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Historia de la Microbiología

El documento resume la historia y el desarrollo de la microbiología como disciplina científica. Comenzó con los primeros avistamientos de microorganismos en el siglo XVII usando microscopios primitivos. En el siglo XIX, figuras como Pasteur y Koch ayudaron a establecerla como ciencia a través de técnicas de cultivo puro y esterilización. Desde entonces, la microbiología ha estudiado la fisiología, genética y ecología de los microbios, dando lugar a disciplinas como la viro
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Historia de la Microbiología

El documento resume la historia y el desarrollo de la microbiología como disciplina científica. Comenzó con los primeros avistamientos de microorganismos en el siglo XVII usando microscopios primitivos. En el siglo XIX, figuras como Pasteur y Koch ayudaron a establecerla como ciencia a través de técnicas de cultivo puro y esterilización. Desde entonces, la microbiología ha estudiado la fisiología, genética y ecología de los microbios, dando lugar a disciplinas como la viro
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Microbiología

Concepto e historia
1. Introducción
2. Desarrollo histórico de la microbiología
3. El debate sobre la generación espontánea
4. Los avances técnicos
5. El papel de los microorganismos en las enfermedades
6. Desarrollo de la asepcia, quimioterapia y antibioterapia
7. El auge de la microbiología general
8. El desarrollo de la imunología
9. El desarrollo de la virología
10. Relaciones entre la microbiología y otras ciencias biológicas
11. Objeto de estudio de la microbiología: material y formal

1    INTRODUCCIÓN AL CONCEPTO Y CONTENIDO DE LA MICROBIOLOGÍA


La Microbiología se puede definir, sobre la base de su etimología, como la ciencia que trata
de los seres vivos muy pequeños, concretamente de aquellos cuyo tamaño se encuentra por
debajo del poder resolutivo del ojo humano. Esto hace que el objeto de esta disciplina venga
determinado por la metodología apropiada para poner en evidencia, y poder estudiar, a los
microorganismos. Precisamente, el origen tardío de la Microbiología con relación a otras
ciencias biológicas, y el reconocimiento de las múltiples actividades desplegadas por los
microorganismos, hay que atribuirlos a la carencia, durante mucho tiempo, de los
instrumentos y técnicas pertinentes. Con la invención del microscopio en el siglo XVII
comienza el lento despegue de una nueva rama del conocimiento, inexistente hasta
entonces. Durante los siguientes 150 años su progreso se limitó casi a una mera descripción
de tipos morfológicos microbianos, y a los primeros intentos taxonómicos, que buscaron su
encuadramiento en el marco de los "sistemas naturales" de los Reinos Animal y Vegetal.
El asentamiento de la Microbiología como ciencia está estrechamente ligado a una serie de
controversias seculares (con sus numerosas filtraciones de la filosofía e incluso de la
religión de la época), que se prolongaron hasta finales del siglo XIX. La resolución de estas
polémicas dependió del desarrollo de una serie de estrategias experimentales fiables
(esterilización, cultivos puros, perfeccionamiento de las técnicas microscópicas, etc.), que a
su vez dieron nacimiento a un cuerpo coherente de conocimientos que constitituyó el
núcleo aglutinador de la ciencia microbiológica. El reconocimiento del origen microbiano
de las fermentaciones, el definitivo abandono de la idea de la generación espontánea, y el
triunfo de la teoría germinal de la enfermedad, representan las conquistas definitivas que
dan carta de naturaleza a la joven Microbiología en el cambio de siglo.
Tras la Edad de Oro de la Bacteriología, inaugurada por las grandes figuras de Pasteur y
Koch, la Microbiología quedó durante cierto tiempo como una disciplina descriptiva y
aplicada, estrechamente imbricada con la Medicina, y con un desarrollo paralelo al de la
Química, que le aportaría varios avances metodológicos fundamentales. Sin embargo, una
corriente, en principio minoritaria, dedicada a los estudios básicos centrados con ciertas
bacterias del suelo poseedoras de capacidades metabólicas especiales, incluyendo el
descubrimiento de las que afectan a la nutrición de las plantas, logró hacer ver la ubicuidad
ecológica y la extrema diversidad fisiológica de los microorganismos. De esta forma, se
establecía una cabeza de puente entre la Microbiología y otras ciencias biológicas, que llegó
a su momento decisivo cuando se comprobó la unidad química de todo el mundo vivo, y se
demostró, con material y técnicas microbiológicas que la molécula de la herencia era el
ADN. Con ello se asiste a un íntimo y fértil intercambio entre la Microbiología, la Genética y
la Bioquímica, que se plasma en el nacimiento de la Biología Molecular, base del
espectacular auge de la Biología desde mediados de este siglo.
Por otro lado, el "programa" inicial de la Microbiología (búsqueda de agentes infectivos,
desentrañamiento y aprovechamiento de los mecanismos de defensa del hospedador)
condujeron a la creación de ciencias subsidiarias (Virología, Inmunología) que finalmente
adquirieron su mayoría de edad y una acentuada autonomía.
Por último, la vertiente aplicada que estuvo en la base de la creación de la Microbiología,
mantuvo su vigencia, enriquecida por continuos aportes de la investigación básica, y hoy
muestra una impresionante "hoja de servicios" y una no menos prometedora perspectiva de
expansión a múltiples campos de la actividad humana, desde el control de enfermedades
infecciosas (higiene, vacunación, quimioterapia, antibioterapia) hasta el aprovechamiento
económico racional de los múltiples procesos en los que se hallan implicados los
microorganismos (biotecnologías).
Así pues, la sencilla definición con la que se abrió este apartado, escondía todo un cúmulo
de contenidos y objetos de indagación, todos emanados de una peculiar manera de
aproximarse a la porción de realidad que la Microbiología tiene encomendada. En las
próximas páginas ampliaremos y concretaremos el concepto al que hemos hecho rápida
referencia. Realizaremos un recorrido por su el desarrollo de la Microbiología a lo largo de
su historia, que nos permitirá una visión concreta de algunos de sus característicos modos
de abordar su objeto de estudio; finalmente, estaremos en disposición de definir este
último, desglosado como objeto material y formal.
OBJETIVOS:
Conocer los objetos de estudio de la microbiología
Reconocer los principales aportes que contibuyeron al seguimiento de esta ciencia
Obtenes una visión general de la materia
Introducir conceptos utilizando el glosario
2    DESARROLLO HISTÓRICO DE LA MICROBIOLOGÍA.
La Microbiología, considerada como una ciencia especializada, no aparece hasta finales del
siglo XIX, como consecuencia de la confluencia de una serie de progresos metodológicos
que se habían empezado a incubar lentamente en los siglos anteriores, y que obligaron a
una revisión de ideas y prejuicios seculares sobre la dinámica del mundo vivo.
Siguiendo el ya clásico esquema de Collard (l976), podemos distinguir cuatro etapas o
periodos en el desarrollo de la Microbiología:
Primer periodo, eminentemente especulativo, que se extiende desde la antigüedad hasta
llegar a los primeros microscopistas.
Segundo periodo, de lenta acumulación de observaciones (desde l675 aproximadamente
hasta la mitad del siglo XIX), que arranca con el descubrimiento de los microorganismos
por Leeuwenhoek (l675).
Tercer periodo, de cultivo de microorganismos, que llega hasta finales del siglo XIX, donde
las figuras de Pasteur y Koch encabezan el logro de cristalizar a la Microbiología como
ciencia experimental bien asentada.
Cuarto periodo (desde principios del siglo XX hasta nuestros días), en el que los
microorganismos se estudian en toda su complejidad fisiológica, bioquímica, genética,
ecológica, etc., y que supone un extraordinario crecimiento de la Microbiología, el
surgimiento de disciplinas microbiológicas especializadas (Virología, Inmunología, etc), y la
estrecha imbricación de las ciencias microbiológicas en el marco general de las Ciencias
Biológicas. A continuación se realiza un breve recorrido histórico de la disciplina
microbiológica, desglosando los períodos 3º y 4º en varios apartados temáticos.
2.1 PERIODO PREVIO AL DESCUBRIMIENTO DEL MICROSCOPIO
Si bien el descubrimiento efectivo de seres vivos no visibles a simple vista debió aguardar
hasta el último tercio del siglo XVII, sus actividades son conocidas por la humanidad desde
muy antiguo, tanto las beneficiosas, representadas por las fermentaciones implicadas en la
producción de bebidas alcohólicas, pan y productos lácteos, como las perjudiciales, en
forma de enfermedades infecciosas.
Diversas fuentes escritas de la antigüedad griega y romana hablan de gérmenes invisibles
que transmiten enfermedades contagiosas. Lucrecio (96-55 a.C.), en su "De rerum natura"
hace varias alusiones a "semillas de enfermedad". En el Renacimiento europeo, Girolamo
Frascatorius, en su libro "De contagione et contagionis" (1546) dice que las enfermedades
contagiosas se deben a "gérmenes vivos" que pasan de diversas maneras de un individuo a
otro. Estos inicios de explicación que renunciaban a invocar causas sobrenaturales fueron
probablemente catalizados por la introducción en Europa de la sífilis, una enfermedad en la
que estaba clara la necesidad de contacto para su contagio. Pero la "cosa" que se transmite
en la enfermedad siguió siendo objeto de conjeturas durante mucho tiempo.
2.2 EL PERIODO DE LOS PRIMEROS MICROSCOPISTAS.
Ya en el siglo XIV, con la invención de las primeras lentes para corregir la visión, surgió una
cierta curiosidad sobre su capacidad de aumentar el tamaño aparente de los objetos. En el
siglo XVI surgieron algunas ideas sobre aspectos de la física óptica de las lentes de
aumento, pero no encontraron una aplicación inmediata. Se dice que Galileo hizo algunas
observaciones "microscópicas" invirtiendo su telescopio a partir de lentes montadas en un
tubo, pero en cualquier caso está claro que no tuvieron ninguna repercusión.
La primera referencia segura sobre el microscopio (1621) se debe a Constantijn Huygens,
quien relata que el inglés Cornelis Drebbel tenía en su taller un instrumento magnificador,
que recibió el nombre de microscopium en l625, en la Accademia dei Lincei, de Roma.
