deseé que el Abuelo le hubiera dado el maldito cártel a Anderson. Tal
vez Mamá seguiría viva. Ese negocio no valía su vida. Ni la de mi abuelo.
Mis ojos recorrieron la habitación. El tío Vincent estaba aquí junto con
María, y no pude evitar una gran sonrisa. Me alegré por ellos. Ella era una
buena mujer y el tío Vincent parecía estar enamorado. Aunque le advertí
que, si hacía daño a mi socia, lo destriparía. Se rio como si yo hubiera
soltado el chiste más divertido. Yo hablaba más bien en serio. Me gustaba
mucho y no quería verla herida.
—¡Mi hermana favorita! —Un par de manos me rodearon y me
levantaron del suelo. Eché la cabeza hacia atrás y me reí.
—Lorenzo, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? —dije con una suave
sonrisa burlona—. Soy tu única hermana.
Puso los ojos en blanco.
—Un detalle menor e insignificante.
Mi mirada captó a Luigi apoyado en la pared, con las manos en los
bolsillos de su traje negro. Estaba lanzando miradas intensas a través de la
habitación, y seguí su mirada para encontrar a Santi, Adriano y Carrera de
pie juntos. Los tres estaban hablando y parecía que Adriano estaba en
mejores condiciones con su hermano.
¡Qué bien por ellos! pensé con amargura, pero de inmediato el
arrepentimiento me golpeó. Adriano y Santi se querían y, a pesar de sus
desavenencias, estaban juntos. Era la forma en que debía ser.
—¿Por qué está Luigi enfadado con los Russo? —le pregunté a
Lorenzo.
Se encogió de hombros.
—Santi le disparó.
Mi cabeza giró, buscando en el rostro de mi hermano señales de broma.
Hablaba en serio.
—¿Cuándo? ¿Por qué?
Lorenzo parecía no querer responderme. Entonces, un suspiro
resignado salió de sus labios.
—Papá me disparará si sabe que te lo dije.
—No se lo diré —le prometí.
—Fue hace unos meses —replicó Lorenzo—. Luigi le debía a Santi y,
sorpresa, sorpresa, nuestro hermano mayor no cumplió.
Arqueé las cejas confundida. —¿Cómo dinero?
—No, dinero no. Un favor.
Involuntariamente, mis ojos volvieron a cruzar la habitación hacia
Santi para atraparlo mirándome nuevamente. Su intensa mirada envió una
cálida oleada por mi espalda y el calor se precipitó a mis mejillas. Recé
para que estuviera lo suficientemente oscuro como para que nadie lo viera.
Esta reacción hacia él tenía que desaparecer.
—¿Qué tal un baile con tu viejo? —La voz de papá vino de detrás de
mí, y me sobresalté, girándome.
—No recuerdo haberte visto bailar nunca —le dije. La verdad es que
no tenía ganas de bailar. Prefería estar en cualquier sitio menos aquí—. ¿Y
cómo es que la abuela te invito a ti y a los Russos?
Papá se encogió de hombros y luego inclinó la cabeza hacia la pista de
baile, junto a la pasarela improvisada. Había linternas colgadas alrededor
de la pista de baile, que le daban un suave resplandor separándola del resto
de la sala. Los únicos que bailaban eran el tío Vincent y su novia.
—Me encanta bailar —afirmó con una sonrisa. Extendiendo su mano,
agrego suavemente—: No puedes evitarme para siempre, Amore.
Con un profundo suspiro, admití a regañadientes que tenía razón. No
podía evitarlo para siempre, pero no podía evitar sentirme enojada porque
me comprometiera a algo sin hablar conmigo ni tener en cuenta mis
deseos. Ese era el problema de la Cosa Nostra. Sus nociones eran
demasiado atrasadas para el siglo actual.
Deslicé mi mano en la suya y nos dirigimos a la pista de baile. En
cuanto pisamos la pista de baile, sonó una suave melodía country.
Levanté una ceja y sonreí suavemente.
—¿Country, en serio?
—Era el favorito de tu madre. —Me acercó de un tirón y me reí, en
parte sorprendida.
—Wow, Papá —murmuré ligeramente impresionada—. Nunca te
tomé por un buen bailarín —Nos movimos juntos al ritmo de la canción
de George Strait “Check Yes or No 40 ”. Supongo que no debería
sorprenderme que él supiera que a mamá le gustaba la música country.
—Esta fue la primera canción que bailamos tu madre y yo. —Su tono
era melancólico. Me aparté ligeramente, buscando en su rostro.
Rara vez hablaba de su época con Mamá. Era extraño pensar que yo
surgí debido a su infidelidad, y a la aventura de mi madre con un hombre

40
Check Yes or No: Marca Si o No. Canción en inglés.
casado. Sabía que ser un hijo bastardo en estas familias tradicionales
estaba mal visto. La única razón por la que me toleraban era por quién era
mi padre.
Me importaba una mierda. Conocía mi valor propio, y tenía que
agradecérselo a mi abuela. Se me debió pegar. Al menos en todos los
aspectos de mi vida menos en mi vida amorosa. Todas mis inseguridades
giraban en torno a un hombre soltero, alto, moreno, de cabello oscuro, ojos
oscuros y tinta en el brazo derecho.
—Le gustaba la música country —dije en voz baja—. Mucho.
—Te pareces tanto a ella —dijo con voz áspera—. Ella habría estado
muy orgullosa de ti.
Parpadeé, tragando el nudo en mi garganta. A menudo me preguntaba
si Mamá aprobaría lo que estaba haciendo. No recordaba que hubiera
levantado nunca la voz, y mucho menos que hubiera sido violenta. Y aquí
estaba yo causando estragos. Aunque tal vez yo era más parecida a ella
que a mi padre, ya que la violencia no me gustaba.
Mamá y yo compartíamos el amor por la moda y los diseños.
Compartíamos nuestra apariencia física, además de mi cabello rojo. Pero
aparte de eso, no podía recordar mucho de cuáles eran sus metas y sueños.
—Yo... yo... —me aclaré la garganta, las emociones espesas se
atascaron en mi garganta—. No recuerdo mucho de lo que ella quería que
hiciera. Solo sus... últimas palabras.
Sus últimas palabras pidiendo venganza.
Papá asintió, con comprensión en sus ojos. Yo tenía trece años cuando
ella murió, pero la vida era una serie de aventuras constantes en aquel
entonces. Ella y George estaban siempre ocupados, y luego, en un
parpadeo, todo cambió. Nos secuestraron, la sed de venganza del cártel
contra mamá por crímenes de los que ni siquiera era consciente. Y la peor
traición fue la de George. Me atrajo para que fuera tras esas orquídeas, y
cuando nos atraparon, mamá vino por mí.
—Su último mensaje para mí fue que te mantuviera a salvo —dijo—.
Y fuera del mundo criminal. Este matrimonio con Adriano asegurará eso.
Mi corazón gritó en protesta. Estaba en total desacuerdo con él, pero
no quería arruinar este momento.
—Lo único que lamento, Amore… —dijo—, fue no haber sabido de ti
hasta los trece años. Tal vez podría haberla ayudado y...
Y ella todavía estaría aquí con nosotros. ¿O mi padre también estaría
muerto? No sabía cómo habría funcionado todo. Además, mi abuela tenía
razón. Estaba casado y los matrimonios en las familias tradicionales
italianas eran para toda la vida.
—Papá, ¿cómo sabías que tenías que buscarme en Sudamérica? —
pregunté.
Un suspiro se deslizó por sus labios y sus hombros se desplomaron.
De repente, parecía cansado.
—Ella me llamó. La primera vez en trece años. —Contuve la
respiración esperando que continuara—. Fue antes que fuera por ti.
Recibió una nota del cártel. O venía por voluntad propia, o empezarían a
enviar partes de ti en una caja. —Sabía cómo terminaba la historia, pero
aun así el temor se disparó por mi columna—. Le rogué que esperara a que
yo llegara. Así podríamos ir juntos.
Mis pasos vacilaron y, de repente, recordé. Estábamos en medio de la
pista, unas cuantas personas bailaban a nuestro alrededor, pero nosotros
dos permanecíamos inmóviles.
—Se refería a ti —susurré—. Ella no paraba de decir: 'Tu papá nos
salvará. Vendrá por nosotros.
Asintió con la cabeza.
—Volé inmediatamente, pero ella se había ido antes de llegar a
Colombia. Sabía que no iba a esperar. Ella dijo que lo haría, pero yo sabía
que no... Aun así, tenía la esperanza.
Una sombra pasó por su rostro y, por primera vez, quedó claro que mi
Padre estaba luchando contra sus propios demonios en lo que respecta a la
muerte de mi madre.
—Lo siento —susurré. Me dolía el corazón por ellos. Por mí.
Él asintió, con la tristeza acechando en sus ojos oscuros.
—Yo también.
—¿Tú la amabas o era solo una aventura? —La pregunta se me escapó
antes que pudiera contenerla. La Abuela tuvo amor mientras duró su
matrimonio. No había llevado a otro hombre a su cama desde entonces. Al
menos eso era lo que me decía, aunque no necesitaba saberlo. Ella amaba
al Abuelo, a pesar de sus despiadadas maneras. No le importaba que fuera
un criminal. No me importaba que Santi fuera un criminal.
Tal vez había algo en las mujeres de esta familia que anhelaba la
oscuridad. Estaba empezando a ver una tendencia, aunque no en el buen
sentido.
Reanudamos el baile lento, la canción desvaneciéndose en el fondo.
—La amaba, pero mi orgullo era demasiado grande en ese entonces —
Nuestros pasos se movían en sincronía mientras yo me aferraba a cada
palabra, el atisbo de lo que había sucedido finalmente se ofrecía—. La
última vez que vi a tu madre, me preguntó dónde nos veía a los dos. En el
futuro. Le dije que había comprado un ático para nosotros. Debería haberlo
sabido. Ella no habría aceptado menos de lo que merecía. Con razón —
Fruncí el ceño al ver que él era tan estúpido como para pensar que eso era
suficiente para ella. Debería haber sabido que cualquier hija de Regina no
sería una pieza secundaria para cualquier hombre—. Ella me dejó ese día
con la impresión que estaba bien con eso. Fue la última vez que la vi.
Estaba convencida que papá y mamá podrían haber estado bien juntos.
A pesar de sus diferencias, encajaban. Papá era oscuro, melancólico y
despiadado. Un verdadero molde de la Cosa Nostra. Mamá era ligera,
alegre, creativa, de corazón cálido y comprensiva. Sin embargo,
encajaban. Les robaron la posibilidad de ser felices.
Continuamos bailando en silencio, ambos perdidos en nuestros
pensamientos. Sabía por mis hermanos que el matrimonio de Papá era un
arreglo, un contrato de matrimonio, y que era algo normal en este mundo.
No lo era en el mundo de mi madre. La Abuela se casó por amor. Pensé
que mamá amaba a George, pero ahora no estaba tan segura. Pensando en
retrospectiva, parecía que eran muy buenos amigos, pero era difícil confiar
en la memoria borrosa de una niña. La abuela había dicho que George era
un conocido del Abuelo.
La canción terminó y me sorprendió cuando cambió a otra canción
country. “Big Green Eyes41” de Alan Jackson. Más sorprendente aún fue
que Papá quisiera otro baile.
—De acuerdo, Papá —acepté—. Hoy estás lleno de sorpresas. —Se
rio, pero me siguió la corriente. Con una mano en la suya, levanté la otra,
balanceándola en el aire, riendo—. Solo sigue la música. Sin pasos.
—¿Qué clase de canción no tiene pasos? —murmuró, pero me siguió
sin problemas.
—Bennetti, realmente tienes que seguir las tendencias. —La abuela
apareció por mi izquierda—. Vamos a enseñarles lo que hicimos durante
tus pijamadas, Amore.
Eché la cabeza hacia atrás y me reí.
—¿Te sabes la letra, Abuela?
Ella hizo un gesto con la mano.
—Aprendo rápido —Recité la letra y ella la siguió, y rompimos a
bailar como solíamos hacerlo en el salón de su ático.
Al verlos así, me deleité en la fantasía que todos nos llevábamos bien.
Todos nosotros siendo felices. Lo quiero todo, las palabras que una vez
había pronunciado resonaban en mi cerebro. Puede que fuera egoísta,
teniendo en cuenta que tanta gente no tenía nada. Sin embargo, el deseo
no desaparecía. Quería a mi padre, a mis hermanos, a mi tío, a mi abuela,
a mi mejor amigo y, sobre todo, quería a Santi.
La Abuela no debe haber estado muy interesada en mover su cuerpo
de la misma manera que solíamos hacerlo, así que, ella y Papá recurrieron
a dos pasos.
—Nunca pensé que los vería a los dos bailando juntos —comenté con
una risita.

41
Big Green Eyes: Grandes Ojos Verdes
—Estamos practicando ser civilizados para la boda —respondió papá.
El comentario ensombreció mi estado de ánimo, pero no dejé que me
molestara. La abuela me guiñó un ojo con una sonrisa que me recordó al
gato que se comió al ratón.
Ella tenía que estar tramando algo.
La canción cambió de nuevo a “That Way42” de Tate McRae. Tanto la
Abuela como Papá renunciaron a intentar bailar en estilo libre. Lorenzo se
adelantó y bailó conmigo, mientras la Abuela hacía un baile antiguo con
Papá.
La piel se me puso de gallina al escuchar la letra. Yo era adicta a Santi,
mientras él me besaba en la oscuridad y lejos de todos. Quería que me
reclamara, como lo hacía cuando estábamos solos. Quería ser suya, pero
al igual que con mis propios padres, no estaba en mis cartas. Me dolía
mucho.
Mis ojos recorrieron la habitación y captaron la mirada de Santi
clavada en mí, mareándome con su intensidad. Sería mucho más fácil si
no lo quisiera tanto.
—¿Estás bien? —La voz de Lorenzo era baja y suave—. Adriano te
está mirando como si estuviera de luto por ti.
Tragué. De alguna manera, cuando Santi me miró, todos los demás se
desvanecieron.
—Supongo que debería saludarlo, ¿eh? —murmuré.
Él se encogió de hombros.
—Me importa una mierda si lo saludas. Yo solo quiero verte feliz.
Un fuerte silbido recorrió la discoteca y nos hizo girar la cabeza. Era
como si Adriano nos hubiera escuchado hablar de él. Camino hacia
nosotros, con sus poderosas zancadas.
—¿Qué? ¿No hay baile para mí? —preguntó con una amplia sonrisa.
Mi corazón se detuvo y mis piernas también.

42
That Way: De Esa Forma.
—Dios mío, Adriano, ¿qué te paso? —Alargué la mano y le toqué la
cara.
Se encogió de hombros, apartando mi mano de su rostro, pero
manteniéndola agarrada.
—Me metí en una pelea.
—¿Con quién? —se burló Lorenzo—. ¿Un maldito boxeador?
Adriano se rio.
—Deberías ver al otro tipo —replicó secamente.
Mi hermano ahogó una carcajada.
—Lo estoy viendo. Lo único que se ve mal son sus nudillos.
Mi cabeza giró hacia Lorenzo y luego seguí su mirada. ¿Santi?
Mirando los nudillos de Santi, se veían rojos y magullados, como
siempre. Aunque era difícil de ver en la oscuridad del club nocturno.
—¿Tu hermano te golpeó? —le pregunté a Adriano, frunciendo el
ceño.
—No, luchamos un poco —Adriano no parecía preocupado en
absoluto.
—No lo sé, Adriano —resoplé suavemente—. Parece que
principalmente lucho contigo.
Como si me arrastrara una fuerza invisible, volví a encontrarme con
los ojos de Santi. Si fuera inteligente, me mudaría a otra ciudad para no
volver a verlo. Estaba maldita con los recuerdos de nuestro tiempo juntos.
Sin embargo, fue la época más feliz de mi vida. Recordaba cada palabra,
cada beso, cada caricia, y bailar juntos bajo el cielo italiano.
A veces deseaba poder olvidarlo todo para que cada mirada en su
dirección no me alterara tanto y me hiciera doler el corazón con anhelo.
Adriano y yo empezamos a bailar. Lorenzo agarró a una chica y
empezó a hacer su magia con ella mientras, de vez en cuando, volvía a
vigilarme. Luigi permaneció en su rincón, mirando a Santi. Este último
permanecía como una sombra oscura pegada a su sitio, mi cuerpo
dolorosamente consciente de cada una de las miradas hacia nosotros.
Tuve que dejar de seguirle la pista a ese hombre.
La Abuela y Papá salieron lentamente mientras las melodías se volvían
más animadas. Bailé con Adriano dos canciones. Justo cuando estaba lista
para decirle que había terminado por la noche, la música se detuvo durante
dos segundos y volvió a comenzar.
—¿Te estoy dejando?
—No.
—No lo creo.
Mi corazón saltó, luego los recuerdos me inundaron. Sonó la canción
“Promiscuous 43” de Nelly Furtado y con ella los dolorosos recuerdos de
cuando me sentía tan feliz. Fue la última canción que bailamos en Italia
antes de abandonar aquel pequeño restaurante local convertido en pista de
baile. Pensé que ambos éramos felices y, durante una fracción de tiempo,
soñé con un futuro brillante con el hombre que amaba. ¿Qué tan estúpida
fui?
Mis ojos se dirigieron al DJ a través de la sala oscura, esperando que
hubiera juego sucio. Pero estaba allí solo, mezclando con su elegante
equipo.
—¿No te gusta esta canción? —preguntó Adriano inocentemente, y yo
forcé una sonrisa en mi rostro.
—Está bien —Si no volvía a escucharla, sería demasiado pronto—.
Estoy algo cansada —murmuré, dispuesta a salir.
—Oh, vamos —me atrajo hacia él—. No me dejes colgado.
—Santi... —Se me escapó el nombre equivocado y pude morderme la
lengua. ¡Maldita sea!
Pasaron varios latidos mientras Adriano me estudiaba pensativo. Nos
quedamos inmóviles, mirándonos fijamente, con su mano enredada en mi
muñeca, sin querer soltarla.

43
Promiscuos: Promiscuo
—Es Adriano —dijo en voz baja—. Santi es mi hermano. —Tragué
con fuerza, con el corazón apretándose bajo mi pecho—. ¿Recuerdas?
Asentí, sintiéndome como una mierda. Este acuerdo matrimonial me
costaría mi mejor amigo; podía verlo venir hacia mí como un tren de carga.
—Baila conmigo, Amore —dijo. Mis pies permanecieron pegados a
mi sitio, sin querer moverse—. Por favor —añadió en voz baja. Su mirada
me golpeó en el pecho. No podía rechazarlo de nuevo, no quería herirlo
más de lo que ya lo había hecho. Más de lo que lo haría cuando finalmente
rechazara este matrimonio.
Nuestros cuerpos se movían en sintonía, pero la atracción ardiente no
estaba ahí, para ninguno de los dos. Él no tenía que decirlo; yo
simplemente lo sabía. Había visto a Adriano acechar a su presa y entrar en
modo de seducción. Aquí no había nada de eso.
Nuestros pies se movían juntos, a la izquierda y a la derecha. Hacia
adelante y hacia atrás. Luego, en círculos. Cuando me hizo girar y yo volví
a girar hacia él, me atrapó suavemente.
—Puedes contarme cualquier cosa, sabes. —Sus palabras me
sobresaltaron. La afirmación salió de la nada—. Siempre estaré aquí para
ti. De la misma manera que tú siempre has estado ahí para mí.
Mis ojos picaban y el nudo en mí garganta creció. Tome una
respiración temblorosa, mis ojos se llenaron de lágrimas y mi piel se
calentó. Trate de aclararme la garganta y tragarme el nudo que me
ahogaba, pero en su lugar, una lágrima se deslizó por mi mejilla.
Su toque fue ligero como una pluma al rozarla con su pulgar.
—¿Tan poco confías en mí?
Mis ojos se elevaron hacia los suyos, la mirada oscura tan similar a la
de su hermano. Pero tan diferente.
—No es eso —espeté. ¿Cómo podía decirle que amaba a su hermano?
Que dormí con él. Que verlo todos los días sería una tortura. Todo lo que
ese hombre tenía que hacer era chasquear los dedos y temía abrir las
piernas y dejar que me hiciera lo que quisiera—. Estoy enamorada de otra
persona —admití suavemente. No pareció sorprenderse—. Te quiero;
realmente lo hago. Pero solo como mi mejor amigo. No es justo que
ninguno de los dos se conforme —murmuré.
Una expresión pasó por su cara, pero luego sonrió.
—Lo sé —Noté que no había dicho que solo me quería como amiga y
algo en mi estómago se anudó—. Quiero que seas feliz.
Me hizo sentir podrida hasta la médula. Adriano era mucho mejor
persona que yo.
La canción terminó y suspiré aliviada. Demasiado pronto porque
Adriano siguió bailando, manteniéndome cerca.
—Todo cambiará pronto —susurró—. Solo déjame disfrutar de un
baile contigo.
Nuestros ojos se encontraron y lo miré confundida. Estaba lleno de
mensajes crípticos, y yo no entendí ninguno de sus significados.
Sonó una canción más lenta, y otras parejas entraron en la pista
mientras Adriano y yo bailábamos lentamente con la suave melodía de
“Let Me Down Slowly 44”. Mis pensamientos viajaron a dos meses atrás.
Santi no me dejó caer lentamente, seguro. Simplemente me dejó caer.
¿Estaba haciendo lo mismo con Adriano? Supongo que no había forma de
dejar a alguien lentamente si una de las personas de la relación seguía
enamorada.
Mis ojos se dirigieron a Santi como un imán. Estaba hablando con
Gabriel Carrera. Cada vez que lo veía, el dolor en mi pecho aumentaba, y
sentía como si alguien me clavara un cuchillo directamente en el corazón.
—¿Dónde están tus pensamientos? —preguntó Adriano, con su boca
cerca de mi oído.
Con Santi. Siempre con él. Me obligué a apartar la mirada,
concentrándome en Adriano.
No apareció ninguna de las sensaciones agitadas similares a cuando su
hermano me susurraba al oído. ¿Era así como se sentía Mamá al estar

44
Let Me Down Slowly: Dejame Caer Lentamente
casada con George después de amar a Papá? Yo no quería el mismo
destino. Quería amor, pasión, todo. Lo quería todo.
—No estoy segura —respondí.
—¿Recuerdas la primera vez que nos colamos en el club de striptease
de Santi?
Otro dolor agudo me atravesó el pecho, pero lo ignoré. Me estaba
acostumbrando a él. Levantando los ojos y escondiendo mi dolor detrás de
la sonrisa, asentí. Parecía hace tanto tiempo.
Adriano agachó la cabeza y apretó sus labios contra los míos.
—Está bien quererlo también —Jadeé contra sus labios y lo miré con
los ojos muy abiertos—. Después de todo, será tu cuñado.
Capítulo 58
Santino

Vi a mi hermano menor besar a la mujer que me pertenecía, y tuve


que luchar contra el impulso de no sacar mi arma y dispararle. ¿En qué
clase de bastardo me convertía eso? Cada célula exigía que tomara a
Amore y la hiciera mía. Matar a todos, quemar esta maldita ciudad hasta
los cimientos. Nadie sabía lo suave que se sentían sus labios contra los
míos, cómo se derretía bajo mi contacto. Ese derecho era mío y solo mío.
Sin embargo, aquí estaba yo, de pie, congelado, mientras mi sangre
hervía al ver a mi hermano besarse con mi mujer. ¡Mi maldita mujer!
Ningún anillo en su dedo, ninguna palabra, me la quitaría. ¡Ella era mía!
En el momento en que Amore entró en el club, el reloj se detuvo. La
sentí antes de verla, como si cada latido de su corazón se conectara con el
mío.
—Recuerda el plan —gimió Gabriel a mi lado—. Tiene que parecer
convincente para que su padre no sospeche.
—Al. Diablo. Su. Padre—. grité. Antes de poner en marcha mi plan,
había hablado con Savio una vez más. Era su última oportunidad.
Su padre se negó a modificar el contrato. ¡Otra maldita vez! Todo
porque ella no estaba destinada a estar en el bajo mundo. Pero esa no era
la única razón, y lo sabía. No quería que mis manos sucias de sangre
tocaran a su hija. ¡Demasiado tarde, maldición! La había tocado. Había
sentido su suave carne bajo mis ásperas manos. Escuche sus gemidos.
Sentí su coño apretado. Ella estaba destinada a mí. Solo para mí.
El hermano de Amore se unió a Gabriel y a mí.
—Si agarras más fuerte ese vaso, lo romperás —murmuró Lorenzo en
voz baja. Entorné los ojos hacia él, desafiándolo a que dijera algo más. No
me importaría disparar a alguien esta noche y tal vez golpear a algunas
personas también. Sería una forma de aliviar la tensión. Mi ira ardía, y no
en el buen sentido.
—¡Maldición, Santi! Contrólate —gruñó Lorenzo—. De ninguna puta
manera voy a dejar que te encargues de mi hermana en este estado.
Me tomé la bebida de un solo trago, lo puse en la bandeja y me alejé
sin hacerle caso.
Lorenzo se había ofrecido a ayudarme a conseguir a Amore. Se acercó
a mí ayer. Dijo que solo lo hacía por su hermana. Por supuesto, no le revelé
todas mis cartas. Las mantuve cerca para asegurarme que nada saliera mal.
Capítulo 59
Amore

Me quedé mirando a mi mejor amigo estupefacta, tratando de


entender qué quería decir exactamente con ese comentario.
No quería provocar una ruptura entre los Russos y los Bennettis, pero
su comentario sonaba peligrosamente cercano a estar de acuerdo en que
no debíamos casarnos. ¿No es así?
Cada célula de mí se oponía a casarme con mi mejor amigo, hermano
del hombre que amaba. Sin importar si Santi me quería o no.
La fiesta en el club estaba en pleno apogeo, la música sonaba de fondo
mientras las charlas y las risas llenaban la sala, la gente bailaba y las
modelos se pavoneaban en la pasarela. El lugar estaba lleno de hombres
con traje y mujeres con hermosos vestidos, que brillaban bajo las tenues
luces.
—¿Qué tal si tomamos una copa? —me ofreció Adriano.
—Gran idea —le dije. Hacía un poco de calor. Miré a hurtadillas el
reloj de la pared. Todavía no había pasado una hora. Desafortunadamente.
Caminamos juntos hacia el bar, de vez en cuando nos detenía alguna
cara conocida.
—¿Siempre fuiste así de popular? —preguntó Adriano mientras
dejábamos atrás a otra pareja. Todavía no habíamos llegado a la zona del
bar—. ¿O no me di cuenta porque siempre me escabullía?
Me reí. Tenía razón, normalmente pasaba tal vez treinta minutos
conmigo una vez que llegábamos y luego me abandonaba por una falda.
—No, no era popular —le dije—. Más bien, torpe.
Se rio, tirando suavemente de mi cola de caballo.
—Nunca fuiste torpe.
—Amore —dijo una voz detrás de mí, y me giré para ver a María
alcanzándonos. Una sonrisa se dibujó en mi cara. La vi a ella y al tío
Vincent bailando cuando llegué, pero no quise interrumpirlos en la pista
de baile.
Saqué mi mano de la de Adriano y la abracé.
—Lamento no haber ido a verte todavía.
—No te preocupes, bella mía 45 . —Me besó las dos mejillas. Me
recordó mucho a Italia. A menudo me preguntaba por qué no había venido
a visitarme allí. Parecía que se integraría bien ahí.
—Estás hermosa —la felicité. Ella parecía estar radiante.
Una amplia sonrisa iluminó su rostro.
—Lo sé. Esta chica con talento lo diseñó
—Y esta chica con talento lo cosió —respondí, y ambas nos reímos.
—Italia te sienta bien. Has florecido. Me sorprende que algún chico
italiano no te haya arrebatado. —Mi sonrisa flaqueó un poco, pero no hice
ningún comentario—. Y tu vestido, es precioso.
Me miré a mí misma. Era un vestido verde con aberturas que me
llegaban a medio muslo. Había pequeños abalorios transparentes
colocados estratégicamente, que brillaban cuando me movía y se
reflejaban bajo las luces. No podía evitarlo, pero desde que Santi me dijo
que le gustaba más verme de verde, me inclinaba por llevarlo. Se podría
pensar que sería lo contrario, pero aquí estaba. Aunque debía preguntarme
si inconscientemente lo hacía a propósito.

45
Bella mia: Mi hermosa en italiano.
Suspiré. Por fin podía entender las palabras del señor Russo. Yo quería
a su hijo mayor, pero me dieron al menor. Y no quería perder a ninguno
de los dos, pero ambos se me escap-aban de las manos.
—Te ves increíblemente hermosa. —El tío Vincent se unió a nosotros
con DeAngelo justo detrás de él.
—Amore es la más guapa de la familia —dijo DeAngelo sonriendo.
El tío Vincent le dio una palmada en la espalda.
—Así es, DeAngelo. —Zio 46volvió los ojos hacia Adriano—. Ningún
Russo se merece una chica Bennetti—.
Compartí una mirada fugaz con Adriano y puse los ojos en blanco.
Aunque una cálida sonrisa jugó alrededor de mis labios y mis ojos se
suavizaron.
—Gracias, Zio. —Mi mirada recorrió su figura—. Tú tampoco tienes
mal aspecto. Tu novia te está tratando bien. Ella me gusta mucho.
Me abrazó. —Lo sé, lo sé. Será mejor que no me meta con tu socia —
Miró de reojo a María y su rostro se suavizó al instante. Esos dos estarían
bien juntos.
—Bueno, Adriano y yo íbamos camino al bar —murmuré, sintiéndome
feliz y celosa al mismo tiempo por el tío Vincent y María.
Antes de irme, me envolvió en un fuerte abrazo. Era tan alto como
papá, así que mi cara chocaba con su pecho.
—¿No te dije que los Russos eran malos para tu corazón? —murmuró
suavemente contra mi cabello. Las palabras me hicieron sentir una
punzada de temor en el corazón. Creía que había ocultado todos mis
sentimientos. ¿Podría Zio ver a través de mí? ¿Podrían los demás?
—Sí, Zio —murmuré contra su pecho. Pero no podía dejar de amar a
ninguno de los dos más de lo que podía dejar de respirar.
Adriano se rio, con humor.
—¿Qué están susurrando ustedes dos?

