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El Gran Viaje de Rock

El extraterrestre Rok se aburre en su planeta natal Súlex y decide emprender un viaje espacial para explorar otros mundos. Tras visitar varios planetas sin encontrar nada interesante, descubre la Tierra y queda fascinado por su diversidad y belleza natural. Sin embargo, comienza a debilitarse por la falta de alimento, hasta que encuentra basura de plástico en la playa que puede comer. Desde entonces decide vivir en la Tierra para siempre, ayudando a mantenerla limpia al comerse la contaminación.
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El Gran Viaje de Rock

El extraterrestre Rok se aburre en su planeta natal Súlex y decide emprender un viaje espacial para explorar otros mundos. Tras visitar varios planetas sin encontrar nada interesante, descubre la Tierra y queda fascinado por su diversidad y belleza natural. Sin embargo, comienza a debilitarse por la falta de alimento, hasta que encuentra basura de plástico en la playa que puede comer. Desde entonces decide vivir en la Tierra para siempre, ayudando a mantenerla limpia al comerse la contaminación.
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El gran viaje de Rock

Cuento original de Cristina R. Lomba

El extraterrestre Rok estaba harto de vivir en Súlex, un planeta


árido y silencioso perdido en el universo. Cada día era igual que el
anterior y ya no lo soportaba más.

– Entre que somos pocos y no hay nada interesante que hacer, me


aburro más que una piedra pómez.

Acababa de cumplir trescientos años y, dado que su esperanza de


vida era milenaria, todavía se veía a sí mismo como un tipo joven
con muchas ganas de disfrutar y cumplir algunos deseos
pendientes.

– Creo que salir de la rutina y conocer nuevos sitios me vendrá muy


bien. ¡Ha llegado el momento de concederme un capricho y
lanzarme a la aventura!

¡Dicho y hecho! Para celebrar cifra tan redonda, tirar la casa por la ventana y regalarse un viaje
espacial. Si algo le apetecía con locura era ver mundo, o mejor dicho, otros mundos.

En el planeta Súlex no había del año estaciones ni nada parecido, pero sus habitantes sabían que
cuando la luz del amanecer era anaranjada se daban las condiciones perfectas para volar por el
espacio. Por esa razón, Rok aguardó la llegada de una mañana color salmón para cargar a tope la
batería de su nave último modelo y salir a investigar fuera de los límites conocidos.

– Al fin voy a realizar el viaje sideral que tantas veces soñó. ¡Qué emoción!

Los extraterrestres no necesitan traje de astronauta para volar y mucho menos un casco que
aplaste sus delicadas antenitas verdes, así que Rok solo tuvo que ponerse unas gafas especiales
para poder ver con claridad y pilotar seguro entre tanto polvo cósmico.

– Ya estoy listo para partir. ¡Adiós, planeta Súlex!

Entró en su moderno platillo volante, cerró la escotilla, se sentó frente a la complicada pantalla de
mandos, y apretó un botón cuadrado que le puso en órbita en un santiamén.

– Tres… Dos… Uno… ¡Despegue!

¡Rok estaba entusiasmado! Recorrer la galaxia a velocidad supersónica no era cosa que uno
pudiera hacer todos los días; pero además, tenía otra gran motivación: quería ser el primero de su
especie en alcanzar el sistema solar.

Tras muchas horas surcando el espacio, negro como la boca de un lobo, lo consiguió.

– ¡Bravo, bravo! El camino ha sido largo, pero no hay nada imposible cuando uno pone ilusión en
el objetivo. En fin, veamos qué hay por estos lugares tan lejanos de mi civilización.
Rok fue pasando por delante de los planetas más importantes y vio que no llegaban a la decena.
Tras un rato observándolos detenidamente, tuvo que admitir que se sintió decepcionado, pues
excepto uno que tenía un enorme anillo alrededor, todos le parecieron más o menos iguales.