El descubrimiento de los microorganismos fue obra de un comerciante holandés de tejidos,
Antonie van Leeuwenhoek (1632-1723), quien en su pasión por pulir y montar lentes casi
esféricas sobre placas de oro, plata o cobre, casi llegó a descuidar sus negocios. Fabricó
unos cuatrocientos microscopios simples, con los que llegó a obtener aumentos de casi 300
diámetros. En 1675 descubrió que en una gota de agua de estanque pululaba una asombrosa
variedad de pequeñas criaturas a las que denominó "animálculos". En 1683 descubre las
bacterias, por lo que se considera el "padre de la Microbiología". Durante varias décadas
Leeuwenhoek fue comunicando sus descubrimientos a la Royal Society de Londres a través
de una serie de cartas que se difundieron, en traducción inglesa, en las "Philosophical
Transactions". Sus magníficas dotes de observador le llevaron asimismo a describir
protozoos (como Giardia, que encontró en sus propias heces), la estructura estriada del
músculo, la circulación capilar, a descubrir los espermatozoides y los glóbulos rojos (por lo
que también se le considera el fundador de la Histología animal), así como a detallar
diversos aspectos estructurales de las semillas y embriones de plantas. Leeuwenhoek se
percató de la abundancia y ubicuidad de sus animálculos, observándolos en vinagre, placa
dental, etc.
Aunque los descubrimientos de Leeuwenhoek despertaron interés al ser comunicados,
pocos intentaron o pudieron reproducirlos seriamente. Además, la fabricación de lentes
sencillas de gran aumento era difícil y el manejo de los microscopios simples, bastante
engorroso.
2.3 EL DEBATE SOBRE LA GENERACIÓN ESPONTÁNEA.
La autoridad intelectual de Aristóteles por un lado, y la autoridad moral representada por la
Biblia, por otro, junto con las opiniones de escritores clásicos como Galeno, Plinio y
Lucrecio, a los que se citaba como referencias incontrovertibles en la literatura médica en la
Edad Media y Renacimiento, dieron carta de naturaleza a la idea de que algunos seres vivos
podían originarse a partir de materia inanimada, o bien a partir del aire o de materiales en
putrefacción. Esta doctrina de la "generatio spontanea" o abiogénesis, fue puesta en
entredicho por los experimentos de Francesco Redi (1621-1697), quien había acuñado la
expresión "Omne vivum ex ovo" (1668), tras comprobar que los insectos y nematodos
procedían de huevos puestos por animales adultos de su misma especie. Demostró que si
un trozo de carne era cubierto con gasa de forma que las moscas no podían depositar allí
sus huevos, no aparecían "gusanos", que él correctamente identificó como fases larvarias
del insecto. Los descubrimientos de Redi tuvieron el efecto de desacreditar la teoría de la
generación espontánea para los animales y plantas, pero la reavivaron respecto de los
recién descubiertos "animálculos", de modo que aunque se aceptó la continuidad de la vida
en cuanto a sus formas superiores, no todos estaban dispuestos a admitir el más amplio
"Omne vivum ex vivo" aplicado a los microorganismos.
Hubo que esperar un siglo más hasta que una serie de naturalistas recomenzaran el ataque
a la teoría preformacionista. Lazzaro Spallanzani (1729-1799) sostuvo una disputa con J.T.
Needham (1713-1781) en la que el primero demostró que los "infusorios" no aparecían en
muestras de maceraciones animales o vegetales sometidas durante tiempo suficiente a
ebullición en frascos herméticamente cerrados, pero volvían a aparecer si se practicaban
agujeros en el recipiente. Sin embargo los preformacionistas no se daban por vencidos; el
mismo Needham, recogiendo una idea ya expresada por Huygens, amigo de Leeuwenhoek,
replicó -con argumentos vitalistas muy propios de la época- que el calor había destruido la
"fuerza vegetativa" de las infusiones y había cambiado la "cualidad" del aire dentro de los
frascos.
Durante el primer tercio del siglo XIX la doctrina de la arquegénesis o generación
espontánea recibió un último refuerzo antes de morir, debido por un lado a razones
extracientíficas (el auge del concepto de transmutación producido por la escuela de la
filosofía de la naturaleza), y por otro al descubrimiento del oxígeno y de su importancia
para la vida, de modo que los experimentos de Spallanzani se interpretaron como que al
calentarse las infusiones, el oxígeno del aire se destruía, y por lo tanto desaparecía la
"fuerza vegetativa" que originaba la aparición de microorganismos.
Theodor Schwann (1810-1882) presentó en 1836 un método seguro para refutar la teoría
abiogénica: calentó maceraciones en frascos a los que se había eliminado previamente el
aire, pero no continuó trabajando en esta línea.
Para complicar más las cosas, la publicación de "Sobre el origen de las especies" por Darwin
en 1859, fue utilizada por algunos preformacionistas para apoyar sus argumentos. El mismo
Haeckel, en una fecha tan tardía como 1866, se mostraba escéptico ante las pruebas
aportadas por Pasteur.
Fue, efectivamente Louis Pasteur (1822-1895) el que asestó el golpe definitivo y zanjó la
cuestión a favor de la teoría biogénica. En un informe a la Académie des Sciences de París,
en 1860 ("Expériences rélatives aux générations dites spontanées") y en escritos posteriores
comunica sus sencillos y elegantes experimentos: calentó infusiones en matraces de vidrio a
los que estiraba lateralmente el cuello, haciéndolo largo, estrecho y sinuoso, y dejándolo sin
cerrar, de modo que el contenido estuviera en contacto con el aire; tras esta operación
demostró que el líquido no desarrollaba microorganismos, con lo que eliminó la posibilidad
de que un "aire alterado" fuera la causa de la no aparición de gérmenes. Antes bien,
comprobó que los gérmenes del aire quedaban retenidos a su paso por el largo cuello
sinuoso, en las paredes del tubo, y no alcanzaban el interior del recipiente donde se
encontraba la infusión, quedando ésta estéril indefinidamente. Sólo si se rompía el cuello
lateral o si se inclinaba el frasco de modo que pasara parte de líquido a la porción de cuello,
los gérmenes podían contaminar la infusión y originar un rápido crecimiento.
En 1861 Pasteur publica otro informe en el que explica cómo se pueden capturar los
"cuerpos organizados" del aire con ayuda de un tubo provisto de un tapón de algodón como
filtro, y la manera de recuperarlos para su observación microscópica. De esta forma
quedaba definitivamente aclarado el origen de los microorganismos, y se abría la Edad de
Oro del estudio científico de las formas de vida no observables a simple vista.
Los últimos escépticos quedaron silenciados cuando en 1877 John Tyndall (1820-1893)
aplicó su sistema de esterilización por calentamiento discontinuo (hoy conocida
precisamente como tindalización), que evidenció la existencia de formas microbianas de
reposo muy resistentes al calor, lo cual fue confirmado poco más tarde por Ferdinand Cohn
al descubrir las esporas bacterianas.
2.4 EL DEBATE SOBRE LOS FERMENTOS
Un segundo factor contribuyente al nacimiento de la ciencia microbiológica fue el
establecimiento de la relación que une ciertas transformaciones químicas que se dan en las
infusiones con el crecimiento de los gérmenes en ellas existentes. Cagniard-Latour en 1836,
y Schwann y Kützing en 1837 habían sugerido que las levaduras eran las causantes de la
fermentación alcohólica por la que el azúcar pasa a alcohol etílico y dióxido de carbono,
pero se encontraron con la crítica adversa de los grandes químicos de la época (Berzelius,
Wohler y Liebig). Liebig, hacia 1840, había realizado importantes confirmaciones a la
"teoría mineral" sobre la nutrición de las plantas, enfrentándose a la "teoría del humus"
sostenida por Thaer, asestando un golpe a las ideas vitalistas heredadas de Leibniz. Puesto
que se consideraba a las levaduras como plantas microscópicas, se suponía que los procesos
de fermentación y putrefacción se debían a fenómenos químicos de descomposición y
muerte encuadrables en el marco de la teoría mineral de la fisiología vegetal. Su
convencimiento de que toda actividad vital se podía explicar en términos de química y física
retrasó por algún tiempo la adscripción de estos fenómenos a células vivas.
Fue Pasteur (que, desde sus primeros estudios sobre las propiedades ópticas de los cristales
de tartrato, venía suponiendo que estos compuestos tenían un orígen orgánico) quien de
nuevo intervino en el debate de forma decisiva. En 1857 demostró que los agentes de la
fermentación láctica eran microorganismos, trabajando sobre un problema que había
surgido entre los destiladores de Lille cuando en sus cubas la fermentación alcohólica se vio
sustituida por una indeseable fermentación láctica. Este fue el inicio de una larga serie de
estudios que habría de durar hasta 1876, en los que Pasteur identificó distintos
microorganismos responsables de diferentes clases de procesos fermentativos. Así, en 1860
adscribe inequívocamente la fermentación alcohólica a ciertos tipos de levaduras, y en
1866, en sus Études sur le vin resume sus hallazgos al respecto, inaugurando la
Microbiología Aplicada, una de las primeras derivaciones prácticas no empíricas emanadas
de la Biología. A finales del siglo XIX eminentes biólogos como Hansen, en Copenhague, y
Beijerink, en Delft, desarrollaban su actividad en industrias y destilerías.
Trabajando sobre los agentes de la fermentación butírica, Pasteur descubrió la presencia de
microorganismos que se desarrollaban en ausencia de oxígeno, lo cual desmentía la
creencia de que todas las formas de vida necesitan aire para crecer. Acuñó los términos
aerobiosis y anaerobiosis para denominar, respectivamente, a la vida en presencia y en
ausencia de oxígeno.
Tras el descubrimiento de la anaerobiosis, el mismo Pasteur comprendió las distintas
implicaciones energéticas subyacentes a la utilización de sustratos orgánicos en presencia y
en ausencia de oxígeno, demostrando que, en el segundo caso el rendimiento (medido como
crecimiento microbiano) era siempre menor, al no poder realizarse la degradación total de
las correspondientes sustancias.
Una profundización en los fenómenos de fermentación llegó cuando en 1897 Buchner
obtuvo, a partir de levaduras, una preparación enzimática (zimasa) que era capaz de
realizar la misma transformación de "fermentación" que las células vivas. Este
descubrimiento, que evocaba las propuestas de Berzelius y Liebig, supuso en realidad la
confluencia de los enfoques químico y biológico: las fermentaciones eran procesos químicos
catalizados por enzimas presentes dentro de células vivas, que podían ser estudiados
extracelularmente. De esta forma, la Bioquímica, nacida como una rama de la química
fisiológica, que se venía especializando en la enzimología, encontró una alianza fructífera y
duradera con la joven Microbiología.
