D IO N IS IO DE H A L IC A R N A S O
HISTORIA ANTIGUA
DE R O M A
LI B RO S I-III
INTRODUCCIÓN
D O M IN G O PLÁ C ID O
TRADUCCIÓN Y NOTAS DE
ELVIRA JIMÉNEZ Y ESTER SÄNCHEZ
EDITORIAL GREDOS
Aunque me gustan muy poco las
explicaciones que se suelen dar en
Método que debe jQS proem¡os de las historias, me veo
seguir el historiador , , . . .
obligado a hablar de antemano so-
bre mi persona. Y no tengo inten-
ción de extenderme en mis propios elogios, que sé que
resultan ociosos a los lectores ', ni tampoco pienso
criticar a otros historiadores, como hicieron Anaxime-
nes y Teopompo2 en los proemios de sus historias, si-
no que voy a explicar los motivos que me impulsaron
a emprender esta obra, y daré cuenta de las fuentes de
las que conseguí la información de los hechos que se-
rán relatados. Desde luego, estoy convencido de que
quienes se proponen dejar a la posteridad recuerdo
de su persona, que no sea aniquilado por el tiempo
1 Dionisio dice literalmente «a los oyentes» (tots akoúousin).
2 Anaximenes de Lámpsaco fue un historiador fecundo, pues es-
cribió unas Helénicas que se extienden desde la prim itiva historia mi-
tica hasta la batalla de Mantinea. También una Historia de Alejandro,
lo que nos confirm a la creencia de que la época de su actividad litera-
ria fue la segunda mitad del siglo rv. Tiene además una Retórica a
Alejandro y unas Filípicas. Teopompo nació en 378-76. N o poseemos
ninguna obra completa suya. H izo un Epítom e de Heródoto en 2 li-
bros. Enlazó en sus Helénicas con Tucídides, continuando el relato
hasta la batalla de Cnido (394). Su obra más grande fue las Filípicas
en 58 libros.
HISTORIA ANTIGUA DE ROMA
juntamente con su cuerpo, y sobre todo quienes escri-
ben historias, en las que suponemos que se establece
la verdad como principio de prudencia y de sabiduría,
deben, en primer lugar, elegir temas nobles y elevados
que contengan gran utilidad para los futuros lectores;
y en segundo lugar, procurarse con mucho interés y
esfuerzo las fuentes necesarias para el desarrollo del
tema. Los que basan obras históricas en asuntos sin re-
nombre, improcedentes o indignos de cualquier interés
porque aspiran a alcanzar notoriedad y conseguir un
nombre cualquiera que sea, o porque quieren demos-
trar la superioridad de su fuerza retórica, ni son admi-
rados en la posteridad por su fama, ni elogiados por
su oratoria; y en quienes leen sus historias dejan la im-
presión de que ellos mismos admiraron las vidas acor-
des con los escritos que publicaron, pues todos piensan
que las palabras son imágenes del espíritu de cada uno.
Por otra parte, quienes eligen los mejores temas, pero
los desarrollan de forma negligente y a la ligera, a base
de relatos que han escuchado al azar, no consiguen nin-
gún elogio por su elección; pues no nos parece justo
que sean improvisadas o escritas de forma negligente
las historias sobre ciudades famosas y varones que han
llegado al poder real. Como pienso que estas dos obser-
vaciones son necesarias y muy importantes para los
historiadores y he puesto mucho interés en ambas, no
quise pasar por alto su mención, ni escribirlo en nin-
gún otro lugar más que en el proemio de mi obra.
Pues bien, que yo he elegido un
tema hermoso, noble y útil para mu·
Presentación del cjjOS no creo qUe necesite muchas
tema de la obra «
explicaciones, al menos para quie-
nes no son totalmente desconocedo-
res de la historia universal. Sin duda, si alguien pone
su atención en las hegemonías de ciudades y pueblos
de los que tenemos referencia desde tiempos pasados,
LIBRO I
y, después de examinarlos cada uno por separado y
compararlos mutuamente, quisiera determinar cuál de
ellos consiguió el mayor poder y realizó proezas más
brillantes tanto en paz como en guerra, verá que la so-
beranía de los romanos ha superado con mucho a todas
las que se recuerdan antes de ella, no sólo por la exten-
sión de su dominio y por la nobleza de sus acciones,
que todavía ninguna historia ha alabado dignamente,
sino también por el espacio de tiempo que ha durado
ese poder, llegando hasta nuestros días. El imperio de
los asirios, que era antiguo y se remontaba a los tiem-
pos míticos, sólo dominó una pequeña parte de Asia.