– ¡Vaya, no es lo que yo me esperaba! Veo un planeta rojo lleno de dunas, otro cubierto de
cráteres, aquel pequeño donde debe hacer un frío terrible… ¡Aunque parezca mentira, ninguno es
mejor que el mío!

Allí, en medio de la oscuridad solo salpicada por el fulgor de alguna estrellita lejana, empezó a
plantearse dar media vuelta.

– Nada por aquí, nada por allá… Si lo llego a saber no me muevo de casa. ¡Ni siquiera veo una
estación de hidrógeno líquido donde repostar!

Rok se dio cuenta de que su andanza interestelar estaba a punto de finalizar.

– De nada sirve engañarse, esto es lo que hay. Regresaré a casa antes de quedarme sin
combustible.

Iba a girar los mandos cuando de esfera se arrepienta, al fondo a la derecha, dividió una enorme
que destacaba entre las demás.

– Pero… ¡¿qué es eso?!

Para asegurarse de que no se utilice un efecto óptico, achinó sus grandes ojos saltones.

– Yo diría que se trata de un planeta, pero un planeta muy raro porque tiene más colores que el
resto de sus vecinos.

Estaba tan intrigado que pisó a tope el acelerador y se aproximó para verlo mejor. Como la mitad
estaba a oscuras se situó frente a la zona iluminada por el sol, a una distancia adecuada para
poder hacer una buena valoración.

– ¡Vaya, qué interesante! Distingo zonas montañosas casi desérticas, pero también grandes áreas
verdes cubriendo la superficie. Y esas extensiones azules… ¿serán océanos?

Rok estaba absolutamente fascinado.

– Aunque es arriesgado, si no bajo a explorar me arrepentiré toda la vida.

Eligió un punto al azar e inició la maniobra de descenso. En cuanto aterrizó apagó el motor, se
quitó las gafas, abrió la escotilla, y antes de salir asomó la cabeza para comprobar si la zona era
peligrosa.

– Mis antenas no detectan ni señales extrañas ni la presencia de posibles enemigos. ¡Vamos allá!

Rok abandonó la nave de un salto y se quedó maravillado al comprobar que, bajo un cielo azul
salpicado de nubes como jirones de algodón, se extendió una maravillosa y exótica playa tropical.
Acababa de llegar al planeta Tierra.

– ¡Ay madre!… ¡Esto sí es un verdadero paraíso!


Durante unos minutos no pudo ni moverse, sobrecogido como estaba por tanta belleza. Cuando
pudo reaccionar, dejó atrás la nave y comenzó a dar pasitos cortos en dirección al mar. ¡No te
puedes imaginar el placer que le produjo caminar sobre la arena blanca templada por el sol y
respirar aire fresco con aroma a sal!

– ¡Qué gozada! Es el lugar mas hermoso que he visto en tres siglos de vida.

Estaba feliz y emocionado cuando, súbitamente, empezó a encontrarse fatal.

– ¡Uy, vaya, creo que me voy a desmayar! Imagino que es porque hace muchísimas horas que no
como nada.

A diferencia de la Tierra, donde reina la naturaleza, en Súlex no existen los seres vivos, ni los
animales ni las plantas, y por eso sus únicos habitantes, los extraterrestres, se alimentan a base de
productos sintéticos que ellos mismos fabrican con restos de basura espacial. Para el hambriento
Rok era urgente encontrar alguna pieza industrial que llevarse a la boca.

– Algo tiene que haber que servir para activar mis circuitos… ¡Con un par de tornillos o un trozo de
papel de aluminio me conformo!

Se adentró en la zona de bosque y vio matorrales plagados de moras, arándanos y frambuesas,


pero claro, eso no era comida para él. Tampoco pescar entraba dentro de sus opciones pues, al
contrario que para los humanos, los peces podrían resultar dañinos para su organismo.

– Necesito reponer fuerzas o mi sistema eléctrico interno se desconectará para siempre.

Volvió a la playa casi arrastrándose, y al pobre le entraron muchas ganas de llorar.

