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ATRÉVETE

El documento habla sobre la conversión cristiana y el seguimiento de Jesús. Explica que la conversión implica un cambio profundo en la forma de vivir, pensar y creer para ser fieles al Evangelio. Describe cuatro pasos para vivir la conversión: revisar la propia vida y valores, discernir el mensaje de Jesús, cambiar lo que aleja de Él, y vivir el cambio a través de acciones concretas. También presenta dos textos bíblicos sobre reconocer los pecados y ser coherentes con la enseñanza de

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ATRÉVETE

El documento habla sobre la conversión cristiana y el seguimiento de Jesús. Explica que la conversión implica un cambio profundo en la forma de vivir, pensar y creer para ser fieles al Evangelio. Describe cuatro pasos para vivir la conversión: revisar la propia vida y valores, discernir el mensaje de Jesús, cambiar lo que aleja de Él, y vivir el cambio a través de acciones concretas. También presenta dos textos bíblicos sobre reconocer los pecados y ser coherentes con la enseñanza de

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¡Atrévete a Ir Contracorriente!

Catequesis para Adultos

Parroquia San Juan Bautista - Boquete. CELM - 2015. Revisión 2021.


"…el Reino de Dios está cerca. Arrepentíos y creed en el Evangelio."
Mc. 1, 15

El seguimiento de Jesús comienza por la conversión. El Señor nos pide que dejemos nuestra manera de
vivir para creer en lo que nos propone el Evangelio y cambiar de vida. La conversión está en la médula
del mensaje evangélico. Implica un cambio de camino, de mentalidad, de forma de vivir, de pensar, de
creer, de amar.

Para vivir la conversión a la que nos invita Jesús en su Evangelio son necesarios cuatro pasos:

Revisar la propia vida y la vida social que nos rodea:


 ¿Cuáles son los valores que mueven mi vida?
 ¿Cuáles son los valores que me propone la sociedad?
 ¿Qué situaciones hay en mi vida, en la sociedad que me rodea, que no tienen nada que ver con
lo que Jesús propone?

Discernir por dónde pasa el Evangelio en estos días.


 ¿Por qué existen situaciones en mi vida que me alejan de Dios? ¿Por qué existen situaciones en
la sociedad que producen injusticia, egoísmo, violencia y exclusión?
 ¿Cómo vivir para ser fieles al mensaje de Jesús?

Cambiar lo que me aleja de Jesús y lo que impide que la sociedad se construya según los valores del
Reino.
 ¿Qué debo cambiar en mi vida para vivir según el modelo que nos transmite Jesús?
 ¿Cuáles son las cosas que cambiar para que en la sociedad se construya el Reino de Dios?

Vivir el cambio que se descubre en la oración, la reflexión compartida, el discernimiento comunitario.


Dejar que los hechos ocupen el lugar de las palabras. Cambiar con gestos, con actitudes, con decisiones
que impliquen cosas concretas. Vida nueva.
Un camino de Conversión hacia la Confirmación
A lo largo de la preparación para el Sacramento de la Confirmación, escucharás muchos textos bíblicos
que nos introducen en la verdadera espiritualidad que Dios nos invita a seguir, y para vivir esa
espiritualidad debemos cambiar el corazón e intentar escuchar la voz de Dios.

Te proponemos un espacio de lectura orante con dos textos bíblicos que representan auténticos
indicadores de cuál es el camino por seguir que Dios nos invita a recorrer. Un reflejo del modelo de
corazón del Confirmando.

Reconocer Nuestros Pecados. ~ Lc. 18, 9-14


En esta parábola del fariseo y el publicano la parte ostentosa y “mala” la hace un hombre que según la
Ley era “bueno”, justo y cumplidor de la Ley. La parte buena, regia, admirable, la hace un hombre que
traficaba con su oficio, un recaudador de impuestos que se beneficiaba con las trampas y el chantaje.

Jesús presenta los hechos de tal manera que nos molesta el hombre justo puesto odiosamente de pie
ante el altar y nos resulta en cambio agradable el hombre pecador que se golpea el pecho en el fondo
del templo reconociendo su pecado.

Ser un “buen publicano” implica un paso de conversión: reconocer el pecado y actuar para vencerlo.
1. ¿Cómo te presentas ante los demás: eres tú mismo o eres dueño de varias máscaras?
2. ¿Te cuesta reconocer tus errores? ¿Te es fácil pedir perdón y perdonar?

Ser Coherentes, Un Compromiso de por Vida. ~ Mt. 25, 31-46


Al leer este texto de San Mateo encontrarás una gran coherencia entre la enseñanza de Jesús, su práctica
y las enseñanzas de los profetas del Antiguo Testamento.
El texto presenta un camino de vida para seguir los pasos de Jesús y vivir sus enseñanzas en la vida
concreta de todos los días. El Dios de la Vida juzgará a las personas por el amor solidario, compasivo y
generoso, que brindemos a los demás, en especial a los que sufren y menos tienen.
1. Leer el texto.
2. Hacer una lista de las actitudes que Dios tendrá en cuenta.
3. Recordar ejemplos y situaciones de la vida de Jesús en las que Él mismo viva estas actitudes.
4. Aplicar al texto los cuatro verbos y sus preguntas, presentados al comienzo del artículo:
 Revisar la vida personal a la luz del texto.
 Discernir: ¿qué te propone Dios en tu vida concreta a partir del texto?
 Cambiar: ¿qué puedes ofrecerle a Dios en este camino a la Confirmación?
 Vivir: Piensa en un compromiso concreto a partir de lo leído y rezado. Anótalo en tu folleto
de Confirma, para que lo mantengas presente en esta nueva etapa de tu caminar.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 5

CREER,
¿QUÉ SIGNIFICA, REALMENTE?
“Es preciso que corazón y labios sintonicen, profesando la misma fe firme en la vida y en la palabra”. ~
San Hilario

El Credo comienza con una afirmación de fe personal: «Creo» ... Es un acto de fe realizado por cada uno
de nosotros y en el que nadie puede reemplazarnos. En él se expresa esa gozosa experiencia de salvación
ligada a Cristo: al rezarlo, proclamamos que Dios continúa caminando con nosotros hoy, tal y como
caminó con su pueblo en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

No se trata tan sólo de afirmar verdades de fe, sino de entrar en comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo y con toda la Iglesia que nos transmite la fe y en el seno de la cual creemos. Profesar la fe nos
permite hacer presentes los grandes hechos de la historia de la salvación: la Creación, la Redención y la
santificación en el Espíritu, hechos que todavía hoy dan sentido a nuestra vida, avivan nuestra esperanza
y nos mueven al compromiso.

Mucha gente cree que cree, pero en realidad no tiene fe. Lo que tiene es creencia, en vez de fe. Son
personas que toda su vida han oído hablar de Dios y de Cristo y que hasta consideran que hay un Dios
en el cielo, pero para ellas eso no pasa de ser una simple opinión, una idea religiosa que almacenan en
su cabeza, pero que no penetra en sus vidas.

Aunque consideren que hay un Dios, no pueden realmente decir con el Credo: Creo en Dios. Fíjese bien:
el Credo no nos dice Creo que hay un Dios en el cielo, sino creo en Dios, o sea: me confío enteramente al
Dios que se ha manifestado a plenitud en Jesucristo, a quien considero fundamento, aliento y meta de mi
vida. Sólo con esa actitud de fondo podemos hablar de una verdadera fe.

Hay que recordar que el Credo nace dentro de la antigua liturgia bautismal: al candidato al bautismo
primero se le preguntaba si renunciaba al Maligno, a su servicio y a sus obras, para interrogarle luego si
creía en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Al dar su sí definitivo, el candidato se sumergía por tres veces
en el agua bautismal y de esa manera manifestaba que moría al pecado de su vida anterior y comenzaba
una vida nueva en Cristo.

¡Era entonces como romper con todo lo malo de su vida! Jesucristo de ahí en adelante se convertía en
el centro de todas sus obras y decisiones... Para aquellos antiguos cristianos, con el bautismo sus vidas
6 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

daban un vuelco y esto se manifestaba proclamando: Creo en Dios... Porque el bautismo sin la fe no
aprovecha.

LA VERDADERA FE
Profesar la fe de corazón viene a ser lo mismo que profesarla con la vida. La fe MEDITA
no se limita nada más a la interioridad del corazón, permaneciendo ajena a la Un ejemplo de
vida, sino que desde el centro mismo de nuestra persona moldea toda nuestra confianza en el Señor:
vida: pensamientos, sentimientos, decisiones y actitudes. Mateo 8,5-13
Marcos 7,24-30
Uno cree en la misma medida en que actúa. El apóstol Santiago lo dice
Lucas 8,42b-48
claramente: "¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si
no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen de
sustento diario, y alguno de vosotros les dice: «Idos en paz, calentaos y hartaos», pero no les dais lo
necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta." (St.
2, 14-17)

De esa fe viva brotaría entonces la auténtica profesión de fe: “¡Creemos, por eso hablamos!” exclama
San Pablo (2 Co 4, 13). ¡De ahí brotaría el mismo Credo!

PARA PERSEVERAR EN LA FE, DEBEMOS: (CIC 162)


Alimentarla con la Palabra de Dios.

Rogar al Señor que nos la aumente (Mc 9,24; Lc 15,5; 22,32).

Vivirla en el amor.

Sostenerla por la esperanza.

Estar enraizados en la fe de la Iglesia.

LA IGLESIA SOSTIENE NUESTRA FE


La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe...Ella es la que guarda la
memoria de las palabras de Cristo, la que transmite de generación en generación la confesión de fe de
los apóstoles. Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender y a comunicar,
la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de
la fe. (CIC 168, 171)

¿Cómo puedes llevar tu Fe a la acción? ¿Qué compromiso marca la Confirmación respecto a mi Fe?

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¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 7

JESÚS NOS DESCUBRE EL


VERDADERO ROSTRO DE DIOS
Desde siempre el hombre se ha preguntado ¿quién es Dios? ¿Cómo es? Y con ello han venido respuestas
muy variadas acompañadas de muchas imágenes sobre Él nacidas a partir de nuestras vivencias y
nuestros conceptos. Es Jesús, su hijo, quien nos da a conocer el verdadero rostro de Dios a través de la
Palabra.

DIOS TAPA-AGUJEROS

DIOS ASPIRINA DIOS PLASTILINA

DIOS LEJANO DIOS MAGO

DIOS CASTIGADOR DIOS SITUADO

DIOS PROHIBICIÓN

La imagen de Dios tiene una importancia esencial en la vida cristiana. Dado que a Dios no lo ha visto
nadie (Jn 1,18), siempre funcionamos, inevitablemente con imágenes, representaciones suyas que nos
lo hacen accesible a la experiencia humana. Nuestras imágenes se concretan en conductas.

La vida, las actitudes, las opciones de muchos cristianos son reflejo claro de una imagen impersonal y
lejana de Dios, un Dios castigador o que premia según las conductas, un Dios reducido a recurso de
solución ante determinados problemas o situaciones difíciles. Un Dios con el que se tiene una “relación
utilitaria”, al que sólo se le pide lo necesario y del cual se prescinde si se cree que se tiene todo, o un
Dios al que se asocia con la buena suerte y que se abandona cuando algo no va bien. Un Dios a quien se
le atribuye el mal que sucede en el mundo, con evasión de la propia responsabilidad y libertad y aún de
los límites de la existencia humana. Un Dios al que el hombre puede acercarse más por su esfuerzo
racional, o un Dios adaptado al sentir, al cumplimiento perfeccionista sin amor, a una idea fría no hecha
8 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

vida que lleva al ateísmo práctico y a la hipocresía. Un Dios inventado al que se le rinde culto y llega a
motivar en otros el ateísmo. Muchas falsas imágenes de Dios han despertado en el hombre la angustia
o la rebelión.

Las imágenes distorsionadas de Dios que, en ocasiones, tenemos los creyentes tienen causas históricas,
socio - culturales, personales y pastorales. Las versiones de Dios provienen de la doctrina teológica que
inspira la cultura religiosa vigente, de la influencia de tradiciones, mitos, costumbres heredadas de
épocas anteriores y de factores de índole socioeconómico. En cuanto a los factores personales, también
contribuyen a formar una imagen de Dios el nivel de formación religiosa, el grado de madurez afectiva e
intelectual, las historias de vida, los procesos psicológicos, los estados interiores.

Siempre habría que estar distinguiendo entre lo que es nuestra idea y representación de Dios y lo que es
Dios, porque determinadas representaciones de Dios no tienen nada que ver con el Dios que reveló y
practicó Jesús de Nazaret. Por eso, habrá que sanar nuestras imágenes de Dios e ir dando pasos en el
encuentro con el Dios que Jesús nos revela, ya que determinadas imágenes han sido también culpables
del ateísmo de muchos, como reconoce el Concilio Vaticano II (cf. GS 19).

Allanemos, pues, el camino, y desmontemos las falsas imágenes que nos hemos formado sobre Dios.
Tenemos el peligro de aferrarnos a las ideas sobre Dios que hemos heredado. Pero a Dios no se le puede
encerrar en unas fórmulas o imágenes fijas, que llegan a convertirse en imágenes idólatras de Dios.

En la Biblia se nos habla de Dios; ya en el Antiguo Testamento Dios es Amor


a través de imágenes se nos explica cómo es Él. Jesús las recoge “Dios es Amor. En esto se manifestó el
y perfecciona para darnos a conocer la auténtica imagen de amor que Dios nos tiene: en que
Dios. El encuentro personal con Jesús Resucitado desvela el mandó al mundo a su Hijo único para
rostro de Dios - “quien me conoce a mí conoce al Padre”-. Es que vivamos por medio de Él.”
en este encuentro donde la Palabra del Evangelio toma vida en (1 Jn.4, 8-9)
nuestro corazón.

Pero ¿cómo es ese rostro? San Pablo lo resume en palabras


Dios es Padre
densas y emocionadas: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro
“Habéis recibido no un espíritu de
Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo” (2
esclavitud sino un espíritu de hijos
Co 1,3). Amor paternal, ternura entrañable siempre dispuesta
adoptivos, que nos hace gritar: ABBA
al perdón, alegría que disipa y supera todas las tristezas: este
(Padre).” (Rom 8,15)
es el Dios que presenta Jesús con su vida, su predicación, su
oración y, sobre todo, con su muerte y resurrección. “Vosotros orad así: Padre nuestro del
cielo...” (Mt 6,9)

Es
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 9

MEDITEMOS
"Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. Vivimos como si el Señor estuviera
allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está
como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden
querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando.

Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura:
¡ya no lo haré más! Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... Y nuestro padre, con fingida dureza
en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra
flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien!

Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que
está junto a nosotros y en los cielos." ~ San Josemaría. Camino 267.

¿CÓMO ES MI RELACIÓN CON DIOS?

Ciertamente Dios se ha hecho


presente en tu vida, quizás, a veces, ni
te has llegado a dar cuenta de su
DIOS ES presencia. Él te acompaña, pero ¿qué
PARA MÍ… es lo que te ha motivado para querer
fiarte de él, para dejarte conducir por
Él? ¿Qué sentimientos has sentido,
que te han llevado a querer caminar
con Él?

¿Qué puesto ocupa Dios en mi vida?

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¿En qué situaciones me acuerdo de Dios?

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10 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

Tomando a Jesús como modelo, ¿cuál es el aspecto de la actitud que Jesús toma ante Dios que más te
cuesta vivir? (Proponte mejorarlo)

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Lectura de la Palabra. 1 Juan 4,7-21


Déjate interpelar por la imagen de Dios que presenta la Escritura. ¿Qué dice esa imagen de Dios a mi vida
y a mi relación con los otros?

ORA: Quédate en silencio delante del Señor... Siéntelo buscándote... ¡Tanto te ha buscado! Mira tu ser,
tu cuerpo, tu afectividad, tu mente. Mirar tus grandes amores: tu mejor amigo o amiga, la persona que
te comprende, tu novio(a), tu familia, y reconocer que tu amor y el de los otros son DON de ÉL. Para ver
a Dios sólo es necesario abrir los ojos y verlo ahí, en ti, en los otros; amarlo ahí, en ti, en los otros.

ORACIÓN DE SAN AGUSTÍN

“Tarde te amé, Dios mío,


Hermosura siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé.
Tú estabas dentro de mí y yo afuera
Y así por fuera te buscaba y, deforme como era,
Me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste.
Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.
Me llamaste y clamaste y quebrantaste mi sordera;
Brillaste y resplandeciste y curaste mi ceguera;
Exhalaste tu perfume y lo aspiré y ahora te anhelo;
Gusté de Ti y ahora siento hambre y sed de Ti.
¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí!
Yo no te oculto mis llagas.
Tú eres médico y yo estoy enfermo;
Tú eres misericordioso y yo soy miserable.
Toda mi esperanza estriba en tu muy grande misericordia.
Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”.
Amén.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 11

¿QUIÉN ES JESÚS?
Jesús parecía un hombre como los demás. Sin embargo, en sus palabras, en sus obras y
actitudes se manifiesta una personalidad tan rica y tan profunda, que en verdad le hace ser
un hombre único y original. Muchos no se dieron cuenta, sólo unos pocos percibieron este
misterio y se dejaron cautivar por Él.

Por medio de su comportamiento, Jesús nos descubre lo más profundo de sí mismo. No se


dejaba llevar por las actitudes prepotentes de las autoridades judías, ni se acomodaba a las
exigencias egoístas de algunos de sus paisanos, ni se plegaba a las injusticias de los
poderosos... Tampoco cumplía mecánicamente la ley, consideraba hermanos a todos los
hombres, llamaba Padre a Dios...

Para ti ¿quién es Jesús?

Jesús nació en una época concreta y en un país determinado: Palestina. Su vida se desarrolló
en medio de las situaciones históricas, políticas, sociales, culturales y religiosas de su pueblo.
Todo esto marcó su forma de ser. Nada le fue indiferente, al contrario, asumió toda esta
realidad y se sintió comprometido con ella.

El pueblo judío esperaba la venida del Mesías y la salvación de Israel. Se imaginaban al Mesías
así:

Como un gran Rey con poderosos ejércitos, que liberaría al pueblo de la opresión
romana.
Como un Sumo Sacerdote de gran prestigio, que predicaría el cumplimiento exacto
de la Ley.
Como una persona sencilla al modo de los antiguos profetas, que devolvería la
esperanza al pueblo.
Jesús desconcertaba a las gentes de su tiempo. Lo que hacía y decía creaba división entre
ellos. Muchos se preguntaban: ¿Quién es ese?

¿Qué resultaba desconcertante en aquel tiempo?


✓ Acoger a los pecadores y comer con ✓ Atreverse a reformar la Ley judía.
ellos. ✓ No guardar el sábado.
12 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

✓ Considerarse más importante que ✓ Acercase a las gentes que


el templo (signo de la presencia de ignoraban la ley y no cumplían los
Dios). ritos.
✓ Creerse superior a Abraham y ✓ Perdonar pecados atribuyéndose
Moisés. un poder exclusivo de Dios.
✓ Atreverse a llamar a Dios Padre y
hacerse igual a Él.

Al mismo tiempo hacia obras admirables


✓ Sanaba o resucitaba enfermos. ✓ Transformaba el agua en vino.
✓ Calmaba el viento y la tempestad. ✓ Multiplicaba los panes y los peces.

POSTURAS ANTE JESÚS


Ante la palabra y actitudes de Jesús nadie permaneció neutral, todos tomaron postura: unos
de admiración hacia Él, otros de duda y expectación, otros de abierto y franco rechazo, y solo
unos pocos vieron en él al Mesías.

Vamos a leer algunas citas bíblicas donde quedan reflejadas estas actitudes:

✓ “Había división entre los judíos. Muchos ✓ “Los fariseos, al verlo, criticaban: ¿Cómo
decían: Está endemoniado y loco. ¿Por es que vuestro maestro come con
qué lo escucháis?” (Jn. 10,19) publicanos y pecadores?” (Mt 9,11)
✓ “La multitud se preguntaba asombrada: ✓ “No es un enviado de Dios, pues no
¿De dónde saca todo esto? ¿Qué guarda el sábado.” (Jn 9,16)
sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y ✓ “¿Quién es ése que hasta el viento y las
esos milagros de sus manos? ¿No es éste aguas le obedecen?” (Mc 4,41)
el carpintero, el hijo de María...? Y esto le ✓ “Algunos de entre la gente decían: Éste
resultaba escandaloso.” (Mc.6,2-3) es de verdad el Profeta... Otros decían:
✓ “El ciego decía: si éste no fuera un Éste es el Mesías” (Jn 7,27)
enviado de Dios no podría hacer nada de ✓ “Pedro dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de
lo que hace” (Jn 9,33) Dios vivo” (Mt 16,16)

¿Crees que hoy también se dan estas posturas ante Jesús? ¿En qué ves reflejadas estas posturas? ¿A qué crees
que se deban? ¿Cuál es tu postura ante Él?
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¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 13

“Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nacido de


Santa María Virgen…” Esta parte del Credo surgió de la
necesidad de profundizar aún más en el significado de la
persona de Jesús. Después de su resurrección, hubo
quienes estuvieron dispuestos a adorarle como Dios,
negando su humanidad. Otros en cambio reconocían su
humanidad, pero negaban su divinidad. La fe de la Iglesia
proclamó siempre que Jesús es Dios y hombre verdadero: no
mitad Dios y mitad hombre, sino plenamente humano y
plenamente divino.

JESÚS FUE PLENAMENTE HUMANO


En cuanto ser humano, Él fue semejante a nosotros en todo, Jesús es la segunda persona de la Santísima Trinidad.
menos en el pecado (Hb 4, 15): se encarnó en María, la Él se hizo hombre para redimirnos del pecado y
darnos ejemplo de vida. Él mismo nos reveló que era
Virgen; tuvo su familia, creció y vivió en una comarca de
Dios, y lo confirmó con sus obras y su Resurrección.
Palestina, aprendió la lengua y las costumbres de su pueblo,
y se dedicó al oficio de carpintero hasta iniciar su vida pública alrededor de sus 30 años. Entonces se hizo
bautizar por Juan el Bautista en las riberas del río Jordán e inició su misión de anunciar la llegada del
Reino. El gran proyecto de Dios que anunciaba Jesús se manifestó en sus enseñanzas, parábolas y
milagros: perdonando pecados, dando de comer a los hambrientos, sanando enfermos, resucitando
muertos... El Reino traía la liberación de todas las opresiones que aplastan a la humanidad, tanto
personales (nuestros propios pecados), como colectivas (toda clase de injusticias), e incluía la liberación
de la muerte, que pone límite a toda esperanza humana.

El volverse uno como nosotros no le hizo perder su divinidad. Jesús


MEDITA
sintió cansancio y sufrimiento, hambre y sed, conflicto y
persecución, y supo desde dentro lo que eran la tristeza, la angustia Sobre la divinidad de Jesús:
y la soledad, pero también experimentó la dicha de amar y ser Juan 8,58; 10,30; 14,9 - Mateo
amado, el entusiasmo de entregarse a una causa noble y justa, la 11,27; 28,18
confianza en Dios, las inspiraciones del Espíritu Santo y el asombro
y la gratitud ante la belleza de la creación. Naciendo del seno de Sobre la humanidad de Jesús:
María fue un hombre enteramente humano, que vivió su vida como Lucas 2,6-7; 2,40; 2,52 - Juan
uno más; en otras palabras, fue nuestro propio hermano. Como dice 1,14; 4,6 - Mateo 4,2
14 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

el Concilio Vaticano II: “Trabajó con manos humanas, obró con voluntad humana, amó con corazón
humano” (GS 22).

Jesús parecía un hombre como los demás. Sin embargo, era un hombre único, distinto. Muchos de los
que le conocieron, e incluso de los que le siguieron, no percibieron esta identidad de Jesús. Sólo unos
pocos le reconocieron como Mesías:

Veamos:
“La mujer le dice: Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le
dice: Soy Yo, el que habla contigo.” (Jn 4,25-26)

“El Sumo Sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si Tú eres el Mesías, el Hijo de
Dios. Jesús le respondió: Tú lo has dicho.” (Mt 26,63-64)

“Los judíos le preguntaron: Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente. Jesús les respondió: Os lo he
dicho y no creéis.” (Jn 10,24-25)

Jesús es el Mesías porque en Él se cumplían las promesas hechas por Dios al pueblo de Israel. En Él Dios
se acercaba a los hombres de una manera insospechada.

 En Él y con Él se iniciaba el Reino de Dios entre los hombres.

 En Él se anunciaba el Evangelio a los pobres, la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, ...

 En Él, humilde y sencillo, hombre entre los hombres, llegaba la paz, la justicia, la verdad, el amor
y la salvación de Dios.

¿Y Tú Quién Dices Que Soy Yo?

Ante lo que has conocido de la persona de Jesús, ¿Te atrae esa forma de ser tan especial, ese
darse a los demás sin medida, ese manifestarse siempre como hombre insobornablemente libre?

¿Qué dirías de Él?

¿Qué dirías de Él a los demás?

¿Qué dirías a los que lo rechazan?

¿A los que dudan?

¿A los que ‘pasan’, los indiferentes?

¿A los que creen en Él y le siguen?


¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 15

JESÚS PADECIÓ Y MURIÓ


POR NOSOTROS
"Aunque nos pese -y pido a Dios que nos aumente este dolor-, tú y
yo no somos ajenos a la muerte de Cristo, porque los pecados de
los hombres fueron los martillazos que le cosieron con clavos al
madero." ~ San Josemaría - Forja 550.

En la meditación, la Pasión de Cristo sale del marco frío de la


historia o de la piadosa consideración, para presentarse delante de
los ojos, terrible, agobiadora, cruel, sangrante... llena de Amor.

Sorprende que el Credo pase directamente del nacimiento de Jesús


a su muerte, sin describir su vida pública, sus enseñanzas y sus
milagros. Y extraña también que en un recuento tan corto de su
vida aparezca mencionado precisamente aquel hombre que lo
envió a la cruz. Esto sucede para dejar bien claro que la crucifixión
fue un hecho histórico, que tuvo lugar en Palestina bajo el poder de Poncio Pilato. El nombre del
gobernador romano sirve para ponerle fecha y lugar exactos a la crucifixión del Señor y para cortar el
paso a quienes querrían adorar al Hijo eterno de Dios, negando su encarnación y su cruz. Se hace constar
así que la muerte de Jesús fue un hecho bien real.

El Credo remacha aquí una vez más que Jesús sufrió y es humano como nosotros; que Él también saboreó
el trago amargo de la muerte y fue incluso sepultado.

La muerte y resurrección de Jesús son decisivas para comprender su persona y su obra. Tales
acontecimientos son los que mejor explican e iluminan su vida. Por eso el Credo se concentra en ellos:
padeció, murió, resucitó.

En los evangelios vemos que Jesús mismo anunció tres veces que moriría violentamente (Mc 8, 31; 9,
31; 10,33). Hay que reconocer que Jesús tuvo suficientes razones para prever una muerte violenta. Se
le acusó de actuar en nombre del jefe de los demonios (Mc 3, 22), de ser falso profeta, de blasfemar
contra Dios (Jn 10, 31-33) y de irrespetar el sábado; cualquiera de estas acusaciones bastaba para que le
aplicaran la pena de muerte.
16 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

Jesús puso toda su vida al servicio del Reinado de Dios, que lo llevó a solidarizarse con los pobres y
despreciados, en quienes veía a los preferidos de Dios; el Reino lo llevó a profundizar las exigencias de la
Ley, de manera que no sirviera para ocultar la voluntad de Dios ni para justificar abusos (Mt 5, 17-48),
sino para fomentar el verdadero amor al prójimo; lo llevó también a perdonar los pecados a quienes
humildemente aceptaban la misericordia de Dios. Fueron precisamente esas actitudes de Jesús las que
provocaron desconfianza.

Es claro entonces que Jesús vivió constantemente amenazado. Su libertad de espíritu resultaba
insoportable. En el evangelio de Juan se nos cuenta de varios intentos de echarlo preso (Jn 10, 39; 11,
46-50). Él sabía que podía sufrir una muerte violenta, sin embargo, no retrocedió en su misión, pues
había venido “para servir y dar su vida en rescate por todos” (Mc 10, 45). Aceptó la muerte como
consecuencia de su compromiso y de su fidelidad al Reino de Dios.

Jesucristo padeció y murió por nuestros pecados


El Nuevo Testamento interpretó la muerte de Jesús como sacrificio de expiación por los pecados de la
humanidad: Jesús, que era inocente, había sufrido en lugar de los demás, que eran culpables, para
salvarnos a todos (Rm. 4, 25; 5, 8-10; Ef. 5, 2); su muerte se interpretó como un acto de amor
misericordioso, por medio de la cual Jesús mismo entregó su vida, para darnos vida a quienes estábamos
muertos por el pecado. De esa manera él realizó la redención de parte de Dios Padre (2 Co 5, 18-19).

¿Tienes Idea De Cuánto Te Ama Dios?

Leer Juan 3,16-17.

La Redención (que significa rescate) sólo podía venir de Dios. Por amor nuestro, Dios Padre entregó a su
Único Hijo, Jesucristo, quien "por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo... y por
nuestra causa fue crucificado" (Credo).

Jesucristo -Sacerdote y Víctima - realizó un verdadero y perfecto sacrificio, pues entregó su vida, en un
acto de amor y obediencia a la voluntad del Padre. Él se ofreció libremente por nuestra salvación: "Nadie
me quita la vida; yo la doy voluntariamente" (Jn 10, 18). Este don lo significa y lo realiza por anticipado
durante la Última Cena: "Este es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros" (Lc 22, 19), momento
en que instituye la Santísima Eucaristía. La Eucaristía es "memorial" de su sacrificio en la Cruz.

Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. Nos “amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Por
eso el Sacrificio de Cristo tiene valor de REDENCIÓN, de REPARACIÓN, de EXPIACIÓN y de SATISFACCIÓN:

REDIME (rescata) de la esclavitud del pecado,


¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 17

REPARA (sana, levanta) la enfermedad o la caída del pecado,

EXPÍA o sufre, en nuestro lugar, la pena del pecado, y

SATISFACE por la ofensa a Dios —la culpa del pecado— reconciliándonos con Él.

"El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron" (2 Co
5,14). Ningún hombre, aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados
de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del
Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza
de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos. (CIC 616)

La redención de Cristo consiste en que él "ha venido a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20,28).
La Redención es universal y se aplica -principalmente- por medio de los Sacramentos. El Señor nos llama
a tomar su cruz, a seguirle y a ser corredentores con Él. No hay cristianismo sin cruz.

El cuerpo de Cristo fue sepultado en un sepulcro nuevo, no lejos del lugar donde le habían crucificado.
La sepultura de Cristo manifiesta su verdadera muerte (separación entre el alma y el cuerpo). El alma y
el cuerpo, separados entre sí por causa de la muerte, continuaron unidos a la Persona divina.

Lectura De La Palabra: Hechos 2, 22-24, 32


¿Qué nos dice el texto?
¿Qué hizo Jesús en su vida terrena?
¿Por qué murió Jesús?
¿Qué sucedió después?

La Señal de la Cruz
18 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

Credo Niceno Constantinopolitano


Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo
lo visible y lo invisible.

Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de
todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue
hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por
obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por
nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue
sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está
sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a, vivos
y muertos, y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los
profetas.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la
resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

Amén.

Credo de los Apóstoles

Creo en Dios, Padre Todopoderoso,


Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor,
Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
Nació de Santa María Virgen;
Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado,
Descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos,
Subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos,
El perdón de los pecados, la resurrección de la carne, y la vida eterna.

Amén.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 19

JESÚS RESUCITÓ ¡ALELUYA!


Jesús resucitado y sentado en los cielos junto a Dios Padre, nos muestra que su muerte, fue un triunfo,
una victoria: venció todo el mal, hasta la misma muerte y nos salvó.

