100% encontró este documento útil (2 votos)
3K vistas76 páginas

Untitled

Cargado por

mafemontescali18
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (2 votos)
3K vistas76 páginas

Untitled

Cargado por

mafemontescali18
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Traducción de Fans para Fans, sin fines de lucro

Traducción no oficial, puede presentar errores

Apoya a los autores adquiriendo sus libros


Todo lo que Poppy quería era un viaje relajante al bonito
pueblo de montaña de High Ridge. No pensaba quedarse
varada sin nadie a quien pedir ayuda. ¿Qué podía hacer una
chica tímida y con curvas?

Asa es conocido como la Bestia del pueblo. Grande y


amenazante, las mujeres huyen despavoridas. Pero cuando este
hombre de montaña se encuentra con una curvilínea damisela
en apuros, ¿podrá ser ella la única mujer que lo acepte tal y
como es?

Nota de contenido: Dos vírgenes varados en una cabaña... ¡Las


cosas se calientan en la montaña cuando una chica con curvas
conoce a este bestial leñador en una tórrida historia de insta-
love!
Capítulo 1
Poppy

El aire fresco del otoño me acaricia el pelo después de bajar


la ventanilla del coche de camino a casa. Antes, decidí descansar
de mi ermitaño apartamento y conduje treinta minutos hasta
High Ridge, un bonito pueblo de montaña, para ir de compras.
Lleno de tiendas únicas y vistas pintorescas, el pequeño pueblo
evoca vibraciones de Hallmark, y más de una vez pensé en lo
agradable que sería vivir aquí.

La vida en la ciudad no es terrible: está llena de eventos


divertidos y oportunidades para conocer gente. Esa es la razón
por la que me mudé a Everton en primer lugar, salvo que nunca
llegué a participar en esos eventos. Me resulta muy difícil
entablar conversación con desconocidos, y los pocos amigos que
tengo tampoco son muy sociables: no están interesados en asistir
a nada.

Si no aprovecho las ventajas de vivir en la ciudad, mejor


disfruto de las hermosas vistas en un pueblo más pequeño.
Imágenes de mi idílica vida en High Ridge flotan en mi mente
hasta que un estruendo sacude el coche, dándome un susto de
muerte, mientras me aparto rápidamente a un lado de la
carretera al disminuir la velocidad del vehículo. Un denso bosque
me rodea, y los bonitos colores de estación que admiré en mi
camino hacia aquí ya no mantienen su atractivo. En su lugar,
señalan mi desafortunada suerte de estar varada en medio de la
nada.

Decidí no tomar la autopista principal porque quería


serpentear por caminos rurales, pero ahora me arrepiento de esa
decisión. Al estacionar, la quietud se apodera de mí mientras una
oleada de ansiedad me invade. ¿Qué voy a hacer ahora?

Los coches nunca han sido lo mío, y he sido bendecida con


un historial sin problemas. Hasta ahora. Me asalta el
remordimiento por no haberme hecho nunca socia de la Triple A.

Maldita sea mi postergación.

Estúpida.

Aprieto el volante con fuerza y considero mis opciones, que,


hay que reconocerlo, son escasas. Los ermitaños no son
conocidos por sus grandes círculos de amigos, ¿verdad? No es la
primera vez que lamento mi falta de habilidades sociales.

Deja de compadecerte y piensa. Intenta llamando a Tory.

De una corta lista de amistades, ella es la más cercana a mí.


Desplazo el cursor hasta su información de contacto y el teléfono
suena un par de veces antes de que ella conteste con un saludo
despreocupado. De repente, se me cierra la garganta por la
vergüenza y una intensa aversión a pedir ayuda. Me siento como
si me entrometiera en su vida con un problema que debería haber
sido capaz de evitar -pagando la Triple A- o de resolver por mí
misma.

—¿Diga?

Exhalo con fuerza y ahogo las palabras, intentando mantener


un tono alegre. —Siento molestarte, pero mi coche se ha
estropeado al volver de High Ridge. ¿Hay alguna forma de que
vengas y posiblemente auxilies mi coche?

—¡Eso apesta! ¿No tienes asistencia en carretera? Mis padres


pagan el mío y me ha salvado la vida. Sobre todo con el coche que
tengo ahora. No creo que sea buena idea intentar arrancar el
tuyo. Podría freír el mío, el tuyo o ambos. Quizá puedas intentarlo
con otro.

Emociones confusas revolotean en mi estómago. Envidia de


que tenga padres que se ofrecen a pagar un servicio de coche así.
Humillación por haber sido rechazada, sabiendo que ella era mi
mejor opción de ayuda. Y preocupación por lo que voy a hacer a
continuación.

Pero no le digo nada a Tory. Forzando una carcajada, me


desentiendo. —No te preocupes, ya se me ocurrirá algo. Gracias.
Al colgar, la desesperación y el pánico aumentan al ver que
las únicas personas a las que me siento mínimamente cómoda
pidiendo ayuda no pueden acudir en mi auxilio. Jessica está
fuera de la ciudad y Nadine no tiene cables de arranque. Se me
pasa por la cabeza la idea de sugerirle que compre los cables para
poder reembolsárselos más tarde, pero la descarto. Ya me estaría
haciendo un favor conduciendo hasta aquí; no puedo esperar que
también se pase por la tienda.

Se me saltan las lágrimas, odio lo sola y patética que estoy.

¿Quién no tiene al menos una persona a la que llamar


cuando necesita ayuda? ¿Cómo he podido ser tan tonta y no tener
un plan de contingencia para este tipo de cosas?

Apoyando la cabeza en el respaldo del asiento, la luz


anaranjada del sol me ciega cuando empieza a ponerse. Será
mejor que me dé prisa y llame a un taller antes de que cierren. Es
viernes y se acercan las cinco de la tarde; no puedo quedarme
aquí congelada, por muy impotente que me sienta.

Por suerte, mi teléfono tiene cobertura mientras busco


talleres. Al menos eso es bueno. Pero antes de que pueda
contactar con un taller, el teléfono vibra y aparece una pantalla
azul.

Ah, no.

Esto ocurre de vez en cuando cuando decide reiniciarse


aleatoriamente pero se queda atascado en una pantalla. No hay
forma de evitarlo. Tengo que esperar a que muera porque cargar
el teléfono desde cero suele devolverlo a la vida. Lástima que lo
he estado cargando en mi coche todo el día en caso de
emergencia. El chiste soy yo, porque aquí estoy, en una crisis
legítima, sin un teléfono que funcione.

Gimo de angustia, me duele la cabeza por las lágrimas y el


estrés que invaden mi cuerpo. Lo único que quería era pasar un
día relajado fuera, algo que nunca hago porque me convenzo a
mí misma de que no puedo ir a ningún lado si voy a estar sola.
En lugar de eso, las circunstancias me recuerdan lo sola, tonta y
patética que estoy.

¿Es caminar mi única opción? No recuerdo haber visto


mucha civilización detrás de mí, pero ¿qué más hay? ¿Mirar bajo
el capó?

No sé mucho de coches, pero quizá sea algo obvio, como un


tapón salido o poco refrigerante. Llenar la botella con el líquido
azul no está más allá de mis limitadas habilidades. Es,
literalmente, lo único que sé hacer además de inflar los
neumáticos cuando las luces indican baja presión.

Echo un vistazo al asiento del acompañante y trato de


recordar cómo abrir el capó cuando me llama la atención un
botón con un coche y el capó abierto. El botón hace un fuerte clic
mientras la parte superior salta hacia arriba. Me apresuro hacia
la parte delantera del vehículo y mi mano roza el cálido metal
hasta que mis dedos encuentran el pestillo que me permite
levantar el capó por encima de mi cabeza. Lo levanto y examino
la colección de piezas negras, rezando para que me llame la
atención algún problema.

No tengo tal suerte.

Tengo la cabeza gacha cuando un motor retumba y un


camión azul oscuro se acerca lentamente para estacionar detrás
del coche. Mi ritmo cardíaco se dispara cuando un hombre
corpulento baja de la cabina del camión, y los documentales de
asesinatos que he visto en el pasado vuelven a asomar sus feas
cabezas.

—¿Necesitas ayuda? —La voz ronca del desconocido me


llama la atención y una mano temblorosa cubre mi corazón para
frenar sus latidos caóticos. Una espesa barba cubre la parte
inferior de su rostro, mientras unas ondas castañas caen
caóticamente hasta rozarle los hombros.

¿Digo que sí? ¿Digo que no? Estoy varada y él es la primera


persona que aparece desde que empezaron mis problemas con el
coche. ¿Qué probabilidades hay de que sea un asesino en serie y
no un buen samaritano?

—Sí, gracias. No estoy segura de lo que pasa. —Bordea el


guardabarros gris y me apresuro a apartarme de su camino,
manteniendo una corta distancia entre nosotros. De cerca, su
corpulencia es aún más evidente e intimidante.
Alto y ancho de hombros, su pecho de barril se estrecha
hasta unos muslos gruesos como troncos de árbol. Por una vez
en mi vida, me siento pequeña comparada con él, y con una talla
cincuenta de vaqueros, no soy una mujer pequeña.

—Echemos un vistazo. Soy Asa, por cierto.

—Poppy.

Juguetea con un par de tapas y líneas antes de chasquear la


lengua y dar un paso atrás. —Nada destaca como obviamente
erróneo, aunque no soy un experto. Déjame intentar hacerle un
puente; veremos si arranca. Por desgracia, todos los talleres de
coches de la zona deben de estar ya cerrados. ¿Hay alguien a
quien puedas llamar para que te recoja?

No, porque soy patética.

Las lágrimas amenazan con derramarse de nuevo, y


rápidamente me las limpio con la mano, girándome hacia un lado
con la esperanza de que no las vea. Las palabras salen
tartamudeando de mi garganta. —Probablemente intentaré
llamar a un Uber.

Si consigo que mi teléfono funcione.

—No hay muchos Uber por aquí... ¿Estás bien? —Una mano
suave me toma del hombro, guiándome hacia él, pero mantengo
la cara apartada hasta que otra mano me levanta la barbilla. La
vergüenza calienta mis mejillas cuando él es testigo de mi crisis
nerviosa.
—Estoy bien. —Un molesto gorjeo se aferra a mi voz,
traicionando la mentira. —¿Y si la cosa arranca con el puente?
Debería estar bien para conducir hasta Everton, ¿verdad? No es
un viaje tan largo.

—Yo no me arriesgaría; estás varada aquí porque algo anda


mal. No sería seguro para ti si vuelve a ocurrir en una autopista
con mucho tráfico. —Su cabeza da una sacudida negativa
mientras mis hombros se hunden. La inquietud por el peligro
extraño se convierte en preocupación. ¿Qué voy a hacer?