46
Zio: Tío en italiano.
Me aparté, alejando todas mis emociones.
—Secretos de familia —bromeé con poco entusiasmo.
—Y Amore Bennetti tiene muchos de ellos. —Mi espalda se
estremeció cuando la voz de Santi me inundó como las olas de los mares
cálidos. Dándome la vuelta, me encontré con su mirada y entrecerré los
ojos. ¿Por qué estaba aquí?
Mantuve mi expresión cerrada mientras mis ojos se deslizaban hasta
su rostro para encontrarse con su mirada. La amargura se apoderó de mí
por el hecho de tener que soportar su presencia durante un evento de
Regalè. Se veía demasiado bien. Demasiado tentador.
Incluso usando su equipo en la selva tropical venezolana durante
nuestro encuentro en el complejo, se veía bien, pero con un traje... todas
las miradas de deseo se dirigían hacia él. Santi nació para llevar traje.
Llevaba un traje negro de tres piezas con una camisa de vestir blanca
impecable y una corbata negra. No podía apartar los ojos de sus fuertes y
anchos hombros. Todo su cuerpo era una obra maestra de la musculatura.
La forma en que se quedó ahí mirándome, dominándome solo con su
mirada. Como si fuera mi dueño.
El impulso de inclinarme hacia él era tan fuerte que me clavé las uñas
en la palma de las manos para no moverme. Mis ojos bajaron y se fijaron
en su mano tatuada a su lado, sosteniendo su teléfono. Tragué con fuerza
y mi corazón se aceleró tanto que me costó respirar. Esas manos eran mías;
pertenecían a mi piel.
No tenía ningún derecho sobre él. Él no tenía ningún derecho sobre mí.
Sus ojos se posaron en mi ropa, luego volvieron perezosamente y se
detuvieron en mis labios. Una chispa se encendió en sus ojos y su
expresión se oscureció.
Por el rabillo del ojo, vi a la Abuela acercarse y gemí para mis adentros.
Había demasiada gente.
Como si el tío Vincent y María escucharan mis pensamientos, se
dispersaron.
—Amore, cariño. —Me abrazó y me dio un beso en la mejilla.
Adriano me lanzó una mirada, puso los ojos en blanco y se fue,
arrastrando a DeAngelo. A Adriano no le importaba mi abuela. DeAngelo
nunca dejó pasar ninguna de las dos cosas.
Ella ni siquiera miró en su dirección mientras se alejaban.
Ignorando a todos los demás, centró su atención en mí. —No tuve la
oportunidad de decírtelo antes. Estás muy hermosa. Me encanta el vestido.
¿Tu diseño?
Me pasé la mano por la cintura.
—Sí.
Tomó mi mano entre las suyas y, por la expresión de su rostro, supe
que no me gustarían sus siguientes palabras.
—Quiero dar un discurso hoy —anunció, sus labios curvados en una
sonrisa ligeramente sádica. La que normalmente reservaba para fastidiar a
mi padre.
—Hoy no, Regina —gruñó la voz de mi padre. ¿De dónde salió?
—Esta es mi fiesta, Bennetti, y haré lo que me plazca. —Su tono estaba
lleno de veneno—. Que hayamos compartido un baile o dos no significa
que estemos en el mismo bando.
Sacudí la cabeza. No era que fueran enemigos, pero escuchándolos
hablar, definitivamente se podría pensar que lo eran. Nunca habría amor
perdido entre la Abuela y mi padre. Y yo estaba muy cansada de estar
atrapada en el medio. Me ardía la piel por la necesidad de arremeter, de
gritar, de mandar a todos al diablo, pero me contuve.
—Deja tu mierda, Regina. —La mandíbula de Papá hizo un tic-tac; se
estaba tambaleando en el borde.
Era una heredera del Imperio Regalè, del Cártel Perèz, había montado
mi propio negocio, era la hija de un Don italiano y, sin embargo, me
estaban empujando y sacudiendo a su antojo. Estaba tan malditamente
cerca de mis límites.
Los ojos verdes de la Abuela me estudiaron y yo le sostuve la mirada.
Una ola de agitación me recorrió. Ella estaba esperando, buscando algo...
pero me mantuve firme. Aunque en mi cabeza grité.
—Se hace tarde —murmuré, forzando una sonrisa. Mis ojos pasaron
por encima de Papá, la Abuela y Santi. Los demás eran inteligentes y
habían abandonado el campo de batalla—. Voy a buscar a DeAngelo y a
ponerme en marcha. —Antes de perder mi mierda.
La Abuela se limitó a ignorarme, desplazando su mirada hacia la
derecha de mí, donde ahora estaba Santi.
—Russo, gracias por permitirnos tener esta fiesta aquí. —Sus ojos
pasaron por encima de Papá y se posaron en Santi durante unos segundos
antes de volver a mí—. La boda de Amore será el acontecimiento del siglo
—continuó, y juré que se burlaba de mí—. Será cubierta por los periódicos
de todo el mundo.
—¿Cómo lo sabes? —siseó Papá, y mis ojos se posaron en él, luego
en mi abuela. No se suponía que ella lo supiera. No le dije y asumí que
papá no lo hizo. Entonces, ¿quién se lo habría dicho?
—Tengo derecho a saberlo todo sobre mi nieta, Bennetti. —Sus ojos
se dirigieron a mí y luego volvieron a mi padre, con una tormenta
acechando en su mirada verde—. ¿Te has dado cuenta de todos los
periodistas y la cobertura que está teniendo Regalè Fashion esta noche? Es
todo gracias al duro trabajo de Amore.
Algo estaba a punto de suceder. Podía sentirlo en la boca de mi
estómago. Me quedé quieta, con la columna rígida, la tensión que nos
rodeaba era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Voy a estallar.
En cualquier momento.
—No sé por qué diablos insististe en que viniéramos todos —gruño—
. Ya sé que Amore sabe lo que hace.
Odiaba a estos dos discutiendo. Estaba cansada y tener a Santi tan
cerca me ponía nerviosa. Mi pulso tronó y mi mano llegó a mi pecho.
Como si pudiera calmar mi pulso o la agitación que brotaba en mi interior.
—Bueno, voy a...
—Quédate —ordenó la Abuela. Tuve que morderme la lengua para no
estallar con ella y decirle que no era un perro.
Los miré a ambos, la frustración arrastrándose a través de mi piel.
El teléfono de Papá sonó en ese momento.
—Es de negocios —murmuró, mirando su teléfono—. Vuelvo
enseguida. —Señaló con el dedo a la abuela y apretó los dientes—: Tú y
yo hablaremos más tarde.
Se alejó, dejándome en este lío.
La mirada de la abuela se dirigió a Santi.
—¿Estás listo, Russo? —Su mirada se volvió fría—. Creo recordar que
dijiste que eras más problemático que tu padre. Puede que sea la única vez
que estoy de acuerdo con un Russo.
Mis ojos se movieron entre los dos.
¿Qué. Demonios. Esta. Pasando. Aquí?
Santi la miró fríamente; tenía esa mirada de asesino primitivo y emitía
señales de advertencia en todas las direcciones. Me di cuenta que tenía su
puño cerrado a su lado y el silencio nervioso persistía. Mis nervios se
tambalearon, viendo su mirada oscura inquebrantable y amenazante sobre
la abuela.
La abuela Regina generalmente provocaba miedo en la gente. No en
Santi.
De la nada, la Abuela se rio entre dientes, miró en dirección en la que
Papá había desaparecido y luego sacudió la cabeza, con una diversión
oscura en sus ojos.
—Estaré encantada de ver cómo Bennettis y Russos se matan entre sí
—anunció al azar.
Miré confundida a Santi, pero no pude leer una sola emoción en sus
ojos. Este era el Don Russo, sin bordes blandos. No tenía ni idea de lo que
estaba pasando entre los dos, pero sabía que no era nada bueno. Mi sangre
se heló mientras contuve la respiración.
—Está bien, que comience el espectáculo. —Se rio entre dientes—.
Bennetti siempre fue un poco ciego. No podía ver las cosas frente a sus
ojos.
—Me importa una mierda lo que Bennetti vea o no, Regina —Sus
palabras fueron una oscura advertencia mientras la observaba con una
clara amenaza.
Había demasiadas miradas cargadas entre los dos. No tenía ni idea de
los significados ocultos que tenían estos dos. Mi pulso subió a un máximo
histórico, la ansiedad reemplazo mi ira anterior.
Un escalofrío de inquietud me recorrió y mis ojos se movieron entre
los dos.
—¿Abuela? —susurré, con el temor acumulándose en la boca de mi
estómago.
Ella apartó la mirada de Santi y nuestros ojos se conectaron. Tomando
mi mano, ella la acarició suavemente.
—No te preocupes, nieta. Tengo un anuncio que hacer.
Se alejó como la reina que era y, de repente, mi sien me palpitó como
una maldita perra. Y culpé a Santi por ello.
Mirándole fijamente, escupí con amargura.
—¿Qué demonios fue eso?
Santi sonrió y me hizo cosas por dentro. Mordí mi labio inferior,
tratando de reemplazar este deseo ardiente con dolor. Sus ojos se posaron
en mis labios, oscureciéndose en los bordes. Su mirada quemaba como
carbones oscuros, poniendo mi pulso en modo hiperactivo. Un escalofrío
nervioso me recorrió la espalda. Esta respuesta hacia él era francamente
poco saludable. Un pulso doloroso explotó entre mis piernas y mi cuerpo
se estremeció con una lujuria que estaba desesperada por matar.
Tenía que controlar toda esta mierda.
Tuve que desviar los ojos de él. Tenía que... tenía que detener este calor
abrasador cada vez que estaba cerca de él. Entonces, ¿por qué estaba
parada aquí como una estatua, mirándolo fijamente, mientras toda la
habitación se desvanecía en un fondo?
—Damas y caballeros. Amore Bennetti —La voz de la Abuela
retumbó por el altavoz, haciéndome saltar. Mis ojos parpadearon hacia la
salida. No estaba tan lejos. Si caminaba rápido, estaría fuera de aquí en
poco tiempo. Entonces la noche terminaría y podríamos dejar el drama
familiar para otro día.
La Abuela tocó el micrófono, claramente consciente que no estaba
prestando atención. Con un suspiro de exasperación, me volví lentamente
hacia la pasarela elevada donde estaba mi abuela. Todo el mundo tenía su
atención en ella como si fuera una diosa allá arriba, y ella disfrutaba siendo
el centro de atención, a diferencia de mí. Los destellos de las cámaras, el
parloteo de los periodistas, todo cesó ante la expectativa de lo que Regina
Regalè tenía que decir.
Sentí su mirada sobre mí, y algo inquietante se apoderó de mí. Conocía
esa mirada. Siempre la usaba cuando tenía que tomar decisiones difíciles,
las que no le gustaban, pero sabía que eran las mejores para la empresa. O
para su familia.
—Todos ustedes saben lo orgullosa que estoy de mi nieta. —La voz
de la abuela se extendió por todos los rincones de la sala. Incluso en el
territorio de los Russo, ella dominaba—. Y hoy, tengo dos anuncios
importantes que hacer.
Sus ojos se movieron hacia Santino, justo a mi lado, y me pregunté por
qué. Con una mirada de soslayo, reflexioné sobre lo que estaba pasando
entre ellos dos.
Sin una pizca de duda, sabía que no la había engañado en Italia. Ella
sabía que me enamoré de Santino Russo. Ella lo llamó el hombre
equivocado. Entonces, ¿por qué se sentía tan bien? Mi maldito y estúpido
cuerpo lo quería a él y a nadie más. Mi corazón rechazaba la idea de dejar
entrar a otro hombre. No importaba cuánto doliera este amor o si me
mataba, porque una vida sin Santi no valía la pena. Él formaba parte de
cada latido y cada respiración.
Los focos me iluminaron e instintivamente, fingí una sonrisa mientras
mi espalda se tensaba. Siendo el rostro de Regalè Fashion House, aprendí
a esconderme detrás de una sonrisa. Aunque no era tan buena como la
abuela. Era la razón por la que me gustaba esconderme detrás del diseño.
Era más fácil para mí. Mi pequeña venganza para que Santi me viera en
todas partes fracasó... un poco.
—Amore ha sido parte de Regalè Fashion House desde que era una
niña. Durante casi una década, de una forma u otra, ha aprendido los
entresijos de la empresa —dijo la abuela con su voz de sala de juntas—.
Durante los últimos meses, ha sido la líder que esta empresa necesitaba.
—Dejé que las palabras flotaran en el aire. Para conseguir un efecto
dramático, supuse. Luego continuó—. Por lo tanto, me retiro de forma
permanente. Mi nieta está lista para asumir toda la responsabilidad de su
imperio.
La sonrisa en mi rostro se congeló. Ella había hablado de esto durante
mucho tiempo, pero no había anticipado que tomaría la decisión final y la
anunciaría sin hablar conmigo primero. El flash de las cámaras se puso en
modo turbo y el sonido de los jadeos de asombro llenó la sala. La leyenda
de Regalè Fashion House sería recordada para siempre.
Levantó las manos e inmediatamente cesó el murmullo, el flash de las
cámaras se detuvo.
Sonríe, Amore. La voz de mi madre resonó en mi cerebro. Sonríe.
Sabía que me arrojaría otra bomba. Lo que sea que tuviera que decir,
enloquecería a los periodistas. De lo contrario, no estarían aquí. Todo lo
que la Abuela hacía era metódico y con un propósito.
—Ella ama su dramatismo —murmuré en voz baja.
—Eso es lo que hace —susurró Lorenzo en mi oído y mi cabeza giró
bruscamente en su dirección—. Probablemente es por eso que ella es tan
popular.
Puse los ojos en blanco. Él tenía razón, ella lo era.
—Amore, por favor, únete a mí aquí arriba —exigió la abuela.
—Oh, Jesús —murmuré en voz baja, y luego respondí, apenas
manteniendo mi sonrisa—. Estoy bien, Abuela.
—Yo insisto. Ahora sube aquí, o tendré que hacer que todos los
caballos del rey te arrastren hasta aquí.
Ella también lo haría. No estaba segura de dónde encontraría los
caballos del rey, pero encontraría la manera. Había una razón por la que la
mayoría de los hombres le tenían miedo.
Eché los hombros hacia atrás y me preparé para lo que demonios se
avecinaba.
—Buena suerte —susurró Lorenzo.
Mis ojos se desviaron hacia él, notando lástima en sus ojos.
—Deberíamos habernos quedado en Italia —susurré.
—Demasiado tarde —reflexionó Gabriel Carrera. ¿Por qué sentía que
Santi, Lorenzo y Carrera se estaban confabulando contra mí? Era una idea
ridícula, pero no podía quitármela de encima.
—Ven, Amore —me instó la abuela—. No me estoy haciendo más
joven aquí.
—Yo tampoco, Abuela —le respondí, provocando la risa de la
multitud mientras daba cada paso con el corazón apesadumbrado,
dolorosamente consciente de los ojos de Santi en mi nuca. Cada fino vello
se erizó en mi cuerpo, como un imán atraído por su opuesto.
La sonrisa que me dedicó la abuela hablaba de problemas.
Por favor, no anuncies el compromiso. No estoy lista. Por favor. Por
favor.
Tomé la mano que me ofrecía y me uní a ella en la pasarela, mi corazón
golpeó con fuerza contra mis costillas, amenazando con romperlas con su
fuerza.
Capítulo 60
Santino

D
¿ ebería sentirme culpable por haberle arrebatado la prometida a mi
hermano?
No lo hacía.
¿Debería sentirme mal por arrinconar a la abuela de Amore y
chantajearla?
Ni una puta mierda.
Adriano ha estado persiguiendo coños por toda la ciudad durante su
amistad con Amore. Desde que le conté sobre el contrato de matrimonio,
se puso en marcha. Como si fuera el último pedazo de culo que
conseguiría. Prácticamente se follaba a cualquier mujer que miraba en su
dirección.
No es que eso me detendría si él fuera devoto de ella.
Había terminado de jugar con las reglas cuando se trataba de Amore.
Había una razón por la que los Russos eran considerados los tramposos
con más sangre en sus manos en toda la Cosa Nostra. Y si trataban de
alejarme de Amore, las calles de esta ciudad se teñirían de rojo sangre.
Si su padre quería guerra, la tendría. Yo era el Don de la familia Russo.
Nunca he sido blando ni del tipo generoso. La única suavidad que había
sentido era cuando estaba enterrado en el apretado coño de Amore,
escuchando sus suaves gemidos gritando mi nombre. Esa chica era
malditamente mía. Ella no era una flor frágil que necesitaba refugio. Era
capaz de defenderse en la sala de juntas, en una pelea y en el dormitorio.
Ella sería mi esposa.
Carrera estaba detrás de mí. Yo había obligado a su abuela detrás de
mí. De acuerdo, tal vez chantajeado era una palabra mejor, pero a la
mierda... el fin justificaba los medios.
Observé la espalda desnuda y elegante de Amore mientras caminaba
hacia su abuela con ese vestido verde, luciendo cada centímetro como una
heredera y una prima donna47. Para eso la habían preparado la mayor parte
de su vida. No nació en el mundo de la Cosa Nostra ni entre el Cártel. Ella
nació heredera. Pero ahora, el bajo mundo tiraba... No, yo le metí la rodilla
hasta el fondo.
Pero no dejaría que la destrozara. La mantendría a salvo a toda costa,
incluso de su propia familia. Ella no confiaba en nadie; fue la razón por la
que se encontró en la selva peleando esa batalla sola. Con DeAngelo. Me
molestó que no fuera yo, pero agradecí que el hijo de puta la mantuviera a
salvo. Ese hombre la había vigilado desde una edad temprana y era digno
de confianza.
La vida era una maldita ironía. La niña de tristes ojos verdes que se
sentaba en la sucia acera me puso un candado y tiró la llave. Luché y perdí.
Me importaba un demonio si ella era una heredera, una princesa del Cártel,
o la hija del don.
Amore ha sido mía desde ese primer momento y yo he sido de ella.
—Aquí vamos. —Regina sonrió, mirando con orgullo a su nieta. A su
legado.
—Y la siguiente noticia...
—Abuela, ¿podemos hablar primero? —La voz de Amore resonó a
través del micrófono, aunque no tan fuerte como la de Regina.

47
Prima Donna: primera dama en italiano
Amore estaba junto a su abuela, con el rostro ligeramente pálido. La
sonrisa todavía estaba en sus labios, pero se parecía más a un ciervo
delante de unos faros de coche.
Regina le dio unas palmaditas en la mano, aunque Amore no parecía
reconfortada en absoluto.
—Y ahora Santino Russo. —Regina hizo un gesto con la mano,
llamándome—. Por favor, únete a Amore y a mí aquí arriba. —Apuesto a
que le quitó unos cuantos años de vida decir esas palabras.
Los focos se centraron sobre mí mientras redoblaban los tambores.
Regina tenía un don para el dramatismo, que yo odiaba.
Me abroché la chaqueta del traje y metí las manos en los bolsillos.
Atravesé la sala a grandes zancadas. El camino delante de mí se despejó,
el mundo de los imbéciles ricos y estirados Regalè se alejó de mí. Mi
reputación en Nueva York me precedía, recordando a la gente que nunca
debían traicionarme. En este momento, solo importaba que la Reina
Dragón de la abuela no lo intentara.
—No seas tímido, Santi Russo —dijo Regina. La mujer era un dolor
en el culo. Vieja como la suciedad, pero se manejaba con gracia y una
mente aguda. Yo medía 1,92, su abuela era aún más baja que Amore,
probablemente alrededor de 1,60, pero por la forma en que la dragona me
miraba, uno pensaría que era mi igual. Eso probablemente fue lo que la
ayudó a gobernar su imperio y el cártel con tanto éxito hasta que pudo
entregar las riendas a su nieta—. Ven a reunirte con mi nieta, tu prometida,
aquí arriba.
Los jadeos recorrieron la habitación como un eco.
A ella le encantaba jugar. Debería haber sabido que ella no lo haría
corto y simple. Luigi se apartó de la pared en la que había estado apoyado
toda la noche y su padre se unió a él, ambos caminando hacia mí. El rostro
de Savio estaba rojo como la sangre, con la rabia claramente presente en
él. Lorenzo y Gabriel vinieron detrás de él y de Luigi, reteniéndolos.
Quedamos DeAngelo, Renzo y yo para hacer el resto.
Subí al podio, ocupando mi lugar frente a Amore, protegiéndola de la
vista del público con mi imponente cuerpo. De cerca parecía aún más
pálida. Una sonrisa congelada en su rostro que me observaba con recelo,
con confusión en sus ojos verdes. Amore no tenía la personalidad de un
dragón como Regina, pero sí tenía espina dorsal, inteligencia y terquedad.
—Después que mi hija muriera en medio de la selva Sudamericana,
Amore se encontró en Nueva York. Ella tenía a su padre, Savio Bennetti
y a la familia Russo protegiéndola. No hay mejores neoyorquinos que esos
dos. Y puedo asegurarles que mi nieta mantendría la sede de Regalè
Enterprise en Nueva York, en honor a los dos grandes hombres de su vida.
Los aplausos estallaron por doquier. Los chasquidos y los flashes de
las cámaras se dispararon, y no pude evitar admirar la suavidad con la que
lo manejó.
—Abuela, ¿qué estás haciendo? —Amore siseó en voz baja y sus ojos
se movieron frenéticamente entre Regina y yo.
Regina ignoró su pregunta, se volvió hacia el público y les ofreció una
sonrisa. —Y ahora un baile de mi nieta y su futuro esposo.
—Maldición —murmuró Amore en voz baja—. ¿Qué diablos está
pasando? —siseó, con los ojos buscándome.
—Lenguaje, cariño —le advirtió Regina—. Ahora ustedes dos vayan
a la pista de baile.
—No, yo malditamente no lo creo —siseó Amore, con su piel clara
enrojecida por la ira. Me encantaban sus pequeñas señales de emociones,
aunque sabía de primera mano que Amore las odiaba. Excepto cuando la
follaba, entonces no le importaba. Lo dejaba salir todo.
Pronto volveré a estar dentro de ti, Amore.
Capítulo 61
Amore

La mano de Santi se posó en la parte baja de mi espalda y me hizo


bajar del escenario a la pista de baile. Di un rápido vistazo a la sala y vi a
papá. Su mirada se cruzó con la mía y en su expresión se reflejó una
tormenta. Casi esperaba que sacara su arma en cualquier momento y
empezara a disparar. Lorenzo le sujetó por el brazo, susurrándole al oído.
Luigi también estaba enojado. Gabriel Carrera lo retuvo. Yo solo
rezaba para que mi impetuoso hermano, no causara un escándalo en medio
de los miembros de la junta de Regalè, las modelos y los periodistas. Mis
ojos se dirigieron a Lorenzo, y él me guiñó el ojo asegurándome que todo
estaba bien. Las cosas se estaban yendo al infierno en una cesta.
Sonó la melodía de una vieja canción italiana, la misma que bailamos
en Italia, y mis pies tropezaron. Santi me atrapó mientras toda la sala nos
miraba bailar y, de alguna manera, caí en la cuenta. Desde que me mudé a
Nueva York, cuando era una niña, Santi siempre me atrapaba cuando me
caía. Ya fuera cuando lloraba en la acera o cuando me enfermé después de
mi primera ingesta de alcohol. Él siempre estuvo ahí.
—¿Qué es esto? —le pregunté.
—Un baile.
Alto y elegante, dirigía el baile con un convincente alarde de poder y
propiedad. Si no fuera por sus nudillos constantemente magullados y el
contorno de una funda de arma presionando contra mí, fácilmente me
engañaría haciéndome creer que es un caballero.
—Sabes de lo que estoy hablando. —Lo reprendí en voz baja—. Deja
de jugar conmigo. —Volvió su ceño hacia mí, pero me negué a dejar que
me asustara. Él no me asustaba—. ¿Dónde está Adriano?
Su mano se tensó en mi espalda, acercándome más a su duro cuerpo.
—Él ya no es tu preocupación.
¡Eso fue todo! Sin ninguna explicación, nada.
—Sí, lo es —dije, con la molestia brillando en mi voz—. Él siempre
será mi preocupación. No puedes decirme que hacer, Santi. Ya no.
Independientemente de lo que acababa de suceder. De verdad, ¿qué
acaba de pasar?
Sus ojos oscuros estaban desprovistos de emoción, y su rostro era una
desconcertante máscara de calma. Esta cara, justo ahí, hacía de Santino
Russo un oponente temible.
—Si lo mato, no será de tu incumbencia —dijo fríamente.
Jadeé, luego parpadeé.
—N-no lo harías.
La sonrisa de su rostro era oscura y cruel.
—Por ti, Amore, creo que lo haría. Quemaría toda esta maldita ciudad.
—Lo miré en estado de shock, incapaz de formar un solo pensamiento. La
música sonaba muy lejana, como si los dos estuviéramos en nuestra
pequeña burbuja—. Ahora te vas a casar conmigo. Te sugiero que no te
preocupes por otros hombres.
Sus palabras enviaron fuego líquido a mi núcleo. Esto está mal, muy
mal. Sin embargo, la lujuria desnuda y un infierno viajaron por mis venas
como lava volcánica. Sus dedos en mi espalda dispararon la lujuria a través
de mi torrente sanguíneo, pero se mezcló con mi ira por haber sido
manipulada. A pesar de lo mucho que lo deseaba.
—Santi, por favor. No puedes... —susurré, insegura de lo que podría
decir. Te quiero, pero no así. Quería que luchara por mí y ahora... dudaba
de su intención. Por primera vez, mi confianza en Santino Russo flaqueó.
Aunque mi deseo no lo hizo.
Yo era suya. Ayer. Hoy. Mañana. Dentro de cincuenta años.
Pero no dejaría que me pisoteara a mí y a las personas que amaba.
Sin decir una palabra, metió una mano en su bolsillo mientras la otra
seguía en mi cintura. Su mano volvió a tomar la mía y deslizó un anillo en
mi dedo.
—Usaras esto —gruñó, mientras sus dedos se entrelazaban con los
míos. Durante un fugaz segundo, sus ojos se dirigieron a mi cuello, donde
colgaba la última joya que me había comprado. El aire chisporroteaba
entre nosotros, mi piel hormigueaba con él, y yo maldecía este amor
adictivo por él.
—Estoy cansada que todos decidan lo que debo hacer —susurré—.
Podrías pedírmelo, ¿sabías? —Algo parpadeó en sus ojos, pero no dijo
nada más. Tragué—. Solías preguntarme lo que quería —dije con voz
ronca.
Nuestros ojos se encontraron y contuve la respiración, segura que
tendría algo que decir, pero la música terminó, rompiendo el momento. La
multitud nos rodeó al instante, viniendo a felicitarnos por nuestro
compromiso. Mis ojos buscaron a mi padre, que estaba de pie en la parte
de atrás con mi hermano, con las mandíbulas apretadas en una línea dura.
—¿Estás bien? —La voz de Santi me hizo volver.
Parpadeé y lo miré. El primer chico que secó mis lágrimas. Y ahora
causaría muchas más por mi padre, por mis hermanos y por mi mejor
amigo.
Con un asentimiento silencioso y un nudo en la garganta, mis palabras
fueron apenas un susurro.
—Disculpen.
Me dirigí en dirección opuesta a la multitud, necesitando
desesperadamente la soledad. El mejor lugar era la sala de atrás, donde
estaban las modelos. Sí, era agitado, pero aquellas señoras solían estar
ensimismadas. No me prestaban ninguna atención.
Mis tacones chocaban contra el mármol de la gran sala. De vez en
cuando me topaba con una cara conocida, asentía y sonreía, y luego me
excusaba.
No quería la boda con Adriano. Quería a Santi. Siempre había sido
Santi. Pero no así. Nunca así.
Capítulo 62
Santino

Ella se alejó de mí, bajando por la pista improvisada. Donde al final


de la misma, la esperaría Lorenzo.
Atravesando el pasillo de mi club nocturno, no pude evitar recordar la
primera vez que vi a Amore bailar aquí. El plan estaba en marcha y no
había vuelta atrás. No es que quisiera volver atrás. No había lugar para los
arrepentimientos en esta vida. Éstos te debilitan y se acumulan como un
montón de huesos en tu tumba improvisada. Y yo no tenía planes de morir.
No hasta que tuviera años con mi pequeño monstruo sexual.
Encontré el camino a mi oficina. Si las cosas iban según el plan,
Lorenzo se aseguraría que ella llegara.
Mantuve la oficina en la oscuridad y, apoyado en la repisa de la
chimenea, lie un cigarrillo entre los dedos. Hacía años que no fumaba un
cigarrillo, pero ahora mataría por una inyección de nicotina. El rechazo de
Bennetti seguía ardiendo en mis venas. La amargura me sabía a ácido en
la lengua. Amore era mía, y mataría a cualquiera que intentara mantenerme
alejado de ella.
Supuse que Bennetti tenía sospechas sobre las razones por las que
quería el contrato de matrimonio de Amore. Sus palabras exactas fueron
que nunca permitiría que Amore fuera tocada por alguien como yo.
La broma era para él después del anuncio que era tendencia en las redes
sociales, ¿no? Entonces, ¿por qué no me reía?
El aire acondicionado soplaba aire frío, y lo agradecí porque esta llama
dentro de mí amenazaba con convertirse en algo estúpido. Como matar al
padre de Amore por oponerse a mí.
La puerta de mi despacho se abrió suavemente y el chasqueo fluido de
un vestido esmeralda fue lo primero que vi antes que ella entrara.
—Buscaré a DeAngelo y lo traeré aquí. —La voz de Lorenzo recorrió
el lugar.
—Gracias. —Su voz era suave mientras le ofrecía una pequeña
sonrisa. La puerta se cerró suavemente, dejándola a solas conmigo.
Todavía no me había visto.
Ella se veía hermosa. El corte de su vestido era bajo, dejando al
descubierto su piel lisa y lechosa, con solo unos finos hilos cruzando su
espalda. La tela esmeralda abrazaba sus curvas, dejando poco a la
imaginación. El calor corrió directamente a mi polla.
Giró sus delgados hombros y su cuello, como si la tensión fuera
demasiado para ella. Apenas tenía veintiún años y ya dirigía un imperio,
el trabajo paralelo con DeAngelo para vengar la muerte de su madre, y su
propio negocio. Ella pondría a cualquier Don de la Cosa Nostra en
vergüenza.
—Una mierda —murmuró en voz baja con un fuerte suspiro—. Todo
el mundo en este lugar está loco.
Volvió a girar los hombros, y yo sentí el deseo de aliviar su tensión
con mis manos hasta que se derritiera conmigo.
—¿Ya estás hablando sola? —pregunté, sin moverme de mi sitio.
Ella se dio la vuelta y su vestido se agitó en el aire. Su sedosa cola de
caballo ocultaba sus rizos rojos y no podía decidir si me gustaba o no. La
hacía parecer una heredera sofisticada, pero yo prefería mi monstruo
sexual. Aunque cuando se dio la vuelta, chocó con la puerta detrás de ella
y tuve que decirme a mí mismo que no pensara en agarrarla. Tenía ganas
de enrollar su sedoso cabello alrededor de mi puño, obligarla a arrodillarse
y exigirle que me la chupara con esa bonita boca.
Deja de pensar en eso. Ya estaba duro como roca, y las imágenes de
Amore de rodillas frente a mí no ayudarían a aliviar esa necesidad
reprimida.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó—, ¿y qué demonios fue eso de allá
afuera? —Su mano señaló la puerta cerrada.
—Esta es mi oficina —dije, ignorando su otra pregunta—. Igual que
tú entraste en mi dormitorio. —Me miró fijamente y sus mejillas se
sonrojaron—. ¿O esperabas otro espectáculo?
—He visto mejores. —Ella sonrió dulcemente, burlándose de mí.
—Respuesta incorrecta, nena —ronroneé mientras me acercaba a ella.
Ella permaneció inmóvil, mirando fijamente. Podría haber engañado a otro
hombre, pero no a mí. El tono de sus ojos verdes cambiaba ligeramente
con cada emoción: ira, lujuria, tristeza.
Extendí la mano y tomé un mechón de su coleta, frotando las sedosas
hebras entre mis dedos. Su respiración era ligeramente agitada y su pecho
estaba enrojecido. Era otra de sus pistas.
—Responde a mi pregunta, Santi —advirtió, aunque no había amenaza
en su voz. Era demasiado suave para las amenazas duras—. ¿Qué
demonios paso ahí afuera? ¿Qué está pasando entre tú y mi abuela?
—Regina hace lo que Regina quiere hacer —respondí. Era bastante
cierto.
Yo sospechaba que admitir que chantajeaba a Regina no le iba a gustar.
Capítulo 63
Amore