2.5 LOS AVANCES TÉCNICOS
La doctrina del pleomorfismo, vigente durante buena parte del siglo XIX, mantenía que los
microorganismos adoptaban formas y funciones cambiantes dependiendo de las
condiciones ambientales. A estas ideas se oponían frontalmente investigadores como Koch,
Pasteur y Cohn, que estaban convencidos de la especificidad y constancia morfológica y
fisiológica de cada tipo de microorganismo (monomorfismo). El pleomorfismo había
surgido como una explicación a la gran variedad de formas y actividades que aparecían en
un simple frasco de infusión, pero ya Pasteur, en sus estudios sobre la fermentación, se
había percatado de que los cultivos que aparecían podían considerarse como una sucesión
de distintas poblaciones de microorganismos predominantes, que, a resultas de sus
actividades, condicionaban la ulterior composición de la comunidad microbiana. La
solución definitiva a esta cuestión dependía, de nuevo, de un desarrollo técnico, que a su
vez iba a suministrar una de las herramientas características de la nueva ciencia: los
métodos de cultivo puro.
Los primeros cultivos puros fueron obtenidos por el micólogo Brefeld, quien logró aislar
esporas de hongos y cultivarlas sobre medios sólidos a base de gelatina. Por su menor
tamaño, este método se hacía inviable para las bacterias, por lo que se recurrió a un método
basado en diluciones: Lister, en 1878 realizó diluciones secuenciales de cultivos mixtos,
hasta lograr muestras en las que existía una sola célula. Pero la técnica era larga y tediosa y,
además, normalmente sólo se lograban aislar células del tipo bacteriano más abundante en
el cultivo original; sin embargo, el experimento sirvió para confirmar la naturaleza
"particulada" de los agentes de las fermentaciones.
Por aquella época Koch buscaba con ahínco métodos más sencillos de cultivo puro,
indispensables para proseguir sus investigaciones sobre bacterias patógenas. Primero (y
quizá de forma un tanto casual) empleó rodajas de patata como sustrato sólido nutritivo
sobre el que se podían desarrollar colonias macroscópicas de bacterias que presentaban
morfología característica, que Koch interpretó como resultantes del crecimiento a partir de
células individuales. Pero enseguida recurrió a compactar el típico caldo de cultivo a partir
de carne (diseñado por Loeffler) añadiéndole gelatina (1881). El medio sólido así logrado
era transparente, lo que permitía visualizar fácilmente los rasgos coloniales, y contenía los
nutrientes adecuados para el crecimiento de una amplia gama de bacterias. Éstas eran
inoculadas en la superficie del medio con un hilo de platino pasado previamente por la
llama, por la técnica de siembra en estría. Sin embargo, la gelatina presentaba los
inconvenientes de ser atacada por determinados microorganismos, y de tener un bajo punto
de fusión; ambos problemas se solventaron cuando en 1882 el médico alemán Walter
Hesse, siguiendo una sugerencia de su mujer Fanny, introdujo el agar-agar (polisacárido
extraído de algas rojas) como nuevo agente solidificante. El trabajo de Koch ya citado tuvo
la trascendental consecuencia de derribar las ideas pleomorfistas, y supuso la primera
propuesta del concepto de especie dentro del mundo bacteriano. En 1887 Petri, un
ayudante de Koch, sustituyó las engorrosas bandejas de vidrio cubiertas con campanas,
usadas hasta entonces para los cultivos sólidos, por un sistema manejable de placas de
cristal planas, que se conoce como cajas de Petri.
El desarrollo de los medios selectivos y de enriquecimiento fue una consecuencia de las
investigaciones llevadas a cabo por Beijerinck y Winogradsky entre 1888 y los primeros
años del siglo XX, sobre bacterias implicadas en procesos biogeoquímicos y poseedoras de
características fisiológicas distintivas (quimioautótrofas, fijadoras de nitrógeno, etc.). Estos
medios, donde se aplica a pequeña escala el principio de selección natural, se diseñan de
forma que su composición química definida favorezca sólo el crecimiento de ciertos tipos
fisiológicos de microorganismos, únicos capaces de usar ciertos nutrientes del medio.
Otra importante aportación a este "período de cultivo" dentro del desarrollo de la
Microbiología surgió del uso de medios diferenciales, en los que se manifiesta algún rasgo
bioquímico o metabólico, lo que contribuye a la identificación microbiana. Fue Würtz
quien, en 1892, introdujo el uso de indicadores de pH, incorporados en los medios, lo cual
permitía revelar la producción de acidificaciones por fermentación en ciertas bacterias.
Mientras tanto, en la ciudad de Jena se había creado una atmósfera de progreso donde
confluían grandes naturalistas como Haeckel, Strassburger o Abbé interaccionando con una
pujante editorial especializada en Biología y Medicina (Gustav Fischer) y con una poderosa
industria óptica y química. Estas influencias recíprocas se plasmaron en numerosos
proyectos que reflejaban la efervescencia de las ciencias naturales tras la estela de Darwin
(cfr. Jahn et al., 1985). Concretamente, la industria óptica de Abbé y Zeiss, que se mantenía
en conexión con la compañía vidriera Schott, pudo satisfacer la necesidad de Koch de
perfeccionar el microscopio compuesto, introduciendo lentes acromáticas y una
iluminación inferior provista de condensador. El mismo Abbe desarrolló en 1878 el objetivo
de inmersión en aceite. Por otro lado, la industria química BASF, que por aquella época se
encontraba en pleno auge de patentes de nuevos colorantes, sumistró al laboratorio de
Koch una serie de derivados de anilina que teñían las bacterias permitiendo su fácil
visualización al microscopio en frotis de tejidos infectados. En 1875 Carl Weigert tiñó
bacterias con pirocarmín, un colorante que ya venía siendo usado desde hacía unos años en
estudios zoológicos. En años sucesivos se fueron introduciendo el azul de metileno (Koch,
1877), la fuchsina, y el violeta cristal. En 1882-1883 Ziehl y Neelsen desarrollan su método
de ácido-alcohol resistencia para teñir Mycobacterium tuberculosis. En 1884 el patólogo
danés Christian Gram establece una tinción de contraste que permite distinguir dos tipos
bacterianos en función de sus reacción diferencial de tinción y que, como se vería mucho
más tarde, reflejaba la existencia de dos grupos de bacterias con rasgos estructurales
distintivos. En 1890 Loeffler logra visualizar flagelos bacterianos por medio de su técnica de
impregnación argéntica. Como veremos más adelante, la misma industria de colorantes
alemana previa a la primera guerra mundial fue decisiva también para los comienzos de la
quimioterapia.
Estas innovaciones técnicas (métodos de cultivo, microscopía y tinciones) fueron
fundamentales (junto con los sistemas de esterilización abordados en el anterior apartado)
para la consolidación de la Microbiología como ciencia, permitiendo eliminar las grandes
dosis de especulación que hasta entonces habían predominado.
2.6 EL PAPEL DE LOS MICROORGANISMOS EN EL DESARROLLO DE LAS
ENFERMEDADES
Durante el siglo XIX la atención de muchos naturalistas se había dirigido hacia las diversas
formas de animales y plantas que vivían como parásitos de otros organismos. Este interés
se redobló tras la publicación de los libros de Darwin, estudiándose las numerosas
adaptaciones evolutivas que los distintos parásitos habían adquirido en su peculiar estilo de
vida. Sin embargo, la adjudicación de propiedades de parásitos a los microorganismos vino
del campo médico y veterinario, al revalorizarse las ideas sobre el origen germinal de las
enfermedades infecciosas.
En 1835 Agostino Bassi (1773-1856) demostró que cierta enfermedad del gusano de seda
(mal di segno), que había hecho su aparición en Lombardía, se debía a un hongo (Botrytis
bassiana). Cuatro años más tarde J.L. Schönlein descubrió la asociación de un hongo con
una enfermedad humana de la piel. En 1840 Henle, de la escuela fisiológica de Johannes
Müller, planteó la teoría de que las enfermedades infecciosas están causadas por seres vivos
invisibles, pero de nuevo la confirmación de estas ideas tuvo que esperar a que la
intervención de Pasteur demostrara la existencia de microorganismos específicos
responsables de enfermedades.
Hacia mediados del siglo XIX otra enfermedad infecciosa (pebrina) comenzó a diseminarse
por los criaderos de gusano de seda de toda Europa, alcanzando finalmente a China y
Japón. A instancias de su maestro Jean Baptiste Dumas, Pasteur aceptó el reto de viajar a la
Provenza para investigar esta enfermedad que estaba dejando en la ruina a los industriales
sederos, a pesar de que nunca hasta entonces se había enfrentado con un problema de
patología. Es más que probable que Pasteur viera aquí la oportunidad de confirmar si sus
estudios previos sobre las fermentaciones podían tener una extensión hacia los procesos
fisiológicos del hombre y de los animales. Es sorprendente que, al principio no se mostrara
dispuesto a aceptar la idea de que la pebrina fuera una enfermedad ocasionada por un
agente extraño, creyendo durante los dos primeros años que se trataba de alteraciones
meramente fisiológicas. Tras una serie de tanteos, y en medio de una intensa actividad
intelectual que le obligaba a repasar continuamente los experimentos y las conclusiones
extraídas, inmerso en el drama personal de la muerte de su padre y de dos de sus hijas en
un corto lapso de tiempo, Pasteur llega finalmente, en 1869, a identificar al protozoo
Nosema bombycis como el responsable de la epidemia, y por medio de una serie de
medidas de control, ésta comienza a remitir de modo espectacular.
La intervención de bacterias como agentes específicos en la producción de enfermedades
fue descubierta a raíz de una serie de investigaciones sobre el carbunco o ántrax,
enfermedad que afecta a ganado y que puede transmitirse al hombre. C. Davaine, entre
1863 y 1868, encontró que en la sangre de vacas afectadas aparecían grandes cantidades de
microorganismos a los que llamó bacteridios; además, logró inducir la enfermedad
experimentalmente en vacas sanas, inoculándoles muestras de sangre infectada. En 1872 el
médico alemán C.J. Eberth consiguió aislar los bacilos filtrando sangre de animales
carbuncosos. Pero fue Robert Koch (1843-1910), que había sido alumno de Henle, quien
con su reciente técnica de cultivo puro logró, en 1876, el primer aislamiento y propagación
in vitro del bacilo del ántrax (Bacillus anthracis), consiguiendo las primeras
microfotografías sobre preparaciones secas, fijadas y teñidas con azul de metileno. Más
tarde (1881), Koch y sus colaboradores confirmaron que las esporas son formas
diferenciadas a partir de los bacilos, y más resistentes que éstos a una variedad de agentes.
