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Tolkien: Vida, Fe y Mitología

1. El documento habla sobre la vida y obra de J.R.R. Tolkien. Describe cómo su conversión al catolicismo por parte de su madre y la muerte prematura de esta a los 34 años tuvieron una gran influencia en él. También detalla cómo su experiencia en la Primera Guerra Mundial y la muerte de amigos cercanos inspiraron su deseo de crear un mundo ficticio con belleza y bien. 2. En su juventud, Tolkien y sus amigos aspiraban a crear una mitología para Inglaterra. Años más tarde,

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Tolkien: Vida, Fe y Mitología

1. El documento habla sobre la vida y obra de J.R.R. Tolkien. Describe cómo su conversión al catolicismo por parte de su madre y la muerte prematura de esta a los 34 años tuvieron una gran influencia en él. También detalla cómo su experiencia en la Primera Guerra Mundial y la muerte de amigos cercanos inspiraron su deseo de crear un mundo ficticio con belleza y bien. 2. En su juventud, Tolkien y sus amigos aspiraban a crear una mitología para Inglaterra. Años más tarde,

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"Tolkien: para todos, para siempre"

Alejandro San Francisco*

J. R. R. Tolkien nació en Sudáfrica el 3 de enero de 1892 y fue bautizado el último día


de ese mes, en la catedral de Bloemfentein[1]. Ambos padres, Mabel y Arthur, eran
anglicanos. Ocho años más tarde la vida ha cambiado demasiado para los Tolkien:
Arthur ha muerto, la madre y sus dos hijos viven en su Inglaterra y ella toma una de las
decisiones más importantes de su vida, que marcará también a Ronald: se convierte al
catolicismo, a pesar de las objeciones de sus parientes. En junio de 1900 es recibida en
la Iglesia Católica Apostólica Romana[2].
Ese será uno de los momentos decisivos de la vida de Tolkien, como el mismo recordará
años más tarde. Ella –señala en 1954 en carta a su hijo Michael- estaba “desgastada por
la persecución, la pobreza y la enfermedad, en gran parte su consecuencia, esforzándose
en transmitirnos a nosotros, pequeños, la Fe”[3]. De su madre recibió la formación
inicial, la transmisión de la fe católica, los mejores recuerdos de su infancia y la más
terrible pena por su muerte prematura en 1904, cuando tenía sólo 34 años.
Según Tolkien no era necesario conocer su vida, para comprender su obra. “No me
gusta comunicar hechos sobre mí, salvo los secos. No sólo por motivos personales, sino
porque objeto la tendencia contemporánea de la crítica a conceder demasiada
importancia a la vida de los autores y los artistas. Sólo distraen la atención de la obra de
un autor”[4].
Sin embargo, parece todo lo contrario: a partir de su larga y fecunda vida personal y
artística se puede reflexionar con mayor claridad sobre aspectos centrales de su obra
literaria y, como Tolkien incluso comentaba, se puede entender con más claridad sus
paisajes y los diálogos, sus amores y dolores, su filosofía de vida y su religión y el
sentido de su existencia. “Cualquier análisis de la vida de Tolkien – dice Carpenter -
debe considerar la importancia que para él tuvo la religión. Su compromiso con el
cristianismo, y en especial con la Iglesia Católica, era total”[5].

Todo análisis serio también debe partir de otra premisa sustancial: su carácter de
filólogo, su gusto lingüístico. “Esto da cierto carácter a la nomenclatura (de su obra
literaria), o así me lo parece, que falta de modo notorio en otras creaciones
comparables”. Aunque no le pareciera central a los estudiosos, para Tolkien era
fundamental, por padecer “la maldición de una sensibilidad aguda por tales asuntos”[6].
Otra de sus pasiones dominantes es el mito, “y sobre todo la leyenda heroica a caballo
entre el cuento de hadas y la historia”. A ello debemos agregar su condición de inglés,
pues desde temprano, dice, “me afligió la pobreza de mi amado país: no tenía historias
propias vinculadas a su lengua y a su suelo”[7].
Como se va viendo, su obra está llena de su vida. Tolkien tiene en sus libros y poemas,
en las cartas profusamente escritas en su vida, en las largas conferencias y discursos que
pronunció, ciertas líneas directrices que lo caracterizan y que se vuelven parte de él: ser
inglés, filólogo, católico, la constitución de su familia, los tiempos de guerra y las
innumerables “aventuras” que vivió.
Curiosamente él rechazaba que su obra fuera, en alguna medida, autobiográfica. Que la
misión de sus personajes fuera su propia vida era algo que no le gustaba, a pesar de
indudables semejanzas. “La historia – decía en 1956 – no trata de JRRT en absoluto y
en ningún momento trata de ser una alegoría de su experiencia de la vida, porque eso es
lo que debe significar la objetivación de su experiencia subjetiva en un cuento, si algo
significa”[8].
Sin embargo, por algo una vez sostuvo que él mismo era un hobbit. “Soy de hecho un
Hobbit (salvo en el tamaño)- señaló en carta de 1958. Me gustan los jardines, los
árboles y las granjas no mecanizadas; fumo en pipa y me agrada la buena comida
sencilla (sin refrigerar), pero detesto la cocina francesa; me gustan los chalecos
ornamentales en estos tiempos opacados, y hasta me atrevo a llevarlos. Me satisfacen
las setas (recogidas en el campo); tengo un sentido del humor muy simple; me acuesto
tarde y me levanto tarde (cuando me es posible). No viajo mucho”[9].

Tolkien y su vida. Los hobbits y sus aventuras. Inglaterra, su idioma y su historia. La


familia de Tolkien y sus grandes amigos. Un siglo dramático y unas historias
fantásticas.
Un hombre que no viajaba mucho, pero cuya obra es hoy patrimonio universal. Como
los hobbit, que no gustaban de las aventuras y que vivieron algunas de las historias más
maravillosas.

1. Génesis de una gran obra

¿Qué es el Somme? Quizá es la muerte, la amputación de la juventud, el triunfo del sin