Los latidos de mi corazón retumbaban, haciendo que me dolieran las


costillas por su fuerza. Estar a solas con este hombre que tanto deseaba era
arriesgado. Sobre todo, después de lo que acababa de pasar ahí fuera.
Mi cabeza aún daba vueltas por el anuncio de mi abuela. Un
compromiso con Santino Russo.
Mi mirada recorrió su chaleco negro, su corbata negra y esa mirada
profunda y oscura que podía arder como el carbón cuando se enterraba en
mi interior. A pesar de nuestra circunstancia actual y de toda la historia, su
presencia se sentía cálida y segura.
¡Necesito un chequeo mental! La oficina de Santi.
La música y las risas atravesaban la puerta cerrada, pero casi parecía
que estábamos solos en el mundo. En nuestro propio universo. Como
aquella noche en la que me dio mi primer beso.
Y lo llamó error, me recordé secamente.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté—. Y no me des otra respuesta de
mierda.
Santi no perdió el tiempo.
—Te estaba esperando.
—¿Por qué? —Mis cejas se fruncieron.
Se apoyó en la pared, con la palma de la mano apoyada en ella. Tenía
un aspecto tan despreocupado que se podría pensar que éramos mejores
amigos. Sin embargo, sus ojos decían otra cosa. Había una oscura tensión
en ellos.
—Eres inteligente, Amore —dijo, con un tono peligrosamente suave—
. Dímelo tú.
Di un paso para irme, pero su mano áspera me agarró la muñeca.
—Dímelo. —Su voz era grave, exigente. Nuestros ojos se cruzaron, y
observé con deleite cómo el deseo se encendía en su mirada.
Cuando me dio la orden, me hizo apretar las piernas con necesidad.
Estaba tan mal, pero no podía evitarlo. En el momento en que entré a la
oficina, el aroma de las especias, la madera de cedro único de Santi, inundó
todos mis sentidos. Combinado con los recuerdos de mi primer beso, fue
fatal.
Su proximidad estaba destrozando todas mis defensas. Desde el primer
beso, Santino Russo se filtró en mi torrente sanguíneo y no había forma de
expulsarlo.
—Estoy esperando —ronroneó. Su aliento caliente acarició mi cuello,
enviando escalofríos por mi cuerpo. Sus ojos oscuros me atraían, me
seducían. Sería tan fácil ahogarme en él, inclinarme más cerca de él para
calmar este dolor que palpitaba en mis venas.
—¿Quieres charlar? —sugerí con sarcasmo. Una oscura diversión se
reflejó en su mirada.
—Error, nena. —Su mano llegó a mi cuello, recorriendo la vena que
conectaba mi cerebro y mi corazón. Debería ser más inteligente, pero
parece que mi cerebro y mi corazón querían lo mismo. Santino.
Sabía que todavía lo deseaba. No había ni una pizca de duda en mi
mente que Santi sabía exactamente cuánto lo deseaba. Y eso me irritó y
alimentó mi amarga ira más que nada.
Abrí la boca para hablar, pero antes que salieran las palabras, me
agarró del brazo y pegó mi cuerpo contra el suyo. Su boca se estrelló contra
la mía. El beso fue crudo y duro, posesivo. Forzó su lengua entre mis labios
y tomó lo que le pertenecía.
Mis piernas temblaron y mi punto dulce se apretó, sabiendo el placer
que este hombre podía proporcionarme. Me devoró, su mano en la nuca de
mi cuello. Tiro de mi cabello, inclinando mi cabeza mientras seguía
consumiendo mi boca.
Todos mis pensamientos se evaporaron y le devolví el beso con avidez.
Apartó su boca de la mía y chupó mi cuello, dejando un rastro de besos
hasta el lóbulo de mi oreja.
—Eres mía —susurró en mi oído. Metió su lengua en mi canal auditivo
y casi me derretí. Mi cuerpo se apretó contra él, cerrando toda la distancia
que nos separaba, lo necesitaba dentro de mí—. Mía, Amore.
Un gemido rompió el silencio de la noche, y él apretó su boca contra
la mía. Nuestras lenguas se arremolinaron juntas de esa manera tan
familiar.
Sin previo aviso, rompió el beso, y la sensación de pérdida fue
instantánea. Nos quedamos allí, mirándonos el uno al otro, sus ojos
ardiendo como ascuas.
—¿Por qué me besaste? —dije con voz áspera.
Dios, olía tan bien. Como a hogar. Los sonidos de mi respiración
entrecortada llenaban su oficina vacía, y se sintió como un déjà vu de mi
última visita a su oficina. Si decía que era un error, podría perder la cabeza.
Su mirada estaba ardiendo.
—Para borrar el sabor de Adriano de tus labios —murmuró contra mis
labios—. Además, estamos comprometidos. Puedo besarte cuando quiera.
—Una oleada de calor lánguido se filtró en mi torrente sanguíneo y se
acumuló entre mis muslos.
—Santi, esto no puede pasar —dije con voz áspera. Mis labios podrían
haber protestado, pero mi cuerpo no. Mis manos se apoyaron contra su
estómago y mis dedos se enroscaron involuntariamente en sus músculos.
Su calor se filtró a través de mi piel y en mi torrente sanguíneo.
—Esto está sucediendo —dijo sombríamente, con total naturalidad—.
No hay alternativas.
No tenía sentido. Nada de esto tenía sentido. Con su oscura mirada en
la mía, agarró un puñado de mi vestido esmeralda cerca de mi muslo y tiró
de él hacia arriba. Debería protestar, apartarlo. Sin embargo, mis manos
agarraron su camisa, aferrándose a mi roca, mientras suaves gemidos se
deslizaban por mis labios.
Estaba bien besarlo ahora, ¿verdad? La noticia del compromiso corrió
como la pólvora. No era como lo había imaginado, pero lo deseaba. Lo
amaba desde hacía mucho tiempo. Lo tomaría. Los Made Men tomaban lo
que querían. Yo también tomaría lo que quisiera.
Empuñó la tela de mi vestido, rozando mis piernas, sus ásperos
nudillos rozaron mi piel, que chisporroteó. Un dolor vacío se formó en la
parte baja de mi estómago y tuve que morderme el labio para contener una
súplica. Quería que me tocara, que me abrumara.
Apoyó una mano en la pared junto a mi cabeza y la otra tocó la piel
desnuda de la parte interna de mi muslo. El dolor entre mis piernas palpitó
con intensidad. Separé mis muslos, mi cuerpo rogándole por liberación.
—¿Quieres mi polla en tu coño? —Sus palabras encendieron el fuego
en mis venas.
Su mano se deslizó entre mis muslos, ahuecándome por encima de mis
bragas y un gemido vibró a través de la habitación.
Mis palmas se apoyaron en la pared, mi espalda se arqueó sobre ella.
Mi cuerpo me estaba traicionando de la peor manera posible. No me
importaba.
Tiré de su labio inferior, con avidez. Su sabor era adictivo, como el
whisky y el pecado. Mi eterno pecado. Nuestras lenguas se enredaron,
golpe a golpe. Finalmente, perdiendo la batalla, mis manos se extendieron
alrededor de su cuello mientras él pasaba sus manos por la parte posterior
de mis muslos, levantando mis piernas. Las envolví alrededor de su cintura
y mi espalda se presionó contra la pared.
Al igual que antes, el pensamiento llegó. Mi primer beso fue en The
Orchid, con él. El hombre al que amaré para siempre.
Capítulo 64
Amore

Lo amaba. Siempre lo había amado. Intenté parar, pero no pude. Era


como intentar dejar de respirar.
¿Pero él me amaba? Sí, me había reclamado, pero los mafiosos eran
posesivos. Estaba en su ADN.
Empujé suavemente contra él, rompiendo el beso y ganando un
centímetro de espacio. Abrí la boca, pero antes que pudiera decir nada, la
puerta se abrió de golpe y se estrelló contra la pared de azulejos negros.
Mi padre, mis hermanos, Adriano, la Abuela y el tío Vincent entraron.
—Será mejor que alguien me explique qué diablos está pasando —
gritó papá—. En. Este. Maldito. Momento.
Luigi y Papá apuntaron sus armas a la cabeza de Santi y mi corazón se
congeló de miedo. En lugar de aplicar algunas de las habilidades que me
enseñó DeAngelo, me quedé paralizada. No quería perder a otra persona
que amaba.
Santi me bajó inmediatamente, usando su cuerpo como escudo y sacó
su arma.
Era dolorosamente consciente de los ojos de todos. En particular, los
de Adriano. Su mirada se dirigió a mí y se dio cuenta de la situación. No
había malentendido en lo que acababa de suceder. Tenía el cabello
revuelto y mis labios hinchados.
Intenté esquivar a Santi, pero se negó a dejarme rodearlo. En cambio,
me atrajo hacia su lado izquierdo, su brazo envolviéndome con fuerza
alrededor de mi cintura. Mis ojos se movían frenéticamente entre mi
familia y los Russo. Los ojos de Adriano estaban enfocados en Santi, su
mandíbula apretada.
—Bueno, Bennetti, si necesitas que te lo expliquen —respondió mi
abuela—. Parece que Amore y Santi se pusieron juguetones el uno con el
otro. Y por lo que parece, a ella le gustó.
—Abuela —exclamé ante su crudeza mientras mis mejillas se
calentaban. ¿Por qué tuvo que hacer eso?
Ignorándola, volví mis ojos hacia mi padre. Una chica nunca quería
ser atrapada en el abrazo de su amante por su familia. Esto era humillante,
por decir lo menos. Aún peor era el miedo a lo que papá haría. No me hacía
ilusiones de quién y qué era él.
—Papá —susurré, con una clara súplica en mi voz.
La decepción de Papá me golpeó como una ducha fría. Ni siquiera se
molestó en mirarme y un sudor frío me recorrió la espalda. Papá y Santi
se miraron fijamente, ambos con expresiones sombrías.
Tragué con fuerza.
—Luigi, por favor, baja el arma —supliqué. Fue inútil. Él estaba más
que feliz de atrapar a Santi por haberle disparado. Miré a Lorenzo y me
sorprendió encontrarlo tranquilo. Me guiñó un ojo... otra vez, mientras yo
sudaba aquí. Lorenzo no era del tipo de hermano que guiña el ojo. Tal vez
su ojo estaba temblando por todo el estrés.
Mis ojos viajaron a Adriano.
—Adriano —dije con voz áspera. No era así como quería que se
enterara sobre su hermano y yo. Intenté desesperadamente comunicarme
con mis ojos, diciéndole que lo sentía—. Por favor, déjame...
—Felicidades por tu compromiso, Amore —dijo Adriano, con una voz
fría como el hielo. Nos miramos fijamente, todos los años de amistad
ardiendo como una casa de mimbre—. Los pecados de La Orquídea por
fin salen a la luz, ¿huh? —Se me hizo un nudo en la garganta—. Supongo
que algo parecido ocurrió la noche antes que te fueras a Italia, hace tres
años también.
—¿Qué? —espetó Papá, su expresión oscureciéndose.
—N-no... no fue así —dije con voz áspera.
La mirada de Papá se dirigió a mí y su expresión se ensombreció.
—Luigi, lleva a tu hermana a casa. —Su voz era firme y fría. Se negó
a mirarme.
—No te muevas, Luigi. —La voz de Santi era autoritaria, con un
profundo timbre de control que desataría a un hombre despiadado en
cualquier momento. Sostuvo su arma a su lado, con el dedo en el gatillo
mientras papá seguía apuntando a Santi—. Amore se queda conmigo.
No había bordes blandos en Santi en este momento. Nunca los hubo,
excepto que prosperé bajo su control. Me encantaba. Me daba exactamente
lo que necesitaba.
Mis ojos se posaron en Adriano. No tenía su arma apuntando a Santi y
algo estúpido dentro de mí se calentó. Seguía cubriendo la espalda de su
hermano, al igual que mis hermanos siempre tendrían la mía.
—Savio. Pon. El. Arma. Abajo. —Las palabras de Santi llevaban una
calma con un toque de animosidad. Era su calma antes de la tormenta.
Papá y Santi se miraron el uno al otro, sin decir nada, pero con algún
significado entre ellos. Como el infierno si sabía qué significaba. Yo solo
quería que todo acabara de una vez.
—Ella estaba destinada a casarse con Adriano, no contigo. —Los ojos
oscuros de Papá, llenos de rabia, se centraron en Santi—. Estás rompiendo
el contrato —escupió papá, con la mandíbula apretada.
Los labios de Santi se curvaron con sardónica diversión, su expresión
era oscura e ilegible. Dio un paso hacia mi padre.
—Si eso es lo que hace falta —gruñó Santi—. Amore Regina Perèz
Bennetti…—Me estremecí al oír el nombre y apenas un parpadeo pasó por
los ojos de Papá. ¿Cómo lo sabía Santi?—... es mía. Y si intentas llevártela,
empezarás una guerra. Quemaré esta maldita ciudad hasta los cimientos,
pero ella será mi esposa.
Luigi y Lorenzo se quedaron quietos, aunque el arma de Luigi seguía
apuntando a Santi.
—No es tuya —repitió Papá tercamente.
—No estaba preguntando —replicó Santi con voz dura.
—Santino, te lo dije antes y te lo volveré a decir. —Papá estaba
llegando a sus límites—.Amore nunca será tuya. Nunca aceptaré su
matrimonio contigo. El contrato no es negociable.
El arma de papá seguía apuntando a la cabeza de Santi, y yo contenía
la respiración por miedo a que apretara el gatillo. Solo un pequeño tirón y
me costaría mucho.
—Al diablo. Tú. Contrato —gruñó Santi—. Soy la cabeza de la familia
Russo y no acepté ese contrato.
Lorenzo maldijo en voz baja. No se veía bien. Estos hombres podrían
matarse entre sí, y les llevaría unos pocos minutos. No se los permitiría;
me negaba a perder a la gente que quería.
—Estoy embarazada —solté, con el corazón amenazando con hacer un
agujero en mi pecho.
Los ojos de todos se dirigieron a mí, excepto los de Santi. Aunque sentí
que su cuerpo se tensaba. No tenía ni idea de dónde venía. Era una mentira
descarada. Papá me lanzó una mirada entrecerrada, estudiándome. No era
una buena mentirosa. El miedo se retorcía dentro de mí, y pensé que me
enfermaría en cualquier momento. Tal vez eso no sería tan malo. Los
convencería que estaba embarazada.
—¿Cuánto tiempo? —Papá gritó. Su ira sabía a ceniza, quemando mis
pulmones con humo.
—Dos meses. —Jesús, me estaba metiendo más profundo. Pero
recordé que hace años, María me habló de una chica que quedó
embarazada de un hombre, y su familia lo habría matado si no hubiera
estado embarazada. Así que, en lugar de matarlo, lo obligaron a casarse
con ella inmediatamente.
Adriano se burló.
—El hermano lo consigue todo, ¿no?
Aspiré un poco de aire. La tensión flotaba en la habitación como una
nube oscura y tormentosa que amenazaba con caer con un rayo mortal en
cualquier momento.
—Por favor, Adriano. —Mi voz salió rasposa, causada por las
emociones crudas. Estaba perdiendo a mi mejor amigo de forma lenta pero
segura—. Por favor, déjame explicarte —intenté.
—No me mires así. —Su voz rompió algo dentro de mí. Era
indiferente, fría y enfadada—. Estás consiguiendo lo que querías. También
mí querido hermano. ¿No es así, Santi?
Mirando a mi lado, los ojos de Santi eran fríos y se clavaron en su
hermano.
—Te lo has estado follando durante... ¿meses, años? —La acusación
de Adriano me hizo estremecer—. Y ni una palabra. Ni una puta palabra,
Amore.
Santi se puso en la cara de Adriano antes que pudiera escuchar la
última sílaba de mi nombre. Observé congelado cómo Santi agarraba a su
hermano por el cuello, con la cara a escasos centímetros de Adriano. La
tensión era densa mientras veía cómo Santi empujaba a su hermano contra
la pared, haciendo sonar la puerta.
—Le hablarás a mi mujer con respeto —gruñó Santi, presionando más
fuerte contra la tráquea de Adriano.
—Basta. —Empujé a los dos, pero ninguno de ellos se movió—. ¡Por
favor, paren!
Ni siquiera me dedicaron una mirada.
—Eres tan hipócrita, Santi. —Adriano empujó a su hermano mayor, y
luego fue por un puñetazo, pero Santi era demasiado rápido y demasiado
fuerte. Bloqueó el puño y envió a Adriano volando por la habitación.
Adriano se tambaleó hacia atrás, cayendo contra el escritorio con tanta
fuerza que el jarrón salió despedido de la mesa con un fuerte golpe que
resonó en el suelo de madera del despacho.
—Será mejor que pienses dos veces lo que vas a decir —amenazó
Santi en tono sombrío.
Adriano se rio amargamente.
—¿O qué? Me echarás de la Cosa Nostra. Ya lo has hecho, maldito
imbécil. Es curioso cómo cambian las reglas ahora que te casas con ella.
—Adriano, por favor —le supliqué en un susurro—. Podemos hablarlo
y arreglarlo.
De todas las personas en este mundo, yo tenía un puñado con el que
siempre contaba. Adriano era uno de ellos. Nunca, nunca me había hecho
daño. Pasaba más tiempo con él que con mis hermanos y mi padre. Y
ahora, él era el que me hacía daño.
—¿Cómo? Si no fuiste capaz de decirme que estabas follando con mi
hermano todo el tiempo. —Se me escapó un jadeo. Touché 48. Me atrapo
justo ahí. Aunque no lo hice todo el tiempo. Fue antes de conocer el
contrato matrimonial.
—Como si la hubieras guardado en tus pantalones —siseó Santi—. No
hay una falda en esta ciudad que no hayas levantado. Incluso después que
supieras sobre contrato de matrimonio.

48
Touché: Palabra en fránces para denotar un buen punto.
No me sorprendió escuchar sobre esto último. Tampoco me dolió.
Nunca me dolió que se involucrara con otras mujeres. Sin embargo, me
destruiría si Santi tuviera otras mujeres.
—¿No te dije que los hombres Russo no son buenos para ti, Amore?
—El tío Vincent gruñó—. Te mereces algo mucho mejor.
Los ojos de Papá se entrecerraron en Adriano.
—¿Engañaste a mi hija? —Se puso en su cara—. Debería matarte
ahora mismo.
Mi mirada se detuvo en Adriano. Parecía que estaba dispuesto a
golpearlo también. Adriano se quedó allí tenso, listo para ser expulsado o
golpeado. Estaba escrito en su cara. Los años de estar a su lado entraron
en acción.
—Pero no lo harás, Papá —le espeté, con la ira clara en mi voz—.
¡Dejarás a Adriano en paz!
Todo esto era ridículo. Adriano y yo nunca fuimos pareja. No puedes
engañar a una pareja que nunca aceptó casarse contigo,
—Abuela, por favor —rogué. ¿Nadie entraría en razón?
Ignorándome, se volvió hacia Santi.
—Será mejor que te cases con mi nieta, Russo —exigió con una
sonrisa de satisfacción—, ¡Antes que nazca el bebé!
—No tienes nada que decir en esto, bruja senil —gritó Papá.
—¿Y por qué diablos les importa a todos? —grité, perdiendo mí
mierda. Los ojos de la Abuela y de Papá brillaron de sorpresa—. ¿Alguna
vez se le ocurrió a alguno de ustedes preguntarme qué es lo que quiero?
—Miré a los dos miembros de mi familia que he amado y que han estado
discutiendo desde que los conozco—. Dejen de decidir por mí, maldición.
—Volví los ojos hacia Papá—. Los dos. Solo paren ya.
—Oh, mierda. —Lorenzo silbó—. Mi pequeña hermana finalmente
puso a todos en su lugar.
—Amore, estoy tratando de hacer lo que tu madre quería —dijo Papá,
ignorando a Lorenzo y mirando a Santi. Volvió los ojos hacia la Abuela—
. Te expliqué que Margaret me dijo que mantuviera a Amore a salvo y
luego haces esta mierda. Metiéndola de lleno en la Cosa Nostra. Y yo te
dije que no te metieras en mis asuntos cuando se trata del bienestar de mi
hija, ¡maldita sea! Se va a casar con Adriano, no con Santino.
Se encogió de hombros.
—Ooops, mi error. —Sonrió con su dulce y confabuladora sonrisa—.
Russo dijo que se casaba con él. Santino Russo.
Mi padre y mi abuela no tenían remedio. No importaba que gritara a
todo pulmón desde el Monte Rushmore, seguirían sin escuchar lo que tenía
que decir. Era como si no pudieran verse cara a cara.
—¿No dije que organizo las mejores fiestas en la ciudad de Nueva
York? —La voz alegre de la abuela avivó las llamas. Ella estaba hablando
con el único extraño del grupo.
—¿Y quién diablos eres tú? —escupió Papá enojado
—Él es un amigo Venezolano —ronroneó la Abuela—. O tal vez un
enemigo —añadió bromeando.
—¿Por qué diablos traerías a un extraño a esto? —Adriano la cuestionó
como si estuviera loca de remate.
Nada de esto nos llevaba a ninguna parte. Debería mandarlos a todos
a la mierda.
—Lo siento, Papá —susurré al fin, la decisión se asentó sobre mí—.
Quiero ir con Santi.
No me gustaba decepcionar a Papá ni disgustarlo, pero quería a Santi.
Al igual que el desierto prosperaba bajo el calor abrasador del sol, también
lo hacían mi corazón y mi cuerpo. Le dije que renunciaría a mi imperio
por él, y lo haría. Desde mi punto de vista, parecía que ahora luchaba por
mí. O era algún tirón de poder. Di un paso hacia Santi y su fuerte brazo
me rodeó la cintura, como si le preocupara que cambiara de opinión y lo
dejara.
Me observó con una expresión suave.
—Está bien, Amore —me tranquilizó Santi, y luego volvió a fijar su
mirada en mi padre—. Tu padre y yo llegaremos a un acuerdo. De una
forma u otra.
Cerré los ojos durante un breve segundo, inhalando y luego exhalando
lentamente. Su olor era mi consuelo y mi seguridad desde el momento en
que me limpió las lágrimas. Solo esperaba que siguiera siendo así.
En algún momento, Santino se convirtió en mi hogar. Mi todo.
Capítulo 65
Amore

Dejamos atrás The Orchid sin que una sola persona recibiera un
disparo. ¡Un logro! DeAngelo se quedó con la Abuela, Adriano con
Carrera, Lorenzo con papá y Luigi.
Santi conducía suavemente por las calles, cambiando de marcha. El
motor del Maserati ronroneaba suavemente y los recuerdos de nuestra
última vez en este auto pasaron a primer plano. Era el mismo Maserati que
condujo en nuestra primera cita. El mismo auto que condujo cuando me
folló sobre el capó.
Su calor prácticamente calentaba el auto y, sin embargo, yo quería
desplazarme hasta que su cuerpo rozara el mío.
Mis manos se cerraron en puños, obligándome a permanecer inmóvil,
con el dolor palpitante que me producía el recuerdo. El corazón me
retumbaba; la necesidad de él me picaba la piel. Nuestro beso anterior
había aumentado el anhelo por él.
El silencio en el auto era tenso. No incómodo, pero lleno de palabras
que quería decir, de preguntas que quería hacer, de cosas que quería
entender. Y emociones que me daba miedo sentir. Santi ya me había herido
dos veces. Cuando me dijo que el primer beso que compartimos fue un
error y cuando me dejó después de Italia... sin una explicación. Como si
yo no significara nada para él, mientras él significaba el mundo para mí.
Un frío vacío me golpeaba cada vez que pensaba en ello. Lo amaba tan
ferozmente, y sin embargo él lo terminó tan rápido. No pareció afectarle
mucho. ¿Era yo solo sexo para él? Sí, la lujuria y la atracción eran fuertes
entre nosotros, pero yo también quería su amor. Su devoción y fidelidad.
Su todo.
—No quiero casarme contigo, Santi. —Las palabras salieron de mis
labios y eran mentira. Excepto que mi orgullo las exigía—. ¿Y me gustaría
saber cómo sabes de la conexión con Perèz?
—Estás embarazada —dijo—. Por supuesto que vamos a casarnos.
Negué con la cabeza. Él sabía muy bien que no estaba embarazada.
—Solo lo dije para que Papá no te disparara.
Cambió de marcha, lanzándome una mirada vacilante. No había
sorpresa en su expresión ante mi afirmación.
—Qué pena. Estaba deseando tenerte descalza y embarazada. —Puse
los ojos en blanco. ¡Demasiado bárbaro!
—Sí... descalza y embarazada nunca sucederá. Soy la maldita Amore
Bennetti. Incluso cuando esté embarazada, seguiré trabajando. Si estás
buscando el tipo de esposa que se queda en casa, sigue buscando.
—¿Mirando por encima de las madres que se quedan en casa y las
amas de casa? —se burló.
—No, no lo hago. Se necesita una persona increíble para ser una buena
madre o ama de casa. Pero no soy yo. —En sus ojos brilló la diversión y
me di cuenta que me estaba tomando el pelo—. ¿Cómo sabes de la
conexión con Perèz?
—Siempre lo he sabido —dijo—. Fue lo que provocó la ruptura entre
nuestros padres. ¿No recuerdas lo que dijo mi padre?
—¿Fue por las conexiones de drogas? —pregunté—. Pensé que era
porque ambos querían a Mamá.
Negó con la cabeza.
—Pà quería a mamá. Quería a tu madre por su conexión con el cártel
Perèz. Inicialmente, tu Papá tenía el mismo motivo, pero se enamoró de
ella.
—¿En serio? —jadeé.
Santi asintió. Dios, estaba equivocada. Tan condenadamente mal.
¿Acaso todo lo que le importaba a estos hombres era el poder y la
conexión?
—¿Es eso lo que quieres, Santi? —pregunté en voz baja—. ¿Conexión
con el cártel? —Quería escuchar las palabras. La admisión. La disculpa.
Todo—. Estás loco si crees que me obligarás a casarme contigo por eso.
—No me jodas, Amore —ronroneó. Jesús, la forma en que dijo mi
nombre me hizo derretirme por dentro. Era la maldición y el beneficio de
mi nombre. Nunca supe si la gente lo usaba como mi nombre o como un
cariño—. Me importan una mierda tus contactos o tu riqueza.
¿Él no lo hacía? ¿Entonces qué? Quise preguntar.
—No se me ocurriría joder contigo, Santi —murmuré con fuerza,
aunque la palabra joder me hizo sonrojar. Pero era una cosa en la que no
iba a ceder. No me conformaría con esta vida. Era la única que tenía, y lo
quería todo. Quería que me dijera lo que significaba para él—. No dejaré
que me uses y luego me descartes. Ya lo has hecho bastante.
Él se calmó, y conteniendo la respiración, yo esperé. A que rebatiera
mis palabras. Que me dijera que yo era su todo, como él era mi todo. Y
con cada latido, mi corazón se hundía.
Bu-bum. Bu-bum. Bu-bum.
Al darme cuenta que no iba a responder, me giré para mirar por la
ventana. El paisaje que pasábamos era un borrón mientras el silencio me
quitaba el aliento de los pulmones y la esperanza de mi corazón.
Antes que mi cerebro pudiera procesar lo que estaba sucediendo, él
atravesó rápidamente dos carriles y se apartó a un lado. El bosque se
extendía por kilómetros fuera de mi ventana, y giré la cabeza para
preguntar por qué se había detenido. Antes que pudiera abrir la boca, su
mano derecha me rodeó la nuca, sus dedos se enroscaron en mi cabello y
luego giraron mi cara hacia la suya. Estaba tan cerca de mí que, si me
inclinaba solo un centímetro, nuestros labios se encontrarían.
—Dime que no me deseas —exigió—. Dime que no quieres mi boca
entre tus piernas, mi polla enterrada en tu apretado coño, mis manos en tu
suave piel, mi lengua en tu boca. —Su agarre en mi cabello se intensificó.
Casi podía sentir sus labios contra los míos y todo mi cuerpo zumbaba de
anticipación. Maldita sea, lo deseaba, lo anhelaba—. Dime que no me
deseas, Amore Bennetti, y te dejaré ir.
Lo había entendido todo mal. Era la seguridad de su amor lo que
necesitaba. Él siempre tendría mi cuerpo y mi corazón, pero yo quería el
suyo a cambio. No me conformaría con la simple lujuria. Con el tiempo
eso se desvanecería, y en su estela, solo quedaría mi corazón roto. Quería
su corazón para siempre. Para que cuando fuéramos grises, frágiles y
arrugados, siguiéramos teniendo nuestro amor. Nuestros corazones
entrelazados para siempre.
Abrí la boca, con las palabras que exigían su amor, no solo su deseo,
en la punta de la lengua, cuando por el rabillo del ojo noté un todoterreno
negro. El vehículo se acercó rápidamente y, de repente, frenó en seco.
Las maldiciones de Santi llenaron el auto.
—¡Mierda! —La alarma en su voz me asustó más que cualquier otra
cosa en mucho tiempo.
En el siguiente segundo, me empujó hacia abajo, mi cara se estrelló
contra su muslo y una bocanada de aire se me escapó ante el impacto.
—Maldición —gritó, mientras pulsaba un botón y su cuerpo envolvía
el mío.
Antes que tomara la siguiente bocanada de aire, las ametralladoras
empezaron a disparar, el sonido a nuestro alrededor era ensordecedor. Los
cristales se hicieron añicos a nuestro alrededor, la alarma del auto sonó en
el aire y me perforó los oídos. El cuerpo de Santi cubrió el mío, sus brazos
me rodearon mientras los cristales se hacían añicos y los disparos salían a
nuestro alrededor.
Santi gruñó de dolor, pero no se movió, su duro cuerpo era un escudo
sobre el mío. Agarré su mano presionada sobre mis orejas y sentí un
líquido pegajoso y caliente. El miedo se apoderó de mi corazón que
tronaba de terror. Podía saborearlo en mi lengua, desagradable y espeso.
El caos jugaba a nuestro alrededor, recordándome el campo de batalla
de Venezuela, y me pregunté si finalmente George me había alcanzado.
Ya me había costado mi madre. ¿Me costaría también el hombre que
amaba?
De repente, la importancia de decirle a Santi lo mucho que lo amaba
parecía ahora una situación de vida o muerte.
Te amo, Santi. Siempre te he amado.
Mis labios se movieron. Sentí que se movían, pero no podía escuchar
mi propia voz, aunque las palabras gritaban en mi cabeza. Quizá los
disparos lo ahogaron todo.
No quería morir sin decirle que lo amaba. Lo había amado durante
mucho tiempo; ni siquiera estaba segura de cuándo el enamoramiento se
había convertido en amor. Quizá aquella noche en que me sostuvo la
cabeza mientras vomitaba una botella de tequila en su club de striptease.
O cuando me salvó en la fiesta de la universidad mientras yo me escondía
en el baño. El héroe de una niña se convirtió en un gran flechazo y luego
en un amor duro.
Apreté su mano, rezando a Dios, a cualquiera que me escuchara.
Déjanos vivir. No nos dejes morir aquí.
El cinturón de seguridad se clavó en mí, pero el dolor no se notó. Los
latidos de mi corazón retumbaban en mis oídos y mi respiración era
pesada. Santi me envolvía en seguridad, pero mi mente gritaba preocupada
por él. Sin él, mi vida no significaba nada.
Me apreté más contra su muslo, atrayéndolo hacia mí. Los disparos se
hicieron eternos, al menos así lo sentí, antes que la quietud se apoderara
de la noche. Giré la cabeza hacia un lado, con miedo a levantarla y que
Santi muriera. Me sorprendió lo poco que vi. El parabrisas del auto estaba
completamente destrozado, no había una sola superficie en mi campo de
visión que no tuviera un agujero de bala.
—¿Stai bene? —¿Estás bien? Las palabras de Santi fueron un suave
susurro en mi oído. Las mismas palabras que me pidió a mi yo de trece
años. Aunque Santi no me quisiera, sabía que siempre me mantendría a
salvo. ¡Siempre!
Sentí sus manos recorriendo mi cuerpo, comprobando que no tenía
heridas. —Estoy bien —dije con voz ronca, apretando su mano que
permanecía en mi cabeza—. ¿Y tú?
—Sí. —Pasó un pulgar por mi mejilla—. Necesito que seas valiente.
¿De acuerdo?
—Dios, Santi —murmuré—. Esas fueron las mismas palabras que me
dijo Mamá antes de morir. Será mejor que no te mueras, maldición.
Sentí sus labios en la coronilla de mi cabeza. —No lo haré.
No estaba segura de sí tenía derecho a hacer esa promesa, pero la
acepté de todos modos. Éramos presa fácil si nos quedábamos, pero si
Santi intentaba irse en auto, podían dispararle. Suponiendo que el auto
pudiera conducirse en este estado.
Santi debió pensar lo mismo porque sacó un cuchillo de algún lugar y
cortó mi cinturón de seguridad, luego se inclinó sobre mi regazo y tiró de
la manija de la puerta de mi lado. Tenía sentido ya que daba al bosque y
no a la carretera donde estaban los pistoleros.
—Tenemos que correr, cariño —murmuró—. Presione el botón de
alarma, pero mis hombres no llegarán lo suficientemente rápido.
—Oh, mierda —murmuré—. No traje mis zapatillas para correr ni mi
propia arma.
Sentí que su boca contra mi sien se curvaba en una sonrisa, a pesar de
nuestra situación. Esto debe ser un paseo por el parque para él. Me quité
los zapatos y salí del auto, con Santi detrás de mí. Se arrastró por la consola
hasta el asiento del copiloto y luego se unió a mí en el suelo.
Las voces viajaban por el aire de la noche. Palabras en español y mi
corazón tronó. Estos hombres me perseguían.
Santi me tomo de la mano, empapando mis dedos. Bajé la mirada y
noté a través de la oscuridad la mano de Santi cubierta de sangre. Apenas
podía ver la tinta en su piel. Levanté la mirada hacia él, pero se limitó a
negar con la cabeza, apretando un dedo contra sus labios.
Tirando de mí, seguimos la sombra de la arboleda y la cobertura que
nos proporcionaba. Cuando llegamos a un punto determinado, empezamos
a correr. Los disparos nos persiguieron mientras corríamos hacia el
bosque, pero nunca nos detuvimos. Dejar de correr era morir.
Estaba demasiado oscuro para ver dónde pisaba para evitar las hojas
de acebo puntiagudas o los palos. Al estar descalza, el dolor me atravesaba
la planta de los pies a cada paso, pero lo ignoraba.
Las voces de los hombres, y las palabras en español, estaban al alcance
del oído. El peligro estaba demasiado cerca. Sin embargo, a pesar del
peligro que nos pisaba los talones, me sentía segura con Santi a mi lado.
Deseaba que no estuviera en peligro por mi culpa, pero no podía lamentar
la protección que me ofrecía. Aunque DeAngelo hizo un trabajo increíble
al entrenarme y me ayudó a perseguir la venganza contra los asesinos de
mi madre, no me hizo competente y despiadada como Santi. No era algo
en lo que pudiera prosperar.
Tal vez esa era la razón por la que lo amaba. Él me proporcionaba lo
que a mí me faltaba.
Mi pie cedió y tropecé, pero Santi me atrapó antes que cayera de
rodillas. Los sonidos de los neumáticos chirriando en la distancia me
hicieron volver la cabeza en la dirección de la que veníamos. Estaba
demasiado oscuro para ver. Comenzaron los sonidos de fuego abierto, y
parecía una zona de guerra.
—Esos deben ser mis hombres —gruño—. Tenemos que darnos prisa
y correr por si hay algún enemigo rezagado. Deja que te cargue —dijo en
un tono bajo, mientras iba a recogerme.
Mi mirada se centró en su brazo cubierto de sangre. Cubría sus
nudillos, habitualmente rojos y ásperos. No había dolor en su cara, pero
odiaba añadir más a su herida. Quería revisar su herida y coserlo. Curarlo,
como él me ha salvado a mí durante estos años.
Otra ronda de disparos recorrió la cálida noche.
—No —susurré, sacudiendo la cabeza—. Somos más rápidos de esta
forma.
Él sabía que yo tenía razón; estaba escrito en su cara. Luchó por hacer
lo que era mejor para nosotros y para mí. Siempre fue el chico que me
salvó. Tal vez me veía más como una chica que necesitaba ser salvada
constantemente.
—Puedo hacerlo, Santi —afirmé con convicción, apretando su
mano—. Solo tienes que sacarnos de aquí. —Forcé una sonrisa en mi
rostro, a pesar de esta situación de vida o muerte. Si Santi estaba huyendo,
estábamos en la mierda profunda. Por lo general, era un tipo que se
levantaba y luchaba—. Y entonces, quiero unas botas como las tuyas.
Su mano no herida rozó mi mejilla. Creí que había murmurado “Esa
es mi chica” en voz baja, pero no estaba segura.
Miré a nuestro alrededor, y el bosque profundo estaba tan lejos como
mis ojos podían ver. Parecía que en algún lugar entre la ciudad de Nueva
York y Long Island había una amplia extensión de bosque.
—¿Volvemos a la ciudad o nos alejamos de ella? —le pregunté,
pasando mis dedos por la palma de la mano. La noche era fresca, y mi
vestido no hacía un buen trabajo para mantenerme caliente. Solo un toque
de él me hacía sentir bien, su cuerpo era un horno. El contraste entre su
calor y el aire frío de la noche me produjo un escalofrío y se me puso la
piel de gallina.
Al notarlo, se quitó inmediatamente la chaqueta de los hombros. Por
supuesto, Santi se daba cuenta de todo.
—Te voy a llevar a un lugar seguro —murmuró—. Abre los brazos —
ordenó suavemente, y yo obedecí de inmediato. Así funcionaba mi cuerpo
en torno a él. Reaccionaba, ansioso por complacerlo. Deslicé una mano
por la manga de su chaqueta y luego la otra, y su calor y su olor me
envolvieron de inmediato—. La chaqueta es un desastre, pero era mejor
que morir congelada.
Pude ver la manga de su camisa blanca empapada de sangre. Su brazo
derecho no tenía buen aspecto.
—Tenemos que revisar tu herida. —Le levanté el brazo con
suavidad—. No quiero que te duela. —Y me preocupaba que se desangrara
si había una herida de bala.
—Es solo un corte por el cristal —aseguró—. Ya dejó de sangrar.
Sigamos avanzando.
Capítulo 66
Santino

