Tolkien: Vida, Fe y Mitología
Tolkien: Vida, Fe y Mitología
Todo análisis serio también debe partir de otra premisa sustancial: su carácter de
filólogo, su gusto lingüístico. “Esto da cierto carácter a la nomenclatura (de su obra
literaria), o así me lo parece, que falta de modo notorio en otras creaciones
comparables”. Aunque no le pareciera central a los estudiosos, para Tolkien era
fundamental, por padecer “la maldición de una sensibilidad aguda por tales asuntos”[6].
Otra de sus pasiones dominantes es el mito, “y sobre todo la leyenda heroica a caballo
entre el cuento de hadas y la historia”. A ello debemos agregar su condición de inglés,
pues desde temprano, dice, “me afligió la pobreza de mi amado país: no tenía historias
propias vinculadas a su lengua y a su suelo”[7].
Como se va viendo, su obra está llena de su vida. Tolkien tiene en sus libros y poemas,
en las cartas profusamente escritas en su vida, en las largas conferencias y discursos que
pronunció, ciertas líneas directrices que lo caracterizan y que se vuelven parte de él: ser
inglés, filólogo, católico, la constitución de su familia, los tiempos de guerra y las
innumerables “aventuras” que vivió.
Curiosamente él rechazaba que su obra fuera, en alguna medida, autobiográfica. Que la
misión de sus personajes fuera su propia vida era algo que no le gustaba, a pesar de
indudables semejanzas. “La historia – decía en 1956 – no trata de JRRT en absoluto y
en ningún momento trata de ser una alegoría de su experiencia de la vida, porque eso es
lo que debe significar la objetivación de su experiencia subjetiva en un cuento, si algo
significa”[8].
Sin embargo, por algo una vez sostuvo que él mismo era un hobbit. “Soy de hecho un
Hobbit (salvo en el tamaño)- señaló en carta de 1958. Me gustan los jardines, los
árboles y las granjas no mecanizadas; fumo en pipa y me agrada la buena comida
sencilla (sin refrigerar), pero detesto la cocina francesa; me gustan los chalecos
ornamentales en estos tiempos opacados, y hasta me atrevo a llevarlos. Me satisfacen
las setas (recogidas en el campo); tengo un sentido del humor muy simple; me acuesto
tarde y me levanto tarde (cuando me es posible). No viajo mucho”[9].
Los cuentos de hadas son cuentos de niños, se decía habitualmente. Eso a comienzos del
siglo XX. La primera gran obra de Tolkien sobre este tema fue publicada en 1937 y la
llamó El Hobbit.
Comenzó con los cuentos que les contaba Tolkien a sus hijos durante años,
precisamente como cuentos para niños, cuestión que con el tiempo lamentaría. “Todo lo
que recuerdo del comienzo de El Hobbit es estar sentado corrigiendo ensayos de
promoción... En una hoja en blanco garrapateé: “En un agujero en el suelo vivía un
Hobbit”. No sabía y no sé por qué”[28], resumía en una carta de 1955. Ésa,
efectivamente, sería tiempo después la frase inicial de su libro.
La obra fue comenzada sólo para entretener, luego fue leída en el círculo de sus amigos,
los Inklings y finalmente fue publicada por la firma de Stanley Unwin. Es notable el
informe que aprueba su edición, escrito por su hijo Rayner, de 10 años. Así resumía el
pequeño su impresión: “Bilbo Baggins era un hobbit que vivía en su cueva de hobbit y
nunca salía en busca de aventuras, hasta que el mago Gandalf y sus enanos lo
convencieron que fuese. Pasó momentos emocionantes luchando contra duendes y
wargs. Por fin llega a la montaña solitaria. Smaug, el dragón que la custodia, muere, y
después de una tremenda batalla con los duendes, el hobbit vuelve a su casa ¡rico! Este
libro – concluía Rayner -, que no tiene mapas, no necesita ilustraciones, es bueno y
debería gustar a todos los chicos entre 5 y 9 años”[29].
