Antes de la celebración de la Pascua, Jesús sabía que había
llegado su momento para dejar este mundo y regresar a su
Padre. Había amado a sus discípulos durante el ministerio que
realizó en la tierra y ahora los amó hasta el final.
Juan 13:1 (NTV)
Prefacio
Semana Santa: la mejor semana en toda la historia. Ocho días entretejidas en
innumerables vidas cambiadas para siempre.
Esta semana nos da la oportunidad, otra vez, de detenernos, meditar y acompañar a
Jesús en su última semana de vida. Para entrar a la historia y colocarnos dentro de cada escena.
Para recordarnos su sacrificio por nuestros pecados en una cruz romana. Para celebrar su
victoria sobre la muerte cuando se levantó de su tumba. Para honrar a Jesús como el único
Señor y Salvador que puede y de hecho restauró lo que el pecado arruinó en el Edén
generaciones atrás. Para entender que la historia de Dios y las nuestras están entretejidas.
Los importantes eventos que fueron descritos con tanto detalle por los escritores de los
evangelios significan tanto para nosotros como para los discípulos de Jesús y la iglesia primitiva
hace 2,000 años, porque nosotros también formamos parte de su historia al igual que los
patriarcas de nuestra fe.
Nuestro Dios es el maestro tejedor, trabajando y reescribiendo nuestras historias (como
quien crea un hermoso tapete) para que encajen con sus planes supremos y el propósito de
nuestras vidas en el mundo.
El corazón de este devocional es mostrarte, a través de estas pequeñas lecturas, como
este extravagante amor, asombrosa gracia y la victoria sobre la muerte, son el deseo de Dios
para nuestras vidas también.
No dejes que esta grandiosa semana pase de ti. Únete a mí en este viaje desde el
domingo de palmas hasta el domingo de pascua.
Durante estos ocho días baja la velocidad. Aléjate de distracciones. Calma tu alma y
espera pacientemente en el Señor. Ora mientras lees su palabra y medita en las verdades
contenidas en estas páginas, estoy segura que Dios te visitará exactamente en donde estás.
Oro mientras lees estas páginas para Dios te rodee con su amor.
Domingo de Palmas
Lee Mateo 21:2-9
Cuando se acercaba el tiempo de ascender al cielo, Jesús salió con determinación hacia
Jerusalén. (Lucas 9:51 NTV)
El escenario está listo. Las calles están preparadas y llenas a más no poder del gentío
judío que ha venido a Jerusalén. Están en el pueblo para celebrar el Festival de la Pascua; para
recordar la intervención dramática y poderosa de Dios para sacarlos de su esclavitud en Egipto
(Éxodo 12:31-42). Era un tiempo en extremo emocional.
La atmósfera está cargada, alcanzando el punto culminante cuando la gente ve lo
siguiente.
Jesús, aquel que han escuchado enseñar, han visto hacer milagros, que humildemente
ha proclamado ser el Mesías está entrando al pueblo sobre un burro. El Rey ha venido.
Pacíficamente, humildemente y en triunfo.
El gentío es estridente. Juntos gritan y cantan “Hosanna”, mientras bendicen su nombre
al tirar sus capas y ramas de palmas en el camino frente a Él (versículos 8-9). Lo adoran, se
presentan ante Él y le suplican que los salve.
Es la alfombra roja más sorprendente que el mundo ha visto. Y a pesar de todo lo que
sucede alrededor de Él, los ojos de Jesús están fijos en la tarea que tiene por delante. Él sabe
lo que se acerca (Lucas 18:31-33). Él sabe que Jerusalén significa que su tiempo de morir ha
llegado (Lucas 13:33). Estos últimos días de su vida son su enfoque.
Los eventos que se desencadenaron el domingo de palmas nos enseñan todo lo que
vendrá el resto de la semana: la traición, arresto, juicio falso y crucifixión, las cuales no son un
error de justicia.
