3 – EL HOMBRE SER CREADO.
SENTIDO Y DESTINO DEL SER HUMANO
A – REFLEXIÓN DE LAS CIENCIAS HUMANAS ACERCA DEL HOMBRE
B – REFLEXIÓN DESDE LA FE ACERCA DEL HOMBRE
El título de esta Unidad 3 es “orientativo” y tiene como finalidad responder a la pregunta esencial:
¿Qué es el hombre? En este caso considerando la perspectiva o visión de las Ciencias humanas en
primer lugar, y de la reflexión o visión cristiana –es decir, desde la Fe–, en segundo lugar.
La respuesta debe comenzar analizando todo aquello que podemos observar.
– El hombre es un ser personal, unitario, social, etc…
A – ¿QUÉ SE DICE DESDE LAS CIENCIAS HUMANAS?
¿Qué es el hombre? ¿qué podemos observar? ¿Qué dicen las Ciencias Naturales y la Filosofía?
Ensayaremos una posible respuesta a partir de estos 5 puntos, siguiendo a Juan Luis LORDA1:
1. Un problema de teoría del conocimiento.
2. La clasificación biológica.
3. La diferencia específica.
4. Lo que nos dice la filosofía.
5. El problema del espíritu humano.
¿Por qué es necesaria una idea cristiana del hombre?
– Ayuda al creyente a situarse vital e intelectualmente, además de ser una forma atractiva de
presentar el mensaje cristiano.
– El cristianismo es una forma de vida cuya verdad brilla al mostrar la idea del hombre que lleva
implícita. «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el
encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con
ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 1).
– La visión cristiana del hombre y de la sociedad es una de las mayores aportaciones culturales que
conserva la humanidad y fundamenta, en gran medida, las estructuras intelectuales, jurídicas y
sociales de Occidente.
1. Un problema de teoría del conocimiento
Preguntar sobre la esencia –¿qué es?– resulta una gran pretensión; menos ambicioso es preguntar
por su definición: ¿cómo definimos al hombre?.
Problemática acerca de las teorías sobre el conocimiento –antiguas como la misma Filosofía–: ¿es
posible el conocimiento? ¿conocimiento de qué? ¿de todo? ¿qué podemos llegar a conocer? ¿cómo?
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JUAN LUIS LORDA, Para una idea cristiana del hombre. Aproximación teológica a la Antropología (Ed.
Rialp: Madrid 1999).
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De momento limitémonos a distinguir entre la descripción y la definición:
– describir algo es: “pintarlo con palabras” ¿cómo “pintamos” al hombre, teniendo en cuenta su
forma externa –esa forma que nos es accesible a través de los sentidos–?
• describir algo es decir cómo está configurado, cuál es su aspecto y comportamiento.
– definir algo es: intentar expresar su naturaleza, caracterizar esencialmente una realidad y
distinguirla –sin que quepa lugar a dudas– de todo lo demás –.
• definimos el concepto “hombre” –por ejemplo– así: el hombre (=especie) es un animal
(=género próximo) racional (=diferencia específica).
¿Qué dice “la Red” acerca del hombre?
Ø Ser vivo que tiene capacidad para razonar, hablar y fabricar objetos que le son útiles;
Ø Desde el punto de vista zoológico: es un animal mamífero del orden de los primates,
suborden de los antropoides, género Homo y especie Homo sapiens.
Ø “El hombre es un ser racional”
¿De dónde surge el convencimiento de que todo lo real debe tener una definición esencial?
– Concepción del cosmos recibida de PLATÓN (c. 427 – 347 a.C.): todas las cosas son reflejo o
realización de una idea o arquetipo, cuya naturaleza puede ser captada o “recordada” –según
su teoría de la reminiscencia– por nuestro conocimiento.
– Comprendemos las cosas cuando alcanzamos la idea arquetípica mediante la inteligencia.
• PLATÓN y el mito de la caverna: https://www.youtube.com/watch?v=X6nYfQV0Jm4
Ahora bien, definir supone un paso más: requiere expresar con palabras la idea obtenida:
1º declarando todas las características esenciales que están incluidas en la idea arquetípica.
2º situando esa idea obtenida en la escala de seres de la realidad.