—Estoy seguro de que todo irá bien. Puede que este incidente
haya sido una casualidad. Un puente sería muy apreciado, luego
seguiré mi camino. —Tal vez tenga suerte y llegue a casa sin más
problemas. O al menos estaré lo suficientemente cerca para que
Tory pueda rescatarme desde el costado de otro camino. En este
punto, al diablo el coche. Aceptaría que me llevaran a casa, donde
podría esconderme en la cama y evitar responsabilidades hasta
mañana.

Asa aprieta la mandíbula en señal de desaprobación ante mi


decisión, pero no tiene muchas opciones. A menos que piense
dejarme aquí.

—Bien, esto es lo que vamos a hacer. Haremos puente en tu


coche y esperaremos a que arranque, luego te seguiré a casa para
asegurarme de que llegas bien.

—¡No puedes hacer eso! Sería desviarte una hora. —


Demasiado pedir para un buen samaritano. —Confía en mí, estaré
bien, y si no, tal vez un policía estatal se detenga a ayudar la
próxima vez. En cualquier caso, no es tu problema, aunque
agradezco la oferta. —Ya tengo el estómago hecho un nudo; no
necesito acumular más estrés y vergüenza dejando que este
hombre se desvíe tanto de su camino para ayudarme.

—No hay trato. Tú quieres el puente y yo me encargaré de


que llegues bien a casa.

—¿Y si no acepto, me dejarás aquí tirada? ¿Cómo es eso


mucho mejor?

—Si no aceptas, te llevaré a casa conmigo. Tú eliges.

Mi miedo anterior ruge al frente, pero esta vez arrastra a un


curioso compañero: excitación. La excitación no es más que un
aumento de los sentidos, ¿verdad? Por miedo o por atracción, mi
cuerpo cobra vida de repente de una forma inesperada.

¿Estás hablando en serio ahora mismo?

A pesar de que es un desconocido, a una parte de mí nada le


gustaría más que confiar en que es un buen hombre y ponerme
en sus manos, dejar que se apodere de mí. Pero no puedo
permitirme esa fantasía. No es correcto ni seguro.

Y en realidad, es una afirmación vaga. Llevarte a casa


conmigo. Podría referirse a hasta que encuentre a alguien que me
recoja. O para esconderme en su sótano. O estirarme en su cama
para una buena y larga follada.

Las posibilidades son infinitas.


Y este aire de montaña y la crisis han demolido oficialmente
cualquier sentido común que tengas.
Capítulo 2
Asa

La locura debe estar pudriendo mi cerebro... o la lujuria.

¿Qué otra explicación puede haber para decir semejante


idiotez? La mujer apenas me conoce, y amenazo con llevarla a
casa. Prácticamente secuestrarla. Uno pensaría que mis
encuentros previos con mujeres -aquellos en los que miran con
recelo mi tamaño y se retiran- me harían más listo. Pero supongo
que no.

Porque esta pequeña bomba con curvas se deslizó más allá


de cualquier razón y ha ido directamente a la parte cavernícola
de mi cerebro. La parte que piensa que está bien echármela al
hombro antes de atarla a la cama. Al parecer, la Bestia -el nombre
que algunos pueblerinos susurran a mis espaldas- está cansada
de estar sola, quiere una compañera y ha elegido a Poppy.

Poppy, una flor frágil que mis jodidas patas de oso podrían
aplastar.
Antes de que pueda disculparme por el agresivo dictamen,
ella responde: —Lo haremos a tu manera. —Me quedo helado.
¿Quiere irse a casa conmigo? Mi polla se retuerce de impaciencia,
preparándose para la ocasión. —Puedes venir detrás de mí por si
pasa algo en el camino.

Claro, jodido idiota. Quiere ir a casa, no a la cama con tu fea


cara.

—Me parece bien, voy a por mis cables de puente —murmuro


y me dirijo a mi camión, agarrando las herramientas antes de
volver. Se ha secado las mejillas, aunque quedan restos de su
llanto. La visión de su dolor es como un tornillo de banco
alrededor de mi corazón, aplastándolo bajo la presión, y quiero
abrazar sus dulces curvas para protegerla de más daño.

Cinco minutos después, el coche se niega a arrancar, lo que


significa que nuestra discusión anterior es irrelevante. En parte,
porque sigo queriendo llevarme a Poppy a mi cabaña.

Tiene la frente apoyada en el volante, la derrota es evidente


en la línea de sus hombros caídos. Le doy un momento de
privacidad y me alejo para llamar a mi amigo y socio, Micah.

—Hola, hombre, ¿qué pasa?

—¿Estás ocupado? Hay una mujer varada al lado de la 85 y


le vendría bien una grúa.

—¿Y te has elegido a ti mismo como su caballero de brillante


armadura? No es propio de ti. —Micah se ríe, pero no se equivoca.
Como las mujeres me evitan, yo hago lo mismo. Suficientes
comentarios temerosos o sarcásticos han llegado a mis oídos de
pasada como para que no necesite buscarlos acercándome a
ellas.

Al crecer, siempre me sentí apartado. Mi familia era muy


pobre y vivía en un remolque destartalado en la ladera de una
montaña. Cuando crecí lo suficiente, ayudé en el aserradero local
con mi padre, y no pasó mucho tiempo antes de que el volumen
añadido por el trabajo duro se combinara con mi altura para
formar la Bestia del pueblo.

—Vete a la mierda —digo con poco calor. —¿Puedes ayudar


o no?

—Sí, envíame un mensaje con la ubicación. —Dándole las


gracias, termino la llamada y veo cómo está Poppy. El crepúsculo
ha caído, y seremos blancos fáciles aquí fuera cuanto más tarde
se haga. Esta carretera no tiene mucho tráfico, lo que significa
que los conductores creen que está bien ir a toda velocidad por
las sinuosas curvas. Cada año ocurren varios accidentes, y no
quiero que estemos cerca cuando llegue la oscuridad total.

—Así que mi amigo va a traer su camión para remolcar tu


coche, ya que no podemos dejarlo aquí. —La imprudencia vuelve
a invadir mis pensamientos mientras continúo: —Puedes pasar
la noche conmigo. Por la mañana, podemos hablar con el
mecánico del pueblo sobre tu coche.
Lo más caballeroso sería ofrecerme a llevarla en coche hasta
su casa, cosa que haré si insiste, pero si no... Bueno, no me
importaría tenerla bajo mi techo, preferiblemente debajo de mí
mientras meto mi polla en su húmedo coño.

Joder.

Esto es lo que el celibato consigue de mí: lujuria por una


mujer que apenas conozco pero que no puedo resistirme a desear.

—De acuerdo. —La solitaria palabra es apagada por la


aceptación; obviamente, ya está superada por este calvario. Y la
vergüenza se apodera de mis sucios pensamientos. Poppy no me
necesita jadeando sobre ella, ansiosa por follar. Necesita un
hombro reconfortante y una mano amiga. Eso es.

—Dijiste que vivías en Everton. ¿Qué te trae a High Ridge? —


le pregunto, intentando distraerla de la situación mientras
esperamos a que llegue la ayuda.

—Me gusta la calle principal del centro; es muy bonita. Así


que pensé que sería un buen descanso de la ciudad para explorar
las tiendas locales.

—¿Encontraste algo bueno?

—No valen la pena todos los problemas que me causaron —


murmura en voz baja. —Algo. Muchos lugares tenían divertidas
decoraciones de otoño que aproveché.

—Eso está bien. —Busco algo más que añadir cuando Micah
por fin se detiene delante del coche de Poppy. Gracias a Dios. No
sé mucho de cosas de chicas como la decoración del hogar. Mis
conocimientos se reducen a la construcción básica, por eso no
me ocupo de esa parte del negocio. Micah y su hermano Rhett
son copropietarios de una empresa de madera y construcción, y
yo me dedico a lo que sé: madera en bruto.

Micah baja de la cabina y saluda con la mano antes de


dirigirse a la parte trasera y jugar con el tintineo de las cadenas.
—Será mejor que nos demos prisa; no tenemos mucha luz.

Asintiendo con la cabeza, lo ayudo a enganchar el coche al


remolque mientras Poppy mira desde el arcén después de haber
sacado lo esencial del vehículo. Cruza los brazos sobre el pecho
mientras se frota las manos enguantadas sobre las mangas en
un esfuerzo por mantenerse caliente a medida que baja la
temperatura.

—Nena, ¿por qué no esperas en mi camión donde hay calor?


No tardaremos mucho.

—¿Estás seguro? Somos desconocidos; podría ser una


ladrona de coches secreta.

Micah y yo nos reímos de la ridícula idea. Sería la ladrona de


coches más adorable que he visto nunca. —Me arriesgaré. Toma,
agarra estas. —Le doy las llaves de mi bolsillo y veo cómo se mete
en camión elevado, con el fuerte zumbido del motor.
—Nena, ¿eh? A las mujeres de High Ridge se les romperá el
corazón al ver a su Bestia enamorada —bromea mientras
terminamos de asegurar el vehículo.

—No estoy enamorado —me mofo, golpeándome los muslos


con las manos frías para limpiarme la suciedad de las cadenas.
Pero, ¿una lujuria extrema recubierta de una pesada capa de
posesividad? Infiernos, sí.

—No todavía... —Micah inclina la cabeza con complicidad.


—Puedo dejar esto en el taller yo solo mientras tú te ocupas de
tu chica.

—Gracias, te debo una. —Me despido con la mano, vuelvo


corriendo al camión y me subo al asiento del conductor, con el
calor flotando sobre mi nariz y mis mejillas heladas. La música
country suena suavemente de fondo mientras Poppy juega con
su teléfono, cuya pantalla azul parece siniestra incluso desde
aquí.

—¿Cómo lo llevas? Sé que no es lo ideal, pero te prometo que


estás a salvo conmigo. Y mañana lo resolveremos todo.

—Eso espero. Odio invadir tu tiempo así; lo siento mucho.

—No estás invadiendo nada, y definitivamente no necesitas


disculparte. Intervine y me ofrecí a ayudar porque quería. —
Cuando vi su coche solitario en el arcén de la carretera, me tentó
pasar de largo. Mi historia con la gente del pueblo no me inclina
a acudir en su ayuda, pero supuse que podría ser uno de los
pocos coches que frecuentan este tramo de la interestatal y me
detuve a regañadientes.

La mejor decisión que has tomado en mucho tiempo.

El resto del trayecto transcurre en silencio mientras sorteo


las cerradas curvas que conducen a mi cabaña. Una vez dentro
del austero interior, nos despojamos de los abrigos y los guantes
antes de guiarla en un breve recorrido que termina en el
dormitorio principal. —Esta es tu habitación. El baño principal
está por ahí. Siéntete libre de usar lo que quieras o de tomar
prestada cualquier ropa.

—¿El principal? No quiero tu habitación. ¿Por qué no duermo


en el sofá?

—No es una opción. Tendrás esta habitación y yo tomaré la


de invitados. Sin discusiones. —No puedo explicarle el
razonamiento. Lo único que sé es que si no puedo compartir la
cama con ella esta noche, al menos su olor estará por todas mis
almohadas y sábanas, y aceptaré lo que me den. Quedarme con
una parte de ella una vez que se vaya.

