Introducción al Antiguo Testamento
Introducción al Antiguo Testamento
TEOLOGICA MINISTERIAL
MATERIA INTRODUCCION AL
ANTIGUO TESTAMENTO
BERAZATEGUI
BUENOS AIRES
ARGENTINA
NUESTRA MISION
Mateo 28:19
Afectivos
Psicomotores
Usar la Biblia sin prejuicios, en forma práctica y haciendo buen uso de las reglas de
la Homiletica bíblica.
e. Las tareas entregadas tarde pierden 30 puntos y tiene máximo 8 días para
entregarla
TOTAL 100%
El período de los Principios
Los interrogantes acerca del origen de la vida y de las cosas han tenido
siempre un lugar en el pensamiento humano. Los descubrimientos del pasado, tales
como el de los Rollos del mar Muerto, no solo son un reto para el estudioso, sino
que también fascina al laico.
El Antiguo Testamento provee una respuesta a la interrogación del hombre
por lo que respecta al pasado. Los primeros once capítulos del Génesis exponen los
hechos esenciales respecto a la Creación de este Universo y del hombre. En el
registro escrito del proceder de Dios con el hombre, estos capítulos penetran en el
pasado más allá de lo que ha sido establecido o corroborado definitivamente por la
investigación histórica. Con razonable seguridad, sin embargo, el evangélico acepta
inequívocamente esta parte de la Biblia como el "primero" (y el único auténtico)
relato de la Creación del Universo por Dios.
Los capítulos iniciales del canon son fundamentales para toda la revelación
expuesta en el Antiguo y Nuevo Testamento. En toda la Biblia hay referencias a la
creación y temprana historia de la humanidad tal como se expone en estos
capítulos introductorios.
¿Cómo deberemos interpretar esta narración del principio del hombre y su
mundo? ¿Es mitología, alegoría, una combinación contradictoria de documentos, o
la idea de un solo hombre acerca del origen de las cosas? Otros escritores bíblicos la
reconocen como una narración progresiva de la actividad de Dios al crear la tierra,
los cielos y el hombre. Pero el lector moderno debe guardarse de leer más allá de la
narración, interpretándola en términos científicos, o asumiendo que es un almacén
de información sobre ciencias recientemente desarrolladas. Al interpretar esta
sección de la Biblia —o cualquier otro texto a tal objeto— es importante aceptarla
en sus propios términos. Sin duda alguna, el autor hizo uso normal de símbolos,
alegorías, figuras del lenguaje, poesía y otros recursos literarios. Para él, al parecer,
constituyó un registro sensible y unificado del principio de todas las cosas, tal como
le habían sido dadas a conocer por Dios mediante medios humanos y divinos.
El tiempo comprendido por este período de los principios no se indica en
ningún lugar de las Escrituras. En tanto el punto terminal —el tiempo de
Abraham— se relaciona con la primera mitad del segundo milenio, los demás
acontecimientos de esta era no pueden ser fechados con exactitud. Intentos de
interpretar las referencias genealógicas como una cronología completa y exacta, no
parecen razonables a la luz de la historia secular. Aunque la narrativa sigue, en
general, un orden cronológico, el autor del Génesis no sugiere en forma alguna una
fecha para la creación.
Tampoco nos son conocidos los detalles geográficos de este período. Es
improbable que lleguen a ser identificadas las situaciones del Edén y algunos de los
ríos y naciones mencionados. No se señalan los cambios geográficos habidos con la
expulsión del hombre del Edén y con el diablo. Al parecer, están más allá de los
límites de la investigación humana.
Al leer los once capítulos del Antiguo Testamento, pueden suscitarse
cuestiones que la narrativa deja sin contestación. Estos interrogantes merecen un
estudio más extenso. De mayor importancia, sin embargo, es la consideración de lo
que se afirma; porque este material provee el fundamento y fondo para una mayor
y más completa revelación de Dios, como se manifiesta de forma progresiva en
capítulos subsiguientes.
El relato de la Creación —1:1- 2:25
"En el principio" introduce el desarrollo en la preparación ¿el Universo y la
creación del hombre. Si este tiempo sin fecha se refiere a la creación original o al
acto inicial de Dios en la preparación del mundo para que el hombre, es cuestión
de interpretación. En cualquier caso, el narrador empieza con Dios como creador,
en este breve párrafo introductorio (1:1-2) en relación con la existencia del hombre
y el Universo.
Orden y progreso marcan la era de la creación y organización (1:3-2:3). En el
período designado como de seis días prevaleció el orden en el Universo relativo a
la tierra. En el primer día fueron ordenadas la luz y las tinieblas para proporcionar
períodos de día y de noche. En el segundo día fue separado el firmamento para ser
la expansión de la atmósfera terrestre. Sigue en el orden, la separación de la tierra y
el agua, así la vegetación apareció a su debido tiempo. El cuarto día empezaron a
funcionar las luminarias en el cielo en sus respectivos lugares, para determinar las
estaciones, años y días para la tierra. El quinto día trajo a la existencia criaturas
vivas para poblar las aguas de abajo y el cielo arriba. Culminante en esta serie de
acontecimientos creativos fue el día sexto. Fueron ordenados los animales terrestres
y el hombre para la ocupación de la tierra. El último día fue distinguido de los
primeros confiándosele la responsabilidad de tener dominio sobre toda la vida
animal. La vegetación fue la provisión de Dios para su mantenimiento. En el
séptimo día terminó Dios sus actos creativos y lo santificó: como período de
descanso.
El hombre es inmediatamente distinguido como lo más importante de toda la
creación de Dios (2:4b-25). Creado a imagen de Dios, el hombre se convierte en el
punto central de su interés al continuar el relato. Aquí se dan más detalles de su
creación: Dios lo formó del polvo de la tierra y sopló en él el aliento de vida,
haciéndolo un ser viviente. Al hombre, no solo se le confió la responsabilidad de
cuidar de los animales, sino que también se le encargó que les pusieran nombre. La
distinción entre el hombre y los animales se hace más evidente por el hecho de que
no encontró compañía satisfactoria, hasta que Dios creó a Eva como su ayuda
idónea. Como habitación del hombre, Dios preparó un jardín en el Edén.
Encargado del cuidado de este jardín, al hombre le fue confiado el disfrute
completo de todas las cosas que Dios había previsto abundantemente. Había
únicamente una restricción: el hombre no debía comer del árbol del conocimiento
del bien y del mal.
La caída del hombre y sus consecuencias —3:1 - 6:10
El punto más crucial en la relación del hombre con Dios, es el cambio drástico que
se precipitó por desobediencia del primero (3:1-24). Como el más trágico desarrollo
en la historia de la raza humana, constituye un tema recurrente en la Biblia.
Enfrentada con una serpiente que hablaba, Eva comenzó a dudar de la
prohibición de Dios y deliberadamente desobedeció. A su vez, Adán cedió a la
persuasión de Eva. Inmediatamente se hallaron conscientes de su decepción y del
engaño producido por la serpiente y de su desobediencia a Dios. Con hojas de
higuera, intentaron recubrir sus vergüenzas. Cara a cara con el Señor Creador, todas
las partes implicadas en esta trasgresión fueron juzgadas solemnemente. La serpiente
fue maldita por encima de todos los animales (3:14). La enemistad sería puesta
como relación perpetua entre la semilla de la serpiente, que representaba más que
el reptil presente y la semilla de la mujer. Respecto a Adán y a Eva el juicio de Dios,
tiene un carácter de misericordia, al asegurar la definitiva victoria para el hombre a
través de la semilla de la mujer (3:15). Pero la mujer fue condenada al sufrimiento
de criar sus hijos y el hombre sujeto a una tierra maldita. Dios proveyó pieles para
su vestido, que implicaba el matar animales como consecuencia de ser hombre
pecador. Conscientes del conocimiento del bien y del mal, Adán y Eva fueron
inmediatamente expulsados del huerto del Edén, por miedo a que compartieran el
árbol de la vida y así vivir para siempre. Perdido el habitat de la eterna felicidad, el
hombre se encaró con las consecuencias de la maldición, con la sola promesa de un
eventual consuelo a través de la simiente de la mujer, que mitigaría su destino.
De los hijos nacidos a Adán y a Eva, solo tres se mencionan por su nombre.
Las experiencias de Caín y Abel revelan la condición del hombre en su nuevo
estado cambiado. Ambos adoraban a Dios llevándole ofrendas. Mientras que el
sacrificio de un animal de Abel era admitido, la ofrenda de vegetales de Caín era
rechazada. Irritado por aquello, Caín mató a su hermano. Puesto que había sido
advertido por Dios, Caín adoptó una actitud de deliberada desobediencia,
convirtiéndose así en el primer asesino de la humanidad. No es irrazonable obtener
la conclusión de que esta misma actitud prevaleció cuando llevó su ofrenda, que
Dios había rechazado.
La civilización de Caín y sus descendientes está reflejada en una genealogía
que sin duda alguna representa un muy largo período de tiempo (4:17-24). El
propio Caín fundó una ciudad. Una sociedad urbana en la antigüedad, por
supuesto, implicaba el crecimiento de rebaños y manadas de animales. Las artes se
desarrollaron con la invención y producción de instrumentos musicales. Con el uso
del hierro y el bronce Üegó la ciencia de la metalurgia. Esta avanzada cultura dio
aparentemente al pueblo un falso sentido de seguridad. Esto se refleja en una
actitud de despreocupación y fanfarronería ostentada por Lamec, el primer
polígamo. Tuvo el orgullo de utilizar armas superiores para destruir la vida.
Característicamente ausente, por contraste, estuvo cualquier reconocimiento de
Dios por la progenie de Caín.
Después de la muerte de Abel y su pérdida y de la decepción respecto a Caín
como asesino, los primeros padres tuvieron una nueva esperanza con el nacimiento
de Set (4:25). Fue en los días del hijo de Set, Enós, que los hombres comenzaron a
volverse hacia Dios. Con el paso de numerosas generaciones y muchos siglos, otro
signo de acercamiento a Dios fue ejemplificado en Enoc. Esta notable figura no
experimentó la muerte; su vida de piedad filial con Dios terminó con su asunción.
Con el nacimiento de Noé, la esperanza revivió una vez más. Lamec, un
descendiente de Set, anticipó que a través de su hijo, el género humano sería
consolado de la maldición y relevado de ella por la cual había sufrido desde la
expulsión del hombre del Jardín del Edén.
En los días de Noé, el creciente ateísmo de la civilización alcanzó una
verdadera crisis. Dios, que había creado al hombre y su habitat, estaba
decepcionado con su prevaleciente cultura. Los matrimonios entre los hijos de Dios
y las hijas de los hombres le habían disgustado. La corrupción, los vicios y la
violencia se incrementaron hasta el extremo de que todos los planes y acciones de
los hombres estaban caracterizados por el mal. La actitud de lamentación de Dios
en haber creado el género humano resultaba aparente en el plan de retirar su
espíritu del hombre. Un período de ciento veinte años de aviso precedió el juicio
que pendía sobre la raza humana. Solo Noé encontró favor a los ojos de Dios.
Justiciero y sin tacha, se mantuvo en una aceptable relación con el Dios Creador.
El diluvio: El juicio de Dios sobre el hombre —6:11 - 8:19
Noé era un hombre obediente. Cuando se le ordenó que construyese el arca, él
siguió las instrucciones (6:11-22). Las medidas del arca todavía representan las
proporciones básicas utilizadas en la construcción de embarcaciones. No estando
diseñada para navegar a velocidad, el arca fue construida para albergar y acomodar
en ella todas las formas de vida que tuvieran que ser conservadas durante la crisis
del juicio del mundo. Se proveyó amplio lugar para albergar a Noé, su esposa y sus
tres hijos y sus esposas, una representación de cada animal básico y ave y alimento
para todos ellos.
Durante aproximadamente un año, Noé quedó confinado en el arca,
mientras que el mundo estaba sujeto al juicio divino. El propósito de Dios de
destruir la pecadora raza humana se cumplió. Tanto si el diluvio fue local o a escala
mundial resulta de importancia secundaria, por el hecho de que el diluvio se
extendió lo bastante para incluir a toda la raza humana. Lluvias incesantes y aguas
procedentes de fuentes subterráneas elevaron, el nivel de las aguas por encima de
los picos de las más altas montañas. A su debido tiempo, el agua fue cediendo. El
arca acabó descansando sobre el monte Ararat. Una vez que el hombre abandonase
el arca se enfrentó con una nueva oportunidad en un mundo renovado.
E1 nuevo principio del hombre —8:20 - 11:32
La civilización tras el diluvio comenzó con ofrecimientos sacrifícales. En
respuesta, Dios hizo un convenio con Noé y sus descendientes. Jamás el mundo
volvería a ser destruido con un nuevo diluvio. El arco iris en el cielo se convirtió en
el signo perpetuo de la alianza eterna de Dios con el hombre. Bendiciendo a Noé,
Dios le comisionó para poblar y adueñarse de toda la tierra. Los animales,
debidamente sacrificados, al igual que la vegetación, quedaron como fuentes de
alimento viviente. El hombre, sin embargo, quedaba estrictamente a disposición de
Dios, a cuya imagen había sido creado, para evitar el derramamiento de su sangre.
Volviendo hacia un propósito agrario, Noé plantó una viña. Su indulgencia
con la ingestión del vino resultante, dio como resultado que Cam y probablemente
su hijo Canaán le faltasen al respeto que le debían. Este incidente dio ocasión a los
pronunciamientos paternales de maldición y bendiciones hechos por Noé (9:20-
28). El veredicto de Noé fue profético en su alcance. Anticipó la pecaminosa actitud
de Cam reflejada en la línea de Canaán, uno de los cuatro hijos de Cam. Siglos más
tarde, los impíos cananeos fueron objeto de severo juicio con la ocupación de sus
tierras por los israelitas. Sem y Jafet, los otros hijos de Noé, recibieron las
bendiciones de su padre.
Siendo una racial y lingüísticamente, la raza humana permaneció en un lugar
por un período indefinido (11:1-9). Sobre la llanura de Sinar, emprendió el proyecto
de construir un tremendo edificio. La construcción de la Torre de Babel
representaba el orgullo en los logros humanos al igual que un desafío del mandato
de Dios para poblar toda la tierra. Dios, que continuamente había tomado interés
en el hombre constantemente, desde su creación, no podía ignorarlo entonces.
Aparentemente la torre no fue destruida, pero Dios terminó con el intento por la
confusión de las lenguas. Esto dio como resultado de la dispersión de la raza
humana.
La distribución geográfica de los descendientes de Noé, se da en un breve
sumario (10:1-32). Esta genealogía, que representa una larga era, sugiere áreas hacia
las cuales emigraron las diversas familias. Jafet y sus hijos se situaron en las
proximidades de los mares Negro y Caspio, extendiéndose hacia el oeste en
dirección a España (10:2-5). Muy verosímilmente los griegos, los pueblos indo-
germánicos y otros grupos emparentados entre sí, descienden de Jafet.
Los tres hijos de Cam descendieron hacia África (10:6-14). Subsiguientemente,
se expandieron hacia el norte y hacia las tierras de Sinar y Asiría, construyendo
ciudades tales como Nínive, Calah, Babel, Acad y otras. Canaán, el cuarto hijo de
Cam, se estableció a lo largo del Mediterráneo, extendiéndose desde Sidón a Gaza
y hacia el este. Aunque camitas de origen racial, los cananeos utilizaban una lengua
muy emparentada de cerca con la de los semitas.
Cam y sus descendientes ocuparon el área norte del Golfo Pérsico (10: 21-31).
Elam, Asur, Aram, y otros nombres de ciudades estaban asociados con los semitas.
Después de 2000 años a. C. tales ciudades como Mari y Nahor se hicieron centros
sobresalientes de cultura de los semitas.
Para concluir el período de los principios, el fin de los desarrollos se reduce
hacia los semitas (11:10-32). Por medio de una estructura genealógica que utiliza
diez generaciones, el registro finalmente se enfoca sobre Taré, que emigró desde Ur
a Harán. El climax es la presentación de Abram, más tarde conocido por Abraham
(Gen. 17:5) que encarna el comienzo de una nación elegida, la nación de Israel, que
ocupa el centro de interés en todo el resto del Antiguo Testamento.
La edad patriarcal
El mundo de los patriarcas ha sido el punto focal del intensivo estudio de las
recientes décadas. Nuevos descubrimientos han iluminado las narraciones bíblicas,
al suministrar un extenso conocimiento de las culturas contemporáneas del Próximo
Oriente.
Geográficamente, el mundo de los patriarcas está identificado como el del
Creciente Fértil. Extendiéndose hacia el norte desde el Golfo Pérsico, a lo largo de
las corrientes del Tigris y el Eufrates y sus cuencas y después hacia el sudoeste a
través de Canaán hacia el fértil Nilo y su valle, esta zona fue la cuna de las
civilizaciones prehistóricas. Cuando los patriarcas surgen en escena en el segundo
milenio a. de C, las culturas de Mesopotamia y Egipto, ya ostentaban de un pasado
milenario. Con Canaán como el centro geográfico de los comienzos de una nación,
el relato del Génesis está interrelacionado con el ambiente de dos tempranas
civilizaciones que comienzan con Abraham en Mesopotamia y terminando con José
en Egipto (Gen. 12-50).
El mundo de los patriarcas
Los comienzos de la historia coinciden con el desarrollo de la escritura en,
Egipto y en Mesopotamia (ca. 3500-3000 a. C). Los descubrimientos arqueológicos
nos han proporcionado una perspectiva que atañe a las culturas que prevalecieron
durante el tercer milenio a. C. El período 4000-3000 a. C., o la llamada Edad
Calcolítica, está usualmente considerada como civilización precinta que descansa
poco en materiales escritos. Las ciudades estratificadas de tales tiempos indican la
existencia de una sociedad organizada. Consecuentemente, el cuarto milenio a. C.,
que revela la primera creación de grandes edificios, establece los límites de la
historia en términos aceptables para el historiador. Lo que se conoce de las
civilizaciones precedentes, es denominado, con frecuencia, como prehistórico.
EL MUNDO DE LOS PATRIARCAS
Mesopotamia
Los súmenos, un pueblo no semita, controlaba la zona más baja del Eufrates,
o Sumer, durante el período de la Primitiva Dinastía, 2800-2400 a. C. Estos
sumerios nos proporcionarían la primera literatura de Asia, ya que el mundo
cuneiforme sumerio se convirtió en la lengua clásica y floreció en la escritura de las
culturas de la totalidad de Babilonia y Asiría, hasta aproximadamente el primer
siglo a. C. si bien fue hablada de forma discontinuada hasta aproximadamente 1800
a. C. El origen de la escritura sumeria permanece todavía sumido en la oscuridad.
Pudo muy bien haber sido tomada en préstamo de un pueblo anterior, más
primitivo, aunque letrado, con respecto al cual, desafortunadamente, no se dispone
de textos inteligibles.
La avanzada cultura sumeria de la Primera Dinastía de Ur, la última fase del
período de la Primitiva Dinastía, ha sido desenterrada en un cementerio excavado
por C. Leonard Woolley. Los ataúdes de madera de las gentes comunes, en donde
se encontraron alimentos, bebidas, armas, utensilios, collares, objetos de adorno en
cajitas y brazaletes, sugiere la idea de que aquellas gentes, ya anticipaban una vida
después de la muerte. Las tumbas reales contenían una amplia provisión de objetos
para la ultratumba, incluyendo instrumentos musicales, joyas, ropas, vehículos e
incluso sirvientes, que aparentemente bebieron sin violencia de la droga que se les
suministró al efecto, quedando sumidos en el último sueño. En la tumba del Rey
Abargi se encontraron sesenta y cinco víctimas. Evidentemente, era considerado
esencialmente religioso el sacrificar seres humanos en el enterramiento de las
personas sagradas, tales como reyes y reinas, esperando, en consecuencia, el
asegurarse la servidumbre en el más allá.
En el campo de la metalurgia, al igual que en las obras artesanas de los
joyeros y cortadores de piedras preciosas, los sumerios no tuvieron rival en la
antigüedad. Informes comerciales preservadas en las tablas de arcilla, revelan un
detallado análisis de su vida económica. Un panel de madera (56x26 cms.) en una
de las tumbas, representan escenas tanto de la guerra como de la paz. Los carros
guerreros ya estaban en uso para los lanzadores de la jabalina durante el combate.
La falange, que tan efectivamente fue utilizada por Alejandro Magno, muchas
centurias más tarde, ya era conocida por los sumerios. Los principios básicos para la
construcción, utilizados por los arquitectos modernos, también les resultaban
familiares. Con éxito en los cultivos agrícolas y prósperos en el comercio general, la
civilización sumeria alcanzó un avanzado estadio de cultura (2400 a. C.) e
indudablemente fue desarrollado a lo largo de un período de varios siglos. Su
último gran rey, Lugalzaggisi, extendió el poder sumerio lejos hacia el oeste y
alcanzó el Mediterráneo.
Mientras tanto, un pueblo semítico, conocido como el acadio, fundó la
ciudad de Acad al norte de Ur sobre el Eufrates. Comenzando con Sargon, esta
dinastía semítica, sobrepasó a la sumeria y de esta forma mantuvieron la supremacía
por casi dos siglos. Tras haber derrocado a Lugal-zaggisi, Sargon nombró a su
propia hija como gran sacerdotisa de Ur en reconocimiento de la diosa-luna
Nannar. Así extendió su dominio por toda Babilonia, de tal forma que Finegan
habla de él como el "más poderoso monarca" que jamás hubiese gobernado la
Mesopotamia.
Su dominio se extendió hasta el Asia Menor.
Que los acadios no tuviesen ninguna hostilidad cultural, parece estar reflejado
en el hecho de que adoptaron la cultura de los sumerios. Su escritura fue adoptada
por la lengua semítica babilónica. Tablillas descubiertas en Gasur, que más tarde fue
conocida como Nuzu en tiempo de los humanos, los horcos bíblicos, indican que
este antiguo período acadio fue un tiempo de prosperidad, en el cual el plan de
instalación fue utilizado comercialmente por toda la extensión del imperio. Un
mapa de arcilla, entre lo extraído de las excavaciones, es el mapa más antiguo
conocido por el hombre.
Bajo la égida de Naram-Sin, el nieto de Sargon, el poder acadio alcanzó su
punto culminante. Su estela de victorias puede admirarse en el Louvre de Paris.
Contiene el testimonio de sus triunfales campañas en las Montañas Zagros. La
supremacía de su gran reino semítico, declinó bajo los gobernantes que le
sucedieron.
La invasión gutiana procedente del norte (ca. 2080 a. C.), terminó con el
poder de la dinastía acadia. Aunque se conoce poco de estos invasores caucásicos,
estos ocuparon Babilonia por casi un siglo. Un gobernante en Erech en Sumer,
acabó con el poder de los gutianos y preparó el camino para un resurgimiento de la
cultura sumeria, que llegó a su máximo esplendor bajo la Tercera Dinastía de Ur. El
fundador de la dinastía, Ur Nammu, erigió un gran ziggurat en Ur. Ladrillo tras
ladrillo, excavados de esta gran estructura (61 por 46 mts. en la base y alcanzando
una altura de 24 mts.), tienen escrito el nombre del Rey Ur-Nammu con el título de
"Rey de Sumer y Acad". Aquí, Nannar, el dios-luna y su consorte Nin-Gal, la diosa
luna, fueron adorados durante la edad dorada de Ur.
Tras un siglo de supremacía, esta dinastía neo-sumeria quedó colapsada y la
tierra de Sumer revirtió al viejo sistema de las ciudades-estados. Esto permitió a los
amoreos, o semitas occidentales, que se habían ido gradualmente infiltrando en
Mesopotamia, una oportunidad para ganar ascendencia en la cuestión.
Virtualmente toda la Mesopotamia fue pronto absorbida por los semitas. Zimri-Lin,
cuya capital era Mari sobre el Eufrates, extendió su influencia (1750 a. C.) desde el
curso medio del Eufrates en Canaán, como el gobernante del estado más
importante. El magnífico palacio de Mari tuvo pronto casi trescientas habitaciones
construidas en una extensión de quince acres de terreno; de los desperdicios, los
arqueólogos han recobrado algo así como 20.000 tablillas cuneiformes. Estos
documentos de arcilla que revelan los intereses políticos y comerciales de los
gobernantes amoreos, demuestran una eficiente administración de un imperio de
altos vuelos.
Sobre el 1700 (a. C.) Hamurabi, que había hecho desarrollar la pequeña
ciudad de Babilonia en un gran centro comercial, estuvo en condiciones de
conquistar Mari con sus extensos dominios. No solo dominó el alto Eufrates, sino
que también subyugó el reino de Sami-Adad I, cuya capital estaba en Asur, sobre el
río Tigris. Marduc, el rey dios de Babilonia, ganó una prominente posición en el
reino. Lo más significativo de los logros de Hamurabi, fue su Código de la Ley
descubierto en 1901 en Susa, que había sido tomado por los elamitas cuando cayó
el reinado de Hamurabi. Puesto que las antiguas costumbres sumerias estaban
incorporadas en esas leyes, es muy verosímil que ellas representen la cultura que
prevaleció en Mesopotamia en los tiempos patriarcales. Muchas de las cartas de
Hamurabi que han sido descubiertas, indican que fue un eficiente gobernante,
emitiendo sus órdenes con claridad y con atención al detalle. La Primera Dinastía de
Babilonia (1800-1500 a. C.) se hallaba en su cima, bajo el mando de Hamurabi. Sus
sucesores fueron perdiendo gradualmente prestigio hasta la invasión de los casitas,
que conquistaron Babilonia en 1500 (a. C.)
Egipto
Cuando Abraham llegó a Egipto, esta tierra podía presumir de una cultura de
más de un milenio de antigüedad. El comienzo de la historia en Egipto, se inicia
usualmente por el rey Menes (3000 a. C.) quien unió dos reinos, uno en el Delta
del Nilo y otro en el Valle. Los gobernantes del primero y segundo período
dinástico, tuvieron su capital en el Alto Egipto cerca de Tebas. Las tumbas reales
excavadas en Abydos, han mostrado vasos de piedra, joyas, vasijas de cobre y otros
objetos enterrados con los reyes, reflejando así una alta civilización durante aquel
primitivo período. Fue la primera era de comercio internacional en tiempos
históricos.
La edad clásica de la civilización egipcia, conocida como el período del
Antiguo Reino (2700-2200 a. C.), y que comprende las dinastías III-VI, testifica un
número de notables logros. Gigantescas pirámides, las maravillas de los siglos que
seguirían, proveen un amplio testimonio de la avanzada cultura de esos primitivos
gobernantes. La Pirámide escalonada de Saqqara, la más primitiva gran estructura
hecha de piedra, fue construida como un mausoleo real por Inhotep, un arquitecto
que también ganó renombre como sacerdote, autor de proverbios y mago. La Gran
Pirámide en Gizeh alcanza un techo de 147 metros por una base de casi cuatro
hectáreas de base. La gigantesca esfinge que representa al Rey Kefrén de la Cuarta
Dinastía, es otra obra que no ha tenido parigual. Los "Textos de las Pirámides"
inscritos durante la Quinta y la Sexta Dinastía sobre los muros de las cámaras y
salones, indican que los egipcios en su adoración al sol se anticiparon a la
posteridad. Los proverbios de Pathotep, que sirvió como Gran Visir bajo un Faraón
de la Quinta Dinastía, son realmente notables por sus consejos prácticos.
Las siguientes cinco dinastías que gobernaron a Egipto (2200-2000 a. de C.),
surgieron en un período de decadencia. Decreció el gobierno centralizado. La
capital fue trasladada de Menfis a Herakleópolis. La literatura clásica de este
período refleja un gobierno débil y cambiante. Hacia el fin de este período, la
Undécima Dinastía, bajo el agresivo Intefs y Mentuhoteps, se construyó un estado
fuerte en Tebas.
El Reino Medio (2000-1780 a. C.) marca la reaparición de un poderoso
gobierno centralizado. Aunque nativa para Tebas la Dinastía Duodécima estableció
su capital cerca de Menfis. La riqueza de Egipto aumentó de valor por un proyecto
de irrigación que abrió el fértil Fayum con su valle para la agricultura.
Simultáneamente una enorme actividad en edificar grandes edificios se produjo en
Karnak, cerca de Tebas y en otros lugares del país. Además de promover
operaciones de minería para la extracción del cobre en la península del Sinaí, los
gobernantes también construyeron un canal que conectaba el Mar Rojo con el
Nilo; esto les capacitó para mantener mejores relaciones comerciales con la costa
somalí de África oriental. Hacia el Sur, Nubia fue anexionada hasta la tercera
catarata del Nilo y allí se mantuvo una colina comercial fortificada. Los objetos
egipcios encontrados por los arqueólogos en Siria, Palestina y en Creta, atestiguan
las poderosas actividades comerciales de los egipcios en la esfera del Mediterráneo
oriental.
Mientras que el Antiguo Reino se recuerda por su originalidad y su genio en el
arte, el Reino Medio hizo su contribución en la literatura clásica. Las escuelas de
Palacio entrenaban oficiales en leer y escribir durante el próspero reinado de los
Amenhemets y Senuserts de la Duodécima Dinastía. Aunque la masa permanecía en
la pobreza, resultaba posible para el individuo medio en aquella época de
feudalismo entrar al servicio del gobierno por medio de la educación,
entrenamiento, y especial capacidad. Los textos de instrucción inscritos en los
ataúdes de personas ajenas a la realeza, indican que muchas personas entonces
gozaban, de la posibilidad de entrar en "la otra vida". "La historia de Sinuhé" es el
más fino ejemplo de la literatura procedente del antiguo Egipcio destinado a
entretener. "The Song of Harper" (El Canto del Arpista) es otra obra maestra del
Reino Medio, enriquece a los hombres para que gocen de los placeres de la vida.
Dos siglos de desintegración, declive e invasión, siguieron al Reino Medio;
consecuentemente este período es bastante oscuro para el historiador. Las débiles
dinastías XIII y XIV dieron paso a los hicsos o pueblo amurito. estos intrusos, que
probablemente llegaron desde el Asia Menor, destruyeron a los egipcios por medio
de carros guerreros tirados por caballos y del arco compuesto, ambas armas
desconocidas para las tropas egipcias. Los hicsos establecieron Avaris en el Delta
como su capital. Sin embargo, ios egipcios quedaron autorizados para mantener
una especie de autoridad en, lebas. Poco después de 1600 a. C., los gobernantes de
Tebas se hicieron poderosos, lo bastante como para expulsar a aquel poder extraño
y establecer la Dinastía XVIII, introduciendo así el Nuevo Reino.
Canaán
El nombre de "Canaán" se aplica a la tierra que existe entre Gaza en el sur y
Hamat en el norte, a lo largo de la costa oriental del Mediterráneo (Gen. 10:15-19).
Los griegos, en su comercio con Canaán, durante el primer milenio a. C. se refieren
a sus habitantes como fenicios, un nombre que probablemente tiene en origen en la
palabra griega para designar la "púrpura" designando el color rojizo de un tinte
textil desarrollado en Canaán. Ya en el siglo XV a. C. el nombre "Canaán" se
aplicaba en general la provincia egipcia en Siria o al menos a la costa fenicia, un
centro de la industria de la púrpura. Consecuentemente, las palabras "cananeo" y
"fenicio" tienen el mismo origen cultural geográfico e histórico. Más tarde, esta zona
se conoció como Siria y Palestina. La designación "Palestina" tiene su origen en el
nombre "Filisteo".
Con la emigración, de Abraham hacia Canaán, esta tierra llegó a ser el punto
focal de interés en el desarrollo histórico y geográfico de los tiempos de la Biblia.
Estando estratégicamente localizado entre los dos grandes centros que acunaban las
primitivas civilizaciones, Canaán sirvió como un puente natural que eslabonaba
Egipto a la Mesopotamia. Consecuentemente, no es sorprendente encontrar una
población mezclada en aquella tierra. Ciudades de Canaán, tales como Jericó,
Dotan y otras, fueron ocupadas siglos antes de los tiempos patriarcales. Con el
primer gran movimiento semítico (amoreo) en Mesopotamia, parece probable que
los amoreos extendieron sus establecimientos hacia la Palestina. Durante el Reino
Medio los egipcios avanzaron sus intereses políticos y comerciales hasta llegar a Siria
por el norte. Mucho antes de 1500 a. C. el pueblo de Caftor quedó establecido
sobre la Llanura Marítima. No menos entre los invasores, fueron los hititas, que
penetraron en Canaán procedentes del norte y aparecieron como ciudadanos bien
establecidos cuando Abraham compró la cueva de Macpela (Gen. 23). Los refaítas,
un pueblo algo obscuro más allá de las referencias escritúrales, han sido
recientemente identificados en la literatura Urgarítica. Se conoce muy poco respecto
a otros habitantes que se anotan en el relato del Génesis. La designación "cananea",
muy verosímilmente abraza la mixtura compuesta de gentes que ocupaban la tierra
en la época patriarcal.
Geografía
Extendiéndose en una longitud de 241 kilómetros desde Beerseba por el norte
hacia Dan, Palestina tiene un área de 9.656 kilómetros cuadrados entre el mar
Mediterráneo y el río Jordán. La anchura media es de 64 kilómetros con un
máximo de 87 desde Gaza hasta el mar Muerto, estrechándose hasta los 45 kms. en
el mar de Galilea. Con la adición de 6.437 kms. Cuadrados al este del Jordán cuya
zona es llamada con frecuencia TransJordania, esta tierra comprende
aproximadamente 16.093 kms. cuadrados.
Además de tener una situación central y estratégica relativa a los centros de
civilización y grandes naciones de los tiempos del Antiguo Testamento, Palestina
tiene también una variada topográfica que tuvo un efecto significativo sobre el
desarrollo histórico de los acontecimientos. Por causa de esa situación Palestina
estuvo sujeta a los invasores y su neutralidad en manos del poder más fuerte. Los
acontecimientos locales con frecuencia surgen de factores de topografía.
Para un análisis de estas características físicas, Palestina puede ser dividida en
cuatro áreas principales: La llanura Marítima, el País de las Colmas, el Valle del
Jordán y la Meseta Oriental.
La llanura Marítima costera consiste en la zona costera del mar Mediterráneo.
La línea de la costa es poco aprovechable para facilidades portuarias;
consecuentemente el comercio, en su totalidad, era dirigido hacia Sidón y Tiro, en
el Norte. Incluso Gaza, que fue uno de los más grandes centros de comercio de la
antigua Palestina y situada solo a cinco kms. del Mediterráneo, no tuvo tampoco
facilidades portuarias. Esta rica tierra a lo largo de la costa, puede fácilmente ser
dividida en tres áreas: La llanura de Acó, o Acre, que se extiende al norte desde el
pie de las colinas de monte Carmelo por casi 32 kms. con una anchura que varía de
3 a 16 kms. Al sur del monte Carmelo, está la llanura de Sarán, de
aproximadamente 80 kms. de longitud, alcanzando un máximo de anchura de 19
kms. La llanura Filistea, comienza a 8 kms. al norte de Joppa, se alarga 113 kms.,
hacia el sur y se expande hacia unos 40 kms. de anchura en dirección a Beerseba.
El País de las Colinas, o la Comarca Montañosa, situada entre el Jordán y su
valle y la llanura Marítima, es la más importante sección de Palestina. Las tres zonas
más importantes, Galilea, Samaría y Judea, tienen una elevación aproximada que
varía desde 610 a 1.220 metros sobre el nivel del mar. Galilea se extiende al sur
desde el río Orantes, inmediatamente al este de Fenicia y a la llanura de Acre. Está
dotada de un suelo fértil, donde se cultivan las uvas, los olivos, las nueces y otras
cosechas, al igual que algunas áreas de pastoreo. Uno de os valles más pintorescos y
productivos para el cultivo de las tierras en Palestina separa las colinas de Galilea y
Samaría. Conocido como el valle de Jezreel, o Esdraelón, esta zona es vitalmente
importante en su localización estratégica a través de los tiempos de la Biblia, igual
que sucede hoy en nuestros días. Al sudeste del monte Carmelo, esta fértil llanura se
extiende aproximadamente por 64 kms., en longitud hacia monte More, desde
donde se divide en dos valles y continúa hasta el Jordán. En los tiempos del
Antiguo Testamento, los hebreos distinguían entre las zonas oriental y occidental,
conocidas respectivamente como los valles de Jezreel y Esdraelón. La ciudad de
Jezreel, a unos veinticuatro kms. del río Jordán, marcaba la entrada a este famoso
valle. La sección occidental era también conocida por la llanura de Meguido, puesto
que el famoso paso entre montañas de Meguido era de crucial importancia para los
invasores. Desde la colina de More en el valle de Jezreel, esta fértil llanura puede
verse con el monte Carmelo en el oeste, monte Tabor hacia el norte y monte
Gilboa hacia el sur. El centro geográfico de Palestina, la ciudad colina de Samaría,
surge abruptamente, comenzando con monte Gilboa y continúa al sur hacia Betel.
Las quebradas colinas y valles de esta fértil elevación, ofrecían un paraíso a los
pastores lo mismo que a los que trabajan la tierra en la agricultura. Siquem, Dotan,
Betel y otras poblaciones de esta zona eran frecuentadas por los patriarcas. Las
tierras altas de Judea se extienden al sur desde Betel aproximadamente a 97 kms.
hacia Beerseba con una elevación de unos 762 metros en Jerusalén, alcanzando un
pico más elevado de casi 914 metros cerca de Hebrón. Comenzando en la vecindad
de Beerseba, las colinas de Judea se extienden y desparraman en ondulentas
llanuras en el gran desierto, con frecuencia mencionado, del Neguev, o tierras del
Sur, con Cades-barnea marcando el extremo sur. Hacia el este de las colinas de
Judea, está la gran extensión que se designa como "el desierto de Judá". Hacia el
oeste de este occidente geográfico está el Siquem, conocido también por las tierras
bajas. En esta área estratégicamente importante para la defensa y valiosa
económicamente para los cultivos agrícolas estaban situadas las ciudades fortificadas
de Laquis, Debir y Libna.
El valle del Jordán representa una de las más fascinantes zonas del mundo.
Más allá, a unos 64 kms. hacia el norte del mar de Galilea, se cierne en la altura
monte Hermón con una altitud de 2.793 metros. Hacia el sur, el valle del Jordán
alcanza su punto más bajo en el mar Muerto, a unos 389 metros por debajo del
nivel del mar. Cuatro corrientes de agua, una procedente de la llanura occidental y
tres de monte Hermón, se combinan para formar el río Jordán a unos dieciséis
kms., al norte del lago Hule. Desde el lago Hule, que estaba a unos seis kms. de
longitud y a dos metros por encima del nivel del mar, el río Jordán desciende en un
curso de 32 kms. a 209 metros por debajo del nivel del mar hacia el mar de
Galilea. Esta masa líquida de aproximadamente 24 kms. de longitud, era también
conocida como el mar de Cineret en tiempos del Antiguo Testamento. En una
distancia de 97 kms. el Jordán, con una anchura media de 27 a 30 metros.,
zigzaguea hacia el sur en un curso de 322 metros hacia el mar Muerto, cayendo 183
metros más por debajo del nivel marítimo. La zona del valle, que es actualmente un
gran paso natural entre dos filas de montañas, es a veces conocida como Ghor.
Comenzando con una anchura de seis kms. en el mar de Galilea, se abre hasta once
kms. en Betsán, estrechándose hasta unos tres kms. antes de expandirse a veintitrés
kms. en Jericó, dentro de ocho kms. del mar Muerto. En los tiempos bíblicos este
lago llamado el "Mar Salado" puesto que sus aguas tienen un contenido de un 25
por ciento de sal. Muy verosímilmente el valle de Sidim en el extremo meridional
de este mar de 74 kms. de longitud, era el lugar en que estaban ubicadas las
ciudades de Sodoma y Gomorra en los días de Abraham. Al sur de mar Muerto, se
extiende la región desolada y desértica conocida por el Araba. En los 105 kms. de
distancia hasta Petra, este desierto se eleva a 600 metros descendiendo después
hasta el nivel del mar a 80 kms. de distancia en el Golfo de Acaba.
La Meseta Oriental, o de TransJordania, puede generalmente ser dividida en
cuatro áreas principales: Basan, Galaad, Amón y Moab. Basan, con su rico suelo, se
extiende al sur de monte Hermón hacia el río Yarmuk en una anchura de 72 kms. y
a una elevación de casi 610 metros por encima del nivel del mar. Bajo él, está el
bien conocido territorio llamado Galaad, con su principal río, el Jaboc.
Extendiéndose al nordeste del mar Muerto y hasta donde Jaboc alcanza su máxima
altura, está el territorio de Amón. Directamente al este del mar Muerto y al sur del
río Arnón, está Moab, cuyos dominios se extendieron mucho hacia el norte en
varias ocasiones.
El relato bíblico—Génesis 12-50
El actual consenso de los eruditos conceda a los patriarcas un lugar en la
historia del Creciente Fértil, en la primera mitad del segundo milenio a. C. La
aserción de que el relato bíblico consiste en nada más que una leyenda fabricada,
ha sido reemplazada por un respeto general para la calidad histórica del Génesis 12-
50. En gran parte responsables para este revolucionario cambio, fue el
descubrimiento y publicación de las tablillas Nuzu, lo mismo que otras
informaciones arqueológicas que se han dado a la luz pública desde 1925. Aunque
no hay una evidencia concreta para identificar cualquier nombre específico o
sucesos procedentes de fuentes externas a lo mencionado en los relatos del Génesis,
es fácil reconocer que el medio cultural es el mismo para ambos. La sola evidencia
para la existencia de Abraham procede de la narrativa hebrea, pero muchos
eruditos del Antiguo Testamento reconocen ahora su persona por el lugar que
ocupa en los principios de la historia hebrea.
La cronología de los patriarcas todavía permanece como un punto discutible.
Dentro de este período general, la fecha abogada para Abraham varía desde el siglo
XXI al XV. Con las cronologías para esta era en un estado de flujo, será preciso
tomar nota de varias apreciaciones respecto a la fecha de los patriarcas.
Sobre la base de ciertas notaciones cronológicas dadas en las Escrituras, la
entrada de Abraham en Canaán, se calcula que tuvo lugar en el año 2091 a. C. Esto
permite 215 años para la vida patriarcal en Canaán, 430 años para el cautiverio de
Egipto y una temprana fecha para el éxodo de Egipto (1447 a. C.). La correlación
entre los acontecimientos seculares y bíblicos basados sobre esta cronología ha sido
sujeta a nuevo ajuste en el cálculo. La teoría, identificando a Amrafel (Gen. 14) con
Hamurabi, exige una reinterpretación de los datos bíblicos con la aceptación de una
cronología babilónica más baja.
Aunque Gordon sugiere una fecha más tardía, la Edad Patriarcal parece
encajar mejor en el período aproximado de 2000-1750 a. C., de acuerdo con
Kenneth A. Kitchen. Resalta que los principales acontecimientos e historia externa
tales como la densidad de la población, los nombres de los Reyes Orientales (ver
Gen. 14) y el sistema de las alianzas mesopotámicas se comparan favorablemente
con los nombres existentes en documentos mesopotámicos y egipcios de este
período. Fue también durante ese tiempo en que el Neguev fue ocupado
temporalmente.
Una fecha razonable para la emigración de Abraham a Canaán es a principios
del siglo XIX a. C. A la vista de la cronología reajustada recientemente para el
Creciente Fértil, esta fecha parece permitir una mejor correlación entre los sucesos
bíblicos y los seculares. Esto igualaría la entrada de Jacob y José en Egipto con el
período de los hicsos y llevar el tiempo de Abraham, Isaac y Jacob a una más
cercana asociación con la era de Hamurabi y la cultura reflejada en el Nuzu y en los
documentos Mari. Los documentos Mari revelan la situación política en
Mesopotamia alrededor de 1750-1700 a. C. Mientras que las tablillas de Nuzu
reflejan las instituciones sociales entre los humanos (los horeos bíblicos), alrededor
de 1500 a. C., se conoce que algunas de esas costumbres probablemente
prevalecieron en la cultura de la Mesopotamia del norte, ya por el año 2000 a. C.
La presencia de una colonia hitita en los días de Abraham, también apunta a una
fecha después de 1900 a. C. (Gen. 23). Aunque no se halla respuesta a ningún
problema en la fecha del siglo XIX para Abraham, esta perspectiva parece tener lo
más importante a su favor.
Sobre la base de los personajes importantes de la narrativa de la edad
patriarcal, puede convenientemente ser dividida como sigue: Abraham, Gen. 12:1-
25:18; Isaac y Jacob, Gen. 25:19-36:43; José, Gen. 37:1-50:26.
Abraham (Gen. 12:1-26:18)
Mesopotamia, la tierra entre dos ríos, fue el hogar y la patria de Abraham
(Gen. 12:6; 24:10, y Hechos 7:2). Situada sobre el río Balikh, un tributario del río
Eufrates, Harán constituyó el centro de cultura donde vivió con sus parientes. Los
nombres de la parentela de Abraham, Taré, Nacor, Peleg, Serug y otros, están
atestiguados en los documentos Mari y asirios como nombres de ciudades en esta
zona. En obediencia al mandato de Dios, de dejar la tierra y parentesco, Abraham
dejó Harán para establecerse con un nuevo hogar en la tierra de Canaán.
Abraham había vivido en Ur de los caldeos antes de llegar a Harán (Gen.
11:28-31). La identificación más generalmente aceptada de Ur es la moderna Tell el-
Muqayyar, que está situada a catorce kms. al oeste de Nasiriyeh, sobre el río
Eufrates al sur de Iraq. Se han dado algunas consideraciones a las notaciones
geográficas modernas en los tiempos de Abraham a una ciudad llamada Ur, ubicada
al norte de la Mesopotamia. El lugar meridional de Ur (Uri) fue excavado en 1922-
34, conjuntamente por el Museo Británico y el Museo de la Universidad de
Filadelfia, bajo la dirección de Sir Leonard Woolley. Trazó la historia de Ur desde el
cuarto milenio a. C. hasta el año 3000 a. C. cuando esta ciudad fue abandonada.
En este lugar fueron encontradas las ruinas del ziggurat que había sido construido
por el próspero rey sumerio Ur Nammu, quien gobernó por poco tiempo antes del
2000 a. C. Esta ciudad continuó siendo la gran capital de la Tercera Dinastía de Ur.
La diosa-luna Nannar que fue adorada en Ur fue también la principal deidad en
Harán.
La vida de Abraham conduce por sí misma a una variedad de tratamientos.
Geográficamente se pueden trazar sus movimientos comenzando con la ciudad
altamente civilizada de Harán. Dejando a sus parientes, aunque acompañado por
Lot, su sobrino, viajó cosa de 647 kms., hacia la tierra de Canaán, donde se detuvo
en Siquem aproximadamente a 48 kms. al norte de Jerusalén. Además de una
excursión a Egipto obligado por el hambre, Abraham se detuvo en lugares tan bien
conocidos como Betel, Hebrón, Gerar y Beerseba. Sodoma y Gomorra, las ciudades
de la llanura hacia las cuales emigró Lot, estaban directamente esparcidas al este del
País del Sur o Neguev, donde se estableció Abraham.
Frecuentes referencias indican que Abraham fue un hombre de considerable
riqueza y prestigio. Lejos de ser un nómada errabundo en el sentido beduino,
Abraham disponía de intereses mercantiles. Aunque la valoración de sus posesiones
está modestamente resumida y expresada en una sencilla declaración "todas las
cosas que habían reunido y las almas que habían conseguido en Harán" (12:5) es
muy verosímil que esta riqueza suya estuviese representada por una gran caravana
cuando emigró a Palestina. Una fuerza de 318 sirvientes utilizada para libertar a Lot
(14:14) y una caravana de diez camellos (24:10) no significa sino una indicación de
los recursos con que contaba Abraham. Los sirvientes estaban acumulados por
compra, donación y nacimiento (16:1; 17:23; 20:14). Sus rebaños y manadas de
ganado en, constante crecimiento, la plata y el oro, y los sirvientes para cuidar tan
extensas posesiones, indican que Abraham fue un hombre de grandes medios. Los
caudillos palestinos reconocieron a Abraham como a un príncipe con quien podían
hacer alianzas y concluir tratados (Gen. 14:13; 21:22; 23:6).