La fe en la Resurrección tiene por objeto un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los
discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente trascendente en cuanto
entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios. (CIC 656)

En el testimonio más antiguo sobre la Resurrección que poseemos en todo el Nuevo Testamento, la Carta
del apóstol Pablo a los cristianos de Corinto, escrita en Éfeso entre los años 49 y 50 de nuestra era,
aparece esta interpretación de la muerte de Jesús ligada a los datos del Credo que ahora estamos
estudiando. Allí escribe Pablo: “En primer lugar les he transmitido la enseñanza que yo mismo recibí, a
saber: que Cristo murió por nuestros pecados, tal como lo dicen las Escrituras; que fue sepultado; que
resucitó al tercer día como lo dicen también las Escrituras” (1 Co 15, 3-4). El apóstol recibió dicha tradición
entre las comunidades de Siria, donde él experimentó su conversión, y ésta se remonta a los primeros
años de la Iglesia. De manera que esta parte central de nuestro Credo recoge la confesión de fe de esos
primeros cristianos.

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS


Con frecuencia nos preguntamos qué podrá significar esta parte del Credo en la que se afirma que Cristo
descendió a los infiernos. Esto fue añadido al Credo bastante tarde, hacia el año 359 d. C. y presupone
una concepción judía del mundo, según la cual la creación se
dividía en tres partes: el cielo, la tierra y el sheol. El sheol era la
región de los muertos, donde éstos no podían alabar más a Dios
(Sal 30, 10), una especie de morada subterránea, como quien
dice una hondura por debajo de la tierra. No se trataba de un
lugar de castigo, sino simplemente del sitio adonde iban a parar
los difuntos (Jb 30, 23; 3, 17-19). Allí vivían en la sombra y
alejados de Dios (Sal 6, 6; 88, 11-13).

El descenso de Cristo a esta región de los muertos significa en


primer lugar que Cristo realmente murió, que experimentó la
amargura y el abandono de la muerte. Él estuvo “entre los
muertos”. Y que, al resucitar, “predicó a los muertos” que habían
vivido antes de él (1 P 4, 6), para conducirlos al cielo (1 P3, 19-20;
20 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

Ef. 4, 9). Simbólicamente se afirma aquí la posibilidad de salvación para aquella parte de la humanidad
que vivió antes de Cristo o que aún no le conoce, en primer lugar, para los justos del Antiguo Testamento
(Mt 27,52; Rm 14,9). A toda la humanidad Cristo ha abierto las puertas de la resurrección, mientras ella
no se cierre culpablemente a la comunión con Dios (Lc 16, 22-26).

AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS


La principal acción de Dios fue resucitar a su Hijo Jesús de entre los muertos, por obra del Espíritu Santo.
Con ello el Padre demostró que había estado siempre con Jesús y que le daba la razón frente a sus
verdugos y adversarios. El amor de Dios resultó así más poderoso que la injusticia humana y más fuerte
que la misma muerte (Rm 8, 35-38).

En verdad nadie vio nunca a Jesús en el preciso momento de resucitar, lo que sucedió fue que sus
seguidores comenzaron a proclamar en Jerusalén que Jesús estaba vivo y se les había manifestado: ellos
lo habían visto y se les había aparecido. Como anuncia el apóstol Pedro en Jerusalén: “Al Señor de la Vida
lo hicieron morir, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos de ello” (Hch 3, 15;
Hch 10, 40-41).

La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera
comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida
en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo
tiempo que la Cruz.

Los apóstoles fueron perseguidos y encarcelados por anunciar la Resurrección de Cristo. ¿Por qué era
esto un asunto tan peligroso? Porque al anunciar la Resurrección, se proclamaba que Dios había
desautorizado a Pilato y a los Sumos Sacerdotes y confirmado al humilde profeta de Nazaret, a quien
ellos consideraban un subversivo (Jn 11, 49-50). Esto no sólo significaba que Jesús vivía, sino que de ahí
en adelante había que vivir como él había vivido, reproduciendo sus actitudes y enseñanzas, y
rechazando lo que él había rechazado. El orden de este mundo basado en el poder, la violencia, el lucro
y la injusticia, había sido vencido por el Evangelio.

A hombres y mujeres abatidos, desesperanzados, atemorizados, el anuncio de la Resurrección trajo gozo,


paz y esperanza. Cristo resucitado comunicó a sus discípulos un nuevo Espíritu, que les lanzó a la misión
de la Iglesia.

SUBIÓ A LOS CIELOS Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO


En el Evangelio de Juan, la Ascensión o subida al cielo de Jesús aparece como manifestación de su
Resurrección. Cuando el Señor resucitado dialoga con María Magdalena junto a la tumba vacía, éste le
dice: “anda a decirles a mis hermanos que subo donde mi Padre” (Jn 20, 17). La Ascensión y Resurrección
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 21

son aquí una y la misma cosa. También en los evangelios de Lucas y Marcos la Ascensión acontece el
mismo día de la Resurrección, como efecto de ésta (Lc 24, 50; Mc 16, 19).

Con la Ascensión no se describe por tanto una elevación del cuerpo de Cristo en el espacio, sino la
entrada de Jesús en el mundo invisible y misterioso de Dios. Cuando el Credo afirma que Jesús subió a
los cielos, quiere decirnos que el Señor está ahora junto a Dios y continua presente entre nosotros.

La Ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste


de Dios de donde ha de volver (Cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres
(Cf. Col 3, 3). Como cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros,
miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con él eternamente. Desde ahí
intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del
Espíritu Santo. (CIC 665 – 667)

Pero el Credo además nos dice que Jesús, después de su Ascensión, está sentado a la derecha de Dios
(Mc 16, 19; Ef 1, 20; Hb 1, 3; Sal 110, 1). Sentarse a la derecha de una persona importante significa ocupar
el lugar de honor y compartir su posición de poder. A la derecha de los reyes se sentaban sus consejeros,
que tenían gran influencia en sus decisiones. De manera que cuando Dios Padre sienta a su derecha al
Hijo, lo cubre de honor y distinción y comparte con Él su soberanía sobre la creación. Cristo ahora reina
con Dios sobre todas las cosas.

Al exaltar de esa forma al Hijo, uno de nuestra propia carne y sangre ha llegado a ocupar el lugar de
honor en el cielo. De ahora en adelante Él es nuestro intercesor (Hb 7, 24-25). En Cristo se manifiesta la
gloria que un día también será nuestra, cuando participemos de su Resurrección.

MEDITEMOS
¿Dónde está Jesús? ¿Alguna vez lo he sentido partícipe de mi vida?

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¿He podido alguna vez experimentar su Amor? ¿Qué experiencia he tenido que me haya hecho
reconocer que Él está vivo y a mi lado?

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22 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

EL ESPÍRITU DE LA PROMESA
ESPÍRITU SANTO
"Frecuenta el trato del Espíritu Santo -el Gran Desconocido- que
es quien te ha de santificar. No olvides que eres el templo de Dios.
El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende
dócilmente sus inspiraciones." ~ San Josemaría - Camino 57.

Antes de Jesús ascender al cielo nos hizo una promesa a todos los
que creyéramos en él: que recibiríamos al Espíritu Santo, para
continuar la obra que Él comenzó. El Espíritu Santo acompañó a
Jesús toda su vida, desde que fue concebido en el seno de María
hasta su ascensión al Cielo. Jesús nos lo presenta y se refiere a Él no como una potencia impersonal, sino
como una Persona diferente, con un obrar propio y un carácter personal.

Según el Catecismo de la Iglesia Católica, el Espíritu Santo es la "Tercera Persona de la Santísima


Trinidad". Es decir, habiendo un solo Dios, existen en Él tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu
Santo. Esta verdad fue revelada por Jesús en el Evangelio.

Antes de que naciera Jesús, el pueblo de Israel no conocía suficientemente al Espíritu Santo, aunque esto
no quiere decir que no estuviera presente. Al contrario, sabemos que era Él quien inspiraba a los
profetas, por ejemplo, para que hablaran en nombre de Dios. Pero es a través de Jesús como se da a
conocer claramente (CIC 686).

La primera manifestación pública del Espíritu de Dios la encontramos en el Bautismo de Jesús, donde se
apareció en forma de paloma (Lc. 3,21-22). Toda la actividad de Jesucristo es guiada por la fuerza del
Espíritu Santo. Jesús tenía un plan específico que cumplir, por obediencia a su Padre, que lo podemos
llamar PLAN DE SALVACIÓN.

Desde que nacemos, el Espíritu está dentro de cada persona, como semilla, porque todos hemos sido
redimidos por la sangre de Cristo; luego en el Bautismo, esa semilla es fecundada por el mismo Espíritu.
Es ahí donde renacemos del agua y del Espíritu para que se manifieste el Reino de Dios (Jn. 3, 5). Y a
partir de ese momento, podemos decir que se manifiesta en nosotros el Espíritu Santo. Por eso somos
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 23

llamados "templos del Espíritu Santo”, para subrayar la presencia de la tercera Persona de la Santísima
Trinidad en nosotros.

Así como Jesús fue guiado todo su caminar por el Espíritu Santo, nosotros que recibimos el Bautismo,
somos acompañados en nuestra vida por este Espíritu. Sin embargo, para que Él pueda actuar es esencial
nuestra colaboración; de otra forma, el Espíritu del Señor no puede hacer nada en nosotros, aunque nos
hayan bautizado. Cada vez que nosotros nos comportamos como hijos de Dios, es una manifestación del
Espíritu Santo que habita en nosotros, y de la misma forma damos testimonio de que existe este Espíritu.
Al dejarnos guiar por el Espíritu Santo en nuestra vida podremos vivir nuestro Bautismo dar testimonio
de que somos cristianos y actuar como cristianos. Su presencia es necesaria para ser testigos de nuestras
creencias cristianas, para poder decir "Jesús es el Señor" (1 Co. 12,3) y para conocerlo (CIC 687).

El Espíritu Santo es la verdad, como lo es Cristo. Él actúa en el espíritu humano y la historia del mundo.
La distinción entre la verdad y el error es el primer momento de dicha actuación.

Permanecer y obrar en la verdad es el problema esencial para los Apóstoles y para los discípulos de
Cristo, desde los primeros años de la Iglesia hasta el final de los tiempos, y es el Espíritu Santo quien hace
posible que la verdad acerca de Dios, del hombre y de su destino, llegue hasta nuestros días sin
alteraciones.

Hermosos son los nombres con los que la tradición de la Iglesia


designa al Espíritu Santo: "Padre de los pobres, Consolador óptimo,
Dulce huésped del alma...". Con ellos se expresa la experiencia de su
presencia misteriosa, escondida, pero siempre real y eficaz. Del
Espíritu Santo tenemos nombres, símbolos, y la certeza de su acción,
pero no tenemos representaciones como las de Jesucristo. Esto, a
veces nos duele, quisiéramos conocerlo mejor, relacionarnos con
Él... Pero conviene que así sea porque nos mantiene siempre
abiertos a sus manifestaciones. El nombre propio es «Espíritu
Santo». Ése es el nombre propio de Aquel que adoramos y
glorificamos con el Padre y el Hijo.

Entre los apelativos del Espíritu Santo, podemos mencionar: Jesús, cuando anuncia y promete la venida
del Espíritu Santo, le llama el «Paráclito» es decir, «aquel que es llamado junto a uno» (Jn. 14, 16.26;
15,26; 16,7). Por eso «Paráclito» se traduce por «consolador», siendo Jesús el primer consolador.
Además, el mismo Señor llama al Espíritu Santo «Espíritu de Verdad» (Jn. 16,13). Además de su nombre
propio, que es el más empleado en el libro de los Hechos de los Apóstoles y en las cartas de los apóstoles,
24 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

en las cartas de Pablo es llamado: el Espíritu de la Promesa, el Espíritu de Adopción, el Espíritu de Cristo
(Rom. 8, II), el Espíritu del Señor (2 Co. 3, 17), el Espíritu de Dios (Rom. 8, 9. 14; 15, 19; 1 Co. 6, 11; 7, 40),
y San Pedro lo llama el Espíritu de Gloria (1 P. 4, 14).

 Vida de fe. El Espíritu Santo con su gracia es el "primero" que nos despierta en la fe y nos
inicia en la vida nueva, y sin embargo, es el "último" en la revelación de las personas de la
Santísima Trinidad.
 El Paráclito. Palabra del griego "parakletos", que literalmente significa "aquel que es
invocado", es por tanto el abogado, el mediador, el defensor, el consolador. Jesús nos
presenta al Espíritu Santo diciendo: "El Padre os dará otro Paráclito" (Jn. 14,16). El abogado
defensor es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a sus pecados,
los defiende del castigo merecido, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna.
Esto es lo que ha realizado Cristo, y el Espíritu Santo es llamado "otro paráclito" porque
continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la
muerte eterna.
 Espíritu de la Verdad. Jesús afirma de sí mismo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn.
14,6). Y al prometer al Espíritu Santo en aquel "discurso de despedida" con sus apóstoles en
la Última Cena, dice que será quien después de su partida, mantendrá entre los discípulos la
misma verdad que Él ha anunciado y revelado.

La abundante acción del Espíritu Santo se nos expresa también a través de un buen número de imágenes
y símbolos. Algunos de estos símbolos son:

1. Agua: El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que el
agua se convierte en el signo sacramental del nuevo nacimiento.
2. Unción: Simboliza la fuerza. La unción con el óleo es sinónima del Espíritu Santo. En el sacramento
de la Confirmación se unge al confirmado para prepararlo a ser testigo de Cristo.
3. Fuego: Simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu.
4. Nube y luz: Símbolos inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Así
desciende sobre la Virgen María para "cubrirla con su sombra". En el Monte Tabor,
en la Transfiguración, el día de la Ascensión; aparece una sombra y una nube.
5. Sello: Es un símbolo cercano al de la unción. Indica el carácter indeleble de la unción
del Espíritu en los sacramentos y hablan de la consagración del cristiano.
6. La Mano: Mediante la imposición de manos los Apóstoles y ahora los Obispos,
trasmiten el "don del Espíritu".
7. La Paloma: En el Bautismo de Jesús, el Espíritu Santo aparece en forma de
paloma y se posa sobre Él.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 25

MEDITEMOS
Analiza la siguiente imagen de la Santísima Trinidad:

¿Qué te dice esta imagen?

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¿Qué símbolos ves del Espíritu Santo?

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¿Podemos separar a Dios Padre, al Hijo o al Espíritu Santo?

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COMPROMISO
El mejor compromiso que podemos tener los que nos estamos preparando para recibir la Confirmación,
es conocer el Plan de Salvación que Dios nos prometió desde el Antiguo Testamento y que se cumplió
en Jesucristo. ¿Cómo podemos hacerlo?

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El segundo compromiso está relacionado con el anterior: también nosotros debemos tener un plan de
vida que manifieste la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida. ¿Vivo por vivir? ¿Tengo un plan de
vida que va más allá del beneficio propio?

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_________________________________________________________________________________

Cada acción que haga y sirva para el provecho personal de los demás, es una expresión visible del Espíritu
del Señor en nuestra vida y de que soy un bautizado responsable. Así se mejora la sociedad y al mismo
tiempo se manifiesta el Reino de Dios aquí en la tierra.
26 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

VEN ESPÍRITU SANTO


Ven, Espíritu Santo,
y envía del Cielo ORACIÓN PARA PEDIR POR LOS
un rayo de tu luz. DONES DEL ESPÍRITU SANTO
Ven, padre de los pobres, Amor infinito y Espíritu Santificador:
ven, dador de gracias,
ven luz de los corazones. Contra la necedad, concédeme el Don de
Sabiduría, que me libre del tedio y de la
Consolador magnífico, insensatez.
dulce huésped del alma,
su dulce refrigerio. Contra la rudeza, dame el Don de
Entendimiento, que ahuyente tibiezas, dudas,
Descanso en la fatiga,
nieblas, desconfianzas.
brisa en el estío,
consuelo en el llanto. Contra la precipitación, el Don de Consejo,
¡Oh luz santísima! que me libre de las indiscreciones e
llena lo más íntimo imprudencias.
de los corazones de tus fieles.
Contra la ignorancia, el Don de Ciencia, que
Sin tu ayuda, me libre de los engaños del mundo, demonio
nada hay en el hombre, y carne, reduciendo las cosas a su verdadero
nada que sea bueno.
valor.
Lava lo que está manchado, Contra la pusilanimidad, el Don de Fortaleza,
riega lo que está árido,
que me libre de la debilidad y cobardía en
sana lo que está herido.
todo caso de conflicto.
Dobla lo que está rígido, Contra la dureza, el Don de Piedad, que me
calienta lo que está frío, libre de la ira, rencor, injusticia, crueldad y
endereza lo que está extraviado. venganza.

Contra la soberbia, el Don de Temor de Dios,


Concede a tus fieles,
que me libre del orgullo, vanidad, ambición y
que en Ti confían
presunción.
tus siete sagrados dones.
Amén.
Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación,
dales la felicidad eterna.

Amén.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 27

DONES Y FRUTOS DEL


ESPÍRITU SANTO
"Recuerda, pues, que has recibido el sello del Espíritu, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de
consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, espíritu del santo temor, y conserva lo que has
recibido. Dios Padre te ha sellado, Cristo el Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón, como
prenda suya, el Espíritu Santo, como te enseña el Apóstol."
~ San Ambrosio, Tratado sobre los misterios, 29-30

Cuando Monseñor el día en que sean confirmados les imponga las manos y pronuncie una oración a Dios
antes de ungirlos con el Santo Crisma, lo que le pide al Creador es que derrame sobre ustedes los dones
del Espíritu Santo.

La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones
permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo (CIC1830).

Los dones del Espíritu Santo son:

1. Don de Ciencia: El don Ciencia permite al alma darle a


las cosas creadas su verdadero valor en su relación con
Dios. El conocimiento desenmascara la simulación de
las creaturas, revela su vacuidad y hace notar sus
verdaderos propósitos como instrumentos al servicio
de Dios. Nos muestra el cuidado amoroso de Dios aún
en la adversidad, y nos lleva a glorificarlo en cada
circunstancia de la vida. Guiados por su luz damos
prioridad a las cosas que deben tenerla y apreciamos la
amistad de Dios por encima de todo. “El conocimiento
es fuente de vida para aquel que lo posee” (Prov 16,22).
2. Don de Consejo: El don de Consejo dota al alma de
prudencia sobrenatural, permitiéndole juzgar con prontitud y correctamente qué debe hacer,
especialmente en circunstancias difíciles. El Consejo aplica los principios dados por el
Conocimiento y el Entendimiento a los innumerables casos concretos que confrontamos en el
curso de nuestras diarias obligaciones en tanto padres, docentes, servidores públicos y
ciudadanos cristianos. El Consejo es sentido común sobrenatural, un tesoro invalorable en el
28 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

tema de la salvación. “Y por encima de todo esto, suplica al Altísimo para que enderece tu camino
en la verdad” (Ecl 37,15).
3. Don de Fortaleza: Por el don de Fortaleza el alma se fortalece ante el miedo natural y soporta
hasta el final el desempeño de una obligación. La fortaleza le imparte a la voluntad un impulso y
energía que la mueve a llevar a cabo, sin dudarlo, las tareas más arduas, a enfrentar los peligros,
a estar por encima del respeto humano, y a soportar sin quejarse el lento martirio de la
tribulación aún de toda una vida. “El que persevere hasta el fin, ese se salvará” (Mt 24,13).
4. Don de Entendimiento: El Entendimiento, como don del Santo Espíritu, nos ayuda a aferrar el
significado de las verdades de nuestra santa religión. Por la fe las conocemos, pero por el
entendimiento aprendemos a apreciarlas y a apetecerlas. Nos permite penetrar el profundo
significado de las verdades reveladas y, a través de ellas, avivar la novedad de la vida. Nuestra fe
deja de ser estéril e inactiva e inspira un modo de vida que da elocuente testimonio de la fe que
hay en nosotros. Comenzamos a “caminar dignos de Dios en todas las cosas complaciendo y
creciendo en el conocimiento de Dios”.
5. Don de Piedad: El don de Piedad suscita en nuestros corazones una filial afección por Dios como
nuestro amorosísimo Padre. Nos inspira, por amor a Él, a amar y respetar a las personas y cosas
a Él consagradas, así como aquellos que están envestidos con su autoridad, su Santísima Madre
y los Santos, la Iglesia y su cabeza visible, nuestros padres y superiores, nuestro país y sus
gobernantes. Quien está lleno del don de Piedad no encuentra la práctica de la religión como
deber pesado sino como deleitante servicio. Donde hay amor no hay trabajo.
6. Don de Temor de Dios: El don del Santo Temor de Dios nos llena con un soberano respeto por
Dios, y nos hace que a nada temamos más que a ofenderlo por el pecado. Es un temor que se
eleva, no desde el pensamiento del infierno, sino del sentimiento de reverencia y filial sumisión
a nuestro Padre Celestial. Es el temor principio de sabiduría, que nos aparta de los placeres
mundanos que podrían de algún modo separarnos de Dios. “Los que temen al Señor tienen
corazón dispuesto, y en su presencia se humillan” (Ecl 2,17).
7. Don de Sabiduría: Abarcando a todos los otros dones, como la caridad abraza a todas las otras
virtudes, la Sabiduría es el más perfecto de los dones. De la Sabiduría está escrito: “todo lo bueno
vino a mí con Ella, y riquezas innumerables me llegaron a través de sus manos”. Es el don de la
Sabiduría el que fortalece nuestra fe, fortifica la esperanza, perfecciona la caridad y promueve la
práctica de la virtud en el más alto grado. La Sabiduría ilumina la mente para discernir y apreciar
las cosas de Dios, ante las cuales los gozos de la tierra pierden su sabor, mientras la Cruz de Cristo
produce una divina dulzura, de acuerdo con las palabras del Salvador: “Toma tu cruz y sígueme,
porque mi yugo es dulce y mi carga ligera”.

Los dones del Espíritu Santo perfeccionan las virtudes sobrenaturales al permitirnos practicarlas con
mayor docilidad a la divina inspiración. A medida que crecemos en el conocimiento y en el amor de Dios,
bajo la dirección del Santo Espíritu, nuestro servicio se torna más sincero y generoso y la práctica de las
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 29

virtudes más perfecta. Tales actos de virtudes dejan el corazón lleno de alegría y consolación y son
conocidos como frutos del Espíritu Santo. Estos frutos, a su vez, hacen la práctica de las virtudes más
activa y se vuelven un poderoso incentivo para esfuerzos aún mayores en el servicio de Dios. A ellos se
debe unir la oración, la reflexión, los valores, las virtudes, el esfuerzo y la lucha en la vida de cada
cristiano.

El testimonio cristiano de un verdadero amor, es el principal fruto del Espíritu Santo, pues incluye y
manifiesta todos los demás frutos. Dar testimonio cristiano es vivir día a día nuestra identificación con
Cristo en el amor al hermano.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma lo siguiente: Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma
en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. (CIC 1832) La tradición de la Iglesia
enumera doce (Ga. 5, 22-23):

1. Caridad: La actitud de amor a Dios y al prójimo.


2. Gozo espiritual: La alegría que nace ante el amor divino y el bien de nuestro prójimo.
3. Paz: Una tranquilidad de ánimo, que perfecciona el gozo espiritual.
4. Paciencia: Sufrimiento sin inquietud en las dificultades.
5. Longanimidad: Firmeza de ánimo ante el sufrimiento, esperando los bienes eternos.
6. Bondad: Dulzura y rectitud del ánimo.
7. Benignidad: Ser suave y misericordioso, sin afectación ni indiferencia ni dureza.
8. Mansedumbre: Refrenar la ira, y tener dulzura en el trato y forma de actuar.
9. Fidelidad: Exacto cumplimiento de lo prometido.
10. Modestia: La que modera y regula en la persona sus acciones y palabras.
11. Continencia: La que modera los deleites de los sentidos.
12. Castidad: La que frena las tendencias impuras.

El pecado o blasfemia contra el Espíritu Santo es mencionado en Mt. 12,22-32; Mc. 3,22-30; Lc. 12,10
(cf. 11,14-23); y en todas partes Cristo declara que no será perdonado. Si examinamos todos estos
pasajes entenderemos en qué consiste esta ofensa.

Por ejemplo, tomemos en cuenta el relato de San Mateo, el cual es más completo que el de los
otros Sinópticos. Le llevaron a Cristo "un endemoniado ciego y mudo, y le curó, de manera que el mudo
hablaba y veía.” Todo el pueblo asombrado se preguntaba "¿No es éste el Hijo de David?" Los fariseos,
dando paso a sus celos habituales y cerrando sus ojos a la luz de la evidencia, dijeron: "Éste echa los
30 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

demonios con el poder de Belcebú, príncipe de los demonios”. Jesús les prueba este absurdo y,
consecuentemente la malicia de su explicación. Les muestra que es por el “Espíritu de Dios” que Él arroja
fuera los demonios, y luego concluye: “Por eso os digo: A los hombres se les perdonarán todos sus
pecados y blasfemias, pero la blasfemia contra el Espíritu no se les perdonará. Al que hable contra el Hijo
del Hombre se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo no se le perdonará ni en esta vida
ni en la otra.”

Por lo tanto, pecar contra el Espíritu Santo es confundirlo con el espíritu del mal, es
negarle por pura malicia, el carácter divino a obras notoriamente divinas. Pecar contra
Él es:

Desesperar de la misericordia de Dios.


Presunción de salvarse sin ningún mérito.
La impugnación de la verdad conocida.
La envidia de los bienes espirituales del prójimo.
La obstinación en el pecado.
La impenitencia final.

MEDITEMOS
Gal. 5, 22-23
Aunque sabemos que el Espíritu Santo da muchos dones al que lo recibe, se pueden quedar inútiles si
quien los recibe no pone de su parte por llevar a la vida esos dones. Revisemos la Carta de San Pablo a
los Gálatas, y respondamos:

¿En qué fruto estamos fallando más?

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¿Cuál nos gustaría practicar más?

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Elije un fruto del Espíritu, y escoge una actividad concreta que lleve a vivir bien ese don en tu vida.

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¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 31

JESÚS NOS ENCOMIENDA


LA VIDA DEL MUNDO
“A través de la grandeza y de la belleza de las criaturas, se conoce por analogía al autor.” (Sb 13,5)

La verdad en la creación es muy importante porque nos hace reconocer que todo lo que existe y,
especialmente nosotros mismos, somos parte de un proyecto de amor de Dios. Esta verdad de la
creación se expresa con mucha fuerza y claridad en el mensaje que nos dan los profetas (Is 44, 24; CIC
288).

La fe viene a confirmar y a aclarar la razón para entender mejor la verdad: "Por la fe conocemos que el
mundo fue creado por la Palabra de Dios, de suerte que lo visible tiene una causa invisible.” (Hb 11, 3)
(CIC 286).

Porque la creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es
destinada y confiada. La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación,
comprendida la del mundo material (CIC 299).

Sabemos que todo el desarrollo del mundo lo conduce un Dios que nos ama. Jesús llama a Dios “Padre”,
porque es el que da la vida a todo. Él es el que dirige todos los cambios. Él es la fuerza y la inteligencia
que permite que se desarrolle la energía. Dios en Su sabiduría infinita, ha creado todo esto para nosotros,
porque nos ama intensamente. Sabemos que ha habido investigaciones y descubrimientos gracias a la
inteligencia de algunos hombres. Pero también sabemos que esa inteligencia es un don de Dios, Él se las
dio.

Nuestra inteligencia, participando de la luz del entendimiento de Dios, puede entender lo que Dios nos
dice por Su creación. Pero para eso se necesita humildad y respeto ante el Creador y su obra (Job 42, 3).

Estamos llamados a celebrar la vida que Dios nuestro Padre nos ha dado, que Jesús nos ha confiado, que
Él mismo ha cuidado y nos ha enseñado a cuidar y defender. Al encomendársenos la vida del mundo, la
vida nuestra, la de los demás, vemos que la presencia del Espíritu Santo es muy importante. Él es Señor
y dador de vida, de toda vida. La creación es querida por Dios como un regalo para todos, como una
herencia que nos es entregada y confiada (CIC 299), y esto conlleva responsabilidades.
32 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

En la medida en que el hombre ha olvidado su papel de cuidador y se ha transformado en conquistador,


así mismo ha ido sufriendo el mundo, y todos los que vivimos en él. Al ir sacando a Dios de su vida, ha
olvidado su misión, ha tratado quitarle al Creador su Creación, y despreciado el valor de la vida.

En la encíclica del Papa Francisco llamada “Laudato Si’”, él nos hace un claro llamado a un cambio de
hábitos y malas tendencias que no sólo destruyen nuestra vida, sino que también afectan la Creación
que Dios nos ha encomendado cuidar.

Concretamente nos da cinco claves para ese cambio:

1. Ser agradecido y practicar la gratuidad: reconocer al mundo (lo creado) “como un don recibido del
amor del Padre”, algo que implica “actitudes de renuncia y gestos generosos”.

Es importante convencerse de que “menos es más” y que se debe crecer en la sobriedad y en la


capacidad de gozar con poco. “La sobriedad que se vive con libertad y conciencia es liberadora”
puesto que “quienes disfrutan más y viven mejor cada momento son los que dejan de picotear aquí y
allá, buscando siempre lo que no tienen, y experimentan lo que es valorar cada persona y cada cosa,
aprenden a tomar contacto y saben gozar con lo más simple”.

Francisco invita también a “dar gracias a Dios antes y después de las comidas” porque ese momento
“nos recuerda nuestra dependencia de Dios para la vida” y “fortalece nuestro sentido de gratitud”.

2. Educar en los diversos ámbitos: El Pontífice pide no educar sólo desde el punto de vista científico,
con leyes y normas como se ha hecho hasta ahora, sino ir más allá. Solicita realizar “pequeñas
acciones cotidianas” como “evitar el uso del material plástico y de papel, reducir el consumo de agua,
separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los
demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas,
plantar árboles, apagar las luces innecesarias”.

La educación se puede desarrollar en la escuela, en los medios de comunicación, la catequesis y sobre


todo en la familia.

3. Destierro del consumismo compulsivo: Las personas que se dejan “apresar” por los mercados, son
sumergidas en la “vorágine” de las compras y los gastos innecesarios. “El consumismo obsesivo es el
reflejo subjetivo del paradigma tecno económico. Ocurre lo que ya señalaba Romano Guardini: el ser
humano ‘acepta los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por

1
“Más que cuidar el planeta: Cinco cambios de vida que el Papa pide en Laudato Si’” AciPrensa. 18/6/2015.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 33

los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo
racional y lo acertado’”.

“Tal paradigma hace creer a todos que son libres mientras tengan una supuesta libertad para
consumir, cuando quienes en realidad poseen la libertad son los que integran la minoría que detenta
el poder económico y financiero”.

4. Olvido del egoísmo: El Papa Francisco sostiene que la situación actual del mundo favorece distintas
formas de egoísmo. Así, las personas se vuelven autorreferenciales y se aíslan en sí mismas.
“Mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y
consumir”. Por tanto, pide “salir hacia el otro” y superar el “individualismo”.

5. Conversión interior: El Santo Padre recuerda la necesidad de ‘convertirse’, es decir, encontrarse


realmente con Jesucristo e iniciar una vida nueva. El cristiano, asegura, debe vivir su vocación
admirando la belleza de la obra de Dios y protegiéndola.

MEDITEMOS
Leer 2 Macabeos 7,28
¿Qué voy a hacer ahora que ya soy más consciente del regalo de la creación del mundo que nos dio Dios,
nuestro Padre?

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¿En qué forma voy a cuidar mejor lo que Dios nuestro Padre ha creado para mí?

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_________________________________________________________________________________

De lo que sabes de Jesús, ¿qué hizo Él para cuidar y embellecer lo creado?

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34 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

CÁNTICO DE LAS CRIATURAS

Altísimo, omnipotente, buen Señor, y él es bello y alegre y robusto y fuerte.


Tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la
toda bendición.
madre tierra,
A ti solo, Altísimo, corresponden, la cual nos sustenta y gobierna,
y ningún hombre es digno de hacer de ti y produce diversos frutos con coloridas flores y
mención. hierba.

Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, Loado seas, mi Señor, por aquellos que
especialmente el señor hermano sol, perdonan por tu amor,
el cual es día, y por el cual nos alumbras. y soportan enfermedad y tribulación.

