Falsificaciones de Marco Denevi: Microrrelatos
Falsificaciones de Marco Denevi: Microrrelatos
Falsificaciones
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Moro 27.07.13
Título original: Falsificaciones
Una casa pobre. La mujer barre enérgicamente el piso con una escoba medio calva. Entra el
hombre. Parece muy abatido. Se sienta sin pronunciar palabra. Ella ha dejado de barrer y lo mira.
Pregunta:
―¿Y bien? ¿No dices nada?
―¿Qué tengo que decir?
―Miren la contestación. ¿Tres días que faltas de casa y no tienes nada que decir? Marido, te
previne que no volvieras con las manos vacías.
―Ya lo sé. Si he vuelto es porque cumplí tus órdenes.
―Mis órdenes. Mis consejos, diría yo. Y entonces ¿por qué estás así, hecho un trapo?
―¿Acaso debería estar alegre?
―Me parece a mí.
―Pues ya ves. No estoy alegre. Estoy arrepentido.
―Vaya. Te duró poco el valor.
―¿Qué valor? Lo hice porque tú me obligaste.
―Porque yo lo obligué. Oigan el tono. Cualquiera pensaría que lo obligué a cometer un
crimen. ¿Y a qué te obligué, veamos?. A darte tu lugar. A demostrar que eres un hombre, no un
títere. Pero estás arrepentido. Preferirías seguir como hasta ahora. El último de la fila. El que recoge
los huesos que arrojan los demás. Aquel a quien se llama para que, cuando todos ya se han ido,
limpie las mesas y apague las luces. Siempre serás el mismo mediocre. Ignoras lo que es tener
ideales, alguna noble ambición. El fracaso es tu atmósfera. Y yo, tu víctima. Mira a las mujeres de
tus amigos: cubiertas de joyas, con sirvienta, con automóvil y un palco en el teatro. Ahora mírame a
mí: una fregona dedicada día y noche a los quehaceres domésticos. En lugar de alhajas, callos. No
voy al teatro, voy al mercado. Y porque pretendo que mi marido levante cabeza y le doy buenos
consejos, óiganlo, me lo echa en cara.
―Siempre tuve mala suerte.
―¿Ahora también, mala suerte?
―Un presentimiento me dice que sí.
―Un presentimiento. Llamas presentimientos a los pujos de vientre de tu cobardía.
―Nada bueno saldrá de todo esto.
―Eso es. Regodéate en tu pesimismo. Serías capaz de verme embarazada y creer que estoy
hidrópica. Encontrar una moneda de oro en la calle y confundirla con el escupitajo de un tísico. Oír
la voz de Dios que te llama y ponerte a correr por miedo de que sea la voz de un acreedor. Cómo
que nada bueno saldrá de todo esto. ¿Y la recompensa?. Me lo imagino: la rechazaste. Y, como
siempre, el premio se lo llevó otro.
―No. Me pagaron.
―¿Cuánto?
Él le entrega unas pocas monedas.
―¿Esta miseria?
―¿Qué esperabas? ¿Millones?
―Un cargo. Eso es lo que ambiciono para ti. Un cargo en el gobierno, bien remunerado y
que nos permita asistir desde el palco oficial a los desfiles militares. Te lo deben. Al fin y al cabo les
prestaste un buen servicio. Más de uno habría querido hacerlo, pero lo hiciste tú. Y a ellos tu
pequeña acción les reportará enormes beneficios. Volverás y les exigirás que te den un empleo. Un
empleo en el que no tengas que matarte trabajando pero que te haga ganar un buen sueldo, cierto
prestigio social y algunas ventajas adicionales. No hablo de coimas. Hablo de un automóvil oficial.
Si fuese con chofer incluido, mejor todavía. Siempre quise pasearme en uno de esos inmensos
automóviles negros conducidos por un chofer de uniforme azul y gorra.
―No me darán ni el puesto de ordenanza.
―¿Por qué? ¿No saben que fuiste tú quien les hizo ese favor?
―Cómo no van a saberlo. Ya ves que me pagaron.
―Los grandes, digo. Los que firman los nombramientos y manejan los teléfonos secretos.
No lo saben. Trataste el negocio con algún subalterno que te quitó del medio con estas moneditas
para hacerse pasar él por el autor y conseguir que lo asciendan de categoría.
―Todos lo saben. Del primero al último.
―¿Qué más quieres? Y entonces ¿por qué dices que no te nombrarán ni siquiera ordenanza?
―Nada les gusta menos que mostrarse agradecidos.
―Son envidiosos.
―Además, no quieren aparecer como mis instigadores. Quieren que se crea que lo hice por
mi propia iniciativa.
―Envidiosos y cobardes.
―Pero todo el mundo ya está enterado. En la calle me señalaban con el dedo.
―No me digas. ¿Te señalaban con el dedo? ¿En la calle? ¿La gente? Qué bien. Eso significa
que no te debe importar la ingratitud de los de arriba. El pueblo reconoce tus méritos. ¿Creen que
los hiciste por tu propia iniciativa? Mejor. Serás―famoso,―llegarás lejos.
―No me asustes.
―¿Asustarte tonto? Ya veo: la gloria te produce terror.
Acostumbrado a la oscuridad, la luz te hace arder los ojos. Felizmente yo estoy a tu lado. Yo
te sostendré, te guiaré. Apóyate en mí y avanza.
Se oye, afuera, el rumor de una muchedumbre. El hombre tiembla.
―¿Qué son esos gritos?
―Te lo dije: el pueblo. Viene a felicitarte, a traerte regalos. Querrán que seas su caudillo.
Pero por ahora tú no salgas. Los grandes hombres no deben dejarse ver por la multitud. Envueltos
en el misterio, siempre lejanos, siempre inaccesibles, parecen dioses. Vistos de cerca defraudan
mucho. Tú, ni qué hablar. Además te falta experiencia. Todavía no dominas tu papel de personaje
célebre. Tengo miedo de que, si los recibes, los trates de igual a igual. Déjame a mí. Yo hace rato
que me preparo para estas cosas. Saldré yo. Yo sé cómo manejarlos.
―¿Oyes? Gritan ¡viva nuestro rey!
―¿Rey? ¿Y yo reina? Francamente, es más de lo que yo esperaba.
¿Más? ¿Por qué más? No permitiré que me contagies tu modestia. Lo que ocurre es que
cuando la justicia tarda en llegar la confundimos con la buena suerte. Reina. Bien, acepto. Otra que
un empleo de morondanga y un automóvil usado. Tendremos palacios, carruajes, un ejército de
sirvientes. La primera medida que tomarás: aumentar los impuestos.
―¡Gritan cada vez más alto! ¡Se impacientan!
―Está previsto.
―¡Apúrate!
―¿Te parezco que estoy presentable? ¿No debería ponerme otro vestido?
―¡Derribarán la puerta!
―¡Y yo sin maquillarme!
―No les digas que estoy aquí.
―Les diré que estás con los embajadores extranjeros. Y si desean una audiencia, que la
supliquen por escrito con diez días de anticipación. Pensar que todo esto me lo debes a mí.
La mujer sale. El hombre, inmóvil y aterrado, espera. Al cabo de unos minutos ella
reaparece, se sienta. Él la mira. Afuera se ha hecho el silencio. Él le pregunta:
―¿Qué querían?
―Cállate. Eres un fracasado. Los dos somos unos fracasados.
―¿Por qué? ¿Qué pasó?
La mujer se pone de pie de un salto, empieza a gritar:
―¿Y todavía lo preguntas? ¿Qué pasó? Pasó que otra vez te dejaste ganar.
―Hice lo que tú me pediste.
―Y qué es lo que yo te pedí, imbécil. Que hicieras algo como la gente. Algo que nos salvara
de la pobreza. Y has elegido bien, tú. Te has lucido. Pero se terminó. Basta. ¡Fuera de aquí! ¡Quítate
de mi vista! ¡No quiero verte más!
El hombre empieza a salir. Al llegar a la puerta se vuelve y mira a la mujer. La mujer llora.
Él pregunta:
―¿Me dirás por lo menos qué sucedió?
Ella deja de llorar. Levanta la cabeza. Y por fin, después de un silencio, dice secamente:
―Resucitó.
Entonces Judas Iscariote sale de su casa y va a colgarse de la higuera.
TEORÍA SOBRE EL PECADO ORIGINAL
Según el heresiarca Pórpulus (?-473), quien por defender esa teoría fue condenado a la
condición de personaje apócrifo, el pecado original consistió en la incorporación de la espiritualidad
a la sexualidad (de ahí el súbito pudor de Adán y Eva por la desnudez), con lo que el amor humano
se independizó de la mera procreación y le disputó su sitio al amor divino. Dios se puso celoso.
LA LECCIÓN DE LA HISTORIA
A su vuelta de Tierra Santa los Cruzados para implantar la moda de los baños turcos
difundieron las bubas de la peste negra.
Y ahora nosotros somos los apestados.
VERSIÓN BÁRBARA DE TRISTÁN E ISOLDA
En mi libro La Guerra Grande (Buenos Aires, 1872) relato un episodio del que fui testigo:
«Después de la batalla de Quebracho Herrado, el coronel dio orden de enterrar a los muertos de
ambos bandos. El sargento Saldívar y ocho soldados se encargaron de la macabra tarea. Recuerdo
que le dije a Saldívar:
―Pero sargento, algunos no están muertos, óigalos quejarse, y usted los entierra lo mismo.
Me contestó:
―Ah, si usted les va a hacer caso a ellos, ninguno estaría muerto. Y siguió, nomás,
enterrándolos. Por esa salida lo ascendieron a sargento mayor».
Ahora vengo a enterarme de que el mismo episodio, mutatis mutandis, lo cuentan Aulio
Minucio (Rerum gestarum Libri), el duque de Chantreau (Mémoires sur le régne de Louis XIII) y el
general Alfonso Cavestany (Crónica de las guerras carlistas).
UN ALTRUISTA
Shylock practica la usura para que sus clientes no añadan, a la deuda en dinero, la otra
deuda, la más pesada de todas: la gratitud.
POST COITUM NON OMNIA ANIMAL TRISTE
―El padre de Melibea: ¡Desdichada, te dejaste seducir por Calixto! ¿No pensaste que
después sentirías rabia, vergüenza y hastío?
―Melibea: nosotras las mujeres sentimos la rabia, la vergüenza y el hastío no después sino
antes.
GOBERNANTES Y GOBERNADOS
Por las noches el Gran Tamerlán se disfrazaba de mercader y recorría los barrios bajos de la
ciudad para oír la voz del pueblo. Él mismo les tiraba de la lengua.
―¿Y el Gran Tamerlán? ―preguntaba―. ¿Qué opináis del Gran Tamerlán?
Invariablemente se levantaba a su alrededor un coro de maldiciones y de rabiosas quejas. El
mercader sentía que la cólera del pueblo se le contagiaba. Arrebatado por la indignación, añadía sus
propios denuestos, revelaba un odio feroz contra el gobierno.
A la mañana siguiente, en su palacio, el Gran Tamerlán se enfurecía. ¿Sabe toda esa chusma
―pensaba― qué es manejar las riendas de un imperio? ¿Creen esos granujas que no tengo otra cosa
que hacer sino ocuparme de sus minúsculos intereses, de sus chismes de comadres? Y se dedicaba a
los intrincados problemas oficiales.
Pero a la noche siguiente el mercader volvía a oír las pequeñas historias de atropellos,
arbitrariedades, abusos de la soldadesca, prevaricatos de los funcionarios, deshonestidades de los
cobradores de impuestos, y de nuevo hacía causa común con el pueblo.
Al cabo de un tiempo el mercader organizó una conspiración contra el Gran Tamerlán. Su
astucia, su valor, su conocimiento del arte de la guerra lo convirtieron en el jefe de la conjura y en el
líder del pueblo. Pero el Gran Tamerlán le desbarataba, desde su palacio, todos los planes
revolucionarios, a menudo a duras penas y con gran sacrificio de soldados.
Este duelo se prolongó durante varios años. Hasta que el pueblo, harto de fracasos, sospechó
que el mercader en realidad era un agente provocador a sueldo del Gran Taberlán y lo mató en una
oscura taberna, a la misma hora en que los dignatarios de la corte, sospechando que el Gran
Tamerlán ya no tenía agallas para vencer a sus enemigos, lo asesinaban en su vasto lecho.
FIN DE TODA DISCUSIÓN TEOLÓGICA SOBRE JUDAS
Judas es un recurso dramático exigido por la mecánica de la Pasión, un personaje ideado por
Dios para que asuma el papel individual del traidor. Lo representa un hombre en calidad de actor.
Apenas la Pasión concluye, el hombre deja de ser Judas. Nunca sabremos su verdadero nombre. Su
identidad humana jamás nos será revelada. Él mismo ya ha olvidado que una vez encarnó a Judas. Y
lo que cuelga de la higuera es el disfraz que usó sobre el escenario.
LA CONTEMPORANEIDAD Y LA POSTERIDAD
En un hotel de mala muerte, calle Campagne Première, año 1872, un académico espía por el
ojo de la cerradura el cuarto contiguo al suyo. Ve, escandalizado, que un hombre y un jovencito
están haciendo el amor. Llama a la policía y los gendarmes se llevan presos a los dos viciosos.
Entonces el académico vuelve a su habitación y, más tranquilo, prosigue escribiendo una tesis
académica, erudita y laudatoria, sobre la poesía de Paul Verlaine y de Arthur Rimbaud. Mientras
tanto, en la comisaría, los dos viciosos, interrogados, dicen llamarse Paul Verlaine y Arthur
Rimbaud, respectivamente, y ser de profesión poetas. En el bolsillo del hombre es encontrado un
poema que se titula Vers pour étre calomnié.
UNA VIDA RUTINARIA
Sí, Noé cumplió la orden divina y embarcó en el arca un macho y una hembra de cada
especie animal. Pero durante los cuarenta días y las cuarenta noches del diluvio ¿qué sucedió? Las
bestias ¿resistieron las tentaciones de la convivencia y del encierro forzoso? Los animales salvajes,
las fieras de los bosques y de los desiertos ¿se sometieron a las reglas de la urbanidad? La
compañía, dentro del mismo barco, de las eternas víctimas y de los eternos victimarios ¿no desataría
ningún crimen? Estoy viendo al león, al oso y a la víbora mandar al otro mundo, de un zarpazo o de
una mordedura, a un pobre animalito indefenso. ¿Y quiénes serían los más indefensos sino los más
hermosos? Porque los hermosos no tienen otra protección que su belleza. ¿De qué les serviría la
belleza en un navío colmado de pasajeros de todas clases, todos asustados y malhumorados, muchos
de ellos asesinos profesionales, individuos de mal carácter y sujetos de avería? Sólo se salvarían los
de piel más dura, los de carne menos apetecible, los erizados de púas, de cuernos, de garras y de
picos, los que alojan el veneno, los que se ocultan en la sombra, los más feos y los más fuertes.
Cuando al cabo del diluvio Noé descendió a tierra, repobló el mundo con los sobrevivientes. Pero
las criaturas más hermosas, las más delicadas y gratuitas, los puros lujos con que Dios, en la
embriaguez de la Creación, había adornado el planeta, aquellas criaturas al lado de las cuales el
pavorreal y la gacela son horribles mamarrachos y la liebre una fiera sanguinaria, ay, aquellas
criaturas no descendieron del arca de Noé.
POLIFEMO & CIA.
En todas las historias de amor que conocemos figura un personaje que, porque es feo, no es
amado. Ignoramos una historia anterior en la que ese mismo personaje, porque no fue amado, se
volvió feo.
PELIGRO DE LAS EXCEPCIONES
Sentado en el umbral de mi casa, vi pasar a Lázaro, todavía con el sudario puesto en medio
de una multitud que lo aclamaba. Después que la muchedumbre se alejó, vi pasar a un joven en
ligero estado de putrefacción. Después, a una mujer embalsamada. Tras la mujer pasó un esqueleto
pelado aunque con anillos en las falanges. Al ver que se aproximaba un hombre sin cabeza le
pregunté qué significaba todo aquel desfile. Si bien el hombre no tenía cabeza me contestó muy
atento: «Cuando suspendieron momentáneamente la ley para que Lázaro saliera, nosotros
aprovechamos la suspensión y salimos también. Somos muchos. Mire». Miré y vi que por el camino
avanzaba la columna de los resucitados. La atmósfera se había vuelto irrespirable.
EL NUNCA CORRESPONDIDO AMOR DE LOS FUERTES POR
LOS DÉBILES
Hasta el fin de sus días Perseo vivió en la creencia de que era un héroe porque había matado
a la Gorgona, a aquella mujer terrible cuya mirada, si se cruzaba con la de un mortal, convertía a
éste en una estatua de piedra. Pobre tonto. Lo que ocurrió fue que Medusa, en cuanto lo vio de lejos,
se enamoró de él. Nunca le había sucedido antes. Todos los que, atraídos por su belleza, se habían
acercado y la habían mirado en los ojos, quedaron petrificados. Pero ahora Medusa, enamorada a su
vez, decidió salvar a Perseo de la petrificación. Lo quería vivo, ardiente y frágil, aún al precio de no
poder mirarlo. Bajó, pues, los párpados. Funesto error el de esta Gorgona de ojos cerrados: Perseo
se aproximará y le cortará la cabeza.
BIOGRAFÍA SECRETA DE NERÓN
La clave la proporciona Suetonio en Los Doce Césares, Vida de Nerón Claudio, LI: «Tenía
los ojos azules y la vista débil».
Los emperadores, pretendiendo igualarse con los dioses, escondían desesperadamente sus
defectos físicos. El pueblo les perdonaba menos una verruga que un crimen. ¡Lo que no habrá hecho
Julio Cesar para disimular su calvicie! ¡Lo que no habrá inventado! Terminó por arrancarles a los
senadores una ley que lo autorizaba a usar en forma permanente una corona de laurel. Octavio
Augusto se sometió a la tortura de una ortopedia de cañas, que con el pretexto de ser muy friolento
ocultaba invierno y verano bajo tres o cuatro túnicas, sólo porque lo aquejaba una leve cojera. A
Vespasiano un cómico le hizo, en pleno teatro, delante de todo el mundo, una broma soez a causa de
que tenía un rostro siempre congestionado como si estuviera evacuando el vientre.
Nerón, tímido, sensible, amenazado por rivales poderosos, debió mantener en secreto su
miopía. En el circo, aislado en su palco, no podía distinguir si los pulgares de la multitud apuntaban
hacia abajo o hacia arriba. Los cortesanos lo miraban, aguardando su decisión. Contrariar la piedad
del populacho es menos peligroso que contrariar su sed de sangre. Nerón decretaba la muerte de
atletas y gladiadores y así se hizo la fama de cruel.
Exquisito amigo de sus amigos, le gustaba agasajarlos por su propia mano, servirles de
comer y de beber. Pero a cada rato equivocaba los frascos, confundían los ingredientes, creía darles
vino y les daba veneno. De ese modo estúpido despachó a seres a quienes adoraba. Pero no podía
llorarlos tenía que sonreír con una sonrisa pérfida, hacer creer que era un crimen lo que había sido
un error de miope. A sus espaldas todos lo tildaban de asesino.
Cierta vez en la calle, desde una litera, una mujer lo llama con un ademán que él cree
insinuante. Corre, la abraza. Entonces descubre que es su madre, Agripina. El pueblo, testigo de la
escena, lo cree incestuoso.