Desde el punto de vista de las instituciones sociales, el relato del Génesis de
Abraham resulta un estudio fascinante. Los planes de Abraham para hacer de Eliezer
heredero de sus posesiones, puesto que no tuvo un hijo (Gen. 15:2) reflejan las
leyes de Nuzu, que determinaban que una pareja sin hijos podía adoptar como hijo
a un sirviente fiel, que pudiera ostentar derechos legales y quien podía ser
recompensado con la herencia, como pago por sus cuidados constantes y el entierro
en caso de fallecimiento. Las costumbres maritales de Nuzu, lo mismo que el código
de Hamurabi, proveían que, si la esposa de un hombre casado no tenía hijos, el
hijo de una criada podía ser reconocido como legítimo heredero. La relación de
Agar con Abraham y Sara es algo típico de las costumbres que prevalecían en
Mesopotamia. La preocupación de Abraham por el bienestar de Agar puede
también ser explicada por el hecho de que legalmente una criada que pariese un
hijo no podía ser vendida para la esclavitud.
Un estudio devocional de Abraham puede resultar altamente provechoso. La
promesa séxtuple hecha al patriarca tiene un gran alcance en las implicaciones de la
historia. La promesa de Dios de hacer con él una gran nación se realiza
subsiguientemente en los acontecimientos del Antiguo Testamento. "Yo te
bendeciré", pronto se hizo una realidad en su experiencia personal. El nombre de
Abraham se hizo grande, no solo como padre de los israelitas y mahometanos, sino
también como el gran ejemplo de fe para los creyentes cristianos, según los escritos
del Nuevo Testamento, en Romanos, Galatas, Hebreos y Santiago. Por añadidura,
la actitud del hombre hacia Abraham y sus descendientes habría tenido una directa
influencia en la bendición o maldición sobre el género humano; esto aseguró a
Abraham un lugar único en el designio providencial para la raza humana.
Ciertamente, la promesa de que Abraham sería bendito, fue literalmente cumplida
durante su vida, lo mismo que en los tiempos subsiguientes. Finalmente, la promesa
de bendecir todas las familias de la tierra se descubre en su alcance a escala mundial
cuando Mateo comienza su relato de la vida de Jesucristo, estableciendo que él es
el "hijo de Abraham".
La alianza juega un papel importante en la experiencia de Abraham. Nótense
las sucesivas revelaciones de Dios tras la promesa inicial a la cual Abraham responde
con obediencia. A medida que Dios hace mayor su promesa, Abraham ejerció la fe,
que se le reconoce como justicia en Génesis 15. En esta alianza, la tierra de Canaán
fue específicamente dada en prenda a los descendientes de Abraham. Con la
promesa del hijo, la circuncisión se convierte en el signo del pacto (Gen. 17). Esta
promesa de la alianza fue sellada finalmente en el acto de obediencia de Abraham,
cuando estuvo dispuesto a llevar a cabo el sacrificio de su único hijo Isaac (Gen.
22).
La religión de Abraham es un tema vital en los relatos bíblicos, patriarcales.
Procedente de un fondo politeísta donde la diosa-luna Nannar era reconocida
como el dios principal en la cultura de Babilonia, Abraham llega a Canaán. Que su
familia sirvió a otros dioses queda claramente establecido en Josué 24:2. En
Canaán, y en medio de un entorno idólatra y pagano, la meta de Abraham fue la
de "construir un altar al Señor". Tras que hubo rescatado a Lot y el rey de Sodoma,
rehusó una recompensa, reconociendo que él se hallaba por completo dedicado
por devoción única a Dios, el "hacedor de los cielos y la tierra". La íntima comunión
y camaradería existente entre Dios y Abraham está bellamente retratada en el
capítulo 18 donde él intercede por Sodoma y Gomorra. Tal vez es sobre la base de
Is. 41:8 y Santiago 2:23 que la Septuaginta insertó las palabras "mi amigo" en 18:17.
Al paso de los siglos la puerta meridional de Jerusalén, que conduce hacia Hebrón y
Beerseba, ha sido citada siempre como la "puerta de la amistad" en memoria de la
relación íntima entre Dios y Abraham.
Isaac, el hijo prometido, fue el heredero de todo lo que Abraham poseía. Otros
hijos de Abraham, tal como Ismael, de donde descienden los árabes y Madián, el
padre de los madianitas, recibieron regalos cuando partieron de Canaán, dejando el
territorio a Isaac. Antes de su muerte, Abraham dejó a Rebeca por esposa de Isaac.
Abraham también compró la cueva de Macpela, que se convirtió en el sepulcro de
Abraham, Isaac y Jacob, así como el de sus esposas.
Isaac y Jacob (Gen. 25:19-36:43)
El carácter de Isaac, según se describe en el Génesis, está en, cierta forma
obscurecido por los acontecimientos de la vida tanto del padre como del hijo. Con
el anuncio de la muerte de Abraham, el lector queda inmediatamente presentado a
Jacob, quien emerge como el eslabón de la sucesión patriarcal. Puede ser que
muchas de las experiencias de Isaac fuesen similares a las de Abraham, por lo que
haya poco que narrar al respecto.
Aunque Isaac heredó la riqueza de su padre y continuó la misma pauta de
vida, es interesante notar que se comprometió en cuestiones de agricultura cerca de
Gerar (26:12). Abraham en cierta ocasión se había detenido en Gerar, en territorio
filisteo, pero pasó mucho tiempo en los alrededores de Hebrón. Cuando Isaac
comenzó a cultivar la tierra, obtuvo cosechas que le proporcionaron el ciento por
uno. Aquel éxito tan poco corriente en las labores del campo, excitó la envidia de
los filisteos de Gerar de forma que Isaac tuvo que desplazarse, por considerarlo
necesario, hacia Beerseba con objeto de mantener relaciones pacíficas.
La presencia de los filisteos en Canaán durante los tiempos patriarcales, ha
sido considerada un anacronismo. El establecimiento caftoriano en Canaán
alrededor de 1200 a. C. representó una migración tardía del Pueblo del mar que
previamente se había establecido en otras ocasiones durante un largo período de
tiempo. Los filisteos se habían establecido en pequeños grupos mucho antes de
1500 a. C. Con el tiempo se mezclaron con otros habitantes de Canaán, pero el
nombre de "Palestina" (Filistia) continúa llevando el testimonio de su presencia en
Canaán. La cerámica caftoriana por todo el sur y la parte central de Palestina, al
igual que las referencias literarias, testifican la superioridad de los filisteos en las
artes y habilidades manuales. En los días de Saúl monopolizaron los trabajos
metalúrgicos en Palestina.
Polémico en conducta, Jacob surgió como el heredero de la alianza. De
acuerdo con las costumbres de Nuzu, negoció con Esaú para asegurarse la herencia
y sus derechos. Su capacidad de negociador se hace pronto aparente en su
adquisición de los derechos de primogenitura por el escaso precio de un plato de
lentejas. El irreal sentido de Esaú del valor de las cosas, pudo haber sido a la fatiga
temporal y al agotamiento de una expedición de caza que no tuvo ninguna
recompensa. Por añadidura, Jacob ganó la bendición en el lecho de muerte
valiéndose de algún truco y la decepción, instigado por Rebeca, su madre. El
significado de esta adquisición se comprende mejor por comparación con las leyes
contemporáneas que hacían tales bendiciones orales legalmente valederas. Es de
notar, sin embargo, el hecho de que el relato bíblico recargue el énfasis del lugar
que ocupa la jefatura familiar por encima de las bendiciones materiales.
Temiendo el probable matrimonio de Jacob con mujeres hititas lo mismo
que la venganza de Esaú, Rebeca concibió e instrumentó un plan para enviar a su
hijo favorito a Padan-aram. De camino, Jacob responde a un sueño en, Betel con
una promesa condicional para servir a Dios y una tentativa de dar el diezmo de sus
rentas. Habiendo recibido una cordial acogida en su hogar ancestral, Jacob entra en
un acuerdo con Labán, hermano de Rebeca. De acuerdo con las costumbres de
Nuzu, esto podía haber sido más que una simple labor de contrato para el
matrimonio. Aparentemente, Labán no tenía un hijo en aquella época, por lo que
Jacob fue constituido como heredero legal. Típico de los tiempos, fue el regalo de
Labán de una criada a cada una de sus hijas, Raquel y Lea. La esposa de Labán dio a
luz más tarde otros hijos, por lo que Jacob dejó de ser el heredero principal. Aquel
giro de los asuntos no fue del agrado de Jacob; deseó marcharse, pero fue
disuadido por un nuevo contrato que le abría la posibilidad de obtener riqueza
mediante los rebaños de Labán. En el transcurso del tiempo, Jacob llegó a ser tan
próspero, a pesar del reajuste del contrato de Labán, que la relación existente entre
el padre y el yerno se alteró.
Alentado por Dios para volver a la tierra de sus padres, Jacob reunió todas
sus posesiones y partió en el momento oportuno cuando Labán se hallaba ausente
en un negocio de ganado. Tres días más tarde Labán se enteró de la marcha de
Jacob y envió en, su busca. Tras siete días le dio alcance en las colinas de Galaad.
Labán estaba grandemente perturbado por la desaparición de sus dioses lares. El
terafín, que Raquel había escondido con éxito mientras Labán buscaba las
posesiones de Jacob, pudo haber sido más legal que de significación religiosa para
Labán. De acuerdo con la ley Nuzu, un yerno que tuviese en su poder los dioses
lares podía reclamar la herencia de la familia ante un tribunal. De esa forma Raquel
intentaba obtener cierta ventaja de su marido, al robarle los ídolos. Pero Labán
había anulado cualquier beneficio de esa índole por un convenio con Jacob antes
de que se separasen.
Continuando hacia Canaán, Jacob anticipó el terrible encuentro con Esaú.
El temor le venció aunque en toda crisis del pasado había terminado con ventaja
para él. A punto de no volver Jacob se encaró en una crucial experiencia (32:1-32).
Dividiendo todas sus posesiones en el río Jacob, en preparación para el encuentro
con Esaú, se volvió hacia Dios en oración. Reconoció humildemente que era
inmerecedor de todas las bendiciones que Dios le había otorgado. Pero de cara al
peligro, suplicó por su liberación. Durante la soledad de la noche, luchó a brazo
partido con un hombre. En esta extraña experiencia, en la cual reconoció un
encuentro divino, su nombre fue cambiado por el de "Israel" en lugar de seguir
llamándose Jacob. Después de eso, Jacob no fue el impostor; en su lugar estuvo
sujeto a la decepción y a los sufrimientos por sus propios hijos.
Cuando llegó Esaú, Jacob se postró siete veces —otra vieja costumbre
mencionada en los documentos Ugarísticos y de Amarna— y recibió la seguridad
del perdón por su hermano. Declinando cortésmente la generosa ayuda ofrecida
por Esaú, Jacob continuó lentamente hacia Sucot mientras que Esaú volvió a Seir.
En ruta hacia el Hebrón, Jacob acampó en Siquem, Betel, y Belén. Aunque
adquirió algunas tierras en Siquem, el escándalo y la perfidia de Leví y Simeón le
hicieron imposible el continuar viviendo en aquella región (34: 1-31). Este incidente,
lo mismo que el ofensivo de Rubén (35:22), tuvo que ver con la bendición de
Jacob por sus hijos (49).
Cuando recibió instrucciones de Dios para trasladarse a Betel, Jacob
preparó para su vuelta a aquel lugar sagrado al suprimir la idolatría de su hogar. En
Betel erigió un altar. Allí, Dios renovó la alianza con la seguridad de que no solo
una nación, sino un grupo de naciones y reyes surgirían de Israel (35:9-15).
Mientras viajaban hacia el sur, Raquel murió al dar a luz a Benjamín. Fue
enterrada en la vecindad de Belén en un lugar llamado Efrata. Siguiendo su viaje
con sus hijos y posesiones, Jacob llegó finalmente al Hebrón, el hogar de su padre
Isaac. Cuando murió Isaac, Esaú volvió desde Seir para reunirse con Jacob en el
entierro de su padre.
Los edomitas, aparentemente, contaban con una ilustrativa historia. Poco es
lo conocido respecto a ellos, más allá del relato somero relatado en Gen. 36:1-43,
lo que indica que tenían diversos reyes incluso antes de que cualquier rey reinase en
Israel. En este aspecto, la narrativa del Génesis dispone de líneas colaterales antes de
resumir el relato patriarcal.
En una de las más dramáticas narraciones de la literatura mundial, las
experiencias de José entreteja la vida patriarcal en Egipto. Mientras que los
contactos anteriores habían sido primariamente con el ambiente de Mesopotamia,
la transición a Egipto resultó en una mezcla de costumbres consecuencia de aquellas
dos formas tan adelantadas de civilización. En esta narrativa, notamos la
continuidad de la antigua influencia, la adaptación al ambiente egipcio y por
encima de todo, toda la guía protectora y de control de Dios en las fascinantes
fortunas de José y su pueblo.
José, el hijo de Raquel, fue el orgullo y la alegría de Jacob. Para mostrar su
favoritismo, Jacob le engalanó con una túnica, aparentemente la marca exterior de
un jefe de tribu. Sus hermanos, que ya estaban resentidos contra José por los malos
informes que les concernían, fueron incitados por este hecho a un odio extremo. La
cuestión llegó a su punto álgido cuando José les relató haber tenido dos sueños
pronosticando su exaltación. Los hermanos mayores dieron suelta a su rencor
jurando quitarse de encima a José a la primera ocasión.
Enviado por su padre a Siquem, José no pudo encontrar a sus hermanos
hasta que llegó a Dotan, aproximadamente a 130 kms. al norte del Hebrón. Tras
someterle al ridículo y al abuso, los hermanos le vendieron a los mercaderes
madianitas e ismaelitas, quienes en consecuencia, dispusieron de él como de un
esclavo para Potifar en Egipto. Al mostrársele ensangrentado la capa que vestía
José, Jacob lloró y se enlutó por la pérdida de su hijo favorito en la creencia de que
había sido muerto por las bestias salvajes (37:1-36).
El lector queda en suspenso por el bienestar de José con el episodio de Judá
y Tamar (38:1-30). Este relato tiene significación histórica, por lo que suministra en
pasado genealógico de la línea davídica (Gen. 38:29; Rut 4:18-22; Mateo 1:1).
Además de esto, a despecho de la conducta poco ejemplar de Judá, la práctica del
levirato es mantenida en el matrimonio. La demanda de Judá de que Tamar fuese
quemada por el delito de prostitución, puede reflejar una costumbre llevada a
Canaán por los indo-europeos, tales como los hititas y los filisteos. Las fuentes
ugaríticas y mesopotámicas atestiguan el uso de tres artículos para significar la
identificación personal. Tamar estableció la culpabilidad de Judá por su
impregnación al utilizar su sello, su cinturón y el báculo como prueba. Puesto que la
ley hitiía permitía a un padre hacer cumplir las obligaciones del levirato al casar a
una nuera viuda, Tamar no fue sometida al castigo bajo la ley local por su
estratagema en embrollar el plan de Judas al ignorar sus derechos de matrimonio.
En la legislación mosaica, la estipulación fue hecha para el matrimonio del levirato
(Deut. 25).
El establecimiento de las experiencias de José en la tierra del Nilo, han
quedado mostradas como auténticas en muchos detalles (39-50). Los nombres
egipcios y títulos ocurrieron, como podía esperarse. Potifar es designado como
"capitán de la guardia" o "jefe de los ejecutores" que era usado como el título que se
daba a la guardia personal del rey. Asenat (nombre egipcio), la hija de un sacerdote
de On (Heliópolis), se convirtió en la esposa de José. Oficiales importantes de la
corte egipcia están apropiadamente identificados como "jefe de mayordomos" y
"jefe de los panaderos". Las costumbres egipcias están asimismo reflejadas. Siendo
José un semita, llevaba barba; pero para su presencia ante el Faraón, tuvo que ser
afeitado de conformidad con las formas egipcias. La fina ropa de lino, el collar de
oro y el anillo con el sello adornaron a José en la típica forma egipcia cuando
asumió el mando administrativo bajo la divina autoridad del Faraón. "Abrech",
probablemente una palabra egipcia que significa "tomar nota", es la orden para
todos los egipcios al producirse el nombramiento de José (Gen. 41:43). El
embalsamiento de Jacob y la momificación de José, también seguían las normas
egipcias del cuidado propio de los fallecidos.
Son también de gran valor los paralelos en la vida de José y en la literatura
egipcia. La transición de José desde ser un esclavo a convertirse en un gobernante,
tiene un gran parecido con el clásico egipcio, "El campesino elocuente". Los siete
años de abundancia, en los sueños del Faraón, comportan igualmente una gran
similitud con una vieja tradición egipcia.
A todo lo largo de esos años de adversidad, sufrimientos y éxito, la relación
humano-divina es claramente aparente. Tentado por la esposa de Potifar, José no
cedió. No quería pecar contra Dios (Gen. 39:9). En prisión, José confesó
francamente que la interpretación de los sueños solo correspondía a Dios (40:8).
Cuando apareció frente al Faraón, José reconoció que Dios se valía de los sueños
para revelar el futuro (41:25-36). Incluso en el hecho de ponerle nombre a su hijo,
Manases, José reconoció a Dios como la fuente de su promoción y el alivio de los
dolores (41:51). También tomó a Dios en consideración en su interpretación de la
historia: al revelar su identidad a sus hermanos, humildemente dio crédito a Dios
por llevarle a él a Egipto. No dijo de ningún modo que ellos le habían vendido
como esclavo (41:4-15). Después de la muerte de Jacob, José les volvió a dar la
seguridad una vez más de que no buscaría venganza alguna. Dios había ordenado
los eventos de la historia por el bien de todos (50:15-21).
La magnificación hecha de Dios por José a través de muchas vicisitudes, fue
recompensada por su propia elevación. En la casa de Potifar, fue tan fiel y tan
notable y eficiente que fue elevado a la categoría de superintendente. Metido en
prisión por falsas acusaciones, José pronto fue considerado con responsabilidades
de supervisión que utilizó sabiamente para ayudar a sus compañeros de
encarcelamiento. A través del mayordomo, quien por dos años falló en recordar su
ayuda, José fue llevado súbitamente a la presencia del Faraón para interpretar los
sueños del rey. Fue ciertamente un momento oportuno: el gobernante de Egipto
tenía la necesidad de contar con un hombre como José, que probó su valía. Como
jefe administrador, no solamente guió a Egipto a través de los años cruciales de la
abundancia y del hambre, sino que fue el instrumento adecuado para salvar a su
propia familia. La posición de José y su prestigio hicieron posible el distribuir la
tierra de Gosén a los israelitas cuando emigraron a Egipto. Aquello fue de una
enorme ventaja para ellos, a causa de sus intereses como pastores.
Las bendiciones de Jacob forman una conclusión que encaja en la edad
patriarcal del relato del Génesis. En su lecho de muerte, pronunció su última
voluntad y su testamento. Aunque se hallaba en Egipto, sus bendiciones reflejan la
costumbre de la Mesopotamia, el hogar original, donde los pronunciamientos
orales eran reconocidos como fiel testimonio de fe ante un tribunal. Manteniendo
las promesas divinas hechas a los patriarcas, las bendiciones de Jacob, dadas en,
forma poética, tuvieron una significación profética.
La emancipación de Israel
Los siglos pasaron en silencio desde la muerte de José, hasta el amanecer de la
conciencia nacional, bajo Moisés. La Historia Sagrada, no obstante, se refiere a
nuevas y excitantes dimensiones con la única transición de los israelitas desde las
garras faraónicas de la esclavitud a la situación de una nación independiente como
pueblo elegido de Dios. En menos de lo que pareció una eternidad, sobrellevaron y
obtuvieron una milagrosa liberación del emperador más poderoso de la época,
recibieron una divina revelación que les hizo conscientes de ser el pueblo de la
alianza de Dios y se les impartió un código de leyes en preparación para ocupar la
tierra de la promesa de los patriarcas. No es sorprendente que esta notable
experiencia fuese recordada y vuelta a vivir anualmente en la observancia de la
pascua de los judíos. Repetidamente los profetas y salmistas aclaman la liberación
de Israel del poder de Egipto como el más significativo milagro de su historia.
Tan llena de significado fue aquella emancipación y tan vital fue aquella
interrelación entre Dios e Israel para las generaciones venideras, que cuatro quintas
partes del Pentateuco o más de un sexto de la totalidad del Antiguo Testamento
está dedicado a este corto período en la historia de Israel. Después de los años de la
opresión egipcia, que recibe una breve consideración en los capítulos
introductorios, los acontecimientos de estos cuatro libros, Éxodo, Levítico, Números
y Deuteronomio, están confinados a menos de cinco décadas.
Acontecimientos contemporáneos
No existe desacuerdo entre los eruditos, quienes aceptan la historicidad del
cautiverio de Israel en Egipto y que el Éxodo tuvo lugar durante la era del Nuevo
Reino. Puesto que los capítulos que cierran el Génesis ya cuentan la emigración de
Israel hacia Gosén, los acontecimientos contemporáneos en Egipto son de
primordial importancia.
La Invasión de los Hicsos
La poderosa Duodécima Dinastía del Reino Medio en Egipto fue seguida
(1790 a. C.) por dos otras débiles dinastías bajo las cuales el gobierno quedó
desintegrado. Los invasores semitas procedentes de Asia, conocidos como los hiksos,
pueblo que ya utilizaba el caballo y el carro de guerra, desconocidos por los
egipcios, ocuparon Egipto aproximadamente hacia 1700 a. C. Es muy poco lo que
se conoce acerca del pueblo, aunque Manetho asigna a las XV y XVI dinastías a esos
gobernantes extranjeros que controlaron el Bajo Egipto durante casi un siglo y
medio. En el transcurso del tiempo, rivales de Tebas dominaron la utilización del
caballo y el carro de guerra y bajo Amosis, de la XVII dinastía, estuvieron en
condiciones de expulsar a los hicsos del país (1500 a. C.). Aquella circunstancia dio
la oportunidad para el resurgimiento de un gobierno poderoso conocido como el
Nuevo Reino. Es comprensible que los egipcios no dejaran testimonios escritos de
tan grande humillación llevada a cabo por los hicsos durante la dominación de
estos. Por lo tanto, nuestro conocimiento de este período es, desafortunadamente,
muy limitado.
El nueva reino (1546-1085 a. C.)
En este período reinaron en Egipto tres dinastías. Bajo los primeros tres
gobernantes de la XVIII dinastía, Amenofis y Tutmosis I y II (1550-1500 a. C.),
Egipto quedó establecido con la fuerza y la grandeza de un Imperio. Aunque
Tutmosis III fue el supremo gobernante desde 1504 a 1450 (a. C.), su poderío
quedó obscurecido durante los primeros veintidós años de su reinado por la reina
Hatsheput, que obtuvo el control completo de todo el gobierno. Como
consecuencia de su poderoso y brillante liderazgo, fue reconocida tanto por el Bajo
como por el Alto Egipto. Entre los impresionantes edificios construidos, no lo fue
menos el proyecto de un templo blanco de piedra calcárea. Este mortuario fue
construido en terrazas columnadas, con el imponente macizo recoso de Deir-el-
Bahri como fondo. Uno de sus grandes obeliscos (conteniendo 138 metros de
granito, y que alcanzaba casi treinta metros de altura) todavía se mantiene en pie
en Karnak.
Tutmosis III, cuyas ambiciones habían, sido contrarrestadas durante muchos
años, ganó la posesión indisputada de la corona Hatsheput al morir ésta. Estableció
el poder absoluto en Egipto, afirmándose como el más grande caudillo militar en la
historia de Egipto. En dieciocho campañas, extendió el alcance de su reinado hasta
el Eufrates, marchando sus ejércitos a través de Palestina o navegando por el
Mediterráneo hasta la costa fenicia. Como militar y constructor de imperios, ha sido
frecuentemente comparado con Alejandro Magno y Napoleón. Puesto que tales
campañas eran llevadas a cabo durante el verano, acostumbraba a promover la
construcción de grandes edificios durante el invierno, embelleciendo y ensanchando
el gran templo de Karnak, que había sido erigido para Amón durante el Reino
Medio. Los obeliscos que erigió pueden ser contemplados en nuestros días en
Londres, Nueva York, el Lateranense y Constantinopla.
Tutmosis III fue seguido por Amenofis II (1450-1425) que fue un gran
deportista, Tutmosis IV (1425-1417), que excavó la esfinge y se casó con una
princesa mitanni, y Amenofis III (1417-1379). Amenofis IV, o Akh-en-Atón (1379-
1362), es mejor conocido por la revolución llevada a cabo en materia religiosa. Es
muy probable que los faraones fuesen progresivamente hartándose del creciente
poder de los sacerdotes de Amón, en Tebas. Tutmosis IV había adscrito
previamente su real descendencia al antiguo dios solar Ra, más bien que a Amón;
pero Amenofis IV fue aún más allá, intentando negar el opresivo poder de los
sacerdotes tebanos. El fue el campeón de la adoración de Atón, que estaba
representado por el disco solar. Construyendo un templo a su nuevo dios en Tebas,
mientras que era corregente con su padre, se proclamó a sí mismo el primer
sacerdote de Atón. No satisfecho con erigir templos en varias ciudades por todo su
imperio, eligió el nuevo emplazamiento de Amarna para la situación de su dios.
Desde esta capital, situada aproximadamente a medio camino entre Tebas y Menfís,
estableció la adoración de Atón como la religión del Estado. Tomó las medidas
precisas para que se adorase y sirviese solo a este dios. Tan dedicado estuvo a Atón
que él y sus devotos olvidaron las demandas de ayuda procedentes de varias partes
de su reino. Los archivos de Amarna, descubiertos en 1887, proporcionan un
testimonio al respecto. Cuando Akh-en-Atón murió, la capital nuevamente
establecida fue abandonada. Su yerno, Tut-ank-Amón, aseguró su trono
renunciando a Atón y restaurando la antigua religión de los dioses de Tebas. La
tumba de Tut-ank-Amón, descubierta en 1929, suministró abundante evidencia de
su devoción a Amón. Con la corta vida y el breve reinado de Ay la XVIII dinastía
terminó en 1348 a. C.
Los dos grandes reyes de la próxima dinastía, que duró hasta 1200 a. C.,
fueron Seti I (1318-1304) y Ramsés II (1304-1237). El primero comenzó la
reconquista del imperio asiático, que había estado perdido durante los días de Akh-
en-Atón y llevó la capital a la parte oriental del Delta. El ultimo continuó su intento
de reconquistar Siria, pero eventualmente firmó un, tratado de paz con el rey hitita,
que selló su acuerdo al dar su hija en matrimonio a Ramsés II. Este es el primero de
los pactos de no agresión entre naciones conocido hasta hoy. Además del extenso
plan de construcciones en o cerca de Tebas, Ramsés II también embelleció Tanis, la
capital del Delta, que los gobernantes hicsos habían utilizado siglos antes.
Durante el resto de las dinastías XIX y XX, los gobernantes egipcios lucharon
para retener su reinado. Conforme fue decreciendo el poder central, el sacerdocio
local de Amón ganó bastante fuerza para establecer la XXI dinastía alrededor de
1085 a. C. y Egipto nunca recobró ya más, como resultante del declive que sufría, el
volver a ganar su posición como potencia mundial.
La religión en Egipto
Egipto era un país politeísta. Con deidades locales como base de la religión, los
dioses egipcios se hicieron numerosos. Los dioses de la Naturaleza fueron
comúnmente representados por animales y pájaros. Eventual-mente, las divinidades
cósmicas, personificadas en las fuerzas de la Naturaleza, fueron elevadas por encima
de los dioses locales y fueron teóricamente considerados corno deidades nacionales
o universales. Había una tal cantidad, que llegaron a ser agrupados en familias de
triadas y novenarios.
De igual forma, los templos fueron numerosos por todo Egipto. Con la provisión
de un hogar o templo para cada dios, llegó el sacerdocio, las ofertas, los festivales,
ritos y ceremonias para su adoración y culto. Como respuesta a tales circunstancias,
el pueblo consideraba a sus dioses como sus benefactores. La fertilidad de la tierra y
de los animales, la victoria o la derrota, la inundación del Valle del Nilo y de
hecho, cualquier factor que afectase a su bienestar, estaba adscrito a cualquier dios.
La prominencia nacional acordada respecto a cualquier dios se hallaba
íntimamente relacionada con la política. El dios halcón, Hourus, surgió corno una
deidad local y después pasó a tener carácter de deidad estatal cuando el rey Menes
unió el Bajo y el Alto Egipto en los albores de la historia egipcia. Cuando la Quinta
Dinastía patrocinó el dios-sol de Heliópolis, Ra se convirtió en la cabeza del
panteón egipcio. La más cercana aproximación a un dios nacional en Egipto, fue el
reconocimiento dado a Amón durante el Medio y Nuevo Reino. Los magníficos
templos erigidos en Karnak y Luxor, en las proximidades de Tebas, todavía
muestran el real patronazgo de este dios. En la ciudad de Tebas, con la XVIII
dinastía, el culto de Amón con su sacerdocio tebano se hizo tan fuerte que el
desafío hecho a los faraones tuvo éxito en el poder con la muerte de Akh-en-Atón.
A despecho de la prominencia de los dioses nacionales, en ninguna ocasión fueron
adorados por la población egipcia. Para un campesino egipcio, el dios local fue el
de la máxima importancia.
Los egipcios creían en una vida después de la muerte. Una conducta
intachable sobre la tierra conducía a la inmortalidad del hombre. Esto cuenta por
los enterramientos reales representados por las pirámides y otras tumbas, en las
cuales se depositan toda clase de provisiones tales como alimentos, bebidas y
objetos de lujo con la intención de su utilización en la vida de ultratumba. En los
primeros tiempos, incluso a los sirvientes se les mataba y guardaba junto al cuerpo
de sus amos. Como Osiris, el símbolo divino de la inmortalidad, el egipcio muerto
anticipaba así el juicio de un tribunal del ultramundo con la esperanza de estar
moralmente destinado a la felicidad de una vida eterna.
La extrema tolerancia de la religión egipcia se explica por la existencia sin fin
y el reconocimiento de tantísimos dioses. Ninguno fue nunca eliminado del todo.
Puesto que el moderno estudioso encuentra difícil hacer un análisis lógico de tan
incontables elementos entremezclados de su religión, es difícil también pensar que
lo hiciera cualquier egipcio nativo. La confusión resulta de cualquier intento de
relacionar entre sí la hueste de deidades existentes con sus respectivos cultos y
rituales. Tampoco pueden ser racionalizados tan enorme conjunto de creencias y
mitos.
La fecha del Éxodo
Que Israel abandonase la esclavitud durante la última mitad del segundo
milenio a. C. es algo que está sujeto a dudas y discusiones. Muy pocos eruditos
podrían fechar el Éxodo más allá de una duración de tiempo de dos siglos y medio
(1450-1200). Dado que no hay referencias o incidentes en el libro del Éxodo que
pueden ser definitivamente relacionadas con la historia de Egipto, poder fechar el
momento demanda ulteriores investigaciones.
Respecto a una fecha más específica de la era mosaica, dos clases de
evidencias pueden garantizar una cuidadosa investigación y minucioso examen: la
arqueológica y la bíblica. Hasta ahora, ninguna ha proporcionado una conveniente
respuesta que obtenga el apoyo de los eruditos del Antiguo Testamento.
La caída de Jericó, que ocurrió dentro del medio siglo siguiente al Éxodo, está
todavía sujeta a una fecha arqueológica que se balancea entre aproximadamente
dos siglos (1400-1200). Las recientes excavaciones han confirmado antiguos
hallazgos y conclusiones para su reexamen. Garstang, que excavó Jericó (1930-
1936), razonó que la invasión de Josué está mejor fechada alrededor de 1400 a. C.
Miss Kathleen Kenyon mantiene que los hallazgos sobre los cuales estaban basadas
estas conclusiones, proceden de la primitiva Edad del Bronce (tercer milenio) y que
virtualmente no resta nada de los siglos durante los cuales se fechan la ocupación
israelita (1500-1200). En consecuencia, ella afirma que su reciente excavación (1952-
1956) no arroja luz alguna sobre la destrucción de Jericó. Mientras que Garstang
fechó la última cerámica procedente de la Edad del Bronce, no más tarde de 1385
a. C., Kenyon prefiere una fecha más tardía 1350-1325 a. C. Ya que esto representa
la ocupación de la Edad del Bronce, ella fecha la destrucción de Jericó por los
israelitas en el tercer cuarto del siglo XIV. Albright, Vincent, de Vaux y Rowley
están a favor de la última mitad del siglo XIII para la caída de Jericó bajo Josué.
Los exámenes de la superficie de la cerámica en la Arabia y la TransJordania,
indican que los reinos moabitas, amonitas y edomitas no fueron establecidos hasta
el siglo XIII. Todo esto no ha sido confirmado por extensas excavaciones, por lo
que esa cerámica que corresponde a esa zona puede todavía estar sujeta a
posteriores reajustes cronológicos. Comparativamente se conoce poco respecto a
las condiciones de vida del pueblo a quien los israelitas encontraron en su camino
hacia Canaán. Aunque Glueck no halló evidencia de habitantes en TransJordania
para el período anterior al siglo XIII, es posible que ese pueblo estuviese viviendo
en ciudades hechas con tiendas, en cuyo caso, naturalmente, no quedarían ruinas.
Tampoco tiene la identificación de Pitón y Ramsés respuesta concluyente para
evidenciar la fecha de la partida de Israel de Egipto. Esas ciudades pudieron haber
sido construidas por los israelitas, pero vueltas a construir y a recibir nuevos
nombres por Ramsés durante su reinado. En consecuencia, la evidencia
arqueológica, que por el momento está sujeta a varias interpretaciones, no ofrece
una concluyente prueba para la precisa datación cronológica del Éxodo.
Los informes bíblicos proveen datos limitados para el establecimiento de una
fecha definitiva para la época de la esclavitud de Israel. Sólo una referencia
cronológica, específicamente, eslabona la era Salomónica —que tiene fechas bien
establecidas— con el Éxodo. La suposición, de que los 480 años anotados en I
Reyes 6:1 proveen una base para la datación exacta, proporciona una fecha para el
Éxodo aproximadamente en 1450 a. C. Aunque otras referencias y el relato de otros
acontecimientos, apunten hacia una larga era entre la entrega de Egipto y la era del
reinado de Israel, ninguno de los pasajes bíblicos implican la garantía de una
datación precisa.
Más numerosas son las anotaciones bíblicas que aproximan el período que
precedió al Éxodo. Aun cuando los problemas de interpretación están todavía sin
resolver, todo conduce a la impresión de que los israelitas pasaron varios siglos en
Egipto. Las referencias genealógicas pueden sugerir un período comparativamente
corto de tiempo entre José y Moisés; pero el uso de una genealogía como base
para una aproximación del tiempo, está todavía sujeta a discusión. Las genealogías
con frecuencia tienen amplias lagunas que las hacen inutilizables para la fijación de
una cronología. El crecimiento de los israelitas desde setenta hasta una gran
multitud, que amenazaba el orden egipcio, favorece igualmente el lapso de siglos
para la residencia de Israel en la tierra del Nilo.
Las consideraciones bíblicas indican cronologías más extensas antes y después
del Éxodo. Sobre esta base, es razonable considerar 1450 como una fecha
apropiada para el Éxodo y permite la migración de Jacob y sus hijos en la era de los
huesos y de su supremacía en Egipto.
El relato bíblico
La dramática escapada de la esclavitud egipcia se halla vividamente retratada
en Ex. 1:1-19:2. Comenzando con una breve referencia a José y a la adversa fortuna
de Israel, los histriónicos acontecimientos centrados alrededor de Moisés culminan
en la emancipación de Israel.
Opresión bajo el Faraón
En los días de José, los israelitas, que tenían intereses pastorales, recibieron el
permiso de disfrutar la tierra más fértil en el Delta del Nilo. Los invasores hicsos,
pueblo también de pastores, muy verosímilmente estuvieron favorablemente
dispuestos hacia los israelitas. Con la expulsión de los hicsos, los gobernantes
egipcios asumieron más poder y con el tiempo, empezó la opresión de los israelitas.
Un nuevo gobernante, no familiar a José, no tenía interés personal en Israel; pero
introdujo una serie de medidas que tenían como fin aliviar el temor de una rebelión
israelita. Consecuentemente, el pueblo elegido fue destinado a una dura labor
construyendo ciudades, tales como Pitón y Ramsés (Ex. 1:11). Un edicto real ordenó
a los egipcios que matasen, a su nacimiento, a todos los varones nacidos a los
israelitas. Este fue el designio del Faraón para contrarrestar la bendición de Dios
sobre Israel conforme el pueblo crecía y aumentaba y prosperaba (Ex. 1:15-22).
Años más tarde, cuando Moisés desafió el poder del Faraón, la opresión fue
intensificada, reteniendo a los esclavos israelitas la paja tan útil en la producción de
ladrillos (Ex. 5:1-21).
La preparación de un caudillo
Moisés nació en tiempos peligrosos. Fue adoptado por la hija del Faraón y se
le dieron facilidades y ventajas para su educación en el más importante centro de
aquella civilización. Aunque no esté mencionado en el Éxodo, Esteban, dirigiéndose
al Sanedrín en Jerusalén, se refiere a Moisés como habiendo sido instruido en la
sabiduría egipcia (Hechos 7:22). Una extensa facilidad educacional en la corte
egipcia fue llevada a cabo durante el Nuevo Reino y su período, para entrenar a los
reales herederos de los príncipes tributarios. Aunque retenidos como rehenes para
asegurarse de la percepción de los tributos, eran magníficamente tratados en su
principesca prisión. Si un lejano príncipe moría, un hijo que había estado sometido
a la cultura egipcia era designado para el trono con la esperanza de que sería un
leal vasallo del Faraón. Es altamente probable que Moisés recibiese su educación
egipcia juntamente con los herederos reales de Siria y otras tierras.
El valeroso intento de Moisés de ayudar a su pueblo finalizó en el fracaso.
Temiendo la venganza del Faraón, huyó hacia la tierra de Madián, donde pasó los
siguientes cuarenta años. Allí fue favorablemente acogido en el hogar de Reuel, un
sacerdote de Madián, quien era también conocido por Jetro. Con el transcurso del
tiempo, Moisés tomó por esposa a la hija de Reuel, Séfora y se estableció
dedicándose a la vida de los pastores en el desierto de Madián. A través de la
experiencia adquirida del pastoreo en la zona que rodeaba el Golfo de Acaba,
Moisés indudablemente adquirió un gran conocimiento de aquel territorio. Sin
hallarse consciente de su importancia, recibió una excelente preparación para
conducir a Israel a través de aquel desierto muchos años más tarde.
La llamada de Moisés es ciertamente significativa a la luz del pasado y su
entrenamiento (Ex. 3-4). En la corte del Faraón se dio cuenta de que habría de
contender con la autoridad. No sin razón solicitó la libertad de los israelitas. Dios
aseguró a Moisés la divina ayuda y que proveería su actuación con tres milagros
que le acreditasen ante los israelitas: el bastón que se convirtió en una serpiente, la
mano del leproso y el agua que se convertiría en sangre. Esto suministró una base
razonable para que los israelitas creyesen que Moisés estaba comisionado por el
Dios de los patriarcas. Habiendo recibido la seguridad de que Aarón sería su
portavoz, Moisés cumplió con la llamada de Dios y volvió a Egipto.
La confrontación con el Faraón
Durante el período del Nuevo Reino, el poder del Faraón era soberano y no
sobrepasado por ninguna nación contemporánea. Su dominio, a veces, se extendía
tan lejos como el Eufrates. La aparición de Moisés en, la corte real, demandando la
puesta en libertad de su pueblo de Israel, significaba un desafío al poder del Faraón.
Las plagas, que ocurrieron durante un período relativamente corto,
demostraron el poder del Dios de Israel, no solo al Faraón y a los egipcios, sino
también a los propios israelitas. La actitud del Faraón desde el principió, es la del
reto expresada en la pregunta: "¿Quién es ese Señor cuya voz yo debería obedecer
para dejar a Israel que se marche?" (Ex. 5:2). Cuando se enfrentó con la
oportunidad de dar cumplimiento a la voluntad de Dios, el Faraón se resistió,
endureciendo su corazón en el curso de aquellas circunstancias que con tal motivo
se desarrollaron. Las tres diferentes palabras hebreas advirtiendo al Faraón su
actitud —como se establece por diez veces en Ex. 7:13-13:15— denota la
intensificación de una condición ya existente. Dios permitió vivir al Faraón
dotándole con la capacidad de resistir las divinas ofertas (Ex. 9:16). En esta forma
Dios endureció su corazón como está indicado en dos predictivas referencias (Ex.
4:21 y 7:23) lo mismo que en la narrativa (9:12-14:17). El propósito de las plagas —
claramente establecidas en Ex. 9:16— es mostrar al Faraón el poder de Dios en
nombre de Israel. El gobernador de Egipto era así desafiado por un poder
sobrenatural.
De qué forma fueron afectados los egipcios por las plagas, no está totalmente
declarado. La última plaga consistía en llevar a juicio a todos los dioses de Egipto
(Ex. 12:12). La incapacidad del Faraón y su pueblo para contrarrestar aquellas plagas
tuvo que haber demostrado a los egipcios la superioridad del Dios de Israel en
comparación con los dioses que ellos adoraban. Aquello fue la causa de que
algunos egipcios llegaran al conocimiento del Dios de Israel (Ex. 9:20).
Israel se hizo consciente, asimismo, de la divina intervención. Habiendo
permanecido en la esclavitud y el cautiverio por diversas generaciones, los israelitas
no habían sido testigos de una demostración del poder de Dios en su época. Cada
plaga triunfante aportaba una mayor manifestación de lo sobrenatural, de tal
forma, que con la muerte del primogénito, los israelitas comprobaron que estaban
siendo liberados por Uno que era omnipotente.
Las plagas están mejor explicadas como una manifestación del poder de Dios,
a través de fenómenos naturales. Ni el elemento natural, ni el sobrenatural, debería
quedar excluido. Todas las plagas tenían elementos comúnmente conocidos para
los egipcios, tales como la de las ranas, los insectos, y las inundaciones del Nilo.
Pero la intensificación de aquellas cosas que eran naturales, la exacta predicción de
la llegada y desaparición de las mismas, lo mismo que la discriminación mediante la
cual los israelitas quedaron excluidos de ciertas plagas, fueron sucesos que debieron
haber causado el reconocimiento de lo sobrenatural.
La pascua de los judíos
A los israelitas se les dio instrucciones específicas por Moisés de la ultima plaga
(Ex. 12:1-51). La muerte del primogénito no afectó a aquellos que cumplieron con
los divinos requerimientos.
Un cordero o un cabrito, sin tacha alguna, fue escogido en el décimo día de
Abib. El animal fue muerto en el día décimo cuarto hacia el atardecer y su sangre
aplicada al dintel de cada casa. Con la preparación para la partida completada, los
israelitas comieron la carne de la pascua que consistía en carne, pan sin levadura y
hierbas amargas. Abandonaron Egipto inmediatamente tras de que el primogénito
de cada hogar egipcio hubiese muerto.
Para los israelitas el éxodo de la tierra de Egipto fue el más grande c los
acontecimientos del Antiguo Testamento y su época. Cuando el Faraón comprobó
que el primogénito de cada hogar egipcio había sido muerto, el tuvo conforme con
la partida de los israelitas. La observancia de la pascua fue una rememoración anual
de que Dios les había puesto en libertad del cautiverio. El mes de Abib, más tarde
conocido por Nisan, marcó desde entonces el comienzo de su año religioso.
La ruta hacia el Monte Sinaí
El viaje de Israel hacia Canaán vía la península del Sinaí estuvo divinamente
ordenada. No había duda del camino directo —un camino en buen uso utilizado
para propósitos comerciales y militares— y que les llevaría la tierra prometida en
una quincena. Para una desorganizada multitud esclavos liberados, el desvío
sinaítico no solo tenía una ventaja milita sino que también les proveía de tiempo y
oportunidades para su organización.
El incrementado conocimiento arqueológico y topográfico ha disipado las
antiguas disputas respecto a la historicidad de este caminar hacia sur, incluso aunque
algunas identificaciones geográficas son todavía incie tas. La imprecisa significación
de nombres de lugares tales como Sucot, Etam, Pi-hahirot, Migdol y Baal-zefón, dan
margen a diversas teorías q conciernen a la ruta exacta. Los Lagos Amargos pueden
haber si relacionados con el Golfo de Suez, por lo que este canal cenagoso podría s
el "Mar de las Cañas" (Yam Suph). Es muy probable que los egipci tuviesen una línea
de fortificaciones más o menos idénticas con el Caí de Suez para protegerles de los
invasores asiáticos.
El punto exacto del paso de las aguas por Israel es de secunda] importancia
por el hecho de que esta masa de agua, además de haber ah gado a los egipcios
perseguidores, suministrase una infranqueable barre entre los israelitas y la tierra de
Egipto. Un fuerte viento del este par las aguas para el paso de las gentes de Israel.
Aunque esto puede haber si similar a algún fenómeno natural el elemento tiempo
claramente indica una intervención sobre natural hecha en su favor (Ex. 14:21). La
protección divina fue aparente también cuando la columna en forma de nube les
ocu de los egipcios y evitó que éstos les atacasen antes de que las aguas se abriesen.
Tras esta triunfante liberación, Israel tenía razón para dar gracias Dios (Ex. 15).
Una jornada de tres días a través del desierto de Shur llevó a Israel ha Mará,
donde las aguas amargas se convirtieron en aguas dulces. Avanzan hacia el sur, los
evadidos acamparon en Elim, donde disfrutaron de la comodidad de doce
manantiales de agua y de setenta palmeras. En el desierto de Sin, Dios
milagrosamente les proveyó del maná, que les sirvió de alimento diario hasta que
entraron en Canaán. Las codornices también fueron suministradas en abundancia
cuando los israelitas tuvieron necesidad de carne. En Refidín, ocurrieron tres cosas
significativas: el agua que surge de la roca cuando Moisés la toca con su bastón,
Amalee fue rechazado por el ejército israelita bajo el mando de Josué mientras
Moisés oraba, y Moisés delegando sus deberes de administración a los mayores de
acuerdo con el consejo de Jetro.
En menos de tres meses, los israelitas llegaron a Monte Sinaí (Horeb). Allí
quedaron acampados por aproximadamente un año.
La religión de Israel
El acampamiento en el monte tuvo un propósito. En menos de un año, el
pueblo de la alianza con Dios se convirtió en una nación. La alianza estableció con
el Decálogo las leyes para una vida santificada, la construcción del Tabernáculo, la
organización del Sacerdocio, la institución de las ofrendas y las observancias de las
fiestas y estaciones del año, todo lo cual capacitaba a Israel para servir a Dios de
una forma efectiva (Exodo 19:1 y Nums. 10:10).
LA religión de Israel fue una religión revelada. Durante siglos, los israelitas
habían sabido que Dios hizo un pacto con Abraham, Isaac y Jacob, si bien
experimentalmente no habían sido conscientes de su poder y manifestaciones
hechas en su nombre. Dios realizó un propósito deliberado con esta alianza al
liberar a Israel del cautiverio egipcio y de la esclavitud (Exodo 6:2-9). Y fue en el
monte Sinaí, donde el propio Dios se reveló así mismo al pueblo de Israel.
La experiencia de Israel y la revelación de Dios en aquel acampamiento está
registrada en (Ex. 19 y hasta Lev. 27.)
El pacto
Habiendo estado en cautiverio y en un entorno idolátrico, Israel a partir de
entonces iba a ser un pueblo totalmente devoto de Dios. Por un acto sin
precedentes en la historia, ni repetido desde entonces, quedó repentinamente
cambiado desde una situación de esclavitud a la de una nación libre e
independiente. Allí, en el Sinaí, sobre la base de su liberación, Dios hizo un pacto
por el que sería su nación sagrada.
Israel fue instruido para preparar tres días para el establecimiento de esta
alianza. A través de Moisés, Dios reveló el Decálogo, otras leyes e instrucciones
para la observación de fiestas sagradas. Bajo el liderazgo de Aarón, dos de sus hijos
y setenta mayores, el pueblo adoró a Dios con ofrendas de fuego y de paz. Tras de
que Moisés hubo leído el libro de la alianza, ellos respondieron aceptando sus
términos. La aspersión de la sangre sobre el altar y sobre el pueblo selló el acuerdo.