“Entre 5 y 9 años”. Sin embargo, en 1939 Tolkien precisará sus conceptos y desarrollará
una riquísima teoría sobre el valor, el contenido y los destinatarios de los cuentos de
hadas, a través de una importante conferencia [30].
En esta conferencia, que denominó Sobre los cuentos de hadas[31], Tolkien sostenía
que los destinatarios de estos cuentos son fundamentalmente los adultos. “Si algún
interés tiene la lectura de los cuentos de hadas como género específico es que merece la
pena escribirlos por y para los adultos”[32], resumió en 1939, dos años después de la
publicación de “su” cuento de hadas.
¿Qué son los cuentos de hadas, según [Link]? Se podría decir muchas cosas, a
partir de las ideas desarrolladas en la conferencia Sobre los cuentos de hadas.
1. El reino de los cuentos de hadas es ancho y profundo, cabe la alegría y la tristeza, las
bestias y los pájaros, mares sin riberas e incontables estrellas, belleza que embelesa y un
peligro siempre presente (pág. 135).
2. El cuento de hadas es aquel que alude o hace uso de fantasía, cualquiera que sea su
finalidad primera: la sátira, la aventura, la enseñanza moral, la ilusión (págs. 140-141).
En ellos, por ejemplo, hay muchos anillos mágicos, prohibiciones arbitrarias, malvadas
madrastras y hasta las mismas (pág. 146). Lo que realmente cuenta es el colorido, la
atmósfera, los detalles individuales e inclasificables de un relato (pág. 147).
6. Los cuentos de hadas se justifican si son escritos por y para adultos. En 1937 Tolkien
había publicado El Hobbit como cuento de niños, pero dos años más tarde ya podía
defender su verdadera posición sobre los cuentos de hadas, que intensificará en sus
cartas (pág. 168).
8. Sobre la fantasía creativa hay dos consideraciones que realizar: por una parte se basa
en el amargo reconocimiento de que las cosas del mundo son tal cual se muestran bajo
el sol; en el reconocimiento de una realidad, pero no en la esclavitud de ella. En
segundo lugar, la fantasía constituye un “derecho humano” (pág. 176).
9. Aunque a Tolkien no le gustaba hacer de las obras literarias alegorías [34], lo cierto
es que su obra tiene sentido religioso y moral indudable. El mismo sostenía que “el mito
y el cuento de hadas, como toda forma de arte, deben reflejar y contener en solución
elementos de moral y verdad (o error) religiosa, pero no de manera explícita, no en la
forma conocida del mundo primordialmente “real”[35].
En su conferencia Sobre los Cuentos de Hadas sostuvo que “creamos a nuestra medida y
en forma delegada, porque hemos sido creados; pero no sólo creamos, sino que lo
hacemos a imagen y semejanza de un Creador”[36]. De hecho, además considera que el
Evangelio “no ha desterrado las leyendas, las ha santificado”, en plena comunión con
las ideas sostenidas en esa decisiva conversación con Lewis y Dyson en 1931.
10. Los cuentos de hadas son una literatura de evasión. Aunque desde luego los cuentos
de hadas no son en forma alguna la única fuente de evasión, resultan una de las más
obvias (y para algunos más bochornosas manifestaciones de la literatura de
“evasión”(pág. 180). ¿Por qué ha de despreciarse a la persona que, estando en prisión,
intenta fugarse y regresar a casa? Podríamos plantearlo así: las obras de fantasía son “un
oasis de cordura en un desierto de irracionalidad”[37].
11. El final feliz es otra de las características centrales de los cuentos de hadas. “Casi
me atrevería a asegurar – decía Tolkien - que así debe terminar todo cuento de hadas
que se precie... Ya que no tenemos un término que denote esta oposición, la denominaré
‘Eucatástrofe’. La eucatástrofe es la verdadera manifestación del cuento de hadas y su
más elevada misión”[38].
A partir de eso, Tolkien realiza una comparación con la “eucatástrofe del cristianismo”.
Así, sostiene que el nacimiento de Cristo es la eucatástrofe de la historia del Hombre y
la Resurrección es la eucatástrofe de la historia de la Encarnación. Se trata, ciertamente,
de una historia que comienza y finaliza en gozo. Posee de manera preeminente la
“consistencia interna de la realidad”[39].