Otra vez le parece ver, entre la muchedumbre, a una joven idéntica a la difunta Popea.
Ordena en voz alta que le traigan a esa muchacha. Cuando ella se aproxima Nerón cae en la cuenta
de que no es una mujer sino Sporus, un mancebo con los cabellos largos a la moda alejandrina. Pero
los cortesanos toman al pie de la letra las palabras del emperador, transforman a Sporus en una
muchacha y durante años Nerón se ve obligado a hacerle el amor a ese monstruo.
Lo mismo sucedió con todo el resto: el incendio de Roma, las persecuciones a los cristianos,
la larga serie de arbitrariedades, de locuras y de caprichos que Tácito enumera como la obra de un
depravado. En realidad fueron equivocaciones de un corto de vista.
DESASTROSO FIN DE LOS REYES MAGOS
«Herodes, viéndose burlado por los Magos, se irritó sobremanera y mandó matar a todos los
niños de Belén» (Mateo, 2, 16). Camino de regreso a sus tierras, los tres Reyes Magos oyeron a sus
espaldas el clamor de la Degollación. Más de una madre que corrió tras ellos, los alcanzó y los
maldijo. De todos modos la noticia se propagó velozmente. Marcharon entre puños crispados y
sordas recriminaciones de hombres y mujeres. En una encrucijada vieron a José y a María que huían
a Egipto con el Niño. Cuando llegaron a sus respectivos países los mató el remordimiento.
ANTÍGONA, O LA CARIDAD
¡Cuidado! Edipo acaba de morir. Y sobre ese cadáver tibio y cubierto de andrajos Antígona
llora lastimeramente. Pero cuidado, digo. Porque Antígona está pensando para sus adentros:
«¿Y ahora? ¿Qué será de mí? He pasado mis mejores años dedicada a cuidar de mi padre
viejo y ciego. Pero mientras él vivía y yo, su hija predilecta, lo guiaba por los caminos, las gentes
salían a mi encuentro, me bendecían me hacían entrar en sus casas, me daban de comer, llegaron a
ofrecerme regalos. Yo era respetada, admirada, agasajada. Creo que he sido más famosa que mi
padre. Tenía el porvenir seguro. Me sentía feliz. ¿Y ahora? Anciano egoísta, después de exprimirme
como a un limón te mueres y me dejas abandonada. Sola ¿a qué puerta llamaré? Madura y fea
¿quién se interesará por mí? ¿Este es el premio de mis sacrificios? ¿Así se me despide, como a una
sirvienta inválida? Luego de tantos años de ejercer mi profesión de hija caritativa no estoy en
condiciones de aprender una nueva. No sé hacer otra cosa que extender la mano y, componiendo un
semblante patético, excitar la piedad ajena. Pero necesito la compañía de un desdichado. De lo
contrario una solterona no excita la piedad, sólo provoca la indiferencia o el desprecio. Repito: ¿qué
será de mí?»
Ved cómo cesa de llorar, cómo levanta la cabeza y hace girar los ojos ávidos. Escondamos a
nuestros tiernos hijos: Antígona no vacilaría en volverlos huérfanos. Ocultemos a nuestros padres:
Antígona sería capaz de convertirlos en nuevos Edipos ciegos. Nadie es más temible que una
Antígona sin ocupación.
LA CONDENA
―Aquí estoy. Hasta ayer me invocabais a ciegas, en días indebidos, mediante conjuros
destinados a otras categorías de almas. Durante dos sesiones el anillo de oro de uno de vosotros me
impidió acercarme. Encendisteis incienso en vez de alcanfor, de ámbar o de sándalo blanco. Hoy es
lunes, día dedicado a la luna, a los muertos. La muerte tiene su aposento entre los dos ojos, en la
raíz de la (pero nada me está permitido revelar). El dueño del anillo de oro hoy no vino. Un tapiz de
seda amarilla bordada con hilos de plata cubre la mesa tripoidea. Por fin comprendisteis que no soy
un alma libre o errante sino un alma cautiva. Me invocabais por Elohim, ahora me llamasteis por
Hermes Trimegisto. Y aquí estoy, cadáver astral todavía revestido de mis pasiones. Mi cuerpo de
carne hace mucho tiempo que se disolvió en el polvo, pero en los espacios siderales todavía
deambula este otro cuerpo, larva invisible en la que mi alma yace prisionera, consumiéndose en la
luz ódica hasta que la segunda muerte (pero nada me está permitido revelar). Ahora puedo deciros
quién fui, quién soy. Soy Juan Calvino, aquel que en Ginebra, el año 1545, condenó a la hoguera a
Sigfrido Cadáel porque en un libro afirmaba, falsamente, que es posible evocar los espíritus de los
muertos y hacerlos hablar.
EL ORIGEN DE LA GUERRA
Un lugar solitario al pie de los muros de Troya. Entran por distintos lados MENELAO y
ELENA.
―¡Detente!
―¿Quién eres?
―¿No me reconoces?
―No. Y quítate del paso. Me aguardan mis camaradas. El combate se ha reanudado
alrededor del cadáver de Patroclo.
―Soy Elena, tu mujer. Ahora me llaman Elena de Troya.
―Troya, Troya. Hace diez años que la sitiamos.
―Porque hace diez años Paris me raptó y me trajo aquí. ¿No recuerdas?
―Pero hoy tomaremos la ciudad.
―Te diré, jamás me acosté con Paris. Con otros puede ser. Pero jamás con Paris. Estoy pura
ante tus ojos.
―¿Oyes? Ese que gritó es Aquiles. La muerte de Patroclo le sacudió la modorra. ¡Y yo aquí
perdiendo el tiempo!
―La familia de Paris no desperdiciaba oportunidad para humillarme. La madre nunca me
dirigió la palabra. Y las hermanas para qué contarte. Odiosas como todas las cuñadas.
―Nuestras fuerzas se han concentrado en un punto estratégico. La tierra se estremece bajo
los carros lanzados a la carrera. El bosque de lanzas hace oscurecer la luz del sol alrededor de las
murallas. ¡Sublime espectáculo!
―El único amable conmigo ha sido Héctor.
―¿Héctor? Ese es otro que tiene las horas contadas. Mató a Patroclo y Aquiles se la juró.
―Pero yo me di mi lugar. Cuando comenzó el sitio de Troya me encerraron en mi
dormitorio. Ahora, aprovechando la confusión, pude escapar.
―Nadie escapará. Troya está irremisiblemente perdida. Tenemos veinte mil soldados,
trescientos carros de asalto y, por si fuera poco, tenemos el caballo de Troya.
―Pude escapar y aquí estoy. Ya no necesitas seguir combatiendo.
―¿Qué dice esta insensata? Debemos vengar la muerte de Patroclo.
―Qué te importa Patroclo. Es asunto de Aquiles. La guerra se hace por mí. ¿No te
acuerdas? Paris me raptó y entonces tú…
―¿Yo? ¿Qué tiene que ver conmigo toda esa historia de Paris y de tu rapto?
―Cómo, qué tiene que ver. Soy Elena.
―¿O te enviaron los troyanos para que me distraigas con tu cháchara?
―¡Soy tu esposa!
―Basta de cacareos. Debo ir a combatir.
―Combates para rescatarme. Y aquí me tienes. Se terminó la guerra.
―Esta mujer se ha vuelto loca. Miren si una guerra que ya dura diez años la vamos a hacer
por una muñequita como tú.
―Y entonces. ¿Por qué la hacen, puedes decirme?
―¿Por qué? Ya no me acuerdo. Tampoco interesa. Una vez comenzada, la guerra se justifica
por sí misma. No hay que buscarle excusas.
―Pues bien, te lo diré yo. Cuando Paris me raptó…
―Y dale con Paris. Paris está muerto.
―¿Muerto? Vaya, y era hermoso ese babieca. ¡Paris está muerto pero yo estoy viva!
―Suéltame.
―No te soltaré. No dejaré que te maten como a Patroclo.
―¡Suéltame, te digo! Mis camaradas me esperan.
―Yo te esperé diez años.
―¿Quieres convertirme en un desertor?
―¿Y tú a mí en una pobre viuda?
―¡Apártate!
―¡Abrázame, Menelao!
―¡Déjame pasar!
―¡Bésame!
Los dos gritan y forcejean rabiosamente. Hasta que él la mata de un lanzazo. ELENA cae
con una gran mímica teatral. MENELAO salta por encima del cuerpo de ELENA y, antes de salir, se
detiene, mira el cadáver.
―Me parece haber visto esa cara, alguna vez, hace ya mucho tiempo. Pero ya no recuerdo.
¿Elena? ¿Quién podrá ser esta Elena? Quizás alguna espía troyana. Por algo se llamaba Elena de
Troya. Hice bien en matarla.
Se va blandiendo la lanza. Y en tanto el ruido de las armas crece, en tanto el cielo arde con
el fuego de los incendios y las murallas vacilan y las torres se hunden, ELENA duerme
plácidamente boca arriba.
FATALIDAD DE LA HISTORIA
Durante años el capitán Santos Pérez esperó a Facundo Quiroga (cuando Quiroga era
todavía un joven arrebatado) en Barranca Yaco. Pero Quiroga se cuidaba de pasar por allí. Entre
tanto se convirtió en un general siempre victorioso. Gloria y poder lo envalentonaron. Terminó por
creer que Barranca Yaco no existía, que era una superstición, un mito creado por antiguos terrores
juveniles ya vencidos. Desde entonces anduvo despreocupadamente por todas partes. Contaba
cuarenta y dos años cuando pasó por Barranca Yaco donde seguía esperándolo el capitán Santos
Pérez con su partida de asesinos.
SOBRE LOS CELOS
Desdémona se hace la ofendida, llora, patalea, pero no le pregunta a Otelo por qué está
celoso. Se me dirá que para permitirle a Shakespeare los cinco actos de una tragedia. No voy a
examinar un argumento tan pueril. La razón de la extraña conducta de Desdémona es otra. Se siente
halagada por los celos de su marido y de algún modo se los estimula. Sabiéndose inocente, está
segura de que no le ocurrirá nada malo. Toda mujer, aún la más fiel, aspira a excitar los celos del
hombre que la ama: esa es, la señal de su propio valor. El hombre, pues, debe mostrarse
discretamente celoso, pero sin caer en la trampa en la que cayó Otelo.
VERÍDICA CRÓNICA DE JUANA LA LOCA Y DE FELIPE EL
HERMOSO
Doña Juana, hija de los Reyes Católicos, había heredado de su abuela materna doña Isabel
de Portugal el arrebato fantasioso y la ensoñación lunática, y de su otra abuela, doña Juana
Enríquez, cuyo nombre de pila llevaba, la terquedad de mula. De ambas vertientes de la sangre vino
a resultar una doncella tan empecinada en sus imaginaciones que no había forma de
quebrantárselas.
Cuando cumplió los quince años sus padres decidieron casarla, porque el primogénito, el
infante don Juan, era muy distraído de salud y en cuanto se descuidara podía cometer el traspié de
morirse, de modo que había que apercibir a doña Juana para futura reina. Pero una reina siempre en
la luna de los sueños de qué le serviría a Castilla, de qué a Aragón y a los trescientos señoríos
sufragáneos sin contar las Indias Occidentales a punto de ser descubiertas por el genovés. Se confió
en que el matrimonio y la maternidad la harían bajar a tierra. Y si aún así persistía en sus
fantasiosidades iba a necesitar un marido que lidiase él solo con el león de la guerra, con el lobo del
gobierno y con el zorro de la política.
Correos secretos fueron despachados a todos los reinos de la civilización portando mensajes
que mezclaban el ofrecimiento de la mano de doña Juana, la garantía de que el infante don Juan no
tenía para mucho y un inventario fabuloso de las Indias Occidentales. Los candidatos proliferaron.
Los protocolos, las etiquetas y costumbres de entonces querían que cada candidato enviase, junto
con la petición de mano, su retrato pintado del natural, que los Reyes Católicos, asistidos por
inquisidores de Segovia, por sabios de Salamanca y por nigromantes de Toledo, examinaron uno
por uno en una cámara del castillo de Valladolid, a escondidas de doña Juana para que la ilusa no se
dejase engañar por alguna pintura de embeleco y después quién la desengañaría.
Varios postulantes fueron rechazados sin miramientos: un vástago del rey Tudor porque
aunque lo habían pintado con bigotes se notaba que era un niño de no más de siete años; el nieto del
duque de Borgoña porque su figura adolecía de penurias de masculinidad, dato confirmado por el
embajador aragonés ante la corte de Capeto; cierto príncipe de Calabria y de las Islas Eolias, un
joven muy guapo y muy simpático, porque junto con el cuadro llegó un aviso de que se trataba de
un impostor napolitano; un duque de Iliria y otro de Transilvania porque eran dos viejos ya retirados
del servicio del amor, el zarevich de Rusia porque en aquel bárbaro país todavía no prosperaba el
arte pictórico y lo que se vio en el retrato espantó a todos, y el conde palatino de Magdeburgo
porque cuando se lo escrutó a medianoche y a la luz de una antorcha, que es como un retrato revela
el alma del retratado, se advirtió que ese teutón no creía en la virginidad de María.
Finalmente llegó en un gran marco dorado y labrado la efigie de Felipe, hijo del emperador
Maximiliano de Austria y rey él mismo de los Países Bajos. La claridad del día lo descubrió muy
apuesto y de virilidad testaruda. Indagado a medianoche al resplandor de la antorcha, le averiguaron
prendas de espíritu que lo sindicaban como un marido ideal para doña Juana: abundaba en valor, en
prudencia y en frialdad de ánimo, ignoraba la lujuria y la glotonería, era modesto, sensato y poco
amigo de acicalarse, y rehusaba todo género de devaneos mentales. El único defecto que confesó
fue cierto gusto por la zafadurías de vocabulario y quizá un poco de brutalidad escueta para el amor,
pero no eran vicios graves. En compensación, rebosaba de fe cristiana. Los Reyes Católicos ahí
mismo dieron por concluido el desfile de candidaturas.
A la mañana siguiente el retrato, velado con un terciopelo carmesí, fue conducido por dos
pajes hasta la presencia de doña Juana. Lo precedía una tropa de camareras de palacio y lo seguía
un cortejo de músicos vihuelistas. Detrás venían los nigromantes, luego los sabios y después los
inquisidores. Cerraban la marcha los reyes entre dos maceros. Cuando quitaron el paño y la estampa
de Felipe apareció en sus trazos graciosos y en sus tintes encendidos, doña Juana miró e
incontinenti se desvaneció, prendada de golpe y para siempre de la hermosa figuración. Una hora le
perduró el desmayo, que ella ocupó en soñarse unos amores fogosos con aquel mancebo. Al
recobrar el sentido ya estaba tan extraviada en sus quimeras que nunca más saldría. Un mes más
tarde se celebraron las bodas.
Felipe no era ni la mitad de hermoso de como lo declaraba el óleo, y tenía el alma usurpada
por la crueldad y el orgullo. Añadía costumbres disolutas y una indiferencia religiosa fronteriza de
la apostasía. Sus súbditos lo apodaban Felipe el Diablo, mote que jamás pronunciaron en voz alta ni
baja por temor de que los mandara callar la horca. Si hoy estas tardías páginas traen a la luz un
secreto guardado en el corazón de aquella gente es porque la literatura sabe lo que la Historia
ignora.
Las disidencias entre Felipe el Diablo y el Felipe del retrato piden una explicación. Autor de
la engañifa o más bien su servil ejecutor fue Jan van Horne, de Heinault, que cuando joven había
aprendido en Italia, en el taller florentino de micer Paolo Ludovisi, el arte de la pintura fraudulenta,
habilidad que a su regreso a Flandes le valió fama y dinero, porque en sus retratos los viejos se
rejuvenecían, los feos y deformes se hermoseaban y los tontos parecían inteligentes; los canallas,
santos, y los perversos, ángeles.
Pero cuando Felipe le contrató los pinceles para el cuadro que enviaría a España y le previno
que de su talento dependían dos cosas, el matrimonio del retratado y la cabeza del retratista, Jan van
Horne se espantó. Es que ni el venerable micer Paolo, que una vez había hecho el retrato de un
feroz ajusticiado y lo había vendido con el título de «Adonis muerto por el jabalí», habría sido
capaz de sobreponerse al aire crapuloso que difundía Felipe. Para salir del paso recurrió a una
estratagema. Durante todo el tiempo que le llevó la fabricación del engaño miraba con un ojo
aquella cara de perversidad irrebatible y le corregía las medidas y las proporciones, mientras con el
otro ojo miraba la cara de un soldado que montaba guardia a la puerta del aposento, y fue gracias a
ese estrabismo que el retrato de Felipe saldría airoso, en Valladolid, de la prueba de la antorcha.
Los Reyes Católicos no demoraron en advertir la estafa, pero ya era tarde para cualquier
enmienda. Encima se les murió el primogénito. Enemistad y discordia hubo entre suegros y yerno, y
se dice que los disgustos urgieron el acabamiento de la reina, quien aún finada tenía una expresión
de contrariedad, y le aconsejaron al rey renegar de la viudez y casarse con Germana de Foix en
procura de un heredero que le disputase al flamenco el doble trono, pero la edad le estropeó esos
planes.
En cambio doña Juana nunca se dio cuenta de la superchería. El día en que conoció a Felipe
lo vio tal como lo había visto en la tela patrañosa de Jan van Horne, y así bello y de alma cristalina
siguió viéndolo por todo el resto de su vida, siempre joven, con la misma sonrisa seráfica y la
misma barba rubia cuidada, tan hermoso de carnes y tan angélico de alma que el amor que sentía
por él, lejos de amenguarse, crecía como la mar océano y le poblaba las orejas de unos pulsos de
fiebre. La más tímida insinuación de que su marido divergía ligeramente de la pintura la atribuía
ella a la envidia y a los celos y le provocaba accesos de cólera con lágrimas y temblores como de
tercianas. Ni sus padres consiguieron deslunarla, menos aún los cortesanos. Y entre tanto Felipe la
tenía todo el tiempo hinchada con un embarazo tras otro mientras él se dilapidaba en juergas
adúlteras.
Cuando, muertos sus progenitores, doña Juana subió al trono, lo primero que hizo fue
mandar que a su marido lo llamasen Felipe el Hermoso, bajo pena de cortarle la lengua y la mano
derecha a quien desobedeciese. Consagrada a los embarazos, puso todas las llaves y ganzúas del
gobierno en manos de su consorte, quien consumó unas diabluras tan vehementes que en pocos años
la prosperidad del reino quedó aniquilada. Las Indias Occidentales se salvaron gracias a que estaban
ubicadas al otro lado de los abismos ptolomeicos.
En vano diputaciones de nobles y de obispos visitaban a doña Juana en el castillo de
Valladolid, donde Felipe la mantenía reclusa con el pretexto de que el sol es malo para la
maternidad, y le pedían de rodillas que intercediera ante el rey para que cesase en los pillajes, las
matanzas, los sacrilegios y violación de doncellas. Doña Juana, entre parto y parto, les contestaba
que esas eran calumnias. Mostrándoles el retrato fraguado por Jan van Horne, del cual no se
separaba ni en el lecho, gritaba con ímpetu demente que un rey con aquel rostro de arcángel no
podía ser el diablo que ellos decían porque eran todos unos traidores.