Israel tuvo la seguridad de que sería llevado a la tierra de Canaán a su debido
tiempo. La condición del pacto era la obediencia. Los miembros individuales de la
nación podían perder sus derechos a la alianza por la desobediencia. Sobre las
llanuras de Moab, Moisés condujo a los israelitas a un público acto de renovación
de todo aquello antes de su muerte (Deut. 29:1).
El Decálogo
Las diez palabras o diez mandamientos constituyen la introducción al pacto.
Los judíos difieren de Josefo al utilizar Ex. 20:2 como el primer mandamiento
y los versículos 3-6 como el segundo. La división usada por los judíos desde los
primeros siglos del Cristianismo, coloca el versículo 2 aparte como el primer
mandamiento y combina los versículos 3-6 como el segundo. La enumeración
agustina difería ligeramente de la lista citada anteriormente en que el noveno
mandamiento se refiere a la avaricia y el deseo hacia la esposa del prójimo,
mientras que la propiedad estaba agrupada bajo el décimo mandamiento,
siguiendo el orden establecido en el Deuteronomio.
Distribuyendo los diez mandamientos en dos tablas, los judíos desde Filo
hasta el presente, las dividen en dos grupos de cinco cada una. Puesto que la
primera pentada es cuatro veces tan larga como la segunda, esta división puede
estar sujeta a discusión. Agustín asignó tres a la primera tabla y siete a la segunda,
comenzando la última con el mandamiento de honrar padre y madre. Calvino y
muchos otros, que siguieron la enumeración de Josefo, utilizan la misma división en
dos partes, con cuatro en la primera tabla y seis en la segunda. Esta división en dos
partes por Agustín y Calvino, asigna todos los deberes hacia Dios en la primera
tabla. Los deberes hacia los hombres quedan consignados en la segunda. Cuando
Jesús redujo los diez mandamientos en dos en Mateo 22:34-40, pudo haber
aludido a tal división.
La característica distintiva del decálogo es evidente en los primeros dos
mandamientos. En Egipto eran adorados muchos dioses. Las plagas habían sido
dirigidas contra los dioses egipcios. Los habitantes de Canaán también eran
politeístas. Israel iba a ser distinto y único como el propio pueblo de Dios,
caracterizado por una singular devoción a Dios y solo a Dios. Consecuentemente, la
idolatría era una de las peores ofensas en la religión de Israel.
Dios entregó a Moisés la primera copia del decálogo en el monte Sinaí.
Moisés rompió aquellas tablas de piedra sobre las cuales fueron escritos los diez
mandamientos por el dedo de Dios, cuando comprobó que su pueblo estaba
rindiendo culto al becerro de oro fundido. Tras de que Israel fuese debidamente
castigado, pero salvado de la aniquilación mediante la plegaria mtercesoria de
Moisés, Dios le ordenó que le proporcionase dos tablas de piedra (Deut. 10:2, 4).
Sobre tales tablas, Dios escribió una vez más el decálogo. Aquellas tablas fueron más
tarde colocadas en el Arca del Pacto.
Las leyes para un vivir santo
La expansión de las leyes morales y sus regulaciones adicionales para un Vivir
santo, fueron instituidas para guiar a los israelitas en su conducta como "pueblo
santificado por Dios" (Ex. 20-24; Lev. 11-26). La simple obediencia a esas leyes
morales, civiles y ceremoniales, les distinguirían de todas las naciones que les
circundaban.
Esas leyes para Israel pueden ser entendidas mejor a la luz de las culturas
contemporáneas de Egipto y Canaán. El matrimonio entre hermano y hermana,
que era cosa común en Egipto, quedaba prohibido. Las regulaciones concernientes a
la maternidad y al nacimiento de los hijos, no solamente les recordaban que el
hombre es una criatura pecadora, sino que se erigía contra la perversión sexual
como contraste, contra la prostitución, y el sacrificio de los niños asociado con sus
ritos religiosos y con las ceremonias de los cananeos. Las leyes del alimento
purificado y las restricciones concernientes al sacrificio de animales, tenían como fin
evitar que los israelitas se conformaran con las costumbres egipcias, asociadas con
rituales idolátricos. Los israelitas, habiendo vivido y conservado frescas las memorias
y recuerdos de la esclavitud, debían ser instruidos en dejar algo para los pobres en
tiempo de las cosechas, proveer para los sin ayuda, honrar a los ancianos, y rendir
un constante ejemplo de justicia en todas sus relaciones humanas. Conforme se
disponía de un mayor conocimiento relativo al medio religioso contemporáneo de
Egipto y Canaán, es verosímil que muchas de las restricciones para los israelitas
pareciesen más razonables a la mente moderna.
Las leyes morales eran permanentes, pero muchas de las civiles y
ceremoniales, eran temporales en naturaleza. La ley que limitaba el sacrificio de
animales para alimento destinado al santuario central, fue abrogada cuando Israel
entró en Canaán (comparar Lev. 17 y Deut. 12:20-24).
El santuario
Hasta aquel tiempo, el altar había sido el lugar del sacrificio y del culto. Una
de las costumbres de los patriarcas era que deberían erigir un altar allí donde
fuesen. Allá en el monte Sinaí, Moisés construyó un altar, con doce pilares
representando las dos tribus, sobre el cual los jóvenes de Israel ofrecían sacrificios
para la ratificación del pacto (Ex. 24:4 ss.). Un "Tabernáculo de Reunión" que se
menciona en Ex. 33, fue erigida "fuera del campamento". Aquello servía
temporalmente solo como el lugar de reunión para todo Israel, pero también como
el lugar de la divina revelación. Puesto que ningún sacerdocio había sido
organizado, Josué fue el único ministro. Siguiendo inmediatamente la ratificación
del Pacto, Israel recibió la orden de construir un tabernáculo de tal forma que Dios
pudiese "habitar en medio de él" (Ex. 25:8). En contraste con la proliferación de
templos en Egipto, Israel tenía un solo santuario. Los detalles se dan explícitamente
en Ex. 25-40.
Bezaleel de la tribu de Judá fue nombrado jefe responsable de la
construcción. Trabajando junto a él, estaba Aholiab de la tribu de Dan. Estos
hombres estaban especialmente insuflados con el "Espíritu de Dios" y "capacidad e
inteligencia" para supervisar el edificio del lugar del culto (Ex. 31,35-36).
Asistiéndoles, se encontraban muchos otros hombres que se hallaban divinamente
motivados y dotados con capacidad para llevar a cabo sus tareas particulares. Los
ofrecimientos por la libre voluntad del pueblo suministraban material más que
suficiente para el logro propuesto.
El espacio cerrado destinado al tabernáculo era comúnmente conocido y
llamado el atrio (Ex. 27:9-18;38:9-20). Con un perímetro de 300 codos (14 metros)
aquel receptáculo estaba marcado por una cortina de fino lienzo retorcido colgado
sobre pilares de bronce con ganchos de plata. Aquellos pilares eran de dos metros
de altura y espaciados dos metros uno de otro. La única entrada (de nueve metros
de anchura) se encontraba al final de la cara este.
La mitad oriental de este atrio constituía el cuadrado de los adoradores. Allí,
el israelita hizo sus ofrendas en el altar del sacrificio (Ex. 27:1-8; 38:1-7). Este altar
de bronce (tres metros cuadrados y casi dos de altura) con cuernos en cada esquina,
fue construido con acacia recubierta de bronce. El altar era portátil equipado con
escalones y anillas. Más allá del altar surgía la fuente (Ex. 30:17-21; 38:8, 40:30)
que también fue construido en bronce. Allí los sacerdotes se lavaban los pies en
preparación para su oficio en el altar de los sacrificios o en el tabernáculo.
En la mitad occidental del atrio, aparecía el tabernáculo propiamente dicho.
Con una longitud de 13'50 mts. y una anchura de 4'80 mts., estaba dividido en dos
partes. La única entrada abierta hacia oriente, daba acceso al lugar sagrado de
nueve mts. de largura, accesible a los sacerdotes. Más allá el velo era el Lugar
Santísimo (4'5 x 4'5 mts.) donde el Sumo Sacerdote tenía permiso para entrar en el
Día de la Expiación.
El tabernáculo en sí mismo estaba hecho de 48 tablas de 4'5 mts. de altura y
casi 70 cms. de ancho, con 20 a cada lado y ocho en el extremo occidental. Hecho
todo ello con madera de acacia sobrecubierta de oro (Ex. 26:1-37; 36:20-38), las
planchas quedaban sujetas por medio de barras y encastres de plata. El techo
consistía en una cortina de fino lienzo retorcido en colores azul, púrpura y carmesí
con figuras de querubines. La cubierta externa principal estaba fabricada con pelo
fino de cabra, que servía como protección para el lienzo. Dos cubiertas más, una
hecha con pieles de carnero y otra de pieles de tejones, tenían como finalidad
proteger las dos primeras. Dos velos del mismo material de la primera cubierta eran
usados para los lados oriental y occidental del tabernáculo y también para la
entrada del lugar santo. La exacta construcción del tabernáculo no puede ser
determinada, sin embargo, puesto que no se suministran detalles en el relato
escriturístico.
En el lugar santo había colocadas tres piezas de mobiliario: la mesa de los
panes de la proposición al norte, el candelero de oro hacia el sur y el altar del
incienso ante el velo separando el lugar santo del lugar santísimo (Ex. 40:22-28).
La mesa de los panes de la proposición estaba hecha de acacia, recubierta de
oro puro teniendo alrededor una cornisa también de oro, rodeada con un reborde
de un palmo coronado todo ello de oro. Se hicieron cuatro anillas de oro para los
cuatro pies en sus ángulos. Los anillos están por debajo de la cornisa para pasar por
ellos las barras con que tenía que ser llevada (Ex. 25:23-30; 37:10-16). Además,
platos, cucharas, copas y tazas para las liberaciones, todo de oro puro. Sobre la
mesa se pusieron cada sábado doce panes para la proposición, que fueron comidos
por los sacerdotes (Lev. 24:5-9).
El candelero de oro puro todo él en su base y en su tallo era trabajado a
cincel (Ex. 25:31-39; 37:17-24). La forma y medidas del pedestal aparecen inciertas.
De sus lados salían seis brazos, tres de un lado y tres del otro. Tres copas en forma
de flor de almendro con un capullo y una flor en un brazo y otras tres copas de la
misma forma en el otro. El tallo del candelabro tenía también cuatro copas en
forma de almendro en flor con sus capullos y sus flores. Un capullo bajo los dos
primeros brazos que salen del candelabro, otro bajo los otros dos y un tercero bajo
los dos últimos que arrancaban también del candelabro. El conjunto de capullos y
brazos formaba una sola pieza con el candelabro. Todo en oro puro trabajado a
cincel. Cada tarde los sacerdotes llenaban las lámparas con aceite de oliva
suministrado por los israelitas, para proveer de luz durante toda la noche (Ex. 27:
20-21; 30:7-8).
El altar dorado, primeramente usado para la quema del incienso, quedaba en
el lugar santo ante la entrada en el lugar santísimo. Hecho de acacia recubierta de
oro, este altar tenía casi un metro de altura y 46 cms. cuadrados. Tenía un reborde
de oro alrededor de la parte superior y un cuerno y un anillo sobre cada esquina,
de forma que pudiera ser convenientemente transportado con varas (Ex. 30:1-10,
28, 34-37). Cada mañana y cada tarde al llegar los sacerdotes al candelabro,
quemaban incienso utilizando fuego procedente del altar de bronce.
El arca del pacto o testimonio era el objeto más sagrado en la región de
Israel. Esta, y solamente esta, tenía su sitio especial en el lugar santísimo. Hecho de
madera de acacia recubierta de oro puro por dentro y por fuera, este cofre tenía
1'15 mts., de largo con una profundidad y anchura de setenta centímetros (Ex.
25:10-22; 37:1-9). Con anillos de oro y varas en cada lado, los sacerdotes podían
fácilmente transportarla. La cubierta del arca era llamada el propiciatorio. Dos
querubines de oro permanecían sobre la tapa de frente uno respecto del otro con
sus alas cubriendo el centro del propiciatorio. Este lugar representaba la presencia
de Dios. A diferencia de los paganos, no existía ningún objeto material para
representar al Dios de Israel en el espacio que mediaba ente los querubines. El
Decálogo claramente prohibía ninguna imagen o semejanza de Dios. No obstante,
este propiciatorio era el lugar donde Dios y el hombre se encontraban (Ex. 30:6),
donde Dios hablaba al hombre (Ex. 25:22; Núm. 7:89), y donde el sumo sacerdote
aparecía en el día de la expiación para rociar la sangre para la nación de Israel (Lev.
16:14). Dentro del arca propiamente dicha, estaba depositado el Decálogo (Ex.
25:21; 31:18; Deut. 10:3-5), un frasco de maná (Ex. 16:32-34), y la vara de Aarón
que floreció (Núm. 17:10). Antes de que Israel entrase en Canaán, el libro de la Ley
fue colocado cerca del Arca (Deut. 31:26).
El sacerdocio
Anterior a los tiempos de Moisés las ofrendas eran usualmente hechas por el
cabeza de una familia, que oficialmente representaba a su familia en el
reconocimiento y la adoración de Dios. Excepto por la referencia de Melquisedec
como sacerdote de Dios en Gen. 14:18, no se menciona oficialmente el oficio o
cargo de sacerdote. Pero ya que Israel había sido redimido de Egipto, el oficio del
sacerdote se hizo de una significante importancia.
Dios deseó que Israel fuese una nación santa (Ex. 19:6). Para una ministración
adecuada y una adoración y culto efectivos, Dios designó a Aarón para servir como
sumo sacerdote durante la permanencia de Israel en el desierto. Asistiéndole,
estaban sus cuatro hijos: Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar. Los dos primeros fueron
más tarde castigados en juicio por llevar fuego no sagrado al interior del
tabernáculo (Lev. 8:10; Núm. 10:2-4). En virtud de haber escapado a la muerte en
Egipto, el primogénito de cada familia pertenecía a Dios. Elegidos como sustitutos
por hijo mayor en cada familia, los levitas auxiliaban a los sacerdotes en su
ministerio (Núm. 3:5-13; 8:17). En esta forma, la totalidad de la nación estaba
representada en el ministerio sacerdotal.
Las funciones de los sacerdotes eran varias. Su primera responsabilidad era
mediar entre Dios y el hombre. Oficiando en las ofrendas prescritas, ellos conducían
al pueblo asegurándoles la expiación por el pecado (Ex. 28: 1-43; Lev. 16:1-34). El
discernimiento de la voluntad de Dios para el pueblo era la más solemne obligación
(Núm. 27:21; Deut. 33:8). Siendo custodios de la ley, también estaban
comisionados para instruir al laicado. El cuidado y la administración del tabernáculo
también estaba bajo su jurisdicción. Consecuentemente, los levitas estaban
asignados para asistir a los sacerdotes en la ejecución de las muchas
responsabilidades asignadas a ellos.
La santidad de los sacerdotes es aparente en los requerimientos para un vivir
santo, al igual que en los prerrequisitos para el servicio (Lev. 21:1-22:10). La
ejemplaridad en la conducta era especialmente aplicada por los sacerdotes como
obligación de tener un especial cuidado en cuestiones de matrimonio y de disciplina
de la familia. Mientras que las taras físicas les excluían permanentemente del
servicio sacerdotal, la falta de limpieza ceremonial resultante de la lepra, o de
contactos prohibidos, les descalificaba temporalmente del ministerio. Las
costumbres paganas, la profanación de las cosas sagradas, y la contaminación, eran
cosas que tenían que ser evitadas por los sacerdotes en todas las ocasiones. Para el
sumo sacerdote las restricciones eran todavía mucho más exigentes (Lev. 21:1-15).
La santidad peculiar para los sacerdotes también estaba indicada por los
ornamentos que tenían instrucciones de vestir. Hechos de materiales escogidos y de
la mejor labor artesana, tales vestiduras adornaban a los sacerdotes en belleza y en
dignidad. El sacerdote vestía una túnica, un cinturón, una tiara, y unos calzoncillos,
todo ello fabricado con lino fino (Ex. 28:40-43; 39:27-29). La túnica era larga, sin
costuras y con mangas de lino fino, que le llegaban casi hasta los pies. El cinturón,
aunque no está descrito en particular, se ponía por encima de la túnica. De acuerdo
con Ex. 39:29, el azul, la púrpura y el escarlata, eran trabajados en el hilo blanco
del cinturón con aguja, correspondiendo a los materiales y colores utilizados en el
velo y ornamentos del tabernáculo. El manto del sacerdote terminaba con un
casquete plano, en forma de bonete. Bajo la túnica tenía que usar calzoncillos de
hilo fino cuando entraba en el santuario (Ex. 28:42).
El sumo sacerdote se distinguía por ornamentos adicionales que consistían en
una túnica bordada, un efod, un pectoral y una mitra para la cabeza (Ex. 28:4-39).
El vestido, que se extendía desde el cuello hasta por debajo de las rodillas, era azul
y muy liso, excepto por unas granadas y campanillas adheridas al fondo. El
primero, de color azul, púrpura o escarlata, tenía un propósito ornamental. Las
campanillas, hechas en oro, estaban diseñadas para conducir a la congregación que
esperaba en cualquier momento, la entrada del sumo sacerdote en el lugar
santísimo, en el día de la expiación.
El efod consistía en dos piezas de hilo hecho de oro, azul, púrpura y escarlata,
unidas entre sí con tiras en los hombros. En las caderas una pieza extendida en
forma de banda en la cintura sostenía a ambas en su lugar. Sobre cada pieza de los
hombros del efod, el sumo sacerdote vestía una piedra preciosa con los nombres de
seis tribus grabadas por el orden de su nacimiento. Para hacer la cuenta igual, los
levitas eran omitidos, puesto que ellos asistían a los sacerdotes, o posiblemente José
contaba por Efraín y Manases. En esta forma, el sumo sacerdote representaba la
totalidad de la nación de Israel en su ministerio de mediación. Adornando el efod,
llevaba dos bordes dorados y dos pequeñas cadenas de oro puro.
En el pectoral, una especie de bolsa cuadrada, de 25 cms., se hallaba el más
lujoso, magnífico y misterioso complemento del vestido del sumo sacerdote.
Cadenas de oro puro lo eslabonaban a la tira del hombro del efod. El fondo estaba
atado con encaje azul a la banda de la cintura. Todo de piedras grabadas con los
nombres tribales, estaban montadas en oro sobre la plancha pectoral, sirviendo
como un visible recordatorio de que el sacerdote representaba a la nación ante
Dios. El Urim y el Tumim, que significaban "luces" y "perfección" estaban situados en
el pliegue de la citada plancha del pecho (Ex. 28:30, Lev. 8:8). Se conoce poco
respecto a su función o del procedimiento prescrito del sacerdote oficiante; pero el
hecho importante permanece, aquello proveía un medio de discernir la voluntad de
Dios.
Igualmente significativo era la vestidura de la cabeza o turbante del sumo
sacerdote. Extendido por toda la frente y adherido al turbante, llevaba una lámina
de oro puro sobre la cual se hallaba escrito "Santidad al Señor". Ello constituía un
permanente recordatorio de que la santidad es la esencia de la naturaleza de Dios.
Mediante un precepto expiatorio, el sumo sacerdote presentaba a su pueblo como
santo ante Dios. Por medio de los sagrados ornamentos el sumo sacerdote, lo
mismo que los sacerdotes ordinarios, manifestaba, no solamente la gloria de este
ministerio de mediación entre Dios e Israel, sino también la belleza en el culto por
la mezcla del colorido de la ornamentación corporal con el santuario.
En una elaborada ceremonia de consagración, los sacerdotes estaban co-
locados aparte para su ministerio (Ex. 29:1-37; 40:12-15; Lev. 8:1-36). Tras un
lavatorio con agua, Aarón y sus hijos eran vestidos con los ornamentos sacerdotales
y ungidos con aceite. Con Moisés oficiando como mediador, se ofrecía un buey
joven como ofrenda para el pecado, no solamente para Aarón y sus. hijos, sino
para la purificación del altar de los pecados asociados con su servicio. Esto solía ir
seguido por un holocausto en donde se sacrificaba un morueco de acuerdo con el
ritual usual. Otros de estos animales era entonces presentado como ofrenda de paz
en una ceremonia especial. Moisés aplicaba la sangre al dedo pulgar derecho, la
oreja derecha y el dedo gordo del pie derecho de cada sacerdote. Después tomaba
la grasa, la pierna derecha y tres trozos de repostería, que eran normalmente
distribuidos al sacerdote oficiante y los presentaba a Aarón y a sus hijos, quienes
hacían con ellos ciertos signos y movimientos antes de ser consumido sobre el altar.
Tras ser presentado como ofrenda, la pechuga era hervida y comida por Moisés y
los sacerdotes. Precediendo a esta comida sacrificial, Moisés rociaba el aceite de los
ungüentos y la sangre sobre los sacerdotes y sus vestiduras. Esta impresionante
ceremonia de ordenación era repetida cada uno de siete días sucesivos, santificando
los sacerdotes para su ministerio en el tabernáculo. En esta forma la totalidad de la
congregación se hacía consciente de la santidad de Dios cuando el pueblo llegaba
hasta los sacerdotes con sus ofrendas.
Las ofrendas
Las leyes sacrifícales e instrucciones dadas en el Monte Sinaí, no implicaban la
ausencia de las ofrendas anteriormente a este tiempo. Si puede o no ser discutida la
cuestión de las varias clases de ofrendas en el sentido de fuesen claramente
distinguidas y conocidas por los israelitas, la práctica de hacer sacrificios era
indudablemente familiar, de cuanto se deduce de lo registrado acerca de Caín,
Abel, Noé y los patriarcas. Cuando Moisés apeló al Faraón para dejar en libertad al
pueblo de Israel, ya había anticipado las ofrendas y sacrificios haciéndolo así antes
de su partida de Egipto (Ex. 5:1-3; 18:12, y 24:5).
Ahora que Israel era una nación libre y en relación de alianza con Dios, se
dieron instrucciones específicas que concernían a las varias clases de ofrendas.
Llevándolas como estaban prescritas, los israelitas tenían la oportunidad de servir a
Dios de manera aceptable (Lev. 1-7).
Cuatro clases de ofrendas implicaban el esparcir de la sangre: la ofrenda que
tenía que ser quemada, la ofrenda de la paz, la ofrenda del pecado y la ofrenda de
culpa. Los animales estimados como aceptables para el sacrificio eran animales
limpios de manchas cuya carne podía ser comida, tales como corderos, cabras,
bueyes o vacas, viejos o jóvenes. En caso de extrema pobreza estaba permitida la
ofrenda de una paloma o un pichón.
Las reglas generales para hacer el sacrificio eran como sigue:
1. Presentación del animal en el altar
2. La mano del oferente se colocaba sobre la víctima
3. La muerte del animal
4. El rociado de la sangre sobre el altar
5. Quemar el sacrificio
Cuando un sacrificio era ofrecido para la nación, oficiaba el sacerdote.
Cuando un individuo sacrificaba por sí mismo, llevaba al animal, colocaba su mano
sobre él y lo mataba. El sacerdote, entonces, rociaba la sangre y quemaba el
sacrificio. El que ofrecía, no podía comer la carne del sacrificio excepto en el caso
de una ofrenda de paz. Cuando se producían varios sacrificios al mismo tiempo, la
ofrenda del pecado precedía al holocausto y a la ofrenda de paz.
Holocausto
La característica distintiva respecto al holocausto, era el hecho de que la
totalidad del sacrificio era consumido sobre el altar (Lev. 1:5-17; 6:8-13). No estaba
excluida la expiación, puesto que ésta era parte de todo sacrificio de sangre. La
completa consagración del oferante a Dios quedaba significada por la consunción
de la totalidad del sacrificio. Tal vez Pablo hacía referencia a esta ofrenda en su
llamamiento para la completa consagración (Rom. 12:1). Israel tenía ordenado el
mantener una continua ofrenda de fuego día y noche, por medio de ese fuego
sobre el altar de bronce. Se ofrecía un cordero cada mañana y cada tarde, y de ahí
el recordatorio de Israel de su devoción hacia Dios (Ex. 29:38-42; Núm. 28:3-8).
La ofrenda de paz
La ofrenda de paz era totalmente voluntaria. Aunque la representación y la
expiación estaban incluidas, la característica primaria de esta ofrenda era la comida
sacrificial (Lev. 3:1-17; 7:11-34; 19:5-8; 22:21-25). Esto representaba una
comunicación viviente y una camaradería y amistad entre el hombre y Dios. Se
permitía a la familia y a los amigos unirse al oferente en esta comida sacrificial
(Deut. 12:6-7, 17-18). Puesto que era un sacrificio voluntario, cualquier animal,
excepto un ave, resultaba aceptable, sin tener en cuenta la edad o el sexo. Tras la
muerte de la víctima y el rociado de sangre para hacer expiación por el pecado, la
grasa del animal era quemada sobre el altar. A través de los ritos de los
movimientos de las manos del oferente, que sostenía el muslo y el pecho, el
sacerdote oficiante dedicaba estas porciones del animal a Dios. El resto de la
ofrenda servía como fiesta para el oferente y sus huéspedes invitados. Esta alegre
camaradería significaba el lazo de amistad entre Dios y el hombre.
Existían tres clases de ofrendas de paz. Aquellas variaban con la motivación
del oferente. Cuando el sacrificio se hacía en reconocimiento de una bendición
inesperada o inmerecida, se llamaba ofrenda de acción de gracias. Si la ofrenda se
hacía en pago de un voto o promesa, se le llamaba ofrenda votiva. Si la ofrenda
tenía como motivo una expresión de amor a Dios, se le daba el nombre de ofrenda
voluntaria. Cada una de tales ofrendas era acompañada por una comida de ofrenda
prescrita. La ofrenda de gracias duraba un día, mientras que las otras dos se
extendían a dos, con la condición de que cualquier cosa que quedase tenía que ser
consumida por el fuego al tercer día. En esta forma, el israelita gozaba del privilegio
de entrar en el gozo práctico de su relación de alianza con Dios.
La ofrenda por el pecado
Los pecados de ignorancia cometidos inadvertidamente, requerían una
ofrenda (Lev. 4:1-35; 6:24-30). La violación de la negativa de órdenes punibles por
excisión podía ser rectificada por un sacrificio prescrito. Aunque Dios tenía solo una
pauta de moralidad, la ofrenda variaba con la responsabilidad del individuo.
Ningún caudillo religioso o civil era tan prominente que su pecado fuese
condenado, ni ningún hombre tan insignificante que su pecado pudiera ser
ignorado. Existía una gradación en las ofrendas requeridas: un becerro para el sumo
sacerdote o para la congregación, un macho cabrío para un gobernante, una cabra
para un ciudadano privado. El ritual variaba también. Para el sacerdote o la
congregación, la sangre era rociada siete veces ante la entrada del lugar santísimo.
Para el gobernante y el laico, la sangre era aplicada a los cuernos del altar. Puesto
que era una ofrenda de expiación, la parte culpable carecía del derecho de comer la
carne del animal, en ninguna de sus partes. Consecuentemente, este sacrificio o bien
era consumido sobre el altar o quemado al exterior, en el campo, con una
excepción: el sacerdote recibía una porción cuando oficiaba en nombre de un
gobernante o seglar.
La ofrenda por el pecado era requerida también para pecados específicos,
tales como rehusar el testificar, la profanación del ceremonial o un juramento en
falso (Lev. 5:1-13). Incluso aunque esta clase de pecados podían ser considerados
como intencionales, no representaban un desafío calculado a Dios castigado por la
muerte (Núm. 15:27-31). La expiación alcanzaba a cualquier pecado arrepentido,
sin tener en cuenta su situación económica. Si no podía ofrecer una oveja o una
cabra, podía sustituirlas por una tórtola o una paloma. En casos de extrema
pobreza, incluso una pequeña porción de harina de flor fina — el equivalente de
una ración diaria de alimento — aseguraba a la parte culpable la aceptación por
parte de Dios. (Para otras ocasiones que requieran una ofrenda del pecado, ver Lev.
12:6-8; 14:19-31; 15: 25-30; y Núm. 6:10-14).
La ofrenda de expiación
Los derechos legales de una persona y de su propiedad, en situación que
implicase a Dios al igual que a un amigo, estaban claramente establecidos en los
requerimientos por las ofrendas de la trasgresión (Lev. 5:14-6:7; 7:1-7). El fallo en el
reconocimiento de Dios al descuidar el llevarle los primeros frutos, el diezmo, u
otras ofrendas requeridas, necesitaba no solamente la restitución, sino también un
sacrificio. Además, era preciso pagar seis quintos de las deudas requeridas, y el
ofensor también sacrificaba un carnero con objeto de obtener con ello el perdón.
Este costoso sacrificio le recordaba el precio del pecado. Cuando la mala acción era
cometida contra un amigo, el quinto era también preciso para hacer la pertinente
enmienda. Si la restitución no podía ser hecha para el ofendido o un pariente
cercano, estas reparaciones eran pagadas al sacerdote (Núm. 5:5-10). El infringir de
los derechos de otras personas, también representaba una ofensa contra Dios. Por
tanto, era necesario un sacrificio.
La ofrenda del grano
Esta es la única ofrenda que no implicaba la vida de un animal, sino que
consistía primariamente en los productos de la tierra, que representaban los frutos
del trabajo del hombre (Lev. 2:1-16; 6:14-23). Esta ofrenda podía ser presentada en
tres diferentes formas, siempre mezcladas con aceite, incienso y sal, pero sin
levadura ni miel. Si una ofrenda consistía en tos primeros frutos, las espigas del
nuevo grano eran quemadas en el fuego. ras de moler el grano, podía presentarse
al sacerdote como harina fina o pan sin levadura, tartas o bien en forma de obleas
preparadas en el horno.
Parece que una parte de estas ofrendas eran acompañadas de una propor-
cionada cantidad de vino para sus libaciones (Ex. 29:40; Lev. 23:13; Núm. 15:5,10).
Una justificable inferencia es que la ofrenda del grano, no era nunca llevada sola.
Primeramente existía el acompañamiento de las ofrendas de paz y del fuego. Para
estas dos parecía ser el necesario y adecuado suplemento (Núm. 15:1-13). Tal era el
caso de la ofrenda diaria del fuego (Lev. 6:14-23; Núm. 4:16). La totalidad de la
ofrenda era consumida cuando estaba ofrecida por el sacerdote para la
congregación. En el caso de una ofrenda individual, el sacerdote oficiante
presentaba sólo un puñado ante el altar del holocausto y retenía el resto para el
tabernáculo. Ni en la ofrenda misma ni en el ritual, hay alguna sugerencia de que
proveía expiación por el pecado. Por medio de estas ofrendas, los israelitas
presentaban los frutos de su trabajo, significando así la dedicación de sus regalos a
Dios.
Las fiestas y estaciones
Por medio de las fiestas y estaciones designadas, los israelitas recordaban
constantemente que ellos eran el pueblo de Dios. En el pacto con Israel, que este
ratificó en el Monte Sinaí, la fiel observancia de los períodos establecidos era una
parte del compromiso adquirido (Ex. 20-24).
El Sabbath
Lo primero, y muy principalmente, era la observancia del Sabbath. Aunque el
período de siete días queda referido en el Génesis, el sábado (día de reposo) está
primeramente mencionado en Ex. 16:23-30. En el Decálogo (Ex. 20:8-11), los
israelitas tienen que "acordarse del día de reposo" indicando que este no era el
principio de su observancia. Para descansar o cesar de sus trabajos, los israelitas
recordaban que Dios descansó de su obra creativa en el séptimo día. La observancia
del sábado era un recordatorio de que Dios había redimido a Israel del cautiverio
egipcio y santificado como su pueblo santo (Ex. 31:13; Deut. 5:12-15). Habiendo
sido liberado del cautiverio y la servidumbre, Israel disponía de un día de cada
semana para dedicarlo a Dios, que indudablemente no hubiera sido posible
mientras que el pueblo había servido a sus amos egipcios. Incluso sus sirvientes
estaban incluidos en la observancia del día de reposo. Se prescribía un castigo extre-
mo para cualquiera que deliberadamente despreciaba el sábado (Ex. 35:3; Núm.
15:32-36). Mientras que el sacrificio diario para Israel era un cordero, en el sábado
se ofrecían dos (Núm. 28:9,19). Este era también el día en que doce tortas de pan
eran colocadas sobre la mesa en el lugar santo (Lev. 24:5-8).
La luna nueva y la fiesta de las trompetas
El sonido de las trompetas proclamaban oficialmente el comienzo de un
nuevo mes (Núm. 10:10). Se observaba también la luna nueva sacrificando ofrendas
al pecado y al fuego, con provisiones apropiadas de carne y bebida (Núm. 28:11-
15). El mes séptimo, con el día de la expiación y la fiesta de las semanas, marcaba el
clímax del año religioso, o el fin del año (Ex. 34:22). En el primer día de este mes
de la luna nueva, era designado como el de la fiesta de las trompetas y se
presentaban ofrendas adicionales (Lev. 23:23-25; Núm. 29:1-6). Este también era
comienzo del año civil.
El año sabático
Íntimamente relacionado con el sábado, estaba el año sabático, aplicable a los
israelitas cuando entraron en Canaán (Ex. 23:10-11; Lev. 25:1-7). Observándolo
como un año festivo para la tierra, dejaban los campos sin cultivar, el grano sin
sembrar y las viñas sin cuidados cada siete años. Cualquier cosa que recogiesen en
dicho año tenía que ser compartido por los propietarios, los sirvientes y los
extraños, al igual que las bestias. Los que tenían créditos a su favor, tenían
instrucciones de cancelar las deudas en que hubiesen incurrido los pobres durante
los seis años precedentes (Deut. 15:1-11). Puesto que los esclavos eran liberados cada
seis años, probablemente tal año era también el año de su emancipación (Ex. 21:2-
6; Deut. 15:12-18). De esta forma, los israelitas recordaban su liberación del
cautiverio egipcio.
Las instrucciones mosaicas también preveían para la lectura pública de la ley
(Deut. 31:10-31). En esta forma, el año sabático tuvo su específica significación para
jóvenes y viejos, para los amos y sus sirvientes.
Año de júbilo
Después de la observancia del año sabático, llegaba el año del jubileo. Se
anunciaba por el clamor de las trompetas en el décimo día de Tishri, el mes
séptimo. De acuerdo con las instrucciones dadas en Lev. 25:8-55, este marcaba un
año de libertad en el cual la herencia de la familia era restaurada a aquellos que
habían tenido la desgracia de perderla, los esclavos hebreos eran puestos en libertad
y la tierra era dejada sin cultivar.
En la posesión de la tierra el israelita reconocía a Dios como el verdadero
propietario de ella. Consecuentemente tenía que ser guardada por la familia y
pasaba como si fuese una herencia. En caso de necesidad, podían venderse sólo el
derecho a los productos de la tierra. Puesto que cada cincuenta años esta tierra
revertía a su propietario original, el precio estaba directamente relacionado con el
número de año que se mantenía antes del año del jubileo. En cualquier momento,
durante este período, la tierra estaba sujeta a rendición, por el propietario o un
pariente próximo. Las casas existentes en las ciudades amuralladas, excepto en las
ciudades levíticas, no estaban incluidas bajo tales principios del año del jubileo.
Los esclavos eran dejados en libertad durante este año, sin tener en cuenta la
duración de su servicio. Seis años era el período máximo de servidumbre para
cualquier esclavo hebreo sin la opción de la libertad (Ex. 21:1). En consecuencia, no
podía quedar reducido a la condición de perpetuo estado de esclavitud, aunque
pudiese considerarlo necesario el venderlo a otro como sirviente alquilado, cuando
financieramente fuese preciso. Incluso los esclavos no hebreos no podían ser
considerados como de propiedad absoluta. La muerte como resultado de la
crueldad por parte de su amo, estaba sujeta a castigo (Ex. 21:20-21). En caso de
evidentes malos tratos personales, un esclavo podía reclamar su libertad (Ex. 21:26-
27). Por el periódico sistema de dejar en libertad a los hebreos esclavos y la
demostración de amor y amabilidad a los extranjeros en la tierra (Lev. 19:33-34),
los israelitas recordaban que ellos también habían sido esclavos en la tierra de
Egipto.
Incluso cuando el año del jubileo era seguido por el año sabático, los israelitas
no tenían permiso para cultivar el suelo durante este período. Dios les había
prometido que recibirían tal abundante cosecha en el sexto año que tendrían
suficiente para el séptimo y el octavo años siguientes, que eran tiempo para el
descanso de la tierra. De este modo, los israelitas recordaban también que la tierra
que poseían al igual que las cosechas que de ellas recibían, era un regalo de Dios.
Fiestas anuales
Las tres observaciones anuales celebradas como fiestas, eran: (1) La pascua y
fiesta de los panes sin levadura, (2) la fiesta de las semanas, primicias o siega, (3) la
fiesta de los tabernáculos o cosecha. Tenían tal significación estas fiestas que todos
los israelitas varones eran requeridos para su debida atención y celebración (Ex.
23:14-17).
La pascua y la fiesta de los panes sin levadura
Históricamente, la pascua fue primeramente observada en Egipto cuando las
familias de Israel fueron excluidas de la muerte del primogénito, matando el
cordero pascual (Ex. 12:1-13:10). El cordero era escogido en el décimo día del mes
de Abib y matado en el décimo cuarto. Durante los siete días siguientes solo podía
comerse los panes sin levadura. Este mes de Abib, más tarde conocido por Nisán,
era designado como "el principio de los meses" o el principio del año religioso (Ex.
12:2). La segunda pascua era observada en el décimo cuarto día de Abib un año
después de que los israelitas abandonasen Egipto (Núm. 9:1-5). Ya que ninguna
persona incircuncisa podía compartir la pascua (Ex. 12:48), Israel no observó este
festival durante el tiempo en su peregrinación por el desierto (Jos. 5:6). No fue sino
hasta que el pueblo entró en Canaán, cuarenta años después de dejar la tierra de
Egipto en que se observó la tercera pascua.
El propósito de la observancia de la pascua, era el recordar a los israelitas
anualmente la milagrosa intervención de Dios en su favor (Ex. 13: 3-4; 34:18; Deut.
16:1). Ello marcaba la inauguración del año religioso.
El ritual de la pascua sufrió indudablemente algunos cambios de su primitiva
observancia, cuando Israel no tenía sacerdotes ni tabernáculo. Los ritos de carácter
temporal eran: el sacrificio de un cordero por el cabeza de cada familia, el rociado
de la sangre en las puertas y dinteles y posiblemente también, la forma en que
compartían el cordero. Con el establecimiento del tabernáculo, Israel disponía de
un santuario central en donde los hombres tenían que congregarse tres veces al año
comenzando con la estación de la pascua (Ex. 23:17; Deut. 16:13). Los días quince y
veinticinco eran días de sagrada convocación. En toda la semana, sólo podía
comerse por los israelitas el pan sin levadura. Puesto que la pascua era el principal
acontecimiento de la semana, a los peregrinos se les permitía volver a casa a la
mañana siguiente de esta fiesta (Deut. 16:7). Mientras tanto, durante toda la
semana se hacían ofrendas adicionales diarias para la nación, consistentes en dos
becerros, un carnero y siete corderos machos para una ofrenda de fuego, con la
comida de ofrenda prescrita y un macho cabrío para una ofrenda de pecado (Núm.
28:19-23; Lev. 23:8). Acompañando el ritual en el cual el sacerdote movía la gavilla
ante el Señor, estaba la presentación de una ofrenda de fuego consistente en un
cordero macho además de una comida de ofrenda de flor de harina mezclada con
aceite y una ofrenda de vino. Ningún grano tenía que ser usado de la nueva
cosecha hasta el público reconocimiento que tenía que ser hecho como materiales
de bendición que procedían de Dios. Por consiguiente, en la observancia de la
semana de la pascua, los israelitas eran no solamente conscientes de su histórica
liberación de Egipto, sino también reconocían la bendición de Dios que era
continuamente evidente en provisiones materiales.
Tan significante era la celebración de la pascua, que su especial provisión era
hecha para aquellos que estaban incapacitados para participar en el tiempo
señalado y observarla un mes más tarde (Núm. 9:9-12). Cualquiera que rehusara
observar la pascua quedaba reducido al ostracismo en Israel. Incluso el extranjero
era bienvenido para participar en aquella celebración anual (Núm. 9:13-14).
Así, la pascua era la más significativa de todas las fiestas y observaciones en
Israel. Conmemoraba el más grande de todos los milagros que el Señor había
puesto en evidencia en favor del pueblo de Israel. Esto se halla indicado por
muchas referencias en los Salmos y en los libros profetices. Aunque la pascua era
observada en el tabernáculo, cada familia tenía un vivísimo recuerdo de su
significación, comiendo los panes sin levadura. No había ningún israelita
exceptuado de su participación en ella. Esto servía como un recordatorio anual de
que Israel era la nación elegida de Dios.
Fiesta de las semanas
Mientras que la pascua y la fiesta del pan sin levadura era observada al
comienzo de la cosecha de la cebada, la fiesta de las semanas tenía lugar cincuenta
días más tarde, tras la cosecha del trigo (Deut. 16:9). Aunque era una ocasión
verdaderamente importante, la fiesta era observada solamente un día. En este día
de descanso, se presentaba una comida especial y una ofrenda consistente en dos
hogazas de pan con levadura que se presentaba al Señor para el tabernáculo,
significando con ello que el pan de cada día era proporcionado por obra del Señor
(Lev. 23:15-20). Los sacrificios prescritos eran presentados con esta ofrenda. En esta
alegre ocasión, el israelita no olvidaba nunca al menos afortunado, dejando
alimentos en los campos para los pobres y los necesitados.
La fiesta de los tabernáculos
El último festival anual era la fiesta de los tabernáculos4, un período de siete
días durante el cual los israelitas vivían en tiendas (Ex. 23:16; 34: 22; Lev. 23:40-
41). Esta fiesta no sólo marcaba el fin de la estación de las cosechas, sino que
cuando estuvieron establecidos en Canaán, servía de recordatorio de su
permanencia en el desierto en que tenían que vivir en tiendas de campaña.
Las festividades de esta semana encontraban su expresión en los mayores
holocaustos jamás presentados, sacrificando un total de setenta bueyes. Ofreciendo
trece el primer día, que se consideraba como una convocación sagrada, el número
iba decreciendo diariamente en uno. Cada día, además, se ofrecía una ofrenda de
fuego adicional. Esta ofrenda consistía en catorce corderos y dos carneros con sus
respectivas ofrendas igualmente de carne y bebida. Una convocatoria sagrada
celebrada en el octavo día, llevaba a la conclusión de las actividades del año
religioso.
Cada año séptimo era peculiar en la celebración de la fiesta de los
tabernáculos. Era el año de la pública lectura de la ley. Aunque a los peregrinos se
les pedía observar la pascua y la fiesta de las semanas durante un día, ellos
normalmente empleaban la totalidad de la semana en la fiesta de de los
tabernáculos, dando ocasión de una amplia oportunidad para la lectura de la ley de
acuerdo con el mandamiento de Moisés (Deut. 31:9-13).
Día de la Expiación
La más solemne ocasión de la totalidad del año era el día de la expiación
(Lev. 16:1-34; 23:26-32; Núm. 29:7-11). Era observada en el décimo día de Tishri
con una sagrada convocatoria y ayuno. En aquel día no era permitido ningún
trabajo. Este era el único ayuno requerido por la ley de Moisés.
El principal propósito de esta observancia era el hacer una verdadera
expiación. En su elaborada y singular ceremonia la propiciación fue hecha por
Aarón y su casa, el santo lugar, la tienda de la reunión, el altar de las ofrendas de
fuego y por la congregación de Israel.
Sólo el sumo sacerdote podía oficiar en aquel día. Los otros sacerdotes ni
siquiera se les permitía estar en el santuario sino identificarse con la congregación.
Para esta ocasión, el sumo sacerdote lucía sus especiales ornamentos y se vestía con
lino blanco. Las ofrendas prescritas para el día eran, como sigue: dos carneros como
holocausto para sí mismo y para la congregación, un becerro para su propia
ofrenda de pecado, y dos machos cabríos como una ofrenda de pecado por el
pueblo.
Mientras que las dos cabras permanecían en el altar, el sumo sacerdote ofrecía
su ofrenda del pecado, haciendo expiación por sí mismo. Sacrificando una cabra en
el altar, hacía la expiación por la congregación. En ambos casos, aplicaba la sangre
al propiciatorio. En manera similar, santificaba el santuario interior, el lugar sagrado
y el altar de las ofrendas de fuego. De aquella forma las tres divisiones del
tabernáculo eran adecuadamente limpiadas en el día de la expiación para la nación.
Después, la cabra era llevada al desierto para que con ella se fuesen los pecados de
la congregación.
Habiendo confesado los pecados del pueblo, el sumo sacerdote volvía al
tabernáculo para limpiarse a sí mismo y cambiarse en sus atavíos oficiales. Una vez
más volvía al altar en el patio exterior. Allí concluía el día de expiación y su ritual
con dos holocaustos, uno para sí mismo y el otro para la congregación de Israel.
Las distintivas características de la religión revelada de Israel formaba un
contraste con el ambiente religioso de Egipto y Canaán. En lugar de la multitud de
ídolos, ellos adoraban a un solo Dios. En vez de un gran número de altares y
hornacinas de adoración, ellos tenían sólo un santuario. Por medio de las ofrendas
prescritas y de los sacerdotes consagrados, se tenía hecha la provisión para que el
laicado pudiese aproximarse a Dios sin temor. La ley les guiaba en una pauta de
conducta que distinguía a Israel como la nación de la alianza con Dios en contraste
con las culturas paganas del entorno. En toda la extensión en que los israelitas
practicaban esta religión divinamente revelada, se hallaban asegurados del favor de
Dios, como se expresaba en la fórmula sacerdotal para bendecir la congregación de
Israel (Núm. 6:24-26):
"Jehová te bendiga y te guarde."
"Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia."
"Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz."
Preparación para la nacionalidad
En los alrededores del Monte Sinaí, Israel celebró el primer aniversario de su
emancipación. Aproximadamente un mes más tarde el pueblo levantó el
campamento, buscando la inmediata ocupación de la tierra prometida. Una marcha
de once días les llevó hasta Cades, donde una crisis precipitó el divino veredicto de
la marcha errabunda por el desierto. No fue sino hasta pasados treinta y ocho años
más tarde, que el pueblo llegó a las llanuras de Moab (Núm. 33:38) y de allí a
Canaán.
Organización de Israel
Mientras que aún estaban estacionados en el Monte Sinaí, los israelitas
recibieron detalladas instrucciones (Núm. 1:1-10:10), muchas de las cuales estaban
directamente relacionadas con su preparación para continuar la jornada hasta
Canaán.
Las instrucciones expuestas en los primeros capítulos pertenecen en gran
medida a cuestiones y materias de organización. Muy verosímilmente, el censo
fechado en el mes de la partida de Israel del Monte Sinaí, representa una tabulación
de la cuenta tomada previamente (Ex. 30:11 SS.; 38:26). Mientras que en principio
Moisés tuvo como primordial preocupación la colección de lo preciso para la
construcción del tabernáculo, después debió ser instruido para lo concerniente al
servicio militar. Excluídos las mujeres, niños y levitas, el conjunto era de unos
600.000. Casi cuatro décadas más tarde, cuando la generación rebelde había
perecido en el desierto, la cifra era aproximadamente la misma (Núm. 26).
El paso de tan grande hueste de gente a través del desierto trasciende la
historia ordinaria. No solo el hecho en sí debió requerir un suministro sobrenatural
de provisiones materiales de maná, codornices y agua, sino una cuidadosa
organización. Tanto si estaba acampado o en marcha, la ley y el orden eran
necesarios para el bienestar nacional de Israel.
Los levitas estaban numerados separadamente. Substituidos por el
primogénito en cada familia, los levitas tenían como misión servir bajo la
supervisión de Aarón y sus hijos, que ya habían sido designados como sacerdotes.
Como asistentes a los sacerdotes aarónicos, tuvieron asignadas ciertas
responsabilidades. Los levitas maduros entre las edades de treinta a cincuenta años
tenían confiadas especiales misiones en el propio tabernáculo. La edad límite
mínima, dada como la de veinticinco años en Núm. 8:23-26, pudo haber previsto
un período de aprendizaje de cinco años.