No, esto era un plan. Un plan que se a puesto en acción y que nació del amor desde el
momento en que el pecado entró al mundo al morder una crujiente manzana (Génesis 3:6).
Un plan para mostrarnos a todos que tenemos un Dios que no se queda pasivo, sino que decide
entrar en el tiempo y la historia para reescribir la historia rota.
El tiempo ha llegado para Jesús para cumplir su misión. Y lo hará de manera voluntaria
(Juan 10:18); con lágrimas en sus ojos (Lucas 19:41).
Mientras entra a Jerusalén sobre ese burro está escogiendo entregar su vida por nuestro
bien, para que pudiéramos saber el increíble amor que nuestro Dios tiene por todos y cada uno
de nosotros.
Lunes
Lee Mateo 21:10-17
La tensión es palpable. No es la primera vez que Jerusalén ha sido una ciudad en el filo
del cuchillo, perturbada hasta el núcleo. Tampoco es la primera vez que Jesús es la principal
razón para este comportamiento.
Igual que Herodes, cuando escuchó las noticias acerca del nacimiento de un nuevo rey
judío de boca de los reyes sabios (Mateo 2:3); los líderes religiosos están una vez más agitados
y llenos de temor e indignación al ver a Jesús entrar a Jerusalén aclamado por las masas.
Por mucho tiempo ya Él ha sido una piedra en el zapato. Están determinados a que
este profeta, al cual han fallado en reconocer, desde la humilde Nazaret, desaparezca antes de
que les quite el poder y la prominencia que tienen. (Mateo 26:3-5).
Pero antes de que puedan poner su plan en acción, Jesús se está moviendo hacia el
templo, tirando mesas y lanzando dinero al piso.
El rey que apareció pacíficamente en un burro el día anterior está ahora actuando con
la autoridad santa mientras echa fuera a los vendedores del templo con un mensaje claro que
retumba en sus oídos: “Mi templo será llamado casa de oración”, ¡pero ustedes lo han
convertido en una cueva de ladrones!» (Versículo 13). Estoy segura que la gente que lo vio el
domingo de palmas está asombrada por lo que está haciendo.
Pero es lo que Jesús hace luego lo que deja a todos con la boca abierta: una asombrosa
y hermosa reflexión de Su reino: les da la bienvenida a los ciegos, los cojos y a los niños a su
lado, sanándolos y asegurándoles un lugar junto a Él (versículos 14-15).
Los orgullosos, los profanadores y los que han hecho la adoración acerca de ellos
mismos han sido echados fuera (versículo 12). Para hacer lugar a aquellos que se acerque
humildemente, con todos sus pecados puestos al descubierto.
Y así, como lo hizo en esos días los hace con nosotros hoy. Nuestro Salvador ve a través
de nosotros y escucha nuestro llanto, y no lo ignora, en lugar de ello nos encuentra con su
asombrosa gracia.
A través de su vida y sacrificio Jesús instigó un hermoso intercambio, dándonos belleza
en lugar de cenizas, gozo en lugar de luto y alabanza en lugar de desesperación (Isaías 61:3),
así como una nueva vida, identidad y herencia en Él, una esperanza por los siglos, nos asegura
su presencia con nosotros siempre y mucho más.
Martes
Lee Mateo 26:36-39
Jesús está en curso a su destino final de buscar y salvar lo que se había perdido: la cruz
y la tumba.
Mientras viajamos a través de la Semana Santa vemos a nuestro Salvador pasar la
mayoría del tiempo de estos últimos días con sus discípulos y las multitudes que se acumulan
a su alrededor.
Enseña acerca de la fe (Mateo 21:21). Pronuncia juicio contra los líderes religiosos
(Mateo 23:1-7, 24:33). Profetiza sobra la destrucción de Jerusalén (Mateo 24:1-28). Y habla
en parábolas, advirtiendo sobre su segunda venida y el juicio final (Mateo 25:31-46). Todo
esto de manera poderosa y personal.