Si se va... Mi mente repasa la idea de encadenarla a mi cama


como un cavernícola antes de apartarla de mi mente.

La confusión ensombrece su expresión y se le dibuja una


arruga en la boca, pero guarda silencio. —De acuerdo... gracias,
otra vez. Si no te importa, creo que quiero irme a dormir a pesar
de lo temprano que es... —Su estómago gruñendo la interrumpe,
y un rubor escarlata florece en sus mejillas.

—¿Por qué no preparo algo de comer y te vas a dormir?

Poppy acepta, y el resto de la noche pasa volando entre


conversaciones atrofiadas y la cena. Intento que no me afecte,
pero por primera vez lamento mi falta de experiencia con las
mujeres. Las conversaciones triviales ya son una lucha, pero
¿intentar comunicarme con una mujer que me interesa? Aún más
jodidamente difícil.

Suspirando, desecho la fantasía de quedarme con ella.

¿Quién querría quedarse con la Bestia?


Capítulo 3
Poppy

Tras la debacle de anoche, he tenido una noche de sueño


agitado y temo lo que pueda pasar hoy. La única buena noticia
es que mi teléfono parece funcionar de nuevo después de que Asa
me prestara su cargador, y hay un mensaje de Tory preguntando
qué ha pasado con el coche. Después de responder, tiro el
teléfono a un lado y miro al techo, con más lágrimas amenazando
con derramarse.

Cielos, ¿puedes superarlo de una vez?

Llorar parece ser lo único que puedo hacer últimamente, pero


no puedo evitarlo. Solo una persona se ha preocupado por mí.
Una. Podría literalmente desaparecer, y nadie se preguntaría
dónde he ido. Diablos, ahora estoy acostada en la cama de un
extraño sin que nadie lo sepa. Irónicamente, saber que estoy
viviendo en casa de un hombre no es lo que más me preocupa.
Asa parece un tipo decente, casi un santo por lo mucho que me
está ayudando.
No, me preocupa más mi falta de vida social y qué hacer con
mi coche mientras mi mirada se pasea por el techo.

Las vigas de madera se extienden por la habitación,


añadiendo un toque rústico a la cabaña y creando una calidez
acogedora que la gran cama realza con sus mullidas almohadas
y pesadas mantas. Ojalá ese reconfortante abrazo hubiera
aliviado mi estrés y ansiedad durante la noche o incluso la
lástima que siento por mí misma en estos momentos.

Suspirando con resignación, me deshago de las mantas y me


dispongo a afrontar el día. Asa mencionó anoche la visita al taller
mecánico una vez que abrieran a las diez de la mañana. El reloj
de mi teléfono marca las ocho y media, así que aún queda algo
de tiempo.

Deambulo por la habitación, que refleja la misma


distribución desnuda del piso de abajo. Nada adorna las paredes,
y está claro que Asa sólo cree en lo funcional. No hay una sola
pieza en la cabaña que no sirva para algo, a diferencia de mi
apartamento en Everton.

Un montón de chucherías pueblan cada rincón de mi casa.


Honestamente, probablemente no debería haber comprado los
adornos de temporada ayer porque mi casa no tiene más espacio
libre. Pero es difícil alejarse de los lindos zorros y búhos,
especialmente cuando ir de compras me da un buen impulso de
endorfinas.

Algo que escasea últimamente.


Deambulo por el suelo de madera y un curioso ruido me atrae
hacia la ventana. Mi respiración se detiene al ver lo que tengo
delante. Asa está de pie, sin camiseta, cortando bloques cortos
de madera como un leñador.

Un caliente como el infierno leñador.

A pesar de la fresca temperatura, el sudor le resbala por el


pecho y brilla en la alfombra de rizos oscuros que le llega hasta
el botón de los vaqueros. Levanta el hacha por encima de la
cabeza y vuelve a bajarla con un fuerte golpe que me hace dar un
respingo. Los músculos de sus hombros y brazos se flexionan
mientras retira las mitades de madera y añade otro bloque.

Deja de mirar. No seas rarita.

Pero es difícil apartar la mirada. Nunca había visto a un


hombre como él, así, de cerca y en persona. La verdad, creía que
sólo vivían en las fantasías de mis sueños o de los libros y las
películas. Sin embargo, el sueño ha cobrado vida en este hombre
de carne y hueso que anoche me rescató de un destino incierto.

Si fuera otro tipo de mujer, pensaría en cómo utilizar esto en


mi beneficio, pero eso me parece asqueroso teniendo en cuenta
su buen carácter hasta ahora. No se inscribió para que yo lo
manipulara o utilizara, una virgen necesitada demasiado
rellenita para su propio bien. Es mejor anhelar las cosas que
puedo tener desde lejos, a salvo en esta habitación.
Sin previo aviso, mira hacia mí y yo me alejo del cristal,
golpeando la espalda contra la pared. Por favor, que no me haya
visto. Lo que me falta es que Asa sepa que lo espiaba. Pasan
largos minutos antes de que mi ritmo cardíaco vuelva a la
normalidad y vuelvo a echar un vistazo al exterior.

Ya no está, lo que explica el abrupto silencio. Cierro los ojos


aliviada y me deslizo por la pared como una gelatina. Unas
pisadas recorren el pasillo antes de que se cierre una puerta, y
las tuberías suenan en las paredes cuando empieza a caer una
ducha.

Ni se te ocurra, advierto antes de que mi mente evoque


imágenes de un Asa desnudo. Piensa en tu coche muerto. En tus
responsabilidades de adulta. Por desgracia, esas imágenes me
provocan ansiedad en lugar del placentero subidón de hormonas
que me provoca Asa.

Espero a que se apague la ducha y Asa vuelva a bajar las


escaleras antes de decidir que es hora de seguirlo. Se acerca la
hora de irnos, así que espero que no haya muchos momentos
incómodos hasta entonces. Sobre todo ahora que lo he visto con
el torso desnudo y me he imaginado cómo sería el resto sin todo
el vaquero y la franela.

Si antes de la escena del leñador tenía problemas con que se


me trabara la lengua, ahora estoy realmente jodida. Pero
esconderme en su habitación tampoco es precisamente la jugada
más inteligente. Mejor enfrentarme a él y terminar con este día.
Me pongo rápidamente los mismos vaqueros de ayer, pero
conservo la acogedora camisa de Asa que llevo puesta, atando los
extremos demasiado largos en un nudo que me queda a la altura
de las caderas. La necesidad de algo así me hace sonreír. Puede
que haya encontrado al único hombre cuya ropa me
empequeñece, y esa sensación tan extraña me hace sentir
pequeña por una vez en la vida.

Al bajar las escaleras, encuentro a Asa apilando un par de


troncos partidos junto a la chimenea. —Buenos días. —Levanto
la mano a modo de saludo, midiendo su reacción ante mi llegada.
¿Me habrá visto mirándolo antes?

—Buenos días. ¿Cómo has dormido?

—Tan bien como esperaba. —Su actitud sigue siendo


relajada, y el alivio calma parte de la preocupación en mi interior.

—Así de bien, ¿eh? —Una sonrisa de conmiseración suaviza


sus rasgos toscos, y el efecto que produce en mi corazón me hace
estremecerme. Aunque no es un atractivo clásico, Asa desprende
una cruda aura de masculinidad a la que mi cuerpo no puede
evitar responder: mi sangre se acelera, mis nervios hormiguean y
me preparo para recibirlo como si estuviera en celo.

¿Me va a venir pronto el periodo?

Me rio para mis adentros. Pensar en sexo no es algo fuera de


lo normal, pero este tipo de sensaciones suelen ser más
frecuentes en esta época del mes. O puede ser simplemente el
hombre... En cualquier caso, mi cuerpo necesita relajarse y dejar
que mi cerebro se centre en lo que importa: mis problemas con el
coche.

—Si estás lista para irnos, he pensado que podríamos


desayunar en la cafetería de al lado del taller. Para cuando
terminemos de comer, debería estar abierto para que hablemos
con el mecánico de turno. —Asa se endereza y se quita el polvo
de las manos, recorriendo mi cuerpo con la mirada antes de
encontrarse con la mía.

Me sonrojo ante la inspección y asiento con la cabeza. —Me


parece bien.

Cuanto antes me arreglen el coche, mejor, porque cuanto


más tiempo pase aquí, más posibilidades tengo de avergonzarme
a mí misma con el caos de hormonas que inundan mi organismo
en su presencia. Y eso sería realmente mortificante.

¿Un hombre activo como él? No está interesado en una


gordita y tímida, estoy segura.
Capítulo 4
Asa

Poppy parece una jodida pin-up para una edición especial en


franela de Playboy - una hecha específicamente para mí. Y estoy
listo para pasar a la página central.

La camisa que lleva es mía, y está anudada a su cintura,


mostrando una exagerada forma de reloj de arena que quiero
lamer hasta que mi nombre sea una súplica en su garganta. No
es la primera vez que me imagino esa fantasía. Una imagen suya
de esta mañana está grabada a fuego en mi memoria.
Contorneada por una luz resplandeciente y perfectamente
enmarcada en la ventana, Poppy era una visión: aún vestida con
mi camisa, pero con las piernas al descubierto bajo el dobladillo.

Necesité toda mi fuerza y determinación para pasar por


delante de la puerta de su habitación en lugar de derribarla y
caer sobre ella como un lobo hambriento. En lugar de eso, me
conformé con masturbarme en la ducha, un triste sustituto de la
cálida mujer de mi cama.
Echo otro vistazo a Poppy a través de la consola del camión
y se me ponen blancos los nudillos mientras me agarro al volante
en un esfuerzo por no acercarme y tomar su mano. El gesto
inocente es un marcado cambio con respecto a mis pensamientos
más sucios, pero no por ello menos atractivo.

—Entonces, cuando no estás de visita en High Ridge, ¿qué


haces? Sé que Everton es conocida por sus empresas
tecnológicas. ¿Es algo que te interese? —pregunto, sediento de
más información sobre su vida. Se me ocurre que podría tener
novio en casa, pero si lo tuviera, está claro que no merece la pena
después de dejarla tan indefensa y desprotegida.

No importa ahora. Ella es mía. El que lo encuentra se lo queda


y toda esa mierda.

—En realidad no. Soy editora freelance para autores, así que
al menos no tendré que presentarme en una oficina el lunes por
la mañana si este calvario se prolonga tanto. —Su cuerpo se pone
rígido e inmediatamente se disculpa. —Lo siento, no quería que
sonara tan duro. Tú has sido genial; sólo que odio haberte
arruinado el fin de semana.

—Créeme, no has arruinado nada. —Todo lo contrario. Ella


ha trastornado mi mundo de la mejor manera posible.
Inexplicablemente y sin esfuerzo. No hay una explicación lógica
para lo que siento por Poppy, sólo un conocimiento primario de
que me pertenece. Todo lo que necesito hacer es ayudarla a darse
cuenta de esa verdad.
Preferiblemente antes de que tenga un medio para escapar
de mí.