Quizá por eso le gustaba recordar en ocasiones esa reflexión de Chesterton como
propia: “que es nuestro deber mantener flameando la Bandera de este mundo”[40].
Es la ilusión, la esperanza cristiana, de que a pesar de los dolores y dificultades de este
mundo, hay siempre causas por las cuales vivir y, ciertamente, una gran razón por la
cual morir: el reino de Dios. “El cristiano ha de seguir trabajando, en cuerpo y alma, ha
de seguir sufriendo, esperando y muriendo. Pero ahora puede comprender que todas sus
inclinaciones y facultades tienen una finalidad, que pueden ser redimidas. Quizá -
concluía en su conferencia de 1939- todos los cuentos se tornen reales; mas con todo,
una vez redimidos, se parecerán tanto y al mismo tiempo tan poco a las formas con que
salen de nuestras manos como el Hombre, una vez salvado, a la criatura caída que ahora
conocemos”[41].
En una carta de 1956 Tolkien recordaba como en El Señor de los Anillos había
sostenido que “así son a menudo los trabajos que mueven las ruedas del mundo. Las
manos pequeñas hacen esos trabajos porque es menester hacerlo, mientras los ojos
grandes se vuelven a otra parte”[42]. Y asimismo, recordando la Primera Guerra
Mundial en que le había correspondido participar, sostenía: “siempre me ha
impresionado que estemos aquí, que hayamos sobrevivido, a causa del indomable valor
que gentes muy pequeñas opusieron a fuerzas abrumadoras”[43].
De hecho, para Tolkien los hobbits no eran sino simples campesinos ingleses, pequeños
de tamaño, que reflejan un alcance también escaso de imaginación, “aunque de ningún
modo de poco valor o energía patente”. “Sólo somos iguales – decía en otra ocasión a su
hijo Michael – en compartir una profunda simpatía y un profundo sentimiento por el
soldado raso, en especial por el que proviene de las regiones agrícolas”[44].
Consideremos el caso de Bilbo Bolsón, el personaje central de El Hobbit. Cuando se
encuentra con Gandalf, el mago que lo anima a una aventura que planea, Bilbo le
responde que “en estos lugares somos gente sencilla y tranquila y no estamos
acostumbrados a las aventuras”[45]. La respuesta que Gandalf dará a los enanos será
elocuente y decisiva: “Hay mucho más en él (Bilbo Bolsón) de lo que imagináis y
mucho más de lo que él mismo se imagina”[46].
Entretanto, la percepción del mismo Bilbo había ido transformádose, y poco a poco
comenzó a sentir dentro de él el valor de las cosas hermosas, “deseó salir a las montañas
enormes, y oír los pinos y las cascadas, y explorar la cavernas, y llevar una espada en
vez de un bastón”[47]. La verdad será esa, y Bilbo se convertirá en un verdadero héroe,
derrotará a un dragón, superará difíciles aventuras, se hará rico con un botín y con
creatividad irá deshaciéndose de continuos problemas.
Algo similar ocurre con otros trabajos de Tolkien, como Egidio, el granjero de Ham,
Hoja de Niggle o El herrero de Wootton Mayor[49]. En el primero de ellos, es Egidio,
un humilde granjero, el héroe de la obra, quien derrota al dragón y se vuelve ídolo del
pueblo, superando al Rey y los caballeros, cuyos pergaminos nada pueden contra el
nuevo héroe campesino. No era solamente una persona que había logrado algo, sino un
campesino que llegó a Rey “ayudando a su propia suerte”[50]. Sólo en la humildad está
la grandeza.
Asimismo, Lewis dedicó a Tolkien su trabajo El problema del dolor. Fueron grandes
amigos y se oyeron mutuamente sus trabajos muchos antes de que ellos fueran
publicados. El origen del trabajo definitivo de Tolkien se desarrolla a partir de cuando él
y C. S. Lewis echaron una moneda al aire, según la cual Lewis debía escribir sobre un
viaje espacial y Tolkien uno a través del tiempo[63].