Pero más fundamental fue su demostración de que la enfermedad se podía transmitir
sucesivamente a ratones sanos inoculándoles bacilos en cultivo puro, obtenidos tras varias
transferencias en medios líquidos.
Este tipo de estrategias para demostrar el origen bacteriano de una enfermedad fue llevado
a una ulterior perfección en 1882, con la publicación de "Die Äthiologie der Tuberkulose",
donde se comunica por primera vez la aplicación de los criterios que Henle había postulado
en 1840. Estos criterios, que hoy van asociados al nombre de Koch, son los siguientes:
1. El microorganismo debe de estar presente en todos los individuos enfermos.
2. El microorganismo debe poder aislarse del hospedador y ser crecido en cultivo
puro.
3. La inoculación del microorganismo crecido en cultivo puro a animales sanos debe
provocar la aparición de síntomas específicos de la enfermedad en cuestión.
4. El microorganismo debe poder ser reaislado del hospedador infectado de forma
experimental.

Fue asimismo Koch quien demostró el principio de especificidad biológica del agente
infeccioso: cada enfermedad infecciosa específica está causada por un tipo de bacteria
diferente. Estos trabajos de Koch abren definitivamente el campo de la Microbiología
Médica sobre firmes bases científicas.
Durante las dos décadas siguientes la Microbiología experimentó una auténtica edad de
oro, en la que se aislaron y caracterizaron muchas bacterias patógenas. La Alemania del
Reich, que a la sazón se había convertido en una potencia política y militar, se decidió a
apoyar la continuidad de los trabajos del equipo de Koch, dada su enorme importancia
social y económica, creando un Instituto de investigación, siendo Koch su director en el
Departamento de Salud. De esta forma, en la Escuela Alemana se aislaron los agentes
productores del cólera asiático (Koch, 1883), de la difteria (Loeffler, 1884), del tétanos
(Nicolaier, 1885 y Kitasato, 1889), de la neumonía (Fraenkel, 1886), de la meningitis
(Weichselbaun, 1887), de la peste (Yersin, 1894), de la sífilis (Schaudinn y Hoffman, 1905),
etc. Igualmente se pudieron desentrañar los ciclos infectivos de agentes de enfermedades
tropicales no bacterianas que la potencia colonial se encontró en ultramar: malaria
(Schaudinn, 1901-1903), enfermedad del sueño (Koch, 1906), peste vacuna africana (debida
al inglés Bruce, 1895-1897), etc.
Por otro lado, la Escuela Francesa, nucleada en el Instituto Pasteur, se concentró en los
estudios sobre los procesos infectivos, la inmunidad del hospedador, y la obtención de
vacunas, sobre todo a raíz de la vacuna antirrábica ensayada por Pasteur (1885),
contribuyendo al nacimiento de la Inmunología (ver apartado 2. 9).
 2.7 DESARROLLO DE LA ASEPCIA, QUIMIOTERAPIA Y ANTIBIOTERAPIA
Los avances de las técnicas quirúrgicas hacia mediados del siglo XIX, impulsados por la
introducción de la anestesia, trajeron consigo una gran incidencia de complicaciones post-
operatorias derivadas de infecciones. Un joven médico británico, Joseph Liste (1827-1912),
que había leído atentamente los trabajos de Pasteur, y que creía que estas infecciones se
debían a gérmenes presentes en el aire, comprobó que la aplicación de compuestos como el
fenol o el bicloruro de mercurio en el lavado del instrumental quirúrgico, de las manos y de
las heridas, disminuía notablemente la frecuencia de infecciones post-quirúrgicas y
puerperales.
Más tarde, Paul Ehrlich (1854-1919), que había venido empleando distintas sustancias para
teñir células y microorganismos, y que conocía bien el efecto de tinción selectiva de
bacterias por ciertos colorantes que dejaban, en cambio, incoloras a células animales,
concibió la posibilidad de que algunos de los compuestos de síntesis que la industria
química estaba produciendo pudieran actuar como "balas mágicas" que fueran tóxicas para
las bacterias pero inocuas para el hospedador. Ehrlich concibió un programa racional de
síntesis de sustancias nuevas seguido de ensayo de éstas en infecciones experimentales.
Trabajando en el laboratorio de Koch, probó sistemáticamente derivados del atoxilo (un
compuesto que ya Thompson, en 1905, había mostrado como eficaz contra la
tripanosomiasis), y en 1909 informó de que el compuesto 606 (salvarsán) era efectivo
contra la sífilis. Aunque el salvarsán presentaba algunos efectos colaterales, fue durante
mucho tiempo el único agente disponible contra enfermedades producidas por
espiroquetas, y sirvió para ilustrar brillantemente la validez del enfoque de la llamada
quimioterapia (término acuñado por el mismo Ehrlich), de modo que encauzó toda la
investigación posterior.
En 1927 Gerhard Domagk, en conexión con la poderosa compañía química I.G.
Farbenindustrie, inició un ambicioso proyecto de búsqueda de nuevos agentes
quimioterápicos, siguiendo el esquema de Ehrlich; en 1932-1935 descubre la acción del rojo
de prontosilo frente a neumococos hemolíticos dentro del hospedador, pero señala que esta
droga es inactiva sobre bacterias creciendo in vitro. La explicación la sumistra el
matrimonio Tréfouël, del Instituto Pasteur, al descubrir que la actividad antibacteriana
depende de la conversión por el hospedador en sulfanilamida. El mecanismo de acción de
las sulfamidas (inhibición competitiva con el ácido para-aminobenzoico) fue dilucidado por
el estadounidense Donald D. Woods. Las investigaciones de éste encaminaron a la industria
farmacéutica hacia la síntesis de análogos de metabolitos esenciales, introduciendo un
enfoque más racional frente a la época anterior, más empírica.
En 1874, el médico inglés W. Roberts había descrito las propiedades antibióticas de ciertos
cultivos de hongos (Penicillium glaucum) contra las bacterias, e introdujo en Microbiología
el concepto de antagonismo. Otros investigadores de finales del siglo XIX realizaron
observaciones similares, pero fue Fleming quien, en 1929, logró expresar ideas claras sobre
el tema, al atribuir a una sustancia química concreta (la penicilina) la acción inhibidora
sobre bacterias producida por el hongo Penicillium notatum. Fleming desarrolló un ensayo
crudo para determinar la potencia de la sustancia en sus filtrados, pudiendo seguir su
producción a lo largo del tiempo de cultivo, y mostrando que no todas las especies
bacterianas eran igualmente sensibles a la penicilina. Las dificultades técnicas para su
extracción, junto al hecho de que el interés de la época aún estaba centrado sobre las
sulfamidas, impidieron una pronta purificación de la penicilina, que no llegó hasta los
trabajos de Chain y Florey (1940), comprobándose entonces su gran efectividad contra
infecciones bacterianas, sobre todo de Gram-positivas, y la ausencia de efectos tóxicos para
el hospedador.
Inmediatamente comenzó una búsqueda sistemática de microorganismos del suelo que
mostraran actividades antibióticas. En 1944 A. Schatz y S. Waksman descubren la
estreptomicina, producida por Streptomyces griseus, siendo el primer ejemplo de
antibiótico de amplio espectro. Los diez años que siquieron al término de la segundad
guerra mundial vieron la descripción de 96 antibióticos distintos producidos por 57
especies de microorganismos, principalmente Actinomicetos.
En la década de los 60 se abrió una nueva fase en la era de los antibióticos al obtenerse
compuestos semisintéticos por modificación química de antibióticos naturales, paliándose
los problemas de resistencia bacteriana a drogas que habían empezado a aparecer,
disminuyéndose en muchos casos los efectos secundarios, y ampliándose el espectro de
acción.
Aparte de la revolución que supusieron en el campo de la aplicación clínica, los antibióticos
ha permitido notables avances en el desentrañamiento de determinados aspectos de
arquitectura y función moleculares de las células susceptibles (paredes celulares
microbianas, ribosomas, síntesis proteica, etc.).
 2.8 AUGE DE LA MICROBIOLOGÍA GENERAL.
Gran parte de los avances en Microbiología descritos hasta ahora se debieron a la necesidad
de resolver problemas prácticos. Pero hacia finales del siglo XIX una serie de investigadores
-algunos de ellos procedentes de áreas más clásicas de la Historia Natural- desarrollaron
importantes estudios básicos que fueron revelando una enorme variedad de
microorganismos y sus actividades metabólicas, así como su papel crucial en ciclos
biogeoquímicos, sus relaciones con procesos de nutrición vegetal, etc.
El descubrimiento de la quimioautotrofía, obra del gran microbiólogo ruso Sergei
Winogradsky (1856-1953), obligó a revisar los conceptos previos, procedentes de la
Fisiología Vegetal, de que el crecimiento autotrófico dependía de la presencia de clorofila.
Winogradsky había comenzado investigando las bacterias del hierro descubiertas por Cohn
en 1875, observando que podían crecer en medios minerales, por lo que supuso que
obtenían su energía de la oxidación de sales ferrosas a férricas (1888). En 1889,
combinando técnicas de observación secuencial de cultivos microscópicos con ensayos
microquímicos sobre bacterias del azufre (Beggiatoa, Thiothrix), infirió que estos
microorganismos oxidaban sulfuro de hidrógeno hasta azufre elemental (acumulando éste
como gránulos), y luego hasta ácido sulfúrico, obteniendo de este modo su energía. Estas
observaciones pueden haber sido el arranque del concepto de litotrofía. Pero el
descubrimiento de la quimioautotrofía llegó cuando al año siguiente Winogradsky y
Omeliansky pasaron a estudiar las bacterias nitrificantes, demostrando de manera clara que
la energía obtenida de la oxidación del amonio o del nitrito era usada para fijar CO 2 (1889-
1890). Más tarde el mismo Winogradsky extendió la demostración a cultivos puros en los
que el agente solidificante de los medios era el gel de sílice. La explicación del proceso de
oxidación de los compuestos de azufre no llegó hasta los estudios de Dangeard (1911) y Kiel
(1912). Nuevas capacidades metabólicas fueron reveladas al estudiar los procesos
respiratorios de las bacterias que oxidan hidrógeno o metano (Söhngen, 1906).