—¿Qué hay de ti? High Ridge es bastante pequeño. ¿Viajas a


algún lado?

—No a menudo. Soy copropietario de Olson-Keller Lumber &


Construction. Nuestro aserradero está a unos quince minutos del
pueblo, y allí recaen la mayoría de mis responsabilidades. —El
trabajo duro y físico me reconforta, un vestigio de mi juventud,
cuando hacía trabajos similares con mi padre.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Lo hace?

Poppy balbucea una explicación mientras estaciono en la


cafetería. —Oh... Um... Simplemente tiene sentido que una
empresa maderera tenga éxito en una pequeña comunidad de
montaña, eso es todo. Y la necesidad de materiales o cuadrillas
para construir tampoco desaparece nunca.

—Tampoco lo hace el suministro de autores que necesitan


editores, supongo. Además, eres libre de trabajar donde quieras.
—Como aquí conmigo cuando no estemos ocupados follando.

—Ésa es una de las razones por las que me trasladé a


Everton. Pensé que sería bueno para mí vivir en un lugar con más
oportunidades sociales para hacer amigos, ya que mi vida laboral
es muy flexible. Es agradable tener la libertad de trabajar cuando
y donde quiero, salvo que eso suele significar quedarme en casa
el noventa y nueve por ciento del tiempo. —Una nota de
abatimiento se cuela en su voz, y la simpatía por su difícil
situación se me apodera del pecho. Escuchar su infelicidad
refuerza mi determinación de quedarme con ella.

Cuidaré de Poppy. Garantizaré su satisfacción. Puede que no


tenga experiencia en mantener a una mujer, pero aprenderé
rápido a asegurarme de que sus necesidades están cubiertas.

—¿No tienes un novio que te invite a salir por las noches? —


indago, con el cuerpo en suspenso por la aprensión.

Suelta una carcajada burlona. —Por supuesto que no.


Apenas tengo amigos con los que salir... En realidad, olvida lo
que he dicho. No sé por qué estoy compartiendo tanto; no es tu
problema. —Se esfuerza por desabrocharse el cinturón de
seguridad, jugueteando en su asiento, y dejo de resistirme a mis
instintos.

Extiendo la mano por la consola y aprieto la suya para


reconfortarla. —No te preocupes. Me gusta conocer tu vida y
agradezco que me confíes tanta vulnerabilidad. —La duda
ensombrece su expresión; harán falta más que palabras para
convencer a Poppy. —Lo mismo puede decirse de mí. Micah y
Rhett son las únicas personas en las que confío, y nuestro vínculo
se formó después de ser marcado como la oveja negra del pueblo.

—¿Cómo un pueblo entero decide eso?


—Cuando no encajas en su molde, es bastante fácil. Así que
entiendo que te sientas excluido o sola. —Algo que nunca había
admitido en voz alta: la profundidad de la emoción antes
inexplorada. Aunque ignoraba la mayoría de las opiniones que
los lugareños tenían de mí, ser un marginado dejaba huella.

—Siento que esa haya sido tu experiencia aquí. Es un asco,


¿verdad? —Su mano se gira y sus dedos se entrelazan con los
míos. —Qué par hacemos.

Un par emparejado.

Levanto nuestras manos entrelazadas para frotar el dorso de


la suya contra mi mejilla antes de soltarla de mala gana, para
que podamos entrar en la cafetería. Fancy's es uno de los pocos
lugares que frecuento en el pueblo porque a los veteranos y a los
clientes habituales les importa una mierda la política del pueblo
y se ocupan de sus propios asuntos. Si me entran ganas de
relacionarme con la gente -algo poco frecuente-, visitar la
cafetería alivia esa necesidad, aunque esté sentado solo en una
mesa. El mero hecho de estar rodeado de gente es suficiente.

Llevo a Poppy a mi sitio habitual y ella se desliza sobre el


asiento de plástico agrietado mientras yo me acomodo frente a
ella. Delante de nosotros hay menús pegajosos, y no tardan en
hacer y entregar nuestros pedidos. Después de la conversación
anterior, nos limitamos a temas más ligeros, contentos de
conocernos de una forma menos seria.
Las campanas suenan cuando la puerta de la cafetería se
abre para revelar a Mindy y su séquito. ¿Qué demonios están
haciendo aquí? Forman parte del club de campo, pero este lugar
parece estar por debajo de sus estándares snobs. Aprieto la
mandíbula cuando Mindy se fija en mí, sus ojos entrecerrados
recorren mis hombros tensos antes de posarse en Poppy. Desde
el instituto, se ha encargado de llamarme Bestia y de animar a
los demás a hacer lo mismo.

Reconozco el brillo calculador de sus ojos y me preparo para


un ataque. Eventualmente Poppy se encontraría con mi apodo,
pero desearía haber tenido un poco más de tiempo para
conocernos de antemano.

—Señoras, tengan cuidado. La Bestia salió de su guarida. —


El trío de mujeres se ríe divertido mientras pasan por delante de
nuestra mesa. —¿Deberíamos advertir a su presa que corra
mientras pueda?

Un gruñido grave vibra en el fondo de mi garganta ante la


amenaza.

—¿Está hablando de ti? —pregunta Poppy con incredulidad,


siguiendo el camino de las mujeres mientras encuentran una
mesa cerca del fondo.

—Sí, es su estúpido apodo para mí.

—¿Pero por qué?


Me paso una mano por el pecho, abarcando mi enorme
figura, y odio tener que explicárselo. No quiero que vea una
Bestia, pero es inevitable. —¿No es obvio? Soy un jodido gigante
feo. Lo he sido durante años. Las mujeres huyen con miedo o
repulsión. Estoy agradecido de que tú no lo hayas hecho.

Todavía.

Ella suelta un suspiro tembloroso, y un rubor se extiende


desde su cuello hasta sus mejillas. —No eres feo. Y no te mereces
ese tipo de trato. —Sus palabras vibran de rabia, y la feroz
reacción me sorprende. La furia parece una emoción extraña para
Poppy con lo preocupada que ha estado en evitarme problemas
este fin de semana. Pero supongo que todo el mundo tiene un
límite, y puede que hayamos llegado al suyo.

—Ignóralas; yo suelo hacerlo.

—No quiero hacerlo. No pueden venir aquí e insultarte por


diversión. Es como una escena de Mean Girls. —Se muerde el
labio contemplativa antes de que una mirada de acero brille en
sus ojos. —Dos preguntas: ¿Quieres darles de verdad algo de qué
hablar? ¿Y confías en mí?

—Inequívocamente sí, pero no estoy seguro de lo que...

Poppy se levanta de su asiento y rodea la mesa antes de


dejarse caer a mi lado, prácticamente en mi regazo. Me rodea el
cuello con una mano y tira de mí hasta que sus labios presionan
con fuerza contra los míos. Inmediatamente me abro, en parte
por la sorpresa, pero sobre todo por la avidez con que los acepto,
y su lengua se abre paso, con el sabor del sirope de arce de sus
gofres.

Jodidamente deliciosa.

Cualquier pensamiento sobre Mindy y su grupo se esfuma y


todos mis sentidos se concentran en Poppy. Succionando la
dulzura de su lengua. Deleitándome con el calor de su cuerpo. La
curva de un pecho choca contra mi brazo y anhelo deslizarme
entre los botones de su camisa para estrechar su peso en la
palma de mi mano. Pero estamos en público.

¿A una Bestia le importaría cuando su compañera está tan


cerca?

No, joder, no le importaría.

Mis dedos rozan un botón antes de que Poppy se retire y


vuelva a su asiento tan rápido como lo dejó. Y un rugido de
disgusto retumba en mi pecho.

Vuelve.
Capítulo 5
Poppy

Un agradable zumbido recorre mis terminaciones nerviosas


mientras me hundo en mi asiento tras besar a Asa. Mi primer
beso, y he decidido iniciarlo delante de un público. ¿Qué me está
pasando?

Primero, comparto el hecho vergonzoso de apenas tener


amigos, ¿y luego beso a un hombre en público? Es como si High
Ridge se hubiera convertido en un portal a una nueva yo, una
Poppy menos reservada y más atrevida. Es una revelación
extraña.

Las mujeres del fondo me miran sorprendidas y la


satisfacción impregna mi sangre. Odio los conflictos, prefiero
pasar desapercibida e ir con la corriente, pero los matones son la
excepción. ¿Y esas mujeres? Muy matonas.

Cuando oí cómo llamaban a Asa, vi rojo -algo a lo que no


estoy acostumbrada- y mi único pensamiento fue hacerlo sentir
mejor. Lo que, por supuesto, significaba besar al hombre. Puede
que mi lógica estuviera equivocada, pero no me arrepiento de
haberlo hecho. El sabroso sabor de su boca perdura en la mía y,
desde luego, a Asa no parece importarle la agresividad.

—Con suerte, ha estado bien. —Me trago el último vaso de


agua, con la esperanza de enfriar mi temperamento y mi
excitación.

—Claro que sí. Siéntete libre de saltar sobre mí de nuevo


cuando quieras.

—Lo tendré en cuenta. —Los dos nos reímos, y la atracción


mutua es palpable entre nosotros, una sensación que me resulta
desconocida. Por alguna razón, parece que a Asa le gusto a pesar
de mi falta de habilidades sociales y un cuerpo que ha visto más
el interior de una cocina que el gimnasio. Aunque quizá no
debería sorprenderme tanto. Su confesión de sentirse solo y
excluido se hace eco de la mía como si fuéramos dos almas
gemelas.

—Estamos a punto de terminar aquí. El taller de Fred ya


debería estar abierto si estás lista para oír el veredicto sobre tu
coche. —Asintiendo, recordando la verdadera razón por la que
estoy aquí, empiezo a sacar mi cartera cuando Asa extrae la suya
con un movimiento de cabeza y arroja el pago del desayuno.

Le doy las gracias con una sonrisa y nos dirigimos al taller,


donde hay un hombre mayor detrás de un mostrador. —Buenos
días, amigos. ¿En qué puedo ayudarlos?
—El Camry gris de ahí fuera pertenece a Poppy y necesita
que le echen un vistazo lo antes posible. Ayer se quedó parado en
la ruta 85. —Agradezco que Asa responda a la pregunta del
hombre, que tome la iniciativa. Aunque sea injusto o claramente
antifeminista, la aprensión de mi cuerpo se disipa. Realmente no
quería explicar las cosas yo misma cuando no sé de qué demonios
estoy hablando.

—Ah, me he dado cuenta fuera. Pasarán unas horas antes de


que pueda echar un vistazo, y probablemente no esté arreglado
hasta el lunes. Hay una fila de coches delante de ti, y el taller
abre pocas horas hoy y cierra mañana. —El hombre se encoge de
hombros disculpándose, pero lo entiendo. Los pueblos pequeños
funcionan de forma diferente a las grandes ciudades, se mueven
a un ritmo más lento. —Si tienes las llaves, me las quedaré y tu
número para llamarte con los problemas y el costo de la
reparación.

