Preciosismo, primeras luces
feministas.
FEBRERO 14, 2018
Leisa Sánchez
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Por Paulina Gordillo Tejada.
Ilustración Diego Corrales.
Edición 429 – Febrero 2018.
Las primeras y poco conocidas
polémicas feministas se sitúan en la Francia del siglo XVII, cuando de entre los
círculos aristocráticos surge el preciosismo, un movimiento cultural en el que las
mujeres fueron las protagonistas. Las preciosas establecieron sus propias leyes en
ámbitos y lugares que históricamente les estuvieron negados. La época dorada de
la Ilustración femenina fue corta, pues pronto aparecieron detractores muy
influyentes, autoproclamados como pedantes y liderados por Molière que
pusieron en ridículo a las preciosas a través de sus obras.
Esta historia comienza en una habitación azul y una joven que espera recostada
en una cama. Afuera, un París luminoso intenta encajar en el Renacimiento, un
movimiento cultural que ha llegado tardíamente desde Italia, pero que ya ha
echado buenas raíces en el resto de Europa.
Corre el año de 1618. La joven que espera se llama Catalina de Vivonne, una
aristócrata que, con doce años, ya estaba casada. Educada como si de un varón se
tratase, de pequeña se le permitía asistir a las reuniones que su padre, el marqués
de Pisany, solía celebrar con grandes pensadores como Lefévre o Pasquier. De su
matrimonio con Charles d’Angennes obtuvo el título de marquesa de
Rambouillet, con el que invariablemente será recordada.
Poco después de la boda, la pareja se mudó al hotel Pisany de París y Catalina,
sin estudios formales de arquitectura, esbozó sus propios planos para reformarlo
por completo. Su triunfo creativo fue tal que la mismísima María de Medicis
copió algunas de sus ideas durante la construcción del palacio de Luxemburgo.
Catalina de Vivonne, marquesa de Rambouillet, fue una mujer excepcional,
creadora, en el siglo XVII, del primer salón literario parisino, en su palacio hotel
de Rambouillet (situado en la rue Saint Thomas du Louvre, antigua calle que ya
no existe), aproximadamente en el lugar del Pavillon Turgot del Museo del
Louvre; fue una apasionada de las artes, la literatura, la historia y hablaba varios
idiomas.
La marquesa concentró su esmero en su chambre bleue —la habitación azul de la
que hemos hablado—, decidida a convertirla en el refugio de los que, como ella,
se sentían empalagados con las intrigas de la corte de Enrique IV. El lugar de
encuentro de la aristocracia francesa solía ser el Museo de Louvre y, a pesar de
que muchos acudían por un sincero interés cultural y artístico, los dimes y diretes
de la nobleza terminaban acaparando todas las conversaciones.
Chambre
bleue en el hotel de Rambouillet: el salón ejerció una gran influencia en la lengua
francesa, así como en la literatura de su tiempo. Aunque Molière ridiculizara los
modales de quienes alternaban en este salón, en su obra Las preciosas ridículas,
precisamente fueron estas ‘preciosas’ las que desempeñaron un importantísimo
papel en la renovación del vocabulario francés.
Arthénice —anagrama con el que se hacía llamar la marquesa— solía esperar a
sus invitados recostada, quizá por su delicada salud o tal vez por una simple
cuestión de elegancia, y ellos se sentaban alrededor de la cama, para disfrutar de
buena compañía, afinar el gusto y ampliar conocimientos a través de la lectura, el
juego literario, la poesía galante o el debate filosófico.
Hicieron suyo un verso de Horacio, “Aut delectare aut prodesse est” (“Ya sea
para complacer o educar”) y se volcaron a ello. La aristocracia de sangre no era
suficiente: era vital cultivar el bel spirit y, por esa razón, todo lo que ocurriera o
se dijera dentro de la habitación azul tenía que ser elevado, refinado y precioso.
Preciosité
Lo que comenzó como una moda o un estilo de vida clasista fue adquiriendo el
carácter y el peso de un movimiento cultural en toda regla. Quienes acudían al
hotel Rambouillet ya no eran meros contertulios; su nuevo estatus hacía gala a
précieux (precioso), una voz repetida con frecuencia en sus encuentros.
Richelieu, Balzac, Voiture, Rancan, La Fontaine, Malherbe, La Rochefoucauld o
los hermanos Scudéry son solo un puñado de nombres ilustres que, a fuerza de
acudir asiduamente a las reuniones en la afamada habitación azul, crearon un
microcosmos de erudición diferente a todo lo visto en el París de entonces.
