Terrorismo Iran/Argentina; Causa Armada
La administración Bush afirma que la explosión en Argentina en 1994
tuvo a Irán como patrocinador del terrorismo mundial. Pero una
nueva investigación no encuentra indicios de una conexión con Irán.
Por Gareth Porter para The Nation
A pesar de que las armas nucleares e Irak han sido el foco principal de
la campaña de presión de la administración Bush hacia Irán, los
funcionarios de EE.UU. continúan señalando también a Irán como el
patrocinador más importante del mundo del terrorismo. Y la táctica más
reciente es reflotar una acusación que data de años, apuntando a Irán
como responsable del notorio atentado en Buenos Aires, que destruyó
una asociación mutual de la comunidad judía, conocida como la AMIA,
matando a ochenta y seis personas e hiriendo a 300, en 1994. Altos
funcionarios del gobierno que no deseaban revelar su identidad, dijeron
al Wall Street Journal el 15 de enero de 2008, que el atentado en la
Argentina “sirve como un modelo de cómo Teherán ha utilizado sus
embajadas en el exterior y la relación con grupos extremistas extranjeros,
en particular, Hezbollah, para atacar a sus enemigos”.
Esta campaña de propaganda dependió en gran medida de la decisión
que en el pasado tomara la Asamblea General de Interpol, cuando votó a
favor de poner cinco ex funcionarios iraníes y un líder de Hezbollah en la
lista de alerta rojo de la organización policial internacional, por
supuestamente haber planeado en 1994 la explosión de julio. Sin
embargo, el Wall Street Journal informa de que era la presión de la
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administración Bush, junto con los diplomáticos israelíes y argentinos, lo
que garantizó el voto de la Interpol. De hecho, la manipulación de la
Administración Bush del caso argentino es perfectamente acorde con su
larga práctica de distorsión y fabricación de evidencias para construir un
caso contra sus enemigos geopolíticos.
Después de varios meses de entrevistas con funcionarios de la
Embajada de EE.UU. en Buenos Aires familiarizados con la investigación
argentina, el jefe del equipo del FBI que prestó asistencia y los más
conocedores investigadores argentinos independientes del caso, me
encontré con que no hay pruebas reales para implicar a Irán en el
atentado. En base a estas entrevistas y al registro documental de la
investigación, es imposible evitar la conclusión de que el caso contra Irán
por el atentado a la AMIA ha sido impulsado desde el principio por la
enemistad de EE.UU. hacia Irán, no por un deseo de encontrar a los
verdaderos autores.
“Un muro de supuestos”
La política de EE.UU. hacia la explosión fue desigual desde el principio
por una estrategia de la administración de Clinton para aislar a Irán,
aprobada en 1993 como parte de un entendimiento con Israel en las
negociaciones de paz con los palestinos. El mismo día del crimen, antes
que nada se hubiera sabido de quién fue el responsable, el Secretario de
Estado Warren Christopher culpó a “los que quieren detener el proceso
de paz en el Medio Oriente” - una clara referencia a Irán.
William Brencick, entonces jefe de la sección política de la Embajada de
EE.UU. en Buenos Aires y la Embajada de contacto primario para la
investigación, refirió en una entrevista que le realice en junio de 2007 que
“un muro de supuestos” guió el acercamiento de los EE.UU. para con el
caso. La hipótesis principal de Brencick refería, que la explosión fue un
atentado suicida y que el uso de una bomba suicida, lleva a indicios
razonables de la participación por parte de Hezbolá - y por lo tanto de
Irán.
Sin embargo, la tesis del atacante suicida rápidamente encontró serios
problemas. A raíz de la explosión, el gobierno de Menem pidió a Estados
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Unidos que enviara un equipo para ayudar en la investigación, y dos días
después del atentado, los expertos de la Oficina de Alcohol, Tabaco y
Armas de Fuego llegó a Buenos Aires junto con tres agentes del FBI.
Entrevistado el jefe del equipo, experto en explosivos ATF Charles
Hunter, por un equipo de investigadores independientes encabezado por
el periodista Joe Goldman y el periodista de investigación argentino
Jorge Lanata, Hunter dijo que tan pronto como el equipo llegó, la Policía
Federal presentó una tesis de que una Renault Trafic de color blanco
llevaba la bomba que destruyó la AMIA.