El imperio de los medos, después de aniquilar al de los
asirios y conseguir un dominio mayor, no prevaleció
mucho tiempo, sino que fue destruido a la cuarta gene-
ración 3. Los persas, una vez que vencieron a los me-
dos, se apoderaron finalmente de casi toda Asia; pero
cuando atacaron también a los pueblos de Europa, no
sometieron a muchos y no permanecieron en el poder
mucho más de doscientos años \ El imperio macedó-
nico, que destruyó la fuerza de los persas y cuyos domi-
nios superaron en extensión a todos los anteriores, tam-
poco floreció durante mucho tiempo, sino que después
de la muerte de Alejandro empezó a decaer. Fue repar-
tido inmediatamente entre muchos generales a partir
de los diádocos 5 y, aunque después de aquéllos tuvo
fuerzas para continuar hasta la segunda o tercera gene-
ración, se debilitó él mismo por causas internas y fue
aniquilado finalmente por los romanos 6. Tampoco es-
te imperio sometió toda la tierra y el mar, pues ni se
3 En 550 a. C., durante el reinado de Astiages, el cuarto rey me-
do según Heródoto.
4 550-330 a. C.
5 Diádocos (sucesores) es el término aplicado a los generales de
Alejandro que, a la muerte de éste, dividieron su imperio.
6 Con la derrota de Perseo en 168, o con la victoria definitiva de
los romanos sobre Filipo V en la batalla de Cinoscéfalos (197).
HISTORIA ANTIGUA DE ROMA
apoderó de Libia, excepto de una pequeña parte junto
a Egipto, ni conquistó toda Europa, sino que llegó
por la parte norte hasta Tracia y por el oeste bajó
hasta el mar Adriático.
Así pues, las más ilustres de las
E l poder de Rom a anteriores soberanías que hemos co-
supera al de todos n0Cid0 a través de la historia, fue-
los imperios derrocadas después de haber al-
antenores r
canzado tanta fuerza y poder. Y las
potencias griegas no son dignas de compararse con
ellas por no haber conseguido ni la magnitud de su im-
perio ni la fama durante tanto tiempo como aquéllas.
Lös atenienses dominaron sólo la costa durante sesenta
y ocho años 7, y no toda, sino la que está entre el mar
Euxino y el Panfilio, y esto, cuando su supremacía na-
val fue mayor. Los lacedemonios, dueños del Pelopone-
so y el resto de Grecia, quisieron llevar a su dominio
hasta Macedonia, pero fueron detenidos por los teba-
nos y no conservaron el poder ni treinta años comple-
tos 8. En cambio, la ciudad de los romanos gobierna
toda la tierra que no es inaccesible, sino habitada por
hombres, y domina todo el mar, no sólo el que está den-
tro de las columnás de Hércules, sino también todo el
océano navegable; es la primera y única ciudad de las
que se recuerda a lo largo de todos los tiempos que ha-
ya hecho de la salida y la puesta del sol los límites de
sus dominios. Y el período de su soberanía no ha sido
corto, sino mayor que el de ninguna de las demás
ciudades o reinos; pues desde el principio, inmediata-
mente después de su fundación, fue anexionándose los
pueblos cercanos, que eran muchos y belicosos, y conti-
nuó esclavizando a todo el que se le oponía. Han pasa-
7 Circa 472-404.
8 Esta datación es errónea, pues el periodo fue desde el 404, año
de la rendición de Atenas, hasta el 371, en que tuvo lugar la batalla
de Leuctra.