– Para ARISTÓTELES (384 – 322 a.C.) definir una cosa consiste en incluirla en un género superior
y señalar la diferencia específica que la distingue de las demás clases de este género.
Por tanto, si la clasificación está bien hecha, las cosas se pueden definir por su situación en una
escala: basta con decir qué lugar ocupa una cosa determinada en relación con las demás formas
y modos de existencia de la realidad.
Esto supone una concepción del universo: admitir la existencia de una escala de seres coherente,
perfectamente ordenada en géneros y subgéneros. A esto los griegos lo llamaron κόσμος – kosmos
–un sistema ordenado y armónico–.
¿Por dónde comienza la escala de seres? Por lo más conocido: el hombre.
¿Conocemos al hombre por comparación con las demás cosas, o más bien conocemos las demás
cosas por comparación con él?
La realidad humana es el analogado principal y punto de referencia para nuestro conocimiento
de todo lo demás.
• Por ejemplo, la realidad humana es el punto de referencia para todo aquello que se refiere a
la psicología animal: nos hacemos una idea de lo que sienten los animales porque sabemos lo
que sentimos nosotros.
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• Pero incluso la realidad humana es también el punto de referencia para aquellos conceptos
más básicos de las ciencias más objetivas, como la física (fuerza, velocidad, tiempo), que no
podemos separarlos de experiencias humanas inmediatas, si queremos que signifiquen algo
más que simples expresiones matemáticas
Conclusión: nada hay más próximo a nuestro conocimiento que nosotros mismos; pero somos una
realidad muy compleja.
Para captar cada uno de nuestros aspectos, es necesario que podamos distinguirlos y, para eso,
debemos constituirlos en objeto de reflexión, es decir: debemos objetivarlos creando una distancia.
Algo que solo podremos lograr comparándolos con aquello que se nos da objetivamente.
Por tanto: la diversidad de las distintas ciencias que estudian al hombre –y el diálogo que éstas
puedan llevar a cabo entre sí–, debe ser tenido en cuenta en nuestra reflexión acerca del hombre, para
que podamos aumentar y perfeccionar nuestro conocimiento acerca del ser humano.
2. La clasificación biológica
– Definir las especies por su encuadramiento en géneros fue bien recibido por las Ciencias naturales:
hay ciencias que se dedican a la taxonomía –comparación y clasificación–.
– Cambios introducidos por el conocimiento moderno de la evolución: de las comparaciones
morfológicas a las relaciones filogenéticas. El ser se define por su forma y composición, también
por su historia y relaciones.
– Clasificación de las especies: orden de complejidad creciente y reducción en el ascenso.
– El hombre puede clasificarse (véase cualquier tratado de zoología): en el grupo de los vertebrados
superiores, entre la clase de los mamíferos y, más en particular, en el orden de los primates.
– El orden de los primates –que es el superior del reino animal–, comprende las distintas especies
de lo que comúnmente llamamos “monos”. Estas especies se agrupan en diversas familias:
• Entre las familias superiores destacan dos: la familia de los póngidos o antropomorfos –con
solo cuatro especies: gorila, chimpancé, orangután y gibón–.
• y la familia de los homínidos, con una sola especie: el hombre actual.
– Esta clasificación tradicional, que puede considerarse estable, se complica cuando se le intentan
incorporar las especies anteriores ya desaparecidas, cuya descripción depende del análisis de los
fragmentos fósiles que se van encontrando.
– En el estudio científico surgen muchas conjeturas: aunque los registros fósiles sean abundantes,
también son fragmentarios. Por tanto, no se puede pretender contar algo parecido a una «película»
de lo que haya podido suceder, con solo algunas escenas grabadas en piedra. Hay que conformarse
con restos y conjeturas.
3. La diferencia específica
Clasificar a la especie humana en el orden de los primates, con sus diversas divisiones, nos sitúa
ante el género de la definición. El modo clásico de definir exige añadir la diferencia específica.
En primer lugar, desde un punto de vista morfológico, vemos algunas diferencias: es diferente la
morfología del chimpancé o del gorila que la del hombre.
Tradicionalmente se señala el uso de la inteligencia como lo más distintivo –o específico– de la
especie humana: homo sapiens (forma actual de la especie; anteriores: homo habilis, homo erectus).
