Traducción de Fans para Fans, sin fines de lucro
Traducción no oficial, puede presentar errores
Apoya a los autores adquiriendo sus libros
Micah es la cara más joven y despreocupada de la empresa maderera que
dirige con su amigo Asa y su hermano mayor Rhett. Con encanto de sobra,
nunca ha tenido problemas para conquistar a una mujer... al menos por
un corto tiempo. Pero ahora está listo para sentar cabeza y quedarse con
la mujer curvilínea del bar que ha vuelto a su vida con una pequeña
sorpresa extra...
Kate quiere una familia. Después de dejar a su novio de toda la vida,
decide soltarse en la despedida de soltera de una amiga, donde conoce a
un apuesto hombre de montaña desconocido. Las chispas saltan en un
callejón oscuro, y lo que se suponía que sólo iba a durar una noche
termina teniendo consecuencias que cambiarán su vida...
¿Podrán estos dos amantes reunirse para encontrar el amor mientras
lidian con las repercusiones de su sexy encuentro?
Nota de contenido: Corto y caliente, ¡prepárate para empezar con una
explosión! Un bebé sorpresa está en camino, y este rudo leñador no va a
dejar que ni él ni su mujer se vayan sin luchar.
Capítulo 1
Kate
Cuatro meses atrás
Sherry y Charis cantan 'Girls Just Wanna Have Fun' a pleno
pulmón desde el escenario elevado en la parte trasera del bar. El
público anima con gritos y chillidos, y yo me pregunto cuánto
tiempo debo quedarme antes de poder escabullirme a mi
habitación. Durante este fin de semana en High Ridge, un bonito
pueblo de montaña, todo gira en torno a la boda de Sherry, que
se celebra el domingo, pero yo no estoy hecha para trasnochar
bebiendo y de fiesta.
De hecho, prefiero pasar más tiempo en las rutas de
senderismo que suben por la montaña. El aire limpio y
refrescante y los bosques circundantes son la escapada perfecta
de la ciudad y un hermoso lugar para la novia. Si fuera mi propia
boda, no podría haber elegido un lugar mejor.
Qué bueno que el matrimonio ya no esté en tu futuro.
No después de que la relación de cinco años con mi ex
terminara el año pasado, una relación que duró más de lo
necesario porque George viajaba mucho. Con él fuera la mayor
parte del tiempo, era fácil dejar pasar los problemas u olvidarlos
por completo.
Vivíamos en casas separadas y, cuando salíamos, nos
sentíamos más amigos que amantes; el aspecto físico de nuestra
relación era mediocre. ¿Y cuando finalmente admitió que no
quería casarse ni tener hijos? Bueno, ese fue el último clavo en
el ataúd.
A los treinta y dos años, mi reloj biológico avanzaba como
una bomba de relojería. No podía permitirme perder más años
con alguien cuyos planes de futuro no coincidían con los míos.
Observo el bar atestado de gente mientras mis amigas
empiezan otra canción de karaoke y me fijo en un hombre
sentado al fondo, con la cabeza echada hacia atrás por la risa y
las ondas rubias brillando bajo la tenue luz del bar. Santo
infierno. Este pueblo de montaña tiene su buena ración de
hombres atractivos, a juzgar por todos los que he visto hoy en
nuestro recorrido por la calle principal, pero éste encabeza la
lista.
Hombros anchos y brazos musculosos tensan su camiseta
mientras una sombra de las cinco de la tarde suplica ser tocada.
Hipnotizada, sigo observando al desconocido y busco una
acompañante. ¿Un hombre como él? Yo esperaría una manada
de preciosas mujeres revoloteando alrededor, ávidas de atención.
Sin embargo, parece que está solo, y una idea descarada se forma
en mi cabeza.
Nunca me han gustado las aventuras de una noche, prefiero
la lenta construcción de una relación antes de saltar a la cama.
¿Pero qué he conseguido con mi cautela?
Absolutamente nada.
Excepto estar soltera y sola en la boda de mi mejor amiga,
oficialmente la última de nuestro grupo que no ha encontrado el
amor. Mirar alrededor de la sala y divisar parejas flirteando o
bailando aumenta mi ira, la envidia convirtiéndose en un
monstruo de ojos verdes sobre mi hombro.
Quiero eso.
El tira y afloja de la atracción. Aunque solo sea por esta
noche.
Mi mirada vuelve al dios rubio, que empieza a alimentar toda
una serie de fantasías. De preguntarme qué se esconde bajo su
camiseta... sus vaqueros. Trago saliva ante la imagen de unos
músculos firmes presionando mi cuerpo blando, y mis muslos se
contraen de necesidad.
Se espera tomar malas decisiones en las despedidas de
soltera, ¿verdad?
Tomo un trago del tequila que tengo delante, la sal del borde
se me pega a los labios y decido intentarlo. Lo peor que puede
decir es 'no', lo que me arderá, pero no tendré que volver a verlo.
Me levanto arrastrando los pies, y el coraje y el miedo se agolpan
en mi estómago, mezclados con el alcohol que corre por mis
venas.
Mi rutina habitual cuando se trata de hombres atractivos es
evitarlos por inseguridad. Siendo una mujer de belleza media y
con unos kilos de más rodeando mi cintura, su atractivo eclipsa
naturalmente el mío y me hace sentir incómoda, pues sé que
nunca estarían interesados en mí románticamente. Pero esta
noche se trata de arriesgar. Estoy harta de sentirme como una
paria en el mar de parejas felices que me rodea y quiero vivir -por
una vez- una noche de pasión con el hombre más sexy que he
visto nunca.
Deslizándome junto al desconocido, mis manos golpean el
mostrador con excitación, haciendo que el hombre salte ante mi
repentina aparición.
Tranquilízate. No lo asustes siendo demasiado entusiasta.
—¿Necesitas algo, cariño? —Su voz rica y aterciopelada
chisporrotea sobre mi piel, abriéndose camino hasta mi sexo en
contracción.
Eso nunca me había pasado...
El sexo con George era rutinario. Él nunca me provocó una
reacción como la de este hombre con tres palabras. Imaginando
qué más podría extraer de mi excitado cuerpo, mi mirada
desciende hasta su boca, luego baja hasta la gran mano que
envuelve su botella de cerveza.
Primero tiene que aceptar acostarse contigo.
—Soy Kate. He venido a la despedida de soltera de mi amiga.
—Y quiero que me folles. Señalando a Sherry en el escenario, mi
mente busca una mejor forma de expresar mi deseo. Él sigue el
gesto antes de regresar sus ojos divertidos de nuevo a mí.
—Me llamo Micah. —Inclina su botella hacia el escenario. —
¿Por qué no estás ahí arriba con ellas?
—Créeme, les hago un favor a todos no cantando. —Suelta
una carcajada autocrítica, recordando un malogrado concurso de
talentos en sexto curso. Nunca volvería a someterme a ese tipo
de humillación. Inhalo una bocanada de aire, me lanzo y digo: —
En realidad, pensaba que podríamos...
—¡Ahí estás! Te estaba buscando. —Una hermosa mujer de
largo cabello negro rodea el hombro de Micah con un brazo, y la
mortificación me invade mientras el agua helada apaga mi breve
arrebato de valentía. No era de extrañar que se sentara solo.
Estaba esperando a que llegara su cita, no a que una soltera
desesperada le hiciera una proposición. Una soltera que no
podría hacerle sombra a la hermosa modelo que tiene frente a él.
—Lo siento, no me di cuenta... Olvídalo, no importa. Que
pases una buena noche. —Me alejo torpemente de la escena, doy
media vuelta y salgo corriendo, necesitando escapar del
repentinamente sofocante bar. Al menos la mujer apareció antes
de que me humillara por completo -un insignificante resquicio de
esperanza.
Abriéndome paso entre la multitud de gente, un brillante
letrero de 'Salida' me llama sobre una puerta trasera. Empujo la
pesada puerta metálica para abrirla y tropiezo con un callejón
oscuro mientras una brisa refresca el sudor nervioso que se me
acumula en la frente. Una risita burlona resuena en los edificios
de ladrillo entre los que me encuentro.
Por supuesto, la única vez que salgo de mi zona de confort -
intento arriesgarme- y fracaso estrepitosamente. Todos los
festejos de la boda deben haber adormecido mi cerebro para
pensar que podría tener una aventura de una noche con un
extraño sexy. Mejor seguir con los Georges del mundo: seguros y
predecibles, con una lenta construcción.
Y aburridos. El conocimiento se burla de mí, y mi futuro
estático se cierne sobre mí.
Dispuesta a irme a la cama y olvidar los últimos quince
minutos, le envío un mensaje a Sherry para avisarle de que
volveré a mi habitación, para que no se preocupe por mi
desaparición. Después de la boda le contaré el error de esta
noche. Si es que me molesto en contárselo. Aunque alabará mi
valentía, sólo servirá como otro recordatorio de mi vergonzoso
fracaso.
Apoyada en la pared, con la cabeza golpeando ligeramente el
ladrillo, me tomo un momento para calmarme cuando el chirrido
de las bisagras de la puerta llama mi atención.
—¿Kate? ¿Estás bien?
Mi espalda se endereza al oír la voz familiar, y la sorpresa late
en mi pecho, un coro de timbales cobrando vida. ¿Por qué me ha
seguido hasta aquí?
—Sí, por supuesto. Siento haber irrumpido en tu cita. No
quería interrumpir.
Las sombras juegan sobre sus pómulos altos antes de que se
acerque, con la frente arrugada por la confusión. —¿Cita? ¿Te
refieres a Lindsey? Es sólo una amiga.
—Oh. —La simple palabra se interpone entre nosotros, pero
no sé qué más responder. Parecían amigos íntimos si ella se
sentía tan cómoda como para poner su delgado cuerpo sobre el
de él.
Micah señala con el pulgar hacia el bar, donde una música
sorda retumba en las paredes. —Parecías una mujer con un plan
dentro y, como soy un hombre servicial, pensé en ver si podía
ayudarte. Siéntete libre de decirme que me largue si he
interpretado mal la situación. —Una sonrisa infantil de picardía
ilumina su cara mientras la mía se calienta al haber tenido
intenciones tan obvias.
—Y también eres un pequeño engreído, ¿eh?
Se pone una mano sobre el corazón, dando a entender una
postura herida. —Ahora, querida, eso sí que duele. Pequeño no
sería la forma en que lo describiría. —Mueve exageradamente las
cejas y yo me rio, animada por su coqueteo.
—Eres un problema.
—Cierto. Pregúntale a cualquiera en High Ridge. Pero puedo
hacer que valga la pena, si eso es lo que quieres. —Me examina
inquisitivamente mientras su mirada recorre mi cuerpo de pies a
cabeza. Retorciéndome bajo su inspección, me aferro a los
antiguos aguijones de mi valor, reviviéndolos desde el borde de la
muerte ante el brusco cambio de circunstancias.
Esta es tu oportunidad de aceptar un paseo por el lado salvaje.
Di que sí.
—¿Aquí mismo?
Su frente se arruga de asombro, e incluso a mí me choca la
sugerencia. ¿Sexo en un callejón detrás del bar? No es romántico
ni responsable. Más bien sucio y caliente.
Que es exactamente lo que necesitas.
—Donde tú quieras. Tú decides. —Micah se acerca y me
abraza. La colonia picante anula el leve olor a humedad del
callejón, envolviéndome en una nube embriagadora de su aroma.
—Te quiero aquí. Ahora. —Antes de que el miedo o el sentido
común me hagan cambiar de opinión.
—Una mujer de las mías —murmura, rozando sus labios con
los míos, un preludio de lo que se avecina. Sus ásperas palmas
rozan mis caderas hasta llegar al dobladillo de mi vestido azul
marino. —Y tan convenientemente preparada. ¿Formaba esto
parte de tu plan desde el principio? ¿Una noche en el pueblo con
tus chicas antes de seducir a algún afortunado para que se folle
este coño húmedo? Me alegro de haber pasado la prueba.
Oh Dios, yo también.
Cualquier posibilidad de una respuesta coherente se
evapora. Nunca nadie me había hablado así, y no sé cómo
reaccionar si no es devolviéndole el beso con entusiasmo y todo
lo que tengo. Tirando bruscamente de su pelo rubio, nuestras
bocas vuelven a encontrarse en un abrazo frenético mientras sus
dedos se deslizan bajo el dobladillo de mi vestido para posarse en
el centro empapado de mis bragas.
No puedo creer lo excitada que estoy. Literalmente acabo de
ver a Micah e intercambiar algunas frases. Nada espectacular,
pero siento una punzada en el corazón, preparada para su toque.
Tal vez necesitaba esto más de lo que pensaba.
Forjando mi propio camino exploratorio, meto una mano bajo
su camiseta y descubro unos músculos duros que ondulan a lo
largo de un estómago tenso -una marcada diferencia con mis
hazañas sexuales del pasado- y un escalofrío de inseguridad se
desliza por mi deseo.
Nada en mí está en forma ni es firme. Me gustan los dulces y
tejer mientras veo películas de Hallmark.