sentido, el fracaso de lo propiamente humano. Cuando las noticias de julio de 1916
llegaron a Inglaterra la reacción fue la propia de quienes aún no comprendían el mal
inmenso y crecedor de la guerra, siempre abierto a nuevas atrocidades, notable porque
el desastre puede desarrollarse y superar incluso los peores pensamientos. Fueron más
de 600 mil las bajas para Inglaterra y Francia, y sólo en el primer día cayeron 30 mil
jóvenes ingleses y los días siguientes la situación no mejoró, las muertes siguieron
produciéndose y ni siquiera la “alegría” del triunfo final pudo devolver a Inglaterra lo
mejor de su juventud, caída en los campos de batalla.
La oscuridad, la larga noche sobre Europa, la ruptura generacional, la guerra civil más
salvaje de la historia. La muerte sobre los que todavía no experimentan la vida a
plenitud; amistades y amores interrumpidos, familias amputadas, ciudades que pierden
el futuro, universidades que postergan el trabajo de la razón por los años irracionales en
los campos de batalla. Como decía Tolkien, “el mal parecía haberse metido en el fuego
mismo”[10]. Europa tuvo sueños horribles y el despertar fue todavía peor: la pesadilla
era la continua vida de meses y años en los campos de batalla.
“Y luego tuvo unos sueños horribles... En ese momento despertó con un horrible
sobresalto y se encontró que parte del sueño era verdad”[11].
Fueron cientos, miles, millones los jóvenes muertos en la Primera Guerra Mundial.
Muchos perdieron hijos, padres, amigos, maridos, hermanos. No era de extrañarse,
entonces, que en el reino de la muerte los sobrevivientes se preguntaran, mirando al
cielo o a su propio corazón, “¿por qué yo? ¿por qué yo?”.
La pregunta tenía sentido. Para todos y cada uno de los jóvenes europeos.
Esa fue la experiencia de J.R. Tolkien en la guerra. No sólo porque él mismo,
efectivamente, sobrevivió, sino también por cuanto sus amigos más cercanos
encontraron la muerte en la Primera Guerra Mundial.
La famosa T.C.B.S. era una sociedad donde Tolkien, Wiseman, R.Q. Gilson y G. B.
Smith se reunían para hablar de poesía, soñar en grande y conversar sintiéndose “de
tamaño intelectual cuatro veces más grande”[12] cuando estaban juntos. Eran “la
amistad elevada a la enésima potencia”[13], como les gustaba repetir. En la guerra
primero murió Gilson y luego Smith. Este escribió una hermosa carta a Tolkien poco
antes de morir, decisiva en el futuro creador del sobreviviente.
“Mi mayor consuelo – decía Smith – es que si esta noche me voy a los imbornales –
salgo en misión dentro de unos minutos – todavía quedarían miembros de la gran
T.C.B.S. para anunciar lo que yo soñaba y en lo que todos concordábamos. Estoy
seguro de que la muerte puede hacernos repulsivos o impotentes como individuos, pero
no puede poner fin a los cuatro inmortales. Es un descubrimiento que comunicaré a Rob
antes de salir esta noche. Y díselo también a Christopher. Que Dios te bendiga, querido
John Ronald, y que digas las cosas que yo intentaba decir cuando yo no esté para
decirlas, si ésa es mi suerte. Siempre tuyo, G.B.S.”[14].
“Que digas las cosas que yo intentaba decir”. Ese amigo, vecino de la muerte en los
campos de batalla, escribió unas breves pero auténticas y decisivas letras a Tolkien. De
ahí en adelante, Tolkien buscará desarrollar personalmente la idea de crear un mundo
donde la belleza y el bien fueran verdad, donde el mal fuera siempre combatido.
Cuando el mundo vio surgir la Segunda Guerra Mundial el drama de Tolkien volvió:
ahora sus hijos partían a la guerra, en circunstancias que él había ido a otra 25 años atrás
y había perdido amigos con la extraña justificación – decía la propaganda – de que
“nunca más habría guerras”.
Así lo resumía en una carta a su hijo Christopher. “A veces me siento aterrado al pensar
en la suma total de miseria humana que hay en este momento en el mundo entero: los
millones separados los unos de los otros, estremecidos, prodigándose en días sin
provecho... aparte de la tortura, el dolor, la muerte, la injusticia... (Y) ningún hombre
puede estimar lo que está realmente acaeciendo sub specie aeternitatis”[15].

2. La creación de una mitología

¿Qué se habían propuesto, qué deseaban los amigos de la T. C. B. S.?


Aspiraban a la grandeza, sin duda, incluso a ella más que a la santidad o la nobleza “por
sí solas”. “La grandeza a la que me refería – cuenta Tolkien en una carta de 1916 – era
la de ser un gran instrumento en las manos de Dios, un promotor, un hacedor, un
ganador incluso de grandes cosas, un principiante aun en la menor de las grandes
cosas”[16].
En esos tiempos desearon desarrollar una mitología para su país. “Desde mis días
tempranos me afligió la pobreza de mi propio amado país: no tenía historias propias
(vinculadas con su lengua y su suelo), no de la cualidad que yo buscaba y encontraba
(como ingredientes) en leyendas de otras tierras”. Agregaba que “tenía la intención de
crear un cuerpo de leyendas más o menos conectadas... que podría dedicar simplemente
a Inglaterra, a mi patria”[17]. De hecho, recordaba después que sólo construyó un
“tiempo imaginario”, pero en lo que se refiere al espacio, “he mantenido los pies en mi
propia madre patria”[18].
Esa mitología de Tolkien (y las lenguas con ella asociadas) empezó a cobrar forma por
primera vez durante la guerra de 1914-1918. “La Caída de Gondolin ( y el nacimiento
de Eärendil) fue escrito mientras estaba de licencia en el hospital después de haber
sobrevivido a la Batalla del Somme, en 1916”[19], contaba el autor de El Señor de los
Anillos en una carta de 1955.
Decíamos que la creación de mitos era una de las pasiones dominantes de Tolkien, y
algunos estudios sobre él se concentran especialmente en este aspecto, al punto de
considerarlo central para la comprensión de su obra [20].
Esta idea será central en al vida de Tolkien, y tendrá como momento culminante una
conversación con Hugo Dyson y [Link], la noche del 19 de septiembre de 1931.
En esa ocasión, Lewis dijo: “Pero los mitos son mentiras, aunque esas mentiras sean
dichas a través de la plata”, a lo que Tolkien respondió escuetamente: “ No. No lo
son”[21]. La reunión tuvo una proyección mucho mayor, pues Tolkien argumentó la
existencia de una verdad inherente a la mitología. “Venimos de Dios –continuó
explicando a sus amigos-, e inevitablemente los mitos que tejemos, aunque contienen
errores, reflejan también un astillado fragmento de luz verdadera, la eterna verdad de
Dios. Sólo elaborando mitos, sólo convirtiéndose en un ‘subcreador’ e inventando
historias, puede aspirar el hombre al estado de perfección que conoció antes de la
Caída”[22].
Después de esto, Tolkien escribió Mitopeia[23], una poesía que significa “hacer mitos”,
y se refiere a su creación por parte de los hombres y del derecho de éstos a crear los
mitos. Su poema comienza, según la conversación de esa noche, “a aquel que dice que
los mitos son mentiras, y por tanto sin valor, aun dichos ‘a través de la plata’”[24].
En algunos versos desarrolla claramente su visión:

“El corazón del hombre no está hecho de engaños


y obtiene sabiduría del único que es Sabio,
y todavía lo invoca. Aunque ahora exiliado,
el hombre no se ha perdido ni del todo ha cambiado.
Quizá conozca la des-gracia, pero no ha sido destronado,
y aún lleva los harapos de su señorío,
el dominio del mundo con actos creativos:
y nunca adora al Gran Artefacto,
hombre, sub-creador, luz refractada
a través de quien se separa en fragmentos de Blanco
en formas vivas que van de mente en mente.
Aunque hayamos puesto en los agujeros del mundo
elfos y duendes, aunque hayamos levantado
dioses y casas de la oscuridad y de la luz,
y sembrado la semilla del dragón, era nuestro derecho
(usado bien o mal). El derecho no ha decaído.
Aún seguimos la ley por la que fuimos creados”[25].
“Benditos los hacedores de leyendas con sus versos
sobre cosas que no se encuentran en los registros del tiempo”[26].
“No iré por ese camino llano y polvoriento,
indicando esto y aquello por esto y aquello,
vuestro mundo inmutable donde el pequeño hacedor
no participa del arte del hacedor”[27].