– Debí traerme un saco de residuos para resistir al menos una semana. ¿Cómo pudo ser tan
insensato? Si no encuentro algo antes de que anochezca, empezaré a echar humo por las orejas y
me apagaré sin remedio.

De repente, una ola rompió contra la orilla y lanzó una vieja botella de plástico a sus pies.

– ¡¿Qué ven mis ojos?! Pero si es comida… ¡y de la buena!

Cogió el recipiente antes de que el mar lo devolviese a las profundidades y empezara a salivar.

– ¡Qué suerte la mía! ¡Menudo manjar!

Rok echó la cabeza hacia atrás, metió la botella en la boca, la trituró con sus potentes mandíbulas
alienígenas, y la engulló.

– ¡Oh, sí, estaba deliciosa!

El extraterrestre notó cómo se reactivó la corriente en el interior de sus cables conectores.

– Gracias a este aperitivo me siento un poco mejor. Voy a ver si hay más.

Rok se adentró en el mar y vio que el fondo estaba plagado de botellas de detergentes vacíos,
latas oxidadas, trozos de cristales, y muchos otros artículos contaminantes que seres humanos sin
escrúpulos habían tirado al agua. Esos desperdicios, llegados de lugares supuestamente civilizados
a través de las corrientes marinas, eran para Rok auténticos alimentos ‘gourmet’.

– Estos plásticos, neumáticos y objetos de latón son dignos de un banquete de lujo. Decidido: ¡me
quedo en este planeta para siempre!

Desde ese día lejano, el pequeño y curioso extraterrestre Rok habita entre nosotros, y aunque él
no lo sabe porque nadie se lo ha contado, cada vez que viene está haciendo un gran favor al medio
ambiente. De hecho, hay quien sospecha que, gracias a esa ‘labor de mantenimiento’, el rinconcito
en el que vive es uno de los más limpios y hermosos que existen en nuestro querido planeta
Tierra.

¡Ah! ¿que quieres saber cual es? Siento decirte que no lo sé, pero te sugiero que si alguna vez
tienes la oportunidad de visitar una playa solitaria, de esas que parecen de película, te fijes bien en
sus aguas cuando vayas a bañarte. Si son cristalinas y casi no tienen desperdicios, mira a tu
alrededor por si ves alguna alienígena verde durmiendo la siesta bajo el sol.

[Link]
El conejito Soñador
Había una vez un conejito soñador que vivía en una casita en
medio del bosque, rodeado de libros y fantasía, pero no tenía
amigos. Todos le habían dado de lado porque se pasaba el día
contando historias imaginarias sobre hazañas caballerescas,
aventuras submarinas y expediciones extraterrestres. Siempre
estaba inventando aventuras como si las hubiera vivido de
verdad, hasta que sus amigos se cansaron de escucharle y
terminaron quedándose solos.

Al principio el conejito se sintió muy triste y empezó a pensar


que sus historias eran muy aburridas y por eso nadie las quería
escuchar. Pero pese a eso continuó escribiendo.

Las historias del conejito eran increíbles y le permitían vivir


todo tipo de aventuras. Se imaginó vestido de caballero
salvando a inocentes princesas o sintiendo el frío del mar sobre su traje de buzo mientras
exploraba las profundidades del océano.

Se pasaba el día escribiendo historias y dibujando los lugares que imaginaba. De vez en cuando,
salía al bosque a leer en voz alta, por si alguien estaba interesado en compartir sus relatos.

Un día, mientras el conejito soñador le entusiasmó su último relato, apareció por allí una hermosa
conejita que parecía perdida. Pero nuestro amigo estaba tan entregado a la interpretación de sus
propios cuentos que ni se enteró de que alguien lo escuchaba. Cuando terminó, la conejita le
aplaudió con entusiasmo.-Vaya, no sabía que tenía público- dijo el conejito soñador a la recién
llegada -. ¿Te ha gustado mi historia?-Ha sido muy emocionante -respondió ella-. ¿Sabes más
historias?-¡Claro!- dijo emocionado el conejito -. Yo mismo las escribo.- ¿De verdad? ¿Y son todas
tan apasionantes?- ¿Tu crees que son apasionantes? Todo el mundo dice que son aburridísimas…