Hunter identificó rápidamente las diferencias considerables entre el
coche-bomba de la tesis y el patrón de la explosión registrada en fotos.
Él escribió un informe dos semanas más tarde, donde señaló que a raíz
de la explosión, la mercadería en un almacén inmediato a la derecha de
la AMIA, fue empujada contra las vidrieras de la fachada y la mercadería
en otra tienda había volado a la calle - lo que sugiere que la explosión se
produjo desde el interior y no fuera del edificio. Hunter también dijo que
no entendía cómo el edificio de enfrente todavía podía estar de pie si la
bomba había estallado frente a la AMIA, según lo sugerido por la tesis del
coche-bomba.
La falta de testigos oculares apoyando la tesis era igual de sorprendente.
De alrededor de 200 testigos de la escena, sólo uno afirmó haber visto
una Trafic Renault blanca. Varios testigos declararon que estaban en el
lugar donde la Trafic debió haber estado cuando se produjo la explosión
y no vio nada. Nicolasa Romero, la esposa de un policía de Buenos
Aires, fue la única testigo. Dijo que vio a una Renault Trafic blanca
acercandose a la esquina donde ella se encontraba con su hermana y su
hijo de cuatro años. Pero la hermana de Romero testificó que el vehículo
que les pasó no fue una Trafic blanca, sino más bien un taxi negro y
amarillo. Otros testigos dijeron haber visto un taxi negro y amarillo
segundos antes de la explosión.
Los fiscales argentinos sostuvieron que fragmentos de una Trafic blanca
se incrustaron en la piel de muchas de las víctimas de la explosión
demostrado su caso de un ataque suicida. Pero esa evidencia fue
desacreditada por Gabriel Levinas, un investigador del propio equipo
legal de la AMIA. Levinas es miembro de una familia judía de liderazgo
en Buenos Aires, que había publicado una revista de derechos humanos
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durante la dictadura (el coche de su tío fue utilizado para secuestrar a un
criminal de guerra Adolf Eichmann, llevado posteriormente a Israel para
ser juzgado en 1961.)
Él descubrió que el fabricante de Trafics blancas había enviado los
fragmentos del vehículo recuperado por la policía para su análisis y se
determinó que ninguna de las piezas había sido sometida a altas
temperaturas. Eso significa que estos fragmentos del coche no podrían
haber provenido desde la Trafic en cuestión que la policía había
identificado como el coche bomba suicida.
Sin embargo, a pesar de la falta de testimonio de testigos y la debilidad
de las pruebas forenses, el Departamento de Estado adhirió
públicamente a la historia de un atentado suicida con bomba en 1994 y
1995.
El problema, la falta de motivo
Investigadores independientes se han cuestionado el motivo por el cual
Irán llevaría a cabo una acción contra judíos argentinos, mientras que
sus aliados de Hezbolá estaban envueltos en la lucha armada con el
Ejército israelí en el Líbano. En la acusación de 2006 a varios
ciudadanos iraníes, los fiscales argentinos sostuvieron que Irán planeó el
ataque a la AMIA porque la administración de Carlos Menem canceló
abruptamente dos contratos para la transferencia de tecnología nuclear a
Irán.
Pero la acusación en realidad ofrece extractos de los documentos clave
que afectan a esta conclusión. De acuerdo con un cable del 10 de
febrero 1992 del embajador de Argentina en Irán, el director del
Departamento para América del Ministerio de Relaciones Exteriores de
Irán había enfatizado “la necesidad de alcanzar una solución al problema
de la transferencia de tecnología nuclear para evitar el daño a los demás
contratos”. Irán, por tanto, claramente señaló su esperanza de encontrar
una solución negociada que podría reactivar los contratos suspendidos y
mantener otros acuerdos con la Argentina también.