Aun así, Jesús hizo tiempo para retirarse. Se aleja a Betania, ese lugar que se volvió
famoso gracias a la resurrección de Lázaro (Juan 11:1-44), para prepararse a sí mismo para el
festival de la Pascua y el resto de sucesos que venían a su encuentro.
Esta semana pasa mostrándonos “cómo amar” mientras lava los pies de sus discípulos
(Juan 13:1-20); y en última instancia nos muestra como pronto Jesús entregará su cuerpo
quebrantado y su sangre será entregada en sacrificio por nosotros, por nuestra libertad. (Lucas
22:7-20).
Es aquí, donde Jesús se mueve de este aposento alto y nos encontramos en el Jardín
del Getsemaní viendo a nuestro Salvador en su agonía sosteniendo la copa que lleva su nombre
escrito en ella.
Su lucha, mientras ora tres veces para pedir que la copa pase de Él, es muy humana.
Es aquí donde contemplamos a Jesús experimentando esta variedad de emociones que
nosotros también hemos experimentado, y aceptando cuan abrumador es. (versículo 38). A
pesar de saber lo cómoda que puede ser la vida, comprende lo que es ser un simple humano.
Aunque, nosotros quizá hubiéramos continuado pidiendo porque Dios proveyera otra
salida, Jesús decide rendirse (versículo 39). Él confía en el plan de su Padre, porque sabe que
el gozo postrero de la victoria que pronto disfrutará es mejor que el tormento y angustia que
está a punto de enfrentar en la cruz (Hebreos 12:2).
Así que, reforzado por un ángel, se enfrenta a la cruz; escogiendo fijar sus objetivos en
esa colina en Jerusalén. Porque sabe que pronto, a través de todo lo que logrará en esa vieja
cruz, pronto podrá sin vergüenza llamar a todos aquellos que lo busquen y lo llamen por su
nombre, incluyéndonos, sus hermanos y hermanas (Hebreos 2:11).
Miércoles
Lee Mateo 26:47-50
y preguntó Judas: «¿Cuánto me pagarán por traicionar a Jesús?». (Mateo 26:15 NTV).
Esta es la pregunta que pronto definirá el acto que marcará su vida. Mientras Jesús
agoniza hablando con su Padre, y sus discípulos descansan exhaustos a su alrededor, Judas
está buscando su momento. Él espera el momento de su traición.
Mientras Judas entró al jardín esa noche, rodeado de un grupo grande de personas que
portaban espadas y palos (versículo 47), es fácil que sintamos resentimiento en su contra.
Aquí tenemos a un hombre que fue llamado por Jesús y lleno con poder y autoridad
(Lucas 9:1). Un hombre que renunció a todo por seguir al Mesías (Lucas 6:16), un hombre
que por tres años caminó al lado de Jesús; escuchando sus más íntimas enseñanzas (Mateo 5-
7) y siendo testigo increíbles milagros de un amplio rango (Marcos 6:30-34, Lucas 7:11-17).
Un hombre que fue enviado junto a otros once a hacer estas mismas increíbles cosas (Lucas
9:2). Un hombre al que se le confió la administración de su dinero (Juan 12:6). Y que aun así
despreció todo esto: acá lo tenemos ahora, escogiendo darle la espalda aquel que es la
esperanza del mundo.
Y entonces nos preguntamos: ¿Por qué lo haría? ¿Avaricia? ¿Desilusión de que Jesús
no era el Mesías que él había esperado? ¿Miedo por su futuro?
Cualquiera que fuera la razón que tuvo y cualquier enojo que podría tener hacia Jesús
es fácil darnos cuenta, que cuando Judas traicionó a Jesús, él cometió el error más grande que
un hombre pudo cometer.
Adoramos a Jesús en un mundo que busca alejarnos de Él con muchas distracciones.