“Hombre, sub-creador”, “era nuestro derecho”, “el derecho no ha decaído”, “benditos


los hacedores de leyendas”, “el pequeño hacedor”, son conceptos que reflejan con
claridad el mito tolkeniano, de su filosofía del mito. De ahí en adelante, habrá que
concretar la poesía en la mitología largamente añorada.
En los años siguientes será el propio Tolkien el hombre sub-creador, el bendito hacedor
de leyendas, quien ejercerá el derecho humano a crear un tiempo, una geografía, una
filosofía, historias y lenguajes, criaturas numerosas y variadas aventuras.
3. Sobre los cuentos de hadas

Los cuentos de hadas son cuentos de niños, se decía habitualmente. Eso a comienzos del
siglo XX. La primera gran obra de Tolkien sobre este tema fue publicada en 1937 y la
llamó El Hobbit.
Comenzó con los cuentos que les contaba Tolkien a sus hijos durante años,
precisamente como cuentos para niños, cuestión que con el tiempo lamentaría. “Todo lo
que recuerdo del comienzo de El Hobbit es estar sentado corrigiendo ensayos de
promoción... En una hoja en blanco garrapateé: “En un agujero en el suelo vivía un
Hobbit”. No sabía y no sé por qué”[28], resumía en una carta de 1955. Ésa,
efectivamente, sería tiempo después la frase inicial de su libro.

La obra fue comenzada sólo para entretener, luego fue leída en el círculo de sus amigos,
los Inklings y finalmente fue publicada por la firma de Stanley Unwin. Es notable el
informe que aprueba su edición, escrito por su hijo Rayner, de 10 años. Así resumía el
pequeño su impresión: “Bilbo Baggins era un hobbit que vivía en su cueva de hobbit y
nunca salía en busca de aventuras, hasta que el mago Gandalf y sus enanos lo
convencieron que fuese. Pasó momentos emocionantes luchando contra duendes y
wargs. Por fin llega a la montaña solitaria. Smaug, el dragón que la custodia, muere, y
después de una tremenda batalla con los duendes, el hobbit vuelve a su casa ¡rico! Este
libro – concluía Rayner -, que no tiene mapas, no necesita ilustraciones, es bueno y
debería gustar a todos los chicos entre 5 y 9 años”[29].
“Entre 5 y 9 años”. Sin embargo, en 1939 Tolkien precisará sus conceptos y desarrollará
una riquísima teoría sobre el valor, el contenido y los destinatarios de los cuentos de
hadas, a través de una importante conferencia [30].
En esta conferencia, que denominó Sobre los cuentos de hadas[31], Tolkien sostenía
que los destinatarios de estos cuentos son fundamentalmente los adultos. “Si algún
interés tiene la lectura de los cuentos de hadas como género específico es que merece la
pena escribirlos por y para los adultos”[32], resumió en 1939, dos años después de la
publicación de “su” cuento de hadas.
¿Qué son los cuentos de hadas, según [Link]? Se podría decir muchas cosas, a
partir de las ideas desarrolladas en la conferencia Sobre los cuentos de hadas.

1. El reino de los cuentos de hadas es ancho y profundo, cabe la alegría y la tristeza, las
bestias y los pájaros, mares sin riberas e incontables estrellas, belleza que embelesa y un
peligro siempre presente (pág. 135).

2. El cuento de hadas es aquel que alude o hace uso de fantasía, cualquiera que sea su
finalidad primera: la sátira, la aventura, la enseñanza moral, la ilusión (págs. 140-141).
En ellos, por ejemplo, hay muchos anillos mágicos, prohibiciones arbitrarias, malvadas
madrastras y hasta las mismas (pág. 146). Lo que realmente cuenta es el colorido, la
atmósfera, los detalles individuales e inclasificables de un relato (pág. 147).

3. Hay tres elementos centrales en todo cuento de hadas: invención independiente,


derivación y difusión, que juegan un papel en la elaboración de la intrincada madeja del
cuento. La más importante y fundamental de las tres es la invención, por lo que no ha de
sorprender que sea también la más misteriosa. Las otras dos, en definitiva, se retrotraen
por necesidad hasta un inventor, es decir, hasta un narrador (pág. 149).
4. Es muy poderoso y estimulante en un cuento de hadas el uso que se hace del adjetivo:
“no hay en fantasía hechizo ni encantamiento más poderoso...”, decía Tolkien. La mente
que pensó en ligero, pesado, gris, amarillo, inmóvil y veloz también concibió la noción
de magia que haría ligeras y aptas para el vuelo las cosas pesadas, que convertiría el
plomo gris en oro amarillo y la roca inmóvil en veloz arroyo... (pág. 150).

5. Un concepto clave en el inicio y desarrollo de la fantasía tolkeniana es el concepto de


sub-creador, del hombre que crea un mundo (pág. 150). Esta idea, según sabemos, fue el
centro de Mitopeia.
El concepto de sub-creador no es la simple “voluntaria suspensión de la incredulidad”,
sino que aquél donde el sub-creador “construye un Mundo Secundario en el que tu
mente puede entrar. Dentro de él, lo que se relata es “verdad”: está en consonancia con
las leyes de ese mundo. “Crees en él, pues, mientras está, por así decirlo, dentro de él.
Cuando surge la incredulidad, el hechizo se rompe; ha fallado la magia, o más bien el
arte. Y vuelves a situarte en el Mundo Primario, contemplando desde fuera el pequeño
Mundo Secundario que no cuajó”[33].

6. Los cuentos de hadas se justifican si son escritos por y para adultos. En 1937 Tolkien
había publicado El Hobbit como cuento de niños, pero dos años más tarde ya podía
defender su verdadera posición sobre los cuentos de hadas, que intensificará en sus
cartas (pág. 168).

7. Otra idea fundamental de Tolkien se refiere a la utilidad de los cuentos de hadas, a la


respuesta del ¿para qué sirven? Su respuesta es la siguiente: ellos “ofrecen también en
forma y grado excepcional otros valores: Fantasía, Renovación, Evasión y Consuelo, de
todos los cuales, por regla general, necesitan los niños menos que los adultos. La
mayoría de estas cosas se tienen hoy por perjudiciales para todo el mundo” (pág. 169).
Por esta concepción Tolkien recibirá innumerables críticas, por no asumir la realidad,
los cambios tecnológicos y las consecuencias del progreso. Ello le llevaba a preguntarse
si las máquinas, por ejemplo, pueden considerarse más reales que un árbol o una
montaña.

8. Sobre la fantasía creativa hay dos consideraciones que realizar: por una parte se basa
en el amargo reconocimiento de que las cosas del mundo son tal cual se muestran bajo
el sol; en el reconocimiento de una realidad, pero no en la esclavitud de ella. En
segundo lugar, la fantasía constituye un “derecho humano” (pág. 176).