El campamento de Israel fue cuidadosamente planeado, con el tabernáculo y
su atrio ocupando el lugar central. Rodeando el atrio, estaban los lugares asignados
a los levitas, con Moisés y los sacerdotes de Aarón colocados en la parte oriental o
frente a la entrada. Más allá de los levitas, había cuatro campamentos encabezados
por Judá, Rubén, Efraín y Dan. A cada campamento fueron asignadas otras dos
tribus adicionales. El cuidado y la eficiencia en la organización del campamento
están indicadas por los nombramientos hechos a las varias familias de los levitas:
Aarón y sus hijos tenían la supervisión sobre la totalidad del tabernáculo y su atrio;
los gersonitas tenían a su cuidado las cortinas y cubiertas, los coatitas estaban al
cargo del mobiliario, y los meraritas eran responsables de los pilares y las mesas.
Los problemas peculiares a un, acampamento de tan populosa nación,
requerían regulaciones especiales (5:1-31). Desde el punto de vista higiénico y
ceremonial, se tomaban, medidas de precaución necesarias para los leprosos y otras
personas enfermas, existiendo quienes se cuidaban de los que morían. El robo
requería una ofrenda y la restitución. La infidelidad marital estaba sujeta a severo
castigo, tras una comprobación fuera de lo usual, lo que implicaba un, milagro y
que hubiese revelado la parte culpable. Sin tener subsiguientes referencias a tales
procedimientos, es razonable considerar esto como un método temporal usado
solamente durante la larga jornada empleada en el desierto.
El voto nazareo pudo haber sido una práctica común que requería regulación
(6:1-21). Al hacer este voto, una persona se consagraba voluntariamente a sí misma
servicio especial de Dios. Tres en número eran las obligaciones de un nazareo:
negarse a sí mismo el uso de los productos de la vid, incluso el jugo de las uvas y de
la propia fruta, dejarse crecer el cabello como signo público de que había tomado
un voto, y abstenerse del contacto de cualquier cuerpo muerto. Se imponía un
severo castigo cuando se rompía uno de tales votos, incluso sucediendo
inintencionadamente. El voto solía terminar por una ceremonia pública a la
conclusión del período prescrito.
Una de las ocasiones más impresionantes durante el acampamento de Israel
en el Monte Sinaí, era el principio del segundo año. En aquella ocasión, el
tabernáculo con todos sus ornamentos y accesorios era erigido y dedicado (Ex.
40:1-33). Se proporciona información adicional, respecto a este acontecimiento,
cuando el tabernáculo se convirtió en el centro de la vida religiosa de Israel, en el
libro de los Números 6:22-9:14. Moisés, que oficiaba en la iniciación del culto en el
tabernáculo, impartía al pueblo y a los sacerdotes directrices procedentes del Señor,
respecto a su servicio religioso (ver 6:22; 7:89; 8:5).
Los sacerdotes recibían una fórmula para bendecir la congregación (Núm.
6:22-27). Esta oración, bien conocida, aseguraba a los israelitas no solamente el
cuidado de Dios y su protección sino también la prosperidad y el bienestar.
Cuando el tabernáculo había sido totalmente dedicado, los jefes de las tribus
presentaban sus ofrendas. Anticipando los problemas prácticos del transporte para
el tabernáculo, había docecarros cubiertos y doce bueyes dedicados a este
propósito. De ello estaban encargados los levitas de servicio. Para la dedicación del
altar, cada jefe aportaba una serie de elaborados sacrificios, que eran ofrecidos en
doce días sucesivos. Tan significativos eran aquellos regalos y ofrendas, que cada
una de ellas, diariamente, era, puesta en una lista (Núm. 7:10-88). Aarón recibía
también instrucciones a la luz de las lámparas del tabernáculo (8:1-4).
Los levitas eran públicamente presentados y dedicados para su servicio en
asistir a los sacerdotes (8:5-26). Cuando Moisés había oficiado solo, Aarón y sus
hijos eran santificados para el servicio sacerdotal y estaba asistido por Aarón en la
instalación de los ritos y ceremonias para los levitas.
La pascua, que marcaba el primer aniversario de la partida de Egipto, era
observada durante el primer mes del segundo año (9:1-14). Lo que se registra sobre
esta festiva celebración es breve, pero se hacía un especial énfasis en que
participasen todos, incluso los extranjeros que se encontrasen en el campamento. Se
tenía dispuesta una especial provisión para aquellos que no podían participar a
causa de contaminación, de forma que pudiesen observar la pascua el segundo mes.
Puesto que los israelitas no levantaban el campamento hasta el vigésimo día, todos
estaban en condiciones de tomar parte en la celebración de la primera pascua,
después del Éxodo.
Antes de que Israel levantase el campamento de Monte Sinaí, se hacía la
adecuada provisión para la guía en su viaje hacia Canaán (9:15-10:10). Con la
dedicación del tabernáculo, la presencia de Dios era visiblemente mostrada en el
pilar de la nube y el fuego que podían observarse día y noche. La misma divina
manifestación había provisto de protección y guía cuando el pueblo escapó de
Egipto (Ex. 13:21-22; 14:19-20). Celando Israel acampó la nube se cernía sobre el
lugar santísimo. Estando en ruta, la nube marcaba el camino a seguir.
La contrapartida a la guía divina era la eficiente organización humana. La señal
que suministraba la nube era interpretada y ejecutada por hombres responsables del
liderazgo. A Moisés se le ordenó que se proveyese de dos trompetas de plata. El
sonar de una trompeta llevaba a los jefes tribales, hacia el tabernáculo. El sonido de
ambas llamaba a pública asamblea de j todo el pueblo. Un largo y prolongado
toque de ambas trompetas ("sonido de alarma") era la señal para los varios
campamentos para estar dispuestos; a avanzar en un orden preestablecido. Así, la
adecuada coordinación de lo ,a humano y lo divino hacían posible que tan gran
nación pudiese seguir su ;d ruta de una forma ordenada a través del desierto.
Peregrinación en el desierto
Tras de haber acampado en el Monte Sinaí, por casi un año, los israelitas
siguieron hacia el norte en dirección a la tierra prometida. Casi cuatro décadas más
tarde, llegaron a la orilla oriental del río Jordán. Comparativamente breve es la
narración de su viaje en Núm. 10:11-22:1.
Tras once días Israel alcanzó Cades en el desierto de Parán (Deut. 1:2).
Marchando como una unidad organizada, el campamento de Judá abría marcha,
seguido por los gersonitas y los meraritas, quienes tenían a su cargo el transporte
del tabernáculo. El siguiente, por el orden convenido, era el campamento de
Rubén. Precediéndoles, seguían los coatitas, quienes llevaban los ornamentos del
Arca y otros del tabernáculo. Completando la procesión estaban los campamentos
de Efraín y Dan. Además de la divina guía Moisés solicitó la ayuda de Hobab, cuya
familiaridad con el desierto le calificaba para proporcionar un servicio de
exploración para la marcha hacia adelante de Israel. Aparentemente estuvo
conforme en acompañarles, puesto que sus descendientes más tarde residieron en
Canaán (Jueces 1:16; 4:11).
En ruta hacia su destino, los israelitas se quejaron y se rebelaron. Perplejo y
preocupado, Moisés acudió a Dios en oración. En respuesta, se le dieron
instrucciones para elegir setenta personas mayores a quien Dios había dotado para
compartir sus responsabilidades. Además, Dios envió un, gran viento que les aportó
una abundante cantidad de codornices para los israelitas. La intemperancia y el
desorden hizo que la gente las comiera sin cocinar, y de tal forma, su gula se
convirtió en una plaga que causó la muerte de muchos. Apropiadamente este lugar
se llama "Kibrot-hataava", que significa "las tumbas de la codicia."
La insatisfacción y la envidia se extendió hasta los jefes. Incluso Aarón y María
discutieron la posición de liderazgo de su hermano. Moisés fue vindicado cuando
María quedó afectada por la lepra. Aarón se arrepintió inmediatamente, nunca más
desafió la autoridad de su hermano y a través de la oración intercesoria de Moisés,
María fue curada.
Desde el desierto de Parán, Moisés envió doce espías a la tierra de Canaán.
Cuando volvieron, estaban acampados en Cades, aproximadamente a ochenta kms.
al sur y algo al oeste de Beerseba. Los hombres, unánimamente, informaron de la
excelencia de la tierra y de la fuerza potencial y ferocidad de sus habitantes. Pero
no estuvieron de acuerdo en sus planes de conquista. Diez declararon que la
ocupación era imposible y manifestaron públicamente su deseo de volver a Egipto,
inmediatamente. Dos, Josué y Caleb, afirmaron confiadamente que con la ayuda
divina la conquista era posible. El pueblo, no queriendo creer que el Dios que les
había recientemente liberado de la esclavitud de Egipto fuese también capaz de
conquistar y ocupar la tierra prometida, promovió un insolente motín,
amenazandb con apedrear a Josué y a Caleb. En desesperación, incluso
consideraron el hecho de elegir otro nuevo caudillo.
Dios, en su juicio de la situación, contemplaba la aniquilación de Israel en
rebelión. Cuando Moisés se dio cuenta de aquello, hizo la necesaria intervención y
obtuvo el perdón para su pueblo. Sin embargo, los diez espías sin fe murieron en
una plaga, y toda la gente con edad de veinte años y mayor, exceptuando a Josué
y a Caleb, quedó sin el derecho de entrar en Canaán. Conmovidos por la muerte
de los diez espías y el veredicto de otro prolongado período de peregrinación por
el desierto, confesaron su pecado. Que su arrepentimiento no es genuino es
aparente en su intento de rebelión para entrar en Palestina inmediatamente. En esto
fueron derrotados por los amalecitas y los cananeos.
Mientras los israelitas pasaban el tiempo en el desierto (15:1-20:13), murió una
generación entera. Las leyes en Núm. 15, tal vez dadas pronto tras este punitivo
veredicto anunciado, muestra el contraste entre el juicio por el pecado voluntario y
la misericordia por el arrepentimiento individual de quien había pecado en la
ignorancia. Además, las instrucciones para sacrificar en Canaán suministraban una
esperanza para la generación más joven en su anticipación de vivir realmente en la
tierra que se les había prometido.
La gran rebelión acaudillada por Coré, Datán y Abiram, representaba dos
grupos de amotinados, mutuamente reforzados por su esfuerzo cooperativo (Núm.
16:1-50) El liderazgo eclesiástico de la familia de Aarón, a quienes fue reducido y
restringido el sacerdocio, fue desafiado por Coré y los levitas que le apoyaron. Se
apeló a la autoridad política de Moisés en la cuestión por Datán y Abiram, que
aspiraban a tal posición en virtud de ser descendientes de Rubén, el hijo mayor de
Jacob.
En juicio divino, tanto Moisés como Aarón fueron vindicados. La tierra se
abrió para tragarse a Datán y Abiram junto con sus familiares. Coré desapareció con
ellos. Antes de que esta rebelión cediese, en el campamento de Israel había
perecido 14.000 personas.
Tras la muerte de los insurrectos, Israel recibió una señal milagrosa evitando
cualquier posterior deseo de poner en duda la autoridad de sus jefes (17:1-11). Entre
doce varas, cada una representando una tribu, la de Leví produjo vástagos, flores y
almendras. Además, de confirmar a Moisés y a Aarón en sus nombramientos, la
inscripción del nombre de Aarón en su bastón específicamente le designó como
sacerdote de Israel. La preservación de aquel bastón en el tabernáculo servía como
permanente evidencia de la voluntad de Dios.
Para aliviar el temor del pueblo al acercarse al tabernáculo, las
responsabilidades de los sacerdotes y levitas fueron reafirmadas y claramente
delineadas (17:12-18:32). El sacerdocio fue restringido para Aarón y su familia. Los
levitas fueron designados como asistentes de los sacerdotes. La provisión para su
mantenimiento se hizo a través del diezmo entregado por el pueblo. Los levitas
daban un décimo también de su renta a los sacerdotes. Por esta razón, los levitas no
fueron incluidos en el reparto de la tierra, cuando los israelitas se asentaron en.
Canaán.
La polución resultante procedente de la plaga y el entierro de tanta gente al
mismo tiempo, hizo necesaria una ceremonia especial para la purificación del
campamento (19:1-22). Eleazar, un hijo de Aarón, ofició. Este ritual, que de forma
impresionante recordó a los israelitas la naturaleza de la muerte (5:1-4) y
proporcionó una higiénica protección, fue ordenado como un estatuto
permanente.
Las experiencias de los israelitas mientras viajaban por Ezión-geber y Elat hacia
las llanuras de Moab, se hallan resumidas en Núm. 20:1-22:1. Antes de su partida de
Cades, María murió. Cuando el pueblo se enfrentó con Moisés a causa de la escasez
de agua, recibió instrucciones de ordenar que una roca suministrase el líquido
elemento. Airado e impaciente, Moisés golpeó la roca y el agua surgió en
abundancia. Pero por su desobediencia, le fue denegado el privilegio de entrar en
Canaán.
Desde Cades, Moisés envió mensajeros al rey de Edom solicitando permiso
para marchar a través de sus tierras por Camino Real. No solo le fue denegado el
permiso sino que el ejército edomita fue enviado a vigilar la frontera. Esta
inamistosa actitud fue frecuentemente denunciada por los profetas.
Antes de que Israel dejase la frontera edomita, Aarón murió en la cima del
monte Hor. Eleazar fue revestido con los ornamentos de su padre y nombrado
sumo sacerdote en Israel. Y antes de continuar su viaje, Israel fue atacado por un
rey cananeo, pero Dios les dio la victoria. Aquel lugar fue llamado Horma.
Dándose cuenta de que se movían hacia el sur alrededor de Edom, el pueblo
se impacientó y se quejó contra Dios al igual que contra Moisés. El castigo divino
llegó en forma de una plaga de serpientes, causando la muerte de muchos israelitas.
En penitencia, el pueblo se volvió hacia Moisés, quien aportó el consuelo mediante
la erección de una serpiente de bronce. Cualquiera que fuese mordido por una
serpiente, era curado con solo dirigir la mirada a la serpiente de bronce. Jesús
utilizó este incidente como un símbolo de su muerte sobre la cruz, aplicando el
mismo principio cualquier que se volviese hacia El no perecería sino que tendría la
vida eterna (Juan 3:14-16).
Israel continuó su camino hacia el sur por el camino de Elat y Ezióngeber,
rodeando Edom, lo mismo que Moab, y continuando hacia el norte por el valle de
Arnón. Los tres relatos, tal y como se dan en Núm. (21 y 33) y Deuteronomio (2) se
refieren a varios lugares no identificados hasta el día de hoy. Israel tenía prohibido
luchar contra los moabitas y los amonitas, los descendientes de Lot. Sin embargo,
cuando los dos gobernantes amorreos, Sehón, rey de Hesbón y Og, rey de Basán,
rehusaron el paso de Israel y respondieron con un ejército, los israelitas les
derrotaron y ocuparon la tierra que había al norte del valle de Arnón. Allí, en las
llanuras de Moab, recientemente tomadas por los amorreos, los israelitas
establecieron su campamento.
Instrucciones para entrar en Canaán
Mientras que permanecieron acampados al nordeste del Mar Muerto, la
nación de Israel recibió las instrucciones finales para la conquista final y la
ocupación de la tierra prometida. El cuidado providencial de Israel en las sombras
de Moab y la cuidadosa preparación del pueblo en la víspera de la entrada en
Canaán, están registrados en Núm. 22-36.
Los sutiles designios de los moabitas sobre la nación elegida de Dios, fueron
más formidables que una guerra abierta (22:2-25:18). Dominado por el miedo
cuando los amorreos fueron derrotados, Balac, el rey moabita, ideó planes para la
destrucción de Israel. En cooperación con los ancianos de Madián, comprometió al
profeta Balaam de Mesopotamia para maldecir al pueblo acampado a través del río
Arnón.
Balaam rehusó la primera invitación, siendo explícitamente advertido de no ir
y no maldecir a Israel. Los honorarios para la adivinación fueron tan incitantes, sin
embargo, que arrastraron a Balaam a aceptar la repetida invitación del rey. En
aquella misión, que era contraria a la voluntad de Dios claramente revelada,
Balaam tuvo la sorprendente experiencia de ser audiblemente increpado por su
propio burro. Al profeta le fue recordado de una manera impresionante que iba a
Moab para hablar solamente del mensaje de Dios.
Balaam declaró fielmente el mensaje de Dios cuatro veces. Sobre tres
diferentes montañas, Balac y sus príncipes prepararon ofrendas para proporcionar
una atmósfera de maldición, pero cada vez el profeta pronunció palabras de
bendición. Profundamente decepcionado, el rey moabita le increpó y le ordenó
que cesara. Aunque Balac le despachó sin ninguna recompensa, Balaam profirió una
cuarta profecía antes de irse. En ella, delineó claramente la futura victoria de Israel
sobre Moab, Edom y Amalec.
Balac tuvo más éxito en su siguiente plan contra Israel. En lugar de retornar a
su hogar de Mesopotamia, Balaam permaneció con los madianitas y ofreció un mal
consejo a Balac (31:16). Los moabitas y madianitas siguieron su consejo y sedujeron
a muchos israelitas para caer en la inmoralidad y la idolatría. Mediante el culto de
Baal-peor con ritos inmorales, los participantes incurrieron en la ira divina. Con
objeto de salvar un gran número de gentes del juicio, los jefes israelitas culpables
fueros ahorcados inmediatamente. Finees, un hijo de Eleazar, desplegó un gran celo
y se revolvió contra aquellos que precipitaron la plaga en la que murieron por
miles. Subsecuentemente, los descendientes de Finees sirvieron como sacerdotes en
Israel. La orden de castigar a los madianitas por su desmoralizadora influencia sobre
Israel, fue ejecutada bajo el liderazgo de Moisés (31:1-54). No escapó del castigo de
los jefes notables el propio Balaam, hijo de Beor.
Después de esta crisis, Moisés hizo la necesaria preparación para condicionar a
su pueblo en la conquista de Canaán. El censo tomado bajo la supervisión de
Eléazar fue en parte una apreciación militar del poder en hombres de Israel
(26:1-65). La cuenta total fue realmente en cierto modo más baja que la que se
había hecho casi cuarenta años antes. Josué fue nombrado y públicamente
consagrado como el nuevo caudillo (27:12-23). La solución dada al problema de la
herencia, surgido por las hijas de Zelofehad, indicó la voluntad de Dios de que la
tierra prometida sería conservada en pequeñas pertenencias que pasarían a sus
herederos. Se dieron también otras instrucciones adicionales concernientes a las
ofrendas regulares, festivales, y el mantenimiento de los votos, una vez asentados
en la tierra prometida (28:1-30:16).
Viendo que el terreno oriental del Jordán era un excelente territorio para
pastos, las tribus de Rubén y Gad apelaron a Moisés para asentarse en ellas
permanentemente. Aunque con cierta desgana, lo permitió, accediendo a su
demanda. Para estar seguros de que la conquista de Canaán no sería puesta en
peligro por falta de cooperación, exigió una prenda para garantizarlo. Aquella
promesa verbal fue pronunciada dos veces. La tierra de Galaad fue entonces
otorgada a Rubén, Gad, y a la mitad de la tribu de Manasés (32:1-42).
Moisés preparó también un informe escrito sobre la jornada a través del
desierto (Núm. 33:2). A causa de su entrenamiento y experiencia parece razonable
asumir que él conservó detallados informes y registros de aquella marcha llena de
incidentes desde Egipto hasta Canaán, para consideración de la posteridad
(33:1-49).
Pensando en el futuro, Moisés se anticipó a las necesidades de los israelitas
cuando entrasen en Can.aán (33:50-36:13). Les advirtió claramente de destruir a sus
idólatras habitantes y poseer sus tierras. Además, aparte de Josué y Eleazar, diez
caudillos tribales fueron asignados para la responsabilidad de dividir la tierra a las
restantes nueve tribus y media. Ninguno de los príncipes, mencionados en Núm. 1,
ni ninguno de sus hijos, están en este nuevo grupo. En lugar de tierras, cuarenta y
ocho ciudades situadas por todo Canaán, se designan para los levitas. Ciudades de
refugio, designadas para prevenir el comienzo de las disensiones sangrientas,
quedaron descritas por Moisés. Antes de su muerte, dejó tres ciudades al este del
Jordán para este propósito (Deut. 4:41-43). En el capítulo final de Números, Moisés
trata del problema de la herencia, limitando a las mujeres que hereden tierra por
matrimonio con miembros de su propia tribu.
Pasado y futuro
Moisés estaba advertido de que su ministerio estaba casi completado. Aunque
no se le permitió entrar en la tierra prometida, pidió a Dios bendiciones para los
israelitas, anticipando el privilegio de su conquista y posesión. Como jefe fiel,
entregó diversas directrices a su pueblo, amonestándole con ser fieles a Dios.
Nadie estuvo más familiarizado con las experiencias de Israel que Moisés.
Habían transcurrido cuarenta años desde que escapó de las garras del Faraón y
condujo con éxito al pueblo elegido fuera de Egipto. Tras la única revelación de
Monte Sinaí hecha por Dios, la ratificación del pacto, y casi un año de preparación
para ser nación, Moisés se había anticipado conduciendo su nación a la tierra de
Canaán. En lugar de avanzar sobre la conquista y la ocupación de la tierra
prometida, el tiempo había transcurrido en el desierto hasta que la generación
irreligiosa y revolucionaria hubo muerto. Entonces Moisés dirige la nueva
generación que está al borde de tomar posesión de la tierra prometida a los
patriarcas y a sus descendientes.
En su primer discurso público revisa la historia (1:6-4:40). Comenzando con
su campamento y partida del monte Horeb, él recuerda a sus oyentes que a través
de la duda y la rebelión, sus padres perdieron el derecho a la tierra prometida y
murieron en el desierto. También les recordó las recientes victorias sobre los
amoreos y el reparto de su tierra a diversas tribus que se comprometieron a ayudar
al resto de los israelitas en la conquista de la tierra más allá del Jordán. Aunque por
sí mismo no podía conservar el privilegio de continuar como jefe, les aseguró que
Dios les garantizaría la victoria bajo el mando de Josué.
En vista de lo sucedido a la precedente generación,, Moisés advierte a su
pueblo el evitar que se cometan los mismos errores. Las condiciones para obtener
los favores de Dios son: obediencia a la ley y una total devoción realizada con toda
el alma y el corazón hacia el único Dios. Si desobedecen y se conforman a las
formas idolátricas de los cananeos, los israelitas sólo pueden esperar la cautividad.
Moisés comienza su segundo discurso con una revisión de la ley (4:44 SS.). Les
recuerda que Dios hizo una alianza con ellos y que están bajo la obligación de
guardar la ley si tienen verdaderos deseos de mantener su relación. Repite el
Decálogo, que es básico para una vida aceptable a los ojos de Dios. Llamado a ser
un pueblo separado y santo, ellos sólo pueden continuar así mediante un genuino
amor a Dios y a la diaria obediencia a su voluntad como está expresado en la
revelación hecha en el Sinaí. Moisés tambén les advierte contra los peligros de fallar
en tales propósitos.
Anticipándose a la residencia del pueblo en Canaáw, Moisés les instruye con
respecto a su conducta en su estado de asentamiento de la tierra prometida (12:1
ss.). La idolatría tiene que ser absolutamente suprimida, así temo los idólatras.
Tienen que rendir culto a Dios solamente, en los lugares divinamente designados,
advirtiéndoles además del culto que hagan los habitantes de la tierra. Algunas de las
leyes, tales como la de restricción de matar animales en una plaza central (Lev.
17:3-7), es revisada de nuevo y adaptada a nuevas condiciones. Para guiarles en su
vida doméstica, civil y social, Moisés promulga reglas y ordenanzas para su guía y
aliento. Revisa brevemente muchas de las leyes ya dadas, y se pronuncia sobre
numerosas instrucciones que les ayudarán a conformarse a los deseos de Dios. En
todo su discurso, les exhorta a la más completa obediencia.
Finalmente, Moisés especifica ciertas bendiciones y maldiciones ([Link]).
Por la obediencia Israel prosperará pero con la desobediencia, atraerán hacia sí la
maldición del exilio y el cautiverio, de los cuales fue liberada como nación. Para
impresionar más vívidamente al pueblo, Moisés da instrucciones de que se lean esas
bendiciones y maldiciones antes de que la entera congregación haya de entrar en
Canaán.
Al delegar Moisés su liderazgo en Josué y su ministerio de enseñar a los
sacerdotes, les provee de una copia de la ley. No se conoce el completo contenido
de lo existente en aquella copia escrita. Siendo familiar con los acontecimientos
cambiantes de la historia de Israel, Moisés, indudablemente tuvo que referirse a
proveer unos extensos informes desde que Israel cambió su estado de esclavitud en
una nación libre. Lo más probable es que estuviese asistido y ayudado por los
escribas.
Con arreglos finales para el liderazgo continuo de su pueblo, Moisés expresa
su alabanza a Dios por el cuidado providencial (32:1-43). El hace un recuento del
nacimiento y de la niñez de la nación. Los israelitas han sido castigados por su
ingratitud y apostasía pero son luego restaurados en gracia. Ha prevalecido la
justicia y la misericordia de Dios demostrándose en amoroso cuidado para con su
pueblo escogido. En una declaración profética de oración y alabanza, Moisés
presenta las bendiciones para cada tribu individualmente (33:1-29). Antes de su
muerte él tuvo el privilegio de ver la tierra prometida desde el monte Nebo.
La ocupación de Canaán
El día tan largamente esperado llegó al fin. Con la muerte de Moisés, Josué
fue comisionado para conducir la nación de Israel a la conquista de Palestina.
Habían transcurrido siglos desde que los patriarcas habían recibido la promesa de
que sus descendientes heredarían la tierra de Canaán. Mientras tanto y en ese
interregno, cada generación sucesiva del pueblo palestino había estado influenciado
por varios otros pueblos procedentes del Creciente Fértil. Motivados por intereses
económicos y militares, atravesaron Canaán de vez en cuando.
Memorias de Canaán
En el apogeo de los éxitos militares, la poderosa XII Dinastía (2000-1780 a.
C.) extendió espasmódicamente el control egipcio a través de Palestina incluso
hasta llegar tan al norte como el Eufrates. En las subsiguientes décadas, Egipto no
solo declinó en su poderío, sino que fue ocupado por los poderosos hicsos, que
gobernaron desde Avaris, en el Delta. Poco antes de 1550 a. C. el gobierno de los
hicsos, como invasores e intrusos, había terminado en la tierra del Nilo.
El reino hitita tuvo sus principios en Asia Menor al comenzar el siglo XIX a. C.
Referidos en el Antiguo Testamento como los "hijos de Het" los hititas se
mencionan frecuentemente como ocupantes de Canaán. Allá por el 1600 su poder
se había incrementado tanto en el Asia Menor que llegaron a extender sus dominios
hasta Siria & incluso destruyeron Babilonia sobre el Eufrates por el 1550 a. C.
Dentro de la siguiente centuria la expansión hitita fue detenida por dos reinos que
entonces surgieron.
Por el tiempo en que los hicsos invadieron Egipto y Babilonia, se hallaba
floreciendo bajo la I Dinastía, ejemplarmente representada por Hamurabi, el nuevo
reino de Mitanni que emergió en las altas tierras de Media. Este pueblo indoario
estaba compuesto de dos grupos: la clase común, conocida por los hurríanos, y la
nobleza, o clase gobernante, llamada arianos. Procedente del territorio al este de
Harán, esas gentes de Mitanni continuamente extendieron su reino hacia el oeste de
tal forma que en 1500 a. C. alcanzaron el mar Mediterráneo. El principal deporte
del pueblo ario o ariano, era el de las carreras de caballos. Se han descubierto
tratados escritos sobre la cría y el entrenamiento de los caballos, a principios del
presente siglo en Boghazkóy donde habían estado preservados por los hititas que
conquistaron al pueblo mitanni. Por el 1500 a. C., el poder mitanni detuvo el
avance de los heteos por casi un siglo.
Los egipcios enviaron frecuentemente sus ejércitos a través de Canaán para
desafiar el poder mitanni. Tutmosis III llevó a cabo diez y siete o diez y ocho
campañas en la región de Siria y más allá todavía. Durante los primeros intentos
hacia la conquista asiática, una confederación siria, apoyada por el rey de Cades
(localizado en el río Orontes) resistió el avance egipcio. Muy verosímilmente la
tierra de Siria una tierra de prósperas ciudades, fértiles llanuras rica en minerales y
otros recursos naturales, y con vitales rutas de comercio, que unían los florecientes
valles del Nilo y el Eufrates había permanecido bajo la hegemonía mitanni. Tras de
la derrota de los sirios en Meguido, el poder de Egipto se extendió hasta Siria. Por
un cierto tiempo los mitanni parecían apoyar a Cades como un Estado-tapón, pero
eventualmente, Tutmosis marchó con sus ejércitos a través del Eufrates y
temporalmente acabó con el dominio mitanni en, Siria. Cuando murió Tutmosis,
virtualmente toda Siria se hallaba bajo el gobierno de Egipto.
La fricción continuó entre el poder egipcio y el mitanni durante los reinos de
Amenofis II (1450-1425) y Tutmosis IV (1425-1417), por lo que Siria vaciló en su
fidelidad y acatamiento. Aunque Saussatar, rey de Mitanni, extendió su poder hacia
el este llegando hasta Asur y más allá del río Tigris, su hijo Artatama parece que fue
frenado a causa del poder hitita. Esta amenaza parece que fue la causa de que
Artatama I hiciese un convenio de paz con Tutmosis IV. Bajo los términos de esta
política, las princesas mitanias se casaron con los faraones durante tres reinados
sucesivos. Por aquel tiempo, Damasco se hallaba bajo administración egipcia. Las
cartas de Amarna (ca. 1400 a C.) reflejan las condiciones en Siria, indicando que las
relaciones diplomáticas y fraternales existían entre las familias reales de Mitanni y
Egipto.
El poder hitita pronto se incrementó y desafió este control mitanniegipcio del
Creciente Fértil. Bajo el reinado del rey Suppiluliune (13801346) los hititas cruzaron
el Eufrates hasta Wasshugani, reduciendo Mitanni a la situación de un Estado-tapón
entre el reino hitlta y el creciente imperio asirio en el valle del Tigris. Este, por
supuesto, eliminó a Mitanni como factor político en Palestina. Aunque el reino
Mitanni estaba completamente absorbido por los asirios (1250 a. C.), los hurrianos,
conocidos como horeos en el Antiguo Testamento, se hallaban en Canaán cuando
entraron los israelitas. Posiblemente los heveos eran también de origen mitanni.
Con la eliminación de la amenaza mitanni, los hititas dirigieron sus intenciones
hacia el sur. Por casi un siglo, los hititas desde su capital en Boghazköy y los egipcios
rivalizaron por el control de la vacilante frontera de Siria. Durante este período,
Cades se convirtió en el centro de un reino amorreo revivido. Muy verosímilmente
adoptaron una politica de acomodación manteniendo amistad con el más
poderoso.
Cuando Ramsés II (1304-1237) llegó al trono, los egipcios renovaron sus
esfuerzos para eliminar los hititas de la Palestina del norte con objeto de recobrar
sus posesiones asiáticas. Mutwatallis, el rey hitita, se atrincheró firmemente en la
ciudad de Cedes y ayudado por ejércitos procedentes de ciudades de Siria, al igual
que de Carquemis, Ugarit y otras ciudades de la zona. Ramsés extendió su frontera
hasta Beirut a expensas de los fenicios y después marchó por el Orontes hacia
Cedes, enfrentándose un enemigo que tenía comprometido a los egipcios en una
situación de guerra desde hacía ya dos décadas. Esta batalla de Cedes en el año
1286 a. C. estuvo lejos de ser decisiva para los egipcios. Tras otras numerosas
conquistas de ciudades en Canaáa y en Siria, Ramsés II y Hattusilis, el rey hitita,
concluyeron un tratado en 1280 a. C., un prominente pacto de no agresión en la
historia. Copias de este famoso acuerdo han sido halladas en Babilonia, Boghazköy
y en Egipto. Aunque no se mencionan fronteras en el tratado, es muy posible que el
estado amorreo formase una influencia neutralizadora entre los egipcios y los
hititas.
En los días de Merneptah, unos invasores procedente del norte, conocidos
como los arios, destruyeron el imperio hitita y debilitaron el amorreo, destruyendo
Cedes y otras plazas fuertes. Aunque el imperio hitita se desintegró, este pueblo es
frecuentemente mencionado en el Antiguo Testamento. Ramsés III rechazó a estos
invasores procedentes del norte, en una gran batalla por tierra y mar y una vez su
poder menguado, unificó la Palestina bajo control egipcio. Tras Ramsés III, declinó
también el poder egipcio, permitiendo la infiltración de los arameos en el área de
Siria, que llegó a ser una poderosa nación, aproximadamente dos siglos más tarde.
El pueblo de Canaán no estaba organizado en fuertes unidades políticas. Los
factores geográficos, al igual que la presión de las naciones vecinas que la rodeaban,
del Creciente Fértil, y que utilizaban a Canaán como un Estado-tapón, cuenta
mucho para el hecho de que los cananeos nunca formaron un imperio fuertemente
unido. Numerosas ciudades-estado, controlaban tanto territorio local como les era
posible, con la ciudad bien fortificada para resistir un posible ataque del enemigo.
Cuando los ejércitos marcharon sobre Canaán, estas ciudades con frecuencia
impedían el ataque mediante el pago de un tributo. No obstante, cuando el pueblo
llegó para ocupar la tierra, como Israel hizo mandada por Josué, tales ciudades for-
maron ligas y se unieron oponiéndose al invasor. Esto se halla, por cierto, bien
ilustrado en el libro de Josué.
La localización de Palestina en el Creciente Fértil y la configuración geográfica
de la tierra en sí misma, con frecuencia afectó a su desarrollo político y cultural.
Sobre las llanuras aluviales del Tigris y el Eufrates, lo mismo que en el valle del Nilo,
numerosas diminutas ciudades-reinos, y pequeños principados o distritos, estuvieron
más de una vez unidos en una gran nación. Esto no se llevó a cabo fácilmente en
Siria-Palestina, ya que la topografía era opuesta a la fusión. Como resultado,
Canaán, se hallaba en una posición debilitada, puesto que ninguna de sus
ciudades-reinos era igual en fuerza para las fuerzas invasoras que venían
procedentes de los reinos más poderosos establecidos a lo largo del Nilo o del
Eufrates. Al propio tiempo, Canaán era el precio codiciado de esas naciones más
fuertes. Hallándose situada entre dos grandes centros de civilización, Canaán con
sus fértiles valles estaba frecuentemente sujeta a la invasión de fuerzas más
poderosas. Reyezuelos no lo bastante fuertes para hacer frente a una invasión
enemiga, encontraban la solución al expediente, momentáneamente, al humillarse y
pagar un tributo a grandes reinos como el de Egipto. Con frecuencia, sin embargo,
cuando el invasor se retiraba, los "regalos" terminaban. Aunque aquellas
ciudades-reinos eran fácilmente conquistadas, resultaba difícil para los vencedores el
retenerlas como posesiones permanentes.
La religión de Cancán era politeísta. El, era considerado como la principal
entre las deidades cananeas. Parecido a un toro en una manada de vacas, el pueblo
se refería a él como "el padre toro" y lo consideraban como su creador. Asera era la
esposa de El. En los días de Elías, Jezabel patrocinó a cuatrocientos profetas de
Asera (I Reyes 18:19). El rey Manasés colocó su imagen en el templo (II Reyes 21:7).
Como jefe principal entre setenta dioses y diosas que eran considerados como
vástagos de El y Asera, estaba Hadad, más comúnmente conocido como Baal, que
significaba "señor". Reinaba como rey de los dioses y controlaba el cielo y la tierra.
Como dios de la lluvia y de la tormenta, era responsable de la vegetación y la
fertilidad. Anat, la diosa que amaba la guerra, era hermana, y al propio tiempo su
esposa. En el siglo IX, Astarté, diosa de la estrella de la mañana, era adorada como
su esposa. Mot, el dios de la muerte, era el jefe enemigo de Baal. Yom, el dios del
mar, fue derrotado por Baal. Esos y muchos otros forman la introducción del
Panteón cananeo.
Puesto que los dioses de los cananeos no tenían carácter moral, no es de
sorprender que la moralidad del pueblo fuese extremadamente baja. La brutalidad
y la inmoralidad en las historias y relatos respecto de tales dioses es con mucho, la
peor de cualquier otra hallada en el Cercano Oriente. Puesto que todo ello se
reflejaba en la sociedad cananea, los cananeos, en los días de Josué, practicaban el
sacrificio de los niños, la prostitución sagrada, y el culto de la serpiente en, sus ritos
y ceremonias con la religión. Naturalmente, su civilización degeneró bajo tan
desmoralizadora influencia.
Las Escrituras atestiguan esta sórdida condición por numerosas prohibiciones
dadas como aviso a los israelitas. Esta degradante influencia religiosa era ya
aparente en los días de Abraham (Gén. 15:16; 19:5). Siglos más tarde, Moisés
encargó solemnemente a su pueblo el destruir a los cananeos, y no solo a castigarles
por su iniquidad, sino para prevenirles de la contaminación del pueblo elegido por
Dios (Lev. 18:24-28; 20-23; Deut. 12:31; 20:17-18).
La era de la conquista
La experiencia y el entrenamiento habían preparado a Josué para la misión
desafiante de conquistar Cancán. En Refidín condujo el ejército israelita, derrotando
a Amalec (Ex. 17:8-16). Como espía, obtuvo el conocimiento de primera mano de
las condiciones existentes en Palestina (Núm. 13-14).
Bajo la tutela de Moisés, Josué fue entrenado para el mando y la dirección de
la conquista y ocupación de la tierra prometida.
Como fue el caso en el relato de la peregrinación en el desierto, el registro de
la actividad de Josué está incompleto. No se hace mención de la conquista de la
zona de Siquem entre monte Ebal y monte Gerizim; pero fue allí donde Josué
reunió a todo Israel para escuchar la lectura de la ley de Moisés (Jos. 8:30-35). Muy
posiblemente, muchas otras zonas locales fueron conquistadas y ocupadas, aunque
no sean mencionadas en el libro de Josué. Durante la vida de Josué la tierra de
Cancán fue poseída por los israelitas, pero de ningún modo todos sus habitantes
fueron expulsados. Así, el libro de Josué tiene que ser considerado como solo un
relato parcial de la empresa emprendida por Josué.
No se declara la duración del tiempo empleado para la conquista y división
de Cancán. Asumiendo que Josué tenía la edad de Caleb, los acontecimientos
registrados en el libro de Josué ocurrieron en un período de veinticinco a treinta
años.
Entrada en Cancán
Al asumir Josué la jefatura de Israel, se aseguró por completo del total apoyo de
las fuerzas armadas de Rubén, de los gaditas y de la tribu de Manasés, quienes se
habían asentado al este del Jordán en la herencia que se les había atribuido antes de
la muerte de Moisés. Parece completamente razonable el asumir que la petición de
apoyo, en Jos. 1:16-18, es la respuesta de la totalidad de la nación de Israel al
dictado de las órdenes de Josué para la preparación del paso sobre el río Jordán.
Dos espías fueron entonces despachados hacia Jericó para ver la tierra. Por Rahab,
quien dio cobijo a aquellos espías, se supo que los habitantes de Canaán eran
conscientes del Dios de Israel y que había intervenido de una forma sobrenatural en
favor de Israel. Los dos hombres volvieron asegurando a Josué y a Israel que el
Señor había preparado el camino para una victoriosa conquista (Jos. 2:1-24).
Como una visible confirmación de la promesa de Dios, de que estaría con
Josué como lo había estado con Moisés, y la seguridad adicional de la victoria en
Palestina, Dios procuró un milagroso paso a través del Jordán. Esto constituyó una
razonable base para que todos los israelitas ejerciesen su fe en Dios (Jos. 3:7-13).
Con los sacerdotes que portaban el Arca abriendo el camino y permaneciendo en
medio del Jordán, los israelitas pasaron por un terreno seco. forma las aguas se
detuvieron para realizar este paso y hacerlo.
De qué posible, no se establece en el relato. Ciertos hechos declarados estar,
sin embargo, mostrando su significación positiva. El lugar del paso está identificado
como "cerca de Jericó" que sería aproximadamente de ocho kms. al norte del mar
Muerto. Las aguas se cortaron o se detuvieron en Adam, que hoy está identificada
con ed-Damieh, localizada a 32 kms. del mar Muerto o aproximadamente a 24
kms. desde donde Israel cruzó realmente. El Jordán sigue un curso de 322 kms. en
la distancia de 97 kms. entre el mar de Galilea y el mar Muerto, descendiendo 183
metros. En Adam, los arrecifes de piedra caliza salpican los bancos de corriente. Tan
recientemente como en el pasado 1927, parte de un arrecife de 46 mts. cayó en el
Jordán, bloqueando el agua durante veintidos horas. Tanto si Dios causó que esto
ocurriera o no cuando Israel pasó el río, es algo que no está claramente
determinado, pero puesto que el Señor empleó medios naturales vara hacer cumplir
su voluntad en otras ocasiones (Ex. 14:21), existe la posibilidad de que un terremoto
pudo haber sido la causa de la obstrucción en semejante ocasión.
También fue hecha la provisión para que Israel no olvidase lo sucedido. Se
elevaron dos memoriales para este propósito. Bajo la supervisión de Josué, doce
grandes piedras apiladas una sobre otra, marcan el lugar donde el sacerdocio con el
arca de la alianza en el medio del Jordán, permaneció de pie mientras que el
pueblo marchó cruzando el río (Jos. 4:9). En Gilgal, se erigió otro memorial en
formó de amontonamiento de piedras ( Jos. 4:3, 8 y 20). Doce hombres,
representando a las tribus de Israel, llevaron doce piedras a Gilgal para este
memorial que recordaba a las futuras generaciones la provisión milagrosa que se
había hecho para los israelitas en el cruce del río Jordán. De esta forma, las acciones
de Dios deberían ser recordadas por el pueblo de Israel en los años venideros.
La conquista
Acampados en Gilgal, Israel estaba realmente preparado para vivir en Canaán
como la nación elegida por Dios. Durante cuarenta años, mientras que la
generación incrédula había muerto en el desierto, la circuncisión como un signo de
la alianza (Gén. 17:1-27) no había sido observada. Mediante este rito, las nuevas
generaciones recordaban dolorosamente la alianza y la promesa de Dios hecha para
llevarles hacia la tierra que "manaba leche y miel". La entrada en aquella tierra fue
también marcada por la observancia de la Pascua y el cese de la provisión del
maná. El pueblo redimido se alimentaría de entonces en adelante de los frutos de
aquella tierra.
El propio Josué estaba preparado para la conquista a través de una ex-
periencia similar a la que tenía Moisés cuando Dios le llamó (Ex. 3). Mediante una
teofanía, Dios impartió a Josué la conciencia de que la conquista de la tierra
dependía entonces no solamente de su persona; sino que estaba divinamente
comisionado y dotado de los poderes precisos. Incluso aunque estaba a cargo de
Israel, Josué no era sino un servidor más y sujeto al mando del ejército del Señor
(Jos. 5:13-15).
La conquista de Jericó fue una sencilla victoria. Israel no atacó la ciudad de
acuerdo con las normas usuales de estrategia militar, sino simplemente siguiendo las
instrucciones del Señor. Una vez por día, durante seis días, los israelitas marcharon
alrededor de la ciudad. Al séptimo día, cuando marcharon siete veces alrededor de
las murallas de la ciudad, éstas cayeron y los israelitas pudieron entrar fácilmente y
posesionarse de ella. Pero no se permitió a los israelitas el apropiarse del botín ni
los despojos por sí mismos. Las cosas que no fueron destruidas --objetos metálicos-
fueron colocadas en el tesoro del Señor. Excepto Rahab y la casa de sus padres, los
habitantes de Jericó fueron exterminados.
La milagrosa conquista de Jericó fue una convincente demostración para los
israelitas de que sus enemigos podían ser vencidos. Hai fue el próximo objetivo de
conquista. Siguiendo el consejo de su reconocimiento previo, Josué envió un
ejército de tres mil hombres, que sufrieron una grave derrota. Por medio de la
oración y de una investigación de Josué y los ancianos, se reveló el hecho de que
Acán había pecado en la conquista de Jericó apropiándose de un atractivo
ornamento de origen mesopotámico, además de plata y oro. Por esta deliberada
acción de desafío a las órdenes emanadas del Señor sobre el botín y los despojos de
la victoria, Acán y su familia fueron apedreados en el valle de Acor.
Seguro del éxito, Josué renovó sus planes de conquistar Hai. Contrariamente
al procedimiento anterior, los israelitas echaron mano al ganado y a otros objetos
de propiedad movible. Las fuerzas enemigas fueron atraídas hacia campo abierto de
tal forma, que los treinta mil hombres que había estacionados más allá de la ciudad
por la noche, estuviesen en condiciones de atacar Ha¡ desde atrás y prenderle
fuego. Los defensores fueron aniquilados, el rey fue ahorcado y el lugar reducido a
cascotes.
Wright identifica et-Tell, localizado a unos 2,5 kms. al sudeste de Betel, como
la situación de Ha¡. Las excavaciones llevadas a cabo indican que et-Tell floreció
como una fortaleza cananeo en 3330-2400 a. C. Subsiguientemente fue destruida y
quedó en ruinas hasta aproximadamente el año 1000 a. C. Betel, sin embargo, fue
una floreciente ciudad durante este tiempo y, de acuerdo siempre con Albright, que
excavó allí en 1934, fue destruida durante el siglo XIII. Puesto que nada se establece
en el libro de Josué respecto a su destrucción, Wright sugiere tres posibles
explicaciones:
(1) el relato de Hai es una invención posterior para justificar las ruinas; (2) el
pueblo de Betel utilizó Ha¡ como puesto fronterizo militar; (3) la teoría de Albright
de que el relato de la conquista de Betel fue más tarde transferida a Ha¡. Wright
apoya la última teoría, asumiendo la última fecha del éxodo y la conquista.
Otros no están tan ciertos respecto a la identificación de et-Tell y Hai. El
Padre H. Vincent sugiere que los habitantes de Ha¡ tenían un sencillo puesto
fronterizo militar allí, por cuya razón no queda nada hoy que suministre evidencia
arqueológica de su existencia en la época de Josué. Unger plantea la posibilidad de
que el actual lugar de Ha¡ pueda todavía ser identificada en la vecindad de Bete1.
Aunque nada esté definitivamente establecido respecto a la conquista de
Betel, esta ciudad, que figura tan prominentemente en tiempos del Antiguo
Testamento desde los días de la entrada de Abraham en Canaán, se menciona en
Jos. 8:9, 12, y 17. Una razonable inferencia es la de que los betelitas estuvieron
implicados en la batalla de Hai. No se afirma nada respecto a su destrucción, pero
el rey de Betel está citado como habiendo sido muerto (Jos. 12:16). Los espías
enviados a Hai llevaron la impresión de que Hai no era muy grande (Jos. 7:3). Más
tarde, cuando Israel hace su segundo ataque, el pueblo de Hai, al igual que los
habitantes de Betel, abandonaron sus ciudades para perseguir al enemigo (Jos.
8:17). Es probable que Hai solamente fuese destruida en aquella ocasión y que Betel
fuese ocupada sin destruirla. La conflagración del siglo XIII puede ser identificada
con el relato dado en Jueces 1:22-26, subsiguiente al tiempo de Josué.
Siguiendo esta gran, victoria, los israelitas erigieron un altar en el monte Ebal
con objeto de presentar sus ofrendas al Señor, de acuerdo con lo ordenado por
Moisés. Allí, Josué hizo una copia de la ley de Moisés. Con Israel dividido de forma
tal que una mitad del pueblo permaneciese frente al monte Ebal y la otra mitad
frente al monte Gerizim, de cara al arca, la ley de Moisés fue leída al pueblo (Jos.
8:30-35). De esta forma, los israelitas fueron solemnemente puestos sobre el
recuerdo de sus responsabilidades, conforme se hallaban al borde de ocupar la
tierra prometida, a no ser que se apartasen del curso que Dios les había trazado.