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El 17 de marzo de 1992, la explosión de una bomba destruyó la
Embajada de Israel en Buenos Aires - un incidente en el cual para los
fiscales de Argentina, también Irán era responsable. La acusación, sin
embargo, cita a un alto funcionario de INVAP, una empresa nuclear
argentina, que dominó la Comisión Nacional de Energía Atómica, quien
dijo que durante 1992 hubo “contactos” entre INVAP y la Organización de
Energía Atómica de Irán “con la expectativa de que la decisión del
gobierno nacional sería revisada, permitiendo que las tareas de los
contratos se reanuden”. El mismo funcionario confirmó que las
negociaciones en torno a los dos proyectos cancelados siguieron desde
1993 hasta 1995 - antes y después de la explosión de la AMIA. Esas
revelaciones sugieren que la actitud de Irán hacia la Argentina en el
momento de la explosión fue exactamente lo contrario de la expuesto en
la acusación.
El motivo para la participación de Hezbolá en el atentado contra la AMIA,
según la acusación, fue una venganza contra el bombardeo israelí de un
campo de entrenamiento de Hezbolá en el Valle de Bekaa, a principios
de 1994 y el secuestro por parte de Israel del líder chiíta Mustapha Dirani
en mayo. Esa teoría no explica, sin embargo, ¿por qué Hezbolá elige
para tomar represalias a los judíos en la Argentina. Ya estaba en guerra
con las fuerzas israelíes en el Líbano, donde el grupo empleaba los
atentados suicidas en un esfuerzo por presionar a Israel para poner fin a
su ocupación. Hezbolá tenia una segunda opción de fácil represalia, el
lanzamiento de cohetes Katyusha a través de la frontera hacia territorio
israelí.
Eso es exactamente lo que Hezbolá hizo para tomar represalias por el
asesinato israelí de unos 100 civiles libaneses en la ciudad de Qana, en
1996. Ese episodio inspiró mayor enojo hacia Israel entre los militantes
de Hezbolá que cualquier otro evento en la década de 1990, de acuerdo
con el especialista en Hezbolá, Augustus Richard Norton de la
Universidad de Boston. Si Hezbolá respondió a esta provocación de
Israel con cohetes Katyusha contra el territorio israelí, difícilmente tiene
sentido que habría respondido a un delito menor de Israel mediante el
diseño de un ataque internacional ambicioso contra judíos en Argentina
sin conexión con la ocupación israelí.
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Armado de la causa
La piedra angular del caso argentino fue Carlos Alberto Telleldín, un
vendedor de coches usados con un historial de negocios turbios con
delincuentes y la policía - y un apellido chiíta. El 10 de julio de 1994,
Telleldín vendió la Trafic blanca, que la policía afirmó fue el coche bomba,
a un hombre que describió como de acento de América Central. Nueve
días después del atentado Telleldín fue arrestado bajo sospecha de ser
cómplice del crimen.
La policía afirmó que llegó a Telleldín por el número de serie en el bloque
del motor de la furgoneta, que fue encontrado entre los escombros. Pero
habría sido un lapsus sorprendente para los organizadores de lo que fue
un atentado de otra manera muy profesional, haber dejado intacta como
una marca de identificación visible, lo que cualquier ladrón de autos sabe
cómo eliminar. Debería haber sido un indicio de que el ataque no fue
probablemente orquestado por Hezbolá, cuyos expertos en explosivos
eran bien conocidos por los analistas de inteligencia de EE.UU. pues han
sido suficientemente inteligentes en la voladura de la embajada
norteamericana en Beirut de 1983, para evitar dejar ninguna prueba
forense que podría llevar de nuevo a ellos. También debería haber
suscitado preguntas acerca de si la evidencia fue plantada por la propia
policía.
Ahora está claro que el objetivo real del gobierno de Menem en la
detención de Telleldín era implicar a actores específicos en la voladura.
En enero de 1995, Telleldín fue visitado por el capitán retirado del Ejército
Héctor Pedro Vergez, quien colaboraba como agente de la SIDE, la
Secretaria de Inteligencia de Estado Argentina, quien le ofreció US$ 1
millón y su libertad si identificaba a uno de cinco ciudadanos libaneses
detenidos en Paraguay en septiembre de 2004 - hombres que según la
CIA podrían ser militantes de Hezbolá - como siendo uno de ellos, la
persona a quien le había vendido la camioneta. Después de que Telleldín
se negó a cooperar, un juez argentino encontró que no había pruebas
para detener a los presuntos militantes.