La verdad es que respecto del contenido Tolkien no estaba muy abierto a las críticas y
sugerencias de sus amigos de los Inklings, y muchas veces una idea para mejorar un
poema o una página significaba de parte de Tolkien sencillamente arrancar la página
completa o desatender las sugerencias. A ello se sumó, con respecto a Lewis, un
distanciamiento progresivo, por diferentes razones. Tolkien esgrime como
fundamentales causas del distanciamiento entre ambos la amistad de Lewis con Charles
Williams (cuya influencia habría sido dominante) y su extraño matrimonio[66], del que
se informó después de producido, a fines de los 50.
A esas razones es posible agregar además diferencias de orden intelectual: a Tolkien le
disgustaba que Lewis hiciera alegoría del cristianismo en su obra (y también que se
hubiera convertido en el “teólogo del hombre común”, aunque se hubiera convertido
tarde) y, según Tolkien, a Lewis “los hobbits nunca le gustaron mucho realmente”[67].
6. Tolkien ut semper
Ya lo decía el sabio de Gandalf: “No podemos dominar ni prever todas las oleadas del
mundo. No podemos ver ni gobernar el tiempo que hará”[71].
Tolkien estuvo plenamente conciente de ser una figura de culto mientras estaba vivo, y
eso no le era nada placentero. “No me parece – decía - que ello tienda a inflarlo a uno;
en mi caso, al menos, me hace sentir extremadamente pequeño e inadecuado”[73].
Ocurre en ocasiones que la obra de un artista, pintor o poeta, por ejemplo, toma vida
propia una vez publicada. El mismo hecho de ser escrita para ser leída o dibujada para
ser contemplada es una inmediata e intrínseca prevención contra cualquier vano
egoísmo. Eso le ocurrió precisamente a Tolkien en su vida, pues estaba convencido que
El Señor de los Anillos, por ejemplo, no le pertenecía. “Ha sido dado a la luz, y debe
seguir ahora su camino predestinado en el mundo, aunque, naturalmente, siento un
profundo interés por su suerte, como lo sentiría un padre por la de su hijo. Me consuela
saber que tiene buenos amigos que lo defienden de la malicia de sus enemigos”[74].
El tema central de sus trabajos, recordaba Tolkien, no era de orden moral o sobre el
problema del poder, sino uno que ha ocupado a los hombres desde hace siglos: el
problema de la muerte y de la inmortalidad; “el misterio del amor por el mundo en los
corazones de una raza “condenada” a partir y aparentemente a perderlo; la angustia en
los corazones de una raza “condenada” a no partir en tanto su entera historia no se haya
completado”[75].
La vida de Tolkien desde los años sesenta se fue acercando progresivamente a la muerte
a la cual “estaba condenado”. En 1963 murió C. S. Lewis, en 1971 murió la mujer de su
vida, Edith, su Lúthien de El Silmarillion. Así comenzaba el capítulo De Beren y
Lúthien: “Entre las historias de dolor y de ruina que nos llegaron de la oscuridad de
aquel entonces, hay sin embargo algunas en las que en medio del llanto resplandece la
alegría, y a la sombra de la muerte hay una luz que resiste. Y de estas historias la más
hermosa a los oídos de los Elfos es la de Beren y Lúthien”[76]. Es decir, Tolkien y
Edith.
Uno de los capítulos que Tolkien consideraba fundamentales en su obra literaria era la
historia de Aragorn y Arwen, que narra una dolorosa despedida. “Con tristeza hemos de
separarnos, mas no con desesperación – dijo Aragorn. ¡Mira! No estamos sujetos para
siempre a los confines del mundo, y del otro lado hay algo más que recuerdos.
¡Adiós!”[79].
Efectivamente, hay algo más que recuerdos. Tolkien, a través de la belleza, devuelve
algo de grandeza a un mundo cansado, a través de una obra escrita “con la sangre de mi
vida”[80], pero no para mirarse a sí mismo, sino para el mundo y para siempre.