Y él es bello y radiante con gran esplendor, Bienaventurados aquellos que las soporten en
de ti, Altísimo, lleva significación. paz,
porque por ti, Altísimo, coronados serán.
Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las
estrellas, Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la
en el cielo las has formado luminosas y preciosas muerte corporal,
y bellas. de la cual ningún hombre viviente puede
escapar.
Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire y el nublado y el sereno y todo ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:
tiempo, bienaventurados aquellos a quienes encuentre
por el cual a tus criaturas das sustento. en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.
Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta. Load y bendecid a mi Señor,
y dadle gracias y servidle con gran humildad.
Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual alumbras la noche,

San Francisco de Asís


¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 35

EL PECADO
El pecado es una transgresión de la ley de Dios y el rechazo del verdadero
bien del hombre. Es un acto de la libertad, que asume una dirección
hacia el mal. Toda situación consciente que aleja o separa de Dios, es
una ofensa contra Él.

El Diablo y los demonios fueron creados por Dios, pero ellos mismos se
hicieron malos porque cometieron el gran pecado de rechazar a Dios, e
inmediatamente fueron lanzados al infierno, condenados para siempre.

Por su pecado tienen odio a Dios y envidia a los hombres. Por eso
tentaron a Adán y Eva, nuestros primeros padres, diciéndoles que, si
desobedecían a Dios, serían como dioses y conocerían el bien y el mal.

Adán y Eva se dejaron engañar por el demonio y desobedecieron a Dios. Este fue el primer pecado en la
tierra: el pecado original, y por eso todos los descendientes de Adán y Eva, excepto la Santísima Virgen
María, venimos al mundo con el pecado original en el alma, y con las consecuencias de aquel primer
pecado, que se nos transmite por generación.

El pecado original con el que todos nacemos es la privación de la santidad y justicia originales.

El pecado introdujo en el mundo una cuádruple ruptura:

la ruptura del hombre con Dios,

consigo mismo,

con los demás seres humanos y

con toda la Creación.

Como consecuencia hubo un debilitamiento de la naturaleza humana, que ha quedado sometida a la


ignorancia, al sufrimiento, a la muerte y a la inclinación al pecado.

El Santo Bautismo borra el pecado original, pero no borra “el fomes peccati”, o sea que no quita la
inclinación al mal. El Bautismo revive y limpia el alma; pero el hombre deberá luchar contra sus
inclinaciones a fin de practicar el bien y lograr unidad interior.
36 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

¿CÓMO SE MANIFIESTA EL PECADO?


Bajo la apariencia de un bien (bonito, fácil, cómodo, rápido y sin complicaciones).

Busca la debilidad personal (ataca lo que más le gusta a la persona).

Se presenta como lo que siempre habías querido.

Siempre es personal (oculto, escondidas, en la oscuridad).

¿CÓMO SE PUEDE COMETER PECADO?


Con los pensamientos
(complaciéndose en el mal),

Con los deseos (deseando el mal),

Con las palabras,

Con las obras,

Con las omisiones (no haciendo el


bien que se puede y se debe
hacer).

MORTAL
El pecado mortal destruye la caridad en nuestro corazón y nos aparta de Dios, sumo Bien y Felicidad
nuestra. Si no es reparado por el arrepentimiento y por el perdón de Dios provoca la exclusión del
Paraíso y la muerte eterna del Infierno, priva de los méritos adquiridos e impide todo crecimiento
espiritual haciéndonos esclavos del mal.

No existe nada más grave y más dañino que el pecado mortal, que separa de Jesús, único Salvador. “El
sarmiento separado de la vid no sirve para nada, si no es para ser echado al fuego” (Jn 15, 6).

Es una transgresión de la ley de Dios en materia grave, hecha con plena advertencia (esto es,
conscientemente) y con consentimiento deliberado (es decir, voluntariamente). Hace perder la gracia
santificante, que es la vida del alma.

Ejemplos: el aborto, el homicidio, el suicidio, etc.


¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 37

VENIAL
Son pecados leves que disminuyen el diálogo con Dios y los hermanos. Aun siendo una acción que en sí
es mala, sin embargo, no es tan tal que determine una verdadera oposición a Dios; hiere nuestra relación
con Él, aunque no la mata del todo; nos debilita espiritualmente (debilita la gracia de Dios en nuestra
alma).

El pecado venial enfría el fervor de la vida cristiana. Obstaculiza el camino de perfección y nos hace
merecedores del Purgatorio en la otra vida. Puede además disponernos al pecado mortal.

Ejemplo: groserías, mentiras piadosas, etc.

PECADOS CAPITALES VIRTUDES

Humildad: Reconocer que de nosotros mismos


Soberbia: ante el deseo de alto honor y gloria.
sólo tenemos la nada y el pecado.

Generosidad: Dar con gusto de lo propio a los


Avaricia: ante el deseo de acaparar riquezas.
pobres y los que necesiten.

Castidad: logra el dominio de los apetitos


Lujuria: ante el apetito sexual.
sensuales.

Paciencia: Sufrir con paz y serenidad todas las


Ira: ante un daño o dificultad.
adversidades.

Templanza: Moderación en el comer y en el


Gula: ante la comida y bebida.
beber.

Envidia: resiente las cualidades, bienes o logros Caridad: Desear y hacer siempre el bien al
de otro porque reducen nuestra autoestima. prójimo.

Pereza: desgano por obrar en el trabajo o por


Diligencia: Prontitud de ánimo para obrar el bien.
responder a los bienes espirituales.

CONSECUENCIA DE NUESTRA CONDICIÓN DE PECADORES LLAMADOS A SER HIJOS DE DIOS


 Adoración, agradecimiento y humildad ante la Majestad de Dios, a quien todo debemos, tanto
en el orden natural como en el sobrenatural (cfr. Catecismo, 2628).

 Conocimiento de nuestra debilidad de pecadores y de nuestra grandeza de hijos de Dios.


38 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

 Seguridad y confianza en Dios: es Padre misericordioso, que nos perdona siempre; todo lo ordena
a nuestro bien: omnia in bonum; paciencia en las adversidades y espíritu de reparación.

 Humildad para reconocer y no extrañarnos de nuestra debilidad para hacer el bien y evitar el mal
(consecuencia del pecado original, aunque esté perdonado por el Bautismo), y para dolernos de
nuestros pecados personales;

 Confianza en que Dios nos da siempre las gracias actuales necesarias para vencer toda tentación.

 Distinguir lo que es propio de la naturaleza humana (lo natural) de lo que es consecuencia de la


herida del pecado en la naturaleza humana: después del pecado original, no todo lo que se
experimenta como "espontáneo" es bueno. Es preciso luchar para comportarse de modo
humano y cristiano (cfr. Catecismo, 409).

 La consideración frecuente de nuestra filiación divina; buscar el trato con las Tres Personas
divinas presentes en el alma en gracia.

ARMAS PARA ENFRENTAR EL PECADO


CONFIANZA EN DIOS.
MEDITA
ARMAS ESPIRITUALES:
1 Juan 1, 8
 Confesión y Comunión Frecuentes.
La Armadura de Dios:
 Oración. Efesios 6, 10-18
 Sagrada Escritura.
«Como el cuerpo muere cuando le falta el
 El Rosario. alma, así el alma muere cuando pierde a
 El Ayuno + Oración. Dios. Y hay una diferencia: la muerte del
cuerpo sucede necesariamente; pero la del
COMPROMISO
alma es voluntaria» (In Ioannis 41,9-12; cf.
 Hacer un examen de conciencia.
Rm 7,24-25).
 Hacer una lista de pecados personales.

 Mejorar mi relación con mi prójimo.

 Pedir perdón a alguien que haya ofendido.

 Hacer oración.

 Confesarme bien.

 Acercarme a Dios en la Eucaristía.


¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 39

LA GRACIA
Los seres humanos tenemos una vida corporal y una vida espiritual: estamos dotados de cuerpo y alma.
Los seres humanos pensamos y podemos tomar decisiones. Eso es el alma: entendimiento para pensar
y voluntad dotada de libertad para optar por una cosa u otra, y por el bien o por el mal.

Pero los seres humanos tenemos la posibilidad de tener una vida que nos eleva aún más: la Vida de Dios
en nosotros. Eso se llama Gracia.

Así que, siguiendo a San Pablo (1 Ts 5, 23) y al Catecismo de la Iglesia Católica (#367) para entender
mejor lo que vamos a tratar en esta clase, la Gracia, vamos a distinguir en el ser humano: cuerpo, alma
y espíritu.
Cuerpo: lo físico
Alma: entendimiento y voluntad.
Espíritu: la Vida de Dios en la persona.

La Gracia es la Vida de Dios en el alma de un ser humano. Es la ayuda sobrenatural y gratuita que Dios
nos da para poder llegar a Él en el Cielo, para gozar de esa felicidad eterna para lo cual nos creó. Esto
significa que:

 La Gracia es un don, un regalo, y como tal, no lo merecemos.

 La Gracia tiene una finalidad sobrenatural, que es el obtener la felicidad eterna en el Cielo.

La Gracia Santificante la recibimos en el Bautismo. Ésta debe aumentarse siempre, porque quien no
avanza se estanca y termina por retroceder en la Vida de la Gracia. Se aumenta directamente con los
Sacramentos: Confesión y Comunión; e indirectamente, disponiéndonos a recibirla y según esa
disposición:

✓ Con la oración. Con las buenas obras:


✓ Con la lectura y reflexión de la Palabra de ✓ Amor a Dios: Dios primero que todo.
Dios. ✓ Amor al prójimo: ayudarlo, servirlo,
✓ Con la aceptación cristiana del sufrimiento. perdonarlo.
✓ Con la penitencia o sacrificios voluntarios. ✓ Estudio de las cosas de Dios y Evangelizando:
llevando el mensaje de Cristo.

La Gracia disminuye con los pecados veniales, y se pierde con el pecado mortal, el cual expulsa a Dios de
nuestra alma y nos separamos de Él.
40 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

Podemos recupera la Gracias a través de la Confesión, comenzando con el arrepentimiento, pero


cumpliendo las otras condiciones de la Confesión: Examen de conciencia, arrepentimiento, propósito de
enmienda, confesión ante el Sacerdote y cumplir la penitencia.

Además de la Gracia Santificante hay otras clases de gracias:

a. Gracias Actuales: Son las gracias que Dios nos da continuamente a lo largo de nuestra vida. Son
las iluminaciones y/o fortalecimientos que Dios nos da en un momento dado para que hagamos
su Voluntad y no nos alejemos de Él. Las estamos recibiendo en todo momento. A veces nos
damos cuenta de ellas, a veces no.

b. Gracias Sacramentales: Son las gracias específicas de cada Sacramento. Por ejemplo, en la
Confesión la fuerza para evitar los pecados que confesamos. En la Confirmación: la fuerza para
ser portadores del mensaje de Cristo.

c. Gracias De Estado: las específicas para cumplir las funciones a las que Dios nos ha llamado.

Estamos llamados a vivir en estado de Gracia, es decir, mantener, cuidar y aumentar la vida de Dios en
nuestra alma. Quien peca mortalmente pierde el estado de Gracia. Quien vive pecando venialmente,
debilita el estado de Gracia y corre el riesgo de debilitarlo tanto que lo pierde con un pecado mortal.

Tenemos que recordar para qué fuimos creados. No fuimos creados para esta vida aquí en la tierra. Esto
es un paso, una pasadita. Lo importante es lo que nos espera allá.

MEDITEMOS
Leer Jn. 15, 5-6. Parábola de la Vid.

¿Qué sucede a las hojas y ramas que están separadas de la planta, del tallo?

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¿Y nosotros? ¿Tenemos remedio una vez separados del tronco que es Cristo? ¿Cuál es nuestro remedio?

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¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 41

LA ORACIÓN
"Todos los santos del cielo llegaron a ser santos por la oración; todos los
condenados se han perdido por no haber hecho oración."
~ San Alfonso Ma. de Ligorio.

La oración es la elevación del alma y del corazón a Dios, para adorarle,


darle gracias, comunicarle nuestras vivencias y pedirle lo que
necesitamos. A través de la oración entablamos una relación personal y
viva con Dios, lo vamos conociendo y haciendo parte de nuestra vida.

Dios nos da a todos la gracia de orar, y a través de ella podemos alcanzar


los socorros divinos que necesitamos para observar los mandamientos y
perseverar hasta el fin en el camino del bien.

La oración es necesaria para salvarse, pues es el medio ordinario instituido por Dios para la consecución
de las gracias eficaces y de la perseverancia final: la felicidad definitiva. 2

San Agustín afirma que la oración es el único camino para adquirir la ciencia de los santos, haciendo eco
de lo dicho por el apóstol Santiago: "Si alguno de vosotros está falto de sabiduría, que se la pida a Dios -
que a todos da con generosidad y sin echarlo en cara-, y le será concedida" (St. 1, 5).

Nada más claro que el lenguaje de las Sagradas Escrituras, cuando quieren demostramos la necesidad
que de la oración tenemos para salvamos... Es menester orar siempre y no desmayar... Vigilad y orad
para no caer en la tentación. Pedid y se os dará... Está bien claro que las palabras: Es menester... orad…
pedid significan y entrañan un precepto y grave necesidad.

Sin el socorro de la divina gracia no podemos hacer bien alguno: Sin mí nada podéis hacer, dice Jesucristo.
Sobre estas cosas escribe acertadamente San Agustín y advierte que no dice el Señor que nada podemos
terminar, sino que nada podemos hacer. Con ello nos quiso dar a entender nuestro Salvador que sin su
gracia no podemos realizar el bien. Y el Apóstol parece que va más allá, pues escribe que sin la oración
ni siquiera podemos tener el deseo de hacerlo. Por lo que podemos sacar esta lógica consecuencia: que,
si ni siquiera podemos pensar en el bien, tampoco podemos desearlo... Y lo mismo testifica otros muchos

2
Nuestra Salvación. P. 93. Editorial CASALS, S.A. Barcelona, España. 2005.
42 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

pasajes de la Sagrada Escritura. Recordemos algunos, Dios obra todas las cosas en nosotros... Yo haré
que caminéis por la senda de mis mandamientos y guardéis mis leyes y obréis según ellas. De aquí
concluye San León Papa que nosotros no podemos hacer más obras buenas que aquellas que Dios nos
ayuda a hacer con su gracia.

San Juan Crisóstomo lo resume muy simple: “A la manera que la lluvia es necesaria a las plantas para
desarrollarse y no morir, así nos es necesaria la oración para lograr la vida eterna”. Y en otro lugar trae
otra comparación el mismo Santo: “Así como el cuerpo no puede vivir sin alma, de la misma manera el
alma sin oración está muerta y corrompida.” Dice que está corrompida y que despide hedor de tumba,
porque aquel que deja de rezar bien pronto queda corrompido por multitud de pecados. Llámese
también a la oración alimento del alma porque si es verdad que sin alimento no puede sostenerse la vida
del cuerpo, no lo es menos que sin oración no puede el alma conservar la vida de la gracia.

CARACTERÍSTICAS
La oración es un camino de relación personal con Dios. Santa Teresa de Jesús hablaba de un “camino de
amistad con Aquél que sabemos nos ama”. Es un camino, porque esa relación con ese Amigo que
sabemos nos ama nos llevará a una amistad muy íntima con Él aquí en la tierra, la cual continuará para
toda la eternidad.

“La oración es la elevación del alma a Dios o la petición al Señor de bienes conformes a su voluntad. La
oración es siempre un don de Dios que sale al encuentro del hombre. La oración cristiana es relación
personal y viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el
Espíritu Santo, que habita en sus corazones.” (CIC-C #534)

La oración purifica. La oración nos ayuda a resistir las tentaciones. La oración nos da fortaleza en nuestras
debilidades. La oración remueve el temor, aumenta nuestra fuerza, nos capacita para aguantar. La
oración nos hace felices.

La oración es la llave que abre nuestro corazón y nuestra alma al Espíritu Santo; es decir, a su acción de
transformación en nosotros. Al orar, permitimos a Dios actuar en nuestra alma -en nuestro
entendimiento y nuestra voluntad- para ir adaptando nuestro ser a su Voluntad. (cfr. CIC #2825-1827).
Orando de manera regular y frecuente podemos conocer la Voluntad de Dios y cumplirla.

FUENTES DE LA ORACIÓN
Las fuentes de la oración cristiana son:

 La Palabra de Dios: que nos transmite “la ciencia suprema de Cristo” (Flp 3,8).
 La Liturgia de la Iglesia: que anuncia, actualiza y comunica el misterio de la salvación.
 Las Virtudes Teologales: fe, esperanza y caridad.
 Las Situaciones Cotidianas: porque en ellas podemos encontrar a Dios.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 43

No hay otro camino de oración cristiana que Cristo. Sea comunitaria o individual, vocal o interior, nuestra
oración no tiene acceso al Padre más que si oramos “en el Nombre” de Jesús. La santa humanidad de
Jesús es, pues, el camino por el que el Espíritu Santo nos enseña a orar a Dios nuestro Padre.

Si leemos el Evangelio nos sorprenderá la cantidad de veces que Jesús invita a la gente a que haga
oración. Ya desde el comienzo de su vida de predicación, Jesús se retira cuarenta días al desierto para
hacer oración y ayuno. Luego, durante todo el tiempo en que se dedicó a enseñar y curar enfermos,
todas las noches se retiraba a hacer oración. Y finalmente es apresado en el Huerto de los Olivos justo
en el lugar donde acostumbraba a hacer oración cuando estaba en la ciudad de Jerusalén.

Es de Jesús de quien podemos aprender “cómo orar”. Él es el modelo perfecto.

1. Jesús, con su corazón de hombre, aprendió a orar de su Madre: la Virgen María. Aquí vemos que
el padre y la madre son los que deben enseñar a sus hijos a orar, a platicar con Dios desde
pequeños. Enseñar a orar es más importante que muchas otras cosas, pues orar les servirá toda
la vida, en su camino a la salvación.

2. Jesús ora antes de los momentos importantes de su vida: antes de su bautismo antes de escoger
a sus apóstoles, antes de su pasión. Tú debes orar cuando haces las cosas de todos los días, pero
más aún antes de empezar algo que es importante para ti.

3. Jesús se retira al silencio, le gusta estar solo para orar. Así tú también, cuando quieras orar, no
trates de hacerlo en el ruido, pensando o haciendo otras cosas; busca un momento tú solo y en
el silencio. ¿Por qué no pasas un momentito a la Iglesia?

4. Jesús ora siempre dócil a la Voluntad de Dios: Jesús dice “si puedes Padre, aparta esto de mí, pero
hágase tu voluntad y no la mía”. Tú puedes pedir lo que quieras a Dios (que te ayude a conseguir
un bien, o que aparte de ti un mal), pero al final siempre debes decirle que se haga su voluntad
y no la tuya.

5. Jesús ora con confianza de ser escuchado. Tú, cuando ores, confía en que Dios de verdad te
escucha y te dará lo que sea bueno para ti.

Además del contenido, Jesús nos enseña las disposiciones requeridas por una verdadera oración: la
pureza del corazón, que busca el Reino y perdona a los enemigos; la confianza audaz y filial, que va más
allá de lo que sentimos y comprendemos; la vigilancia, que protege al discípulo de la tentación.

EL PAPEL DEL ESPÍRITU SANTO EN LA ORACIÓN


Somos débiles pero el Espíritu viene en nuestra ayuda. No sabemos cómo pedir ni qué pedir, pero el
Espíritu lo pide por nosotros, sin palabras, como con gemidos. (Rm 8, 26)
44 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

El Espíritu Santo es nuestro maestro de oración. El Espíritu Santo vive en nosotros y con nosotros, y habla
dentro de nosotros cuando oramos de veras. El Espíritu Santo ora en nosotros, realmente. Por
eso debemos repetir mucho: “¡Ven Espíritu Santo! Enséñame a orar. Ayúdame a orar.”

LA VIRGEN MARÍA
En virtud de su cooperación singular con la acción del Espíritu Santo, la Iglesia ora también en comunión
con la Virgen María para ensalzar con ella las maravillas que Dios ha realizado en ella y para confiarle
súplicas y alabanzas.

La Iglesia ama rezar a María y orar con María, la orante perfecta, para alabar e invocar con Ella al Señor.
María, en efecto, nos “muestra el camino” que es su Hijo, el único Mediador.

La oración de María se caracteriza por su fe y por la ofrenda generosa de todo su ser a Dios. Ella ruega a
Jesús, su Hijo por las necesidades de los hombres.

LOS SANTOS
Los santos son para los cristianos modelos de oración, y a ellos les pedimos también que intercedan,
ante la Santísima Trinidad, por nosotros y por el mundo entero. Su intercesión es el más alto servicio que
prestan al designio de Dios. En la Comunión de los Santos, a lo largo de la historia de la Iglesia, se han
desarrollado diversos tipos de espiritualidad, que enseñan a vivir y a practicar la oración.

Las formas esenciales de oración cristiana son la bendición y la adoración, la oración de petición y de
intercesión, la acción de gracias y la alabanza. (CIC-C 550)

1. Bendición: La bendición es la respuesta agradecida del hombre a los dones de Dios: nosotros
bendecimos al Todopoderoso, quien primeramente nos bendice y colma con sus dones. Una oración
de bendición es aquella que pide a Dios su bendición sobre nosotros. La forma más breve de esta
oración es “Dios te bendiga”.

2. Adoración: La adoración es la prosternación del hombre cuando se reconoce creatura de Dios y


dependiente de Él, su Creador. Adorar a Dios, entonces, es tomar conciencia de nuestra dependencia
de Él y de la consecuencia lógica de esa dependencia: entregarnos a Él y a su Voluntad. Toda persona
que comprenda esto y lo recuerde, está adorando a Dios.

3. Petición: La oración de petición tiene dos partes:


• La seguridad de que mi oración es escuchada por Dios; y
• La total renuncia de una respuesta de Dios de acuerdo a mi plan. Por eso se habla de la oración
de entrega: me someto de antemano al plan de Dios para mí. No busco mi voluntad sino la
Voluntad de Dios. Y la respuesta de Dios puede ser: Sí, No o aún No.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 45

Formas de la oración de petición (CIC-C #553): La oración de petición puede adoptar diversas formas:
petición de perdón o también súplica humilde y confiada por todas nuestras necesidades espirituales
y materiales; pero la primera realidad que debemos desear es la llegada del Reino de Dios.

4. Intercesión (CIC #554): La intercesión consiste en pedir en favor de otro. Esta oración nos une y
conforma con la oración de Jesús, que intercede ante el Padre por todos los hombres en particular
por los pecadores. La intercesión debe extenderse también a los enemigos. “Amen a sus enemigos y
recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos.” (Mt 5, 44-45)

5. Acción de Gracias: Cuando le damos a Dios las ¨Gracias¨ por algo. La Iglesia da gracias a Dios
incesantemente, sobre todo cuando celebra la Eucaristía, en la cual Cristo hace partícipe a toda la
Iglesia de su acción de gracias al Padre. Todo acontecimiento se convierte para el cristiano en motivo
de acción de gracias.

6. Alabanza: La alabanza es la forma de oración que, de manera más directa, reconoce que Dios es Dios;
es totalmente desinteresada: canta a Dios por sí mismo y le da gloria por lo que Él es.

La tradición cristiana ha conservado tres modos principales de expresar y vivir la oración: la oración vocal,
la meditación y la oración contemplativa. Su rasgo común es el recogimiento del corazón. (CIC-C #568)

A pesar de que cada forma de orar tiene características especiales que hacen que se diferencien entre
sí, las tres tienen el mismo fin (la unión con Dios), y las tres requieren el recogimiento de la mente y del
corazón. Es decir, presuponen el deseo de tomar contacto con Dios a través de la oración.

ORACIÓN VOCAL
Consiste en repetir con los labios o con la mente, oraciones ya formuladas y escritas como el
Padrenuestro, el Avemaría, la Salve, etc. Para aprovechar esta forma de oración es necesario pronunciar
las oraciones lentamente, dándonos cuenta de lo que estamos diciendo a Dios. Así, entonces, podemos
elevar el alma a Dios.

La oración vocal puede ser también oraciones que el Espíritu Santo me inspira, palabras mías con las que
me comunico con Dios. Eso es lo que llamamos oración espontánea: es vocal, pero no está pre-hecha o
escrita.

La oración vocal asocia el cuerpo a la oración interior del corazón; incluso quien practica la más interior
de las oraciones no podría prescindir del todo en su vida cristiana de la oración vocal. En cualquier caso,
ésta debe brotar siempre de una fe personal. Con el Padre nuestro, Jesús nos ha enseñado una fórmula
perfecta de oración vocal. (CIC-C #569)
46 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

MEDITACIÓN
En la meditación cristiana contemplamos por medio de representaciones mentales y/o lecturas, algún
pasaje de la Sagrada Escritura (Lectio Divina), o alguna verdad de nuestra Fe, o alguna faceta o momento
de la propia vida, para tratar de descubrir en la meditación la Voluntad de Dios para mí. La meditación
cristiana es orar pensando o pensar orando.

La meditación es una reflexión orante, que parte sobre todo de la Palabra de Dios en la Biblia; hace
intervenir a la inteligencia, la imaginación, la emoción, el deseo, para profundizar nuestra fe, convertir el
corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo; es una etapa preliminar hacia la unión de amor con el
Señor.

Diferencia entre la meditación cristiana y lo que hoy día llama la cultura “meditación” o “meditar”.
Lo que nuestra cultura llama meditación o meditar es muy distinto a lo que es la oración mental o
meditación cristiana. Pueden confundirse, pero son totalmente opuestas.

Lo que hoy llamamos “meditación” en nuestra cultura es una práctica venida del paganismo oriental.

En la oración cristiana se busca a Dios. En la meditación pagana el que medita realmente se busca a
sí mismo. Para esto usa técnicas y ejercitaciones especiales, como repetición de mantras, etc. Es
decir: el resultado depende de aplicar bien los métodos y las actividades que se proponen.

En la oración cristiana el orante busca a Dios y desea entregarse a Él. En la pagana se busca la fusión
con la divinidad, de la que se considera parte: el meditante se cree que “forma parte” de dios
(Panteísmo).

En la oración cristiana el orante busca a Dios y lo deja actuar en su alma, la cual es transformada por
la Gracia Divina. Es decir: Dios es quien hace; la persona se deja hacer.

En la oración cristiana, Dios toma posesión del alma, si Él lo desea y cuando Él lo desea. En la
meditación pagana el alma se cree falsamente divinizada.

ORACIÓN CONTEMPLATIVA
En este tipo de oración el orante no razona, sino que trata de estar en recogimiento, silenciando su
cuerpo y su mente para estarse en silencio con Dios. El recogimiento interior o interiorización se
fundamenta en un dato de fe: Dios nos inhabita, somos "templos del Espíritu Santo" (cf. 1 Cor 3, 16).

La oración de silencio es un movimiento de interiorización, en la que el orante se entrega a Dios


que habita en su interior. Ya no razona acerca de Dios, como en la meditación, sino que se queda a solas
con Dios en el silencio, y Dios va haciendo en el alma su trabajo de Alfarero para ir moldeándola de
acuerdo con Su Voluntad.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 47

La oración contemplativa es una mirada sencilla a Dios en el silencio y el amor. Es un don de Dios, un
momento de fe pura, durante el cual el que ora busca a Cristo, se entrega a la voluntad amorosa del
Padre y recoge su ser bajo la acción del Espíritu. Santa Teresa de Jesús la define como una íntima relación
de amistad: “estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama”. (CIC-C #571)

Santo Tomás decía: “Después del Bautismo le es necesaria al hombre continua oración, pues si es verdad
que por el bautismo se borran todos los pecados, no lo es menos que queda la inclinación desordenada
al pecado en las entrañas del alma y que por fuera el mundo y el demonio nos persiguen a todas horas”.

Para salvamos tenernos que luchar y vencer, según aquello de San Pablo: El que combate en los juegos
públicos no es coronado, si no combatiere según las leyes. Sin la gracia de Dios no podemos resistir a
muchos y poderosos enemigos... Y como esta gracia sólo se da a los que rezan, por tanto, sin oración no
hay victoria, no hay salvación.

El campo de batalla es el interior de la persona. El arma del cristiano es la oración. Podemos perder ese
combate o podemos ganarlo. Podemos ganar algunas batallas y perder otras, igual que en las guerras.

Para ganar este combate, tenemos que luchar contra la acedia o pereza espiritual, que es básicamente
la falta de interés en las cosas de Dios. Luego tenemos que vencer las excusas: “no tengo ganas” o “no
tengo tiempo”.

En resumen, tenemos que vencer al Enemigo que no le interesa que nadie ore, pues no quiere que nadie
se entregue a Dios, ni que esté del lado de Dios.

“La oración es un don de la gracia, pero presupone siempre una respuesta decidida por nuestra parte,
pues el que ora combate contra sí mismo, contra el ambiente y, sobre todo, contra el Tentador, que hace
todo lo posible para apartarlo de la oración. El combate de la oración es inseparable del progreso en la
vida espiritual: se ora como se vive, porque se vive como se ora.” (CIC-C #572)

DIFICULTADES PARA LA ORACIÓN


La dificultad habitual para la oración es la distracción, que separa de la atención a Dios, y puede incluso
descubrir aquello a lo que realmente estamos apegados. Nuestro corazón debe entonces volverse a Dios
con humildad. A menudo la oración se ve dificultada por la sequedad, cuya superación permite adherirse
en la fe al Señor incluso sin consuelo sensible. La acedía es una forma de pereza espiritual, debida al
relajamiento de la vigilancia y al descuido de la custodia del corazón. (CIC-C 574)

Todo orante ha pasado por distracciones, sentimiento de vacío interior, sequedad e incluso cansancio
en la oración. Pero el verdadero orante sabe que hay que tener constancia y fidelidad en la oración.
48 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

La Aridez en la Oración
La aridez una sensación de sequedad, de falta de consuelo en la oración. Pero la aridez no es un
mal. Puede, incluso, ser una gracia. Si examinada nuestra conciencia, no hay culpa en la aridez, puede
ser que Dios desea que pasemos un tiempo de sequedad.

Cuando venga la aridez –que vendrá- hay que tener cuidado, porque puede convertirse en una tentación.
Pudiera suceder que cuando ya hemos avanzado algo en la oración o cuando estamos agobiados de
trabajo y se descuide la oración, se comience a creer que la oración no es para uno. Ese sería un triunfo
del Demonio, pues hace todo lo que puede para que nos quedemos exteriorizados.

 Cuando estemos en aridez, más hay que adorar. Necesitamos orar más. Pueda que nos cueste
más trabajo. Es como tener que ir a sacar agua del pozo, en vez de recibirla por irrigación o –
mejor aún- de la lluvia (cf. Santa Teresa de Jesús).

 La aridez es parte del camino de oración. Porque creer en el Amor de Dios no es sentir el
Amor. Es, por el contrario, aceptar no sentir nada y creer que Dios me ama. Así que no hay que
juzgar la vida de oración según ésta sea árida o no. La sequedad es un dolor necesario. No
podemos amar a Dios por lo que sentimos, sino por lo que Él es.

 La aridez es necesaria para ir ascendiendo en el camino de la oración. Así que, viéndolo bien, la
aridez es un don del Señor, tan grande o mayor que los consuelos en la oración.

 Con la aridez el Señor nos saca del nivel de las emociones y nos lleva al nivel de la voluntad: oro,
aunque no sienta porque deseo amar al Señor. La aridez, entonces, cuando no es culposa, porque
nos hemos alejado del Señor por el pecado o porque no hemos orado con la asiduidad necesaria,
es un signo de progreso en la oración.

La oración es siempre una experiencia transformante, haya gracias místicas o no, estemos en aridez o
no. Aunque el tiempo de oración esté plagado de distracciones, el alma calmadamente volverá a su
búsqueda por el Señor tan pronto como note esas distracciones. El peligro aquí radica en que el alma
busque consuelo en distracciones deliberadamente. La lectura espiritual se hace a un lado y el alma pasa
el tiempo de oración leyendo libros que logran el consuelo pero que no aumentan el fervor. Acortar el
tiempo de oración es un verdadero peligro, originado en el temor de "perder" el tiempo, que puede
surgir en el alma. Se busca mayor acción y pronto, las buenas obras que llevan al consuelo reemplazan
el tiempo de oración y el alma cae en un gran peligro.

Es importante perseverar en la oración, incluso en los momentos de oración extensos, para así lograr la
purificación de la aridez que supera largamente los pocos consuelos que el alma obtiene de las obras
activas que la distraen. Rechazar la aridez es rechazar el crecimiento en la vida espiritual. Es el madero
vertical de nuestra cruz cotidiana.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 49

✓ Siempre es más fácil orar en la mañana. Primero es lo primero: buscar y hallar la voluntad de Dios.