Lo juro por Dios, mataré a todos y cada uno de esos hijos de puta.
Una vez que Amore este a salvo, cazare y matare a todos los idiotas que
se atrevieron a disparar en su dirección. Amore corrió a mi lado sin una
sola queja; fuerza y determinación grabadas en su hermoso y joven rostro.
Era demasiado joven para lidiar con esta mierda. El solo hecho de pensar
en que Amore estaba herida me helaba las venas. No quería perderla de
vista.
La verdad es que esperaba represalias, pero no tan rápido.
El hecho que Amore anunciara que estaba embarazada jugó a la
perfección. Aunque fue inesperado. Miré su dedo con mi anillo. Mi pecho
se hinchó de calor. Me casaría con ella en cuanto llegáramos a nuestro
destino. El plan inicial que se me ocurrió era llevarla a mi casa de la ciudad
y mañana al juzgado de la ciudad.
Pero este ataque requería un cambio de planes. Yo era flexible.
Siempre y cuando ella dijera que sí.
Después de arrinconar a Regina para que llegara a un acuerdo, esta
fiesta fue un disfraz para que ella anunciara el compromiso de Amore. El
Russo equivocado, según su padre. Y el extraño Venezolano que la
dragona había arrastrado para presenciar el incidente en mi oficina en The
Orquid, estaba conectado con George Anderson. Las cartas comenzaron a
caer en su lugar.
Cuando el abuelo de Amore fue asesinado, el Cartel Perèz pasó a su
esposa. No porque ella tuviera derecho a ello. A su muerte, habría pasado
a su hija, la madre de Amore. Como Margaret se negó rotundamente,
Regina se hizo cargo ganándose unos cuantos enemigos. Ella ha estado
luchando por el poder del Cártel Perèz desde el momento en que su esposo
murió. No porque lo quisiera, sino para proteger a su hija y a su nieta.
Hasta que un día hubiera pasado a Amore o a su esposo. Excepto que
ella no sabía que la madre de Amore le hizo prometer a Savio que
mantendría a su hija al margen.
Si Amore era asesinada antes de casarse, el cartel habría pasado a los
Anderson. Era la razón por la que la anciana se mantenía rodeada de
guardaespaldas del Cártel Carrera. Era la razón por la que DeAngelo, ex
agente de operaciones especiales y miembro del Cártel Carrera, había sido
asignado para vigilar a Amore. El Cártel Carrera no quería que los
Anderson fueran sus rivales.
Savio Bennetti no estaba al tanto de esto. Sospechaba que la petición
de Margaret de mantener a Amore fuera de este mundo tenía algo más que
ver con casar a su hija con alguien ajeno al bajo mundo. Ella había nacido
en él, y no solo a través de su padre, sino también de su madre.
Amore Bennetti no era solo una cara bonita. Fuerte, hermosa,
inteligente, leal.
Ella lo era todo. La deseaba y empezar una guerra para tenerla valía la
pena. Todos los miembros de la familia Bennetti sabían hoy lo mucho que
Amore significaba para mí. Ella era mía. Nunca hice amenazas vacías y
quemar la ciudad para mantenerla conmigo era lo menos que la gente debía
temer.
Quería asegurarme que nunca tuviera que preocuparse por nada, solo
haciendo lo que amaba. Moda, diseño... maldición, lo que ella quisiera.
Mientras ella estuviera a salvo y me amara.
Cuando la escuche susurrar esas dos pequeñas palabras unidas a mi
nombre mientras los disparos ardían y los cristales se hacían añicos a
nuestro alrededor, me invadió una extraña especie de paz. En medio de un
tiroteo. Qué apropiado.
Yo era su oscuridad y ella era mi luz.
Hace ocho años, una chica pelirroja con grandes y brillantes
esmeraldas se encontró con mi mirada. Todavía recordaba el intenso
sentimiento que me atravesó... la necesidad de protegerla a toda costa.
Hacerla sonreír, ver sus ojos brillar de felicidad, no de lágrimas. ¡Y ella
confiaba en mí! A ciegas. Completamente.
Incluso cuando tuvo un atisbo de mi crueldad, nunca se apartó. A
medida que crecía, se hizo más fuerte a pesar de su suavidad. Ambiciosa
y justa. Protectora de las personas que amaba. Tanto que quemaría el
mundo para proteger a los que ama. Ella era mi pareja en todos los
sentidos.
Nunca había conocido este tipo de paz. Y saber que mi tipo de amor y
obsesión no la aterrorizaba me dejó sin palabras. Ella me devolvió la vida.
Tal vez mi negro y egoísta corazón la reconoció hace tantos años y
esperó a que se convirtiera en mujer. Yo había sido suyo desde ese
momento.
Mi pecho se calentó. Por el amor de Dios, pensé que podría brillar
como una maldita luciérnaga. Quería darle todo lo que se merecía y más.
Hacerla feliz para que siempre riera y yo pudiera escuchar esos suaves
sonidos todos los días. Tener bebés con ella, niñas con sus ojos esmeralda
y sonrisas que pudiera iluminar la ciudad.
Aunque no estoy seguro de lo bien que le sentaría eso a mi corazón y
a mi cordura. Mi posesividad y obsesión ya estaban en modo turbo.
Entraría en la locura si tuviéramos niñas. Nos aseguraríamos de tener
muchos niños también. Necesitaré mucha ayuda para mantener a todos
alejados de ellas, pensé con ironía.
—¿Cuánto tiempo más? —Amore preguntó en voz baja. Habíamos
estado corriendo y caminando durante una hora. Estaba bastante seguro
que habíamos perdido a los hombres que venían tras nosotros y ella tenía
que estar exhausta.
Ahora, solo tenía que llevarnos al lugar donde Renzo y yo
guardábamos un vehículo de escape de emergencia y llevarnos a mi
cabaña.
—¿Estás bien? —le pregunté a Amore. Ella no se había quejado ni una
sola vez.
—Sí. —Su mano seguía en la mía. No tenía intención de soltarla.
Jamás—. Una cosa es segura —comentó en un tono seco.
—¿Qué cosa? —le pregunté con curiosidad.
—Dormiremos bien esta noche después de esta aventura de
senderismo. —Ella me miró, con sus ojos verdes brillando, y mis labios se
estiraron en una sonrisa. Su vestido estaba manchado con mi sangre, sus
pies probablemente magullados, y, sin embargo, todavía encontraba el
humor en esta situación.
—Puede que tengas razón —repliqué, sonriendo—. Aunque la
próxima vez, haremos un mejor trabajo estando preparados.
—Ah, Santi. —Se abanicó con la otra mano—. Tantas promesas. No
puedo esperar.
Tire suavemente de su cabello, como solía hacerlo antes que surgiera
el contrato de matrimonio. Se colocó el labio entre los dientes y se lo
mordió nerviosamente, haciendo que mi polla cobrara vida.
—Creo que sabes quiénes son esos hombres. —Cambié el tema a algo
más serio. Era hora que empezáramos a aclarar algunas cosas.
Ella puso los ojos en blanco.
—Bueno, duh. Es alguien que te quiere muerto o alguien que me quiere
muerta.
—Sabelotodo. —Volví a tirarle del cabello—. Ahora, dime —le
ordené. Cuando su cabeza se giró hacia mí, añadí con una sonrisa—: Por
favor, cariño. Ya es hora que comparemos notas, ¿no crees?
Amore podía ser joven, pero era fuerte e inteligente. Ya era hora que
uniéramos nuestras fuerzas y trabajáramos juntos contra esta amenaza.
Respiró profundamente.
—Supongo que deberías saberlo, ya que te dispararon por mi culpa —
murmuró. Levantó la cabeza hacia el cielo—. Vas a pensar que estoy loca.
—No creo que estés loca —murmuré—. Después de todo, vas a casarte
conmigo.
—Todavía no hemos resuelto eso —replicó secamente—. Pero ahora
no es el momento para eso.
—Ya lo veremos —le dije—. Ahora dime qué es tan loco.
—Creo que mi padrastro, George Anderson, está vivo.
—¿Viste algo en Venezuela? —le pregunté y su cabeza giró hacia mí.
Antes que pudiera preguntar algo, añadí—: Sí, sé que fuiste a Venezuela
con DeAngelo. Y trataste de cortarme la garganta.
Sus labios se separaron.
—¿Cómo lo sabes? DeAngelo...
Negué con la cabeza.
—No, ese hombre nunca traicionará tu confianza. Reconocería tu
trasero en cualquier lugar, Amore. Sé cómo se siente cada centímetro de
ti. —Se mordió el labio inferior de esa manera que me volvía loco—.
Nunca podría confundirte con otra persona, mi monstruo sexual. Y
llamaste a Gabriel, Ink . Nadie más lo llama así.
Ella puso los ojos en blanco intentando disimular, pero sabía que se
había equivocado.
Enrolle uno de sus sedosos mechones rojos alrededor de mi dedo
índice.
—Tu cabello rojo es algo —murmuré suavemente.
Ella frunció el ceño.
—Te das cuenta que hay muchas pelirrojas por ahí.
No había más pelirrojas para mí, ninguna otra mujer excepto ésta. Ella
marcaba todas las casillas para mí y más.
Me detuve y tomé su cara entre mis manos, bajando mi cabeza para
que estuviéramos a centímetros de distancia.
—Tuve tu cabello envuelto alrededor de mi puño mientras me
chupabas la polla, mientras te follaba desde todas las posiciones
imaginables, enterrando mi cara en ti, ¿y crees que alguna vez querría a
otra pelirroja? —Negué con la cabeza e incluso en la oscuridad, pude ver
cómo se sonrojaba—. O cualquier mujer, en realidad.
Presioné un beso en la punta de su nariz, luego la solté y seguimos
caminando.
—Ahora dime qué te hace creer que George está vivo.
Su ceño se frunció ante mi abrupto cambio de tema. Quería que
pensara en esas palabras. Por ahora, nos centraríamos en la amenaza
inmediata.
—Un árbol. Recuerdas que te dije que George y yo fuimos a buscar
las orquídeas. —Asentí con la cabeza—. Había un árbol donde las
encontramos y George grabó mis iniciales en él. Pasamos por ese árbol en
nuestro último viaje a Venezuela. Mis iniciales seguían allí.
Fruncí el ceño.
—¿Y?
—Eran A.R.B. —La observé y lentamente comprendí el significado—
. Entonces no sabía que era una Bennetti. Todos mis documentos legales
me mostraban como Anderson en ese entonces. —Volvió a morderse el
labio inferior—. El hombre en Venezuela. —Su labio tembló
ligeramente—. El que maté, Ulrich Anderson. —Nunca me había
arrepentido de haber matado a nadie. Todos se lo merecían. Pero le
molestaba a Amore. A pesar de lo que le hicieron los Anderson, matar no
estaba en ella.
—Me dijo que los Anderson me querían muerta porque el Abuelo
prometió entregar el imperio Perèz y luego se retractó. —Esperé a que
continuara, su lucha interna era evidente—. Le pregunté por George y si
estaba vivo. Él lo negó, pero... no lo sé. Tal vez todo sea una locura.
Ella no lo terminó. No sonaba tan loco, ni descabellado. Con la muerte
de Ulrich Anderson, todas las amenazas deberían haber cesado, pero el
Cártel Perèz no retrocedió. Eso significaba que alguien seguía
dirigiéndolos. George Anderson no era un concepto tan descabellado.
—Tal vez no sea tan loco.
—¿Recuerdas que te dije que mamá me había ordenado no ir a la
selva? —preguntó con voz suave y temblorosa. Asentí con la cabeza.
Nunca podía olvidar nada de lo que me decía Amore. Nunca fue una chica
habladora, pero siempre escuchaba todo lo que salía de su boca.
—Sí, lo recuerdo.
—George lo sabía —dijo con voz áspera, su voz llena de angustia y
emociones. Ella se culpó a sí misma—. Él sabía que mamá lo prohibía.
Pero me animó, dijo que fuéramos los dos. Ella se fue a su viaje de
negocios a la ciudad, y él dijo que nunca lo sabría. Veríamos las orquídeas
y volveríamos antes que ella.
—George tenía mucho que ganar —añadí—. Te llevo a una trampa.
—Yo también lo creo —murmuró ella. Era desgarrador ver el dolor en
su rostro. Ella lo había amado, creía que era su padre, y luego él la traicionó
de la peor manera posible.
—¿Qué te hizo creer que estaba muerto en primer lugar? —la
interrogué.
—Fue solo recientemente que comencé a cuestionarlo —admitió—.
Tal vez soy estúpida o ingenua.
—No lo eres —protesté—. Es solo un bastardo intrigante y codicioso
que tiene como objetivo a niños inocentes.
Ella suspiró profundamente.
—Torturaron a Mamá delante de mí. —Su voz estaba llena de angustia
ante los recuerdos, y le apreté la mano—. Preguntándole por el negocio
del cártel del Abuelo. ¿Adónde fue a parar, quién lo consiguió? Mamá no
lo sabía. No tenía ni idea de lo que estaban hablando. —Un pequeño hipo
se escapó de sus labios.
—Amore, si te duele hablar.
Ella negó con la cabeza.
—No, creo que es mejor que lo saque todo. —Me arañó el pecho ver
su dolor—. Ellos le hicieron daño a Mamá delante de mis ojos, pero a
George... se lo llevaron a algún sitio, y nunca más lo volví a ver. En los
primeros días, podía escuchar sus gritos, pero nunca lo vi. ¿Por qué
torturarían a Mamá delante de mí, pero no al hombre que creía que era mi
padre?
Mis ojos se desviaron hacia ella.
—¿No viste cómo lo torturaban? ¿Estás segura?
Ella tragó.
—Segurísima. Solo sus gritos. Ulrich dijo que él y su hermano me
querían muerto para pagar lo que George le hizo a su madre, pero ella
estaba muerta mucho antes que Mamá conociera a George.
—¿Sabe tu abuela que el Cártel Perèz fue quien mató a tu madre?
—En realidad no fueron los Perèz. Fue el Cártel Anderson que siguió
trabajando con los miembros del Cártel Perèz que se negaron a trabajar
para la Abuela. Tanto ella como Papá lo sabían —admitió. Encajaba con
la explicación de Regina—. Pero Papá no sabía que la Abuela estaba
chantajeada. Para nombrar a los Anderson, un cártel Venezolano rival,
dueños del imperio Perèz. Se negó porque habría significado la muerte
instantánea para Mamá y para mí. Cuando estábamos cautivas en la selva,
se puso en contacto con el cártel Carrera e hizo un trato. Para salvarnos a
cambio del negocio de la droga.
Regina Regalè podría haberme engañado, pensé con ironía. Me hizo
creer que su nieta no sabía que dirigía el Cártel Perèz. Sin embargo, Amore
lo ha sabido todo el tiempo. Mis labios se tensaron. Tal vez esa era la razón
por la que la dragona había sobrevivido dirigiendo un Cártel durante tanto
tiempo.
—El Cártel Carrera te encontró —le dije. De repente, tenía sentido. El
interés de los Carrera en ella, cómo llegaron a salvarla, por qué la
custodiaban con tanta fiereza. Odiaban al cártel Anderson, y les convenía
mantener a Amore y a su Abuela con vida.
—Sí, el hombre, Raguel Carrera, se quedó conmigo hasta que Papá
llegó a Colombia. DeAngelo también estaba allí.
Sacudí la cabeza con incredulidad. Debe de haber valido bastante para
el cártel de los Carrera para que el jefe de su cártel se quedara con ella.
—Ese es el padre de Gabriel.
Inclinó la cabeza, con los ojos pensativos. —Sabes, de alguna manera
no me sorprende.
—DeAngelo es el primo de Gabriel —le dije.
—Siempre supe que DeAngelo estaba relacionado con los Carrera —
admitió—. Por eso me ayudó a buscar a los Anderson.
A pesar de la pequeña pizca de celos que me producía que DeAngelo
fuera el protector de mi mujer, él la había mantenido a salvo mientras ella
estaba en su misión de vengar a su madre. Mi pequeña diseñadora de moda
creativa en la jungla de Venezuela, llena de putos hombres que no se lo
pensarían dos veces para hacerle daño.
Mi mano llegó a su nuca y la acerqué a mí.
—Ya no habrá nada de eso —gruñí—. Te mantendré a salvo. Si
quieres matar a alguien, dímelo. Yo lo haré y te entregaré sus cabezas.
Sus ojos revolotearon hasta mis labios, su sonrisa hizo que mi corazón
zumbara de satisfacción.
—Eso es todo lo que una chica puede pedir, ¿eh?
—¿Qué más? —le pregunté, mi boca rozando la suya, nuestras
respiraciones mezclándose—. Lo que quieras, es tuyo, Amore. —
Maldición, quería oírla decir esa palabra de cuatro letras. Una palabra de
cinco letras en italiano. Una y otra vez—. Sabes, todo de mí siempre ha
sido tuyo —le dije.
Su suave jadeo humedeció el aire entre nosotros. No era el escenario
más romántico, pero me importaba un carajo. No había mejor momento
que ahora.
—Tu corazón. —Suspiró contra mis labios, colocando sus pequeñas
manos en mi pecho—. Quiero tu corazón, Santi.
Luego envolvió sus brazos alrededor de mí, presionando su rostro
contra mi pecho y la satisfacción ronroneó en mi pecho. Esto se sentía tan
jodidamente bien.
—Tienes mi corazón —admití contra la coronilla de su cabello rojo
fuego—. Me tomó bastante darme cuenta, pero lo has tenido todo el
tiempo. Te amo, Amore Bennetti. Mientras la sangre Russo fluya por mis
venas, te amaré. Eres el latido de mi corazón, la sangre que late por mis
venas, mi oxígeno. Eres mi vida.
Un pequeño hipo y un resoplido sonaron en la oscuridad de la noche
iluminada por la luna, y me aparté para buscar su rostro. Algo afilado
atravesó mi pecho, preocupado de haberla perdido antes que tuviéramos la
oportunidad de empezar nuestra vida juntos.
Sus ojos brillantes de musgo fresco se encontraron con mi mirada
oscura, y sus manos me rodearon el cuello, atrayéndome hacia ella.
—Yo también te amo, Santi. —Su voz suave coincidía con la
expresión de sus ojos—. Te he amado durante tanto tiempo que no sé cómo
no amarte.
Capítulo 67
Santino

La oleada de alivio fue instantánea. Jesús, estaba tan malditamente


azotado por esta chica que no sabía si iba o venía. Estábamos corriendo
por el bosque, ella descalza y yo con un brazo sangrando. Sin embargo, el
mundo se sentía bien.
—Bien —bromeé a medias—. De lo contrario, te ataría a mí y
seguirías siendo mía. Nunca te dejaré ir.
Ella se rio suavemente, su palma derecha contra mi mejilla.
—Bueno, eso es reconfortante. Y tan malditamente romántico, que no
puedo evitar estar impresionada.
Quitando su mano de mi mejilla, le di un beso en los dedos, mi anillo
brillando, incluso bajo la tenue luz de la luna.
—¿Te gusta el anillo?
Ella lo miró. Era una alianza con esmeraldas y diamantes; las piedras
hacían juego con las de su collar.
—Me encanta —ronroneó—. No me habría importado que me dieras
un anillo de una máquina de chicle. Me encantaría cualquier cosa de ti.
Me reí. —¿Mi heredera con un anillo de plástico? ¿Cómo se vería eso?
—pregunté bromeando.
—No me importa porque para mí vales más que todo el dinero del
mundo.
Dios, no podía esperar para llegar a nuestro destino. Reanudamos la
marcha. La adrenalina aún corría por mis venas y no me sentía cansado en
absoluto, pero Amore probablemente estaba llegando a su límite.
—Probablemente debería decirte que obligue a tu abuela a anunciar tu
compromiso esta noche. A espaldas de tu padre.
—No me digas —comentó ella con picardía—. Y yo que pensaba que
Papá y tú jugaban bien juntos.
Gruñí mi respuesta. Desde que me había negado Amore, lo evite más
por su propia salud que por la mía. No podía arriesgarme a disparar al tipo.
—¿Por qué le disparaste a Luigi? —La pregunta de Amore salió de la
nada.
—¿Quién dijo que le disparé?
—Lorenzo.
No tenía sentido mentir al respecto.
—Luigi no me dijo a quién te prometieron. Parecía una mejor opción
dispararle a él que a tu padre.
—¡Santi! —Su voz tenía una nota de reprimenda. Era el jefe de la Cosa
Nostra, pero Amore podía ponerme de rodillas fácilmente—. Quiero una
familia grande y feliz si vamos a casarnos. Nada de dispararnos el uno al
otro.
—¿Qué quieres decir con si? —gruñí—. Nos vamos a casar.
—Sin preguntar, ¿huh? —Su voz era ligera—. ¿Sin arrodillarse y todo
el asunto?
Me reí.
—Te casarás conmigo, cariño. Si quieres que me arrodille, lo haré,
pero nos casaremos de todos modos.
—Dios, me excitas cuando eres tan exigente.
Le di una ligera palmada en el trasero.
—Guárdalo para cuando estemos a salvo.
—Y limpios —añadió, riendo suavemente—. Ohhh, no puedo esperar,
Russo.
—Pronto serás una Russo también, nena. —Maldición, nunca me
había sentido tan feliz.
Continuamos nuestra caminata en silencio, ambos perdidos en
nuestros pensamientos, el futuro parecía brillante. Me dolía el brazo, pero
el corte había dejado de sangrar hacía tiempo. Reflexioné sobre la
información que me había dado Amore. Teníamos que deshacernos de
George Anderson.
—¿Santi? —La voz de Amore era tentativa.
—Sí.
—Deberías pensar en dejar que Adriano trabaje para ti —dijo con voz
suave—. Eso es todo lo que siempre ha querido. Incluso después de
atraparnos antes, te apoyó.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté, interesado en saber de qué lado
estaba Adriano.
—Solo por la forma en que se posicionó —murmuró—. Él nunca te
haría daño.
Capítulo 68
Amore

La mandíbula de Santi se apretó con fuerza, pero no hizo ningún


comentario. No podía entender a este hombre. Tal vez era el don que había
en él. Yo tampoco podía entender a mi abuela, ni a mi padre. Parecía haber
una tendencia aquí.
Me dolían los músculos y me dolían los pies. Habíamos estado
caminando durante horas y el terreno no era fácil para mis pies. Esta fue
una buena lección para tener un par de zapatillas en cada maldito auto en
el que entrara. El agotamiento se acercaba lentamente.
—Estamos aquí —anunció finalmente, y miré a mi alrededor.
Estábamos en un campo con un granero rojo delante de nosotros y una
línea de árboles detrás. Estaba oscuro, la brillante luna llena proyectaba
sombras sobre toda la zona—. Mi auto está en el granero.
Observé la zona con cautela. —Espero que no salgan granjeros
disparándonos.
—Estamos a salvo —dijo—. Soy el dueño de esta propiedad.
Levanté la ceja. Supongo que no debería sorprenderme. Pero, por
alguna razón, supuse que solo era dueño del edificio en Nueva York y que
la única propiedad que tenía fuera de la ciudad era la casa de sus padres en
Long Island.
Una vez que llegamos a la puerta del granero, había una elegante
cerradura digital. Vi cómo Santi introducía un código y se abrió. Sacó su
arma de la funda y entró primero, conmigo justo detrás de él. Cambió de
mano para poder sostener el arma con la derecha. Podíamos escuchar un
arrullo, un sonido bajo y dulce a través del granero.
En el momento en que la puerta crujió, el arrullo cesó y los pájaros
volaron por el aire y salieron del granero o se dirigieron a los rincones más
alejados donde se sentían seguros.
—Estamos bien —dijo Santi.
—¿Por los pájaros? —le pregunté.
Asintió con la cabeza.
—Si alguien estuviera aquí, los pájaros no habrían estado aquí.
Se acercó a un lado y accionó un interruptor, las luces tenues
parpadearon mientras el interior del granero se iluminaba.
—Tanta seguridad de alta tecnología —reflexioné—. Necesitamos
más de eso.
Se rio y me arrastró hasta el Jeep Rubicon negro. El solo hecho de estar
fuera del bosque me hacía sentir mejor en mis pies. Abriendo la puerta, me
ayudó a subir. El alivio fue instantáneo. Nunca me había alegrado tanto de
estar sentada.
—Déjame revisar tus pies —murmuró, tomándolos en sus manos.
—Están sucios —protesté.
—Quiero asegurarme que no hay heridas.
Puse los ojos en blanco, un poco molesta, pero no pude evitar los
sentimientos que se agitaban en mi pecho por su preocupación. Tenía el
brazo herido, empapado de sangre, y sin embargo se preocupaba por mis
pies.
—Solo son cortes —murmuré, extendiendo mi pierna para su
inspección.
—Tendremos que asegurarnos de limpiar tus cortes cuando lleguemos
a nuestro lugar —me dijo.
—Me preocupa más tu herida, Santi.
—Ya nos curaremos. —Una sonrisa se dibujó en su cara—. Tal vez
una ducha de vapor juntos.
Volví a poner los ojos en blanco, pero mis labios se tensaron. A este
paso, mis globos oculares se clavarán en la nuca y mis labios en una
sonrisa permanente alrededor de este hombre. Solo Santi conseguía
hacerme pasar de un extremo a otro, del dolor al placer, del enfado a la
risa, de la tristeza a la alegría.
Se subió, metió la mano debajo del volante, sacó la llave y arrancó el
motor.
—Tienes que amar un Jeep —murmuró—. Nunca me falla.
—¿Cuánto tiempo lleva este auto aquí? —pregunté. Estaba segura que
la batería estaría muerta.
—Intento venir aquí una vez al mes para comprobarlo todo. Hace dos
meses que no vengo.
—Qué suerte —murmuré.
—Ya era hora —replicó él.
Mientras aceleraba por la autopista, extendió la mano y abrió la
guantera. Nerviosa porque se estrellara, le agarré la mano.
—Dime qué buscas.
—¿Nerviosa, cariño? —Su sonrisa me hacía todo tipo de cosas malas...
o buenas.
Me reí, a pesar de mi cansancio.
—Prefiero que no nos estrellemos. Quiero mucho más sexo antes de
morir —insistí, sonriendo.
Se rio, de forma profunda y contundente. El sonido hizo que mi
corazón se hinchara con calor y mi pulso se aceleró. Dios, quería hacerlo
feliz. Sin rima ni razón, solo quería hacerlo feliz.
—Hay un teléfono desechable ahí —dijo, con su voz cálida.
Busqué en la guantera. Tardé unos segundos en conseguirlo y se lo
entregué.
—Gracias —dijo.
Lo encendió y, mientras esperaba, le pregunté con curiosidad.
—¿A quién llamas?
—A tu padre.
No era lo que esperaba.
—¿Por qué?
—Puede que esté enojado con él —dijo inexpresivo—, pero él te ama,
y si se entera del ataque, perderá la cabeza. No tiene sentido darle un
ataque al corazón.
Me acerqué a Santi, poniendo mi mano en su muslo y apretándola
suavemente.
—Gracias —murmuré. Era un buen hombre.
Marcó el número, sonando a través del teléfono. Al segundo siguiente,
escuché la voz de mi padre contestar.
—Aquí Santino. Amore está a salvo.
Una fuerte exhalación.
—Jesús maldito Cristo. Estaba enfermo de la preocupación. —Siguió
el silencio, y estaba segura que mi padre pensó en la forma en que nos
separamos—. Gracias, Russo.
Mi padre podía ser un montón de cosas, un criminal, un duro, y quién
sabe qué más, pero tenía un buen corazón. Y sabía cuándo le debía a
alguien. Lo amaba a pesar de no haberlo conocido durante los primeros
trece años de mi vida. George era un fraude. Nunca había sido más
evidente que ahora, cuando podía ver claramente todo lo que mi padre
había hecho por mi seguridad.
—No hay problema —respondió Santi—. No la voy a llevar a mi casa
de la ciudad. La mantendré a salvo.
Esperaba que mi padre protestara, pero me sorprendió al escuchar su
respuesta.
—Bien —aceptó—. Mantenla a salvo, Russo. No hagas que me
arrepienta de haberla dejado ir contigo.
Santi gruñó, pero yo volví a apretarle suavemente el muslo, me incliné
hacia él y presioné mi boca sobre el rastrojo de su mejilla.
—Ella lo estará —fue todo lo que terminó diciendo Santi.
—Quiero hablar con mi hija.
Santi me entregó el teléfono y siguió conduciendo, alejándose a toda
velocidad de la ciudad.
—Hola, Papá —lo saludé. Pude oír cómo se aclaraba la garganta, pero
no le salían palabras por el teléfono, así que continué—: No te preocupes
por mí. Siento haberte estresado.
—No te preocupes por eso. —La voz de Papá sonaba tensa—. Cuídate.
Solo quiero que estés a salvo.
—Lo estamos. —Me aclaré la garganta, incómoda con las siguientes
palabras—. Siento lo que paso esta noche —continué con voz suave—. No
quiero que pienses...
—Amore, no importa lo que hayas hecho o hagas, sigo estando
orgulloso de ti. —Tragué con fuerza. Esas palabras significaban mucho—
. Te amo. —Mi padre rara vez pronunciaba palabras de afecto y la emoción
era densa en su voz—. Aunque a veces parezca que soy demasiado
controlador, quiero que seas feliz. Tu seguridad es mi prioridad.
—Yo también te amo —dije suavemente—. Santi me mantendrá a
salvo.
—Más le vale si quiere vivir —gruñó Papá, y no pude evitar soltar una
suave risa—. Pero sé que lo hará. Después de todo, se tomó muchas
molestias para que te casaras con él. Y mientras tú también lo quieras, lo
apoyaré. Pero si te hace llorar, lo mataré.
—No te preocupes, Papá —repliqué en broma—. Si me hace llorar, yo
también lo haré llorar a él.
La profunda risa de Papá sonó a través del teléfono, haciéndome
hinchar de felicidad.
—Okay, mi pequeña guerrera, dale el teléfono a Russo —dijo, con un
rastro de risa aún en su voz.
Le devolví el teléfono a Santi con una amplia sonrisa. Tal vez podría
tenerlo todo. Los dos hombres intercambiaron palabras. No les seguí. Mi
cabeza estaba prácticamente en las nubes.
Santi colgó y tomó mi mano entre las suyas, rozando sus labios contra
mis nudillos.
—Mi Amore —dijo, con los labios curvados por la diversión—. Parece
que voy a tener un suegro que me matará si su hija no sonríe cada vez que
te ve.
—Me aseguraré de sonreír —sonreí—. A menos que quiera
deshacerme de ti —bromeé.
Hizo una mueca.
—¿Desde cuándo mi prometida está tan sedienta de sangre?
—Desde que se enamoró —le contesté.
Dejó escapar un suspiro de diversión. Me encantaba lo relajado que se
sentía el aire entre nosotros. Una simple tarde y todo ha cambiado. Para
distraerme, comprobé su brazo derecho para asegurarme que no había
empezado a sangrar de nuevo. Satisfecha que solo veía sangre seca, apoyé
la cabeza en el asiento.
Se hizo el silencio en el auto. Me tapé con su chaqueta e inhalé
profundamente. Su olor me envolvía y me reconfortaba.
Sospeché que Santi se mantenía callado porque quería que descansara.
Intenté mantenerme despierta, pero no tardaron en pesarme los párpados
con cada kilómetro que dejábamos atrás. La autopista estaba vacía y Santi
conducía con suavidad y constancia, el sonido del motor me tranquilizaba.
—Duerme un poco —recomendó Santi en voz baja.
Murmuré algo ininteligible y el sueño se apoderó de mí.
Capítulo 69
Amore