Maldición, parezco una abuela.
Excepto que las abuelas no suelen follarse a desconocidos
detrás de bares...
La idea me devuelve la confianza: soy joven, estoy en la flor
de la vida. ¿Y qué si soy más curvilínea de lo que él está
acostumbrado? Por la forma en que su creciente polla se clava en
mi cadera, no creo que le moleste.
—Eras tú o el hombre vestido de cuero que está al final de la
barra —bromeo, por fin capaz de responder a su comentario
anterior.
—¿Harold? He oído que le sobra un dedo del pie derecho y
que huele a leche agria. —La ridícula descripción me hace soltar
una risita, algo que nunca he hecho durante el sexo, y es una
combinación extraña: esta mezcla de lujuria y risa.
—Un dedo de más suena interesante...
Micah traspasa la barrera de algodón de mis bragas y penetra
profundamente en mi coño, golpeando mi clítoris con la palma de
la mano. El rápido movimiento me arranca un grito de sorpresa
antes de que me acomode al áspero roce de sus dedos. Olvídate
de la lentitud. Es una muestra dominante de su control sobre mí.
—¿Tienes algún fetiche secreto con los pies que debería
conocer? —gruñe, aumentando el ritmo de sus embestidas.
Una oleada de endorfinas recorre mi piel a medida que llega
mi orgasmo, lo que hace más difícil concentrarme en el coqueteo.
Puede que sea la vez que más rápido me he corrido, algo que a
Micah le encantaría oír, estoy segura. De él emana un aire de
seguridad; sabe que es hábil. Pero la arrogancia no me molesta,
sobre todo cuando soy yo la que recibe su particular talento.
—Una dama nunca revela todos sus secretos.
—¿Pero se correrá en mi mano antes de empaparme la polla?
¿Es eso lo que dice el refrán? —La burla queda sin respuesta
cuando mi cuerpo llega al límite, mis piernas se vuelven
gelatinosas y la fuerza del peso de Micah sobre el mío es lo único
que me mantiene en pie.
Después de una oleada de placer tan intenso, me asalta una
fuerte sensación de fatiga.
No te acobardes ahora o te perderás la atracción principal.
Sí, claro. Aún no me ha follado como es debido. Y, como una
goma elástica, vuelvo a ser consciente de que no quiero perderme
eso.
Capítulo 2
Micah
Maldita sea, soy un hijo de puta afortunado.
Algo que mi hermano mayor Rhett nunca deja de recordarme,
pero como el ángel de su demonio según la gente de High Ridge,
no puedo evitarlo. Extrovertido y simpático, soy todo lo contrario
a Rhett, y esos rasgos nos vienen muy bien en un pueblo que ha
menospreciado a los Olson toda la vida. A pesar de las
habladurías que persiguen a nuestra familia, mi encanto influye
en los negocios a nuestro favor y es un factor importante en el
éxito de la empresa maderera y de construcción de la que soy
copropietario con mi hermano y nuestro amigo Asa.
Los tres crecimos en el lado equivocado de la ciudad, un
hecho que se te pega en una comunidad pequeña. Si a eso le
añadimos el aspecto sombrío y la actitud distante de Rhett y Asa,
tenemos la receta para ser la oveja negra por excelencia de High
Ridge, un título que no favorece el éxito de una empresa. Por eso
mi papel en la empresa es tan importante.
Esta tarde he cerrado otro contrato de tala, lo que me ha
llevado a celebrarlo en el bar de Hank. Por desgracia, Asa estaba
demasiado ansioso por volver con su mujer, Poppy, y Rhett
apenas sale de su cabaña en Black Mountain después de las
horas de trabajo. Pero nunca dejé que sus tendencias ermitañas
me impidieran pasármelo bien.
Y, gracias a Dios, no lo hice esta noche, pues de lo contrario
no tendría a esta mujer tan sexy jadeándome al oído después de
su orgasmo.
Cuando Kate se me acercó en la barra, mi polla se puso
inmediatamente en posición de firmes, agitándose en respuesta
a las tetas que amenazaban con desbordarse por encima de su
vestido. En sus ojos ardía un hambre tímida, y reconocí una
necesidad sensual igual a la mía. Entonces apareció Lindsey, con
un cubo de nieve apagando las llamas mientras Kate se alejaba
como un conejo asustado.
Pero al final tú la atrapaste.
Su coño revolotea alrededor de mis dedos como si quisiera
recordarme mi buena suerte, y un estremecimiento de
satisfacción me golpea el pecho: complacer a Kate es lo más
importante. Me ha echado el lazo con una cuerda entrelazada de
curvas exuberantes, sonrisas recatadas y bromas adorables. ¿No
le parecería adecuada la comparación a Rhett, que siempre me
compara con un joven ciervo que vaga libre y salvaje?
Ni siquiera puedo explicar cómo lo hizo. De un minuto a otro,
me enganchó sin ton ni son. Apoyada entre el edificio de ladrillo
y yo, el letargo delinea su postura relajada mientras mi mente
trabaja para descifrar el rompecabezas de la correa de Kate.
¿De verdad quieres centrarte en ese enigma cuando podrías
estar sintiendo cómo se retuerce en tu polla?
Bien pensado.
Pasando por encima del botón de mis vaqueros, le rozo la
oreja con un beso antes de preguntarle: —¿Estás lista para más,
cariño?
—Sí, estoy bien. Sólo necesitaba un respiro. —Hace acopio
de energía suficiente para inclinar las caderas y tratar de
alcanzar mi hinchada erección, y es toda la confirmación que
necesito para continuar. Saco la billetera y agarro el preservativo
que está en el bolsillo central antes de volver a meter la billetera
de cuero en su sitio.
El envoltorio de papel de aluminio cruje en la noche cuando
lo abro y me cubro rápidamente la polla, y Kate suelta una risita
desconcertada. —¿Siempre tienes uno de esos a mano? ¿Debería
preocuparme?
La desazón aflora, pero me encojo de hombros. —Me gusta
estar preparado y estoy completamente limpio. ¿Y tú?
—Lo mismo. No he tenido relaciones sexuales... —Se detiene
bruscamente, levantando los ojos hacia un punto por encima de
mi hombro. —No importa. Estamos seguros. Estamos bien.
Procede, por favor.
A veces tiene una forma peculiar de hablar, pero me parece
adorable. —Como ordene mi señora. —Sonriendo, mi cuerpo se
mueve hacia delante, mi polla deslizándose entre los pliegues
resbaladizos hasta que presiono su apretada abertura. El lugar
donde estamos dicta un ritmo duro y furioso antes de que alguien
tropiece accidentalmente con nuestra precaria posición, pero
primero la penetro despacio, asegurándome de que está cómoda
antes de meterme hasta las pelotas.
Literalmente.
Mi divertida mirada se fija en el ladrillo rojo que hay detrás
de la cabeza de Kate, con mechones de pelo pegados a la piedra.
Cuando me convenzo de que sigue conmigo, totalmente de
acuerdo con la dura follada que le espera, me suelto con un
rugido de excitación.
Nuestras caderas golpean con fuerza, el golpeteo de nuestros
cuerpos resuena en el oscuro callejón y las tetas de Kate rebotan
con cada embestida, un delicioso regalo que me llama. Una mano
estira el fino escote de algodón de su vestido hasta que se apoya
bajo sus pechos, elevando sus turgentes puntas. Un grito
ahogado recorre a Kate cuando mis labios se aferran a un pezón
sonrosado, sujetando suavemente con los dientes la sensible
punta para que mi lengua la azote con rapidez.
—Micah... —Sus uñas me arañan el cuero cabelludo, y el
leve dolor me hace mordisquearla con más fuerza como
retribución. Repite mi nombre, pero esta vez con un tono agudo,
arquea la espalda y aprieta el coño contra mi polla.
Joder, a mi chica le ha gustado eso.
Espera, espera. ¿Mi chica?
No soy Asa, que encontró a su mujer varada a un lado de la
carretera y se la quedó. Esto es una aventura. Ella está aquí para
una boda y se irá pronto. No puede ser más que esta noche.
Pero el pensamiento me pesa, no se siente correcto, lo cual
tiene poco sentido. Aunque no me opongo a sentar cabeza, he
disfrutado viviendo el momento y siendo libre como un pájaro. Mi
serie de mujeres, como las llama Rhett, siempre saben lo que
hacen y quieren lo mismo: divertirse sin compromiso. Ahora, mi
anterior deseo de ligar me suena a vacío cuando pienso en Kate,
y no tengo ni idea de por qué.
Deja de pensar tanto, maldita sea. Tienes un paquete con
curvas que merece tu atención.
—Dios, qué bien te sientes. —El murmullo interrumpe mis
confusas cavilaciones y me recuerda que debo concentrarme en
lo que importa: follarme a Kate tan bien que sus gritos de éxtasis
resuenan en el callejón. Follármela tan bien que considere la
posibilidad de volver a verme, dándome la oportunidad de
averiguar qué está pasando por mi cabeza y mi corazón.
Ahora, ahí si hay un plan sólido.
Se oyen voces en la parte delantera del bar y la amenaza de
que nos descubran me empuja a redoblar mis esfuerzos,
ahondando profundamente en su clítoris hasta que las sedosas
paredes de su coño se convulsionan a mi alrededor, forzando mi
explosivo orgasmo a seguir al suyo. Amortiguo su grito de
felicidad con un beso ávido, saboreando el tequila en su lengua.
Es terroso con un toque dulce, la descripción perfecta de la
diosa que tengo entre mis brazos.
Después de esperar a que recuperemos el aliento, me alejo a
regañadientes y me quito el condón usado, lo ato y lo tiro a una
papelera a unos metros de distancia.
—¿Cómo te encuentras? le pregunto, ayudándola a
reajustarse el vestido corrido.
—Cansada, pero en el buen sentido. Gracias por... —De un
bolsillo del vestido salen unas campanillas penetrantes y Kate se
detiene, con una expresión de disculpa nublándole la cara. —Lo
siento. No estoy segura de quién me llamaría a esta hora... —
Comprueba el nombre en la pantalla y frunce el ceño. —Es mi
amiga, la novia. Probablemente debería contestar.
Asiento con la cabeza y me alejo para dejarle espacio. —
Adelante. No te preocupes. —Mi retirada me permite observarla
con tranquilidad. Oscuros rubores tiñen su piel por el rasguño
de mi barba nocturna, y la tentación irrefrenable de lamer y
aliviar las marcas se levanta con fuerza en mis miembros.
Una rápida conversación con llantos histéricos resuena en el
teléfono, deteniendo el paso decidido que había dado hacia Kate.
Dios mío, me está atrapando sin ni siquiera intentarlo.
—Todo se arreglará. Ahora vuelvo. —Cuelga y se pasa una
mano agitada por los rizos en espiral, despeinándolos aún más.
—Al parecer, toda la bebida de Sherry esta noche ha culminado
en un caso grave de pies fríos, así que me necesitan para
recordarle exactamente por qué se va a casar con su prometido.
—Suena divertido. ¿Necesitas que te lleve? —Di 'sí'.
—Planeaba caminar, ya que estamos en el bed-and-breakfast
al final de la calle, pero un paseo estaría bien. Gracias. —Salimos
del callejón caminando uno al lado del otro como si no hubiera
pasado nada fuera de lo normal, como si no hubiéramos follado
como un par de conejitos cachondos.
Mi camioneta está estacionada al otro lado de la carretera, y
no han pasado ni cinco minutos cuando llego a The Timber Bed
& Breakfast. Cambio de marcha y estaciono, me apresuro al lado
del pasajero y ayudo a Kate a bajar de la cabina alta.
La incomodidad invade el ambiente antes de que suelte una
resuelta exhalación. —Supongo que esto es un adiós. Gracias
otra vez por traerme y por... ya sabes. —Agita una vaga mano en
el aire para abarcar nuestra apasionada unión. El gesto no
debería ser tan enternecedor, pero el tímido movimiento me
produce un persistente calor en el estómago.
—¿Sexo? ¿Orgasmos? ¿Puedes ser un poco más específica?
—me burlo, tirando del lazo que adorna el centro de su vestido.
Si hubiéramos tenido tiempo suficiente para quitarle todo el
jodido vestido, me habría encantado ver las redondeadas colinas
y valles de su cuerpo.
—Todo lo anterior. —Kate se ríe, y el contagioso sonido me
hace querer acercarla de nuevo para besarla y capturar su
alegría.
Eso no va a ocurrir. Déjala ir. Recuerda lo que es esto.
Un creciente nudo en mi corazón se asienta como una pesa
de plomo, empezando por el centro y desangrándose hacia fuera,
hasta que pienso 'a la mierda' y decido arriesgarme. —Quizá
podríamos...
—Kate, ¿dónde has estado? Sherry se está volviendo loca y te
necesitamos ya —grita una mujer menuda desde la entrada, la
luz se filtra en la noche y el momento se pierde.
—Lo siento. Me tengo que ir, ¡pero fue un placer conocerte!
Adiós. —El arrepentimiento empaña sus facciones mientras Kate
se aleja corriendo y empuja a su amiga hacia el interior tras un
último gesto de despedida.