El químico Berthelot había señalado (1885) que los microorganismos del suelo podían
incorporar nitrógeno molecular directamente del aire. Fue igualmente Winogradsky el
primero en aislar una bacteria capaz de fijar nitrógeno atmosférico (Clostridium
pasteurianum) y en explicar el ciclo del nitrógeno en la naturaleza (1890), siendo el
holandés Martinus Beijerinck (1851-1931) el descubridor de Azotobacter como bacteria
aerobia fijadora de vida libre (1901). Más tarde Beijerinck demostró por métodos químicos
que, en efecto, Azotobacter incorpora nitrógeno de la atmósfera mientras crece (1908). La
importancia de la fijación de nitrógeno para la nutrición vegetal llegó con los estudios sobre
bacterias formadoras de nódulos en las raíces de las leguminosas. Ya los experimentos
cuantitativos sobre plantas creciendo en recipientes, realizados por Boussingault a
mediados del siglo XIX, habían indicado que las leguminosas asimilaban nitrógeno de la
atmósfera. En 1866 Voronin descubrió las bacterias de los nódulos radicales de esta familia
de plantas. Frank, en 1879, demostró que los nódulos parecían inducirse por las mismas
bacterias albergadas en ellos, y Ward (1887) usó bacterias procedentes de nódulos
machacados para inocular semillas, logrando la producción de nódulos en suelo estéril, y
describiendo en un bello trabajo el proceso de infección, con su producción de "hifas"
(cordón de infección). Tras la introducción del concepto de simbiosis por De Bary, en 1878,
fue Schindler (1884) el primero en describir los nódulos radicales como resultado de una
simbiosis entre planta y bacterias. Los trabajos de Hermann Hellriegel (1831-1895) y de su
colaborador Hermann Willfahrt (1853-1904), que trabajaban en la Estación Experimental
de Bernburg, comunicados en primer lugar en un cogreso en Berlín, en 1886, y publicados
en un artículo ejemplar en 1888, asociaron la fertilidad nitrogenada natural de las
leguminosas con la presencia de sus nódulos radicales, señalando que estos nódulos se
inducían por microorganismos específicos; de este modo lograron una brillante síntesis de
las observaciones microbiológicas y químicas. El mismo año de 1888 Beijerinck logró el
cultivo puro in vitro de las bacterias nodulares (a las que bautizó como Bacillus radicicola),
observando que no reducían nitrógeno en vida libre; más tarde (1890) aportó la prueba
definitiva de que las bacterias aisladas eran capaces de nodular específicamente ciertas
especies de leguminosas, adquiriéndose de esta forma la facultad de fijar nitrógeno en su
asociación con la raíz de la planta. Irónicamente el nombre definitivo para las bacterias de
los nódulos de leguminosas (Rhizobium) fue propuesto por Frank, quien durante mucho
tiempo se había negado a reconocer los resultados de Hellriegel y Willfahrt, y que había
oscilado en sus opiniones, desde suponer que la fijación de nitrógeno era un rasgo general
de las plantas, hasta creer que las estructuras nodulares observadas a microcopio
(bacteroides) eran gránulos de reserva (incluidas las que él mismo observó en plantas no
leguminosas de los géneros Alnus y Eleagnus, originadas por una bacteria bautizada en su
honor -Frankia); incluso cuando se convenció de que los simbiontes eran bacterias (y no
hongos o mixomicetes), pensaba que éstas sólo estimulaban a que las plantas fijaran
nitrógeno en sus hojas; su "conversión" (y aún así incompleta y con reticencias) no llegó
hasta 1892. El aislamiento de los bacteroides intranodulares (Prazmowski, 1890), y la
relación entre su formación y la fijación de nitrógeno (Nobbe y Hiltner, 1893) completó esta
primera oleada de investigación sobre este tema que tanta trascendencia presentaba para la
Agronomía. Estos estudios están en la base de todos los ulteriores trabajos de Microbiología
Agrícola, de modo que esta especiliadad fue incorporada tempranamente a los laboratorios
científicos y estaciones experimentales.
Las obras trascendentales de Winogradsky y Beijerinck abrieron un nuevo horizonte para el
estudio de la diversidad microbiana. La escuela de Beijerinck, en la Universidad Técnica de
Delft, fue continuada por por A.J. Kluyver y C.B. van Niel, siendo este último el "padre" de
la escuela norteamericana desde su establecimiento en California, ya que formó a figuras
tan importantes como R.Y. Stanier, R.E. Hungate o M. Doudoroff. La escuela holandesa
fundada por Beijerinck tuvo asimismo otra fructífera "colonia" en la ciudad alemana de
Konstanz, donde N. Pfennig continuó el trabajo emprendido junto a van Niel en Delft.
Todos estos autores, y sus colaboradores, fueron realizando contribuciones esenciales sobre
una amplia diversidad de bacterias, descubriendo la variedad de las bacterias fotosintéticas,
los tipos de organismos litotróficos, y profundizando en multitud de aspectos estructurales
y fisiológicos de las bacterias recién descubiertas. Como dice T.D. Brock en una recensión
de Kluyver (1961) "los hombres de la escuela de Delft de Microbiología General fueron
pioneros en una época en la que la mayoría de los investigadores estaban demasiado
fascinados por problemas aplicados en medicina, agricultura o industria, como para
preocuparse por microorganismos quimiosintéticos o fotosintéticos, o por aquellos que
muestran fermentaciones inusuales...". Pero, como en tantas otras ocasiones, este enfoque
de ciencia básica ha sido extraordinariamente fértil, y aparte de la profundización en la
unidad y diversidad de la vida ha dado origen a penetrantes percepciones en multitud de
problemas planteados, tarde o temprano, a las ciencias biológicas.
2.9 DESARROLLO DE LA INMUNOLOGÍA
La inmunología es, en la actualidad, una ciencia autónoma y madura, pero sus orígenes han
estado estrechamente ligados a la Microbiología. Su objeto consiste en el estudio de las
respuestas de defensa que han desarrollado los animales frente a la invasión por
microorganismos o partículas extraños, aunque su interés se ha volcado especialmente
sobre aquellos mecanismos altamente evolucionados e integrados, dotados de especificidad
y de memoria, frente a agentes reconocidos por el cuerpo como no-propios, así como de su
neutralización y degradación.
Como tantas otras ciencias, la Inmumología presenta un prolongado período pre-científico,
de observaciones y aproximaciones meramente empíricas. La resistencia a ulteriores
ataques de una enfermedad infecciosa fue ya recogida en escritos de la antigüedad; el
historiador griego Tucídides (464-404 a.C.) narra que en una epidemia acaecida durante la
guerra del Peloponeso, los enfermos eran atendidos solo por aquellos que habían
sobrevivido previamente a la enfermedad, en la seguridad de que éstos no volverían a ser
contagiados. Igualmente, en la antigua China se había observado que las personas que en su
niñez habían padecido la viruela no la adquirían más adelante en su vida. Los mismos
chinos, en el siglo XI a. C., fueron los primeros en intentar una aplicación de estas
observaciones que indicaban la inducción de un estado protector por medio de una forma
suave de la enfermedad: la inhalación de polvo de escaras de viruela provocaba un ataque
suave que confería resistencia ante infecciones posteriores. Una modificación fue
introducida en Occidente en el siglo XVIII por Pylarini y Timoni, y fue popularizada en
Gran Bretaña por Lady Mary Wortley Montagu, esposa del embajador inglés en
Constantinopla, tras una serie inicicial de pruebas sobre "voluntarios" (prisioneros). Sin
embargo, este tipo de prácticas no llegaron a arraigar ampliamente, ya que no estaban
exentas de riesgos, entre los cuales figuraba la posibilidad de transmisión de otras
enfermedades.
El primer acercamiento a la inmunización con criterios racionales fue realizado por el
médico inglés Edward Jenner (1749-1823), tras su constatación de que los vaqueros que
habían adquirido la viruela vacunal (una forma benigna de enfermedad que sólo producía
pústulas en las manos) no eran atacados por la grave y deformante viruela humana. En
mayo de 1796 inoculó a un niño fluido procedente de las pústulas vacunales de Sarah
Nelmes; semanas después el niño fue inyectado con pus de una pústula de un enfermo de
viruela, comprobando que no quedaba afectado por la enfermedad. Jenner publicó sus
resultados en 1798 ("An enquiry into the causes and effects of the variolae vaccinae..."),
pronosticando que la aplicación de su método podría llegar a erradicar la viruela. Jenner
fue el primero en recalcar la importancia de realizar estudios clínicos de seguimiento de los
pacientes inmunizados, consciente de la necesidad de contar con controles fiables.
La falta de conocimiento, en aquella época, de las bases microbiológicas de las
enfermedades infecciosas retrasó en casi un siglo la continuación de los estudios de Jenner,
aunque ciertos autores, como Turenne, en su libro "La syphilization" (1878) lograron
articular propuestas teóricas de cierto interés.
El primer abordaje plenamente científico de problemas inmunológicos se debió, de nuevo, a
Pasteur. Estudiando la bacteria responsable del cólera aviar (más tarde conocida como
Pasteurella aviseptica), observó (1880) que la inoculación en gallinas de cultivos viejos,
poco virulentos, las protegía de contraer la enfermedad cuando posteriormente eran
inyectadas con cultivos normales virulentos. De esta forma se obtuvo la primera vacuna a
base de microorganismos atenuados. Fue precisamente Pasteur quien dio carta de
naturaleza al término vacuna, en honor del trabajo pionero de Jenner. En los años
siguientes Pasteur abordó la inmunización artificial para otras enfermedades;
concretamente, estableció de forma clara que cultivos de Bacillus anthracis atenuados por
incubación a 45?C conferían inmunidad a ovejas expuestas a contagio por carbunco. Una
famosa demostración pública de la bondad del método de Pasteur tuvo lugar en Pouilly le
Fort, el dos de junio de 1881, cuando ante un gentío expectante se pudo comprobar la
muerte del grupo control de ovejas y vacas no inoculadas, frente a la supervivencia de los
animales vacunados. Años después, abordaría la inmunización contra la rabia, enfermedad
de la que se desconocía el agente causal. Pasteur observó que éste perdía virulencia cuando
se mantenían al aire durante cierto tiempo extractos medulares de animales infectados, por
lo que dichos extractos se podían emplear eficazmente como vacunas. Realizó la primera
vacunación antirrábica en humanos el 6 de julio de 1885, sobre el niño Joseph Meister, que
había sido mordido gravemente por un perro rabioso. A este caso siguieron otros muchos,
lo que valió a Pasteur reconocimiento universal y supuso el apoyo definitivo a su método de
inmunización, que abría perspectivas prometedoras de profilaxis ante muchas
enfermedades. Estos logros determinaron, en buena medida, la creación del Instituto
Pasteur, que muy pronto reunió a un selecto grupo de científicos, que enfocarían sus
esfuerzos en diversos aspectos de las inmunizaciones y de sus bases biológicas. A su vez, los
norteamericanos Salmon y Smith (1886) perfeccionaron los métodos serológicos de
Pasteur, lo que les permitió producir y conservar más fácilmente sueros tipificados contra la
peste porcina.