Me desperté con el cerebro nublado y la memoria confusa. Me dolía


el cuerpo y me pesaba el cansancio. La luz del sol entraba por las ventanas
y yo parpadeaba. Sentí un cuerpo grande detrás de mí y me acerqué a él,
apretando más, necesitando el calor. Necesitaba dormir un poco más,
descansar un poco más.
Un pecho duro se apretó contra mi espalda y el brazo tatuado sobre mi
cadera me acercó más. El gorjeo de los pájaros viajaba por el aire, las olas
chocaban contra la costa. Italia. Estoy en Italia con Santi.
No quería despertarme. Italia fue nuestra época feliz. Solo nosotros y
el mar. Pero eso no podía ser. Mis pensamientos se distorsionaron;
parpadeé un par de veces contra la luminosidad de la habitación, tratando
de calibrar dónde estábamos. La niebla de mi cerebro empezó a aclararse
lentamente. Las armas, caminar por el bosque con Santi, conduciendo
durante mucho tiempo. Debemos estar en nuestro destino.
Moviendo la cabeza, miré por la ventana. La vista del mar abierto se
extendía frente a mí. Eso explicaba el sonido de las olas chocando contra
la costa. Me di la vuelta para encontrar a Santi detrás de mí, los dos todavía
con la ropa sucia de la fiesta de la noche anterior, su mano en mi cadera
ensangrentada.
—¿Santi? —susurré y sus ojos se abrieron inmediatamente.
—¿Estás bien? —Su voz era ronca.
—Sí. Pero tu mano —le dije—. Está ensangrentada.
—Mierda. —Me la quitó—. Lo siento, nena.
Con un gemido, me senté, mi cabeza latía fuerte.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Como si me hubieran atropellado —murmuré, pasando mi mano por
mi cabello, y luego tomando su mano en la mía—. ¿Tú?
—Algo así —murmuró, cerrando los ojos. Me alegraba mucho estar
aquí con él a pesar del peligro que me acechaba.
—Tenemos que limpiarte —dije—. Me preocupa la infección. Debería
haberlo revisado anoche.
No abrió los ojos.
—Saqué el vidrio y desinfecté el corte.
¡Dios, este hombre!
—¿Todo tú solo?
—Hmmm.
—Deberías haberme despertado —lo reprendí—. ¿Qué clase de esposa
seré si no te ayudo con ese tipo de cosas?
—La próxima vez, lo haré —dijo. Fui a levantarme solo para que me
echara para atrás—. Duerme un poco más —murmuró con sueño.
—Deja que coja un paño húmedo y al menos te lave el brazo —le dije.
Era difícil saber si su brazo estaba bien debajo de toda esa sangre.
—¿Qué tal si nos duchamos juntos? —preguntó, mirándome por
debajo de los párpados.
Mi cuerpo se calentó al instante, totalmente dispuesto a ello, pero la
preocupación superaba a la lujuria. Una sonrisa perezosa se dibujó en sus
labios. Me leyó muy bien. Antes que le contestara, ya estaba fuera de la
cama, levantándome, a pesar de su lesión, y continuó directamente hacia
el cuarto de baño.
—Santi, tu brazo —protesté, riendo.
—Se siente genial ahora.
Él me sentó en la encimera del baño, luego se dio la vuelta y puso en
marcha la ducha. Comenzó a despojarse de la ropa, y yo lo miré
descaradamente. Ver a Santino Russo desnudarse era adictivo, caliente, y
la mejor vista que una chica podría desear. Estaba cautivada y bajo el
hechizo de Santi. Era como ahogarse y no molestarse en salir a respirar. Él
se convirtió en mi aire.
Una vez que estuvo completamente desnudo, mis manos se levantaron
por voluntad propia, rozando ligeramente su cuerpo caliente. Abriendo mis
piernas con cada una de sus manos tomando la parte posterior de mis
rodillas, se situó entre mis acogedores muslos.
Capítulo 70
Santino

Las delicadas manos de Amore se envolvieron alrededor de mi eje y


un gemido resonó en el baño. Su mirada brillaba como lagos
resplandecientes, sus labios entreabiertos como si tocarme le diera placer.
Mi polla se engrosó y endureció sin esfuerzo bajo su contacto. No
importaba que solo hubiera dormido un par de horas. Era todo lo que
necesitaba. Un toque de ella y podría deslizarme en su apretado coño y
estar en mi propio cielo personal.
No había dormido así de bien, desde que estuvimos en Italia. Y fue
porque ella estaba en mis brazos. Cuando llegamos a mi cabaña ayer, la
llevé a la casa y la puse en la cama. Se apagó como una luz. La dejé dormir
con su ropa, me limpié el corte y luego hice lo mismo con ella. Fue un
largo viaje en auto y casi las tres de la mañana cuando me metí en la cama,
junto a ella.
Tirando del vestido sobre su cabeza se sentó desnuda. Todo para que
yo la viera. No pude resistirme, estiré la mano y froté su pezón entre el
pulgar y el índice, apretándolo. Ella gimió fuertemente, con la cabeza
inclinada hacia atrás, observándome a través de su mirada nebulosa y
entrecerrada.
Era la mujer más sexy que jamás había visto, mi sirena. Todo en ella
me atraía. Su piel pálida, sus pezones erguidos, su boca entreabierta. Ella
era mi contraste perfecto.
—Te necesito, Santi —dijo con voz áspera.
Envolvió ambos brazos alrededor de mi cuello y los talones de sus pies
se clavaron en mi culo mientras se frotaba contra mí.
Mis dedos se clavaron en la carne de sus caderas con fuerza,
manteniéndola en su sitio. No salió ninguna protesta de sus labios, solo
esos pequeños ruidos que me volvían loco. Sus dedos rozaron mi cuero
cabelludo, pasándolos por mi cabello.
Bajé la cabeza y chupé su pezón con mi boca, mordisqueándolo hasta
que un escalofrío recorrió su cuerpo. Dios, ella era increíble. Estaba
temblando, ruidos incoherentes escapaban de sus labios. Lo único que
capté fue mi nombre en sus labios, y me dieron ganas de golpearme el
pecho.
Soltando su pezón, coloqué ambas manos bajo su trasero y la levanté.
Luego nos dirigí bajo el chorro de la ducha. La apoyé contra la pared de
azulejos de la ducha, con sus piernas aun rodeando mi cintura. Jadeó
contra mis labios ante la sensación fría de las baldosas contra su espalda.
Empujó suavemente contra mí, rompiendo nuestro beso.
Sus ojos habían cambiado a un verde oscuro y profundo, sus mejillas
enrojecidas y su boca entreabierta. Verla así me excitaba tanto que podía
mirarla y masturbarme.
—¿Santi?
—¿Sí?
—¿Puedo chupártela?
¡Jesús! Como si le estuviera haciendo un favor.
—Te follaré la boca hasta que las lágrimas corran por tu cara. —No
estaba seguro de si estaba tratando de advertirla o de darle una salida.
Ella me dedicó una hermosa sonrisa.
—¿Lo prometes?
Buen Dios, estaría jodido si me corría ahora mismo antes que
empezáramos.
Se escapó de mis brazos y se deslizó por mi cuerpo. Amore me robaba
el aliento cada vez que la miraba. Su piel lechosa brillaba bajo la cascada
de la ducha. Era una obra de arte, como una pintura clásica de Venus
pintada por Botticelli.
Nunca había querido nada tanto como que ella estuviera
permanentemente unida a mí. Me asustaba lo vulnerable que me hacía
sentir, pero me asustaba aún más pensar que podía perderla. Le tatuaría un
anillo en el dedo, como su nombre estaba permanentemente grabado en mi
corazón.
Ella se puso lentamente de rodillas, sin apartar los ojos de mi cara. El
chorro de agua de la ducha detrás de mí impidiendo que le diera en la cara.
Quería verla llorar mientras se atragantaba con mi polla; follarla hasta que
me corriera dentro de su cálida boca y llenara su vientre con mi semen.
Mi mano se enroscó en su melena con un puño y tiré suavemente;
mientras que, con la otra mano, tracé mi pulgar sobre su labio inferior. Su
bonita boca se abrió de inmediato y su lengua rozó con malicia la punta de
mi dedo.
—Si es demasiado, golpea mi muslo.
Introduje mi polla en su boca y su pequeño mmmm casi hizo estallar
mi carga. ¡Jesucristo! Ella me chupó con avidez mientras yo bombeaba
lentamente en su boca, con sus ojos clavados en los míos. Como si
estuviera disfrutando del lujo y pasando el mejor momento de su vida.
Mis oscuros deseos subieron por mi espina y aceleré el ritmo,
introduciéndome más profundamente en su boca. Y más fuerte. Hasta que
llegué al fondo de su garganta. Sus ojos se cerraron, sus manos en mis
muslos y sus dedos se enroscaron en mi piel. Pero la mirada en su rostro...
era de felicidad. De euforia.
—Abre los ojos —le dije—. Mírame mientras te follo la boca y mira
lo que me haces.
Sus ojos se abrieron, una suave mirada que brillaba de lujuria. Su plena
sumisión a mí era el mayor afrodisíaco, la más dulce rendición. El placer
se acumulaba en mi columna con cada empuje en lo profundo de su
garganta, amenazando con romperme.
Debería tranquilizarme, pero verla así... me hizo algo. Las lágrimas se
deslizaron por el rabillo de sus ojos, su mirada se fijó en mí, pero no le
ofrecí un respiro. Este era el Russo egoísta. Lo tomaría todo de ella. Le
agarré la cara y le limpié las lágrimas con el pulgar.
Durante una fracción de segundo, me debatí en sacarla. Algunas
mujeres lo encontraban desagradable. Aunque a mí no me importaban
mucho las demás, Amore... yo nunca quise hacerle daño. Como si
percibiera mi debate interno, sus manos subieron por mis muslos y
apretaron para animarme.
Era todo lo que necesitaba. Su consentimiento. Su aprobación.
—Mi semen llenará tu vientre —gruñí, saboreando cada momento.
Otro empujón en su garganta y mi cabeza cayó hacia atrás, mis ojos se
cerraron mientras volvía a penetrarla y a tener un orgasmo como nunca
antes. Cada vez era mejor con ella, más adictivo. Tal vez fuera su voluntad,
la mirada en su rostro que me decía que amaba esto tanto como yo. O tal
vez era su amor por mí. No lo sé, pero estaba seguro que sería así con ella
por el resto de nuestras vidas.
Amore se tragó todo mi semen, sus pequeños ruidos listos para
ponerme duro de nuevo, y mi puño aun agarrando su cabello. La solté
lentamente. Ella se retiró lentamente, y mi polla se deslizó fuera de su
bonita e inteligente boca. Se inclinó hacia atrás, lamiéndose los labios. No
importaba que ella estuviera de rodillas; ella era mi dueña. Amore estaba
permanentemente grabada en mi corazón y en mi alma.
Sus labios se curvaron en una suave sonrisa, como si supiera que era
mi dueña y que me conservaría. Más le valía, maldición.
La levanté de un tirón y la senté en el banco de la ducha, separando
sus piernas con mis manos y dejando a la vista su brillante y rosado coño.
Diablos, se me estaba poniendo dura otra vez.
Me arrodillé entre sus piernas abiertas.
—Mi turno —gruñí.
¡Dulce maldito Jesucristo! Estaba empapada. Incliné mi cara entre sus
muslos, la separé con mis dedos y le di una larga lamida. Sabía al mejor
postre. A fresa, a deseo y a ella... Solo a ella.
Un visible escalofrío recorrió su cuerpo, sus caderas se levantaron y se
estrecharon contra mi boca.
—Por favor, Santi —exhaló—. Oh, Dios. Por favor.
Así era como la quería todo el tiempo. Codiciosa y exigente. Tal como
era con ella. Los dos solos, perdiéndonos en nuestro olvido.
Nuestras miradas se mantuvieron mientras rodeaba su clítoris con la
punta de mi lengua, su cuerpo vibraba de necesidad y los escalofríos
recorrían su suave cuerpo. Su lengua se deslizó por su labio inferior, sus
gemidos se hicieron más fuertes, sus ojos se empañaron de deseo.
Seguí comiéndomela, la necesidad de verla desmoronarse me
impulsaba. Quería asegurarme que supiera a quién pertenecía, quién era
su dueño. Se balanceó contra mi boca, persiguiendo su orgasmo y no tardó
mucho. Se corrió con un grito, su cuerpo estremeciéndose contra mi lengua
y mi nombre en sus labios.
Yo estaba duro como una roca, listo para enterrarme dentro de su
pequeño y apretado coño. Sin darle tiempo de bajar de su orgasmo, deslicé
mis manos por debajo de sus nalgas, la levanté y sus piernas se enroscaron
a mi alrededor.
Con mi polla en su caliente entrada, la bajé bruscamente hasta que
estuve dentro de ella, llenándola hasta el tope. Empujándola contra la
pared de la ducha, volví a empujar brutalmente. Sus suaves gemidos
salieron de su boca y su espalda se arqueó contra la pared. Dios, era
perfecta. Se retorcía contra mí, sus caderas se movían, rechinaban y
exigían su placer. Amore era dueña de su placer, así como del mío.
—Santi —susurró—. Dios, te amo.
Sentí que sus uñas se hundían en mis hombros, con una mirada de pura
felicidad en su rostro. Perdiendo el control, aceleré mi ritmo, penetrando
con fuerza y profundidad en su apretado coño. Mi propio cielo personal.
—Te amo. —Mi voz era áspera, gruñona. La deseaba. Ella era la única
humana en este planeta que podía destrozarme—. Yo soy tuyo.
Agarrando un puñado de su cabello, le eché la cabeza hacia atrás,
dejando al descubierto su pálido y frágil cuello. Mis labios encontraron el
punto donde le latía el pulso y lo chupé, lo mordí, dejando marcas rojas a
la vista de todos. Quería marcarla para que todo el mundo la viera. Para
que todo el mundo supiera que me pertenecía.
Mi anillo en su dedo.
Mis marcas rojas en su piel.
Mi apellido unido al suyo.
Rozaba mis dientes contra su pulso, empujando locamente en su coño.
—Me encanta lo bien que coges mi polla —elogié y sentí que un
escalofrío recorría su cuerpo.
Jadeaba, moviendo las caderas para recibir cada una de mis
embestidas. Ella era la mejor droga, mi única droga.
—P- por favor... —Sus ojos se nublaron y nuestras miradas se
cruzaron. Todo se desvaneció, excepto esta mujer que pronto se
convertiría en mi esposa.
La penetré con fuerza y rapidez. Ella se retorció, y yo estaba
demasiado ido mientras la penetraba implacablemente. Su coño se apretó
alrededor de mi polla, estrangulándola de la manera más deliciosa. Podía
sentir que estaba cerca. Con una mano aún la sostenía firmemente, levanté
la derecha y rodeé su frágil cuello con mis dedos. Ella se apoyó en mi gran
mano y esa confianza me hizo algo cada vez. Podía apagar su luz, pero ella
confiaba en mí. Su pulso retumbó bajo mis dedos. Apreté ligeramente su
cuello, mis embestidas eran profundas y rápidas mientras su coño ahogaba
mi polla.
—Córrete para mí, nena —le ordené con un apretón en su cuello, y ella
se deshizo. Sus ojos verdes brillaron al llegar al orgasmo, su piel
enrojecida y su cuerpo se estremeció. La follé con dureza durante su
orgasmo, con mi boca sobre ella, asfixiándola, bebiéndome sus gemidos.
Su calor y el estrangulamiento de su coño me llevaron al límite y me corrí
con fuerza.
Capítulo 71
Amore

El orgasmo que acababa de tener me dejó sin fuerzas en los brazos de


Santi. Había muerto y había ido al cielo de los orgasmos. Ni siquiera pude
reunir la energía para moverme, y menos para enjabonarme.
Una suave risa me hizo levantar la cabeza del hombro de Santi. Sus
ojos oscuros brillaban como diamantes negros.
—¿No me digas que has terminado por el día?
Volví a apoyar mi frente en su hombro.
—No, pero déjame recuperar el aliento primero —murmuré—. Estoy
un poco falta de práctica.
Otra risa retumbó en su pecho. Dios, me encantaba oírlo reír. Tardó
cinco minutos en lavarme el cabello y el cuerpo, y luego se lavó él antes
de que ambos saliéramos de la ducha para secarnos.
—No tengo nada que ponerme —le dije, mirando el vestido sucio en
el suelo de baldosas.
—Puedes ponerte algo mío, e iremos a buscar algo de ropa para ti.
—De todos modos, ¿dónde estamos? —le pregunté.
—Pronto lo sabrás.
Dos horas después, ambos duchados, subimos de nuevo al Jeep. La
casa en la que nos alojábamos era preciosa, situada en un acantilado y con
vistas al océano. Estábamos en algún lugar de la costa del Atlántico Norte.
Miré a Santi. Se veía bien, aunque me pregunté por qué no se vestía
informalmente. Llevaba su traje oscuro de tres piezas y, por supuesto, un
arma. Yo llevaba una de sus camisas de vestir que me llegaba a las rodillas
y unos bóxers debajo. Me até una de sus corbatas a la cintura como
cinturón improvisado.
—Entonces, ¿Con qué frecuencia vienes aquí? —le pregunté mientras
conducíamos por la desierta carretera secundaria.
—Cuando quiero estar solo.
—Siento que hayas tenido que arrastrarme entonces. —No lo sentía.
Me encantaba estar con Santi. En cualquier lugar. No importaría que
estuviéramos en una choza, mientras estuviéramos juntos, sería feliz.
—Yo no.
Al verlo conducir, sentí que mis labios se curvaban en una suave
sonrisa. Era mi reacción hacia él cuando estaba feliz. Podía estallar de
sonrisas y amor.
El ambiente en el auto era cómodo, su mano en mi muslo y mi dedo
recorriendo su tinta. El movimiento era familiar, íntimo. Antes que pudiera
ponerme sentimental, porque eso era lo que me hacían sus orgasmos,
cambié de tema. —Entonces ¿Dónde estamos exactamente, Santi?
Me miró, con sus gafas de sol ocultando sus ojos de mí. Debería ser
ilegal ser tan guapo. Oh, espera, ¡él es un criminal! Apenas había dormido,
pero parecía descansado y fresco. Y tan condenadamente sexy.
—Rockport, Massachusetts.
Mi cabeza se dirigió hacia él.
—¿Condujiste todo ese camino?
—Hmmm.
La pregunta era, ¿Estábamos seguros aquí? ¿O tal vez el peligro estaba
principalmente en la ciudad?
Condujimos durante unos treinta minutos hasta llegar al corazón del
pueblo. Era un lugar hermoso y algo romántico, un pequeño pueblo costero
como los que se imaginaban en los viejos tiempos. Aparcó el auto y
observó la zona. No se podía quitar el don de Santino Russo.
—Okay, las tiendas están por allá. —Me empujó hacia la izquierda.
—Prefiero hacer turismo —murmuré, con los ojos mirando a todas
partes. La ciudad estaba muy concurrida, llena de visitantes, familias de
vacaciones.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo, sus ojos quemaban mi piel con su
mirada caliente. Hablaba de palabras sucias y de cosas deliciosamente
sucias que podía hacerle a mi cuerpo.
—No vestida así, no lo harás. —Su voz era una deliciosa mezcla de
grava y pecado, haciendo que mi corazón se acelerara. Estaba tan cerca de
mí, su imponente cuerpo rozando el mío. Se sintió como una advertencia
a cualquier otro transeúnte para que se fuera a la mierda. También podría
haber gritado al mundo—: ¡Ella es mía!
—Lo olvidé —dije sin aliento. Dios, lo que este hombre me hizo.
Tomando mi mano en la suya, nos dirigimos calle abajo. Nos
detuvimos en la primera tienda y cruzamos la puerta cogidos de la mano,
un suave pitido que anunciaba nuestra entrada. Mis pensamientos viajaron
a dos meses atrás, cuando hicimos algo similar en Génova. Las cosas se
sentían tan diferentes en ese entonces. Solo habían pasado dos meses, pero
mucho había cambiado. Pero una cosa seguía siendo la misma, lo había
amado entonces, y lo seguía amando ahora.
—¿Italia de nuevo, eh? —Mi cabeza se movió hacia él. Era como si
estuviera leyendo mis pensamientos.
—Me encantaba Italia —admití en voz baja. Su pulgar se acercó a mi
mejilla, su áspera almohadilla rozó suavemente mi suave piel.
—Lo sé. Volveremos. —Sabía que cumpliría su promesa—. Para
nuestra luna de miel y todos los veranos.
Presionando mi mejilla contra su toque, respiré profundamente, su
aroma a esencias filtrándose en mis pulmones.
—Y algunas vacaciones.
—Lo que tú quieras.
De repente, me di cuenta que no podía esperar a convertirme en su
esposa. Nuestras admisiones de anoche sellaron la inminente boda, pero
no fijamos una fecha. O lugar.
Mío.

Dos horas después, el Jeep estaba lleno de bolsas; habíamos comprado


la tienda. Santi fue a la tienda de comestibles local, donde habló con un
hombre, recitando una lista de cosas que quería que le entregaran en su
casa antes que nos dirigiéramos a comer algo en uno de los delis.
Mordí mi sándwich mediterráneo, gimiendo por su sabor.
—Dios mío, qué bueno está. —Debo estar más hambrienta de lo que
pensaba.
La mirada de Santi se oscureció y se calentó, llena de todas las
emociones, enviando un escalofrío a través de mi columna.
—No tan bueno como tu coño —murmuró, y mis mejillas se
calentaron.
—¡Santi! —Lo regañé, mirando a nuestro alrededor para asegurarme
que nadie más lo escuchaba.
Él dejó escapar un suspiro de diversión.
—Es la verdad. Ahora come porque vas a necesitar toda tu energía esta
noche.
Le miré con desconfianza.
—¿Por qué?
Aunque sospechaba la respuesta y me gustaba la idea. ¿Tal vez era una
ninfómana? Simplemente no podía tener suficiente de él. Aunque si era
sincera, me encantaba sentirme así.
Sonrió, con la maldad bailando en sus ojos.
—Ya verás.
—Sabes, será mejor que encontremos otros pasatiempos que nos
gusten a los dos, porque al final el sexo se hará viejo —dije, llevándome
un bocado a la boca.
Se rio profundamente, sus ojos brillando con diversión, y me di cuenta
que hacer reír a Santi era otro afrodisíaco. Verlo feliz. Hacía cosas en mi
corazón.
—No es muy probable, mi monstruo sexual —se burló, sacudiendo la
cabeza mientras una sonrisa seguía jugando en sus labios—. Nunca tendré
suficiente de ti, y me aseguraré que tú nunca tengas suficiente de mí. Pero
seguro que podemos trabajar en otros pasatiempos también. Ahora come.
No saldría nada más de su boca; lo sabía. Así que me encogí de
hombros y volví a morder mi sándwich. Lo devoré como si no hubiera
comido en días. Él también comía, y de vez en cuando echaba un vistazo
a su teléfono.
—¿Puedes conseguirme un teléfono también? —le pregunté—.
Todavía tengo que revisar algo de trabajo y no puedo desaparecer sin
alinear quien me cubra.
Me miró a los ojos, levantó la ceja y luego sacudió la cabeza con
incredulidad.
—Debes ser la única persona de veintiún años preocupada por el
trabajo, mi pequeña heredera.
—Apuesto a que te preocupaba el negocio de tu papá mucho antes de
mi edad —me burlé.
—Tienes razón —admitió, rascándose la barbilla—. Es raro verlo en
una mujer.
Eché la cabeza hacia atrás y me reí.
—Primero, eso es sexista. Y segundo, gracias por llamarme mujer. —
Sacudí la cabeza—. Te lo juro, Santi. Puedes ser tan hombre.
La sonrisa que me dedicó fue asombrosamente hermosa, y se me cortó
la respiración al ver lo joven que parecía cuando sonreía así.
—Me alegro de escucharlo —murmuró. Sus ojos viajaron sobre mi
cabeza, y seguí su mirada para encontrar a Lorenzo de pie.
—¿Qué estás haciendo aquí? —exclamé, saltando para abrazarlo y él
me rodeó con su brazo—. ¿Están todos bien?
Mezclándose con los turistas locales, llevaba unos pantalones cortos
de golf blancos y una camiseta polo negra. Él no jugaba al golf.
Se rio.
—Todo el mundo está bien. —Me dio un beso en la mejilla—. Vine
para ser tu testigo.
Miré a Santi con su traje negro de tres piezas con confusión en los ojos.
—¿Testigo?
—Nos vamos a casar.
Pasaron tres latidos antes que pudiera pensar con claridad. De repente,
su elección de vestuario hoy tenía sentido. Se vestiría formalmente para su
propia boda, sin importar lo pequeña o informal que fuera.
Sí, quería casarme con él. No podía esperar. ¿Pero así? A mi padre y a
mi abuela se les rompería el corazón. Ellos querían verme casada. El sueño
de todo padre era llevar a su hija al altar. No podía quitarle eso.
—No, Santi —dije, con la voz algo apagada. Tal vez porque realmente
quería casarme con él, ser su esposa hoy, pero faltaban algunas personas
críticas.
—Sí —dijo Santi, con sus ojos clavados en mí.
—Santi... —empecé, pero no estaba segura de qué decir. Si decía que
no lo quería, él sabría que era mentira. Lo he deseado durante mucho
tiempo, era parte de mí. Como el aire que respiraba. Lo amaba; se lo había
dicho tanto.
—Papá no estará contento —murmuré, suplicando a Lorenzo—. Lo
enojara; podría provocar una guerra. Y acabamos de llegar a un acuerdo
mutuo.
Lorenzo se metió la mano en los bolsillos y se apoyó en la columna
junto a nuestro lugar.
—En realidad, si esperamos y dejamos que todo el mundo lo piense,
provocará una guerra —razonó Lorenzo, con la voz calmada—. Una vez
que les digamos que están casados, será agua bajo el puente y todos
podremos centrarnos en la amenaza que se cierne sobre ustedes.
—Se supone que estás de mi lado, hermano. —Exhalé.
—Lo estoy. Siempre.
—Papá me dijo anoche que, si esto era lo que quería, tenía su apoyo.
Deberíamos esperar. —Me pasé la mano por el cabello—. La Abuela y
Papá podrían no perdonar que haga esto sin ellos.
Tragué con fuerza. ¿Alguna vez has deseado tanto algo que, cuando
por fin lo has conseguido, has tenido demasiado miedo de tomarlo? Así
era como me sentía ahora. Asustada por las consecuencias y por herir a la
gente que quería. Por fin conseguí lo que he deseado durante tanto tiempo.
Debería aprovechar la oportunidad y tomar lo que quería. Nunca había
tenido miedo de tomar lo que quería. Sin embargo... no quería hacerlo a
costa de Papá y la Abuela. Fui tras las orquídeas, y las repercusiones
fueron graves.
—¿Y Adriano? —susurré mi pregunta y vi que el rostro de Santi se
endurecía en una máscara fría.
—No lo verás —espetó—. Ahora, termina tu almuerzo y luego te
vestirás. Vas a tomar mi apellido hoy.
—No tengo vestido.
—Escogí uno mientras te probabas la ropa.
Me quedé quieta, observándolo y tratando de entender el porqué de la
urgencia. Mi mirada se dirigió a mi hermano, pero él se limitó a asentir
con la cabeza. Sin embargo, ¿por qué sentía que el temor se acumulaba en
mi estómago?
—Santi, quiero casarme contigo —dije con voz ronca—. De verdad
que sí. Y lo haré. Pero no a costa de Papá, Adriano y la Abuela. Quiero
hacerlo bien. La última vez fui por lo que quería sin... —Mi voz se apagó
y trague con fuerza, las emociones me asfixiaban.
Santi me tomó de la mano y me acercó a él.
—Tendremos una boda, una grande. En la iglesia con tu Padre, tus
hermanos, Adriano, Regina. Todos bajo el sol. —Parpadeé con fuerza, los
ojos me escocían y temí que las lágrimas empezaran a brotar—. No estoy
haciendo esto porque quiera molestar a tu padre o porque piense que vas a
cambiar de opinión. —Se llevó mi mano a los labios, poniendo su boca en
el pulso de mi muñeca—. No lo voy a negar, una parte de mí quiere
convertirte en una Russo, tatuarte mi nombre en tu dedo para que todo el
mundo sepa quién es tu dueño. Hoy. Más que nada. Pero nunca lo haría si
te lástima. —Una pequeña exhalación me abandonó—. La razón por la
que tenemos que hacerlo hoy es... para mantenerte a salvo. Y a tu abuela.
Tu abuelo tenía una cláusula de que, si algo les pasaba a sus descendientes
y a su esposa, el Cártel Perèz pasaba al próximo cónyuge. Eso deja a
George Anderson como esa persona.
Una aguda exhalación me abandonó. ¿Cómo no sabía lo de esa
cláusula? Lo observé con una expresión de cautela. Santi era el jefe de la
Cosa Nostra. Era poderoso, pero la gente siempre quería más poder.
—¿Quieres el cártel? —La pregunta se me escapó, un agarre alrededor
de mi corazón apretando más y más fuerte. Tantos hombres querían el
poder que ofrecía el Cártel Perèz. Mira a los hombres Anderson. Y ahora...
—Me importa una mierda. —La voz de Santi era profunda y llena de
convicción—. A ti, por otro lado, te amo y te deseo. Para el resto de mi
vida. Ese negocio del Cártel podría ir o venir, y yo no perdería el ritmo.
Pero perderte... a ti, Amore, es lo que acabaría conmigo. No hay nada,
nada, que no haría por ti.
Un delicioso escalofrío recorrió la espalda ante su tono posesivo. Tal
vez fui una estúpida, pero le creí. Santi era despiadado, tal vez un poco
psicótico, pero no era un mentiroso.
—Está bien —susurré.
—Es lo correcto, Amore —añadió Lorenzo—. Después de todo;
ustedes dos han estado follando desde hace un tiempo.
Y el momento se esfumó.
—Eres un imbécil, Lorenzo —espeté, entrecerrando los ojos, y viendo
cómo los de mi hermano brillaban con picardía. Dándole la espalda, me
dirigí a Santi—. ¿Dónde está ese vestido?