El tribunal en Buenos Aires, que desestimó el caso contra Telleldín en
2004, determinó que una jueza federal, Luisa Riva Aramayo, se
entrevistó con Telleldín en 1995 para analizar la otra posibilidad - un pago
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para declarar que había vendido la camioneta a varios miembros
destacados de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que fueron
aliados del rival político de Menem, Eduardo Duhalde. En julio de 1996,
el juez Juan José Galeano, quien estaba supervisando la investigación,
ofreció Telleldín de 400.000 dólares para implicar a los agentes de policía
en calidad de cómplices en el atentado. (Una cinta de video hecha en
secreto por agentes de la SIDE fue transmitida en televisión en abril de
1997 mostró a Galeano negociando el soborno.) Un mes después de
hacer la oferta a Telleldín, Galeano acusó a tres altos funcionarios de la
policía de Buenos Aires de haber participado en el atentado, basándose
en el testimonio de Telleldín.
“Toda la cuestión de Irán parecía endeble”
En una entrevista realizada en mayo pasado a James Cheek, el
embajador de Clinton en la Argentina en el momento del atentado, me
dijo: “Que yo sepa, no hubo ninguna evidencia real de la responsabilidad
iraní. Nunca probaron nada”. La pista mas caliente en el caso, recordó,
era un desertor iraní llamado Manoucher Moatamer, que “supuestamente
tenia toda esta información”. Pero Moatamer resultó ser sólo un bajo
funcionario insatisfecho sin el conocimiento de la toma de decisiones
gubernamentales que había proclamado. “Por fin se decidió que no era
creíble”, recordó Cheek. Ronald Goddard, entonces subjefe de la Misión
de EE.UU. en Buenos Aires, confirmó el relato de Cheek. Afirmó que los
investigadores no encontraron nada que vinculara a Irán con el atentado.
“Toda la cuestión de Irán parecía endeble”, dijo Goddard.
James Bernazzani, el jefe de la oficina del FBI para Hezbolá, fue
instruido en octubre de 1997 para reunir un equipo de especialistas para
ir a Buenos Aires y poner el caso AMIA a descansar. Bernazzani, ahora
jefe de la oficina de la agencia en Nueva Orleans, en una entrevista en
noviembre de 2006, dijo cómo llegó a descubrir que la investigación
argentina del atentado a la AMIA no había encontrado evidencia real de
la participación iraní o de la participación de Hezbolá. Las únicas pistas
que relacionan vagamente a los iraníes con el atentado en ese momento,
según Bernazzani, eran una cinta de vigilancia del agregado cultural iraní
Mohsen Rabbani, en busqueda para la compra de una camioneta blanca
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Trafic y un análisis de las llamadas telefónicas realizadas en las semanas
antes del bombardeo.
Poco después del atentado, el mayor periódico de Buenos Aires, Clarín,
publicó una historia, que dejo filtrar el juez Galeano, de que la inteligencia
argentina había grabado a Rabbani buscando una Trafic blanca “meses”
antes del atentado. Un resumen de las órdenes de detención de Rabbani
y otros seis iraníes en 2006, seguía haciendo referencia a “documentos
indiscutibles” probando que Rabbani había visitado concesionarios de
automóviles en busca de una camioneta como la que supuestamente fue
utilizada en el atentado. De hecho, el informe de inteligencia sobre la
vigilancia de Rabbani presentado a Galeano diez días después del
atentado, demuestra que el día que Rabbani buscaba una Trafic blanca,
fue en un concesionario de automóviles el 15 de mayo de 1993 - quince
meses antes de la explosión y mucho antes de que los fiscales
argentinos hubieran proclamado que Irán decidió como objetivo la AMIA.
En ausencia de pruebas concretas, la SIDE volvió al “análisis de enlaces”
de los registros telefónicos para hacer un caso circunstancial de
culpabilidad contra Irán. Los analistas dijeron que una serie de llamadas
telefónicas realizadas entre el 1 de julio y 18 de julio de 1994, a un
teléfono móvil en la ciudad fronteriza brasileña de Foz de Iguazú debe
haber sido hecho por el grupo “operativo” organizador del atentado - y
que una llamada supuestamente hecha con un teléfono celular
perteneciente a Rabbani, puede estar conectada a este mismo grupo.