Mi cuerpo se queda pegado a la acera, mirando la pintoresca
casa que hace las veces de B&B. Hace dos años, los Patterson
encargaron a nuestra empresa la renovación del suelo de madera,
y me imagino a Kate corriendo por los pasillos con la misión de
ayudar a su amiga.
Suspiro con resignación y aparto de mi mente los
pensamientos sobre su cuerpo curvilíneo y su dulce personalidad
mientras emprendo el camino de vuelta a casa. Sea lo que sea lo
que me ha invadido esta noche -la necesidad de algo más que un
encuentro esporádico-, seguro que se me pasa por la mañana, y
probablemente agradeceré que nos hayan interrumpido antes de
pedirle que volvamos a salir.
Claro, sigue diciéndote eso.
Capítulo 3
Kate
En el presente
Grupos de hombres trabajan con determinación alrededor
del almacén de madera de Olson-Keller Lumber & Construction,
un lugar que nunca imaginé frecuentar. Sin embargo, una noche
apasionada hace meses cambió irrevocablemente el curso de mi
vida.
Un eufemismo.
Haciendo acopio de valor antes de acercarme al hombre
parcialmente responsable de mi situación, una risita pesarosa
raspa mi garganta. Por supuesto, la principal razón para poner
fin a mi relación con George el año pasado era casarme y tener
hijos, pero un encuentro impulsivo terminó en un embarazo
sorpresa.
A la vida le encantan los giros irónicos.
Frotándome las manos sudorosas por los vaqueros una vez
más, salgo del coche y me dirijo a un gran edificio en el centro del
aserradero, rezando para que Micah esté aquí hoy. Su posible
reacción a mis noticias es un completo misterio para mí, y la
incógnita me hace perder el equilibrio. Somos desconocidos; no
planeamos que esto sucediera. ¿Podría culparlo si se negara a
participar en la vida de nuestro hijo?
Eso sin duda destrozaría la fantasía que has creado en tu
cabeza de un futuro en el que los dos están juntos y enamorados.
Un sueño tonto, en realidad. Me costó mucho quitármelo de la
cabeza después de nuestro encuentro, ¿pero cuando descubrí mi
embarazo? Todos esos deseos de tener una familia -un esposo
cariñoso y un bebé precioso- se agolparon como una maldita
manada de caballos, compitiendo por la supremacía.
Una vez dentro, la oficina está llena de escritorios y una
mujer me saluda con una sonrisa.
—Hola, ¿puedo ayudarla?
—Busco a Micah. —Sin apellido. La única razón por la que
sé que trabaja aquí es porque recuerdo el logotipo en el lateral de
su camioneta cuando me dejó en el B&B.
—¿Tienes una cita?
—No, pero no tardaré. Cinco minutos como mucho. —Una
estimación optimista por mi parte, pero necesito que la
recepcionista me deje ver a Micah.
El escepticismo nubla el rostro de la mujer, y me pregunto
con qué frecuencia aparecen por aquí mujeres al azar
buscándolo. Probablemente más de las que te gustaría. La imagen
no me hace nada bien, y ya tengo el estómago revuelto por los
nervios y las hormonas del embarazo.
—Por favor. —La ligera desesperación de mi voz debe de
convencerla, porque me hace un gesto para que tome asiento y
levanta un teléfono, presumiblemente para llamarlo.
Unos minutos después, Micah entra en el edificio y las
malditas hormonas vuelven a dispararse al ver lo atractivo que
es. Una parte de mí se preguntó si me había imaginado el
poderoso efecto que tenía sobre mí, pero, al parecer, no lo hice
porque mi cuerpo todavía tiene una reacción visceral ante él.
¿Quién diría que tengo una cosa con los leñadores? pienso
mientras la visión de sus vaqueros oscuros, sus botas y su
camisa gris a cuadros me provoca un pulso de necesidad.
—Kate. —Parece contento de verme, su mirada se bebe mi
cuerpo y una expresión que no reconozco cruza su rostro. —
Salgamos fuera para tener un poco de privacidad.
Micah me hace señas para que me acerque, manteniendo la
puerta abierta, mientras el aire fresco nos envuelve. Es otoño en
las montañas. Pronto será Acción de Gracias, luego Navidad, y
no puedo evitar imaginar lo bonitas que deben ser las fiestas en
la montaña cuando está cubierta de nieve.
La imagen perfecta para una acogedora foto en familia.
—Siento aparecer sin avisar, pero pensé que en persona sería
mejor que una llamada. —Evitando la suave pregunta en sus ojos
y deseosa de terminar de una vez, suelto: —Estoy embarazada y
el bebé es tuyo. Supongo que el condón debió de tener un
minúsculo desgarrón, y por eso no nos dimos cuenta. Pero, al
parecer, eso ocurre.
Unos lejanos serruchos cortan el silencio tras la explosiva
noticia. Me ciño la rebeca con más fuerza, formando un necesario
autoabrazo, mientras espero su juicio. Esta conversación ha
estado pesando sobre mí desde que la prueba de embarazo dio
positivo, pero había subestimado cuánto estrés se centraba en su
respuesta. Porque, por muy dispuesta que esté a ser madre
soltera, me gustaría que nuestro bebé al menos conociera a su
padre.
No te engañes: también te gustaría mucho más que lo conozca.
—Vaya... —Sacude la cabeza. —¿Cuánto hace que lo sabes?
Han pasado cuatro meses, Kate, ¿y me lo dices ahora? —Las
notas de frustración e inesperado dolor en su voz sacuden mis
nervios a flor de piel. No esperaba que la fecha en que me enteré
de mi embarazo lo alterara más que el propio bebé.
—El primer trimestre tenía que pasar sin problemas. No me
pareció necesario preocuparte hasta que las cosas estuvieran
más... asentadas. —Un movimiento cobarde por mi parte quizás,
pero siempre he sido precavida, protegiéndome. La verdad es que
era la primera persona a la que quería llamar; ansiaba que llegara
como un caballero de brillante armadura.
Pero no era justo esperar eso de él. Había firmado para una
aventura fugaz, no para comprometerse de por vida.
Micah camina de un lado a otro, con la agitación reflejada en
sus tensos movimientos. Me concentro en la montaña que se
eleva detrás de él, el paisaje sereno me ayuda a mantenerme
firme mientras las lágrimas me nublan la vista. Maldita sea.
Normalmente, aprecio la catarsis de un buen llanto, pero ahora
no es el momento.
—Entonces, nunca lo habría sabido —murmura para sí. —
¡Cristo! —Micah se pasa una mano por el pelo, y otro resoplido de
disgusto brota de su pecho. —Si tú... —Se detiene en seco, de
cara a mí, con una nube de preocupación disipando la ira. —Por
favor, no llores, cariño. Siento haber estallado; es que me
disgusta pensar que pudieras atravesar sola algo tan terrible
como un aborto espontáneo. Me hubiera gustado estar ahí para
ti.
El sentimiento amable provoca otra oleada de lágrimas. No
puede ser tan bueno. Esto no puede ser real.
—Pero el pasado no importa. Nuestro futuro sí, y vamos a
tener un bebé.
Unos fuertes brazos me rodean la cintura y me permito
confiar en él por el momento, con la cabeza apoyada en su firme
pecho. —Te pido disculpas por llorar. Por desgracia, me pasa
mucho estos días. Y si tomé la decisión equivocada de no decírtelo
antes, también lo siento. Todo esto ha sido demasiado, y no sé lo
que estoy haciendo la mitad del tiempo, y yo...
—Shh, está bien. Ya no estás sólo en esto. A partir de ahora
resolveremos las cosas juntos.
Un escalofrío de alivio recorre mi espina dorsal ante su
promesa.
No te pongas demasiado cómoda. Esto no puede durar para
siempre.
Capítulo 4
Micah
Mi mente se acelera con una lista de cosas que hacer antes
de que llegue el bebé: que Kate se mude conmigo, casarnos,
instalar una guardería... Porque voy a ser padre y esposo. Joder.
Aún no ha dicho 'sí', amigo.
La perspectiva de convertirme en padre y esposo tan pronto
debería asustarme, pero he estado soñando con Kate desde la
noche en que nos separamos. La fuerza magnética que sentí que
me atraía hacia ella no disminuyó con el tiempo, sino que
aumentó. Demonios, aumentó tanto en las pocas horas que
siguieron a nuestra cita que al día siguiente conduje hasta el
hotel en busca de Kate, sólo para descubrir que los invitados a la
boda se habían marchado y que la recepcionista no compartiría
su información privada.
No importó lo mucho que me esforzara en seducirla ni lo
mucho que insistiera en mi conexión con los propietarios a través
de las renovaciones pasadas. Ahora, el destino ha querido que
Kate vuelva a mí, y esta vez no voy a cagarla.
Voy a atarla a mí por cualquier medio necesario. Dejarla
embarazada fue un buen comienzo, aunque no planeado.
Un escalofrío acuoso me recuerda que debo concentrarme en
el momento presente, lo que significa hacer que la embarazada
que llora en mis brazos se sienta mejor. —Puede que me esté
precipitando, pero ¿qué te parece ponerle Harold al bebé?
Un espasmo ahogado de incredulidad la invade. —¿Qué?
¿Harold?
—Me parece apropiado, teniendo en cuenta su presencia en
el bar la noche que nos conocimos. Por su culpa me elegiste a mí,
y mira dónde estamos ahora.
—No vamos a ponerle a nuestro hijo el nombre de un barman
con un dedo de más. Ahí es donde trazo la línea. —Una risita
divertida dibuja una pequeña sonrisa en el rostro de Kate, que se
seca las lágrimas con mi ayuda. El brillo húmedo de sus ojos hace
que los charcos azules adquieran una tonalidad aún más
brillante, una visión hipnotizadora de la que no puedo apartar la
mirada.
—Parece que tienes sentimientos muy fuertes hacia Harold.
¿Significa eso que no está invitado a la boda?
—¿Boda?
Uh-oh. No debería haberlo mencionado tan pronto.
Busco las palabras y me rasco la nuca. —Bueno, sí. Esto no
era lo que tenía en mente como propuesta, pero definitivamente
quiero casarme contigo.
La expresión de 'ciervo ante los faros' que emana de ella sería
cómica si no fuera tan importante que acepte quedarse conmigo.
—Apenas me conoces. No quieres casarte conmigo. —Se echa
hacia atrás, dejando más espacio entre nuestros cuerpos, e
inmediatamente echo de menos su suave calor. —Hoy en día, un
bebé no requiere matrimonio. No estamos en los años cincuenta.
—No, pero quiero que nuestro hijo lleve mi apellido. —Bajo la
voz y sujeto su mandíbula, acercando su cara a la mía, para que
vea lo serio que hablo. —Y necesito que estés unida a mí, para no
volver a perderte.
Capto un breve atisbo de anhelo antes de que desaparezca,
con los ojos en blanco. Tal vez imaginé esa mirada de aceptación.
O fue un destello de luz solar.
—No me perdiste. Nos separamos tras un encuentro
mutuamente satisfactorio. Por la noche. De pie. —Ella enfatiza
cada palabra como si yo no recordara cómo fue esa noche. —El
comportamiento típico después de tales noches.
—Para otras personas, sí. Pero no para nosotros. Una jodida
roca se alojó en mi estómago toda la noche después de dejarte,
pero cuando volví al B&B al día siguiente, ya te habías ido.
—¿Volviste por mí? —Una ligera brisa hace que un mechón
ámbar le susurre en la mejilla. Aparto el mechón del rostro en
forma de corazón de Kate y la sujeto para que no pueda apartar
la mirada.
—Sí. Demonios, en primer lugar no quería dejarte, pero me
dejé llevar por mi cabeza. Dejé que me dijera que mis
sentimientos pasarían. Que mi intensa necesidad de ti era
irracional. Demasiado rápido. Pero ya no me importa nada de eso.
Al diablo con lo razonable.
—Micah, ¿qué haces aquí? ¿No deberías estar con Tom en
casa de Jensen? No tenemos tiempo para que andes jodiendo con
una de tus mujeres. —La voz áspera de mi hermano Rhett corta
el aire, y estoy tentado de golpearlo en la mandíbula por la
interrupción.
—¿Una de tus mujeres? —pregunta Kate, arrugando la nariz
en señal de preocupación.
Y también por ese comentario.
—Ignora a mi hermano. Sólo está siendo un imbécil. —Miro
fijamente a Rhett antes de contestar. —Tom estará bien solo.
Antes tengo que ocuparme de un asunto personal con Kate. —Mi
mano hace un gesto entre ellos a modo de presentación. —Rhett,
Kate.
Rhett asiente en su dirección y me hace señas para que me
acerque para tener algo de privacidad. Pido disculpas por la
grosera intromisión y me acerco trotando a mi hermano, aunque
me cuido de vigilar a Kate porque medio temo que salga
corriendo.
Las manos de Rhett se abultan en los bolsillos del abrigo, con
los puños apretados cerrándose y soltándose mientras intenta
mantener la compostura. —¿Qué clase de asunto personal tienes
que tratar en plena jornada laboral? Esto es un lugar de negocios.