Le entrego las llaves, escribo mi número de teléfono y Asa


añade el suyo debajo, y diez minutos después estamos de vuelta
en su camión, pensando qué hacer a continuación.

—Sé que ayer exploraste la calle principal, así que a menos


que haya algo que te hayas perdido o quieras volver a visitar,
podría mostrarte el aserradero. —Montones de madera no
suenan particularmente atractivos, pero ¿pasar tiempo a solas
con Asa? Me apunto.

—Claro, vamos.
Abre la puerta del camión y me ayuda a subir a la cabina
alta, con sus grandes manos sobre mi cintura. Juro que me
agarra con fuerza un momento antes de aflojar, y siento
mariposas en la barriga durante todo el trayecto hasta el
aserradero.

Palés de troncos y tablas se alinean a un lado del vasto


complejo, mientras que la maquinaria pesada está perfectamente
estacionada en hileras a lo largo de un gran garaje. Los
neumáticos crujen sobre la grava gruesa antes de que Asa
estacione frente a un edificio mediano en el centro de todo.

—Aquí estamos: la sede oficial de Olson-Keller Lumber &


Construction. Esto solían ser hectáreas de bosque antes de que
lo construyéramos todo. —Salimos del vehículo y caminamos
hacia una entrada mientras estudio el paisaje en calma.

—Esto puede sonar grosero, pero ¿hacen algo para


compensar la tala de todos estos árboles?

—Intentamos ser ecológicos y plantamos dos árboles por


cada uno que talamos. Para ser sincero, nunca había pensado en
esas cosas hasta que me convertí en propietario de la empresa, y
recibimos montones de avisos de grupos ecologistas locales. Pero
se ha convertido en una prioridad para nosotros, desde que nos
instruyeron. —Mantiene la puerta abierta antes de acompañarme
al interior de un espacio combinado con sillas de espera y
escritorios.
Aprecio su voluntad de aprender y adaptarse, sobre todo
cuando no es una habilidad que todo el mundo tenga. Eso me
hace encariñarme mucho más con él. Como si necesitaras una
razón más para que te guste.

—Es increíble que hayan tomado la información y la hayan


incorporado en cambios reales para su empresa. Muy
impresionante. —Recorriendo la zona, mis ojos saltan de mesa
en mesa antes de preguntar: —¿Cuál es la tuya?

Señala un escritorio frente a una ventana, desprovisto de


todo excepto de un portátil cerrado. —No paso mucho tiempo
aquí, por eso está tan desnudo.

—Ni siquiera una foto, aunque tienes una bonita vista. —La
Black Mountain se eleva alta y majestuosa inundada de colores
otoñales: hojas naranjas, rojas y amarillas cambiadas para la
estación.

—Estoy de acuerdo. —El aliento caliente de Asa roza mi


cuello, su cuerpo mucho más cerca que antes. Su mano me toca
tímidamente la cadera como si esperara que rechazara el
movimiento, pero me quedo quieta y no digo nada. Su cálido peso
avanza hasta que su palma me toca el pecho y las yemas de sus
dedos juguetean con los botones de la camisa sobre mi abrigo
abierto.

—Esto es lo que quería hacer en la cafetería, pero te fuiste


demasiado pronto. —Las palabras de descontento provocan un
momento de diversión -su tono es el de un niño que ha perdido
su juguete favorito- hasta que desabrocha ágilmente los botones
y desliza una mano bajo la franela.

—Si lo hubieras hecho en la cafetería, estoy segura de que


nos habrían expulsado de por vida. —Me pellizca un pezón a
través de la fina tela de mi sujetador deportivo y lamento la
ausencia de algo más sexy. Pero no es como si hubiera planeado
quedarme varada y ser rescatada por un leñador que quisiera
tocarme.

—Ellos se lo pierden. —Asa me muerde el lóbulo de la oreja


y el repentino dolor me distrae momentáneamente de su otra
mano, que se abre paso por debajo de la cintura de mis vaqueros
y mis bragas. ¿Hasta dónde va a llegar?

¿Hasta dónde estoy dispuesta a dejar que llegue?

Y la respuesta llega de inmediato: Hasta el final.

Nuestro tiempo juntos en High Ridge es limitado. Mi coche


estará arreglado pronto, y me iré a casa. ¿Y quién sabe cuánto
tiempo se quedará esta valiente Poppy? Mejor experimentar todo
lo que pueda antes de que desaparezca y el miedo ocupe su lugar.

Inclino la cabeza hacia un lado para darle más acceso y me


hundo más en su cuerpo, cuya altura forma la curva perfecta con
la mía. Mis manos vagan hacia atrás y unos músculos firmes me
reciben. No puedo resistirme a tirar de sus caderas más cerca
para frotar mi culo contra la dura erección encajada en el pliegue
de mis vaqueros. Es un movimiento descarado, poco habitual en
mí, pero él lo aprueba con un apretón en el pecho y un gruñido
de placer.

—Estás suplicando que te folle, nena. —Los dedos de Asa se


abren paso a través de mis pliegues resbaladizos para alcanzar
su premio, y un jadeo agudo se escapa al contacto. Dedos
ásperos. Nervios sensibles. La combinación enciende una chispa
como nada que haya experimentado antes.

Mi propio toque no se acerca.

Como necesito que él sienta lo mismo, le desabrocho los


vaqueros y lo rodeo con una mano temblorosa: es la primera polla
que agarro. —¿Lo hago? No puedo evitarlo.

—Lo sé... Me necesitas, mi polla dura hundiéndose


profundamente en este coño húmedo, ¿verdad? Pero vas a tener
que conformarte con esto hasta que lleguemos a casa. —Rodea
mi clítoris antes de sumergirse más abajo, y mi agarre sobre él se
tensa involuntariamente mientras intento cabalgar sus dedos
ante las imágenes explícitas. Y pensar que un pequeño beso nos
ha llevado a este punto álgido.

Quizá debería agradecérselo a Mindy y sus esbirros...

—Mientras tú estés conmigo. —No quiero ser la única que


disfrute de este breve interludio; yo también quiero complacerle.
Hay un ángulo incómodo entre nosotros, así que me doy la vuelta
para mirarlo, sus manos recuperan rápidamente sus anteriores
recompensas.
—Siempre.
Capítulo 6
Asa

Lucho por mantener la calma mientras su mano sube y baja


por mi erección, apretando con firmeza. Su toque es tan diferente
del mío, más ligero, más suave, pero de algún modo más intenso
porque es la mano de Poppy, no la mía.

—No te detengas, cariño. —Por favor, no te detengas nunca.

Acaricia más rápido en un esfuerzo por obedecer,


arqueándose hacia mí. Y mi atención vuelve a mi objetivo original:
jugar con sus tetas. Están ocultas tras un sencillo sujetador
deportivo negro, aunque sus duros capullos asoman claramente
por la tela. Tiro de la parte superior elástica hacia abajo, se
asienta debajo de sus pechos, empujándolos hacia arriba, con los
pezones hinchados suplicando por mi boca.

Hambriento por saborearlos, lamo una de sus curvas antes


de llegar a su punta rosada y chuparla profundamente. Nunca
había hecho algo así. Nunca había probado la delicada carne de
una mujer. Nunca había sentido la resbaladiza crema de una
mujer cubriendo mis dedos.

Pero ¿experimentar esto con Poppy? Un gruñido de placer


resuena en mi pecho. Quiero satisfacerla y rezo por averiguar lo
que necesita prestando atención a sus reacciones.

Froto círculos alrededor de su clítoris, ella jadea ante el


movimiento, su mano me estrangula firmemente en respuesta.
Respiro hondo; no quiero correrme antes que ella. Además de ser
humillante, no es así como quiero tratar a mi mujer.

Vuelvo a bajar los dedos, los deslizo en su interior y me


imagino mi polla dentro de ese agarre. Ya llegará. Ten paciencia.

Empujando dentro y fuera, busco la zona sensible y la


reconozco cuando se sacude. Aumento la presión sobre el punto
mientras mi palma golpea su clítoris. La velocidad de nuestros
movimientos aumenta, cada uno anticipando el inminente clímax
del otro.

—Córrete, pequeña flor. Mi dulce Poppy. Córrete para mí...


—El susurro roza su oído mientras su respiración se entrecorta,
y sé que está cerca.

—¿Hola? ¿Asa? He visto tu camión fuera y... —


Inmediatamente retiro las manos y bloqueo a Poppy de la vista
de Rhett mientras lucho por meter mi polla en los vaqueros antes
de girarme hacia él.

Qué jodidamente buena sincronización.


—Lo siento, no pretendía interrumpir nada —se disculpa
Rhett, aunque la mirada severa de sus ojos dice que se siente de
todo menos arrepentido. Si lo hubiera sorprendido a él o a Micah
tonteando con una mujer en la oficina, mi cara tendría la misma
expresión de enojo, pero no puedo arrepentirme de haber tocado
a mi mujer.

—No pasa nada. Ya nos íbamos.

Poppy avanza arrastrando los pies, apresurándose a pasar


junto a Rhett con un saludo torpe, y yo la sigo a un paso más
tranquilo.

—Este es el tipo de mierda que esperaría de Micah, no de ti.


¿Quién es esa mujer?

—Se llama Poppy, y acostúmbrate a verla porque es mía. —


Bien podría poner mis cartas sobre la mesa.

—¿Tuya? —La incredulidad gotea de su voz mientras se pasa


una mano agitada por su pelo corto. Rhett puede ser tan
corpulento como yo, pero él es la versión ligeramente más baja y
limpia de mí, la no Bestia de High Ridge. Hemos sido los mejores
amigos desde siempre, mientras que Micah, su hermano menor,
nos acompañaba. —¿Cómo te las arreglaste para encontrarla en
este pueblo?

—Estaba varada a un lado de la carretera. Fuera del pueblo.


—Sonrío ante la distinción, y Rhett se ríe sacudiendo la cabeza.
—Ahora, si me disculpas, tengo algunos asuntos pendientes que
atender.

Como reclamar a mi compañera con una larga follada.

Poppy espera al lado del camión, con las manos metidas en


el abrigo. —¿Es uno de tus compañeros?

—Sí, es el hermano mayor de Micah, Rhett. —Desbloqueo el


camión, la ayudo a entrar en la cabina elevada y me apresuro al
lado del conductor. —Lo conocerás más tarde.

Inesperadamente, una risita llena el espacio entre nosotros


mientras ella intenta disimular una carcajada. —Me siento como
si fuéramos adolescentes a los que acaban de sorprender
haciendo algo que no debíamos. ¿Estaba muy enojado?

—No, estamos bien. Y aunque no puedo hablar por


experiencia, supongo que tienes razón en cuanto a la
comparación con los adolescentes. Pero al menos ahora somos
adultos. Libres para hacer lo que nos dé la gana. Como ir a casa
y seguir, si eso es lo que quieres. —Me asalta la duda de que
Poppy haya entrado en razón. Que se dé cuenta de que permitir
el contacto de la Bestia no es lo que quiere.