✓ Nunca dediques menos tiempo del que habías decidido. El mal siempre empieza a funcionar tratando
de recortar el encuentro con Dios.

✓ Dedica un cuaderno especial y únicamente para esta experiencia. Escribe en el cuaderno todos los
días. Es para ti.

✓ Si hay inquietudes, dificultades o dudas no dejes de comentarlas con quien acompaña el proceso;
recuerda que “nadie es buen juez en su propia causa”.

✓ Busca el lugar y la hora adecuada para realizar tu oración; si te va bien y sientes gusto, no los cambies.

✓ Sé puntual en los encuentros de oración.

✓ Recuerda que la improvisación no es signo de confianza y amistad, sino de descuido y atrevimiento.


Por eso es conveniente que nunca dejes de preparar la oración.

✓ Trabaja intensamente por estar, mínimo, media hora orando. Si estás desabrido(a) y seco(a), ofrécele
al Señor tu situación; pero no te dejes vencer.

✓ No dejes de examinar tu oración. Es fácil si lo haces inmediatamente después de la oración. La


pregunta fundamental que habrás de contestar es: ¿Qué está haciendo el Espíritu de Dios hoy en mí?
¿Cómo he colaborado y en que he sido, más bien, un obstáculo?

✓ Gran parte del éxito de la oración depende del siguiente secreto: si sientes gusto interno y paz en
algún momento o tema de la oración, no sigas adelante; quédate ahí saboreando la presencia de
Dios y su silenciosa acción en tu corazón. La oración es algo así como una buena golosina que hay
que saborear lentamente.

La Santísima Virgen María en un mensaje en Medjugorje (25-2-08) dice: “Que vuestro día esté hilvanado
de pequeñas y fervientes oraciones”.

Notemos que la Virgen habla de pequeñas y fervientes oraciones: jaculatorias, actos de amor, de decirle
algo al Señor, de tomar conciencia de que está con uno en ese momento. No tienen que ser
interrupciones largas: son pequeños momentos de contacto con el Señor, pequeños momentos de
adoración.

3
P. ROBERTO JARAMILLO S.I. “CONOCER, AMAR Y SEGUIR A JESUCRISTO”.
50 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

LAS SAGRADAS ESCRITURAS


PALABRA VIVA DE DIOS
Dios se fue revelando, manifestando, fue dialogando con su pueblo, por medio de diferentes Enviados y
les dejó su palabra también escrita: las Sagradas Escrituras. La Iglesia, en la que obra Cristo por medio
del Espíritu Santo, custodia las Sagradas Escrituras, las profundiza y nos las entrega para que creamos.
Por eso, nosotros entendemos las Sagradas Escrituras, como las entiende la Iglesia.

El mejor modo de recibir las Sagradas Escrituras es escucharlas con fe y atención cuando se leen y
proclaman en la reunión de oración de los cristianos, en la Santa Misa. También meditamos la Palabra
de las Sagradas Escrituras en la oración personal o en grupos.

La Biblia es el libro que contiene las Sagradas Escrituras. Biblia es una palabra de la lengua griega que
significa LIBRO. La Biblia es la suma de muchos libros, unos largos y otros muy cortos. Es el Libro de la
Palabra de Dios para comunicarnos la vida, porque en ella Dios se nos da a conocer y nos dice lo que
quiere de nosotros, a través de la historia, en las palabras, en los discursos de los profetas y con la vida
y palabras de Jesús y sus seguidores.

La Biblia se divide en dos partes: Antiguo Testamento y Nuevo Testamento.

a. ANTIGUO TESTAMENTO O PACTO ANTIGUO: En el Antiguo Testamento vemos la actuación de Dios


para liberar a un pueblo al que quiere hacer suyo. Dios interviene en la historia por medio de sus
profetas encargados de transmitir su palabra. En esta primera parte de la Biblia cuenta cómo Dios
también hace un pacto con los hombres.

El Antiguo Testamento se escribe durante el largo periodo que va desde el reinado de Salomón, en
el siglo X, hasta un siglo antes de Cristo.

b. NUEVO TESTAMENTO O PACTO NUEVO: La parte principal del Nuevo Testamento, son los libros en
que los apóstoles de Jesús escribieron lo que habían visto y oído de Él. Nos demuestra todo su amor
y su poder en Jesús y les dice que los que quieran salvarse únicamente deben hacer una cosa: creer;
es decir, fiarse de Jesús. Si se fían de Jesús serán como él, serán su mismo cuerpo, tendrán su misma
vida y Dios les amará como ama a Jesús. La palabra Evangelio significa Buena Noticia.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 51

El Nuevo Testamento se escribe desde unos veinte años después de la muerte de Cristo, en vida de
la primera generación de cristianos hasta la muerte del último apóstol. Es decir, entre los años 50 y
100.

La Santa Biblia fue redactada por Profetas, sabios, poetas y apóstoles, durante catorce siglos, pero todos
dirigidos e inspirados por Dios para que no escribieran ningún error espiritual. Los redactores más
famosos de la Santa Biblia fueron: Moisés, el rey David, los profetas, Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel;
los cuatro evangelistas: San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan; y el apóstol San Pablo.

A Jesucristo se le llama "el Verbo". Pues bien, Verbo significa Palabra. Jesucristo es la Palabra de Dios que
se hizo hombre para salvarnos. Y este mismo Verbo, esta misma Palabra de Dios, el mismo Jesucristo, es
el que está en las Sagradas Escrituras en forma de palabras humanas, accesibles para nosotros. Esta es
la razón por la cual veneraos las Sagradas Escrituras. En ellas está presente Dios mismo.

Por esta misma razón es una Palabra Viva, porque Jesucristo está vivo y presente en ella, como lo está
en la Eucaristía y es Él quien nos habla a través de ella.

Por eso al leer las Sagradas Escrituras tenemos la impresión de estar leyendo un libro especial, distinto,
sobrenatural. Lo que en él se dice se aplica a todas las épocas, culturas, problemas más diversos del
hombre. No es que sea mágico, sino que es Dios el que nos está hablando y Él, mejor que nadie, conoce
perfectamente lo que el hombre necesita saber, porque Él fue quien nos pensó, diseñó y construyó.

La Biblia es la "Palabra de Dios", es Su pensamiento expresado a través de sonidos humanos, a pesar de


la diversidad de los autores, épocas y contenidos

Debemos leer la Sagrada Escritura, meditándola con profundidad y tomando en cuenta dos cosas:

1. La Sagrada Escritura está escrita por Dios, utilizando las manos de unos hombres que vivieron en una
época determinada de la historia. Por tanto, al leer la Sagrada Escritura, tenemos que prestar
atención a lo siguiente:

a. A lo que los autores quisieron afirmar de acuerdo con el tiempo histórico en que la escribieron,
con su cultura, con los géneros literarios que usaban, con la forma de sentir, hablar y narrar de
los hombres de su tiempo.

b. A lo que Dios quiso manifestar con las palabras que escribieron los hagiógrafos. Para lograrlo,
debemos leer la Sagrada Escritura con el mismo espíritu con el que fue escrita; es decir, con la
52 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

idea de ofrecer un camino de salvación para los hombres de todas las épocas y culturas. Sólo así
nuestro entendimiento podrá captar el mensaje de Dios oculto tras unas palabras humanas.

2. La Sagrada Escritura tiene dos sentidos: el literal y el espiritual.


a. LITERAL: lo podemos captar simplemente por el significado de las palabras que contiene.

b. ESPIRITUAL: lo captamos en las realidades y acontecimientos que se narran, y que también son
signos que manifiestan el Plan de Dios.

Estas realidades y acontecimientos los entenderemos mejor si buscamos en ellos:

a. Aquello que nos lleva a Cristo: sentido alegórico.

b. Aquello que nos lleva a un cambio en nuestra forma de actuar en la vida terrena: sentido moral.

c. Aquello que nos lleva a la Salvación: sentido anagógico.

MEDITEMOS
Santiago 1, 22-25 - Hebreos 4,12 – Romanos 15,4

¿Cuántos libros tiene la Biblia? ¿Cuántos pertenecen al Antiguo Testamento, y cuántos al Nuevo
Testamento?

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¿Cómo están señalados los libros en la Biblia?

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¿Qué libros forman el Antiguo Testamento?

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¿Cuáles conforman el Nuevo Testamento?

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¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 53

LECTIO DIVINA
La mejor manera de dialogar con Dios en la oración es hacerlo guiados por la Sagrada Escritura. El Espíritu
Santo, el que habló por los profetas e inspiró las Escrituras, nos sigue hablando hoy a nosotros. La
educación en la escucha del Maestro interior tiene que pasar por el ejercicio de la meditación orante
sobre la Palabra de Dios, por la práctica de la lectio divina que es un acercamiento gradual al texto bíblico
y se remonta al antiguo método de los Padres de la Iglesia, que a su vez son herederos del uso rabínico.

Fundamentalmente comprende 10 grandes pasos o momentos sucesivos:

1. STATIO (Preparación): La Palabra esperada. Estoy a la espera. Me pongo a la escucha. Disposición


interior. Silencio. Invocación del Espíritu Santo.

2. LECTIO (Lectura): La Palabra escuchada. Leo el texto con atención. Leer bien es escuchar en
profundidad.

3. MEDITATIO (Meditación): La Palabra comprendida. El significado de la Palabra. ¿qué dice, qué


me dice? ¿quién me dice?

4. ORATIO (Oración): Mi palabra responde a la Palabra. Se inicia mi diálogo con la Palabra. Oro el
texto, brota viva la oración. La oratio puede expresarse también en petición de perdón y de luz,
o en ofrecimiento.

5. CONTEMPLATIO (Contemplación): La Palabra encarnada. Epifanía. Ante la manifestación de Dios,


me postro, adoro. Silencio ante la Palabra. Se trata de detenerse con amor en el texto. La
contemplatio es adoración, alabanza, silencio ante Aquel que es sujeto último de oración, el Cristo
Señor, vencedor de la muerte, revelador del Padre, mediador absoluto de la salvación, dador de
la alegría del Evangelio.

6. CONSOLATIO (Consolación): La Palabra sentida. La consolación es el gozo de orar, es el sentir


íntimamente el gusto de Dios, de las cosas de Cristo. Es un don que ordinariamente se produce
en el ámbito de la lectio divina. Sólo de la consolación brotan las opciones valientes de pobreza,
castidad, obediencia, fidelidad, perdón, porque es el lugar y la atmósfera propia de las grandes
opciones interiores.

7. DISCRETIO (Discernimiento): La Palabra confrontada. Prolongo la escucha, discierno. Analizo.


Distingo cuál es la voluntad de Dios. Nos hacemos sensibles a todo lo que es evangélico y a lo que
no lo es. Se trata, por tanto, de un discernimiento importante, porque no estamos llamados tan
sólo a observar los mandamientos en general, sino a seguir a Jesucristo.
54 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

8. COLLATIO (Intercomunicación): La Palabra compartida. Sopeso con otros mi respuesta a la


Palabra, en un clima de oración. Diálogo con los hermanos.

9. DELIBERATIO (Deliberación): La Palabra me moviliza. De la experiencia interior de la consolación


o de la desolación aprendemos a discernir y a decidir, según Dios. Si analizamos atentamente las
opciones vocacionales, nos damos cuenta de que siguen, aunque sea inconscientemente este
proceso. La vocación es, efectivamente, una decisión tomada a partir de lo que Dios ha hecho
sentir y de la experiencia que de ello se ha tenido según los cánones evangélicos.

10. ACTIO (Respuesta): La Palabra en acción. La Palabra da frutos. Se cumple, se realiza. Vida.
Testimonio. Anuncio. Compromiso. No se trata, como muchas veces pensamos, de orar más para
obrar mejor, sino de orar más para comprender lo que debo hacer y para poder hacerlo a partir
de una opción interior.

ACTITUDES NECESARIAS
Son necesarias unas disposiciones interiores para que este método de fruto, podemos destacar tres:

a. Escucha: es necesario acercarse a la Palabra de Dios con reverencia y actitud atenta. Se suele
recordar el pasaje en que Moisés, ante la zarza ardiente, contempla y Dios le dice: “descálzate porque
el lugar que pisas es sagrado” (Ex 3, 1-6). La Palabra de Dios es para nosotros, como la zarza, un
misterio atrayente. Pero hemos de acercarnos “descalzándonos” de todo aquello que nos impide
acogerla como merece (ruidos, prisas, preocupaciones, etc.).
b. Compromiso de vida: La Lectio Divina requiere una armonía entre lo que oramos y lo que vivimos. Es
la decisión radical y constante de vivir según el Evangelio, de seguir a Jesús como discípulos. Si esto
no lo tenemos claro y queremos hacer compatible la fe con una vida desordenada, la Lectio no puede
dar ningún fruto.
c. Perseverancia: Nosotros somos impacientes y queremos ver en seguida los resultados, pero Dios
tiene una pedagogía más pausada. La Palabra leída, meditada, orada y contemplada es en nosotros
como una semilla que da fruto de forma misteriosa, según los planes de Dios. Por eso la Lectio
requiere que le dediquemos asiduamente un tiempo exclusivo.

La lectura comunitaria facilita este aprendizaje, nos ayuda a perseverar, nos ilumina los pasajes que nos
resultan más costosos, etc. Además, el grupo de creyentes que frecuentemente escuchan juntos la
Palabra de Dios es expresión de la Iglesia. Esta palabra viva y eficaz nos impulsará a vivir según las
enseñanzas de Jesús y a ser presencia suya en medio del mundo.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 55

JESÚS QUIERE QUE EL


HOMBRE SEA FELIZ
EL SERMÓN DE LA MONTAÑA – Mt.5, 1-19.
Con su predicación, Jesús nos enseña cómo vivir y actuar para alcanzar la auténtica felicidad.

El Sermón de la Montaña es una gran catequesis de Jesús, para que ésta sea para los cristianos lo que
fue para los judíos la ley: norma de vida. Vemos que Jesús, al igual que Moisés, sube al "monte" y desde
ahí instruye al pueblo. La catequesis empieza con la palabra "Bienaventurados", que pude ser también
traducida como "Felices" o "Dichosos", o quizá las tres juntas.

La palabra en griego "macario" significa una alegría profunda e interior que está relacionada con la paz
y el gozo. Con esta interpretación resulta paradójico, de acuerdo a los criterios humanos decir: "felices
los que lloran, felices los pobres, felices los mansos, felices los perseguidos por ser cristianos..." Sin
embargo, ésta es una realidad auténtica, pues la verdadera felicidad, el gozo, la alegría, no está donde
el mundo nos las propone, sino en donde Jesús nos lo dice: "Sólo en Él", llevando una vida
auténticamente cristiana.

La felicidad que encontramos en el mundo es pasajera. La que nos ofrece Jesús y su Evangelio es total,
duradera y definitiva. Si verdaderamente quieres ser un "macario", un lleno de la alegría, la paz y el gozo
de Dios, esfuérzate todos los días por vivir el Evangelio.

Jesús le hace una propuesta a sus discípulos y a nosotros mismos: nos invita a ser diferentes. Los
discípulos no sólo se distinguen por ser seguidores, deben ser bienaventurados, ser sal y luz para todas
las personas. La sal no sólo es un condimento de cocina que da sabor a la comida, en tiempos bíblicos y
en la actualidad, es un instrumento que se utiliza para conservar los alimentos y evitar la corrupción.

La presencia del discípulo tiene que ser la de aquel que viviendo el Evangelio le pone el sabor exquisito
a la vida, y dando testimonio evita la corrupción o la vida de pecado.

Una tercera exigencia es que el discípulo, con su forma y manera de vivir, debe ser un referente en la
vida de los demás, no por sentirse superior, sino porque su testimonio ilumina a otros a ser discípulos
del Maestro.

En esta catequesis del Sermón de la Montaña, Jesús hace unas afirmaciones que sirven para poner en
perspectiva su misión y el mensaje de salvación que nos ha venido a traer.
56 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

El tema que trata Jesús con sus discípulos no fue fácil de comprender por las primeras comunidades
cristianas que dudaban su el Antiguo Testamento seguía teniendo validez en contraposición con el
Nuevo. El diálogo de Jesús con los discípulos nos aclara esto y nos presenta al Antiguo Testamento como
un preámbulo para la venida de Jesús, y sienta las bases de su predicación. Es por eso que nuestro Señor
quiere dejar bien claras las ideas a este respecto, y especifica que no ha venido a cambiar la ley, sino a
darle plenitud.

En tiempos como los que nos ha toca vivir, vemos a nuestro alrededor una enorme resistencia a las
normas, leyes y hasta los mandamientos. Hay una sensación generalizada de que las leyes coartan
nuestra libertad. Si entendemos la libertad como hacerlo que nos plazca, tal vez esto pueda ser cierto.
Pero si por libertad entendemos “hacer lo que debemos”, entonces encontramos en las palabras de
Jesús un enorme consuelo y una luz verdadera que ilumina nuestro camino, para recorrer en nuestra
vida interior el paso del Antiguo Testamento al Nuevo, y poder así amar la ley y los profetas por amor a
Jesucristo.

De esta forma la ley deja de ser algo que nos venga impuesto desde el exterior, para convertirse en una
experiencia total que define y da razón a toda nuestra existencia.

El gran objetivo de la misión de Jesús es establecer y manifestar el Reino de Dios en la tierra. Eso tiene
como consecuencia el cambio de la sociedad, para alcanzar la justicia, el respeto, la paz, la solidaridad y
el amor.

MEDITEMOS
Con su predicación, Jesús nos enseña cómo vivir y actuar para alcanzar la auténtica felicidad. Vemos que
no bastan las cosas para ser felices. Muchas veces hemos tenido la experiencia de conseguir algo que
habíamos deseado vivamente; sin embargo, una vez conseguido, pierde valor y proyectamos nuestras
aspiraciones en cosas nuevas. La felicidad se nos escapa de las manos y se queda en un deseo
permanente que nunca alcanzamos del todo…

¿Qué cosas hemos creído que nos daban la felicidad?

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¿De verdad nos han dado la felicidad?

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¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 57

Nuestro modelo siempre va a ser Jesús: ¿Qué puedes hacer tú para amar como Jesucristo?

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El amor a la verdad es fundamental para nuestro vivir cristiano. ¿Qué vas a hacer para vivir de esta
verdad?

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La justicia puede practicarse de muchas formas: ¿Cómo, cuándo y dónde la vas a practicar?

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COMPROMISO: LAS OBRAS DE MISERICORDIA


Un cristiano, que se siente amado por Dios y sabe que todo lo ha recibido de Él, debe amar a todas las
personas de su alrededor y compartir con ellas lo mismo que de Dios ha recibido. Debe compartir con
todos, sobre todo con los más necesitados, pues los dones que recibimos de Dios son para el servicio y
bendición de los demás.

Durante muchos años los cristianos han reconocido que la caridad, que recibimos del Espíritu de Amor,
nos anima a compartir nuestra fe y nuestros bienes. A este compartir se le ha dado el nombre de "obras
de misericordia", y sirven para indicarnos cómo debemos ayudar a los hermanos que pasan alguna
necesidad material o espiritual. Si dejamos actuar al Espíritu Santo en nosotros, seguramente
practicaremos con entusiasmo y alegría las obras de misericordia.

Obras De Misericordia Corporales: Obras De Misericordia Espirituales:


1. Dar de comer al hambriento. 1. Enseñar al que no sabe.
2. Dar de beber al sediento. 2. Aconsejar al que lo necesita.
3. Vestir al desnudo. 3. Corregir al que se equivoca.
4. Dar hospedaje al peregrino. 4. Perdonar al que nos ofende.
5. Atender al enfermo. 5. Consolar a los tristes.
6. Socorrer a los presos. 6. Sufrir con paciencia los defectos del
7. Sepultar a los difuntos. prójimo.
7. Orar por los vivos y difuntos.
58 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

LOS DIEZ MANDAMIENTOS


"Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para alcanzar la vida eterna?"
Jesús: "...Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos." (Mt. 19, 16-17).

Nuestro Señor Jesucristo ha enseñado que para salvarse es necesario cumplir los mandamientos, y
acompaña esta indicación con los preceptos referentes al amor al prójimo: "No matarás, no cometerás
adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre"; que después
resumió en un hermoso mandato: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo"(Mt 19, 18-19).Estos
preceptos, junto con los referentes al amor a Dios que Jesús menciona en otras ocasiones, forman los
diez mandamientos de la Ley Divina (Ex.20, 1-17; CIC 2052). "Los tres primeros se refieren más
explícitamente al amor de Dios y los otros siete al amor del prójimo" (CIC 2067).

Los diez mandamientos expresan la sustancia de la ley moral natural (CIC 1955). Es una ley inscrita en el
corazón de los hombres, cuyo conocimiento se ha oscurecido como consecuencia del pecado original de
los sucesivos pecados personales. Dios ha querido revelar "algunas verdades religiosas y morales que de
suyo no son inaccesibles a la razón “para que todos la puedan conocer de modo completo y cierto (CIC
37-38). La ha revelado primero en el Antiguo Testamento y después, plenamente, por medio de
Jesucristo (CIC 2053-2054). La Iglesia custodia la Revelación y la enseña a todos los hombres (CIC 2071).

Algunos mandamientos establecen lo que se debe hacer (ej. santificar las fiestas); otros señalan lo que
nunca es lícito realizar (ej. matar). Estos últimos indican algunos actos que son intrínsecamente malos
debido a su mismo objeto moral, independientemente de cuáles sean los motivos o ulteriores
intenciones de quien los realiza y las circunstancias que los acompañan.

Jesús nos enseña que los mandamientos no deben ser entendidos sólo como ese límite que no debemos
sobrepasar, sino como una ruta abierta para trazar un camino moral y espiritual de perfección, cuyo
impulso interior es el amor. No son prohibiciones que limitan la libertad; son luces que muestran el
camino del bien y de la felicidad, liberando al hombre del error moral.

La palabra ‘Decálogo’ significa literalmente ‘diez palabras’ (Ex. 34, 28; Dt 4, 13; 10, 4). Estas ‘diez palabras’
Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa. Las escribió ‘con su Dedo’ (Ex. 31, 18), a diferencia de
los otros preceptos escritos por Moisés (Dt 31, 9.24). Estas ‘diez palabras’, bien sean formuladas como
preceptos negativos, prohibiciones, o bien como mandamientos positivos (como "honra a tu padre y a
tu madre"), indican las condiciones de una vida liberada de la esclavitud del pecado; y alcanzan su
plenitud en la nueva Alianza en Jesucristo. (CIC 2056-2057)
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 59

El Decálogo es por tanto un camino de vida:

"Si obedeces los mandamientos del Señor, tu Dios... si le amas, si sigues sus caminos, si guardas sus
mandamientos, sus leyes y sus preceptos, vivirás y te multiplicarás..." (Dt. 30, 16).

Los diez mandamientos tienen estas características:


1. Son inmutables: no pueden cambiarse, son perennes. Nadie puede cambiarlos, pues los ha
establecido Dios. Cuando Dios da una norma, es tan perfecta que no puede cambiarla. Sería una
contradicción en Dios.
2. Son absolutos: tienen carácter absoluto, no dan pie a ningún relativismo, ni a ningún tipo de ética de
la situación. El relativismo, o como dijo el Papa Benedicto XVI al iniciar su Pontificado, “la dictadura
del relativismo”, es la doctrina que dice que todo es relativo y depende del punto de vista de cada
uno. No se puede aceptar esta doctrina, pues hay cosas y valores fundamentales, innegables y
absolutos. Los mandamientos no se pueden recortar, aminorar, rebajar. Otra cosa es ver si es materia
grave o materia leve. Lo que fue pecado y estuvo mal ayer, será pecado hoy, mañana y siempre.
3. Son universales: es decir, valen para todos los hombres. Ningún hombre está exento de cumplirlos.
Valen para el hombre de campo y de la ciudad, para el hombre instruido o menos instruido; para el
niño, el joven y el adulto.
4. Son actuales: son para ayer, para hoy, para mañana. Son de ayer, de hoy y de siempre. Aunque los
reveló Dios hace más de tres mil quinientos años, sin embargo, siguen vigentes, actuales. Son para ti
y para mí. No han pasado de moda. Nunca pasan de moda.

¿POR QUÉ CUESTAN?


Cuestan por una sencilla razón: porque por culpa del pecado original estás inclinado al mal, a lo más fácil,
placentero, cómodo. Y los mandamientos ciertamente no estimulan a nada de esto. Los mandamientos
apuntan a lo más noble que hay en ti: el superarte, el subir la montaña de la perfección y felicidad.

Los Mandamientos nos marcan una vereda por la que debemos caminar para llegar a la felicidad
verdadera, a la realización personal, y esta vereda es estrecha, por momentos fatigosa, y siempre cuesta
arriba. Cada mandamiento contrarresta tendencias desordenadas que todos llevamos dentro del
corazón. Contrarrestan y encauzan dichas tendencias:

 Primer Mandamiento: contrarresta ese deseo de curiosidad ante el futuro, de poseer las cosas
materiales, nuestro descanso, nuestro gozo, nuestros dioses. Encauza nuestro deseo religioso para
que no caigamos en supersticiones, magias, adivinaciones... y tengamos a Dios como Único Señor y
Dios, en quien creer, en quien confiar y a quien amar.
60 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

 Segundo Mandamiento: contrarresta esa tendencia que el hombre tiene a jurar sin necesidad, sin
reflexionar, a tomarse a la ligera sus compromisos y promesas que libremente hizo al Señor, a
pronunciar el nombre de Dios sin conciencia y respeto, a blasfemar y protestar contra Dios, cuando
le salen mal las cosas o Dios le prueba.

 Tercer Mandamiento: contrarresta la tendencia a la pereza, a la desidia, a la ingratitud con Dios, a


olvidarnos de Dios... a ese querer dar culto a Dios a tu manera, sin necesidad de venir a misa, por no
saber qué celebras en cada misa.

 Cuarto Mandamiento: contrarresta la tendencia a la ingratitud con quienes nos han dado la vida o
nos han formado, la tendencia a la soberbia para con la autoridad, la insumisión y falta de humildad.
Esto, para los hijos. Y para los papás, esa tendencia o a dejar hacer todo a sus hijos, o por el contrario,
a estar encima todo el tiempo, sin educarle a la verdadera libertad y elección.

 Quinto Mandamiento: contrarresta la tendencia al odio, a la malquerencia, a la envidia, a la crítica,


egoísmo, a la revancha y venganza, a la violencia.

 Sexto Mandamiento: contrarresta la tendencia a disfrutar de la sexualidad sin norma, sin medida, sin
la finalidad para la que Dios destinó el sexo. ¿Para qué nos dio Dios el sexo? Es un don de Dios para
que los esposos, dentro de un matrimonio maduro, fiel y estable, crezcan en el amor y traigan hijos
a este mundo.

 Séptimo Mandamiento: contrarresta la tendencia a quedarnos con lo que no es nuestro, y a tomar


la justicia por nuestra propia mano. Y al mismo tiempo nos ayuda a regular el derecho a la propiedad
privada.

 Octavo Mandamiento: contrarresta la tendencia a mentir, consciente o inconscientemente, para salir


al paso, llamar la atención, para evitar males mayores, por respeto humano; esa tendencia a
curiosear secretos, a meterse en la vida de otros, a hacer juicios precipitados de los demás.

 Noveno Mandamiento: contrarresta la tendencia a pensar cosas impuras, hacer castillos en el aire
con estas cosas, a mirar y desear a la mujer o al varón que no te pertenece.

 Décimo Mandamiento: contrarresta la tendencia a la avaricia, a los apegos a las cosas terrenas, a la
envidia por las cosas de los demás.

Al vivir los mandamientos te haces libre, perfeccionas tu amor a Dios y por ende a las demás personas.
Ellos son el bien que debes hacer en tu vida para vencer el mal que te invade, te acosa y te tienta. Si los
cumples, experimentarás estos frutos:

 Te hacen libre y te liberan de tantas ataduras y esclavitudes.


¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 61

 Limpian tu corazón de deseos innobles.


 Te permiten dar a Dios lo que es de Dios, y a los demás lo que es de ellos.
 Quita fardo innecesario de tu mochila para caminar ágil hacia Dios.
 Gracias a los mandamientos puedes crear la civilización del amor, de la fidelidad, del respeto, de
la justicia.
 Te llevan a la realización humana y cristiana.
 Proporcionan paz a tu alma.
 Te hacen vivir la fraternidad entre todos.
 Pero, sobre todo, haces feliz a Dios tu Padre, tu Señor, tu Amigo.

Los diez mandamientos se encierran en dos:

“Amarás a Dios sobre todas las cosas


y al prójimo como a ti mismo”.

(Mt.22, 37-39; Mc. 12, 28-31; Lc. 10, 25-28)

LOS 10 MANDAMIENTOS: UN GRAN "SÍ"


Benedicto XVI, Mariazell, 13,IX,07.

“Si con Cristo y su Iglesia releemos de nuevo el Decálogo del Sinaí (...) nos damos cuenta de que es (...)
ante todo:

 un sí a un Dios que nos ama y nos guía (...) y sin embargo nos deja nuestra libertad entera (los
tres primeros mandamientos).

 un sí a la familia (cuarto mandamiento),

 un sí a la vida (quinto mandamiento),

 un sí a un amor responsable (sexto mandamiento),

 un sí a la responsabilidad social y a la justicia (séptimo mandamiento),

 un sí a la verdad (octavo mandamiento),

 un sí al respeto de los otros y de lo que les pertenece (noveno y décimo mandamientos).

En virtud de la fuerza de nuestra amistad con el Dios vivo, vivimos este múltiple sí y al mismo tiempo lo
llevamos como indicador de nuestro recorrido en el mundo".
62 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

MARÍA,
MADRE DE DIOS, MADRE NUESTRA
“¡Feliz una y mil veces en esta vida, aquel a quien el Espíritu Santo
descubre el secreto de María, para que lo conozca!”
~ San Luis Ma. Grignon de Montfort.

No hay ocupación más noble que la de servir a Dios y vivir la paz que
nace del santo abandono en sus manos, de la entrega de nuestros
corazones para que nos moldee a Su Voluntad. La Santísima Virgen
María, Madre amada nuestra, siempre fue dócil a la acción del
Espíritu de Dios, convirtiéndose en ejemplo para todos nosotros de
los prodigios que Dios puede realizar en nosotros si confiamos
nuestras vidas a Él.

La vida de cada uno de nosotros está en las manos de Dios. Él modela


cada corazón. Por eso debemos ser dóciles a la acción del Espíritu de
Dios, tal como lo fue la Virgen María. En Ella comienzan a
manifestarse las "maravillas de Dios", que el Espíritu va a realizar en
Cristo y en la Iglesia.

“Dios Padre creó un depósito de todas las aguas, y lo llamó “mar”. Creó un depósito de todas las gracias,
y lo llamó María.”4

“Llena de gracia” es el título con el que el Arcángel Gabriel se dirigió a María antes de pronunciar su
nombre, como una exaltación a lo que en realidad es María, una mujer llena de la Gracia del Altísimo.
Esta expresión se traduce de la palabra griega "kecharitomene", que no tiene equivalente en nuestro
idioma, lo que limita en nuestras palabras su verdadero significado: la imagen de una gracia perfecta y
duradera que implica plenitud. Para ser más exactos no deberíamos decir simplemente “llena de gracia”,
sino “hecha llena de gracia” o “colmada de gracia”, enunciando claramente que se trata de un don hecho
por Dios a la Virgen, que la prepara para ser la Madre del Salvador.

4
San Luis María Grignon de Montfort. P. 21. Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen. 2011. Ecuador.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 63

María es la Hija predilecta del Padre, la Madre de Dios Hijo, la Esposa del Espíritu Santo. El Espíritu Santo
preparó a María con su gracia. Convenía que fuese "llena de gracia" la Madre de aquél en quien "reside
toda la plenitud de la divinidad corporalmente" (Col 2,9). En María el Espíritu Santo realiza el designio
lleno de bondad del Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios con y por medio del Espíritu Santo
(CIC 721-723).