Nos paramos en el juzgado, Lorenzo y Santi a cada lado mío. Casi se


sentía como si esos dos fueran mis guardias. Sin embargo, tuve que reírme
porque si no hubiera querido hacerlo, habría luchado contra ellos. Gritado.
Pero yo lo quería. Más que cualquier otra cosa en este mundo.
Haríamos una gran boda para Papá y la Abuela. Esto era solo para
nosotros.
Mi corazón se aceleró y mi mano apretó la de Santi que sostenía la
mía. Estaba nerviosa. Desde que volví a Estados Unidos, mi vida había
sido un torbellino. Nunca imaginé que me traería aquí, a un pequeño
juzgado de Rockport con Santi sosteniendo mi mano.
El vestido que llevaba era hermoso y sencillo. Blanco, clásico,
atemporal. El corte delantero cuadrado dejaba mi pecho descubierto, su
collar era lo único que rodeaba mi cuello. El vestido tenía tirantes finos,
dejando mis hombros desnudos, y se ajustaba alrededor de la parte
superior de mi cuerpo como un guante, luego se ensanchaba por mis
piernas, deteniéndose por encima de mis rodillas. Santi incluso pensó en
los zapatos. Sandalias con tacones pequeños.
—Te ves hermosa —murmuró Lorenzo, besando mi frente.
Le sonreí nerviosamente.
—Gracias por estar aquí—. Ojalá hubiera podido hablar con Adriano,
explicarle, pero Santi rechazó la idea que se lo contáramos.
Mi pulso latía con fuerza mientras nos guiaban a la sala donde nos
esperaba el Juez de Paz.
—Señor Russo —lo saludó el juez—. Gracias de nuevo por la generosa
donación a la ciudad.
Entrecerré los ojos ante Santi. ¿Cuándo diablos tuvo tiempo de arreglar
todo esto y sobornar al hombre? Pero nada me sorprendía de Santi. Cuando
quería algo, lo hacía realidad.
—Gracias por acomodar la licencia para el mismo día —replicó Santi.
Y comenzó la ceremonia. No escuché ni una sola palabra de principio
a fin. Las palabras del juez sonaban lejanas y lo único que registraba era
el tacto familiar de Santi mientras tomaba mis manos, el ligero aroma de
su colonia y el calor que encendía en mí.
—Sí, quiero. —Las palabras de Santi fueron firmes, reivindicativas y
definitivas. Sus ojos ardían con intensidad amenazando con arrastrarme
hacia su llama. Su promesa de eternidad resonó en la pequeña habitación
y mi corazón cantó de felicidad. Creía que me protegería, me honraría y
me apreciaría. Y lo más importante, que él me amaba.
Era mi turno, y mi voz temblaba mientras repetía las palabras. La
emoción estaba en mi lengua y en mi corazón.
El chico que seco mis lágrimas. Me dio mi primer beso. Mi primer
orgasmo. Mi primer desamor. Mi primer y último amante. Mi esposo.
Siguió el intercambio de anillos. Deslizó la misma banda de nuevo en
mi dedo. Lorenzo me regalo una banda para Santi. Dijo que mi madre se
la regaló a Papá antes de irse. Sentí que era su bendición. Y la de Mamá.
Con una mano temblorosa, deslicé el anillo en el dedo de mi esposo.
Entonces sus labios se presionaron contra los míos, posesivos y
reclamantes, dulces y suaves. Y yo era para siempre suya.
—Los declaro marido y mujer. —Las palabras del juez fueron
definitivas.
—Amore Russo —murmuró contra mis labios—. Me gusta eso.
A mí también. Mucho.
Capítulo 72
Amore

El sol brillaba, los sonidos de las familias y los niños riéndose


transportados por la cálida brisa de verano. Y el resplandor de mi corazón
competía con el brillante día.
Su mano se deslizó en la mía, y seguí su ejemplo. Nuestros destinos
estaban sellados, entrelazados para siempre. Como nuestros corazones,
nuestras almas, y dedos mientras nos tomábamos de la mano.
—Hay una tienda de postres a la vuelta de la esquina —anunció
Santi—. Tendremos pastel y helado.
Lorenzo caminó justo a mi lado, mirando a un grupo de mujeres en
traje de baño. Algunas cosas nunca cambiarían. Golpeé juguetonamente
mi hombro contra Lorenzo.
—Deja de mirarme.
Ese simple movimiento juguetón me recordó a Adriano. Una punzada
de culpabilidad me golpeó en el pecho. Por primera vez, desde que éramos
amigos, existía una probable amenaza de perderlo. Probablemente me
odiaba.
Debería estar aterrorizada, preocupada, por lo que diría Papá cuando
descubriera que nos habíamos casado a sus espaldas. Pero de alguna
manera, no lo estaba. El razonamiento de Santi tenía sentido, y otro Don,
como mi padre, le encontraría la lógica. Pero Adriano me preocupaba.
A pesar de todo, no podía decir que estuviera triste. Una sensación de
paz y felicidad se instaló en mi pecho. Como cuando estábamos solos en
Italia. El mundo entero se desvanecía, dejándome con el hombre que
amaba.
Santi siempre fue el indicado para mí. Él era mi protector, amor y
hogar, todo envuelto en uno.
—Creía que no te gustaban los dulces. —Me mordí el labio para
contener una sonrisa. Sabía lo que estaba pensando, pero no lo diría
delante de Lorenzo.
—Solo hay un postre que me gusta —replicó Santi, su mirada
parpadeando con diversión—. Pero uno se casa solo una vez. Así que
compartiré pastel y helado, o lo que quieras. Con mi esposa.
Su esposa. Parecía que estaba soñando, y en el momento en que me
despertara, la realidad me abofetearía en la cara.
—Ustedes dos esperen hasta llegar a casa para empezar a hablar sucio
—se quejó Lorenzo, con un movimiento de cabeza—. Después de todo,
eres mi hermanita.
Realmente amaba a Lorenzo. Nuestra diferencia de edad no importaba,
siempre nos llevábamos bien.
—Y tú eres mi hermano mayor —me burlé de él—. Tal vez tenga que
protegerte de las chicas buscadoras de oro que te miran como a un
caramelo.
Con una fingida expresión de interés, sus ojos se movieron de
izquierda a derecha.
—¿Dónde están? ¿Son lindas?
Los tres estallamos en una risa despreocupada. Todavía se avecinaba
otra amenaza, pero ahora mismo, disfrutaríamos del momento. Lorenzo
sacó su teléfono. —Okay, algunas fotos. Para pruebas y recuerdos.
El pastel estaba frente a nosotros y Santi cortó un pequeño trozo. Hizo
que el panadero hiciera un pastel especialmente para nosotros, con helado
como cobertura. “Pastel rosa para mí diosa, dijo.”
Agarró un trozo con las manos.
—Abre —ordenó, e inmediatamente separé la boca. Su mirada ardía
como una cerilla ardiendo, encendiendo un infierno que amenazaba con
convertirme en cenizas antes incluso que consumemos nuestro
matrimonio. Probablemente era un punto discutible, ya que no pudimos
mantener nuestras manos quietas desde el momento en que nos probamos
el uno al otro.
Puso un pequeño trozo de pastel en mi boca, y yo la cerré, atrapando
su dedo. Nuestros ojos se encontraron, los suyos llenos de promesas. Un
escalofrío caliente me recorrió la espalda, hormigueando entre mis muslos
palpitantes de necesidad.
Este amor y deseo que compartimos... lo consumía todo, nos
destrozaba el alma. Del tipo que felizmente dejas que te consuma.
Lentamente sacó su dedo de entre mis labios. Los latidos de mi corazón
tamborileaban en mis oídos, en sincronía con el dolor palpitante en mi
centro.
—Jesús, ustedes dos —murmuró Lorenzo—. Tengo fotos. Muchas,
aunque creo que podrían pertenecer a un sitio de clasificación X.
Santi le dirigió una oscura mirada de advertencia.
—Okay, Okay —murmuró Lorenzo, levantando las manos en señal de
rendición—. No en el sitio de clasificación X. Te enviaré un texto con las
fotos y las borraré. —Sonrió con su sonrisa de —tengo algo entre manos—
. Gracias por la invitación. Me voy a ir.
Se levantó y mi mirada se dirigió a él.
—Gracias por venir —le dije, ofreciéndole la mejilla mientras se
inclinaba.
Apretó un ligero beso en ella.
—Estoy feliz por ti, hermana —susurró en voz baja contra mi
mejilla—. Si alguna vez te hace llorar, acude a mí y le haré pagar.
—Lo haré —prometí en voz baja. Nunca sería necesario, lo sabía en
mi corazón. Santi debió escuchar a Lorenzo porque había una oscura
diversión en sus ojos. Probablemente su mirada de —puedes intentarlo,
pero nunca lo conseguirás.
Lorenzo se fue y yo volví a prestar atención a mi esposo. ¡Mi esposo!
Yo nunca me cansaría de eso.
—Mi turno —le dije y levanté un trozo de pastel más pequeño,
sabiendo que no le gustaban los dulces. Abrió la boca, enviando un
torrente de calor lánguido por mis venas. Lo vi tragar, lamiendo los restos
del pastel de sus labios.
Él me metió otro trozo de pastel a la boca y lo tomé. Aunque en este
momento era lo último que quería o necesitaba. Lo mastiqué lentamente,
deseando que sus labios estuvieran sobre los míos. El sabor único del
pecado que sabía increíble, pero solo cuando Santi me besaba.
—Terminé. Quiero ir a casa. —El rubor me quemaba la piel, pero no
coincidía con el calor palpitante entre mis muslos.
—¿Sí?
Asintiendo levemente, me puse de pie y extendí mi mano. Estaba en
casa. No importaba en qué lugar del mundo estuviera mientras estuviera
con él. Su mano cálida y grande agarró la mía y corrimos hacia el Jeep. En
el momento en que subimos a los asientos, la mano de Santi se introdujo
bajo mi falda y arrastró sus nudillos sobre mi clítoris a través de mis
bragas.
Se me escapó un gemido. Puso el auto en marcha y condujo a través
de la calle principal llena de gente, manteniendo su mano por debajo de
mi vestido y frotando mi coño mientras mis entrañas se contraían. Su dedo
se deslizó dentro de mis bragas, sumergiéndose en mí y mis caderas se
movieron.
—No te corras hasta que tu esposo te lo permita —gruñó con calor.
Mis ojos se abrieron de golpe, encontrando su mirada caliente. Su dedo
bombeaba perezosamente dentro y fuera de mí. Nadie me había tocado
desde Italia, pero durante el último día la codicia por él se había
multiplicado por diez. El síndrome de abstinencia se hizo sentir poco
después de cada dosis.
—Por favor —jadeé, sus embestidas más fuertes mientras tiraba mi
cabeza hacia atrás contra el asiento—. Oh, Dios... por favor.
Mi cuerpo se estremeció y se sacudió con necesidad. Necesitaba esta
liberación. Quitó su dedo y tiró de mis bragas en su lugar. Mis ojos se
abrieron de golpe y lo vi chuparse su dedo para limpiarlo.
—¿Por qué te detuviste? —respiré con dificultad.
—Tu primer orgasmo como mujer casada será con mi polla en tu coño
—dijo. Su duro bulto no se me escapó—. Así que esperarás.
—No puedo esperar —gemí, metiendo mi mano en mis bragas,
tocándome—. Lo necesito ahora.
Acaricié mi clítoris, casi anticipando que Santi me detuviera. Pero no
lo hizo. En cambio, su mirada ardía. Lo miré a través de los pesados
párpados, con mi dedo frotando sin mi clítoris. Estoy tan cerca.
—Santi —gemí. Su mano rodeó mi muñeca y detuvo mis
movimientos.
—Detente —ordenó, y un gemido salió de mis labios.
Se desvió a un lado de la carretera, luego sus manos se clavaron en mis
caderas y me levanto sobre su regazo.
—A la mierda—dijo con voz áspera—. No puedo esperar a que
lleguemos a casa.
Sí, pensé victoriosa.
Mis dedos buscaron a tientas sus pantalones y luego buscaron su polla.
Estaba lisa y dura. Nuestras bocas chocaron en besos desordenados y
descuidados, ambos gruñendo. Mi corazón tronó.
Me arrancó las bragas y el sonido de la rotura resonó a través del auto.
—Algunas cosas nunca cambian, ¿eh? —exhalé, mi boca contra la
suya.
Su mano bajo los tirantes de mi vestido y tocó mis senos a través de
mi sostén. Luego, como si eso no fuera suficiente, tiró de las copas e
inclinó la cabeza, acercando su boca a mi pezón. Me chupó los pechos
mientras su mano bajaba y me agarraba el culo.
—Maldición —jadeé, con todo mi cuerpo en llamas.
—Estás tan mojada —gimió. Sus dedos se clavaron en mi culo—. Tan
bonita cuando jadeas por mi polla.
Me deslicé por su longitud y ambos nos estremecimos en el momento
en que me llenó hasta la empuñadura. Era tan grande y duro que su
longitud se sentía mejor que nunca.
—Santi —gemí y empecé a mover mis caderas.
Su mano subió y me agarró la garganta. Mis ojos se encontraron con
su mirada color whisky y, como tantas veces antes, empujé mi cuello
contra su fuerte agarre, sabiendo que podía romperme el cuello con un solo
movimiento y confiando en que no lo haría.
—¿Te gusta esto, esposa? —demandó, su voz ronca con su mano
alrededor de mi garganta. Su otra mano tiró de mi cabeza hacia atrás con
mi cabello enredado en ella; mi cuello estaba expuesto a él.
—Sí —grité—. Duro. Dámelo más duro.
El autocontrol con mi esposo era inexistente. Él era mi vicio.
Se abalanzó sobre mí, con sus caderas trabajando como pistones
debajo de mí, tirando de mi cabeza para que pudiera ver dónde se
conectaban nuestros cuerpos.
—Mía. —Su reclamo fue duro y necesitado—. Mira cómo te follo,
esposa.
Bajando los ojos hacia donde nuestros cuerpos se conectaban, mi
frente contra la suya, observé cómo su polla se deslizaba dentro y fuera de
mí. La visión era erótica, haciendo que mis músculos se contrajeran de
necesidad mientras sus empujones se hacían más fuertes. Más rápidos.
Más profundos. Mi cuerpo lo agradecía, ansiando al hombre que me
poseía.
—Sí —gemí. Cada empuje dentro de mí me arrancaba otro gemido
gutural—. Sí, por favor.
Sus labios se estrellaron contra los míos, su lengua folló mi boca al
mismo tiempo que su polla follaba mi coño. El placer al rojo vivo me
invadió, mis venas ardían de necesidad mientras mis músculos internos se
apretaban alrededor de él.
—¡Córrete para mí! —rugió, separando su boca. Como si lo hubiera
ordenado, mi cuerpo se tensó y el orgasmo se disparó a través de mí,
llevándome a un vacío feliz en el que no existía nada más que nosotros.
Sus empujones se redujeron, su cuerpo se tensó, y entonces se corrió
dentro de mí con un fuerte gemido, gritando mi nombre.
Bum-bum. Bum-bum. Mi corazón latía por él.
Nos quedamos encerrados juntos, nuestra respiración era el único
ruido en el Jeep. Su gran mano recorría mi espalda, su boca bañaba mi
cuello con besos y mi corazón se hinchaba. Esto se parecía al amor sobre
el que se escribían las canciones. El que hace que la gente siga adelante.
Él me amaba.
Capítulo 73
Santino

Amore se durmió en mis brazos, exhausta y desnuda. Nos detuvimos


dos veces y follamos duro antes de llegar a casa. Luego lo hicimos en la
cocina. En el pasillo. En el salón. En el balcón.
La follé con fuerza de todas las formas posibles y en todas las
posiciones imaginables. Era como un hombre muerto de hambre después
de años de ayuno. Sus largas piernas estaban envueltas a mi alrededor, con
el interior de sus muslos mojados con mi semen. Su cabello esparcido
sobre mi pecho, el sudor aún permanecía en su pálida piel.
Mía, pensé posesivamente.
Si soy honesto conmigo mismo, nunca hubo una pizca de posibilidad
que la hubiera dejado caminar al altar y casarse con mi hermano. Nunca
he sido del tipo generoso. Pero saber que ahora ella estaba atada a mí para
siempre me tranquilizó. Me calmó. Me puso en paz.
Amore Russo. Sonaba tan malditamente bien.
Mi teléfono sonó y lo alcancé, con cuidado de no despertarla.
Necesitaba descansar, y yo fui egoísta al tomar su cuerpo incluso después
que ella rogara por un indulto. Monstruo sexual. Parece que ella también
me convirtió en uno.
Leí el mensaje y mi corazón se hundió. Esperaba estar equivocado.
Recé por estar equivocado. Más por Amore que por mí. Ella no se merecía
esa clase de traición, no después de todo lo demás. No había conectado los
puntos hasta anoche, cuando ella admitió sus sospechas sobre su padrastro.
Era el momento de terminar con todo.

Cinco días de felicidad. Esta semana compitió por el primer puesto con
nuestra semana en Italia. La felicidad y la obsesión eran una palabra de
cinco letras. Empezaba con A y terminaba con E... Amore. Al igual que su
nombre. Su amor era mi luz.
Pasamos cinco días en mi casa de Rockport. Y al igual que en Italia,
nos metimos en una rutina simple. Ella se despertaba con el café ya hecho.
Con ella en mi regazo, ambos revisábamos nuestros correos electrónicos
de trabajo y manejábamos los negocios. A diferencia de otras mujeres,
Amore no se obsesionó con la boda. Ella le dijo a su abuela y a su padre
que nos casamos; la primera exigió la boda del siglo. Este último gruñó
sobre llevarla al altar. Y Amore prometió ambas cosas, dejando que su
abuela planificara la boda, pero que lo chequeara todo con ella.
Bennetti no se alegró cuando le dije el nuevo apellido de Amore. No
es que me importe un demonio. Él ya no podía alejarla de mí. Aunque
insistió en una boda formal por la iglesia.
Bien.
Una vez que eliminé la maldita amenaza del hombre que debería haber
estado a su lado, en lugar de volverse contra ella.
Amore se concentró en manejar Regalè Fashion y su negocio The
Orchid. A veces extendía papeles por todo el suelo para dibujar, hacer
fotos y enviar mensajes de texto a María. Le había pedido que no
compartiera que nos habíamos casado. Regina y Savio también se lo
guardaban para ellos.
Amore usualmente preparaba el almuerzo y luego íbamos al pueblo a
tomar un helado o a la playa. Después terminábamos el día preparando la
cena juntos o simplemente pedíamos a domicilio, nos acurrucábamos en
el sofá y veíamos películas de Marvel. Todavía no hemos conseguido ver
una película entera sin distraernos.
Si por mí fuera, me quedaría aquí para siempre, pero primero había
cosas que había que solucionar.
Capítulo 74
Amore

Solo habían pasado veinticuatro horas desde que Santi y yo volvimos,


y ya echaba de menos la cabaña. Resultó que mis primeras veces con Santi
continuaron. Nuestra primera discusión. Quería que me quedara en casa,
esperando a que eliminara la amenaza. Yo tenía que trabajar. No podía
faltar a la primera reunión de la junta directiva como la cabeza de Regalè
Fashion. Tras horas de idas y venidas, finalmente nos reunimos en el
centro. Debió ser la primera vez para Santi porque actuó como si yo
hubiera intentado asesinarlo.
—Santi, tú sabías quién era yo cuando te casaste conmigo —le dije,
agitada y molesta—. ¡Igual que yo sabía quién eras tú!
—No digo que no puedas trabajar —gruñó—. Solo que esperes.
—Es una reunión de la junta directiva —grité—. No pueden celebrarla
sin mí, y la fecha está fijada desde hace meses. No te pido que dejes de
lado tu papel en la Cosa Nostra. No me pidas que suspenda mi papel como
jefe de Regalè Fashion.
Se acercó a mí, con las palmas de las manos en la cara.
—Te follaré durante la reunión de la junta directiva y te olvidarás de
todo.
Su mano se posó en mi nuca y su boca rozó mis labios muy
ligeramente, pero fue todo lo que necesité. Mi cuerpo se estremeció,
deseoso de un toque más rudo, de un beso más fuerte. Sus dedos se
enredaron en mi cabello mientras rozaba con sus dientes mi labio inferior
y mis manos se cerraron instintivamente alrededor de su cuello.
—Quiero sentir tu bonito coño alrededor de mi polla, esposa —
ronroneó. Su voz suave, como el más delicioso pecado—. Deslizar mi
polla dentro de ti, para que puedas sentirme cada vez que te muevas. Cada
maldita vez.
Un escalofrío recorrió mi columna y un gemido salió de mis labios en
respuesta a sus sucias palabras.
—¿Me dejarás? —Su voz era gutural, su aliento caliente contra mi
oído.
Jadeé, la palpitación entre mis muslos era insoportable.
—S-sí.
Su mano libre se aferró a mi falda Chanel, tirando de ella hacia arriba
mientras me frotaba contra él. Bajé los ojos, observando su mano tatuada
contra mi falda blanca. A través de mi cerebro, que estaba lleno de lujuria,
me di cuenta que me estaba seduciendo para distraerme.
Apretando los dientes y los muslos, llevé las palmas de mis manos a
su pecho y empujé suavemente contra él.
—No. —exhalé. Dios, no sonaba convincente para mis propios oídos,
y menos para los suyos. Para demostrarle que lo decía en serio, empujé
con más fuerza.
—Santi, para.
Se detuvo, con una mirada exasperada.
—¿Qué pasó con mi esposa obediente y sumisa? —reflexionó.
—Nunca has tenido una esposa obediente —señalé. Decidí no
comentar lo de sumisa. Mi deseo de complacer solo salía a la luz en el
dormitorio, y solo para él. Inhalando profundamente, ignoré la tentación
de abrirme de piernas y olvidarme del mundo. —Santi, tengo que ir a esta
reunión —le dije en tono firme—. En teoría, podrían expulsarme. La
Abuela ha trabajado mucho por esta empresa. No puedo destruirla en mi
primera semana.
—¿La segunda semana? —sugirió.
Entorné los ojos hacia él, apretando los labios. ¿No podía exigirme
que me sentara en casa y le esperara como una buena chica italiana?
—Maldita sea, esposa. ¿De dónde salió esta terquedad? —gruñó.
—Si no me mantengo firme, esposo —repliqué secamente—, me
pasarías por encima.
Sacudió la cabeza, sacó el teléfono del bolsillo y marcó. Veinte
minutos después, Carrera y Renzo eran mis guardaespaldas. DeAngelo se
fue con Santi, para desgracia de ambos.
Así que, en mi primer día de vuelta al trabajo, estaba casada y
fuertemente vigilada. Me senté en la reunión de la junta directiva con
Gabriel Carrera y Renzo respirando en mi nuca mientras repasábamos
nuestros informes trimestrales y las proyecciones del próximo año.
Afortunadamente, ese fue el punto álgido de la emoción.
Mi segundo día fue igual de tranquilo, y volví a tener a DeAngelo
como mi guardia. Él estaba en su despacho, justo al lado del mío, y yo
tenía los diseños repartidos por todo el suelo de mi propio despacho,
reduciendo las selecciones, cuando el sonido de mi teléfono me hizo
volver a la tierra.
Me levanté, tomé el teléfono y vi cinco mensajes perdidos de Santi.
*Tienes cinco minutos para contestar. O iré a por ti y el castigo no
será placentero para ti. Solo para mí. *
Mis labios se curvaron. ¡Jesús! Estaba perdida por mi esposo. Un
mensaje de texto amenazante y mi respuesta fue un dolor palpitante entre
mis muslos.
Sin demora, escribí una respuesta, mis dedos volando por la pantalla.
*Me voy ahora. Puedes castigarme. *
Pulsé el botón de enviar y una idea traviesa se me ocurrió. Sonriendo,
empecé a escribir inmediatamente.
*Me pondré de rodillas, me ataras las manos a la espalda y podrás
follarme la boca. Y mi ummm... agujero trasero. *
Sintiéndome satisfecha, volví a pulsar enviar y metí el teléfono en el
bolso. No podía esperar a llegar a casa. No me cabía duda que Santi no me
dejaría escapar por eso.
Cinco minutos más tarde, mis tacones chocaban contra el suelo del
pasillo del Regalè Enterprise mientras me apresuraba a cruzar el silencioso
edificio hasta los ascensores. Apreté el botón varias veces, con una
sensación inquietante que me recorría el cuello y de la que no podía
deshacerme. El edificio estaba vacío y fuimos de los últimos en salir.
DeAngelo me estaba esperando en el garaje. Lo mandé adelante
mientras yo limpiaba lo último del papeleo. Estaba feliz, delirantemente
feliz. Lo único que me faltaba era Adriano. Tenía que arreglar las cosas
con él.
Había estado desaparecido, y eso empezaba a agitarme. Solíamos
hablar y enviarnos mensajes de texto todos los días. Y últimamente, nada.
Hay que admitir que no teníamos mucho que decir, ya que todo este
compromiso era algo incómodo. Pero habíamos sido los mejores amigos
y, como tal, debíamos solucionar las cosas. ¿Cuántas veces me había
dejado sola en la fiesta mientras perseguía una falda? Nunca le había hecho
pasar un mal rato.
La puerta del ascensor se abrió y, al entrar en él, mis pensamientos se
perdieron en los artículos que tenía que terminar para el nuevo diseño. Era
más fácil concentrarse en el diseño y los negocios que en todo el caos. De
alguna manera, todo había quedado en silencio en el frente del Cártel.
Empecé a pensar que, después de todo, mi teoría sobre George Anderson
estaba equivocada.
No es que sea una mente criminal, pensé con ironía.
Pulsé el botón del garaje mientras otra persona entraba en el ascensor
y pulsaba el botón de la planta del vestíbulo. La puerta se cerró cuando
levanté la mirada y me encontré con los ojos de Adriano.
—¡Adriano! —exclamé, sorprendida de encontrarlo aquí—. ¿Qué
estás haciendo aquí? —pregunté con dudas.
Algo parpadeó en sus ojos, aunque no pude identificarlo. Antes que
pudiera seguir pensando en ello, respondió: —Santi me envió.
Mis cejas se fruncieron, la confusión inundó todos mis sentidos.
Literalmente, me acaba de enviar un mensaje. ¿Por qué no lo había
mencionado?
—¿Por qué?
—Quería asegurarse que estabas a salvo —contestó, con una sonrisa
en la cara. Bien, tal vez hayan resuelto sus desacuerdos—. Está en el
vestíbulo.
Adriano llevaba un traje negro de tres piezas. No solía verlo con traje
y su aspecto me desconcertó un poco. Así se parecía aún más Santi.
Estudié su rostro y noté que llevaba su habitual expresión despreocupada.
—Maravilloso —contesté. Vería a Santi incluso antes—. ¿Tal vez
podríamos ir todos a cenar o algo así? —sugerí esperanzada. Quería que
todos habláramos acerca de lo sucedido. Tenía que pedir disculpas y dar
explicaciones. Mis acciones hirieron a mi mejor amigo y quería
compensarlo.
El ascensor bajó piso por piso. Mis ojos se dirigieron a Adriano,
notando rastros de sudor en su frente.
Hmmm, tal vez haga calor aquí. Mi vestido negro de Chanel era ligero,
de seda. Imagino que haría más calor con un traje.
Ding. El ascensor se abrió al vestíbulo vacío. Un espacio amplio y
abierto con suelos de mármol y ventanales panorámicos que daban a la
Quinta Avenida.
Al salir del ascensor, miré a mi alrededor, buscando a Santi.
—No lo veo —dije, mirando por encima del hombro a Adriano.
Él frunció el ceño y buscó en el vestíbulo.
—Estaba aquí —murmuró.
—¿Por qué no subió contigo? —le pregunté, con los ojos recorriendo
el lugar como si Santi fuera a aparecer de la nada.
—Ya sabes cómo es. —Negó con la cabeza—. Odia todo lo que tenga
que ver con tu abuela. No quería encontrarse con ella.
Cierto. A Santi no le gustaba ella, pero normalmente no evitaba a
nadie.
—Hmmm. —Continué mi camino hacia la puerta de salida del
vestíbulo. Atravesé la puerta circular y me encontré sobre el cemento, los
sonidos de la ciudad y los autos tocando el claxon llenando el aire.
Los neoyorquinos ni siquiera se detenían a darme una mirada.
Hombres y mujeres trajeados se apresuraban a llegar a sus destinos, ya
fuera a las casas donde les esperaban sus familias, a las citas para cenar o
a las fiestas.
Fui a darme la vuelta cuando algo me apretó con fuerza la espalda.
—No te muevas o acabaré contigo aquí mismo.
—La incredulidad me invadió.
—¿Adriano? —susurré, con mi mente luchando por entender lo que
estaba pasando.
Un todoterreno negro se detuvo frente a nosotros, y un hombre alto
que nunca había visto antes se bajó. Observé con horror cómo se acercaba
y abría la puerta trasera del auto.
¡Estúpida! ¡Tan estúpida!
Debería haber mantenido a DeAngelo conmigo. Todo el tiempo.
—Señorita —dijo el tipo que sostenía la puerta—. Por favor, suba.
Mis ojos viajaron sobre él. Llevaba un traje negro de Dolce & Gabbana
con zapatos a juego. Parecía joven, aunque aparentemente era lo
suficientemente mayor como para estar secuestrando gente.
Debería haber sabido que solo un hombre que llevara Dolce &
Gabbana sería un criminal y un traidor. A los gángsters parecía gustarles
Dolce. Tenían que matar con estilo y morir con estilo.
—Entra, Amore. —El cañón del arma a mi espalda presionó más
fuerte. La voz de Adriano era áspera. Jesús, ¿qué pasó?
Frenéticamente, mis ojos buscaron a alguien conocido. Pero nadie nos
prestaba atención, nadie quería contacto visual en esta ciudad.
—Ahora —ladró—. O te haré sangrar sobre el concreto.
Entrar en ese auto era lo peor que podía hacer. Antes que pudiera decir
algo más, me empujó dentro del auto. Tropecé, mis rodillas golpearon el
suelo del auto mientras mi bolso aterrizaba en la calle. Trate de gritar, de
hacer algo de ruido, cualquier cosa cuando la mano de Adriano me tapó la
boca.
Maldición, ¡dónde está la seguridad cuando la necesitas!
Luché contra él, dando patadas, hundiendo mis dientes en su mano,
pero fue en vano. Era mucho más fuerte que yo y me mantenía en un
ángulo que me impedía darle un codazo en las costillas como me enseñó
DeAngelo.
¡Jesucristo! Casi parecía que me estaba follando. Solo en Nueva York
nadie pestañearía ante una escena como esa.
Cerró la puerta detrás de mí. Empecé a gritar, golpeando el cristal, pero
fue inútil. Al parecer, el maldito todoterreno tenía cristales antibalas. El
conductor y Adriano subieron.
—Deja de gritar o te dispararé —gruñó, sin volverse—. Estará
cabreado por no poder acabar contigo él mismo, pero se le pasará. Te
quiere muerta de todos modos.
Mis ojos se abrieron de par en par.
¿Quién? quise preguntar. ¿George Anderson?
¿Realmente seguía vivo? ¿O era otra persona? No lo sabía. Desde
nuestro último viaje a Venezuela, me había vuelto demasiado floja. ¡Tan
estúpida! Probablemente la razón por la que nunca tendría éxito en la
gestión de un negocio del Cártel. Me matarían en la primera semana de
trabajo. Y nada menos que por mi mejor amigo. ¿Cómo es que las cosas
entre nosotros fueron tan mal?
¡Maldita sea! Fue una decisión estúpida y descuidada enviar a
DeAngelo por delante de mí. Recé para que DeAngelo se impacientara y
viniera a buscarme. Por desgracia, era un hombre increíblemente paciente.
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
—No intentes nada —gruñó Adriano—. Puedo hacer que tu familia
encuentre tus sesos salpicados contra este suelo. —Se rio
amenazadoramente—. Suponiendo que encuentren este auto o a ti.
Me quedé mortalmente inmóvil ante sus palabras, observándolo con
cautela mientras me dolía el corazón. Malditamente sangró. Mi mejor
amigo me quería muerta. Nuestros años de amistad y todos los momentos
que compartimos desde el día en que entró en mi vida pasaron por mi
mente. Nunca hubiera soñado que nos llevaría hasta aquí.
Sacó su teléfono y marcó un número. Observé cada uno de sus
movimientos. No estaba preparada para morir, ni por su mano ni por la de
nadie. Aunque en mi mente, ya intentaba idear algo para llegar a Adriano.
Para razonar con él.
—La tengo —habló al teléfono, con su arma apuntando hacia mí.
Mis ojos se movieron entre el conductor y Adriano. Podría intentar
golpear al conductor en la cabeza, pero nos arriesgaríamos a chocar.
Además, Adriano me amenazó con disparar. ¿Podría cumplirlo? En mi
corazón, me negaba a creerlo, pero no estaba segura de poder confiar en
mi corazón ahora mismo.
¿Tal vez debería hacerlo hablar? Así podría averiguar si había alguna
ventana para escapar.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté—. ¿A dónde me llevas?
Él me ignoró. La frustración me arañaba por dentro mientras la ira
hervía en mis venas. No podía entender cómo un hombre que había sido
mi mejor amigo durante años podía hacer esto. La traición fue devastadora.
—¿Por qué, Adriano? —Mi voz se ahogó. Pensé que tenía una familia,
un mejor amigo y un cuñado. Y una vez más, estaba siendo traicionada—
. ¿Por qué? —Volví a preguntar con voz ronca—. Al menos debería saber
porque me traicionaste antes de morir.
Noté que los ojos del conductor parpadeaban hacia mí en el espejo
retrovisor, pero enseguida volvieron a la carretera.
Adriano se burló.
—Me traicionaste con Santi. —No podía discutir eso, pero no era
como si pudiera controlar a quién amaba. En realidad, los amaba a ambos.
Mucho, solo que de maneras muy diferentes. Parpadeé con fuerza,
desesperada por contener las lágrimas—. Primero fuimos amigos. Se
suponía que ibas a ser mi esposa, no la de Santi. Nuestros padres lo
arreglaron.
Tragué con fuerza. Le hice daño y ahora él me devolvía el daño.
—¿Cuál es tu plan? ¿Matarme?
—Tú empezaste esto, Amore. —Dios, ¿era realmente mi mejor amigo?
No podía reconocerlo—. Voy a terminarlo. No más chico de los recados
para Santi. No más ser el segundo mejor.
¿Cómo era posible que no me diera cuenta de su resentimiento? ¿Era
realmente tan mala para juzgar el carácter?
—Tú no eres el segundo mejor —dije con voz ronca, temblorosa—.
Por favor, Adriano. Podemos arreglar esto —le supliqué. Se supone que
somos una familia. Cuidar el uno del otro. No matarnos el uno al otro. Esto
fue una locura.
—Yo lo estoy arreglando —dijo—. Me haré cargo de la Cosa Nostra.
Y tú pequeño imperio de cárteles estará por fin dirigido por alguien que
no sea tu maldita abuela. —El miedo me recorrió las venas, helándome la
sangre—. Esa dragona será la siguiente.
—Adriano, ¿estás loco? —siseé. Quería agarrarlo y hacerle entrar en
razón. Siempre había estado a su lado, incluso cuando era imprudente.
Pero esto era mucho más que una imprudencia. Haría que nos mataran a
todos—. Por favor, sé razonable. Los Anderson te traicionarán. Mataron a
mi madre, y ella no tenía nada que ver con el Cártel. Te matarán a ti
también cuando consigan lo que quieren.
¿Él no podía ver eso? Era tan malditamente obvio.
Dejó escapar un suspiro con frustración, como si pensara que yo era
una mocosa y su paciencia se estuviera agotando.
—Lo tengo todo resuelto —dijo con naturalidad.
La frustración me atenazó el pecho, y la necesidad de hacerlo entrar en
razón era tan fuerte que mis dedos ansiaban conectar con su mejilla.
—Santino nunca permitirá que formes parte de la Cosa Nostra —grité,
molesta.
Se rio.
—Entonces también lo mataré. Tiene una pequeña sorpresa en camino.
¿Qué?
—No tendrá éxito. Mi padre, mis hermanos y Santi vendrán por ti. —
Negué con la cabeza, ya fuera en señal de negación o de incredulidad, no
estaba segura—. Adriano, por favor —intenté de nuevo. A pesar de todo,
me dolía físicamente en el pecho pensar que Adriano resultara herido o
muerto en el fuego cruzado—. Vas a conseguir que te maten. Por favor,
no lo hagas. Siento no haberte hablado de tu hermano. Quería hacerlo,
pero...
—¡Cállate! —me interrumpió, su voz amarga—. Sé exactamente lo
que estoy haciendo.
El auto se detuvo y Adriano prácticamente se bajó de un salto. La
puerta trasera se abrió y su mano se extendió. Me aparté, pero sin éxito.
Me agarró un puñado de cabello y tiró con tanta fuerza que me estremecí
al sentir un dolor agudo en el cuero cabelludo.
Sus facciones se volvieron mortales y salvajes.
—Veremos cuánto tienes que decir con mi arma contra tu sien.
El cañón de su arma presionado contra mi piel se sentía frío. No
importaba que DeAngelo me hubiera entrenado para luchar y mantener la
cabeza fría. Todo se evaporó en el aire, reemplazado por el miedo
congelado.
No quiero morir.
Capítulo 75
Santino