—Lo es.

Dos palabras, pero que sacuden mis cimientos hasta lo más


profundo de mi alma.

—¿Cuánto tardaremos en llegar a casa?


A casa. Me gusta que se refiera a mi cabaña como nuestra
casa. Sobre todo porque está en lo más alto de mi lista de cosas
por hacer: primero, follármela, y luego mantenerla para siempre
a mi lado.

—Veinte minutos más o menos.

—Hmm... No creo que pueda esperar tanto... —La mano de


Poppy recorre su abrigo y su camisa aún parcialmente
desabrochada hasta deslizarse bajo sus vaqueros, y mi
respiración se entrecorta en mis pulmones. ¿Qué demonios está
haciendo?

El sonido húmedo de sus dedos deslizándose por los labios


de su coño llena el aire junto con el aroma de su excitación. La
embriagadora combinación me arranca un profundo gruñido.
¿Cómo voy a concentrarme en conducir con seguridad cuando
ella está tan cerca, tan resbaladiza y preparada para mí?

Su cuerpo no tarda en arquearse contra el cinturón de


seguridad mientras se corre, y mis manos aprietan el volante,
resistiendo la necesidad de alcanzarla. Satisfecha después de su
pequeño espectáculo, Poppy desliza los dedos pegajosos por
debajo de sus bragas, y un pensamiento se materializa.

Puedo permitirme este privilegio. Agarro su mano, me la llevo


a la boca y chupo sus dedos brillantes. —Quiero más. Hazlo otra
vez.
Sus ojos se abren de par en par antes de rebotar entre la
carretera y yo, y me pregunto si va a negarse a mi petición. Pero
como buena compañera, la mano de Poppy vuelve a su antiguo
lugar y comienza un delicioso y tortuoso ciclo. Se corre, me da de
comer y vuelve a empezar hasta que por fin llegamos a la cabaña.

El agotamiento provocado por sus orgasmos delinea sus


rasgos, pero aún no hemos terminado. Y no me importaría
sumarme, ahora que estamos a salvo. Levanto la consola que nos
separa y acaricio el espacio vacío.

Sus cejas se fruncen en señal de confusión. —No sabía que


podías hacer eso.

—Lo he estado manteniendo como una barrera, pero ya no.


No con el truco que acabas de hacer. Recuéstate, nena. —Vuelvo
a golpear el asiento antes de acercarme al lado del pasajero del
camión. Titubeante al principio, se recuesta lentamente sobre el
asiento con una pierna doblada y la otra apoyada en el suelo.

—Joder, voy a disfrutar con esto. —Tiro de sus botas y sus


vaqueros hasta que la parte inferior de su cuerpo queda al
descubierto. Un escalofrío nos recorre a los dos, pero no sé si es
por la ráfaga de aire fresco de la puerta abierta o por la
anticipación de lo que viene a continuación.

—Asa... Alguien nos verá.

—Nadie nos verá. Estamos a kilómetros de distancia de


cualquier vecino. Sólo estamos tú y yo, pequeña flor. Y estoy a
punto de comerme este coño como es debido; no más bocados
rápidos. —Su cuerpo, inclinado hacia atrás, está a la altura
perfecta para que pueda hacerme fácilmente con mi premio.

Sus muslos y rizos oscuros están brillantes de excitación, el


ligero brillo me atrae como una abeja a la miel. O un oso… Mi
lengua se abre paso entre sus dulces pliegues: es la primera vez
que pruebo a una mujer, mi mujer, mi compañera.

El primer contacto con su sensible clítoris hace saltar a


Poppy, y gruño ante la respuesta inmediata, siguiendo cada
movimiento y reacción para usarlos en el futuro. Puede que sea
nuevo en esto, pero voy a asegurarme de que no lo sepa hasta
que la haya hecho correrse tan fuerte que ya no importe.
Capítulo 7
Poppy

Mis cansados miembros tiemblan bajo la creciente presión de


otro orgasmo mientras la boca de Asa sigue devorándome como
si fuera la última comida que va a tener en su vida. Y joder, qué
caliente es ser tan necesaria para él. Por no hablar de lo exquisito
que es recibir tanta pasión.

Mi mano empezaba a acalambrarse por lo de antes y, a pesar


del encuentro sexual más caliente de mi vida, necesitaba un
descanso. La parte descarada de mí que comenzó esta salvaje
escapada había estado dispuesta a rendirse ante la práctica yo
que necesitaba una siesta.

Que todavía quiero, pero después de que Asa haya tenido su


ración. Un gemido de placer brota cuando sus labios rodean mi
clítoris y comienzan un rítmico movimiento de succión. El
obsceno sonido que emana de él me hace sentir otra oleada de
excitación. Dios, me encantan esos gruñidos hambrientos que
emite. Son tan primarios y animales. Me hace sentir como en uno
de esos romances paranormales con reclamos y compañeros,
como si yo fuera la única mujer que él ha querido o que alguna
vez necesitará.

Una de mis manos se enreda en su larga melena, buscando


sujeción, mientras mi mano dolorida descansa sin fuerzas en el
asiento mientras todo mi cuerpo se hunde en el cuero, demasiado
agotada para hacer mucho más que retorcerme y gemir ante las
olas en cascada de otro clímax.

El aturdimiento se apodera de mí, mi cuerpo se vuelve


ingrávido y me sumerjo en un mar de satisfacción.

¿Qué está ocurriendo?

Jamás en mi vida habría pensado que estaría desnuda al aire


libre. Jamás habría creído que tendría a un hombre tan deseoso
de mí que no le importaría dónde estuviéramos. Sin embargo,
aquí está Asa con su boca hambrienta y sus manos
manoseándome, marcando mis muslos con su agarre
contundente.

Y jodidamente me encanta.

Cuando por fin se separa de mi núcleo hipersensible, levanto


las pestañas perezosamente para verlo pasarse un brazo por una
boca brillante, aunque su barba aún retiene gotas de mi
liberación. —Eres una dulce y pequeña flor, ¿verdad? Voy a
necesitar beber de ti todos los malditos días para estar satisfecho,
y aun así dudo que sea suficiente.
Me estremezco ante la insinuación de que me mantendrá, de
que su boca nunca se alejará de mi coño necesitado.

—¿Crees que podrás soportarlo, nena?

Asiento con la cabeza y lucho por incorporarme hasta que me


agarra del brazo y me atrae hacia su abrazo. —Estaré encantada
de intentarlo, si es lo que quieres.

—Lo quiero todo. Tu cuerpo. Tu corazón. Todo. —Se me corta


la respiración ante la sorprendente declaración. A pesar de todas
mis reflexiones sobre compañeros y para siempre, no creía que
Asa también quisiera esas cosas. El shock de oír que sí me pone
el corazón a un ritmo galopante de asombro y nervios.

¿Y si cambia de opinión? ¿Y si no pensamos con claridad


porque estamos atrapados por las hormonas y la romántica
historia de que me ha rescatado este fin de semana? ¿Qué pasará
el lunes?

Las preguntas se arremolinan en mi mente, disipando el


placentero zumbido de los orgasmos anteriores.

—Pero no quieres darme esas partes de ti, ¿verdad? —


Retrocede, y su ausencia me deja fría. —Veo el miedo en tus ojos.
Es demasiado, y no debería pedírtelo. Joder, soy idiota. —Una
mano furiosa se echa el pelo hacia atrás en un gesto frustrado
mientras se aleja dando pisotones.

—No, espera... —Salgo corriendo del camión y hago una


mueca de dolor al pisar las afiladas rocas. Agarro mis vaqueros
tirados al azar y me los subo por las piernas antes de correr tras
Asa, dejando atrás las botas. —Te equivocas; no es demasiado.

Se pasea por el porche, ignorando mis súplicas, claramente


castigándose a sí mismo. Y lo odio. Su evidente dolor y
autodesprecio me hieren profundamente porque es una situación
que reconozco: no soy ajena a odiarme a mí misma.

—Quiero decir que es rápido, y me preocupa que después de


mañana te arrepientas de todo lo que has dicho, pero yo también
quiero eso. No te menosprecies ni te insultes porque no eres idiota
ni una bestia ni...

Asa avanza rápidamente, haciéndome retroceder hasta


chocar contra la pared de la cabaña. Sus brazos se posan sobre
mis hombros, aprisionándome entre los troncos de madera y su
enorme cuerpo. Emite un sonido feroz y gutural mientras sus
labios se adentran en mi pelo para mordisquearme la oreja.

—Soy una bestia, pequeña flor. Demasiado feo y rudo para


mi delicada Poppy, pero no tienes que preocuparte de que cambie
de opinión. Mientras me quieras, soy tuyo, porque tú has sido
mía desde el momento en que llegué a tu coche ayer.

Con los pezones erizados y los muslos apretados, la


necesidad desesperada eclipsa todas mis preocupaciones, y su
promesa sirve de catalizador. —Basta de hablar. —Mi cuerpo se
arquea contra el suyo en busca de alivio para la tensión que me
invade por dentro. —Más acción. Lógicamente, te he oído, pero
necesito sentirte, tener la prueba.
Conocer el peso de tu cuerpo mientras me follas.

—Al final de este fin de semana, sabrás a quién perteneces.


Llevarás mis marcas por todo este dulce cuerpo, un mapa de
mordiscos de amor advirtiendo a otros hombres que se
mantengan alejados. —Cada palabra perfora hasta el último
resquicio de mi guardia mientras me arrastra hasta la puerta
principal y entramos a trompicones en la cabaña. —Mi semilla
llenará tu coño, goteando por tus muslos, para que nunca olvides
quién es tu dueño.

Dios mío, no debería anhelar un acto tan vil, pero mi alma


sufre, vacía y expectante. Nos arrastramos hacia la escalera que
lleva al dormitorio principal, pero Asa está demasiado impaciente
y me arrastra hasta el suelo de madera como un depredador a la
caza de su presa.

Sí, tómame.

Poséeme.

Soy tuya.
Capítulo 8
Asa

Poppy es mía.

El conocimiento late al compás de mi corazón.

Mía. Para siempre.

Apretando mis caderas contra las suyas, dejo que Poppy


sienta todo el peso de mi cuerpo anclándola al suelo, instándola
a reconocer mi dominio y la permanencia de nuestra relación. Ya
no hay vuelta atrás.

El sabor de su crema se aferra a mi lengua, y pronto cubrirá


mi polla. Nadie más la conocerá tan íntimamente. O tan
minuciosamente... Porque planeo trazar cada peca y vena con mi
lengua hasta que cada centímetro de su piel lleve mi reclamo.