Entendemos por dogma una verdad que pertenece al campo de la fe o de la moral, que ha sido revelada
por Dios, transmitida desde los Apóstoles ya a través de la Escritura, ya de la Tradición, y propuesta por
la Iglesia para su aceptación por parte de los fieles.5

Los dogmas marianos tienen su eje en que la Virgen María es la Madre de Dios. A esta verdad
fundamental se vinculan los otros tres dogmas: Inmaculada Concepción, Virginidad Perpetua y la
Asunción; al ser éstos dones o privilegios otorgados por Dios para que ella pudiera cumplir mejor su
misión: "Para ser la Madre del Salvador, María "fue dotada por Dios con dones a la medida de una misión
tan importante" (LG56).

LA MATERNIDAD DIVINA
La tradición de la Iglesia muestra que este misterio "forma parte del plan divino, y está enraizado en la
singular participación de María en la misión de su Hijo".

La Virgen María fue elegida por el Padre como Madre de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre
la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad. La elección divina respeta la
libertad de María, pues "el Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba
predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la
muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida" (LG 56; cfr. 61 / CIC 488). Por eso, desde muy
antiguo, los Padres de la Iglesia han visto en María la Nueva Eva.

El dogma de la Maternidad Divina se refiere a que la Virgen María es verdadera Madre de Dios, y fue
solemnemente definido por el Concilio de Éfeso (año 431). Tiempo después, fue proclamado por otros
Concilios universales: el de Calcedonia y los de Constantinopla.

Este dogma contiene dos verdades:

1. María es verdaderamente madre: Esto significa que ella contribuyó en todo en la formación de
la naturaleza humana de Cristo, como toda madre contribuye a la formación del hijo de sus
entrañas.

5
"Dogma". Enciclopedia Católica Online. [Link]/wiki/Dogma
64 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

2. María es verdaderamente madre de Dios: Ella concibió y dio a luz a la segunda persona de la
Trinidad, según la naturaleza humana que El asumió.
El origen Divino de Cristo no le proviene de María. Pero al ser Cristo una persona de naturalezas divina y
humana. María es tanto madre del hombre como Madre del Dios. María es Madre de Dios, porque es
Madre de Cristo quien es Dios hombre.

LA INMACULADA CONCEPCIÓN
El Dogma de la Inmaculada Concepción establece que María fue concebida sin mancha de pecado
original. Esto significa que después del pecado de Adán, todos nacemos privados de la gracia de Dios, y
a esto le llamamos “pecado original”.

María fue, pues, redimida, pero de una manera especialísima: si nosotros somos salvados del pecado
después de haber incurrido en él, la Virgen Santísima fue preservada de caer en el mismo pecado. Como
hija de Adán tenía que correr esta misma suerte que nosotros, pero, como quiera que estaba destinada
desde toda la eternidad a ser el Tabernáculo en el que estaría encerrado el Verbo antes de nacer en
carne humana, y la Casa de Dios, según estaba escrito, debe ser siempre santa, era necesario que desde
el primer instante de su existencia, desde la misma concepción, fuera "digna mansión del Hijo de Dios”.

Este dogma fue proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus.

LA PERPETUA VIRGINIDAD
El dogma de la Perpetua Virginidad se refiere a que María fue Virgen antes, durante y perpetuamente
después del parto. La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, se fundamenta en una correcta interpretación
de la Revelación, tomando en cuenta la Biblia y la Tradición Apostólica. Este dogma mariano es el más
antiguo de la Iglesia Católica y Oriental Ortodoxa.

En la Anunciación, el ángel Gabriel dice a María que concebirá un hijo. María respondió al ángel: "¿Cómo
será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc. 1,34). María hace esta pregunta, porque “conocer" para
los hebreos significa tener relaciones. Si ella tuviera planes de tener relaciones con José o con otro
hombre, entonces la pregunta sería absurda. Por eso, desde el principio (como se puede constatar al
leer los Padres de la Iglesia), los cristianos han entendido en este pasaje que María tenía un voto de
virginidad que debía mantenerse aún en caso de matrimonio. Sabemos que algunos judíos hacían este
voto (Ej.: los Esenios). Además había mujeres consagradas vírgenes para el servicio del Templo.

Los relatos evangélicos (Mt. 1, 18-25; Lc. 1, 26-38) presentan la concepción virginal como una obra divina
que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas. "...pues el hijo que ha concebido viene del
Espíritu Santo", dice el ángel a José a propósito de María, su desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 65

cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: "La Virgen concebirá y dará luz a un hijo,
y le pondrán por nombre Emmanuel..." (Is 7, 14 según la traducción griega de Mt 1, 23).

LA ASUNCIÓN
"La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su
vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo,
para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la
muerte".

El dogma de la Asunción se refiere a que la Madre de Dios, luego de su vida terrena fue elevada en cuerpo
y alma a la gloria celestial. Fue proclamado por el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950, en la
Constitución Munificentisimus Deus, fundamentado por estas razones:

 La inmunidad de María de todo pecado: La descomposición del cuerpo es consecuencia del


pecado, y como María, careció de todo pecado, entonces Ella estaba libre de la ley universal de
la corrupción, pudiendo entonces, entrar prontamente, en cuerpo y alma, en la gloria del cielo.

 Su Maternidad Divina: Como el cuerpo de Cristo se había formado del cuerpo de María, era
conveniente que el cuerpo de María participara de la suerte del cuerpo de Cristo. Ella concibió a
Jesús, le dio a luz, le nutrió, le cuido, le estrechó contra su pecho. No podemos imaginar que Jesús
permitiría que el cuerpo, que le dio vida, llegase a la corrupción.

"La misma tradición eclesial ve en la maternidad divina la razón fundamental de la Asunción. (...)
Se puede afirmar, por tanto, que la maternidad divina, que hizo del cuerpo de María la residencia
inmaculada del Señor, funda su destino glorioso".

 Su Virginidad Perpetua: como su cuerpo fue preservado en integridad virginal (toda para Jesús y
siendo un tabernáculo viviente), era conveniente que después de la muerte no sufriera la
corrupción.

 Su participación en la obra redentora de Cristo: María, la Madre del Redentor, por su íntima
participación en la obra redentora de su Hijo, después de consumado el curso de su vida sobre la
tierra, recibió el fruto pleno de la redención, que es la glorificación del cuerpo y del alma.

San Juan Pablo II destacó que "según algunos Padres de la Iglesia, otro argumento que fundamenta el
privilegio de la Asunción se deduce de la participación de María en la obra de la Redención".

El Papa señaló que "en la Asunción de la Virgen podemos ver también la voluntad divina de promover a
la mujer. De manera análoga con lo que había sucedido en el origen del género humano y de la historia
de la salvación, en el proyecto de Dios el ideal escatológico debía revelarse no en un individuo, sino en
66 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

una pareja. Por eso, en la gloria celeste, junto a Cristo resucitado hay una mujer resucitada, María: el
nuevo Adán y la nueva Eva".

Para concluir, el Papa aseguró que "ante las profanaciones y el envilecimiento al que la sociedad moderna
somete a menudo al cuerpo, especialmente al femenino, el misterio de la Asunción proclama el destino
sobrenatural y la dignidad de todo cuerpo humano".

La Asunción es la victoria de Dios confirmada en María y asegurada para nosotros. Es señal y promesa
de la gloria que nos espera cuando en el fin del mundo nuestros cuerpos resuciten y sean reunidos con
nuestras almas.

El Papa Juan Pablo II decía, hablando de la fidelidad: "De entre tantos títulos atribuidos a la Virgen, a lo
largo de los siglos... hay uno de profundísimo significado: Virgen fiel”. En la fidelidad y confianza plena
de María en Dios, vemos el modelo de la primera cristiana, llena de fe y de caridad, aquella que debemos
imitar para amar más a Jesús. Esa fidelidad de María, su completa adhesión a la Voluntad del Padre y su
compromiso con la obra redentora de su Hijo, nos dan ejemplo de crecimiento y vida de fe:

1. La búsqueda. María fue fiel ante todo cuando con amor se puso a buscar el sentido profundo del
proyecto de Dios en Ella y para el mundo. ¿Cómo sucederá esto? “... busco tu rostro Señor”. En el
Antiguo Testamento se busca a Dios. No habría fidelidad si no existiera en la raíz de esta ardiente,
paciente y generosa búsqueda del ser humano una pregunta para la cual sólo Dios tiene la respuesta.

2. Acogida, aceptación. “Que se haga, estoy listo, acepto": éste es el momento crucial de la fidelidad,
momento en el cual el ser humano se da cuenta de que jamás comprenderá totalmente el 'cómo'
que hay en el plan de Dios. Es entonces cuando el ser humano acepta el misterio, le da un lugar en
su corazón, así como "María conservaba todas estas cosas en su corazón"(Lc. 2, 19; ver Lc. 3, 15). Es
el momento en que la persona se entrega al misterio, no con la resignación de alguien que está frente
a una oscuridad, a un sinsentido, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre para ser
habitado por Alguien más grande que el propio corazón. Esa aceptación se realiza por la fe que es
entregarse totalmente al misterio que se revela.

3. Coherencia. Es vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la vida a lo que se ha aceptado. Es aceptar
incomprensiones, sufrimientos y persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo
que se cree: ésta es la coherencia. María siempre ha sido transparente en su comportamiento,
viviendo lo que creía, siendo fiel a Dios y a su Hijo incluso en los momentos más difíciles.

4. Constancia. Es fácil ser coherente por uno o varios días. Difícil e importante es ser coherente toda la
vida. Es fácil ser coherente en la hora del triunfo, difícil serlo en la hora del fracaso. Y sólo puede
llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. El "hágase" de María en la
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 67

Anunciación encuentra su plenitud en el "hágase" silencioso que repite al pie de la cruz. Ser fiel es
no traicionar en las tinieblas lo que se aceptó en la luz y la esperanza.

Es muy importante que hoy tomemos con toda responsabilidad nuestro compromiso cristiano.
Contamos con toda la ayuda de Dios, la que nos ha dado por su Espíritu, y la de María que queremos
tomar como modelo. El sacramento de la Confirmación para nosotros cristianos es de mucha
importancia: es lo que necesitamos para vivir como María, es un Sacramento de Vida y Fidelidad. Los
frutos del Espíritu Santo que recibimos nos ayudan a ser fieles al Señor como María, la siempre fiel que
fue dócil al plan de Dios.

MEDITEMOS
Leer: Lc 1, 26-39
Examinemos nuestras actitudes ante la invitación que Dios, por su Espíritu, nos ha hecho para colaborar
en su Plan de salvar a nuestros hermanos. Hemos hablado de la fidelidad de María que, desde la
búsqueda, la acogida, la coherencia y la constancia, sabe escuchar a Dios y hacer lo que Él le pide:
generosa, alegre y prontamente.

¿Estamos convencidos de que un discípulo de Cristo, que recibe toda la fuerza de Dios y de su Espíritu,
por el Sacramento de la Confirmación, debe tener un corazón abierto, acogedor, siempre disponible
como María?

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¿Qué actitudes de María me son más difíciles de imitar? ¿Qué puedo hacer para mejorar en ellas?

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Escoge una característica de María para imprimir en tu misión de Confirmando, y comprométete a


practicarla en tu vida.

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68 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

TODOS SOMOS IGLESIA


"Hemos sido bautizados todos en un sólo Espíritu, para formar un solo
cuerpo." (1 Co 12, 13)

Estamos llamados a ser Iglesia y a vivir en comunidad. Es una verdad


que no podemos negar y que nos debe llevar al compromiso
constantemente. Al ser parte de una comunidad, desde el primer
momento es indispensable la armonía con que se viva, pues no
olvidemos que todos necesitamos de todos.

La palabra "Iglesia" significa "convocación", y se refiere a la asamblea


de aquellos a quienes convoca la palabra de Dios para formar el Pueblo
de Dios y que, alimentados con el Cuerpo de Cristo, se convierten ellos
mismos en Cuerpo de Cristo. (CIC 777)

Jesús desde un principio asoció a sus discípulos a su vida y al Misterio


del Reino compartiendo alegrías y sufrimientos, ofreciendo una comunión más íntima para los que lo
seguían de cerca: "Yo soy la vid y vosotros los sarmientos" (Jn. 15,5). Cuando ascendió a los cielos no los
dejó solos, sino que les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos y les envió su Espíritu, lo
que hizo más intensa esa comunión y constituyó a su Iglesia en su cuerpo.

La Iglesia es por tanto una comunidad de vida y armonía en Jesucristo, donde todos sus miembros se
unen estrechamente a Cristo en virtud de los sacramentos, pero esta unidad del cuerpo supone la
armonía de sus miembros, los cuales son diversos y llevan funciones distintas. El mismo Espíritu Santo
distribuye sus dones para el bien de la vida de la Iglesia, estimulando entre los fieles la caridad, por lo
que si un miembro sufre o goza, los demás sufren o gozan con él.

La Iglesia es Misterio en cuanto que en su realidad visible se hace presente y operante una realidad
espiritual y divina, que se percibe solamente con los ojos de la fe. A su vez es Sacramento Universal de
Salvación en cuanto es signo e instrumento de la reconciliación y la comunión de toda la humanidad con
Dios, así como de la unidad de todo el género humano.

En la Sagrada Escritura encontramos muchas imágenes que ponen de relieve aspectos complementarios
del misterio de la Iglesia. El Antiguo Testamento prefiere imágenes ligadas al Pueblo de Dios; el Nuevo
Testamento aquellas vinculadas a Cristo como Cabeza de este pueblo, que es su Cuerpo, y las imágenes
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 69

sacadas de la vida pastoril (redil, grey, ovejas), agrícola (campo, olivo, viña), de la construcción (morada,
piedra, templo) y familiar (esposa, madre, familia).

La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios. Fue preparada en la Antigua Alianza
con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones. Fundada por las palabras y las
acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su muerte redentora y su Resurrección. Más
tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés.
Al final de los tiempos alcanzará su consumación como asamblea celestial de todos los redimidos.

Su misión es la de anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado por Jesucristo.
La Iglesia es el germen e inicio sobre la tierra de este Reino de salvación.

PUEBLO DE DIOS
La Iglesia es el Pueblo de Dios porque Él quiso santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sino
constituyéndolos en un solo pueblo, reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Este
pueblo, del que se llega a ser miembro mediante la fe en Cristo y el Bautismo, tiene por origen a Dios
Padre, por cabeza a Jesucristo, por condición la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, por ley el
mandamiento nuevo del amor, por misión la de ser sal de la tierra y luz del mundo, por destino el Reino
de Dios, ya iniciado en la Tierra.

El Pueblo de Dios participa del oficio sacerdotal de Cristo en cuanto los bautizados son consagrados por
el Espíritu Santo para ofrecer sacrificios espirituales; participa de su oficio profético cuando, con el
sentido sobrenatural de la fe, se adhiere indefectiblemente a ella, la profundiza y la testimonia; participa
de su función regia con el servicio, imitando a Jesucristo, quien siendo rey del universo, se hizo siervo de
todos, sobre todo de los pobres y los que sufren.

CUERPO DE CRISTO
La Iglesia es cuerpo de Cristo porque, por medio del Espíritu, Cristo muerto y resucitado une consigo
íntimamente a sus fieles. De este modo los creyentes en Cristo, en cuanto íntimamente unidos a Él, sobre
todo en la Eucaristía, se unen entre sí en la caridad, formando un solo cuerpo, la Iglesia. Dicha unidad se
realiza en la diversidad de miembros y funciones.
70 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

Cristo "es la Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia"(Col. 1, 18). La Iglesia vive de Él, en Él y por Él. Cristo y
la Iglesia forman el "Cristo total" (San Agustín); "la Cabeza y los miembros, como si fueran una sola
persona mística" (Santo Tomás de Aquino).

ESPOSA DE CRISTO
Llamamos a la Iglesia esposa de Cristo porque el mismo Señor se definió a sí mismo como «el esposo»
(Mc 2, 19), que ama a la Iglesia uniéndola a sí con una Alianza eterna. Cristo se ha entregado por ella
para purificarla con su sangre, "santificarla" (Ef. 5, 26) y hacerla Madre fecunda de todos los hijos de
Dios. Mientras el término «cuerpo» manifiesta la unidad de la «cabeza» con los miembros, el término
«esposa» acentúa la distinción de ambos en la relación personal.

TEMPLO DEL ESPÍRITU SANTO


La Iglesia es llamada templo del Espíritu Santo porque el Espíritu vive en el cuerpo que es la Iglesia: en
su Cabeza y en sus miembros; Él además edifica la Iglesia en la caridad con la Palabra de Dios, los
sacramentos, las virtudes y los carismas.

"Lo que nuestro espíritu, es decir, nuestra alma, es para nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu
Santo para los miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia." (San Agustín)

UNA
La Iglesia es una porque tiene como origen y modelo la unidad de un solo Dios en la Trinidad de las
Personas; como fundador y cabeza a Jesucristo, que restablece la unidad de todos los pueblos en un solo
cuerpo; como alma al Espíritu Santo que une a todos los fieles en la comunión en Cristo. La Iglesia tiene
una sola fe, una sola vida sacramental, una única sucesión apostólica, una común esperanza y la misma
caridad.

La única Iglesia de Cristo, como sociedad constituida y organizada en el mundo, subsiste en la Iglesia
católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Sólo por medio de ella
se puede obtener la plenitud de los medios de salvación, puesto que el Señor ha confiado todos los
bienes de la Nueva Alianza únicamente al colegio apostólico, cuya cabeza es Pedro.

En las Iglesias y comunidades eclesiales que se separaron de la plena comunión con la Iglesia católica, se
hallan muchos elementos de santificación y verdad. Todos estos bienes proceden de Cristo e impulsan
hacia la unidad católica. Los miembros de estas Iglesias y comunidades se incorporan a Cristo en el
Bautismo, por ello los reconocemos como hermanos.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 71

El deseo de restablecer la unión de todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu;
concierne a toda la Iglesia y se actúa mediante la conversión del corazón, la oración, el recíproco
conocimiento fraterno y el diálogo teológico.

SANTA
La Iglesia es santa porque Dios santísimo es su autor; Cristo se ha entregado a sí mismo por ella, para
santificarla y hacerla santificante; el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. En la Iglesia se encuentra la
plenitud de los medios de salvación. La santidad es la vocación de cada uno de sus miembros y el fin de
toda su actividad. Cuenta en su seno con la Virgen María e innumerables santos, como modelos e
intercesores. La santidad de la Iglesia es la fuente de la santificación de sus hijos, los cuales, aquí en la
tierra, se reconocen todos pecadores, siempre necesitados de conversión y de purificación.

CATÓLICA
La Iglesia es católica, es decir universal, en cuanto en ella Cristo está presente: "Allí donde está Cristo
Jesús, está la Iglesia Católica" (San Ignacio de Antioquía). La Iglesia anuncia la totalidad y la integridad de
la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada en misión a todos los
pueblos, pertenecientes a cualquier tiempo o cultura.

Es católica toda Iglesia particular, (esto es la diócesis y la eparquía), formada por la comunidad de los
cristianos que están en comunión, en la fe y en los sacramentos, con su obispo ordenado en la sucesión
apostólica y con la Iglesia de Roma, "que preside en la caridad" (San Ignacio de Antioquía).

Todos los hombres, de modos diversos, pertenecen o están ordenados a la unidad católica del Pueblo
de Dios. Está plenamente incorporado a la Iglesia Católica quien, poseyendo el Espíritu de Cristo, se
encuentra unido a la misma por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno
eclesiástico y de la comunión. Los bautizados que no realizan plenamente dicha unidad católica están en
una cierta comunión, aunque imperfecta, con la Iglesia.

La Iglesia católica se reconoce en relación con el pueblo judío por el hecho de que Dios eligió a este
pueblo, antes que a ningún otro, para que acogiera su Palabra. Al pueblo judío pertenecen "la adopción
como hijos, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, los patriarcas; de él procede Cristo
según la carne" (Rm 9,4-5). A diferencia de las otras religiones no cristianas, la fe judía es ya una respuesta
a la Revelación de Dios en la Antigua Alianza.

El vínculo entre la Iglesia católica y las religiones no cristianas proviene, ante todo, del origen y el fin
comunes de todo el género humano. La Iglesia católica reconoce que cuanto de bueno y verdadero se
encuentra en las otras religiones viene de Dios, es reflejo de su verdad, puede preparar para la acogida
del Evangelio y conducir hacia la unidad de la humanidad en la Iglesia de Cristo.
72 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

APOSTÓLICA
La Iglesia es apostólica por su origen, ya que fue construida "sobre el fundamento de los Apóstoles" (Ef.
2,20); por su enseñanza, que es la misma de los Apóstoles; por su estructura, en cuanto es instruida,
santificada y gobernada, hasta la vuelta de Cristo, por los Apóstoles, gracias a sus sucesores, los obispos,
en comunión con el sucesor de Pedro.

La palabra Apóstol significa enviado. Jesús, el Enviado del Padre, llamó consigo a doce de entre sus
discípulos, y los constituyó como Apóstoles suyos, convirtiéndolos en testigos escogidos de su
Resurrección y en fundamentos de su Iglesia. Jesús les dio el mandato de continuar su misión, al decirles:
"Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo" (Jn. 20, 21) y al prometerles que estaría con
ellos hasta el fin del mundo.

La sucesión apostólica es la transmisión, mediante el sacramento del Orden, de la misión y la potestad


de los Apóstoles a sus sucesores, los obispos. Gracias a esta transmisión, la Iglesia se mantiene en
comunión de fe y de vida con su origen, mientras a lo largo de los siglos ordena todo su apostolado a la
difusión del Reino de Cristo sobre la tierra.

IGLESIA MISIONERA
La Iglesia es misionera porque, guiada por el Espíritu Santo, continúa a lo largo de los siglos la misión del
mismo Cristo. Por tanto, los cristianos deben anunciar a todos la Buena Noticia traída por Jesucristo,
siguiendo su camino y dispuestos incluso al sacrificio de sí mismos hasta el martirio.

La Iglesia debe anunciar el Evangelio a todo el mundo porque Cristo ha ordenado: "Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt. 28,
19). Este mandato misionero del Señor tiene su fuente en el amor eterno de Dios, que ha enviado a su
Hijo y a su Espíritu porque "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad"
(1 Tm. 2,4)

Todos los miembros de la Iglesia de Cristo estamos llamados a ser un pueblo unido por la misma unidad
que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Cada uno de los miembros estamos llamados a ser servidores
de los demás según nuestras capacidades y los carismas, que son gracias del Espíritu Santo, las cuales
son extraordinarias, pero a la vez humildes y sencillas. Estos carismas están ordenados a la edificación
de la Iglesia, al bien de la humanidad y a satisfacer las necesidades del mundo.

Los carismas deben ser acogidos y reconocidos por todos, pues son don y gracia para la eficacia
apostólica y la santidad de la Iglesia. Son dones del mismo Espíritu Santo, por lo que hay que ejercerlos
según los impulsos del Espíritu, es decir, según la caridad, que es el corazón de los carismas. Por recibir
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 73

estos carismas en la Iglesia, estamos llamados a servir. Sin embargo es necesario el discernimiento de
carismas, los cuales deben ser conocidos y orientados por los servidores de la Comunidad, para que
todos cooperen al bien común.

Los fieles son aquellos que, incorporados a Cristo mediante el Bautismo, han sido constituidos miembros
del Pueblo de Dios; han sido hecho partícipes, cada uno según su propia condición, de la función
sacerdotal, profética y real de Cristo, y son llamados a llevar a cabo la misión confiada por Dios a la Iglesia.
Entre ellos hay una verdadera igualdad en su dignidad de hijos de Dios.

JERARQUÍA ECLESIÁSTICA
En la Iglesia, por institución divina, hay ministros sagrados, que han recibido el sacramento del Orden y
forman la jerarquía de la Iglesia. A los demás fieles se les llama laicos. De unos y otros provienen fieles
que se consagran de modo especial a Dios por la profesión de los consejos evangélicos: castidad en el
celibato, pobreza y obediencia.

Cristo instituyó la jerarquía eclesiástica con la misión de apacentar al Pueblo de Dios en su nombre, y
para ello le dio autoridad. La jerarquía está formada por los ministros sagrados: obispos, presbíteros y
diáconos. Gracias al sacramento del Orden, los obispos y presbíteros actúan, en el ejercicio de su
ministerio, en nombre y en la persona de Cristo cabeza; los diáconos sirven al Pueblo de Dios en la
diaconía (servicio) de la palabra, de la liturgia y de la caridad.

A ejemplo de los doce Apóstoles, elegidos y enviados juntos por Cristo, la unión de los miembros de la
jerarquía eclesiástica está al servicio de la comunión de todos los fieles. Cada obispo ejerce su ministerio
como miembro del colegio episcopal, en comunión con el Papa, haciéndose partícipe con él de la
solicitud por la Iglesia universal. Los sacerdotes ejercen su ministerio en el presbiterio de la Iglesia
particular, en comunión con su propio obispo y bajo su guía.

El ministerio eclesial tiene también un carácter personal, en cuanto que, en virtud del sacramento del
Orden, cada uno es responsable ante Cristo, que lo ha llamado personalmente, confiriéndole la misión.

EL PAPA
El Papa, Obispo de Roma y sucesor de san Pedro, es el perpetuo y visible principio y fundamento de la
unidad de la Iglesia. Es el Vicario de Cristo, cabeza del colegio de los obispos y pastor de toda la Iglesia,
sobre la que tiene, por institución divina, la potestad plena, suprema, inmediata y universal.

La infalibilidad del Magisterio se ejerce cuando el Romano Pontífice, en virtud de su autoridad de


Supremo Pastor de la Iglesia, o el colegio de los obispos en comunión con el Papa, sobre todo reunido
en un Concilio Ecuménico, proclaman con acto definitivo una doctrina referente a la fe o a la moral; y
74 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

también cuando el Papa y los obispos, en su Magisterio ordinario, concuerdan en proponer una doctrina
como definitiva. Todo fiel debe adherirse a tales enseñanzas con el obsequio de la fe.

LOS OBISPOS
El colegio de los obispos, en comunión con el Papa y nunca sin él, ejerce también con él la potestad
suprema y plena sobre la Iglesia. Su misión consiste en:

 Anunciar el evangelio: Los obispos, en comunión con el Papa, tienen el deber de anunciar a todos
el Evangelio, fielmente y con autoridad, como testigos auténticos de la fe apostólica, revestidos
de la autoridad de Cristo. Mediante el sentido sobrenatural de la fe, el Pueblo de Dios se adhiere
indefectiblemente a la fe, bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia.

 Santificar: Los obispos ejercen su función de santificar a la Iglesia cuando dispensan la gracia de
Cristo, mediante el ministerio de la palabra y de los sacramentos, en particular de la Eucaristía; y
también con su oración, su ejemplo y su trabajo.

 Gobernar: Cada obispo, en cuanto miembro del colegio episcopal, ejerce colegialmente la
solicitud por todas las Iglesias particulares y por toda la Iglesia, junto con los demás obispos
unidos al Papa. El obispo, a quien se ha confiado una Iglesia particular, la gobierna con la
autoridad de su sagrada potestad propia, ordinaria e inmediata, ejercida en nombre de Cristo,
Buen Pastor, en comunión con toda la Iglesia y bajo la guía del sucesor de Pedro.

LOS LAICOS
Los fieles laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las
realidades temporales según Dios, respondiendo así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se
dirige a todos los bautizados.

Cuando somos bautizados se nos nombra sacerdotes, profetas y reyes, y nos hacen partícipes de la
misión de Cristo:

 Misión Sacerdotal: cuando ofrecen como sacrificio espiritual "agradables a Dios por mediación
de Jesucristo" (1 P 2, 5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas las obras, oraciones
e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas
con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De
esta manera, también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados
por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo mismo.

 Misión Profética: cuando acogen cada vez mejor en la fe la


Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de
la vida y de la palabra, mediante la evangelización y la
catequesis. Este apostolado "adquiere una eficacia particular
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 75

porque se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo" (LG35).

 Misión Regia: porque reciben de Jesús el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo,
por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos ejercen diversos ministerios
al servicio de la comunidad, e impregnan de valores morales las actividades temporales del
hombre y las instituciones de la sociedad.

La vida consagrada es un estado de vida reconocido por la Iglesia; una respuesta libre a una llamada
particular de Cristo, mediante la cual los consagrados se dedican totalmente a Dios y tienden a la
perfección de la caridad, bajo la moción del Espíritu Santo. Esta consagración se caracteriza por la
práctica de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia.

La vida consagrada participa en la misión de la Iglesia mediante una plena entrega a Cristo y a los
hermanos, dando testimonio de la esperanza del Reino de los Cielos.

Los consejos evangélicos están propuestos en su multiplicidad a todos los discípulos de Cristo. La
perfección de la caridad a la cual son llamados todos los fieles implica, para quienes asumen libremente
el llamamiento a la vida consagrada, la obligación de practicar la castidad en el celibato por el Reino, la
pobreza y la obediencia. La profesión de estos consejos en un estado de vida estable reconocido por la
Iglesia es lo que caracteriza la "vida consagrada" a Dios (Cf. LG 42-43; PC 1).

El estado de vida consagrada aparece por consiguiente como una de las maneras de vivir una
consagración "más íntima" que tiene su raíz en el bautismo y se dedica totalmente a Dios (Cf. PC 5). En
la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo, seguir más de
cerca a Cristo, entregarse a Dios amado por encima de todo y, persiguiendo la perfección de la caridad
en el servicio del Reino, significar y anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro. (CIC 915-916)

Es un árbol de múltiples ramas, pues en efecto, existen diversas formas de vida consagrada, solitaria o
comunitaria, y diversas familias religiosas que se desarrollan para el progreso de sus miembros y para el
bien de todo el Cuerpo de Cristo; ejm: vida religiosa, vida eremítica, vírgenes y viudas consagradas, laicos
consagrados, etc.

La Iglesia es portadora a través de los tiempos de una verdad


MEDITA
viva que es mayor que ella misma. Se habla del depositum
Mateo 16,18-29 fidei, del depósito de la fe que hay que custodiar. Si esa
Efesios 1,22 verdad es negada o deformada públicamente, la Iglesia debe
Efesios 4,4-6 hacer resplandecer de nuevo «lo que se ha creído en todas
partes, siempre y por todos» (San Vicente de Lérins, † 450).
76 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

LOS NOVÍSIMOS
“Os aseguro que el que cree tiene vida eterna.” Jn 6,47.

Según la fe cristiana, la historia de la humanidad no tiene dos fines sino solamente uno que es la
salvación. El Nuevo Testamento define a Dios como Amor (1 Jn 4, 8) y quiere que todos los hombres se
salven y conozcan la verdad (1 Tm 2, 4).

El creyente que está en comunión con Cristo, tiene ya la vida eterna es la visión intuitiva de Dios. La
sagrada escritura contempla otra posibilidad la de que el hombre fracase en su destino de alcanzar la
salvación y se hunda en un horror que sobrepasa todo lo imaginado: la condenación.

Vivir el cielo es ¨estar con Dios¨. Ver cara a cara a Dios mismo. Esto basta para ser todo lo feliz que se
puede ser, para tener toda la alegría, vida, luz, paz que se puede tener. Y tenerlas para toda la eternidad,
para siempre y por siempre.

El Cielo es el estado de infinita felicidad, en donde podrás amar y ser amado por Dios para siempre. En
esta vida perfecta podrás estar con el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, la Virgen María, todos los santos y
todos aquellos hermanos tuyos que lograron llegar al cielo también.

San Pablo en una de sus cartas dice sobre el cielo: “Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del
hombre llegó, es lo que Dios preparó para los que lo aman” (1Co 2,9), queriendo dar a entender que la
felicidad que vivirás en el cielo no te la puedes ni imaginar, y no se compara para nada con la más grande
felicidad que hayas podido sentir en esta vida.

Al Cielo van todas las almas de los que mueren en la gracia y la amistad con Dios, es decir sin pecado
alguno, ni venial ni mortal, completamente purificados.

Dios nos ha creado como hombres y nos ama como hombres, por eso, el premio que nos ofrece es para
disfrutarlo como hombres, dotados de alma y cuerpo.

En el Cielo nuestra alma disfrutará al estar en contacto con Dios y, después de la resurrección de los
cuerpos, también disfrutaremos con un cuerpo, aunque será un cuerpo distinto, un cuerpo glorioso que
ya no estará limitado por el espacio y el tiempo, como el de Jesús resucitado, que podía aparecer y
desaparecer en cualquier lugar. San Pablo habla de esto en I Co 15, 52-53: "al toque de la trompeta final,
pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. En
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 77

efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista
de inmortalidad."