Mis labios se curvaron en una sonrisa al leer el mensaje de Amore.


Me moría de ganas de follar con mi esposa. Le ordenaría que se desnudara
en cuanto entrara por la puerta. Y luego, me aseguraría que cumpliera su
promesa.
La tensión y la necesidad de sentirla de nuevo corrían por mí torrente
sanguíneo. Era mi heroína. Nunca me cansaría de ella. No me gustaba que
fuera a trabajar, no hasta que hubiéramos eliminado la amenaza de George
Anderson. Pero Amore era una heredera obstinada, decidida a hacer
aquello para lo que había sido criada. Para liderar su imperio.
La admiraba por ello. La amaba por ello. Aunque chocaba con mi
necesidad de protegerla.
Con toda honestidad, quería llevarla lejos, continuar nuestra luna de
miel. Solo nosotros dos, en nuestra propia burbuja, donde nadie pudiera
llegar a ella. Donde nadie pudiera hacerle daño.
Era el peor sentimiento posible, esa vulnerabilidad por alguien, el
miedo a perder lo que amabas. Juré hace mucho tiempo que no permitiría
una debilidad en mi vida. Ninguna mujer que pudiera tocar mi corazón. Vi
de primera mano lo que le hizo a mi padre. Pero cómo iba a saber que ella
sería una niña que se apegaría a mí, que necesitaría mi protección, y que
luego crecería hasta convertirse en una hermosa mujer que tomaría mi
corazón.
Mi teléfono móvil sonó y lo agarré, esperando que fuera Amore.
—¿Sí?
—Santi, la tienen. —La voz de DeAngelo sacudió mi mundo.
Una quietud mortal se apoderó de mí. Mi mirada se fijó en la puerta
principal, esperando que Amore entrara por ella en cualquier momento, a
pesar de las noticias que acababa de recibir.
El plomo y el frío se instalaron en mi estómago, como nunca antes
había sentido.
—Santi, ¿estás ahí? —La ira se coló bajo mi piel, alimentando la
rabia... y el miedo. Maldito miedo por una mujer pelirroja que era mía—.
Maldita sea, Santi.
Tuve que tragarme la rabia ardiente, el miedo frío. Tragarlo todo para
poder concentrarme. Llevarla a casa.
—¿Qué sabes?
—La estaba esperando en el garaje. Cuando no apareció, fui a buscarla.
No está en ninguna parte.
Amore tendía a desviarse cuando trabajaba. Puede ser que haya
encontrado el camino de vuelta a su laboratorio de trabajo y haya perdido
la noción del tiempo.
—La llamaré —le dije.
—No te molestes. Su bolso y sus cosas estaban esparcidas por toda la
acera frente al edificio.
Maldición. No me avisaron. ¿Por qué? La preocupación por ella me
hizo temblar hasta los huesos. No había muchas cosas que me dieran
miedo en esta vida.
Perder a Amore era un miedo escalofriante que me arañaba.
—Tengo que hacer una llamada —le dije y colgué.
Recorrí mi agenda de teléfonos y me detuve en el nombre que podría
romperme si no llegaba. Pulsé el número de llamada, cada timbre me costó
años de mi vida.
—Sí.
—¿Él la tiene? —Mi voz era fría y dura.
—Sí. —Latido—. Ubicación compartida.
Beep. Beep. Beep. La llamada terminó.
Miré la pantalla y el botón aceptar ubicación compartida parpadeó.
No había que pensarlo dos veces. Aceptar.
Capítulo 76
Amore

Decir que la situación no era buena era quedarse corta. La casa se


encontraba en las afueras de la ciudad. Un edificio de ladrillo rojo de tres
plantas se alzaba frente a mí, rodeado por una cerca baja de hierro y una
puerta de hierro encantadora. Las orquídeas silvestres pululaban por los
jardines, las enredaderas serpenteaban por el revestimiento de ladrillo.
Parecía una maldita jungla. Los jardines y la casa necesitaban una limpieza
profunda.
Algo me resulto familiar en la casa, pero no pude ubicarlo. Tenía los
nervios destrozados. Pensar con claridad era imposible en este momento.
En cualquier otro momento de los últimos ocho años, siempre tuve a
alguien cerca para salvarme. Ahora, era solo yo. Tendría que ser ingeniosa
y averiguar cómo salir de esta situación.
Adriano me empujó hacia delante con su arma apoyada en mi columna,
un frío recordatorio que ya no estaba de mi lado.
Mientras me arrastraban por el pequeño sendero de piedra y dentro de
la casa, buscaba desesperadamente alguna salida. Había cuatro hombres a
mi alrededor. Había más afuera de la puerta patrullando de un lado a otro.
Si se creían discretos, eran idiotas.
Caminé por la entrada de la casa y vi a más guardias. Todos para mí.
Sería cómico y halagador si no fuera tan trágico. Necesitaban tantos
hombres solo para vigilarme... en serio, me daban demasiado crédito.
Una vez dentro, me empujaron a una sala de estar y me empujaron a
un sofá. Solo Adriano y otro guardia me siguieron.
—Quédate aquí —ordenó Adriano con un tono frío que me hizo sentir
escalofríos por toda mi espalda. Nunca había utilizado ese tono conmigo.
Ni siquiera sabía que lo tenía en él—. Un movimiento y los hombres tienen
permiso para disparar.
—Qué hermosa bienvenida —murmuré.
—Podría ofrecer una mejor —gruñó—. Ahora compórtate.
Un guardia nos miró a Adriano y a mí con recelo. Luego le siguió una
retahíla de palabras en español. Capté una de cada tres palabras y deseé
que mis habilidades lingüísticas fueran mejores.
Si salgo viva de esto, lo añadiré a mi lista de cosas por hacer, pensé
con ironía.
Un segundo estábamos mirándonos, al siguiente me agarró el cabello
con una mano mientras con la otra agarraba mi hombro, sus dedos se
clavaban en el músculo. El dolor se disparó a través de mi omóplato,
causando que mis ojos se llenaran de lágrimas.
El otro tipo siguió hablando y tuve la sensación que lo que fuera que
estaba diciendo agitaba a Adriano.
Abrí la boca para gritarle a mi ex mejor amigo cuando Adriano me
fulminó con la mirada.
—Cierra la boca —gritó.
Mis ojos se desviaron hacia el otro tipo y escupí con enojo. A veces,
cuando los sentimientos heridos y la ira se mezclaban, palabras estúpidas
salían de mi boca.
—Puede que quieras replantearte el modo en que tratas a tus
prisioneros —les siseé a ambos—. Santi te arrancará la maldita cabeza por
esto.
Okay, debería tener su cabeza por esto, pero conocía mis limitaciones.
Yo no era mi Abuela. Admiraba y amaba su fuerza. Aunque sabía que
había ciertos aspectos de mí eran similares a ella; era muy consciente de
que, en otros aspectos, no me parecía en nada a ella.
—Quién sabe, Santino podría estar muerto ahora mismo —dijo
Adriano, con los labios curvados de forma cruel. Se rio ante mi expresión
de horror, aunque no había humor en sus ojos.
Me clavé las uñas en las palmas de las manos. No había nada que
prefiriera hacer que arañarle la cara y borrarle esa sonrisa. Amaba a
Adriano, pero necesitaba algo de sentido común. Desafortunadamente,
tenía un arma apuntándome. Nunca lograría levantarme del sofá, por no
hablar de arañarle la cara.
Nos miramos el uno al otro. La animosidad en sus ojos abrió un
agujero en mi pecho. Me dolió mucho. La última vez que sentí tanto dolor
fue cuando perdí a mi madre. Quería rogarle que se detuviera, que
recordara todos nuestros años juntos, que recordara a su familia. A su
padre. Sin embargo, ninguna de las palabras salió. Mi garganta se contrajo
por las emociones y cada inhalación estremecedora hacía que fuera más
difícil respirar.
—Santino Russo encontrará la muerte al mismo tiempo que tú,
princesa49 —se burló el guardia con voz dura.
Contuve la respiración, el significado de las palabras era claro. Sin
embargo, luche por entenderlas. Adriano nunca le haría daño a nadie. Él
no era así. Sin embargo, el hombre que estaba frente a mí era un extraño.
—Adriano te traicionó a ti y a Santi —continuó el guardia tras darse
cuenta que no iba a decir nada—. Para poder hacerse con el control. La
codicia gana siempre —añadió, con una mirada victoriosa en sus ojos,

49
Español en el original.
burlándose de mí. Mi cerebro se negó a creer sus palabras. Solo estaba
jugando con mi cabeza.
—No —dije conmocionada, sacudiendo la cabeza en señal de
negación. La palabra se me escapó antes que pudiera contenerla y en sus
ojos brilló la satisfacción. Su afirmación atravesó mi corazón como un
cuchillo que se clavaría para siempre. Las imágenes de los años que
pasamos juntos, Adriano y yo, pasaron por mi mente como recuerdos de
un iPhone. Lo único que faltaba era la banda sonora.
Mejores amigos para siempre. Se suponía que íbamos a ser mejores
amigos para siempre.
Él sabía lo mucho que me dolía después de Venezuela, los ataques de
pánico. Me ayudó a sanar, me protegió de los chicos y chicas de la
preparatoria.
Sin darse cuenta de mi agitación interna, el guardia empezó a dar
vueltas alrededor de mí y de Adriano, y luego volvió a mí mientras sus
ojos se movían con cada sonido. Estaba nervioso, comprobando las
ventanas y las puertas, y luego comprobando con todos los guardias de
afuera. Pensé que Adriano estaba con ellos, pero parecía desconfiar de él
tanto como de mí.
Me senté inmóvil, tratando de calmar mis nervios, con el dolor
creciendo dentro de mí. Esta traición dolía. Muy mal. Tal vez incluso más
que la de George, de la que solo me enteré de adulto. Con cada tictac del
reloj, mi corazón latía con otro golpe doloroso.
¡Mierda!
A veces parecía mejor no sentir nada. Era mucho más fácil que sentir
tanto. Miré a Adriano de reojo. Estaba inmóvil, sin emociones en su rostro.
Mi mejor amigo.
Mi paseo o morir.
O eso pensé.
Tres horas de sus constantes vueltas, de sus murmullos y yo estaba a
punto de perder la calma. Me ponía nerviosa. Su constante movimiento me
irritaba. Me sacudió los nervios. Estaba seguro que también estaba
poniendo nervioso a Adriano. Puede que ahora no sea mi mejor amigo,
pero conocía bien a Adriano. Además, le sorprendí poniendo los ojos en
blanco a sus espaldas unas cuantas veces.
Mis ojos iban y venían entre el otro guardia y Adriano. En este punto,
yo también me estaba poniendo nerviosa. No tenía teléfono para llamar al
911. Ni papel para dibujar. Nada que me distrajera. Solo yo sentada en el
sofá. No hacer nada me volvía loca.
Justo cuando el guardia se preparaba para hacer otro círculo alrededor
de la sala de estar y finalmente hacer un agujero en la alfombra, estalló
una explosión.
Toda la casa tembló. El guardia perdió el equilibrio y tropezó contra
la mesa de café, haciéndola temblar. Los disparos resonaron afuera y, para
mi sorpresa, Adriano me sacó del sofá y me tiró al suelo.
—Cúbrete la cabeza —siseó—. Quédate abajo.
Asintiendo, seguí sus instrucciones.
—¿Qué...? —Alguien más escupió maldiciones en español.
—Cojan a la chica —gritó el guardia en español. Sorprendentemente,
mis habilidades lingüísticas entendieron eso—. Llévala a los búnkeres.
Jesús, eso no sonaba bien en absoluto.
Los dedos de Adriano se enroscaron en la parte superior de mi brazo y
me pusieron de pie.
—Vamos, mocosa.
Mi cabeza se giró en su dirección y lo miré. Yo no era una mocosa.
Este hijo de puta... de toda la mierda. Tuvo que joder a mi peor enemigo.
—¿Supongo que estos no son tus muchachos? —me burlé, aunque
probablemente era estúpido y demostraba su punto que yo era una mocosa.
El estruendo de otra explosión sonó demasiado cerca para ser cómodo.
Gritos de enfado y disparos rompieron el silencio posterior, se podría
pensar que estábamos en una zona de guerra. Estaba demasiado cerca para
ser cómodo. ¿O tal vez estaba llegando la ayuda?
Un hombre irrumpió por la puerta, y todos los hombres apuntaron el
arma en su dirección. Puso las manos en alto, un chorro de maldiciones en
español se deslizó por sus labios. Sí, yo también las entendía. ¿Qué podía
decir? Las prioridades cuando se aprende un idioma.
—Tenemos que irnos —instó en voz baja y con un inglés con mucho
más acento—. ¡Ahora!
—¿A dónde vamos? —pregunté con los ojos muy abiertos. Estos tipos
harían que me mataran incluso antes que se me ocurriera un intento de plan
de escape—. Suena como una maldita guerra ahí fuera. Deberíamos
quedarnos aquí.
El guardia loco que estuvo dando vueltas durante las últimas horas
como un animal enjaulado se acercó a mí y se detuvo. Un latido de nada.
Entonces su mano voló por el aire y conectó con mi mejilla, enviando dolor
y una sensación de ardor a través de mí. Sentí como si mi mejilla explotara.
—Aquí hay un búnker subterráneo —dijo Adriano, impidiendo que el
guardia realizara otro asalto.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó el guardia con suspicacia, mientras
sus ojos pasaban de un lado a otro entre Adriano y el guardia que acababa
de irrumpir en nosotros.
—Anderson nos mostró —respondió el guardia—. A mí y a Adriano.
Todavía me costaba procesar todo esto. Que mi mejor amigo trabajara
con Anderson me revolvía el estómago. La traición me golpeaba justo en
el pecho, con cada latido del corazón. Me dolía mucho. Nunca hubiera
soñado que Adriano hiciera esto. Hizo algunas cosas tontas. Hicimos
algunas cosas tontas. Pero esto lo superaba todo. Y costaría vidas.
—Muéstrame —exigió el guardia. Sus ojos se dirigieron hacia mí, y el
miedo se acumuló en la boca de mi estómago.
—Vamos —respondió Adriano, agarrando mi muñeca con fuerza y
tirando de mí. Los otros dos guardias me siguieron de cerca, temerosos
que me escapara en cualquier momento.
Salimos al pasillo y las peores imágenes se reprodujeron en mi mente
mientras los sonidos de las balas recorrían el aire. ¿Quién estaba matando
a quién? Espero que Papá, Santi y mis hermanos no estuvieran aquí. No
quería que los mataran. Pero, por otro lado, los quería aquí. Que mataran
a todos esos hombres para que por fin pudiéramos acabar con todo y vivir
nuestras vidas.
—Deja de perder el tiempo —espetó uno de los guardias, con odio en
su voz.
Adriano me empujó bruscamente hacia delante y seguí adelante. No
sabía qué esperar en este búnker. ¿Me torturarían? Como hicieron con
Mamá. Tal vez me dispararían y acabarían con todo.
Nos abrimos paso desde la planta principal hasta el sótano a través de
la escalera lateral, manteniendo nuestros cuerpos bajos, deslizándonos
contra la pared. El sol se había puesto, y el resplandor naranja aún
permanecía en la distancia.
Otro tramo de escaleras y ya estábamos en el sótano. El guardia
inspeccionó la zona antes de despegarse de la pared y cruzar a toda prisa
la puerta. Esperé, debatiéndome entre pelear con ellos o huir. Iba a
alejarme cuando el otro guardia, inquieto, me apuntó con un arma. Jesús,
¿dónde guardó esa mierda?
Contuve la respiración, esperando, sin estar segura por qué.
—Intenta correr, princesa50 —siseó. La palabra princesa sonaba como
el peor de los insultos—. Y te dispararé sin previo aviso. No me pongas a
prueba —añadió con una amenaza.
Adriano me empujó delante de él, manteniendo su arma en mi espalda.
¿Cómo era posible conocer a alguien tan poco? Primero George, ahora
Adriano. Jesús, ¿quién sería el siguiente?

50
Español en el original.
Adriano me empujó bruscamente por el pasillo. Tropezando, traté de
recuperar el equilibrio, pero no pude alcanzar nada a lo que agarrarme. Mis
manos volaron por el aire, mis rodillas conectaron con el suelo de concreto
y mis palmas aterrizaron boca abajo. La aspereza del suelo me arañó las
rodillas y las palmas de las manos, ardiendo casi al instante. Un gemido se
formó en mi garganta, pero me lo tragué rápidamente. Yo no les daría la
satisfacción. Ya no era aquella niña de la jungla de Suramérica.
Me armé de valor y me puse de pie, enderezándome hasta alcanzar mi
tamaño real. Podrían pensar que era un blanco fácil, pero Santi, Papá y mis
hermanos no lo serían. Los triturarían a todos. Si conozco bien a Santi, los
cazará y los hará pagar a todos.
Santi, pensé con un fuerte suspiro. Me peleé con él para ir a trabajar y
para qué... para que me mataran. Por favor, Dios, déjame salir de esta.
Escucharé mejor a mi esposo, añadí con ironía. Tal vez había algo de chica
obediente e italiana en mí después de todo.
El teléfono de Adriano emitió, un pitido moderno y diferente. No como
su tono de llamada normal para los mensajes. No se molestó en revisar el
teléfono.
—Es Anderson. Tengo que reunirme con él.
Me lanzó una mirada fugaz y se fue sin decir una palabra más. Así. Sin
palabras de despedida. Nada.
Vi su espalda desaparecer de mi vista y de mi vida. La profunda
pérdida me destrozó hasta los huesos, haciendo que mis rodillas se
debilitaran.
—Muévete —ladró el guardia.
Entrecerré los ojos con agitación, pero mantuve la boca cerrada.
—¿A dónde? —pregunte en voz baja. Dios, espero salir viva de esto.
—Aquí no hay puerta.
Sin otra palabra, el otro guardia comenzó a pasar los dedos por la
pared, con movimientos frenéticos.
—¿Qué estamos buscando? —pregunté en voz baja.
—Un mecanismo secreto, una palanca —explicó.
—No hables con ella, maldición —siseó el otro guardia—. Estará
muerta antes que acabe el día.
Un suspiro se atascó en mi garganta; mi corazón se aceleró contra mi
pecho y la adrenalina corrió por mis venas. Tragué con fuerza, la
respiración se hizo imposible. El pánico aumentó lentamente, el zumbido
se intensificó. Definitivamente, DeAngelo se sentiría decepcionado si me
quedaba aquí y esperaba a que este imbécil se vengara. Tenía que pensar
en algo, luchar contra ellos. Si planeaban matarme, bien podría caer
peleando.
Más gritos y más balas resonaron por toda la casa.
—Lo encontré —exclamó el guardia. Presionó algo y un zumbido sonó
detrás de una pared. Me quedé inmóvil, el tamborileo en mis oídos lo
ahogaba todo.
Me detuve por un momento, dejando que la calma me invadiera. Un
guardia estaba a mi espalda, el otro estaba a mi izquierda. Si quería salir,
la izquierda era la salida, pero tenía que eliminar la mayor amenaza, que
era el guardia imbécil que parecía tener problemas de ira. Así que decidí
atacarlo primero. Al menos, retrasarlo lo suficiente como para poder sacar
ventaja.
Y correr hacia las balas, pensé irónicamente. Pero si los atacantes eran
sus enemigos, tal vez serian mis amigos. Era el único plan que tenía.
Moviendo mi cuerpo muy ligeramente, rápidamente golpeé al guardia
en el estómago con mi codo. No me molesté en mirar detrás de mí, sino
que me moví hacia la izquierda. El otro guardia se quedó parado, y yo
endurecí mi hombro, empujándolo como DeAngelo me enseño.
Como en el fútbol, dijo. Excepto que seguía olvidando que yo no era
del tipo deportivo.
Apenas di dos pasos antes que sonara un disparo. Como en cámara
lenta, lo escuché, sentí que pasó justo a mi lado y golpeó a un guardia en
el pecho. No tenía ni idea de dónde procedía. Mis oídos zumbaban,
ahogando los ruidos de los cristales rotos y los disparos del piso de arriba.
Como en cámara lenta, vi su cuerpo caer al suelo.
Otro disparo. Un cuerpo se desplomó detrás de mí.
Se me cerró la garganta al ver cómo la sangre se acumulaba en el suelo.
La mirada de conmoción en su rostro, la sangre que se filtraba por un lado
de su boca. La forma en que sus ojos se abrieron, el miedo en ellos antes
que su luz se apagara. Me recordó otra visión.
Goteo. Goteo. Goteo.
La garganta cortada de Mamá, la sangre saliendo de su boca. Tanta
sangre. El miedo devastador en sus ojos justo antes que su garganta fuera
cortada. Antes que la luz se apagara en sus ojos. Para siempre. Parpadeé,
forzando las imágenes a salir de mi mente. La traición debe haber
desencadenado malos recuerdos.
Mis ojos se movieron alrededor, buscando.
—Oye, ¿estás bien? —Una voz familiar. Pero no pude verlo—.
Amore, ¿estás bien?
Parpadeé y fue entonces cuando vi la sombra en los escalones del
búnker. Era mi hermano.
—Lorenzo —susurré, sin saber si estaba alucinando.
Me agarró la mano y la apretó suavemente.
—Sí, tu hermano favorito.
Se me escapó una risa estrangulada, aunque ahora no había nada
divertido.
—Me alegro mucho de verte —murmuré—. ¿Qué estás haciendo aquí?
¿En su búnker?
Oh. Mi. Dios.
Si él estaba del lado del enemigo, yo perdería mi mierda.
—Esperando para rescatarte —replicó secamente—. No tienes idea de
cuánto odio esperar. —Me arrastró, empujándome suavemente dentro del
búnker—. Tenemos que entrar ahí.
Me aterraba confiar en él. Tener que probar otra traición. Lorenzo no
me haría eso. ¿Verdad? Pero tampoco soñé nunca que Adriano me
traicionaría.
En el momento en que llegamos al último escalón, la puerta de metal
se cerró detrás de nosotros con un fuerte ruido metálico, ocultándonos en
la oscuridad. El mecanismo de cierre de la puerta sonó fuerte y duro, la
pared cerrándose sobre nosotros. Era difícil ver en la oscuridad, la única
luz provenía del final del estrecho pasillo.
La sangre se agolpó en mis oídos, mareándome. Traté
desesperadamente concentrarme en los latidos salvajes de mi corazón y
me obligue a calmarme.
Respira, Amore. Respira.
Las palabras de hace tanto tiempo. Un día diferente. Diferente ataque
de pánico. La voz de Santi sacándome de la niebla.
Yo era más fuerte. Tal vez, solo un poco. Pero aún más fuerte. Me
concentré en mi respiración. Inhala. Exhala. Repetir.
Estaba funcionando. Podía superar esto. Superaríamos esto. La vida no
sería tan cruel como para darme a Santi, una familia, solo para arrancarlos
a todos. Mi familia era mi corazón, sin ellos, yo no era nada.
Al final de las escaleras, nos esperaba una pequeña habitación. Sin
ventanas. Una silla. Una cama. Nada más.
—Siéntate, Amore. —La voz de Lorenzo era una orden. Ya no era un
hermano tolerante y coqueto. Era un Made Man de la Cosa Nostra. Me
condujo hacia la cama. Me senté en el borde y puse las manos en el regazo.
Al bajar los ojos, me di cuenta con asombro que había sangre en mis
manos. Solo gotas. Tal vez algo me salpicó. Las giré lentamente. Sangre
en mis manos.
Comenzó con una orquídea y un hombre que me atrapó. La muerte de
mamá ensangrentó mis manos. Me sentía culpable por haber seguido a
George. Si no lo hubiera hecho, ella podría haber estado viva.
Esto se sentía como un final. La pregunta era si sería el mío. A pesar
de la traición de Adriano, no lo quería muerto.
—Él está aquí —le dije a Lorenzo en un susurro sin aliento—. Adriano
está trabajando con ellos. —Mi voz se quebró con la última palabra y, de
repente, sentí ganas de llorar. Como aquella chica que Santi encontró en
la acera frente al restaurante de su padre.
Apreté las manos, con las uñas clavadas en la piel. No quería actuar
como una chica demasiado sensible y blanda. Pero era difícil. Estábamos
hablando de mi mejor amigo. Lo quería. Creía que él me quería. Excepto
que no era el tipo de amor romántico.
El búnker se estremeció y se me escapó un grito. Le siguió un zumbido
que indicaba la apertura de la puerta. Click. La puerta se abrió.
—Sé que estás aquí, Orquídea. —Una burla en una voz familiar envió
escalofríos por mi columna—. Es hora de terminar lo que empezamos hace
ocho años. Te haré chillar como a la perra de tu madre.
De repente, me sentí como esa niña de trece años, enjaulada como un
animal. Abandonada para ver cómo torturaban a su madre. Un sudor frío
recorría mi columna, cada respiración me provocaba una sensación de
náuseas.
Muerte. El hombre que venía por mí significaba la muerte para mí. ¡Y
su nombre era George!
—¿Dónde está mi pequeña orquídea? —La voz disparó hielo a través
de mi corazón. Él había manchado el amor de Mamá por las orquídeas.
Había arruinado mi infancia.
Frenéticamente mis ojos se dispararon hacia Lorenzo que vino a
ponerse a mi lado. Intenté ponerme en pie, pero las rodillas me temblaban
mucho. No le servía a nadie en este estado. Aun así, me armé de valor,
todavía en posición sentada, e inhalé profundamente. O al menos lo
intenté.
—Dispara una bala y lanzaré una granada al búnker. —Mi pecho se
contrajo al escuchar la voz familiar—. Y tiren sus armas al suelo.
Mis ojos buscaron frenéticamente. Esto era como mi peor pesadilla.
—Estoy esperando —se burló—. Tic, tac. Tic, tac.
Mi hermano tiró su arma al suelo.
Conteniendo la respiración, vi cómo un hombre bajaba las escaleras
con cinco hombres detrás de él y dos a cada lado, protegiéndolo. No
parecía una lucha justa. Tantos de ellos contra solo nosotros dos,
desarmados.
—Hola, Orquídea —dijo, su voz sin tono. Su fría e inquebrantable
mirada oscura se encontró con la mía y las imágenes de la última vez que
lo vi pasaron por mi mente. Sangre, gritos, traición, muerte.
Me di cuenta que yo nunca conocí a este hombre. Sus finos labios se
curvaron en una mueca, una sonrisa burlona. Me despreciaba, su odio
brillaba en sus ojos. No podía ser más evidente.
Esto era como mi peor pesadilla. Se suponía que debía amarme,
quererme. Protegerme. Sin embargo, acechó en las sombras de mi vida
durante años persiguiéndome, esperando para matarme.
Él nos traicionó. Nos hirió. Nos dejó morir.
—Me has hecho correr por mi dinero —dijo con amenaza en su voz, y
luego desvió su mirada detrás de él—. ¿No es así? Ven aquí para que te
vea.
Observé como un par de botas de combate negras bajaban las
escaleras, revelando cada vez más el cuerpo de un hombre. Mi mente se
rebeló contra el reconocimiento y mi estómago se revolvió.
No, no, no, no.
Mi corazón se rompió y un dolor punzante siguió en lo más profundo
del pecho.
La peor traición.
¿Estaban los hombres de mi vida destinados a traicionarme?
Cada segundo, cada paso se sentía como una bala en mi corazón. Hasta
este momento, incluso con Adriano secuestrándome, esperaba, deseaba,
creía, que entraría en razón. La traición tenía un sabor amargo. Mi mejor
amigo.
—Adriano —susurré, el dolor al ver sus ojos oscuros y fríos me
atravesó el corazón. Sabía de su traición. Sin embargo, seguía doliendo
como un demonio. Nada gritaba una traición confirmada como estar detrás
del hombre que te quería muerta. Sin embargo, me negué a admitir la
derrota. Me negaba a renunciar a él y mi mente se rebelaba al perder a mi
mejor amigo—. ¿Qué has hecho?
Mis ojos se desviaron hacia el hombre al que llamé padre durante los
primeros trece años de mi vida. Sin embargo, un verdadero padre nunca
haría algo así. Torturó a mi madre. Provocó la muerte de su propio hija al
enviarlos a por mí.
George Anderson era retorcido. Egoísta. Malvado.
Con fuerzas renovadas, me levanté de la sucia y pequeña cama de
muelles, con ruidos de protesta en cada uno de mis movimientos.
Manteniendo la emoción fuera de mi cara y mis pies plantados firmemente
en el suelo, por si acaso conseguía una ventana abierta.
Los ojos de mi hermano se dirigieron a mí, con un movimiento brusco
de cabeza, con una dura determinación en sus ojos. Esperaba reflejar algo
de su valor.
Lorenzo y yo lucharíamos contra ellos. Juntos.
Observé al hombre que nunca fue mi padre... ¡no realmente! Y no solo
por la sangre.
Los últimos ocho años no fueron buenos para él. Era alto, delgado, con
el cabello revuelto y blanco. No era blanco plateado, sino gris apagado.
Sus finos labios se curvaron en una mueca, una sonrisa burlona.
En el fondo esperaba que todo fuera una trampa. Sin embargo, ahí
estaba él, de pie, orgulloso y alto frente a mí. Los rasgos familiares que me
habían importado durante tanto tiempo. El parecido con Santi en ese
mismo momento me pareció más evidente que nunca.
El mafioso despiadado.
Pero Santi tenía corazón. Me amaba. Era despiadado, pero justo. Y
Adriano... siempre pensé que era más suave y amable que su hermano. Sin
embargo, la frialdad en sus ojos ahora mismo... me heló el corazón.
La traición de George parecía leve comparada con la de Adriano. Hoy
no había sido un buen día.
Los labios de Adriano se apretaron en una línea fina y sombría, con
una expresión vacía en su rostro. Evitaba mirarme, toda su postura era
rígida. ¿Cómo pudo alejarse tanto? Yo estaba ciega, demasiado
involucrada para ver que me necesitaba. Todo era culpa mía.
Intenté esquivar a Lorenzo, tendiendo la mano a mi mejor amigo.
—Adriano, por favor —le supliqué—. Eres mi mejor amigo. —Mi
voz se quebró por la emoción.
Tenía que salvarlo. Santi podía llegar a su hermano, hacerlo entrar en
razón. Adriano fue empujado demasiado lejos por mi traición y Santi
cortando su conexión con la Cosa Nostra. Si solo Santi estuviera aquí,
teníamos que salvar a Adriano.
—Él ya no es tuyo. —La sonrisa tensa y los ojos fríos de George me
pusieron los pelos de punta.
—Adriano —susurré, ignorando a George. Ese hombre estaba más allá
de la redención, pero Adriano... Tenía que salvar a Adriano—. ¿Por qué?
—Me atraganté, con la garganta apretada por la emoción.
—Lo elegiste a él —respondió, su voz sin emoción. A él. Elegí a Santi,
pero no lo hice. En realidad, no. Había sido de Santi incluso antes de
entender lo que eso significaba. Con la primera lágrima se secó.
—Ya tuvo suficiente con ser un socio —gruñó George—. Igual que
me harté de ser utilizado por tu madre, de ser su socio.
Lo miré fijamente, con los ojos muy abiertos, con el corazón
golpeando contra mi pecho.
—¿Qué quieres decir?
Se rio. —Esa puta me hizo creer que eras mía. Se atrevió a tomarme
por tonto. Ese fue el segundo error de la familia Perèz-Regalè.
Dio un paso adelante, el odio en sus ojos podría quemar el infierno,
haciéndome tambalear hacia atrás.
—T-tú hiciste que la torturaran —jadeé, ahogando el frenético latido
de mi corazón—. ¿Todo porque no pudiste manejar su relación antes que
se casara contigo? —Respiré profundamente—. Sabes que existe el
divorcio para eso.
Gruñó.
—¡Pero qué gracia tiene eso! Y no soy un idiota. Sabía de la cláusula
matrimonial de tu abuelo. —Me hizo sentir mal del estómago. Dispararle
en la cabeza era un tratamiento demasiado agradable para él—. ¿Sabes
cuál fue el primer error? —se burló.
Yo sabía lo que era, pero seguía tratando de ganar tiempo. No sé por
qué, ya que todos los presentes parecían odiarme. Mis ojos se dirigieron a
Adriano, suplicándole sin palabras. Quería que viera cuánto lo sentía. Que
lo quería. Era de la familia, igual que mis hermanos.
Mi mirada se dirigió de nuevo a George. Su rostro estaba casi
distorsionado por el odio cuando me miró.
Es una delgada línea entre el amor y el odio.
No habría piedad por su parte, lo sabía sin duda. Incluso si yo muriera
hoy, él moriría. Santi lo cazaría hasta el borde de esta tierra y lo mataría.
—¿Cuál fue el primero? —pregunté con voz tensa.
—Tu abuelo me jodió. Se suponía que yo sería el dueño de todo el
Cártel Perèz. Imagina mi sorpresa cuando todo fue a parar a manos de tu
abuela a su muerte —gruñó.
No había que razonar con George. Podría ofrecerle el Cártel, pero no
me creería. Además, no era mío para ofrecerlo. La Abuela aún lo dirigía.
—Una vez que estés muerta y esa perra de tu abuela también, todo será
mío. Gobernaré el cártel más peligroso del mundo.
¡Lunático! Me recordaba al ridículo villano de la película de Austin
Powers. Todo lo que tenía que hacer era empezar a reírse como un
maníaco. Excepto que George dejó un rastro de cadáveres reales tras de sí.
Ahogué una carcajada.
—No tendrás nada. Porque todo será para mi esposo.
Se llevó los dedos a la barbilla y dio unos golpecitos pensativos.
—¡Pero tú todavía no estás casada! Aunque es un buen intento.
—Pero ya ves —empecé, burlándome. Mi maldito turno de burla—.
Yo estoy casada. Felizmente. De hecho, hoy se cumple una semana de
felicidad conyugal.
La tensión en el silencio que siguió fue pesada. Adriano lo rompió.
—No importa. Porque Santino también va a morir. Me haré cargo de
la familia Russo. Yo compartiré la caja de arena, a diferencia de mi
hermano.
—Estás loco —escupí. No podía ver al hombre que me cuidó durante
los primeros trece años de mi vida—. Estás seriamente mal de la cabeza.
—Me giré para mirar a Adriano—. Por favor, Adriano. No hagas esto, ven
con nosotros.
Intenté transmitir con mis ojos que lo salvaría. Que lucharía por él. No
dejaría que nadie le hiciera daño.
—Dispárale, Adriano —George dio la orden.
Contuve la respiración mientras veía con terror a mi mejor amigo
levantar su arma y apuntarme. En toda mi vida, nunca pensé que estaría
mirando el cañón del arma de mi mejor amigo.
Capítulo 77
Santino