Cuando la noticia de la conquista de Jericó y de Hai se esparció por toda
Canaán, el pueblo, en varias localidades, organizó la resistencia a la ocupación de
Israel (Jos. 9:1-2). Los habitantes de Gabaón, una ciudad situada a 13 kms. al norte
de Jerusalén, imaginaron astutamente un plan de engaño. Fingiendo ser de una
lejana tierra por la evidencia de sus ropas rotas y sucias y sus alimentos
descompuestos, llegaron al campamento israelita en Gilgal y expresaron su temor
del Dios de Israel, ofreciéndoles ser sus sirvientes si Josué hacía un convenio con
ellos. A causa de haber fallado en buscar la guía divina, los líderes de Israel cayeron
en la trampa y se negoció un tratado de paz con los gabaonitas. Tras tres días, se
descubrió que Gabaón y sus tres ciudades dependientes se hallaban en las
proximidades. Aunque los israelitas murmuraron contra sus jefes, el tratado no se
violó.
En su lugar, los gabaonitas fueron encargados de suministrar madera y agua
para el campamento israelita.
Gabaón era una de las grandes ciudades de Palestina. Cuando capituló a
Israel, el rey de Jerusalén, se alarmó grandemente. En respuesta a su llamada, otros
reyes amorreos de Hebrón. Jarmut, Laquis y Egión formaron una coalición con él
para atacar la ciudad de Gabaón. Habiendo hecho una alianza con Israel, la ciudad
sitiada despachó inmediatamente mensajeros en demanda de socorro para aquel
lugar. Mediante la marcha de toda una noche desde Gilgal. Josué apareció
inesperadamente en Gabaón, donde derrotó y empujó al enemigo a través del paso
de Bet-horón (también conocido como el valle de Ajalón) hasta Azeca y Maceda.
La ayuda sobrenatural en esta batalla resultó una aplastante victoria para los
israelitas. Además del elemento sorpresa y pánico en campo enemigo, las piedras
del granizo hicieron enormes bajas entre los amorreos, más de las que hicieron los
combatientes de Israel (Jos. 10:11). Además, a los israelitas se les permitió un largo
día para que persiguieran al enemigo. La ambigüedad del lenguaje concerniente a
este largo día de Josué, ha dado origen a variadas interpretaciones. ¿Era este un
lenguaje poético? ¿Solicitó Josué una mayor duración de la luz del sol o para
descanso del calor del día? Si se trata de un lenguaje poético, entonces sólo se trata
de una llamada hecha por Josué para ayuda y fortaleza. Como resultado los
israelitas estuvieron tan llenos de fortaleza y vigor que la tarea de un día fue llevada
a cabo en medio día. Aceptado como una prolongación de la duración de la luz,
esto fue un milagro en el cual el sol o la luna y la tierra, quedaron detenidos. Si el
sol y la luna retuvieron sus cursos regulares, pudo haber sido un milagro de
refracción o un espejismo dado sobrenaturalmente, extendiendo la luz del día de
forma tal que el sol y la luna parecieron quedar fuera de sus cursos regulares. Esto
proporcionó a Israel más tiempo para perseguir a sus enemigos. La llamada de
Josué en favor de la ayuda divina pudo haber sido una solicitud de alivio para que
disminuyera el calor del sol, ordenando que el sol permaneciese silencioso o sordo,
es decir, que evitara el brillar tanto. En respuesta, Dios envió una tormenta de
granizo que les proporcionó tanto el alivio del calor solar y la destrucción del
enemigo. Los soldados, refrescados, hicieron un día de marcha en medio día de
duración desde Gabaón hasta Maceda, una distancia de 48 kms. y les pareció un día
completo cuando en realidad sólo había transcurrido medio día. Aunque el relato
de Josué no nos proporcione detalles de cómo ocurrió aquello, resulta aparente
que Dios intervino en nombre de Israel y la liga amorea fue totalmente derrotada.
En Maceda, los cinco reyes de la liga amorrea fueron atrapados en una cueva
y subsecuentemente despachados por Josué. Con la conquista de Maceda y Libra,
esta última situada en la entrada del valle de Ela, donde más tarde David venció a
Goliat, los reyes de aquellas dos ciudades igualmente fueron muertas. Josué,
entonces asaltó la bien fortificada ciudad de Laquis (la moderna Tell-ed-Duweir) y
al segundo día de sitio, derrotó dicha plaza fuerte. Cuando el rey de Gezer intentó
ayudar a Laquis, también pereció con sus fuerzas; sin embargo, no se afirma que se
conquistase la ciudad de Gezer. El siguiente movimiento de Israel fue la victoria al
tomar Eglón, que actualmente está identificada con la moderna Tell-el-Hesi. Desde
allí, las tropas atacaron hacia el este en la tierra de las colinas, y bloquearon
Hebrón, que no fue fácilmente defendida. Entonces, dirigiéndose hacia el sudoeste
cayeron como una trompa y tomaron Debir, o Quiriat-sefer. Aunque las fuertes
ciudades-estado de Gezer y Jerusalén no fueron conquistadas, quedaron aisladas
por esta campaña, de tal forma que la totalidad del área meridional, desde Gabaón
hasta Cales-barrea y Gaza, quedaron bajo el control de Israel cuando Josué condujo
sus guerreros endurecidos por la batalla de nuevo al campamento de Gilgal.
La conquista y ocupación del norte de Canaán está brevemente descrita. La
oposición fue organizada y conducida por Jabín, rey de Hazor, que tenía bajo su
mando una gran fuerza de carros de batalla. Una gran batalla tuvo lugar cerca de
las aguas de Merom con el resultado de que la coalición cananeo fue totalmente
derrotada por Josué. Los caballos y los carros de combate fueron destruídos.y la
ciudad de Hazor quemada hasta reducirla a cenizas. No se hace mención a la
destrucción de otras ciudades en Galilea.
Hazor, identificada como Tell-el-Quedah, está estratégicamente situada
aproximadamente a 24 kms. al norte del mar de Galilea a unos ocho kms. al oeste
del Jordán. En 1926-1928, John Garstang dirigió una excavación arqueológica de
este lugar. Más recientemente, excavaciones de mayor importancia de Hazor
fueron llevadas a cabo y dirigidas por el Dr. Yigael Yadin, en 1955-58. La acrópolis
en sí misma, consistía en veinticinco acres que alcanzaban una altura de cuarenta
mts. y que aparentemente fue fundada en el tercer milenio a. C. Un área más baja
hacia el norte consistente en unas sesenta y siete hectareas estuvo ocupada durante
el segundo milenio a. C. y tal vez tuviera una población tan importante como
40.000 habitantes. En los registros de Egipto y Babilonia, Hazor es frecuentemente
mencionada, indicando su importancia estratégica. La parte baja de la ciudad,
aparentemente fue construida durante la segunda mitad del siglo XVIII de la era de
los hicsos. Tras de que Josué destruyera este poderoso centro cananeo, el poder en
Hazor tuvo que haber sido restablecido suficientemente para suprimir a Israel, hasta
que fue nuevamente aplastada (Jue. 4:2) tras de lo cual Hazor fue incorporada por
la tribu de Neftalí.
En forma resumida, Jos. 11:16-12:24 relata para la conquista de Israel la totalidad
de la tierra de Canaán. El territorio cubierto por las fuerzas de ocupación
extendidas desde Cades-barnea, o las extremidades del Neguev, que llegaba al
norte hasta el valle del Líbano, bajo monte Hermón. Sobre el lado oriental del
Jordán, se divide el área que previamente había sido conquistada bajo Moisés y
que se extendía desde monte Hermón ea el norte, hasta el valle de Arnón, al este
del mar Muerto.
Existe una lista de treinta y un reyes derrotados por Josué. Con tantas
ciudades-estados, cada una con su propio rey y tan pequeño territorio, fue posible
para Josué y los israelitas el derrotar a aquellos gobernantes locales en pequeñas
federaciones. Incluso aunque los reyes fueron derrotados, no todas las ciudades
fueron realmente capturadas u ocupadas. Mediante su conquista, Josué sometió a
los habitantes hasta el extremo de que durante el subsiguiente período de paz, los
israelitas pudieron establecerse en la tierra prometida.
El reparto de Canaán
A pesar de que los reyes cabecillas habían sido derrotados y prevaleció un
período de paz, quedaron muchas zonas no ocupadas en la tierra (13:1-7). Josué
fue divinamente comisionado para repartir el territorio conquistado a las nueve
tribus y media. Rubén, Gad, y la mitad de Manasés habían recibido sus partes al
este del Jordán, bajo Moisés y Eleazar (Jos. 13:8-33; Núm. 32).
Durante el período de la conquista, el campamento de Israel estuvo situado en
Gilgal, un poco al nordeste de Jericó, cerca del Jordán. Bajo la supervisión de Josué
y Eleazar, el reparto fue hecho a algunas de las tribus, mientras todavía estaban allí
acampadas. Caleb, que había sido un hombre de fe poco común cuarenta y cinco
años anterior a aquella época, cuando los doce espías fueron enviados a Canaán
(Núm. 13-14), entonces recibió una especial consideración, siendo recompensado
con la ciudad de Hebrón en su herencia (14:6-15). La tribu de Judá se apropió de la
ciudad de Belén, además de la zona existente entre el mar Muerto y el mar
Mediterráneo. Efraín y la mitad de Manasés recibieron la mayor parte de la zona al
oeste del Jordán entre el mar de Galilea y el mar Muerto (Jos. [Link]).
Silo fue establecido como el centro religioso de Israel (Jos. 18:1). Fue allí
donde las tribus restantes fueron invitadas a poseer sus territorios ya asignados.
Mientras se le dio a Simeón la tierra al sur de Judá, las tribus de Benjamín y de Dan
recibieron su parte inmediatamente al norte de Judá. Se les entregó su pertenencia a
Manasés en el norte, comenzando con el valle de Meguido y monte Carmelo,
Isacar, Zabulón, Aser y Neftalí.
Las ciudades para refugio fueron designadas por toda la tierra prometidá
(20:1-9). Al oeste del Jordán esas ciudades eran Cades en Neftalí, Siquem en Efraín,
y Hebrón en Judá. A1 este del Jordán en cada una de las áreas tribales, estaban los
siguientes: Beser en Rubén, Ramot de Galaad dentro de las fronteras de Gad, y
Golán en Basán, en el área de Manasés. A esas ciudades, cualquiera podía huir
buscando seguridad para caso de venganza de sangre por la muerte de un hombre.
La tribu de Leví no recibió reparto territorial, ya que era la responsable de los
servicios religiosos en toda la nación. Las demás tribus tenían la obligación de
proporcionar toda clase de facilidades a los levitas y, de esa forma, la tierra de
pastoreo de cada una de las cuarenta y ocho ciudades estaba a disposición de los
levitas para que pudiesen dar alimento a sus rebaños.
Con una recomendación por sus fieles servicios y una admonición a
permanecer fieles a Dios, Josué despidió a las tribus transjordanas que habían
servido con el resto de la nación, bajo su mando, en la conquista del territorio al
oeste del Jordán. Tras su retorno a la Transjordania, erigieron un altar, una acción
que alarmó a los israelitas que se habían comportado en Canaán debidamente.
Finees, el hijo del sumo sacerdote, fue enviado a Silo para hacerse cargo de la
situación. Su investigación le aseguró de que el altar levantado en, la tierra de
Galaad, servía al propósito de mantener un debido culto a Dios.
La Biblia no establece cuanto tiempo vivió Josué tras sus campañas militares.
Una inferencia basada en el libro de Josué, 14:6-12, es que la conquista de Canaán
fue llevada a cabo en un período de aproximadamente siete años. Josué pudo
haber muerto poco después de esto o pudo haber vivido como veinte o treinta
años como máximo. Antes de morir a la edad de 110 años, reunió a todo Israel en
Siquem y severamente les amonestó a temer al Señor. Les recordó que Dios había
advertido a Abraham de que no sirviera a ningún ídolo y había verificado el
convenio de la alianza hecho con los patriarcas trayendo a Israel a la tierra
prometida. Se hizo una alianza pública mediante la cual los jefes aseguraron a Josué
que ellos servirían al Señor. Después de la muerte de Josué, Israel cumplió esta
promesa sólo hasta el paso de la generación más vieja.
Cuando gobernaban los Jueces
Los acontecimientos registrados en el libro de los Jueces están íntimamente
relacionados a los de los tiempos de Josué. Puesto que los cananeos no habían sido
totalmente desalojados y la ocupación de Israel no era completa, similares
condiciones continuaron en el período de los Jueces. En consecuencia, el estado de
guerra continuó en zonas locales o en ciudades que fueron vueltas a ocupar en el
curso del tiempo. Referencias tales como las citadas en Jueces 1:1; 2:6-10, y
20:26-28 parecen indicar que los acontecimientos en Josué y Jueces están
íntimamente relacionados cronológicamente o son incluso sincrónicos.
La cronología de este período es difícil de discernir. El hecho de que se hayan
sugerido cuarenta o cincuenta métodos diferentes para medir la era de los Jueces, es
indicativo del problema.
Indudablemente, este cálculo de años y tabulación es la que tiene Pablo en la
memoria cuando divide el período de Josué hasta Samuel, incluyendo 40 años para
la judicatura de Elí (Hechos 13:20). Incluso con la aceptación de la temprana fecha
de la ocupación de Cancán bajo Josué (1400 a. C.), es imposible permitir una
cronológica secuencia para esos años, puesto que David estaba plenamente
establecido en el trono de Israel por el año 1000, a. C. En I Reyes 6:1, se calcula un
período de 480 años, desde el tiempo del Éxodo al cuarto año del reinado de
Salomón. Incluso permitiendo un mínimo de 20 años por cada uno para Elí, Samuel
y Saúl, 40 años para David, 4 años para Salomón, 40 años para la peregrinación
por el desierto y un mínimo de 10 años para Josué y los ancianos, un total de 154
años tendría que ser añadido a 410, haciendo una gran tabulación de 566 años. La
obvia conclusión es que el período de los Jueces no corresponde a una secuencia
cronológica.
Garstang tiene en cuenta para este período, considerando a Samgar, Tola,
Jair, Ibzán, Elón y Abdón como jueces locales cuyos años son sincrónicos con
aquellos de los períodos mencionados Omitiendo esto de la tabulación cronológica,
el número total de años entre el Exodo y el cuarto año del reinado de Salomón,
aproxima la cifra de 480 años. En Jueces 11:26, se dan 300 años como el tiempo
transcurrido entre la derrota de los amonitas bajo Moisés y los días de Jefté.
Restando los anos de Josué y los ancianos, y añadiendo 20 años para Sansón, el
tiempo que corresponde a los Jueces desde Otoniel a Sansón se aproximaría a tres
siglos (1360-1060 a. C.).
La última fecha para la conquista bajo Josué (1250-1225 a. C.) limita el
período permitido a los Jueces, incluyendo los días de Elí, Samuel y Saúl, a dos
siglos o menos. Con este cómputo en I Reyes 6:1, y Jueces 11:26, se tiene la
consideración de ser unas últimas inserciones y no fiables históricamente. Aunque
Garstang considera la referencia en I Reyes como una inserción, él lo fecha antes y
lo acepta como fiable. Esta cronología más corta necesitaría una ulterior
sincronización de períodos de opresión y permanencia en los días de los Jueces.
Obviamente, cualquier pauta cronológica propuesta para esta era de los
jueces no es sino una solución sugerida. Los datos de la Escritura son suficientes para
establecer una cronología absoluta. Parece completamente cierto que los autores de
Josué y Jueces no intentan dar un relato que encaje en una completa cronología
para el período en cuestión. La fe a las tradiciones de I Reyes 6:1 y Jueces 11:26
exige la cronología más larga.
Israel no tenía capital política en los días de los Jueces. Silo, que fue
establecido como centro religioso en los días de Josué (Jos. 18:1), continuó como
tal en los días de Elí (I Samuel 1:3). Puesto que Israel no tenía rey (Jueces 17:6; 18:1;
19:1; y 21:25) no existía plaza central donde un juez pudiera oficiar. Aquellos jueces
intervenían en lugares de liderazgo según la situación local o nacional pudiese
demandar. La influencia y el reconocimiento de muchos de ellos, era
indudablemente limitada a su comunidad local o tribu. Algunos de ellos eran
caudillos militares que liberaron a los israelitas del enemigo opresor, mientras que
otros fueron reconocidos como magistrados a quienes el pueblo se dirigía para
decisiones políticas o de carácter legal. Sin tener un gobierno central, ni capitalidad,
las tribus israelitas fueron gobernadas espasmódicamente sin inmediata sucesión,
cuando uno de los jueces fallecía. Con algunos de los jueces restringidos a zonas
locales, es también razonable asumir que varias judicaturas se superpusieran.
La anotación "en estos días no había rey en Israel; y cada lo que bien le
parecía" (Jue. 21:25) describe claramente las c que prevalecían en la totalidad del
período de los Jueces.
El versículo que sirve de apertura a Jueces, sugiere que este que este libro
tiene relación con los acontecimientos que tuvieron lugar tras la muerte de Josué. El
relato de Jueces 2:6-10, puede apoyar la idea de que algunos de tale'
acontecimientos se refiere en parte a la conquista de ciertas ciudades bajo` el
mando de Josué. La conquista de Hebrón en Jueces 1:10-15, puede ponerse como
paralelo al relato de Josué 15:14-19. Otras declaraciones reflejan los cambios que
ocurrieron en un largo período de tiempo. Jerusalén no fue conquistada en los días
de Josué (15:63) y, de acuerdo con Jueces 1:8, la ciudad fue quemada por el pueblo
de Judá, pero en el versículo está claramente establecido que los benjaminitas no
desalojaron a los jebuseos de Jerusalén. La ciudad no fue realmente ocupada por
los israelitas hasta los días de David. La victoria judaica tuvo que haber sido solo
temporal.
Aunque Josué había derrotado las principales fuerzas de la oposición cuando
conducía a Israel hacia Canaán y dividió la tierra a las diversas tribus, muchos
locales permanecieron en manos de los cananeos y otros habitantes. En sumensaje
final a los israelitas Josué advirtió al pueblo de no mezclarse o contraer matrimonio
con los habitantes locales que se quedaron, sino que les amonestó a apartar a
aquellas gentes idolátricas y ocupar sus tierras. Se hicieron ulteriores intentos para
desalojar a tales gentes, pero según lo escrito se deduce que los israelitas sólo fueron
parcialmente obedientes.
Mientras que se conquistaron algunas zonas, ciertas ciudades fuertemente
fortificadas tales como Taanac y Meguido permanecieron en posesión de los
cananeos. Cuando Israel fue lo suficientemente fuerte, Israel quiso forzar a aquellas
gentes al trabajo y a pagar tributos; pero fracasaron en su propósito de expulsarles
fuera de la tierra. Consecuentemente, los amorreos, cananeos y otros,
permanecieron en la tierra que había sido entregada por completo a Israel para su
posesión y ocupación. Hubiera parecido completamente natural, que cuando Israel
se hubiera debilitado, aquellas gentes incluso volviesen a tomar posesión de sus
tierras, ciudades y poblados que Israel hubo una vez conquistado (ver Jueces 1:34).
La ocupación parcial de la tierra dejó a Israel en permanentes dificultades.
Mediante la fraternización con los habitantes, los israelitas participaron en el culto a
Baal, conforme apostataban del culto a Dios. Los pueblos particularmente
mencionados que fueron culpables de que Israel se apartase de Dios, fueron los
cananeos, los heteos, los amorreos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos. Durante
este período de apostaría, los matrimonios mixtos condujeron a mayores
abandonos en el servicio y verdadero culto a Dios. En el curso de una generación el
populacho de Israel llegó a ser tan idólatra que las bendiciones prometidas por Dios
a través de Moisés y Josué, les fueron retiradas. A1 rendir culto a Baal los israelitas
rompieron con el primer mandamiento del Decálogo.
El juicio les llegó en forma de opresión. Ni Egipto ni la Mesopotamia eran lo
bastante fuertes como para dominar el Creciente Fértil durante esta era. La
influencia egipcia en Palestina había disminuido durante el reinado de
Tut-ank-Amón (1360 a. C.). Asiria surgía poderosa (1250 a. C.), pero ya no se
interfería en las cuestiones de Canaán. Esto permitió a los pueblos de las
inmediaciones, al igual que a las ciudades-estados usurpar sobre las posesiones de
Israel en Canaán. Los oponentes políticos de esta época son los mesopotámicos,
moabitas, filisteos, cananeos, madianitas y amonitas. Estos invasores tomaron
ventaja de los israelitas, arrebatándoles sus propiedades y cosechas. Cuando la
situación llegó a hacerse insoportable, se desesperaron lo bastante como para
volverse hacia Dios.
El arrepentimiento fue el siguiente paso de este ciclo. Conforme los israelitas
perdían su independencia y se sometían a la opresión, reconocieron que estaban
sufriendo las consecuencias de su desobediencia a Dios. Cuando se hicieron
conscientes de su pecado, se volvieron hacia Dios en penitencia Su llamada no fue
en vano.
La liberación llegó a través de campeones que Dios envió para desafiar a los
opresores. Jefes militares que condujeron a los israelitas a atacar al enemigo, fueron
como notables, Otoniel, Aod, Samgar, Débora y Barac, Gedeón, Jefté y Sansón.
Especialmente dotados con una divina capacidad, aquellos jefes rechazaron a los
enemigos e Israel de nuevo gozó de un periodo de paz y tranquilidad.
Estos ciclos religioso-políticos se sucedieron frecuentemente en los días de los
Jueces. El pecado, la tristeza, la súplica y fa salvación eran cosa del día. Cada
generación, aparentemente, tenía bastante gente que era consciente de la
posibilidad de asegurarse el favor de Dios y sus bendiciones, y la idolatría
rechazada, restaurándose la adhesión a los preceptos de Dios que quedaban así
instaurados.
Los jueces y las naciones opresoras
La opresión por un período de ocho años por una fuerza de invasión
procedente de las altiplanicias de Mesopotamia, de comienzo al primer ciclo.
Garstang sugiere que Cusham-Risha-taim era un rey heteo que se había anexionado
el norte de la Mesopotamia, también conocido por Mitanni, y extendió su poder
hasta la tierra de Israel. Otoniel, de la tribu de Judá,'¡ tomó la iniciativa en
convertirse en campeón de la causa de Israel, conforme s el Espíritu del Señor cayó
sobre él. Siguió a esto un período de calma de cuarenta años.
Moab fue la próxima nación que invadió a Israel. Apoyados por los amonitas
y amalecitas, los moabitas ganaron una posición en territorio de Israel, y exigió
tributos. Aod, de la tribu de Benjamín se levantó como liberador para terminar con
los diez y ocho años de la dominación moabita. Habiendo pagado el tributo, Aod
obtuvo una audiencia privada con Eglón, el rey de Moab. Utilizando la espada con
la mano izquierda, Aod le atacó cuando estaba desprevenido, y mató al citado rey
de Moab, escapando después antes que fuera descubierta su hazaña. Los moabitas
quedaron desmoralizados, mientras que los israelitas se envalentonaron para
apoyar a Aod en toda su ofensiva contra el enemigo. Aproximadamente unos
10.000 moabitas perdieron la vida en el encuentro, lo que proporcionó a Israel una
notable victoria. Con la expulsión de Moab, Israel gozó de un período de
tranquilidad de ocho años. Durante esta época, Ramsés II, que gobernaba Egipto
(1290-1224 a. C.) y Merneptah su hijo (1224-1214) mantuvieron un equilibrio. de
poder con los heteos controlando Palestina tan lejos como al sur de Siria. La sola
mención de Israel en las inscripciones egipcias procede de la. baladronada de
Merneptah de que Israel era considerada como un erial. En su totalidad las
condiciones de paz prevalecieron por algún tiempo.
Solamente en un versículo se hace mención a la carrera de Samgar. No se
indica nada respecto a la opresión, ni existen tampoco detalles respecto al origen de
Samgar ni a su pasado. Una lógica inferencia parece ser que los filisteos penetraron
dentro del territorio de Israel y que Samgar se levantó para ofrecerles resistencia,
matando a 600 enemigos en un valeroso esfuerzo.
El hostigamiento por los cananeos, seguido por un período de veinte años,
conforme la influencia egipcia declinaba en Palestina bajo Merneptah y otros
gobernantes débiles, ocurrió cerca del siglo XIII. Mientras Jabín, rey de los
cananeos, gobernaba en Hazor, situado al norte del mar de de Galilea, Sísara, el
capitán del ejército de Jabín, persiguió a los israelitas desde Haroset-goim, situada
cerca del arroyo de Cisón a la entrada noroeste de la llanura de Esdraelón.
Durante la época de esta opresión cananea, Débora ganó el, reconocimiento
como profetisa en la tierra de Efraín, cerca de Ramá y Betel. Habiendo enviado por
Barac, no sólo le amonestó para que entrase en la batalla, sino que personalmente
se unió a él en Cedes en Neftalí. Allí, Barac reunió una fuerza combatiente y se
dirigió hacia el sur al monte de Tabor, situado al nordeste de la llanura triangular
de Esdraelón. Sin embargo, puesto que Sísara tenía la ventaja de 900 carros de
guerra en su fuerza combatiente, Barac tuvo miedo de asumir la responsabilidad de
combatir a los cananeos con sus 10.000 infantes. Incluso aunque Débora le aseguró
la victoria conforme los cananeos fueron, atraídos con engaño hacia el Cisón, Barac
no quiso aventurarse fuera sin su valerosa acompañante.
Las fuerzas cananeas fueron sorprendentemente confundidas. Un cuidadoso
examen del relato, parece indicar que cuando los carros de guerra del enemigo se
hallaban. en le valle de Cisón, una repentina lluvia redujo la ventaja de los
cananeos. Los carros guerreros tuvieron que ser abandonados al quedar atascados
en el fango (5:4, 20, 21; 4:15). Con las fuerzas cananeas derrotadas y Sísara muerto,
por Jael, los israelitas ganaron una paz que duró cuarenta años. La victoria fue
celebrada en un canto que expresa la alabanza por la ayuda divina (Jueces 5).
La reversión de Israel a la idolatría fue seguida por incursiones procedentes
del Desierto Sirio por nómadas hostiles montados en camellos, conocidos como
madianitas, amalecitas e Hijos de Este, que llegaron a hacerse dueños de las
cosechas y el ganado de los israelitas. Siete años de depredación fue un período
excesivo, de tal forma, que los israelitas tuvieron que buscar refugio seguro en las
cuevas y en lugares montañosos.
En un pueblo llamado Ofra, Gedeón se hallaba ocupado secretamente
buscando grano para su padre, cuando el ángel del Señor le comisionó para liberar
a su pueblo. Aunque Ofra no puede ser definitivamente identificado,
probablemente estaba situado cerca del valle de Jezreel en la Palestina central,
donde la presión madianita era mayor. Lo primero que hizo Gedeón fue destruir el
altar de Baal en el estado de su padre. Aunque las gentes de la población se alarmó
ante el hecho, el padre de Gedeón, Joás, no era partidario de la idolatría. Por esta
memorable acción Gedeón fue llamado Jerobaal que significa "Contienda Baal
contra él" (Juec. 6:32).
Cuando las fuerzas del enemigo estaban acampadas en el valle de Jezreel,
Gedeón reunió un ejército. Por el uso de un vellón dos veces expuesto, tuvo la
seguridad de que Dios le había llamado ciertamente para liberar a Israel (Jueces
6:36-40). Cuando Gedeón anunció a su ejército de 32.000 hombres reunidos de
Manasés, Aser, Zabulón y Neftalí, que cualquiera que tuviese miedo podría volverse
a casa vio a 22.000 hombres salir de las filas. Como resultado de una nueva
comprobación perdió otros 9.700 hombres. Con una compañía de solo 300
hombres que preparó para la batalla, se dispuso a atacar a las hordas nómadas.
En las faldas del monte More, hacia la terminación oriental de la llanura de
Meguido, permanecía acampada la gran hueste de los madianitas con sus camellos.
Gedeón, dividiendo su banda de 300 hombres en tres compañías, hizo un ataque
por sorpresa durante la noche. Al principio de la mitad de la guardia -tras las 10 de
la noche- cuando el enemigo dormía profundamente, los hombres de Gedeón
soplaron las trompetas, aplastaron sus cántaros y gritaron el grito de batalla
diciendo "¡Por la espada del Señor y de Gedeón!" (Juec. 7:20). Los madianitas
sumidos en la mayor confusión huyeron a través del Jordán. Por su fe en Dios,
Gedeón puso así en fuga al enemigo y liberó a los israelitas de la opresión (ver Heb.
11:32).
En la persecución de los madianitas, la condición sin ley de los días de los
Jueces se refleja de nuevo (Jueces 8). Tras pacificar a los celosos efrateos, que no
habían compartido la gran victoria, Gedeón encaminó a los madianitas hacia la
[Link], tomando una apreciable cantidad de botín de objetos valiosos,
objetos de oro, collares de camellos, joyas de toda clase, al igual que ornamentos
de púrpura de los que vestían los reyes madianitas. Como resultado, el pueblo
ofreció a Gedeón el reinado hereditario.,¡ El rechazo de Gedeón refleja su actitud
de resistencia contra la tendencia''', hacia la monarquía. Sin embargo, Gedeón hizo
un efod de oro de los despo-, jos tomados al enemigo. Tanto si aquello era un
ídolo o un simple memorial de su victoria o una acción contraria al efod con que se
adornaban los sumos sacerdotes (Ex. 27:6-14) es algo que no está claro. En
cualquier caso, el!' objeto se convirtió en un símbolo para Gedeón y su familia, al
igual que para los israelitas, allanando el camino hacia la idolatría. Aunque Gedeón
había,,' ganado la seguridad para Israel de los invasores, por cuarenta años,
median-. te su victoria militar, su influencia en religión fue negada. Poco después de
su muerte, el pueblo se volvió abiertamente hacia el culto de Baal, olvidando que
Dios les había garantizado la liberación.
Abimalec, un hijo de una concubina de Gedeón, se nombró a sí mismo como
rey en Síquem por un período de tres años tras la muerte de Gedeón.
Ganó la adhesión de los siquemitas, matando traidoramente a todos los
setenta hijos de Gedeón, excepto a Jotam. Este último, dirigiéndose a los hombres
de Síquem, desde el monte Gerizim, por medio de una parábola, compara a
Abimelec con una zarza que fue invitada a reinar sobre los árboles. Invocó la
maldición de Dios sobre Siquem por su conducta con la familia de Gedeón.
La revuelta pronto estalló bajo Gaal, quien incitó a los siquemitas a rebelarse.
En el transcurso de la lucha civil que siguió, Abimelec fue muerto finalmente por
una piedra de molino que una mujer dejó caer sobre su cabeza cuando se
aproximaba a una torre fortificada dentro de la ciudad.
Esto acabó con todos los intentos de establecer la monarquía en Israel en los
días de los Jueces.
Se conoce poco respecto a Tola y a Jair. Puesto que no se conocen grandes
hechos que les conciernan, sus responsabilidades fueron meramente judiciales. Tola,
de la tribu de Isacar, paró en Samir, situada en algún lugar del país de las colinas de
Efraín. Se le asigna un gobierno de 23 años.
Jair hizo su oficio de juez en el territorio de Galaad al este del Jordán durante
22 años. El hecho de que tuviese una familia de 30 hijos indica no sólo una
ostentosa poligamia, sino también su rango y su posición de riqueza en la cultura de
la época.
La apostasía de nuevo prevaleció en Israel, vuelto hacia el culto de Baal y
otras deidades paganas. La opresión de esta época proviene de dos direcciones: los
filisteos presionaban desde sudoeste y los amonitas invadieron desde oriente. La
liberación en la Transjordania y su zona llegó bajo el caudillaje de Jefté.
A causa de ser hijo de una ramera, Jefté fue condenado al ostracismo desde su
comunidad hogareña a temprana, edad. Llegó a ser un jefe de bandoleros o capitán
de merodeadores en Tob, que probablemente estaba situada al nordeste de Galaad.
Cuando los galaaditas buscaron un caudillo, fue llamado Jefté. Antes de aceptar este
nombramiento, se hizo un solemne pacto mediante le cual los ancianos galaaditas
le reconocieron como jefe y caudillo.
Cuando Jefté apeló a los amonitas, éstos respondieron con la fuerza. Antes de
presentar batalla, hizo un voto que le obligaba a ser cumplido en el caso de que
volviera victorioso. Vigorizado con el Espíritu del Señor, Jefté obtuvo una gran
victoria de tal forma que los israelitas fueron liberados de los amonitas quienes les
habían oprimido durante diez y ocho años. Cuando Efraín protestó de que no se les
había llamado para tomar parte en la batalla contra los amonitas, Jefté supo
responderle militarmente con su ejército.
¿Sacrificó Jefté realmente a su hija en cumplimiento del voto que había
pronunciado? En aquel dilema, no habría agradado ciertamente a Dios que se le
hiciera un sacrificio humano, que en ningún lugar de la Escritura tiene la divina
aprobación. De hecho, este fue uno de los grandes pecados por los cuales los
cananeos tenían que ser exterminados. Por otra parte, ¿cómo pudo agradar a Dios
no cumpliendo con su voto? Aunque los votos en Israel eran voluntarios, una vez
que una persona hacía un voto, se hallaba bajo la obligación de cumplirlo (Núm.
6:1-21). La clara implicación en Jueces 11, es que Jefté cumplió el suyo (v. 39). Su
manera de hacerlo está sujeta a varias interpretaciones.
Que los líderes israelitas no se conformaban a la religión pura en los días de
los Jueces, resulta aparente en los registros bíblicos Jefté, que tenía un pasado a
medias cananeo, pudo haber conformado la realización de su voto, prevaleciendo
las costumbres paganas, sacrificando a su hija. Puesto que las montañas eran
consideradas como símbolos de la fertilidad por los cananeos, su hija fue a las
montañas a guardar luto por su virginidad con objeto de evitar cualquier posible
cesación de la fertilidad de la tierra. Periódicamente, durante cada año, las
doncellas israelitas empleaban cuatro días recordando el luto de la muchacha
sacrificada.
Si la familiaridad de Jefté con la ley le volvió consciente del disgusto de Dios
con los sacrificios humanos, él pudo haber dedicado a su hija al servicio del
tabernáculo. Haciéndolo así, pudo haber cumplido con su voto y conformado su
actuación a la ideal esencial de la completa consagración significada en la ofrenda
del fuego. Puesto que su hija era su único vástago, Jefté perdió el derecho de sus
esperanzas a la posteridad. En esta forma, pudo haber conjugado sus obligaciones
del cumplimiento del voto pronunciado sin hacer ningún sacrificio humano, un
voto que tal vez hubiese sido realizado apresuradamente bajo una determinada
presión.
Aunque la manera en la cual Jefté cumplió su voto no está detallada en la
narrativa bíblica, hizo frente al desafío de liberar a su pueblo de la opresión y está
considerado como un héroe de la fe (Heb. 11:32).
Ibzán juzgó en Israel durante siete años. Se ignora si Belén, el lugar de su
actividad y enterramiento, es la bien conocida ciudad de Judá o un pueblo en
Zabulón. La mención de treinta hijos y treinta hijas indica su posición, riqueza e
influencia.
Elón tiene asignados diez años como juez. En Ajalón, en la tierra de Zabulón,
tuvo su hogar y su lugar de servicio a su pueblo.
Abdón, el siguiente juez de la lista, vivió en Efraín. Estando en una posición
de proporcionar asnos para los setenta miembros de su familia, Abdón tuvo que
haber sido un hombre de grandes riquezas e influenció en su país. Juzgó en Israel
durante ocho años.
Israel fue oprimida simultáneamente por los amonitas y filisteos (Juec. 10:6).
Mientras que Jefté derrotó a los primeros, Sansón es el héroe que resistió y desafió
el poder de los últimos. Puesto que Sansón nunca alivió completamente a Israel de
la dominación palestina, es difícil fechar el período de 40 años que se menciona en
Jueces 13:1. Veinte años es el período que se calcula que Sansón ostentó su
caudillaje (Juec. 15:20).
Sansón fue un gran héroe dotado de una fuerza sobrenatural recordado. en
primer término por sus hazañas militares. Que fue un nazareno, fue anunciado a sus
padres darlitas antes de su nacimiento. Manoa y su esposa fueron instruidos
mediante la revelación divina de que su hijo comenzaría la liberación de Israel de la
opresión filistea. A través de numerosos relatos, referencias, se conoce el hecho de
que el Espíritu del Señor estaba sobri, él 13:25; 14:5, 19; 15:14). Sus actividades
estuvieron limitadas a la llanura marítima y el país de las colinas de Judá, donde
emprendió la lucha contra la ocupación filistea del territorio Israelita.
Numerosos relatos que sólo pueden ser una muestra de todo lo que Sansón
hizo, están registrados en el libro de los Jueces. En su camino hacia Timnat,
destrozó un león con sus propias manos. Cuando fue obligado a suministrar treinta
ornamentos de fiesta a los filisteos, quienes deshonestamente obtuvieron la
respuesta al acertijo que él puso en sus bodas en Timnat, mató a treinta de ellos en
Ascalón. En otra ocasión, soltó a trescientas zorras con ramas ardientes para
destrozar las cosechas de los filisteos. En respuesta a sus represalias, Sansón mató a
muchos filisteos cerca de Etam. Cuando los hombres de Judá le entregaron atado
de manos al enemigo, sus ataduras quedaron sueltas conforme el Espíritu del Señor
llegó sobre él. Sin otras armas que sus manos, mató a mil hombres con la quijada de
un asno. En Gaza arrancó las puertas durante la noche y se las llevó casi a 64 kms.
al este a una colina cercana al Hebrón.
Las relaciones de Sansón con Daljla, cuyas simpatías estaban con los filisteos,
le condujeron a su ruina. Por tres veces rechazó con éxito a los filisteos, cuando la
mujer le traicionó; sin embargo, cuando reveló el secreto de su colosal fuerza y
poder a ella y le cortaron los cabellos, Sansón perdió su fuerza. Los filisteos le
sacaron los ojos y le forzaron a trabajar en un molino como un esclavo. Pero Dios
restauró su fuerza para su hazaña final y pudo derrumbar los pilares del templo de
Dagón, matando más filisteos de los que había muerto en sus anteriores encuentros.
A despecho de su debilidad, Sansón ganó renombre entre los héroes de la fe
(Heb. 11:32). Dotado con tan grande fuerza, indudablemente pudo haber hecho
mucho más, pero envuelto en el pecado, fracasó en su misión de liberar a Israel. De
todos modos hizo lo bastante como para hacer desistir a los filisteos de que Israel
no fuese desalojado de la tierra prometida.
Condiciones religiosas, políticas y sociales
Los últimos capítulos del libro de los Jueces y el libro de Rut, describen las
condiciones que existían en los días de los heroicos jefes tales como Débora,
Gedeón, y Sansón. Sin referencias mezcladas a las actividades de cualquiera de los
jueces particulares nombrados en los capítulos precedentes, es difícil fechar estos
acontecimientos específicamente. Los rabinos asocian la historia de Micaía y la
emigración danita con la época de Otoniel; pero a causa de la falta de detalles
históricos, es imposible hallarse ciertos de la fiabilidad de todo esto y de las
tradiciones similares de los rabinos. Lo más que puede ser hecho es limitar tales
acontecimientos a los días "cuando los Jueces gobernaban" y "no había rey en Israel"
(Rut 1:1 y Jue. 21: 25).
Micaía y su casa de dioses son un ejemplo de la apostaría religiosa que
prevaleció en los días de los Jueces. Cuando Micaía, un efrainita, devolvió 1160
siclos robados a su madre, ella dio 200 siclos a un joyero, el cual hizo una imagen
grabada en la madera y recubierta de plata, al igual que otra imagen fundida de
plata. Con aquellos símbolos idolátricos, Micaía estableció un santuario al que
añadió un efod y terafiues e hizo sacerdotes a uno de sus hijos. Cuando un levita
procedente de Belén se detuvo por azar en aquella capilla en monte Efraín, Micaía
hizo un acuerdo con él, alquilándole como su sacerdote oficial con, la esperanza de
que el Señor haría prosperar su empresa.
Cinco danitas enviados como grupo de reconocimiento para localizar más
tierra para su tribu, se detuvieron en el santuario de Micaía para pedir consejo a
este levita. Tras haberles asegurado el éxito de su misión, siguieron su camino y
encontraron condiciones favorables para la conquista de más territorio en Lais, una
ciudad situada en la vecindad del hontanar del río Jordán Como resultado,
seiscientos danitas emigraron hacia el norte. En el camino, convencieron al levita de
que era mejor para él servir como sacerdote para una tribu más bien que para un
solo individuo. Cuando Micaía y sus vecinos objetaron la cuestión, los danitas,
mucho más fuertes, se limitaron simplemente a tomar al levita y a los dioses de
Micaía y llevárselos a Lais, desde entonces llamada Dan. Allí, Jonatán, que
indudablemente era el levita, estableció un santuario para los danitas como un
substituto para Silo. De no haber ninguna omisión en la genealogía (18:30) de este
Jonatán, es muy verosímil que la emigración tuviese lugar en los primeros días del
período de los Jueces.
El crimen sexual en Gabaa y los acontecimientos que siguieron, condujeron a
Israel a la guerra civil. Un levita de las colinas de la tierra de Efraín y su concubina,
al retorno de una visita a los padres de la mujer en Belén, se detuvieron en Gabaa
por la noche. Había pasado por Jebús, esperando recibir mejor hospitalidad en
Gabaa, que era una ciudad benr; jaminita. Durante la noche, los hombres de Gabaa
exigieron y después:, obtuvieron a la concubina del levita. En la mañana ella fue
encontrada muerta a la puerta de la casa. El tomó el cadáver y la llevó a su hogar;,
cortándola en doce piezas que envió por todo el país. Todo Israel, desde Dan a
Beerseba, fue tan horrorizado por semejante atrocidad, que se reunieron en Mizpa.
Allí, ante una reunión de 400.000 hombres, el levita habló de lo que habían hecho
con ellos los benjaminitas.
Cuando la tribu de Benjamín rehusó entregar los hombres de Gabaa, habían
cometido aquel crimen, estalló la guerra civil. Los benjaminitas dispusieron una
fuerza combativa de 26.000 hombres, incluyendo una división;: de honderos. El
resto de Israel, entonces, se reunió en Betel, donde estaba situada el Arca del Señor,
para recibir consejo para la batalla de Finees, el sumo sacerdote. Por dos veces las
fuerzas israelitas fueron derrotadas en su ataque a Gabaa. La tercera vez, la
conquistaron y quemaron la ciudad, matando a todos los benjaminitas excepto a
600 que huyeron y encontraron refugio en la roca de Rimón. La destrucción y
devastación de Benjamín fue completa, hasta el extremo de que la totalidad de la
tribu quedó arruinada. Tras cuatro meses, se efectuó una reconciliación con los 600
hombres que; quedaban. Se tomaron medidas para la restauración y el matrimonio
de aquellos hombres, de forma tal que los benjaminitas pudiesen ser re instaurados
en la nación de Israel.
La historia de Rut suministra una visión rápida de una era más pacíúl en los
días en que los Jueces gobernaban. Esta narrativa cuenta con la emigración de una
familia israelita -Elimelec, Noemí y sus dos hijos hacia Moab, cuando había hambre
en Judá. Allí, tos dos hijos se casaron con dos mujeres moabitas, Rut y Orfa. Tras la
muerte de su marido y ambos hijos, Noemí se volvió a Belén acompañada de Rut.
En el curso del tiempo, Rut se casó con Booz y, subsiguientemente, figura en la
línea genealógica davídica de la familia real de Israel.
Tiempos de transición
En los siglos X y XI Israel estableció y mantuvo la más poderosa monarquía
de toda su historia. Ni antes ni después, la nación tuvo tan extensas fronteras y
sostuvo tanto respeto internacional. Tal expansión fue posible en gran medida a
causa de la no interferencia que pudo haberle llegado desde las extremidades del
Creciente Fértil durante esta época de su historia.
Las naciones vecinas
Egipto había declinado a una posición de debilidad. Ramsés III (11981167 a.
C.), el Faraón de la XX dinastía que había sido fuerte lo bastante como para
rechazar a todos los invasores, murió a manos de un asesino. Bajo Ramsés IV-XII
(ca. 1167-1085) el poder de los reyes egipcios sucumbió gradualmente a la política
agresiva de la familia sacerdotal. Por el 1085 a. C. Heri-Hor, el sumo sacerdote,
comenzó a gobernar Egipto desde Karnak en Tebas, mientras que príncipes de la
familia controlaban Tanis. La pérdida de prestigio de Egipto se refleja por el
tratamiento despectivo que se permitió Wen-Amun en, su jornada hacia Biblos
como un enviado egipcio (ca. 1080 a. C.). No fue sino hasta el cuarto año de
Roboam (927 a. C.) en que Egipto estuvo en posición de invadir Palestina (I Reyes
14: 25-26).
Los asirios, bajo Tiglat-pileser (1113-1074 a. C.), extendieron su influencia
hacia el oeste, a Siria y a Fenicia. Sin embargo, antes de que transcurriera mucho
tiempo, los propios asirios sintieron los efectos de la invasión procedente del Oeste
Durante el reinado de Asur-Rabi 11 (1012975 a. C.), los establecimientos asirios a lo
largo del Eufrates fueron; desplazados por emigración de las tribus arameas. Sólo
después del año: 875 a. C. Asiria volvió a recobrar el control del alto valle del
Eufrates para desafiar a los poderes occidentales en Palestina.
El enemigo que tan seriamente amenazaba el creciente poder Israel era el de
los filisteos. Rechazados en su intento de entrar en Egipto, los filisteos se
establecieron en gran número sobre la llanura marítima de Palestina poco después
del 1200 a. C. Cinco ciudades se convirtiere en plazas fuertes de los filisteos:
Ascalón, Asdod, Ecrón, Gaza y Gat Sam. 6:17). Sobre cada una de esas ciudades
independientes gobernaba un "señor" que supervisaba el cultivo de la tierra
anexionada. Aunque eran' activamente competitivos con los fenicios en el lucrativo
negocio del comercio, como registraba Wen-Amun, los filisteos amenazaban con
dominar Israel en los días de Sansón, Elí, Samuel y Saúl. Independientes en mismas,
las cinco ciudades y sus gobernantes se unían ocasionalmente par propósitos
políticos y militares.
La explicación real de la superioridad filistea sobre Israel se encuentra en el
hecho de que los filisteos guardaban el secreto del hierro fundido. Los heteos en
Asia Menor habían sido fundidores de hierro antes del 12 a. C. pero los filisteos
fueron los primeros que utilizaron el proceso en Palestina. Guardando su
monopolio celosamente, tenían a Israel a su merced. Esto queda claramente
reflejado en I Sam. 13:19-22. "Ahora no se encuentra un solo herrero en toda la
tierra de Israel". No solo se encontraban 1a israelitas sin herreros para forjar espadas
y lanzas, sino que incluso dependían de los filisteos para el arreglo de sus
instrumentos de trabajo agrícola. Con semejante amenaza pesando sobre Israel, se
encontraba al borde caer en una esclavitud sin remisión por parte de los filisteos.
Aunque Saúl ofreció alguna resistencia al enemigo que avanzaba, fue sino
hasta los tiempos de David, en que el poder de los filisteos quedó roto. Por la
ocupación de Edom, David aprendió los secretos de la utilización del hierro y ganó
acceso a los recursos naturales que existían en península del Sinaí. En tales
condiciones, se encontró capaz de unir firmemente la nación de Israel y de
establecer una supremacía militar, que n un fue seriamente desafiada por los
filisteos.
Del norte, la principal amenaza para Israel y su expansión, procedía Aram. Ya
a principios de los tiempos patriarcales, los arameos se hab establecido en el distrito
de Khabur en la alta Mesopotamia, conocido co Aram-Naharaim. La zona bajo su
control, pudo muy bien haberse extendí hacia el oeste hasta Alepo y al sur hasta
Cades sobre el Orontes. H dónde pudieron haberse extendido en la zona de
Damasco y hacia el s durante la época de los jueces, es algo incierto.
El estado arameo más poderoso fue Soba, situado al norte de Damas
Hadad-ezer, gobernador de Soba, extendió sus dominios hacia el Eufra (II Sam.
8:3-9) y posiblemente tomó por la fuerza algunas colonias asirias de Asur-Rabi II,
rey de Asiria (1012-975 a. C.). Las dinastías hititas en Hamat y Carquemis, fueron
gradualmente reemplazadas por los arameos conforme se expandieron, hacia el
norte. Otros estados arameos situados hacia el sur de Damasco, fueron Maaca,
Gesur y Tob. Al este del Jordán y al sur de monte Hermón yace Maaca, con Gesur
directamente hacia el sur. Puesto que su madre procedía de aquella zona, Absalón
se apresuró a acudir a Gesur en busca de seguridad después de haber matado a
Amnón. Tob (Jue. 3:11) estaba al sudeste del mar de Galilea, pero al norte de
Galaad. Estos estados, bajo la jefatura de Hadad-ezer, representaban una
formidable coalición para la expansión de Israel en los días de David.