– No todos aceptan el título de la especie –homo sapiens– como «diferencia específica» humana:
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• en unos casos, por motivos prácticos: porque se piensa que la inteligencia es una cualidad
muy difícil de manejar y de medir; por eso prefieren escoger otros caracteres anatómicos más
medibles (capacidad craneal, dentición, bipedismo, etc.);
• en otros casos, por motivos ideológicos: se pone en duda que la inteligencia sea un carácter
verdaderamente diferencial que suponga un verdadero salto cualitativo con respecto a otras
especies y argumentan que se trata de una cuestión de nivel de desarrollo y adaptación –puede
encontrarse también en otras especies–.
La cuestión es problemática, y si vamos hacia atrás en el tiempo todavía se complica más: si
queremos o pretendemos descubrir en nuestros antepasados más arcaicos esta diferencia específica.
Algunos primates –como los chimpancés– son capaces de preparar y usar pequeños instrumentos
de manera muy rudimentaria: por ejemplo, el suso de varitas para hurgar en un hormiguero y comerse
las hormigas; con entrenamiento alguna habilidad aritmética y lingüística, pero saben lo que hacen.
Ciertamente lo sustantivo son las enormes diferencias que se dan entre el comportamiento de un
adulto humano actual crecido en un medio cultural, y cualquier primate. Estas diferencias provienen
de la cualidad llamada inteligencia y que constituye al «homo» en «sapiens». Es una característica
propiamente humana que se manifiesta externamente, al menos, en:
– la capacidad de resolver problemas,
– de aplicar en otro contexto experiencias adquiridas (porque es capaz de abstraer algo de ellas),
– en la confección y uso de instrumentos (porque consigue captar la relación entre medios y fines),
– en la expresión hablada y en las distintas manifestaciones del arte y la cultura.
Abundar en todo es poner de manifiesto lo obvio: sin embargo, a veces es necesario insistir en lo
evidente para que no quede oculto o recubierto por las disquisiciones o elucubraciones sobre simples
indicios o probabilidades.
He aquí un video que muestra lo que acabamos de afirmar: se trata de una de
entre tantas otras versiones acerca de la “creativa imaginación” del hombre por
explicar “científicamente” cómo tuvo lugar el “origen de la humanidad”:
https://www.youtube.com/watch?v=WFqybnqZwLs
Si queremos reconstruir nuestro pasado, es evidente que debemos conjeturar sobre restos fósiles
o/y culturales, guiándonos por indicios. Es decir: se trata de una tare muy difícil.
El hombre de Neanderthal (150.000 años en el pasado) sí era inteligente; pero acerca del homo
hábilis (dos millones y medio de años atrás…) solo podemos conjeturar.
Hay una dificultad añadida: la importancia fundamental que tiene la cultura en la configuración y
en el ejercicio de la inteligencia humana. Toda persona salvo anomalías funcionales está capacitada
para desarrollar toda una variedad de habilidades cuyo fundamento es la inteligencia.
¿Qué sucedería si a un hombre le impedimos el contacto con la cultura y lo criamos en estado
salvaje? Suponiendo que sobreviviera, carecería de toda esa variedad de habilidades fundamentadas
en la inteligencia, que para desarrollar sus potencialidades necesita un medio cultural. Por ej.: no
se puede hablar sin oír hablar.
En efecto, en el desarrollo de la función simbólica, el hombre se juega una parte substancial de
las manifestaciones de la inteligencia humana –porque es, eminentemente, un ser simbólico–.
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Todo esto hace todavía más complicado valorar la situación real de nuestros antecesores:
• Por una parte, no es posible estudiar las características físicas de su sistema neuronal –que,
prácticamente, no deja huella fósil–.
• Por otra parte, no podemos saber hasta qué punto una cultura demasiado pobre y elemental
condicionaba también un desarrollo intelectual y unas manifestaciones culturales igualmente
pobres y elementales. Solo si pudiéramos criar y educar a uno de aquellos individuos en nuestro
clima cultural, podríamos establecer verdaderas comparaciones y comprobar hasta qué punto sus
manifestaciones intelectuales serían como las nuestras.
También es importante constatar que, aunque un hombre crecido fuera del ámbito cultural tiende
a comportarse de una manera próxima al animal, lo cierto es que ningún animal crecido en un
ambiente cultural humano se comporta como un ser humano.