Me quedé en lo alto de la escalera, escondido en las sombras con


Renzo a mi lado. Me mataba escuchar el dolor en la voz de Amore. Me
hubiera gustado perdonarla, decirle la verdad, pero habría sido un riesgo.
Era importante que este plan funcionara, o habríamos tenido la amenaza
del Cártel Anderson cerniéndose sobre nuestras cabezas para el resto de
nuestras vidas.
Lorenzo esperó en el búnker, esperando que los hombres de George
trajeran a Amore. Era para asegurarse que los hombres de George no
intentaran algo con Amore. Quemaría este mundo solo para asegurar que
ella estuviera a salvo. Nunca quise ver el dolor brillando en sus ojos, solo
la felicidad.
La rabia me llenó ante la traición de George. Mi ropa y mis manos
estaban empapadas de sangre, la lucha en el exterior se hizo intensa. Se
convirtió en una zona de guerra. Me ardía el hombro y tenía un feo corte
en el omóplato. Pero el dolor no se registró porque la rabia me consumía,
me carcomía con su traición. El maldito Anderson era tan estúpido que no
se había dado cuenta que sus hombres apostados en la parte superior de la
escalera habían desaparecido. Habíamos matado a todos y cada uno de
ellos, y él estaba atrapado. Esta vez no podía huir.
Estaba acorralado. En la casa que les fue regalada a él y a Margaret el
día de su boda. No es de extrañar que no pudiéramos encontrar el escondite
de George. Todavía estaba bajo el nombre de soltera de la madre de
Amore. Ella nunca vivió en este lugar porque no quería estar en la misma
ciudad que Savio Bennetti.
—Dispárale, Adriano. —La voz de George subió.
Renzo, DeAngelo y yo compartimos una mirada. DeAngelo a nuestra
espalda. No había manera que aceptara ser dejado atrás. Consideraba a
Amore su hermana pequeña. Vi a mi hermano levantar su arma, apuntando
a Amore, y el débil siseo de DeAngelo sonó detrás de mí. Le dirigí una
mirada de advertencia.
—Adriano, por favor —suplicó Amore, desgarrándome el corazón con
sus suaves suplicas suaves—. Por favor, no lo hagas.
Miré a Renzo y a DeAngelo. Había cinco guardias rodeando a George
y Adriano. Dos justo detrás de ellos, uno a cada lado y uno delante de
George. El maldito tipo estaba paranoico. Los utilizaba como escudos
humanos para protegerse.
Señalé a los dos tipos de delante, que se situaban detrás de George y
Adriano. Con un movimiento silencioso de la mano, imité el corte de sus
gargantas antes de señalar al único hombre que estaba de pie a cada lado
de George y hacer un gesto hacia el arma que tenía a mi lado.
Con un rápido movimiento de cabeza, Renzo y yo dimos un paso
silencioso hacia abajo, y dejé que el despiadado asesino que llevaba dentro
se liberara. Nada importaba ahora más que mi mujer. Savio y Luigi con
sus hombres estaban justo fuera, asegurándose que nadie se acercara a
nosotros.
Sin dudarlo, Renzo y yo nos acercamos sigilosamente a los hombres
que vigilaban la espalda de George. Mi mano se acercó, cubriendo su boca,
y en un rápido movimiento, le corté la garganta. Su sangre salió a
borbotones de su boca y de su cuello, pero mantuve mi mano firme sobre
él. Ni un solo ruido.
Mirando a Renzo, observé que había hecho lo mismo. En silencio,
bajamos los cuerpos al escalón. Era increíble cómo un gorgoteo de sangre
sin sonido era demasiado fuerte para mis oídos cuando se trataba de la vida
y la muerte de mi esposa. Habría sido más fácil dispararles a todos, pero
los escalones eran demasiado estrechos, y nos arriesgaríamos a que uno de
ellos disparara a Amore. O a Lorenzo. No se perdonaría que su hermano
resultara herido por su culpa.
Otro asentimiento y una mirada compartida con Renzo. Dos pasos
más. Levantando mi arma, apunté a su cabeza y apreté el gatillo, clavando
la bala en la parte posterior de su cráneo. Sin ahorrar una mirada a su
cuerpo desplomado, fui a por el siguiente hombre más cercano. Un último
hombre, y luego George.
Salvar a Amore era ahora la prioridad.
La conmoción se produjo a nuestro alrededor. Sabían que estábamos
aquí; no había forma de evitarlo. Pero nos superaban en número.
DeAngelo disparó a través del hombre junto al lado izquierdo de
George. George corrió hacia la esquina, arrastrando a Adriano. Me deslicé
por detrás del último guardia y le corté la garganta. Se aferró a ella, su
sangre me salpicó mientras jadeaba.
—¡Santi, a tu derecha! —El grito de Amore me hizo mirar hacia la
derecha. Lo agarré por el hombro e hice lo mismo con él. Maldición, ¿de
dónde salieron estos dos tipos?
Otro hombre cargó contra mí y sonreí salvajemente.
—No lo salvarás —le dije—. Así que tal vez quieras considerar huir.
Se negó. Me quedé sin munición, pero tenía mi cuchillo. Me moví
rápidamente y cargué contra él, hundiendo la hoja en el corazón del
hombre, y luego empujándolo al suelo. Solo sentí satisfacción al verlo
gorgotear y ahogarse con su propia sangre.
Limpiando la hoja contra mis pantalones, miré a mi alrededor.
Todos los guardias estaban muertos.
—Te toca morir. —La voz de George llegó desde mi izquierda—.
Descargaré todo el cargador en tu cuerpo. Te convertiré en plomo.
—Maldito cobarde —escupí, con la voz áspera. La adrenalina recorría
mi cuerpo, pero poco a poco el cansancio se apoderaba de mí. Las últimas
tres horas fueron un infierno, la preocupación por Amore me atravesaba el
pecho.
Me prometí a mí mismo que George era el puto hombre más muerto
que jamás había existido. Pagaría por su traición. Su codicia por el Cártel
Perèz era su perdición.
—Despídete de tu esposa —dijo George—. Ira justo detrás de ti.
Mantuve mi expresión inmóvil.
—Yo no estaría tan seguro.
Siguió mi mirada para encontrar el arma de Adriano apuntando a su
cráneo. Mi hermano pequeño que ya no era tan pequeño.
La sonrisa salvaje de Adriano coincidió con la mía.
—No pensaste realmente que te elegiría por encima de la familia —se
burló—. Por encima de mi mejor amiga.
Un suave jadeo recorrió la pequeña habitación y me volví hacia mi
esposa. Su labio inferior temblaba, tantas emociones en su mirada
esmeralda. Me dolía que tuviera que creer que Adriano la había
traicionado. Pero no podíamos arriesgarnos a un desliz. Tenía que
mantenerla en la oscuridad. Solo hubo una cosa que no salió según el plan.
George adelantó el secuestro dos días.
Antes que ninguno de nosotros supiera lo que estaba pasando, Amore
le dio un codazo a George en el estómago, su agarre alrededor de ella se
aflojó lo suficiente como para que ella se liberara de él y corriera a mis
brazos.
—Ahí estás —dije contra su cabello, inhalando profundamente.
Sobreviviría a todo, menos a perderla. La necesitaba a mi lado para vivir.
Sonrió suavemente y me dio un beso fugaz en los labios. Luego se dio
la vuelta para mirar a su mejor amigo, con las manos apretadas en el pecho
y los ojos puestos en Adriano.
—Pensé que... —tartamudeó. La voz le temblaba mucho.
—Podemos encargarnos de esto —murmuré contra su frente—. O tú
puedes. Depende de ti.
Sus ojos se dirigieron a Lorenzo, que asintió con la cabeza. Luego
volvió a mirar a Adriano.
—La venganza es tuya, Amore —le dijo Adriano—. De cualquier
manera, está muerto y fuera de nuestras vidas para siempre.
Ella resopló, recordándome el día en que la vi por primera vez. Una
chica con un dolor demoledor en los ojos y una nariz que moqueaba, pero
que todavía mostraba mucho valor.
Una breve inclinación de cabeza. Amore dio dos pasos y se arrodilló
para recoger el arma de Lorenzo, con determinación en sus ojos. Una
chica. ¡Mi mujer! Todos queríamos que tuviera un cierre, ya fuera ella la
que apretara el gatillo o uno de nosotros. Pero George Anderson ya no
sería una amenaza.
Apuntó el arma al cráneo, con determinación en cada gramo de su
fibra. Compartiendo una breve mirada con Adriano, ambos asintieron al
mismo tiempo. Se les daba bien compartir pensamientos sin palabras.
Después de todo, habían estado unidos por la cadera desde que Amore
entró en nuestra vida.
Los ojos de George brillaron de sorpresa, pero no parecía demasiado
preocupado. Tonto estúpido.
—No tienes la capacidad de dispararme —dijo con tono inexpresivo.
Una única lágrima resbaló por su cara, pero se mantuvo firme.
—Preferiría torturarte, pero me conformaré con matarte.
Quitando el seguro, le disparó cinco veces.
—Ahora, estás lleno de plomo. Bastardo.
Cayó de rodillas, con la luz apagada en sus ojos.
Bajó lentamente el brazo a su lado, volviéndose hacia mí. Conocía esa
mirada. La vi en los ojos de Adriano. No era una asesina; tampoco lo era
mi hermano pequeño. Era un buscavidas, pero odiaba quitar una vida. De
repente vi más similitudes que nunca entre mi hermano y mi esposa.
Su forma de ser ligera. Ambos tenían corazón.
Dejando caer el arma, se lanzó a mis brazos. El olor de las fresas me
envolvió, calmándome. Después de horas de rabia, de preocupaciones que
me arañaban, por fin todo se había calmado. La calma lo sustituyó todo.
No importaba que yo fuera un maldito desastre. Solo que ella estuviera
a salvo.
—Creo que deberías trabajar desde casa —murmuré en la coronilla de
su cabeza. El alivio recorrió mi torrente sanguíneo y me inundó como una
alta dosis de relajante.
Ella soltó una carcajada. —No lo discutiré durante unos días.
Le di un beso en la sien, abrazándola y enviando una oración silenciosa
a quienquiera que estuviera escuchando. La vida sin ella no valdría la pena.
Ella me hacía sentir vivo.
Acariciando mi cabeza en su cabello, supe que, con ella a mi lado, lo
soportaría todo.
—¿Está herida? —La voz de Savio vino de detrás de mí. Sabía que no
podría resistirse a entrar. Después de todo, era su hija. DeAngelo y Renzo
también miraban, todos agotados, respirando con dificultad.
—Se curará —le dije. Le dolía; sabía que así era. El cuerpo de George
yacía a menos de un metro de nosotros, un recordatorio de la traición.
Se volvió hacia su padre, abrazándolo con fuerza. La mano del anciano
tembló al colocarla sobre su cabello. Fue a acercarse a Lorenzo, pero Savio
la apartó.
—Jesús, Amore. Deja que te abrace un poco más. Casi te pierdo.
—Todo terminó bien —murmuró ella contra su pecho—. No pienses
en ello. Deja que abrace a mis hermanos y luego quiero hablar con
Adriano.
—No —le dije con firmeza—. Aquí no.
Había muerte y sangre por todas partes.
Nos saqué de allí, a través de la puerta principal, con sus ojos mirando
a todas partes. Había cadáveres por ahí, y sabía que eso le molestaba. Ojalá
hubiera podido evitarle todo esto, pero no había otra forma de deshacerse
de George. El bastardo se negaba a dar la cara hasta que capturaran a
Amore.
Se mordió el labio inferior y su mano apretó la mía con tanta fuerza
que pensé que me rompería los huesos. Ni siquiera se dio cuenta que lo
estaba haciendo. Mi pecho se apretó con un dolor peor que el de las palizas
y puñaladas que había soportado en los dos últimos días. Mi todoterreno
estaba esperando con el conductor, y abrí la puerta para que Amore se
deslizara en la parte trasera.
Envié una nota rápida a Regina, haciéndole saber que estaba a salvo,
me deshice del teléfono y me giré para mirar el auto abierto. Ella estaba
sentada con la espalda recta, con los pies colgando del lateral y una mirada
pensativa. Era mucho para procesar.
Se inclinó, colocó su cabeza contra mi pecho y sus brazos rodearon mi
cintura. Después de lo sucedido, necesitaba consuelo. Enredé mis dedos
en su cabello color fuego, con el aroma de las fresas flotando en el aire
mientras la cálida brisa se abría paso. El sonido de la ciudad en la distancia
fue ahogado por los latidos de nuestros corazones que latían como uno
solo.
—Pensé que... —susurró contra mí. Levantó la cabeza para mirarme a
los ojos—. No te volvería a ver. Y Adriano… —Las lágrimas mancharon
su bonito rostro, las pecas de su nariz eran más pronunciadas cuando
estaba alterada—. Pensé que lo había perdido. —Se le quebró la voz y un
hipo se le escapó de los labios.
Le tomé la cara con las manos.
—Adriano nunca te traicionaría. —Las emociones se reflejaron en su
rostro—. Antes me traicionaría a mí que a ti.
Ella lloriqueó.
—No, no lo haría.
—Acordemos no estar de acuerdo —bromeé, besando su frente porque
tenía que sentir su piel contra mí. Era lo único que me mantenía cuerdo.
—Nos ayudó a capturar a George. Se le ocurrió la idea de sacar a
George de su escondite —murmuré contra su frente, y luego me aparté.
Sus brillantes ojos verdes me miraban fijamente—. Adriano se imaginó
que nosotros dos teníamos algo entre manos. Incluso antes que volvieras
de Italia. La noche en The Orchid... fue para que se corriera la voz. Así,
cuando Adriano quería vengarse, parecía sincero.
Su garganta se estremeció, las emociones parpadeando en su
expresión.
—No llores, cariño —le rogué. Podía soportar la tortura y el llanto de
cualquiera menos el de ella—. Te lo habría dicho, pero teníamos que
hacerlo convincente.
Sus manos volaron a mi alrededor, su boca bañando de besos toda mi
cara.
—Te amo —susurró—. Tanto, maldita sea. —Sus labios se estrellaron
contra los míos—.Y me encanta lo criminalmente inteligente que eres.
Otro beso—. Me encanta todo de ti. Cómo quieres a tu hermano, cómo te
niegas a matar a mi padre sabiendo lo mucho que significa para mí. Tu
astucia para conseguir lo que quieres. Todo, maldición.
Me dolió el pecho de la mejor manera posible ante su admisión.
—Ah, Amore Bennetti Russo, mi heredera. Yo también te amo.
Sus brillantes verdes se encontraron con mi mirada.
—¿Siempre?
—Malditamente siempre, nena.
Adriano se acercó desde la casa que a estas alturas parecía un campo
de batalla. Mis ojos se dirigieron a él y luego a Amore, que aún no se había
percatado de su presencia. Tomé su barbilla entre mis dedos y giré
suavemente su cabeza.
Sus ojos se ablandaron, mientras su labio inferior temblaba de
emoción. Mi pequeño monstruo sexual estaba emocionado.
—Adriano. —Su suave voz se atragantó. Compartimos una mirada.
Tenía que resolverlo con él. Las últimas semanas fueron duras para ambos.
Llevaban tanto tiempo unidos por la cadera que cortar el cordón no era una
opción.
—Adelante —le dije—. Voy a hablar con DeAngelo y tus hermanos.
Pero después de hablar con Adriano, vuelves conmigo.
—Siempre.
En un rápido movimiento, me dejó y corrió hacia él.
Sí, un gruñido bajo salió de mis labios. Y sí, siempre sería demasiado
posesivo con mi esposa. Pero ella me eligió, me dio su corazón y su cuerpo
solo a mí.
Y yo sabía que cuando Amore Bennetti daba algo, lo daba todo.
Capítulo 78
Amore

Los brazos de Adriano estaban abiertos cuando me lancé a ellos.


Mis manos se aferraron a su cuello con una mezcla de alivio y de —
quiero matarte por darme un ataque al corazón.
Me aparté ligeramente y nos miramos en silencio. Tantas palabras,
tantas cosas habían pasado.
—Lo siento —empezamos los dos al mismo tiempo y nos reímos.
—Tú primero —se ofreció.
Estuve tentada de hacerle ir primero, pero al mismo tiempo, necesitaba
quitarme esta culpa de encima. Respirando profundamente, me encontré
con sus ojos, casi tan oscuros como los de mi esposo.
—Siento no haberte contado lo de Santi —dije, manteniendo mi voz
afligida—. Yo… bueno, siempre estuve enamorada de él. —Ladeó la
cabeza y puse los ojos en blanco—. Como un enamoramiento de chica
mala y loca. Pero pensé que se me pasaría... con el tiempo. —Sus labios
se levantaron ligeramente y la esperanza revoloteó en mis ojos—.
Entonces aquella noche en The Orchid. Lo besé. O él me besó a mí. —
Dios, estaba divagando. Me pasé las manos por el cabello, la tensión
nerviosa fluyendo a través de mí—. De todos modos, lo llamó un error.
Dijo que solo era una niña. Me enfadé y me fui a Italia. Acepté el hecho
que siempre me vería como una niña.
Ladeó una ceja.
—Okay, ¿y cómo llego el acostarse con él?
Hice una mueca. —Ummm, después del funeral de tu pà. Te fuiste para
hacer algo. Una cosa llevó a la otra... y aquí estamos.
Permaneció en silencio y, por primera vez, en sus ojos no se podían
leer los pensamientos que pululaban por su mente.
—No quiero perderte —dije—. Debería habértelo dicho, pero no era
tan fácil. ¿Cómo le dices a tu mejor amigo que estás enamorado de su
hermano mayor y que te ha rechazado?
Negó con la cabeza. —Más o menos como lo acabas de hacer.
—Te quiero —le dije, tomando su mano derecha entre las mías—. Me
encanta como me apoyaste en la escuela, siempre me escuchaste y hablaste
conmigo. Como me llevabas a nuestras salidas a tomar helados. Es que...
bueno, quiero a Santi de otra manera.
Esperaba que entendiera lo que estaba tratando de decir.
—Tengo que decirte que pensar en ti y en él… —Se pasó la mano libre
por su espeso y oscuro cabello—. Sí, intento no pensar en ustedes dos
juntos. Tú pareces tan inocente y él... bueno, he oído a algunas chicas
comentar que le gusta lo duro.
El calor chamuscó mis mejillas. No habría ninguna elaboración en ese
comentario. Sus ojos oscuros brillaron con sorna y, por una fracción de
segundo, vi a Santi en él. Después de todo, eran hermanos.
—Te quiero, Amore. —Me atrajo hacia sus brazos—. Somos amigos
para siempre. ¿Recuerdas?
Se me escapó una risa estrangulada y lo envolví en un fuerte abrazo.
—Para siempre.
Epílogo
AMORE

– DIEZ MESES DESPUES

La luz del sol brillaba a través de las ventanas de la villa, los sonidos
de las olas chocando contra la costa y el parloteo de los huéspedes viajaban
en la suave brisa.
Me encontraba en el dormitorio, nuestro dormitorio, en la villa de Santi
en Italia. El aroma de las orquídeas estaba por todas partes y me recordaba
a Mamá. La flor ya no representaba la culpa, sino el amor y la curación.
Ella había hecho por mí lo que cualquier padre haría por su hijo. Era
lo que me había traído aquí, a esta increíble familia. A mi esposo.
La ceremonia era un punto discutible, pero quería hacer felices a la
Abuela y a Papá. Así que nos íbamos a casar. De nuevo. Con un sacerdote.
Las únicas cosas en las que insistí fueron el lugar, las flores y mi vestido.
Para todo lo demás, dejé que la Abuela tuviera rienda suelta.
Para consternación de Papá.
Mis ojos recorrieron el vasto y azul mar. Aquí era donde me sentía más
feliz. Santi cumplió su promesa, veníamos de visita cada vez que
podíamos. Acabamos mudándonos a su casa de Long Island, y el
dormitorio principal dónde lo atrapé tocándose en la ducha se convirtió en
nuestro dormitorio. Se convirtió en nuestro hogar. Estaba más cerca de
Papá y de mis hermanos, y durante la semana Santi y yo conducíamos
juntos al trabajo.
Sí, volví a trabajar. Dejé que mi loco, obsesivo y cariñoso esposo se
encargara de la seguridad de las oficinas centrales de Regalè y de todas las
demás sucursales que teníamos.
Para gran consternación de la Abuela.
Pero bueno, no podíamos tener todo lo que queríamos en la vida, le
dije a la Abuela. Nadie lo tenía todo. Aunque algunos días me parecía que
estaba muy cerca de tenerlo todo. Una vez le dije a él que lo quería todo,
esto se sentía así.
La puerta se abrió y Adriano entró con su paso suave y una amplia
sonrisa.
—¿Estás nerviosa? —saludó, sonriendo. Sus ojos me recorrieron—.
¿Quieres huir? Serias una novia fugitiva y yo sería una dama de honor
fugitiva.
Me eché a reír. Esa era otra de las cosas en las que insistí. Que mi
mejor amigo fuera mi hombre de honor. No estoy segura que fuera una
cosa, pero lo hice.
—No estoy nerviosa. —Le devolví la sonrisa—. No puedo esperar a
que se acabe este circo y que echen a todo el mundo de aquí.
Este lugar era de Santi y mío. Y de nuestra familia.
Se puso las dos manos sobre las orejas.
—Por favor, no me digas lo que vas a hacer esta noche.
Puse los ojos en blanco.
—Sí, por favor, no hables de eso. —Papá entró, seguido por mis
hermanos y mi tío. Sinceramente, me sorprendió que la Abuela no se
abalanzara sobre mí. En cambio, terminó siendo la única que me dio
espacio desde que habíamos llegado.
Papá, en cambio, estaba pendiente de mí como una madre gallina. No
me dejaba, pero no me volvía precisamente loca.
—Ah, mi hermana favorita —exclamó Lorenzo, y yo negué con la
cabeza.
—Tu única hermana —dije.
Agitó la mano en el aire, como si ese pequeño dato fuera irrelevante.
—¿Estás preparada para que empiece la fiesta? —preguntó.
Con un firme asentimiento, me levanté el vestido largo con ambas
manos y me acerqué a Papá. Me encontré con su mirada y capté sus ojos,
oscuros y brillantes.
Me incliné y le di un suave beso en la mejilla.
—Está bien, papá.
Inhalando profundamente, negó con la cabeza.
—Si tu madre pudiera verte.
Bajé los ojos a mi ramo. Orquídeas de todos los colores.
—Ella está mirando, Papá —le dije en voz baja.
Diez minutos después, mis manos húmedas agarraban el ramo con una
mano y el brazo de mi Padre con la otra. No estaba nerviosa. Sin embargo,
mi corazón revoloteó rápido y ligero cuando mis ojos se encontraron con
la oscura mirada de mi esposo.
Me observó caminar hacia él, con la oscuridad y el pecado en sus ojos
ofreciéndome pura felicidad para el resto de mi vida. No podía esperar.
Mientras caminábamos por el pasillo, mis pasos eran demasiado
rápidos.
Mi corazón demasiado ansioso.
Mi amor demasiado interminable.
Porque Santino Russo era mío para siempre.
FIN
Reconocimientos
Quiero dar las gracias a mis amigos y a mi familia por su continuo
apoyo. A mis lectores alfa y beta: son todos increíbles.
A la mejor lectora alfa que una chica podría desear. Susan C.H.
Siempre me cubres las espaldas. Gracias, Beth H. por cubrirme las
espaldas. Y a mis damas, Mia O. y Jill H., y a un número incontable de
otras - ¡GRACIAS!
Mis libros no serían lo que son sin cada una de vosotras.
A mi editora, Rachel de MW Editing. Eres mi dama.
A mi diseñadora de portadas Eve Graphics Designs, LLC.
A los blogueros y críticos que ayudaron a correr la voz sobre este libro.
Los aprecio mucho y saber que les gusta mi trabajo lo hace mucho más
agradable.
Y, por último, pero no menos importante, a todos mis lectores. Esto no
sería posible sin ustedes. ¡GRACIAS!
¡Gracias a todos! No podría haber hecho nada de esto sin ustedes. Es
un sueño hecho realidad para mí.
Eva Winners

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