Aparentan ser muy satisfactorias en el momento, pero pronto nos damos cuenta, como Judas
lo hizo con su bolsa de plata, que no lo son.
Y aquí es donde empezamos a encontrar increíbles buenas noticias para nosotros.
Aunque Judas sucumbió y cayó por sus propios deseos, vivimos en la luz de la misericordia de
nuestro Padre: una misericordia que está disponible de manera gratuita sin importar nuestro
pasado o cuan grave sea nuestro pecado. Una misericordia que excede el juicio y nos da un
nuevo inicio mientras buscamos permanecer anclados en Cristo, guardando nuestros corazones
a través del tesoro de su palabra.
Jueves
Lee Lucas 23:13-21
Judas ha actuado, traicionando y sellando el destino de Jesús con un beso. En plena
hora oscura de la media noche, soldados y sirvientes toman a Jesús; en sus caras se ven
sonrisas de triunfo, mientras los discípulos se dispersan, Pedro, lleno de ira, extiendo una espada
y la blandea ante aquellos que están cerca de Jesús. Reclama una oreja y siente la reprensión
punzante de su Maestro (Juan 18:10-11).
El espectáculo de los líderes religiosos ha dado fruto. Jesús está finalmente en sus
manos. Han esperado este momento durante años y no lo dejarán escaparse como lo ha hecho
en otras ocasiones.
Firmes en su decisión, bruscamente llevan a Jesús de regreso por el jardín hacia la casa
de Anás, quien era un importante sacerdote, para iniciar el primero de seis juicios que tendrá.
Los juicios se realizan rápidamente. Deben asegurar un veredicto antes del amanecer.
Pasan de un frustrado Anás a Caifás, el sumo sacerdote actual, Jesús es declarado culpable de
blasfemia al romper su silencio (Mateo 26:64). Su rostro está lleno de sangre, es sentenciado
a muerte. Pero es una sentencia que ellos no pueden dictaminar; solo los romanos pueden. Así
que Jesús debe tener una audiencia con Pilato, el gobernador romano de Judea para decidir su
destino. Sin embargo, Pilato no encuentra culpabilidad en Jesús, tampoco lo hace Herodes
Antipas (Lucas 23:4-12). Nada de esto ayuda a satisfacer al Sanedrín así que inicia el sexto
juicio.
Pilato desea poner a Jesús en libertad, usando como conducto el preso que solían liberar
por la pascua, sin embargo, la multitud desea que sea Barrabás quien sea liberado (versículo
18). Trata otro movimiento flagelando y humillando a Jesús, pero ellos quieren el cuerpo
quebrado y la sangre de Jesús esparcida en una cruz porque “afirmó ser el hijo de Dios” (Juan
19:7). Por última vez Pilato intenta liberar a Jesús, pero los líderes religiosos se entrometen en
su camino: “Si pones a este hombre en libertad, no eres amigo del César” (Juan 19.12). Tienen
a Pilato justo donde querían: en una esquina, no puede argumentar.
Y allí lo tenemos. Jesús, el único hombre perfectamente inocente que puede conceder
vida a los supremos culpables es sentenciado a muerte. No por decisión de Pilato, ni por los
líderes religiosos y menos por las multitudes frenéticas. Mas bien por la autoridad propia de
Jesús que ha decidido dar su vida por ti y por mí. Siempre fue su decisión; esto siempre fue la
voluntad de Dios. Estamos a punto de ser testigos de la más poderosa demostración de amor
en acción.
Buen Viernes
Lee Marcos 15:33-37
La noche más larga da paso a la mañana, Jesús ha sido golpeado hasta quedar
irreconocible y está sangrando de la cabeza a los pies, se tambalea físicamente y sin fuerza
bajo el peso de su propia cruz mientras camina hacia el lugar de la crucifixión en el Gólgota
(Marcos 15:22).
Momentos después Jesús, es clavado en sus muñecas y pies, y es levantado en su cruz.