Bernazzani del FBI me dijo que estaba consternado por el uso que hacia
la SIDE del análisis de enlace para establecer una responsabilidad.
“Puede ser muy peligroso”, me dijo. “Usando este análisis, se podría
vincular mi teléfono a bin Laden”. Bernazzani dijo que las conclusiones
alcanzadas por los investigadores argentinos eran más que
“especulación” y dijo que ni él ni los funcionarios en Washington habían
tomado esto en serio como una prueba contra Irán.
Luego, en 2000, otro desertor apareció en la superficie con una nueva
historia de la responsabilidad iraní. Abdolghassem Mesbahi, dijo que una
vez fue el tercer hombre en el ranking de los servicios de inteligencia de
Irán, declaro ante Galeano que la decisión de bombardear la AMIA se
había tomado en una reunión de altos funcionarios iraníes, entre ellos el
Presidente Akbar Hashemi Rafsanjani, el 14 de agosto de 1993. Mesbahi
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fue desacreditado prontamente. Bernazzani me dijo que funcionarios de
inteligencia estadounidense creen que, en 2000, Mesbahi hacía tiempo
que había perdido el acceso a la inteligencia iraní, que era “pobre,
incluso estaba en bancarrota” y listo para “dar testimonio ante cualquier
país en cualquier caso que involucra a Irán”.
Un informante cuestionable
Bernazzani admitió que hasta el año 2003, el caso contra Irán era
meramente “circunstancial”. Pero según él hubo un gran avance ese año,
con la identificación del presunto terrorista suicida como Ibrahim Hussein
Berro, un militante libanés Hezbolá, que, de acuerdo con un programa de
radio del Líbano, fue muerto en una operación militar contra las fuerzas
israelíes en el sur del Líbano en septiembre 1984, dos meses después
del atentado a la AMIA. “Estamos satisfechos de haber identificado al
atacante sobre la base total de flujo de datos”, me dijo Bernazzani,
citando “una combinación de evidencia física y testimonios de testigos.”
Sin embargo, la identificación de Berro, también, estuvo marcada por
pruebas fabricadas y manipulación.
La historia oficial es que el nombre de Berro fue transmitido a la SIDE y
la CIA por un informante libanés en junio de 2001. El informante afirmó
que había hecho amistad con un chofer de Hezbollah y ex asistente de
los principales líderes de Hezbollah, llamado Abu Mohamad Yassin, quien
le dijo que un militante de Hezbollah llamado “Brru” fue el atacante
suicida. Esa historia es sospechosa por varias razones, siendo la más
evidente que las agencias de inteligencia casi nunca revelan el nombre, o
incluso la posición anterior, de un informante real.
En septiembre de 2003, el testimonio prestado ante la justicia por Patricio
Pfinnen, el funcionario de la SIDE a cargo de la investigación del
atentado a la AMIA, hasta que fue despedido en enero de 2002, arroja
serias dudas sobre la credibilidad del informante. Pfinnen declaró que
cuando él y sus colegas volvieron al informante con más preguntas, “algo
salió mal con la información, o nos estaban mintiendo”. Pfinnen dijo que
su equipo finalmente desechó la teoría de Berro porque las fuentes en el
Líbano habían “fracasado y no tenían garantías”. Concluyó, “tengo mis
dudas acerca de que Berro sea la persona que se inmolo”.
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Después de que Pfinnen fue despedido en una lucha de poder dentro de
la agencia de inteligencia, SIDE consideró a Berro como el atacante
suicida en un informe secreto. En marzo de 2003, justo después de que
el informe se terminó, Ha'aretz informó que el Mossad no sólo había
identificado al atacante como Berro, ademas poseía una transcripción de
la llamada telefónica de despedida de Berro al Líbano antes del ataque,
durante la cual dijo a sus padres que iría a “unirse” a su hermano, que
había sido asesinado en un atentado suicida en el Líbano. Cuando se
publicó en 2006 el auto de procesamiento, quedó claro que no existen
pruebas de la existencia de tal llamada.
En septiembre de 2004 el tribunal de Buenos Aires absolvió a Telleldín y
a los funcionarios de policía que habían sido encarcelado años antes, y
en agosto de 2005 el juez Galeano fue destituido y removido de su cargo.