Saqueado por los desórdenes, murió Felipe a los veintiocho años de edad. Testigos dignos de
crédito aseguran que aparentaba el doble. Todavía cincuenta años más tarde lo sobrevivió la reina,
aunque no hubo forma de que contrajese la viudez. Al menor intento de que vistiera de luto refutaba
que su marido no había muerto, y señalaba con el índice el retrato. Un día la encontraron difunta en
el lecho frío, abrazada al óleo donde Felipe el Diablo era Felipe el Hermoso.
CAINISMO
Lo más terrible para Caín es no saber por qué Dios rechaza sus ofrendas y acepta las de
Abel. No adivinar qué le dice cuando lo amonesta rudamente: «Si obraras bien, andarías erguido,
mientras que si no obras bien estará el pecado a tu puerta», ni qué le insinúa cuando añade: «Cesa,
que tu hermano siente apego por ti y tú debes dominar a tu hermano». Por más que se esfuerce,
Caín no comprende. Pero trata de complacer a Dios. Busca, cambiando todos los días de conducta,
aparentar que ha descifrado los mensajes de Dios. Sin embargo Dios siempre se le muestra mohíno
y siempre es porque Abel anda de por medio. Ese Dios sibilino convierte a Caín en un hombre
desesperado. Finalmente apela a un último recurso. Ama a Abel pero más ama a Dios, y entre Abel
y Dios la elección no es dudosa. Elimina, pues, a ese tercero en discordia. Y se sienta a esperar que
Dios hable claro.
DULCINEA DEL TOBOSO
Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo y de
Francisca Nogales. Como hubiese leído novelas de caballería, porque era muy alfabeta, acabó
perdiendo la razón. Se hacía llamar Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se
arrodillasen y le besaran la mano, se creía joven y hermosa pero tenía treinta años y pozos de
viruelas en la cara. Se inventó un galán a quien dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía
que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de lances y aventuras, al modo de
Amadís de Gaula y de Tirante el Blanco, para hacer méritos antes de casarse con ella. Se pasaba
todo el día asomada a la ventana aguardando el regreso de su enamorado. Un hidalgo de los
alrededores, un tal Alonso Quijano, que a pesar de las viruelas estaba prendado de Aldonza, ideó
hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en su rocín y salió a los caminos a
repetir las hazañas del imaginario don Quijote. Cuando, confiando en su ardid, fue al Toboso y se
presentó delante de Dulcinea, Aldonza Lorenzo había muerto.
GRANDEZAS DE LA BUROCRACIA
Cuentan que Abderrahmán decidió fundar la ciudad más hermosa del mundo, para lo cual
mandó llamar a una multitud de ingenieros, de arquitectos y de artistas a cuya cabeza estaba
Kamaru-l-Akmar, el primero y el más sabio de los ingenieros árabes.
Kamaru-l-Akmar prometió que en un año la ciudad estaría edificada, con sus alcázares, sus
mezquitas y jardines más bellos que los de Lusa y Ecbatana y aún que los de Bagdad. Pero solicitó
al califa que le permitiera construirla con entera libertad y fantasía y según sus propias ideas, y que
no se dignase a verla sino una vez que estuviese concluida.
Abderrahmán, sonriendo, accedió.
Al cabo del primer año Kamaru-l-Akmar pidió otro año de prórroga, que el califa
gustosamente le concedió. Esto se repitió varias veces. Así transcurrieron no menos de diez años.
Hasta que Abderrahmán, encolerizado, decidió ir a investigar. Cuando llegó, una sonrisa le borró el
ceño adusto.
―¡Es la más hermosa ciudad que han contemplado ojos mortales! ―Le dijo a Kamaru-l-
Akmar―. ¿Por qué no me avisaste que estaba construida?
Kamaru-l-Akmar inclinó la frente y no se atrevió a confesar al califa que lo que estaba
viendo eran los palacios y jardines que los ingenieros, arquitectos y demás artistas habían levantado
para sí mismos mientras estudiaban los planos de la futura ciudad.
Así fue construida Zahara, a orillas del Guadalquivir.
SILENCIO DE SIRENAS
Cuando las Sirenas vieron pasar el barco de Ulises y advirtieron que aquellos hombres se
habían tapado las orejas para no oírlas cantar (¡a ellas, las mujeres más hermosas y seductoras!)
sonrieron desdeñosamente y se dijeron: ¿Qué clase de hombres son éstos que se resisten
voluntariamente a las Sirenas? Permanecieron, pues, calladas, y los dejaron ir en medio de un
silencio que era el peor de los insultos.
SENTENCIAS DEL JUEZ DE LOS INFIERNOS, I
Contaba el maestro Lu-Chang: Delante de Yen Wanzi, juez de los infiernos, compareció el
alma de Shou, heraldo de Tso-Kuan-tou, señor de Loyang. El juez le dijo:
―En lugar de llevar un mensaje a la ciudad de Changan lo llevaste a la ciudad de Shensi, y
ese error significó la muerte de miles de soldados.
―El camino hasta Changan es largo ―se defendió Shou―, me venció el cansancio y fue así
como equivoqué el destino del mensaje.
―Otro día entregaste, en una casa donde se celebraba una boda, una carta orlada de luto, y
las bodas debieron ser deshechas.
―Tenía mucho sueño ―se defendió el heraldo― y por eso equivoqué los destinatarios.
―Otra vez llevaste antes de tiempo una sentencia de muerte, y hubo que condenar a toda
prisa a un inocente.
―Estaba tan hambriento ―se defendió Shou― que confundí las fechas.
El juez Yen Wanzi perdonó el alma de Shou y la destinó a la Torre de las Delicias. Años más
tarde compareció el alma de Tso-Kuan-tou, señor de Loyang y amo de Shou. Sin someterla a ningún
interrogatorio, el juez Yen Wanzi la envió a la Torre de los Tormentos.
―¿Qué juez es éste? ―Protestó airadamente el alma de Tso-Kuang-tou―. A Shou, mi
heraldo, lo absolviste ¿Y a mí me condenas?
―Tu deber fue hablar por tu propia boca, y no a través de un heraldo fatigado, hambriento y
loco de sueño.
SENTENCIAS DEL JUEZ DE LOS INFIERNOS, II
Contaba el maestro Lu-Chang: Delante de Yen Wanzi, juez de los muertos, comparecieron el
alma de una cortesana y el alma de una mujer que se creía virtuosa.
Yen Wanzi pronunció su fallo:
―Tú ―le dijo al alma de la cortesana― vete a la Torre de las Delicias.
Y tú ―le dijo al alma de la mujer que se creía virtuosa― irás a la Torre de los Tormentos.
―Esto sí que está bueno ―se encolerizó el alma de la mujer virtuosa―. ¿Qué clase de juez
eres? ¿A una ramera, que se pasó la vida vendiendo su cuerpo, la destinas a la Torre de las Delicias?
¿Y a mí, que nunca cometí pecado, me envías a la Torre de los Tormentos?
―Con tu lengua de víbora ―le replicó el juez Yen Wanzi― sembraste la discordia en tu
familia. Por tu culpa se anularon matrimonios, fenecieron amistades, gente que se amaba se detestó.
A causa de tus chismes muchos hombres se vieron obligados a rasurarse la cabeza y a hacerse
bonzos. Más te hubiera valido ser como esta cortesana, que jamás ocasionó mal a nadie. En la Torre
de los Tormentos aprenderás que es preferible hacer el bien que evitar el pecado.
FRECUENTACIÓN DE LA MUERTE
Las mujeres de Tracia, célebres por su desenfreno, se sintieron rabiosas porque Orfeo, ya
viudo de Eurídice, las trataba con indiferencia. Entonces lo acusaron de ser afecto al vicio griego y
después, para castigarlo por ese vicio, lo lapidaron.
LA TRAGEDIA DEL DOCTOR FAUSTO
En casa de FAUSTO, una noche. FAUSTO, agobiado por los achaques, lee a la luz de una
vela. Llaman a la puerta.
―Adelante.
Entra MEFISTÓFELES con un portafolio. FAUSTO se pone trabajosamente de pie. El
recién llegado le dice:
―Ya habrás adivinado quién soy. ¿O necesito presentarme?
―No. Sentaos.
Se sientan frente a frente. MEFISTÓFELES habla con toda familiaridad.
―Conozco la causa de tus tribulaciones. Eres viejo, te gustaría ser joven. Eres aborrecible,
quisieras ser hermoso. Amas a Margarita, Margarita no te ama. Miserias concéntricas y simultáneas
que te tienen prisionero sin posibilidad de escapatoria. Eso crees. Pero ponerte en libertad es para
mí un juego de niños. La llave de tu cárcel está aquí, en este portafolio. Te propongo un pacto, cuyo
precio es…
―Ya lo sé. Mi alma.
―A cambio de un cuerpo joven, fuerte y atractivo.
―Pero mi alma no es calderilla, señor. Exijo un cuerpo bien proporcionado, musculoso sin
exceso, piernas largas, cuello robusto, nuca corta. La fisonomía, de facciones regulares. Un leve
estrabismo no me vendría mal. He notado que da cierta fijeza maligna a la mirada y enloquece a las
mujeres. En cuanto a la voz…
―En cuanto a la voz, un cuerno. Yo no fabrico hombres. Esa es la labor del Otro. Lo único
que puedo es extraerte el alma de tu carne vieja y débil e introducirla en la carne de otro ser vivo.
¿Comprendiste? Un trueque. El alma del doctor Fausto en el cuerpo de un joven y el alma de ese
joven en el cuerpo del doctor Fausto. Pero a ese joven debes elegirlo, como quien dice, en el
mercado.
―¿Qué me proponéis? ¿Que recorra el mundo en su busca? ¿O tendré que hacerlos desfilar
por mi cuarto, uno por uno, a todos esos buenos mozos, hasta que los vecinos murmuren y me
denuncien a la policía?
―No te pongas insolente. Aquí traje un álbum con los retratos de los hombres más apuestos
de que dispone la plaza.
Extrae del portafolio un álbum y se lo muestra a FAUSTO, quien vuelve lentamente las
páginas. De pronto señala con el índice.
―Este.
―Tienes buen ojo. Perfectamente. Firmemos el pacto.
―Un momento. ¿Me garantizáis la vida de este hombre?
―Nadie está libre del veneno, del puñal, de morir bajo las ruedas de un carruaje o aplastado
por una piedra desprendida de alguna vieja catedral.
―No me refiero a eso. Me refiero al corazón, los pulmones, el estómago y todo lo demás.
Ese joven semeja un Hércules, pero podría sufrir de alguna enfermedad mortal, y sea un lindo
cadáver a corto plazo lo que estéis ofreciéndome.
―Y luego dicen que los sabios son malos negociantes. Quédate tranquilo. El material es de
primera calidad. Se trata de un atleta que se exhibe en las quermeses. Levanta esferas de hierro de
cien libras cada una. Tuerce el eje de una carreta como si fuese de latón. Come por diez, bebe por
veinte y jamás ha tenido indigestiones. ¿No oíste hablar de él, de Grobiano?
―Hace años que no salgo de casa. Estoy dedicado a la lectura.
―Los maridos les tienen prohibido a sus mujeres asistir a las exhibiciones de este joven. Se
afirma que las deja embarazadas con sólo mirarlas. Recuerdo haberlo visto en la feria de Wolfstein.
Cuando apareció, vestido con una malla muy ajustada, hasta los hombres bajaron los ojos. Una
muchacha, enloquecida, empezó a aullar obscenidades.
―¡Basta! No sigáis. Firmemos el pacto.
Firman el pacto mientas resuenan a lo lejos las doce campanadas de la medianoche.
MEFISTÓFELES hace castañetear los dedos. Truenos, relámpagos. Una nube de azufre oscurece la
escena. Cuando la nube se disipa, MEFISTÓFELES ha desaparecido y FAUSTO es un joven alto,
de físico estupendo, que yace tendido en el suelo. Al cabo de unos instantes despierta, se pone de
pie, se palpa el cuerpo, corre a mirarse en un espejo, ríe con risa brutal, hablará con una voz
poderosa.
―El bribón no me engañó. Soy hermoso, soy joven, soy fuerte.
Siento correr la sangre por las venas. ¡Y qué musculatura! En este mismo momento el otro,
el tal Grobiano, enloquecerá de desesperación. Quizás el cambio lo haya sorprendido en plena
función. ¡La cara de los espectadores! Tengo hambre, tengo sed. Mi cuerpo hierve de todos los
deseos. Iré a casa de Margarita. Esa es otra que, cuando me vea, se llevará una linda sorpresa. No le
daré tiempo a que me pregunte nada. Me arrojaré sobre ella y la poseeré, la violaré salvajemente.
Se dirige hacia la puerta. Al pasar delante de los anaqueles colmados de libros se detiene.
Los mira, toma uno, lo hojea, lo coloca en su sitio, se encamina hacia la salida, vuelve sobre sus
pasos, coge otro libro, da vuelta las páginas, lee, con el libro entre las manos va hacia la mesa.
―Debo ir a visitar a Margarita.
Pero se sienta y lee el libro. El libro es voluminoso, polvoriento, ajado. Es un libro infinito
entre cuyas páginas FAUSTO va hundiendo la nariz, la frente, la cabeza, va encorvándose,
achicharrándose, arrugándose. Al cabo de un rato FAUSTO es otra vez el viejo del comienzo.
Se oye una remota campanada. Llaman a la puerta.
―Adelante.
Reaparece MEFISTÓFELES con guantes, galera y bastón. FAUSTO intenta incorporarse
pero no puede. Gime con voz cascada:
―Es usted. Me ha engañado como a un niño. Míreme. ¿Dónde están la juventud, la fuerza y
la apostura que me prometió? ¿Es así como cumple con sus compromisos? Usted, señor, no tiene
palabra.
MEFISTÓFELES se sienta, se quita parsimoniosamente los guantes, enciende un cigarrillo
con petulancia.
―Poco a poco, doctor Fausto. ¿Era o no era un magnífico cuerpo de atleta el que
encontraste al despertar?
―Me duró menos de una hora.
―Y sigues leyendo, sigues acumulando datos. Demasiada memoria, doctor Fausto. Vuelves
viejo todo cuanto tocas.
―¿Qué debía hacer, según usted?
―Acabo de ver a Grobiano. Le bastaron unos pocos minutos para volver a ser el espléndido
joven que hechiza a las mujeres. Eso sí, ni una idea, ni buena ni mala, debajo de aquella frente.
Ningún intelectualismo. Un hermoso animal. La vejez, amigo mío, es el precio de la inteligencia.
―Vendí mi alma a cambio de esa moraleja cínica.
―Y ahora llegó el momento de que me acompañes.
―¿Tan pronto?
―Es la hora. Has acabado con ese cuerpo inundándolo del dolor de la ciencia, de la bilis de
la memoria, de la mala sangre del conocimiento. Te espero afuera.
MEFISTÓFELES sale. FAUSTO se pasa la mano por los ojos. Parece tan viejo como el
mundo. Reinicia la lectura. Bruscamente se desploma sobre el libro y la vela se apaga.
PROXENETISMO HISTÓRICO DEL AMOR
Teresa Panza, la mujer de Sancho Panza, estaba convencida de que su marido era un
botarate porque abandonaba hogar y familia para correr locas aventuras en compañía de otro más
chiflado que él. Pero cuando a Sancho lo hicieron (en broma, según después se supo) gobernador de
Barataria, Teresa Panza infló el buche y exclamó: ¡Honor al mérito!
EL JUICIO DE PARIS DE LA MEMORIA
Paris debió dictaminar quién era la más bella entre Juno, Minerva y Venus. Eligió a Venus
porque, en su adolescencia, había visto a Juno y a Minerva, y ahora le parecieron menos hermosas
que en el recuerdo que conservaba de ambas.
DOCE VARIACIONES SOBRE DON JUAN TENORIO
1. El libertinaje hace prosélitos: cualquier mujer, si don Juan no se empeña en seducirla, cree
que vale menos que las otras.
2. Orígenes del donjuanismo: Tenorio se casó con una de esas mujeres de las que Chamfort
dice que, porque no merecen ser abandonadas, son engañadas.
3. El espíritu, cuanto más fino, menos soporta la reiteración: don Juan es un refinado que,
vista la incurable monotonía del diálogo amoroso, no tiene otra escapatoria que la de cambiar de
interlocutor.
4. La seducción guarda sus secretos: como casi no conoce a las mujeres con las que se
acuesta, don Juan les pondera virtudes que ellas no tienen y por las que nadie hasta entonces las
había lisonjeado.
5. La verdadera diferencia entre los dos sexos es ésta: don Juan convence a las mujeres de
que acostarse con él no complica a los cuerpos sino sólo a las almas. No hay una que se le resista.
6. Doña Ana cae en brazos de don Juan porque descubre que él es el único hombre cuyo
amor no se mezcla con ningún otro interés. Por lo contrario, prescinde de todos ellos. Lo que doña
Ana no comprende es que un amor así dura una sola noche.
7. Intimidades del machismo: don Juan soporta a las mujeres en los efímeros y espléndidos
momentos del amor físico. Antes y después no las aguanta.
8. Las perspectivas masculina y femenina no coinciden: don Juan cree que puede seducir a
doña Inés porque él es don Juan Tenorio, doña Inés cree que él es don Juan Tenorio porque la
seduce a ella y que de lo contrario no sería nadie.
9. A todas las amantes de don Juan las halaga tener antecesoras en el lecho, pero ninguna
soporta tener sucesoras.
10. La convivencia es enemiga del donjuanismo: apenas amanece y la mujer empieza a decir
con el ceño fruncido y la mirada pensativa «déjame ver qué es lo que más me gusta de ti», don Juan
huye por la ventana.
11. A la hora de lidiar con los acreedores, la mujer comprueba que Leporello es más astuto,
más inteligente, más audaz que su amo. Eso siempre rebaja el concepto que ella se había hecho de
don Juan.
12. El doctor Marañón se equivoca: don Juan no tiene nada de feminoide, pues la esencia de
la femineidad, en el amor, es el logro y el mantenimiento de un statu quo, del cual don Juan, en
cambio, huye como de la peste. Las mujeres no consiguen contagiarle ni siquiera sus prejuicios
sociales, porque con ellas sólo comparte el amor sexual y el amor, en la cama, se rige por la
naturaleza. La aparente falta de masculinidad de don Juan proviene de que no frecuenta el trato con
los hombres y no ha asimilado sus formas gregarias de hablar y de vestirse. Un hombre así, por viril
que sea, siempre despierta la suspicacia de los demás hombres y de las mujeres casadas, hechas a un
patrón de lo masculino. Las solteras, por el contrario, lo encuentran muy atractivo.
NO HAY QUE COMPLICAR LA FELICIDAD
¡Infeliz Ginebra! La virtud de los maridos, la cortesía, la tiene Lanzarote. Y el defecto de los
amantes, la brutalidad, lo tiene Artús.
LA MUJER IDEAL NO EXISTE
Sancho Panza repitió, palabra por palabra, la descripción que el difunto don Quijote le había
hecho de Dulcinea. Verde de envidia, Dulcinea masculló:
―Conozco a todas las mujeres del Toboso. Y le puedo asegurar que no hay ninguna que se
parezca ni remotamente a esa que usted dice.
CÓMO PERDER AL MARIDO
Para que Jasón no la abandonase, Medea andaba cargada de amuletos, preparaba filtros
mágicos, suplicaba, invocaba, maldecía, lanzaba anatemas, modelaba figuritas de cera y les clavaba
alfileres, organizaba ritos de maleficio, toda clase de hechicerías, obligaba a su marido a beber
pociones contra la infidelidad. Jasón se le escapó tras una muchacha, Glaucea, sólo porque Glaucea,
cuando él (tanto como para pasar el rato) le propuso acostarse juntos, contestó: «Con una condición.