Lo que Jesús nos dijo acerca del Cielo


Jesús nos habla en el Evangelio muchísimas veces acerca del Cielo y nos lo explica en un lenguaje que
podemos entender:

A los hambrientos les hablaba de pan, a la samaritana de un agua que sacia definitivamente la sed (Jn 4,
1). Hablaba de perlas preciosas (Mt 13, 45), de onzas de oro, de una oveja perdida y recuperada. Nos
habla de un banquete, de una fiesta de bodas, de redes colmadas de peces, de un tesoro escondido en
el campo.

Todos estos símbolos que utiliza Jesucristo nos pueden dar una idea de la felicidad que tendremos en el
Cielo, ya que las felicidades terrenas son una imagen de la felicidad celeste.

Algunos testimonios de los que han visto lo que es el Cielo


Han existido muchos santos a los que Dios les ha concedido la gracia de poder ver lo que es el Cielo. He
aquí algunos de sus testimonios, con los cuales han tratado de explicarnos con palabras terrenas lo que
nos espera en el Cielo:

 San Pablo: Dios es capaz de hacer indeciblemente más de lo que nosotros pedimos o imaginamos
(Ef 3,20). Nada son los sufrimientos de la vida presente, comparados con la gloria que nos espera
en el Cielo (2 Co 4,17).
 Teresa de Jesús: Pude ver a Jesús en su Santa Humanidad completa. Se me apareció con una
belleza y una majestad incomparables. No temo decir que, aunque no tuviéramos otro
espectáculo para encantar nuestra vista en el Cielo, ya sería una gloria inmensa. (Vida de Santa
Teresa).
 San Agustín: Es más fácil decir qué cosas no hay en el cielo, que decir qué cosas hay: En el Cielo
contemplaremos y descansaremos, descansaremos y alabaremos, alabaremos y amaremos,
amaremos y contemplaremos. (Confesiones).
 San Juan de la Cruz: Tanto es el deleite de la vista de tu ser y hermosura, que no la puede sufrir
mi alma, sino que tengo que morir viéndola, máteme tu vista y hermosura. (Cántico espiritual).
 San Francisco de Asís: El bien que espero es tan grande, que toda pena se me convierte en placer.

Querer ganar el Cielo significa tratar de tenerlo desde ahora y eso, como ya hemos visto a lo largo de la
preparación para la Confirmación, se logra viviendo las Bienaventuranzas, siguiendo el plan de vida que
Dios tiene para cada uno de nosotros.
78 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

MEDITA
En el Purgatorio reinan el amor y la esperanza, la firme convicción de la 2 Macabeos 12, 43
salvación eterna. Mateo 12, 32
1 Corintios 3,11-15
El Purgatorio es el estado en el que un alma se purifica de los pecados que hizo
y de las virtudes que no desarrolló, para poder entrar al cielo con Dios. El 1 Corintios 15,29
purgatorio puede ser más o menos profundo, dependiendo de cada alma. Filipenses 2,10
1 Pedro 3:19
El Purgatorio es un estado de purificación, con un fuego que nos arrancará
nuestros errores de raíz y los disolverá en su fuego, con el dolor de los que se sanan de una herida.

No es para nada igual que el Infierno, pues en el Infierno reinan el odio y la desesperación eterna y en el
Purgatorio reinan el amor y la esperanza, la firme convicción de la salvación eterna. Todo allí será sufrir
pero sólo para lograr amar verdaderamente al Señor que nos esperará con los brazos abiertos en su
eterno Convite Celestial.

¿De qué hay que “purgarse”? ¿No se supone que se nos perdonan todos los pecados en la confesión?
Con la confesión quedan perdonados nuestros pecados y quedamos libres del castigo eterno que nos
merecíamos. Pero la confesión no repara el daño que hemos ocasionado. Ése, debemos repararlo
nosotros con nuestras buenas obras o con nuestro sacrificio.

Dios te entrega el alma como si fuera una hoja perfectamente blanca, limpia, después de tu bautismo.
Cuando cometes un pecado mortal (grave) haces una mancha negra y grande en esa hoja. Si vas a
confesarte, entonces el Sacerdote, en nombre de Dios te perdona y es como si borrara con una goma
esa mancha; sin embargo, siempre a pesar de lo borrado queda una marca en tu hoja de que esa mancha
estuvo algún día ahí.

Cuando cometes un pecado venial, creas una mancha gris y pequeña en esa hoja blanca que es tu alma.
Por ser un pecado pequeño puedes arrepentirte y pedir perdón a Dios por ti mismo, sin necesidad de
una confesión. El por lo mucho que te ama, te perdona y borra esa mancha con su goma, pero queda
también la marca de ese pequeño borrón. Estas manchas que quedan se llaman la “pena temporal” que
hay que pagar.

Para poder entrar al cielo necesitas tener esa hoja que es tu alma, perfectamente blanca, rechinando de
limpia, como estaba cuando por vez primera te la entregaron, sin ningún manchón o borrón, por
pequeño que sea. En presencia de Dios sólo es posible entrar con una absoluta pureza. Nada que tenga
el menor defecto puede comparecer ante Él.

Por otro lado cuando naces, Dios te regala unas cualidades, talentos o dones en potencia, que depende
de ti el desarrollarlos a lo largo de tu vida. Si al morirte tienes esas virtudes a medio hacer, no puedes
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 79

entrar así al cielo, entonces durante el purgatorio, se perfeccionan esas virtudes que estaban
imperfectas.

Para darte un ejemplo: tu alma es como una fruta que cuando se corta (le llega la muerte), está todavía
verde y así no puede servirse en la mesa inmediatamente. Es necesario ponerla a madurar y el purgatorio
es eso: un maduradero de fruta verde.

Los que aún estamos vivos, podemos ir purificando por adelantado esas “manchas” que hemos creado
en nuestra alma, primero tratando de desarrollar lo más que puedas los talentos que Dios nos dio, y
segundo, reparando el daño que hemos ocasionado con los grandes medios que nos ofrece la Santa
Madre Iglesia como los sacramentos, la oración diaria a Dios, las obras de misericordia, la predicación de
la Palabra de Dios, las indulgencias plenarias, la vida de caridad y de santidad.

¿Por qué se sufre en el Purgatorio?


El alma en el purgatorio sufre por dos razones:

a. Siente un gran dolor de verse defectuosa, manchada, no perfecta.

b. El alma ama a Dios con un amor inmenso, lo que más desea es unirse cuanto antes a Él, pero se da
cuenta de que por sus pequeñas manchas e imperfecciones no puede hacerlo todavía. Esta angustia,
este sufrimiento es grandísimo, sin embargo las almas del purgatorio son almas a la vez alegres
porque:

 Saben que es seguro que podrán entrar al cielo.

 Se ven a sí mismas impuras, manchadas necesitadas de purificación. Por eso se alegran de sufrir
para hacerse dignas de Dios y del cielo. Son almas que tienen un amor ardiente a Dios, El amor
no mide, no siente el sacrificio, más aún, lo desea porque sabe que es un medio necesario para
unirse al amado.

Muchos santos que han tenido la visión del Purgatorio cuentan que hubiesen preferido sufrir lo más
terrible de esta vida por mil años, que estar un solo día en el Purgatorio. Allí se va para una purificación
en profundidad, una limpieza que cuesta grandes pesares y malestares, pero necesaria para nuestra
buena salud.

El Purgatorio es el último regalo de Dios, una última oportunidad para poder entrar al cielo. El Purgatorio
es entonces esa última mirada de amor de Dios hacia el hombre que va a su encuentro.

El Infierno es un estado que corresponde, en el más allá, a los que mueren en pecado mortal y enemistad
con Dios, habiendo perdido la gracia santificante por un acto personal, es decir, inteligente, libre y
voluntario.
80 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

Lo primero que debe quedar muy claro es que Dios no “te manda al infierno”. Dios es un Dios de Amor.
Lo que pasa es que tanto amó al hombre que cuando lo creó le regaló la LIBERTAD, es decir que el
hombre, puede decidir por sí mismo lo que hace durante su vida y por lo tanto su destino final. Entonces
los hombres que van al infierno es porque ellos lo decidieron. Tuvieron durante toda su vida y hasta el
último momento antes de su muerte, la oportunidad de buscar el perdón de Dios y decidieron no
hacerlo.

El Infierno es estar separado para siempre de Dios, en quien únicamente puede tener el hombre la vida
y la felicidad. Esto significa que las almas del infierno sufren muchísimo y no pueden ser felices nunca
porque no tendrán a Dios nunca. Sufren porque estuvo en sus manos poderse salvar y ellos decidieron
no hacerlo y ya no hay remedio alguno.

Dios ofrece su amistad sobrenatural al hombre, quien puede rechazarla libremente. Dios ofrece esta
amistad gratuita y libremente, pero nunca la impone. Además, nos da la vida terrena para elegirla.
Después de la muerte, el hombre ya no tendrá posibilidad de elección. El hombre que ha rechazado en
su vida la amistad con Dios, ya no es admitido a ella. Esta conciencia de no admisión y el saber que ya no
tiene remedio, que ya no hay posibilidad de conversión, hace que surja en el condenado el odio y el
endurecimiento.

En el momento de la muerte, el alma separada del cuerpo, por ser espíritu puro, queda fija para siempre
en la posición a favor o en contra de Dios que tenía en el último momento de vida. Dios rechaza
eternamente al condenado, pero no porque lo odie, pues su amor es siempre fiel, sino porque el
condenado está eternamente cerrado a recibir el perdón. ¿Cómo poder perdonar a alguien que no quiere
ser perdonado?

¿Puedo salvarme si me arrepiento en el último momento?


Es demasiado arriesgado pensar que puedes vivir como quieras y arrepentirte en el momento de la
muerte, pues ese momento será muy difícil para ti.

Como dijo la Madre Teresa: “En el momento de la agonía, el hombre sufre tanto, que es muy fácil que se
sienta invadido por la desesperación y la angustia, y estos sentimientos lo vuelvan incapaz de arrepentirse
y recibir el perdón de Dios”.

Será muy difícil que en el último momento tengas la fuerza y la valentía para arrepentirte, si viviste toda
tu vida lejos de Dios. Sin embargo, si te empeñas en arriesgarte, es verdad que Dios te da la posibilidad
de arrepentirte hasta el último instante de vida y puedes salvarte con ese único acto de arrepentimiento

¿En qué consistirán las penas del Infierno?


Así como en el Cielo disfrutaremos plenamente, como hombres formados de cuerpo y alma, en el
Infierno también se darán dos elementos de sufrimiento:
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 81

a. El sufrimiento del alma por no poder ver a Dios, llamado pena de daño. Este sufrimiento se deriva
de que los que fueron condenados ya vieron a Dios, con toda su belleza y grandiosidad, en el día
del juicio y ya no lo podrán ver jamás. Es el sufrimiento ocasionado por sentirse irresistiblemente
atraídos hacia Dios, sabiéndose eternamente rechazados por Él.
b. El sufrimiento del cuerpo o pena de sentido.

Aquí se trata de un elemento material que causa un daño físico, un dolor intensísimo en el cuerpo. Para
significar este gran sufrimiento, Cristo habla en el Evangelio de “fuego”, y aunque no necesariamente es
un fuego como el que conocemos en la Tierra, ésta es la imagen que comúnmente tenemos de las penas
del Infierno.

¿Dónde se habla del Infierno en el Evangelio?


¿Crees que si no existiera el Infierno, Jesús hubiera empleado su tiempo, que Él sabía muy valioso,
hablando de una mentira, algo ficticio, sólo para asustar a los hombres? Jesucristo sabía lo que es el
Infierno y por eso vino al mundo: a librarnos de ese castigo eterno y a enseñarnos el camino para llegar
al Cielo.

Por otra parte, si el Infierno no existiera, ¿qué sentido tendría la salvación? ¿A qué hubiera venido Jesús
al mundo? ¿A salvarnos de qué?

Jesús habla del Infierno en el Evangelio y expresa claramente su carácter de castigo doloroso y eterno.

Algunas de estas citas se encuentran en:

 San Mateo:
“Quien dijere a su hermano “insensato”, será reo de la gehena del fuego” (5,22).
“No temáis a los que matan el cuerpo; temed más bien a los que pueden arruinar el cuerpo y el alma
en el fuego eterno” (10,28).
“Y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes” (13,50).
“Atadlo y echadlo fuera a las tinieblas, donde habrá llanto y crujir de dientes” (22,13).
“Y el siervo inútil será arrojado a las tinieblas”. (25,30)
“Irán éstos al tormento eterno” (25,46).

 San Marcos: “Más te vale entrar manco al Cielo, que entrar con las dos manos a la gehena, al fuego
inextinguible” (9,43-48).
 San Lucas: “… para que no vengan también ellos a este lugar de tormento…” (16, 28).
No podemos escapar de creer que el Infierno es algo real. Debemos tomar en serio la posibilidad de ser
desgraciados para siempre.
82 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

El camino seguro para ir al Infierno


Si sigues los pasos que a continuación se presentan, puedes estar seguro de estar en el camino ancho y
espacioso que lleva a la perdición. No tienes que hacer todo, sólo con que cumplas bien alguno de ellos,
habrás asegurado tu infelicidad eterna.

✓ Búrlate de lo que hacen los demás, con la seguridad de que nadie puede hacer las cosas tan bien
como las haces tú. Piensa sólo en ti, en tus intereses y deseos y no vayas a cometer nunca el error
de preocuparte por lo que piensan o sienten los demás. Siempre muéstrate indiferente ante los
problemas de los demás. Convéncete de que cada cual debe de preocuparse de lo propio.

✓ Procura desconfiar de todo el mundo. Piensa mal de todos y de todo. No olvides hablar mal de
ellos y hacer públicos sus errores.

✓ Cuando alguien te haga enojar, descarga tu furia sobre él con actos y palabras. Nunca vayas a
cometer el error de perdonarlo.

✓ Prueba todas las experiencias autodestructivas que se te presenten en el camino. Sigue los
consejos de todas las campañas publicitarias, ve todas las películas y revistas que lleguen a tus
manos, sin importar su contenido, de esta manera llenarás tu corazón de ideas materialistas y ya
no existirá lugar alguno por donde Dios pueda entrar. Ten cuidado de no dejar ni un hueco, pues
Dios puede infiltrarse por ahí para intentar salvarte.

✓ Apégate lo que más puedas a las cosas materiales. Funda tu felicidad en ellas y siéntete
desgraciado cuando no tengas algo o pierdas aquello que ya tenías. Desea siempre tener más y
más, y nunca vayas a compartirlo con nadie.

✓ Come y bebe lo más que puedas. Si se trata de bebidas alcohólicas o drogas, aún mejor. De esta
manera, perderás la conciencia de tus actos y podrás cometer atrocidades sin los molestos
remordimientos de conciencia que tal vez podrían hacerte cambiar.

✓ Entristécete por todo lo bueno que les suceda a los demás y deséales el mal a todos. Piensa que
nadie tiene derecho a ser más feliz que tú. Si esto llegara a suceder, saca todas las armas para
destruir con tus actos y tus palabras a la persona que haya osado tener una cualidad o una cosa
que tú mereces y ella no.

✓ No te esfuerces por nada. Cualquier cosa que te cueste un poco podría hacer de ti una mejor
persona y librarte del infierno. ¡Cuidado!

✓ Jamás hagas oración.


¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 83

LOS SACRAMENTOS
"Los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de
Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios, pero, como signos, también tienen un fin instructivo. No sólo
suponen la fe, también la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones; por se llaman
sacramentos de la fe" (SC 59).

Los sacramentos manifiestan y comunican a los hombres, sobre todo la Eucaristía, el misterio de la
Comunión del Dios Amor, uno en tres Personas. Por medio de ellos Dios nos ofrece la salvación de su
Hijo Jesucristo, a través de la Iglesia. Son esos signos y gestos que dan al hombre la oportunidad de
encontrarse con Jesucristo, desde el nacimiento hasta su muerte. De hecho, el principal sacramento de
Dios es Jesús, porque en Jesús, Dios se manifestó plenamente tal como Él es. Conociendo a Jesús,
conocemos a Dios mismo. Jesús es signo de Dios.

En definición los SACRAMENTOS son signos sensibles y eficaces de la gracia, instituidos por Nuestro Señor
Jesucristo para santificar nuestras almas, y confiados a la Iglesia para su administración. Son la
continuación de las obras salvíficas que Cristo realizó durante su vida terrena, por lo tanto
invariablemente comunican la gracia, siempre y cuando el rito se realice correctamente y el sujeto que
lo va a recibir tenga las disposiciones necesarias, sin oponer resistencia. La recepción de la gracia
depende de la actitud que tenga el que lo recibe.

Los sacramentos son siete, y corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de la
vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos:

1. Bautismo: Dios nos da su vida divina, la entrada a la Iglesia católica y nos hace partícipes de Cristo
Profeta, Rey y Sacerdote, y herederos del cielo.
2. Confirmación: Dios nos confiere la madurez espiritual para la lucha y nos capacita para ser
apóstoles de Cristo y testigos de su palabra.
3. Comunión: Dios nos alimenta con el Cuerpo y la Sangre de su Hijo Jesucristo y nos hace crecer en
la caridad.
4. Penitencia: Dios nos perdona, por intermedio del sacerdote, nuestros pecados y nos ayuda a
vencer las tentaciones.
84 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

5. Unción de enfermos: Dios nos ofrece este sacramento para prepararnos a afrontar con confianza
el momento de la enfermedad y de la muerte, confortándonos en el sufrimiento y
sosteniéndonos en las tentaciones finales, y así prepararnos para mirar con gozo la eternidad.
6. Orden Sacerdotal: Dios ofrece este sacramento a hombres varones a quienes Él ha elegido para
servir a la comunidad creyente, como ministros sagrados y administradores de sus misterios.
7. Matrimonio: Dios regala este sacramento a hombres y mujeres que sienten la llamada a formar
una familia y así perpetuar la especie humana. El sacramento del matrimonio es signo eficaz del
amor esponsal que Cristo tiene hacia su Iglesia.

Santo Tomás de Aquino resume así la necesidad de que sean siete los sacramentos por analogía de la
vida sobrenatural del alma con la vida natural del cuerpo: por el bautismo se nace a la vida espiritual; por
la confirmación crece y se fortifica esa vida; por la eucaristía se alimenta; por la penitencia se curan sus
enfermedades; la unción de los enfermos prepara a la muerte, y por medio de los dos sacramentos
sociales –orden sagrado y santo matrimonio- es regida la sociedad eclesiástica y se conserva y acrecienta
tanto en su cuerpo como en su espíritu.

Los sacramentos se han dividido así:

a. SACRAMENTOS DE INICIACIÓN CRISTIANA: BAUTISMO, CONFIRMACIÓN Y COMUNIÓN. Son


los que fundamentan la vocación común de todos los discípulos de Cristo, que es la vocación
a la santidad y a la misión de evangelizar el mundo. Confieren las gracias necesarias para vivir
según el Espíritu en esta vida de peregrinos en marcha hacia la patria. Desde el principio del
cristianismo, hay que seguir un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este
camino puede ser recorrido rápidamente o lentamente; pero siempre consta de las siguientes
etapas esenciales: el anuncio de la Palabra, la "conversión" una vez recibida la Buena Nueva,
la profesión de fe, el bautismo, la efusión del Espíritu Santo – es decir, la confirmación -, y el
acudir a la comunión eucarística.

b. SACRAMENTOS DE SANACIÓN: PENITENCIA Y UNCIÓN DE ENFERMOS. Por los sacramentos


de la iniciación cristiana, el hombre recibe la vida nueva de Cristo. Esta vida la llevamos en
"vasos de barro" (2 Co. 4,7). Nos hallamos aún en "nuestra morada terrena" (2 Co. 5,1),
sometida al sufrimiento, a la enfermedad y a la muerte. Esta vida nueva de hijo de Dios puede
ser debilitada e incluso perdida por el pecado. (CIC 1420). La finalidad de estos sacramentos
es continuar en la fuerza del Espíritu Santo, la obra de curación y de salvación de Nuestro
Señor Jesucristo, incluso en sus propios miembros (CIC 1421). Sanarnos espiritual y
físicamente.

c. SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD: ORDEN SACERDOTAL Y MATRIMONIO.


Estos sacramentos están ordenados a la salvación de los demás. Contribuyen ciertamente a
la propia salvación, pero esto lo hacen mediante el servicio que prestan a los demás.
Confieren una misión particular en la Iglesia y sirven a la edificación del Pueblo de Dios.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 85

Dios – que conoce la naturaleza humana – quiso comunicar su gracia de manera sensible para que al
hombre le fuera más fácil entender. También Jesucristo quiso utilizar signos sensibles que demostraran
la acción invisible del Espíritu Santo, utilizando elementos materiales y comunes a la vida diaria de los
hombres.

Estos elementos materiales no fueron escogidos arbitrariamente, sino que llevan el significado de lo que
desean obtener sobrenaturalmente y que unidos a unas palabras se lograra un efecto santificador. Estos
signos son algo que implican un significado que demuestra otra cosa – la gracia -, al ser sensibles, se
perciben por los sentidos.

A estos elementos materiales los denominamos “materia” y las palabras que la acompañan son la
“forma”. La materia y la forma son elementos constitutivos de los sacramentos y son la esencia misma
de cada uno de ellos. Ambas son inseparables, significan una sola acción. Si falta la forma, no hay
sacramento, si falta la materia, tampoco. La Iglesia, en su calidad de custodia de estos medios de
salvación, no puede variar la esencia misma, solamente puede cambiar el rito. (Cfr. Ef. 5, 26; Hch. 6, 6;
St. 5, 14).

 La Materia es la “cosa sensible” ”lo que se realiza” que se emplea cuando se administran y que se
percibe a través de los sentidos. Por ejemplo el agua en el Bautismo, el pan y el vino en la Eucaristía.
Esa cosa sensible y unida a la forma es “signo” de otra cosa, la “gracia”.

 La Forma son las palabras que se pronuncian, guardan una relación con la materia y ambas le dan
sentido completo a la acción, que allí se está llevando a cabo. Ejemplo de palabras: “Yo te bautizo en
el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, dichas mientras se derrama el agua sobre el
bautizado.
86 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

SACRAMENTOS DE INICIACIÓN CRISTIANA


EL BAUTISMO
“El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios... lo
llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de
incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso
que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia,
porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es
sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los
que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente;
vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello,
porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios” (S. Gregorio
Nacianceno, Or. 40,3-4).

El Bautismo es el sacramento por el que el hombre nace a la vida espiritual, por medio del agua y la
invocación a la Santísima Trinidad. Es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la Vida en el
Espíritu, y la puerta que nos abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo, somos liberados
del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo, y somos incorporados
a la Iglesia, haciéndonos partícipes de su misión. (CIC 1213)

Este sacramento se llama "Bautismo", en razón del elemento esencial del rito, es decir, el "bautizar"
(“baptizein” en griego) que significa "sumergir", "introducir dentro del agua", "inmersión".

Esa "inmersión" se refiere a la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado con Cristo, para así
junto con Él, obtener una nueva vida en su resurrección. "Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo
en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitamos de entre los muertos por medio de la gloria del
Padre, y así también nosotros vivamos una nueva vida”. (Ef. 5, 26).

El Bautismo es el primer sacramento que se recibe, y sin él no podemos recibir ningún otro sacramento;
por lo tanto el "Bautismo" nos inicia en "nuestra amistad con Cristo".

En las Sagradas Escrituras se encuentran muchas prefiguraciones de este sacramento. De esto se hace
memoria en la Vigilia Pascual cuando se bendice el agua bautismal.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 87

El Génesis nos habla del agua como fuente de la vida y de la


fecundidad. La Sagrada Escritura dice que el Espíritu de Dios "se
cernía" sobre ella. (Gn. 1,2).

El arca de Noé es otra de las prefiguraciones que la Iglesia nos


menciona. Por el arca, "unos pocos, es decir ocho personas, fueron
salvadas a través del agua." (1 P. 3, 20). Si el agua de manantial
significa la vida, el agua en el mar es un símbolo de la muerte. Por
lo cual, pudo ser símbolo del misterio de la cruz. Por este
simbolismo el bautismo significa "la comunión con la muerte de
Cristo." (CIC1220). Sobre todo el paso del Mar Rojo, verdadera
liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, es donde se anuncia
la liberación obrada por el bautismo, se entra como esclavos en el agua y salen liberados. También el
paso por el Jordán, donde el pueblo de Israel recibe la tierra prometida, es una prefiguración de este
sacramento. (Cfr. CIC 1217-1222).

Todas estas prefiguraciones tienen su culmen en la figura de Cristo. Él mismo recibe el bautismo de Juan
el Bautista, el cual estaba destinado a los pecadores y Él sin haber cometido pecado, se somete para
"cumplir toda justicia" (Mt. 3,15). Desciende el Espíritu sobre Cristo y el Padre manifiesta a Jesús como
su "Hijo amado". (Mt. 3,16-17). Cristo se dejó bautizar por amor y humildad, y así darnos ejemplo. Si
recordamos el encuentro de Jesús con Nicodemo, vemos como Él le explica la necesidad de recibir el
bautismo. (Cfr. Jn. 3, 3-5).

Con su Pascua, Cristo hizo posible el bautismo para todos los hombres. Ya había hablado de su pasión,
"bautismo" con que debía de ser bautizado (Mc. 10,38 / Lc. 12,50). La sangre y el agua que brotaron del
costado traspasado por la lanza del soldado de Jesús crucificado (Jn. 19,34), son figuras del "bautismo"
y de la "eucaristía", ambos sacramentos de la nueva vida (1 Jn. 5, 6-8); desde entonces es posible "nacer
del agua y del Espíritu" para entrar en el Reino de Dios. (Jn. 3,5).

Después de su Resurrección, Jesús le confirió la misión de bautizar a sus apóstoles: “Me ha sido dado
todo poder en el cielo y en la tierra; id pues, enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. (Mt. 28, 18-19).

Desde el día de Pentecostés, la Iglesia ha administrado el bautismo siguiendo los pasos de Cristo. San
Pedro, en ese día, hace un llamado a convertirse y bautizarse para obtener el perdón de los pecados. El
Concilio de Trento declaró como dogma de fe que el sacramento del Bautismo fue instituido por Cristo.
88 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

El Concilio de Trento declaró como dogma de fe, que la materia del Bautismo es el agua natural, porque
así lo dispuso Cristo y así lo hacían los apóstoles. Esta definición fue necesaria porque en ese momento,
había que rebatir la doctrina de Lutero, que decía que se podía utilizar cualquier líquido. Además, existen
unos argumentos que nos demuestran su conveniencia: sabemos que el agua lava el cuerpo, por lo que
es la materia adecuada para lavar los pecados. Por otro lado es fácil de encontrar y debido a la
importancia de este sacramento su materia lógica es el agua.

El Bautismo puede llevarse a cabo por infusión – cuando se derrama el agua sobre la cabeza – o por
inmersión – sumergiendo al bautizado en el agua -.

Para su validez se debe de derramar el agua al mismo tiempo que se dicen las palabras que constituyen
la forma y el agua debe de correr sobre la cabeza. Salvo en caso de necesidad, como podría ser el
bautismo de un feto - aún con vida -, que podría ser en cualquier parte del cuerpo.

Las palabras que constituyen la forma son: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu
Santo”. En estas palabras están representadas las partes que son esenciales, tales como: el ministro “Yo”;
el sujeto “te”; “bautizo”, la acción que se realiza; la mención de la Santísima Trinidad y la clara distinción
de las Tres Personas divinas.

El bautismo, tiene muchos signos, además del signo esencial, constituido por la materia y la forma
y éstos nos llevan a seguir un rito; teniendo cada uno de ellos un sentido muy determinado:

La celebración comienza con la señal de la cruz, que nos indica la marca de Cristo sobre el que le
va a pertenecer y significa la gracia adquirida por la Cruz de Cristo.

El anuncio de la Palabra de Dios, es decir, las lecturas, que da luces sobre la verdad revelada a los
"candidatos" y a la asamblea; y suscita en toda la respuesta de la fe. En efecto, el bautismo es "el
Sacramento de la fe" por ser la entrada sacramental en la vida de la fe. El anuncio de la Palabra
de Dios nos invita a vivir este "Sacramento de la fe".

Puesto que por el bautismo somos "liberados del pecado y del que nos tienta, el Diablo", se
pronuncian uno o varios exorcismos sobre el "candidato". Este es ungido con el óleo de los
catecúmenos, o bien el celebrante le "impone las manos", y el "candidato" renuncia
explícitamente a Satanás. Así preparado, puede confesar la fe de la Iglesia, a la cual será confiado"
por el bautismo. (Rm. 6,17).

El agua bautismal es entonces consagrada mediante una oración en el mismo momento o utilizar
la de la noche pascual. La Iglesia pide a Dios que, por medio de su Hijo, el poder del Espíritu Santo
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 89

descienda sobre esta agua, a fin de que los que sean bautizados con ella "nazcan del agua y del
Espíritu” (Jn. 3,5). El agua bautismal es signo de un nuevo nacimiento, en el Espíritu. El inicio a la
vida de gracia, y a la pertenencia del Pueblo de Dios.

Pero como todo sacramento posee un rito esencial, el signo más importante. Y este rito esencial
del sacramento: el bautismo propiamente dicho. El bautismo es realizado de la manera más
significativa mediante la triple inmersión en el agua bautismal, o derramando tres veces agua
sobre la cabeza del candidato, al mismo tiempo que se pronuncia la forma.

La unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del
Espíritu Santo al nuevo bautizado. Ha llegado a ser un cristiano, es decir, "ungido" por el Espíritu
Santo, incorporado a Cristo, que es ungido Sacerdote, Profeta y Rey. Literalmente ungido significa
“persona consagrada" y en este caso es a Dios. En la Liturgia de las Iglesias de Oriente, esta unción
postbautismal es el sacramento de la crismación (Confirmación).

La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha "revestido de Cristo" (Ga. 3,27); que ha
resucitado con Cristo a la vida de la gracia.

El cirio que se enciende en el Cirio Pascual significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo,
los bautizados son: "la luz del mundo" (Mt.5,14 / Flp. 2,15).

El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios. Por lo tanto, ya puede decir la oración de los hijos de
Dios: el Padrenuestro. Sólo los bautizados podemos llamar "Padre" a Dios.

La bendición solemne cierra la celebración del bautismo. En el bautismo de los niños recién
nacidos, la bendición de la madre ocupa un lugar especial.

Son ministros ordinarios del bautismo: el obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el diácono.
En caso de peligro de muerte, cualquier persona, incluso no bautizada, si tiene la intención de hacer lo
que hace la Iglesia al bautizar y dice la forma bautismal, puede bautizar.

El sujeto de este sacramento es toda persona viva que aún no ha


sido bautizada, y sólo ella.

PADRINOS
Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse, es muy
importante la ayuda de los padres. Ese es también el papel del
padrino o de la madrina, que deben ser creyentes sólidos,
capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, bien sea niño o
adulto, en su caminar por la vida cristiana.
90 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

Por eso los padres deben escoger a los padrinos básicamente por su solidez en la fe, que lleven una
correcta vida cristiana, que se acerquen frecuentemente a los sacramentos, que estén dentro de la
Iglesia, y que puedan en un momento dado hacerse cargo de su ahijado, tal y como Dios desea.