– Son famosas las experiencias intentadas con chimpancés, como el caso Washoe, criado por los
Gadner, y el experimento semejante que intentaron los Premack (Universidad de California, Santa
Bárbara). Otras experiencias siguieron a éstas, pero con mínimos resultados (R. Fouts –Universidad
Oklahoma–, E.S. Savage-Rimbaugh –Universidad de Emory, Atlanta)..
Washoe: Lenguaje y emociones en chimpancés (National Geographic)
https://www.dailymotion.com/video/x74q9r
Este tema de los “chimpancés hablantes” estuvo muy de moda hace unas décadas (al
principio, incluso, se intentaba que hablasen, luego a los psicólogos se les ocurrió lo de
enseñarles el lenguaje de signos), y fue portada de revistas y objeto de documentales y
películas, expandiendo una visión antropocéntrica, bienintencionada pero falsa, de la
“inteligencia” de los chimpancés. Hoy es algo muy cuestionado. En la página ampliada
expongo brevemente por qué.
En realidad, estas investigaciones “gramaticales” con chimpancés siempre han estado
bajo sospecha por la poca disposición de los adiestradores más entusiastas a compartir
sus datos o a que se realizasen revisiones de pares o investigaciones independientes bajo
el método científico, por el poco rigor y el sesgo de algunas aseveraciones (por ejemplo,
al considerar que gestos naturales del chimpancé se corresponden con los códigos
artificiales del ASL) y por los resultados muy poco alentadores cuando se han hecho
investigaciones rigurosas.
Actualmente, las versiones más ambiciosas de estas supuestas habilidades lingüísticas
son más bien cosa del pasado: Joel Wallman demolió todas esas experiencias en su clásico
Aping Language, convirtiendo el entusiasmo inicial en decepción. Igualmente,
psicolingüistas como Steven Pinker (citado al final de la nota de prensa de Yahoo)
sostienen que ni Washoe ni ningún otro chimpancé aprendiese el lenguaje de signos.
Simplemente se aceptaba ingenuamente el absurdo mito de que el ASL es algo así como
un sistema de gestos y pantomimas, que el chimpancé repite, y no un lenguaje completo
con su fonología, su morfología y su sintaxis. (Washoe murio de causas naturales en
Octubre de 2007).
Raúl Espert Tortajada, Universidad de Valencia – Dpto. Psicobiología
Solamente con un proceso muy largo de selección y de acomodo, que ha durado muchos miles de
años, se han logrado animales domésticos que manifiestan fenómenos de adaptación a la convivencia
física con la especie humana, pero permanecen totalmente impermeables a los contenidos de su
cultura: es decir, conviven con la cultura, pero no la comprenden.
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Conclusión: aunque no se puede ir muy lejos con todos estos análisis, resulta interesante hacerlos
para mostrar la complejidad del asunto y evitar soluciones simplistas.
La fisiología humana se puede analizar perfectamente, y sus características se pueden constatar y
comparar con las demás especies animales. Pero el estudio de la psicología humana resulta más
complicado. Para entrar en las funciones propias de la conciencia humana –en nuestro complejo
sistema neuronal, en el desarrollo de la inteligencia y de las expresiones culturales– hay que entrar
en el ámbito de la Filosofía y no tanto en el ámbito de la ciencia experimental.
4. Lo que nos dice la Filosofía
La Filosofía se ocupó desde muy pronto por averiguar qué es el hombre, aportándonos un notable
vocabulario para describir el conjunto de funciones y actos que caracterizan el espíritu humano: el
amor, la libertad, la inteligencia, etc...
Durante siglos la Filosofía realizó una tarea de introspección proporcionándonos un instrumental
lingüístico para poder expresar con palabras los resultados del estudio introspectivo del hombre. Un
instrumental lingüístico que describe prácticamente todos los campos de la psicología humana.
La Filosofía ha estudiado la conciencia, los estados de ánimo, todo ese interior que escapa al radio
de acción y de estudio de las ciencias positivas: nuestro interior pertenece al mundo de lo inteligible,
imperceptible por los sentidos sino por la razón, la inteligencia.