LIBRO I
do setecientos cuarenta y cinco años desde entonces
hasta el consulado de Claudio Nerón, cónsul por segun-
da vez, y Calpurnio Pisón, que fueron designados en la
CXCIII Olimpiada9.
Desde que se adueñó de toda Italia y se atrevió a
pretender el gobierno de todo el mundo, después de ex-
pulsar del mar a los cartagineses, que tenían la mayor
flota naval, y someter a Macedonia, que hasta entonces
parecía poseer el máximo poder en tierra, ya no tuvo
ningún pueblo bárbaro ni griego como rival y, en nues-
tros días, ya en la séptima generación, continúa gober-
nando todo el mundo; y no hay ningún pueblo, por de-
cirlo así, que dispute por la hegemonía universal o por
no aceptar el gobierno de Roma. Con todo, no sé qué
más pruebas debo alegar de que ni he escogido el más
banal de los temas, como afirmé, ni me he propuesto
tratar acciones insignificantes y desconocidas, sino que
voy a escribir sobre la ciudad más ilustre y sobre unas
hazañas tales que nadie podría señalar otras más bri-
llantes.
Antes de nada, quiero explicar
brevemente que no sin reflexión y
E l autor razona la sin un meditado propósito me dedi-
eleccion de su tema . . , , ·
que a la parte antigua de la historia
de Roma, y puedo dar unas razones
muy calibradas de mi elección, para que no me censu-
ren algunos aficionados a criticarlo todo, cuando toda-
vía no han oído nada de los asuntos que se les van a
relatar; quizá me reprochen que esta ciudad, aunque
sea celebrada en nuestros días, tuvo unos comienzos os-
curos, muy humildes e indignos de ser registrados en
la historia, y que ha llegado a la fama y la gloria no
9 Nerón y Pisón fueron cónsules en el 7 a. C. Éste era el año 745
de Roma según Dionisio, que data su fundación en el 751. Véase cap.
HISTORIA ANTIGUA DE ROMA
hace muchas generaciones, desde que aniquiló el poder
macedónico y venció en las guerras púnicas; y que yo,
pudiendo haber elegido alguna de sus etapas gloriosas,
me incliné por la historia arcaica, que no tiene nada
brillante. Pues bien, la historia antigua de la ciudad de
Roma todavía es desconocida para casi todos los grie-
gos, y algunas opiniones no verdaderas, sino fundadas
en relatos que han llegado a sus oídos por casualidad,
han engañado a la mayoría con la idea de que la ciudad
tuvo como fundadores a ciertos vagabundos sin hogar
y a bárbaros que ni siquiera eran hombres libres; y
que, si con el tiempo ha llegado a la supremacía total,
no ha sido por su piedad, justicia o cualquier otra vir-
tud, sino por una suerte especial y porque la injusta
Fortuna concede al azar sus mayores bienes a los más
indignos. Y los más maliciosos suelen acusar abierta-
mente a la Fortuna de que concede a los bárbaros más
perversos los favores que corresponderían a los grie-
gos. Pero, ¿qué necesidad hay de hablar de otros, cuan-
do también algunos historiadores se atrevieron a dejar
escritas estas ideas en sus historias, por complacer con
relatos injustos y falsos a reyes bárbaros que odian la
hegemonía de Roma, reyes a quienes ellos sirvieron y
adularon?
Pues bien, con la intención de sa-
car de la mente de muchos esas
Objetivos del autor creencias, como afirmé, erróneas, y
establecer en su lugar las verdade-
ras, voy a explicar en esta historia
quiénes fueron los fundadores de la ciudad, en qué mo-
mento se reunió cada uno de los grupos y por qué ava-
tares de la fortuna abandonaron las moradas paternas.