9. Aunque a Tolkien no le gustaba hacer de las obras literarias alegorías [34], lo cierto
es que su obra tiene sentido religioso y moral indudable. El mismo sostenía que “el mito
y el cuento de hadas, como toda forma de arte, deben reflejar y contener en solución
elementos de moral y verdad (o error) religiosa, pero no de manera explícita, no en la
forma conocida del mundo primordialmente “real”[35].
En su conferencia Sobre los Cuentos de Hadas sostuvo que “creamos a nuestra medida y
en forma delegada, porque hemos sido creados; pero no sólo creamos, sino que lo
hacemos a imagen y semejanza de un Creador”[36]. De hecho, además considera que el
Evangelio “no ha desterrado las leyendas, las ha santificado”, en plena comunión con
las ideas sostenidas en esa decisiva conversación con Lewis y Dyson en 1931.

10. Los cuentos de hadas son una literatura de evasión. Aunque desde luego los cuentos
de hadas no son en forma alguna la única fuente de evasión, resultan una de las más
obvias (y para algunos más bochornosas manifestaciones de la literatura de
“evasión”(pág. 180). ¿Por qué ha de despreciarse a la persona que, estando en prisión,
intenta fugarse y regresar a casa? Podríamos plantearlo así: las obras de fantasía son “un
oasis de cordura en un desierto de irracionalidad”[37].

11. El final feliz es otra de las características centrales de los cuentos de hadas. “Casi
me atrevería a asegurar – decía Tolkien - que así debe terminar todo cuento de hadas
que se precie... Ya que no tenemos un término que denote esta oposición, la denominaré
‘Eucatástrofe’. La eucatástrofe es la verdadera manifestación del cuento de hadas y su
más elevada misión”[38].
A partir de eso, Tolkien realiza una comparación con la “eucatástrofe del cristianismo”.
Así, sostiene que el nacimiento de Cristo es la eucatástrofe de la historia del Hombre y
la Resurrección es la eucatástrofe de la historia de la Encarnación. Se trata, ciertamente,
de una historia que comienza y finaliza en gozo. Posee de manera preeminente la
“consistencia interna de la realidad”[39].
Quizá por eso le gustaba recordar en ocasiones esa reflexión de Chesterton como
propia: “que es nuestro deber mantener flameando la Bandera de este mundo”[40].
Es la ilusión, la esperanza cristiana, de que a pesar de los dolores y dificultades de este
mundo, hay siempre causas por las cuales vivir y, ciertamente, una gran razón por la
cual morir: el reino de Dios. “El cristiano ha de seguir trabajando, en cuerpo y alma, ha
de seguir sufriendo, esperando y muriendo. Pero ahora puede comprender que todas sus
inclinaciones y facultades tienen una finalidad, que pueden ser redimidas. Quizá -
concluía en su conferencia de 1939- todos los cuentos se tornen reales; mas con todo,
una vez redimidos, se parecerán tanto y al mismo tiempo tan poco a las formas con que
salen de nuestras manos como el Hombre, una vez salvado, a la criatura caída que ahora
conocemos”[41].

4. La grandeza de la vida corriente

En una carta de 1956 Tolkien recordaba como en El Señor de los Anillos había
sostenido que “así son a menudo los trabajos que mueven las ruedas del mundo. Las
manos pequeñas hacen esos trabajos porque es menester hacerlo, mientras los ojos
grandes se vuelven a otra parte”[42]. Y asimismo, recordando la Primera Guerra
Mundial en que le había correspondido participar, sostenía: “siempre me ha
impresionado que estemos aquí, que hayamos sobrevivido, a causa del indomable valor
que gentes muy pequeñas opusieron a fuerzas abrumadoras”[43].
De hecho, para Tolkien los hobbits no eran sino simples campesinos ingleses, pequeños
de tamaño, que reflejan un alcance también escaso de imaginación, “aunque de ningún
modo de poco valor o energía patente”. “Sólo somos iguales – decía en otra ocasión a su
hijo Michael – en compartir una profunda simpatía y un profundo sentimiento por el
soldado raso, en especial por el que proviene de las regiones agrícolas”[44].
Consideremos el caso de Bilbo Bolsón, el personaje central de El Hobbit. Cuando se
encuentra con Gandalf, el mago que lo anima a una aventura que planea, Bilbo le
responde que “en estos lugares somos gente sencilla y tranquila y no estamos
acostumbrados a las aventuras”[45]. La respuesta que Gandalf dará a los enanos será
elocuente y decisiva: “Hay mucho más en él (Bilbo Bolsón) de lo que imagináis y
mucho más de lo que él mismo se imagina”[46].

Entretanto, la percepción del mismo Bilbo había ido transformádose, y poco a poco
comenzó a sentir dentro de él el valor de las cosas hermosas, “deseó salir a las montañas
enormes, y oír los pinos y las cascadas, y explorar la cavernas, y llevar una espada en
vez de un bastón”[47]. La verdad será esa, y Bilbo se convertirá en un verdadero héroe,
derrotará a un dragón, superará difíciles aventuras, se hará rico con un botín y con
creatividad irá deshaciéndose de continuos problemas.

El resultado de la expedición a la que Bilbo se sumó sin entusiasmo será el origen de su


propia “grandeza”. Las palabras finales que Gandalf dirige a Bilbo son claras respecto a
la visión de Tolkien: “Te considero una gran persona, señor Bolsón, y te aprecio mucho,
pero en última instancia, ¡eres sólo un simple individuo en un mundo enorme!”[48]. Un
simple individuo en un mundo enorme, la mano pequeña que mueve al mundo.

Algo similar ocurre con otros trabajos de Tolkien, como Egidio, el granjero de Ham,
Hoja de Niggle o El herrero de Wootton Mayor[49]. En el primero de ellos, es Egidio,
un humilde granjero, el héroe de la obra, quien derrota al dragón y se vuelve ídolo del
pueblo, superando al Rey y los caballeros, cuyos pergaminos nada pueden contra el
nuevo héroe campesino. No era solamente una persona que había logrado algo, sino un
campesino que llegó a Rey “ayudando a su propia suerte”[50]. Sólo en la humildad está
la grandeza.

Hoja de Niggle – de claro contenido autobiográfico, como lo reconoce Tolkien[51]-,