Los fenicios o cananeos ocuparon la costa marítima del Mediterráneo hacia el
norte. Mientras los arameos estaban formando un fuerte reino más allá de la
cadena del Líbano, los fenicios se concentraban en intereses marítimos. Por el
tiempo de David, las ciudades de Tiro y Sidón habían establecido un fuerte estado
incluyendo el territorio costero inmediato. Mediante el comercio y los tratados,
extendieron su influencia comercialmente por todo el Mediterráneo. Hiram, rey de
Tiro, y David, rey de Israel, lo encontraron mutuamente beneficioso para mantener
una actitud de amistad sin fricciones militares.
Los edomitas, que habitaban la zona montañosa del sur del mar Muerto,
fueron gobernados por reyes antes del resurgimiento de la monarquía de Israel
(Gén. 36:31-39). Aunque Saúl luchó contra los edomitas (I Sam. 14: 47) fue David
quien, realmente les sometió ,ellos. La declaración de que habían convertido en
servidores de David, quien había estacionado guarniciones por todo el país, tiene la
mayor importancia (II Sam. 8:14). De las minas de Edom, David obtuvo recursos
naturales tales como cobre y hierro que Israel necesitaba desesperadamente para
acabar con el monopolio filisteo en la producción de armamentos.
Los amalecitas, también descendientes de Esaú (Gén. 36:12), mantuvieron el
territorio al este de Edom hacia la frontera egipcia. Saúl intentó destruir a los
amalecitas (I Sam 15) pero fracasó en hacer una completa purga. Más tarde, los
amalecitas atacaron a Siclag una ciudad ocupada por David cuando era un fugitivo
del territorio filisteo, pero apenas si son mencionados.
Los moabitas, situados al este del mar Muerto, fueron derrotados por Saúl (I
Sam. 14:47) y conquistados por David. Por casi dos siglos, permanecieron
obedientes a Israel como una nación tributaria.
Los amonitas ocuparon la franja del territorio sobre la frontera oriental de
Israel. Saúl les derrotó en Jabes-galaad cuando se estableció por sí mismo temo un
rey (I Sam. 11:1-11). Cuando los amonitas desafiaron las aperturas a la amistad de
David por una alianza con los arameos, no les venció (II Sam. 10) pero conquistó
Rabá en Amón, su ciudad capital (II Sam. 12:27). Nunca más desafiaron la
superioridad israelita .durante el período del reinado.
Bajo el caudillaje de Elí y Samuel
Los tiempos de Elí y Samuel marcan la era de transición desde el esporádico e
intermitente caudillaje de los Jueces hasta la implantación de la monarquía Israelita.
Los dos hombres están mencionados en el libro de los jueces, pero se les considera
en los primeros capítulos de I Samuel (1:1-8: 22) como una introducción a la
narrativa respecto al primer rey de Israel.
La historia de Elí sirve como fondo para el ministerio de Samuel. Como sumo
sacerdote, Elí estaba a cargo del culto y sacrificio en el tabernáculo en Silo. Fue a él,
a quien los israelitas consideraron y buscaron para guía jefatura de los asuntos
civiles y religiosos.
La religión de Israel se hallaba a un bajo nivel en los días de Elí. El mismo
fracasó en enseñar a sus propios hijos en, reverenciar a Dios; "no tenían
conocimiento del Señor" (I Sam. 2:12) y bajo su jurisdicción asumieron
responsabilidades sacerdotales tomando ventaja del pueblo conforme se
aproximaba al culto y al sacrificio. No sólo robaban a Dios solicitando la porción
sacerdotal antes del sacrificio, sino que se conducían de tal forma que el pueblo
aborrecía el llevar sacrificios a Silo. También profanaron el santuario con las
acciones paganas propias de la religión cananea. Como era de esperar, rehusaron el
escuchar la amonestación y la denuncia de semejante conducta. No es de
sorprender que Israel continuase degenerándose al incrementar tales prácticas
religiosas corrompidas.
En semejante atmósfera corrompida, Samuel fue llevado desde su niñez y
dejado al ciudadano de Elí. Dedicado a Dios y alentado por una santa madre,
Samuel creció en el entorno del tabernáculo, incorruptible a la maléfica influencia
falta de religiosidad de los hijos de Elí.
Un profeta cuyo nombre se ignora, reprobó a Elí porque honraba a sus hijos
más de lo que honraba a Dios (I Sam. 2:27). Su relajación había provocado el juicio
de Dios, de ahí que sus hijos perdieran sus vidas inútilmente Y un fiel sacerdote
ministrase en su lugar. La reiteración de este decreto llegó a Samuel cuando Dios le
habló durante la noche (I Sam. 3:1-18).
Pronto y de forma repentina aquellas proféticas palabras recibieron su total
cumplimiento. Cuando los asustados israelitas vieron que estaban perdiendo su
enfrentamiento con los filisteos, se impusieron sobre los hijos de Elí para llevar el
arca del pacto de Dios, el objeto más sagrado de Israel, al campo de batalla. La
religión había llegado a un extremo tal, que el arca, que representaba la verdadera
potencia de Dios, les salvaría de la derrota. Pero no podían forzar a Dios a que les
sirviera. Su derrota fue aplastante. El enemigo capturó el arca, matando a los hijos
de Elí. Cuando Elí oyó las sorprendentes noticias de que el arca estaba en manos de
los filisteos, sufrió un colapso que le costó la vida.
Aquello fue un día de catástrofe para Israel. Aunque la Biblia no dice nada
respecto a la destrucción de Silo, otra evidencia aboga de que por ese tiempo, los
filisteos redujeron a ruínas el santuario central que había sostenido y mantenido
unidas a todas las tribus. Cuatro siglos más tarde, Jeremías advirtió a los habitantes
de Jerusalén, de no depositar su confianza en el templo (Jer. 7:12-24; 26:6-9).
Mientras que los israelitas habían confiado en el arca para su propia seguridad, así,
la generación de Jeremías asumió que Jerusalén, como lugar de la residencia de
Dios, no podía caer en manos de las naciones gentiles. Jeremías sugirió de que se
fijasen en las ruínas de Silo y se aprovecharan de aquel histórico ejemplo Las
excavaciones arqueológicas pusieron al descubierto el aniquilamiento de Silo en el
siglo XI. Su destrucción en aquel tiempo cuenta para el hecho de que poco tiempo
después los sacerdotes oficiaban en Nob (I Sam. 21:1). Es también digno de notar en
relación con esto que Israel, en ninguna ocasión intentase volver el arca a Silo.
La victoria filistea desmoralizó efectivamente a los israelitas. Cuando la nuera
de Eli dio a luz un hijo, ella le puso por nombre "Icabod" porque, ella sintió
profundamente que las bendiciones de Dios hubiesen sido retiradas de Israel (I Sam.
4:19-22). El nombre del niño significaba "¿Dónde está la gloria?" y al mismo tiempo
podía demostrar que la religión cananea había ya penetrado en el pensar de los
israelitas, ya que un devoto de Baal, habría sido como una alusión a la muerte del
dios de la fertilidad.
El lugar de Samuel en la historia de Israel es único. Siendo el último de los
Jueces, ejerció la jurisdicción por toda la tierra de Israel. Además, ganó el
reconocimiento como el más grande profeta de Israel desde los tiempos de Moisés.
También ofició como sumo sacerdote, aunque él no pertenecía al linaje de Aarón, a
quien pertenecían las responsabilidades del sacerdocio.
La Biblia ha conservado comparativamente poco respecto al ministerio real
de este gran caudillo. Cuando Elí murió, y la amenaza de la opresión filistea se hizo
más pronunciada, los israelitas se volvieron naturalmente hacia Samuel para que les
sirviera de caudillo. Después de haber escapado al despojo y destrucción de Silo,
Samuel estableció su hogar en Ramá, donde erigió un altar. No hay indicación, sin
embargo, de que aquello se convirtiese en el centro religioso o civil de la nación. El
tabernáculo, que de acuerdo con el Salmo 78:60 había sido abandonado por Dios,
no se menciona en relación con Samuel. Israel recuperó el arca de manos de los
filisteos (I Sam. 5:1-7:2); pero lo guardó en Quiriat-jearim en el hogar privado de
Abinadab hasta los días de David. Aparentemente, no estaba en uso público
durante este tiempo. Samuel, no obstante, actuó con sus deberes sacerdotales, al
ofrecer sacrificios en Mizpa, Ramá, Gilgal, Belén y dondequiera que se precisasen
por todo el país. Y continuó cumpliendo con este deber y esta función incluso tras
haber entregado todos los asuntos de estado a Saúl.
En el curso del tiempo, Samuel reunió a su alrededor un grupo profético,
sobre el cual tuvo una enorme influencia (I Sam. 19:18-24). Es muy verosímil que
Natán, Gad y otros profetas activos en el tiempo de David, recibiesen sus ímpetus
procedentes de Samuel.
Para ejecutar sus responsabilidades judiciales, Samuel iba anualmente a Betel,
Gilgal y Mizpa (I Sam. 7:15-17) y puede inferirse de que en los primeros años, antes
de que delegase las responsabilidades en sus hijos Joel y Abías (I Sam. 8:1-5)
incluyese puntos tan, distantes como Beerseba en, su circuito por la nación.
Acredita a Samuel, el hecho de que prevaleciese sobre Israel para purgar el
culto cananeo de sus filas (I Sam. 7:3 ss.). En Mizpa, el pueblo se reunía para la
oración, el ayuno y el sacrificio. La palabra de la convocación se divulgó hasta los
filisteos, quienes por esta causa tomaron la ventaja de la situación para lanzar un
salto. En medio del fragor, una terrible tormenta de truenos sembró el miedo en los
corazones de los filisteos mercenarios produciendo la confusión y poniéndoles en
fuga. Evidentemente, el efecto de los truenos adquirió un carácter portentoso en su
significado para los filisteos, ya que nunca más intentaron comprometer a los
israelitas en una batalla mientras Samuel estuvo al mando de las tribus.
Eventualmente, los jefes tribales sintieron que debían formar una resistencia
contra la agresión filistea y de acuerdo con ello, clamaron por un rey. Como excusa
para el establecimiento de la monarquía, resaltaron que Samuel era ya anciano y sus
hijos no estaban moralmente dotados para tomar su lugar. Samuel, astutamente,
rechazó la propuesta, implorándoles elocuentemente el "no imponer sobre sí
mismo una institución cananea, extraña a su forma de vida". Cuando a despecho de
aquello, persistieron en su demanda, Samuel aceptó; pero sólo tras la divina
intervención (I Sam. 8).
Cuando Samuel consintió con cierta repugnancia a la innovación del reinado,
n,o tenía idea de a quien Dios podría elegir. Un día, mientras estaba oficiando en
un sacrificio, fue encontrado por un benjarninita que llegó para consultarle algo
concerniente a la localización de unos asnos perdidos de su padre. Advertido de su
llegada, Samuel comprobó que Saúl era el elegido de Dios para ser el primer rey de
Israel. No sólo Samuel atendió a Saúl como huésped de honor en la fiesta sacrifical,
sino que privadamente le ungió como "príncipe sobre su pueblo" indicando
mediante aquellas palabras que el reinado era una cuestión sagrada de fe. Mientras
volvía a Gabaa, Saúl fue testigo del cumplimiento de la predicción hecha por
Samuel en sus palabras en confirmación de ser elegido para aquella responsabilidad.
En una subsiguiente convocación en Mizpa, Saúl públicamente fue elegido y
entusiásticamente apoyado por la mayoría en su aclamación popular de "¡Viva el
rey!" (I Sam. 10:17-24). Puesto que Israel no tenía capitalidad, se volvió hacia su
ciudad nativa de Gabaa en Benjamín.
La amenaza amonita a Jebes de Galaad proporcionó a Saúl la oportunidad de
afirmar su jefatura. En respuesta a su llamada nacional, el pueblo acudió en su
apoyo, resultando una impresionante victoria sobre los amonitas. En una asamblea
de todo Israel en Gilgal, Samuel públicamente proclama a Saúl como rey. Les
recordó que Dios había aprobado su deseo. Sobre la base de la historia de Israel, les
aseguró la prosperidad nacional, teniendo en cuenta que el rey y todos los
ciudadanos obedecerían la ley de Moisés. Este mensaje de Samuel fue divinamente
confirmado a los israelitas con una súbita lluvia, un fenómeno ocurrido durante la
cosecha del trigo. El pueblo quedó profundamente impresionado y agradeció a Sa-
muel por aquella continuada intercesión. Aunque los israelitas habían vuelto a un
rey para su gobierno, las palabras de seguridad de Samuel, el profeta que había
barrido la marea de apostasía e iniciado un efectivo movimiento profético en su
enseñanza y ministerio, les volvió conscientes de su sincero interés por su bienestar:
"Lejos sea de mi que pequé yo contra el Señor cesando de rogar por vosotros" (I
Sam. 12:23).
El primer rey de Israel
Seúl gozó del entusiástico apoyo de su pueblo, tras una inicial victoria sobre
los amonitas en Jebes de Galaad. Es cierto que no todos consideraron su acceso al
reinado con la misma satisfacción; pero aquellos contrarios no pudieron soportar su
extraordinaria popularidad (I Sam. 10:27; 11:12, 13). Y así, mediante una deliberada
desobediencia Saúl pronto arruinó sus 1 oportunidades para obtener el éxito
deseado. A causa de las sospechas el odio, sus esfuerzos estuvieron tan mal dirigidos
y la fuerza nacional se disgregó de tal forma que su reinado acabó en un completo
fracaso.
Saúl fue un guerrero que condujo a su nación a numerosas victorias militares.
En el lugar estratégico sobre una colina a tres kms. al norte de Jerusalén, Saúl
fortificó Gabaa para contraatacar la superioridad militar de los filisteos.
Aprovechando el victorioso ataque hecho por sus hijos Jonatán, Saúl puso en fuga a
los filisteos en la batalla de Micmas (I Sam. 13-14). Entre otras naciones derrotadas
por Saúl (I Sam. 14:47-48) se contaban los amalecitas (I Sam. 15:1-9).
El éxito inicial del primer rey de Israel, no obscureció su debilidad personal. El
rey de Israel tenía una posición única entre los gobernantes contemporáneos en lo
cual, él fue el responsable en conocer el profeta que representaba a Dios. En este
respecto, Saúl falló por dos veces. Esperando impacientemente la llegada de Samuel
a Gilgal, Saúl mismo ofició el sacrificio (I Sam. 13:8). En su victoria sobre los
amalecitas, se entregó a las presiones del pueblo en lugar de ejecutar las
instrucciones de Samuel. El profeta le advirtió solemnemente que a Dios no se le
complacía mediante sacrificios, que debían ser sustituidos por la obediencia. Con
este amargo reproche Samuel dejó al rey Saúl que siguiera sus propios impulsos y
decisiones. Mediante su desobediencia, Saúl había perdido el derecho al trono.
La unción de David por Samuel en una ceremonia privada, fue desconocida
para Saúl. Con la muerte de Goliat, David emerge en el escenario nacional. Cuando
fue enviado por su padre a llevar suministros a sus hermanos que servían en el
ejército israelita acampado contra los filisteos, oyó las blasfemias y las amenazas de
Goliat. David razonó que Dios que le había ayudado a él en matar osos y leones,
también sería capaz de matar a su enemigo, quien desafiaba a los ejércitos de Israel.
Cuando los filisteos comprobaron que Goliat, el gigante de Gat, había sido muerto,
huyeron ante Israel. El reconocimiento nacional de David como héroe fue
expresado subsiguientemente en el dicho popular, "Seúl hirió a sus miles, y David a
sus diez miles" (I Sam. 18:7).
En anteriores ocasiones, David había hecho gala de sus dotes musicales en la
corte del rey, para calmar el espíritu turbado de Saúl. Tan grave era el desorden
mental del rey, que incluso intentó matar al joven músico. Tras esta heroica hazaña,
Saúl no sólo tomó conciencia del reconocimiento de David, posiblemente para
premiar a su familia con la exención de tributos, que también le agregó
permanentemente a su corte real.
Dejado a sus propios recursos, Saul se hizo sospechoso y extremadamente
celoso de David. Con numerosas y sutiles añagazas Saúl intentó suprimir al joven
héroe nacional. Expuesto a los tiros de jabalina de Saúl o a los peligros de la batalla,
David escapó con éxito de todas las maniobras concebidas para su perdición.
Incluso cuando Saúl fue personalmente a Naiot, donde David se había refugiado
con Samuel, fue influenciado con el espíritu de los profetas hasta el extremo de que
le resultó inútil dañar o capturar a David.
Estando agregado a la corte real, resultó ventajoso para David en varios
aspectos. En hazañas militares, se distinguió por sí mismo conduciendo las unidades
del ejército de Israel en victoriosos ataques contra los filisteos. En sus relaciones
personales con Jonatán, compartió una de las amistades más nobles que se
advierten en los tiempos del Antiguo Testamento. Mediante su íntima asociación
con el hijo del rey, David estuvo en condiciones de captar los bastardos designios
de Saúl más minuciosamente y de esa forma, asegurarse contra cualquier peligro
innecesario. Cuando David y Jonatán, comprobaron que había ya llegado el
momento para que David huyera, ambos sellaron su amistad mediante una alianza
(I Sam 20:11-23).
David huyó con los filisteos buscando seguridad. Denegado el refugio por
Aquis, rey de Gat, fue hacia Adulam donde cuatrocientos compañeros de las tribus
se reunieron a su entorno. Estando al cuidado de semejante grupo, procuró hacer
los convenientes arreglos para algunas de sus gentes que residían en el país moabita.
Entre los consejeros asociados con él, estaba el profeta Gad.
Cuando Saúl oyó que Abimelec, el sacerdote de Nob, había proporcionado
suministros a David en ruta hacia los filisteos ordenó su ejecución con ochenta y
cinco sacerdotes. Abiatar, el hijo de Abimelec, escapó y se reunió con el bando
fugitivo de David.
Hacía ya tiempo que Saúl daba rienda suelta a sus maliciosos sentimientos
hacia David mediante una abierta persecución. Varias veces David estuvo
seriamente en peligro. Tras socorrer la ciudad de Keila de los ataques filisteos,
residió allí hasta que fue desalojado por Saúl. Escapando a Zif, seis kms, al sur del
Hebrón,, fue traicionado por los zifeos y rodeado por el ejército de Saúl. Un ataque
de los filisteos previno a Saúl de capturar esta vez a David. Después, en otra
expedición a En-gadi (I Sam. 24) y finalmente en Haquila, Saúl también fue
frustrado en sus esfuerzos para matarle.
David tuvo muchas ocasiones de haber podido matar al rey de Israel En cada
ocasión rehusó el hacerlo, teniendo la conciencia y el reconocimiento de que Saúl
estaba ungido por Dios. Aunque Saúl solía reconocer temporalmente su aberración,
pronto volvía a su abierta hostilidad.
Mientras que David y su grupo se hallaba en los desiertos del Patán, rendían
servicios a los residentes de aquella zona protegiendo sus propiedades contra los
ataques de bandas de ladrones y bandidos. Nabal, un pastor de Maón que
pastoreaba sus ovejas cerca del pueblo de Carmelo, ignoró la demanda de David de
"protección monetaria". Para encubrir su propia codicia rehusando compartir su
riqueza, Nabal protestaba de que David había huido de su amo. Dándose cuenta de
que la situación era grave, Abigail, la esposa de Nabal, juiciosamente conjuró la
venganza por su apelación personal a David con regalos. Cuando Nabal se
recuperó de su intoxicación y comprendió cuán cerca había estado de la venganza a
manos de David, quedó tan impresionado que murió diez días después. Como
consecuencia, Abigail se convirtió en la esposa de David.
David temía que cualquier día Saúl podría sorprenderle inesperadamente.
Para asegurarse a sí mismo y a su grupo de casi seiscientos hombres, además de
mujeres y niños, le fue concedido permiso por Aquis para residir en territorio
filisteo y en la ciudad de Siclag. Se quedó allí aproximadamente durante el último
año y medio del reinado de Saúl. Cerca del fin de este período, David acompañó a
los filisteos a Afec para luchar contra Israel. Pero le fue negada su participación.
Entonces volvió a Siclag a tiempo de recobrar sus posesiones perdidas en un ataque
por sorpresa por los amalecitas.
Los ejércitos de Israel acampados en el monte de Gilboa para luchar contra
los filisteos, a quienes había derrotado otras varias veces, se encontraron con que
más que el miedo al enemigo era la turbación del rey de Israel quien complicó las
cosas por aquel tiempo. Samuel, hacía tiempo ignorado por Saúl, no estaba
disponible para una entrevista. Saúl se volvió a Dios pero no hubo respuesta para
él, ni en sueños, ni por Urim o por el profeta. Estaba enfermo de verdadero pánico.
En su desesperación se volvió hacia los medios espiritualistas que él mismo había
barrido en el pasado. Localizando a la mujer en Endor, que tenía un espíritu similar,
Saúl preguntó por Samuel. Fuese cual fuese el poder que tenía esta mujer, se hace
aparente en lo que se registra en I Sam. 28:3-25, que la intervención del poder
sobrenatural en mostrar al profeta Samuel en forma de espíritu, estaba más allá de
su control. A Saúl se le recordó una vez más por Samuel, que a causa de su
desobediencia, había perdido el derecho a la legitimidad del reino. En su mensaje a
Saúl, el profeta predijo la muerte del rey y de sus tres hijos, lo mismo que la derrota
de Israel.
Con el corazón endurecido y el pensamiento de tales trágicos acontecimientos
que habían de caer sobre él, Saúl volvió al campamento aquella funesta noche. En
el curso de la batalla en la llanura de Jezreel, las fuerzas israelitas fueron derrotadas,
retirándose a monte Gilboa. Durante la persecución, los filisteos tomaron la vida de
los tres hijos del rey. El propio Saúl fue herido por arqueros enemigos. Para evitar
un bestial tratamiento a manos del enemigo, se clavó contra su espada, acabando
así su vida. Los filisteos vencieron con una victoria definitiva, ganando el
indisputable control del fértil valle desde la costa del río Jordán. Ocuparon también
muchas ciudades de donde los israelitas se vieron forzados a huir. Los cuerpos de
Saúl y sus hijos fueron mutilados y colgados en la fortaleza filistea de Betsán, pero
los ciudadanos de Jabes de Galaad los rescataron para su enterramiento. Más tarde,
David hizo lo necesario para transferir los restos a la propiedad de la familia de Saúl
en Zela, en la tribu de Benjamín (II Sam. 21:14).
Ciertamente trágica fue la terminación del reinado de Saúl como primer rey
de Israel. Aunque elegido por Dios y ungido por la oración por el profeta Samuel,
fracasó en poner en práctica aquella obediencia que era esencial en el sagrado y
único principio de fe que Dios le permitió: el ser "príncipe sobre su pueblo."
Unión de Israel bajo David y Salomón
La edad de oro de David y Salomón, no tuvo repetición en los tiempos del
Antiguo Testamento. La expansión territorial y los ideales religiosos, como fueron
imaginados por Moisés, fueron realizados en un grado máximo que antes o después
de la historia de Israel. En los siglos siguientes, las esperanzas proféticas para la
restauración de la fortuna de Israel, repetidamente se refiere al reino de David,
como ideal supremo.
La unión davídica y expansión
Los esfuerzos políticos de David fueron marcados con el sello del éxito. En
menos de una década tras la muerte de Saúl, todo Israel acudía en apoyo de David,
que había comenzado su reinado con sólo el pequeño reino de Judá. Mediante
éxitos militares y amistosas alianzas, pronto controló el territorio existente entre el
río de Egipto y el golfo de Acaba hasta la costa fenicia y la tierra de Hamat. El
respecto internacional y el reconocimiento que David ganó para Israel no fue
desafiado por poderes foráneos hasta el final de los últimos años de Salomón.
El nuevo rey también se distinguió como caudillo religioso. Aunque denegado
el privilegio de construir el templo, él hizo las más elaboradas provisiones para su
erección bajo su hijo Salomón. Con el caudillaje real de David, los sacerdotes y
levitas fueron extensamente organizados para la efectiva participación en las
actividades religiosas de la totalidad de la nación.
El segundo libro de Samuel detalla y explica el reino de David con gran
minuciosidad. Una larga sección (11-20) suministra el relato exclusivo del pecado, el
crimen y la rebelión en la familia real. La transferencia del reinado a Salomón y la
muerte de David, están relatadas en los primeros capítulos del primer libro de
Reyes. El primer libro de Crónicas también hace referencia al período davídico y
representa una unidad independiente, enfocando la atención sobre David como el
primer gobernante en una continuada dinastía. Por vía de introducción al
establecimiento del trono de David, el cronista traza el fondo genealógico de las
doce tribus sobre las cuales gobernaba David. Saúl no está sino muy brevemente
mencionado, tras lo cual David se presentaba como rey de Israel. La organización
de Israel políticamente lo mismo que en el aspecto religioso está más elaborada
dada la supremacía de David sobre las naciones circundantes y recibe un mayor
énfasis. Antes de concluir con la muerte de David, los últimos ocho capítulos en este
libro dan una extensa descripción de su preparación para la construcción del
templo. En consecuencia I Crónicas es un valioso complemento para lo registrado
en II Samuel.
El bosquejo del reinado de David en este capítulo, representa un arreglo
cronológico sugerido de los acontecimientos conforme están registrados en II
Samuel y I Crónicas:
El rey de Judá
Nacido en tiempos turbulentos, David estuvo sujeto a un rudo período de
entrenamiento para el reinado de Israel. Fue requerido por el rey para el servicio
militar tras haber matado a Goliat y ganado una experiencia inapreciable en
hazañas militares contra los filisteos. Tras que fue forzado a dejar la corte, condujo
a un grupo fugitivo y se congració a sí mismo con los terratenientes y dueños de
grandes rebaños en la parte meridional de Israel, proporcionándoles un efectivo
servicio. Al propio tiempo, negoció con éxito diplomático las relaciones con los
filisteos y moabitas, mientras que se hallaba considerado en Israel como un
individuo al margen de la ley.
David estuvo en la tierra de los filisteos cuando el ejército de Saúl fue decisivamente
derrotado en monte Gilboa. Muy poco después de que David rescatase a sus
esposas y recobrase el botín que había sido tomado por los asaltantes amalecitas,
un mensajero le informó de los desgraciados acontecimientos que habían tenido
lugar en Israel. Sobrecogido por el dolor, David dio un inmortal tributo a Saúl y a
Jonatán en una de las más grandes elegías que existen en el Antiguo Testamento.
No solo Israel había perdido a su rey sino que David había perdido a su más íntimo
amigo de siempre, a Jonatán. Cuando el portador de las noticias, un amalecita,
reclamó una recompensa por la muerte de Saúl, David ordenó su ejecución por
haber tocado al ungido de Dios.
Tras de hallarse cierto de la aprobación de Dios, David volvió a la tierra de
Israel. En Hebrón, los jefes de su propia tribu (Judá) le un gierony reconocieron
como a su rey. David era bien conocido en todos los clanes de la zona, habiendo
protegido los intereses de los propietarios de tierras y compartido con ellos el botín
obtenido al atacar a sus enemigos (I Sam. 30:26-31). Como rey de Judá, David
envió un mensaje de felicitación a los hombres de Jabes por dar al rey Saúl un
respetable enterramiento. No hay duda de que este amistoso y gentil gesto tenía
también implicaciones políticas, en lo que David se sentía necesitado para
procurarse toda clase de apoyo.
Israel estuvo en muy serias dificultades cuando acabó el reinado de Saúl. La capital
en Gabaa, o experimentó la destrucción o gradualmente fue cayendo hasta
convertirse en ruinas. Eventualmente, Abner el jefe del ejército israelita estuvo en
condiciones de restaurar lo bastante el orden para tener a Isboset (Isbaal) ungido
como rey. La coronación tuvo lugar en Galaad, ya que los filisteos tenían el control
sobre la tierra situada al oeste del Jordán. Puesto que el hijo de Saúl reinaba sobre
las tribus del norte sólo por dos años (II Sam. 210) durante los siete años y medio
que David reinó sobre Hebrón, aparece que el problema de los filisteos demoró el
acceso del nuevo rey por aproximadamente cinco años.
Es así como el pueblo de Judá abogó por su alianza con David, mientrasque
el resto de los israelitas permanecía leal a la dinastía de Saúl, bajo el liderazgo de
Abner e Isboset. El resultado fue que prevaleciese la Guerra civil. Tras ser
severamente reprobado por Isboset, Abner apeló a David y le ofreció el apoyo de
Israel, en su totalidad. De acuerdo con la petición de David, Mical, la hija de Saúl,
le fue devuelta como esposa. Aquello tuvo lugar bajo la supervisión de Abner con
el consentimiento de Isboset. De esto quedó patente públicamente que David no
sostenía ninguna animosidad hacia la dinastía de Saúl. El propio Abner fue a
Hebrón donde prometió a David la lealtad de su pueblo. Tras esta alianza y una
vez completada, Abner fue muerto por Joab en lucha civil. La muerte de Abner
dejó a Israel sin un fuerte y poderoso caudillo militar. Hacía tiempo ya que Isboset
había sido asesinado por dos hombres procedentes de la tribu de Benjamín.
Cuando los asesinos aparecieron ante David, fueron inmediatamente ejecutados.
Desaprobaba así la muerte de una persona justa. Sin malicia ni venganza, David
ganó el reconocimiento de todo Israel, mientras que la dinastía de Saúl fue
eliminada del poder político.
Jerusalén—la capital nacional
No hay indicación de que los filisteos interfirieran con la ascendencia de
David como rey en Hebrón. Es posible que ellos le considerasen como a un vasallo,
en tanto que el resto de Israel, revuelto por la guerra civil, no ofrecía resistencia
unificada.
Pero se alarmaron seriamente cuando David ganó la aceptación de la
totalidad de la nación. Un ataque filisteo (II Sam. 5:17-25 I Crón. 14:8-17) tuvo
lugar muy verosímilmente antes de la conquista y ocupación de Sión. David les
derrotó por dos veces, previniendo así su interferencia en la unificación de Israel
bajo el nuevo rey. Sin duda, la amenaza filistea en sí misma tuvo un efecto
unificador sobre Israel.
Buscando un lugar central para la capital del reino unido de Israel, David se
volvió hacia Jerusalén. Era un lugar estratégico y menos vulnerable para ser
atacado. Como una fortaleza cananea ocupada por los jebuseos, había resistido con
éxito la conquista y la ocupación por los israelitas.
En los registros egipcios ya por el 1900 a. C. esta ciudad ya se conocía como
Jerusalén. Cuando David invitó a sus hombres a conquistar la ciudad y ex pulsar a
los jebuseos, Joab aceptó y fue recompensado con el nombramiento de jefe de los
ejércitos de Israel. Con la ocupación de la fortaleza por David, se hizo conocida
como "la Ciudad de David" (I Crón. 11:7). En el período davídico, Jerusalén
ocupaba la cima de una colina directamente al sur del área del templo a una
elevación aproximada de 762 mts. sobre el nivel del [Link] lugar era conocido más
particularmente como Ofel. A lo largo de la orilla oriental estaba el valle de
Cedrón, reuniéndose hacia el sur con el valle de Hinom, que se extendía hacia el
oeste. Separándolo de una elevación occidental, que en tiempos modernos es
llamado monte Sión, estaba el valle Tiropoeon. De acuerdo con Josefo, existía un
valle en la parte norte, separando Ofel del lugar ocupado por el templo.
Aparentemente esta zona Ofel-Sión era de una elevación mayor que el lugar del
templo en la época de la conquista de David. En el siglo II a. C. sin embargo, los
macabeos allanaron la colina arrojando los escombros de la ciudad davídica en el
valle existente debajo. Como resultado, los arqueólogos han sido incapaces de
eslabonar debidamente cualquier objeto procedente del reinado de David.
Cuando David asumió el reinado sobre las doce tribus, eligió a Jerusalén
como su capital política. Durante sus días como un fuera de la ley, había estado
seguido por cientos de hombres. Tales hombres fueron bien organizados bajo su
mando en Siclag y más tarde en Hebrón (I Crón. 11:10-12:22). Aquellos hombres se
habían distinguido en hazañas militares de tal forma, que fueron nombrados
príncipes y jefes. Cuando Israel apoyó a David, la organización fue agrandada para
incluir a la totalidad de la nación, con Jerusalén como centro (I Crón. 12:23-40).
Mediante contrato con los fenicios, fue construido un magnífico palacio para David
como rev (II Sam. 5:11-22).
Al propio tiempo, Jerusalén se convirtió en el centro religioso de toda a
nación (I Crón. 13:1-17:27 y II Sam. 6:1-7:29). Cuando David intentó llevar el arca
de Dios desde el hogar de Abinadab en Quiriat-jearim por medio de un carro en
lugar de ser llevada por los sacerdotes (Núm. 4), Uza fue muerto repentinamente.
En lugar de llevar el arca a Jerusalén, David la dejó en el hogar de Obed-edom en
Gabaa. Cuando sintió que el Señor estaba bendiciendo su casa, David transfirió
inmediatamente el objeto sagrado a Jerusalén para ser alojada en una tienda o
tabernáculo, y un culto apropiado se restauró entonces para Israel a escala nacional.
Con el renovado interés en la religión de Israel, David se volvió deseoso de
construir un local permanente para el culto. Cuando compartió su plan con Natán,
el profeta, encontró su inmediata aprobación. A la noche siguiente, sin embargo,
Dios comisionó a Natán para informar al rey que la construcción del templo
quedaría pospuesta hasta que el hijo de David fuese establecido en su trono.
Aquello fue una seguridad divina para David, de que su hijo le sucedería y que él
no estaría sujeto a un hado tan fatal como le había sucedido al rey Saúl. La
magnitud de esta promesa para David, no obstante, se extiende mucho más allá del
tiempo y del alcance del reinado de Salomón. La semilla de David incluía más que a
Salomón, puesto que la orden divina claramente establecía que el trono de David
quedaba establecido para siempre. Incluso si la iniquidad y el pecado prevaleciese
en la posteridad de David, Dios temporalmente juzgaría y castigaría, pero no haría
perder el derecho a la promesa ni retiraría su merced indefinidamente.
Ningún reinado terrestre o dinastía ha tenido jamás una duración eterna, tales
como el cielo y la tierra. Tampoco la tuvo el reinado terrenal del trono de David,
sin eslabonar su linaje con Jesús, quien específicamente está identificado en el
Nuevo Testamento como el hijo de David. Esta seguridad, dada a David mediante
el profeta Natán, constituye otro eslabón en la serie de promesas mesiánicas dadas
en los tiempos del Antiguo Testamento. Dios iba desenvolviendo gradualmente el
compromiso inicial de que la última victoria llegaría a través de la semilla de la
mujer (Gen. 3:15). Una revelación completa del Mesías y su reinado eterno, se da
por los profetas en siglos subsiguientes.
¿Por qué se le negó a David el privilegio de construir el templo? En los años
de su reinado, él llegó a la comprobación de que había sido comisionado como un
hombre de estado y un caudillo militar para establecer el reino Israel (I Crón. 28:3;
22:8). Mientras que el reinado de David estuvo caracterizado por una situación de
estado de guerra, Salomón gozó de un extenso período de paz. Tal vez la paz
prevaleciese por el tiempo en que David expresó su intención de construir el
templo, pero no hay forma de discernir con certeza en la Escritura cómo las guerras
relatadas están relacionadas cronológicamente a este mensaje dado por Natán.
Posiblemente, hasta que llegase el fin del reinado de David, se tuviera en cuenta
que los días de Salomón eran una mejor oportunidad para la construcción del
templo.
Prosperidad y supremacía
La expansión del gobierno de David desde la zona tribal de Judá a un vasto
imperio, extendiendo sus dominios desde Egipto a las regiones del Eufrates, recibe
escasa atención en la Biblia. Y con todo, este hecho registrado es de básica
importancia históricamente, puesto que Israel era la nación de primera fila en
Creciente Fértil a comienzos del siglo X a. C. Afortunadamente, las excavaciones
arqueológicas han proporcionado informaciones complementarias.
David fue inmediatamente desafiado por los filisteos cuando fue reconocido
como rey de todo Israel (II Sam. 5:17-25). Les derrotó dos veces, pero en un largo
período de tiempo es completamente verosímil que hubiese frecuentes batallas
antes de reducirlos a un estado tributario y sometido. La captura de un jefe de sus
ciudades, Gat, y la muerte de los gigantes filisteos (II Sam. 8:1, y 21:15-22), no son
más que ejemplos y muestras de encuentros en este período crucial en que Israel
ganó su hegemonía.
Bet-sán fue conquistada durante este período. En Debir y Bet-semes, murallas
con casamatas sugieren que David construyó una línea de defensa contra los
filisteos. Las observaciones de que los filisteos tenían el monopolio del hierro en los
días de Samuel (I Sam. 3:19-20) y de que David lo utilizaba libremente cerca del fin
de su reinado (1 Crón. 22:3), sugieren que pudo haberse escrito un largo capítulo
en la revolución económica de Israel. El período de proscripción y la residencia de
los filisteos no solo proporcionaron a David la preparación para el caudillaje
militar, sino que indudablemente le dieron un conocimiento de primera mano con
la fórmula y los métodos utilizados por los filisteos en la producción de
armamento. Tal vez muchos de los planes para la expansión económica y militar
fueron hechos mientras David estaba en Hebrón pero realmente ejecutados después
de que Jerusalén fue convertida en capital. Los filisteos tenían razón en estar
alarmados cuando la desolada y derrotada. Israel fue unificada bajo la égida de
David.
La conquista y la ocupación de Edom tuvo una gran importancia estratégica.
Dio a David una valiosa fuente de recursos naturales. El desierto árabe, que se
extiende hacia el sur del mar Muerto y hasta el golfo de Acaba, era rico en hierro y
cobre necesitado para romper el monopolio filisteo. Para estar seguros de que estos
suministros no sufrirían peligro, los israelitas establecieron guarniciones por todo
Edom (II Sam. 8:14).
Aparentemente, Israel tuvo poca interferencia procedente de Moab y los
amalecitas en aquella época. Estaban incluidos entre los estados tributarios que
enviaban plata y oro a David.
Hacia el nordeste, el resurgir del poder de David, expandiendo el estado de Israel,
fue desafiado por las tribus amonitas y arameas. Las primeras se habían establecido
desde Carquemis sobre el Eufrates hasta los límites orientales de Palestina. Ya eran
considerados como enemigos en los días de Saúl (I Sam. 14:47). Cuando David
estuvo considerado como un hombre fuera de la ley, al menos uno de aquellos
estados árameos tuvo que haber sido amigo de él, puesto que Talmai, el rey de
Gesur, le había dado a su hija Maaca como esposa (II Sam. 3:3). Luego que David
derrotase a los filisteos y concluido un tratado con los fenicios, los árameos
temieron el resurgir del poder de Israel. La expansión de Israel puso en peligro sus
riquezas y desafiaba su control de las fértiles llanuras y su gran comercio. Tras la
vergonzosa recepción y tratamiento de los mensajeros de buena voluntad enviados
por David, los amonitas inmediatamente implicaron a los árameos en su oposición
a Israel, pero sus fuerzas combinadas fueron esparcidas por las tropas de David.
Más tarde, la ciudad de Raba en Amón fue capturada por los israelitas (I
Crón. 20:1). Las fuerzas arameas entonces se organizaron bajo Hadad-ezer que
empleó y reunió fuerzas desde tan lejos como Aram-Naharaim o Mesopotamia (I
Crón. 19:6). Esta vez las fuerzas israelitas avanzaron hacia Elam, derrotando su
fuerte coalición. Aquello expandió la condenación para la alianza amonita.
Subsiguiente a esto, David atacó a Hadad-ezer una vez más cuando los sirios
se hallaban al alcance del Eufrates para reclamar el territorio bajo control asirlo (II
Sam. 8:3). Damasco, que estaba tan íntimamente aliada con Haded-ezer (I Crón.
18:3-8), cayó bajo el control de David, añadiendo así otra victoria para los
israelitas. Sus guarniciones ocuparon la ciudad, colocándola bajo un fuerte tributo, y
Hadad-ezer concedió grandes cantidades de oro y bronce a David. La dominación
de los estados árameos de Hamat, sobre el Orontes, añadió grandemente muchos
más recursos que enriquecieron a Israel. La administración de Damasco por parte de
los israelitas, no fue desafiada hasta los años pióximos al reinado de David.
En los días de la expansión nacional, las provisiones hechas por Mefiboset
ilustran la magnánima actitud de David hacia los descendientes de su predecesor (II
Sam. 9:1-13). Cuando David supo la desgracia que se había abatido sobre el hijo de
Jonatán. Mefiboset, le concedió una pensión procedente de su tesoro real. Al
inválido le fue entregado un hogar en Jerusalén y colocado bajo el cuidado del
sirviente Siba.
Mefiboset recibió especial consideración en una crisis subsiguiente (II Sam.
21:1-14), cuando el hambre se produjo en la tierra de Israel. Dios reveló a David
que el hambre era un juicio por el terrible crimen de Saúl de atentar con el
exterminio de los gabaonitas con quien Josué había hecho una alianza (Jos. 9:3 ss.).
Dándose cuenta de que aquello sólo podía ser expiado (Núm. 35:31), David
permitió que los gabaonitas ejecutaran a siete de los descendientes de Saúl.
Mefiboset, sin embargo, fue excluido. Cuando David fue informado del luto de
Rizpa, una concubina de Saúl tomó las medidas necesarias para el adecuado
enterramiento de los restos de aquellas víctimas en el sepulcro familiar de Benjamín.
Los restos de Saúl y Jonatán también fueron trasladados a dicho lugar. Con aquello,
el hambre tocó a su fin.
Como rey del imperio israelita, David no falló en reconocer que Dios había
sido el único que garantizó las victorias militares de Israel y el autor de su
prosperidad material. En un salmo de acción de gracias (II Sam. 22:1-51), David
expresa su alabanza al Dios Omnipotente por la liberación de los enemigos de
Israel, al igual que para las naciones paganas. Este Salmo también se cita el capítulo
18 del libro de los Salmos. Ello representa un ejemplo de muchos de los que él
compuso en varias ocasiones durante su azarosa carrera de muchacho pastor,
sirviente de la corte real, proscrito de Israel, y finalmente como el arquitecto y
constructor del gran imperio de Israel.
El pecado en la familia real
Las imperfecciones en el carácter de un miembro de la familia real, no están
minimizadas en la Sagrada Escritura. Un rey de Israel que cayó en el pecado no
podía escapar a los juicios de Dios. Al mismo tiempo, David, como pecador,
arrepentido, reconoció su iniquidad y de esta forma se calificó como un hombre
que agradaba a Dios (I Sam. 13:14).
David practicaba la poligamia (II Sam. 3:2-5; 11:27) y aunque esto está
definitivamente prohibido en la más amplia revelación del Nuevo Testamento, era
tolerado en el Antiguo y en su tiempo, a causa de la dureza de corazón de Israel. La
poligamia estaba igualmente practicada por todas las naciones circundantes. Un
harén en la corte era una cosa aceptada. Aunque advertido de la multiplicidad de
esposas en la ley de Moisés (Deut. 17:17), David se hizo con varias. Algunos de
aquellos matrimonios tenían, indudablemente implicaciones de tipo político, tal
como por ejemplo el casamiento con Mical, la hija de Saúl y con Maaca, la hija de
Talmai, rey de Gesur. Como otros, David tuvo que sufrir las consecuencias de los
crímenes de incesto, asesinato y rebelión llevados a cabo en la vida de su familia.
El pecado de asesinato y adulterio de David constituía un crimen perfecto
desde el punto de vista humano. Se produjeron en los días de los éxitos militares y
la expansión del imperio. Los filisteos ya habían sido derrotados y la coalición
aramea-amonita había sido rota el año anterior. Mientras David permaneció en
Jerusalén, los ejércitos israelitas, bajo el mando de Joab, fueron enviados a
conquistar la ciudad amonita de Raba. Siendo seducido por Betsabé, David cometió
adulterio. El sabía que ella era la esposa de Urías, el heteo; un mercenario leal del
ejército de Israel. El rey envió a Unas al frente de batalla y después mandó llamarlo
ordenando a Joab su vuelta mediante una carta arreglando las cosas para que fuese
muerto por el enemigo. Cuando llegaron a Jerusalén los informes de que Urías
había muerto en la batalla contra los amonitas, David se casó con Betsabé. Tal vez
los hechos que dieron lugar al repugnante crimen de David quedaran en el secreto,
ya que una baja en la línea del frente de batalla, era algo común, y corriente.
Incluso si ello fue conocido por Joab ¿quién era el que reprobaba o desafiaba al
poder del rey?
Aunque David no era responsable ante nadie en su reino, falló en no darse
cuenta de que este "crimen perfecto" era conocido por Dios. En una nación pagana,
una acción criminal de adulterio y muerte pudo haber pasado ignorada; pero
aquello no podía ocurrir en Israel, donde un rey sostenía su posición de realeza
mediante una fe sagrada. Cuando Natán describe el crimen de David en la
dramática historia del hombre rico que toma ventaja de su pobre sirviente, David
se enfureció protestando de que semejante hecho pudiera ocurrir en su reino.
Natán claramente declaró que David era el hombre culpable de asesinato y
adulterio. Afortunadamente para Natán, el rey se arrepintió. Las crisis espirituales
de David encuentran su expresión en la poesía (Salmos 32 y 51). Se le concedió
perdón, pero las consecuencias fueron ciertamente graves en lo doméstico (II Sam.
12:11).
La inmoralidad y el crimen dentro de la familia, prorito envolvieron a David
en una lucha civil y una rebelión. La falta de disciplina de David y su autolimitación
fueron un pobre ejemplo para sus hijos. La conducta inmoral de Amnón con su
hermanastra, resultó en su asesinato por Absalón, otro hijo de David.
Naturalmente, Absalón incurrió en el disfavor de su padre. Como consecuencia,
halló su única salida en salir de Jerusalén, refugiándose con Talmai, su abuelo, en
Gesur. Allí permaneció durante tres años.
Entre tanto, estaba buscando una reconciliación entre David y Absalón.
Empleando una mujer de Tecoa (II Sam. 14), Joab obtuvo la autorización del rey
para que Absalón volviese a Jerusalén, con el bien entendido de que no podría
aparecer más por la corte real. Después de dos años, Absalón, finalmente, recibió
permiso para ir a la presencia de su padre. Habiendo vuelto a ganar el favor del
rey, se aseguró para sí una guardia real de cincuenta hombres con caballos y carros
de combate. Durante cuatro años, el hermoso Absalón fue activo con exceso en las
relaciones públicas a las puertas de Jerusalén, venciendo y ganando el favor y la
aprobación de los israelitas. Pretendiendo dar cumplimiento a un voto, se aseguró
el obtener permiso del rey para marcharse a Hebrón.
La rebelión que Absalón estableció en Hebrón, fue una completa sorpresa
para David. Espías fueron enviados por toda la tierra de Israel para proclamar que
Absalón sería rey al son de las trompetas. Muy verosímilmente, muchas de las
gentes que habían sido impresionadas por Absalón, llegaron a la conclusión de que,
como hijo de David, iba a hacerse dueño del reino. A cualquier precio, eran
muchos los que apoyaban a Absalón, incluido Ahitofel, consejero del rey David. Las
fuerzas rebeldes, conducidas por Absalón, marcharon sobre Jerusalén y David, que
no estaba preparado para resistir, huyó a Mahanaim, más allá del Jordán. Husai, un
amigo devoto y consejero, siguió el consejo de David y permaneció en Jerusalén
para contrarrestar el consejo de Ahitofel. Este último, que pudo haber planeado la
totalidad de la rebelión y ofrecido su apoyo a Absalón desde el principio, aconsejó
que le permitiese perseguir a David inmediatamente, antes de que se pudiera
organizar una oposición. Pero Absalón solicitó consejo de Husai, quien le persuadió
de posponer semejante persecución, ganando así un tiempo precioso que necesitaba
David para organizar sus fuerzas. Habiéndose convertido en un traidor, y
comprobando que David sería restablecido en el trono, Ahitofel se ahorcó.