Intenta recordarlo la próxima vez que te visite una mujer.
Aprieto los dientes ante su tono condescendiente y me entran
ganas de bajarle los humos. No se trata de una mujer cualquiera.
Alguien con quien follé y olvidé. Es Kate. La madre de mi hijo.
Puede suponer lo peor de mí, supongo que me lo he ganado,
pero no de ella. No hay comparación entre ella y las mujeres con
las que he salido.
—Cuidado. Pronto se unirá a nuestra familia, así que será
mejor que empieces a dar una mejor impresión.
—¿Unirse a nuestra familia? —pregunta Rhett incrédulo. —
¿De qué demonios estás hablando?
—Está embarazada, y el bebé es mío.
Una ceja escéptica arruga su frente. —¿Cómo puedes estar
seguro? ¿Te has hecho una prueba de paternidad?
—No —gruño en tono de advertencia, —ni necesito hacerla.
Es mío. No vuelvas a sugerir lo contrario.
—Micah, vamos. Sé inteligente con esto. No puedes conocer
bien a esta mujer —argumenta Rhett, la rectitud irradiando de él
como el polvo de una motosierra. —No has mencionado nada
sobre ella, ¿pero ahora estás dispuesto a asumir la paternidad
sin pruebas que respalden sus afirmaciones sobre tu paternidad?
Condenadamente correcto.
Me restriego la cara con una mano cansada y suspiro.
Frustración, porque no me gusta que ofenda el honor de Kate ni
mi juicio. Pero también comprensión, porque es mi hermano
mayor y siempre se preocupa por mí y por mis locuras.
—No compartimos cada detalle de nuestras vidas, ya sabes.
Kate es importante para mí y confío en ella. Así que créeme
cuando te digo que el bebé es mío, y ella va a ser mi esposa. —En
cuanto consiga que acepte mi proposición.
Rhett sacude la cabeza, con la decepción pesándole sobre los
hombros. —Siempre has hecho lo que has querido. Dios sabe que
no puedo detenerte. Sólo espero por tu bien que estés tomando
la decisión correcta. —Un ceño resignado tensa su boca antes de
añadir en voz baja: —Pero pase lo que pase, siempre me tendrás
a mí.
—Gracias, hermano. —No hablamos mucho de nuestros
sentimientos, más que nada porque Rhett es una maldita caja
cerrada, pero momentos como este me recuerdan lo afortunado
que soy de tenerlo. —Ahora, ¿puedo volver con mi mujer? No
puede ser bueno para ella estar tanto tiempo de pie, con cuatro
meses de embarazo.
—Tu mujer —murmura. —Joder. Tú y Asa con la mierda
cavernícola.
—No creas que no vas a ser igual cuando encuentres a tu
chica —me burlo, sabiendo lo obsesionado que puede llegar a
estar Rhett con ciertos temas. La mujer que atraiga su atención
se encontrará con un cavernícola posesivo.
—Olvídalo. Estoy destinado a estar solo, y así es como me
gusta.
Lo que tú digas, hermano.
Me apresuro a volver junto a Kate y noto que un fuerte
temblor sacude su cuerpo a pesar de la chaqueta que lleva
puesta. Por muy agradable que sea el fresco, tenemos que ir a un
lugar cálido y privado. Además, Rhett tiene razón cuando dice
que el aserradero es para los negocios.
No es que me preocupe que la gente sepa que Kate es mía,
pero no tienen por qué oír nuestras conversaciones íntimas y
compartirlas con todo el pueblo. —¿Quieres que vayamos a mi
casa? Allí podremos hablar con más libertad y podrás entrar en
calor.
Ella asiente, saltando sobre los dedos de los pies con
impaciencia. —Me parece bien. Te seguiré en mi coche.
Agradecido por su fácil aceptación, me dirijo a mi camioneta
y me preparo para la charla que nos espera. Una discusión
diseñada para sellar nuestro futuro de una forma u otra.
Capítulo 5
Kate
La casa de Micah me sorprende cuando nos detenemos frente
a una bonita casa diminuta. Hecha de troncos y de dos pisos, las
ventanas se alinean a lo largo de todo un lado de la cabaña
miniatura.
—¿Vives aquí? —pregunto, apreciando la eficiencia de una
casa pequeña pero sin ver cómo puede funcionar para un bebé.
En realidad no vas a casarte con él. O a vivir con él. ¿Qué
importancia tiene?
Me sorprende que su primera sugerencia haya sido el
matrimonio después de saber lo del bebé y, como una adolescente
con la cabeza en las nubes, el impulso de aceptar su propuesta -
de creer en los finales de cuento de hadas- se esconde bajo el
manto de la realidad.
—Sí. Sé que es diferente, pero está hecho a mano por mí,
Rhett y nuestro amigo Asa. Hace unos años, cuando estalló la
moda de las casas pequeñas, nos lanzamos a crear nuestras
propias versiones para venderlas. Al final, decidí que yo también
quería intentarlo, así que aquí estamos. —Se encoge de hombros
como si no fuera gran cosa, pero me impresiona que haya durado
tanto en un espacio tan pequeño.
Bueno, sólo es un hombre.
Pasamos junto a una hoguera antes de que Micah abra la
puerta principal y me haga señas para que entre. Como era de
esperar, el ambiente rústico impregna todo el lugar: asientos de
cuero, fotos de montañas enmarcadas y estatuas de animales
extravagantes que se asoman desde sus escondites.
—¿Quieres beber algo?
—Agua, por favor. Y... —Hago una pausa, avergonzada. —
¿Puedo usar el baño? Mi vejiga ya no es lo que era con este
pequeño presionándola.
—¡Por supuesto! Lo siento, debería haberlo pensado. Está por
aquí. —Desliza una puerta corredera para revelar un pequeño
retrete y una ducha -el lavabo situado justo debajo de la
regadera-. No hay nada en el suelo que separe las distintas zonas,
y una parte de mí se resiste.
Supéralo. Haz tus necesidades y lárgate.
Tras unos minutos de apuro, encuentro a Micah colocando
una mesa extensible y dos sillas plegables. Sobre la desgastada
encimera de madera hay vasos de agua, y la luz de las ventanas
refleja prismas de color.
Micah espera a que me siente antes de acomodarse en su
propio asiento, y mi estúpido corazón se aferra a su
caballerosidad. Mantente fuerte, chica. Junto las manos
sudorosas, las apoyo en la mesa y me preparo para nuestra
próxima conversación.
Empiezo con una pregunta fácil: —Lo primero es lo primero,
después de tu reacción de antes, supongo que quieres formar
parte de la vida del niño.
—Por supuesto. Quiero que seamos una familia como Dios
manda: tú, yo y el bebé.
—¿Y por familia te refieres a marido y mujer?
Su mandíbula se tensa en un enérgico asentimiento. —Puede
que vivamos en tiempos modernos, pero confieso que estoy
chapado a la antigua cuando se trata de ti. De hecho, me siento
positivamente primitivo. —Una nube ardiente desciende sobre
sus ojos, calentando el rico color ámbar. Mis hormonas se activan
de nuevo y mis pezones se tensan hasta convertirse en picos
duros. —Quiero que estés legalmente atada a mí.
Atada a él.
Su declaración provoca una cascada de chispas en mis
venas, y las inapropiadas visiones de mi cuerpo expuesto ante él,
sujeto por corbatas de seda, dan un significado totalmente
distinto a sus palabras. Respiro hondo, el picante de su colonia
no ayuda.
—Pero no puedo casarme con un hombre al que apenas
conozco, aunque sea el padre de mi hijo. —La resolución se
resiste a la embestida de la excitación y me siento un poco
enojada por la traición de mi cuerpo durante una conversación
tan importante. Necesito mantener la cordura, no sucumbir al
deseo. —Podríamos ser terribles juntos, y preferiría no someter a
mi hijo a un divorcio. —Me viene a la mente la separación de mis
padres y me hago la promesa de proteger a mi hijo de semejante
angustia.
—Estoy de acuerdo en lo del divorcio. La parte de ser
extraños podemos rectificarla. High Ridge es mi pueblo natal,
aunque el hecho de ser de aquí no hizo que la gente del pueblo
se encariñara con nuestra familia. Vivíamos en las afueras de la
ciudad y solíamos meternos en muchos problemas. Me licencié
en empresariales por la UNC, especializándome en gestión de
proyectos. —Va tachando datos con los dedos antes de concluir
con una sonrisa pícara. —Ah, y en diciembre cumplo veintisiete
años, así que todo el mes está dedicado a regalos para mí.
—¿Sólo tienes veintiséis años? —La incomodidad me hace
moverme en el asiento. Tiene seis años menos que yo. Lo cual no
es ilegal ni tan descabellado, pero nunca se me había ocurrido
preguntarle la edad.
—¿Por qué? ¿Cuántos años tienes?
—Treinta y dos.
Una sonrisa pícara se dibuja en su boca mientras me
inspecciona de pies a cabeza, o al menos todo lo que puede ver
de mí con una mesa de por medio. —Una mujer mayor. Me gusta.
—Me haces parecer una asaltacunas. No soy tan vieja. —Una
risita a regañadientes burbujea, mis muslos rozándose ante el
tabú implícito de una relación entre nosotros. —Pero a los
veintiséis, ¿estás listo para casarte? ¿Para formar una familia?
Porque no es necesario. Puedes formar parte de nuestras vidas
sin convertirte en esposo y padre a tiempo completo. No es lo que
esperaba de ti cuando vine aquí.
—Pero es lo que estás consiguiendo. —Se cruza de brazos en
un gesto obstinado, y me siento como si estuviera discutiendo
con una pared de ladrillo. Un leñador sexy como pared de ladrillo,
pero una actitud intransigente no nos llevará lejos. Lo único que
intento es velar por los intereses de todos, incluido él.
¿Por qué estás tan segura de que tu forma de actuar, lenta y
cautelosa, es mucho mejor?
Ignoro el pensamiento burlón, no dispuesta a admitir otro
gran riesgo después de que el último desembocara en esta
situación. —No estamos llegando a ninguna parte. Quizá sea
mejor dejar que la noticia se asiente antes de tomar una decisión
precipitada —sugiero, necesitando un respiro. —¿Por qué no
dejamos esta discusión para más tarde? Tengo que volver a casa.
—Es un viaje largo, y ya no me siento con fuerzas cuando pienso
en buscar un hotel para pasar la noche.
Empacaste una bolsa para pasar la noche, 'por si acaso', por
una razón...
—No vuelvas todavía. Quédate aquí y nos conoceremos
mejor. Puedes contarme lo que me he perdido estos últimos
meses. Citas con el médico, cómo te has sentido, ese tipo de
cosas.
Es un detalle que se preocupe tanto por mí, aunque me hace
perder el tenue control que tengo para resistirme a su encanto
persuasivo. De verdad, me encantaría que se saliera con la suya,
pero ¿qué hombre de veintiséis años quiere establecerse
permanentemente tan pronto?
Está siendo impulsivo porque la bomba del bebé es una onda
expansiva que lo envuelve todo. Una vez que sus sentidos hayan
vuelto a la normalidad, se arrepentirá de haber ofrecido
matrimonio. Y no creo que mi pobre corazón pueda soportar una
propuesta retirada, especialmente si he estado de acuerdo.
No, necesito protegernos a todos.
Necesito mantener la cabeza despejada y encontrar la
manera de hacerlo entrar en razón.
Él puede estar en nuestras vidas. Podemos ser padres. Pero
no tenemos que lanzarnos a promesas permanentes -o al menos,
legalmente vinculantes- de para siempre.
Aunque secretamente deseo escuchar esas mismas
promesas de sus labios y saber, sin lugar a dudas, que las dice
en serio.
Capítulo 6
Micah
—No creo que sea una buena idea... —Frunce el ceño en
señal de duda, y el miedo me recorre la espalda por dejarla
marchar sin un plan concreto para que estemos juntos.
—Vamos, te encantará pasar una noche en las montañas,
sobre todo una noche de otoño en la que las estrellas brillan con
claridad cristalina sobre el lago —la engatuso, insistiendo en la
ventaja de nuestra ubicación.
¿Quiere esperar para hablar del futuro? De acuerdo. Pero
seguro que vamos a hacernos amigos. El primer paso es
conseguir que se quede a dormir, para que pueda experimentar
cómo sería vivir aquí conmigo.
Sería jodidamente perfecto si me salgo con la mía.
—Micah... —Su decisión vacila, un resoplido exasperado
llena la habitación mientras una sonrisa renuente juguetea con
su bonita boca. Está tentada; sus ojos cautivos echan miradas
anhelantes por las ventanas que cubren la fachada de la casa. Es
hermosa, con las montañas como telón de fondo de un lago de
agua dulce y cientos de árboles de hoja perenne.
Levanto la mano derecha y actúo como si estuviera recitando
los votos ante un juez. —Prometo no insistir en lo del matrimonio
y mantener las manos quietas... a menos que se me notifique lo
contrario. —Muevo las cejas en una caricatura de expresión
lasciva, esperando una sonrisa de Kate y que acepte mi
invitación.