El preciosismo, como explican De Martino y Bruzzese en su libro Las filósofas:
las mujeres protagonistas en la historia del pensamiento, “fue un fenómeno
complejo que se presentaba al mismo tiempo como un modelo de
comportamiento, una corriente literaria, un movimiento de ideas y un
movimiento, sobre todo femenino, que afrontaba temas que iban más allá del
ámbito de la cultura para cambiar las costumbres de una sociedad”.
Era, pues, una corriente claramente francesa y, aunque una exaltación por la
estética similar y, sincrónica se conoció en Italia con el nombre de manierismo y
en España como culteranismo o gongorismo, fue en el país galo donde terminó
consagrándose como un ámbito exclusivamente femenino Sus aportes a la
literatura y la lengua francesa fueron ingentes. Los círculos aris-tocráticos más
herméticos se abrieron para intelectuales y artistas, generando nuevas formas de
mecenazgo; el lenguaje literario se enriqueció de pureza y refinamiento, se
desterraron vulgarismos y los escrúpulos con las formas lingüísticas derivaron en
una nueva clasificación de las palabras, reflejada en el Diccionario de la
Academia Francesa de 1694.
La misma Academia es fruto del preciosismo. Fue fundada por Richelieu —uno
de los imprescindibles en las tertulias del Rambouillet— y por otros 39
preciosos, recordados como “Los inmortales”. Lo que empezó en 1635 como una
reunión informal de literatos y lingüistas terminó convirtiéndose en la principal
institución encargada de velar por el buen uso y el per-feccionamiento de la
lengua francesa.
Laboratorios de civilización
Durante los primeros años, las reuniones de los preciosos fueron conocidas como
gabinetes o alcobas y solo en 1664 se empezó a hablar de salones literarios, como
“espacios para la literatura y el pensamiento, más allá de los controles de las
doctrinas oficiales y de la sociedad estamental”, según explica Enriqueta Bezian
de Busquets en su ponencia La preciosidad como fenómeno social.
Las fronteras de estos “laboratorios de civilización”, llamados así por Augustus
Mongredien en la época de oro del salón, estuvieron abiertas a la libertad de
pensamiento, opinión y credo, a la autonomía femenina, la tolerancia y la
supresión de prejuicios.
El éxito de madame Rambouillet no tardó en encontrar rivales. Madeleine de
Scudéry, asidua a las reuniones del hotel, abrió el salón más visitado por la
burguesía parisina, el Société de Sumedi. Scudéry será siempre recordada como
la primera literata de Francia y como autora de El mapa de la ternura, la biblia de
las preciosas.
Célebres fueron los salones de madame de La Fayette, autora de la primera
novela histórica francesa, y cuyo salón trascendió la conversación, para centrarse
en la creación; el de Suzanne de Plessis-Bellière, la marquesa que inspiró un
personaje de Dumas, o el de Valentin Conrart, en cuyo salón surgió la idea de
instituir una Academia de la Lengua.
Las salonnières o anfitrionas llegaron a ostentar cierta influencia en una sociedad
diseñada para hombres. En palabras de Bezian de Busquets, “la sociabilidad a
través de los salones (…) permitió a las preciosas moverse con libertad en un
mundo masculino”, y su nuevo poder devino en un matriarcado exprés de alta
sociedad.
Julie Luciana
d’Angennes, llamada la incomparable Julia, nacida en París en 1607, hija del
marqués de Rambouillet y de Catherine de Vivonne, ayudó a su madre en el
chambre bleue.
Una grieta
Para Oliva Blanco Corujo, docente del Instituto de Investigaciones Feministas de
la Universidad Complutense de Madrid, la aportación de los salones del XVII al
feminismo radica en que “gracias a ellos, la querella feminista deja de ser coto
privado de teólogos y moralistas y pasa a ser un tema de opinión pública”.
La cuestión femenina o “querella feminista” fue un debate académico y literario
exclusivamente masculino, que se inició en el siglo XIV y que buscó el
reconocimiento de ciertos derechos de las mujeres relacionados con el acceso al
conocimiento y la política.
La primera mujer que participó en ese debate fue Christine de Pizan, una
intrépida escritora italiana, afincada en Francia, que en 1405 escribió El libro de
la ciudad de las damas y El libro de las tres virtudes, obras con las que se ganó a
pulso el respeto de una sociedad oscura y patriarcal, en la que todavía se tenían
dudas sobre la naturaleza humana de la mujer, y con las que abrió la grieta por
donde se colaron las primeras luces feministas.