- Pues eso no es cierto, a mi me ha gustado mucho. Ojalá yo supiera saber escribir historias como
la tuya pero no se. El conejito soñador conejito se dio cuenta de que la conejita se había puesto de
repente muy triste así que se acercó y, pasándole la patita por encima del hombro, le dijo con
dulzura:- Yo puedo enseñarte si quieres escribirlas. seguro que aprendes muy rápido

- ¿Sí? ¿Me lo dices en serio? ¡Claro que sí! ¡Hasta que podamos escribirlas juntos!

- ¡Genial! Estoy deseando explorar esos lugares, viajar a esos mundos y conocer a todos esos
villanos y malandrines -dijo la conejita-Los conejitos se hicieron muy amigos y compartieron juegos
y escribieron cientos de libros que leyeron a niños de todo el mundo. Sus historias jamás contadas
y peripecias se hicieron muy famosas y el conejito no volvió jamás a sentirse solo ni tampoco a
dudar de sus historias.

[Link]
Hansel y Grettel
Había una vez un leñador y su esposa que vivían en el
bosque en una humilde cabaña con sus dos hijos, Hänsel y
Gretel. Trabajaban mucho para darles de comer pero
nunca ganaban lo suficiente. Un día viendo que ya no
eran capaces de alimentarlos y que los niños pasaban
mucha hambre, el matrimonio se sentó a la mesa y
amargamente tuvo que tomar una decisión.

- No podemos hacer otra cosa. Los dejaremos en el


bosque con la esperanza de que alguien de buen corazón
y mejor situación que nosotros podamos hacer cargo de
ellos, dijo la madre.

Los niños, que no pudieron dormir de hambre que tenían, oyeron toda la conversación y
comenzaron a llorar en cuanto supieron el final que les esperaba. Hänsel, el niño, dijo a su
hermana:

- No te preocupes. Encontraré la forma de regresar a casa. Confía en mí.

Así que al día siguiente fueron los cuatro al bosque, los niños se quedaron junto a una hoguera y
no tardaron en quedarse dormidos. Cuando despertaron no había rastro de sus padres y la
pequeña Gretel empezó a llorar.

- No llores Hänsel. He ido dejando trocitos de pan a lo largo de todo el camino. Sólo tenemos que
esperar a que la Luna salga y podamos ver el camino que nos llevará a casa.

Pero la Luna salió y no había rastro de los trozos de pan: se los habían comido las palomas.

Así que los niños anduvieron perdidos por el bosque hasta que fueron exhaustos y no pudieron
dar un paso más del hambre que tenían. Justo entonces, se encontró con una casa de ensueño
hecha de pan y cubierta de bizcocho y cuyas ventanas eran de azúcar. Tenían tanta hambre, que
enseguida se lanzaron a una esquina sobre ella. De repente se abrió la puerta de la casa y salió de
ella una vieja que parecía amable.

- Hola niños, ¿qué hacéis aquí? ¿Acaso tienes hambre?

Los pobres niños asintieron con la cabeza.

- Anda, entrad dentro y os prepararé algo muy rico.

La vieja les dio de comer y les ofrecieron una cama en la que dormir. Pero pese a su bondad, había
algo raro en ella.

Por la mañana temprano, cogió a Hänsel y lo encerró en el establo mientras el pobre no dejaba de
gritar.
- ¡Aquí te quedarán hasta que engordes!, le dijo

Con muy malos modos despertó a su hermana y le que fue a por agua para preparar algo de
comer, pues su hermano dijo debía engordar cuanto antes para poder comérselo. La pequeña
Gretel se dio cuenta entonces de que no era una vieja, sino una bruja malvada.

Pasaban los días y la bruja se impacientaba porque no veía engordar a Hänsel, ya que este cuando
le decía que le mostrara un dedo para ver si había engordado, siempre la engañaba con un
huesecillo aprovechándose de su ceguera.