Primera parte de la misión cumplida.
Reprimo un puñetazo victorioso cuando capto la tímida
inclinación de sus labios y se le escapa una leve risita. Dios, me
encanta cuando se ríe con mis bromas. Sé que puedo ser muy
tontorrón y exagerado -si uno escucha a mi hermano-, pero a
Kate nunca parece importarle. De hecho, tengo la clara impresión
de que le gusta mi particular encanto, lo cual es bueno, teniendo
en cuenta que a mí me gusta todo de ella.
—Si acepto, ¿dónde voy a dormir exactamente? Porque por
muy bonita que sea una casa diminuta, no deja mucho espacio
para invitados.
Tomo nota.
—Usarás mi cama en el piso de arriba mientras yo duermo
aquí abajo. Aunque quizá no deberías subir la escalera al piso en
tu estado... —Miro entre su creciente barriga y la delgada escalera
que lleva al segundo nivel. Maldita sea, no pensaba con claridad
cuando decidí vivir en una casa diminuta. Está bien para el
soltero que solía ser, pero es terrible para un hombre con familia,
el hombre que quiero que Kate me deje ser.
—Las escaleras están bien; no soy una inválida. —Se levanta
y se estira, lo que hace que se le suba la camiseta y me deja ver
la adorable barriguita de nuestro bebé. Todo lo que quiero hacer
es sostenerlo protectoramente entre mis manos, susurrando
todas las palabras de esperanza y amor que brotan dentro de mí
para el niño y su madre. —Además, siempre he querido saber
cómo es vivir en una casa diminuta aunque sea por un breve
momento, así que esta será una aventura divertida. Fuera hay
una bolsa de viaje que he traído por si decidía volver a casa en
coche mañana. La buscaré y...
—No, ya la busco yo. —Señalando hacia su asiento, ordeno:
—Acomódate aquí; piensa qué quieres cenar.
—¿Te estás ofreciendo para cocinar?
—No pensarás que vivo en la ladera de una montaña sin una
habilidad esencial para la supervivencia, ¿verdad? —La verdad es
que tardé años en aprender por fin a prepararme una comida en
condiciones, prefiriendo la comodidad de conducir hasta la
ciudad cada vez que quería comer. Pero lo que Kate no sepa no le
hará daño. Además, me gusta la cara de admiración que pone al
descubrir mis dotes culinarias.
Así es, pequeña mamá. Puedo cocinar, hacerte reír y follarte
hasta media docena de orgasmos. Sólo tienes que decir la palabra.
—Por Dios, no pongas esa cara de satisfacción —murmura,
dándome un empujón juguetón en el brazo antes de volver a
sentarse. —Era sólo una pregunta... aunque, ¿es realmente
peligroso vivir aquí arriba?
—Hemos tenido bastantes cortes de luz por tormentas, pero
nada demasiado terrible. No te preocupes; nuestra nueva cabaña
resistirá todo lo que la Madre Naturaleza le eche. —Quizá debería
haberme guardado esa información para otro momento, pero no
quiero que piense que no puedo proporcionarle lo que necesita.
—¿Nuestra nueva cabaña?
—Prometí no hablar del futuro esta noche, ¿recuerdas? Eso
es todo lo que recibirás de mí. Por ahora. —Una expresión de
rebeldía cruza su adorable rostro, pero se muerde el labio para
contenerse. Silbando divertido, salgo hacia su coche después de
agarrar las llaves que ha tirado sobre la mesa y la dejo
reflexionando sobre mis palabras.
Con un par de llamadas, nuestra nueva casa estará lista para
la próxima primavera, posiblemente alrededor de la fecha en que
ella dé a luz. Y podremos conservar la casa diminuta como una
pequeña escapada para los dos. El camino que tenemos por
delante parece tan obvio -un 'felices para siempre' que nunca
esperé- si Kate acepta confiar en mí y en lo que podemos
construir juntos.
***
El crepitar de la hoguera se interpone entre nosotros cuando
vuelvo a la silla Adirondack que hay junto a la de Kate después
de cenar pollo Alfredo. El tiempo pasa con facilidad una vez que
acordamos dejar para otro día el nubarrón que representa
nuestro futuro, y resulta natural charlar y bromear, como si nos
conociéramos de toda la vida.
—¿Estás bien abrigada? —Ya está acurrucada bajo una
manta de lana, pero sopla otro viento gélido que me preocupa.
—Estoy bien. Entre mi abrigo, esta manta y el fuego, estoy
calentita. —Los músculos tensos de mis hombros se relajan,
liberando la energía acumulada para correr hacia el interior.
Rhett se reiría incrédulo al ver lo ansioso que estoy por satisfacer
todas sus necesidades. No he sido un imbécil con las mujeres en
el pasado, pero definitivamente había más distancia, una
independencia, porque esta fuerza impulsora de complacer y
proteger nunca había existido antes de Kate.
El ulular de los búhos emerge del bosque y, por primera vez
en meses, la satisfacción me cala hasta los huesos. Pasaba la
mayoría de las noches disfrutando de los sonidos
tranquilizadores de la naturaleza -una sinfonía familiar-, pero su
canción de cuna no había tenido su poder habitual hasta ahora.
Con Kate.
Un silencio apacible nos cubre hasta que lo rompo con una
pregunta al azar mientras mi mente revive nuestra primera noche
juntos. —¿Cuál era la emergencia de la boda de tu amiga? —La
fatídica llamada había puesto fin a nuestra velada antes de
tiempo y, sin ella, ¿quién sabe dónde estaríamos ahora? Quizá
hubiéramos seguido en contacto.
—Me sorprende que te acuerdes. —Kate se ríe y se pasa un
mechón de pelo por detrás de la oreja.
Lo recuerdo todo de aquella noche. Cursi, pero cierto.
—Estaba preocupada porque el vestido no le quedaba bien y
luego se convirtió en un mal presagio que significaba que no
debía casarse con su prometido. Fue algo tonto, pero ya sabes
cómo pueden ser las novias.
—Sí, he oído las historias de terror. —Los chismes sobre
novias eran difíciles de pasar por alto. —Entonces, ¿la boda
transcurrió sin problemas?
—Yo no diría eso. —Estalla una risita simpática. —Otra dama
de honor se cayó dos veces caminando hacia el altar y terminó
teniendo que irse antes de tiempo porque su tobillo estaba
hinchado y morado. No debería reírme, pero fue tan inesperado.
Y que se cayera no una, sino dos veces.
Me rio con ella, imaginando las reacciones de los invitados
ante la caída de la pobre dama de honor: conmoción y risas
nerviosas, estoy seguro. Al observar a Kate, mi mente se traslada
a otra boda, una en la que ella va de blanco y yo soy el novio
agradecido que espera llamarla mía para siempre.
—Hablando de bodas, se me ocurre que mientras tú tienes
una idea de mi pasado sentimental, yo no tengo ni idea del tuyo.
—Abordar un tema que he pasado demasiado tiempo
contemplando resquebraja el relajante ambiente, pero la
curiosidad no deja de picarme. —¿Cuál es la historia? Porque me
sorprende cómo puedes seguir soltera.
Una risita apenada precede a un sordo zumbido de tristeza,
y me pregunto qué me contará. ¿Ya ha estado casada? ¿Por eso
duda conmigo? Un millón de hipótesis pasan por mi cabeza
mientras espero su respuesta, temiendo que me diga que ya ha
conocido y perdido al amor de su vida y que ya no tiene nada para
mí.
Sería una mierda, pero por patético que fuera, la aceptaría
como fuera. La amaré lo suficiente por los dos. Amor. Qué idea
tan graciosa: el encantador conquistador en serie está listo para
el compromiso... pero es verdad.
—No hay mucho que contar, salvo la relación de cinco años
que terminé el año pasado.
Joder. Es mucho tiempo para estar con alguien. ¿Todavía
siente algo por este tipo? ¿Desearía que fuera él el padre de
nuestro hijo en vez de yo?
Esta sensación de incertidumbre -inseguridad- es nueva.
Aunque suene engreído, normalmente era yo quien tenía el poder
en las relaciones anteriores. Las mujeres acudían a mí sin mucho
esfuerzo por mi parte. Pero oír hablar del ex de Kate, una relación
que duró años, me desanima un poco. ¿Cómo puedo
compararme?
—Él no quería hijos ni matrimonio. Era feliz con lo que
teníamos, que consistía en una relación a distancia en la que
apenas nos veíamos. Éramos más amigos que amantes. —Se
encoge de hombros y se acurruca más bajo la manta antes de
lanzarme una mirada suplicante. —¿Te sorprende que me cueste
creer que estés listo para casarte y tener un hijo después de
conocerme hace menos de veinticuatro horas? Incluso mi novio
se negó a comprometerse después de cinco años.
—Yo no soy él.
Kate suspira, inclinando la cabeza hacia atrás para mirar las
estrellas, con la resignación escrita en los hombros caídos. —Lo
sé. Los dos son tan diferentes como se puede ser, pero es difícil
creer que por arte de magia he tenido la suerte de encontrar lo
que he querido durante años: un hijo, un esposo. Una familia.
—Imagina lo que es para mí. En un momento soy un soltero
perpetuo, feliz viviendo el momento. Luego conozco a una morena
sexy con curvas para días, y estoy enganchado. Listo para una
relación para siempre.
—Sí, eso no me hace sentir mejor sobre tu capacidad de
decisión. —Una risa burlona suaviza la insinuación, y su humor
relajado alivia la tensión en el aire.
Me inclino hacia delante, con los codos apoyados en las
rodillas, y en mi estómago se arremolina la comprensión por su
difícil situación, pero no es suficiente para que lo deje pasar. Para
darle más tiempo. Porque temo que se disuada a sí misma de lo
que realmente quiere: que formemos una familia juntos.
—Escucha, no espero que confíes en mí al cien por cien ahora
mismo. No espero que te sientas tan segura como yo de lo que
podríamos tener. Lo único que quiero es que nos des una
oportunidad; no nos rechaces antes de empezar. —Debatiendo
mis opciones, decido ofrecer un compromiso, rezando para que
lo acepte. —Acepta mi propuesta, pero eso no significa que nos
casemos mañana o la semana que viene. Mientras sea antes de
que nazca el bebé, dentro de unos meses, seré feliz.
Estudia mi expresión, y espero que lea la sinceridad en mis
ojos. —Creía que habías acordado no hablar del futuro esta
noche. —El comentario lo dice sin inmutarse antes de continuar:
—Pero lo pensaré. Supongo que, llegado el caso, un compromiso
roto es mejor que un divorcio.
El alivio enfría la creciente ola de preocupación... al menos
por ahora.
—Gracias, es todo lo que pido.
***
Mi erección matutina me despierta de un sueño en el que
Kate agarra mi polla dura. La luz del sol entra por las enormes
ventanas y contengo la respiración, esperando a oír si Kate ya se
ha despertado.
Cuando nada interrumpe el gorjeo de los pájaros que
revolotean fuera, deslizo una mano por mi slip para rascar los
bordes de mi deseo. Acaricio mi polla e imagino a Kate de rodillas,
desnuda ante mí, con los labios rosados rodeando la cabeza en
forma de seta de mi erección. En mi cabeza resuenan dulces
sonidos de succión mientras se toma su tiempo para acariciar la
punta, y mi mano se tensa por reflejo.
Eso es, nena. Justo así, animo a la Kate de mis sueños,
deseando que esté realmente en la cama conmigo. Todas esas
cálidas curvas cubriendo mi cuerpo, la cautela de sus ojos
transformándose en febril necesidad.
Tirando bruscamente de mi polla, la fantasía se intensifica
cuando su delicada mano acaricia el saco que cuelga debajo,
haciéndolo rodar tentativamente en su palma. Un sordo gruñido
de gratificación tartamudea en mi garganta y, poco después,
chorros de semen gotean por mi polla, empapando mi mano y mis
slips.
Me quedo tendido, satisfecho, hasta que un susurro me avisa
de que Kate se ha despertado. Me deshago de la manta de franela
y me apresuro a limpiarme antes de que baje.
El día que tenemos por delante se presenta grande y
trascendental. Kate vuelve a casa en coche y no pienso dejarla ir
sola, lo que seguramente provocará una discusión. Pero es
imperativo demostrar mis intenciones, sobre todo después de que
anoche aceptara pensar en mi compromiso. Evidencia de que su
determinación se está suavizando.
Aunque no quiero presionarla para que tome una decisión,
tengo la sensación de que necesita un empujoncito o, de lo
contrario, el miedo y las dudas provocadas por su pasado se
impondrán.
No te preocupes, pequeña mamá. Tendrás lo que necesitas de
mí... No te defraudaré ni a ti ni a nuestro bebé.
Capítulo 7
Kate
—No necesitabas acompañarme a casa, sabes. Ayer conduje
sola hasta High Ridge, lo que significa que soy capaz de hacer el
viaje de vuelta sin problemas.