trata de la vida y muerte de un artista, un pintor no muy famoso, que tenía dificultades
para la realización de su labor, como el tener muchas ocupaciones, el que “a veces se
sentía algo perezoso”[52], y muchas veces debía recibir visitas y atenderlas.
Sin embargo, Niggle descubre de pronto uno de los placeres de la vida: “se había
acostumbrado a iniciar su trabajo tan pronto como sonaba una campana y a dejarlo al
sonar la siguiente todo lo recogido y listo para poderlo continuar cuando fuera preciso.
Terminaba sus trabajillos con primor... Disfrutaba ahora de mayor paz interior”[53].
En esta obra está claramente representada la concepción ética y religiosa del trabajo,
más allá de la importancia que una determinada actividad tenga a los ojos humanos: es
trabajo bien hecho. Según Tolkien, la moral debería ser una guía para nuestros humanos
propósitos, el conducto de nuestra vida, con dos premisas fundamentales: a) la manera
en que nuestros talentos individuales pueden desarrollarse sin desperdicio ni abuso, y b)
sin daño para nuestros semejantes ni estorbo para su desarrollo (más allá de lo cual está
el autosacrificio por amor)[54].
El juicio moral respecto del trabajo personal pertenece, sin embargo a Dios, y cada uno
puede emplear dos escalas diferentes de moralidad. “Ante nosotros mismos -decía
Tolkien-debemos presentarnos el ideal absoluto sin compromiso, pues no conocemos
los límites de nuestra propia fuerza natural (+ la gracia), y si no apuntamos a lo más
alto, estaremos sin duda por debajo de lo que podríamos alcanzar. A los demás, a los
que conocemos lo bastante como para emitir un juicio, debemos aplicar una escala
atemperada por la “misericordia”: es decir, como con buena voluntad podemos hacer
esto sin la tendencia inevitable en juicios acerca de nosotros mismos, debemos estimar
los límites de la fortaleza de otro y sopesarla en relación con la fuerza de las particulares
circunstancias”[55].
Quizá muchas veces el brillo de las grandes obras concluidas logra opacar el trabajo
silencioso, tedioso y cuesta arriba de cada día, de horas de trabajo sin descanso, de
largas jornadas para completar los detalles, de solitarios pensamientos y difíciles
conclusiones. Probablemente muy pocos de los lectores de El Hobbit o El Señor de los
Anillos saben que ambos fueron dactilografiados personalmente por Tolkien[56],
incluso dos o más veces, por falta de recursos.
Una vez más la sabiduría de Gandalf resumía bien la labor de los hombres sobre la
tierra: “no nos corresponde a nosotros elegir la época en que nacemos, sino hacer lo que
esté de nuestra parte para componerla”[57]. Con nuestro trabajo bien hecho, por cierto.

5. El valor creativo de la amistad

La obra de Tolkien es, en gran medida, la obra de sus amigos.


Desde la lejana T. C. B. S. a comienzos de siglo hasta el desarrollo de sus principales
trabajos a mediados de siglo, Tolkien fue hombre de grandes amigos y de amigos que
influían directamente en sus trabajos literarios.
La T. C. B. S. fue formada originalmente por tres estudiantes que tenían en común la
gran pasión por la literatura griega y latina, y una gran amistad con gustos y
conocimientos compartidos y algunos que no compartían. A Tolkien, Wiseman y Gilson
se suma más tarde Smith, quien ingresó tiempo después que Tolkien a la Universidad de
Oxford, lo que confirmó entre ellos una amistad corta pero fecunda. Smith leía todos los
poemas de su amigo y le preguntaba por el contenido último de sus trabajos. Sabemos
que después ambos fueron a la guerra, donde Smith encontró la muerte, no sin antes
dirigir esa famosa y dramática carta donde solicitaba a Tolkien que si moría, todavía
quedaba el mismo Tolkien para “anunciar lo que yo soñaba y en lo que todos
concordábamos...” y para decir “las cosas que yo intentaba decir cuando yo no esté para
decirlas, si ésa es mi suerte”.
Por eso cuando Tolkien regresó a Oxford en 1925 era evidente que algo faltaba en su
vida. Y era C. S. Lewis quien faltaba. Pronto Lewis “empezó a sentir sincero afecto por
ese hombre de rostro alargado y mirada vivaz a quien le gustaban la buena
conversación, la risa y la cerveza; y Tolkien fue subyugado por la mente rápida de
Lewis y por su espíritu tan generoso y amplio”[58].
El comienzo de la relación fue curioso. Como recuerda Lewis en su autobiografía
espiritual, la amistad con J.R.R. Tolkien marcó la caída de dos viejos prejuicios. “Al
entrar por primera vez en el mundo me habían advertido (implícitamente) que no
confiase nunca en un papista, y al entrar por primera vez en la Facultad (explícitamente)
de que no confiara nunca en un filólogo. Tolkien era ambas cosas”[59].

De ahí en adelante no sólo serán amigos, sino compañeros de ruta en la creación


intelectual y miembros de una nueva sociedad “literaria”: los Inklings[60]. Después de
morir el club original de los Inklings, C. S. Lewis y Tolkien sobrevivieron. El nombre
fue transferido por Lewis “al indeterminado e intelectual círculo de amigos que se
reunían en torno a C. S. L. en sus habitaciones del Magdalen. C. S. L. tenía pasión por
escuchar la lectura de obras en voz alta, capacidad de memoria para lo recibido de ese
modo y también extrema facilidad para la crítica improvisada; nada de eso
(especialmente lo último) era compartido en el mismo grado por sus amigos”[61].
Por ejemplo, Tolkien –según señalamos- dedicó su poema Mitopeia a Lewis, y la
conversación de la noche del 19 de septiembre de 1931 fue decisiva para un paso más
en la conversión de éste, cuando ya no sólo cree en que Dios existe, sino que comienza
a creer en Cristo. Así lo cuenta el propio Lewis en una carta a Arthur Greeves, días
después: “He pasado de creer en Dios a creer decididamente en Cristo, en el
cristianismo. Trataré de explicártelo en otro momento. Mi larga conversación nocturna
con Dyson y Tolkien ha tenido mucho que ver con esto”[62].

Asimismo, Lewis dedicó a Tolkien su trabajo El problema del dolor. Fueron grandes
amigos y se oyeron mutuamente sus trabajos muchos antes de que ellos fueran
publicados. El origen del trabajo definitivo de Tolkien se desarrolla a partir de cuando él
y C. S. Lewis echaron una moneda al aire, según la cual Lewis debía escribir sobre un
viaje espacial y Tolkien uno a través del tiempo[63].

Probablemente lo más decisivo en términos de creación intelectual y de trabajo


perdurable fue el impulso decidido, el apoyo incondicional y sistemático que Lewis dio
a Tolkien para que éste siguiera escribiendo y llevara a término exitoso El Señor de los
Anillos. “C. S. Lewis es un muy viejo amigo y colega, y, a decir verdad, debo al aliento
que me dispensó el hecho de que, a pesar de los obstáculos (¡con inclusión de la guerra
de 1939!), perseveré en la escritura de El Señor de los Anillos, y finalmente lo
acabé”[64]. Y en otra carta reafirmaba esta misma idea, pues “si no hubiera sido por el
aliento que me dio C. S. L., no creo que hubiera completado El Señor de los Anillos ni
lo hubiera ofrecido a la publicación”[65].

La verdad es que respecto del contenido Tolkien no estaba muy abierto a las críticas y
sugerencias de sus amigos de los Inklings, y muchas veces una idea para mejorar un
poema o una página significaba de parte de Tolkien sencillamente arrancar la página
completa o desatender las sugerencias. A ello se sumó, con respecto a Lewis, un
distanciamiento progresivo, por diferentes razones. Tolkien esgrime como
fundamentales causas del distanciamiento entre ambos la amistad de Lewis con Charles
Williams (cuya influencia habría sido dominante) y su extraño matrimonio[66], del que
se informó después de producido, a fines de los 50.
A esas razones es posible agregar además diferencias de orden intelectual: a Tolkien le
disgustaba que Lewis hiciera alegoría del cristianismo en su obra (y también que se
hubiera convertido en el “teólogo del hombre común”, aunque se hubiera convertido
tarde) y, según Tolkien, a Lewis “los hobbits nunca le gustaron mucho realmente”[67].