De modo un día la bruja se cansó y pensó no esperar más.

- ¡Gretel, prepara el horno que vas a amasar pan! seguramente a la niña.

La niña se imaginó algo terrible, y supo que en cuanto se despistara la bruja la arrojaría dentro del
horno.

- No se como se hace - dijo la niña

- ¡Niña tonta! ¡Quita del medio!

Hänsel y Gretelero cuando la bruja metió la cabeza dentro del horno, la pequeña le dio un buen
empujón y cerró la puerta. Acto seguido corrió hasta el establo para liberar a su hermano.

Los dos pequeños se abrazaron y lloraron de alegría al ver que habían salido vivos de aquella
horrible situación. Estaban a punto de marcharse cuando se les ocurrió echar un vistazo por la
casa de la bruja y, ¡qué sorpresa! Encontraron cajas llenas de perlas y piedras preciosas, así que se
llenaron los bolsillos y se dispusieron a volver a casa.

Pero cuando llegaron al río y vieron que no había ni una tabla ni una barquita para cruzarlos
creyeron que no lo lograrían. Menos mal que por allí pasó un gentil pato y les ayudó amablemente
a cruzar el río.

Al otro lado de la orilla, continuaron corriendo hasta que vieron a lo lejos la casa de sus padres,
quienes se alegraron muchísimo cuando los vieron aparecer, y más aún, cuando vieron lo que
traían escondido en sus bolsillos. En ese instante supieron que vivirían el resto de sus días felices
los cuatro y sin pasar penuria alguna.

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La Bruja Desordenada
Había una vez una bruja llamada Lola que hacía unas
pócimas y unos hechizos increíbles.

Tenía recetas para conseguir cualquier cosa, y sabía


hechizos que nadie más en el mundo conocía. Era tan
famosa que todas las brujas del mundo querrían robarle
los libros que contenían todos sus secretos.

Lo cierto es que la bruja Lola era una bruja perfecta.


Bueno, casi perfecta. Porque lo cierto es que tenía una
gran defecto: era muy desordenada. Pero a ella le daba lo
mismo, porque cuando necesitaba algo que no
encontraba lanzaba un hechizo y aparecía.

Pero un día el hechizo de la bruja Lola para localizar cosas falló. Ella no entendió qué podía pasar,
porque era el mismo hechizo de siempre. Un ratoncito que vivía en su casa y que en tiempos había
sido un niño, se subió a una mesa y le dijo:

- Bruja Lola, no es el hechizo lo que falla sino que no buscas el libro correcto.

- ¿El libro correcto? ¿Y cuál es el libro correcto? Madre mía… ¡estoy perdiendo la memoria!

La bruja Lola intentó hacer un hechizo para recuperar la memoria, pero como no sabía en qué libro
estaba y tampoco se acordaba, no pudo hacerlo.

Si me conviertes otra vez en niño y me dejas marchar te ayudaré a buscar la pócima que necesitas
para recuperar la memoria -dijo el ratoncito.

-Está bien, pero, ¿cómo sé que no me vas a engañar? -dijo el brujo Lola.

-Puedes hacer un hechizo para cerrar la puerta para que no me escape. En ese libro de ahi tienes
las instrucciones para hacerlo. Si me conviertes en niño de nuevo te ayudaré a colocar todo esto y
encontraremos todo lo que no encuentras. Pero después me tienes que dejar marchar.

La bruja Lola accedió, hizo el hechizo para cerrar la puerta y se convirtió al ratón de nuevo en niño.
Juntos ordenaron todo aquel desastre. Pero como el niño no se fiaba mucho de la bruja Lola cogió
uno de sus libros de hechizos y pócimas y lo escondió por si acaso.

Cuando acabaron de ordenarlo todo, el niño le pidió a la bruja Lola que le abriera la puerta, pero
ésta le traicionó y le volvió a convertir en ratón.