La insistencia de Micah en acompañarme durante las dos
horas y media que duró el viaje de vuelta a mi apartamento fue
dulce, confusa y frustrante. Sólo quiere hablar de estar más
tiempo juntos, y yo ya no puedo soportar esa conversación. Las
últimas veinticuatro horas, mi mente ha estado dando vueltas al
tema sin parar, tratando de encontrar una manera de acceder a
su propuesta. Soltar mi miedo y aceptar lo que quiere mi corazón
traicionero e ilógico.
Nuestra discusión en la hoguera si alivió algunas de mis
preocupaciones. Es ridículamente persuasivo, sabiendo las cosas
correctas para decir. Una tenue sonrisa me ilumina cuando me
miro en el espejo del pasillo de mi apartamento.
Pero odio que el impulso de todo esto sea mi embarazo. No
quiero que esté conmigo sólo porque vayamos a tener un bebé.
Quiero que esté conmigo porque me quiere a mí, embarazada o
no, simple y llanamente.
Él te quiere. Ya lo ha dicho muchas veces.
Sin embargo, los muros protectores erigidos a mi alrededor
se niegan a bajar y a creer que es algo más que un capricho
pasajero. Estúpidas inseguridades.
—Lo siento, pequeña mamá, pero a partir de ahora me pegaré
a ti como el pegamento. Acostúmbrate. Como me perdí los cuatro
primeros meses de tu embarazo, tengo tiempo que recuperar.
Pongo los ojos en blanco y resoplo de molestia, aunque en el
fondo me complace su insistencia. Dios, ¡decídete de una vez!
Estas malditas hormonas me van a matar, lo juro. En un
momento estoy dispuesta a olvidar el sentido común y dejarlo
hacer lo que quiera, apostando por la verdad de los finales de
cuento de hadas. Al minuto siguiente, me irrita su negativa a
escuchar, su empeño en forzar una relación romántica por culpa
del bebé.
—De acuerdo. Haz lo que quieras —murmuro, cansada por
el largo viaje y necesitada de una siesta. Hay estudios científicos
que promueven el poder del cerebro para resolver problemas
difíciles durante el sueño, ¿verdad? Quizá este problema en
particular podría ser uno de ellos. Anoche no funcionó, ¿cierto?
—¿Sin restricciones?
Mis pasos se detienen antes de llegar a mi dormitorio. Qué
pregunta tan extraña, y cuando se lo digo, levanta un vibrador
rosa, uno que se ha quedado alto y orgulloso en la mesita. Al
verlo, mis mejillas se sonrojan. Vivo sola y últimamente estoy
muy cachonda, así que demándame por dejar un juguete sexual
a la vista después de ver a Jamie Fraser en Outlander.
Pero no es algo que quisiera que Micah encontrara.
—Dámelo. —Le tiendo la mano. —No se suponía que vieras
eso.
Levanta un brazo por encima de la cabeza, agita el juguete
en el aire y la mariposa de gelatina que tiene a un lado se
balancea con el movimiento. —Oh, sí que te lo voy a dar. —La
sugerente promesa me provoca un calor inesperado y una oleada
de diversión.
—Suena como una mala frase porno. Deja de jugar y dámelo.
—No —se niega, acechándome. —Te ves tensa, y tengo justo
lo que te relajará.
—¿De qué estás hablando? —Un temblor incontrolable entra
en mi voz antes de vibrar hacia abajo.
—Tres cosas. —Sus dedos tachan rápidamente la corta lista.
—Quítate los pantalones, acuéstate en el sofá y separa esos
preciosos muslos. Porque estoy a punto de ayudarte a liberar
toda esa tensión que estás reteniendo. No puede ser bueno ni
para ti ni para el bebé.
Este hombre está loco, pero yo también debo estarlo, porque
obedezco sus órdenes sin protestar. Tiene razón, necesito
liberarme. Hace demasiado tiempo que no siento su toque, y mi
cansancio se transforma en un calor innegable que recorre mis
nervios en carne viva.
Una tela áspera roza la parte posterior de mis piernas
después de bajar al sofá, sintiéndome incómoda y cohibida de
repente. Mi cuerpo ha cambiado desde la última vez que me vio,
y entonces me doy cuenta de que en realidad nunca me vio.
Follamos en un callejón oscuro con la ropa puesta. Extiendo una
mano hacia él, la alarma empieza a apoderarse de mí. —Quizá no
deberíamos. Aún tenemos mucho que descubrir, y dormir juntos
nos nublará el juicio.
—Creo que el tuyo puede soportar un poco de nubosidad. —
Micah se inclina, me rodea los costados con los brazos y me da
un beso reconfortante en la frente. —Hasta ahora, todo lo que tu
juicio te ha dado son meses de hacer esto sola. Días y noches
lidiando con las pruebas de criar a un bebé sin la ayuda del
hombre al que le hubiera encantado estar a tu lado.
El nudo apretado que pesa en mi corazón se afloja ante sus
palabras, ante su persistencia. ¿De verdad puedo ser tan
afortunada? Mi afirmación dubitativa de ayer vuelve a resonar.
No parece posible. No para una mujer como yo, que ha
pasado los últimos cinco años con un novio poco dispuesto a
formar una familia, y ahora descubre a un hombre, listo y
dispuesto, por pura casualidad.
—¿No vas a dejar que te cuide, pequeña mamá? —El cariñoso
susurro me hace cosquillas en la oreja mientras recorre el
delgado caparazón con la lengua antes de trazar una línea suave
por mi cuello. Se me escapa un suspiro al sentir el roce áspero
de su barba a lo largo de mi clavícula, bajando cada vez más
hasta llegar al botón superior de mi blusa. —¿No me dejarás,
dulce Kate?
Que Dios me ayude, pero sí, lo haré.
Es imposible resistirse a él cuando me dedica tiernas caricias
y suaves palabras de aliento. Mi cuerpo anhela el suyo, al igual
que mi estúpido corazón romántico. —Por ahora —permito,
sosteniéndole la mirada mientras unos dedos ágiles abren un
rastro de botones.
Otra concesión por tu parte. Primero te quedas a dormir en su
casa y ahora dejas que vuelva a follarte.
Micah hace una pausa y me empuja un poco hacia delante.
—¿Y después?
No contesto, dejando que lea el recordatorio de nuestra
discusión anterior en las palabras no dichas.
Está claro que no le gusta lo que ve en mi cara porque un
ceño decidido asoma por sus labios. —Supongo que tengo mucho
trabajo por delante. Pero no te preocupes, querida, soy lo
bastante hombre para el reto. —Su confianza me hace sentir un
escalofrío de necesidad directamente en el coño, mientras la
aprensión se abre paso en mi cabeza. Micah no se parece a nadie
que haya conocido antes, y no hay duda de que está
acostumbrado a ganar: un hombre con su aspecto y su encanto
es imposible que pierda.
¿Qué significa eso para mí?
Ríndete a él y disfruta de su atención mientras puedas.
El aire cálido acaricia mi piel cuando me quita la camiseta
antes de deshacerse del sujetador que hay debajo. Desearía
haberme puesto algo más sexy, pero con mis pechos grandes,
sobre todo con este embarazo, necesito toda la sujeción posible.
—Recuerdo estas bellezas. —Micah pellizca un pezón antes
de lamer la carne hinchada.
—Es bueno saber que son memorables en tu mar de mujeres.
—Mi tono es ligeramente mordaz, y hago una mueca de dolor al
escuchar la insinuación, recordando las palabras de su hermano
en el aserradero. —Lo siento, eso no ha estado bien. Todos
tenemos un pasado, y el tuyo no me molesta...
—Está bien. Rhett tiene que aprender a mantener la boca
cerrada. Algo que le recordaré la próxima vez que lo vea. —La
irritación arruga su ceño, tentándome a suavizarla con el dedo.
A la mierda.
¿Por qué debería contenerme? Después de todo, acepté este
momento.
Un zumbido de placer surge de Micah ante el gesto, y una
satisfecha sensación de acierto provoca el mío propio. —No te
pelees con tu hermano —le advierto juguetonamente. —Él me ha
proporcionado más información sobre tu vida, aunque no puedo
decir que me sorprenda que tengas un pasado prolífico con las
mujeres. Tienes una combinación de leñador y chico de al lado,
una mezcla extrañamente potente.
—¿Leñador y chico de al lado? —Micah se ríe, con la cabeza
echada hacia atrás, dejando al descubierto su musculoso cuello,
y me invade otro impulso de trazar las líneas masculinas de su
garganta, de sentir la vibración física de su diversión.
—Créeme, te queda bien. —El vello de su barba se va
estrechando hasta convertirse en una piel suave mientras la
yema de mi dedo traza un mapa de las intrigantes diferencias
entre nosotros, como la protuberancia de su nuez de Adán o el
bronceado dorado pintado sobre unos músculos firmes, nada
parecido a mi cuerpo pálido y regordete.
Micah me guiña un ojo con más encanto juvenil, se encoge
de hombros y me agarra la mano para darme un rápido beso en
la palma antes de volver a su anterior actividad: jugar con mis
pezones. Que se han vuelto increíblemente sensibles con este
embarazo, como demuestra el aullido de dolor que lanzo cuando
Micah me los pellizca con demasiada fuerza.
—Mierda, ¿te he hecho daño? —Se aparta inmediatamente,
preocupado, y yo respiro para calmarme.
—Un poco... Tienes que ser más suave, ya que estas
hormonas alborotan todas las terminaciones nerviosas de mi
cuerpo. —Preguntándome si debería abordar también otro
posible problema, continúo con un suspiro, ahuecando su
mejilla. —Y aunque adoro el aspecto barbudo, incluso la aspereza
está sobrepasando mis límites en este momento. Lo siento...
—No tienes que disculparte, pequeña mamá. Debería haber
considerado lo cuidadoso que tengo que ser ahora.
—Bueno, no me voy a romper ni nada. —Una burbuja de
calidez me envuelve en un capullo de seguridad ante su
preocupación, aunque otra parte de mí -el centro palpitante
enfocado en ser llenado por su polla- no quiere que se contenga
demasiado.
Otra vez estas emociones contradictorias...
—Puede que no, pero aún así puedo moderar mi lujuria lo
suficiente como para garantizar tu placer. Es lo menos que puedo
hacer cuando llevas a nuestro hijo. —Arrodillado ante mí, con el
vibrador en una mano mientras con la otra levanta mi pierna
izquierda hasta que cuelga sobre el respaldo del sofá, Micah me
insta suavemente a recostarme. —Ahora, cierra los ojos y
relájate. Deja que yo haga todo el trabajo por ti. —El calor de su
enorme cuerpo cubre el mío antes de que una brizna de aire
húmedo roce la delicada piel de la cara interna de mi muslo.
Siguiendo sus instrucciones susurradas, cierro los ojos,
aumentando mi conciencia de cada movimiento de Micah. La idea
de relajarme, de liberar la tensión que recorre mis músculos, es
demasiado buena para rechazarla. Es como si un volcán de
nervios hubiera estado creciendo en mi cuerpo los últimos días.
Ni siquiera el sueño me da tregua; mi noche en el loft de Micah
es una prueba de ello, mientras daba vueltas en la cama.
Su boca recorre un camino húmedo antes de rozar mis rizos
íntimos. —Me arrepentí de no haberte probado la primera vez que
estuvimos juntos; ahora es mi momento de rectificar el error. —
Con los pulgares separando mis pliegues, hunde lentamente -
dolorosamente- su lengua en mi coño, los músculos contraídos
ansiosos por apretar y acariciar al intruso.
Dios mío. Mi ex casi nunca me la chupaba, prefería los menos
preliminares posibles. ¿Por qué seguí con él tanto tiempo?
Mis manos desesperadas se aferran a la nuca de Micah,
tirando de los mechones rubios. —Por favor, necesito más... —Se
retira antes de empujar de nuevo. El movimiento de bombeo
controlado imita el intento de recoger las últimas gotas derretidas
de un cucurucho de helado. Entra y sale una y otra vez,
mostrándome a propósito lo mucho que quería decir lo que había
dicho: que me iba a probar, que me iba a saborear -a mí.
—Dios, ¿cómo eres tan bueno en esto? —La pregunta surge
espontánea en el aire sofocante.
Micah levanta la cabeza, con un brillo travieso en los ojos, y
sé que tiene un comentario sabelotodo en la punta de la lengua.
Levanto la mano para taparle la sonrisa. —Olvídalo. No contestes.
—Lo que tú digas, pequeña mamá. De todas formas, habría
sido demasiado fácil. —Compartimos una mirada divertida y, una
vez más, la extraña adición de humor a nuestro sexo me
confunde. Implica un cierto nivel de comodidad que va más allá
de lo físico. Sugiere que su fe en que nuestra conexión es real y
potencialmente duradera es cierta porque nunca he
experimentado algo así con nadie más.
—¿Y estás por encima de las bromas baratas?
—Normalmente no, pero por ti haré una excepción.
Me rio. —Qué amable de tu parte.
—Mhmm... Amabilidad es mi segundo nombre. Junto con
encantador, divertidísimo, excelente en la cama. —Puntualiza la
última parte pulsando un botón, dando vida a mi vibrador. —
Hablando de eso, ¿está este dulce coño listo para más?