A pesar de las miserias y dolores de la humanidad, “aún podemos rezar y tener
esperanzas”[81]. A pesar de la muerte, Tolkien sigue vivo a través del tiempo y las
distancias. Y es algo más que recuerdos: es la ilusión, el sueño y la esperanza de recrear
un mundo donde el bien sea posible, la belleza pueda ser contemplada, donde gobierne
la verdad y donde el mal sea siempre combatido.
Ad LPA, magna cum amicitia.
BIBLIOGRAFÍA
Obras de J. R. R. Tolkien
El Hobbit. Edit. Minotauro, Barcelona, España, 1999.
El Señor de los Anillos (3 volúmenes). Edit. Minotauro, Barcelona, España, 1999.
El Silmarillion. Edit. Minotauro, Barcelona, España, 1999.
Egidio, el granjero de Ham, Hoja de Niggle y El Herrero de Woottom Mayor. Edit. Minotauro,
Barcelona, España, 1997.
Árbol y hoja y el poema Mitopeia. Ed. Minotauro, Barcelona, España, 1997.
Los monstruos y los críticos y otros ensayos. Edit. Minotauro, Barcelona, España, 1998.
Cartas. Selección de Humphrey Carpenter, con la colaboración de Christopher Tolkien. Edit.
Minotauro, Barcelona, España, 1993.
[1] Se pueden revisar con interés las siguientes biografías sobre Tolkien: de Humphrey
Carpenter, J.R.R. Tolkien, Una biografía (Edit. Minotauro, 1990); Daniel Grotta, J.R. R.
Tolkien (Edit. Andrés Bello, 1992); Joseph Pearce, Tolkien: Man and Myth. (Harper Collins,
1998).
[3] J. R. R. Tolkien, Cartas. Carta 267, de 9-10 enero de 1965, pág. 411.
[4] Ibid., Carta 213, 25 de octubre de 1958, págs. 336-337. En otra ocasión sostuvo: “Una de
mis más decididas opiniones consiste en que la investigación de la biografía de un autor (u otros
atisbos de su “personalidad” que puedan ser recogidos por el curioso) es una aproximación a su
obra totalmente vana y falsa, y especialmente a una obra del arte narrativo, cuya finalidad es ser
disfrutada como tal: ser leída con placer literario” (Carta 329, Octubre de 1971, pág. 481).
[6] Hay numerosas referencias a este tema en la obra de Tolkien, en sus cartas personales y en
otros trabajos. Cfr. H. Carpenter, Tolkien, [Link], 3 “Había estado dentro del lenguaje”;
también, de Tolkien, su Discurso de despedida a la Universidad de Oxford, en Los monstruos y
los críticos y otros ensayos, págs. 264-284.
[11] Ibid., pág. 69. En otro pasaje, por su parte, hay una interesante reflexión sobre la guerra,
que hace en boca de Faramir. “Guerra ha de hablar mientras tengamos que defendernos de la
maldad, de un poder destructor que nos devoraría a todos; pero yo no amo la espada porque
tiene filo, ni la flecha porque vuela, ni al guerrero porque ha ganado la gloria. Sólo amo lo que
ellos defienden...” Cfr. El Señor de los Anillos, II, pág.364.
[12] Humphrey Carpenter, Tolkien, Una Biografía, pág. 88. “T.C.B.S.” significa “Tea Club
Barrovian Society”, por el lugar donde el grupo se reunía a conversar, el Barrow’s Stores.
[18] Ibid., Carta 211, 14 de octubre de 1958, pág. 331. Cfr. Humphrey Carpenter, Tolkien, Una
Biografía, págs. 105 ss.
[23] En J.R.R. Tolkien, Árbol y hoja y el poema Mitopeia. De este poema hay siete versiones,
antes de llegar a la definitiva. En la quinta versión, Tolkien escribió “J.R.R.T. para C.S.L.”. Esta
versión bilingüe –inglés y español– en las páginas 132-143. En adelante se citará como
Mitopeia.
[29] En Humphrey Carpenter, Tolkien, Una Biografía, pág. 201. Ése era el objetivo, por lo
demás, que se había propuesto el propio Tolkien, como consta en una carta de 1959. “Cuando
publiqué El Hobbit – apresuradamente y sin la debida consideración – estaba todavía bajo la
influencia de la convención de que los “cuentos de hadas” estaban naturalmente dirigidos a los
niños” (Carta 215, abril de 1959, pág. 347).