—Asa... —Se contonea debajo de mí, sus manos apretando la


tela a la altura de mis hombros mientras yo permanezco
inamovible: sólidos tendones y huesos de acero listos para
sondear sus dulces profundidades.
—Estás demasiado vestida, nena. —Siento un déjà vu
cuando me deshago de sus vaqueros y le arranco la camisa y el
sujetador de su cuerpo retorciéndose. Su frenética necesidad
envalentona al cavernícola que lleva dentro, sus exuberantes
curvas se agitan con cada movimiento y reclaman mi dominio
para que la retenga para mi placer.

Poppy se lame los labios cuando está completamente


desnuda y mira mi cuerpo cubierto. —Tú también. Y por mucho
que me guste la imagen del leñador, es hora de que se vaya. —
Intenta desabrocharme la franela, pero está demasiado apurada
para maniobrar con los pequeños botones.

Rápidamente, retrocedo y me arranco la camisa, con el


chasquido de los botones cayendo al suelo. Pero, ¿a quién le
importa una camisa estropeada cuando tengo a mi mujer
suplicándome que estemos piel con piel?

Me quito las botas y los vaqueros, vuelvo a acercar mi cuerpo


al suyo y gemimos al contacto. Las líneas duras se encuentran
con las curvas suaves cuando me acomodo sobre ella.

—Joder, nena. Te sientes tan bien, tan correcta. Estabas


destinada a ser mía, ¿verdad? —Agacho la cabeza y muerdo con
los dientes el punto donde se unen su cuello y su hombro antes
de chupar con fuerza y dejar mi primera marca de posesión. Es
arcaico, algo que haría un bárbaro, pero eso no me impedirá
añadir más a la colección.
No bromeaba con lo de reclamar y advertir a los demás a que
no se atrevan a meterse con mi compañera.

—Sí, sólo tuya —asiente Poppy, rodeándome la cintura con


las piernas para estrecharme más. El hecho de que corresponda
a mi necesidad, que iguale mi hambre, me lleva al límite y
abandono el pensamiento consciente mientras desciendo sobre
ella como una bestia salivando.

Aprieto sus exuberantes tetas, mi boca mordisquea y chupa


sus pezones color baya, un intrigante rubor oscureciendo las
areolas antes de extenderse por su pecho. Sigo el borde coloreado
de las protuberancias con la punta de la lengua antes de acariciar
cada una de las sensibles puntas.

—Algún día te las follaré con mi polla y derramaré mi semen


sobre tus hermosos pechos, para que mi aroma quede impreso
en tu piel.

Un grito maullante sale de su garganta mientras me araña el


cuero cabelludo, instándome a avanzar. —Eso te gusta, ¿verdad,
pequeña flor? Una parte secreta de ti adora la idea de ser
completamente propiedad de tu hombre, por muy depravado que
yo sea. ¿No es cierto?

Los ojos azules de Poppy se encienden en señal de


asentimiento, otro —Sí —confuso flota en el aire. Y la satisfacción
me golpea el pecho. Coloco mi polla goteante entre sus muslos,
recorro la abertura con la punta antes de presionar en su centro.
Está jodidamente apretada, y su cuerpo se pone rígido ante
la invasión. La preocupación me hace perder algo de lujuria ante
el cambio y le pregunto: —¿Estás bien? No quiero hacerte daño.
—Soy un hijo de puta grande, y mi polla no es diferente.

—Estoy bien, sólo me estoy acostumbrando. —La cara de


Poppy se pone pálida, y me detengo, temiendo avanzar. —
Probablemente debería haber mencionado que soy virgen. Sólo ve
despacio, y estaremos bien.

—¿Estás segura?

—Positivamente. —Una mano suave me acaricia la mejilla. —


No quiero que nos detengamos.

Acaricio la palma de su mano, suelto un suspiro reprimido y


asiento con la cabeza. —Está bien... Si te hace sentir mejor,
también es mi primera vez. Aunque sé que no es exactamente
comparable. —No soy yo la que está siendo atravesada por un
jodido tubo de acero.

—No, ayuda. Excepto que probablemente sea por esas chicas


malas y su bullying, ¿eh? Lo que sólo me enoja y entristece.

—Vamos en la dirección equivocada si es así como te sientes.


—Bajo una mano y deslizo el pulgar por su clítoris. —No pienses
en ellas. Piensa en nosotros. En esto. —Continúo con mis
ministraciones, su cuerpo se relaja y permite que mi polla se
deslice más adentro, centímetro a centímetro.
Poppy me masajea el cuello antes de inclinar la cabeza y
darme un tierno beso en los labios. —Tienes razón. Somos lo
único que importa. —Nuestras lenguas se encuentran en una
lánguida danza de afecto y pasión, que sirve de placentera
distracción hasta que el calor de Poppy envuelve mi gruesa polla.

Un escalofrío recorre mi espina dorsal y una fina película de


sudor se levanta sobre mi piel. Joder. ¿Cómo voy a mantener el
control con su cuerpo y su olor rodeándome?

Trago saliva y mis caderas inician un ritmo endiablado, sin


delicadeza ni precaución. Necesito que se corra antes de que mi
escaso control se desvanezca en el olvido. Lamo la marca que he
dejado antes y gruño mientras Poppy se estremece al hacerlo, con
un brillo de cansancio apareciendo en su rostro. —Córrete para
mí, pequeña flor. Sé que estás cansada; hoy has pasado por
mucho. Dame sólo una más.

Inclinando la espalda, su coño aprieta mi polla en señal de


liberación, y yo elevo una plegaria de agradecimiento mientras mi
propio orgasmo estalla, con el cuerpo temblando de alivio. Me
desplomo al lado de Poppy y nuestras respiraciones agitadas se
mezclan en la calma que reina.

La verdadera felicidad y la satisfacción afloran en mi sangre.


Algo que nunca había sentido en mi vida, y que me hace temer lo
que ocurrirá si alguna vez lo pierdo... si pierdo a Poppy.

—La próxima vez, asegurémonos de que tengas una alfombra


en este pasillo. —La extraña afirmación me hace reír hasta que
caigo en la cuenta de dos cosas. Piensa que habrá una próxima
vez, y debe de estar muy incómoda en estos suelos de madera,
sin ningún tipo de acolchado.

—Pediré una por internet más tarde. Puedes elegirla. —Me


pongo de pie y me inclino para levantar a Poppy del suelo. —Pero
primero, necesitas una siesta.

La acuno en mis brazos, ignoro sus protestas de que pesa


demasiado y me dirijo hacia el dormitorio principal con mi
preciosa carga. Es hora de demostrar que soy digno de algo más
que una follada - de demostrar que puedo satisfacer todas sus
necesidades.
Capítulo 9
Poppy

La luz del sol me calienta la mejilla y me estiro bajo su suave


resplandor. Los músculos doloridos me recuerdan a la noche
anterior y me hacen sonreír con sueño.

Asa fue maravilloso, tan tierno y amable. Después de


acomodarme en su cama, me preparó un baño caliente y procedió
a lavarme los efectos de nuestro acto sexual. A pesar de sus
comentarios sobre tener patas de oso por manos, su toque fue
suave, apenas parecido al de una Bestia.

—Me gusta despertarme a tu lado, nena. Ese dulce sonido


que acabas de hacer me hace imaginar todo tipo de sucias
maneras de volver a oírlo.

Me giro hacia él y me acurruco más en su pecho, disfrutando


del roce de su vello. —A mí también me gusta, aunque generas
mucho calor. Tenemos que abrir una ventana o poner
ventiladores por la noche para que pueda dormir sin quemarme.
Asa se ríe. —Añadiré los ventiladores a la lista junto con la
alfombra, pero si necesitas ayuda para dormir, conozco una
forma segura de agotarte. —Su mano se desliza bajo las sábanas
para agarrar uno de mis pechos posesivamente.

—Quizá deberías recordármelo... por motivos de


investigación —bromeo, cerrando el espacio que nos separa. Y
Asa acepta el reto, demostrando que su teoría es correcta una y
otra vez.

El mejor domingo de mi vida.

***
—¿Estás seguro de que es seguro? —le pregunta Asa al
mecánico por enésima vez, y agradezco su minuciosidad. El
hombre llamó esta mañana con el presupuesto y las reparaciones
necesarias, y ahora ya está hecho. Puedo volver a casa como si
este fin de semana nunca hubiera pasado. Como si no me
hubiera enamorado de Asa en el transcurso de las últimas
cuarenta y ocho horas.

—Sí, ella está bien para seguir. No hay de qué preocuparse.


Sólo necesitamos el pago, y eres libre de irte.

Me adelanto y ofrezco mi tarjeta antes de que Asa y yo


salgamos. Nos quedamos callados e incómodos junto a mi coche,
inseguros de nuestro siguiente paso. Este fin de semana nos
hemos hecho muchas promesas. Promesas que creo que Asa
quería cumplir, pero a la fría luz del lunes, lejos de su acogedora
cabaña, es más fácil que surjan dudas.

—¿Me llamarás cuando llegues a casa? ¿Para decirme que


has llegado bien? —Hay una mirada vulnerable en sus ojos, una
expresión que me obliga a calmar su aprensión.

Le rodeo la cintura con los brazos y lo envuelvo en un abrazo


protector. —Sí, en cuanto esté estacionada te lo haré saber. Y nos
veremos pronto. No está tan lejos. —Antes de este fin de semana,
me habría resistido a presionar a alguien para que condujera
para verme, sin querer causarle molestias. Pero Asa me ha
demostrado que soy digna de afecto, que importo, que no soy una
carga.

—No, no lo es. Seguro que te cansarás de verme tanto. —Su


tono intenta aligerar el ambiente, pero una inseguridad
subyacente se filtra en su voz.

—Nunca. —Me pongo de puntillas y le doy un beso sincero


en la boca, derramando todo mi amor en el abrazo, aunque aún
no pueda pronunciar las palabras. —Nos vemos pronto.

Asa me suelta a regañadientes y subo al coche antes de


despedirme con la mano. Esta vez tomo la rampa hacia la
autopista, evitando los caminos rurales. Los coches pasan
volando a mi lado mientras un nudo enfermizo crece en mi
estómago a medida que High Ridge y Asa se alejan.

Esto está mal.


La convicción se hace más profunda cuanto más conduzco y,
para cuando entro en el estacionamiento de mi apartamento, una
decisión se cristaliza en mi mente. Ya no pertenezco aquí. No a
Everton. Y mucho menos sola en mi apartamento.

Pertenezco a Asa.

Si no fuera porque mi cerebro racional intenta mostrar algo


de control, nunca habría continuado con este ridículo plan de
salir como una pareja normal, viviendo vidas separadas. No
después de lo que hemos vivido este fin de semana.

Amo a Asa pero no quería decírselo porque es demasiado


pronto. Demasiado rápido.

Bueno, demasiado condenadamente mal.

Después de mandar un mensaje a Asa diciendo que he


llegado bien a casa, subo corriendo a mi apartamento, evaluando
todo lo que hay que hacer. Romper el contrato no será divertido,
pero es necesario. Junto con empacar mis escasas pertenencias,
pero al menos ahora tengo a alguien en quien confiar. Alguien
que me ayudará. Y que tiene un camión.