David fue un brillante militar. Preparó sus fuerzas para la batalla y pronto
puso en fuga los ejércitos de Absalón. Joab, contrariamente a las órdenes de David,
mató a Absalón mientras perseguía al enemigo. David, habiendo perdido el sentido
de la prioridad, llevó a cabo el luto por su hijo en lugar de celebrar la victoria. Este
turno en los acontecimientos dieron por resultado que Joab se encarase con el rey
por descuidar el bienestar de los israelitas quienes le habían prestado su más leal
apoyo.
Con Absalón fuera de combate, el pueblo volvió de nuevo hacia David
acatando su jefatura. La tribu de Judá, que había apoyado la rebelión del hijo
rebelde de David, fue el último grupo en volver hacia él tras haber hecho una
rápida concesión de sustituir Amasa por Joab.
Cuando David volvió a la capital, otra rebelión surgió como consecuencia de
la confusión reinante. Seba, un benjaminita, tomando como base de que Judá había
traído de nuevo a David a Jerusalén, fustigó la oposición contra él. Amasa fue
comisionado para suprimir la rebelión. En subsiguientes acontecimientos, Joab mató
a Amasa y después condujo la persecución de Seba, quien, fue decapitado en la
frontera asiría por el pueblo de Abel-bet-maaca. Joab hizo sonar la trompeta,
retornó a Jerusalén y continuó sirviendo como comandante del ejército bajo David.
A través de casi una década del reinado de David, las solemnes palabras
pronunciadas por Natán fueron realmente cumplidas. Comenzando con la
inmoralidad de Amnón y continuando con la supresión de la rebelión de Seba, el
mal había fermentado en la propia casa de David.
Pasado y futuro
Un Proyecto favorito de David, durante los últimos años de su vida, fue el
hacer los preparativos para la construcción del Templo. Planes muy elaborados y
arreglos dispuestos en sus más mínimos detalles, fueron cuidadosamente llevados a
cabo en la adquisición de los materiales de construcción. El reino estaba bien
organizado para el eficiente uso del trabajo local y extranjero. David incluso perfiló
los detalles para el culto religioso en la estructura propuesta.
La organización militar y civil del reino se desarrolló gradualmente, durante
todo el reinado de David, conforme el imperio se expandía. La pauta básica de
organización utilizada por David pudo haber sido similar a la practicada por los
egipcios. El registrador o cronista estaba al cuidado de los archivos, y como tal,
tenía la muy importante posición de ser el hombre de relaciones públicas entre el
rey y sus oficiales. El escriba o secretario, era el responsable de la correspondencia
propia o extraña, teniendo grandes conocimientos en cuestiones diplomáticas. En
un período avanzado del reinado de David (II Sam. 20:23-25), un, oficial adicional
estaba a cargo de los trabajos forzados. Muy verosímilmente, otros oficiales de alta
categoría estaban agregados al gobierno, conforme se multiplicaban las
responsabilidades. Las cuestiones de la judicatura parecen ser que eran manejadas
por el propio rey (II Sam. 14:4-17; 15:1-6).
El comandante en jefe de las fuerzas militares era Joab. Hombre sobresaliente
en capacidad y condiciones de caudillaje, no solamente era responsable de las
victorias militares, sino que ejercía considerable influencia sobre el propio David.
Una unidad de tropas extranjeras o mercenarias, compuesta por cereteos y péleteos
bajo el mando de Benaia, pudo haber sido el ejército de David. El rey también
tenía un consejero privado. Ahitofel había servido en este puesto hasta que apoyó a
Absalón con motivo de la rebelión de este último. Los hombres poderosos que se
habían agregado a David antes de que se convirtiese en rey, estaban entonces
conceptuados como formando un Consejo o Legión de honor (I Crón. 11:10-47; II
Sam. 23:8-39). Cuando David organizó su reino con Jerusalén como capital se
hallaban treinta hombres en este grupo. Con el tiempo, se fue agrandando la
cantidad y el rango de los hombres que se distinguieron por hechos heroicos. De
este selecto grupo de héroes, fueron elegidos doce hombres para estar a cargo del
ejército nacional, consistente en doce unidades (I Crón. 27:1-24). Por todo el reino,
David nombró supervisores de las granjas, los cultivos y los ganados (I Crón. 27:25-
31).
El censo militar de Israel y las punitivas consecuencias para el rey y su pueblo
están detalladamente relatadas en los elaborados planes de David para la
construcción del Templo. La razón para el divino castigo sobre David, al igual que
para la totalidad de la nación, no se establece explícitamente. El rey ordenó que se
hiciera el censo. Joab protestó pero fue ignorado al respecto (II Sam. 24). En menos
de diez meses, completó el censo de Israel con la excepción de las tribus de Levi y
Benjamín. La fuerza militar de Israel era de aproximadamente de un millón y medio
lo que sugiere una población total de cinco o seis millones de personas.
David se hallaba firmemente consciente del hecho de que había pecado al
hacer su censo. Puesto que ambos relatos preceden a este incidente con una lista de
héroes militares, el censo pudo haber sido motivado por orgullo y una seguridad y
confianza sobre la fuerza militar de Israel en sus logros nacionales. Al mismo
tiempo, el estado de la mente de David al imponer este censo, fue considerado
como un juicio sobre Israel (II Sam. 24:1; y I Crón. 21:1). Tal vez Israel fuese
castigado por las rebeliones bajo Absalón y Seba durante el reinado de David.
David, arrepentido de su pecado, fue informado mediante Gad, el profeta,
que podía elegir uno de los siguientes castigos: el hambre por tres años, un período
de tres meses de reveses militares o una peste de tres días. David se resignó a sí
mismo y a su nación a la misericordia de Dios, eligiendo lo último. La peste duró un
día, pero murieron 70.000 personas en todo Israel. Mientras tanto, David y los
ancianos, vestidos con ropas de saco, reconocieron al ángel del Señor en el lugar de
la era, al norte de Jerusalén sobre el monte Morían. Reconociendo que era el ángel
destructor, David ofreció una plegaria intercesoria por su pueblo. Mediante
instrucciones dadas por Gad, David compró a Omán, el jebuseo, la era. Mientras
ofrecía el sacrificio ante Dios, David era consciente de la divina respuesta, cuando
cesó la peste, terminando así el juicio sobre su pueblo. El ángel destructor
desapareció y Jerusalén fue salvada.
David quedó tan impresionado, que determinó hacer de la era el lugar para el
altar de los holocaustos. Allí tenía que ser erigido el templo. Pudo muy bien haber
sido el mismo lugar donde Abraham, casi un milenio antes, se prestó a sacrificar a su
hijo Isaac, e igualmente tuvo la revelación y la aprobación divinas.
Aunque el monte de Moríah estaba al exterior de la ciudad de Sión
(Jerusalén) en tiempo de David, Salomón lo incluyó en la ciudad capital del reino.
David había traído previamente el arca a Jerusalén, alojándola dentro de una
tienda. El altar del holocausto y el tabernáculo construido bajo la supervisión de
Moisés fueron puestos en Gabaón, en un lugar alto a ocho kms. al noroeste de
Jerusalén. Puesto que a David le fue denegado el privilegio de construir realmente
el templo, es muy verosímil que no se hubieran desarrollado planes previamente,
como la colocación del santuario central. Mediante la teofanía de la era, David
llegó a la conclusión de que aquel era el lugar donde tendría que ser construida la
casa de Dios.
David reflexionó sobre el hecho de que había sido un hombre sangriento y
guerrero. Puede que entonces comprobase que de haber intentado construir el
templo, todo se habría quedado parado por una guerra civil, que con tanta
frecuencia se encendía en su reinado. Los siete años y medio en Hebrón había sido
un período de preparación. Durante la próxima década, Jerusalén quedó
establecida como la capital nacional, mientras que la nación estaba siendo unificada
en la conquista de las naciones circundantes. Es muy Posible que Salomón naciese
durante aquella época. Tuvo que haber sido hacia el fin de la segunda década del
reinado de David, cuando Absalón asesinó a Amnón, puesto que Absalón nació
mientras que David se enconaba en Hebrón. Las dificultades domésticas, que
acabaron con la rebelión de Absalón, duraron casi diez años y probablemente
coincidieron con la tercera década del reino de David. Cuando David hubo
establecido con éxito la supremacía militar de Israel y organizado la nación, parece
que había llegado la hora de concentrarse en los preparativos para la construcción
del templo.
Con el monte Moríah como lugar de erección, David imaginó la casa del
Señor construida bajo Salomón, su hijo. Hizo un censo de los extranjeros en el país
e inmediatamente les organizó para trabajar la piedra, el metal y la madera.
Anteriormente, y en su reinado, David ya había tratado con el pueblo de Tiro y
Sidón para construir su palacio en Jerusalén (II Sam. 5:11). Los cedros para el
proyecto del edificio fueron suministrados por Hiram, rey de Tiro. Salomón recibió
el encargo de acatar la responsabilidad de obedecer la ley como había sido
promulgada a través de Moisés. Como rey de Israel, contaba con Dios y si era
obediente, gozaría de sus bendiciones.
En una asamblea pública, David encargó a los príncipes y a los sacerdotes de
reconocer a Salomón, como su sucesor. Entonces, procedió a bosquejar
cuidadosamente los servicios del templo. Los 38.000 levitas fueron organizados en
unidades y asignados al ministerio regular del templo. Pequeñas unidades recibieron
la responsabilidad de guardadores de las puertas y los músicos todo lo concerniente
a la música vocal e instrumental. Otros levitas fueron asignados como tesoreros
para cuidar los lujosos regalos dedicados por los príncipes israelitas, procedentes de
toda la nación (I Crón. 26:20 ss). Aquellas donaciones eran esenciales para la
ejecución de los planes cuidadosamente hechos para el templo (I Crón. 28:11-29:9).
La realización se colocaba así bajo el glorioso reinado de Salomón.
Las últimas palabras de David (II Sam 23:1-7) revelan la grandeza del héroe
más honrado de Israel. Otro canto (II Sam. 22), expresando su acción de gracias y
alabanza por toda una vida repleta de grandes victorias y liberaciones, pudo haber
sido compuesto en el último año de su vida e íntimamente asociado con este
poema. Aquí, él habla proféticamente respecto de la eterna duración de su reino.
Dios le había hablado, afirmando una alianza eterna. Este testimonio por David
habría constituido un apropiado epitafio para su tumba.
La era dorada de Salomón
La paz y la prosperidad caracterizaron el reino de Salomón. David había
establecido el reinado; ahora Salomón iba a recoger los beneficios de los trabajos
de su padre.
El relato de esta era está brevemente dado en I Reyes 1:1-11:43 y II Crón. 1:1-
9:31. El punto focal en ambos libros es la construcción y dedicación del templo, que
recibe mucha más consideración que cualquier otro aspecto del reinado de
Salomón. Otros proyectos, el comercio y los negocios, el progreso industrial y la
sabia administración del reinado, están sólo brevemente mencionados. Muchas de
esas actividades, escasamente mencionadas en los registros de la Biblia, han sido
iluminados a través de excavaciones arqueológicas durante las pasadas tres décadas.
Excepto por lo que respecta a la construcción del templo, que se asigna a la primera
década del reinado, y la construcción de su palacio, que fue completado trece años
más tarde, hay poca información que pudiera utilizarse como base para un análisis
cronológico del reinado de Salomón.
Establecimiento del trono
El acceso de Salomón al trono de su padre, no fue sin oposición. Puesto que
Salomón no había sido públicamente coronado, Adonías concibió ambiciones para
suceder a David. En cierto sentido, estaba justificado. Amnón y Absalón habían sido
muertos. Quileab, el tercer hijo mayor de David, aparentemente había muerto
también, ya que no es mencionado, y Adonías se hallaba el próximo en la línea
sucesoria. Por otra parte, la debilidad inherente a David en sus problemas
domésticos, era evidente en la falta de disciplina de su familia (I Reyes 1:6).
Evidentemente, Adonías no había sido enseñado a respetar el hecho divinamente
revelado de que Salomón tenía que ser el heredero del trono de David (II Sam.
7:12; I Reyes 1:17). Siguiendo la pauta de Absalón, su hermano, Adonías se apropió
de una escolta de cincuenta hombres con, caballos y carros de guerra, y pidió el
apoyo de Joab invitando a Abiaíar, el sacerdote de Jerusalén, para proceder a ser
ungido como rey. Este suceso tuvo lugar en los jardines reales de En-rogel, al sur de
Jerusalén. Conspicuamente ausentes en aquella reunión de los oficiales gobernantes
y la familia real, estaban Natán el profeta, Benaía el comandante del ejército de
David, Sadoc el sacerdote oficiante en Gabaa y Salomón con su madre, Betsabé.
Cuando las noticias de aquella reunión de fiesta llegaron a palacio, Natán V
Betsabé inmediatamente apelaron a David. Como resultado, Salomón cabalgó
sobre la muía del rey David hasta Gihón, escoltado por Benaía y el ejército real.
Allí, en la falda oriental de Monte Ofel, Sadoc ungió a Salomón y así públicamente
le declaró rey de Israel. El pueblo de Jerusalén se unió en la pública aclamación de:
"¡Viva el rey Salomón!". Cuando el ruido de la coronación resonó por el valle de
Cedrón, Adonías y sus adictos quedaron grandemente confundidos y consternados.
La celebración cesó inmediatamente, el pueblo se dispersó y Adonías buscó
seguridad en ios cuernos del altar en el tabernáculo de Jerusalén. Sólo después de
que Salomón le diera palabra de respetar su vida, sujeta a buena conducta, dejó
Adornas! el sagrado refugio.
En una reunión subsiguiente, Salomón fue oficialmente coronado y rej
conocido (I Crón. 28:1 ss.). Con los oficiales y hombres de estado de la totalidad de
la nación presente, David hizo entrega de su poder confiandc sus responsabilidades
a Salomón y explicó al pueblo la realidad de lo dido, ya que era Salomón el rey
elegido por Dios.
En una charla privada con Salomón (Reyes 2:1-12), David recordó a sil hijo su
responsabilidad de obedecer la ley de Moisés. En sus últimas palabras en el lecho de
muerte, hizo saber a Salomón el hecho de que sangre inocente había sido
derramada por Joab en la muerte de Abne y Amasa, del tratamiento irrespetuoso
de Simei cuando tuvo que huir de Jerusalén, y de la hospitalidad que le fue
concedida por Barzilai, galaadita, en los días de la rebelión de Absalón.
Tras la muerte de David, Salomón reforzó su derecho al trono eliminando a
cualquier posible conspirador. La petición de Adonías de esposar Abisag, la doncella
sunamita, fue interpretada por Salomón como una traición. Adonías fue ejecutado.
Abiatar fue suprimido de su lugar de honor que había mantenido bajo el reinado
de David y fue desterrado a Anatot. Puesto que era del linaje de Eli (I Sam. 14:3-4)
la deposición de Abiatar marcó el cumplimiento de las solemnes palabras dichas por
Eli por un profeta innominado que llegó a Silo (I Sam. 2:27-37). Aunque Joab
había sido culpable de conducta traicionera en su apoyo a Adonías, fue ejecutado
principalmente por los crímenes durante el reino de David. Simei, que estaba en
libertad bajo palabra, fracasó por las restricciones que se le impusieron y de igual
forma sufrió la pena de muerte.
Salomón asumió el caudillaje de Israel a una temprana edad. Ciertamente
tenía menos de treinta años, quizás sólo veinte. Sintiendo la necesidad de la
sabiduría divina, reunió a los israelitas en Gabaón, donde estaban situados el
tabernáculo y el altar de bronce e hizo un gran sacrificio. Mediante un sueño,
recibió la divina seguridad de que su petición para la sabiduría le sería concedida.
Además de una mente privilegiada, Dios también le dotó de riquezas, honores y
una larga vida, condicionado todo ello a su obediencia (I Reyes 3:14).
La sagacidad de Salomón se convirtió en una fuente de hechos maravillosos.
La decisión dada por el rey cuando dos mujeres contendieron por la maternidad de
un niño (I Reyes 3:16-28), indudablemente representa una muestra de los casos en
que demostró su extraordinaria sabiduría. Cuando esta y otras noticias circularon
por toda la nación, los israelitas reconocieron que la plegaria del rey en súplica por
sabiduría, había sido escuchada y concedida.
Organización del reino
Comparativamente, es muy poca la información que se da respecto a la
organización del vasto imperio de Salomón. Aparentemente, fue sencilla en sus
principios; pero indudablemente se hizo más compleja con el paso de los años de
responsabilidad siempre creciente. El propio rey constituía por sí mismo, el tribunal
supremo de apelación, como está ejemplificado en la famosa contienda de las dos
mujeres. En I Reyes 4:1-6, los nombramientos están establecidos por los siguientes
cargos: tres sacerdotes, dos escribas o secretarios, un canciller, un supervisor de
oficiales, un cortesano de la casta sacerdotal, un supervisor de palacio, un oficial al
cargo de los trabajos forzados y un comandante del ejército. Esto no representa
sino una ligera expansión de los cargos instituidos por David.
Para la cuestión tributaria, la nación fue dividida en doce distritos (I Reyes
4:7-19). El oficial a cargo de cada distrito tenía que suministrar provisiones para el
gobierno central, un mes de cada año. Durante los otros once meses, tendría que
recolectar y depositar las provisiones en los almacenes situados en cada distrito al
efecto. El suministro de un día para el rey y su corte, cí ejército y demás personal,
consistía en unos 11.100 litros de harina, casi 22.200 de viandas, 10 bueyes gordos,
20 bueyes de pasto y 100 ovejas, además de otros animales y aves (I Reyes 4:22-
23). Aquello requería una extensa organización dentro de cada distrito.
Salomón mantuvo un gran ejército (I Reyes 4:24-28). Además de la
organización del ejército establecido según David, Salomón también utilizó una
fuerza de combate de 1.400 carros de batalla y 12.000 jinetes a quienes instaló en
Jerusalén y en otras ciudades por toda la nación (1 Crón. 1:14-17). Aquello añadía a
la carga de los tributos, un suministro regular de cebada y heno. Una organización
eficiente y una sabia administración eran esenciales para mantener un estado de
prosperidad y progreso.
Construcción del templo
Lo más importante en el vasto y extenso programa de construcciones del rey
Salomón, fue el templo. Mientras que otros edificios apenas si son mencionados,
aproximadamente el 50% del relato bíblico del reinado de Salomón, se dedica a la
construcción y dedicación de este centro focal en la religión de Israel. Ello marcó el
cumplimiento del sincero deseo de David expresado en los principios de su reinado
en Jerusalén, el establecer un lugar central para el culto divino.
Los arreglos del tratado que David había hecho con Hiram, el rey de Tiro,
fueron continuados por Salomón. Como "rey de los sidonios", Hiram gobernó
sobre Tiro y Sidón, que constituían una unidad política procedente de los siglos XII
al VII a de C. Hiram era un rico y poderoso gobernante con extensos contactos
comerciales por todo el Mediterráneo. Ya que Israel tenía un potente ejército y los
fenicios una gran flota, resultaba de mutuo beneficio el mantener relaciones
amistosas. Como los fenicios se hallaban muy avanzados en construcciones
arquitectónicas y en el manejo de costosos materiales de construcción, que
controlaban con su comercio, fue particularmente un acto de sabiduría política el
atraerse el favor de Hiram. Arquitectos y técnicos de Fenicia fueron enviados a
Jerusalén. El jefe de todos ellos era Hiram (Hiram-abi) cuyo padre procedía de Tiro
y cuya madre era una israelita de la tribu de Dan (II Crón. 2:14). Para ayudar a los
hábiles trabajadores y abonar la madera del Líbano, Salomón efectuó los pagos en
grano, aceite y vino.
La labor para la construcción del templo fue cuidadosamente organizada.
Treinta mil israelitas fueron reclutados para preparar los cedros del Líbano, con
destino al templo. Bajo Adoniram, que estaba a cargo de aquella leva, sólo 10.000
hombres trabajaban cada mes, volviendo a sus hogares durante dos meses. De los
extranjeros residentes en Israel, se utilizaron un total de 150.000 hombres como
portadores de carga (70.000) y cortadores de piedra (80.000), además de 3.600
capataces (II Crón. 2:17-18). En el segundo libro de Crónicas 8:10, un grupo de 250
gobernadores son mencionados como siendo israelitas. Sobre la base de I Reyes
5:16 y 9:23, hubo 3.300 encargados de los cuales 550 eran oficiales jefes.
Aparentemente 250 de estos últimos, eran israelitas. Ambos relatos tienen un total
de 3.850 hombres para supervisar la ingente labor de 150.000 trabajadores.
No quedan restos del templo salomónico conocidos por las modernas
excavaciones. Además, y abundando en el problema, ni un simple templo ha sido
descubierto en, Palestina que date de las cuatro centurias durante las cuales la
dinastía davídica gobernó en Jerusalén (1000-600 a. de C.). La cima del monte
Moríah, situada al norte de Jerusalén y ocupada por David fue nivelada
suficientemente para el templo de Salomón. Es difícil captar el tamaño de semejante
área en aquel tiempo, puesto que el edificio fue destruido en el año 586 a. C, por
el rey de Babilonia. Tras haber sido reconstruido en el 520 a. C, el templo fue de
nuevo demolido en el año 70 de nuestra era. Desde el siglo VII de la era cristiana,
la mezquita mahometana, la Cúpula de la Roca, ha permanecido en ese lugar, que
está considerado como el sitio más sagrado de la historia del mundo. Hoy, la zona
del templo cubre unos 35 o 40 acres, indicando que la cima del monte Moríah es
considerablemente más grande ahora que en los días de Salomón.
El templo era dos veces mayor que el tabernáculo de Moisés en su área básica
de emplazamiento. Como estructura permanente era mucho más elaborado y
espacioso con apropiadas adiciones y una corte de entorno mucho más grande. El
templo daba cara al este, con un porche o entrada de casi cinco mts. de
profundidad que se extendía a través de su parte frontal. Una doble puerta de
cinco mts. de anchura laminada de oro y decorada con flores, palmeras y
querubines daba acceso al santo lugar. Esta habitación de nueve mts. de anchura y
catorce de alto, extendiéndose dieciocho mts. en longitud, tenía el suelo de madera
de ciprés y apandada en cedro por encima y alrededor. Chapeada de oro fino con
figuras labradas de querubines adornaban los moros. La iluminación natural, estaba
realizada mediante ventanas en cada lado de la parte más alta. A lo largo de cada
lado, en esta habitación había cinco mesas de oro para los panes de la proposición
y cinco candeleros de siete brazos, todo ello hecho de oro puro. Al fondo estaba el
altar del incienso hecho de madera de cedro y chapeada de oro. Más allá del altar,
existían dos puertas plegables que daban acceso al lugar santísimo, o el lugar más
sagrado. Esta habitación también tenía nueve mts., de anchura, pero sólo nueve
mts. de profundidad y otros nueve de altura. Incluso con aquellas puertas abiertas
un velo de azul, púrpura y carmesí de lino fino, obscurecía la vista del objeto más
sagrado. A cada lado se elevaba un enorme querubín con las alas abiertas de 4,5
mts. de forma tal que las cuatro alas se extendiesen por la totalidad de la
habitación.
Tres ringleras de cámaras se hallaban adheridas a las paredes del exterior del
templo, en los lados norte y sur, lo mismo que al final de la parte oeste. Esas
cámaras, indudablemente debieron ser para almacenar objetos y para uso de los
oficiales. A cada lado de la entrada del templo, surgía una enorme columna, uno
llamado Boaz y el otro Jaquín. De acuerdo con I Reyes 7:15 ss., tenían casi ocho
mts. de altura, cinco metros y medio de circunferencia y estaban hechas de bronce y
adornadas con granadas. Por encima terminaban con un capital hecho de bronce
fundido de poco más de dos mts. de altura.
Extendiéndose hacia la parte oriental, en frente del templo habían dos atrios
abiertos (II Crón. 4:9). La primera área, el atrio de los sacerdotes, tenía 46 mts. de
anchura y 9 mts. de longitud. Allí se levantaba el atrio de los sacrificios de cara al
templo. Hecho de bronce con una base de 9 mts. cuadrados y 5 mts. de altura,
aquel altar era aproximadamente cuatro veces más grande que el utilizado por
Moisés en sus tiempos. El mar de bronce fundido, levantado al sudeste de la
entrada, era igualmente impresionante en aquel atrio. De forma de copa, tenía
unos dos metros de altura, cinco metros de diámetro con un, perímetro de catorce
metros. Estaba hecho de bronce fundido de 7,6 cms. da espesor y descansaba sobre
12 bueyes, tres de los cuales mirando en cada dirección. Una estimación razonable
del peso de aquella gigantesca fuente es de aproximadamente 25 toneladas. De
acuerdo con I Reyes 7:46, este mar de bronce, los altos pilares y los costosos
recipientes y vasijas fueron hechos para el templo y fundidos en tierra arcillosa del
valle del Jordán.
Además de esta enorme fuente, que proveía de agua para los sacerdotes y
levitas en su servicio del templo, había diez fuentes más pequeñas de bronce, cinco
a cada lado del templo (I Reyes 7:38; II Crón. 4:6). Estos eran de casi dos metros
de alto y se apoyaban sobre ruedas con objeto de poder transportar donde en el
curso del sacrificio, se necesitaban para el lavado de varias partes del animal
sacrificado.
También en el atrio de los sacerdotes, se hallaba la plataforma de bronce (II
Crón. 6:13), el lugar donde el rey Salomón permanecía durante las ceremonias de
dedicación.
Hacia el este, unos escalones conducían hacia abajo, desde el atrio de los
sacerdotes al exterior o gran atrio (II Crón. 4:9). Por analogía con las medidas del
tabernáculo de Moisés, esta zona tenía 91 mts. de ancho y 182 de largo. Este gran
atrio estaba rodeado por una sólida muralla de piedra con cuatro puertas macizas,
chapadas en bronce, para regular la entrada al lugar del templo (I Crón. 26:13-16).
De acuerdo con Ezequiel 11:1, la puerta oriental servía como la entrada principal.
Grandes columnadas y cámaras en esta parte proveían de espacio de
almacenamiento para los sacerdotes y los levitas, para que pudieran realizar sus
respectivos deberes y servicios.
La cuestión de la influencia contemporánea en el templo y su construcción, ha
sido reconsiderada en recientes décadas. Los relatos bíblicos han sido
cuidadosamente examinados a la luz de los restos arqueológicos con relación a
templos y religiones en las civilizaciones contemporáneas, en Egipto, Mesopotamia
y Fenicia. Aunque Edersheim escribió (1880) que el plan y designio del templo de
Salomón era estrictamente judío, es de general consenso de los arqueólogos de hoy
de que el arte y la arquitectura eran básicamente fenicios. Está claramente indicado
en la Escritura que David empleó arquitectos y técnicos de Hiram, rey de Tiro.
Mientras que Israel suministraba el trabajo, los fenicios suplían el papel de los
artesanos y supervisores de la construcción real. Desde la excavación del sirio Tell
Tainat (antigua Hattina) en 1936 por la Universidad de Chicago, se ha hecho
aparente que el tipo de arte y arquitectura del templo de Jerusalén era común en
Fenicia en el siglo X a. C. Por tanto, parece razonable conceder el crédito a los
artesanos fenicios y a sus arquitectos por los planos finales del templo, ya que David
y Salomón los empleaban para este servicio particular. Con la limitada información
disponible, sería difícil marcar una clara línea de distinción entre los planos
presentados por los reyes de Israel y la contribución hecha por los fenicios en la
construcción del templo.
Dedicación del templo
Puesto que el templo fue completado en el octavo mes del año duodécimo (I
Reyes 6:37-38), es completamente verosímil que las ceremonias de la dedicación
fueran llevadas a cabo en el séptimo mes del año duodécimo y no un mes antes de
que fuese terminado. Esto habría permitido tiempo para el elaborado planeamiento
de este gran acontecimiento histórico (I Reyes 8:1-9; II Crón. 5:2-7:22). Para esta
ocasión, todo Israel estaba representado por los ancianos y los jefes.
La fiesta de los tabernáculos, que no solamente recordaba a los israelitas que
una vez fueron peregrinos en el desierto, sino que también era una ocasión para
dar gracias tras el tiempo de la cosecha, que comenzaba en el día 15.° del mes
séptimo. Edersheim concluye que las ceremonias de la dedicación tuvieron lugar
durante la semana precedente a la fiesta de los tabernáculos. La totalidad de la
celebración duró dos semanas (II Crón. 7:4-10), y valía para todo Israel, que acudió
por medio de sus representantes desde Hamat hasta la frontera de Egipto. Keil, en
su comentario sobre I Reyes 8:63, sugiere que hubo 100.000 padres y 20.000
ancianos presentes. Esto explica el por qué millares de animales fueron llevados
hasta allí por esta ocasión que no tenía precedentes.
Salomón era la persona clave en las ceremonias de las dedicaciones. Su
posición como rey de Israel era única. Bajo el pacto, todos los israelitas eran
servidores de Dios (Lev. 25:42, 55; Jer. 30:10 y otros pasajes) y considerados como
reino de sacerdotes con, relación a Dios (Ex. 19:6). Mediante los servicios
dedicatorios, Salomón toma el lugar de un siervo de Dios, representando a la
nación elegida por Dios para ser su pueblo. Esta relación con Dios era común al
profeta, al sacerdote, al laico, al igual que al rey, en verdadero reconocimiento de
la dignidad del hombre. En esta capacidad, Salomón ofreció la oración, dio el
mensaje dedicatorio, y ofició en las ofrendas de los sacrificios.
En la historia religiosa de Israel, la dedicación del templo fue el acon-
tecimiento más significativo, desde que el pueblo abandonó el Sinaí. La repentina
transformación desde la esclavitud en Egipto, a una nación independiente en el
desierto, fue una demostración del poder de Dios en nombre de su nación. En
aquel tiempo, el tabernáculo fue erigido para ayudarles en su reconocimiento y
servicio de Dios. Ahora el templo había sido erigido bajo el poder de Salomón. Esto
constituye la confirmación del establecimiento del trono davídico en Israel. Como
la presencia de Dios era visible, mediante la columna de humo sobre el tabernáculo,
así la gloria de Dios se cernía sobre el templo y significaba la bendición de Dios.
Esto confirmaba de forma divina el establecimiento del reino que había sido
anticipado por medio de Moisés (Deut. 17:14-20).
Proyectos de construcción extensiva
El palacio de Salomón Oa casa del bosque del Líbano) no está sino
brevemente mencionado (I Reyes 7:1-12; II Crón. 8:1). Fue completado en trece
años, habiendo un período de construcción de veinte años para el templo y el
palacio. Muy verosímilmente estaba situado en la falda meridional del monte
Moríah entre el templo y Sión, la ciudad de David. Este palacio era complejo y
elaborado, conteniendo oficinas de gobierno, habitaciones para la hija de Faraón, y
la residencia privada del propio rey Salomón, y cubría un área de 46 por 23 por 14
metros. Incluido en este gran edificio y su programa de construcciones, estaba la
extensión de las murallas de Sión (Jerusalén) hacia el norte, de forma que se unieran
el palacio y el templo dentro de las murallas de la ciudad capital de Israel.
El poderoso ejército en armas de Salomón, también requería mucha actividad
en las construcciones por todo el reino. La construcción de ciudades de
almacenamiento para propósitos administrativos y de sistemas de defensa, fueron
íntimamente integrados. Una impresionante lista de ciudades, que sugiere el extenso
programa de construcciones de Salomón, se da en I Reyes 9:15-22, y II Crón. 8:1-11.
Gezer, que había sido una plaza fuerte cananea, fue capturada por el faraón de
Egipto y utilizada como fuerte por Salomón, tras haberla recibido como dote.
Excavaciones hechas en el lugar de 5,8 hectáreas de Meguido, indican que Salomón
había adecuado allí acomodó para alojar 450 caballos y 150 carros de batalla. Esta
fortaleza guardaba la importante Meguido o el valle de Esdraelón a través del cual
discurría la calzada más importante entre Egipto y Siria. Desde un punto de vista
militar y comercial, este camino era vital para Israel. Igualmente fue excavado
Hazor, primero por Garstang y más recientemente bajo la supervisión de Israel.
Otras ciudades mencionadas en la Biblia son Bet-horón, Baalat, Tamar, Hamat-
zobah y Tadmor. Además de estas, otras ciudades funcionaron, como cuarteles o
capitales de distritos administrativos (I Reyes 4:7-19). Hallazgos arqueológicos en
Betsemes y Laquis indican que existían edificios con grandes habitaciones en esas
ciudades para ser utilizados como almacenes. Es indudable que tuvieron que
haberse escrito largas descripciones respecto a los programas de construcciones
llevadas a cabo por el rey Salomón, pero los relatos bíblicos sólo sugieren su
existencia.
Comercio, negocios y rentas públicas
Ezión-geber y Elot se hallan brevemente anotadas en I Reyes 9:26-28 y II
Crón. 8:17-18 como puertos marítimos en el golfo de Acaba. Tell-el-Kheleifeh al
extremo norte de este golfo es el único lugar conocido que muestra la historia
ocupacional de Elat, Ezión-geber. Tell-el-Kheleifeh, como un centro marítimo
industrial, fortificado, de almacenamiento y caravanero para tales ciudades, pudo
haber tenido igual importancia con otros distritos fortificados y ciudades con
guarniciones de carros de batalla, tales como Hazor, Meguido y Gezer.
Las minas de cobre y hierro eran numerosas por todo el Wadi-Arabah. David
ya había establecido fortificaciones por toda la tierra de Edom, cuando instauró su
reinado (II Sam. 8:14). Numerosos centros de fundición en el Wadi-Arabah
pudieron haber suministrado a Tell-el-Kheleifeh con hierro y cobre o para procesos
de refinamiento y la producción de moldes con propósitos comerciales. En el valle
del Jordán (I Reyes 7:45-46), y en Wadi-Arabah, Salomón tuvo que haber realizado
la comprobación de la verdad de las declaraciones hechas en Deut. 8:9, de que la
tierra prometida tenía recursos naturales en cobre.
Al desarrollar y controlar la industria de los metales en Palestina, Salomón
estuvo en una posición de comerciar. Los fenicios, bajo Hiram, tenían contactos con
refinerías de metal en distantes puntos del Mediterráneo, tales como España, y así
estaban en situación de construir, no sólo refinerías para Salomón, sino también
para aumentar el comercio. Los barcos de Israel traficaron con el hierro y el cobre
tan lejos como el sudoeste de Arabia (el moderno Yemen) y la costa africana de
Etiopía. A cambio, ellos llevaron oro, plata, marfil, y asnos a Israel. Aquella
extensión naval con sus expediciones llevando oro desde Ofir, duró "tres años" (II
Crón. 9:21), o un año completo y parte de dos años más. Proporcionó a Salomón
tales riquezas, que fue clasificado como el más rico de todos los reyes (II Crón.
9:20-22; I Reyes 10:11-22).
Los israelitas obtuvieron caballos y carros de combate de los gobernantes
héteos en Cilicia y su vecino Egipto. Los corredores y agentes representantes de los
caballos y carros guerreros entre Asia Menor e Israel, fueron los árameos (I Reyes
10:25-29; II Crón. 1:14-17). Aunque David lisiaba o dejaba inútiles todos los caballos
que capturaba con la excepción de un centenar (II Sam. 8:4) es obvio que Salomón
acumuló una fuerza considerable. Aquello resultaba importante para la protección,
al igual que como control de todo el comercio que cruzaba el territorio de Israel.
Las rentas y tributos de Salomón fueron incrementadas por las vastas caravanas de
camellos empleadas en el comercio de las especias procedente del sur de Arabia y
hacia Siria y Palestina, al igual que con Egipto.
El rey Salomón ganó tal respeto internacional y reconocimiento, que sus
riquezas fueron grandemente incrementadas por los regalos que recibía de lugares
próximos y lejanos. En respuesta a su petición inicial, había sido divinamente
dotado con la sabiduría de tal forma que las gentes de otras tierras iban a oír sus
proverbios, sus cantos, y sus discursos sobre varios aspectos (I Reyes 4:29-34). Si el
relato de la visita de la reina de Sabá no es sino una muestra de lo que ocurría
frecuentemente durante el reinado de Salomón, puede apreciarse del por qué el
oro no cesaba de llegar a la capital de Israel. El hecho de que la reina atravesara
diversos territorios y viajase 1.931 kms., en camello pudo también haber estado
motivado por intereses comerciales. Las expediciones navales desde Ezión-geber
pudo haber estimulado las negociaciones para acuerdos favorables de intercambio
comercial. Su misión, tuvo éxito (I Reyes 10:13). Aunque Salomón, además de
garantizar las peticiones de la reina, le devolvió todo lo que le había llevado,
resulta dudoso de que hiciese lo mismo con todos los reyes y gobernantes de
Arabia, quienes le enviaban presentes (II Crón. 9:12-14). Aunque resulta difícil
valorar el importe de las riquezas que se describen, no hay duda de que Salomón
representó el epítome en riqueza y sabiduría de todos los reyes que gobernaron en
Jerusalén.
Apostasía y sus consecuencias
El capítulo final del reino de Salomón es trágico (I Reyes 11). El por qué el rey
de Israel, que alcanzó el cénit de los éxitos en sabiduría, riqueza, fama y prestigio
internacional bajo la bendición divina, terminase sus 40 años de reinado bajo
augurios de fracaso, es de lo más sorprendente. A tenor de esta consideración,
algunos han considerado el relato como no fiable y contradictorio y han buscado
otras explicaciones. La verdad de la cuestión es que Salomón, que jugó el papel más
destacado en la dedicación del templo, se apartase de la devoción que con todo
corazón había dedicado a Dios; una experiencia paralela a la de Israel en el desierto
tras la construcción del tabernáculo. Salomón rompió el mismísimo primer
mandamiento por su política de permitir la adoración de los ídolos y su culto en la
propia Jerusalén.
La mezcla de alianzas matrimoniales entre las familias reales, era una práctica
común en el Cercano Oriente. A principios de su reinado, Salomón hizo una alianza
con Faraón, aceptando a una hija de este último en matrimonio. Aunque se la llevó
a Jerusalén, no existe indicación de que se le permitiese a ella el llevar consigo la
idolatría (I Reyes 3:1). En la cúspide de sus triunfos, Salomón tomó esposas de los
moabitas, amonitas, edomitas, sidonios e héteos. Además de todo ello, se hizo con
un harén de 700 esposas y 300 concubinas. Tanto si esto fue motivado por causas
diplomáticas y políticas para asegurar la paz y la seguridad, o por un intento de
superar a los demás soberanos de otras naciones, es algo que no está indicado. Sin
embargo, era contrario a lo expresado en los mandamientos de Dios (Deut. 17:17).
Salomón permitió la multiplicidad de esposas y que fuese su ruina, al apartar su
corazón de Dios.
Salomón no solamente toleró la idolatría, sino que él mismo prestó
reconocimiento a Astoret, la diosa de la fertilidad de los fenicios, conocida como
Astarté entre los griegos y Ishtar para los babilonios. Para el culto de Milcom o
Moloc, el dios de los amonitas y para Quemos, el dios de los moabitas, Salomón
erigió un lugar sobresaliente en una montaña al este de Jerusalén, que no fueron
suprimidos como tales lugares de culto durante tres siglos y medio, sino que
permanecieron como una abominación en las proximidades del templo, hasta los
días de Josías (II Reyes 23:13). Además, construyó altares para otros dioses extraños
no mencionados por su nombre (I Reyes 11:8).
La idolatría, que era una violación de las palabras de apertura del Decálogo
(Ex. 20), no podía ser tolerada. La repulsa de Dios (I Reyes 11:9-13) fue
probablemente entregada a Salomón mediante el profeta Ahías, que aparece más
tarde en el capítulo. A causa de su desobediencia, el reinado de Israel tenía que ser
dividido. La dinastía de David continuaría gobernando parte del reino en gracia a
David, con quien Dios había hecho una alianza, y porque Jerusalén había sido
escogida por Dios. Dios no rompería su promesa, incluso aunque Salomón hubiese
perdido sus derechos y sus bendiciones. También, por amor a David, el reino no
sería dividido mientras viviese Salomón, aunque surgirían adversarios y enemigos
que amenazasen la paz y la seguridad, antes de la terminación del reinado.
Hadad, el edomita, fue un caudillo que se opuso a Salomón. En la conquista
de Edom por Joab, Hadad, que era un miembro de la familia real, había sido
rescatado por servidores y llevado a Egipto cuando era un niño. Allí se casó con
una hermana de la reina de Egipto y gozó del favor y los privilegios de la corte
real. Después de la muerte de Joab y David, volvió a Edom y con el tiempo se hizo
lo suficientemente fuerte como para ser una amenaza para Salomón en sus últimos
años (I Reyes 11:14-23). La posición de Salomón como ''rey del cobre" quedó en
precario, al igual que el lucrativo negocio de Arabia y el comercio sobre el Mar
Rojo.
Rezón de Damasco significó tal vez una amenaza mayor (I Reyes 11: 23-25).
La formación de un reino independiente arameo o sirio, constituyó una seria
amenaza política que implicaba consecuencias comerciales. Aunque David había
conquistado Hamat, cuando el poder de Hadad-ezer fue roto, Salomón lo encontró
necesario para suprimir una rebelión allí y construir ciudades de almacenamiento (II
Crón. 8:3-4). Incluso controló Tifsa sobre el Eufrates (I Reyes 4:24) que era
extremadamente importante para el dominio de las rutas del comercio. En el curso
del reinado de Salomón, Rezón estuvo en condiciones de establecerse por sí mismo
en Damasco, donde llegó a ser el mayor de los constantes peligros para la paz y la
prosperidad de Israel en los últimos años del reinado de Salomón.
Conforme cambiaban las cosas, uno de los hombres del propio Salomón,
Jeroboam, hijo de Nabat, demostró ser el factor real devastador en Israel. Siendo
un hombre verdaderamente capaz, había sido colocado al mando de los trabajos
forzados que reparaba las murallas de Jerusalén y construyó Milo. Utilizó aquella
oportunidad para su propia ventaja política y ganarse seguidores. Un día Ahías, el
profeta, le encontró y rompió la capa nueva en doce pedazos, dándole diez de
ellos. Mediante aquel acto simbólico, informó a Jeroboam que el reino de Salomón
sería dividido, no dejando sino dos tribus a la dinastía davídica, mientras que las
otras diez constituiría el nuevo reino. Bajo la condición de su obediencia de todo
corazón, Jeroboam recibió la seguridad de que su reino quedaría permanentemente
establecido como el de David.
Aparentemente, Jeroboam no quiso esperar los acontecimientos, lo que
implicaba abiertamente su oposición al rey. Por todos conceptos, Salomón
sospechó una insurrección y buscó a Jeroboam para matarle. En consecuencia,
Jeroboam huyó a Egipto donde encontró asilo con Sisac hasta la muerte de
Salomón.
Incluso aunque el reino se sostuvo y no fue dividido hasta después de su
muerte, Salomón estuvo sujeto a la angustia de una rebelión interna y de la
secesión de varias partes de su reino. Como resultado de su fallo personal en
obedecer y servir a Dios de todo corazón, el bienestar general y la prosperidad
pacífica del reino quedaron seriamente amenazadas y en constante peligro.
El reino dividido
Los dos reinos que surgieron tras la muerte de Salomón, son comúnmente
conocidos y diferenciados por los apelativos de "Norte" y "Sur". Este último designa
el estado más pequeño gobernado por la dinastía de David desde su capital en
Jerusalén hasta el 586 a. C. Consistía en las tribus de Judá y Benjamín, quienes
apoyaron a Roboam con un ejército cuando el resto de las tribus se levantaron en
rebelión contra las opresivas medidas de Salomón y su hijo (I Reyes 12:21). El Reino
del Norte designa las tribus disidentes, que hicieron a Jeroboam su rey. Este reino
duró hasta 722 a. C, con su capital sucesivamente en Siquem, Tirsa y Samaría.
Las designaciones bíblicas comunes para estos dos reinos, son "Israel" y "Judá".
La primera está restringida usualmente en su uso al Reino del Norte, mientras que la
segunda se refiere al Reino del Sur. Originalmente el nombre de "Israel" fue dado a
Jacob (Gen. 32:22-32). Durante toda su vida fue ya aplicado a sus hijos (Gen.
44:7), y siempre desde entonces cualquier descendiente de Jacob ha sido referido
como un "israelita". Desde los tiempos patriarcales a la ocupación de Canaán,
"Israel" ha especificado la totalidad de la nación hebrea. Esta designación prevaleció
durante la monarquía de David y Salomón, incluso aunque estaba dividida a
principios del reinado de David.
La tribu de Judá, que se hallaba estratégicamente situada y excepcional-mente
fuerte, llegó a su prominencia durante el tiempo de Saúl (ver I Sam. 11:8, etc).
Después de la división en 931 a. C. el nombre de Judá identificaba el Reino del Sur,
que continuó su alianza con la dinastía davídica. A menos que no se indique otra
cosa, los nombres de "Israel" y "Judá" en este volumen representan respectivamente
a los reinos del Norte y del Sur.
Otro apelativo para el Reino del Norte es "Efraín". Aunque este nombre es
originalmente dado a uno de los hijos de José (Gen. 41:52), designa
específicamente a la tribu que condujo la secesión. Estando situada al norte de
Benjamín y Judá, "Efraín" representaba la oposición a Judá y con frecuencia incluía
la totalidad del Reino del Norte (ver Isaías y Oseas).
Cronología
Este es el primer período en la historia del Antiguo Testamento en que
algunas fechas pueden ser fijadas con virtual certeza. La historia secular, descubierta
mediante la investigación arqueológica, proporciona una lista epónima que cuenta
para cada año en la historia de Asiria desde 891 a 648 a. C. Tolomeo, un brillante
erudito que vivió aproximadamente en 70-161 a. C, compuso un canon,
relacionando a los gobernantes babilonios y persas, desde el tiempo de Nabonassar,
747 a. C. hasta Darío III, 332 a. de C. Además de esto, también da una lista los
gobernantes griegos, Alejandro y Filipo de Macedonia, los gobernantes tolomeicos
de Egipto y los gobernantes romanos que llegan hasta el año de nuestra era, 161.
Como astrónomo, geógrafo, historiador y cronologista, Tolomeo proporciona una
vital información. Lo más valioso para los historiadores modernos es el material
astronómico que ha hecho posible comprobar la precisión de sus datos en
numerosos puntos, de tal forma, que "el canon de Tolomeo puede ser utilizado
como guía histórica con la mayor confianza".
Dos hechos significativos suministran el eslabón entre la historia asiría y el
relato bíblico de los reyes hebreos durante el período del reino dividido. Las
inscripciones asirías indican que Acab, rey de Israel, participó en la batalla de Karkar
(853 a. C.), contra Salmanasar III, y que Jehú, otro rey de Israel, pagó tributo al
mismo rey asirio en 841 a. C. Al equiparar los datos bíblicos concernientes a los
reyes hebreos Ocozías y Joram a este período de doce años de la historia asiría,
Thiele ha sugerido una pista para la adecuada interpretación de la cronología. Con
estas dos fechas definitivamente establecidas en el sincronismo entre la historia
hebrea y asiría, propone un esquema de absoluta cronología para el período que va
desde la disgregación a la caída de Jerusalén. Esto sirve como una clave práctica
para las interpretaciones de las numerosas referencias cronológicas en los relatos de
Reyes y Crónicas.
Permitiendo un año como factor variable, las fechas terminales para Israel (la
caída de Samaría) y para Judá (la caída de Jerusalén) están fijadas respectivamente
como 722 y 586 a. C. Lo mismo puede decirse para la batalla de Karkar en 853 a.
C. La fecha para el comienzo de los dos reinos está sujeta a mayor variación.
Una simple adición de todos los años admitidos para los reyes hebreos
totalizan casi cuatro siglos. Sobre la base de esta tabulación, muchos eruditos, tales
como Hales, Oppert, Graetz y Mahler, han fechado la disgregación del reino
salomónico dentro del período de 990-953 a. C. La fecha más popularizada es la
dada por Ussher, adoptada por Edersheim, e incorporada al margen de muchas
Biblias durante el pasado siglo. Los recientes descubrimientos arqueológicos
relacionados a la historia contemporánea del Próximo Oriente, han iluminado
muchos pasajes bíblicos que necesitaban una reinterpretación de los datos bíblicos.