[31] En [Link], Los monstruos y los críticos y otros ensayos, Sobre cuentos de hadas,
págs.135-195.
[32] J. R. R. Tolkien, Sobre los cuentos de hadas, en Los monstruos y los críticos y otros
ensayos, pág. 168. Las siguientes ideas y las páginas entre paréntesis están extraídas de este
artículo.
[33] Ibid., págs. 161-162. Esta idea se expresa claramente en la formación de las obras mayores
de Tolkien, como El Hobbit y El Señor de los Anillos. Sin embargo, una gran representación de
esta idea está expresada en Hoja de Niggle, en que un pintor se introduce en su mundo
secundario, su pintura, lo cual lo convierte en un sub-creador. En otro pasaje de su conferencia
Sobre los Cuentos de Hadas sostuvo que “el logro de la expresión que proporciona (o al menos
así lo parece) “la consistencia interna de la realidad” es ciertamente otra cosa, otro aspecto, que
necesita un nombre distinto: el de Arte, el eslabón operante entre la Imaginación y el resultado
final, la Sub-creación” (pág. 170).
[34] Llegó a decir “me disgusta la Alegoría” (Carta 131, 1951, pág. 173), y a precisar que su
obra “no es una alegoría” (Carta 34, 13 de octubre de 1938, pág. 54). Ésta fue, además, una de
las causas de su distanciamiento intelectual con C. S. Lewis, quien sí usaba su obra literaria
como expresa alegoría del cristianismo.
[37] Ibid., pág. 182. Agregaba sobre esto que “el ser racional puede llegar mediante la reflexión
(que poco tiene que ver con los cuentos de hadas o de aventuras) a la condena implícita al
menos en el silencio de la literatura de evasión, de cosas tan progresistas como las fábricas o las
ametralladoras y bombas, que parecen ser sus más naturales, inevitables y hasta me atrevería a
decir que ‘inexorables’ logros” (pág. 183).
[38] Ibid., págs. 186-187. Se refiere también a este tema en una hermosa carta de 1944, a su hijo
Christopher. En ella le enseña el “término “eucatástrofe”, el súbito giro feliz en una historia que
lo atraviesa a uno con tal alegría que le hace saltar las lágrimas...”. Cartas, Carta 89, págs. 120
ss. Similar reflexión desarrolla Bilbo, que se había convertido en escritor de las aventuras de los
hobbits, cuando sostiene que “los libros han de tener un final feliz”, El Señor de los Anillos, I,
369.
[40] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 312, 16 de noviembre de 1969. En esta misma carta hablaba
de un “mundo espantoso, oscurecido por el miedo, cargado por el dolor, es el mundo en que
vivimos”.
[46] J. R. R. Tolkien, El Hobbit, pág. 29. Lo mismo dirá después Bilbo a Frodo. “Un simple
hobbit, eso pareces ser. Pero ahora hay algo más en ti, que sale a la superficie”, El Señor de los
Anillos, I, 375; y también Gandalf al propio Frodo: “Te pareces a Bilbo. Hay en ti más de lo que
se advierte a simple vista, como dije de él hace tiempo”, El Señor de los Anillos, I, 440.
[49] Los tres textos se encuentran en el mismo volumen de J. R. R. Tolkien, Egidio, el granjero
de Ham (págs. 19-88); Hoja de Niggle (págs. 89-118); El herrero de Woottom Mayor (págs.
119-158).
[51] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 241, 8-9 de septiembre de 1962, págs. 373-374.
[52] J. R. R. Tolkien, Hoja de Niggle, pág. 92. La obra fue escrita en 1939, cuando Tolkien
efectivamente no era muy famoso y se sumaba a ello las dificultades que tenía para avanzar en
sus obras, en parte por el perfeccionismo de su personalidad, pero también en alguna medida
por falta de sistema e incluso por pereza.