En poco tiempo, la bruja Lola volvió a tener su laboratorio mágico tan desordenado que era
imposible encontrar nada. Y cuando la bruja Lola se dio cuenta de que no encontré lo que
necesitaba intentar lanzar el hechizo para encontrar cosas. Pero lo había olvidado. Y también
había olvidado la receta de pócima para acordarse de las cosas. Intentó buscar los libros, pero
aquello fue un auténtico desastre.
Entonces la bruja se atendió del ratón, y le prometió que esta vez lo dejaría marchar como un niño
normal si le ayudaba a recoger esos. Al ratoncito le pareció bien y ayudó a la bruja Lola.

Cuando terminaron de ordenar todo la bruja Lola se dio cuenta de que el libro que buscaba no
estaba allí.

-¿Buscas esto? -le dijo el niño, sacando el libro de hechizos que había escondido la vez anterior.

-¡El libro! ¡Dámelo!

La bruja desordenadal libro contenía todos los hechizos y pócimas que necesitaban la bruja Lola: el
hechizo de encontrar cosas, la pócima para recordar lo olvidado y, por supuesto, el conjuro para
convertir al niño en ratón. El niño lo sabía, y no estaba dispuesto a devolver el libro.

-No te acerques. Abre la puerta y déjame marchar.

La bruja abrió la puerta con la intención de engañar al niño y quitarle el libro pero el muchacho fue
más listo. En el libro había un conjuro para desordenarlo todo que había estudiado muy bien. Así
que, cuando la puerta se abrió, el niño lo recitó mientras lanzaba el libro que tenía entre manos.

-Ahora tendrás que ordenarlo todo tú sola si quieres volver a encontrar algún libro, bruja
mentirosa.

Así fue como el niño escaparse de la bruja Lola, que tardó semanas en ordenarlo todo de nuevo.
Eso sí, tanto trabajo le costó colocar cada cosa en su sitio, que no volvió a tener su laboratorio
mágico desordenado nunca más ni tampoco a convertir a ningún niño en ratón.

[Link]
Apaga y vámonos
—Hijo, la videoconsola no enciende.

—A ver, a ver… Uy, papi, parece que esto está


frito.

—¿En serio? Vaya, ¡pues apaga y vámonos!

—¿Cómo que apago? Pues no ves que no


enciendes? ¿Y dónde nos vamos a ir ahora?
¿Es que no ha visto la hora que es?

—No, hijo,apaga y vámonos es una expresión


popular que se utiliza para dar un problema
que no tiene solución por zanjado.—Pues es una expresión un poco absurda, ¿no?

-For nothing. De hecho, tiene una historia muy curiosa. Te la cuento.-¡Valle!

—Pues se dice que, hace mucho tiempo, en Pitre, un pueblo de Granada, dos curas competían
para cubrir un puesto de capellán del ejército. Como no se ponían de acuerdo, decidí retarse con
un curioso desafío. Y este consistía en lo siguiente: el que fuera capaz de decir la misa más breve
se quedaría con el puesto.—¡Qué fuerte!

— Ya te digo. Asi que nada. Los dos curas, con sus monaguillos, prepararon todo. Se pusieron sus
ropas de celebrar, encendieron las velas y todo eso.

—Y ¿qué pasó entonces?

— Espera, que voy. Cuando estaba todo listo, se sube uno de los curas al altar y dice, en latín, que
es como se decía entonces la misa: “Ite missa est”, que significa algo así como que la misa ha
terminado.

—¿Y ya?

Apaga y vámonos. Al oírlo, el otro cura le dijo al monaguillo: “Apaga y vámonos”, refiriéndose a
que apagara las velas. Total, ya no había nada que hacer, porque era imposible ser más breve.

—¡Menudo espabilado el primero!

—Y tanto. Ahora se utiliza la expresión “apaga y vámonos” cuando algo no tiene remedio o es tan
absurdo y disparado que no hay nada que hacer.

—Pues eso, apaga y vámonos, que con esta máquina no hay nada que hacer.

-Eso es.

[Link]

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