El período del reino dividido está adecuado a un período aproximado de tres
siglos y medio. Sobre la base de la cronología asiría y la historia contemporánea del
Cercano Oriente, Olmstead, Kittel, Albright y otros fechan el comienzo de este
período dentro de los años 937-922 a. C. La fecha más popularizada en la literatura
corriente del Antiguo Testamento es el año 922 a. C.
El más amplio estudio de la cronología para el período del Reino Dividido
está publicado en el libro de E. R. Thiele, The Mysterious Numbers of the Hebrew
Kings. Mediante un detallado análisis de ambos datos estadísticos, en el relato
bíblico y en la historia contemporánea, concluye que el 931 a. C. es la más
razonable fecha para el comienzo de este período. Mientras que muchas
cronologías se han construido bajo la presunción de que existen numerosos errores
en el presente texto de Reyes y Crónicas, Thiele comienza con el supuesto de que el
texto presente es fiable. Con ello en mente, el número de referencias cronológicas
que permanecen problemáticas a la luz de nuestro entendimiento de tal período, es
mucho menor que los problemas textuales que implica el resultado a priori de la
presunción de que el texto hebreo está en el error. Aunque permanecen aún sin
resolver problemas en la cronología de Thiele, parece ser la más razonable y
completa interpretación de las fechas escriturísticas y los hechos históricos
contemporáneos que nos son conocidos hasta el presente. De ser la fecha del año
959 a. C. para el comienzo del templo de Salomón, confirmada como correcta,
podría apelar a una reinterpretación de parte de esta cronología. En el presente,
esta fecha está aceptada con un alto grado de probabilidad A través de todo este
análisis del reino dividido, la cronología del período del reino dividido de Thiele
está adoptada como patrón. Cualquier desviación de la misma se indica
oportunamente.
Algunos de los factores básicos que tengan una relación sobre el análisis de las
fechas cronológicas de este período, merecen una breve consideración. En Judá, el
sistema del año de accesión y su cuenta, fue utilizado desde el principio de los
tiempos de Joram (850 a. C.), quien adoptó el sistema de la no accesión que ha
utilizado en Israel desde los días de Jeroboam I. Durante los reinados de Joás y
Amasias (800 a. C.), ambos reinados cambiaron al sistema del año de accesión.
La cuestión de la corregencia tiene que ser considerada estableciendo una
cronología para este período. A veces, los años durante los cuales un padre y un
hijo gobernaron juntos fueron acreditados a ambos reyes, calculando la duración de
su reinado.
Fechas importantes
Un cierto número de fechas son de importancia para una adecuada
comprensión de cualquier período histórico. Los tres acontecimientos más
importantes de esta era del reino dividido, son como sigue:
931—La división del reino
722—La caída de Samaria
586—La caída de Jerusalén
Sin tener que acudir a listas tabulares para estos reinos, con fechas para cada
rey, resulta apropiado sugerir un índice cronológico para esos siglos. El desarrollo
ocurrido en el Reino del Norte conduce por sí mismo a un esquema simple en el
orden cronológico, como sigue:
931—Dinastía de Jeroboam I
909—Dinastía de Baasa
885—Dinastía de Omri
841—Dinastía de Jehú
752—Últimos reyes
722—Caída de Samaria
Todos los reyes, los profetas e importantes acontecimientos pueden ser
aproximadamente fechados utilizando esta estructura cronológica.
Los acontecimientos contemporáneos en el Reino del Sur, pueden ser
convenientemente relacionados a esta estructura de referencia. Colocando los
cuatro importantes reyes de Judá en su propia secuencia, y añadiendo una fecha, se
convierte en una cuestión sencilla para desarrollar una cronología que sirva en
forma simplificada.
Utilizando estas fechas sugeridas como un esquema útil, la cuestión de las
fechas cronológicas en el relato bíblico puede ser reducida a un mínimo. Aunque las
fechas individuales para cada rey se dan subsiguientemente, no son necesarias para
una comprensión del desarrollo general. Para propósitos de examen las fechas
arriba citadas son suficientes, mientras que las individuales se hacen de mayor
importancia para un estudio detallado.
El relato bíblico
La primera fuente literaria de la era del reino dividido es I Reyes 11:1 hasta II
Reyes 25:30 y II Crón. 10:1-36:23. Puede encontrarse material suplementario en
Isaías, Jeremías y otros profetas que reflejan la cultura contemporánea.
La única fuente que presenta un relato histórico continuo del Reino del Norte
es I Reyes 12:1 - II Reyes 17:41. Integrado en este registro se hallan los
acontecimientos contemporáneos del Reino del Sur. Con la terminación del Reino
del Norte en el año 722 a. C., el autor del libro de los Reyes continúa el relato del
Reino del Sur en II Reyes 18:1-25:30, hasta la caída de Jerusalén en el 586 a. C. Un
registro paralelo para el Reino del Sur, desde 931 a 586 a. C. se da en II Crón. 10:1-
36:23, donde el autor concluye con una referencia final al cese del cautiverio bajo
Ciro (538 a. C.). El relato en Crónicas suplementa la historia registrada en el Reino
del Norte, y en los libros de los Reyes, donde tiene una relación directa sobre los
acontecimientos del Reino del Sur.
Puesto que cada reino tuvo aproximadamente una lista de veinte go-
bernantes, es esencial un simple análisis para evitar la confusión. La memorización
de dos listas de reyes con frecuencia impide un cuidadoso análisis de este período
como fondo esencial en el estudio de los mensajes profetices del Antiguo
Testamento. Puesto que todo un número de familias gobernaron el Reino del
Norte, en contraste con una sola dinastía en Judá, sugiere un simple bosquejo
basado en las dinastías remantes en Israel. Esto puede ser utilizado como una
conveniente estructura para la asociación de otros nombres y sucesos.
Puesto que Israel cesó de existir como gobierno independiente, la última parte
de Reyes se dedica al relato del Reino del Sur. Israel quedó reducida a una
provincia asiria.
Acontecimientos concurrentes
Las relaciones internacionales son vitalmente significativas durante esos siglos,
cuando el imperio salomónico se dividió en dos reinos, y que finalmente sucumbió
a fuerzas y poderes extranjeros. Estando estratégicamente situado en el Creciente
Fértil, entre Egipto y Mesopotamia, no podían escapar a la presión de varias
naciones que surgían con gran poder durante ese período. Consecuentemente, para
una adecuada comprensión de la historia bíblica, esas naciones merecen
consideración.
El reino de Siria
El reino de Aramea, con Damasco como capital, es mejor conocido como
Siria. Durante dos siglos gozó de poder y prosperidad a expensas de Israel. Cuando
expandió su reino, derrotó a Hadad-ezer, gobernante de Soba, y estableció amistad
con Toi, rey de Hamat. Salomón extendió la frontera de su reino a 160 kms. más
allá de Damasco y Soba, conquistando Hamat sobre el Orontes y estableciendo
ciudades de aprovisionamiento en aquella zona. Durante la última parte de su
reinado, Rezón, que había sido un joven oficial militar bajo las órdenes de Hadad-
ezer en Soba con anterioridad a su derrota por David, se apoderó de Damasco y
puso los cimientos para el resurgir del reino arameo de Siria. La rebelión surgida
bajo Roboam sirvió de pretexto a esta oportunidad. Durante dos siglos, Siria llegó a
ser un serio contendiente por el poder en la zona Sirio-Palestina.
La guerra entre Judá y el Reino del Norte, con Asa y Baasa como respectivos
gobernantes, permitió a Siria, bajo Ben-Adad, la oportunidad de emerger como la
nación más fuerte en Canaán, cerca del final del siglo IX a. C. Cuando Baasa
comenzó a fortificar la ciudad fronteriza de Rama, a solo ocho kms. al norte de
Jerusalén, Asa envió los tesoros del templo a Ben-Adad como un soborno,
haciendo una alianza con él y contra el Reino del Norte. Aunque esto hizo que se
cumpliese el inmediato propósito de Asa y fuese relevado de la presión militar
procedente de Baasa, en realidad dio a Siria la superioridad, de tal forma que los
dos reinos israelitas fueron con el tiempo amenazados de invasión desde el norte.
Tomando posesión de una parte del reino de Israel en el norte, Ben-Adad estuvo
en condiciones de controlar las rutas de las caravanas a Fenicia, que proporcionó
una inmensa riqueza a Damasco, reforzando así el reino de Siria.
La supremacía de Siria como poder militar y comercial fue atemperada por el
Reino del Norte, cuando la dinastía de Omri comenzó a gobernar en el 885 a. C.
Omri quebrantó el monopolio comercial con Fenicia, al establecer relaciones
amistosas con Etbaal, rey de Sidón. Esto resultó en el matrimonio de Jezabel y
Acab. El creciente poder de Asiría en el este sirvió como otra prueba para Siria en
los días de Acab. Durante los años que Assurnasirpal, rey de Asiría, estuvo contento
de no pasar por Siria hacia el norte, extendiendo sus contactos en el Mediterráneo,
Acab y Ben-Adad frecuentemente se opusieron el uno al otro. En el curso del
tiempo Acab ganó el equilibrio del poder. En el 853 a. C., sin embargo, Acab y
Ben-Adad unieron sus fuerzas en la famosa batalla de Qarqar en el valle de
Orontes, al norte de Hamat. Aunque Salmanasar III afirmó haber obtenido una
gran victoria es dudoso de que esto fuese efectivo, puesto que no avanzó a Hamat
ni a Damasco hasta varios años más tarde. Inmediatamente tras esto, la hostilidad
sirio-efraimítica continuó, siendo muerto Acab en una batalla. Como Asiría renovó
sus ataques contra Siria, Ben-Adad no pudo tener el apoyo de Joram. Cuando
murió Ben-Adad, aproximadamente por el 843 a. C., Siria fue fuertemente
presionada por los invasores asirios, al igual que sufrió la falta de apoyo del Reino
del Norte.
Hazael, el siguiente gobernante, usurpó el trono y se convirtió en uno de los
reyes más poderosos, extendiendo el dominio de Siria hasta Palestina. Aunque Jehú,
el nuevo rey en Israel, se sometió a Salmanasar III pagando impuestos (841 a. C.),
Hazael resistió la invasión de este rey asirio con sus solas fuerzas. En pocos años,
Hazael estuvo en condiciones de agrandar su reino cuando los asirios retrocedieron.
Se anexionó un extenso territorio del Reino del Norte a expensas de Jehú. Tras el
año 841 a. C. Joacaz, rey de Israel, se hallaba tan debilitado que los ejércitos de
Hazael pasaron a través de su territorio y tomaron posesión de la llanura filistea,
destruyendo a Gat, exigiendo tributo del rey de Judá en Jerusalén.
Ben-Adad (ca. 801 a. C.) fracasó en mantener el reino establecido por su
padre Hazael. Durante los últimos años de su reinado, Adad-Nirari III de Asiría
sometió a Damasco lo bastante como para exigirle un fuerte tributo. Además de
todo esto, Ben-Adad tuvo que enfrentarse con una hostil oposición procedente de
los estados sirios del norte. Esto dejó a Damasco en una condición tan débil que
cuando la presión asiría continuó, Joás reclamó para Israel mucho del territorio
tomado por Hazael. En los días de Jeroboam II (793-753), Siria incluso perdió
Damasco y "los accesos a Hamat", restaurando la frontera norte sostenida por
David y Salomón (II Sam. 8:5-11).
Damasco tuvo una vez más una oportunidad para afirmarse cuando el
poderoso Jeroboam murió en 753 a. C. Rezín (750-732 a. C.), el último de los
reyes árameos en Damasco, volvió a ganar la independencia siria. Con la accesión
al trono asirio de Tiglat-pileser III (745 a. C.) tanto Siria como Israel estuvieron
sujetas a la invasión y a un pesado tributo. Mientras Tiglat-pileser (Pul) estaba
luchando en Armenia (737-735 a. C.), Rezín y Peka organizaron una alianza para
evitar el pago del tributo. Aunque Edom y los filisteos se unieron a Siria y a Israel
en una especie de pacto anti-asirio, Acaz, rey de Judá, envió tributo a Pul,
rogándole una alianza. En respuesta a esta invitación, Pul llevó a cabo una campaña
contra los filisteos estableciendo contacto con Acaz, y por el 732 había conquistado
Damasco. Sama-ria fue salvada en esta época cuando Peka fue reemplazado por
Oseas, quien voluntariamente pagó tributo como un rey marioneta. Con, la muerte
de Rezín y la" caída de Damasco, el reino de Siria llegó a su fin, para no levantarse
de nuevo jamás.
El gran imperio Asirlo
En el rincón nordeste del Creciente Fértil, extendiéndose en unos 563 kms. a
lo largo del río Tigris y con una anchura aproximada de 322 kms. se encontraba el
país de Asiria. El nombre probablemente se debe al dios nacional, Asur, una de
cuyas ciudades fue llamada así. La importancia de Asiria durante el período del
reino dividido se hace aparente inmediatamente por el hecho de que en la cima de
su poder absorbió los reinos de Siria, Israel y Judá, e incluso Egipto hasta Tebas. Por
aproximadamente dos siglos y medio ejerció una tremenda influencia sobre los
acontecimientos de la tierra de Canaán y de aquí que con tanta frecuencia aparezca
en los registros bíblicos.
Aunque algunos eruditos trazan los comienzos de Asiria al principio del tercer
milenio, se conoce poco anterior al siglo XIX, cuando los agresivos establecimientos
comerciales de esta zona extendieron sus intereses comerciales en el Asia Menor. En
los días de Samsi-Adad I (1748-1716), Asiria gozó de un período de prosperidad con
Asur como ciudad más importante. Por varios siglos a partir de entonces, Asiria fue
obscurecida por el reino heteo en Asia Menor y el reino mitanni que dominaba la
zona superior del Tigris-Eufrates.
La verdadera historia de Asiria tiene sus comienzos aproximadamente en el
1100 a. C. con el reinado de Tiglat-pileser I (1114-1076 a. C.). De acuerdo con los
anales propios, extendió el poder de su nación hacia el oeste en el mar
Mediterráneo, dominando las naciones más pequeñas y débiles existentes en
aquella zona. Sin embargo, durante los siguientes dos siglos el poder asirlo
retrocede mientras que Israel, bajo David y Salomón, surge como un poder
dominante en el Creciente Fértil.
Comenzando con el siglo IX, Asiria emerge como un poder creciente. Las
listas epónimas asirías desde aproximadamente el 892 a. C. al 648 a. C. hacen
posible correlacionar e integrar la historia de Asiria con el desarrollo de Israel, como
se registra en el relato bíblico. Asur-nasir-pal II (883-859 a. C.) estableció Cala como
su capital. Tras haber desarrollado un fuerte poder militar, comenzó a presionar
hacia el oeste, aterrorizando las naciones que se le oponían con dureza y crueldad
cruzando el Eufrates y estableciendo contactos comerciales sobre el Mediterráneo.
Frecuentes contactos con los sirios hacia el sur, tuvieron como resultado la batalla
de Qar-qar sobre el río Orantes en el 853 a. C. en los días de su hijo Salmanasar III
(858-824 a. C.). En la coalición encabezada por Ben-Adad de Damasco, y Acab, rey
de Israel, se unieron 2.000 carros de batalla y 10.000 soldados constituyendo la
mayor unidad en este grupo. Aunque el rey asirio afirmó su victoria, resulta dudoso
que así fuera, ya que Salmanasar III evitó el contacto con los sirios por varios años
después de la batalla. En 848 y de nuevo en 845 a. C., Ben-Adad resistió dos
invasiones asirías más, pero no se hace mención de cualquier fuerza israelita que
ayudara a los sirios en. aquel tiempo, Jehú, que usurpó el trono en Samaría (841 a.
C), hizo proposiciones de subordinación a Salmanasar III enviándole tributo. Esto
dejó a Hazael, el nuevo rey de Damasco, con el problema de resistir la agresión
asiría. Aunque Salmanasar acosó a Siria durante unos pocos años en los días de
Hazael, volvió su atención hacia las conquistas de zonas en el norte tras el año 837
a. C., proporcionando a Canaán un respiro de la presión asiría durante varias
décadas.
Por casi un siglo, el poder asirio se pierde en las neblinas del fondo histórico.
Samsi-Adad V (823-811 a. C.) se mantuvo muy ocupado suprimiendo revueltas en
varias partes de su reino. Adad-Nirari III (810-783 a. C.) atacó Damasco antes de
terminarse el siglo, capacitando a los israelitas para obtener un respiro de la presión
siria. Salmanasar IV (782-773 a. C.), Asurdán III (772-755), y Asur-Nirari (754-745)
mantuvieron con éxito la importancia de Asiria como nación poderosa pero no
eran lo suficientemente fuertes como para ensanchar sus dominios como había
hecho el precedente gobernante.
Tilgat-pileser III (745-727 a. C.) fue un guerrero sobresaliente que condujo a
su nación a ulteriores conquistas. En Babilonia, donde era reconocido como rey, era
conocido como Pulu. I Reyes 15:19 se refiere a él como Pul. En la conquista de
territorios adicionales hacia el oeste, adoptó la política de dividir la zona en
provincias sometidas para un más seguro control. Aunque esta práctica ya había
sido utilizada anteriormente, él fue efectivo en aterrorizar a las naciones al cambiar
grandes grupos de personas en una ciudad conquistada con cautivos de una zona
distante. Esto definitivamente comprobó la posibilidad de una rebelión. También
sirvió como un proceso de nivelación lingüística, de tal manera, que el idioma
arameo desplazó a otros en el gran, territorio del reino. Al principio de su reinado,
Pul exigió tributo de Manahem, rey de Israel, y Rezín, rey de Damasco. Puesto que
Judá era la nación más fuerte en Canaán en aquella época, es posible que Azarías
pudiese haber organizado una coalición de fuerzas para oponerse a los asirios.
Parece que sus sucesores, Jotam y Acaz, resistieron la presión procedente de Israel y
Siria uniéndose a ellas al igual que los filisteos y Edom al oponerse a Pul. En su
lugar, Acaz inició amistosas relaciones hacia Pul, en respuesta a lo cual las fuerzas
asirías avanzaron hasta el país de los filisteos en el 733 a. C., poseyendo territorios
a expensas de esas naciones opuestas. Tras un terrible asedio, cayó la gran ciudad
de Damasco, Rezín fue muerto y el reino sirio capituló. Samaría conjuró la
conquista reemplazando a Peka con Oseas.
Salmanasar V (727-722 a. C.) siguió con los procedimientos y la política de su
padre. En los días de Oseas los israelitas estaban ansiosos de terminar con su
servidumbre a Asiria. Salmanasar respondió con una invasión del país y por tres
años sitió a Samaría. En el 722 a. C. Sargón II» que servía como general en el
ejército, usurpó el trono y fundó una nueva dinastía en Asiria. En los registros se
afirma que capturó a Samaría, aunque algunos creen que Salmanasar V fue quien
realmente tomó la ciudad y Sargón se adjudicó el éxito. Gobernando desde 721-
705 a. C. utilizó a Asur, Cala, y Nínive como capitales, pero finalmente construyó
la gran ciudad de Korsabad, por la cual se le recuerda mejor. Su campaña contra As-
dod en el 711 puede ser la que se menciona en Is. 20:1. El reino de Sargón terminó
abruptamente por su muerte en una batalla.
Senaquerib (704-681 a. C.) hizo famosa la ciudad de Nínive como su gran
capital, construyendo una muralla de 12 a 15 mts. en su entorno y de cuatro kms.
de longitud, a lo largo del río Tigris. En sus anales, él anota la conquista de Sidón,
Jope, cuarenta y seis ciudades amuralladas en Judá, y su asalto a Jerusalén en los
días de Ezequías. En 681 fue muerto por dos de sus hijos.
Aunque Senaquerib se había detenido en las fronteras de Egipto, su hijo Esar-
hadón (681-668 a. C.) avanzó hacia Egipto y derrotó a Tirhaca. Su interés en
Babilonia está evidenciado por la reconstrucción de la ciudad de Babilonia,
posiblemente porque su esposa pertenecía a la nobleza de Babilonia. Senequerib
nombró a Samasumukin como gobernante de Babilonia; pero este último se rebeló,
tras un período de gobierno de diez y seis años, contra su hermano Asurbanipal y
pereció en la quema de Babilonia (648 a. C.). Durante el reinado de Esar-hadón,
Manases, rey de Judá, fue tomado cautivo en Babilonia (II Crón. 33:10-13). La
muerte le llegó a Esar-hadón cuando dirigía sus ejércitos contra Egipto.
Durante el reinado de Asurbanipal (668-630 a. C.), el Imperio Asirio alcanzó
su cénit en riqueza y prestigio. En Egipto llevó sus ejércitos hasta algo así como 800
kms. por el río Nilo capturando Tebas en el 663 a, C. La guerra civil (652 a. C.) con
su hermano, que estaba a cargo de Babilonia, resultó con la captura de dicha ciudad
en el 648. Aunque era cruel y rudo como general y militar, Asurbanipal es mejor
recordado por su profundo interés en la religión, en lo científico y en obras
literarias. Enviando escribas por toda Asiría y Babilonia para copiar registros de
creación, diluvios y la antigua historia del país, obtuvo una gran cantidad de
material en la gran biblioteca real de Nínive.
En menos de tres décadas tras la muerte de Asurbanipal, el reino asirio, que
había ejercido tan tremenda influencia por todo el Creciente Fértil, se desvaneció,
para no volver a levantarse jamás. Los tres gobernantes que le sucedieron, fueron
incapaces de enfrentarse con los reinos que surgían en Media y Babilonia. Nínive
cayó en 612 a. C. Con las batallas de Harán (609) y Carquemis (605) desapareció el
último vestigio de la oposición asiría. Expandiéndose hacia el oeste, el reino
babilonio" absorbió al Reino del Sur y destruyó a Jerusalén en el año 586 (a. C.).
La secesión septentrional
La unión de Israel establecida por David, terminó con la muerte de Salomón.
Lo primero entre la división resultante, fue el Reino del Norte, localizado entre
Judá y Siria. En menos de un siglo (931-841 a. C.) habían surgido y caído tres
dinastías para dar paso al nuevo reino.
La familia real de Jeroboam
Jeroboam I se distinguió como un administrador bajo el remado de Salomón,
supervisando la construcción de la muralla de Jerusalén conocida como Milo (I
Reyes 11:26-29). Cuando el profeta Ahías impartió dramáticamente un mensaje
divino al desgarrar su manto en doce trozos y le dio diez a Jeroboam, ello
significaba que iba a gobernar sobre diez tribus de Israel. A desemejanza de David,
quien también había sido elegido rey antes de acceder al trono, Jeroboam mostró
signos de rebelión e incurrió en el disfavor de Salomón. Consecuentemente, huyó a
Egipto, donde encontró refugio hasta la muerte de Salomón.
Cuando Roboam, hijo de Salomón, hizo un llamamiento para una asamblea
nacional en Siquem, Jeroboam fue invitado como campeón de los ancianos que
solicitaban una reducción en los impuestos. Ignorándolo, Roboam se enfrentó con
una rebelión y huyó a Jerusalén. Mientras Judá y Benjamín corrieron en su apoyo,
las tribus separadas hicieron rey a Jeroboam. La guerra civil y el derramamiento de
sangre quedaron conjurados cuando Roboam escuchó la advertencia del profeta
Semaías para retener sus fuerzas. Esto dio a Jeroboam la oportunidad para
establecerse como rey de Israel.
La guerra civil prevaleció durante 22 años del reinado de Jeroboam, aunque
la Escritura no indica la extensión de dicha guerra. Indudablemente la agresividad de
Roboam fue atemperada por la amenaza de la invasión egipcia, pero II Crón. 12:15
informa de una constante situación de guerra. Incluso ciudades en el Reino del
Norte fueron atacadas por Sisac. Tras la muerte de Roboam, Jeroboam atacó Judá,
cuyo nuevo rey, Abíam, había rechazado a Israel hasta el extremo de tomar el
control de Betel y otras ciudades israelitas (II Crón. 13:13-20). Esto pudo haber
tenido algún efecto sobre la elección de Jeroboam de una capital. Al principio,
Siquem fue fortificada como la ciudad capital. Si la fortificación de Penuel, al este
del Jordán, tuvo la misma implicación, es algo que no parece cierto. Jeroboam
residió en la bella ciudad de Tirsa, que fue utilizada como la capital bajo la próxima
dinastía (I Reyes 14:17). Aparentemente Jeroboam encontró interesante el retener la
pauta gubernamental del reino como había prevalecido en tiempos de Salomón.
Jeroboam tomó la iniciativa en cuestiones religiosas. Naturalmente no quiso
que su pueblo acudiese a las sagradas festividades de Jerusalén, por si acaso
volviesen a una alianza con Roboam. Erigiendo becerros de oro en Dan y en Betel,
instituyó la idolatría en Israel (II Crón. 11:13-15). Nombró sacerdotes libremente
ignorando las restricciones de Moisés y permitiendo a los israelitas ofrecer sacrificios
en varios lugares altos por todo el país. Como sacerdote, no solamente oficiaba
ante el altar sino que también, cambió un día de fiesta desde el mes séptimo al
octavo (I Reyes 12:25-13:34).
La agresividad de Jeroboam en religión fue atemperada cuando fue advertido
por un profeta innominado de Judá. Este hombre de Dios, intrépidamente advirtió
al rey, mientras se hallaba de pie y quemaba incienso ante el altar en Betel. El rey
inmediatamente ordenó su arresto. El mensaje del profeta, sin embargo, recibió
confirmación divina en el destrozo del altar y la incapacidad que tuvo el rey de
retirar la mano con la que apuntaba hacia el hombre de Dios. Repentinamente, el
mandato desafiante del rey se cambió en súplica por su intercesión. La mano de
Jeroboam fue restaurada conforme el profeta oraba a Dios. El rey deseó
recompensar al profeta, pero este último no quiso ni siquiera aceptar su
hospitalidad. El hombre de Dios estaba bajo órdenes divinas de marcharse
inmediatamente.
La consecuencia para el fiel ministerio de este hombre de Dios es digna de
notarse. Siendo engañado por un viejo profeta de Betel, el profeta de Judá aceptó
su hospitalidad y así precipitó el juicio divino. De vuelta a su hogar, fue muerto por
un león y llevado a Betel para su entierro. Tal vez la tumba de este profeta sirvió
como recordatorio para las sucesivas generaciones de que la obediencia a Dios era
esencial. Ciertamente que tuvo que haber tenido una gran significación para
Jeroboam.
Otro aviso le llegó a Jeroboam por mediación del profeta Ahías. Cuando su
hijo, Abías, cayó gravemente enfermo, Jeroboam envió a su esposa a consultar al
anciano profeta a Silo. Aunque ella iba disfrazada, el profeta ciego la reconoció
inmediatamente. Fue enviada de vuelta a Tirsa con el sombrío mensaje de que su
hijo no se recobraría. Además, el profeta la advirtió que el fallo en guardar los
mandamientos de Dios precipitaría el juicio divino, el exterminio de la dinastía de
Jeroboam y la cautividad para los israelitas. Antes de que ella llegara al palacio, el
niño murió.
A despecho de todas las advertencias proféticas, Jeroboam continuó
practicando la idolatría. La lucha civil indudablemente debilitó tanto a Israel, que
Jeroboam incluso perdió la ciudad de Betel en los días de Abiam, el hijo de
Roboam.
Al paso de pocos años, el terrible aviso del profeta fue cumplido en su
totalidad. Nadab, el hijo de Jeroboam, reinó menos de dos años. Mientras ponía
sitio a la ciudad filistea de Gibetón, fue asesinado por Baasa.
La dinastía de Baasa
Baasa, de la tribu de Isacar, se estableció como rey sobre Israel en Tirsa.
Aunque la ya crónica guerra prevalecía con Judá por la totalidad del reino, una
notable crisis ocurrió cuando intentó fortificar Rama. Aparentemente, muchos
israelitas desertaron hacia Judá en el año 896-895 a. C. (II Crón. 15:9). Para
contrarrestar esto, Baasa avanzó su frontera a Rama, ocho kms. al norte de
Jerusalén. Al ocupar esta importante ciudad, pudo controlar las principales rutas
procedentes del norte, que convergían en Rama y que conducían a Jerusalén. A
cambio de su acto agresivo, Asa, rey de Judá, consiguió una importante victoria
diplomática renovando su alianza con Bcn-Adad I de Damasco. Como resultado,
Ben-Adad anuló su alianza con Israel e invadió el territorio norte de Baasa tomando
el control de ciudades tales como Cedes, Hazor, Merom y Sefat. También adquirió
el rico y fértil terreno al oeste del mar de Galilea lo mismo que las llanuras que
había al oeste del monte Hebrón. Esto también proporcionó a Siria el dominio del
lucrativo comercio de las rutas de las caravanas para Acó, en la costa fenicia. En
vista de la presión procedente del norte, Baasa abandonó la fortificación de Rama,
aliviando así la amenaza de Jerusalén.
En los días de Baasa, el profeta Jehú, hijo de Hanani, estuvo activamente
proclamando el mensaje del Señor. Amonestó a Baasa para que sirviera a Dios,
quien le había exaltado hasta el trono. Desafortunadamente, Baasa ignoró al
profeta y continuó en el mismo camino pecaminoso en que había estado
Jeroboam.
Ela sucedió a su padre, Baasa, y reinó menos de dos años (886-885).
Habiendo sido hallado borracho en casa de su mayordomo jefe, Ela fue asesinado
por Zimri, que se hallaba al mando de los carros reales de combate. En pocos días,
la palabra de Jehú halló su cumplimiento, al perecer asesinados por Zimri todos los
parientes y amigos de la familia de Baasa y Ela. El reinado de Zimri como rey de
Israel, fue establecido con premura y acabado rápidamente, todo en siete días.
Indudablemente, había fallado en aclarar sus planes con Omri, que estaba al frente
del mando de las tropas israelitas acampadas contra Gibetón. Resulta obvio
considerar que Zirnn no contaba con el apoyo de Omri, puesto que este último
hizo marchar sus tropas contra Tirsa. En su desesperación Zimri se recluyó en el
palacio real, mientras que iba siendo reducido a cenizas. Puesto que sólo estuvo
como rey siete días, Zimri apenas merece mención como dinastía gobernante.
Los gobernantes omridas
Omri fue el fundador de la más notoria dinastía del Reino del Norte. Aunque
el relato escriturístico de su reinado de doce años está confirmado en ocho
versículos (I Reyes 16:21-28), Omri estableció el prestigio internacional del Reino
del Norte.
Mientras mandaba el ejército bajo Ela (quizás también bajo Baasa), Omri
ganó una experiencia militar de gran valor. Con apoyo militar, se hizo cargo del
reino dentro de los siete días después de ocurrido el asesinato de Ela.
Aparentemente contaba con la oposición de Tibni, que murió seis años más tarde, y
dejó a Omri como el único gobernante de Israel.
Samaría fue el nuevo lugar elegido como capital. Bajo sus órdenes, se
convirtió en la ciudad mejor fortificada de todo Israel. Estratégicamente situada a
once kms. al noroeste de Siquem sobre el camino que conducía a Fenicia, Galilea y
Esdraelón, Samaria estaba asegurada como la inexpugnable capital de Israel y así lo
fue durante siglo y medio hasta que fue conquistada por los asirios en el 722 a. C.
Las excavaciones en Samaria dieron comienzo en 1908 por dos grandes
arqueólogos americanos, George A. Reisner y Clarence S. Fisher, quien supervisó la
expedición de Harvard que fue continuada por otros en años sucesivos. Parece ser
que Omri y Acab construyeron una fuerte muralla alrededor del palacio y terreno
circundante. Con otra muralla sobre una terraza más baja y una muralla adicional al
fondo de la colina, la ciudad estaba bien asegurada contra los invasores. El trabajo
de construcción y los materiales empleados de esas murallas era tan superior, que
no ha sido encontrada otra igual en ninguna otra parte de Palestina. Marfiles
utilizados como trabajos de taracea encontrados en las ruinas, fechan los trabajos
en los tiempos de la dinastía Omri, indicando la importación y el comercio con
Fenicia y Damasco.
Omri estableció con éxito una favorable política exterior. De acuerdo con la
piedra moabita, que fue descubierta en 1868 en la capital, Dibón, por Clemont-
Ganneau, y que se encuentra ahora conservada en el Museo del Lpuvre de París,
fue Omri quien sojuzgó a los moabitas para Israel. Obteniendo tributos y
controlando el comercio, Israel obtuvo una gran riqueza. Omri estableció amistosas
relaciones con Fenicia que quedo sellada en el matrimonio de Acab, su hijo, y
Jezabel, la hija de Etbaal, rey de los sidonios (I Reyes 16:31). Aquello fue de
importancia vital para la expansión comercial de Israel e indudablemente inició una
política de sincretismo religioso que floreció en los días de Acab y Jezabel. Esta
última Parece implicada en I Reyes 16:25, donde Omri es acusado de haber hecho
mas maldad que todos los que habían existido antes que él.
Las relaciones sirio-israelitas en los días de Omri, son en cierta forma algo
ambiguo (I Reyes 20:34). Parece improbable que Omri, que fue tan astuto y tuvo
tanto éxito como militar y diplomático, hubiese concedido ciudades a Siria y
garantizado derechos de comercio en su ciudad capital. Durante los días de Baasa,
los sirios, bajo Ben-Adad, obtuvieron el control de las valiosas rutas de las
caravanas hacia el oeste y a Acó pero indudablemente Omri se opuso a este
monopolio por su tratado con los fenicios y la construcción, de Samaría con sus
fuertes fortificaciones. Interpretando la palabra "padre" como "predecesor", en el
texto arriba citado, y aplicando la palabra "Samaría" al Reino del Norte, las
concesiones que Israel hizo a Siria tienen referencia a los días de Jeroboam. Sin
conclusiva evidencia para lo contrario, parece razonable concluir que Israel no fue
invadida por Siria y no fue tributaria para Ben-Adad en los días de Omri. Es posible
que Omri pudo haber tenido algún contacto con Asiría y que ciertamente hubiese
atemperado la actitud siria hacia Israel.
Aunque la guerra civil había prevalecido entre Israel y Judá en los días de
Baasa, no hay indicación en la Escritura de que esto continuase en el reinado de
Omri. Muy verosímilmente, el estado de guerra fuese reemplazado por amistosas
aperturas hacia el Reino del Sur, que culminaron con el matrimonio entre las
familias reales de Israel y Judá.
Cuando murió Omri en el 874 a. C. la ciudad de Samaría se convirtió en un
monumento permanente de su gobierno. Incluso habiendo establecido el reino de
Israel, sus pecados excedieron a los de todos sus predecesores.
Acab (874-853) fue el más sobresaliente rey de la dinastía Omri. Heredero de
un reino que disponía de política favorable respecto a las naciones circundantes,
Acab expansionó con éxito los intereses políticos y comerciales de Israel durante los
veintidós años de su remado.
Estando casado con Jezabel de Sidón, Acab alimentó las favorables relaciones
con los fenicios. Incrementando el comercio entre aquellos dos países, representaba
una seria amenaza al lucrativo comercio de Siria. Y pudo ser muy bien que Ben-
Adad tuviese en cuenta esta afinidad fenicio-israelita con una maniobra diplomática
que resultase o bien con un matrimonio real o en devoción religiosa hacia el dios
tiro, Melcarth. En tanto que su competencia con Siria no dio lugar a que se abriese
un estado de guerra, Acab astutamente tomó ventaja de la oportunidad de asegurar
el bienestar de su nación.
Por todo Israel, Acab construyó y fortificó muchas ciudades incluyendo a
Jericó (I Reyes 16:34; 22:39). Además de esto, impuso pesados tributos en ganados
de Moab (II Reyes 3:4) que le proporcionó un favorable equilibrio en el comercio
con Fenicia y Siria. Respecto a Judá, aseguró una política de amistad por el
matrimonio de su hija Atalía con Joram, hijo de Josafat (865 a. C.). El apoyo de
Judá fortaleció a Israel contra Siria. Manteniendo la paz y desarrollando un
lucrativo comercio, Acab estuvo en condiciones de continuar el programa de
construcciones en Samaría. La riqueza que codiciaba para sí mismo, está indicada en
I Reyes 22:39 donde se hace referencia a una "casa de marfil". El marfil descubierto
por los arqueólogos en las ruinas de Samaría puede muy bien ser del tiempo de
Acab.
Mientras Omri pudo haber introducido a Baal, el dios de Tiro, en Israel, Acab
promocionó el culto a este ídolo. En su gran ciudad capital, Samaría, construyó un
templo a Baal (I Reyes 16:30-33). Cientos de profetas fueron llevados a Israel para
hacer del baalismo la religión del pueblo de Acab. En vista de esto, Acab ganó la
reputación de ser el más pecador de todos los reyes que habían gobernado a Israel.
Elías fue el mensajero de Dios en esta época de franca y abierta apostasía. Sin
ninguna información concerniente a su llamada o a su pasado, emergió súbitamente
de Galaad y anunció una sequía en Israel que terminó solamente por su palabra.
Por tres años y medio (Sant. 5:17) Elías estuvo en reclusión. Mientras que faltaba el
agua en el riachuelo de Querit, Elías fue alimentado por cuervos. El resto de este
período fue cuidado por una viuda en Sarepta cuyas provisiones fueron
milagrosamente multiplicadas diariamente. Otro gran milagro llevado a cabo fue la
curación del hijo de la viuda.
Mientras que persistió el hambre en Israel, ocurrieron drásticas repercusiones.
Incapaz de localizar a Elías, Jezabel mató a algunos de los profetas del Señor, pero
Abdías, un sirviente de Acab, protegió a un centenar escondiéndoles en cuevas y
ocupándose de su bienestar. Por todo Israel y en las ciudades circundantes, se
produjo una intensiva busca de Elías pero no pudo ser encontrado. Entonces el
profeta retornó a Israel y demandó a Abdías el emplazar a Acab.
Cuando el rey cargó a Elías la culpa de lo que apesadumbraba a Israel, el
profeta valiente reprendió a Acab y a su familia por descuidar los mandamientos de
Dios y el culto a Baal. Con Elías dando órdenes, Acab amonestó a los 450 profetas
de Baal y a los otros 400 de Asera que estaban apoyados por Jezebel. Como el
hambre asolaba a Israel y prevalecía sobre toda la nación, hubo que tomar una
acción decisiva. Con todo Israel y los profetas reunidos ante el monte Carmelo,
Elías valerosamente confrontó al pueblo con el hecho de que no podía servir al
Señor y a Baal al mismo tiempo. Los profetas de Baal fueron desafiados para que
consiguiesen de su dios, el quemar las ofrendas preparadas. Desde la mañana hasta
bien tarde, cumplieron en vano rituales mientras que Elías ridiculizaba sus esfuerzos
inútiles. Elías, entonces, reparó el altar de Dios, preparó el sacrificio, lo roció con
agua e imploró a Dios para una divina confirmación. La ofrenda fue consumida, y
todo Israel reconoció a Dios. Inmediatamente, los falsos profetas fueron ejecutados
en el arroyo de Cisón. Tras que Elías hubo permanecido en oración en la cúspide de
la montaña, advirtió a Acab que la Uuvia tan largamente esperada comenzaría
pronto. A toda prisa, Acab hizo el viaje en carro de 24 kms. a Jezreel, pero Elías le
precedió.
Acab suministró a Jezebel un informe de primera mano de los aconte-
cimientos de monte Carmelo. Inmediatamente, ella amenazó a Elías.
Afortunadamente él recibió la noticia con 24 horas de anticipación. Aunque él
había desafiado valerosamente a los cientos de falsos profetas el día anterior, dirigió
hacia la frontera más próxima en un esfuerzo de abandonar a Israel. Yendo hacia el
sur dejó a su sirviente en Beerseba y continuó una jornada de un día de duración
más lejos, donde descansó bajo un enebro y oró para que pudiese morir. Un
mensajero angélico le proveyó de refrescos y el desalentado profeta recibió
instrucciones de continuar hacia el monte Horeb. Allí tuvo una divina revelación, le
fue dada la seguridad de que había 7.000 en Israel que no habían aceptado el
baalismo, y le dio una triple comisión: ungir Hazael como rey de Siria, Jehú como
rey sobre Israel y nombrar a Eliseo como su propio sucesor. Cuando Elías retornó a
Israel, impartió la llamada de Dios a Eliseo mediante la transferencia de su manto.
Eliseo, entonces, se convirtió en su colaborador.
Mediante una diplomacia efectiva y favorables tratados Acab estuvo en
condiciones de mantener pacíficas relaciones con los países del entorno hasta la
última parte de su reinado. No se menciona la razón del ataque de Siria contra el
reino resurgido de Israel (I Reyes 20:1-43). Tal vez el rey sirio tomó ventaja de
Israel tras que el país hubo padecido el hambre. También puede ser posible que la
amenaza asiría motivase una acción agresiva de Ben-Adad en aquel tiempo.
Apoyado por treinta y dos reyes vasallos, los sirios pusieron sitio a Samaría. Avisado
por un profeta, Acab empleó sus gobernadores de distrito en montar una fuerza de
7.000 hombres para un ataque por sorpresa. Con el apoyo de tropas regulares, los
israelitas deshicieron a los sirios, quienes tuvieron grandes pérdidas en hombres,
caballos y carros de batalla. Ben-Adad apenas sí pudo escapar con vida.
Los sirios volvieron a luchar contra Israel nuevamente en la siguiente
primavera, de acuerdo con el aviso del profeta hecho a Acab. Con una brillante
estrategia, Acab derrotó una vez más a Ben-Adad. Aunque se hallaba grandemente
superado en número, Acab acampó en las colmas, cargó con repentina furia y ganó
una decisiva victoria en la captura de Afee, cinco kms. al este del mar de Galilea.
Ben-Adad fue capturado, pero Acab le dejó en libertad e incluso le permitió
establecer sus propios términos y condiciones de paz, mediante las cuales algunas
ciudades fueron devueltas a Israel y los derechos del comercio fueron dados a los
victoriosos en Damasco. Este generoso y benévolo tratamiento de Israel a su peor
enemigo, era parte de la política exterior de Acab de establecer alianzas amistosas
con las naciones circundantes. Acab pudo haber anticipado la agresión asiría, y así el
tratado de Afee representaba su plan para retener a Siria como estado tapón
amistoso.
Acab falló en reconocer ante Dios esta grandiosa victoria militar (I Reyes
20:26-43). En ruta a Samaría, un profeta le recordó de forma dramática que un
soldado ordinario pierde el derecho a su vida a causa de la desobediencia. Por
tanto, cuánto más el rey de Israel que no había cumplido su comisión cuando Dios
le aseguró la victoria. La ominosa advertencia del profeta estropeó la celebración
de la victoria de Acab.
El encuentro final entre Elías y Acab tuvo lugar en la viña de Nabot (I Reyes
21:1-29). Frustrado en su intento de comprar aquella viña, la decepción de Acab se
hizo pronto aparente para su esposa Jezabel. Esta no sentía el menor respeto por la
ley israelita y desoyó el rechazo consciente de Nabot en vender su propiedad
heredada, ni siquiera a un rey. Acusado por falsos testigos, Nabot fue condenado
por los ancianos y apedreado. Acab tuvo poca oportunidad de disfrutar su
codiciada propiedad. Valientemente, el portavoz de Dios inculpó a Acab por haber
derramado sangre inocente. Por aquella tremenda injusticia, la dinastía Omrida fue
condenada a la destrucción. Incluso aunque Acab se hubo arrepentido, el juicio sólo
fue atemperado y pospuesto para que sucediera tras la muerte de Acab.
Aunque no se menciona en la Escritura, la batalla de Qarqar (853 a. C.) tuvo
una gran significación, lo bastante para ser narrada en los anales asirios, ocurriendo
durante la tregua de tres años entre Siria e Israel (I Reyes 22:1). Los asirios, bajo
Asur-nasir-pal II (883-859 a. C.), habían establecido contactos con el Mediterráneo
pero evitado cualquier agresión hacia Siria e Israel. Salmanasar III (859-824 a. C.),
no obstante, encontró oposición. Tras tomar numerosas ciudades al norte de
Qarqar, los asirios fueron detenidos en su avance por una fuerte coalición, la cual
Salmanasar registró en una monolítica inscripción, como sigue: Hadad-ezer (Ben-
adad) de Damasco tenía 1.200 carros de combate, 1.200 jinetes de caballería y
20.000 hombres de infantería; el rey Irhuleni de Hamet contribuyó con 700 carros,
700 jinetes y 10.000 soldados de infantería; Acab el israelita suministró 2.000 ca-
rros y 10.000 infantes. Aunque a Acab no se le atribuye haber poseído ninguna
caballería, es recordado por haber hecho la gran contribución con los carros de
combate utilizados en Israel, la mayor conocida desde los tiempos de David.
Salmanasar alardeó de una gran victoria. Cuan decisiva fue, es algo discutible,
puesto que los asirios no avanzaron hacia Hamat ni renovaron su ataque durante
los siguientes cinco o seis años.
Con el inmediato peligro de una invasión asiría conjurada, la tregua de tres años
entre Israel y Siria terminó cuando Acab intentó recobrar Ramot de Galaad (I Reyes
22:1-40). Thiele sugiere que la batalla de Qarqar tuvo lugar en julio o a principios
de agosto, de tal forma que esta batalla siró-israelita ocurrió más tarde en el mismo
año, antes de que Acab hubiese licenciado sus tropas. La afinidad entre las familias
reales de Israel y Judá implicaba a Josafat en este intento de desalojar a los sirios de
Ramot de Galaad. Por tres años el fracaso de Ben-Adad de recuperar la ciudad, de
acuerdo con el pacto de Afee, tuvo indudablemente que haber sido descuidado por
Acab mientras se enfrentaban a la común amenaza asiría.
Josafat apoyó a Aacab en esta aventura, pero su interés genuino estuvo en la
dirección divina. Los 400 profetas de Acab, unánimemente aseguraron a los reyes
de la victoria con Sedequías incluso usando un par de cuernos de hierro para
demostrar cómo Acab corneaba a los sirios. Pero el rey Josafat tuvo una incómoda
intuición. Aunque Micaías sarcásticamente envalentonaba a los reyes para
aventurarse contra Siria, afirmó sinceramente que Acab sería muerto en aquella
batalla. Como resultado, Micaías fue puesto en prisión con órdenes reales de
dejarle en libertad, si Acab retornaba en paz.
Sabiendo esto, Acab se enmascaró mientras Israel y Judá se lanzaban con su
ataque sobre Ramot de Galaad. Reconociendo la capacidad de Acab como líder
triunfador de Israel, el rey de Siria dio órdenes de matarle. Cuando los sirios
perseguían al carro real, y se dieron cuenta que su ocupante era Josafat, se
aplacaron. Sin que los sirios lo supieran, una flecha perdida atravesó a Acab que le
hirió mortalmente. No solamente quedó Israel sin un pastor, como Micaías había
predicho, sino que las palabras de Elías el profeta quedaron literalmente cumplidas
a la muerte de Acab (I Reyes 21:19).
Acab fue sucedido por Ocozías, quien reinó aproximadamente un año (853-
852 a. C.). Dos cosas hay que recordar de sus asuntos con el extranjero. No
solamente no tuvo éxito Ocozías al reclamar Moab para la dinastía omrida (II
Reyes 3:5) sino que su expedición naval conjunta con Josafat en el golfo de Acaba
también terminó con el fracaso (II Crón. 20:35). Cuando Ocozías propuso otra
aventura, Josafat, habiendo sido amonestado por esta alianza por el profeta Eliezer,
rehusó cooperar (I Reyes 22:47-49).
Con ocasión de una grave caída, ignoró al profeta Elías y envió mensajeros a
Baalzebub en Ecrón. Elías intercepto a tales mensajeros con la solemne advertencia
de que Ocozías no se recobraría. Tras varios intentos de capturar a Elías, fue
llevado directamente hasta el rey. Como con Acab, su padre, Elías advirtió
personalmente a Ocozías que el juicio de Dios le aguardaba porque había
reconocido dioses paganos e ignorado al Dios de Israel. Esta pudo haber sido la
última aparición de Elías ante un rey (852 a. C.), puesto que no se hace ninguna
mención de cualquier acción con Joram, rey de Israel.
Elías y Eliseo habían cooperado estableciendo escuelas para profetas. Cuando
Eliseo comprobó que su ministerio conjunto tocaba a su fin, pidió una doble
porción del espíritu que había quedado sobre Elías. Unos caballos de fuego y un
carro separaron a los compañeros y Elías fue llevado a los cielos por un torbellino.
Cuando Eliseo vio a su maestro desaparecer, recogió el manto de Elías y