Y a través de esta obra, prometo demostrar que fueron
griegos que se habían reunido procedentes de pueblos
que no eran ni los más pequeños ni los más insignifi-
cantes. Empezando a partir del libro siguiente, relataré
LIBRO I
las acciones que llevaron a cabo inmediatamente des-
pués de la fundación, y las costumbres por las cuales
sus descendientes alcanzaron tanto poder. Así, en la
medida de mis posibilidades, no omitiré nada digno de
mención para inculcarles, al menos a los que van a co-
nocer la verdad, una idea correcta de esta ciudad, si
es que no mantienen una actitud totalmente violenta y
hostil hacia ella; que no se indignen por la sumisión
que es lógica (pues de hecho hay una ley de la naturale-
za, común para todos y que ninguna época derogará,
consistente en que los superiores gobiernan siempre so-
bre los inferiores), y que no acusen a la Fortuna de ha-
ber concedido en vano y por tanto tiempo tal soberanía
a una ciudad indigna; al menos, después de haber
aprendido por mi historia que desde el principio, inme-
diatamente después de su fundación, ofreció numero-
sos ejemplos de hombres virtuosos, y ninguna ciudad
ni griega ni bárbara pudo ofrecer otros más piadosos,
ni más justos, ni más moderados durante toda su vida,
ni mejores luchadores en las guerras que aquéllos. Esto
lo conseguiré si realmente el resentimiento queda al
margen de la historia, pues la promesa de relatos admi-
rables y contrarios a las creencias puede acarrear tales
sentimientos.
Todos los que han proporcionado a la propia Roma
la extensión tan grande de su dominio son desconoci-
dos entre los griegos por haber carecido de un historia-
dor estimable; pues ninguna historia rigurosa sobre los
romanos ha aparecido en lengua griega hasta nuestros
días, a no ser muy breves y sumarios epítomes.
HISTORIA ANTIGUA DE ROMA
El primer historiador, que yo se-
E l autor pretende pa, que tocó por encima la historia
tratar la época que antigUa de Roma fue Jerónimo de
otros historiadores ç ar£Jia io e n s u 0 Jjr a Sobre los Epí-
gonos Después, Timeo de Sici-
lia 12 relató la época arcaica en su historia general, y
registró las guerras contra Pirro de Epiro en una obra
aparte. Además de éstos, Antigono, Polibio, Sileno 13 y
muchísimos otros se ocuparon de los mismos temas,
pero no de igual forma, y cada uno de ellos escribió
reuniendo unas pocas cosas aplicadas sin rigor y proce-
dentes de relatos llegados al azar. Semejantes a éstas y
nada diferentes son las historias que nos ofrecieron
cuantos romanos narraron en lengua griega los sucesos
antiguos de la ciudad; de estos escritores, los más anti-
guos son Quinto Fabio y Lucio Cincio '\ y ambos flo-
10 La moderna investigación reconoce la obra de Jerónimo de
Cardia como fuente importante e imprescindible para el medio siglo
inmediato a la muerte de Alejandro. Jerónimo, que asumió parte im-
portante en la lucha de los diádocos, escribió su historia de la época
en los últimos decenios de su vida, que discurrió aproximadamente
entre 350 y 260. Probablemente, aquella abarcaba desde la muerte de
Alejandro a la de Pirro (272) y fue para los escritores posteriores (Dio-
doro, Arriano, Plutarco y otros) la fuente principal para este período.
11 Epígonos es el nombre dado a los hijos de los Diádocos.
12 Timeo nació a mediados del siglo rv. Su obra narraba la histo-
ria del occidente griego desde los comienzos hasta la 1.a guerra púni-
ca. Los libros Sobre Pirro eran un apéndice. Se ocupó de la arqueolo-
gía de Roma asi como de su encumbramiento. Fue muy cuidadoso en
la cronología y aportó su contribución al establecimiento del cómputo
por olimpiadas.
13 Antigono es prácticamente desconocido. Polibio de Megalópo-
lis no necesita ningún comentario. Sileno escribió una historia de
Aníbal.