Me relamo los labios, miro la gruesa silicona con hambre y
gimo de aprobación. Infiernos, sí.
—Perfecto. No quiero que mi chica sienta nada más que
placer. —Micah pasa la punta alrededor de mi clítoris antes de
dejar que su longitud roce mis resbaladizos pliegues,
empapándolo con mi crema. Cuando está satisfecho con la
cantidad de lubricación, introduce el vibrador más
profundamente, penetrando en mi abertura hasta que una
sensación de plenitud estira los tensos músculos.
El gran peso se detiene cuando la base choca contra mí;
Micah ajusta la mariposa que revolotea hasta que sus dos
antenas bamboleantes se posan sobre mi clítoris hinchado.
Exhalo su nombre en un susurro tartamudeado ante la sensación
concentrada.
—¿Demasiado? —pregunta, y retira la mariposa,
proporcionando un alivio y una decepción instantáneos.
Sacudo la cabeza de un lado a otro y suelto otro gemido
mientras él bombea el vibrador dentro de mí, concentrándose en
mi punto G. —No sé... No puedo pensar con claridad...
—Entonces, lo intentaremos de nuevo. Si empieza a doler,
avísame y lo quitaré. —Sustituye las antenas y añade su boca,
rodeando la silicona giratoria y mi clítoris con sus labios,
succionando rítmicamente al compás de los golpes superficiales
del vibrador. Las dos sensaciones me inundan en oleadas de
intenso placer. Nunca había experimentado nada igual, y la
intensidad roza lo excesivo.
Pero no lo detengo.
Necesito saber qué viene después, cómo se siente uno al
deshacerse tan completamente, al entregarse a un hombre de
forma tan suprema. Segundos, minutos, latidos palpitantes más
tarde, la descarga de adrenalina y endorfinas estalla y espasmos
incontrolables sacuden mi cuerpo mientras el clímax me
desgarra. Una explosión de placer continuo que me deja débil.
El cansancio anterior vuelve con fuerza, aunque matizado de
satisfacción mientras floto en un tranquilo estado de éxtasis.
Qué maravilloso sería poder vivir así todos los días. Lo único
que tendría que hacer es confiar en Micah. Rendirme.
En el fondo, el persistente zumbido cesa y unos brazos
musculosos me envuelven por debajo de la espalda y las rodillas
para llevarme a mi habitación. Suspiro en el pecho de Micah, el
acelerado latido de su corazón retumba en mi mejilla antes de
que me deposite suavemente en la cama. —Duerme, pequeña
mamá. Estaré aquí cuando te despiertes.
Y así me dejo llevar por el primer descanso tranquilo que he
tenido en días.
Capítulo 8
Micah
Una vez que Kate se ha acostado a dormir la siesta, rebusco
en su botiquín hasta encontrar una maquinilla de afeitar y crema
de afeitar. Puede que no sean para la barba de un hombre, pero
servirán.
No tengo una barba tan espesa como la de Asa o Rhett, más
bien una sombra perpetua, pero será un cambio estar bien
afeitado en el futuro inmediato. Aunque no es tan difícil. Si es
demasiado rasposo para la piel sensible de mi chica, entonces
tiene que irse.
Al recordar los pezones rosados que se fruncían para llamar
mi atención, me ajusto la erección que crece rápidamente detrás
de los vaqueros. Maldita sea, fue muy dulce. Por todas partes,
pienso, mientras el sabor de su coño permanece en mi lengua. Y
pronto estaría aún más dulce, con la leche derramándose de sus
tetas. Bastardo codicioso y depravado que soy, no puedo esperar
a beber de ella, a conocer una parte tan íntima de ella.
Jodido infierno.
Mi polla se estremece imaginando ese día, e intento disipar
la creciente excitación concentrándome en la tarea que tengo
entre manos. Me enjabono las mejillas y la barbilla con la crema
de afeitar de aroma afrutado y se me viene a la cabeza la imagen
de un joven Santa Claus antes de que la cuchilla la elimine con
cuidadosas pasadas. Cuando termino, me acaricio las mejillas
suaves con la delicada toalla de mano que cuelga de una barra
lateral e inspecciono mi obra. No está nada mal.
El cuarto de baño de Kate continúa con el tema de los letreros
hogareños del resto de su piso; el que cuelga junto al espejo dice
'Desnúdate' en cursiva negra, y me rio entre dientes con deleite
por el sentimiento.
Cuando salgo del baño y hago inventario, las chucherías de
temporada están esparcidas por toda la casa. Calabazas,
criaturas del bosque y varias versiones de poemas otoñales se
alinean en las paredes y estanterías. Pronto decorarán nuestra
casa: la cabaña de madera que empezaré a planear cuando vuelva
a High Ridge.
Vuelvo a ver a Kate y le quito las llaves para cerrar detrás de
mí mientras compro provisiones para empacar en la tienda más
cercana. No le va a gustar despertarse con la casa medio vacía,
pero los hechos hablan más que las palabras.
La quiero a ella y al bebé conmigo, no a horas de distancia.
Si eso significa tomar medidas agresivas y empacar
preventivamente sus cosas, que así sea. Aunque, después de esta
tarde, me siento más positivo sobre su cambio de actitud hacia
nosotros. La fuerte atracción entre nosotros obviamente arde
dentro de ella también.
Ahora hay que aprovecharla.
Kate es mía. La perdí una vez por vacilación y por una idea
equivocada de que lo que sentía no podía ser tan poderoso como
lo era después de una noche. Nunca más. Hay una conexión entre
nosotros que va más allá del bebé. Algo que ha estado ahí desde
la primera noche.
Caja tras caja, empaco la sala de Kate. Puede que sea un
movimiento de imbécil; estoy seguro de que se va a enojar, pero
al menos se dará cuenta de lo genuino que soy.
Rhett mencionó mi fila de mujeres, excepto que la fila termina
aquí con ella. No habrá nadie más para mí aparte de Kate.
Capítulo 9
Kate
Estiro los brazos por encima de la cabeza y suelto un bostezo
al despertar de la siesta. Sin el estrés y la ansiedad que plagan
mis sueños, he dormido sin agobios por primera vez en mucho
tiempo. El rejuvenecedor descanso ha aplacado algunos de mis
nervios, concediéndome un respiro.
El reloj marca las tres y me pregunto qué habrá estado
haciendo Micah todo este tiempo. Ojalá se hubiera acostado
conmigo. Me despego de la cómoda cama con un bostezo, salgo a
trompicones al salón y veo cajas de cartón apiladas a lo largo de
una pared.
—¿Qué demonios? —La incredulidad disipa la anterior
languidez que invadía mis huesos.
—¿Has dormido bien? —pregunta Micah desde su posición
en la alfombra, sacando libros de una estantería y archivándolos
en una caja preparada, actuando con total normalidad. Como si
no se estuviera extralimitando.
—¿Hablas en serio? ¿Qué estás haciendo? ¿Qué es todo esto?
—Hago un gesto con la mano hacia el recorrido sistemático que
ha hecho por la habitación, desde los marcos que colgaban de la
pared junto al sofá hasta la estantería en la que está ahora.
—Te dije que quería que te quedaras conmigo, y lo dije en
serio. Sólo te estoy ayudando a hacer las maletas.
—¿Y crees que manipulando mis cosas ganarás puntos?
¿Conseguirás que acepte tu proposición? —Mis manos se
flexionan en las caderas mientras me resisto a acercarme a él,
arrancarle el libro que tiene en la mano y golpearlo en un lado de
la cabeza. —¡Y pensar que estaba considerando tu propuesta! Es
bueno saber que me apunto a toda una vida de comportamiento
autoritario.
Ignoro el atisbo de atracción que me produce su movimiento
bárbaro. Esto no es una novela romántica; no puedes dejar que te
someta como un macho alfa.
—Prefiero un comportamiento protector. O servicial. —
Intenta esbozar una sonrisa infantil para relajarme, pero no lo
consigue. No puede salirse con la suya.
¿Estás segura de eso?
—Tengo una vida aquí, no en High Ridge. Esta noticia no era
para obligarte a una boda precipitada en la que fingimos que nos
casamos por algo que no sea el bebé. —Antes de que pueda
protestar, me precipito. —Sí, hay atracción. Deseo. Pero la gente
no construye vidas enteras con esas cosas como cimientos.
¿Por qué no lo entiende?
Micah cierra la caja de cartón que ha terminado de empacar
y la deja a un lado antes de ponerse de pie. —Lo sé. Por eso te
ofrezco más tiempo antes de casarnos oficialmente, pero, por
favor, no me pidas que también viva separado de ti. Quiero estar
ahí para ti. Para los dos. —Hace un gesto hacia mi vientre
redondeado, y froto el lugar para reconfortarme. Para
tranquilizarme.
—Agradezco el sentimiento. De verdad, pero este tipo de
comportamiento... —Miro alrededor de la habitación medio llena.
—Es inaceptable. No me dejaré intimidar.
—Entendido. Lo siento. —Se acerca hasta que sólo nos
separan unos centímetros y puedo ver la sinceridad en sus ojos.
Su rápida disculpa me hace perder el aliento. —Fue una mala
decisión por mi parte. Esperaba demostrar lo genuino que soy a
pesar de la ética de la acción; por favor, no me dejes fuera por un
error.
Vacilante, mis hormonas se disparan por todas partes,
chocando con mi sentido común.
¿Debo confiar en él?
¿No debo hacerlo?
¿Debo darnos una oportunidad?
¿O no?
¿Dónde hay una maldita flor cuando la necesitas para tomar
decisiones importantes en la vida? Una risita ligeramente
maníaca amenaza con estallar antes de que la reprima. Todas las
buenas sensaciones tranquilizadoras de antes han desaparecido
y, en su lugar, se acerca un dolor de cabeza.
Haz lo que quieras aunque sea una decisión equivocada, me
digo. Pero la última vez que hice caso, terminé embarazada de un
desconocido.
Con el bebé que siempre has querido y, posiblemente, con el
hombre de tus sueños.
Es difícil discutir con esa lógica o arrepentirme de la salvaje
decisión que tomé en el bar aquella noche. Tal vez hay algo en
esto de tomar riesgos después de todo.
Tal vez, en lugar de dejarme llevar por el miedo y la duda,
debo dejarme llevar. Estos últimos cuatro meses me han
convertido en una bola de energía nerviosa. Una autómata
empeñada en intentar controlar y prepararse para cualquier
posible fracaso o problema.
He pasado largas noches reprendiéndome por mi imprudente
decisión de aquella noche en el bar, a pesar de querer a este niño
con todo mi ser. Entonces me doy cuenta.
La mayoría de mis problemas provienen del pasado y de la
preocupación por hacer lo correcto. Construir una relación lenta.
Mantener las cosas a paso de tortuga para asegurarme de que es
el camino correcto. ¿Pero no dije que estaba cansada de perder el
tiempo? ¿No fue por eso que rompí con George?
Mi plan de esperar y ver con él terminó conmigo tirando a la
basura años de mi vida. No me desvié del camino hasta que casi
era demasiado tarde. ¿De verdad quiero cometer ese error con
Micah?
Un terror innegable se despliega en mi interior ante la
perspectiva.
No, no quiero.
No lo haré.
Capítulo 10
Micah
En sus ojos parpadean emociones encontradas y un miedo
genuino me golpea en el estómago. ¿He ido demasiado lejos? ¿He
insistido demasiado?
—No quiero dejarte fuera —dice finalmente. —La verdad es
que una parte de mí quiere ceder ante ti, pero me resulta difícil
ignorar las razones por las que no debería hacerlo. —Sus dedos
enumeran una serie de problemas. —Eres joven y estás
acostumbrado a jugar en este campo. Dices que quieres algo
permanente ahora mismo, pero eso puede cambiar en un abrir y
cerrar de ojos. Por no mencionar que no quiero ser la única adulta
en esta relación. Me encanta cómo puedes aligerar una situación
con tu sentido del humor, pero a la hora de la verdad, ¿eres capaz
de ser un socio igualitario, de ser serio?
Es hora de lanzar un Ave María.
Pongo una mano suplicante en el brazo de Kate y le abro mi
corazón, rezando para que me escuche y acepte mis palabras
como verdad. —Muy bien, aquí está, el corazón en un puño: Soy
alegre, despreocupada y a veces irreverente. No hay muchas
cosas que me depriman. —Kate se queda paralizada bajo mi
contacto, con los ojos fijos en mí. —Mi hermano acapara el
mercado de los gruñones y los serios, pero eso no significa que
sea irresponsable o que no pueda cuidar de mi mujer y mi hijo.
De hecho, creo que estoy especialmente cualificado para esas
cosas, sobre todo cuando se trata de ti, pequeña mamá. Eres el
tipo de mujer que mantendrá a nuestra familia con los pies en la
tierra, algo que siempre he necesitado aunque no siempre lo
supiera. —Respirando hondo, continúo: —Pero eso no significa
que vaya a dejarte colgada cuando me necesites o a obligarte a
asumir un papel que no deseas. Si aún no estoy a la altura, lo
estaré; puedes contar con ello. Dilo y haré lo que necesites para
que lo demuestre.