Que después no nos veamos más».
LAS INSACIABLES MADRES DE LOS NEURÓTICOS HIJOS EN
LAS PODRIDAS DINAMARCAS
Después de una agotadora noche de amor, Gertrudis le exigió a Claudio una nueva prueba
de amor. Claudio no era ningún atleta sexual. Desesperado, salió y mató al marido de Gertrudis y
padre de Hamlet.
VARIACIÓN SOBRE LÁZARO
Los comentaristas se equivocan. Según ellos, el Cristo, cuando le devolvió a Lázaro la vida,
le devolvió también la posibilidad de volver a morir. Habría trasladado la muerte de Lázaro desde el
pasado donde ya había ocurrido hasta el futuro donde ocurriría por segunda vez. Esa exégesis del
milagro está errada. Es torpe, es miserable. Es indigna de Dios. Es indigna de Dios si el muerto
resucita para que la daga de un asesino o una indigestión puedan mandar de vuelta al resucitado
cinco minutos después que Dios lo hizo salir de la muerte. El milagro queda reducido a una
bufonada. El Cristo no se rebajaría a bisar, en la carne del pobre Lázaro, nada más que para probar
su divinidad, el recurso de hacernos morir. Veamos. Lázaro yace muerto en el sepulcro. La muerte
en el tiempo y en la carne ya llegó para él. Todos tenemos una muerte carnal y temporal y sólo una.
La carne no resucita en el tiempo sino en la consumación del tiempo, en la eternidad. Esa muerte ya
fue para Lázaro. Entonces aparece Jesús y después de pedir la aprobación del Padre le ordena a
Lázaro: «Ven afuera». Se lo ordena a Lázaro después que Lázaro murió. Palabras terribles, orden
espantosa en los labios de Dios y en los oídos de un muerto. Todavía no ha sido bien comprendida.
Todavía los hombres no han sabido encontrar la pared donde se rompe el eco de esas palabras.
«Lázaro, ven afuera». Significa: «Lázaro, aunque ya has traspuesto la muerte, retorna al tiempo».
Significa: «Lázaro, regresa muerto a la carne». Lázaro, pues, salió fuera, dejó atrás en el tiempo a su
muerte y volvió a vivir en la carne después de la muerte. Su resurrección fue como la resurrección
que será para todos nosotros el Día del Juicio, pero la suya fue en la Historia, no en la Eternidad. El
tiempo de Lázaro abarcó un antes y un después de la muerte, y en el después ya no había muerte
porque la muerte carnal, la muerte temporal es una sola y no se repite. De modo que ese Lázaro que
salió de la tumba, envuelto en el sudario, es un Lázaro inmune a la muerte. Nadie lo comprendió, ni
las hermanas, ni los testigos del prodigio, ni siquiera Juan que lo narra en su evangelio. Nadie
adivinó las dimensiones pavorosas del milagro. No distinguieron más que su mecánica: Lázaro, que
estaba muerto, ahora vivía; su muerte era como un mal sueño del que todos acababan de despertar;
era como un castigo remitido, como una enfermedad ya curada o como la corrección de un error. El
milagro fue cantado y alabado, y Lázaro se quitó las vendas en medio de las aclamaciones de la
multitud, sus hermanas lloraban y reían, sus amigos lo abrazaban, la noticia corrió de aldea en
aldea, de ciudad en ciudad. Pero en el milagro patético estaba oculto el milagro atroz. Debajo de esa
corteza había una pulpa y nadie le hincó el diente. Nadie, salvo yo. Yo sí he comprendido. He
comprendido lo que quizá Lázaro también comprendió. Si tiene un aire alelado, si parece presa del
ensimismamiento y de un oscuro pavor no es, como los demás suponen, a causa de los recuerdos de
ultratumba o de la certidumbre de que no hay ninguna vida sobrenatural. Esas son especulaciones
pequeñas. Y si no habla, si no cuenta qué es lo que vio en el más allá de la muerte se debe a que no
hay lenguaje humano que pueda describir el mundo de los muertos. Lo que lo vuelve melancólico,
lo que lo espanta es saber que Dios le anticipó la resurrección del Juicio Final y que mientras tanto,
a la espera de ese Día, deberá vagar por el tiempo de los vivos. Van muriendo los contemporáneos
de Lázaro, mueren las sucesivas generaciones, pero Lázaro, el único resucitado, deambula sobre la
tierra. Las gentes lo señalan con el dedo, lo interrogan, lo siguen, lo persiguen. Para escapar de esa
curiosidad Lázaro emigra, quienes lo conocieron lo olvidan o lo creen muerto. Pero Lázaro, bajo
nombres apócrifos, está en Alejandría o en Roma. Con todo, algunos rumores se propagan, algunos
indicios corren de boca en boca, y así nace la leyenda del Judío Errante. El tiempo, que para él fluye
sin fin, regala a Lázaro demasiados recuerdos y su memoria, como una hucha repleta, no puede
contenerlos a todos, los pierde, los deja caer. Hasta que llega un año, un día, un minuto en que
Lázaro olvida que es Lázaro, el de Bethania. Desde entonces Lázaro es cada uno de los Lázaros que
recuerdan un segmento, un trozo de la infinita supervivencia. Lázaro todavía está entre nosotros,
dónde no lo sé, en Amberes, en Aviñon, en Buenos Aires. Quizá sea un mendigo medio loco, o un
librero de viejo, alguno de esos seres extraños, solitarios, miserables, sin familia, sin afectos,
perdidos en ciudades petrificadas, encerrados en sórdidas habitaciones, criaturas desagradables y
malolientes por las que nadie se interesa, que hoy aparecen y mañana desaparecen sin dejar rastros
y a las que ningún ojo espía, impidiendo así la soldadura de los fragmentos y la comprobación del
persistente milagro. Acaso yo sea Lázaro. Reúno las condiciones: soy solo, no tengo familia,
parezco medio loco, a ratos creo recordar haber vivido en otras épocas, en otros países. Tal vez yo
ande ahora por los dos mil años de resurrecto y no conserve otro recuerdo del milagro que esto que
tomo por una fantasía y acaso sea el último fruto de mi memoria de Lázaro.
LOS HOMBRES SABIOS
La reina de Saba era la mujer más hermosa y más rica de su tiempo. Visitó a Salomón para
proponerle una alianza comercial, pero debajo de ese guante ocultaba las uñas de su verdadero plan;
el matrimonio. Un matrimonio, por lo demás, que al hijo de David le venía como anillo al dedo
porque las campañas bélicas, la construcción del Templo, de la Casa Real y de las veinte ciudades
nuevas que le regaló a Hiram de Tiro y la vida fastuosa que llevaba (sesenta consortes, ochenta
concubinas incluidas) habían vaciado sus arcas. Seducido, pues, por la belleza de la reina y por la
posibilidad de calafatear sus finanzas, Salomón estaba dispuesto a quebrantar una vez más las
prohibiciones de la ley y a casarse con una extranjera. Pero la reina de Saba, una noche, al término
de un festín, tuvo la ocurrencia de poner a prueba, con acertijos, con enigmas, con preguntas
embarazosas, la sabiduría del rey sabio. Salomón se encontró con una rival que casi estaba a su
altura. Debió sudar la gota gorda para salir del paso, pero la reina regresó a Saba sin socio y sin
marido.
LA ACIAGA NOCHE 1002
No se oyen más que portazos. El portazo de Teseo después que Ariadna le pregunta: ¿Y?
¿Para cuándo otro minotauro? El portazo de Minos porque Pasifae, aburrida se asoma a la ventana y
mira al toro. El portazo de don Juan Tenorio apenas doña Inés quiere saber qué harán para pagar a
los acreedores.
EL CUENTO DE INVIERNO EN VERANO
Me habían regalado la entrada, hacía calor, no tenía otra cosa que hacer. Resumiendo: fui a
ver El cuento de invierno, de Shakespeare, representado al aire libre en los jardines de P.
El espectáculo me resultó plomífero. La obra es una sarta de disparates dignos de la peor
novela de caballería catalana. El decorado parecía la pesadilla de un carpintero loco. El vestuario
provenía del saqueo, a oscuras y a toda prisa, de una sastrería teatral. Para colmo los actores, como
siempre sucede en Shakespeare, convertían todos los parlamentos en sentencias de muerte y decían
buenas tardes como si dijesen «la bolsa o la vida».
Pero al comenzar el segundo acto presencié una escena que me despabiló. La reina
Hermiona le pide a su hijo Mamilio que le cuente un cuento.
―¿Alegre o triste? ―pregunta el mozalbete.
―Alegre ―contesta Hermiona.
―No ―dice Mamilio, que no sé para qué le dio a elegir. Un cuento triste es mejor para el
invierno. Conozco uno de duendes y aparecidos. Había una vez un hombre que vivía cerca de un
cementerio.
Me acomodé en la butaca dispuesto a escuchar, en el mejor estado de ánimo, aquella
historia. Soy loco por los cuentos de fantasmas. Y viniendo de Shakespeare, no sería cualquier cosa.
Inopinadamente ocurrió algo atroz: Mamilio se interrumpe, dice:
―Voy a seguir contándolo en voz baja.
Y con un total desprecio por los espectadores aproximó la boca a la oreja de Hermiona y
continuó su relato en voz tan baja que desde la platea era imposible oírlo. Yo no podía creer lo que
estaba viendo. Aquello era una burla, una estafa, una tomadura de pelo. Me incorporé en la butaca,
intenté protestar, miré a mi alrededor buscando aliados, pero los demás espectadores tenían sangre
de horchata y en cambio de secundarme en mis quejas me chistaron y me obligaron a callar. Yo veía
todo rojo.
Encima la historia del hombre que vivía cerca de un cementerio debía de ser apasionante
porque Mamilio, ajeno a mis protestas, movía los labios con ardor y Hermiona lo escuchaba
embelesada, palidecía, se ruborizaba, se le dilataban los ojos. Por más que me esforzase, yo no
podía pescar una palabra. Me sentía indignado.
Por algún andamio de la carpintería loca apareció Leontes, marido de Hermiona. Quizá,
pensé, el rey obligue a ese chiquilín insolente a contar el cuento en voz alta. Pero el imbécil hizo
todo lo contrario: le ordenó a Mamilio que se retirase de escena y desvió el diálogo hacia barullos
de los que nada recuerdo.
Esperé, esperé todavía que Mamilio volviese y reanudara el cuento. No sólo no reapareció
sino que en el tercer acto me enteré de que había muerto. Candorosamente presumí que algún otro
cubriría su defección. Aguanté con estoicismo el tercero, el cuarto, el quinto acto, y del hombre que
vivía cerca de un cementerio ni una palabra. La obra se titula El cuento de invierno, durante todo su
transcurso no se habla de otro cuento de invierno que el que Mamilio le susurra a Hermiona al oído,
esto quiere decir que la obra es una mera excusa para que Mamilio lo cuente, y sin embargo uno
debe salir del teatro sin haberlo oído. A mí nadie me toma para el churrete.
Me levanté sin unirme al rebaño de babiecas que aplaudían y me aposté en la calle. Al rato
vi que Mamilio, vestido con jeans y una camisa a cuadros, salía del teatro en compañía de dos
nobles de Sicilia ahora vestidos, también ellos, como hippies. Caminaron una cuadra, entraron en un
restaurante semidesierto y se sentaron a una mesa.
Me presenté ante Mamilio:
―¿Me permite, señor?
Se levantó todo sonriente, la mano tendida.
―¿Usted no es el crítico de…?―empezó, pero yo lo atajé con un ademán.
―No. Soy, sencillamente, un espectador de El cuento de invierno. Estoy aquí para…
Me interrumpió sin el menor miramiento:
―Muchas gracias. Le agradezco su atención.
¿Pero qué creía, ese cretino? ¿Que yo me había acercado para felicitarlo? La vanidad de los
actores es aterradora.
―Estoy aquí ―le dije, mirándolo como sólo yo sé mirar a sujetos de esa calaña― para que
termine de contarme el cuento.
Me escrutó como si yo le propusiese alguna indecencia.
―¿El cuento? ¿Qué cuento?
―El del hombre que vivía cerca del cementerio.
Se me figuró que había palidecido. Estuvo estudiándome todavía durante unos segundos, se
volvió hacia sus amigotes (que hablaban entre ellos y comían pan), otra vez me miró a mí. Bajó la
voz.
―¿Es una broma?
―Ninguna broma.
―Pero ¿usted se refiere al cuento…?
―Al cuento que no quiso contarnos sobre el escenario. Ensayó una sonrisa, pero tenía la
mirada titubeante.
―Pregúnteselo á Shakespeare. Yo no sé cómo sigue el cuento.
―No lo sabe pero se lo contó a Hermiona. Le vi mover los labios.
Ahora sí se había puesto muy pálido. La sonrisa se le desprendió de la boca. Presumo que
mi expresión le dio entender que yo no estaba para bromitas.
―Movía los labios pero no decía nada― balbuceó. Hacía camelo.
Lo aferré de un brazo.
―No trate de engañarme. ¿Así que no decía nada? ¿Cree que soy un tonto? No decía nada,
y había que ver la cara de Hermiona cuando usted le halagaba el oído.
El brazo empezó a temblarle. Se volvió hacia sus compañeros, que habían dejado de
conversar y nos miraban con curiosidad, pareció que iba a decir algo, se arrepintió, otra vez me
miró (y en los ojos le vi como un agua turbia y ondulante), susurró:
―No haga escándalo. Salgamos a la calle.
―Después de usted, señor.
Salimos. Caminamos hasta la esquina, doblamos por una calle transversal y ahí nos
detuvimos. Era un sitio oscuro y, a esas horas, desierto. Mamilio, muy blanco, me observaba como
si yo fuese policía.
―¿Quién es usted? ―barbotó.
―Ya se lo dije.
―Créame. Movía los labios pero…
―Repítame a mí lo que le murmuraba a Hermiona al oído.
―Nada. No le murmuraba nada. Se lo juro.
―Es inútil que lo niegue.
Debo de haberlo dicho en un tono intimidatorio porque se puso a jadear. Vi cómo le latían
las sienes. Estaba aterrado, pobre. Bien, reconozco que tengo una fisonomía patibularia.
―Por última vez, jovencito. ¿Va a hablar o no va a hablar?
Miró hacia una y otra esquina. Adiviné que tramaba dejarme plantado. Era joven, correría
como un loco, yo no podría alcanzarlo y nunca oiría el cuento de invierno. Extraje pues el revólver
y lo apunté.
―Lo escucho ―dije con laconismo sublime.
El farabute casi se desmaya. Tenía los ojos vidriosos. Grumos de saliva le hervían entre los
labios. Al respirar silbaba. Cualquiera lo hubiese creído en pleno orgasmo.
―Aproveché la escena del cuento ―tartamudeó, y no le reconocí la voz, había
enronquecido de golpe― para confesarle que la quería, que estaba enamorado de ella…. No pude
decírselo en otro momento porque siempre hay alguien que puede oírnos… Pero ella no me quiere,
se lo juro. Quiere a su marido. ¿Es usted?
Otra vez vi todo rojo. La forma como pretendía salir del paso era vil, canallesca. Aquel
idiota seguía mofándose de mí. Para hacerla breve: le descerrajé un balazo en el corazón. Antes de
que apareciesen testigos eché a correr. Dos cuadras más adelante tomé un taxi y me fui a casa.
EL BANQUETE PLATÓNICO
A cierta hora de la noche o al amanecer los invitados, borrachos, se dejarán caer al suelo o se
derrumbarán sobre los triclinios. Se habrán terminado las historias obscenas, las escandalosas
risotadas, las disputas sin motivo, las súbitas reconciliaciones, los lloriqueos, la lascivia, la euforia y
el rencor. Todos duermen. Alguno quizá ronque, otro tal vez murmure en sueños. Parecerán las
víctimas de una repentina peste. Pero tú te mantendrás en vela. Uno de los borrachos finge. Y
cuando crea que nadie puede oírlo se incorporará y dirá la palabra que estás esperando.
IN PARADISUM
Dios debe disponer que periódicamente los santos y los bienaventurados abandonen por una
temporada el Paraíso, pues de lo contrario no saben u olvidan que viven en el Paraíso, empiezan a
imaginar otro Paraíso por su cuenta, en comparación, el Paraíso les parece muy inferior, una especie
de caricatura, eso los pone melancólicos o coléricos y terminan por creerse los condenados del
Infierno.
EL PELIGRO AMARILLO
Nos dicen que los chinos tienen la piel amarilla, pero nunca hemos visto a un hombre con la
piel del color del limón maduro o de la yema del huevo. Se nos dice que los chinos suman miles de
millones, pero nadie los ha contado uno por uno. Se nos asegura que los chinos hablan en chino,
pero jamás hemos oído que alguien hable en ese extraño idioma. Las cartas que hemos enviado a
China no han sido contestadas y nuestros embajadores no han vuelto. En síntesis: el peligro amarillo
es una patraña de nuestros enemigos.
EL HADO DE PAPEL
¡Terrible zozobra la del señor Kafka! Los trámites son tan largos y complicados, intervienen
tantos amanuenses, él debe deambular por tantas oficinas, le exigen tantos requisitos, certificaciones
y avales, tuvo que llenar de puño y letra tantas solicitudes que ha tenido miedo de que se interponga
un olvido, un error, una distracción, algún descuido, algún extravío, incluso alguna mala voluntad o
animosidad o envidia por parte de tantas personas de las que depende su suerte. De modo que
renuncia. Pero el trámite de la renuncia es tan complicado como el anterior y el señor Kafka, o K.
como lo llaman para abreviar, debe recomenzarlo todo de nuevo y ahora está temiendo que se
interponga un olvido, un error, una distracción, algún descuido, algún extravío, etc. etc.
EDIPO CAMBIADO, U OTRA VUELTA DE TORNILLO
El mismo día en que Yocasta, la reina aborrecida, tenía a su hijo, yo tuve al mío. Lo llamé
Philón, como su padre, muerto seis meses atrás durante la guerra que mi ciudad sostuvo contra
Layo, primo y marido de Yocasta. Al día siguiente fui llevada con el niño a una alcoba contigua a la
de la reina. El Ama me lo explicó:
―Le servirás de nodriza a Polidoro, el hijo de mi señora Yocasta.
La rica cuna de Polidoro fue colocada cerca de la cuna de esparto de Philón y mi camastro
entre ambas. Los dos niños se parecían como se parecen todos los recién nacidos: el mismo mechón
de pelo húmedo sobre el cráneo todavía blando, la misma carita abotagada y roja como un puño
crispado. Mi seno los hermanó. Mientras tanto Yocasta permanecía muda e indiferente en su vasto
lecho. Ni una sola vez pidió ver a su hijo. ¡Oh Yocasta, más aborrecida en mi corazón que el propio
Layo!
Al segundo día de nacidos Philón y Polidoro ocurrieron aquellos aciagos acontecimientos.
Layo había ido a Delfos a consultar el oráculo del dios. Volvió taciturno, sombrío, temblando en no
se sabía qué pavor o qué terrible cólera. Recuerdo que vino a la habitación donde estaba yo con los
dos niños pero no nos miró ni pronunció palabra alguna. Se paseaba de un extremo a otro de la
alcoba, desceñidas las vestiduras reales y el rostro más oscuro que la mies bajo la tormenta. Adiviné
que los vaticinios le habían sido desfavorables, y secretamente me regocijé.