A finales del siglo XIX existían dos teorías opuestas sobre los fundamentos biológicos de las
respuestas inmunes. Por un lado, el zoólogo ruso Ilya Ilich Mechnikov (1845-1916), que
había realizado observaciones sobre la fagocitosis en estrellas de mar y pulgas de agua,
estableció, a partir de 1883, su "Teoría de los fagocitos", tras estudiar fenómenos de
englobamiento de partículas extrañas por los leucocitos de conejo y de humanos. Informó
que existían fenómenos de eliminación de agentes patógenos por medio de "células
devoradoras" (fagocitos) que actuaban en animales vacunados contra el carbunco, y explicó
la inmunización como una "habituación" del hospedador a la fagocitosis. Más tarde, ya
integrado en el Instituto Pasteur, propugnó la idea de que los fagocitos segregan enzimas
específicos, análogos a los "fermentos" digestivos (1900). Esta teoría de los fagocitos
constituyó el núcleo de la teoría de la inmunidad celular, de modo que la fagocitosis se
consideraba como la base principal del sistema de defensa inmune del organismo.
Por otro lado, la escuela alemana de Koch hacía hincapié en la importancia de los
mecanisnos humorales. Emil von Behring (1854-1917) y Shibasaburo Kitasato (1856-1931),
a resultas de sus trabajos sobre las toxinas del tétanos y de la difteria, observaron que el
cuerpo produce "antitoxinas" (más tarde conocidas como anticuerpos) que tendían a
neutralizar las toxinas de forma específica, y evidenciaron que el suero que contiene
antitoxinas es capaz de proteger a animales expuestos a una dosis letal de la toxina
correspondiente (1890). La intervención de Ehrlich permitió obtener sueros de caballo con
niveles de anticuerpos suficientemente altos como para conferir una protección eficaz, e
igualmente se pudo disponer de un ensayo para cuantificar la "antitoxina" presente en
suero. Ehrlich dirigió desde 1896 el Instituto Estatal para la Investigación y Comprobación
de Sueros, en Steglitz, cerca de Berlín, y, a partir de 1899, estuvo al frente del mejor
equipado Instituto de Terapia Experimental, en Frankfurt. Durante este último periodo de
su vida, Ehrlich produce una impresionante obra científica, en la que va ahondando en la
comprensión de la inmunidad humoral. En 1900 da a luz su "Teoría de las cadenas
laterales", en la que formula una explicación de la formación y especificidad de los
anticuerpos, estableciendo una base química para la interacción de éstos con los antígenos.
Por su lado, R. Kraus visualiza por primera vez, en 1897, una reacción antígeno-anticuerpo,
al observar el enturbiamento de un filtrado bacteriano al mezclarlo con un suero inmune
específico (antisuero). En 1898 Jules Bordet (1870-1961) descubre otro componente sérico
relacionado con la respuesta inmunitaria, al que bautiza como "alexina", caracterizado,
frente al anticuerpo, por su termolabilidad e inespecificidad. (Más tarde se impondría el
nombre de complemento, propuesto por Ehrlich). El mismo Bordet desarrolló, en 1901, el
primer sistema diagnóstico para la detección de anticuerpos, basado en la fijación del
complemento, y que inició una larga andadura, que llega a nuestros días.
La conciliación de las dos teorías se debió a Almorth Wrigth y Stewart R. Douglas, quienes
en 1904 descubren las opsoninas, anticuerpos presentes en los sueros de animales
inmunizados y que, tras unirse a la superficie bacteriana, incrementan la capacidad
fagocítica de los leucocitos.
El área de la inmunopatología inicia su andadura con la descripción del fenómeno de
anafilaxia producido por introducción en un animal de un suero de una especie distinta
(Portier y Richet, 1902; Arthus, 1903), lo que a su vez abriría la posibilidad de métodos de
serodiagnóstico, con aplicaciones múltiples en Medicina, Zoología, y otras ciencias
biológicas. En 1905 Pirquet sugiere que la enfermedad del suero (un fenómemo de
hipersensibilidad) tiene relación directa con la producción de anticuerpos contra el suero
inyectado, introduciendo el término de alergia para referirse a la reactividad inmunológica
alterada.
La inmunoquímica cobra un gran impulso en las primeras décadas del siglo XX con los
trabajos de Karl Landsteiner (1868-1943). Su primera contribución de importancia había
sido la descripción, mediante reacciones de aglutinación, del sistema de antígenos naturales
(ABC0) de los eritrocitos humanos (1901-1902), completada (en colaboración con Von
Dungern y Hirzfeld), con las subdivisiones del grupo A y el estudio de su transmsión
hereditaria. Estos trabajos sirvieron de estímulo para avanzar en el desentrañamiento de la
especificidad química de los antígenos que determinan la formación de anticuerpos.
Landsteiner estudió sistemáticamente las características de inmunogenicidad y
especificidad de reacción de antígenos con anticuerpos, valiéndose de la modificación
química de antígenos, denominando haptenos a aquellos grupos químicos que por sí
mismos no desencadenan formación de anticuerpos, pero sí lo hacen tras ser conjugados a
proteínas portadoras.
La cuestión de las reacciones antígeno-anticuerpo se convirtió en otra polémica entre
escuelas hasta finales de los años 20. Mientras Ehrlich y sus seguidores mantenían que
estas reacciones tienen una base puramente química, Bordet y sus discípulos las explicaban
como fenómenos físicos de reacciones entre coloides. La resolución del debate debió
aguardar hasta finales de los años 30, al incorporarse avances técnicos como la
electroforesis, la cromatografía en papel, la ultracentrifugación y el microscopio electrónico.
Heidelberg y Kendall (1936) purificaron anticuerpos a partir de sueros por disociación de
precipitados. Tiselius (1939) demostró que los anticuerpos constituyen la fracción gamma-
globulínica del suero. Veinte años después R.R. Porter y G.M. Edelman establecen la
estructura de las inmunoglobulinas. Durante este lapso de tiempo se descubre que la
síntesis de anticuerpos ocurre en las células plasmáticas, aunque éstas no son puestas en
relación aún con los linfocitos; durante muchos años se siguió creyendo que los linfocitos
eran células pasivas, sin función inmune. Por aquella época se describe, también, la
diversidad de inmunoglobulinas, llegándose al establecimiento de una nomenclatura.
Enseguida comienza la era de los múltiples experimentos sobre timectomía en ratones
neonatos y sobre bursectomía en aves, así como los de reconstitución de animales
irradiados, con timocitos y células de la medula ósea, y que permiten afirmar el papel
esencial de los linfocitos, encuadrarlos en tipos funcionales T y B, y relacionarlos con las
respuestas inmunes celular y humoral, respectivamente.
Una importante faceta de la inmunología de la primera mitad del siglo XX fue la obtención
de vacunas. Se lograron toxoides inmunogénicos a partir de toxinas bacterianas, en muchos
casos por tratamiento con formol: toxoide tetánico (Eisler y Lowenstein, 1915) y toxoide
diftérico (Glenny, 1921). En 1922 se desarrolla la vacuna BCG contra la tuberculosis,
haciendo uso de una cepa atenuada de Mycobacterium tuberculosis, el bacilo de Calmette-
Guérin. La utilización de coadyuvantes se inicia en 1916, por LeMoignic y Piroy.
La inmunogenética nace cuando Bernstein describe en 1921 el modelo de transmisión
hereditaria de los cuatro grupos sanguíneos principales, basándose en el análisis estadístico
de sus proporciones relativas, y con el descubrimiento por Landsteiner y Levène (1927) de
los nuevos sistemas MN y P. Los experimentos de transfusiones sanguíneas interespecíficas
permitieron distinguir la gran complejidad de los antígenos sanguíneos, explicables según
unos 300 alelos múltiples.
Una contribución esencial a las ideas sobre el mecanismo de formación de los anticuerpos
la realizó el australiano Macfarlane Burnet (1899-1985), al establecer su teoría de la
selección clonal; ésta argumenta que cada linfocito B sintetiza un único tipo de anticuerpo,
específico para cada antígeno (determinante antigénico), de modo que la unión del
antígeno causa la proliferación clonal del linfocito B, con la consecuente síntesis
incrementada de anticuerpos específicos. Igualmente, Burnet lanzó una hipótesis sobre el
mecanismo subyacente a la auto-tolerancia inmunológica, que fue confirmada
experimentalmente por Peter Medawar. Más recientemente Niels Jerne ha realizado nuevas
aportaciones y refinamientos a la teoría de la selección clonal, proponiendo un modelo de
regulación inmune conocido como teoría de las redes idiotípicas.
Los avances en Inmunología durante los últimos años han sido espectaculares,
consolidando a ésta como ciencia independiente, con su conjunto propio de paradigmas, ya
relativamente escindida de su tronco originario microbiológico. Entre los hitos recientes
hay que citar la técnica de producción de anticuerpos monoclonales a partir de hibridomas,
desarrollada originalmente por César Milstein y Georges Kohler en 1975, y que presenta
una enorme gama de aplicaciones en biomedicina, o el desentrañamiento de los fenómenos
de reorganización genética responsables de la expresión de los genes de inmunoglobulinas,
por Susumu Tonegawa.