Después de la separación entre estos grandes amigos, la vida de Tolkien transcurrió


como un solitario, que echaba de menos la compañía masculina y amistosa que había
gozado durante gran parte de su vida y de manera tan intensa.
Por eso lo recordará siempre con cariño y profunda gratitud. “Teníamos una gran deuda
mutua, con el profundo afecto que engendró, permanece. Era un gran hombre”[68],
sostuvo Tolkien a fines de 1963.
Nunca olvidaría Tolkien como reaccionó Lewis en algunos pasajes decisivos de El
Señor de los Anillos: “los aprobó (los capítulos) con un fervor inusitado, y el último
capítulo lo impresionó al punto de derramar lágrimas”[69]. Lágrimas que devolverá
Tolkien en 1963, al enterarse de la muerte de Lewis[70], a quien tanto quería, a pesar de
los pesares.
Eso pasa con las amistades profundas, intensas y decisivas en la vida: las personas se
arriesgan a llorar un poco.

6. Tolkien ut semper

Ya lo decía el sabio de Gandalf: “No podemos dominar ni prever todas las oleadas del
mundo. No podemos ver ni gobernar el tiempo que hará”[71].

Es verdad, no podemos predecir el futuro. Sin embargo, sí es posible imaginar el futuro


a la luz de lo que ha ocurrido con Tolkien en el siglo XX. Hoy él es parte de la cultura y
trascendió con creces su espacio y su tiempo. Si bien su obra fue concebida como una
mitología para Inglaterra, pensada y escrita en sus años de Oxford y difundida
originalmente en pequeños círculos de amigos y soñadores, lo cierto es que hoy su obra
es patrimonio universal. Una vez recordaba que El Señor de los Anillos “fue escrito
para entretener (en el más alto sentido): para ser leíble”[72].

Tolkien estuvo plenamente conciente de ser una figura de culto mientras estaba vivo, y
eso no le era nada placentero. “No me parece – decía - que ello tienda a inflarlo a uno;
en mi caso, al menos, me hace sentir extremadamente pequeño e inadecuado”[73].
Ocurre en ocasiones que la obra de un artista, pintor o poeta, por ejemplo, toma vida
propia una vez publicada. El mismo hecho de ser escrita para ser leída o dibujada para
ser contemplada es una inmediata e intrínseca prevención contra cualquier vano
egoísmo. Eso le ocurrió precisamente a Tolkien en su vida, pues estaba convencido que
El Señor de los Anillos, por ejemplo, no le pertenecía. “Ha sido dado a la luz, y debe
seguir ahora su camino predestinado en el mundo, aunque, naturalmente, siento un
profundo interés por su suerte, como lo sentiría un padre por la de su hijo. Me consuela
saber que tiene buenos amigos que lo defienden de la malicia de sus enemigos”[74].

El tema central de sus trabajos, recordaba Tolkien, no era de orden moral o sobre el
problema del poder, sino uno que ha ocupado a los hombres desde hace siglos: el
problema de la muerte y de la inmortalidad; “el misterio del amor por el mundo en los
corazones de una raza “condenada” a partir y aparentemente a perderlo; la angustia en
los corazones de una raza “condenada” a no partir en tanto su entera historia no se haya
completado”[75].

La vida de Tolkien desde los años sesenta se fue acercando progresivamente a la muerte
a la cual “estaba condenado”. En 1963 murió C. S. Lewis, en 1971 murió la mujer de su
vida, Edith, su Lúthien de El Silmarillion. Así comenzaba el capítulo De Beren y
Lúthien: “Entre las historias de dolor y de ruina que nos llegaron de la oscuridad de
aquel entonces, hay sin embargo algunas en las que en medio del llanto resplandece la
alegría, y a la sombra de la muerte hay una luz que resiste. Y de estas historias la más
hermosa a los oídos de los Elfos es la de Beren y Lúthien”[76]. Es decir, Tolkien y
Edith.

A comienzos de siglo la muerte le había arrebatado a sus amigos en la guerra y antes a


su propia madre. Sabía que pronto debía marcharse él mismo.
Cuatro días antes de morir escribió una carta que terminaba hablando del tiempo. “Aquí
está bochornoso – decía a su hija Priscilla -, húmedo y lluvioso por el momento, pero
los pronósticos son más favorables”[77]. Así lo imaginaba Tolkien para el mundo, y su
obra es parte de la belleza con la que había que combatir el mal, las guerras o la
inhumanidad.
El sabio de Gandalf lo había expresado con claridad: no nos corresponde a nosotros
elegir la época en que nacemos, sino hacer lo que esté de nuestra parte para componerla.
En El Hobbit, ya lo había advertido Thorin, “si muchos de nosotros dieran más valor a
la comida, la alegría y las canciones que al oro acumulado, este sería un mundo más
feliz”[78].

Uno de los capítulos que Tolkien consideraba fundamentales en su obra literaria era la
historia de Aragorn y Arwen, que narra una dolorosa despedida. “Con tristeza hemos de
separarnos, mas no con desesperación – dijo Aragorn. ¡Mira! No estamos sujetos para
siempre a los confines del mundo, y del otro lado hay algo más que recuerdos.
¡Adiós!”[79].
Efectivamente, hay algo más que recuerdos. Tolkien, a través de la belleza, devuelve
algo de grandeza a un mundo cansado, a través de una obra escrita “con la sangre de mi
vida”[80], pero no para mirarse a sí mismo, sino para el mundo y para siempre.
A pesar de las miserias y dolores de la humanidad, “aún podemos rezar y tener
esperanzas”[81]. A pesar de la muerte, Tolkien sigue vivo a través del tiempo y las
distancias. Y es algo más que recuerdos: es la ilusión, el sueño y la esperanza de recrear
un mundo donde el bien sea posible, la belleza pueda ser contemplada, donde gobierne
la verdad y donde el mal sea siempre combatido.
Ad LPA, magna cum amicitia.

BIBLIOGRAFÍA
Obras de J. R. R. Tolkien
El Hobbit. Edit. Minotauro, Barcelona, España, 1999.
El Señor de los Anillos (3 volúmenes). Edit. Minotauro, Barcelona, España, 1999.
El Silmarillion. Edit. Minotauro, Barcelona, España, 1999.
Egidio, el granjero de Ham, Hoja de Niggle y El Herrero de Woottom Mayor. Edit. Minotauro,
Barcelona, España, 1997.
Árbol y hoja y el poema Mitopeia. Ed. Minotauro, Barcelona, España, 1997.
Los monstruos y los críticos y otros ensayos. Edit. Minotauro, Barcelona, España, 1998.
Cartas. Selección de Humphrey Carpenter, con la colaboración de Christopher Tolkien. Edit.
Minotauro, Barcelona, España, 1993.

Libros acerca del autor


Paulino Arguijo, Tolkien. Ediciones Palabra, Madrid, 1992.
Humphrey Carpenter, Tolkien, Una Biografía. Editorial Minotauro, Barcelona, España, 1990.
Daniel Grotta, J. R. R. Tolkien. Edit. Andrés Bello, Santiago, 1992.
José Miguel Odero, J. R. R. Tolkien, Cuentos de Hadas, EUNSA, Pamplona, 1987.
Joseph Pearce. Tolkien: Man and Myth. A literary life. [Link] Collins, London, 1998.
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[1] Se pueden revisar con interés las siguientes biografías sobre Tolkien: de Humphrey
Carpenter, J.R.R. Tolkien, Una biografía (Edit. Minotauro, 1990); Daniel Grotta, J.R. R.
Tolkien (Edit. Andrés Bello, 1992); Joseph Pearce, Tolkien: Man and Myth. (Harper Collins,
1998).