Con brusco ademán recogió su manto y pasó a la cámara de Yocasta. Los oí conversar.
Hablaban quedo y sus voces semejaban el ruido de los cuchillos cuando son afilados sobre
la piedra. A poco se les unió la voz de Creonte, el hermano de Yocasta. Después todo el palacio se
ahuecó en uno de esos silencios profundos que parecen la pausa de la música del universo.
A la noche los presagios nefastos se multiplicaron. La agorera lechuza chistó tres veces
junto a una ventana. En el aire de la alcoba, que ninguna ráfaga agitaba, la luz de los pabilos
parpadeó. Escuché un trueno lejanísimo. Súbitamente me acometió un sueño profético. Mis ojos
estaban abiertos, pero nada veían de cuanto me rodeaba. Mi cerebro empezó a arder como una
lámpara y a arrojar fuera el resplandor de las alucinaciones. Y yo contemplé, despierta, mi propio
sueño.
Vi a Philón, mi hijo, hecho hombre. Vi a un hombre que yo sabía que era Philón. Vi a Philón
bajo la figura de un hombre y ese hombre tenía la apariencia de un mendigo, estaba cubierto de
harapos y tanteaba con báculo de ciego las piedras del camino por el que se arrastraba, y el cielo
que lo cubría era inclemente, el paisaje era inhóspito, y a su alrededor la soledad se abismaba como
un mar, y en el fondo de ese mar el hombre que era mi hijo gemía y clamaba por alguien, y sobre su
rostro se aplastaba hasta alcanzar el hueso una expresión tal de dolor que no pude soportarlo y
quebré el anillo que me aprisionaba y el sueño se desvaneció.
Largo rato estuve temblando en mi camastro. Otras veces había tenido sueños de esa
especie, sueños que en la lucidez de la vigilia me lanzaban a un vórtice de visiones, sueños que me
inundaban de conocimientos a los que no podía resistirme y que descorriendo para mí como el velo
del tiempo me volvían transparente el futuro. Y lo que esos sueños me habían anticipado, después lo
había visto cumplido.
De niña soñé la devastación de mi ciudad. Soñé que los soldados extranjeros entraban por
las violadas puertas y mataban a un guerrero que era mi esposo, y a mis hermanos, y hasta a mi
anciano padre imbele, y soñé que un hombre fornido, desde lo alto de un carro, los azuzaba a la
matanza. Diez años más tarde todo sucedió como en mi sueño, y el hombre fornido era Layo.
¿Aguardaba, pues, a mi hijo, el destino ominoso del mendigo? Siervo hijo de sierva
¿terminaría miserablemente sus días, arrojado a los caminos por el capricho impío de sus amos,
acaso de ese mismo Polidoro amamantado por mí? Viejo inservible y ciego, execración de los
sacros lugares, pasto de todos los infortunios, presa rendida al frío y al hambre ¿así iría a morir
Philón, el hijo del rey Philón?
Yo debía torcer esa suerte funesta, debía desbaratar el cumplimiento de tan atroces augurios.
A la luz ahora inmóvil de las velas, en la soledad de la alcoba, en medio de aquel silencio profundo
del palacio, rápidamente ejecuté mi plan. Vestí a Polidoro con la ropa de mi hijo y a mi hijo con las
ricas vestiduras de Polidoro. Coloque a Philón en la adornada cuna del hijo de Yocasta y al hijo de
Yocasta en la pobre cuna de Philón. Después volví a mi camastro y fingí que dormía. Pero mis ojos
cavaban, bajo los párpados, la rota mirada del insomnio. Y después un raro sopor desanudó mis
miembros. Siempre, al cabo de un sueño vatídico, me invade ese letargo.
Me despertó como el recuerdo de haberme dormido. Me despertó el olvido de haber
despertado y de haber visto una sombra sigilosa que rondaba entre las cunas. La lámpara seguía
encendida. Miré hacia mi izquierda, hacia el rincón donde dormía mi hijo. Pero ahora quien dormía
allí era Polidoro. Me volví hacia el lado opuesto. Un desmesurado mugido, un ruido como de
muchas aguas estalló sobre mi cabeza. Me incorporé y empecé a gritar. Layo y Creonte aparecieron
en seguida tras las puertas. Aún en mi confusión y en mi horror, aún comprendiendo que ellos no
sabían cuál era el verdadero puñal que degollaba mis gritos, pensé que no habían caído en la cuenta
de lo que me ocurría.
―¡Han robado a Polidoro! ―mentí―. ¡Lo han arrebatado de su cuna! ―mentí.
―¡Cállate, sierva! ―masculló Layo con voz dura ¡Cállate o te haré azotar! Y olvídate de
Polidoro si en algo estimas tu vida y la vida de tu hijo.
Y se fueron tan velozmente como habían venido. Quedé sola, tiritando en el hielo del
estupor. ¿Por qué Layo me ordenaba callar? ¿Por qué Yocasta, que habría oído mis gritos, no me
respondía con los suyos? ¿De qué funestas maquinaciones era mi hijo, por mi culpa, la víctima
inocente? ¿Y a dónde lo habían llevado? ¿Qué harían con él? Lo matarían, quizá, o lo abandonarían
en un lejano bosque o a la orilla del mar. ¿Y qué buscaba Layo con la muerte o con la desaparición
de Polidoro? ¿Burlar los oráculos como yo mi sueño? ¿Y fuisteis vosotros, oh dioses inmortales,
quienes me inspiraron aquel insensato trueque entre los dos niños, para así castigarnos a él y a mí?
Entretanto hervía sobre mi camastro como sobre carbones encendidos. Cuando el ojo del día
me iluminó, pensé contárselo todo a Yocasta. Pero en seguida me disuadió el cruel convencimiento
de que el crimen tramado contra Polidoro ya estaría cumplido en Philón. Revelando la verdad no
rescataría a mi hijo y sólo conseguiría que los designios de Layo corrigieran sus tiros y tal vez me
tomasen también como blanco, porque grandes iban a ser el enojo y el terror del monarca, y al cabo
sus propósitos encontrarían una doble satisfacción.
Resolví no decir nada. Vislumbré una esperanza remota pero secreta, sólo conocida por mí,
la posibilidad de vengarme sin que nadie lo advirtiese. Ese Polidoro dormido en la cuna de mi hijo
cumpliría los oráculos del dios, y alguna ruina, yo no sabía cuál, alguna inmensa desgracia recaería
sobre el linaje de Cadmo y de Agenor, sobre las cabezas de Layo y de Yocasta y de ese otro,
Creonte, tan orgulloso que jamás se dignó mirarme. Un odio infinito, que se sentía dispuesto a todas
las crueldades y también a todas las astucias y a todos los simulacros, un odio que ni siquiera se
detendría frente a ese Polidoro que usurpaba, ay, por mi mano, el sitio de Philón, me hinchó la
garganta como un vómito.
*****
Largos años transcurrieron, disparados por la perezosa ballesta del tiempo. Polidoro creció y
se hizo mozo, siervo en el palacio real de sus padres, bajo el nombre de Philón, falso hijo de la
sierva Hécuba.
No desmentía su vidueño. Era de agradable apostura, aunque tan atrevido e indócil que más
de una vez debieron azotarlo. Aguantaba los azotes con una sonrisa desdeñosa, pero la mirada se le
ponía negra de ira. Yo no perdía ocasión de zaherirlo y de vejarlo, complaciéndome en irritar su
genio díscolo.
―Sierva ―me decía Yocasta― ¿por qué aborreces a tu hijo? Es un joven hermoso.
Y las miradas de la reina se demoraban en su hijo. También Polidoro espiaba a la reina. Creo
que nadie, salvo yo, sorprendió el juego incesante y pertinaz de esas miradas. Y nadie, ni ellos
mismos, nadie excepto yo, supo de qué manantial se nutría esa corriente subterránea que los
arrastraba al uno hacia el otro. Porque la sangre se llamaba a sí misma desde las venas de la madre a
las venas del hijo y desde los pulsos del hijo a los pulsos de la madre, pero ellos no sabían descifrar
ese llamado. La sangre tejía entre los dos su hebra poderosa, pero ellos no podían adivinar de qué
estaba tejida. Había una, una sola para quien aquella trama destrenzaba sus secretos hilos, una sola
que sabía leer la escritura invisible del mensaje, pero ésa no habló. Y, no satisfecha con callar,
prestó su mano encubridora para que el horror apretase su nudo ignominioso.
Sí, yo llevé a Polidoro el recado de Yocasta, yo llevé a Yocasta las jactanciosas respuestas de
Polidoro. Yo fui la lanzadera que iba del uno al otro, tan veloz, tan silenciosa que nadie seguía su
vaivén. Y después velé a las puertas de la cámara real, atisbando los pasos del infamado consorte. Y
la reina me mostraba el rostro hipócrita que las adúlteras muestran a sus alcahuetas, y Polidoro me
trataba con la soberbia del ladrón a su cómplice.
Pero aquel amor no les traía la dicha. Un horror apenas presentido, una repugnancia que ella
confundía con los remordimientos y él con el hastío, una angustia que tomaban por la insatisfacción
de sus deseos, y a ratos una hostilidad que los separaba para avivar en seguida el ardor del apetito y
volver a reunirlos para exaltarles la furia de las reyertas, todo este acíbar se mezclaba a sus deleites
y les ponía a los dos una máscara mórbida, sombreada por el humo del dolor.
Cierta vez Layo decidió hacer un viaje a la Fócida. Se llevó consigo a tres servidores, entre
ellos a Polidoro. Varios días después volvió Polidoro, las ropas desgarradas, con la noticia de la
muerte del rey. Contó que una pandilla de bandidos les había salido al paso en el cruce de los
caminos de Delfos y de Daulia; que, habiendo querido Layo defenderse, los bandidos lo habían
ultimado, lo mismo que a los otros dos servidores, y que únicamente él había conseguido huir y
salvarse. Creonte envió gente armada al sitio del encuentro con los salteadores. Ahí fueron hallados
los cadáveres de Layo y de los dos siervos, los trajeron a Tebas, y el cuerpo del rey tuvo magníficos
funerales y una sepultura no menos magnífica.
Pero yo sospechaba que Polidoro no había dicho la verdad. Una noche, libaciones de vino
tibio y falaces lisonjas me lo entregaron rendido al asalto de mis preguntas. Entonces me refirió una
historia más abominable de lo que él podía maliciar.
Cuando el carro donde viajaba el hijo de Lábdaco había llegado a la encrucijada de los dos
caminos, Layo ordenó que buscase Polidoro en los alrededores una fuente que, según él recordaba,
había cerca y en cuyas aguas saciarían la sed. Polidoro obedeció. Se había internado en un
bosquecillo de encinas cuando oyó voces airadas. Volvió sobre sus pasos y, escondido entre hiedras
y helechos, lo presenció todo. Un desconocido, alto como un dios, fuerte como un héroe y más
hermoso que Paris disputaba de palabra con Layo; Layo, colérico, descargaba sobre el desconocido
su aguijada de doble punta; el desconocido se defendía golpeando a Layo con un bastón. Los dos
servidores hostigaban al desconocido, y el desconocido, con recios golpes de su báculo, privaba a
ambos de la luz. Por fin el desconocido se alejaba. Polidoro salió de su escondite. Y ya iba a huir,
dando por muertos a los tres de Tebas, cuando oyó un gemido. Era Layo, que pesadamente se
incorporaba sobre el desorden de sus vestiduras. Pervertido por su pasión hacia Yocasta, Polidoro se
había acercado sigilosamente al anciano rey y con una piedra parricida lo había matado. Entonces
Polidoro había vuelto a Tebas y urdido la conseja de los salteadores.
Y en tanto me confesaba su crimen, sonreía con torpe mueca de borracho, y pensaba en
Yocasta, y la infatuación y la perfidia le retocaban los hermosos rasgos con un pincel perverso. Y yo
también sonreía, y bebí un vaso de vino mientras sentía cómo la lengua de la venganza lamía mis
heridas, y le dije a Polidoro:
―Los dioses te protegen.
Pero en esa misma noche Creonte sorprendió al hijo de Yocasta en el lecho de Yocasta. Creo
que me distraje, somnolienta a causa del vino. Al día siguiente el cadáver de Polidoro apareció al
pie de los barrancos, y así la infamia de la reina permaneció oculta. Pero Yocasta anduvo un tiempo
con el rostro crispado y en cambio yo guardaba en mis labios la sonrisa de Polidoro mientras me
refería la muerte de Layo. Una vez Yocasta, rabiosa, me gritó:
―¿De qué te sonríes, serpiente?
*****
El río del tiempo corrió unos meses más. Yocasta languidecía en su palacio. Creonte
gobernaba con mano despótica. Pero nada podía su rigor contra las depredaciones de la Esfinge. Era
ésta una mujer crudelísima que capitaneaba una tropa de bandidos. Ella y sus secuaces robaban y
asesinaban con tanta temeridad en sus tropelías, con tanta saña en sus delitos que ningún viajero se
atrevía a cruzar la Beocia por el lado de Tebas. En vano Creonte prometió que quien librase al país
de aquel azote compartiría con él el gobierno de Tebas y obtendría la mano de Yocasta. Nadie se
sintió capaz de llevar a buen término tamaña empresa.
Hasta que se supo que un corintio, sin más armas que un bastón y sus fuertes brazos, había
matado a la Esfinge y diezmado a su pandilla. El extranjero entró en Tebas entre las bendiciones del
pueblo y vino directamente al palacio real a reclamar por la promesa de Creonte.
Apenas lo vi, el corazón me atronó en el pecho. Aquel hombre era el vivo retrato de Philón,
mi difunto marido. Era Philón, mi hijo.
Sentado frente a Creonte y a Yocasta, que lo miraban complacidos, echada la clámide a la
espalda, el bastón con el que había vencido a la Esfinge apoyado en los muslos estupendos,
hermoso y apacible el semblante, dijo llamarse Edipo y ser hijo de Pólibo y Mérope, reyes de
Corinto. Como repetidas veces oyera que no había sido engendrado por aquellos a quienes tenía por
padres, determinó ir a consultar el oráculo de Apolo en Delfos. Por la crispada boca de la pitonisa el
dios le reveló que su estirpe era real, que él mismo sería rey, pero que reinaría donde su madre fuese
una sierva. Espantado, no volvió a Corintio sino que emprendió un camino en dirección opuesta, y
así había llegado, después de mucho andar, a la tierra de los cadmeos y vencido a la Esfinge.
«Que reinaría donde su madre fuese una sierva». Ya no tuve ninguna duda: Edipo era mi
hijo. Y tan grande júbilo me hizo romper en un llanto incontenible. Todos me miraron. Creonte
frunció el ceño severo y Yocasta, irritada, mandó que me retirase. Sólo Edipo me sonrió y, cuando
pasé a su lado, me dijo con voz afable:
―No olvidaré, sierva, las lágrimas que te arrancó mi triste suerte.
Nada supe responderle. Apenas si supe sonreírle y bendecirlo desde el fondo de mi corazón,
que por él se me ahondó como un pozo de agua fresca.
Y Edipo casó con Yocasta y reinó, junto con Creonte, sobre Tebas.
*****
Pocos días después de las nupcias uno de los más antiguos servidores de palacio, un troyano
a quien por eso mismo aquí llaman Teucro, vino a decirme, zalamero:
―Oh tú, Hécuba, de raza ilíaca como yo. Tú que ves diariamente a la reina y puedes
hablarle cuando te place, pídele que me envíe al campo a pastorear los rebaños. Por los dioses te lo
ruego.
Adiviné que algún grave secreto atormentaba al troyano. Y súbitamente supe que la sombra
que había creído ver rondando en torno de las cunas de Philón y Polidoro, la noche en que robaron a
mi hijo, era la de este Teucro, perro fiel de Layo.
Le prometí complacerlo a condición de que me confiase el motivo de una petición tan poco
razonable, pues era extraño que a su edad prefiriese la vida ruda del pastor. En un principio intentó
resistirse, pero tan firme me mantuve, tantos juramentos de no divulgar sus palabras proferí, tantas
amenazas agregué a tantas promesas, que Teucro terminó por acceder, no sin antes gimotear, y
llorar, y retorcerse las manos, y obligarme a renovar mis juramentos de que no lo delataría.
Esto fue lo que me refirió:
―Recordarás, tú que lo amamantaste como a un hijo tuyo, recordarás que, al segundo día de
nacido, Polidoro desapareció de su cuna y nadie supo qué fue de él. Pues bien, yo te confiaré lo que
ocurrió. Por orden de Layo (jamás me atreví a indagar la razón de un acto tan abominable), por
orden de Layo, digo, aquella noche llevé al niño a lo más fragoso del monte Citerón y allí lo
abandoné, sus tiernos pies atravesados por un hierro, para que las fieras o la sed y el hambre lo
privaran pronto de la luz. Pero la piedad me hizo volver sobre mis pasos, recogí a Polidoro y lo
entregué, sin descubrir quién era, a unos pastores corintios, quienes se ofrecieron a cuidarlo y a
llevarlo con ellos a Corinto. Y un mancebo, alzando a Polidoro, lo llamó Edipo a causa de que el
pobre niño tenía los pies hinchados por los grillos con que yo, no por mi voluntad sino por orden de
Layo, se los había atravesado.
―¿Y tú crees ―dije, aparentando indiferencia― que nuestro rey Edipo es aquel Polidoro
que confiaste a los pastores?
―¿Cómo no creerlo? Todos los detalles coinciden y encajan unos con otros: el nombre,
Edipo; el país donde se ha criado, Corinto; la sospecha de que no es hijo de Pólibo. Y hay algo más.
Fíjate en sus tobillos. Conservan las cicatrices, empalidecidas por el tiempo, de las heridas que les
infligieron los hierros. Es él, es Polidoro. ¡Y ha desposado a su propia madre! Espantosas desgracias
se ciernen sobre Tebas. Por eso quiero irme lejos. Vete tú también con cualquier excusa. Pero ¿Por
qué te sonríes?
Yo me sonreía porque, sí, Edipo era el niño abandonado en el monte Citerón y llevado a
Corinto por los pastores, pero ese niño no era Polidoro, como creía Teucro, sino Philón, mi hijo, y
ahora Philón reinaba sobre Tebas la de las siete puertas, y así todos mis muertos triunfaban de la
maldecida ralea de Layo.
*****
La sombra de Hades enturbia mis ojos. Un rumor como de caracolas marinas resuena en mi
pecho. Veo, a través de la niebla, a Edipo, a Creonte y a Yocasta, los tres con la faz demudada, veo a
Teucro, a quien un guardia arrastra hasta los pies de Edipo, y a éste que lo amenaza con un ademán
desaforado, y al siervo que llora y balbucea, y a los dos reyes que se agitan convulsos, y a Yocasta
que se lleva las manos al rostro, y ahora sí, ahora me parece oír a Edipo, a Edipo que dice con una
voz como trueno:
―Yo maté a un anciano en la encrucijada de los caminos de Delfos y Daulia. ¿Y ese anciano
era Layo? ¿Y era Layo mi padre? Y desposando a Yocasta ¿he cometido el crimen más nefando?