14 Q. Fabio Pictor y L. Cincio Alimento, analistas romanos (lin-
des del siglo i i a. C.). Fabio Pictor fue senador y participó en la 2.*
guerra púnica. Alimento fue pretor en 210. Escriben sus Anales en
griego porque intentan menos interesar al público romano que difun-
dir el conocimiento y la gloria de Roma por el extranjero. Relato de
LIBRO I
recieron durante las guerras púnicas. Cada uno de es-
tos hombre narró con exactitud basada en la experien-
cia aquellos hechos en los que él mismo había estado
presente; en cambio, los sucesos antiguos ocurridos
después de la fundación de la ciudad los tocaron por
encima y de forma sucinta. Por estos motivos decidí no
omitir una hermosa historia que los más antiguos deja-
ron sin mencionar, y de la cual, si se escribe con rigor,
se obtendrán los mejores y más justos resultados: los
hombres valientes que han cumplido su destino alcan-
zarán fama eterna y serán elogiados en la posteridad,
lo que hace que la naturaleza humana se asemeje a la
divina y que no mueran las hazañas juntamente con los
cuerpos. Además, los actuales y futuros descendientes
de aquellos varones semejantes a dioses no elegirán la
vida más placentera y fácil, sino la más noble y ambi-
ciosa, pensando que quienes por su nacimiento han he-
redado un linaje ilustre, deben tener un alto concepto
de sí mismos y no dedicarse a nada indigno de sus ante-
pasados. Y yo, que me incliné a este trabajo no por adu-
lación, sino por atender a la verdad y a la justicia, fines
a los que debe apuntar toda historia, en primer lugar,
habré demostrado mi intención de ser útil a todos los
hombres honrados y a los que gusten de contemplar
hermosas y grandes hazañas. En segundo lugar, habré
compensado a la ciudad con un acto de agradecimiento
en la medida de mis posibilidades, como recuerdo de
la educación y de los demás bienes que disfruté mien-
tras viví en ella.
los orígenes muy mezclado de fábulas más o menos poéticas, de todas
las procedencias, en especial griegas o helenizadas. Parcialidad aristo-
crática y nacional.
HISTORIA ANTIGUA DE ROMA
Una vez que he explicado la ra-
zón de mi elección, quiero hablar
Fuentes de la obra también sobre las fuentes que utili-
cé cuando iba a emprender mi histo-
ria; pues quienes hayan leído antes
a Jerónimo, Timeo, Polibio o algunos de los otros histo-
riadores que mencioné hace un momento, como ejem-
plo de escritores que han tocado el tema por encima,
quizá por no haber encontrado en ellos muchas de las
cosas mencionadas por mí, sospecharán que me las he
inventado y exigirán saber cómo he llegado a conocer
estos detalles. Pues bien, para que nadie tenga tal opi-
nión de mí, lo mejor es hablar previamente de los rela-
tos y memorias en los que me he basado.
Yo llegué a Italia en la época en que César Augusto
puso fin a la guerra civil, a mediados de la CLXXXVII
Olimpiadal5, y el período de veintidós años transcu-
rridos desde entonces hasta hoy lo pasé en Roma,
aprendiendo la lengua de los romanos y conociendo su
escritura local, y me dediqué todo ese tiempo a traba-
jar en asuntos relacionados con este tema. Algunas en-
señanzas las recibí de los hombres más versados, con
quienes mantuve relación; y otras, las fui recogiendo
de las historias que escribieron autores alabados entre
los mismos romanos: Porcio Catón, Fabio Máximo, Va-
lerio Andas, Licinio Mácer, Elios, Gelios, Calpumios 16
15 En enero del año 29 a. C. se cerró el tem plo de Jano y en
agosto de ese mismo año Octavio celebró el triunfo que marcó el fin
de la guerra.
16 Fabio Máximo puede referirse a Q. Fabio Máximo Serviliano.
Valerio Ancias en su historia de Roma, en 75 libros al menos, se entre-
gaba a una retórica pintoresca y patriótica en exceso en que los datos,
en especial los numéricos, se exageraban hasta el absurdo. Licinio Má-
cer fue orador y analista con mucho interés por la erudición. En cuan-
to a los plurales Elios, Gelios y Calpumios, no deben ser tomados al
pie de la letra. Conocemos a dos Elios: L. Elio Tuberón y su hijo Quin-
to. Éste escribió, por lo menos, 12 libros de Historiae, que narraban
LIBRO I
y otros muchos hombres notables; y partiendo de aque-
llas obras (que son parecidas a los anales griegos) em-
prendí mi historia. Hasta aquí, lo referente a mi perso-
na. Me queda todavía decir sobre la historia misma en
qué periodos la divido, qué temas trato y cuál es la for-
ma que voy a dar a la obra.