En una de las formas de tortura más cruel que el ser humano ha inventado, el hombre que ha
sido etiquetado como el Rey de los judíos (Marcos 15:26) está en agonía.
Su crucifixión es un espectáculo público. La misma multitud que ha gritado
“crucifíquenlo” animados por los líderes religiosos del Sanedrín apenas unos minutos antes
ahora se han acumulado frente a la cruz para continuar su burla.
Uno de los ladrones que fue crucificado a un lado de Jesús se une a la multitud a medida
que le insultan y se burla de su incapacidad de salvarse a sí mismo (Marcos 15:27,31). No se
dan cuenta que si este Rey se salva a sí mismo su única esperanza de Salvación está perdida.
El otro ladrón, sin embargo, mira a Jesús exactamente tal y como es y recibe el regalo de la
vida cuando le pide al Mesías que se recuerde de él. (Lucas 23:42-43). La Salvación está a
punto de venir.
Mientras el reloj va avanzando hacia el mediodía, los cielos se oscurecen (versículo 33).
Jesús, el hijo de Dios está abrazando la ira de Dios para que podamos tener vida eterna. Se ha
convertido en pecado por nosotros (2 Corintios 5:21), grita en una voz llena de desesperanza:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Versículo 34, Salmos 22:1). Es la más
grande muestra de amor, rendición y obediencia que el mundo verá jamás.
Poco después de haber vaciado la copa que pidió que pasara de Él, y de haber
experimentado la completa maldición del pecado, Jesús entrega su vida voluntariamente en tres
palabras que entretejen nuestro pasado, presente y futuro y que aún hacen eco hasta el día de
hoy: «¡Todo está cumplido!». (Juan 19:30).
Mientras Jesús entrega su espíritu en las manos de su Padre y muere (Lucas 23:46),
la cortina del templo se rasga desde el suelo hasta el techo (Marcos 15:38). Lo que una vez
nos separó de la Santa Presencia de Dios se ha ido para siempre, ha sido sobrepasado por la
gracia. Aunque fue, el día más oscuro de la historia, nuestro salvador ha creado un camino de
vuelta al Padre para toda la humanidad, lo hizo al restaurar el caos que se provocó en el jardín.
“¡Ciertamente este hombre era (Y es) el Hijo de Dios!”La Salvación ha venido, la Salvación está
aquí.
Sábado
Lee Mateo 27:57-61
Sábado. El Sabbath. Cristo Jesús ha sido sepultado. Llevado a la muerte en una cruz
romana por una indignante serie de traiciones, un liderazgo débil y celoso, un juicio falso, burla
pública y, para rematar, el peso de la naturaleza caída de la humanidad y el pecado.
Mientras José de Arimatea coloca el cuerpo de Jesús en su tumba, sella la misma con
una piedra gigante y se acumulan guardianes alrededor de ella. Podríamos, quizá, imaginar y
sentir lo que sentían por haber llegado al final de la situación.
No hay dudas, si María Magdalena y las otras Marías están buscando su cuerpo, Jesús
ha muerto.
El silencio sepulcral de una comunidad inmersa en el Sabbath que descansa y la quietud
de las calles que solo horas antes eran una caótica cacofonía de abucheos, aclamaciones y
lágrimas solo son muestra de la verdad.
Cada memoria y momento que los discípulos que aun quedan han experimentado en su
interinato de tres años con Jesús han sido reemplazados con lágrimas, angustia, el lamento de
sueños rotos, un golpe de desesperanza, un sentido paralizante lleno de miedo y la pregunta
“¿Y ahora qué?” (Lucas 24:21). Podríamos, quizá, imaginar y sentir lo que sentían por haber
llegado al final de la situación.
En la crudeza de los eventos sucedidos el viernes y en la impaciencia de tener que
permanecer quietos en el Sabbath, el domingo y todo lo que Jesús habló acerca de reconstruir
el templo en tres días (Juan 2:19) o de resucitar parece muy lejano.