Quiero hablar pero no puedo. Mi boca es una piedra muda, mi lengua es como una hoja seca
desprendida del tallo. Ya no veo a Edipo, a Philón, mi hijo. Ya no oigo su voz. Las sombras se
cierran sobre mis ojos. No distingo nada, sino la caracola marina que retumba en mi pecho hasta
desgarrarlo.
ESCENARIOS PARA EL CRIMEN
Jesús ama tiernamente a Judas. Lo elige corno uno de sus discípulos. Judas tuerce la boca,
piensa: «Por algo me eligió. Algún interés esconde». Jesús lo nombra tesorero de los apóstoles.
Judas masculla: «Me nombra tesorero para tenerme todo el día ocupado mientras él se luce
haciendo milagros». Jesús le permite que haga dos o tres milagros. Judas le contesta que él no tiene
por qué imitar a nadie. Judas anda con el ceño fruncido y la cara desencajada en una mueca de mal
humor. Nada le cae bien. Todo es un pretexto para desencadenar interminables discusiones. La
popularidad de Jesús lo irrita. Finge temer por su suerte y le aconseja desistir de su campaña de
agitación social, pero lo que busca es sabotearlo. En vista de que Jesús sigue haciendo proselitismo
lo denuncia a la autoridad con la excusa de que así lo salva de males mayores. Cuando Jesús
resucita, Judas no aguanta más y se suicida.
EL PERRO DE DURERO[1]
El caballero ¿quién no lo sabe? vuelve de una guerra, la de los Siete Años, la de los Treinta
Años, la de las Dos Rosas, la de los Tres Enriques, una guerra dinástica o religiosa, o quizá galana,
en el Palatinado, en los Países Bajos, en Bohemia, no importa dónde, tampoco importa cuándo,
todas las guerras son fragmentos de una única guerra, la guerra sin nombre, la guerra a secas, la
Guerra, el caballero vuelve de uno de los segmentos de la Guerra, pero es como si hubiese viajado a
través de todos los reinos de la Guerra porque todos repiten los mismos estruendos y las mismas
infamias, de modo que no hay que tener escrúpulos de cronología ni de geografía, los Plantagenet y
los Hohenstaufen forman una sola familia díscola, los lansquenetes se mezclan con los granaderos,
los ballesteros con los arcabuceros, se juntan ciudades con ciudades, castillos con castillos, torres
con torres, en todas las batallas mueren los mismos muertos y todos los muertos se pudren bajo el
mismo sol y bajo la misma lluvia, el caballero, pues, regresa de una cuenta en el collar de la Guerra,
él cree que es la última cuenta y no sabe que el collar es infinito o que es finito pero circular y que
el Tiempo lo desgrana como si fuese infinito, el caballero partió joven y gallardo y vuelve viejo y
seco como una cáscara seca, tampoco esto es una novedad porque la Guerra carece de imaginación
y todas las guerras repiten los mismos trucos, todos los caballeros que han atravesado una provincia
de la Guerra sin caer en la celada de la Muerte vuelven viejos y resecos como una cáscara seca, el
caballero tiene la barba crecida, está sucio de polvo, huele a sudor, a sangre y a mugre, los piojos se
alojan en sus sobacos, entre los muslos un sarpullido como una quemadura le escuece la piel,
escupe una saliva verdosa estriada de filamentos cárdenos, habla con la voz enronquecida por los
fríos y por los fuegos, tiene los ojos tintos en los insomnios y en las borracheras, olvidó el lenguaje
florido que hablaba cuando era adolescente y servía como paje en la corte de algún Margrave o de
algún Arzobispo, ahora pronuncia blasfemias y juramentos sacrílegos, olvidó las graciosas
reverencias de antaño, las danzas delicadas al son de la espineta, a las mujeres ya no les pide amor,
les pide vino, comida, un lecho, y mientras los soldados violan a las muchachas él bebe solitario y
taciturno, hasta que los soldados reaparecen bostezando y entonces él da un manotazo sobre la mesa
y maldice a los reyezuelos que huyen de la batalla pálidos y con la ropa hecha jirones en un corcel
sudoroso, para volver a surgir después que la batalla terminó vestidos de oro, bajo un palio de oro,
en medio de un alboroto de oriflamas y estandartes, maldice a los Papas cubiertos de armiño que
desde lo alto de las sillas gestatorias asperjan con agua bendita los sellos escarlatas de las alianzas y
de las coaliciones, maldice al Emperador a quien una vez vio caminar entre lanzas erguidas como
falos a la vista de ese damiselo de la Guerra, el caballero se pone de pie y vuelca la silla, vuelca la
mesa, los vasos y el jarro de vino, los soldados vapulean al dueño de la taberna, la taberna es
incendiada y la tropa reanuda la marcha con el caballero al frente, ahora atraviesan un bosque a la
luz de la luna, el caballero está mudo, los ojos fijos en la noche, uno a uno los soldados callan, se
adormecen sobre sus cabalgaduras, sueñan con la cabeza caída sobre el peto, uno cree oír una
música distante, la música de su niñez en alguna aldea del Milanesado o de Catalunya, otro cree oír
voces que lo llaman, la voz de su madre o de su mujer, alguien lanza un grito y despierta
sobresaltado, pero el caballero no se vuelve a mirar quién gritó como si el grito fuese el de un pájaro
del bosque, sigue adelante con los ojos fijos en la noche, el soldado que va detrás de él, el que está
más próximo al caballero, el soldado que lleva una bandera desflecada y quemada por la pólvora
que ahora pende sobre la grupa del caballo como una gualdrapa roñosa, ese soldado, un mancebo
rubio con la apariencia de un juglar, de pronto tiene un extraño pensamiento, la idea de que la
armadura del caballero cabalga vacía, la idea de que el caballero se consumió dentro de la armadura
y ahora la armadura es un muñeco de hierro sin su relleno de estopa y de aserrín, esto lo imagina
porque nunca vio al caballero sino revestido de la armadura que sostiene la lanza, esos guardabrazos
y guanteletes que señalan los nortes de la Guerra, la borgoñota que aúlla órdenes y maldiciones y
bajo la borgoñota la pelambre enmarañada, pero quizá la pelambre sea una barba sin rostro, un poco
de paja o de hierba crecida dentro de la armadura, y esta idea, esta fantasía hace reír al soldado
rubio que piensa que tal vez ha transcurrido mucho tiempo desde que el caballero se disecó en el
interior de la armadura, mucho tiempo desde que la armadura se vació del caballero y ellos han
seguido de batalla en batalla detrás de esa armadura hueca desafiando a la Muerte porque creían que
el castañeteo de la visera y el rechinamiento de los goznes de la armadura eran la voz ronca del
caballero, y cuando el portaestandarte rubio ríe como sonámbulo o como ebrio el caballero se
yergue sobre la clavícula de los estribos y prorrumpe en una maldición, como si hubiese adivinado
de qué se ríe el portaestandarte y quisiera hacerle una broma, demostrarle que en el interior de la
armadura sigue vivo, o reprenderlo por esa fantasía de la armadura vacante, el soldado rubio se
encoge de miedo pero en seguida comprende que el caballero no se ha despabilado ni ha maldecido
a causa de su risa sino porque los árboles del bosque, hasta ese momento ateridos bajo la luna como
bajo la nevazón del invierno, repentinamente se cubren de flores y de frutos, se han cubierto de esa
floración que el calor de la Guerra hace brotar durante las cuatro estaciones, en el buen tiempo y en
el mal tiempo, en las comarcas fértiles y en las comarcas áridas, se han cubierto de esos frutos
siempre en sazón, siempre maduros para la siega y la cosecha, quiero decir el enemigo, quiero decir
los enemigos inextinguibles que nos aguardan ocultos en la sombra, escondidos en la niebla y en el
humo, y entonces los jinetes somnolientos pero todo esto ya sucedió, todo esto ya pasó y ahora el
caballero regresa solo a su castillo sin la mescolanza de hierros, de hombres y de caballos que lo
escoltaba en su viaje a través de una provincia de la Guerra, ya dejó atrás todo ese estrépito, dejó
atrás para siempre los vivaques, las emboscadas, los saqueos, el hambre, el terror, el sueño, no
conserva de la Guerra sino el caballo, la armadura, la lanza con la piel de zorro en un extremo para
que la sangre de los lanceados no chorreara y le empapase la mano, conserva el olor a mugre, los
piojos, el sarpullido, la fatiga, la flacura, la vejez y los recuerdos, los recuerdos, los recuerdos,
recuerdos sueltos, recortados de la gran tela chillona de la Guerra, un joven caído sobre la hierba, de
cara al cielo, que hundía en un río indiferente, el Meno, el Tajo, el Arno, que hundía en el río las
piernas hasta las rodillas y el río le tomaba al muchacho las piernas y se las llevaba corriente abajo
convertidas en hilachas, en hebras púrpuras, después rosáceas y después grises y ocres, los diez
patíbulos en una plaza inmensa y desierta y en cada patíbulo un ajusticiado, péndulo de lengua
afuera, campana de badajo de carne amoratada que el viento hacía sonar, que el viento hacía doblar
y el campanario de diez campanas daba siempre la misma hora fuera del Tiempo, el anciano que se
agachaba para defecar en el suelo helado y cubierto de nieve y que enseguida se desplomaba sobre
una flor de sangre y de excremento, la rosa de la disentería, la torre alta, cuadrada, de ladrillos y
más lejos una fila de cipreses, y el chorro de pez ardiente que cayó desde las almenas de la torre
sobre los caballeros de túnica blanca y una cruz escarlata en el pecho, sobre los caballeros que eran
todos jóvenes y hermosos y un rato antes habían asistido a la misa que ofició para ellos un obispo
cuajado de pedrerías, y el cráter negro que abrió la pez ardiente, el agujero que humeaba y crepitaba
como sartén al fuego, el caballero percibió aquel aroma dulzón, aquel olor a fritura y a trapo
quemado, sintió sobre la mano un escozor, miró y vio que era un trocito de carne, un trocito de la
carne de alguno de aquellos caballeros que un rato antes oían misa y se encomendaban a Dios,
porque esto había sido para él la Guerra, aunque quizá para los reyezuelos sería otra cosa, y otra
para el Papa y para el Emperador, un juego de ajedrez que jugarían a distancia, cada uno encerrado
en una ciudad, en una fortaleza, en un palacio, hasta que terminada la partida saldrían el uno al
encuentro del otro y se estrecharían la mano como buenos contrincantes y se repartirían las tierras
donde los frutos ya habían sido segados y cosechados, pero ahora el caballero saltó fuera del tablero
del ajedrez de Papas y Emperadores, ahora el caballero vuelve a su castillo y en el castillo se
despojará de su armadura como de una costra seca, se quitará la borgoñota como una cabeza ajena,
en el castillo lo aguardan el neblí, el laúd, la mesa tendida, el lecho cálido, su mujer, sus hijos, los
reyezuelos que él salvó de la ignominia lo colmarán de honores, el Papa y el Emperador que
movieron los trebejos de la Guerra lo harán conde palatino, asistente del Solio, señor de aldeas y
viñedos, hasta que al doblar un recodo del camino ve sobre la colina intacta su castillo intacto, ve
alrededor la campiña, ve a los campesinos doblados sobre las sementeras, ve un perro, un perro
vagabundo y mostrenco, un perro que corretea entre la maleza y se detiene aquí y allá a oliscar el
rastro de otros perros, y ante ese cuadro pacífico del castillo, de los labradores y del perro, el
caballero piensa que así como a él se le escapan las claves de la Guerra que sólo los Papas y los
Emperadores conocen y que quizá los reyezuelos adivinen, a estos campesinos doblados sobre los
surcos les está negado conocer la faena terrible de la Guerra, la Guerra habrá sido para ellos una
noticia difusa, un resplandor de incendio en el horizonte, el paso de las tropas por el camino, y en
cuanto al perro, piensa el caballero, ni siquiera supo que había guerra, que había pillaje y matanzas,
y tratados bendecidos por el Papa, y un Emperador que hacía erguir las lanzas como falos, el perro
habrá seguido comiendo, durmiendo, apareándose con una perra e ignorando que lejos, donde el
caballero guerreaba, las fronteras se deshacían para volver a rehacerse en un nuevo dibujo, el perro
nunca sabrá que un Vicario de Cristo era arrastrado por las calles, que un Emperador se hincaba día
y noche desnudo ante una puerta que no se abría, nunca sabrá que la flor de la cristiandad había
hervido en pez y en aceite y que un campanario de ahorcados daba la hora de la eternidad en aquella
plaza vasta y desierta, porque para el perro el trueno de la Guerra sería el mismo ruido pavoroso que
el trueno de la tempestad, y si hubiese visto al damiselo de la Guerra le habría ladrado como a un
desconocido o habría movido la cola si le caía simpático o le daba algo de comer, de modo que el
caballero siente el orgullo de ser caballero, de haber sido una de las piezas del ajedrez de la Guerra,
el caballero ahora comprende que hay planos de la realidad que no se comunican entre sí, y que si
los Papas y los Emperadores se ubican en los planos más altos, él no está en el más bajo, porque
todavía debajo de él están esos campesinos que ni siquiera hacen la Guerra, que ni siquiera hacen el
trabajo de la historia, esos campesinos anónimos siempre doblados sobre los terrones, y todavía más
abajo está el perro, y aquí el caballero experimenta un vago estupor, ese perro contemporáneo de
Papas y Emperadores que ignora qué es un Papa, qué es un Emperador, que ni siquiera sabe qué es
un caballero, experimenta una especie de azoramiento frente al perro que viene a su encuentro sin
sospechar las catástrofes y las hazañas que nimban la armadura del caballero, y siguiendo con este
razonamiento, siguiendo con esta cadena de razonamientos que se inicia en el perro, el caballero
piensa que los últimos eslabones quizá no sean ni el Papa ni el Emperador, porque así como el perro
ignora lo que saben los campesinos, así como los campesinos ignoran lo que sabe el caballero y así
como el caballero ignora lo que saben los reyezuelos y éstos lo que saben los Papas y los
Emperadores, de la misma manera los Papas y los Emperadores ignorarán lo que sólo Dios sabe en
su totalidad y en la perfección de la verdad, y estas reflexiones aplicadas a la Guerra, este creer que
también para Dios la Guerra será una cosa distinta de la que es para los Papas y los Emperadores
despierta en el caballero la esperanza de que si Papas y Emperadores que dominan el juego de la
guerra lo colmarán de honores, Dios, que domina el juego de Papas y Emperadores, lo colmará de
honores todavía más grandes, lo premiará por el dolor, por el hambre y por la sed que padeció en la
Guerra, quizá Dios le retribuya uno por uno todos los sacrificios que él hizo en la Guerra y le abra
las puertas del paraíso, y justo en el momento en que esta esperanza reconforta al caballero y lo
hace sonreír, el perro, que venía a su encuentro se detiene como delante de una pared, clava las
patas en el suelo, la piel se le eriza, entreabre el hocico, muestra los dientes y comienza a aullar
lúgubremente, pero el caballero cree que es porque el perro no lo conoce, porque el perro se ha
espantado del caballo, de la armadura, de la pica con la cola de zorro en un extremo, no hay que
sorprenderse de que ese perro de campesinos se asuste frente a un caballero cubierto de hierro,
frente a un caballo adornado con testeras y petrales, de modo que el caballero no le da ninguna
importancia a la actitud del perro y sigue avanzando por el camino rumbo al castillo, los cascos del
caballo están a punto de aplastar al perro, el perro se hace a un lado de un salto y continúa aullando,
continúa gimiendo y mostrando los dientes mientras el caballero ha vuelto a pensar en su mujer, en
el neblí y en el laúd de amor, y se olvida del perro, el perro ha quedado atrás en su memoria como
quedó la Guerra, y así es como el caballero no sabe que el perro ha olido alrededor de la armadura
el tufo de la muerte y del infierno, pues el perro ya sabe lo que todavía no sabe el caballero, el perro
ya sabe que en la ingle del caballero una buba ha empezado a destilar los jugos de la peste negra, y
que la Muerte y el Diablo aguardan al caballero al pie de la colina para llevárselo con ellos, porque
si el caballero leyese lo que ahora escribo pensaría, siguiendo un orden análogo al de sus anteriores
razonamientos aunque en sentido contrario, el caballero pensaría que así como el perro se ha
detenido donde el caballero pasa de largo, así también los caballeros acaso se detengan donde los
Papas y los Emperadores pasan de largo, de modo que quizá los Papas y los Emperadores ignoren a
los caballeros, pensarían que la guerra de los caballeros es, para Papas y Emperadores, como el
hedor de la Muerte y el Diablo que sólo los perros husmean, y siempre dentro de este raciocinio el
caballero pensaría que quizá los Papas y los Emperadores se detengan donde Dios pasa de largo,
que quizá jueguen un ajedrez que para Dios no cuenta, quiero decir que quizá Dios no vea ese
tablero y a sus ojos el sacrificio de las piezas no valga nada y el caballero no sea absuelto de sus
pecados en gracia de sus artificios en la Guerra ni sea recibido en el Paraíso, quiero decir que si el
caballero razonase de esta manera pensaría que tal vez las realidades que atrapan a los hombres,
sean reyes o campesinos, forman un tejido que no atrapa a Dios al igual que el caballero ha
atravesado, sin verla, la malla que no atraviesa el perro, no obstante que la malla fue urdida para el
caballero y no para el perro, no obstante que las realidades de los hombres están trenzadas para
Dios, pero el caballero no leerá lo que ahora escribo y ya llega al pie de la colina, feliz con la
esperanza de que su vida haya entretejido la red en la que caiga la mosca Papa, en la que caiga la
mosca Emperador, feliz con la esperanza de que Papas y Emperadores hayan tejido la otra red en la
que caerá Dios, mientras allá abajo, en el camino, el perro que confunde el trueno de la Guerra con
el trueno de la tempestad sigue y sigue entablando otra guerra en la que el caballero confunde el
ladrido de la muerte con el ladrido del perro.
JONÁS Y LA BALLENA
Jonás hostiga a la Ballena, la insulta, la provoca, le dice que se aprovecha de los peces
pequeños pero que es incapaz de devorar a un hombre, la llama arenque, mojarrita y otros epítetos
injuriosos. Al fin la Ballena, harta de verse así vilipendiada o acaso para hacer callar a ese
energúmeno, se traga a Jonás sin hacerle el menor daño. Una vez dentro del vientre de la Ballena,
Jonás empiezaa correr de aquí para allá. Profiere ladridos, da puñetazos y puntapiés en las paredes
del estómago de la Ballena. Al cabo de unas horas la Ballena, enferma de náuseas, vomita a Jonás
sobre la playa. Jonás cuenta a todo el mundo que permaneció un año en el interior de la Ballena,
inventa aventuras heroicas, afirma que la Ballena le tuvo miedo. Moraleja: si eres grande y
poderoso como una ballena y algún Jonás te desafía no lo devores, porque lo vomitarás
transformado en héroe.
NO METER LA PATA CON LA PATA DE MONO
Los otros días fui a ver La pata de modo, un cuento de cierto señor W. W. Jacobs, a quien no
conozco, adaptada para el teatro por otro señor Marco Denevi, a quien conozco menos.