[53] Ibid., pág. 103. Como ha señalado José Miguel Odero, J. R. R. Tolkien, Cuentos de Hadas,
“En su cuento Hoja de Niggle, Tolkien plantea el sentido lleno de esperanza que la creación
artística posee para un cristiano: el hombre puede completar la Creación, contribuir a
embellecerla, trabajando así “codo a codo” con Dios; con la seguridad que su trabajo, si es
verdaderamente humano (éticamente), puede alcanzar de Dios el don de una sobrenatural
pervivencia, la eternidad que forma parte de la más honda aspiración del artista” ( pág. 36).
[59] [Link], Cautivado por la alegría. Historia de mi conversión (Editorial Encuentro, 1989),
pág. 221.
[60] Los Inklings eran “el conjunto de amigos, todos varones cristianos, y en su mayoría
interesados por la literatura”, que integraban Warren Lewis (hermano de [Link]), R.E.
Harvard (médico que atendía a los Lewis), Owen Barfield, Hugo Dyson, además de Tolkien y
Lewis, los miembros más famosos. A ellos se unió a fines de los ’30 Charles Williams. Cfr.
Humphrey Carpenter, [Link], Una Biografía, págs. 166-169. El mismo Carpenter tiene
un trabajo especial sobre este grupo, The Inklings: [Link], [Link], Charles Williams,
and their friends (London, 1978).
[61] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 298, 11 de septiembre de 1967, págs. 450-451.
[62] En [Link], Collected letters, Volume 1. Family letters, 1905-1931 (Harper Collins,
2000). Carta del 1° de octubre de 1931, págs. 972-975. En la carta siguiente, del 18 de octubre,
págs. 975-977, Lewis abunda en esa conversación y reconoce que “ahora la historia de Cristo es
simplemente un verdadero mito”.
[63] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 257, 16 de julio de 1964, pág. 404. En esa misma carta
agregó: “Sí, C. S. L. fue mi más íntimo amigo poco más o menos desde 1927 a 1940 y siguió
siendo muy querido para mí”.
[65] Ibid., Carta 282, 18 de diciembre de 1965, pág. 425. Por lo demás, fue el mismo Lewis
quien publicó comentarios de prensa sobre El Señor de los Anillos, en elogiosos términos, que
han sido publicados después en [Link], Of This and Other Worlds, págs. 95-103 (Harper
Collins, 2000).
[67] Ibid., Carta 294, 8 de febrero de 1967, pág. 437. De las biografías de ambos se puede
desprender también la influencia contraria a la amistad entre ellos de parte de Edith, la mujer de
Tolkien, y el hecho que éste no habría apoyado suficientemente a Lewis en su elección para la
cátedra F. P. Wilson, en 1945. Después de eso, “ya no había entre él y Lewis la intimidad de
antes”, como resumió Carpenter (pág. 222).
[70] Con ocasión de la muerte de Lewis su muerte, Tolkien confesó sentirse como un árbol
viejo que recibe “un hachazo cerca de las raíces” (Carta 252, noviembre o diciembre de 1963,
pág. 397).
[72] Ibid., Carta 181, enero o febrero de 1956, pág. 273. En otra carta sostenía que era “una obra
del arte narrativo, cuya finalidad es ser disfrutada como tal: ser leída con placer literario” (Carta
329, octubre de 1971, pág. 481).
[73] Ibid., Carta 336, 23 de mayo de 1972, pág. 486. Esta carta hace recordar el final de El
Hobbit, cuando Gandalf le dice a Bilbo que lo considera una “gran persona”, pero que en
definitiva es “sólo un simple individuo en un mundo enorme” (pág. 310).
[76] J. R. R. Tolkien, El Silmarillion, pág. 190. En las tumbas de ellos se pusieron estos
nombres del amor, Beren y Lúthien. Así lo recordaba Tolkien en una carta a su hijo Christopher
en julio de 197: “Ella era (y sabía que lo era) mi Lúthien. Empecé esto bajo el peso de una gran
emoción y desdicha; y, de cualquier modo, de tanto en tanto (cada vez más), me abruma una
implacable sensación de duelo” (Carta 340, pág. 488).