—De acuerdo.
Dos palabras.
Y la esperanza se enrosca tímidamente en mi pecho.
—Te daré una oportunidad, y lo intentaremos a tu manera.
Aunque me pregunto si no es más inteligente que te mudes aquí
hasta que tengamos una casa más grande, porque tu casa
diminuta no va a funcionar, sobre todo a medida que se acerque
la fecha del parto. —Sus manos se deslizan sobre nuestro bebé
protegido en un acto reflejo. —Si no, viviremos juntos estos
próximos meses y veremos qué pasa. Puede que terminemos
casándonos o que, si la relación romántica no funciona,
establezcamos un régimen de co-paternidad. En cualquier caso,
estoy dispuesta a dar el salto de fe contigo.
—Eso es todo lo que pido, cariño.
Nos quedamos en silencio un momento, asimilando la
decisión. Es surrealista que por fin esté a bordo y dispuesta a
confiar en mí, y tengo una idea para sellar la promesa.
—Ahora que estamos de acuerdo, ¿qué tal si lo hacemos
oficial?
Su mirada se vuelve cautelosa. —¿Cómo?
—Creo que necesitas otro desahogo después del estrés de
encontrarme aquí curioseando entre tus cosas y de que te hayas
arriesgado tanto por mí. ¿Quizás necesitas una recompensa?
Algo para empezar este viaje, ¿no? —Paso un dedo por sus
curvas, desde la manzana de su mejilla hasta la suave colina de
su cadera.
—¿Esto se va a convertir en un patrón? ¿Me aliviarás el estrés
con sexo?
—¿Tienes algún problema con eso?
—No, creo que no. —Extiende los brazos. —Hazlo.
—Será un placer.
Mi boca se estrella contra la suya, ansiosa por volver a
saborear mi ración. Retrocedo hasta que mis rodillas tocan el
borde del sofá y nos dejamos caer. Sus muslos se apoyan a ambos
lados de mis caderas mientras aprieta su coño contra mi polla.
—Parece que el sofá también se ha convertido en un hábito.
—Suelta una risita, pero no insiste en irse a su dormitorio.
Sinceramente, si me salgo con la mía, probablemente terminemos
follando en todas las superficies disponibles de este apartamento,
así que al final llegaremos a eso.
Lo único que me importa ahora es demostrarle a mi chica lo
feliz que estoy de llamarla mía. Lo contento que estoy de que
confíe en mí lo suficiente como para correr este riesgo.
No la defraudaré.
La boca de Kate recorre mis mejillas y baja por mi cuello,
tarareando sorprendida. —Te has afeitado... Sin duda pareces
más joven sin ella. —Me muerde un tendón grueso antes de besar
el músculo y continuar. —Pero, por supuesto, eres igual de
atractivo.
—Me alegro de oírlo. No quisiera decepcionarte tan pronto
después de tu decisión de quedarte conmigo.
Su boca se tuerce en una mueca especulativa mientras se
balancea contra mí y me deja sin aliento. —¿Es eso lo que he
aceptado? ¿Vas a ser mi mantenido? —El comentario burlón
retoma el hilo de nuestra diferencia de edad, y mis caderas se
sacuden en respuesta.
—Mantenido. Papá de tus hijos. Servidor general de tus
necesidades. Llámame como quieras mientras sea tuyo.
Me acaricia la garganta con la nariz y emite un ronroneo de
felicidad, un sonido suave que me recuerda al de una gatita
contenta, y no puedo prolongar más esta tortura. Necesito
jodidamente mimarla. Acariciarla y lamerla. Tragarme cada
deliciosa gota de crema de su cuerpo.
Le quito la camiseta de gran tamaño y contemplo con
asombro el país de las maravillas desnudo que tengo delante. Se
me hace agua la boca al ver sus abundantes tetas y su vientre
redondo. ¿Estoy desarrollando una perversión por los embarazos?
—Eres jodidamente preciosa —murmuro, agarrándole los
pechos con posesividad. —No quiero que te tapes nunca. Tienes
que estar expuesta todo el tiempo.
—Suena muy frío —bromea, aunque un rubor escarlata
cubre su piel ante mi elogio.
—No te preocupes. Seguiré todos tus movimientos como un
jodido zorro a la caza, listo para inclinarte sobre lo que esté más
cerca para calentarte rápidamente. —Imaginarme tomándola por
detrás, con su culo arqueado para que lo toque, hace que una
gota de semen brote de mi polla.
Definitivamente vamos a recrear esa escena.
—Hmm... ¿mi sombra personal preparada para follarme a
voluntad? —Sus manos se enredan en el botón de mis vaqueros,
rozándolo con avidez para liberar mi tensa polla. Lamiéndose los
labios en un obsceno gesto de hambre, Kate baja el coño hasta la
protuberante cabeza, abrasando con su calor el grueso tronco
mientras sigue hundiéndose hasta que estoy completamente
aprisionado.
Los dos soltamos gemidos de alivio por haber vuelto a
conectar después de tanto tiempo. Joder, he echado de menos
esto... la he echado de menos a ella. Nuestra única noche juntos
no fue suficiente, y esta tampoco lo será. La certeza en mis
huesos es concreta.
Necesitaré a Kate durante mucho tiempo. Durante el resto de
nuestras vidas.
Murmurando entusiastas palabras de devoción contra su
piel, la ayudo a encontrar un ritmo mientras se balancea sobre
mí. Es un patrón tentadoramente perezoso, pensado para
llevarnos a ese punto final de una forma lenta y fácil, en lugar de
correr precipitadamente hacia el clímax.
Inclinada hacia delante, mi boca no puede resistirse a
deleitarse con los pechos oscilantes que se balancean con cada
giro de sus caderas. Me aferro a un pezón rojo, tratando de
recordar que debo succionar con ternura, no salvajemente, para
no hacerle daño, cuando pierdo el control al notar las gotas
melosas de leche que se deslizan por mi lengua.
Un gruñido de brutal posesión se eleva en mi pecho, y
arrastro su pezón y el dulce néctar más profundamente, mi polla
hinchándose más mientras ella me cabalga.
—Micah... qué... —Kate se esfuerza por ser coherente, sus
manos apretándome contra su pecho. —No te detengas... —Los
músculos flexibles de su coño estrangulan mi polla y el
tembloroso comienzo de su orgasmo desencadena el mío.
Embestidas ásperas y convulsivas entierran mi polla
profundamente mientras chorros calientes de semen cubren sus
paredes palpitantes, un grito desgarrador flota en el aire mientras
Kate sucumbe ante el placer creciente.
Poco a poco, bajamos del subidón, débiles y agotados,
aunque no puedo evitar chuparle el pecho, incapaz de separarme
de su dulzura. Silenciosos maullidos de satisfacción resuenan
entre nosotros: es ella ahogándose en un mar de dicha mientras
yo me emborracho con ella.
—Había oído que esto podía ocurrir: producir leche a las
catorce semanas. Pero no pensé que me pasaría a mí —consigue
susurrarme las palabras al oído, acurrucándose en mí.
—Gracias a Dios, ocurrió. Significa que aún no tengo que
compartirlo. —No es que me importe que nuestro bebé tenga
derecho a la leche materna, pero una parte primitiva de mí se
deleita en poseer este elemento de Kate sin que otro lo reclame.
—Dios, eres codicioso. —Pero a ella no parece importarle,
pues sus caderas se estremecen contra las mías como si estuviera
lista para otra ronda.
—Mmm... Creo que tú también, pequeña mamá. Lo bueno es
que tengo la resistencia para estar a tu altura.
—¿Tú crees? —Kate aprieta intencionadamente su coño
alrededor de mi polla cada vez más gruesa y guiña un ojo. —Eso
ya lo veremos.
Maldita sea.
Sí, ya lo veremos.
Epilogo 1
Micah
Un año después
—Ahí está mi niña. —Levanto a mi hija, que está adorable
con su traje de elfa, su gorro de punto y las botas que le hizo
Kate.
McKayla Katherine Olson. Mi dulce niña.
Es perfecta, como su madre, morena y de ojos brillantes, y
no me canso de mirarla.
—No la alteres demasiado antes de que tengamos que irnos.
Quiero que tenga energía suficiente para la sesión de fotos —me
advierte Kate desde la suite principal. Terminamos la cabaña en
un tiempo récord y pudimos mudarnos dos semanas antes de
que naciera McKayla. Siempre la considerará su casa, y yo no
podría estar más contento.
—No te preocupes, estará bien. ¿Verdad, cariño? —Le hago
cosquillas debajo de la barbilla hasta que suelta un dulce arrullo
de placer. Hoy vamos a hacer la foto familiar para las tarjetas de
Navidad, porque Kate siempre va un paso por delante de lo
previsto. Prefiere tenerlo todo tachado de su lista de tareas
pendientes con meses de antelación si es posible.
La luz que guía a nuestra familia, mi mujer, es de lo más
fiable y firme, además de deliciosamente sexy. Un flashback de la
noche anterior me recuerda exactamente lo deliciosa que es
cuando recuerdo cómo se veía cabalgando sobre mi lengua en la
ducha. Una pierna colgada de mi hombro mientras se estrechaba
contra mí.
Mmm… Estoy tentado de acostar a McKayla para un rapidito,
pero sé que Kate está decidida a que todo salga a la perfección.
Sobre todo porque no solo van a fotografiar a nuestro trío. De
alguna manera, se ha unido a las mujeres de Asa y Rhett para
formar una gran sesión de fotos navideña. Seguro que será
caótico.
Y no me gustaría que fuera de otra manera.
Agarro a Kate por las caderas cuando se acerca, le beso la
frente y le susurro: —Te amo, cariño —incapaz de resistirme a
pronunciar las palabras que adoro decirle.
Se sonroja, algo que me parece increíblemente dulce después
de todos estos meses, y me da unas palmaditas juguetonas en la
mejilla. —Yo también te amo, aunque no creas que eso te librará
si McKayla decide dormirse toda la sesión de fotos por tu culpa.
—Suaviza la advertencia con un suave beso debajo de mi oreja
antes de apartarse.
—¿Has oído eso, cariño? No metas a papá en problemas con
mamá. Hoy queremos ver tu bonita sonrisa. —McKayla me sonríe
y se aferra con más fuerza a mi corazón.
El agarre que tienen tanto ella como su mamá.
Las dos chicas que reclamé después de una aventura de una
noche...
Y lo volvería a hacer.
Epilogo 2
Kate
Cinco años después
Las luces parpadeantes iluminan la pista del club y, entre los
grupos de bailarinas, me dirijo a la barra. Me subo a un taburete
libre y dejo que la corta falda de mi vestido me cubra los muslos.
Una sonrisa pícara se dibuja en mi boca mientras contemplo la
escena que me rodea.
Un par de brazos me aprisionan contra la pegajosa encimera.
—Buenas noches, querida. ¿Qué hace una chica tan sexy como
tú sentada aquí sola? ¿No le preocupa a tu hombre que alguien
te secuestre?
Sin aliento por la voz grave de Micah, me encojo de hombros,
continuando nuestro pequeño juego de roles. De vez en cuando,
nos gusta salir de casa y fingir que es la primera noche que nos
conocimos: extraños cachondos en un bar, que no pueden
mantener las manos quietas.
—No sabría decirte. He aprendido que es difícil encontrar un
hombre con la experiencia suficiente para satisfacer mis...
apetitos —me burlo mientras su mano recorre la piel desnuda de
mi muslo. —Es más fácil cuidar de mi misma que tener un
hombre.
—Parece que has estado conociendo a los hombres
equivocados. —Me mordisquea el cuello y su aliento caliente me
hace cosquillas en la oreja. —¿Por qué no me dejas que te
muestre cuánta razón tengo? ¿Cómo reclamaré este coño como
mío y te haré suplicar por más?
Oh, mi. Está de humor esta noche.
Afortunadamente, cuando el Micah Neanderthal se asoma
para jugar, mis noches favoritas ocurren.
—¿Aquí mismo?
Sonríe mientras recitamos las líneas de nuestro primer
encuentro. —Donde tú quieras. Tú decides.
—Te quiero aquí. Ahora. —Siempre.
Me agarra de la mano, me levanta de la silla y me abre el
camino hacia el exterior. El aire cálido roza mi cuerpo acalorado
por el cambio de aires.
De repente, Micah me hace girar hacia delante hasta que mi
espalda choca contra la pared de ladrillo de un callejón, y termina
la conversación con un estruendo orgulloso. —Una mujer de las
mías. —Entonces su boca se inclina para devorar la mía, y el
amor estalla en mi pecho.
Este hombre y nuestra hija son mi vida. Una vida que es
cualquier cosa menos aburrida, como temía que fuera. No me he
arrepentido ni un solo día desde que decidí confiar en él y
lanzarme a lo desconocido.
Y con sus susurros de adoración jadeando en mi piel, sé que
nunca lo haré.
Fin