La idea me hace sonreír y meto lo esencial en la maleta antes


de arrastrarla hasta el coche. Tory va a pensar que estoy loca por
hacer esto. Igual que todas mis amistades. Si es que siguen en
contacto.

Que es un gran 'si' teniendo en cuenta nuestras tenues


amistades. Apenas salimos viviendo en la misma ciudad; no estoy
segura de que vayan a querer visitar High Ridge para verme. Pero
de alguna manera la realización no es tan dolorosa como lo fue
una vez.

Porque ahora tengo a Asa.

La emoción florece en mi pecho y, una vez lleno el coche,


emprendo el viaje de vuelta a High Ridge.

Hacia Asa.

Hacia mi futuro.
Capítulo 10
Asa

Ver a Poppy alejarse de mí fue lo más jodidamente duro que


he tenido que hacer nunca. Decirle adiós a pesar de saber que no
era permanente me destripó como a un pez fuera del agua.

No quería que se fuera, pero entendía su razonamiento. En


el fondo, la cruda realidad es que nos conocemos desde hace dos
días. Un parpadeo en la vida de una persona, pero que sacudió
mi mundo. Me enamoré. Yo - la jodida Bestia de High Ridge. Pero
ella se fue, y tengo que conformarme con viajes de fin de semana
hasta que esté cómoda con más.

Suspirando, salgo disparado del camión en cuanto llego a


casa, un exceso de energía golpeándome con fuerza. Y sin mi
válvula de escape preferida, follarme a Poppy, recurro a mi
siguiente actividad favorita para calmarme. Dejándome la camisa
a un lado, agarro el hacha clavada en un bloque de madera y
empiezo a cortar.
El trabajo físico siempre me proporciona la liberación que
necesito, aunque esta vez me está resultando más difícil
descargar el ardor de mi sangre. El sudor mancha mis ásperas
palmas, prueba del paso del tiempo, y clavo la hoja del hacha en
un tocón, con el pecho agitado por el esfuerzo.

Vuelvo a oír el inconfundible crujido de los neumáticos al


subir por el camino de entrada y rodeo la cabaña para ver quién
está de visita. Ya les dije a Rhett y Micah que hoy no iría al
aserradero, así que no tiene sentido que vengan sin invitación.

Un Camry gris familiar estaciona junto a mi camión, y la


esperanza me golpea en las costillas mientras los latidos de mi
corazón se aceleran. Poppy sale del asiento del conductor y
camina hacia mí. —Has vuelto —digo lo obvio, con incredulidad
en las palabras.

—Y me quedaré, si está bien. —Se retuerce las manos


nerviosa y continúa: —Te amo, Asa. Lo que significa que no
quiero vivir lejos de ti. Quiero quedarme aquí contigo. Para
siempre.

Poppy me ama.

Avanzo a grandes zancadas, le acaricio la cara con las manos


y un temblor me recorre el cuerpo. —Por supuesto, puedes
quedarte aquí; nunca quise que te fueras, cariño. Eres mía y te
amo. Eso significa para siempre.
La sonrisa más brillante transforma su hermoso rostro, y no
puedo resistirme a saborear un poco de sol para mí. El beso
pretende ser suave y dulce, una afirmación de nuestro amor, pero
rápidamente se convierte en una vorágine caliente de ferviente
necesidad.

—Tranquila, pequeña flor, o terminaremos follando en la


grava. Y si pensabas que los suelos de madera eran duros...

Poppy se ríe y se tapa la boca avergonzada. —Lo siento, no


sé qué me pasa cuando estoy contigo. Es como si me
transformara en una ninfómana enloquecida por el sexo.

—Oye, no me quejo. Mi oferta sigue en pie: salta sobre mí


cuando quieras. Pero asegúrate de estar preparada para las
consecuencias, sean de grava o de madera dura.

—Lo tendré en cuenta. —Sus manos rozan mi pecho desnudo


y recuerdo que estoy sudado. Pero antes de que pueda
disculparme, Poppy tararea complacida. —Realmente te queda
muy bien eso de ser leñador. ¿Estabas cortando leña otra vez?

—Sí, necesitaba quemar algo de energía después de que te


fueras.

—Hmm... te queda bien. —Ella baja sus uñas, raspando


sobre el rastro que lleva a mi polla endurecida. —Te vi la primera
mañana después de quedarme varada. Aquí fuera, muy sexy.

—Lo sé. Yo también te vi.


La sorpresa hace que levante la vista y deje de mirar mi pecho
desnudo. —¿En serio? Pero actuaste tan normal.

—Porque si te arrastraba al suelo para una follada brutal


como yo quería, la cosa podría haber terminado conmigo entre
rejas.

—Oh. —La excitación chispea en sus ojos; la amenaza


obviamente no es tan repelente como pensé en un principio.

Agarrando la mano de Poppy, nos apresuro a volver a la


cabaña. —Y esa es mi señal para llevar esto adentro. Eres tan
fácil de leer, nena. Cada emoción es clara en tu bonito rostro.

—No es muy reconfortante oír eso. Una mujer debería poder


guardar sus secretos.

—No con su hombre —le digo, dando un portazo y subiendo


las escaleras hasta mi dormitorio.

Ella murmura un sonido de desacuerdo, pero no fuerza la


situación. Después de todo, tenemos cosas más importantes que
hacer. Como amar a mi compañera toda la noche.

Guiando a Poppy hasta el colchón, me froto la zona del


corazón al verla. Contra todo pronóstico, conseguí a la chica, la
mujer perfecta para mí.

Una exuberante belleza para la Bestia.


Epilogo 1
Poppy
Un año después

—¿Me estás escuchando? —gruñe Asa desde su posición en


cuclillas junto al coche.

—¿Por qué? ¿Va a haber un examen al final?

—Puede que sí... Y si suspendes, te daré unos azotes.

—Hmm, no parece mucho incentivo para prestar atención


entonces. —Sonrío descaradamente, adorando el oscuro ardor
que se forma en su cara. Intenta enseñarme a cambiar una rueda
pinchada en caso de emergencia, pero no me interesa. Quizá más
tarde. Porque lo único en lo que estoy concentrada ahora es en lo
bien que le quedan a mi marido la franela y los vaqueros.

Se limpia las manos sucias con un trapo y sacude la cabeza


en señal de desaprobación. —Disfrutas demasiado metiéndote en
problemas. ¿Cómo voy a darte una lección si te empeñas en ser
intratable? Maldito si lo hago y maldito si no lo hago.

Apoyo las manos en la encimera del garaje, me subo a la


superficie de madera y abro las piernas en señal de invitación. —
Preferiría que lo fueras... conmigo, preferiblemente.

Se ríe de la frase cursi, pero el calor de sus ojos me hace


saber que está totalmente de acuerdo. El vestido me cae por las
piernas y el aire fresco roza mi centro desnudo; no es el atuendo
más práctico para cambiar una rueda, pero ese nunca fue mi
objetivo inicial.

—Realmente eres un problema andando por ahí con el coño


al aire y esperándome. ¿Este era tu plan desde el principio?

—Tal vez... Prometo que aprenderé con el tiempo, pero no es


como si no te tuviera a ti para venir a rescatarme. Otra vez. O
incluso Rhett o Micah, si es necesario. —Ese es uno de los
mayores cambios en mi vida desde que me mudé a High Ridge
para estar con Asa. Ahora tengo gente, un sistema de apoyo.
Entre mi marido y sus amigos y sus parejas, ya no me siento tan
sola ni como una marginada.

Asa arrastra una silla y se sienta delante de mí, sus manos


deslizándose por mis piernas. Se inclina hacia delante y sus
labios recorren la frágil piel de mis muslos. —Cierto —murmura.
—Siempre me tendrás.
—Porque me amas, ¿verdad? —Me encanta oírlo decir esas
palabras, sedienta de ellas después de tanto tiempo de sequía
antes de conocer a Asa. Como predije, mis amistades anteriores
se quedaron por el camino. Sin embargo, en lugar de atribuirlo a
un problema conmigo -algo que habría hecho antes de Asa-, sabía
que era sólo el ciclo de la vida y las amistades. No era nada
personal.

—Jodidamente te adoro, pequeña flor. A veces, no puedo


respirar de lo mucho que te amo. —Me besa el clítoris en señal
de afecto, su tierna mirada se encuentra con la mía, e
inesperadas lágrimas brotan de lo afortunada que soy.

Este milagro de hombre es mío.

Y todo porque mi coche se detuvo en el arcén y me trajo a mi


príncipe azul disfrazado de Bestia.
Epilogo 2
Asa
Cuatro años después

El corazón me late con fuerza mientras localizo a mi presa


detrás de una roca gigante. Colocando una mano firme sobre la
fría roca, ella se detiene, claramente esforzándose por determinar
mi ubicación por encima del sonido de las ramas rompiéndose y
los animales corriendo por el bosque.

—¡Te tengo! Ahora eres mía. —Poppy grita sorprendida


cuando mi brazo la rodea por la cintura y la azota contra mi firme
pecho. Nos gusta jugar a perseguirnos por el bosque, haciendo
honor a mi antiguo apodo de Bestia, y eso nunca deja de
excitarnos.

—Siempre soy tuya —admite, sin aliento después del juego.

Inclino su cabeza con una mano suave que se extiende por


su cuello en un apretón posesivo. —Y siempre lo serás —gruño
antes de que mis labios tomen lo que es mío. Es hora de disfrutar
del botín de la caza: Poppy, mi mujer.

Un rugido de placer vibra en mi garganta ante su sabor


familiar, y el dolor de sus uñas clavándose en mi antebrazo
agudiza mis sentidos. Cinco años juntos, cuatro de ellos como
marido y mujer, y nunca me canso de mi pequeña flor. Dulce y
delicada como su nombre, pero también fuerte y resistente.

Sobrevivió a esos años sola igual que yo, y ahora tenemos a


nuestra hija, Chloe, que llena nuestras vidas de tanta alegría. Y
algunos de los habitantes del pueblo han empezado a ablandarse
conmigo. Al parecer, tener mujer e hija cuenta a mi favor para no
ser tan Bestia como se creía antes.

—Me has atrapado, ¿qué harás conmigo? —Poppy frota su


culo contra mi frente, sabiendo exactamente lo que pasará a
continuación.

—Follarte hasta que mi semilla eche raíces. Te quiero llena y


redonda otra vez con nuestro bebé. —Gime y aumenta la presión
sobre mi polla en anticipación. Llevamos tiempo hablando de
tener otro hijo, así que sé que es algo que ansía.

Poppy es una madre maravillosa, atenta y comprensiva. Y


estoy decidido a darle a mi mujer todo lo que desea. Su alegría
provoca la mía; es algo que nunca daré por sentado.

La vida me dio mi alma gemela hace tantos años.


Y nunca dejaré de intentar merecer el regalo de Poppy, mi
pequeña flor.

Fin

También podría gustarte