Es muy posible que no conozcamos todos los efectos del bautismo y esto, quizás, nos lleve a
menospreciarlo. Los efectos del bautismo son cuatro:

La Justificación O Gracia Santificante: que significa la remisión de los pecados y la santificación


del hombre. Si se tienen las debidas disposiciones, por el bautismo, todos los pecados son
perdonados: el pecado original y, – en el caso de los adultos - todos los pecados personales. En
efecto, al haber sido regenerados por el Bautismo, no existe nada que les impida entrar en el
Reino de Dios.
Al recibir la gracia santificante, se reciben las tres virtudes teologales, “fe, esperanza y caridad” y
los dones del Espíritu Santo y demás virtudes infusas, y por ello, se obtiene una santificación, una
renovación interior. A partir de este momento, en que Dios entra en el alma, se puede llevar una
vida sobrenatural, y el alma comienza a lograr frutos para la vida eterna.
También recibimos la Gracia Sacramental, que ofrece la ayuda necesaria para vivir la vida
cristiana, pues nos hace capaces de creer en Dios, de esperar en Él y de amarle; además permite
crecer en el bien mediante los dones del Espíritu Santo y de las virtudes morales.
El Carácter Bautismal: El bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble, llamado
"carácter”. Por esto, este sacramento no se puede recibir más que una vez. Este carácter o sello
nos asemeja a Cristo, además de marcarnos como pertenecientes a Dios. Por medio de él, somos
incorporados a la Iglesia. Nos hace miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Por el bautismo se
participa del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, son "linaje elegido, sacerdocio
real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de aquel que os ha llamado de
las tinieblas a su admirable luz” (I P. 2,9).
El bautismo hace participar en el sacerdocio común de los fieles. La participación es de dos
formas: activa, mediante el apostolado; y santificando todas las realidades temporales y pasivas,
recibiendo los demás sacramentos.
La Remisión De Todas Las Penas Debidas Por El Pecado. Quien muera inmediatamente después
de recibir el Bautismo, entraría directamente en el Cielo, sin tener que purificar en el Purgatorio
las penas debidas por el pecado. Recordemos que los pecados quedan perdonados, pero falta
purgar las penas debidas por el pecado. Estas son como las cicatrices que quedan después de
una herida.

Por el bautismo recibimos una semilla: "la semilla de la fe" que deberemos fortalecer y hacer fructificar
durante toda nuestra vida.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 91

SACRAMENTOS DE INICIACIÓN CRISTIANA


PRIMERA COMUNIÓN

“Quien comulga tiene dentro de sí a Jesús, tanto como María lo tuvo


durante los nueve meses del embarazo”. Así de grande es el
sacramento de la Eucaristía, que nos permite nutrirnos de Cristo y
degustar el Cielo en la Tierra. Si nuestro cuerpo va a ser morada del
mismo Jesús, ¿hay algo que podamos hacer para recibirlo mejor?6

La eucaristía es el sacramento en el cual bajo las especies de pan y vino, Jesucristo se halla verdadera,
real y substancialmente presente, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad.

Se le llama el “sacramento por excelencia”, porque en él se encuentra Cristo presente, quien es fuente
de todas las gracias. Además, todos los demás sacramentos tienden o tienen como fin la Eucaristía,
ayudando al alma para recibirlo mejor y en la mayoría de las veces, tienen lugar dentro de la Eucaristía.

A este sacramento se le denomina de muchas maneras dada su riqueza infinita. La palabra Eucaristía
quiere decir acción de gracias, es uno de los nombres más antiguos y correctos porque en esta
celebración damos gracias al Padre, por medio de su Hijo Jesucristo, en el Espíritu, y recuerda las
bendiciones judías que hacen referencia a la creación, la redención y la santificación. (Cfr. Lc. 22, 19)

Es el Banquete del Señor porque es la Cena que Cristo celebró con sus apóstoles justo antes de
comenzar la pasión. (Cfr. 1 Col 11, 20).

Fracción del pan porque este rito fue el que utilizó Jesús cuando bendecía y distribuía el pan, sobre
todo en la Última Cena. Los discípulos de Emaús lo reconocieron – después de la resurrección – por
este gesto y los primeros cristianos llamaron de esta manera a sus asambleas eucarísticas. (Cfr. Mt.
26, 25; Lc. 24, 13-35; Hch. 2, 42-46).

También, se le dice asamblea eucarística porque se celebra en la asamblea –reunión - de los fieles.

6
P. Eduardo María Volpacchio. P. 50. Revista Misión N°31. Mar-May 2014. España.
92 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

Santo Sacrificio, porque se actualiza el sacrificio de Cristo. Es memorial de la pasión, muerte y


resurrección de Jesucristo.

Comunión, porque es la unión íntima con Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre.

Misa, posee un sentido de misión, llevar a los demás lo que se ha recibido de Dios en el sacramento.
Usada desde el siglo VI, tomada de las últimas palabras “ite missa est".

En el Antiguo Testamento encontramos varias prefiguraciones de este sacramento, como son:

El maná, con que se alimentó el pueblo de Israel durante su peregrinar por el desierto. (Cfr. Ex. 16,).

El sacrificio de Melquisedec, sacerdote que, en acción de gracias por la victoria de Abraham, ofrece
pan y vino. (Cfr. Gn. 14, 18).

El mismo sacrificio de Abraham, que está dispuesto a ofrecer la vida de su hijo Isaac. (Cfr. Gn. 22, 10).
Así como, el sacrificio del cordero pascual, que libró de la muerte al pueblo de Israel, en Egipto. (Cfr.
Ex. 12).

Igualmente, la Eucaristía fue mencionada - a manera de profecías – en el Antiguo Testamento por


Salomón en el libro de los Proverbios, donde le ordena a los criados a ir para comer y beber el vino
que les había preparado. (Cfr. Prov. 9,1). El profeta Zacarías habla del trigo de los elegidos y del vino
que purifica.

El mismo Cristo – después de la multiplicación de los panes – profetiza su presencia real, corporal y
sustancial, en Cafarnaúm, cuando dice: “Yo soy el pan de vida… Si uno come de este pan vivirá para
siempre, pues el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo”. (Jn. 6, 32-34; 51)

Cristo, sabiendo que había llegado su “hora”, después de lavar los pies a sus apóstoles y de darles el
mandamiento del amor, instituye este sacramento el Jueves Santo, en la Última Cena (Mt. 26, 26 -
28; Mc. 14, 22 -25; Lc. 22, 19 - 20). Todo esto con el fin de quedarse entre los hombres, de nunca
separarse de los suyos y hacerlos partícipes de su Pasión. El sacramento de la Eucaristía surge del
infinito amor de Jesucristo por el hombre.

El Concilio de Trento declaró como dogma de fe, que la Eucaristía es verdadero y propio sacramento
porque en él están presente los elementos esenciales de los sacramentos: el signo externo; materia (pan
y vino) y forma; confiere la gracia; y fue instituido por Cristo.

Cristo dejó el mandato de celebrar el Sacramento de la Eucaristía e insistió, como se puede constatar en
el Evangelio, en la necesidad de recibirlo: hay que comer y beber su cuerpo y su sangre para poder
salvarnos (Jn. 6, 54).
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 93

La Iglesia siempre ha sido fiel a la orden de Nuestro Señor. Los primeros cristianos se reunían en las
sinagogas, donde leían unas Lecturas del Antiguo Testamento y luego se daba lugar a lo que llamaban
“fracción del pan”, cuando fueron expulsados de las sinagogas, seguían reuniéndose en algún lugar una
vez a la semana para distribuir el pan, cumpliendo así el mandato que Cristo dejó a los Apóstoles.

Poco a poco se le fueron añadiendo nuevas lecturas, oraciones, etc. hasta que en 1570 San Pío V
determinó como debería ser el rito de la Misa, mismo que se mantuvo hasta el Concilio Vaticano II.

Por este sacramento, se produce una conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo de Cristo, y
de toda la substancia del vino en la Sangre.

Para entender bien el sentido de la celebración eucarística es necesario tener en cuenta la presencia de
Cristo y Su acción en la misma.

Al pronunciar el sacerdote las palabras de la consagración, su fuerza es tal, que Cristo se hace presente
tal cual, bajo las substancias del pan y del vino. Es decir, vivo, real y substancialmente. En Cuerpo, Sangre,
Alma y Divinidad, por lo tanto, donde está su Cuerpo, está su Sangre, su Alma y su Divinidad. Él está
presente en todas las hostias consagradas del mundo y aún en la partícula más pequeña que podamos
encontrar. Así, Cristo se encuentra en todas las hostias guardadas en el Sagrario, mientras que el pan,
signo sensible, no se corrompa.

Esta presencia real de Cristo, es uno de los dogmas más importantes de nuestra fe. (Cfr. CIC 1373 –1381).
Como los dogmas, la razón no los puede entender, es necesario reflexionar y estudiar para, cuando
menos, entenderlo mejor.

Han existido muchas herejías sobre esta presencia real de Cristo, bajo las especies de pan y vino. Entre
ellas encontramos: los gnósticos, los maniqueos que decían que Cristo sólo tuvo un cuerpo aparente,
por lo tanto, no había presencia real.

Entre los protestantes, algunos la niegan y otros la aceptan, pero con errores. Unos niegan la presencia
real, otros dicen que la Eucaristía, solamente, es una “figura” de Cristo. Calvino decía que “Cristo está en
la Eucaristía porque actúa por medio de ella, pero que su presencia no es substancial”. Los protestantes
liberales, mencionan que Cristo está presente por la fe, son los creyentes quienes ponen a Cristo en la
Eucaristía.

Lutero, equivocadamente, lo explicaba así: “En la Eucaristía están al mismo tiempo el pan y el vino y el
cuerpo y la sangre de Cristo".

Pero, la presencia real y substancial de Cristo en la Eucaristía, fue revelada por Él mismo en Cafarnaúm.
No hay otro dogma más manifestado y explicado claramente que este en la Biblia. Sabemos que lo que
94 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

prometió en Cafarnaúm, lo realizó en la Última Cena, el Jueves Santo, basta con leer los relatos de los
evangelistas. (Cfr. Mt. 22, 19-20; Lc. 22, 19 –20; Mc. 14, 22-24).

El mandato de Cristo de: “Hacer esto en memoria mía” fue tan contundente, que desde los inicios, los
primeros cristianos se reunían para celebrar “la fracción del pan”. Y, pasó a hacer parte, junto con el
Bautismo, del rito propio de los cristianos. Ellos nunca dudaron de la presencia real de Cristo en el pan.

LA TRANSUBSTANCIACIÓN
Hemos dicho que la presencia de Cristo es real y substancial, esto nos ha sido revelado, por lo que, no
es evidente a la razón, como dogma que es, resulta incomprensible. Sin embargo, trataremos de dar una
explicación de lo que sucede.

La Iglesia nos dice que “por el sacramento de la Eucaristía se produce una singular y maravillosa
conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo de Cristo, y de toda la substancia del vino en la
Sangre; conversión que la Iglesia llama transustanciación” (Cfr. CIC 1376).

El dogma de la Transustanciación significa el cambio que sucede al pronunciar las palabras de la


Consagración en la Misa, por las cuales el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo,
quedando sólo la apariencia de pan y vino. Hay cambio de substancia, pero no de accidentes (pan y vino),
la presencia real de Cristo no la podemos ver, sólo vemos los accidentes. Esto es posible, únicamente,
por una intervención especialísima de Dios.

Como en todos los sacramentos, la Eucaristía, también, tiene un signo externo que unido a las palabras
pronunciadas por el ministro, confiere la gracia. Cristo en la Última Cena utilizó dos elementos muy
sencillos, pan y vino. Estos dos elementos son los que constituyen la materia. El pan debe de ser de trigo
y el vino de la vid, esto fue declarado en Trento, ya que existe la seguridad que fueron estos los elementos
utilizados por Cristo. (Cfr. CIC 924, 2-3).

Para que el sacramento sea tiene que ser de trigo y no puede estar amasado con otra cosa que no sea
agua natural y cocido al fuego. Dicho de otra manera, no se puede utilizar aceite, mantequilla o cualquier
otra sustancia para amasarlo, ni el pan puede ser de cebada, de arroz, u otro tipo de pan, pues entonces
la materia sería inválida. El vino tiene que ser del que se obtiene de uvas
machacadas y fermentado naturalmente, no se puede utilizar vinagre, ni un vino
elaborado a base de químicos. (Cfr. CIC 924)

En cuanto a la licitud, el pan debe ser ázimo, es decir, sin levadura, sin
fermentar También debe haber sido hecho recientemente, para
evitar cualquier posibilidad de corrupción y al vino se le debe de
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 95

añadir unas gotas de agua, pues al ser esta una práctica judía, se puede suponer que fue lo que Cristo
hizo. (Cfr. CIC 924; 926)

La forma son las palabras que utilizó Cristo al instituir el sacramento: “Esto es mi Cuerpo… Esta es mi
Sangre”.

Únicamente el sacerdote ordenado puede consagrar, convertir el pan el vino en el Cuerpo y la Sangre de
Cristo, sólo él está autorizado para actuar en nombre de Cristo. Fue a los Apóstoles a quienes Cristo les
dio el mandato de “Hacer esto en memoria mía”, no se lo dio a todos los discípulos. (Cfr. Lc. 22, 19).

Esto fue declarado en el Concilio de Letrán, en respuesta a la herejía de los valdenses que no aceptaban
la jerarquía y pensaban que todos los fieles tenían los mismos poderes. Fue reiterado en Trento, al
condenar la doctrina protestante que no hacía ninguna diferencia entre el sacerdocio ministerial y el
sacerdocio de los fieles.

Los que han sido ordenados diáconos, entre sus funciones, está la de distribuir las hostias consagradas,
pero no pueden consagrar. En la actualidad, por la escasez de sacerdotes, la Iglesia ha visto la necesidad
de que existan los llamados “Ministros Extraordinarios de la Eucaristía”. La función de estos ministros es
de ayudar a los sacerdotes a llevar la comunión a los enfermos y distribuir la comunión en la Misa.

Todo bautizado puede recibir la Eucaristía, siempre que se encuentre en estado de gracia, es decir, sin
pecado mortal (1 Co. 11,27). Haya tenido la preparación necesaria y tenga una recta intención, que no
es otra cosa que tener el deseo de entrar en unión con Cristo, no comulgar por rutina, vanidad,
compromiso, sino por agradar a Dios.

Los pecados veniales no son un impedimento para recibir la Eucaristía. Ahora bien, es conveniente tomar
conciencia de ellos y arrepentirse. Si es a Cristo al que vamos a recibir, debemos tener la delicadeza de
estar lo más limpios posibles.

En virtud de que la gracia producida depende de las disposiciones del sujeto que la va a recibir, es
necesaria una buena preparación antes de la comunión y una acción de gracias después de haberla
recibido. Además del ayuno eucarístico, una hora antes de comulgar, la manera de vestir, la postura, etc.
en señal de respeto a lo que va a suceder.

El sacramento de la Eucaristía, como todo sacramento, es eficaz. Al recibirlo hay cambios reales en la
persona que lo recibe y en toda la Iglesia aunque los cambios no se puedan palpar:

Acrecienta nuestra unión con Jesucristo. Al comulgar recibimos a Jesucristo de una manera real
y substancial. Es una unión real, no es un buen deseo o un símbolo. El sacramento de la Eucaristía
96 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

es una unión íntima con Dios que nos llena de su Gracia. "Quien come mi carne y bebe mi sangre
está en mí y yo en él"(Jn. 6,56).

Nos perdona los pecados veniales. Para recibir a Jesús, es indispensable estar en estado de gracia
y al recibirlo, la presencia de Dios dentro de nosotros hace que se borren las pequeñas faltas que
hayamos tenido contra Él y recibimos la gracia para alejarnos del pecado mortal.

Fortalece la caridad, que en la vida diaria tiende a debilitarse. El pecado debilita la caridad y puede
hacernos creer que vivir el amor como Jesús nos lo pide es muy difícil, casi inalcanzable. Sin
embargo, Jesús ya sabía que nos costaría trabajo y que nos sentiríamos sin fuerzas para lograrlo,
por eso quiso quedarse con nosotros en la Eucaristía para alimentarnos y ayudarnos
fortaleciendo nuestra caridad.

La Eucaristía, siendo el mayor ejemplo de amor que podemos tener, transforma el corazón
llenándolo de amor, de tal manera que quien la recibe es capaz de vivir la caridad en cada
momento de su vida.

Nos preserva de futuros pecados mortales. Una persona que vive en la caridad difícilmente
cometerá faltas graves de amor a Dios.

Da unidad al Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia. Cada persona que recibe a Jesús en la
Eucaristía se une íntimamente a Él, que es la cabeza de su Cuerpo Místico del que todos los
cristianos formamos parte.

El cristiano que se une a Cristo en la Eucaristía se une al mismo tiempo al resto de los cristianos
miembros de su Cuerpo Místico. Por esta razón, a la recepción de la hostia consagrada se le llama
comunión, que significa común-unión o unión de toda la comunidad.

"Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos
estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado. Yo les he
dado a ellos la gloria que tú me diste a mí, de tal manera que puedan ser uno, como lo somos
nosotros". (Jn. 17, 21-22.)

Fortalece a toda la Iglesia. Por la misma unidad de los cristianos en el Cuerpo Místico de Cristo
sucede que al fortalecerse uno de sus miembros con las gracias de la Eucaristía, se fortalece la
Iglesia entera.

Entraña un compromiso en favor de los demás. Al estar más unido al Cuerpo Místico de Cristo,
aquél que recibe la Eucaristía, se hará más consciente de las necesidades de los otros miembros.
Se identificará con los intereses de Cristo, sentirá el compromiso de ser apóstol, de llevar a Cristo
a todos los hombres sin distinción y de ayudar en sus necesidades espirituales y materiales a los
pobres, los enfermos y todos los que sufren.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 97

SACRAMENTOS DE INICIACIÓN CRISTIANA


LA CONFIRMACIÓN

“Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de


sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el
Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y
guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo,
Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda
del Espíritu” (S. Ambrosio, Myst. 7,42).

La Confirmación es el sacramento que fortalece y completa la obra del Bautismo. Por este sacramento
el bautizado se fortalece con el don del Espíritu Santo y logra un arraigo más profundo a la filiación divina,
uniéndose más íntimamente con la Iglesia, fortaleciéndose para ser testigo de Jesucristo, de palabra y
obra. Por él es capaz de defender su fe y de transmitirla. A partir de la Confirmación nos convertimos en
cristianos maduros y podremos llevar una vida cristiana más perfecta, más activa. Es el sacramento de la
madurez cristiana y que nos hace capaces de ser testigos de Cristo.

El día de Pentecostés – cuando se funda la Iglesia – los apóstoles y discípulos se encontraban reunidos
junto a la Virgen. Estaban temerosos, no entendían lo que había pasado, se encontraban tristes. De
repente descendió el Espíritu Santo sobre ellos, quedaron transformados, y a partir de ese momento
entendieron todo lo que había sucedido, dejaron de tener miedo, se lanzaron a predicar y a bautizar. La
Confirmación es “nuestro Pentecostés personal”.

La Confirmación, como el Bautismo del que es la plenitud, sólo se da una vez. La Confirmación, en efecto,
imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el "carácter" (Cf. DS 1609), que es el signo de que
Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que
sea su testigo (Cf. Lc. 24,48-49). (CIC 1304)

El Concilio de Trento declaró que la Confirmación era un sacramento instituido por Cristo, ya que los
protestantes lo rechazaron porque -según ellos- no aparecía el momento preciso de su institución.
Sabemos que fue instituido por Cristo, porque sólo Dios puede unir la gracia a un signo externo.
98 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

Además encontramos en el Antiguo Testamento, numerosas referencias por parte de los profetas, de la
acción del Espíritu en la época mesiánica y el propio anuncio de Cristo de una venida del Espíritu Santo
para completar su obra. Estos anuncios nos indican un sacramento distinto al Bautismo.

El Nuevo Testamento nos narra cómo los apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, iban
imponiendo las manos, comunicando el Don del Espíritu Santo, destinado a complementar la gracia del
Bautismo: “Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la
Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran al
Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido
bautizados en nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían al Espíritu
Santo”. (Hch. 8, 15-17; 19, 5-6).

En la materia del Bautismo, el agua, tiene el significado de limpieza, en este sacramento la materia
significa fuerza y plenitud. El signo de la Confirmación es la “unción”. Desde la antigüedad se utilizaba el
aceite para muchas cosas: para curar heridas, a los gladiadores se les ungía con el fin de fortalecerlos,
también era símbolo de abundancia, de plenitud. Además la unción va unido al nombre de “cristiano”,
que significa ungido.

La materia de este sacramento es el “Santo Crisma”, aceite de oliva mezclado con bálsamo, que es
consagrado por el Obispo el día del Jueves Santo. La unción debe ser en la frente.

La forma de este sacramento, son las palabras que acompañan a la unción y a la imposición individual de
las manos: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo” (CIC 1300). Al confirmado se le signa con la
señal de la cruz en la frente, para significar que el arma con que ha de luchar es la cruz, la cual debe llevar
en toda su vida y conducta.

En la Confirmación el rito es muy sencillo, prácticamente igual a lo que hacían los apóstoles con algunas
partes añadidas para que sea más entendible.

El rito esencial es la unción con el santo crisma, unido a la imposición de manos del ministro y
las palabras que se pronuncian. La celebración de este sacramento comienza con la renovación
de las promesas bautismales y la profesión de fe de los confirmados. Demostrando así, que la
Confirmación constituye una prolongación del Bautismo (Cfr. SC 71; CIC 1298). El
ministro extiende las manos sobre los confirmados como signo del Espíritu Santo e
invoca a la efusión del Espíritu. Sigue el rito esencial con la unción del santo crisma en
la frente, hecha imponiendo la mano y pronunciando las palabras que conforman la
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 99

forma. El rito termina con el beso de paz, que representa la unión del Obispo con los fieles.

EL MINISTRO, EL SUJETO Y PADRINO


El ministro de este sacramento debe de ser el Obispo, aunque por razones especiales graves puede
concederle a un presbítero (sacerdote) el poder de confirmar (CIC 882). En peligro de muerte del sujeto
cualquier sacerdote debe de administrar el sacramento. El Obispo es sucesor de los apóstoles, por ello
es quien lo administra, al poseer el grado del Orden en plenitud.

El sujeto es todo bautizado que no ha sido confirmado, que libremente tenga las disposiciones necesarias
para recibirlo y que no tenga impedimentos. Se debe de estar en estado de gracia.

La edad para recibir este sacramento la marca el Obispo del lugar, preferentemente el sujeto
debe de haber llegado al uso de razón. (Cfr. CIC 1307). Se puede administrar válidamente a
niños pequeños, tal como es la tradición en el rito oriental (Cfr. CIC
1292). Ahora bien, en caso de peligro de muerte deben de recibir este
sacramento los niños aun no confirmados.

Todo confirmado debe tener un padrino o madrina que lo ayude


espiritualmente, tanto en la preparación para su recepción, como
después de haberlo recibido. Las condiciones para ser padrinos son las
mismas que para los de Bautismo.

En la confirmación, Dios nos da su Espíritu Santo, y con Él sus Dones y sus Frutos. Por eso le confiere
crecimiento y profundidad a la gracia bautismal.

1. CRECEN NUESTRAS FUERZAS ESPIRITUALES: Igual les pasó a los apóstoles, y es que gracias al Espíritu
Santo nuestra fe se hace más fuerte. El sacramento de la confirmación es como un PENTECOSTÉS
para cada uno de los bautizados.

2. NOS HACEMOS SOLDADOS DE CRISTO: Esto no significa que luchemos o matemos por Cristo. Jesús
no nos enseñó la violencia. La Confirmación concede una fuerza especial del Espíritu Santo para
difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para
confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz (Cf. DS 1319;
LG 11,12).

3. NOS UNIMOS MÁS A CRISTO Y A LA IGLESIA: Reafirmamos nuestra voluntad de formar parte de la
Iglesia y de unimos más firmemente a Cristo.
100 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

El día de la Confirmación, el confirmado se


convierte en apóstol de la Palabra de Dios. Desde ese
momento recibe el derecho y el deber de ser misionero. Lo
cual no significa tenerse que ir lejos, a otros lados, sino que desde
nuestra propia casa debemos ser misioneros, llevando la Palabra de
Dios a los demás. Tenemos la obligación de ser misioneros en el lugar
que Dios nos ha puesto.

La Iglesia de hoy necesita de todos sus miembros para dar


a conocer a Cristo, por medio de la palabra y con el
ejemplo, imitando a Cristo.

Los confirmados debemos de compartir los dones


recibidos y al compartirlos estamos cumpliendo
con el compromiso adquirido en la Confirmación
de hacer "apostolado”, sirviendo a los demás en
nombre de Dios y transmitiendo la Palabra de Cristo. Se puede hacer en todas las circunstancias de vida:
en la vida familiar, en el trabajo, con los amigos… Es algo que todo confirmado tiene la obligación de
hacer.

Ser “confirmado” significa darse por amor a los demás, sin fijarse en su sexo, cultura, conocimientos y
creencias. Se necesita una actitud de disponibilidad para dar a conocer al Espíritu Santo en todos lados.
En la Iglesia, el apostolado de los laicos es indispensable. Cristo vino a servir, no a ser servido.

También la Confirmación nos compromete a la santidad. Tenemos la obligación de ser santos, el mismo
Cristo nos invita: “Sed pues perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt. 5, 48). La santidad
es una conquista humana, ya que Dios nos da el empujón, pero depende de nuestro esfuerzo y nuestro
trabajo el alcanzarla.

El Espíritu Santo es el empujón que Dios nos manda, por lo tanto, sí lo tenemos a Él, no hay pretextos
para no ser santos y no ponernos al servicio de los demás. La lucha es difícil, pero contamos con toda la
ayuda necesaria.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 101

SACRAMENTOS DE SANACIÓN
LA RECONCILIACIÓN
"Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la
misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y,
al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con
sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y
sus oraciones". (LG 11)

"No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios
mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él. Este buen
Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes".
~ Santo Cura de Ars.

Cuando el alma está enferma debido al pecado, se necesita un sacramento que le devuelva la salud, para
que la cure. Jesús perdonó los pecados del paralítico y le devolvió la salud del cuerpo. (Cfr. Mc. 2, 1-12).

El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con Él. Al mismo tiempo, atenta contra
la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con
la Iglesia, que es lo que expresa y realiza litúrgicamente el sacramento de la Penitencia y de la
Reconciliación (Cf. LG 11).

Este sacramento recibe varios nombres por todas las implicaciones que conlleva:

 Sacramento De Conversión: porque responde a la llamada de Cristo a convertirse, de volver al Padre


y la lleva a cabo sacramentalmente.
 Sacramento De La Penitencia: por el proceso de conversión personal y de arrepentimiento y de
reparación que tiene el cristiano.
 Sacramento De La Confesión: porque la persona confiesa sus pecados ante el sacerdote, requisito
indispensable para recibir la absolución y el perdón de los pecados graves.
 Sacramento De La Reconciliación: porque se reconcilia el pecador con el amor del Padre. Él mismo
nos habla de la necesidad de la reconciliación. “Ve primero a reconciliarte con tu hermano”. (Mt.
5,24) (Cfr. CIC 1423 –1424).

El sacramento de la Reconciliación o Penitencia y la virtud de la penitencia están estrechamente ligados.


Para acudir al sacramento es necesaria la virtud de la penitencia que nos lleva a tener ese sincero dolor
de corazón. La Penitencia como virtud moral, hace que el pecador se sienta arrepentido de los pecados
cometidos, tener el propósito de no volver a caer y hacer algo en satisfacción por haberlos cometidos.
102 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

La Reconciliación es un verdadero sacramento porque en él están presente los elementos esenciales de


todo sacramento, es decir el signo sensible, el haber sido instituido por Cristo y porque confiere la gracia.
Fue declarado dogma de fe en el Concilio de Trento.

Después de la Resurrección estaban reunidos los apóstoles – con las puertas cerradas por miedo a los
judíos – se les aparece Jesús y les dice: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo los
envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid al Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados,
les quedaran perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. (Jn. 20, 21-23) Éste es el
momento exacto en que Cristo instituye este sacramento. Cristo - que nos ama inmensamente - en su
infinita misericordia le otorga a los apóstoles el poder de perdonar los pecados. Jesús les da el mandato
- a los apóstoles - de continuar la misión para la que fue enviado: el perdonar los pecados. No pudo
hacernos un mejor regalo que darnos la posibilidad de liberarnos del mal del pecado.

Dios le tiene a los hombres un amor infinito, Él siempre está dispuesto a perdonar nuestras faltas. Vemos
a través de diferentes pasajes del Evangelio como se manifiesta la misericordia de Dios con los
pecadores. (Cfr. Lc. 15, 4-7; Lc.15, 11-31). Cristo, conociendo la debilidad humana, sabía que muchas
veces nos alejaríamos de Él por causa del pecado. Por ello, nos dejó un sacramento muy especial que
nos permite la reconciliación con Dios. Este regalo maravilloso que nos deja Jesús, es otra prueba más
de su infinito amor.

El Concilio de Trento, siguiendo la idea de Santo Tomás de Aquino reafirmó que el signo sensible de este
sacramento era la absolución de los pecados por parte del sacerdote y los actos del penitente. (Cfr. Dz.
699, 896, 914; CIC 1448).

La materia es el dolor de corazón o contrición, los pecados dichos al confesor de manera sincera e íntegra
y el cumplimiento de la penitencia o satisfacción. Los pecados graves hay obligación de confesarlos todos.

La forma son las palabras que pronuncia el sacerdote después de escuchar los pecados - y de haber
emitido un juicio - cuando da la absolución: “Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo”.

La celebración de este sacramento, al igual que la de todos los sacramentos, es una acción litúrgica. A
pesar de haber habido muchos cambios en la celebración de este sacramento, a través de los siglos,
encontramos dos elementos fundamentales en su celebración:
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 103

1) Los actos que hace el penitente que quiere convertirse, gracias a la acción del Espíritu Santo, como
son el arrepentimiento o contrición, la confesión de los pecados y el cumplimiento de la
penitencia.
2) La acción de Dios: por medio de los Obispos y los sacerdotes, la Iglesia perdona los pecados en
nombre de Cristo, decide cuál debe ser la penitencia, ora con el penitente y hace penitencia con
él. (Cfr. CIC 1148).

Normalmente, el sacramento se recibe de manera individual, acudiendo al confesionario, diciendo sus


pecados y recibiendo la absolución en forma individual.

Existen casos excepcionales en los cuales los sacerdote pueden impartir la absolución general o colectiva,
tales como aquellas situaciones en las que, de no impartirse, las personas se quedarían sin poder recibir
la gracia sacramental por largo tiempo, sin ser por culpa suya. De todos modos, esto no les excluye de
tener que acudir a la confesión individual en la primera ocasión que se les presente y confesar los
pecados que fueron perdonados a través de la absolución general. Si se llegase a impartir, el ministro
tiene la obligación de recordarle a los fieles la necesidad de acudir a la confesión individual en la primera
oportunidad que se tenga. Ejemplos de esto serían un estado de guerra, peligro de muerte ante una
catástrofe, en tierra de misiones, o en lugares con una escasez tremenda de sacerdotes. Si no existen
estas condiciones queda totalmente prohibido hacerlo. (CIC c. 961, 1; c. 962, 1).

Cuando una persona hace una confesión de todos los pecados cometidos durante toda la vida, o durante
un período de la vida, incluyendo los ya confesados con la intención de obtener una mayor contrición,
se le llama confesión general. Se le debe de advertir al confesor de que se trata de una confesión general.

Cuando una persona está en peligro de muerte - no pudiendo expresarse verbalmente por algún motivo
- se le otorga el perdón de los pecados de manera condicionada. Esto quiere decir que está condicionada
a las disposiciones que tenga el enfermo o que tuviese de estar consciente.

Como ya se mencionó, Cristo le dio el poder de


perdonar a los apóstoles, los obispos como sucesores
de ellos y los sacerdotes que colaboran con los
obispos son los ministros del sacramento (Cfr. CIC
965). Los obispos, quienes poseen en plenitud el
sacramento del Orden y tienen todos los poderes que
Cristo le dio a los apóstoles, delegan en los
presbíteros (sacerdotes) su misión ministerial, siendo
parte de este ministerio, la capacidad de poder
perdonar los pecados.
104 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

El sacerdote es muy importante, porque aunque es Jesucristo el que perdona los pecados, él es su
representante y posee la autoridad de Cristo. Debe de tener la facultad de perdonar los pecados, es
decir, por oficio y porque se le ha autorizado por la autoridad competente el hacerlo. No todos los
sacerdotes tienen la facultad de ejercerla, para poderla ejercer tiene que estar capacitado para emitir
un juicio sobre el pecador.

El lugar adecuado para administrar el sacramento es la iglesia (Cfr. 964). Siempre se trata de que se lleve
a cabo en un lugar sagrado, de ser posible.