Y todavía hoy, en este día Santo, Dios esta trabajando en la historia algo realmente
increíble, librando batalla contra la muerte y la tumba.
Él está tejiendo algo que esos primeros discípulos pueden muy difícilmente imaginar,
pero ahora nosotros podemos ver lo que Él estaba haciendo. Fuera de todo el dolor, lágrimas,
lamento, miedo y desesperanza, podemos, a través de los eventos del viernes, conocer y
disfrutar de acceso a nuestro Padre celestial.
Mientras esperamos todo lo que el domingo traerá (promesas cumplidas, celebración y
un renacimiento de la esperanza) podemos también aceptar la invitación hecha en ese
momento de permanecer cerca (Hebreos 10:19-22) y tener comunión con nuestro Dios.
Gracias a Jesús, nosotros no tenemos que ver a Dios en la distancia. En cambio, podemos
conocerlo de cerca, podemos tenerlo presente en nuestra realidad cuando dirigimos nuestros
corazones hacia Él. Su final nos dio un camino hacia la oportunidad. Él te está llamando a
permanecer cerca.
Domingo de Resurrección
Lee Juan 20:1-10
Ella corre. Con cada paso pánico y confusión son sus acompañantes, igual que los
devastadores recuerdos de los días previos. Cada vez que sus ojos parpadean, vuelve a recordar
el momento en el que José enterró a Jesús y selló la tumba con una piedra (mateo 27:60-61)
Al llegar a la casa donde se encuentran los discípulos se da cuenta que nada de lo que
fue testigo temprano por la mañana tiene sentido.
Sin aliento, María Magdalena comparte las noticias. La tumba está vacía, el cuerpo que
contenía ha desaparecido; no sabe donde se encuentra ahora. (Versículos 1-2).
Antes de que puedan hacer ninguna pregunta Pedro y el otro discípulo están de camino,
recorriendo nuevamente la ruta que recorrió María hacia el jardín. La tumba vacía les da la
bienvenida mientras ellos ven únicamente sábanas de lino donde antes habían depositado su
cuerpo (Versículos 6-7). ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está Jesús?
Reina la confusión en los discípulos que permanecen despistados frente al cataclismo
que ha tenido lugar en la tumba de Jesús esa mañana. Jesús les habló en repetidas ocasiones
acerca de los eventos que tendrían lugar (Mateo 17.22-23, Marcos 8:31, Lucas 9:22), pero
ellos nunca lo entendieron totalmente.
Y es aquí, en esta confusión en el jardín, cerca de la confusión, el miedo y la devastación
que vinieron las palabras que alteraron su historia y la nuestra para siempre. Palabras que
vuelven un corazón roto en uno lleno de gozo:
Pero el ángel les dijo: «No se alarmen. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el que fue
crucificado. ¡No está aquí! ¡Ha resucitado! Miren, aquí es donde pusieron su cuerpo. (Marcos
16:6).
¡¡¡Jesús ha resucitado!!! La muerte ha sido vencida en victoria (1 Corintios 15:54). El
enemigo ha sido derrotado. La oscuridad ha dado paso a la luz. El pecado ha sido consumido
con la Gracia asombrosa. Hay esperanza para todos.
Lo que celebramos este día cada año es el cambio de nuestras vestiduras para ese día
en el que nos unamos triunfantes a la canción en el cielo, a la multitud proclamando toda la
gloria y honor al victorioso Cordero de Dios. Este domingo de resurrección es una pequeña
prueba de lo que nos espera en la eternidad.
Así que continuamos, viviendo en el conocimiento de esto. Sabiendo que la tumba vacía
nos exclama que Jesús está vivo. Una nueva era ha comenzado. Esta vida no es lo que era
antes. Hay victoria. Hay gozo. Hay más. Para todos los tiempos.