Pero los sucesores de Galeano, los fiscales Alberto Nisman y Marcelo
Martínez Burgos, continuaron con la esperanza de convencer al mundo
de que podrían identificar a Berro como el atacante. Ellos visitaron
Detroit, Michigan, donde se entrevistaron con dos hermanos de Berro y
obtuvieron fotos. A continuación, se dirigió a la única testigo que afirmaba
haber visto la Trafic blanca en la escena del crimen - Nicolasa Romero.
En noviembre de 2005, Nisman y Burgos, anunciaron que Romero había
identificado a Berro por las fotos de Detroit como la misma persona que
había visto justo antes del atentado. Romero, por otra parte, dijo que “no
podía estar completamente segura” de que Berro fue el hombre en la
escena. En un testimonio judicial, de hecho, ella dijo que no había
reconocido a Berro de la primera serie de cuatro fotografías que le
habían mostrado, o incluso de un segundo set. Finalmente vio algunas
"similitud en la cara" en una de las fotografías de Berro, pero sólo
después de que la policía le mostrara un retrato basado en su
descripción después de la explosión.
Bernazzani me dijo que el equipo del FBI en Buenos Aires había
descubierto pruebas de ADN que se supone que habrían sido del
atacante suicida y se hallaban en un armario de evidencia y Nisman tomó
una muestra de ADN de uno de los hermanos de Berro, durante su visita
en septiembre de 2005. “Supongo, aunque yo no lo sé, que una vez que
tuvimos el ADN del hermano, ellos lo compararon”, dijo. Pero Nisman
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afirmó a un periodista en 2006 que las muestras estaban contaminadas.
Significativamente, la acusación argentina contra los iraníes no hace
mención de las supuestas pruebas de ADN.
A pesar de un caso contra Irán, que carecía de credibilidad, pruebas
forenses, testigos oculares y se basó en gran medida de la inteligencia
dudosa y el testimonio de un desertor desacreditado, Nisman y Burgos
redactaron su acta de acusación contra seis ex funcionarios iraníes en
2006. Sin embargo, el gobierno de Néstor Kirchner mostró dudas acerca
de seguir adelante con un caso legal. Según el periódico judío The
Jewish Daily Forward, cuando los grupos judíos presionaron a Cristina
Fernández de Kirchner acerca de las acusaciones, en una Asamblea
General de las Naciones Unidas en Nueva York en septiembre de 2006,
ella indicó que no había ninguna fecha firme para cualquier acción
judicial contra Irán. Sin embargo, la acusación fue lanzada al mes
siguiente.
Tanto el abogado principal en representación de la AMIA, Miguel
Bronfman, y el juez Rodolfo Canicoba Corral, quien posteriormente emitió
las órdenes de detención para los iraníes, dijo a la BBC que la presión de
Washington fue instrumental en la repentina decisión de emitir las
acusaciones del mes siguiente. Corral indicó que no tenía ninguna duda
de que las autoridades argentinas habían sido empujadas a “unirse a los
intentos internacionales para aislar al régimen de Teherán”.
Un alto funcionario de la Casa Blanca llamó al caso AMIA “Una clara
definición de lo que significa el patrocinio del Estado Iraní en el
terrorismo”. Pero de hecho, la insistencia de EE.UU. sobre el bloqueo de
Irán, a fin de aislar al régimen de Teherán, a pesar de que no tenía
pruebas de tal acusación, es la definición perfecta de lo que significa la
creación de una acusación cínica al servicio de intereses del poder.
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Gareth Porter, el autor, es historiador, destacado periodista de investigación y analista de la política
internacional y militar llevada adelante por Estados Unidos; quien a través de esta profunda entrevista
desnuda como se produjo el armado de la causa AMIA para responsabilizar a la República Islámica de Irán.
The Nation es la revista de mayor antigüedad y renombre en Estados Unidos, la cual se edita
semanalmente y refleja el pensamiento intelectual de centro izquierda. Contribuidores notables de The
Nation han sido Albert Einstein, Martin Luther King, Gore Vidal, Leon Trotsky, Franklin D. Roosevelt, Henry
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