Los confesores deben de tener la intención de Cristo, debe ser instrumento de la misericordia de Dios.
Para ello, es necesario que se prepare para ser capaz de resolver todo tipo de casos – comunes y
corrientes o difíciles y complicados - tener un conocimiento del comportamiento cristiano, de las cosas
humanas, demostrar respeto y delicadeza, haciendo uso de la prudencia. El amor a la verdad, la fidelidad
a la doctrina de la Iglesia son requisitos para el ministro de este sacramento. Los sacerdotes deben estar
disponibles a celebrar este sacramento cada vez que un cristiano lo solicite de una manera razonable y
lógica.

Al administrar el sacramento, los sacerdotes deben de enseñar sobre los actos del penitente, sobre los
deberes de estado y aclarar cualquier duda que el penitente tenga. También debe de motivar a una
conversión, a un cambio de vida. Debe de dar consejo sobre la manera de remediar cada situación.

En ocasiones el sacerdote puede rehusarse a otorgar la absolución. Esto puede suceder cuando está
consciente que no hay las debidas disposiciones por parte del sujeto. Puede ser que sea por falta de
arrepentimiento, o por no tener propósito de enmienda. También se da el caso de algunos pecados que
son tan graves que están sancionados con la excomunión, que es la pena eclesiástica más severa, que
impide recibir los sacramentos. La absolución de estos pecados, llamados “pecados reservados”, según
el Derecho Canónico, sólo puede ser otorgada por el Obispo del lugar o por sacerdotes autorizados por
él. En caso de peligro de muerte, todo sacerdote puede perdonar los pecados y de toda excomunión. Ej.:
quienes practican un aborto o participan de cualquier modo en su realización

En virtud de la delicadeza y el respeto debido a las personas, los sacerdotes no pueden hacer público lo
que han escuchado en la confesión. Quedan obligados a guardar absoluto silencio sobre los pecados
escuchados, ni pueden utilizar el conocimiento sobre la vida de la persona que han obtenido en el
sacramento. En ello no hay excepciones, quienes lo rompan son acreedores a penas muy severas. Este
sigilo es lo que comúnmente llamamos “secreto de confesión”.

El sujeto de la Reconciliación es toda persona que, habiendo cometido algún pecado grave o venial,
acuda a confesarse con las debidas disposiciones, y no tenga ningún impedimento para recibir la
absolución.

Las personas que viven en un estado de pecado habitual, como son los divorciados vueltos a casar, que
no dejan esta condición de vida, no pueden recibir la absolución. El motivo de ello es que viven en una
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 105

situación que contradice la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio. Pero la Iglesia no olvida en su
pastoral a estas personas, exhortándolos a participar en la vida de la Iglesia y que no se sientan
rechazados. Únicamente en el caso de estar arrepentidos de haber violado el vínculo de la alianza
sacramental del matrimonio y la fidelidad a Cristo y no puedan separarse – por tener hijos – teniendo el
firme propósito de vivir en plena continencia, se les puede otorgar la absolución. En esta situación se les
indica que para acercarse a la Eucaristía, lo deben hacer en un lugar donde no sean conocidos, pues
podría ser causa de “pecado de escándalo”, dado que la pareja y el confesor son los únicos que conocen
la situación.

La confesión es el medio ordinario que ha puesto Dios para perdonar los pecados cometidos después del
bautismo en el día a día. Es un medio maravilloso que renueva, santifica, forma conciencia y, sobre todo,
da mucha paz al alma.

Cuesta, o puede costar, porque a la confesión no vamos a decir hazañas, sino pecados y miserias. Y esto
nos cuesta a todos. Es curioso que algunos que ponen dificultades en decir los pecados al sacerdote
confesor los propagan entre sus amigos con risotadas y chistes, y con frecuencia exagerando
fanfarronamente. Lo que pasa es que esas cosas ante sus amigos son hazañas, pero ante el confesor son
pecados, y esto es humillante. Y lo que no tienen los amigos, el secreto, lo tiene el confesor: él no puede
contar ni un pecado tuyo a nadie. A esto se le llama el sigilo sacramental; ha habido sacerdotes que han
dado su vida antes que faltar a este secreto de la confesión.

PASOS PARA UNA BUENA CONFESIÓN


Son cinco los pasos necesarios para realizar una buena y fructífera confesión:

Examen De Conciencia
La confesión no tendrá efecto y fruto si entramos en la Iglesia y rápido nos confesamos, sin haber hecho
primero un buen examen de conciencia sereno, tranquilo, pausado, y si es por escrito mejor, para que
así no nos olvidemos ni un pecado.

El examen de conciencia consiste en recordar los pecados que hemos cometido y las causas o razones
por las cuales estamos cometiendo esas faltas.

Deberíamos, como buenos cristianos, hacer examen de conciencia todos los días en la noche, antes de
acostarnos. Así iríamos formando bien nuestra conciencia, haciéndola más sensible y recta, más pura y
delicada. Los grandes Santos nos han recomendado este medio del examen de conciencia diario. Para
hacerlo le pedimos al Espíritu Santo que nos ilumine y nos recuerde cuáles son los pecados nuestros que
106 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

más le están disgustando a Dios. Podemos entonces utilizar los diez mandamientos, las
bienaventuranzas, las obras de misericordia, etc.; como guías para examinar nuestro comportamiento.

Dolor De Los Pecados Y La Contrición Del Corazón


Debe dolerme interiormente haber cometido esos pecados, porque ofendí a Dios, mi Padre. Es lo que
llamamos dolor de los pecados o contrición del corazón.

No es tanto “me siento mal… no me ha gustado lo que he hecho… siento un peso encima…” ¡No! Este
dolor de contrición es otra cosa: “Estoy muy apenado porque ofendí a Dios, que es mi Padre, le puse
triste”. El Salmo 50 dice: “Un corazón arrepentido, Dios nunca lo desprecia”. Jesús cuenta, que un
publicano fue a orar, y arrodillado decía: “Misericordia, Señor, que soy un gran pecador” y a Dios le gustó
tanto esta oración de arrepentimiento que le perdonó (cfr Lucas 18).

Confesar Todos Los Pecados


Pío XII manifestó en un radiomensaje del Congreso Catequístico Nacional de los Estados Unidos, en
Boston (26 de octubre de 1946): “El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado”.

El tercer paso para hacer una buena confesión es confesar todos los pecados mortales y graves al
confesor. Es manifestar al confesor sin engaño, ni mentira los pecados cometidos, con intención de
recibir la absolución. Dice la Biblia: “No te avergüences de confesar tus pecados” (Eclesiástico 4,26)

Para que Dios perdone, por medio del confesor, es necesario decir los pecados. Los apóstoles, y sus
sucesores, los obispos y los colaboradores, los sacerdotes, para poder absolver, necesitan conocer lo que
perdonan, es decir, necesitan escuchar los pecados del penitente.

Nuestra confesión debe ser:


Sincera: no debo ocultar lo que en conciencia es grave.
Verdadera: sin ocultar o disimular lo que debo manifestar, ni dar vueltas,
tratando de justificarme.
Completa: todos los pecados graves, según su especie, número y
circunstancias que cambian la especie.
Sencilla y humilde: con pocas palabras y sin rodeos.
Omitir voluntariamente la confesión de pecados graves o circunstancias que
cambian la especie o callar voluntariamente algún pecado grave hace que la
confesión sea inválida y sacrílega. Estamos obligados a confesar los pecados
mortales, pero es bueno y provechoso confesar también los veniales, así iremos
fomentando mejor nuestra conciencia; así también el sacerdote nos podrá guiar
con toda seguridad y sabiduría hacia la santidad.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 107

Cuando uno olvida un pecado grave sin querer, obtiene el perdón de los pecados y puede comulgar, pero
en la próxima confesión debe confesarse de ese pecado que olvidó sin querer. Una norma muy útil:
cuando uno termina de decirle al sacerdote los pecados conviene añadir: “Pido perdón también de todos
los pecados que se me hayan olvidado”. Así queda el alma mucho más tranquila.

Propósito De Enmienda
El propósito de enmienda es una firme resolución de nunca más ofender a Dios. Y hay que hacerlo ya
antes de confesarse. Jesús le dijo a la pecadora: “Vete y no peques más” (Jn. 8,11). Esto es lo que se
propone el pecador al hacer el propósito de enmienda: “no quiero pecar más, con la ayuda de Dios”. Si
no hay verdadero propósito, la confesión es inválida. No significa que el pecador ya no volverá a pecar,
pero sí quiere decir que está resuelto a hacer lo que le sea posible para evitar sus pecados que tanto
ofenden a Dios.

Estos propósitos no deben ser solamente negativos: no hacer esto, no decir aquello… También hay que
hacer propósitos positivos: rezaré con más atención, seré más amable con todos, hablaré bien de los
demás, haré un pequeño sacrificio en la mesa o en el fútbol, callaré cuando esté con ira, etc.

Si volvemos a caer, nos levantamos con humildad. La conversión y renovación es progresiva, lenta. Por
eso es necesaria la confesión frecuente, no sólo cuando hemos caído, sino para no caer. Allí Dios nos
robustece la voluntad, no sólo para no caer, sino también para lograr las virtudes.

Si el propósito no se extiende también a poner todos los medios necesarios para evitar las ocasiones
próximas de pecar, la confesión no sería eficaz; mostraría una voluntad apegada al pecado, y, por lo
tanto, indigna de perdón.

Cumplir La Penitencia
Es rezar o hacer lo que el confesor me diga. Esta penitencia, ya sea una oración, una obra de caridad, un
sacrificio, un servicio, la aceptación de la cruz, una lectura bíblica, es para expiar, reparar el daño que
hemos hecho a Dios al pecar. Es expresión de nuestra voluntad de conversión cristiana.

El pecado, sobre todo si es grave, es ofensa grave a Dios. Mereceríamos las penas eternas del infierno.
Esta penitencia que nos da el sacerdote en parte desagravia la ofensa a Dios y expía las penas merecidas.
La confesión perdona las penas eternas, pero no perdona la pena temporal. La penitencia que se haga
va satisfaciendo, en parte, o disminuyendo la pena temporal debida por los pecados.
108 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

SACRAMENTOS DE SANACIÓN
UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

"Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los


presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a los enfermos al
Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso
los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo; y
contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios" (LG 11).

El sacramento de la Unción de los Enfermos “tiene como fin conferir la gracia especial al cristiano que
experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad y vejez”. (CIC 1527). En él se recibe una
gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades.

Este sacramento es un sacramento de “vivos”, por lo tanto, incrementa la gracia santificante en el


enfermo. Puede recibirse más de una vez, pues no imprime carácter.

La Santa Unción fue uno de los sacramentos instituidos por Cristo: Cuando Cristo invita a sus discípulos
a seguirle, implica tomar su cruz, haciéndoles partícipes de su vida, llena de humildad y de pobreza. Esto
los lleva a tomar una nueva visión sobre la enfermedad y el sufrimiento y los hace participar en su misión
de curación. En Marcos 6, 13 se nos insinúa como los apóstoles, mientras predicaban, exhortando a
hacer penitencia y expulsaban demonios, ungían a muchos enfermos con óleo.

Una vez resucitado, Cristo les dice: “que en Su nombre… impondrán las manos sobre los enfermos…” (Mc.
16, 17-18). Y queda confirmado con lo que la Iglesia realiza invocando el nombre de Jesucristo. (Hch. 9,
34; 14, 3).

El Concilio Vaticano II toma como la promulgación del sacramento, el texto de Santiago 5, 14-15, el cual
nos dice que si alguien está gravemente enfermo, llamen al sacerdote para que ore sobre él, lo unja con
óleo en nombre del Señor, y el Señor los salvará. En este texto nos queda claro, que debe ser una
enfermedad importante, que los debe de llevar a cabo un presbítero, y encontramos el signo sensible
compuesto de materia y forma.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 109

La unción de los enfermos se administra ungiendo al enfermo con óleo y diciendo las palabras prescritas
por la Liturgia. (Cfr. CIC. c. 998).

La materia es el óleo, que debe ser ungido en la frente y las manos para que este sacramento sea lícito,
pero si las circunstancias no lo permiten, solamente es necesaria una sola unción en la frente o en otra
parte del cuerpo para que sea válido.

La forma son las palabras que pronuncia el ministro: “Por esta Santa Unción, y por su bondadosa
misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda
la salvación y te conforte en tu enfermedad”.

La Unción tiene lugar en familia en la casa, en un hospital o en una iglesia. Es conveniente, de ser posible,
que vaya precedido del sacramento de la Reconciliación y seguido por el Sacramento de la Eucaristía.

La celebración es muy sencilla y comprende dos elementos, los mismos que menciona Santiago 5, 14: se
imponen en silencio las manos a los enfermos, se ora por todos los enfermos – la epíclesis propia de este
sacramento – luego la unción con el óleo bendecido.

Sólo los sacerdotes o los Obispos pueden ser los ministros de este sacramento. Esto queda claro en el
texto de Santiago, y los Concilios de Florencia y de Trento lo definieron así, interpretando dicho texto.
Únicamente ellos lo pueden aplicar, utilizando el óleo bendecido por el Obispo, o en caso de necesidad
por el mismo presbítero en el momento de administrarlo.

El Sujeto de la Unción de los Enfermos es cualquier fiel que habiendo llegado al uso de razón, comienza
a estar en peligro por enfermedad o vejez. (Cfr. CIC 1514).

Para poderlo recibir tienen que existir unas condiciones:

a. El Sujeto – como en todos los sacramentos - debe de estar bautizado, tener uso de razón, pues hasta
entonces es capaz de cometer pecados personales, razón por la cual no se le administra a niños
menores de siete años.
b. El Sujeto debe de tener la intención de recibirlo y manifestarla. Cuando enfermo ya no posee la
facultad para expresarlo, pero mientras estuvo en pleno uso de razón, lo manifestó aunque fuera de
manera implícita, sí se puede administrar. No se debe administrar en el caso de quien vive en un
estado de pecado grave habitual, o a quienes lo han rechazado explícitamente antes de perder la
110 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

conciencia. En caso de duda se administra “bajo condición”, su eficacia estará sujeta a las
disposiciones del sujeto.

Para administrarlo no hace falta que el peligro de muerte sea grave y seguro, lo que si es necesario es
que se deba a una enfermedad o vejez. En ocasiones es conveniente que se reciba antes de una
operación que implique un gran riesgo para la vida de una persona.

La Unción de los Enfermos es una preparación para el paso de esta vida a la gloria eterna y son muchos
los efectos y gracias que confiere al enfermo para prepararse para la entrada a la vida eterna. El enfermo
que confía en sus propias fuerzas, podría desesperarse, pero Cristo viene a él para reconfortarlo en estos
momentos.

Por la gracia de este sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse


de manera más íntima a la pasión de Cristo. El sufrimiento, fruto del pecado
original, obtiene un nuevo sentido, y se participa con él en la obra salvífica de
Jesús.

Por la gracia sacramental, es posible que el enfermo obtenga la curación, si es


conveniente, la salud corporal. La asistencia del Espíritu Santo tiene como
objeto conducir al enfermo hacia la curación del alma, pero si es la voluntad
de Dios, también puede recuperar la salud. (Cfr. CIC 1520). Por ello es
conveniente no esperar hasta el último momento para la administración
de este sacramento, los sacramentos no tienen como fin hacer milagros,
al dejar hasta el final este sacramento, se podría estar poniendo
obstáculos para su eficacia.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 111

SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD


ORDEN SACERDOTAL
"El que os escucha a vosotros me escucha a Mí; y el que os rechaza a
vosotros me rechaza a Mí..." (Lc. 10,16)

"Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la


tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor... Sin el Sacerdote, la
muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote
continúa la obra de la redención sobre la tierra... ¿De qué nos serviría
una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El
sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta;
es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes... El
sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros".
~ Santo Cura de Ars.

Es el sacramento por el cual unos hombres quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con
un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado
de cada uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza, las funciones de enseñar, gobernar y
santificar. (CIC. 1008)

El sacerdote actúa en nombre y con el poder de Jesucristo. Su consagración y misión son una
identificación especial con Jesucristo, a quien representan. El sacerdocio ministerial está al servicio del
sacerdocio común de los fieles.

Los sacerdotes ejercen los tres poderes de Cristo. Son los encargados de transmitir el mensaje del
Evangelio, y de esa manera ejercen el poder de enseñar. Su poder de gobernar lo ejercen dirigiendo,
orientando a los fieles a alcanzar la santidad. Así mismo son los encargados de administrar los medios de
salvación – los sacramentos – cumpliendo así la misión de santificar.

El Sacramento del Orden consta de diversos grados y por ello se llama orden. Se designa con la palabra
ordinatio al acto sacramental que incorpora al orden de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos,
que confiere un don del Espíritu Santo que les permite ejercer un poder sagrado que sólo viene de Cristo,
por medio de su Iglesia. La “ordenación” también es llamada consecratio, porque es un "poner a parte"
y un "investir" por Cristo mismo para su Iglesia. La imposición de manos del obispo, con la oración
consecratoria, constituye el signo visible de esta consagración.
112 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

El Concilio de Trento definió como dogma de fe que el Sacramento del Orden es uno de los siete
sacramentos instituidos por Cristo. Los protestantes niegan este sacramento, para ellos no hay diferencia
entre sacerdotes y laicos.

Por la Sagrada Escritura, podemos conocer como Jesús escogió de manera muy especial a los Doce
Apóstoles (Cfr. Mc. 3, 13-15; Jn. 15, 16). Y es a ellos a quienes les otorga Sus poderes de perdonar los
pecados, de administrar los demás sacramentos, de enseñar y de renovar, de manera incruenta, el
sacrificio de la Cruz hasta el final de los tiempos. Les concedió estos poderes con la finalidad de continuar
Su misión redentora y para ello, Cristo les dio el mandato de transmitirlos a otros. Desde un principio así
lo hicieron, imponiendo las manos a algunos elegidos, nombrando presbíteros y obispos en las diferentes
localidades para gobernar las iglesias locales.

El Jueves Santo, en lo que se conoce como la Cena del Señor, se conmemora la institución de este
Sacramento.

La Materia: El Papa Pío XII, después de una larga controversia, declaró que la materia de este
sacramento era la imposición de manos. (Cfr. Dz. 2301; CIC. c. 1009 &2). Como hemos visto, desde
un principio la práctica apostólica era la imposición de manos, el problema se suscitó al añadirse al
rito en los siglos X, XI, XII, la entrega de los instrumentos - cáliz, patena, Evangelios etc. – a la usanza
de las costumbres civiles romanas. Pero, en este sacramento, a diferencia de los otros, el efecto no
depende de lo que tenga el ministro, sino que se comunica una fuerza espiritual que viene de Dios.
De ahí que la fuerza de la materia está en el ministro y no en una cosa material. Pío XII aclaró - de
manera rotunda - que estos instrumentos no eran necesarios para la validez del sacramento.

La Forma es la oración consecratoria que los libros litúrgicos prescriben para cada grado. (CIC.
c. 1009 y 2). Ésta es diferente para cada grado del sacramento. Es decir, son diferentes para el
episcopado, para el presbiterado y para el diaconado.

La celebración del Sacramento del Orden, ya sea, para un obispo, para el presbiterado o para el
diaconado, tendrá lugar, de preferencia en domingo y en la catedral del lugar. El lugar propio para ello
es dentro de la Eucaristía.

El rito esencial del sacramento está constituido, para los tres grados, por la “imposición de las manos”
del Obispo sobre la cabeza del ordenado, así como una “oración consagratoria específica” en la que se
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 113

le pide a Dios “la efusión del Espíritu Santo y de sus dones apropiados a cada ministerio, para el cual el
candidato es ordenado”.

Como todo sacramento, existen ritos complementarios en la celebración. Así, al obispo y al presbítero
se les unge con el Santo Crisma, como signo de la unción especial del Espíritu Santo que se hace fecundo
en su ministerio. Al obispo se le entrega el libro de los Evangelios, el anillo, la mitra y el báculo. Al
presbítero se le entregan la patena y el cáliz, los Evangelios. Al diácono se le entrega el libro de los
Evangelios.

En las tres consagraciones, la unción significa la consagración de la persona en su totalidad a Cristo y a


la Iglesia.

Con este sacramento se reciben varios efectos de orden sobrenatural que le ayudan al cumplimiento de
su misión.

El carácter indeleble, que se recibe en este sacramento, es diferente al del Bautismo y el de la


Confirmación, pues constituye al sujeto como sacerdote para siempre. Lo lleva a su plenitud sacerdotal,
perfecciona el poder sacerdotal y lo capacita para poder ejercer con facilidad el poder sacerdotal.

Todo esto es posible porque el carácter configura a quien lo recibe con Cristo. Lo que hace que el
sacerdote se convierta en ministro autorizado de la palabra de Dios, y de ese modo ejercer la misión de
enseñar. Así mismo, se convierte en ministro de los sacramentos, en especial de la Eucaristía, donde este
ministerio encuentra su plenitud, su centro y su eficacia, y de este modo ejerce el poder de santificar.
Además, se convierte en ministro del pueblo, ejerciendo el poder de gobernar. Otro efecto de este
sacramento es la potestad espiritual.

Cristo eligió a doce apóstoles, entre sus numerosos discípulos, haciéndoles partícipes de su misión y de
su autoridad. Desde entonces hasta hoy es Cristo quien otorga a unos el ser Apóstoles y a otros ser
pastores.

Por lo tanto, el ministro del Sacramento del Orden es el Obispo, descendiente directo de los Apóstoles.
Los obispos válidamente ordenados, es decir que están en la línea de la sucesión apostólica, confieren
válidamente los tres grados del sacramento del orden. Así consta en los Concilios de Florencia y de
Trento.
114 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

“Dado que el sacramento del Orden es el sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los
obispos, en cuanto sucesores de los Apóstoles, transmitir el don espiritual; la semilla apostólica”. (CIC
1576).

Para que se administre válidamente, solamente se necesita que el obispo tenga la intención de hacerlo
y que cumpla con el rito externo de la ordenación. No importa la condición en que se encuentre el obispo.

En cuanto a la licitud de la ordenación, para ordenar a un obispo se requiere ser obispo y poseer una
constancia del mandato del Su Santidad, el Papa. En la ordenación de obispos, además del ministro, se
necesita que estén presentes otros dos obispos.

Para ordenar lícitamente a los presbíteros y los diáconos, el ministro es el propio Obispo o en su defecto,
cualquier otro Obispo autorizado por el Ordinario del lugar. Además debe de corroborar que el candidato
sea idóneo, de acuerdo a las normas del derecho. Cuando la ordenación es realizada por un Obispo que
no es el propio, debe de cerciorarse mediante Cartas Testimoniales. Además el ministro debe de estar
en estado de gracia.

Para poder recibir válidamente este sacramento, el sujeto es “todo varón bautizado”. (Cfr. CIC c. 1024).
El sujeto debe de tener la intención de recibirlo y haberla manifestado.

En la actualidad, existe una corriente muy fuerte que propugna por la ordenación al sacerdocio de las
mujeres. La Iglesia siempre ha enseñado que Jesucristo escogió a hombres para continuar su misión
redentora. Todos los Apóstoles eran varones. La Iglesia no tiene ningún poder para cambiar la esencia
de los sacramentos que Cristo estableció. En 1994, el Papa, Juan Pablo II, en su Carta
Apostólica sobre la Ordenación Sacerdotal reservada sólo a los hombres nos dice: “Con
el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la
misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la
fe a mis hermanos (cfr. Lucas 22, 32), declaró que la Iglesia no tiene modo alguno
la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen
debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”. Con esto
queda definitivamente aclarada la cuestión.

Por otro lado, si el sacerdote tiene que representar a Cristo, tiene que tener una
cierta semejanza natural con Él para poder celebrar la Santa Misa y la Eucaristía.
Cristo es hombre.

Quienes por este motivo dicen que la Iglesia rebaja la dignidad de la mujer, están
equivocados, el ejemplo lo tenemos en la Santísima Virgen María. Para la Iglesia el
hombre y la mujer tienen la misma dignidad.
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 115

SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD


MATRIMONIO
Desde el principio de la creación, cuando Dios crea a la primera pareja,
la unión entre ambos se convierte en una institución natural.

"La íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador


y provista de leyes propias, se establece sobre la alianza del
matrimonio... un vínculo sagrado... no depende del arbitrio humano. El
mismo Dios es el autor del matrimonio" (GS 48,1).

El matrimonio para los bautizados es un sacramento que va unido al amor de Cristo su Iglesia, lo que lo
rige es el modelo del amor que Jesucristo le tiene a su Iglesia (Cfr. Ef. 5, 25-32). Sólo hay verdadero
matrimonio entre bautizados cuando se contrae el sacramento.

El matrimonio se define como la alianza por la cual, - el hombre y la mujer - se unen libremente para
toda la vida con el fin de ayudarse mutuamente, procrear y educar a los hijos. Esta unión - basada en el
amor – que implica un consentimiento interior y exterior, estando bendecida por Dios, al ser sacramental
hace que el vínculo conyugal sea para toda la vida. Nadie puede romper este vínculo. (Cfr. CIC can. 1055).

En lo que se refiere a su esencia, los teólogos hacen distinción entre el casarse y el estar casado. El
casarse es el contrato matrimonial y el estar casado es el vínculo matrimonial indisoluble.

El matrimonio posee todos los elementos de un contrato. Los contrayentes son el hombre y la mujer. El
objeto es la donación recíproca de los cuerpos para llevar una vida marital. El consentimiento es lo que
ambos contrayentes expresan.

El matrimonio está al servicio de la vida. El amor que lleva a un hombre y a una mujer a casarse es un
reflejo del amor de Dios y debe de ser fecundo (Cfr. Gaudium et Spes, n. 50). Los esposos han de estar
listos y preparados para tener hijos, para amarlos y educarlos.

Dios instituyó el matrimonio desde un principio. Cristo lo elevó a la dignidad de sacramento a esta
institución natural deseada por el Creador. No se conoce el momento preciso en que lo eleva a la
dignidad de sacramento, pero se refería a él en su predicación. Jesucristo explica a sus discípulos el origen
116 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

divino del matrimonio. “¿No habéis leído, como Él que creó al hombre al principio, lo hizo varón y mujer
Y dijo: por ello dejará a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne?”. (Mt. 19, 4-5).

Cristo en el inicio de su vida pública realiza su primer milagro – a petición de su Madre – en las Bodas de
Caná. (Cfr. Jn. 2, 1-11). Esta presencia de Él en un matrimonio es muy significativa para la Iglesia, pues
significa el signo de que la presencia de Cristo será eficaz en el matrimonio. Durante su predicación
enseñó el sentido original de esta institución. “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”. (Mt. 19, 6).
Para un cristiano la unión entre el matrimonio – como institución natural – y el sacramento es total. Por
lo tanto, las leyes que rigen al matrimonio no pueden ser cambiadas arbitrariamente por los hombres.

Podemos decir que el matrimonio es verdadero sacramento porque en él se encuentran los elementos
necesarios. Es decir, el signo sensible, que en este caso es el contrato, la gracia santificante y
sacramental, por último que fue instituido por Cristo.

La Iglesia es la única que puede juzgar y determinar sobre todo lo referente al matrimonio. Esto se debe
a que es justamente un sacramento de lo que estamos hablando. La autoridad civil sólo puede actuar en
los aspectos meramente civiles del matrimonio (Cfr. Nos. 1059 y 1672).

El signo externo de este sacramento es el contrato matrimonial, que a la vez conforman la materia y la
forma.

La Materia Remota: son los mismos contrayentes.

La Materia Próxima: es la donación recíproca de los esposos, se donan toda la persona, todo su ser.

La Forma: es el "Sí" que significa la aceptación recíproca de ese don personal y total.

A diferencia de los otros sacramentos, donde el ministro es – normalmente – el Obispo o el sacerdote,


en este sacramento los ministros son los propios cónyuges. Ellos lo confieren y lo reciben al mismo
tiempo (Cfr. CIC nos.1623).

La presencia del Obispo, o sacerdote o representante de la Iglesia se requiere como testigo para que el
matrimonio sea válido. (Cfr. CIC 1108). En casos muy especiales se puede celebrar el matrimonio con la
sola presencia de los testigos laicos, siempre y cuando estén autorizados. (Cfr. CIC 1110 - 1112).

El Sujeto puede ser todos los bautizados, ya sean católicos o de otra confesión cristiana: Ejemplo: un
luterano, un ortodoxo, un anglicano, pero no con un Testigo de Jehová o Mormón. En el caso de que sea
un matrimonio de un católico con un bautizado en otra religión cristiana, se deberá de pedir una dispensa
¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE! 117

eclesiástica. (Cfr. CIC 1124-1129). En el caso de disparidad de culto, es decir, desear casarse con una
persona no bautizada, se puede pedir una dispensa, siempre y cuando se cumplan las condiciones
mencionadas en el Código de Derecho Canónico n° 1125 y 1126. (CIC 1086 y 1- 2).

El matrimonio entre dos fieles católicos se celebra – normalmente – dentro de la Santa Misa. En la
Eucaristía se realiza el memorial de la Nueva Alianza, en la que Cristo se unió a su esposa, la Iglesia, por
la cual se entregó. Por ello, la Iglesia considera conveniente que los cónyuges sellen su consentimiento -
de darse el uno al otro - con la ofrenda de sus propias vidas. De esta manera unen su ofrenda a la de
Cristo por su Iglesia. La liturgia ora y bendice a la nueva pareja, en el culmen (epíclesis) de este
sacramento los esposos reciben el Espíritu Santo. (Cfr. CIC c. 1621 –1624).

Para ello la Iglesia pide una serie de requisitos previos que hay que cumplir. Como son constatar que no
exista un vínculo anterior (Cfr. CIC. c. 1066), la instrucción sobre lo que conlleva el sacramento y las
amonestaciones o proclamas matrimoniales con el fin de corroborar que no existe ningún impedimento.
Debe de celebrarse ante un sacerdote, un diácono, o en un caso especialísimo de un laico autorizado y
dos testigos. (Cfr. CIC. n. 1111 – 1112).

El amor conyugal involucra una entrega total de dos personas que se aman y están dispuestas a dar todo
por el otro. "Es una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce
a no tener más que un corazón y un alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad de la donación recíproca
definitiva; y se abre a fecundidad. En una palabra: se trata de características normales de todo amor
conyugal natural, pero con un significado nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino las eleva hasta
el punto de hacer de ellas la expresión de valores propiamente cristianos" (FC 13). (CIC 1643)

UNIDAD E INDISOLUBILIDAD DEL MATRIMONIO


El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de
personas que abarca la vida entera de los esposos: "De manera que ya no son dos sino una sola carne"
(Mt. 19,6; Cf. Gn. 2,24). "Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad
cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total" (FC 19). Esta comunión humana es
confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del
matrimonio. Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común. (CIC 1644)
118 ¡ATRÉVETE A IR CONTRACORRIENTE!

LA FIDELIDAD DEL AMOR CONYUGAL


El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza, una fidelidad inviolable. Esto es
consecuencia del don de sí mismos que se hacen mutuamente los esposos. El auténtico amor tiende por
sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero.

Su motivo más profundo consiste en la fidelidad de Dios a su Alianza, de Cristo a su Iglesia. Por el
sacramento del matrimonio los esposos son capacitados para representar y testimoniar esta fidelidad.
Por el sacramento, la indisolubilidad del matrimonio adquiere un sentido nuevo y más profundo.

Puede parecer difícil, incluso imposible, atarse para toda la vida a un ser humano. Por ello es tanto más
importante anunciar la buena nueva de que Dios nos ama con un amor definitivo e irrevocable, de que
los esposos participan de este amor, que les conforta y mantiene, y de que por su fidelidad se convierten
en testigos del amor fiel de Dios. Los esposos que, con la gracia de Dios, dan este testimonio, con
frecuencia en condiciones muy difíciles, merecen la gratitud y el apoyo de la comunidad eclesial (Cf. FC
20).

LA APERTURA A LA FECUNDIDAD
"Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor
conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y
con ellas son coronados como su culminación" (GS 48,1): Los hijos son el
don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de los
padres. Dios quiso que el hombre participara de manera especial en su
Creación, bendiciendo al varón y a la mujer diciendo: "Sed fecundos y
multiplicaos..." (Gn. 1,28)

La fecundidad del amor conyugal se extiende a los frutos de la vida moral,


espiritual y sobrenatural que los padres transmiten a sus hijos por medio de la
educación. Los padres son los principales y primeros educadores de sus hijos (Cf.
GE 3). En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es
estar al servicio de la vida (Cf. FC 28).

Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar
una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio
puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.

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