[2] Cfr. H. Carpenter, J.R.R. Tolkien, Caps. 2 y 3.

[3] J. R. R. Tolkien, Cartas. Carta 267, de 9-10 enero de 1965, pág. 411.

[4] Ibid., Carta 213, 25 de octubre de 1958, págs. 336-337. En otra ocasión sostuvo: “Una de
mis más decididas opiniones consiste en que la investigación de la biografía de un autor (u otros
atisbos de su “personalidad” que puedan ser recogidos por el curioso) es una aproximación a su
obra totalmente vana y falsa, y especialmente a una obra del arte narrativo, cuya finalidad es ser
disfrutada como tal: ser leída con placer literario” (Carta 329, Octubre de 1971, pág. 481).

[5] Humphrey Carpenter, Tolkien, pág. 146.

[6] Hay numerosas referencias a este tema en la obra de Tolkien, en sus cartas personales y en
otros trabajos. Cfr. H. Carpenter, Tolkien, [Link], 3 “Había estado dentro del lenguaje”;
también, de Tolkien, su Discurso de despedida a la Universidad de Oxford, en Los monstruos y
los críticos y otros ensayos, págs. 264-284.

[7] Ibid., Carta 131, pág. 171.


[8] Ibid., Notas sobre la crítica de El Retorno del Rey de W. H. Auden, pág. 280.

[9] Ibid., Carta 213, de 25 de octubre de 1958, págs. 337-338.

[10] J. R.R. Tolkien, El Hobbit, pág. 42.

[11] Ibid., pág. 69. En otro pasaje, por su parte, hay una interesante reflexión sobre la guerra,
que hace en boca de Faramir. “Guerra ha de hablar mientras tengamos que defendernos de la
maldad, de un poder destructor que nos devoraría a todos; pero yo no amo la espada porque
tiene filo, ni la flecha porque vuela, ni al guerrero porque ha ganado la gloria. Sólo amo lo que
ellos defienden...” Cfr. El Señor de los Anillos, II, pág.364.

[12] Humphrey Carpenter, Tolkien, Una Biografía, pág. 88. “T.C.B.S.” significa “Tea Club
Barrovian Society”, por el lugar donde el grupo se reunía a conversar, el Barrow’s Stores.

[13] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 5, 12 de agosto de 1916, pág. 18.

[14] Humphrey Carpenter, Tolkien, Una Biografía, pág. 102.

[15] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 64, 30 de abril de 1944, págs. 93-94.

[16] Ibid., Carta 5, 12 de agosto de 1916, pág. 18.

[17] Ibid., Carta 131, s/f, en 1951, págs. 171-172.

[18] Ibid., Carta 211, 14 de octubre de 1958, pág. 331. Cfr. Humphrey Carpenter, Tolkien, Una
Biografía, págs. 105 ss.

[19] Ibid., Carta 165, 30 de junio de 1955, pág. 260.

[20] Especialmente Joseph Pearce, Tolkien: Man and Myth.

[21] La narración en Humphrey Carpenter, [Link]. Una Biografía, págs.164-166.

[22] Ibid., pág.165.

[23] En J.R.R. Tolkien, Árbol y hoja y el poema Mitopeia. De este poema hay siete versiones,
antes de llegar a la definitiva. En la quinta versión, Tolkien escribió “J.R.R.T. para C.S.L.”. Esta
versión bilingüe –inglés y español– en las páginas 132-143. En adelante se citará como
Mitopeia.

[24] [Link], Mitopeia, pág.133.

[25] Ibid., pág.137.

[26] Ibid., pág.139.

[27] Ibid., pág.141.

[28] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 163, 7 de junio de 1955, págs. 252-253.

[29] En Humphrey Carpenter, Tolkien, Una Biografía, pág. 201. Ése era el objetivo, por lo
demás, que se había propuesto el propio Tolkien, como consta en una carta de 1959. “Cuando
publiqué El Hobbit – apresuradamente y sin la debida consideración – estaba todavía bajo la
influencia de la convención de que los “cuentos de hadas” estaban naturalmente dirigidos a los
niños” (Carta 215, abril de 1959, pág. 347).

[30] Se trata de una conferencia Andrew Lang, pronunciada el 8 de marzo de 1939, en la


Universidad de [Link].

[31] En [Link], Los monstruos y los críticos y otros ensayos, Sobre cuentos de hadas,
págs.135-195.

[32] J. R. R. Tolkien, Sobre los cuentos de hadas, en Los monstruos y los críticos y otros
ensayos, pág. 168. Las siguientes ideas y las páginas entre paréntesis están extraídas de este
artículo.

[33] Ibid., págs. 161-162. Esta idea se expresa claramente en la formación de las obras mayores
de Tolkien, como El Hobbit y El Señor de los Anillos. Sin embargo, una gran representación de
esta idea está expresada en Hoja de Niggle, en que un pintor se introduce en su mundo
secundario, su pintura, lo cual lo convierte en un sub-creador. En otro pasaje de su conferencia
Sobre los Cuentos de Hadas sostuvo que “el logro de la expresión que proporciona (o al menos
así lo parece) “la consistencia interna de la realidad” es ciertamente otra cosa, otro aspecto, que
necesita un nombre distinto: el de Arte, el eslabón operante entre la Imaginación y el resultado
final, la Sub-creación” (pág. 170).

[34] Llegó a decir “me disgusta la Alegoría” (Carta 131, 1951, pág. 173), y a precisar que su
obra “no es una alegoría” (Carta 34, 13 de octubre de 1938, pág. 54). Ésta fue, además, una de
las causas de su distanciamiento intelectual con C. S. Lewis, quien sí usaba su obra literaria
como expresa alegoría del cristianismo.

[35] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 131, 1951, pág. 174.

[36] J. R. R. Tolkien, Sobre los Cuentos de Hadas, págs. 176-177.

[37] Ibid., pág. 182. Agregaba sobre esto que “el ser racional puede llegar mediante la reflexión
(que poco tiene que ver con los cuentos de hadas o de aventuras) a la condena implícita al
menos en el silencio de la literatura de evasión, de cosas tan progresistas como las fábricas o las
ametralladoras y bombas, que parecen ser sus más naturales, inevitables y hasta me atrevería a
decir que ‘inexorables’ logros” (pág. 183).

[38] Ibid., págs. 186-187. Se refiere también a este tema en una hermosa carta de 1944, a su hijo
Christopher. En ella le enseña el “término “eucatástrofe”, el súbito giro feliz en una historia que
lo atraviesa a uno con tal alegría que le hace saltar las lágrimas...”. Cartas, Carta 89, págs. 120
ss. Similar reflexión desarrolla Bilbo, que se había convertido en escritor de las aventuras de los
hobbits, cuando sostiene que “los libros han de tener un final feliz”, El Señor de los Anillos, I,
369.

[39] J. R. R. Tolkien, Sobre los Cuentos de Hadas, págs. 189-190.

[40] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 312, 16 de noviembre de 1969. En esta misma carta hablaba
de un “mundo espantoso, oscurecido por el miedo, cargado por el dolor, es el mundo en que
vivimos”.