Dos siglos después, las preciosas retomaron la labor de Pizan y trasladaron la luz
a sus salones, para discutir abiertamente sobre igualdad de géneros y amor libre;
cuestionar la irrefutable sacralidad del matrimonio y la autoridad marital, y poner
sobre la mesa temas de escándalo moral como el divorcio o el control de la
natalidad.
“La mente no tiene sexo”
En las primeras décadas del movimiento, hubo un preciosismo masculino muy
activo: Voiture, Chapelain, Menage o Conrart o Poullain de la Barre fueron
algunos de los preciosos más conocidos. Sin embargo, fue este último —teólogo
y filósofo, sacerdote perseguido y convertido al calvinismo— quien hizo la
contribución más importante al movimiento preciosista y una de las más
significativas en la historia de la querella feminista.
Su obra De la igualdad de los dos sexos, publicada en 1673, lo catapultó como el
primer pensador europeo en construir su filosofía en torno al valor universal de la
igualdad. Afirmaciones como “la mente no tiene sexo” o que la historia de la
humanidad, contada siempre por hombres, era infiel e inexacta y estaba plagada
de “prejuicios y errores” sobre la mujer, le supusieron persecución y destierro.
En el ensayo titulado El feminismo: senda no transitada de la Ilustración, la
filósofa e historiadora Celia Amorós, admite que ninguno de los intelectuales de
la Revolución francesa que reivindicaron los derechos de la mujer cien años más
tarde, superaron “el techo ideológico marcado por Poullain de la Barre”.
Nadie como el exsacerdote consideró jamás y con una clarividencia tan
extraordinaria para su tiempo, las demandas feministas sobre el acceso de la
mujer al poder político, el ejercicio del sacerdocio, la judi-catura o la docencia
universitaria e, incluso, a los altos mandos del ejército.
Una de las salonières más famosas fue madame de Stael, autora de obras como
Delphine (1802) y Corinne o Italia (1807), quien se convirtió en enemiga directa
de Napoléon. Dicen que en una de las reuniones, en uno de los “Salones azules”
más importantes de París, madame de Stael, que aspiraba a convertirse en
inspiradora política de Napoleón, comenzó a hablar sobre política. Al parecer,
Napoleón no consideraba apropiado que una mujer hablara de esos temas. La
enemistad entre ambos se fue “forjando” con el tiempo, y llegará a decir que sus
obras eran “antipatrióticas”. Además, el autócrata desconfiaba de las ideas
liberales de madame Stael.
Fuente: [Link]
El hijo no querido de la Ilustración
Sin embargo, no todo fue, en el sentido actual de la palabra, precioso. La
reacción misógina y patriarcal no se hizo esperar y fue más conocida que el
propio preciosismo. Pronto aparecieron detractores de gran influencia llamados a
sí mismos pedantes, que olfatearon el peligro y sintieron la necesidad de “marcar
territorio” y convertir al preciosismo en lo que Amelia Valcárcel bautizó como
“el hijo no querido de la Ilustración”.
Algunos defectos del preciosismo como el excesivo amaneramiento de la lengua
—abusaban, por ejemplo, de los adverbios superlativos— y la exageración de los
modales, o el giro que las últimas preciosas dieron hacia una suerte de
monasticismo o culto al espíritu, donde no había cabida para el hombre ni para el
amor carnal, fueron utilizados con astucia por los pedantes para ridiculizarlas y
echarles en cara que el intelecto era cosa de hombres.
Uno de los mayores críticos de las “mujeres sabias” fue Molière, el genio de la
dramaturgia francesa, quien, a pesar de mostrarse partidario de la libertad
femenina, consideraba, no sin contradicción, que las mujeres no debían apartarse
demasiado de su casa, porque perturbaban el equilibrio familiar.
En 1659 presentó la primera gran obra del teatro francés moderno, titulada Las
preciosas ridículas, y fue la caricatura grotesca de estas “marisabidillas pedantes
de la corte”, lo que le permitió ganarse el favor del rey Luis XIV y consagrarse
como el padre indiscutible de la comedia francesa.
Si bien es cierto que su inigualable sátira arrancó las carcajadas más sonoras que
jamás se escucharon en París, arrancó también y de cuajo, una lucha de décadas
por el empoderamiento femenino que quedaría silenciada durante más de un
siglo, hasta su resurrección durante la Revolución francesa