Período Empiezo, pues, la historia desde
comprendido en la las más antiguas leyendas, que los
obra, estilo y historiadores que me han precedido
presentación del omitieron, por ser difíciles de inter-
autor pretar sin un gran estudio. Y llevo
mi relato hasta el comienzo de la primera guerra púni-
ca, que tuvo lugar en el tercer año de la C XXVIII Olim-
piada (265 a. C.). Narro todas las guerras que mantuvo
la ciudad con otros pueblos en aquellos tiempos, las re-
beliones civiles que padeció, las causas por las que se
produjeron y de qué modo y con qué argumentos cesa-
ron. Explico todas las formas de gobierno que tuvo Ro-
ma durante la monarquía y después de la caída de los
reyes, y cuál era el carácter de cada una de ellas. Des-
cribo las mejores costumbres y las leyes más notables
y, en suma, muestro toda la vida de la antigua Roma.
La forma que doy a la obra no es como la que dieron
a sus historias los que escribieron sólo sobre guerras,
ni como la de quienes explicaron los regímenes políti-
cos que imperaban entre ellos, ni tampoco es semejante
la historia de Roma desde Eneas hasta el conflicto entre César y Pom-
peyo. Pero sólo sabemos de un Gelio y un Calpurnio que hayan sido
historiadores: Cneo G elio y L. Calpurnio Pisón «e l Honesto» (Frugi).
Ambos vivieron en época de los Gracos y escribieron historias de Ro-
ma desde el origen de la ciudad hasta su tiempo. Calpurnio Pisón es-
cribió, por lo menos, 7 libros de Anales en un estilo sencillo. Parece
haber gustado de las anécdotas de tendencias morales, quizá por in-
fluencia de Catón. Su autoridad fue reconocida por Cicerón, Varrón,
Livio, Dionisio y Plinio.
HISTORIA ANTIGUA DE ROMA
a los anales que publicaron los autores de las Atthi-
des pues éstas son monótonas y en seguida aburren
a los lectores. Sino que es una mezcla de cada tipo, del
forense, del especulativo y del narrativo, para que re-
sulte satisfactoria tanto a quienes se dedican a los de-
bates políticos como a quienes están interesados en la
especulación filosófica, e incluso a quienes buscan un
pasatiempo tranquilo en sus lecturas de historia. Así
pues, mi obra versará sobre tales asuntos y tal será su
forma. El autor soy yo, Dionisio de Halicarnaso, hijo
de Alejandro. Y a partir de este momento empiezo.
La. ciudad que ahora habitan los
romanos, dueña de toda la tierra y
Prim eros habitantes gj mar se qUe JQS primerOS que
de Rom a , . , ?
la ocuparon de los que se recuerdan
fueron los bárbaros sículos, pueblo
autóctono. Nadie puede hablar con seguridad de los
acontecimientos anteriores a esta época, ni si fue ocu-
pada por otros pueblos o estuvo deshabitada. Pero des-
pués de algún tiempo, los aborígenes se apoderaron de
ella arrebatándosela a sus ocupantes mediante una lar-
ga guerra.
Al principio vivían en las montañas en aldeas sin
amurallar y dispersos; pero cuando los pelasgos, uni-
dos con algunos otros griegos, les ayudaron en la gue-
rra contra sus vecinos, después de expulsar de allí a
los sículos, amurallaron muchas ciudades y se dispusie-
ron a someter todo el territorio comprendido entre los
ríos Liris y Tiber. Éstos corren desde el pie de los mon-
tes Apeninos, que dividen Italia en dos partes a lo lar-
go, y la distancia de una a otra desembocadura en el
mar Tirreno es de unos ochocientos estadios ls; el Tí-
17 Atthis (adjetivo que significa «á tic o») fue el nombre dado a
historias del Ática. Hubo muchas en los siglos iv y m.
'* Estadio: medida de longitud equivalente a 600 pies griegos o a
625 romanos.