2.10 ORIGEN Y DESARROLLO DE LA VIROLOGÍA
La Virología ha sido la ciencia microbiológica de origen más tardío, habiendo surgido como
resultado del hallazgo de enfermedades infecciosas en las que la demostración de
implicación de microorganismos se demostraba esquiva con los medios habituales
disponibles a finales del siglo XIX. La euforia que se vivía en los ámbitos científicos y
médicos, al socaire de la edad de oro de aislamiento de bacterias patógenas, se plasmó en el
prejuicio de que la incapacidad de hacer crecer los agentes causantes de ciertas
enfermedades se debía a una técnica inapropida o mal aplicada.
El botánico ruso Dimitri Iwanovski había observado (1892) que la enfermedad del mosaico
del tabaco podía ser reproducida experimentalmente usando el fluido que atravesaba los
filtros de porcelana que normalmente retenían a las bacterias, pero siendo incapaz de aislar
y crecer el supuesto microorganismo, abandonó la investigación. Pocos años más tarde
(1898), y probablemente sin tener noticias del trabajo de Iwanovski, Beijerink realizó
experimentos similares con el mismo sistema, y en otro rasgo de su genio, enfrentándose a
los conceptos de la época, avanzó la idea de que el agente filtrable (un contagium vivum
fluidum, según su expresión), debía de incorporarse al protoplasma vivo del hospedador
para lograr su reproducción. Este tipo de agentes infectivos que atravesaban los filtros de
porcelana fueron llamados en principio "virus filtrables", quedando más tarde su
denominación simplemente como virus. Aquel mismo año de 1898 Loeffler y Frosch
descubren los virus animales al comprobar que un virus filtrable es responsable de la
glosopeda del ganado. En 1901 Reed descubre el primer virus humano, el de la fiebre
amarilla, y en 1909 Landsteiner y Pope detectan el de la poliomielitis. A comienzos de siglo
Copeman desarrolla su técnica de multiplicación de virus animales en embriones de pollo,
con la que P. Rous aisla y cultiva el virus del sarcoma aviar (1911).
Los virus bacterianos fueron descubiertos en 1915 por F.W. Twort, si bien su trabajo no
alcanzó la elegancia y claridad del desarrollado poco más tarde por el canadiense Félix
d'Hérelle (1917); fue éste quien acuñó el término bacteriófago, y supuso correctamente que
el fenómeno de lisis por estos agentes debía de estar ampliamente difundido entre las
bacterias. Aunque su esperanza en la aplicación de los fagos como elementos bactericidas
para uso médico no pudo satisfacerse, la contribución de los virus bacterianos al avance de
la genética y biología moleculares ha sido decisiva: de hecho, los primeros estudios
cuantitativos sobre replicación virásica se realizaron sobre fagos de Escherichia coli, lo que
suministró modelos aplicables a otros virus, incluidos los de animales. En 1925 Bordet y Bal
describen por primera vez el fenómeno de lisogenia, pero las relaciones entre los ciclos
lítico y lisogénico de los fagos no fueron aclaradas hasta los estudios de André Lwoff (1950).
La primera visualización de un virus se debe a las observaciones a microscopio ultravioleta
del bacteriólogo inglés Barnard (1925), y en 1939 se realiza la primera fotografía de un virus
a microscopio electrónico. Pero los avances más significativos en el estudio de la
composición y estructura de los virus se inician con la purificación y cristalización, por
Wendell M. Stanley, del virus del mosaico del tabaco -TMV- (1935), aplicando
procedimientos típicos de la cristalización de enzimas. Inicialmente Stanley comprobó que
el TMV contenía gran proporción de proteína, pero poco más tarde detecta, además, la
presencia de ácido nucleico. A partir de aquí, la Virología entra en una fase de ciencia
cuantitativa, en la que participan numerosos físicos, bioquímicos y genetistas, en un
esfuerzo interdisciplinar que da origen a la moderna Biología Molecular.
Un importante avance metodológico para el estudio de los virus animales se debió a Enders,
Weller y Robbins (1949), al desarrollar por primera vez un método para la multiplicación
virásica sobre cultivos de tejidos de mamíferos, técnica que fue perfeccionada más tarde por
el equipo de Renato Dulbecco.
Los recientes progresos en las numerosas técnicas de biología molecular han propiciado
una auténtica explosión de descubrimientos sobre la biología de los virus y de sus células
hospedadoras; baste citar la replicación del genomio de ARN de los retrovirus por
reversotranscripción a ADN, los fenómenos de transformación oncogénica virásica y su
aplicación a los estudios generales del cáncer, el diseño de vacunas recombinante por
manipulación in vitro de genomios virásicos, la próxima aplicación clínica de la primeras
terapias génicas en humanos recurriendo a vectores virásicos, etc. En el terreno de las
necesidades urgentes, la metodología existente ha permitido la rápida identificación y
caracterización del virus de la inmunodeficiencia humana, lo que se está traduciendo en
una intensa y racional búsqueda de procedimientos para prevenir y eliminar la inesperada
epidemia de SIDA.
En años recientes han sido descubiertos dos nuevos tipos de entidades infectivas,
subvirásicas: T.O. Diener describió en 1967 la existencia de ARN desnudos infectivos en
plantas, a los que llamó viroides, y en 1981 Prusiner puso de manifiesto que determinadas
enfermedades de mamíferos se deben a partículas proteicas aparentemente desprovistas de
material genético, a las que bautizó como priones.
2.11 RELACIONES ENTRE LA MICROBIOLOGÍA Y OTRAS CIENCIAS
BIOLÓGICAS.
El auge de la microbiología desde finales del siglo XIX se plasmó, entre otras cosas, en el
aislamiento de gran variedad de cepas silvestres de microorganismos, lo que suministró un
enorme volumen de nuevo material biológico sobre el que trabajar, aplicándose una serie
de enfoques que eran ya habituales en las ciencias naturales más antiguas; así, había que
crear un marco taxonómico (con sus normas de nomenclatura) para encuadrar a los
organismos recién descubiertos, era factible desarrollar trabajos sobre morfología y
fisiología comparadas, sobre variabilidad y herencia, evolución, ecología, etc. De este modo
la joven Microbiología fue objeto, en pocos años, de la utilización, a un ritmo acelerado, de
los métodos taxonómicos y experimentales que habían ido surgiendo y madurando desde el
siglo XVIII en los ámbitos de la "Historia Natural" clásica.
Aunque nos referiremos en otro apartado (véase cap. 2) a los avances de Taxonomía
Microbiana, vale la pena reseñar aquí los esfuerzos tempranos para lograr un clasificación
bacteriana por parte de Cohn (1875) y Migula (1894), que sustentaban su concepto de
especie predominantemente sobre caracteres morfológicos. Pero hacia 1900 era evidente la
arbitrariedad e insuficiencia de este tipo de clasificaciones, de modo que los intentos
posteriores hicieron uso de caracteres bioquímicos (Orma Jensen, 1909), o de una mezcla
de rasgos morfológicos, bioquímicos, patogénicos y de tinción (Buchanan, 1915). El sistema
de taxonomía bacteriana adquirió un nuevo impulso a partir de la 1ª edición del "Bergey's
Manual of Determinative Bacteriology" (1923), y de las propuestas de Kluyver y van Niel
("Prospects for a natural system of classification of bacteria", 1936). En cuanto a la
nomenclatura, no fue hasta 1958 en que cuajó un Código Internacional de Nomenclatura
Bacteriológica, aunque ya se venía aplicando desde hacía tiempo el procedimiento
tipológico para los microorganismos, con criterios similares a los de la Zoología y la
Botánica.
El establecimiento de relaciones taxonómicas precisó el recurso a métodos cada vez más
amplios y afinados de análisis genético, estructural o fisiológico. En un apartado anterior ya
vimos las conexiones tempranas entre la Bioquímica y la Microbiología a propósito del
descubrimiento de la base enzimática de las fermentaciones, lo cual abrió el camino para
dilucidar el metabolismo energético microbiano, y para demostrar su similitud química con
rutas metabólicas de organismos superiores. Otro paso importante en la percepción de la
unidad bioquímica del mundo vivo deriva del descubrimiento de las vitaminas (término
acuñado por Funk em 1911), al establecerse que determinados factores de crecimiento
requeridos por algunos microorganismos eran químicamente similares a las vitaminas
necesarias en la dieta de los animales, y que este tipo de compuestos representa precursores
biosintéticos de coenzimas del metabolismo celular. Así pues, este tipo de investigaciones
sentó claramente la idea de la unidad química de los seres vivos, independientemente de su
encuadre taxonómico, y encauzó una buena parte de los trabajos bioquímicos hacia los
microorganismos, dadas sus cualidades de facilidad de manejo y cultivo en laboratorio.
En cuanto a las conexiones de la Microbiología con la Genética, ya Beijerink, en 1900, tras
analizar la teoría de la mutación de De Vries, había predicho que los microoganismos
podrían convertirse en objetos de investigación más adecuados que los sistemas animales o
vegetales. Pero las primeras conexiones entre ambas ciencias arrancan de la necesidad que
hubo, a principios del siglo XX, de determinar la sexualidad de los hongos con fines
taxonómicos. En 1905 Maire demostró la existencia de meiosis en la formación de
ascosporas, y Claussen (1907) evidenció fusión de núcleos en Ascomicetos, mientras que
Kniepp, hacia finales de los años 30 había recogido un gran volumen de información sobre
procesos sexuales en Basidiomicetos. El sueco Lindegren (1936) realiza las primeras
cartografías genéticas en cromosomas de Neurospora, durante su estancia en el laboratorio
californiano de Morgan; este último, propugnador de la "teoría de los genes" (1926),
confiaba desde hacía años en ampliar sus éxitos, logrados en Drosophila, hacia el estudio de
la genética microbiana. En 1941, otros dos discípulos de Morgan, Beadle y Tatum, aislan
mutantes auxotróficos de Neurospora, con lo que se inicia el estudio de la base bioquímica
de la herencia, y convierten a este hongo en una valiosa herramienta de trabajo en esta línea
de investigación.