[41] J. R. R. Tolkien, Sobre los Cuentos de Hadas, págs. 190-191.

[42] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 186, abril de 1956, pág. 289.

[43] Humphrey Carpenter, Tolkien, Una Biografía, pág. 196.


[44] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 45, 9 de junio de 1941.

[45] J. R. R. Tolkien, El Hobbit, pág. 14.

[46] J. R. R. Tolkien, El Hobbit, pág. 29. Lo mismo dirá después Bilbo a Frodo. “Un simple
hobbit, eso pareces ser. Pero ahora hay algo más en ti, que sale a la superficie”, El Señor de los
Anillos, I, 375; y también Gandalf al propio Frodo: “Te pareces a Bilbo. Hay en ti más de lo que
se advierte a simple vista, como dije de él hace tiempo”, El Señor de los Anillos, I, 440.

[47] J. R. R. Tolkien, El Hobbit, pág. 25.

[48] Ibid., pág. 310.

[49] Los tres textos se encuentran en el mismo volumen de J. R. R. Tolkien, Egidio, el granjero
de Ham (págs. 19-88); Hoja de Niggle (págs. 89-118); El herrero de Woottom Mayor (págs.
119-158).

[50] Egidio, el granjero de Ham, pág. 73.

[51] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 241, 8-9 de septiembre de 1962, págs. 373-374.

[52] J. R. R. Tolkien, Hoja de Niggle, pág. 92. La obra fue escrita en 1939, cuando Tolkien
efectivamente no era muy famoso y se sumaba a ello las dificultades que tenía para avanzar en
sus obras, en parte por el perfeccionismo de su personalidad, pero también en alguna medida
por falta de sistema e incluso por pereza.

[53] Ibid., pág. 103. Como ha señalado José Miguel Odero, J. R. R. Tolkien, Cuentos de Hadas,
“En su cuento Hoja de Niggle, Tolkien plantea el sentido lleno de esperanza que la creación
artística posee para un cristiano: el hombre puede completar la Creación, contribuir a
embellecerla, trabajando así “codo a codo” con Dios; con la seguridad que su trabajo, si es
verdaderamente humano (éticamente), puede alcanzar de Dios el don de una sobrenatural
pervivencia, la eternidad que forma parte de la más honda aspiración del artista” ( pág. 36).

[54] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 310, 20 de mayo de 1969, pág. 464.

[55] Ibid., Carta 246, septiembre de 1963, págs. 379-380.

[56] Ibid., Carta 257, 16 de julio de 1964, pág. 401.

[57] Ibid., Carta 312, 16 de noviembre de 1969, pág. 467.

[58] Humphrey Carpenter, Tolkien, Una Biografía, pág. 161.

[59] [Link], Cautivado por la alegría. Historia de mi conversión (Editorial Encuentro, 1989),
pág. 221.

[60] Los Inklings eran “el conjunto de amigos, todos varones cristianos, y en su mayoría
interesados por la literatura”, que integraban Warren Lewis (hermano de [Link]), R.E.
Harvard (médico que atendía a los Lewis), Owen Barfield, Hugo Dyson, además de Tolkien y
Lewis, los miembros más famosos. A ellos se unió a fines de los ’30 Charles Williams. Cfr.
Humphrey Carpenter, [Link], Una Biografía, págs. 166-169. El mismo Carpenter tiene
un trabajo especial sobre este grupo, The Inklings: [Link], [Link], Charles Williams,
and their friends (London, 1978).
[61] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 298, 11 de septiembre de 1967, págs. 450-451.

[62] En [Link], Collected letters, Volume 1. Family letters, 1905-1931 (Harper Collins,
2000). Carta del 1° de octubre de 1931, págs. 972-975. En la carta siguiente, del 18 de octubre,
págs. 975-977, Lewis abunda en esa conversación y reconoce que “ahora la historia de Cristo es
simplemente un verdadero mito”.

[63] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 257, 16 de julio de 1964, pág. 404. En esa misma carta
agregó: “Sí, C. S. L. fue mi más íntimo amigo poco más o menos desde 1927 a 1940 y siguió
siendo muy querido para mí”.

[64] Ibid., Carta 227, 5 de enero de 1961.

[65] Ibid., Carta 282, 18 de diciembre de 1965, pág. 425. Por lo demás, fue el mismo Lewis
quien publicó comentarios de prensa sobre El Señor de los Anillos, en elogiosos términos, que
han sido publicados después en [Link], Of This and Other Worlds, págs. 95-103 (Harper
Collins, 2000).

[66] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 257, 16 de julio de 1964, pág. 406.

[67] Ibid., Carta 294, 8 de febrero de 1967, pág. 437. De las biografías de ambos se puede
desprender también la influencia contraria a la amistad entre ellos de parte de Edith, la mujer de
Tolkien, y el hecho que éste no habría apoyado suficientemente a Lewis en su elección para la
cátedra F. P. Wilson, en 1945. Después de eso, “ya no había entre él y Lewis la intimidad de
antes”, como resumió Carpenter (pág. 222).

[68] Ibid., Carta 252, noviembre o diciembre de 1963, pág. 397.

[69] Ibid., Carta 72, 31 de mayo de 1944, pág. 102.

[70] Con ocasión de la muerte de Lewis su muerte, Tolkien confesó sentirse como un árbol
viejo que recibe “un hachazo cerca de las raíces” (Carta 252, noviembre o diciembre de 1963,
pág. 397).

[71] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 257, 16 de julio de 1964, pág. 405.

[72] Ibid., Carta 181, enero o febrero de 1956, pág. 273. En otra carta sostenía que era “una obra
del arte narrativo, cuya finalidad es ser disfrutada como tal: ser leída con placer literario” (Carta
329, octubre de 1971, pág. 481).

[73] Ibid., Carta 336, 23 de mayo de 1972, pág. 486. Esta carta hace recordar el final de El
Hobbit, cuando Gandalf le dice a Bilbo que lo considera una “gran persona”, pero que en
definitiva es “sólo un simple individuo en un mundo enorme” (pág. 310).

[74] Ibid., Carta 328, octubre de 1971, pág. 480.

[75] Ibid., Carta 186, abril de 1956, pág. 289.

[76] J. R. R. Tolkien, El Silmarillion, pág. 190. En las tumbas de ellos se pusieron estos
nombres del amor, Beren y Lúthien. Así lo recordaba Tolkien en una carta a su hijo Christopher
en julio de 197: “Ella era (y sabía que lo era) mi Lúthien. Empecé esto bajo el peso de una gran
emoción y desdicha; y, de cualquier modo, de tanto en tanto (cada vez más), me abruma una
implacable sensación de duelo” (Carta 340, pág. 488).

[77] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 354, 29 de agosto de 1973, pág. 502.


[78] J. R. R. Tolkien, El Hobbit, pág. 295.

[79] J. R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos, III, Apéndice, pág. 414.

[80] J. R. R. Tolkien, Cartas, Carta 109, 31 de julio de 1947, pág. 147.

[81] Ibid., Carta 64, 30 de abril de 1944, pág. 94.

Alejandro San Francisco es profesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad


Católica.

Publicado en Humanitas nº 21, enero-marzo 2001.

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