El mérito de la tarea de la Filosofía –de su trabajo de introspección– se puede comprobar si, por
un momento, intentáramos prescindir de este vocabulario y de todos los conceptos que soporta:
apenas podríamos decir una sola palabra sobre el hombre. No podemos prescindir de términos como:
libertad, voluntad, amor, fin, causa, inteligencia, idea, forma, orden, relación, estructura, síntesis…
Si contrastamos el uso de este vocabulario con los criterios de rigor de las ciencias positivas, nos
percatamos de que está insuficientemente contrastado y fundamentado:
– no es un vocabulario unívoco, sino que son términos equívocos;
– no siempre tienen un referente claro y las experiencias que designan no quedan bien determinadas.
Todos los experimentos de tipo positivista por reducir el lenguaje a una perfecta correspondencia
con datos objetivamente comprobables fracasaron, porque la interioridad humana no puede ser
abordada con criterios positivistas.
Cualquier estudio resulta limitado a la hora de dar cuenta de las dimensiones inmensas del espíritu
humano. La interioridad humana resulta tan rica y admite tantas expresiones que todas las disciplinas
incluidas en el amplio concepto de “Humanidades” no hacen otra cosa que mostrarlas.
Toda esta inmensa temática describe el universo de lo personal o espiritual.
• Un universo de una riqueza incomparable con los fenómenos que aparecen en los estratos
inferiores de la vida, la psicología animal o los procesos bioquímicos.
• Pero es un universo físicamente intangible que no podemos extender sobre la mesa de
trabajo, ni investigar con el microscopio.
Justamente en este estrato de lo personal, aparece la singularidad más significativa del ser
humano, que consiste en poder transcender su naturaleza. Mientras que los demás seres se limitan
a desplegar sus capacidades naturales, el hombre tiene una naturaleza abierta, con capacidad de hacer
algo no condicionado ni previsto en su naturaleza.
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• Por tanto, el hombre va más allá de lo dado en su naturaleza. Esto es la creatividad humana, que
da forma libre a su conducta: al conjunto de su biografía y a todas las expresiones de la cultura.
Distintos medios científicos postulan que toda la realidad humana se puede explicar. Y cada uno
quiere explicarlo todo desde su nivel científico particular, dando lugar a un variado repertorio de
reduccionismos: unos reducen el hombre a la realidad física, otros a genética, otros a fisiología
(neurología, etc.), o a las pautas de conducta animal, a los condicionamientos del subconsciente o a
los condicionamientos de tipo social.
Sin desconocer la parte de verdad que puede haber en esos condicionamientos, no resulta posible
prescindir del espíritu libre al intentar explicar la conducta humana. Basta observar el inmenso
fenómeno de la cultura para advertir que no está basada en ninguna ley natural, ni de la física, ni
de la química, ni de la biología, ni de la psicología animal.
Karl Popper señaló que la aparición y desarrollo del mundo 3 (cultura) es la prueba de que,
además del mundo 1 (físico), con sus leyes propias, hay que contar con otro mundo real, que es el
psicológico o mental (mundo 2), que tiene un modo de ser propio y distinto del mundo físico.
En conclusión, debemos reconocer dos ámbitos en la realidad: material y espiritual. Una doble
realidad objetiva y subjetiva: y resulta paradójico pedir una prueba objetiva de lo que es subjetivo.
5. El problema del espíritu humano
Los fenómenos interiores de la conciencia parecen exigir el reconocimiento de un ámbito propio
y distinto de los fenómenos materiales. De hecho, requieren un vocabulario distinto.
En general, los conocimientos de las distintas ciencias positivas que estudian al ser humano
resultan prácticamente irrelevantes para describir y explicar los fenómenos de la interioridad.
No obstante, existe una relación entre los fenómenos interiores de la conciencia y los fenómenos
materiales que estudian las distintas ciencias positivas, como muestra la variada gama de patologías
asociadas con alteraciones de la estructura del sistema nervioso en sus niveles físico, bioquímico o
funcional: traumatismos, carencias vitamínicas, infartos e ictus cerebrales, influencia de agentes
químicos, drogas, etc. Los efectos destructivos son reconocibles. Pero los efectos constructivos no.