Las estrategias diseñadas por Beadle y Tatum fueron aplicadas por Luria y Delbrück (1943)
a cultivos bacterianos, investigando la aparición de mutaciones espontáneas resitentes a
fagos o estreptomicina. La conexión de estos experimentos con las observaciones previas de
Griffith (1928) sobre la transformación del neumococo, llevó a Avery y colaboradores
(1944) a demostrar que el "principio transformante" portador de la información genética es
el ADN. En 1949 Erwin Chargaff demuestra bioquímicamente la transmisión genética
mediante ADN en Escherichia coli , y en 1952 Alfred Hershey y Martha Chase, en
experimentos con componentes marcados de fagos, ponen un elegante colofón a la
confirmación de la función del ADN, con lo que se derribaba el antiguo y asentado
"paradigma de las proteínas" que hasta mediados de siglo intentaba explicar la base de la
herencia. De esta forma, la Microbiología experimental se sitúa en pleno centro del
nacimiento de la Genética molecular, de la mano de los avances paralelos en Bioquímica
(análisis por rayos X de la estructura del ADN debido a Maurice Wilkins y Rosalind
Franklin, modelo de Watson y Crick de la doble hélice del ADN, etc.), dando origen esta
confluencia a lo que se ha llamado la "edad de oro" de la Biología Molecular.
3 OBJETO DE ESTUDIO DE LA MICROBIOLOGÍA
El objeto de estudio de una ciencia se puede desglosar en dos apartados: objeto material y
objeto formal.
3.1 OBJETO MATERIAL: LOS MICROORGANISMOS
La Microbiología es la ciencia que se ocupa del estudio de los microorganismos, es decir, de
aquellos organismos demasiado pequeños para poder ser observados a simple vista, y cuya
visualización requiere el empleo del microscopio. Esta definición implica que el objeto
material de la Microbiología viene delimitado por el tamaño de los seres que investiga, lo
que supone que abarca una enorme heterogeneidad de tipos estructurales, funcionales y
taxonómicos: desde partículas no celulares como los virus, viroides y priones, hasta
organismos celulares tan diferentes como las bacterias, los protozoos y parte de las algas y
de los hongos. De esta manera la Microbiología se distingue de otras disciplinas
organísmicas (como la Zoología y la Botánica) que se centran en grupos de seres vivos
definidos por conceptos biológicos homogéneos, ya que su objeto de indagación se asienta
sobre un criterio artificial que obliga a incluir entidades sin más relación en común que su
pequeño tamaño, y a excluir a diversos organismos macroscópicos muy emparentados con
otros microscópicos.
A pesar de esto (o incluso debido a ello), la Microbiología permanece como una disciplina
perfectamente asentada y diferenciada, que deriva su coherencia interna del tipo de
metodologías ajustadas al estudio de los organismos cuyo tamaño se sitúa por debajo del
límite de resolución del ojo humano, aportando un conjunto específico de conceptos que
han enriquecido la moderna Biología.
Podemos definir, pues, a los microorganismos como seres de tamaño microscópico dotados
de individualidad, con una organización biológica sencilla, bien sea acelular o celular, y en
este último caso pudiendo presentarse como unicelulares, cenocíticos, coloniales o
pluricelulares, pero sin diferencianción en tejidos u órganos, y que necesitan para su
estudio una metodología propia y adecuada a sus pequeñas dimensiones. Bajo esta
denominación se engloban tanto microorganismos celulares como las entidades
subcelulares.
3.1.1 MICROORGANISMOS CELULARES
Comprenden todos los procariotas y los microorganismos eucarióticos (los protozoos, los
mohos mucosos, los hongos y las algas microscópicas). El encuadre de todos estos grupos
heterogéneos será abordado en el próximo capítulo.
3.1.2 VIRUS Y PARTICULAS SUBVIRASICAS
Otro tipo de objetos de estudio de la microbiología son las entidades no celulares, que a
pesar de no poseer ciertos rasgos atribuibles a lo que se entiende por vida, cuentan con
individualidad y entidad biológica, y caen de lleno en el dominio de esta ciencia.
Los virus son entidades no celulares de muy pequeño tamaño (normalmente inferior al del
más pequeño procariota), por lo que debe de recurrirse al microscopio electrónico para su
visualización. Son agentes infectivos de naturaleza obligadamente parasitaria intracelular,
que necesitan su incorporación al protoplasma vivo para que su material genético sea
replicado por medio de su asociación más o menos completa con las actividades celulares
normales, y que pueden transmitirse de una célula a otra. Cada tipo de virus consta de una
sola clase de ácido nucleico (ADN o ARN, nunca ambos), con capacidad para codificar
varias proteínas, algunas de las cuales pueden tener funciones enzimáticas, mientras que
otras son estructurales, disponiéndose éstas en cada partícula virásica (virión) alrededor del
material genético formando una estructura regular (cápside); en algunos virus existe,
además, una envuelta externa de tipo membranoso, derivada en parte de la célula en la que
se desarrolló el virión (bicapa lipídica procedente de membranas celulares) y en parte de
origen virásico (proteínas).
En su estado extracelular o durmiente, son totalmente inertes, al carecer de la maquinaria
de biosíntesis de proteínas, de replicación de su ácido nucleico y de obtención de energía.
Esto les obliga a un modo de vida parasitario intracelular estricto o fase vegetativa, durante
la que el virión pierde su integridad, y normalmente queda reducido a su material genético,
que al superponer su información a la de la célula hospedadora, logra ser expresado y
replicado, produciéndose eventualmente la formación de nuevos viriones que pueden
reiniciar el ciclo.
Los viroides son un grupo de nuevas entidades infectivas, subvirásicas, descubiertas en
1967 por T.O. Diener en plantas. Están constituidos exclusivamente por una pequeña
molécula circular de ARN de una sola hebra, que adopta una peculiar estructura secundaria
alargada debido a un extenso, pero no total, emparejamiento intracatenario de bases por
zonas de homología interna. Carecen de capacidad codificadora y muestran cierta
semejanza con los intrones autocatalíticos de clase I, por lo que podrían representar
secuencias intercaladas que escaparon de sus genes en el transcurso evolutivo. Se
desconocen detalles de su modo de multiplicación, aunque algunos se localizan en el
nucleoplasma, existiendo pruebas de la implicación de la ARN polimerasa II en su
replicación. Esta replicación parece requerir secuencias conservadas hacia la porción
central del viroide. Los viroides aislados de plantas originan una gran variedad de
malformaciones patológicas. El mecanismo de patogenia no está aclarado, pero se sabe que
muchos de ellos se asocian con el nucleolo, donde quizá podrían interferir; sin embargo, no
existen indicios de que alteren la expresión génica (una de las hipótesis sugeridas); cada
molécula de viroide contiene uno o dos dominios conservados que modulan la virulencia.
En 1986 se descubrió que el agente de la hepatitis delta humana posee un genomio de ARN
de tipo viroide, aunque requiere para su transmisión (pero no para su replicación) la
colaboración del virus de la hepatitis B, empaquetándose en partículas similares a las de
este virus. A diferencia de los viroides vegetales, posee capacidad codificadora de algunas
proteínas.
Los ARNs satélites son pequeñas moléculas de tamaño similar al de los viroides de
plantas (330-400 bases), que son empaquetados en cápsidas de determinadas cepas de
virus (con cuyos genomios no muestran homologías). Se replican sólo en presencia del virus
colaborador específico, modificando (aumentando o disminuyendo) los efectos patógenos
de éste.
Los virusoides constituyen un grupo de ARNs satélites no infectivos, presentes en el
interior de la cápsida de ciertos virus, con semejanzas estructurales con los viroides,
replicándose exclusivamente junto a su virus colaborador.
Los priones son entidades infectivas de un tipo totalmente nuevo y original, descubiertas
por Stanley Prusiner en 1981, responsables de ciertas enfermedades degenerativas del
sistema nervioso central de mamíferos (por ejemplo, el "scrapie" o prurito de ovejas y
cabras, la encefalitis espongiforme bovina), incluyendo los humanos (kuru, síndrome de
Gerstmann-Straüssler, enfermedad de Creutzfeldt-Jakob). Se definen como pequeñas
partículas proteicas infectivas que resisten la inactivación por agentes que modifican ácidos
nucleicos, y que contienen como componente mayoritario (si no único) una isoforma
anómala de una proteina celular. Tanto la versión celular normal (PrP C) como la patógena
(PrPSc en el caso del "scrapie") son glicoproteínas codificadas por el mismo gen
cromosómico, teniendo la misma secuencia primaria. Se desconoce si las características
distintivas de ambas isoformas estriban en diferencias entre los respectivos oligosacáridos
que adquieren por procesamiento post-traduccional.
A diferencia de los virus, los priones no contienen ácido nucleico y están codificados por un
gen celular. Aunque se multiplican, los priones de nueva síntesis poseen moléculas de PrP
que reflejan el gen del hospedador y no necesariamente la secuencia de la molécula del PrP
que causó la infección previa. Se desconoce su mecanismo de multiplicación, y para
discernir entre las diversas hipótesis propuestas quizá haya que dilucidar la función del
producto normal y su posible conversión a la isoforma patógena infectiva.
Recientemente se ha comprobado que, al menos algunas de la enfermedades por priones
son simultáneamente infectivas y genéticas, una situación insólita en la Patología humana,
habiéndose demostrado una relación entre un alelo dominante del PrP y la enfermedad de
Creutzfeldt-Jakob. El gen del prión (Prn-p) está ligado genéticamente a un gen autosómico
(Prn-i) que condiciona en parte los largos tiempos de incubación hasta el desarrollo del
síndrome.
 3.2 OBJETO FORMAL
Todos los aspectos y enfoques desde los que se pueden estudiar los microorganismos
conforman lo que denominamos objeto formal de la Microbiología: características
estructurales, fisiológicas, bioquímicas, genéticas, taxonómicas, ecológicas, etc., que
conforman el núcleo general o cuerpo básico de conocimientos de esta ciencia. Por otro
lado, la Microbiología también se ocupa de las distintas actividades microbianas en relación
con los intereses humanos, tanto las que pueden acarrear consecuencias perjudiciales (y en
este caso estudia los nichos ecológicos de los correspondientes agentes, sus modos de
transmisión, los diversos aspectos de la microbiota patógena en sus interacciones con el
hospedador, los mecanismos de defensa de éste, así como los métodos desarrollados para
combatirlos y controlarlos), como de las que reportan beneficios (ocupádose del estudio de
los procesos microbianos que suponen la obtención de materias primas o elaboradas, y de
su modificación y mejora racional con vistas a su imbricación en los flujos productivos de
las sociedades). Finalmente, la Microbiología ha de ocuparse de todas las técnicas y
metodologías destinadas al estudio experimental, manejo y control de los microorganismos,
es decir, de todos los aspectos relacionados con el modo de trabajo de una ciencia empírica.

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