La acción transcurre en una casa de clase media, en Inglaterra. Allí vive el matrimonio
White con su hijo Herbert, un muchacho simpático. Es de noche y afuera sopla el viento. Llega un
tal Morris, sargento mayor o cosa así. Acaba de regresar de la India y trae consigo una pata de mono
disecada. Dice que es un amuleto al que un faquir dotó de poderes mágicos: tres hombres pueden
pedirle, cada uno, tres deseos, y la pata de mono se los concederá. Después de varios dimes y
diretes que no interesan, la pata de mono queda en poder de los White y su hijo Herbert induce al
señor White a pedirle algo a la pata, así, como una broma. El señor White le pide doscientas libras,
suma modesta que alcanzaría para pagar la hipoteca de la casa. Apenas ha formulado su deseo, el
señor White lanza un grito y arroja la pata de mono al suelo: asegura que la pata se retorció en su
mano como una víbora. La mujer y el hijo fingen creer que todo es pura imaginación, pero se veía
que estaban impresionados. También yo. Se van a dormir y termina el primer acto.
El segundo acto transcurre a la mañana siguiente. Herbert se dirige a su empleo en una
fábrica. El matrimonio White sigue comentando (la escena es aburrida y demasiado larga) lo que
sucedió la noche anterior con la pata de mono. Llaman a la puerta. La señora White abre. Es un
hombre vestido de negro y muy nervioso. Lo hacen entrar. El desconocido no se decide a hablar
claro. Al fin, después de muchas vueltas, revela el objeto de su visita: es un enviado de la fábrica
donde trabaja Herbert, viene a anunciarles que al muchacho lo agarró una máquina y, bueno, murió.
El señor y la señora White, espantados, aturdidos por la terrible noticia, no se mueven. Entonces el
hombre les ofrece, como indemnización por la muerte de Herbert, doscientas libras. La señora
White lanza un alarido y el señor White cae desmayado.
Fin del segundo acto.
Tercero y último acto. Otra vez de noche. El señor White mira el vuelo de una mosca
imaginaria. La señora White va y viene como una sonámbula. Pronuncia frases distraídas, las
interrumpe por la mitad, se queda con la vista perdida en el vacío. Los dos pobres viejos están como
idiotizados por el dolor. Y de golpe la señora White empieza a gritar:
―¡La pata de mono! ¡La pata de mono! ¿Dónde está?
El señor White se pone de pie, mira para todas partes, no comprende. A la señora White se le
ha ocurrido una idea, obvia, por lo demás. El señor White formuló uno solo de los tres deseos.
Dispone de otros dos. ¿Por qué no volver a hacer la prueba? ¿Por qué no pedirle que Herbert
recupere la vida? El señor White se niega.
―Hace diez días que está muerto ―solloza―. El día en que murió lo reconocí por la ropa.
Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras, imagínate ahora.
―¡Tráemelo! ―insiste la señora White completamente histérica―. ¿Crees que temo al niño
que he traído al mundo?
Luego de una prolongada discusión el señor White accede de mala gana, busca la pata de
mono y temblando de pies a cabeza pronuncia el segundo deseo: que Herbert resucite. Y otra vez
arroja la pata de mono al suelo, señal de que nuevamente se había retorcido como una víbora.
Luego va a sentarse en su sillón, oculta el rostro entre las manos, está hecho una piltrafa. En cambio
la señora White, impaciente ansiosa, se asoma a la ventana. El tictac del reloj crece, decrece, vuelve
a crecer y a decrecer, para que el público se dé cuenta de que pasan las horas. Chasqueada, la pobre
señora White se derrumba sobre una escuálida sillita junto al fuego.
Y de pronto golpes en la puerta.
―¡Es Herbert! !Es Herbert! ―grita la mujer―. ¡Había olvidado que el cementerio está a
dos millas y que mi pobre niño tuvo que venir caminando!
Quiere abrir la puerta, pero el marido trata de impedírselo.
―¡Por el amor de Dios ―gime el cobarde― no lo dejes entrar!
―¿Tienes miedo de tu propio hijo? ¡Suéltame! ¡Ya voy, Herbert, ya voy!
Luchan como demonios. Entre tanto siguen resonando los golpes en la puerta. Una escena
escalofriante. Yo no podía mantenerme quieto en la butaca. Hasta que la señora White consigue
zafarse y corre hacia la puerta. Pero la puerta tiene colocada la tranca. La señora White, no
pudiendo alcanzarla, busca una silla, arrastra la silla hasta la puerta, se sube a la silla, levanta la
tranca, desciende de la silla, aparta la silla. Esa demora es aprovechada por el señor White para
buscar la pata de mono, encontrarla en un rincón y balbucear en voz baja el tercero y último pedido.
Respiré.
Pero cuando la señora White abre, por fin, la puerta, comprueba con horror, también yo
compruebo con horror que no hay nadie, que Herbert no está, que el bobalicón del señor White le ha
pedido a la pata de mono que el muchacho vuelva a la tumba. Aquello era inaudito, era
sencillamente inconcebible. No sé como pude reprimir el deseo de trepar al escenario y propinarle a
ese imbécil una paliza. Opté por salir rápidamente del teatro. Hablaría a solas con el señor White. El
infeliz amaba a su hijo, nadie lo duda. El error lo había cometido de buena fe, obnubilado por el
miedo. Yo lo instruiría para que en las próximas funciones no reincidiese en la misma torpeza.
Lo visité en su casa, cuyas señas obtuve en el mismo teatro haciéndome pasar por periodista.
Vivía solo y me recibió con una obsequiosidad repugnante. Mi primera impresión fue que era un
viejo sin mayores luces, así se explicaba la inexplicable sandez que había cometido. Lo malo es que
dos personas tan simpáticas como la señora White y Herbert debían pagar las consecuencias. Por
fortuna ahí estaba yo para poner las cosas en su lugar.
―¿Qué le pareció La pata de mono? ―me preguntó el macaco.
―Magnífica. Pero en la última escena usted se comporta como un chambón.
―¿Yo? ―se azoró, al punto de que las cejas se le unieron en una sola como un bigote
postizo que se hubiese pegoteado en mitad de la frente.
―Usted. ¿Qué le pidió, la tercera vez, a la pata de mono?
―Que Herbert desaparezca.
―Mal hecho. Debió pedirle que Herbert volviera a ser lo que era antes del accidente.
―Pero…
―No me interrumpa. Una de dos: o la pata de mono no tiene poderes mágicos, y entonces
las doscientas libras fueron pura casualidad y los golpes en la puerta era el viento, o sí los tiene y la
señora White, al abrir, se encontraba con su hijo sano y salvo.
De pronto tomó un aire engreído.
―Disculpe, pero el autor quiere que las dos versiones, la fantástica y la realista, sean
igualmente válidas y que el espectador elija la que más le guste. En la versión que usted, propone
eso es imposible.
Sofrené mi cólera.
―¿Que el espectador elija? ¿Qué espectador? Yo no quiero elegir.
Quiero que sea el autor quien tome la decisión. Muy bonito. Para lavarse las manos y
echarnos a nosotros todo el fardo, lo obliga a usted a desperdiciar estúpidamente el tercer deseo,
obliga a esa pobre madre a vivir el resto de sus días en la más negra aflicción.
―Yo no soy quién para introducir modificaciones en la obra.
―Usted es el padre de Herbert, qué cuernos. ¿Qué habría hecho cualquier otro padre en su
lugar? Pedirle a la pata de mono que reconstruyese el cuerpo de su hijo. ¿La pata de mono no
cumplía? Paciencia, todo había sido un cuento del tío de ese Morris. ¿Cumplía? Albricias: ahí
estaba Herbert sin un rasguño. Pero para que nosotros nos devanemos los sesos entre la versión
fantástica y la versión realista, el señor W. W. Jacobs y el otro cómplice, Denevi, lo arrastran a usted
a perpetrar ese final absurdo, ese desenlace ridículo. Pero usted no sea papanatas. Rebélese, y en la
próxima función haga lo que yo le digo.
Bruscamente se puso amable.
―Está bien, señor, no se exalte.
―¿Qué quiere insinuar con eso de que no me exalte? No me exalto, pero ciertas cosas me
sacan de quicio. Usted no me parece mala persona. Sin embargo, todavía no ha comprendido que
Jacobs y Denevi lo han engañado. No se deje manejar por esos dos canallas. Usted, esta noche,
respetará el texto hasta el momento de pedir el tercer deseo. Ya sabe, entonces pida que Herbert
vuelva a ser el que era antes de que lo agarrase la máquina. Veremos que sucede. O al abrir la puerta
no hay nadie, en cuyo caso usted se librará de todo remordimiento por haber pedido las doscientas
libras, o ahí está Herbert vivito y coleando y sin las consecuencias del accidente. Imagínese la
alegría de la pobre señora White.
De golpe el señor White, a quien yo había tomado por un viejo sin carácter, me reveló quién
era.
―¡Salga de mi casa! ―Tronó, rojo como un apoplético al borde del colapso― ¡Salga o
llamo a la policía!
Era un sádico, un padre descastado. Se burlaba de su mujer, de su hijo, de los espectadores,
de mí. ¡Y yo, candorosamente, había ido a apelar a sus buenos sentimientos! Quizá, la primera vez,
se había prestado con inocencia y temor a las maquinaciones de los dos granujas de Jacobs y
Denevi. Ahora, después de varias funciones, se cebaba en ese juego abyecto. Me costó, porque se
defendió con inesperada energía, pero conseguí librar al mundo de semejante monstruo.
LAS CONCIENCIAS TRANQUILAS
Un salón suntuoso donde se realiza una fiesta. Los más jóvenes danzan al compás de la
música. Se ven sedas, joyas, plumas, condecoraciones, entorchados, mucetas, pelucas, dentaduras
postizas, un ojo de vidrio, hermosísimo.
Llega el INSPECTOR. Las conversaciones se interrumpen. Los bailarines dejan de bailar.
La música calla. Se hace un gran silencio.
―EL INSPECTOR: La policía ha recibido un anónimo en el que su autor, tal vez sea un
loco, tal vez no lo sea, amenaza con matar esta misma noche, en este salón, a la persona, no dice
quién, responsable de su desgracia, no dice cuál.
Todos se sonríen, se encogen de hombros, se miran entre sí.
Piensan. A medida que piensan sus rostros se demudan, palidecen, tiemblan. De golpe todos,
salvo uno, gritan:
―¡Cerrad las ventanas! ¡Barricad las puertas! ¡Apagad las luces!
En medio de un gran desorden las ventanas son cerradas; las puertas, atrancadas; las luces,
apagadas. Todos, salvo uno, corren a esconderse.
―EL INSPECTOR: ¿Y usted?
―Por lo visto, soy el único que tiene la conciencia tranquila.
―EL INSPECTOR: ¿Ningún cargo, ningún reproche, ningún remordimiento?
―Mi conciencia es un cristal transparente.
―EL INSPECTOR: ¿Ese anónimo no lo empaña con el recuerdo, siquiera vago, de alguna
culpa?
―No.
―EL INSPECTOR: (EN VOZ ALTA) Pueden salir. El autor anónimo ha sido descubierto.
Se lo lleva, esposado. Reaparecen todos los demás. Las conversaciones, la música y el baile se
reanudan, más animados que antes.
EPIDEMIAS DE DULCINEAS EN EL TOBOSO
El peligro está en que, más tarde o más temprano, la noticia llegue al Toboso. Llegará
convertida en la fantástica historia de un joven apuesto y rico que, perdidamente enamorado de una
dama tobosina, ha tenido la ocurrencia (para algunos, la locura) de hacerse caballero andante.
Las versiones, orales y disímiles, dirán que don Quijote se ha prendado de la dama sin
haberla visto sino una sola vez y desde lejos. Y que, ignorando cómo se llama, le ha dado el nombre
de Dulcinea. También dirán que en cualquier momento vendrá al Toboso a pedir la mano de
Dulcinea.
Entonces las mujeres del Toboso adoptan un aire lánguido, ademanes de princesa,
expresiones soñadoras, posturas hieráticas. Se les da por leer poemas de un romanticismo
exacerbado. Si llaman a la puerta sufren un soponcio. Andan todo el santo día vestidas de lo mejor.
Bordan ajuares infinitos. Algunas aprenden a cantar o a tocar el piano. Y todas, hasta las más feas,
se miran en el espejo y hacen caras.
No quieren casarse. Rechazan ventajosas propuestas de matrimonio. Frunciendo la boca y
mirando lejos, le dicen al candidato: «Disculpe, estoy comprometida con otro». Si sus padres les
preguntan a qué se debe esa actitud, responden:
«No pretenderán que me case con un cualquiera». Y añaden: «Felizmente no todos los
hombres son iguales».
Cuando alguien narra en su presencia la última aventura de don Quijote, tienen crisis
histéricas de hilaridad o de llanto. Ese día no comen y esa noche no duermen. Pero el tiempo pasa,
don Quijote no aparece y las mujeres del Toboso han empezado a envejecer. Sin embargo siguen
bordando ajuares y mirándose en el espejo. Han llegado al extremo de leer el libro de Cervantes y
juzgarlo un libelo difamatorio.
AMOR ANGÉLICO
Aún sabiendo que vencerá, el ángel consiente en luchar con Jacob hasta el alba porque los
ángeles ignoran el desprecio.
LOS INCENDIARIOS
A la luz del fuego son hermosos. En medio del fragor de los derrumbamientos semejan
dioses. Su voz, cuando se sobrepone a los clamores de las víctimas, suena como una música terrible.
Los miramos a través del miedo, del dolor o de la desesperación y nos parecen de elevada estatura,
jóvenes, vigorosos, seguros de sí mismos, espléndidos, audaces, turbulentos, heroicos, quizá
despiadados. Pero después que las llamas se apaguen, después que el humo se haya disipado y la
multitud se disperse, los veremos hurgar en las cenizas con un bastoncito. Sin la decoración de las
catástrofes son viejos, feos, sucios, escuálidos, tienen mal aliento y los ojos empañados de catarata,
visten ropa raída, les falta un brazo o una pierna, escupen fétidas salivas. Y si intentamos buscar
entre los escombros los restos torcidos y chamuscados de nuestras riquezas, ellos nos golpearán con
el bastoncito y cacarearán un vocabulario de comadre a quien le roban en el mercado sus hortalizas.
EL IDIOTA
Cuenta fray Jerónimo de Zúñiga, capellán de la prisión del Buen Socorro, en Toledo, que el
7 de junio de 1691 un marinero natural de las Indias Occidentales, de nombre Pablillo Tonctón o
Tunctón, de raza negra, condenado al auto de fe por brujo y otros crímenes contra Dios, se evadió
de la cárcel y de ser quemado vivo pidiendo a sus guardianes, tres días antes de marchar a la
hoguera, una botella y los elementos necesarios para construir un barco en miniatura encerrado
dentro del frasco. Los guardianes, aunque el tiempo de vida que le quedaba al reo era tan breve,
accedieron a sus deseos. Al cabo de los tres días el diminuto navío estaba terminado en el interior
del vidrio. La mañana señalada para la ejecución del auto de fe, cuando los del Santo Oficio
entraron en la celda de Pablillo Tonctón, la encontraron vacía lo mismo que la botella. Otros
condenados que aguardaban su turno de morir afirmaron que la noche anterior habían oído un ruido
como de velas, chapoteo de remos y voces de mando.
DIVINA COMEDIA
Los réprobos alegaron que administrarles el castigo del Infierno y exigirles que
simultáneamente se impongan a sí mismos la pena del arrepentimiento equivalía a sancionar dos
veces el mismo pecado, a transgredir el non bis in ideni, y Dios les dio la razón. Además
―decían― ¿qué objeto tiene arrepentirse si la condena es por toda la eternidad? Otra vez Dios
estuvo de acuerdo. Ahora las almas de los réprobos se jactan de sus pecados y, a despecho de los
tormentos a que están sometidas, encuentran que el Infierno es un lugar confortable. Pero Dios ya
dio su palabra y no se puede retractar.
LOS MAGNÍFICOS CORNUDOS
Durante nueve años Françoise de Foix fue amante de Francisco I. Hasta que el rey se aburrió
de ella y la reemplazó por otra. Entonces Jean de Laval, sire de Châteaubriant y marido de
Françoise, la acusó de adulterio y la obligó a abrirse las venas.
DIÁLOGO SOBRE LOS DIOSES
―¿Para qué elevas súplicas a los dioses? Si ellos siempre accedieran a tus ruegos, sería tu
voluntad y no la suya la que rigiese el universo.
―Y si nunca accedieran, también.
LAS GRANDES MURALLAS CHINAS
Giovanni Papini (Il Diavolo, Florencia, 1958) pasó revista a todas las teorías y a todas las
hipótesis sobre el Diablo. Me llama la atención que omita o ignore el librito de Ecumenio de Tracia
(?-circa 390) titulado De natura Diaboli.
Se trata, no obstante, de un estudio demonológico cuya concisión no obsta a su originalidad
y a su enjundia. Ecumenio atribuye sus ideas a un tal Sidonio de Egipto, de la secta de los esenios.
Pero como en toda la literatura cristiana y rabínica de los siglos I-V nadie sino él cita a ese Sidonio,
podemos conjeturar que el padre de la teoría es el propio Ecumenio, quien echó mano de un recurso
muy en boga en su época, la de inventar un autor imaginario de quien el auténtico autor no
pretendía ser más que un glosador o comentarista, porque la amenaza del anatema por herejía había
empezado a amordazar la libertad del pensamiento cristiano.
Resumiré en pocas palabras el tratadito de Ecumenio.
De distintos pasajes de la Biblia (Job, 1, 6-7; Zacarías, 3, 1, I Reyes, 22, 19 y ss., I
Paralipómenos, 21, 1) se deduce que las funciones de Satán eran las de espiar a los hombres,
informar luego a Dios, acusarlos delante de Dios a la manera de un fiscal e inducirlos a una
determinada conducta. Según Sidonio (es decir, según Ecumenio), cuando Dios decidió que uno de
sus hijos (=ángeles) se encarnase en carne de hombre, se hiciera hombre y, después de enseñar la
Ley en su prístino esplendor oscurecido por las interpretaciones capciosas o acomodaticias, sufriese
pasión y muerte y redimiera al género humano, eligió naturalmente a Satán.
Así Satán fue el primer Mesías, el primer Cristo.
Pero Satán, en cuanto se encarnó en hombre, se alió a los hombres e hizo causa común con
ellos. En esto consiste la rebelión de Satán: haberse puesto del lado de los hombres y no del lado de
Dios.
Que lo haya echo por maldad, por piedad o por amistad hacia los hombres o por envidia y
odio hacia Dios es lo que Ecumenio analiza con un detalle casuístico digno del padre Suárez.
Esa parte del tratado no me interesa. Me fascina, en cambio, la hipótesis, de una increíble
audacia, de qué Satán, antiguo fiscal y espía de los hombres, apenas se hizo hombre se plegó a los
designios de los hombres y desobedeció los planes divinos, obligando a Dios, en la segunda
elección del Mesías, a elegirse a sí mismo en la persona del Hijo para no correr el riesgo de una
nueva desobediencia, la tercera después de la de Adán y Lucifer.
ASÍ HABLA EL NUEVO ZARATUSTRA
Que nuestras técnicas para la toma del poder sean la calumnia, la extorsión, el robo y el
asesinato. Una vez en el poder, nuestra moral quedará automáticamente restaurada.
UN FANÁTICO DE LA ETIQUETA
En Bizancio la etiqueta era rígida y minuciosa. Basta leer el Libro de las Ceremonias que
mandó compilar Constantino VII Porfirogeneta. Ahí están previstos y reglamentados todos los actos
del emperador, desde que se levantaba hasta que se acostaba, hora por hora y día por día. Pero,
hasta el reinado de Constantino VIII, hijo de Romano Lecapeno, nadie se había atrevido a
reglamentar la muerte del emperador.