La tradición de la filosofía griega veía en los procesos intelectuales algo tan maravilloso, que
afirmaba un fundamento transcendente y divino. En esto coincidían muchas culturas antiguas,
porque pensaban que en el hombre había algo superior.
Pero la filosofía griega tuvo la ventaja de la claridad: acuñó los conceptos necesarios y precisó
las nociones para poder hablar de la interioridad humana.
Así, al emerger lingüística y conceptualmente el universo de lo espiritual, y al reconocerle un
modo de ser diferente, separaron lo espiritual de lo material, y establecieron una clara distinción de
ámbitos, definiéndolos por contraposición mutua.
Desde entonces, el problema está planteado fundamentalmente en los mismos términos: por un
lado, se sigue analizando la experiencia del ámbito material externo, y, por otro lado, el ámbito de
los fenómenos de conciencia.
En nuestra época este planteamiento se ha ampliado y complicado, porque la cuestión presenta
una nueva problemática debido al desarrollo de la informática y, más en concreto, de los estudios
sobre la inteligencia artificial, que intentan lograr en los ordenadores manifestaciones semejantes a
las de la inteligencia humana.
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Esto dio lugar a un nuevo campo de reflexión y experimentación denominado psicología cognitiva,
de la que también cabe esperar frutos. No obstante, aunque los logros son formidables, también son
triviales: solo se consigue imitar algunas funciones más elementales de la inteligencia humana.
Es evidente y está ya comprobado que el área del razonamiento de tipo lógico-matemático puede
ser imitado por un ordenador. También son imitables los procesos de deducción. Pero no se ve cómo
pueden ser imitados los procesos que pertenecen al área de la intuición; es decir: de la formación de
nociones, abstracción y aplicación a problemas nuevos; toda la función simbólica, la construcción del
conocimiento y de la sabiduría; y, menos aún, los fenómenos específicos de la experiencia humana
estética, moral y religiosa.
Todo lo que exige la conciencia, con su carácter de sujeto, no es imitable: solamente se puede
imitar lo que no necesita conciencia.
La cuestión importante –planteada desde la filosofía griega–, es si estos fenómenos de
conciencia o espirituales suponen o no una transcendencia ontológica: ¿hay que reconocer otra
esfera del ser distinta de la materia o no?
En todo caso, desde el punto de vista filosófico, se plantea un problema terminológico difícil,
porque los términos materia y espíritu se han definido a lo largo de la Hª en un doble sentido: en
parte referidos a unos fenómenos difíciles de manejar y, en parte, por contraposición mutua. Y hoy
en día cuando hacemos referencia a estos términos –sobre todo a la materia– no decimos lo mismo
que ellos decían: y cualquier ambigüedad o alteración de un concepto afecta al otro. Por eso hay que
tener cuidado con el alcance de las palabras.
Si suponemos que en la realidad solo existe lo físico, tal como lo concibe la física, no podemos
conceder/admitir que exista algo distinto. Pero si suponemos que existe otra realidad que no es física
(y no tiene las propiedades que observamos en la materia), entonces reconocemos que en el hombre
puede haber una manifestación de esa otra realidad.
Hay indicios en ese sentido. O, al menos, la simple fenomenología nos exige reconocer otro ámbito
de experiencia, con sus leyes y vocabulario propio. Independientemente de que nos atrevamos o no a
hacer afirmaciones de tipo ontológico (es decir, de reconocimiento y expresión de una esfera del ser
distinta de la materia).
La filosofía solo puede alcanzar en este ámbito una certeza moral basada en la acumulación de
indicios, pero no puede lograr una prueba física de la existencia de lo no-físico que satisfaga las
exigencias de la ciencia experimental.
La tradición cristiana –que se ha hecho presente en nuestra cultura– reconoce que en la realidad
existe un modo de ser no-material, que es un sujeto consciente, un protagonista de la Hª –y que
denominamos «Dios»–.
Ahora bien, acercarnos a estas ideas nos exige cambiar de plano: ya no nos movemos en el plano
de las ciencias positivas o en el plano de la filosofía, sino en el plano de la Fe.
Sorprendente Evidencia de Dios – Evidencia Científica de Dios
Monasterio de la Sagrada Familia (Fillmore, NY) Hno. Miguel Dimond
https://www.youtube.com/watch?v=BnxpibyTkSw