Este Constantino VIII subió al trono siendo casi un niño, pero no pudo evitar que el tiempo
lo volviera viejo y débil. Se le cayeron los dientes y los cabellos y tenía la piel como una hoja seca
donde se transparentan las nervaduras. Los dignatarios de la corte lo vigilaban discretamente y
aguardaban su muerte. Pero el Basileus no se moría.
Pasaron otros muchos años, Constantino VIII se puso tan flaco que vacilaba bajo el peso de
las vestiduras. Su rostro, entre las arracadas de pedrería, dejó ver la forma de la calavera. Los ojos,
enceguecidos por la catarata, eran dos perlas engarzadas en los podridos terciopelos de las órbitas.
La corona y la mitra le resbalaban por el cráneo pelado. Sus manos no podían sostener el cetro de
oro ni el incensario, que a cada rato rodaba por el suelo, en el sancta sanctorum, en medio del
espanto de los diáconos. Pero el Basileus no se moría.
Ya los dignatarios de la corte no disimulaban su estupor ni los más audaces su impaciencia.
Temían las intrigas de los estrategos, la rebelión del populacho, que una vez había asaltado
el palacio y lapidado a Miguel el Calafate. Inútilmente el Sebastocrátor se arrodilló a los pies del
emperador y lo instó a morir como hombre puesto que como Basileus era inmortal. Pero
Constantino VIII no se moría.
Hasta que alguien se atrevió a añadir, en el Libro de las Ceremonias, la reglamentación que
faltaba. Inmediatamente Constantino VIII cayó muerto en su trono.
EPÍLOGO DE LAS ILÍADAS
Desde el alcázar del palacio lo vio llegar a Itaca de regreso de la guerra de Troya. Habían
pasado treinta años desde su partida. Estaba irreconocible, pero ella lo reconoció.
―Tú ―le dice a una muchacha―, siéntate en mi silla e hila en mi rueca. Y ustedes ―añade
dirigiéndose a los jóvenes―, finjan ser los pretendientes. Y cuando él cruce el lapídeo umbral y
blandiendo sus armas quiera castigarlos, simulen caer al suelo entre gritos de dolor o escapen como
del propio Ayax.
Y la provecta Penélope de cabellos blancos, oculta detrás de una columna, sonreía con
desdentada sonrisa y se restregaba las manos sarmentosas.
LAS MUJERES SABIAS
Los hombres la creen tonta. Creen que no se da cuenta de nada, que lo único que sabe hacer
es maquillarse, sonreír, manejar con gracia el abanico y tocar el clavicordio. Roxana no mata una
mosca, dicen. Está siempre en las nubes, dicen. En fin, la tienen por una perfecta babieca a la que se
la puede engañar como a un niño. Pero es ella quien engaña a todos. Ha comprendido desde el
primer momento que las cartas de Cristián las escribe Cyrano. Y que el famoso discurso debajo de
su balcón lo pronunció Cyrano (reconoció su horrible voz gascona) y no Cristián. Sabe que Cyrano
es una lumbrera y que Cristián es un burro. Pero ama a Cristián y no ama a Cyrano. De modo que
sigue la comedia. ¿O qué pretendemos? ¿Que admita, delante de todos nosotros, no ignorar las
pocas luces de Cristián y, sin embargo, estar enamorada de ese borrico? Entonces sí que la
pondríamos en la picota. Sus amigas, sobre todo, se burlarían de ella. En cambio nos convence de
que está convencida de la inteligencia de Cristián gracias a los trucos de Cyrano. Después que se
case con Cristián todo el gasto de cerebro lo hará ella, aunque atribuyéndoselo a su marido.
LOS ANIMALES DEL GÉNESIS
Recién expulsado del Paraíso, Adán hizo una aparición una espectacular entre los animales.
Todos reconocieron en él a una criatura más poderosa que los demás habitantes del agua, del aire y
de la tierra. Pero mientras algunos corrieron a someterse, otros, orgullosos de su libertad, prefirieron
mantenerse apartados. A estos últimos Adán los llamó fieras salvajes.
VINDICACIÓN DE FEDRA
Un hijo a quien pueda amar sin incurrir en incesto, es una tentación a la que ninguna mujer
se resiste.
NOTICIAS DE UN DESCONOCIDO
Desde que esa gente vino a vivir en este pueblo, a todos nos llamó la atención el hijo menor,
que entonces andaría por los doce años. Saltaba a la vista que allí había algo raro. Según supe
después, el viejo se casó dos veces. Del primer matrimonio le nacieron seis hijos, todos con la cara
del padre. Cuando enviudó, volvió a casarse con una mujer mucho más joven que él y que le dio, si
uno les cree, ese séptimo hijo tan extraño.
¿Por qué, extraño? Véalo y después me dará la razón. Todos en su familia son de mediana
estatura y morenos. Él es alto y rubio. La naturaleza tiene a veces caprichos, lo sé. Pero espere, hay
algo más. Se trata de gente humilde, de obreros. Gente rústica. Sin embargo el muchacho siempre
tuvo modales como si se hubiese criado entre personas de alto rango, usa un vocabulario de hombre
que ha leído mucho. Dejemos, pues, la figura ya demasiado hermosa, demasiado aristocrática como
para que uno no entre en sospechas. Pero ¿y la educación? ¿Quién le dio esa educación como usted
sólo puede encontrarla en la gente rica? ¿Caprichos de la naturaleza, también?
Es inútil que pretenda describírselo. Vaya y véalo. Después comprenderá qué es lo que
quiero decir. Véalo cómo camina, cómo se mueve. óigalo hablar. En seguida se va a dar cuenta de
que alrededor de ese muchacho hay un secreto, un misterio. Desde el primer día se lo comenté a mi
mujer. Sara ―le decía yo―, ese chico no es el hijo del viejo ni de la mujer que pasa por ser su
madre, ese chico proviene de una familia poderosa que, vaya uno a saber los motivos, lo puso en
manos de esta gente para que lo cuide. Sara se burlaba de mí. Pero ahora se convenció, por fin.
Hay ciertas cosas que nos delatan. Cosas que un hombre, si conoce lo que es el mundo, sabe
interpretar debidamente. Yo he vivido, señor. He viajado, he estado en grandes ciudades, me he
codeado con toda clase de gente. Pues bien: ese muchacho tiene algo, algo que sólo yo he podido
descubrir en él. Los demás, en el pueblo, hablan mucho, pero nadie ha dado en el clavo. Ahora tiene
dieciocho años y es un joven apuesto, lo cual no bastaría para que ocurra lo que ocurre a menudo;
que cualquier forastero que pasa por este lugar y lo ve, pregunta quién es y después se queda
mirándolo con una especie de intriga, con una preocupación. Entonces ¿estoy equivocado, yo?
Le aclaro, para que no entienda una cosa por otra, que es afable y cortés con todo el mundo,
aunque su amabilidad tenga esa finura de modales y de léxico que por más que me digan no pudo
aprender sino en otra parte, en otros ambientes. Pero lo mira a usted en los ojos y usted siente un
escalofrío que le corre por la espalda, un estremecimiento como de felicidad y al mismo tiempo de
pánico. Es que los ojos lo traicionan. Son los ojos de un rey o de un príncipe. Tiene una mirada que
nunca es horizontal aunque uno esté colocado a su misma altura, una mirada que no va de sus ojos a
los nuestros sino que parece descender desde arriba ¿Sabe? Como si estuviese acostumbrado a
mandar y a ser obedecido. Así que acuérdese de mis palabras: en cualquier momento se aparecerá
por aquí alguna gran comitiva y se lo llevará lejos, junto a sus verdaderos padres.
Pero no es orgulloso, qué esperanza. Ya se lo dije: es dulce y hasta sencillo. Sin embargo hay
que ser muy estúpido para no darse cuenta de que ese muchacho pertenece a un mundo de reyes y
de príncipes. Ahora vive en el exilio, eso creo. Sufre, yo qué sé, la pena del destierro o acaso sea la
víctima de algún abandono, de alguna gran injusticia tramada contra él o contra sus verdaderos
padres. Me da la impresión de que está esperando que vengan a rescatarlo. Sí, espera. Espera que
alguien llegue, que suceda algo. Mientras tanto permanece abstraído, no digo indiferente ni
desdeñoso sino abstraído, como si supiese que lo que lo rodea es momentáneo y que pronto todo
cambiará para él.
Yo, poco a poco, fui haciéndome amigo de la familia, de la familia postiza en cuya casa se
aloja. En todos estos años los visité con frecuencia y así pude advertir ciertos detalles que
confirmaron mi teoría. El viejo, por ejemplo. El viejo es un anciano severo, un tanto rudo, una
especie de patriarca de clase proletaria. En su presencia la mujer y los hijos no abren casi la boca. Y
sin embargo con el muchacho el viejo depone su autoridad. Lo trata, no sé, con una mezcla de
respeto y de timidez, con una consideración que ningún otro padre anciano tiene por un hijo
jovencito. Como si el muchacho fuese un huésped de honor que él alberga en su casa. ¿Se da
cuenta?
También la madre. En los primeros tiempos tanta abnegación me chocaba un poco, me
parecía enfermiza. Ya no. Ahora la justifico. Ahora comprendo por qué está pendiente del
muchacho, por qué lo vigila discretamente, atenta al menor de sus gestos. Le habrán encargado que
vele por él y ella se desvive, quizá tenga miedo de no cuidarlo lo suficiente, que cuando vengan a
llevárselo le echen en cara algún descuido, alguna negligencia. Años atrás Sara me decía:
―¿No será que está enfermo, que es delicado de salud, que su vida corre peligro y que
morirá pronto, y por eso los padres le guardan tantos miramientos? Me hacían reír esas suposiciones
de Sara. Aunque de formas esbeltas, el muchacho es robusto, vende salud. Yo, yo intuía la verdad:
―Lo que pasa es que el falso hijo tiene una categoría social superior a la de ellos, que sólo
son sus guardianes. Sara dudaba. Ahora no duda más.
Como comprenderá, no tiene amigos. Hasta sus propios hermanos conservan la distancia.
Todos lo tratan con mucha deferencia, pero no se animan a intimar con él. Eh, sí, se comprende. A
los jóvenes les gusta juntarse entre ellos, pero recelan de aquel joven que no se les parezca, que no
sea su igual. Y él es distinto de todos. Distinto y encima superior. Ellos, pues, lo estudian desde
lejos, como a un enigma que no aciertan a descifrar. En cuanto a las muchachas, lo espían de reojo,
pensativamente, con una insistencia nada descarada, al contrario, yo diría dolorosa.
De resultas de todo esto que le cuento, el muchacho es un ser solitario. Por lo que sé, sus
únicas distracciones consisten en pasearse, sin ninguna compañía, por los alrededores del pueblo.
Durante el día trabaja en el taller del supuesto padre. Verlo trabajar encoge el corazón, porque con
esa figura a uno le parece que no está bien que trabaje, que es una humillación, y sin embargo él no
se queja, al contrario, pone mucha voluntad. Apenas cae el sol, sale a caminar siempre solo, siempre
ensimismado. ¿En qué pensará? comadrea la gente. ¿En qué pensará un mancebo de dieciocho años
que se aparta de los demás? Yo me callo, pero tengo la respuesta. El joven no ignora quién es. Y
quizás esté fraguando planes para recuperar la fortuna o el trono que le quitaron. Quizás evoque su
infancia, seguramente feliz. O se pregunte por qué los padres lo abandonaron, recuerde terribles
desgracias familiares. O lo aflija que tarden tanto en venir a rescatarlo, tenga miedo de que se hayan
olvidado de él.
Yo trato de buscarle conversación. Algunos regalos le hice, no lo negaré. ¿Sabe? Para que el
día en que vuelva a ser poderoso me tenga presente. Pero es inútil: a pesar de su amabilidad, no
puedo franquear la raya que nos separa. Y cuando me hunde esa mirada descendente, me aturdo y
me quedo callado.
Hasta unos días atrás vivía en el pueblo un supuesto primo suyo, hijo de una prima hermana
de su supuesta madre. Eran el día y la noche, lo que no es nada raro ya que en realidad, según mi
teoría, no son parientes. El primo es un mocetón de piel oscura, velludo como un mono, áspero y
tosco, vestido de cualquier forma, con un vozarrón, unos pelos largos y unas barbas tupidas que
meten miedo. Nunca me gustó ese individuo. Andaba mal entrazado, además tiene la mirada
demasiado fuerte. A menudo hablaba solo, moviendo la mandíbula como si mascase cascotes.
Trabajar, no trabajaba.
Pero se lo veía siempre con un libro bajo el brazo. He oído decir que perteneció a una secta
de esas que estudian ciencias ocultas o cosa así. Un sujeto temible. La gente lo rehuía.
Pues bien, más de una vez, cuando el muchacho cruzaba el pueblo caminando despacio,
sumido en sus cavilaciones, rumbo a los bosquecitos que hay en las afueras, el primo lo seguía a
distancia, como vigilándolo. Regresaban a las dos o a las tres horas, siempre separados, él delante,
el primo detrás, propiamente el perseguido y el perseguidor. Primero esas idas y venidas me picaron
la curiosidad. Después me alarmé. Usted sabe, yo velo por la moral de este pueblo.
Ahora esté atento, porque voy a confiarle lo que no he dicho a nadie, salvo a mi mujer.
Sucedió hace una semana.
Había resuelto seguirlos sin que me vieran y espiar a dónde iban y qué hacían. Así fue.
Caminaban engolfados cada uno en sus pensamientos. Ninguno de los dos advirtió que yo los
seguía. Llegaron a un monte de higueras que hay junto al arroyo. El muchacho se sentó sobre un
tronco caído, a la sombra de una de las higueras. Se mantuvo quieto, como esperando al otro. Y al
rato el otro se le reunió. Pero el primo permanecía de pie. En seguida comenzaron a conversar en
voz baja. Yo, por más esfuerzos que hice, no pesqué una palabra. Por los ademanes, por ciertos
gestos creí entender que el primo interrogaba al muchacho, lo interrogaba con vehemencia, con una
especie de desesperación o de angustia, y que el rubio respondía en el tono de dulzura y al mismo
tiempo, si usted me interpreta, de dignidad que le es habitual. Ese largo diálogo, más bien ese largo
interrogatorio en el cual el muchacho, varios años menor que su primo, parecía desempeñar el papel
de un maestro acosado por un discípulo insaciable ¿usted me va a decir que es cosa común entre
jóvenes de su edad? ¿Siempre tenían esas pláticas secretas? ¿Y qué necesidad había de salir del
pueblo e ir a esconderse en aquel bosquecito? Algo ocultaban, esos dos. Algo maquinaban. De golpe
se callaron. Seguían mirándose el uno al otro. Pero ya no hablaban. Hubo un gran silencio. Yo no
había podido escucharlos cuando conversaban y sin embargo ahora, apenas dejaron de conversar,
percibí aquel silencio. Se me figuró que todo el bosque había hecho silencio. Qué digo, el bosque:
todo el país y todo el mundo. Fue un silencio terrible, pavoroso. Como si todo, absolutamente todo
a nuestro alrededor, y más allá, hasta el horizonte, y todavía más allá, hasta los últimos confines de
la tierra habitada, hubiese enmudecido un minuto antes de alguna gran catástrofe, un minuto antes
de sucumbir. Sentí un zumbido en los oídos, Sentí en el pecho los desordenados golpes de mi
corazón. Creí que también yo sucumbiría. Tuve un inmenso terror.
El muchacho y el primo, inmóviles, se miraban en los ojos, fijamente, como dos
hipnotizados. Se miraban como si aquel profundo silencio fuese la obra de los dos y aguardasen su
culminación, el desenlace que ambos habían planeado. Se miraron así no sé durante cuánto tiempo,
horas, me parece, o días , o años. Después, poco a poco, el primo empezó a temblar. La ondulación
de sus miembros, de todo su cuerpo lo hacía vibrar como un gran insecto, como si bailase una danza
lasciva. La pelambre le flameaba. De repente lanzó un grito y cayó al suelo. Y en el suelo se
retorcía, daba puntapiés, arañaba la tierra, se revolcaba y echaba saliva, llanto, sudores, tenía
convulsiones de epiléptico o de endemoniado, y aullaba, y bramaba como un toro herido, y yo creí
que estaba transformándose en una bestia salvaje, en un animal feroz con la piel erizada y la lengua
rabiosa, y que en cualquier momento se abalanzaría sobre el muchacho y lo despedazaría a
dentelladas.
La escena era insoportable. Era insoportable sobre todo porque el rubio, en cambio de
socorrer al primo o de escapar, lo contemplaba con la misma expresión grave y melancólica que
tenía durante la conversación. Lo contemplaba como si la agonía furiosa del primo fuese un castigo
que él le había impuesto, acaso contra su propia voluntad. Pero su actitud, frente a los aullidos y a
las contorsiones del otro, ponía los pelos de punta. Yo no podía dar crédito a mis ojos. Todo era una
alucinación, un sueño.
Por fin el primo fue calmándose. Tendido en tierra, ya no se movió ni rugió. Pensé que
estaba muerto. (Pero si estaba muerto ¿cómo es que el rubio permanecía sentado, tan impasible?).
Después se incorporó con los movimientos torpes de quien despierta de una larga pesadilla. Le vi el
rostro palidísimo y los ojos tintos de sangre. Tenía el pelo y la barba más enmarañados que nunca.
Era la imagen de la locura, del horror. Se puso delante del muchacho, de rodillas, se inclinó y le
besó los pies. El muchacho extendió una mano y la posó sobre la cabeza del otro, como
bendiciéndolo o reconfortándolo. Así estuvieron otra eternidad. Después el primo se levantó y, sin
despedirse, sin mirar atrás, se alejó caminando con el paso vacilante del borracho, del herido o del
ciego. El rubio siguió en su sitio por una hora más, sin moverse, más triste que antes. Luego
también él se levantó y se fue. Pero mientras él volvió a su casa y ha continuado la vida de siempre,
el primo abandonó el pueblo y nadie sabe dónde está.
Así que he llegado a la conclusión de que el muchacho le reveló, al primo, quién es. Debe de
ser una revelación terrible, para que haya provocado en ese urso reacciones parecidas a las de la
demencia. Óigame ¿no habría que investigar? ¿No sería bueno someterlo a unas cuantas preguntas?
Con usted no podrá negarse. Y si se niega o usted no se atreve (¡le digo que tiene unos ojos!),
interrogue a los falsos padres, oblíguelos a hablar. Si quiere conocerlo, vaya y busque la carpintería
del viejo José. El hijo, el rubio, se llama Jesús.
CAPILLAS DE LILIPUT
No le mostremos a nadie un amor incondicional. Quien se vea objeto de esa idolatría podrá
creer que, en el fondo, todo nos da lo mismo y que no sabemos distinguir entre lo que le conviene y
lo que no le conviene. Pongamos límites a nuestra adoración con un cartel que diga: «¡Alto! Si
cruzas esta frontera ingresarás en mi desprecio». De lo contrario sospechará que nuestro amor ha
sido el alcahuete de cualquier desgracia que después le ocurra y pondrá fin a su amor por nosotros.
IMPOSTURAS DEL SEÑOR PEROGRULLO
[1] Se trata del perro que aparece en el grabado de Durero que se titula «El Caballero, la
Muerte y el Diablo». <<